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Full text of "Colón en España : estudio histórico-crítico sobre la vida y hechos del descubridor del Nuevo Mundo : personas, doctrinas y sucesos que contribuyeron al descubrimento"

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McKEW PARR COLLECTION 




MAGELLAN 

and the AGE of DISCOVERY 




PRESENTED TO 

BRANDÉIS UNIVERSITY • 1961 




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T. P^^3DRIGUEZ PINILLA 



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ESTUDIO HISTÓRICO-GRÍTICO 



SOBRE LA VIDA Y nECriOS 



DEL 




DEL NllEFO MONDO 



PERSONAS, DOCTRINAS Y SUCESOS 



QUE CONTRIBÜYKROX AL DESCUBRIMIENTO 



— ^-o-z^-o-^" — 



MADIM I) 

ESTABLECIMIENTO TIP. DE LOS SUCESORES DE RIVADENEVRA 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo .le San Vicente, 20 
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COLON EN ESPAÑA 




I i m 



ESTUDIO HISTORICO-CRITICO 

■ SOBRE LA VIDA Y HECHOS 
DEL 



DESCUBRIDOR DEL NUEVO MUND 

PERSONAS, DOCTRINAS Y SUCESOS 

QUE CONTRIBUYERON AL DESCUBRIMIENTO 



POR 



"ToMi^S j^OSRIQUEZ ^IHItl^A 



-M§^? 



MADRID 

ESTABLECIMIKNTO TIP. DE LOS SUCESORES DE EIVADENEYRA 

IMPRESORES DE LA REAL CASA 

Paseo de San Vicente, 20 
XSS 4 



II €,vcma. <Sr. §, Cnstóbal Cüloit h h Cevte, 

ALMIRANTE Y ADELANTADO MAYOR DE LAS INDIAS, DUQUE DE 
VERAGUA, GRANDE DE ESPAÑA DE PRIMERA CLASE, SENADOR 
DEL EEINO, ETC., ETC. 



El deseo de hacer luz en un asunto tan importante como es el histo- 
riar con verdad la vida y hechos de Cristóbal Colon, desde su llegada á 
España hasta el momento en que las tres afortunadas carabelas zarparon 
del puerto de Palos de Moguer con rimibo á Occidente, me empeñaron 
hace años en prolijas investigaciones, que han dado por fruto el libro 
que hoy publico, bajo los auspicios del preclaro descendiente del Gran 
Descubridor. 

A nadie , con más afectuoso reconocimiento de mi parte , ni con más 
títulos por la suya , podia yo dedicar este libro , que á aquel que con ele- 
vado espíritu y generosa y noble mano le dio el estímiüo y aliento que 
las estrecheces de los tiempos y las flaquezas de los hombres le hablan 
negado en el jegazo mismo del hogar materno. ¡Tan cierto es lo que de 
antiguo se dijo : «que nadie era profeta en su país» ! 

Por dicha de la humanidad , el desvío con que de ordinario nos tratan 
los propios, se encuentra compensado con la cariñosa hospitalidad que 
nos dispensan los extraños. 



¿3 



VI DEDICATORIA. 

No era ajeno, en verdad, del que con tanto brillo como merecimientos 
ostenta hoy en su escudo los esclarecidos timbres del Gran Almirante , el 
prestar apoyo á trabajos que tienen por objeto desvanecer errores y disi- 
par las nieblas amontonadas sobre la azarosa vida y los gloriosos hechos 
del inmortal Colon. Mas , dadas la marca estrecha y las turbias corrien- 
tes de la época que atravesamos, no faltará quien sospeche que, para 
prestar á este modesto trabajo la bienhechora sombra y la liberal mano 
del sucesor de Colon, no habrian bastado aquellos timbres, si el que 
hoy los ostenta no reuniese á ellos los de su claro talento y nada vulgar 
instrucción , y más que todo , los de su amor á la industria y su entu- 
siasmo por las artes y las ciencias, á cuyo cultivo consagra sus ocios, 
con no menos afán y perseverancia que su ilustre progenitor consagró 
su vida á realizar la empresa más audaz y más gloriosa que vieron los 
siglos. 

Conste, sobre todo, que si mis investigaciones crítico-históricas han 
dado nacimiento á este libro, apadrinándole V... le ha conferido el bau- 
tismo de la publicidad. Que él cumpla como caballero los altos deberes 
de buen alujado, contribuyendo á esmaltar los gloriosos timbres de la 
ilustre casa de Colon , es al presente el anhelo más vivo y la esperanza 
más halagüeña de su autor. 

Entre tanto, acepte V... el homenaje de justa gratitud y el testimonio 
de alta consideración que le tributa su S. S. y devoto amigo, 

Q. B. S. M,, 

^otna» cRoc'tiatKríJ finida. 



COLON EN ESPAÑA 



SOBRE LAS CÉLEBRES CONFERENCIAS DE CRISTÓBAL COLON 

EN SALAMANCA. 



INTEODUGCION 



EjDOca de reparaciones la en que vivimos, tiene, entre otras 
miiclias, la inmarcesible gloria de haber desagraviado ofensas, 
reparado olvidos , enaltecido y premiado , hasta donde posible era, 
méritos y servicios, que los contemporáneos pagaron con el des- 
den , más de una vez con la cárcel ó con la cadena , y en más de 
una ocasión con el patíbulo ó la hoguera. 

Entre los ilustres nombres, objeto de esas debidas repara- 
ciones, suena, no en el estrecho círculo de una provincia ó de 
una nación, sino por los ámbitos del mundo, el ya glorioso nom- 
bre de Cristóbal Colon ; y su nacimiento , su vida , sus viajes y 
sus descubrimientos han dado materia á biografías é historias, 
pábulo á discusiones y á pleitos , argumento inagotable á odas y 
romances , á dramas y novelas sin cuento. Se le han erigido es- 



8 COLON EN ESPAÑA. 

tatúas, se han levantado monumentos, se han reivindicado sus 
derechos al mérito y á la gloria del descubrimiento del Nuevo 
Mundo. Una sola cosa no se ha hecho, que á nosotros se nos 
antoja de grandísima imj)ortancia : desjjues de haber estudiado 
el génesis y el valor de la idea que formó como la urdimbre de 
su vida, examinar con ahinco y expone7' con verdad el punto y 
la hora donde se tejió la tela. 

Porque sabemos , mal que bien , dónde y cómo surgió en su 
mente la luminosa idea de navegar al Ocaso para encontrar el 
extremo Oriente y la tierra del oro; dónde y cómo se elaboró y 
maduró el pensamiento ; cuántos esfuerzos hizo el gran nave- 
gante por realizarle fuera de España, y el fracaso de sus prime- 
ras tentativas en Portugal. Pero desde su llegada á España, 
hasta el memorable dia en que las tres afortunadas carabelas 
zarparon del puerto de Palos de Moguer, un tupido velo cubre, 
no ya la vida y los trabajos del descubridor, sino el proceso de 
su idea, de sus vicisitudes, de sus alternativas, de sus lucháis 
por alcanzar el apoyo apetecido y absolutamente necesario para 
su realización. 

Todo lo concerniente á la vida de Cristóbal Colon ha sido ob- 
jeto de histórica y de científica curiosidad, con más ó menos de- 
tenido estudio; pero hay muchos hechos de aquella azarosa vida, 
y entre ellos los que tuvieron lugar en el período importantísimo 
de 1484 á 1492, todos los que se refieren á las contrariedades 
con que tropezó, á las luchas que sostuvo , á los apoyos valiosos 
que encontró en España y que determinaron el triunfo de su idea 
y la realización de su empresa , sobre los cuales , más bien que 
historia — permítasenos decirlo — se ha hecho novela. 

Y no solamente son los acontecimientos de la vida de Colon 
en aquel período los que se hallan envueltos en oscuridad é in- 
certidumbre, como observó ya muy atinadamente Alejandro Hum- 



COLON EN ESPAÑA. 



boldt; es el orden cronológico de esos mismos acontecimientos. 
Las divergencias que sobre ello se encuentran en los autores an- 
tiguos, dice Prescott, son tales, <Lque hacen desesperar de que 
se pueda Jijar con exactitud la cronología de las vicisitudes de 
Colon anteriores d su primer viajeyy (1). La fecha de su llegada 
á España, el pueblo ó ciudad á donde se dirigió, las primeras 
puertas á donde llamó, los sujetos que primeramente le acogie- 
ron, le recomendaron y le dieron apoyo y protección todo está 

rodeado de incertidumbre y de oscuridad. Cuándo acudió, y por 
qué medio , al Duque de Medina-Sidouia ; cuándo le hospedó en 
su casa el de Medinaceli ; quién le recomendó al cardenal Men- 
doza; cuándo conoció á Alonso de Quintauilla, á Fr. Diego de 
Deza y á Luis de Santángel; cuándo y cómo entabló relaciones 
con Fr. Juan Pérez ; quiénes le presentaron á los Reyes , y cuán- 
do y dónde le dieron éstos la primera audiencia ; cuándo se veri- 
ficó el suceso de la Rábida, asunto que se ha prestado á tanta 
novela y á no pequeños errores; quién era aquel Fr. Antonio de 
Marchena , á quien siempre tuvo el genoves de su lado , según 
él mismo declara , y lo confirma el autorizado testimonio de la 
reina Isabel todo eso subsiste oscuro, indeterminado, en- 
vuelto en las nieblas de contradicciones y de equivocaciones sin 
cuento. 

Pero todavía hay otro acontecimiento — y de inmensa impor- 
tancia por cierto — que no sólo sigue envuelto en la niebla de la 
incertidumbre y la oscuridad, sino en los tenaces pliegues del 
error. Ese acontecimiento es el que se refiere á la consulta so- 
metida por los Reyes al prior del Prado, Fr. Hernando -de Oro- 
pesa, y á las juntas celebradas por éste para evacuarla : con- 



(1) Prescott, Hist. de los Reyes Católicos, tom. ii, cap. xvi, nota 19.— 
A. deHumboldt, Exam. critiq. de VHist. de la Geog. du Nouv. Cont., to- 
mo II, sect. 1er, p. 107. 



10 COLON EN ESPAÑA. 

sulta y juntas erróneamente confnnclidas con las célebres confe- 
rencias de Salamanca, sobre las cuales no ha llegado á hacerse 
verdadera luz , por efecto de aquella errónea y aun no desvane- 
cida confusión. 

A esos oscuros senos adonde, hasta ahora, no han logrado 
llevar la luz ni historiadores concienzudos, ni biógrafos eruditos 
de Cristóbal Colon, hemos llevado nosotros la linterna de la 
crítica histórica; y á favor del prolijo y atento estudio de hechos 
probados y de documentos auténticos , creemos haber encontrado 
la solución de los problemas que el distinguido y candoroso 
Prescott tenía por insolubles ó poco menos. 



II. 



Es incuestionable que la vida del navegante genoves estuvo 
sujeta á vicisitudes sin cuento; que sus altas dotes, su valor y 
su fe fueron bien depuradas en el crisol de la desgracia. Pero 
si es cierto que le desdeñaron los frivolos , que le miraron de 
reojo los fanáticos , que se rieron de él los tontos y que le mor- 
dieron los envidiosos ; si aun en la corte de los Reyes Católicos 
tuvo que luchar , no sólo con las dificultades de la situación — 
que era crítica por demás — sino con la incredulidad de unos, 
con la desconfianza de otros , y con la ignorancia del mayor nú- 
mero ; también es innegable que en España encontró, desde los 
primeros momentos, adeptos entusiastas, protectores valiosos, 
fervientes cooperadores de su empresa, cuyos auxilios eficacísi- 
mos todavía no se han valorado con precisión, ni la Historia ha 
podido apreciar con exactitud. 



COLON EN ESPAÑA. 11 

Lote indeclinable del genio que osa ostentar en sn mano la an- 
torcha encendida en el fuego de una aspiración grandiosa, y se- 
ñalar nuevos derroteros á la humanidad, el gran Colon sufrió 
amarguras sin nombre, y encontró en su camino obstáculos cuyo 
vencimiento , si es que no aumenta la importancia del triunfo, 
realza, indudablemente, el mérito del vencedor, á la vez que re- 
vela el gran temple de su alma y la elevación de su espíritu. 

Pero si esto es cierto , lo es también que el genio vence obs- 
táculos, arrolla oposiciones, arrebata con su ferviente entusias- 
mo, y hace siempre prosélitos. Colon halló en su camino obstácu- 
los que superar, oposiciones que vencer, é infinitas amarguras 
que devorar; pero la lucidez de su mente y la energía de su vo- 
luntad vencieron todos los obstáculos y triunfaron de todas las 
dificultades (1). 

Era verdaderamente titánica su empresa; y aunque los tiem- 
pos la traían , y el curso de los sucesos la habían como prepa- 
rado, el pensar sólo en ella se tenía entonces por utópico, y el 
acometerla , por más osado y temerario que pudo serlo en la an- 
tigüedad el viaje de los Argonautas en busca del Vellocino de 
oro. ¡Qué extraño, pues, que el desconocido navegante, ael hom- 
bre de la capa raida y pobre » , como dice Oviedo (2) , encon- 
trase en todas partes dudas, desconfianzas, vacilaciones y des- 



(1) «Lo que prueba más la elevación de los sentimientos y la nobleza del 
carácter de Colon, es aquella mezcla de fuerza y de bondad que en él adver- 
timos hasta el fin de su vida , en la cual , durante catorce años de gloria , so- 
lamente seis ó siete pudo contar de felicidad — de 1492 á 1499. — Si alguna 
vez se veia abatido y embargado por la melancolía de sus- místicas visio- 
nes, bien pronto se levantaba y recobraba aquella fuerza poderosa de volun- 
tad y aquella claridad de inteligencia que son las fuentes de las grandes 
acciones.» — A. Hümb., obr. cit, tom. iii, pág. 343. (Edic. Paris-1837. ) 

(2) Gonzalo Fernandez de Oviedo , Hist. natur. y gener. de las Indias^ 

etc., libro ii, cap. iv «Pero como traia la capa raida ó pobre, teníanle por 

fabuloso sofiador por no ser conocido y extranjero.» 



12 ' COLON EN ESPAÑA. 

cienes! Lo extraño, ó por lo menos lo extraordinario, es que 

de todo triunfasen su constancia, su energía y su fe inquebran- 
tables. 

Grandemente ocupada y preocupada entonces. la España cris- 
tiana con la titánica empresa de arrancar al Islam los últimos 
baluartes de su poderío de ocho siglos , y de poner término á 
la obra secular de la reconquista, Cristóbal Colon llegó á la corte 
ambulante de los Católicos Reyes en la coyuntura más crítica, 
más difícil, y por lo tanto, menos propicia para su colosal em- 
presa. España necesitaba entonces armas, soldados, máquinas 
de guerra ; y Colon llegaba como un hombre oscuro , y sólo la 
ofrecía una idea. ¡Cuan brillante tuvo que ser esta idea! ¡y cuan 
grandes y animosos el pueblo y el gobierno á quienes se ofreció, 
para que, en aquella coyuntura, la prohijasen! 

'Colon llegó á España cuando se hallaba convertida toda ella 
en un campamento^ empeñada en su perdurable lucha, y en vís- 
peras de una gran batalla. ¡ Qué extraño que sus primeros pasos 
y su misma ¡jersona pasaran como desapercibidos para analistas 
é historiadores ! ¡ Qué extraño que , si de él se ocujiaba alguno, 
le mirase , por de pronto , como un aventurero ó como un visio- 
nario ! Y, sin embargo, fué entonces, fué en aquella época, en 
aquellos momentos , cuando más encarnó la idea en la mente del 
atrevido navegante : cuando esa idea se convirtió para él en lu- 
minoso faro, en ardoroso empeño, en fe ardientCj en apostolado 
triunfante ; fué entonces cuando ganó á su idea partidarios fer- 
vorosos, protectores de gran valer, corazones entusiastas, es- 
píritus levantados y animosos, que le ayudaron á superar todo 
género de obstáculos y á vencer dificultades , que se tendrían en 
todos tiempos por invencibles, y que lo habían sido hasta allí en 
otras partes. 

Aquel campamento, en que se preparaban los líltimos triun- 



COLON EN ESPAÑA. 13 

fos de la Crnz sobre la Media luna, perseguidos en una lucha de 
oclio siglos, lucha que habia dado temple de acero á los carac- 
teres, vigorizado las almas y ennoblecido los sentimientos á im- 
pulso del entusiasmo que produce la fe y del valor que engendra 
el ]3atriotismo , fué para Colon un gran espectáculo y una ga- 
rantía para la realización de su empresa. En aquel campamento 
se fortaleció su fervoroso espíritu; comprendió que aquél era su 
elemento ; que aquel ambiente era favorable al desarrollo y al 
éxito de sus planes; y no se engañó. Allí encontraron esos isla- 
nes fervientes jiartidarios , decididos y enérgicos coo^^eradores ; y 
con su apoyo y auxilios los realizó. Entre tanto vivió como en- 
vuelto en el torbellino de los grandes acontecimientos que agita- 
ban á España y embargaban los ánimos de todos los esi^afioles. 
Y después 

Lo grandioso del éxito obtenido , los jDortentos y maravillas de 
las tierras descubiertas, portentos que exageraba la imaginación; 
no sólo del descubridor, sino del público, las esperanzas que el 
admirable descubrimiento despertara, los deseos y apetitos que 
acarició, las pasiones que encendió, los hechos mismos á que 
dio origen, muchos de ellos heroicos, algunos tiránicos, san- 
grientos no pocos, embargaron de tal modo los ánimos, que na- 
die volvió á pensar en los trabajos del laborioso parto, nadie se 
volvió á acordar de las dificultades que habian tenido que arros- 
trar y de las luchas que habian tenido que sostener el descu- 
bridor y sus partidarios ; nadie más que él y su hijo Hernando 
se volvieron á acordar de las vicisitudes por que habia pasado y 
de las amarguras que habia tenido que devorar el hombre de la 
capa raída y pobre , antes de llegar á ser Almirante , Visorey 
y Gobernador de las Indias Occidentales. 

Época de grandes acontecimientos y de fuertes impresiones, 
todo contribuyó á que pasara la del descubrimiento con rapidez 



14 COLON EN ESPAÑA. 

vertiginosa ; todo contribuyó á que se olvidara el laborioso parto, 
á que se desconocieran los trabajos que prepararon el suceso, y 
á que no se apreciaran cual debian el mérito y las altas prendas 
del descubridor. 

La importancia de los descubrimientos que se sucedieron rá- 
pidamente desde el año 1492, tales como la llegada de Vasco de 
Gama á Calcuta , cuyas consecuencias se hicieron sentir en el 
comercio del mundo más prestamente que la lenta acumulación 
de los metales preciosos de América ; los trabajos de Cabral y 
de Solís, el descubrimiento del mar Pacífico por Vasco Nuñez de 
Balboa , siete años desjDues de la muerte de Colon , apartaron de 
él la atención y el interés públicos , haciendo que cuasi se olvi- 
dara aquel que habia dado el primer impulso á tan maravillosas 
empresas. La fama artificial de Vespucio, las proezas de Hernán 
Cortés, las sanguinarias conquistas de Pizarro, absorbieron todo 
el interés de la Europa comercial, sobre todo después que el au- 
mento de la plata , efecto del descubrimiento de las minas del 
Potosí y de Zacatecas , hizo triplicar el precio de los cereales y 
cambió súbitamente todos los valores nominales. Los conquista- 
dores, como dice bien A. Humboldt, de unos países tan ricos en 
metales preciosos, borraron poco á poco la memoria de aquel que 
les habia enseñado el camino. 

Sólo así se concibe que compañeros mismos de su empresa, 
testigos de sus relevantes cualidades y de sus virtudes , en lugar 
de tributarle elogios á que era grandemente acreedor, se convir- 
tieran , no ya en émulos de su gloria , sino en irreconciliables 
enemigos de su j^ersona, de su autoridad y de sus proyectos. 
Los celos y el despecho hieren de muerte al valeroso Martin 
Alonso Pinzón , compañero de su glorioso primer viaje ; Roldan 
y Mogica se le rebelan ; Hojeda le hostiliza; los hermanos Por- 
ras le calumnian ; el obispo Fonseca y D. Juan Soria le hacen 



COLON EN ESPAÑA. 15 

una guerra insidiosa; y Bobadilla le prende y le encadena (1). 

Los historiógrafos de la época de Cristóbal Colon, si se excep- 
túan sn hijo D. Hernando y Fr. Bartolomé de las Casas , le des- 
conocieron y casi pugnaron por amenguar sns méritos y sn gloria. 
Los de nnestra época le lian desfigurado á fuerza de exagerar 
aquellos méritos y de sublimar sn gloria. Ya veremos más ade- 
lante que sus paisanos Pedro Mártir de Angleria y Lncio Mari- 
neo Sículo , que le conocieron y debieron tratarle , el nno le ape- 
llida un Quidam , y el otro le llama Pedro Colon (2). 

Angleria, que residió en Valladolid del 10 de Febrero al 26 de 
Abril de 1506, cuando Colon se hallaba ya en el lecho de muer- 
te , ni siquiera hace mérito de ello en sus cartas , preocupado con 
el naufragio del Archiduque de Austria y con las querellas entre 
éste y su suegro don Fernando, con las revueltas de Castilla y las 
glorias de Cisnéros. 

Marineo Sículo llega hasta olvidar el verdadero nombre de 
Colon. Y ese desdeñoso olvido del grande hombre fué en aumen- 
to durante toda la primera mitad del siglo xvi. 

Acosta, Gomara y el inca Garcilaso inventan ó apadrinan la fá- 



(1) La enemiga de Fonseca contra Colon hubo de acrecentarse por efecto 
de un arranque impetuoso del genoves, el cual en un momento de acaloro dio 
un puntapié á un judío , ó moro converso , llamado Ximeno de Bribiesca , co- 
mensal ó protegido del poderoso obispo de Badajoz, Juan de Fonseca. Ocurrió 
este hecho antes de marchar Colon á su tercer viaje. Y haciendo alusión á 
ello, dice Hernando Colon : « que preso el Almirante, el piloto Andrés Martin 
debia entregarlo á D. Juan Fonseca» ; dando á entender que con su favor y 
consejo ejecutaba Bobadilla todo aquello (la prisión y los grillos). 

(2) L. Marineo Sículo, De Rerinn memorahilium, f. 161. 

El pasaje de L. Marineo es digno de trascribirse , aunque no sea más que 
' para manifestar en qué equivocaciones tan crasas puede incurrü- un contem- 
poráneo en la relación de sucesos que, por dech-lo así, han pasado á su propia 
vista. ftLos Beyes CatóHcos, dice, habiendo sujetado las Canarias y estable- 
cido en ellas la religión cristiana, enviaron á Pedro Colon con treinta y cinco 
naves de las llamadas caravelas y gran número de hombres á otras islas nui- 
cho más lejanas, abimdantes en minas de oro; pero no tanto en busca de oro, 
como para procurar la salvación de los pobres gentiles , sus naturales.» 



16 COLON EN ESPAÑA. 

billa del piloto Alonso Sánchez. El portugués Juan Barros le 
denigra llamándole hablador. Faria y Sousa refiere lo de la fa- 
mosa estatua ecuestre sobre la montaña del Cuervo (isla del 
Cuervo, en Las Azores) , con la mano izquierda asidas las crines 
del caballo, y con la derecha señalando al Poniente. 

Gomara recuerda los indios del procónsul Quinto Metellüs Ce- 
1er, de que hace mérito Cornelius Nepos, y dice con marcada in- 
tención : « Si ya no fuesen de Tierra del Labrador y los tuviesen 
(los romanos) por indianos , engañados por el color» (1). ' 

Por último , el mismo Herrera , el discretísimo Antonio de 
Herrera, dice : « que la opinión de encontrar , en una navegación 
de pocos dias por el Occidente, la parte oriental de la India, fué 
confirmada á Colon por su amigo Martin de Bohemia, portugués 
natural de la isla de Fayal, gran cosmógrafo» (2). 

Las prosperidades de Colon, dice Humboldt, fueron de du- 
ración cortísima ; apenas si gozó en su larga carrera seis ó siete 
años de contento y de dicha ; vivió demasiado tiempo entre los 
hombres para que dejase de probar con amargura lo que para 
ellos tiene de importuna la superioridad , y lo difícil que es ilus- 
trar uno su vida sin experimentar grandes angustias y sin per- 
der su reposo. Cristóbal Colon, como Hernán Cortés', y como el 
inglés Raleigh , han probado á su costa que el genio no reina más 
que sobre el porvenir, y que es muy tardío su poder (3). 

Tan cierto es que en todos tiempos y lugares, ora se trate de 
descubrimientos geográficos , ó ya de invenciones en las artes , ó 



(1) «Se asegura, dice en otro lugar de su historiael mismo Gomara, que 
en tiempo del emperador Federico Barbaroja aportaron á Lubeck ciertos in- 
dius en una canoa.» Gomara, Hlst. de las Indias, fól. vil, edic. Zara- 
goza (1553). 

(2) Herrera, Decad. i , lib. i , cap. ii. 

(3) Humboldt, Exam. critiq. de VHist. de la Geog., tom. iv, sec. 2.* 



COLON EN ESPAÑA. 17 

de las grandes conceiDciones en las ciencias y en las letras, la 
historia de la humanidad nos presenta el mismo fenómeno. 

«Se comienza primero negando la posibilidad del descubri- 
miento ó la exactitud de la concepción ; después se niega su im- 
portancia, y más tarde, su novedad. Son efectivamente tres gra- 
dos de una duda que temi3la algo los disgustos causados por la 
envidia ; cierta especie de moda cuyo motivo es ordinariamente 
menos filosófico que la discusión que á su pesar provoca ; moda 
que trae su origen de más lejos que el de aquella Academia dei 
Dubbiosi , qvie de todo dudaba menos de sus propios decretos.» 

El autor del Ejisayo sobre las costumbres y el genio de las na- 
ciones dijo ya, con mucha oportunidad, «que cuando Cristóbal 
Colon prometía un nuevo hemisferio, se le contestaba que no pe- 
dia existir ; y cuando le hubo descubierto , se dio en sostener que 
era ya conocido de mucho tiempo antes» (1). 

La extremada reserva que imponían al Almirante sus descon- 
fianzas y su carácter suspicaz (2) , el secreto peculiar de la di- 
plomacia de nuestros monarcas , la circunstancia de ser extran- 
jero el descubridor, y como él mismo reconocía , la de los celos 
que despertaba el éxito de su empresa, contribuyeron poderosa- 
mente á qu^ un denso velo envolviera por de pronto el brillo de 
su nombre y la gloria de su triunfo. 

A todas esas causas se reunieron otras que provocaron cen- 



(1) VoLTAiRE, Essai sur les mceurs et Vesprit des nations. 

(2) La serie de persecuciones y de . contrariedades que tanto amargaron 
el alma de Colon en los últimos seis años de su vida acrecentó necesariamente 
en él aquella circunspección y aquella cautela propias de su carácter, en el 
cual se descubria la índole de su país nativo. El mismo reconocía y solia decir, 
que su posición ofrecía tres dificultades cuasi insuperables : (( la de tener que 
estar alejado de la corte, la de ser extranjero en el país al cual quería servir, 
y la de los celos que provocaba el gran éxito de su empresa. y> CVinfií-man esto 
mismo su hijo D. Hernando (Hisf.del Almirante) ^RmiBOhm (Exam. criL), 
Bernaldez (Reyes Católicos, cap. cxxxi), y Las Casas (Mss., lib. i, capi- 
tulo OLVll) . 



18 COLON EN ESPAÑA. 

suras amargas , enemistades terribles , y llegaron hasta concitar 
contra él la animadversión del pneblo. « Eran tales por entonces 
(1496) la disposición de los ánimos en Granada y el odio contra 
lo que se llamaba régimen tiránico de los ultra7nontanos en 
Haiti , qne los parientes de los conquistadores se reunían en el 
l^atio de la Alhambra para gritar, cuando pasaba el Hq^^ , pagad, 
pagad. « Mi hermano y yo , dice don Hernaníío , que éramos en- 
tonces pajes de la Eeina , nos veiamos á menudo insultados por 
el populacho : ¡ mirad esos mosquetillos , decian, esos hijos del 
Almirante, que ha hallado tierras de vanidad y engaño, que sólo 
sirven para tormento y sepulcro délos hidalgos castellanos !))(!). 



III. 



Por grande que sea el genio, por singulares y notables que sean 
las cualidades de un hombre — y las de Cristóbal Colon lo eran 
en alto grado — ninguna individualidad se sustrae á la atmósfera 
moral de su época , a las condiciones del tiempo en que vive. Co- 
lon era tan notable por la grandeza de su idea como por la ele- 
vación de su alma y la nobleza de sus sentimientos. Mas para 
juzgarle con equidad no se debe olvidar , como dice Humboldt, 
el imperio que entonces ejercia la intolerancia religiosa. Convertir 
infieles, expulsará los moros de la península, libertar el sepul- 
cro de Cristo, eran los ideales de la época, y muy especialmente 
en España. Sin haber perdido Colon la reserva y la hábil cir- 
cunspección de su país natal, adoptó, sin embargo, en Esj)aña 



(1) íí. Colon, Ifist. del Almirante^ cap. Lxsxv. 



COLON EX ESPAÑA. 19 

los ideales y hasta las preocupaciones que formaban la impetuosa 
corriente de la opinión en la corte de los Eeyes Católicos. Tes- 
tigo presencial de la tenaz y formidable lucha contra el islamis- 
mo, y aun actor en la memorable campaña definitiva contra los 
moros de Granada, la misma vivacidad y la energía de su carác- 
ter no podian menos de exaltar su imaginación y de enardecer 
su fe. El fervor teológico que le caracteriza no le venía de Italia, 
país entonces republicano y comercial, ávido de riquezas y de 
fausto, en que el descubridor habia pasado su infancia : aquel fer- 
vor le habia adquirido dm'ante su estancia en Andalucía y en 
Castilla, en sus relaciones íntimas con Fr. Diego de Deza, con 
el Prior de la Rábida, con Fr. Antonio de Marchena , con el Padre 
Gorricio , sus amigos más queridos y más útiles. La fe de Colon 
se mezclaba , de una manera extraña , con los intereses munda- 
nales del siglo, y su misticismo teológico, dice Humboldt , se 
acomodaba perfectamente á las exigencias de una sociedad cor- 
rompida y á las necesidades premiosas de una corte que se veia 
en continuos apuros por efecto de las guerras y por el de su irre- 
flexiva prodigalidad. 

Aquellos sueños y promesas de oro á toneladas (1); aquel 
anhelo constante jjor la tierra del oro , y aquel su encomio del 



(1) En la carta que en Febrero de 1502 escribió al papa Alejandro VI hace 
constar que al regreso de su primer viaje habia prometido á los Eeyes Cató- 
licos, que con el producto de sus descubrimientos podría levantar y sostener, 
durante siete años, un ejército de 50.000 infantes y 5.000 caballos , y otro 
igual, durante los cinco años siguientes, para reconquistar el Santo Sepulcro. 
Ya entonces valuaba «el producto anual del oro en ciento veinte quintales'» ; 
si bien anadia muy prudentemente : ft Satanás ha destorbado todo esto, y con 
sus fuerzas ha puesto esto en términos que non haya efecto ni el uno ni el 
otro, si Nuestro Señor no lo ataja. » Y en la carta á los KR. CC, escrita desde 
la Jamaica á 7 de Julio de 1503, dice : ce El oro es excelentísimo : del oro se 
hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en* el mundo, y llega 
á que echa las ánimas al paraíso.» (Navarrete, Colee, tom. I, pág. 45G, 
tom. II, pág. 313). 



20 COLON EN ESPAÑA. 

precioso metal , hacen un notable contraste con su caballerosidad, 
con su firmeza de carácter , con su fe y su misticismo , con sus 
proyectos de reconquistar el Santo Sepulcro, y con aquel hábito 
de franciscano de que le vio vestido el Cura de los Palacios al re- 
greso del segundo viaje. 

Descúbrese en Colon, al lado de la singular originalidad de 
su carácter, la influencia de las doctrinas dominantes en su época; 
doctrinas que prepararon, por medio de leyes inhumanas , la pros- 
cripción de dos pueblos enteros , los moros y los judíos. Al exa- 
minar los motivos de aquella intolerancia religiosa, se ve uno 
obligado á reconocer, con Humboldt,que el fanatismo de aque- 
llos dias, no obstante su violencia, no tenía ya el candor de un 
sentimiento exaltado. Mezclado aquel fanatismo á todos los inte- 
reses materiales y á los vicios de la sociedad, estaba guiado , con 
esj3ecialidad en los hombres del ¡^oder , por una sórdida avaricia 
y por las necesidades y los apuros, hijos de una política levan- 
tisca y tortuosa , de lejanas expediciones y de la dilapidación de 
la fortuna pública. Necesidades de posición y deberes impuestos 
por la corte propendian á viciar insensiblemente las almas más 
generosas (1). Colocados en una esfera elevada, dependiendo del 
favor del gobierno, los hombres públicos dirigian su conducta 
conforme á la opinión del siglo y á los principios que la autori- 
dad soberana jjarecia justificar. Los crímenes que en la conquista 



(1) En la carta al rey D. Alonso de Portugal , escrita á nombre de los Reyes 
Católicos por su cronista Fernando del Pulgar, se lee lo siguiente : «Estos ca- 
balleros no vienen á Vuestra Seuoría con celo de vuestro servicio ni menos con 
deseo de esta justicia que publican ; mas con deseo de sus propios intereses, 
que el Rey y la Reyna no quisieron ó por ventura no pudieron cumplir según 
la medida de su cobdicia, la cual tiene tan ocupada la razón en algunos hom- 
bres que, tentados de sus propios intereses, acá y allú dan el derecho ajeno do 
hallan su utilidad propia. Y debéis creer, nuiy excelente Señor, que pocas 
veces vos sean fieles aquellos que con dádivas oviéredes de sostener.» Ber- 
NALDEZ, Reyes Católicos, toni. i, púg. 50. 



COLON EN ESPAÑA. 21 

de América , desiDues de la muerte de Colon , maucharon las pá- 
ginas de nuestra historia, procedian, méuos de la rudeza de cos- 
tumbres y del ardor de las j)asiones, que de los frios cálculos de 
la codicia, de la cautelosa prudencia y de esos excesos de rigor 
que se emplean en todas épocas, so pretexto de sostener el prin- 
cipio de autoridad y afianzar el orden jmblico (1). 

Lo grandioso del descubrimiento, el legítimo orgullo del des- 
cubridor, junto á las preocupaciones de la época, exaltaron las 
imaginaciones y j)rodujeron la fiebre del oro, el auri sacra fames^ 
que complicó y centuplicó las siempre grandes dificultades de 
toda colonización. La esclavitud no sólo parecía entonces conse- 
cuencia natural de toda conquista y de toda victoria, sino que se 
justificaba ¡lor motivos religiosos. Podia muy bien privarse á los 
hombres de su libertad natural para darles en cambio la doctrina 
cristiana y el beneficio de la fe. En esa parte no mostró dudas 
ni escrúpulos Cristóbal Colon. Pero los tuvo la reina Isabel. Man- 
daba aquél á sus gentes , que respetaran y no tocasen á los rudos 
utensilios iirojjiedad de los indígenas ; pero luego cargaba con 
ellos y los traia á España , ó los repartía entre los suyos como 
mercancía. Pero la Reina, no sólo mandó suspender en Sevilla la 
venta acordada de los primeros indios traídos por Colon, sino 
que ordenó fuesen restituidos á su país (2). 



(1) Hu-MBOLDT, Exám. Critiq., t. iii , sect. 2.", ¡Dág. 269. 

(2) La prueba de esos hechos puede verse en el Memorial que el Almirante 
envió á los Reyes por Antonio de Torres, y en los documentos diplomáticos 
publicados por Navarrete, números 87, 92, 98, 99 y 134. Este último es no- 
table. «Ya sabéis , dicen los Reyes á Pedro de Torres, como por nuestro man- 
dado tenedes en vuestro poder en secustacion é depósito algunos indios de los 
que fueron traídos de las Indias é vendidos en esta ciudad é su arzobispado por 
mandado de nuestro Almirante de las Indias; los cuales agora Nos mandamos 
poner en libertad é habernos mandado al Comendador Frey Francisco de Bo- 
badilla que los Uevase en su poder á las dichas Indias é faga deUos lo que 
le tenemos mandado. Por ende Nos vos mandamos, que luego que esta nues- 
tra Cédula viéredes le dedes é entreguedes todos los dichos indios que así te- 



22 COLON EN ESPAÑA. ■ 

La Instrucción dada por los Reyes al Almirante j)ara el segun- 
do viaje y para el buen gobierno de la nueva colonia — Instruc- 
ción firmada en Barcelona en 29 de Mayo de 1493 — respira sen- 
timientos de dulzura y humanidad para con los indios. «Procure 
é haga el dicho Almirante, dicen en ella los Reyes, que todos los 
que van (en la armada) é los que más fueren de aquí adelante 
traten muy bien é amorosamente á los dichos indios , sin que les 
fagan enojo alguno, procurando que tengan los unos con los 
otros mucha conversación é familiaridad , haciéndose las mejores 

obras que ser pueda é si acaso fuera que alguna ó algunas 

personas trataren mal á los diclios indios, en cualquier manera 
que sea, el mismo Almirante , como Vi sorey é Gobernador de sus 
Altezas , lo castigue mucho, por virtud de los poderes que para 

ello lleva » Las intenciones de los Reyes no podian ser más 

benéficas, ó como hoy se diria, más liberales. Se ve en ellos una 
delicadeza de sentimientos, sobre todo en ios actos y en las pala- 
bras de la reina Isabel, que contrasta con la conducta observada 
con los moros y judíos, y con las liorribles hecatombes permitidas 
al feroz Torquemada. Pero es preciso decirlo : Colon mismo sacri- 
ficó en aquella cuestión los intereses de la humanidad al deseo 
ardiente de hacer más lucrativa la posesión de las islas ocupadas, 
de procurar brazos á los lavaderos de oro, y de contentar á los co- 
lonos que, por avaricia y por pereza, reclamaban la esclavitud 
de los indios. 

Un concurso fatal de circunstancias, dice Hunil)oldt con este 
motivo, empujaba insensiblemente al Almirante hacia una senda 



neis en vuestro poder, sin faltar dcUos ninguno , por inventario, é ante Es- 
cribano público, é tomar su conocimiento de como los recibe de vos; con el 
cual y con esta nuestra Cédula mandamos que non vos sean pedidos ni de. 
mandados otra vez. E non fagades ende al. De Sevilla á 20 dias de Junio 
de 1500.— Yo el Rey. — Yo la ReynÁ. — Por su mandado, Miguel Pérez de 
Almazan.» (Nav arrete, Colee, t. ii, páginas 274, 275) 



COLON EN ESPAÑA. 23 

de vejaciones y de iniquidades, que él procuraba justificar con ra- 
zones y motivos de orden religioso. Y no es que no fuera gran- 
demente liberal y humano Cristóbal Colon; es que necesitaba de- 
mostrar la importancia de su descubrimiento con argumentos 
aritméticos, con jiruebas metálicas : <s.como quiera que las cosas 
espirituales, decian los Reyes mismos en su citada Instrucción, 
sin las temporales no pueden luengamente durar. y> 

Hé allí j)orqué, mientras en la corte se censuraba la dureza 
con la que Colon introducia la servidumbre de los indígenas (1) 
en las colonias, los colonos españoles escribían quejándose amar- 
gamente, «que no permitía que los indios sirviesen á los cristia- 
nos , que los acariciaba para hacerse independiente con su apoyo, 
ó \)ÍQn para formar una liga con algún principen) (2). 

Eb ínteres de la colonización, la codicia de los colonos, las re- 
beliones de Roldan, de Mogica y de Hojeda contra el Almirante, 
todo contribuía á hacer cada día más difícil su situación. Los 
mismos tesoreros de la Corona, el famoso obispo de Badajoz, y 

« 

después de Falencia , don Juan de Fonseca , su lugarteniente 
Juan de Soria y el j)ropio P. Boíl, le obligaron á entrar por el 
camino de las violencias , para el de la explotación. La Reina 
misma , mal aconsejada por los teólogos , cedió á las exigencias 
de los explotadores , y comenzó el funesto sistema de concesio- 
nes, autorizando los repartimientos de indios y las encomiendas. 



(1) «Diréis á Sus Altezas, que el provecho de las almas de los dichos caní- 
bales, y aun destos de acá , lia traído el pensamiento que cuanto más allá se 
lleA-asen seria mejor. Sus Altezas podrán dar licencia y permiso á un número 
de carabelas que trayan acá cada año ganados y otros mantenimientos y cosas 
para poblar el campo , en precios razonables, las cuales cosas se podrían pa- 
gar en esclavos de estos caníbales, gente tan fiera y dispuesta y bien propor- 
cionada y de muy buen entendimiento , los cuales, quitados de aquella inhu- 
manidad , ci'eemos que serán mejores que otros ningunos esclavos. y> (Memo- 
rial que para los Reyes dio. el Almirante el 30 de Enero de 1494 á Antonio de 
Torres , art. 9.°) 

(2) Barcia, tom. i, pág. 97. 



24 COLON EN ESPAÑA. 

En la curiosa Memoria que Fr. Bartolomé de Las Casas pre- 
sentó en 1543, por orden del emperador Carlos V, á la junta de 
prelados celebrada en Valladolid, para la reforma de los abusos 
introducidos en las Indias Occidentales, refiere un hecho que 
prueba todo lo difícil y embarazosa que debia ser la situación de 
Colon en aquella época. « La Serenísima y bienaventurada reina 
doña Isabel, digna abuela de Vuestra Majestad, dice, nunca qui- 
so permitir que las Indias tuviesen más señores que ella misma 
y su esposo D. Fernando. Y conviene daros á conocer lo que con 
tal motivo aconteció por el año 1499 en esta misma capital. El 
Almirante habia dado un indio para su particular servicio á cada 
uno de los españoles que le habían acompañado en sus expedi- 
ciones. Yo tuve uno de aquéllos. Llegamos con nuestros esclavos 
á España. La Reina, que estaba entonces en Granada, lo si^po y 
recibió por ello gran desagrado : « ¿ Quién ha autorizado , decia, 
á mi Almirante para disponer asi de mis subditos Fy> Y en se- 
guida mandó que todos los que habían traído indios los entre- 
garan para volverlos á enviar á las Indias» (1). 

Sólo los que comprenden, dice Hnmboldt con este motivo, las 
dificultades y las pomplicaciones de nuestro actual régimen colo- 
nial; sólo los que conocen la situación en que se hallan los go- 
bernadores de las Islas , colocados bajo la doble influencia del sis- 
tema liberal de la metrópoli y las veleidades de opresión y de 
poder arbitrario de los colonos ; sólo ésos pueden formarse cabal 
idea del desorden, confusión y anarqm'a que producirían en Haití, 
de una parte , la templanza y la dulzura de las Reales cédulas y 
disposiciones, y de otra parte , la rudeza y violencia de los con- 
quistadores ; la necesidad apremiante de procurar brazos para la 



(1) El mismo Fr. Bartolomé tuvo en Salamanca, donde fué á estudiar, uno de 
aquellos indios que habia obtenido de Colon , no Fr. Bartolomé , sino su padre 
Francisco de Casaus. (Humboldt, Exavi. crit., toni. ni, pág. 286, nota 1.^) 



COLON EN ESPAÑA. 25 

explotación de las minas y lavaderos, y el interés qne los her- 
manos de Colon y todos los funcionarios á sus órdenes tenian en 
demostrar la importancia y la riqueza de las tierras descubiertas. 

Nada pinta mejor aquella situación, aquella embarazosa y di- 
fícil situación , que las vacilaciones de la misma Reina , y que el 
expediente á que tuvo que recurrir el obispo de Chiapa para de- 
fender la libertad de los indios : aconsejar la trata de negros. 
« En la instrucción que mandamos dar al comendador D. Frey 
Nicolás de Ovando, decia la Reina, ordenamos que los indios, 
vecinos y moradores de la isla Española , fuesen libres y no sio- 

jetos á servidumbi^e ; mas agora soy informada que á causa de 

la mucha libertad que los dichos indios tienen , huyen y se apar- 
tan de la conversación y comunicación de los cristianos no quie- 
ren trabajar y andan vagamundos ni los pueden haber para 

las doctrinas y traer á que se conviertan á nuestra santa fe ca- 
tólica; que á esta caúsalos cristianos que están en la dicha isla y 
viven y moran en ella no hallan quien trabaje en sus granjerias 
y mantenimientos ni les ayuden á sacar y coger el oro que hay en 
la dicha isla.... por lo cual mando á vos el dicho nuestro Gober- 
nador , que en adelante compeláis é apremiéis á los dichos indios 
que traten y conversen con los cristianos de la dicha isla, y que 
trabajen en sus edificios en coger y sacar oro y otros metales , y 
en facer granjerias y mantenimientos para los cristianos , veci- 
nos y moradores de la dicha isla; y fagáis pagar á cada uno el 
dia que trabajare el jornal » (1). 

¡Fatal y funestísima concesión! Una vez en esa pendiente, las 
consecuencias desastrosas no se hicieron esperar mucho tiem- 
po. La población indígena de Haiti desapareció. El comendador 



(1) Provisión de la reina doña Isabel al comendador Ovando, fechada en 
Medina del Campo á 20 de Diciembre de 1503. V. Navarrete, Docum. dijjlom., 
número 153, tom. ii , pág. 331. 



26 COLON EN ESPAÑA. 

Ovando tuvo que extremar los castigos hasta una crueldad horri- 
ble (1). ¿Quién duda que aquellas crueldades repugnaban gran- 
dísimamente lo mismo á la reina Isabel I que á Cristóbal Colon? 
En una carta de éste á su hijo don Diego manifestó , con la vi- 
veza y la energía que le eran propias, todo el horror que la cruel- 
dad de Ovando le insj)iraba. « Cosas tan feas , dice, con crueldad 
cruda tal, jamas fué visto.» Y en la propia carta, llena de amar- 
gura , de sentimientos ticrnísimos y de tristes i)resentimientos, 
encarga á su hijo que haga presente á Sus Altezas , entre otras 
cosas , la de c( que las Indias se pierden y están con el fuego de 
mil partes)^ (2). 

Pero la mala semilla estaba sembrada y daba su fruto. Sin 
quererlo ni preverlo, la Reina Católica y Cristóbal Colon habian 
arrojado al suelo aquella semilla. La religión y los intereses ma- 
teriales se habian concertado para establecer la servidumbre de 
la raza indígena, so color de conversión á la fe católica, de re- 
partimientos , de encomiendas y mitas. Y de aquí, la secuela de 
violencias, de rebeliones, de crueldades y de exterminio que so- 
brevinieron. 

Nadie se atrevería á acusar de hipocresía á la reina Isabel, ni 
de codicioso y cruel á Cristóbal Colon. Los sentimientos de dul- 
zura y el vivo interés de la Reina por los naturales del Nuevo 
Mundo eran sinceros y formaban su preocupación y su anhelo 
más constantes; su testamento mismo los revela. Y en cuanto á 
Colon, pruebas repetidas dio de humanidad, de elevación de es- 
píritu y de nobleza de sentimientos. Mermados vio sus privile- 



(1) Diego Méndez, el fiel servidor de Colon, dice en su testamento que sólo 
en la provincia de Jaragua hizo el comendador de Lares c( quemar y ahorcar 
durante siete meses á ochenta ¡j cuatro caeiciues, señores de vasallos, y con 
ellos á Nacaona , la mayor señora de la isla, a quien todos ellos servían y 
obedecían. » 

(2) Navarrete , Colee, tom. i , pág. 485. 



COLON EN ESPAÑA. 27 

gios , menoscabados sus derechos , embargada y perdida su for- 
tuna; j aunque celoso en defender los unos y reparar ésta, jamas 
faltó al deber , ni al honor , ni á las conveniencias. « Yo no quise 
robar la tierra, dice en un desahogo familiar á su hijo Diego, por 
no escandalizarla; porque la razón quiere que se pueble y en- 
tonces se habrá todo el oro á la mano sin escándalo.» Pero tanto 
la Keina como Colon se engañaron en la extensión de los dere- 
chos otorgados á los colonos. 



IV. 



(.(Entrando ahora en otro orden de consideraciones, y aparte 
del número y la magnitud de las empresas , de los hechos y de 
los personajes que por aquellos tiempos embargaron la atención 
de España y preocuparon á Europa, permítasenos aquí hacer 
constar que , sin desconocer la poderosa influencia que en el mun- 
do intelectual y moral ejercen los grandes pensamientos y las 
ideas creadoras, es i)reciso convenir en que los grandes movi- 
mientos en la humanidad han sido efecto de la acción que el 
hombre ha llegado á 'ejercer sobre el mundo físico; efecto de 
esos descubrimientos materiales, cuyos' resultados portentosos 
hieren más fuertemente las imaginaciones que las causas que los 
han producido. El acrecentamiento del dominio del hombre sobre 
el mundo material y sobre las fuerzas de la naturaleza impresio- 
nan más vivamente que los pensamientos más luminosos. Por 
eso, la gloria de Colon y la de James "Watt , grabada en los tas- 
tos de la Geografía y de las artes industriales, ofrecen un pro- 



28 COLON EN ESPAÑA. 

blema más complejo que las conquistas ijuramente intelectuales 
debidas al creador pensamiento de Aristóteles y de Platón , de 
Leibnitz y de Newton. Que es proj)io de los descubrimientos que 
afectan á los generales intereses de la humanidad el agrandar 
el círculo de las conquistas, y también el terreno que aun falta 
por conquistar. Y es error de las inteligencias vulgares el creer 
que , en su época, ha llegado la humanidad al apogeo de su pro- 
gresivo desenvolvimiento, sin observar que por el íntimo enca- 
denamiento de todas las verdades, á medida que se avanza se di- 
lata más el horizonte» (1). 

« Colon ha servido á la humanidad , ofreciéndola nuevos obje- 
tos de reflexión, aumentando la masa de las ideas y haciendo 
también progresar por ese medio el mundo del pensamiento. No 
era ya época de tinieblas la en que aquél apareció sobre el teatro 
del mundo; pero dominaba aún la filosofía escolástica, que no 
ofrece á la razón más que formas ; y comparativamente á la abun- 
dancia y al artificio de esas formas , habia verdadera penuria de 
ideas ; sobre todo , de esas nociones que , naciendo de un con- 
tacto más íntimo con el mundo material, alimentan sustancial- 
mente la inteligencia. En ninguna otra época se puso en circula- 
ción mayor ni más variado caudal de ideas, que en la época de 
Colon y de Gama , que fué también la de Copérnico , de Ariosto, 
de Alberto Durero , de Rafael y de Miguel Ángel. » 

«Si el carácter de un siglo es la manifestación del espíritu hu- 
mano en un tiempo dado, el siglo de Colon, al extender inoj^i- 
nadamente la esfera de los conocimientos , abrió nuevas sendas 
á los siglos futuros, dando impulso á su carrera y á sus ade- 
lantos.» 

« Trayendo á la memoria todo lo que á ese engrandecimiento 



(1) HUMBOLDT, 1. C. 



COLON EN ESPAÑA. 29 

del espíritu humano contribuyó el pensamiento de dos hombres, 
Colon y Toscanelli , no hay que limitarse á los grandes progresos 
que hicieron simultáneamente la Geografía, el comercio de los 
pueblos, el arte de navegar y la Astronomía náutica; no basta 
considerar los adelantos que hicieron las ciencias físicas en ge- 
neral , y hasta la filosofía de las lenguas , cuyos horizontes dilató 
el estudio comparado de tantos y tan raros idiomas, ricos en 
formas gramaticales ; se necesita ademas ver la influencia que ha 
ejercido el Nuevo Continente en los destinos del género humano, 
bajo el punto de vista de las instituciones sociales. La revolución 
religiosa del siglo xvi, al sentar la piedra cardinal del libre exa- 
men , preludió la tempestad política de nuestros tiempos. El pri- 
mero de esos movimientos coincidió con el establecimiento de las 
colonias euroj)eas en América. El segundo se ha hecho sentir á 
fines del siglo xvín, y ha concluido por romper los vínculos de 
dependencia que unian á los dos Mundos. » 

« Todavía no se ha fijado bastante la atención pública sobre 
una circunstancia que, relacionada con esas causas misteriosas de 
que ha dependido la desigual distribución del género humano por 
la tierra, ha favorecido, ó por lo menos, ha hecho posible la in- 
fluencia política de que antes hemos hecho mérito, una mitad 
del globo ha estado tan exiguamente poblada, que, no obstante el 
largo trabajo de una civilización indígena que debió tener lugar 
en Iqs siglos que median entre Leif y Colon , en las costas ame- 
ricanas que dan frente al Asia habia inmensos países que no 
ofrecían en el siglo xv más que unas cuantas tribus de pueblos 
cazadores. Tal estado de despoblación en fértiles comarcas suma- 
mente aptas para el cultivo de nuestros cereales , permitió á los 
europeos fundar en ellas establecimientos tan extensos , como no 
llegaron á ser ningunos de los del Asia y el África en tiempos 
antiguos. Los pueblos cazadores se replegaron al interior, y en 



30 COLON EN ESPAÑA. 

el Norte América, con climas y bajo aspecto de vegetación muy 
análogos á los de las islas Británicas , se formaron por inmigra- 
ciones, desde fines de 1620 en adelante, estados cnyas institu- 
ciones liLres ofrecian el reflejo de las de la madre ¡mtria. » 

(( La Nueva Inglaterra no fué desde el principio un estableci- 
miento industrial y comercial, como lo son hoy mismo las facto- 
■ rías de la costa de África ; ni tampoco era aquélla una domina- 
ción sobre j)ueblos agricultores de diversa raza, como lo es el 
imperio británico en la India, y como lo fué mucho tiempo el 
imperio español en Méjico y en el Perú ; la Nueva Inglaterra, 
que recibió por primera vez una colonia de cuatro mil familias 
de puritanos , de la cual desciende hoy la tercera parte de la po- 
blación blanca de los Estados-Unidos , era un establecimiento 
religioso. La libertad civil se mostró en ella desde luego insepa- 
rable de la libertad de conciencia. Y la Historia nos enseña esta 
verdad : que ni las instituciones libres de Inglaterra , ni las de 
Holanda, ni' las de Suiza han influido sobre los pueblos de raza 
latina, á pesar de su proximidad, tanto y tan poderosamente, 
como aquel reflejo de formas democráticas de gobierno que, li- 
bres de todo enemigo exterior, favorecidas por una tendencia uni- 
forme y constante de recuerdos y de antiguas costumbres , ha to- 
mado, en medio de una prolongada calma, desarrollos y cre- 
cimientos desconocidos en nuestros tiempos. Hé ahí cómo la 
falta de población en las altas regiones del Nuevo Continente, y 
el libre y lu'odigioso acrecentamiento de una colonización in- 
glesa al otro lado del Atlántico , han contribuido poderosa- 
mente á cambiar la faz política y los destinos del antiguo Con- 
tinente» (1). 



(1) HUMBOLDT, 1. C. 



COLON EX ESPAÑA, 31 



V. 



• Los historiadores , como los poetas , llagan tributo á sus res- 
pectivos siglos, y la fisonomía de éstos, sus bellezas y sus lu- 
nares, sus esperanzas y sus temores, sus aprensiones y sus en- 
fermedades, no jDueden menos de reflejarse en las obras de 
aquéllos. De este fenómeno constante vamos á ofrecer aquí al 
lector pruebas irrefragables con ejemplos lastimosos. 

Pedro Mártir de Angleria, milanés, traido á España por el 
Conde de TencUlla , D. Iñigo de Mendoza, en 1488, helenista del 
Renacimiento, muy ¡lagado de las grandezas de la corte, fiel 
servidor de los Reyes, admirador y panegirista de sus pensa- 
mientos y de su política, presenció, como si dijéramos, el gran 
acontecimiento ; conoció y aun trató á Colon ; su éxito le entu- 
siasmó, y saboreó el descubrimiento como los sabios saborean 
estos placeres. En sus epístolas al Pontificado y á los hombres 
ilustres de aquel tiempo refirió los portentos que cuasi presen- 
ciaba y otros que imaginaba con un poco de afectación clásica, 
pero con fervor y viveza de colorido. Y con todo eso, la primera 
vez que tiene que nombrar al descubridor lo hace con estas des- 
deñosas ú olvidadizas frases : Post ¡mucos inde dies zenit ah 
antipodibus occiduis Ckistophorus quídam Colonus, vir ligur, 
qiii a 7neis regibus ad hanc provinciam tria vix impetraverat 
navigia; quia fabulosa quce dicebat arbitrabatur (1). 



(1) Opus Epistolarium, núm. 130.— Carta de P. Mártir de Angleria al con- 
de Giovanni Borromeo, fecha 14 de Mayo de 1493. Ese quidam para el corte- 
sano Angleria era aquel á quien el sabio Tonanelli en 1474, y el Rey mismo 



32 COLON EN ESPAÑA. 

Hernando Colon, en la Vida del Almirante, omite por cántela, 
como cree Navarrete , ó tal vez por exceso de celo , las noticias 
más curiosas é importantes, no solamente en lo relativo al na- 
cimiento y primeros años de su padre, sino las que pudo tener 
en cuanto á los primeros pasos que dio en España, puntos en que 
sucesivamente residió , personas que le acogieron y le prestaron 
protección y eficaz apoyo ; omisiones tanto más lamentables, 
cuanto que, por considerarle más y mejor enterado 'de aquellos 
críticos sucesos que ningún otro, los posteriores historiógrafos 
tomaron de él con preferencia sus narraciones (1). 

El cura de Los Palacios , Andrés Bernaldez , con haber sido 
capellán del arzobispo de Sevilla, Fr. Diego de Deza, el protec- 
tor más valioso de Colon , y con haber hospedado á éste al re- 
greso de su primer viaje, según él dice , ó al del segundo, según 
la fecha que da, 1496, se deleita en hablarnos de las maravi- 
llas de los países descubiertos, de los trabajos sufridos por el 
descubridor, de las murmuraciones que ya se levantaban contra 
él , de la especie de hábito franciscano que por entonces vistió 
Colon, y de los indios que llevaba consigo (2). 

Fray Bartolomé de Las Casas, electo obispo de Chiapa y Goa- 



de Portugal en 1488, habían escrito ya cartas afectuosísimas, llamándole su 
especial amigo. Con mucha razón dice el eminente A. Humboldt á este pro- 
pósito , que « ese qtiidam Colonus del retórico italiano, al servicio de los Eeyes 

Catóhcos, tiene mucha semejanza con el nescio quis Plutarchus » de Aulo 

Gelio, en sus Noches Áticas, xi, 16. Infatuaciones de plebeyos palaciegos, á 
quienes marea el ambiente de los regios alcázares, 

(1) Vida del Almirante. Este libro fué depositado por el nieto de Colon, 
D. Luis, duque de Veragua, en manos de un Fornari, patricio genoves, por 
el año 1568 y ha desaparecido. Y de él nos queda una traducción italiana, cali- 
ficada de manca é incorrecta , hecha en 1749 por Alfonso de Ulloa , y una 
retraduccion al español, sin fecha y sin lugar de impresión, publicada por 
Andrés González Barcia , en sus Historiadores primitivos. 

(2) Bernaldez, Renes Católicos, recientemente impresa en Gi-anada por 
la Sociedad de BibHófiíos, 1869 y 1875. 



COLON EN ESPAÑA. 33 

témala, fué confidente del Almirante y depositario de muchos de 
sus escritos. A él debemos, aunque en extracto por desgracia, el 
relato del primer viaje, que ha. publicado Navarrete, y en su 
Historia general de las Indias es quien más noticias nos sumi- 
nistra acerca de la venida de Colon á España, de las vías y medios 
y personas con cuyo auxilio se acercó á los Reyes Católicos, y 
logró después vencer la oposición de Fr. Hernando de Oropesa 
y sus parciales. 

Gonzalo Fernandez de Oviedo , cronista de las Indias , ligado 
á la corte , expedicionario infatigable y observador diligente, nos 
dice mucho menos que Hernando Colon y que Las Casas acerca 
de los trabajos y vicisitudes preliminares del descubridor y del 
descubrimiento , no obstante haber escrito nada menos que cin- 
cuenta libros , con el título de Historia natural y general de las 
Indias, islas y tierra firme del mar Océano. Mucho menos co- 
nocedor que Las Casas y que el hijo de Colon de aquellos tra- 
bajos y vicisitudes , Oviedo no acertó á determinar la incubación 
de la idea, el desarrollo del pensamiento, ni el apoyo que dio 
España á la empresa del genoves , por más que no dejase de 
comprender su magnitud y la grandeza del emprendedor. Se hace 
eco , si bien desmintiéndolo, del cuento del piloto Alonso Sán- 
chez, muerto, al decir del inca Garcilaso, en la casa de Colon, 
quien , dueño por ello del soñado descubrimiento de aquél , aco- 
metió con audacia la feliz expedición. Roselly considera á Oviedo 
enemigo irreconciliable de Colon; calificación gratuita, y que el 
mismo Roselly declara injusta, al citar al mismo Oviedo en con- 
firmación y testimonio de las altas prendas que adornaban al 
descubridor. 

El historiador más competente , el que tuvo á su disposición el 
más rico caudal de documentos y noticias relativas al descubri- 
miento de las Indias , es Antonio de Herrera , á quien Humboldt 



34 COLON EN ESPAÑA. 

é Irving dan preferencia sobre todos los demás; pero Herrera 
nada añade en sns Decadas á lo que liabian dicho Las Casas y 
Hernando sobre los preludios, laboriosos de la em2)resa y sobre 
los verdaderos obstáculos que Cristóbal Colon necesitó vencer 
para llevarla a cabo. 

También el inca Garcilaso (1), siguiendo á Gomara (2) y á 
Acosta (3) , atribuye la gloria del descubrimiento al jiiloto de 
Huelva, Alonso Sánchez ; fábula de que nos liaremos cargo más 
adelante. Todos ellos , aun cuando con los mejores propósitos , se 
hicieron sólo eco de las preocupaciones de la época posterior al 
descubrimiento. 

De los cronistas de la época bastará decir que el italiano Lucio 
Marineo Sículo , capellán de honor de la Reina Católica , huma- 
nista distinguido y maestro de la nobleza castellana, llama Pedro 
á Cristóbal Colon , y dice que « fué enviado por los Reyes con 
treinta y cinco naves y gran número de hombres á descubrir la 
Lidia» (4). 

Yalles , continuador de Hernando del Pulgar, dice : «que el 
primero que descubrió las Indias fué aquella carabela llevada por 
viento contrario en Levante , y tan contrario, que vino á dar en 
tierras desconocidas» (5)-, 

Todas esas omisiones y errores, que bien iludieran llamarse 
inepcias de los historiadores y cronistas, si no fueran fiel exi)re- 
sion de las corrientes dominadoras de la época , explican, ya que 
no justifiquen nunca, la injusticia con que trataron á Colon los 



(1) Comentarios Reales, lib. i, cap. iii. 

(2) Historia de las Indias, cap. xiii. 

(3) ídem, lib. i, cap. xix. 

(4) L. Marineo Sículo, Derehus Hispamca memorabiUhus, lib. xix. 

(5) Breve y compendiosa adición ú la Crónica de los católicos y csclai-eci- 
dos IJeyes , cap. i , f . 204. 



COLOÍT EN ESPAÑA. 35 

historiógrafos portugueses Castanheda j Barros (1), los descui- 
dos y lunares del colector Ramusio, y los cuentos y patrañas 
relatados por los alemanes acerca del descubridor y del descu- 
brimieuto de la India Occidental. A este orden pertenecen loa* 
elogios tributados á Martin Behem , á quien llegó á atribuirse, 
no sólo el descubrimiento del Nuevo Continente , sino que tam- 
bién el del estreclio de Magallanes (2). 

Todo ello explica, ya que tampoco pueda justificar, la facili- 
dad con que aquel mismo siglo atribuyó ligera é injustamente á 
Vespucio la gloria que de liecbo y de derecho pertenecía á Cris- 
tóbal Colon. 



VI. 



En cambio, el moderno biógrafo é historiador Roselly de Lor- 
gues hace á Colon instrumento de la Providencia, enviado de 
Dios ; y con el fin de que le canonicen, le declara santo vel quasi. 

Por nuestra parte, al sacar una vez más á la escena la gran 
figura histórica de Cristóbal Colon, no quisiéramos incurrir en lo 
que, si no fuera pecaminosa tentación neocatólica, sería preten- 



( 1 ) El gran historiador portugués , dice Humboldt hablando de Juan Bar- 
ros , al dar rienda suelta al odio nacional contra Colon , por el sentimiento de 
ver que tantos tesoros habian pasado á manos de los españoles , pinta al gran 
descubridor como aun hoine fallador e glorioso en mostrar suas Jiahilklades, 
e ma'ís fantástico e de imaginacoes coni'asua ilha Cipango.y> (A. Humboldt, 
Exam. critiq. de la Hist. de la Geog., tom. iv , sect. 2.*, pág. 26.) 

(2) De una parte nuestros historiadores Muñoz y Navarrete , y de otra el 
Barun de Humboldt , han logrado desentrañar los respectivos merecimientos 
del navegante genoves y del cosmógi-afo alemán; y dando á cada cual lo suyo, 
han reivindicado la gloria de Colon , disipando errores y haciendo justicia á 
Martin Behem. 



36 COLON EN ESPAÑA. 

sion ridicula del historiador francés Roselly de Lorgues. Como si 
al escribir la historia de la vida y de los viajes del Gran Almi- 
rante se tratara de la canonización de algún santo, ó de ventilar 
*a]gun punto de teología dogmática, el escritor francés, católico 
á la moda, ensaya un nuevo género de historia, y comienza la 
de Colon por excomulgar á los historiadores cpie le han prece- 
dido y suministrado los datos y documentos auténticos para escri- 
birla (1). 

Escritores insignes, varones de ejemplar piedad, cristianos de 
edificante fe , católicos á toda prueba, nos han dado, en sus más 
ó menos luminosos escritos , pruebas irrefragables del interés que 
en ellos despertó la aparición del gran hombre , y la importancia 
que dieron al éxito de su atrevida empresa. Pero á ninguno de 
ellos, hasta Roselly de Lorgues, se le habia ocurrido hacer asun- 
to de catolicismo aquel que, en su apreciación más trascendental, 



(1) Antes que lo dijera el abate Martin Casanova, algo de ello sabíamos 
ya acerca de los motivos y los fines de la obra escrita por Roselly de Lorgues 
con el título de Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colon. Pero una cosa 
es hacer informaciones de santidad para beatificación de un bienaventurado, 
y otra muy diversa escribir la historia de un gran acontecimiento (') la bio- 
grafía de un hombre ilustre. Oigamos , sin embargo, al buen abate Casanova, 
émulo del Conde Eoselly: (c En 1851, el soberano Pontífice Pío IX encargó al 
Conde Roselly de Lorgues, originario de Italia, aunque verdadero francés y 
gran católico , el que escribiese la verdadera historia del embajador de Dios; 
y cuatro tomos de ese eminente escritor han descubierto la venerable figura del 
sublime héroe de los mares, trasformándose, desde luego, en culto la admira- 
ción por las virtudes evangélicas del revelador del Nuevo Mundo, puesto que 
se han reconocido en él todos los caracteres de la santidad. 

)) Otros escritores católicos han seguido las huellas del Conde Roselly, y de 
ese número son las obras de Belloy, del P. Agustín d'Osimo, de Richard 
Henri-Major, de Eug. Cadoret y otras varias. 

»Su Em. el Cardenal Donnet, arzobispo de Burdeos, incoó, por la vía ex- 
cepcional, ante la Sagrada Congregación de Ritos, el espediente para la bea- 
tificación del héroe cristiano, Cristóbal Colon, en vista de las ventajas que de 
ello resultarían á la Iglesia ; acto que mereció los aplausos del Sacro Colegio 
y de muchos obispos de ambos mundos.» (^Lu Verité sur Vorigine et la 
patrie de Christobcd Colon., por L'Abbé Martin Casanova de Pioggiola.) 



COLON EN ESPAÑA. 37 

llamará suyo la humanidad entera. A ninguno se le ocurrió el 
trasplantar al terreno de la religión, para suscitar cuestiones teo- 
lógicas , lo que para todos y para todo el mundo lia estado siem- 
pre en el terreno de la ciencia , y lo que ni puede ni debe des- 
pertar más cuestiones que las que son propias de los asuntos de 
Historia y de Geografía. 

Separándose de la huella trazada en ese terreno por la ciencia 
y consagrada por la tradición de los siglos, huella que han se- 
guido, ai escribir la vida de Colon y la historia de sus descubri- 
mientos, sabios como Humboldt y Washington Irwing, y varones 
tan piadosos y tan sinceramente católicos como el P. Spotorno y 
nuestro D. Martin Navarrete, el Sr. Roselly se ha empeñado en 
hacer intervenir á Dios directa é indirectamente en el descubri- 
miento del Nuevo Continente ; y ha pretendido que de hoy más 
sea forzoso no ver en aquel acontecimiento otra cosa que un mi- 
lagro , y en Cristóbal Colon un especial enviado de Dios para 
obrarle (1). 

Ni se detiene allí el moderno historiador. Negada la compe- 
tencia para escribir la vida de Colon, por falta de fe católica, á 
todos sus predecesores , y nominatim á los cuatro antes citados, 
por no hal)er dado muestras de creer en la misión divina , es- 
pecial y personalísima del navegante genoves, pasa á negarles 
su capacidad, y lo que es más, su buena fe, acusándoles de no 
sabemos qué preconcebidos intentos semiprotestantes , de que no 
han visto ni podido ver claro en el asuntó, y por todo , y en re- 



(1) Monseñor Dupanloup no va tan lejos; pero en su Carta ci S. E. el 
Cardenal Donnet,de 22 de Setiembre de 1866, también se ha dejado decii- : 
(( que si le cadeau inattendu du nouveau Continent á rancien monde est Tévé- 
nement le plus étonant de riiistoire, c'estprincipalementpour la conquéte des 
ames et avec Tencouragement de TEgiise, et d'elle seule, que l'admirable na- 
vigatéur, obéissant aux inspirations de sa foi, prepara, entrepit, et mena a 
bonne fin sa découverte. » 



38 COLON EN ESPAÑA. 

sumen, deque han ensalzado el genio, y no la santidad, de Cris- 
tóbal Colon (1). 

Escribiendo con tal j^rejuicio, y mirando al descubridor desde 
un punto de vista tan singular, tan extraño y tan fuera de todas 
las conveniencias históricas y científicas, si así vale decirlo, Ro- 
selly de Lorgues ha tenido que hallar inconvenientísimo que 
Cristóbal Colon tuviese , de una parte, flaquezas de hombre, y 
de otra, cualidades de experimentado y de sabio. Y desde enton- 
ces se ha visto en la precisión de negarle las de sabio cosmó- 
grafo, de audaz marino, de esforzado capitán y hombre de genio. 

Desconociendo , ó haciendo al menos por donde el lector des- 
conozca la sociedad de aquella época, sus costumbres , su fisono- 
mía y sus modos de ser y de ver, se j)ronuncia furiosamente 
contra los eruditos y concienzudos historiadores antes nombra- 
dos , porque no hicieron escrúpulos de conciencia en lo que ni 
fué en España un misterio para los escritores de la época , ni en 
ella fué reputado á pecado venial siquiera : los amores de Colon 
con doña Beatriz Enriquez , y el ser D. Hernando hijo natural 
de entrambos (2). 



(1) EosELLY DE LoRGUES, Hist. de la vie etvoyages de Christohal Colon. 
Introfluc. 

(2) Hasta ahora no se ha encontrado documento que afirme este casamien- 
to, porque en realidad no le hubo. Los amores de Colon, en Córdoba, cwu 
doña Beatriz Enriquez, y sus consecuencias, algo debieron influir para su per- 
manencia en España, antes de admitirse su proyecto. Don Fernando fué hijo 
natural, y nació en Córdoba á 15 de Agosto de 1448 ; y lo prueba la última 
cláusula del testamento y codicilo del almirante D. Cristóbal, otorgado el dia 
antes de morir, en que dice : «E le mando (á su hijo D. Diego) que haya 
encomendada á Beatriz Enriquez, madre de D. Fernando, mi hijo , que la 
provea que pueda vivir honestamente , como persona á quien yo soy en tanto 
carr/o. Y esto se haga jjor mi descargo de la conciencia , x>orque esto pesa 
mucho para mi ánima. La razón dello non es licito de la escribir aqui.y^ Tal 
vez hu1)iera sido necesario escribirla, si Colon presumiera que habia de tener 
histoi-iadores que refiriesen sus hechos con tanta ligereza é inexactitud. (Na- 
VARRETE, Colección, tomo i, ilustrac. 8, pág. 138.) 



COLOX E>r ESPAÑA. 39 

Niégalo aiiincadamente Roselly de Lorgnes ; y porque lo afir- 
maron, increpa destempladamente á Spotorno, á Muñoz, á Na- 
varrete, á Humboldt y á Irwing. Sostiene , ex-cathedra , que doña 
Beatriz fué esposa de D. Cristóbal Colon, y por tanto, que fué 
legítimo su hijo D. Hernando, y fulmina los rayos de su ira 
beatíficamente contra los que tal no crean, confiesen y sos- 
tengan ^^1). 

Al ver el tono dogmático del escritor francés, nadie diria sino 
que se habia encontrado la fe sacramental, de aquel matrimonio ; 
así como el abate Andrés se encontró á fines del siglo anterior, 
y en el forro de un devocionario de Colon, que Labia ido á parar 
á la biblioteca de la casa Corsini, en Roma, el Codicillus more 
militari Cristophori Columhi ^ fechado en Valladolid á 4 de Mayo 
de 1806, 2^or el cual el Almirante nombraba á la Rej^ública de 



(1) El piadoso Cura de Piogiola tampoco ha podido llevar en paciencia la 
demostración hecha por Xavarrete acerca de la ilegitimidad de Hernando Co- 
lon. Y para probarnos la legitimidad emplea los siguientes argumentos : 
ft 1.° Que los escritores Xapioue, Spotorno, Cancellieri y Xavarrete, y podía 
añadir ^luñoz, Prescott, Irwing y Humboldt, publicando la condición de hijo 
natural, han querido excusar á D. Hernando no sabemos qué perfidia {^excmer 
Ferdinand le perfide), calumniando á su padi'e. 2.° Que Roselly de Lorgu es ha 
demostrado victoriosamente en su último folleto, titulado Satán contre Chris- 
iohal Colon — Paris, 1876 — la realidad del segundo matrimonio del Almi- 
rante y la legitimidad de D. Hernando. 3.° Que los descubrimientos que aca- 
ban de hacerse en Valencia y en Madrid, de obras desconocidas hasta el dia, 
sobre la vida de Colon , han confirmado superabundantemente las pruebas de- 
cisivas ya reunidas por el eminente escritor conde Roselly. » 

Dejemos que pese el ¡jrimer argumento sobre la conciencia del cura ^lartin 
Casanova ; y (|ue el sano }' recto juicio de nuestros lectores hagan justicia de él. 

Respecto al seg-undo, bastará decir, que el conde Roselly no ha dado más 
pruebas de la legitimidad de D. Hernando Colon y del segundo matrimonio 
dé su padre, que el llamar, como Casanova, herejes, protestantes é imposto- 
res á los historiadores que antes citamos, que han dicho, sostenido y probado 
lo contrario. Porque ni ha logrado exhibir la partida de matrimonio de Colon 
y doña Beatriz Enrique Arana (Casanova la llama Havana), ni ha podido con- 
tradecir más que con injuriosas suposiciones destituidas de todo fundamento 
las palabras textuales de D. Cristóbal Colon en su testamento , que prueban 
irrecusablemente la verdad de sus relaciones con doña Beatriz, y la natura- 
leza de ellas. 



40 COLON EN ESPAÑA. 

San Jorge sucesora en el Almirantazgo de las Indias y en todos 
los privilegios anejos á esta dignidad, acabada qne fuese su des- 
cendencia en línea masculina. Verdad es que nuestro Navarrete 
ha demostrado hasta la evidencia , que tal documento era apó- 
crifo; mas entre tanto la noticia corrió en boga (1). 

Si el Sr. Koselly ha sido menos afortunado que el abate An- 
drés, en cambio ha sido más resuelto; y sin documento alguno á 
que atenerse y sin estar alumbrado por más ni mejor luz que la 
que Navarrete ha suministrado al mundo literario con su pre- 
ciosa y de todos apreciada Colección de los viajes y descubri- 
mientos que hicieron por el mar los españoles desde Jines del 
siglo XV, el escritor francés ha sido osado á desmentir solemne- 
mente lá tan concienzudo como ilustrado historiógrafo , y con él 
al P. Si^otorno, á Nai>ione, á Muñoz, á Irwing y á Humboldt. 



VIL 



Ha dicho M. Belloyque «la mejor historia de Cristóbal Colon 
sería la colección de sus escritos, acomj)añada de comentarios.» 



El tercer argumento no es menos lastimoso. Hayan dicho lo que quieran 
La Liherté de Paris (6 Diciembre 1876), i:Un}oer>< (29 Marzo 1877), y 
el Galiani de Núpoles (11 Noviembre 1876), podemos afirmar que ni en 
Valencia ni en Madrid se han descubierto, sobre la A'ida de Colon j obras ni 
documentos algunos que destruyan lo aseverado y demostrado por Fernan- 
dez de Navarrete coa auténticos documentos. 

Y no queremos decir más sobre el opúsculo ó folleto del fácil ó extraviado 
Sr. Qaaanova. El fanatismo religioso obceca y extravía, muclio más aún que 
el patriotismo provincial, y municipal á imeblos ipie no tienen un gran centro 
y una vasta esfera de vida política. 

(1) Navarrete, Colección de los viujes y (JescuJir'rinientos que hicieron por 
el mar los españoles desde fines del siglo xv, toni. ii. Documentos diplo- 
máticos, número clvii, pág. 339 y sig., 2." cdic. Madrid. 



COLON EX ESPAÑA. 41 

Esta misma ha sido miestra creencia. Para juzgar con acierto á 
Colon, nada puede suministrar mayor ni mejor luz que sus pro- 
pios escritos y sus actos. Por desgracia, de todos los escritos de 
Colon — y esto explica mnchas de las inepcias y de los errores 
cometidos por los historiógrafos y analistas de su época — sólo 
se imprimieron , durante su vida : 1 ." La Declaración de la Tabla 
naxegatoria , en un tratado del doctor Grajales , titulado : Del 
uso de la carta de navegar. De ese escrito de Colon hace ya mé- 
rito el Lie. Antonio León Pinelo , en su Biblioteca oriental y 
occidental (Madrid, 1629). Por lo cual, dice Navarrete con ra- 
zón, que no fiíeron los italianos Morelliy Bossi los primeros que 
dieron á conocer á Cristóbal Colon como escritor. 2." La carta al 
tesorero Rafael Sánchez, fechada en el puerto de Lisboa á 14 de 
Marzo de 1493, y no 1492, como dice Morelli. 3." La relación 
del cuarto y último viaje de Colon , contenida en la carta á los 
Reyes Católicos , escrita desde la Jamaica el 7 de Julio de 1503. 
Esta carta , la más importante de todas las que nos quedan de 
Colon , notable por la ingenuidad , por la fuerza y la vehemencia 
del lenguaje , confiada por el Almirante al valeroso y fiel Diego 
Méndez de Segura , y que se ha encontrado después unida al tes- 
tamento de ese leal servidor, apareció por primera vez imjjresa 
en Yenecia, año de 1505, pero en una traducción italiana hecha 
por Constanzo Baynera , natural de Brescia ; y al reimprimirla 
el bibliotecario de Venecia , M. Morelli , le dio el calificativo de 
Lettera rarissima , con el que desj^ues ha sido conocida y citada. 
Humboldt cree poder afirmar que esas pocas páginas son las 
únicas que durante la vida de Cristóbal Colon se imprimieron 
sobre el suceso y la historia del primer descubrimiento. Porque 
Colon murió en Mayo de 1506 , y el Conde de Tendilla no hizo 
imprimir la primera Decada occeánica de Angieria hasta 1511, 
en Sevilla. 



42 COLON EX ESPAÑA. 

La relación de los otros viajes, y las varias cartas de mano de 
Colon, no vieron la luz pública durante los siglos xv y xvi; y 
mnchos de los nmnnscritos que vamos á enumerar han permane- 
cido entre el polvo de los archivos hasta el siglo anterior y el 
presente, hasta que D. Juan Bautista Muñoz y D. Martin Fer- 
nandez de Navarrete' los han desenterrado. 

Entre esos manuscritos archivados, son importantísimos : 1.°, 
y por lo que se refiere al primer viaje , el Diario del Almirante^ 
en un extracto hecho por mano del obispo de Chiapa , Fr. Bar- 
tolomé de Las Casas , conservado en los archivos de la casa del 
Duque del Infantado; 2.°, la Caiia del Almirante á D. Luis de 
Santángel , escribano de ración de los Reyes Católicos , carta es- 
crita, parte desde las islas Terceras — 15 de Febrero de 1493 — 
y parte desde el jiuerto de Lisboa, en 4' de Marzo del mismo 
año; conservada en el archivo de Simancas; 3.°, y relativamente 
al segundo viaje , el Memorial entregado á Antonio de Torres, 
en la Isabeki ., el 30 de Enero de 1494, y en el cual pedia el 
Almirante á los Reyes su resolución sobre varios puntos relati- 
vos al gobierno y administración de la isla de Haiti ; 4.", una 
larga carta á los Reyes, relativa al tercer viaje, escrita desde la 
isla Española, sin fecha , pero de Octubre de 1498, á juzgar 
por la en que se recibieron en España noticias del descubrimiento 
del Continente, ó sea de la costa de Paria; 5.°j una carta, llena 
de amargas quejas, escrita en 1500 (tal vez á fines de Noviem- 
bre) y dirigida á doña Juana de Torres , nodriza del príncipe 
D. Juan; 6.°, el Libro de Profecías, manuscrito de unas setenta 
hojas , escritas en parte de mano del Almirante , y el resto de la 
del cartujo Fr. Gaspar Goricio , probablemente ; mezcla extraña 
de teología, de citas de autores clásicos y de observaciones as- 
tronómicas; manuscrito encontrado en la Biblioteca Colombina, 
y publicado por Muñoz; y 7.°, veintidós cartas familiares de Co- 



COLON EN ESPAÑA. 43 

Ion , la maj^or parte de las cuales están dirigidas á su hijo Diego. 

No hay duda qne se han perdido muchos otros escritos de 
Cristóbal Colon. De la importancia de esas pérdidas se puede 
juzgar por la carta que en Febrero de 1502 escribió al Papa el 
mismo Colon , y por otras dos cartas mensajeras , una de la 
Reina y otra de los dos Monarcas al Almirante , fechadas ambas 
en Barcelona á 5 de Setiembre de 1495. « Gozara mi ánima y 
descansara , dice Colon al Pontífice , si agora, en fin , pudiera ve- 
nir á S. S. con mi escritura^ la cual tengo para ello^ que es en la 
forma de los comentarios c uso de César , en que he proseguido 
desde el primero dia fasta agora » 

ce Con este correo vos envió , decia la Reina al Almirante , un 
traslado del libro que acá dejastes , el cual ha tardado tanto por 

que se escribiese secretamente » «La carta del marear, añade, 

que habiades de facer, si es acabada me enviad luego » 

(( Nosotros mismos , vuelven en aquel dia á decirle los Reyes, 
y no otro alguno , habemos visto algo el libro que nos dejastes; 
y cuanto más en esto platicamos y vemos , conocemos cuan gran 
cosa ha seido este negocio vuestro , y que habéis sabido en ello 
más que nunca se pensó que pudiera saber ninguno de los na- 
cidos Y porque para bien entenderse mejor este vuestro libro 

habiamos menester saber los grados en que están las islas y tier- 
ras que fallastes y los grados del camino por donde fuistes, por 
servicio nuestro que nos la enviéis luego ; y asimismo la carta 
que vos rogamos que nos enviásedes, antes de vuestra partida, 
nos enviad luego muy cumplida, y escritos en ella los nombres ; y 
si vos pareciere que ñola debemos mostrar, nos lo escribid» (1). 



(1) La pérdida de los libros en los cuales el Almirante consignaba am- 
plísima relación de sus expediciones , es tanto más de lamentar, cuanto que, á 
juzgar por un pasaje de la Vida del Almirante escrita por su hijo Hernando, 
se advierte la suma discreción , el talento y á veces la fina critica con que 



44 COLON EX ESPAÑA. 

A más de ese libro poseía Hernando Colon dos Memorias es- 
critas de mano de su padre : la una « en la que demostraba, por 
las experiencias de la navegación, que las cinco zonas son habi- 
tables ; y la otra relativa á los indicios de tierra por el Ocaso.» 
La primera parece que debió escribirla Colon después de su viaje 
á Tyle ; y la segunda se encontraba entre los libidos de memorias 
del Almirante que cita Fr. Bartolomé de Las Casas en su his- 
toria manuscrita (1). ■ 



VIIL 



Faltos, por tanto, de datos y noticias detalladas, de anales 
expresivos y de crónicas referentes al suceso y á sus prelimina- 
res , los biógrafos y los historiadores , que han conocido desinies 
la imjDortancia suma de esos preliminares, procuraron llenar ese 
vacío con suposiciones , las más de las veces gratuitas, y siempre 
basadas en relatos ambiguos, contradictorios* y deficientes. Por 
lo tanto, sus loables esfuerzos , lejos de disipar las sombras que 
rodeaban esa parte de la vida del gran navegante y de la historia 



Colon referia en ellos todo lo relativo á las costumbres y á las creencias de 
los indígenas. Me refiero á la aventura de los santos ó dioses lares {cernís') tras 
de los cuales se ocultaban los sacerdotes para fingir oráculos. Descubierta que 
fué la superchería por los españoles , los caciques de Haiti les rogaron enca- 
recidamente que no divulgasen el secreto , « temiendo perder un recurso tan 
precioso para asegurar el pago de los tributos y para mantener al pueblo en la 
obediencia; porque no eran únicamente los régulos los que se encontraban 
bien hallados con el engaño.» Estas palabras están sin duda tomadas del lihro 
del segundo viaje , que no se ha encontrado en Esjaaña hasta el presente. 
(A. HuMBOLDT, Exam. critiq. de VITist. de la Geo(j. dii Nouveau Cvniin., to- 
mo II, pág. 453.) 

(1) Navakrete , Colee, tom. i , pág. 47. 



COLON EN ESTAÑA. 45 

del descubrimiento , lian oscurecido más y más el asunto. Tradi- 
ciones palpablemente erróneas, cuentos seminovelescos, mezclados 
y confundidos aquí con hechos ciertos, allí con inducciones más ó 
menos verosímiles, han servido á biógrafos y á historiadores para 
darnos por historia un tejido de íaljulas ó de gratuitas aserciones, 
que han envuelto en la mayor oscuridad esa parte de la vida del 
descubridor , y con ella la verdadera historia del descubrimiento. 

El año de su llegada á España , el de su estancia en la Rábi- 
da , la serie de sus primeros ofrecimientos y la de sus protecto- 
res , ni más ni menos que la de las contrariedades que experi- 
mentó y de los primeros obstáculos con que hubo de luchar 

todo ha continuado en los limbos de la oscuridad y de la duda; 
todo sigue aún en las sombras de la vaguedad, de la iucertidum- 
bre y de la confusión. 

Entre aquellos importantísimos sucesos, época, lugar, medio 
y modo en que el gran Colon llegó á España, casa que primero 
le abrió sus puertas , su primera presentación en la corte , pro- 
tectores que allí se granjeó , época de su estancia en la Rábida, 
enigma de Fr. Juan Pérez y Fr. Antonio de Marchena, juntas 
de sabios consultados por Fr. Hernando de Talavera , y confe- 
rencias de ¡Salamanca, celebradas á excitación de Fr. Diego de 
Deza : sucesos envueltos en la oscuridad de aquellas sombras , no 
hay ninguno tan importante quizás , y de seguro tan errónea- 
mente descrito y tan á falsa luz presentado, como el de las céle- 
bres Conferencias de Salamanca. 

A desvanecer ese error, á disipar la oscuridad de aquellas 
sombras , á rectificar hechos , supuestos unos y mal apreciados 
otros , volviendo por los fueros de la verdad , va encaminado este 
estudio histórico, para el que no Jiemos omitido pesquisa, ni per- 
donado examen, ni economizado trabajo; releyendo lo publicado, 
inquiriendo lo inédito, oyendo las tradiciones, visitando los lu- 



46 COLON EN ESPAÑA. 

gares, registrando los arcliivos, preguntando, comprobando y 
juzgando con severa imjoarcialidad. 

Y téngase en cuenta, que el período que vamos á historiar — 
de 1484 á 1492 — es, sin disputa, el más importante de la vida 
de Colon; en él se preparó el logro de la grande empresa y la 
solución del liasta allí insoluble problema. Es el jjeríodo de las 
angustiosas incertidumbres, de las esperanzas y de los temores 
por que pasó el gran descubridor; luchas terribles para su alma 
fervorosa ; porque si de una parte necesitaba comunicar su fe'á 
tanto incrédulo, y su confianza á un rey cauteloso, de otra parte 
tenía que precaverse contra la doblez y la falsía de que se habia 
visto expuesto á ser víctima en Portugal , y que habían conse- 
guido hacerle algo suspicaz y receloso. 

Al ofrecer al público los datos y noticias circunstanciadas que 
hemos logrado reunir acerca de aquel importantísimo período de 
la vida de Colon; al historiar los motivos que alentaban sus es- 
l^eranzas y los que producían sus temores; los a2ioyos que encon- 
tró en España , las dificultades que á cada paso obstruian su ca- 
mino, las simpatías que despertó y las repugnancias que logró 
dominar, esperamos que de nuestra verídica reseña han de resul- 
tar perfectamente dilucidados y fácilmente comprensibles puntos 
de historia oscuros ó tergiversados , sucesos 'mal interjjretados, 
oposiciones mal definidas , apoyos y protecciones no bien aprecia- 
dos todavía; hechos de suma importancia para la historia del 
descubrimiento. 

Queremos al propio tiempo reivindicar la parte de honor y de 
gloria que en la del descubrimiento y en la del descubridor cupo 
á varones insignes , á corporaciones científicas , juzgadas hasta 
hoy con error y con injusticia, y también á hombres del pueblo, 
de este pueblo español , siempre fervoroso , siempre espiritual y 
siempre noble. En este concepto, si no con tanta arrogancia, con 



COLON EN ESPAÑA. 47 

más exactitud que De Maistre lo aplicaba á Francia, podemos 
nosotros, parodiando su frase, decir qne la verdad liistórica, 
tratándose de Colon, necesita de. España. Y añadiremos por 
nnestra cuenta, que la clave de esa historia, por lo relativo al 
descubrimiento del Nuevo Mundo., se encuentra en las célebres 
Conferencias de Salamanca. 



IX. 



Desde los primeros albores del siglo se ba podido observar una 
esi^ecie de certamen , por nadie provocado , en todas partes soste- 
nido , y cada dia con más entusiasmo , para glorificar el genio 
del gran descubridor. El Nuevo y el Antiguo Continente se ban 
disputado la honra de ensalzar á Cristóbal Colon; y al efecto , se 
han desempolvado archivos , se han desenterrado documentos , se 
han publicado numerosas obras , se han compuesto odas y poe- 
mas , se han erigido estatuas y monumentos que eternizasen la 
gloria del descubridor y la importancia del descubrimiento. Con 
celo infatigable , con honrosa emulación , han contribuido á esa 
gran tarea, así la América del Norte como la del Sur; no me- 
nos Italia que España , y lo mismo Alemania que Francia. 

Tal vez iniciaba ese movimiento el caballero Pons , al publicar 
en París los Viajes á la parte del Continente descubierto por 
Colon. Ya á principios del siglo publicaban en Italia eruditas 
Disertaciones sobre la patria del gran navegante , ensalzando su 

* 

empresa y recordando sus títulos á la memoria de la posteridad, 
de una parte , el Conde Galeani Napione , Damián Priocea y 
Francisco Cancellieri ; de otra , el cardenal Zurla y el anónimo 



48 COLON EN ESPAÑA. 

de Milán. Pero antes y con antes qne todos ellos, habían ya real- 
zado el nombre y reivindicado los títulos y merecimientos del 
gran Almirante nuestros coi^ipatriotas Salazar de Mendoza, So- 
lorzano , Veitia , León Pinelo y el mismo Barcia. 

Mucho debe — es inneo'able — esa reivindicación á los escritos 
del genoves liberto Foglhieta , á los de Ramusio, Bossi y Spo- 
torno; muchísimo á los de Washington Irving, y W. Prescott; 
no poco , y con anterioridad , debe á los trabajos luminosos de 
A. Humboldt. Pero , aun en esta parte , tienen la primacía las 
investigaciones hechas y los servicios jjrestados ])oy los españo- 
les D. Juan Bautista Muñoz y D. Martin Fernandez de Navar- 
rete; el primero con su Historia del Nuevo Mundo, y el segundo 
con su Colección de los viajes y descubrimientos que hicieronpor 
mar los españoles desde el siglo xv. 

No tiene razón el historiador y biógrafo Roselly de Lorgues 
cuando increpa á España por el silencio que dice guardó durante 
tres siglos para vindicar los títulos de Colon á la gloria del des- 
cubrimiento. Mientras que los extranjeros , amigos ó protectores 
de Américo Vespucio , por dársela á éste , despojaron á aquél de 
esa gloria , los esj^añoles declaraban lo contrario en juicio contra- 
dictorio y solemne; y sus historiógrafos, desde Martin Fernan- 
dez Enciso , hasta Martin Fernandez de Navarrete , se han ve- 
nido oponiendo á dar el nombre de América al Nuevo Continente. 
Solorzano , Veitia , Salazar y el mismo Pizarro pugnaron ahin- 
cadamente porque , en vez de aquel nombre , se le diera el de 
Colonia — ó ya fuese el de Columhiana — ó bien el de Tierra 
Fer-Isabélica. 

Si el jioeta bresciano Lorenzo Gambara celebró en lengua ita- 
liana la empresa del gran Colon; y si en dulcísimos versos realzó 
su gloria, antes que Gambara, el laureado autor de la Jierusa- 
leme libérala el biÓR-rafo francés antes nombrado no debería 



COLON EN ESPAÑA. 49 

ignorar que ya en 1589 el poeta español Juan de Castellanos, de- 
dicaba nna de sus más sentidas elegías á la mnerte del gran des- 
cubridor; y que, desde el espiritual y dulce Melendez hasta el 
liumorístico y sentencioso Campoamor , todos nuestros más ilus- 
tres vates lian ensalzado los timbres y la memoria de Colon, en 
versos que rebosan entusiasmo , inspiración y amor. 

Por lo demás , si en el certamen abierto por el siglo xix , el 
Perú se anticipó á la Liguria , la España ha ido delante de Nue- 
va Granada. Es cierto que , antes que Genova , fué Lima la que 
dio testimonio á los siglos del tributo que debe la posteridad al 
genio bienhechor. Pero antes que Bogotá se engalanase cou el 
grandioso monumento erigido al gran descubridor , y mientras 
que Madrid y Méjico se limitaban á decretar que se le alzase , la 
ciudad de Salamanca — scientianim et artium alma mater — ha 
visto , aunque más modesto , erigido otro monumento á la me- 
moria de Cristóbal Colon , en el paraje mismo que la tradición 
cousao-raba con el significativo nombre de Teso de Colon , inme- 
diato á la granja de Valcuevo, sitio notable y recuerdo vivo del 
suceso importante de que más adelante hemos de hacer mérito. 

Ahora permítasenos que para terminar, y ya que de actos de 
justa reparación vamos hablando, paguemos también nosotros 
aquí una deuda de gratitud , y cumplamos un deber de jus- 
ticia. 

A todo y á todos somos deudores de la verdad que sobre el 
asunto hemos logrado atesorar, y de la luz que puede irradiar este 
libro; á todos, y muy particularmente á nuestro eruditísimo Na- 
varrete y al insigue A. Humboldt. Pero faltaríamos á la justi- 
cia, si no citáramos, entre los que más han alumbrado el os- 
curo camino que hemos recorrido, á los malogrados profesores 
de nuestra Universidad salmantina. I). Manuel Hermenegildo 
Dávila y D. Salustiano Huiz, al distinguido doctor Madrazo, 



50 COLON EN ESPAÑA. 

al dominico Fr. Pascual Sánchez , á nuestro querido amigo Gil 
Sanz (D. Alvaro), y muy especialmente al celoso defensor de la 
Universidad , el discretísimo ayudante de su Bi])lioteca y archi- 
vos, D. Domingo Doncel y Ordaz, quien, en su curioso folleto 
La Univer'sidad de Salamanca ante el tribunal de la Historia, 
dio prueba de que sabía ver claro en medio de las tinieblas. 

No por eso tenemos la vana pretensión de haber dicho la iilti- 
ma palabra acerca de los arcanos que encierra la vida de Colon ; 
pero al hacer luz sobre ella en el período importantísimo de 1484 
á 1492 , creemos haber prestado un señalado servicio á la histo- 
ria del descubrimiento. 



CAPÍTULO PEIMEEO. 



Sumario : Cristóbal Colon, su patria , época de su nacimiento, su modesta 
cuna , su educación. — Lánzase á la vida de marino en alas de su vocación. 
Breve reseña de sus expediciones marítimas antes de fijarse en Portugal. — 
Cómo y dónde formó el atrevido proyecto de navegar al Occidente para 
buscar el extremo Oriente. -^- Mythos y tradiciones que confirman su pen- 
samiento. — Matrimonio de Colon y su residencia en Porto Santo. — Noti- 
cias que allí recoge. — Aprobación de Paulo Toscanelli. — Fábulas y reve- 
laciones supuestas. — El piloto Alonso Sánchez. — Martin Behaim. — El 
relato de los Zeni. — Expediciones de los Escandinavos. — ^ Proposición de 
su proyecto y auxilio que pide, para realizarlo, á D. Juan II , rey de Portu- 
gal. — Conducta de aquella corte, movida por los consejos de dos obispos. 
— Favorable opinión del Conde de Villa Real. — Colon receloso y airado 
abandona á Portugal y se dirige á España. — Envia antes á Inglaterra á su 
hermano Bartolomé. 



Miiclio se ha cuestionado sobre la cuna de Cristóbal Colon, que 
ha tenido , como Homero , la gloria postuma de que se la disjju- 
ten muchos pueblos y ciudades. El mérito de tenerle por compa- 
triota tiene hoy poderoso atractivo para los descendientes de 
aquellos mismos quizás que le negaron ó le rechazaron en vida. 
¡ Triste ejemplo de la humana flaqueza, que se repite en los mo- 
dernos como en los antiguos tiempos, con más frecuencia que la 
que debiera! 

Pero en medio de las encontradas pretensiones de tantos pue- 
blos , de cuyos alegatos resj)ectivos nos dio detallada noticia el 
eruditísimo Alejandro Humboldt, y más recientemente el histo- 



52 COLON EN ESPAÑA. 

riador y biógrafo Eosselly de Lorgues ; j á pesar de las alega- 
ciones de Belloro , de Isnardi , del Conde Napione y de Cance- 
llieri , en favor de Savona , de Cogoleto y de Cuccaro , y re- 
cientemente las de Casanova en favor de Calvi — en la isla de 
Córcega, — consideramos resuelto el pleito , y perfectamente de- 
mostrado, que Cristóbal Colon fué liijo de Genova , « noble ciu- 
dad y poderosa por la mav» , como él proj^io la llamaba (1). 

Colon , sin embargo , fué cosmopolita , y pertenece á todos los 
pueblos. ¿ Qué importa que en Genova abriese los ojos á la luz ? 
Si las olas del Mediterráneo brizaron su cuna , las del Atlántico 
sobrexcitaron su fervoroso pensamiento y dieron pábulo á su lu- 



(1) La cuestión tan empeñada en este siglo, y aun en nuestros dias, sobre 
el pueblo donde vio la luz Cristóbal Colon , á pesar de las controversias soste- 
nidas pnr Napione y Cancellieri , y recientemente por el cura de Piogiola, 
Martin Casanova , que se empeña en recabar para Calvi (isla de Córcega) la 
gloria de haber sido cuna del gran descubridor , nos parece resuelta en favor 
de Grénova. Lo han demostrado Bossi , Navarrete y Humboldt victoriosamen- 
te. Antes que ellos lo habían hecho varios escritores italianos. La reserva en 
ese punto de su hijo y biógrafo , que envuelta en alardes de despreocupación 
trasciende á un poco de vanidad mal encubierta , dio lugar á que Oviedo, Go- 
mara y Veitia dudaran si era natural del mismo Grénova , ó de Cugureo , ó de 
Nervi. Bernaldez dice « que era natural de la provincia de Genova.» Angleria 
lo llama Ligm- , que viene á ser lo mismo que dice Bernaldez. De la propia 
opinión fueron Barros y Las Casas. Pero Herrera y D. Juan Bautista Muñoz 
afirmaron, con mayor certidumbre , que Colon había nacido en la ciudad de 
Genova; «lo cual nos -parece más cierto, dice Navarrete, estando reciente- 
mente comprobado con tantos y tan auténticos documentos.» ¿Y cómo cues- 
tionarlo ? El mismo Almirante en el testamento otorgado , con cédula Real, 
para la institución del mayorazgo , con fecha 22 de Febrero de 1498 , dice en 
la primera parte y en forma de súplica á los Reyes : «que no consientan se, 
disforme este mi compromiso de mayorazgo é de testamento , salvo que que- 
de y esté asi porque sea servicio de Dios todopoderoso y raíz y pié de mi 

linaje y memoria de los servicios que á Su Alteza he hecho : que siendo yo 

nacido en Genova les vine á servir aquí en Castilla » Y más adelante añade: 

« jníes que della salí (de Genova) y en ella naci.y> (Navarrete, Colee, 

tomo II, núm. cxxvi, pág. 246 á 258.) 

Hemos díclio que , á más de Genova , Cugureo (ó Cogoleto, como ahora 
dicen log itaUanos) , Bugíasco , Fínale , Quinto , Nervi , Savona , Palestrella, 
Arbizoli , Cosseria , Cucaro , Plazensia y Pradello , acaba de salir á la palestra 



COLON EN ESPAÑA. 53 

miñosa idea : la desarrolló en las playas de Portugal : España la 
prohijó , y con el apoyo de sns hombres y con los auxilios de la 
reina Isabel I , la convirtió en hecho. Cristóbal Colon pertenece 
á la humanidad. 

Su hijo y biógrafo D. Hernando le consideró rebajado, por- 
que el obispo de Newio , Agustin Justiniani, dijera en su Psalte- 
rio, que los padres de Cristóbal Colon vivieron con estrechez, 
dedicados á un oficio mecánico. Y para enaltecerle , muchos his- 
toriadores modernos — Rosselly de Lorgues uno de ellos — le ha- 
cen descender del noble tronco de los Colo?nbos 'plü.sentmos. Bajo 
la fe de Sabelico, dan por hecho probado que fué sobrino del 
Almirante de aquel nombre , y que sirvió a sus órdenes defen- 



Calvi , capital de la Balagne, en la isla de Córcega. Á ñier de buen católico y 
de buen corso , el cura Casanova , propugnador de Cal vi , se empeña en hacer 
á Colon compatriota de Napoleón. No podia ser menos : como él dice y como 
su amigo el canónigo Fioravanti lo ha escrito en versos latinos : « el uno sub- 
yugó al mundo antiguo; el otro descubrió el nuevo. 

dAntiqui domitor mundi , inveiitorque recentis.y> 

Hemos leido el opúsculo del abate M. Casanova , titulado La Ver i té sur 
Vorigine et la patrie de Christophe Columbi. Su patriotismo es digno de elo- 
gio ; sus pruebas y argumentos son deplorables , á tal punto , que considera- 
mos hacerle un favor no exponiéndolas ni tomándolas en cuenta. Cristóbal 
Colon era genoves, declarado por él mismo. Colombos ^ no sólo los pudo haber 
en Calvi, como los hubo en Cogoleto , y en Plazensia , y en Cucaro ; los ha 
habido y los hay en muchos países; en España hay Colomhos, que nada tienen 
que ver con la familia y estii'pe del gran Almirante. (Véase sobre este par- 
ticular á HüMBOLDT, Exam. crit., tom. iii, pág. 352 á 4'07.) 

Téngase presente , á más de todo , el sigmente curioso dato : 

Hernando Colon (en la Vida del Almirante , cap. x) dice : «que habia visto 
muchas firmas de su padre , según las cuales , antes de haber adquirido los tí- 
tulos otorgados por los monarcas españoles , firmaba Cohimhus de Terraru- 
bra.y> El abuelo de Cristóbal Colon se llamaba Giovanni Colombo di Quinto. 
Quinto es una aldea cerca de Genova , cuya ciudad tenía á su proximidad 
otra aldea , que lleva el nombre de Terrarosa. (Humboldt , tom. iii , pági- 
na 287.) 

Con esto concierta el hecho de que el mapamundi presentado al Eey de In- 
glaterra Henri VII por Bartolomé Colon , llevaba la siguiente poi'tada : « Pro 
2}ictore , Janua cui patria est , ñamen cui Bartholomeus Columbas de Terra- 
riíbra , opm edidit iatud Londin , dle 13 Feb.^ 1488. » (Ib. ib.) 



54 COLON EN ESPAÑA. 

diendo en el Mediterráneo la cansa de Renato de Anjon. Con el 
testimonio del mismo D. Hernando , añaden que llegó á mandar 
una escuadra contra los piratas berberiscos. ¡Hidículas j^reten- 
siones ! 

Hijo de los cardadores Domingo Colon y Susana Fontanarosa, 
nacido entre las filas del pueblo, brizado por manos y con cánti- 
cos populares , sencillos , pero tiernos y dulcísimos , educado en 
la escuela de la desgracia , que es también la de la virtud , Cris- 
tóbal Colon fué más noble y más grande que mucbos de los gran- 
des y nobles de su tiempo. 

Su vocación y su destino le llamaban al mar. El espectáculo 
conmovedor de las tempestuosas olas , la agitación que produce 
el movimiento y la vida de un puerto , el trato frecuente con gen- 
tes que afrontan imperturbables las iras del formidable elemen- 
to , la curiosidad de su espíritu siempre despierto , debían ser , y 
fueron en efecto, para el joven navegante, otros tantos incentivos 
de su vocación. 

Natural es que la marina mercante le acogiera en su seno; 
mas no es inverosímil que las galeras venecianas ó las xelandrias 
y /¿¿5ías berberiscas le viesen, tal cual vez, soldado ó capitán, 
dando no equívocas muestras del temple de su alma y de la ener- 
gía de su voluntad. Pero su destino no era el de la milicia. Su 
vocación le llamaba á la ciencia , no á la guerra. No le satisfacía 
el oficio de destruir; le agmjoneaba el ansia de saber y de descu- 
brir. Los tiempos habían llegado en que grandes secretos del 
cielo y de la tierra iban á ser revelados á la necesitada siempre 
afanosa humanidad. Ansioso el hombre , anhelosa la ciencia por 
conocer la configuración del globo que habitaba , la época era de 
agitación profunda. Los espíritus fermentaban y los pueblos se 
removían. Material y moralmente á todo gran parto precede gran 
dolor y gran trabajo. Los destellos de Bacon y del grande Al- 



COLON EX ESPAÑA. 55 

berto, las ráfagas de Sacrobosco j de Regiomontano preludiaban 
las grandes lumbreras de Copérnico y de Galileo , de Keplero y 
de Newton. En medio de esa pléyada luminosa debia aparecer un 
gran astro. Ese astro fué Colon. 

Sus biógrafos han hecho también asunto de controversia el 
dejiurar los grados de su instrucción científica y la escuela donde 
la recibió. Se acredita que frecuentó algún tiempo las aulas de la 
Universidad de Pavía, y se tiene por cierto que la penuria de sus 
padres cortó sus estudios y le obligó á regresar á sus patrios la- 
res, con escasa instrucción literaria. ¡ Controversia pueril! ¡ Dis- 
cusión propia de certámenes universitarios ! Los hombres, en cuyo 
espíritu brilla la maravillosa luz del genio , se bastan á sí mis- 
mos; su escuela es el niundo; y donde quiera que miran, ven abier- 
to un libro, en el cual ellos solos saben leer. Colon leyó , ademas, 
los de los sabios , é hizo más que leerlos ; meditó y comparó sus 
opiniones y sus asertos sobre el arduo problema que 2)reocupaba 
su ánimo; las dimensiones del globo , sus zonas habitables y ha- 
bitadas , sus partes no descubiertas , la extensión de sus mares y 
sus vías aun no exploradas. Filpervius orbis de Séneca no lo veia 
realizado , pero lo tenía por verdad. Nuevo Prometheo , no pre- 
tendía como él robar el fuego del cielo ; pero sí dominar el Océa- 
no , y conocer por sí mismo la redondez de la tierra. 

Los que crean aún que, por no haber cursado las aulas largos 
años , debia carecer de conocimientos científicos , oigan lo que 
acerca de su instrucción dice un severo crítico: 

« Cuando se recuerdan la ^'ida de Cristóbal Colon y sus viajes, 
desde la edad de catorce años , á Levante, á la Islandia, á la 
Guinea y al Nuevo Mundo , no puede menos de causar sorpresa 
la extensión de conocimientos adquiridos por un marino del si- 
glo XV. En su carta á los Reyes Católicos , escrita desde Haiti 
en 1498, y en medio de la situación nías embarazosa, cita en 



56 COLON EN ESPAÑA. 

una sola página á AristiHeles y á Séneca , á Averrlioes y al filó- 
sofo Francisco de Mairones ; y los cita , no por liacer vana osten- 
tación , sino porque sus opiniones le son familiares , y se le ocur- 
ren al escribir algunas páginas , en las que la naturalidad del 
estilo y la misma incoherencia de las ideas están demostrando la 
extremada rapidez de la composición» (1). 

Y sus escritos no revelan solamente esa instrucción, sino la 
¡loesía que se encuentra en su vida y en sus sentimientos más 
íntimos. Todo cuanto escribió en momentos de peligro , de gran- 
des dolores ó de justa indignación, descubre las disposiciones 
poéticas de Colon; el lenguaje es noble, el estilo elevado, y la 
ardiente imaginación del viejo marino se revela en las enérgicas 
pinturas que hace de su situación (2). 

Antiguos y modernos historiógrafos convienen en que el na- 
vegante genoves fué á Portugal , y se .fijó en Lisboa por el año 
de 1470. Bajo la fe de su hijo D. Hernando dióse crédito por al- 
gunos al trágico episodio del abordaje y del incendio de las dos 
naves en que, al decir de aquel biógrafo, servia su jíadre á las 
órdenes de su pariente el corsario Colombo el Mozo , en el com- 



(1) A. HuMBOLDT, Exam. critiq. de la Hist. de la Geographie du Nou- 
veau Cont'ment , tom. ii , sect. le^^ pág. 350. 

(2) Hé aquí una sucinta relación de los autores citados por Cristóbal Co- 
lon, y en cuyas obras pudo adquirir ideas favorables á sus proyectos. Aparte 
de las Sagradas Escritiu-as y de los Santos Padres , en que estaba grandemente 
versado, habia leido á Aristóteles (f/í Ccelo et de Mirah. auscidt.) , á Julio 
César, Strabon , Séneca, Plinio, Ptolomeo, Solino y Julio Capitolino ; á Al- 
fagran , Averrhoes , Kabí Samuel de Israel ; á Isidoro de Sevilla , á Beda , á 
Strabus (Walafried)., á Duns Scotus, al abate Joaquín de Calabria, al mate- 
mático Sacrobosco, al franciscano Nicolás de Lyra, al rey Alfonso el Sabio, 
al cardenal d'AilIy (Pedro de Heliaco) , á Gerson (el doctor crisüanísiino), 
que tanto contribuyó al auto de fe de Juan Hus; al papa Pío II (Eneas Sil- 
vio) , á Regiomontano (Juan Müller), áToscaneli y Nicolás dei Conti. Hum- 
l)o]dt pone en duda que hubiese leido á Mandeville y á Marco Polo. Irving 
y Navarrete creen que sí. El primero de éstos llega á afirmar que Colon lle- 
vaba consigo en sus primeros viajes el manuscrito de Marco Polo. — Hum- 
BüLDT , obr. cit. 



COLON EN ESPAÑA. 57 

bate trabado con unas galeras venecianas entre el cabo Spicliel y 
el de San Vicente; combate, abordaje é incendio de que Colon 
se vio á salvo arrojándose al mar y ganando á nado la costa. 

Para poder dar crédito á ese romancesco relato, que el biógrafo 
D. Hernando tomó á la letra del cronista veneciano Marco An- 
tonio Sabélico , hay , entre otras , la dificultad de que el cronista 
fija el año de 1485 al suceso, tan detallada y novelescamente 
referido; siendo un hecho perfectamente averiguado y evidente, 
que en aquel año, lejos de navegar y combatir sobre los mares, 
Colon residia tranquilamente en España y recorría las Andalucías. 

Por el año 1470 fijó su residencia en Lisboa; y muy lejos de 
abandonar la serie de estudios , ni de renunciar á las investiga- 
ciones, que hablan de ser la base de la más audaz de las empre- 
sas , allí fomentó su ardiente anhelo de instrucción; y familiari- 
zado con la vida del mar, contrajo estrechas relaciones con los 
navegantes más notables de aquel tiempo. 

Era uno de éstos Muñiz Perestrello , poblador , en nombre del 
infante D. Enrique, de la isla de Porto Santo. Enamorado de la 
hija del navegante Perestrello — doña Felipa — la obtuvo en 
matrimonio; y en aquella isla pudo gozar, al lado de su nueva 
familia, los encantos de una aimcible vida , consagrada á los pla- 
ceres del hogar doméstico y á los deberes de pacbe de familia; 
puesto que de su matrimonio con doña Felipa le dio ésta un hijo, 
que con el nombre de D. Diego, fué compañero de sus peregri- 
naciones, heredero de su nombre, y después debió ser sucesor en 
sus títulos y honores (1). 

(1) Decimos que debió ser, porque no lo fué; porque á duras penas, y gra- 
cias á la mediación del duque de Alba, tio de su mujer, alcanzó el gobierno de 
la isla Española, que ejerció algunos años, hostig-ado por los secuaces de Pa- 
samonte, mal mirado de la corte, y de donde le arrojaron, por último, las in- 
trigas y los disgustos. Los títulos y bonores que boy llevan sus nobles descen- 
dientes los ban adquirido después en juicio contrarlictorio y mediante pactos 
y capitulaciones con la Corona. 



58 COLON EN ESPAÑA. 

Con gran caudal de prácticos conocimientos, de cartas, noti- 
cias é instrumentos náuticos , y en jiosicion tan conveniente para 
oir á los navegantes portugueses y conocer la historia y 'los acci- 
dentes de sus expediciones y descubrimientos por las costas occi- 
dentales del África, allí debió, sin duda , engolfarse en sus proyec- 
tos é investigaciones , más que en ninguna otra época de su vida. 

No á la casualidad — grande y constante asidero de la igno- 
rancia y de la pereza — sino al genio superior del príncipe Enri- 
que de Portugal (1) se deben los notables descubrimientos de los 
portugueses, durante la última mitad del siglo xv ; y al Instituto 
de Sagres , fundado por aquel príncipe , se debió también el po- 



(1) La fama y el nombre y los altos pensamientos del infante D. Enrique 
se hallan harto bien consignados en cronistas, biógrafos é historiadores anti- 
guos y modernos (Cándido Lusitano, J. de Barros, Castanheda, Kibeiro Dos 
Santos, Capmany, Navarrete, L'ving, Salazar, Macedo y otros), para que 
nosotros nos detengamos á narrarlos 'aquí. A pesar de la contraría opinión de 
Navarrete , nos parece fuera de duda que al Infante, y no al rey D. Juan II, 
se debe la fundación de la Academia de Sagres. Pero en la fundación de ese 
Instituto náutico hace gran papel un español , sobre cuyo nombre y designa- 
ción han divagado grandemente los historiadores y cronistas. El autor de la 
Histoire genérale (le¡< voycifies , obra traducida del inglés por Prevost — París, 
1746 — dice simplemente que : «. El infante D. Enrique habia hecho venir de 
la isla de Mallorca ún matemático muy versado en la navegación y en el arte 
de construir cartas é instnimentos de mar. También fundó una Escuela y una 
Academia , de la cual le hizo jefe. » 

En El Asia, de J. de Barros (lib. i, cap. xvi) , se dice : «Por lo cual para 
estos descubrimientos (en las costas de África) hizo venir de la isla de Ma- 
llorca á un maestro Jacobo , hombre muy docto en el arte de navegar , que 
construía cartas é instrumentos de navegar; al cual costóle mucho traerá este 
reino, para que enseñase la ciencia á los portugueses que se dedicaban al 
oficio. » 

Castanheda no habla de él; pero el erudito coleccionador Kibeiro Dos San- 
tos nos dice : « Demovido (el Infante) destas altas ideias deixou a corte e 
f oe assentar a sua residen9a no reyno do Algarbe , no lugar de Sagres , junto 
do Promontorio Sacro ou cabo de San Vicente a vista do Occeano Atlántico.» 
Y en otro paraje añade : « De tudos os descobrimentos do Infante antes 
. de 1439 fez o malhorquin Gabriel do Valseca uma carta marítima en Mallor- 
ca no mesmo anno de 1439 en que nomeou e demarcou as costas dAfríca, 
descrevendo palmo a palmo os cabos, e ensenadas, e tudo o mais que os nossos 
habían descoberto : e afirmase que fez coni tanta exac9áo que , ou fora pes- 



COLON EN ESTAÑA. 59 

deroso estímulo que, en aquel laboratorio de atrevidos proyectos 
y empresas marítimas , recibió el genio de Colon. Su liijo y bió- 
grafo D. Hernando afirma que fué en Porto Santo « donde el 
Almirante comenzó á conjeturar , que del mismo modo que los 
portugueses navegaban tan lejos al Mediodía, siguiendo las cos- 
tas de África, podia navegarse al Occidente y hallar tierras en 
aquella dirección. » 

El pensamiento del príncipe Enrique, despertado en su glo- 
riosa expedición á Ceuta y fomentado en su retiro de Sagres, con 
la lectura y el estudio , era nada menos que el de circunnavegar 
el África, j)ara abrirse un camino fócil y directo al Asia , á los 



soalmentea estas viagens e registrara tndo com os suos olhos, cu pelo menos 
houvera de algum testemunho ocular e inteligente a relacáo e noticia destas 
cousas. Esta carta era en pergamino de cinco palmos de largo e cuatro de 
comprido : o cual comprou em Florenca D. Antonio Dezpuig, conego da ca- 
tedral de Malhorca e auditor de Eota : do que falla Antonio Raymundo Pas- 
cal , na obra do Desciihrhnento de la aguja náutica ^ pág. 87. — Foi ella 
vista e examinada pelo abbade Betinelli e pelo abbade Larapillas e por outros 
mais : e a houveráo por legitima.» (^Memorias de liter. portug., publicadas por 
la Academia das Sciencias de Lisboa, tom. vin, part. 1.*) 

Nuestro erudito Capmany (Cuestiones criticas, 2.") nos dice, refiriéndose 
á los trabajos y empresas de catalanes, valencianos y mallorquines, lo siguien- 
te : «Con estos libros y dechados y en esta escuela práctica y especulativa, se 
formarían los matemáticos y expertos marinos que conqjusieron la primera 
Academia de náutica que el infante de Portugal D. Enrique estableció á prin- 
cipios del siglo XV en la villa de Sagres, cerca del cabo de San Vicente , á 
donde llamó hombres hábiles de varias partes , y entre ellos al mallorquín lla- 
mado Jaime, que algunos quieren sea Gabriel de Valseca De este Ga- 
briel de Valseca consta, por lo menos, que en el año de 1438 formó una 
carta geográfica é hidrográfica universal , que quizá es la primera en esta cla- 
se, sobre una piel de vitela de cinco palmos en cuadro. Los nombres y des- 
cripciones están en lemosin de aquel tiempo, y consta el nombre del autor, el 
año y el lugar donde se hizo , que fué en Mallorca. » 

Ahora bien: ¿quién es ese Jaime ó Jacobo, ó Santiago, como dice Hum- 
boldt , ó Gabriel , como dicen Dos Santos y Capmany ? 

Porque es el caso , que hay dos Jaime Ferrer vei'daderos, aparte de este 
otro no bien definido : el Jaime Ferrer mallorquín ó catalán que en 1346 des- 
cubría el Eio del Oro , y el Jaime Ferrer , de Blanes, consultado por los Re- 
yes Católicos sobre el tratado de partición con el rey de Portugal. Acerca del 
primero de estos dos , nos dice Humboldt, refií-iéndose á nuestro Cladera (In- 



60 COLON EN ESPAÑA. 

manantiales del comercio que venían explotando j casi monopo- 
lizando las ricas ciudades italianas , y atraérselo , com ) dice Ir- 
ving,á un canal sencillo y nuevo, que derramase abundantes cor- 
rientes de oro en su patria. 

El pensamiento de Colon era más vasto , mas atrevido , y por 
lo gigantesco fué considerado entonces como utópico; era el de 
buscar aquellos mismos manantiales de comercio y de oro , nave- 
gando la vuelta de Occidente , atravesando el proceloso y temido 
Océano Atlántico , el Mar Tenebroso que decian los árabes , co- 
mentadores de Ptolomeo (1). 



vestigaciones históricas sobre los principales descuhrimientos de los españo- 
Ze.v, pág. 10) : «Es preciso no olvidar que los trabajos de los marinos catala- 
nes fueron , respecto del África occidental, lo que los de los marinos normando- 
escandinavos habían sido respecto al Norte del Nuevo Mundo La isla de 

Mallorca habia llegado á ser desde el siglo xm el foco de los conocimientos 
científicos en el difícil arte de la navegación. Por el Fénix de las Maravillas 
del Orbe, de Raimundo Lulio, sabemos que los mallorquines y los catalanes se 
servian de cartas de marear mucho antes de 1286; que en Mallorca se cons- 
truían instrumentos, toscos sin duda alguna, pero destinados á determinar el 

tiempo y la altura del polo, á bordo de los buques Un navegante catalán, 

don Jaime Ferrer, habia llegado en el mes de Agosto de 1346 á la emboca- 
dura del Rio del Oro, cinco grados al Sur del famoso cabo de Non, que el 
infante D. Enrique se lisonjeaba haber hecho que doblasen por primera vez 
los navios portugueses en 1419 Un mallorquín, el maestro Jacobo, fué es- 
cogido por el Infante para presidir la célebre Academia de náutica en Sa- 
gres )) Y más adelante añade : (c Largo tiempo antes de los nobles esfuerzos 

del infante D. Enrique y de la fundación de la Academia de Sagres , dirigida 
por un piloto cosmógrafo catalán, Maese Iacome de Mallorca, habían sido 
doblados los cabos Non y Bojador.y> 

Resulta de lo expuesto que el presidente y director en 1439 de la Acade- 
mia de Sagres no puede ser ni el Jaime Ferrer, descubridor del Rio del Oro, 
en 1346, ni tampoco el Jaime Ferrer, de Blanes. Pero el Jacobo ó Iacome 
de Mallorca de que hablan Barros y Cladera y Humboldt, ¿es el Gabriel de 
Valseca de que nos hablan Pascal, Capmany y Ribeiro Dos Santos? Así lo 
cree Salazar, y nosotros también. 

(1) Edrisi, Geogr. Nuh. — ciMare tenebrosum, sic apellatum quoniam 
scilicet ultra illud quid sit ignoratur. Nidlus enim hominum habere potuit 
quidquam ceríi de ips^o ob difficilem ejus narigationem , lucís obscuritatem. et 
frcquentiam procellarum. Nemo nautarum ausevit illud sulcare aut in cdtum 
navigare. » « Si alguna vez han tratadp de examinarse algunas de sus partes, 
aiíade el geógrafo de la Nubia, ha sido á corta distancia de sus costas ; y sin 



COLON EN ESPAÑA. • 61 

Si se quiere buscar la genealogía de ese pensamiento hay que 
acudir á la geografía mitológica , á las intuiciones sorprendentes 
de los sabios de la antigüedad. El El'/seo , las Hespérides , las 
Fortunatas Ínsula de Homero y sus predecesores , la Lycto7iia, 
mytbo atribuido á Orpheo, el de los Hiperbóreos de Hesiodo, pue- 
blos que habitaban al norte de los montes Ripheos , mansión de 
Boreo, cercana á las Afortunadas islas, y no menos dichosa, 
puesto que los hombres vivían en ella, en medio de danzas y fes- 
tines continuos y en un apacible clima , hasta la edad de mil 

años; la Atlántida de Solón, la Merópida de Theopompo ¿qué 

fueron sino presentimientos, vagas intuiciones, alguna vez atre- 
vidas hipótesis de las tierras , islas y pueblos , aun no descubier- 
tos , todos situados al Occidente del Asia , del Egipto y de la 
Grecia ? 

Esos vislumbrados países, mansión de paz y de eterna bien- 
andanza, eran luego la Hesperia; más adelante, las Canarias; 
después las islas de la Madera , las Azores, las del Cabo Verde; 
y por último , la de Bahama y el Continente americano. 

« Sucede con el espacio , dice Humboldt , lo que con el tiempo ; 
no se podría tratar la Historia bajo un punto de vista filosófico, 
relegando al olvido los tiempos heroicos. Los mythos de los pue- 
blos, mezclados á la Historia y á la Geografía, no pertenecen en 
absoluto al dominio del mundo ideal. Verdad es que uno de sus 
atributos es la vaguedad , y que el símbolo cubre en ellos la rea- 
lidad con un velo más ó menos denso ; pero los mythos íntima- 
mente ligados entre sí, revelan, sin embargo, la antigua raíz de 
los primeros grandes atisbos en materia de cosmografía y de fí- 



eiubargo, se sabe que el mar Tenebroso (el Atlántico) encierra muchas islas, 
unas habitadas , desiertas otras. La mar de Sin (China) (pe baña las costas de . 
Gog y de Magog (la extremidad oriental del Asia) comunica con el mar Te- 
nebroso. Del lado del Asia las últimas tierras son las islas de Wac Wac, ultra 
qiias quid sit ignoratur. » 



(j2 colon en ESPAÑA. 

sica. Los heciios de la Historia y de la Geografía primitivas no 
son ingeniosas ficciones tan solamente, sino que en ellos se refle- 
jan las opiniones formadas acerca del mundo real. 

«El gran Continente , más allá de la mar Croniana y aquella 
Atlántida de Solón , que ocupaban la fantasía de los contempo- 
ráneos de Cristóbal Colon, seguramente que no han tenido nunca 
la realidad local que se les atribuye. Pero ¿habrá que considerar 
por eso como sentina fabullarum y envolver en un mismo des- 
den que á los cabiros , que á los misterios samotracios , y que á 
todo eso que se relaciona con las primeras formas de las creen- 
cias sobre los cultos , á la configuración del globo , á la filiación 
de los pueblos y de los idiomas, creencias que son el producto 
instintivo de la inteligencia humana» (1)? 

La idea de la existencia probable de alguna otra masa de tier- 
ra, separada de la que nosotros habitamos jior una vasta exten- 
sión de mares, debia presentarse desde los tiempos más remotos. 
Parece tan natural al hombre franquear con la imaginación los 
límites del espacio y soñar alguna cosa más allá del horizonte 
oceánico , que aun en la época en que la Tierra erar considerada 
todavía como un disco de superficie plana ó ligeramente cóncava, 
se podría creer que más allá de la cintura del océano homérico, 
existia algún lugar habitado por hombres , otro oicoumen , el 
lokáloká de los my thos indios , anillo de montañas más allá del 
séptimo mar. Esta noción debia tomar más desarrollo á medida 
que la navegación se extendía al oeste de las columnas de Briareo 
ó de jEjeon , á medida que se multii)licaban los cuentos de los 
viajeros fenicios, y que se iba formando alguna idea de los con- 
tornos , ó más bien de la forma limitada de nuestra masa conti- 
nental. La gran tierra situada hacia el Noroeste , indicada como 
Méropis en los fragmentos de Teopompo , y como el Continente 

(1) HuMBOLTD, Exam. critiq., 1. c. 



COLON EN ESPAÑA. 63 

Croniano en dos pasajes de Plutarco, se enlaza con nn círculo de 
mythos , que á pesar de los sarcasmos poco espirituales de los 
Padres de la Iglesia , se remonta á una alta antigüedad , en la 
esfera de las opiniones helénicas: como todo lo que se refiere 
ora á Sileno, adivino y personaje cosmogónico, ó ya á aquel im- 
perio de los Titanes y de Saturno, alejado progresivamente hacia 
el Oeste ó el Noroeste. El mytho de la Atlantida ó de un gran 
continente occidental, aunque no se le quiera creer importado del 
Egipto , y se le suponga parto del ingenio poético de Solón, 
data, por lo menos, del siglo vi antes de nuestra era. Cuando la 
hipótesis de la esfericidad de la Tierra , salida de la escuela de 
los pitagóricos , llegó á difundirse y á penetrar en las inteligen- 
cias, las discusiones acerca de las zonas habitables y la probabi- 
lidad de la existencia de otras tierras , cuyo clima era igual al 
nuestro, bajo paralelos heterónimos, y en estaciones opuestas, 
vinieron á ser la materia de un capítulo, que no podia faltar en 
ningún tratado de Cosmografía. 

Desde Coloeus de Sanios , el primero de los helenos que si- 
guiendo las huellas de los fenicios pasó las columnas de Briareo 
ó de Hércules , hasta la época del infante D. Enrique y de Cris- 
tóbal Colon , ha venido siendo progresivo y continuo, en largos 
períodos, el movimiento de los descubrimientos al Oeste. En la 
Historia de la geografía todos los hechos se presentan estrecha- 
mente ligados entre sí; y en este concepto, los descubrimientos 
verificados en el siglo xv se nos figuran , no pocas veces , sim- 
ples reminiscencias de épocas anteriores. Si la segunda mitad de 
aquel siglo es una de las épocas más memorables de la vida de 
los pueblos occidentales , debido es muy principalmente á la co- 
nexión que se observa entre los numerosos esfuerzos sistemática- 
mente dirigidos hacia un mismo fin. 

• En la larga serie de generaciones que se renuevan, el histo- 



64 COLON EN ESPAÑA. 

riador perspicaz descubre la huella de ciertas tendencias comu- 
nes á los habitantes del litoral bañado por el Mediterráneo. No 
parece sino que, desde la más remota antigüedad, las miradas es- 
taban fijas en el Estrecho , jior el cual comunica aquel mar con 
el grande Océano ; y se ve cómo el horizonte se va progresiva- 
mente dilatando en aquella dirección , ante la intrepidez de los 
marinos. Limitado, por de pronto, á la Pequeña-Syrte , poco á 
poco se va alejando, hasta tocar en Tartesius y en las islas Afor- 
tunadas. En la Edad Media , esas mismas costas de Tarteso — 
el Potosí del antiguo mundo semítico ó fenicio — llegan á ser el 
punto de partida para el descubrimiento de la América. Así es 
como los gérmenes, ahogados ó retardados durante largo tiempo, 
se desarrollan súbitamente , cuando las circunstancias cambian y 
les favorecen. 

Ese concurso de circunstancias, por lo general, no tiene nada 
de casual. Los hechos que en ciertas épocas de la Historia nos 
revelan un engrandecimiento inesperado del poderío de la huma- 
nidad, son producidos por una acción lenta y frecuentemente difí- 
cil de apercibir , ni más ni menos que se observa en la naturaleza 
orgánica. Ha aparecido un nuevo mundo ó se ha abierto un nuevo 
camino para la India, cuando ha llegado el tiempo, durante el 
cual han venido preparándose esos grandes acontecimientos, por 
medio de alguna de las causas generales que influyen simultá- 
neamente en el destino de los pueblos. 

c( Los descubrimientos marítimos del siglo xv son debidos al 
movimiento impreso á la sociedad por el contacto de las civiliza- 
ciones árabe y cristiana ; son debidos á los progresos del arte náu- 
tica , auxiliada poderosamente por las ciencias ; son también de- 
bidos á la necesidad siempre creciente de ciertas producciones del 
Oriente ; á la experiencia adquirida por los marineros, en las le- 
janas expediciones para el comercio y la pesquería ; son debidos, 



COLON EX ESPAÑA. 65 

en fin, al impulso del genio ele algunos hombres instruidos, au- 
daces y pacientes á la vez.» 

ccHé allí lo que hay que elogiar y admirar en Cristóbal Colon; 
ese triple carácter de instrucción , de audacia y de grandísima 
constancia. En el comienzo de una nueva era y sobre el límite 
incierto en donde se confunden la Edad Media y los modernos 
tiempos , esa gran figura domina al siglo , del cual recibió el mo- 
vimiento, y al que á su vez vivificó con su aliento» (1). 

El descubrimiento de la América fué imprevisto , sin duda al- 
guna. Colon no buscaba ese continente, que las conjeturas de Es- 
trabon colocaban entre las costas de la Iberia y las del Asia orien- 
tal , sobre el j)aralelo de Rodas , donde el antiguo mundo presen- 
ta más desarrollo ó mayor anchura. Colon murió sin saber lo que 
habia descubierto ; en la firme persuasión de que la costa de Ver- 
aguas hacía parte del Cathai y de Mango (2) ; de que la gran 
isla de Cuba era « una tierra firme del comienzo de las ludias (3) ; 
y que de allí se podia llegar á España,, sin atravesar mares.» 

Pero Colon, al recorrer un mar desconocido, al trazar la di- 
rección de su camino por los astros y el empleo del astrolabio, 
entonces recien inventado, buscaba el Asia por el Oeste, median- 
te plan preconcebido y meditado ; no como aventurero que se 
entregaba al acaso. El éxito que obtuvo fué una conquista de la 
reflexión. 

« La gloria de Colon , como la de todos los hombres extraordi- 



(1) A.HuMBOLDT, Exam. cvitiq. 

(2) Carta de Colon desde la Jamaica, fechada el 7 de Julio de 1503, diez 
y seis meses antes de su regreso á España. Fué aquél su último viaje, y ha- 
biendo fallecido en 20 de Mayo de 1506 , nada pudo determinar en él un cam- 
bio de opinión acerca de la naturaleza del descubrimiento. (Hümboldt , lugar 
citado.) 

(3) Informarían y testimonio de cómo el Almirante fué á reconocer la isla 
de Cuba, quedando persuadido de que era tierra firme. (Na VARÉETE, 1. c, do- 
cumento núm. 76, tom. ir, págs. 162 y sig.) 

5 



C,C> COLON EN ESPAÑA. 

narios, que por sus escritos ó por sus acciones han agrandado la 
esfera de la inteligencia , se funda no solamente en las cualida- 
des de su alma j en el temple de su carácter, que le dieron el 
éxito de su empresa ; se funda en la poderosa influencia que to- 
dos ellos han ejercido , casi siempre sin pretenderlo , en los desti- 
nos de la humanidad» (1). 

¡ Bien á prueba pusieron sus grandes prendas de carácter y 
sus cualidades de espíritu las contrariedades que exj)erimentó, 
antes de llevar á cabo su empresa! 

Pero volviendo á la genealogía del jjensamiento de Colon , á 
los fundamentos en que se apoyaba y á los datos y argumentos 
que le robustecían , no hay duda alguna que su residencia en 
Portugal, y especialmente su larga permanencia en Porto San- 
to, sirvieron muchísimo para el desarrollo y confirmación de 
su idea. Aparte de sus proj)ias opiniones , nacidas ó por lo menos 
robustecidas al calor de sus lecturas favoritas y de los textos 
y autoridades que más adelante citaremos , el frecuente trato 
en Porto Santo con los atrevidos marinos, que al servicio de 
Portugal seguían explorando las costas de África , le afirma- 
ban más y más en su proyecto. Viviendo, como dice Irving, entre 
la agitación y el estímulo de los descubrimientos, en trato y re- 
laciones hasta de parentesco con personas, que por ellos habían 
alcanzado honor y fortuna, y viajando por los mismos senderos 
de sus recientes triunfos , el alma fervorosa de Colon se inflamó 
con más entusiasmo que nunca. 

Eran ciertamente aquellos momentos los más á projiósito para 
las empresas marítimas. Los lütimos descubrimientos habían 
despertado en muchos el deseo de adelantarse por los desiertos 
del Océano, donde las imaginaciones exaltadas sonal)an con ri- 



(1) HUMBOLDT, obr. cit. 



COLON EN ESPAÑA. 67 

eos tesoros y encantadoras islas. Volvieron á circular las oi:)inio- 
nes j las fábnlas de los antignos. Se citaba á menudo el cuento 
de Antilia (1) , grande isla del Océano , descubierta por los car- 
tagineses. Traíase á la memoria la Atlántida de Platón, de la 
que se consideraban restos y vestigios las islas Canarias y las 
Azores. 

Los fenómenos de espejismo, tan frecuentes en aquellas islas, 
exaltaban la imaginación de los marinos. Antonio Leone, vecino 
de la isla de la Madera, refirió á Colon que navegando al Occi- 
dente, como unas cien leguas mar adentro, habia visto tres islas 
desde lejos ; y relatos de visiones semejantes llegaron hasta dar 
nombre á una isla, que de cuando en cuando se veia desde las 
Canarias , pero que nadie podia dar con ella — la isla de San Bo- 
rondon — isla imaginaria. 

Pero aparte de esos cuentos y otros que después del descubri- 
miento inventó la credulidad ó la malicia, y de los cuales vamos 
pronto á ocuparnos , Colon recogía en aquellos sitios datos verda- 
deramente curiosos, que examinaba cuidadosamente y que coor- 
dinaba en su entendimiento y su memoria. Martin Vicente , j)iloto 
al servicio del Rey de Portugal, le refirió que, navegando á cosa 
de cuatrocientas cincuenta leguas al oeste del cabo de San Vicen- 
te, liabia sacado del agua un pedazo de madera tallada, cuyos 
adornos se hablan trabajado al parecer sin instrumentos de hier- 
ro ; que los vientos traian aquel madero de Occidente , y que po- 
dia venir de alguna tierra desconocida. 

El cuñado de Colon , Pedro Correa , le mostró otro madero por 
él recogido en las aguas de Porto Santo, y le añadió haber oido 
al rey D. Juan hablar de ciertos juncos de gran tamaño, que ha- 
bian venido también flotando del Occidente. 



(1) Ya veremos más adelante que el cuento tiene súbase, y algún fondo de 
verdad el relato histórico en que se apoya. 



G8 COLON EN ESPAÑA. 

Informes parecidos recogió también en las Azores , donde le 
hablaron de troncos grandísimos de enormes pinos, desconocidos 
en aquellas islas , é igualmente llegados á sus playas por los 
vientos occidentales ; así como de dos cadáveres , arrojados j^or la 
mar en la isla de las Flores , las facciones de los cuales se ase- 
mejaljan muy poco á las de las razas conocidas. 

Lo notable en esto es que todos aquellos síntomas y vestigios 
de tierra no conocida al Occidente no argüían para Colon la 
existencia de una simple isla más allá de las descubiertas , sino 
la existencia, á no largas distancias, de un Continente del Asia 
oriental , del Cathai , del Mango y Cipango (Japón y Hankon), 
de la tier;^a del oro y de las maravillas, relatadas ya en aquel 
tiempo por el célebre Marco Polo (1). 

Esa misma era la opinión del florentino Paulo Toscanelli; y 
noticioso de ella Colon, en su casual ó intencionado regreso á 
Lisboa en 1474, buscó medio de ponerse en relación epistolar 
con el sabio físico (2) , á quien hubo de consultar su proyecto , y 



(1) Toscanelli, en su carta contestación al canónigo Martínez (1474), no 
cita á Marco Polo ; asi como tampoco lo citan Cristóbal Colon ni su hijo don 
Hernando. Muñoz y Navarrete creen que las noticias que suministran las car- 
tas de Toscanelli sobre Quinsay y Zaitoum están tomadas de los capítulos G8 
y 77 del lib. ii de Marco Polo. Iluraboldt lo pone en duda, como ya hemos di- 
cho, fundado en que la primera y más antigua impresión de la obra de Marco 
Polo , que es la traducción alemana, se hizo en Viena, en 1477, tres años des- 
pués de escrita la carta de Toscanelli al Rey de Portugal , por mediación del 
canónigo Martínez ; y cree que de esa traducción no pudieron sacar partido 
alguno ni el cosmógrafo florentino ni el navegante genoves. Pero conviene 
Humboldt en que ambos á dos han podido consultar ó leer alguna de las mu- 
chas copias manuscritas que circulaban desde 1320, fecha de la versión latina 
hecha por el monje Francesco Pepino de Bolonia. (V. á Humboldt, Exam. 
crit. de lageog. du Nouveau Coniln., tom. i, pág. G3, n. 1.) 

(2) En Lisboa, como en todos los puertos entonces más frecuentados, habia 
nmchíjs negociantes italianos. Uno de éstos, Lorenzo Griraldi, florentino, con 
quien Colon habia intimado , le sirvió para ponerse en correspondencia con 
Toscanelli, el cual, según los términos de su segunda carta á Colon , tenia á 
éste por portugués. 



COLON EN ESPAÑA. 69 

de quien recibió, por primera contestación, el aplauso y los datos 
que ya indicaremos, sobre la posil^ilidad y seguros resultados de 
la navegación al Occidente. «Veo que tenéis — decía á Colon el 
cosmógrafo florentino — el grande y noble deseo de navegar ha- 
cia el país que produce las especias ; y en contestación á vuestra 
carta os remito copia de la que hace algún tiempo escribí á un 
amigo, que está al servicio del Serenísimo Rey de Portugal , 
á quien S. A. habia mandado escribirme sobre el mismo 
asunto» (1). 



(1) En aquella carta decia Toscanelli : « Ann cuando otras muchas veces 
he tratado de las ventajas que ofrece esa ruta (la del Occidente á través del 
Océano Atlántico) , voy , sin embargo , á petición expresa del Serme. Rey de 
Portugal , á dar una indicación precisa acerca del camino que hay que seguir. 
Con una esfera en la mano podria demostrar lo que se desea; pero para faci- 
litar más la inteligencia del proyecto , voy á señalar el camino sobre una carta 
semejante íi las cartas marítimas, en la que yo mismo he dibujado toda la ex- 
tremidad del Occidente, desde la Irlanda hasta el fin de la Guinea por el Sur, 
con todas las islas que se encuentran en esa dirección. De frente he marcado, 
derecho al Occidente, el principio de las Indias, con las islas y los lugares 
á donde se puede abordar. También veréis en ella marcado á cuantas millas 
podéis apartaros del polo ártico hacia el ecuador , y á qué distancia encontra- 
réis esas regiones tan fértiles y tan abundantes en especias y en piedras pre- 
ciosas.» (Navareete, Colec.de docum., tom. ii, pág. 5 y sig.) 

¿Es en esa carta, en la que el astrónomo florentino habia pintado de su mano 
todas las islas situadas en aquel derrotero , la que sirvió de guía á Colon en su 
primer viaje ? De esa carta ó mapa y del globo ó esfera de Martin Behem, nos 
ocuparemos más adelante. 

En otra carta le decia el mismo Toscanelli : « Recibí vuestra carta, con todo 
lo que me habéis enviado, de que quedo muy obligado; alabo vuestro desig- 
nio de navegar á Occidente , y estoy persuadido á que habréis visto por mi 
carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa; an- 
tes bien , la derrota es segura por los parajes que he señalado. Quedaríais per- 
suadido enteramente si hubieseis comunicado , como yo , con muchas personas 
que han estado en estos países ; y estad seguro de ver reinos poderosos, canti- 
dad de ciudades pobladas y ricas, provincias que abundan en toda suerte de 
pedrería , y causará grande alegría al Rej' y á los Príncipes que reinan en es- 
tas tierras lejanas, abrirles el camino para comunicar con los cristianos, á fin 
de hacerse instruir en la rehgion católica y en todas las ciencias que tenemos; 
por lo cual , y otras muchas cosas que podían decirse, no me admira tengáis 
tan gran corazón como toda la nación portuguesa , en que siempre ha habido 
hombres señalados en todas las empresas. » (Navareete, 1. c.) 



70 COLON EN ESPAÑA. 

Las cartas de Colon á Toscanelli uo existen , por desgracia ; y 
las dos contestaciones de este último , mal comentadas por el je- 
snita Jiménez , no tienen fechas. Pero como la carta al canónigo 
Martinez está fechada en Florencia, á 25 de Junio de 1474, pue- 
de muy bien calcularse que Colon hahia consultado á Toscanelli 
en principios de aquel mismo año. Ya veremos que esta fecha tie- 
ne su importancia por más de un concepto. 

El astrónomo florentino y el navegante genoves estallan de 
acuerdo , sin haberse visto ni oido. Su pensamiento era el mismo : 
buscar por el Oeste la extremidad oriental del Asia. Y su convic- 
ción era tan profunda como cientíñca. Se equivocaban, es verdad, 
en cuanto á la extensión que daban á la parte aun no conocida del 
globo de E. á O.; se equivocaban con Ptolomeo y con los cosmó- 
grafos árabes de su escuela. Pero ¡feliz equivocación! (1) que no 
contribuyó en poco al descubrimiento del Nuevo Mundo. (í El 
mundo es más pequeño de lo que se cree » , escribía Colon á los 
Reyes Católicos; y como lo escribió lo diria más de una vez, en 
sus conferencias con los consejeros de la corona y con los maes- 
tros y doctores de Salamanca (2). Sostenia, en esa parte, la doc- 
trina de Ptolomeo; la misma que el físico Toscanelli explanaba 
en su carta y mapa enviados al Rey de Portugal, y desjxies al 
mismo Cristóbal Colon. A la parte aun desconocida del j)lanisfe- 
ferio terrestre de Oriente á Occidente , la daban sólo una exten- 
sión de 26 espacios, dando á cada espacio la de 150 millas. De 
ese modo, lo desconocido no tenía jmra ellos más significación que 
la de I de la longitud terrestre, cuando era en realidad un hemis- 



(1) « El más grande de los errores en la geografía de Ptolomeo , ha dicho 
con mucho ingenio D'Anville , ha conducido al más grande de los descubri- 
mientos de nuevas tierras.» (Humboldt, Exam. crif., tom. I, sect. lére.) 

(2) Onniis eíiiin térra qucc cnUtur a vobis, parva qiaedam est ínsula, habia 
ya dicho Cicerón. {Somii. Sc'ip^ c. vi.) 



COLON EX ESPAÑA. 71 

ferio, es decir, la mitad de aquella longitud, lo que faltaba por 
conocer y por recorrer. No habia para ellos, de ]Dor medio entre 
las costas occidentales del África , de España é Irlanda , y las 
orientales del Japón (Mango y Cipango), más que el Océano At- 
lántico, y éste reducido á 3.900 millas, inclusas las islas que 
servían como de escala en su travesía, entre las cuales contaba 
Toscanelli la famosa Antilia (1) ó isla de las Siete Ciudades. 

Inútil cuestión nos j)arece la de averiguar la prioridad del pen- 
samiento entre Toscanelli y Colon. Aparte de que el pensamiento 
es más antiguo que Toscanelli y que Colon, el mérito no está en 
haberlo concebido primero , sino en haberlo realizado ; y este mé- 
rito es exclusivamente de Colon; porque, para realizarlo, no era 
bastante conocerlo ; era preciso enamorarse de él con amor inque- 
brantable; eran necesarias todas las facultades de inteligencia, y 
todas las dotes de carácter y de genio que adornaban á Cristóbal 
Colon: elevación de miras, grandeza de sentimientos, una alma 
fervorosa y elevada , un corazón grande y entero. 

Por lo demás , ya lo hemos dicho , la creencia de Colon era 
científica: se fundaba en la idea de la esfericidad de la tierra; en 
la proporción entre la extensión de los mares y la de los conti- 
nentes; en que las costas occidentales del África y de la penín- 
sula Ibérica no estaban muy distantes de las islas vecinas del 



(1) Es curioso el origen, qne investiga Humboldt con su inmensa erudición, 
de esa supuesta isla , señalada con ese nombre por primera vez en el atlas ve- 
neciano de Andrea B'ianco (1436); después en el globo de Behaim (1492), y 
nombrada especialmente por Toscanelli , quien la marca situación (24° de, 
lat.) y distancia (10 espacios, es decir, \ de la distancia total entre el extre- 
mo Occidente y el extremo Oriente). La isla Anfilia es la misma que la de las 
Siete Ciudades , segim Behaim y Toscanelli. Y la isla de las Siete Ciudades 
es aquella del mar Atlántico , á donde se refugiaron con grandes tesoros los 
seis obispos conducidos por el arzobispo de Oporto , después de la rota del 
Guadalete y muerte del rey Rodrigo. (A. Humboldt, E.eam. crit., tom. ii, 
sect. lére, pág. 173 y sig.) 



72 COLON EN ESPAÑA. 

Asia oriental, en la latitud tropical ; se fundaba en un error cien- 
tífico , ó de aplicación más bien , acerca de la longitud de las 
costas asiáticas; se fundaba en asertos y vislumbres notables, sa- 
cados de las obras de los antiguos y de los escritores árabes; y 
también en las noticias suministradas por Marco Polo ; se fun- 
daba , en fin , en los indicios de tierras situadas al ocaso de las 
islas de Cabo Verde , de Porto Santo y de las Azores ; indicios que 
en diversas épocas se babian creido encontrar, ora por la obser- 
vación de algunos fenómenos físicos, ó ya por las relaciones de 
navegantes, empujados allá por las tempestades y las corrientes. 

Al lado de todo esto vinieron, después del éxito, los mil y mil 
cuentos, y las infinitas indagaciones históricas de hechos, no to- 
dos bien comprobados , con que se pretendía , ya que no negar, 
amenguar, por lo menos, el mérito glorioso del navegante ge- 
noves. Dirijamos sobre esos relatos una rápida ojeada imparcial 
y severa. 

Hemos de dejar á un lado , por inútil y prolijo , el examen de 
algunos de esos hechos, entre los cuales se bailan el relato de un 
sacerdote budhista, Hoeichin, sobre el Fonsang y el Tahan (a. 500 
de N. E.); los descubrimientos de la Groenlandia, de la Vinlandia 
y de la embocadura del San Lorenzo, por Eriko Randa (085), i)or 
Bjoern (1001), y por Madoc de Owen (1170); la expedición de 
Guido de Vivaldi (1281) y de Theodosio Doria, en 1292, cuya 
suerte se ignora; y por último , los viajes tan comentados de los 
hermanos Zeni (1380). Imaginarios oréales los hechos á que se 
refieren esas indagaciones históricas , en nada afectan á la gloria 
de Colon, ni amenguan en cosa alguna el mérito de su realizada 
empresa. Porque ni de aquellos descubrimientos quedaron vesti- 
gios en Eurojia, ni su eco pudo influir, por tanto, en la empresa 
de Colon, dado que no tuvo de ellos ni pudo tener la más ligera 
noticia. 



COLON EN ESPAÑA. 73 

En cnanto á los relatos de sucesos fabulosos y de hechos ó do- 
cumentos mal interpretados , nos haremos cargo , por vía de ejem- 
l)lo , de la supuesta revelación del piloto de Huelva , Alonso Sán- 
chez , acreditada por la candidez de Oviedo , por la caridad ecle- 
siástica de Gomara y del P. Acosta, y por la estulta credulidad 
del inca Garcilaso; así bien que de la que se atribuyó, con escaso 
conocimiento del asunto , al famoso globo de Martin Behaim. 
Oigamos primero al crédulo Garcilaso (1) : 

c( Era Alonso Sánchez un piloto de Huelva, que tenía un pe- 
queño navio con el que contrataba j)Oy la mar , y llevaba de Es- 
paña á Canarias algunas mercaderías, que allí se le vendían bien; 
en las Canarias cargaba de los frutos de aquella isla y los lleva- 
ba á la isla de Madera , y de allí se volvía á España cargado de 
azúcar y de conservas. Atravesando de las Canarias á la isla de 
la Madera, se di(5 un temj)oral tan recio y tempestuoso, que no 
pudiendo resistirle se dejó llevar de la tormenta y corrió veinti- 
ocho ó veintinueve dias, sin saber por dónde ni adonde; j)orque 



(1) El primero que apuntó la especie , como recibida del vulgo, y sin darla 
crédito, fué Gonzalo Fernandez de Oviedo : «Quieren decir algTinos que una 
carabela que desde España pasaba para Inglaterra cargada de mercancías y 

bastimentos acaesció que la sobrevinieron tales é tan forzosos tiempos é 

tan contrarios, que ovo necesidad de correr al poniente tantos dias, que reco- 
noció una ó más de las islas destas partes é Indias; é salió en tierra é vido 
gente desnuda y que cesados los vientos (que contra su voluntad le truje- 
ron) tomó agua y leña para volver á su primer camino é que después le 

hizo tiempo á su propósito y tornó á dar la vuelta Y en este tiempo se mu- 
rió cuasi toda su gente del navio, é no salieron en Portugal sino el piloto con 
tres ó cuatro ó alguno más de los marineros , é todos tan dolientes que en bre- 
ves dias después de llegados murieron. » 

Una vez en el terreno de las suposiciones ó de los se dice se dice que el 

piloto era íntimo amigo de Colon y se dice que estelo recibió en su casa 

y que el piloto sabía levantar cartas , etc., etc. Y añade Oviedo : c( Unos dicen 
que este maestre ó piloto era andaluz; otros, le hacen portugués; otros, viz- 
caíno; otros dicen que Colon estaba entonces en la isla de la Madera é otros 

quieren decir que en las de Cabo Verde Que esto pasase ó no , dice con su 

ingenuidad Oviedo, n'iwjuno con verdad lo puede afirmar ; pero aquesta 7io- 
reZa así anda por el mundo entre la gente vulgar...... «Para mí, añade, yo 



74 COLON EN ESPAÑA. 

en todo ese tiempo uo pudo tomar el altura i>oy el Sol ni por el 
Norte; padeciendo los del navio grandísimos trabajos en la tor- 
menta, porque ni les dejó comer ni dormir. Al cabo deste largo 
tiem]3o se aplacó el viento, y se hallaron cerca de una isla, no se 
sabe de cierto cuál fué, mas de que se sospecha que fué la que aho- 
ra llaman Santo Domingo. El piloto saltó en tierra , tomó el altu- 
ra y escribió por menudo todo lo que vio y lo que le sucedió por la 
mar á ida y á vuelta; y habiendo tomado agua y leña se volvió, 
haciendo el viaje, sin saber, tampoco á la venida como á la ida; 
por lo cual gastó más tiempo del que le convenia , y por la dila- 
tación del camino les /altó el agua y el alimento; de cuya causa, 
y por el mucho trabajo que á ida y á venida hablan padecido, 
empezaron á enfermar y morir , de tal manera, que de diez y sie- 
te hombres que salieron de España no llegaron á la isla Terceira 
más de cinco , y entre ellos el j^iloto Alonso Sánchez Huelva, 
fueron á parar á casa del famoso Cristóbal Colon , geuoves, 
porque supieron que era gran j^iloto y cosmógrafo y que hacía 



lo tengo por falso » (Oviedo , Hht. gen. y natural de Indias , lilao ni, ca- 
pítulo II.) 

El Sr. Ferrer de Contó que, con el título de- Colon y Alonso Sánchez , pu- 
blicó en la Revista Peninsular, número 7, Marzo de 1857, un erudito artícu- 
lo sobre el cuento consabido; y es lo más notable del articulo el que, después 
de leido , no acierta uno á saber si el autor toma ó tiene por cuento el caso , ó 
lo tiene y toma por historia. Nos habla mucho de la posibihdad de una arriba- 
da forzosa, de los vientos alisios ó alie eos , como él dice; de que el Sr. Navar- 
rete no da gran copia de razones para tener por fabuloso el caso de Alonso 
Sánchez; de que D. Eanion Ruiz Eguilaz, autor de las Breves disertaciones 
sobre algunos descubrimientos é invenciones debidos á la Espaíia, lo tiene 
por verdadero ; y sin decirnos su opinión , entra luego á combatir la posibili- 
dad de los hallazgos de maderas, árboles, arbustos y aun cadáveres en la 
proximidad de las Azores y de. Cabo Verde, que no pertenecían á la flora y 
fauna europeas. El trabajo del Sr. Couto, en una y otra pretensión, nos parece 
flojo, por más que bastante erudito. 

Mucho más sólido y conveniente es el trabajo antiguo de D. Cristóbal Cla- 
dera, en sus Investigaciones históricas, en el cual refutó ya esas pretensiones 
y cuentos , defendiendo el mérito y la gloria de Cristóbal Colon. 



COLON EN ESPAÑA. 75 

cartas de marear (1); el cual los recibió con mucho amor y les 
hizo todo regalo, por saber cosas acaecidas en tan extraño y lar- 
go naufragio, como el que decian haber padecido. Y como llega- 
ron tan decaídos del trabajo pasado (2) , por mucho que Cristóbal 
Colon les regaló, no pudieron volver en sí, y murieron todos en 
su casa (3) dejándole en herencia los trabajos que les causaron 
la muerte; los cuales aceptó el gran Colon (4) , con tanto ánimo 
y esfuerzo , que habiendo sufrido otros tan grandes y aun mayo- 
res , pues duraron más tiemiJO , salió con la empresa de dar el 
Nuevo Mundo y sus riquezas á España, como lo puso por blasón 
en sus armas diciendo : « A Castilla g á León — Nuevo Mundo 
)) diú Colon. y> 

« Quien quisiere ver las grandes hazañas de este varón — aña- 
de el inca Garcilaso — vea la Historia general de las Indias que 
Francisco López de Gomara escribió, que allí las hallará, aun- 
que abreviadas. Pero lo que más loa y engrandece á este famoso 
sobre los famosos , es la misma obra de esta conquista y descu- 
brimiento. Yo quise añadir á esto poco que faltó de la relación de 
aquel antiguo historiador , que como escribió lejos de donde acae- 
cieron estas cosas , y la relación se la daban gentes y unientes, le 
dijeron muchas cosas de las que pasaron , pero imperfectas; y yo 
las o'i en mi tierra á mi padre y á sus contemporáneos ; aunque, 
como muchacho, con poca atención» (5). 

Como se ve , el cuento del piloto Alonso Sánchez de Huelva 
es á más no poder desatinado , y deja ver su origen y su tosca 



(1) ¡ Como si DO tuvieran entonces más necesidad de agua, de pan y de me- 
dicinas, que de cartas de marear! 

(2) Ni se sabe cómo pudieron Uegar vivos, sin tener agua ni alimento. 

(3) De modo que ia casa de Culón debia ser, más que casa de socorro , un 
verdadero hospital. 

(4) Mal gusto tuvo. 

(5) Gakcilaso , Comentarios Reales , lib. i , cap. iii. 



76 COLON EN ESPAÑA. 

urdimbre por todas sus coyunturas. Si lo hemos coi3Íado aquí 
del texto , ha sido sólo para proliar con su relato , que no se pue- 
de ni se debe tomarlo en serio. Aparte de lo amanerado y de lo 
inverosímil, jwr no decirlo imposible, de que sobrevivieran á la 
falta de alimento y de agua, solamente el piloto y otros cuatro 
tripulantes, para el solo objeto de venir á la isla Tei^cera y me- 
terse por las puertas de la casa de Colon, y morirse allí, y dejarle 
heredero de sus papeles y del hallazgo de la isla de Santo Do- 
mingo; aparte, decimos, de lo burdo de la invención, hay lo de 
que, si Cristóbal Colon hubiera sido poseedor de la situación geo- 
gráfica de Santo Domingo y de la ruta seguida por Alonso Sán- 
chez, dado que éste átomo all'i el altura y escribió por menudo todo 
lo que vio y lo que le sucedió á la ida y á la vuelta, y que de esos 
escritos dejó heredero á Colon » , era imposible que éste hubiese 
vacilado , respecto á la dirección , y que en vez de veintiocho ó 
veintinueve dias que empleó Alonso Sánchez , hubiera empleado 
él sesenta y ocho (1), y en vez de dar en Santo Domingo hubiera 
ido á dar en la isla Guanahani. Con aquellos datos su conducta 
hubiera sido muy otra, y su empresa más pronto y más fácil- 
mente realizada. Esto es indudable. 

Pero aun hay más ; y es, que el mismo Garcilaso nos revela 
candorosamente el origen y la ninguna autoridad del cuento de 
Alonso Sánchez, en aquel mismo pasaje de su historia, diciendo 
á continuación : « El muy Rdo. P. Acosta toca también esta his- 
toria del descubrimiento del Nuevo Mundo, con pena de no po- 
derla dar entera , que también faltó á Su Paternidad parte de la 
relación en este paso , como en otros más modernos ; porque se 



(1) En realidad tardó setenta y un dias : desde el 3 de Agosto hasta el 12 
de Octubre, que tomó tierra en Guanahani. Pero como se detuvo diez y nueve 
dias en Canarias, su navegación por el Atlántico no duró más de cincuenta y 
dos dias para tocar en las islas de Bahamu. (Véase el Diario del primer 
viaje, en Navaukete, 1. 1.) 



COLON' EN ESPAÑA. 77 

habían acabado ya los conquistadores antiguos, cuando Su Pa- 
ternidad pasó á aquellas ¡martes , sobre lo que dice estas palabras, 
lib, X , cap. XIX : c( Habiendo mostrado que no lleva camino pen- 
)) sar que los primeros moradores de Indias hayan venido á ellas 
»con navegación hecha para este fin, bien se sigue que, si vinie- 
))ron por mar, haya sido acaso </ por fuerza de. tormenta el haber 
y> llegado á Indias : lo cual por inmenso que sea el mar Océano 
))no es cosa increible. Porque así sucedió en el descubrimiento de 
)) nuestro tiempo , cuando aquel marino ( cuyo nombre aun no sa- 
y> bonos, para que negocio tan grande no se atribuya á otro autor, 
))SÍno á Dios) , viendo por un terrible é importuno temporal re- 
)) conocido el Nuevo Mundo, dejó por paya del buen hospedaje á 

)) Cristóbal Colon la noticia de cosa tan grande. Así pudo ser » 

«Hasta aquí — añade Garcilaso — es del P. Acosta, sacado a 
la letra ; donde muestra S. P. haber hallado en el Perú parte de 
nuestra relación , y aunque no toda , pero lo más esencial de ella. 
Este fué el i)rimer principio y origen del descubrimiento del 
Nuevo Mundo ; de la cual grandeza podia loarse la pequeña villa 
de Huelva que tal hijo crió ; de cuya relación certificado Cristó- 
bal Colon insistió tanto en su demanda, j^'ometiendo cosas nun- 
ca vistas ni oidas , guardando como hombre prudente el secreto 
de ellas ; aunque debajo de confianza dio cuenta dellas á algunas 
personas de mucha autoridad cerca de los Reyes Católicos , que 
le ayudaron á salir con su empresa ; que si no fuera por estas 
noticias, que le dio Alonso Sánchez , de Huelva, no pudiera, de 
sola su imaginación de Cosmografía, j)rometer tanto y tan certi- 
ficado como prometió , ni salir tan presto con la empresa del des- 
cubrimiento ; pues según aquel autor no tardó Colon más de se- 
senta dias en el viaje hasta la isla Guanatianico, con detenerse al- 
gunos dias en Gomera á tomar refresco; í/z^í" si no supiera, por la 
relación de Alonso Sánchez, qué rumbo habia de tomar en un mar 



COLON EN ESPAÑA. 



tmi grande^ era casi milagro haber ido allá en tan breve tiemjpo.'^ 
En medio de lo que lioy podemos ya llamar desatinos , ¡ qué 
gran luz dan los ingenuos relatos del inca Garcilaso y del padre 
José de Acosta ! Desde luego se advierte que anda de por medio 
la teología, en lo del cuento de Alonso Sancliez. ¡ Siempre la su- 
persticiojí y la ignorancia oscureciendo la verdad , desfigurando 
la historia , negando la ciencia y las intuiciones del genio ! ¡ Siem- 
pre tergiversando los hechos ó inventando fábulas para embrute- 
cer á los hombres y obstruir las vías del progreso ! Los frailes se 
hallaron con que la población del Nuevo Mundo no se compagi- 
naba bien , á su entender , con la tradición bíblica y con sus teo- 
rías genesiacas ; y pensando en dar solución á la dificultad, no 
hallaron mejor medio que el de llevar allá la descendencia de 
Noé por la virtud de una tormenta. Y se conoce que fueron frai- 
les los inventores del recurso, ¡morque no se les ocurrió la dificul- 
tad de que los pescadores, lo mismo que los argonautas , no lleva- 
ron nunca mujeres á bordo. 

Se advierte ademas , por el contexto candoroso de aquellas re- 
laciones , que en medio de la superstición y de la ignorancia ge- 
neral de aquella época , eso de que la ciencia sola hubiera podido 
iluminar y guiar á Cristóbal Colon para descubrir el Nuevo Mun- 
do, era , para las gentes educadas por los frailes , punto menos 
que imjíosible : a hubiera sido casi milagrosos, que era todo lo 
que j)odia decir un fraile. De ahí el que el padre Acosta nos dije- 
ra : « lo del descubrimiento del Nuevo Mundo no puede atribuir- 
se más que á una tormenta que lanzó allá á un marino. Verdad 
es que no sabemos el nombre de ese marino; pero así tuvo que 
ser. La cosa se hace increíble , es cierto ; j^ero negocio tan grande 
no puede ni debe atribuirse más que á Dios, para quien no hay 
imposibles. » Lo cual equivale á decir : no queremos que la cien- 
cia haga milagros ; preferimos á eso fraguarlos nosotros. Y en 



COLOX EN ESPAÑA. 79 

efecto , primero se inventó lo de la tormenta, y el navio, sin 2^0- 
der designar el nombre del marino; j más adelante se le dio ya 
nombre y patria. Pero se tuvo cuidado de matarle con todos sus 
compañeros mártires, en la jiropia casa de Cristóbal Colon. 

Dígase ahora si no son inmensas las dificultades con que tiene 
que luchar siempre el genio. Y véase, de paso, cuan naturalmen- 
te se explican todas las que tuvo que superar Colon , qué causas 
tienen las ingratitudes que devoró y el velo que sobre su triunfo y 
su gloria echaron sus contemporáneos y contribuyeron á extender 
y hacer más denso los cronistas é historiógrafos de aquel siglo. 

Otra suposición no menos gratuita fué la de atribuir el descu- 
brimiento de Colon á las revelaciones de Martin Behaim , y á 
éste la prioridad del pensamiento. De este error se hizo eco el 
mismo Herrera (1), que incurrió también en el de tener por por- 
tugués al alemán Martin Behaim. Humboldt, que ha demostrado 
hasta la evidencia lo infundado de semejante suposición, dice á este 
propósito : «¡Cosa extraña! La posteridad, que cuasi ha olvidado 
la gran influencia de Toscanelli en los proyectos de Cristóbal Co- 
lon, se ha obstinado en colocar á su lado otro personaje digno, sin 
duda , de la mayor consideración , como geógrafo, como viajero y 
como marino, pero que no dirigió sus miras , por lo que de él sa- 
bemos, más que á circunnavegar el África para llegar á la India. 

Se ha dicho que M. Behaim habia descubierto el archipiélago 
de las Azores, revelando á Colon, no sólo el camino del Asia oc- 
cidental , sino la existencia de un nuevo continente , y que habia 
trazado sobre un globo el estrecho al cual dio su nombre Maga- 
llanes Cuanto más mistexioso ha parecido el origen de aquel 

(1) Y cuanto más se extendiera al Este y hacia las islas de Cabo Verde 
la i)arte oriental de la ludia, más fácil sería llegar á ella por el Oeste en una 
navegación de pocos dias. Esta opinión fué confirmada á Colon por su amigo 
Martin de Bohemia, portugués, natural de la isla de Fayal, gran cosmógra- 
fo. (Herrera, Dec, i, lib. i, cap. 11. 



80 COLON EX ESTAÑA. 

hombre extraordinario, más se lia querido agrandar su figura. 
Unos le lian calificado de noble portugués ; otros de bohemio de 
raza slava; Herrera y üoberston le hacen natural de la isla de Fa- 
yal; habiendo resultado que era alemán, nacido en Nuremberg. 
Se le encuentra en Yenecia, en Ambéres y en Viena, ocupado du- 
rante veinte años en el comercio de paños ; desjjues construyendo 
en Lisboa un astrolabio, instrumento de grande importancia para 
los navegantes ; viajando más tarde, con Diego Cam, por las eos- 
tas de África hasta el cabo Padráon. En 1492 está en Nurem- 
berg, casa de suprimo, el senador Miguel Behaim, terminando 
el famoso globo que quiere dejar como recuerdo «á su querida pa- 
tria, antes de partir para el país donde tiene casa á 700 millas 
de Alemania.» Y en 1496 se le vuelve á encontrar en casa de su 
suegro , el gobernador de la isla de Fayal (las Azores) , mientras 
que Yasco de Gama se abre camino á la India doblando el cabo 
de Buena Esperanza» (1). 

De todas esas y otras muchas investigaciones prolijas sobre la 
vida y viajes de Martin Behaim y de Cristóbal Colon , resulta : 

1." Que los dos personajes no juidieron encontrarse en Fayal, 
aun cuando sea probable que Colon visitase alguna vez las Azores. 

2.° Que únicamente pudieron conocerse y acaso tratarse en 
Lisboa, de 1480 á 1484 ; siendo así que la corresjjondencia de 
Colon con Toscanelli data de 1474. 

3.° Que el globo de Behaim se terminaba en 1492, cuando ya 
Colon navegaba con sus tres carabelas jjor el Atlántico. 

4° Que el pasaje de Hartmann Schedel (2) se refiere al hemis- 



(1) HUMBOLDT, obr. cit. 

(2) Cuando los navegantes llegaron al Océano del Sur, no lejos de la cos- 
ta, y después de pasar la línea, se vieron en otro hemisferio, caian sus som- 
bras á la diestra mano, cuando miraban al Oriente; allí descubrieron un mundo 
nuevo, desconocido hasta entonces y que por muchos años nadie habia buscado, 
excepto los genoveses, y éstos sin buen éxito. (V. á Irving, Apénd. núm. 12.) 



COLON EN ESPAÑA. 81 

ferio austral , en que entró la expedición de Diego Cam y de Be- 
haim , luego que pasaron el Ecuador y que les ofreció un mundo 
nuevo de esperanzas para la circunnavegación del África. 

5." Que el globo, descubrimiento de M. Otto, que atribuyó á 
Behaim , y en el que se marcan las costas del Brasil y el estre- 
cho de Magallanes , no es el globo de Behaim , sino el de Juan 
Schoener, profesor de matemáticas, hecho en 1520 y conservado 
en la Biblioteca de Nuremberg. 

Y 6.° Que el verdadero globo de Behaim , terminado en 1492, 
no contiene ninguna de las islas ó costas del Nuevo Mundo ; se- 
ñala únicamente la Antilia , como antes de él lo habia hecho 
Andrea Bianco. 

Es otra gratuita aserción, la de que que Colon leyera los frag- 
mentos del relato de los Zeni, acerca de los viajes de noruegos é 
irlandeses, en los siglos ix al xii, y de los verdaderos ó supuestos 
descubrimientos por ellos hechos de las costas de Terranova y 
del Labrador : reciente asunto de discusión científica muy empe- 
ñada. Cualquiera que sea el valor histórico de aquel relato y de 
tales descubrimientos, es un hecho probado, que los fragmentos 
de aquél , ni se publicaron , ni fueron conocidos hasta mediado el 
siglo XVI ; es decir, cincuenta años, próximamente, después de la 
muerte de Cristóbal Colon. 

Cierto es que éste verificó su viaje al mar del Norte, en el 
cual, á su decir, repasó de 100 leguas la i'dtima Thule. Si creemos 
á su hijo D. Hernando, fué esto en 1477: y en 1467, si damos 
crédito á M. Barrow y á Muñoz. Dejando á un lado la cuestión de 
si la TJmle de Ptolomeo y su grado de latitud, que es á lo que 
' se refiere Colon en su tratado de las Cinco zonas , indican la Is- 
landia, como afirma Dicnil, ó la isla Maynland, como opina Hum- 
boldt, de acuerdo con D'Awille, con Gosellin ly con Mannert: 
aparte la no menos enmarañada discusión sobre si la Tkule de 



82 COLON EN ESPAÑA. 



♦• 



Ptolomeo es la misma Thyle de Séneca, de Plynio y de Solino, 
y todas ellas una misma que la Tliule de Pytheas, á la que Mal- 
te-Brun coloca en la extremidad de la Jutlandia , limitémonos á 
examinar si pudo Colon , como lo pretende el último de los cita- 
dos geógrafos , adquirir noticias del relato de los hermanos Zeni 
en aquella expedición, y por lo tanto, del descubrimiento de la 
América septentrional, hecho jior los scandinavos, al decir de 
aquel relato y de posteriores investigaciones. 

Humholdtlo considera poco probable:. «Cristóbal Colon — dice 
el sabio alemán — buscaba el camino de la India para llegar ])or 
el Oeste al país de la especería y del oro ; y fuérale bien inútil, 
aun cuando lo hubiera sabido, que allá los colonos scandinavos 
de Groenlandia hablan descubierto la tierra de Vinlaud , y que 
.los pescadores de Finlandia hablan abordado á una tierra llama- 
da Broceo. Tales noticias, aun en el supuesto de que las hubiera 
podido adquirir, le habrían parecido perfectamente extrañas á 
sus proyectos, ó por lo menos, desligadas de ellos. Vinlaud y Dro- 
ceo no han tenido interés para nosotros, más que ¡ior tener ya la 
certeza de la continuidad de las costas, desde el cabo Paria hasta 
la embocadura del San Lorenzo.» «Ademas — añade Humboldt — 
en la segunda mitad del siglo xv , en una época en que, desde 
ciento cincuenta años hacía, estaba interrumpida la navegación al 
Yinland , el recuerdo de los descubrimientos groenlandeses no po- 
día ser en Islandia lo bastante vivo para que llegase á los oidos de 
un navegante genoves, que, á decir verdad, se cuidarla lo mismo 
de los sagas del país, que de los manuscritos de Adam de Brema.» 

A tan atinadas observaciones todavía podríamos añadir con 
Irving , que así las tradiciones islandesas recogidas por Torfaeus, 
como el relato de los Zeni, redactado de memoria jior Marcolini 
é inserto por Ortelius en su Theatrum orbis , tienen más visos 
y señales de fábulas que de historias. 



COLON EN ESPAÑA, 83 

En no menor yerro incurren, á nuestro juicio, los que atribu- 
yen el jiroyecto de Colon á una misión providencial , á una visión 
milagrosa, á una especie de intuición semidivina. 

Colon fué siempre acendradamente piadoso, pero nada tuvo 
jamas de fanático ni de liipócrita , como observa atinadamente 
el mismo Irving. 

La idea de los descubrimientos, navegando al Occidente, se 
formó y se arraigó " en su espíritu independientemente de su fe 
religiosa y de su erudicio-n bíblica. Esto es para nosotros de una 
evidencia incontrovertible. En la historia del descubrimiento y en 
cuantos verídicos datos y noticias nos suministran sobre la vida 
de Colon y sobre el desarrollo progresivo de su idea , documentos 
y libros á ella referentes , se ve que aquella idea fué hija de su 
estudio, de sus observaciones, de su profunda meditación sobre 
el asunto. Lo dice su hijo y biógrafo D. Hernando ; lo demues- 
tran las constantes luchas y las perdurables controversias que 
sostuvo con sabios y profanos , legos y clérigos , de todos los paí- 
ses , durante veintidós años ; lo declaran los Reyes Católicos cuan- 
do le escriben en 5 de Setiembre de 1493 y 16 de Agosto de 1494, 
diciéndole : «y porque sabemos que desto sabéis vos más que otro 

alguno , vos rogamos que luego nos enviéis vuestro ¡jarecer dello 

Nosotros misinos y no otro alguno habernos visto algo del libro que 

nos dejaste Cuanto más en esto platicamos y vemos, conocemos 

cuan gran cosa ha sido este negocio vuestro, y que habéis sabido 
en ello más que nunca se pensó que pudiera saber ninguno de los 
nacidos Una de las principales cosas porque esto nos ha pla- 
cido mucho es por ser inventada, pri)icipiada ó habida por vuestra 
mano, trabajo é industria; y parécenos que todo lo que al princii3Ío 
nos dijiste que se podría alcanzar, por la mayor parte todo ha sido 
cierto, como si lo hubiéredes visto, antes que nos lo dijiésedesy) (1). 

(1) Navarrete, Colee, de viajes, tom. ii. 



84 COLON EN ESPAÑA. 

Cuando Colon hubo establecido su teoría , dice Irving , se le 
fijó en el ánimo con singular firmeza , influyendo mucho en su 
carácter y conducta, Pero es también que sus dotes naturales, 
su gran carácter, su magnanimidad, su fervoroso esi)íritu, junto 
con sus conocimientos , le daban aquella confianza , aquella fir- 
meza, aquella seguridad con que emitia sus ideas y con que ex- 
ponía su pensamiento, lo mismo en las aparatosas juntas de los 
sabios , que en presencia de los soberanos y de sus ministros. Y 
fueron cabalmente aquella elevación de esjiíritu , aquella grande- 
za de alma y noble dignidad, las que le atrajeron las simpatías 
y la adhesión en España de los influyentes personajes, con cuyos 
auxilios logró triunfar de todas las contrariedades. 

Hay que tener en cuenta , para juzgar con acierto á Colon , que 
sus mismas altas cualidades de carácter y de talento daban á sus 
pretensiones tal tono de altivez y de grandiosidad , que ello solo 
levantó barreras á su proyecto , y más de una vez eso mismo au- 
xilió poderosamente á sus opositores y contrarios. Conferenciaba, 
dice Irving , con los soberanos , como si fuesen sus iguales. Sus 
proyectos eran regios, altos, sin límites ; los descubrimientos que 
proponía eran de imperios ; las condiciones de proporcionada mag- 
nitud ; y no quiso nunca , ni aun después de largas dilaciones, 
repetidos desengaños y amargos j)adecimientos , no quiso nunca, 
bajo la presión de la penuria y la indigencia , rebajar en lo más 
mínimo las que se creían entonces extravagantes pretensiones, 
por la mera posibilidad de sus descubrimientos. 

Se ha discutido mucho acerca de sus verdaderas ó supuestas 
proposiciones á otros soberanos de Europa, antes ó después que 
á los de España. Roselly de Lorgues da gran importancia y no 
poco crédito á lo que se ha dicho relativamente á las repúblicas 
de Genova y de Venecia , asegurando que Cristóbal Colon visitó 
la primera de éstas ciudades en 1483 y 1485. Los documentos 



COLON EN ESPAÑA. 85 

tan concienzuda como felizmente recopilados y dados á luz por 
nuestros historiógrafos Muñoz y Fernandez Navarrete, contradi- 
cen abiertamente el aserto del escritor francés, que, por otra par- 
te , se apoya en datos de varia y dudosa significación , si es que 
no en hipótesis, que sólo revelan pretensiones vanagloriosas. Na- 
varrete ha demostrado que raya en lo imposible lo de la propo- 
sición á la Señoría de Genova, hecha con anterioridad á la época 
en que Colon se estableció en Lisboa, 1470. Nota bien, que fué 
allí, en Portugal, donde, ¡lor confesión de su hijo D. Hernando, 
empezó á conjeturar la navegación al Occidente ; allí donde , se- 
gún Irving, estableció su teoría; que desde 1470 á 1484, que 
llegó á España , si salió de Portugal y sus dominios fué sólo á 
visitar las costas occidentales de África y de Europa ; y que des- 
de 1484 hasta 1492 no salió de España. 

Todo esto lo confirma el mismo Colon. En carta á los Reyes 
Católicos (1) les dice, entre otras cosas ; «Fui á aportar á Por- 
tugal, á donde el Rey de allí entendia en el descubrir más que 
otro; el Señor le atajó la vista, oido y todos los sentidos, que en 
catorce años no le pude hacer entender lo que yo dije » Ca- 
torce años estuvo en Portugal consagrado á su proyecto y á 
obtener los auxilios de D. Juan II, para su realización por cuen- 
ta de la Corona de aquel reino. 

Y hé aquí , digámoslo de paso , retratada en las cartas y recla- 
maciones de Colon la sombra del enojo que guardaba en su alma, 
por lo que él llama , no sin exageración y sin cierta acrimonia, 
burlas, incredulidad , ceguera y rotundas negativas á secundar 
su proyecto. Irving, citando al hijo mismo de Colon, su biógra- 
fo , y al historiador Barros, nos dice : « que el Rey de Portugal 



(1) Documento núm. 58, que Navarrete toma de Las Casas, en su Historia 
de las Indias. 



86 COLON EN ESPAÑA. 

oyó al genoves con mucha atención y le otorgó su asentimiento.^ 
Y Vasconcellos , cronista de D. Juan II , afirma : « que la deci- 
sión é informe desfavorable del Consejo, donde, contraía opinión 
del Conde de Villareal , D. Pedro de Meneses , prevaleció la del 
obispo de Ceuta, Piego Ortiz de Calzadilla (1) , no satisfizo al 
Rey.» Y esto se confirma con la carta del mismo D. Jnan II á 
Cristóbal Colon , que original se conserva en los archivos del 
Duque de Veragua — fecha 30 de Marzo de 1488 — en la que le 



(1 ) Muchos historiarlores han confundido al licenciado Calzadilla con el obis- 
po de Ceuta, Diego Ortiz; y alguno, como Bernaldez, sostiene que los dos nom- 
bres son una misma persona. Están en un error. Cuando el Eey de Portugal, 
D. Juan II, sometió el proyecto de Colon á una junta de sabios, á ella asis- 
tieron el licenciado Calzadilla , obispo de Viseo , y el docto obispo de Ceuta , 
Diego Ortiz Castellano. Véase lo que sobre estos dos personajes dice el cro- 
nista portugués Antonio Ribeiro dos Santos (Memorias de literatura jyor- 
tuguesa , publicadas por la Academia Eeal das Ciencias de Lisboa, tom. viii, 
parte 1.'): c( Distinguióse entre os ilustres mathematicos nesta época (Joan II) 
con grandes créditos de seu neme o Lie. Calzadilla , bispo de Vi^eo , a quien 
á antigua historia apregoaba por nuiito sabio e particularmente por grande 
cosmógrafo. Debaixo de seus olhos se fez na casa de Pero da Alcagova a car- 
ta o mapamundo que levarao os nosos viajantes Pero da Covilha e Alfonso 

da Paiva cuando o Sor. D. Joáo II os mandou á descubrir as térras do 

Preste Joáo das Indias. Isto le fez tanta honra ( ao Lie. Calzadilla ) cuanto 
pouca o ter sido' um dos que se opo9eráo a proposta de Christhobal Colon nes- 
ta Corte pra em}Dresa do descubrimento do Novo Mondo. Delle falla entre os 
nossos Francesco Alvares, no Preste Joáo das Indias : e entre os extranhos 
Withff liet na obra intitulada Descriptionis Ptolomaicce augmenta , pág. 30. — 
Y más adelante dice : « Figurou muito nesta época D. Diego Ortiz Castellano, 
pió e douto bispo de Ceuta, que grande reputa9áo grangeose par sua muita li- 
teratura e conhecimentos ñas Mathematicas, principalmente na Cosmographia, 
a quien o Sor. Rei D. Joáo costumaba tratar e consultar. Este foi hum dos 
que Lhe aconsselharíio a tentativa da navega9áo da India e hum dos que des- 
pois examinaráo o plano do Christhobal Colon cenando este o apressentou 
aquelle Principe pra o descubrimento do Novo Mondo.» 

Y á seguida añade : « Elle o reprobón tamben com'o licenciado Calzadi- 
lla, ou f osse por opinioes erradas en que estaba , ou f cuse por sistema , pois 
que habia antes aconseilhado a navega9áo pra India oriental por caminho 
contrario ao de Colon : o que justamente nao se lhe ou louvou, por nos privar 
da gloria e utilidade do descobrimento e acquisÍ9oes que entao poderamos 
facer. » 



COLON EN ESPAÑA. 87 

llamaba á su servicio, con solicitud y vivísimas insta,ncias (1). 

En la carta de Colon á los Beyes Católicos , anteriormente ci- 
tada , él mismo declara que estando ya en España «tuvo cartas 
de ruego de tres i^ríncipes , que la Reina — q. D. h. — vio y se 
las leyó el doctor Villalon. » 

Dando de barato que una de esas cartas de ruego fuese la de 
D. Juan II, cuya fecha dejamos apuntada, es de creer que las 
otras dos , si no de fecha posterior, no fuesen anteriores á su lle- 
gada á España. 

El desleal consejo del obispo de Ceuta á D. Juan II, seguido 
por éste , á lo que parece, y aun cuando frustrado el intento , co- 
nocido al fin por Cristóbal Colon , produjo en éste enojo grandí- 
simo , y una profunda aversión á la corte de Lisboa , de donde 
quiso huir á toda priesa, y abandonar definitivamente á Portu- 
gal. Esto debió ocurrir j)or el año de 1484. Lo dice su hijo y bió- 



(!) Carta del Eey de Portugal á Cristóbal Colon, dándole seguridades para 
su ida á aquel reino (original en el archivo del Duque de Veragua). 

En el sobrescrito dice : A Crifítovam Colon, noso especial amigo en Sevilha. 

1488, 20 de Marzo. — Cristóbal Colon. Nos Dom Joham, per graza de Déos, 
Rey de Portugall e dos Algarbes ; da aquem e da allem mar en África , Se- 
nlior de Guiñee , vos enviamos muito saudar. Vimos a carta que Nos escri- 
bestes : e la vea vontade e afeizaon que por ella mostraes teerdes a nosso 
servizo, vos agardecemos muito. E cuanto a vossa vinda ca, certo, assi pello 
que apimtaes, como por outros respeitos para que vossa inJustra e boo en- 
genho Nos sera necessareo, Nos a desejamos, e prazernos ha muito de vinsedes, 
porque em o que a vos toca se dará tal forma de que vos devaes ser contente. 
E porque por ventura teeres algún rezeo de nossas justizas por razaon dalgunas 
cousas a que sejaez obligados , Nos por esta nossa carta vos seguramos pella 
vinda, stada e tcruada que non sejaaes presso , retendo , acusado , citado nem 
demandado por nenhuma cousa, ora seja civil, ora criminal, de cualquier cua- 
lidade. E por ella mesma mandamos a todas nossas justizas que o cumpran 
asi. E por tanto vos rogamos e encomendamos, que vossa vinda seja loguo, 
é para isso non tenhaes pejo algum : é agardecervos lo hemos e teeremos 
muito em servizo. Scripta en Avis a veinte de Marzo de mil cuatrocien 
tos ochenta y ocho. — EL REY. (Navarrete, Colee, tom. ii , docum. nú- 
mero III.) 



88 COLON EN ESPAÑA. 

grafo D. Hernando; lo declara Fr. Bartolomé de Las Casas, y 
no lo ocultó el mismo Colon, segnn lo demuestra en la carta á 
los Reyes Católicos que más arriba hemos copiado. Los historió- 
grafos jíortugueses Juan de Barros y A. de Castanheda oculta- 
ron la perfidia del consejo dado al Eey jwr su consejero Diego 
Ortiz. Consistia este consejo en la estratagema de entretener á 
Colon con razonamientos equívocos, en tanto que se enviaba re- 
servadamente un buque en la dirección que él habia señalado. 
Esta pérfida insinuación, como dice Irving , se atribuye á Calza- 
dilla, el obisjw de Ceuta, y cuadra bien con la estrecha política 
que habia aconsejado al Rey. Cometió entonces éste la debilidad 
de acoger aquella inicua estratagema , apartándose de su habi- 
tual generosidad. Se pidió á Colon un plan circunstanciado del 
propuesto viaje, para que pudiera examinarle el Consejo ; y satis- 
fecho aquel deseo por Colon, inmediatamente salió una carabela 
con el ostensible pretexto de llevar víveres á las islas de Cabo 
Verde , pero con instrucciones reservadas para seguir el rumbo 
indicado por Colon. La carabela navegó desde aquellas islas al 
Occidente por algunos dias. Pero el temporal tormentoso y los 
pilotos, faltos de celo que los estimulase , no vieron delante de sí 
más que un inmenso desierto de inhospitalarias y temerosas on- 
das, y sin aliento para continuar , tomaron la vuelta á las islas y 
de ellas á Lisboa, donde ridiculizaron como irracional y extrava- 
gante el proyecto de Colon , para excusar de ese modo su falta 
de valor y de celo. 

Colon se indignó justamente de tan infame deslealtad. Dícese 
que el rey D. Juan hubiera querido renovar la negociación , no 
obstante aquel fracaso; y lo acredita la carta que posteriormente 
escribió á Colon. Pero éste se negó resueltamente á ello. 

Su mujer, doña Felipa, habia muerto algún tiempo hacía; y 
roto así el nudo doméstico que le unia á Portugal, determinó 



COLON EN ESPAÑA. , 89 

abandonar nn país donde le habían tratado con tan mala fe, y 
bnscar })atrocíuio en España (1). 

Entonces debió ser cuando á Cristóbal Colon se le ocurrió di- 
rigir sus propuestas á la corte de Inglaterra, á donde envió á 
su hermano Bartolomé , en tanto que él huia de Portugal, con 
enojo, y se dirigía á España. «Según podemos colegir, dice 
Las Casas , considerando el tiempo que Colon estuvo en la corte 
de Castilla, que fueron siete años, por alcanzar el favor y ayuda 
del Rey y de la Reina, y por alguna de sus cartas , en especial 
escritas álos Católicos Reyes, y por otras circunstancias, prime- 
ro debió de haber salido Cristóbal Colon para España, que su 
hermano para Inglaterra; y así salió aquél de Portugal por el 
año 1484.» Ya veremos que este hecho está demostrado hasta la 
evidencia. 

Huia de Portugal hemos dicho; y así parece, por lo que su 
hijo y Las Casas dan á entender. Hacia fines de 1484 salía secre- 
tamente de Lisboa, dice Irving, llevando consigo á su hijo Die- 
go. ¿ Pero salía así por sustraerse á las asechanzas que ipudiera 
tenderle una corte cautelosa y despótica, ó, como entiende aquel 
historiador y ha querido sostener algún otro, por evitar los me- 
dios coercitivos que pudieran emplear contra él sus acreedores? A 
pesar de la carta del rey D. Juan , que copiada dejamos á la letra 
en la nota de lapág. 87, y que jDarece confirmar la opinión de Ir- 
ving, no participamos de ella; no existe fundamento alguno para 
sospechar siquiera que Cristóbal Colon estuviera por entonces en- 
causado por delito alguno , ni ejecutado por deudas en Portugal. 
Al contrario , su conducta , su ilustración , sus cualidades perso- 
nales , sus relaciones de familia y de sociedad le ponen al abrigo 
de toda sospecha en esa parte. Hombre de honor, caballeroso en 



(1) W. Ibving, Vida y viajes de Cristóbal Colon, lib. i, cap. viii. 



00 COLON EN ESPAÑA. 

todo y de couciencia rígida , en el codicilo que otorgó en Vallado- 
lid, á 19 de Mayo de 1506, da fuerza á una relación — escrita de 
su mano — de personas «á quienes quiero, dice, que se den de mis 
bienes lo contenido en este memorial , sin que se le quite cosa al- 
guna dello. )) La relación tiene todo el carácter de un descargo de 
conciencia, ó por lo menos de una delicadísima remuneración de 
servicios. En esa relación no suena ningún portugués. Cuasi todos 
los sujetos nombrados allí son genoveses residentes en Lisboa. 
Aunque se quiera suponer que Colon habia sido deudor de ellos, 
es seguro que ninguno le habría reclamado jamas sus créditos , y 
buena j^rueba es de ello aquella misma disposición testamentaria. 
No, Cristóbal Colon no salia secretamente de Lisboa por te- 
mor á la justicia, sino ala injusticia y á la despótica arbitrariedad. 
Ni ¡ qué extraño que un extranjero, con el que se liabian usado 
tan cautelosos ardides, saliera en 1484 secretamente del reino 
de donde tenía , en aquel entonces , que huir despavorida su pri- 
mera nobleza y buscar un asilo en España! Conocidas son las 

escenas sangrientas con que señaló el rey D. Juan el comienzo 
de su reinado. Y sabido es que, después de los horribles asesina- 
tos de Evora y de Setúbal (1), el terror embargó los ánimos, y 



(1) ((Era el rey D. Juan — dice el cronista Bernaldez — discreto, esforzado, 
pero feroz y sospechoso. El dia 29 de Mayo de 1483 mandó prender en Evora 
al Duque de Braganza, su cuilado, y á los quince dias le mandó degollar, con 

grande espanto en los caballeros de Portugal En el ano de 1484, en el mes 

de Agosto , en Setúbal , estando el Rey en su palacio , entraron en él seguros 
una noche el Duque de Viseo, su primo y hermano de la Reina, D. Diego, é 
el obispo de Evora; y el Rey tenía ya concertado de los matar ; é asi como 
entraron dio de puñaladas al Duque y matólo , é fizólo echar por una ventana 
abajo sobre un tejado que era en lo alto de la sala ; é prendió al obispo é fizó- 
lo echar en una cisterna, donde estuvo fasta que murió. É esto fecho fuyeron 

con temor muchos caballeros de Portugal é vinieron en Castilla y el Rey 

tomó todas sus haciendas á los ausentados, é las fisco para sí E después 

prendió é degolló á D. Fernando de Meneses, hermano del obispo de Evora, 
dos fijos del susodicho , é descuartizaron á el uno; é fizo degollar á Pedro de 
Alburquerque é á otros.» (BíRNALdez, i2e?/es Católicos, cap. L.) 



COLON EN ESPAÑA. 91 

muchísimos caballeros portugueses huyeron de Portugal y se re- 
fuiriarou á Castilla. 

Los ofrecimientos que hace el rey D. Juan en su carta á Cris- 
tóbal Colon y las seguridades que le promete, son una especie 
de salvoconducto , harto necesario en tan calamitosos tiempos 
para todo hombre de algún valer, nacional ó extranjero, que tu- 
viera que tratar cualquier negocio grave con los reyes de enton- 
ces. Colon debia, en ciertos momentos, imimcientarse con las dila- 
ciones y aplazamientos y contrariedades que sufria en la corte de 
los Reyes Católicos ; y sin duda en una de aquellas horas de 
desaliento acordóse de las aficiones personales del rey D. Juan, 
y le escribió la carta á la cual parece que es contestación la de 
aquél. Era éste discreto, como dice bien Bernaldez, y á más de 
discreto era suspicaz y cauteloso. Las seguridades que allí ofrece 
á Colon no estaban de más; pero significan todo, menos el que 
éste tuviera que abandonar secretamente á Portugal, en 1484, ni 
por delitos, ni por deudas. 



CAPÍTULO II. 



Sumario. — Llegada de Cristóbal Colon á España. — ¿Se sabe la época ? — 
Divergencias y errores acerca de ella ; de dónde proceden ; cuál es la verda- 
dera fecha. — Primeros pasos dados por Colon en España. — Quiénes fue- 
ron sus primeros protectores. — Lo que hay de verdadero y lo que hay de 
inexacto en la visita al convento de la Eábida y conferencia con el prior 
fray Juan Pérez. — Declaración del Físico de Palos Garci-Hernandez. — 
Verdadera fecha de aquella conferencia. — Eecursos con que contaba Co- 
lon. — Colonia italiana en Sevilla. — Juan Berardi. — El Duque de Medi- 
na-Sidonia. — El de Medinaceli. ■ — Notable carta de este último al cardenal 
^lenduza. — Alonso de Quintanilla. — Servicios que por de prunto prestaron 
esos dos personajes al navegante genoves. 



Haciéndose cargo de las divergencias que existen entre los 
antiguos cronistas é liistoriógrafos acerca de la llegada de Colon 
á España ; de su aparición en la corte ; de su presentación á los 
Reyes ; del tiempo que fué huésped del Duque de Medinaceli ; de 
las ocasiones y motivos que le llevaron á la Rábida, á Córdoba 
y Salamanca y fechas de su residencia en esos ¡juntos ; en una 
palabra, acerca de los pasos que dio y vicisitudes que sufrió des- 
de su llegada á España hasta que firmó la Reina en Santa Fe 
las capitulaciones para la empresa del descubrimiento, el histo- 
riador Prescott exclama con mucho candor y con admirable bue- 
na fe : «A la verdad , las divergencias que se hallan entre los 
antiguos autores son tales, que hacen desesperar de que se pueda 



04 COLON EN ESPAÑA. 

Jijar con exactitud la cronolog'ia de las vicisitudes de Colon an- 
teriores á su primer majei) (1 ). 

Y en efecto, son tantas y tales las divergencias, qne el mismo 
Prescott, llevado del desaliento qne arguyen sus citadas pala- 
bras, evita, en cuanto puede, señalar fechas y cuenta aquellas 
vicisitudes hilvanando los sucesos como se le vienen á la mano y 
pasando por cima de las contradicciones y los errores en que ha- 
blan incurrido Herrera, Muñoz y el mismo Irving. 

Herrera fija la llegada de Colon á Esjiaña en 1484 ; lo pre- 
senta inmediatamente en la corte , y después de hacerle residir 
en ella cinco años, lo lleva durante los dos siguientes (1489 
á 1491) á la casa del Duque de Medinaceli. 

Irving , siguiendo á Muñoz , supone á Colon en Genova por el 
año de 1485, y no le hace llegar á Esjiaña hasta después de 
aquella fecha (1486). Pero Irving incurre á seguida en palj)able 
contradicción al decir que en 1491 llevaba Colon siete años de 
residencia en la corte (2). 

Prescott no hace nada por orillar esas divergencias. Fija la 
venida de Colon á fines de 1484, y haciendo caso omiso de la 
anécdota de la Rábida, lo lleva desde luego á la corte, si bien 
con carta de recomendación del guardián Fr. Juan Pérez jDara 



(1) W. Peescott. Hist. de los Reyes Católicos D. Fernando y D? Isalel 
(traducción de Sabau, 1845), t. ii, cap. xvi, pág-. 260, nota 19. 

(2) Conviene Irving en que Cok)n dejó secretamente la corte de Lisboa á 
fines de 1484 ; pero lo lleva de allí á Genova, donde, siguiendo á un moderno 
historiador, le hace permanecer un año (1485) y donde cree que repitió per- 
sonalmente la proposición que en orden á su empresa habia hecho por escrito 
al Gobierno de aquella República, del cual fué recibida con desprecio. Indica 
después, si bien no lo cree probable, la opinión de que desde Genova llevó 
Colon sus proposiciones á Venecia. Pero á pesar de no dar gian crédito á esa 
opinión, sostenida, dice, por un escritor italiano de mucho mérito, da como 
seguro que el genoves no vino á España hasta la entrada del año 1486. (Was- 
hington Ieving, Vida y viajes de Cristóbal Colon, lib. i, cap. xin, y 
libro II, cap. i. 



COLON EN ESPAiíA. *J5 

don Hernando de Talayera, prior del Prado y confesor déla Rei- 
na ; indica la oposición de éste á los proyectos del genoves ; da 
por enterados de ellos á los Eeyes ; conviene en que éstos no des- 
ahuciaron á Colon , sino que quisieron c*; oir el dictamen de los que 
pudieran ser jueces más competentes , sometiendo aquellos pro- 
yectos á un Consejo elegido por Talayera », y como tantos otros, 
confunde ese Consejo con las célebres conferencias de Salaman- 
ca. Pero como no debia desconocer las dificultades que liay para 
confundir esas dos Juntas en una, salta por cima de aquellas, 
diciendo : a y fué tal la apatía de aquella Junta letrada y tantos 
los obstáculos presentados por la pereza, la preocupación y la 
incredulidad, qiie se pasaron años cíjites que se resolviera 
nada y) (1 ), 

Durante esos años — sin decir cuáles ni cuántos — no sabiendo 
qué hacer de Colon, dice que siguió ala corte, « llevando alguna 
yez armas en las campañas » ; y añade que , cansado aquél de 
esperar, pidió contestación definitiva á sus in'oposiciones , y que 
entonces — tampoco señala año ni fecha — se le manifestó «que 
la Junta de Salamanca habia declarado su })lan quimérico., im- 
practicable y apoyado en fundamentos muy débiles para que el 
Gobierno le pudiera prestar su apoyo.» Por donde se ve que, en 
efecto, confunde las famosas conferencias de Salamanca con las 
juntas y consultas del j)rior del Prado. 

A seguida es cuando Prescott menciona al cardenal Mendoza 
como uno de los protectores de Colon, y cita, como de pasada, 
en ese mismo concepto á Deza , arzobispo de Sevilla ; sin embar- 
go de lo cual , dice « que Colon se dio por desahuciado y abando- 
nó la corte. » 

Aquí es cuando le encamina á pedir apoyo á los Duques de 



(1) W. Prescott, Eist. de los Eeyes Católicos, t. ii, cap. xvi. 



96 COLON EN ESPAÑA. 

Medinasidonia y de Medinaceli , « siendo acogido por el último 
con mnclia bondad y protección.» Y sin hacer mérito de los dos 
años que Medinaceli tuvo á Colon en su casa, le da como despe- 
dido de España y en situación de marchar á Francia. 

Con ese objeto lo lleva entonces al convento de la Rábida sólo 
para despedirse « de su amigo el guardián » ; y , nótese bien , aqm' 
es cuando Prescott señala la fecha de 1491. 

Fray Juan Pérez detiene á Colon : se va al real de Santa Fe, 
habla á la Reina, y allí le auxilian, apoyando la causa de Colon, 
Alonso de Quintanilla, Luis de Santángel y la Marquesa de 
Moya;é interesada de nuevo Isabel, vuelve Colon al campa- 
mento-ciudad ; no logra tampoco entenderse con la Reina, y otra 
vez se retira para marchar al extranjero. Pero entonces insiste 
Santángel, la Reina se decide por fin, se vuelve á llamar á Colon 
y se firman las capitulaciones, en Santa Fe, el 17 de Abril 
de 1492 (1). 

Este es el relato histórico-cronológico que han adoptado la 
generalidad de los escritores que se ocupan de Colon , relativa- 
mente á las vicisitudes que sufria su proyecto, durante el críti- 
co período que trascurre desde su llegada á España hasta la fir- 
ma de las capitulaciones en Santa Fe. Adviértase ahora, que ese 
relato es el sucinto resumen del que había hecho poco antes 
Washington Irving. Pero lo notable es, que la narración de ese 
insigne biógrafo está calcada en la del historiador Muñoz ; la de 
éste, ea la de Herrera, quien, á no dudar, la tomó de Gomara, 
de Las Casas tal vez , ó más seguramente del mismo Hernando 
Colon. Y como todos estos fluctúan y, lejos de narrar cronológi- 
mente los hechos, los amontonan y los hacen ocurrir de distin- 
tos modos ó por diversas vías, como dice el obispo de Chiapa 



(1) W. Prescott, obra citada, t. ii, cap. xvi. 



• COLON EX ESPAÑA. 97 

Fr. Bartolomé de las Casas, el historiador Prescott, qne observó 
esas divergencias, comprendió que, en realidad, ninguno de los 
antiguos historiógrafos y cronistas habian acertado á descubrir 
la verdadera sucesión de los hechos , ni el secreto de ellos , ni los 
pasos que dio , ni los trabajos que pasó Colon desde su llegada á 
España hasta las capitulaciones de Santa Fe, y declaró con can- 
dorosa y plausible ingenuidad que debia desesj)erarse de llegar á 
fijar con exactitud la serie cronológica de aquellos sucesos. 

Nosotros vamos á intentarlo : comenzaremos por afirmar que, 
en efecto , son inexactos , no sólo en cuanto á fechas y detalles, 
sino en lo que á hechos y sucesos imjjortantes atañe , y en lo que 
se refiere á j^ersonas y corporaciones , así el relato de Prescott, 
como los de cuantos historiadores, antes y después de él, han 
seguido su mismo rumbo, como si se copiaran unos á otros. 

Por de pronto , nos jíarece fuera de toda duda el hecho de la 
llegada á España de Cristóbal Colon el año 1484. Así lo dice el 
cronista Ortiz de Zúniga (1); lo asegura terminantemente el hijo 
y biógrafo del mismo Almirante (2) , y lo da á entender clara- 
mente la carta del Duque de Medinaceli al cardenal Mendoza, 
fecha 19 de Marzo de 1493, que original existe en el archivo 
de Simancas, y que hace el número 14 de los documentos pu- 
blicados por Navarrete (3); testimonios confirmados por el del 



(1) Ortiz de Zúñiga , Anal, eccles. y sec. de la ciudad de Sevilla , li- 
bro XII. 

(2) Hist. del Almirante , cap. xi. 

(3) Hé aquí la notabilísima carta del Duque de Medinaceli : 

« Al Reverendísimo señor el Sr. Cardenal de España , Arzobispo de To- 
ledo , etc. 

» Reverendísimo señor : No sé si sabe vuestra Señoría como yo tuve en mi 
casa mucbo tiempo á Cristóbal Colomo, que se venía de Portogal, y se quería 
ir al Rey de Francia, para que emprendiere de ir á buscar las Indias con su 
favor y ayuda, é yo lo quisiera probar y enviar desde el Puerto, que tenía 
buen aparejo , con tres ó cuatro carabelas , que no demandaba más ; pero como 
vi que era esta empresa para la Reina nuestra Señora , escribílo á Su Alteza 

7 



Í)S COLON EN ESPAÑA. 

l^ropio Colon en el relato de su j)rimer viaje, de cuya copia ó 
extracto somos deudores al P. Las Casas. 

Se corrobora eso mismo en la carta que á fines de 1500 escri- 
bió el projjio Colon al ama ó nodriza del príncipe D. Juan , doña 
Juana de la Torre. 

Se confirma, ademas, en la muy notable que desde la Ja- 
maica escribió á los Reyes Católicos , con fecha 7 de Julio 
de 1503. 

Eso mismo se reproduce en el papel escrito de mano de Co- 
lon , copia , á juicio de Navarrete , de algunas cartas escritas á 
sus protectores en España, cuando le prendieron en la Isla Es- 
pañola; pero cuyo contexto evidencia que fué borrador de alguna 
exposición de agravios á los Heyes , demandándoles justicia con- 
tra las personas viles (^civiles, dice allí Colon), en fe de cuyos 



desde Rota , y respondióme que ge lo enviase : yo ge lo envié entonces, y su- 
pliqué á Su Alteza, pues yo no lo quise tentar y lo aderezaba para su servicio, 
que me mandase hacer merced y parte en ella, y que el cargo y descargo de 
este negocio fuese en el Puerto. Su Alteza lo recibió y le dio encargo á Alon- 
so de Quintanilla, el cual me escribió de su parte, que no tenía este negocio 
por muy cierto; pero si se acertase, que Su Alteza me baria merced y daria 
parte en ello; y después de liaberle bien examinado, acordó de enviarle á bus- 
car las Indias. Puede haber ocho meses que partió , y agora él es venido de 
vuelta á Lisbona , y ha hallado todo lo que buscaba y mt.y cumplidamente, 
lo cual luego yo supe, y por facer saber tan buena nueva á Su Alteza ge lo 
escribo conXuarez, y le envió á suplicar me haga merced que yo pueda en- 
viar en cada año allá algunas carabelas mias. Suplico á vuestra Señoría me 
quiera aj^ndar en ello , é ge lo suplique de mi parte , x>u^s « fni cabsa y for yo 
detenerle en mi cas^a dos años y liaberle enderezado á su servicio , se ha ha- 
llado tan grande cosa como ésta. Y porque de todo informará más largo Xua- 
rez á vuestra Señoría, suplicóle le crea. Guarde Nuestro Señor vuestra Reve- 
rendísima persona como vuestra Señoría desea. De la villa de Cogolludo á diez 
y nueve de Marzo. Las manos de vuestra Señoría besamos. — El DuqueD (*). 

(') « Lo era entonces D. Luis de la Cerda, quinto Conde de Medinaceli, señor del Puerto de Santa 
Maria y de la villa de Cogolludo y su tierra. Fuó el primero de esta casa que se tituló Buque de 
Medinaceli. Sirvió al rey D . Enrique IV y á los Sres. Eeyes Católicos en las guerras de Portugal y 
de Granada hasta que se entregó esta ciudad ; y murió en Ecija á 25 de Noviembre de 1501, ca- 
minando cou los Reyes para Alora y Cantillaua. » ( Haro , JVobil. , part. i, lib. i.) 



COLON EN ESPAÑA. 91) 

interesados y falsos dichos , el bárbaro Bobadilla decretó la pri- 
sión del Gran Almirante (1). 

Y por último , el mismo aserto se rej^roduce en otra carta de 
Colon á los mismos Reyes , inserta en el Libro de las Profe- 
cías (2). 

En el primero de los citados documentos, refiriéndose Colon 
á las contrariedades cpie á su proyecto oimsieron todos los que 
rodeaban á SS. AA., dice : «Y han sido causa que la Corona 
Real de VV. AA. no tenga cien cuentos de renta más de la que 
tiene, después que yo vine á les servir, que son siete años agora 
«20 de Enero este mismo ines.'» La fecha (3) que Las Casas da 
á su escrito es la del limes 14 de Enero de 1493; por lo que 
se infiere que Cristóbal Colon se presentó á los Reyes Católicos 
en Enero de 1486. Mas como en la carta original del Duque 
de Medinaceli al Cardenal-Arzobispo de Toledo se dice textual- 
mente que antes de entrar Colon al servicio de los Reyes le 
habia tenido el Duque en su casa dos años : a Pues á mi cabsa y 
por yo detenerle en mi casa dos arios , y haberle enderezado á 
su servicio se ha hallado tan grande cosa como ésta» — son sus 
palabras — resulta que Colon llegó á España en 1484, ya sea á 
últimos de año , como afirma su hijo D. Hernando , ó ya á prin- 
cipios , como se desprende del aserto del Duque de Medinaceli y 
de lo que opina el P. Las Casas. 

Esto mismo confirman los restantes ya citados escritos de Co- 



(1) Navarrete, Colección, etc. (Documento número 137.) 

(2) Navarrete, ihid. (Documento número 140.) 

(3) En materia de fechas ya observó Humboldt , con mucha oportunidad y 
acierto, que el uso de la numeración arábiga hizo incurrir en los siglos xv 
y XVI en nuichísimas inexactitudes y equivocaciones á los escritores de aquel 
tiempo. Y con este motivo advierte las variantes que se notan en los escritos 
de Colon , respecto al número de años que estuvo al servicio de los Reyes Ca- 
tólicos. • 



100 COLON EN ESPAÑA. 

Ion. A doña Juana de la Torre, ama ó nodriza del príncipe don 
Juan , y muy favorecida de la Reina Católica, la escribe á fines 
de 1500 : (c Siete años se pasaron en la plática y nueve ejecutan- 
do cosas muy señaladas y dignas de memoria se pasaron en este 
tiempo. » Los siete de las pláticas , sin duda alguna son los tras- 
curridos de 1486 á 92, ambos inclusive. Los mieve, durante los 
cuales pasaron en España cosas dignas de memoria en aquel 
tiempo, no pueden ser otros que los de 1484 á 1492. 

€ Siete años estuve yo en su Real cürtey> , vuelve á decir en la 
notable carta á los Reyes Católicos escrita desde la Jamaica á 7 
de Julio de 1503. Y ya veremos que su estancia en la Real cor- 
te comenzó en 1486. 

En el papel que original existe en el archivo del Duque de 
Veraguas , escrito á fines de 1500, dice también : « Ya son diez 
y siete años que yo vine servir estos Príncipes con la impresa de 
las Indias»; palabras en que da á entender que su venida á Es- 
paña fué en 1484, con el propósito de buscar el apoyo y protec- 
ción de los Reyes Católicos para sus empresas. « Los ocho , aña- 
de allí, fui traído en disputas » 

Todo esto confirma nuestra opinión , que es la del P. Las Ca- 
sas y la de Navarrete ; esto es , que la llegada de Colon á Es- 
paña fué á fines de 1484. 

En la carta inserta en el Libro de las Profecías, dice : ce Siete 
años pasé aquí en su Real corte , disputando el caso con tantas 
personas de tanta autoridad y sabios en todas artes. » 

Y bien : esos siete ó esos ocho años pasados en disputar con 
personas de tanta autoridad y sabios en todas artes, sabemos 
dónde y cómo terminaron ; mas no dónde y cómo principiaron. 

¿iQué fué de Colon en esos años, los más críticos, los más no- 
tables quizás de su vida, y sin disputa los más importantes para 
la historia y aun para el éxito de su empresa. ¿ Dónde y de qué 



COLON EN ESPAÑA. 101 

manera los pasó ? ¿ Qué hay de concreto y de exacto , y qué de 
exagerado y de vago en lo de la oposición de todos á su pro- 
yecto ? ¿ Quiénes fueron los que « con risa le negaron burlando » 
y quiénes los que le prestaron más ó menos decidido apoyo, los 
que tuvieron fe y contribuyeron eficazmente á que triunfase de 
los opositores y á que arrollase grandes y j)equefias dificulta- 
des? Hé aquí el lamentable gran vacío que todavía presenta 

la historia del descubrimiento y de la vida de Cristóbal Colon. 

Preocupados con lo portentoso del éxito ; absortos á la vista 
de un Nuevo Mundo , cuyas costas , como escribía Fernandez de 
Oviedo, miden cinco mil leguas, desde el estrecho de Magalla- 
nes á la tierra de Labrador ; embriagados de gozo y de asombro 
ante el espectáculo de tantas maravillas , los escritores de la 
época, todos , incluso los más allegados al descubridor , olvidaron 
aquellos sucesos, aquellos preliminares, aquellos años de labo- 
rioso alumbramiento ; años notables , preliminares importantes, 
sucesos dignos de estudio, que con su oscuridad han velado la 
alta gloria de Colon, y que con ella y á j)ar de ella entrañan 
honra y prez para muchos personajes españoles, poderosos auxi- 
liares de la titánica empresa. 

El romancesco relato del desembarco de Colon cerca de Huel- 
va y de su acceso al convento de la Rábida en actitud de un por- 
diosero, llevando de la mano á su liijo y demandando para él 
agua y pan á la portería de aquel convento, es un ísuceso per- 
fectamente desfigurado , no solamente en cuanto á las formas, 
sino en cuanto á la fecha y el fondo. 

Esa anécdota la relata D. Hernando Colon, en la Vida del 
Almirante , tomándola sin duda alguna de la declaración pres- 
tada por el físico de Huelva , García Hernández , en el lamen- 
table proceso que D. Diego Colon se vio obligado á seguir con- 
tra el fiscal del Rey, para recabar á favor de su padre el título 



102 COLON EN ESPAÑA. 

y merecimientos de descubridor del Nuevo Continente ; en cuyo 
proceso el fiscal del Rey hubo de desempeñar un poco noble 
papel , Jiaciéndose eco de todos los cuentos y falsedades que in- 
ventaran las envidias y malas pasiones de la época. Pero los es- 
critores que, en gracia de lo novelesco de tal anécdota la ban 
venido copiando y exornando con las amplificaciones á que de 
suyo se presta, no ban reparado, que la visita de Colon al con- 
vento de la Rábida, relatada por el físico García Hernández en 
su declaración, se refiere, no á la llegada de aquél á España, 
en 1484, sino á 1491 ; cuando los Reyes estaban sobre Granada, 
y la Reina se bailaba en el campamento de Santa Fe. Es esto de 
toda evidencia, toda vez que al campamento de Santa Fe se diri- 
gió el emisario de Fr. Juan Pérez, y á seguida este mismo, para 
inclinar el ánimo de la reina Isabel, no á que aceptara el pro- 
yecto de Cristóbal Colon, pues que de anterior fecba lo tenía 
prohijado, sino á que admitiese las condiciones puestas por el 
genoves , á que cerrase sus tratos con él , y no dilatara los apres- 
tos indispensables jiara acometer cuanto antes la empresa. 

Y que fué el de 1491 el año en que se verificaron la visita á la 
Rábida y la mediación del prior Fr. Juan Pérez, en favor de la 
empresa á que se refiere el físico García Hernández, no sólo lo 
dice éste, sino que lo confirman el mismo D. Hernando (1) y 
Antonio de Herrera (2) puesto que convienen en la circuns- 
tancia inequívoca de hallarse entonces la Reina en Santa Fe. 
Hemos dicho que D-. Hernando tomó de la declaración del fí- 
, sico la anécdota de la Rábida, pero con estas variantes capitales : 
el físico dice : « Que viniendo (Colon) á la arribada con su fijo 
don Diego, que es ahora Almirante , á pié, se vino á Rábida, que 



(1) Vida del Almirante, cap. xii. 

(2) Dec. 1, lib. 1, cap. vil. 



COLON EN ESPAÑA. 103 

es monasterio de frailes en esta villa, el cual (Colon) demandó 
á la portería que le diesen para aquel niñico, que era niño, pan 
y agua que bebiese » (1). 

Mientras que D. Hernando dice : « Fuese (D. Cristóbal Colon) 
al convento de la Rábida con intención de llevar á su hijo don 
Diego d Córdoba, y proseguir su viaje (á Francia) ; pero Dios 
ordenó que no tuviese efecto» (2). 

Verdad es que en el capítulo xi dice : «Vino (Cristóbal Colon) 
á Castilla , y dejando á su hijo en Palos , en un convento llama- 
do la Rábida , pasó á Córdoba, donde estaba la corte.» Pero, aun 
suiíoniendo ciertos los hechos nada verosímiles de su arribo ó lle- 
gada á Palos desde Lisboa , y su visita al convento , ¿ sería para 
dejar allí á su hijo Diego? ¿A título de qué, cuando allí no co- 
nocía á nadie , y en Huelva se dice que tenía un cuñado ? Ade- 
mas , el físico García Hernández no dice que , cuando pidió agua 
para aquel niño , Colon le dejase en el convento. Por otra jmrte, 
el físico habla de la visita , de la conferencia con él y con Fray 
Juan Pérez ; y Hernando habla de dos visitas : la primera , i)ara 
sólo dejar allí al niño; la segunda, la de 1491, para conferenciar 
ó para despedirse ; y en ésta es en la que intervino el físico. 

Pero hay otra prueba convincente y directa de que Colon no 
dejó á su hijo Diego en la Rábida , dado caso que alK estuviese 
de pasada en 1484 á su llegada á Es]3aña (lo cual no creemos). 
Esa prueba nos la da Juan Rodríguez Cabezudo , vecino de Mo- 
guer , uno de los testigos en las probanzas, hechas por el mismo 

don Diego en el pleito con el fiscal (1515) : « Y que sabe, 

dice ese testigo, que el dicho Almirante se jíartió el año de 92 
desta villa é de la villa de Palos á descubrir las dichas Indias , é 
las descubrió é volvió en salvo al puerto de la villa de Palos , des- 



(3) Navarrete, Colee, tom. iii, pág. 561. 

(4) Hernando Colon, Historia del Almirante, cap. xii. 



104 COLON EN ESPAÑA. 

cubiertas 3'a las dichas Indias Al tiempo qne se partió le dio 

á D. Diego, su hijo, en guarda á este testigo y á Martin Sán- 
chez, clérigo » Hmnboldt cita esta declaración, y añade por 

nota : «Es probable qne Cabezudo tenía orden de llevar á segui- 
da el niño á Córdoba , porque el Almirante , al referir las angus- 
tias qne sufrió en la noche del 14 de Febrero de 1493, dice que 
en medio de la tempestad se acordaba muchísimo de sus dos hijos 
que tenía en Córdoba al estudio. Hernando, añade Humboldt, no 
tenía entonces más de cuatro á cinco años de edad. y> El del estu- 
dio tenía qne ser Diego. Humboldt, sin embargo, jior un descui- 
do , ó por no preocuparse gran cosa de este particular , opina que 
Diego recibió la primera educación en el convento de la Rábida. 
No hay que decir , porque se ve bien claro , que las citas por él ■ 
mismo hechas destruyen esa opinión. ¿ A qué entregar el niño ó 
el adulto á Cabezudo y al clérigo Martin Sánchez , si lo hubiera 
tenido de antemano encargado al Prior de la Rábida ? Navarrete, 
de quien Humboldt tomó aquellas citas, corrobora nuestra opi- 
nión en la nota puesta sobre este particular á la declaración de 
Cabezudo (tom. iii, pág. 580), y añade : «que no sólo es indu- 
dable el hecho referido ¡lor este testigo, sino que ese y otros 
hechos prueban con toda evidencia que habia trato y amistad an- 
terior entre el Almirante y Cabezudo. Pero ignoramos, dice inge- 
nuamente , cuándo y cómo se contrajeron estas relaciones amis- 
tosas y confidenciales. » En nuestro concepto , Cristóbal Colon 
no entró desde Portugal en Es^íaña por la provincia de Huelva, 
sino que desembarcó en el Puerto de Santa María ó en Sevilla. 
Su visita á la Rábida no se verificó hasta i'ütimos de 1491. 

Estas y otras variantes entre los dos relatos de Garci-Hernan- 
dez y de H. Colon, que ya not(') muy atinadamente nuestro his- 
toriógrafo Fernandez de Navarrete (1), demuestran lo inexacto 

(1) Tuni. m (le la Colee, observ. v, pág. 599. 



COLON EN ESPAÑA. 105 

y lo amanerado de aquella anécdota. «Bien se nota, dice Na var- 
íete, qne D. Hernando tnvo presente la narración de García 
Hernández al escribir la snya; pero habiendo cHclio en el capítu- 
lo anterior (xi) que el Almirante vino de Portugal á España el 
año 1484 y dejó á su hijo D. Diego en el convento de la Rábida, 
no halló ocasión más oportuna para sacarle de allí , que fingien- 
do el viaje de su padre á Francia, en 1491 ; lo que es incierto, 
según aquella declaración , y las noticias que nos quedan de aquel 
tiempo» (1). 

De esa y otras bien notables variantes en el relato del suceso 
de la Rábida se desprende que la verdad existente en el fondo, 
fué empañada con exornaciones al gusto y propósito de cada cual 
de los narradores. La visita de Colon al convento de la Rábida, 
el conocimiento hecho entonces con el prior Fr. Juan Pérez , la 
adhesión de éste al proyecto y su empeño con la Reina CatóKca^ 
de la que habia sido confesor , para que decidida é inmediata- 
mente aceptara las proposiciones del genoves, otorgándole lo que 
solicitaba , son hechos ciertos ; pero ¿ cuándo se verificaron ? Cuan- 
do la Reina se encontraba en la ciudad de Santa Fe, lo cual 
ocurrió desde Abril de 1491 hasta Marzo de 1492. 

Hé ahí como lo de «la arribada de Colon al convento de la 
Rábida , desde Portugal , llevando de la mano á su hijo Diego, y 

pidiendo agua y pan para aquel niño » no pasa de ser una 

exornación zurda, por más que algo dramática, del /ísico García 
Hernández , con la cual quiso dar color é importancia á la de- 
claración prestada en 1515, como testigo presentado jwr el fiscal, 
en el pleito contra el Almirante D. Diego Colon. 

En esa misma declaración dice el físico , con referencia al mis- 
mo Cristóbal Colon «que jjreguntado éste por el prior de la 



(1) Navar., lug-. dt. 



106 COLON KN ESPAÑA. 

Kábida, de dónde venía en aquella ocasión, Colon le dijo, que 
venia de la corte de S. A., é le qniso dar parte de su embajada, 
1/ á qué fué á la curte ¿cómo venia. -y^ No iba, pues, á la Rábida 
desde Portugal y á la arribada; iba de la corte de S. A. 

Pero la declaración del físico es más explícita; y como quiera 
que , de unos en otros historiadores y biógrafos , haya servido á 
todos para narrar los accidentes y vicisitudes de la vida de l'olon 
en aquellos años, debemos conocer por entero aquella declara- 
ción. Oigamos, pues, al físico: 

(( Sabe que el dicho Almirante D. Cristóbal Colon viniendo 

á la arribada con su fijo D. Diego, que es ahora Almiran- 
te (1515), á pié, se vino á Rábida, que es monasterio de frailes 
en esta villa , el cual demandó á la portería que le diesen para 
aquel niñico, que era niño, pan y agua que bebiese; y que estan- 
do allí ende este testigo, un fraile que se llamaba Fr. Juan Pé- 
rez , que es ya difunto, quiso hablar con el dicho D. Cristóbal 
Colon , é viéndolo disposición de otra tierra é reino ajeno en su 
lengua, le preguntó que , quién era^ é dónde venia; é quel dicho 
Cristóbal Colon, le dijo : que él venia de la corte de S. A., é le 
qniso dar ¡larte de su embajada , á qué fué á la corte é cómo venía; é 
que dijo el dicho Cristóbal Colon al dicho Fr. Juan Pérez , cómo 
liahia 'puesto en plática á descubrir ante S. A., é que se obligaba 
á dar la tierra firme (de esto trataba el pleito) , queriéndole ayu- 
dar S. A. con navios é las cosas pertenecientes para el dicho via- 
je é que conviniesen; é que muchos de los caballeros y otras per- 
sonas que asi se fallaron al dicho razonamiento , le volaron su 
palabra é que no fué acogida, mas que antes facían burla de su 
razón, diciendo que tantos tiempos acá se habían probado é j)ues- 
to navios en la buscar , é que todo era un j^oco de aire , é que no 
había razón dello ; que el dicho Cristóbal Colon , viendo ser su 
razón disuelta en tan poco conocimiento de lo que prometía de 



COLON EN ESPAÑA. 107 

facer é de cumplir, él se vino de la corte ^ é se iba derecho de esta 
villa á la villa de Hiielva para fallar y verse con un su cuñado, 
casado con hermana de su mujer, é que á la sazón estaba, é que 
habia nombre Muliar (1); é que viendo el dicho fraile su razón, 
en^nó á llamar á este testigo , con el cual tenía mucha conversa- 
ción de amor, é porque alguna cosa sabía del arte astronómica, 
para que hablase con el dicho Cristóbal Colon , é viese razón so- 
bre este caso del descubrir; y que este dicho testigo vino luego é 
fablaron todos tres sobre el caso , é que de aquí eligieron luego 
un hombre para que llevase una carta á la Reina doña Isa- 
bel ( q. h. s. g. ) del dicho Fr. Juan Pérez , que era su confe- 
sor; el cual portador de la dicha carta fué Sebastian Roclriguez, 
un piloto de Lepe , é que detuvieron al dicho Cristóbal Colon en 
el monasterio fasta saber respuesta de la dicha carta de S. A. para 
ver lo que por ella proveían , y así se fizo ; é dende á catorce dias 
la Reina nuestra Señora escribió al dicho Fr. Juan Pérez , agra- 
deciéndole mucho su buen propósito , é que le rogaba é mandaba 
que luego vista la presente pareciere en la corte ante S. A. é que 
dejase al dicho Cristóbal Colon en seguridad de esperanza fasta 
que S. A. le escribiese; é vista la dicha carta é su disposición, 
secretamente se partió , ante de media noche , el dicho fraile del 
monasterio , é cabalgó en un mulo , é cumplió el mandamiento 
de S. A., é pareció en la corte; é de allí consultaron que le die- 



(1) Para demostrar hasta qué punto se ha desfigurado la historia en lo re- 
lativo al punto que nos ocupa con relatos romancescos, véase lo que ha es- 
crito A. de Lamartine y ha tenido gran resonancia. Hace hablar á Colon en la 

liábida , para que diga : «Mi plan es dejar á mi hijo Diego al lado de su 

tio Beppo, que vive en Huertas t) El Prior de la Rábida le ruega que deje 

allí á su hijo: «En nosoti'os hallará una familia, en mí un padre » Y más 

adelante : « Le acompañó á la corte como mozo de muía Matías Sampayo » 

— No queremos copiar más. Bien se ve que , como novelesca , la pintura es 

inmejorable. Pero en punto á historia ni hubo tal Beppo ni existió tal 

Huertas, ni tal Sampayo ni cosa que se asemeje al tb-amático relato de La- 
martine. 



108 COLON EN ESPAÑA. 

sen al dicho Cristóbal Colon tres navios para que fuese á descu- 
brir é/a(7er ?jerf/a<f s?^j»«^a¿ra dada; é que la Reina nuestra 
Señora, concedido esto , envió veinte mil maravedises en florines, 
los cuales trujo Diego Prieto , vecino de esta villa , é los dio con 
una carta á este testigo para que los diese á Cristóbal Colon, 
para que se vistiese bonestamente y mercase una bestezuela é pa- 
reciese ante S. A.; é quel dicho Cristóbal Colon recibió los di- 
chos veinte mil maravedises é partió ante S. A., como dicho es, 
é consultaron todo lo susodicho , é de allí vino proveido con li- 
cencia para tomar los dichos navios quél señalase que convenia 
para seguir el dicho viaje; é de esta fecha fué el concierto é com- 
pañía que tomó con Martin Alonso Pinzón é Vicente Yañez, 
porque eran personas suficientes é sabidos en las cosas de mar, 
los cuales , allende de su saber é del dicho Cristóbal Colon , le 
avisaron é pusieron en muchas cosas , las cuales fueron en pro- 
vecho del dicho viaje, é de esta pregunta esto sabe» (1). 

De esa declaración , como quiera que algo exornada con espí- 
ritu novelesco y tono jactancioso, se desprende , sin embargo , mu- 
chísima luz. La Reina Católica estaba en Santa Fe. Colon iba 
de allí, de la corte, ó quizá más bien desde Alcalá la Real (2); 
é iba en dirección á Huelva, para encontrar y verse común su 
cuñado , que á la sazón allí estaba y que tenía por nombre Mu- 
liar. Visto es que ni iba á dejar allí á su hijo, ni iba á pedir pan 



(1) Navarrete, Colec.^ toni. iii, pág. 561. 

(2) La Reina con las -Infantas y una lucida comitiva de doncellas salió 
para el Campamento, situado en la Vega, como á dos leguas de Granada, 
junto á la fuente de los Ojos de Huesear, desde Alcalá la Real, donde se ha- 
llaba proveyendo á las necesidades del ejército sitiador, en la primavera de 
1491. La Reina quiso hacer un reconocimiento de Granada, desde paraje más 
próximo, y lo verificó desde el balcón de una casa de Juhia, aldea próxima 
á la ciudad. El incendio de su pabellón se verificó á mediados de Julio. Y 
tres meses después se ostentaba sobre el mismo sitio la nueva ciudad de Santa 
Fe. {FiiESCOTT, Hisf. de los RR. CC, part. i, cap. XV, pág. 223. Traduc. de 
Sabau, Madrid, 1846.) 



COLON EN ESPAÑA. 109 

y agua para él , ni eso pudo verificarse cuando desde Lisboa vino 
de arribada á España. Y es claro como la luz , que lo mismo la 
declaración del físico Garci Hernández, que el relato de Her- 
nando Colon contienen errores capitales en cuanto á la fecha, al 
motivo y al objeto del viaje de Cristóbal Colon al convento de 
la Rábida. 

Pero en medio de esos errores, el heclio cardinal, el de la vi- 
sita á la Rábida y la conferencia de Colon con el Prior del Con- 
vento es indudable. Sólo que esa conferencia y esa visita ni 
fueron ni pudieron ser en 1486, y menos en 1484: fueron en 
Julio ó Agosto de 1491; y esa visita ni fué motivada por ne- 
cesidad alguna del niño Diego ni jDor la conveniencia ó el pro- 
pósito de recogerle ¡ Cómo, si, según declara el físico Garci- 

Hernandez, Colon no conocía al Prior ni á persona alguna del 
convento ! 

La visita , fuera casual , ó fuera intencionada por parte de Co- 
lon, fué la única que hasta entonces había hecho al convento. 
Posible es que de oídas conociese al Confesor de la Reina ; posi- 
ble y más que probable es que , más que á encontrar y verse con 
su cuñado Mulícu^ (nombre harto extraño para no hacer sospe- 
choso el parentesco , y nada probable el empeño de ver á tal jja- 
ríente, por parte del que nada había dejado en Portugal más que 
deslealtades y disgustos) , Colon se propusiera buscar en el Prior 
de la Rábida, confesor de la Reina, un auxiliar más, un nuevo 
protector de su proyecto y de sus pretensiones ; y no sólo posi- 
ble, sino fácil y probable es, que de la corte y de alguno de sus 
protectores llevase carta de recomendación para Fr. Juan Pérez. 
No se concibe de otro modo que este personaje se pusiese , á la 
jjrimera entrevista de Colon, tan de su parte y tan decidida y 
resueltamente, como lo manifiesta la minuciosa declaración del 
físico , relato indudable en esa parte. 



lio COLON EN ESPAÑA. 

Todos los demás accesorios de la declaración, y especialmente 
el dramático del niño pidiendo pan y agua, y la consulta al de- 
clarante y lo del cuñado Muliar ; todos esos accesorios , un poco 
epigramáticos, son visiblemente caprichosos y responden á la at- 
mósfera creada por los Pinzones, en aquella época y en aquellos 
lugares , un poco también á vanidad personal y á j)reocupaciones 
del narrador. 

Pero si en el físico hablan la vanagloria personal y las pre- 
ocupaciones de localidad y de ])arcialidad en D. Hernando 

habla el enojo, por las repugnancias y contrariedades que su pa- 
dre encontraba en los del Consejo de los Reyes Católicos ; enojo 
que pudo muy bien exacerbar, de una parte, el legítimo orgullo 
del éxito , y de otra , las amarguras que los Roldan y los Mogica, 
los Pernal y los Pobadilla hicieron pasar al descubridor y á 
sus hijos. 

Cristóbal Colon, aun cuando no sobrado de recursos en 1484, 
no estaba tan necesitado que tuviera que venir á España pordio- 
seando. En Portugal habia vivido holgada, si bien modesta- 
mente. Viudo y con su hijo heredero de la Muñiz Perestrello, no 
podia encontrarse en situación de mendigar. Es cierto que hacia 
y vendía cartas y esferas ; pero eso mismo prueba que, aparte 
de los tesoros de su genio, tenía en su instrucción recursos más 
que sobrados para vivir, sin verse reducido á la mendicidad. 

Por otra ¡larte, el que desde 1474 cultivaba la amistad de cé- 
lebres navegantes y sostenía relaciones con sabios como Tosca- 
nelli, y hasta con áulicos y consejeros de los Reyes , ¿ es de pre- 
sumir que en 1484 se dirigiera á España desprovisto de todo 
conocimiento y de toda relación ó recomendación? (1). La carta 



(l).Ya hemos dicho que en Portugal y para corresponderse con el floren- 
tino Pablo ToscaneUi, sirvió á Colon el florentino Lorenzo Giraldi , establecido 
en Lisboa, así como en Sevilla lo estaba otro florentino llamado Juan Berar- 



COLON EN ESPAÑA. 111 



del Dnqne de Medinaceli al Cardenal IMendoza disipa cuantas 
dadas pudieran caber á tal respecto , y nos demuestra por sí sola, 
que Colon tuvo medios y valimiento bastantes, desde su llegada á 
España, no ya para hacerse oir, mas para hacerse agasajar de 
los grandes títulos de Castilla. 

El Obispo de Chiapa, más conocedor que el propio hijo de Co- 
lon , de los accidentes y visitudes de la vida de éste desde su en- 
trada en España, nos dice: «que antes de ser acogido y hospe- 
dado por el Duque de Medinaceli en su casa del Puerto de Santa 
María, Colon visitó en Sevilla al Duque de Mediua-Sidonia» (1). 
En éste hubo de encontrar incredulidad del género de la que des- 
pués halló en el Prior de Prado , Hernando de Talayera ; y en- 
tonces se dirigió al Duque de Medinaceli, á quien el noble as- 
pecto y los altos proyectos y los discm-sos del genoves agradaron 



di, al frente de una casa de comercio en la que estaba también colocado Amé- 
rico Vespucio, y con quienes Cristóbal Colon hubo de contraer relaciones in- 
timas, á luego dé su llegada á España. A. Humboldt, que refiere estos hechos, 
añade : ce que en todos los ¡Juertos frecuentados de la Europa y de las costas 
septentrionales de Afr'ica y de Levante se encontraban por aquel tiempo 
negociantes italianos establecidos. {Exam. Crít., t. i, pág. 223.) Todo induce 
á creer , que así como Lorenzo Giraldi se encargó en Lisboa de hacer llegar á 
manos de Toscanelli las cartas de Colon, Juan Berardi se encargó en Sevilla 
de ponerle en relación con los personajes influj^entes en la corte, que le pres- 
taron apoyo y protección ; personajes que nombra , como después veremos , el 
mismo Fr. Bartolomé de las Casas. 

Aun cuando A. Humboldt, refiriéndose á Muñoz (Exam. Crif., t. iv, pá- 
gina 45), dice que la casa del comerciante Juan Berardi, establecida eu Sevi- 
lla, lo estaba desde 1486 , el documento de donde Muñoz tomó la noticia (Ar- 
chivo de la ciudad de Sevilla , Ub. iii , en f ól., de cartas y cédulas Eeales , desde 
1485 hasta 6 de Marzo de 1492) no dice tal cosa. El Sr. Navarrete lo ha 
comprendido mejor: «: Hallábase ¿<tte (Berardi) eii Andalucía — dice — con 
otros mercaderes florentinos , cuando los Beyes CatóUcos les dieron salvo con- 
ducto, con fecha en Córdoba á 16 de Julio de 1486 ; y volvieron á dársele á 
Bernardi, en Se\-illa, á 6 de Abril de 1490.» Y más adelante: «Estaba Be- 
rardi establecido en aquella ciudad y era amigo y confidente de Colon, etc. 
(Nav AÉRETE, Colec. de docum., t. iir, pág. 315.) 

(1) Fr. Bartolomé de las Casas, Hist. gen. y nat. de las Lidias^ lib. i, 
capítulo xxs. 



112 COLON EN ESPAÑA. * 

hasta tal punto , que se preparó á realizar por su cuenta la em- 
presa , y llegó , según Las Casas , á pedir permiso á los Reyes 
para acometerla; pero la Reina, que consideró la importancia 
del proyecto, escribió al Duque «cesase en este negocio, porque 
quería dirigirlo ella misma á sus expensas. » 

Las Casas dice, que esto lo supo en la Española por un Diego 
de Morales , sobrino de un mayordomo que tenía entonces el Du- 
que; y aun cuando en la carta de éste al Cardenal no se refieren 
esos pormenores, harto comprueban lo esencial del hecho las si- 
guientes frases de laquélla: «No sé si sabe vuestra Señoría como 
yo tuve en mi casa mucho tiempo á Cristóbal Colomo , que se 
venía de Portugal , y quería ir al Rey de Francia , para que em- 
prendiese de ir á buscar las Indias con su favor y ayuda, é yo 
lo quisiera probar y embiar desde el Puerto, que tenia buen apa- 
rejo, con tres ó cuatro carabelas, que no demandaba más ; pero 
como vi que era esta empresa para la Reina nuestra SeTiora, 
escrebllo á su Alteza desde Rota y bespondióme que gelo en- 
viase ; yo gelo envié entonces» (1). 

Todo induce á creer que Colon estuvo protegido por el Duque 
de Medinaceli en los primeros meses de la llegada de aquél á Es- 
paña. Por consiguiente, que la hospitalidad y la protección que le 
dispensó el Duque tuvo lugar en 1484 y 1485. Que á fines de ese 
año ó principios del siguiente 1486,1o recomendó á la Reina y al 
contador Quintanilla , ó al mismo confesor de aquélla , Fr. Her- 
nando de Talavera. Que la primera presentación del descubridor á 
los Reyes CÍatólicos se verificó, por lo tanto, á principios de 1486. 
Y de esa entrevista y primera exposición del proyecto resultó el 
acuerdo de someterlo al examen de astrólogos y hombres de 
ciencia , presididos y escogidos por el prior de Prado , Fr. Her- 



(1) Navar, Colee, de docum., t. ii. 



COLON EN ESPAÑA, 113 

nando. Pero no anticiiDemos los sucesos. Digamos solamente 
que fué después de aquella presentación y después de aquel 
acuerdo cuaudo comenzó la notabilísima campaña de Cristóbal 
Colon. 

Tenemos por hecho demostrado é incontrovertible, que el Du- 
que de Medinaceli lo recomendó á Quintanilla, y que éste lo in- 
trodujo con el Cardenal Mendoza, el cual le negoció la audiencia 
de los Reyes Católicos (1). De la notable conferencia y de sus re- 
sultados hemos de ocuparnos con especial interés. Pero antes ha- 
bremos de fijar el lugar de aquélla, la situación de los Reyes y 
la del país , en aquellos por todo extremo críticos y graves mo- 
mento§. 



(1) Navaerete, Documentos diplom., núm. xiv. Pero aun son, en lo que 
cabe, más significativas las palabras de Salazar de Mendoza en la Crónica del 

Gran Cardenal, lib. i, cap. LXii: (c Acudió (Colon) á los Reyes con cartas 

de recomendación para Fr. Hernando de Talavera y Oropesa, confesor de la 
Reina j pareció tan dificultoso lo que proponia , que no se le escuchó. Viéndose 
desahuciado y sin remedio, acordó de meterse por las puertas de Alonso de 
Quintanilla, Contador mayor de Castilla, el cual agradóse mucho de la pre- 
tensión , le introdujo con el Cardenal y habiéndole oido , le parecieron muy 
bien las razones que daha de su intento. El Cardenal, que lo mandaba todo, 
como dice el Dr. Gonzalo de lUescas, le negoció audiencia, de los Reyes Cató- 
licos y lugar para que los informase, etc.» 

Alonso de Quintanilla fué contador mayor de Castilla , ministro de Hacien- 
da, como si djéramos ; destino que le colocaba cerca de los Reyes. Dio hartas 
pruebas de ser sagaz político y hombre de elevado espíritu. Nebrija, hablando 
de él, dice : « Erat Equestri ordinis, vir nobilis, ingeniosus, acer et vehemens: 
idemque fisci rationumque regiarum qucestor maximus.y) En la célebre Junta de 
Dueñas dio á conocer sus dotes de orador y de hombre de estado, sosteniendo 
la necesidad y la conveniencia de formar la Hermandad y crear su milicia. 
(^Rerum Gestarum Decades, lib. vi, cap. i y ii.) 



CAPÍTULO III. 



Sumario. — Recapitulación. — Colon busca en Sevilla apoyo para sus proyec- 
tos y encuentra protectores. — Quiénes fueron éstos. — Cuándo se dirigió á 
Córdoba. — Opiniones acerca de este punto. — Las Casas. — Hernando 
Colon. — Salazar de Mendoza. — Ortiz de Zúñiga. — Quién le facilitó el 
acceso á los Reyes. — Situación de éstos y del país en aquellos momentos. — 
Consejeros y privados. — Unos apoyan y otros contrarían á Colon. — El 
cardenal Mendoza. — El prior de Prado. — Magnanimidad de la Reina Isa- 
bel. — Primera entrevista de Colon con los Reyes. — Disposición de éstos 
con respecto al navegante genoves. — Desean dar largas al asunto, pero 
no despedir á Colon. — Acuerdo de someter sus proyectos á una Junta de 
letrados y cosmógrafos. — A quién confian la reunión de esa Junta. — Con- 
formidad en este punto de los historiadores Las Casas y Hernando. — De- 
claración decisiva del Dr. Rodrigo Maldonado. — Reunión de aquella Jun- 
ta. — Acuerdo de la misma. — Fecha de su reunión é informe. 



Dejamos demostrado, á nuestro entender, que Cristóbal Co- 
lon no visitó el convento de la Rábida ni conoció á su prior , fray 
Juan Pérez, hasta el año 1491, cuando ya la Reina Isabel se 
hallaba sobre Santa Fe; que entonces, y á título de confesor 
de S. A., Fr. Juan Pérez la instó por escrito y de palabra, no 
para inclinarla á tomar á su cargo la emi)resa del viaje , sino 
para persuadirla á aceptar las condiciones estipuladas j^or el 
genoves y facilitarle cuanto antes los medios de ejecución. Más 
adelante veremos las consecuencias que se desprenden de estos 
hechos , sobre los que no dejan duda alguna las narraciones del 



116 COLON EN ESPAÑA, 

físico de Palos, de Las Casas, de D. Hernando, de Bernaldez y 
del mismo D. Cristóbal Colon. 

Qne éste no pudo dejar á sn hijo Diego en la Rábida, desde 
1484 hasta 1491 , como supone, para salir del paso, sn otro hijo 
y biógrafo D. Hernando, siendo, no sólo verosímil, sino cierto 
que uno y otro — el segundo desde su nacimiento — vivieron en 
Córdoba al cuidado de doña Beatriz Enriquez , madre de este úl- 
timo. 

Que Colon, conocedor cuando llegó á España de la ardua y 
capital empresa en que se hallaban empeñados los Reyes Cató- 
licos, y para cuyo feliz término apenas si podrían ser bastantes 
las fuerzas reuuidas de Castilla y Aragón, no se atrevió, por de 
pronto, ^á someterles su proyecto y á fiar la ejecución á su inme- 
diato apoyo. 

Que al amparo y por la mediación de su compatriota, Juan 
Berardi , se dirigió primero al Duque de Medinasidonia y después 
al de Medinaceli, al cual manifestó que su intento era dirigirse 
á Francia y ofrecer á su Rey la empresa del descubrimiento. 

Que de tal intento le disuadió el de Medinaceli , el cual le re- 
comendó con vivo interés á la Reina, por mediación de Alonso de 
Quintauilla, quien al oir al navegante genoves se interesó á su 
favor enamorado de su proyecto y de la razonada firmeza con 
que le sostenía y se ofrecía á realizarlo. 

Que el Contador mayor de Castilla logró poner de parte de 
Colon al cardenal Mendoza, y éste fué quien le negoció y faci- 
litó la audiencia de los Reyes, aun en medio de las premiosas 
atenciones de la guerra que j)reocupaba tan grandemente sus 
ánimos. 

Y por último, que esa entrevista se verificó en Córdoba, antes 
de abrirse la campaña de 1486, el 20 de Enero de ese año. Más 
adelante insistiremos sobre esto, para deducir sus consecuencias. 



COLON EN ESPAÑA. 117 

La sencillez y naturalidad de este relato, tan comprensible 
como verídico , tal vez no se preste á dar á la historia de Colon 
el interés dramático y romancesco qne lian acertado á darla, con 
pinceladas magistrales, los Lamartine y los Hosselly de Lor- 
gues ; pero, en cambio, dejan ver al héroe y á los qne le contra- 
riaron y á los qne le auxiliaron en España, á la luz clara de la 
verdad histórica. 

Es innegable que el navegante geno ves no llegó á España, 
como se ha repetido tantas veces, enteramente desprovisto de 
recursos materiales, y menos aun de valimiento y de medios de 
acción. Con ellos se presentó , no en el convento de la Rábida al 
acaso y como pordiosero, no ; sino deliberada y buenamente en 
Sevilla, predilecta mansión por entonces de los más grandes 
personajes de la nobleza y de- la Corte (1). No tenía ésta por 
aquellos tiempos residencia fija. La misma Isabel plantaba sus 
Reales allí donde lo reclamaban las necesidades de la campaña, 
las del orden público ó las conveniencias y circunstancias apre- 
miantes del momento. Viósela un dia trasladarse desde Cór- 
doba á Sevilla , y de allí á Alcalá la Real , para marchar sobre 
Granada , del projjio modo que la veremos pronto ir desde , Jaén 
á Medina del Campo y de allí á Santiago de Galicia, retroceder á 
Salamanca y pasar allí un invierno , para volver de nuevo á Cór- 
doba, y de allí salir para estrechar á la morisma é irla arran- 
cando , uno tras otro, los últimos baluartes de su poderío en el 
Andaluz. Pero fuera de esos casos, y mientras duró la campaña 
contra los moros , la residencia habitual de los Reyes en las An- 



( 1 ) « Estaba este insigne varón ( C. Colon ) en Castilla y Andalucía , y lo 
más del tiempo en Sevilla, desde el año de 1484, en que vino á proponer á 

los Reyes sus grandes designios de la navegación al Occidente» (Ortiz de 

ZúÑiGA. Aciales eccles. y secul. de ¡a ciudad de Sevilla.) 



118 . COLON EN ESPAÑA, 

dalncías era Córdoba, por más que fuese Sevilla la verdadera 
corte. 

No es natural ni presumible que desde Lisboa bajara Colon á 
las Andalucías, para dirigirse á Francia. Si tal hubiera sido su 
projiósito , ¿ no tenía desde allí camino más recto ? No , no bus- 
caba entonces á Francia ; buscaba á Sevilla : venía á buscar el 
apoyo de los Eeyes Católicos D. Fernando y D.^ Isabel. No por 
esto hemos de negar, ni siquiera poner e"n duda, la afirmación 
del Duque de Medinaceli, Se concibe muy bien que el discretísi- 
mo genoves dijera al Duque que su intento era el de pasar á Fran- 
cia para ofrecer al Rey Cristianísimo el proyecto que acariciaba ; 
bien 2:)orque , dada la situación de España, temiera de sus Reyes 
una perentoria respulsa, ó bien por excitar un poco nuestro or- 
gullo nacional. Por parte de Colon-, aun sin que abrigase tal pro- 
pósito , era hábil y muy diplomática aquella indicación al Duque. 
Mostraba con ella que no desconocía las críticas circunstancias 
en que se encontraba la España cristiana ; que conocía la corte 
de Francia, donde su proyecto podía contar con una favorable 
acogida, y á mayor abundamiento, estimulaba, por tan discreto 
medio , el genio español y la pasión entonces dominante por las 
atrevidas empresas y las gloriosas hazañas. 

Por lo demás, todo lo confirma y es para nosotros induda- 
ble, que Cristóbal Colon, al venir á España y dirigirse á las 
Andalucías, buscaba para su empresa el apoyo y protección, el 
poderío y el denuedo de los monarcas de Aragón y Castilla. Y se 
explica perfectamente que , ante todo , se encaminase á Sevilla, 
residencia entonces de una respetable colonia italiana. Verdad es 
que ni Pedro Mártir de Angleria , ni Lucio Marineo Sículo , se 
hallaban todavía en España en 1484. Pero aparte de otros nota- 
bles italianos, afirma Irving, y lo asevera Rosselly de Lorgues, 
que se encontraban i)or entonces en Sevilla los hermanos Geral- 



COL0\ EN ESPAÑA. 119 

dini (1). Era Nuncio apostólico Scandiano, y secretario de la 
Nunciatura, Paulo Olivieri. Ni de éstos, ni de Antonio Blaniardo, 
compañero de Lucio Marineo, hacen mérito alguno Hernando 
Colon , ni el cura de Los Palacios , ni Fr. Bartolomé de Las Ca- 
sas. Sin embargo , este iiltimo liace especial mención de Juan 
Berardi ; y A. Humbold añade, que eran tan íntimas como anti- 
guas las relaciones del florentino Berardi con Cristóbal Colon (2). 

Tod(5 induce á creer que el primer ajioyo cpie el navegante 
genoves encontró en España fué el de Juan Berardi ; y que éste 
le presentó ó buscó trazas de recomendarle al entonces poderoso 
Duque de Medinasidonia , D. Enrique de Guzman, en el ánimo 
del cual no encontraron favorable acogida ni el j)royecto ni la 
j)erso.na de Colon. Pero éste y su empresa hallaron á muy luego 
un admirador entusiasta y un generoso protector en el no menos 
ilustre Duque de Medinaceli , D. Luis de la Cerda, el caballero- 
so rival del bravo Marqués de Cádiz, D. Rodrigo Ponce de León. 

Era aquél, después del de Medinasidonia, el mayor potenta- 
do de la nobleza castellana. Tema casa solariega en el Puerto de 



(1) Uno de ellos , el mayor, Antonio , falleció en 1488 ; pero había desem- 
peñado algunos años antes la Nunciatura , y es posible que se encontrara en 
Sevilla por el año 1484. El otro , Alejandro , habia sido preceptor de la Real 
familia, según asegura Tiraboschi (Liter. ital.^ tom. vi, p. 3). Prescot dice 
que fueron los dos preceptores, lo cual es, por lo menos, dudoso. Moreri no 
hace mérito de ello. Según este escritor, Alejandro desempeñaba ya en 1496 
el obispado de Montecervino, y en 1515 el de Santo Domingo (isla española). 
En el año siguiente publicaba su famoso Itinerarius ad regiones cequinotiali 
plaga constitutas. Y haciendo mérito de él, dice CancelHeri : c( El Obisi3o habia 
sido amigo y protector de Colon , cuando éste áim no habia podido encontrar 
acceso ante la reina Isabel». (C. , Notizie di Christ. Colomho. — 1809. — Pá- 
gina 65.) 

(2) « Cristóbal Colon habia llegado á Lisboa el año 1470. Allí contrajo re- 
laciones con el florentino Lorenzo Giraldi , así como después en Sevilla las 
contrajo, y muy íntimas, con otro florentino llamado Juan Berardi, jefe de una 
casa de comercio en la cual serváa Américo Vespucio.» (A. Hdmboldt , Exa- 
men critiq., etc., t. I, section 1.^, pág. 223. — París, 1836.) 



20 COLON EN ESPAÑA. 

Santa María ; y á título de señor feudal , ya que no al de arma- 
dor, mantenía y podía fletar una escuadrilla sobre el Mediterrá- 
neo y el Atlántico. Enamoróse, al punto que oyó á Colon , de sus 
proyectos ; y ya hemos visto que intentó tomar á su cargo los 
aj)restos para la ejecución de aquéllos. Detúvole la noble consi- 
deración de que tamaña empresa cuadraba, mejor que á él, ala 
animosa Reina de Castilla; y acordó atinada y cortésmente ofre- 
cérsela con encomio. Tal debió ser éste , que la magnáníq^a Isa- 
bel aceptó sin vacilar el oñ-ecimiento ; quiso ver al atrevido na- 
vegante y escucliar los fundamentos de su portentoso proyecto; 
y bé aquí á Cristóbal Colon en Córdoba y ante los Eeyes Cató- 
licos , bajo la protección harto eficaz del Duque de Medinaceli. 

No lo 'precisa éste en su carta al cardenal Mendoza ; pero sin 
esfuerzo se colige que la ida de Colon á Córdoba y su i:)resenta- 
cion á los Reyes se hubo de verificar á i3rincipios de 1486 , pues- 
to que llegó á España en 1484. Es más que verosímil que el 
Duque le dirigiese á las personas más allegadas á la Reina ; y no 
de otra manera se explica el favor que le dispensaron , desde los 
primeros momentos de su presentación en la corte , Luis de San- 
tángel , Alfonso de Quintanilla , el cardenal Mendoza , y algunos 
otros personajes de que nos ocuparemos en breve. 

Este hecho, que atestiguan , como más adelante veremos , Las 
Casas , Oviedo , Herrera y Navarrete , y que confirma el mismo 
Colon , merece que nos detengamos un poco á determinarlo con 
la posible precisión y exactitud. 

Cuando el Duque de Medinaceli dio cuenta á la Reina del pro- 
yecto de Colon, todo induce á creer que buscó para ello y para 
recomendarle , como mediador , á Alfonso de Quintanilla ; y no 
cabe dudar que éste habló favorablemente á la Reina. La misma 
doña Isabel se lo declaró á Santángel. Pero ¿fué solo Quin- 
tanilla -el que preparó el ánimo de los Reyes para recibir en au- 



COLON EN ESPAÑA. 121 

diencia al navegante genoves? Seguramente que üo. Cuando Co- 
lon se acercó á los Beyes ya había logrado rodear de algún 
prestigio su nombre y sus planes; había ya formado atmósfera 
á su alrededor , como ahora se dice. 

En cambio — no hay que ocultarlo — también se había creado 
un partido adverso , una atmósfera contraría. Que el Prior de 
Prado, Fr. Hernando de Talavera, y sus parciales formaban esta 
última , es un hecho demostrado y por nadie contradicho. Y que, 
aj)arte de la colonia italiana , contribuían á formar aquella otra 
atmósfera el susodicho Quíntanilla, Santángel y el cardenal 
Mendoza, tampoco cabe duda alguna (1). Más adelante daremos 
los nombres de las demás valiosas personas que aumentaron el 
poderoso j)artído protector de Colon. Conviene , entretanto , dar 
aquí una ligera idea del j)artído contrario , y especialmente del 
'hombre que lo representaba, Fray Hernando de Talavera, con- 
fesor de la Reina y consejero de Sus Altezas , que después fué 
jprímer Arzobispo de Granada. 

Natural de Talavera, hijo de ¡ladres nobles, puesto que, em- 
parentado con la ilustre casa de los Señores de Oropesa, debió 
el joven Hernando al Señor de esta villa, D. Fernando Alvarez 
de Toledo , la educación literaria que recibió en la Universidad 
de Salamanca, donde cursó Filosofía y Teología, recibiendo los 
grados de Bachiller y Licenciado. Allí se ordenó de diácono y 
allí obtuvo una cátedra de Filosofía, que mejoró su estado, como 



(1) Lo acreditan Salazar de Mendoza, Ortiz deZúñiga, aparte de los feha- 
cientes testimonios que más adelante invocaremos. « Acordó de meterse por 
la puerta de Alonso de Quintanilla, contador mayor de Castilla, el cual, agra- 
dándose mucho de la pretensión, le introdujo con el Cardenal, y habiéndole 
oido , le parecieron muy bien las razones que daba de su intento. El Cardenal, 
que lo mandaba todo, como dice el Dr. Gonzalo de lUescas , le negoció audien- 
cia de los Beyes y lugar para que los informase , favoreciéndole tanto que, 
con buenas palabras, etc.» (Salazar, lib. i, cap. lxii). 



122 COLON EN ESPAÑA. 

dice Ariza (1). Tomó desi3iies el hábito de San JerÓBimo en el 
convento de San Leonardo, de Alba de Tórmes; siendo tan 
ejemplar sn vida y mostrando tal jiiedad y tantas condiciones de 
inteligencia y de instrucción, qne á muy luego obtuvo por acla- 
mación la prelacia, con la circunstancia de disputárselo para el 
cargo de prior su monasterio y el de Nuestra Señora de Prado, 
en Valladolid. Dio la preferencia á éste, y en el desempeño de 
tal cargo, que obtuvo veinte años consecutivos, se hizo pronto 
notar por la severidad de sus costumbres, la rectitud de su 
conducta y la ejemplaridad de su vida. Tal fama adquirió en 
ese sentido, que la Reina Isabel le nombró su confesor y de 
su Consejo, y el mismo Rey D. Fernando le eligió por con- 
fesor (2). 

Varias veces quisieron los Reyes elevarle al episcopado, y le 
designaron para el de Salamanca. Queremos notar lo que sobre 
este particular refiere Ariza, porque ello prueba bien cuánto 
preocupaba, y de cuan larga fecha, á Fr. Hernando la idea de 
terminar la gran obra de la reconquista y arrojar á los moros 
de sus últimos baluartes. Para declinar aquel honroso cargo 



(1) Historia de las grandezas de la ciudad de Avila, part. 3.*, § 15. No 
tiene razón, como se ve, el Sr. Navarro Eddrigo al decir, que fué tan hu- 
milde la cuna de Talavera, que se cree con fundamento fuera de los acogidos 
por la Iglesia. (El Cardenal Cisnéros.) 

(2) Nada pinta mejor la rigidez de principios y el carácter de Fr. Hernan- 
do que lo ocurrido en la primera vez que oyó á la Reina en confesión. «Llegó 
el confesor y se sentó en el banquillo. Acercóse la Reina y le dijo : (íentram- 
)) hos hemos de estar de rodillas.^) «No señora — respondió Fr. Hernando — sino 
y>que yo he de estar sentado y V. A. de rodillas, porque éste es el Tribunal 
))de Dios y hago aquí sus veces.» Calló la Reina y pasó por ello como santa. 
Y dicen que dijo, después : «Este es el confesor que yo buscaba.» Lo cierto es 
que mantuvo siempre una correspondencia epistolar con el que después fué 
obispo de Avila y mcás adelante arzobispo de Granada, en la cual no se sabe 
qué admirar más, si la mansedumbre piadosa de la Reina Isabel ó la rigidez 
más que puritana de Fr. Hernando.» (Ariza. Hist. de las grandezas de la 
ciudad de Avila. — Memorias de la Academia de la Hist. t. vi.), 



COLON EN ESPAÑA. 123 

solia decir á los Reyes «qne él no sería obispo sino de Gra- 
nada. )) 

Eso no obstante, la Reina hizo empeño en 1486 de que fray 
Hernando aceptase la mitra de Avila , y por deferencia á la Rei- 
na la aceptó. Sobre este particular también Ariza refiere una 
circunstancia, que conviene á nuestro propósito dejar consig- 
nada. « Después de consagrado — no dice si en Valladolid ó en 
Córdoba — dijo á los Reyes : «Señores, ya que me echasteis 
y> la carga dejádmela llevar , y dadme licencia para que vaya 
)) á conocer á mis ovejas y para que ellas reconozcan mi voz.» 

Diéronsela los Reyes » y fué obispo de Avila desde 1487 

hasta 1492, que entró en Granada con los Reyes y obtuvo el 
arzobispado, en el cual se hizo notable por su tolerancia, ejer- 
ciendo un verdadero apostolado de amor y de caridad evangé- 
licas. 

Tal es el hombre que Colon tuvo desde luego en contra de su 
proyecto, con quien tuvo que luchar y á quien le fué tan difícil 
vencer ( 1 ). Pero en esa lucha y para tal empeño no estuvo solo. 
Sirviéronle de apoyo, por de pronto, el cardenal Mendoza y el 



(1) Desde luego se advertirá que estamos más conformes en el juicio for- 
mado de Fr. Hernando con lo dicho por Clemencin, en sus Ilustraciones al 
reinado de los Reyes Católicos^ y por Navarro fíodrigo, en su Estudio biográ- 
fico del Cardencd Cisnéros , que con el Duque de Rivas, en su romance histó- 
rico Recuerdos de un grande hombre. Los poetas son poco escrupulosos en 
materia de exactitud y verdad histórica. Los versos del romance del Duque 
son los siguientes : 

« Fray Hernando Talavera 
Es persona de importancia : 

Ve mía mitra en perspectiva 

Todo lo demás , es nada. 

Con desden ha recibido 

De un fraile oscviro la carta ; 

Y juzga al recomendado 

Un arbUrista sin blanca. )j ; 

Esos versos han tenido, por desgracia, más resonancia que el siguiente 
juicio concienzudo y exacto de Navarro Rodrigo: «Atrevióse (el obispo Lu- 



124 COLON EN ESPAÑA. 

contador mayor Alonso de Quintanilla ; más adelante , la in- 
signe Bobadilla, Marquesa de Moya, y doña Juana de la Torre, 
ama del príncipe, el maestro de éste, Fr. Diego de Deza, el ca- 
marero del Rey, Juan de Cabrero, el secretario particular de la 
Eeina, Gaspar Gricio, y después, Fr. Juan Pérez, con otros mu- 
chos que ya nombraremos. Pero sobre todo y más que todos sir- 
vió á Colon el espíritu levantado y el corazón magnánimo de la 
Reina de Castilla. 

Si cien y cien actos hazañosos y memorables de su vida no 
acreditasen el levantado espíritu y el corazón entero de Isa- 
bel 1(1), bastaría para demostrarlo el de la favorable acogida 



cero) á perseguir por hereje nada menos que á Talavera, el antiguo .confesor 
de la Reina, el primer arzobispo de Granada, el tipo más acabado de bondad 
y de dulzura evangélicas » Y esto es verdad. 

En lo que no estamos conformes con el jiücio critico del Sr. Navarro, es en 
considerar al prior de Prado de carácter blando y pasivo. 

(1) «La Reina nuestra Señora desde niña se le murió el padre, y aun po- 
dremos decir la madre, que á los niños no es pequeño infortunio. Vínole el 
entender, y junto con él los trabajosos cuidados ; y lo que más grave se sien- 
te en los Reales, es mengua extrema de las cosas necesarias: sufria amena- 
zas, estaba con temor, vivía en ¡peligro. Murieron los principes D. Alonso y 
don Carlos , sus hermanos ; cesaron éstas ; ellos á la puerta de reinar y el ad- 
versario á la puerta del reino. Padecían guerra de los extraños, rebelión de 
los suyos, ninguna renta, mucha costa, grandes necesidades y ningún dinero; 
muchas demandas, poca obediencia. Todo esto así pasado con estos principios 
que vimos y otros que no sabemos. » ( Bernaldez , Reyes Católicos , t. i , pá- 
ginas 45 y 46.) 

((Fué mujer esforzadísima — dice en otro lugar — muy poderosa, pruden. 

tísima, honesta, discreta, cristianísima, verdadera, clara, sin engaño, muy 
buena casada, muy amiga de los buenos, así religiosos como seglares, limos- 
nera, edificadora de templos y monasterios Por ella fué librada Castilla de 

ladrones y robos y bandos y salteadores de los caminos , de lo cual era llena 
cuando comenzó á reinar. Por ella fué destruida la soberbia de los malos ca- 
balleros que eran traidores y desobedientes á la Corona » (Ideni, t. i, ca- 
pítulo cci.) 

En cuanto á las prendas de cuerpo y alma que la distinguieron, sería necesa- 
rio escribir un libro para relatarlas y avalorarlas. Hay que verlas en los cro- 
nistas de la época Angleria, Marineo, Pulgar, Bernaldez. «En hermosura, 



COLON EN ESPAÑA. 125 

que dispensó á Cristóbal Colon y la simpatía qne en ella desper- 
tó la atrevida empresa del navegante genoves, dadas las circuns- 
tancias en que se ofreció á los Reyes Católicos. 

Apenas libre de los calamitosos azares de la guerra civil, co- 
menzada por los adictos á la Beltraneja, guerra, con tanto em- 
peño como adversa fortuna , sostenida por Portugal ; agotado el 
Real tesoro ; con la vista fija, por premiosa necesidad, en el Ro- 
sellon y la Navarra ; esquilmado el reino ; en lucha abierta y re- 
belión constante sus proceres y ricos-bombres ; alzadas en contra 
de los Reyes un gran número de fortalezas, é infestados los 
campos y los caminos por bandas de gentes armadas, que sa- 
queaban los pueblos y robaban á los transeúntes, como dice 



dice Oviedo cou su candorosa ingenuidad, puestas delante todas las mujeres 

que yo he visto, ninguna vi tan graciosa ni tanto de ver como su persona » 

i^Quinquagenas, manuscrito.) «Alegre, de una alegría honesta y muy mesuia- 

da )) dice el autor del Carro ele las Donas. «Dadivosa y liberaba dice Flores. 

Pero nada más expresivo, respecto á sus cualidades morales, que lo que dice 
Prescott. «De esas cualidades la que más en ella sobresalía era la magnanimi- 
dad. Ni en sus pensamientos ni en sus acciones habia nada pequeño ó interesa- 
do. Sus planes eran vastos y ejecutados con el mismo noble espíritu con que 
habían sido concebidos. Jamas empleaba agentes sospechosos ni medios torci- 
dos, sino la política más franca y abierta, y rehusaba aprovecharse de las 
ventajas que la perfidia de los demás pudiera ofrecerle. Cuando una vez habia 
concedido su confianza, dispensaba su apoyo poderoso con la mayor voluntad, 
y era religiosa en cumplir cualquiera promesa ú oferta que hubiera hecho á 
los que se comprometían en sus planes, por más oposiciones que encontrara. 
Asi es que sostuvo á Cisnéros en todas sus reformas, imprudentes aunque 
laudables; favoreció á Colon en la prosecución de su grande empresa, escu- 
dándole contra las calumnias de sus enemigos. Y ese mismo amparo prestó al 
Gran Capitán. No sin razón fué por entrambos sentida con extremo la muerte 
de la Eeina. Su carácter era tan contrario al artificio y la doblez, y tan ajenas 
fueron estas cosas de su pohtica interior, que, cuando las observamos en las 
relaciones exteriores de España, podemos estar seguros de que no procedían 
de la Reina. Era incapaz de ahmentar ninguna desconfianza ni oculta mahcia, 
y aunque fuese severa en la ejecución y administración de la justicia pública, 
olvidaba con la mayor generosidad las ofensas , y alguna vez se adelantó á 
llamar á los que la habían injuriado personalmente. » {Reyes Católicos, par- 
te II, cap. XVI.) 



126 COLON EN ESPAÑA. 

acertadamente un historiador de nuestros dias (1) ; tal era, en 
sus rasgos más salientes , la situación del reino. En medio y por 
encima de todo ello , la preocupación más inseparable de Isabel 
era la guerra contra el Islam , y su decidido empeño el de poner 
término á la titánica lucha de ocho siglos, arrebatando al pode- 
río de los muslimes sus últimos, pero formidables baluartes en 
la Península. 

Empeñábase la célebre campaña contra la morisma, cabal- 
mente en los momentos de la llegada á España del navegante 
genoves ; y con tan funestos auspicios , por cierto , para las armas 
cristianas, que á su derrota en la Axarquia habia precedido el for- 
zoso alzamiento del sitio de Loja, en que dio su vida el joven 
Gran Maestre de Calatrava, y en que sellaron con su sangre la 
fidelidad al Monarca y el amor á la gloria el Duque de Medina- 
celi, el Conde de Tendilla, y el mismo Condestable. Pero ni estos 
desastres amenguaron el valor de las armas cristianas , ni fueron 
.poderosos á entibiar el varonil denuedo de la Peina Isabel , á 
cuyas instancias y perseverante solicitud se continuó con más 
bríos la camjmña en 1485 ; viendo, al fin de ella, la Reina y sus 
castellanas huestes coronados sus esfuerzos con la prisión del 
Rey Chico , la ocupación de Coin y de Mora , la de Alozaina y 
Cártama, la toma de Ronda y la de Marbella. 

Crecían, con el placer de estos triunfos , las esperanzas de ver 
ondear sobre los muros y en las torres de Granada el estandarte 
de Castilla ; alentadoras esperanzas que, al paso que excitaban el 



(1) Clemencin, Panegírico de la Reina Imhel I. — Tomo vi de las Me- 
morias de la Academia de la Historia. — « Cuando todos querían mandar 

y ninguno obedecer, cuando la nobleza tiraba á dividir á España en pedazos 
y parecía llegado el lúgul^re momento de su disolución anárquica ó de repro- 
ducirse los feudalismos locales de la Edad Media , que hubieran inutilizado la 
gran obra de los Reyes Católicos.» (Navaurü Rodbigo, El Cardenal Cis- 
néros. ) 



COLON EN ESPAÑA. 127 

ferviente celo de la Reina, aumentaban el ardor bélico de las 
huestes cristianas. 

El año 1486 daba principios con poderosos aprestos de guerra. 
Y en esos críticos y por todo extremo angustiosos momentos , se 
presentó á los Reyes Católicos , en Córdoba , Cristóbal Colon. 

« De franca y varonil fisonomía, alto de cuerpo , el rostro luengo 
y autorizado, la nariz aguileña, los ojos garzos, la color blanca, 
que tiraba á rojo encendido, la barba y cabellos canos, gracioso 
y alegre, bien hablado y elocuente , el modesto extranjero , con 
dignidad admirable y con seguridad asombrosa, ponia á los pies 
de la Corona de Castilla el Nuevo Mundo que entrañaba su pro- 
yecto, la tierra de los tesoros, cuyo cercano hallazgo aseguraba, 
navegando al Occidente» (1). 

Se ha notado por muchos , en son de censura después del su- 



(1) Esta pintura hace de Colon el historiador Herrera. Y á ella puede aña- 
dirse esta otra que nos ha dejado el Obispo de Chiapa : (( Era grave en mode- 
ración, con los extraños afable, con los de su casa suave y placentero, con 
moderada gravedad y discreta conversación. Ansí podia provocar fácilmente 
á su amor á cuantos le viesen ; aunque representaba por su venerable aspecto 
persona de gran estado y autoridad y digna de toda reverencia. Era sobrio y 
moderado en el comer y beber, vestir y calzar: y bien que hablase con ale- 
gría en familiar locución , ó ya que, indignado, cuando se enojaba y reprendía 
á alguno, sus palabras más ásperas se reduelan á decir : Do vos ci Dios. ¡No os 
parece .' ¿ Y esto ? » 

«En las cosas de la rehgion cristiana, sin duda, era catóUco y de umcha 
devoción.» (Fr. B. de Las Casas, Histor. general de las Indias, cap. ii. — 
Obra inédita que existe en la Eeal Academia de la Historia.) «Era el Almi- 
rante, dice Gomara, hombre de buena estatura y membrudo, cariluengo, ber- 
mejo, pecoso y enojadizo y crudo y que sufria mucho los trabajos.» 

ft Cuando era joven, dice su hijo Hernando, tenia el cabello blondo : pero á 
la edad de treinta años se le volvió blanco. » 

Benzoni le caracteriza diciendo: Ingenio excelso, keto et ingenuo vulto: 
acres illi et vigentis oculi, subflava C^saries, os xmulo ])atentius , in pi'imis 
justitioB studiosus erat, iracundice tamen pronus , ?>i quando conmoveretur. 
{Hist. índice Occid. 1586, lib. i, cap. xiv.) 

«Varón de grande ánimo, esforzado y de altos pensamientos», añade Her- 
rera, lib. VI, cap. XVI. 



128 COLON EN ESPAÑA. 

ceso, el frió desden , ó cuando menos , el retraimiento con que el 
Rey Católico oyó los proyectos y promesas del navegante geno- 
ves : lo cual es más que verosímil, por más que otra cosa diga el 
respetable Irwing. Pero tampoco era caso extraño, ni merecedor 
de censura, atendidas las circunstancias del momento, los pre- 
cedentes del asunto, su aspecto utópico por lo grandioso, y 
sobre todo las condiciones del carácter y talento de D. Fer- 
nando (1). 

Todos los historiadores de la época, lo propio que los moder- 
nos, Prescott é Irwing mismos , aun cuando elogian las altas do- 
tes de aquel Rey , convienen en que era cauteloso y frió. « Des- 
graciadamente para su popularidad, dice Prescott, Fernando no 
estaba dotado de carácter franco y cordial, de aquella ex]3ansion 
del alma que inspira amor, sino que en la vida privada se con- 
ducia con la misma reserva é impenetrable frialdad que en la 
pública. Frió y calculador, aun en pequeneces, demostraba bien 
claramente que todo lo referia á su persona. 



(1) Prescott, Obra cit., parte ii, cap. xxiv. Hé aquí el retrato que de él 
hace un distinguido hombre político y escritor contemporáneo: 

« Principe indocto, pero de entendimiento nativo muy grande; afortu- 
nado y valiente en los campos de batalla ; hábil y afortunado también en ma- 
nejar los artes de la diplomacia y los resortes de la política ; confuso y atre- 
vido iniciador de los procedimientos de Maquiavelo ; superior en el disimulo, 
pues nadie, con\o dice Giovio , podía conocer sus pensamientos por las altera- 
ciones de su rostro ; espíritu egoísta y frío, que todo lo refería al cálculo déla 
cabeza j nada á los sentimientos del corazón ; piadoso sin duda alguna, pero 
no ayudando á la religión y á la Iglesia, sino hasta aquel punto que convenia al 
interés de su reino ; avaro, más que por inclinación de su ánimo, por necesi- 
dad de las empresas en que se vio envuelto ; carácter positivista, que se im- 
pone por la constancia y se engrandece con el éxito ; espíritu de la prudencia, 
encarnación del buen sentido, que no deslumhra como el genio, ni fascina 
como la virtud ; que no alcanca la apoteosis de la leyenda y el culto de la 
tradición, pero que clava el carro de la fortuna y llega al término de la vida 
sin sufrir apenas un fracaso, después de reinar cerca de medio siglo en uno 
de los más turbulentos y agitados de las historia. » (Navae. Rodé. , El Car- 
denal Cisnéros,') 



COLON EX ESPAÑA. ] 29 

Pero ajearte de esto, forzoso es convenir en que, por grande 
que sn ambición fuera , y por feliz sn estrella, las preocupaciones 
y comj)romisos que debian embargar su ánimo en aquellos mo- 
mentos bien disculpan, si es que no justifican, el retraimiento 
del monarca aragonés. 

Fueron necesarios el corazón esforzado , el espíritu valiente de 
la Reina de Castilla, su alma fervorosa, y por lo tanto propensa 
á entusiasmarse por todo lo que se ofrecía á los ojos de su espí- 
ritu con síntomas de bondad y caracteres de grandeza, para que 
oyera con interés á Colon y para que, en aquellos momentos se 
declarase partidaria de un proyecto , que si por lo grandioso ra- 
yaba en lo utópico, por lo embarazoso para los católicos Reyes, 
en aquellas circunstancias, se prestaba á la oposición que desde 
luego le hicieron el Prior de Prado y sus parciales. La ocasión 
en que Cristóbal Colon j)resentó su proyecto á los Reyes Cató- 
licos, dice su gran historiador, era la menos favorable que se 
pudiera haber imaginado. 

Era entonces España una gran masa en fusión, una gran na- 
ción, pero en estado todavía embrionario ; grandes elementos, pero 
dispersos y como en fermento y ebullición. 

Alto clero y nobleza en constante rebeldía y en continuas lu- 
chas de codiciosa ambición; intrigas cortesanas; complots de los 
ambiciosos; depredaciones del señorío; estado anárquico (1); vivo 
aún el recuerdo de las veleidades y alevosías de los Villenas y Car- 



(1) El estado anárquico de aquella época le describen con vivos colores 
los cronistas Pulgar, Bernaldez, Gómez, Falencia, Ortiz de Zúñiga, Gonzá- 
lez Dávila, Salazar de Mendoza, el erudito Angleria y el historiógrafo y pre- 
ceptor de la corte de D. Fernando, Lucio Marineo Síciüo (De Rehus Hispanke 
memorabilibu»). Lo ha hecho Frescott en su Historia de los Católicos Beyes; 
con más extensión Lafuente, Historia general de España, tom. ix, part. 2.*, 
libro IV, pág. 165 y sig. Y en nuestros dias Clemencin, Navarro Eodrigo y 
oti'os. Ya hemos dicho antes cómo pinta este último escritor aquella situación. 

9 



130 • COLON EN ESPAÑA. 

rillos ; maestres de las Ordenes á lo Pacheco y Girón ; alcaides de 
Castronnño y de Monleon á lo Maldonado y Mendaño ; todos avi- 
zorando , cuando no urdiendo, ocasiones de revueltas y de medros. 
Francia y Portugal acechando la coyuntura de hacer presa en los 
disgregados miembros de este nuevo Hércules , á eternos traba- 
jos condenado : y en la Alhambra y en Gibralfaro , y desde Loja 
hasta Almería , ondeando aún poderosa la media luna. 

En aquel mismo año (1486) reclamaban con instancias la pre- 
sencia de los Reyes en el norte de España, la completa anarquía 
en que se hallaba Galicia; cada señor un tiranuelo , y cada fora- 
gido un señor; la rebelión del Conde de Lémos, dueño de varias 
plazas y fortalezas, la de Ponferrada entre ellas; el motin cleri- 
cal , y la sublevación en Trujillo , con motivo de haber preso á nn 
clérigo , que habia perpetrado un crimen ; la reciente atrocidad 
del señor de Salvatierra , el mariscal D. Pedro , que habia hecho 
degollar sin ceremonia á un escribano , sin otro motivo que el de 
haber dado á la madre de aquél copia del testamento de su di- 
funto padre ; amago de lides abiertas entre el Duque de Alba y 
el Conde de Miranda; riepto entre el bachiller Becerra y el licen- 
ciado Francisco Alcaraz (1). 



(1) Sobre todos esos sucesos véanse los cronistas Galindez de Carvajal 
(Anales breves del reinado de los Beyes Católicos, anotados por Floranes); 
Gil González Dávila (Historia de la ciudad de Salamanca , etc.) ; Hernando 
del Pulgar (Crónica de los RR.' CC, cap. Lxvii); Diego Ortiz de Zúñiga 
(Anales eccles. y secid. de Sevilla, lib. xii). — El cronicón de Valladolid, de 
aiitor desconocido , al hablar de las treguas otorgadas y juradas entre el ba- 
chiller Becerra y el licenciado Francisco, dice : «Que se juraron en Salaman- 
ca á 27 de Enero de 1487, en el Consejo, estando presentes el Arzobispo de 
Sevilla é doctores Talavera é Villalon, el Canciller y otros muchos.» Y en 
una nota del ür. Floranes se añade : « El Dr. Talavera era Eodrigo de Maldo- 
nado, de quien fué nieto el célebre D. Pedro, capitán de la Comunidad de 
Salamanca , prisionero en Villalar, donde fué decapitado. » — « La noticia del 
motin de Trujillo, provocado y fomentado por el clero, cogió á los Beyes to- 
davía en Benavente, de camino para Salamanca.» (Pulgar, Crón. de los Re- 
yes CC, lug. cit.) 



COLON EN ESPAÑA. 131 

Tales eran las condiciones de la época , el estado de España, 
la situación de los Reyes Católicos, y con relación al año 1486, 
los desbordamientos y desórdenes , para cuyo atajo y correctivo 
tuvieron aquéllos que emprender , en Setiembre de aquel mismo 
año, una rápida y quizá estratégica expedición á Galicia, apenas 
terminada gloriosamente la campaña de Andalucía con la toma 
de Loja y la rendición de Illora y de Mochin. 

Y bien; en semejante situación, en tan críticas circunstancias 
habían recibido los Reyes á Colon ¡y no le despidieron ! 

Pero antes de reseñar el suceso y sus resultados , conviene fijar 
bien la ocasión , los ijrecedentes , el lugar y la fecha; conviene 
determinar quiénes fueron los principales actores de esa primera 
parte del interesante drama , y cómo desempeñaron su papel. 
Perdónesenos la enojosa repetición de algunos hechos , en gracia 
de la importancia que tiene para nuestro objeto el ordenarlos en 
serie cronológica, porque de esto depende en gran parte la ver- 
dad histórica. 

Hernando Colon , el físico Garci-Hernandez , Ortiz de Zúñi- 
ga, Oviedo y Herrera han contribuido á envolver el suceso en 
oscuridad tan grande , que para salir de ella, los biógrafos é his- 
toriadores modernos han roto el velo por donde mejor y más an- 
cho campo les ofrecía, con el preconcebido intento de confirmar 
tal acariciada idea , ó tal predeterminada tesis (1). • 

Ninguno en esa parte más ingenuo que Las Casas, el cual re- 



(1) « No son solamente los acontecimientos de la vida de Colon los que se 
hallan envueltos en oscuridad é incertidumbre , es el orden cronológico de 
esos mismos acontecimientos; y esa incertidumbre alcanza aún á la prioridad 
de los ofrecimientos hechos por el descubridor á diferentes potencias ; por 
ejemplo, á la repxiblica de Genova, á los Eej'es de Portugal y de Inglaterra. 
En cuanto al Eey de Francia no parece que hubo otra cosa más que intención 
de dirigirse á él , por parte de Colon ; y esto sólo se puede colegir por lo que 
dice la carta del Duque de Medinaceli al Cardenal Mendoza.» (A. Humboldt, 
Exam. cHt.^ tom. ii, pág. 108.) 



132 COLON KN ESPAÑA. 

conoce la oscuridad del asunto; y aunque hace alarde de poseer 
y de haber tenido en sus manos más noticias y más documentos 
de Cristóbal Colon que ningún otro , confiesa , sin embargo , las 
dudas que en su tiempo mismo existían j'ara resolver con acierto 
aquellos problemas; y se contenta con exponer, en forma de hi- 
])ótesis , todas las razones , todos los comentos , las diversas vías, 
como él dice, que se habian trazado al intento de determinar la 
llegada de Colon á España; las primeras personas que le presta- 
ron apoyo y que le facilitaron acceso á los Reyes; la época de su 
presentación á éstos , y las mediatas é inmediatas consecuencias 
de aquel suceso. 

Oigamos al concienzudo historiador : 

«Llegado en la corte á 20 de Enero de 1485 (1), comenzó á 
entrar en una terrible, continua, penosa y prolija batalla, que 
por ventura no le fuera tanto áspera ni tan horrible la de mate- 
i'iales armas , cuanto la de informar á tantos que no le enten- 
dían , aunque presumían de le entender ; responder y sufrir á 
muchos que no conocían ni hacian mucho caso de su persona; 
recibiendo algunos baldones de palabras que le afligían el alma. 
Y porque el principio de los negocios arduos en las cortes de los 
Reyes es dar noticia larga de lo que se pretende alcanzar á los 
más privados y allegados á los príncipes , asistentes más conti- 
nuamente á las personas Reales , ó en su Consejo , ó en favor ó 
privanza , por ende i3rocuró de hablar é informar á las personas 
que por entonces habia en la corte señaladas y que sentía que 
podían ayudar. Estas fueron el cardenal D. Pero González de 
Mendoza, que en aquellos tiempos, por su gran virtud, pruden- 



(1) Ya demostraremos más adelante que entesa fecha hay equivocación por 
parte de Casas. Debe leerse 20 de Enero de 1486 , y no de 85. Pronto vere- 
mos por ({ué. 



COLON KN espaSía. 133 

cia, fidelidad á los Reyes, generosidad de linaje y de ánimo , y 
eminencia de dignidad , era el qne mucho con los licyes privn- 
ba (1). Con el favor de este señor, dice la Historia jiortuguesa 
que aceptaron los Reyes la empresa de Cristóbal Colon. Otro, el 
maestro del príncipe D. Juan , Fr. Diego de Deza , de la órdon 
de Santo Domingo, que después fué Arzobispo de Sevilla. Otro 
fué el Comendador mayor Cárdenas (2). Otro, el Prior de Pra- 
do, fraile de San Jerónimo, que fué después Arzobisjm de Gra- 
nada. Otro fué Juan Cabrero, aragonés, camarero del Rey, hom- 
bre de buenas entrañas, que querian mucho el Rey é la Reina; y 
en carta escrita de mano de Cristóbal Colon^ vido que decia al 
Rey, que el susodicho maestro del Principe, Arzobispo de Sevi- 
lla, D. Fr. Diego de Deza, y el dicho camarero , Juan Cabrero, 
habian sido causa de que los Reyes tuviesen las Indias. E mu- 
chos años antes que lo viese yo escrito de la letra del almirante 
Colon, habia oido decir, que el dicho Arzobispo de Sevilla , por 
sí , y lo mismo el camarero Juan Cabrero , se gloriaban que ha- 
bian sido la causa de que los Reyes aceptasen la dicha empresa 
y descubrimiento de las Indias. Debian, cierto , de ayudar en ello 



(1) (( El Cardenal, 5?/e lo manclaha todo, como dice el Dr. Gonzalo de Ules- 
cas, le negoció audiencia de los Reyes y lugar para que los informase; favo- 
reciéndole tanto , que con buenas palabras le dieron esperanzas ciertas de que, 
en acabándose la campaña de Granada, lo resolverían. » (Salazar de Mendo- 
za, Crónica del fjran Cardenal^ lib. i, cap. LXii.) 

«Sucedió en la primacía (á D. Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, muer- 
to en 1.° de Julio de 1483) su antiguo rival D. Pedro González de Mendoza, 
cardenal de España, prelado cuyos vastos y prudentes talentos le habian 
granjeado merecida influencia en los Consejos de sus Keycs.» (Prescott, ibkl.^ 
citando á Salazar, á Hernán Pérez del Pulgar, á Carvajal, Aleson y á Pedro 
Mártir.) 

(2) ic Cárdenas y el Cardenal , 
Y Chacón y Fray Mortero , 
Traen la corte al retortero. » 

(Salazar, ihkl. — Oviedo, Quincua(/enas.) Fray Mortero llamaban á don 
Alonso de Burgos, obispo de Palencia y confesor de los Kcycs. 



134 COLON EN ESPAÑA. 

mucho, aunque no bastaron; porque otro, á lo que parecerá, 
hizo más; y éste fué un Luis de Santángel, escribano de racio- 
nes , caballero aragonés , persona muy honrada y prudente , que- 
rido de los Reyes , por quien finalmente la Reina se determinó. 
Con este tovo mucha plática y conversación , porque debiera de 
hallar en él buen acogimiento. 

dEsíos todos, ó alguno dellos , negociaron que Cristóbal Colo7i 
fuese oido de los Reyes y les diese noticia de lo que deseaba ha- 
cer y venía á ofrecer y en qué queria servir á SS. A A. Las cua- 
les, oida y entendida su demanda superficialmente, por las ocu- 
jiaciones grandes que tenían con la dicha guerra (porque esto 
es regla general , que cuando los reyes tienen guerra , poco en- 
tienden ni quieren entender en otras cosas ) , j^nesto que con be- 
nignidad y alegre rostro acordaron de lo cometer á letrados, 
para que oyesen á Cristóbal Colon más particularmente , y vie~ 
srji la calidad del negocio y la prueba que daba para que fuese 
posible , confiriesen y tratasen dello, y después hiciesen á Sus Al- 
tezas plenai'ia relación. 

» Cometiéronlo principalmente al dicho Prior de Prado , y 
que él llamase las personas que le pareciesen más entender de 
aquella materia de Cosmografía , de los cuales no sobraban 
muchos en aquel tiempo en Castilla ; y es cosa de maravillar 
cuánta era la i:)ennria é ignorancia que cerca desto habia por en- 
tonces en toda Castilla. Ellos juntos muchas mees , propuesta 
Cristóbal Colon su empresa, dando razones y autoridades para 
que lo tuviesen por ¡nosible, aunque callando las más urgentes, 
porque no le acaeciese lo que con el Rey «de Portugal » 

Entra luego Las Casas á exponer grosso modo las objeciones 
que á Colon hacian los letrados y cosmógrafos de la consulta, sin 
determinar las personas que las hiciesen. Son las mismas obje- 
ciones relatadas por D. Hernando — cap. xi de su Historia — y 



COLON EN ESPA^^V. 135 

se rednoon á qne Ptolomco no conoció talos tierras ó islas. — Qnc. 
el mnndo era de infinita grandeza ; y en apoyo de ello citaban 
las Suasorias de Séneca, lili, i; sin advertir, dic(>n los dos nnr- 
radores, que las palabras de Séneca las dice por vía de dispnta. 
— Qne de esta esfera inferior no estaba más qnc una peíjneña parte 
descubierta, porque lo demás estaba cubierto por las aguas ; y 
por tanto , qne no se podia navegar sino por las riberas. — '- Que- 
suj)oniendo que el mundo era redondo, navegando á Occidente se 
iba cuesta abajo, y no era posible volver. — Que San Agustín ne- 
gaba qne hubiese antípodas. — Y que de las cinco zonas las tres 
eran inhabitables. 

« Así que por esta causa — continúa Las Gasas — y el error y 
la terquedad y el amor propio , pudo poco Cristóbal Colon satis- 
facer á aquellos señores que habían nuindado juntar los Reyes. 
Y ansí fueron de ellos juzgadas sus pro^nesas y ofertas por im- 
posibles y vacias y de toda repulsa dignas. Y con esta opinión 
fueron á las Reales jiersonas diciéndoles, que no era cosa que á la 
autoridad de sus personas Reales convenia ponerse á ñxvorecer 
negocio tan flacamente fundado y que tan incierto é imposible á 
cualquiera jiersona letrado , por indocto que fuese, podia parecer; 
porque perderían los dineros que en ello se gastasen y derogarían 
su autoridad Real sin ningún fruto. Los Reyes mandaron dar por 
respuesta á Colon , despidiéndole , aunque no del todo quitándo- 
le la esperanza de volver á la materia , cuando más desocupados 
Sus Altezas se vieranyy (1). 

Bien se advierte que Las Casas no determina la fecha de la 
presentación de Colon á los Reyes , sino la de su llegada á la 
corte , lo cual no es lo mismo ; y bien lo da á entender el histo- 
riador. Tampoco debe confundirse la llegada á la corte con la 



(1) Fe. Bart. de las Casas, IJiat. fjener. de las Indias, cap. xxix. 



136 COLON EN ESPAÑA. 

llegada de Cristóbal Colon á España. De forma que, en esos pun- 
tos, el relato de Las Casas confirma de todo en todo nuestros 
asertos. Colon llegó á España á fines de 1484; se dirigió á Sevi- 
lla para buscar medios y facilidades de acercarse á los Reyes con 
algunas garantías de éxito. Se acercó á la corre á fines de 1485; 
y allí procuró simpatías y apoyo á su proyecto « entre los más 
privados y allegados á los príncipes , asistentes más de continuo 
á las personas Reales , ó en su Consejo ó su favor ó privanza. » Ya 
se comi^rende qne ésta no es pequeña labor ; y que ésta se acre- 
centaría para Colon , extranjero , sin títulos , honores ni riquezas. 
Nada extraño, por tanto, que hasta Enero del 86 no pudiera lo- 
grar el acceso que apetecía ante los Reyes Católicos. 

Nombra después Las Casas las personas de la corte que le 
prestaron valimento y más ó menos apoyo. Y aquí es ya donde 
notamos deficiencia y confusión. No se acuerda de Alonso de 
Quintanilla ; no hace mérito de Fr. Antonio de Marchena ; no 
menciona á la Marquesa de Moya, ni á Gaspar Gricio, ni á doña 
Juana de la Torre , ni el tesorero Rafael Sánchez ; ni recuerda 
al Duque de Medinaceli, personas todas con cuyo apoyo pudo 
contar desde los primeros dias Colon. Y en cambio, confunde 
entre los protectores al comendador Cárdenas, que no sabemos 
tomase cartas en el asunto; y al Prior de Prado, Fr. H. de Ta- 
lavera, que fué el contrario más franco, más resuelto y más tenaz 
que tuvieron Cristóbal Colon y sus proyectos. 

Esto aparte, preciso es convenir que Las Casas está, en esa 
parte, mucho más explícito y — lo diremos sin rebozo — mu- 
cho más verídico y exacto que el hijo y biógrafo de Cristóbal 
Colon , D. Hernando. Éste se calla el nombre de todos los pro- 
tectores de su padre , salvo el de Fr. Juan Pérez y el de Santán- 
gel ; y en una rapidísima reseña de los largos y accidentados 
acontecimientos de aquel primer período , comienza por el fin , es 



COLON K\ ESPAÑA. 137 

decir, por la entrevisto de Colon con Fr. Juan Pérez, en el con- 
vento de la Rábida ; atribuye á Santángel la i)resentacion de Co- 
lon al Rey ; cuenta luego la oposición del Prior de Prado y de 
su junta de letrados y cosmógrafos , y se olvida de la eficaz re- 
comendación de Santángel á la Reina (1). 

En una cosa importante convienen los dos narradores : en el 
resultado de la i)rimera entrevista ó conferencia de Colon con los 
Reyes. Más explícito, aun en este jjarticular, es Las Casas que 
D. Hernando ; pero están conformes en lo esencial. « Los Reyes, 
puesto que con benignidad y alegre rostro , oyeron la demanda 
de Colon superficialmente, por las grandes ocupaciones de la 
guerra , y acordaron de lo cometer á letrados , i)ara (pie le oye- 
sen , vieran la calidad del negocio y la prueba que daba de ser 
posible ; confiriesen y tratasen de ello , y después hiciesen á Sus 
Altezas plena relación. Cometiéronlo al Prior de Prado y le au- 
torizaron para que él llamase las personas que le pareciesen más 

entender de aquellas materias » «Pero como los que habia 

juntado eran ignorantes , no pudieron comprender á Colon , que 

tampoco queria explicarse mucho y juzgaron sus promesas y 

ofertas por imi^osibles y vanas y de toda repulsa dignas.» 



(1) Herx. Colon, Vida del Almirante: cap. xi, «Vino (Colon) á Castilla, 
y dejando á su hijo en Palos en un convento llamado de Kábida, paso á Cór- 
doba, donde estaba la corte, y con su amabilidad y dulzura trabó amistad con 
las pei'sonas que gustaban de su ¿proposición, éntrelas cuales Luis de San 
Ángel, caballero aragonés, escribano déla Razón de la Casa Real, sugeto de 
gran prudencia y capacidad , entró nmy bien en ella. Habló al Rey sobre que 
el Almirante mostraria por razón la posibilidail de su empresa, ií/ iif?/ coindió 
al Prior de Prado, que después fué arzobispo de Granada, para que con los 
más hábiles cosmógrafos conferenciase con Colon, hasta que quedasen plena- 
mente instruidos de su designio y le informase con su dictamen , y volverlos 
á juntar después, para determinar sobre las proposiciones que hubiese hecho. 

» Obedeció el Prior de Prado ; pero como los que habia juntado eran igno- 
rantes, no pudieron comprender nada de los discursos del Almirante, que 
tampoco queria exphcarse mucho, temiendo no le sucediese lo .(juc en Por- 
tugal.» 



138 COLON EN ESPAÑA. 

Los dos historiógrafos están contextes. Es evidente qne lo 
mismo D. Hernando qne Fr. Bartolomé de las Casas, determi- 
nan circnnstanciada y claramente nn mismo snceso, el de la con- 
sulta del Prior de Prado y su junta de letrados y cosmógrafos. 
Hacen más; fijan ese suceso á seguida de la primera visita de Co- 
lon á los Reyes , la cual no pudo verificarse más tarde qne á 
principios de 1486 , según hemos dicho. Y ambos convienen en 
que el informe ó dictamen de aquella junta oficial fué de todo en 
todo opuesto al proyecto y á los designios y pretensiones de Co- 
lon. En ese punto no hay divergencia ; están conformes esos dos 
fehacientes testimonios. Y ya veremos que sobre ese particular 
hay otro aun más irrefragable testimonio. 

Pero, adviértase bien, adviértase que ni uno ni otro historia- 
dor citan para nada allí á Salamanca, ni al Prior de San Esteban 
de aquella ciudad, ni á su Universidad, ni al convento de Do- 
minicos; no hacen una sola indicación que á las Conferencias de 
Salamanca se refiera. Ya veremos más adelante los diversos ca- 
racteres que esas conferencias revistieron , de tiempo, de lugar, de 
personas que á ellas asistieron , y muy especialmente de aquélla 
que las provocó, las convocó y las presidió, para que no sea posible 
confundirlas con las famosas Juntas presididas por el Prior de 
Prado. Este particular es importantísimo, porque él solo destruye 
el capital error en que han incurrido todos cuantos han escrito la 
vida y hechos de Colon y la historia de su descubrimiento (1). 



(1) En ese error ha incm-rido el mismo Navarrete : tal y tan grande era la 
fuerza con que venía amparada la confusión de las Juntas del Prior de Prado 
con las Conferencms de Salamanca. Y lo más anómalo en Navarrete es el qiie 
para perseverar en aquel error invoca la autoridad y las palabras del testigo 
que más contribuye á disiparle : la autoridad y las palabras del Dr. Piodrigo 
Míldonado. (Véase la observación viii sobre las probanzas del Fiscal y del 
Almirante en el famoso pleito sobre el descubrimiento del Nuevo Continente, 
tomo III de la Colee, pág. 614 y 615.) Pero este particular ya lo trataremos 
con mayor extensión en otro lugar. 



COLON EN ESPAÑA. 1,39 

Ademas de los dos autorizados relatos de D. Hernando y de 
Las Casas hay sobre este mismo particular, y en apoyo de nues- 
tro aserto , una prueba irrefragable : la declaración del Dr. Ro- 
drigo Maldonado , en el jileito con D. Diego Colon sobre el ver- 
dadero descubridor del Nuevo Continente. El Dr. Maldonado, 
comensal del Consejero de los Reyes Católicos, Fr. Hernando de 
Talavera, Consejero también de SS. AA. y uno de los que for- 
maron parte de la Junta convocada y presidida por el Prior de 
Prado, declara: «Que él con el Prior de Prado, que á la sazón 
era, y que después fué arzobispo de Granada, ó con otros sabios 
é letrados é marineros , platicaron con el dicho Almirante sobre 
su ida á las dichas islas , c que todos ellos acordaron que era im- 
posible ser verdad lo que el dicho Almirante decia lo cual 

todo supo este testigo como uno de los del Consejo de Sus Alte- 
zas'» (1). 

Como se ve , la consulta al Prior de Prado Fr. Hernando de 
Talavera y su Junta de letrados y de cosm(5grafos , tenian carác- 
ter oficial y un tono especialísimo , que es imposible confundir 
con las Conferencias de Salamanca. Ya veremos más adelante 
las circunstancias características de esas conferencias. Mas por 
de pronto debe notarse, que en aquella consulta no suenan para 
nada Fr. Diego de Deza, maestro del príncipe D. Juan, confe- 
sor de los Reyes, su consejero, y desj)ues arzobispo de Sevilla; 
no intervienen tampoco para cosa alguna la Universidad dé Sa- 
lamanca , sus profesores y maestros ; no juegan papel alguno los 
dominicos y su convento de San Esteban de aquella ciudad. -De- 
tengámonos ahora á fijar la época y fecha de aquel suceso. 

Al tratar de fijar el tiempo y la fecha en que se verificó la 
presentación de Colon á los Re3'"es no ocultaremos que sobre 



(1) Navarrete, Obr. cit, t. iii, pág. 589. 



140 COLON EN ESPAÑA. 

este pnuto caben dudas , existen variedad de oiiiniones , indicacio- 
ciones y asertos contradictorios. Las Casas , que sobre ser el más 
explícito es el narrador más fidedigno , dice : « que llegó Colon á 
la corte el 20 de Enero de 1485, y que entonces comenzó á en- 
trar en una terrible , penosa y prolija batalla. » Pero Las Casas 
ha debido jiadecer en este punto una equivocación de cálculo : in- 
dudablemente contó mal. Y la prueba de esto es clara como la 
luz. Las Casas redactó el relato del primer viaje de Colon te- 
niendo á la vista el diario del mismo Almirante y copiándole á 
trozos. Hízolo así al llegar al lunes, 14 de Enero de 1493, y él 
mismo escribe allí lo siguiente : 

« Y dice más el Almirante así : «y han sido causa (sus opo- 

))8Ítores) de que la Corona Real de Vuestras Altezas no tenga 100 
)) cuentos más de renta de la que tiene después que yo vine á les 
y) servir^ que son siete años agorad 20 dias de Tlnero este mismo 
Dmes )) (1). 

Indudablemente fué de este aserto de Colon del que se sirvió 
Las Casas para escribir, en su Historia , lo que antes copiamos : 
«Llegó Colon á la corte el 20 de Enero de 1485.» Pero su 
equivocación es palmaria. Los siete años, á terminar el 20 de 
Enero de 1493, no arrancaban del 85, sino del 86. Por consi- 
guiente, fué el 20 de Enero de 1486 cuando se verificó la pre- 
sentación de Cristóbal Colon á los Reyes. 

Y esto se acredita más , porque se compagina perfectamente 
con lo que decia el Duque de Medinaceli en su notable carta al 
Cardenal Mendoza : que habia tenido dos años en su casa á Co- 
lon, antes de enviarlo á la Reina. Aun cuando se quisiera supo- 
ner que , después de esta entrevista con los Reyes , Colon conti- 
nuó todavía en la casa del Duque, esto no es lo verosímil ni lo 



(1) Navab., Colee. ^ 1. 1, pág. 285. 



COLON EN KSPAÑA. 111 

probable, si se examinan y meditan las significativas ])alal)ras de 
Las Casas: c(.....Y entonces — es decir, de segnida de su entre- 
vista con los Reyes — comenzó á entrar en una terrible, penosa y 

prolija batalla » Aserto que confirma el propio Almirante, en 

varios de sus escritos, recordando siempre las contrariedades que 
sufrió y las luchas que sostuvo contra los opositores á su em- 
presa. Pero en esta parte hay también vaguedades y hasta diver- 
gencias , y por consiguiente incertidumbre. 

Al exhalar sus quejas por aquellas contrariedades , y al recor- 
dar lo que duraron para él aquellas amarguras , aquella terrible, 
penosa y prolija batalla. Colon señala anas veces seis ó siete 
años; otras veces nueve , y alguna vez ocho; mientras que Las 
Casas, que las hace comenzar, según hemos visto, en 1485, las 
da sólo cinco años de duración (1). Mas á pesar de esas divergen- 
cias , y de esa indeterminación , siempre resulta que , cuando más 
tarde, la primera presentación de Colon á los Reyes Católicos 
fué á principios de 1486 ; que á seguida se constituyó la Junta de 



(1) Ya hemos visto, que en el Diario del primer viaje, fija Colon su presen- 
tación á los Reyes en el dia 20 de Enero de 148G, hablando de siete años, con 
relación al mismo dia de 1493, que habia venido á servirles. En la hoja suelta, 
escrita de mano del Almirante, según Navarrete, en fines del año 1500, que 
existe original en el archivo del Du(íue de Veragua, dice : «Ya son diez y siete 
años que yo vine servir estos Príncipes con la impresa de las Indias : los ocho 
fui traido en disputas, y en fin se dio mi aviso por cosa de burla.» — En el 
libro de las Profecías, que describe Muñoz y extracta Navarrete y que lleva la 
fecha 13 de Setiembre de 1501, dice : «.Siete años pasé aquí en su Real corte 
disputando el caso con tantas personas de tanta autoridad y sabios en todas 
artes, y en fin concluyeron que todo era vano y se desistieron con esto dello.» 
— En la carta del Almirante al ama ó nodriza que habia sido del principe don 
Juan, doña Juana de la Torre, escrita hacia fines de 1500, decia asimismo: 
<£ Siete años se pasaron en la plática, y nueve ejecutando cosas nuiy señala- 
das y dignas de memoria se pasaron en ese tiempo.» En la historia del tercer 
viaje, carta del Almirante escrita á los Reyes desde la isla Española, dice: 
«La Santa Trinidad movió á Vuestras Altezas á esta empresa de las Indias, 
y por su infinita bondad hizo á mí mensajero dello, al cual vine, etc. Puse en 
esto seis ú siete años de grave pena » Er. Bartolomé de Las Casas, en su 



142 COLON EN ESPAÑA. 

letrados j^residida por el Prior de Prado. Esto es lo importante; 
porque son ese heclio y esa fecha los que arrojan grandísima luz 
sobre este asunto. No liay duda alguna que con la Junta del 
Prior de Prado y con su ojjosiciou á los proyectos del navegante 
genoves comenzaron para él las amarguras , las burlas , las con- 
trariedades de que nos hablan su hijo Hernando, Las Casas y 
él mismo. 



Historia general de las Indias, cap. xxix, dice sobre esto mismo: «Residió 
Cristóbal Colon de aquella primera vez en la corte de los Reyes de Castilla, 
dando estas cuentas , haciendo estas informaciones , padeciendo necesidades y 
no menos afrentas hartas veces , más de cinco años , sin sacar fruto alguno. » 
Más adelante veremos que en todo esto hay exageración, pur parte de Las 
Casas, ú olvido grande de hechos y de personas cuya significación y cuyos 
servicios y cooperación demuestran irrecusablemente que la mala situación del 
navegante genoves y sus amarguras no dui'aron tanto. 



CAPÍTULO IV. 



Sumario. — Omisiones que tuvieron D. Hernando y el mismo Las Casas , en 
orden ú los protectores y auxiliares de Colon. — Alonso de Quintanilla. — 
Los hermanos Geraldini. — La Maniuesa de Moya y su marido Juan de 
Cabrera. — Gaspar Gricio , secretario de la Eeina. — Doña Juana de la 
Torre. — El P. Gorricio. — El Dr. Chauca. — Fr. Antonio de j\Iarchena. — 
Cómo miró el Rey Católico el proyecto de Colon. — Opinión y conducta 
de Fr. Hernando de Talavera. — Cómo se condujo y por qué en la consulta 
del proyecto que los Reyes le encomendaron. — Medios de evacuar la con- 
sulta. — Junta de letrados y marinos. — En vista del informe de la Juuta y 
de la resolución délos Reyes, actitud y acuerdo que toman los protectores 
de Colon. — Fr. Diego de Deza; sus cualidades y su influencia con los Re- 
yes. — Parte que toma en aquel acuerdo. — Viaje de los Reyes á Galicia. — 
Su detención en Salamanca. — Momento escogido j^ara las célebres confe- 
rencias de aquella ciudad. — ¿ Quién era Fr. Antonio de Marcbena ? — Error 
cometido al confundirle con el Guardian de la Rábida Fr. Juan Pérez. 



Ya hemos dicho que Hernando Colon hace caso omiso de los 
protectores que tuvo su jiadre. El Obispo de Chiapa no fué tan 
olvidadizo; nombra, como hemos visto, á muchos de ellos y en- 
comia los servicios de algunos. Pero así y todo comete omisio- 
nes lamentables. Es una de ellas la de Alfonso de Quintanilla, 
que fué uno de los primeros y de los que más contribuyeron á 
inclinar el ánimo de la Reina en apoyo de Cristóbal (Jolón y de 
su empresa. Así lo asegm-a Salazar de Mendoza (1); lo confirma 



(1) Salazar, Crónica del Gran Cardenal^ lib. i, cap. Lxn 



144 COLON EN ESPAÑA. 

la carta del Duque de Mediuaceli, y lo aseveran Herrera (1) 
y Muñoz (2) diciendo que, al escuchar la Reina las instancias y 
recomendaciones de Santángel en favor de Colon, le dijo aque 
también se vía importunada en la misma conformidad por Alon- 
so de Quintanilla — que con ella tenía autoridad — que les agra- 
decía el consejo y dijo que le aceptaba^ con que se aguardase á 
que se alentara algo de los gastos de la guerra» (3). 

Verdad es que también sobre este particular hay una desinte- 
ligencia. Navarrete (4) j^one en duda el aserto de Herrera , fun- 
dado en que , en la época á que este último se refiere , Quintani- 
lla no estaba en la corte , sino en Valladolid , formando parte del 
Consejo de gobernación y justicia allí establecido por los mismos 
Reyes Católicos. Pero Navarrete no advirtió que Herrera, si bien 
¡Done en boca de la Reina palabras por ella pronunciadas en 1491, 
cuando Santángel ej:tremó sus instancias á favor de Colon, al 
referir las de Quintanilla no quería decir que las pronunciara en 
aquella misma fecha. La Reina manifestó á Santángel , que tam- 
bién Quintanilla solicitaba de ella la misma resolución; que tam- 
bién se veia importunada en la misma conformidad de Alonso de 
Quintanilla^ lo cual no revela otra cosa sino que la Ba .a mis- 
ma alentaba á Santángel , haciéndole la confianza de decirle, que 
no era él solo el que recomendaba á, Colon y abogaba porque se 



(1) Herrera, Decad. 1.*, lib. i, cap. viii. 

(2) Muñoz , Historia del Nuevo Mundo , lib. n , § 30. 

(3) Alonso de Quintanilla fué uno de los hombres de más valer en el rei- 
nado de los Reyes Católicos. Nebri ja en la Crónica de Pulgar le pinta con estas 

concisas pero significativas frases «.Equestris ordinis vir nobilis, ingenio- 

siifi, acer et vehemens : idemque fisci rationumque regiarum qucestor maxi- 
mus..-» (Decad. 1.", lib. vi, cap. i.) Es notable el discurso que pronunció, so- 
guu Nebrija, en la Junta de Dueñas sosteniendo la necesidad y la convenien- 
cia de las Hermandades. 

(4) Navar., tom. 111, pág. 601. 



COLON EN ESPAÑA, 145 

aceptase su proyecto; que también Quintanilla era de sn misma 

opinión y la habia lieclio instancias en el mismo sentido. 

Irving asegura que Alonso de Quintanilla dio hospedaje á Co- 

» 
Ion y lo recomendó al Cardenal. Lo primero es verosímil. Lo 

segundo , lo tenemos por hecho cierto y demostrado. 

También cita Irving, como protectores declarados de Colon, á 
los hermanos Geraldini; aserto que hace asimismo el biógrafo 
Rosselly de Lorgues , tomándolo, sin duda, de aquel historiador. 
No lo tenemos por indudable , respecto del mayor de los herma- 
nos ; ¡lero todo arguye en favor de qne Alejandro fué uno de aque- 
llos protectores (1). 

Pero Colon tuvo indudablemente otros muchos valiosos auxi- 
liares , á más de los que nombra Fr. Bartolomé de Las Casas, 
Son, indudablemente, de ese numeróla Marquesa de Moya, doña 
Beatriz Fernandez de Bobadilla (2) y su esposo Andrés Cabrera; 
el ama ó nodriza que habia sido del Príncipe D. Juan , doña 
Juana de la Torre; Gricio, secretario particular de la Reina; el 
tesorero, Rañiel Sánchez ; el Dr. Chanca y el P. Gorricio. De 
estos últimos hablan las cartas del mismo Cristóbal Colon, y 
de las .'ít'as personas dan testimonio las relaciones que man- 



(1) En otro lugar hemos dicho sobre esto nuestra opinión, fundada en la 
autoridad de Tiraboschi y de Moren. 

(2) Era ésta la intima amiga de la Reina Católica, compañera de la juven- 
tud, confidenta de sus secretos, alentadora y ángel tutelar en momentos de 
infortunio. Ella fué la que ¡pronunció aciuellas varoniles frases que refiere 
Prescott: «No lo permitirá Dios, ni yo tampoco»; cuando Isabel se lamen- 
taba de que la quisieran casar con el maestre de Calatrava ; y sacando un pu- 
ñal que llevaba escondido para el caso , juró solemnemente hundirle en el co- 
razón del turbulento y licencioso pretendiente, en cuanto se presentase para 
arrebatar su presa. De ella dice el concienzuilo (xonzalo Fernandez de Oviedo, 
que « ilustraba su noble linaje con su conducta discreta, virtuosa y valiente.» 
Ella fué la que estuvo á punto de perecer en el sitio de Málaga , á manos de 
un moro fanático, que la tomo por la Reina Isabel. (Prescott, Hint. de 
lüs RR. ce.) 

10 



146 COLON EN ESPAÑA. 

tuvo con ellas , y encargó á su hijo Diego que mantuviese y cul- 
tivara. 

Pero hay un personaje , entre los poquísimos que nombra el 
mismo Colon como sus protectores , que á pesar del encomio 
con que le distingue y le menciona, ha pasado poco menos que 
desapercibido para la generalidad de los historiógrafos; pues á 
tanto equivale haberle confundido con el Prior de la Rábida; ese 
personaje es Fr. Antonio de Marchena, de quien más adelante 
nos ocuparemos exprofeso ; porque el auxilio especial que ese mo- 
desto franciscano prestó á Colon merece bien que la crítica histó- 
rica emplee sus medios en señalarle con verdad y distinguirle 
con encarecimiento. 

Hechas ya constar — porque así conviene á la verdad histórica 
— esas notables omisiones , tanto 2^or parte de Cristóbal Colon, 
comoftorlade su hijo, que contrastan singularmente con los 
recuerdos , aunque no cabales y completos , de Fr. Bartolomé de 
Las Casas , fijémonos otra vez en el suceso importante , en la 
primera visita de Colon á los Reyes , y hagamos más luz sobre 
la disi)Osicion de ánimo de éstos respecto al navegante genoves ; 
sobre el acuerdo tomado por ellos, y sobre el resultado de ese 
acuerdo. 

A primera vista se advierte cierta anomalía , cierta esijecie de 
contradicción en esos hechos, tales como los hemos referido. Ser 
el Cardenal Mendoza personaje de tanta autoridad , respeto , va- 
limiento é instrucción, el que, de acuerdo con Quintanilla y, sin 
duda, con otros valiosos personajes de la corte, negociara la con- 
ferencia de C-olon con los Reyes , y encomendar éstos la consulta 
y la presidencia y dirección de la Junta de letrados y cosmógrafos 
á Fr. Hernando de Talavera , franco adversario de los jjroyectos 

del genoves parece desde luego anómalo y extraño. No lo es, 

sin embargo. 



\ 



COLON EN ESPAÑA. 147 

Aparte de la situación excepcional y premiosa en que se encon- 
traban los Reyes Católicos , no hay que tlisimular el licelio inne- 
gable de que D. Fernando no fué nunca partidario de la empresa 
de Colon; la miró siempre con tibieza, si es que no con desagra- 
do. Irving lia dicho, con notable perspicacia : ce El Rey miraba 
con frialdad aquella negociación. » Y Prescott no ha vacilado en 
asegurar : « Que desde el princii)io habia mirado Fernando cun 
frialdad y desconfianza aquel jjroyecto. » El encargo dado á Fray 
Hernando de Talayera , con exclusión de Quintanilla , de Santán- 
gel , de Fr. Diego de Deza y del Cardenal mismo , viene en con- 
firmación de aquel aserto. 

¿ Quiso con ello el Rey Católico des])edir políticamente á Co- 
lon , ó solamente ganar tiempo y obtener un largo aplazamiento 
al asunto ? En este particular somos de la opinión de Irving, 
cuando dice : c( La posibilidad de hacer descubrimientos más im- 
portantes aún , que los que hablan engrandecido á Portugal , no 
podia menos de halagar la ambición de Fernando. » Hombre de 
escasa fe , y no gran instrucción , positivista práctico , cierto es 
que no lograron inspirarle gran confianza las ideas y atrevidos 
proyectos de Colon; pero quiso, sin embargo, retenerlo en Espa- 
ña, y buscó un aplazamiento indefinido. Por ello y para ello eli- 
gió al Prior de Prado, y á él sólo encargó «que reuniese perso- 
nas competentes que oyesen á Colon , y que conferenciasen entre 
sí ; que viesen la calidad del negocio y tratasen de ello , y después 
hiciesen á Sus Altezas plenaria relación. » 

Pero Fr. Hernando de Oropesa era todo menos diplomático al 
gusto del Rey Fernando. Enemigo de términos medios , ni vela- 
ba sus intenciones, ni ocultaba sus ideas, ni dejaba, por consi- 
deración alguna, de manifestar sus sentimientos. ¡ Contraste sin- 
gular ! El Prior de Prado , teólogo liberal , eclesiástico ejemplar, 
pero tolerante y nada fanático , fué adversai-io declarado de las 



I-AS COLON EN ESPAÑA. 

ideas y de los proyectos de Colon (1) , mientras qne á favor de 
aquéllas y de éstos se pronunció decididamente , y desde el prin- 
cijoio al fin, el dominico Fr. Diego de Deza, sucesor de Torque- 
mada al frente del terrible tribunal de la Inquisición. 

Hay que confesarlo , el Reverendo Fr. Hernando de Talavera 
no era ciertamente el Obispo Calzadilla, ni en estrechez de mi- 
ras , ni en ruindad de procedimientos ; pero era tan adversario 
de la empresa de Colon como en Portugal lo fué aquel Obispo. 

Consideraba aquella emjDresa como un embarazo más, como 
un obstáculo nuevo, atravesado, en aquellos momentos, á la por 
todo extremo importante obra de terminar la reconquista, de 
concluir con el poder del Islam en España , de hacer ondear la 
enseña de la Cruz y el jDendon de Castilla sobre los torreones de 
la Alhambra y del Generalife. Esta era para él la gran emjoresa; 
y á realizarla cuanto más antes lo jíosponia y lo sacrificaba 
todo. ¿ Qué le importaban á él Mango y Cipango, ni su oro, ni 
sus tesoros , ni las islas del extremo Oriente , ni el averiguar si 



(1) Fr. Hernando de Talavera, consejero de los Reyes, confesor de la Rei- 
na, y por ésta tenido en nmclio aprecio y en altísimo concepto, fué siempre y 
decididamente contrario á la empresa y á las demandas de Colon, tanto como 
fué propicia la Reina, la cual nunca olvidó la tenaz oposición de su confesor, á 
quien , en medio de su acendrado afecto , dióle , después del éxito , una lección 
sobre ello, como sabía darlas la Reina de Castilla. Fué esa lección tan delica- 
da como significativa. En su frecuente correspondencia epistolar con su con- 
fesor la Reina no le volvió á hablar de Colon, ni de los descubrimientos, ni 
del asunto de las Indias. Advirtiólo el sagaz prelado ; y en una de sus cartas 
á la Reina — la que lleva la fecha de víspera de los Santos, 1493 — así como 
incidentalmente, pero con la liábil sencillez de un" padre maestro, deja desli- 
zar este párrafo : «/ Oh , que si lo de las Indias sale cierto! (habia salido 

ya) de que ni una ^Minora me ha escrito Vuestra Alteza , ni yo , si bien me 
acuerdo , otra sino ésta. y) La Reina, aun cuando así interpelada sobre su si- 
lencio, le continuó guardando; y al contestar desde Zaragoza á su venerado 
confesor, pasa de corrido con gran bondad y delicadeza sobre el asunto, sin 
dar al buen padre la noticia del descubrimiento, que de aquél no era ya igno- 
rado; pero que sentía no haber sabido de labios de la Reina misma. (Mem. de 
la Acud., tom. vi.) 



COLON KX KSTAÑA. 149 

este extremo Oriento estaba más cerca ó m.ís lejos de las costas 
occidentales de Europa y de África ? Lo que importaba , lo que 
preocupaba al buen Talavera, lo que absorbia su pensamiento y 
todas sus potencias era el lograr que , en sus días , en el reinado 
de Isabel de Castilla , se pusiese fin y término á la titánica lucha 
de ocho siglos contra los sucesores de Tarec y de Muza ; era el 
que su Reina pudiese añadir á los brillantes de la corona de León 
y Castilla los rubíes de la de Granada. Todas las fuerzas de 
Castilla y Aragón se le figuraban pocas para lograr aquel objeto 
con la brevedad que en su jintr ictismo apetecía ardorosamente. 
El distraer un momento de él la atención de los Reyes , y un 
solo maravedí que fuera del regio exahusto tesoro , se le antoja- 
ba, no ya un acto impolítico, mas un crimen de lesa unidad 
nacional, una falta de ijatriotismo. Y no vaciló un momento. 
Ya lo hemos dicho : Fr. Hernando de Talavera, prior de Prado, 
tema sentimientos humanitarios por todo extremo ; era un aca- 
bado tipo de bondad y dulzura evangélicas, como ha dicho bien 
un escritor contemporáneo, pero era invariable : era buen cre- 
yente , pero era firme en sus resoluciones y tenaz en sus propó- 
sitos. Desde luego formó el de despedir buenamente á Colon ; y 
al intento cogió con las dos manos la ocasión que le projior- 
cionaba el encargo de oirle , de examinar el negocio é informar 
á los Reyes. Reunió al efecto y de corrido las personas á él más 
devotas , y el informe negativo de la Junta no se hizo esperar. 
No se limitaron á eso solo el celo y la diligencia del consejero 

* 

Fr. Hernando. No ignoraba él que Colon tenía en la corte pro- 
tectores valiosos ; no desconocía los atractivos que por su gran- 
deza y trascendencia ofrecia la empresa , ni lo que ésta halagaba 
el levantado espíritu y varonil aliento de la Reina ; sabía bien el 
influjo que podian ejercer en el ánimu de ésta las altas cualida- 
des que desplegaba el navegante genoves, en medio (h su exte- 



150 COLON EX ESPAÑA. 

i'ior modesto y de su aire reservado , pero noble , grave é insi- 
nuante , j consideró , por lo tanto , que para vencerle era preciso 
desautorizarle ; quiso aburrirle. Y de aquí las invectivas y los 
sarcasmos de los palaciegos cortesanos, comensales y amigos del 
siempre resuelto é infatigable en sus propósitos , Fr. Hernando 
de Talavera. Esas son las burlas que tan honda huella dejaron 
en el alma de Cristóbal Colon y á las que tantas veces se refiere 
en sus cartas. 

Si las que sufrió en las antesalas y en las Juntas del Prior de 
Prado no fueron las únicas amargas ironías que hubo de sufrir 
en su lucha , también tenaz , contra el descreimiento y la rutina, 
fueron, sin duda alguna, las que más le amargaron y las que más 
honda huella dejaron en su alma. 

La campaña de 1486 contra la morisma se cerró victoriosa- 
mente con la primavera. Apenas habían regresado á Córdoba los 
Reyes , la Junta de letrados, que había presidido é inspirado Fray 
Hernando , se apresuró á darles cuenta del resultado de su ya 
evacuada comisión. Los términos de este informe , tomados por 
todos los historiadores y biógrafos modernos del seco y desabri- 
do relato de D. Hernando Colon , se redujeron , como ha dicho 
Irving , á decir á Sus Altezas : « Que, en la opinión de la Junta, 
el propuesto proyecto era vano é imposible , y que no convenia á 
tan grandes príncipes tomar parte en semejantes empresas, y de 
tan poco fundamento. » 

Fr. Bartolomé de las Casas , más ingenuo , ó menos apasio- 
nado , en esa parte , que D. Hernando, y mejor informado, dice, 
hablando de aquella comisioü y de su informe : «Y así fueron 
dellos juzgadas sus promesas y ofertas ( las de Colon ) jyor m- 
¡wsibles y vanas, y de toda repulsa dignas. Y con esta opinión 
fueron á los Reyes, persuadiéndoles que no era cosa que á la 
autoridad de sus personas Reales convenia ponerse á favorecer 



COLON EK KSPAÑA. 151 

negocio tan flacamente" fundado y qne tan incierto é ini])osi1)le á 
cnalquiera persona letrado, jior indocto qne fuese, jjodia parecer; 
porque jierderian los dineros qne en ello se gastasen y deroga- 
rían sn antoridad Real sin frnto.» 

El informe, como se ve, está retratando al Prior de Prado. 
Ese informe condensa sn opinión y sus propósitos. Ese informe 
era él , Fr. Hernando de Talavera ; él era quien creia y tenía 
las ofertas de Colon por imposibles, por vanas y de toda repulsa 
dignas. Y para qne se vea cnán exacto es. lo qne hemos asevera- 
do ; qne Talavera fué mncho más allá, en el desempeño de sn 
cometido , de lo que pretendía y quería el rey Fernando , y mu- 
chísimo más de lo que deseaba la magnánima Isabel , oigamos lo 
qne , en el lugar antes citado , añade el bien informado historia- 
dor Las Casas : 

«Los Eeyes mandaron dar jior respuesta á Colon, despidién- 
dole , aunque no del todo quitándole la esperanza de volver á la 
materia, cuando más desocupados Sus Altezas se vieran de lo 
que se veían entonces por las atenciones de la guerra , etc. » 

Los Reyes — bien se ve — buscaban sólo un desahogo, un 
aplazamiento. El Prior de Prado proponía una inmediata repul- 
sa. Aquellos querían una contestación dilatoria ; éste ofi'ecía una 
contestación perentoria. Los Reyes esperaban desatar el nudo: 
Fr. Hernando quería cortarlo. 

Los Reyes , con su acuerdo simplemente dilatorio y esperan- 
zoso, desautorizaron á Fr. Hernando, que proponía dar á Colon 
una despedida breve , nada cortés y sin esperanza ; un no há lu- 
gar. Y tan cierto es esto, que, como hemos dicho más arriba, la 
Reina no volvió á hablar del asunto de Colon con su iiredilecto 
confesor , ni aun cuando éste mismo la provocó epistolarmente 
á ello. 

Fr. Hernando de Talavera, harto discreto para no comprender 



152 COLON EN ESPAÑA. 

que los Reyes no aceptaban su ojiinion y su consejo, se echó á 
nn lado. No era homlire para variar de opinión, porque los Re- 
yes no aceptasen la suya; no era, no por cierto, Fr. Hernando, 
de la madera de aquellos cortesanos que, cuando preguntaba el 
rey Luis XIV qué hora era, respondian : «La que V. M. quiera.» 
Los frailes — dicho sea en honor del principio igualitario que en- 
traña la institución y la doctrina del Crucificado — ni en la ad- 
versidad ni en la fortuna se han doblado servilmente , por regla 
genft'al. Pero el Prior de Prado, tan perspicaz como respetuo- 
so en aquella coyuntura, comprendió su posición y su deber; 
sin desistir de su opinión, se echó á un lado ; dio por terminado 
su encargo, pero no varió de opinión. Así como así, la Junta 
de letrados y cosmógrafos habia dicho su última palabra : « las 
¡promesas de Colon eran imposibles , vanas y de toda respulsa 
dignas. y> Nada la quedaba ya que hacer ni qué decir. 

Y así lo manifestó caballerosa é ingenuamente el consejero 
Rodrigo Maldonado, individuo de la Junta de letrados y marine- 
ros, como él mismo la llama : c( que platicaron con el dicho Almi- 
rante sobre su ida á las dichas islas : é que todos ellos acorda- 
ron que era imposible ser verdad lo que el dicho Almirante 
decia.» 

Las Juntas, por consiguiente , del Prior de Prado concluyeron 
en Córdoba; y concluyeron al terminarse la campaña de 1486 ; 
es decir, á principios de aquel verano. Este es para nosotros otro 
hecho demostrado é indiscutible. 

Ya hemos visto que, á pesar del informe de aquella Junta, los 
Reyes no desahuciaron á Colon ; le pidieron solamente un poco 
de vagar, un aplazamiento, y le dieron esperanzas. Quiere esto 
decir en nuestro lenguaje de hoy, que los Reyes aceptaron en 
principio el pensamiento y la empresa de Colon , aplazando su 
ejecución para cuando los sucesos de la guerra les permitieran 



COLON EN ESTAÑA. 153 

mayor desahogo y más medios (1). El motiro era justo, y la 
respuesta de los Keyes no podia desalentar á Cristóbal Colon. 
Por eso añade el Dr. Ilodrigo Maldonado, en el paraje antes tras- 
crito : c( E contra el parecer de los más dellos porfió el dicho 

Almirante de ir al dicho viaje » 

Pero ¿porfió Colon, solo y entregado á sus personales medios 
de acción únicamente? Esto no lo dice el Dr. Rodrigo, ni era 
del caso que lo dijera. ¿Hubiera i)odido el navegante genoves, 
no digamos afrontar — que eso sí lo hizo; — pero hubiera podido 
vencer por sí solo la formidable oposición del Prior de Prado y 
sus parciales ? No , no hubiera podido. Bien sabido es que, tratán- 
dose de cosas nunca vistas ni oidas, de novedades que entrañan 
prodigios, la incredulidad se insinúa y se impone mucho más fá- 
cilmente al mundo, que la creencia y la fe ; del propio modo que 
se insinúa y se imponen más fácilmente el miedo que el valor, y 
la vieja rutina que los caminos nuevos. 

Sin embargo , el Dr. Rodrigo nos ha dado testimonio irrecusa- 
ble de uno de los actos que más engrandecen y subliman á Cris- 
tóbal Colon ; aporjio — dice — contra el parecer de los más de los 
sabios, letrados y marineros, que hahia reunido para escucharle 
el Prior de Prado. ^^ La razón y yo — debió decir jmra sí Colon 
una y más veces — la razón y yo, contra todo el mundo. Ni Ga- 
lileo, ni Copérnico se atrevieron después á tanto. Uno y otro hu- 
yeron los peligros de porfiar contra el poder de los incrédulos, 
Y eso, que sólo aventuraban un aserto; una teoría. Colon aventu- 
raba su persona. Colon les decía: Por ese camino se da la vuelta 



(1) Salazah de Mendoza, que es el cronista que más particularmente da 
noticias de aquella primera contestación de los Keyes al navegante genoves, 

dice: <( Con buenas palabras (los Reyes) le dieron esperanzas ciertas de 

que, en acabándose la campaiía de Granada, lo resolverian. » (Crónica del 
cardenal Mendoza, lib. i, cap. LXii.) 



154 COLON EN ESPAÑA. 

al mundo; y yo me embarco jiara surcar ese mar tenebroso, que 
me llevará á j)aíses no explorados. Colon ponia por fiadores de la 
verdad de su idea, no sólo su inteligencia y su honra, sino su 
vida, su propia i^ersona. 

Mas, para bonra de España y por bien de la humanidad. Co- 
lon no estuvo solo en aquella porfía y aquella lucha. Desde el 
momento en que hubo necesidad de porfiar ; desde que pudieron 
abrigarse temores de que la tenaz y sistemática oposición del ve- 
nerable Talavera hiciera fracasar la empresa, al lado de Colon y 
porfiando con él estuvieron el grave y siempre fiel Cardenal Men- 
doza, el inteligente y leal Quintanilla, el discretísimo Santángel, 
el honrado aragonés, Juan de Cabrero ; el tesorero, Rafael Sán- 
chez ; el secretario particular de la Reina , Gaspar Gricio ; la 
hermana de éste, Doña Juana de la Torre, ama del jiríncipe Don 
Juan; la mujer fuerte, la fidelísima compañera y devota amiga 
de la heroica Isabel I, la Marquesa de Moya; su esposo, el bravo 
Cabrera , y con más fervor y más empeño que todos , el sabio Do- 
minico Fr. Diego de Deza, prior de San Esteban de Salamanca, 
uno de los primeros maestros de aquella insigne Escuela, confe- 
sor del Rey , y elegido por éste y por la Reina para ayo y precep- 
tor del Príncipe (1). 

No es de la iglesia solamente como ha dicho monseñor Dupan- 
loup (2) , de quien recibieron eficaz auxilio y protección la idea 
y la empresa del gran descubridor ; no seguramente. Pero sí es 
de notar la parte que en aquel apoyo tomaron los frailes. Tal vez 
parezca á muchos este fenómeno extraño ; pero no tiene nada de 



(1) Fué su maestro de primeras letras y humanidades D. Fr. Diego de 
Deza, quien , después de haber gobernado diferentes diócesis, fué arzobispo de 
Sevilla y murió electo de Toledo.» (Fernandez de Oviedo. De la cámara del 
lirincipe D. Juan, manuscritu.) 

(2) Carta de 23 de Setiembre de 1866 á S. E. el Cardenal Donnet. 



COLON EN ESPAÑA. 155 

eso. El (lia que, con imparcialidad, recto y elevado jnicio, se es- 
criba la historia de todas las grandes innovaciones, reformas y 
hondas trasformaciones por qno ha pasado el mundo y qne le han 
emi)ujado por la espiral del progreso, se vertí la gran parte que 
han tenido ó tomado en ellas los miembros más fervientes de las 
ordenes monásticas , y muy singularmente los de las mendicantes. 

En favor de la empresa de Colon vamos á ver la gran parte 
que tomó el convento de dominicos de San Esteban, de Sala- 
manca. Más adelante veremos la que tomó el de franciscanos de 
la Rál)ida, y entre ellos su prior, Fr. Juan Pérez, y el hasta hoy 
mal apreciado Fr. Antonio de Marchena. 

Era el convento de dominicos de Salamanca nn plantel de con- 
sumados teólogos. De él salieron y en él se formaron los Sotos y 
Victoria, Ledesmas y Cano. De allí salió Fr. Bartolomé de Las 
Casas ; de alH Fr. Diego de Deza. Y Deza no era solamente un 
consumado teólogo , era un hombre de ciencia : lo atestiguan sus 
obras (1). Catedrático de Prima de la facultad de Teología, en la 
Universidad cuyas armas llevan por lema : Omnium scientiarum 
princeps Salmantica clocet, reunia á sus dotes de orador elo- 
cuente, sus prendas de carácter, la elevación de su espíritu, la 
nobleza de sus sentimientos, la finura de sus modales, unido 
todo ello á una piedad ejemplar. De buena hora mereció y obtuvo 
el alto cargo de Prior de aí^uella Comunidad , y desde esa altura 
llamó á muy luego la atención de los Reyes Católicos á tal 
punto , que no sólo le llamaron á su Consejo y le eligieron por 
confesor, sino que le confiaron la educación moral y la primera 
enseñanza del príncipe D. Juan. 



(1) Escribió las obras siguientes: Novarum defensionum Div. T/iom. Su- 
per IV Uhfos sententiarum. — Defensiones ab ¡nipugnation'ihuíi Magistri Ni- 
colai ele Lira — Monotessaron. — Eni natural de Toro. Fué obispo de Za- 
mora, de Salamanca, de Córdoba y de Falencia. Murió en 1525, Arzobispo de 
Sevilla y electo de Toledo. 



156 COLON EN ESPAÑA. 

Deza, menos político, aunque quizás más cortesano que Tala- 
vera, era más hombre de ciencia, tenía más generales conoci- 
mientos , más vasto saber. Oyó á Colon , y al verle desarrollar su 
proyecto y sostener sus ideas con erudición y con talento nada 
comunes , se ¡írendó de su jjersona y se encariñó con su proyecto. 
La piedad y los. religiosos sentimientos del genoves, su fervo- 
rosa creencia, la serenidad y la confianza con que exponía y de- 
fendía su proyecto ganaron á su favor y al de su misma persona 
el ánimo del Prior de San Esteban. 

Conocía éste la corte ; se habia granjeado en ella la estima- 
ción de los personajes más valiosos; y su opinión ejercia gran in- 
fluencia en el ánimo de los Reyes. Sabía bien el alto concepto 
que éstos tenían de la Universidad salmanticense y la predilección 
con que atendían á sostener y á fomentar aquel foco de luz y de 
saber, aquel bogar de las ciencias y las artes, de donde sacaban 
sus consejeros, sus ministros , sus magistrados , sus cronistas , y 
basta sus médicos. A mayor abundamiento, le constaba la favora- 
ble disposición de la Reina á llevar adelante la grandiosa em- 
presa del marino genoves; y no se le ocultaba que, menos fácil 
de entusiasmarse, el Rey Fernando no veia, sin embargo, mal el 
que se retuviera en la corte á Colon. 

Pero Deza conocía también el carácter perseverante y tenaz 
de Fr. Hernando; y como llegaban á sus oídos las ironías y las 
burlas con que los parciales de Talavera abrumaban al genoves 
con el fin de desautorizar su persona y sus proyectos , compren- 
dió que era necesario acudir en auxilio de Cristóbal Colon, le- 
vantarle, autorizarle, contrarestar poderosamente el funesto y 
fatal influjo del informe de la Junta de Córdoba, obra del Prior 
de Prado. La vista perspicaz del Prior de San Esteban se fijó en 
la Universidad de Salamanca, en su claustro de sabios profesores 
y en su convento de dominicos. 



COLON EN ESPAÑA. 157 

El maestro del Príncipe formó entonces su i)lan: lo consultó 
con los adictos á la empresa de Colon, y con el beneplácito y la 
cooperación de todos y cada cual de ellos, se proyectaron y pre- 
pararon, sin duda en el mismo Córdoba, las célebres Conferen- 
cias de Salamanca. Todo esto acontecia en el verano de 1486. 

Preparaban en aquel entonces los Reyes su expedición á Ga- 
licia, y como quiera que lia1)ian de detenerse en Medina del 
Campo , dirigirse á Santiago y regresar por Benavente para pa- 
sar el invierno en Salamanca, este punto eligieron los simjjatiza- 
dores de Colon para oponer al informe de la Junta, presidida por 
Fray Hernando de Talavera, el autorizado informe de los maestros 
y doctores de aquella célebre Escuela. Propusieron el pensa- 
miento á los Reyes , y éstos le aprobaron sin vacilar ; tanto por- 
que convenia á sus deseos de aj)lazamiento del asunto, cuanto 
por el alto concepto que tenían de aquel ubérrimo plant(d de ilus- 
tres varones. En cuanto á Colon, no hay que decir si , contrariado 
por el indefinido aplazamiento, y herido en su amor propio por 
la sarcástica oposición de los parciales de Talavera, recibirla con 
reconocimiento el apoyo que se le ofrecía, y si se prestaría con 
gozo á secundar los planes de sus protectores. Hízolo así, de 
tanto más buen grado cuanto que, desde aquel momento, no 
tuvo ya que jiensar en los medios de viajar y de vivir ; porque 
todo corrió al cuidado del Prior de San Esteban, y á todo ello 
atendió con esmerada y fina solicitud , como después veremos. 

Ya hemos dicho que no se limitaban los simpatizadores de 
Colon, partidarios de sus proyectos y auxiliares poderosos de su 
emi^resa, á los que dejamos nombrados. Fr. Bartolomé de Las 
Casas nos da , en el lugar citado de su inédita Historia , una no- 
ticia curiosa de otro auxiliar de Colon, no menos diligente que 
los anteriores, no menos fervoroso, y, aunque en su modestia des- 
conocido ó confundido con otro personaje \)0y casi todos los bió- 



158 COLON EN ESPAÑA. 

grafos é historiadores , muy influyente para con los Reyes en fa- 
vor de los proyectos de Colon. Oigamos sobre esto á Las Casas: 

cíAquí también ocurre más que notar, que, según parece por 
algunas cartas de Cristóbal Colon, escritas por su misma mano 
(que yo he tenido en las mias) á los Reyes desde esta isla Espa- 
ñola, un religioso, que habiapor nombre Fr. Antonio de Marchena 
(no dice de qué Orden, ni en qué, ni cuándo), fué el que mucho le 
ayudó á que la Reina se persuadiese y aceptase la peticiona) (1). 
En seguida copia la carta de Colon á los Reyes, que dice así: 
«Ya saben VY. AA. que anduve siete años en su corte imi^ortu- 
nándoles por esto : nunca , en todo ese tiempo , se halló piloto ni 
marinero, ni filósofo ni de otra ciencia, que todos no dijesen que 
mi empresa era falsa; que nunca hallé ayuda de nadie, salvo de 
Fr. Antonio de Marchena, después de aquella de Dios eterno, etc.» 
Y abajo dice otra vez, «que no se halló persona que no lo tuviese 
á burla, salvo aquel padre Fr. Antonio de Marchena, como ar- 
riba dije.» Nunca pude hallar, continúa Las Casas, de qué orden 
fuese, aunque creo que fuese de San Francisco , por cognoscer 
que Cristóbal Colon, después de Almirante, siempre fué devoto 
de aquella Orden. Tampoco i)ude saber cuándo, ni en qué, ni 
cómo le favoreciese, ó qué entrada tuviese con los Reyes el ya 
dicho P. Fr. Antonio de Marchena.D 

Dos cosas queremos notar aquí. Es la primera, la inexactitud 
del tantas veces repetido aserto de Colon, en su nunca apagado 
enojo contra los palaciegos y cortesanos , de cuyas invectivas y 
epigramas fué objeto, relativamente á lo de que «no hubo nadie 
que no dijese que su empresa era falsa, y que no lo tuviese á 
burla», aserto desmentido por el propio Cristóbal Colon, al es- 
cribir unas veces que los Reyes . debían las Indias á Fr. Diego 



(1) Hist. gen. de las Indias, lib. i, cap. xxxii. 



COLON EN ESPAÑA. 159 

de Deza y á Juan Cabrero; otras, al dirigirse d, Santángcl, al 
tesorero Rafael Sánchez y á Doña Juana Torres , porque se hol- 
garían de sus descubrimientos, considerándoles — y tal fué la ver- 
dad — sus protectores; diciéndonos aquí mismo, que le ayudó 
mucho Fr. Antonio de IMarchena ; y siendo incuestionable que le 
auxiliaron eficacísimamente , en diversos momentos y por distin- 
tos medios, á más del Duque de Medinaceli, de Alfonso de Quiu- 
tanillu, del Cardenal Mendoza y déla Marquesa de Moya, el físi- 
co de Palos García Hernández , el guardián de la Rábida , Fray 
Juan Pérez, el clérigo Martin Sánchez y Juan Rodríguez Cabe- 
zudo, vecino de Moguer, á los cuales dejó encomendado su hijo 
Diego, con encargo de que lo llevasen á Córdoba, cuando se em- 
barcó para su primer viaje ; sin otros muchos sujetos de cuyos 
nombres no han hecho mención las crónicas ni las cartas ; pero 
cuyos buenos oficios no son menos ciertos, por más que no fue- 
ran tan importantes como aquellos otros. 

Otra de las cosas dignas de ser notadas aquí , es la ligereza y 
patente equivocación con que, hasta hoy, se ha confundido á 
Fray Antonio de Marchena con Fray Juan Pérez , guardián de 
la Rábida, llegando el error en Rosselly de Lorgues á punto de 
tenaz obcecación, puesto que hace formal empeño de sostener la 
confiísion de los dos frailes. 

Las Casas sabía perfectamente quién era Fr. Juan Pérez; 
como quiera que dedica casi un capítulo de su obra á tratar del 
suceso de la Rábida y de su guardián , Fr. Juan Pérez ; y dice 
allí, cómo, cuándo, y en qué ayudó á Colon; nada de lo cual 
sabía respecto de Fr. Antonio de Marchena. De forma (jue el 
historiador más fiel , testigo de mayor excejicion , Bartolomé de 
Las Casas, distinguió clara y evidentemente á Fr. Antonio de 
Marchena de Fr. Juan Pérez. Sabía, lo mismo que el físico de 
Palos, García Hernández, que el guardián de la Rábida, habia 



160 COLON EN ESPAÑA. 

sido confesor de la Reina ; y tanto el físico , como Las Casas , le 
llaman siempre Fr. Juan Pérez ; nunca Marchena. 

A la perspicacia de nuestro Navarrete no se ocultó la posible 
equivocación en haber confundido á Fr. Antonio de Marchena 
con Fr. Juan Pérez ; pero dejó pasar la confusión ; « entre tanto, 
dice, que nuevas investigaciones puedan disij)aresta duda » 

Gomara y Herrera, que quizás son los que han contribuido á 
la confusión de los dos nombres y de los dos frailes , cuando del 
guardián de la Rábida se ocupan , no le nombran más que Fray 
Juan Pérez ; pero como no supieron quién habia sido Fr. Antonio 
de Marchena , cuando éste y sus buenos oficios les salieron al 
paso , cortaron la dificultad diciendo Fr. Juan Pérez de Marche- 
na, comiéndose el Antonio (1). 

Hay , sin embargo , un documento precioso que disipa la duda 
y desata esa gran dificultad; es la carta de los Reyes á Colon, 
escrita desde Barcelona con fecha 5 de Setiembre de 1493 (2). 
« Y platicando acá estas cosas , dicen los Reyes , nos parece que 
sería bien Uevásedes con vos un buen astrólogo , y nos parecía 
que sería bueno para esto Fr. Antonio de Marchena , porque es 
buen astrólogo, y siempre nos pareció que se conformaba con 

vuestro parecer ; Y i\im carta vos enviamos nuestra para él ; 

pero por esto non vos detengáis una hora de partir , que si agora 



(1) Hablando el historiador Solís de la falta de exactitud, de precisión y 
coordinación en los hechos y noticias que nos suministran nuestros historia- 
dores primitivos de las Indias , dice : « Francisco López de Cromara escribió la 
historia de la Nueva España con poco examen y puntualidad ; porque dice lo 
que oyó , y lo afirma con sobrada credulidad , fiándose tanto de sus oidos 
como pudiera de sus ojos , sin hallar dificultad en lo inverosímil ni resistencia 
en lo imposible. 

» Siguióle en el tiempo y en alguna parte de sus noticias Antonio de Her- 
rera incurriendo en la misma desunión y con menor disculpa » (//isí. de 

la conquista de Méjico^ cap. ii.) 

(2) Navarrete, documento uúm. 71, tom. ii de la colección. 



COLOV EX ESPAÑA, 161 

no fuere, él podrá ir en alg-iina ó alí,ninas carabelas qne converiiá 
qne vos enviemos, para vos facer saber lo que acá se ficierc » 

Después de esto se ocurre preguntar : ¿ Podian los Reyes con- 
fundir á su confesor con un astrólogo ? El físico do Palos nos 
informa de que Fr. Juan Pérez no entendia palabra de astrolo- 
gía , y que por eso le llanií') á él , para oir á Colon y conferenciar 
sobre sus proyectos. ¿ Podian los Reyes ignorar que su confesor 
se llamaba Fr. Juan Pérez , y era prior ó guardián de la Rábida? 
¿ Podian conferir á un guardián , á un anciano , á un confesor 
suyo, una misión tan subalterna, como la de acompañar en cali- 
dad de astrólogo á Colon , y si es caso enviarle desj^ues en una 
carabela, y sin contar con su anuencia ? Nada de eso es posible ; y 
es , por lo tanto , de toda evidencia , que Fr. Antonio de Marche- 
na, astrólogo que siempre estuvo conforme con los proyectos y pa- 
recer de Colon, por testimonio de los Reyes mismos, y que tanto 
contribuyó á inclinar el ánimo de éstos en favor de aquél y de su 
empresa , fué persona completamente distinta de la de Fr. Juan 
Pérez , guardián de la Rábida. 

Cuando el físico de Palos nombra á este Guardian, en la decla- 
ración que hubo de prestar corriendo el año 1513, asegura, que 
ya era difunto; y da Con ello á entender que habia fallecido en 
su puesto y su convento. Rosselly se afana inútilmente en querer 
demostrar que fué á las Indias. Fué, como después diremos, 
Fray Antonio de Marcliena, no el Prior de la Rábida. 

Cierto es que ni de la relación del segundo viaje de Colon, es- 
crita por el Dr. Chanca desde la isla Española al cabildo de Se- 
villa, ni en la que de ese mismo viaje escribió Pedro Mártir de 
Angleria, ni en el Memorial que, desde la Isabela, á 29 de Enero 
de 1494, dio Colon á Antonio de Torres, para informar á los 
Reyes de todo lo relativo al segundo viaje , como ni en las cartas 

del Almirante á los Reyes, al ama del Príncipe , al P. Fr. Gas- 

11 



162 COLON EN ESPAÑA. 

jmr Gorricio y á su propio hijo D. Diego, es cierto, decimos , que 
en ninguno de esos documentos se nombra á Fr. Antonio de 
Marcliena; pero tampoco se hace mérito de Fr. Juan Pérez , sin 
embargo de que se hace varias veces mérito del P. Boil. 

El empeño que pone Rosselly de Lorgues en fundir los méritos 
y la persona del astrólogo Fr. Antonio de Marchena , en la del 
guardián de la Rábida Fr. Juan Pérez , es perfectamente vano. 
Sus citas y testimonios aducidos al intento, si no faeran tan ba- 
ladíes como son, probarian lo contrario de aquello que se pro- 
pone. 

Lúeas Wadingo no es una gran autoridad ; pero todo lo que 
dice en sus Anales de los Frailes Menores es, que entre los que 
pasaron á las Indias Occidentales iba un Pérez ; lo cual no tiene 
nada de particular. 

El P. Fr. Juan Melendez , en los Tesoros verdaderos de las 
Indias ; Jorge Cardoso , en su Agiologio lusitano ; Fortunato 
Huberto , en su Menologimn Sti-Francisci ; y el P. Pedro Simón, 

en sus Noticias historiales escritores tan distantes de la 

época como del teatro de los sucesos , nos dicen que uno de los 

primeros religiosos que fueron á las Indias Occidentales fué 

¿ quién dirán nuestros lectores? Fr. Juan Pérez de Marchena. 

Lo cual significa que, hasta en la confusión de nombres han re-, 
producido á Gomarra y á Herrera; y que de lo que éstos refieren, 
tomado de la biografía de D. Hernando , y del físico de Palos , y 
de la carta de los Reyes al Almirante recomendándole el astró- 
logo Marchena para que lo llevara consigo, han concluido, gra- 
tuitamente, que pasó de los primeros á las ludias, no el astrólo- 
go Fr. Antonio de Marchena , no el guardián de la Rábida Fray 
Juan Pérez , sino el imaginado fraile Fr. Juan Pérez de Marche- 
na; es decir, que Rosselly aduce como documentos de prueba los 
mismos de cuyo error ó mala inteligencia se trata. 



COLON EN ESPAÑA. 1G3 

Se nos olvidaba otro argumento del escritor católico en demos- 
tración de su tema: «En la cuarta lámina del libro de Ilonorius 
Philoponus se ve la nave del vicario apostólico á alguna distancia 
de la del Almirante. » El vicario apostólico era el P. Boil. Sa- 
quen , si pueden , nuestros lectores la consecuencia. 

Si el confesor de la Reina y guardián de la Rábida Fr. Juan 
Pérez hubiera querido pasar con Colon á las Indias , ¿ habrían 
los Reyes entregado á otro que á él la bula del Papa ? ¿ Habrían- 
le pospuesto al P. Boil? No es de creer. 

Téngase en cuenta ademas , que en los primeros años del des- 
cubrimiento son contados los religiosos y clérigos que pasaron á 
las ludias; de lo cual es buena prueba la carta de Cristóbal Co- 
lon al Pajia, escrita por Febrero de 1502, en que le suplical)a 
«el auxilio de algunos sacerdotes y religiosos, y que mandase 
por medio de un Breve á todos los superiores de las órdenes de 
San Benito , de la Cartuja , de San Jerónimo , de Menores y Men- 
dicantes , que él , ó quien su poder tuviere , puedan escoger dellos 
fasta sm,los cuales, etc.» (1). 

Los primeros religiosos enviados á las Indias pertenecian á la 
orden de San Jerónimo. El nombre del eremita Fr. Román Paño 
fué celebrado durante mucho tiempo entre los indígenas , cuyos 
infortunios habia suavizado. Los franciscanos fueron por primera 
vez á la isla Española (Haiti) en 1502. Y los dominicos no fue- 
ron allá hasta el año de 1510. El eruditísimo Alejandro Hum- 
boldt , al señalar estos hechos , añade : « Señalo la época de una 
verdadera misión de frailes; porque aparte de ella, ya en el se- 
gundo viaje de Colon, un fraile franciscano , \\?imsL(\.o Antonio de 
Marchena , parece que fué á la Española en calidad de astrólo- 
go , en virtud de la recomendación directa de la Reina (2). Ver- 

(1) Navauretk, Colee, toiu. ii, ddcuni. uúiii. 145. 

(2) IIuMBOLDT, Exam. criL, tom. iii, Bec. 2.°, pág. 299. 



164 COLON EN ESPAÑA. 

dad es que indica , como en hipótesis , si sería ese fraile el Fray 
Juan Pérez, prior de la Rábida. Pero esa indicación la hace mal 
guiado , ó mejor dicho , desorientado por Muñoz y por Navarrete, 
los cuales hacen esa suposición, es cierto (1), pero manifestando 
dudas , como hemos dicho antes, 

¿ Quién era entonces — preguntarán nuestros lectores — aquel 
Fray Antonio de Marchena recomendado á Colon por los Eeyes 
para que, como buen astrólogo le llevase consigo á las Indias? 
Pues era uno de los matemáticos que oyeron y comprendieron 
los proyectos de Colon; uno de aquellos á quienes el cosmógrafo 
genoves enardeció con el fuego de su fervorosa palabra y á quie- 
nes logró comunicar el entusiasmo y la fe en la idea de buscar el 
Oriente del Asia por el Occidente de Europa , y llegar á las co- 
marcas del Mango y Cipango, á través del Atlántico. 

No hay que olvidar lo que nos ha dejado escrito el Dr. Rodri- 
go Maldonado : « é contra el parecer de los inás dellos (los 

de la Junta del Prior del Prado) porfió el dicho Almirante.» Pues 
bien , la carta ya citada de la reina Isabel nos indica muy cla- 
ramente que, Fr. Antonio de Marchena , el buen astrólogo , per- 
teneció á la minoría de aquella Junta; porque desde el principio 
estuvo al lado del navegante genoves y declaró hallarse conforme 
con sus opiniones y con su proyecto. 

Ahora, antes de continuar nuestro cronológico relato, visitemos 
la Universidad de Salamanca , donde van á celebrarse las famo- 
sas Conferencias, preparadas por el P. maestro Deza , para luego 
demostrar lo "errónea y rutinariamente que han sido hasta hoy 
confundidas con la consulta y oficial Junta de Prior del Prado, 
Fray Hernando de Talavera. 



(1) Muñoz, lib. iv, § 24. — Navaerete, tom. iii, pág. 603. 



CAPITULO V. 



Sumario : La Universidad literaria de Salamanca á últimos del siglo xv. — 
Sus profesores y maestros. — Sus hijos más ilustres. — Cultura que repre- 
sentaba y atmósfera que creaba y diftindia. — Los claustros conventuales 
formaban parte integrante de la Universidad. — Constituciones de ésta. — 
Cátedras ó asignaturas que se enseñaban. — Conformidad de aíjuellos estu- 
dios con lo^ conocimientos y opiniones de Colon. — Elementos externos de 
aquella Escuela y del Convento de dominicos de San Esteban. — Viaje de 
los Reyes y su estancia en Salamanca durante el' invierno de 1486 á 1487. 
Conferencias. — Sitios donde se celebraron. — Personajes, profesores y hom- 
bres de ciencia que á ellas asistieron. — Errores sobre este punto de Rosse- 
lly de Lorgues. 



Á fines del siglo xv, la Universidad de Salamanca irradiaba 
ya su luz por todo el orbe cristiano. Sus teólogos la habian ya 
hecho célebre en los Concilios de Constanza y Basilea (1). Sus 
jurisconsultos ilustraban los consejos de la Corona y la represen- 
taban gallarda y ventajosamente en las cortes extranjeras. Sus 
humanistas encendían antorchas que iluminaban el campo de la 
filología y las fuentes del saber. Sus filósofos luchaban ya por 



(1) La Universidad de Salamanca, que tiene la Iionra de haber sido con- 
sultada por Keyes y Pontífices en los asuntos más arduos y graves de aque- 
llos tiempos, se puede también gloriar de que sus hijos, el Tostado y Anaya, 
tuvieron una participación y una representación importantes en los Concilios 
de Constanza y Basilea. Es digno de recuerdo el arranque español de Anaya, 
siendo ya Arzobispo de Sevilla , en el primero do aiiucllos dos Concilios. Re- 



1C>ñ COLON EN ESPAÑA. 

salir (le la amanerada y estéril senda del escolasticismo. Sus ma- 
temáticos abrían las ¡xiertas que habiau de conducir á los dilata- 
dos horizontes de la ciencia. Sus músicos ensancliaban los hasta 
allí estrechos dominios del arte. Sus poetas mejoraban los prime- 
ros esbozos de la dramática y preludiaban las admirables obras 
del siglo de oro. Y sus médicos mismos convertian el vulgar em- 
pirismo en ciencia bienhechora de la salud. 

Si nuestro propósito fuera sólo el de citar nombres ilustres 

¡ qué pléyade tan luminosa de profesores eminentes , de escrito- 
res distinguidos , de hombres de fama europea por su saber , por 
sus virtudes y gloriosos hechos , podríamos ofrecer aquí á nues- 
tros lectores ! La historia de las letras conservará con perdura- 
ble solicitud los nombres de los Anayas y Cisuéros, de los Deza 
y Talavera, de los Victorias y Sotos, de los Alfonso de Fonseca 
y Ramírez de Villaescusa, del Dr. Benavente y de Pedro Mar- 
gallo, cultivadores incansables de las ciencias sagradas y profa- 
nas (1). 

Los sacerdotes de Astrea oirán siempre con veneración citar á 
Díaz de Montalvo y á Palacios Rubios, á Antonio Gómez, y 
Alamos Barrientos , á los Acevedo y Alpizcueta, á los Costas y 



presentaba allí al Rey de Castilla el noble Martin Fernandez de Córdova ; y 
como los embajadores de Inglaterra y de Borgoña no cejasen en las preten- 
siones de ladear al de Castilla de sn puesto de preeminencia , un dia que el de 
Borgoña se negaba á dejar el asiento de Martin Fernandez , que habia ocupa- 
do , reparando el Arzobispo Anaya que los dos porfiaban , pero que aquél no 
cedia, se fué al sitio donde cuestionaban con templanza, quitó por fuerza al 
embajador de Borgoña del asiento que queria ocupar, y luego dijo á Martin 
Fernandez : ayo cojno clérigo he hecho ya lo que debia; vos como caballero 
haced ahora, lo que yo no puedo, y) (Ruiz DE Vekgaka, Historia del Colegio 
viejo de San Bartolomé. — Madrid, 1776.) 

(1) Todos ilustran la célebre Universidad; puesto que si Cisnéros no en- 
señó, aprendió en ella la Teología, Derecbo civil y canónico, y las lenguas 
orientales. Y hemos dicho mal (pie no enseñó, pues consta que ejerció allí el 
magisterio, como Bachiller de pupilos. (Vidal Díaz, obra citada.) 



COLON EN ESPAÑA. 167 

CovaiTubias, consumados maestros de la ciencia del Derecho, en 
la salmantina Escuela. 

El mundo ilustrado, al recordar el nombre de Enrique de 
Aragón , marqués de Villena, lamentará la pérdida de sus inesti- 
mables escritos , que entregó il la hoguera la mano despiadada del 
intolerante fanatismo, y se regocijará al registrar las obras de los 
poetas , de los humanistas , de los matemáticos y de los filósofos' 
que dieron por aquellos y posteriores tiempos esjjlendoroso nom- 
bre y fama á la ya celebérrima Universidad. 

Porque, ya entonces, de aquel hogar sagrado de las ciencias 
y las artes saliau destellos que llevaban el calor vivificante de las 
ideas á lejanas distancias. Las Universidades la pedian maestros; 
los monarcas, consejeros, médicos y preceptores; y los mismos 
pontífices romanos la demandaban músicos, médicos y sagrados 
oradores : delectación , informes y doctrina. 

Recuérdese si no, que á Juan de la Encina y al ciego Francis- 
co Salinas se los llamó para ser escuchados en Roma ; como lo 
fuerou, en otros concej^tos, Juan de Aguilera, médico famoso, 
y los consumados teólogos Diego del Castillo, Antonio de Burgos, 
Cabrera Morales , Juan Maldonado , Francisco de Toledo y Pedro 
Chacón. 

Recuérdese asimismo que Alcalá de Henares llamó á Nebrija; 
Coimbra, á Caldas Pereira, á Eduardo Caldera, á Jorge Henri- 
quez , y á Fr. Martin de Ledesma; Braga, á Gómez de Figuere- 
do; Evora, á Margallo; del propio modo que Zaragoza y Huesca 
quisieron oir á Malón de Chaide ; Sevilla, á Juan de Malara; y 
la Soborna misma se congratuló con oir á Pedro Ciruelo. 

De las aulas salmantinas, por aquellos remotos tiempos, sa- 
lieron los ínclitos varones que supieron mantener ilesa la honra 
y la alta fiíma del nombre español en los Concilios y en las can- 
cillerías ; los Anaya, Juan de Mella, Sánchez de Arévalo, Lo- 



l'CS COLON EN ESPAÑA. 

jx'z Hurtado de Mendoza, llodrigo Maldonado y Fernando de 
Valdes. 

En aquellas aulas liabian sembrado sus doctrinas algunos de 
los que contribuyeron á levantar el monumento 'glorioso de la 
primera Biblia políglota, y muchos de los que más adelante de- 
jaron oir con plácemes su elocuente voz en Trento, y fueron por 
su profundo saber verdaderas antorchas del C^oncilio. 

Pero contrayéndonos á la época de Colon y á los mismos dias 
de las célebres Conferencias, permítasenos recordar que en aque- 
lla Universidad liabiau ya enseñado y enseñaban Matemáticas, 
Física, Astrología y Cosmografía, Nebrija y sus maestros Apo- 
lonio y Pascual de Aranda, el famoso Pedro Ciruelo y el no me- 
nos insigne Abraham'Zacuth, Diego de Torres y Francisco Nuñez 
de la Huerta, Eodrigo de Basuarto y Fernando de Herrera (1). 

No se olvide que brillaban como humanistas Arias Barbosa y 
Pablo Coronel ; que Martínez Silíceo explicaba una cátedra de 
Artes ; y la de Etica el distinguido Pedro de Osma, digno de 
eterno lauro , aunque el Concilio de Alcalá condenase algunas de 
sus proposiciones, por su herético sabor, como se decía en aque- 
llos y posteriores tiempos. 

No se olvide tampoco que en el convento de frailes dominicos, 



(1) De todos y cada uno de los distinguidos hombres de letras que citamos 
dan noticias , más ó menos circunstanciadas, los cronistas de la época, Sala- 
zar de Mendoza, Hernán Pérez del Pulgar, Nebrija, Ortiz de Zúñiga, Galin- 
dez de Carvajal, Bernaldez, Oviedo, Pedro Mártir, Lucio Marineo, Hm-tado 
de Mendoza y otros. Y á mayores de las que nos suministran Nicolás Antonio 
y Clemencin, el primero en su B/hJioteca-Veiiis , y el segundo en sus ilustra- 
ciones al reinado de los Católicos Reyes, pueden consultarse las historias de 
Salamanca, de Gil González Dávila, y del cura de la Mata, D. Bernardo 
Dorado ; la reseña histórica de la Universidad de Salamanca, escrita por los 
doctores Dávila, Madrazo y Ruiz, los anuarios de la misma Escuela corres- 
pondientes á los años 1860 á 18.64, y la Memoria histórica, escrita de orden 
superior, por D. A Vidal y Diaz, ayudante del Cuerpo de Bibliotecarios, Ar- 
chiveros y Anticuarios (1869). 



COLON EN ESPAÑA. 109 

doiulo veremos hospedado á Cristóbal Colon, babia no sólo maes- 
tros de Teología, resueltos partidarios de las ideas cosmográficas 
del genoves , y tan ilustrados como Fr. Diego de Deza y Fr. Bar- 
tolomé de las Casas , sino que habia un cosmógrafo de gran re- 
nombre, Fr. Diego Jiménez. Y que el convento de San Francis- 
co contaba , del propio modo , en su seno , no solamente profeso- 
res de Sagrada Teología, sino de Astronomía y Matemáticas, tan 
notables como Fr. Antonio de Marchena, que según testimonio 
de la Reina Católica, estuvo siempre de conformidad con las 
ideas y el proyecto de Colon. 

Con no menos orgullo puede recordar Salamanca, en aquella 
época, y reclamar para sí aquella Escuela, los esclarecidos nom- 
bres de doña Beatriz de Galindo, doña Luisa de Medrano, Fran- 
cisca de ísebrija, Cecilia Morillos, Florencia del Pinar, iVlvara 
de Alba y Clara Clistera (1), que no solamente cultivaron con 
admirable fruto las bellas artes y las lenguas sabias , sino que las 
enseñaron , obteniendo lauros, premio y honores. 

Ilustraban también el salmantino estudio, por aquel tiempo, 
jurisconsultos del nombre y mérito de Diaz de Montalvo , de Pa- 
lacios Rubios y García de Villalpando, precursores de los Cova- 
rrubias, Az pile netas, y Antonio Gómez; sabios como Martínez 
Silíceo y el Pinciano ; escritores como Malara y Galindez de 
Carvajal, Pérez de Oliva y Ambrosio Morales, Andrés Resende 
y Bartolomé de las Casas ; y más adelante, Antonio Agustín y 
Floriau de Ocampo (2). 

(1) De las tres primeras nos habla Prescott {Historia del reinado de los 
Reyes Católicos D. Fernando y dona Isabel, parte i, ciip. xix). De las cuatro 
restantes González Dávila y Dorado (obras citadas) ; los Anales y los Anua- 
rios de la Universidad. Álvara de Alba era natural de Vitigudino. Cecilia Mo- 
rillas enseñaba lenguas y astronomía. Clara Clistera era niédioa. 

(2) Algunos de estos nombres corresponden más de lleno al siglo XVI que 
al XV ; pero si no todos brillaron , casi todos se educaron en la época de Isa- 
bel I y- de Cristóbal Colon. 



170 ' COLON EN ESPAÑA. 

Las ciencias médicas se engalanaban con los nombres de los 
Alvarez y Villalobos , de los Laguna y Pérez de Herrera , de 
Cristóbal Orozco, Juan Bravo, Pedro Peramato y cien otros, de 
cuyos escritos ha sacado la ciencia provechosas lecciones, aun en 
nuestros dias. 

Las Musas tejian allí coronas á Juan de Mena , Juan de la 
Encina y Lúeas Fernandez ; y se las preparaban inmarcesibles á 
Fray Luis de León y á Francisco de la Torre. 

La Música encontraba maestros á la altura de Bartolomé Ra- 
mos y de Francisco Salinas , en Bernardo García , Alfonso del 
Castillo , Diego del Puerto y Martin del Rio (1). 

De allí salían hombres de Estado y consejeros de la Corona, 
como Lligo López de Mendoza, Hernando de Talavera, Sánchez 
de Arévalo, Mendoza y Zúñiga, Tomás de Cuenca, Gutierre de 
Toledo (2) y Rodrigo Maldonado, noble abuelo del infortunado 
Pedro, que dio su vida en Villalar por la libertad de su pa- 
tria (3). 



(1) Bernardo Garcia escribió De Música Tractatu : Alfonso del Castillo y 
Diego del Puerto, Arte de canto llano ; Martin del Rio, De Música mágica; 
Francisco Salinas, amigo de Fr. Luis de León, y por consig-uiente un poco 
posterior al reinado de doña Isabel , profesor de música en la Universidad de 
Salamanca, publicó allí mismo (1577), De Música, libri vii ; Pisador era sal- 
mantino y también catedrático de música en la misma Escuela, á mediados 
del siglo XVI. También fueron profesores de música por aquella época y en la 
propia Academia D. Martin de las Fuentes y el maestro Juan de Ubredo. 

(2) Don Gutierre de Toledo , hijo del Duque de Alba y primo del Rey , fué 
discípulo de Fr. Hernando de Talavera, en cuya casa se crió y al que ordenó 
de presbítero, siendo ya Arzobispo de Granada. Desempeñó una cátedra en la 
Universidad de Salamanca ; y después de la dignidad capitular de Maestres- 
cuela, fué D. Gutierre electo Obispo de Plasencia. (Sigí?enza, Hist. de la Or- 
den de San Jerónimo, part. iii, lib. ii , cap. xxxvii. — Prescott, obra cit. , par- 
te I, cap. XIX.) 

{?>) No debe confundirse este Rodrigo Maldonado con el famoso alcaide 
de Monleon, que también se llamaba Rodrigo Maldonado y falleció en 1507, 
como lo atestigua el epitafio de su sepultura, en la parroquia de San Benito, de 
Salamanca, que dice : «.Aquí yace el muy nuble y en su tiempo muy esforzado 



COLON EN ESPAÑA. 171 

Allí se formaban, en fin, aquellos insignes varones, adalides 
de las reformas en la Iglesia y propngnadores de las regalías en 
el Concilio de Trento, Diego Hurtado de Mendoza, Fr. Melchor 
Cano, Fr. Juan Gallo, Pérez de Ayala, Vázquez Menchaca, 
Fr. Andrés de Vega, Fernando Vellosillo, Pedro de Fuenti- 
dueña, los dos Sotos, y otros muchos que fuera prolijo enumerar. 

No acabaríamos si liubiésemos de referir los nombres y los es- 
peciales talentos , la erudición y las obras de los que , educados en 
la célebre Academia salmantina durante el siglo xv y princi- 
pios del siguiente, la dieron nombre glorioso y fama imperece- 
dera, llevando con su palabra y sus escritos raudales de apacible 
y esplendorosa luz á todos los ramos del saber, de paso que ser- 
vían á los Reyes con sus consejos y á la patria con sus talen- 
tos (1). Pero no queremos omitir que antes de que Pedro Ramus 
se levantase en Francia contra la doctrina y la autoridad de Aris- 
tóteles , se habia pronunciado en Salamanca contra el escolasti- 
cismo aristotélico el catedrático de Retórica Fernando de Herrera, 
autor del opúsculo impreso en aquella ciudad (1517, en 4.°) con 
el título de Disputa breve de ocho levadas contra Aristóteles y 
sus secuaces. 

Tampoco i>asarémos en silencio, que cuando el buen Bartolomé 

caballero Rodrigo Maldonado de 'MovX&on : falleció año de 1507.» Entiéndase 
que este caballero era otro alcaide como el de Castronuño, famosos condottieri, 
aves de rapiña, anidadas en las fortalezas y castillos, que costó trabajo echar 
p^ir tierra á los reyes D. Fernando y D." Isabel. 

Sabid(j es también que en la catástrofe de ViUaIarhub(j dos Maldunadus, de 
Salamanca: el Maldonado Pimentel, D. Pedro, condenado por el Consejo y li- 
bertado por el Conde de Benavente , y el capitán Francisco Maldonado , que, 
absuelto primero ó sólo condenado á prisión, fué decapitado después, en 
reemplazo de aquel otro. (Hist. de Salamanca, por Dorado. — Comunidades 
de Castilla, por Ferrer del Rio, citando á Sandoval.); 

(1) f( La muy esclarecida ciudad de Salamanca, madre de las arles libera- 
les y todns virtudes, y ansí de caballeros como de letrados varones muy ilus- 
tre.)} (Marineo, Cosas memorables, folio 11. — Chacón, Ilist. de la Utiiver^ 
sidad de Sakananra.) 



172 COLON KN EBl'AÑA. 

de las Casas se lamentaba de la falta de conocimientos astronó- 
micos y geográficos en toda Castilla, habia en Salamanca, no 
solamente cátedras de Matemáticas , de Física y de Filosofía na- 
tural, sino de Astrologla (1) : y no tan sólo eran conocidas y co- 
mentadas las obras de Aristóteles y de Plinio, de Ptolomeo y de 
Pomponio Mela, de Strabon y de Marco Manilio, mas se cono- 
cían y se estudiaban las de Alkabisius, de Albunasar y de Alía- 
gran, las de Juan de Monte-Regio (las Ephemerides y el Astro- 
labius), así como la Sphera Mundi de Sacrobosco, cuya obra 
comentaba y añadía Pedro Ciruelo. Que Abraham Zacuth escri- 
bía allí su Almanaque perpetuo y sus Tablas (2) ; Aguilera, sus 
Cañones Astrolahii universalis ; EsjJÍnosa, su Philosophia natu- 
ral¿s y otros Comentarios á la Esfera de Sacrobosco ; Margallo, 



(1) En Julio de 1494 peclian los Reyes desde Segovia á D. Gutierre de 
Toledo, maestrescuela de Salamanca, personas de aquel estudio que tuvieran 
conocimiento y experiencia de Astrologla é Cosmografía , para que platicasen, 
dice la carta-órden, con otros que aquí están, sobre algunas cosas de la mar. 
(Navabrete, Documentos, núm. 17, t. iii, pág. 489.) 

(2) En las Memorms de literatura jiortugueui , publicadas por la Academia 
Real das Sciencias de Lisboa, edic. de 1812, t. viii, part. i, cap. v, se lee lo 
siguiente : ce Fechemos a serie dos escriptores mathematicos deste reynado (o de 
don Manoel) com'a memoria d'outro éxtranho de mui atta sabedoria e fama 
que para nos veio, e entre nos luzio, com grandes créditos, qual Rabí Abrahan 
Zacuto , salmanticense , terceiro avo do nosso celebre medico Zacuto Lusitano. 
Eoi aquel profesor de Astronomía en Salamanca: passou elle de Castella 
en 1492 ,a Portugal, aonde mereceo pe la voz que corría de seus estudos que 
o Sor. D. Manoel o nomease seu astrónomo. Muito conhecido e estimado se 
fez este Rabi pe la composi^ao da famosa obra mathematica intitulada Alma- 
nach ¡myetimm ccelestiiun motuum. Leiree, 1496, 1 vol. 4.° Foi dedicada esta- 
obra ao Bispo de Salamanca, e impresa pe lo M. Ortas » «Nota Gr Ro- 
mán de la Higuera le hace toledano ; Alfonso Hispalense, de Córdoba ; Nico- 
lás Antonio, Pedro Ciruelo, Pedro Cuneo, Wolfio en la Bihlioleca Hebraica, 
don José Rodríguez de Castro en su Biblioteca Española, y otros autores, le 
tienen por natural de Salamanca ; y ésta es la opinión corriente. » 

« Foi profesor de Astronomía na Universidad de Salamanca, de que da tes- 
temunho huní de seus discípulos , o P. Agostinho Ricci , que confesa ter ou- 
vido naquella Academia as linóes deste mestre.» (V. De motu octava} Sphce- 
rce. Edic. París, 1521 , 1 vol. 4.") 



COLOX EX ESPAÑA, 173 

SU Compendio de F'tsica; IMufioz, sus Instituciones Aritméticas 
ad pcrjiciendam Astrologiam, su Lectura geographica y su Tra- 
tado acerca del nuevo cometa; y por último, Tíodriíío de Basuar- 
to escribía, por aquel tiempo, el siguiente curioso tratado: De 
fahricatione unius tabidce generalis ad omnes partes terree et 
usu ejus ad facilem Astrolabii compositionem (1). 

Y de que no estaba bien enterado de estas cosas Fr. Barto- 
lomé de las Casas , ó de que se dejó guiar por Hernando Colon, 
al ponderar la gran penuria que en Castilla se sufriera de hom- 
bres versados en aquellos estudios, lo demuestra irrecusable- 
mente la orden de los Reyes Católicos á D. Gutierre de Toledo, 
maestrescuela de la Universidad de Salamanca, para que en- 
viase á la corte — entonces en Segovia (30 de Julio de 1494) — 
personas de aquel estudio inteligentes en Astronomía y Cosmo- 
grafía (2). 

Verdad es que á fines del siglo xv ya no dormitaba la Eu- 
ropa en las tinieblas. La aurora del Renacimiento, que desimntó 
en Italia con Dante, con Petrarca y Boccacio, irradiaba su luz 
por todas partes. Las obras de Alberto Magno, de Rogerio Ba- 
con, de Vicente de Beuvais y de Pedro de Ailly eran ya conoci- 
das del mundo sabio. ¿Podian ser ignoradas en la Universidad 
de Salamanca? Las que se conservan de los maestros de ella, en 
aquel tiempo, demuestran con evidencia que no sólo se cono- 
cian, sino que se comentaban. Fernán Nuñez de Guzman, cono- 
cido con el nombre de El Pinciano^ escribía Castiaationes in 
omnia Senecce scripta ; obra que se publicó eu Venecia, 1536 ; y 
otra que se imprimió en Salamanca, 1544, con el título //¿ histo- 
riam naturalem Plinii. Y el salmantino D. Diego de Torres, 



(1) Anuarios de la Universidad de Salamanca correspondientes á 18G0 y 
siguientes. — ifemona histórica de la misma Universidad, por Vidal. 

(2) Navarrete, Colee, i. iii, núra. 17. Madrid, 1829. 



174 COLON EN ESPAÑA. 

licenciado en Artes y Medicina, y catedrático de Astrología en 
aquella Escuela, publicaba en el año 1477 — mense Maii, xxv 
die — un curioso libro con el título de Astrologium comenta- 
rium (1). 

Fácilmente se comprenderá, que en semejante centro de lite- 
rario movimiento , no tan sólo era imposible que causasen extra- 
ñeza los conocimientos de Colon y las citas y autoridades que 
servían de apoyo á sus proyectos , sino que casi lo era el que éstos 



(1) Aun cuando un poco posterior á la época de Colon, el Estatuto univer- 
sitario redactado por el licenciado D. Juan de Zúñiga y confií-mado por Real 
cédula de 29 de Octubre de 1594, demuestra bien lo que eran por aquellos 
tiempos los estudios de Salamanca. Sirvan de prueba los siguientes datos: 
«Estatuimos que en las dos cátedras se lea, en la una, un liistoriador, y en 
la otra, un poeta; y sean : Comentarios de César ^ Suetonio, Valerio 3Iáximo, 

Tragedlas de Séneca^ Virgilio^ Horacio El catedrático de Eetórica leerá 

media hora de precepto por el autor que el Retor le señalare , con parecer del 
mesmo catedrático ; y en la otra media hora el orador que el Retor asignare 
ad vota audientium El catedrático de Canto ha de leer media hora de mú- 
sica especulativa, y otra media hora de práctica En la cátedra de Matemá- 
ticas, <i\ primer año, léanse en los ocho meses de la Geometría, los seis prime- 
ros libros de EucUdes, y la Perspectiva del mismo; en la Aritmética, las raíces 
cuadradas y cúbicas, declarando la letra del sétimo, octavo y noveno libros 
de Euchdes , y la Agrimensura. En la sustitución los tres hbros de trianguUs 

sphericls de Teodosio El segundo año se ha de leer sola la Astronomía, 

comenzando por el Almagesto de Ptolomeo ; y habiendo el primer libro, léase 
el tratado de signis rectis, el de triangidis rectUineis y sphereis, por Chriso- 
phoro, Cía vio ú otro moderno ; después de leído el Hbro segundo, se han de 
enseñar á hacer las tablas del primer móvil , como son las de las direcciones 
de Juan de Monte Regio {Reglomontanus) , ó de Reynaldo Erasmo ; después 
la teoría del sol por Piu-bachio ; luego todo el tercer libro del A Imagesto , con 

el uso de esto por las Tablas del rey D. Alfonso El segundo cuadriennio 

léase á iVicoZrto Copernlco En la sustitución, la Gnoniónica. En el tercer 

año léase la Geografía de Ptolomeo y la Cosmographia de Pedro Apiano, y 
Arte de hacer mapas, el Astrolahio , el Planispherio , de D. Juan de Rojas, el 
Radio astronómico, la Arte de navegar. En la sustitución, la Arte militar. El 
qiiarto año la Esfera y la Astrología judiciaria, etc. En la sustitución. Teó- 
rica de los Planetas. y) (Véanse las Constituciones Apostólicas y Estatutos de 
la M. Insigne Universidad de Salamanca, recopilada por Fr. Antonio de Le- 
desma y el Dr. Martin López de Hontiveros. Salam., 1625, in-fol.) 



COLON EN ESPAÑA. ' 175 

dejasen de encontrar allí simpatías, i)or causa de aquellas mis- 
mas citas y autoridades (1). 

Era la Universidad de Salamanca un cuerpo literario con vida 
propia é independiente. Nacida á la sombra de la Catedral, me- 
cida en el regazo de su atrio y de su claustro, creció al calor del 
poderoso auxilio que il porfía le prestaron , de una parte , los Re- 
yes de León y Castilla, y de otra, los romanos Pontífices. De 



(1) Los apoyos científicos de aquellos proyectos los habia encontrado y 
mostrábalos Colon en Aristóteles, Tractati de Coelo, de Mundo, etc.; en el 
Meteorolófjico y en el de Mirabile-i auscultationes ; los habia encontrado y los 
mostraba en Strabon, Veresimile etiam non ridetur, lib. i, y Susjjicatar etiam 
Posidonius habitaice terree, lib. ii; los habia encontrado y los mostraba en el 
Vevient annis scecula seris, de Séneca, acto il de su Medea ; en Esdras^ 
cuyo pasaje citaba con especial ahinco á la reina Isabel, y en la obra del 
cardenal Pedro de Ailly, que era su tesoro. Pues bien ; todos esos libros, no tan 
solamente se leian en las aulas de aquella Universidad , sino que, como hemos 
dicho, se comentaban y se castigaban por sus profesores ; de lo cual dan tes- 
timonio irrecusable sus obras y las de sus discípulos. 

En cualquier otra parte, menos en Salamanca, podia no ser entendido Cris- 
tóbal Colon, cuando citaba , en apoyo de su proyecto , pasajes de Aristóteles, 
de Strabon , de Plinio y de Séneca ; pero mucho menos cuando citaba á Cos- 
mas Indopleustes , Topografía del efundo Cristiano ; y á Pedro de Ailly, De 
Imagine Mundi. El curioso y prolijo estutho que hizo A. Huruboldt, en su 
Examen critico de la Matoria de la Geografía del Nuevo Continente, de los 
autores citados por Colon, en los que pudo tomar ideas y argumentos favora- 
bles á sti proyecto, trabajo de que más adelante nos ocuparemos, bastaría á 
demostrar, si otras pruebas no hubiera, que las ideas y los argumentos en que 
se apoyaba Colon no podían menos de ser entendidos, conocidos y bien recibi- 
dos por los maestros y profesores de la Universidad de Salamanca. El libro 
que más habia manejado Colon era la Cosmografía {Imago Mundi) de Pedro 
de Ailly, cuya doctrina sobre la parte habitable del globo, tomada de Rogerio 
Bacon, expuso el Almirante en su carta á los Reyes, escrita desde la Isla Es- 
pañola. En Salamanca era sobradamente conocida por aquel tiempo la obra 
del Cardenal de Ailly ; y eran ademas conocidos, estudiados y comentados, 
Aristóteles y Plinio, Strabon y Séneca. El profesor de Medicina Nuñez de la 
Huerta (de la Yerba, le llaman otros) publicaba por entonces la Cosmographia 
Pomponi Mcellm, cum figuris (Salmanticse , 1498). Pedro Ciruelo, su Astrolo- 
gia Christiuna (Salamanca, in 4.° incunable) y sus Addifiones ad opusculum 
de Sphera Mundi, Joannis de Sacro hosco (Parisiis, 1498, in folio). Villalo- 
bos glosaba á Plinio ; y Diego de Torres escribía el Aslrologium commenta- 
rium. 



17G COLON EN ESPAÑA. 

ella formaban parte integrante todos los colegios y la mayor 
parte de los conventos de religiosos que babia en la ciudad. Es- 
taban, por consiguiente, adscritos é incorporados á la Universi- 
dad los maestros y alumnos de aquéllos , formando con ésta un 
solo cuerpo, si bien en cada cual habia lo que llamar podriamos 
una especial escuela, con su movimiento propio, científico y lite- 
rario ; lo cual daba á cada una de éstas su distinto matiz y su 
fisonomía particular; pero todo ello sin que se rompiese, ni mu- 
cbo menos, la unidad del gran centro que se llamaba Universi- 
dad. Y esto á tal punto era orgánico, habitual y notorio, que 
cuando se quería designar un colegio ó convento, no se decía 
solamente colegio de San Bartolomé ó convento de San Esté- 
ban, por ejemplo, sino colegio mayor de San Bartolomé, de la 
Universidad de Salamanca; convento de San Esteban, de la 
Universidad de Salamanca (1). 

El desarrollo y la nombradía que llegaron á tomar algunas 
de esas particulares escuelas, en su peculiar movimiento cientí- 
fico, fueron tales, que merecieron honrosas distinciones y privi- 
legios. El convento de San Esteban obtuvo el de que sus maes- 
tros desempeñaran la cátedra de Prima de Teología, y el de San 
Francisco, igual privilegio respecto á la cátedra de Vísperas de 
la propia Facultad (2). 

El Presentado Fr. Manuel José Medrano, cronista de la Orden 
de Predicadores en España, nos dice — y lo confirman Gil Gon- 
zález Dávila y Bernardo Dorado — «que en el convento de San 
Esteban de Salamanca , no sólo habia maestros y catedi-áticos de 
Teología y Filosofía, sino de Matemáticas y de Artes liberales; 



(1) Reseña histórica de la Universidad en'Salamanca , 1. c. 

(2) Reseña histórica de la Universidad de Salamanca , por los doctores 
DÁVILA, Madrazo y Rüiz. — Gil González Dávila, Ilist. de la ciudad de 
Salamanca. — Dorado, Compend. histór. — Anuarios de la misma Universi- 
dad, de 1860 á 64. 



COLON EN ESPAÑA. 177 

y que esos maestros ocupaban en la Universidad los primeros 
puestos. » 

Pues bien ; á ese gran liceo , á esa fecunda almáciga de hom- 
bres de ciencia y de letras llevaron á Cristóbal Colon sus decidi- 
dos protectores Quintanilla, Santúugel, el cardenal Mendoza, 
Cabrero y el reverendo Fr. Diego de Deza. Era éste , sin duda 
alguna , el más fervoroso y francamente declarado partidario del 
genoves y de sus proyectos. De pecho abierto , de inteligencia 
clara y de elevado esiJÍritu el maestro del Príncipe,. Prior de la 
comunidad de Dominicos de Salamanca , y catedrático de Prima 
de Teología en aquella escuela, no podía menos de ejercer en ella 
una legítima y muy poderosa influencia; y la conocía intus et extra 
lo bastante, para esperar confiadamente que en ella hallarían 
eco las ideas cosmográficas y los atrevidos pensamientos de Co- 
lon; que allí encontraría personas competentes que le entendiesen 
y le apoyasen;. que allí le proporcionaría nuevos y fervientes par- 
tidarios; que allí se formaría, como ahora se dice , atmósfera fa- 
vorable á los proyectos del genoves ; atmósfera que desvanecería 
los recelos y las vacilaciones que en el ánimo de los Reyes y en 
derredor de ellos habían logrado infundir los consejos del Prior 
de Prado, y el informe de su Junta de letrados , sabios y marine- 
ros. Pronto hemos de ver que no se engañó. 

Hemos dicho , y todo lo comprueba , que el pensamiento de las 
Conferencias de Salamanca fué debido á Fr. Diego de Deza. 
Ahora veremos que fué el alma de ellas. Insistimos en que se 
concibieron , se prepararon y se llevaron á cabo al propósito de 
neutralizar el desfavorable informe de la Junta del Frior de Pra- 
do. Por consiguiente , bien lejos de ser la misma cosa , como han 
afirmado Navarrete é Irving, Prescott y Humboldt (1) , y como 



(1) En el capítulo siguiente trataremos este punto con extensión. 

13 



178 COLON EN ESPAÑA. 

liaii dado de barato cuantos dcs]3iies acá han tratado del asunto, 
las conferencias de Salamanca fueron le pendant, el contrapeso de 
la junta de Córdoba. Esta junta fué oficial , acordada por los Re- 
yes; aquéllas, aunque con su beneplácito celebradas, fueron ofi- 
ciosas. Por eso no se levantaron actas de ellas; dicho sea esto 
con perdón de Mr. Rosselly de Lorgues , que nos habla de actas 
existentes en el Archivo de Simancas; actas que todavía no han 
visto la luz pública; actas que no existen (1); sin embargo de lo 
cual , aquel escritor se permite decir « que, aun cuando imperfec- 
tamente redactadas, lo fueron das años después del suceso» (2). 
Ya que ni la visible desemejanza de las conferencias de Sa- 
lamanca con las pláticas del Prior de Prado , ni la completa 
falta de libros, de actas y hasta de narraciones históricas de 
aquellas conferencias y de estas pláticas j)usieron temor en el 
esforzado ánimo de Rosselly de Lorgues, y que , con su rica fan- 



(1) Rosselly, Vida y viajes de C. Colon, lib. i, cap. v. 

(2) Tenemos motivos para asegm-ar que no existen tales actas en el Ar- 
chivo de Simancas, y para sospechar que no existieron jamas. En 1864 luci- 
mos indagaciones sobre esto; y el entonces encargado del Archivo, nuestro 
particular amigo D. Manuel García González, nos decia, con fecha 10 de 
Agosto de aquel año, lo siguiente : «Son muy exactas las reflexiones que usted 
hace sobre las inútiles investigaciones de las actas relativas á las famosas con- 
ferencias tenidas en Salamanca con el inmortal Colon. El difunto D, Tomás 
González, mi favorecedor, me trajo aquí con él cuando vino á tal objeto 
en 1815, y nada halló ni hemos encontrado después á tales conferencias rela- 
tivo. De todo lo que aquí existia referente á Colon y á los demás descubrido- 
res primitivos del Nuevo Mundo, se dieron noticias y enviaron copias al señor 
Navarrete. Lo concerniente á las conferencias, en mi opinión, debió quedar en 
el convento de Dominicos de Salamanca, ó en la universidad.» 

También por entonces llevamos á estos sitios nuestras pesquisas; y verifi- 
cado por nosotros mismos un escrupuloso examen en el arcliivo de aquella es- 
cuela, encontramos un lastimoso vacío; la falta de los libros del claustro, cor- 
respondientes á los años de 1481 á 1502, ambos inclusive; falta siempre la- 
mentable, aun cuando nosotros la consideremos ajena al asunto de las confe- 
rencias. 

Solamente el convento de Dominicos nos ha suministrado noticias importan- 
tes y datos preciosos; pero nada que pueda merecer los nombres de proceso 
verbal ni de actas. 



COLON ES ESPAÑA. 179 

tasía y con el desenfado propio de un francés , inspirándose sola- 
mente en la autoridad de su criterio ultracatólico, nos ha dicho 
cómo , cuándo y de qué manera se celebraron las conferencias , 
sin faltar punto ni coma (1), permítasenos aquí una digresión, 
que no está fuera de su Ingar. 

Porque es digno de ver de qué modo el escritor citado cons- 
tituye la Junta, nombra su presidente y su vice, cita los miem- 
bros, determina sus respectivas posiciones y aptitudes, habla del 
imponente auditorio, «más sabio, dice, y más independiente que 
los jueces » ; designa el número de colegios que realzaban , con la 
asistencia de sus más granados individuos, la magnificencia del 
acto; repite la manoseada cantinela de los argumentos teológi- 
cos ; eleva á Colon sobre el Tabor , y le transfigura ; atribuye á 
los hermanos Geraldini el que no le llevaran desde alU á la In- 
quisición ; y condenado el proyecto como quimérico é impractica- 
ble , la Junta entera , y no sabemos si el auditorio — aunque tan 
sabio y tan independiente — resultan convictos de estupidez , si 
es que no de infamia. Y así se escribe la Historia. Pero conviene 
que le oigamos. 

« La religión y la ciencia — dice Rosselly — constituían la ciu- 
dad de Salamanca. A más del colegio del Rey , de los de Cala- 
trava y Oviedo , contaba con los de Nobles Irlandeses , Huérfa- 
nos , San Juan y San Pelayo , San Miguel , San Pedro y San 
Pablo, Monte Olívete, la Cruz, Santa María, San Bartolomé, 
etcétera, etc.; que con los Dominicos, los Franciscanos, los Agus- 
tinos , los Benedictinos , los Jerónimos , los Bernardos , los Pa- 
dres de la Misericordia , los Trinitarios , los Mínimos , los Carme- 
litas , etc., tenían cada uno su escuela particular. 



(1) Rosselly de Lorgdes, Vida y viajes de Cristóbal Colon, lib. i, capí- 
tulo V. 



180 COLON EN ESPAÑA. 

» Estos diversos establecimientos comprendían casi todos los 
ramos de la instrucción. Unos se limitaban á la enseñanza del 
latin y de las humanidades , mientras qu^ los otros se consagra- 
ban á los estudios de la Teología , del Derecho y de las Ciencias 
naturales. En los conventos donde se cursaban estas enseñanzas 
superiores , había salas públicas anejas exteriormente á los claus- 
tros , que estaban abiertas á la juventud , y á ellas acudían los 
estudiantes á las horas de las lecciones , como ahora concurren á 
nuestras Facultades. 

» La instrucción , pues , que se dispensaba en Salamanca era 
amjDlísima y recorría todos sus grados. Estos numerosos estableci- 
mientos funcionaban bajo la dirección exclusiva de un Claustro 
(Consejo de Universidad lo llama el autor) presidido por un rec- 
tor , nombrado el dia de San Martin , por el sufragio de todos los 
estudiantes. Este alto funcionario tenía bajo sus órdenes más de 
cuarenta oficíales , síndicos , administrador, secretarios, bedeles, 
maestro de ceremonias, etc., y se desempeñaban bajo su inspec- 
ción setenta y tres cátedras , cuyos profesores disfrutaban una 
decente retribución. Cerca de ocho mil estudiantes se inscribían 
en la matrícula de esta memorable Universidad , que puede de- 
cirse reinaba en Salamanca por sus riquezas , por su celebridad 
y por sus influencias. 

))Eáa Universidad tenía su administración y su gobierno espe- 
ciales , su cancelario , sus dominios propíos , sus jueces , su nota- 
riado, sus médicos, sus músicos, su predicador, su iglesia par- 
ticular, bajo la advocación de San Jerónimo ; su hospital, bajo la 
de San Juan Bautista, exclusivamente destinado para los estu- 
diantes pobres , y su vasta biblioteca abierta diariamente , así á 
los profesores como á los alumnos. 

)) El colegio consagrado á estudios superiores, que dirigían los 
Padres Dominicos en el convento de San Esteban , sobresalía 



COLON EN ESPAÑA. 181 

entonces por cima de todos los demás centros de enseQanza. 
Dentro de las paredes de aquel claustro fué donde se reunió la 
junta científica. 

» Todo lo que se dijese sería poco del eco que produjo la celebra- 
ción de un congreso semq'ante en Salamanca. Era por de pronto 
un suceso del todo nuevo y sin precedentes; y lo singular del 
asunto , objeto de los debates , estimulaba grandemente la curio- 
sidad de los hombres de estudio. A mayor abundamiento, el vice- 
presidente de la junta , Dr. en Derecho , llodrigo Maldouado, 
tenido por geógrafo , sin saber por qué ; hombre grave sin pedan- 
tería y de una exquisita afabilidad , era hijo de Salamanca, y allí 
habia recibido su educación y sus grados universitarios (1). Su 
"familia y amigos tomaban un interés personal en los debates que 
iban á comenzarse. A más de que el joven Gaspar de Grisio , se- 
cretario del Rey , y otros varios oficiales de la corte eran también 
oriundos de Salamanca. 

3)Una circunstancia singular, y cuasi cómica, contribuyó, no 
poco, á hacer más ruidoso el acontecimiento : los barberos de Sa- 
lamanca tenian el estandarte de su cofradía , y ésta su asiento y 
su capilla en el convento de San Esteban. La alegre y vanidosilla 
hermandad de los Fígaros salmantinos participaba del alto honor 
que recibía el convento de los Dominicos. La locuacidad del ofi- 
cio, estimulada jDor semejante coyuntura, era sobrado motivo 
para que Salamanca no iludiese ignorar la celebración del docto- 
ral Congreso. Hasta los arrieros y las amas de cría sabían, por lo 
menos, que un extranjero pretendía acreditar que la tierra es re- 
donda como una naranja , y que hay i)aíses donde los hombres 
andan con la cabeza para abajo; y que, ademas, navegando dere- 



(1) El lector avisado irá observando el desenfado y la fuerza de inventiva 
de Mr. Eosselly. De todo nos ocupaj-émos á su tiempo. 



182 COLON EN ESPAÑA. 

chos á Poniente , se volvería al mismo pauto por el Oriente. El 
público se admiraba quizás de que se tratase con formalidad se- 
mejantes tonterías. 

» La Junta se compuso de los profesores de Astronomía y de 
Cosmografía en posesión de las primeras cátedras de la Univer- 
sidad, j de los principales geógrafos ó geómetras (sic) que ha- 
bían estudiado en su tiempo las Matemáticas con el maestro 
Apolonio , y la Física con el maestro Pascual de Aranda, los dos 
iinicos profesores eminentes en ciencias que hasta entonces babia 
tenido la Universidad de Salamanca. Ni el "Padre Juau Pérez de 
Marchena , ni el joven piloto Juan de la Cosa , formaron j)arte de 
la reunión. El español más competente en materia de Cosmogra- 
fía , el doctor lapidario de Burgos , Jaime Ferrer , á quien favore- 
cía con su amistad el Gran Cardenal , desgraciadamente uo ha- 
bía podido ser convocado; porque probablemente se hallaba 
entonces en el Cairo ó en Damasco, con motivo de su comercio 
de pedrería. 

» La Peina, que alguna que otra vez habia asistido á los ejer- 
cicios de la licenciatura y del doctorado , con el fin de dar más 
imj)ortancia y estímulo á los estudios , no quiso en esta ocasión 
presenciar los debates , para no influir en la resolución , ni coar- 
tar la libertad de las discusiones, privándose del placer de con- 
temjilar aquel torneo del genio y de la erudición. 

)) A más de que se hallaba en aquellos momentos realmente ata- 
reada con la inspección y examen de causas , pleitos , consideran- 
dos y sentencias, á cuyo efecto habia hecho trasladar á su pala- 
cio los archivos judiciales de Valladolid , para convencerse del 
estado de la administración de justicia. Pero figuraban en las 
admisiones de favor, la purista doña Lucía de Medrano, habi- 
tuada á explicar en público los autores clásicos; la célebre doña 
Beatriz de Galiudo, conocida por La Latina ^ hija de Salaman- 



COLON KN ESPAÑA. 183 

ca , y con qnien la Reina h:\bia aprendido la lengua de Virgilio; 
la armoniosa Florencia Pina , tan querida i)or sus poesías , y 
Francisca de Lebrija, docta hija del sabio maestro, á quien un 
dia debia reemplazar en la Universidad de Alcalá. 

» Entre las notabilidades qne no abandonaron un punto estos 
debates , sobresalen el Nuncio apostólico M. Bartolomé Scandia- 
no , y con más asiduidad su sobrino Paulo Olivieri , Secretario de 
la Nunciatura , propagador del buen gusto ; el cx-Nuncio M. An- 
tonio Geraldini y su hermano el ingenioso Alessandro ; el Dean 
de Compostela, Diego Muro, Secretario del primer Ministro ; el 
ilustre profesor Gutiérrez de Toledo, primo del Rey; el siciliano 
Pedro Blaniardo, más conocido bajo el nombre romano de Fla- 
miuius , y su compatriota Lucio Marineo ; Villa Sandino , primer 
profesor de Derecho eclesiástico ; Pedro Pontea , profesor suplen- 
te de Derecho civil , conocido del padre Prior de la Rilbida ; el 
matemático Juan Scriba , que abandonó el coinpas por una em- 
bajada ; el doctor Gaspar Torrella, llamado más tarde como mé- 
dico al lado de los Papas, y que, después de haber dado salud á 
los cuerpos, quiso ser cura de almas y murió siendo obispo de 
Santa Justa; el portugués Arias, profesor de Literatura griega, 
con frecuencia alejado de la enseñanza por su poca salud , y al 
derredor del profesor de Teología de San Esteban, Fr. Diego d^ 
Deza, íiimoso por su jjiedad tanto como por su ciencia, precep- 
tor del Príncipe y que gozaba de grandísima influencia en la 
Universidad, de la que, después de haber sido discípulo,, era 
su más bello ornamento, se agrupaba la flor y nata de sus 
maestros. 

» Fuerza es confesarlo : en este Congreso no era menos respe- 
table el auditorio que el Tribunal, adornado, como estaba, de 
tanto saber y de más independencia. Se sabe cuan desfavorable 
era al pensamiento de Colon el presidente de 1{^ Comisión , y que 



184 COLON EN ESPAÑA. 

SU asesor, Rodrigo Maldonado, participaba de las mismas pre- 
venciones. Al modo de como pasan las cosas en el seno de todas 
las Juntas , no se puede dudar que , antes de la primera sesión, 
ya impresionada aquélla por la opinión de su presidente, se en- 
contró prevenida en contra de la opinión que iba á juzgar y del 
hombre que venía á sostener esa opinión. 

)) Desde luego todos le consideraron como un orgulloso , que 
pretendía descubrir una cosa en que no había pensado ningún 
cosmógrafo ; de donde se infería que , allá en sus adentros , se con- 
sideraba superior á todos sus antecesores. Ademas era un extran- 
jero, circunstancia agravante y que no constituiría la menor de 
sus culpas. 

» En el día señalado , Colon compareció delante de sus jueces 
con una gran tranquilidad de espíritu, no obstante la infinita 
distancia que lo separaba de las ideas de aquéllos. 

)> Creían firmemente los unos que la Tierra era el cuerpo más 
grande de la creación , el centro mismo del Universo ; por efecto 
de lo cual hallaban muy natural que el Sol girase al derredor de 
este centro. Siendo la Tierra, por su masa, superior á todos los 
demás astros, ella sola debía ser objeto de los diversos movi- 
mientos de aquéllos. 

» Juzgaban otros que la Tierra formaba un disco , ó bien un 
cuadrado inmenso , limitado jDor una masa de agua inconmensu- 
rable. Admitiendo éstos esa forma circular ó cuadrangular, pero 
aplastada , de la Tierra , limitaban la extensión de los mares á la 
sétima parte de su total superficie. Mientras que aquellos otros, 
sin tener formado un sistema, conceptuaban por un sueño toda 
idea contraria á las de los antiguos autores. Y muchos había 
que se inclinaban á ver en las teorías del extranjero peligrosas 
innovaciones que incubaban tal vez alguna herejía. 

i) Colon se había achicado y casi desarmado voluntariamente 



COLON EN ESPAÑA. 185 

antes de tomar la palabra, en fuerza de la resolnciou tomada de 
no aventurar en esta controversia más que vagas generalidades 
para no entregar á la indiscreción pública la fuente clara de sus 
profundas convicciones. La perfidia de Portugal tenía sobrexcita- 
da su prudencia, aun en presencia de la leal corte de Isabel. Así, 
pues , lo que iba á manifestar sobre los datos cosmográficos en 
apoyo de su sistema, no era ni la razón decisiva ni la demostra- 
ción perentoria : iba á presentar , como principales razones , sus 
argumentos secundarios. 

))Y sin embargo de esa embarazosa situación. Colon expuso 
■ con firmeza y seguridad los fundamentos que formaban la base, 
al parecer, de su proyecto. Mas apoyándose muy particularmente 
en las ciencias exactas , la Asamblea no pudo seguirle muy aden- 
tro en la serie de sus razonamientos. Únicamente los religiosos 
Dominicos de San Esteban le escucharon con atención y favora- 
blemente. 

D Algunos miembros de la Junta objetaron á sus deducciones 
pasajes de las Santas Escrituras, que aplicaban muy mal, y 
fragmentos dislocados de algunos autores eclesiásticos contrarios 
á su sistema. Hubo catedráticos que por mayor y menor deduje- 
ron que la Tierra era llana como un tapiz y de ningún modo re- 
donda ; pues que el Psalmista dice : «Extendiendo el cielo como 
suna piel» — Extendens ccelum sicut pellem — lo cual sería 
imposible siendo esférica. Se le oponían también las palabras de 
San Pablo, comparando los cielos á una tienda desplegada sobre 
la Tierra, lo que excluye su redondez. Otros, menos rígidos ó 
menos extraños á la cosmografía, sostenían que, admitiendo la 
redondez de la Tierra , era quimérico el proyecto de ir á buscar 
las regiones habitadas del hemisferio austral, puesto que la otra 
mitad del mundo estaba ocupada por el mar tenebroso^ ese abis- 
mo formidable y sin límites, y que si por dicha un navio lanzado 



186 COLON EN ESPAÑA. 

en esa dirección llegalia á tocar las ludias , jamas se lograría 
volver á tener noticia de él , porque esa misma pretendida redon- 
dez de la Tierra sería un obstáculo iusuperable para su retorno, 
por favorables que le fuesen los vientos. 

)) Cuando Colon contestaba á eso con razones sacadas de la 
experiencia y de la náutica, se le replicaba, poniéndole por me- 
dio la autoridad de Lactancio y de San Agustin , que condenan 
la absurda opinión de los que creen en los antípodas, corrobo- 
rando esas autoridades eclesiásticas con el testimonio de los au- 
tores Epicuro y Séneca. 

)>La discusión, con tal sesgo y tantos incidentes, se hacía in- 
terminable. Después de cada sesión, la Junta celebraba confe- 
rencia privada y secreta jiara pesar la fuerza de los argumentos 
de Colon , verificar las citas de las autoridades alegadas y prepa- 
rar las respuestas y objeciones para la sesión siguiente. Ocupa- 
ron , jior tanto , estas conferencias un buen período de tiempo, 
durante el cual permanecía aquél hospedado en el convento de 
San Esteban. Los Dominicos proveyeron generosa y amplia- 
mente á todas sus necesidades, haciendo hasta los gastos de sus 
expediciones. De esa hospitalidad tan dignamente ejercida con 
el mensajero, entonces desconocido, déla Providencia, hacen to- 
davía mérito y reportan honor y gloria los padres Dominicos. 

)) Conociendo Colon que en aquella Junta, donde el número de 
teólogos excedía tanto al de cosmógrafos y marinos , las induc- 
ciones puramente científicas no tenían bastante eficacia para 
convencer á sus jueces , se decidió , no obstante la peligrosa sos- 
pecha de herejía, á discutir los textos de las Sagradas Escritu- 
ras y la opinión de sus comentadores. El fervor de su apostolado 
pareció entonces que le trasfiguraba á los ojos de su auditorio. La 
majestad de su figura, el rayo de su mirada, la iluminación de 
su frente , la sonoridad jienetrante de su voz , daban á su fcr- 



COLON EN espa:ña. .187 

viente palabra nna fuerza de convicción iiTesisti])le para todo es- 
píritu algo levantado. La poesía y la majestad de los libros 
santos electrizaban su corazón ; la energía de su lenguaje se en- 
noblecia con la grandeza del asunto, y desenvolviendo con mag- 
nificencia esos mismos sagrados textos, en los que sus adversa- 
rios se apoyaban queriendo mostrarle su condenación, los volvía 
contra ellos. 

» Todavía se conserva el recuerdo de su noble actitud en pre- 
sencia de la Junta. Muchos de los asistentes se sintieron arras- 
trados á su opinión. Entre ellos el primer profesor de Teología 
de San Esteban, Fr. Diego de Deza, tomó su defensa y ganó á 
su causa los primeros maestros de la Universidad. 

))Tem'a, pues. Colon á su favor la calidad, si no la cantidad, 
de los votos. Pero los espíritus meticulosos, los escolásticos ter- 
cos, consideraban grandemente presuntuoso en un marino el 
atreverse á rebatir las opiniones de San Agustín y de Nicolás de 
Lyra , y comenzaba á esparcirse un vago rumor harto peligroso en 
nn país donde acababa de establecerse la Inquisición y empleaba 
ya la actividad de sus nuevos resortes. Felizmente , el Nuncio 
monseñor Scandiano no ignoraba nada de lo que pasaba. Su an- 
tecesor y su joven hermano, Alessandro Giraldini, presintiendo 
el peligro, obtuvo una audiencia del Gran Cardenal de España. 
Bastáronle pocas palabras para demostrarle que la opinión de 
Nicolás de LjTa, por más buen comentador que él fuese, y de San 
Agustín mismo, tan eminente en santidad como en filosofía, no 
hacían ni podían hacer autoridad en materias de cosmografía y 
de navegación, ciencias extrañas del todo á sus estudios. La 
opinión del Nuncio apostólico, del Gran Cardenal, del ex-Nun- 
cio Antonio Giraldini, de su hermano Alessandro y las vivas 
simpatías del profesor de Teología de San Esteban, Fr. Diego 
de Deza, apoyado por algunas notabilidades de Salamanca, de- 



188 . COLON EN ESPAÑA. 

tuvieron el efecto de las pérfidas insinuaciones, á las que ya 
prestaba sus sombras el Santo Oficio. 

))La corte no esperó el fin de las conferencias, dejando á 
Salamanca el 26 de Enero de 1487, con rumbo á las Anda- 
lucías. 

)) La Junta se disolvió antes de la primavera sin haber resuel- 
to nada. Condenaba unánimemente el proyecto , ya por quimérico 
y ya por impracticable. Sin embargo , las actas de sus sesiones 
no se redactaron ni se remitieron á la corte por entonces. La 
campaña contra Málaga hizo por el pronto perder de vista el 
proyecto de Colon. Fernando de Talavera no pudo ocuparse de 
él ; bien sea que , no creyendo en la posibilidad de tal empresa, 
no tomara interés alguno en ella ; bien fuese que , obligado á 
acompañar la corte en calidad de confesor de la Reina, no obs- 
tante su reciente promoción al obispado de Avila, le fuera difícil 
seguir ocupándose del asunto habiéndose dispersado todos los 
miembros de la Junta. 

)) En medio de su estéril resultado final , las conferencias de 
Salamanca habían puesto de relieve la erudición , la ciencia y las 
gigantescas miras de Cristóbal Colon. Habia adquirido, merced 
á ellas , su proyecto una notoriedad inmensa y su nombre cierta 
especie de popularidad. Lo cierto es que desde aquella época la 
corte comenzó á tratar al extranjero con especial consideración. 
Sin determinar todavía cosa alguna , sin ligarse á él , se compla- 
cía en interrogarle de vez en cuando y en alimentarle la idea de 
su empresa. El Rey , sin embargo de rehusar el comprometer un 
solo real, acariciaba como un sueño dorado la idea de tierras 
desconocidas á la extremidad de las Indias, país de las espece- 
rías, de los aromas y de las piedras preciosas.» 

Hasta aquí Rosselly de Lorgues, cuyo relato en definitiva 
viene á ser una paráfixisis^ mejor ó peor adornada — ya nos 



COLON EN ESPAÑA. 189 

ocuparemos de ello en su lugar — del capítulo vi, libro ii de la 
obra maestra de Wasliingthon Irviug, quien ha resumido allí 
con su gran talento , pero con notabilísimo error , todo lo que ])or 
no saberse de un modo histórico, ya que no auténtico, acerca de 
las Juntas de Córdoba y de las conferencias de Salamanca, se ha 
imaginado y escrito de una manera ó descosida ó novelesca des- 
de Benzoni hasta nuestros dias. 

Sí, el escritor católico no ha hecho historia, ha escrito una 
novela erudita. ¿ Se quiere de ello una prueba irrefragable ? Lo 
que dejo copiado más arriba nos la suministra. Abre^ como he- 
mos visto , las célebres conferencias de Salamanca en Noviembre 
de 1486 ante los colegios del Rey, de Calatrava, de Alcántara, 
de Nobles Irlandeses , de los Huérfanos , de San Miguel , de San 
Pedro, de Santa María, etc. Pues bien; ninguno de esos cole- 
gios existia en aquella ciudad por el año de 1486. Todos los ci- 
tados, y algunos más que no queremos citar, pero que menciona 
aquel historiador , son fundaciones del siglo xvi, de Carlos I y 
Felipe II. Los cuatro primeros se deben á estos dos Reyes ; el 
de los Huérfanos, á Francisco de Solís, en 1550 ; el de San Mi- 
guel, á D. Juan Delgado, en 1576 ; el de San Juan, á D. Die- 
go de Toledo, en 1561 ; el de San Pedro, al arcediano de Medi- 
na D. Diego Anaya, en 1534, y el de Santa María, á D. Juan 
de Burgos, en 1528 (1). 

Así comienza y así acaba su relato el encomiado historiador 
católico. El que hace de las conferencias de Salamanca es un 
cuadro á lo Luca Fafresto : soltura, facilidad, belleza en las for- 
mas; falta de verdad en el fondo. Habla de la Universidad con el 
propio desenfado que de los colegios. Como las personas, mezcla 
y confunde las instituciones y los tiempos. Olvida que en los que 



(1) Dorado, Comp. hist. de la ciudad de Salavianca. 



190 COLON EN ESPAÑA. 

va historiando , y desde las Constituciones de Martino V , el rec- 
tor de la Universidad de Salamanca no se elegia por los estu- 
diantes, ni su función era una dictadura : se elegia por el rector y 
consiliarios salientes, j estos consiliarios, que eran ocho, forma- 
ban el Consejo universitario. A más de ese correctivo, la autori- 
dad del rector tenía el de las especiales atribuciones del maes- 
trescuela ó cancelario ; y á más , las del jDrimicerio ; y á más , las 
de los dijíutados ; y á más, las del claustro (1). Ya veremos que 
no se limitan á eso solo las gratuitas aserciones del escritor ca- 
tólico. 

El historiador Rosselly no sabía , de seguro, una circunstancia, 

que á haber conocido ; oh ! sabe Dios el ¡partido que hubiese 

intentado sacar. Los libros de claustro de la Universidad de Sa- 
lamanca, correspondientes á los años de 1486 y 1487, no existen. 
Pero no hay que alarmarse. De los archivos de esa Universi- 
dad faltan otros muchos: faltan, entre otros, los de 1481 á 1502 
inclusive. 

No queremos ocuparnos de enumerar las infinitas causas que 
explican el extravío , pérdida ó lo que sea , de esos libros y de 
otros que echa de menos aquella Universidad. Basta á nuestro 
proiJÓsito decir, que los libros de claustro no podían dar noticia 
alguna apreciable , no podían dar luz sobre el asunto de las con- 
ferencias. Se comprenderá, por tanto, que para el asunto de que 



(1) Constituc. apóstol, y Estatutos de la M. I. Universidad de Salamanca. 
Impreso en la misma ciudad, año de 1625. Verdad es que las palabras de la 
lej» 6.", tít. XXXI, Partida ii, «Otrosí pueden establescer de sí mesnios (Maes- 
ti'os é Escolares) un mayoral sobre todcjs á que llaman en latín rector » au- 
torizan á creer, que, durante algún tiempo, los estudiantes en unión de los 
maestros, nombraban Eector. Pero auníjue no existen los Estatutos que á la 
Universidad dieran Fernando III y Alonso el Sabio, la tradición nos dice que 
aquel modo de elección duró poco tiempo: y que en aquellos- mismos los estu- 
diantes nombraban sus representantes por provincias, que eran llamados Con- 
siliarios , á los cuales pasó el derecho de asistir con voz y voto á las asambleas 
de la Universidad. 



COLON EN ESPAÑA. 191 

se trata no es una gran i)ér(l¡da la ele los libros correspondientes 
á los años 14S6 y 1487, si se considera: 1.°, ciue los claustros 
teuian ])or objeto de sus frecuentes sesiones, el tratar de las 
rentas, de la hacienda y de los pleitos de la Universidad ; 
2.°, que las actas de esas sesiones las redactaba en el acto mismo 
un escribano; 3.°, que las conferencias de Colon, no siendo asun- 
to de claustro, no se celebraron en el claustro, ni siquiera en el 
recinto de la Universidad, sino en el esi)a('iosísimo y severo y 
magnílico salón de Capítulos del convento de San Esteban. 

Una sola cosa podían contener aquellos libros alusiva al asun- 
to : los salarios que el Claustro señalase á los maestros enviados 
con Colon á presencia de los Reyes apara informarles y certifi- 
carles de lo seguro é importante de el asumpto » , que dice el Me- 
morial de los Dominicos de San Esteban. Mas la Universidad no 
tuvo que ocuparse de la cuestión de gastos ; toda vez que, como 
bemos visto , los hizo exclusivamente suyos el ilustrado y noble 
maestro del Príncipe , y los levantó su convento. 

En cuanto á lo de que le salvaron de la inquisición los Geral- 
dini y el Nuncio, absurdo que Rosselly ha debido tomar de Bossi, 
ya se encargó Navarrete de contestarlo , diciendo, entre otras co- 
sas, que Colon, por todo extremo religioso y hasta devoto, no 
podia recelar ni tenía por qué temer daño alguno de la Inquisi- 
ción. Pero aparte de esa razón, que es irrefutable, ¿qué habia 
de temer de la Inquisición el huésped obsequiado de los domini- 
cos y el protegido de Fr. Diego de Deza , inquisidor general? 

Víctima el escritor francés del nunca hasta hoy desmentido 
error de que las Conferencias de Salamanca fueron la misma cosa 
que las Jautas convocadas por el l*riur de Prado, hace a éste 
presidir en Salamanca la que por eso denomina Junta , de la 
cual hace también vicepresidente al Dr. Rodrigo Maldonado, á 
quien llama asesor de Fr. Hernando de Oropesa y compartícipe 



192 COLON EN ESPAÑA. 

de sus prevenciones contra los proyectos de Colon (1). Desde 
tal punto de vista miradas las Conferencias de Salamanca, fuer- 
za es confesarlo, de antemano se debian considerar juzgadas y 
condenadas, como lo hace el ingenioso y elocuente Hosselly de 
Lorgues. Pero como las Conferencias fueron otra cosa que la 
Junta del Prior de Prado , el edificio tan galanamente levan- 
tado por aquel escritor no puede sostenerse en pié. 

Si la Junta de Salamanca hubiera sido oficial , la habría presi- 
dido indudablemente el Rector de la Universidad , el respetable 
D. Gonzalo Sánchez de Lorenzana , ó el Maestrescuela , D. Gu- 
tierre de Toledo. Es casi seguro que entonces se habria celebra- 
do en alguna de las muy capaces aulas de la Universidad, ó bien 
en el inmenso salón de la Biblioteca. Pero como aquellas confe- 
rencias no fueron un acto oficial , nada de aquello se verificó. 

La estancia de los Reyes en Salamanca , al regresar de su ex- 
pedición á Galicia, durante el invierno de 1486 á 1487, y lo que 
sobre ella nos dicen los cronistas Pulgar , Carvajal , Ziíñiga , Do- 
rado , Salazar , Palencia y el Cronicón de Vallad olid , nos per- 
miten asegurar que á las Conferencias no asistieron ni Fr. Her- 
nando de Talavera, entonces obispo de Avila, ni el cardenal 
Mendoza (2) , ni el nuncio Scandiano , ni los hermanos Geraldi- 
ni, ni Olivieri, ni Blaniardo. 

Más que mitras y capelos , en Salamanca hubo por entonces 
hábitos y sayos , borlas y garnachas. El Condestable Conde de 
Haro , el canciller mayor D. Juan Manrique , Conde de Casta- 



(1) En lo último no se equivoca : noble y lealmente lo declaró el mismo 
doctor Maldonado. 

(2) «El Cardenal, que había permanecido en su Arzobispado mientras los 
Eeyes en Salamanca , recibió de éstos el oportuno aviso para que se les uniese 
con sus huestes en Córdoba. Pero, solícito como ningún otro caudillo, les salió 
á encontrar en su tránsito desde Salamanca á aquella ciudad. » Salazar de 
Mendoza, Chronica del Cardenal, año 1487. 



COLOK EN ESPAÑA. 193 

ñecla, D. Gutierre de Cárdenas, Alonso de Qnintanilla, el ar- 
zobispo de Sevilla Diego de Mendoza, hermano del Cardenal; 
D. Gutierre de Toledo , hijo del Duque de Alba y primo del Rey; 
el ilustre Deza, los doctores de Talayera y de Villalon, el licen- 
ciado (chinchilla ; esos fueron los personajes más granados que 
rodearon en Salamanca á la corte , amén de la nobleza salmanti- 
na, que ilustraban por entonces los Paces y los Varillas , los 
Maldonados y los Monroyes, los Oballes, Ponces, Tejadas, Al- 
maraces , Lunas , Flores y otros (1). 

Los Reyes , que en Setiembre de 1 486 , salieron de Córdoba y 
dejaron en Jaén al Príncipe y las Infantas sns hermanas, hubie- 
ron de detenerse en Trnjillo , y sin tocar en Salamanca, se diri- 
gieron después á Medina del Campo , desde donde, con fecha 27 
de Octubre de 1486, expedían una cédula mandando, «que en 
su venida á Salamanca no se echasen huéspedes á persona algu- 
na de aquella Universidad. » El Prior de Prado visitaba su Obis- 
pado de Avila (2), y el cardenal Mendoza se ocupaba, como he- 
mos visto, de su Patriarcado toledano, en el cual habia sucedido 
al turbulento Carrillo, que en Julio de 1483 pasara á mejor 
vida (3). 



(1) Chronicon de Valladolid, Tpor el "Dr.Toleño. — Dorado, Comp. Jiistór. 
de la ciudad de Salamanca, cap. L, pág. 337. — «Llegaron (los Reyes) á Alma- 
gro, do estaban el Príncipe y las Infantas, lunes 19 de Febrero de 1487», dice 
el Chronicon de Valladolid. Y añade el cronista Falencia : «Que al retirarse 
los Reyes de Andalucía , en el otoño anterior , para pasar apresuradamente á 
Galicia, dejaron en .Jaén al Principe y sus hermanas menores, por no expo- 
nerlos á las contingencias de un viaje tan largo y acelerado ; mas habiendo 
sospechas de contagio en aquella comarca , fueron trasladados á Almagro por 
consejo de los médicos.» (Colee, de docum. inéd. para la Historia de España, 
por D. M. Salva y D. P. Sainz de Baranda, tom. xiii.) 

(2) Ariza, Grandezas de Ávila, tercera parte, § 15. 

(3) Hablando de su carácter soberbio y de su rebelión contra la Reina Ca- 
tólica , dice Bernaldez : « El Arzobispo decia que la quitaría el reino y ha- 
ría volver á hilar la rueca a la Reina, como si fuera en él » {Reyes Católi- 
cos, t. i, pág. 47.) 

13 



194 COLON EN ESPAÑA. 

La presencia sola de los Reyes bastó á desbaratar las revuel- 
tas de Galicia ; atajó de corrida la rebelión del Conde de Lémos, 
entrando en Ponferrada sin resistencia y mandando demoler las 
varias fortalezas de que aquél se habia apoderado ; de modo que 
los Reyes pudieron entrar en Salamanca, de regreso de su acele- 
rada expedición , el 20 de Noviembre , si creemos á Gil Gonzá- 
lez y á Galindez , ó el 30 de aquel mes , si damos fe á Hernando 
del Pulgar y á Ortiz de Zúfiiga , los cuales dan á los Reyes en 
Santiago el 23 de Setiembre , y suponen que la sublevación de 
Trujillo fué conocida de los Reyes en Benavente , de regreso de 
Galicia y camino para Salamanca, donde , á ser eso cierto , no se 
habrían detenido , como indudablemente se detuvieron dos meses, 
ó sea basta el 29 de Enero de 1487. Hernando del Pulgar añade 
que los Reyes dejaron en Galicia al canciller D. Juan Manrique, 
con el consejo de cuatro doctores. Pero debieron reincorporarse á 
la corte en Salamanca , puesto que en el Cronicón de Valladolid 
nos dice el Dr. Toledo : « Otorgó el bachiller Becerra é juró las 
treguas con el licenciado Francisco, mi hijo, sábado 27 de Ene- 
ro , en Salamanca , en el Consejo , estando presentes el Arzobispo 
de Sevilla é doctores de Talavera é de Villalon é el Canciller é 
otros muchos.» Y en una nota al Cronicón, añade Floranes : 

c( El doctor Talavera era Rodrigo de Maldouado , tan conocido 
* en la historia de los Reyes Católicos , de quien fué nieto el célebre 
D. Pedro, capitán de la comunidad de Salamanca, prisionero en 
Villalar, donde fué decapitado» (1). 

Esas leves variaciones , relativamente á las fechas , en nada 



(1) Crónica de los Beyes Católicos, por Iler. del Pulgar, cap. Lxvii. — Ana- 
les eccles. y sec. de Sevilla, por D. Diego Ortiz de Zúñiga, lib. xii. — Anales 
breves del reinado de los Beyes Católicos, por Galindez de Carvajal. Ya he- 
mos dicho antes que el decapitado en Villalar no fué D. Pedro, sino D. Fi-an- 
cisco. Guevara, Sandoval y Ferrer del Rio, en su Historia de las Comunida- 
des, dicen el cómo y el por qué de tamaña iniquidad . 



COLON EN ESPAÑA. 195 

amenguan la exactitud dA hecho cardinal ; los Reyes pasaron en 
Salamanca los dos meses de Diciembre y Enero de 1486 y 1487, 
durante los. cuales ninguno de los cronistas, al ocuparse de los 
personajes y altos dignatarios que acompañaron allí á la corte, 
citan el ya entonces Obispo de Avila, Fr. Hernando de Tahivera 
y Oropesa, ni al cardenal Mendoza. De éste dice terminante- 
mente su cronista Sala/ar : «que habia permanecido en su Arzo- 
bispado mientras los Reyes en Salamanca. Recibió de éstos, añade, 
el oportuno aviso para que se les uniese con sus huestes en Cor- 

« 

doba ; pero solícito como ninguno , les salió á encontrar en su 
tránsito desde Salamanca á aquella otra ciudad» (1). 

Tampoco citan los cronistas al lado de los Reyes , en Salaman- 
ca, ni hay motivo alguno para suponer que allí estuviesen, el 
nuncio Scandiano , ni su secretario Olivieri , ni el italiano Bla- 
niardo, ni los hermanos Geraldini. De éstos, el maestro de la in- 
fanta Isabel — Antonio — se hallaba por aquel tiempo en Roma, 
según Moreri ; y la cita que de Alejandro hace Rosselly de Lor- 
gues cae por su base , demostrado como está que el cardenal 
Mendoza — que no se llamaba Diego como lo llama Geraldini, 
sino Pedro — no estuvo con los Reyes en Salamanca durante el 
invierno de 1486 á 1487. 

No es menos caprichosa la intervención en las célebres Confe- 
rencias que da Rosselly á las distinguidas salmantinas, ornamen- 
to de aquella Universidad y gloria de aquellos tiempos. Aparte 
de lo anticanónica que era la entrada de mujeres en conventos de 
frailes, familiaridades de esa especie no eran posibles, ni cabe 
siquiera sospecharlas donde moraba la Reina Católica, la cual 
rodeaba todo acto público de la atmósfera de recato creada con 
sus lecciones y su ejemplo. Pero á mayor abundamiento, doña 



(1) Salazar de Mendoza, Vida del Cardenal. 



196 COLON EX ESPAÍÍA. 

Beatriz de Galindo y'ivíh i)oy aquel tiempo en Madrid, aliado de 
8U esposo D. Francisco Ramirez (1). Doña Francisca Nebrija, 
enseñaba por entonces Gramática latina en Alcalá de Henares. 
Doña Lucía de Medrano , Florencia Pinar y las otras ilustres 
salmantinas , que hemos ya nombrado , no bay duda que dieron 
á Salamanca en aquellos tiempos luz y cultura; no bay duda 
que contribuyeron poderosamente á formar aquella atmósfera es- 
l)iritual tan fovorable á los heroicos pensamientos de Colon, que 
boy mismo caracteriza á la española Atenas. Pero de esto á que 
aquellas ilustres damas formaran parte del cónclave de matemá- 
ticos y teólogos que oyó al navegante genoves , bay una distan- 
cia inmensa. 

Si en la enumeración de altos dignatarios peca y>ov exceso la 
descripción que de las Conferencias ba becbo Rosselly , peca por 
defecto en lo que se refiere á doctores y maestros de aquella es- 
cuela. Ni la historia de ésta , ni las crónicas de Salamanca nos 
dan noticia por aquel tiemi)0 , de Juan Scriba, ni de Pedro Pon- 
tea , como profesores ; pero á más de Fr. Diego dé Deza , nos la 
dan , en cambio, de Nebrija, de Arias Barbosa, de Pablo Coro- 
nel , de Abrabam Zacuth , de Pedro Ciruelo , de Diego de Torres, 
de Nuñez de la Huerta, de Aguilera , del dominico Fr. Diego Ji- 
ménez , del Dr. Benavente (Juan Pablo) , de Ramirez de Villaes- 
cusa,de García de Villalpando, del Dr. y consejero Tomás de 
Cuenca , de Galindez de Carvajal, á más de la serie de ilustres 
teólogos, juristas, médicos, filósofos y hombres de letras que 
forman la pléyade brillante , de que al principio de este capítulo 
hemos hecho una ligera reseña. 



(1) Desde Salamanca enviaron los Rej^-es órdenes á Francisco 'Ra.mirez que 
estaba en Madrid y que tenía á su carg-o la artillería , á fin de que todo estu- 
viese preparado para k próxima campaña de Andalucía. (Hern. del Pulgar, 
Crónica de los Beyes Católicos , cap. Lxvii , pág. 238.) 



COLON EN ESPAÑA. . 197 

• 

Hemos dicho que al fíualizar el siglo xv, la Universidad de 
Salamanca pisaba el dintel de su más gloriosa época. Y si esto 
es verdad, por lo qne se refiere á la parte interna, á su organis- 
mo autonómico , no lo es menos por lo que á su parte externa 
concierne. Crecian sus rentas , se aumentaba su personal, agran- 
dábanse y se embellecian sus edificios , y á su estímulo , y por la 
poderosa fuerza de su atracción y de su influjo, Salamanca, que ya 
.merecia el nombre de Atenas española, il)a pronto á ser llamada 
liorna la chica, nombre debido al número, magnificencia y belleza 
de sus monumentales etlificios. Acababa, en 1486, de levantarse la 
lindísima fachada plateresca, en el de Escuelas mayores, y el mag- 
nífico salón de la Biblioteca; obras que hablan costeado los mis- 
mos Reyes Católicos (1), dotando á la última con 37U doblas de 
oro, para adquisición de libros y sueldo de un estacionario. Cada 
una de las visitas que los Eeyes Católicos hacían á Salamanca, 
se señalaba por un beneficio dispensado á su Universidad. Y 
para no faltar á tan elevado ¡Dropósito y liberal costumbre , en 
aquel mismo año — 1486 — costearon la lindísima capilla , refor- 
mada y retocada, con sensibles pérdidas, por cierto, para el arte, 
poco antes del siglo actual (2). 



(1) Eu el centro de la f.ichada, que es un trabaio delicadísimo de afilip^ra- 
nadas orlas y caprichosas alegorías , se ostenta orgulloso, como ha dicho el 
señor Benavides, un medallón en que se ven esculpidos en gran relieve los 
bustos de D. Fernando y doña Isabel con su significativo escudo de armas; 
bello trono para reyes, protectores de las ciencias y las letras, como fueron 
aquéllos. 

(2) Hacemos mérito especial de esta obra, porque olla nos sumim'stra otra 
prueba más del interés con que en aquel tiempo se cultivaban en Salamanca 
las ciencias matemáticas, y muy singularmente la Astronomía. En la intere- 
sante obra titulada Grandezas de Expaña. ^ escrita por el uiaestro Pedro ^le- 
flina, se dice sobre aquella capilla lo siguiente : «Las reséñelas mayores son 
tan suntuosas que sólo una portada costó más de 30.000 ducados, que fue 
más coste (¡ue agora (1.50.0) 300.000. En estas escuelas hay una capilla muy 
rica en bóveda. En lo alto dcUa , que es de color azul muy tino, están pinta- 
das y labradas de oro las cuarenta y ocho imágenes de la octava esfera , los 



198 COLON EN ESPAÑA. 

En el convento de Dominicos , ya entonces dueños de la par- 
roquia de San Esteban, y allí alojados con amplitud, se ejecuta- 
ba la gran obra del Noviciado, bajo la dirección del mismo Deza; 
y pocos años después, l)ajo la iniciativa y dirección del célebre 
Fray Domingo de Soto , se llevaban á ejecución las monumen- 
tales obras del magnífico templo , del atrio y de las galerías ex- 
terior é interior — esta líltima de una belleza y originalidad in- 
comparables ; — obras para cuya descripción y encarecimiento 
sería necesario escribir un libro. 

Poseia ya entonces el convento , entre otras pingües fincas , la 
espaciosa y rica granja de Valcuevo, á diez kilómetros al O. de 
la ciudad , finca productiva y bellamente situada , con su casa- 
jialacio, anchurosa y confortable, que servia de casa de recreo á 
los Beverendos Padres maestros de la Comunidad. 

Por eso fué en los claustros viejos; fué en la antigua sala ca- 
pitular de San Esteban, y después en la granja de Valcuevo 
donde se celebraron , ó por lo menos se continuaron y festejaron 
las famosas Conferencias. Los frailes nos han precedido en mu- 
chos usos y costumbres que hoy tenemos j)or de buen tono. 

La tradición ha trasmitido, y la ciudad ha consagrado, la me- 
moria de aquel suceso, dando el nombre de Colon á la calle que 
desemboca en el atrio del convento jior el lado del Noroeste. 



vientos, _y casi toda la fábrica, y cosas de astrología. )> Habla después de la 
fábrica y la maquinaria de un reloj. que adornaba la capilla; y al describir el 
complicado mecaüisnio de aquella (iiiiamentacion «Está, asimismo, con- 
tinúa el maestro Medina, la luna, que por sus puntos hace su movimiento, 
creciendo ó menguando, donde se ve muy al propio de como ella parece cada 
dia en el cielo. » 

El retablo de la capilla, que desapareció cuando la retocaron, era parecido 
al que existe en la capilla maj^or de la catedral vieja, con la diferencia de que 
en el de la Universidad las columnas, J'risos, capiteles y marcos de los inter- 
columnios estaban recubiertos con adornos de plata ñligranada , y tenía en los 
centros cuadnjs originales del inolvidable Gallego (D. Fernando), y en medio 
una magnífica estatua de San Jerí'tulmo. 



COLON EN KSPAÍÍA.. 100 

También so ha conservado hasta lioy, trasmitido por la tradición, 
el nombre de Teso de Colon (1) , á la cúspidí; de una colina in- 
mediata á la casa-granja de Valcnevo , donde el propietario de la 
finca, D. Mariano Solís, levantó en 18G6 nna sencilla ph-ámide; 
modesto , pero glorioso monumento que aquel señor tuvo el no- 
table rasgo de colocar bajo el patronato exclusivo de la Univer- 
sidad de Salamanca. 

Verdaderas conferencias de filósofos y de patriotas , en el rec- 
to y genuino sentido de estas palabras , fueron aquéllas más li- 
bres , y también más provechosas , que de ordinario suelen serlo 
esas reuniones y juntas compuestas , por lo general, de sabios de 
oficio, donde todo se halla reglamentado — el traje como la pa- 
labra — y donde todo marcha al acompasado ceremonial de pro- 
cedimientos y de fórmulas , si es que no inventadas , empleadas 
muchas veces para oscurecer la verdad, para poner en tortura á 
la razón , ó para alucinar al público. 

Autor y director de aquellas Conferencias el Prior del rico 
convento de San Esteban, el discreto y alto dignatario Fr. Diego 
de Deza, espléndido por carácter y suntuoso por cortesanía, se 
deja comprender que procuraría dar al acto el tono y las formas 
convenientes al objeto que se habia propuesto. Y en efecto , las 



(1) El Teso de Colmiestá, al Noroeste de la casa de Valcuevo, á un kilóme- 
tro de la misma y diez de Salamanca, en la misma dirección. En esa ciudad 
lleva el nombre de Colon una de sus calles , la que desemboca en el atrio mis- 
mo , frente por frente de la magnífica fachada de la iglesia del convento de 
San Esteban. En éste, el salón de las Conferencies ó sala de Colon , de la que 
se ha hecho mérito repetidas veces en este libro, tiene 59,93 metros de lon- 
gitud, 8,6 metros de latitud, con soberbia bóveda á 10 metros de altura en su 
fondo, sostenida por diez y seis buenos arcos de piedra, con tres grandes 
puertas y dos más pequeñas, y graciosas ventanas abiertas en los hmetos que 
forman los arcos del lado que dan á la galería baja del convento. Posteriorss 
edificaciones han cerrado por uno de sus lados las ventanas que daban luz al 
salón que en nuestra época, por su oscuridad sin duda, se conocía con el nom- 
bre de Salón de Profundis. 



200 COLON EN ESrAÑA. 

Conferencias respondieron, como ya veremos, al grave y cientí- 
fico asunto de que eran objeto ; al sitio y ocasión en que se cele- 
braban, y á la importancia, dignidad é ilustración de los perso- 
najes que las proyectaron , y del que las dirigió y presidió. A 
ellas concurrieron eclesiásticos y seglares, doctores y maestros, 
teólogos y filósofos, hombres de ciencia y hombres de mundo; no 
faltaron, seguramente, matemáticos y astrólogos, como se decia 
entonces; ni dejaron de asistir los profesores más distinguidos y 
los salmantinos de espíritu más abierto y de corazón más esfor- 
zado. Allí Zacuth y Nuñez de la Huerta; alK Barbosa y Aranda; 
allí Nebrija y Coronel; allí Diego de Torres y Basuarto; allí Es- 
pinosa; allí el dominico Fr. Diego Jiménez , y allí, sin duda al- 
guna, ael buen astrólogo Fr. jbitonio de Marchena, que siempre 
estuvo del lado de Colon » , y que tanta influencia ejerció en el 
ánimo de los Reyes ; sin que faltaran el joven Gaspar Gricio , y 
el respetable González de la Banda. 

Aquellas Conferencias, á las que daba interés vivísimo el asun- 
to, importancia el auditorio, trascendencia el objeto, y tono y 
seguridad el personaje que las dirigía, produjeron un efecto má- 
gico y de todo en todo contrario al de las pláticas de Córdoba, 
con el Prior de Prado. 

La convicción profunda, la fe viva, la actitud digna, la pala- 
bra fervorosa y elocuente del respetable extranjero , junto con la 
severidad de su porte y la severa intrepidez de sus afirmaciones 
y de sus ofertas , no tardaron en poner de su parte al auditorio; 
y las Conferencias no se terminaron sin que Colon se hubiera 
granjeado la admiración de unos, la amistad de otros, el asenti- 
miento de los más y las simpatías de todos. 

Hagamos aquí punto para exponer y demostrar estos asertos 
con más extensión. . 



CAPÍTULO VI. 



Sumario. — El pensamiento de las Conferencias de Salamanca surgió en opo- 
sición al informe de la Junta del Prior de Prado. — Quién fué el iniciador 
de ese pensamiento. — Colon en Salamanca. — Partidarios allí del Prior de 
Prado. — Contrariedades que allí sufre Colon. — Conducta de Deza y de los 
protectores de Colon. — El convento de Dominicos. — Valcuevo. — Origen 
de la conftision de las Juntas de Córdoba y de las Conferencias de Sala- 
manca. — Error de los historiadores sobre ese punto. — Irving , Prescott, 
Humboldt , Rosselly de Lorgnes , Muñoz y Navarrete. — Hernando Colon 
y Las Casas hablan de las Juntas del Prior de Prado, no de las Conferen- 
cias. — Los argumentos empleados contra el proyecto de Colon , de que ha- 
blan aquellos escritores , eran imposibles en Salamanca. 



Difícil , grandemente difícil debia parecer á los parciales y 
amigos de Colon , en el verano de 1486, vencer las prevenciones 
desfiívorables y disipar la atmósfera contraria á su proyecto, 
creadas por el desabrido y perentorio informe del Prior de Pra- 
do y su Junta de letrados y marineros. Pero eran de tal valía y 
de tal temple aquellos amigos y parciales del navegante genoves, 
que , lejos de arredrarles la dificultad , provocó su entusiasmo y 
aumentó su adhesión á la empresa y á la notable persona que 
se ofrecia á realizarla. Quizá el amor propio tomnba también su 
parte en mantener aquel empeño y en entablar una lucha de po- 
der, con el entonces poderoso Fr. Hernando de Talavera, cuya 
influencia con la Reina Católica era grandísima, y cuyo consejo, 



202 COLOÍT EN ESPAÑA. 

en tal cuostion , se acomodaba al temperamento del Eey y á la 
premiosa obsesión de las circunstancias , mucho más que no el 
consejo y los empeños de los parciales de Colon. Pero también 
las pasiones sirven de resorte en los graves asuntos de la gober- 
nación y la política. Y ¡ cómo no , si entran en los designios mis- 
mos de la Providencia para imprimir movimiento á la humani- 
dad , y producir su ascensión por la escala de Jacob ! Lo cierto 
es que la oposición de Talavera y sus deudos aumentó , en la oca- 
sión que vamos historiando, las simpatías en favor de Colon y 
el entusiasmo en favor de su empresa. 

De aquellas simpatías y de aquel entusiasmo surgió el pensa- 
miento de las Conferencias en Salamanca, y de realizar ese pen- 
samiento se encargó Fr. Diego de Deza. Por los mismos medios 
con que comenzó á desempeñar su comisión el espléndido y dis- 
cretísimo Toresano, se puede fácilmente conjeturar el honroso 
desempeño y el feliz éxito de la empresa. El Prior del convento 
de San Esteban comenzó por tomar á su cargo los gastos de las 
Conferencias y la persona misma de Colon ; el cual fué á Sala- 
manca en compañía de aquél, y á su costa vivió y viajó el tiempo 
que aquéllas duraron , instalándose en el propio convento de reli- 
giosos Dominicos de aquella ciudad. 

Hemos dicho que Fr. Hernando de Talavera, electo ya obispo 
de Avila , no estuvo en Salamanca con la corte , durante el in- 
vierno de 1486 á 87. Mas si no estuvo él, estuvieron sus comen- 
sales y amigos. Estuvo el Dr. Talavera, ó sea Rodrigo de Mal- 
donado, consejero de los Reyes, regidor perpetuo de aquella 
ciudad, el personaje más granado de los que formaron la Junta 
de Córdoba, y de los que opinaron allí contra los proyectos de 
Colon. Estuvo ademas con Va corto en Salamanca D. Gutierre de 
Toledo, i)rimo del Rey Católico, discípulo y ahijado esi)iritual 
de Fr. Hernando. Y allí estaba también aquel Ramírez de Yi~ 



COLON EN ESPAÑA. 203 

llaescnsa, qne fué desinies Dean de la catedral de Granada, pro- 
tegido ])or su ])rimer arz;obis])o Fr. Hernando. Es decir, qne si 
éste no estuvo en persona, estuvo eu espíritu, estuvo su opinión 
contraria á la empresa del navegante genoves. Con esta diferencia 
que es de tener en cuenta: presente el Prior de Prado, hubieran 
estado también su tolerancia y su dulzura; pero ausente, queda- 
ban sólo en aquel momento y en aquel palenque sus opiniones; 
pero sus opiniones exageradas por el deseo de complacerle y de 
servirle de parte de sus parciales y deudos. 

Esto basta á dar explicación de lo que algún" escritor ha refe- 
rido, como tradicional en Salamanca, á saber : que los bedeles de 
la Universidad echaron á Colon de su recinto , calificándole de 
loco; que por tal le silbaron los estudiantes, y que alguna turl)a 
de muchíichuelos le persiguió, con aquel dictado, por la calle que 
desde la Universidad conduce al convento de San Esteban; calle 
qne hoy lleva el nombre de Colon, y á donde se añade que un 
lego de aqnella comunidad vino á sn socorro. 

Nada tendría de extraño que todo eso aconteciera, ó qne se 
proi^alára desj)ues , como si acontecido hubiese (1). El asunto, 



(1) YA mismo D. Hernando Colon declara que la oposición y las bm-las al 
jiroycrto del descubridor, partian del Prior de Prado y de sus secuaces. «Por 
una parte , dice, le contradecían el Prior de Prado y sus secuaces....» {ykia, 
y hechos del almirante D. Cristóbal CoZoíí , cap. xiii.) Y en el capitulo xii 
confirma nuestro aserto con estas significatiA^as palabras: «Aunque éste (Cris- 
t(')bal Colon) tenía perdidas ya las es^jeranzas , por el poco ánimo v jtiicio (jue 
hallaba en los consejeros de SS. AA.» El propio Colon es en esa parte explí- 
cito y claro ; y señala á sus opositores de manera tal que no se les puede con- 
fundir con los doctores y maestros de Salamanca. <( Esto deste viaje conozco, 
dice el Almirante, que milagrosamente lo ha mostrado así (la Providencia), 
como se puede comprender por esta escriptura , por muchos milagros señala- 
dos que ha mostrado en el viaje (el primero), y de mí, que há tanto tiempo 
que estoy en la corte de Vuestras Altezas con oposito y contra sentencia de 
tantas jiersomis principales de vuestra casa ., los cuales todos eran contra mi 
2)onicndo este hecho que Cra burla.y> {^Relación del priniei' viaje de Cristóbal 
Colon, por Fr. Bartolomé de las Casas. — Navakrete, tom. i, ptig. 312.) 



204 COLON BN ESPAÑA. 

grave y extraordinario jde suyo , habia ya dividido en dos bandos 
á los consejeros de los Keyes, y por tanto, á los cortesanos. La 
persistencia de Colon irritaba á sus contrarios , y la misma pro- 
tección de sus favorecedores producia en aquéllos el empeño de 
exagerar la oposición , haciendo en todas partes y por toda clase 
de medios — el del ridículo inclusive — atmósfera desfavorable á 
los proyectos audaces y á las 2)ortentosas ofertas del pobre nave- 
gante genoves. 

Esto mismo sirve para explicar también el porqué no se cele- 
braron las Conferencias en el recinto de la universidad, y sí en el 
salón bajo, que da á la galería interior del convento de San Este- 
ban ; y aun el por qué Deza y sus parciales sacaron á Colon de 
Salamanca y le llevaron á la gran casa-granja de Yalcuevo. Al 
Dr. Rodrigo Maldonado , al Maestrescuela y á los demás proséli- 
tos de Fray Hernando de Orojjesa, empleando el arma terrible 
del ridículo, les babia sido fácil predisponer contra el genoves á 
la movediza juventud de las aulas y al vulgo malicioso, socarrón 
y mal prevenido siempre contra todo extranjero. 

Pero contra todo y contra todos lucharon y vencieron los ami- 
gos de Colon. Cierto, que sin la magnanimidad de Isabel de Cas- 
tilla, aquella victoria no se hubiera obtenido. Cierto, que á ga- 
narla contribuyeron eficacísimamente fuerzas como las del car- 
denal Mendoza; hombres del temple de alma de Alonso de Quin- 
tanilla y Luis de Santángel; pechos entusiastas, como los de 
Juan Cabrero y Fr. Antonio de Marchena; espíritus abiertos, 
como los de la insigne Marquesa de Moya y el salamanquino 
Gaspar Gricio. Pero es necesario ser justos , dieiéndolo todo; el 
jefe de pelea, como ahora se dice, en aquella larga campaña , fué 
el generoso, hábil y valiente dominico, Fr. Diego de Deza, efi- 
cazmente auxiliado por todo su convento de San Esteban y por 
la Universidad de Salamanca. AlH reunió sus huestes el fervoroso 



COLON EN E8PAÑA. 205 

dominico; allí mostró á su héroe, llevándole siempre á su dies- 
tra y cobijándole bajo la égida de su convento; con su palabra y 
por su mano encendió el fuego de la idea en aquellos altares, 
donde por entonces se rendia culto de adoración á las ciencias ; y 
á los cuatro vientos desplegadas sus banderas , dio allí la batalla 
en favor de los proyectos del navegante genoves, y allí la ganó. 

Los boletines de aquella batalla, si se escribieron — cosa que 
nada induce á creer — no lian llegado á nosotros. Lo que nos 
dicen Hernando Colon y Fr. Bartolomé de las Casas de los ar- 
gumentos hechos á Cristóbal Colon , se refiere visiblemente á los 
sabios , letrados y marmeros de la Junta reunida en Córdoba por 
el Prior de Prado. « Obedeció el Prior de Prado, dice D. Hernando; 
pero como ¡os que habi a juntado eran ignorantes , no pudieron 
comprender nada de los discursos del Almirante.» ¿Podria decir 
eso de los maestros y doctores de Salamanca , reunidos por el 
Prior de San Esteban? Imposible. 

Los mismos argumentos de que, según D. Hernando y Las 
Casas , hacían uso contra Colon los de la Junta del Prior de Pra- 
do, bastan á demostrar por sí solos que esa Junta no tuvo nada 
de común con las Conferencias de Salamanca. Más adelante nos 
ocuparemos de esos argumentos , y veremos que son tan burdos, 
que hasta repugna al buen sentido la suposición de que pudie- 
ran emplearse por los maestros y doctores de la Universidad de 
Salamanca, á fines del siglo xv. 

Pero hay otra poderosísima razón para no confundir las Con- 
ferencias de Salamanca con las Juntas del Prior de Prado; y es 
la de que, al hablar de estas últimas, ni D. Hernando ni Las Ca- 
sas mencionan á Salamanca ni á su Universidad ni á sus sabios 
y maestros , de ambos á dos bien conocidos. Hay más : ninguno 
de los cronistas de la época, ni Pulgar, ni Galindez, ni Bernal- 
dez, ni Ortiz de Zúñiga, ni Angleria, ni Marineo , ninguno men- 



206 COLON EN ESPAÑA.- 

ciona á Salamanca ni ú su Universidad, al hablar de la consulta 
y de las Juntas del Prior de Prado, 

¿ De dónde lia podido nacer la confusión de aquellos dos tan 
distintos actos ? ¿ Quién fué el primero que concibió y divulgó 
tan palpable y grande error? El discreto autor de La Universi- 
dad de Salamanca ante el tribunal de la Historia, hace respon- 
sable ii Washington Irving de aquella confusión y de ese error; 
opinión de que no participamos. 

Es cierto que ni Oviedo , ni Gomara, ni Acosta, ni Garcilaso, 
ni después de ellos Herrera , atribuyeron á la Universidad de Sa- 
lamanca el informe contrario al proyecto de Colon. Pero Irving 
no consultó esos solos historiógrafos y aquellos otros cronistas 
para escribir su justamente elogiada Historia de la vida y viajes 
de Cristóbal Colon. Con posterioridad á aquellos cronistas é his- 
toriógrafos han escrito, antes que Irving, sobre el asunto, algu- 
nos españoles y no pocos extranjeros. Entre nosotros, Solorzano 
y Veitia, Mariana y Ascagorta, Muñoz y Navarrete. Entre los 
extranjeros, Raynal y Eobertson, Charlevoix, Benzoni, Ramu- 
sio, Cancellieri, Bossi, Spotorno, y el mismo César Cantú, que 
dice lo mismo que Irving en el fondo. Esto sin contar infinidad 
de memorias , discursos, alegaciones, folletos, romances y artícu- 
los de periódicos anteriores y posteriores á la historia del gran 
escritor anglo-americano. Cuando éste vino á Esj)aña, instado por 
MM. Everett y O'Rich , representantes en Madrid de la Repú- 
blica anglo-americana, éstos le facilitaron, no sólo cuanto se ha- 
bía publicado hasta entonces sobre el descubrimiento del Nuevo 
Mundo, sino muchos é importantes manuscritos, algunos de los 
cuales han visto después la luz pública, y muchos otros que to- 
davía, no la han visto. Entre estos últimos , el mismo Irving nos 
habla de auna crónica inanuscrita mnj ciiñosa, , compuesta en 
parte de la de Berualdez (el cura de Los Palacios) y de otros 



•COLON EN ESPAÑA. 207 

historiadores de aquellos tiempos por un escritor coetáneo.» 
No es esto decir que en esos manuscritos y crónicas haya po- 
dido halhir Irving el fundamento siquiera de la inii)utaciou que 
él hace a la Universidad de Salamanca, no. Ese fundamento lo 
pudo más bien encontrar en Robertson , en Cautú , como hemos 
dicho, en Bossi, y — ¿i)or (jué nu confesarlo? — en nuestros propios 
historiadores. Lcj que hay es , que Irving se encontró con que 
existían muchísimos materiales , pero que aun no se liahia cons- 
truido el edificio. Se liaLia escrito muchísimo , pero no se habia 
hecho la historia, la verdadera historia del descubridor ni del 
descubrimiento. Nos lo dice él mismo. (.( Después de considerar 
con más detenimiento la materia, conocí que, aunque habia mu- 
chos libros en varias lenguas, referentes á Colon, ninguno con- 
tenia más que algunas nociones breves é incompletas sobre su 
vida y viajes; al mismo tiempo que abundaban ideas sobre el 
particular, en manuscritos , cartas, diarios y documentos i)úl)li- 
cos. Pensé entonces que una historia compuesta de estos diversos 
materiales, llenaria un vacío en la literatura, projiorcionándo- 

me etc.» (1). 

Escribió esa historia , y la escribió magistralmente ; con gran 
copia de datos , con sano criterio , alto sentido , recto juicio, buen 
estilo é imi^arcialidad; no se le puede negar esta justicia. Pero se 
encontró con las mismas dificultades con que antes que él habia 
ya tropezado el sabio y concienzudo Prescott; se encontró con 
las lagunas y vacíos que, en puntos importantísimos, habían 
dejudo todos los cronistas , historiógrafos y escritores coetáneos. 
Por([ue todos, y cada cual de ellos, nos han referido muchos he- 
chos; i)ero descosidamente, sin relación, sin enlace, sin orden 
cronológico. Nos han citado muchos personajes, pero como al 



(1) Irving, pref. 



208 COLON EN ESPAÑA. 

acaso, sin ligar su nombre y sus actos á la serie de sucesos que 
constituyen la trama histórica de la vida de Colon y de su gloriosa 
empresa. Aquí se troj^ieza con el Duque de Medinasidonia, y allá 
con el de Medinaceli ; en una parte con el cardenal Mendoza ; en 
otra, con Fr. Diego de Deza; nos hablan en un momento crítico de 

Quintauilla ; en otro, de Santángel personajes importantes que 

desi^ues desaparecen de la escena para no saberie más qué hicie- 
ron ó qué parte tuvieron en lo restante del interesantísimo drama. 
Y les sucedió á Prescott y á Irving lo que antes á D. Juan 
Bautista Muñoz y á Navarrete; lo mismo que le habia pasado 
á Herrera y á Acosta, á Gomara y á Oviedo. Se encontraban, 
por ejemplo, con un Fr. Juan Pérez, prior de la Rábida, con- 
fesor de la Reina , muy protector de Colon , y con un Fray 
Antonio de Marcheua , buen estrólogo y muy adicto á los pro- 
yectos é ideas del genoves. Suenan ambos en ocasión diversa, y 
desaparecen luego de la escena. El físico Garci-Hernandez cita 
y elogia al uno; la Reina Católica nombra y elogia al otro. Los 
dos se pierden después en el inmenso mar de acontecimientos y 
de personajes. Y al investigar qué parte tomó cada cual de ellos 
en las vicisitudes que forman la vida de Colon y la historia del 
descubrimiento, aquellos historiadores se encontraron con que 
faltaban datos para asignar y coordinar su respectivo jiapel á 
cada uno ; y á fin de no romper el hilo de la narración , el hilo 
necesario para tejer la historia , ellos , que se proponían hacerla 
con todas las reglas del arte ; ellos , que no podían ni querían 
prescindir de las formas; ellos que, como antes Gomara, y como 
actualmente Rosselly de Lorgues, querían dar enlace á los suce- 
sos, unidad al conjunto, ínteres vivo y palpitante á la narra- 
ción no tuvieron más remedio que cortar el nudo de la difi- 
cultad, haciendo de los dos frailes franciscanos un solo j^ersonaje; 
y al efecto, bautizaron á ese personaje con el nombre de Fray 



COLON EN ESl'AÑA. 209 

Jnan Antonio Pérez de Marchena. Eso mismo hizo en Gordinm 
el gran Alejandro. • 

Pues otro tanto ha sucedido , y por la propia razón , con lo de 
la consulta oficial ó Juntas del Prior de Prado y las Conferencias 
extraoficiales de Salamanca. Los anales y las crónicas del tiem- 
po dan testimonio feliaciente de estas Conferencias; y los liisto- 
riógrafos y escritores coetáneos — Hernando Colon y Las Casas 
entre ellos — lo dan asimismo de la entrevista del navegante ge- 
noves con los Reyes Católicos ; de la consulta que encomendaron 
al Prior de Prado, y de la Junta de letrados y marineros que 
Fray Hernando reunió para evacuar aquella consulta. Y en me- 
dio de la dificultad que la falta de documentos, de noticias y de 
relaciones les ofrecia para determinar aquellos dos actos, fijándo- 
les sus respectivas épocas y lugares , su fisonomía esj)ecial , sus 
resultados y las circunstancias que los distinguen y los caracte- 
rizan, salieron del paso, lo mismo Prescott que Irving , y Cantú 
lo propio que Rosselly , confundiendo también en uno solo los dos 
diversos acontecimientos. 

Este procedimiento, sobre ser sumamente fácil, ofrecia la in- 
mensa ventaja para todos los escritores , de no cortar la narra- 
ción y de darla mayor interés dramático. Si la historia no gana- 
ba en verdad, adquiria de ese modo más enlace, mayor unidad, 
mejor colorido y más interés. Pero hay que ser imparciales : Mu- 
ñoz y Fernandez de Navarrete vacilaron en adoptar ese sistema; 
por eso sus trabajos no forman una verdadera historia. Prescott 
mismo prescindió de dar á su episodio de Colon aquellas condi- 
ciones , vistas las dificultades de ordenar cronológica y enlazada- 
mente los sucesos. Irving y Rosselly de Lorgues son los que no 
han vacilado; han hecho sus respectivas narraciones con todas 
las bellas formas de una historia á la moderna; y para ello han 
tenido que colmar lagunas, llenar vacíos y cortar nudos. Uno y 



210 COLON EN ESPAÑA. 

otro lian mostrado en esa tarea un gran ingenio ; y como á su re- 
conocido talento y condiciones de distinguidos escritores, ambos 
reunían una erudición vastísima, han arrastrado tras de sí , en 
aquello en que no se combaten, á cuantos publicistas, biógrafos, 
})oetas y escritores se lian ocujiado del descubridor del Nuevo 
Mundo. 

No acertaríamos á contar el número de esos biógrafos , nove- 
listas , articulistas , y aun de graves y concienzudos historiadores, 
que siguiendo á Irving y á üosselly han confundido lastimosa- 
mente las Juntas de Córdoba con las Conferencias de Salaman- 
ca. Aparte de Irving y Prescott, de Humboldt y de Rosselly de 
Lorgues, y sin contar los infinitos escritores italianos que con 
uno ú otro motivo se han ocujiado de Cristóbal Colon , entre los 
extranjeros, han incurrido en aquel error Fernando Denis, en su 
novela Ismael ben Kaisar; Fenimore Cooper, en la suya Merce- 
des de Castilla; Mr. Paquis, Alejandro Dumas, Granier de Ca- 
sagnat , Mr. Chanel , Saint-Hilaire , Mr. Latour , Mr. Belloy , y 
hsi^iii Le Moniteur de la Flote, en su immero correspondiente 
al 16 de Setiembre de 1858; pero quien más le vulgarizó, exor- 
nándole con las galas de su rica imaginación y brillante estilo, 
fué Lamartine en su biografía de Colon. 

Entre nosotros , sin contar á nuestros distinguidos historiógra- 
fos Muñoz y Fernandez de Navarrete, el Duque de Rivas , en su 
YomMicQ Recuerdos de tm gimnde Jiombre ; Campoamor, en su 
poema Colon; el mismo historiador Lafuente, en su Historia ge- 
neral de España (1), y hasta el Museo de las Familias, en unos 
artículos de su tomo viii. 

Pero á pesar de hallarse sancionado ¡lor tantas y tan respeta- 
bilísimas autoridades literarias , el error es tan de bulto , y á nues- 



(1) Parte 2.', lib. iv. 



COLON EN ESPAÑA. 211 

tro juicio es tan evidente, que })ara desvanecerle nos van á servir 
— y han de bastarnos — las propias palabras de los ([no. le han 
propagado. 

Vamos il copiar textualmente esas i)alal)ras. Pero pedimos al 
lector que, al leerlas, recuerde sencillamente que está demostra- 
do y que es incuestionable el hecho de las Juntas del Prior de 
Prado, jior efecto de la comisión dada á éste por los Reyes Ca- 
tólicos, para oir á Colon, examinar su proyecto y darles informe. 
Con sólo este recuerdo verán clarísimamente la lamentable con- 
fusión que de aquellas Juntas y de las Conferencias de Sala- 
manca hicieron los ya citados biógrafos é historiadores , al leer 
sus mismas palabras. 

Irving habla de la comisión dada á Fernando de Talavera; 
pero no conoce la Junta de Córdoba ; habla de « la interesante 

Conferencia de Salamanca gran sede española de las ciencias, 

donde aquélla se verificó, en el convento de Dominicos de San 
Esteban , donde joasó Colon, alojado y mantenido con mucha hos- 
pitalidad , todo el tiempo del examen. » Hace después una exacta 
pintura del estado general de las ciencias en España, y las con- 
sidera vinculadas en el clero y domiciliadas sólo en los conven- 
tos ; de cuyo juicio se desprende que no conocia la Universidad de 
Salamanca, j)or aquellos tiempos. «La pluralidad de los vocales 
(más comedido y cauto que Rosselly , no los nombra) estaba 
preocupada probablemente coniva, Colon, como suelen los altos 

empleados y funcionarios contra los pretendientes pobres » 

Expone luego las objeciones , de cuyo asunto luego nos ocupare- 
mos, y añade : « Se refiere que cuando comenzó (Colon) á 

explicar las bases de su doctrina, sólo los frailes de San Esteban 
le escucharon , por poseer más conocimientos científicos que el 
resto de la Universidad.» Otra prueba de que Irving no habia 
formado cabal idea de lo que entonces era aquella escuela; si bien 



212 COLON EN. ESPAÑA. 

Sil penetración y grandísimo talento le llevan á decir antes : 
« Furniaban la Asa,mhled, ^^rqfesores de Astronomía, Geogra- 
fía , Matemáticas y otros ramos de ciencias , y muchos doctos 
religiosos» (1). 

•No se puede negar que la pintura que hace Irving de aquella 
famosa Asamblea es un modelo de sagacidad y de discreta inven- 
tiva, porque aun cuando las objeciones que supone hechas allí á 
Colon son las mismas en el fondo que las expuestas por Hernando 
Colon y por Las Casas al hablar de las Juntas del Prior de Pra- 
do, Irving, sin embargo, ha sabido no sólo explanarlas — esto 
fuera lo de menos — sino ridiculizarlas, presentarlas de modo 
que ostenten su banal estupidez , y al projjio tiemjjo disculpar el 
que se hicieran en una Asamblea de hombres científicos y graves* 
Es decir esto, que á la penetración de Irving no se ocultó la in- 
mensa dificultad, por no decir la moral imposibilidad de que en 
semejante Asamblea se hicieran á Colon aquellos argumentos ; y 
procuró salvar la dificultad diciendo : c( Muchas de las obje- 
ciones y reparos puestos por aquella docta corporación han lle- 
gado hasta nosotros y excitado más de una sonrisa á costa de la 
Universidad de Salamanca. (Esto era ya curarse en sana salud, 
como decirse suele.) Pero no debemos juzgar á los miembros de 
aquel instituto sin tener muy ^oresente la época en que vivieron.-» 
Presenta á seguida las objeciones en toda su estúpida simplici- 
dad , y después de eso dice : <( No vayamos á suponer que esas 

objeciones , por ser las que han llegado á nuestra noticia , serian 
las únicas que se hicieron ; ésas se han perpetuado por su sobre- 
saliente estupidez. Es probable que pocos pondrian tales repa- 
ros, y saldrian éstos de personas entregadas á estudios teológicos, 
retiradas en sus claustros, donde no tendrian ocasión de rectificar 



(1) Ikvinq, 1. c. 



COLON EN ESPAÑA. 213 

por la experiencia del siglo, las opiniones orrí')noas do los libros. 
Es de presumir que se hicieran otras objeciones más razonadas y 
más dignas de la ilnstracion española de aquel siglo, represen- 
tada por los sabios de Salamanca. Y debo añadirse en justicia, 
que las réplicas de Colon tuvieron grande peso para con mucTios 
de sus examinadores.)^ 

Ya verá el discreto lector que eso es saber hacer las cosas, 
para salvar grandes atolladeros. Irving va aun más allá. No se 
olvida de Fr. Diego de Deza. Hace su elogio en pocas frases, y 

dice : « que no fué espectador pasivo de esta Conferencia, sino 

que tomando un generoso interés por la causa de Colon , y favo- 
reciéndola con todo su influjo, sosegó el ánimo alborotado de sug 
fanáticos compañeros , y pudo conseguirle una tranquila ya que 
no imparcial audiencia. Con sus unidos esfuerzos, se dice que 
atrajeron á su 'opinión (¿á la del genoves ó á la de Deza y sus 
compañeros?) á los hombres más científicos de las escuelas^) (\\ 

No se puede salir más airosamente de un grave empeño , que 
sale aquí Irving del suyo. Salvar la inmensa laguna histórica de 
las Juntas de Córdoba ; trasladarlas á Salamanca , confundirlas 
con las célebres Conferencias ; prestar á éstas todo lo que aqué- 
llas, según D. Hernando y Las Casas, tuvieron do sistemática- 
mente ojiuestas á Colon y sus proyectos ; y al projiio tiempo, 
salvar la fama y buen nombre de la Escuela salmantina, con- 
ciliando la jiroteccion ostensible y ostcntosa del Prior de Domi- 
nicos de San Esteban , con la tenaz y notoria oposición del Prior 

de Prado es el colmo de la sagacidad y del savoir faire , como 

historiador y biógrafo elegante. 

Poro la contrariedad de esos hechos, su disimridad, su hetero- 
geneidad son tan visibles, que era im])Osil)le sumarlos ; y por 
entre las brillantes frases y hábiles giros del ingenioso Irving se 



(1) iRVixr,, Vid. y vuij. de C Colon ^ lib. ii, cap. iv. 



214 COLON EN ESPAÑA. 

descubre patentemente que las Juntas de letrados y marineros 
presididas por el Prior de Prado, en Córdoba, fueron una cosa: 
la que relatan Hernando Colon y Fr. Bartolomé de las Casas ; y 
las Conferencias de Salamanca, presididas y dirigidas por el 
ayo del príncipe D. Juan , prior de San Esteban , Fr. Diego de 
Deza , fueron cosa enteramente distinta. Pronto vamos á verlo. 
Pero continuemos. 

Irving se ve obligado á decir, primero, que la ciencia estaba 
vinculada en los conventos y las iglesias por aquel tiempo. Lue- 
go , á decir que la Asamblea de Salamanca se componia de profe- 
sores de Astronomía , Geografía , Matemáticas y otras ciencias^ 
y de doctos religiosos. Después , á indicar que en los claustros 
sólo se encontraban teólogos escolásticos. Y por lUtimo, á lla- 
marlos estúpidos y fanáticos, salvas honrosas excepciones. Y es 
que no bastan el talento, el ingenio y la habilidad, cuando las 
cosas son imi^osibles, cuando no son verdad. 

El historiador Prescott , más i^rudénte ó más tímido que Ir- 
ving , vio también la dificultad , pero la soslayó de otro modo. 
Sabe bien la parte que tomó Fr. Hernando de Talavera en im- 
pugnar los iDroyectos de Colon ; sabe que los Reyes , después de 
la primera entrevista con el genoves , confiaron á Talavera el 
examen de aquellos jiroyectos ; sabe que Talavera reunió una 
Junta ó Consejo de personas ilustradas ; hace por olvidar en ese 
l)unto lo que dijeron Hernando Colon y Las Casas acerca de 
aquella Junta ; y ¡lara llenar las lagunas y vacíos que advierte, 

para saltar años y dificultades, dice : a Y fué tal la apatía de 

aquella letrada Junta , y tantos los obstáculos presentados por la 
pereza, la preocuj^acion y la incredulidad, que se imsaron años 
antes que se resolviera nada.H) 

Adviértase que es cal)almente lo contrario de eso lo que acer- 
ca de aquella Junta dicen D. Hernando y Las Casas. 



COLON EN ESPAÑA. 215 

« Obedeció el Prior de Prado — dice Hernando Colon ; —poro 
como los que habi a juntado eran ignorantes, no pndieron com- 
prender nada de los discursos del Almirante , que tampoco que- 
ría explicarse mucho, temiendo no le sucediese lo que en Por- 
tugal.» 

«Cometiéronlo al Prior de Prado — dice Las Casas — y que él 
llamase las personas que le pareciesen más entender de aquella 
materia de cosmografía » « Ellos juntos muchas neces, pro- 
puesta Cristóbal Colon su empresa » Y después de referir las 

objeciones que en aquella Junta — no en Salamauca — se hicieron 

á Colon, continúa diciendo : « Así que por esta causa y el 

error y la terquedad y el amor propio , pudo poco Cristóbal Co- 
lon satisfacer á aquellos señores que habían mandado juntar 
LOS Reyes. Y ansí fueron juzgadas de ellos (de aquellos señotes) 
las promesas y ofertas de Colon , por imposibles , vanas y de toda 
repulsa dignas. » 

Como se ve, no hubo tal apatía de la letrada Junta, convocada 
por el Prior de Prado. Se juntaron muchas veces , eso -sí , pero 
desahuciaron á Colon bien pronto. 

Tampoco es cierto que se pasaran años, desde aquel acto, sin 
que se resolviera nada , como indica Prescott. Se resolvió á se- 
guida. 

«Los Reyes — dice allí mismo Las Casas — mandaron dar por 
respuesta á Cristóbal Colon , despidiéndole , aunque no del todo 
quitándole la esperanza de volver á la materia cuando más des- 
ocupados SS. AA. se vieran de lo que por e?itónces se encontra- 
ban con la guerra , etc. » 

Tampoco fué durante ese tiempo, es decir, después de aquellas 
Juntas y de esa resolución, como dice Prescott, «cnando cons- 
ta (pie Colon fué siguiendo la corte , llevando alguna ve/ armas 
en las campañas, y recibiendo de los Reyes una deferencia y aten- 



216 COLON EN ESPAÑA. 

cion j)ersonal nada comimes y) Eso consta, es verdad, pero 

consta que fué después de las Conferencias de Salamanca, según 
más adelante veremos. 

Pena nos cuesta decirlo, j^ero estando tan explícitas las noti- 
cias que resj^ecto á las Juntas del Prior de Prado nos dan los dos 
historiógrafos más coetáneos, más fidedignos y más competentes, 
solamente á descuido ó á ligereza se puede atribuir el error co- 
metido por Irving, por Prescott y por Humboldt. Verdad es que 
entre aquellas Juntas y las Conferencias de Salamanca medió cor- 
to intervalo de tiempo ; y esto puede explicar , en mucha parte, 
la confusión que de ambos actos nan hecho aquellos escritores y 
á su ejemplo los posteriores. Pero con eso y con todo , aquellos 
distinguidísimos escritores se han visto obligados á incurrir en 
contradicciones flagrantes para realizar aquella confusión. 

c( Cansado finalmente Colon de aquella penosa tardanza — sigue 
diciendo Prescott — pidió á la corte que se diera contestación de- 
finitiva á sus proposiciones ; y en su consecuencia, se le manifes- 
tó que la Junta de Salamanca habia declarado su plan « quimé- 
))rico, imjiracticablc y apoj^ado en fundamentos muy débiles para 
» que el Gobierno le pudiera prestar su apoyo. » Y á renglón se- 
guido añade : «Sin embargo, hubo muchos individuos de aquella 
Junta dotados de la ilustración suficiente para no adherirse á 
este dictamen de la mayoría» (1). 

Hemos dicho antes que el corto intervalo de tiempo que medió 
entre las Juntas del Prior de Prado y las Conferencias de Sala- 
manca puede explicar, en gran parte, la confusión quede los dos 
actos han hecho Irving, Prescott y el propio Humboldt. Y la im- 
parcialidad nos obliga á añadir, que esa misma causa hizo incur- 
rir en ese error al insigue académico D. Martin Fernandez de 



(1) Prescott, Mht. de los Beyes Católicos, t. ii, part. i, cap. xvi, pági- 
nas 257 y 258.— Macb-id, 1846. 



COLON EX ESPAÑA. 217 

ís^avarrete ; y éste , más qne otro alguno , llevó á aquellos escri- 
tores y lia podido llevar después á Rosselly de Lorgues á dar for- 
mas históricas á aquella ofuscadora y perniciosa confusión. 

En el tomo iii de su excelente Colección, y en la Observa- 
ción VIH sobre las Probanzas, en el pleito famoso sostenido por 
D. Diego Colon, de 1512 á 1515, se propuso Navarrete «seña- 
lar la época y lugar en que se examinó jirimero la propuesta de 
Colon. y> Y ¡ cosa singular ! los mismos datos que debieran servir 
al juicioso y eruditísimo académico para separar y diferenciar 
esencial y radicalmente los dos actos — las Conferencias y las 
Juntas — los emplea para confundirlos en uno solo. 

Recuerda Navarrete la notable declaración que nosotros deja- 
mos ya copiada, del Dr. Rodrigo de Maldonado, en aquel famoso 
pleito contestando á la pregunta 15." del interrogatorio del Al- 
mirante ; y fundado en que Fr. Hernando de Talavera fué Prior 
de Prado hasta fines de 1486, puesto que, según Ariza, era ya 
Obisj)0 de Avila en 1487, señala á las Juntas del Priok de Pra- 
do la época de 1486 : la misma que nosotros las hemos señala- 
do. Y sin embargo de expresar terminantemente que son esas 
Juntas las de que habla el Dr. Maldonado, á seguida añade: 

« Puede, pues, conjeturarse, con mucha jn-obabilidad , que 

habiendo estado los Reyes en Salamanca á fines de 1486, hallán- 
dose ya Colon en su servicio desde 20 de Enero de aquel año, 
entonces fué cuando se celebraron aquellas Conferencias,^ ^ví- 
ónces cuando Colon estuvo en Salamanca á comunicar sus razo- 
nes con los maestros de Astrología y Cosmografía, que leinn 

esas facultades en la Universidad, como dice Remesal » Copia 

después lo que escribi(') este dominico en su Historia de Chiapa 
y Goatemala, de que más adelante nos ocuparemos, y termina 

diciendo : « De todo se jwede concluir , que las Juntas á que 

alude el Dr. Maldonado se celebraron en Salamanca, el año de 



218 COLON EN ESPAÑA. 

1486, pues conviene perfectamente esta época con algunas de las 
noticias que expresa la declaración. » 

üBonus aliquando dormitat Homerus » podríamos nosotros 

decir aquí al venerable Sr. Navarrete. De otro modo no se con- 
cibe que una inteligencia tan clara y perspicua como la suya, ra- 
ciocinase en aquel particular tan ilógica y desgraciadamente. 
Las Juntas de que habla en su declaración el Dr. Maldonado, 
son , en efecto , las del Prior de Prado. Pero , en jirimer lugar, 
de este título y concepto no se sigue que se verificasen precisa- 
mente en 1486. Bien ¡Dudieron verificarse antes, puesto que el 
título de Prior de Prado lo llevaba Talavera, según Ariza, desde 
1466. Nosotros hemos sostenido, y sostenemos también, que 
aquellas Juntas se verificaron en 1486, pero jwr otras razones, y 
apoyados en otros fundamentos ; asegurando que se verificaron á 
seguida de la entrevista de Colon con los Reyes , y que esta en- 
trevista se verificó antes de que se abriese la campaña de 1486: 
por consiguiente, que las Juntas del Prior de Prado se verificaron 
durante la primavera de aquel mismo año. 

En segundo lugar, cierto es que los Reyes estuvieron en Sala- 
manca á fines del año 1486 ; estuvieron, como luego veremos, 
todo el mes de Diciembre de ese año y cuasi todo el mes de Ene- 
ro del siguiente, 1487. Pero no es verdad que Cristóbal Colon 
se hallase al servicio de los Católicos Reyes desde 20 de Enero 

de 1486. ¡ Cómo! si fué á Salamanca y estuvo allí, mientras 

los Reyes, y después, á expensas de Fr. Diego de Deza, alojado 

y mantenido en el convento de San Esteban! ¡Cómo! si 

hasta Mayo de 1487 no comenzó á percibir emolumentos ó sub- 
sidios de los Reyes, por estar á su servicio, como después vere- 
mos ! Y cuenta , que estos heclms nos los ha enseñado el propio 
Sr. Navarrete, puesto que ha coleccionado y })ublicado los docu- 
mentos que los acreditan. 



COLON EN ESPASa. 219 

Oiorto os qno en ol Diario del primer viaje, lunes 14 de Enero 
de 1403, dice el Almirante «qne liacía siete años entonces qne 
habia venido á servir á los C^atólieos Reyes.» Pero t-jcnir á servir- 
les, no quiere decir lo mismo qne estar á su servicio. Y nadie 
sabía esa diferencia, en el caso de Colon, mejor que Navarrete. 
Cabalmente en ese aserto del Almirante nos hemos apoyado nos- 
otros para afirmar que la presentación del navegante genoves á 
los Reyes Católicos fué á principios de 1486. Y eso es lo que da 
él mismo á entender, cuando, acordándose de la oposición que le 
liabian hecho el Prior de Prado y sus parciales , decia el 1 4 de 
Enero de 1493 : ......Y han sido causa que la Corona Real de 

Vuestras Altezas no tenga 100 cuentos de renta más de la que 
tiene , desj^ues que yo vine á les servir , que son siete años agora 
á 20 dias de Enero este mismo mes. » El 20 de Enero de 1486 
fué , sin duda alguna , el dia que Colon logró que le oyesen por 
vez primera los Reyes , y el en que tuvo el honor de ofrecerles 
sus respetos , sus proyectos y sus servicios , para realizar esos 
¡proyectos. Pero Navarrete deberia haber recordado , por lo qué 
dicen Hernando Colon y el P. Las Casas, que después de aquella 
entrevista los Reyes mandaron despedir á Colon, aunque no qui- 
tándole la esperanza de volver á la materia, cuando más desocu- 
pados se vieran. Y como esa respuesta y cortés despedida, des^x" 
dida esperanzosa, fué consecuencia inmediata de la consulta eva- 
cuada por el Prior de Prado , como lo dicen á una Las Casas y 
Hernando Colon, era lógico y natural juzgar que, i)ara entrar 
(-ristóbal Colon al servicio de los Reyes, como veremos que en- 
tró en Mayo de 1487, habia sido indispensable que hubiera ocur- 
rido alguna otra cosa, otra Junta, otro informe, otra consulta 
distinta y, sin duda, opuesta á hi primera, para que tuvier;i bi- 
gar aquel notable acontecimiento. Y así fué en efecto : esa con- 
sulta , ese opuesto informe , ese acto favorable á Colon y á su 



220 ■ COLON EN ESPAÑA. 

proyecto , no podia ser , no fué otro , que el de las célebres Con- 
ferencias de Salamanca. 

De forma, que el confundir estas Conferencias y aquellas Jun- 
tas , ó lo que es lo mismo , el atribuir á las Conferencias de Sa- 
lamanca el informe que dio á los Reyes el Prior de Prado, no 
sólo está en contradicción con lo que aseveran D. Hernando Colon 
y Fr. Bartolomé de las Casas , sino que es contrario á lo que in- 
genuamente declaró el Dr. Rodrigo de Maldonado, el cual se 
atribuyó á sí mismo , al Prior de Prado , y á la mayoría de los 
que éste convocó para evacuar la consulta de los Reyes, aquel in- 
forme. «Este testigo con el Prior de Prado é con otros sabios é 
letrados é marineros, platicaron con el diclio Almirante, sobre 
su ida á las dichas islas , é todos ellos acordaron que era imposi- 
ble ser verdad lo que el dicho Almirante decia. » De modo, que 
lo de ser el jdan c( quimérico , impracticable y aj)oyado en funda- 
mentos muy débiles», que dice Prescott, es la obra de la Junta 
del Prior de Prado, no de las Conferencias de Salamanca, según 
el mismo Dr. Maldonado. 

Pero en contra de aquella confusión de las dos Juntas no están 
solamente los testimonios fidedignos que dejamos señalados , es- 
tán los hechos, las consecuencias diametralmente opuestas que 
produjeron, para Cristóbal Colon, la Junta de Córdoba y las 
Conferencias de Salamanca. A virtud de las primeras le despiden 
cortésmente los Reyes. A virtud de las segundas le llaman á su 
servicio, le pensionan, ó por lo menos, le colman de atenciones 
y jirocuran tenerle á su lado. 

Lo notable en cuanto á nuestro Navarrete es que en el ¡taraje 
arriba citado — Observación viii — se olvidó de lo que él mismo 
nos habia dicho en la introducción de su odra sobre las Conferen- 
cias de Salamanca. «Consta asimismo — nos dice allí — que cuando 
estuvo (Colon) en Salamanca á que se examinasen y discutiesen 



COLOX EN ESPAÑA. . 221 

las razones de sn proyecto, no sólo le favorecieron los religiosos 
dominicos del convento de San Esteban dándole aposento y co- 
mida y haciéndole el gasto de sus jornadas, sino que ajwyando 
sus opiniones lograron se conformasen con ellas los mayores le- 
trados de aquella Escuela. » 

Del galano historiador líosselly de Lorgues nos hemos ocu- 
pado en el capítulo anterior, y hemos podido ver, á más de sus 
inexactitudes y gratuitas aserciones, que su dramática pintura de 
las Conferencias de Salamanca no era otra cosa más que la pará- 
frasis engalanada de la antes hecha por Washington Irving en el 
libro II, cap. iv de su Ilistona. 

Con respetuoso temor vamos también á censurar á Alejandro 
Humboldt ; i)ero nos vemos obligados á ello, si como historiado- 
res hemos de cumplir con el precepto de Quintiliano: une quid fal- 
si audeat , ne quid veri non audeat. » 

Engañado jDor el pasaje de Navarrete que hemos copiado más 
arriba, por Muñoz y por Bossi , Humboldt atribuye á los cate- 
dráticos de Salamanca las objeciones que Hernando Colon y Las 
Casas ponen en boca de la Junta de letrados reunida por Her- 
nando de Talavera. Pero al examinar con la riqueza de su erudi- 
ción aquellos argumentos, encuentra y demuestra, que el mismo 
Hernando Colon no conocia bien ni los argumentos ni los auto- 
res que citaba; que el mismo Hernando, que tacha de ignorante 
á Fr. Theophilo de Ferraris, confundia la isla Atalanta, al norte 
del Euripo, con la Atlantida de Solón ; y que de un mismo autor 
latino, Statius Sebosus, hacía dos personajes « Estacio y Se- 
boso, que dicen, etc » 

Pero hay más : Hernando Colon , al calificar de ignorantes á 
los letrados de la J unta del Prior de Prado , porque argüían á 
su padre con la autoridad de Séneca, quien, ¡jor via de question\ 
discutiendo sobre la inmensidad del Océano, asegura c(que ni en 



222 ■ . COLON EN ESPAÑA. 

tres años se podría llegar á la extremidad del Oriente », da 

muestras de no conocer bien á Séneca. Porque en el tratado de 
Questiones naturales, no existe tal cuestión. Y en el Prefacio de 
ese tratado se dice cabalmente todo lo contrario. El filósofo quie- 
re probar allí la pequenez de nuestro globo terráqueo , comparado 
con la inmensidad del Universo. « Al contemplarlo , dice , el es- 
pectador desprecia la estrechez de este su primer domicilio. {Con- 
temnit tune domicílü prioris angustias.) Porque ¿qué se tardaría 
en llegar á las Indias desde las costas de España? (^Quantum 
enim est, quod ab ultimis littoribus Hispanice usque ad Indos ja- 
cet ? ) Cosa de pocos días si los vientos eran favorables. » ( Pau- 
cissimorwn dierum spatium, si navem suus ventus implemt.)y> 

¿ Cómo no se le ocurrió al discretísimo Humboldt, que era 
moralmente imposible que los catedi'áticos de Salamanca, que 
leían y decoraban á Séneca , fuesen tan torpes , que hicieran 
un argumento contraproducente ? ¿ Cómo no se le ocurrió la ob- 
servación de que , argumentos de la clase que indica Hernando 
Colon, se podían hacer en cualquier parte, menos en la Escuela 
salmantina, por aquel tiempo ? 

Hay todavía más. Humboldt, que reparó el descuido de Her- 
nando Colon en semejante cita , viene en su auxilio , jmra hacer 
algo verosímil el argumento , y dice : « Sin duda los catedráti- 
cos de Salamanca, que invocaban la autoridad de Séneca para 
demostrar que ni en tres años se podría llegar al extremo Orien- 
te , aludían á las Siiasorice (de M. A. Séneca — no Lucio) , es- 
pecie de fingidos debates entre retóricos. » Pero resulta lo mismo 
que antes : la incongruencia de la cita , lo contra j)roducente del 
argumento. Porque es el caso , que no hay tales tres años en ese 
pasaje de las Suasoria. Al contrario , el jmsaje es confirmatorio 
de las ideas de Cristóbal Colon. La cuestión propuesta es la si- 
guiente : «¿Se embarcará Alejandro por el Océano, siendo la 



COLON EN ESPAÑA. . 223 

ludia la extremidad del inundo , más allá de la cual comienza la 
noche eterna?» Pues bien ; la contestación, lejos de ser argumen- 
to contra Colon , venía on apoyo de sus oiñniones y de sus pro- 
yectos. En efecto, si alguna afirmación se encuentra en aquél es 
la de ij^ue, c(más allá del Océano se vuelven á ver otras costas y 
otro continente — (alia littora, alium nasci orheni) — la Naturale- 
za nunca es deficiente, donde i)arece que falta, se la ve surgir de 
nuevo — (uU desisse videatur, novam exurgere.)'» Pero Séneca 
(M. Anuíeus) concluye, después de largas y fútiles digresiones, 
no «que en tres años no se llegaría al extremo del Oriente», 
como supone D. Hernando, sino ({ue «Alejandro no debe embar- 
carse sobre el Océano en l)usca de nuevos mundos y nuevas cou- 

quistas.» 

Parecia lógico que Humboldt hubiera dicho aquí : los profeso- 
res de Salamanca sabían de Séneca más que D. Hernando , y no 
es posible que ellos fuesen los que hicieron á Cristóbal Colon el 
argumento que formula su hijo sobre el pasaje, por él no bien 
interpretado , de las Suasoria;. Pero lejos de eso , llevado Hum- 
boldt , como Irving y como otros muchos , de la falsa idea de ser 
una misma cosa las Conferencias de Salamanca que las Juntas 
del Prior de Prado , califica á los profesores de aquella Escuela, 
primero, de ignorantes; porque supone que fueron ellos los que 
confundieron á Séneca (L. Anuíeus) con Séneca (M. A.) ; y al 
final concluye diciendo : « De esa manera la Universidad de Sa- 
lamanca procuraba con doctos argumentos impedir el descubri- 
miento de la América» (1). 

¿Cómo podía admitir el eruditísimo Humboldt, que los cate- 
dráticos de Salamanca, en 1487, que los Nebrija y los Basuarto 
y los Barbosa ignorasen lo que sabía de clásicos latinos y grie- 
gos D. Hernando Colon ? 

(1) A. HUMBOLUT , 1. c, tuni. I , pág. 98 y sig. 



224 COLON EN ESPAÑA. 

No ; si algo podia poner de parte del atrevido navegante geno- 
ves á los catedráticos de Salamanca, cabalmente eran los pasa- 
jes favoritos en que aquél apoyaba sus ideas, y que servian de 
demostración concluyente de lo realizable y seguro de su pro- 
yecto (1). Hablarles á aquellos catedráticos de Aristóteles, de 
Ptolomeo, de Strabon, de Séneca, de Plinio, de Marin de Thiro 
y de Pedro Heliaco , en aquellos tiempos era tanto como hablar- 



(1) El primer pasaje de Aristóteles (De Ccelo, u , 14, in fine) dice: 
«Perspicuum est terram non solum rotundam esse, sed sphserse etiam non 
magn» : non enim sic cito mutationem faceret migratione adeo brevi facta, 
quapropter qui locum eum qui circa Columnas Hercúleas est , eonjunctum 
esse ei loco qui est circa Indicam regionem esistimant , atque lioc modo unum 
mare esse asserunt, non videntur incredibilia valde existimare. Dicunt autem 
hoc ex barris etiam conjectantes quod circa extrema utraque loca genus ipso- 
rum est, utpote extremis ob conjunctionem similiter affectis.» 

Este pasaje le cita el cardenal Pedro de Ailly, aunque con ligeras varian- 
tes, en tres de sus obras, y en ninguna olvida lo de los elefantes. Por eso 
Colon tenía tan presente lo de principium índice valde accedens ad fines His- 
panice, j 

El segundo pasaje de Aristóteles (De Mundo, cap. iii.) : «Terram igitur 
habitabilem hominum f ere sermo in Ínsulas divisit et continentes , scilicet ig- 
norantium universam unam esse insulam Atlantici maris ambitu circumda- 
tam » no es menos significativo. El capítulo comienza por un trozo elo- 
cuente sobre el aspecto de la tierra cargada de vegetales, fertilizada por 
cristalinas corrientes y embellecida con la población de seres racionales. Y de 
ahí pasa á hacer consideraciones sobre la distribución de las masas continen- 
tales en muchos gnipos , rodeados por el Océano. 

El tercer pasaje (Metei-eologica, ii, v. ) «Quo fit ut nunc telluris ambitus 

ridiculo depingant » es también notable. La teoría de las corrientes aéreas 

presta motivo al filósofo para discutir la forma de la masa continental habi- 
table, el estado de cuya superficie y los contornos determinan, en gran parte, 
la dirección de los vientos que soplan del uno al otro polo. De Sur á Norte 
las temperaturas extremas de calor y de frió ponen limites, según él, á la ex- 
tensión del mundo habitable ( o/Z^oí<mene). Nada impide al hombre habitar 
las tierras que como un anillo rodean el globo de E. á O., á no ser que la mar 
corte ese anillo en algún punto por un estrecho. Aristóteles vislumbró que la 
forma de la tierra habitable es muy extensa en longitud ; pero no fué él, sino 
Eratósthenes quien la comparó á una clamyde. 

El cuarto \)íií--dje (De llirahilibus Alise itltationibus, cap. lxxxiv) se re- 
fiere al descubrimiento de la isla desieila, más allá de las Columnas de Hér- 
cules, cubierta de frondosos bosques, surcada de ríos navegables y ubérrima 
en frutos, distantem a continente pluriuvi dierum itinere ; descubrimiento 



COLON EN ESPAÑA. 225 

les de sus propios temas ; era llevarlos á sn propio terreno ; me- 
terlos eii sus mismos dominios. Así es que se entendieron jjerfec- 
tamente con Cristóbal Colon. Se encontraron en su misma casa. 
Pero, aparte de esto, es preciso ser justos; ni D. Hernando ni 
Las Casas se han referido á las Conferencias de Salamanca ni á 
sus catedráticos, cuando enumeran, en son de amarga crítica, los 
argumentos y objeciones que eu la corte se liacian á los proyec- 



hecho por los cartagineses , según Aristóteles ; y por los fenicios , según Dio- 
doro de Sicilia, que reñere el mismo suceso sin confundir la isla, que, según 
él, «más parece mansión de los Dioses que habitación para los hombres», ni 
con el Elyseo de Homero , ni con las Islas Afortunadas ( Hespérides contmen- 
tal'is ), de Pindaro. 

De Strabon son varios los pasajes en que siguiendo á Erathóstenes , se afir- 
ma que se puede ir desde la Iberia á la India , navegando el Atlántico. Todos 
ellos son notables ; pero muy especialmente el que comienza con las palabras: 
«Itaque (^complurihus verhls persuadeé'e nititur ErathoHtenes) nisi Atlantici 
maris obstaret magnitudo, posse nos navigare in eodem parallelo, ex Hispa- 

nia in Indiam » y concluye con estotras, aun más significativas y de una 

admirable previsión : « Possunt autem in eadem temperata zona vel duse ha- 
bitatai terrie esse , imo et plures, pricsertim proxime ad circulum qui per 
Thinas et Atlanticum mare describitur. » 

Esta es una profecía , dice Humboldt , de la América y de las islas del mar 
del Sur, más razonada que la de Séneca. 

Pero aunque vaga , la profecía del filósofo poeta debía ser , en la época de 
Colon y entre los eruditos , de una fuerza y de un efecto inmenso. Es el pasa- 
je del coro de la Medea, act. ii, Audax nimium, qui /reta immus etc. El 

coro comienza por celebrar el valor de los navegantes , cuando aun no sabían 
guiarse por los astros, cuando los -vientos no tenian siquiera nombres que los 
distinguiesen. Pero desde que los argonautas hicieron su gloriosa expedición, 
la mar quedó abierta por todas partes y no fué ya necesario que la diosa Mi- 
nerva construyese el navio Argos. Cualquier buque recorre la alta mar. El 
mundo entero es ya viable (¡^ervius ovhh). El indio penetra hasta el helado 
Araxes; el persa bebe las aguas del Elba y del Rhin. Y continúa el coro : 

a Venient annis scecula aeris 
Quibus Oeceaniís vincula rerum 
Laxet, et ingetu pateal tellus, 
Tcthys'jue nofo.i detcgat orbes 
Nec til lerris ultima Thule. » 

«Vendrán pronto siglos ; se acercan los tiempos en que el Océano romperá 
los lazos con que encadena á la tierra , y en que ésta quede abierta á toda co- 
municación ; el mar descubrirá nuevos mundos , y no será ya Thule el último 
lugar conocido de esta tierra. » 

16 



226 COLON EN ESPAÑA. 

tos de Colon. Don Hernando , como Las Casas , tenían en más 
alto concepto , en grandísima veneración á la Universidad de Sa- 
lamanca, para qne pndieran calificar de ignorantes á sns maes- 
tros y doctores; siquiera no fuese más que por ser uno de éstos 
el entonces insigne y generoso Fr. Diego de Deza, á quien, i^or 



Muchos otros pasajes cita Humboldt , en su prolijo é importantísimo estu- 
dio sobre el génesis de las ideas qne condujeron al descubrimiento del Nuevo 
Mundo. De esos pasajes peutenecientes ala geografía niíthica, ni los de Pla- 
tón (diálogos Timeo y Critias sobre la Atlántida de Solón ) , ni los de Plutar- 
co, ni el de Macrobio eran conocidos de Colon. En cambio hacia especial em- 
peño en citar á Esdras (lib. iv, cap. vi, D) : ccEt tertia die imperasti aquis 
congregar! in séptima parte terríe. » Tenia interés en persuadir á los monar- 
cas españoles , dice Humboldt , que el Océano era de muy poca extensión; 
opinión muchas veces enunciada en la historia de la Creación del mundo , tal 
como la refiere Esdras, y sostenida por el cardenal de Ailly en su Imacjo 
Mundi, cap. viii. Por esto decía d'Anville, que el descubrimiento del Nuevo 
Continente era debido á un error de geografía. 

En el génesis de esa idea , no sólo merecen atento examen las hipótesis y 
corolarios científicos, y los mithos que se. pierden en la antigüedad de los si- 
glos , sino las intuiciones ó los atisbos de los poetas ; y enti'e esos atisbos , si 
notable es el de Séneca , no lo es menos el del florentino Pulci en su Margan- 
te Maggior'e. El diablo , aludiendo á la superstición vulgar , relativa á las co- 
lumnas de Hércules , habla á su compañero Reynaldos de esta manera : 

((Sappi che questa opiuione é vaua, 
Perché piu oltre navicar si puote , 
Pero che 1' acqua in ogui parte é piaña , 
Benché la térra abbi forma di ruóte : 
Era piu grossa allor la gente umana , 
Tal che potrebbe arrosirue le gote 
Ercule ancor, d'aver posti qué segui 
Perché piu oltre passeranno i legni. 

E puossi andar giu neU'altro emisferio , 
Pero che al centro ogni cosa reprime : 
Sicché la térra per divin misterio 
Sospesa sta fra le stelle sublime , 
E laggiu son cittá, castella, e imperio ; 
Ma no'l cognobbon queUe genti prime : 
Vedi che il sol di camminar s'af fretta , 
Dovc io ti dico, che laggiu s'aspetta. » 

Téngase presente que el poema de Pulci se })ul:)licó en 1482 , diez años an- 
tes del descubrimiento del Nuevo Mundo. 
Dos siglos antes el Dante había escrito : 

« De vostri sensi ch'é del rimamente , 
Non voghate negar l'esperionza , 
Diretro al Sol, del mondo senza gente. » 

( Inferno , canto 26 , vers. 115. ) 



COLON EN ESPAÑA. 227 

confesión del Gran Almirante, oran clenclores los Reyes Católicos 
del descubrimiento de las Indias» (1). 

No , no; la Universidad de Salamanca no rechazó los proyectos 
de Cristóbal Colon; no combatió sus opiniones; no ])rocnró con 
argumentos, que tienen más de zurdos que de doctos, estorbar 
el descubrimiento de. la América. Esa imputación no es más jus- 
ta, ni está menos ligeramente apoyada que otras muchas de las 
que hacen á nuestra nación y á nuestra Historia los extranje- 
ros; unas veces, por efecto de nuestra misma modestia y caba- 
llerosidad, y otras veces por el estrecho criterio que guió después 
del siglo XV á nuestros gobiernos. 



(1) «Y es de dar priesa al señor obispo de Falencia (Fr. Diego de Deza) 
el que fué causa que Sus Altezas hobiesen las Indias y que yo quedase en 
Castilla, que ya estaba yo de camino pílva fuera; y ansi al señor camarero de 
su Alteza. » (Carta de Cristóbal Colon á su Lijo Diego. — Navarrete, Colec- 
ción, tom. 1, pág. 492.) En otra carta le dice : «Al señor obispo de Falencia 
es de dar parte desto con de la tanta confianza que en su merced tengo , y 
ansi al señor camarero» (Navarrete, ibidem, pág. 485.) Y en otra carta, 
Enero de 1504, dice también á su hijo : «El señor obispo de Falencia (Deza) 
siempre, desque yo vine á Castilla, me ha faoorecido y deseado nú honra.'» 
(Navarrete , ib., pág. 480.) 



CAPÍTULO VII. 



Sumario : Conferencias de Salamanca, — Pruebas y testimonios rio lo que fue- 
ron. — Fr. Salvador M. Roselli, dominico. — Memorial de la Orden al rey- 
Felipe V. — Fr. Antonio Remesal. — Prado. — Velez de Gruevara.— Gonzá- 
lez Acuña. — Fr. Juan INIelendez. — Espondano. — Fernando Pizarro. — B. de 
Argensola. — Dorado, Historia de Salamanca. — Cronicón de Valladolid. — 
Fernandez de Navarrete. — Ortiz de Zúuiga. — El Cura de los Palacios. — 
Cuentos de Bossi y de Teodoro Bry. — La tradición. — La historia de la Uni- 
versidad. — Discursos, memorias y revistas. — Historiadores y poetas. 



Despnes de la generosa hospitalidad que dio al navegante ge- 
noves en el Pnerto de Santa María la noble casa de Medinaceli, 
ftié Salamanca, fiíé el generoso convento de San Esteban de 
aquella Universidad, quienes, en Europa, trataron á Cristóbal 
Colon como se merecia. Allí recibió franca hospitalidad, allí afa- 
ble agasajo , allí consideración , allí decidido apoyo. En Sala- 
manca encontraron eco sus razones, confirmación sus citas, asen- 
timiento sus ideas, acogida inteligente sus proyectos, fervorosa 
adhesión su empresa. 

Fueron las Conferencias de Salamanca las que lograron disi- 
par por completo, en la corte, la recelosa oscura atmósfera crea- 
da por el Prior de Prado ; fueron esas Conferencias las que for- 
maron aquella otra atmósfera á cuya influencia benévola se d(d)ió 
que Colon entrase al servicio de los Reyes Católicos , y que por 



230 COLON EN ESPAÑA. 

Orden de éstos, y desde Mayo de 1487, comenzase, en tal con- 
cepto , á percibir emolumentos, mercedes, distinciones y auxilio 
de todos géneros. Desde aquel momento pudo decirse que su cau- 
sa estaba ganada , por más que las circunstancias aj)lazasen la 
ejecución. Vamos á demostrarlo con documentos y con hechos. 

Todo cuanto aquí venimos afirmando , no solamente lo han di- 
cho los cronistas y escritores de la Orden de Predicadores que se 
ocuparon del asunto, sino que lo han confirmado los historia- 
dores de Salamanca; lo aseguran, como vamos á ver, cronistas 
imparciales y escritores distinguidos ; la tradición lo ha consig 
nado , y lo mantiene con imperecedero recuerdo ; convienen en 
ello el mismo D. Hernando y Bartolomé de las Casas, y lo con- 
fiesa el mismo Cristóbal Colon. 

Pero aun hay más todavía, y es, que de acuerdo con los cronis- 
tas y la tradición , están los hechos y los auténticos documentos 
de nuestros archivos iJÚblicos , sacados á la luz por el jiatriótico 
celo y diligencia de Muñoz y de Navarrete. Véanse las pruebas. 

El dominico italiano Roselli (Fr. Salvador M.), buen cono- 
cedor de los cronistas de su Orden, hace suyas las noticias su- 
ministradas por éstos , relativamente al apoyo que encontrara 
Colon en el convento de San Esteban, de la Universidad de Sala- 
manca, y dice : « que cuando aquél se veia objeto de burla en to- 
das 'partes^ y mientras que en todos los países era mirada con des- 
den la empresa del descubrimiento, en España encontraba sabios 
que, 710 solamente aprobasen su designio, sino que trabajaron con 
ahinco para su realización^) (1). 



(1) Sumina philosofica , t. iv, pág 173, nota 8.% Madrid, 1788. — «ildem 
Colomhus, cum de cogitata novi orhis detectione a nonnullis irrideretur ^ non 
nisí iii Híspanla sapientes mvenit viros, qm non solum opiis 2}robaru7it, sed 
PROMOVERÉ VEHEMKNTER SUNT CONATi.» Y más adelante añade : (íSalmanünam 

Academiam adire constituit (Coloiabus) » reproduciendo casi textualmente 

las palabras que á este objeto toma y copia Fernando Pizarro , de Bartolomé 



COLON EN ESPAÑA. 231 

El mismo Fr. Salvador Rosolli reproduce después los curiosos 
datos suministrados por Fr. Juan de Araya, eu su Ilititoria ma- 
nuscrita del convento de San Esteban de aquella ciudad , y copia 
entre otros preciosos documentos, el notabilísimo párrafo del 
Memorial ó súiílica que los PP. de aquel convento elevaron al 
rey D. Felipe V, á luego de verse asentado en el trono, suceso 
al cual no poco contribuyó un hijo de aquella casa , Fr. Pedro 
Matilla, confesor de (Virios II y redactor del testamento, por el 
que éste legara su corona al nieto de Luis XIV. El Memorial 
aquel dice lo siguiente : 

« Acudió (Colon) á los Peyes Católicos D. Fernando y doña 
Isabel , los cuales como prudentes no quisieron determinarse en 
un negocio tan árdno sin consulta larga de hombres doctos y de 
quienes tuviesen la satisfacción más plena, y así le remitieron á 
este convento de San Esteban , para que aquí examinasen sus 
designios y razones. Llegó Colon á San Esteban año 1484 (1), 
y allí encontró quien entendiese y atendiese sus razones. Detúvo- 
se largo tiempo aposentado en el convento y asistiéndole éste con 
todo lo necesario para su persona y viajes^ teniéndose al misino 
tiempo largas y frecuentes conferencias entre los maestros de 
Matemáticas que hahia allí entonces; y convencido y aclarado 



Leonardo de Argensola, en sus Anales ele Aragón^ de las cuales hacemos mé- 
rito más adelante. Mas el dominico Eoselli, refiriéndose á las Conferencias 
de Salamanca, aüade después estas significativas frases : ^Imo a FenUnando 
ct Elhisabeth Catholicis RegibuH illuc confereiidi ergo misus fuit.y> Todo ello 
revela patentemente que las Conferencias de Salamanca se prepararon hábil- 
mente y como para hacer contrapeso á las Juntas y consulta del Prior de Pra- 
do. En todo ello se ve la mano del Ayo del príncipe D. Juan, Fr. Diego de 
Deza, y el apoyo de los otros valiosos protectores de Colon. Le sugieren á éste 
la idea de las Conferencias; se la proponen después á los Reyes y éstos la aco- 
gen. Todo se ve coordinado para aprov(H-har la coyuntura del viaje de aquéllos 
á Galicia y la de su estancia en Salamanca durante el invierno de 1480 á 1487- 
(1) Más adelante nos ocupamos de ese error de fecha, que demostrado se 
halla con lo que hemos dicho en el capitulo iii de este libro. 



232 COLON EN ESPAÑA. 

que Colon tema razón en su 2)ropuesta, por medio de los reli- 
giosos fueron convencidos los hombres más celebrados que tenia 
España en aquel tiempo ; y así se tomó por obra el informar á 
los Reyes, ayudando á Colon los religiosos en todas sus opera- 
ciones. Fué con él á la corte el Prelado del convento, con otros 
religiosos y maestros, y éstos le introdujeron con los Reyes, 
inf orinando con él á Sus Altezas (MM. dice el papel) y certifi- 
cándoles de lo seguro é importante del asunto. Pero quien más 
se singularizó fué el doctísimo Fr. Piego de Deza, entonces ca- 
tedrático de Prima de Salamanca, y después maestro del prín- 
cipe D. Juan, inquisidor general, arzobispo de Sevilla y elec- 
to de Toledo. Este maestro habló á los Reyes diversas veces, 
acompañando siempre á Colon, hasta que pasó al Nuevo Mun- 
do, que fué el 3 de Agosto de 1491» (1). 

Aparte el visible error de fechas , el párrafo que acabamos de 



(1) De este documento, que autorizado con la fe de un notario público se 
dio á la imprenta, tuvo, vio y leyó Un ejemplar el insigne catedrático de 
Teología de nuestra Universidad, Fr. Pascual Sánchez, según él mismo nos 
dice, en su sucinta, pero muy rica en datos. Memoria sobre la Escuela de 
San Esteban, como parte integrante de aquellos Estudios, la cual Memoria 
se publicó en el Alhum Salmantino — números 15 y siguientes. Mayo de 
1854. — Otro ejemplar del propio documento vio nuestro particular amigo 
D. Domingo Doncel y Ordaz , en poder del P. Fr. Alonso Martin , último 
Maestro de novicios de aquel convento, y le publicó también en la preciosa 
Memoria que aquél dio á luz en 1858, con el titulo de La Universidad de Sa- 
lamanca ante el tribunal de la Historia. 

Las fechas citadas en el documefito no deben suponerse error de impren- 
ta, sino de concepto; porque en el de la primera de aquéllas (1484) incurre 
también el cronista de Salamanca, D. Bernardo Dorado ; y porque los cronis- 
tas de las órdenes monásticas sabian y detallaban muy bien, por lo general, 
los sucesos de puertas adentro ; mas de los ocurridos fuera de los monasterios 
se mostraban poco enterados , y solamente se ocupaban por incidencia. Así se 
ve que el P. Araya , como el P. Roselli , sabian bien lo que era y lo que hacía 
en el convento Fr. Diego de Deza ; pero de lo que era y de lo que hacía fuera 
— en la corte de los Reyes por ejemplo — se muestran escasamente instilados. 
A más de que ya notó el erudito Humboldt lo frecuente que son las equivoca- 
ciones de fechas señaladas con números arábigos en los escritores de aquella 
época. 



COLON EN ESPAÑA. 233 

trascribir á la letra compendia, como se ve, todo lo sustan- 
cial de las famosas Conferencias de Salamanca ; son preciosas 
noticias conservadas por la tradición oral y escrita del convento 
de San Esteban. Desde luego se advierte que el origen , las cau- 
sas y objeto intencional de aquellas Conferencias , bien así como 
los medios y modo de prepararlas y la fecha exacta de su cele- 
bración , pasaron poco menos que desapercibidos para el conven- 
to y sus cronistas ; pero el acto , el suceso , su sentido, su alcan- 
ce y sus resultados lo determinan concienzuda y exactamente. 
Llegó Colon al convento de Dominicos de San Esteban , y allí 
encontró quien le entendiese y atendiera sus razones. El conven- 
to le hospedó y asistió con todo lo necesario á su persona y á sus 
viajes. Se tuvieron largas y frecuentes conferencias con los maes- 
tros de Matemáticas que allí habia entonces ; -y hallándose que el 
proyecto de Colon era razonable, por medio de los religiosos fue- 
ron convencidos los hombres más celebrados que España tenía 
en aquel tiempo y estudio. Se resolvió en definitiva informar fa- 
vorablemente á los Reyes y auxiliar á Cristóbal Colon en todo; 
lo cual tomó á su cargo el Prelado del convento , Fr. Diego de 
Deza, quien, acomiDañado de otros religiosos y maestros, certificó 
á D. Fernando y D." Isabel (h. lo seguro é importante del asuyito. 
No menos explícita y circunstanciadamente refiere el suceso 
Fr. Antonio Remesal, en su Historia de Chiapa y Goa témala 
(lib. II, cap. vil). Oigámosle : «Fué Cristóbal Colon á Salaman- 
ca á comunicar sus razones con los maestros de Astrologla y 
Cosmografía que leian estas facultades en la Universidad. En el 
convento de San Esteban se hacían las Juntas de los astrólogos 
y matemáticos; allí proponía Colon sus conclusiones y las defen- 
día. Con el favor de los religiosos redujo á su opinión ó los ma- 
yores letrados de la Escuela; pero entre todos, quien tomó más á 
su cargo el acreditarle y favorecerle con los Reyes Católicos fué 



234 ' COLON EN ESPAÑA. 

el P. M. Fr. Diego de Deza. Todo el tiempo que Colon se dete- 
nia en Salamanca, el convento de San Esteban le daba aposento 
y comida, y le hacía el gasto de su jornada; y en la corte el Pre- 
lado mayor Fr. Diego de Deza ; y por esto y por las diligencias 
que hizo con los Reyes para que creyeren y ayudasen á Colon en 
lo que pedía, el P. M. Deza se atribuia á sí, como instrumento, 
el descubrimiento de las Indias. » 

Esto último lo acreditan, como ya hemos dicho, Fr. Bartolo- 
mé de las Casas y el propio D. Hernando. Pero ¿á qué más testi- 
monios, si lo declara el mismo Cristóbal Colon, en las cartas á 
su hijo Diego , que ya hemos citado , y en la misma en que da 
cuenta álos Reyes Católicos de su tercer viaje (1). 

Y aun si más pruebas se quisieran para confirmación de aquel 
relato, en lo restante, encontrarlas podrían los aficionados á citas 



(1) No se olvide el lector de que en la una de esas cartas dice Colon á su 
hijo : ((El Obispo de Falencia (era entonces Fr. Diego de Deza) siempre des- 
que yo vine á Castilla me ha favorecido y deseado mi honra. » 

Dícele en otra : « Al Sr. Obispo de Falencia es de dar parte desto con de la 
tanta confianza que en su merced tengo, y ansí al Sr. Camarero.» 

Y aun es más expresivo en otra en ciue le dice : (( Y es de dar priesa al 

Sr. Obispo de Falencia, el que fué causa deque Sus Altezas hubiesen las In- 
dias, y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo de camino para afuera, 
y ansí al Sr. Camarero.» — El lector ya sabe que este Sr. Camarero era don 
Juan de Cabrero. 

Y como no hay carta en que Colon no encomie á Fr. D. Deza: «La Carta del 
Santo Padre — le dice en otra á su hijo Diego — dije que era para que su mer- 
ced (D. Juan de Fonseca) la viese si allí estaba (en Roma), y el Sr. Arzobispo 
de Sevilla (Deza) ; que el Rey no terna lugar para ello. » (Navarrete , Colec- 
ción, 1. 1, páginas 480 á 497, 2.^ edición, 1858). 

Fero aun más explícito en la relación del tercer viaje, son notables las si- 
guientes palabras del mismo Cristóbal Colon : ((Aquí mostraron (los Reyes) el 
grande corazón que siempre ficieron en toda cosa grande, porque todos los 
que habian entendido en ello y oido esta plática, todos á una lo tenían á burla, 
salvo dos frailes que siempre fueron constantes.» (Navarbete, 1. c, t. i, pá- 
gina 392.) 

Esos dos frailes fueron Fr. Diego de Deza y Fr. Antonio de Marcbciia. No 
hay otros que siempre fueran constantes y que entendieran en ello de continuo 
y con autoridad y cierto carácter oficial más que Deza y Marchena. 



COLON EN ESPAÑA. 235 

en el ilustrado Acuña, Informe titulado Santo Domingo en el 
Pera; en Prado, Theolog'm moral ^ cuest. 0.*, cap. xv ; en 
la Aprobación , por D. Juan A. Velez de Guevara de la obra ti- 
tulada El Mejor Guzman; en Fr. Antonio González de Acuña, 
Cuenta que da al general Marini del estado de su convento de 
Santo Domingo del Perú; en Fr. Juan Melendez, Historia de la 
Orden de Predicadores de la provincia peruana , lib. i , cap. i ; 
en Fontana, Monumentos dominicanos ; en Lefebure, Manual 
historial de Kspondano , núni. 27 ; y hasta en el Bulario de la> 
Orden, tom. vi, pág. 205. 

Pero no son los cronistas y escritores dominicanos únicamente 
los que dan fe y testimonio de lo que fueron las Conferencias de ■ 
Salamanca, y de lo que á ellas deben Cristóbal Colon y el des- 
cubrimiento de la América. Fernando Pizarro , en sus Varones 
ilustres del Nuevo Mundo — Vida de Colon ^ cap. iii — nos dice, 
citando en su apoyo á Bartolomé de Argén sola — Anales de Ara- 
gón — lo siguiente : « Determinó (Colon) de ir á la Universidad 
de Salamanca , como á la madre de todas las ciencias en esta 
monarquía. Halló allí grande am^mro en el insigne convento de 
San Esteban, de PP. Dominicos, en que florecían en aquella 
sazón todas las buenas letras ; que no solamente había maestros y 
catedráticos de Teología %/ Artes, pero aun de las demás faculta- 
des matemáticas y artes liberales. Comenzaron á oírle y á inqui- 
rir los grandes fundamentos que tenía; y á pocos dias aprobaron 
su demostración, apoyándole con el P. maestro Fr. Diego de 
Deza, catedrático de Prima de Teología , y maestro del principe 
don Juan.-S) 

Hay más todavía. El concienzudo y verídico historiador de la 
ciudad y obispado de Salamanca, D. Bernardo Dorado, reco- 
giendo en la tradición y en los monumentos mismos de la ciu- 
dad los hechos más salientes y característicos del notable suceso, 



236 COLON EN ESPAÑA. 

nos dice lo que sigue : «El limo. Sr. D. Fr. Diego de Deza, que 
fué obispo de esta ciudad y arzol)ispo de Sevilla, recibió el santo 
hábito en la ciudad de Toro , su patria ; vino á estudiar á esta 
Escuela en donde fué su catedrático de Prima de Teología; y sién- 
dolo por los años de 1 484 (este error es el mismo de los Domi- 
nicos) se aposentó en este convento Cristóbal Colon ; trató y co- 
municó la materia y asunto á que venía á España con dicho Be- 
verendísimo , y oido con esijecial gusto, para mejor certificarse de 
los fundamentos de tan gran proyecto , dio parte á los matcmci- 
ticos de esta célebre Universidad.. Hízoles juntae, y retirados á 
la casa de estos PP. , que tienen dos leguas de esta ciudad, llama- 
. da Valcvevo, para que abstraídos del bullicio pudiesen con ma- 
yor comodidad penetrar negocio tan importante; en donde unos 
y otros, hechas varias observaciones y pasadas muchas conferen- 
cias en el asunto, vinieron unánimes y conformes á adoptar por 
conseguible el proyecto, como fundado en reglas legitimas de ynate- 
máticas; en cuya consecuencia el reverendísimo Deza, como con- 
fesor que era de los Eeyes Católicos D. Fernando y doña Isabel, 
quedó en informarles del suceso y de la utilidad que resultaria á 
estos reinos, y que todo cederia en honra y gloria de Diosy> (1). 
Aparte el número y la autoridad de testimonios tan explícitos 
y tan conformes en los caracteres esenciales del suceso y en su 
inmediato resultado; ajearte la calidad especial de los testigos, 
la ingenua sencillez de las narraciones , y la varia índole y con- 
dición de los escritores que de aquél deponen, por modo tan con- 
corde, aunque en formas distintas, ha de tenerse en cuenta que 
del lado de estos escritores y de su relato está, como hemos vis- 
to, la razón ; la razón juzgando d p)riori del suceso; deduciendo 
lógicamente lo que éste debió ser, del conocimiento de las per- 



(1) Dorado, n\st. de Z« ciudad y ohisp. de Salamanca ^ cap. xxxvii, pá- 
gina 225, edic. Salam., 177G. 



COLON EN ESPAÑA. 237 

sonas , época , paraje , con quiénes y en dónde se verificó, de las 
cansas que á él dieron origen , y del objeto que al provocarle se 
proponían los altos personajes que le iniciaron, y con esjjeciali- 
dad el que le dirigió y llevó á feliz término. Pero sobre todo, y 
de una manera que no deja lugar á la duda, están los inmediatos 
resultados de las Conferencias, confirmando lo que acerca de 
ellas afirman aquellos escritores. 

El lunes 29 de Enero de 1487 salieron de Salamanca los Re- 
yes con dirección á Córdoba , donde debian reunir sus huestes 
para emprender el sitio de Velez-Málaga (1). Fueron, sin duda 
alguna , aquellos dias los que Cristóbal Colon pasó en la granja 
de Valcuevo con el Prior de San Esteban , sus colaboradores y 
amigos , permitiéndose aquel grato solaz de su gloriosa cami)a- 
ña, y tal vez prejaarando el informe que la Comisión de éstos La- 
bia de ofrecer á los Reyes ; á quienes esa Comisión, presidida por 
Deza , y sin separarse del futuro Gran Almirante , debió seguir 
muy de cerca. ¡ Y bien ! los términos de ese informe se dejan ver 
por los resultados; y éstos consignados se encuentran en los li- 
bramientos que á favor de Cristóbal Colon y por cosas complide- 
ras al servicio de Stis Altezas se expidieron desde el 5 de Mayo 
de aquel año, á cargo del Tesoro (2). Permítasenos insistir muy 



(1) Cronicón de Valladolid. — «Partieron el Rey y la Reina, nuestros se- 
ñores , de Salamanca para ir á Andalucía , lunes 26 de Enero de 1487. » ( En 
vez de 2G debe leerse 29 de Enero , que fué lunes, y no el 26. ) Y en efecto, 
los Reyes debieron salir de Salamanca el 29 , porque el 27 aun estaban allí, 
como lo acredita el mismo Dr. Toledo al decir : «Otorgó el bachiller Becerra 
é juró las treguas con el licenciado Francisco , mi hijo , sábado 27 de Enero, 
en Salamanca, en el Consejo^ estando presentes el arzobispo de Sevilla, é 
doctores de Talavera , é de ViUalon , é Canciller , é otros muchos. » 

(2) Es tan notable como curioso el documento en que ese hecho se consig- 
na , y se nos agradecerá que lo trascribamos aquí. Es el segundo de la Colec- 
ción de Navarrete, tomo ii, páginas 8 y siguientes , y dice así : 

«Don Tomás González, del Consejo de S. M., etc., comisionado especial 

para el reconocimiento, arreglo y despacho del Real archivo de Simancas, etc., 
certifico : Que en un libro de cuentas de Francisco González de Sevilla, teso- 



238 COLON EN ESPAÑA. 

de intento en recordar estas fechas. El 6 de Marzo del 87 esta- 
ban ya los Reyes en Córdoba (1). El sábado 17 de Abril partia 
el Rey de Córdoba y se dirigía « con muy gran caballería y con 



rere de los Rej-es Católicos , entre otras partidas de la Data correspondiente 
á los años de 1485 á 1489, hay las siguientes : 

»En dicho dia 5 de Mayo de 1487 di á Cristóbal Colomo, extranjero , que 
está aquí faciendo algunas cosas cumpliü eras al servicio de Sus Altezas, 
tres mil maravedís , por cédula de Alonso de Quintanilla , con mandamiento 
del Obispo de Falencia.» 

Nota. Cuando se mandaba dar dinero á algima persona que entendía ó 
cuidaba de algún negocio reservado , ó que no se liabia hecho, ni convenia to- 
davía hacerse púbhco , se decia siempre : para ciertas cosas comjjlideras al 
servicio de Sus Altezas. 

«En 27 de dicho mes (Agosto de 1487) di á Cristóbal Colomo cuatro mil 
maravedís para ir al Eeal, por mandado de Sus Altezasy por cédula del Obis- 
po. Son siete mil maravedís con tres mil que se le mandaron para ayuda de 

costa por otra partida de 3 de Julio. 

j)En dicho dia (15 de Octubre de 1487) di á Cristóbal Colomo cuatro mil 

maravedís, que Sus Altezas le mandaron dar para ayuda de costa. 

))En 16 de Junio de 1488 di á Cristóbal Colomo tres mil maravedís, por 
cédula de Sus Altezas. » 

En otro libro de cuentas de Luis de Santángel y Francisco Finelo , tesorero 
déla Hermandad desde el año 1491 hasta el de 1493, en el finiquito de ellas 
se lee la partida siguiente : 

C( Vos fueron recibidos é pagados en cuenta un cuento é ciento é cuarenta mil 
maravedís que distes por nuestro mandado al Obispo de Avila , que agora es 
arzobispo de Granada, para el despacho del almirante D. Cristóbal Colon.» 

En otro libro de cuentas de García Martínez y Fedro de Montemayor de 
las composiciones de bulas del obispado de Falencia del año de 1484 en ade- 
lante , hay la partida siguiente : 

«Dio y pagó más el dicho Alonso de las Cabezas (tesorero de la Cruzada en 
el obispado de Badíjjoz) por otro libramiento del dicho Arzobispo de Grana- 
da , fecha 5 de Mayo de 92 años , á Luis de Santángel , escribano de ración 
del Rey nuestro Señor , é por él á Alonso de Ángulo por virtud de un poder 
que del dicho escribano de ración mostró, en el cual estaba inserto dicho li- 
bramiento, doscientos mil maravedís , en cuenta de cuatrocientos mil que en 
él, en Vasco de Quiroga, le libró el dicho Arzobispo por el dicho libramiento 
de dos cuentos seiscientos cuarenta mil maravedís (|ue hobo de haber en esta 
manera : un cuento y quinientos mil maravedís para pagar á D. Isag Abrahara 
por otro tanto que prestó á Sus Altezas para los gastos de la guerra , é el ?m 
cuento ciento é cuarenta mil maravedís restantes para pagar al dicho escribano 
de ración en cuenta de otro tanto que j^trestó piara la purja délas carabelas que 
Sus Altezas inundaron á las Indias, é para payar á Cristóbal Colon que va en 
la dicha armada. » 

(1) Ortiz de Zúñiga, Anal., lib. xii. 



COLON EN ESPAÑA. 239 

SU artillería 6 gente de todos sus reinos é muy gran gana é dis- 
posición de pelear con los moros é fué por sus jornadas sobre 
Yclez-Málaga » (1). Y en 5 de Mayo se libraban ya y pagaban tres 
mil maravecU's por orden de los Reyes y cédula de Alonso de 
Quintanilla á Cristóbal Colon , extranjero, «que está aquí — dice 
el lil)ramiento — faciendo algunas cosas compUderas al servicio 
de Si¿s Altezas. y> En 5 de Mayo, 3 de Julio, 27 de Agosto y 15 
de Octubre de 1487, se libraron á favor de Culón, y á cargo del 
Tesoro, hasta 14.0UU maravedís, y otras cantidades en los años 
sucesivos. Se mandó por Real cédula de 12 de Mayo de 1489, 
que cuando transitase por cualesquiera ciudades , villas y luga- 
res se le aposentara hien y gratis, pagando sólo los manteni- 
mientos á los precios corrientes. Y los Reyes le honraron que- 
riéndolo tener á su lado , como lo hicieron en los sitios de Málaga 
y Granada (2). 

Estos hechos, acreditados por los documentos y autoridades 
que citadas dejamos, son de una fuerza incontrastable y tienen 
una significación que no pudo ocultarse al recto juicio y claro 
talento del coleccionador Navarrete. Cristóbal Colon entró al 
servicio de los Reyes Católicos en Abril ó Mayo de 1487, es de- 
cir, á seguida de las Conferencias de Salamanca; tan luego 
como los Reyes pudieron tener conocimiento del resultado de 
aquellas Conferencias, -Colon comenzó á percibir emolumentos, 
auxilios, pensiones, harber, sueldo, ó como se le quiera denomi- 
nar, el 5 de Mayo de 1487, y continuó percibiéndoles, con más 
ó menos intervalos, hasta las capitulaciones de Santa Fe. 

Ahora comparemos este resultado con el que tuvieron las fa- 
mosas Juntas para evacuar la Real consulta encomendada á fray 



(1) Bernaldez, Reyes Católicos, cap. Lxxxii. 

(2) Navarrete , Colee. , t. i , introd. 



240 COLON EN ESPAÑA. 

Hernando de Oropesa , prior de Prado : y para ello recuérdese lo 
qne liemos dicho en el capítulo iv, tomado de los más irrepro- 
chables testimonios, D. Hernando Colón y Fr. Bartolomé de 
las Casas. El informe del prior de Prado y sus congregados fué 
una desestimación, una repulsa absoluta sin contemj)laciones 
ni corteses evasivas. «Las promesas y ofertas de Colon fueron 
dellos juzgadas, por imposibles y vanas, de toda repulsa dignas.» 
Así lo asegura el padre Las Casas, y sigue razonando el in- 
forme, como sin duda lo haría á los Reyes el mismo prior de 
Prado. Es indudable que éste quería una despedida perentoria y 
sin apelación, y que á este propósito extremó sus razones y 
argumentos. Y que éstos debieron ser los que indica el padre 
Las Casas, lo prueba el elocuente discurso de Luis de Santán- 
gel á la Reina Isabel, de que más adelante hemos de hacer 
mención. 

Y en efecto ; según añade Las Casas , los Reyes mandaron 
despedir á Colon, por toda respuesta, «pero no quitarle la espe- 
ranza de volver á la materia cuando SS. AA. se viesen más des- 
ocupados.» Esto, como ya dijimos, entraba en las^ miras del 
Rey Católico, aunque no entraba en las de su consejero fray 
Hernando (1). 

Pero los hechos hablan y están por encima de aquellos efíme- 
ros triunfos de la pequeña intriga. El hecho capital é irrefutable 
es que el despedido de los Reyes por el prior de Prado entró al 
servicio de los Reyes á seguida de las Confeeencias de Sala- 
manca, y sin duda alguna joí)r efecto de ellas. El triunfo obteni- 
do á sus resultas por el cosmógrafo y navegante genoves, no 



(1) Galindez DE Carvajal, Memorial y Registro breve, etc. «Nuestros Re- 
yes — dice — ocupados entonces en las conquistas de Andalucía, no pudieron 
oirle -^i^^^'c llendvon la política de entretenerle , y él mismo asistió á ellas y les 
sirvió no poco con su pericia y su valor. » 



COLON EN ESPAÑA. 241 

inicio ser ni más decisivo ni más visible. Los líeyes le acogieron 
ú su servicio y le tuvieron ú su lado durante toda la campaña 
contra la morisma y desde primeros de Mayo de 1487. 

C*laro es que para los teólogos, matemáticos y juristas de Sa- 
lamanca ; i)ara los sabios y doctores que asistieron á las Confe- 
rencias provocadas por Deza y sostenidas por Colon , éste no fué 
ya un visionario, ni un aventurero, ni un arbitrista, sino un en- 
tendido cosmógrafo y un navegante audaz, un sal)io utilizable; 
para la Reina Isabel fué siempre un liumbre de genio. 

Colon entró realmente, entró de hecho al servicio de los Re- 
yes Católicos á i3rimeros de Mayo de 1487 (1), es decir, inme- 
diatamente después de las Conferencias de Salamanca, á seguida 
que la Comisión de matemáticos de aquella Universidad , á cuyo 
frente iba el insigne Deza, presentaron á los Reyes el informe y 
recomendación de los proyectos de aquel extranjero, como resul- 
tado de las Conferencias con él tenidas por los maestros, teólogos 
y matemáticos de Salamanca. 

A pesar del error sobre tal asunto consagrado por la autoridad 
de escritores tan distinguidos como Humboldt, como Irving, 
como Prcscott, como el mismo Roselly de Lorgues, que exagera 
hasta el ridículo la insensatez de los argumentos, á su decir, 
hechos por los doctores de Salamanca ; á pesar de los cuentos 
jiropalados, con tanto gracejo como osadía, por el italiano Bos- 



(1) Como liemos rlicho ya en el Capitulo iii, Colon dice en la relación de 
su primer viaje, ijue fué en Enero de 1486, no cuando entró al servicio efec- 
tivo de los Reyes Católicos, sino cuando avino á les serijiry), lo cual es dife- 
rente. En principios de 1486 fué, como creemos haber probado, su primera 
presentación á los Reyes ; y ya hemos visto que éstos le acoí^ieron benévola- 
mente. A ese acto y á esa fecha se refieren, sin duda, las palabras de Colon 
que copia textualmente Fr. Bartolomé en el relato ó diario del primer viaje. — 
Lunes 14 de Enero (1493). 

16 



242 COLON EN ESPAÑA. 

si (1), quien, no contento con ridicnlizar á los teólogos y maes- 
tros de Salamanca, injuria á Esi)aña con acusaciones de liviana 
garrulería; á pesar de todo eso, decimos, el triunfo obtenido por 
Colon en las Conferencias de Salamanca está grabado en la me- 
moria de sus habitantes y lo repite el eco de la tradición , perpe- 
tuada en las calles de la ciudad y en los tesos de Yalcuevo; 
aquel triunfo es un hecho, de cuya autenticidad deponen las 
Crónicas y Anales de Salamanca, hecho de cuya autenticidad é 
irrefragable evidencia han dado público y solemne testimonio 
profesores de aquella escuela tan distinguidos , como Fr. Pascual 



(1) La peregrina invención del Sr. Bossi — dice Navarrete — en buscar los 
testimonios de la Historia en las estampas de un grabador que vivió un siglo 
después de los sucesos que quiso representar, le precipita en errores ó le hace 
adoptar fábulas que desecha la buena crítica. Guiado por una estampa de 
Teodoro Bry, refiere que, entre las fiestas con que obsequiaron á Colon los 
grandes de la corte cuando volvió de su primer viaje , fué una el banquete 
que le dio el cardenal Mendoza. El Almirante ocupaba el primer lugar ; y 
conversando durante la comida , uno de los grandes sostuvo que si Colon no 
hubiera descubierto la América, no halirian faltado en España hombres de 
talento y habilidad para ejecutar la misma empresa. Entonces Colon tomó un 
huevo y pregunto si alguno de los que estaban presentes sabrían hacer que se 
mantuviera derecho sin ningún apoyo. Nadie pudo conseguirlo, y Colon, 
aplastando de un golpe uno de los extremos del huevo, logró que se mantur 
viera derecho sobre la mesa. 

Esa historia vulgar y ya desautorizada, como dice uuiy bien el Sr. D. José 
Laso de la Vega en su Crónica Naval de España, t. viii, pág. 10, sirvió al 
inglés Hogartch para su célebre caricatura , de la cual se han hecho reciente- 
mente algunas reproducciones en las revistas pintorescas que se publican en 
el extranjero ; pero la fábula no es original. El cuento del huevo está tomado 
de la biografía del florentino Brunelleschi , recurso de que ese • gran genio 
artístico, como dice Michelet, se valió para convencer de tontos á sus émidos 
que le calificaban de loco. El Sr. Laso de la Vega cree que Hogartch tomó 
esa anécdota de Benzoni , y añade que en aquella época era más fácil encon- 
trar pedantes en Inglaterra que en España, ti-atándose de viajes marítimos y 
de descubrimientos. Pero lo esencial es (pe ninguno de los historiadores es- 
pañoles contemporáneos al suceso, ni Las Casas, ni Bernaldez, ni el hijo de 
Cristóbal Colon, ni Angieria, ni Salazar de Mendoza en la Crónica del Gran 
Cardenal de España, hacen mención de semejante anécdota al referir' la lle- 
gada de Colon á Barcelona, los obsequios que recibió de la corte y lo mucho 
que le favoreció el Cardenal. 



COLON EN ESPAÑA. 243 

Sánchez, D. Salnstiano Rniz, D. Manuel Hermeneu-iklo Dúvila, 
don Santiago Diego Madrazo, D. Dionisio Barreda, D. Pedro 
Manovel y Frida ; y escritores tan ilnstrados como D. Antonio 
Gil y Zarate, D. Alvaro Gil Sanz y D. Domingo Doncel y Or- 
daz : nnos, en Memorias y reseñas históricas de hi Universidad; 
otros, en discursos inaugurales, folletos y biografías. 

Se equivocaron, sí; se equivocaron lastimosamente, tanto Mu- 
ñoz como Bossi, y lo mismo Navarrete que Rumboldt, que Ir- 
ving y Prescott, ni más ni menos que los Lamartine y los 
F. Cooper, y lo mismo Rosselly que De Belloy, y así M. Latour 
como E. de C'hanel, el Duque de Rivas tanto como el espiritual 
Campoamor, novelistas, poetas é historiógrafos, al dar de l)arato 
que (da Universidad de Salamanca declaró imposible el intento 
de Colon» ; que «la docta Junta de Salamanca dio un dictamen 
desfavarable ; que declaró el plan del insigne cosmógrafo quimé- 
rico, impracticable y apoyado en muy débiles fundamentos»; se 
equivocaron lastimosamente, tomando las Juntas y pláticas del 
prior de Prado, tenidas en Córdoba á principios de 1486, por 
las famosas Conferencias de Salamanca, que, provocadas oficio- 
samente por los entusiastas jn-otectores de Colon, y dirigidas, 
inspiradas y presididas por el R. P. M. Fr. Diego de Deza, se 
celebraron durante la estancia de los Reyes Católicos en aquella 
ciudad (1), de 1486 á 1487. Se equivocó grandemente el erudi- 
tísimo, y por otra parte juicioso y atinado Prescott al decir: «que 
desde el primer instante de su concepción hasta su complemento 
final , Cristóbal Colon no encontró más que molestias y embara- 
zos de toda especie, sin hallar casi ni un corazón que se intere- 
sara en su favor ni una mano que le aijudára, » Se equivocó tam- 



(1) «No se concibe — dice en su Iliíttor'ia de Exiuiña el onidltn D. Anto- 
nio Cabanilles — no se concibe que la Universidad de Salamanca en tal 
ocasión diese un voto negativo. (Tojno v, lib. vii, cap. v.) 



244 COLON EN ESÍPÁÑA. 

bien el insigne Irving al creer y dar i)or cierto que Colon no ha- 
Lia tenido más amigos y protectores en Esjjaila que Fray Diego 
de Deza y Fray Juan Pérez (1). 

Demostrado irrecusablemente dejamos que, aparte de Juan 
Berardi y de la colonia italiana que residia por entonces en Se- 
villa, en el Puerto de Santa María , á luego de su llegada á Es- 
paña encontró al Duque de Medinaceli ; en Córdoba , al carde- 
nal Mendoza, á Fr. Diego de Deza, á Alonso de Quintanilla, 
al comendador D. Gutierre de Cárdenas , á Luis de Santán- 
gel , al secretario de la Reina Gaspar Gricio , al tesorero Ra- 
fael Sánchez, al camarero del Rey, Juan Cabrero, y á mujeres 
de tan levantado ánimo como la Marquesa de Moya y doña Jua- 
na de la Torre ; encontró en Salamanca á toda la Comunidad de 
San Esteban y á todo lo más celebrado de aquella Universidad; 
en la Rábida, á Fr. Juan Pérez y al físico García Hernández ; en 
Palos , á Juan Rodríguez Cabezudo y al clérigo Martin Sancbez ; 
en Moguer , á los Pinzones (2) ; y en todas partes ci los dos frai- 
les que siempre fueron constantes : el Maestro Deza y el buen as- 
trólogo Fr. Antonio de Marchena , verdaderos creyentes y após- 
toles fervorosos de las ideas y proyectos de Cristóbal Colon. 

Todo eso — entiéndase bien — no amengua en nada el mérito in- 
disputable de aquél , ni hace resaltar menos la indomable ener- 
gía de su esj)íritu. Todo eso no desnuda de su belleza, de su li- 
rismo y de sus encantos al poema heroico del descubrimiento. 
Los inspirados versos que en loor del gran Colon han escrito. 



(1) W. luviNG, Vida y viajes de C. Colon, lib. v, cap. vil. 

(2) Juan Eodriguez de Mafra, testigo en las probanzas por parte del almi- 
rante D. Diego, dice en su declaración : «que ai el Almirante (Colon) hubie- 
ra podido armar, si no fuera con él Martin Alonso Pinzón, rico y ampareuta- 
do, por respeto del cual fué la gente.» Y en esto convienen todos, testigos del 
suceso, historiadores y biógrafos. 



COLON EN KSPAÑA. 245 

desde Torcnato Tasso , liasta nnostrn compatriota Campoamor, 
prnol)a que merccia la corona que á porfía le lian tejido pintores, 
escultores y poetas (1). 

Séanos ahora lícito repetir aquí lo que dijimos en la introdu- 
cion de este estudio ; si la historia del descubrimiento de la Amé- 
rica necesita de España, la liistoria del descubridor necesita de Sa- 



(1) Buenas ganas se nos pasan de trascribir aquí los bellísimos trozos de 
poesia , en que se ha cantado la gloria y el genio de Colon , y aun aquellos en 
que se profetizaba el descubrimiento. Algo hemos dicho ya sobre este último 
punto, y ciertamente no desagradaria á nuestros lectores el recordar lo que so- 
bre el primer tema escribieron el Tasso y Chiabrera, Castellanos y ^[elendez, 
el Duque de Eivas, Víctor Hugo, Arólas, Campoamor y cien y cien vates 
nacionales y extranjeros. Pero en vez de una nota haríamos un álbum. No re- 
sistimos, sin eml)argo, á la tentación de reproducir aquí algunos de esos be- 
llísimos trozos en que se pintan con admirables rasgos la magnitud de la em- 
presa y la indomable energía de Colon. Sólo que para no privarlos de su belleza 
es forzoso darlos en el idioma mismo en que se escribieron. Hé aquí los que 
más nos llaman la atención : 

Colomb , l'envahisseur des vagues , roisclenr 
Du sombro aigle AmGrique , et riiomme que Dieu méne , 
Celui qui donne un monde et recoit une cbaiue, 
Colomb aux fers oriait : — Tout est bien. En avant. » 

( Víctor Hugo , Les Mulhcreux. ) 

Corto da cor, ch' alto destín non scelse, ^ 

Son l'improse tuagnanime ueglette ; 
A Ma le boU' alme alie bell' opre elette 

Sanno gioir nelJo fatiche eccelse : 
Ne biasmo popular , f rale catena , 
Spirto d'onore , il suo cammin reffrena. 
Cosí hinga stagíou por inodi íiidegni 
Europa dísprezzó Tinclita speme, 
Schernendo il vulgo , e seco í Regi insiemc 
Nudo nocchier , promet/üor di Regni. . 

(Chiabrera, Rime, p. i, canzone 12.') 

No son menos liellos los versos en que el Tasso pagó al navegante genovcs 
su tributo de admiración : 

Un uom della Liguria avríi ardimonto 
AU incógnito coi'so sporsi in prima : 
Ne'I minacíevol frémito del vento , 
Ne- i'inhospito mar , ne'l duhio clima , 
Ne s'altro di periglio o di spavento * 
Piu grave é fonuidabile hor se stima , 
l-'aran che '1 generoso entro á i divieti 
D' Avila augiuti l'alta mente acclieti. 

( (¡ierusti lem me libvr. , canto x v — o 1 . ) 



24G COLON KN ESPAÑA. 

lamanca. Por babor desdeñado el raudal de esa cristalina fuente, 
bebiendo en dejíósitos que enturbió la pasión , cometieron los 
errores, que creemos baber desvanecido, y la injusticia, que he- 
mos pretendido reparar , los escritores que , con el respeto debi- 
do á sus talentos , liemos nombrado , y la serie larga de sus re- 
petidores en verso y prosa. 



Desde la popa hincharse 
Ve el ínclito Colon la onda enemiga : 
El traeno retumbar : la quilla incierta 
Vagar Uevada á la merced del viento ; 
La chusma sin aliento ; 

Y una honda sima hasta el abismo abierta ; 
i Vil galardón á su inmortal fatiga ! 

Pero él en tanto escribe sin turbarse 

La ínclita acción : hallarse 

Podrá un día , cxclamanrio , tan preciado 

Depósito , y mi nombre celebrado 

De la fama será. Quiso benigno 

Darle la mano el cielo ; 

y entre las ondas plácido camino 

Abrirle fausto hasta el hispano suelo. 

El hombre , por su arrojo sin segundo , 

Goza doblado el ámbito del mundo. 

(Melendez Valdés, Oda xvi, t. iii, edic. Valladoüd , 1797.) 

Navega, Colon, navega 
Hasta hallar la ignota orilla; 
Que ni al genio ni á Castilla 
El éxito se le niega : 
La fortuna torpe y ciega 
No se resiste al poder ; 

Y el triunfo es hoy, como ayer , 
Un hierro que hay que forjar. 
La virtud manda luchar : 

La gloria manda vencer. 

(C. Rodríguez Pinilla, Colon.) 



ciríTULO VIH. 



Sumario. — Nueva lucha de Colon con motivo del premio y coiiilieiones c|ue 
requena para llevar á cabo su empresa. — Diñcultades que produjo su iu- 
ílexibilidad en ese punto. — Partido que de ello sacaron Talavera y sus 
parciales. — Motivos que retenían á Colon en España. — Error y sistemáti- 
ca obcecación del conde Rosselly acerca de los vínculos que unían á Colon 
y á doña Beatriz Enri(iuez. — Costumbres y leyes españolas de aquellos 
tiempos, en lo que se refiere á la constitución de la familia. — Rompimiento 
de Colon con los Reyes. — Su visita al convento de la Rábida. — Fray Juan 
Pérez y el físico de Palos de Moguer. — Regreso de Colon á Santa Fe. — 
Nuevos tratos y nueva desavenencia con la reina laabel. — Intervención de 
Santángel : su discurso á la Reina. — Decisión y rasgo sublime de ésta. — 
Capitulaciones de Santa Fe. 



El triunfo qne las Conferencias de Salamanca proporcionaron 
á Colon fué visible y decisivo, sí; pero no por eso acabaron las 
contrariedades. Los resultados inmediatos de aquéllas acreditan 
que se habia ganado una ejecutoria; pero los adversarios de la 
empresa reservaban jiara la vía ejecutiva los i'ütimos recursos de 
su estrategia, y, como si dijéramos, las últimas flechas de su al- 
jaba. Vamos á reseñar los últimos combates de aquella última 
campaña, con el doble objeto de ofrecer á nuestros lectores, en 
la armónica exposición del conjunto , otra demostración de la 
verdad de los detalles; otra prueba más de que nuestro relato 
explica natural y sencillamente todas las alternativas de la lu- 



248 COLON EN ESPAÑA. 

cha; las amarguras y los contentamientos de Colon; y no solólas 
explica, sino que orilla dificultades y resuelve dudas que habiau 
hasta hoy parecido á todo el mundo insolubles. 

Hemos dicho ya que á seguida de las Conferencias, acto con- 
tinuo de la manifestación de sus resultados, hecha á los Reyes 
por Fr. Diego de Deza, y por los religiosos y matemáticos que 
en aquéllas tomaron parte y que le acompañaron con el propósito 
y encargo de informar á Sus Altezas, entró Cristóbal Colon al 
servicio de éstos , y comenzó á recibir del Tesoro Real , y casi 
periódicamente, cantidades de más ó menos importancia, por vía 
de entretenimiento; siendo de notar el concepto y alta significa- 
ción que revelan los términos en que aquellos lil)ramientos se 
extendian , así como las j)ersonas que en su expedición y pago se 
ven intervenir. 

Los Reyes acometían entonces la ardua emj^resa de Velez- 
Málaga y de Málaga , formidables trincheras , precioso jirón del 
agareno imperio, cuyo asedio era temeroso, y cuya conquista iba 
á ser decisiva, para la del líltimo baluarte del aquel agonizante 
poder. Colon , en tanto , se situaba holgadamente en Cíórdoba , y 
contraía allí aquellas j)lacenteras relaciones que , al darle un se- 
gundo hijo, le hicieron tomar apego al jiaís, atándole á éste 
con los inquebrantables suaves lazos del agradecimiento y del 
amor (1). 



(1) A esto alude su hijo D. Hernando, en el capítulo xii de su historia, 
cuando dice : «Que aunque el Almirante tenía perdidas ya las esperanzas, por 
el poco ánimo y juicio que hallaha en los consejeros de Sus Altezas, por el 
gran deseo que tenía de que esta empresa la lograse España , le precisó á ce- 
der á su ruego (el del obispo Deza) , teniéndose por natural destos reinos , que 
eran patria de sus hijos , y haber vivido en ellos tanto tiempo. » 

El Sr. Navarrete da esa misma importancia á aquellas relaciones y á aque- 
llos vínculos. Y eso mismo han creído Iliuuboldt é Irving. ¡ Y qué cosa más 
natural ! El propio Colon no halló reparo alguno en manifestarlo; y todas sus 
manifestaciones le honran y enaltecen. 



COLON EN ESPAÑA. 249 

Es perfectamente vano — si prescindimos del propósito de la 
beatificación — el empeño que lia hecho el conde Rosselly de 
Lorgues, auxiliado por los Belloy, Richard, Cadoret, y por los 
Padres d'Orsino , Casanova , Buldú y Civezza , en santificar 
aquellas relaciones por medio de un supuesto matrimonio de 
Colon con doña Beatriz Euri(pTez. La solemne declaración de 
aquél en su testamento destruye irremisiblemente aquel propó- 
sito, de otra parte innecesario para la fiímay gloria de Cristóbal 
Colon, á quien ni adversarios, ni íimigos, ni parientes se acor- 
daron jamas de censurar por el género convencional y perfecta- 
mente comprensible de aquellas relaciones. 

Á pesar de la luz- que ya lucieron sobre este punto los autén- 
ticos documentos publicados por Muñoz y por Navarrete, y la au- 
toridad de historiadores de tan alto y tan merecido concepto como 
Humboldt, Irving y Prescott, los cuales, en definitiva, no han 
dicho sobre el asunto ni más ni menos que lo que ya habian di- 
cho y sostenido escritores italianos tan católico-apostólico-roma- 
nos como eb conde Napione, el abate Gavotti, el P. Spotorno, 
el abogado Juan Bautista Belloro , el profesor Sanguinetti y el 
propio Bossi, la tenaz insistencia del conde Rosselly y de sus 
auxiliares en acusar de impostores á unos y de malignos é in- 
tencionados á otros de los que han negado el matrimonio de 
Cristóbal Colon con doña Beatriz Enriquez, nos obliga á de- 
cir algunas palabras más al devoto Conde y á sus obcecados par- 
ciales. Y no hablaremos nosotros, dejaremos hablar, para que 
no se acuse también de calumniosa nuestra palabra, á sacerdo- 
tes españoles , perfecta y sinceramente católicos cristianos. 

Porque es el caso, que el conde Rosselly y sus auxiliares se 
han obstinado en cuestionar una cosa, que ni quita ni jione som- 
bra alguna en la vida, honra, lustre y aureola gloriosa de Cris- 
tóbal Colon. El conde Rosselly es hombre de muchísimo talento 



250 COLON EN ESPAÑA. 

y de vastísima instrucción , es indudable ; pero se ha olvidado en 
esta ocasión de lo que era, en España al menos, la sociedad del 
siglo XV, en materia de costumbres, por lo que Liace al matrimo- 
nio y á la constitución de la familia. Oigan sobre esto á un sa- 
cerdote español de ejemplares é irreprochables costumbres y de 
vastísimos conocimientos. 

c( Las ideas de nuestros predecesores en nada se parecían á las 
nuestras, y seguramente se escandalizarían y nos tendrían por 
bárbaros si las conocieran. Tener un hijo , aun cuando fuese ha- 
bido de un enlace ilegitimo ó no ratificado por la ley , era un bien 
jjara la repiiblica; y así las leyes no los hacían de condición in- 
ferior á los que nacían de mtijer de bendición ó de mujer velada, 
ni los degradaban ni los reputaban por indignos de los empleos 
públicos, ni de suceder en los bienes de sus padres. Solamente 
exigían para esto la seguridad de la filiación , que se acostum- 
braba hacer por los padrinos en el día del bautismo , ó pública- 
mente en el Ayuntamiento, según las formalidades i^rescritas en 
los fueros. Los ¡madres, lejos de avergonzarse de tenerlos por hi- 
jos, los trataban con igual cuidado que á los legítimos, y conta- 
ban con ellos como otros tantos miembros útiles de la sociedad 
doméstica. Las leyes imponían á las madres la carga de alimen- 
tar y criar á unos y otros» (1). 

Y esto es tan exacto , que un cronista del siglo xv , también 
eclesiástico, y por cierto muy partidario de la Inquisición , nos 
da, entre otras muchas del mismo género, las noticias siguien- 
tes : El Duque de Medinasidouia, uno de los más altos y pode- 
rosos señores de Castilla , rival ó émulo del ilustre Ponce de 
León , marqués de Cádiz , tuvo dos hermanos naturales {bastar- 



(1) Martinfz Marina, ¿Jíisí/v/o 7íi.s-/ó?'¿eo-cn7/co sobre la antigua legisla- 
ción y principales cuerpos legales de León y Castilla, § 20G. 



COLON EN ESPAÑA. 251 

dos, dice el cronista), D. Pedro y D. Alonso; el primero de los 
cuales casó nada menos que con una hija del comendador mayor, 
el poderoso D. Alfonso de Ciirilenas, señor de Maípieda, y luego 
maestre de Santiago. 

Este mismo D. Alfonso de C^árdenas estuvo casado con- doña 
Teresa, hija bastarda del famoso almirante de Castilla D. Enrique. 

Pero ¿qué más? El mismo rey D. Fernando el Católico tuvo 
un hermano ¿«áte/y/í) , D. Alfonso de Aragón, que desempt'ñ(j á 
su lado un importantísimo y brillante papel (1). 

Vea, pues, el conde Rosselly y vean sus devotos parciales, 
como no dice nada , absolutamente nada en des^irestigio de Cris- 
tóbal Colon, el que tuviera un hijo natural , ni el que tal fuese, 
redundó en menoscabo de D. Hernando. Tan hijo fué éste de Co- 
lon, como Diego; y tan considerado estuvo en la sociedad, como 
éste , hasta por los Reyes ; los cuales le nombraron , en efecto, 
paje de la Reina al mismo "tiempo que á D. Diego , el cual lo 
habia sido ya del príncipe D. Juan. 

Vean, pues, el conde Rosselly y sus auxiliares, como no su- 
frió nada en su decoro ni en su nobleza la misma doña Beatriz 
Enriquez, por no ser mujer de bendición, mujer velada, mujer 
in facie Ecclesice, de Cristóbal Colon ; sin embargo de lo cual, 
pudo éste muy bien llamarla su mujer, en aquel tiempo, sin ru- 
bor alguno, como llamó su hijo cien veces á D. Hernando. 

Porque el Conde Rosselly no puede ignorar que, en aquella 
época, la barraganía era un acto perfectamente legal; no así 
como quiera tolerado, sino autorizado en disposiciones terminan- 
tes de nuestra legislación foral (2). «No era un enlace vago, in- 



(1) A. Bernaldez, cura de Los Palacios, Crónica de los Reyes Católicos, 
tomo I, págs. 19, 64 y 87. Edic. Sevilla, 1869. 

(2) Véanse los fueros de Cáceres, de Burgos, de Cuenca, de Baoza y la 

llaniada Carta de Avila. Y sobre todo, los fueros de Zamora y de Plasencia, 
cuyas disposiciones copia Marina eu el lugar citado. 



252 COLON EN ESPAÑA. 

determinado y arbitrario — dice el autor antes citado — sino que 
se fundaba en un contrato de amistad y compañía, cuyas princi- 
j)ales condiciones eran la permanencia y fidelidad. » Por eso en 
nuestra historia jurídica se conocieron, según fuero y costumbre 
antigua de España, tres clases de enlaces de hombre y mujer 
autorizados por la ley : el matrimonio in facie Ecclesice , el ma- 
trimonio á yuras y la barraganía. Si la unión del navegante ge- 
noves y de doña Beatriz Enriquez fué de esta última clase, ó fué 
un matrimonio á yuras , es decir , un matrimonio de conciencia, 
no lo discutiremos nosotros. A una y otra opinión se prestan las 
palabras de su testamento , que en su lugar copiamos. Pero fuera 
cualquiera de esas dos la clase de unión de que fué fruto D. Her- 
nando , ninguna de ellas amengua el mérito , la honradez, la fema 
y buen nombre de C-ristóbal Colon; ninguna de ellas menoscaba 
su gloria, como tampoco la nobleza de doña Beatriz, ni el con- 
cepto , las preeminencias y la estimación que gozó y mereció su 
hijo D. Hernando. 

Si en este concepto hubiera sostenido el conde Rosselly , que 
Cristóbal Colon estuvo segunda vez casado, no hal)ria dificiütad 
en concederlo; y de ello podría ser prueba la que el Conde aduce 
recientemente , como decisiva de su otro concepto ; el jjapel escri- 
to de mano del Almirante, copiado y publicado por Navarrete, 
en que habla de «mujer é hijos.» Mas el empeño de sostener que 
contrajo matrimonio in facie EccUsííb con doña Beatriz Enri- 
quez , ni se prueba con ese documento y esa frase , ni puede re- 
sistir al argumento irrefutable que se desprende de su clara y 
terminante disposición testamentaria , que se nos perdonaría vol- 
vamos á copiar aqm'. «E le mando (á su hijo D. Diego) que haya 
encomendada á Beatriz Enriquez , madre de D. Fernando , mi 
hijo , que la provea que pueda vivir honestamente , como persona 
á quien soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de 



COLON EX ESPAÑA, 253 

conciencia , porque esto pesa mucho para mi ánima. La razón 
del lo non es lícito de la escrebir aquí» (1). 

La l'rase del ]'apel escrito de mano del Almirante, á que re«- 
cientemente ha dado tanta importancia i)!ira su objeto el conde 
Rosselly , no prueba nada , en ese sentido. El papel está escrito 
efectivamente de la propia mano de Cristóbal Colon , según tes- 
timonio de Navarrete, que lo vio y cpie lo declara así, y es un 
borrador ó coi)ia de una carta, que escribirla cuando le trajeron 
preso , á alguna de las personas que le favorecían en la corte , in- 
teresándolas en su desgracia. No las designa en el papel, ni éste 
lleva fecha, pero de su contexto se colige que se escribió en la 
misma situación de ánimo que la carta escrita á fines de 1500 
á D.^ Juana de la Torre , ama que había sido del príncipe don 
Juan. «Suplico á vuestras mercedes, dice, que miren todas mis 
escrituras y cómo vine á servir estos prínciíjes de tan lejos , y 
dejé mujer y fjos que jamas vi por ello, y que agora, etc.» Bien 
se ve que la frase está empleada en lenguaje metafórico : — Vine 

de lejas tierras á servir á estos Reyes abandonándolo todo de- 

jando casa y hogar dejando mujer é hijos — Este es el sen- 
tido, éste el concepto, ésta la frase. Y sólo así es cierta. Porque 
si literalmente se quisiera entender , sería falso el concepto ; y 
esto sí que fuera ofender y levantar falsos testimonios á Cristóbal 
Colon, que fué demasiado grande y magnánimo para que pudie- 
ra emplear en ninguna situación el arma ruin de la mentira. Sería 
falso el concepto , decimos , tomada la frase á la letra ; porque 
cuando vino á servir á los Reyes Católicos , ni vivía ya D.* Feli- 
pa Muñiz Perestrello, ni él conocía á D.^ Beatriz Enricpiez toda- 
vía. Por consiguiente, no tenía mujer, ni tenía entonces más que 



(1) Navarrete, Colee, docuni. núin. clvui. Testamento y codicilo del Al- 
mirante D. Cristóbal Colon , otorgado en Valladolid á 19 de Mayo de 1506. 



254 COLON EN ESPAfÍA, 

un hijo, D. Diego. Esto, aparte de lo que ya queda demostrado, 
en orden á los diversos conceptos en que se podia por aquellos 
tiempos usar la voz mujer é hijos. 

Por lo demás , sabido es que ni en buenas reglas de herme- 
néutica, ni en las de sana crítica es lícito inter j)retar frases , mo- 
dismos, costumbres y hábitos de una época por los de aquella en 
que uno vive. Nosotros , por ejemplo, usamos hoy más pulcritud 
en las formas , más decencia exterior en la frase que nuestros 
antepasados ; pero ellos eran mucho más contenidos en el fondo, 
y, como dice bien Mariana, «si conocieran ese fondo, se escanda- 
lizarían y nos tendrían no sabemos sí por bárbaros », ó por 

gravemente enfermos. Mas dejemos este asunto y, atando el hilo 
de nuestra narración, volvamos á la campaña de 1487. 

Difícil por demás el sitio de Málaga , y no i30co costosa su ad- 
quisición , hizo necesaria la presencia de los Reyes al frente de 
sus huestes , largo tiempo después de entregada la ciudad. Y hé 
aquí que los deseos de Colon se conciertan entonces con el j^ro- 
pósito de los Reyes ; merced á lo cual, en 27 de Agosto se le li- 
bran , por mandado de Sus Altezas , cuatro mil maravedís , para 
ir al Real , que aun estaba sobre Málaga en aquella fecha , según 
Bernaldez. Se infiere de ese hecho , que los Reyes no querían ya 
dejar de la mano al navegante genoves ; al paso que él también 
aprovechaba cuantas ocasiones creía oportunas para apresurar la 
ejecución de sus designios. 

Fuera consejo de sus amigos y protectores , ó ya que á su cla- 
ro talento no pudiera ocultarse la inoportunidad de aquellos mo- 
mentos, para apremiar á los Reyes, mediante la premiosa situa- 
ción en que éstos se encontraban , es lo cierto que ni entonces 
ni en los siguientes años — 1488 y 1489 — se advierten síntomas 
de ejecución , pero tampoco de desacuerdo entre los Reyes y Co- 
lon ; antes al contrario , se ve , durante ese largo período , que el 



COLON EN ESPAÑA. 255 



navegante genoves, satisfecho con las agasajos y distinciones qne 
acreditan su triunfo y la estimación obtenida de los Reyes, con- 
sideró ya su i)royecto aceptado en princii)io ; y si bien muestra 
deseos , no les apremia por la ejecución de su empresa. 

Es de suponer, porque es lógico y natural que Cristóbal Colon 
deseara una resolución decisiva y formal de los Reyes : que és- 
tos procurasen á su vez conocer los elementos y gasto que reque- 
ría, y las condiciones que estipulaba para realizar ó acometer su 
empresa. En este terreno, Las Casas es explícito; Colon estipu- 
laba condiciones que á todos , Reyes y Gobiernos , parecían exor- 
bitantes. Y en ese punto el navegante era inflexible ; tan altivo 
como un rey, tan imi)erioso como un conquistador, parecía un ro- 
mano de los buenos tiempos ; no cedia un ápice en sus pretensio- 
nes ; babia de ser Almirante, Visorey y Gobernador de los países 
que descubriera , y tener en sus productos y rendimientos su cor- 
respondiente j)articiiiacion. No contribuían poco tales pretensio- 
nes , dice Las Casas y lo confirma D. Hernando , á la vacilación 
de los Reyes y al ajílazamiento de la definitiva resolución. Y 
sin duda en uno de aquellos previos tanteos , dudoso ó desespe- 
ranzado Colon de obtener de los Reyes Católicos lo que preten- 
día, en orden á preeminencias, honores y recompensas , se deci- 
dió á escril)ir la carta al Rey de Portugal, á que alude la que don 
Juan II le dirigió á Sevilla, con fecha 20 de Marzo de 1488, que 
cojíiada dejamos en el capítulo i de este libro. 

Los Católicos Reyes á su vez , cuidadosos de tenerle contento, 
para conservarlo á su lado , en medio de las graves atenciones de 
la guerra y de las estrecheces del Erario, no olvidaban su entre- 
tenimiento y manutención ; llevando la diligencia sobre esto has- 
ta el punto que atestigua la cédula Real expedida en Córdoba 
ál2 de Mayo de 1489, mandando «que en todas las ciudades, vi- 
llas y lugares donde Cristóbal Colomo se acaeciese^ se le aposente 



256 COLON EN ESPAÑA. 

y á los suyos y se le den buenas posadas, que no sean mesones, 
sin dineros ; y que se le faciliten mantenimientos á los precios 
que de ordinario allí tuvieren» (1). 

Esto explica, ademas, otro hecho digno de tenerse en cuenta. 
Colon, con residencia habitual en Córdoba, desde principios de 
1486, hacía sus excursiones, y no siempre al campamento y al 
lado de los Reyes ; buscaba muchas veces el consejo de sus pro- 
tectores , ¡procuraba noticias del extranjero , amaba el grato ruido 
de las tempestuosas olas , y las visitaba, á fin de indagar las fa- 
cilidades que nuestros i)uertos ofrecían para el equipo y pronto 
aparejo de las naves con que habia de realizar su empresa. 

No hay que perder de vista que, en un alma fervorosa y cre- 
yente como la de Colon, el fuego de la idea que acariciaba con 
tanta fe encendía sus deseos y aumentaba su anhelo ardiente de 
realizarla. Todo aplazamiento, por justificado y necesario que fue- 
ra, le molestaba y quizá le impacientaba. Corrían los meses y 
trascurrían los años. La guerra contra los moros embargaba cada 
dia con más intensidad y más ardor el ánimo de los Católicos 
Reyes , y por más atenciones de que procuraban rodear al nave- 
gante genoves, por más que éste extendiera el círculo de sus 
amistosas relaciones, y por más que se estrecharan los lazos que 
le unian al suelo esimíiol, la idea agitaba su mente, fogueaba su 
anhelo de gloria , y las dilaciones le tenían que producir febril 
impaciencia. De ahí sus viajes á diferentes puntos, sus visitas á 
sus protectores, y sus gestiones de índole varia (2). 

Cristóbal Colon era litaliano. Su cautela y sus desconfianzas 



(1) Navaerete, Colee, documentos diplomáticos, núm. iv, t. ii, p. 11. 

(2) Á eso y á sus primeras relaciones cou la casa de Meclinaceli, que nunca 
pudú ui debió olvidar , hay que atribuir sus expediciones por varios puntos 
de la costa , puesto que es sabida su estancia en el Puerto ; y no á otras cau- 
sas se pueden atribuir las relaciones contraidas en Moguer , de que más ade- 
lante hablaremos. 



CULÓN EN ESPAÑA. 257 

le hacían sostener relaciones , alimentar esperanzas y estar vn 
tratos con varios monarcas á la vez, si hemos de dar fe á esos 
documentos y á lo tj[ne él mismo escribia al rey D. Fernando , en 
Mayo de 15U5 (1): (.(Dios Nuestro Señor milaf,a"Osamente me en- 
vió acá, i)or(¿ue fui á aportar á Portugal, adonde el lley de allí 
entendía en el descubrir más que otro alguno. El le ataj(') la vis- 
ta , oído y todos los sentidos , que en catorce años no le pude ha- 
cer entender lo que yo dije: también dije milagrosamente, porque 
/iobe cartas de ruego de tres principes., que la Reina (q. D. h.) vido 
y se las leyó el doctor Yinalon» (2). 

Muñoz y Navarrete suponen, y así es de creer, que esas tres 
cartas pudieron ser de los Reyes de Portugal, Inglaterra y Fran- 
cia. La del primero ya la hemos visto, y también lo que revela 
su contenido. A Inglaterra sabemos que Cristóbal Colon envió su 



(1) Navarrete, Colee, t. iii, documento núm. lviii. 

(2) Ig-noramos, dice Navarrete, cuándo recibió las cartas de los Reyes de 
Francia y de Inglaterra, con quienes no quiso acompañarse por servir á Sus 
Altezas, como consta de la carta que copió D. Hernando en su Historia (ca- 
pítulo xn) ; pero por los versos que puso D. Bartolomé Colon al mapamundi 
que presentó al rey Enrique VII de Inglaterra, se infiere que fué en el año 
1488 ó después ; y quizá entonces escribirla también al Eey de Francia, pues 
no cabe duda en que las cartas de estos Soberanos son del mismo año ó poste- 
riores, según se explica D. Hernando, aunque confusamente, al principio del 
capítulo XII de su Historia {Colee, délos viajes, etc., t. ni, págs. 598 y 599). 
Pero téngase en cuenta que en esa misma época los reyes D. Fernando y doña 
Isabel le colmaban de atenciones, le proveían de recursos, le mandaban dar 
alojamientos por donde transitase, le quisieron tener á su lado en los sitios de 
Málaga y Granada y le dispensaron mil pruebas de consideración y de honra. 
Ademas, como ilice Navarrete, «apenas se conquistó Granada pensaron ya en 
enviar á Colon á la India por la vía de Occidente, como él lo había pro- 
puesto. De modo que desde las Conferencias de Salamanca y desde que entró 
al servicio de los Reyes en Mayo de 1487, de parte de éstos no hubo dolo, en- 
gaño ni entretenimientos pérfidos con Colon. Este sabía bien que los Reyes no 
entrarían á realizar su proyecto hasta dejar á sus reinos libres de la dominación 
mahometana.» (Navarrete, Introduc, pág. 94.) Sin embargo de eso, Colon 
sufría, no sólo liebre de impaciencia , sino momentos de tristeza , de recelo, 
quizá de desconfianza, tal vez de desaliento. 

17 



258 COLON EN ESPAÑA. 

hermano Bí^rtolomé al tiempo que él abandonaba á Portugal (1). 
Y por lo relativo á Francia , no sabemos más que de conatos de 
dirig-irse á aquel reino, en los momentos que decrecían sus espe- 
ranzas de ser aceptado su designio ó admitidas sus condiciones 
por los Reyes Católicos. ¿Cuáles fuesen esos momentos? Esta es 
la cuestión. Sobre esto también las dudas y la oscuridad', por 
efecto de la vaguedad con que hablan y de las contradicciones y 
equivocaciones en que incurren los escritores de la época que del 
asunto se ocuparon. 

Habría motivos para creer que , á luego de la Junta y de las 
pláticas con el Prior de Prado, y desaJmciado por éste , como dice 
Salazar de Mendoza, es decir, en la primavera de 1486, se des- 



(1) Aun cuando Bartolomé Colon salió de Lisboa antes que su hermano 
para presentar y ofrecer los proyectos de éste al rey de Inglaterra Enri- 
que VII, tanto D. Hernando como Las Casas convienen en que Bartolomé 
Colon no llegó por entonces á Londres. Hernando dice que le secuestró en el 
viaje un corsario, y que de resultas de ese accidente pasó mil ti-abajos y vici- 
situdes.. Las Casas da noticia de una curiosa Memoria de Bartolomé , la cual, 
dice, encontró en im libro viejo perteneciente al Almirante, que contenia las 
obras del cardenal Heliaco. La tal Memoria, de letra de Bartolomé Colon, de- 
cia en sustancia lo siguiente : « En el año 1488, en Diciembre, llegó á Lisboa 
Bartolomé Diaz, capitán de tres carabelas que el rey de Portugal envió al 
descubrimiento de la Guinea, y trajo noticias de que habia descubierto 600 
leguas del territorio; 450 al Sur y 150 al Norte, hasta un cabo llamado por él 
de Buena Esperanza : hallando por el astrolabio que estaba el cabo 450 más 
allá de la linea equinoccial. Este cabo distaba 3.100 leguas de Lisboa. Dicho 
capitán apuntó dia por dia las distancias en una carta marítima presentada al 
rey de Portugal. En todo lo cual, dice el autor de la Memoria, yo me hallé 
presente.» Lo cierto es que Bartolomé no se presentó en la corte de In- 
glaterra hasta 1488 , comojo indica el mapa-mundi ofrecido por él al rey. El 
regreso de Bartolomé Diaz no fué en Diciembre del 88, sino en Diciembre 
del 87; mas este error de fecha significa poco. Según Irving, Bartolomé Co- 
lon, no sólo fué bien recibido por Enriíjue VII, sino que celebró con él un 
pacto para llevar á cabo la empresa de Cristóbal Colon. Pero esto debió ser 
cuando éste estaba en camino para las ludias, ó de regreso de su primer viaje; 
])nr(nie crumdo Bartolomé llegó á París con dirección á España, recibió allí la 
fausta noticia del descubrimiento hecho por üu hermano. (W. IiiviNG, 1. c, 
libro vn, cap. Ii, 



COLON EN ESPAÑA. 259 

pertó eu Colon el intento de pasar á Francia , si entonces mismo 
no buhicra encontrado , como encontró en Córdoba, protectores 
valiosos qne le sostuvieran y le alentaran ; y si la misma Reina 
no hubiera, al recibir y escuchar tan benévolamente al audaz 
marino, abierto su corazón á g-randes y fundadas esperanzas; es- 
peranzas que hemos visto realizadas á virtud de las Conferencias 
de Salamanca. 

Lo verosímil, lo para nosotros incuestionable es, que aquel 
intento — que es muy posible fuera un ardid de guerra , tal vez 
sugerido por sus mismos protectores — no le tuvo, ó nó le empleó 
Colon hasta 1491; hasta que, puesto sitio á Granada por los Re- 
yes Católicos , se acercó el plazo por éstos señalado al genoves y 
á sus partidarios , para la ejecución de la heroica empresa. Fué 
entonces, sin duda alguna, cuando Cristóbal Colon, con tono 
majestuoso y ánimo entero , poseído de sí mismo y seguro de su 
designio , formuló solemnemente ante los Reyes sus j)retensiones 
y estipuló las condiciones de un pacto. 

Ese momento y ese acto son, á nuestra vista, uno de los mo- 
mentos más solemnes y de los actos más grandes de la vida de 
Colon. 

«El hombre de la cajpa raída y pobrey> , que decia Oviedo; «el 
arbitrista sin blanca » , en sentir de los secuaces de Fr. Hernan- 
do de Tala vera; el que tenía que vivir de la protección del Duque 
de Medinaceli, unas veces; de Fr. Diego de Dezay del convento 
de San Esteban de Salamanca otras veces ; y cuando no, de la 
merced de los Reyes Católicos, del fruto de su ingenio y del trar- 
bajo de sus manos ese mismo hombre , al tratar de sus ofer- 
tas de descubrimientos á través del inar tenebroso, formula ante 
los Reyes las jiretensiones de un triunñidor glorioso; y como si 
se viera ya ceñida la frente con la aureola de tal triunfador, y 
como si tuviera en sus manos las llaves del Nuevo Mundo , jdan- 



260 Colon en españa. 

tea la cuestión de poder á poder , y dice á los Reyes : « Hé aqní 
las condiciones del pacto. Esto; ó vuelvo á doblar mi capa y me 
siento sobre ella. » 

« No es posible dejar de aidmirar, dice con este motivo el his- 
toriador Irviug, la gran constancia, la elevación y grandeza de 
ánimo de Colon. Más de diez y ocho años habian pasado desde 
que anunció su proyecto á Pablo Toscanelli ; la mayor parte de 
ellos los habia consumido en hacer inútiles instancias á varias 
cortes. ¡Cuánta pobreza, cuánto desden, cuántos desengaños, y 
cuántas amarguras no habia sufrido en tan largo período I Y sin 
embargo , nada pudo rendir su perseverancia , ni hacerle condes- 
cender con estipulaciones que consideraba indignas de tal empre- 
sa. En todas sus negociaciones se olvidaba de la oscuridad pre- 
sente y de su actual indigencia ; su fervorosa imaginación 
realizaba desde luego la magnitud de los futuros descubrimientos, 
y sentia profundamente que estaba negociando acerca de im- 
]3erios)) (1). 

Lo sublime en la vida del hombre , muchas veces se halla á 
dos dedos de lo ridículo. ¡ Cuántos habria en la corte de los Re- 
yes Católicos , que de eso último calificaran el acto de Cristóbal 
Colon ese acto sublime, por lo congruente, por lo grande- 
mente noble y digno ! 

De ello , sin embargo , se aprovecharon hábilmente sus adver- 
sarios para tornar al combate , con probabilidades de éxito. Fray 
Hernando de Talavera estaba otra vez en su terreno. El P. Las 
Casas dice á este propósito lo siguiente : <í Hacía más difícil la 
aceptación de este negocio lo mucho que Cristóbal Colon, en re- 
muneración de sus trabajos y servicios é industrias pedia , con- 
viene á saber : estado, Almirante, Visorey y Gobernador 'pevpé- 



(1) Irving, Vida y viajes de Cristóbal Colon, lib. i, cap. vir. 



COLON EN ESPAÑA. 261 

tuo, etc.; cosas qne, á la verdad, entonces se juzgaban por muy 
grandes y soberanas , como lo eran , y boy por tales se estima- 
rían)) (1). 

Acerca de esto mismo dice D. Hernando Coldu lo más sig-ni- 
ficativo y concluyente que liemos leido y que puede desearse : 
« Pero como por una parte le contradecían el Prior de Pra- 
do y sus secuaces , y por otra pedia el Almirantazgo , el título 
de ] Isorey y demás cosas de tanta estitnacion é importancia, pa- 
reció cosa dura concederlas ; pues saliendo con la empresa pare- 
cía mucho, y malográndose ligereza » (2). 

Todo induce á creer que esta cuestión se planteó hallándose la 
corte en Santa Fe , en el mismo campamento y á la vista de Gra- 
nada. Fr. Hernando de Talavera insistía en retraer á los Reyes 
de la empresa; y las exigencias de Colon le daban motivo para 
lanzar los rayos de su palabra imj^eriosa , á la par que ferviente, 
contra el extraño aventurero cuyas pretensiones , decia , revela- 
ban un desmedido orgullo, por lo cual sería indecoroso para Sus 
Altezas el acceder á tales exigencias. 

El tema , como se ve , no podia prestarse más ni mejor al pro- 
pósito del consejero, cuyas observaciones respondían jjerfecta- 
mente al espíritu receloso y suspicaz del rey D. Fernando , que, 
como dice Prescott , citando á Muñoz y á D. Hernando Colon, 
había desde el principio «mirado aquel proyecto con frialdad y 
desconfianza. » 

Fué, por tanto, fácil al confesor de la Reina, primer arzobis- 
po electo de Granada, conseguir otro desacuerdo entre los Reyes 
y Colon , toda vez que éste ce resistió con firmeza á todas las ten- 
tativas que se hicieron jDara que modificase sus proposiciones. » 



(1) n\st. gen. de las Indias, MS., cap. xxxi. 

(2) Ilist. del Almirante, cap. x. 



262 COLON EN ESPAÑA. 

Con este motivo se rompieron bruscamente las conferencias de 
Santa Fe , y Colon tomó el camino de Hnclva, bien fuera con el 
objeto de acercarse otra vez á Portugal , ó ya para estar á la vis- 
ta de un puerto. Fué también entonces cuando tocó afortuna- 
damente con el Prior del convento de la Rábida , Fr. Juan 
Pérez (1). 

El P. Las Casas nos dice en el lugar antes citado : «El prin- 
cipal que fué causa de esta viltima despedida se cree haber sido 
el susodicho Frior de Prado y los que le seguían. De creer es 
que , no por otra causa , sino porque otra cosa no alcanzaban ni 
entendian» (2). Y con este motivo ensalza, con harta razón, la 
constancia, la entereza, la altiva dignidad, y el carácter inflexi- 
ble de Cristóbal Colon; prendas de espíritu que le hicieron sos- 
tener tantas luchas , tantos años de prueba , y que, á despecho de 
tantos obstáculos , le dieron el llevar á cabo su grandioso pro- 
yecto. 

Pero aquel rompimiento de Colon con la corte duró pocos me- 
ses. Reforzados los trabajos de sus amigos y protectores con el 
auxilio de Fr. Juan Pérez , prior de la Rábida , consiguieron de 
la Reina que lo volviese á llamar á Santa Fe , « enviándole , al 
efecto , y por conducto de Diego Rodríguez Prieto , que era al- 
calde de Palos , veinte mil maravedís en florines , á fin de que se 
vistiera honestamente é conijírase una bestezuela é pareciese ante 
Su Alteza» (3). 

Esa fué la época , ese el momento en que Cristóbal Colon se pre- 
sentó en el convento de la Rábida y conoció por vez primera, como 
lo dice el físico de Palos , Garci-Hernandez , al prior Fr. Juan 



(1) Navarrete, Col, t. III, observ. 5.^ 

(2) Fr. B. de Las Casas , Ilist. gen. de las Lidias , MS. 

(3) Declaración del físico de Palos García Hernaadez. — Probanzas del 
fiscal del Rey, etc. (Navarrete , t. iii , observ. 5.*) 



COLON EN ESPAÑA. 2G3 

Pérez. La declaración de ese testigo jiresencial , sohre la cual se 
lian forjado tantas novelas y romances, no puede estar más clara 
y más terminante de lo que está en esa parte,- como lo demostra- 
mos ya en su Ingar. ((Infiérese, pnes, dice Navarrete, de la de- 
claración del físico , que en el año 1491 fué la prÍ7nera vez que 
el prior Fr. Juan Pérez conocií') al Almirante; y entonces fné 
cuando, según su Iiijo 1). Hernando, tonu') amistad con dicho re- 
ligioso , en lo que están conformes. » 

Añade García Hernández , (( que viendo aquel fraile las razo- 
nes del extranjero , envió á llamar á este testigo , con quien tenía 
amistad, y porque sabía algo de Astronomía, para que hablase 
con Colon sobre su proyecto de descubrir ; que este testigo fué 
luego , y todos tres hablaron de aquel negocio , y eligieron á Se- 
bastian Rodríguez , piloto de Lepe , j)ara que llevase á la reina 
doña Isabel una carta de Fr. Juan Pérez , que habia sido su con- 
fesor , deteniendo entre tanto á Colon en el monasterio hasta re- 
cibir resiiuesta. » 

Don Hernando , ó por demasiado cauteloso ó por ignorar real- 
mente el pormenor de esos acontecimientos , omite lo de esa con- 
ferencia, y supone que su padre fué á la Rábida por causa de re- 
coger á su hijo Diego , á (piien da de barato que habia dejado allí 
cuando entró en España. Y en verdad que lo relativo al niño 
Diego es un enigma indescifrable. Posible es que entonces lo lle- 
vase consigo su padre. Pero de ordinario debió vivir y residir en 
Córdoba al lado de doña Beatriz Enriquez. 

« A los catorce dias , según el físico , contestó la Reina al reli- 
gioso agradeciéndole su buen propósito , mandándole se presen- 
tase en la corte ante S. A., y que dejase á Colon en seguridad de 
esperanza hasta que S. A. le escribiese. » También omite este 
pasaje D. Hernando por las mismas razones. «Para conocer, 
añade Navarrete, cuan dispuesta estaba la Reina á aceptar la 



264 COLON EN ESPAÑA. 

empresa de Colon, basta decir que sólo tardó dos ó tres dias en 
contestar á la carta de Fr. Juan Pérez , calculado el tiempo que 
Sebastian Rodrigiiez hubo de emplear en ida y vuelta de la Rá- 
bida á Santa Fe. » » 

«Vista la carta de S. A., el fraile partió secretamente á media 
noche en un mulo , y se presentó en la corte , donde consultaron 
se diesen á Colon tres navios , para ir á descubrir según su pro- 
mesa. )) 

Hasta aquí el físico. Pero oigamos en este punto á D. Her- 
nando : 

«Partido el Almirante del convento de la Rábida con Fray 
Juan Pérez al campo de Santa Fe, donde estaban los Reyes Ca- 
tólicos habló Fr. Juan á la Reina, con tan grande instancia, 

que logró que S. M. mandase volver al tratado descubrimiento.» 

Si antes habia omitido lo de la conferencia de su padre con el 
]3rior y con el físico en la Rábida , ahora , como se ve , altera los 
hechos ; dice que el Almirante fué con Fr. Juan Pérez al campo 
de Santa Fe , contra lo que afirman á una García Hernández y 
Juan Rodriguez Cabezudo , otro testigo de vista, 

« La cautela y sagacidad , dice Navarrete , con que procede don 
Hernando en estas omisiones y trastornos , ha alucinado á nues- 
tros historiadores para darle más crédito del que merece en cier- 
tos pasajes y circunstancias. » 

La declaración del físico concluye diciendo : « Conque conce- 
dido esto por la Reina envió veinte mil maravedís de oro en flo- 
rines con Diesfo Prieto , vecino de Palos , v los dio con una carta 
á este testigo , á fin de que los diese á Colon, para que se vistie- 
se honestamente é comprase una bestezuela, é pareciese ante Su 
Alteza á consultar su jiropuesta; y de allí vino proveído para to- 
mar los navios que conviniesen para su viaje. » 

Don Hernando también omite el contenido de ese párrafo, y 



COLON EN ESPAÑA. 265 

solamente dice : « Pero , como i)or una i)ai-tc le contradecían el 
Prior de Prado y sus secuaces, y por otra parte jicdia el Almi- 
rantazgo , el título de virey y demás cosas de tanta estimación é 
importancia, pareció cosa dura concederlas; pues saliendo con la 
emi)resa parecia muclio , y malográndose, ligereza ; con lo cual 

cesó en el negocio Siendo estas cosas tan importantes , y no 

queriendo Sus Altezas concederlas, se volvió á Córdoba para 
disponer su viaje á Francia; porque estaba resuelto il no volver 
á Portugal , aunque el Rey le habia escrito. » 

Hé allí otra prueba, y todo induce á poderlo asegurar, de que 
la residencia habitual de Cristóbal Colon era la ciudad de Córdo- 
ba desde el año 1486. 

Es digno de notarse que , desde esos momentos , es la Reina 
solamente á quien se dirigen , y la que escucha las recomenda- 
ciones en favor de la empresa y de Colon. Todos convdenen en 
que el rompimiento de éste con el Rey, j)or causa de las con- 
diciones que estipulaba aquél, sobre cuyo punto se mostral)a in- 
flexible, fué poco menos que definitivo. El rey D. Fernando no 
quiso ya ocuparse más del asunto. Fr. Hernando de Talavera ha- 
bía dado á la empresa de Colon el golpe de gracia. 

La situación era grave para los amigos de éste. No podían lo- 
grar que cediera un ápice en sus pretensiones. Tenían enfrente 
de sí y victorioso al Arzobispo electo de Granada. Y no podían 
dirigirse al Rey ni concebir esperanzas de contar con él. No se 
desalentaron, sin embargo. 

Hay que convenir en que el auxilio de Fr. Juan Pérez , añadi- 
do al de Juan Cabrero , al de la Marquesa de Moya , al del Se- 
cretario de la Reina, Gaspar Gricío, al del ama del Príncipe, 
doña Juana de las Torres , al de Fr. Antonio de Marchena , y al 
perseverante Fr. Diego de Deza, les vino muy á tiempo. Fray 
Juan Pérez era otro confesor de la Reina, sobre cuyo ánimo no 



266 ■ COLON EN ESPAÑA. 

podían menos de pesar las palabras y los rnegos de tan piadosos 
varones. Aparte de qne la Reina creia en Colon, y sus proyectos 
la entusiasmaban. 

En verdad no era imposil)le persuadirla que debia aceptar 
las condiciones que estipulaba el genoves y llevarla á que las 
aceptase ; pero ¿ quién se encargaría de ello ? Un aragonés : la 
ingenuidad, el desenfado, la lealtad y la valentía personificadas 
en Luis de Santángel. 

Don Hernando y Las Casas están de perfecto acuerdo en esto. 
Es curioso y dramático el pasaje que uno y otro refieren del 
propio modo. Permítasenos que demos j)referencia aquí al de, fray 
Bartolomé de las Casas , en su lastimosamente inédita Historia 
general de las Lidias, caj). xxxii del primer libro (1). Nuestros 
lectores nos lian de agradecer que trascribamos el pasaje con 
toda fidelidad , para no privarle de la frescm-a del colorido que 
supo darle el protector de los indios. 

Da testimonio Las Casas del rompimiento de Colon con los 
Reyes Católicos por causa de las estipuladas condiciones ; de la 
altiva confianza de aquél al exigirlas, y de su incontrastable en- 
tereza en no rebajarlas; y dice, con ese motivo : «que Santángel 
recibió tan grande y excesiva pena y tristeza de aquella segunda 
despedida de Colon y definitiva repulsa de los Reyes, como si á él 
fuera en ello alguna gran cosa y poco menos que la vida ; y no 
pudiendo sufrir el daño y menoscabo que á los Reyes juzgaba 
seguirse , así en perder los grandes bienes y riquezas que Cristó- 
bal Colon prometía, si acaeciese salir verdad, y haberlos otro 
Rey cristianísimo , como en la derogación de su Real autoridad, 
que tan estimada era en el mundo, al no querer aventurar tan 
poco gasto por cosa tan infinita; confiando en Dios y en la pri- 



(1) Irving tomó mucha parte de él en el cap. vii, lib. i de su Historia. 



COLON EN ESPAÑA. 267 

vanza y estima que los Reyes , en su fidelidad y deseo de servir- 
les, sabía que tenian, se fué a la Reina y díjola de esta ma- 
nera : 

«Señora: El deseo que siempre he tenido en servir al Rey, mi 
» Señor, y á V. A., que si fuere menester morir moriría por su 
» Real servicio, me ha constreñido á parecer ante V. A. y ha- 
» Liarle en cosa, que ni convenia á mi persona ni dejo de conocer 
» que excede las reglas ó límites de mi oficio ; pero á la confianza 
» que siempre tuve en la clemencia de V. A y en su Real genero- 
■» sidad, y que mirará las entrañas con que lo digo, he tomado 
)i ánimo de notificarle lo que en mi corazón siento, y que otros, 
» quizá muy mejor que yo, lo sentirán, que también aman fiel- 
» mente á W. AA. y desean su prosperidad como yo , su siervo 
» mínimo. Digo, Señora, que, considerando muchas veces el 
» ánimo tan generoso y tan constante de que Dios adornó á 
» Vuestras Altezas para emprender obras grandes y excelentísi- 
» mas , heme maravillado mucho no haber aceptado una empresa, 
» como Colon ha ofrecido, en que tan poco se perdía, puesto que 
» vana saliese , y tanto bien se aventuraba conseguir para servi- 
» cío de Dios y utilidad de su Iglesia, con grande crecimiento 
)) del Estado Real de VV. AA. y prosperidad de todos estos 
» reinos; porque, en verdad. Señora serenísima, este negocio es 
)) de calidad, que si (lo que tiene Y. A. por dificultoso ó por im- 
» posible) á otro Rey se ofrece y lo acepta y sale próspero, como 
» este hombre dice y á quien bien lo quiere entender da muy bue- 
» ñas razones para ello, manifiestos son los inconvenientes queá 
)) la autoridad de VV. AA. y daños á vuestros reinos vernian. Y 
» esto así sucediendo (lo que Dios no permita), VV. AA. toda 
)) su vida de sí mesmas ternian queja terrible ; de vuestros ami- 
» gos y servidores con razón culpados seríades, y á los enemigos 
» no les faltaría materia de insultar y escarnecer, y todos, los 



268 COLON EN ESPAÑA. 

» unos y los otros, afirmar osarían que W. AA. tenían su me- 
)) recido. Pues lo que los Ueyes sucesores de W. AA. podrán 
» sentir , é quizá jiadecer , no es muy oscuro á los que profunda- 
)) mente lo consideran. 

» Y pues este Colon, siendo liombre sabio y prudente y de tan 
)) buena razón como es , y que parece dar muy buenos fundamen- 
)) tos, y de los cuales alguyios de los letrados^ á quienes VV. AA, 
)) lo han cometido^ le admiten^ puesto que otros le resisten ; pero 
)> vemos que en muchas cosas no le saben responder y él á todas 
» las que le oponen da sus salidas y respuestas , y él aventura su 
» persona, y lo que ¡jíde jiara luego es muy poco, y las mercedes . 
» y remuneraciones no las quiere sino de lo que él mismo descu- 
» briere : Suplico á V. A. no estime por tan imposible este nego- 
» ció que no pueda, con mucha gloria y honor de vuestro Real 
)) nombre y multij)licacion de vuestros Estados y prosperidad de 
)) vuestros subditos y vasallos , suceder. 

)) Y de lo que algunos alegan, que no saliendo el negocio como 
)) deseamos y este Colon refiere, sería quedar VV. AA. con al- 
)) guna nota de mal miramiento por haber emprendido cosa tan 
)) incierta, yo soy de muy contrario parecer. Porque por más 
)) cierto tengo que esta obra añadirá muchos quilates sobre la 
)) loa y fama que VV. AA. de munificentísimos y animosos prín- 
)) cipes tienen ; que procurar saber con gastos suyos las secretas 
)) grandezas que contiene el mundo dentro de sí, proprio es de 
)> magnánimos reyes : no siendo los primeros VV. AA. que seme- 
)) jantes hazañas acometieron, pues antes lo ejecutaron Ptolomeo 
» y Alexandro , y otros grandes y poderosos Reyes ; y dado que 
)) del todo lo que pretendían no consiguieron , no por eso deja 
» hoy de ser atribuido por todo el mundo á grandeza de ánimo 
» y menosprecio de los gastos. 

)) Cuanto más , Señora , que todo lo que al presente pide no es 



COLON EN ESPAÑA. 269 

» sino sólo un cuento; y que se diga (|iie V. A. lo deja i)or no dar 
» tan poca cuantía, verdaderamente souaria muy feo; y en nin- 
. » guna manera conviene que V. A. abra mano de tan gran em- 
» presa, aunque fuere muy más incierta» (1). 

No se necesitaba tanto para decidir á la lieiua Isal)el. El dis- 
curso sentido, candoroso y enérgico del noble aragonés la con- 
movió profundamente, arrancando de su espíritu los escrúpulos 
que su confesor Talavera liabia despertado, y las proposiciones 
de Colon (piedaron aceptadas en el acto, sin más consulta ni dis- 
cusión. El mismo Las Casas relata el término de esa última y 
solemne entrex-ista, por estilo tan primoroso como sencillo. 

(( Mucho os agradezco vuestro deseo — dijo á Santángel la 
Reina — y el parecer que me dais y que estoy determinada á se- 
guir. Bien nos estarla que la ejecución de la empresa se difiriese 
un poco , porque nos permitiría alguna quietud y rejíoso , de que 
estamos harto necesitados, después de guerras tan in'olijus ; pero 
si todavía os parece que ese hombre no podrá sufrir tanta tar- 
danza , yo temé por bien que sobre joyas de mi recámara se bus- 
quen prestados los dineros que para hacer la Armada pide Co- 
lon y vayase luego á entender en ella. » 

» Gozoso y entusiasmado Santángel hincó su rodilla ante la 
Reina , manifestándola el más respetuoso agradecimiento , por el 
honor que .le dispensaba aceptando su leal consejo , y su grande 
júbilo por la resolución que acababa de tomar, y añadió : uSeño- 
y>í'a Serenísima: no hay necesidad de que para esto se empeñen 
» las joyas de V. A.; muy pequeño será el servicio que yo haré á 
y> Vuestra Alteza y al Rey mi señor , prestando el cuento de mi 
y>,casa. Lo que por ahora urge es que V. A. mande en\'iar por 
» Colon , el cual creo es ya partido. » 

(1) Fr. B. de xas Casas. Hisforia general de las Indias, cap. XXXII, 
( Véanse manuscritos en la Real Acadeuiiíj de la llistoria. ) 



270 COLON EN ESPAÑA. 

)) Lnégo la Reina mandó que foese un alguacil de su corte por 
la posta tras de Cristóbal Colon , y de parte de la S. A. le dijese, 
como le mandaba tornar é lo trújese : al cual bailó (el alguacil) 
dos leguas de Granada, á la puente que llaman de los Pinos.» • 

)) Volvió Cristóbal Colon y fué recibido por Santángel con 
grande alegría. Sabido por la Reina ser tornado , mandó luego al 
secretario Juan de Coloma que con toda presteza entendiese en 
hacer la capitulación y todos los despachos que Cristóbal Colon 
ser necesarios para todo su viaje y descubrimientos le dijese y 
pidiese. » 

Hé aquí abora el notable y curioso documento conocido con el 
título de Capitulaciones de los Reyes con Cristóbal Colon , docu- 
mento fechado en Santa Fe á 17 de Abril de 1492. 



CAPITULACIONES ENTEE LOS SENOEES EEYES CATÓLICOS 
Y CEISTÓBAL COLON. 

Las cosas suplicadas é que vuestras Altezas dan y otorgan á 
don Cristóbal Colon , en alguna satisfacción de lo que ba de des- 
cubrir en las mares Occeanas, y del viaje que agora, con el ayu- 
da de Dios , ba de hacer por ella en servicio de vuestras Altezas, 
son las que siguen : 

Primeramente , que vuestras Altezas , como Señores que son de 
dichas mares Occeanas, fagan desde agora al dicho D. Cristó- 
bal Colon su Almirante en todas aquellas islas é tierras firmes, 
que por su mano é industria se descobrieren ó ganaren en las di- 
chas mares Occeanas para durante su vida y desiiues del muerto 
á sus herederos y sucesores de uno en otro perj)etuamente , con 
todas aquellas preeminencias é prerogativas pertenecientes á tal 



COLON EN ESPAÑA. 271 

oficio, 6 sogiin que D. Alonso Enr¡(|ucz, vuestro Almirante ma- 
yor de Castilla, é los otros predecesores en el dicho oficio lo tenían 
en sus distritos. 
• Place á sus Altezas. — Juan de Coloma. 

Otrosí : (jue vuestras Altezas facen al dicho D. Crist()bal Co- 
lon su Visorey y Gobernador general en todas las dichas islas 6 
tierras firmes , que , como dicho es, él descubriere ó ganare en las 
dichas mares ; é que para el regimiento de cada una y cualquier 
dellas faga él elección de tres personas para cada oficio ; é que 
vuestras Altezas tomen y escojan uno , el que más fuere su servi- 
cio , é así serán mejor regidas las tierras que nuestro Señor le 
dejará fallar é ganar á servicio de vuestras Altezas. 

Place á sus Altezas . — Juan de Coloma. 

ítem : que todas y cualquier mercadurías , siquier sean perlas, 
piedras preciosas , oro, plata, esi)ecieria , é otras cualesquier cosas 
é mercaderías de cualquier esj)ecie , nombre é manera que sean 
que se comjjraren , trocaren , fallaren , ganaren é hobieren dentro 
de los límites del dicho Almirantazgo , que dende agora vuestras 
Altezas facen merced al dicho D. Cristóbal y quieren que haya 
y lleve ¡lara sí la decena parte de todo ello , quitadas las costas 
todas que se ficieren en ello. Por manera que de lo que quedare 
limpio é libre haya é tome la decena parte para sí mismo , é faga 
della á su voluntad , quedando las otras nueve partes j^ara vues- 
tras Altezas. 

Place á sus Altezas. — Juan de Coloma. 

Otrosí : que si á causa de las mercaderías que él traerá de las 
dichas islas y tierras , que, así como dicho es , se ganaren é des- 
cubrieren , é de las que en trueque de aquellas se tomarán acá de 
otros mercaderes , naciere pleito alguno en el logar donde el di- 
cho comercio é trato se terna y fará ; que si por la preeminencia 
de su oficio de Almirante le pertenecerá cognoscer de tal pleito? 



272 COLON EN ESPAÑA. 

plega á sus Altezas que él ó su Teniente, y no otro juez cognos- 
ea de tal pleito , é así lo provean dende agora. 

Place á sus Altezas , si pertenece al dicho oficio de Almirante^ 
según que lo tenia el dicho Almirante D. Alonso Enriquez y los 
antecesores en sus distritos , y siendo justo. — Juan de Coloma. 

ítem : que en todos los navios que se armaren para el dicho 
trato é negociación , cada y cuando , é cuantas veces se armaren, 
que pueda el dicho D. Cristóbal Colon, si quisiere contribuir é 
pagar la ochena parte de todo lo que se gastare en el armazón , é 
que también haya é lleve del provecho la ochena parte de lo que 
resultare de la tal Armada. 

Place á sus Altezas. — Juan de Coloma. 

Son otorgados é despachados con las respuestas de vuestras 
Altezas en fin de cada un capítulo, en la villa de Sancta Fe de la 
vega de Granada, á diez y siete de Abril del año del Nascimiento 
de nuestro Salvador Jesucristo de mil é cuatrocientos é noventa y 
dos años.— YO EL EEY.— YO LA REINA. — Por mandato 
del Rey y de la Reina, Juan de Coloma. — Registrada, Calcena. 

(Testimonio auténtico existente en el Archivo del Excmo. se- 
ñor Duque de Veraguas. Registrado en el sello de Corte en Si- 
mancas.) 

Habia llegado la hora del triunfo jiara la idea grandiosa y para 
el hombre que la acariciaba y la perseguía con tanta perseve- 
rancia y tanta fe hacía diez y ocho años. Los que sienten desfa- 
llecer su ánimo — dice con este motivo el liistoriador Irving — 
y desvanecerse su voluntad, cuando graves dificultades se oponen 
á la realización de un proyecto grande y digno , acuérdense de 
que, desde que Colon concibió el suyo hasta el dia que se vio lia- 
bilitado para realizarlo se pasaron diez y ocho años ; que la ma- 
yor parte de este tiempo la pasó en desahuciadas pretensiones, 
falto de recursos , exjDuesto al ridículo , objeto de recelos y úun 



COLON EN ESPAÑA. 273 

de burlas, haciendo sacrificios inmensos, sacrificios de todos gé- 
neros en aras de una grandiosa idea. 

Y tenía cincuenta y seis años de edad cuando ciñó sus sienes el 
laurel del triunfo. ¡ Alto ejemplo de constancia y magnanimidad, 
digno de ser admirado, ya que no sea tan fácil su imitación ! 

¿ Habia vencido ya todas las dificultades ? ¿ Habian terminado 
ya todas sus luchas ? En el capítulo siguiente veremos que no. 



18 



CAPÍTULO IX. 



Sumario. — Elección de puerto. — Salida de Colon para el de Palos de Mo- 
guer. — Dificultades que se le ofrecen para encontrar buques y tripulación 
que le acompañen. — Ordenes Reales de coacción. — Su ineücacia. — Pa- 
voroso terror de los marineros. — Auxilios de Fr. Juan Pérez. — Feliz ha- 
llazgo de los Pinzones. — Su condición , su fortuna y su resolución. — Con 
ellos y por ellos sé disponen y equipan las tres carabelas. — Buques , equi- 
pajes, tripulación. — Disposición de los ánimos. — Despedida. — 3 do Agosto 
de 1492. 



Los Reyes Católicos proveyeron ú Colon de despachos, títnlos 
y honores , de conformidad con las capitulaciones. Y en esta par- 
te hay (pie notar que todo se hacía por la sola resolución de Isa- 
bel I y por cuenta del Tesoro de Castilla, aun cuando las órde- 
nes , como las capitulaciones , fuesen firmadas por ambos , Rey y 
Reina, en virtud del arreglo hecho en 1474 por el Cardenal de 
España y el Arzobispo de Toledo entre los dos monarcas es- 
posos. 

Es también de notar que un aragonés fué quien arrancó la úl- 
tima resolución de Isabel , y quien adelantó el cuento de mara- 
vedises para el equipo de las tres naves. Porque eran sólo tres 
pequeñas embarcaciones las que Colon pedia para acometer su 
empresa. 



27C COLON KX ESPAÑA. 

Así autorizado y provisto de órdenes y mandamientos el futu- 
ro Almirante, salió de Granada para el puerto de Palos el doce 
de Mayo , como nos lo dice él mismo, en el exordio con que en- 
cabeza el relato de su j^rimer viaje. 

¿ Por qué se eligió el pequeño puerto de Palos para el equipo 
de la fabulosa expedición ? Hase dicho que ese jDuerto estaba con- 
denado , por no se sabe qué falta ó delito cometido , á tener dos 
naves aparejadas á disj^osicion de los Reyes. No nos parece esa 
sola causa bastante para la designación. Cádiz , Barcelona, Bil- 
bao, muchos otros puertos ofrecian entonces facilidades mayores 
que las de Palos para el equipo de cualquier expedición marí- 
tima. 

Tampoco la es^^ecial predilección del genoves por aquel puerto 
debió ser el motivo de la elección. Pronto vamos á ver que Colon 
no contaba en él con más elementos que los que le deparó la ca- 
sualidad, y los que hubiera podido hallar en otro punto de más 
tráfago y nombradía. Pero esto era cabalmente lo que se quería 
evitar; el ruido , la publicidad y la fama de la expedición. El 
secreto 'hsí, sido sienijire, y muy especialmente en España, el 
sello característico de las empresas Reales. ¡ No ha influido poco 
ese sistema en el oscurecimiento de nuestras glorias, y también 
en que se regalase á Américo Vespucio la que correspondía á 
Colon! 

Nuevas y no pequeñas dificultades esperaban á éste en el 
puerto de Palos. Tan luego como en él se divulgaron el destino 
de las naves y el objeto de la expedición , el terror embargó los 
ánimos; las preocupaciones despertaron terroríficos cuentos y tra- 
diciones , y la imaginación abultó los peligros. Y en verdad que 
no eran del todo imaginarios. Lanzarse en aquel tiempo al tene- 
broso mar, y lanzarse en barcos de pescadores, como si dijéra- 
mos; barcos de remo y vela de ochenta ó cien toneladas á lo 



COLON EX ICSPAÑA. 277 

sumo (1 ); bnscar al Occidente, por las inexjjloradas inmensida- 
des del Océano..,., ((por donde hasta hoy no sabemos , decía Co 

Ion, por cierta fe que haya palado nadie » nada menos que 

los confines del extremo Oriente era empresa para poner es- 
panto hasta en el ánimo de los más avezados á las borrascas y á 
los peligros del mar. Y lo puso en efecto. 

Los armadores y marineros de Palos , de Mogner y de Huelva, 
annqne nada extraños en aqnel tiempo á largas expediciones 
l)or las costas de África y por el Mediterráneo, trataron de elu- 
dir las órdenes y mandamientos Reales, y se hicieron sordos á 
las excitaciones y á las promesas de Colon. Y tal fué la oposición 
y tan grande la resistencia pasiva de los hombres de mar en 



(1) La carabela — narigii minoris gemís, como dice Ferraris : Carahiin en 
latin, Kavaho» en griego — era un buque pequeño de dos mástiles ; uno de 
ellos extremadamente chico con vela latina , y el palo mayor con una grande 
vela cuadrada ; la jirna y popa altas , con cubierta al rededor, y abierto-en el 
centro. Algunos tienen bancos de remos. Y todos son bajeles de poco porte y 
ligera constniccion. (Irving, Vida y viajes de Crist. Colon, apénd. xv.) 

También aquí el conde Rosselly se levanta con tono de maestro á dar una 
lección á Irving y á Navarrete ; y acudiendo al tecnicismo náutico , intenta 
probar que las carabelas eran buques mayores. Intento vano por cierto, por- 
que su misma cita de Fernán Méndez Pinto (Peregrinacoes , cap. xii) le con- 
tradice y desautoriza. Pinto habla de otros buques , que coloca entre naos, 
galeones et carahellas , y por eso los llama de alto bordo. Por consiguiente, 
las carabelas no eran naos de alto bordo , como pretende Rosselly. Ni sabe- 
mos de dónde saca que las carabelas llevaban en popa y proa dos sóüdos cas- 
tiUos dispuestos para el ataque y la defensa. 

Sobre que Colon mismo dibujó las carabelas, y son harto conocidas como 
buques ligeros y de poco calado — que era también lo que el descubridor ne- 
cesitaba y pedia — el conde Rosselly, que tan perito se muestra en arquitec- 
tura naval, debería saber que, en buques de vela y remo, no es la magnitud 
lo ^[ue los hace más seguros ni más andadores. Las tres carabelas de Colon 
eran pequeñas , y ademas , poco seguros buques. Y esto aumenta la grandeza 
lie su ánimo y lo maravilloso de su empresa. 

La Xiña, que era la más pequeña de las tres carabelas, era cabalmente la 
más velera y la que más resistió. Y solamente la Saiifa María, que mandaba 
Colon , era la que tenía dos especies de castillos en proa y popa ; pero tam- 
bién era la de menos andar. 

En los curiosos y eruditísimos trabajos que viene iiaciendo en Washington 



278 COLON EN ESTAÑA. 

aquellos puertos, que los Reyes se vieron en la necesidad de en- 
viar un (comisionado especial, Juan de Peñalosa, oficial de la 
Real Casa , con órdenes terminantes — 20 de Junio del propio 
año — para que las autoridades de la costa tomasen los buques 
que creyesen útiles para aquel servicio, perteneciendo á vasallos 
españoles, y jiara que obligasen á los patrones y marineros á 
darse á la vela, bajo el mando de D. Cristóbal Colon, y con el 
rumbo que él señalase. 

Pero aun esas mismas órdenes , tan apremiantes y tan autori- 
zadas, no lograban mover á las tripulaciones ni á los armadores. 
Ni los auxilios personales y las recomendaciones del fervoroso 
guardián de la Rábida, Fr. Juan Pérez, con servir, como sirvió 



la Comisión hidrológica, presidida por Carlile P. Patterson, para resolverlos 
problemas relativos á los descubrimientos de Colon , se ha hecho cuanta luz 
puede hacerse sobre el tamaño , forma y capacidad de las carabelas ; y en de- 
finitiva resulta justificada la opinión de Irving, que es la de Herrera, Muñoz 
y Navarrete. 

(( La característica principal de los buques en la época de Gama, dice Clark, 
Marltime Diücoveries , t. i , pág. 27 , era la altura de popa y proa , vergas 
bajas, palos cortos y pequeñas cofas. » 

Tomando pié de lo que refiere Las Casas , en el Diario del primer viaje de 
Colon (27 de Noviembre de 1492) , A. Jal, en su obra de Archeologie naval., 
deduce que la Santa liaría, la mayor de las tres carabelas que montaba 
Colon, tenia de quilla 27,77 metros de longitud por 8,12 de mayor anchura. 
Y esto lo dice en confirmación de este otro aserto : « Los buques que viajaban 
á las Canarias, en el siglo xv, eran de 90 á 100 toneladas, lo cual suijone una 
quilla de 70 á 80 pies ingleses de longitud. » 

El mismo Hernando Colon , refiriéndose al tercer viaje de su padre (1498) 
y á su exploración de las costas de Paria, dice : « La carabela Almirante no 
pasaba de ser un barco largo , que no necesitaba más que tres brazas de agua, 
ni hacía más de 100 toneladas. » 

Otro tanto resulta de las noticias suministradas por Bernaldez , con relación 
al segundo viaje , cuando Colon recorrió los Jardinea de la Reina , al sur de 
la isla de Cuba , donde las carabelas podían anclar en poco más de dos brazas 
de agua. 

Y con ello convienen los datos (jue nos ofrece Fincham en su Historia de 
Ja Aríjuitectura naval. El mayor buque de la escuadrilla do Drakeen 157(í — 
el Pelícano — no era mayor de 100 toneladas. Y los seis que escogió Cabot 
para su primera expedición, en 1498, ninguno llegaba á 200 toneladas. 



COLON EN ESPAÑA. 270 

de tauto apoyo á Colon en a<inellas eiivnnstaneias, habrían Itas- 
tado á veneer las reiJnunaneias , hijas del pavor qne infiuaha la. 
(jne se Ihiniaha tenieriíUid de la emjjresa y locura del enijjrende- 
doY, si éste no hubiera tropezado en Palos con hi familia de los 
Pinzones , á quienes hubo de agradar é interesar la empresa. 

Eran los Pinzones armadores y marinos diestros y ricos, que 
habían viajado largo por el Mediterráneo, y que conocían el At- 
lántico, hasta donde era conocido en aquel tiempo — las Canarias, 
las Azores y las costas de África, que exploraban por entonces 
audazmente los portugueses. — En el pleito que el hijo de Cris- 
tóbal Colon sostuvo con la Corona, los testigos de la parte ñscal 
dan á los Pinzones, y especialmente al mayor de ellos , Martin 
Alonso, méritos y conocimientos extraordinarios. Aun descartado 
lo qne en todo ello jjueda haber de parcialidad , y lo que hay de 
invención ó ardid, como dice Navarrete , queda no poco de ver- 
dadero y exacto. 

Es de invención y ardid lo de la escritura traída por Martin 
Alonso Pinzón de Roma, coj)iada en la librería del papa Inocen- 
cio VIII, y en la que, desde el tiempo de Salomón, se daban 
noticias de tierras á largas distancias de las costas occidentales 
de Europa. Casas, Herrera, Muñoz, y sobre todo Navarrete, 
lian (h^scubierto y declarado, más ó menos explícitamente, la su- 
Ijerchería de tal invención (1). 



(1) «Puede presumirse que todo ese hallazgo de las escrituras fué una in- 
vención ó ardid del P. Fr. Juan Pérez y de Colon, para í}ue Martin Alonso, 
que tenía tanto ascendiente con la gente marinera de Palos , les inspirase ma- 
yor confianza y seguridad en una empresa que miral)an como temeraria, y que 
resistían á emprender, no sólo por ese concepto, sino por hal)erla encomenda- 
do lus Reyes á un extranjero, á quien ninguna persona cdiiocia, cumo dijo 

García Hernández Di'ibales ocasión para ello el haber estado poco antes en 

Roma Martin Alonso, según se infiere de la declaración do su hijo Arias Pé- 
rez ; y esta clase de autoridad tomada de la Sagrada Escritm-a, ({uc tanto res- 
peto debía inspirar á la gente, era muy conforme á la carrera é instrucción 



280 COLON EN ESPAÑA. 

Pero si lo de la escritura es amañado y supuesto , lo de los efi- 
cacísimos servicios prestados á Colon por Martiu Alonso Pinzón 
son grandemente verídicos, son innegables. Y esos servicios fue- 
ron tales, que cuasi todos los testigos de aquel pleito declaran y 
convienen en asegurar que , « sin el apoyo y los auxilios , la pa- 
labra y las obras de Martin Alonso , de sus hermanos , parientes 
y amigos, Cristóbal Colon no habria logrado equipar en Palos 
las tres carabelas para su expedición.» 

Los Pinzones eran verdaderos marinos, sobre todo el mayor, 



del P. Fr. Juan Pérez, y á la afición y gusto de Colon, cuyo trato con reli- 
giosos doctos como el P. Pérez, franciscano ; el P. Deza, dominico, y el Pa- 
dre Gorricio, cartujo, le empeñaron más en- el estudio de la Santa Escritura, 
y en aplicar varios pasajes de los Profetas á su empresa y descubrimiento del 
Nuevo Mundo. Sin duda son éstas algunas de las ¡preguntas harto impertinen- 
tes y fuera de justicia y razón, que decia Casas (lib. i, cap. xxxiv) liabia in- 
troducido el fiscal en su probanza.» (Navarrete, Colee, t. iii, pág. 596.) 

Los términos mismos del documento, tal cual lo relata el hijo mismo de 
Martin Alonso Pinzón , Arias Pérez , demuestran , aparte de otras inverosimi- 
litudes, que lo de la escritura, y sin duda lo del origen de ella, fué una de 
tantas fábulas y supercherías inventadas y propaladas después del éxito de la 
empresa de Colon. Dice Arias Pérez Pinzón, cí que hallándose en Eoma con su 
padre antes del descubrimiento, tuvieron frecuentes conversaciones con una 
persona docta en cosmografía que se hallaba al servicio del papa Inocen- 
cio VIII, y que estando en la bibhoteca del Papa, esa persona les mostró 
muchos manuscritos , ele mío de los cuales sacó su padre la intimación de las 
dichas tierras; porque había un jíasaje de un historiador tan antiguo como 
Salomón , que decia : « Navega el mar Mediterráneo hasta el fin de España , y 
» de aUi hacia el Poniente, en una dirección media entre Norte y Sur, hasta no- 
y^ venta y cinco grados de distancia, y encontrarás la tierra de Cipango, fértil 
» y abundante. » Una copia de este escrito trajo su padre de Pioma, con intento 
de ir á buscar aquella tierra » Esto no tiene sabor á Marco Polo, como sos- 
pecha Irving, ni al ardid siquiera que supone Navarrete; sino á pura in- 
vención, después del inesperado grandioso éxito de Cristóbal Colon. 

El conde Kosselly, con su grandísima facilidad y desenfado para llenar va- 
cíos y orillar dificultadeí^, trasfornia la escritura de que habla Arias Pérez en 
mapamundi, sin otra razón más que la de nuesti-o capitán Alegría. , porqite sí. 
La escritura era difícil de tragar ; pero el mapajnundi ya es más fácil. Y lo 
convincente de su aserto son las pruebas, las cuales se reducen á esto : «Te- 
nemos fundamento para no abrigar ninguna duda acerca de este mapa que 
indicaba una tierra por descubrir.» Et voila iout. 



COLON EN KSPAÑA. 281 

Martin Alonso. Hombre de buena fortnna y más i[y\e regular 
instrucción, se distinguia por su corazón magnánimo y por su 
alma abierta d todas las ideas altas, grandes y atrevidas. Habia 
viajado niucho, habia oido y liabia visto no poco. La palabra 
fervorosa, el ademan noble, la instrucción vasta, la idea lumi- 
nosa de Colon no podian menos de conmoverle, y le conmovie- 
ron. Los ofrecimientos del Almirante acabaron de ganarle. 

Todos convienen — incluso el cura de Los Palacios, que habla 
poco de esto — en- que Martin Alonso era ffran marmero y hom- 
bre de buen consejo para la mar. Es también innegable que 
nuestros marinos lia])ian ya dado, por -aquellos tiempos, hartas 
pruebas de aliento y de audacia, no sólo en el Mediterráneo, sino 
en el Océano por las costas de África hasta donde viajaban por 
entonces los portugueses. Pero aparte de que los Pinzones te- 
nian, como marinos, un gran crédito y fama, es indudable que 
medió trato ó pacto especial para que prestaran á Colon el eficaz 
y valioso auxilio que le prestaron. Sobre este punto, como sobre 
otros muchos, nadie más explícito, ni acaso más verídico y me- 
jor enterado que Las Casas. Oigamos lo que dice sobre el parti- 
cular : 

«Cristóbal Colon, desde Granada, se fué derecho á la villa de 
Palos , porque allí hay buenos y cursados hombres de mar : co- 
menzó á tratar en aquel puerto de su negocio y despacho con 
tres hermanos , que se llamaban los Pinzones , marineros ricos y 
personas principales, especialmente con Martin Alonso, que era 
el principal y más rico y honrado , á los cuales casi todos los de 
la villa se acostaban (acogían) por ser más ricos y más empa- 
rentados. Con este Martin Alonso comenzó Colon su plática, ro- 
gándole que fuese con él á aquel viaje, y llevase sus hermanos y 
jiarientes y amigos, y sin duda es de creer que le debió prometer 
algo , puesto que no tanto, como algunos dijeron. Creemos que 



282 COLON EN ESPAÑA. 

este Martin Alonso, i)rinc¡i)almente , y sns hermanos ayudaron y 

aviaron mucho á Cristóbal Colon para sn despaclio » «El 

Martin Alonso era muy animoso , y en las cosas de mar muy 
experimentado, y porque Cristóbal Colon quiso contribuir la 
ochava parte en este viaje — porque con sólo el cuento de mara- 
vedís que por los Reyes prestó Luis de Santángel no podia des- 
l)acharse , y también por haber de la ganancia su ochavo , y Cris- 
tóbal Colon quedó de la corte muy alcanzado, y puso medio 
cuento de maravedís ^wr el dicho ochavo.» Añade Las Casas 
«que tenía entendido que Martin Alonso prestó sólo á Cristóbal 
Colon el medio cuento ; ó él y sus hermanos. » 

Herrera dice lo mismo en cuanto al préstamo, y Muñoz lo re- 
fiere también, aunque en otros términos. 

El concienzudo y discretísimo coleccionador Navarrete, de 
quien tomamos estos datos , añade : 

«Puede presumirse con mucha verosimilitud, que pues fray 
Juan Pérez andaba negociando en Palos con Colon, él fué quien 
le proporcionó estas relaciones amistosas y estos medios para 
llevar adelante su empresa, porque Colon, por sí solo, no podia 
tener crédito en un pueblo donde nadie le conocía (1) y donde 
se habia presentado poco antes tan falto de auxilios para una 
empresa que muchos juzgaban vana y temeraria. 

No se halla documento ni historiador nuestro que exj)rese las 



(1) Ya hemos dicho y visto antes que esto no es del todo exacto. Verdad 
es que el testigo García Hernández dice « que la causa de que Colon no hallii- 
ra gente era porque ninguna persona conoscia al dicho Almirante. » Pero bien 
se advierte que lo de menos habria sido el conocerle , si con los titulos y auto- 
ridad que llevaba de los Eeyes la empresa hubiera sido menos atrevida y 
temeraria. En reahdad , no era ya Colon tan desconocido en Palos. El alcalde, 
Diego Prieto, que trajo de Granada los 20.000 maravedises en florines, que 
para Colon le entrego la Peina; Juan Podriguez Cabezudo, qiie prestó la 
nuda en que Fr. Juan Pérez hizo el viaje á Santa Fe, y á quien Colon dejó 
couüadü su hijo Diego cuando partió para su primer viaje ; el clérigo Martin 



COLON EN ESPAÑA. 283 

condicionos con qno los Pinzones le hicieron ú (Jolón el ])réstíimo 
de la expresada cantidad ; pero se deja inferir deliió cederles la 
mitad ó el todo de las ntilidades que le correspondiesen por su 

octavo Tal vez esta cesión di(') motivo al fiscal ])ara creer y 

asentar que el Almirante prometió á Martin Alonso la mitad de 
las mercedes que los Reyes le hablan ofrecido en la capitulación.» 
•En esto hay, indudablemente, exageración; y bien denota la par- 
cialidad, allí entonces reinante, en favor de los Pinzones y con- 
tra el Almirante. Pero uno de los testigos presentados de su 
parte, Juan Hodriguez de Mafra, dice expresamente «(jue ni 
el Almirante hubiera podido armar si no fuera con él Martin 
Alonso Pérez , rico y emparentado , i)or respeto del cual fué la 
gente. » 

El excesivo celo es hartas veces ¡Jei'jndicial á la misma causa 
que se defiende. 

Con el laudable propósito de vindicar agravios y defender el 
nombre y fama de nuestros marinos, sostiene nuestro Navarrete 
^(.(pie las (.i'ficultades enc^ontradas por Colon en el puerto de Pa- 
los para tripular sus tres carabelas, no eran hijas de temor y re- 
celos que allí despertara la audaz empresa , tanto cuanto de la 
desconfianza que les infundía un aventurero extraño. » El celo 
por nuestras glorias ha llevado á Navarrete demasiado lejos en 
esaparte. Oigamos, en prueba de esto, lo que dicen sobre el 



Sanche/,, depnsitario del propio tesoro y <le líi confianza de Colon; el piloto 
de Lepe, Sebastian Kodriguez, que habia ido con la carta-ruego del prior de 
la Rábida á la Reina, y este mismo respetable y respetado prior, no solamente 
conocian y daban á conocer á Colon, sino que le tenian en alta estima. De 
forma , que esa frase banal de que no era conocido hay que tomarla en el 
sentido en que la usa Oviedo, tratándose de los nuichos ofrecimientos de 
grandes riquezas y estados para la Corona Real de Castilla que hacía Colon. 

(cPero como traía la capa raída ó pobre, teníanle por fabuloso soñador 

2>or 1)0 xer ronoscido y exíranjero.)) (Ovikdo, 7/¿sí. ffen. de las IndiaK, lib. ii, 
capitulo IV. ) 



284 COLON EN ESPAÑA. 

particular alguuos testigos del consabido pleito, que á la voz lo 
fueron del suceso. 

Diego Fernandez Colmenero dice «que el Almirante no fallaba 
gente que fuese con él, por ser el viaje peligroso. y> 

El hijo de Pinzón, Arias Pérez, dice «que no babia (en Pa- 
los) hombre ninguno que osase ir en su compañía (la del Almi- 
rante), ni menos le quisiese dar sus navios, diciéndole «que él 
)) babia de ir é'que nunca fallaría tierra » 

Todos los testigos que evacúan la pregunta 23.'' del inter- 
rogatorio fiscal están contextes en asegurar, «que sin el apoyo y 
resolución de Martin Alonso Pinzón, no hubiera logrado el Al- 
mirante equipar las tres naves en Palos, porque era aquel hom- 
bre de gran corazón, de gran fuerza é saber, y trabajaba — dice 
Colmenero — en hacer lo que otro no pudiese, porque dello hu- 
biere memoria, é ansí avió al dicho Almirante é se fué con él é 
llevó muchos de sus parientes é amigos. » 

. Pero ¿qué más? Juan Rodriguez de Mafra, testigo presentado 
por D. Diego, dice á la pregunta 15.* «que vido armar al Al- 
mirante y no quiso ir por tener el descubrimiento por cosa vana, 
como todos ; ni el Almirante hubiera podido armar si no fuera 
con él Martin Alonso Pinzón, rico y emparentado, 2^<^^^ respeto 
del cual fué la gente.D 

Otro testigo, el piloto Gregorio Diaz «oyó, habrá veinte años 
y más, a que el Almirante y cuantos con él iban no volveriany>; y 
ciertamente — añade — si el Almirante no volviera por otro ca- 
mino que por donde vino, que fué meterse debajo del Norte, que 
no volviera allá, é ansí por allí se siguen todos los navios que 
desta tierra van para Castilla.» 

No ; no era el hombre, era la emiwesa magna la (pie debia 
producir asombro á cuantos veian los preparativos; y á los que 
hablan de embarcarse con él, desconfianza y terror. Esa descon- 



COLON EN K8PAÑA. 2H5 

finiizi» y eso terror no se ])0(liiui disipar más qne con irrandes 
ejemplos de conrianza y de valor, y esos ejemplos los dieron los 
Pinzones, acreditados navegantes y hombres de grandísima in- 
. flnencia en a({nellos puertos. 

¿Y quién ganó A los Pinzones á la emi)resa de Colon? No ne- 
gamos que i)udo hacer mucho, é hizo en efecto, el prior de la 
Rábida ; que debieron auxiliar muchísimo al efecto Juan Rodrí- 
guez Cabezudo y Martin Sánchez. Pero más que todos, y sobre 
todo , Colon mismo y su i)ropia emi)resa. 

El P. Las Casas y Navarrete creen y dan por sentado que 
mediaron tratos y estipulaciones entre Martin Alonso y Colon. 
Lo indican los testigos del susodicho pleito, y es de creer que así 
fuera. Martin Alonso era armador y esforzado marino , pero era 
también comerciante. Colon era pobre y había estipulado con los 
Reyes que sufragaría la octava parte del coste de la expedición. 
El cuento de maravedises librado por Santángel no era bastante 
para equipar las tres naves. Fué necesario medio cuento más 
que sin duda suministró Martín Alonso ; y no le suministraría 
sino con cuenta y razón. 

Esto aparte , los hechos innegables y evidentes son que Mar- 
tin Alonso entró , como hombre de corazón y amante de la gloria, 
en el proyecto del navegante genoves ; y una vez en él contribu- 
yó poderosa y eficazmente , no sólo al aparejo y apresto de las 
tres carabelas , sino lo que más importaba entonces , contribuyó 
á disipar temores y desconfianzas, y no con la palabra ó el con- 
sejo , sino con el cgemplo ; ejemplo que siguieron sus hermanos y 
sus parientes y amigos, alistándose vohmtaríos para la audacísi" 
ma expedición del grandemente audaz navegante genoves. 

Desde el momento en que Martin Alonso Pinzón entró en el 
])royecto y se avino á prestarle sus servicios y los de sus parien- 
tes y amigos, todo cambió de aspecto para Colon ;.y en un mes, 



286 COLON EN ESPAÑA. 

dicen á una cronistas y testigos , estuvieron equipadas y dis- 
puestas para zarpar las tres carabelas. De esto se infiere que 
Pinzón no se arresíló con el Almirante hasta últimos de Junio 
ó primeros de Julio. 

Dos de las carabelas las proporcionó Martin Alonso, y la ter- 
cera se embargó á sus dueños Gómez Rascón y Cristóbal Quin- 
tero que , aun cuando reacios siempre , debieron formar parte de 
la expedición , toda vez que la avería que sufrió la Pinta , antes 
de llegar á las Canarias , la atribuyen Las Casas y D. Hernando 
á industria de aquéllos, «porque les pesaba ir á aquel viaje.» 

La Pinta iba mandada por el mismo Martin Alonso Pinzón; 
la JV^iña , por su hermano Vicente Yafiez ; y la mayor , llamada 
Santa María, , la mandaba Cristóbal Colon : en ella ondeaba el 
pabellón de Almirante. 

Iban también , como pilotos , Sancho Ruiz , Pedro Alonso 
Niño y Bartolomé Roldan ; á j)esar de que en La Pinta hacía de 
piloto Francisco Martin Pinzón, otro hermano de Martin Alonso. 

Como funcionarios , iban , de inspector general de la armada 
Rodrigo Sánchez de Segovia ; de alguacil mayor , Diego Arana, 
natural de Córdoba, y Rodrigo de Escobar desempeñaba el car- 
go de escribano Real. 

Formaban también parte de la expedición un médico , un ciru- 
jano , algunos particulares y varios criados. Las trii3ulacioues se 
componían de noventa marineros. El total de expedicionarios, 
ciento veinte personas (1). 



(1) Varios biógrafos y escritores italianos, entre ellos el abate Casanova 
en su reciente opúsculo La Venté sur la patrie de Críst. Colonib, 1882, se 
empeñan en sostener que Colon tuvo que recurrir á extranjeros para tripular 
sus tres carabelas, _y que en el primer viaje fueron con él genoveses y corsos, 
ingleses, portugueses, y que llevó no sabemos cuántos perros de Córcega. 
Más comedido en esa izarte el conde riossolly hace sólo mérito de lui inglés, 
un irlandés y dos portugueses; total, cuatro extranjeros. Eu la lista de los que 
Colon dejó cu la Española, cuyos uomlires encontraron Muñoz j' Navarrete 



COLON EN ESPAÑA. 287 

Un lu'clio notable on la vida de (Jolou, por lo que ¡nflnye — 
como ya hemos dicho — para explicar otros importantes que han 
sido omitidos il colocados á íiilsa luz , es el de haber confiado, en 
vís])eras de su primera expedición , su hijo Dieg-o á Juan Rodrí- 
guez Cabezudo y al clériuo Martin Sánchez. Esto demuestra que 
no le tenía en el convento de la Rábida, porque á tenerlo allí, lo 
habria dejado , como era natural y cuasi obligado , sino que lo 
llevaba en su compañía, cuando de Granada se fué á Huelva y 
tocó en la Rábida. 

Pero ¿ lo confió á aquellos sujetos i)ara que lo tuviesen en 
guarda , durante er tiempo que durase su marítima expedición? 
Navarrete ha creído que no , y con muy buen criterio y por una 
razón decisiva, á nuestro entender. En la relación del primer viaje 
(jueves 14 de Febrero de 93) dice Colon : « que también le daba 

gran jDcna dos hijos que tenia en Córdoba al estudio )) (1). Por 

lo que es visto , que al confiar , en Palos , su hijo Diego á Cabe- 
zudo y á Sánchez , fué con el fin de que lo llevasen á Córdoba, 
al lado de su hermano Hernando y al cuidado de la madre de 
éste D.* Beatriz Enriquez. Y esto es lo que asegura Navarrete. 

Todo ello no amengua en nada la importancia de los servicios 
que en aquellos días y en los precedentes i)restó á Colon el guar- 
dián de la Rábida , Fr. Juan Pérez , acompañándole , recomen- 



en los Papeles de Contratación del Archivo de Indias, sólo se encuentra el 
n(iiiil)re de Tallarte de Lages, inglés ; todos los demás son españoles, andalu- 
ces, y castellanos los más. No, sólo los jefes, pilotos, maestres y tripulaciones 
se formaron exclusivamente de españoles, sino los especiales servidores de Co- 
lon, que fueron el fiel y heroico Diego Méndez, Francisco Jiménez Roldan y 
Diego de Salcedo. De los perros de Córcega no nos parece necesario ocu- 
parnos ni hace al caso. 

(1) Y aquí puede notarse el comedimiento y la pudorosa delicadeza de Co- 
lon, de no nombrar á D.* Beatriz Enriquez: argumento en contra de su matri- 
monio infacie eclraia; bastante más fuerte ( pie eladucidn en /iro por el conde 
liosselly, al citarnos la fr;i>;i- di' « Hiujcr ('■ hijusí) ([iic dcjú al venir á España 
el navegante genoves. ); 



288 COLON EN ESPAÑA. 

dándole , dándole el prestigio y la fuerza moral , de qne tanto lia- 
bia menester en aquella coyuntura. 

Ese y no otro fué el paj)el representado por el celoso P. Fray 
Juan , guardián de la Rábida, confesor que habia sido de la reina 
Isabel; recomendar á ésta, en los momentos decisivos, la empresa 
y proyecto del navegante genoves , y después facilitar á éste re- 
laciones y darle autoridad y prestigio en Palos, en Moguer, y en 
todos los pueblos de aquella costa y de las cercanías del convento. 
Hizo más Fr. Juan Pérez , contribuyó poderosamente á interesar 
en la empresa á Martin Alonso Pinzón, Y en sentir de Navarrete, 
él debió ser el autor del relato, historia ó tradición acerca de la 
escritura del tiempo de Salomón bailada en la librería del Papa 
en Roma ; idea que tanto molesta al biógrafo Rosselly, y que 
tampoco nosotros encontramos aceptable. 

No se olvide que otros muy diversos habían sido los servicios 
que al proyecto de Colon habia prestado Fr. Antonio de Marche- 
na, según declaración y recomendación de la Reina al Almiran- 
te ; 23or lo que no pueden ni deben confundirse en uno los dos 
frailes. Uno era el cosmógrafo, el estrólogo^ decía la Reina ,. que 
siempre habia estado favorable al proyecto y siempre del lado 
del navegante genoves. Otro era el anciano confesor de la Reina, 
guardián ó prior del convento de la Rábida. Fray Antonio de 
Marchena fué , pues , indudablemente un humilde franciscano, 
un modesto sabio , del que , á fuer de humilde y de modesto sa- 
bio , nadie se volvió á acordar después del éxito. 

Aparejadas y prestas las tres carabelas, la Santa María, la 
Pinta y la Niña , el embarque hubo de ser acto solemne y no 
desprovisto de gravedad. Sin negar que los marinos de aquellos 
puertos fuesen , como afirma Navarrete , gente experimentada, 
brava y avezada á los peligros de la navegación , no se puede 
desconocer que la empresa que entonces acometían los ciento 



COLON EN ESPAÑA. 289 

veinte expedicionarios á las órdenes de Colon rayaba entonces, 
por lo extraordinaria y audaz, no en los límites de lo temerario, 
sino en los de lo fabuloso. .¡ Qué extraño es que el piloto Grego- 
rio Diaz oyera decir entonces <s.que el Almirante y cuantos con él 

iban no volverían! » Calcúlese i)or aquí lo que suceder debió 

al verificarse el solemne acto del embarque. Irving lo ha dicho 
en su elocuente estilo : «Estando la escuadra pronta para darse 
á la vela. Colon, poseído de la solemnidad de su empresa, se con- 
fesó con Fr. Juan Pérez y recibió la sagrada Comunión. Sus ofi- 
ciales y tripulaciones siguieron su ejemplo ; entraron en la em- 
presa llenos de santo temor; y con las mas devotas é imponentes 
ceremonias se encomendaron á la guía y especial amparo del cielo. 
Una profunda tristeza se difundió por Palos á su partida ; porque 
todos tenían algún pariente ó amigo en la flota. Los ánimos de los 
marineros, comprimidos ya por la solemnidad del acto, se angus- 
tiaron más aún por la aflicción de los que quedaban en las playas, 
y se despedían de ellos con lágrimas y lamentaciones y oscuros 
presentimientos de que jamas volverían á ver aquellos rostros. » 

Hé ahí indudablemente la causa por qué el Almirante se tras- 
ladó con las carabelas á la pequeña isla formada por la ría del 
Odiel , frente á Huelva y cercana á la barra de Saltes, de donde 
hizo levar anclas la mañana del viernes 3 de Agosto de 1492 
muy de madrugada. 

En naves y con tripulaciones españolas , bajo el amjiaro del 
pabellón castellano, dejemos caminar á Colon por el tenebroso 
mar, en alas de su valor sereno y de su incontrastable 2)erseveran- 
cia, fruto de una creencia racional , tan grande como su corazón, 
y tan firme y resuelta como su carácter ; dejémosle caminar en 
busca de otro vellocino de oro , del que surgirá un Nuevo Mundo. 



10 



CAPÍTULO I. 



PRIMER VIAJE. 

Sumario : Avería de la Pinta. — Detención en las Canarias. — Parten de la 
Gomera , rumbo á Occidente. — Se insinúa el desaliento en las tripulaciones. 
— Principian á murmurar del largo viaje. — Se acentúan las quejas y las pro- 
testas.-^ Confianza y superioridad de Colon. — El diez de Octubre acalla las 
quejas y doniiua los conatos de rebelión. — Se acercan á tierra. — La descu- 
bren el 12 de Octubre. — Isla Guanahaní. — Aspecto del país. — Estado y 
cualidades de sus habitantes. — Cuba y la Española. — Deserción de Martin 
Alonso. — Pérdida de la Santa María. — El cacique Guacanagari. — Forta- 
leza de la Navidad. — Regreso. — Vuelve á unírsele Martin Alonso. — La tor- 
menta. — Separación forzosa de la Pirata. — Arribada á las Azores. — Con- 
ducta de Castanheda. — Furioso temporal, y nuevo peligro cerca de las ro- 
cas de Cintra. — Entra en el Tajo. — Colon y Alonso Acuña. — Visita al rey 
don Juan y ú la Reina. — Salida de Portugal y llegada' á Palos. 



Niégauí-e en verdad la índole y el objeto de este libro á los 
atractivos que de suyo ofrece la historia del descubrimiento del 
Nuevo Mundo. Pero fuera rigor extremado y culpa casi imper- 
donable no dar siquiera á nuestros lectores , por premio ó com- 
pensación á la aridez de nuestras disquisiciones críticas , un bo- 
ceto, aun cuando ligero algo galano, de las principales escenas 
que abraza el patético é interesante drama del descubrimiento. 
A más de que deber nuestro es , si el libro ha de responder á su 
título, contar lo que á Colon aconteció en España durante los 
entreactos de sus cuatro exiaediciones y hasta su fallecimiento. 



292 COLON EN ESPAÑA. 

No por eso pensamos quebrantar el capital precepto de la uni- 
dad, haciendo un libro de dos naturalezas distintas, no. Escribi- 
mos un estudio crítico-histórico , no escribimos una historia. Y 
continuando en nuestro propósito , nos abstendremos de narrar 
los detalles y particularidades de aquellas expediciones , por más 
que todos ellos sean sucesos importantísimos , que , aunque con- 
tenidos en el Diario del primer viaje y en las relaciones más ó 
menos detalladas de los restantes , hacen las delicias de los lecto- 
res , cuando se tiene el talento de perifrasearlos , como lo han 
hecho Irving y Rosselly de Lorgues. Sólo relataremos hechos y 
sucesos discutibles ó que se hayan puesto en tela de juicio. 

De las tres carabelas que formaban la escuadrilla mandada 
por Colon, una de ellas — Z» Pinta — propiedad de Gómez Ras- 
cón y Cristóbal Quintero, vecinos de Palos de Moguer , no iba de 
grado , sino que la llevaban de por fuerza. Y como al tercer dia 
de navegación se le rompió y desencajó el timón y comenzó á 
hacer agua , se concibieron fundadas sospechas de que iba mal 
aparejada y peor carenada de propio intento. Pero la mandaba 
Martin Alonso Pinzón ; y el ser éste hombre esforzado é ingenio- 
SO , puso remedio á la avería , y sosiego en el preocupado ánimo 
de Colon. Fué, sin embargo, causa bastante aquel fracaso, j)ara 
que el Almirante y su escuadrilla tuvieran que detenerse en las 
Canarias, desde el domingo 12 de Agosto hasta el jueves 6 de 
Setiembre , en cuya mañana , y después de adobada y presta la 
carabela Pinta, partió del puerto de la Gomera, con rumbo al 
Oeste , la por siempre famosa escuadra mandada por Cristóbal 
Colon. 

(i Qné pasó después que perdieron de vista las costas y que se 
consideraron más allá del meridiano de las Azores , últimas islas 
conocidas entonces del Occidente en aquellas latitudes ? 

¡Oh! un espectáculo grandioso y digno de ser admirado. Colon 



COLON EN ESPAÑA, 298 

rebosando gozo interior, y mostrándose á la altura de su elevada 
y por todo extremo dificilísima posición. Grave sin altivez, afable 
sin rebajamiento, diligente, previsor, majestuoao, verdaderamente 
transfigurado. ¡ Qué dignidad, (jué i)restigio, qué fuerza no de- 
bieron dar á su persona y á su palabra , el verse en su elemento, 
el considerarse en su puesto , vencidos tantos obstáculos y en ca- 
mino de dar confirmadas sus grandiosas previsiones, y realiza- 
dos sus dorados sueños ! 

Cuantos se habían embarcado en las tres carabelas dieron 
con ello sólo brtfena prueba de ser hombres de corazón ; y lo eran 
en efecto. Mas eran hombres, y ninguno tenía la ferviente fe de 
Colon ; iban esperanzados , pero recelosos ; su esperanza de en- 
contrar, por aquel derrotero, las fabulosas islas de Cipango y 
las tierras del oro , era la que les infundía Colon. 

No es verdad que se rebelasen vez alguna ; no es verdad. Pero 
si no se le rebelaron ; si al surcar por vez primera las espantosas 
soledades de aquel mar para ellos sin fin , sólo después de diez y 
seis dias de navegación , sin vestigios de hallar tierra , dejaron 
ver su desaliento y sus temores ; si casi muerta la esperanza y 
aumentados el desaliento y los temores , se limitaron á murmu- 
rar ; y si aun después de treinta y cuatro dias de zozobra y vano 

intento , solamente llegaron á formular quejas del largo viaje 

debido fué á la grandísima autoridad, al inmenso prestigio de 
que revestían á Colon su magnanimidad y su profundo convenci- 
miento. 

La firmeza de sus creencias daba elevación y perspicuidad á su 
espíritu , eso que se suele llamar intuición del genio ; una clari- 
videncia de todos los fenómenos, que á la generalidad de los 
hombres sorprenden y desorientan, y aquella calma y serenidad 
de juicio, quedan facilidad para explicarlos , y que granjean au- 
toridad, porque conquistan los ánimos. 



294 COLON EN ESPAÑA. 

Sólo así se concibe que nn hombre desconocido, sin fortuna, 
sin parientes, extranjero, á quien muchos habian mirado como 
un arbitrista y no pocos como un maniático Sólo así se conci- 
be, que pudiera llevar, dirigiendo tres naves por las espantosas so- 
ledades del antes no surcado Océano, durante setenta y un días, á 
más de cien hombres, sin que se le desertaran ni se le rebelasen. 

No quiere esto decir que entre aquellos hombres, y especial- 
mente en los que componían las tripulaciones, no hubiera días 
de angustia, momentos de murmuración, y aun de quejas y de 
protestas. Los hubo, sí, es indudable que los hubo. No lo ocul- 
ta el mismo Colon ; los indica con la imparcialidad de un histo- 
riador , y con la calma de un jefe, de un exjierto y animoso jefe 
([ue conoce lo grave de las situaciones y la natural flaqueza de 
los hombres ; pero que no sabe lo que es cejar por miedo. Hubo 
día — el 10 de Octubre — en que las quejas y las protestas de las 
tripulaciones y de la gente llegaron á conato de abandonar la 
empresa y de retroceder (1). Pero el hecho, el hecho culminante 



(1) En el Diario que nos ha conservado Fr. Bartolomé de las Casas, refirién- 
dose al 22 de Setiembre, dice el Almirante : «Mucho me fué necesario este 
viento contrario, porque mi gente andaban muj^ estimulados, que pensaban 
que no ventaban estas mares vientos para volver á España.» 

El siguiente dia vuelve á repetir Colon : «. Y como la mar estuviese mansa 
y llana murmuraba la gente diciendo : que pues por allí no habia mar grande, 
que nunca ventarla para volver á España ; pero después alzóse mucho la mar 
y sin viento, que los asombraba » 

Y el 10 de Octubre dice el Diario : «Aquí la gente ya no lo podia sufrir; 
quejábase del largo viaje. Pero el Almirante los esforz{3 lo mejor que pudo 
dándoles buena esperanza de los provechos que podrían haber, y anadia, que 
por demás era quejarse, pues que él habia venido á las Indias, y que asi lo ha- 
bía de proseguir hasta hallarlas, con el ayuda de Dios.» 

Sin duda, recordando lo acontecido en ese dia, escribió el 14 de Febrero, en 
medio de la deshecha borrasca que les asaltó á la proxinddad de las Azores, 
estas pocas pero graves frases : «Mayormente que pues le habia (Dios) libra- 
do á la ida cuando tenía mayor razón de temer de los trabajos (jue con los 
marineros y gente que llevaba, los cuales todos á una voz estaban determina- 
dos de se volver y alzarse contra él haciendo protestaciones ; y el eterno Dios 
le dio esfuerzo y valor contra todos.» 



COLON' F.V KSP\\A. 295 

y significativo es, qno la antoridad de Colon quedó incólume y se 
sobrepuso á todo y á todos. 

Y cuenta que á un lado los diplomas y los títulos de Almi 
rante y Visorey — que en aquellos momentos ])odrian conside- 
rarse nominales y de escaso valor — los verdaderos dueños de las 
carabelas , de las tripulaciones , y por consiguiente los arbitros 
de la situación eran los Pinzones. Una palabra, un gesto de 
Martin Alonso , en tan críticos momentos , hubieran podido po- 
ner término al viaje, á la empresa y á la misma vida de Colon. 
Pero, lo repetimos. Colon se sobrepuso á todo y á todos. Desva- 
neció los temores, cortó las murmuraciones, acalló las quejas, 
dominó las protestas, y se impuso. ¿Se impuso con la autoridad 

que le daban sus títulos y su bastón de mando? No : con la 

autoridad que le liabian ya granjeado su saber, sus conocimien- 
tos, su carácter, su magnanimidad y su conducta irreprochable. 
Se impuso como se impone el genio : con su aureola , con su pres- 
tigio fascinador, con la majestad que le dan sus inspiraciones, 
en momentos solemnes y difíciles. 

Verdad es que Martin Alonso Pinzón amaba también la gloria 
y era esforzado y animoso. Con ello contaría también Colon, y 
mucho partido sabría sacar de ello. Pero téngase en cuenta, que 
aquellas mismas altas cualidades de Pinzón no le jireservaron 
de ser, poco tiempo después, vencido por la codicia y arrastrado 
IXH' los celos , irrespetuoso y desoljediente á Cristóbal Colon : á 
Cristóbal Colon ya victorioso, Almirante de la mar Océana y ya 
Virey de las islas por él descubiertas. 

Era el 11 de Octubre de 1402. Aun duraba en las carabelas, 
como lejano rumor de in'eñada nube, el eco de las quejas, de las 
protestaciones, que á punto de convertirse en sediciosa rebelión 
liabia calmado el Almirante, con su fervorosa ¡¡alabra y su ma- 
jestuosa y enérgica actitud. A favor del velo de la noche ])odia 



296 COLON EN ESPAÑA. 

ocultar sn preocnpaoion y sus recelos ; pero siempre vigilante y 
firme siempre en sus convicciones, observando con escudriñadora 
mirada desde el castillete de popa, creyó divisar á lo lejos una lum- 
bre. Eran las diez de la noche , y no fiándose de su vista llamó á 
Pero Gutiérrez , repostero de estrados del Rey , y díjole que mi- 
rase ; y en efecto, así lo hizo y vio la luz. Pero la luz era tan té- ' 
nue, que aunque llamó en seguida al veedor Rodrigo Sánchez, 
i:)ara que hiciese igual observación , éste miró y no la vio. Colon 
se creia, sin embargo, cerca de tierra, y no se engañaba. El tiro 
de una lombarda , disparado á cosa de las dos de la mañana, 
desde la Pinta, que como más velera iba delante, anunció ¡Tier- 
ra ! á las tripulaciones y gentes de las tres carabelas. Un mari- 
nero, Rodrigo de Triana, fué el jírimero que la vio. Estarían á 
dos leguas de ella ; y el Almirante dio orden de amainar y po- 
nerse al pairo. 

Vino el dia 12 de Octubre , y con él ¡ qué alegría tan inmensa 

para aquellos navegantes ! ¡ qué satisfacción tan grande, tan 

intensa , tan embriagadora la de Colon ! La tierra tan anhelada, 
la misteriosa tierra, allá escondida tras el piélago insondable, tras 
el tenebroso mar, estaba allí , patente á sus ojos , y por momen- 
tos iban á pisarla sus pies. Y arriTaaron en efecto; llegaron á ella, 
y la pisaron por fin. Era la pequeña isla Gimnahani , una de las 
Lucayas, á la que Colon dio el nombre de Son Salvador (1). 

Aquellos bosques vírgenes , aquellos árboles y plantas de for- 



(1) Hase discutido, y continúa discutiéndose con gran empeño en todas 
partes, pero muy especialmente por la Sociedad Hidrográfica que en AVa- 
shington preside M. Patterson, cuáles fueron los primeros puntos de las Anti- 
llas que visitó Colon , y sobre todo , cuál de aquellas islas es la famosa Gua- 
nahani que él bautizó con el nombre de San Stalvador. Ni Hernando Colon , ni 
Las Casas, ni Herrera la determinaron con precisión y exactitud. Don Juan 
Bautista Muñoz, que reparó esa falta, dióse á creer y asegurar que la verda- 
dera üuanabani era la isla Watlings, de cuatro leguas de extensión, y que 
está situada á qiünce al E. de la isla del Gato ( Cat island de los ingleses), 



COLON EN ESPAÑA. 297 

mas extrañas y do otorno vcM-dor; aquel ambiente suave y embal- 
samado con el aroma de una vegetación exhul)crante y primoro- 
sa; aquella fragancia y aquella temperatura blanda y dulcísima, 
denotaban, sin duda alguna, nuevas tierras, países nuevos, un 
Nuevo Mundo. 

Bien lo atestiguaban aquellos hombres y mujeres que asom- 
brados y estupefjxctos contemplaban desde la playa á losquejuz- 
íraban venidos del cielo, (hiitadas criaturas vn el primer estado 
de Naturaleza, completamente desnudas, de bellas formas, de 
color cobrizo , cabellos largos y lacios , se las veia por la playa 
fluctuando entre la curiosidad y el temor; querían ver, y huian 
de aquellos hombres blancos cubiertos de tan extraños ropajes y 



que es la llamada San Salvador, y la tenida generalmente por Guanahani. 
Vino después el Sr. XavurreLe, y apoyado en el fuerte testimonio (1(;1 tenieiilo 
de fragata D. Miguel ^loreno , el cual acompañó al almirante Churruca en su 
expedición científica á las Antillas á fines del siglo anterior , sostiene que la 
verdadera Guanahani es la isla del Gran Turco , pequeño islote de una legua 
de extensión al E. del banco llamado Los Caicos, en el paralelo 21, .50. 

Pero viene Washington Irving y guiado por la pericia de un marino anglo- 
americano , combate victoriosamente la aserción de Navarrete y restituye su 
derecho de primogenitura á San Salvador la Grande. Abre esto nuevas discu- 
siones é investigaciones; y de una parte Varnhagen, de otra el comodoro 
Owen, y por último, el capitán Beclier, contienden, pretendiendo el primero 
()ue la verdadera Guanahani es la isla Mariguana , y que de allí siguió Colon 
el rumbo á las islas Act¡lin y Crooked ; de ellas á la isla Larga, tocando des- 
pués en la Eximia para volver sobre Long island y Crooked, y dirigirse de 
aquí al puerto Gibara , costa Noreste de Cuba. Bien se ve entonces cuáles de 
esas islas serian las denominadas por Colon La Concepción , Fernandina é 
Isabela. 

El capitán Becher hace llegar primero á Colon á Watling , por lialicr i'l 
dia 7 de Octubre torcido el rumbo á Sudoeste , anclando al Nordeste de la isla. 
De allí , circunavegando por el Noroeste de la isla , se dirigió á Cayo Rum , que 
es la isleta á que por lo pequeña no da nombre, y le hace tocar en el cabo 
Santa María de la isla Larga (Long island); marchar después á la isla Exu- 
ma, jiara volver á Long island (isla Larga); y de allí á la Boca de la Carabela, 
en la isla de Cuba. 

M. G. V- Fox (1881) sostiene que es la isla Samana, al N. de los cayos de- 
nominados Las Planas , y al Noroeste de Mariguana , el primer punto de desem- 
barco de Colon, el cual se dirigió luego al Sur-suroeste , tocando en la parte 
septentrional de las islas Acklin y Crooked; de allí al Ueste para sólo tocar en 



298 COLON EN ESVAÑA. 

de tan brillantes armas; y fué necesaria toda la dulzura inteli- 
gente de Colon para atraerlos y desvanecer su temor. 

Entonces los esiiañoles pudieron conocer el tesoro de innata 
bondad que encerraba el alma de aquellos isleños, en brazos to- 
davía de la Naturaleza, con una choza por habitación, con una 
hamaca por lecho, con los frutos espontáneos de los bosques por 
alimento ; dadivosos , hosi)italarios , sin conocer aún el twjo y el 
mio^ causa de tantas maldades y levadura de tantos crímenes. 

Refiriéndose á los indíg'enas de la isla de Haiti y á conversa- 
ciones con el mismo Colon, dice, en su Década^ Angleria : «Es 
cierto que la tierra es tan de todos entre aquellas gentes , como 
el sol y como las aguas ; y que el mió }^ el tuyo , semilla de tantos 
males , no tienen lugar entre ellas. Se contentan con tan poco, 
que en aquel extenso j)aís , más bien tienen superfluidad que es- 
Cabo Verde de la isla Larga (Long island) ; retroceder luego al centro occi- 
dental de la Crooked , para de allí tomar el rumbo Suroeste que le llevó al 
puerto del Padre, costa N. de Cuba entre la Punta de Muías y el puerto de 
Nuevitas del Príncipe. 

El barón de Humboldt, con la valiosa cooperación del barón de Walkenaer, 
ha ilustrado grandemente la cuestión , y apoyado fuertemente la opinión de 
Irving con las autoridades y razones que suministran los mapas é itinerarios 
de Juan de la Cosa, Diego Ribero y D. Juan Ponce de León. 

En el número de los geógrafos y marinos distinguidos que recientemente 
han ilustrado esta cuestión , y cuyos escritos y dictámenes ha reunido y exa- 
minado con prolija atención y especial estudio la Sociedad Geodésica é Hidro- 
lógica de los Estados-Unidos, presidida por Patterson, tenemos la honra de 
contar á nuestros compatriotas los Sres. D. José de Lorenzo, D. Gonzalo de 
Murga y D. Martin Ferreiro , empleados en la Dirección de Hidrografía , au- 
tores ó principales redactores del notable Diccionario Maritimo Español, im- 
preso en 1864, y al capitán de navio D- Cesáreo Fernandez Dvu'o. — Disqui- 
siciones náuticas (1876) , á cuya interesante obra (t. i, pág. 59 y sig.) remitimos 
á los que deseen más pormenores sobre la cuestión. 

Nuestra humilde opinión, aunque profanos , es la de que la isla de Guana- 
hani es la de San Salvador, indicada por Colon y T^as Casas, si no de una ma- 
nera irreprochable é indiscutible , bajo el punto de vista astronómico , de un 
modo bastante claro bajo los puntos de vista geográfico y topogrático. Es la 
señalada por Juan de la Cosa , por Ribero y por Ponce de León. Es ademas la 
mantenida por la tradición, y la que mejor concierta con el vüterior rumbo é 
itinerario náutico de Colon. 



COLON EN ESPAÑA. 299 

casez. Realizan allí el dorado ensueño de vivir sin trabajo en 
abiertos jardines, no divididos por vallas ni con muros defendidos. 
Comercian justa y buenamente unos con otros sin necesidad de 
leyes, de libros, ni de jueces. Creen lioml)re malo y perjudicial, 
sólo al que se complace en hacer daño á otro ; y aunque no gustan 
de cosas superfinas, hacen, sin embargo, provisión de aquellas 
raíces de donde sacan su pan ; contentos con esa simi^le comi- 
da, con la cual conservan la salud y evitan enfermedades.» 

El propio Almirante , en su carta á Luis de Santángel , pinta 
con su elocuente sencillez y candor á aquellos mismos habitantes 
de la Española : «Es verdad, dice, que después que se aseguran 
y pierden este miedo , ellos son tan sin engaño y tan liberales de 
lo que tienen , que no lo creeria sino el que lo viese. Ellos , de 
cosa que tengan, i3Ídiéndosela, jamas dicen que uo; íintes convi- 
dan á la persona con ello y muestran tanto amor, que darian los 
corazones; y quier sea cosa de valor, quier sea de poco precio, 
luego por cualquiera cosa, de cualquier manera que sea, que se 

les dé por ello, son contentos » «Todos ellos, así hombres como 

mujeres , después de haber el corazón seguro de nos , venieron, 
que non quedaba grande ni pequeño que todos traían algo de co- 
mer y beber , que daban con amor maravilloso.» 

«Non conocían, añade allí mismo Colon, ninguna secta ni ido- 
latría , salvo que todos creen que las fuerzas y el bien son en el 
cielo. Y creían muy firme , que yo , con estos navios y gente ve- 
nía del cielo » «Y esto non procede jiorque sean ignorantes, 

salvo de muy sotil ingenio; navegan todos aquellos mares, y es 
niiiravilla la buena cuenta que dan de todo; salvo porque nunca 
vieron gente vestida ni semejantes navios.» 

«En todas estas islas, dice también, me parece que todos los 
hombres son contentos con una mujer , y á su mayoral ó rey dan 
fasta veinte.» 



300 COLON EN ESPAÑA. 

« Las mujeres me parece qno trabajan más que los hombres; 
ni he podido entender si tienen bienes propios; que me pareció 
ver que aqnellí^ que uno tenía todos hacian parte, en especial en 
las cosas de comer. » 

Antes de descubrir la isla Española (Haiti) , Cristóbal Colon 
estuvo á punto de tocar en el continente; puesto que entrando y 
navegando j^or el canal de Bahama , á no haber retrocedido , como 
retrocedió el 12 de Noviembre, tomando rumbo Este-sudeste, en 
pocas horas de navegación hubiera tocado las costas de la Flori- 
da. Cuando recorria la isla de Cuba , que él consideraba parte de 
un gran continente, pudo también, á haber seguido la dirección 

# 

Sud-oeste que llevaba , tocar muy fácilmente en la opuesta costa 
de Yucatán , realizando , como dice Irving , sus más dorados en- 
sueños con el descubrimiento de Méjico. Pero le fué negado, como 
á Moisés , pisar la tierra prometida. Y no , ciertamente , por falta 
de fe. « Pero fué suficiente gloria para Colon haber descubierto 
el Nuevo Mundo ; sus más ricas regiones estaban reservadas para 
dar esplendor á ulteriores empresas. » 

Y allí , y por aquellos dias comenzó á gustar ya las amargu- 
ras que de ordinario causa la envidia y produce la ingratitud de 
los hombres. El 20 de Noviembre, Martin Alonso, que mandaba 
la Pinta , se sustrajo á la obediencia del Almirante, separándose 
de la Santa Maña y la Bina , y siguiendo ruml)0 al Oriente, 
mientras aquéllas retrocedían á la isla de Cuba , impelidas por el 
viento y la mar alta , y de orden de Colon , que en vano repitió 
avisos y señales á la Pinta para que le siguiera. Esa deserción 
prodújole hondo disgusto y no leve preocupación. El ejemplo era 
de cualquier modo funesto , y el lírojjósito de Pinzón no podía ser 
favorable ni lisonjero para el Almirante. Pero dominó su indig- 
nación y devoró en silencio aquella amargura. 

Otra tuvo que experimentar á bien pocos dias — el de Na vi- 



COLON EN ESPAÑA. BOl 

dad, 25 de Diciembre; — la pérdida de la Santa María, que en- 
calló en un banco de Pimta Santa (costa noroeste de Haiti) mer- 
ced el un descuido de la tripulación , ó mejor diclio , del maestre 
cuya era la guardia de la carabela. • 

Este contratiempo, en medio de todo, sirvió para demostrarlo 
dos cosas : una , la de que llevaba á sus órdenes gente honrada y 
pundonorosa. Otra , la de que los habitantes de la isla era gente 
bnenísima á toda ¡¡rueba. 

Como quiera que en el fracaso de la carabela el maestre y unos 
cuantos marineros, sobrecogidos de terror, en vez de ejecutar cier- 
ta maniobra que habia ordenado Colon, huyeron con el batel en 
busca de salvación á la otra carabela que estaba á media legua 
de distancia, los de la Niña increpáronles por tan cobarde conduc- 
ta, y no los quisieron recibir; los hicieron volver al sitio del pe- 
ligro , y enviaron á toda prisa su barca con gente de auxilio : acto 
digno y honroso que satisfizo mucho á Colou. 

Y como á la mañana enviase á decir al cacique Guacanagari 
lo acontecido y que por ello no podia acudir al convite é invita- 
ción que le habia hecho , el buen Guacanagari, al saber el desas- 
tre, mostró tal aflicción que derramó lágrimas , y sin más treguas 
se trasladó al lugar del siniestro con gentes y canoas — cuantas 
pudo reunir de pronto — para prestar á los españoles todo género 
de auxilios, como los prestó en efecto. 

«Jamas en país alguno civilizado, dice Irving con este motivo, 
se ejercieron los oficios y ritos de la hospitalidad más cumplida 
y escrupulosamente que lo hizo aquel ignaro salvaje. Todos los 
efectos que se desembarcaron de la Santa María los mandó de- 
positar cerca de su habitación, y ¡íuso una tropa armada que los 
guardase aquella noche hasta prepararle local en que almacenar- 
les, sin que apareciera ni aun la más ligera tentación de que uno 
solo de aquellos indios quisiera aprovecliarse de la desgracia de 



•^02 COLON EN ESPAÑA. 

los extranjeros. Aquellas pobres gentes velan arrojados en sus 
playas efectos que ellos tenían por tesoros inestimables , y no tuvo 
lugar el hurto más insignificante. Al contrario , en sus acciones 
como en sus semblantes se veian pintadas la compasión y la 
simpatía á tal punto , que al verlos se hubiera creído que eran 
ellos , y no los españoles , las víctimas de aquella desgracia. » 

El 4 de Enero de 1493 se dio Colon á la vela para regresar á 
España, desde el puerto á que había dado el nombre de Navidad. 
Y el 6 , al doblar el cabo Monte-Cristo , divisaron á la Pinta, que 
vino directamente hacia ellos , con viento en popa. Martín Alon- 
so procuró disculparse lo mejor que pudo con el Almirante; y éste, 
justamente receloso de agravar la situación, si descubría en aquel 
momento é increpaba como merecían las faltas del orgulloso ca- 
})ítan de la Pinta, disimuló su justo enojo con hábil política. 

De ella dio muestras también Colon al dejar en Navidad, le- 
vantando al efecto una especie de fortaleza provisional , cuarenta 
hombres mandados por Diego de Arana, como base de futura 
colonia , con el objeto de continuar las exploraciones y de estre- 
char los vínculos de amistad con los pacíficos y gozosos habitan- 
tes de la isla. Y no porque el éxito fuera , como fué , fatal y des- 
graciado , dejó el acuerdo de ser político y previsor. 

Sin embargo, antes de abandonar la isla tuvo ocasión de ver 
que no todos sus habitantes eran tan pacíficos y mansos como 
Guacanagari y sus subditos. Al doblar el cabo Cabrón (1) y des- 
embarcar en la playa del ancho golfo que se abre al Noroeste, 
vieron indios de feroz aspecto y de ademan y porte belicoso y tur- 
bulento, con quienes fueron inútiles las insinuaciones de berievo- 
lencia y de obsequiosa amistad que venía empleando y empleó 
con ellos Colon. Eran de la tribu de los ciguayanos , raza osada 

(1) Cal)o del Enamorado le llamó Colon. Véase el Diario, sábado 12 de 
Enero. Todo Lace creer que alude allí ú lo que ahora se denomina Cabo Francés. 



COLON KX KSPAÑA. ^(K) 

y agreste do nn distrito montañoso que se extendia veinticinco 
legnas á lo largo de la costa y muchas por el interior. Aquel 
mismo dia tuvieron necesidad los españoles de mostrarles el tem- 
plo do las hojas toledanas. Pero al dia siguiente se volvieron á 
presentar, como si nada hubiese ocurrido la víspera, impávidos, 
y ya más confiados y amistosos; condiciones del carácter fiero 
pero noble de todos los montañeses. El cacique Mayouabex , su 
jefe , que se encontraba en la playa , envió á Colon , en signo y 
prenda de paz , el tahalí de concordia, que se reducía á una sarta 
do piedrecillas y conchas. En seguida se trasladó á la carabela de 
Colon , quien le recibió con cariño y le dio un banquete de galleta 
y miel, ricpiísimos manjares para aquellos comensales. Mayona- 
bex correspondió, ya que de otro modo no le era allí jíosible, en- 
viando á Colon su diadema de oro, al siguiente dia. 

Aprovechando el Almirante un viento favorable , se dio á la 
vela el 16 de Enero, encaminando su rumbo á España, con gran 
contentamiento de sus gentes, á cuyos semblantes iban ya aso- 
mando las señales del disgusto y de la impaciencia que tenían 
l)or regresar á los patrios lares. 

El 12 de Febrero, cuando ya se lisonjeaban de ver pronto la 
deseada tierra , se enfurecieron de pronto los vientos , agitándose 
extraordinariamente la mar. Sin embargo , las dos carabelas con- 
tinuaron rumbo al Oriente; pero en la noche del siguiente dia se 
desencadenó horrorosa la tempestad. Juguete de las embraveci- 
das olas los dos frágiles barcos , tuvieron que amainar velas , y á 
palo seco entregarse al cai)richo del viento y de la mar. La P/«- 
ta, roto ya el trinquete , desapareció entre las tinieblas de la no- 
che , sin que á pesar de los mutuos esfuerzos pudieran volverse á 
unir las dos embarcaciones. 

Contar h) que en aquella horrible noche y los dos siguientes 
días sufrieron aquellos audaces navegantes , y en especial lo que 



304 COLON EN ESPAÑA. 

sufrió Colon , fuera ardua si no imposible tarea. Con ser tan in- 
minente el peligro de las vidas, el perder la suya no era, sin em- 
bargo . lo que más afligia el ánimo de Colon. Le atormentaba el 
temor de que las sañudas olas sepultasen hasta los vestigios de 
su gloriosa y triunfadora empresa. 

Uníanse en Cristóbal Colon la prudencia , la destreza y el va- 
lor del capitán , á la fervorosa piedad del creyente. Así es que, 
sin perder la serenidad y la confianza en la Providencia, que ha- 
bía preparado su triunfo y su gran descubrimiento , y sin dejar 
de hacer votos y piadosas promesas , buscó el medio de que pu- 
dieran sobrevivir su nombre y la gloria de sus hazañas, aun 
cuando su frt'igil nave , con él y toda su gente, quedasen sepulta- 
dos en el tormentoso é implacable Océano. Al efecto escribió en 
un pergamino una sucinta relación de sus viajes y descubrimien- 
tos, declarando haber tomado posesión de las tierras recien ha- 
lladas en nombre de los Católicos Reyes; lo selló y sobrescribió 
al Rey y la Reina , añadiendo una promesa de mil ducados á 
quien quiera que presentase aquel paquete sin abrirle. Luego le 
envolvió en una tela encerada, metido en un barril vacío y bien 
calafateado , y lo arrojó al mar , dando á entender que aquello 
era el cumplimiento de un voto religioso. 

Estas precauciones calmaron algún tanto su ansiedad; pero 
sin descanso alguno durante tres días , y vigilante á todas horas, 
empapado en agua y casi sin comer, al anochecer del 15 vio ya 
señales de que la tempestad amainaba, y aquella noche descansó 
algunos momentos. Al siguiente día salió el sol , y á su gratísi- 
ma luz se unió la más grata voz de ¡ Tierra! dada por el ma- 
rinero Rui García. El gozo de la tripulación fué casi igual al que 
ales-ró sus corazones al descubrir el Nuevo Mundo. Estaban á la 
vista de Santa María, pequeña isla, la más meridional de las 
Azores. Pero aun les faltaban sinsabores que gustar y peligros 



COLON EN ESPAiÍA. 305 

que correr. Tan cierto es que eu la vida no se alcanzan señalados 
triunfos sin luchas y sin dolores. 

El gobernador que mandaba en la isla , Juan Castanbeda , te- 
nía orden de prender á Colon, si por acaso tocase en la isla; y 
aprovechándose de la ocasión liizo cuanto pudo y supo por cum- 
plirla; y ya que no logró sorprender con halagos y engaños al 
Almirante , detuvo á la mitad de su gente que habia desemlmr- 
cado para cumplir una de las promesas votivas hechas en la ter- 
rible noche del 13. El Almirante, indignado de tal conducta, re- 
convino severamente al Gobernador que se habia acercado á la 
playa para ver de atrapar á Colon. Quiso éste hacer con él otro 
tanto para tomar represalias; pero ni uno ni otro pudieron con- 
seguir su respectivo intento. Al dia siguiente , arrepentido Cas- 
tanheda , ó mejor aconsejado , envió una comisión á la carabela, 
con protestas de desagravio , y devolvió á los retenidos después 
de agasajarlos. El temporal los retuvo dos dias más en la isla. 

El 24 de Febrero zarpó la carabela con rumbo á España; pero 
el 27 , no lejos ya del cabo de San Vicente, les asaltaron de nue- 
vo contrarios vientos y una mar agitada y borrascosa. Con tan 
adverso y tormentoso tiempo caminaron , en medio de inminen- 
tes peligros , hasta el 2 de Marzo , eu cuya noche una racha de 
viento sacudió tan violentamente la frágil embarcación , que le 
rompió todas sus velas , viéndose obligados á navegar á palo seco 
y á la ventura. Presa todos los navegantes de las mayores angus- 
tias , por cuanto se consideraban cerca ya de la tierra española, 
pero sin esperanza de poder llegar á puerto de salvación , volvie- 
ron las preocui)aciones de Colon á inquietar su ánimo valeroso 
y su fe inquebrantable. Se repitieron las devociones y los votos. 

La noche del 3 de Marzo fué para todos ellos horrible. La tor- 
menta crecia , la enfurecida mar levantaba olas como montañas, 
que tan pronto empinaban á los cielos la carabela, como la hun- 

20 



306 COLON EN ESPAÑA. 

dian en profundos abismos. Caía la lluvia á torrentes; serpentea- 
ba el rayo en todas direcciones, y el fragor del trueno resonaba 
en la oscuridad por todos los ángulos del firmamento. 

AI romper del dia 4 se encontraron enfrente de Cintra, con 
peligro de que las olas empujasen y estrellaran contra las rocas 
el frágil buque. Maniobraron para internarse en la mar cuanto 
pudieran y para ver de enfilar la boca del Tajo. Todo menos abor- 
dar en Portugal deseaba Colon. La reciente conducta de Cas- 
tanbeda justificaba bien sus temores. Pero no babia otro medio 
de salvarse en aquel momento y en semejante situación. Dióse, 
al fin , por cüchoso con poder entrar en el Tajo; y los habitantes 
de Cascaes , que desde la playa babian visto con viva ansiedad 
los peligros que habia arrostrado la carabela, se admiraron de que 
hubiese podido arribar sana y salva , y se congratularon de ello. 

Ancló frente á Rastello (1), y á poco se presentó en una barca 
el patrón de un navio de guerra, surto en aquel puerto, intimando 
de orden de su capitán (2) á Colon , que se trasladase á la nao, 
23ara dar cuenta de quién era y de dónde venía. Colon mostró una 
vez más en €se momento su gran superioridad. «Decid al que os 
envia, contestó al patrón mensajero, que soy Almirante de los 
Reyes de Castilla; que be dado ya por escrito cuenta de mi per- 
sona al Rey de Portugal, y no se la daré á nadie más que á él. 
Que no saldré de mi buque , ni permitiré que nadie salga , sino 
por fuerza mayor de armas; j)orque los Almirantes de los Reyes 
de Castilla saben morir antes que darse ni dar gente suya. » 

El patrón , al oir tales palabras y ver el ademan y el semblante 
con que eran acompañadas, amainó. Entonces Colon no tuvo repa- 

(1) El Diario de Colon dice Eastelo ; pero debe ser error de escritura por 
decir Carcavellos. En aquella ria no existe puerto alguno con el nombre de 
Rastelo. 

(2) Las Casas en el Diario del primer viaje llama á ese capitán Alvaro 
Dama. Pero Irving , con mejor acuerdo , le nombra Alonso de Acuña. 



COLON EN ESPAÑA. 307 

ro en mostrarle sus diplomas y cartas Reales. A poco rato después, 
el capitán de la nao, con acompañamiento de trompetas y añaíiles, 
fué á la carabela á felicitar á Colon y á ponerse á sus órdenes. 

Acudió en los dias siguientes una multitud de personas de Lis- 
boa á visitar la carabela y á ver y á oir á los descubridores del 
Nuevo Mundo. Y el 8 de Marzo recibió Colon carta del rey don 
Juan, que estaba en Valparaíso, por la cnal le rogaba que se 
llegase donde él se hallaba. Colon dio allí otra prueba de su pru- 
dencia y de su valor : marchó á Valparaíso , donde fué recibido 
con espontáneas ó estudiadas muestras de admiración y de cordial 
benevolencia. El Rey le oyó complacido y le obsequió espléndi- 
damente (1), reteniéndole á su lado hasta el dia 11 , en que Co- 
lon se despidió para volver á Rastello, donde llegó el 12, porque 
antes quiso ofrecer sus respetos á la Reina, que se encontraba en 
el monasterio de San Antonio , cerca de Villafranca , y que le ha- 
bía manifestado deseos de oirlo. 

El 13 de Marzo mandó levar anclas, y saliendo del Tajo dio 
la vuelta al cabo de San Vicente el 14, entrando el 15, al salir el 
sol , con la marea ascendente, por la barra de Saltes , en el puerto 
de Palos , de donde había zarpado con las tres carabelas el 3 de 
Agosto del año anterior. 



(1) El Rey deslizó en la conversticiou la idea de que, según el tratado 
de 1479, las islas descubiertas por Colon debian pertenecer á Portugal; insi- 
nuación á que el Almirante dio cortés respuesta. Por más que hoy se resista á 
creerlo la conciencia pública, parece indudable que hubo consejeros que pro- 
pusieron al rey D. Juan asesinar á Colon. Lo dice Vasconcellos (Crón- del 
rey D Juan II, lib. vi, folios 293 y 294 ) ; lo conlirnia Hesende ( Vida e Jeitos 
du rey D. Joan, cap. CLXiii) ; lo asegura Barros ( Da Asia, Decade 1.", li- 
bro III, cap. XI, pág. 246) ; y no lo ocultan otros cronistas é historiadores de 
Portugal. Pero, sea dicho en honra de D. Juan, (jue no sólo se negó á admi- 
tir tan infame y servil consejo , sino que ordenó hc honrase y agasajase esplén- 
dida V caballerosamente á Colon. 



CAPÍTULO XI. 



Sumario : Regrosó de Colon. — -Ovación que le tributó la población de Palos. 

— Desgracia y muerte de Martin Alonso Pinzón. — Viaje de Colon á Bar- 
celona. — Entrada triunfal en la capital del Principado. — Presentación á 
los Reyes. — Homenajes que se le rinden y lauros que allí recibe. — Im- 
presión que el descubrimiento causó en España y en Europa. — Emulación 
del Rey de Portugal. — Bulas pontificias. — Preparativos para el segundo 
viaje de Colon. — Buques , gentes y equipos. — Fonseca y Soria. — El Pa- 
(b-e Boil. — Sale Colon de la bahía gaditana el 5 de Setiembre de 1493. — 
Llegada á las islas Caribes.- La Dominica, la Guadalupe, la San Martin. — 
Antropofagia. — Descubre á Puerto-Rico. — Llegada á la Española. — Ca- 
tástrofe de la Navidad. — Sus causas. — Caonabo y los otros caciques. — La 
Isabela. — Las montañas del Cibao. — Conducta de Pernal Diaz, de Agua- 
do, de Margante y del P. Boil. — Triunfos de Ojeda. — Excursión de Colon 
por las costas de Cuba y de Jamaica. — Regreso á la Española. — Su enfer- 
medad.— Feliz llegada de su hermano Bartolomé. — Derrota de los caciques. 

— Sumisión de los indios. — Prisión de Caonabo. — Llegada de Antonio 
Torres. — Llegada de Aguado. — Su conducta y sus propósitos. -^ La tem- 
pestad. — Miguel Diaz y las minas de Haina. — Salida de Colon y Aguado 
para España. 



El regreso de Colon, sn entrada en el puerto de Palos y el 
acto posterior de su presentación á los Reyes en Barcelona, son 
acontecimientos legendarios. Sería imposible pintar con sus ver- 
daderos colores los sentimientos de admiración y de alegría que 
despertaron en aquel puerto la vuelta y la presencia de aquellos 
navegantes, que ocho meses antes habían sido despedidos con más 
angustias y temores que si lo fueran para la eternidad. Aconte- 



310 COLON EN KSPAÍÍA. 

I 

cimiento indescriptible. Todos los signos de un júbilo inmenso; 
repiqne general de campana's , ñiegos artificiales , músicas , al- 
gazara por las calles, cerradas las tiendas, las gentes fuera de 
sus casas y locas de entusiasmo y alegría ; oyendo , mirando, 
preguntando con curiosidad insaciable y con asombro indeci- 
ble á los llegados de otro mundo. Unos estrechando la mano del 
amigo , otros abrazando con efusión al pariente ; esta mujer al 
hijo , aquélla al hermano , alguna al esposo ; todas mirando con 
asombro y con cariñoso respeto á aquel hombre extraordinario, 
á quien quizá maldijeron un año antes ; á quien tuvieron por 
aventurero ó por loco , el cual habia sabido llevar y traer sus 
hombres y sus carabelas á tierras desconocidas por mares nunca 
surcados. 

El puerto de Palos no habia gozado jamas , no volverá á go- 
zar nunca dia de mayor júbilo ni de mayor gloria. 

Pero aun encierra ese dia otro suceso memorable y otra lección 
ejemplar. En él, ó poco después de él, quizá entre las sombras 
de la noche , llegó al puerto la carabela Pinta , y avergonzado, 
lleno tal vez de remordimiento , y mortalmente herido por la en- 
vidia , los celos y el despecho , entró á escondidas en Palos Mar- 
tin Alonso Pinzón , sin poder gozar del júbilo y de los homena- 
jes , á cuya particiíJacion tantos títulos tenía. Llevado por la 
tempestad á uno de los puertos del Cantábrico (1), y creyendo 
que el Almirante y su gente hubieran perecido, ó ansioso de an- 
ticiparse á él y ganar los laureles del triunfo y el favor de los 
Reyes, les escribió dándoles parte de los descubrimientos y pi- 
diéndoles ¡lermiso para pasar á la corte y comunicarles en perso- 
na los pormenores del viaje. 

No eran menester el desaire y con él la lección que le dieron los 



(1) Tomó puerto en Bayona, de Galicia. 



COLON E\ ESPAÑA. 311 

Reyes , para abatir sn ánimo y causarle herida mortal ; la lleva- 
ba dentro de sí, efecto de sus propias faltas. Volvió á Palos y 
entró en sn casa quebrantado de salud y profundamente abatido. 
Era aquél su pueblo, teatro de sus antiguas glorias, centro de 
su poder ; y se veia en él postergado , y más que olvidado , envi- 
lecido á sus propios ojos. 

Dice muy bien Irving : Cuantos honores se prodigaban ¡I 
Colon , cuantos elogios recibía su empresa , se grababan profun- 
damente en el alma de Pinzón , como otras tantas reconvencio- 
nes de su conducta. Y cuando, al fin, recibió una severa y digna 
contestación á la carta que habia escrito á los Soberanos , dicien- 
dole « que no era á ¿I á quien debían recibir y escuchar ^ sino 

y>al Almirante » tan amarga reconvención exaltó la fuerza de 

los cargos que se hacía á sí mismo; agravóse su enfermedad, 
y murió á pocos dias , víctima de la envidia y de los remordi- 
mientos. 

Porque , ya lo hemos dicho, Martin Alonso Pinzón no era un 
hombre vulgar. Muy lejos de ello, se descubren en él los cuali- 
dades de un hombre de mérito : valor prudente, ánimo esforzado 
y sereno , carácter enérgico , espíritu abierto , y nobleza de senti- 
mientos. Habia contribuido poderosamente á la empresa de Co- 
lon, con su fortuna, con sus consejos, con su familia y amigos, 
con su proi)ia ])ersona. 

Pero olvidando por un momento la importancia de la causa y 
seducido por el halago de la codicia ó del excesivo amor pro- 
pio , mancilló para siempre su noble carácter. La misma inten- 
sidad de su dolor demuestra bien claramente que estaba dotado 
de altas prendas y elevados sentimientos. « Un corazón bajo no 
muere nunca herido por los remordimientos , los cuales no tie- 
nen jamas eco en la conciencia de los malvados. Su iiistoria nos 
enseña cómo un solo desliz , una sola se];)araciou de los deberes 



312 COLON EN ESPAÑA. 

morales puede contrapesar los méritos de mil servicios ; cómo 
un momento de flaqueza puede oscurecer la luz de una vida en- 
tera de virtudes, y cuan importante es al hombre, en todas las 
circunstancias, ser franco y leal, no solamente para con los otros, 
sino para consigo mismo» (1). 

No tan patético , pero más grandioso y solemne fué el recudi- 
miento que los Reyes hicieron á Colon en Barcelona , á donde lo 
llamaron por carta mensajera tan luego como supieron su llega- 
da á Palos. Ganoso de cumplir su misión y no queriendo expo- 
nerla de nuevo á los caprichos del mar y de los vientos, determi- 
nó ir por tierra á Barcelona, aun cuando era larga la distancia- 
Y su llegada á la corte se retardó más , porque su tránsito por 
tantas ciudades y pueblos de España fué una continuada ova- 
ción. Llevaba consigo seis de los diez indios que habia sacado de 
las islas, y esto bastaba i^ara provocar la curiosidad y para lle- 
nar de asombro á las gentes ; pero llevaba y mostraba ademas 
árboles , arbustos , plantas y frutos raros , flechas y arcos , cará- 
tulas de oro , y oro en polvo y en pepitas ; todo lo cual sobrexci- 
taba más y más la curiosidad y provocaba la admiración. 

Hasta mediados de Abril no pudo Colon llegar á la capital del 
Principado , donde le esperaban con impaciencia los Reyes y con 
vivísima curiosidad la corte y el público. El recibimiento que allí 
se le hizo fué ostentoso y sin igual, como no se acuda al recuer- 
do del triunfador romano , con cuyo acto se ha comparado aquél. 

A las i)uertas de la ciudad condal salieron á recibirle gran nú- 
mero de caballeros jóvenes y nobles de alta alcurnia, seguidos de 
una gran muchedumbre. 

Los Reyes le aguardaban sentados en su trono , bajo un rico 
dosel de brocado de oro , al intento levantado en uno de los más 



(!) W. IiiviNG , Vida y viajes de C. Colon , lili, v . cap. v. 



COLON EN ESPAÑA. 313 

espaciosos salones de Palacio, ensanchado y adornado exprofeso. 
Al lado de los Eeyes estaba el príncipe D. Juan , y en derredor 
los altos dignatarios de la Corona y lo más granado de la nobleza 
española. En los semblantes de todos se pintaba la impaciente 
emoción, el deseo de conocer aquel asombroso descubrimiento; de 
ver y escuchar á aquel á quien se habia tenido hasta allí por fa- 
buloso soñador. 

Llegó por fin Colon , rodeado del brillante cortejo de caballe- 
ros y de nobles , destacándose entre todos su figura , como dice 
Las Casas , y no ciertamente por el ornato ni el vano oropel de 
su ropaje, que era sencillo, sino por lo venerable y majestuoso 
de su ademan y aspecto. Sus cabellos blancos y elevada estatura 
le prestaban notable respetabilidad , y en su semblante irradiaba 
la expresión del projiio contento y la satisfacción de ver premia- 
dos sus sacrificios y sus triunfos con la gratitud de los Monarcas 
y la admiración del pueblo. 

Al acercarse al trono. Colon quiso doblar la rodilla y besar la 
mano á los Reyes ; pero éstos, que se habian levantado de su 
asiento, le alargaron benignamente las suyas, y le mandaron 
sentar. A petición de la Reina hizo en seguida el Almirante la 
descripción de los sucesos más importantes de su viaje y de l-;s 
islas que habia descubierto. «Expuso, como dice Muñoz, las 
singulares mercedes que por tal descubrimiento Dios concedía á 
los Católicos Reyes » ; y después de pintar el apacible clima de 
aquellas regiones, la frondosidad de sus bosques, la feracidad de 
su suelo , la belleza de su aspecto y la riqueza de sus minas, para 
lo cual traia é iba mostrando plantas, arbustos, flores, frutos? 
minerales y oro en varias formas, ensalzó el carácter apacible, 
los sentimientos tiernos y hospitalarios , y el agudo ingenio de 
los habitantes de aquellas tierras, cuyos ejemplar(>s exhibía en 
aquellos seis cuitados indios que le acompañaban, estupefactos 



314 COLON EN ESPAÑA. 

y pendientes en todo de los labios y benévola sonrisa de (Jolón. 

Escucharon los Monarcas las palabras del Almirante con pro- 
funda emoción ; y cuando las terminó , dándole los parabienes de 
que hace mérito Muñoz , se arrodillaron los Reyes y á su ejemplo 
todos los circunstantes , y levantando al cielo las manos , con los 
ojos bañados de lágrimas , ofrecieron á Dios la efusión de su 
gozo, en reconocimiento de tan señalado favor y en alabanza de 
tan singulares gracias. En vez del ruidoso estrépito con que sue- 
len aclamarse los ordinarios triunfos , la impresión que todo ello 
causó en la asamblea fué tan viva y el entusiasmo tan profundo, 
que para interrumpir el silencio fué necesario que el coro de la 
Real capilla entonase el Te Deum , y que los armoniosos ecos de 
la música produjeran la explosión del entusiasmo , que en breve 
se propagó de la cortesana concurrencia al exterior del palacio 
por todas las filas del inmenso pueblo que le rodeaba. 

Al retirarse Colon de la jíresencia de los Monarcas le acompa- 
ñó toda la corte hasta su alojamiento , siguiéndole y victoreándo- 
le la muchedumbre por calles y plazas. 

El júbilo de aquel grande descubrimiento no se limitó á Es- 
paña ; causó impresión en todas partes ; y en todas partes des- 
pertó sentimientos de admiración y de gozo universal; porque la 
noticia cundió por Europa con la velocidad del rayo, j Tan inmen- 
so y trascendental era el acontecimiento ! Para dar idea cabal de 
esto, bastará copiar aquí las tan repetidas y entusiastas frases 
que escribió por entonces Pedro Mártir á su amigo Pomponio 
Líetus : (( Decísme, apreciable Pomponio , que brincasteis de ale- 
gría y que vuestro placer iba mezclado de lágrimas , cuando leis- 
teis mis epístolas, certificándoos del hasta ahora oculto mundo 
de los antípodas. Obrasteis y sentisteis como debia hacerlo un 
hombre distinguido por su erudición. ¿ Qué manjar más delicioso 
que estas nuevas podia ofrecerse á una cultivada inteligencia 



COLON EN ESPAÑA. 315 

como la vuestra? ¡ Qné felicidad de espíritu no siento yo al 

conversar con las gentes de saber, venidas de aquellas regiones! 

Es como el hallazgo de un tesoro que se presenta deslumhrador 
á la vista de un avaro. El ánimo , presa del feo vicio , se levanta 
y se engrandece al contemplar sucesos tan gloriosos. » 

Y nótese bien que esto se decia y se sentia aun sin saber ni 
conocer toda la extensión y toda la importancia del descubri- 
miento ; cuando no se habia visto más que el umbral de la ante- 
sala del Nuevo Mundo ; las costas de Haiti , parte de las de Cuba 
y algunas pequeñas islas de las Lucayas. Pero el instinto del 
¡lúblico, cierta especie de presentimiento universal se adelantal)a 
á los sucesos ; y en el éxito repentino del que antes creia un so- 
ñador, vislumbraba ahora un mundo de grandiosos acontecimien- 
tos. Y no se engañaba el instinto social. 

Adhucl mojora videbitis: «aun podrán W. A A. ver mayo- 
res cosas», decia Colon á los Católicos Reyes. Y éstos, que ar- 
dían ya en deseos de llevar los alcanzados triunfos hasta donde 
diera de sí el esfuerzo humano, no sólo autorizaron, sino- que 
aj)uraron al Almirante para que cuanto antes emprendiera una 
segunda expedición dotada de más buques, más gentes y mayo- 
res aprestos. 

Aguijoneaban el deseo de los Reyes las noticias que de Portu- 
gal recibían. El rey D. Juan II tenía por contrapeso de su feroz 
autocracia el ser ganoso de fama, el conato de ganarla por el 
fomento y los éxitos de expediciones marítimas , en una palabra , 
un poco de noble ambición que contribuía á neutralizar en part.í 
los desafueros de su despotismo receloso y sanguinario. Perdonó 
á Colon, i)orque Juan II era previsor y temía las consecuencias 
de un cruento desfogue de su orgullo ajado y de sus despre- 
ciados halagos para tener al genoves á su servicio. 

El Rey Católico , más previsor aún y más sagaz , habia acudí- 



316 COLON EN ESPAÑA. 

do á Roma para qne el papa Alejandro YI santificase sn pose- 
sión de las Indias Occidentales ; y en efecto, el Pontífice expidió 
dos Bulas, fechas 2 y 3 de Mayo de 1493, por tina de las cuales 
concedía á los Reyes de Esj^aña los mismos derechos, privilegios 
é indulgencias, con respecto á las recien descubiertas regiones, 
que los que se hablan otorgado á los Reyes de Portugal para los 
descubrimientos africanos ; y por la otra se establecía la famosa 
linea de demarcación entre las posesiones de Portugal y de Es- 
paña. Esa línea la formarla un meridiano tirado á cien leguas al 
Oeste de las islas Azores. Corresi)onderian á España todas las 
tierras al Oeste de esa línea y de que en aquella fecha no hubiese 
tomado posesión ningún poder cristiano; á Portugal, todas las 
descubiertas ó que descubrieren en dirección opuesta. 

Todo esto, y más que no habia logrado impedir, por más que 
lo intentara, el astuto D. Juan, le tem'a más y más sobrexcita- 
do (1) ; y falsa ó verdadera, corrió la voz de que se preparaban 
en Lisboa tres carabelas para dirigirse al Occidente. Estando en 
Sevilla , llegó á noticia de Colon , y éste la envió á los Reyes, 
que habia zarpado de las islas de la Madera un buque portugués 
con rumbo á Occidente. Apresuráronse, por tanto, los aprestos 
para la partida de Colon, dando los Reyes, desde Barcelona, 
órdenes reiteradas al efecto y mandando á Colon que partiese sin 
dilación alguna. 

Colon, después de recibir en la corte toda clase de congratu- 



(1) Eefiriendo Irving los diplomáticos manejos de las dos cortes y de los 
dos Monarcas, el de España para asegurar y ampliar los dominios que le pro- 
porcionaban los descubrimientos de Colon , y el de Portugal para impedírselo 
mientras dilataba los suyos, dice con su atinada perspicacia : ce El Eey portu- 
gués era inteligente para concebir y hábil para ejecutar, y tenía, ademas, 
astutos consejeros que le indicasen todas las jugadas. Pero cuantas veces se 

requería una política más profimda y más fina Fernando era dueño de la 

partida. » 



COLON EX ESPAÑA. 317 

laciones, festejos, honores y distinciones, se despidió de los Ro- 
yes, y partió de Barcelona para Sevilla el 28 de Mayo. Llegó á 
Sevilla á primeros de Jnnio (1); y con su exquisita diligencia y 
grande actividad se consagró á equipar una formidable escuadra, 
que, aun cuando compuesta de catorce carabelas y tres carracas, 
no bastó para dar cabida y pasaje á tantos expedicionarios como 
los que se ofrecieron á formar parte de aquella ya interesante ex- 
jiedicion. Muchos hidalgos de noble y empinada alcurnia, muchos 
oficiales de la Real Casa y no pocos caballeros andaluces, habi- 
tuados á las vehementes emociones de la vida militar, amantes 
de peligrosas aventuras y de gloriosos hechos de armas , solici- 
taban con empeño formar parte de aquella expedición : los unos 
á servicio de los Reyes, y los otros á su costa. 

No eran esos solos los que entonces anhelaban ir á probar 



(1) Aunque indirecta, hé aquí otra prueba de que Colon no estaba casado 
con doña Beatriz Enriquez. Xo hay un solo cronista ni historiador que ni por 
■incidencia haga mérito de que visitara á Córdoba, ni á la ida de Palos á Bar- 
celona, ni al regreso de Barcelona á Sevilla. Si estu^■iera casado, tendría casa 
en Córdoba, y era natural, casi forzoso, que la visitara. Pero como lo único 
que tenia eran los dos hijos , á éstos los hizo ir de Córdoba á Sevilla , ó mejor 
dicho, á Cádiz. Aquí los vio y en Cádiz estaban el 25 de Setiembre, cuando 
partió de su bahía para el segundo viaje. «Acompañábanle — dice Irving, 
tomándolo de Las Casas — sus dos liijos, Diego y Fernando, el mayor muy 
joven todavía , que , orgullosos de la gloria de su padre , venían á presenciar 
su partida.» (Irvixg, 1. c, lib. vi, cap. i.) Hay más. Á po.co de partir de 
Cádiz la escuadra, llegó en busca de Colon su hermano Bartolomé, el cual 
encontró en Sevilla á sus dos sobrinos y los llevó á la corte. Se recordará que 
Diego era ya, desde 8 de Mayo de 1492, paje del príncipe D. Juan, y muer- 
to éste, fueron nombrados, Diego y Hernando, pajes de la Eeina — 18 y 19 
de Febrero 1498. — Pues ni aun en ese momento, ni con tales y tan podero- 
sos motivos — á ser cierto que doña Beatriz fuese esposa de Cristóbal Colon — 
se habla de la casa de Colon ni se menciona á doña Beatriz ni á Córdoba por 
nadie ni para nada. 

Bartolomé Colon, que venía entonces de Inglaterra y al pasar por París 
habia merecido distinciones y beneficios materiales de Carlos VIII , pasó en 
seguida á las Indias, y sii'vió, como veremos, de grandísimo auxilio á su her- 
mano. Era hombre de notables cualidades. Las Casas hace de él un gi-andisi- 
mo elogio, y lo reproduce Irving considerándolo justo y bien merecido. 



318 COLON EN ESPAÑA. 

fortuna á las nuevas Indias. A ellos se juntaban muclios aventu- 
reros y no })Ocos especuladores. Las maravillas del descubri- 
miento habiau logrado exaltar las imaginaciones hasta tal punto, 
que lo que en vísperas del suceso habían sido temores y descon- 
fianzas, se convirtieron para el segundo viaje en temerarias au- 
dacias y esperanzas halagüeñas. Y no fué todo esto lo que me- 
nos contribuyó al descrédito del descubrimiento que vino en pos 
de las desilusiones, á los desastres experimentados en las nuevas 
tierras y á las amarguras que sufrió el heroico y calumniado des- 
cubridor. 

Pero todavía tuvo éste otra desgracia, que fué la de haberle 
asociado los Reyes á D. Juan de Fonseca, arcediano de Sevilla, 
que después fué sucesivamente obispo de Badajoz, de Falencia 
y, por último, de Burgos, para que equiparan, armaran y fleta- 
ran la escuadra que había de partir para las Indias, creando, 
ademas, una especie de superintendencia de todos los asuntos 
que á ello se referían á favor del hábil arcediano y de su lugar- , 
teniente Juan de Soria, dos célebres personajes que, abusando 
de su posición y de la confianza de los Reyes , persiguieron des- 
pués á Colon con una diplomática habilidad á la par que con un 
ensañamiento tenaz y con una perfidia sin ejemplo (1). Antes de 



(1) Bernaldez y Las Casas dejan bien traslucir la pérfida conducta de 
Fonseca , aun cuando se advierte el temor y la cautela con que proceden al 
ocuparse de tal personaje. El Obispo de Chiapa le representa «como hombre 
mundano , más á projjósito pura los negocios del siglo que para los espiritua- 
les, y bien ejercitado en la bulliciosa ocupación de armar escuadras.» «Go- 
zando el perpetuo aunque no merecido, favor de los Reyes mantuvo su 
inÜujo en los negocios de Indias por cerca de treinta años. Debia, natural- 
mente, poseer grandes facultades para alcanzar y sostener tales favores y tan 
altas funciones. Pero era maligno y vengativo , y para halagar sus odios pri- 
vados, no sólo hacinaba injurias y males sobre los más ilustres' descubridores, 
sino que impedía con frecuencia el progreso de sus empresas, con grave per- 
juicio de la Corona. Así podia obrar segura y reservadamente á merced de la 
prerogativa de su empleo.» (Irving, 1. c. ) 



COLON EN ESPAÑA. 319 

darse á la vela la armada ya tuvioron los Reyes necesidad de 
prevenir á Fonseca y á su lug-arteniente Juan de Soria que tra- 
tasen á Colon con más deferencia y acatamiento, y que procura- 
sen coni})lacerle en todo (1). 

Fijóse en Sevilla el centro de aquella superintendencia para el 
arreglo de los negocios de ludias , extendiendo su vigilancia al 
puerto de Cádiz , donde se estableció una aduana i)ara el mismo 
ramo de navegación. Tal fué el germen del Supremo Consejo de 
Indias , que adquirió después tan gran poder é importancia. 

Equipadas y pertrechadas las diez y siete embarcaciones para 
dar en ellas entrada á mil personas , el favor hizo subir el núme- 
ro á mil doscientas , y aun se acercó , con las que entraron á es- 
condidas , á mil quinientas las que formaron parte de la expedi- 
ción. Entre ellas se contaban el notable marino Juan de la Cosa, 
que sirvió de piloto en la nave almirante; el bravo Alonso de 
Ojeda, uno de los caudillos legendarios de aquella éj)Oca; muchos 
recomendados de la corte , que dieron después hartos malos ratos 
á Colon , y pagaron sus beneficios con negra ingratitud. Entre 
ellos , Pedro Margante , Bernal Diaz de Pisa , Juan Aguado y 
el famoso benedictino Fr. Bernardo Boil, que fué de vicario 
apostólico en aquella expedición con otros doce religiosos , cuyos 
nombres no son conocidos , si se exceptúa Fr. Román Paño , que 
dejó escrita una Memoria, que Irving califica de indigesta, y otra 
grandemente digua de elogio por su caridad evangélica y ejem- 
plar conducta, escrita en el corazón de los habitantes de la Es- 
pañola; de lo cual hace el debido mérito Alejandro Humboldt. 
En cuanto al P. Marchena , existe la legítima inducción de las 
cartas de los Reyes , de las cuales hicimos mención al tratar de 
ese notable fraile. Pero recuerde bien el lector , que el recomen- 



(1) Documentos lxi á Lxv, Colee, de Navarrete, t. ii, pág. 102 á 108. 



320 COLON EN ESPAÑA, 

dado á Colon por los Reyes , como buen estrólogo , no fué Fray- 
Juan Pérez, sino Fr. A?itomo de Marche^ia (1). Por consiguiente, 
el embarcar en aquella exijedicion al Guardian de la Rábida, 
como ha hecho el conde Rosselly, fundado solamente en aquella 
recomendación de los Reyes, es gratuito y repugna á las podero- 
sas consideraciones que ya expusimos en otro lugar. Cristóbal 
Colon llevó consigo un capellán , en ese segundo viaje. De él nos 
habla Irviug; pero dice que era fraile mercenario. Las Casas, 
hablando de Marchena , dice que ignora de qué religión era, aun- 
que presume debia ser franciscano. Nosotros hallamos , no ya 
posible, sino probable , que aquel capellán, inseparable de Colon, 
fuese el tan modesto como entendido y docto Fr. Antonio de 
Marchena. 

De muy buena gana haríamos aqm' la narración de los sucesos 
por demás curiosos en este segundo viaje de Colon , con todo el 
pormenor de sus dramáticos accidentes , si esto nos fuera permi- 
tido en este libro. De muy buena gana seguiríamos el derrotero 
de la Armada á las Canarias y de la Gomera ha'sta las pequeñas 
Antillas , para bordear la Dominica , dar nombre á Marigalante, 
abordar á la Guadalupe , centro de las entonces llamadas islas 
de los Caribes , en la cual describiríamos escenas de antropofagia, 
que horrorizaron á los descubridores , y conmoverían fuertemente 
á nuestras lectoras, si este libro pudiera tenerlas (2). 

Tocando de pasada en la San Martin , veríamos á nuestros ar- 



(1) También hace Irving mención de otro fraile^ franciscano, compañero de 
Paño; pero lo llama Juan Borgoñon. — Irving, lib. xi, cap. ii. 

(2) El cronista Angleria decia con ese motivo á su amigo Pomponio La^tus: 
« Los relatos acerca de los Lestrigones y Polif emos , que se alimentaban de 
carne humana , no pueden ya parecemos cuentos. » Y refiriéndole con pavo- 
rosa solemnidad los opíparos banquetes de los caribes, cuyo, más exquisito 
manjar era la carne humana, le añade : «Leed, leed, y que no se os ericen 
los cabellos. » 



COI.OX K\ KSPAÑA. 321 

gonantas arribar con júhilo , por vez primera , en las vírgenes 
florestas de Puerto-Rico (la Boriqnen de entonces) ; y de allí im- 
pacientes buscar la Española para abrazar á los fundadores de 
la primera colonia. Llegar el 22 de Noviembre al cabo del En- 
gaño, dirigirse por el de Samaua para anclar el 25 en Monte 
Cristi y el 27 en el de Navidad, donde les aguardaba un espec- 
táculo desconsolador y funesto. Diego Arana y sus comiiañeros 
no existían ya. 

Procurando inquirir las causas de aquella catástrofe , para lec- 
ción y enseñanza de los colonizadores , encontraríamos que la 
concui^iscencia, el orgullo y la indisciplina son elementos nadaá 
propósito para fundar algo sólido y estable. 

Asistiríamos después á la fundación de la Isabela ; á las difi- 
cultades que á la empresa oponían el clima, los alimentos, el 
cambio recíproco de opinión entre indígenas y españoles, no pu- 
diendo aquéllos ya ver en éstos, como al principio vieron, seres 
venidos del cielo, ni los españoles en los indios gentes mansas y 
apacibles, después de la hecatombe de la Navidad. 

Descubriríamos en aquellas mismas dificultades y en las pre- 
cauciones y medidas que la necesidad de vencerlas impusieron á 
Colon , los primeros gérmenes de la desintelígencia que primero 
surgió entre él y los caudillos de su hueste, y de la desafección 
y las infidencias que produjeron después. Veríamos al P. Boíl, 
resentido y enconoso porque el Almirante le medía á él y á sus 
frailes con vara igual en la tasa y reparto de raciones que medía 
á los demás y se medía á sí mismo. A Berual Díaz , vano , avaro 
y orgulloso, jjonerse abiertamente enfrente de Colon. A Pedro 
Margarite , pretencioso y desleal , confabularse con el P. Boíl, 
para cometer un acto de deslealtad y de infidencia, fugándose de 
la isla con dos carabelas, y viniéndose á España, para sustraerse 
á los trabajos de la colonización y para intrigar cuanto pudieron, 

21 



322 COLON KN ESVAÑA. 

á fin de desacreditar á Colon y liacerle perder el favor de los 
Reyes. 

Correríamos después con el audaz Almirante las costas de 
Cuba , viéndole hacer infructuosos esfuerzos por rodearla , y per- 
severar en su preocupación constante de que era aquella tierra 
parte extrema de la India oriental , y que estaba cercana al Ca- 
thai , á Mango y Cipango , la tierra del oro y de las maravillas. 

Esto mismo nos daria ocasión para admirar hasta las preocu- 
paciones del genio , haciendo observar que , en alas del entusias- 
mo que produce la fe en un grandioso ideal , todo , hasta los 
errores , se convierten en beneficio de la humanidad. 

Colon , bordeando la costa Sur de Cuba, y metiendo su escua- 
drilla por entre los cayos y bajos que se conocen con el nombre 
de Jardines de-la Reina, habia llegado á la parte occidental de 
la isla de los Pinos; un dia ó dos más de navegación, y habria 
tocado el cabo de San Antonio , y saliendo entonces de su er- 
ror (1) habria dado otro diverso giro á sus viajes y descubrimien- 
tos. Retrocedió á su pesar , y supo dominar la situación , nada 
halagüeña por cierto , porque el estado de sus buques y provisio- 
nes no era bueno, y el desaliento de sus gentes era grande. Pro- 
digando su espíritu, alentaba el de las tripulaciones; y velando 
por todos , aseguraba á los demás el rejioso, la salud y las fuer- 
zas que él iba perdiendo. 

Necesitados de descanso, anclaron el 7 de Julio del 94 á la 
embocadura de un río , en un paraje delicioso de la costa Sur de 



(1) El error en aquella ocasión no fué sólo stij'O; fué de todos, absoluta- 
mente de todos los pilotos y hombres de mar (entre ellos Juan de la Cosa) 
que le acompañaban ; sobre lo cual existe el acta formal qué allí mandó levan- 
tar al escribano Fernán Pérez de Luna , previa exploración }• declaraciones 
contestes de todos aquellos experimentados marinos. Todos creyeron entonces, 
y Colon iimrió en esa creencia , que Cuba era el principio y el fin del conti- 
nente asiático. 



COLON KN KSl'AÑA. 323 

Cnba. El cacique de las cercanías recibió á Colon con dcmostra- 
cioues de alegría y reverencia á la vez , y sus subditos vinieron 
con cuanto el país daba; utías, pájaros de varias especies y pin- 
tadas plumas , jian de cazabe y frutas de exquisito y aromático 
gusto. 

Chorno quiera que Colon acostumbraba asentar una cruz en 
cada sitio notable que visitaba , mandó hacerlo así en aquel j^a- 
rnje. Era domingo, y con tal motivo desembarcó con la mayor 
parte de la gente , y se verificó el acto con la solemnidad de una 
misa en el mismo lugar celebrada. Estaban allí el cacique y su 
principal favorito ó ministro, un anciano octogenario y venera- 
ble. Llevaba éste una sarta de cuentas, á laque los indios daban 
cierto valor místico , y una calabaza grande , llena de frutas , que 
ofreció al Almirante en señal de amistad. Después le asió de una' 
mano y de Otra el cacique, y le condujeron así al paraje frondoso 
donde habíase alzado la cruz , y donde iba á celebrarse la misa. 
Mientras se consumaba el santo sacrificio en aquel sencillo tem- 
plo de la Naturaleza, los indios observaban con respetuoso temor 
las ceremonias, gestos y palabras del sacerdote, las encendidas 
velas , el humo del incienso y la devoción de los españoles ; coli- 
giendo de todo, cpie aquello debia ser una sagrada y misteriosa 
ceremonia. Terminado el oficio divino, el anciano, que le habia 
estado observando con profunda atención , se acercó al Almiran- 
te; y en su idioma — después interpretado por el lucayo Diego 
Colon — b' dirigió las siguientes palabras: «Lo (|ue has estado 
haciendo está bien hecho; ¡jorque parece que es tu modo de dar 
gracias á Dios. Me han dicho que has venido últimamente á estas 
tierras con una poderosa fuerza, y que lias subyugado muclios 
])aíses y extendido el terror por los pueblos. Pero no ])or eso te 
llenes de vanidad. Sabe que, según nuestra creencia, las almas 
de los hombres tienen dos viajes (pie hacer, después que se han 



324 COLON EN ESPAÑA. 

separado de sus cuerpos. Uno, á un lugar triste, sucio y tene- 
broso, preparado para los que han sido injustos y crueles con sus 
semejantes; otro, á una mansión agradable y deliciosa, para los 
que lian j)romovido la paz sobre la tierra. Por lo tanto , si tú eres 
mortal , y esperas fenecer y crees que á cada uno se j^remiará se- 
gún sus obras, no dañes injustamente al bombre, ni bagas mal 
á los que á tí no te lo ban becbo. » 

Si nuestro objeto fuera bistoriar los viajes de Colon , aquí ba- 
rianios una detallada pintura que diera interés y colorido á nues- 
tro libro de las sencillas por más que selváticas costumbres de 
aquellos insulares , que iban , sin saberlo , á cambiar bien pronto 
sus alegrías , por sus temores; su adnj^iracion , por su borror; su 
respeto y su cariño , por sus recelos y su odio á los esj)añoles ; que 
iban á cambiar aquel dulcísimo far niente , aquel sosiego deleitoso 
de una vida sin necesidades, sin codicias, sin ambiciones ni te- 
mores , allá en el fondo de sus feraces vegas y de sus frondosísi- 
mos bosques , por el trabajo forzado , por la imposición y el láti- 
go, por los cuidados graves, por las angustias amargas,, por 
dolores acerbísimos y males sin cuento. Verdad es que iban en 
cambio á recibir los beneficios de la civilización , y sobre todo, 
los de la antorcba de la fe , para entrar por el camino de la sal- 
vación. Cierto es que pocos , poquísimos debieron salvarse , esjje- 
cialmente en la Es23añola , porque aquel brusco cambio acabó , ó 

poco menos, con la raza. Pero no faltará quien diga, que 

¡ no á menos costa se civiliza el mundo , y bace su camino la po- 
bre bumanidad ! 

Permítasenos que nos detengamos un poco á examinar aquí lo 
que eran aquellos isleños al tiempo del descubrimiento , ya que 
nos abstenemos de describir aquellas tierras bienhadadas con los 
brillantes colores que nos ofrecen su cielo y su suelo, sus monta- 
ñas y sus valles, el lujo esplendoroso de su vegetación, la riqueza 



COLON KN KSl'AÑA, 325 

de sus frutos , la dulzura de su clima , lo embriagador y deleitoso 
de su ambiente (1). Mucho nos gustan los bellos paisajes; mucho 
amamos las plantas; pero amamos más al hombre, y su estudio 
nos parece el más interesante de todos. 

Sin desconocer la ferocidad de la raza esi^ecial de los caribes — 
de la cual lii/.o un ligero estudio el erudito y doctísimo Irving — 
todos los historiógrafos de aquella época convienen con Colon y 
con Las Casas, en que los indígenas de las Antillas , y aun los de 
las costas del ( *ontinente , visitadas ¡^rimero , eran aimcibles , .hos- 
pitalarios , generosos y humanos, tanto como sencillos y candoro- 
sos. Satisfecha,, por la feracidad del suelo y la benignidad del 
clima, la necesidad del alimento, y no conociendo otra, rehuían 
el trabajo ; y en l:»razos de nna naturaleza pródiga y maternal se 
entregaban al dolce far ntente , que dicen los italianos , sin vanas 
ansias ni preocupaciones ni temores. 

¿Tenian ideas de Dios y de otra vida, y por tanto, de alguna 
ley moral ? Colon dice en varios lugares de su Diario que no te- 
nían secta alguna, que no eran idólatras ; pero dice también que 
tenían idea de Dios. « Porque yo vi é cognozco questa gente, no 
tiene secta ninguna, ni son idólatras, salvo muy mansos j úm 

saber qué sea mal ni matar á otros, ni prender, y sin armas 

y crédulos y cognocedores que hajj Dios en el cielo, é firmes que 
nosotros habernos venido del cielo » (2). 

Tenian idea de un estado futuro — dice Irving — pero limitada 
y confusa. Era difícil para pobres salvajes concebir la idea de una 
deliciosa existencia pura y espiritual , separada de la alegría d(í 



(1) Navarretk, Colee, t. i, pág. 205. 

(2) Conocidas de todos son ya sus ricas produccionas, y no necesitamos 
hablar de la patata, del tabaco, del niaiz, del cazabe, del plátano, de la pina, 
del cacao, de la caoba, del algodonero, de la caña de azúcar, del (piiniuo, de 
las uiil y mil plantas y friUos (^ue ha utilizado el mundo. 



326 COLON KN ESPAÑA. 

los sentidos y de aquellas dulces escenas que los babian hecho 
felices en vida (1). 

Angleria, (|ue investigaba con afnn estas cosas y preguntaba 
y escuchaba á Colon , habla de las oi)iniones de los indios sobre 
este punto , diciendo : c( Confiesan (pie es el alma inmortal , y ha- 
biéndose despojado de la carne, imaginan que vuela á los bos- 
ques y á las montañas y que vive perpetuamente en sus cavernas. 
Ni las exceptúan de las necesidades corporales , pues dicen que 
allí han de alimentarse. El sonido con que responden las grutas 
y las concavidades de las montañas á la voz — al cual denomina- 
minaron eco los romanos — suponen ser producido por los espíri- 
tus de los difuntos que vagan jíor aquellos lugares. » 

Basta lo dicho, sin acudir en corroboración de ello al testimo- 
nio de otros descubridores y de todos los misioneros, y sin citar 
siquiera al indiófilo Las Casas, para que se forme juicio de lo 
que, bajo el punto de vista moral, eran los indios en el estado 
de naturaleza. No faltará quien diga que tenían vicios y cuáles 
eran. Nosotros añadiremos, que carecían 'de infinitos goces. En- 
tiéndase bien, que no es nuestro intento volver los hombres á las 
selvas y hacer del estado de naturaleza el bello ideal de la huma- 
nidad. Quí potest capere , capiat. 

Colon bajó desde el cabo Cruz otra vez á la Jamaica ; ancló en 
el j)uerto Santa Ana, donde descansó unos días, y emprendió 
desjjues la circunnavegación ¡lor el sur de la isla, en lo que em- 
pleó próximamente un mes , luchando día y noche con las olas y 
los contrarios vientos. Aunque encantado de la fertilidad y her- 
mosura de aqnelhi isla, conociendo el mal estado de sus naves, 
el cansancio de su gente y hi necesidad de su presencia en la 
Isabela, dirigió á ella el rumbo, tocando á últimos de Agosto en 



(1) Irving, 1. c, l¡b. IV, cai3. iv. 



COLON KX KSI'AfA. 327 

la ibla ]\Iona. Pero agotadas al íin sus fuerzas, distendido el re- 
sorte-de sn espíritu por eonsecneneia de tantas luchas y tantos 
esfuerzos , cayó repentinamente enfermo, con todos los síntomas 
de una gravísima enfermedad. Sumergido en un ¡¡rofundo letar- 
go , sin vista, ni memoria, ni eonocimiento, sólo el 4 de Setiem- 
bre volvió en su aruerdo, hallándose, por fortuna, y sin poderse 
dar razón de cómo ni cuándo, en brazos de su querido hermano 
Bartolomé , quit'u á la cabecera de su lecho, desde que se lo lle- 
varon á la Isabela, logró restituirle á la vida con sus cariñosos 
cuidados. 

Ya hemos hecho mérito de las relevantes cualidades de Barto- 
lomé Colon, quien habia llegado á la Isabela con tres naves 
en ausencia de su hermano, y tan oportunamente, que desbarató 
los planes y las intrigas de los secnaces de Margante y del Pa- 
dre Boil, teniendo á raya á los espíritus más turbulentos, ansio- 
sos de sacudir lo qne ellos llamaban yugo y altanería de los Co- 
lones , sin ser otra cosa qne nna dirección cuerda, justa y conve- 
nientísima. 

Pero fugados de la Española alargante y el P. Boil , era pre- 
ciso prevenir sus intrigas y maquinaciones en España , al paso 
que se hacía necesario contener ó desbaratar la liga de los caci- 
ques de la isla , que, instigados por unos y soliviantados por otros, 
se preparaban , bajo la dirección del astuto y fiero Caonabo , á 
caer como una avalancha sobre la Isabela , del propio modo que 
lo habia hecho aquél sobre la Navidad. Al efecto, Colon envió á 
España, con el ¡¡rimer objeto , á su hermano Diego. Y para lo- 
grar lo segundo , preparó y distribuyó sus huestes de modo que 
con sola una batalla, y mejor dicho que batalla, con una batida, 
dejara escarmentados y sometidos á los cuatro rebeldes caciques 
de la isla. El quinto , que era Guacanagari , permaneció siem})re 
fiel aliado y siempre devoto del Almirante. 



328 COLON EN ESPAÑA. 

Aunque ya reducida, la hueste española era, sin embargo, 
muy superior, ya que no por el número , por las armas , la tácti- 
ca, la discijílinay el denuedo, á todas las huestes juntas de los 
caciques , y por tanto , no fué difícil á Colon alcanzar lo que se 
habia projiuesto : liacer un escarmiento terrible en los pobres in- 
dios. Se lo dio , en efecto , casi exclusivamente por la mano de 
hierro y la valentía sin igual de Alonso de Ojeda, quien no 
contento con haber desbaratado en la Vega las numerosas gentes 
de Caonabo , de Manicaotex , de Behechio y de Guarionex , ofre- 
ció á Colon presentarle sometido ó preso al fiero Caonabo. Y lo 
ejecutó como lo habia ofrecido. 

A este tiempo habia ya regresado de España el fiel Antonio 
Torres, con cuatro carabelas , con provisiones de l)oca y guerra y 
con cartas de los Eeyes , muy satisfactorias i:»ara Colon. En el 
ánimo de los monarcas no hablan logrado hacer mella hasta en- 
tonces (Agosto del 94) las insidiosas y desleales vociferaciones 
de Bcrnal Diaz de Pisa, de Fermín Cado y de otros mal aveni- 
dos y presuntuosos , á quienes en vez de castigar por sediciosos 
y rebeldes , Colon se habia contentado con enviarles á España 
con la expedición de Antonio Torres, bajo jmrtida de registro. 
Pero las vociferaciones y calumnias de aquellos menguados iban 
pronto á recibir el refuerzo del perverso Margarite y del astucio- 
so y vengativo P. Boíl ; y esto era más de lo que necesitaban 
Fonseca y su lugarteniente Soria para lanzar contra el Almi- 
rante los desfogues de su resentimiento y los dardos de su odio 
implacable. 

Tantas y tan maléficas pasiones lograron al fin formar una 
atmósfera deletérea y funesta para Colon, al rededor de los Re- 
yes, atmósfera que contribuyeron á condensar las quejas de los 
descontentos y de los ilusos , que buscando en las Indias montes 
de oro y jíalacios encantados, se habían encontrado con privacío- 



COLON KN KSPAÑA. 329 

nes y trabajos de todos géneros , en aquellos i)rinieros viajes de 

exploración. 

Todo lo veia y lo preveía el Almirante ; pero fluctuaba entre 
la necesidad de informar jiersonalmente á los Reyes, y la más 
imperiosa de asegurar la posesión de los territorios descubiertos 
y de proseguir los descubrimientos. Al fin , vencidos los indios, 
desbaratada la liga de los caciques , preso Oaonabo y sometida 
la isla , se resolvió á volver á España. Pero en aquel momento, 
y mientras que recorría la isla para regularizar el impuesto á que 
habia sometido á los incü'genas , calmar los temores de éstos y 
restablecer la paz y el orden en la colonia , llegó á la Isabela el 
comisario Aguado, compañero de Bernal, (pie llevaba el encargo 
de abrir una información sobre los hechos denunciados á los lie- 
yes y sobre el verdadero estado de la colonia. 

Comenzó Aguado por hacer alarde de sus poderes, sin ocultar 
sus malévolos projjósitos ; y para más mortificar é injuriar á Co- 
lon , se apresuró á reunir en torno suyo á los descontentos y ma- 
liciosos, desconociendo la autoridad de Adelantado que ejercía 
Bartolomé Colon , y tratando con jactanciosa altanería al propio 
Almirante, de quien habia recibido tantos favores y distinciones , 

A pesar de tan malas artes, Colon le desarmó con su pru- 
dencia, su magnanimidad y su conducta digna y cortés. Pero él 
malévolo Aguado no cejó por eso en su intento (1); en forma 
de proceso contra el Almirante amontonó cuantas quejas pudo 
arrancar á los descontentos , á los corregidos , á los que por cual- 
quier concepto se creian lastimados, en cuyas quejas iban en- 



(1) Este Aguado es el mismo que Colon habia recomendada á los Reyes 
para que premiaran sus servicios, lo misino que los de Mosen Pedro Marga 
rite. Véase el Memorial enviado por conducto de Antonio Torres en 1494. (Xa- 
VAU^iKTK, Colee, t. J, pág. 38:^ 2.* edic.) Y repárese la gratitud, que tanto 
Aguado como Margarite, demostraron á Colon. 



330 COLON EN ESPAÑA. 

vueltas supuestas injurias y calamniosos cargos; y creyendo que 
con semejante arsenal tenía bastante para perder al Almirante y 
á su familia , se disi)uso á salir para España. Colon dispuso tam- 
bién hacer lo mismo. 

Todo estaba i)reparado eu el puerto para Ja partida, cuando 
se desató de repente la más fiiriosa de las temi^estades que los 
indios mismos líabian conocido en aquellas costas. Un negro 
manto cul^rio la isl^ : rasgaban las nubes incesantes relámpagos 
que eran como corrientes de fuego eléctrico : el estampido del 
trueno retumbaba esimntoso por las concavidades dé las monta- 
ñas; bramaban las olas y la lluvia caia á torrentes. Por donde 
quiera que pasaba el torbellino de encontradas y densas nubes, 
arrasaba bosques enteros, desgajando árboles y arrancando otros 
de cuajo. Los rios y los arroyos desbordados arrastraban con 
fragor horrendo bloques desprendidos de las cumbres , troncos y 
ramas de árboles de las laderas. Los bramidos aterradores del 
viento, el pavoroso retumbar de los truenos, y la medrosa oscu- 
ridad que , como fúnebre crespón envolvia la isla, llenaron de 
terror á los indios , de singular asombro á los españoles , y de 
preocupación á todos. El huracán (1) rompió en el puerto los. ca- 
bles de los buques , y echó tres de ellos á pique con cuanto te- 
man á bordo. Otros chocaron entre sí y salieron despedazados á 
la playa, vomitados por las olas. El siniestro fué horrible , y cau- 
só indecibles estragos y pérdidas. 

En medio del natural quebranto que tal desastre produjo en 
los españoles , y muy especialmente en el Almirante , encontn') 
éste una especie de compensación. En aquellos dias se descubrie- 



(1) Á esos negros torbellinos que no son infrecuentes en los trópicos, los 
llamaban también los indios /iíríVxwes; nombre, dice Irving, que con corta 
variación conservan todas las lenguas. 



COLÓN EN ESPAÑA. 331 

ron las famosas minas de llayna. El liallazgo de estas minas po- 
dría dar argumento á un bonito romance. 

Ün aragonés, joven, llamado Miguel Diaz , que militaba á las 
órdenes del Adelantado, hubo de reñir con otro camarada; la 
riña dio lugar á un foripal desafío , en el cual el aragonés hirió 
gravemente á su adversario. Temeroso del castigo huyó con otros 
cinco ó seis camaradas y amigos , que habían tenido parte en la 
cuestión; y vagando acá y allá , sin rumbo y sin guía, llegaron á 
un paraje de la costa Sur de la isla , cerca de la desembocadura 
del Ozema , donde hoy está situada la ciudad de Santo Domin. 
g'o. Los indios de aquel lugar los recibieron bondadosamente y 
los hospedaron por algún tiempo. Aquella tribu, ó pequeña co- 
marca , estábil mandada entonces por una mujer , la cual se ena- 
moró apasionadamente del joven aragonés. Correspondió éste á 
su cariño , se estrecharon las relaciones , y Diaz vivió dichoso al 
lado de su enamorada haitiana algún tiempo. Mas la nostalgia 
de Ta patria , la memoria de sus compañeros , los recuerdos , los 
hábitos, el grato halago del propio idioma, comenzaron á entris- 
tecer su ánimo. La tierna esposa lo advirtió , y no tardó en adi- 
vin-cir el secreto de aquella melancólica tibieza. Echóse á pensar, 
y temerosa de que la abandonase su amante por volver á la com- 
pañía de sus compatriotas , buscó los medios de retenerle. Habia 
comi)reudido la sagaz haitiana que el oro era lo que más exci- 
taba las ansias y el gozo de los blancos, y dio noticiad su aman- 
te de la existencia de unas ricas minas, no lejos de aquel lugar. 
Miguel Diaz abrió tanto ojo, y su compañera le propuso entonces 
que persuadiera á sus paisanos la traslación de la Isabela á aquel 
})unto; (pie les pintase la fertilidad y hermosura de las márgenes 
del Ozema , prometiéndoles que serian recibidos con la más cor- 
dial hospitalidad. Diaz acogió con entusiasmo la idea ; visitó el 
paraje <le las minas, y convencido de que eran ricas en oro, con- 



832 COLON EN ESPAÑA. 

fió en que semejante hallazgo sería, un eficaz titulo para obtener 
el indulto de sus faltas. Entonces se dispuso á atravesar la isla y 
presentarse al Almirante. Despidióse para poco tiempo de la apa- 
sionada reina , y en unión de sus camaradas , y con el auxilio de 
algunos indios que les servían de guías y, de proveedores, atrave- 
só bosques y montañas , vadeó ríos y llegó á la Isabela. Supo al 
llegar que el compañero con quien se habia batido no habia muer- 
to de la herida , y esto le animó más y más. Presentóse al Almi- 
rante; di ole cuenta de todo, y no se equivocó : Colon le acogió 
con benévolo agrado. 

Hacía ya tiempo que éste deseaba variar el sitio de la colonia á 
¡jaraje más sano y á posición más ventajosa. A más de eso , anhe- 
laba llevar á España pruebas concluyentes de la riqueza de la 
isla, con lo cual lograrla tapar la boca de sus detractores é impo- 
ner silencio á sus émulos. Ambas cosas le proporcionaban las 
.noticias de Miguel Diaz. Acogióle con indulgente agrado, y sin 
dilación comisionó á su hermano Bartolomé para que verificase la 
inspección de los sitios , y la verdad ó falsedad de aquellas 
noticias. 

El Adelantado llevó á cabo su cometido con el eficaz auxilio 
de Miguel Diaz y con éxito admirable. En la margen occiden- 
tal del rio Ozema, á ocho leguas de su desembocadura, halló 
oro más abundante y en partículas mayores que cuantas ha- 
bia visto en parte alguna de la isla, inclusa la provincia de 
Cibao. 

A virtud de ello , y resultando en todo exactos los informes de 
Miguel Diaz , no sólo fué indultado por el Almirante , sino que 
obtuvo gran favor, empleándole Colon en funciones que desem- 
peñó el aragonés con gran celo y fidelidad. Guardó constante fe 
á su reina haitiana , de la cual , según dice Oviedo , tuvo dos hi- 
jos; y no falta historiógrafo que afirme que se casaron legalmen- 



COLON* E\ ESPAÑA. 333 

to, y que lii. enamorada haitiana recibió el agua del bautismo, to- 
mando el nombre do Catalina. 

Cuaiulo el Adelantado regresó á la Isabela con tan gratos in- 
formes, descansó el agitado ánimo del Almirante. Dio á seguida 
órdenes y delegaciones Vi sus liermanos Bartolomé y Diego, y se 
j)reparó ]iara marcliar á España con Aguado. 

El furioso huracán habia deshecho las embarcaciones que com- 
pouian su escuadrilla , dejando únicamente servible la Niña. Con 
los restos de las otras hizo construir una carabela , y pertrecha- 
das y provistas lo mejor que ser pudo, el Almirante y el Comi- 
sario Aguado salieron del puerto de la Isabela para España el 
dia lU de Marzo de 1496. 



CAPÍTULO XII. 



SEGUNDO VIAJE. 
(Continuación.) 

Sumario. — Colon saca de la Española enfermos y descontentos, y con ellos á 
Caonabo y sus deudos. — Detención en la isla Guadalupe. — Dificultades de 
la navegación. — Falta do provisiones y malas instigaciones del hambre. — 
Superiiiridad de Colon y sus certeros anuncios de tierra. — Llegada á Cádiz 
sin Caonalx). — Desoiubarco glacial. — Mal sesgo de la opinión. — Fonseca 
y sus secuaces. — Pedro Alonso Niño. — Los Eeyes reciben afablemente á 
Colon en Burgos.— Preocupaciones de los monarcas : empresas y gastos que 
ocasionan. — Orden para una tercera expedición del Almirante. — Dificul- 
tades ijue se le oponen y dilaciones que la i'etardan. — Atenciones y benefi- 
cios que le prodiga la Reina. — Medidas adoptadas para la colonización. — 
Juicio acerca de eUas. — Desgracias que afligen ú la reina Isabel. — Dila- 
ciones que exasperan ú Colon. — Desfogue de sii enojo. — Jimeno de Bri- 
viesca. — Equipii de seis carabelas en Sanlúcar. 



El Almirante , cumpliendo con órdenes superiores , sacó de la 
isla todo el personal inútil, dañado y dañoso. La Niña y la Santa 
Cruz llevaban á España doscientos veinte hombres, enfermos la 
mayor i)arte de alma ó de cueri)0. Llevaba también treinta indios, 
y entre ellos al fiero Caonabo, un hermano y dos sobrinos (1). 
Colon montaba una de las carabelas y Aguado iba en la otra. 

El viaje fué largo y poco feliz. Baste saber que habiendo salido 



(1) Caonalio no llegó á España. Aunque en la (iuadalupeseunió á su suer- 
te una licroina, mujer de uno de los caciques de aiiiiella isla, Caonabo era de- 
masiado altivo y fiero para sobrevivir á. su desastre y luimillaci(íu. 



330 COLON EN ESPAÑA. 

de la Isabela el 10 de Marzo, no arribaron á España basta el 11 
de Junio de 149G. Verdad es que basta el 20 de Abril no zarpa- 
ron de la Guadalupe; pero la navegación por el Atlántico no era 
todavía bien conocida , ni babia razón para saber que era preciso 
remontar al Norte para navegar á Oriente. Caminando las dos 
carabelas por el grado 22 de latitud, los constantes vientos del 
Levante las tuvieron cuasi estacionadas durante un mes. Resultó 
de ello la carencia de víveres y la escasez de agua ; de esto , la tasa 
de raciones, y por consiguiente , las ansias , los temores y los ma- 
los pensamientos. Otra vez á prueba la superioridad de Colon, y 
otra y otra vez acreditando sus relevantes cualidades y dotes de 
mando. 

Porque no faltó quien en medio de la penuria , ó sintiendo ya 
la maldecida instigación del bambre, propusiera matar los indios. 
Y Colon supo dominar la perversa instigación. Desorientados los 
pilotos que iban en las carabelas , divagaban en sus cálculos ; la 
falta de provisiones , aumentando la confusión y los temores , 'se 
consideraban á grande distancia aún de tierna. Confortaba á to- 
dos Colon asegurándoles que estaban muy cerca del cabo de San 
Vicente , y se burlaban de él diciendo unos , que se bailaban en 
las aguas de Inglaterra, otros que en las de Galicia, y todos que 
muy lejos aún de la patria. 

La noche del 9 de Junio mandó el Almirante que cargasen las 
velas para no llegar con la oscuridad á tierra , y la tripulación 
murmuraba diciendo, que era mejor estrellarse en las costas, que 
Ijerecer de bambre y de sed en el mar. Pero á la mañana del si- 
guiente dia descubren la tierra anunciada por Colon. El júbilo 
entonces fué tan grande como la admiración, y los marineros mi- 
raron ya al Almirante como un oráculo. Todos confesaban que 
era el único que conocía los misterios de aquel mar. 

Colon desembarcó el 11 de Junio en el puerto de Cádiz ; des- 



COLON EN ESPAÑA. 337 

embarco bien diverso del que tres años antes Labia hecho en 
Palos. En vez del alegre gentío que entonces saltaba de gozo por 
la playa , lisonjeado por la gloria del éxito y por las riquezas de 
las doradas ludias que aseguraban los recienllegados,aquí se vio 
desembarcar una multitud de infelices , extenuados por las enfer 
medades de la colonia y las fatigas de la travesía; «sellados los 
amarillos rostros con la escoria de aquel oro , objeto de sus afa- 
nes , y que no contaban de las descubiertas tierras más que his- 
torias de enfermedades , de miseria y de desengaños. » 

En vano se esforzó Colon por neutralizar el efecto de aquellas 
desfavorables apariencias y por reanimar el público entusiasmo 
Ni sus poéticas descripciones de las encantadoras costas de Cuba, 
ni sus elucubraciones y creencias acerca de la proximidad de 
aquellas costas al Quersoneso Áureo de los antiguos , y á las lin- 
des de las riquísimas comarcas del Asia , ni el reciente descubri- 
miento de las ricas minas de Hayna, que él consideraba las del 
renombrado Ofir, nada, nada bastaba ya á reavivar las muertas 
esperanzas de la impaciente muchedumbre , incapaz de compren- 
der el valor , la importancia y la trascendencia del descubrimien- 
to. Esperaba tesoros, y se encontraba con indios desnudos y ex- 
pedicionarios muertos de hambre. 

Los adversarios dé Colon se aprovecharon hábilmente de ese 
torcido sesgo de la opinión , que si no habían contribuido á for- 
mar, no descuidaron fomentar, y que explotaron maravillosa- 
mente. 

Los sucesos lo comprueban , é Irving lo ha dicho de una ma- 
nera que nosotros no sabríamos mejorar : «La envidia y la iniqui- 
dad consiguieron al fin desmoronar la popularidad de Colon. Es 
imi)osible mantener vivo por largo tiempo el ínteres del público, 
aun cuando se hagan milagros. El mundo prodiga fácilmente su 
admiración. Perojay! que su fervoroso entusiasmo se entibia 

33 



338 COLON EN ESPAÑA. 

muy ])ronto; comienza por dudar de la justicia de sus aplausos, 
y pasa en seguida á sospccliar que eran una defraudación los que 
concedió liberalmente. Entonces el caviloso que permaneció mudo 
delante de la general aclamación , lanza insidiosamente una ma- 
liciosa sugestión, que va minando y destruyendo el mérito del 
aplaudido, hasta que logra al fin hacerle objeto de amarga cen- 
sura , cuando no de animadversión. » 

Colon encontró en el puerto de Cádiz tres carabelas mandadas 
por Pedro Alonso Niño y prontas á salir con provisiones para 
la colonia. Habia trascurrido un año sin recibir socorro alguno, 
habiéndose perdido en aguas de España cuatro carabelas que en 
el mes de Enero de aquel año se enviaron con aquel objeto. Apro- 
vechó el Almirante la ocasión para dar cuenta á su hermano del 
estado de la opinión , y de la necesidad imperiosa de pacificar la 
isla , realizar el impuesto, trasladar la colonia á la embocadura 
del Ozema y explotar las minas de Hayna. Y es que el descon- 
tento que advertia y el que suponía en los Reyes, desde que 
Aguado llegó á la Española haciendo alardes de su Real comi- 
sión , habian abatido su ánimo; habian logrado lo que no logra- 
ron jamas las adversidades, las oposiciones , los peligros más gra- 
ves , las luchas de todo género con los elementos y con los hom- 
bres. 

Pero el 12 de Junio recibió en Cádiz una carta de los Reyes 
que le tranquilizó y le reanimó mucho. Dábanle la bienvenida, y 
le invitaban á pasar á Burgos , donde entonces se hallaba la cor- 
te, tan luego como hubiere descansado. 

Aun cuando fuera efecto de alguna promesa votiva el vestir 
como vestia por entonces el Almirante una especie de hábito fran- 
ciscano , no deja eso mismo de revelar la preocupación y abati- 
miento de su espíritu; y lo confirman el conato que ponia en 
ostentar por todas partes las curiosidades y el oro que traia del 



COLOX EN ESPAÑA. 339 

Nuevo Mundo. Bernnklez , luní de Los Palacios, en cuya casa se 
hospedó en su tránáito á Burgos , nos habla en su Crónica de los 
Rerjes Católicos de todos aquellos brazaletes, collares, diademas 
y caretas de oro con que estudiadamente adornaba Colon á sus 
indios al pasar por las poblaciones ; y nos asegura , porque la tuvo 
en su mano, que la cadena de oro que llevaba al cuello el her- 
mano de Caonabo pesaba seiscientos castellanos; es decir, unos 
tres mil doscientos adarmes próximamente , ó sean 3.200 pesos 
fuertes del valor actual (1). 

En medio de todo , los Reyes seguían dispensando su confianza 
á Colon , y le recibieron en Burgos con inequívocas muestras de 
distinción y de afecto. Las maquinaciones de Margante y del Pa- 
dre Boil , á pesar de encontrarse aj)oyadas i)or el proceso infor- 
mativo de Aguado , y por las vociferaciones de los descontentos, 
no habian logrado más que pasajeros efectos en el ánimo de los 
Reyes. El concepto que de Colon tenian era altísimo , y por otra 
parte no desconocían las inmensas dificultades con que habia te- 
nido que luchar hasta allí. 

Alentado con el benévolo recibimiento de los Reyes , el Almi- 
rante les propuso otra expedición para extender sus descubri- 
mientos y pidióles para ello una armada de ocho buques; dos de 
los cuales deberían zarpar con provisiones para la Española , y 
seis á sus órdenes para descubrir. Prometiéronle los Reyes satis- 
facer sus deseos; y no hay duda que esos mismos serian los su- 
yos. Pero , de una parte , las costosas empresas en que D. Fer- 
nando estaba engolfado (2), y de otra las negociaciones relativas 



(1) «Evidente muestra, dice con este motivo Inñng, de la estrecha aber- 
tura de compás con que se media el sublime descubrimiento de Colon, al te- 
ner que valerse de tales medios para deslumbrar con el mero resplandor del 
oro la grosera imaginación de la multitud.)) (Lib. ix, cap. ii.) 

(2) a Al paso que mantenía en Italia un grande ejército en pié de guerra 
bajo el mando del gran capitán Gonzalo de Córdoba, para ayudar al Key de 



340 COLON EN ESPAÑA. 

á los matrimonios del Príncipe y las Infantas, que tanto preocu- 
paban el ánimo de ambos monarcas , produjeron dilaciones fu- 
nestas , y tanto más sensibles para Colon , cuanto que á hacerlas 
más intolerables no contribuyeron poco los Fonsecas , los Sorias y 
otros funcionarios de escala inferior. 

En Octubre de aquel año se ordenó, que se le suministraran 
seis millones de maravedises para equipar los ocho buques. Mas, 
por cuanto en aquellos mismos dias llega de regreso á Cádiz 
Pedro Alonso Niño, y escribe desde Huelva ima carta jactan- 
ciosa á los Reyes diciendo, que traia á bordo de sus tres cara- 
belas una considerable suma de oro. La noticia causó por de i)ron- 
to un j)lacer inmenso, no sólo á Colon, que creyó realizados ya 
en las minas de Hayna sus sueños de Ofir, sino en toda la corte. 
Don Fernando , que necesitaba en atpiel momento caudales para 
reparar en el Rosellon una fortaleza desmantelada por los fran- 
ceses, mandó que los seis millones que iban á entregarse al Al- 
mirante se aplicasen á reparar aquel fuerte, y que se reintegrase 
aquella suma con parte del oro que traia Alonso Niño de la Es- 
pañola. 

¡ Cuál no sería el descontento y el amargo efecto que se pro- 
dujo en todos al descubrirse, que todo aquel oro consistia en tres- 
cientos indios que traia prisioneros, y de cuya venta habían de 
resultar los anunciados tesoros ! La Reina , cuyo bondadoso cora- 
zón se interesaba cristianamente por la suerte de los indios, se 



Ñapóles á recobrar el trono, del que le había despojado Carlos VIII de Fran- 
cia , se acantonaban tropas en la frontera por temor á una invasión de los 
franceses, y se hacía indispensable tener equipadas en las costas fuertes es- 
cuadras. Otra de cien buques con fuerzas de mar v tierra y gran séquito de 
la nobleza española se equipaba por entonces para acompañar á la princesa 
doña Juana á Flándes, donde debia contraer esponsales con el archiduque de 
Austria D. Felipe, y traerse á su hermana dtjña Margarita, destinada á ser 
esposa del príncipe D. Juan.» (Irving, 1. c.) 



COLON EN ESPAÑA. 341 

jireocnpó del suceso de una maueni nada favorable á Colon (1). 
Y éste vio desvanecidas sus esperanzas de grandes é inmediatos 
beneficios sacados de las minas. 

Si á esto se añaden los informes de Alonso Nifio y de sus gentes 
relativamente á la desastrosa situación de la colonia , y los des- 
pachos del Adelantado, (pie insistía en la necesidad de inmedia- 
to socorro no se extrañará que Colon viera en aquellos dias 

entibiarse el celo de sus adeptos , crecer las impugnaciones, re- 
crudecerse las censuras de sus contrarios , y cundir por todas 
partes la maligna alharaca de poco provecho y mucho gasto , sa- 
cramental palabra entonces de los políticos de vista corta. 

Cerca de dos años se tardó en preparar la pequeña escuadrilla 
para el tercer viaje. En aquella lucha contra desdenes mal disi- 
mulados de los unos, epigramas punzantes de los otros, y difi- 
cultades que por todas partes y de todos los funcionarios , altos 
y bajos , se le atravesaban , Colon sufrió mucho en su dignidad y 
en su amor propio. Fué también en esta locasion la Reina, la 
magnánima y previsora y bondadosa Isabel , la que acudió solí- 
cita á aplicar el bálsamo de sus atenciones y l)eneficios á las he- 
ridas del gran descubridor. Tan luego como se vio libre de los 
tiernos cuidados de madre — celebrados que fueron en Burgos 
con pompa extraordinaria los matrimonios de sus hijos — se con- 
sagró á velar por los asuntos de Indias y á promover los descu- 
brimientos. Y ante todas cosas se preocupó de la suerte de Colon. 



(1) Databa ya de antes la preocupación de la Reina en esa parte. Ya en 16 
de Abril de 1495 ordenó á Fonseca que no consumase la venta de los indios, 
ínterin los letrados , teólogos y canonistas evacuaban la consulta que sobre el 
asuntóles habla hecho. La Cdusulta fué favorable á la libertad de los indios; 
y conocida es la cédula de 20 de Junio de 1500 para que Pedro de Torres los 
entregase á Bobadilla y éste los restituyera libres á la Española. Eecuérdese 
lo que con referencia á Las Casas dijimos en la Introducción de este libro, 
aludiendo al mal efecto que en el ánimo de la Reina habia causado el que Co- 
lon dispusiera de los indios. 



342 COLON EN ESPAÑA. 

Confirmó por una Real cédula (23 de Abril de 1497) los dere- 
chos , prerogativas y dignidades contenidos en las caiñtnlaciones 
de Santa Fe. Se revocó por otra E,eal cédnla (2 de Junio) la de 
10 de Abril del 95, que Colon consideraba contraria á sus prero- 
gativas. Se confirió á su hermano el alto cargo de Adelantado de 
las Indias. Se le autorizó en forma para instituir un mayorazgo 
á fin de perpetuar en su descendencia sus altas dignidades y tí- 
tulos de nobleza. Y la Reina llegó á más : le ofreció un territorio 
en la Española con el título de duque ó de marqués ; es decir, 
un principado. Colon tuvo la nobleza de no acej)tar este obse- 
quio, jmra no dar cebo á la envidia y ocasión y alas á la male- 
dicencia. • 

Satisfecha la deuda de gratitud y de lealtad jíara con el Almi- 
rante, la Reina volvió sus ojos á la nueva colonia y á los cuitados 
indios. Todas cuantas órdenes dictó sobre ello respiran bondad, 
previsión y alteza de miras. Fomentó por varios modos la rejio- 
blacion y el cultivo de las tierras descubiertas ; cuidó de la ense- 
ñanza religiosa de los indios ; recomendó incesantemente que se 
les tratase liberal y benignamente , no consintiendo jamas en que 
se les esclavizase. Si alguna medida se adoptó de perniciosos 
efectos, puede desde luego asegurarse que fué dictada , no por el 
dictamen y recto sentido de la Reina, sino por las necesida- 
des premiosas del momento ó por los errores económicos de la 
época. 

De alguna de esas medidas nos ocupamos ya en la Introduc- 
ción de este libro ; y por lo que allí dijimos puede afirmarse, que 
no fué obra espontánea de la reina Isabel. Otra de aquellas me- 
didas fué la de conmutar las penas de destierro , galeras ó minas, 
por la de trasportación á las nuevas colonias y trabajo forzado, 
durante diez años, si la pena era peri)étua, y por la mitad del 
tiempo de la condena , si era aquélla temporal. Ademas se publi- 



COLON EN ESPAÑA. 343 

có uu i)ordon general para cnantos ciüpaLles se prestasen á eni- 
harcarse para las colonias. 

Esta funesta medida , dice Irving con gran razón , qne empo- 
zoñaba en su cuna á una población naciente, fué para Colon cau- 
sa fecunda de aflicciones y conflictos graves , y para las colonias 
un obstáculo ¡jermanente á su desarrollo, prosperidad y buen or- 
den. Pero esa medida fué inspirada por la necesidad y propuesta 
}ior la inexperiencia. Muchas naciones la lian imitado, y en to- 
das partes ha producido desastrosos efectos. «Arrojar sobre una 
colonia los vicios y los crímenes de la metrópoli es tanto como 
inocular de intento en la sangre del niño el virus que emponzo- 
ña la de su madre. » 

A pesar de las órdenes Reales , el superintendente Fonseca y 
sus secuaces hallaron medios para dilatar el equipo y provisión 
de los seis buques que Colon necesitaba para su viaje. Parece 
como si el fatal destino se empeñase en poner á prueba su forta- 
leza y longanimidad. Pero suerte igual corría también la magná- 
nima Reina. Perdió por entonces á su yerno el Rey de Portugal; 
y lo que fué más cruel para su corazón y más funesto para Espa- 
ña, perdió á su hijo el príncipe D. Juan. 

Colon , que sabía pagar el afecto que se le profesaba con sacri- 
ficios de abnegación; vista la honda pesadumbre de la Reina' 
consideró que contribuiría á calmarla consagrándose á la ardua 
empresa de los descubrimientos , y se impacientaba terriblemen- 
te por las dificultades y dilaciones que le oponían hasta los em- 
pleadíllos á las órdenes de Fonseca. Entre ellos había un Jimeno 
de Brívíesca que , según refiere Las Casas , no contento con atra- 
vesar dificultades á Colon, le zahería, y hasta le injuriaba con 
ademanes y aiin con palabras. Hasta dónde no rayaría la inso- 
lencia del servil agente de Fonseca, cuando llegó un día á sacar 
de quicio la prudencia y la mesura de Colon , quien en un rap- 



344 COLON EN ESPAÑA. 

to de indignación arrojó al snelo al provocativo malandrín y lo 
pateó á su sabor. Casual ó preparado por la malignidad de Soria 
y de Fonseca, aquel lance produjo consecuencias lamentables 
para Colon. Las antipatías de aquéllos se convirtieron en odio, 
odio que no reparó en medios ni omitió ocasión para procurarse 
terrible venganza. 



CAPÍTULO XIII. 



TERCER VIAJE. 

Sumario. — Seis carabelas zarpan de Sanlúcar. — Nuevo rumbo. — Islas de 
Cabo Verde. — Latitudes calmosas. — Padecimientos que ocasionan los ca- 
lores y la calma. — Arribo á las costas de Paria — Isla de la Trinidad. — 
Cabos , corrientes , dificultades y peligros que ofrecen. — Boca de la Sierpe. 
— Bocas del Dragón. — Golfo de Paria. — Los Jardines. — Nuevo rumbo 
á la Española. — Estado de Colon , de sus buques y tripulaciones. — Estado 
de la isla. — Luchas sostenidas por el Adelantado. — Sublevación primera 
de Guarionex. — Rebelión de Roldan y de Mogica. — Infidencias. — Nueva 
sublevación de Guarionex. — Capitulaciones con Roldan. — Campaña del 
Ciguay. — El cacique Mayobanex. — Prisión de los caciques. — Llegada de 
Coronel. — Engaños de Roldan. — Clandestino arribo de Ojeda. — Sus lu- 
chas y sus intehgencias con Roldan. — Guevara en Jaragua. — Mogica cu 
la Vega : su prisión y su muerte. — Guevara y Riquelme. — Llegada de Bo- 
badilla. ^ Cartas Reales. — Alardes y escándalos. — Prisión del Almirante 
y de sus hermanos. — Magnanimidad de Colon. — Conducta de Villejoy do 
Andrés Martin. 



El 30 de Mayo de 1498 emprendió Colon su tercer viaje , zar- 
pando sns seis buques del puerto de Sanlúcar de Barrameda. To- 
maron la dirección de las Canarias, y de allí hicieron rumbo á 
las de Cabo Verde, con el objeto de caminar al Sudoeste acer- 
cándose á la equinoccial , para llevar las exploraciones por aque- 
llas partes ; lo que hicieron después Ojeda, Américo Vespucio y 
Juan de la Cosa, guiados por las cartas de Colon enviadas á Es- 
paña desde Haiti, vistas y copiadas por Fonseca. 



346 COLON EN ESPAÑA. 

Pero sobrecogida la escuadrilla ]ior la calma chicha y los 
abrasadores soles durante el mes de Julio en las latitudes calmo- 
sas (1); cuasi asfixiados por el bochornoso calor, en medio de una 
atmósfera candente; atacado Colon de la gota; perdiéndose las 
provisiones y averiados los buques en aquella región de fuego, 
fuéle preciso virar al Norte para buscar aquella apacible zona que 
siempre habia encontrado al occidente de las Azores, al llegar á 
cierta longitud. La encontró , en efecto , y sus gentes respiraron 
y se reanimaron un tanto. Pero en vez de haber abordado , como 
lo hubiera hecho de seguir aquel rumbo, á la costa del Marañon, 
abordó á las de Paria , que costearon las seis carabelas con difi- 
cultades inmensas y no pocos riesgos. 

Vieron primero la isla de las Tres Montañas , á la que dio Co- 
lon el nombre de La Trinidad , que aun conserva. La costearon 
por el Sur , grandemente admirados de su frondosidad y su belle- 
za. Se encontraban en la zona tórrida; y aunque no á los 7° de 
latitud, como creia Colon, sino á los 10°, les sorprendia ver allí 
magníficos bosques de palmas , plátanos y otros árboles y arbus- 
tos llenos de verdor y de fragancia; copiosos manantiales y claras 
fuentes ; temperatura ajDacible, y brisas dulcísimas. Tomaron agua 
los buques, y llegando al extremo occidental, á que llamó Colon 
punta del Arenal, vio al Sur la tierra firme (2), que confundió 
con una isla, y al Oeste un promontorio de la misma tierra firme. 



(1) « La mar parece en aquellas latitudes un espejo, y los bajeles están casi 
siempre inmóviles y con las velas caldas ; las tripulaciones jadeando bajo la 
influencia de un sol vertical que ninguna brisa mitiga. A veces se tardan se- 
manas para cruzar ese trecho del Océano , (júe parece petrificado.» ( Ir- 
VING , 1. c. 

(2) ¡ Singular accidente ! En la isla de los Pinos , por no navegar algunas 
horas más al Sudoeste, no descubrió el cabo San Antonio, y dejó de ver que 
Cuba era una isla; y en la costa de Paria, por el mal estado de su vista, por 
la fuerza de las corrientes , lo bajo de las playas y la forma del promontorio 
de Cumana se le antoja una isla lo que realmente era parte de un conti- 
nente. 



COLON EN KSPAÑA. * 347 

Entre ésta y la parte ik'l Arenal, cerca de una roca que se ade- 
lantaba casi á tocar con aquel promontorio , y á la cual dio el 
nombre de El Gallo , mandó anclar los buques. 

Allí pudieron ver los habitantes del continente. En una gran 
canoa se acercaron á ellos, saliendo de aquellas playas veinticin- 
co indios jóvenes, bien formados , más blancos que todos los que 
habiau visto hasta entonces. Estaban desnudos, pero ceñian sus 
caderas con telas de varios colores, y la cabeza con una especie de 
bandas de algodón , dejando crecer y caer sus largos cabellos. 
Iban armados de arcos y flechas adornadas de plumas, y las pun- 
tas eran de huesos. El hierro les era desconocido como á los ha- 
bitantes de las islas que hasta allí habían visitado; su idioma no 
le pudieron entender; y por más esfuerzos que hizo el Almirante, 
no 2)udo conseguir atraerlos. 

Mientras las tripulaciones se refrescaban entre aquellas fron- 
dosísimas arboledas , Colon reparó la inseguridad del anclaje en 
aquellos sitios; oyó por la noche un pavoroso ruido, y vio venir 
sobre las carabelas una ola montañosa que les expuso á zozobrar. 
Rugia furiosamente la mar en aquel estrecho, á que llamó la Boca 
de la Sierpe. Los marineros estaban aterrados. Colon mandó le- 
var anclas ; y gracias á una brisa favorable , salvaron la Boca de 
la Sierpe , y con rumbo al Norte tocaron en las costas de Pári;i. 
Lo bajo de las 2)layas y la e^rechez del cabo causaron otra ilusión 
al Almirante, enfermo aquellos días de la vista como jamas ha- 
bía estado ; merced á lo cual creyó una isla , á la cual dio el nom- 
bre de Gracia , lo que realmente era porción del continente , el 
cabo Boto , extremo oriental de la estrecha lengua de tierra de 
Cumana. Observó allí que el agua del mar era dulce, y no le pa- 
saron desapercibidas las corrientes, que supuso atinadamente de- 
bían ser de un grau rio. Pero ellas le arrastraron hacia las Bocas 
del Dragón. 



348 COLON EN ESPAÑA. 

Antes de abrirse imso por ellas recorrió la costa de Paria. Allí 
logró ya ponerse en relación con los indios , menos salvajes ya 
qne los de las islas Caribes. Por ellos supo que el nombre del país 
era Paria, y que más al Oeste estaba más poblado. Hízoles ob- 
sequios y recibió de ellos pan , maíz , frutas y bebidas. Navegó 
con el auxilio de aquellos indios ocho leguas más al Oeste , hasta 
un paraje que llamó La Aguja; y quedó embelesado de la fertili- 
dad y hermosura del país. «Estaba muy cultivado, muy poblado 
y cubierto de una vegetación riquísima. Las habitaciones de los 
naturales edificadas en medio de bosques llenos de flores y de 
frutos. Las parras se entrelazaban á los altos árboles , y por en- 
tre sus ramas revoloteaban millares de pájaros de espléndido 
plumaje. El aire suave y templado tenía la fragancia de las flores, 
de cuyo aroma estaba impregnado; y mil sonoras fuentes y cris- 
talinos arroyos mantenían la frescura del sitio y la lozanía de las 
plantas.» Colon dio á aquella costa el nombre de Los Jardines. 

Si encantado- quedó del país, no le admiraron menos el color 
blanco , las bellas formas , el aspecto noble y marcial , y al pro- 
pio tiempo la contextura blanda y el genio dulce y apacible de 
sus naturales. Vio allí y adquiric!) de los indios perlas en bastante 
cantidad; y después de intentar en vano salida por el Oeste, y de 
enviar en aquella dirección un bote , que descubrió la desemboca- 
dura del Paria, dio vuelta al golfo, que él llamó délas Perlas, y 
acometió el salir y salió, no sin gravísimos riesgos, por las Bo- 
cas del Dragón, tomando rumbo al Norte y después al Oeste (1), 
en cuya dirección descubrió el 1 5 de Agosto las islas Margarita 
y Cubagua. Vio allí indios pescadores de perlas y logró adquirir 
algunas. 



(1) La distancia entre el caho Boto, última tierra de Paria, y el cabo Lapa, 
extremo occidental de La Trinidad , es de unas cinco leguas ; pero liabia dos 
islotes en el medio , á que Colon dio los nombres de Caracol y Delfín. 



COLON EN ESPAÑA. '" 349 

La enfcn-modad de la vista que le atormentaba, el cansancio de 
las tripulaciones, el mal estado de los baques y de las escasas 
provisiones que les quedaban , le obligó á torcer el rumbo y diri- 
girse á la Española , con ánimo solamente de tomar allí algún 
descanso para proseguir sus exploraciones. ; (kián lejos estaba de 
pensar en la serie de disgustos , de horribles amarguras , de ver- 
dadero martirio que le aguardaba en la fatal isla ! Pero no anti- 
cipemos los sucesos. 

Desde que en Marzo del 96 habia Colon abandonado la Espa- 
ñola, su hermano Bartolomé, á quien dejó de su lugarteniente 
con el título de Adelantado de las Indias, habia tenido que sos- 
tener una continua lucha á brazo partido para hacer frente á todo 
género de obstáculos y de contrariedades. La presunción de unos, 
la ambición de otros , el descontento de muchos , porque aquello 
no daba de sí los tesoros y los goces que se habian prometido; 
las escaseces, las privaciones, las enfermedades, y por último, 

las sediciones tumultuosas y las rebeliones á mano armada 

todo lo haljia sufrido y á todo habia hecho frente con escasos me- 
dios y grandísimos peligros Bartolomé Colon , á cuyas relevan- 
tes cualidades ha hecho siempre justicia la Historia. 

Mucho nos duele no poder relatar á la menuda su hábilmente 
llevada á cabo expedición á la provincia de Jaragua , dominios 
entonces del cacique Behechio y de su discreta hermana Anacao- 
na, viuda de Caonabo; la estratégica medida, que también llevó 
á cabo , de establecer una cadena de puestos militares desde la 
Isabela á San Cristóbal — hoy Santo Domingo — para dominar 
la vega y el país montañoso de Cibao; la primera insurrección 
de Guarionex ; el modo rápido de dominarla y la manera política 
y templada de castigarla; la conspiración de Roldan; la osada 
marcha del Adelantado al foco de la rebelión; su entrevista con 
Roldan en el fuerte de la Concepción; la llegada á la isla de Pe- 



850 COLON EN ESPAÑA. 

dro Hernández y su conducta prudente y conciliadora; la segun- 
da insurrección del cacique Guarionex, alentado y sobrexcitado 
por Roldan; la complicidad de Adrián Mogica , de Diego de Es- 
cobar y Pedro de Valdivieso , y la heroica cam2:)aua del Adelan- 
tado en las montañas de Ciguay. 

¡ Qué espectáculo más desconsolador para el Almirante cuando 
el 30 de Agosto del 98 llegó á la isla, cansado de su fatigoso 
viaje, y quebrantada grandemente su salud ! Abandonado el cul- 
tivo , paralizada la exjjlotacion de las minas, liecba imposible la 
tributación de los indios , sublevados unos , ahuyentados otros, 
escandalizados todos, saqueados los almacenes y depósitos públi- 
cos, en abierta rebelión los más fuertes y los más osados ¡Ah! 

La isla, emporio de belleza y mansión de ai^acible calma, cuan- 
do la descubrió Colon, era ya un camjjo de Agramante y un ver- 
dadero teatro de desolación , de escándalos y de horrores. La sór- 
dida codicia, la grosera concupiscencia, la vanidad jíresuntuosa 
y la ambición desatentada de unos cuantos audaces aventureros, 
almas ruines ó perversas, en quienes los incentivos de la pasión 
ahogan siemi^re las voces de la razón y los sentimientos del ho- 
nor y del deber , mataron en germen la prosperidad de la isla , y 
sembraron en ella la perturbación , el desorden y la más horrible 

anarquía. Pero ¡ay! ¡que toda falta, como todo vicio, como 

todo crimen , tienen su expiación ; y el destino es inexorable ! 

En ningún otro punto, dice Irving, se mostró tan patente la 
providencial justicia, como entre los habitantes de la Isabela, los 
más vagabundos , indiscijilinados y disolutos de la isla. Las obras 
públicas quedaron paralizadas; las huertas y campos empezados 
á cultivar, se vieron abandonados y eriales; martirizados los in- 
dios por cuantos medios pueden sugerir la codicia y la liviandad, 
halnan huido á ocultarse entre las breñas de vericuetos inaccesi- 
bles , dejando el país convertido en un desierto. Y sucedió lo que 



COLON EN ESPAÑA. 351 

tenía qne suceder. La iudolencia y la corrupción trajeron consigo 
la escasez, el hambre, la postración de fuerzas, las enfermeda- 
des, las continuas querellas, las violencias, los engaños mutuos, 
el desaliento y la desesperación. Todos querian salir de la isla, y 
sustraerse á los males que ellos mismos hablan creado. Porque 
lo que estaba convidando á la dicha , lo que á jjoca costa se h ii- 
biera podido trasformar en un ¡¡araíso, lo' habiau convertido en 
purgatorio las feas pasiones de unos cuantos malvados. 

Ponderar los desvelos del Almirante; ensalzar su gran tacto, 
su prudencia, su longanimidad; contar los esfuerzos que hizo 
para restablecer la paz y asegurar el orden en la isla, fuera tan 
prolijo como innecesario para demostrar las grandes cualidades 
y las altas dotes que adornaban á Colon ; pero serviría de útil lec- 
ción histórica. Porque si , de una i)arte , justificarla los homena- 
jes que las actuales generaciones le tributan , de otra parte se 
increijarian la ingratitud y la injusticia de sus contemporáneos, 
al ver el triunfo que sobre el mérito y la virtud dieron á la ma- 
lignidad y á la protervia. No llega á tanto — ya lo hemos dicho 
— la misión de este libro. Pero algo hemos de decir sobre aque- 
llos acontecimientos y sobre los sujetos que en ellos juegan. Exa- 
minemos , aunque sea ligeramente , los sucesos más notables y 
los caracteres más acentuados. 

Descuellan entre aquéllos, la sublevación de los caciques Gua- 
rionex y Mayobanex; la rebelión de Roldan y sus cómplices ; y 
las infidencias de cuasi todas las fuerzas vivas que había en la 
isla á las órdenes de Colon. Entre los segundos , se hacen nota- 
bles en uno ú otro sentido, el cacique Mayobanex, el ambicioso 
Roldan , el presuntuoso y osado Mogica , su pariente Guevara, 
Ojeda y los fáciles Riquelme , Gómez y Escobar, cómplices de 
aquéllos en la constante rebelión. De otra parte eL enérgico y es- 
forzado Bartolomé Colon, los fieles Ballesteros y Miguel Díaz, 



352 COLUN EN ESPAÑA. 

el caballeroso Carvajal, la complaciente Anacaona y sn hermano 
Behechio , el generoso cacique de Jaragna. 

Es un hecho constante y probado que sin la indisciplina y los 
desmanes de los españoles, los indios no se habrian sublevado ni 
intentado repetirlo , una vez vista y reconocida la superioridad 
de los que ellos creyeron, al principio, enviados del cielo (turey). 
Así como es seguro que Colon habria dominado todas las rebel- 
días y corregido todos los desmanes ; y es más, ni aquéllas ha- 
brian estallado sin la conspiración permanente y maquiavélica, 
sostenida en España por el protervo Fonseca, y alimentada por 
las frustradas esi)eranzas de muchos aventureros y vagabundos. 

Pero cuando en vez de encontrar el condigno escarmiento y 
correctivo en la metrópoli las graves faltas y demasías de Agua- 
do , de Margarite y de Bernal Diaz , se vio en la isla llegar al 
mismo Aguado , en son de juez pesquisidor de los actos del Al- 
mirante , y poniéndose enfrente de él los vínculos de la disci- 
plina quedaron rotos , y los resortes de la autoridad gastados y 
sin fuerza alguna. Desde entonces, ya no tuvo Colon casi de 
quien fiarse en la isla ; y sin la autoridad que le daban sus emi- 
nentes cualidades, y sin el valor y la entereza de su hermano 
Bartolomé , los títulos de Almirante , de Yisorey y de Capitán 
general de las Indias habrian sido perfectamente nominales y 
de ningún valor. Desde entonces fueron , no sólo fáciles , sino 
forzosos los gritos de los descontentos , los desmanes de los li- 
bertinos, y las rebeliones de todos los ambiciosos. Roto el freno 
del respeto se desbordó el torrente de todas las pasiones , y ul- 
trajados los indios , incluso los caciques , en sus mujeres y sus 
hijas, las humillaciones desj)ertaron los odios, y el deseo de ven- 
ganza engendró las sublevaciones. La de Guarionex no reconoció 
otro origen. 

Esa misma causa produjo la aversión al cristianismo que el 



COLON EN ESPAÑA. • 353 

cacique y otros indios de su Vecindad habían abrazado ; y casti- 
gada su apostasía con la severidad de las leyes de aquella época» 
el espectáculo horrible de tales castigos echó nuevo combustible 
á la hoguera de la sublevación. Verdad es que la actividad , la 
energía y la hál)il política del Adelantado lograron dominarla. 
Pero entonces vinieron las conspiraciones de Roldan y de Mogi- 
ca il soliviantar por medio de engañosos halagos á los escandali- 
zados indios ; y acudiendo entonces Guarionex á los montañeses 
del Ciguay, pidió y obtuvo de su cacique Mayobanex hospitali- 
dad y jjroteccion. 

La actividad y el inteligente denuedo que mostró en aquella 
ocasión el Adelantudo le acreditarían de un gran cajDÍtan, si cien 
hechos de igual índole no lo hubiesen ya entonces acreditado. 
Deshechas las fuerzas de Guarionex y reducidos los dos caciques 
á buscar amparo entre las breñas y las enriscadas cumbres del 
Ciguay , el Adelantado en\dó un emisario á Mayobanex pidiendo 
le entregase al caudillo de la Vega , y ofreciéndole en cambio 
amistad y protección. La respuesta del cacique indio revela un 
corazón sano y un alma noble y altiva. «Di á los españoles — 
contestó Mayobanex al emisario indio— que son malos, crueles 
y tiranos ; usurpadores de nuestros territorios y derramadores de 
sangre inocente. Que yo no deseo su amistad. Guarionex es bue- 
no, es mi amigo y mi huésped; se ha refugiado á mi casa; he 
prometido protegerle , y no faltaré á mi palabra. » 

A semejante reto, el Adelantado tuvo que echar á un hido la 
benignidad y la templanza , y contestó con la resohuíon del que 
quiere vencer á toda costa ; trepó d las montañas con el hierro y 
el fuego. Al ver incendiadas sus poblaciones, los indios acudieron 
á IMayobanex , pidiéndole que entregase al cacique de la Vega, 
para poner término á aquella devastación. Pero el generoso ci- 
guayano se mantuvo impertérrito. Recordó á sus gentes las bue- 

23 



354 • COLON EN ESPAÑA. 

ñas prendas de Guarionox y los títlilos que tenía á sn protección. 
«Le he dado liosi^italidad — les dijo — y estoy resuelto á sufrir 
toda clase de adversidades, antes que dar margen á que se diga: 
Mcujohanex vendió á su huési^edj) 

Y como lo habia prometido lo cumplió. Sufrió la devastación 
de sus bosques y la ruina y el incendio de sus casas ; se vio pre- 
cisado á huir y esconderse en lo más agrio de las montañas ; vio 
cogido y prisionero á su amigo Guarionex; y. por último, se vio 
él mismo entregado en manos del Adelantado. Los indios queda- 
ron vencidos y sojuzgados. Pero la isla se despoblaba. Perdia 
hora por hora su antiguo encanto y su naciente cultura y prospe- 
ridad. 

El mal no venía de los indios ; nacia de los españoles. Francis- 
co lioldan , dej)endiente de Colon y elevado por él nada menos 
que al cargo de corregidor ó alcalde mayor, merced á su natural 
talento y felices disposiciones , se rebeló primero contra la auto- 
ridad del Adelantado , después contra la del mismo Almirante ; y 
convertido de alcalde en jefe de facción le fué fácil hacer faccio- 
sos á todos los mal avenidos con el trabajo , el orden , la morali- 
dad de las costumbres y la buena administración. 

Colon y sus hermanos hicieron esfuerzos titánicos para resta- 
blecer el orden y sostener el prestigio de la autoridad. Pero co- 
nocieron pronto que á su alrededor se habia hecho el vacío, y 
reducidos á la impotencia, sin fuerzas de que disponer y sin au- 
xilios que esperar, fuéles forzoso capitular con los rebeldes. Rol- 
dan triunfó ; y bajo el hipócrita velo de una mentida sumisión al 
Almirante, se constituyó en casi arbitro y señor de la isla. En 
medio de esto enviaba á España acusaciones y denuncias calum- 
niosas contra Colon. 

Ya estaba arrojada en la isla la fecunda semilla de la desmo- 
ralización y de la codicia. Las comarcas se convirtieron en baja- 



COLON EX ESl'.VÑA. 355 

latos de los amigos y coinpnncros de IJoklan, Se rcpartioron en- 
tre ellos tierras, mujeres, esclavos, provisioDes, gauados,todo 
lo que podia satisfacer sus concupiscencias y sus antojos. 

Los pocos hombres pundonorosos y dignos que permanecieron 
fieles al deLer y ol)edi(>utes á la autoridad de Colon ; el anciano 
Miguel Ballester , jefe del fuerte La Concepción, el caballeroso 
Alonso Sánchez Carvajal , que mandaba las tres carabelas |desta- 
cadas desde las Canarias por el Almirante, y saqueadas dolosa- 
mente por Roldan y los suyos al llegar con provisiones á la isla; 
Juan Antonio Colombo, que mandaba una de estas tres carabelas; 
el leal Diego de Salamanca, mayordomo del Almirante , el seve- 
ro Pedro Hernández Coronel, y el noble aragonés Miguel Díaz, 
todos prestaron á Colon cuantos servicios exigian sus cargos res- 
pectivos y los extraordinarios que impusieron las circunstancias. 
Pero era imposible atajar el mal , verdadera gangrena moral y 
de efectos no menos expansivos y corrosivos que la física. Colon 
lo conocía y lo manifestó con su elocuente sencillez : «tenía que 
luchar con tres inmensas dificultades á la vez : era extranjero, 
habia provocado la envidia, y estaba á gran distancia de la corte.» 

Sin orden de los Reyes, sin anuencia ni conocimiento del Al- 
mirante , pero valiéndose mañosa y subrepticiamente de sus car- 
tas marítimas y del relato del viaje á la costa de Paria, el sujjcr- 
inteudente Fonseca habia autorizado y facilitado la expedición de 
Ojeda, que se equipó en Sevilla, con el auxilio de los pilotos 
Juan de la Cosa y Américo Vespucio, y (pie zarpó de la bahía 
de Cádiz, en Mayo de 1499; expedición que, siguiendo el rumbo 
que habia tomado Colon, abordó las costas del Orinoco y recorrió 
las de Paria , encontrando allí vestigios de la estancia en ellas de 
Colon. 

Ojeda, ya de regreso, tocó en la Española, y huyendo de pre- 
sentarse á Colon, ancló al occidente de la isla, en un puerto cer- 



356 COLON EN ESPAÑA. 

ca (le Jaqueinel , con el i)ropósito, á lo que se vio , de cortar palo 
(le campeche y de arrebatar y llevarse algunos indios como es- 
clavos. 

Resentido Colon de qne Ojeda visitase la isla de aquel modo 
clandestino , y conociendo su genio osado y emprendedor , envió 
á Roldan á su encuentro para i)edirle explicaciones y j)enetrar 
sus intentos agresivos. Roldan se encargó gozoso de la ardua em- 
presa. Pero encontrándose de frente dos audaces aventureros , en 
quienes se compensaban la astucia del uno con el denuedo del 
otro, no j)udiendo engañarse recíprocamente , después de tenderse 
varias redes inútilmente, se entendieron lo mejor que les fué po- 
sible , revelándose ambos el secreto encono y rivalidad contra los 
Colones , y el deseo y las esperanzas de suplantarlos. 

Ojeda jirometió á Roldan que iria á Santo Domingo y se jire- 
sentaria al Almirante , pero le engañó. En vez de ello se dirigió 
á Jaragua; sembró allí las noticias más funestas, anunciando la 
caida y la ruina del Almirante y de sus hermanos y deudos ; soli- 
viantó á los parciales de Roldan cpie no habían aceptado la capi- 
tulación de éste , aunque sí los beneficios que les produjo ; se 
proclamó desfacedor de los supuestos agravios hechos por el Ade- 
lantado. Entre aquellas turbas de ex-presidarios descontentos, 
unos querían desde luego marchar sobre Santo Domingo ; otros 
no; esto provocó una excisión en que hubo muertos y heridos; y 
el escándalo y el tumulto llegaron á punto de que Roldan y su 
amigo Escobar tuvieron que acudir con todos sus hombres para 
combatir á Ojeda. Este se refugió á sus buques. Hizo Roldan mil 
tentativas para atraparle astuciosamente, pero no pudo lograrlo; 
y convencidos ambos de que no podían engañarse , celebraron una 
conferencia desde dos botes, conduciéndose ambos con la mayor 
sagacidad y cautela. Al fin hicieron una composición; se canjea- 
ron sus ijrisioneros ; se devolvió el bote apresado á Ojeda , y éste 



COLON EN' ESPAÑA. .S")? 

ofreció abniulonar la isla, si bien amenazando ([ue volveria pron- 
to con más bm^ues y hombres. 

Había llegado por aquel tiempo á la isla un nuevo elemento 
de perturbación, una especie de Tenorio; el jt!>ven y elegante ca- 
ballero Hernando de Guevara, causa de nuevos y terribles desas- 
tres. Era pariente de Adrián de INÜogica, uno de los más activos 
agentes de la relielion de Roldan. Posesionóse el j('iven libertino 
de la casa de Anacaona, sedujo á la hija de ésta, lierniosa don- 
cella de pocos años; y sea que con esto despertase celos ó envi- 
dias de Roldan , éste le declaró la guerra y le arroj(') de Jaragua. 
Acudió entonces el joven Guevara á su i)ariente Mogica; éste á 
la antigua parcialidad rebelde , y entre todos tramaron una cons- 
piración para deshacerse de Roldan y del mismo Almirante , que 
se encontraba entonces , con media docena de fieles servidores, en 
el fuerte de la Concepción. 

Roldan , que fué el ¡Jriniero en descubrir la trama , y en saber 
que le iba en ella la vida , cayó con la velocidad del rayo sobre el 
joven Guevara, que se hallaba oculto en la misma casa de Ana- 
caona. Le prendió y á todos sus cómplices ; los envió presos á San- 
to Domingo , y dio conocimiento de todo á Colon. Teníalo ya éste 
\^^^v un indio desertor de los conspiradores. Y contemplando de 
una ojeada la gravedad del peligro y la imperiosa necesidad de 
uuíl resolución enérgica y de un castigo ejemplar, coge sus nue- 
ve ó diez hombres bien armados , sale de noche de la Concepción, 
se dirige sigilosamente al ^innto donde estallan reunidos los sedi- 
ciosos, los sorprende, y atados los lleva i)resos al fuerte, donde 
hace una justicia ejem])lar y terrible de Mogica. 

La muerte de éste y de algunos de sus cómplices idej(') aterra- 
dos á los sediciosos; y libres de asechanzas Colon y sus herma- 
nos , pudieron devolver su imperio á la ley y el resjjeto y la obe- 
diencia á su autoridad. 



358 COLON EN ESPAÑA. 

La rebelión estaba deslieclia; los facciosos se delataban y so 
persegnian y se destrnian entre sí y por sí mismos; el orden se 
restablecía, y renacían la calma y la paz. Colon continuaba en la 
Vega, mientras que su hermano Bartolomé con Roldan persegnian 
á los fugitivos rebeldes de Jaragua; y D, Diego manda1)a como 
«•obernador interino en Santo Domingo. Pero mientras Colon 
lograba tan señalado triunfo en la isla , sus enemigos le habían 
ya vencido en Esj:)aña. 

El 23 de Agosto de 1 500 llegaron á Santo Domingo dos cara- 
belas que conducían al por siempre memorable Francisco Boba- 
dilla, oficial de la Eeal Casa, que iba con órdenes y cargos múl- 
■ tiples á la Española. Antes de desembarcar quiso ya Bobatblla 
inquirir y hacer gala de su carácter de juez pesquisidor; y antes 
de salir de sus carabelas ha1)ia ya juzgado y condenado á Colon. 
Llevaba, como hemos dicho, diversos encargos , y para cada uno 
su especial nombramiento ó Real despacho , cada cual de distinta 
fecha. Por el primero — de fecha 21 de Marzo de 1499 — se le 
autorizaba «para averiguar quiénes y cuáles personas se habían 
levantado contra el Almirante y su autoridad, y por qué causa, 
y qué robos, y qué otras injurias habían cometido.» «Obtenido 
el informe y sabida la verdad , anadia el despacho, cualesquiera 
que halléis culpables, aprestad sus personas y secuestrad sus 
efectos; y ya aprehendidos proceded contra ellos y los ausentes 
civil y criminalmente , imponiéndoles las multas y castigos que 
creáis propios. » En este despacho se autorizaba ademas á Boba- 
dilla á i^edir asistencia al Almirante ó cualquier otro empleado 
l)úbl¡co, caso de necesidad. 

Dos meses después, con fecha 21 de Mayo, se le expidió otra 
carta-órden , en la cual , sin nomT)rar á Colon , se conferia al co- 
mendador Bobadilla jurisdicción plena civil y criminal , y se es- 
pecificaban sus atribuciones diciendo : «Es nuestra voluntad que 



COLO\ EX KSr.VÑA. 350 

s¡ el dicho Comendador creyese necesario i)ara nnestro servicio y 
l)ara los fines de la justicia, que cualesquiera caljalleros ú otras 
personas, que están íil pres(>nte en aquellas islas, ó que llegaren 
en adelante , las abandonen y no vuelvan ú residir en ellas, y que 
vengan y se presenten ante nos, se lo pueda mandar hacer así en 
nuestro nombre, y obligarlos á jiartir; y á (|uien quiera que así 
se lo ordenare, mandamos por la jiresente que sin detenerse á 
liacernos 2)reguuta8 ó consultas , y sin interponer a])ehicion ni 
súplica, obedezca aquello que él diga y mande, bajo las penas 
que imponga en nombre nuestro, etc., etc. » 

Por otra carta Real de la misma fecha se ordena al Almirante : 
« Que él y sus hermanos entreguen á, Bobadilla , como goberna- 
dor, las fortalezas, bajeles, casas, armas, municiones, ganados 
y todas las demás proj)iedades Reales , bajo pena de sufrir el cas- 
tigo á que se sujetan aquellos que rehusen rendir fortalezas y 
otros puestos de confianza, cuando se lo ordenan los Soberanos.» 

Como se ve por el contexto y por las fechas de esas Reales 
cartas , los Reyes habian ido cediendo por grados á las exigencias 
de los enemigos de Colon. En primer lugar se proponian sólo 
informarse de la rebelión , de sus causas y de sus autores y cóm- 
plices, para castigarlos y poner remedio. En esto no hacian más 
que acceder á las reiteradas demandas de Colon. Pero dos meses 
después, los enemigos de éste se conoce que habian ya logrado 
llevar al ánimo de los Reyes la desconfianza , quizá el temor de 
que Colon fuera culpable , no sabemos de qué delitos, y entonces 
autorizan á Bobadilla para que, si así fuera, le mande á él y á 
sus hermanos abandonar la isla y })resentarse ante los Reyes; y 
ademas ordenan á Colon que entregue las fortalezas, bajeles, etc., 
al gobernador Bobadilla. 

Pero es el caso que éste no se anduvo con tales rei)aros , ni 
practicó informaciones, ni guardó tal orden de procedimientos; 



360 COLON EN ESPASa. 

lirincipió por lo líltimo , como ha dicho el historiador Irving. Y 
en esa parte ha dicho mal, porque iiriocij^ió ó ejecutó á luego 
aquello j^ara lo cual no estaba en manera alguna autorizado; prin- 
cipió condenando y desautorizando á Colon. 

En cuanto desembarcó pidió á D. Diego y á los alcaldes que 
le entregasen á Guevara, Riquelme y demás presos por la cons- 
piración de Mogica , con los procesos y personas que en ellos ha- 
biau intervenido. Don Diego le contestó que ínterin el Almirante 
y Virey D. Cristóbal, por cuya autoridad se habia hecho todo, y 
de la cual en parte era delegado, no lo dispusiese, no podia ni 
debia entregar presos, ni procesos, ni nada. 

Bobadilla, irritado, mandó pulilicar todas sus cartas Reales ,á 
voz de pregón en la j^laza de Santo Domingo; hizo en seguida 
que se le prestase juramento de obediencia , y tomó , como por 
asalto, presos, procesos, cárcel y fortaleza, que Miguel Diaz y 
Diego de Alvarado , que las guardaban , no quisieron tampoco 
entregar, sin orden del Almirante. 

Desde aquel momento — y decimos mal — desde que Bobadi- 
lla puso el pié en la isla , los vencidos se trasformaron en vence- 
dores, y éstos en vencidos; y como tales fueron tratados. Un 
golpe de Estado más desmoralizador , más absurdo y más inicuo 
no se dio jamas. 

Apoderado del gobierno antes de ver ni oir á Colon , antes de 
examinar su conducta ni informarse del estado anterior de la isla, 
y de las rebeliones y sublevaciones dominadas , Bobadilla se cons- 
tituyó en la casa de Colon; se apoderó de todos sus bienes, efec- 
tos y papeles; mandó que de ellos ó con ellos se hiciese pago á 
todos los que pedian atrasos ó pagas, por cualquier concepto que 
fuese; dio ál segundo dia de su mando licencia general para bus- 
car oro por término de veinte años , y envió orden al Almirante, 
que se hallaba en Bonao , para que se presentase ante él. 



COLON EN ESPAÑA. 301 

Colon , í'i las primeras noticias , creyó qne Bobadilla era otro 
Aguado, y le escribió privada y atentamente , aconsejándoli! que 
no se entregase á medidas precii)itadas. Pero al ver que ni se le 
contestaba ni se guardaban con él miramientos ni atenciones de 
ninguna clase, y que Bobadilla re})artia cargos y credenciales en- 
tre los secuaces de Roldan y otros declarados enemigos suyos, ;l 
los que cabalmente debiera juzgar y castigar, comi)rendió logra- 
ve del asunto; pero sin poder exi)licarse que los Reyes liubiesen 
autorizado á Bobadilla para tales medidas y para usar tal con- 
ducta con él , vacilaba y no sabía qué hacer, ó qué determinación 
tomar. De aquella peri)leji(lad le sacaron pronto Francisco Ve- 
lazquez y el P. Trasierra , comisionados por Bobadilla j)ara pre- 
sentarle la Real carta de 26 de Mayo de 1499, en que se le or- 
denaba dar fe y obediencia al Comendador , y para requerirle con 
una orden de éste previniéndole que se iiresentára ante su autori- 
dad. Colon quedó, más que asombrado, profundamente herido en 
su dignidad. Y sin dilación salió, casi solo, para Santo Domingo. 

Apenas supo Bobadilla su llegada, sin esperar á verlo y sin 
oirlo , dio orden jmra que le prendieran , le cargasen de cadenas 
y le encerrasen en la fortaleza. 

«Este ultraje, cometido contra persona de tanta dignidad y 
mérito tan eminente, escandalizó á sus mismos enemigos, dice 
un historiador contemporáneo. Cuando vinieron los grillos, todos 
los presentes rehusaron ponérselos, ya por el sentimiento de com- 
l)asion que inspiraba aquel gran revés de la fortuna, ya por ha- 
bitual reverencia hacia su persona. Pero para colmo de ingrati- 
tud, uno de sus mismos criados, un riány desvergonzado cocinero^ 
dice Las Casas, le remachó los hierros con tanta prontitud y 
ahinco como si estuviese sirviéndole escogidas y sabrosas viandas. 
— Yo conocia al tal ^ añade el venerable obispo de Chia|)a , y críJO 
se llamaba Espinosa.y) 



302 COLON EN ESPAÑA. 

Colon mostró en aquel momento la heroica maguían imidad del 
varón fuerte y del hombre justo. Devoró en silencio tan enorme 
ultraje, sin abatimiento y sin mostrar enojo contra el miserable 
Bobadilla. Preocupado con el pensamiento de las Reales cartas, 
era en los Reyes en quienes debia fijarse, y en quienes se fijaba 
efectivamente el alma torturada del gran descubridor. Porque los 
Reyes mismos, aun cuando le hubieran juzgado culpa1)le de al- 
gún atropello , de alguna medida inconveniente ó injusta , ¿ po- 
dian tratarle de aquella manera? 

Boljadilla desató contra Colon la furia de los reprimidos malos 
instintos de los vagabundos y perdidos que aun jiululabau por la 
isla , los cuales grital)an y lanzaban improperios contra el Almi- 
rante y sus hermanos, ensalzando y victoreando á Bobadilla. To- 
davía éste mostraba tener miedo, jiorque Bartolomé Colon estaba 
en Jaragua al frente de alguna fuerza; y no atreviéndose á man- 
darle prender eu aquella situación, pidió á su hermano que le 
escribiese para hacerle venir á Santo Domingo. Hízolo así el Al- 
mirante, y D. Bartolomé se presentó, en efecto, solo y desar- 
mado , ante el cobarde y bárbaro tiranuelo , el cual , sin dejarse 
ver y sin oir al severo y leal y honrado D. Bartolomé Colon, 
mand()le ¡írender en el acto, y cargado también de hierros se le 
llevó á una carabela. Eso mismo se haiña hecho, antes que con 
el Almirante y con el Adelantado , con el bondadoso é inofensi- 
vo D. Diego, sin disculpar el inicuo procedimiento con razón, 
causa ni pretexto alguno. 

« Todas las almas bajas que se hablan arrastrado á los j)iés de 
Colon y sus hermanos, mientras gozaban de autoridad, se levan- 
taron contra ellos cuando los vieron encadenados. Las calumnias 
más injuriosas se propalaban altamente por calles y plazas. Pas- 
quines insultantes é infamatorios libelos se leian por las esqui- 
nas.» Puestos en libertad los rebeldes Riquelme, Guevara y sus 



COI.OX EN KSI'AÑA. 3(i3 

c'i')inplic('S , j::('iít(' la iHiiviir ]):irt(' disoluta, ó iudiii'iui, (•(htÍüii ))or 
las i)lazas insultando con sus alaridos de triunfante júbilo á la 
dignidad y á la honradez aherrojadas. Esos alaridos no pudieron 
menos de llegar á los oidos de Colon en su calabozo, y entonces 
temió ya i)or su vida. 

El estúpido Bobadilla, ansioso sin duda del galardón, ó por 
verst' libre de la acusadora gigantesca sombra de Colon aherroja- 
do , mandó aprestar dos bajeles , y nombró para qno los mandase 
y condujese los presos á España á Alonso Villejo , hechura del 
obis]io Fonseca. Afortunadamente Yillejo era un puuilonoroso 
oficial , que desempeñó el cargo con. más nobleza y caballerosi- 
dad de lo ([uc liabrian deseado sus patronos. « Este Alonso Ville- 
jo , dice Las Casas, era un hidalgo de honrado carácter, y amigo 
esi)ccial mió.» Al llegar con su escolta á la fortaleza, para llevar 
á la cárcel del buque al Almirante , le encontró silencioso y des- 
alentado. Temia hasta que le sacrificasen sin oirlo, y que su nom- 
bre y su honor pudieran quedar mancillados. Por eso al ver en- 
trar en su calabozo al oficial , creyó que era para conducirlo al 

patíbulo. — ((¡Villejol le dijo tristemente ; ¿á dónde me lie- 

vais? — Al luKpie, señor excelentísimo, á embarcarse. — ¡ Aem- 

barcarsel repitió con vehemencia Colon. ¡ Villejo I ¿me decis 

la verdad? — Por la vida de V. E., replicó el oficial, que es cier- 
to.» Estas palabras reanimaron al Almirante, dice Las Casas, 
(pie sin duda oyó referir ese coloquio patético y expresivo al mis- 
mo Villejo, su amigo. 

Las dos carabelas salieron de Santo Domingo á [irimeros de 
Octubre, llevando con grillos y esj)0sas, como al más vil de los 
criminales , al mismo que habia añadido aquel rico florón á la 
corona de Castilla y llevado á un nuevo mundo las corrientes ci- 
vilizadoras del antiguo. 

Villejo y Andrés Martin , dueño de la carabela en que iba Co- 



364 COLON EN ESPAÑA. 

Ion , llenos de pesar por el cargo que desempeñaban, y de conmi- 
seración hacia el ilustre preso , le trataron con respetuosas aten- 
ciones y hasta quisieron quitarle los hierros; pero él no lo 
consintió. — «No, dijo con noble orgullo : SS. AA. me mandaron 
que me sometiese á lo que en sus nombres ordenase Bobadilla; 
por su autoridad me ha puesto estas cadenas ; yo las llevaré hasta 
que ellos me las manden quitar ; y las conservaré después como 
reliquias y como memoria del premio de mis servicios.]» 

«Así lo hizo, añade su hijo D. Hernando; yo las vi siempre 
colgadas en su gabinete , y pidió que cuando muriera las enter- 
rasen con él. )) 



CAPÍTULO XIV. 



CUARTO VIAJE. 

Sumario. — Efecto que produjo en España la llegada de Colon preso y enca- 
denado. — Indignación general. — Conducta de Colon. — Orden de los Re- 
yes para ponerle en libertad y á sus hernuinos. — Colon ante los Reyes. — 
Su vindicación. — Ofrecimiento de reponerle en sus honores, dignidades y 
cargos. — Conducta del Rey Católico. — Proyectos de Colon. — El rescate 
del Santo Sepulcro. — Buscar un paso al mar de la India. — Cuarto viaje de 
Colou. — elisión de Ovando. — Equipo y salida de la gran flota para la Es- 
pañola. — Dificultades y tropiezos que aplazan la cuarta expedición de Co- 
lon. — Su salida de Cádiz. — Prohibición y encargo. — Colon en Arcilla. — 
Colon en la ria de Santo Domingo. — Niégale Ovando la entrada en el 
puerto y el trueque de una caraliela. — Consejo de Colon despreciado. — 
Zarpa la escuadra de Bobadilla. — La tempestad. — El naufragio. — Culón 
y los suyos llegan salvos á Puerto Hermoso. 



Uno de los hechos que más honran y enaltecen el generoso y 
noble carácter del pueblo esi)añol es el vivo sentimiento que hizo 
al saber la Ueg-ada de Colon preso y encadenado al puerto de 
Cádiz. Allí y en Sevilla, y á seguida en toda España, estalló un 
movimiento instintivo de asombro y de indignación. Fuera 
cual fuere la causa de semejante proceder, el pueblo no se detuvo 
á pensar en el por qué : el hecho de la ])rision entrañaba á sus 
ojos tal fondo de ingratitud, ([ue sin más examen le rejn'obó ; le 
causó horror y santa indignaciun. Todas las hablillas sobre el 
mucho yasto y jjocu provecho se acallaron ; la suspicaz y malicio- 



366 COLON EN ESPAÑA. 

sa uota de extranjerismo desapareció ; la indignidad do prender 
y encadenar al descubridor del Nuevo Mundo lastimó profunda- 
mente el sentimiento nacional. Lo repetimos : aquel movimiento 
de indignación, aquella sentencia unánime y espontánea de la 
opinión, hacen el elogio de la nobleza y caballerosidad del pue- 
blo español. 

La corte, que se hallaba entonces en Granada, no pudo menos 
de participar de esos mismos sentimientos. La reina Isabel dio 

muestras de verdadero y profundo dolor. El Rey Fernando 

procuró mostrarlo. Quizás pudiera engañar con ello á los con- 
temporáneos, pero no ha podido engañar á la Historia. Los he- 
chos hablan siempre con más verdad y fuerza de convicción que 
las palabras y los gestos. Y los hechos no hablan en favor del 
rey Fernando. 

Colon mostró tal dignidad, que se abstuvo de escribir á los 
Reyes. En vez de eso, se entregó en manos del alcalde-corregi- 
dor de Cádiz, con sus hermanos. Pero envió por mensajero á 
doña Juana de la Torre, dama de corte, muy favorecida de la 
Reina, aquella famosa carta, escrita durante el viaje, á que más 
de una vez hemos hecho alusión en este libro. 

c( Las calumnias de hombres indignos — dice en esa carta Cío- 
Ion — me han hecho más daño que me han aprovechado todos 
mis servicios.)) 

«Tal es el mal nombre que he adquirido, que si fuera á edifi- 
car hospitales é iglesias, les llamarían cavernas de ladrones.)). . 

« Se debia haber considerado que yo traje todas esas gentes á 
la sujeccion de SS. AA. dándoles dominio sobre otro mundo, por 
lo cual España, hasta ahora pobre, se ha enriquecido súbitamen- 
te. Cualesquiera errores en que yo pueda haber caido, no fueron, 



COLON EN KSTAÑA. 307 

por cierto, de mala iuteiicioii. Y creo que S8. AA. darán crédito 
á lo que digo.» 

Los Reyes se apresuraron ú mandar se ])usiera en libertad á 
Colon y A sus hermanos, y le escribieron en términos afectuosos, 
expresándole vivo sentimiento por cuanto liabia padecido é invi- 
tándole á presentarse en la corte. Dispusieron al mismo tiempo 
que se le adelantasen 2.000 ducados. 

Grande, en todo el sentido de la palabra, grande el alma de 
Colon hasta el punto de mostrarse superior á las injustas impu- 
taciones é inicuos^ tratamientos de sus émulos y encarnizados 
enemigos, se conmovió y se reanimó al recibir aquella muestra 
de afecto. Y el 17 de Diciembre se presentó ante los Reyes en 
traje de gala y rodeado de honorífica comitiva. 

Recibiéronle los Monarcas con muestras de la mayor compla- 
cencia y de la más alta distinción, dejando ver la Reina su en- 
ternecimiento y su pena ; muestras de afecto que, dada la exqui- 
sita sensibilidad de Colon , le conmovieron tanto , que postrándose 
ante los Reyes, las lágrimas embargaron por largo rato sus pa- 
labras. Pero reanimado por las benévolas atenciones de los dos 
Monarcas y recobrada su habitual serenidad, grave y digna, pro- 
curó vindicarse de cuantas calumniosas vociferaciones se propa- 
laban contra él y sus hermanos , demostrando la lealtad y el celo 
con que habia servido á los Reyes y ¡procurado el esplendor y la 
gloria de sus Estados. 

No necesitaba vindicarse. No habia menester por entonces 
más vindicación que el grito de todas partes alzado contra la 
manera brutal é indigna con que le habia tratado Bobadilla, 
conducta que reprobaron los Reyes, insinuando que sería sepa- 
rado del cargo, y prometiendo á Colon que sería repuesto en sus 
bienes, honores, privilegios y dignidades. 

Ese era su anhelo más vehemente. Colon puso siempre su 



3C8 COLON EN ESPAÑA. 

gloria por cima de todos los intereses materiales , y sus dignida- 
des y títulos eran para él vivo j perenne testimonio de sus me- 
recimientos. Pero eso es lo que más esquivaba el cauteloso y 
calculador rey D. Fernando, en cuyo ánimo crecian las repug- 
nancias á medida que se agrandaba la importancia de las con- 
quistas de Colon. Cuando le tenía por un visionario ó por un 
aventurero audaz, dejó bacer á la Reina, y tal vez se encogió de 
hombros al firmar las capitulaciones de Santa Fe. Mas cuando 
comprendió la importancia y la inmensidad de los dominios que 
el visionario traia á sus manos, le pareció unai enormidad que el 
descubridor tuviera en las suyas los cargos de Virey y Goberna- 
dor, ni siquiera de la isla Española, 

¿ Es que desconfiara de la lealtad de Colon ? No es creíble? 
aunque á pensarlo así baya dado ocasión el cauteloso y suspicaz 
espíritu del Rey Católico. El Almirante babia dado hartas prue- 
bas á los Reyes Católicos de su fidelidad, de su celo por servir- 
les y de su amor á Esj)aña. «¿Quién creerá — les decía en la 
célebre carta escrita desde la Jamaica — que un pobre extranjero 
se hubiese de alzar en tal lugar contra V. A. sin causa ni sin 
brazo de otro príncipe , y estando solo entre sus vasallos y natu- 
rales, y teniendo todos mis fijos en su Real corte? » 

c( Yo vine á V. A. con sana intención y buen celo, y no 

miento. » 

Mas no era temor de ese género, no, lo que inspiraba la con- 
ducta del Rey Católico para con el Almirante : era estrechez de 
espíritu y frialdad de corazón. Habrá pocos príncipes, quizá 
ninguno, con quien la ciega fortuna se haya mostrado más jh'Ó- 
diga que se mostró con D. Fernando. Pero, repárese bien su his- 
toria : ni aun en los momentos de sus más brillantes éxitos se 
advierten en él síntomas, ráfagas siquiera, del entusiasmo que 
brota del corazón lleno y gozoso ; jamas. Halló un tesoro in- 



COLON EN ESPAÑA. 3G'J 

apreciadlo on Isabel de Castilla: tesoro de hermosura, tesoro de 
virtud y de altas prendas. Halló cien tesoros en sus liijos, tier- 
nos, Lucnos, inteligentes, modelo de príncipes. Ni el esjjoso ni 
el padre — justo es decirlo — faltaron ii lo que lioy se llaman 
conveniencias sociales , no ; pero jamas se advirtió en el padre ni 
en el esposo el calor recreador, la llama vivificante del entusias- 
mo. ¡ El desgraciado no sabía lo que era amar I El padre ayudó 
á bien morir á su hijo único, príncipe de grandes prendas, como 

pudiera hacerlo un benedictino. Y el esposo vio morir, sin 

muestras de gran dolor, á la gran Isabel. ¿A qué hablar de su 
conducta con el cardenal Cisnéros, de una parte, y de otra con 
el Gran Capitán? Digamos sólo lo que hizo con Colon, y esto 
dará la pauta y la medida de la estrechez y de la frialdad de que 
antes hablábamos. 

Fué ya depresivo para el Almirante , para el Visorey y Gober- 
nador de las Indias el envío de Aguado á la Española, con la 
comisión de abrir información sobre la conducta de Colon y so- 
bre los hechos que él mismo habia denunciado ó comunicado á 
los Reyes. Y no sólo fué depresivo semejante acto ; fué atentato- 
rio a las capitulaciones de Santa Fe. 

Fuélo asimismo el autorizar la expedición de Ojeda, sin au- 
diencia ni anuencia de Colon , que , como Almirante , ya que no 
como descubridor y como Virey, debiera haber tenido interven- 
ción directa en todas las expediciones imra el descubrimiento; 
señalando, ó por lo menos aconsejando, los rumbos y los para- 
jes de recala, los puertos y factorías para descansos, auxilios y 
aprovisionamientos. 

Cierto es que los Reyes suspendieron la Real cédula de 10 de 
Abril de 14Uo, por la cual, sin audiencia ni anuencia del Almi- 
rante, se autorizaba á todos los que desearan ir á descubrir y á 
negociar á las islas y tierra firme del mar Océano , con tal que, 

24 



370 COLON EN ESPAÑA, 

— salvo y aparte el señorío — satisficieran á la Corona la décima 
parte ele lo qne hallaren y trajesen. Pero esa suspensión duró 
poco. La lleal cédula volvió á ponerse en vigor, y á más de la de 
Ojcda, se autorizaron , sin conocimiento de Colon , las expedi- 
ciones de Pedro Alonso Niño , la de Vicente Yañez Pinzón , la 
de Diego de Lepe y la de Rodrigo Bastidas. 

Los descubrimientos de Sebastian Cabot, en 1497 , y de Pedro 
Álvarez Cabral en 1500, el primero á nombre del rey de Ingla- 
terra Enrique VII, y el segundo en el de la Corona de Portugal, 
añadieron nuevos incentivos á la desmedida ambición del Rey 
Católico. Todo se le hacía tarde , y quiso utilizar cuantos medios 
y personas se le ofrecian para extender el ámbito de sus domi- 
nios por las islas y tierra firme del mar Océano. Dio , pues, muy 
buenas palabras al Almirante , durante nueve meses que perma- 
neció en Granada; pero resolvió reemplazar á Bobadilla con D. Ni- 
colás de Ovando, comendador de Lares en la Orden de Alcántara. 

Claro es que , para que semejante resolución no pareciese una 
condena, ó por los menos dejase ver sin disfraz una nueva ofensa 
á Colon, se cohonestó con las parcialidades y malas pasiones que 
agitaban entonces la Española, con la necesidad de poner en- 
mienda pronta á los abusos y correctivo á todos los desmanes 
que allí se cometían ; hecho lo cual por el Comendador de Lares, 
en término de dos años , se devolvería el mando á Colon , sin 
riesgo propio ni desventajas para la Corona. 

No puede negarse que la reina Isabel entró en ese plan de 
toda buena fe, quizás con el mejor deseo en favor de Colon. Tam- 
bién la debió éste que en algunas cosas se le hiciese justicia en- 
tonces. Pero ese juicio favorable no puede la Historia hacerlo ex- 
tensivo al Rey Católico. Su ulterior conducta , luego que falleció 
Isabel, liabla demasiado alto contra sus buenas disposiciones, y 
aun contra su buen deseo en pro de Colon. 



COLON EX ESPAÑA. 371 

Hubo éste de conformarse con a({aella situación; é hidalgo y 
confiado en la bondad de la R-oina , sb entregó , en la infatigable 
y ferviente actividad de su espíritu , á nuevos proyectos , todos 
ellos grandiosos y heroicos. 

Fué entonces cuando acarició la idea de rescatar el Santo Se- 
pulcro. Esta idea , que hoy en dia se antojará á todo el que la 
oiga el sueño de una imaginación calenturienta, no pareciatal ni 
mucho menos en aquella época, en la que aun estaban calien- 
tes las cenizas del fuego de las Cruzadas , en la que todavía la fe 
cristiana lo informaba todo, y el clero lo inspiraba y casi lo di- 
rigía todo. 

Fué, pues, entonces cuando Colon, auxiliado del cartujo Padre 
Gorricio , escribió su libro de las Profecías , donde desarrolló el 
ideal que ofrecía realizar, y que habia realizado en su primera y 
principal parte : el descubrimiento del Nuevo Mundo, la conver- 
sión de los gentiles , y el rescate del Santo Sepulcro. Los textos 
bíblicos y las citas de Santos Padres , con que apoyó ese ideal, 
y la carta que sobre ello escribió á los Reyes , con la fervorosa 
sencillez que le hacía elocuente, bastarían á demostrar, si toda 
su vida no lo demostrase , que era un hombre esiíeciab'simo. Los 
arranques de su espíritu , el vuelo de su imaginación , unidos á la 
sencillez del corazón y á la piedad tan candorosa y tan ferviente, 
le daban un denuedo y una voluntad incontrastables. Porque no 
sólo creía, sino que probaba con sus actos, que querer es poder: 
que la fe hace prodigios. 

Sin embargo, la idea del rescate del Santo Sepulcro no pre- 
dominó largo tiempo en su mente. Colon era hombre práctico^ 
hombre de acción. l*ara él , la fe sin las obras era palabra vana. 
El pervius orbís de Séneca y de Aristóteles y de Strabon volvió á 
posesionarse de su ánimo. Creía firmemente haber llegado ya á 
la antesala del extremo Oriente. Pero era necesario , según él, 



372 COLON KN ESPAÑA. 

abrirse nn paso , buscar un estrecho que le iiermitiera salir al mar 
de la ludia y rodear la tieVra, dar la vuelta á su alrededor. Y á 
ello quiso consagrar los i'dtimos años de su azarosa vida y las 
fuerzas que le quedaban. Porque, escasas como eran ya, ])0v la 
edad y por efecto de tantos trabajos, esas fuerzas, su indomable 
espíritu las centuplicaba. Delineado que hubo su plan , lo pre- 
sentó á los Reyes y se ofreció á ejecutarlo con una i)equeña es- 
cuadrilla. 

Aceptaron desde luego el pensamiento hasta con gozo, el Rey 
quizá por cálculo, la Reina i3or [confianza en el saber de Colon, 
por afecto á sus j)rendas y agradecimiento á sus servicios. Tam- 
poco en esta ocasión faltaron consejeros que se opusieran al pro- 
yecto y que sugiriesen obstáculos , dificultades y tropiezos. Pero 
tales sugestiones, en aquella ocasión, fueron impotentes, gracias 
á la protección de la reina Isabel. A más de que al Rey mismo le 
halagaba el pensamiento por mil razones. De una parte, entre- 
tenia y alejaba al Almirante; de otra, utilizaba los talentos y los 
•grandes conocimientos de Colon — en los cuales algo creia, á 
fuerza de verlos demostrados; — y á mayor abundamiento, el 
abrirse un camino filcil y más pronto que el de los portugueses 
para la India , era obtener sobre ellos el mayor y más señalado 
triunfo. 

Aceptado el proyecto, se autorizó á Colon para equipar una 
escuadrilla, y con ese objeto salió de Granada para Sevilla, en 
el otoño de 1501. Pero allí estaban enseñoreados del asunto 
los Fonsecas , los Sorias y Jiménez. Nueva lucha para Colon. 
,¡ Triste verdad , que confirman mil y mil constantes ejemplos ! 
Para servir á la humanidad y al mundo , hay que luchar de con- 
tinuo con los hombres que lo dirigen y lo mandan. 

Colon estuvo condenado á esa constante lucha. Nueve meses 
le detuvieron en Sevilla para equiparle una escuadrilla de cua- 



COLOX EX ESPAÑA. 373 

tro pequeñas erabarcaciones , con ciento cincuenta liomLres de 
servicio. Para él todo eran dificultades y escaseces, mientras (juí^ 
todo eran facilidades y abundancia jiara armar y equipar la flota 
de Ovando, del que iba á ocupar su puesto en la Española ; flota 
compuesta de treinta buques y de toda dase de provisiones, 
con más de dos mil quinientas personas que del)ian acompa- 
ñarle, entre tripulaciones, menestrales, funcionarios, frailes y 
golillas. Esta ostentosa y bien príivista Armada estuvo dispues- 
ta para salir de Cádiz el 13 de Febrero de 1502; en tanto que 
las cuatro pequeñas emljarcaciones que pedia Colon no se pudie- 
ron hacer á la vela hasta el 9 de Mayo de aquel mismo año. Eso 
hacía el Obispo de Badajoz , el famoso Fonseca, con el descubri- 
dor del Nuevo Mundo. 

Cuando zarparon del puerto de Cádiz las cuatro carabelas que 
formaban la escuadrilla del cuarto viaje de Colon, hacía cerca de 
un mes que Ovando liabia desembarcado en Santo Domingo y to- 
mado posesión del mando de la isla. Bobadilla habia señalado 
bien el suyo , con su primer acto ; los siguientes fueron legítima 
y forzosa consecuencia de aquellas premisas. Habia condenado y 
castigado á los buenos ; tenía que perdonar y hasta que premiar 
á los perversos. Y así lo hizo. Los Roldan y Riquelme, los Gue- 
vara y Espinosa, se vieron ensalzados y en gran predicamento. 
Entró á saco por la casa de Colon , y le fué luego forzoso abrir 
la mano para que aquellos personajes y otros varios colonos ocu- 
pasen granjas, depósitos y fincas del Estado ó de la Corona, 
como se decia entonces. Permitió explotar minas y lavaderos de 
oro, y obligó á los indios á que trabajasen á beneficio y á placer 
de los explotadores. 

Dicen algunos cronistas é historiadores de la época, que el 
comendador Bobadilla hizo todo eso , más por debilidad de ca- 
rácter, que por malicia de intención y perversión de la volun- 



374 COLON EN ESPAÑA. 

tad. Pero es el caso que se ha denunciado él mismo ante la His- 
toria con aquella especie de aforismo , que todos confiesan tenía 
siempre en los labios , cuando hablaba con los colonos influyen- 
tes : <L Aprovechar todo cuanto podáis este tiempo , porque nadie 
sabe lo que du?'ará.y) Y en efecto , aquellos colonos no desaprove- 
charon el consejo ; explotaron á su sabor las minas y lavaderos 
de oro, y explotaron á los pobres indios, hasta el punto odioso y 
horrible que lo han delatado al mundo las quejas, las heroicas 
quejas 6 incesantes reclamaciones del humanitario Obispo de 
Chiapa y los escritos de otros muchos cronistas é historiógrafos. 
No á título de historiadores , pero sí al de españoles , cumple á 
nuestro decoro no mencionar aquí el pormenor de aquellos abu- 
sos , sin dejar por eso de censurarlos y estigmatizar á sus autores 
con toda la indignación de nuestra alma , con toda la energía de 
nuestra voluntad. 

Dejemos al comendador Bobadilla sufrir, en el aislamiento y 
el desprecio de que se vio cercado tan luego como cayó del poder, 
el justo castigo de su debilidad ó de su malicia, j^uesto que en el 
poder no es menos perniciosa ni, por tanto, menos culpable la de- 
bilidad ó la incapacidad que la malicia, y ocupémonos del gran 
Colon, si perseguido siempre por la envidia y maltratado por 
los hombres , heroico siempre , y siempre superior á las miserias 
de éstos y al adusto ceño de la fortuna. 

Cuando emprendió su cuarto viaje con el audacísimo intento 
de buscar un paso al mar Indico, y realizar la emj^resa que más 
tarde llevaron á cabo Magallanes y Elcano , tenía ya Colon al re- 
dedor de sesenta y seis años. Aunque de excelente fibra y sana 
complexión , los trabajos y penalidades de sus últimos viajes y 
las luchas de toda su vida tenían gastadas las fuerzas del cuer- 
po , pero no las del espíritu , valeroso , siempre despierto y siem- 
pre pronto. Verdad es que iba aquella vez á su lado su hermano 



COLON EN ESPAÑA. 875 

Don Bartolomé, en qnien estaban personificadas la abnegación y 
el amor á su hermano, con la energía, el recto juicio y la expe- 
riencia en cosas de mar. Kl. fué entonces, como habia sido siem- 
pre , el ángel tutelar del Almirante. 

Llevaba éste también consigo á su hijo Hernando , j(')ven de 
apenas catorce años , que en aquella primera ¡irucba no desmin- 
tió su origen, puesto que en conflictos y peligros de los más gran- 
des que pueden sobrevenir cu la mar se portó siempre como un 
bravo, haciendo rebosar el gozo y el justo orgullo en el cora- 
zón de su anciano padre. Todo lo cual dábanle consuelo y aliento. 

Habíase impuesto al Almirante la prohibición de tocar en la 
isla Española, y dádole ademas el encargo de dirigir su rumbo 
por la costa occidental africana , para tocar en el puerto y ciudad 
de Arcilla , sitiada entonces por los moros , á fin de prestar los 
auxilios que pudiese al gobernador de la plaza. Para acometer 
tales empresas diéronle por junto cuatro carabelas , la mayor de 
setenta toneladas, pero de mab'simas condiciones ; y por todas 
fuerzas , ciento cincuenta hombres. Con tan frágiles barcos y tan 
escasos medios debia buscar el paso al índico mar, y si lo halla- 
ba, volver á España por el Oriente, circunnavegar el globo. ¡ Y 
todo lo acometió ! 

Colon tocó en Arcilla ; habían levantado ya el sitio los moros ; 
pero noticioso de que el gobernador se encontraba herido , envió 
á visitarlo y á ofrecerle sus respetos y sus servicios en nombre 
de los Reyes de España, al Adelantado, á su hijo y á los capita- 
nes de las carabelas ; obsequiosa atención , que agradeció infinito 
el portugués gobernador, y con él toda la población. 

Se dirigió después á las Canarias , donde se detuvo para hacer 
provisión de leña y aguas; y con vientos favorables llegó el 15 
de Junio á las islas Caribes. No se detuvo en ellas más que tres 
dias para refrescar , y siguió por el sur de Puerto-Rico en direc- 



376 COLON EN ESPAÑA. 

cion á Santo Domingo , á donde le llevaba únicamente el })i"opó- 
sito de dejar su buque mayor, nada á proi)úsito ¡mra su cmi)resa, 
y tomar allí un l)arco más velero y andador, aunque fuera más 
pequeño. Verdad es que faltaba con ello á la orden que se le lia- 
l)ia dado ; jiero creyó que el motivo era sol)rado poderoso para 
sincerar su conducta. 

Sin entrar en la ria , envió á decir á Ovando lo que deseaba , y 
le pedia permiso para anclar en el puerto, mientras se realizaba 
el trueque de la carabela. ; Cuál no sería su asombro al recibir 
de Ovando la negativa más rotunda, así para el cambio de la ca- 
rabela, como j)ara su entrada y anclaje en el puerto! 

Sucedía esto el 29 de Junio de 1502, y se hallaban en el puer- 
to, prontos á zarpar, los barcos que debían traer á España todos 
los residenciados, todos los espumados por el Comendador de La- 
res , entre ellos Roldan y muchos de sus secuaces , los cuales ha- 
bían ocupado el buque principal , donde se. instaló Bobadilla con 
la gran cantidad de oro , fruto de sus medidas exjilotadoras , á 
costa de la sangre y las vidas de los infelices indios (1). En aquel 
mismo buque colocaron caprichosamente al cacique Guariouex, 
para que respondiese de su conducta ante los Reyes de España. 
También los Roldanes habían llevado al buque grandes cantida- 
des de oro. 

En otro buque, el más pequeño de la escuadra, Alonso Sán- 
chez de Carvajal , apoderado de Colon, había puesto cuatro mil 
piezas de oro , propiedad de éste , rescatada de las manos de Bo- 
badilla , por virtud de órdenes superiores. 

Como quiera que en tan críticos momentos ocurriese la llegada 



(1) ílabia entre aquella masa de oro una pepita que pesaba, según cuentan 
los cronistas de la época, ó se evaluaba en tres mil seiscientos castellanos, ha- 
llazgo de una india en un arroyo que corria por los dominios de Francisco de 
Garay y de Miguel Diaz , el famoso aragonés. 



COLON EN ESPAÑA. .5 1 4 



de Colon , posible es que en la negativa de Ovando influyese 
mucho el temor de que la })resencia de a(|uél en el jjuerto pudie- 
ra suscitar n^eucrdos y quejas que produjeran algún conflicto. 
Pero ¡ay! la tierra y los cielos los entrañan y encubren mayo- 
res Oolon sabía leer en ese gran libro , cuyas páginas miran 

con desden los presuntuosos y hojean en vano los necios. 

Aun cuando lierido por la contestación de Ovando en su dig- 
nidad y en su amor propio, Colon envióle de nuevo al mismo emi- 
sario, Pedro de Terreros, capitán de una de sus naves, para que, 
en su nombre , sui^licase al gobernador no permitiera salir la es- 
cuadra del puerto en algunos dias , asegurándole que habia seña- 
les indudables de una próxima y terrible tempestad. 

Este nuevo mensaje tuvo la propia acogida de Ovando que el 
primero. El tiempo jiarecia sereno y tranquila la mar. Los pilotos 
no temían, y deseaban partir. Se burlaron, pues, délas prediccio- 
nes de Colon , ridiculizándole como falso profeta , y la escuadra 
de Bobadilla se hizo á la vela con la mayor confianza y llena de 
júbilo. 

Colon se retiró de la costa con sus cuatro barcos y tripulacio- 
nes ; éstas muy mal impresionadas , él lleno' de dolor y de justa 
indignación. Conocedor de los fenómenos naturales y observador 
habilísimo y perspicuo, estaba seguro de que se aproximaba un 
deshecho temporal ; y creyendo que vendría de la i3arte de tierra 
buscó en aquella costa una ría para anclar y poner sus buques 
al abrigo. 

A los dos dias se verificó su predicción. « Se había formado 
gradualmente uno de los tremendos huracanes que devastan á 
veces aquellas latitudes. Las negras y preñadas nubes , las pro- 
celosas ondas , el sordo y continuo rugido de los vientos , todo 
anunciaba su aproximación. La flota de Bobadilla habia llegado 
apenas al extremo oriental de la Española, cuando la tempestad 



378 COLON EN ESPAÑA. 

rodó en torno suyo con espantosa furia, y la convirtió súbitamen- 
te en ruinas. El buque en que iban Bobadilla , Roldan y muchos 
de los más enconados adversarios de Colon, pereció con toda su 
gente , sumergiéndose la famosa pepita de oro y la mayor parte 
del mal acumulado tesoro que habian producido las miserias y 
trabajos de los indios. También sucumbió allí el desgraciado ca- 
cique de la Vega, Guarionex. » De la escuadra un solo buque pu- 
do llegar á España , y fué , según asegura Hernando Colon, 
aquel en que, j^or más ruin, se habian colocado las cuatro mil 
piezas de oro que enviaba á su padre el caballeroso Carvajal. Si 
el suceso no fué providencial , hay que decir que la casualidad 
hace frecuentemente cosas harto admirables, ofreciendo en ellas 
lecciones ejemplares. 

El Almirante sufrió el principio de la tormenta guarecido por 
la bahía donde se habia refugiado con previsión. Pero al segundo 
dia la tempestad arreció , y sus barcos , arrancados por la resaca, 
se dispersaron. El suyo únicamente permaneció junto á la orilla 
y no padeció nada. Su hermano tuvo que correr un temporal des- 
hecho , y hubiera perecido , á no ser tan consumado náutico. Pero 
aun cuando j^erdió un bote y todos sufrieron grandes averías, pu- 
dieron al fin volver á reunirse y llegaron salvos á Puerto Her- 
moso. 



CAPÍTULO XV. 



CUARTO VIAJE. 
(Continuación.) 

Sumario. — Salida de Puerto Hermoso. — Arribo á la costa de Honduras. — 
Indios de Yucatán. — Rumbo ul Sudeste en busca de un estrecho. — Mal 
estado de las carabelas : corrientes : vientos contrarios. — Cabo de Gracias 
á Dios. — Rumbo al Sur. — Costa de Mosquitos. — Llegan á Veragua. — 

• Riqueza del país. — Rumbo al Este en busca del estrecho. — Puerto Belo. 

— Puerto del Retrete. — Colon desiste y retrocede á Veragua. — El Ade- 
lantado explora el país. — Rio y puerto de Belén. — Asiento de una colonia. 

— El caciíjue Quibian y su conducta. — Su prisión y su fuga. — Partida de 
Colon. — Peligros de la colonia. — Diego Méndez. — Diego Tristan. — Pe- 
dro de Ledesma. — Enfermedad y sueño ó visión de Colon. — Abonanza 
el temporal. — Las carabelas recogen al Adelantado y sus compañeros de 
la colonia. — Las tres carabelas maltrechas y sin provisiones hacen rumbo 
á la Española para pedir auxilios. 



Si nuestro propósito hubiera sido historiar los viajes de Colon, 
tendríamos necesidad de escribir un libro para referir solamente 
los acontecimientos del cuarto viaje, lleno de accidentes, cuyo 
simple relato interesa y conmueve. Pero como tal no ha sido 
nuestro intento , hemos de limitarnos á reseñarlo. 

Desde Puerto Hermoso — al sur de la Española — dirigió 
Colon su rumbo al Sudoeste. Tocó en los Chayos de Morante , al 
sudeste de Jamaica, de donde siguió al Oeste hasta el 20 de Ju- 
lio que los vientos le llevaron á Noroeste, y se encontró el 24 en 
los Cayos, al sur de Cuba, que él habia llamado Jardines de la 



380 COLON EN ESPAÑA. 

Reina , de los que se separó virando al Sudoeste , encontrándose 
el 30 de Julio con la isla Guanaja, J3róxima á la costa de Hon- 
duras. Allí descansaron y se refrescaron los buques y las tripula- 
ciones, y allí vieron indios que, á lo que dijeron por señas, proce- 
dían de Yucatán, con algún progreso en la indumentaria y en las 
armas. Usaban telas de algodón pintadas de colores, y hachas y 
lanzas de cobre; hechos que llamaron mucho la atención del Al- 
mirante. En medio de las dificultades y riesgos á que los contra- 
rios vientos, las corrientes y el deshecho tem^ioral exponían sus 
frágiles embarcaciones, recorrió las costas de Honduras desde 
el 17 de Agosto hasta el 14 de Setiembre, que al doblar un cabo 
en que la costa toma la dirección Sur, se hallaron con la mar 
tranquila y los vientos aplacados; cabo al cual dio por ello el 
nombre de Gracias á Dios, que aun conserva. 

Los barcos averiados y haciendo agua por todas partes, las" 
provisiones destruidas por el calor ylahimiedad, Colon postrado 
con la gota , y preocupado con los peligros á que había expuesto 
á su hijo y á su hermano, fué aquella temporada una de las que 
más le habían hecho sufrir hasta allí , material y moralmente. 

Continuó, sin embargo, su preconcebido proyecto de buscar 
un estrecho, y lo continuó recorriendo leguas y leguas de costa 
por la de Mosquitos. Tropezó con otros indios y con otro idioma; 
y por más que sus adornos de oro y sus señas , y las muestras 
que le daban ríos y riberas le inducían á creer que aquellas tier- 
ras estaban ya más cerca del Ofir que la isla de Haití , ni el oro 
ni las perlas le detuvieron ; buscaba entonces el estrecho , y en 
efecto , se aproximaba á lo que parece que estuvo destinado á 
serlo, y se trasformó en istmo; llegaba á Veragua y se aproxi- 
maba á Panamá y al Darien. 

La costa de Veragua le encantó. Había visto en la de Hondu- 
ras que los indios se servían de] cacao, no sólo como alimento, 



COLOK EN ESPAiíA. 381 

sino como moneda. En la población tle Cariari liaLia creiJo — y 
no él solo, sino los que le acomiiañaban — encontrar liechiceras 
y encantadores. Examinando las poblaciones de aqnella costa, 
Labia encontrado varios sepulcros , nno de los cuales coutenia un 
cadáver embalsamado ; en otro , habia dos , ambos envueltos en 
algodones, y de tal modo conservados, que no despedían mal 
olor; veneración por los muertos y eficaz deseo de conservar el 
reposo de sus cuerpos, de que hay muchísimos ejemplos entre 
las tribus salvajes. Pero en Veragua encontró el Áureo Querso- 
neso; oro en abundancia, y noticia de mi país á diez dias de dis- 
tancia al Occidente , el país de Ciguare , que decian los indios, 
y las magnificencias del cual ensalzaban con grandes pondera- 
ciones. 

c( La gente de aqnella región llevaba coronas y brazaletes de 
oro , y ropas bordadas de lo mismo ; lo usaban i)ara todo servicio 
doméstico , y hasta para los adornos de mesas y sillas. Las mu- 
jeres de Ciguare — decian los indios de la costa — llevaban colla- 
res y diademas de coral. Se hacía allí un gran comercio, con 
grandes y buenos puertos , en los que fondeaban buques armados 
de cañones. Las gentes eran belicosas , y tenían , como los espa- 
ñoles , espadas , escudos , corazas y ballestas , y también montaban 
en caballos.» 

En vista de todo ello, ¡ qué extraño es que Colon , preocuimdo 
más que nunca entonces con las ideas de las portentosas riquezas 
de los países señalados por Marco Polo y por Toseanelli , creyera 
allí que los tocaba con la mano ! Y la verdad es que en Hondu- 
ras casi tocó con las riquezas de Méjico; y que al acercarse á Pa- 
namá se acercaba á las del Perú. Pero aquellos puertos y aque- 
llos buques anclados en ellos, á diez dias de distancia al Occidente, 
le estimulaban más y más á buscar el estrecho, y !•) dejó todo 
por continuar su exidoracion , luchando con las corrientes y los 



382 COLON EN ESPAÑA. 

■ 

vientos. El 2 de Noviembre ancló en un espacioso y cómodo i^ncr- 
to, al que dio el nombre de Puerto Belo; tomaron en él algún 
descanso , y siguieron basta dar eii el puerto del Retrete. 

Eran aquellas costas menos hospitalarias ; abundaban los cai- 
manes en aquellas playas fiíngosas; los buques se bailaban agu- 
jereados por los teredos — especie de gusanos roedores; — los 
vientos siempre contrarios y las provisiones averiadas y escasas. 
Las tripulaciones comenzaron á impacientarse y a murmurar. Se 
bailaban , ademas , cerca ya del sitio adonde liabia llegado Bas- 
tidas navegando aquellas costas en dirección opuesta. Y ya que 
conociera ó no Colon ese hecho, es lo cierto que allí determinó 
retroceder á la costa de Veragua , en busca de sus minas de oro, 
para acallar, de una parte, el descontento de los que le acompaña- 
ban, y de otra las vociferaciones de sus émulos. Allí abandonó su 
proyecto , desistiendo por entonces de su derrotero al Oriente. 
«Si se engañó en sus esperanzas de encontrar un estrecho en el 
istmo de Darien — dice Irving — es porque se engañó la Na- 
turaleza misma, la cual parece que intentó abrirlo, y que lo in- 
tentó en vano. » 

Un crudo temporal le impidió llegar á Veragua, obligándole á 
refugiarse en Pnerto Belo. Pero al ir á entrar ya en el puerto, 
una violenta racha arrojó las carabelas mar adentro , donde les 
cogió tina de las mas furiosas tempestades que en los trópicos 
son tan frecuentes como espantosas. Nueve dias j)asaron á mer- 
ced de las olas , las corrientes y los huracanados vientos , entre 
los rayos y los truenos , con frágiles barcos agujereados y maltre- 
chos. «La mar, dice el mismo Colon, hervía á veces como una 
inmensa caldera; otras, levantaba montañas de olas cubiertas de 
espuma. Por la noche parecían las aguas llamaradas ondulosas , á 
causa de la electricidad de la atmósfera y de la fosforescencia 
que hace resplandecer la superficie de aquellos mares. Un día 



COLON EN ESPAÑA. 383 

entero y una noelie res2)landecier()n los cielos como una dilatadí- 
sima hoguera, vomitando sin cesar haces de relámpagos; mien- 
tras que los aterrados marineros tomaban el retumbar i)rofun- 
do de los truenos por cañonazos de socorro que les pedían sus 
compañeros. Todo este tiempo vertian los cielos, no lluvia, sino 
un segundo diluvio. Los infelices navegantes se ahogaban á bordo 
de sus propios buques. Pálidos de espanto, y abrumados de fati- 
ga, ya no esperaban salvarse del naufragio, y preparándose á la 
muerte se confesaban mutuamente sus pecados y se absolvían 
unos á otros , á falta de sacerdote. » 

En medio de la espantosa borrasca vieron un dia formarse cer- 
ca de ellos una tromba que , avanzando en dirección á los buques, 
levantaba y como que sorbía las aguas en su derredor, con gran 
estruendo. Más que nunca aterrados entonces , comenzaron todos 
á recitar el Evangelio de San Juan. La tromba pasó por junto á 
las carabelas y las dejó en salvo. 

Otra noche se extravió una de aquéllas , y no reapareció hasta 
pasados tres días , habiendo perdido uno de sus botes. Calmóse 
un tanto el mar; mas para que durase el sobresalto, se vieron de 
pronto rodeados de tiburones, que son tan voraces como abun- 
dantes en aquellas latitudes, y para los marineros seguro ¡presa- 
gio de algún siniestro. 

Todo estoimsaba durante los últimos diasde Diciembre de 1502. 
Hasta el de la Epifixnía — G de Enero de 1503 — no lograron 
acercarse á Veragua ; y al anclar á la embocadura de un rio , dió- 
le por eso Colon el nombre de rio de Belén. Prefirió para esta- 
ción este rio al de Veragua, por tener éste menos fondo; pero 
jior uno y otro sul)ieron los botes haciendo exploraciones, y ob- 
servaron con placer que el país era abundante en oro. 

Una vez ya €n tratos y buena amistad con los indios, median- 
te la conducta pacífica y bondadosa para con ellos que observaba 



384 COLON EN EÍ5PAÑA. 

y mandaba siemi^re observar el Almirante, su licrmano, activo é 
intrépido como ninguno, se ofreció á exj)lorar el país, con una pe- 
queña y bien armada escolta. Hízolo así con muy buen éxito, vi- 
sitando al cacique Quibian en sus dominios, y recibiendo de él 
hosi^italidad obsequiosa. Pero Quibian era un cacique solapado y 
astuto , y al dar guías y noticias al Adelantado para que pudiera 
ver por sí mismo ricos terrenos auríferos , hizo que le mostrasen 
los que estaban bajo la dominación de otro cacique con quien 
entonces se bailaba en guerra. Tal estratagema no sirvió sino 
para que el Adelantado reconociera segunda vez el país , y viera, 
en efecto, copiosas muestras de terrenos auríferos. 

Con tales noticias volvieron á despertarse con extraordinaria 
viveza las ilusiones de Colon sobre el Quersoneso Áureo , de don- 
de , según Josefo , llevaron las flotas de Salomón el oro con que 
adornó el tem23lo de Jerusalen. Allí debia estar, allí estaba, se- 
gún los datos que le suministraban y los recuerdos que él traia á 
su memoria ; porque , según ellos , se hallaba el Quersoneso á 
igual distancia del polo que del ecuador, y no más distante del 
Ganges. 

Colon era todo espíritu en esos momentos de ' exaltación. Su 
vindicación y su desagravio ante los Reyes Católicos, otra vez el 
rescate del Santo Sepulcro, todo lo veia instantáneamente reali- 
zado , con el hallazgo de las riquezas de Veragua. «He visto aquí, 
decia á los Reyes , más oro en dos dias que logré ver durante 
cuatro años en la Española. » 

Consultó con su hermano — que era su brazo y su escudo — el 
proyecto de echar en aquellos sitios los cimientos de una colonia 
que , á la sombra del pabellón español, no pudieran destruirla en 
germen las ambiciones, ni ennegrecerla y mancharla la crueldad 
y las concupiscencias; y como el Adelantado se ofreciera á soste- 
nerla y quedar al frente de ella, mientras que él regresaba á Es- 



COI.OX EN espaSa. 385 

paña para dar cuenta á los Reyes y requerir auxilios , dieron 
mano á la obra; y sobre una meseta contig-uaá la margen del rio 
Belén comenzaron ú diseñar y edificar casas de madera y un al- 
nuicen atrincherado para depósito de víveres y armas. El Ade- 
lantado debia quedarse al frente de cincuenta hombres , y á su 
servicio una de las cuatro carabelas. 

Todo marchaba á las mil maravillas ; pero el astuto Quibian 
no miraba con buenos ojos el establecimiento délos españoles en 
sus dominios y á sus inmediaciones. El cacique era tan cauto 
como fiero, y tan fiero como celoso de sus mujeres. Quizás no le 
faltaban motivos. Con gran sigilo procuró alarmar y reunir á los 
indios de toda la región para caer por .sorpresa sobre los españo- 
les, poner fuego á sus edificios y aventarlos de allí. Adivinó, por 
fortuna, las intenciones del cacique el buen Diego Méndez, es- 
cribano de la Armada, y uno de los más devotos partidarios y 
fieles servidores de Colon , dándole cuenta de sus sosi)echas : y 
como el Almirante repugnara darlas crédito, aquella misma noche, 
acompañado de su colega Escobar, cogió Méndez un bote, subió 
rio arriba , desembarcó cerca de un bosque espeso y sorprendió 
un pequeño ejército de indios que se reunían en las sombras. No 
contento con ese descubrimiento , se encaminó solo á la casa del 
cacique ; y no sin grave riesgo de perder la vida , llegó hasta él y 
se convenció de que no se había equivocado en sus sospechas. Su 
serenidad y su hábil manera de tratar á los indios evitaron que 
pereciese á sus manos , y pudo regresar al lado del Almirante y 
referir cuanto había visto y observado (1). 



(1) Esta aventura, referida en su lenguaje animado, gráfico y sencillo por 
el mismo Méndez, es curio.sisinui. Óigasele : «E sin einl)argo de sus consejos 
(habla de unos indios amigos), liioe que me llevasen en sus canoas el rio 
arriba liasta llegar á los pueblos de los indios, los cuales hallé todos puestos 
en orden de guerra, que no me querían dejar ir al asiento principal del caci- 
que : y yo, fingiendo que le iba á curar, como cirujano, de una llaga ijue tenia 

25 



386 COLON EN ESPAÑA. 

Pusiéronse en guardia los españoles , y trataron de fortificar 
su recinto ; pero esto le pareció poco al Adelantado , el cual pro- 
puso prevenir el ataque , dando un golpe de mano y apoderándo- 
se de Quibian, como remedio supremo y heroico. Aceptado el pro- 
yecto, se ofreció á ejecutarlo. Esperó que llegara la noche, y 
acompañado de unos setenta hombres de valor y bien armados, 
entre los que iba el bravo Méndez , se encaminó con gran sigilo 
á la residencia del cacique. Pero prevenido éste por sus vigilan- 
tes , envió uno y otro mensajero al Adelantado , para que detu- 
viera su marcha y no subiera á su residencia. Don Bartolomé hizo 
que no entendía ; i)ero para calmar las sospechas de Quibian, 
mandó á su gente que permanecieran quietos, hasta que oyesen 
•el tiro de un arcabuz ; y él, seguido sólo de Méndez y otros tres, 
con más el indio que le servia de intérprete , siguió hasta la casa 
del cacique. Salió éste al portal , aunque estaba herido en una 
pierna ; se sentó, y dijo al Adelantado que se acercara solo. El 
intérprete indio le seguia temblando de miedo, porque Qoibian 



en una pierna, y con dádivas que les di , me dejaron ir hasta el asiento real, • 
que estaba encima de un cerro llano, con una plaza grande, rodeada de tres- 
cientas cabezas de muertos que hahian ellos muerto en una batalla. Y como 
yo hubiese pasado toda la plaza y llegado á la casa real , hubo grande albo- 
roto de mujeres y muchachos que estaban á la puerta, y que entraron gri- 
tando dentro el palacio. Y salió de él un hijo del señor muy enojado, diciendo 
palabras recias en su lenguaje, é puso las manos en mí, y de un empellón me 
desvió muy lejos de sí : diciéndole yo, por amansarle, cómo iba á curar á su 
padre de la pierna, y mostrándole cierto ungüento que para ello llevaba, dijo 
que en ninguna manera habia de entrar donde estaba su padre. Y visto ¡jor 
mí que por aquella vía no podia amansarle, saqué un peine y unas tijeras y 
un espejo, é hice que Escobar, nú compañero, me peinase y cortase el cabello : 
lo cual visto ¡jor él y por los que allí estaban , quedaban espantados. Yo en- 
tonces hice que Escobar le peinase á él y le cortase el cabello con las tijeras, 
y díselas, y el-peine y el espejo; y con esto se amansó. Y yo pedí que traje- 
sen algo de comer, y luego lo trajeron; y comimos y bebimos en amor y com- 
paña, y quedamos amigos. Y despedime del y vine á las naos, y hice relación 
de todo al Almirante mi señor » (^Relación hedía ¡wr Dietjo Memlez de al- 
gunos acontecimientos del último viaje de Colon.) 



COLON EX ESPAÍÍA. 387 

era forzudo y feroz , y los alrededores de la casa y ésta misma 
estaban llenos de sus gentes en armas. Don Bartolomé balña di- 
cho á los cuatro que le acompañaban y que dejó fuera : « Cuando 
veáis que tomo del brazo al cacique, echaos encima.» 

El Adelantado saludó á Quibian ; hablóle de los caciques de 
las comarcas vecinas , j)idiéndole datos y explicaciones ; y acto 
seguido , á lu'etexto de informarse de su herida , le tomó del bra- 
zo. Corren entonces á darle auxilio los cuatro camaradas ; Qui- 
bian hace un esfuerzo para huir , pero una mano de hierro , la de 
Don Bartolomé, le tiene sujeto. Méndez se echa encima, los 
otros tres le atan de pies y manos ; suena un tiro ; el formidable 
escuadrón de españoles rodea la casa ; los indios huyen, y sin 
derramar una gota de sangre se hacen prisioneras las cincuenta 
personas, hombres y mujeres, que habia en la casa. 

Quiso el Adelantado , para evitar, futuras contingencias , perse- 
guir y escarmentar á los fugitivos indios con la gente que lleva- 
ba, y encomendó al forzudo ¡liloto Juan Sánchez que condujera 
eij los botes al cautivo cacique y los suyos, encargándole mucho 
que no se dejara sorprender. Ofreciólo así , con mil baladronadas, 
Juan Sánchez ; se embarcaron los prisioneros , y atado Quibian 
de pies y manos , se le amarró ademas á un banco del bote con 
una cuerda, cuyo extremo opuesto tenía en su mano el piloto. 
Iban ya á llegar á la embocadura del rio , y Quibian comenzó á 
dar alaridos, quejándose del mal que le hacían las ligaduras 
con que se le habia amarrado al banco. Compadecióse Sánchez y 
aflojó un poco la cuerda ; j)ero al volver la vista, Quibian, que 
acechaba todos los movimientos, dio un salto y se lanzó al rio, 
hundiéndose como si hubieran echado al agua una piedra de mo- 
lino. Con la sorpresa y la violencia , el piloto soltó la cuerda que 
tenía en la mano, para no caer también al agua. La oscuridad de 
la noche, el ruido , la alarma consiguiente y el miedo de que se 



388 COLON EN ESPAÑA. 

fugaran los demás cautivos impidieron ver ni saber qué fué del 
caciqne, y dieron de barato que se liabia ahogado. 

El Adelantado regresó al dia siguiente con el botin de su cam- 
paña, habiendo reconocido que era inútil jicrseguir á los fugiti- 
vos indios por montañas y bosques y tierras desconocidos é inac- 
cesibles. 

Colon dio las últimas disposiciones jiara el buen orden de la 
colonia ; despidióse de su hermano ; dio saludables consejos á los 
que con él quedaban , y mandó levar anclas , saliendo á la mar 
con las tres maltrechas carabelas. La otra la dejaba al servicio 
de la colonia. 

El estado del mar y los contrarios vientos le obligaron á per- 
manecer á la capa , teniendo necesidad de anclar á una legua del 
puerto. Desde allí, el 6 de Abril, envió un bote con D. Diego 
Tristan ¡Dará acopiar agua y leña y dar algún aviso al Adelan- 
tado. 

Pero Quibian no se habia ahogado. Aunque atado de pies y 
manos, cuando se tiró al rio y se sumergió, supo seguir bajo «el 
agua y nadar como un pez , ocultarse , y ganar la orilla á larga 
distancia. Fiero de suyo, y animado entonces del deseo de ven- 
ganza , concitó á los indios para tomarla ; y los españoles de la 
naciente colonia se vieron de rejjente acometidos por todas par- 
tes, en tal forma y por tal número dé enemigos,- que conceptua- 
ron imposible sostenerse en el paraje donde habian levantado sus 
viviendas , y se trasladaron á otro más inexpugnable é inmediato 
á la playa. 

Durante una de aquellas formidables acometidas de los indios, 
rechazadas por la bravura y las armas de los españoles, entró en 
el rio el bote de Diego Tristan, quien, á pesar de que le anuncia- 
ron á voces el peligro, se empeñó en remontarlo para hacer leña 
y agua , antes de avistarse con el Adelantado. ¡ Temerario empe- 



COLON EN ESPAÑA. 389 

ño ! porque no bien ]ial)ia perdido de vista á los de la colonia y 
se liahia metido entre las revueltas del rio , se vio acometido por 
todas partes , cayendo sobre el bote y la tripiúacion una nube de 
flechas. 

Habia en el bote ocho marineros y tres soldados ; y al verse 
cercados por todas partes de canoas, de indios, de flechas y de 
alaridos horribles , se amilanaron, soltando los remos y las ar- 
mas para guarecerse con los escudos. Herido Tristan, se defendía 
como un león ; pero en vano les animaba con su ejemi)lo : el pá- 
nico se habia apoderado de sus gentes. En tal momento, una fle- 
cha le entró por un ojo y le dejó muerto. Entonces los indios caen 
sobre el bote con sus clavas (1) y hacen una feroz carnicería. 
Un -solo español, Juan de Noya, pudo salvarse, echándose al 
rio y logrando ganar la orilla en dirección al sitio de la colonia. 

El efecto que en ésta causó la noticia, y más que la noticia la 
vista de los destrozados cuerpos de sus compañeros que arrastró 
el rio y vinieron á ser pasto de aves carnívoras, fué desastroso. 
Quisieron huir en la carabela que Colon les ]ial)ia dejado, pero 
fué imposible sacarla á flote por la baja de las aguas. Intentaron 
salir en un bote para ir algunos en busca de la escuadra á pedir 
socorro, y los contrarios vientos lo estorbaron también, 

Crecian , en tanto, la ansiedad y los recelos de Colon , que se 
mantenía como á una legua del puerto , esperando la vuelta de 
Diego Tristan ; recelos que aumentaron en vista del acto de arro- 
jo y de desesperación de los indios que llevaban prisioneros en 
una de las tres carabelas. Una noche levantaron i)or medio de 
un supremo esfuerzo la escotilla de proa, bajo la cual yacian como 
sepultados; y en medio de la sorjiresa y el asombro de los mari- 



(1) Machad asnuíi en unas partes, y ?»acaHas en otras, las llamaban Ids 
indios. 



390 COLON EN ESPAÑA. 

ñeros que dormían sobre ella, se arrojaron todos al mar. Unos 
nadaron hacia las costas ; otros fueron cogidos y de nuevo apri- 
sionados. Pero de éstos , ni uno solo encontraron vivo á la ma- 
ñana siguiente : todos, hombres y mujeres, se babian ahorcado. 

A la escuadrilla no la quedaba ya más que mi solo bote, y Co- 
lon no quería desprenderse de él. ¿ ijóxño i)edír noticias de Tristan 
y de la colonia? ¿Cómo largarse en la incertidumbre y en el te- 
mor fundado y creciente de alguna gran catástrofe? 

Un valiente , Pedro de Ledesma , sacó al Almirante de situa- 
ción tan aflictiva para todos. c( Si el bote me acerca á la costa — 
dijo — yo la ganaré á nado,.á j^esar de la resaca y las corrientes; 
y volveré al mismo sitio con la noticia de lo que ocurra en la 
colonia.» Fué aceptado por Colon con agradecimiento y con aplau- 
so de todos , el generoso ofrecimiento ; y el bravo Ledesma lo 
cumpli('). Llegó á la colonia , y á pesar de la mar airada y de las 
enemigas olas volvió á la escuadra, pero con noticias infaustas. 
La colonia no ]3odia sostenerse ni queria permanecer allí. ¿Qué 
hacer en esta ocasión? Enviarla fuerzas y socorros era imposible. 
Ni las habia, ni los que estaban de regreso á España se presta- 
ban á particij^ar de los peligros de que veían cercada la colonia. 
Ir todos á reforzarla era privarse de los auxilios de la metrópoli, 
y faltar al deber de dar cuenta del descubrimiento á los Reyes 
Católicos. Colon resolvió desistir por entonces de la instalación 
de la colonia , é ir en busca de su hermano y comi^añeros. 

La necesidad apremiaba, pero el temporal arreciaba al mismo 
paso.* Con barcos agujereados y deshechos , y con borrascas con- 
tinuas , era de todo punto imposible acercarse á la costa de barlo- 
vento. Cada hora aumentaba la inquietud de Colon j^or su lier- 
mano , por sus gentes y sus barcos ; y quebrantadísima su salud 
por tantas fatigas y padecimientos, cayó enfermo y postrado, á la 
vez que por la fiebre, por una profunda pasión de ánimo. En tan 



COLON EN KSPAÑA, 391 

angustiosa situación tuvo aquella especie de éxtasis , sueño ó vi- 
sión, como él la llama, de que hizo tan patético relato en su ya 
citada carta á los Reyes. 

(( Fatigado y suspirando , dice , me asaltó un sueño ligero 
cuando oí una compasiva voz que me decia : «¡Oh necio y perezo- 
» so en servir á tu Dios , el Dios de todas las cosas ! ¿ Qué hizo 
» El más por Moisés ó por su siervo David ? Desde que naciste 
)) ha tenido de tí especial cuidado. Cuando te vio en edad madura 
» hizo que tu nombre resonara con maravilla por la tierra. Las 
)) Indias , aquellas ricas partes del mundo te dio á tí para tu he- 
» rencia y poder joara que se las dieses á otros según tu voluntad. 
)>A tí te entregó las llaves de las puertas del Océano, que tan 
)) potentes cadenas cerraban ; á tí obedecieron muchas tierras , y 

)) adquiriste honrosa fama entre cristianos Tú que pides socor- 

)) ro con abatimiento ¡ responde ! ¿ quién te ha afligido tanto y 
» tantas veces , Dios ó el mundo ? Los privilegios y promesas que 
))Dios te ha liccho , nunca ha faltado á ellos, ni dicho, después 
)) de haber recibido tus servicios , que su sentido era diferente y 
)) que debia entenderse de diferente modo. El ejecuta á la letra. 
» El cumple todas sus promesas con aumento ; tal es su costum- 
» bre. Te he mostrado lo que tu Criador hace por tí y lo que hace 
)) por todos. El presente es el premio de los trabajos y peligros 

))que has sufrido sirviendo á otros » Quien quiera que fuese el 

que me hablaba, acabó diciendo : « ¡ No temas \ ¡ Confia ! Todas 
» estas triijulaciones están escritas en mármol, y no sin causa.» 

Cierto , cierto es que dentro de esas palabras resalta una seve- 
ra lección para un príncipe ; pero aquel relato no era un ingenio- 
so artificio de Colon. Era su alma llena de aniaru^ura, era su con- 
ciencia llena de rectitud las que hablaban de aquella manera, en 
medio de la fiebre ó del sueño : Ex abundatia coráis loquebar os. 
Nueve dias después de ese suceso, tan patética, sencilla y elocuen- 



392 COLUN EN ESPAíiA. 

teniente relatado, el temporal abonanzaba, (^olon recobraba sus 
fuerzas, y D. Bartolomé y Méndez y los que tanto peligraban en 
el paraje de la colonia de Veragua se lialla])an á bordo de las 
tres carabelas , con júbbilo inmenso de todos , y hacian rumbo á 
la Esjjañola , para demandar auxilios y jirovisiones con que po- 
der regresar á España. 

Dejémoslos gozar un momento de rejioso , porque aun les 
aguardan peligros , dolores y amarguras sin cuento. Se cansa la 
pluma de relatarlos , y el lector se fatiga de escuchar la dolo- 
rosa historia. Demos á su ánimo y á nuestra pluma algún des- 
canso. 



CAPÍTULO XVI. 



CUARTO VIAJE. 
( Continnacion.) 

Sumario : Dificultades del regreso. — Rumbo al Sur y Sudeste. — Abandono de 
otra carabela inútil en Puerto-Belo. — Islas mulatas. — Golfo de Darien. — 
Rumbo al Norte. — Cayos del Sur de Cuba. — Cabo de Santa Cruz. — Es- 
tado de los buques. — Los vientos cuntrarios impiden el arribo á la Espa- 
ñola. — Forzoso arribo á Jamaica. — Inservibles las carabelas, Colon manda 
encallarlas. — Providencias que toma en la bahía de Mainia. — Rasgos he- 
roicos de Diego Méndez. — Conciertos con los indios. — Ofrecimiento de ir á 
la Española. — Lo ejecuta en una canoa. — Compañeros de expedición y pe- 
ligros de la travesía. — Rebelión y atentados de los hermanos Porras. — Efec- 
tos que produce en los indios. — Recurso de Colon para dominarlos y atraer- 
los. — Llegada de Escobar. — Conducta de Ovando. — Combate campal del 
Adelantado con los rebeldes. — Derrota y prisión de Porras. — Celo y dili- 
gencia de Diego Méndez. — Compra y equipa un buque; y Ovando entonces 
prepara otro y los da á Salcedo para ir en socorro de Colon. — Sale éste con 
todos los náufragos de Maima. — Su llegada á la Española y su recibimien- 
to en Santo Domingo. — Diferencias con Ovando. — SaHda para España. — 
Su arribo á Sanlúcar v su traslación á Sevilla. 



Á Últimos de Abril de 1503, queriendo encaminarse á la Es- 
pañola, dio orden Colon de tomar rumbo á Levante y seguir la 
costa en dirección á Puerto-Belo , cosa que sorprendió á sus i^ilo- 
tos que no conocían como él aquellos mares. Tocaron, en efecto, 
en Puerto-Belo ; y allí le fué forzoso abandonar una de las tres 
carabelas completamente carcomida é inservible, acomodándose 
toda la gente y pertrechos en las dos restantes, que no estaban 



394 COLON EN ESPAÑA. 

mncHo mejores (1). Pasaron el Retrete, l)ordearon las Mulatas, 
y llegaron cerca del golfo de Darien, desde donde mandó hacer 
rumbo al Norte. Pero lejos de • alcanzar las costas de la Espa- 
ñola, las corrientes y los vientos de Levante les arrastraron has- 
ta tocar en los Jardines de la Reina, al Sur de Cuba. 

Era esto el 30 de Mayo. Extenuadas de hambre y de cansan- 
cio sus tripulaciones, ancló aquella noche en una isleta de los 
Cayos cercana alas costas. Mas en vez de hallar descanso, se vie- 
ron envueltos en una tempestad horrible , en que perdieron tres 
anclas, y los dos buques chocaron y estuvieron á punto de quedar 
deshechos. 

Abonanzó el tiempo, y á los seis dias hizo rumbo á la Española. 
Con grandes dificultades y supremos esfuerzos llegó al cabo de 
Santa Cruz — Sur de Cuba; — pero exahustos de provisiones y 
agotadas las fuerzas (2), « su gente descorazonada y abatida, casi 
todas las anclas pérdidas, los dos bajeles taladrados y tan llenos 
de agujeros como un panal de miel», y ademas empujados por 
los contrarios vientos y las fuertes corrientes, le fué imposible 
llegar á la Española , y mandó virar al Sur para buscar algún 
puerto seguro en Jamaica. 

Arribó en efecto. El 23 de Junio entró en Puerto Seco ; pero 
no hallando agua dulce en los contornos ni indios de quienes ob- 
tener algunos víveres, dejó aquel puerto para anclar en el de San- 
ta Gloria (la Caleta de D. Cristóbal) ; sus dos barcos ya no po- 
dían sostenerse á flote; y en el mismo puerto se hundían. Tuvo, 
pues , que renunciar á ellos y mandar que los encallaran junto á 



(1) Las dos carabelas que quedaron eu servicio fueron \a Almirante y hi 
Ber mufla. 

(2) Un poco de galleta, y alguna cantidad do vinagre y de aceite forma- 
ban todas sus provisiones cuando arrancaron de Puerto-Belo. Y desde allí 
sólo á beneficio de las bombas pudieron desaguar y sostener á flote las dos ca- 
rabelas. 



COLON EN ESPAÑA. 305 

la playa. Pero ordenó (jue se habilitasen camarotes en las 2)opas 
y proas de las dos carabelas para vivienda d(! las tripulaciones, 
en la previsión de que pudieran oeunñr conflictos, y á fin de evi- 
tar colisiones con los indios , y también al de iirecaverse de toda 
sorpresa y de cualquiera asechanza. Pero aparte de eso, era pre- 
ciso vivir. Y después , habia que pensar en la manera de salir de 
allí. 

Los antropólogos modernos , partidarios del análisis y el escal- 
pelo, que rebajan al hombre á la condición del bruto , no viendo 
en él más que la célula con fuerza de atracción y de asimila- 
ción, se admirarian — si no alardeasen de sabios — al ver en 
Diego Méndez, de quien ya hemos hablado anteriormente, todo 
lo que puede la virtud en los hombres ; hasta donde llegan el 
amor, el entusiasmo, la abnegación de que son capaces ; y cómo 
á impulsos de esa espontaneidad consciente, de esa fuerza inte- 
rior que cuasi los diviniza , convierten el egoismo grosero de la 
materia en sublime sacrificio por el l)ien de los demás. Verían 
entonces que la grandeza de ánimo, la elevación de espíritu, la 
generosidad y la nobleza de sentimientos no pueden tener su ori- 
gen en el cuerjjo, sino en el alma. En.sanchemos un poco la nues- 
tra y recreemos la de nuestros lectores refiriendo los generosos 
heroicos hechos de Diego Méndez. 

Ya hemos dicho que , por su oficio en la escuadrilla, no tenía 
más obligación que la de dar fe y testimonio de lo que viera y 
oyese. Pero también hemos visto ya , que donde quiera que habia 
una dificultad (pie vencer, un peligro que evitar, () una gran ne- 
cesidad ({ue satisfacer, allí estaba siempre Diego Méndez. Y no 
faltí) seguramente en la ocasión de que nos ocupamos. 

Se encontraban 134 hombres encastillados en las dos carabe- 
las encalladas junto á la i)lnya de uiin isla no ex])lora(la, y sin 
tener que comer. Nada más elocuente ni más gráfico que la sen- 



396 COLON EN ESPAÑA. 

cilla narración que ol propio Diego Méndez nos dejó hecha en su 
famoso testamento, fecho en Valladolid á 10 de Junio de 1526. 
Oigámosle : 

c( Aquí acabé de dar la postrera ración de bizcocho y vino (1); 
tomé una espada en la mano y tres hombres conmigo , y fuíme 
por la isla adelante , porque ninguno osaba ir á buscar de comer 

para el Almirante y los que con él estaban Y en un juieblo que 

se llama Aguacadiba concerté con los indios y el cacique que 
harian pan de cazabe , y que cazarian y pescarían , y que darían 
de todas las vituallas al Almirante cierta cantidad cada dia , y lo 
Uevarian á las naos , con que estuviera allí persona que ge lo pa- 
gase en cuentas azules y peines y cuchillos y cascabeles y anzue- 
los y otros rescates que para ello llevábamos. Y con este concier- 
to despaché uno de los tres cristianos que conmigo traia al Al- 
mirante , para que enviase persona que tuviese cargo de pagar 
aquellas vituallas y enviarlas.» 

Así recorrió la isla haciendo tratos , buenos conciertos y amis- 
tades con diversos caciques. « Y llegué , dice , á uno que se lla- 
maba Ameyro , é hice con él amistades de hermandad, y dile mi 
nombre y tomé el suyo — que entre ellos se tiene por grande 
hermandad. — Y cómprele una canoa muy buena que él tenía, y 
díle por ella una bacineta de latón muy buena, que llevaba en la 
manga y el sayo y una camisa de dos que llevaba, y embarqué- 
me en aquella canoa , y vine por mar requiriendo las estancias 
que habia dejado, con seis indios que el cacique me dio para que 

ayudasen á navegar Y como al tiempo que yo llegué á las naos 

no liabia en ellas un pan que comer, fueron todos muy alegres 
con mi venida, porque les maté el hambre, en tiempo de tanta 
necesidad. » 



(1) Él hacia de repostero mayordomo, capitán de buque, hacía de todo y 
servía para todos. 



COLON EN ESPAÑA. 397 

Poro ¿ qué valia esto para t'l corazón generoso y el alma gran- 
de de Diego Méndez ? 

«Donde á diez dias — continúa diciendo — el Almirante me 
llamó aparte y me dijo el gran peligro en que estaba , diciéndo- 
me ansí : c( Diego Méndez , hijo ; ninguno de cuantos aquí yo teu- 
))go siente el gran peligro en que estamos sino yo y vos ; i»or- 
»que somos muy poquitos y estos indios salvajes son muchos y 
)) muy mudables y antojadizos^ y en la hora que se les anatojáre 
))de venir y quemarnos aquí donde estamos en estos dos navios 
» hechos casas pajizas , fácilmente j)ueden echar fuego donde 
» tierra y abrasarnos aquí á todos : y el concierto que vos habéis 
» hecho con ellos del traer los mantenimientos que traen de tan 
)) buena gana, mañana se les antojará otra cosa y no nos traerán 
)) nada , y nosotros no somos parte para tomárselo por fuerza, 
» sino estar á lo que ellos quisieren. Yo he pensado un remedio, si 
))á vos parece : que en esta canoa que comprastes se aventurase 
» alguno á pasar á la isla Española á comprar una nao en que se 
» pudiese salir de tan gran peligro como éste en que estamos.» — 
Yo le respondí : «Señor, el peligro en que estamos, bien lo veo, 
» que es muy mayor de lo que se puede pensar. El pasar de esta 
))isla á la Española en tan j)oca vasija como es la canoa, no sola- 
» mente lo tengo j^or dificultoso , sino por imposible. Porque ha- 
)) ber de atravesar un golfo de 40 leguas de mar , y entre islas 
))donde la mar es más impetuosa y de menos rejjoso, no se quién 
))se ose aventurar á peligro tan notorio.» 

» Su ^ñoría no me rei)licó , persuadiéndome reciamente que 
yo era el (pie lo habiade hacer. Visto lo cual yo respondí : a^Sc- 
» ñor , muchas veces he puesto mi vida á peligro de muerte por 
7) salvar la vuestra y de todos estos que arjuí están, 1/ Nuestro 
j) Señor milagrosamente me ha guardado y la vida. Y con todo no 
y>han faltado murmuradores que dicen que vuestra Señor la -me 



398 COLON EX ESPAÑA. 

S) acomete á mi todas las cosas de honra, habiendo en la compañía 
y> otros que las harían tan bien como yo. Y 2)or tanto paréceme á 
y^?n/, que vuestra SeTioria loshaga llamar te todos y los proponffa 
y> este negocio, para ver si entre todos ellos habia alguno que lo 
)-) quisiera empj'ender , lo cual yo dudo ; y cuando todos se echen 
» de fuera, yo pondré mi vida á muerte por vuestro servicio como 
» muchas veces lo he hecho. » 

Hízolo así el Almirante , los reunió á todos, ¡jropuso el plan 
é invitó á que alguno lo realizase. Tocio en vano. Todos lo tuvie- 
ron por imposible. Diego Méndez no se habia engañado. 

«Entonces — continúa — yo me levanté y le dije : aSeñor, una 
y) vida tengo no más; yo la quiero aventurar por el servicio de 
)) Vuestra señoría y por el bien de todos los que aquí están. Y es- 
i>pero en Dios, que, vista la intención con que yo lo hago, me li- 
y>brará, como otras muchas veces lo ha hecho. y> 

)) Oida por el Almirante mi determinación, levantóse y abrazó- 
me y besóme en el carrillo, diciendo : ((.Bien sabía yo que no ha- 
» bia aquí ninguno que osase tomar esta empresa sino vos. Espe- 
y^ranza tengo en Dios Nuestro Señor saldréis della con victoria, 
y) como de las otras que habéis emprendido.!) 

Si refiriéramos el pormenor de esa heroica empresa se creerla 
jíor algunos que escribiamos una novela. ¡ Qué de ingenio y de 
industria para jjreparar la exjjedicion ! ¡Qué de esfuerzos, de 
trabajos y de peligros para llevarla á cabo! Los han referido 
Hernando (blon y Herrera. De ellos los tomó Irving. Es his- 
tórico. , 

Diego Méndez adereza , embrea y equipa su canoa. Sale, rodea 
la costa para ponerse en rumbo ; ¡jero le atrapan unos indios pi- 
ratas y lo condenan á muerte. Iban ya á ejecutar la sentencia y 
logra evadirse ; y solo y por tierra vuelve á Maima donde estaba 
el Almirante. — ¿Habrá desistido de su empresa? — No ; contesta 



COLON EN ESPAÑA. 399 

Méndez. Pero es necesario que \o cscolteu hasta (jiie pueda zar- 
par y alejarse de la costa. 

Hízose así ; le escoltó con TU hombres el Adelantado, hasta 
que se embarcó y alejó de las costas. Pero ya entonces no iba 
solo ; le acompañaba Bartalomé Fiesco, genoves, uno de los ca- 
pitanes de las carcomidas carabelas. Iban en dos canoas unidas y 
llevaban por remeros seis españoles y diez ludios. 

Cinco dias y cuatro noches emj)learon en el trayecto con peli- 
gros inmensos; y las últimas cuarenta y ocho horas sin tener que 
comer ni que beber. Arribaron á la isleta JVavaza, y allí jjudie- 
ron apagar la sed. «Plugo á Dios Nuestro Señor, dice Méndez, 
que en cabo de cinco dias arribé á la isla Española, junto al cabo 
de Scm Miguel (Tiburón), habiendo dos dias que no comíamos 
ni bebíamos por no tenello; y entré con mi canoa por una riljcra 
muy hermosa, donde luego vino mucha gente de la tierra, y 
trajeron muchas cosas de comer , y estuve allí dos dias descan- 
sando. )) 

No cumple á nuestro intento escribir la historia de las Indias ; 
y aun cuando tal fuera, el decoro nacional nos vedaría referir los 
desmanes y horrores del gobierno de Ovando en la Española. De 
pasada, y sólo porque concierne á nuestro asunto, copiaremos 

simplemente las siguientes palabras de Diego Méndez «Y esto 

sabido , dejé mi canoa y tomé el camino por tierra de Jaragua 
donde hallé al Gobernador, el cual me detuvo allí siete meses, 
hasta que hizo quemar y ahorcar ochenta y cuatro caciques , se- 
ñores de vasallos , y con ellos á Nacaona, la inayor señora de la 
isla , á quien todos ellos obedecian y servia?i. » 

¡Siete meses, desoyendo las súplicas de Diego Méndez, dejó 
Ovando abandonado y sin auxilio , en las playas de Jamaica , al 
gran (íolon, á su hijo y su hermano con ciento treinta españoles 
náufragos! Mientras tanto, se ocupaba en quemai* y ahorcar 



400 COLON EN ESPAÑA. 

inofensivos indios, jefes de ranclierías tan útiles y tan ntilizables 

por el amor y la enseñanza en quemar y ahorcar basta á la 

bondadosa Anacaona , la amiga y bienbecliora de todos los espa- 
ñoles, la mnjer más bella, más espiritual, más respetada y res- 
petable de la isla. Esos hechos no necesitan comentarios, y 

menos si se unen á los antecedentes y á los consecuentes. Ovan- 
do sería muy fino, muy cortés, nmy caballeroso y justiciero; pero 
la severa Historia lo lia juzgado de otro modo que lo juzgó y nos 
lo pintó Oviedo. 

No , no es nuestra misión formular los cargos que al Gober- 
nador de la Española pudo hacer la noble y heroica nación á 
quien representaba; pero sí los que pudo hacerle el descubridor 
del Nuevo Mundo. Le negó la entrada en el puerto en dias acia- 
gos, lo que no se niega á ningún navegante. Le abandonó duran- 
te ocho meses , cuando arrojado á una playa inhospitalaria , sin 
buques y sin recursos, se vio ex]3uesto á perecer. Y á los ocho 
meses, añadiendo el sarcasmo al abandono , envió un buque man- 
dado por un hombre que habia sido enemigo personal del Almi- 
rante (1), no para darle auxilio, sino para conocer su situación, 
y entregarle una carta, un pernil y una barrica de vino. Colon 
tenía consigo ciento treinta hombres á quienes necesitaba ali- 
mentar. 

No siete , no ocho , sino doce meses , un año tuvo Ovando á 
Colon en aquel abandono y en la situación más angustiosa y más 
triste, en que pudo hallarse jamas un náufrago, jefe de una expe- 
dición. ¡ Qué extraño, pues, que en la notable carta escrita á los 
Reyes, y enviada por el fiel Méndez, Colon les dijese : «Yo 



(1) Ese liombre era Diego de Escobar, uno de los más activos cómplices 
de Roldan en su rebelión , condenado á muerte bajo la administración del Al- 
mirante, y perdonado por su sucesor 13übadilla. il/e^sa/ero ominoíio, le llama 
Irving. 



COLON EN ESPAÑA. 401 

nunca pienso sin verter lágrimas en la Española y en Paria; su 
mal es desesperado , y ya no tiene remedio ! » Y ensalzando la 
importancia de Veragua, como superior á todos sus demás des- 
cubrimientos, afuidia : ((Espero (pie, por aquel ejemplo, se 

tratara esta región de diferente modo. » ¡ Corazón generoso y es- 
píritu magnánimo ! Una vez engolfado en aquella idea, se exalta 
su imaginación con su reciente importantísimo descubrimiento, y 
vuelve á sus grandiosos i)royectos , que aun se cree capaz de rea- 
lizar. Pero de repente mira en torno de sí ; ve su situación angus- 
tiosa, y exclama lleno de amargura : 

«Yo lie llorado fasta aquí á otros. ¡ Haya misericordia agora 
el cielo, y llore por mí la tierra ! En el temporal no tengo sola- 
mente una blanca para el oferta. En el espiritual he parado aquí 
en las Indias, de la forma que está dicho; aislado, en esta pena, 
enfermo , aguardando cada dia por la muerte , y cercado de un 

cuento de salvajes y llenos de crueldad y enemigos nuestros 

Llore por mí quien tenga caridad y ame la verdad y la justi- 
cia » 

No se abatió , sin embargo. En medio de tan difícil situación 
se le rebelan por espíritu satánico los hermanos Porras (Francis- 
co y Diego) , el uno capitán de una carabela, y el otro contador 
general de la escuadra; y arrastran tras ellos con falaces y jac- 
tanciosas ofertas al infinito número de los candidos, á los que 
siemjjre están dispuestos á seguir al que halaga más sus deseos 
y sus pasiones. El acto fué tan vil, que hasta peligró la vida del 
Almirante; y sin el coraje de su hermano y la intervención de 
unos cuantos hombres caballerosos y dignos, los Porras habrían 
llegado á perj^etrar un crimen nefando. 

Salieron en armas , robaron las provisiones y las canoas que 
habia adquirido el Almirante, y se esparcieron por la isla como 
nube de langosta. Pero las consecuencias no se hicieron esperar. 

26 



402 COLON EN ESPAÑA. 

Dos veces intentaron salir de la isla, tomando canoas y guías de 
los indios, y dos veces retrocedieron impotentes y asustados. Se 
convirtieron en merodeadores; habían arrojado al mar armas y 
municiones de boca y guerra, por miedo de perecer; y acabaron 
por tenérselo á los indios á quienes antes liabian injuriado y mal- 
tratado. 

Entonces se volvieron airados y enconosos contra el Almirante 
y los que permanecian fieles á su lado, en la creencia de que , por 
ser más señores y por hallarse muchos de ellos enfermos , serian 
incapaces de oponerles resistencia seria, y les exigieron provisio- 
nes y armas. El Almirante quiso todavía aplacarlos y contener- 
los , ofreciendo el perdón , si volvían á lá obediencia ; pero en 
vano. Tomaron su bondad j)or miedo, y su prudencia por debili- 
dad , y se vinieron en son de guerra contra Colon y los suyos. El 
Adelantado salió á su encuentro; los rechazó y los escarmentó 
denonadamente , é hizo prisionero al cabecilla Francisco Porras, 
en lucha personal, que asemejaba á un duelo á muerte. 

Efecto inmediato de los vandálicos actos de los rebeldes y del 
espectáculo que ofrecían sus discordias y sus luchas fué el que 
los indios perdiesen la consideración y el respeto con que habían 
tratado hasta allí á sus huéspedes. Entibióse, por tanto, su celo; 
amenguóse su lealtad , y hasta el entusiasmo por los cascabeles 
se fué a^jagando. Resultado : que el Almirante y sus gentes se 
vieron sin provisiones, y sin medios de exigirlas coercitivamente. 
La situación se agravaba día por día y hora por hora. Hábil po- 
lítico , tanto como experto marino , supo entonces Colon sacar 
admirable partido de sus conocimientos astronómicos. 

La luna en creciente se aproximaba á la órbita terrestre , y 
comprendió que al plenilunio se verificaría un eclipse. Faltaban 
tres días para el suceso , y se apresuró á convocar á una docena 
de caciques y á los principales indios de las inmediaciones para 



COLON EN ESPAÑA. 403 

una reunión. En medio do ellos y en tictitud severa y solemne, el 
mismo dia del plenilunio, hízoles presente Colon que la Divini- 
dad estaba ofendida por la falta de fidelidad á los conciertos ce- 
lebrados, por su desafección á los españoles, y por el abandono 
en que tenian á sus huési>edes. 

Que, indignada con ellos por tal conducta, la gran Divinidad 
queria castigarles con hambre , pestilencia y grandes daños ; de 
lo cual aquella misma noche verian las señales en el ciclo , ocul- 
tándose la luna y oscureciéndose la tierra. 

A esta sola conminación, hecha con la actitud majestuosa de 
Colon , y á su modo traducida por el intérprete indio , unos que- 
daron amedrentados ; no faltó alguno que lo oyese como quien 
oye llover; pero todos aguardaron la noche con ansiedad. Pero 
cuando vieron, en efecto, que la luna cubría su faz y las tinie- 
blas rodeaban la tierra , el terror que de ellos se apoderó fué in- 
menso. Vinieron todos á Colon; se postraron á sus pies ¡midiéndole 
que intercediera en su favor con la Divinidad. Excusado es decir 
que Colon lo ofreció, mediante seguridades de arrepentimiento. 
Y después de un breve intervalo les anunció que la Divinidad 
estaba aplacada , de lo cual verian ya clara señal en el cielo. Ter- 
minaba el eclipse. 

Desde entonces miraron á Colon como intérprete y mensajero 
de la Divinidad; le reverenciaban como un ser superior, y acu- 
díanle con dones para tenerle propicio. No faltaron ya víveres 
y provisiones en abundancia á los españoles del puerto. Verdad 
es que Colon procedía con los indios de manera bien distinta 
que las desenfrenadas cuadrillas de los Roldanes y los Porras. 

Entre tanto el fiel é infatigable Diego Méndez corría á Santo 
Domingo desde Jaragua, desesperanzado de encontrar protección 
y auxilios en el gobernador Ovando. Allí pudo, al fin, comprar y 
equipar un barco de los primeros que llegaron de Esjjaña; al sa- 



404 COLON EN ESPAÑA, 

ber lo cual se apresuró el comendador de Lares á equipar otro ; y 
los dos, al maudo de Diego de Salcedo, nuo de los agentes y ser- 
vidores de Colon , partieron en su socorro para la Jamaica. 

El 28 de Junio de 1504 — más de un año después de su arribo 
forzoso — se desi:)idió Colon de sus carcomidas naves y de sus 
hospitalarios indios, los cuales lloraban, según dice Oviedo, al 
verlo partir de la isla. El 3 de Agosto , no sin luchar con los per- 
tinaces contrarios vientos, llegaron á la pequeña isla Beata, al 
sur de la Española, y desde allí escribió Colon al gobernador 
Ovando una carta, cuya sencillez y noble dignidad hacen con- 
traste con la diplomática finura del Comendador, a Diego Salce- 
» do, le dice , llegó á mí con el socorro de los navios que vuesa 
» merced me envió; el cual me dio la vida, y á todos los que es- 
)) taban conmigo. Aquí no se puede pagar á precio apreciado. Yo 
» estoy tan alegre, que después que le vide no duermo de alegría. 
)) No que yo tenga en tanto la muerte, como tengo la victoria del 
»Rey y de la Reina, nuestros señores. » 

Dale después sucinta noticia de la rebelión de los Porras, y de 
que al capitán lo lleva preso para que dé cuenta a SS. A A. Y 
añade después estas concisas y enigmáticas frases : ce La sospecha 
))de mí se ha trabajado de matar á mala muerte; mas Diego de 
)) Salcedo todavía tiene el corazón inquieto; lo porqué, yo sé que 
» no lo pudo ver ni sentir, porque mi intención es muy sana, y j)or 
» esto yo me maravillo.» 

El 1 3 de Agosto anclaron las dos naves en el puerto de Santo 
Domingo. Y bien sea que la desgracia desarma los odios y des- 
vanece las envidias; sea que la virtud y el mérito i^erseguidos 
acaban siempre por imponerse y jior triunfar con su arroUador 
prestigio; ó sea, en fin, que la diplomacia cortesana sabe en las 
ocasiones vestirse con el ropaje de la honradez y de las conve- 
niencias sociales, es lo cierto que á Colon se le hizo entonces un 



COLON EN ESPAÑA. 405 

recibimiento agasajador y hasta ostentoso. El paol)lo, los fnnrio- 
narios, el clero, el Gobernador mismo salieron d recibirlo al puer- 
to; y Ovando le hospedó en su palacio, y le trató con singulares 
atenciones. 

Eso no obstó al obsequioso y atento Gobernador para que or- 
denase poner en libertad al rebelde Porras , y para que preten- 
diese encausar á los que por leales y fieles al Almirante le habían 
amparado contra él y defendido la autoridad. Colon sostuvo la 
suya, como jefe de la exi)edicion y de la escuadra,- en la cual se 
habia perpetrado el delito, cuyo conocimiento le competia, por 
lo tanto. Y aun cuando no insistió Ovando en su contienda 
de jurisdicción, comprendió el Almirante que no era posible 
mantener concordia y buena inteligencia con Ovando, y en vista 
de ello trató de apresurar su regreso á la metrópoli. Al efecto 
mandó reparar el barco comprado por Diego Méndez , y en él y 
en otro que adquirió y fletó el Adelantado , salieron de Santo 
Domingo el 12 de Setiembre de 1504. A los que no quisieron 
acompañarle y se quedaron allí, en la mayor pobreza, los socor- 
rió liberalmente de su propio peculio. Entre los socorridos habia 
algunos de los que más le habian molestado y ofendido en la Ja- 
maica. Tal V tan grande era el alma de Colon. 

Pero le perseguía con inexorable tenacidad el adverso destino. 
Apenas salieron del puerto las dos naves , una racha impetuosa 
maltrató la suya á punto de dejarla desarbolada é inservible. 
Fnéles preciso volver al puerto , trasbordar ¡¡ersonas y equipaje 
á la otra nave del Adelantado , y dejar la averiada en el puerto. 
En el viaje, que fué largo, difícil y penoso por demás, aun le per- 
siguieron recios temporales y contratiempos graves. Muéstralo 
bien el que hasta el 7 de Noviembre no logró arribar, con su nave 
rota y maltrecha, al puerto de Sanlúcar. Llegaba Colon grave- 
mente enfermo, atacado de la gota y fatigado de cuerpo y de es- 



406 COLON EN ESPAÑA. 

píritii, ¡ Cnán necesitado estaba de reposo y de algún desahogo! 
Para buscar uno y otro se hizo trasladar á Sevilla. ¡ Ah ! el repo- 
so , el desahogo y las comodidades huian de él. ¡ Y cómo no , si 
le perseguian la envidia , la ingratitud y la injusticia de los hom- 
bres por todas j)artes! 



CAPÍTULO XVII. 



Sumario. — Colon en Sevilla. — Su estado y situación. — Sus reclamacioneB 
infructuosas. — La muerte de la Reina agrava su situación.— Conducta del 
Rey Católico para con Colon. — Motivos y objeto de esa conducta. — Noble 
actitud del Almirante. — Sale para Segovia. — Enferma en Salamanca. — 
Petición de Diego Méndez. — Presentación al Rey y recibimiento que éste 
le hace. — Juicio de Las Casas sobre la conducta del Rey. — Junta de des- 
cargos. — Colon en Valladulid. — Agravación de su padecimiento. — Envia 
a su hermano á cumplimentar en Laredo á doña Juana y á su esposo. — Otra 
esperanza f rastrada. — Últimos dias de Colon. — Carta á su amigo Fray 
Diego de Deza. — Disposición testamentaria. — Muerte de Colon. — Trasla- 
ciones que sufren sus restos. — Honores postumos. — Carácter y cualidades 
de Cristóbal Colon. 



Los últimos días de Colon fueron tan amargos como laborio- 
sos habian sido los de toda su vida. Hemos dicho que desde San- 
lúcar se hizo trasladar á Sevilla, ¡jara procurarse algún alivio á 
sus males y algún descanso de tantas fatigas como habia sufrido. 
«Jamas, dice Irving, hubo honroso descanso que más se mere- 
ciese, que más se deseara y que se gozase menos.» Pero el des- 
canso huia de él. El descanso y la tranquilidad solamente en sn 
conciencia inmaculada i)odia encontrarlos ; y allí los encontró , en 
efecto. Fuera d^ eso, sólo espinas y abrojos pisó en su camino. 
Los padecimientos contraidos por efecto de sus viajes fatigosos, 
le causaban dolores acerbos; los gastos que ocasionaba su posi- 
ción y los que hal)ia hecho para socorrer á sus tripulaciones y 



408 COLON EN ESPAÑA. 

l^rocurar su regreso á España (1), habían agotado los pocos re- 
cursos que se le habían facilitado (2); sus triunfos gloriosísimos 
no provocaban más que émulos y envidias; sus grandes servicios, 
ingratitudes é injusticias; y el descul)ridor de un mundo se veia 
obligado á escribir á su hijo : c(Nada recibo de la renta que se 

me debe. Vivo de prestado Poco me han aprovechado veinte 

años de servicio , con tantos trabajos y peligros ; pues al j)resente 
no tengo techo que me cubra en España. Si deseo comer ó dor- 
mir , tengo que recurrir á una posada , y las más de las veces me 
falta con qué juagar mi escote.» 

Para colmo de sus males , la reina Isabel , en cuya rectitud é 
inagotable bondad esperaba hallar protección y amparo , se en- 
contraba entonces á las puertas de la muerte (3) ; tanto , que fa- 
lleció el 26 de Noviembre de aquel mismo año. ¡ Qué calamidad 

para España y qué gran desgracia para Colon la muerte de la 

incomj)arable lieina ! 

Desde entonces se encontró el descubridor solo , enfrente del 
astuto, frió y calculador Fernando; y en tal situación, no vio ya 
por premio de sus grandes merecimientos otra cosa más que bue- 
nas jjalabras y aplazamientos indefinidos de reparación. 

¡ Qué magnáiiimo y qué digno se mostró en medio de tan em- 



(1) «Son pobres, escribía á su hijo Diego, y hace ya cerca de tres años 
que salieron de sus casas. Han arrostrado infinitos trabajos y peligros, y traen 
nuevas invaluablcs, por las que Sus Altezas debian dar gracias á Dios y rego- 
cijarse. » 

(2) ((Mucho sentimiento tengo del Gobernador ( Ovando), dice Colon en 
otra carta á su hijo. Todos me decian que yo tenía allí once ó doce mil caste- 
llanos, y non hobe sino cuatro Yo bien sé que después de j'o partido, que 

él habrá recebido más de cinco mü castellanos Ansí que , bien que tenga 

allá (en la Española) dineros, non ha nadie, por su soberbia, que se los ose re- 
querir. » 

(3) ((Plegué á la Santa Trinidad, decia en otra carta Colon , de dar salud 
á la Reina nuestra Señora , porque con ella se asiente lo que ya va levan- 
tado. » 



COLON EN ESPAÑA. 409 

barazosa como amarga situación ! En sus cartas ú su hijo Diego, 
á su fiel Méndez , al ilustre Deza, escritas unas desde Sevilla 
otras desde Seg07Ía;eu sus mismas reclamaciones á los Reyes; 
en todo cnanto escribió y dijo é hizo en aquella situación , se os- 
tenta no menos respetuoso que leal, no menos candoroso que 
magnánimo y que digno. 

En cuanto á intereses, no hace nunca cuestión; no quiere liti- 
gar. Se le debe mucho; se avendrá á lo que quieran darle. Pero 
en cnanto á dignidades y títulos, trofeos de sus glorias, testimo- 
nios irrecusables de sus triunfos ni aun la discusión admite. 

Allí están , dice siempre , las cajiitulaciones , el contrato con los 
Reyes , las solemnes promesas de éstos , y sus mismas cédulas 
Reales. 

Esa noble ambición es, sin duda alguna, lo que más enaltece 
y honra á Cristóbal Colon ; porque ella demuestra la elevación de 
su espíritu y la hidalguía de sus sentimientos. Esa noble ambi- 
ción patentiza que jamas le guió en sus empresas el estímulo 
ruin de adquirir riquezas , sino el acicate poderoso del amor á la 
gloria. Las ideas con que alimentaba su espíritu eran grandiosas. 
Podrían llamarle, en buen hora, un visionario, un sublime soña- 
dor; pero nunca un mercenario. Si no se rebajó antes del triun- 
fo ¿se habría de rebajar después de liaberlo obtenido? La 

ostentación fastuosa y las comodidades de la vida significaban 
para él bien poco. Pero el laurel de la victoria , siml)oliza(lo en 

sus estipulados títulos y honores eso constituía su honra, en 

eso no transigía; eran su tesoro, su blasón, su más preciado tro- 
feo. ¿Quién, que de hidalgo se precie, podría tachar esa con- 
ducta ? 

¿ Por qué entonces y de dónde procedía aquella tenaz repug- 
nancia del rey Fernando á reponer á Colon en sus cargos, títulos 
y dignidades ? No han faltado escritores distinguidos que preten- 



410 COLON EN ESPAÑA. 

flan disculpar al Rey, con las mismas quejas elevadas i3or el Al- 
mirante, acerca de los desórdenes de la Española, y con los su- 
cesos mismos de la Jamaica. Y en verdad que no faltaron tampoco 
consejeros serviles y explotadores de las Indias, hábiles y dies- 
tros , que de continuo murmuraran al oido de los Reyes , ce que 
Colon era mejor descubridor que gobernador. » Ése , ése fué el 
gran argumento , que sin duda utilizó el rey Fernando. ¡ Ali ! no 
lo hubiera utilizado , no lo hubiera siquiera escuchado la reina 
Isabel. Pero el espíritu estrecho, el carácter autocrático, la índo- 
le suspicaz y el genio absorbente y receloso de D. Fernando, ne- 
cesitaban un asidero para no dar á nadie intervención en el go- 
bierno de las Indias, y menos á Colon, cuya frente estaba ceñida 
de una gran aureola, y cuyo liberal y benéfico sistema de gobier- 
no era tan opuesto al suyo; y aquel argumento venía de molde 
para ello al suspicaz y nada' escrupuloso Rey. 

Eso explica el enigma. Eso fué todo. No el que los proyectos 
de Colon , acerca del rescate del Santo Sepulcro y la conversión 
del gran Kang del Cathay le pareciesen al Rey sueños de una 
imaginación delirante y síntomas de extravío mental, como su- 
pone Prescott, no. Eso podrá parecer hoy á las gentes descreídas, 
sobre todo á las que no saben distinguir de épocas y de hom- 
bres. Pero entonces no parecía eso á la generalidad; y aunque se 
lo pareciese al calculador rey Fernando , no se lo podía parecer á 
los clérigos que formaban su Consejo áulico. ¡ Cómo, si el mismo 
Cisnéros emprendió la cruzada en África y abrió en persona la 
campaña contra Oran á los setenta años de edad ! El juicioso y 
sabio Prescott se equivoca grandemente en esa parte. Los pro- 
yectos de Colon , por más que irrealizables y colosales , no eran, 
no podían parecer entonces síntomas de extravío mental en la 
corte de los Reyes Católicos. ¿No andaban españoles y portu- 
gueses , hacía cien años , muy seria y formalmente tras la emba- 



COLON EN ESPAÑA. ' 411 

jada del Preste Juan, que era nna preocupación bien absurda? 

Irving ha visto en ese punto más claro que Prescott. Irving 
ha visto lo que ya vio y observó el bondadoso Las Casas. Sólo 
que el obispo de Chiapa no podia señalar la llaga con el dedo, 
como la ha señalado Irving , que ha querido y sabido pagar el 
tributo que todo historiador debe á la verdad. «No sé — dice el 
venerable Las Casas — lo que pudo causar este desamor y falta 
de protección soberana en el Rey, hacia uno que le habia liecho 
tan preeminentes servicios ; á menos que fuese, que estaba su 
ánimo preocupado por los falsos testimonios que se liabian dado 
contra el Almirante ; de lo cual yo he podido saber alguna cosa 
por personas muy favorecidas del soberano. » No : lo que hábia 
era que al Rey le pesaba enormemente la deuda que tenía con- 
traída con Colon, y quería echarla á un lado, si no conseguía há- 
bilmente descargarse de ella. 

Por lo demás , á las insidias y torpes murmuraciones de sus 
enemigos, Colon contestaba escribiendo desde Sevilla : «He des- 
cubierto riquezas inmensas. Si no las he traído desde luego á 
España, es que yo no quería robar ni ultrajar al pats. Pues la 
razón pide que se establezca orden , y entonces puede procurarse 
sin violencia el oro. » 

No ignoraba Colon lo que propalarían contra él en la corte los 
protectores de los Porras y la bullidora colmena de explotadores 
codiciosos, tan desalmados como estúpidos. Pero contra aquellas 
ruines calumnias se limitaba á decir, con no menos dignidad que 
sencillez y que vehemencia : « He servido á Sus Altezas con tan- 
to celo y diligencia , como si hubiese sido para ganar el Paraíso. 
Y si en alguna cosa he faltado es porque mi conocimiento y i)0- 
der no alcanzaron á más. » 

Viendo, ¡iues, que sus cartas y reclamaciones por (^scrito no 
producían efecto alguno en el ánimo del Rey, hizo durante el in- 



412 ' COLON EN ESPAÑA. 

vierno mil tentativas para ponerse en camino y presentarse en la 
corte, que estaba por entonces en Segovia. Pero sn tenaz padeci- 
miento le impidió llevar á cabo su designio , ni aun en la litera 
que más de una vez tuvo dispuesta al efecto. 

Pasó el invierno, creció su impaciencia , y escribió á su hijo 
que solicitase para él un privilegio de usar muía, privilegio que 
se le otorgó (1); y bien entrada la primavera de 1505 se enca- 
minó á la corte , siguiendo desde Sevilla por Mérida la romana 
vía argéntea, que nosotros conocemos con el nombre de Calzada 
de la Plata. Debió hacer este viaje penosísimamente y con largas 
detenciones, puesto que su fiel servidor, el heroico Diego Men- 
dez'nos dice que bajó de Segovia á recibirle á Salamanca, don- 
de le halló y estuvo con él enfermo de gota y en cama (2). 

El es]DÍritu le sostenia. Llegó , por fin , á la corte ; pero ¡ ay ! 
aquella no era la corte que en Barcelona y en Burgos le habian 
recibido con muestras de júbilo y con atenciones obsequiosas, en 
testimonio de admiración y de agradecimiento. No era aquella la 
corte á la que daba calor y vida el fervoroso y expansivo corazón 



(1) «Bien que mi enfermedad, dice á su hijo, me tribuía tanto, todavía 

aderezo mi ida » a Las andas (la litera) y todo fué presto. El tiempo tan 

descomunal, que pareció á todos que era imposible á poder salir con lo que co- 
menzaba ; y que mejor era curtirme y procurar por la salud , que poner en 

aventura tan conoscida la persona » « Si sin importunar se hobiese licencia 

de andar en muía, yo trabajaría de partir para allá pasado Enero ; y ansí lo 
haré sin ella.» Y en efecto, obtuvo la licencia Eeal en 23 de Febrero 
de 1505. 

(2) «Venido su Señoría á la corte, y estando en Salamanca en cama enfer- 
mo de gota, andando yo solo entendiendo en sus negocios y en la restitución 
de su estado yüe la gobernación para su hijo D. Diego, yo le dije ansí : «Se- 
)) ilor : ya Vuestra Señoría sabe lo nmcho que os he servido y lo más que tra- 
))bajo de noche y de día en vuestros negocios. Suplico á Vuestra Señoría me 
» señale algún galardón para en pago dello. » Y él me respondió alegremente 
que yo lo señalase y él lo cumpliría; porque era mucha razón. » — Relación 
hecha por Diego Méndez , etc. Navarrete , Colee, tomo i , pág. 462 y si- 
guiente. 



COLON EN ESPASA. 413 

(le Isabel la Católica ni estaban ya en ella, como lumbreras, 

á la vez que como escudos del navegante geuoves , los Mendoza 
y los Quintanilla, los Deza y los Santángel. Allí no babia ya 
más que un rey cauteloso , falaz é insaciable de mando, y un mi- 
nistro, no menos calculador y más impenetrable; un hombre que, 
bajo los armiños y la púrpura cardenalicia , llevaba pegado al 
cuerpo el rudo sayal del franciscano. Colon necesitaba entonces, 
más que nunca , calor ; el calor que trasmiten en sus magnéticas 
corrientes las ideas y los sentimientos concordes ; y en aquella 
corte no encontró más que la sombra fria que proyectaban las he- 
ladas montañas del Somosierra. 

Yió al Rey, y le habló con dignidad y con el fervor y el entu- 
siasmo que eran en él característicos. Le habló de sus últimos 
descubrimientos; de las riquezas que atesoraba el Veragua; de 
los peligros que habia arrostrado; de las penalidades y contra- 
tiempos que habia sufrido ; de lo que habia visto y deplorado en 
la Española; de la urgencia y necesidad de poner remedio á des- 
manes que amenguaban las rentas de la Corona y esterilizaban 
las importantes conquistas y descubrimientos hechos. Pidió , por 
fin, la reintegración en sus honores, títulos, prerogativas y de- 
rechos. El Rey le oyó , aunque con afable semblante , con marca- 
da frialdad, y le contestó con promesas , evasivas y muchos 
cumplimientos. «En cuanto á las acciones, dice el historiador 
Las Casas, el Rey, no sólo no le dio muestras de favor, sino que, 
al contrario, le deprimió cuanto era posible. Sin embargo, nun- 
ca le escaseó las expresiones cumplimentarías. » Esc era Fernan- 
do el Católico. 

Colon permaneció en la corte , y aun se trasladó con ella á Va- 
lladolid, haciendo y repitiendo instancias; y cada dia más deses- 
l)eranzado, la amargura de tantos desengaños y de tan negra in- 
gratitud exasperó sus males. A sus repetidas instancias, el Rey — 



414 COLON EN ESPAÑA, 

que sin duda liabia aprendido de los pescadores de caña el modo 
de matar á sus víctimas — le hizo entender que sus asuntos de- 
berían someterse al arbitraje de alguna persona capaz y discreta. 
No lo podia rendir, y queria cansarlo. Colon aceptó la indicación, 
y propuso como arbitro al arzobispo de Sevilla, Fray Diego de 
Deza, su antiguo y resuelto protector. Pero ni la intervención del 
respetable Deza, ni el influjo más poderoso aún de la disposición 
codicilar de la reina Isabel (1), lograron mover el ánimo del Eey 
en favor de Colon. Sus instancias se remitieron á una especie de 
tribunal llamado Junta de descargos de la conciencia de la di- 
funta Reina y del Rey; Junta compuesta de varias ¡aersonas de 
nombramiento Real, i^ara intervenir en el cumplimiento de las 
últimas disposiciones testamentarias de la Reina. 

Por lo que atañe á Colon, esa Junta nada determinó. El mismo 
Prescott, tan benévolo como se muestra con el rey Fernando, no 
lia podido menos de decir : «La verdad era, que como los rendi- 
mientos de los nuevos países se empezaron á aumentar conside- 
rablemente, Fernando sentía gran repugnancia en cumplir á la 
letra lo que con Colon se liabia pactado. Creía que aquella esti- 
pulación era demasiado grande y muy desproporcionada á los 
servicios de un subdito ; y tuvo la poca generosidad de proponer 
al Almirante que renunciase sus derechos, en cambio de otros 



(1) La Reina, después de hecho su notable testamento — ^que es una gran 
página histórica — quiso aún recomendar al Rey y á sus sucesores, por medio 
de un codicilo, tres asuntos púbUcos que la preocupaban grandemente. Uno de 
ellos era el de Colon, relacionado con el gobierno de las Indias. Después de re- 
comendar que se guardaran á Colon sus honores, títulos y privilegios , orde- 
naba con el mayor encarecimiento' « que se promoviese la buena obra de con- 
D vertir y civilizar á los pobres indios; y encargaba se los tratase con la mayor 
bondad, y que se corrijieran todos los agravios que pudieran sufrir en sus per- 
sonas ó en sus hienes.y> Las Casas dice que se habia tenido buen cuidado de 
que no llegasen á oidos de la Reina los repartimientos de los indios, y la manera 
dura é inicua con que los trataban sus explotadores. Pero parece, dice Prescott, 
que habia penetrado en su corazón un presentimiento vago de lo que sucedía. 



COLON EN ESPAÑA. 415 

estados y dignidades que se le señalarían en Castilla.» Así lo 
aseguraron Hernando Colon y el mismo Herrera (1). Y más dice 
el venerable Las Casas : « Se creia que , si el liey hubiera po- 
)>dido hacerlo con segura conciencia, y sin detrimento de su fa- 
))ma, hubiese resi)etado pocos ó ninguno de los privilegios que 
» él y la Reina habían concedido al Almirante , y que tenía tan 
j) bien merecidos. » 

Herido hondamente en su corazón por tantos desengaños, y 
abrumado por sus achaques y enfermedad, rindióse el cuerpo, 
pero no el alma grande de Colon. A la venida de D.* Juana y 
don Felij)e no pudo ya acompañar á la corte , pero envió á su her- 
mano Bartolomé á Laredo á cumplimentar á los j)ríncipes, los 
cuales le recibieron con agrado y prometieron hacer justicia al 
Almirante. Entonces brilló en su ánimo un rayo de esperanza, 
que se apagó bien pronto. 

Insistió, sin embargo, desde su lecho de angustia, en recla- 
mar sus derechos, sus títulos y honores, no para sí, sino para su 
hijo. «Ésta, decía, es materia que toca á mi honra. Por lo de- 
))mas, haga S. A. lo que juzgue conveniente : dé ó retenga, como 
» más convenga á sus intereses ; que de todos modos me daré por 
» contento. Yo creo que la ansiedad que me causa la dilación de 
» mi negocio es el origen principal de mí mala salud. » 

<( Mientras más instancias se le hacían — dice Las Casas refi- 
riéndose al Rey — más favorables eran sus réi)lícas ; pero más 
dilataba el conceder lo que Colon pedia ; esperando que agotán- 
dole la jmcíencía, le induciría á ceder sus privilegios y acejitar, 
en lugar de ellos, títulos y estados en Castilla.» 

El Rey era incapaz de conocer á Colon , y más aún de apre- 
ciarle como se merecía. La grandeza de alma , la elevación' de es- 



(1) ÍI. Colon, Hist. ihl Alm., cap. cvni. — Herrera, /«í/ias occid., li- 
bro VI , cap. XIV. 



416 COLON EN ESPAÑA. 

píritii de éste clebian hacer un terrible contraste con el egoísmo 
estrecho y la ruin astucia del coronado aragonés. No conocía 
¡desgraciado! que podía muy bien matar á Colon, pero que todo 
su poder no era bastante á doblarlo. Y no le dobló. 

Desde el lecho de muerte el Almirante escribió una carta á su 
constante amigo Diego de Deza, arzobispo de Sevilla, en que 
expresaba ya su última determinación. «Parece, le decia, que 
))S. A. no cree conveniente cumplir lo que él con la Keina — 
» que está en gloria — me ka prometido bajo palabra y sello. 
))Para mí, luchar i^or lo contrario, sería luchar contra el viento. 
)■) He hecho todo lo que he podido : lo demás lo dejo á Dios , á 
» quien siempre hallé propicio en todas mis necesidades.» 

Ya no volvió á ver á su hermano Bartolomé, que habia salido 
para Laredo á cumplimentar á los príncipes D.^ Juana y don 
Felipe. El 19 de Mayo de 1506 otorgó en Valladolid el notable 
codicilo que ha publicado Navarrate , en que confirmó la disposi- 
ción testamentaria que anteriormente habia hecho para la vincu- 
lación de sus estados y dignidades ; manifestando en este último 
acto, como dice Prescott, la misma solicitud que habia tenido 
durante su vida, á fin de perpetuar los trofeos de sus victorias, 
los títulos y honores estij)ulados como premio de sus descubri- 
mientos , testimonio perenne de sus méritos y sus glorias, timbres 
que mantiene con honroso celo su noble progenie, como blasón 
imperecedero de un nombre ilustre (1). 



(1) En su testamento encarga Colon que sus sucesores conserven con espe- 
cial celo el titulo de Almirante , aparte de sus otros títulos , dignidades y ho- 
nores. 

La liistoria de la sucesión es cm-iosa y poco conocida. Permítasenos hacerla 
aquí á grandes rasgos. 

En 1508, D. Diego Colon, educado en Palacio y con prendas de un cumpli- 
do caballero, se atrevió á preguntar un dia al rey D. Fernando «por qué no le 
» concedía , ni aun como favor, lo que era debido de derecho , y por qué dudaba 
» poner su confianza en la fidelidad de un hombre educado en su misma casa.» 



COLON EN ESPAÑA. 417 

Tranquilo y resignado vi(') lU^gar su última liora, y cumpliendo 
devotísimamente t'on los deberes de cristiano, rodeado de sus 
hijos y de sus dos más fieles servidores , Diego Méndez y Barto- 
lomé Fiesco, espiró el 20 de Mayo, dia solemne de la Ascensión, 
á la edad de setenta años próximamente, según los más verídi- 
cos datos. 

Con referencia á Ortiz de Zúñiga y á Herrera nos ha dado 
Navarrete noticias circunstanciadas acerca de las traslaciones 
que han sufrido los restos de Colon. ¡ Singular coincidencia, que 
muestra la tenacidad del destino ! Pero eso mismo demostrará 



El Rey le coutestó que tenía en 61 pcrsoiiiilmente plena confianza; pero qne 
no podía abandonar tan grande cargo á la aventura, á sus hijos y á sus nie- 
tos. — «Señor, replicó D. Diego, paréceme que no es razonable ni justo que 
» sufra yo pecados de hijos que aun no han nacida. » Mas al ver que esta clase 
de gestiones era completamente inútil, pidió permiso al Rey para formalizar 
en justicia, contra la Corona, la reclamación de sus derechos. Dióselo el Rey, 
y entonces principió el famoso pleito de que tantas veces se ha hecho mérito 
en este libro. Duró el pleito hasta el año de 1528. Hízose, al fin, justicia, de- 
clarando los derechos de Colon ; pero ya habia nmerto D. Diego. Y si es cierto 
que desempeñó el gobierno superior de la Española desde 1509, más que á su 
derecho, debió aquel cargo á la poderosa inñucncia del padre y del tio de su 
esposa, D." María de Toledo, hija de D. Fernando, gran maestre de León, y 
sobrina de D. Fadrique, el célebre ducpie de Alba. En aquel alto cargo, que 
don Diego desempeño con hidalga fidelidad y con grandísimo acierto, tuvo 
que sostener las mismas luchas y fué blanco de las propias calumnias y 
maquinaciones que amargaron la vida de su padre; maquinaciones qncí hicie- 
ron negramente famoso el nombre de Pasamente, como las de Roldan y las 
de los hermanos Porras , de que fué víctima el gran Colon, atrajeron sobre 
ellos la fama de sus fechorías y el eterno estigma de la Historia ; siendo de 
notar que ni á unas ni á otras fué ajeno el sañudo obispo Fonseca. «De este 
modo, dice Herrera, se vio envuelto D. Diego en eternos litigios, y puede de- 
cirse con razón que sólo heredó las turbaciones de su padre.» 

Sucedió ú I). Diego su primogénito D. Luis, quien tuvo que luchar con las 
mismas contrariedades de parte de la Corona, y convencido de la esterilidad 
de tan desigual lucha, aceptó, al fin, la transacción que se le propuso, cedien- 
do sus derechos á la corona y recibiendo, en cambio, los títulos de Duque de 
Veragua^ Marqués de Jaiuuica, con una gran extensión de terreno en Veragua 
y una pensión de mil doblones de oro, pero conservando como inalienable, se- 
gún la fundación del mayorazgo hecha por Colon, los títulos de Almirante y 
AdelanUidd de Indias, títulos que s(mi cumo el espejo do las glorias y como 
trofeos de los victoriosos trabajos del descubridor ilel Nuevo Mundo. 

27 



418 COLON EN ESPAÑA. 

que en cnanto desapareció ele los vivos comenzó á brillar su glo- 
ria. ¡ Triste ejemplo del siempre tardío homenaje ¡cagado por el 

mundo al mérito y á la virtud! ¡Triste linmanidad siempre 

arrejientida é incurriendo siemi^re en los mismos pecados ! 

De nuestro Navarrete lian tomado aquellas noticias Prescott 
é Irving, y el mismo conde Rosselly de Lorgues. 

Depositáronse primero los restos de Colon en el convento de 
San Francisco el Grande (Valladolid). Pero de allí fueron tras- 
jiortados en 1513 al monasterio de Las Cuevas (La Cartuja de 
Sevilla), depositándose en la capilla de Santa Ana ó Santo 



Al morir D. Luis se 'promovió pleito de sucesión entre su hija D.* Felipa 
y su primo D. Diego, hijo de D. Cristóbal, hermano de D. Luis; pleito á que 
puso térniino el matrimonio de los dos primos. No tuvieron éstos sucesión, y 
después de un nuevo largo y empeñadísimo pleito de posesión, se declaró, por 
sentencia de revista en 1.° de Abril de 1605, la posesión á favor del nieto de 
doña Isabel (última hija de D. Diego Colon), D. Jorge Alberto de Portugal, 
conde de Gelves , y por su muerte en favor de su hermano D. Ñuño, 

De esa sentencia se suplicó por D.* Francisca Colon (hija de Cristóbal, 
nieto del fundador), y la sentencia fué confirmada en segunda suplicación y 
con fecha 22 de Diciembre de 1608. 

Hasta esta fecha conocieron el pleito ruidoso de sucesión nuestros historia- 
dores Muñoz y Navarrete y los extranjeros Irving y Humboldt, que se ocu- 
pan de la sucesión con gran interés. Pero es el caso que no conocieron más 
que los preludios del famoso Htigio , que ha durado más de dos siglos y no se 
terminó hasta fines del anterior. Hasta aquella fecha sólo se htigó la posesión; 
posesión que á más de las personas citadas, obtuvieron por algún tiempo don 
Cristóbal de Cardona , Almirante de Aragón , y después de él la Marquesa de 
Guadaleste. Pero después se entabló el verdadero pleito , el de propiedad. 

Fueron partes en este empeñadísimo y largo pleito : 1.°, D.* Fi-ancisca, 
hija de D. Cristóbal Colon de Toledo, representación que siguieron su hija 
doña Guioniíir y su nieta D.^ Ana Francisca (su hermano D. Diego murió 
sin sucesión); 2.°, D. Juan Colon de la Cueva y su hijo D. Carlos Colon de 
Córdoba y Bocanegra, marqués de Villamejor ; 3.°, D. Luis Colon, hijo legiti- 
mó de D. Luis de Ávila, casado con D.* María, una de las hijas de D. Cristóbal 
Colon de Toledo. Por muerte de ese D. Luis sahó á oponerse como de mejor 
derecho y línea preferente D. Diego Colon de Larreategui ; y 4.°, un descen- 
diente de la casa de Portugal que habia obtenido la posesión en 1605 y 1608. 

En 1664 se pronimció sentencia de vista por sólo siete ministros del Su- 
premo Consejo de Indias y del de Castilla, declarando tocar y pertenecer en 
propiedad el mayorazgo Colon y Ducado de Veragua á D. Pedro Colon de 
Portugal, cuarto nieto de D. Jacobo Stuard Colon de Portugal. Suphcó de esa 



COLON EN ESPAÑA. 419 

Cristo, no en ol enterramiento de los señores de Alcalá, que 
dice Zúüi¿ja, sino en el que hizo labrar D. Diego Lujan. En la 
misma capilla, dice Navarrete, fué igualmente dei)Ositado el hijo 
de Colon (D. Diego), el cual, según Oviedo, falleció en hi Pne- 
bla de Moutalban, d¡a viernes 23 de Febrero de 1526. 

En el de 153G se llevaron los restos de D. Cristóbal y de don 
Diego á la isla Esi)añola, cumpliendo la última voluntad de aquél, 
y se enterraron en la cai»illa principal de la catedral de Santo Do~ 
mingo. Pero ni allí pudieron gozar reposo. Pues á consecuencia 
del tratado entre España y Franciíi , resultante de la paz de Ba- 



sentencia y alegó de agravios, en 18 de. Aliril de 1G65, D. Diego Colon de 
Laneategui. Pero por su muerte y por la de su hijo D. ^íartin , que falleció 
sin hijos en 1741, pasaron sus derechos al limo. Sr. D. Pedro Colon de Lar- 
reategui, eu quien ¡í más de aquéllos se habían reunido los derechos de Moña 
Ana Francisca, nieta de D. Cristóbal Colon de Toledo. Aquel señor dio gran- 
de impulso al pleito, que todavía sufrió aplazamientos y dilatorias, á virtud 
de las gestiones del ]\Iarqués de Bélgida , representante de los derechos de 
doña Juana y de D. Carlos Colon de Córdoba y Bocanegra, y las de la casa de 
Berwik y Liria , en la que se habían refundido los de D. Pedro Stuard Colon 
de Portugal. 

Había fallecido en tanto (1770) el linio. Sr. D. Pedro Colon de Larreategui ; 
y aunque continuó representando sus acciones y derechos su hijo D. Mariano, 
notable jurisconsulto y grandemente relacionado en la corte, no se ultimó la 
revista del pleito hasta 16 de Junio de 1790, en cuya fecha se dictó sentencia 
declarando tocar j' pertenecer el mayorazgo Colon con el estado de Veragua á 
don Mariano Colon de Larreategui, y condenando al Dufjue de Berwik y Liria 
á que se lo dejase libre y desembarazado con todas sus pertenencias, con más 
á la restitución de frutos y rentas desde el día de la contestación á la demanda 
sobre propiedad. 

Todavía se entabló por las casas de Berwik y de Bélgida el recurso de se- 
gunda suplicación ante la sala de las Mil y quinientas; recurso que perdieron 
los apelantes por sentencia de 20 de Marzo de 1793, condenándoles ademas al 
pago de las 1.500 doblas de la ley. 

Y aun todavía acudió al Rey la Princesa de Castelf raneo , madre del Duque 
de Berwik , y el Rey pidió los autos con suspensión de la sentencia. Pero en 
vista de ellos y del parecer de personas doctas, se dictó la Real orden de 9 de 
Enero de 1796, devolviendo los autos al Consejo de Indias, para (pie procedie- 
se en virtud de la ejecutoria causada, como sí no se hubiesen susi)endídü sus 
efectos. {Documentos, aleyacianeif, etc., existentes en el Archiro del Excelen- 
tísimo Sr. Duque de Veragua.) 



420 COLON EN ESPAÑA. 

silea, y á solicitud del Duque de Veragua, sucesor de Colon, y 
del señor Aristizabal, comandante en jefe de la escuadra espa- 
ñola en las Antillas , se volvieron á trasladar las cenizas del hé- 
roe, en 22 de Diciembre de 1705, á la isla de Cuba, llevándose 
con gran majestuosidad y pompa á la iglesia de la Habana, 
donde fueron depositadas, dentro de una caja, en una de las pa- 
redes del altar mayor, al lado del Evangelio, con las inscripcio- 
nes oportunas. 

El rey D. Fernando decretóle, después de su muerte, un honor 
c( bastante barato » , como dice Irving. Mandó que se erigiese un 
monumento á su memoria con este rótulo : 

a A Castilla y á León 
Nuevo mundo dio Colony> (1). 

Mucho se ha estudiado á Colon, no para hacer su elogio, por- 
que para su elogio bastan su vida y sus hechos , sino para deter- 
minar su carácter y sus más notables cualidades. Se las ha ana- 
lizado con hábil mano y se ha procurado sintetizarlas con 
profunda mirada. Todo ha contribuido á enaltecer su nombre; 



(1) Más notable es el epitafio puesto sobre su sepulcro en la capilla de La 
Cartuja de Sevilla, que trascribió en sus Elegías de los varones ilustres de 
Indias nuestro poeta Juan de Castellanos. Hé aquí su texto : 

C( Hic locus ahscondit pr(Bclari membra Coloni 

Cujus saerum numen ad astra volat. 
Non satis unus erat sibi mundus notus, et orbem 

Ignotum priscis ómnibus ipse dedit. 
Divitias summas térras dispersit in oinnes, 

Atque animas cmlo tradidit innúmeras. 
Invenit campos divinis legibus aptos, 

Regibus et nostris prospiera regna dedit.y> 

«Cubren esta losa los preclaros restos de Colon, cuyo sublime espíritu 
voló li los cielos. — No era bastante para él el mundo conocido, y diónos un 
Nuevo Mundo ignorado de las pasadas generaciones. — Con ello den-amó por 
todas partes riquezas inmensas, y dio muchas almas al cielo. — Halló pueblos 
aptos para recibir los beneficios de la civilización, y dio á nuestros Reyes 
dilatadas y pingües regiones. » 



COLON EN ESPAÑA. 421 

pero posible es que aun no se le haya conocido bien, porque se 
lucha con la gran difienltad de definir el genio. El genio es 
nn problema complejo en su misma sencillez. Se ve ó se pre- 
siente, pero no se define. Alumbra como el sol, y como el sol 
parece oscuro cuando se le quiere examinar con los lentes de la 
ciencia. 

Colon tenía un corazón grande y un alma noble y elevada. 
Era nn homl)re de fe, de profundas convicciones, un verdadero 
creyente ; tenía un juicio claro y recto , y una voluntad suma- 
mente activa y enérgica. Por eso no se limitaba á saber, esto le 
parecía poca cosa; quería ejecutar. No le parecía bastante, no le 
habría satisfecho decir, como Arquímedes: «Dadme un jíunto 
de apoyo y levantaré el globo.» Era hombre práctico, y dijo: 
«Dadme barcos y surcaré el mar tenebroso, y os enseñaré los 
confines de la tierra. » Y le dieron barcos y descubrió un Nuevo 
Mundo, y enseñó que se podía navegar en su derredor el globo. 

Y ved aquí la dificultad de definir al genio. Se habla de Ar;- 
químedes, que sienta una tesis irrealizable, y se le califica de 
consumado sabio, que piensa y vive en la realidad. Se habla de 
Colon, que da realizada su tesis, y se le califica de soñador y de 

visionario. ¡ Ah I ¡ Los visionarios son los locos de Beranger ! 

Son los hombres de profundas convicciones, únicos cajmces de 
sentir el sagrado fuego del entusiasmo , pechos abiertos á la ab- 
negación, almas dispuestas al sacrificio. 

Y es que ni la ciencia ni el mundo aciertan á definir el genio. 
Es él el que se define á sí mismo, porque se muestra en sus 
obras. 

Y en todo es congruente. ¿Nace para l)rill;ir por la espada? 
Pues será devastador, iluminará como un meteoro; y al fin, se 
consumirá en la misma i)ira que levantaron sus hecatombes, que 
el mundo amedrantado llamó proezas. 



422 COLON E>í ESPAÑA. 

¿Viene, al contrario, j^ara abrir nuevos derroteros á la huma- 
nidad Y enseñarla con su ejemplo? Pues senl bienhechor y hu- 
mano, fervoroso y tolerante, despreciará la bajeza y no transi- 
girá nunca con la iniquidad. Le veréis siempre igual, inmutable 
siemi:)re. Magnánimo en la adversidad, comedido y sobrio en la 
fortuna, imperturbable en los peligros, sereno, pero vigilante en 
los bonancibles tiempos. Ni le seducirá el halago ni le doblará 
la amenaza; jíero, digno y leal en el servicio, será afable y pa- 
ternal en el mando. Su gran corazón desj)reciará los pequeños 
habilidosos medios, y su alma rechazará siempre los artificios 
para alcanzar altos y nobles fines. 

Pues tal fué Cristóbal Colon : sentia como escribia y obraba 
como sentia. En sus actos, como en sus palal)ras y en sus escri- 
tos, se refleja su carácter. En todo era congruente. Con la gran- 
diosidad de sus ideas concertaba la nobleza de su carácter, y con 
la grandeza de sus planes estuvieron en armonía los portentosos 
resultados de su realización. 

Porque es de notar que esos resultados sobrepujaron con mu- 
cho á las mismas grandiosas ideas del descubridor, ])ov tantos 
calificado de visionario. ¡ Ali ! Dice muy bien su gran historiador, 
dice muy bien : « ¡ Qué visiones de gloria hubieran encantado su 
espíritu, si hubiese sabido que habia descubierto, en efecto, un 
nuevo Continente, igual en magnitud al del Antiguo Mundo y 
separado por dos inmensos Océanos de toda la tierra hasta en- 
tonces conocida por los hombres civilizados ! ¡ Qué consuelo tan 
grande no hubiera recibido su alma magnánima, entre las aflic- 
ciones y los achaques de la edad, los enojos de la j)enuria, los 
desdenes del veleidoso público y la injusticia de un rey ingrato!.... 
¡ Qué consuelo tan grande, si hubiera podido jirever los imperios 
que iban á levantarse sobre el Nuevo Mundo que habia des- 
cubierto, las naciones y las lenguas que iban á extender por 



COLON EX ESTAÑA. 423 

aquellas tierras la fama de su uomhre, y á reverenciarle y Ijou- 
docirle hasta la más remota posteridad ! » 

En su visión intelectual supo leer los signos de los tiempos, y 
en los mitos y conjeturas de las i)asadas edades trazar las indi- 
caciones de un mundo desconocido. Si no le fué dado, como á 
Moisés, habitar la tierra prometida, hizo más que verla desde 
las alturas del monte Abarim : puso á los españoles en posesión 
y llevó á ella las corrientes civilizadoras de la Europa culta. 



ÍNDICE. 



Páginas. 

Dedicatoria v 

Introducción 7 

CAPITULO I. — Cristóbal Colon , su patria , época de su nacimiento, 
su modesta cuna , su educación. — Lánzase á la vida de marino en 
alas de su vocación. — Breve reseña de sus expediciones marítimas 
antes de fijarse en Portugal. — Cómo y dónde formó el atrevido pro- 
yecto de navegar al Occidente para buscar el extremo Oriente. — 
Mythos y tradiciones que confirmaban su pensamiento. — Matrimonio 
de Colon y su residencia en Porto Santo. — Noticias que allí reco- 
ge. — Aprobación de Paulo Toscanelli. — Fábulas y revelaciones su- 
puestas. — El piloto Alonso Sánchez. — Martin Behaim. — El relato 
de los Zeni. — Expediciones de los Escandinavos. — Proposición de 
su proyecto y auxilio que pide, para realizarlo, á D. Juan II, rey de 
Portugal. — Conducta de aquella corte, movida por los consejos de 
dos obispos. — Favorable opinión del Conde de Villa Eeal. — Colon 
receloso y airado abandona á Portugal y se dirige á España. — En- 
vía antes á Inglaterra á su hermano Bartolomé 51 

CAPÍTULO II. — Llegada de Cristóbal Colon á España. — ¿Se sabe 
la época ? — Divergencias y errores acerca de ella ; de dónde proce- 
den ; cuál es la verdadera fecha. — Primeros pasos dados por Colon 
en España. — Quiénes fueron sus primeros protectores. — Lo que 
hay de verdadero y lo que hay de inexacto en la visita al convento 
de la Rábida y conferencia con el prior fray Juan Pérez. — Decla- 
ración del Físico de Palos Garci-Hernandez. — Verdadera fecha de 
aquella confeencia. — Recursos con que contaba Colon. — Colonia 
italiana en Sevilla. — Juan Berardi. — El Duque de ^ledina-Sido- 
nia. — El de Medinaceh. — Notable carta de este último al cardenal 
Mendoza. — Alonso de Quintanilla. — Servicios que por de pronto 
prestaron esos dos personajes al navegante genoves 93 



426 ÍNDICE. 

Páginas. 



CAPÍTULO III. — Recapitulación. — Colon busca en Sevilla apoyo 
para sus proyectos y encuentra protectpres. — Quiénes fueron és- 
tos. — Cuándo se dirigió á Córdoba. — Opiniones acerca de este pun- 
to. — Las Casas. — Hernando Colon. — Salazar de Mendoza. — Ortiz 
de Zúñiga. • — Quién le facilitó el acceso á los Reyes. — Situación de 
éstos }' del país en atpiellos momentos. — Consejeros y privados. — • 
Unos apoyan y otros contrarían á Colon. — El cardenal Mendoza. — 
El prior de Prado. — ]\Iagnanimidad de la reina Isabel. — Primera 
entrevista de Colon con los Reyes. — Disposición de éstos con res- 
pecto al navegante genoves. — Desean dar largas al asunto, pero 
no despedir á Colon. — Acuerdo de someter sus pro3^ectos á una 
Junta de letrados y cosmógrafos. — A quién confian la reunión de 
esa Junta. — Conformidad en este punto de los historiadores Las 
Casas y Hernando. — Declaración decisiva del Dr. Rodrigo Maldo- 
nado. — Reunión de aquella Junta. — ; Acuerdo de la misma. — Fe- 
cha de su reunión é informe 115 

CAPÍTULO IV. — Omisiones que tuvieron D. Hernando y el mismo 
Las Casas, en orden á los protectores y auxiliares de Colon. — Alonso 
de Quintanilla. — Los hermanos Geraldini. — La Marquesa de Moya 
y su marido Juan de Cabrera. — Gaspar Gricio, secretario de la Rei-« 
na. — Doña Juana de la Torre. — El P. Gorricio. — El Dr. Chanca. — 
Fray Antonio de Marchena. — Cómo miró el Rey Católico el pro- 
yecto de Colon. — Opinión y conducta de Fr. Hernando de Tala- 
vera. — Cómo se condujo y por qué en la consulta del proyecto que 
los Reyes le encomendaron. — Medios de evacuar la consulta. — 
Junta de letrados y marinos. — En vista del informe de la Junta y 
de la resolución de los Rej^es , actitud y acuerdo que toman los pro- 
tectores de Colon. — Fr. Diego deDeza; sus cualidades y su influen- 
cia con los Reyes. — Parte que toma en aquel acuerdo. — ^ Viaje de 
los Reyes á Galicia. — Su detención en Salamanca. — Momento es- 
cogido para las célebres conferencias de aquella ciudad. — ¿ Quién 
era Fr. Antonio de Marchena ? — Error cometido al confundirle con 
el Guardian de la Rábida Fr. Juan Pérez 143 

CAPÍTULO V. — La Universidad literaria de Salamanca á últimos 
del siglo XV. — Sus profesores y maestros. — Sus hijos más ilustres. — 
Cultura que representaba y atmósfera que creaba y difundía. — Los 
claustros conventuales formaban parte integrante de la Universi- 
dad. — Constituciones de ésta. — Cátedras ó asignaturas que se en- 
señaban. — Conformidad de aquellos estudios con los conocimien- 
tos y opiniones de Colon. — Elementos externos de aquella Escuela 
y del Convento de dominicos de San Esteban. — Viaje de los Re- 

■ yes y su estancia en Salamanca durante el invierno de 1486 á 1487. 
Conferencias. — Sitios donde se celebraron. — Personajes, profesores 
y hombres de ciencia que á ellas asistieron. — Errores sobre este 
punto de Rosselly de Lorgues * . 165 



ÍNDICK. 427 

PllgillllS. 

• 

CAPÍTULO VI. — El pensamionío de las Conferencias do Salamanca 
surgió en oposición al infornuí de la Jiuita del Prior di' Prado. — 
Quién fué el iniciador de ese pensamiento. — Culón en Salamanca. — 
Partidarios allí del Prior de Prado. — Contrariedades que alli sufro 
Colon. — Conducta de Deza y do los protectores de Colon. — El con- 
vento de Dominicos. — Valcucvo. — Origen de la confusión de las 
Juntas de Córdoba y de las Conferencias do Salamanca. — Error 
de los historiadores sobre ese punto. — Irving , Prescott, Hum- 
boldt, Kosselly de Lorgues , Muñoz y Navarrete. — Hernando Colon 
y Las Casas La])lan de las Juntas del Prior de Prado, no de las Con- 
ferencias. — Los argumentos emplead()s contra el proyecto de Colon, 
de que hablan aijuellos escritores, eran imposibles en Salamanca. . 201 

CAPITULO Vil. — Conferencias de Salamanca. — Pruebas y testimo- 
nios de lo que fueron. — Fr. SalvadorM. Ivoselli, dominico. — Memo- 
rial de la Orden al rey Felipe V. — Fr. Antonio l\emesal. —Prado. — 
Velez de Guevara. — González Acuña. — Fr. Juan Melendez. — Es- 
pondauo. — Fernando Pizarro. — • B. de Argensola. — Dorado, Histo- 
ria de SalcuiKincd. — Cronicón de Valladolid. — Fernandez de Na- 
varrete. —Ortiz de Zúñiga. — El Cura de los Palacios. — Cuentos de 
Bossi y de Teodoro Bry. — La tradición. — La historia de la Univer- 
sidad. — Disciu'sos, memorias y revistas. — Historiadores y poetas. 229 

CAPITULO VIII. — Nueva lucha de Colon con motivo del premio y 
condiciones que requería para llevar á cabo su empresa. — Dificul- 
tades que produjo su iuflexibilidad en ese punto. — Partido que de 
ello sacaron Talavera y sus parciales. — Motivos que retenían á Co- 
lon en España. — Error y sistemática obcecación del conde Rosselly 
acerca de los vínculos que unian á Colon y á doña Beatriz Enri- 
quez. — Costumbres y leyes españolas de aquellos tieuq)Os, en lo 
que se refiere á la constitución de la familia. — Rompimiento de 
Colon con los Reyes. — Su visita al convento de la Rábida. — Fray 
Juan Pérez y el físico de Palos de Moguer. — Regreso de Colon á 
Santa Fe. — Nuevos tratos y nueva desavenencia con la reina Isa- 
bel. — Intervención de Santángel : su discurso á la Reina. — Deci- 
sión y rasgo sublime de ésta. — Capitulaciones de Santa Fe. . . . 247 

CAPÍTULO TX. — Elección de puerto. — Salida de Colon para el de 
Palos de Moguer. — Dificultades que se le ofrecen para encontrar 
buques y tripulación que le acompañen. — Ordenes Reales de coac- 
ción. — Su ineficacia. — Pavoroso terror de los marineros. — Auxi- 
lios de Fr. Juan Pérez. — Fehz hallazgo de los Pinzones. — Su con- 
dición, su fortuna y su resolución. — Con ellos y por ellos se dispo- 
nen y equipan las tres carabelas. — Buques, equipajes, tripulación. — 
Disposición de los ánimos. — Despedida. — 3 de Agosto de 1492. . . 275 

CAPÍTULO X. — riíiMER viaje. — Avería de la /*//i/rt. — Detención en 
las Cimarias. — Parten de la Gomera, rumbo á Occidente. — Se insi- 
núa el desaliento en las tripulaciones. — Principian á murmurar del 



428 ÍNDICE. 

' Páginas. 



largo viaje. —Se acentúan las quejas y las protestas. — Confianza j' 
superioridad de Colon. — El diez de Octubre acalla las quejas y do- 
mina los conatos de rebelión. — Se acercan á tierra. — La descubren 
el 12 de Octubre. — Isla Guanahaní. — Aspecto del país. — Estado y 
cualidades de sus habitantes. — Cuba y la Española. — Deserción de 
Martin Alonso. — Pérdida de la Santa María. — Til cacique Guaca- 
nagari. — Fortaleza de la Navidad. — Regreso. — Vuelve á unírsele 
Martin Alonso. — La tormenta. — Separación forzosa de la Pinta. — 
Arribada á las Azores. — Conducta de Castanheda. — Furioso tempo- 
ral, y nuevo peligro cerca de las rocas de Cintra. — Entra en el 
Tajo. — Colon y Alonso Acuña. — Visita al rey D. Juan y á la Rei- 
na. — Salida de Portugal y llegada á Palos 291 

CAPITULO XI. — Regreso de Colon. — Ovación que le tributó la po- 
blación de Palos. — Desgracia y muerte de Martin Alonso Pinzón. — 
Viaje de Colon á Barcelona. — Entrada triunfal en la capital del 
Principado. — Presentación á los Reyes. — Homenajes que se le rin- 
den y lauros que allí recibe. — Impresión que el descubrimiento cau- 
só en España y en Europa. — Emulación del Rey de Portugal. — 
Bulas pontificias. — Preparativos para el segundo viaje de Colon. — 
Buques , gentes y equipos. — Fonseca y Soria. — El Padre Boil. — 
Sale Colon de la bahia gaditana el 5 de Setiembre de 1493. — Lle- 
gada á las islas Caribes. — La Dominica, la Guadalupe, la San Mar- 
tin. — Antropofagia. — Descubre á Puerto-Rico. — Llegada á la Es- 
pañola. — Catástrofe de la Navidad. — Sus causas. — Caonabo y los 
otros caciques. — La Isabela. — Las montañas del Cibao. — Conducta 
de Bernal Diaz, de Aguado, de Margarite y del P. Boil. — Triunfos 
de Ojeda. — Excursión de Colon por las costas de Cuba y de Ja- 
maica. — Regreso á la Española. — Su enfermedad.— Feliz llegada 
de su hermano Bartolomé. — Derrota de los caciques. — Sumisión de 
los indios. — Prisión de Caonabo. — Llegada de Antonio Torres. — 
Llegada de Aguado. — Su conducta y sus propósitos. — La tempes- 
tad. — Miguel Diaz y las minas de Haina. — Salida de Colon y Aguado 
para España 309 

CAPÍTULO XII. — SEGUNDO VIAJE. — (Continvadon.) — Colon saca de 
la Española enfermos y descontentos, y con ellos á Caonabo y sus 
deudos. — Detención en la isla Guadalupe. — Dificultades de la nave- 
gación. — Falta de provisiones y malas instigaciones del hambre. — 
Superioridad de Colon y sus certeros anuncios de tierra. — Llegada 
á Cádiz sin Caonabo. — Desembarco glacial. — Mal sesgo de la opi- 
nión. — Fonseca y sus secuaces. — Pedro Alonso Niño. — Los Reyes 
reciben afablemente á Colon en Burgos. — Preocupaciones délos mo- 
narcas : empresas y gastos que ocasionan. — Orden para ima tercera 
expedición del Almirante. — Dificultades que se le oponen y dila- 
ciones que la retardan. — Atenciones y beneficios que le prodiga la 
Reina. — Medidas adoptadas para la colonización. — Juicio acerca 



ÍNDICE. 429 

Páginas. 

de ellas. —Desgracias que afligen á la reina Isabel. — Dilaciones 
que exasperan á Colon. — Desfogue de su enojo. — Jinieno de Bri- 
viesca. — E(iuipo de seis carabelas en Sanlúcar 335 

CAPÍTULO XIII. — TERCER VIAJE. — Seis carabelas parten de Saulú- 
car. — Cabo Verde. — Latitudes calmosas. — Padecimientos (jiie oca- 
sionan los calores y la calma. — Arribo á las costas de Paria — Isla 
de la Trinidad. — Cabos, corrientes, dificultades y peligros que ofre- 
cen. — Boca de la Sierpe. — Bocas del Dragón. — Gulfo de Paria. — 
Los Jardines. — Nuevo rumbo ú la Española. — Estado de Colon, 
de sus buques y tripulaciones. — Estado de la isla. — Luchas soste- 
nidas por el Adelantado. — Sublevación primera de Guarionex. — 
Rebelión de Roldan y de Mogica. — Infidencias. — Nueva subleva- 
ción de Guarionex. — Capitulaciones con Roldan. — Campaña del Ci- 
guay. — El cacique Mayobanex. — Prisión de los cacitiues.— Llegada 
de Coronel. — Engaños de Roldan. — Clandestino arribo de Ojeda. — 
sus luchas y sus inteligencias con Roldan. — Guevara en Jaragua. — 
Mogica en la Vega : su prisión y su muerte. — Guevara y Ricjuel- 
me. — Llegada de Bobadilla. '— Cartas Reales. — Alardes y escánda- 
los. — Prisión del Almirante y de sus hermanos. — Magnanimidad 
de Colon. — Conducta de ViUejo y de Andrés Martin 345 

CAPÍTULO XIV. — CUARTO viaje. — Efecto que produjo en España 
la llegada de Colon preso y encadenado. — Indignación general. — 
Conducta de Colon. — Orden de los Reyes para ponerle en libertad 
y á sus hermanos. — Colon ante los Reyes. — Su vindicación. — 
Ofrecimiento de reponerle en sus honores, dignidades y cargos. — 
Conducta del Rey Católico. — Proyectos de Colon. — El rescate del 
Santo Sepulcro. — Buscar un ¡laso al mar de la India. — Cuarto viaje 
de Colon. — Misión de Ovando. — Equipo y salida de la gran flota 
para la Española. — Dificultades y tropiezos que aplazan la cuarta 
expedición de Colon. — Su salida de Cádiz. — Prohibición y encar- 
go. — Colon en Arcilla. — Colon en la ria de Santo Domingo. — 
Niégale Ovando la entrada en el puerto y el trueque de una cara- 
bela. — Consejo de Colon despreciado. — Zarpa la escuadra de Bo- 
badilla. — La tempestad. — El naufragio. — Colon y los suyos lle- 
gan salvos á Puerto Hermoscj 365 

CAPÍTULO XV. — CUARTO viaje. — (Continuación.) — Salida de Puer- 
to Hermoso. — Arribo á la costa de Honduras. — Indios de Yuca- 
tan. — Rumbo al Sudeste en busca de un estrecho. — Mal estado 
de las carabelas : corrientes : vientos contrarios. — Cabo de Gracias 
á Dios. — Rumbo al Sur. — Costa de Mosquitos. — Llegan á Ver- 
agua. — Riqueza del país. — Rumbo al Este en busca del estrecho. — 
Puerto Belü. — Puerto del Retrete. — Colon desiste y retrocede á 
Veragua. — El Adelantado explora el país. — Rio y puerto de Be- 
lén. — Asiento de una colonia. — El cacique Quibian y su conducta. — - 
Su prisión y su fuga. — Partida de Colon. — Peligros de la coló- 



430 índice. 



t ginas. 



nia. — Diego Mentlez. — Diego Tristan. — Pedro de Lodesma. ■ — 
Enfermedad y sneuo ó visión de Colon. — Abonanza el tempo- 
ral. — Las carabelas recogen al Adelantado y sus compañeros de la 
colonia. — Las tres carabelas maltrechas y sin provisiones hacen 
rumbo á la Española para i")edir auxilios 379 

CAPÍTULO XVI. —CUARTO viaje. — ( Continuación. ) — Dificultades 
del regreso. — Rumbo al Sur y al Sudeste. — Abandono de otra cara- 
bela inútil en Puerto-Belo. — Islas mulatas. — Golfo de Darien. — 
Rumbo al Norte. — Cayos del Sur de Cuba. — Cabo de Santa Cruz. — 
Estado de los buques. — Los vientos contrarios impiden el arribo á 
la Española. — Forzoso arribo á Jamaica. — Inservibles las carabelas, 
Colon manda encallarlas. — Providencias que toma en la bahía de 
Maima. — Rasgos heroicos de Diego Méndez. — Conciertos con los in- 
dios. — Ofi'ecimiento de ir á la Española. — Lo ejecuta en una canoa. — 
Compañeros de expedición y peligros de la travesía. — Rebelión y 
atentados de los hermanos Porras. — Efectos que produce en los in- 
dios. — Recurso de Colon para dominarlos y atraerlos. — Llegada de 
Escobar. — Conducta de Ovando. — Combate campal del Adelantado 
con los rebeldes. — Derrota y prisión de Porras. — Celo y dihgencia 
de Diego Méndez.— Compra y equipa un buque; y Ovando entonces 
prepara otro y los da á Salcedo para ir en busca de Colon.— Sale éste 
con todos los náufragos de Slaima. — Su llegada á la Española y su 
recibimiento en Santo Domingo. — Diferencias con Ovando. — Sahda 
para España. — Su arribo á Sanlúcar y su traslación á Sevilla. . . . 393 

CAPÍTULO XVII. — Colon en Sevilla. — Su estado y situación.— Sus 
reclamaciones infructuosas; — La muerte de la Reina agrava su si- 
tuación.— Conducta del Rey CatóHco para con Colon. — Motivos y 
objeto de esa conducta. — Noble actitud del Almirante. — Sale para 
Segovia. — Enferma en Salamanca. — • Petición de Diego Méndez. — 
Presentación al Rey y recibimiento que éste le hace — Juicio de 
Las Casas sobre la conducta del Rey.-— Junta de descargos. — Colon 
en Valladohd.— Agravación de su padecimiento. — Envia á su her- 
mano á cumplimentar en Laredo á doña Juana y á su esposo. — Otra 
esperanza frustrada. — Últimos dias de Colon. — Carta á su amigo 
Fray Diego de Deza. — Disposición testamentaria. — Muerte de Co- 
lon. — Traslaciones que sufren sus restos. — Honores postumos. — 
Carácter y cualidades de Cristóbal Colon 407 



Queda heclio el dcviúsito que previene la ley para garantir el deroclio de propiedad. 




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ciados, 1 , á cuyo cargo está la administración de esta obra. 



DEI. MISMO AUTOR. 



I 



PKEOIO. 
Pesetas. 



Historia de la Geografía, un tomo 4 

Estudio sobre Biolog'ia social, un tomo 1 

El Jurado y su establecimiento en España 1 



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