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COMPENDIO 



DE 



HISTORIA DE AMERICA 



COMPENDIO 



DE 



HISTORIA DE AMÉRICA 



POR 



MANUEL SERRANO Y SANZ 



O V. 




BARCELONA 

JUAN GILT, EDITOR 

581, CORTES, 581 
190r. 



K8 PROPIEDAD 



tipografía UKL KDITOU, BAUUKLONA 



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i ov I IBRARY 



n 



ÜNIVERSITY OF CALIFORNIA 
SANTA BARBARA 



ADVERTENCIA 



El presente Compendio sólo tiene por objeto vulgarizar la 
historia de América, cuyo descubrimiento, según decían 
nuestros cronistas del siglo XVI, es el suceso más grande, 
exceptuadas la creación del mundo y la redención del géne- 
ro humano, y cuya conquista y colonización serán eternamen- 
te gloria de España. A fin de que las personas estudiosas 
amplíen si quieren estas nociones, indico las principales 
obras que se han publicado acerca del Nuevo Mundo ó de 
cada uno de sus pueblos. He adoptado el método geográfi- 
co porque me parece más claro y sencillo, y sobre todo más 
adecuado al fin que se persigue con esta obra, pues acaso 
el sincrónico produciría alguna confusión; por eso, después 
de reseñar la América prehispánica, los descubrimientos 
hechos en aquel continente durante la Edad Media y los via- 
jes de Colón y de sus continuadores en el primer tercio del 
siglo XVI, refiero la historia de cada una de las naciones ame- 
ricanas, cuyas antiguas divisiones administrativas han des- 
aparecido con la independencia de nuestras colonias. Y como 
según el concepto novísimo déla Historia, ésta abarca todas 
las manifestaciones de la vida, no trazaré solamente la polí- 
tica y militar, sino que añadiré algo de la religiosa, científi- 
ca, literaria, artística y social, para que el lector conozca 
cómo la civilización cristiana se introdujo en América y se 
ha ido luego desarrollando. 



I 



CAPÍTULO PRIMERO 

Razas primitivas de América.- Origen de su civilización 

La existencia del hombre en América durante el 
período plioceno (i) ha sido creída por algunos geólo- 
gos, pero á nuestro juicio sin pruebas suficientes. Cier- 
to es que se halló en el monte de la Tahle (Califor- 
nia) en el año de 1868, un cráneo debajo de lava endu- 
recida; mas también se encontraron morteros, instru- 
mento que no aparece hasta el período neolítico, (2) lo 
cual disminuye la antigüedad de aquellos restos: ade- 
más no está demostrado que dicho terreno sea plio- 
ceno. 

Bastante probable es que el género humano se ha- 
llase propagado ya en América poco después del Di- 
luvio, á comienzos de la Edad Cuaternaria, pues se 
han descubierto huesos de hombre y varios objetos 
de piedra en Xueva Orleáns, Jacksonville (Estados 
Unidos) y Mercedes (la Argentina), deduciéndose que 
pertenecían á una raza muy semejante á la de Cans- 
tadt. Esta, que ha sido estudiada principalmente en 
Europa, donde se propagó rápidamente y habitó lar- 

(1) Uno de los tres en que se divide la Edad Terciaria, y son: eoce- 
no, mioceno y plioceno. 

(2) El segundo de los que comprende la Edad de Piedra; el prime- 
ro es llamado artjwolUico 6 paleolUico. 



— 8 — 

gos siglos, era dolicocéfala y además platicéfala, 
esto es, de cabeza larga y estrecha y aplanada la bó- 
veda del cráneo, como se ve en el famoso de Nean- 
derthal; tenía una capacidad cerebral pequeña; las 
órbitas grandes y casi circulares, pómulos salientes y 
el maxilar superior prognata, esto es, inclinado hacia 
delante; la estatura baja; los huesos fuertes y la cons- 
titución vigorosa. Vivía de la caza y de la pesca; 
sus armas eran de piedra y tenían varias formas, lan- 
ceolada, amigdaloide ó de almendra, y ovoidea, siem- 
pre de pequeñas dimensiones; con ellas atacaba al 
mammuth, al megaterio y otros formidables animales 
que entonces abundaban. 

A la raza nahoa, que pobló la mayor parte de los 
Estados Unidos, se debe la construcción de los mminds, 
ó sean, montañas artificiales, numerosas desde Min- 
nesota á la Florida y desde Kansas á Pensilvania; 
servían de fortificaciones y de templos, y á veces su 
forma semejaba la de un animal, por cuya razón son 
denominados algunos animal-inounds. Los pieles rojas 
que veían estos antiguos monumentos cubiertos de 
árboles seculares, nada sabían del pueblo que los 
construyó. De tal manera abundan que en sólo el es- 
tado de Ohio pasan de 10.000, teniendo algunos el 
volumen de 150.000 y 200.000 metros ciibicos, lo 
cual representa un inmenso esfuerzo y gran densi- 
dad de población. 

A esta raza precedió"en Méjico una de color negro, 
de la que cita no pocos restos y testimonios el señor 
Chavero, (i) siendo reemplazada en aquella región por 
la otomí y más al Sur por la maya-quiché, razas que 

(1) Mé.ciai á través de los siglos; tomo I, págs. 63 y 64. 



- 9 

más ó menos modificadas se conservan actualmente. 
Ambas hablaban un idioma monosilábico y procedían 
del Asia, unida antes al Nuevo Mundo por el estre- 




El mound Manéird, en Arkansas. 

cho de Behring, pues no parece sostenible la emigra- 
ción oriental, siendo, como es, la existencia de la At- 
lántida una cosa problemática, como también el ori- 
gen egipcio de la arquitectura maya. Con ellas alter- 



— 10 — 

nó la raza nahoa, que también se hallaba en la Edad 
de Piedra cuando llegó, siendo numerosos los utensi- 
lios de esta materia que se han encontrado, como son, 
ñechas, lanzas de obsidiana y cuchillos de sílex. Creían 
los nahoas en un Dios creador de todas las cosas, á 
quien denominaban Ometecuhtli; tenían además otras 
divinidades menores, cuales eran Xiuhtecuhtlitletl, 
Huitzilopochtli y Tlaloc. líeconocían la inmortalidad 
de las almas, para las que imaginaban cuatro para- 
jes distintos; al cuarto, que era el más hermoso, ilu- 
minado siempre por el sol, iban las de los guerreros 
muertos en combates. 

Con diferir entre sí bastante las razas americanas, 
pues no es posible confundir los fornidos patagones 
con los enanos esquimales, ni los quechuas con los 
aztecas ó los guaraníes, coincidían, sin embargo, en 
algunos caracteres, á saber: la platycnemia ó forma 
aplastada de la tibia; la compresión del fémur y la 
perforación del húmero entre sus cóndilos inferiores; 
los cráneos dolicocéfalos fueron modificándose con el 
tiempo hasta predominar la braquicefalia. Por la rec- 
titud de los ojos diferían de la raza amarilla. 8u as- 
pecto los distinguía de otros pueblos; tenían el pelo 
negro, lacio y espeso; la barba rala; los ojos más 
ó menos rasgados, pero siem]>re horizontales; los pó- 
mulos algo salientes; la nariz chata, pocas veces agui- 
leña; la boca grande; la expresión, melancólica en las 
regiones tropicales y llena de ferocidad en muchas 
tribus del Xorte; la talla pequeña, excepto en los pa- 
tagones y algunos otros pueblos. 

En cuanto al origen de la civilización que hallaron 
los españoles en América se han sustentado las opinio- 



— 11 — 

lies más diversas; novísimamente un docto escritor ha 
querido probar que tenía su cuna en el Asia y que los 
restos de creencias y ceremonias cristianas observa- 
das por varias tribus, como por ejemplo, la cruz, el 
bautismo, la confesión, las comunidades de vírgenes 
y una vaga noción de la Trinidad, procedían de los re- 
ligiosos buddhistas, quienes las tomaron de los católi- 
cos por intermedio de los herejes nestorianos que ha- 
bían propagado sus doctrinas religiosas en las regiones 
del extremo Oriente, (i) Opinión que á nuestro juicio 
no descansa en pruebas sólidas, ofreciendo además 
el inconveniente de dar á la civilización y raza ame- 
ricanas un origen menos remoto del que tienen. Todo 
induce á pensar que la cultura de aquellos pueblos 
fué autóctona, y que si algunas coincidencias mues- 
tra con la de varios pueblos antiguos (Egipto y Cal- 
dea), no hay en tal fenómeno relación de causa y 
efecto. 

(1) Ensayo sobre la América precolombina, por D. Narciso Sentenach. 
Toledo. Impr. de la V. de J. Peláez, 1898. 



CAPÍTULO II 



Los precursores de Colón; viajes y descubrimientos de los 
europeos en la América del Norte durante la Edad Me- 
dia. — Doctrinas anteriores á Colón referentes á la exis- 
tencia del Nuevo Mundo. 



Los normandos, aquellos célebres piratas de la 
Edad Media que saliendo de Escandinavia llevaron el 
terror y la desolación por las costas meridionales de 
Europa, fueron los primeros en llegar al Nuevo con- 
tinente. Arrojados sus buques por una tempestad, arri- 
bó á Islandia en el año de 861 el guerrero Naddodd; 
en aquel país se estableció á últimos del siglo X Erico 
el Rojo y fundó una población llamada Brattahild. 
Desde allí pasaron los normandos á la Groenlandia, 
donde fundaron colonias que en el siglo XIII conta- 
ban más de 10.000 habitantes. P]n el año de 1000, Leif 
Eriksons aprestó un buque, se dirigió hacia una re- 
gión desconocida, vista por Bjarne, y llegó según se 
cree á la isla de Terranova, llamada por los ingleses 
Foundland y que él bautizó con el nombre de Hellu- 
landia (país pedregoso). Posteriormente visitaron los 
normandos otros países del Norte de América: la Tie- 
rra de Labrador, Nueva Escocia y Nuevo Brunswick; 



- 13 — 

pero no se establecieron allí, de manera que cuando 
los europeos llegaron á estos países en el siglo XVI 
no encontraron vestigios de aquellos audaces nave- 
gantes. 

Descubierta la G-roeiilandia y exploradas las co- 
marcas vecinas de Hellulandia, Marklandia, Vinlan- 
dia y Huitramannlandia, que corresponden á las lla- 
madas hoy Tierra de Labrador, Terranova, Nuevo 
Brunswick y la costa de los Estados Unidos hasta el 
Maryland, el Cristianismo se propagó en aquella re- 
gión por el celo del obispo sajón Jonus, á mediados del 
siglo XI, obra que continuó el irlandés Eric-Upsi. 
Creóse una diócesis cuya capital era Cardar; su pri- 
mer obispo fué Amoldo, consagrado en el año de 1126; 
esta diócesis subsistía á últimos del siglo XV, no obs- 
tante las invasiones de los bárbaros del continente 
americano que la devastaron en 1418; consta en va- 
rios documentos de los Archivos del Vaticano la se- 
rie de Obispos que rigieron aquella Iglesia, de ma- 
nera que no se trata de hipótesis, sino de hechos pro- 
bados gracias al Dr. Luka Jelic, quien ilustró esta 
página de la Historia eclesiástica en una preciosa mo- 
nografía. (1) 

Menos ciertos que estos viajes son otros que se atri- 
buyen á los vascongados, quienes se dice que entre- 
gados á la pesca del bacalao arribaron á las playas de 
Terranova en el siglo XIV; lo mismo decimos del 
francés Juan Cousin de cuyas navegaciones sólo hay 

(1) Ecangelización de Aménca antes de Oristóbal Colón. Publicóse en 
el tomo V del Compte-rendu del Congreso católico celebrado en París 
en el año de 1S91 ; páginas 170 y siguientes. Fué traducida al castellano 
por D. Pedro Roca, é impresa en Madrid, año 1892. 



— 14 — 

confusas y vagas noticias. En cuanto á Nicolás y An- 
tonio Zeno, sólo hay de verdad, á lo sumo, que visita- 
ron las costas de la América septentrional conocidas 
por los normandos. Más visos de probabilidad tiene el 
viaje de cierto piloto español de quien ya en tiempo 
de Colón se decía que había precedido á éste en el 
descubrimiento del Nuevo Mundo, adonde fué lanza- 
do por una borrasca; y tanto, que el P. Las Casas en 
su Historia de las Indias se ocupa con detenimiento 
de este hecho que no niega de una manera rotun- 
da. (1) 

Error craso es imaginar que los descubrimientos 
más grandes y las obras científicas y aún literarias 
carecen de antecedentes, siendo producto solamente 
de un genio que hace brotar la luz donde sólo halda 
tinieblas; lejos de esto, se da casi siempre una elabo- 
ración que puede calificarse de anónima por tratarse 
de ideas que poco á poco se van arraigando en las in- 
teligencias, ni más ni menos que el sol aparece por 
grados en el horizonte. Siglos antes de que Colón na- 
ciera, ya Séneca en su tragedia Medea anunciaba que 
pasando los años se descubrirían más allá del Océano 
países dilatados; versos que Colón conocía muy bien 
y que tradujo él mismo en estas palabras: «Ver- 
nán los tardos años del mundo, ciertos tiempos en los 
quales el mar Occeano afloxará los atamientos de las 
cosas y se abrirá una gran tierra y un nuevo marine- 
ro como aquel que fué guía de Jasón, que hovo nom- 



(1) He aquí lo que dice éste en su Historia de las Indias, tomo I, 
pág. 106: «Bien podemos pasar por esto y creerlo ó dejarlo de creer, 
puesto que pudo ser (jue Nuestro Señor lo uno y lo otro le trajese (á 
Colón) ií las manos, como para efectuar ol)ra tan soberana». 



— 1.-) — 

bre Tiphi, descobrirá nuevo mundo, y entonces non 
será la ysla Tille la postrera de las tierras», (i) 

Las tradiciones consignadas por Platón y otros es- 
critores acerca de la Atlántida, misterioso continente 
que había existido más allá de las Canarias y que fué 
luego sumergido en las aguas, se recordaban todavía, 
haciendo sospechar que quizás se conservara parte de 
aquella región; descubiertas más allá de las columnas 
de Hércules las islas Canarias, las Azores y la de Ca- 
bo Verde, todo hacía pensar que habría otras más 
adelante. Además, en la Edad Media se hablaba de las 
islas Antillas y de San Brandan, que se suponían al 
(accidente de Portugal; el Cardenal Pedro de Ailly, 
conocido generalmente con el apellido de Aliaco, es- 
cribió un libro muy estudiado por Colón, rotulado Be 
Í7nagine mundi, probando la esfericidad de la tierra y 
la posil)ilidad de ir á las Indias orientales navegando 
por el Atlántico. La idea estaba formulada (2) y sólo 
se necesitaba que apareciese un hombre de genio que 
haciéndola suya convirtiese la aspiración en un he- 
cho y la hipótesis en realidad; la Providencia encar- 
gó misión tan alta al genovés Cristóbal Colón. 

(1) Tre.^ autógrafos de Oolón. Artículo del Sr. Rada y Delgado pu- 
blicado en la revista El Centenai-io, tomo 111, págs. 219 á 229. 

(2) Pablo Toseanelli escribía á Colón en el año de 1474, si no es apó- 
crifa, según parece, la carta que copia el P. Las Casas: «Yo veo en tu 
deseo magnífico y grande á navegar en las partes de Levante por las de 
Poniente, como por la carta que yo te envío se amuestra, la cual se amos- 
trará mejor en forma de esfera redonda; pláceme mucho sea bien en- 
tendida, y que es el dicho viaje no solamente posible, más que es ver- 
dadero y cierto é de honra é ganancia inestimable y de grandísima 
fama entre todos los cristianos». Véase la Hütm-ia de las Indias, \K>r el 
P. La-s Casas; tomo I, págs. 92 á 96. 



CAPÍTULO III 



Cristóbal Colón.— Su patria, juventud y primeras navega- 
ciones. — Residencia en Portugal. — Ofertas que hizo á los 
Reyes Católicos. — Contradicciones que halló. — Tratado 
que por fin celebró con aquéllos. — Su primer viaje y des- 
cubrimientos que realizó. — Regreso á España.— Segundo 
viaje; triste fin de los españoles que habían quedado en 
la isla Española. — Tercer viaje.— Es enviado Colón á Es- 
paña cargado de cadenas. — Cuarto viaje.— Últimos años 
de Colón. — Su muerte. (1) 



Del mismo modo que siete ciudades griegas pre- 
tendieron ser la patria de Homero, varias poblacio- 
nes de Italia han alegado ser la cuna de Cristóbal 
Colón; á saber: Nervi, Savona, Piacenza, Cuccaro, 
Quinto, Cogoletto, Bugiasco y Genova; lo más pro- 
bable es que naciese en Genova ó en alguno de sus 
suburbios, pues él así lo afirma en la institución de 
un mayorazgo hecha á 22 de Febrero de 1498; sin 
embargo, han dudado muchos de tal aserción, supo- 

(1) Los principales libros para el estudio de la vida de Colón son: 
La historia de D. Cristóbal Colón, que comjmso en castellano D. Fernan- 
do Golón, su hijo, y traduxo en toscano Alfonso de Ulloa, miella á tradu- 
cir en castellano por no parecer el original. Madrid, 1749; 1 vol. en 4." 
de 128 págs. Reproducida en Madrid, año de 1892 por el librero y editor 
Pedro Vindol, en 2 vol. en 8.°. La autenticidad de esta obra ha sido 
muy puesta en duda; pero aunque no es apócrifa, tiene cuando menos 



— 17 — 

niendo que Colón no quiso declarar su pueblo natal 
por motivos que se ignoran. Tampoco es segura la fe- 
cha de su nacimiento, que parece tuvo lugar en el 
año de 1436, pues Andrés Bernáldez, en su historia de 
los Eeyes Católicos (cap. CXXXI), dice que falleció 
en 1506 «de la edad de 70 años, poco más ó menos». 
Sus padres fueron Domenico de Colombo, (i) apellida- 



mny poca autoridad, á juzgar por los errores que hay en ella. — Historia 
df /as Indias, por Fr. Bartolomé de las Casas. Madrid, 1875-1876; 3 
vol. en 4.". Forman parte de la Colección de documentos inéditos para la 
Historia de Espafía. — Colección de los viajes y descubrimientos que hicie- 
ron por mar los espafíole,<í desde fines del siglo XV. Madrid, Impr. Real, 
1825 á 1837; tomos I y IT. — Vida y viajes de Cristóbal Colón, por Was- 
hington Irving. Madrid, impr. de Gaspar y Roig, 1854; 1 vol. en 4.0, 
con gff'bados. — Historia de Cristóbal Colón ¡i de sus viajes, por Roselly 
de Lorgues. Traducida en español por Mariano Juderías. Cádiz, 1863. 
Otrfi versión castellana hecha por D. Pelegrín Casabó y Pagas fué publi- 
cada en Barcelona, impr. de Espasa hermanos, en el año de 1878. Cons- 
ta do 3 vol. en 4." mayor. Esta obra peca de exageración en lo referen- 
te al carácter de Colón, á quien Roselly de Lorgues consideraba como 
Santo. — Cristóbal Colón, Descubrimiento de las Américas, por Alfonso de 
Lamartine. Madrid, 1885; 1 vol. en 8.°. Es libro admirable desde el pun- 
to de vista literario, pero muy insuficiente como obra histórica. — His- 
toria del descubrimiento >/ conquista de América, con notas ¡i aclaraciones 
de I). Cesáreo Fernández Duro, por Joaquin, Enrique Campe. Madrid, 
1892, 2 vol. en 4.". — Cristóbal Colón, su vida, sus majes ?/ sus descubrí^ 
luientos, por D. José María Asensio. Barcelona, Espasa y C.» editores, 
1891 ; 2 vol. en folio. Es el libro más notable que se ha publicado en 
España referente á Colón. Quien desee conocer más escritos referentes 
al descubridor de América, vea la Bibliografía Colombina, enumeración 
de libros jl documentos concernientes á Cristóbal Colón y sus viajes, publi- 
cada por la Academia de la historia en el año 1892; 1 vol. en folio. Tam- 
bién el Dictionary of Books relating to Amei-ica, from its discovery to the 
present time, por José Sabin. D. Marcelino Menéndez y Pelayo publicó 
en la revista El Centenario (1892) un hermoso estudio acerca de los his- 
toriadores de Colón. Reproducido por el autor en sus Estudios de a-Ui- 
ca literaria; segunda serie; págs. 201 á 304. 

(1) La familia de los Colombo se había propagado no sólo en Italia 
y el Mediodía de Francia, sino también por España, pues ya hacia el 



18 



do de Terra-ruhra, cardador de lana, y Susana 1^ "onta- 
narrosa, quienes tuvieron cuatro hijos y una hija; 
además del primogénito Cristóbal, Bartolomé y Die- 




Retrato supuesto de Cristóbal Colón 

(Biblioteca Nacional de Madrirl) 

go adquirieron notoriedad por la parte que tomaron 
en las empresas de aquel; nada se sabía de la herma- 
na hasta hace pocos años que se halló en Genova un 



año de 142r) vivía en Córdoba un Bartolomé Colón; véase el artículo de 
D. U. Ramírez de Arellano: Datos nuevos referentes á Beatriz Enri- 
(jues de Arana y los Aranas de Córdoba publicado en el Boletín de la 
Beal Academia de la Historia del aiio de 1900; tomo II, págs. 461 á 469. 



— 19 — 

documento donde es mencionada Blanca, hija de Do- 
monico Colombo, (tedor pannorum), casada con San- 
tiago Bavarello. En cuanto á los primeros años de 
Colón dice él: «De muy pequeña edad entré .en la mar 
navegando»; y su hijo Fernando, autoridad algo sos- 
pechosa, asegura que era ya marino á los 14 años. 
Más adelante entró á las órdenes de Eenato de An- 
jou y por orden de éste, al mando de una galera, hizo 
una expedición á Túnez hacia el año de 1460, para apo- 
derarse de la galeaza Fernandina; es de advertir que 
los genoveses favorecían las. pretensiones de Eenato 
al trono de Ñapóles y le ayudaban en sus guerras. No 
consta que estudiase en Universidad alguna, así que 
todos sus conocimientos los adquirió con la experien- 
cia; fué un verdadero autodidacto. Novísimas investi- 
gaciones hacen sospechar que por muchos años fué 
pirata, (i) Arribó á España por vez primera cuando á 
13 de Agosto de 1476 libróse un combate naval iun- 
to al Cabo de Santa María entre genoveses y venecia- 
nos y se incendió el buque en que navegaba. (2) En- 
tonces se estableció en Portugal, donde contrajo ma- 
trimonio con Felipa Moguiz Perestrello, según parece 
en la ciudad de Lisboa; era aquélla hija de Bartolomé 
Perestrello que gobernaba la isla de Puerto Santo, y 
con tal motivo Colón hizo un viaje á ésta y residió 
allí algún tiempo. Continuando sus navegaciones lle- 
gó por el Norte hasta la íslandia en el año de 1477, y 
por el Sur hasta la Guinea. 

(1) Véase Man datoíí para la vida de Crüíól/al Colón, por D. A. Paz 
y Melia (El Centenario; tomo III, págs, 115 á 12.t y 156 á 165). 

(2) I^a fecha de 21 de Agosto de 1485 íjue da el Sr. Asensio en la 
obra citada, tomo 1, pág. 46, es inexacta. 



— 20 — 

La experiencia de tantos viajes, sus conocimientos 
de Cosmografía, ciencia á que se consagraba algo; los 
apuntes y observaciones de su suegro, colonizador de 
Puerto Hanto, y más que nada la lectura de una car- 
ta que Pablo Toscanelli escribió en Junio de 1474 al 
canónigo portugués í^ernando Martins indicándole 
una ruta para llegar á la India por los mares de Oc- 
cidente, le hicieron concebir la idea de que siendo la 
tierra esférica podía llegarse á las Indias Orientales 
navegando por el Atlántico, en menos tiempo que 
dando la vuelta al África. Es de advertir que Colón 
tenía un concepto muy falso de las dimensiones de 
nuestro planeta, al que suponía menor de lo que es: 
feliz equivocación que sirvió de base á sus proyectos. 
En el año de 1484 comunicó sus pensamientos al rey 
Juan n de Portugal, quien sometió la cuestión á una 
junta de cosmógrafos que desechó los planes de Co- 
lón; sin embargo, el monarca, conduciéndose indigna- 
mente, hizo que saliese una carabela á realizar el des- 
cubrimiento y sin dar parte á Colón; éste, luego que 
lo supo y los expedicionarios regresaron sin conse- 
guir su intento, 0-) vino á fines de 1484 á España y se 
dirigió á la villa de Palos donde vivía su cuñado Mu- 
liarte, casado con una hermana de la ya difunta doña 
Felipa. Yendo con su hijo Diego, á la sazón de pocos 
años, llegó al monasterio de la Habida y fué socorrido 
por Fr. Antonio de Marchena, á quien dio cuenta de sus 
proyectos, que entusiasmaron al docto religioso, pro- 
tector suyo en adelante. Dejado el niño en el conven- 
to, se estableció en Sevilla, viviendo de trazar mapas 

(1) Preciso es consignar que estis noticias dadas por D. Fernando 
( 'olón en la Vida de su padre, no parecen muy fidedignas. 























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— 22 — 

y dibujar planos, relacionado con los hermanos Anto- 
nio y Alejandro Geraldini, maestros de los Infantes. 
Favorecido por el Duque de Medinaeeli, se presentó á 
principios del año de 1486 en Córdoba á los líeyes Ca- 
tólicos; la decepción de Colón fué grande, pues sus 
proyectos parecieron irrealizables á los cortesanos. 
Por entonces conoció allí a Beatriz Arana, madre de 
1). Fernando Colón, con la cual no llegó á contraer 
matrimonio. Sin desanimar ante las contradicciones 
que hallaltan sus ideas, siguió á la Corte, y en Sala- 
manca moró en la granja de Valcuebo, propiedad de 
los dominicos, á corta distancia de la ciudad, haciendo 
sin cesar propaganda de su sistema, (i) Sin embargo 
de esto, pasaban los años y nada conseguía, por cuyo 
motivo resolvió marcharse de España. Doliéndose de 
esto Vr. Juan Pérez, (^) se presentó á la Eeina en 
Santa Fe y con tal calor y elocuencia le habló, que 
D.** Isabel llamó á Colón para tratar de las condicio- 
nes en que haría el viaje; vencidas algunas dificulta- 
des por parecer exageradas las pretensiones de aquél, 
gracias al desprendimiento y resolución de D.** Isa- 
bel, (^) se firmaron las capitulaciones ú 17 de Abril 
del año de 1492. Colón obtenía el título de Almirante 

(1) No están probadas las famosas Juntas de Salamanca y menos 
4ue la Universidad y los dominicos opinasen en contra de Colón. Véa- 
se el folleto de D. Alejandro de la Torre y Vélez, Colón en Salanumai 
ó el huexped de San lislehan. Huelva, 1885. 

(2) Generalmente se han confundido lo.s dos franciscanos Fr. Juan 
Pérez y Fr. Antonio do Marchena, de (jnienes se hacía uno sólo llama- 
do Fr. Juan Pérez de Marchena. Este error lo combatió el P. C'oll, en 
su libro Oolón y la Rábida. 

(3) No es cierto que la Reina empeñara las joyas para el viaje de 
Colón, según admite el Sr. Asensio en la obra citada; tomo I, pág. 171. 
El Sr. Fernández Duro en su obra: Tradiciones infundadas (Madrid, 
188S) prueba que esto es una pura leyenda. 



23 - 

de todas las islas y tierra ñrme que se desctil)riese, 
la décima parte del oro, plata y perlas que se halla- 
sen, y otros privilegios. También dieron los Eeyes una 
provisi(5n para que la villa de Palos le suministrase 
dos carabelas. Por fin se realizaban los ensueños de 
Colón y pudo verse con tres pequeñas naves: la Pin^ 
ta, mandada por Martín Alonso Pinzón; la Niña, 
por Vicente Yáñez Pinzón y la Santa María, donde 
iba aquél con el pabellón real de Castilla y Ara- 
gón. 

El 3 de Agosto del año de 1492 fué el día memorable 
en que comenzó la expedición; despidióse Colón de su 
amigo Fí-. Juan Pérez y las tres carabelas salieron de 
la barra de Saltes, junto á Palos, con rumbo á mares 
que nadie había surcado. Quien desee conocer los in- 
cidentes dramáticos de aquella navegación, lea el 
Diario que de ella escribió Colón y extractó el Padre 
Las Casas. Firme aquél en sus convicciones y sosteni- 
do por Dio3 para que no decayera su ánimo, alentaba 
con frecuencia á los marineros, temerosos de perderse 
para siempre; las aves de tierra qwe se paraban en 
las velas llevaban esperanzas de encontrar pronto 
tierra; pero el momento deseado se dilataba cada 
vez más. Por fin, en la noche del 11 de Octubre, Co- 
lón, sentado en el castillo de popa de su carabela, di- 
visó una claridad como de hoguera, que llevó á su 
corazón inmensa alegría; al día siguiente llegaban á 
las playas de la isla llamada por sus habitantes Gua- 
nahani, á la que dio (^olón el nombre de San Salva- 
dor; ('^) y 8alta,náo en tierra clavó el pendón real de 

(1) No se sabe á punto ñjo á que isla de las Lucayas corresponde 
ésta; Otto Neusel en su estudio: Imí cuatro viajes de CriMóbal Colón pa- 



— 24 -- 

Castilla. Acudieron á la playa los isleños, y, perdido el 
miedo que al principio mostraban á los españoles, 
se confundieron con ellos, tocando con infantil cu- 
riosidad las armas y otros objetos de éstos, á quie- 
nes consideraban hombres venidos del cielo. Eran, 
dice (Jolón, «muy bien hechos, de muy fermosos 
y lucidos cuerpos y muy buenas caras; los cabe- 
llos gruesos y cuasi como sedas de cola de caballos, é 
cortos» y en otro lugar añade: «traían ovillos de algo- 
dón filado, y papagayos y azagayas y otras cosillas, y 
todo daban por cualquier cosa que se les diese. Y yo 
estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide 
que algunos dellos traían un pedazuelo colgado en un 
agujero que tienen á la nariz.» La isla era llana, cu- 
bierta de árboles y bien provista de aguas; en el cen- 
tro había una gran laguna. Allí pasó Colón tres días 
y prosiguió su viaje llegando á otras islas pequeñas 
que denominó de Santa María de la Coiicepción, Fer- 
tiandina é Isabela. El 28 de Octubre tocó en las playas 
de Cuba, y al ver la hermosura del país creyó encon- 
trar el sitio que ocupara antes el paraíso terrenal; en- 
vió exploradores, y éstos, después de penetrar doce le- 
guas, vieron un pueblo como de 1.000 habitantes que 
acudieron en tropel á verlos, tocándoles las ropas por 
curiosidad, besándoles las manos y conduciéndolos 
del brazo á sus bohíos; lo que no encontraron fué el 
oro que buscaban. Y como Colón pensaba dar con el 



ra descubrir el Niievo Mundo, publicado en El Centenario; tomo II, 
págs. 80 á 96, opina fundadamente que es la de Váflin. El Sr. Asensio 
en la obra citada, tomo I, pág. 304 croe que era la del Oato (Gat is- 
landj. 



— 25 — 

reioo del Gran Kan y oyese á los indios que cerca es- 
taba ima gran isla llamada Haiti, decidió buscar ésta 
por si contenía ricos tesoros. Costeó la parte N. E. de 
Cuba y prosiguió su ruta, aunque Martín Alonso Pin- 
zón se separó con la Pinta de las otras carabelas; el 
6 de Diciembre tocó tierra en el puerto de la Conce^i- 
ción (Santo Domingo). Pasados unos días envió al in- 
terior tres marineros, quienes llevaron á los buques 
una mujer de cuya nariz pendía una laminilla de oro, 
noticia que agradó porque hizo pensar que allí abunda- 
ba el rico metal; y como los indios supiesen que los 
españoles daban gargantillas y otras baratijas, por 
ellos muy estimadas, á cambio de oro, les ofrecían pe- 
dazos de éste y creían salir gananciosos con el true- 
que. Los indios eran más blancos que en las demás 
islas y parecían más ingeniosos; tanto agradaba su 
trato á Colón que decía en su Diario: «son la mejor 
gente del muñólo y mas mansa; y sobre todo, que 
tengo mucha esperanza en N^uestro Señor, que vues- 
tras Altezas (los Reyes Católicos) los harán todos cris- 
tianos^ serán suyos todos...; andaban desnudos como 
sus madres los parieron, y así las mujeres, sin algún 
empacho; y son los. mas hermosos, hombres y mujeres, 
que hasta allí avemos hallado; harto blancos, que si 
anduviesen vestidos y se guardasen del sol y del aire, 
serían cuasi tan blancos como en España». Obsequia- 
do por los caciques, exploró Colón la isla, que deno- 
minó Juaiia en obsequio á la Princesa, luego reina de 
España, y acordó construir una pequeña fortaleza con 
el au.xilio de su amigo el célebre cacique Guacanaga- 
rí; dejó en ella -42 hombres mandados por Diego de 
Arana y se apresuró á regresar para dar cuenta de 



- 26 - 

SUS descubrimientos á los lieyes Católicos. El día 2 
de Enero del año de 1493 despidióse de Cluacanagarí, y 
reunidas ya las tres carabela», partió con rumbo á Es- 
paña; la navegación fue bastante desgraciada; á 14 
de Febrero se levantó una furiosa tempestad que 
amenazó sepultar las tres pequeñas embarcaciones; 
felizmente lograron arribar á la isla de Santa María 
en el archipiélago de las Azores y se repararon. Lle- 
gados luego á la embocadura del Tajo, Colón visitó 
en Valparaíso al rey de Portugal 1). Juan 1 1, quien 
escuchó el relato del viajero con sentimiento de no ha- 
ber secundado en otro tiempo los planes de aquel na- 
vegante esclarecido; tornó á sus naves, y el 15 de 
IVÍarzo veía nuevamente la barra de Saltes, punto de 
partida de su viaje. Fr. Juan Pérez y Fr. Antonio de 
^larchena le esperaban con lágrimas de gozo; él, hin- 
cando la rodilla en tierra, levantó los ojos al cielo y 
dio gracias al Señor con fervorosa ptegaria por los 
mil beneficios que le había dispensado: un nuevo 
mundo quedaba abierto á los misioneros evangélicos 
cuando faltaban pocos lustros para que Lutero enarbo- 
lase el estandarte del protestantismo, y Dios quería 
compensar la apostasía de naciones enteras con la 
conversión de razas primitivas. El 31 de Marzo entró 
en Sevilla, donde fué acogido triunfalmente, y allí re- 
cibió una carta de los lieyes instándole para que mar- 
chase á IJarcelona, donde ellos á la sazón estaban. Di- 
rigióse por tierra á la Ciudad (*ondal y ningún con- 
(piistador de la antigüedad tuvo una ovación tan 
ruidosa; levantóse un trono público para los monar- 
cas, y en medio de la multitud que le aclamaba fué 
Colón á besar la mano de T>^ Isabel y de 1). Fer- 



— 27 — 

nando, tan lleno de autoridad «que parecía un sena- 
dor romano», según la expresión del P. I^as (.'asas. 
Alarios marineros de la Niña llevaban como testimo- 
nio y homenaje de sus descubrimientos plátanos, loros, 
papagayos, otras aves de rico plumaje, maderas oloro- 
sas, una iguana, (especie de cocodrilo) y seis indios 
con sus brazaletes, arcos y flechas. Kefirió Colón sus 
navegaciones, entusiasmado al ver realizados sus pen- 
samientos, y los Reyes le prestaron el debido tributo 
de admiración y afecto. 

Poco después, los Reyes Católicos, á fin dé tener 
un justo título de dominio sobre las tierras descubier- 
tas, pues no consideraban suficiente el de la ocupa- 
ción, enviaron al Pontífice Alejandro VI una emba- 
jada, noticiándole el reciente descubrimiento y ro- 
gándole que como Vicario de Cristo les confiriese la 
propiedad de las Indias Occidentales. El Papa aten- 
dió á las instancias de nuestros monarcas y expidió su 
célebre bula de 8 de Marzo de 1493; y como los por- 
tugueses alegaran quejas contra esta disposición, dio 
otra bula á 4 de Mayo, señalando por línea divisoria 
entre el campo de acción de Portugal y España el 
meridiano, «que dista de cada una de las islas que 
vulgarmente llaman de los Azores y Cabo Verde, cien 
leguas hacia Occidente». Esta resolución fué modifi- 
cada por el tratado de Tordesillas, celebrado á 7 de 
Junio del año de 1494 por Fernando el Católico con 
Juan II, conviniéndose en que las cien leguas seña- 
ladas por Alejandro VI se extendiesen hasta trescien- 
tas; con lo cual quedaron los portugueses bastante 
favorecidos. 

El entusiasmo producido por el viaje de Colón fué 



— 28 — 

causa de que muy pronto se preparase otro. Los Re- 
yes, por una Cédula expedida á 2o de Mayo de 149o, 
autorizaron á (Jolón y á D. Juan de Fonseca y^ara 
equipar una armada; el benedictino catalán l'r. ber- 
nardo Buyl ó Boil, iría con otros religiosos á evange- 
lizar el Nuevo Mundo. Entre los muchos hombres 
ilustres que tomaron parte en este viaje sólo citare- 
mos á Mosén Pedro Margarit, Francisco de Peñalosa, 
Pedro de las (,'asas, Diego Alvarez Chanca, medico 
de gran reputación en Sevilla, y el conquense Alonso 
de Ojeda. Para esta expedición se reunieron 17 na- 
ves, en las que iban 1500 hombres. Salió del puerto 
de Cádiz á 24 de Setiembre y lo mismo que la vez 
anterior hicieron escala en la isla de Hierro (Cana- 
rias), llegando sin contratiempo á una de las Antillas 
que llamaron Dominica por haber arril>ado á ella en 
Domingo (3 de Noviembre); exploradas las de Gua- 
dalupe, Santa María de la Antigua, San Martín, San- 
ta Cruz, Santa Úrsula, las Once mil Vírgenes y Puer- 
to Pico, llegaron al cabo Del Engaño en la isla de 
Santo Domingo, inquietos por adquirir noticias de 
los españoles que habían allí quedado, y cuyo fin trá- 
gico pronto supieron; acercóse á nuestros buques un 
cacique pariente de Guacanagarí y anunció la catás- 
trofe; Diego de Arana y sus soldados habían pereci- 
do en luchas intestinas y á manos de los caciques 
Mayreni y Caonabó, quienes llevaban á mal los ultra- 
jes que recibían los indios, pues ni aún sus mujeres 
tenían seguras y veían que los extranjeros no mostra- 
ban más afán que el de recoger oro. Fué Colón al 
fuerte y sólo halló ruinas y señales de incendio; Gua- 
canagarí, que estaba en una amaca herido, refirió con 



— 29 — 

lágrimas la desgracia que no pudo evitar, aunque 
arriesgó la vida, y Colón se convenció de la sinceri- 
dad con que hablaba el cacique. 

Viendo Colón que aquel sitio era malsano, reconoció 
la costa y halló un puerto cómodo cercado de monta- 
ñas y bosques, con dos ríos que podían mover molinos y 
surtir de pesca, por lo cual dicidióse á fundar una 
ciudad que llamó Isabela en obsequio de la Reina Ca- 
tólica; entre tanto envió dos expediciones á las mon- 
tañas en busca de oro y regocijóse cuando le anuncia- 
ron que este metal abundaba en las tierras de Cibao 
y Niti; marchó á ellas apenas se restableció de una 
enfermedad, llevando consigo 400 colonos, y estable- 
cióse en el paraje denominado Vega Real, con cuyos 
habitantes entabló relaciones pacíficas. Las costumbres 
de aquellos indios llamaban la atención de los espa- 
ñoles; aml)03 sexos se pintaban el cuerpo de negro, 
blanco ó rojo; holgazanes y apáticos, como gente que 
vivía en medio de una pródiga naturaleza que sin tra- 
bajo les ofresía sustento, pasaban el día fumando, y 
en sus danzas; adoraban unos ídolos llamados zemis, 
hechos toscamente de tierra cocida ó de madera. 

Deseoso Colón de evitar una catástrofe semejante 
á la pasada en el fortín quemado, levantó otro más só- 
lido; en él dejó 56 hombres de guarnición; encomendó 
el gobierno de la isla á su hermano Diego y prosiguió 
por los mares sus viajes. Hízose á la vela el 24 de 
Abril de 1494 con tres embarcaciones, llegó á las cos- 
tas de Cuba y reconoció el puerto de Guantánamo don- 
de fué benévolamente recibido por los indígenas; más 
adelante visitó la bahía de Santiago, admirando siem- 
pre las riquezas naturales tan abundantes en la isla, 



— 30 ^ 

Siguiendo su navegación, llegó á Jamaica y no encon- 
tró allí el oro que buscaba, por lo cual regresó á Cuba 
que él tomaba por el Quersoneso Dorado, ó sea, la pe- 
nínsula de Malaca, obsesionado con arribar á la parte 
oriental de Asia. Descubrió luego otras islas pequeñas 
y tuvo que regresar á la Española, enfermo de grave- 
dad, donde halló que la colonia recien fundada comen- 
zaba con funestos auspicios; los indígenas eran oprimi- 
dos, el gobernador sólo pensaba en atesorar riquezas y 
su autoridad era desobedecida; gracias á la llegada de 
su hermano Bartolomé, pudo hallar Colón algún alivio, 
Mas luego estalló una rebelión de los indios, capitanea- 
dos por Caonabo, cacique de Maguana, quien inten- 
tó sorprender el fuerte de Santo .Tomás con 10.000 
guerreros, plan que fracasó merced al valor de Alon- 
so de Ojeda; los indios fueron derrotados y Caona- 
bp hecho prisionero. Colón deshizo otro numeroso 
ejército cerca de Santiago y los naturales acabaron 
por someterse, obligándose á pagar un tributo en 
polvo de oro. Procuró luego arreglar la administra- 
ción y con sus disposiciones acarreóse no pocos ene- 
migos; figuraba entre ellos el P. Boyl, quien vino á 
España y desprestigió á Colón ante los líey es, pintán- 
dolo como hombre cruel y avaro, atento sólo á su pro- 
vecho; tanto prosperó la difamación, que fué enviado 
á' la Española Juan Aguado para ver si eran ciertas 
las cosas propaladas contra Colón, quien á decir Ja 
verdad, se había mostrado gobernante y colonizador 
poco afortunado. Este creyó lo más conveniente re- 
gresar á la Península, como lo hizo, dejando la colonia 
al mando de su hermano Bartolomé. 

En su navegación á España sufrió una horrorosa 



— 3i — 

tempestad en el puerto de Isabela: los alimentos fal- 
taron en la travesía y murió el cacique Caonabó, in- 
consolable por su derrota; por fin llegó á Cádiz el 11 
de Junio de 1496. Dirigióse á Sevilla y en la villa 
de Palacios se avistó con el historiador Andrés Bev- 
náldez, quien le hospedó en su casa rectoral; ya en 
aquella ciudad recibió una carta de los líeyes Católi- 
cos que le decían: «\''imos vuestra letra que con este 
correo nos enviastes, y mucho placer habernos tenido 
de vuestra venida ende, la cual sea mucho en buen 
hora, y después que este vino, llegó el mensajero que 
nos enviastes y ovimos plazer de saber largamente lo 
que con el nos escribistes, y pues decís que seréis 
acá presto, debe ser vuestra venida quando os pare- 
ciere que no os dé trabajo, pues que en lo pasado ha- 
béis trabajado». 

Eegocijóse Colón al leer esta carta y prosiguiendo 
su viaje por Córdoba llegó á IJurgos, donde se encon- 
traban los Consejos, pues los Keye^ habían salido en 
distintas direcciones, yendo I). Fernando á Cerona y 
1 )oña Isabel á Laredo, en Vizcaya; luego que arabos 
se reunieron en aquella ciudad oyeron con agrado las 
explicaciones que les dio Colón en lo referente á su 
conducta, según testifica el P. Las Casas, quien escribe: 
«de las informaciones que Juan de Aguado trajo y 
hizo á los Eeyes contra el Almirante, muy poco se 
airaron; y así no hay que mas contar ni gastar tiempo 
de Juan Aguado». 

A 23 de Abril de 1497, los monarcas autorizaron á 
Colón para fundar uno ó varios mayorazgos en su fa- 
milia, y más adelante le concedieron seis millones dé 
maravedís con que hacer su tercer viaje á las Indias; 



— 32 — 

mas su recaudación ofreció no pocas dificultades y el 
inmortal navegante permaneció dos años en la penín- 
sula. Hízose por fin á la vela en Sanlúcar de Barrame- 
da á 'AO de Mayo de 1498 y según acostumbraba co- 
menzó un diario de su expedición; arribó en las Cana- 
rias y las islas de ( !abo Verde, y torciendo su rumbo 
hacia el Sur llegó á la isla de la Trinidad y reconoció la 
costa de Paria en tierra firme, torciendo luego su curso 
á la isla Española, donde encontró que su hermano 
Bartolomé había hecho en Xaraguá la paz con el ca- 
cique Behechio, hermano de la célebre Anacaona, 
mujer de (Jaonabó; mas los españoles morían á causa 
de la fiebre; los colonos de Isabela atravesaban un 
período crítico por falta de alimentos; Francisco Eol- 
dán se había sublevado contra Bartolomé (Jolón y 
los caciques (xuarionex y Mayobanex habían hecho lo 
mismo contra sus dominadores, si bien con ])oca for- 
tuna. A duras penas restableció (Jolón el orden hacien- 
do varias concesiones á Koldán: pero tantos eran sus 
desaciertos; tantos enemigos se había creado, y tales 
acusaciones, más ó menos fundadas se lanzaban con- 
tra él, que los reyes Católicos nombraron á Francisco 
de Bobadilla Gobernador y juez de la isla F]s])añola, 
quien llegado á ésta y viendo la anarquía producida 
por la avaricia de Cristóbal Colón, y que éste desobe- 
decía las Provisiones Reales, se vio en la necesidad 
de prenderlo, y también á sus hermanos Diego y Bar- 
tolomé, é hizo informaciones contra ellos, hecho que 
ha sido juzgado por un escritor contemporáneo en las 
siguientes palabras, inspiradas en un testimonio muy 
parcial: en el de D. Fernando Colón: «No hay español 
que deje de reprobar el acto abusivo y odioso del 



— 33 — 

comendador Francisco de Bobadilla al usar con el 
Almirante de un rigor injustificado. Ponerle grillos 
como á un criminal ordinario, equivalía á signar auto 
de significación apasionada», (i) 

El P. Las Casas, admirador de Colón, censuró la 
conducta de Bobadilla, durante cuyo gobierno se au- 
mentaron los trabajos y las penalidades de los indios: 
«Aquí, dice, vierades á la gente vil y á los azotados y 
desorejados de Castilla y desterrados por acá por ho- 
micidas y que estaban por sus delitos para los justiciar, 
tener á los reyes y señores naturales por vasallos y por 
más bajos y viles que criados. Estos señores tenían hi- 
jas ó hermanas, las cuales luego eran tomadas ó por 
fuerza ó por grado, para con ellas se amancebar». El 
gran hombre que había descubierto un nuevo mundo, 
pero que luego no supo gobernarlo, fué enviado á Es- 
paña como un forajido y llegó á Cádiz cargado de ca- 
denas, hecho que produjo hondo sentimiento; y cuan- 
do se avistó con los reyes en Granada á 17 de Di- 
ciembre del año 1500, permaneció largo rato sin po- 
der articular una palabra, porque los sollozos las de- 
tenían en la garganta, y protestó de su afecto y lealtad 
á la corona. D.* Isabel se mostró cual siempre gene- 
rosa y de corazón magnánimo, y ni siquiera se tra- 
mitaron los procesos incoados por Bobadilla; Colón 
disfrutó de la real protección, y preparóse á realizar 
su cuarto viaje con el favor de los monarcas. 

Llegado á Sevilla en Octubre del año de 1501, lle- 
vando las provisiones necesarias para equipar una flo- 
ta, Colón reunió siete buques y salió en Abril del año 

(1) D. Cesáreo Fernández Duro, en su libro Colón y la historia pos- 
tuma, pág, 51. 



— 34 — 

siguiente. Bobadilla había sido destituido y reempla- 
zad-o en su cargo por Nicolás de Ovando, quien, según 
el P. Las Casas, «era varón prudentísimo y digno de 
gobernar mucha gente, pero no indios, porque con su 
gobernación inestimables daños, como abajo parecerá, 
les hizo». Dirigióse Colón en este su postrero viaje á 
Cuba, donde tomó posesión de la isla de Pinos, y en su 
navegación á tierra firme padeció horrorosas tormen- 
tas, que él mismo refiere así: «Ochenta y ocho días 
había que no me había dejado espantable tormenta, 
á tanto que no vide el sol ni las estrellas por mar; 
que aun los navios tenía yo abiertos, é las velas rotas 
y perdidas anclas y jarcia y cables, con las barcas y 
muchos bastimentos; la gente muy enferma, y todos 
muy contritos, y muchos con promesa de religión». 
A 12 de Setiembre, llegó al Caho de Gracias á Dios y 
recorrió los mares de Honduras y Costa Eica y procu- 
ró entablar relacionas amistosas con los habitantes de 
estos países. Iba, como siempre, con las fantasías de 
dar en el río Ganges y en otros parajes del Asia, y con 
nociones tan equivocadas de nuestro planeta, que en su 
relación de este viaje escribe: «el mundo es poco; el en- 
juto de ello es seis partes; la séptima solamente cubier- 
ta de agua». Explorada la costa de Veragua, tornó á Ja- 
maica, donde permaneció un año y le sucedieron con- 
tratieinpos semejantes á los de la isla Española, efec- 
to de su poco tino en el gobierno; llegado más tarde 
á Santo Domingo, vio que Nicolás Ovando le hacía 
cuanto daño podía, y desconsolado, regresó á la pe- 
nínsula enfermo de gota. 

Un triste suceso causó honda pena en el espíritu 
de Colón, y fué la muerte de Isabel la Católica, ocu- 



— 35 — 

rrida á 26 de noviembre del año de 1504, pues siempre 
había sido protectora del inmortal navegante y éste la 
debía muchísimos beneficios. Aquella santa mujer pa- 
só á mejor vida pensando en el bienestar de los indios 
americanos, de quienes decía en su codicilo á los re- 
yes D. Fernando y D.* Juana: «non consientan ni 
den lugar que resciban agravio alguno en sus perso- 
nas y bienes; mas mando que sean bien y justamente 
tratados». Un nuevo contratiempo amargó la vejez 
de Colón; la modificación del tratado que celebró con 
los reyes en Santa Fe cuando se trató de descubrir el 
Nuevo Mundo, pues las ventajas que había logrado y 
otros derechos que había juzgado tener parecían ex- 
horbitantes. Los años, los muchos trabajos sufridos 
y sus recientes disgustos, minaron su salud, y á duras 
penas pudo seguir á la Corte en Segovia y Salaman- 
ca. Eecrudecidas sus dolencias, falleció en Valladolid 
á 20 de Mayo de 1506. Así acabó sus días aquel ge- 
nio á quien Menéndez y Pelayo llama «revelador de 
la mitad del mundo y autor pacífico de la mayor re- 
volución de la historia moderna», (i) Sus restos fue- 
ron sepultados en el convento de la Cartuja de Sevi- 
lla, y en el año de 1544 trasladados á la catedral de 
Santo Domingo; actualmente se desconoce su para- 
dero, como demostró la Academia de la Historia en 
un luminoso informe que publicó acerca del asunto, 
redactado por D, Manuel Golmeiro, (2) 

Son indudablemente apócrifos los que se supone 

(1) Be los historiadores de Colón. (Estudio publicado en la revista 
El Centenario). 

(2) Los restos de Colón. Informe de la Real Academia de la Historia 
al Gobierno de S. M. Madrid. Impr. de M. Tello, 1878; 1 vol. en S.". 



— 36 — 

hallados en aquella ciudad en el año de 1877 gobernan- 
do la diócesis Fr. Roque Cocchia, y tal es la falsifica- 
ción de inscripciones, que el más ignorante conoce 
desde luego la impostura. No son más auténticos los 
que se guardaban en la catedral de la Habana y que, 
á raíz de nuestras últimas desgracias, fueron traídos á 
Sevilla, imitando á los indios chibchas, quienes iban 
á sus campañas y se retiraban de éstas cargados con 
las momias de sus progenitores, 

Fr. Bartolomé de las Casas, que trató á Colón al- 
gún tiempo, hace de él este retrato: «fué de alto cuer- 
po, más que mediano; el rostro luengo y autorizado; 
la nariz aguileña; los ojos garzos; la color blanca que 
tiraba á rojo encendido; la barba y cabello, cuando 
era mozo, rubios, puesto que muy presto con los tra- 
bajos se le tornaron canos». 

Colón firmaba generalmente, después que descubrió 

el Nuevo Mundo, con ciertas siglas cuyo sentido no 

se conoce bien; he aquí su firma: 

.S. 

.S. A .S. 

X M Y 

Xpo FEKENS. / 

Las misteriosas letras sobrepuestas se han inter- 
pretado de varias maneras; es indudable que contie- 
nen una piadosa invocación, acaso ésta: Cristo, sálva- 
me; María, sálvame; José, sálvame. Colón daba mucha 
importancia á dichas siglas, pues en la institución de 
un mayorazgo, hecha á 22 de Febrero de 1498, las 
describe minuciosamente, como también el sitio que 
debían ocupar los puntos; mas nada reveló tocante á 
lo que significaban. 



CAPÍTULQ IV 



otros viajes y descubrimientos hechos en América en los 
últimos años del siglo XV y primer tercio del siglo XVI. 
— Navegaciones de Pero Niño, Vicente Yáñez Pinzón, 
Diego de Lepe, Américo Vespucio, Alonso de Ojeda, 
Vasco Núñez de Balboa y Juan Ponce de León. — Expe- 
dición de Panfilo de Narváez á la Florida, 



Otros viajes importantes se llevaron á cabo en los úl- 
timos años del siglo XV j primeros del XVI. Pero Xi- 
ño, natural de Moguer, visitó el golfo de Paria (año de 
1499) y trajo muchas perlas y oro en grano. Vicente 
Yáñez Pinzón equipó cuatro carabelas y salió de Es- 
paña en Diciembre del año de 1499, llegando el día 
26 de Enero á la costa del Brasil, en la tierra que 
hoy se llama Cabo de San Agustín; después de reco- 
rrer más de 1.000 leguas del litoral, hizo rumbo á la 
Española: fué el primer navegante que atravesó en 
los mares de América la línea equinoccial. 

Diego de Lepe, en el año de 1500, visitó con dos ca- 
rabelas las playas del Brasil é hizo un mapa de éstas. 

Xo está probado que el florentino Américo Vespucio 
hiciera un viaje al Xuevo Mundo en el año de 1497, 
llegando á Tierra Firme, si bien realizó más tarde 
otros. Sin embargo, por una injusticia notoria se ha 



— 38 — 

dado en honor suyo" al nuevo continente el nombre 
de América, cuando más propiamente llevaría el de 
Colombia. En España predominó en los siglos XVI 
y XVII la denominación de Indias Occidentales, que 
hoy resulta anticuada. El nombre de América suena 
por vez primera en la Cosmographia de Waltzemüller, 
publicada en el año de 1507. 

Afanoso el rey D. Fernando de ensanchar los do- 
minios españoles en América, encargó una expedi- 
ción en el año de 1499 á un ilustre navegante: Alonso 
de Ojeda. Éste, que había acompañado á Colón en su 
segundo viaje, era hombre de audacia y sangre fría 
nada común. Hallándose la Reina Católica en Sevilla 
contemplando las obras que se hacían en la parte su- 
perior de la Giralda, Ojeda avanzó con paso firme 
por un madero que salía más de ocho varas, arrojó 
una naranja al aire y volvió con la misma firmeza 
que si anduviese por tierra. En la isla Española dio 
muestras de su valor cuando prendió á Caonabo en 
medio del ejército de éste; la estratagema que usó fué 
ponerle grillos diciendo que eran adorno muy precia- 
do; le hizo después subir en la grupa del caballo y 
acto continuo huyó llevándose al reyezuelo indio hasta 
el campamento español. A 22 de Mayo del año de 1499 
salió para el Nuevo Mundo, llevando los diarios y los 
mapas de Colón, y como piloto mayor, al insigne cos- 
mógrafo Juan de la Cosa; iba también en la expedi- 
ción, que constaba de tres carabelas, Amórico Vespu- 
cio. Con vientos favorables atravesaron el Océano en 
24 días y llegaron cerca del Orinoco. Costeando, arri- 
baron á la isla de la Trinidad, y siguieron hasta el 
golfo de Paria, entablando amistosas relaciones con 



— 39 — 

los indígenas; visitaron las islas Margarita y de Cu- 
rasao y llegaron á una inmensa bahía en cuyas costas 
había multitud de casas edificadas sobre pilotes en 
medio del agua; en recuerdo de Venecia le dieron el 
nombre de Venezuela, que se hizo luego extensivo á 
la región circunvecina: más allá descubrieron el lago 
de Maracaíbo y la península Guajira. Explorada la 
costa de la actual república de Venezuela, regresó á 
la isla Española en Setiembre del mismo año, donde 
fué mal recibido por los amigos de Colón, quienes 
creían que aquel viaje había sido en contra de los privi- 
legios otorgados á éste: las cuestiones se agriaron cada 
vez más, y Ojeda volvió á España en el año de 1500. 
Con la protección del obispo Fonseca, obtuvo el cargo 
de Adelantado de Coquibacoa, nombre que los indios 
daban á la región que es hoy Venezuela. Salió con 
cuatro buques del puerto de Cádiz á mediados del año 
de 1502, y visitó de nuevo el golfo de Paria y la isla 
Margarita, cautivando indios y recogiendo metales 
preciosos. Llegado á la península Guajira, vio una en- 
senada, cuyos habitantes se mostraban pacíficos, y 
allí fundó una colonia que duró muy poco tiempo 
por la guerra con los naturales, que comenzó en bre- 
ve, y por las acusaciones lanzadas contra Ojeda por 
sus compañeros Juan de Vergara y García de Ocampo, 
diciendo que se había querido apoderar de las rentas 
debidas al Rey. Condenado á pagar una elevada mul- 
ta, apeló al monarca, y si bien salió absuelto, quedó 
en la mayor pobreza. 

Fernando V, que conocía las excelentes cualidades 
de Ojeda, le concedió en 1509 el reconocimiento y la 
conquista de la tierra de Darien, que mira á Levan- 



— 40 — 

te; á Diego de Mcuesa le correspondió la parte occi- 
dental de aquélla. Ojeda marchó á Santo Domingo, 
de donde salió en Noviembre de 1509 con cuatro bu- 
ques, llevando 300 hombres, entre los cuales ñguraba 
Francisco Pizarro, y por una casualidad, no fué tam- 
bién Hernán Cortés. Después de -grandes trabajos, 
fundó en el golfo de Urabá la villa de San Sebastián; 
mas el hambre y las acometidas de los indios reduje- 
ron aquel ejército, y Ojeda marchó á Santo Domingo, 
dejando allí con 60 hombres á Francisco Pizarro; su 
navegación fué tan desgraciada, que naufragó en las 
costas de Cuba, y entrando por una ciénaga él y sus 
soldados, anduvieron cuarenta días con el agua á la 
rodilla, comiendo raíces y durmiendo encima de los 
mangles; más de la mitad fallecieron en tan duro 
viaje, y los restantes hallaron favorable acogida en 
un cacique, cuando ya sin fuerzas salieron de aquel 
pantano. Poco después, murió Ojeda en la isla Espa- 
ñola, y mandó en su testamento que lo sepultaran á 
la puerta de la iglesia, con objeto de que su tumba 
fuese hollada por todo el mundo en castigo de su so- 
berbia, vicio que reconocía haber tenido. 

No menos ilustre navegante que Alonso de Ojeda 
fué Vasco Núñez de Balboa, quien acompañó á Eo- 
drigo de Bastidas en su viaje á Tierra Firme (año de 
1501); se estableció luego en la isla Española, donde 
contrajo numerosas deudas; huyendo de sus acreedo- 
res, se embarcó furtivamente. en un buque de los que 
llevaba Enciso al golfo de Urabá y pasó no pocos tra- 
bajos. Como encontrasen arruinada y desierta la co- 
lonia de San Sebastián, Núñez de Balboa, conocedor 
del país, se ofreció á indicar un paraje de excelentes 



— 41 — 

condiciones para fundar otra, y habiendo llegado á la 
desembocadura del río Atrato, saltaron á tierra; to- 
maron posesión de ella en nombre del Eey Católico 
y echaron los cimientos de la primera villa fundada por 
los españoles en Colombia; denomináronla Santa Ma- 
ría de la Antigua. Descontentos los colonos de Enciso, 
se rebelaron contra él y eligieron en su lugar por jefe 
á Niiñez de Balboa, quien se mostró digno de este 
cargo. En uno de sus viajes á Panamá supo que al 
Occidente había otro mar; volvió á la Antigua, y con 
190 hombres se dirigió en busca del istmo; después 
de una marcha fatigosa, peleando continuamente con 
los indios, llegó el 25 de Setiembre del año de 1513 á 
lo alto de una montaña desde donde se veía el mar 
Pacífico. Entre tanto obtenía en España el título de 
Adelantado de aquellas regiones Pedrarías Dávila, á 
quien Núñez de Balboa entregó el mando con harta 
pena; y aunque logró que lo nombrasen Adelantado 
de los países que había descubierto en la costa del 
Pacífico, fué á condición de obedecer á Pedrarías; es- 
to motivó largas cuestiones entre ambos, sin que el 
matrimonio de Balboa con una hija de Pedrarías los 
reconciliase definitivamente. Después que Balboa hi- 
zo un viaje por la costa del Pacífico, llegando hasta la 
punta de Pinas (año de 1517), Pedrarías lo sometió á 
un proceso, alegando que era traidor y pensaba decla- 
rarse independiente; condenado á muerte, fué decapi- 
tado en la villa de Acia. Así perdió nuestra patria 
uno de sus hijos más notables, y el cruel Gobernador . 
de Darién manchó su fama con un delito execrable. 
Mientras recorrían los españoles las islas Lueayas 
en busca de indios que vender por esclavos, supieron 



— 42 — 

que al Norte se extendía una vasta región llamada Bi- 
mini, hacia la cual navegó en el año de 1512 Juan Pon- 
ce de León. Éste, que había acompañado á Colón en su 
segundo viaje, aprestó tres carabelas y salió del puer- 
to de San Germán á 3 de Marzo, siguió las costas de 
la Española, y tocando en algunas de las Lucayas, 
descubrió el 27 de aquel mes un país cubierto de flo- 
res- que embalsamaban el aire; por ser el día domingo 
de Kesurrección, que lleva en España el nombre de 
Pascua Florida, y por la belleza de aquella tierra, dio 
á ésta el nombre de Florida, que conserva actualmen- 
te. Muy luego hubo de sostener Ponce de León com- 
bates con los indígenas, los valientes seminólas que 
resistieron por espacio de muchos años las invasiones 
extranjeras y que en el siglo XIX fueron con harto 
trabajo dominados por la república norteamericana. 
Eenato de Laudonniere, que visitó la Florida hacia el 
año de 1564, describía en estas palabras la estrategia 
de los seminólas: «Tienen diferentes modos de hacer la 
guerra. Cuando el rey Saturiova marcha al combate, 
no guardan orden alguno sus gentes, sino que andan 
diseminadas por todas partes. Su enemigo, el rey Ho- 
lata Qutina, que significa rey de muchos reyes, lleva, 
por el contrario, á sus guerreros en buen orden de 
batalla, y delante de él van tres valientes heraldos. 
El rey se coloca en medio y está pintado de color 
rojo. Las alas del ejército las forman jóvenes, entre 
los cuales los más ágiles están pintados también de 
rojo y son destinados á buscar las huellas de los 
pies del enemigo. En vez de tambores llevan heraldos 
que dan á grandes gritos la señal de hacer alto ó 
avanzar, de atacar al enemigo ó de hacer algún otro 



— 43 — 

movimiento belicoso». Ponce de León costeó la Flori- 
da, sosteniendo varios combates con los indígenas, y 
llegó al extremo del Sur. Ufano con su descubrimien- 
to, vino á España, y habiendo conseguido el título de 
Adelantado de Bimini y la Florida, pensó en la con- 
quista de esta región, á la cual se dirigió con doscien- 
tos hombres; la suerte le fué adversa, pues derrotado 
por los seminólas, quedó herido gravemente. Eegresó 
á Cuba y falleció al poco tiempo. 

La expedición de Panfilo de Narváez á la Florida 
fué una de las más heroicas, pero también de las más 
desgraciadas que se llevaron á cabo por entonces. Sa- 
lió de Sanlúcar de Barrameda á 17 de Junio de 
1527, llevando cinco navios y seiscientos hombres, y 
t como alguacil mayor, á Cabeza de Vaca, historiador 
I del suceso; W perdió en Cuba dos bajeles á causa de 
una tempestad; llegados á la Florida caminaron por 
las costas, sufriendo tal hambre, que se alimentaron 
de los caballos; hostilizados continuamente por los 
indios, se embarcaron en canoas y sufrieron mil tor- 
mentos; algunos, y entre ellos Cabeza de -Vaca, fueron 
apresados por los seminólas, y más adelante consi- 
guieron evadirse, yendo casi desnudos por tierra á 
Nueva España, donde fueron socorridos por el Virrey 
k D. Antonio de Mendoza. 

(1) Naufragios y relación de la jornada que hizo á la Florida, Reim- 
presa en la Biblioteca de autores españoles; tomo XXII. 



CAPITULO V 



Historia de México. (1) — Los primeros habitantes; razas 
tolteca, azteca y chichimecá.— Fundación de Tenuchtitlán 
ó México. — Serie de sus monarcas hasta su conquista por 
los españoles. 



Muchas fueron las razas que habitaron en lo que 
hoy es república de México, antes de su conquista 
por los españoles. A la raza negra, cuyo origen se es- 
conde en la noche de los tiempos, sucedieron la oto- 
mi y la maya-quiché, y á estas la nahoa, que llevó 
muchos elementos de progreso. 

Los nahoas creían en un Dios creador de todas las 

(1) He aquí ^Igunas de las principales obras referentes á la historia 
de México: México á través de los siglos. Historia general y completa del 
desenvolvimiento social, politico, religioso, militar, artístico, científico y li- 
terario de México desde la antigüedad hasta la época actual, por Alfredo 
Chavero, Vicente Riva Palacio y otros publicistas; 5 vol. en 4.". — Hernán 
Cortés. Sus cartas. (RepToducidüs en Autores españoles). Francisco López 
de Gomara. Histoiias de las conquistas de Hernando Cortés. — Bernal 
Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. 
Diego Duran. Historia de las Indias de Nueva Espciña. Publicada en 
México, años de 1867 y 1880. Fué escrita en el año 1585. Francisco Carva- 
jal Espinosa. Historia de México, México, 1862. — Historia de la conquista 
de México, con una reseña preliminar de la civilización antigua mexicana 
y la vida del conquistador Hernán Cortés, escrita en inglés por William 
Prescot, y traducida del original por D. J. B. de Beratarrechea. Ma- 
drid. Impr. de la Publicidad, 1847; 4 vol. en 4.°. — Historia de México 
desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en d año 
de 1808 hasta la época presente, por D. Lucas Alamán. México. Impr. de 



45 



cosas, llamado Ometecuhtli, y en otras deidades subal- 
ternas que eran manifestaciones del sol, como Mictlan- 
tecuhtli, señor de los muertos, é Ixcozauhtli, el fuego 
celeste; la diosa Coatlicue, 
la de la falda de culebras, 
era progenitora de los 
hombres; Tlaloc presidía á 
las lluvias y tempestades. 
Las Bellas Artes no 
fueron desconocidas por 
los nahoas; más no está 
probado que construye- 
sen los celebres edificios 
de Palemke en cuya or- 
namentación se veía una 
cruz que ha dado base á 
teorías infundadas, por 
suponerla vestigio de an- 
tiguas predicaciones del - 
Evangelio. Pero los prime- 
ros habitantes que esta- 
blecieron en el Anahuac, 
ó sea el valle de México, 

una civilización admirable bajo algunos conceptos, 
fueron los indios toltecas, quienes se apoderaron de 
aquella hermosa región antes del siglo VII. Cono- 




Ixcozauhtli. 



J. M. Lara, 1849-1850; 5 vol. en 4.». — Oolección de documentos -para la 
Historia de México, por Joaquín García Icazbalceta. El tomo I contiene 
Carias de religiosos de Nueva España (1539 á 159^). El II el Códice fran- 
ciscano (siglo XVI). Puede verse un catálogo muy completo de todas 
las obras que tratan de México, en el tomo I de la Historia de México, 
por Hubert Hwe Bancroft, célebre publicista norteamericano. Son no- 
tables los Memoriales de Fr. Toribio de Motolinia, recién publicados. 



— 46 



cían la agricultura, muchas de las artes mecánicas, y 
explotaljan los metales. Fijaron su capital en Tula, 
de cuya población avm se veían restos á comienzos de 
la dominación española. Al cabo de cuatro ó cinco 

siglos fueron reemplaza- 
dos por otras razas, como 
la chichimeca, sustituidas 
á su vez por los aztecas 
y los alcohuanos ó tezcu- 
canos. Los aztecas proce- 
dían del Norte y llegaron á 
principios del siglo XIII; 
fundaron una ciudad en 
las lagunas del Anahuac, 
llamada Tenuchtitlán, 
nombre que cambiaron 
los españoles en el actual 
de México, derivado del 
dios de la guerra Mexitli, 
y aliados con los indios 
de Tezciico y Tlacopan, 
extendieron los dominios 
de su raza por el Orien- 
te hasta el golfo de México y por el Sur hasta Gua- 
temala: no obstante quedó el Anahuac dividido en 
varios reinos. Muchos son los libros y documentos en 
que podemos estudiar la organización y cultura del 
imperio mexicano; solo citaremos la Historia de las 
cosas de Nueva España, por Fr. Bernardino de Saha- 
gún, y dos preciosas Relaciones escritas por Fr. Tori- 
bio de Motolinia y Alonso de Zurita. Según vemos en 
estas, el reino de México estaba gobernado por un 




Tlaloc. 



47 — 



monarca electivo y á la vez hereditario, pues la coro- 
na recaía en uno de los hermanos ó sobrinos del fi- 
nado que designaban cuatro de los principales no- 
bles; sus atribucio- 
nes eran muy ex- 
tensas; daba leyes, 
nombraba jueces en 
las ciudades y era el 
jefe de los ejércitos; 
su elección se ce- 
lebraba con sacrifi- 
cios humanos; en sus 
palacios resplande- 
cía el lujo y man- 
tenía cerca de ellos 
una guardia per- 
sonal compuesta de 
magnates. Algunas 
de las leyes porque 
se regían los aztecas 
eran muy dignas de 
alabanza; otras en 
cambio crueles y 
bárbaras; los adúlte- 
ros morían apedrea- 
dos; el robo se casti- 
gaba con la pena de 

esclavitud ó la capital, según su importancia; reprimía- 
se con severidad la embriaguez; el matrimonio se cele- 
braba solemnemente y un tribunal decidía en qué ca- 
sos podían los cónyuges divorciarse; como en todos los 
pueblos antiguos, la esclavitud era una institución 




La diosa Coatlicue. 



48 



arraigada. Los vasallos debían contribuir al sosteni- 
miento del monarca y á los gastos nacionales; las con- 
tribuciones se pagaban en polvo de oro, vestidos de al- 
godón, mantas de plumas, granos, maderas, animales, 



•> V 




líi ü^::i--^ 








Nueva cruz del Palemke. 



petates y otros objetos. Los colectores de impuestos 
tenían un mapa donde estaban designadas las pobla- 
ciones y las rentas que cada una debía satisfacer. Las 
comunicaciones entre México y sus provincias se ve- 
rificaban por medio de correos para los cuales había 
en los caminos reales casas de postas. La religión de 



— 49 - 

los aztecas se fundaba en el politeísmo, no obstante 
que reconocían la existencia de un Dios supremo crea- 
dor y dueño del universo, entre sus deidades figura- 
ban Huitzilopotchli que presidía la guerra; sus alta- 
res se regaban con sangre humana; Quetzalcoatl era 
el dios del aire y de la agricultura. Reconocían la 




Fundación de México, Códice de Duran. 

inmortalidad del alma y el castigo de los malvados 
en la existencia futura, pues éstos irían á un lugar 
oscuro; para los hombres virtuosos y para los guerre- 
ros imaginaban un sitio elevado en que vivían can- 
tando himnos y alabanzas al sol. La clase sacerdotal 
era numerosa; en el templo principal de México se 
contaban más de tres mil sacerdotes, quienes enseña- 
ban la música religiosa, consignaban en pinturas je- 
roglíficas sus tradiciones, rezaban tres veces al día y 
una por la noche sus preces y practicaban los ritos 
de su cruel religión. Cada uno de los templos, llama- 
dos por los aztecas teocallis, casas de Dios, poseía tie- 
rras cuyas rentas cobraban los sacerdotes del mismo. 
Los sacrificios humanos eran muy frecuentes; coloca- 
4 



— 50 — 

da la víctima sobre un altar de jaspe, sujeta por cinco 
sacerdotes, otro de éstos le abría el pecho con un cu- 
chillo de piedra y arrancaba el corazón palpitante, 
que después arrojaba á los pies de la deidad en 
cuyo honor se celebraba la fiesta. Los aztecas no co- 




Quetzalcoalt, dios del viento. 

nocieron más escritura que la jeroglífica, pintando en 
telas de algodón ó en pieles adobadas las cosas mis- 
mas cuya idea querían expresar, con el complemento 
de varios signos convencionales para las nociones abs- 
tractas y los seres inmateriales; de estos manuscritos 
se conservan pocos, pues casi todos perecieron á raíz 
de la conquista española. Los aztecas hicieron progre- 



— 51 — 

sar notablemente la agricultura; un hábil sistema de 
riegos fecundizaba las tierras secas; no explotaron el 
hierro; sus instrumentos eran de cobre y estaño alea- 
dos; con el oro y la plata fabricaban objetos de lujo, 
pero no moneda, que les fué desconocida. En la indas- 
tria se distinguieron no poco; elaboraban el tinte de 
cochinilla; tejían ricas telas de algodón, mezclado en 
ocasiones con plumas, y bordaban en ellas pájaros y 
flores. 




Acamapichtli, primer rey de México. 

La primitiva forma de gobierno de los mexicanos 
fué la teocracia. En la segunda mitad del siglo XIV, 
eligieron un monarca, Acamapichtli, casado con la 
iiija de Acolmixtli, señor de Culhuacan. Tuvo algunas 
guerras con sus vecinos en los años de 1379 á 1393. 

Entre los monarcas que hubo luego en México se dis- 
tinguieron Itzcoatl, elegido hacia el año de 1427, quien 
venció á los tepaneca, dando muerte á su caudillo 
Maxtla, y se apoderó de la ciudad de Atzcaputzalco; 
redujo más adelante otras poblaciones, cuyas pintu- 



— 52 — / 

ras se hallan en el célebre códice Mendocino. Mote- 
cuhzoma I sometió á los chalca, cuya capital era Ame- 
camecan, y consignó varios de sus hechos en piedras, 
algunas de las cuales se conservan todavía. Sucedióle 
su nieto Axayácatl, protegido por Netzahualcóyotl, 
rey de Acolhuacán, famoso por los soberbios edificios 
que construyó en Texcoco; Axayácatl se apoderó de 
la ciudad de Tlatelolco; llevó á México por un acue- 
ducto las aguas potables de Chapultepec y mandó la- 
brar la conocida piedra del sol, cubierta de jeroglífi- 
cos, cuyo destino fué para mesa de sacrificios humanos. 
Su hermano Tízoc empezó á reinar en el año de 1481: 
sus campañas contra Metzlitlán fueron desgraciadas; 
construyó un teocalli al dios de la guerra, y habiendo 
muerto envenenado, empuñó el cetro Ahuizotl, quien 
repobló las ciudades de Totoloápan, Ostoman y otras; 
venció á los indios de Tecuantepec y fabricó en Méxi- 
co un nuevo acueducto. Sucedióle Motecuhzoma Xo- 
coyótzin, hijo mayor de Axayácatl, que ocupaba el 
tróncala llegada de los españoles; era fanático, y tan 
soberbio, que sólo quería ser servido por señores de 
sangre real; en su harén, situado en el paraje que hoy 
está la Universidad, mantenía centenares de mujeres; 
cuatrocientos mancebos le servían los manjares; cuan- 
do salía iba en unas andas riquísimas bajo un palio 
de magnífica plumería. Tal era el monarca que muy 
pronto vio la ruina de su imperio, la desaparición 
de su feroz idolatría y los albores de la civilizazión 
cristiana. 



CAPÍTULO VI 



Descubrimiento de Yucatán y expedición qué á este país 
hizo Juan de Grijalva. — Diego Velázquez nombra jefe de 
otra á Hernán Cortés. — Nacimiento y juventud de éste. 
— Sale de Cuba á la conquista de México. — Batalla de 
Tabasco. — Fundación de Veracruz. — Noticias que tuvo 
de Moctezuma. — Resuelve ir á la corte de éste. — Sumi- 
sión de Cempoala.^Campaña contra los indios de Tlasca- 
la. — Paz que ajustó con ellos. — Entrada en México. — 
Recibimiento de Moctezuma. — Es éste reducido á pri- 
sión. — Sale Cortés de México y derrota las tropas envia- 
das contra él por Velázquez. — Vuelve á México y se re- 
tira con grandes pérdidas que le causan los indios suble- 
vados. — Batalla de Otumba. — Sitio y conquista de Méxi- 
co. — Hechos posteriores de Cortés. 



Mientras gobernaba la isla de Cuba el capitán Diego 
Velázquez, se tuvo allí noticia de que, hacia el Ponien- 
te, había unas regiones que se dudaba si eran ó no is- 
las, dotadas de grandísimas riquezas; cuyos rumores 
crecieron una vez que Francisco Hernández de Córdo- 
ba exploró desgraciadamente la península de Yucatán, 
pues fué derrotado y herido con la mayor parte de sus 
soldados; Velázquez envió una segunda expedición 
mandada por Juan de Grijalva, quien llevaba consigo 
á Pedro de Alvarado, Francisco Montejo y Alonso 
Dávila; estos fueron desviados en su navegación 



— 54 — 

por las corrientes marinas y llegaron á la isla de Co- 
zumel, y más tarde á la punta de Catoche en Yuca- 
tán. Siguieron la costa y entraron por el río de Tabasco, 
donde hallaron muchas canoas con indios armados, y 
desembarcando, enarbolarou el estandarte lieal, como 
en señal de haber tomado posesión, guardándose muy 
bien de romper las hostilidades con los indios, de quie- 
nes recibieron obsequios de oro y plumajes. Conti- 
nuando su viaje, remontaron el río de Banderas; re- 
gresaron al medio año, y habiendo Grijalva dado cuen- 
ta de su viaje al Gobernador de Cuba, éste le repren- 
dió fuertemente, porque no dejaba fundada en aque- 
llos países una colonia española. Velázquez, que com- 
prendía el interés con que debía mirarse la exploración 
y conquista de los ricos países descubiertos, acordó 
nombrar como jefe de una expedición que resolvió en- 
viar, al extremeño Hernán Cortés, natural de Mede- 
llín, descendiente de noble familia y pariente de Fran- 
cisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú. Había 
nacido Cortés en el año de 1485 y en su adolescencia 
estudiado leyes en Salamanca; pero sintiendo más vo- 
cación á las armas que á las letras, muy joven se alis- 
tó bajo las banderas del Gran Capitán y luego pasó 
al Nuevo Mundo, que le ofrecía ancho campo donde 
acreditar su valor y resolución; tomó parte en la con- 
quista de Cuba á las órdenes de Velázquez, y allí dio 
palabra de casamiento á D.'* Catalina Juárez, con la 
que contrajo matrimonio más adelante; por tales 
amoríos estuvo enemistado con Velázquez, y éste lo 
redujo á prisión; pero hechas ya has paces, se reconci- 
liaron, y, conociendo aquél las relevantes cualidades 
del aventurero extremeño, no vaciló en encomendarle 



— 55 — 

empresa tan arriesgada cual era la expedición á Mé- 
xico. 

Para ésta se reunieron en Santiago de Cuba diez 
embarcaciones, de cien toneladas las mayores, y tres- 
cientos hombres. Con tan exiguas fuerzas salió Cor- 
tés de allí á 18 de Noviembre de 1518, no alzado 
contra Velázquez y contrariando las órdenes de éste, 
según escribió el P. Las Casas en su Historia de 
las Indias y repitió Antonio de Herrera en sus 
Décadas, pues Bernal Díaz del Castillo, con ser po- 
co amigo del conquistador de México, afirma lo con- 
trario. Llegado á Trinidad, publicó su jornada y se 
agregaron no pocos soldados. Entre tanto sus émulos 
trabajaban con Velázquez para que éste le quitase el 
mando, y al fin consiguieron su deseo; Velázquez en- 
vió un correo á Trinidad con orden expresa de que no 
prosiguiera su viaje Hernán Cortés, quien, después 
de consultar el negocio con sus amigos, se resolvió á 
no obedecer semejantes órdenes, y contestó con evasi- 
vas; prosiguió su rumbo á la Habana, donde se le unie- 
ron Francisco de Montejo, más tarde Adelantado de 
Yucatán, Juan Sedeño y otras personas de relevantes 
cualidades. Desde la Habana fué á la isla de Cozu- 
mel, cuyos indios lo recibieron pacíficamente. Había 
en ella un templo consagrado á cierto ídolo de figura 
humana y horrible aspecto; Cortés lo mandó hacer 
astillas, sin reparar en las amenazas de los indios, y 
mandó construir en el mismo paraje un altar con una 
imagen de Nuestra Señora, donde se dijo Misa, pro- 
bando que su expedición tenía por causa muy princi- 
pal la noble idea de propagar en naciones vírgenes la 
religión católica. Poco tiempo después rescató á un es- 



— 56 — 

pañol llamado Jerónimo de Aguilar que había naufra- 
gado en las costas de Yucatán y sufrido allí una du- 
ra cautividad encerrado en una jaula de madera. A 14 
de Marzo de 1519, salió Cortés de Cozumely llegó al 
río de Tabasco, donde trabó pelea con los indígenas 
que le acometían desde sus canoas armados de fle- 
chas; desembarcados los nuestros, tomaron por asalto 
el pueblo de Tabasco y salieron vencedores en com- 
bates sucesivos; aquellos indios usaban en la guerra 
arcos y dardos, mazas con puntas de pedernal y con- 
chas de tortuga por broqueles; iban desnudos, pinta- 
do el cuerpo de varios colores; en la cabeza llevaban 
coronas de plumaje; embestían ferozmente en escua- 
drones apiñados y eran tan numerosos, que llegaron á 
ponerse frente á Cortés 40.000 guerreros, vencidos por 
la estrategia de éste, por la disciplina y valor de sus 
soldados y por el miedo que infundían los caballos, 
animal desconocido en América, de tal manera, que 
los jinetes parecían á los indios especie de centauros 
formidables. Viendo el cacique de Tabasco la inutili- 
dad de sus esfuerzos, sometióse á Cortés, quien le im- 
puso la abolición de la idolatría y la sumisión al Em- 
perador Carlos V, condiciones que aceptó aquél, ofre- 
ciendo cuantiosos dones. De Tabasco navegaron los 
españoles á Ulúa, y Jerónimo de Aguilar, que era el 
intérprete, notó que los indios hablaban un idioma 
que no entendía; mas la Providencia les había depa- 
rado á una mujer del país, la célebre doña Marina, 
la Malinche, hija del cacique de Oluta, que conocía 
aquella lengua y la del Yucatán hablada por Agui- 
lar; gracias á ella, supieron que se encontraban en 
uno de los países pertenecientes al rey de México, y 



dortés oyó por vez primera el nombre de Moctezuma. 

Poco después visitaron á Cortés el general Teuhtli- 
lli y el gobernador Pilpatoe en nombre del rey mexi- 
cano, alarmados con la llegada de extranjeros á sus do- 
minios y preguntando qué fin se proponían los nues- 
tros. Cortés respondió que hablar con Moctezuma y 
tratar de graves asuntos; en vano los indios le ofre- 
cieron ropas de algodón, piezas de oro y bastimentos, 
rogándole que desistiera de su proyecto, pues contes- 
tó con firmeza que por nada del mundo renunciaría á 
su embajada. Llegada la noticia á Moctezuma, éste, 
conociendo el peligro que se acercaba, envió también 
ricos presentes de telas finísimas, metales preciosos 
y otros objetos á Cortés, alegando razones para que 
no fuese á la capital, pues le decía que no encontra- 
ría seguridad en el camino, por estar en guerra varias 
provincias; Cortés insistió en su primera resolución, y 
los emisarios mexicanos se retiraron enojados. 

Por entonces recibió Cortés una embajada del caci- 
que de Cempoala, quien le brindaba con su amistad, y 
alegróse más de esto cuando supo que bastantes pro- 
vincias tiranizadas por el Emperador mexicano aspi- 
raban á sacudir tan duro yugo, aunque fuese aliándo- 
se con los extranjeros; echando los cimientos de la 
dominación española, fundó en la costa una ciudad 
que llamó Veracruz, y tan hábil diplomático como 
experto capitán, renunció el título de General que le 
había conferido Velázquez y logró que el cabildo de 
dicha ciudad se lo concediera nuevamente. Eestable- 
cida en su ejército la disciplina con algunos castigos 
que impuso á los revoltosos, marchó á Cempoala, 
cuyo cacique recibió con afecto á los españoles; 



— 58 -— 

pasó á Quiabislán, ciudad situada en lo alto de unos 
peñascos que le servían de defensa, y la hallaron 
desierta, porque temerosos los indios, se habían 
refugiado en los montes; atraídos con benevolen- 
cia, supo Cortés que algunos emisarios de Mocte- 
zuma revolvían la población y mandó apresarlos. Di- 
vulgándose la fama del ejército español, considerado 
como libertador en aquella región, llegaron más de 
treinta caciques á prestar sumisión, y tan importan- 
tes eran, que, según dice Antonio de Herrera, en sus 
Décadas, disponían juntos de más de 100.000 guerre- 
ros. Después de una expedición á Zimpacingo, Cortés 
derribó los ídolos de Cempoala, cuyo principal adora- 
torio fué consagrado á Nuestra Señora, y tornó á Ve- 
racruz, desde donde comunicó al Emperador Carlos V 
cuanto había hecho y visto en aquel país. Calmada 
una sedición promovida en el ejército por varios des- 
contentos, verificó la hazaña memorable de echar á 
pique sus buques, que no fueron incendiados como ge- 
neralmente se cree. Pasó revista á sus tropas en Cem- 
poala, y vio que disponía de 500 soldados de infante- 
ría, 15 jinetes y 6 piezas de artillería; dejó 150 de 
los primeros en Veracruz, y con los restantes marchó 
á la provincia de Zocothlan, atravesando una sierra al- 
tísima llena de precipicios y fría sobremanera. Noti- 
cioso de que los indios de Tlascala odiaban á Mocte- 
zuma, se dirigió á esta ciudad, comprendiendo que no 
debía despreciar la ocasión de granjearse amigos y 
aliados, y envió delante cuatro zempoales, quienes no 
lograron su objeto, pues fueron detenidos, y los tlas- 
caltecas, siguiendo la opinión de Xicotencatl, se prepa- 
raron á la defensa. Llegados frente al ejército español, 



— 59 — 

trabóse una reñida batalla, en que los nuestros se vie- 
ron muy comprometidos; mas habiendo muerto gran 
número de caciques, los indios se retiraron. Vencidos 
completamente en un segundo combate los tlascalte- 
cas, comenzaron las negociaciones de paz, llevadas á 
cabo, no oljstante las intrigas de Moctezuma, quien 
veía su trono socavado en el momento en que los inva- 
sores contasen con auxiliares tan valientes como eran 
los indios de Tlascala. Mientras esto sucedía. Cortés 
había enviado á España dos de sus capitanes más fie- 
les, Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de 
Montejo, para dar noticia á Carlos V de las conquis- 
tas verificadas, llevarle algunos presentes y lograr 
: que la Corte, lejos de favorecer las peticiones de Ve- 
;. lázquez, enemigo de Cortés, concediera á éste defini- 
; tivamente la conquista de Xueva España. Salidos de 
i Veracruz, se hallaron en Cuba á riesgo de ser deteni- 
dos por Velázquez; llegados á España se avistaron 
con el Emperador en Tordesillas, quien, ocupado con 
los graves sucesos que precedieron á las Comunida- 
des, remitió el asunto al Cardenal Adriano y al Con- 
sejo de Indias, presidido por el Obispo de Burgos, 
D, Juan Rodríguez de Fonseca, y pasó mucho tiempo 
sin que nada se resolviera. 

Hecha por Cortés la paz con Tlascala, entró en esta 
ciudad en medio de aclamaciones á 23 de Setiembre de 
, 1519, trocado ya el odio de los indios en simpatía 
más ó menos afectada é hija de la conveniencia. La 
populosa ciudad de Tlascala, edificada sobre cuatro 
r eminencias poco distantes, formaba una república, 
gobernada por cuatro caciques y un senado; su terri- 
torio medía 50 leguas de circunferencia y limitaba 



— 60 — 

con los otomíes, los totonaques y otras naciones bár- 
baras. 

Llevando Cortés á Tlascala, como á todas partes, la 
antorcha de la civilización cristiana, mandó soltar de 
las mazmorras los cautivos destinados al sacrificio y 
obtuvo permiso de celebrar públicamente las ceremo- 
nias cristianas que los indios aprendieron á venerar. 
Y á fin de que la paz con los tlascaltecas fuese esta- 
ble, favoreció el matrimonio de seis capitanes espa- 
ñoles con otras tantas doncellas de aquella población; 
uno de ellos, Alvarado, casó con la hija de Xicoten- 
catl, que, después de bautizada, recibió el nombre de 
Luisa. Kesuelto Cortés á proseguir su expedición á 
México, quiso contar antes con la fidelidad de Cholu- 
la, á cuya ciudad envió una requisitoria, y no pas() 
mucho tiempo sin que llegasen diputados de aquélla, 
ofreciendo la amistad de sus habitantes. Era Cholula 
una de las poblaciones más importantes que había en 
Nueva España; Cortés decía que contaba cerca de 
20.000 casas; su régimen político tenía grandes seme- 
janzas con el de Tlascala. De sus antiguos monumen- 
tos se conserva aún la célebre pirámide, digna de fi- 
gurar al lado de las egipcias. Avanzando Cortés con su 
reducido ejército, atravesó luego un país montañoso, 
y cerca de Cholula se encontró con un gentío inmen- 
so que deseaba satisfacer su curiosidad de ver los ex- 
tranjeros, quienes admiraron en la ciudad la anchura 
de sus calles, el número de templos, las torres de és- 
tos, que pasaban de cuatrocientas, y el lujo que en sus 
vestiduras desplegaban los cholultecas. Pocos días más 
adelante llegaron otros embajadores de Moctezuma, 
y Cortés notó que la conducta de los indios de Cholu- 



— el- 
la era más que sospechosa; daban menos víveres á los 
españoles, y se dijo que acumulaban en las azoteas 
piedras y otras armas arrojadizas, indicios de que se 
preparaba alguna traición. Cerciorado Cortés de los 
planes de venganza tramados por los indios de Cho- 
lula, aconsejados por los emisarios de Moctezuma, re- 
solvió anticiparse, y preparando convenientemente 
sus tropas, á una señal dada, cayeron éstas sobre los 
cholultecas, haciendo gran carnicería, con lo cual la 
ciudad quedó sometida y Cortés pudo avanzar hacia 
México. Pasó cerca del volcán de Popocatepell, que es- 
caló audazmente el capitán Diego de Ordás con asom- 
bro de los indios, y entró en el valle de Anahuac, uno 
de los paisajes más bellos que hay en América. Muy 
pronto se descubrieron las lagunas, en cuyas orillas ha- 
bía multitud de aldeas, el cerro de Chapultepec, resi- 
dencia de los emperadores, y la ciudad de Tezcuco. Por 
fin llegó un día, que será de eterna memoria, el 8 de 
Noviembre del año de 1519, y los españoles, saliendo 
de Ixtapalapán, entraron en México, saliendo á recibir- 
los Moctezuma, vestido con una capa de algodón finí- 
simo, adornados cuello y brazos con ricas joyas, san- 
dalias de oro y una corona de plumas. Iba en unas 
andas cubiertas de oro que llevaban en sus hombros 
varios magnates; representaba unos cuarenta años y 
era alto, delgado, y de aspecto melancólico. Cuando 
le vio Cortés, se apeó de su caballo, y saludando res- 
petuosamente al monarca, le puso al cuello un collar 
de cuentas de vidrio, dogal simbólico del triste fin 
que había de tener aquel rey desventurado. Moctezu- 
ma ordenó que fuesen alojados los españoles, y éstos 
quedaron admirados al contemplar las grandezas de 



— 62 — 

México, cuyos templos, azoteas, jardines y edificios 
suntuosos, competían con los de muchas ciudades eu- 
ropeas. Edificada en medio de las lagunas, se comuni- 
caba con tierra por medio de sólidas calzadas y puen- 
tes levadizos. En los palacios de Moctezuma brillaba 
un lujo asiático; los techos eran de cedro; valiosos ta- 
pices cubrían los muros de sus habitaciones: en los 
jardines había un verdadero parque zoológico con 
multitud de fieras y aves de hermosos plumajes, de 
las que cuidaban trescientos hombres. Cortés y los su- 
yos fueron hospedados en un edificio inmenso, rodea- 
do de una muralla con torreones, en el cual instaló 
su ejército y lo transformó con brevedad en cuartel 
y fortaleza; al día siguiente conferenció con el mo- 
narca y le dirigió un largo discurso, probándole que 
debía convertirse al Catolicismo, pues de lo contrario 
su alma bajaría á los infiernos. Moctezuma puso en 
tortura su ingenio para contestar sin hacer abjura- 
ción de sus creencias y llegó á reconocerse en algún 
modo vasallo del Emperador Carlos Y. En nada de 
esto podía haber sinceridad, y Cortés así lo conocía, 
por lo cual, sabiendo que Velázquez envial)a tropas 
contra él, vióse en un conflicto del que salió gracias á 
su arrojo. Marchó al palacio de Moctezuma acompa- 
ñado de cinco españoles, que fueron Pedro de Alva- 
rado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lugo, Ve- 
lázquez de León y Alonso de Avila, y apresóle; ac- 
ción tan heroica que parecería leyenda si no constase 
por testimonios verídicos. Los mexicanos se quedaron 
absortos al ver la degradación de su rey, quien rin- 
dió vasallaje al de España y dio á Cortés sus tesoros, 
que consistían en inmensa cantidad de oro y en pie- 



— 63 — 

dras preciosas; sólo el oro valía 600.000 pesos, ó sean, 
unos 30.000.000 de pesetas, cuya distribución á los 
conquistadores ocasionó quejas, pues como correspon- 
día una quinta parte al monarca español y otra igual 
á Cortés, creyeron los soldados recibir menos de lo 
justo. Hecho esto salió Cortés de México dejando una 
guarnición al mando de Pedro de Alvarado, y mar- 
chó contra Narváez, que en nombre de Velázquez 
había llegado para destituirle. Botas las negociacio- 
nes de paz que entabló, lo acometió de noche en las 
inmediaciones de Cempoala y salió vencedor, tenien- 
do la fortuna de apresar á su adversario. Mas tan fe- 
liz suceso coincidió con otro funesto: la ciudad de 
México se había sublevado, y Alvarado se veía apu- 
rado para defenderse con un puñado de valientes. 
< rracias á la llegada de Cortés, pudo alzarse el blo- 
queo; pero aun así la situación de los españoles era 
crítica- y pareció lo más conveniente emprender la 
retirada, visto que era imposible continuar resistien- 
do más tiempo las furiosas acometidas de los indios. 
Moctezuma, que intentó restablecer la paz, fué heri- 
do gravemente y falleció á loe pocos días. Entonces 
tuvo lugar el desastre conocido con el nombre de La 
noche triste; los españoles encontraron al retirarse 
cortadas las calzadas; muchos de ellos perecieron 
ahogados ó á manos de los indios que en número 
considerable y con el valor que da la desesperación 
los acometían; cuando al siguiente día notó Cortés 
las pérdidas que había experimentado su ejército, llo- 
ró amargamente; más de 400 españoles y de 4000 in- 
dios aliados quedaban muertos en las calzadas y la- 
gunas mexicanas. 



— (i4 — 

Continuando su retirada, llegó al valle de Otumba, 
hostilizado continuamente por los indios, quienes por 
fin se decidieron á batalla campal. Su número se ha 
calculado en 200.000, con manifiesta exageración; de 
todas maneras, la desproporción entre ambos ejércitos 
era enorme; peleóse con encarnizamiento hasta que 
una feliz ocurrencia de Cortés decidió el éxito. Sa- 
biendo que los mexicanos no se consideraban venci- 
pos mientras su estandarte real ondease, junto con 
algunos capitanes, acometió al que lo llevaba, lo 
mató de una lanzada y se apoderó del estandarte: los 
indios al ver tal hazaña huyeron vergonzosamente. 
Llegados los nuestros á Tlascala, fueron recibidos 
favorablemente, si bien luego descubrieron una cons- 
piración tramada por un hijo de Xicotencatl; venci- 
dos los indios de Tepeaca, en cuyo país se fundó la 
ciudad de Segura de la Frontera, Cortés se preparó 
al sitio de México, hacia donde volvió; en Tezcuco 
devolvió la corona al legítimo rey de aquel país, y 
combatiendo sin cesar con los mexicanos, llegó á las 
lagunas de Anahuac; comprendiendo que sin buques 
sería difícil tomar la ciudad de México, construyó al- 
gunos bergantines y acometió la ciudad por Tacuba, 
Ixtacpalapa y Cuyoacan, derrotando la flotilla de ca- 
noas que se le opviso. Defendiéndose los indios con 
increíble abnegación, continuaron los asaltos, ganan- 
do poco á poco terreno el ejército cristiano; aun así 
duró el sitio desde 28 de Abril á 13 de Agosto del año 
de 1521 en que los españoles se apoderaron de Mé- 
xico, haciendo prisionero al rey Guatimozin, sucesor 
de Moctezuma, mientras intentaba fugarse. Las calles 
estaban sembradas de cadáveres, pues no bajaron de 



^v?^¿ 





Retrato de Hernán Cortés y casa en que vivió durante 
el sitio de México. 




Moctezuma. 



— G5 — 

100.000 los indios que murieron. Dueño ya Córtesele 
México, empezó á reedificarla; en el teocalli dedicado 
á Huitzilopochtli se alzó una iglesia consagrada á 
San Francisco, y el culto de las falsas deidades que- 
dó suprimido. Al ver semejantes hazañas Carlos V 
dio á Cortés la gobernación de Xueva España, nom- 
bre que recibió el país conquistado. Cortés, ayudado 





Anverso y reverso de la medalla que usó Hernán Cortés. 

por Cristóbal de Olid y por Alvarado, prosiguió sus 
campañas y llevó la dominación española á Guate- 
mala y Honduras. Sus adversarios le censuraron el 
suplicio que mandó dar á Guatimozin, aunque Bernal 
Díaz del Castillo, historiador fidedigno, asegura que 
lo hizo contra su voluntad; le imputaron además que- 
rer alzarse con la soberanía de México y ser arbitra- 
rio en su conducta, por lo cual vino á la Corte de Es- 
paña á fin de justificarse. Mas Carlos V lo trató con 

5 



— 66 — 

alguna frialdad y al cabo le privó del gobierno de 
México. 

A la conquista de México sucedió la del Yucatán, 
cuya antiquísima civilización fué uno de las más no- 
tables de América. Poblado á mediados del siglo II 
por la raza llamada Maya-Kiché, estuvo dividido en 
pequeños reinos ó cacicazgos enemigos entre sí; los 
Cocomes, los Xives y los Cheles eran las familias más 
importantes. La organización social de los mayas era 




Cerro del adivino. 

teocrática, dada la influencia que tenían los sacerdo- 
tes; reconocían un Dios supremo y muchas divinida- 
des subalternas, representantes de la vida, la luz y 
la muerte. Su arquitectura fué grandiosa .y artística, 
como se ve en las ruinas de varios templos que hay 
en Uxmal, Chichón Itza y Copan. Su escritura está 
aiin por descifrar, no obstante la explicación que de 
ella trae Fr. Diego de Landa en su Relación de las 
cosas de Yucatán. Tenían los mayas muchos libros, de 
los que sólo se conservan tres códices; estaban escri- 
tos en papel hecho de cortezas de árboles ó en piel 
de venado. En su religión había dos instituciones que 



— 67 — 

])arecían copiadas del Cristianismo: el bautismo y la 
confesión. Los sacrificios humanos eran allí casi tan 
frecuentes como en México. 

La península de Yucatán fué conquistada por 
Francisco de Montejo, natural de Salamanca, quien 



Suplicio quiche. 

obtuvo el título de Adelantado para tal empresa, y 
alistando en Sevilla 500 hombres que embarcó en 
tres navios llegó á Cuzmil y poco después tomó pose- 
sión de aquella región en nombre de Carlos V. Pro- 
curó saber cual era la población más importante y 
enterado de que lo era Ticoh, en cuya ciudad domi- 
naban los Cheles, recabó de éstos permiso para edifi- 
car uua villa en las inmediaciones. En breve tiempo 



— 68 — 

se elevó Chichen Itza y empezaron los españoles á re- 
partirse los indios, tratando el país como cosa propia. 
No tardaron los yucatecos en sublevarse contra los 
dominadores; la guerra fué sangrienta, y viendo éstos 
que eran pocos y sus enemigos más cada día, se reti- 
raron de noche, consiguiendo llegar á Zilán, donde 
mandaba uno de los Cheles ya convertido al Cristia- 
nismo, quien los trató amistosamente. Sucedió al Ade- 
lantado Francisco de Montejo, su hijo de igual nom- 
bre, quien subió por el río de Tabasco y entró sin 
resistencia en Champotón, donde permaneció dos 
años; pasó después á Campeche y con la ayuda de los 
de Champotón acaijó la conquista de Yucatán. Que- 
riendo asegurar la dominación española fundó las ciu- 
dades de Mérida, Salamanca y Valladolid. (i) 

(1) Fr. t)iego López CogollurJo. Historia de Yvcaián. Fr. Diego de 
Llanda, Relaciún de las cosas de Vucalán. 




Arte maya quiche: Estuco del palacio de Palenke. 



ii mn ii jin iii i »i m < ni ninn «i i i mn^in 




3^:¿?S-¿^¿a^^ 



Arte maya-quiché: Palacio de Zayi. 







^W-I9t;-::?r:¿; 



'■^l^v.^.-^r^-'-^- 



Arte maya-quiché: Salón con pilastras, de Chichén Itza. 



CAPÍTULO VII 



Historia de México (contimiación). —México en el siglo 
XVI, — Serie de sus Virreyes y acontecimientos más no- 
tables. 



Un nuevo período comenzó para la historia de 
México con la llegada del Virrey D. Antonio de Men- 
doza. La colonia tenía entonces por límites al N. un 
país inexplorado aun después de la expedición de 
Alvar Núñez Cabeza de Vaca y de Panfilo de Nar- 
váez al otro lado del Río Grande; al S. E. la tierra de 
Hibueras. Yucatán, considerado todavía como isla, te- 
nía gobierno separado, aunque sujeto al de México; ha- 
bía en Nueva España cuati'o Obispados: los de Michoa- 
cán, México, Goatzacoalcos y Mixtecas; con el carác- 
ter de ciudades existían México, Antequera, Ciudad 
Real, Santiago de Compostela y otras; gobernaba la 
sede mexicana Fr. Juan de Zumárraga. 

I). Antonio de Mendoza descendía del célebre poe- 
ta D. Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santi- 
llana, y era hermano del historiador D. Diego Hurta- 
do de Mendoza, quien relató en una obra inmortal el 
levantamiento de los moriscos granadinos. Su her- 
mana D.* María se distinguió por su erudición y amor 



— 70 — 

al estudio. Fué nombrado Virrey por Carlos V á 17 
de Abril de 1535, cou tan amplias facultades que po- 
día expulsar de la colonia á quien tuviese por conve- 
niente, y aunque Hernán Cortés era Capitán general 
estaba autorizado Mendoza para delegar en otro los 
asuntos militares en circunstancias especiales. El pri- 
mer negocio de que se ocupó fué el referente á los 
23.000 vasallos que tenía Cortés, y comisionó para ello 
á 1). Vasco de Quiroga. Además formó ordenanzas para 
el buen tratamiento de los indios que trabajaban en las 
minas; reglamentó los tributos, y, enemigo de los co- 
rregidores, procuró que sólo hubiese alcaldías mayo- 
res; impidió que se herrasen esclavos en Nueva (íali- 
cia y protegió el cultivo de la morera y la cría de 
gusanos de seda. En su tiempo (1537) los esclavos 
negros introducidos para la fabricación del azúcar, 
pues eran considerados más á propósito para el tra- 
bajo que los indios, conspiraron eligiendo un rey, si 
bien no lograron su deseo; denunciada la trama por 
uno de los conjurados sufrieron muchos de ellos el 
último suplicio; el presunto monarca fué descuartiza- 
do. A Mendoza se debe la acuñación de moneda en 
México, que parece datar desde el año 1537. 

Durante su gobierno hizo Cortés una expedición al 
Sur; embarcóse á 7 de Junio de 1535, llevando 113 
peones y 40 jinetes, y recorrió las costas de Jalisco 
sin grandes resultados. Otro tanto puede afirmarse 
de la realizada á Cíbola y Quibiria por A^'ázquez Co- 
ronado, países de los cuales se contaban maravillas, 
pues solo encontraron «unos llanos tan sin seña co- 
mo si estuviéramos engolfados en la mar, porque en 
todos ellos no hay ni una piedra, ni cuesta, ni árbol, 



— 71 — 

ni mata, ni cosa que se le parezca». Nueva Galicia 
fué teatro de una guerra civil entre Pedro de Alva- 
rado y Cristóbal de Oñate; el primero falleció aplas- 
tado por su caballo. Sublevados los indios sitiaron á 
los españoles en Guadalajara, donde estos se defendie- 
ron cun sumo valor; Mendoza restableció la paz impo- 
niendo severos castigos. El Cristianismo se propagó 
notablemente gracias á los esfuerzos de Fr. Francis- 
co de los Angeles, Fr. Juan de Tecto, Fr. Martín de 
Valencia, Yi. Pedro de Gante j otros de varias Orde- 
nes que acudieron. Acérrimos defensores de los in- 
dios los religiosos, procuraron el bienestar de aquellos 
al par que la salvación de sus almas, teniendo que 
sufrir en su santa tarea no pocas fatigas y vejacio- 
nes. Mendoza fué nombrado Virrey del Perú en el 
año 1550 y reemplazóle en México 1). Luís de Ve- 
lasco. 

En las instrucciones que Carlos V dio á Velasco 
por una cédula de 16 de Abril de 1550 se le manda- 
ba poner remedio á las diferencias que había entre 
los religiosos de distintas Ordenes; favorecer á éstos 
en su labor de propagar la fe católica; defender á los 
indios de vejaciones, proteger el cultivo de la seda, 
la caña de azúcar y el lino; abrir caminos y construir 
puentes; instrucciones que demuestran cuan lejos es- 
tuvo de ser tiránica ni desacertada la administración 
de los reyes españoles en América, según afirman algu- 
nos con tanta ligereza como inexactitud. Velasco ilus- 
tró su gobierno con la inauguración de la Universidad 
de México, celebrada á 25 de Enero del año 1553. El 
Oidor Rodríguez de Quesada fué nombrado Rector; en- 
tre los profesores los había tan ilustres como Cervantes 



— 72 — 

Salazar, catedrático de Eetórica; de Teología Fr. Die- 
go de Peña, luego obispo de Quito; de Cánones el 
Dr. Melgarejo; de Instituta el Dr. Frías de Albornoz, 
discípulo delgran jurisconsulto Diego de Covarrubias; 
de Sagrada Escritura Fr. Alonso de la Veracruz. 

Cuando se trató de librar á los indios del servicio 
personal, especie de esclavitud á que eran condena- 
dos por los encomenderos españoles, necesitó Velasco 
de toda su energía, pues objetándole que se menosca- 
barían los productos de las minas, y por consiguiente 
las rentas de S. M., contestó que «más importaba la li- 
bertad de los indios que las minas de todo el mundo 
y que las rentas que de ellas percibía la Corona no 
eran de tal naturaleza que por ellas se hubieran de 
atropellar las leyes divinas y humanas». 

Palabras dignas de eterna memoria. 

Doliéndose al ver los caminos infestados de ladro- 
nes, estableció la Santa Hermandad á semejanza de 
la que existía en España; muchos salteadores fueron 
presos y ejecutados, con lo cual se restableció la se- 
guridad personal. 

La villa de Zacatecas, fundada en el año 1548 por 
Cristólml de Oñate, Diego de Ibarra y Baltasar Te- 
miño, comenzó á ser famosa por sus minas; para ase- 
gurar las comunicaciones con ella y evitar las depre- 
daciones de los cláchimecas que recorrían aquel país, 
erigió dos colonias militares: San Felipe y San Mi- 
guel. 

Noticioso de un rico país descubierto por Vázquez 
Coronado, más allá de Zacatecas, encargó una expe- 
dición á Francisco de Ibarra, hombre rico, valeroso y 
honrado (1554). Ibarra llegó hasta el valle de San 



— 73 — 

Juan y Cuencamé y fundó los pueblos de Nombre de 
Dios, Chalchihuites y Nieves; la provincia recibió la 
denominación de Nueva Vizcaya y su capital fué más 
adelante Durango. 

Muerto el santo arzobispo de México Fr. Juan de 
Zumárraga le sucedió Fr. Alonso de Montufar, Domi- 
nico, natural de Loja, varón íntegro y de clara inteli- 
gencia; reunió en la capital un concilio (1555) donde 
se establecieron sabias reglas de disciplina; algunas 
liferencias tuvo con los frailes, porque Montufar 
creía más conveniente el que las parroquias fuesen 
servidas por clérigos regulares; una Eeal cédula da- 
da á oO de Marzo de 1557 decidió el pleito en favor 
de los religiosos. 

Por mandato de Felipe II tornó Velasco á empren- 
der la conquista de la Florida. A 11 de Junio de 
1559 salió una armada de Veracruz, mandada por 
D. Tristán de Luna y Arellano; la expedición tuvo 
un fatal resultado y nada se consiguió. 

Este virrey tan ilustre falleció en México á 31 de 
Junio del año 1564, con sentimiento general, y fué 
sepultado en la iglesia de Santo Domingo, siendo con- 
ducido el cadáver en hombros por cuatro obispos. 

Conforme á lo dispuesto por Felipe II entró á go- 
bernar, interinamente, la Audiencia de México, com- 
puesta de los oidores Ceinos, Villalobos y Orozco. 

Dos incidentes notables ocurrieron poco después. 
Cosijópii, rey que fuera de Tehuantepec, convertido 
al catolicismo y bautizado con el nombre de Juan 
Cortés Cosijópii, gastaba hipócritamente enormes su- 
mas en construir iglesias, pero al mismo tiempo da- 
ba culto á los ídolos. Sabedor de esto Fr. Bernardo 



— 74 — 

de Santa María lo sorprendió una noche, cuando ves- 
tido de blanca túnica y con la mitra de las solemnes 
ceremonias paganas, ofrecía en su palacio sacrificios á 
las falsas deidades. Cosijópii fué preso, pero hubo pe- 
ligro de una sublevación por el disgusto con que los 
indios vieron esto. 

Más importancia tuvo la conspiración de D. Mar- 
tín Cortés, hijo del conquistador de Nueva España, (i) 
y de 1).^ Juana de Zúñiga. Llegado á México, desple- 
gó un lujo inusitado; poseedor del palacio de Moctezu- 
ma, señor de Oaxaca, de Mexicapa, de Cuernavaca, de 
Toluca, de Tuxtla y de otras muchas villas, vivía co- 
mo un rey; orgulloso y altivo, se enemistó con don 
Luís de Velasco y, contando más adelante con el apo- 
yo de los encomenderos españoles, ideó alzarse con el 
mando de la colonia; ayudado por los hermanos Alon- 
so y Gil González de Avila, resolvió con los conjura- 
dos dar muerte al Virrey y á los Oidores; apoderarse 
de Veracruz y de la Ilota dispuesta para marchar á Es- 
paña, y ser coronado monarca. Descubiertos sus planes 
en Julio del año 1566, fué reducido á prisión por el Oi- 
dor Ceinos. Alonso de Avila y su hermano pagaron con 
la vida su delito; Don Martín se vio envuelto en un 
largo proceso en que sufrió el tormento, pero al fin 
no salió tan mal parado como debía, pues sólo fué 
condenado á perpetuo destierro. 

En el año 1559, dispuso el Monarca de España la 
conquista de las islas Filipinas y encomendó el ne- 
gocio á Fr. Andrés de Urdaneta, religioso agustino, 
que antes se distinguiera como soldado en las gue- 

(1) Tenía un hermano bastardo, llamado también Martín, hijo de 
Cortes y de la india L.* Marina. 



— To- 
rras de Italia y como navegante en la expedición que 
á las Molucas hizo en 1525 Jofre de T^aisa, toman- 
do luego el hábito en el convento de San Agustín 
de México. La armada salió del puerto de Navidad 
( Xueva España) á 21 de Xoviembre de 1564, capita- 
neada por Legazpi y Urdaneta, y sus resultados fue- 
ron aumentar los dominios españoles con el rico ar- 
chipiélago Filipino, gracias al valor y prudencia de 
aquellos dos ilustres personajes. 

En el año 1565 se reunió un segundo Concilio pro- 
vincial en México, donde se acordó hacer efectivas las 
constituciones del de Trento y se dictaron minuciosas 
disposiciones concernientes á la vida de los eclesiásti- 
cos y administración de los Sacramentos; elevóse ade- 
más al Key una serie de peticiones en favor de los 
indios, que muestran el alto espíritu de los obispos 
(|ue asistieron. 

A 17 de Setiembre del año 1566 llegó el nuevo 
\ irrey, D. Gastón de Peralta, Marqués de Falces, y á 
quien produjo muy luego serios disgustos el proceso del 
Marqués del Valle y de sus cómplices. Habiendo los 
Oidores condenado á muerte á D. Luís Cortés, herma- 
no de D. Martín, Peralta casó la sentencia, conmután- 
dola en servir al rey por espacio de diez años en Oran. 
<^)iiejo8a la Audiencia escribió á Felipe II diciéndole 
que el Virrey pretendía ser monarca de México, para 
lo cual tenía dispuestos 30.000 combatientes; fábula 
absurda y que ningún documento justifica. Sospechan- 
do Felipe II que hubiese en aquella delación un fondo 
de verdad, envió por jueces visitadores á los Licencia- 
dos Jaraba, Alonso Muñoz y Luís Carrillo, dándoles 
amplísimas facultades. Llegados á México en Octubre 



del año 1567 destituyeron al Virrey, que fué sometido 
á un proceso, y sustanciaron las causas con rapidez es- 
pantosa, comenzando luego las ejecuciones; Gómez 
de Victoria y Cristóbal de Oñate, cómplices del Mar- 
qués del Valle, fueron ahorcados; 1). Pedro y I). Bal- 
tasar de Quesada, decapitados por el mismo delito. 
Tal indignación produjo la conducta de Muñoz, que 
el Key ordenó que regresara á España; mandato que 
comunicaron al terrible juez los antiguos Oidores 
Vasco de Paga y Villanueva. 

Poco después (5 de Noviembre de 1568) tomó po- 
sesión del Virreinato D. Martín Enríquez de Alman- 
sa, quien dotado de singular prudencia restableció la 
calma en el país. Su gobierno se ilustró con el descu- 
brimiento de Nuevo México y con la fundación de co- 
lonias militares entre México y Zacatecas, para ase- 
gurar las comunicaciones, dificultadas por las incur- 
siones de los salvajes cliichimecas. En 1571 se celebró 
el quinciiagésimo aniversario de la conquista; confun- 
didos los mexicanos y tlaxcaltecas con los españoles 
tomaron parte en los festejos, demostrando haberse 
acabado los odios que la raza vencida profesara antes 
á sus dominadores. 

Otro hecho notable se verificó y fué el establecimien- 
to del Santo Oficio (1571), siendo primer Inquisidor 
General de Nueva P^spaña D. Pedro Moya de Contre - 
ras, pues aimque ya antes (1535) D. Alonso Manri- 
que había conferido dicho cargo al apostólico arzobis- 
po ¥v. Juan de Zumárraga, éste no creyó prudente poi 
entonces fundar la Inquisición. 

A los prósperos acontecimientos antes referidos si- 
guieron otros infaustos; dos terribles epidemias afli- 



— 77 — 

gieron la colonia durante los años 1576 y 1577; la 
enfermedad, que parece haber sido una fiebre tifoidea 
causó innumerables víctimas, dando ocasión á que los 
religiosos de todas las Ordenes compitiesen en celo y 
abnegación; según cuenta Dávila Padilla en su His- 
toria de los dominicanos perdió Nueva España con 
aquella calamidad más de dos millones de habitantes. 
Sucedió en el año 1580 al Virrey Almansa, D. Loren- 
zo Suárez de Mendoza, Conde de la Coruña, quien por 
su carácter dulce y afable se granjeó el afecto de la 
colonia; pero su avanzada edad le impidió realizar sus 
planes de reforma en los dos años que gobernó. Muer- 
to á 19 de Junio de 1583 ocupó el mando interina- 
mente la Audiencia, hasta que Moya de Contreras en 
Setiembre de 1584 reunió en su persona los cargos de 
Arzobispo, Visitador y Virrey. Enemigo de abusos y 
corruptelas destituyó á varios Oidores venales y aun 
mandó ahorcar algunos oficiales Eeales. Convocó el 
tercer concilio provincial, al que asistieron los Obis- 
pos de Guatemala, Michoacán, Tlaxcala, Yucatán, 
Nueva Galicia y Oaxaca; proclamóse que la primera 
obligación de los Prelados era «defender con todo el 
afecto del alma y paternales entrañas á los indios re- 
cién convertidos á la fe, mirando por sus bienes espi- 
rituales y corporales.» Moya de Contreras fué reem- 
plazado por D. Alvaro Manrique de Zúñiga, Marqués 
de Villa Manrique, quien hizo su entrada solemne en 
México á 18 de Octubre de 1585. 

Poco hizo éste de notable, ya que fué breve su go- 
bierno; habiendo, contra lo dispuesto en una Real cé- 
dula de 10 de Febrero de 1575, contraído matrimonio 
el Oidor de la Audiencia de Nueva Galicia, Núñez de 



— 78 — 

Villavicencio, con una rica mujer de Ghiadalajara, lo 
destituyó el Virrey; protestó la Audiencia y llegó la 
cuestión á términos que amagaba una guerra civil; 
Felipe II, noticioso de lo que ocurría, destituyó á Vi- 
lla Manrique y nombró en su lugar á I). Luís de Ve- 
lasco, segundo de tal nombre, quien llegó á México el 
25 de Enero de 1590. Este procuró ensanchar las fron- 
teras de Nueva España y favoreció las expediciones 
al Nuevo México, donde Antonio Espejo había des- 
descubierto regiones dilatadas regadas por un río que 
llamaron Conchos y parece ser el río Bravo del Norte: 
estaban pobladas por los pazaguantes, tobosos, jáma- 
nos, maguas, quires, púmanes, tiguas, ames y otros in- 
dios. (1) A 27 de Julio de 1590 salió de Almadén ha- 
cia el mismo país Gaspar Castaño de Sosa con un 
pequeño ejército, y llegó hasta (Chihuahua, tomando 
posesión de muchos pueblos en nombre del rey de Es- 
paña, con escasa resistencia de los naturales; más lue- 
go fué reducido á prisión por causas que se ignoran. 

Hábil diplomático Velasco logró celebrar un trata- 
do de paz con los feroces chichimecas, comprometién- 
dose éstos á no hostilizar en adelante ni á los espa- 
ñoles ni á sus vasallos, y les envió misioneros jesuítas 
y franciscanos para catequizarlos. Menos prudente 
fué al querer que se establecieran en poblaciones los 
indios errantes ó diseminados por los bosques; los oto- 
més, especialmente, se resistieron á salir de sus cho- 
zas y hubo que desistir del proyecto. 

En su tiempo sentencióse un proceso célebre; el de 

(1) Colección de documentos referentes al descubrimiento, conquista y 
organización de las colonias españolas en América; tomo XV, pág. 101 y 
siguientes. 



— 79 — 

Luís de*Carvajal, conquistador de Nuevo León; su de- 
lito fué haber llevado á esta región, de la cual obtu- 
vo el gobierno, varios judaizantes españoles que no de- 
nunció; los inquisidores Bonilla y Santos García lo 
condenaron (Febrero de 1590) á destierro de las In- 
dias por seis años. Promovido Velasco al Virreinato 
del Perú, le sucedió en 1595 D. Gaspar de Zúñiga y 
Acevedo, Conde de Monterrey, el cual con poco tino 
volvió á insistir en la reducción de los indios; acon- 
sejaban esto muchos propietarios de haciendas, quie- 
nes veían una ocasión de ensancharlas con las tierras 
que aquéllos abandonasen. Para colmo de desdicha 
encomendó la ejecución del proyecto á doscientos es- 
cribanos; sucedió lo que era de esperar: todos preva- 
ricaron; nombró otros doscientos, y éstos, á más de co- 
meter igual delito trataron á los indios con gran du- 
reza, quemándoles sus casas y sembrados y llevándo- 
los atados como esclavos á los pueblos designados de 
antemano. 

Más útil que esta disposición arbitraria fué la ex- 
pedición de Juan de Oñate á Nuevo México, de cuyo 
país tomó posesión á 30 de Abril de 1598; muchos 
caciques de los pecos, taos, apaches, apades, cheros y 
emenes prestaron juramento de fidelidad al monarca 
español, y los franciscanos comenzaron con grande ac- 
tividad á sembrar en aquella región la semilla evan- 
gélica. 

En el año 1602, autorizado el Conde por una cédu- 
la de Felipe III para la conquista de California, en- 
comendó la jornada á Sebastián Vizcaíno y á Toribio 
Gómez de Corbán. Salieron éstos de Acapulco á 5 de 
Mayo; llegados al cabo Mendocino hubieron de regre- 



— so- 
sar por haberse propagado en los soldados y*marine- 
ros el escorbuto; sin embargo, no fué inútil la tenta- 
tiva, pues gracias á la inteligencia de Fr. Antonio de 
la Ascensión, cosmógrafo de esta jornada, se logró co- 
nocer con bastante exactitud aquella región, de la 
cual sólo se tenían confusas y vagas noticias. 



CAPÍTULO VIII 



Historia de México (continuación). — México en los siglos 
XVII y XVIII. — Sus Virreyes y los hechos más impor- 
tantes que ocurrieron. 



Sucedió á J). Gaspar de Zúñiga, en Octubre de 1603, 
D. Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montes 
Claros; en su breve gobierno se interesó por dos pro- 
yectos sumamente beneficiosos para la ciudad de Mé- 
xico: el desagüe de las lagunas y la construcción de 
un acueducto de agua potable; pero objetando el Fis- 
cal Espinosa que apenas bastarían para la primera de 
estas obras 60.000 ó 70.000 indios, se desistió de em- 
prenderla. Mejor éxito logró la segunda; en tiempo de 
los reyes aztecas llegaban á México las aguas de Cha- 
pultepec por cañerías subterráneas que Hernán Cor- 
tés reparó; Montes Claros empezó en 1606 la cons- 
trucción del acueducto, monumento que se conserva 
todavía y honra su memoria. 

Nombrado Montes Claros en dicho año, Virrey del 
Perú, nuevamente gobernó en México D. Luís de Ve- 
lasco, quien realizó el desagüe de las lagunas de Mé- 
xico, considerado antes imposible; á este fin gravó las 
casas de México con el impuesto del uno por ciento de 
6 



— 82 — 

SU valor y aceptó el plan del ingeniero Enrico Martín, 
que consistía en abrir un túnel debajo del cerro No- 
chistongo; comenzaron los trabajos el 28 de Setiem- 
bre de 1607 y acabaron á 7 de Mayo del año siguien- 
te; costaron 73,611 pesos. 

Á principios del año 1609 tuvo noticia el Virrey de 
como los negros pensaban sublevarse, á cuyo efecto 
habían elegido un reyezuelo llamado Yanga; éste, que 
vivía escondido en las montañas, reunió bastantes fu- 
gitivos de su raza y se preparó á la guerra; marchó 
contra ellos el capitán González de Herrera y los dis- 
persó en el primer combate, de tal manera, que pron- 
to se sometieron, ofreciendo vivir pacíficamente en lo 
sucesivo. 

Desgraciada fué la expedición que Velasco enco- 
mendó á Sebastián Vizcaíno para tomar posesión de 
unas islas que se decía estar en las cercanías del Ja- 
pón y eran llamadas Ricas de oro y plata; al afecto 
con que fueron recibidos los españoles por el monar- 
ca de aquel imperio, á cuya Corte se dirigieron, suce- 
dió la desconfianza causada por los manejos de ingle- 
ses y holandeses, tornando Vizcaíno sin hallar dichas 
islas ni conseguir provecho alguno. 

Más ventajas reportaron las campañas del capitán 
Hurdaide contra los indios yaquis, enemigos declara- 
dos del Catolicismo, pues nunca habían consentido 
en recibir el bautismo; dirigidos por el cacique Lau- 
taro, derrotaron el ejército de Hurdaide; mas, cosa 
rara, á poco de este triunfo, solicitaron la paz, que 
se celebró á 25 de Abril del año 1610. 

Promovido Velasco á la presidencia del Consejo de 
Indias, le sucedió en el Virreinato Fr. García (íuerra, 



— 83 — 

Arzobispo de Méjico, quien hizo su entrada á 19 de 
Junio de 1611 caballero en un soberbio corcel de 
guerra y bajo un palio que llevaban á pie los regido- 
res; su gobierno pasó como un relámpago, ya que fa- 
lleció en Febrero del año siguiente, á consecuencia de 
un golpe que se dio bajando de su coche. 

A 28 de Octubre llegó á México el Virrey D. Diego 
Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar. Éste 
amplió las obras de desagüe de las lagunas, pues eran 
insuficientes las ejecutadas; el ingeniero holandés 
Boot propuso un plan, y otro En rico Martín, que lo- 
gró triunfar en la puja; ofreció realizarlas sin más 
gasto que 100.000 pesos, y Felipe III le concedió in- 
vertir hasta 110.000, que se reunirían con un impues- 
to sobre el vino. 

En el año 1616 ocurrió un levantamiento de los in- 
dios tepehuanes, quienes dieron muerte á varios reli- 
giosos; sometiólos 1). Gaspar de Alvear, Gobernador 
de Nueva Vizcaya. 

Por entonces se afirmó nuestra dominación en el 
país de iSTayarit, así denominado por el jefe á que 
antes estuvo sometido; más adelante recibió el nom^ 
Ijre aquella región de Nuevo reino de Toledo, que no 
llegó á generalizarse. 

El número de ciudades fundadas por los coloniza- 
dores se aumentó con las de Lerma, en el valle de To- 
luca (1613), y Córdoba. 

En el año 1615 Tomás de Cardona acometió la ex- 
ploración de California; salió de Acapulco á 21 de 
Marzo y tomó posesión de aquel país en nombre del 
monarca español, regresando á México por tierra. 

Trasladado en 1621 el Marqués de Guadalcázar al 



— 84 — 

A^irreinato del Perú, le sustituyó D. Diego Carrillo de 
Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves y Conde de 
Priego, hombre de clara inteligencia, enérgica volun- 
tad y probidad reconocida, pero algo ligero y vehe- 
mente en sus resoluciones, causa de sus contiendas 
con el Arzobispo I). Juan Pérez de la Serna. Éste, 
queriendo restablecer la disciplina eclesiástica, había 
excomulgado por adúltero al alcalde mayor de Xo- 
chimilco, D. Carlos de Arellano; prohibido que se la- 
brasen imágenes ridiculas para las iglesias, como era 
la de Jesucristo «caballero en un cordero corriendo, 
con una veletilla de niños en una mano y un pájaro 
atado de una cuerda en la otra»; condenado la venta 
de pulque á los indios, por ser nocivo y producir em- 
briagueces, y también ciertas devociones nocturnas 
que se celebraban en la Cuaresma, donde se cometían 
no pocas liviandades; estas disposiciones molestaron 
sin razón á la Audiencia, cuyo partido siguió el 
Virrey. Habiéndose refugiado en el convento de Santo 
Domingo, Melchor Pérez de Varaiz, alcalde mayor de 
Metepec, encausado por cohecho, el Arzobispo se pu- 
so al lado de é jte, exigió conocer del proceso y exco- 
mulgó á los jueces; resistióse el Marqués y aquél pu- 
so entredicho á la ciudad; los clérigos salieron por las 
calles con una cruz cubierta de negro velo, se cerra- 
ron los templos y cesó el clamor de las campanas. No 
queriendo el Virrey ceder una pulgada en la contien- 
da, resolvió la adopción de medidas extremas; apode- 
róse del Arzobispo y lo sacó á la fuerza de México; 
pero los habitantes de esta ciudad se sublevaron, y 
atacando el palacio del Marqjués, lo incendiaron por 
diferentes lados; éste, viendo perdida su causa, abdicó 



— 85 — 

el gobierno y huyó, regresando triunfalmente don 
Juan Pérez de la Serna. 

Felipe IV, á cuya noticia llegaron rápidamente su- 
cesos tan graves, dio el Virreinato á D. Eodrigo Pa- 
checo y Osorio, Marqués de Cerralvo (1624), quien 




Péüacío de los Virreyes de México. 



apaciguó los ánimos y auxilió al Arzobispo en cuanto 
pudo. 

Poco de notable ocurrió en su tiempo, á no ser la 
terrible inundación de México en el año 1629; obs- 
truido el túnel que había hecho Enrico Martín, por' 
culpa de éste, según se creyó, desbordóse el lago y se 
anegó la ciudad; más de 30.000 personas murieron 
ahogadas ó entre las ruinas de las casas; sometido 
Enrico Martín á un proceso fué condenado á ejecutar 
por su cuenta las reparaciones necesarias. D. llodrigo 
cesó de gobernar el 16 de Setiembre de 1635, fecha 



— 86 — 

en que llegó D. Lope Diez de Armendáriz, Marqués 
de Cadereyta, á sucedeiie. En su tiempo los piratas 
holandeses, capitaneados por el famoso Fie de palo, 
desolaron las costas de Xueva España, llegando á 
saquear el puerto de Campeche; y como á este peli- 
gro se agregase el temor de una sublevación de crio- 
llos y mestizos en favor de la independencia mexica- 
na, dispuso Felipe IV que la colonia enviase procura- 
dores á las Cortes, por ver si aquéllos se contentaban 
con esta concesión. 

A 28 de Agosto de 1640 llegaron juntos á México 
dos personajes que luego habían de ser rivales encar- 
nizados: el nuevo Virrey I). Diego López Pacheco Ca- 
brera, Duque de Escalona, y D. Juan de Palafox, Obis- 
po de la Puebla y Visitador general de la Audiencia. 
Como el Duque llevaba encargo de enviar á España, 
mezclada en costosas guerras, cuanto dinero pudiese, 
exigió de los mineros fuertes sumas que debían, ven- 
dió muchos oficios públicos y aun demandó contribu- 
ciones por adelantado; medidas que disgustaron á la 
generalidad. Agravóse esto con las diferencias surgi- 
das entre él y D. Juan de Palafox, quien se empeñaba 
en sustituir los frailes que regían las parroquias por 
sacerdotes seculares; los religiosos imploraron el au- 
xilio del Virrey, cuya fidelidad al monarca parecía 
sospechosa; y habiendo recibido Palafox una Eeal cé- 
dula por la cual se le confiaba el gobierno de Nueva 
España y se destituía al Duque, éste marchó á la Pe- 
nínsula, donde logró sincerarse y fué repuesto en dicho 
cargo, que no quiso aceptar. Enemigo Palafox de que 
los religiosos, por ciertos privilegios estuviesen eman- 
cipados de la jurisdicción ordinaria, mandó que los 



— 8/ — 

jesuítas no ejercieran su ministerio sin licencia del 
Prelado. Xombrados varios jueces conservadores para 
entender del negocio, fallaron en pro de los jesuítas; 
Palafox se negó á reconocer la autoridad de aquéllos, 
comenzando un^ guerra implacable entre unos y otros; 
Palafox excomulgó á los jueces j los jueces á Pala- 
fox; afortunadamente se restableció pronto la concor- 
dia mediante una honrosa transacción. 

Gobernando la colonia D. Juan de Palafox, se des- 
cubrió una conspiración encaminada á la independen- 
cia de México; fué el iniciador y alma de ella un ir- 
landés llamado Guillen de Larapart, ó de Lombardo, 
quien se proponía falsificar Reales cédulas nombrán- 
dose virrey y luego alzarse contra Felipe IV. Descu- 
Vjierta la trama. Guillen fué quemado vivo en el 
año 1667. 

Sucedió á Palafox en el gobierno D. García Sar- 
miento de Sotomayor, Conde de Salvatierra, quien 
nada hizo de notable en los seis años que desempeñó 
su cargo; pues aunque intentó la exploración de Ca- 
lifornia encomendándola á Porter de Casanate, que- 
dóse esto en proyecto. 

Trasladado Sarmiento al Virreinato del Perú, ob- 
tuvo igual dignidad en México D. Marcos de Torres 
y Rueda, Obispo de Yucatán (1648) á quien, habiendo 
muy pronto fallecido, reemplazó D, Luís Enríquez de 
Guzmán, Conde de Alba de Aliste (Junio de 1650), 
durante cuya administración se levantaron los indios 
taraumares, que fueron sometidos por D, Diego Fa- 
jardo, Gobernador de Nueva Vizcaya, fundador en 
aquel país de la Villa de Aguilar. Al Conde de Alba 
sucedió I). Francisco Fernández de la Cueva, Duque 



— 88 — 

de Alburquerque. Por entonces, Cromwell, enemista- 
do con España, envió una escuadra que se apoderó de 
Jamaica, no obtante el auxilio que de México recibió 
la isla. 

En 1650 murió en Cuitlaxtla la célebre D.* Cata- 
lina Erauso, la Monja Alférez, que huyó siendo mu- 
chacha de un convento de San Sebastián, vistióse de 
hombre y como soldado hizo cosas admirables en Chi- 
le y el Perú. 

La administración del Conde de Baños, D. Juan de 
Leyva y de la Cerda (1660 á 1664), no dejó más recuer- 
dos en la historia de México que los escándalos de su 
hijo D. Pedro, la inmoral conducta de su mujer, que 
vendía los destinos públicos, y la sublevación de Te- 
huantepec, motivada por los excesos de su alcalde 
mayor D. Juan de Arellano, y extinguida por la me- 
diación del Obispo de Oaxaca D. Alonso de Cuevas 
Davalos. 

La conducta que el Conde observó fué siempre in- 
digna de un vasallo leal y propia de un tiranuelo; 
persiguió al Arzobispo de México, D. Diego Osorio de 
Escobar porque éste condenó el desafío entre un hijo 
del Virrey y el Conde de Santiago; le obligó á salir de 
la capital y detuvo nada menos que seis cédulas Eea- 
les por las cuales se confeiría al enérgico Prelado el 
gobierno de la colonia. Sabedor el pueblo de este 
nombramiento se declaró abiertamente contra Baños, 
á quien sucedió su rival; tres meses más tarde llegó 
el nuevo Virrey, D, Antonio Sebastián de Toledo, 
Marqués de Mancera, que hizo su entrada en México 
á 15 de Octubre de 1664. Las circunstancias porque 
atravesaba Nueva España eran graves; el pirata inglés 



— 89 - 

Morgan, terror de las Antillas, había llegado á dominar 
en aquellos mares y á establecer una contribución en 
las costas, llamada tributo de la quema; Panamá fué 
saqueada por los corsarios, á quienes no podía resistir 
la débil escuadra española que había en el Golfo de 
México. El comercio, agricultura y minería decayeron 
con rapidez, efecto de los impuestos excesivos y de la 
mala administración de justicia; en vano se esforzó 
Toledo para mejorar la situación; viendo lo inútil de 
su empeño hizo dimisión en el año 1673, sucediéndole 
al siguiente D. Pedro Xuño Colón de Portugal, Du- 
que de Veragua, quien solo gobernó cinco días, pues 
habiendo tomado posesión el 8 de Diciembre falleció 
el 13. Xombrado Virrey el Arzobispo de México fray 
Payo Enríquez de Púbera, éste procuró defender las 
costas y hacer frente á los corsarios, contra quienes se 
libró una verdadera batalla naval en la laguna de Tér- 
minos. La construcción de la catedral de México y el 
desagüe del valle adelantaron notablemente, como 
también la colonización de Nuevo México y Califor- 
nia. Mas una insurrección de los indios taos, picuriés 
y tchecas (1680) no pudo ser sofocada por el goberna- 
dor de Santa Fe, D. Antonio de Otermín. 

En el año 1678 llegó á México, de paso para su des- 
tierro á Filipinas, el célebre favorito de la reina doña 
^Mariana de Austria, D. Fernando de Valenzuela, lla- 
mado generalmente el Duende de palacio. 

Tristemente famoso es en los anales mexicanos el 
gobierno del vigésimo octavo Virrey, D, Antonio de la 
Cerda y Aragón, Conde de Paredes, que comenzó á 
30 de Noviembre de 1680. Al año siguiente estalló un 
levantamiento en la ciudad de Antequera, motivado 



— 90 — 

por el cobro de las alcabalas; los piratas continuaron 
asaltando las costas de Yucatán sin que la armada de 
Barlovento, en la cual se habían gastado enormes can- 
tidades, pudiese evitarlo; Veracruz fué saqueada (1683) 
por los piratas franceses, quienes cometieron horri- 
bles excesos y se llevaron un inmenso botín. Campe- 
che sufrió en 1685 la misma suerte que Veracruz. 
Las expediciones realizadas para la conquista de Ca- 
lifornia por D. Isidro de Atondo y Antillón resulta- 
ron infructuosas. A sucesos tan desgraciados se unió 
uno misterioso y trágico; liabiendo llegado á México 
1). Antonio de Benavides, Marqués de San Vicente, 
con el carácter de Visitador del reino, fué reducido á 
prisión, condenado á muerte y ahorcado en Julio de 
1684; supónese por algunos que era agente de los pi- 
ratas; por otros que era un impostor audaz. 

Corto fué el Virreinato de D. Melchor Portocarie- 
ro, conde de la Monclova, pues sólo duró desde el 16 
de Noviembre de 1686 al 11 de Mayo de 1689 en 
que marchó al del Perú, sucediéndole en Nueva Es- 
paña I). Gaspar de la Cerda Sandoval, Conde de Gal- 
ve, quien procuró la reconquista de Nuevo México, 
cuyo Gobernador D. Diego Vargas Zapata lo consi- 
guió, no sin gran trabajo. Noticioso de que los franceses 
acababan de fundar una colonia al Norte del golfo de 
México envió con tropas al Gobernador de Coahuila; 
llegado este á la laguna de San Bernardo sólo encontró 
ruinas de un fortín y bajo ellas los cadáveres de los 
invasores quienes, capitaneados por La Salle, habían 
sido muertos por los carancahuases; y como algunos 
indios saliesen al encuentro de los españoles dicien- 
do que eran texia, esto es, amigos, recibió aquél país 



— 91 — 

• 1 nombre de Texas que conserva todavía. El P. Da- 
mián Mazanet comenzó á propagar allí el Evangelio, 
y se echaron los cimientos de San Antonio de Béjar, 
■lesiis María y otras poblaciones. Con objeto de poner 
la Florida á cubierto de una invasión francesa, fun- 
dó Galve la villa de Panzacola. En lo interior de la 
colonia no faltaron agitaciones; los tabaris y otros in- 
dios de Chihuahua y Sonora se levantaron quemando 
muchas iglesias y asesinando á varios religiosos; en la 
capital se alzaron los indios contra los españoles y 
fueron necesarias medidas de rigor para escarmiento 
(le los sediciosos. En California proseguía la conquis- 
ta pacífica gracias al P. Kino; mas luego se subleva- 
ron los pimas, é quienes castigó duramente el capitán 
Antonio Solís; sin desanimarse el P. Kino, en unión 
on los Padres ligarte y Salvatierra, también jesuí- 
tas, continuó las misiones con bastante fruto y ha- 
ciendo al mismo tiempo observaciones geográficas 
dignas de memoria; gracias á él se supo que la Baja 
California era una isla y no una península como ge- 
neralmente se creía. 

En tiempo del Virrey conde de Moctezuma don 
José Sarmiento A^alladares, descendiente del antiguo 
Emperador de México, prosiguieron sus misiones en 
California los Padres Kino y Salvatierra, donde se 
fundó el pueblo de Loreto. El conde de Moctezuma 
procuró asegurar el orden en la colonia y dictó seve- 
ras disposiciones contra los bandidos, muchos de los 
cuales fueron ajusticiados en la plaza Mayor de Mé- 
xico, y reforzó la armada de Barlovento, que sufrió, 
no obstante, una derrota por la escuadra francesa en 
el año 1697. 



— 92 — 

En Marzo del año 1701 llegó la noticia de haber 
fallecido Carlos II y de ocupar el trono español Fe- 
lipe V; fué jurado éste solemnemente el día 4 de 
Abril. A la sazón atravesaba México un período tan 
crítico como el de su metrópoli. Moctezuma renunció 
su cargo, que ocupó desde el 4 de Noviembre de 1701 
hasta el 8 de Diciembre de 1702 el Arzobispo Ortega 
y Montañés, quien puso en estado de defensa los 
puertos de Veracruz y Tampico, amenazadas por las 
armadas inglesa y holandesa; éstas lograron destrozar 
en Vigo la tiota que venía de Nueva España en Se- 
tiembre del año 1702 y se apoderaron de cuantiosas 
riquezas; las pérdidas sufridas por los nuestros se han 
evaluado en cincuenta millones de pesos, 

A 6 de Octubre de 1702 llegó á Veracruz el virrey 
1). Francisco Fernández de la Cueva, duque de Al- 
burquerque; éste reparó la armada de Barlovento, y 
con ella pudo ahuyentar los piratas del golfo de Mé- 
xico; mandó confiscar los bienes de los portugueses, 
ingleses y holandeses que residían en la colonia, y 
así consiguió aumentar los recursos del erario. Por 
las costas de Florida los ingleses llegaron á sitiar la 
ciudad de San Agustín, mas no lograron su objeto, 
pues fué socorrida por el gobernador de la Habana y 
el cerco fué levantado. La necesidad de sostener á un 
mismo tiempo guerras tan costosas, hizo que se esta- 
bleciese un impuesto del diezmo sobre los bienes de los 
eclesiásticos, medida que motivó protestas; con esto 
y con la reversión á la corona de las rentas enajena- 
das, pudo Alburquerque enviar al Monarca dos mi- 
llones de pesos. En medio de circunstancias tan an- 
gustiosas no se olvidó la pacificación de ambas Cali- 



— 93 — 

fornias, cuyos indios evangelizaba con ardiente celo y 
notables resultados el P. Salvatierra, ayudado de los 
Padres Ugarte, Basaldú y Picólo. Las fronteras del 
Xorte de Nueva España continuaban expuestas á las 
invasiones de los indios de Tamau lipas; á fin de con- 
tenerlas se fundó en 1701 la villa de San Mateo del 
Pilón, hoy Montemorelos. 

A principios del año 1711 tomó posesión del Vi- 
rreinato ] ). Fernando de Alencastre, duque de Lina- 
res, y halló que no podía ser más desdichada la situa- 
ción del país; la disciplina eclesiástica estaba relaja- 
da; la administración de justicia corrompida; de los 
alcaldes mayores, escribía el Duque: «faltan á Dios 
en el juramento que quiebran; al Key, en los reparti- 
mientos que hacen, y al común de los naturales en la 
forma con que los tiranizan». Impulsado Linares por 
su noble carácter y afán de justicia, procuró remediar 
tan graves males. En su tiempo se celebró la paz de 
Utrech, que puso término á la guerra de sucesión; 
por una de sus cláusulas se concedió á Inglaterra el 
monopolio de introducir esclavos negros en México y 
en las demás colonias españolas de América. Sucedió 
á Linares, en Julio de 1716, D. Baltasar de Zúñiga, 
marqués de Valero, quien envió una expedición á las 
costas de Campeche y Yucatán para expulsar á los 
ingleses que sin razón alguna se habían establecido allí; 
mandábala D. Alonso Felipe de Andrade y logró su 
objeto, quedando en poder de los nuestros la isla del 
Carmen. Durante el gobierno del marqués de Valero 
comenzaron á visitar la ciudad de México varios ca- 
ciques de países lejanos que se sometían; en 1717 lle- 
gó el floridano Tixjanaque y recibió el bautismo. La 



— 94 — 

provincia del Nayarit, en Nueva Galicia, refugio de 
criminales y sublevada de continuo, vivía en comple- 
ta independencia; al fin los nayaritas hicieron propo- 
siciones de paz, aunque fingidamente, según después 
se vio; enviaron á México el cacique de la Mesa lla- 
mado Tonatiuh, que hizo varias promesas y huyó sin 
cumplirlas; entonces el Virrey mandó activar las ope- 
raciones militares contra los nayaritas, y vencidos 
éstos por D. Juan de Torre, quedó sometido el Naya- 
rit. Cansado el Marqués de su continua é infructuosa 
lucha contra la corrupción administrativa de la colo- 
nia, renunció el mando en 1722, sucediéndole 1). Juan 
de Acuña, marqués de Casafuerte, en cuyo tiempo 
sublevóse de nuevo el Nayarit, que fué en breve so- 
metido. Un peligro había en la costa del Sur del golfo 
de México, y era que los ingleses ocupaban sin dere- 
cho el territorio que ellos denominaban de Walix, Bali- 
za ó Belice; reconocida la conveniencia de expulsarlos, 
dirigió la expedición el Mariscal 1). Antonio de Fi- 
gueroa, quien lo consiguió haciendo prodigios de va- 
lor y reedificó allí la villa de Salamanca, fundada á 
comienzos del siglo XVI, pero arruinada entonces. 
Once años gobernó el Marqués de Casafuerte y se 
granjeó el afecto de los mexicanos por su acierto y 
excelentes prendas de carácter; su muerte, ocurrida á 
16 de Marzo de 1734, fué muy sentida. Ocupó el Vi- 
rreinato el Arzobispo 1). Antonio de Vizarrón y Eguia- 
rreta, bajo cuyo mando ocurrieron sucesos infaustos: 
una terrible epidemia se cebó en los indios, calculán- 
dose que murieron las dos terceras partes; solamente 
en la Puebla fallecieron 50.000. Eotas las hostilidades 
entre Inglaterra y España en el año 1739, el como- 



— 95 — 

(loro Anson j el comandante Wernon" se presentaron 
en las costas tlel Pacífico y del golfa de México, oca- 
sionando frecuentes alarmas en las ciudades del lito- 
ral. En 1734 se levantaron los indios de California y 
asesinaron alP. Tamaral y á otros misioneros; fueron 
castigados por el gobernador de Sinaloa y sometidos, 
volviendo los jesuítas á encargarse de su evangeli- 
zación. 

A 30 de Junio de 1740 llegó ^1 nuevo Virrey don 
Pedro de Castro y Figueroa, duque de la Conquista, 
quien, habiendo sido atacado en la travesía por 
dos fragatas holandesas, perdió los documentos y no 
pudo justificar ante la Audiencia su nombramiento, 
lo cual produjo cuestiones entre ambas autoridades. 
Falleció al año siguiente y le sustituyó D. Pedro Ce- 
brián y Ag\;stín, conde de Fuenclara, quien se des- 
prestigió con el proceso que formó al sabio historiador 
y arqueólogo I). Lorenzo Boturrini, sin más causa que 
pedir éste donativos para la coronación solemne de 
la Virgen de Guadalupe. 

Su sucesor, D. Francisco de Güemes y Horcasitas, 
conde de Revillagigedo, se propuso desalojar á los in- 
gleses que nuevamente ocupaban el territorio de Be- 
lice; derrotólos el gobernador de Yucatán D. Manuel 
Salcedo, pero no se consiguió expulsarlos definitiva- 
mente. Revillagigedo amplió las libertades comercia- 
les rebajando las tarifas de aduanas; persiguió activa- 
mente el contrabando y logró mejorar con oportunas 
disposiciones el estado de la colonia. Una de sus em- 
presas más notables fué la pacificación de Tamauli- 
pas, que encargó á D. José de . Escandón; éste con- 
quistó un vasto país habitado por los apaches, co- 



— 96 — 

manches y otros indios bárbaros. La reforma de la 
administración progresó notablemente; los productos 
de la Hacienda llegaron á ser más de siete millones 
de pesos; los indígenas encontraron siempre en Eevi- 
llagigedo un protector decidido. 

D. Agustín de Ahumada y Villalón, marqués de 
las Amarillas, que se había distinguido en las campa- 
ñas de Italia, gobernó la Nueva España poco más de 
cuatro años (1755 á 1760); casi nada hizo de prove- 
cho; ni aun siquiera pudo extinguir el bandolerismo, 
á pesar del vigor con que lo persiguió, y menos pro- 
teger la colonia contra las invasiones de los indios 
comanches. 

Sucedióle 1). Joaquín de Montserrat, marqués de 
Cruillas, que tomó posesión á 6 de Octubre de 1760, 
y al año siguiente hubo de sofocar un levantamiento 
de los yucatecos, exasperados por las vejaciones que 
sufrían; su caudillo, el indio Jacinto Canek, se hizo 
fuerte en Cisteil con 1500 soldados; pero vencidos por 
los españoles, pagó con la vida su culpa. Cuando en 
el año 1762 fué tomada la Habana por los ingleses, 
reparó las fortificaciones de Veracruz y reunió un 
ejército colonial, el primero de este género que se co- 
noció en Nueva España, y fué organizado por D. Juan 
de Villalba. En Agosto de 1765 llegó á México el vi- 
sitador D. José de Gálvez, enviado en apariencia con 
objeto de arreglar la Hacienda, y en realidad para 
ver si era cierta la malversación de dos millones de pe- 
sos atribuida á Cruillas; Gálvez comenzó su visita con 
rigor inusitado, suspendiendo al alcalde del crimen 
de Veracruz y destituyendo á v^arios oficiales reales; 
decretó el estanco del tabaco, medida que produjo 



— 97 ~ 

motines y alborotos. Cruillas fué destituido y nom- 
brado en su lugar D. Carlos Francisco de Croix, na- 
tural de Lille, hombre honrado y de excelentes cuali- 
dades como gobernante, quien dirigió su atención á 
restablecer la disciplina en el ejército colonial, cuya 
manera de formarse por sorteo aborrecían los mexi- 
canos, que preferían el de levas. Al mismo tiempo se 
agitaba en el país la idea de independencia, motivos 
que hicieron llevar en el año 1768 tropas españolas. 

En Junio del año 1767 se verificó en México la 
expulsión de los jesuítas, arbitrariedad que produjo, 
como en España, funestos resultados; los indios que- 
daron sin sus venerados maestros y se aflojó no poco 
el lazo moral que unía la colonia con su metrópoli. 

Afanoso Gálv^ez de explorar nuevos países, hizo en 
1768 un viaje á California, y desde el puerto de San 
Blas envió dos expediciones por tierra; una, al mando 
de I). Fernando Rivera, con quien iba Fr. Juan Cres- 
pi, que escribió el diario de los sucesos; otra, dirigida 
por D. Gaspar de Portóla y Fr. Junípero Serra, varón 
admirable por sus virtudes y á quien corresponde la 
conquista y pacificación de la Alta California, que 
hoy pertenece á los Estados Unidos; Fr. Junípero fun- 
dó allí misiones y alcanzó grandes resultados en la 
predicación del Evangelio. 

En el año 1771 se celebró en México el cuarto 
Concilio Provincial, que presidió el Arzobispo Loren- 
zana, y en él se dieron á los párrocos advertencias tan 
evangélicas como ésta: «ame el párroco mucho á los 
indios y tolere con paciencia sus impertinencias, con- 
siderando que su tilma nos cubre, su sudor nos man- 
tiene; con su trabajo nos edifican iglesias y casas en 



— 98 — 

que vivir». Croix renunció su cargo, que ocupó en 
Setiembre de 1771 D. Antonio María de Bacareli y 
Ursua, que estableció algunos presidios en la región 
del Norte para contener las invasiones de los apaches 
y comanches; mejoró el estado de la Hacienda; en la 
casa de moneda se -llegaron á acuñar anualmente 
veinte millones de pesos, y el comercio prosperó no- 
tablemente. Habiendo fallecido en Abril de 1779, le 
sucedió D. Martín de Mayorga, en cuyo tiempo ocu- 
rrió la sublevación de las colonias inglesas en el Norte 
de América, imprudentemente favorecida por España; 
operó contra las armas británicas en Luisiana y al- 
canzó algunas victorias, apoderándose de Baton Eou- 
ge y de otras plazas. En Abril de 1783 ocupó el Virrei- 
nato D. Matías de Gálvez, quien vio desmembrarse 
la colonia, si bien en pequeña parte, por haber cedido 
España á Inglaterra, en dicho año, el territorio de 
Walix ó Belice, campo de batalla entre ambas nacio- 
nes durante mucho tiempo. 

Sucediéronle en Junio de 1785 su sobrino D. Ber- 
nardo de Gálvez, afamado por sus campañas contra 
los ingleses en Luisiana, y Virrey de los más queri- 
dos que hubo en México; y en Julio de 1787 1). Ma- 
nuel Antonio Flores, que falleció á los dos años, y en 
Octubre de 1789 D. Juan Vicente de Güemes Pache- 
co, conde de Eevillagigedo, hombre de talento nada 
común. Hermoseó la capital y organizó su policía. En 
1791 envió una expedición al Norte del mar Pacífico 
para descubrir un estrecho que uniese las bahías de 
Hudson y Baffíns; su resultado fué explorar el litoral 
hasta la isla de Vancouvert, si bien ésta quedó en 
poder de los ingleses, que la reclamaron por suya. 



— 99 — 

Tan loable fué la conducta de Eevillagigedo, que se 
le dispensó del juicio de residencia secreta cuando en 
Marzo de 1794 le sustituyó I). Miguel de la Grúa 
Talamanca j Branciforte, marqués de Branciforte, si- 
ciliano, que debía su elevación á estar casado con do- 
ña María Antonia Godoy, hermana del Príncipe de 
la Paz. 

Durante su gobierno se rompieron las hostilidades 
entre Inglaterra y España (año 1793) y aunque el 
capitán general de Yucatán, D, Arturo O'Xeill, inten- 
tó desalojar del territorio de Belice á los ingleses, 
quienes procuraban allí ensanchar sus dominios, no 
lo consiguió. 

D. Miguel José de Asanza, que sucedió al Marqués 
de Branciforte, procuró fortificar el puerto de Vera- 
cruz y otros á fin de protegerlos de la armada britá- 
nica. En el interior hubo de atender á negocios más 
graves, preludio de la sublevación que ocasionaría po- 
cos años más tarde la independencia de México; tal 
fué la conspiración llamada de los machetes, que fra- 
casó por la diligencia de Asanza; después de éste go- 
bernaron el Virreinato D. Félix Berenguer de Mar- 
quina (1800 á 1803), quien sofocó la conspiración del 
indio Mariano en Tepic, encaminada á restablecer la 
monarquía azteca, y D. José de Iturrigaray (1803 á 
1808) hombre codicioso y avariento que se acarreó con 
sus desaciertos un menosprecio general. 



CAPÍTULO IX 



Historia de México (conclusión). — Causas de su rebelión. 
— Guerra de suindependencia.— El Emperador Itúrbide. 
— Presidentes que le sucedieron.— Anarquía perpetua 
de la república. — Invasión norte-americana. — Guerra con 
Francia.— El Emperador Maximiliano. — Los Presiden- 
tes Benito Juárez y Porfirio Díaz. 



Al comenzar el siglo XTX el virreinato de México 
se extendía desde los 16.° en los confines con la capi- 
tanía general de Guatemala, hasta los 42." de latitud 
septentrional; por el Oriente llegaba desde el golfo 
de Honduras á la Luisiana; su extensión superficial 
se acercaba á 200.000 leguas cuadradas, comprendien- 
do los países que forman en la república norte- ame- 
rica California, Arizona, Nuevo México y Texas. La 
población constaba de unos 6.000,000 de habitantes, 
que etnológicamente se clasificaban en criollos, esto 
es, descendientes de europeos, indios y mestizos; de 
los primeros había más de un millón, sobrepujando á 
estos en número los mestizos; pero los españoles con 
no pasar de 20.000, concentraban en sus manos la ad- 
ministración de justicia, el comercio y los cargos más 
lucrativos, inclusas las mitras, rara vez provistas en 



— 101 — 

criollos, causa de que los naturales del país se queja- 
ran de ser postergados; el clero parroquial mostraba 
cierto odio á la dominación española y de él salieron 
caudillos de la independencia tan decididos como el 
cura Hidalgo. 

El comercio con España se hacía jjor el puerto de 
Veracruz, y con Filipinas por el de Acapuleo. Las 
rentas ascendían á 20.000,000 de pesos, de los cuales 
se invertían diez y medio en la colonia, tres y medio 
se destinaban á las islas de Cuba, Puerto Eico y San- 
to Domingo, ingresando el resto en la Tesorería Eeal 
de Madrid. Administrativamente se dividía México 
en doce intendencias y tres provincias, que eran: 
Nuevo México y las dos Californias, Vieja y Nueva. 
Los intendentes ejercían el mando en las divisiones 
mencionadas y conocían, no solamente en asuntos gu- 
bernativos sino también en otros económicos y judi- 
ciales. Un ejército de 40.000 hombres, clasificado en 
en tropa permanente, milicias provinciales, divisiones 
guarda costas y compañías presidiales, además de con- 
servar el orden, tenía por misión contener las invasio- 
nes de los indios del Norte, cuales eran los apaches, 
comanches y otros. Tal era la situación de México po- 
cos años antes de iniciarse la sublevación contra Es- 
paña. 

En México, lo mismo que en las restantes colonias 
españolas de América, hubo dos géneros de causas 
que produjeron la emancipación; unas eficientes y 
otras ocasionales; fueron las primeras el sentimiento 
de nacionalidad que, disminuido con la conquií-ta, ha- 
bía tornado á crecer con el aumento de cultura, de 
población y de riqueza, llegando á engendrar odio y 

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— 102 — 

mala voluntad hacia los españoles, considerados como 
extranjeros que dominaban sin otro título que la fuer- 
za; el ejemplo de los Estados Unidos, cuya emancipa- 
ción había imprudentemente favorecido Carlos III; 
las doctrinas de la revolución francesa y de los enci- 
clopedistas, muy propagadas en breve tiempo, y la 
corrupción administrativa, denunciada por D. Jorge 
Juan y D. Antonio de Ulloa en su célebre informe 
secreto; las ocasionales fueron la invasión de la pe- 
nínsula por Napoleón, con cuyo motivo quedaron las 
colonias aisladas, casi independientes de hecho, sin 
que la metrópoli contase con fuerzas para hacer res- 
petar su dominación, y más adelante las odiosas con- 
tiendas de absolutistas y constitucionales, pues llega- 
ron los últimos á preferir el triunfo de sus ideas á la 
conservación de nuestras posesiones ultramarinas y 
aun á trabajar secretamente en las logias masónicas 
contra los intereses de España. 

El problema de la independencia mexicana no se 
planteó de ima vez, sino que obedeció á una lenta 
evolución. Eealizada en el año 1808 por Fernando VII 
su cobarde renuncia al trono español á favor de Na- 
poleón, el pueblo mexicano consideró aquel acto nulo, 
como hecho bajo la presión de amenazas y, no reco- 
nociendo otro monarca que el legítimo, se preparó á 
defender la causa de éste. Por iniciativa del ayunta- 
miento de México y muy á disgusto del Virrey se 
convocó una junta de autoridades, especie de asam- 
blea constituyente, que debía adoptar las disposicio- 
nes conducentes á la seguridad y buena administra- 
ción de la colonia; reunida en Agosto de 1808, si bien 
acordó no reconocer otra soberanía que la de Fernán- 



1U3 



do VII, adoptó varias disposiciones que correspon- 
dían á éste ó á su Virrey, primer indicio de separa- 
tismo, cual fué acordar la reunión de un congreso ge- 
neral de Xueva España. Viendo los peninsulares allí 
residentes qre la conducta irresoluta y débil del Vi- 
rrey Iturrigaray podía tener funestas consecuencias, 








lo destituyeron en Septiembre y la Audiencia nom- 
bró para sucederle á I). Pedro Garibay, quién sólo 
gobernó diez meses,, siendo reemplazado por D. Fran- 
cisco Javier de Lizana y Beaumont, arzobispo de Mé- 
xico. En el año 1810 fué descubierta una conspira- 
ción en Querétaro, favorecida por D, Miguel Domín- 
guez, corregidor de aquella ciudad, que tendía á res- 



— 1U4 — 

tablecer la monarquía de los aztecas con un Empera- 
dor y varios reyes feudatarios; plan descabellado que 
no quiso favorecer D. Miguel Hidalgo y Costilla, el 
célebre cura de Dolores, que tanto se había luego de 
distinguir en la emancipación de su país. Era éste 
natural de Pínjamo, en la provincia de G-uanajuato, é 
hijo de D. Cristóbal Hidalgo; estudió en el colegio de 
San Nicolás de Valladolid (México), donde sus com- 
pañeros le llamaban el zorro, por lo taimado de su 
carácter; hacia el año 1779 pasó á la capital y recibió 
las órdenes sagradas; después de servir algunos cura- 
tos, alcanzó el de Dolores, en Guanajuato, que le pro- 
ducía 9.000 pesos anuales; allí dedicóse tanto ó acaso 
más que á la cura de almas á la agricultura y á la in- 
dustria, plantando moreras, construyendo fábricas de 
ladrillos, de loza y de curtir pieles. Empezó en el año 
1810 á conspirar contra España, intentando seducir 
el batallón provincial de Guanajuato, plan que fué j 
descubierto á tiempo y fracasó; entonces Hidalgo, 
viéndose comprometido, se lanzó al campo con 300 
hombres y comenzó la guerra separatista; á 20 de Se- 
tiembre entró en Celaya, y allí fué proclamado (je- 
neral; pocos días más tarde, ya reforzado su ejército, 
entró por asalto en Guanajuato, si bien experimentó 
grandes pérdidas. Este chispazo fué el comienzo del 
incendio, y la revolución se extendió muy pronto, no 
obstante haber sido casi aniquiladas las tropas de Hi- 
dalgo en Acúleo por el general Calleja; la plaza de 
San Blas y todo el reino de Nueva Galicia, ó sea, la 
provincia de Guadalajai-a, cayó en poder del sacerdo-' 
te rebelde; una revolución estalló en Zacatecas, cuyo 
intendente D. Francisco Eendón fué preso; otra en 



— luó — 

San Luís de Potosí; nuevos jefes insurrectos, como 
D. Ignacio María de Allende y L). Rafael de Iriarte, 
coadyuvaron las empresas de Hidalgo. Los rasgos de 
crueldad, tan comunes en las guerras civiles, se mul- 
tiplicaron en breve; los españoles eran por do quiera 
encarcelados, despojados de sus bienes ó asesinados; 
muchos de éstos que residían en Guadalajara fueron 
asesinados por mandato de Hidalgo, cuyas órdenes 
cumplía un capitán de bandoleros llamado Agustín 
Marroquí n. La sorpresa y prisión de Hidalgo y Allen- 
de, verificada por el teniente coronel leal 1). Ignacio 
Elizondo en Marzo de 1811, pareció anunciar el fin 
de la lucha, pues juntamente con aquéllos cayeron en 
poder de los nuestros varios cabecillas, como fueron, 
D. José Santos Villa, 1). José María Chico, D. Vicen- 
te Valencia y los mariscales de campo Zapata y Lan- 
zagorta; hecho que se celebró en México con repiques 
de campanas y salvas de artillería. Sujetos á un pro- 
ceso Hidalgo y Allende, fueron pasados por las ar- 
mas. La revolución entró en un período de anarquía 
faltando sus principales caudillos, mas á pesar de es- 
to se generalizó, recorriendo los campos «hordas de 
insurrectos que cometían toda clase de desmanes, ta- 
lando las fincas y quemando las granjas de los espa- 
ñoles. López Rayón, uno de los insurrectos que dispo- 
nían de más fuerzas, entró en Zacatecas, de donde 
huyó al aproximarse Calleja, siendo luego vencido en 
la acción del Maguey; el indio Bernardo Gómez de 
Lara, hombre feroz y sanguinario que acaudillaba á 
los habitantes semisalvajes de Xola, Tula y Palma, 
armados de flechas y lanzas, fué derrotado por el cura 
leal Semper, con lo cual se pacificó el Norte de la 



— 106 - 

provincia de San Luís. Pero la actividad y valor de 
D. José María Morelos cambiaron el aspecto de la 
campaña. Éste, que era hijo de un pobre carpintero 
y descendía de las razas india y negra, aunque él bla- 
sonaba de español, fué en sus mocedades vaquero; á 
los 30 años emprendió la carrera eclesiástica y logró 
el curato de Carácuaro; secundó los esfuerzos de Hi- 
dalgo, y á la muerte de éste quedó como el principal 
caudillo mexicano; durante el año 1811 derrotó en 
varias ocasiones á nuestro ejército, que se retiró en la 
costa del mar del Sur hasta Mescala, perdiendo su ar- 
tillería y municiones, quedando por el Eey solamente 
la ciudad de Acapulco; la impotencia de las armas es- 
pañolas para dominar la insurrección se hizo mani- 
fiesta en las campañas sucesivas, pues deshechos los 
insurgentes, volvían de nuevo á organizarse. En vano 
Matamoros, célebre jefe rebelde, fué derrotado en Fu- 
marán, hecho prisionero y ajusticiado en Valladolid 
á 3 de Febrero de 1814, y Morelos tuvo igual suerte 
en Tezmalaca y fué pasado por las armas en México 
á 22 de Diciembre de 1815; la revolución continuó 
sostenida -por i). Francisco Javier Mina, sobrino del 
célebre guerrillero español Espoz y Mina, que man- 
chó su honor haciendo traición á su patria, y hasta el 
año 1818 no pudo considerarse vencida, si bien rena- 
ció muy pronto cuando el general D. Agustín de Itúr- 
bide, que había peleado en defensa de la metró})oli, 
nombrado comandante del distrito del Sur á 9 de no- 
viembre de 1820, se entendió con el caudillo separa- 
tista Guerrero y á 24 de Febrero del año siguiente 
proclamó en Iguala la independencia de IVIéxico, alen- 
tado por la crítica situación que atravesaba España 



— 107 — 

con motivo de la sublevación de Riego y el restable- 
cimiento de la Constitución. El plan de Itúrbide con- 
sistía en hacer de México una monarquía, cuyo trono 
ocuparía Fernando VII, los Infantes sus hermanos, y 
en defecto de éstos, cualquier Príncipe de la casa rei- 
nante. Habiendo llegado como virrey D. Juan O'Do- 
noju á 30 de Junio, comprendiendo que la causa de 
España estaba perdida, celebró en Agosto con Itúrbi- 
de el tratado de Córdoba, que confirmaba el estatuto 
de Iguala; O'Donoju fué reconocido como capitán 
general de Xueva España y D. Agustín de Itúrbide 
entró en la capital de México, cuya independencia 
quedó desde aquel momento asegurada. 

A 28 de Setiembre reunióse en la catedral de Mé- 
xico la Junta, especie de Congreso nacional, y quedó 
proclamada el Acta de independencia, que comienza 
así: «La nación mexicana, que por trescientos años 
ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la 
voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido». Nom- 
bróse una regencia compuesta de cinco individuos, 
cuyo presidente fué Itúrbide, para gobernar provisio- 
nalmente, y muy luego se dibujaron dos partidos; uno 
el eclesiástico y otro el liberal, sostenedores de prin- 
cipios antagónicos; mientras unos querían el restable- 
cimiento de la Compañía de Jesús, la masonería, há- 
bilmente organizada, ambicionaba el triunfo de las 
modernas libertades. Un fausto suceso para los mexi- 
canos vino á aumentar el regocijo que sentían con su 
independencia, y fué la anexión voluntaria de Guate- 
mala, que no aceptaron las provincias de San Salva- 
dor y Costa Rica. Por fin reunióse en la capital el 
Congreso á 24 de Febrero de 1822 y procedióse á 



— 108 — 

formar una constitución; mas no estando conformes 
los diputados con los proyectos é ideas de Itúrbide, 
éste creyó que lo mejor sería reconcentrar el poder en 
manos de uno solo á fin de evitar la anarquía; valién- 
dose del sargento Pío Marcha, se proclamó Empera- 
dor á 18 de Mayo; el Congreso aprobó aquel golpe de 
Estado por 67 votos contra 15, á condición de que 
Itúrbide obedeciera la Constitución, leyes, órdenes y 
decretos que emanasen del poder legislativo; con lo 
cual quedó roto y anulado por completo el tratado de 
Iguala. Itúrbide fué coronado pomposamente el 21 de 
Julio; dos obispos lo recibieron en la Catedral bajo 
un palio que ellos sostenían, y el Presidente del Con- 
greso le puso en la cabeza la corona, que muy en l)ie- 
ve sería de espinas para aquel monarca improvisado. 
Tan luego como empuñó el cetro puso restricciones á 
la libertad de imprenta é intentó reducir el número 
de diputados; con su poco tacto se creó. no pocos ene- 
migos. Sublevóse en Veracruz el general Santa Ana 
ó Santana, y generalizándose el levantamiento, vióise 
Itúrbide fin apoyo alguno y abdicó en Marzo del año 
1823; marchó á Londres, y el Congreso mexicano, 
creyendo que trabajaba por ocupar de nuevo el tro- 
no, lo condenó á muerte; sorprendido á su regreso en 
Arroyos, donde había llegado ignorante del fallo dic- 
tado contra él, fué pasado por las armas el 19 de Julio 
de 1824. 

Continuando el Congreso en su tarea de formar ima 
Constitución, dictó por fin la del año 1824, basada en 
el sistema federal; establecíase la independencia de 
los tres poderes, legislativo, judicial y ejecutivo, y 
quedó reconocida como religión del Estado la Católi- 



— 109 — 

ca, sin admitirse la libertad de cultos. Verificadas las 
elecciones presidenciales, obtuvo mayoría de votos el 
general Victoria. Como España no había reconocido 
la independencia mexicana, continuaron las hostili- 
dades entre ambas naciones; pero el castillo de Ulúa, 
uno de los últimos- baluartes poseídos por los nues- 
tros, hubo de capitular en Setiembre de 1825. 

Hacia el año 1821 se presentó ya la cuestión de 
Texas, que tan cara había de costar á México. Ocupa- 
da aquella vasta región por los españoles, comenzó á 
ser colonizada con anuencia de la metrópoli en el año 
1819 por el norte americano Moisés Austín, en cu- 
yos derechos sucedió su hijo Esteban, quien solicitó 
que Texas formase un Estado de la confederación me- 
xicana, por más que sus intentos eran declararlo en 
ocasión oportuna independiente. 

Otros graves problemas tenía que resolver la nue- 
va república, cuales eran la financiera y las relacio- 
nes con la Santa Sede y con España que no había 
consentido en aceptar los hechos consumados; para 
colmo de desdichas comenzó una serie de pronuncia- 
mientos y sediciones motivadas por la exaltación de 
los partidos políticos, mal avenidos con los procedi- 
mientos legales; luchas en las que México gastó no po- 
cas energías y vio interrumpido su progreso durante 
un largo período. Elegido en el año 1829 Presidente 
el general D. Vicente Guerrero, que representaba el 
partido democrático, se promovió una guerra civil 
iniciada por D. Anastasio Bustamante, y Guerrero lo 
mismo que Iturbide fué pasado por las armas. Los 
-^rmenes de anarquía se desarrollaron; el general 
Santa Ana se pronunció en Veracruz; D. Esteban 



— lio — 

Moctezuma en San Miguel Allende; Urrea en Duran- 
go; Bustamente, acosado por las tropas de Santa Ana 
cayó del poder y le sucedió D. Manuel Goraez Pe- 
draza (año 1832) y á éste, un año más tarde, D. Va- 
lentín Gómez Farias; Santa Ana no dejó por esto 
de estar en continua rebeldía, como si no quisiera 
otra autoridad que la suya y su patriotismo se con- 
fundiera con el interés privado; militar desgraciado 
cuando se trataba de una guerra seria, fué derrotado 
en San Jacinto por los téjanos levantados contra el 
Gobierno de México, y hecho prisionero; para salvar 
la vida cometió la ignominia este valentón de recono- 
cer la independencia de Texas, cuya sublevación obe- 
decía á inicuos manejos de los yankees, y se compro- 
metió á retirar de allí las tropas mexicanas. Tal fué 
el personaje que más adelante ocupó la Presidencia 
de la Eepública, á cuya postración contribuyó como 
nadie. 

En el año 1837 ocupó de nuevo el poder Busta- 
mante, en cuyo tiempo se ratificó el tratado de paz 
con España; las revoluciones siguieron menudeando; 
hubo pronunciamientos en Nuevo México y en Cali- 
fornia; el de Moctezuma acabó y éste fué condenado á 
muerte. En 1841 Santa Ana alcanzó la Presidencia, no 
legalmente, sino efecto de una revolución, y si antes • 
demostró ser militar inepto, luego probó ser un go- ^ 
bernante desdichado, pues no supo evitar la guerra 
con los Estados Unidos que había de privar á Méxi- 
co de una tercera parte de su territorio. La causa de 
esta guerra fué la proyectada anexión de Texas á 
la república norteamericana que había reconocido la 
independencia de aquel país en vista de que los me- 



— Ui — 

xicanos, atentos á pelear unos con otros, no podían 
restablecer allí el orden. Santa Ana protestó enér- 
gicamente, aunque sin resultado, y rotas las hostilida- 
des, hallándose México en la anarquía y la lucha de 
generales no interrumpida, el triunfo de los nortea- 
mericanos fué completo; pasaron el río Bravo y derro- 
ron á los mexicanos en Palo-Alto; era su general 
Zacarías Taylor, quien venció á Santa Ana en la 
angostura. En Veracruz desembarcó el general Scott 
con otro ejército y marchó hacia la capital, librando 
combates en que la suerte le favoreció; sitió á Méxi- 
co y entro en la ciudad; Santa Ana abandonó el po- 
der y el Presidente interino D. Pedro María Anaya 
ajustó la paz con los invasores; el tratado de Guada- 
lupe fué durísimo; México perdió la California, Ari- 
zona, Xuevo México y Texas, regiones de inmensa 
riqueza, á cambio de una pequeña indemnización. Lo 
más triste en aquellos sucesos es el poco ó ningún 
patriotismo que se notó en la infortunada república, 
que parecía destinada á perecer; mientras las bayo- 
netas yankees se acercaban á la capital, Tabasco se 
sublevó, y el Yucatán, declarando que nada tenía que 
ver con la guerra, se declaraba neutral; aberración in- 
creíble. Nuevamente rigió Santa Ana los destinos 
de México en los años 1853 á 1855 y como si la fa- 
talidad le acompañara ayudada de la torpeza, des- 
membró por segunda vez el territorio de la república 
con vender á los yankees el distrito de Mesilla. Des- 
pués de gobernar con arbitrariedad rayana en cruel 
despotismo, cayó como habían caído los presidentes 
contra los que él se había sublevado de continuo, y 
abandonó la nación que tantos males le debía. Du- 



112 — 




raiite las presidencias de los generales Comonfort y 
Miramón crecieron la anarquía y el antagonismo de 
liberales y conservadores de una manera lastimosa; 
México era considerado por los extranjeros como un 

país que no merecía 
la independencia. Ha- 
biendo el Congreso sus- 
pendido el pago de la 
Deuda exterior, los go- 
biernos de Francia, In- 
glaterra y España se 
resolvieron á interve- 
nir; 4000 españoles 
mandados por el gene- 
ral Gasset se apodera- 
ron de Veracruz y de 
D. Benito Juárez San Juan de Ulúa; más 

tarde llegaron el gene- 
ral Prim, como jefe de nuestro ejército, y el almirante 
francés Lagraviére, quienes dirigieron un ultimátum 
á D. Benito Juárez, Presidente de la república mexi- 
cana, y habiendo éste prometido atender las reclama- 
ciones se retiró Prim de la campaña, no obstante que 
la prosiguieron los franceses, poniendo de manifiesto 
los fines ambiciosos que les animaba; en un año que 
duró la guerra se apoderaron de la capital y, aboliendo 
la república nombraron Emperador de México á Ma- 
ximiliano de Hapsburgo, Archiduque de Austria, quien 
no pudo sostenerse en aquel trono sin cimientos; pues- 
to D. Benito Juárez al frente de una guerra nacional, 
Maximiliano fué hecho prisionero y fusilado á 19 de 
Junio de 1867. Juárez ocupó la presidencia de la re- 



113 



pública y se distinguió por la firmeza de su carácter 
Sucedióle D. Sebastián Lerdo de Tejada y á éste el 
general Porfirio Díaz en el año de 1877, quien rige 
actualmente los destinos de su nación con tal acierto, 




El general Porfirio Díaz 

que México ba recobrado la paz en el interior, antes 
perturbada continuamente; multiplicado su riqueza, 
ordenado su Hacienda, divulgado la enseñanza, cons- 
truido vías férreas y aumentado su prestigio en el 
extranjero; tiempo era de que México entrase en un 
período de bonanza después de tantas tempestades 
como había sufrido. 



CAPÍTULO X 



América Central: Guatemala. — Honduras. — El Salvador. 
Nicaragua.— Costa Rica. (1) 



Los primeros habitantes conocidos de Guatemala 
fueron los tultecas ó toltecas, que procedían del Nor- 
te; llegaron capitaneados por varios jefes cuyos nom- 
bres conservó la tradición, como Tanub, Capichoch, 
Mahquinalo y otros; ahuyentando ó destruyendo á 
los indígenas, fundaron los reinos de Quiche y de los 
Zutugiles que en su principio gobernó Axopil, siendo 
desmembrados á la muerte de éste. 

Entre los monarcas de Quiche se distinguió Balani- 
Acán que libró sangrientas batallas con los Zutugiles; 
Kicac-Tanub que mantuvo relaciones amistosas con 
Moctezuma, y Tecum-Unam que reinaba cuando Gua- 
temala fué conquistada por los españoles. De los se- 
ñores de los Zutugiles mencionaremos á Zutugil-Eb- 
pop quien, enamorado de una princesa quiche, la robó 

(1) Historia de Guatemala ó recordación florída, escrita en el siglo 
XVII por el Capitán D. Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, que 
publica por vez primera con notas é ilustraciones D. Justo Zaragoza. 
Madrid, Impr. á cargo de V. Sáiz. 1882 y 1883; en i.°. Historia de Costa 
Rica durante la dominación española, 1502-1821, por D. León Fernán- 
dez. Madrid, 1889; en 4.°. Peralta. Costa Rica y Nicaragua en el si- 
glo XVI, Madrid, 1883; en 4.». 



— 115 — 

y por este motivo sostuvo guerras con sus vecinos; 
vencido en ellas, murió de pesadumbre. Su sucesor 
Rumal-Ahus continuó la campaña con igual desgracia. 
Lejos de ser despótica la monarquía de los toltecas 
se hallaba limitada por la intervención de los aha- 
ffimes ó magnates, quienes deponían al rey cuya con- 
ducta fuese reprensible, y conferían el cetro al legíti- 
mo sucesor. Los ahaguaes que se rebelaban y dete- 
nían los tributos de los pueblos eran condenados á 
mvierte, y los individuos de su familia vendidos pií- 
blicamente por esclavos. Las leyes referentes á la 
propiedad y á los delitos contra las personas, aunque 
severas, tenían cierto fondo de justicia; el ladrón, á 
más de restituir lo quitado, pagaba al rey una multa 
que se duplicaba en caso de reincidencia; la violación 
de mujeres se castigaba con pena de muerte. Usaban 
el tormento como medio de prueba, colgando al pro- 
cesado de los pulgares y azotándolo hasta que confe- 
saba su delito. Veneraban los toltecas multitud de 
ídolos hechos de piedra y barro en forma de culebras, 
tigres y otros animales; el dios cuyo culto se hallaba 
más extendido era llamado Exbalanquén. En ocasio- 
nes veneraban á sus magos y hechiceros, acerca de lo 
cual refiere Oviedo y Baños: «Siendo yo corregidor y 
capitán á guerra del partido de Totonicapa y Gue- 
guetenango, averigüé, por noticias que me dio el Ee- 
verendo Fr. Marcos Ruíz, que los indios de San Juan 
Atitlán adoraban en un indio mudo y sumamente 
asqueroso del pueblo de Comalapa, al cual le vestían 
de las vestiduras sagradas, y puesto en el altar le sa- 
humaban y ofrecían flores», (i) Veneraban á sus ídolos 

(1) Hisíoría de Guatemala, tomo I, pág. 37. 



— 116 — 

con sacrificios de aves y otros animales, solemnizando 
el acto con danzas y bebiendo luego chicha hasta que- 
dar embriagados. Los españoles prohibieron luego es- 
tos bailes, y tanto lo sintieron los indios, que en cier- 
ta ocasión ofrecieron al gobernador D. Martín Carlos 
de Meneos los indios de Alotenango 1000 pesos por 
el permiso de danzar el baile llamado Oxtun ál son 
de largas trompetas. Tan arraigadas estaban en ellos 
estas ceremonias que después de convertidos al cris- 
tianismo las aplicaron al culto de los santos, que de- 
nominaban guachihales. 

Rendido el imperio de México á la obediencia de 
España gracias al valor de Cortés y de su pequeño 
ejército, pensó aquel esclarecido capitán en nuevas 
expediciones, y teniendo ya noticias de Guatemala, 
encomendó la conquista de este país á Pedro de Al- 
varado, á cuyas órdenes puso un ejército de 750 es- 
pañoles y 3000 indios; aconsejóle atraer de paz á los 
toltecas y propagar la religión cristiana, aboliendo la 
idolatría. Emprendió Alvarado su marcha á 13 de 
Noviembre del año de 1523 y fué recibido amistosa- 
mente en Tehuantepec, cuyos habitantes se habían 
sublevado antes y refugiado en unos peñascos; el 
mismo éxito logró en Soconusco, villa que contaba 
más de 60.000 almas; llegado al río Zalama se encon- 
tró con un considerable ejército que derrotó no sin 
trabajo; sostuvo otros reñidos combates en Quetzal- 
tenango, y en las barrancas de Olimtepeque fué tanto 
el estrago hecho en los indios, que al decir de Ovie- 
do y Baños, cronista guatemalteco del siglo XVII, 
«la sangre de ellos corrió á manera de un arroyo, des- 
de la falda adelante», por cuyo motivo aquel paraje 



— 117 — 

recibió el nombre de Xequiquel (debajo de la sangre). 
Los habitantes de Guatemala se ofrecieron á prestar 
vasallaje y aun le ayudaron con 2000 soldados á sub- 
yugar la provincia de Utatlán; las discordias intesti- 
nas de los indios favorecieron los planes de Alvarado, 
pues disputándase el trono de ' Guatemala, Ahpoca- 
quil y Sinacam, éste creyó lo mejor contar con el 
apoyo de los extranjeros; así los españoles entraron 
sin dificultad en aquella población y luego sometie- 
ron el reino de Atitlán, cuyo señor era aliado de Ah- 
pocaquil. Carlos V premió los servicios de Alvarado 
concediéndole el título de Adelantado y la goberna- 
ción de Guatemala, 

Constituido el reino de Guatemala en Audiencia 
dependiente del Virreinato de Nueva España, fué go- 
bernada por aquélla desde el año de 1542 hasta los 
comienzos del siglo XIX, Indicaremos algunos de sus 
más notables presidentes y de los hechos sucedidos 
en su tiempo. D. Alonso Maldonado (1542 á 1548) 
trasladó la capital de Comayagua ala ciudad de Gra- 
cias á Dios; ]). Alonso López Cerrato suavizó la opre- 
sión que los indios padecían en cuanto al pago de tri- 
butos y en las faenas á que les obligaban sus enco- 
menderos; el Dr. Rodríguez de Quesada (1555 á 
1558) procuró someter los indígenas de Puchutla y 
de Lacandón; D. Juan Núñez de Landecho, adminis- 
tró tan mal, que fué procesado, y escapándose en un 
barquichuelo, debió de naufragar, pues no se supo más 
de él; D. Antonio González trasladó en 1570 la capi- 
tal de la Audiencia á la ciudad de Guatemala, donde 
se llevó con gran solemnidad el real sello; D. Pedro 
Mallén de Rueda (1589 á 1592) siguió los pasos del 



— 118 — 

anterior; se malquistó con el Obispo, abofeteó al 
Guardián del convento de San Francisco, y promovió 
repetidas quejas por su tiránico gobierno, acabando 
por volverse loco; I). Antonio Peraza de Ayala, con- 
de de la Gromera (1609 á 1626), hizo algunas mejoras 
en la capital; D. Alvaro de Quiñones y Osorio, fundó 
la villa de San Vicente de Austria; ü. Fernando de 
Altamiramo y Velasco (1654 á 1657) tomó parte por 
los Mazariegos en los bandos que dividían las princi- 
pales familias de Gruatemala; D. Martín Carlos de 
Meneos, desalojó en 1665 á los ingleses que se ha- 
bían apoderado del fuerte de San Carlos en la entra- 
da del río de San Juan; 1). Sebastián Alvarez, reedi- 
ficó la catedral, que estaba ruinosa; D. Gabriel Sán- 
chez de Berrospe conquistó y fortificó el Peten y 
acabó de someter la provincia de Lacandón. D. Tori- 
bio José de Cosío, Marqués de Torrecampo (1716 á 
1724) apagó una sublevación de los indios de Tzen- 
dales; 1) José Vázquez construyó la fortaleza de San 
F'ernando de Omoa en el ano de 1753; D. Martín de 
Mayorga trasladó en 1776 la ciudad de Guatemala, casi 
arruinada por los terremotos, al sitio en que hoy se 
halla. 

Verificada en el año de 1821 la independencia de 
México, Guatemala propuso á las demás provincias de 
América Central la unión con aquella república; mas 
éstas no coadyuvaron á tal pensamiento; Honduras y 
Nicaragua eligieron diputaciones en Comayagua y 
León, adhiriéndose al plan de Iguala; Costa Ilica 
siguió la misma conducta. Quedó sola Guatemala, que 
reconoció al emperador mexicano Itúrbide; en nom- 
bre de éste fué á la capital el general F'ilísola, tomó 



— 119 — 

posesión del mando y sometió por las armas la pro- 
vincia del Salvador que no quería la anexión con 
México. Fusilado Itúrbide y separada de aquella re- 
pública la América Central, ésta,- en el año de 1824 se 
constituyó en federación que duró poco tiempo á cau- 
sa de mutuas rivalidades, y comenzó una serie de lu- 
chas entre Guatemala y las demás repúblicas, cuya 
separación fué y parece ser definitiva, por desgracia. 
En el año de 1885 el Presidente de Guatemala, I). Eu- 
ñno Barrios, intentó la unión, que fracasó por las intri- 
gas de los Estados Unidos, empeñados en el fraccio- 
namiento de la América Central, y la oposición que hi- 
zo la república del Salvador, cuyas tropas derrotaron 
á las de Barrios y éste murió en el campo de ba- 
talla. 

A principios del siglo XVI habitaban en Honduras 
tres pueblos indios, que eran: 1° los chortises de Se- 
senti, pertenecientes á la familia de los quichés, cachi- 
meles y mayas; 2.** los lencas, que bajo los nombres 
de chontales, payas é hicaques ó xicaques (i) habita- 
ron luego en los distritos de Olancho, Comayagua, 
Choluteca y Tegucigalpa; 3.° los salvajes de la costa 
de Mosquitos que hablaban un idioma propio. 

Honduras fué descubierta por Colón en el año de 
1502; desembarcó en la isla de Guanajas, siguió hacia 
punta Casina y llegó al istmo de Darién. 

En 1523, Francisco de las Casas fundó la ciudad de 
Trujillo y en el siguiente, Cristóbal de Olid la del 
Triunfo de la Cruz; más adelante poblaron Alonso de 

(1) De éstos se publicará dentro de poco una curiosísima relación 
en la Colección de libros ij documentos referentes á la Historia de América, 
que edita en Madrid D, Victoriano Suárez. 



— 120 — 

Cáceres la de Valladolid; Francisco de Montejo la de 
Gracias á Dios. Chaves, Olid, Alvarado y Hernández 
de Córdoba realizaron la conquista del país, que luego 
perteneció, como Nicaragua, á la capitanía general de 
Guatemala. Declarada independiente la provincia de 
Honduras en el año de 1821, se adhirió luego á la con- 
federación de la América Central. Nombró Presidente 
á D. Dionisio Herrera, contra quien más adelante se 
rebelaron los distritos de Santa Bárbara, Olancho y 
Gracias. Sucedióle D. José Justo Milla, quien fué de- 
rrocado por los salvadoreños, que se apoderaron de 
Comayagua. En el año de 1838, Honduras se separó de 
la Confederación. En 1839 declaró la guerra al Sal- 
vador, unida con Nicaragua, pero fué vencida. En 1885 
favoreció los planes del guatemalteco Barrios, que 
fracasaron por la oposición de los Estados Unidos. 
En 1890 fué invadida por los salvadoreños, que fue- 
ron derrotados, firmándose la paz al año siguiente. 

El país del Salvador, que se hallaba poblado á co- 
mienzos del siglo XVI por los chontales y por los pi- 
piles, cuya ciudad más importante era Cuscatlán, fué 
conquistado por Pedro de Alvarado, quien sometió á 
los indios de Escuintepeque después de reñidas lu- 
chas, y, prosiguiendo la campaña, venció en Tarisco á 
un numeroso ejército que se le opuso; ahuyentó á los 
indios de Guazacapán, quienes, sin embargo, le hosti- 
lizaron después á menudo; derrotó en Pazaco al caci- 
que Xcatibab, que mandaba considerables tropas, y 
regresó á Guatemala á principios del año de 152;"). Su 
hermano D. Jorge acabó de someter los indios de 
Cuscatlán, y en Abril de 1528 fundó la ciudad de 
San Salvador. Bernal Díaz del Castillo, historiador 



— 121 — 

coetáneo de estos sucesos, dice que Pedro de Alvara- 
do llegó en su expedición más allá del río Lempa; se- 
gún otros, no pasó de Cuscatlán. Durante los si- 
glos XVI, XVII y XVIII, el Salvador perteneció á 
la Capitanía general de Guatemala. En el año de 1821 
se declaró independiente y no quiso en modo alguno 
anexionarse al imperio de México, gobernado por Itúr- 
bide. Posteriormente se adhirió á la Confederación de 
la América Central, cuya capital fué la del Salvador. 
Su Presidente, Morazán, empeñado en que subsistie- 
ra la Confederación, sostuvo luchas con Guatemala, 
Honduras y Nicaragua, que no dieron el resultado 
apetecido, pues muy en breve se disgregó aquélla. Las 
guerras del Salvador con las repúblicas vecinas fueron 
después frecuentes; tuvo una con Guatemala en 1844; 
otra con Honduras al año siguiente; otra con Guate- 
mala en 1863. En 1885 se opuso al proyecto de Con- 
federación patrocinado por el general Barrios. En el 
mismo se sublevó Meléndez contra el Presidente Zal- 
dívar y logró subir al poder; murió en una revolución 
que estalló á poco, y le sucedió en Marzo de- 1891 el 
general Ezeta. 

La conquista de Nicaragua fué realizada por Gil 
González IJávila á principios del siglo XVI, hecho 
que el mismo relató al Emperador en una carta, de la 
que copiamos algunos párrafos á fin de que se vea la 
sencillez con que aquellos hombres ilustres referían 
sus expediciones. 

«Andando yo en este medio tiempo por la tierra 
adentrOj sosteniéndome y tornando cristianos muchos 
caciques é indios, de causa de pasar los ríos é arroyos 
muchas veces á pie y sudando, sobrevínome una 



— 122 — 

enfermedad de tollimiento en una pierna, que no po- 
día dar un paso á pie, ni dormir las noches ni los días, 
de dolor, ni caminar, puesto que me llevaban en una 
manta atada en un palo, muchas veces, indios é cris- 
tianos en los hombros, de la cual manera caminé har- 
tas jornadas; pero por causa que caminar desta mane- 
ra me era el caminar muy dificultoso y por las mu- 
chas aguas que entonces hacía, que era invierno, hobe 
de parar en casa de un cacique muy principal, aun- 
que con harto cuidado de velarnos; el cual cacique te- 
nía su pueblo en una isla que tenía diez leguas de 
largo y seis de ancho, la cual hacía dos brazos de un 
río, el más poderoso que yo aya visto en Castilla, en 
el cual pueblo tomé la casa del cacique por posada, 
y era tan alta como una mediana torre, echa á mane- 
ra de pabellón, armada sobre postes y cubierta con 
paja; y en medio de ella hicieron para do yo estuvie- 
se una cámara para guardarme de la humidad, sobre 
postes, tan alta como dos estados, y dende á quince 
días que llegué llovió tantos días que crecieron los 
ríos tanto que hicieron toda la tierra una mar, y en 
la casa do yo estaba, que era lo más alto, llegó el 
agua á dar á los pechos á los hombres». 

«Otro día... me dijeron que el cacique me espera- 
ba en su pueblo de paz, y llegado aposentóme en una 
plaza y casas del alrededor della y luego me presentó 
parte de quince mil castellanos, que en todo me dio, 
y yo le di una ropa de seda y una gorra de grana y 
una camisa mía y otras cosas de Castilla, muchas; y 
en dos ó tres días que se le habló en las cosas de Dios, 
vino á querer ser cristianos él y todos sus indios é 
mugeres, en que se babtizaron en un día 9017 áni- 



— 123 — 

mas chicas y grandes... Pasados los ocho días me 
partí á una provincia que está seis leguas adelante, 
donde hallé seis pueblos, legua y media ó dos leguas 
uno de otro, de cada dos mil vecinos cada uno; des- 
pués de ab elles enbiado á decir el mensaje y cosas 
que á este cacique Nicaragua, é aposentádome en un 
pueblo dellos, y después de venirme todos los señores 
dellos á ver y héchome presente de oro y esclavos y 
comida, como es su costumbre, y como ya ellos sabían 
que Nicaragua y sus indios se avían tornado cristia- 
nos, casi sin hablar se lo vinieron á querello ser», (i) 

Después de Gil González Dávila, Francisco Her- 
nández fundó en el año de 1523 la ciudad de León de 
Nicaragua. 

Durante la dominación española, Nicaragua formó 
parte de la capitanía general de Guatemala. En el 
año de 1821 se declaró independiente, y, junto con las 
provincias vecinas, constituyó la Kepública federal de 
Centro América. Deshecha la confederación, tuvo un 
período de luchas civiles y conspiraciones hasta el año 
de 1848. En este mismo, Inglaterra quiso apoderar- 
se de la costa de Mosquitos, que pertenecía á Nicara- 
gua; la intervención de los Estados Unidos impidió 
esta usurpación. En 1862, la elección de Presidente 
ocasionó una guerra civil. En 1885, aliada con el Sal- 
vador y Costa Eica, hizo frente á Barrios, Presiden- 



(1) Carta del Capitán Gil González Dávila á S. M. el Emperador 
i Garlos V, Rey de España, sobre su expedición á Nicaragua, Santo Do- 
¡> mingo, 6 de Marzo de 1524. Publicada por D. Manuel M. de Peralta 
I en su libro Cosía Rica, Nicaragua y Panamá en el siglo XVI; su histo- 
r ria y sus límites. Madrid. Impr. de M. Ginés Hernández, 1883; págs. 
[■• 3á26. 



— 124 — 

te de (xuatemala, que pretendía la unión de las repú- 
blicas de la América Central. 

Descubierta Costa Rica por Colón en el año de 1502, 
iJiego de Nicuesa obtuvo en Junio de 1508 el título 
de Gobernador de Castilla del Oro, provincia que se 
extendía desde el golfo de Uraba hasta el cabo de 
Gracias á Dios. Sucedióle en 181o Pedrarias Dávila, 
y el Ducado de Veragua quedó separado de Castilla 
del Oro; en su tiempo se hicieron notables descubri- 
mientos en la América Central, que antes hemos re- 
ferido. Durante los años de 1522 y 1523, Gil Gonzá- 
lez de Avila, recorrió por tierra y por mar todo el 
país que hoy es de Costa Rica en la costa del Pacífi- 
co; de estos viajes escribió una curiosa relación á Car- 
los V. Por mandato de Pedrarias, el capitán Francisco 
Fernández de Córdoba fundó en el año de 1524 la villa 
de Bruselas en el Golfo de Nicoya. En Diciembre de 
1534, Felipe Gutiérrez fué nombrado Gobernador de 
Veragua, cuyos límites eran «desde donde se aca- 
ban los de la gobernación de Castilla de Oro, llamada 
Tierra Firme, y fueron señalados á Pedrarias Dávila 
y á Pedro de los Ríos, gobernadores que fueron de la 
dicha provincia, hasta el Cabo de Gracias á Dios». El 
pleito iniciado contra la Corona desdo 1508 por Die- 
go Colón, hijo del Almirante 1). Cristóbal CoMn, se 
acabó en 1537, adjudicándose á D. Luís Colón un te- 
rritorio de 25 leguas en cuadro desde el río Belén al 
Occidente y Sur. En nuestros días lía intentado la 
república de Costa Rica probar que todo el ducado 
de Veragua estuvo luego incluido en su gobierno du- 
rante la dominación española;- la república de Colom- 
bia sostenía lo contrario; cuestión que sometida al ar- 



— 125 — 

Iñtraje del Presidente de la república francesa, fué 
resuelta en contra de las pretensiones de Costa Rica. 
Felipe Grutiérrez murió en una expedición contra 
los indios. El licenciado Juan Cavallo afirmó en Costa 
Rica la dominación española. Xombrado Gobernador 
en el año de 1561, asocióse para la conquista con un clé- 
rigo de Guatemala llamado Juan de Estrada Eávago. 
Éste atravesó el lago de Nicaragua con dos berganti- 
nes y cerca de 300 hombres; bajó por el Desaguadero, 
y siguiendo la costa del Atlántico, fundó la villa del 
Castillo de Austria. Cavallo salió de Granada con 
dirección á.Nicoya en Enero, con 90 españoles; fundó 
la villa de Los Reyes en el valle deLandecho y apre- 
só á los caciques Coyoche y Quizarco. Sucedióle en 
1562 Juan Vázquez Coronado, quien sostuvo no po- 

• cas luchas con los indios; atravesó la sierra, «cosa 
digna de notar é hasta esta sazón no vista ni descu- 

[: bierta por ningún capitán ni soldado» y llegó á la 

^ provincia de Ara que se le sometió; descubrió minas 
de oro junto á los ríos Changuinola y Tilorio y sujetó 
las provincias de Muño, Tariaca, Buca, Auyaque y Po- 
coci. Poco después llegaron á Costa Rica Fray Loren- 
zo de Bienvenida y algunos religiosos destinados á la 
conversión de los indios. El Gobernador Perafán de 
Ribera prosiguió la colonización y fundó la ciudad del 
Nombre de Jesús; pero disgustado por no hallar las 
riquezas que esperaba, se retiró del país. Reemplazóle 

; Diego de Artieda, quien echó los cimientos de una po- 
blación á la que dio su nombre. D. Juan de Ocón y Tri- 
llo mandó en 1605 fundar la ciudad de Santiago de Ta- 
lamanca, castigó los excesos de los indios quequexques 
y moyaguas. A cuantos ponderan las riquezas que 



— 126 — 

siempre hubo y hay en América, les conviene leer 
una información que acerca de Costa Eica y su anti- 
gua capital Cartago se hizo en tiempo de su Goberna- 
dor D. Juan de Mendoza y Medrano (año de 1 615): la 
mayor parte de las casas estaban deterioradas y caí- 
das, sin tener medios para levantarlas; muchos veci- 
nos vivían en tugurios y otros emigraban. Entre los 
(íobernadores que hubo después de Mendoza son dig- 
nos de recuerdo: J). Alonso del Castillo y Cuzmán 
(1618 á 1622) que castigó ú los indios de Auyaque; 
D. Juan de Echaúz (1624 á 1G29); D. Juan Fernández 
de Salinas (1650 á 1655), en cuyo tiempo apenas 
quedaban 80 D indios en Costa Eica y el país desmen- 
tía con su pobreza el nombre que llevaba: D. líodrigo 
Arias Maldonado (1662) que emprendió la conquista 
de los indios urinamas y tarires; 1). Juan López de la 
Flor (1663 á 1673) que vio el país invadido por los 
corsarios de Jamaica; U. Lorenzo Antonio de Gran- 
da y Balbín, que apagó con sangre la rebelión del ca- 
cique Presbere; D. Juan Gemmir y Lleonart (1740 á 
1747) que hizo una estadística de población, resultan- 
do en la provincia 9.849 habitantes, contando los in- 
dios. En el año de 1820 comenzó el movimiento separa- 
tista de Costa Eica; unida á Nicaragua, aunque reco- 
nociendo la soberanía de Fernando VII, eligió una 
Diputación provincial que proclamó la independen- 
cia á 12 de Octubre de 1821. 

Cuando se trató de formar una república con las 
provincias que componían el reino de Guatemala, se 
echó de ver la poca armonía que entre ellos reinaba; 
unas preferían incorporarse á México; otras ser inde- 
pendientes; Costa Eica permaneció neutral y estable- 



I 



— 127 — 

ció un gobierno provisional que había de residir por 
turno en Cartago, San José, AlajuelayHeredia. Des- 
pués se confirió el poder ejecutivo á tres individuos 
que fueron D. Manuel Peralta, D. Rafael Osejo y don 
Hermenegildo Bonilla. En 1823 se designó la ciudad 
de San José como capital de Costa Rica, y reunida la 
Asamblea Nacional Constituyente de la América Cen- 
tral en Guatemala, se organizó este país en repúbli- 
ca federal, uno de cuyos estados era Costa Rica, que 
se dio una constitución en el año de 1825 y eligió por 
Gobernador á D. Juan Mora. La unión de la Améri- 
ca Central, ventajosa en extremo para esta región, 
lluro poco tiempo. En 1833, ocupó la presidencia de 
Costa Rica, IJ. Rafael Gallegos, y se restableció el ré- 
gimen llamado de la Ambulancia, esto es, la residen- 
cia alternativa del Gobierno en las ciudades antes 
mencionadas. En 1835 estalló la guerra civil causada 
por odios regionales. Disuelta la federación de la Amé- 
rica Central en el año de 1838, Costa Rica, que no pu- 
do evitar esto, recobró su completa independencia. 
Su historia durante el resto del siglo XIX no ofrece 
hechos más notables que los fusilamientos de algu- 
nos presidentes como el General Morazán y D, Juan 
Rafael Mora, y una larga serie de motines y subleva- 
ciones militares. 



CAPÍTULO XI 



El Perú: (1) 1. Sus primitivos habitantes. — 2. Dinastía de 
los Incas. — 3. Civilización quichua. 



Envueltos en el misterio se '^hallan los orígenes de 
esta nación, que aparece en el siglo Xll compuesta 
de tribus independientes. Según las tradiciones qui- 

(1) Memorias antiguas historiales y políticas del Perú, por el Licen- 
ciado D. Fernando Montesinos. Madrid. Impr. de M. Ginesta, 1882; en 
%.". Relación de varios sucesos del tiempo de los Pizai-ros, Almagro», La 
Gasea y otros, por Hernando y Pedro Contreras. Publicada en la Colec- 
ción de documentos inéditos para la Histwia de España; tomo XXVI. 
De las antiguas gentes del Perú, por el P. Fray Bartolomé de las Casas, 
Madrid, 1892, Es el tomo XXI de la Colección de libros españoles raros ó 
curiosos. Libro primero de Cabildos de Lima, París, 1900. Tres vol. en 
folio. Contiene estudios preliminares y apéndices de gran interés. Gue- 
rra de las Salinas, Guerra de Chupas, por Pedro de Cieza de León. Há- 
Uanse en la Colección de documentos inéditos para la Historia de Ex- 
paiia; tomos LXVIII y LXXVT. Historia de las guerras civiles del PerO 
(1544-1548) y de otros sucesos de las Indias, por Pedro Gutiérrez de Santa 
Clara, Madrid, 1904 y 1905. Tres vol. en 8.°. Guerra de Quito, por Pe- 
dro de Cieza de León, Madrid, 1877. (Forma parte de la Biblioteca his- 
pano-nltramarina). Historia de la conquista del Perú, con observaciones^ 
preliminares sobre la civilización de los Incas, por William Prescot. 
Historia antigua del Perú, por Sebastián Lorente. Poissy, 1860; en 4.". 
Historia del Perú bajo los Borbones, (1700-1821) por Sebastián Lorente. 
Lima 1871; en 4.°. Estudios críticos acerca, de la dominación española en 
América, por el P, Ricardo Cappa. Documentos para la Historia de la 
guei-ra sepai-atista del Perú, por Jerónimo Valdés. Publícalos su hijo el 
Conde de Torata. Madrid. Imp. de la Viuda de Minuesa, 1894-95; 
en 4.°. 



— 129 



chúas, A'iracocha, después de crear los cielos y la tie- 
rra, formó los primeros hombres, que en castigo de 
sus maldades fueron convertidos en piedras. Como en 
todo el universo apenas liabía algo de luz. Viracocha 
hizo el sol y las estrellas; modeló unas estatuas en las 
que inspiró la vida, y co- 
menzaron á caminar hacia 
el Perú, cuyo país se re- 
partieron. Lo averiguado 
es que el pueblo peruano 
nada tenía de uniforme, 
indicio de haberse for- 
mado con varias razas 
que emigraron en diver- 
sos tiempos; el color de la 
piel era unas veces rojizo, 
otras amarillento, y en 
ocasiones se acercaba al 
blanco de los europeos; 
los cráneos eran lo mis- 
mo dolicocéfalos que bra- 

quicéfalos; los idiomas, como el quechua y el puqui- 
na, diferían no poco. Cuáles eran tales razas, no se 
puede afirmar con evidencia; mas parece que fueron 
la de los chinchas, establecidos en la costa; la de 
los liuancas, que poblaron la sierra, y la de los aima- 
ráes, que ocupó las vastas mesetas del Perú y de 
Bolivia. Placia el siglo XI 11 de nuestra Era, cons- 
tituían los collas la tribu más numerosa; poblaban 
los alrededores del lago de Titicaca y los valles 
inmediatos al Cuzco; vivían de la caza y pesca, y aun 
cultivaban las papas, que secaban al sol y reducían 
9 




India del Perú 



~ 130 — 

á chuño; sus casas eran chozas de figura cónica, 
cubiertas con la paja de la puna; hablaban el ai- 
mará, del mismo origen que el quechua; adoraban 
las fuentes, los ríos, las vicuñas y algunas estre- 
llas. Acostumbraban á deprimir la cabeza de los 
recién nacidos, dándole una forma prolongada que 
se conservaba luego. ■'Al Norte del Collao, has- 
ta el río Pachachaca, moraban otras naciones que 
obedecían á jefes llamados curacas; su dios prin- 
cipal era Viracocha, al que rendían culto en un 
templo muy antiguo. Los quichuas componían una 
tribu establecida al Sur del Pachachaca. Desde los 
confines de Huanta hasta el nudo de Pasco, vi- 
vían los huancas, cuyo territorio comprendía los va- 
lles de Jauja y de Tarma. Amantes de la guerra, 
hacían frecuentes expediciones en que desollaban á 
los prisioneros y lienchían los cueros de ceniza, lle- 
vándolos por trofeos de sus hazañas. Los pumpus do- 
minaban la meseta de Junín; poseían grandes rebaños 
y vivían en lucha continua con sus vecinos. Contában- 
se además de estas naciones las de los huanucuyos, los 
huacrachucos y los chachapoyas; grupos de salvajes 
residían en las montañas de Jaén, entre los ríos Ama- 
zonas, Uyacali, Pachitea y Huallaga. Los chunchos 
llevaron fama de salvajismo, y fueron considerados 
por los mismos Incas como el prototipo del hombre 
fiera; comían carne humana; tenían por casas los tron- 
cos huecos de los árboles; iban completamente des- 
nudos y profesaban el fetiquismo más estúpido. P^n el 
seno de toda esta barbarie había de aparecer un nue- 
vo pueblo capaz de fundar una civilización, la más 
adelantada que fioreció en la América del Sur antes 



— 131 




de la conquista española: la monarquía de los Incas. 
Su origen aparece mezclado con la fábula; al secarse 
las aguas del diluvio, cuatro hermanos, llamados 
Aiarmanco, Aiarcachi, Aiarucho j 
Aiarsanca, salieron de Pacaritambo 
(posada que amanece); envidiosos 
de Aiarucho, sus hermanos lo en- 
cerraron en una cueva; pero los 
Andes se extremecieron, y el pri- 
sionero, hundida svi cárcel, echó á 
volar con alas de brillantes colores; 
perdonó á los fratricidas y les or- 
denó proseguir en la fundación de 
una ciudad, cuna del imperio incá- 
sico. 

Según una tradición muy gene- Antigua vasija peruana 

ralizada, á la cual se concede fun- 
damento más ó menos histórico, el imperio de los 
Incas debe su origen á Manco- Capac y su esposa 

Mama-Ocllo; pero sin ne- 
gar que hayan existido ta- 
les personajes, es imposible 
admitir que ellos crearan 
una civilización, hecho que 
supone lenta y continua 
elaboración de bastantes 
años y aun siglos; así, pues, 
Manco- Capac, igualmente 
que Menes en Egipto, debió 
limitarse á unir bajo su ce- 
tro piteblos que tenían bas- 
Modelo de tejido peruano tantes afinidades, dándoles 




— 132 — 

la unidad política de que antes carecían; los quechuas 
hicieron de este monarca su Kómulo y su Numa, ya que 
no sólo echó los cimientos del reino, más también lo ro- 
busteció con sabias leyes; su conducta fué modelo de 
bondad para sus vasallos; rodeó el trono de magnifi- 
cencia y comenzó á usar las insignias reales, que con- 
sistían en el llautu, cinta que ceñía la frente; una 
manta cuadrada llamada iucolla; la chuspa, ó bolsa 
para la coca, yerba que él sólo podía usar, y una se- 
gur de oro que hacía las veces de cetro. Murió á 
principios del siglo XII, dejando ya consolidada la 
monarquía, que rigieron hasta la llegada de los espa- 
ñoles doce reyes, cuyos principales hechos mencio- 
naremos. Sinchi Roca organizó el culto, señaló días 
fijos para las fiestas del sol y de la luna; Lloque-Yu- 
pangui visitó sus dominios y organizó la milicia, como 
también la instrucción de la juventud; Mayta-Capac 
se distinguió por las obras pviblicas que mandó ejecu- 
tar, cuales fueron, un puente de mimbres sobre el 
Apurimac y el desagüe de un pantano; Capac-Yupan- 
gui sometió algunos pueblos vecinos é instituyó las 
ceremonias del triunfo y de armar caballeros á los hi- 
jos de los nobles; construyó acequias, explotó las mi- 
nas de oro y labró ídolos con este metal; Inca-lioca 
protegió las armas y las letras, pues creó escuelas 
donde los hijos de los caciques subyugados aprendie- 
sen el idioma quechua, lengua oficial del imperio, y 
los quipus, ó escritura de cordones; cuéntase que pro- 
creó nada menos que 600 hijos; Yahuar-Huaca, cuyo 
nombre significa el que llora sangre, y le fué dado por 
una mancha rojiza qlie tenía en la cara, fué destro- 
nado por los indios de las provincias del Norte que 



— 133 — 

se sublevaron; Huiracocha, que edificó el templo de 
Caccha y favoreció la agricultura con disposiciones 
acertadas y abrir acequias; siendo príncipe había 
vivido desterrado por su padre, guardando los reba- 
ños consagrados al íSol, y decíase que entonces se le 
apareció un hombre con larga barba, que luego resul- 
tó muy semejante á los españoles, por lo cual reci- 




Puente colgante peruano 

bieron éstos el nombre de viracochas; Pachacutec, que 
dilató su reino conquistando gran parte de la costa 
hasta el Chimii (Trujillo); Inca-Yupangui, que fortificó 
el Cuzco, y por los templos que edificó, mereció el re- 
nombre de Piadoso; Tupac-Yupangui, que emprendió 
la conquista de Quito y su tierra, donde peleó cinco 
años sin lograr su intento; Huaina-Capac, que no te- 



— 134 — 

niendo sucesión en dos hermanas suyas se casó con 
Mama-Euntu y engendró en ella á Huáscar; fué pa- 
dre de Atahualpa, habido con una india de Quito; 
durante su reinado el imperio de los Incas llegó á su 
apogeo, precisamente cuando faltaba poco para la 
llegada de los españoles; sucedióle Huáscar, destro- 
nado por su hermano Atahualpa, quien gobernaba á 
la sazón que Pizarro llegó al Perú. 

Ningún pueblo de América, aún incluyendo Méxi- 
co, tuvo una civilización tan adelantada como la del 
Perú, muchas de cuyas instituciones eran sapientísi- 
mas. Informábala un espíritu más suave y benigno 
que el de los crueles aztecas. Su religión, lejos de 
practicar los sacrificios humanos, tenía por base la 
piedad y había en ella prácticas que no parecían si- 
no copiadas del Cristianismo. Era el Sol la divinidad 
principal, que recibía adoración en suntuosos templos, 
como el del Cuzco, cuya cornisa exterior se hallaba 
chapeada de oro. El sacerdocio estaba organizado ba- 
jo la dirección de un Pontífice que era generalmente 
tío ó hermano del Inca. No formaba casta privilegia- 
da como entre los judíos, ni aún se distinguía del pue- 
blo por sus vestiduras; sin embargo, ejercía grandísi- 
ma inñuencia y era considerado cual mediador del 
cielo con la tierra. Los sacerdotes debían vivir auste- 
ramente, ayunando con frecuencia y guardando con- 
tinencia mientras ejerciesen el ministerio sagrado. 
Dedicadas al culto había también doncellas que vi- 
vían en comunidad y hacían voto de castidad, ni más 
ni menos que nuestras religiosas; unas eran de san- 
gre real, ñustas, y otras de la nobleza, aellas. En sus 
conventos labraban finísimos vestidos para los dioses 



— 135 — 

y el Inca y mantenían el fuego sagrado. En cuanto á 
organización política la monarquía incásica se halla- 
ba gobernada por un rej, dueño absoluto de vidas y 
haciendas y venerado con profundo respeto; casábase 
con una ó varias de sus hermanas, cual si las restan- 
tes mujeres fuesen indignas de concebir al heredero 
del trono; nadie podía mirarlo sin su consentimiento; 
vestía ricas telas; se adornaba con brazaletes y colla- 
res de oro; además de la coya ó reina tenía centenares 
de concubinas. Afanosos los Incas de nuevas conquis- 
tas, no las emprendían solamente por ambición, sino 
})or extender el culto del Sol; antes de declarar la 
guerra apuraban los recursos pacíficos; ya anexionada 
alguna provincia comenzaban á establecer en ella su 
civilización; los jefes eran llevados al Cuzco, donde se 
informaban en las costumbres quechuas; un buen nií- 
mero de sacerdotes propagaba el culto del Sol; los 
vencidos recibían un trato humano de sus conquista- 
dores y al fin acababan por asimilarse á éstos. Políti- 
ca sabia en que no resultaron los Incas inferiores á 
otros pueblos de la antigüedad y modernos, (i) 

La administración de los Incas era modelo de or- 
den; tenían dividido el reino en cuatro grandes pro- 
vincias, llamadas de Chinchaysuyo, de Collasuyo, de 
Andesuyo y de Condesuyo; en cada una mandaba un 
Cápac ó virrey; cada 40,000 vecinos formaban un gua- 

(1) Para la historia de los Incas es notable la Relación de antigüeda- 
des deste Reyno del Pirú, que escribió á comienzos del siglo XVII el in- 
dio D. Juan de Santacruz Pachacuti Yamqui. Publicóla D. Marcos Ji- 
ménez de la Espada en su libro Tres relaciones de antigüedades pei-uanas. 
En este mismo hay una Relación del origen, descendencia, política y go- 
hierno de los Incoas, compuesta por el Licenciado Femando de Santillán 
en la segunda mitad del siglo XVI. Es de sumo valor. 



136 



man ó departamento, con un gobernador (Tocricoc); 
cada guarnan se subdividía en región superior, anan, y 
región de abajo, lurin; cada cien indios obedecían á 
un curaca: de cada diez curacas se elegía uno (pa- 
chaca de guaranga) con autoridad sobre los nueve 
restantes; de modo que los particulares obedecían al 
curaca: el curaca al pachaca de guaranga, éste al to- 
cricoc; el tocricoc al cápac y el cápac al Inca. Ha- 
bía además visitadores encargados por el monarca de 
inspeccionar el repartimiento de 
contribuciones, de formar la esta- 
dística de la población y de ver 
cómo se administraba justicia. Los 
tributos pagados al Inca consis- 
tían en alimentos, vestidos, plu- 
mas, oro y plata, según los pro- 
ductos de cada región, y se desti- 
naban á los gastos, como era la 
construcción de grandes vías, com- 
parables á las romanas, el soste- 
nimiento de los tambos ó posa- 
das que había en ellas á ciertos trechos, y de los 
chasquis ó correos y del culto público. Las leyes de 
los peruanos tenían un fondo de severa justicia; he 
aquí algunas de ellas, tal cual las expone un anónimo 
jesuíta de principios del siglo XVII que conocía á 
fondo el asunto: «Todo género de homicidio sea puni- 
do con pena de muerte. Quien mata á algún ministro 
del líey ó á algún ministro de los dioses, ó á alguna 
virgen aclla, que muera arrastrado y asaeteado. Quien 
matare á su mujer hallándola en adulterio, que sea 
desterrado por un cierto tiempo. Quien matare al Eey 




Cráneo trepanado 
del Perú 



— 137 — 

Ó líeina ó Príncipe heredero, muera arrastrado ó asae- 
teado y sea hecho cuartos y su casa derrumbada y 
hecha muladar. El adúltero y la adúltera sean casti- 
gados con pena de muerte. Quien forzare doncella y 
la deshonrare, que muera apedreado. Quien tuviere 
cuenta con su propia hija, que mueran entrambos 
despeñados; pero si fué forzada y violada, que muera 
el padre y ella sea puesta para que sirva siempre á 
las aellas'^, (l) 

La división de la propiedad y de sus frutos se ha- 
llaba fundada en el régimen comunista: de las tierras 
productivas, una parte correspondía al Sol ó sea al 
culto; otra al Inca; otra al pueblo y otra á los cura- 
cas; con las rentas de la segunda se atendía á los gas- 
tos del monarca y á remediar las calamidades públi- 
cas; las tierras del pueblo se repartían entre las fami- 
lias, dándose á cada vecino como 4,000 varas cuadra- 
das; igual extensión á cada uno de sus hijos y la mi- 
tad á las hijas. Todos tenían obligación de cultivar las 
posesiones del Sol, del Inca y de los curacas, cuyo traba- 
jo era llamado mita. La distribución del agua para re- 
gar y del guano para abono se hallaba minuciosamen- 
te reglamentada. En cuanto á las artes mecánicas é 
industriales habían progresado no poco los quechuas; 
su cerámica y tejidos llamaron la atención de los con- 
quistadores. Xo conocieron más escritura que los qui- 
jjus que consistían en cordones, sencillos ó dobles y 
de varios colores, que anudados de cierta manera ex- 
presaban toda clase de ideas, aun las abstractas. 

(1) Tres relaciones de antigüedades peruanas; páginas 201 á 204. 



CAPÍTULO XII 



El Perú (continuación): 1. Su descubrimiento por los es- 
pañoles y expedición de Pizarro. — 2. Entrada de éste en 
Cajamarca y prisión de Atahualpa. — 3. Guerras civiles de 
Almagro y Pizarro. — 4. Muerte de éste. — 5. Gobiernos de 
Vaca de Castro y de Blasco Núñez Vela. — 6. Nuevas gue- 
rras civiles y pacificación de D. Pedro la Gasea. 



Descubierto el Perú por Vasco Núñez de Bal- 
boa, fué visitado más adelante por el regidor de Pana- 
má Pascual de Andagoya, quien llegó hasta el río Vi- 
rú y supo algunas noticias de los reyes Incas, que di- 
vulgadas entre los españoles fueron causa de que un 
soldado, entonces oscuro, se decidiese á emprender la 
conquista de aquel dilatado imperio; este soldado era 
Francisco Pizarro. De su juventud pocos detalles se 
conocen. Nació en Trujillo (Cáceres) hacia el año 1475 
y fué hijo bastardo de Gonzalo Pizarro, capitán que 
se distinguió en las campañas de Italia. Cuéntase que 
guardó puercos y que huyó al Nuevo Mundo por aban- 
donar tan vil oficio. Lo cierto es que en el año de 1509 
se hallaba en la Española y que marchó con Ojeda al 
viaje que éste hizo por las costas de Tierra Firme; 
asistió á la fundación de San Sebastián en el Golfo 



139 - 



de Urabá y quedó por algún tiempo al frente de la 
pequeña colonia. Bajo las (ordenes de Pedrarias Dávi- 
la tralmjó en la conquista de Nombre de Dios y de 
Panamá, donde llegó á conseguir bastantes riquezas. 
No pudiendo resignarse á la inacción, impulsado por 
8u afán da aventu- 
ras, en el año de 
1524 se unió con 
Hernando de Luque, 
cura de Panamá y 
con Diego de Alma- 
gro, triple alianza 
que originó la des- 
trucción del reino 
incásico, y pactaron 
la conquista del Pe- 
ni, en la cual Piza- 
110 mandaría las 
t ropas; Almagro da- 
ría el armamento y 
Luque allegaría la 
cantidad de 20,000 

castellanos para los gastos; los productos se reparti- 
rían con igualdad; obtenida la autorización del gober- 
nador Pedrarias Dávila y comprados un bergantín y 
dos canoas, Pizarro salió á mediados de Noviembre 
con 114 hombres y llegó á los márgenes del río Virú, 
donde le fué imposible descansar por lo pantanoso del 
terreno. Vueltos los españoles á sus embarciones echa- 
ra )Ti pie á tierra junto á la desembocadura del Virú y 
;í :amparon entre espesos manglares, sufriendo no po- 
cos trabajos por las enfermedades y la falta de bastí- 




Francisco Pizarro 



— 140 - 

mentos durante mes y medio. Kehechos con las provi- 
siones que llevó Almagro, continuaron su navegación 
y recorrieron el litoral, visitando los pueblecillos cer- 
canos y sosteniendo peleas con los indios; en una de és- 
tas recibió Pizarro siete heridas. Hecho esto juzgó Piza- 
rro más conveniente regresar á Panamá, dcyide Pedra- 
rias Dávila había modificado las condiciones del con- 
trato, dando el título de capitán á Diego de Almagro, 
que aceptó el cargo, según dijo, para que no recayese 
en otro. Hasta entonces las ventajas obtenidas eran 
haber perdido en la expedición las dos terceras partes 
de los soldados y no traer las fabulosas cantidades de 
oro con que soñaba el triunvirato. Viendo Luque que 
las relaciones entre Pizarro y Almagro, por las causas 
mencionadas, se habían resfriado, quiso robustecer el 
pacto hecho, con un solemne juramento; á este fin ce- 
lebró Misa y partió la sagrada hostia en tres pedazos, 
con los cuales comulgaron él y sus dos compañeros; 
acto que los circunstantes presenciaron conmovidos. 
Renovada la empresa en el año de 1526, Pizarro navegó 
hasta el río San Juan y allí recogió una buena suma 
de oro que llevó Almagro á Panamá con objeto de 
enganchar más soldados. Entre tanto dispuso que 
Bartolomé Euíz con unos cuantos hombres explorase 
la costa del Sur; éste llegó cerca de Tumbez, donde 
ciertos indios que iban en una barca le hablaron de 
los reyes Incas y le mostraron tejidos de algodón y 
alhajas de oro; cosas todas que hicieron palpitar de 
alegría el corazón de Bartolomé Euíz, quien fué el 
primero en atravesar por aquellos mares la línea 
equinoccial. Cuando tornó al lado de Pizarro halló que 
éste y los suyos atravesaban una situación crítica so- 



— 141 — 

bre manera; las enfermedades inherentes al clima, las 
privaciones y las asechanzas de los indios, hacían que 
muchos de nuestros soldados perecieran y todos cla- 
maban por el regreso á Panamá. lieanimado su ejér- 
cito con las nuevas que llevó Euíz, y con los refuerzos 
que desde Panamá condujo Almagro, salió Pizarro, y 
fondeando medio mes en la isla del Gallo, arribó al 
puerto de Tacamez, donde los españoles admiraron el 
gentío que bajaba á la playa para verlos. Desde lue- 
go se comprendía que la conquista de aquel país no 
podía realizarse con tan reducido ejército y después 
de fuertes disputas entre Almagro y Pizarro, se acor- 
dó que el primero marchase á Panamá en busca de 
más gente y Pizarro se quedase en la isla del Gallo, 
como lo hizo con gran descontento de sus soldados, 
uno de los cuales llamado Saravia escribía á Pedra- 
rias Dávila: 

Pues, señor gobernador, 
Mírelo bien por entero; 
Que allá \a el recogedor 
Y acá queda el carnicero. 

El recogedor era Almagro, y Pizarro el carnicero. 
Sin la voluntad enérgica de éste la empresa habría 
por completo fracasado, pues los españoles detenidos 
en la isla del Gallo, hartos de sus penalidades solici- 
taban marcharse á Panamá; Francisco Pizarro apeló 
á uno de esos recursos propios de hombres heroicos; 
desnudó la daga y con ella trazó en el suelo una lí- 
nea de Este á Oeste; luego señalando al Mediodía, di- 
jo: «Camaradas y amigos: por aquí se va á recoger el 
fruto de nuestros trabajos; por allí á Panamá á vivir 



— 142 — 

en pobreza y olvido. Si oprimidos de la necesidad he- 
mos padecido cuanto sabéis, testigos sois que siempre 
fui el más falto de todo; y si ha precisado desenvai- 
nar la espada, siempre me hallasteis en el ataque y 
el último en la retirada. Como hasta aquí, seguiré si- 
no me abandonáis en empresa tan gloriosa cual es la| 
comenzada». Acabadas estas palabras, cruzó el pri- 
mero la raya y le siguieron trece, que fueron con pos-; 
terioridad llamados los de la fama. No pudiendo estos' 
valientes continuar más tiempo en la isla del Gallo i 
pasaron en una mala balsa á la Gorgona, isla situada ] 
al Norte de la anterior, y allí permanecieron siete - 
meses en pobres chozas; su mantenimiento era la ca- 
za. Entre tanto, el Gobernador de Panamá, cuyas ór- 
denes había Pizarro desobedecido al quedai-se en la 
isla del Gallo, estaba resuelto á dejar abandonados ; 
aquellos heroicos soldados y únicamente pudo conse-- 
guir Luque que fuese en busca de éstos Bartolomé 
Kuíz con un pequeño buque. Mas insistiendo Pizarro 
en sus propósitos, unido con aquél abandonó la Gor- 
gona y al cabo de larga navegación arribó al puerto 
de Tumbez y contempló la región que luego sería 
teatro de sus victorias. Como en otras poblaciones de 
América fueron los españoles recibidos cual hombres 
superiores á quienes miraban los indios con mezcla 
de curiosidad y de admiración. Viendo Pizarro la 
magnificencia del país y lo afable de sus moradores, 
gente débil y fácil de sojuzgar, contento con los re- 
sultados de su viaje levó anclas y marchó á Panamá, 
donde reunidos los tres consocios opinaron que sería 
lo mejor obtener de Carlos V licencia para la con- 
quista que hacía tiempo meditaban, con lo cual sus 



— 143 — 

derechos tendrían un fundamento más sólido. Encar- 
góse de esta comisión Pizarro, quien llegado á España 
capituló con el monarca á 26 de Julio del año de 1529 
la conquista del Perú, bajo las condiciones siguientes: 
La región asignada á Pizarro comprendería desde el 
río Santiago hasta el pueblo de Chinea; llevaría aquél 
una fuerza que no bajase de 250 soldados; se le da- 
rían para ayuda de los gastos 500.000 maravedises; 
no irían con la expedición abogados ni procuradores, 
cuya fama quedó malparada en esta cláusula; Pizarro 
podía crear ayuntamientos; los trece de la isla del 
Gallo serían considerados hidalgos por su heroísmo; 
; Almagro quedaba nombrado teniente de la fortaleza 
I de Tumbez; Luque, protector de los indios, y Pizarro, 
i capitán general con facultad de repartir solares y tie- 
I rras á los pobladores. Hase tachado á Pizarro de ma- 
la fe en esta ocasión, porque habiéndose comprometi- 
do á solicitar para Almagro el título de Adelantado, 
lo recabó para sí. 

Vuelto á Panamá, sinceróse con Almagro á quien 
i cedió el Adelantazgo y prometió un gobierno indepen- 
diente que solicitaría del monarca. l)e allí salió á co- 
mienzos del año 1531 llevando 180 infantes y 27 ca- 
i ballos en tres embarcaciones; reconociendo la costa 
I llegó al pueblo de Coaque, donde recogió adornos de 
oro y plata y tejidos de algodón; deseando un buen 
lugar para base de sus operaciones militares, escogió 
la isla de Puna, cuyo cacique, llamado Túmbala, dio 
, balsas en que pasaran el estrecho los españoles, 
I quienes se detuvieron allí medio año esperando los 
\. refuerzos necesarios, y una vez que llegó Hernández 
►^^ de Soto con 100 infantes, Pizarro se dirigió á Tumbez 



— 144 — 

donde entró pacíficamente, y no queriendo malquis- 
tarse con los indígenas, prohibió bajo penas severas 
que éstos fuesen vejados. Por entonces dióse princi- i 
pió á la colonización, fundándose la villa de Piura en ', 
el valle de Tangarala. 

Pizarro, cuyo talento militar y aun político no puede : 
negarse, comprendió muy luego cuan fácil sería con- 
quistar aquella nación, fuerte en apariencia, pero cadu- 
ca en realidad y minada por las discordias entre Huás- 
car y Atahualpa, que refiere con su pintoresco estilo el 
indio 1). Juan Santa Cruz Pachacuti en estas palabras: 
«En este tiempo envía Atahualpa á Guáscar Inga, pi- 
diendo que le diese título y nombramiento de Gober- 
nador y capitán para las provincias de Quito; el cual 
Inga despacha dando nombre de Ingaranti, y Atahual- 
pa recibe el cargo en Quito y tenido por los naturales 
por Ingaranti. Y porque el curaca de los Cañares, lla- 
mado Orcocolla, avisa nueva falsa á Guáscar Inga, di- 
ciendo: ¿Por qué causa les consentía que Atahualpa se 
intitulara con nombre de Inga? Y por Guáscar oida es- 
ta nueva, se altera mucho. Y Atahualpa envía á Guás- 
car Inga, su hermano, rico presente, de lo cual Guás- 
car Inga se irrita mucho y quema los regalos y pre- 
sentes en el fuego, mandando hacer atambores de los 
pellejos de los mensajeros de Atahualpa, y á los de- 
más envía que se volvieran á Quito con esa nueva. Y 
más al dicho Atahualpa envía vestidos de mujeres 
acompañados de palabras muy pesadísimas, y tras de 
esto envía contra Atahualpa un capitán llamado Gua- 
minca Atoe con mil docientos hombres para que 
trajera preso á Ataliualpa y á los demás capitanes». 
Vencido Guáscar por Atahualpa, fué reducido á pri- 



— 145 — 

sióa algunos meses antes de llegar los españoles á 
Tiimbez. 

Afanoso Pizarro por imitar las hazañas de Cortés 
en México, decidióse á entrar en el corazón del impe- 
rio y con su pequeño ejército marchó á Cajamarca, 
tratando afablemente con los indios que halló por el 
camino; en Zarán se avistó con un cacique enviado 
por Atahualpa que llevaba á Pizarro en nombre de 
éste un miserable regalo y con tal pretexto quería 
enterarse de las fuerzas con que contaba el general 
español. Después de marchas penosas á través de los 
Andes, cruzando temerosos barrancos y estrechos 
desfiladeros, el 15 de Noviembre de 1532 llegáronlos 
nuestros á Cajamarca en cuyas inmediaciones se ha- 
llaba Atahualpa. 

Por encargo de Pizarro fué Hernando de Soto á 
los baños termales en que se hallaba Atahualpa, una 
legua de Cajamarca, y recibiólo éste en un patio, sen- 
tado sobre un cojín, rodeado de sus nobles y concu- 
binas. Soto le rogó que se avistara con el general es- 
pañol, á lo cual accedió el Inca, prometiendo ir á Ca- 
jamarca el día siguiente. Pizarro, decidido á uno de 
los hechos más temerarios que registra la Historia, 
llamó aquella tarde á sus principales capitanes y les 
comunicó el plan que había concebido para apoderar- 
se de Atahualpa. Llegada la noche, que fué la del 15 
de Noviembre de 1532, se doblaron las guardias; al 
amanecer se celebró el santo sacrificio, al que asistie- 
ron todos los soldados entonando el salmo: Uxurge, 
Domine, Se. Luego ordenó Pizarro sus fuerzas; la ca- 
ballería fué dividida en tres secciones, mandadas por 
Soto, Belalcázar y Hernando Pizarro; Pedro de Can- 

10 



— 146 — 

día ocupó una altura con dos ó tres arcabuceros y al- 
gunos ballesteros; sesenta infantes se colocaron en la 
plaza; el General tomó á sus órdenes veinte rodeleros, 
y un atalaya situado en lo alto de la fortaleza avisa- 
ba cuanto ocurría en el campamento indio. Á eso del 
mediodía, comenzó á entrar el ejército del Inca; iba 
éste en una litera llevada en hombros por varios 
magnates; un tropel de soldados le precedían, quitan- 
do del camino hasta las piedras' más chicas. Llegados 
los indios á la plaza, Fray Vicente de Valverde se 
adelantó y dirigió al monarca un breve discurso pro- 
bándole que debía hacerse cristiano, reconocer la au- 
toridad del Papa y prestar vasallaje al Emperador 
Carlos V. Oyó Atahualpa esta alocución con mezcla 
de asombro y de cólera mal reprimida y preguntó á 
Fray Vicente dónde había aprendido aquellas cosas. 
«En la Biblia», contestó el religioso. Y acto continuo 
se la mostró al Inca, quien la arrojó con desprecio al 
suelo. Pizarro creyó llegado el momento que espera- 
ba, y alzando un pañuelo blanco, señal convenida con 
los suyos, éstos se arrojaron contra los indios. El rui- 
do de los arcabuzazos, el galopar de los caballos y las 
espadas que fácilmente se cebaban en hombres des- 
nudos, infundieron un temor espantoso en los solda- 
dos de Atahualpa; en realidad no hubo pelea, sino es- 
pantosa carnicería. Pizarro asió de un brazo al Inca, y 
éste cayó de sus andas rodando por el suelo; el ejército 
indio huyó dejando las calles cubiertas de cadáveres, y 
llegada la noche, ya dominada la ciudad, Pizarro y su 
prisionero cenaron juntos; el coloso bíblico, había caído 
hecho pedazos por el grano de arena; el trono secular 
de Manco -Cápac yacía derrumbado. Encarcelado 



— 147 — 

Atahualpa, fué tratado con el respeto debido á su ca- 
tegoría,}' aunque aparentaba serenidad, hallábase agi- 
tado de tristes ideas. Para evitar los peligros que le 
amenazaban, pues creía que Pizarro nombraría rey á 
Huáscar, preso no lejos de allí, acudió al crimen; en- 
tendióse con algunos de sus vasallos á quienes habla- 
ba, y aquel desdichado príncipe murió ahogado, según 
se cree, en el río de Antamarca. Poseedor de inmen- 
sas riquezas, ofreció á los españoles en cambio de su 
libertad, cuanto oro y plata cupiese en la habitación 
donde estaba encerrado y en otra inmediata, hasta 
nueve pies del suelo; promesa que cumplió mandando 
llevar láminas, ídolos, y otros objetos de aquellos me- 
tales preciosos, conservados en los templos y en sus 
palacios. 

No queriendo Pizarro desaprovechar con la inac- 
ción tan buenos comienzos, determinó proseguir la 
conquista del Perú. Su hermano Hernando marchó 
á Lima sin obstáculo alguno, y allí santificó el adora- 
torio principal, con virtiéndolo en iglesia. Con tres do- 
cenas escasas de soldados atravesó las montañas de 
los Andes y llegó á Jauja, siendo recibidos por más 
de 100.000 indios, deseosos de ver á los viracochas. 
Poco después, llegaba á Cajaraarca Almagro y se re- 
partía el botín, que valió 1.326.539 castellanos de oro 
y 51.610 marcos de plata. 

Atahualpa siguió en la cárcel, no obstante las ri- 
quezas que había dado, y lejos de recobrar su liber- 
tad, perdió muy luego su vida. Viendo Pizarro que el 
ejército deseaba la muerte del Inca por temor á una 
evasión que dificultaría la conquista, pensamiento 
|ue defendía Almagro, á disgusto suyo, según parece, 



— 148 — 

lo sometió á un proceso por el asesinato de Huáscar. 
En vano Atahualpa ofreció un rescate mayor que el 
de antes; condenado al suplicio, le fué conmutada la 
pena de la hoguera por el garrote á causa de haber 
recibido el bautismo, y murió ajusticiado á 29 de 
Agosto de 1533. Los indios quedaron consternados y 
dieron muestras de intenso dolor, viendo que el último 
de sus monarcas acababa su vida en el patíbulo, y mu- 
chas de las concubinas reales, entrando en la iglesia 
donde se celebraban los funerales de Atahualpa, se 
suicidaron, pensando acompañar á éste en las regio- 
nes del Sol. Carlos V censuró lo hecho, en las siguien- 
tes palabras de una carta que dirigió á Pizarro: «De 
la muerte de Atabaliba, por ser Señor, me ha despla- 
cido, especialmente siendo por justicia». Pizarro se vis- 
tió de luto, como aparentando sentimiento, y disculpó- 
se atribuyendo lo sucedido al P. Valverde y á Eiquel- 
me; lo cierto es que el castigo del cielo se vio claro más 
tarde, pues casi todos los que intervinieron en el pro- 
ceso de Atahualpa acabaron sus días trágicamente. 

A fin de asegurar sus planes, creyó Pizarro que no 
debía, en apariencia al menos, abolir la dinastía in- 
cásica, por lo cual dio el trono á Toparca, herma- 
no de Atahualpa, que murió al poco tiempo en el ca- 
mino del Cuzco, y luego á Manco, hermano de Huás- 
car, con quien entró en aquella ciudad, y demostran- 
do que la soberanía del Inca era ya una mera sombra, 
nombró alcaldes y regidores y adjudicó terrenos á 
sus soldados, gobernando el país como dominio es- 
pañol. 

D. Francisco Pizarro fundó en el valle de Jauja 
una ciudad con este nombre; mas al poco tiempo. 



— 149 - 

cousicleraudo los vecinos de ella que el país carecía 
de agua y leña y que estaba lejos de la costa, á 29 
de Noviembre de 1534, resolvieron trasladarse á los 
llanos. Dos Regidores buscaron sitio favorable, y pa- 
reciéndoles bien el ocupado por el cacique de Lima, 
aldea pequeña, se echaron los cimientos de la ciudad 
que hoy es capital del Perú, á 18 de Enero de 1535, 
y fué denominada al principio la Ciudad de los Be- 
yes. Entre los fundadores de Lima hubo algunos tan 
ilustres como Nicolás de Ribera el viejo, Juan Te- 
11o, Diego de Agüero y Domingo de la Presa. Car- 
los V concedió á la nueva población un escudo que 
consistía en dos águilas negras coronadas, dos estre- 
llas, las letras J y K, iniciales del Emperador y de su 
madre, y al rededor esta leyenda: 

jffoc signum veré Begum est. 

Esparcida la fama de las riquezas halladas en el 
Perú, hizo una expedición á este reino el capitán Pe- 
dro de Alvarado, que se había distinguido en México 
á las órdenes de Cortés; su pensamiento era llegar á 
Quito, á donde marchó, sufriendo en el camino infini- 
tas calamidades; gracias á la intervención de Diego de 
Almagro, se evitó un rompimiento, pues Alvarado re- 
nunció á sus proyectos mediante la cantidad de 
100.000 pesos que le entregaría Pizarro. 

Complicaciones más serias sobrevinieron á éste 
muy pronto. Habiendo Carlos V concedido á Diego 
de Almagro el título de Adelantado, con jurisdicción 
en doscientas leguas de territorio que empezaban á 
contarse en los confines meridionales de Nueva Cas- 
tilla, ó sea el Perú, después de algunas disputas, con- 



— 150 — 

vino con Pizarro en que su gobernación comenzase en 
las fronteras del Cuzco, y así lo hicieron ambos cons- 
tar en documento solemne. Hecho esto, partió Alma- 
gro á la conquista de Chile, á donde llegó después de 
sufrir mil trabajos en el desierto de Atacama y lu- 
chando á cada paso con los indígenas, más valientes 
que los quichuas; lejos de encontrar el oro que busca- 
ba, parecióle aquella tierra pobrísima. Entre tanto los 
indios del Cuzco, acaudillados por el rey Manco, que 
se había fugado, sitiaron la ciudad, en número tan 
considerable que pasaban de 100.000 guerreros. La 
defensa del Cuzco por un puñado de españoles que 
mandaba Hernando Pizarro, fué una de las hazañas 
más heroicas llevadas á cabo en la conquista de Amé- 
rica. Viendo Manco la resistencia de los cercados y 
que pronto faltarían los bastimentos en su ejército, 
se retiró á los montes con propósito de volver al 
Cuzco una vez que terminaran sus vasallos las faenas 
del campo. 

Libres ya los españoles de este peligro, se vieron 
envueltos en una guerra civil, primera de las que 
desolaron el Perú, hasta que D. Pedro la Gasea res- 
tableció el orden. Almagro reclamó la gobernación 
del Cuzco, faltando á lo estipulado, y no aviniéndose 
con Hernando Pizarro, entró en dicha ciudad, apresó 
á éste y venció en Abancay á D. Alonso de Al- 
varado, fiel á* los Pizarros. La idea del arbitraje se 
ofreció entonces á los bandos enemigos para acabar 
sus contiendas, y puestos de acuerdo Francisco Piza- 
rro y Diego de Almagro, pusieron el negocio en manos 
de Fr. Francisco de Bobadilla, religioso mercenario, 
quien resolvió informase una comisión de pilotos sobre 



— 151 — 

la latitud del pueblo de Santiago para juzgar con 
más acierto, sabido este dato, y que Ínterin Almagro 
entregase la ciudad del Cuzco y pusiese en libertad á 
Hernando Pizarro. De nada sirvió esta resolución pa- 
ra evitar la guerra civil, pues una vez libre Hernan- 
do Pizarro, se dispuso á pelear y derrotó completa- 
mente en la batalla de las Salinas á Diego de Alma- 
gro, que fué hecho prisionero y murió ajusticiado en 
el Cuzco á 8 de Julio de 1538, hecho que refiere así 
D. Alonso Enríquez de Guzmán en una carta dirigida 
á Carlos V: «Hincóse Almagro de rodillas delante 
(de Hernando Pizarro) y quitóse un paño de cabeza 
y díjole: — mirad esta cabeza hecha pedazos en servi- 
cio del Emperador nuestro señor; mirad este ojo sal- 
tado de esta cara en su servicio y vuestro remedio y 
de vuestro hermano. — Hernando Pizarro se abajó y 
le levantó y le dijo: — yo no puedo hacer menos, por- 
que veo que es justicia y toda mi gente me lo acon- 
seja». 

Ufano con la victoria Francisco Pizarro, persiguió 
á los almagristas, dejándolos en tanta pobreza que se 
culjjían con ropas de indios, y huyendo á los montes, 
no se atrevían á presentarse en las villas; en sus co- 
razones latía el odio atizado por el despecho y germi- 
naban planes de venganza; humillados, pero no abati- 
dos, fueron el modelo de la tenacidad castellana. El 
rey Manco se aprovechaba de estas disensiones y 
corría las montañas cercanas á Lima, en tanto que 
Villac-Umu levantaba un ejército en pondesuyos, y 
Titu hacía otro tanto en el país de los coyas. Her- 
nando Pizarro entró en campaña y venció á los indios 
en el lago de Titicaca, donde el señor de Pocona se le 



— 152 — 

opuso con 30.000 guerreros, y alzó el sitio de Cocha- 
bamba. Hecho esto, vino á España, donde fué reducido 
á prisión por la muerte que dio al anciano Almagro; 
y el Key, queriendo terminar las contiendas surgidas 
entre los conquistadores del Perú, dispuso que fuese 
á esta nueva colonia D. Cristóbal Vaca de Castro, 
Oidor en la Audiencia de Valladolid, investido de 
los poderes necesarios. Cuando éste llegó al Perú, se 
enteró de un suceso trágico; no cesando de conspirar 
contra Francisco Pizarro sus enemigos, se decidieron 
á quitarle la vida; al grito de ¡Viva el rey! ¡Muera el 
tirano! penetraron en la casa de aquél y lo acribilla- 
ron á estocadas; el hijo de Almagro, caudillo de los 
amotinados, vengó el suplicio de su padre. Sucedió 
este asesinato en Lima á 26 de Junio de 1541. 

Llenos de gozo los almagristas con la muerte de 
Pizarro, dieron rienda suelta á sus odios. Cristóbal de 
Sotelo quedó nombrado gobernador de Lima bajo la 
dirección de Juan de Herrada, y se acordó no recono- 
cer la autoridad de Vaca de Castro, á quien se adhi- 
rieron muchos que veían en la conducta de Almagro 
el joven ima rebelión contra Carlos Y. Alonso de Al- 
varado, que se hallaba en la conquista de Chachapo- 
yas, comunicó á Vaca de Castro que él y los 200 sol- 
dados que tenía estaban á sus órdenes. La ciudad del 
Cuzco fué ocupada por Holguín, pizarrista decidido, 
y todas estas cosas hicieron perder mucho terreno á 
los almagristas, cuyo jefe más temible, el cruel Juan 
Herrada, falleció al poco tiempo. Resuelto Vaca de 
Castro á restablecer el orden, se dirigió á Quito re- 
costado en unas andas por estar enfermo, y luego 
despachó á las ciudades del Perú sus provisiones para 



— 153 — 

que le reconociesen como gobernador. Acogido bené- 
volamente en otras poblaciones y reforzadas sus tro- 
pas con los arcabuceros del capitán Vergara, fué reci- 
bido en Trujillo con universal alegría y ,entró en 
Lima, donde supo que Almagro había salido del Cuz- 
co y se encaminaba hacia la costa. Perdidas las espe- 
ranzas de un avenimiento, después de varias cartas 
que mediaron entre Vaca de Castro y Almagro, éste 
llevó su ejército á Xaquixaguana, y el 16 de Setiem- 
bre del año 1542 se dio la célebre batalla de Chu- 
pas, acerca de la cual escribe Prescott: «El lector, 
acostumbrado á las grandes masas empleadas en las 
guerras europeas, se sonreirá al contemplar las esca- 
sas fuerzas de los españoles. Pero en el Nuevo Mun- 
do, donde una hueste innumerable de indios entraba 
por muy poco en la balanza, quinientos europeos 
bien equipados eran considerados como un cuerpo 
formidable. Ningún ejército, hasta el período de que 
vamos hablando, había llegado á contar mil hombres. 
Pero no es el número el que da importancia á la ac- 
ción, sino las consecuencias que ésta trae consigo, la 
magnitud de la escena y la entereza y valor de los 
actores». Vaca de Castro quedó vencedor, y fugitivo 
Almagro, fué apresado en el camino de Cuzco y mu- 
rió decapitado en esta ciudad cuando sólo contaba 
24 años. 

Extinguida la rebelión. Vaca de Castro se dedicó á 
concluir con el desorden que reinaba en la adminis- 
tración y á mejorar el estado del país, tarea en que se 
condujo con energía y sagacidad. Estableció escuelas 
para la enseñanza de los indios; hizo una estadística 
de la población indígena; reglamentó los impuestos; 



— 154 — 

mandó que los tambos, ó posadas de los grandes ca- 
minos, estuviesen provistos de lo necesario á los via- 
jeros; y fiel al pensamiento de unir en una sola las 
dos razas india y española, casó á las hijas de Ata- 
hualpa y Huaina-Capac con algunos de los más dis- 
tinguidos capitanes, y favoreció la expedición que 
Diego de Kojas y Felipe Gutiérrez hicieron en busca 
de ricas minas que se suponían hacia la laguna de 
Bombón. 

Mientras Vaca de Castro iba restañando las funes- 
tas consecuencias de la anarquía en el Perú, Fr. Bar- 
tolomé de las Casas escribía en España libelos en fa- 
vor de los indios, con ardiente celo, sí, pero también 
con escasa prudencia. Sus doctrinas no dejaban en oca- 
siones de ser meras utopias, según lo probó él mismo 
en sus ensayos de colonización sin otras armas que la 
cruz y la predicación del Evangelio. Pero como era 
hombre de actividad infatigable, y en sus escritos, lle- 
nos de hiél, no temía calumniar á sus adversarios, á 
los más ilustres conquistadores y aun á su misma pa- 
tria, logró que sus opiniones tuviesen la fama del es- 
cándalo y que fuesen tomadas en cuenta por las cor- 
poraciones oficiales. Una de las cosas que con mayor 
furia condenal)a eran las encomiendas, ó sea, la asig- 
nación de indios á los españoles en América, y logró 
que una junta, reunida por Carlos V en el año de 
1543, prohibiera la concesión de aquellas y aun decre- 
tara quitárselas á cuantos habían tenido participación 
en los tumultos de Pizarro y Almagro, que eran casi 
todos los conquistadores. El Emperador escogió para 
implantar estas reformas á Blasco Núñez Vela, primer 
Virrey del Perú, quien salió de Sanlúcar á 3 de No- 



1 



— 155 — 

viembre de 1543 con una flota de 52 buques. Llega- 
do á Nombre de Dios, se dirigió á Panamá y luego á 
Tiimbez, donde comenzó á gobernar con dureza, qui- 
tando algunas varas de alcalde concedidas por Vaca 
de Castro. Los españoles llevaron tan á mal su ida y 
la comisión que llevaba de quitarles las encomiendas, 
que en San Miguel de Piura no le quisieron dar de 
comer y le silvaron desde puertas y ventanas. «No se 
veían, dice un historiador, sino juntas y corrillos, ha- 
blando con desesperación é ira; unos, despojando sus 
cuerpos, mostraban las heridas; otros, clamando al 
cielo, extendían los brazos y las piernas, mancos de 
los excesivos trabajos padecidos en los descubri- 
mientos; otros se vían medio asados y sacrificados 
de mano de los indios, y con las carnes despedazadas 
de las heridas de las flechas con hierba, adonde 
habían peleado con indios que la usaban. En su- 
ma, todo era angustias, quejas, lamentaciones y aun 
amenazas». Recibido Núñez Vela en la ciudad de Li- 
ma, cortés, ya que no afectuosamente, se atrajo pron- 
to el odio general por su despotismo; echó en la cárcel 
pública á Vaca de Castro; molestaba cuanto podía á 
los Oidores de aquella Audiencia; trataba con despre- 
cio á los conquistadores, diciendo «que no había de 
estar la tierra en poder de porqueros y arrieros»; que 
andaban «hinchados como odres de viento, con vesti- 
dos de grana y seda». Gonzalo Pizarro se aprovechó 
de las circunstancias y sublevóse con la esperanza de 
conseguir el gobierno; confió el mando de sus tropas 
al octogenario Francisco de Carvajal y repitió una 
frase que había proferido en otra ocasión: «Si al Piey 
desplace lo hecho, buenas lanzas tenemos»; primera 



— 156 - 

intentona separatista que se registra en los anales del 
Perú. Viendo la Audiencia que todos aquellos trans- 
tornos reconocían por causa las imprudencias de Nú- 
ñez Vela, acordó quitar á éste el gobierno, como lo 
hizo, enviándolo á España, y nonibió gobernador á 
Gonzalo Pizarro. Este se declaró muy luego enemigo 
decidido de Carlos V; su capitán Carvajal quemó las 
armas reales y mandó hacer un estandarte con las 
iniciales G. P. (Gonzalo Pizarro) y un letrero alrede- 
dor que decía: «Por armas, armas gané en virtud de 
aquel que me las pudo dar». Su primer cuidado fué 
oponerse á Núñez Vela, que había recobrado su liber- 
tad en el viaje á España y estaba en Piura con 180 sol- 
dados; siguiólo con fuerzas mucho mayores que las de 
éste, y encontrándose ambos ejércitos en Iñaquito, se 
dio una furiosa batalla en la que murió el Virrey con 
gran parte de sus soldados; un episodio de la pelea hace 
ver la saña con que aquellos hombres, todos españoles, 
se aborrecían unos á otrog; el soldado Juan de la Torre 
mesó la cabeza de Núñez Vela ya cadáver, y colocó 
en su sombrero, á guisa de penacho, los cabellos arran- 
cados; acto de ferocidad inaudita. 

Mientras Gonzalo Pizarro se alzaba con la sobera- 
nía del Perú, se presentó en escena un defensor de 
la causa Real: Diego Centeno. Sublevado en la Pla- 
ta, intentó en vano apoderarse del Cuzco. Pizarro en- 
vió en su persecución á Francisco de Carvajal, y éh 
en tanto, recorrió el país, siendo acogido con entu- 
siasmo; cuando entró en Lima llevaba á su lado cua- 
tro obispos; mil bendiciones y aclamaciones resona- 
ban en las calles del tránsito. Pero en medio de estos 
triunfos, se vio el principio de la desventura de Gon- 



— 157 — 

zalo y de la felicidad del Perú asolado por tantas 
sublevaciones y guerras civiles. 

Felipe II, que á la sazón gobernaba en ausencia de 
su padre Carlos V, conoció la gravedad que encerra- 
ba la sublevación de Pizarro, como síntoma del dis- 
gusto que á los españoles de América habían produ- 
cido las ordenanzas dadas en contra de los encomende- 




D. Pedro la Gasea 

ros, y después de consultar con el Consejo, encomendó 
la ardua empresa de restablecer el orden en el Perú 
á un hombre de las condiciones que proponía Cristo- 
bal de Molina: «que no sea amigo de intereses ni de 
flaco ánimo, ni el deseo de riquezas le haga pobre la 
justicia; son tantos y tales los delincuentes y tan 
malos de conocer, que si el juez que viniere no 
trae á Dios consigo abrazado, y el mundo y sus pro- 
mesas aborrecido, no hará nada». Este hombre excep- 



— 158 — 

cional, modelo de virtud y de energía, fué D. Pedro 
la G-asca, nacido en Navarregadilla (Avila) de padres 
hidalgos; en su juventud había peleado contra los 
comuneros. Hecho luego sacerdote, perteneció al Con- 
sejo del Santo Oficio, y en las Cortes de Monzón, los 
valencianos rogaron á Carlos V que lo nombrase Vi- 
sitador de su reino, á pesar de que las leyes se opo- 
nían á ello; tal fama de honradez gozaba. Cuando Fe- 
lipe 11 le encargó la pacificación del Perú, renunció á 
todo sueldo, mas exigió facultades tan amplias, que 
el Príncipe vaciló en concedérselas; al fin accedió 
á ello, sin ponerle otras limitaciones que con- 
sultar al monarca en los nombramientos de importan- 
cia y en algunas resoluciones de gravedad. A 26 de 
Mayo de 1546, partió con una escuadra del puerto de 
Sanlúcar de Barrameda y sin novedad particular 
arribó á Santa Marta, donde el licenciado Armendáriz 
le comunicó el funesto desenlace que en Iñaquito ha- 
bía tenido la arrogancia de Núñez Vela. Supo además 
que Panamá y Nombre de Dios, aunque extraños á 
la gobernación del Perú, se hallaban ocupados por 
tropas adictas á Pizarro que vigilaban el istmo. Con 
hábil diplomacia, escribió á Pizarro diciéndole que go- 
bernase en nombre del Key en tanto que éste no dispu- 
siera otra cosa, y que él iba dispuesto á revocar las abo- 
rrecidas ordenanzas. Llegado á Panamá el 13 de No- 
viembre, consiguió que Hinojosa, jefe de la escuadra, 
se le sometiera de buen grado, con lo cual dispuso de 
22 buques. Pizarro, viendo que su poder estaba ame- 
nazado, reunió en Lima una junta de sus más nota- 
bles partidarios, y afírmase que Francisco de Carva- 
jal, con prudencia laudable, aconsejó la sumisión, di- 



— 159 — 

ciendo: «Nos ofrecen la revocación de las ordenanzas 
y perdón de todo lo pasado, y orden para lo porve- 
nir, gobernando con el parecer y consejo de los regi- 
mientos de las ciudades. Por ende, soy de parecer 
que vayan al Presidente con la respuesta y se le trai- 
gan en hombros, y se le enladrillen las calles con ba- 
ras de plata y tejas de orp, y se le haga todo regalo 
en agradecimiento del buen despacho que nos trajo, 
y yo no dudo de que traiga facultad de dar la gober- 
nación á Vuesa Señoría». Gutiérrez de Santa Clara 
dice que Carvajal fué siempre enemigo de transaccio- 
nes, y esto parece lo más probable. En aquella reu- 
nión acordaron los pizarristas oponerse con las ar- 
mas á La Gasea; renovóse el plan de coronar á Gon- 
zalo Pizarro y se dispuso la formación de un ejér- 
cito; el guante estaba arrojado, y la contienda en- 
tre el monarca y los rebeldes sólo podía resolverse 
con la guerra. Así lo conoció La Gasea, quien llegado 
al Perú se dirigió á Trujillo y luego á Jauja, para 
animar á Diego Centeno, enemigo de Pizarro, que 
fué derrotado por éste. A 9 de Abril de 1548, se avis- 
taron las tropas de La Gasea y de Pizarro, dándose 
la memorable batalla en que el poder real quedó 
afianzado; abandonado Pizarro por la mayor parte de 
sus soldados que antes de la pelea se pasaron al ene- 
migo, apenas se dispararon algunos tiros de arcabuz; 
¿el birrete había vencido al casco, según dice un ro- 
mance muy conocido en el Perú. Sometido Pizarro á 
"im proceso, murió ajusticiado; su cabeza fué puesta 
en el rollo de la plaza de Lima; igual fin tuvieron 
Francisco de Carvajal y otros sublevados. A 11 de 
Abril de 1548, hizo La Gasea su entrada en el Cuzco 



— 160 — 

y queriendo desentenderse de gente ambiciosa, favo- 
reció expediciones en que tomasen parte los levan- 
tiscos que pedían mercedes. Arregló después la cues- 
tión de las encomiendas, no sin quejas de muchos que 
se consideraban mal recompensados, y libre ya de los 
azares de la guerra, se dedicó á la administración del 
Perú. Encomendó á D. Aijtonio de Mendoza la funda- 
ción de la ciudad de La Paz en Chuquiabo; envió visi- 
tadores para averiguar qué trato daban los españoles .1 
á sus indios; estableció el juzgado de bienes de difun- ] 
tos y confirió recaudación de los impuestos á personas 
de conocida probidad. Tanta fué su prudencia y su ■ 
honradez, que cuando los caciques supieron que re- 
gresaba á España, le llevaron magníficos regalos como ' 
testimonio de agradecimiento, los cuales rehusó, como 
también 50.000 ducados que espontáneamente le ofre- 
cieron en Lima. Volvió á la península en el año de 
1550, sin ijiás riquezas que el breviario bajo el brazo, 
y con el mismo manteo raído que había llevado; tan 
pobre se hallaba, que escribió al Arzobispo de Sevi- 
lla que le tuviese preparada alguna ropa para pre- 
sentarse con decencia. Felipe 11 recompensó tan 
grandes servicios dándole el Obispado de Sigüenza. 



CAPÍTULO XIII 



Ei Perú (continvxxción): Sus Virreyes en los siglos XVI y 
XVII; hechos más notables que llevaron á cabo 



Á 23 de Setiembre de 1551 llegó á Lima el virrey 
D. Antonio de Mendoza, propuesto á Carlos V por La 
Gasea para tal cargo, en el cual se mostró tan bonda- 
doso y prudente como en Nueva España. Ordenó á 
Juan de Betanzos que escribiese la historia del Perú 
desde su descubrimiento, y encargó á su hijo D. Fran- 
, cisco la visita del reino á fin de conocer el estado en 
que se hallaba. Muerto al poco tiempo el anciano 
Mendoza, gobernó interinamente la Audiencia y 
otra vez se vio el Perú devastado por una gue- 
rra civil que promovió el díscolo Hernández Girón. 
Habiéndose abolido el servicio personal de los in- 
dios, puesto Girón al frente de los descontentos se 
hizo dueño del Cuzco y se aproximó con sus tropas á 
Lima. Vencedor en Chuquinga del ejército leal, fué, 
no obstante, abandonado poco á poco por los suyos; 
hecho prisionero en Atunjauja murió decapitado en 
la capital á 7 de Diciembre de 1554, La guerra había 
durado cerca de catorce meses. Su cabeza fué puesta 
en el rollo de la plaza, junta con las de Gonzalo Piza- 
11 



— 16¿ - 

iTO y de Carvajal. Luego quedó la tierra pacificada 
del todo. 

Sucedió á D. Antonio de Mendoza, ]). Andrés 
Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, que unió 
la prudencia de Gasea á la entereza de Blasco Nú- 
ñez Vela. Procuró la sumisión de Chile, enviando 
contra los levantiscos araucanos á su hijo J). Gar- 
cía, y también la de los indios quichuas que seguían 
las banderas de Sairi-Tupac, heredero de Inca Manco, 
negocio que acabó sin derramamiento de sangre, pues 
a([uél depuso las avnias gracias á la mediación de su 
tía la coya D.* Beatriz y de Juan de Betanzos, empa- 
rentado con la dinastía de los Incas. Sairi entró en la 
ciudad de Los Reyes corno lo solían hacer los anti- 
guos 8ol>erano8, llevado en una litera, y por la renun- 
cia de sus derechos obtuvo 20,000 ducados de renta 
en las encomiendas de Sacsahuana y Jucay, el título 
de Adelantado y otras mercedes. En el acto de conce- 
derle estas prerogativas, Sairi, tomando una hebra del 
fieco de terciopelo de la sobremesa^ exclamó: «Todo 
este paño y su guarnición eran míos, y ahora me dan 
este pelito para mi sustento y el de mi casa». Convir- 
tióse luego al cristianismo y recibió el nombre de Die- 
go. Hecha la paz, el virrey se dedicó á mejorar la si- 
tuación del Perú; fundó en el país de los cañaris la 
ciudad de Cuenca; reprimió los desmanes de los ne- 
gros; intentó el desagüe de la laguna de Muina, don- 
de, según tradición de los indios, fué arrojada la ina- 
preciable cadena de oro con que se había celebrado el 
nacimiento de Huáscar; envió tres buques para ex- 
plorar el estrecho de Magallanes; encomendó á Pe- 
dro de Ursúa el descubrimiento de los Omaguas, que 



— 163 — 

habitaban, según se decía, un país riquísimo en ovo; 
expedición que tuvo funesto resultado por los críme- 
nes de Lope de Aguirre. . 

D. Diego de Acevedo y Zúñiga, Conde de Nieva, 
promovió en la costa la fundación de dos pueblos; el 
de Arnedo en el valle de Chancay, y el de lea en un 
-itio peligroso por ser frecuentado de ladrones. Su go- 
bierno duro poco tiempo. Murió trágicamente sin que 
se conozcan bien la causa é incidentes de su asesinato; 
Lorente, en su Historia del Perú, dice que lo mató un 
marido en venganza de su deshonra; Montesinos, en 
un fragmento de sus Anales que publicó el Sr. Jimé- 
nez de la Espada en las Relaciones geográficas de In- 
dias (tomo I, Apéndice I), cuenta que un astrólogo 
\ »ronosticó la muerte del virrey y que ésta sucedió en 
1 día y hora señalados; Pedro Mexía de Ovando, his- 
ritor de aquella época, escri'be: «Algunos simples dicen 
ijue le mataron una noche á talegazos de arena, ha- 
llándole subiendo por una escala á un balcón. Leván- 
taule testimonio, porque no murió sino de una lan- 
dre que le dio en las partes secretas». 

D. Lupe García de Castro gobernó el Perú con el tí- 
ulo de [iresidente de la Audiencia, pues Pelipe II, 
viendo que en aquel país, de cuatro virreyes dos ha- 
bían muerto asesinados, no quiso por entonces confe- 
rir esta dignidad. D. Lope estableció en Lima la casa 
de la moneda; trató de colonizar las islas de Chiloé 
en los mares de Chile; coutió al joven Alvaro de Men- 
daña una expedición que dio por resultado el descu- 
brir las islas de Salomón en la Oceanía y procuró la 
conversión de los indios. I>. Francisco de Toledo fué 
uno de los virreyes más notables que hubo en el Pe- 



— 164 — 

rú, donde introdujo el orden y cuya administración 
mejoró considerablemente. La ciudad de Vilcabamba 
seguía independiente y en ella habían tomado la borla 
imperial después de Sairi-Tupac, Titu-Cusi y Tupac 
Amaru; allí se refugiaban los delincuentes y sus mora- 
dores salían á los caminos pira robar á los espauole¡s. 
D. Francisco de Toledo quiso reducir á Tupac- Amaru 
por medio de negociaciones, que no tuvieron feliz éxito, 
por lo cual reunió 200 soldados, cuyo mando confió á 
D. Martín de Loyola; éste halló cortados los caminos 
y rotos los puentes; sin embargo, llegó de improviso 
á Cochabamba y se apoderó del Inca, que fué lleva- 
do prisionero al Cuzco y condenado á pena capital: 
cuando marchaba al cadalso, oyendo que gritaba el 
pregónelo: «A e?te hombre matan por tirano y traidor 
á S. M.», replicó: «No digas eso, pues sabes que es cosa 
de burlas; yo no he hecho traición ni pensado hacer- 
la, como todo el mundo sabe. Di que me matan por- 
que el virrey lo quiere, y no por mis delitos» A la en- 
trada de la plaza apareció una turba de coyas y dt> 
hijas de caciques clamando lúgubremente: «Inca. 
¿por qué te van á cortar la cabeza? ¿qué traiciones 
has hecho pira merecer tal muerte? Pide á quien te 
la da que nos mande matar á todas, pues somos todas 
tuyas por la sangre y por la condición, y más dicho 
sas iremos en tu compañía, que quedando por siei- 
vas de los que te matan». Tupac-Amaru, que había 
poco antes recibido el bautismo, recibió la muerte con 
firmeza india y resignación cristiana. La o])inión pú- 
blica acusó al virrey de inhumano, y Fe lipe 1 1, muchos 
años después, le echó en cara esta crueldad, diciéndole: 
«Idos á vuestra casa, que yo no os envié al Perú para 



— 165 — 

rnatar reyes». A fia de quitar á los indios todo pensa- 
miento de sublevarse, Toledo puso en el Cuzco guar- 
nición de españoles y llevó á Lima las momias de los 
Incas, delante de las cuales se prosternaban en el ca- 
mino las turbas. Menos afortunado que en estas em- 
presas lo fué el virrey en la conquista de los chirigua- 
nos, en cuyo país entró y nada hizo de provecho, te- 
niendo que retroceder enfermo y abatido. En lo que 
se mostró admirable Toledo fué en las disposiciones 
que dio tocantes al gobierno del Perú, y tanto, que los 
indios ancianos decían: «Desde el buen Tupac-Yupan- 
gui no ha estado la tierra tan bien ordenada». Esta- 
bleció en la Audiencia de Lima una sala del crimen 
con cuatro alcaldes; reglamentó las atribuciones de 
los corregidores; instituyó un juez de naturales; pu- 
blicó orlenanzas bien meditadas; tasó el trabajo de 
- indios á fin de que nadie los explotase; hizo que 
tos residiesen en pueblos, donde con más facilidad 
instruirían en el catolicismo, y determinó los tri- 
butos que debían pagar á sus caciques y encomende- 
ros; mejoró el estado de la Hacienda, y tanto, que so- 
lo Potosí valía al Rey más de 500,000 pesos. 

Después del breve gobierno de D. Martín Enríquez 
ocupó el virreinato D. Fernando de Torres y Portu- 
gal, Conde de Villar Don Pardo, en cuyo tiempo Dra- 
ke devastó las costas del Perú. Amante de los indios, 
prohibió que á los mitayos se impusieran trabajos ex- 
cesivos y que los yanaconas fuesen tratados como es- 
clavos. 

D. García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañe- 
te, defendió la colonia de los ataques de Hawkins y 
otros piratas ingleses, é introdujo la contribución de 



— 166 — 

alcabalas, medida que suscitó tumultos. Por entonces 
floreció en Lima el santo arzobispo Mogrovejo que 
reunió allí un concilio y fundó el seminario conci- 
liar. 

D. Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montes- 
claros, que pasó del Virreinato de Nueva España al 
del Perú en el año 1607, estableció el Tribunal 
del Consulado; aconsejó al rey la supresión del servi- 
cio personal de los indios, como se hizo, y mandó 
construir un gran puente en Lima para comunicar - 
con el arrabal de San Lázaro. 

Sucedióle D. Francisco de líorja y Aragón, Prínci- 
pe de Esquilache, en cuyo tiempo descubrió Jacobo i 
le Maire el estrecho que lleva este nombre y que fué 
luego explorado por los hermanos Nodales. Acabó su 
Virreinato en el año 162L 

I). Diego Fernández de Córdoba, Marqués de (lua- 
dalcázar, defendió la colonia contra las agresiones 
del pirata Clerck, que, habiendo ido al Pacífico por el 
Cabo de Hornos, puso sitio al Callao. Bajo su gobier- 
no se publicaron las Nuevas leyes de la I¿ecoj)ilación 
de Indias. 

I) . Jerónimo Fernández de Cabrera Bobadilla, 
Conde de Chinchón, entró en Lima en 1629 y rigió el 
Perú durante diez años. En sn tiempo hubo un terre- 
moto que destruyó la mayor parte de aquella ciu- 
dad. 

D. Pedro de Toledo y Leiva, Marqués de Mancera, j 
hizo una estadística de los indios; reformó la tasa de 
los tributos, fortificó el Callao y organizó el servicio 
de correos. 

D. García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Sal- , 



— 167 — 

\ atierra, procuró la conversión y reducción de los in- 
ilios de la provincia de Mainas por los religiosos de 
la Compañía de Jesús; entregó el mando á su sucesor 
en el año 1655. 

I), Luís Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de 
Liste, Virrey autes de Xueva España, gobernó pací- 
tícamente y con general aplauso. 

D. Diego de Benavides y de la Cueva, Conde de 
Santisteban, apaciguó una sublevación de mestizos en 
la provincia de Chuquiabo. En el año de 1665 se al- 
teró la paz en el distrito de Paucaí colla con motivo 
de las reyertas de vascongados y montañeses con 
los andaluces y los criollos, y tanto, que se dio una 
mgrienta batalla en el llano deLaycayota. D. Diego 
(ie Benavides falleció de pesar al año siguiente. 

D. Pedro Fernández de Castro y Andrade, Conde 
le Lemos, fué en persona á reprimir los alborotos de 
Puno, y lo' consiguió, imponiendo á los revoltosos 
ejemplares castigos. 

D. Baltasar de la Cueva Henríquez y Saavedra, 
' onde del Castellar, hizo su entrada en Lima en el 
ño 1674 y cesó muy pronto en el gobierno por 
¡aber sido acusado de favorecer el contrabando. 

D. Melchor de Liñán y Cisneros, Arzobispo de Li- 
ma, escarmentó á los corsarios Huarlen y Charps, que 
infestaban aquellos mares apoderándose de cuantos 
buques podían. 

D. Melchor de Xavarra y Kocafull, duque de la Pa- 

lata, uno de los Virreyes de más talento que rigieron 

¡ Perú, amuralló la ciudad de Lima, que fué hundida 

[i'^v un terremoto en el año 1687; armó una escuadra 

!■' jutra el Pirata David que llevaba diez, buques y fué 



- 168 — 

vencido por D. Beltrán de la Cueva, cuñado del vi- 
rrey. Éste tuvo algunas contiendas con el Obispo Li- 
ñán con motivo de las quejas que los indios daban de 
sus curas doctrineros. 

D. Melchor Portocarrero Laso de la Vega, Conde 
de la Mondo va, atendió á defender la colonia contra 
los ingleses en la guerra de Sucesión, cuando heredó 
Felipe V al enfermizo y apocado monarca Carlos II. 



CAPÍTULO XIV 



El Perú (conclusión): 1. Sus Virreyes en el siglo XVIII. 
—2. Guerra de su independencia. — 3. Sucesos de la repú- 
blica en el siglo XIX. 



Substituida en España la casa de Austria por la de 
Borbón, Felipe V nombró Virrey del Perú á D. Ma- 
nuel de Oms y Senmenat, Marqués de Castelldosrius, 
hábil cortesano, hombre de acción y cultivador de las 
bellas letras. Muy adicto al nuevo monarca, procuró 
allegarle recursos en el Perú y levantando emprésti- 
tos y echando mano á obras pías, bienes de difuntos 
y cajas de censos, envió á la Península millón y me- 
dio de pesos, que bien se necesitaban para la guerra 
de sucesión. Rechazó á los corsarios ingleses Rogers y 
Dampierre, que con dos buques saqueaban las costas 
del Perú y llegaron á exigir del puerto de Guayaquil 
un crecido rescate. En su tiempo (1707) hubo en las 
provincias del Cuzco un gran terremoto que arruinó 
el pueblo de Capi; la granja de San Lorenzo fué 
lanzada de una á otra banda del Apurimac con casas 
y gente; vióse en aquella desgracia un castigo divino 
por las secretas idolatrías de los indios y en un auto 
de fe salieron penitenciados varios mestizos acusados 



— 170 — 

de veiieiar supersticiosamente al Apóstol Santiago 
con el título de Santiago Huaina (el mozo). A pe- 
sar de las denuncias hechas contra el Viney, quien, 
según decían sus enemigos, iba á la parte en los con- 
trabandos y especulaba en todos los ramos de la ad- 
ministración, continuó en el Perú hasta el año 1710, 
en (jue niuii(). Fué amante de la literatura y reunía 
en su palacio los lunes una Academia en que D. Pe- 
dro Peralta y otros recitaban poesías. 

1). Diego Ladrón de Guevara, Obispo de Quito, que 
le sucedió, era natural de Cifuentes (Guadalajara) en 
cuya iglesia hemos visto un retrato suyo. Desde el 
año 1696 había desempeñado la presidencia de Tierra 
Firme y contraído singulares méritos en las sedes 
episcopales de Guamanga, el Cuzco y Quito. 8u go- 
bierno del Perú fué modelo de prudencia y de solici- 
tud; ampliáronse los estudios universitarios; se prohi- 
Ijió la elaboración de aguardiente de caña, bebida cu- 
yo uso diezmaba los indios; reprimió las insolencias 
de los negros cimarrones que desde los montes de 
Huachipa hacían frecuentes correrías; castigó severa- 
mente el robo de un copón y el sacrilegio cometido 
las Sanias Formas por un hijo natural del conde 
de Cartago, en la ciudad de Lima. Poco.s virreyes hu- 
bo en el Perú tan queridos del pueblo. Cuando fué 
reemplazado en el año 1716, se le dispensó el juicio 
de residencia; mas él cumplió con la ley, y antes de 
marcharse llenó este requisito. 

Durante el gobierno de D. Nicolás Caracciolo, 
Príncipe de Santo Bono, se agregó al Virreinato de 
Santa Fe, creado en 1717, la pro\incia de Quito. Las 
misiones de Chanchamayo fueron más protegidas que 



— 171 — 

nunca, y sus religiosos, entre los que descollaba por su 
celo Fray Francisco de San José, recogieron fruto co- 
pioso á costa de mil sufrimientos. Procuró reprimir 
el contrabando que hacían los corsarios, y algunos 
buques de guerra enviados al Pacífico capturaron cin- 
co naves holandesas; sin embargo, no se acabó con el 
mal, pues las mercancías ei-an llevadas á través de 
vastos despoblados por el Pío de la Plata, y también 
por Nueva Granada, siguiendo el curso del Magda- 
lena. 

En tiempo de Fr. Diego Morcillo, Arzobispo de Li- 
ma (1720-1724), se verificó la canonización de Santo 
Toribio de Mogrovejo, único hecho que pudo regoci- 
jar el ánimo del Virrey, quien se vio continuamente 
rodeado de peligros y dificultades. El corsario inglés 
Chiperton amenazaba las costas del Pacífico. La Gran 
Bretaña, abusando de un tratado que celebró con Fe- 
lipe V, introducía en el Perú mercancías sin cuento, 
arruinando el comercio español; en el Paraguay ocu- 
rrían los desórdenes promovidos por el gobernador 
Antequera, y en Chile invadían los araucanos las vi- 
llas fronterizas; disgustos que abreviaron los días de 
aquel hombre nacido para las contemplaciones místi- 
cas del claustro y no para las tempestades del go- 
bierno. 

D, José Armendáriz, Marqués de Castel-Fuerte, 
hombre de carácter severo, como quien se había ele- 
vado á los primeros grados de la milicia gracias á su 
valor y probidad, reprimió enérgicamente los tumul- 
tos del Paraguay. Su afán por restablecer la discipli- 
na eclesiástica, algo relajada en el Perú, le ocasionó 
varios conflictos, uno de ellos con el Obispo de Gua- 



— 172 — 

manga. Mostróse acérrimo defensor de la fe, tanto co- 
mo de las regalías, y la Inquisición funcionó con en- 
tera libertad; en el año de 1731 se verificó un auto 
donde salieron penitenciados algunos reos de hechi- 
cería y otros delitos. Las misiones de Chanchamayo 
progresaban notablemente y ya contaban veinticinco 
pueblos; los salvajes, abandonando su vida errante, se 
dedicaron á la industria de tejidos. 

El Virreinato de D. Juan Antonio de Mendoza, 
Marqués de Villagarcía, se ilustró con el viaje cientí- 
fico que para fijar un grado del meridiano terrestre 
hicieron al Perú los sabios españoles I). Jorge Juan y 
D. Antonio UUoa y los franceses La Condamine, Godin 
y Jussieu; cuando el pueblo los vio trepar por esca- 
brosidades y nevados, tirando líneas y observando los 
astros con instrumentos no conocido?, túvolos por 
cieito género de hechiceros ocupados en diabólicos 
artificios. Declarada la guerra entre España y la 
Gran Bretaña, ésta envió al Pacífico una escuadra á 
las órdenes del almirante Anson, quien entró en la 
villa de Paita y se apoderó de rico botín. Más funes- 
ta fué la sublevación de los indios de Chanchamayo, 
que dieron muerte á varios religiosos, y contando con 
el auxilio de los chunchos, se resistieron valerosa- 
mente en sus bosques, inaccesibles casi á los ejércitos 
españoles. Villagarcía fué sustituido por 1). José 
Manso de Velasco, Conde de Superunda, y falleció en 
alta mar, no lejos de Patagonia, á 15 de Diciembre 
de 1745. 

Este halló el país en un estado lamentable; los 
chunchos continuaban sus desmanes; Anson amena- 
zaba los puertos, y no acometió el Callao por las per- 



, 



— 173 — 

didas que había sufrido en el cabo de Hornos; la Ha- 
cienda atravesaba una situación apurada; la adminis- 
tración de justicia estaba corrompi'ia y los regidores 
eran el azote constante de los indios, á quienes deja- 
ban en la desnudez; los visitadores y jueces llamados 
á reprimir estos atropellos, solían ceder al cohecho. 
Como si el cielo quisiera castigar esta inmoralidad, á 
28 de Octubre de 1746 hubo en Lima un espantoso 
terremoto; de 12.204 casas, sólo quedaron en pie 25; 
millares de personas mutiladas ó heridas yacían en- 
tre los escombros, exhalando en vano gritos de soco- 
rro; el Callao fué cubierto por las olas, y de 5.000 ha- 
bitantes, se salvaron nada más que unos 100; los bu- 
ques se estrellaron en la playa y algunos cerros se hun- 
dieron con ruido pavoroso. A fin de aplacar la cólera 
divina, los habitantes de Lima hicieron penitencias 
públicas, saliendo por las armiñadas calles descalzos 
con sogas al cuello; un prelado, que llevaba freno en 
la l>ocay puntas de hierro en los ojos, recibía fuertes 
golpes. Cu-iUilo se trató de reedificar la ciudad hubo 
proyectos de tiasladaila á paraje menos peligroso; 
mas estos fueron desechados. Destruida Lima por los 
terremotos, estuvo á punto de serlo otra vez por los 
indios enemigos de la raza española, contra la cual se 
conjuraron en el año 1748; descubierta la conspi- 
ración, fueron ajusticiados seis de sus iniciadores, y el 
Marqués de Monterrico sometió á los que se subleva- 
ron en Huarochiri. 

A 13 de Enero de 1750 se firmó un convenio ent^e 
España y Portugal acerca de los límites del Perú y 
el. Brasil, que serían: los ríos Madera, Yavarí, parte 
del Amazonas y el Putumayo; los portugueses de- 



— 174 — 

bían entregar la colonia del Sacramento, en el Uru- 
guay, y los españoles los {>u<íl)ios de misiones situados 
al oriente de este río. 

Kotas en el ano 1701 las hostilidades entre In- 
glaterra y Ks})aña, D. Manuel Ainat y Junient, as- 
cendido del gobierno de Chile al Virreinato del Perú, 
se preparó á la defensa levantando un ejército, y gra- 
cias á sus prevenciones, los enemigos apenas hicieron 
daño en las costas. A fin de evitar que los ingleses 
fundaran colonias en las islas de Otahiü, envió á és- 
tas una expedición que no dio el resultado apetecido 
de ocuparlas. No tuvieron mejor éxito otras dos, he- 
chas contra los brasileños, que se habían apoderado 
de Santa Rosa. Obedeciendo los mandatos de Car- 
los III, ó más bien del Conde de Aranda, expulsó en 
el año de 1767 á los jesuítas, en número de 431, con 
grave daño de las misiones que éstos habían fundado 
sufriendo mil trabajos. 

Pocos Virreyes dejaron en el Perú tan gratos re- 
cuerdos como D. Manuel Guirior (1776 á 1780), 
quien procuró restablecer las misiones del Chancha- 
mayo y colonizar aquel país; reformó y amplió los es- 
tudios universitarios; cuidó de llenar el vacío que el 
extrañamiento de los jesuítas había dejado en el cul- 
to y en la enseñanza; anduvo siempre en armonía con 
los obispos y religiosos; favoreció los hospitales y ca- 
sas de expósitos y persiguió las defraudaciones en las 
rentas públicas. Cuando España, en el año de 1779, 
declaró la guerra á los ingleses, contribuyó Guirior á 
los gastos con grandes cantidades. 

Reemplazado en 1780 por I). Agustín Jáuregui, el 
Perú atravesó un período calamitoso con la subleva- 



(ion de Tupac-Amaru. La causa de ésta fué la opre- 
sión de los indios, quienes sufrían mil vejaciones: re- 
ducidos muchos de'ellos á la condición de siervos, ora 
yanaconas, ora de comunidad; despojados con violen- 
cia de sus tierras y aun de sus mujeres é hijas, con- 
tinuamente ideal >an planes de venganz>i. Un descen- 
diente de los Incas, llamado José Gabriel Condorcan- 
4UÍ, cacique de Tungasuca eu la provincia de Tmta, 
viendo el estado general de los ánimos y resentido 
porque no le habían reconocido los derechos que tenía 
como sucesor de Tupic-Amaru, con la tenacida i pro- 
pia de la raza india estuvo durante cinco años pre- 
parando una sublevación, que hizo estallar á ñnes del 
año 1780. Aprcró y ahorcó al corregidor de Tinta 
\- dispuso muy pronto de un ejército considerable: 
óOO voluntarios que marcharon contra él perecieron 
abrasados en la iglesia de Sangarara, donde los cercó 
el rebelde, que había tomado el nombre de Tupac- 
Amaru. Dando rienda suelta á su ferocidad, los in- 
dios, se ensañaron con los españoles; los habitantes 
de San Pedro de Bellavista, en número de 1.000, fue- 
ron degollados; en Caracote la sangre de las víctimas 
llegó á los tobillos de los asesinos. Su odio se exten- 
día á la religión cristiana; llamaban toita á la Santí- 
>iima Eucaristía y leños á los crucifijos. Tupac-Amaru 
intentó, aunque en vano, reprimir estas crueldades y 
se declaró libertador de Lodos los oprimidos. La gue- 
rra tomó un carácter religioso; excomulgado Tupac- 
Amaru por el (Jbispo de Cuzco, los curas peleaban 
contra los sublevados al frente de sus feligreses. El 
Cuzco fué sitiado por los indios, quienes levantaron 
<'l asedio convencidos de su impotencia. Derrotado 



— 176 — 

Tupac-Amaru por las tropas que llegaron de Lima y 
Guamanga, fué hecho prisionero y condenado á mo- 
rir descuartizado. La rebelión duró todavía algún tiem- 
po, mas acabó por los esfuerzos de Eeseguin, Valle y 
otros capitanes españoles. 

El Virrey D. Teodoro de Croix (1784 á 1788), aten- 
diendo á las órdenes de Carlos III, procuró defender 
los intereses legítimos de los indios, á fin restablecer 
la calma en el Perú, é implantó una j-eforma adminis- 
trativa de grande importancia, que fué dividir el país 
en las intendencias de Lima, Trujillo, Arequipa, Tar- 
ma, Huancavélica, Huamanga y el Cuzco. Las inten- 
dencias se subdividían en partidos, gobernados por un 
subdelegado. Cieóse una Audiencia en el Cuzco y se 
proyectó la erección de los obispados de Puno y Hua- 
nuco, no realizada hasta mucho después. A instancias 
de los vecinos de Tarma y Acobamba se colonizó el 
valle de Víctor á fin de contener las invasiones délos 
chunches. El comercio siguió prosperando á consecuen- 
cia de la paz y de la disminución de trabas; las impor- 
taciones de España sumaron en los años de 1784 á 1789 
42 millones de pesos. Las rentas importaron en el 
año 1788 la cantidad de 4.664,895 pesos. 

La prosperidad de la colonia continuó durante el 
gobierno de D. Francisco Gil de Taboada y Lemos. 
Aun después de las desmembraciones sufridas con la 
creación de los Virreinatos de Santa Fe y de Buenos 
Aires, contaba unas 33.500 leguas cuadradas y más do 
1.300,000 habitantes. D. Francisco Gil mereció elo- 
gios por la protección que dispensó á la instrucción 
pública; estableció un anfiteatro de anatomía y una es- 
cuela de marina; costeó la edición que el sabio Unanue 



hizo ele su Guia eclesiástica, política y militar; autori- 
zó la fundación de periódicos como la Gaceta de Lima 
y el Mercurio político, reimpreso en nuestros días. 
También procuró la conversión de los indios monta- 
races; el P. Girval remontó el Ucayali, visitó las pam- 
pas del Sacramento y sobrepujó las glorias de los an- 
tiguos misioneros, propagando el Evangelio entre los 
panos, sipivos, campas y piros. Con D. Ambrosio 
O'Higgins, que sucedió á Gil en el año 1796, comenzó 
la decadencia del poder español en el Perú. Declarada 
la guerra entre nuestra patria y la república francesa, 
i'micamente pudo enviar algunos recursos con la agre- 
gación de Puno al Virreinato. Lo más notable que 
hizo en éste fué la construcción de un camino del Ca- 
llao á Lima. Habiéndole propuesto D. Tadeo Haenke 
1 juscar comunicaciones con el Atlántico por los anuen- 
tes del Madera, el Consejo de Indias rechazó aquel 
])royecto. 

Don Gabriel Aviles, que gobernó desde 1801 á 1806, 
se distinguió por su piedad; autorizado por una Real 
cédula dada á 15 de Julio de 1802, creó el obispado de 
Mainas entre los ríos Huallaga, Ucayali, Xapo y Pu- 
turaayo. En el año 1804 se decretó la desamortiza- 

i'm eclesiástica, hecho que suscitó protestas y oposi- 

;ón del clero, opuesto á la venta de sus bienes aun 

recibiendo los intereses del capital en que fueran ena- 

tiados. Las minas seguían produciendo al Erario 
_i andes cantidades, pues se acuñaban anualmente 
-.000.000 de pesos fuertes. A mediados de 1805 

lortó en el Cuzco una conjuración promovida por don 

( «abriel de Aguilar, que intentaba renovar el imperio 

ide los Incas. Sustituido Aviles por D. José Abascal 

IB 12 



— 178 — 

comenzó la guerra separatista que produjo la indepen- 
dencia del Perú. Sus causas fueron las mismas que en 
México y otras colonias, por lo cual es ocioso repetir- 
las. A los primeros chispazos, Abascal reunió en Lima 
una junta en que tomaron parte el Arzobispo, los in- 
dividuos del Tribunal de Cuentas, militares de alta 
graduación y otras personas distinguidas, y se convi- 
no en emplear la fuerza contra los descontentos, cuyo 
partido crecía por instantes; declarada en rebelión la 
ciudad de Quito y auxiliados los peruanos por las tro- 
pas de Buenos Aires y de Chile, siguieron resistiéndo- 
se, no obstante las campañas de ( ^oyeneche y otros ge- 
nerales españoles. 

En vano 1). Joaquín de la Pezuela se cubrió de 
gloria en no pocas batallas, como la de Viluma, que le 
valió el título de Marqués, y llegó casi á restablecer 
la paz; la rebelión había echado profundas raíces y la 
nación entera se mostraba enemiga de España; el mis- 
mo Pezuela se vio derrotado más adelante en el Ca- 
llao por la escuadra chilena que mandaba Cochrane; 
el general separatista San Martín entró en Lima á 13,' 
de Julio de 1821 y poco más adelante se proclamó la 
independencia del Perú, que gobernó aquél ínterin se 
reunía un congreso nacional. Pero habiendo dimitido 
San Martín, comenzó en la naciente república un pe- 
ríodo de anarquía, y los realistas, esto es, los españo- 
les, se apoderaron de Lima en Junio de 1823 al man- 
do del general Canterac. Kenovada la guerra, Bolívar, 
ya Presidente de Colombia, trabajó con denuedo 
por la causa de los peruanos; la batalla de Ayacucho 
decidió la suerte. El Perú, que históricamente era una 
sola nación, fu(' dividida en dos repúblicas, sin que 



— 179 — 

para ello mediasen más poderosas razones que la vo- 
luntad de Bolívar. La historia de la república del Pe- 
rú en los veinte primeros años de su independencia se 
reduce á luchas continuas con Bolivia y á motines y 
sublevaciones sin cuento. En 1843, el general Castilla 
destituyó mo7'e militari al Presidente Vivanco; se or- 
ganizó el ejército, mejoró la administración y procuró 
el desarrollo de la industria y del comercio. En 1852, 
bajo el gobierno de D. José Kufino Echenique, estalló 
un conflicto con los Estados Unidos sobre el dominio 
de las islas de Lobos, que no perdió el Perú gracias á 
la mediación de Inglaterra y Francia. Vuelto al po- 
der Castilla en 1855 por el constitucional procedi- 
miento de sublevarse contra Echenique, dio algunas 
leyes dignas de alabanza; emancipó los esclavos y su- 
inimió el tributo de los indios. En 1864, el Perú se 
ilió con Chile, Bolivia y el Ecuador contra España, 
4ue salió vencedora gracias al heroísmo de 1). Casto 
Méndez Múñez que bombardeó los puertos de Valpa- 
aíso y el Callao. En 1876 alcanzó la presidencia el 
general Prado, quien, por ciertas cuestiones que sur- 
gieron con Chile á causa de la explotación de salitres 
en Tarapacá, se alió con Bolivia y rompió las hostili- 
dades contra aquella república; vencedores los chile- 
nos, que entraron en Lima, impusieron la ley del más 
fuerte anexionándose los distritos de Antofagasta, Ta- 
apacá y Tacna. Para mayor desgracia del Perú se 
iisputaron luego el poder los generales Iglesias y Cá- 
'•eres, originándose una guerra civil que duró hasta el 
ño 1885. Posteriormente han gobernado la repú- 
blica I). Eemigio Bermúdez Morales y D. Nicolás de 
l'iéroia. 



CAPÍTULO XV 



B Olivia 



El dilatado territorio que hoy constituye la lepú- - 
lica de Bolivia formó parte en los siglos XVI al XVIII 
del Perú, siendo gobernado por la Audiencia de Char-' 
cas, hasta que, creado en el año de 1776 el Virreinato 
de Buenos Aires, fué agregado á éste. Así que su his- 
toria queda referida en lo que hemos escrito del Pe- 
rú y de la república Argentina. 

En dicho año de 1809, se tramó una conspiración' 
contra el dominio español, dirigida por D. Pedro Do-r 
mingo Murillo y D. Juan Pedro de Indaburo, quienes- 
apresaron al Gobernador de La Paz D. Tadeo Dávila* 
y crearon una junta llamada Tuitiva, para adminis- 
trar el país. Sucedió esto el 16 de Julio y el día 27. 
publicaron un manifiesto en que decían: «Ya es tiem-i 
po de organizar un sistema nuevo de gobierno funda- 
do en los intereses de nuestra patria, altamente de- 
primida por la bastarda política de Madrid; ya es 
tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la liber- 
tad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el 
menor título y conservadas con la mayor injusticia y ^ 
tiranía». Noticioso dé esto Abascal, Virrey del Perú, 



— 181 — 

envió á Goyeneche con 5000 hombres no obstante 
que La Paz correspondía á la jurisdicción de Buenos 
Aires: los rebeldes fueron vencidos y algunos de ellos 
sufrieron la pena capital, entre los cuales se contó don 
Pedro Domingo Murillo. Iniciado á los pocos meses 
el movimiento separatista en Buenos Aires, la Junta 
de Gobierno allí constituida envió un ejército á las 
provincias del Norte, mandado por D. Juan José Cas- 
telli; sublevadas las ciudades de Cuchabamba y Oru- 
ro, se propagó más el incendio cuando los españoles 
fueron vencidos en Aroma y Suipacha; y aunque los 
rebeldes quedaron derrotados por Goyeneche en Hua- 
qui y Sipesipe la insurrección cundía por momentos; 
La Paz se vio sitiada por los indios, quienes habrían 
entrado en la ciudad sin la llegada de 1000 españoles 
que á las órdenes del general Benavente levantaron 
el bloqueo. Algo mejoró la situación cuando los inva- 
sores argentinos se retiraron, y con las victorias de 
Goyeneche en el valle del Queñual (Mayo de 1812) y 
en Suipacha. Mas los argentinos, al mando del gene- 
ral Belgrano, entraron nuevamente en el Perú y ven- 
cedores en Salta se apoderaron de Potosí (Mayo de 
1813). Sustituido Goyaneche por D. Joaquín de la 
Pezuela, éste llegó á dominar la sublevación, cuyo 
principal sostén eran los insurrectos argentinos. Ke- 
novada aquella por el cura Muñecas y alzado el Cuz- 
co, la guerra siguió devastando el país: dueños los 
argentinos de Montevideo pudieron destacar más fuer- 
zas en auxilio de los bolivianos, acaudilladas por don 
José Eondeau, quien fué completamente derrotad o po r 
el general Pezuela en Viluma. Reemplazado éste por- 
Laserna y llegado al Perú Bolívar con 4.000 vet era 



-~ 182 — 

nos, (lióse la célebre batalla de Ayacucho en que los 
españoles, capitaneados por el Virrey, fueron venci- 
dos por el general Sucre. Desde entonces pudo consi- 
derarse acabada la dominación española en Bolivia. 

Reunida la asamblea nacional de este país en Chu- 
quisaca decretó á 6 de Agosto de 1825 la «indepen- 
dencia del Alto Perú», y por deferencia á su liberta- 
dor dieron á la república el nombre de Bolivia y de 
ella fué su primer Presidente Bolívar, quien reclam(j 
del Perú la cesión de Tacna, Arica y Tarapacá; dio le- 
yes protegiendo á los indios, cre(') tribunales de apela- i 
ción en La Paz y Chuquísaca, ordenó la apertura de ' 
caminos y procuró mejorar la administración. 

En Mayo de 1826 se congregó una Asamblea cons 
tituyente, la cual decretó que la repúbUca boliviana - 
adoptaría la forma unitaria; el j)oder legislativo se ; 
subdividía en cámara de tribunos, senadores y censo- : 
res: la presidencia del poder ejecutivo sería vitali- 
cia y con derecho á designar sucesor; de modo que la¡ 
república sólo tenía de tal el nombre, pues en realidad ': 
era una monai'quía electiva. Sucre, el héroe de Aya- ; 
cucho obtuvo el cargo de Presidente. En su tiempo se ; 
■veritícó la anexión de Tarija, ciudad reclamada por los 
Argentinos, y comenzó un período de motines y desór- 
denes propio de un pueblo que alcanzaba su indepen- 
dencia sin hábito de regirse por sí mismo, á lo cual 
se unía otra causa; el antagonismo de razas; Matute 
se sublevó en Cochabamba; la guarnición de Chuquí- 
saca, instigada por el argentino Cainzo, se rebeló con- 
tra Sucre, y éste viendo tamaña ingratitud de sus con- 
ciudadanos renunció la presidencia (Mayo de 1828). 
La naciente república boliviana tropezó luego con 



í 



— 183 — 

itras dificultades; no viendo el Perú con agrado la se- 
gregación de un vasto país que antes le había corres- 
pondido, intentó apoderarse de éste y envió un ejérci- 
to mandado por el general Gamarra, quien nada con- 
siguió sino la ocupación temporal de La Paz y de Oru- 
ro; semejantes pretensiones fueron después renovadas, 
aunque también sin fruto, por el coronel Ramón Loay- 
^a. Reunida una Asamblea constitucional en el año 
• le 1828 se puso de manifiesto la rivalidad dedos par- 
tidos antagónicos; uno que representaba la política de 
Sucre, y otro que estaba supeditado á las influencias 
del Perú; triunfante el segundo alcanzó la Presiden- 
cia de la república D. Pedro Blanco; y como en otras 
repúblicas, las luchas de partidos se tradujeron en 
sublevaciones, motines y guerras civiles; el coronel 
1). José Ballivían se puso al frente de los nacionalis- 
tas, y Blanco, apresado en su palacio, fué luego cobar- 
demente asesinado; el general Yelasco nombró por sí 
y ante sí Presidente á D. Andrés Santa Cruz. Pocos 
años llevaba de existencia la república y ya se sintió 
la necesidad de modificar la constitución; la presiden- 
cia vitalicia fué derogada por considerarla una mo- 
narquía en el fondo. Otro asunto de mayor inte- 
rés se discutió por entonces; el general Gamarra, Pre- 
sidente del Perú, solicitó la alianza de Bolivia para 
defenderse de Colombia, negociaciones que no tuvie- 
ron éxito porque los bolivianos querían, con mayor al- 
teza de miras, que aquella se verificase entre todas las 
repúblicas españolas de América del Sur. Alas, lejos 
de esto, sobrevino la guerra entre Bolivia y el Perú 
|Jor intentar Santa Cruz, de acuerdo con Gamarra, la 
unión de ambas repúblicas; las tropas bolivianas al- 



184 



1 



canzaron fáciles triunfos, manchados con actos tan 
inhumanos y contrarios al derecho de gentes como el 
fusilamiento del Presidente del Perú, Salaberri, cuya 
calveza había sido puesta á precio. Keunido un Con- 
greso en Sicuani se formó la Confederación Perú-Bo- 
liviana, á la cual se opusieron Chile, que derrotó las 
tropas de Santa Cruz en Yungay; el general Orbegoso 
en el Perú, y casi todos los bolivianos, por creer per- 
judicada su nación en el pacto federal. Derrocado 
Santa Cruz, ocupó la Presidencia I). José Miguel de 
Velasco, quien con un patriotismo de rara especie fe- 
licitó al gobierno chileno por la victoria de Yungay. 
En el año 1839, se decretó la cuarta Constitución de 
Bolivia, lo cual prueba con cuanta ligereza procedían 
los políticos de esta nación, tegiendo y destegiendo 
constituciones como Penélope su tela; y pareciendo 
malas todas á D. José Ballivian, que ascendió á la pre- = 
sidencia por el legal procedimiento de sublevar un 1 
batallón, hizo la quinta en el año de 1843. Otra vez; 
estalló la guerra entre Bolivia y el Perú, ó mejor di- ' 
cho, entre Ballivian y Gamarra, quien murió en una 
batalla; Ballivian ajustó la paz en condiciones favora- 
bles, lo cual no impidió que cayese de la presidencia 
por las sublevaciones que estallaron contra él. La his- 
toria de Bolivia en los años sucesivos ofrece la mono- 
tonía de siempre; sublevación de Belzu contra Velas- 
co; tentativa de asesinato de Belzu ya presidente; su- 
blevación de Linares, Mariano Ballivian y compañía 
contra Belzu y luego coutra Jorge de Córdoba; suble- 
vación de Melgarejo contra Linares, cuyo palacio sa- 
ludaba á tiros el libérrimo pueblo; sublevación de Acha 
contra Linares y de Canelos contra el buen Acha. 



— 185 — 

Aprovechándose de estas discordias, los gobiernos de 
Chile y el Brasil ajustaron tratados de límites con 
Bolivia en los años de 1866 y 1867, perdiendo esta 
nación grandes territorios y cerrándose los caminos 
que por los ríos Madera y Paraguay hubiese podido 
tener para el Océano Atlántico: Chile consiguió ade- 
más una participación en los guanos y minerales que 
se descubriesen en el desierto de Atacama. Después 
de las presidencias de 1). Agustín Morales, en cuyo 
tiempo se elaboró una nueva constitución; de D. To- 
más Frías; de D. Adolfo Ballivian y de D. Hilarión 
Daza, vino la guerra con Chile por infringir Bolivia el 
tratado de 1866 referente á los guanos y salitres. Alia- 
las las repúblicas de Bolivia y el Perú, nada pudie- 
ron contra la de Chile que salió vencedora en comba- 
tes navales, echando á pique el acorazado peruano 
Huáscar; dispersó las tropas que mandaba el Presi- 
dente Daza y se apoderó de Arica y Tacna. En Abril 
le 1884 se pactó con Chile una tregua indefinida, que- 
dando en poder de los vencedores las provincias ma- 
rítimas con obligación de devolverlas pasado cierto 
plazo. Los últimos presidentes de Bolivia han sido 
D. Gregorio Pacheco, que encomendó á Thuar la ex- 
] iloración del Chaco; D. Aniceto Arce que inauguró el 
errocarril de Antofagasta á Huanchaca y celebró un 
tratado de límites con la república Argentina; D. Ma- 
riano Baptista y D. Severo Fernández Alonso. 



CAPÍTULO XVI 



El Ecuador: (l) 1. Sus primeros pobladores. — 2. Su con- ^ 
quista por Belalcázar. — 3. Gobierno de sus Presidentes. 
— 4. Su independencia y vicisitudes en el siglo XIX. 



Cuatro eran las principales naciones que ocupaban 
el territorio del Ecuador antes de su conquista por 
los Incas: los scyris, poblaban el valle de Cayambi y 
la provincia de Pichincha; los puruhaes la región del 
Chimborazo; los cañaris desde el nudo del Azuay 
hasta Zaraguro, y los quitúes ó quitos alrededor del 
Pichincha; otras naciones menos importantes eran los 
paltas, tuzas, huacas, tulcanes, quinches, ambatos, chi- 
llos y tiquizambis. Los scyris llegaron á las costas de 
Manabí por el mar y se establecieron en la bahía de Ca - 
ráquez, donde fundaron una ciudad llamada Carán; so- 
metieron á los quitos que poblaban aquella región, y 
por medio de combinaciones políticas se anexionaron la 
tribu de los puruhaes, pues Scyri XI dio en matrimo- 
nio su hija Toa á Duchicela, príncipe de aquellos in- 
dios. Gracias á esto, los caras ó scyris, cuya capital eia 
Quito, ensancharon los límites de su reino, que llegaba 
por el Sur hasta Saraguro, y celebraron alianzas con 
los cañaris, tiquizambis, chimbos y otros pueblos. Esta 

(1) Historia general de la república del Ecuador por Federico Gonzá- 
les Suárez. Quito, 1890 á 1893; 5 vol. en 4.° 



- 187 — 

prosperidad fué breve; el inca Tupac-Yupangui, con 
un ejército numeroso, aguerrido y bien disciplinado, 
subyugó á los |)altas, y aunque fué derrotado por los 
cañaris, logró que éstos se sometieran al ver que no 
desistía de la conquista: el Inca llevó al Perú multi- 
tud de cañaris á fin de imbuirlos en la civilización 
quichua, y construyó en el país templos, caminos y 
puentes. Más adelante se dirigió contra Quito; el Scy- 
ri, ó rey de los caras, y las tropas del Inca sostuvie- 
1 on reñidos combates, y al íin Tupac-Yupangui se apo- 
deró de aquella ciudad, volviendo al Cuzco victorioso 
y con rico botín. El reino de Quito continuó sometido 
;i los lucas hasta la llegada de los españoles. 

La dominación incásica en el reino de Quito duró 
unos cien años y no pudo acabar con la religión y 
costumbres de los indígenas. Entre éstos los caras te- 
uían por dios al sol, y le edificaron \\n templo en la 
cima del Panecillo, cerro de forma cónica situado al 
Mediodía de Quito; ofrecíanle sacrificios de animales, 
llores y frutos; su sistema de gobierno era monárqui- 
co hereditario, no absoluto, sino templado por la aris- 
tocracia, pues los nobles debían ser consultados en 
los más graves negocios; practicaban la poligamia; sus 
sepulcros, llamados tolas, consistían en un pequeño 
recinto abovedado y cubierto de tierra. Los puruhaes 
eran fetichistas y sus divinidades los montes Chim- 
borazo y Tunguragua, al primero de los cuales sacrifi- 
caban todos los años una doncella. Teníanse por hijos 
del Chimborazo, y por esto, cuando las mujeres veían 
el arco iris en la cima del volcán, cerraban la boca á fin 
de no quedar en cinta. Creían que las almas de los 
difuntos iban al lago de Colaycocha. 



— 188 — 

Deshecho en breve tiempo el imperio de los Incas- 
por Francisco Pizarro y su reducido ejército, Sebas- 
tián de Belalcázar, que estaba de gobernador en .San 
Miguel, noticioso de que Alvarado se dirigía á Quito 
en busca de las riquezas que se decía habían dejado 
allí Huayna-Capac y Atahualpa, salió á conquistar el 
reino de Quito á fines del año de 1533. llevando 200 
soldados; sin dificultad alguna entró en Carrocha- 
bamba y ahuyentó las tropas del cacique Chaquitin- 
ta; los cañaris se le sometieron espontáneamente, au- 
xiliándole en cuanto pudieron; en el páramo de Tio- 
cajas peleó contra Rumiñahui, que defendía el parti- 
do de los Incas; pero quedó indecisa la batalla y juzgó 
prudente retroceder hasta Riobamba; cuando nías ; 
adelante marchó á Quito, halló la ciudad hecha ceni- 
zas pqr Rumiñahui, quien escondió los objetos de oro 
y plata que había en templos y palacios. Poco des- ; 
pues llegaron Almagro con refuerzos y Alvarado con 
la pretensión de que se le adjudicara el país por en- 
contrarse éste fuera de la Gobernación de Pizarro; 
Almagro y Belalcázar se opusieron á ello, y como 
testimonio de haber tomado posesión del reino, fun- ' 
daron á lo de Agosto de 1534 la ciudad de Santiago ; 
de Quito, hoy capital de la república. Celebrada una ; 
avenencia con Alvarado, los capitanes de Pizarro ; 
continuaron sus campañas; Rumiñahui fué hecho 
prisionero y el reino de Quito quedó en breve com- 
pletamente sometido. 

En 1563, se fundó la Audiencia de Quito, que com- 
prendía el territorio del antiguo reino de Quito, una 
gran parte de las provincias que al Norte había con- 
quistado Belalcázar, las extensas comarcas que al 



— 189 — 

otro lado de la cordillera oriental habían explorado 
(rónzalo Pizarro j Alonso de Mercadillo, y los pue- 
blos que fundó Juan de Salinas. Dependía del Virrei- 
nato del Perú. Establecióla D. Lope García de Castro, 
autorizado por una Real cédula dada en Guadalajara 
á 29 de Agosto de aquel año. Su primer Presidente fué 
I). Hernando de Santillán, quien se mostró tan desi- 
dioso en la guerra contra el rebelde Hernando Girón, 
que los soldados le motejaban de dormilón, y al Ar- 
zobispo Loaysa de perder muchas horas Jugando al 
ajedrez, y cantaban estos versos: 

El uno jugar y el otro dormir; 

¡ Oh ! que gentil 

No comer y apercibir; 

¡Oh! que gentil 

El uno duerme y el otro juega; 

Así va la guerra. 

Santillán abrazó luego el estado eclesiástico y llegó 
á ser Arzobispo de Charcas. Sucedióle 1). Lope Píez 
Aux de Armendáriz, y á éste otros Presidentes, en 
cuyos gobiernos pocos hechos importantes ocurrie- 
ron. En tiempo de D. Diego de Ortegón la Audiencia 
'tuvo serias cuestiones con el Obispo Peña, motivadas 
en parte por los escándalos del Oidor Auncibay, 
hombre cínico y nada religioso. A 8 de Septiembre 
de 1575, ocurrió una formidable erupción del 
Pichincha; oscurecióse el día; comenzó á caer una llu- 
via de tierra menuda y retembló la montaña; pasado 
el peligro, acordóse celebrai; todos los años una fiesta 
en aquel día. Fuera de las tentativas que Drake y 
otros piratas hicieron en las costas, la historia del 
Ecuador en el siglo XVI no ofrece sucesos notables. 



— 190 — 

En la centuria siguiente, D. Miguel de Ibarra, varón 
justo y de sólidas virtudes cristianas, fundó en 160(j 
una ciudad (}ue lleva su nombre, entre Quito y Pasto, 
donde no había población alguna de españoles. D. An- ^ 
tonio de Morga, octavo Presidente, nombrado en 
1615, favoreció una expedición á la provincia de ^ 
las Esmeraldas, que tuvo funesto reáultado, como 
otras que antes se habían hecho; fortificó el puerto de 'i 
Guayaquil para defenderlo de los piratas holandeses, - 
quienes, á pesar de esto, entraron más adelante en 
la población dos veces y la sa(tuearon. En tiempo de 
D. Lope Antonio de Munive, décimo quinto Presi- 
dente, se relajó notablemente la disciplina eclesiásti- 
ca por la poca energía del Obispo Montenegro, y hu- 
bo escándalos como el de las religiosas de Santa Ca- 
talina, quienes, tratándose de elegir Priora, fueron 
abofeteadas por los frailes dominicos. A este mal se 
unió la invasión de los corsarios ingleses, que se apo- 
deraron de Guayaquil en el año 1687. 

La invasión francesa en España fué la causa oca- 
sional de que estallase en el Ecuador, lo mismo que 
en otras colonias americanas, la rebelión contra la me- 
trópoli. Ya en el año 1809 se proclamó en ígnito la. 
independencia del país; mas, vencidos los insurgentes 
por las tropas españolas que acudieron de Lima y Cuen- 
ca, se restableció el orden, y en 1813 fué proclamada la 
Constitución hecha por las Cortes de Cádiz. Los dis- 
turbios que en la península ocasionó el triimfo de los 
liberales en el año de ,1820, repercutieron en el 
Ecuador, donde el separatismo levantó cabeza, y aun- 
que fueron derrotados los rebeldes en Tanizahua y 
Huachi, lograron más tarde, con el auxilio del Gene- 



— 191 — 

ral venezolano Sucre, apoderarse de Guayaquil, vién- 
dose las fuerzas españolas, después de una ruda cam- 
paña, obligadas á capitular. Acaso su suerte hubiera 
sido muy distinta de no faltar Kiego á sus debe- 
res, alzándose contra el Gobierno en vez de ir á de- 
fender las posesiones de España en América. El terri- 
torio de la Audiencia de Quito formó con Venezuela 
l>arte de la república de Colombia, unicm que duró 
poco; la discordia entre los confederados se inició al 
momento, y separada en el año 1830 Venezuela, 
los departamentos de Guayaquil, Azuay y Quito, hi- 
cieron lo mismo, formando un estado independiente 
que se llamó república del Ecuador. Una asamblea 
reunida en la ciudad de Riobamba formó la constitu- 
ción y ehgió Presidente al General D. Juan José 
Flores, quien tres años más tarde tuvo que luchar con 
I). Vicente Kocafuerte, sublevado en Guayaquil. La 
manía de constituciones, que quedaban siendo letra 
muerta,- se apoderó de los ecuatorianos, y así, descon- 
tentos de la primera, se dieron otras en los años de 
1835 y 1843. A fin de no cansar con la monotonía de 
sublevaciones y guerras civiles que componen la his- 
toria del Ecuador en el siglo XIX, diremos que, 
aparte de la desenfrenada ambición del mando y de 
las intrigas políticas, reconocieron aquéllas dos causas 
principales: la rivalidad entre Guayaquil y Quito y la 
lucha entre los llamados clericales y los liberales. Efec- 
to de la primera, se insurreccionó Guayaquil en 1850 
conD. Diego Novoa y en 1858 con el comandante ge- 
neral Franco. Por el segundo motivo, D. José María 
Urbina (año 1851) se apoderó violentamente de la 
Presidencia é implantó reformas liberales; unas lau- 



— 192 — 

dables, como la abolición de la esclavitud y el estable- 
cimiento de escuelas primarias gratuitas; otras arbitra- 
rias, como la expulsión de los jesuítas. En cambio 
el General Moreno (año 1860) se distinguió por su 
piedad religiosa, y tantos enemigos se creó con su 
protección al clero, que. habiendo sido reelegido en el 
año 1875, murió bárbaramente asesi-nado. El G-e- 
neral Veintemilla, que le sucedió auctoritate propria, 
observó una política radicalmente opuesta, seculari- 
zando la enseñanza y persiguiendo á los católicos; la 
dictadura y la anarquía, dos monstruos capaces de 
arruinar cualquier nación, devastaron el Ecuador, 
donde se encendió la guerra civil, y llegaron á fun- 
cionar al mismo tiempo tres gobiernos provisionales, 
en Quito, en Esmeraldas y en Guayaquil. Una con- 
vención nacional, reunida en Quito en 1884, acabó 
con tan funesta situación; elaboró la constitución de 
costumbi-e, á fin de que que terminasen las tragedias 
políticas de aquella república, y eligió Presidente á 
D. José María nacido Oaamaño. contra quien se alza 
ron en 1887 los montoneros. Después de nueva reforma 
en la constitución, subió al ])oder I). Antonio Flores, 
afiliado al partido liberal. 



CAPITULO XVII 



Colombia: (1) 1. Los chibchas y su cultura. — 2. Su conquis- 
ta por Gonzalo Jiménez de Quesada. — 3. Sus gobernado- 
res en los siglos XVI, XVII y XVIII. ~4. El Virreinato 
de Santa Fe. — 5. Independencia de Colombia. —6. Su his- 
toria en el siglo XIX. 



Uno de los pueblos más civilizados que encontraron 
los españoles en América eran los chibchas, muiscas 
(') miscas, quienes poblaban el territorio de la actual 
república de Colombia. Su número se ha calculado 
con manifiesta exageración en ocho millones de almas; 
pero es indudable que constituían una poderosa na- 
ción. Su gobierno era despótico; ejercía en cada re- 
gión el poder un rey denominado zaque ó nsaque; 
había también un sumo sacerdote ó idacanza, que se 
elegía entre los más nobles caciques y sufría una du- 
ra iniciación, viviendo siete años en un templo donde 
se entregaba á penitencias se veri si mas. 

La monarquía era electiva, y el rey, cuya persona 

(1) Historia general de las conquistas del nueio Reyno de Granada, 
por el Dr. D. Lucas Fernández Piedrahita. Amberes. Por JuanBaptis- 
ta Verdussen, 1685. Los chibchas antes de la conquista española, por Vi- 
cente Restrepo. Bogotá, 1892; 2 vol. en 4.". Les Etals-Units de Colom- 
liie. Précis d' HLüoire et de Géographie physique, politique et commerciale, 
par Ricardo S. Pereira. París, 1883; en 4,". 

13 



194 




se consideraba sagrada, vivía en soberbios jmlacios, 
con tanta esplendidez como los soberanos de México 
y el Perú. En las tradiciones religiosas de los chib- 
chas es digna de mención la del dilnvio: decían que 

habiéndose pervertido 
la humanidad, el dios 
Chibchacum hizo que 
saliesen de madre los 
ríos y arroyos hasta 
convertir en un lago el 
valle de Bogotá; sola- 
mente se libraron de 
la muerte algunas per- 
sonas refugiadas en las 
cimas de los montes y 
allí aplacaron á la 
divinidad ofendida, 
quien les mandó bajar á los llanos y obedecer al 
profeta Bochica; óate apareció luego sobre el arco 
iris y dando un golpe con su bastón de oro quedó 
abierta la garganta del Tequendama y se formó 
la célebre catarata. 

Los templos de los chibchas estaban adornados con 
láminas de oro; el más notable era el de Sogamoso, 
incendiado luego por los españoles. Creían en un ser 
supremo al que denominaban Chiminigagua; Chibcha- 
cum era el dios de la tierra; llevaba ésta en sus hombros 
y causaba los terremotos; la diosa Bachue protegía 
los frutos de los campos. Veneraban también al sol, 
ofreciéndole sacrificios humanos. Su respeto á los 
muertos rayaba en necedad; conservaban en sus casas 
los restos de sus antepasados, y cuando iban á pelear 



Indio de Colombia. 



— 195 — 

los llevaban á cuestas; impedimento que les ocasionó 
muchas derrotas. El idioma de los chibclias, que dejó 
de hablarse en el siglo XVIII, era uno de los más 
ricos de América. Hicieron progresos notables en la 
agricultura y en las artes mecánicas; cultivaban el 
maíz, las patatas y el cazabe y llevaban el agua por 
canales bien construidos. Excelentes caminos con 
puentes colgantes sobre los ríos y barrancos, faci- 
litaban las comunicaciones. Eran habilísimos en la 
metalurgia: conocían el bronce, el cobre, el plomo, 
el zinc, el oro y la plata; de estas dos últimas subs- 
tancias fabricaban ídolos, collares, zarcillos y otros 
adornos. 

Fundada en el año 1525 la ciudad de Santa Marta 
por Eodrigü Bastidas, y en 1533 la de Cartagena por 
Pedro Heredia, éste organizó una expedición al inte- 
rior; subió por los ríos Magdalena y Cauca, y entu- 
siasmado con el oro que recogía llegó hasta las tierras 
de Antioquía. Otra vez volvió en el año de 1536 y re- 
montando el Atrato se emboscó en unas selvas cuyos 
habitantes, subidos en lo alto de los árboles á guisa 
de monos, le opusieron tenaz resistencia; á medida que 
se internaba encontró señales de haber cerca un pue- 
blo más culto y más rico, sin embargo de lo cual, re- 
trocedió. Divulgadas estas noticias, Gonzalo Jiménez 
de Quesada, hombre en cierto modo comparable con 
Hernán Cortés y con Pizarro, por su audacia y fortu- 
na, reunió 700 hambres; en el año de 1530 salió de 
Santa Marta y entró por el río Magdalena, librando 
combates cin cesar con lus indígenas y sufriendo pe- 
nalidades sin cuento; por algunos prisioneros que hi- 
zo supo que al otro lado de los montes había un pue- 



— 196 — 

blo riquísimo y se preparó á la conquista de éste; pa- 
só los Andes y llegó felizmente al país de los chib- 
chas, quienes opusieron débil resistencia. 

Cuando Jiménez de Quesada llegó al país de los 
chibchas, hallábase éste gobernado por cinco señores 
independientes que recibían su nombre de la capital 
de sus dominios, y eran: el Guanentá, el Tundama, el 
Sugamuxi, el zaque de Hunsa (Tunja) y el zipa de 
Ilacata ó Muequetá (Funza). Éste era el más poderoso 
de todos; cuando salía de su palacio iba en unas an- 
das cubiertas de láminas de oro; ningún indio podía 
jamás mirarle cara á cara; los caciques se prosterna- 
ban en su presencia. Todos estos reyezuelos abusaban 
del poder cometiendo tropelías innumerables con sus 
vasallos, y esto facilitó la conquista española; el zipa 
Tisquesura oprimía su nación con tributos pesados 
de oro y esmeraldas; el zaqiie de Hunsa, Quemuen- 
chatocha, al rededor de cuya corte halló Jiménez de 
Quesada un ceiro cubierto de hombres ahorcados, no 
opuso resistencia alguna á los invasores; cuando éstos 
llegaron ásu palacio, sentóse en una silla muy grave- 
mente creyendo imponer respeto; Quesada entró con 
seis soldados y lo apresó tranquilamente. Sugamuxi, 
vio su ejército vencido y quemado el templo de su ca- 
pital, que contenía grandes riquezas; hecho prisione- 
ro, se convirtió al catolicismo y recibió el nombre de 
Alonso; vivió muy querido de los españoles por su 
bondad y agudeza de ingenio; cuando murió fué ente- 
rrado en Sogamoso. 

El Tundama fué el único de los caciques que se de- 
fendió con valor; pero vencido en el pantano de Dui- 
tama, cayó en poder de los conquistadores y murió 



— 197 — 

luego de un martillazo que le dio Baltasar Maldo- 
nado. 

Saquesaxigua, que sucedió á Tisquesusa en el tro- 
no de los zipas, hizo una guerra tenaz á los españoles 
inquietándolos con acometidas repentinas: mas al fin, 
temeroso de que dos señores de sangre real, enemigos 
suyos, lo destronaran, se presentó á Quesada, llevan- 
do ricos presentes de joyas de oro y esmeraldas, rin- 
diendo vasallaje al emperador Carlos V. Sabiendo 
luego el general español que Saquesaxigua era un 
usurpador, lo llevó preso á Bogotá y le dio tormento 
para que dijese donde estaban escondidos los tesoros 
de su antecesor; al poco tiempo murió de tristeza. 

A 7 de Abril de 1550 fué establecida la Audien- 
cia de Santa Fe de Bogotá, que había de regir la co- 
lonia de Nueva Granada por espacio de dos siglos. 
Su primer presidente. I). Andrés Venero de Leyva, 
cuyo recuerdo es aún grato á los colombianos, gober- 
nó con suma prudencia. Su sucesor, 1). Francisco Bri- 
ceño„ murió al año de su nombramiento. D, Lope 
Diez Aux de Armendáriz (1578-1580) fué depuesto 
por el visitador Juan Bautista Monzón. En tiempo 
de D. Antonio González (1590 á 1597) los corsarios 
ingleses Roberto Baal y Draque saquearon las ciuda- 
des de Cartagena, Riohacha y Santa Marta. D. Fran- 
cisco de Sande, á quien el pueblo llamaba el Doctor 
Sangre, lucho con los feroces indios pijaos y fortificó 
la ciudad de Portobelo. D. Juan de Borja continuó la 
guerra contra los pijaos y mandó redactar una gra- 
mática de la lengua muy sea. Falleció en Bogotá en el 
año de 1628. D. Sancho Girón, marqués de Sofraga, 
gobernó despóticamente y fué condenado á devolver 



— 198 — 

una fuerte cantidad á los colonos por haberla cobra- 
do sin derecho. D. Juan Fernández de Córdoba (1645 
á 1654) favoreció la navegación por el río Magdale- 
na y fundó un liceo en Bogotá. D. Dionisio Péiez 
Manrique rechazó las acometidas de los piratas Cor- 
dello y (xauzon; suspendido de su cargo por un visi- 
tador, fué luego repuesto. Sucedióle en 1666 J). Diego 
del Corro y Carrascal, y á éste, D. Diego de Villalba 
y Toledo. Por entonces Morgan, el célebre pirata, he- 
cho dueño de la isla de las Tortugas, llenó de terror 
las costas colombianas. 

En 1673 se hizo una estadística de la población y 
resultó contarse en Bogotá 3000 vecinos, ó sea cerca 
de 15.000 habitantes. D. Francisco del Castillo y 
Concha gobernó desde el año de 1679 á 1686; sostu- 
vo ruidosas competencias con la autoridad eclesiás- 
tica. D. Gil de Cabrera y Dávalos (1687 á 1703) no 
pudo evitar que la ciudad de Cartagena, defendida 
por el heroico D. Sancho Jimeno, cayese en poder de 
los corsarios franceses que la acometieron en 1697 
con una armada de 22 buques. D. Francisco Me- 
neses Bravo y Saravia (1713 á 1715) quiso poner 
término ádos abusos de los Cidores, quienes lo apre- 
saron y enviaron á España. D. Antonio de Pedrosa y 
Guerrero (1718 á 1724) llevó la misión de informar 
sobre la conveniencia de elevar á Virreinato la Presi- 
dencia de Nueva Granada y dio su parecer en senti- 
do favorable. 

El Virreinato de Nueva Granada fué creado más 
adelante por una i'eal cédula dada á 20 de Agos- 
to de 1739; comprendía las provincias de Tierra 
Firme, Cartagena, Santa Marta y Eiohacha, Caracas, 



— 199 - 

Ciimaná, Guayana, Antioquía, Pamplona y Socorro, 
Tunja, Santa Fe, Neyva y Mariquita, Popayan y Pasto, 
Quito, Cuenca y Guayaquil; ó sea el territorio de las ac- 
tuales repúblicas del Ecuador, Colombia y Venezuela, 
-^u primer Virrey, I). Sebastián de Eslava, logró 
en Cartagena una insigne victoria contra el almiran- 
te inglés Vernon, que la acometió con 40 navios y 
tropas considerables. Entre sus sucesores se distin- 
guieron D. José Alfonso Pizarro, que estancó las be- 
bidas alcohólicas y construyó algunas obras públicas; 
1). José Solís Folch de Cardona, bajo cuyo gobierno 
se fundó la casa de moneda y se abrieron caminos; dis- 
tribuyó sus bienes á los pobres, y tomó luego el hábi- 
to de San Francisco; D. Pedro Mesia de la Cerda, 
Marqués de la Vega de Armijo, que dedicó su aten- 
ción á mejorar el estado de la Hacienda y expulsó los 
jesuítas por mandato del gobierno español; D. Ma- 
nuel de Guirior, que fundó en Bogotá una biblioteca 
pública y una casa de expósitos. En 1777 las provin- 
cias de Maracaibo, Caracas, Cumaná y Guayana fue- 
ron separadas del reino de Nueva Granada y se for- 
mó con ellas la capitanía general de Venezuela. En 
tiempo del virrey D. Manuel Antonio de Flores, hom- 
bre de inteligencia despejada, pero de carácter débil, 
estalló la sublevación de los comuneros, motivada por 
el establecimiento de algunas contribuciones; al prin- 
cipio transigió la Audiencia con ellos; mas luego qu? 
acudieron tropas leales, fueron los rebeldes sometidos 
y sus jefes castigados con severidad acaso excesiva. 
D. José de Ezpeleta (1789 á 1797) tuvo que luchar 
con el separatismo que ya levantaba la cabeza alen- 
tado con los principios de la revolución francesa; Pe- 



— 200 - 

dro Fermín de Vargas, Antonio Nacarino, traductor 
de la Declaración de los derechos del hombre, y Fran- 
cisco Zea, hacían propaganda revolucionaria. El Virrey 
echó mano á los conspiradores, algunos de los cua- 
les fueron enviados á España. Sucedió á Ezpeleta 
D. Pedro Aleiulinueta y Musquiz que ordenó el censo 
del Virreinato, donde se contaban dos millones de 
habitantes. D. Antonio Amar y Borbón fué el último 
Virrey de Nueva Granada. 

Un hecho de tan escasa importancia como la re- 
yerta de un criollo con un español determinó el le- 
vantamiento de Bogotá en el año 1810, á 20 de 
Julio; nombróse una Junta Suprema y el Virrey fut' 
encarcelado. La fl unta Suprema reconoció la sobera- 
nía de Fernando VII, pero negó la ol)ediencia á los 
liegentes de Cádiz que gobernaban durante el cauti- 
verio del monarca. Un Congreso celebrado en Bogo- 
tá, al cual asistieron representantes de siete provin- 
cias, decretó la formación de una república, que lla- 
maron de Cundinamarca, y que dependería del rey 
de España. Su primer Presidente fué D. Jorge Tadeo 
Lozano, que dimitió en el año 1814. Sucedióle 
1). Antonio Nariüo y se empeñó reñida lucha entre 
centralistas y federalistas. A causa de esto, cuando se 
inició la guerra con España fueron vencidos los in- 
surgentes; el General Morillo se apoderó de Cartage- 
tia y restableció el orden. En 1819 retoñó la subleva- 
ción, apoyada por Simón Bolívar que combatía en 
Venezuela, y nombrado Presidente de la república 
acudió en defensa de los neo-granadinos; derrotados 
los españoles en Boyacá por Santander y Anzoátegui, 
el ejército re])ublicano entró en Bogotá. El congreso 



— 201 — 

de la Angostura decretó la unión de Nueva Granada 
y Venezuela con el nombre de República de Colom- 
bia, cuya Presidencia se encomendó á Bolivar. Ape- 
nan, gracias á las victorias de éste, se consolidó la in- 
dependencia de Colombia, nacieron las luchas intes- 
tinas; el partido federalista se mostró enemigo de 
Bolivar, quien tuvo que fusilar á varios conspirado- 
res, y disgustado al ver que la anarquía ganaba te- 
rreno, renunció el poder y murió poco después á 17 
'le Diciembre de 1830. La república de Colombia se 
disgregó al momento; Venezuela y el Ecuador se de- 
clararon independientes; las provinjcias del antiguo 
reino de Nueva Granada constituyeron otra repúbli- 
.1 que llevó este nombre. De ella fué nombrado Pre- 
.>idente en 1837 D. Francisco de Paula Santander, 
que ocasionó una guerra civil por sus reformas libe- 
rales. En el año 1845 subieron al poder los pro- 
gresistas con el General Tomás Cipriano Mosquera, 
(|ue abolió la esclavitud, estableció el Jurado, dio 
libertad á la prensa y declaró libre la navegación de 
los ríos. Después de algunas insurrecciones, como la 
lie Meló contra el Presidente Ovando y de éste con- 
tra el Presidente Ospina, el General Mosquera oon- 
vocó una Asamblea constituyente en Rionegro, donde 
se estableció que la república estaría fundada en el ré- 
gimen federal y se llamaría de Colombia. Durante los 
años de 1876 á 1878 el partido conservador se suble- 
vó en los estados de Cundinamarca, Boyacá, Santan- 
der y Cauca, originando una guerra que fué acabada 
no sin grandes esfuerzos. Posteriormente rigió los 
destinos de Colombia D. Rafael Núñez. Ha poco se 
halló este hermoso país devastado por luchas intestinas 



— 202 



que origina la intransigencia de liberales y conserva- 
d(n-es; males que han agravado los norteamericanos 
favoreciendo, sin respeto al derecho de gentes, la 
separación del Estado de Panamá, que hoy forniü 
una república independiente. 



CAPITULO XVIII 



Venezuela: 1. Su descubrimiento y primeras expediciones 
á esta región. — 2. Su conquista por Alflnger y otros 
agentes de los Belzares. — 3. Su gobierno durante la do- 
minación española. - 4. Su independencia. Su historia en 
el siglo XIX. 

Exploradas las costas de Venezuela por Alonso de 
Ojeda en el año 1499, Pedro Alonso Niño, vecino 
de Moguer, obtuvo licencia de los Reyes Católicos pa- 
lii una expedición á las Indias Occidentales, y no dis- 
txiniendo de los suficientes recursos formó, compañía 

I el sevillano Luís Guerra. Hiciéronse á la vela en 
iSanlúcar y pasando por las islas de Cubagua y de la 
Margarita, llegaron al puerto de Cumanagoto, donde 
l'is indios, sin recelo alguno de los forasteros, cambia- 
K'ü con éstos perlas y brazaletes de oro por cuchillos, 
cascabeles y otras bujerías. Igual recibimiento halla- 
ron en el sitio que más adelante ocupó la ciudad de 
( oro; navegando al Poniente, vieron en la playa más 
de 2000 bárbaros armados de arcos y flechas, en ade- 
mán hostil, y no se atrevieron á desembarcar. Una vez 
que recogieron no pocas riquezas, entre las que había 
perlas tan grandes como avellanas, volvieron á Espa- 
ña á coniieu/.os del año 1500. Las noticias que Ciis- 



— 204 — 

tóbal Guerra, hermano de Luís y su compañero en 
dicho viaje, esparció en lo tocante á la región visita- 
da, hicieron que los españoles la frecuentasen en 
busca de oro y de esclavos, con cuyo motivo los indios 
recibían no pocas vejaciones. En el año 1527, la < 
Audiencia de Santo Domingo, queriendo establecer el . '■ 
orden y la dominación española en Venezuela, enviij 
á Juan de Ampués, quien llegado al país habitado por 
la nación caquetia, caquesia ó zaquitia, que estos tres 
nombres le dan nuestros historiadores, trabó relacio- 
nes amistosas con el cacique Manaure, señor de aque- 
lla provincia, y tan generoso mostróse el reyezuelo con 
Ampués, que le dio piezas de oro, martas y otros ob- 
jetos por valor de 11.000 pesos; pactóse mutua alian- 
za y Manaure reconoció la soberanía de Carlos V. Con 
tan felices principios decidióse Ampués á fundar una 
población que denominó Santa Ana de Coro, cuyo 
primer obispo fué D. Kodrigo de las Bastidas. Poi 
aquel tiempo asistían en la Corte del Emperador En- 
riqíie de Alfinger y Jerónimo Sailler, agentes de los 
Belzares, riquísimos banqueros alemanes, y habiendo 
solicitado la gobernación de Venezuela, Carlos V, que : 
tenía recibidas de ellos grandes cantidades, se la con- 
cedió con tal que fundasen allí dos ciudades y tres 
fortalezas; los Belzares nombrarían un Adelantado;-) 
cobrarían el cuatro por ciento de las rentas de la Co- : 
roña y escogerían doce leguas cuadradas de territorio ' 
donde mejor les pareciese para disponer de ellas á su | 
ai-bitrio. En cambio se obligaban á llevar cuatro bu- | 
ques con 300 españoles y 50 alemanes. Los Belzares i 
nombraron gobernador de Venezuela á su factor Am- 3 
brosio de Alfinger, y teniente general á Bartolomé | 



— 205 — 

kjailler, quienes salieron de la Península en el año 
1528, llevando 400 españoles, muchos de ellos hidal- 
gos, como Juan de Villegas, Sancho Briceño, Juan de 
Guevara y otros. Tomada por Alfinger en Coro pose- 
sión de su cargo, hizo una expedición al lago de Mara- 
•caibo, recogiendo cuanto oro pudo y mostrándose fe- 
roz con los indios, á quienes por leves causas ahor- 
caba ó azotaba. En el año 1530 salió con un pe- 
queño ejército, y atravesadas las sierras de Ttoto, lle- 
gó al valle de Upar, y sin reparar que estaba fuera de 
su jurisdicción, lo asoló incendiando las aldeas y despo- 
jando á los indios; prosiguió su campaña devastadora 
en las provincias de los pocabuces y alcojolados, y 
cuando llegó á la laguna de Tamalameque, vio que las 
aldeas de sus orillas se hallaban desiertas, pues noti- 
ciosos los indios de aquellos estragos, se habían refu- 
giado en las islas del centro; mas pasando á éstas los 
españoles y desbaratados los indígenas, Alfinger reco- 
gió no pocas riquezas; pero no pareciéndole bastantes, 
siguió su viaje por una serranía donde los soldados, 
hambrientos y desfallecidos, morían á cada paso; el 
frío y las acometidas de los indios aumentaban las pe- 
nalidades; finalmente, hallándose Alfinger en el valle 
de Chinacota, fué sorprendido por los indios, quienes 
le dieron muerte, y los españoles, al mando de Pedro 
de San Martín, se volvieron á Coro. Los Belzares eli- 
gieron por sucesor de Alfinger á Jorje de Spira, quien 
salió del puerto de Sanlúcar en el año de 1583. Lle- 
gado á Coro, se dispuso á continuar la conquista con 
su teniente general Nicolás de Frederaan ó Federman; 
envió 300 hombres con los capitanes Juan de Cárde- 
nas y Martín González para que atravesando la sie- 



— 206 — 

rra de Carora le eí-perascn en el puerto de la Biirburata 
al cual se dirigió él por la costa; reunidos ambas divi- 
siones en Barquisimeto, por haber tenido que retroce- 
der la primera, acosada de los indios y fatigada de es- 
calar ásperas montañas, íSpira continuó su marcha por 
los llanos, venciendo fácilmente á los indios, quienf 
huían ante los caballos, animales que desconocían, pa 
reciéndoles que formaban un cuerpo con el jinete. 
Después de invernar en Aricagua ó Acaricagua, peleó: 
con los coyones, y atravesando en canoas el río Papa- 
mene, engallado por los indios fué á dar en la región 
de los choques, áspera, montuosa, llena de pantanos y 
habitada por gente belicosa cuyas armas eran lanzas 
con puntas de huesos humanos, y tan bárbara que se 
comían unos á otros. Juzgando Spira cosa indigna el 
retroceder, mandó al capitán Esteban Martín que re- 
conociese aquella tierra, sin fijarse en las dificultades 
de la. empresa, que tuvo, corno era de esperar, un éxito 
desgraciado. Después de luchar continuamente con los 
choques, el heroico Martín recibió siete heridas y fa- 
lleció á consecuencia de ellas. Los trabajos que sufrió 
el ejército de Spira encerrado entre aquellas monta- 
ñas fueron inmensos; durante un año padeció liambri\ 
lluvias continuas, embestidas de los indios y mil en- 
fermedades; algunos soldados, perdida en cierto modo 
la razón, se hicieron antropófagos, hecho que refiere 
Oviedo y Baños de esta manera: «andando cuatro sol- 
dados juntos, revolviendo los bujíos para ver si halla- 
ban algo que fuese de provecho á su codicia, encontra- 
ron acaso una criatura de poco más de un año, que 
con la priesa de huir debió su madre de haber dejado 
olvidada; y revestidos aquellos hombres de inhumani- 



— 207 — 

dad diabólica, mataron la criatura y poniendo al fue- 
go en una olla un cuarto, la cabeza*, pies y nianus, 
mientras se cocinaba, á medio asar se comieron ia 
'>adura». (i) 

Cuando á duras penas volvió Jorge Spira á la ciu- 
dad de Coro después de cinco años invertidos en 
aquella expedición, vio que de 400 soldados le queda- 
ban solo 90, que tornaban desnudos, enfermos y exte- 
nuados por el hambre. 

Muerto Spira á 12 de Junio de 1540, le sucedió 
el Obispo D. Rodrigo de las Bastidas, cuyo teniente 
general Felipe de Hurre ó de Huteu, caballero ale- 
mán, pariente muy cercano de los Belzares, oyendo 
que había una región abundantísima en ricos me- 
tales, denominada el Dorado, salió de Coro y llegó á 
la provincia de Marnachare, donde pasó el invierno: 
continuó su viaje en bnsca del mitológico país y des- 
pués de perder muchos soldados, liubo de retroceder 
al año siguiente. Sin desanimarse, espoleado por la co- 
dicia, emprendió otra excursión con el mismo objeto, 
y pasando por Alacatoa, población de alguna impor- 
tancia, entró en el país de los omaguas, con quienes 
sostuvo no pocas batallas; gracias al valor del capitán 
Pedro de Limpias, se libró de una derrota, y conten- 
to con haber descubierto, á su juicio, el Dorado, vol- 
ió á Macatoa. Poco después se originó una disputa 
iitre el capitán Carvajal y Huten por cuestión delgo- 
¡erno, y Huteu murió asesinado. Viendo Carlos Y que 
(, administración de los Belzares no se distinguía por 
L-l buen orden ni por la justicia, rescindió el contrato 

(1) Historia de la conquista y pobfación de la provincia de Venezuela. 
Madrid, 1733; capítulo VI. 



— 208 - 

y nombró gobernador de Venezuela al segoviano Juan 
Pérez de Tolosa, en cuyo tiempo Alonso Pérez atra- 
vesó el río de Apure y recorrió el valle de Cuenta, y 
Juan de Villegas tomó posesión de las tierras inme- 
diatas al lago de Tacarigua. Poco después fundó Pe- 
dro Alvarez la ciudad de Burburata por encargo de 
Villegas, quien á mediados del año 1552 echó los 
cimientos de Barqui'simeto, llamada también Nueva 
Segovia, rica por las minas de San Felipe. La coloni- 
zación de Venezuela prosiguió durante los gobiernos 
del licenciado Villacinda y de Gutierre de la Pe- 
ña, no obstante las rebeliones de los negros que tra- 
bajaban en las minas de San Felipe y de los indios 
giraharas; Alonso Díaz fundó la ciudad de Valencia 
junto al lago Tacarigua en él año de 1555; Diego 
García de Paredes, hijo del Sansón de Extremadura, 
después de una entrada á los cuicas, pobló la de Tru- 
jillo en las márgenes del río Motatán; Francisco Fa- 
jardo fundó la villa de Collado, nombre que le dio en 
obsequio al gobernador Pablo Collado. La sumisión 
de los indios avanzaba por la decisión y valor de in- 
signes capitanes; Fajardo derrotó á los mariches; 
Juan Eodríguez á los teques mandados por Guaicai- 
puro, quien luego se vengó entrando á sangre y fuego 
en las minas explotadas por los españoles en aquel 
país, donde perecieron los hijos de Juan Rodríguez; 
Julián de Mendoza subyugó á los indios taramainas. 
Un hecho de resonancia tuvo lugar en Venezuela 
en el año 1561. Gobernando el Perú I). Andrés 
Hurtado de Mendoza, Marqués* de Cañete, encargó á 
Pedro de Ursúa la conc^uista de una rica provincia 
habitada por los omaguas. Éste dio comienzo á su 



— 209 — 

expedición eu el año de 1560, llevando 400 infantes 
j algunos capitanes revoltosos, como eran Alonso de 
Villena, Cristóbal de Chaves y Lope de Aguirre, 
quienes en medio del camino se levantaron contra su 
General, lo cosieron á puñaladas y nombraron nada 
menos que rey á D. Fernando de Gruzraán, que tam- 
bién murió luego asesinado; entonces Lope de Agui- 
rre se puso al frente de las tropas y navegó por el 
Amazonas hasta llegar á la isla de la Margarita, don- 
de cometió mil delitos; dio muerte al Gobernador, 
apoderóse de cuanto había en las cajas reales y se de- 
claró en rebeldía contra Felipe II, á quien escribió 
una carta llena de insolencias como esta: «por cierto 
tengo que van pocos reyes al cielo, porque creo fué- 
rades peores que Luzbel, según tenéis la ambición, 
sed y hambre de hartaros de sangre humana», (i) 

Lope de Aguirre saqueó la ciudad de Borburata y 
entró en la de Valencia: modelo de soldados brabuco- 
nes, con solos 150 hombres declaraba la guerra á Fe- 
lipe II y decía que se apoderaría de sus Indias; aban- 
donado de los suyos, quienes no podían resistir la 
crueldad con que los trataba, murió en un combate, 
y su cadáver, hecho cuartos, fué puesto en los cami- 
nos; la cabeza permaneció algunos años en el rollo 
de la plaza de Tocuyo. 

Durante el gobierno de D. Pedro Ponce de León 
se emprendió la conquista de la provincia de Cara- 
cas; el general Diego de Losada reunió un ejército en 
Tocuyo, de donde salió á principios del año de 1567; 
venció en reñido combate al cacique Guaicaipuro, 
llegó al país de los mariches y fundó en el valle de 

(1) Oviedo y Baños, Historia de Venezuela, tomo I, pág. 325. 
14 



— 210 — 

San Francisco la ciudad de Santiago de León de Ca- 
racas, hoy capital de Venezuela. Después de nuevas 
campañas contra Gruaicaipuro y los mariches, Losa- 
da falleció en Tocuyo; fué uno de los capitanes más 
ilustres que hubo en América en el siglo XVL Mayor 
esfuerzo se necesitó para conquistar la provincia de 
los cumanagotos; D. Diego de Serpa fundó en ella la 
ciudad de Los Caballeros, pero fué derrotado por los 
indios y murió en el campo de batalla; Garci Gonzá- 
lez acometió la misma empresa y sólo consiguió vic- 
torias infructuosas; más afortunado Cristóbal Cobos, 
hizo prisionero á Cayaurima, jefe de los cumanagotos, 
y echó los cimientos de la villa de San Cristóbal. La 
fabulosa región del Dorado siguió alentando á mu- 
chos ambiciosos; D. Pedro de Silva entró á descubrir- 
la por los Llanos, pero abandonado de su gente se 
retiró á üarquisimeto. 

En el siglo XVII Venezuela, igualmente que otras 
colonias españolas, se vio con frecuencia asaltada por 
los corsarios; los franceses intentaron apoderarse de 
Cumaná en 1654 y 1657, pero fueron rechazados; más 
felices en el año de 1679, saquearon la ciudad de Cara- 
cas. En 1731 se creó la capitanía general de Venezue- 
la, que comprendía las provincias de Caracas, de Ma- 
racaibo, Xueva Andalucía, la Guayana y las islas Mar- 
garita y de la Trinidad. Más adelante Venezuela for- 
mó parte, según hemos visto, del Virreinato de Nueva 
Granada. 

En el año 1811 estalló la rebelión contra España; 
un Congreso celebrado en Caracas declaró la indepen- 
dencia de. Venezuela y redactó una Constitución co- 
piada de la que regía en los Estados Unidos. Bolívaí', 



— 211 — 

el Libertador americano, comparado á Washington y 
no sin razón, empuñó las armas en defensa de su pa- 
tria é hizo prodigios de valor; entra en Caracas derro- 
tando al general Monteverde; pelea ventajosamente 
con Boves; vencido por Morillo, no se desanima, y con 
la batalla de Carabobo, sella la independencia de Ve- 
nezuela, en cuya capital había nacido. Separada Ve- 
nezuela, según ya hemos dicho, de la república de Co- 
lombia, fué elegido Presidente el general Páez, á quien 
sucedió D. Carlos Soublete, bajo cuyo gobierno se re- 
formó la Constitución y se hizo la paz con España. 
La lucha entre centralistas y federales produjo, 
igualmente que en otras repúblicas, motines y suble- 
vaciones sin cuento; á este mal unióse el antagonismo 
de razas que ocasionó en 1846 la guerra entre blancos 
y hombres de color. Los hermanos Monagas se apode- 
raron del mando como de un feudo y crearon una es- 
pecie de dinastía que ocupó el poder en varias ocasio- 
nes desde el año de 1851 al 1868, no sin oposición de 
los federales, que se levantaron en Cumaná, Maracai- 
bo y Coro. Acaso en ninguna república hispano-ame- 
ricana las guerras civiles han sido un mal tan crónico 
como en Venezuela. El sufragio de las bayonetas ha 
elevado Presidentes y el mismo sufragio los ha derro- 
cado. La legalidad ha sido una palabra vacía. Dato 
elocuente es que desde el año de 1870 hasta hoy han 
subido á la Presidencia los generales Guzmán Blanco, 
Alcántara, Valera, Crespo, Kojas Paul, Andueza Pa- 
lacio y Cipriano de Castro, ad virtiendo que Guzmán 
Blanco ha ejercido el poder tres veces y Crespo dos. 
Semejante anarquía inspira tristes consideraciones y 
más cuando se repara en el formidable y absorvente 



— 212 — 

imperialismo que fomenta y atisba estas discordias 
desde el capitolio de Washington. 

Los límites de Venezuela con la república de Co- 
lombia fueron determinados en 1891 por la Keina 
Eegente de España, nombrada arbitra por aquellas na- 
ciones; asesoróse de una comisión de ilustres america- 
nistas en la que figuraron hombres tan eminentes co- 
mo D. Cesáreo Fernández Duro, D, Marcos Jiménez 
de la Espada y D. Gaspar Muro, (i) 

(1) Documentos relativos al arbitraje en la cuestión de limites entre las 
repéhlicas de Venezuela y Colombia, Madrid, 1891. 



CAPITULO XIX 



Chile: (1) 1, Los araucanos. — 2. Expediciones de Almagro y 
• Valdivia. — 3. Guerras con los araucanos en el siglo XVI. 
— 4. Gobierno de la colonia en los siglos XVII y XVIII. 
— 5. Su independencia y sucesos posteriores. 



Los habitantes de Chile, cuando esta región fué des- 
cubierta por los españoles, constituían una raza dife- 
rente de la quichua, aimará, y guaraní, por sus caracte- 
res físicos y morales. Su nombre genérico era el de 
meluches y aucas, que luego en la conquista se trocó 
en el araucanos, ó sea rebeldes, Subdividíanse en va- 
rias tribus, como las de pehuenches, puelches y huilli- 
ches. No tenían poblaciones y cada familia vivía en 
una casa aislada hecha de piedra y cubierta de rama- 
je. En tiempo de paz no reconocían más autoridad que 
la de un consejo compuesto de los padres de familia, 
que deliberaba y resolvía en los asuntos más impor- 
tantes. En caso de guerra elegían un caudillo entre 
los más robustos, juzgando como todos los pueblos 
primitivos que la fuerza física era la mejor cualidad 

(1) Histoi~ia general de Chile, por Diego Barros Arana. Santiago, 
1884 á 1889, 10 tomos en 4.°. — Historia geográfica, natural y civil del 
reino de Chile, por Felipe Gómez de 'Vidaurre. Santiago de Chile, 18S9, 
2 vol. en 4."'. — Historia eclesiástica, política y literariade Chile, por José 
Ignacio Eyzaguirro. Valparaiso, 1850, 3 vol. en 8.» 



— 214 — 

en im jefe. Admitían la poligamia y confiaban á las 
mujeres, no solamente los trabajos domésticos, sino 
también los de la labranza. Su religión consistía en un 
grosero fetichismo; no tenían ídolos, sacerdotes ni 
templos. Eran valientes sobre toda ponderación y 
muy celosos de su independencia. En los combates 
usaban lanzas, mazas pesadas capaces de romper los 
más fuertes yelmos, y unas bolas de piedra unidas por 
correas, parecidas á las que empleaban los gauchos en 
la caza de toros y caballos salvajes. Sus caracteres físi- 
cos los describió Ercilla en estas dos octavas de la 
Ai'aucana: 

Son de gestos robustos, desbarbados 
Bien formados los cuerpos y crecidos, " 
Espaldas grandes, pechos levantados, 
Recios miembros, de niervos bien fornidos; 
Ágiles, desenvueltos, alentados, 
Animosos, valientes, atrevidos, 
Duros en el trabajo y sufridores 
De fríos mortales, hambres y calores. 
No ha habido rey jamás que sujetase 
Esta soberbia gente libertada, 
Ni extranjera nación que se jactase 
De haber dado en sus términos pisada. 
Ni comarcana tierra que se osase 
Mover en contra y levantar espada; 
Siempre fué exenta, indómita, temida, 
De leyes libre, de cerviz erguida. 

Una vez destruida la monarquía de los Incas, vien- 
do Pizarro que Almagro estaba quejoso por no haber 
obtenido lo que esperaba, le concedió la conquista de 
Chile, donde Almagro esperaba indemnizarse adqui- 
riendo acaso tanto oro como su rival en el Perú. Con 



— 215 — 

tal pensamiento salió Almagro del Cuzco y se unió en 
Paria con Juan de Saavedra, donde supo que el Rey 
le confirmaba el título de Adelantado del Nuevo Eei- 
no de Toledo, que comenzaba en los límites meridio- 
nales de la provincia del Cuzco. Los principios de la 
expedición infundieron la esperanza de hallar en Chi- 
le abundantes riquezas, pues en Topisa recibió Alma- 




Una familia Araucana. 

gro una gran cantidad de oro que desde aquel país 
llevaban al Inca en señal de vasallaje. Atravesó el 
desierto de Atacama y la puna de Jujuy llevando 200 
jinetes y 300 infantes, no sin combatir en Chacuano 
y perder mucha gente por la aspereza del clima en 
aquellas regiones. Llegado al valle de Copiapó des- 
cansó de las fatigas pasadas, siendo bien acogido en 



— 216 — 

los pueblos que estuvieron sometidos al imperio del 
los Incas; más queriendo avanzar, se le opusieron los 
indios proinocaes, que residían en las cercanías de Mau- 
le; viendo que aquellos bárbaros no eran tímidos co- 
mo los quichuas y que costaría mucho trabajo el so- 
meterlos, y considerando que allí no había la riqueza 
soñada, retrocedió al Perú en 1537. 




Pedro de Valdivia. 



Algunos años después, D. Francisco Pizarro enco- 
mendó la conquista de Chile al maestre de campo Pe- 
dro de Valdivia, hombre dotado de ánimo intrépido 
y que se había distinguido en las güeñas del Perú; 
en verdad no pudo escoger un capitán más á propósi- 
to para negocio tan arduo. Valdivia reunió un peque- 
ño ejército de 200 españoles y con determinación de 
establecerse en Chile, llevó mujeres para luego fun- 



— 217 — 

dar poblaciones. Siguiendo el mismo itinerario que 
Almagro, atravesó los Andes en el verano á fin de no 
sufrir los rigores del frío en región tan elevada, y á 
mediados de Enero del año 1541 llegó felizmente 
á Copiapó, cuyos habitantes, lejos de recibirle en 
paz, sabedores del destronamiento de Atahualpa se 
prepararon á luchar con los extranjeros. Inmediata- 
mente se vieron los españoles atacados por enjambres 
de indios, no obstante lo cual Valdivia se hizo paso 
con las armas, y recorriendo las provincias de Co- 
quimbo, Quillota y Melipilla, entró á la de Mapo- 
j__ cho, donde en Febrero echó los cimientos de Santia- 
í, go, hoy capital de la república chilena; construyó allí 
una fortaleza y repartió solares; la nueva ciudad se 
' vio muy pronto sitiada por los indios, cuya tenacidad 
y valor rayaban en el heroísmo; los sitiados sufrieron 
tal hambre, que determinaron algunos regresar al Pe- 
rú en cuanto les fuese posible, y aun dar muerte á 
Valdivia por empeñarse en proseguir campañas tan 
duras. Éste, sin desanimar por tantas dificultades, 
con ánimo valeroso continuó sus empresas, no dudan- 
do en fundar otras ciudades como quien confiaba en 
lo porvenir; erigió la de Serena en el valle de Co- 
quimbo, y habiendo marchado al Perú en defensa de 
la causa real cuando la sublevación de Gonzalo Piza- 
rro, dejó en su lugar al capitán Francisco de Villa- 
1 gra. Vuelto á Chile, sostuvo recios combates con los 
' pencones, mandados por el ulmén ó cacique Aillavi- 
lu, y después de muerto éste, por Lincoyán, y fundó 
la ciudad de Angol. Viendo los araucanos que su cau- 
• sa no triunfaba y que el enemigo iba poco á poco do- 
; minando el país, celebraron una junta para unirse to- 



— 218 — 

dos en la defensa común; junta que fué inmortalizada 
por Ercilla en su celebrado poema; acudieron los más 
reputados ulmenes y toquis, llevando cuantos guerre- 
ros pudieron; Tucapel llegó con o.OOO; Angol con 
4.000; Cayocupil, Millarapu, Paicavi, Lemolemo, Pu- 
ren, Ongolmo y otros, aportaron también numeroso 
contingente. Según su costumbre, después de comer 
y beber pasaron á elegir caudillo, honor que consi- 
guió Caupolicán, quien á 3 de Diciembre de 1533, ca- 
yó sobre las tropas de Valdivia con más de 10.000 
soldados; los españoles fueron vencidos y Valdivia, 
hecho prisionero, murió en presencia de Caupolicán 
bárbaramente asesinado por Leocato. Prosiguió la 
campaña Francisco de Villagra, sosteniendo encarni- 
zadas batallas con Lautaru, hasta que llegó con soco- 
rros D. García Hurtado de Mendoza, hijo del Virrey 
del Perú; éste entabló negociaciones con los arauca- 
nos para ver de reducirlos pacíficamente, y no consi- 
guiéndolo, rompió de nuevo las hostilidades; Caupoli- 
cán cayó en poder de los españoles y tuvo igual des- 
tino que el esforzado Valdivia; mas no por eso aban- 
donaron la lucha los araucanos, quienes cada vez 
parecían más animosos; la guerra continuó por espa- 
cio de muchos años y Villagra se encontró con caci- 
ques tan valientes como Caupolicán II, Antiguenu y 
Lataru. Sucedió á Villagra D. Pbodrigo de Quiroga, 
en cuyo tiempo se estableció la Real Audiencia de Chi- 
le, cuyos Presidentes gobernaron este país en lo suce- 
sivo. Todos, ellos, hasta comienzos del siglo XVII, 
apenas si tuvieron un momento de reposo á causa de 
la formidable lucha con los araucanos; D. Melchor 
Bravo de Saravia pudo con trabajo veucer al cacique 



— 219 — 

raillantarú; á D. Eodrigo de Quiroga, segunda vez 
ibernador, le sucedió lo mismo con Pañeñancu, y á 
'. Alonso de Sotomayor con Cayancura, Nangoniel y 
<,>uintuguenu; D. Martín García de Leyóla, pariente 
(le San Ignacio, fué sor[>rendido y muerto en un com- 
liate; D. Francisco de Quiñones se las tuvo que haber 
11 el audaz Paillamachu, en cuyo ejército había ya, 
jinetes; D. Alonso de Eivera encontró á los españoles 
(le Chile tan acobardados por aquella guerra tan du- 
] a, que pensaban emigrar al Perú ó á España, pues 
los araucanos habían destruido las ciudades de Villa- 
nica y Osoruo. Siendo gobernador Eivera, Felipe III, 
1 M :)r consejo del P. Luís de Valdivia, acordó que se 
>pendiese la guerra ofensiva, y señaló como límite 
itre las posesiones españolas y las araucanas el río 
iobio; lo que no habían conseguido en muchos años 
ejércitos de veteranos, lo hizo el P. Valdivia; ajustó 
la paz con algunas razonables condiciones que propu- 
sieron los rebeldes y Chile respiró después de tan fu- 
riosas tempestades como había sufrido. Sin embargo, 
no fué la paz ni completa ni duradera; el gober- 
nador U. Lope de Ulloa, en 1618, tuvo que oponerse á 
los desmanes de Lientur; D. Pedro Sores de Ulloa, 
^ iendo rota la paz, emprendió de nuevo la guerra 
ofensiva; en tiempo de D. Luís Fernández de Córdoba, 
los araucanos, mandados por Putapichún, devastaron 
las comarcas próximas al Biobío. D. Francisco López 
de Zúñiga, ]\Iarqués de Baldes, pudo nuevamente 
ajustar la paz con Lincopichún, convenio que ratifica- 
ron los toquis, ulmenes y apo-ulmenes, quienes se 
obligaban á no acometer las ciudades vecinas y dar 
rc^henes, siempre que los españoles respetasen las 



— 220 — 

frontera del Biobío y no los considerasen como va- 
sallos ni esclavos, sino como aliados. 

Lo verdaderamente asombroso es que en medio de 
tan continuas guerras avanzase la colonización de Chi- 
le; Valdivia había fundado las ciudades de la Concep- 
ción, la Imperial y la que lleva su nombre; I). Mar- 
tín Ruíz de Gamboa las de Chillan y Castro; con todo, 
la población de origen español era tan escasa que á 
últimos del siglo XVI no excedía de 2.000 almas. 

D. Antonio de Acuña y Cabrera (1650-1656) que 
alcanzó el gobierno por las relaciones de su mujer, 
celebró un armisticio con los indios en Boroa, com- 
prometiéndose éstos á vivir en paz con los españoles 
y dedicarse á los trabajos agrícolas. Habiendo los cun- 
eos saqueado un buque que naufragó cerca de Valdi- 
via, envió una expedición á castigarlos, la cual fui' 
derrotada, muriendo 300 soldados. 

D. Francisco de Meneses (1664 á 1668) mantuvo 
ruidosas competencias con el Obispo de Santiago y 
no se distinguió por su probidad administrativa. 

D. Juan Henríquez (1670 á 1682) contó con el apo- 
yo del Obispo y de los jesuítas. Celebró en la Con- 
cepción una asamblea á que concurrieron muchos ca- 
ciques araucanos y procuró mejorar el estado del 
país. 

D. Juan Andrés Ustáriz (1709-1717) compró el 
gobierno por la suma de 24.000 pesos. Fué acusado 
luego de favorecer el contrabando que hacían los . 
franceses en Talcahuano, donde tenían una especie;" 
de colonia. El Virrey lo destituyó y condenó á pagar ?, 
54.000 pesos de multa. "I 

D. Gabriel Cano de Aponte (1717-1733) estable- 



— 221 — 

ció algunos fuertes y pidió autorización, que le fué de- 
negada, para combatir á los indios; con éstos celebró 
le parlamento de Negrete, ineficaz como los anterio- 
res. Inició los trabajos de comunicación entre los 
ríos Mapocho y Maipo. Falleció á consecuencias de 
haberlo derribado su caballo, 

D. José Antonio Manso de Yelasco (1737-1745), 
uno de los más ilustres gobernadores de Chile, cele- 
1 )ró otra conferencia con los indios, á la cual asistieron 
K30 caciques y 6.000 mocetones; adoptáronse " acuer- 
dos pacíficos. Sin embargo, hizo cuanto pudo á fin 
(le organizar un ejército con que tener sujetos á los 
araucanos. Eecorrió el país y fundó las ciudades de 
San Felipe, Los Ángeles, Eancagua Melipilla, San 
le mando, Copiapó y Cauquenes. Construyó el canal 
(le Maipo y pobló las islas de Juan Fernández. En 
su tiempo se fundó la Universidad de Santiago y la 
casa de moneda. 

D. Manuel Amat y Juniet (1755-1761) fomentó 
los trabajos en las minas y celebró como sus antece- 
sores una asamblea en Santiago á la cual concurrie- 
ron los indios, prometiendo vivir sumisos, cosa que 
no cumplieron. 

D. Antonio Guill y Gonzaga (1762-1767) repobló 
la ciudad de Angol; llevo á Santiago aguas potables 
}■ construyó mesones en los caminos de la cordillera, 
\'erificó la expulsión de los jesuítas de Chile, en nú- 
mero de 300, que fueron enviados á Italia. Entre és- 
tos figuraban algunos sabios como el P. Manuel La- 
cunza, teólogo insigne, y el P. Juan Ignacio Molina, 
historiador y naturalista. 

D. Agustín de Jáuregui restableció en Santiago el 



222 



colegio que había fundado Marín de Poveda para qui 
se educasen los hijos de los caciques, organizó las mil 
licias, é hizo un censo de la población. 

D. Ambrosio de Benavides (1780-1787) fomentó 
las obras públicas, celebró con los araucanos el par- 
lamento de Lonquilmo, que presidió el coronel O'Hig- 
gins, y allí se acordó que hubiese anualmente ferias 
al Norte del Biobío. Trasladó á Chillan el colegio de 
indígenas de Santiago. En su tiempo se descubrió una 
conjuración que se proponía declarar la independen- 
cia de Chile; sus jefes, los franceses Antonio Gramus- 
set y Alejandro Bernet fueron enviados á España. 

D. Ambrosio O'Higgins, nacido en Irlanda, repobló 
la ciudad de Osorno, suprimió las encomiendas y el 
servicio personal de los indios; fundó las villas de 
Combarbalá, Santa Eosa de los Andes, Illapel y Va- 
Uenar; mejoró los caminos, fomentó el cultivo de azú- 
car, del algodón y del tabaco, y mandó que los cadá- 
veres fuesen enterrados en cementerios y no en las 
iglesias. 

D. Luis Muñoz de Guzman (1802-1808) celebró 
con los indios un parlamento^ en Negrete; concluyó 
varios edificios públicos, como fueron la casa de mone- 
da, la Aduana y el Consulado. Durante su gobierno 
se hicieron algunas exploraciones en busca de cami- 
nos para el Río de la Plata por Antuco, Planchón, Li- 
nares y otros sitios de los Andes. 

A principios del siglo XIX se calculaba la pobla- 
ción de Chile en 500.000 habitantes, clasificados en 
peninsulares, criollos ó sea hijos de padres españoles, 
mestizos é indios; los mestizos eran los más numerosos; 
los indios, especialmente los que residían al Norte del 






— 223 — 

Diubío, habíanse transformado no poco y la temible 
nación de los araucanos estaba en plena decadencia; 
Formaba Chile una capitanía general dependiente del 
Virreynato del Perú: no obstante llevaba el título de 
' eino, que le dio Carlos V cuando su hijo Felipe II se 

dsó con María de Tudor, pues quiso que este se lla- 
mara rey de Chile, á fin de cumplir con ciertas exi- 
gencias de loa ingleses. La capitanía fué dividida en 

i año de 1785 en dos intendencias; Santiago y Con- 
I epción. La Audiencia estaba compuesta de cuatro 
Oidores y un Eegente; además de sus atribuciones ju- 
diciales y administrativas tenía la de ser consultada 
por el Gobernador. Las rentas de la colonia nunca 

nerón grandes; apenas llegaban á 600.000 pesos y el 

L'ficit se saldaba con la Hacienda del Perú. La domi- 
nación española era cada vez más aborrecida, á lo cual 
no contribuyó tanto el mal gobierno, ni los abusos, co- 
mo el ejemplo de los Pastados Unidos, las doctrinas fi- 
losóficas del siglo XVIII y el odio á España que los 
\ encidos araucanos parece que transmitieron á sus hi- 
Íijs los mestizos. Las calamidades que sufrió la penín- 

i la cuando la invasión francesa facilitaron la inde- 
pendencia de Chile. Lo mismo que en otras regiones 

le América se comenzó reuniendo una Junta que go- 

ernaría en nombre de Fernando VII; y como el Go- 
bernador D. Mateo de Toro y Zambrano se opusiera á 
ello, nacieron dos partidos, llamados de los yodos ó es- 
1 tañóles, y de los patriotas, quienes salieron triunfan- 
tes. La Junta Gubernativa organizó tropas, declaró la 
';l)ertad comercial y ejerció de hecho la soberanía; 

,izo aún más: convocó un congreso en que se había de 
vesiulver la forma de gobierno que adoptaría Chile. 



— 224 - 

Las elecciones para aquel se verificaron en Mayo 
de 1811 y sus diputados se reunieron en la catedral 
de Concepción; más antes de que se adoptase una 
resolución definitiva en negocio tan arduo, estalló la 
revolución capitaneada por D. José Miguel Carrera. 
En 1813, el Virrey del Perú, que no había dado alas 
agitaciones de Chile tanta importancia como debiera, 
envió al general I). Antonio Pareja con 2,000 soldados; 
este nada hizo de provecho, antes vio perecer ó des- 
bandarse la mayor parte de su gente. Descontenta la 
Junta Gubernativa con D. José Miguel Carrera, nom- 
bró general en jefe á O'Higgins, que peleó con feliz 
éxito en Quechereguas contra los españoles mandados 
por D. Gabino Gainza, pero fué derrotado por D. Ma- 
riano Osorio en la batalla de Eancagua. Auxiliados 
los chilenos por los argentinos O'Higgins y San Mar- 
tín, vencieron en Chacabuco (año 1817) y el primero 
fué proclamado Director Supremo de Chile. Invadido 
este país nuevamente por Osorio, cuyo ejército fué 
deshecho en Maipo, continuó sosteniéndose algún 
tiempo la dominación española hasta que, habiendo 
Lord Cochrane al frente de una escuadra tomado el 
puerto de Valdivia y recibido Chile más refuerzos de 
la Argentina, España perdió para siempre aquella co- 
lonia. 

Constituido Chile en república, O'Higgins dictó la 
constitución del año 1818 y abdicó en 1823 á cau- ; 
sa del levantamiento del general Freiré; retiróse al ' 
Perú y allí falleció en 1842. Sucedióle D. Eamón Frei- i 
re, quien reunió un Congreso general donde se aprobó 
la constitución redactada por D. Juan Egaña y se 
abolió la esclavitud. Freiré conquistó en el año de 1825 



— 225 — 

las islas de Chiloe, defendidas por el general español 
1). Antonio, Qnintanilla. Por entonces residió en Chi- 
le el canónigo Mastai, que luego había de resplande- 
er en la silla apostólica con el nombre de Pío IX; 
1 ué con el Xuncio D. Juan Muzi para arreglar las 
cuestiones eclesiásticas en la América del Sur. A cau- 
a de las controversias originadas sobre si la repúbli- 
■ i chilena había de ser federal ó unitaria, abdicó Frei- 
ré y alcanzó la Presidencia íilanco Encalada, quien 
también renunció muy luega, ocupando su lugar don 
Agustín Eyzaguirre, que cayó del poder por la suble- 
vación de ]). Enrique Campino. 

Cuando en 1829 se trató de elegir Presidente, so- 
revino la guerra civil por la intransigencia de fipio- 
'<•> ó liberales, y peluconcs ó conservadores, después de 
la cual subió al poder el general Prieto (1831-1841) 
quien mejoró la Hacienda pú])lica y promulg() la Cons- 
titución de 1833, aún vigente, si bien modificada. Es- 
tablecida en 1836 la confederación Perú-Boliviana, 
( 'hile declaró la guerra á ésta porque no quería á su 
lado una poderosa nación; además tenía algunos re- 
sentimientos con el Presidente de Bolivia, Santa Cruz, 
descendiente de los Incas; los chilenos vencieron en 
las batallas de Matucana, Buin y Yungay; derrotado 
Santa Cruz, se deshizo- la confederación y él tuvo que 
huir á Quito. Durante la Presidencia de D. Manuel 
liulnes (1841-1851) se dio gran impulso á la instruc- 
ción pública con la fundación de la Universidad, cu- 
yo rector fué el insigne Bello; de la Escuela Noimal 
(le jMaestros, de la de Artes y oficios y del conserva- 
torio de Música. Bulnes estableció el alumbiado en 
las grandes poblaciones, atendió á la construcción de 



- 226 — 

caminos, canales y puentes y fomentó el desarrollo 
del comercio. D. Manuel Mont, que le sucedió, apagó 
la sublevación de D. José María de la Cruz; en su 
tiempo se comenzó el ferro- carril de Santiago á Val- 
paraíso y se colonizaron los distritos de Valdivia y 
Llanquihue, donde se fundó la ciudad de MelipuUi ó 
Puerto Mont. En 1859 tuvo que luchar con el gene- 
ral Gallo, que se insurreccionó y venció en la batalla 
de los Loros, más fué derrotado en el Cerro Grande y 
tuvo que huir á la Argentina. 

El Presidente 1). José Joaquín Pérez (1861-1871) 
restableció la calma en el país con su política de con- 
ciliación. En 1865 rompió las hostilidades contra Es- 
paña por defender los intereses del Perú, que acaba- 
ba de celebrar el tratado Vivanco- Pareja, en virtud 
del cual esta nación daba á España 3.000,000 de pe- 
sos á cambio de las islas Chinchas; al año siguiente 
Méndez Núñez bombardeó los puertos de Valparaíso 
y el Callao; las hostilidades cesaron, mas la paz defi- 
nitiva no se hizo hasta el año de 1884. 

En los años de 1861 á 1871 estableció el Gobierno 
de Chile su dominación en la Araucania, país que 
conservaba su independencia y tenía como siempre 
por límites el Biobío; el coronel Saavedra, al frente 
de 800 hombres, se dirigió al Sur y celebró un trata- 
do con los indios, estableciendo ocho fuertes sobre el 
Malleco. Poco después un aventurero sublevó aquella 
región; fué éste el embaucador francés Antonio Au- 
relio de Tournes, que se proclamó rey de la Arauca- 
nia con el nombre de Aurelio I, y fué derrotado. En 
1883 el coronel Urrutia acabó de pacificar los indios; 
fundó la ciudad de Temuco y reedificó la de Villa- ; 



— 227 — 

rrica, destruida por los araucanos en el año de 1602. 
Después de la Presidencia de i). Federico Errázuriz 
(1871-1876) vino la de D. Aníbal Pinto (1876-1881), 
quien declaró la guerra á Bolivia por las salitreras de 
Antofagasta, y aunque esta nación se alió con el Perú, 
Chile venció en Pisagua, Dolores, Tacna y Arica, no 
obstante el heroísmo con que se defendieron los ene- 
migos; finalmente, ocupada Lima por los chilenos, es- 
tos impusieron las condiciones de la paz, que fueron 
la cesión de Tarapacá, de Tacna y Arica por un plazo 
de diez años. 

En 1886 comenzó á gobernar el Presidente D, José 
Manuel Balmaceda, quien fomentó la construcción de 
ferro- carriles y otras obras públicas. Desgraciada- 
mente se enemistó con el Congreso por sus tendencias 
federales y estalló una sublevación que organizó tro- 
pas en las provincias del Norte y venció en la Pla- 
cilla; los congresistas entraron en Santiago, y Balma- 
ceda, refugiado en la legación argentina, se suicidó á 
19 de Setiembre de 1891. D. Jorge Montt fué ele- 
gido Presidente. Hoy lo es el Sr. Eiesco, cuya pru- 
dencia y sabia política hacen augurar á Chile años 
de prosperidad. 



CAPITULO XX 



El Paraguay: (l) 1. La raza guaraní. ^-2. Descubrimiento 
del Río de la Plata. — 3. Conquistas de Juan de Ayolas, 
de Domingo Martínez de Irala y Juan de Garay. — 4. Go- 
bernadores del Paraguay en los siglos XVI, XVII y 
XVIII.— 5. Independencia del Paraguay. — 6. Su historia 
en el siglo XIX. 



De los tres grandes pueblos que existían en la Amé- 
rica del Sur á la llegada de los españoles, uno de ellos 
era el guaraní, que poblaba las inmensas regiones si- 
tuadas entre el Amazonas y el río de la Plata. Por su 
nombre de carios algunos han hecho á los guaraníes 
descendientes de los caribes antillanos; afirmación que 
no está probada, ni mucho menos. Según sus tradicio- 
nes descendían de dos hermanos que llegaron al Bra- 

(1) Garay, Compendio de Histoiia del Paraguay. Madrid, 1896. — 
Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos referentes al Río de la 
Plata. Contiene muchas obras que tratan del Paraguay. Los Padres 
Techo, Lozano y otros, escribieron también historias civiles ó eclesiás- 
ticas del Paraguay. De los Comentarios de Alvar Nufiez Cabeza de 
Vaca, Gobernador que fué del Paraguay desde 1541 á 1544, se esti pu- 
blicando una edición, seguida de numerosos documentos inéditos, en 
\a¡. Coleceinn de libros y documentos referentes á la Historia de rimerica. 
Son muchos los volúmenes que se podrían hacer con las relaciones im- 
presas y manuscritas que acerca del Paraguay se conservan en la bi- 
blioteca de la Academia de la Historia. 



— 229 — 

sil, llamados Tupí y Guaraní; el primero se quedó allí; 
el segundo, más emprendedor, se dirigió hacia el río 
de la Plata. Un diluvio estuvo á punto de destruir la 
raza guaraní; pero Tamandaré, antiguo profeta, noti- 
cioso del peligro que se acercaba halló refugio en una 
palmera con cuyo fruto se alimentó hasta que las 
aguas descendieron; luego multiplicó su raza, que se 
extendió por regiones dilatadas. Eran los guaraníes 
de color cetrino, bien formados, de ojos negros, cabe- 
llo lacio y dientes muy blancos; de carácter frío, no 
estaban sujetos á fuertes pasiones; pacíficos y de ge- 
nio dócil, desconocían casi en absoluto el homicidio, 
solo acostumbrado en ocasiones como ceremonia reli- 
giosa, institución bastante común en América. La po- 
ligamia estaba entre ellos arraigada y así los caciques 
poderosos mantenían veinte y más concubinas. Las 
mujeres se dedicaban no solo á los trabajos domésticos, 
más también á los agrícolas. Educaban los guaraníes 
á sus hijos enseñándoles á manejar el arco y robuste- 
ciéndolos con rudos ejercicios. Por regla general vi- 
vían en rancherías de cincuenta ó cien familias, gober- 
nadas por un cacique; autoridad superior á esta era 
la asamblea de padres de familia, quienes solían reunir- 
se al anochecer y sentados en el suelo deliberaban sobre 
las cuestiones que afectaban á la ranchería. Solamen- 
te en caso de guerra elegían un caudillo que los guia- 
ra. Sus armas eran las flechas y la macana. Venera- 
ban á Tupa como Dios de su raza, pero no le cons- 
truían templos. Sus sacerdotes, médicos y hechiceros 
al mismo tiempo, curaban las enfermedades chupan- 
do la parte dolorida y simulando que luego arrojaban 
de su boca el germen del mal. Muy aficionados á la 



— 230 — 

elocuencia, aunqvie desconocían la escritura, llegaron 
á perfeccionar mucho su idioma, uno de los más ricos 
y armoniosos que se hablaron en el Nuevo Mundo. 

A 23 de Marzo del año de 1508, Fernando V expi- 
dió una Keal cédula por la que se capitulaba con Vi- 
cente Yáñez Pinzón y Juan Díaz Solís el descubri- 
miento de un estrecho por donde comunicasen los ma- 
res Atlántico y Pacífico, estrecho que se presumía es- 
tar al Norte del Yucatán, península todavía conocida 
imperfectamente, y por eso decía la Cédula menciona- 
da que irían «á la parte del Norte facia Occidente». 
Para evitar rozamientos con Portugal se les prohibía 
arribar á las posesiones de este reino: «no tocaréis (en 
el Brasil) so aquellas penas é casos en que caen é in- 
curren los que pasan é quebrantan mandamientos se- 
mejantes, que es perdimiento de bienes é personas é 
nuestra merced». Opinión es generalmente admitida 
que Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz Solís, faltan- 
do en absoluto á las instrucciones recibidas, en vez de 
navegar por la costa septentrional de América en bus- 
ca del ansiado estrecho, se dirigieron al Sur, exploran- 
do las costas meridionales hasta los 40° de latitud. 
Fundábase esto únicamente en la autoridad del cro- 
nista Herrera (i) quien dice: «Partieron de Sevilla el 
año pasado (1508) y desde las islas de Cabo Verde 
fueron á dar en la Tierra firme, al cabo de San Agus- 
tín». Más todo esto se halla desvanecido por las re- 
cientes investigaciones del Sr. Puente y Olea, (2) pues 
consta que conforme á lo que tenían preceptuado, re- 

(1) Década I, lib. VI, cap. IX. 

(2) Los trabajos geográficos de la Casa de Contratación. Sevilla, Tip. 
Salesiana, 1900. 



— 231 — 

corrieron solamente la costa de América Central, pa- 
sando cerca de Santo Domingo á la ida, y entrando 
en aquella ciudad á la vuelta. De igual manera cuen- 
ta la expedición el P. Las Casas, (i) Por consiguiente, 
la navegación de Yáñez Pinzón y Díaz Solís por la 
América Austral en el año de 1508 debe ser relega- 
da al considerable número de errores históricos que la 
crítica ha desvanecido. 

Cuando verdaderamente se descubrió el río de la 
Plata fué en el año de 1512 por Solís, quien como su- 
cesor de Américo A^espucci en el cargo de Piloto ma- 
yor salió de Lepe á 25 de Mayo y llegó á la desembo- 
cadura de aquél, llamado por los naturales del país 
Paraná Guazú. Otro viaje hizo á la misma región en 
el año de 1515 y desembarcando en la margen izquier- 
da del Plata, atraído por los indios charrúas que le 
hacían señales de paz, fué acometido por estos y muer- 
to á flechazos. 

Prosiguió los descubrimientos de Solís, Sebastián 
Gaboto, que en el año de 1497 había reconocido la 
costa de Labrador y la tierra de Bacallaos (Terrano- 
va). Carlos V lo nombró Piloto mayor y le encomen- 
dó una expedición á las Molucas por el estrecho de 
Magallanes. Partió de Sanlucar á 3 de Abril del año 
de 1526, con cuatro embarcaciones, y llegado á la isla 
de Santa Catalina (Brasil) no pudiendo continuar su 
itinerario penetró en el río de la Plata, llamado en- 
tonces de Solís; comisionó al capitán Juan Alvarez 
Ramón para que subiese por el Uruguay y él llegó 
por el Paraná hasta Carcarañal, donde construyó con 
auxilio de los indios caracaraes un fuertecillo cuadra- 

(1) Historia de las Indias, lib. II, cap. XXXIX. 



— 232 — 

do que denominó Sancti Spiritus. Temeroso de que 
trabajasen sus émulos en España contra él, volvió á la 
península en 1530, dejando en Sancti Spiritus una 
guarnición de 110 hombres mandados por Ñuño de 
Lara, quienes tuvieron un ñn lastimoso. Enamorado 
el cacique de los timbúes, Mangoré, de Lucía Miran- 
da, española bellísima, asaltó el reducto á fin de cau- 
tivarla,)' aunque murió en el asalto, sus guerreros pa- 
saron á cuchillo todos nuestros soldados. Vista la ri- 
queza del país nuevamente descubierto, Carlos V pen- 
só en establecer allí colonias, para lo cual capituló con 
D. Pedro de Mendoza que á su nobleza unía grandes 
riquezas. Este se comprometía á llevar lOQO hombres 
en dos viajes y fundar tres fortalezas, recibiendo en 
cambio el título de Adelantado y otras gracias. Salió 
Mendoza de Sevilla á 24 de Agosto de 1535, con ca- 
torce navios en los que iban 2,500 soldados españo- 
les y 150 alemanes. Llegado al río de la Plata cons- 
truyó en la desembocadura de éste un fuerte llamado 
Nuestra Señora de ]3uenos Aires, origen de la popu- 
losa ciudad que es hoy capital de la república Argen- 
tina. Desalentado por el hambre que pasaba su ejér- 
cito, por los asaltos de los indios y por las enferme- 
dades que diezmaban su gente, regresó á España, de- 
jando en su lugar á Juan de Ayolas, y falleció en la 
travesía. Ayolas, capitán de iniciativas y valor nada 
comunes, prosiguió la conquista; remontó el Paraná y 
derrotó á los abipones; siguiendo el Paraguay venció 
á los agaces; desembarcó hacia Villeta y en el valle 
de Guarnipitán halló numerosos indios capitaneados 
por los caciques Lambaré y Nandúa, que fueron de- 
rrotados. Entonces fundó allí mismo La Asunción, ca- 



— 233 — 

pital del Paraguay, así llamada por la fiesta que se ce- 
lebraba el día en que ganó aquella victoria. Después 
que con su gente descansó unos meses, continuó re- 
montando el Paraguay; fondeó en la Candelaria y 
edjando por jefe de las embarcaciones á Domingo 
Martínez de Irala á 12 de Febrero del año de 1537, lle- 
vando unos 300 españoles, emprendió uu viaje al Pe- 
rú yendo por tierra; atravesó las provincias de Chi- 
quitos y de Santa Cruz de la Siena; luego retrocedió 
y fué asesinado por los indios mbayaes ó guanaes. 

Apenas Martínez de Irala, sospechó la muerte de 
Ayolas se trasladó á la Asunción para elegir goberna- 
dor, y tal habilidad mostró que logró recayese en él 
aquella dignidad, quedando derrotados por muchos vo- 
tos liuiz Galán, Juan de Salazar y Alonso Cabrera, 
sus competidores. A mediados de 1538 comenzó su 
administración disponiendo la concentración de los 
pobladores de Buenos Aires y Lujan, en la Asunción, 
pues no convenía^que pocas fuerzas estuviesen disgre- 
gadas y allí los indios eran más dóciles; de los espa- 
ñoles que habían ido con Mendoza solo quedaban 
600; una vez que les distribuyó solares é introdujo el 
orden en la Asunción, salió á campaña; venció á los 
guaicurúes, subyugó á los indios de Tapúa y de Ibiti- 
ruzú y los estableció en varias poblaciones; con su 
energía y sagacidad abortó una conspiración de los 
guaraníes en la Asunción, quienes proyectaban dar 
muerte á los conquistadores. Nombrado para suceder- 
le en 1540 el historiador Alvar Núñez Cabeza de Va- 
ca, éste se enemistó con los oficiales reales de Hacien- 
da; habiendo proyectado una expedición al Perú lle- 
gó al país de los Chiquitos y tuvo que retroceder á 



— 234 — 

instancias de aquellos; también fracasó otra que in- 
tentó á los jarayes; finalmente, hallándose en la Asun- 
ción á 25 de Abril de 1544, fué reducido á prisión 
por Cáceres y otros oficiales reales, quienes contaban 
con doscientos soldados. Regresó á España contra su 
voluntad, y Martínez de Irala alcanzó de nuevo, por 
gran mayoría de votos, el cargo de gobernador; elec- 
ción que llevó ámalJuan de Salazar, y tanto, que se 
temió una guerra civil, afortunadamente evitada por 
la necesidad de hacer frente á los enemigos comunes, 
pues aliados los guaraníes con los agaces marchaban 
sobre la Asunción. Irala reunió 350 arcabuceros y 
1000 indios leales, y aunque los adversarios pasaban 
de 10.000 fueron derrotados en Areguá y perseguidos 
hasta Tobatí, En Agosto del año de 1548 salió de 
aquella ciudad con su pequeño ejército; evitó, gracias 
á su previsión, una celada que le tendían los mbayaes 
y siguió su camino hacia el NO. padeciendo mucha 
sed; por fin, llegó al río Guapay, que atravesó en jan- 
gadas, y por unos indios del capitán Pedro Anzures, 
fundador de Chuquisaca, supo los disturbios del Perú 
y las felices campañas de 1). Pedro la Gasea; entonces 
envió á Nufio de Chaves para que felicitase á este por 
sus victorias y solicitase la confirmación del cargo de 
gobernador del Paraguay en favor de Irala. Temiendo 
La Gasea que este se uniera á los Pizarros le mandó 
que no entrase en el Perú; Irala retrocedió á la pro- 
vincia de Chiquitos. Mientras tanto, los pobladores 
de la Asunción, habiendo pasado un año sin noticias 
del Gobernador, creyendo que había muerto proce- 
dieron á nombrar otro; disputábanse la elección Don 
Francisco de Mendoza y Diego Abren, quien obtuvo 



— 235 — 

mayoría de votos; al poco tiempo llegó Irala y anuló 
todo lo hecho; Abren se refugió en los bosques de Ibiti- 
ruzú, donde fué muerto por los soldados de aqu'él. In- 
fatigable Irala, fundó en 1553 la ciudad de San Juan, 
cerca de la confluencia del Uruguay con el Paraná, y 
la villa de Ontiveros en la orilla de este río. Ayudá- 
bale no poco Nuflo de Chaves, quien redujo á los gua- 
ras, que habitaban junto á los ríos Paranapané y 
Tibahiba; derrotó á los peabiyús, volviendo ala Asun- 
ción en compañía de muchos indios principales; en 
1557 salió para fundar un pueblo en los Xarayes, á 
fin de facilitar las comunicaciones con el Perú; nave- 
gó por el Paraguay, entró luego en el Jaurú y desem- 
barcó en el puerto de los Perabazanes; antes de fun- 
dar la proyectada ciudad quiso explorar aquella 
región y atravesó las provincias de Moxos y Chiqui- 
tos, donde supo el fallecimiento de Irala; entonces re- 
solvió ir á Lima para que el Virrey le concediese un 
gobierno independiente del Paraguay con las tierras 
que había explorado; mas solo consiguió que éstas 
formasen provincia aparte, cuya administración fué 
encomendada á T). Francisco de Mendoza, hijo del 
Virrey. 

Irala había dejado por sucesor, en su testamento, á 
Gonzalo de Mendoza, quien falleció muy pronto. Reu- 
nidos los conquistadores en la catedral de Asunción 
eligieron por gobernador á otro yerno de Irala, llama- 
do Francisco Ortíz de Vergara, que tomó posesión á 
-¡2 de Julio de 1558. Éste sofocó una sublevación de 
los guaraníes, venciéndolos en Ibicuí y Carapeguá, 
mas se equivoco al ir á Chuquisaca con objeto de que 
la Audiencia confirmara su elección, pues encontróse 



— 236 — 

con que Diego Pantoja y Juan Ortíz de Zarate ha- 
bían hecho activas gestiones para reemplazarle, y tan- 
tas, que lo consiguió el segundo, quien prometió lle- 
var al Paraguay ganado vacuno y lanar en abundan- 
cia, y edificar dos ciudades: una, entre la Asunción y 
Chuquisaca, y otra, cerca de la desembocadura del río 
de la Plata. Zarate nombró por su teniente á Felipe 
de Cáceres, ordenándole ir á la Asunción en compa- 
ñía de Nutio de Chaves, al cual dieron muerte en el 
camino los indios de Itatí; Cáceres llegó á dicha 
ciudad, no sin luchar antes con los guaraníes levan- 
tiscos, y la encontró dividida en bandos, uno de los 
cuales acaudillaba Melgarejo, cuñado de Vergara; en 
vano procuró ser ol)edecido; un día que iba á misa ro- 
deado de escolta, se vio acometido por los contrarios, 
quienes le prendieron y encerraron en el convento de 
la Merced sujeto con grillos. Inmediatamente apode- 
róse del mando Suárez de Toledo, como teniente de 
Zarate. Por encargo de éste fundó el vizcaíno -luán 
de Caray la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, 
(año de 1573) precisamente en el mismo día que Je- 
rónimo Luís Cabrera echaba los cimientos de Córdo- 
ba de Tucumán; con tal motivo se originaron algunas 
disputas entre Cabrera y Caray acerca del territorio 
que pertenecía á las nuevas poblaciones. 

Zarate había entre tanto ido á España y obtenido 
del Rey la confirmación de su cargo; llegado al Para- 
guay después de sufrir muchas contrariedades en la 
navegación, regocijóse con la fundación de Santa Fe 
y nombró por su tefiiente á Caray, quien por enton- 
ces dilataba los dominios españoles haciendo prodi- 
gios de valor, pues más allá del Uruguay desbarató 



— 237 — 

á los charrúas y chanaes, y dio al país conquistado el 
nombre de Nueva Vizcaya. Envenenado Zarate por 
sus enemigos á principios del año de 1576, le sucedió 
como teniente del Adelantado I). Juan Torres de Ve- 
ra y Aragón, su sobrino Mendieta, quien nada de 
particular llevó á cabo, y á este, Juan de Garay, uno 
de los conquistadores más ilustres que hubo en Amé- 
rica; á él se debe la fundación de Villa Rica, luego 
trasladada junto á la conñuencia del Huibay con el 
Curubatí; reconstruyó la de Buenos Aires, en el mis- 
mo sitio que la erigió D. Pedro de Mendoza; hizo una 
expedición contra los ñuaraes, y formó con los curu- 
paitúes la villa de Jejuí. Sorprendido en el año de 
1584 á las márgenes del Paraná por los minuanes, 
fué asesinado con muchos de sus compañeros. El Ade- 
lantado nombró gobernador á su sobrino D. Alonso 
de Vera y Aragón, ordenándole establecer una ciudad 
en el Chaco para facilitar las comunicaciones con el 
Perú; en cumplimiento de lo cual, salió aquel de Ja 
Asunción á 15 de Marzo de 1585 y derrotó á los 
mocobíes, en cuyo territorio fundó la ciudad de Con- 
cepción de Buena Esperanza, á orillas del río Berme- 
jo; pero hostilizados sus habitantes de continuo por 
los indios, hubieron más adelante (año de 1632) de 
abandonarla, refugiándose en la Asunción y Corrien- 
tes. Renunciado por Torres su Adelantazgo, se proce- 
dió, conforme á la real cédula de 12 de Setiembre 
de 1537, á la elección de gobernador del Río de la 
Plata, y por vez primera recayeron los votos en un 
criollo: en Hernando Arias de Saavedra, natural de 
la Asunción y dotado de rara prudencia y de ánimo 
esforzado. En su tiempo se fundaron los pueblos de 



— 238 — 

Tarey, Bomboy y Caaguazú. Aunque sostuvo guerras 
con los indios levantiscos á quienes venció, dando el 
mismo muerte en una batalla á cierto cacique de esta- 
tuí a gigantesca, fué protector de los indígenas pacíficos,' 
cuyos derechos siempre defendió. Entre los goberna- 
dores que le sucedieron mencionaremos á D. Fernan- 
do de Zarate, que mandó fundar la ciudad de Santia- 
go de Jerez, á orillas del río íaguarí; sometió á los 
guaicurúes, obligándolos á recibir el Cristianismo; me- 
nos feliz en su expedición á la Patagonia fué hecho 
prisionero por los indios; habiendo logrado evadir- ; 
se organizó otra contra los guaraníes del Paraná • 
y Uruguay; el ejército español fué derrotado dos ve- .; 
ees. Durante el gobierno de D. Diego Marín Negron '■■. 
(1609 á 1615) visitó el Paraguay I). Francisco de Al- ;; 
faro. Oidor de la Audiencia de Chuquisaca, quien, ins- f 
pirándose en humanitarias ideas, redactó sus célebres í 
Ordenanzas, incorporadas en la Recopilación de Leyes 'g 
de Indias. -5 

Convencido Felipe III de que la gobernación del 
Paraguay abarcaba un territorio demasiado vasto pa- 
ra ser administrado bien por una sola persona, resol- 
vió dividirlo en dos; así lo hizo, mediante una cédula 
dada á 16 de Diciembre de 1617, creando el go- 
bierno del Río de la Plata, que comprendía las ciu- 
dades de Buenos Aires, Santa Fe, San Juan de Vera 
y Concepción del Bermejo, y el gobierno del Guaira, 
con las ciudades de Asunción, Ciudad Eeal, Villa Pi- 
ca y Jerez. A pesar de esto, la gobernación del Guai- 
ra recibió más comúnmente la denominación de Pa- 
raguay, que conserva todavía. 

Segregados países tan extensos de la gobernación 



— 239 — 

del Paraguay, este disminuyó en importancia y dejó 
(ie ser el centro de la vida colonial en el río de la Pla- 
ta. Administrólo desde el año de 1618 al 1627 D. Ma- 
nuel Frías, quien por obstinarse en vivir separado de su 
mujer D.'^ Leonor Martel de Guzman, hija de Puíz Díaz 
de Melgarejo, no obstante las amonestaciones que el 
Sr. Torres, Obispo de la Asunción, le dirigió, tuvo fuer- 
tes cuestiones con este; la Audiencia de Chuquisaca 
intervino y falló el pleito en favor del gobernador, que 
falleció en Salta cuando regresaba á ocupar de nuevo 
el mando. Ocupó su cargo 1). Luís de Céspedes Xe- 
ria, modelo de pésimos gobernantes; cegado por la co- 
dicia anduvo en tratos con los mamelucos ó paulistas 
brasileños, que invadían nuestras posesiones cautivan- 
do los indios y cometiendo infinitas tropelías; más de 
00,000 guaraníes perdieron su libertad sin que Cés- 
pedes lo estorbase; la Audiencia de Charcas, viendo 
un proceder tan indigno, lo apresó en el año de 1631 y 
lo condenó á pagar de multa 12,000 pesos, quedando 
destituido. No fué más ilustre D. Pedro Lugo de Na- 
varro, quien habiendo salido contra los mamelucos hu- 
\ ó cobardemente, á pesar de lo cual los suyos alcanza- 
ron una gran victoria. En tiempo de D. Gregorio de 
Hinestrosa, natural de Chile, y de D. Diego de Esco- 
bar, sucedieron las turbulencias ocasionadas por la 
enemistad del Obispo de la Asunción, Fr. Bernardino 
de Cárdenas, y los jesuítas, cuya expulsión intentó 
aquel, llevando las cosas al punto de levantar, un ejér- 
cito y querer imponerse por la fuerza; más al fin, so- 
metido á la jurisdicción de Fr; Pedro Nolasco, juez 
conservador, fué depuesto en el año de 1649. De los 
siguientes gobernadores solo mencionaremos á D. An- 



— 240 - 

drés León de Garabito, sabio legista nacido en Lima, 
quien venció con auxilio de los guaraníes á los mame- 
lucos y á los indios guaicurúes; D. Ciistóbal de Garay 
y Saavedra (1653 á 1657) nieto de Juan de Garay, 
que sometió á los mbayaes; J). Juan Antonio Bláz- 
quez,que empadronó los indios y tasó los tributos que 
debían satisfacer al Rey; D. Alonso Sarmiento de So- 
tomayor (1659 á 1663) que sofocó la sublevación del 
cacique Yaguariguai y humilló á los guaicurúes que 
habían atacado á los itatines; D. Juan Diez de Andi- 
no, que defendió á Buenos Aires contra los franceses 
que la amenazaban en el año de 1669 y trasladó á 
Santa Rosa las reducciones de itatines; D. Francisco 
Rege Corvalan, que no pudo contener las invasiones 
de los mamelucos ni las tropelías de los guaicurúes en 
en Atirá; D. Francisco de Monforte, durante cuyo 
mando se empezó á construir la catedral de la Asun- 
ción, obra terminada á los tres años en el de 1693; 
D. Sebastián Félix de Mendiola, que se hizo tan odio- 
so á los paraguayos por su altivez, que fué reducido 
á prisión por estos y enviado con grillos á Buenos Ai- 
res; D. Juan Gregorio Bazán de Pedraza (1713 á 1717) 
que dio principio á dos villas: una en el valle de Guar- 
nipitan, frontera de los guaicurúes; otra en Curugua- 
ti para oponerse á las entradas de los mamelucos; Don 
Diego de los Reyes Balmaseda, que se granjeó por su 
tiranía un odio general y fué acusado de varios deli- 
tos á la Audiencia de Charcas; nombrado juez pesqui- 
sidor D. José de Antequera, se dividieron tanto los 
ánimos que estalló la guerra civil; Antequera se puso 
al lado de los paraguayos, desobedeció los mandatos 
del Virrey del Pefú y levantó un ejército; vencido se 



— 241 — 

refugió en Charcas, cuya Audiencia lo condenó á muer- 
te, ejecutada el 5 de Julio de 17-31: esta guerra civil fué 
llamada de los comuneros, por defender los paragua- 
yos que la única autoridad legítima residía en el común 
ó sea la colonia, y se atribuyó su desarrollo al odio 
que los jesuítas profesaban al desdichado Anteque- 
ra. Lo cierto es que los revolucionarios se mostraron 
decididos enemigos de aquellos y que invadiendo sus 
colegios no pararon hasta verlos expulsados en el año 
de 1732. El gobernador D. Manuel Agustín de Rui- 
loba, que contaba con la protección de los jesuítas, mu- 
rió en un combate que libró con los comuneros acam- 
pados en Guayaibití, y Fr. Juan de Arredondo, obispo 
de Buenos Aires, que le sucedió, vióse obligado á tran- 
sigir con los sublevados, quienes fueron derrotados 
en 1735 por D. Bruno Zavala; este entró luego en la 
Asunción, abolió el privilegio que desde el año de 1537 
tenía la ciudad de elegir gobernador en caso de vacan- 
te, impuso castigos severos á los más importantes re- 
volucionarios y restableció la compañía de Jesús. El 
Uübierno de 1). Martín José de Echauri fué benéfico 
para el Paraguay, donde restableció la tranquilidad y 
venció á los guaicurúes y mocobíes que aprovechán- 
dose de las turbulencias pasadas habían invadido la 
provincia. D. Rafael de la Moneda, que le sustituyó 
en 1740, fundó al Xorte, con objeto de impedir las in- 
cursiones de los mbayaes, la villa de Emboscada con 
6,000 negros y mulatos libres; sometió á los payaguaes 
y les obligó á establecerse cerca de la Asunción. Entre 
los gobernadores que le sucedieron son dignos de men- 
ción IJ. Marcos José de Larrazábal,que derrotó á los 
abipones; D. Jaime Sanjust, que fomentó el cultivo del 

16 



— 242 — 

tabaco; D. José Martínez Fontes, que hizo la paz con 
los abipones y fundó con ellos en el Chaco la reduc- 
ción del Timbó; D. Fulgencio de Yegros; D. Carlos 
Morphi, en cuyo tiempo (año 1767) fueron expulsa- 
dos los jesuítas; D. Agustín Fernández de Pinedo, que 
fundó la villa de Ñeembucú y la reducción de Nuestra 
Señora del Kefugio con indios mbayaes, á orillas del 
río Apa; D. Pedro Meló de Portugal, que reprimió los 
ataques de los indios, creando nuevas poblaciones pa- 
ra contenerlos, como fueron Humaitá, Curupaití, Arro- 
yos, Ibitimí, Acaay, Limpio, Caapucú y Cuarepotí; 
I). Joaquín de Alós y Brú, que se opuso al avance de 
los portugueses; D. Lázaro de Rivera y Espinosa, que 
ordenó un censo del Paraguay, resultando haber en 
este país 97,480 habitantes en el año 1796. En 1806 
fué reemplazado per D. Bernardo de Velasco y Hui- 
dobro, en cuyo tiempo se verificó la sublevación del 
Paraguay contra España, que fué seguida de la inde- 
pendencia. Reunido en el año 1810 un congreso gene- 
ral en la Asunción, compuesto de 200 diputados, 
acordó reconocer el gobierno de la metrópoli, no obs- 
tante que el Dr. Francia abogó por declarar la cadu- 
cidad del poder español. Mas habiendo enviado los ar- 
gentinos tropas al Paraguay mandadas por Belgrano 
á fin de imponer la dominación de Buenos Aires, Ve- 
lasco huyó cobardemente sin pelear; no obstante Bel- 
grano fué derrotado cerca del Tacuarí por los para- 
guayos Cabanas, Gamarra y Yegros. Con este motivo 
progresó la revolución y Velasco hubo de aceptar dos 
consocios en el gobierno: D. José Rodríguez de Fran- 
cia y 1). Juan Valeriano Ceballos. Poco después Ve- 
lasco fué destituido y nombróse una Junta superior 



— 243 — 

gubernativa presidida por el Dr. Francia, reconocien- 
do todavía á Fernando VII como soberano. En 1813 
se convocó un nuevo Congreso y el Dr. Francia vio 
realizados sus planes, pues redactó una Constitución 
tleclarando la independencia del Paraguay, que sería 
regido por dos cónsules, cargo que obtuvieron él y don 
Fulgencio Yegros; pero el Dr. Francia, hombre abso- 
lutista por temperamento, se deshizo luego de su com- 
pañero, á quien mandó fusilar por conspirador, y co- 
menzó á ejercer una dictadura tiránica en extremo. 
V^erdad es que con su energía y sagacidad afianzó la 
independencia de su nación, librándola de ser anexio- 
nada por los argentinos; más á cambio de esto gober- 
nó con un despotismo inconcebible; aisló el Paraguay 
de todos los pueblos, y tan soberbio se mostró que ni 
aún quiso tener relaciones con el libertador de Amé- 
rica, Bolívar, ni oyó los consejos de éste; no había 
asunto, por pequeño que fuese, en que no interviniera; 
prohibió á los extranjeros contraer matrimonio sin su 
licencia; mezquino y cruel repartía él mismo los car- 
tuchos á los soldados en los muchos fusilamientos que 
ordenaba, encargando que economizasen los disparos; 
cuando iba por la calle tenían que esconderse los 
transeúntes sino querían verse apaleados por los es- 
birros dal Dictador, que se daba el tratamiento de Ex- 
celencia; ningún soberano de Asia ha tratado á sus 
vasallos con tanto desprecio como el Dr. Francia á los 
paraguayos. Ejerció el mando hasta su muerte, ocurri- 
da á 20 de Setiembre de' 1840. Un año después fue- 
ron elegidos dos cónsules: D. Carlos Antonio López y 
D. Mariano Roque Alonso, quienes procuraron sacar 
la nación del perjudicial aislamiento en que la había 



— 244 — 

dejado el tirano Francia y entablaron relaciones amis- 
tosas con algunos países. Eeunido un Congreso en el 
año de 1844 se cambió la forma de Gobierno y obtuvo la 
Presidencia de la república I). Carlos Antonio López, 
quien celebró un tratado de alianza con la provincia 
de Corrientes, sublevada contra Rosas, dictador de la 
Argentina, hecho que estuvo á punto de encender una 
guerra. Evitada ésta logró que el gobierno de Buenos 
Aires reconociese la independencia del Paraguay, á lo 
cual se había opuesto considerándolo parte de sus do- 
minios. Fallecido López en el año de 1862 le sucedió 
D, Francisco Solano López, que con su altanería ocasio- 
nó la ruina del Paraguay. Declaró la guerra al Brasil 
por aspirar este imperio á la anexión del Uruguay, y no 
accediendo los argentinos á que el ejército paraguayo 
atravesara la provincia de Corrientes, rompió también 
las hostilidades contra aquella república. A 1." de Ma- 
yo de 1865 se firmó un tratado entre el Brasil, la Ar- 
gentina y el Uruguay contra el Paraguay y comenzó 
una lucha de las más encarnizadas que hubo en el si- 
glo XIX; combatidos los paraguayos por fuerzas diez 
veces mayores se defendieron con heroísmo por espa- 
cio de cinco años, no obstante que el General Mitre 
decía al principio de la campaña: «dentro de veinti- 
cuatro horas estaremos en los cuarteles; dentro de 
quince días en campaña y á los tres meses en la Asun- 
ción». En Humaitá, Yataiti-Corá y Aquidaban los pa- 
raguayos excitaron el asombro de sus enemigos. 
«Sobre los campos de batalla, escribe Elíseo Eeclus, 
los argentinos y brasileños vencedores apenas en con- i 
traban otra cosa que cadáveres. Los sobrevivientes 
procuraban llevarse los restos de quienes fueron sus 



— 245 — 

compañeros y muchos soldados se ataban por la cintu- 
ra con una cuerda á la silla del caballo; si caían muer- 
tos ó heridos, este les conducía á los suyos aunque fuera 
hechos pedazos; cosa que espanta, pero que tiene cier- 
ta grandeza. Los heridos que caían prisioneros arran- 
caban sus vendajes; los vencidos procuraban morir; la 
nación entera quiso caer como habían caído Numan- 
cia y Zaragoza». Reducidas las tropas de López á 470 
hombres murió combatiendo en Cerro Cora y los alia- 
dos quedaron dueños del Paraguay, al que impusie- 
ron la ley del más fuerte. La población, que se calcu- 
laba antes de la guerra en más de 1.000.000 de habi- 
tantes, quedó reducida á unos 200.000. En el año de 
1870 se dictó una nueva Constitución y desde entonces 
ha ido el Paraguay, si bien lentamente, reponiéndose 
de la catástrofe, sin que lo hayan agitado guerras civi- 
les como á otras repúblicas hispano- americanas. 



CAPÍTULO XXI 



La república Argentina: 1. Sus primeros habitantes. — 
2. Historia de la provincia de Tucumán. — 3. Historia de 
la provincia de Buenos Aires.— 4. El Virreinato del Río 
de la Plata.— 5. Independencia de la Argentina y sucesos 
de ésta república en el siglo XIX. 



Cuando los españoles arribaron al inmenso país que 
hoy forma la república Argentina, hallábase éste ha- 
bitado por multitud de tribus más ó menos bárbaras 
é independientes unas de otras, como eran en el Sur 
los patagones, pehuenches y huiliches; en el centro y 
Norte los calchaquíes, guaycurúes, abipones, mata- 
guayos, tobas, mocobíes, aguilotes, mbalaes, agoyas, 
hiles, tonocotés, chunipíes, bilelas, zapitalaguas, ore- 
jones, taños-y huarpos. 

Para que se forme una idea de lo que eran estos 
pueblos describiremos las costumbres de algunos de 
ellos. Los guaicurúes solían vivir en la confluencia de 
los ríos Pilcomayo y Paraguay. No desconocían la 
agricultura, mas apenas se dedicaban á ella; la pesca 
y la caza eran su alimento favorito. Los hombres se 
tatuaban de pies á cabeza con sustancias que despe- 
dían un olor nauseabundo y llevaban suspendida de 
la barbilla un pequeño cilindro de piedra. La embria- 



— 247 — 

guez y la lujuria eran sus mayores deleites. Desde ni- 
ños se ejercitaban en la carrera y en simulacros gue- 
rreros. Mataban ó vendían los prisioneros que hacían 
611 sus guerras. Escogían ^ara sus acometidas las no- 
ches oscuras y antes de amanecer huían á sus escon- 
drijos por horribles cañaverales y pantanos. 

Los calchaquíes vivían en casas hechas de esteras. 
Tenían sacerdotes ó magos que eran á la vez médicos 
y adivinos, quienes consagraban al sol una cabeza de 
cierva llena de saetas, pidiéndole que diese fertilidad 
á los campos. Valientes y esforzados los calchaquíes, 
se sometieron con dificultad á los españoles, contra 
quienes se rebelaron más de una vez. 

El territorio que hoy constituye la república Ar- 
gentina formó en el siglo XVI parte de la goberna- 
ción del Paraguay, excepto el Tucumán, que fué una 
provincia distinta. 

La provincia del Tucumán fué creada por el Con- 
de de Xieva, virrey del Perú, y confirmada por real 
cédula del año de 1563 que la declaró independiente 
de Chile. Gobernóla desde 1586 hasta 1593 D. Juan 
Ptamirez de Velasco, fundador de Jujuí de Eioja, en 
el país de los diaguitas, y de Madrid, cerca de Esta- 
co, en la confluencia de los ríos Salado y de las Pie- 
dras. Sucedióle D. Hernando de Zarate, que puso en 
defensa la ciudad de Buenos Aires contra el pirata 
inglés Hawkins y sostuvo no pocas luchas con los in- 
dios. A principios del siglo XVII ocupó el gobierno 
de Tucumán D, Alonso de Eibera, que fundó un pue- 
blo al que dio su nombre, y juntó los de Madrid y Es- 
teco dándoles el nombre de Talavera de Madrid. Por 
entonces florecií) en Santiago del Estero su obispo 



— 248 — 

Fray Hernando Trejo, que estableció un seminario 
conciliar en Córdoba y se distinguió por sus virtudes. 
En tiempo de ü, Felipe de Albornoz (1627 á 1637) 
se sublevaron los indios del Valle de Calchaquí; some- 
tidos con algún trabajo, se rebelaron nuevamente en 
el gobierno de 1). Alonso Mercado y Villacorta (1655 
á 1660) engañados por el andaluz Bohorques que se 
fingía descendiente de los Incas. De los siguientes go- 
bernadores son dignos de mención I). José Garro, 
(1677) que entró al Chaco en varias ocasiones para 
castigar á los indios; D. Fernando de Mendoza Mate de 
Luna, que trasladó la ciudad de Tucumán al sitio que 
hoy ocupa y fomentó la cultura del país; D. Esteban 
Urizar (1707 á 1724) que fundó una reducción cerca 
del río Pilcomayo, y para sostener un cuerpo de ejército 
que pelease contra los indios amplió el tributo de la 
sisa; P. Juan Victorino Tineo (1749 á 1754) que per- 
siguió á los bárbaros del Chaco y con objeto de evitar 
las incursiones de estos edificó dos fortalezas en los ríos 
Negro y Salado. 

Dividido el Eío de la Plata en dos provincias por 
una real cédula dada á 8 de Setiembre del año de 
1618, fué nombrado Gobernador de la de Buenos 
Aires D. Diego de Góngora. Hízose análoga separa- 
ción en lo eclesiástico y se creó en esta ciudad un 
obispado, que se confirió á D Pedro Carranza. Suce- 
dió á Góngora en 1624 D. Francisco de Céspedes, 
en cuyo tiempo los indios del Chaco destruyeron la 
reducción de la Concepción del Bermejo. Durante el 
Gobierno de D. Jerónimo Luís de Cabrera, que había 
servido en las guerras de los calchaquíes, hubo que 
defender la colonia contra las agresiones de los brasi- 



1 



— 249 — 

leños, pues entonces se acababa de verificar la sepa- 
ración de Portugal, hecho que originó luchas con Es- 
paña. Por los años de 1641 á 1643 ocurrió en Buenos- 
Aires una sequía extraordinaria, á la que siguieron el 
hambre y la peste. 

D. Jacinto de Laris (1646 á 1652) visitó las reduc- 
ciones que los jesuítas habían fundado al Sur del Pa- 
raná y lejos de encontrar justificadas las quejas de 
los enemigos de la Compañía halló que ésta en nada 
faltaba á sus deberes. Habiendo intentado privar á 
los eclesiásticos del derecho de adquirir bienes raíces 
se acarreó muchos adversarios. 

D. Pedro Euiz de Baigorri, condescendiente y bon- 
dadoso hasta rayar en débil, permitió el comercio 
con los holandeses porque las comunicaciones de 
la colonia con España estaban interrumpidas á causa 
(le la guerra con los ingleses. En su tiempo (1653 á 
1 660) constaba la ciudad de Buenos Aires de solas 400 
casas y por defensa tenía un fortín con 10 cañones de 
hierro y 150 soldados. 

D. Alonso Mercado y Villacorta (1660 á 1663) 
trasladó la ciudad de Santa Fe al sitio en que la ha- 
bía fundado Garay. D. José Martínez Salazar es- 
tableció en Buenos Aires la Audiencia y levantó un- 
censo de la población; reforzó las milicias coloniales 
con indios de las misiones; fundó la reducción de los 
Quilmes y defendió á Santa Fe de los indios del 
(Jhaco. 

En tiempo de D. José Garro (1678 á 1682), los por- 
tugueses fundaron, sin derecho alguno, la Colonia del 
Sacramento frente á Buenos Aires; el Gobernador en- 
vió contra ellos al Maestre de Campo D. Antonio Ve- 



— 250 - 

ra Mújica, con 3000 indios de las reducciones admi- 
nistradas por los jesuítas, y 260 españoles, y la Colo- 
nia fué tomada por asalto; mas luego que se hizo la 
paz entre España y Portugal, la adquirió de nuevo es- 
te reino. 

Sucedió á Garro D. José Herrera y Sotomayor. 
D, Manuel del Prado y Maldonado, que comenzó á 
gobernar en el año de 1700, fortificó la capital contra 
una armada dinamarquesa que recorría aquellos ma- 
res. D. Alonso Juan de Valdés Inclán, sitió la Colo- 
nia del Sacramento con un ejército en que había al- 
gunos millares de indios guaraníes y se apoderó de 
ella; pero nuevamente fué devuelta á Portugal des- 
pués de la paz de Utrech. 

D. Bruno Mauricio de Zavala (1717 á 1734) que 
se había distinguido en las campañas de Flandes, fué 
uno de los más ilustres gobernadores de Buenos Ai- 
res; expulsó á los portugueses de Montevideo y fun- 
dó allí la hermosa ciudad que es hoy capital del Uru- 
guay. 

D. Miguel Salcedo (1734 á 1742) sitió la Colo- 
nia del Sacramento, hizo la guerra á los indios molu- 
ches, pehuenches y huiliches que se sublevaron al 
mando del cacique Cangapol y fundó una reducción 
en el país de éstos, negocio que encomendó á los pa- 
dres jesuít.xs Matías Strobel y Manuel Quirini. 

D. DomÍLgo Ortiz de Eozas, hizo la paz con los 
indios del Sur y ordenó una estadística de la pobla- 
ción, resultando que había en Buenos Aires 10.223 
almas en el año 1744. Sucedióle D. José Andonaegui, 
bajo cuyo gobierno el P, Quiroga exploró la costa pa- 
tagónica y los PP. Cardiel y Falkner llegaron por el 



— 251 — 

desierto hasta cerca de Bahía Blanca, fundando la re- 
ducción del Pilar al pie de la sierra del Vulcán.En 1756 
se verificó la expedición contra los indios guaraníes que 
se resistían á salir de sus pueblos cedidos por España 
á Portugal; hecho de los más inicuos que registra la 
historia y con motivo del cual se hicieron á los jesuí- 
tas acusaciones calumniosas, diciendo que habían fo- 
mentado la oposición de los indios, cuando si en algo 
pecaron, fué en ser demasiado obedientes á las órde- 
nes reales que ellos procuraron cumplir, D. Pedro de 
Ceballos comenzó á señalar los límites con el Brasil, 
hasta que roto el tratado de 1750 y abiertas las 
hostilidades con Portugal en 1762, Ceballos se apo- 
deró de la Colonia, cuya devolución fué acordada 
en el tratado de París del año de 1763. 

A causa de la importancia que iban adquiriendo las 
provincias del Río de la Plata y del tenaz empeño 
que los portugueses mostraban en invadirlas, Car- 
los III, por una real cédula dada á 8 de Agosto de 
1776, creó el Virreinato de Buenos Aires con esta 
provincia y las del Paraguay y el Tucumán, la Presi- 
dencia de Charcas, el territorio de 'Cuyo y la costa 
patagónica. 

Encomendólo á D. Pedro de Ceballos, militar á 
quien cuadraba el epíteto de bizarro tan prodigado 
ahora; llegó éste con 116 buques y 9000 soldados y sin 
disparar un tiro se apoderó de la isla de Santa Cata- 
lina; marchó á la Colonia del Sacramento, que se le 
rindió, y ya derrotados los portugueses entró en Bue- 
nos Aires el 15 de Octubre. Hecha la paz con los por- 
tugueses en Octubre del año siguiente, Ceballos mar- 
có las fronteras con el Brasil y se consagró á la admi- 



252 



nistración del Virreinato; aconsejó y consiguió la divi- 
sión de éste en ocho intendencias y procuró que la Au- 
diencia residiese en Buenos Aires, y no en Charcas, 
ciudad muy lejana. A 12 de Junio de 1778 hizo entre- 
ga del mando á su sucesor D. Juan José Vertiz, quien 

introdujo muchas y útiles 
reformas; creó un hospi- 
cio de mendigos, una casa 
de corrección para muje- 
res, la casa de expósitos 
y el tribunal del Proto- 
medieato; estableció el 
alumbrado público; orde- 
nó un censo de la pobla- 
ción, que dio por resulta- 
do contarse en Buenos 
Aires 24.754 liabitantes. 
A fin de contener los in- 
dios de las pampas cons- 
truyó varios fortines en 
Ranchos, Lobos, Areco y otras localidades; á pesar de 
esto, el pueblo de Lujan fué saqueado por los pampas 
en el año de 1780. Por encargo de Vertiz, el gobernador 
Matorrás hizo en 1774 un viaje al Chaco, siguiendo la 
orilla derecha del Bermejo, y llegó hasta la Can- 
gayé tratando amistosamente con los caciques. Idén- 
ticas exploraciones se realizaron en Patagonia; Villa- 
rino reconoció en 1782 el río Negro y penetró por las 
márgenes de éste hasta los Andes. Vertiz ayudó al 
Virrey del Perú cuando se sublevó el indio Tupac- 
Amaru. 

Sucedióle en Marzo de 1784 J). ÍS^icolás del Cam- 




Indio patagón. 



253 — 



po, Marqués de Loreto, hombre de carácter severo, 
inflexible en el cumplimiento de su deber, como se 
ve en el hecho siguiente: cierto día se le presentó un 
campesino á quien recibió con amabilidad; hablóle és- 
te de un negocio cuyo éxito apoyó enseñando varias 
gallin£is que llevaba; en- 
tonces el Virrey llamó 
al capitán de guardia y 
le dijo: «Lleve V. este 
hombre preso y téngalo 
detenido hasta que haya 
concluido de comerse esas 
gallinas que viene á re- 
galarme.» 

Dos hechos ruidosos 
ocurrieron en su tiempo: 
las cuestiones con el Obis- 
po Azamor por motivos 
que hoy nos parecen ri- 
dículos, como eran si éste 

soltaba ó no la cola de la capa magna al entrar en el 
salón del gobierno, y si al ir á Buenos Aires no había 
entrado previamente en el fuerte donde le esperaba el 
A'irrey. Fué el otro suceso la quiebra del administra- 
dor de la Aduana de Buenos Aires, ligada con nego- 
cios punibles de altos funcionarios. En los años 1776 
y 1781 hizo dos viajes célebres al Chaco Fr. Anto- 
nio Lapa, de los -que escribió unos interesantes Dia- 
rios, publicados en la Revista de Archivos, Bibliotecas, 
y Museos del año 1902. 

El Marqués de Loreto fué reemplazado en Diciembre 
de 1789 por D. Nicolás de Arredondo, quien prosiguió 




Mujer patagona. 



— 254 — 

en señalar los límites con las posesiones de Portugal, 
obra en (jue trabajaron D. Félix de Azara, T). Diego de 
Alvear y otros hombres eminentes. Quedó sin realizarse 
la demaicación entre los ríos Uruguay y Guazú por fal- 
ta de conformidad entre españoles y portugueses. Du- 
rante los años de 1795 á 1801 gobernaion estos virre- 
yes: D. Pedro Meló, quien armó una ñotilla de caño- 
neras en Montevideo para rechazar los ataques de los 
ingleses, en guerra con España; D. Gabriel Aviles, que 
encomendó á D. Félix de Azara la fundación de San 
Gabriel y San Félix, en Bato vi y á orillas del Ibicui. 
En 1801 alcanzó el virreynato D, Joaquín del Pino y 
Rozas, en cuyo tiempo los portugueses invadieron los 
pueblos de misiones al oriente del Uruguay, que no 
fueron devueltos aun después de hecha la paz en el 
año de 1777. Falleció á 11 de Abril de 1804 y le su- 
cedió D. Rafael de Sobremonte, quien no supo ó no 
pudo defender la ciudad de Buenos Aires contra los 
ingleses, que se apoderaron de ella al mando del Ge- 
neral Beresford, si bien fueron muy luego arrojados 
por el heroico D. Santiago Liniers apoyado por los 
bonaerenses, que aborrecían la dominación británi- 
ca. (1) 

En el año de 1810 regía los destinos del Virreina- 
to D. Baltasar Hidalgo de Cisneros, hombre pruden- 
te y valeroso, quien al ver que los franceses triunfa- 
ban en España y parecía que acabarían por estable- - 
cer su dominación, aconsejó que las provincias del 

(1) Acerca de la reconquista de Buenos Aires por Liniers se publicó 
en Montevideo (año 1851) el curioso libro intitulado: GompilaciCn de 
documentox relativos á sucesos del Río de la Plata desde 1806. 1 vol en 4." 
de 706 págs. 



— 255 — 

RÍO de la Plata estableciesen un gobierno en repre- 
sentación de Fernando VII si las circunstancias lo 
exigían. Entonces el pueblo pidió que se reuniese un 
cabildo abierto y éste acordó que el Virrey continua- 
se en el mando, con algunos asesores ó adjuntos, 
hasta que se celebrase una asamblea de diputados. 
Xo contenta la muchedumbre con esta resolución, re- 
clamó la abdicación del Virrey, quien no opuso resis- 
tencia. Los revolucionarios eligieron una Junta pro- 
>'isional presidida por D. Cornelio Saavedra, que ha- 
bía de gobernar en nombre de Fernando VII. 

Iniciada la guerra separatista, duró esta catorce 
años, logrando vencer los españoles en las batallas de 
Iluaqui, Chibiray y Tebicuary; al general Puirredón 
en Vilcapugio y Aruma; á Belgrano en Sipesipe y á 
li ondean en Cancha- rayada; en cambio fueron derro- 
tados en Cotayaita, Suipacha, Chacabuco, Maypú y 
Cerro del Pasco. Las tropas leales hubieron de reti- 
rarse, y los argentinos, acaudillados por el general 
San Martín, pudieron, no solo consolidar su indepen- 
dencia, mas también ayudar á los rebeldes de otras 
provincias. En el año de 1819 se reunió un Congreso 
que dictó una constitución; el general Puirredón, que 
era director de la nueva república, hizo dimisión y 
fué sustituido por Rondeau, quien tuvo que luchar 
con la anarquía que se produjo al momento por que- 
rer las provincias regirse con cierta autonomía. Las 
discordias entre federales y centralistas ocasionaron 
después guerras sin cuento. Los sucesos más culmi- 
tes de la Argentina en el siglo XIX fueron la guerra 
con el Brasil; la dictadura de Rozas y la guerra con 
el Paraguay. La primera tuvo por causa la negativa 



I 



— 256 - 

del Emperador del Brasil á reconocer la anexión del 
Uruguay por la Argentina; rotas las hostilidades 
en el año de 1825, ésta envió un ejército mandado 
por el general Alvear, que derrotó al brasileño en Itu- 
zaingo. Hízose la paz en Agosto de 1828 y se acordó 
que la Banda Oriental formase una república inde- 
pendiente. 

La dictadura del general Eozas, que vino después 
de una prolongada lucha entre los federales represen- 
tados por Lavalle y los unitarios por el general Paz, 
fué, sobre todo en su segunda época, uno de los go- 
biernos más despóticos que se han conocido. El gene- 
ral Urquiza, apoyado por la sublevación de la pro- 
vincia de Corrientes y por el Brasil, derrotó al ejérci- 
to de Bozas en Monte Caseros y el Dictador huyó á 
Europa. Urquiza promovió luego la celebración de 
un Congreso nacional y éste, á 25 de Mayo de 1853, 
])romulgó una constitución basada en principios fede- 
rales. 

Buenos Aires no quiso aceptar la ])residencia de 
Urquiza y formó un Estado independiente, hasta que 
vencida en la batalla de ( ^epeda en el año de 1859, 
fué obligada á entrar eii la Confederación. Sustituido 
Urquiza por Derqui, sobrevino otra guerra civil que 
terminó con la caída de éste y la subida al poder del 
general D. Bartolomé Mitre, soldado ilustre, reputa- 
do escritor, consumado político y una de las figuras 
más grandes que se destacan en la historia de la Ee 
pública Argentina. En 1865 estalló la guerra con el 
Paraguay, de la que ya hemos hablado. En el último 
tercio del siglo XIX ocuparon la Presidencia D. Do- , 
mingo J. Sarmiento, D. Nicolás Avellaneda, D. Julio 



— 257 — 

A. Koca, ]>. Miguel Juárez Celmáu, contra quien se 
sublevó la ciudad de Buenos Aires por su detestable 
administración, y el Sr. Pellegrini. Hoy se lian disi- 
pado ya, afortunadamente, los peligros de una guerra 
con Chile por causa de las fronteras, toda vez que es- 
ta cuestión fué resuelta en arbitraje por el rey de la 
(irán Bretaña, y la república Argentina ha entrado 
tle lleno en un período de tranquilidad y de pro- 
ííreso. 



17 



CAPÍTULO XXII 



El Uruguay: (1) 1. Sus pueblos indígenas. — 2. Primeros es- 
tablecimientos de los españoles. — 3. Guerras con los por- 
tugueses.— 4. Fundación de Montevideo.— 5. Su historia 
en el siglo XVIII. — 6. Conquista del Uruguay por el 
Brasil. — 7. Independencia del Uruguay y sucesos poste- 
riores. 



Cuando en el año 1512 Juan Díaz de Solís descu- 
brió las costas del Uruguay, hallábase este país habi- 
tado por tribus salvajes faltas de organización políti- 
ca, como eran los charrúas, que se extendían desde el 
cabo de Santa María hasta el río Uruguay; los yaros, 
que vivían entre los ríos Negro y San Salvador, te- 
niendo al Norte por vecinos los bohanes y los cha- 
naes; los minuanes, aliados de los charrúas, que ocu- 
paban las llanuras septentrionales del Paraná. To- 
dos estos pueblos residían en tolderías distantes unas 
de otras y peleaban continuamente entre sí; el dardo, 
la ñecha y la bola arrojadiza, constituían sus armas. 

(1) j'Jnsai/o sobre la historia del Río de la Plata, por Antonio N. Pe- 
reira. Montevideo, Tip. R. Reynaud, 1877, 304 págs. en 8." — Historia 
de la dominación empatióla en el Uruguai/, por Francisco Bauza. Monte- 
video, 1897. 3 vol. en 4." 



— 259 — 

Se alimentaban de la caza y pesca, pues desconocían 
la agricultura. Su religión era un grosero fetichismo. 

Con ser fértilísimo el territorio del Uruguay y á 
propósito para su colonización, dado su clima benigno, 
permaneció un siglo abandonado por los españoles, 
quienes comenzaron á establecerse en él con motivo 
de la conversión de los indígenas. En el año de 1622, 
los chanaes, acosados por sus enemigos los charrúas, 
solicitaron la protección del gobernador de Buenos 
Aires, quien les envió algunos misioneros. Posterior- 
mente, en 1625, D. Francisco Céspedes mandó tres 
religiosos franciscanos, entre los que figuraba el pa- 
dre Bernardo de Guzmán, y éstos fundaron algunas 
reducciones. Por entonces comenzaron los españoles 
de Buenos Aires á criar ganados en la banda orien- 
tal, donde se proveían de combustibles y maderas de 
construcción. El continuo avance de los portugueses 
hacia el río de la Plata fué causa la de que España se 
decidiese á ocupar de una manera real y positiva el 
Uruguay, habitado solamente, hasta fines del si- 
glo XVII, por los indígenas; aun así la empresa luchó 
con dificultades no pequeñas, pues en 1679 D. j\Ia- 
uuel Lobo, gobernador del Brasil, había ido con tro- 
pas y artillería á la costa oriental, donde estableció 
frente á la isla de San Gabriel una población que 
llamó Colonia del Sacramento; protestó D. José del 
Garro, gobernador de Buenos Aires, y después de ago- 
tadas las negociaciones pacíficas envió al Maestre de 
Campo Vera Mújica con 300 españoles y 3000 gua- 
raníes para que desalojase á los brasileños del Sacra- 
mento, como lo hizo después de recios combates. 

A esto siguiéronse reclamaciones diplomáticas en- 



— 260 — 

tre las Cortes de España y Portugal, y Carlos IÍ, en 
el año de 1681 se avino imprudentemente á devolver 
aquella colonia, si bien en calidad de depósito. Las 
consecuencias de tal desacierto se yieron muy pron- 
to, pues el Sacramento se constituyó en foco de con- 
trabando. Cuando en la guerra de sucesión Portugal 
se declaró en contra de Felipe V, el general García 
Ros marchó de Buenos Aires al frente de trece com- 
pañías y 4.000 guaraníes y sitió la Colonia del Sacra- 
mento, de la cual se apoderó con gran trabajo. Sin 
embargo, esta adquisición que tanta sangre había 
costado, se perdió á los diez años, pues en virtud del 
tratado de Utrecht celebrado en 1715, volvió nueva- 
mente al dominio de Portugal. 

El fundador de la nación uruguaya y al que ésta 
debe siempre mostrarse agradecida, fué 1). Bruno 
Mauricio de Z.avala, Gobernador del liío de la Plata, 
quien deseando consolidar la dominación española 
en la banda Oriental, destruyó los establecimientos 
creados en ésta por el corsario Moreau, que pere- 
ció en un combate; sabedor de que los portugueses, 
mandados por Noroña, se habían fortificado en la pe- 
nínsula de Montevideo, se prepai'ó á combatirlos y lo- 
gró que se retirasen antes de comenzar las hostilida- 
des. Entonces desembarcó en aquel paraje, lo fortifi- 
có y dejó una guarnición. Conocidos estos hechos, Fe- 
lipe V comprendió la importancia que tenía fundar 
una ciudad en el puerto de Montevideo; por cédula 
dada á 16 de Abril de 1725 decretó la colonización 
del Uruguay y á 20 de Enero del año siguiente se 
echaban los cimientos de Montevideo, cuyo primer 
habitante fué Jorge Burgués, que tenía allí una casu- 



— 261 — 

cha de piedra desde el año de 1724; la ciudad consta- 
ba, en su origen, de unas cuantas familias que llega- 
ron de Canarias, de Buenos Aires y de otros sitios; 
nadie pensaría, al ver tan pequeños comienzos, que 
con el tiempo, aqviella reducida aldea, sería población 
de las más populosas de América. Pocos años después 
la nueva ciudad tuvo que luchar con los minuanes, 
que se sublevaron y derrotaron al capitán José Ho- 
mero que mandaba 50 dragones; pero al fin se some- 
tieron. La vecina Colonia del Sacramento era una 
molestia y un peligro no pequeño para Montevideo, 
pues los brasileños no cesaban en su empeño de do- 
minar el Uruguay, asi que menudeaban las hostili- 
dades; por lo cual, deseando las Cortes de Madrid y 
Lisboa acabar con semejantes discordias, celebraron 
á 13 de Enero de 1750 un tratado, en virtud del 
cual abandonaban los portugueses aquella población 
á cambio de siete reducciones fundadas en el alto 
Uruguay por los jesuítas. Nombrados comisarios para 
la ejecución del tratado, Gómez Freiré en nombre de 
Portugal, y Valdelirios en el de España, surgieron no 
pocas dificultades: los guaraníes no querían retirarse 
de sus pueblos y hubo que sacarlos á la fuerza; siendo 
inexacto, com.o dice D. Blas Garay, que «los jesuítas 
vieron en peligro sus intereses con este pacto, que 
desmembraba el territorio en que se habían formado 
un reino casi totalmente independiente, y excitaron 
á los guaraníes á resistirlo con las armas en la ma- 
no» (^) pues son muy diferentes las noticias que se 
hallan en varios documentos, como la detallada rela- 
ción que de aquellos sucesos escribió el P. Juan Es- 

(1) Compendio de la Uisioria del Paraguai/, pág. 140. 



— 262 — 

candon; (i) años después se suscitaron dudas sobre la 
interpretación de algunos artículos de dicho tratado, 
perjudicial para España, y fué anulado por Carlos III 
en el año de 1761. Celebrado el pacto de familia y 
rotas las hostilidades entre España y Portugal en 
1762, el gobernador de Buenos Aires, D. Pedro de 
Ceballos, fortificó la villa de Maldonado, hizo ir mil 
indios tapes, formó un cuerpo de milicias, y sitió la 
Colonia del Sacramento, que cayó en su poder á 2 de 
Noviembre; algunos días más tarde se apoderó de los 
fuertes de San Miguel y Kío Grande de San Pedro; 
pero estas victorias quedaron sin fruto, pues la, Colo- 
nia fué restituida á Portugal cuando se hiiío la paz en 
Eebrero del año siguiente. 

A pesar de estas y otras dificultades, la colonia del 
U ruguay progresó notablemente; el ganado vacuno se 
propagó de tal manera que en los años de 1792 al de 
1796 se exportaron 3.790.000 cueros, y lo mismo su- 
cedía con el ganado caballar. Hecho el primer censo 
de la población en los últimos años del siglo XVIII, 
resultó que había 30.665 habitantes; Montevideo con- 
taba 15.245 almas. Por entonces se crearon nuevas 
poblaciones, como Guadalupe, San Juan Bautista, 
Pando, Minas, San José y Kocha, con familias ga- 
llegas y asturianas. 

Perdidas por Inglaterra casi todas sus colonias del 
América Septentrional, intentó á principios del siglo 
XIX establecerse en el Kío de la Plata, que, dada su 
riqueza y excelente posición, no podía menos de ex- 

(1) Esta relación se halla todavía inédita, pues sólo publicó algunos 
fragmentos el Sr. Calvo en su Goleccuní de tratados. Hay un manuscrito 
de ella en la Biblioteca nacional. 



— 263 — 

( itar la codicia británica; á este fin, en el año de 1807 
envió una expedición contra Montevideo, que fué to- 
mada por asalto á pesar del heroísmo con que la de- 
fendió su gobernador Ruiz Huidobro; poco después 
la tuvieron que abandonar con motivo de la tremen- 
da derrota que sufrieron en Buenos Aires. Nunca ha- 
V)ía atravesado la colonia del Uruguay un período tan 
crítico, pues de establecerse allí los ingleses, habría 
la raza sajona contenido los progresos de la hispano 
americana, y hoy, el Eío de la Plata, sería un pueblo 
británico. 

Iniciado en Buenos Aires el movimiento insurrec- 
cional contra España á principios del siglo XIX, co- 
municóse muy pronto al Uruguay, donde ejercía el 
mando I). Gaspar Vigodet. 

Al frente de los separatistas se puso D, José Arti- 
.gas, descendiente del aragonés I). Juan Antonio Ar- 
tigas, uno de los primeros pobladores de Montevideo. 
Huyó á Buenos Aires el día 2 de Febrero de 181 L y 
ofreció á la junta revolucionaria «llevar el estandarte 
de la libertad hasta los muros de Montevideo, siem- 
pre que se le concediera á sus comprovincianos auxi- 
lios de municiones f dinero»; mas sólo pudo obtener 
150 soldados y 200 pesos. En tanto, varias poblacio- 
nes del Uruguay, como Pay Sandu, conspiraban con- 
tra España, y en el distrito de Soriano estallaba una 
sublevación. Artigas se puso al frente de reducidas 
tropas, y en breve, el país se dispuso á conseguir por 
la fuerza su independencia; simultáneamente se insu- 
rreccionaban los distritos del Sur y del Este, encabe- 
zando el movimiento varios párrocos y algunos hacen- 
dados y oficiales de milicias. T). Félix Ribera, herma- 



— 264 — 

no del futuro general de este nombre, sublevó el de- 
partamento de Durazno; D. Manuel Francisco Arti- 
gas y I). Valentín Gómez hicieron lo mismo en Ca- 
supá, Santa Lucía y Canelones. La insurrección fué 
tan espontánea como unánime; un mes bastó para 
que se propagara. El Virrey Elío y D. Gaspar Vigodet 
alzaron uua horca en la plaza mayor de Montevideo 
«para que en ella expiasen con prontitud su crimen 
los traidores á su Rey y á su patria» medida de ri- 
gor que concitó más los odios del país y aumentó la 
fuerza de la insurrección, contra la cual hicieron aque- 
llos inútiles esfuerzos. Viendo Elío perdida la causa 
de España, cometió el desacierto de pedir el auxilio 
de los brasileños, que sólo deseaban ocasión favorable 
para con uno ú otro pretexto intervenir en el Uru- 
guay y establecer allí su dominación; los brasileños 
enviaron al general Sonsa con 3000 hombres que ha- 
bía concentrado en Bagó y avanzó sin obstáculo, de- 
rrotando en ocasiones á los uruguayos, que se vieron 
obligados á levantar el asedio de Montevideo y á 
pactar una tregua con Elío reconociendo la soberanía 
de Fernando VIL 

Mas retirados luego los brasileños, y con el apoyo 
de la república Argentina, se renovó la lucha contra 
España; Artigas, Eondeau y Alvear sitiaron de nue- 
vo la ciudad de Montevideo, que se rindió á 2o de Ju- 
nio de 1814. Poco duró su alegría á los uruguayos, 
pues al año siguiente vieron su patria invadida por los 
brasileños, quienes se hicieron dueños del país no 
obstante el valor con que Artigas y otros lo defendie- 
ron; á fin de disfrazar el Brasil su usurpación, convo- 
có unas Cortes en Montevideo elegidas y nomhradasde 



— 265 — 

Ja manera más lihreypopular, sin la riie,nor sombra de 
coacción ni sugestión, como afirmaba con descaro sin 
igual Pinheiro Ferreyra, Ministro de Estado en aquel 
Imperio; el Congreso declaró incorporada la Banda 
Oriental «al Reino Unido de Portugal, Brasil y Al- 
garbes», sancionando con una traición la iniquidad 
cometida. 

Aquella anexión, conseguida por la violencia, no 
podía ser duradera; algunos uruguayos refugiados en 
Buenos Aires conspiraban sin cesar contra el Brasil, 
hasta que se decidieron á emprender la lucha; á 19 
de Abril de 1.825 desembarcaron en el departamento 
de Soriano, capitaneados por Lavalleja, y se lanzaron 
á la guerra secundados por el pueblo y por el general 
Fructuoso Ribera, quien de las filas brasileñas se pasó 
al ejército patriota. Lavalleja reunió una asamblea 
nacional en la Florida á 25 de Agosto, y se declaró que 
el Uruguay quedaba emancipado del vecino imperio, 
formando parte de la república Argentina, con lo 
cual lograron que ésta se apresurase á romper las hos- 
tilidades contra el Brasil, cuyas tropas sufrieron va- 
rias derrotas; el almirante Brown derrotó la escuadra 
brasileña, y el general Alvear ganó una batalla en 
Ttuzaingo. Por fin se celebró la paz, conviniendo el 
i>rasil y la Argentina en reconocer la Banda Oriental 
como república independiei^te, especie de país neu- 
tral que separaría los dominios de ambos pueblos. 
Convocada una convención nacional, formó la consti- 
tución que hoy rige en el Uruguay, pueblo que rena- 
ció en 1830 para ocupar su puesto entre las repúbli- 
cas hispano-americanas. Su primer presidente fué el 
general Ribera, en cuyo tiempo se organizaron los 



— 266 — 

dos partidos que luego habían de disputarse el poder 
con tenacidad: el de Ribera ó colorado, y el de Lava- 
lleja ó blanco. La intransigencia de ambos promovió 
la guerra llamada grande porque duró nueve años; de- 
puesto de la presidencia el general D. Manuel Oribe, 
á causa de una sublevación, se refugió en Buenos 
Aires, de donde volvió con 12000 soldados que le pro- 
porcionó el dictador Rozas y sitió á Montevideo, que 
se defendió años enteros, desde 1843 á 1851. La pe- 
queña república, cuya vitalidad asombra, pues ha- 
biendo quedado después de las mencionadas luchas 
convertida en un desierto, fué luego una de las más 
prósperas y felices de América, tuvo también un pe- 
ríodo de convulsiones. Gobernando en 1858 el señor 
Pe reirá estalló una sublevación capitaneada por el 
general Díaz, quien fué vencido y fusilado juntamen- 
te con algunos de sus compañeros. Bajo la presiden- 
cia de Flores, en el año de 1863, se insurreccionó el 
general Flores, apoyado por el Brasil, que envió tropas 
con intento de establecer allí su dominación cuando 
las circunstancias lo permitiesen. La diplomacia 
cambió muy pronto el aspecto y giro de la cuestión; 
opuesta la república del Paraguay á toda ingerencia 
del Brasil en el Uruguay, declaró la guerra á dicho 
imperio y se enemistó con la Argentina; los que an- 
tes luchaban entre sí se aliaron contra el Paraguay, 
al que vencieron después de una larga y durísima 
campaña. 

En el año de 1875 sufrió el Uruguay una violenta 
conmoción política. Elevado á la presidencia por el 
sufragio de las bayonetas D. Pedro Várela, cometió 
arbitrariedades sin cuento y deportó á varios ciuda- 



— 267 — 

danos de Montevideo sin causa razonable; vueltos es- 
tos de los Estados Unidos, donde se habían refugia- 
do, iniciaron uno revolución que terminó con la caída 
de Várela. A la anarquía sucedió más tarde la dicta- 
dura del general Máximo Santos, en cuyo tiempo 
atravesó el Uruguay una terrible crisis política y 
económica, que se mitigó transigiendo los partidos, 
no sin que antes se derramara sangre en los campos 
del Quebracho, donde el Presidente venció á sus ene- 
migos. Después entró el Uruguay de lleno en un pe- 
ríodo de tranquilidad, viendo crecer su población, ño- 
recer su agricultura, establecerse la red de vías fé- 
rreas, y mejorar el estado de su Hacienda; prosperidad 
interrumpida en nuestros días por la guerra civil que 
terminó hace poco. 



CAPÍTULO XXIII 



Isla de Cuba (1) 



Cuando Cristóbal Colón en su primer viaje descu- 
brió la isla de Cuba, tal gozo experimentó al ver un 
país tan distinto de los europeos y tan rico, que con- 
signó su emoción en elocuentes párrafos de su Diario, 
hoy perdido, del cual hizo un extracto el P. Las Ca- 
sas; de este copiamos el siguiente relato de la llegada 
de Colón á Cuba: • 

«Dice el Almirante que nunca tan hermosa cosa vi- 
do, lleno de árboles, todo cercado el río, fermosos y 
verdes y diversos de los nuestros, con flores y con su 
fruto, cada uno de su manera. Aves muchas y pajari- 
tos que cantaban muy dulcemente; había gran canti- 
dad de palmas de otra manera que las de Guinea y 
de las nuestras; saltó el Almirante en la barca y fué 
á tierra, y llegó á dos casas que creyó ser de pescado- 
res y que con temor se huyeron, en una de las cuak 
halló -un perro que nunca ladró, y en ambas casas ha- 
lló redes de hilo de palma y cordeles, y anzuelo del 

(1) Historia política y natural de ia isla de Ouba, por Ramón de la* 
Sagra. — Historia de la isla de Cuba, por D. Jacobo de la Pezuela, Ma- 
drid, 18(38 cí 1878, 4 vol. en 4.» 



— 269 — 

cuerno, y fisgas de hueso y otros aparejos de pes- 
car». (^) 

En el año de 1511, Diego Velázquez, gobernador de 
la Española, resolvió la conquista de Cuba, donde fué 
con 300 soldados acompañándole Bartolomé de las 
Casas, ya sacerdote, pero no fraile, ni constituido aún 
en acérrimo apologista de los indios. Éstos opusie- 
ron alguna resistencia capitaneados por el cacique Ha- 
tuey, que se había fugado de la Española; una vez de- 
rrotados, Hatuey fué quemado vivo y los indígenas se 
sometieron en breve. Fundó Velázquez la villa de Ba- 
racoa, repartió los indios en encomiendas y encargó la 
pacificación del Camagüey, donde los indios andaban 
en son de guerra, al capitán Narváez, cuyos soldados 
cometieron excesos deplorables en Caonao, dando 
muerte á casi toda la población, Narváez llegó hasta la 
provincia de Habana, donde el cacique Habayuane se 
presentó en el campamento de los castellanos llevan- 
do un obsequio de 300 tortugas. Velázquez fundó las 
ciudades de Í^ancti-Spiritns, de Puerto Príncipe, San- 
tiago de Cuba y la Habana. Muerto Velázquez en el 
año de 1524 le sucedió Manuel de Eojas y á este Gon- 
zalo de Guzmán, en cuyo tiempo, habiendo ya dismi- 
nuido la población indígena de una manera considera- 
ble, se empezaron á introducir esclavos negros. De- 
puesto Guzmán por su detestable administración, ocu- 
pó el gobierno por vez segunda, Manuel de Rojas, 
quien sometió á los indios alzados. La nueva colonia 
excitó la codicia de los piratas franceses, quienes Uega- 

1 ) Colección, de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los 
fíjHiHoles desde fines del siglo XV. Coordinada é ilustrada por D. Mar- 
tín Fernández de Navarrete. Tomo I, págs. 40 y sigs. 



— 270 — 

ron á entrar en el puerto de la Habana y apoderarse 
allí (le tres buques; desmanes que se renovaron en 
tiempo del gobernador Juanes Dávila. Contra lo que 
es de suponer, lejos de haber en Cuba por entonces la 
riqueza y abundancia consiguientes á la fertilidad del 
suelo, atravesaba un período crítico cuando se eximió á 
los indios del trabajo forzoso; nada más que 1000 pesos 
se recaudaron de diezmos en el año de 1547; Antonio 
de Chav(í8, que era gobernador entonces, á fin de me- 
jorar la situación del país, introdujo el cultivo de la 
caña de azúcar y fomentó la explotación del cobre. 
La población indígena había casi desaparecido del to- 
do y tanto que hubo necesidad do llevar más negros 
para los trabajos agrícolas. Los corsarios franceses con- 
tinuaban devastando las costas; Jacques de Sores in^H 
cendió y saqueó la ciudad de Santiago en 1554 y en-^ 
tro en la Habana aunque fué heroicamente defendida 
por Juan de Lobera, Con oVjjeto de impedir futuras 
acometidas de los corsarios, D. Diego de Mazariegos 
hizo algunas defensas en la Habana, donde la Audien- 
cia de Santo Domingo, por una provisión dada á 14 de 
Febrero de 1553, había dispuesto que residiese el go- 
bernador, por ser «el lugar de la confluencia de naos 
de todas Indias é la llave dellas». Pedro Menéndez 
de Aviles llegó en 1566 con algunas galeras bien ar- 
madas y limpió de corsarios el golfo de México, des- 
truyendo más adelante los establecimientos de los 
franceses en la Florida. 

Gobernando D. Gabriel de Lujan (1581 á 1589) el 
corsario inglés Drake, que había tomado por asalto las 
ciudades de Cartagena y Santo Domingo, se presentó 
en el puerto de la Habana; mas no hizo desembarco, 



— 271 — 

pues gracias á la diligencia del gobernador, se hallaba 
la plaza defendida por más de 1000 hombres. 

I). Juan de Tejeda, ayudado por el ingeniero Anto- 
nelli, construyó los castillos del Morro y de la Punta 
y se acreditó por su probidad y entereza; en su tiem- 
po fué concedido á la Habana el título de ciudad. 

D. Juan Maldonado Barnuevo logró evitar que Dra- 
ke acometiese la capital y aun algunas ventajas con- 
tra los piratas; favoreció la introducción de esclavos 
negros que hacían falta para el cultivo de la caña de 
azúcar. Sucedióle en 1602 1). Pedro de Yaldés, en cu- 
yo tiempo se apoderó de Santiago el pirata Girón, de- 
rrotado luego por los habitantes de Bayamo, quienes 
lo sorprendieron y mataron. 

Durante los siglos XVII y XVIII se distinguieron 
como gobernadores de Cuba, D. Gaspar Ruíz de Pere- 
da, á quien excomulgó el obispo de Santiago I). Alon- 
so Henríquez de Armendariz, por oponerse á trasladar 
á la Habana la capital de aquella diócesis. D. Loren- 
zo de Cabrera (1626 á 1630) que arrojó á los corsa- 
rios de las islas de San Bartolomé y San Cristóbal- 
D. Juan Bitrian de Viamonte, que fortificó la Habana 
contra las acometidas de los holandeses. D. Francisco 
Xelder (1653 á 1654) que arrojó á los bucaneros de 
Santo Domingo y de la Tortuga. D. Francisco Dávila 
Orejón, que no pudo evitar las incursiones de Morgan 
y otros filibusteros en Cuba. D. Diego de Córdoba 
(1695 á 1702) que acabó las murallas de la Habana y 
autorizó el corso contra los piratas. D. Vicente Raja 
que renunció por la sublevación de los vegueros, 
opuestos al estanco del cultivo del tabaco, quienes le 
obligaron á refugiarse en el castillo de la Fuerza. Don 



— 272 - 

Gregorio Gruaso Calderón, que desalojó á los ingleses 
de las islas de Bahama y sometió á los vegueros, cu- 
yos jefes murieron ajusticiados, D. Juan Francisco 
Güemes Horcasitas (1734 á 1745) quien defendió la 
isla contra el inglés Vernon que se apoderó de Guan- 
tánamo. En el año de 1762 tuvo lugar el célebre sitio 
de la Habana, que defendida heroicamente por Don 
Luís de Velasco cayó al fin en poder de los ingleses, 
que disponían de un ejército considerable y de 1842 
cañones, mientras en la ciudad solo había 5000 solda- 
dos que se resistieron por espacio de 67 días. La Ha- 
bana fué devuelta á España por el tratado de Versa-] 
lies celebrado al año siguiente. 

Durante el gobierno de D. Antonio Bucarely fué 
expulsada la Compañía de Jesús al mismo tiempo que 
de las otras colonias españolas, y se encargó una expe- 
dición á la Luisiana al General O'Reilly; aquella pro- 
vincia quedó sometida á la jurisdicción de Cuba. 

En tiempo de D. Diego Navarro, declarada lague-! 
rra á la gran Bretaña, D. Bernardo Gálvez hizo una" 
expedición á la Luisiana, donde conquistó no pocos 
laureles con la toma de Panzacola y Móbila. 

D. Juan Manuel de Cagigal intentó apoderarse de 
Jamaica con el apoyo de la escuadra francesa; pero sólo 
consiguió volver á la Habana con muchas pérdidas. 

A principios del siglo XIX, el Marqués de Some- 
ruelos, gobernador de la Isla, descubrió una conspira- ; 
ción de los negros organizada por José Antonio Apon- 
te, que se proponía hacer allí lo que Toussaint en Hai- 
tí; este fué el primer chispazo de las rebeliones que 
más adelante habían de inundar en sangre la perla 
de las Antillas. 



— 273 — 

Las discordias entre constitucionales y absolutistas, 
tan perjudiciales á España, favorecieron en Cuba el 
movimiento separatista que favorecido por la maso- 
nería empezó á manifestarse en el año 1823. El gene- 
ral Vives castigó severamente una conjuración tra- 
mada en Puerto Príncipe y deshizo otra fraguada por 
los negros El General Tacón, á quien debió Cuba 
grandes reformas, cual fué la construcción de un fe- 
rrocarril de la Habana á Güi"neS, conservó el orden pú- 
blico, alterado solamente con la desobediencia del Ma- 
riscal de Campo 1). Manuel Lorenzo, quien tuvo que 
huir á la Jamaica. En tiempo del gobernador O'Don- 
nell se organizaron los separatistas en los Estados 
Unidos; en 1850 desembarcó el brigadier López en 
Cárdenas con 500 hombres y se levantó en el Ca- 
magüey una partida de insurrectos. Restablecida la 
paz por el General Concha prosiguieron los laboran- 
tes cubanos en su empresa y en 1868 I). Carlos Ma- 
nuel de Céspedes lanzó el grito revolucionario en Ya- 
ra, que produjo una guerra que duró hasta el año 
de 1878 en que se firmó la paz de Zanjón. De los fu- 
nestos acontecimientos posteriores nada diremos; la 
torpeza de nuestros gobernantes, obstinados en desoír 
los sabios consejos que dio el General Polavieja, y la 
ambición de los Estados Unidos, hicieron que España 
perdiese la isla de Cuba, precioso resto de los inmen- 
sos dominios coloniales que poseyó en otro tiempo. 



18 



CAPÍTULO XXIV 

República de Santo Domingo 

Descubierta y empezada á colonizar por Cristóbal 
Colón la isla Española ó de Santo Domingo, sus na- 
turales se sublevaron muy luego contra los españoles 
quienes fácilmente los derrotaron, pues aquellos in- 
dios, sobre ser de índole cobarde, apenas contaban con 
armas peligrosas. Sus combates los describe en estas pa- 
labras el P. Las Casas: 

«Esperaban el primer ímpetu de los españoles,' 
aventando sus Üechas, harto de lejos, que cuando lie 
gabán iban tan cansadas que apenas mataran un es- 
carabajo. Desarmadas en los cuerpos desnudos las ba- 
llestas principalmente, porque por entonces pocas 
eran ó ningunas las espingardas, viendo caer muchos 
dellos, luego se iban retrayendo, y pocas veces ó nin- 
guna esperaban las espadas. Algunos había que así 
como le daban la saetada, que le entraba hasta las 
plumas, con las manos se sacaba la saeta y con los 
dientes la quebraba, y escupida, la arrojaba con la ma- 
no hacia los españoles, como que con .aquella injuria 
que les hacía se vengara, y luego allí, ó poco después, 
caía muerto». í^) 

(1) Historia de las Indias, libro II, capítulo XV. 



I 



— 275 — 

Cuando llegó Colón á la Española esta obedecía ^ 
cinco caciques principales, que eran: Garionex, en cu- 
yos dominios se fundó la Concepción de la Vega; Gua- 
canagari, cuyo cacicazgo se hallaba á orillas del Arti- 
bonito; Cayacoa, que gobernaba el Higüey; Caonabo y 
Bohechio, que regían la Maraguana y la Xaraguá. 
Caonabo se levantó contra los españoles y fué hecho 
prisionero por Cristóbal Colón. El hermano de este, 
D, Bartolomé, sometió á un hijo de Caonabo, á Bohe- 
chio, que confiaba en lo apartado de sus tierras; los 
vencedores se mancharon con dar muerte á la célebre 
Anacaona, mujer de Caonabo. Designado Garionex co- 
mo jefe de los indios que aspiraban á recobrar su li- 
bertad, nada pudo hacer de provecho y acabó por ser 
conducido á la capital, donde fué ajusticiado. Algunos 
años más tarde estalló una rebelión en el Higüey, 
donde mandaba el cacique Cayacoa; vencido, aunque 
se resistió con tenacidad, murió ahorcado. Efecto de 
estas guerras y de los trabajos á que los indios fue- 
ron condenados por los españoles, la población de la 
isla había disminuido considerablemente á comienzos 
del siglo XVI; si bien exagera, á no dudarlo, el P. Las 
Casas, al afirmar que se contaban en la Española tres 
millones de habitantes cuando fué descubierta, pues 
no se concibe una población tan densa en un país cu- 
yos naturales apenas conocían la agricultura y vivían 
de los frutos espontáneos, de la caza y de la pesca. De 
todos modos en el año de 1507 los indígenas apenas 
llegaban á 60.000 é iban á menos cada día, por lo cual 
se despoblaron las Lucayas para dedicar sus habitan- 
tes en la Española al laboreo de las minas y á los tra- 
Ijajos agrícolas. Con el descubrimiento de México y 



- 276 — 

el Perú aquella isla perdió la grande importancia que 
hasta entonces había logrado, y así nada tiene de ex- 
traño que no prosperase más en los tres siglos que es- 
tuvo sometida á España. Sin embargo, su posición la 
hacía envidiable, por lo cual en los siglos XVI y XV^II 
sufrió no pocos ataques de los corsarios; Drake se 
apoderó en 1586 de Santo Domingo y no abandonó 
esta ciudad hasta que recibió un crecido rescate. En 
el año de 1625 nuevas expediciones de piratas ingle- 
ses y franceses devastaron sus costas; estos últimos se 
establecieron en la parte de Ocidente y se apodera- 
ron de la isla de la Tortuga, de donde fueron expulsa- 
dos en el año de 1654 por D. Juan Francisco de Mon- 
temayor. Pero insistiendo Francia en poner un pie en 
Santo Domingo, consiguió por' el tratado de Kyswik, 
celebrado en el año de 1697, que el rey de España Car- 
los II les cediese una paite de la isla, que es la ocu- 
pada hoy por la república de Haití. Con este motivo 
se fueron internando más y fué necesario fijar mu- 
chos años después una nueva línea divisoria, lo cual' 
se realizó en 1776 por el gobernador de la parte es- 
pañola D. José Solano. Mas aún esta porción que que- ' 
daba á España había de pasar en breve al dominio de'i 
Francia, que la adquirió por el tratado de Basilea ce- 
lebrado en el año de 1795. Tomó posesión de ella el 
célebre general negro Toussaint Louverture, quien po- 
co después en el año de 1801 se levantó contra su 
metrópoli y proclamó la independencia de Haití, de 
cuyo país se declaró jefe supremo. Una junta de diez 
diputados, tres de ellos mulatos y siete blancos, redactó 
la constitución de la república. En vano envió Fran- 
cia para recobrar la isla una expedición mandada por 



— 277 — 

Leclerc; Toussaint fué hecho prisionero, más los negros 
continuaron defendiéndose y al cabo los franceses tu- 
vieron que retirarse. El general Dessalines fué nom- 
brado Gobernador vitalicio con derecho á elegir suce- 
sor; en 1804 se hizo proclamar rey, con el nombre de 
Jacobo I y fué destronado muy pronto por sus vasallos. 
En el año de 1808 la parte oriental de la isla se rebeló 
contra su Gobierno y expontáneamente se anexionó á 
España, volviendo á establecerse en ella nuestra do- 
minación, perdida -desde de la paz de Basilea. Pero 
los dominicanos se declararon independientes en el 
año de 1821, para caer en el siguiente y contra su vo- 
luntad bajo el yugo de los haitianos. Esta unión, he- 
cha por la fuerza, no podía ser muy duradera y así en 
el año de 1844, los dominicanos acordaron separarse 
de Haití, acaudillados por D. Francisco Sánchez, lo- 
grando después de reñidos combates consolidar su in- 
dependencia, que fué reconocida por Inglaterra, Espa- 
ña y Francia. Con objeto de ponerse al abrigo de una 
invasión haitiana solicitaron no pocas veces la anexión 
á España, que accedió por fin á tal petición en el año 
de 1861, no obstante la enérgica protesta de Geífrard, 
Presidente de Haití. Como est^acto, más bien que 
realizado por el pueblo dominicano, fué obra del dic- 
tador Santana, estalló al poco tiempo la revolución 
contra España, que abandonó para siempre aquel te- 
rritorio después de una tenacísima lucha, histo- 
riada por el general Gándara que tanta parte tomó 
en ella, (i) Evacuada la isla por los españoles en el 
año de 1864 corrió peligro en los años de 1869 y 

(1) Anexión y guerra de Sanio Domingo, por el general Gándara, 
Madrid, 1884. 2 col. ea 4.° 



278 



1870 de ser conquistada por los Estados Unidos, cuyo 
Presidente Grantasí lo deseaba; afortunadamente el 
Congreso y el Senado de esta república se opusieron 
á tal proyecto. 



CAPÍTULO XXV 



Civilización y gobierno de las colonias hispano-america- 
nas: 1. Propagación del Cristianismo. — 2. El Consejo de 
las Indias. —3. Legislación colonial de las Indias. — 4. Co- 
municaciones con España. — 5. Encomiendas. — 6. Reparto 
de tierras. 



La historia de las misiones católicas y los esfuer- 
zos hechos por mil héroes para la propagación del 
Evangelio en América, son la refutación más comple- 
ta de quienes siguen aún considerando la dominación 
española como conjunto de crímenes, de exterminio 
de pueblos y de robos inicuos realizados por capitanes 
valientes, sí, pero tan crueles y malvados como Ne- 
rón y Domiciano. Si España envió legiones de con- 
quistadores audaces que llevaron la desolación inevi- 
table en las guerras, también fué cuna de aquellos 
evangélicos soldados que sin otras armas que la ab- 
negación hicieron brillar en medio del salvajismo la 
radiante luz de la civilización cristiana. 

Apenas el reino de México fué conquistado, acudió 
ima falange de ilustres misioneros, cuyas biografías 
y tareas apostólicas relató Fr. Jerónimo de Mendieta 
en su Historia eclesiástica indiana; tales fueron los 
franciscanos Juan de Tecto, Pedro de Gante, Martín 



de Valencia, Toribio de Benavente, llamado Motoli- 
nia, estü es, el pobre, y otros muchos, quienes con el 
ejemplo de sus virtudes y con su predicación renova- 
ron la faz de aquel país; la idolatría quedó abolida 
y los indios recibieron con entusiasmo la doctrina 
evangélica. Otro tanto sucedió en el Perú, y mientras 
duró la dominación española jamás cesaron los reli- 
giosos de hacer expediciones á los más lejanos ó bár- 
baros pueblos; así los capuchinos convierten á los cu- 
managotos; W los jesuítas, á los mainas, (2) cofanes, 
jeberos, cocamas, omaguas, iquitos, pe vas, caumares y 
otros pueblos del Marañón esyjañol, la historia de cu- 
yas misiones, escribió el P. José Chantre y Herrera; 
no menos se distinguieron en la evangelización de los 
chiquitos í-^); los franciscanos fundaron reducciones al 
Oriente del Perú y en otros países del Nuevo Mundo. 
Los primeros jesuítas que llegaron al Paraguay, 
fueron los padres Saloni, Filds, Ortega, Arminio y 
(xrao, enviados por el P. José Anchieta, provincial j 
del Brasil, en el año 1587. Los dos primeíos se diri- 
gieron á la provincia del Guaira, caminando 150 le- 
guas por bosques y pantanos, y bautizaron muchos 
centenares de gentiles. El P. Ortega entró sólo al 

(1) Conversión en Piritii (Oolomhia) de los indios cumanagolos y 
palenques )j otros por Fr. Francisco Alvar ez de Villamieva, por Fr. Ma- 
tías Ruíz Blanco, Madrid, 1892, 1 vol. en 8.".— Es el tomo Vil de la ■> 
Colección de lihros raros y curiosos que tratan de A mérica. 

(2) De estas misiones escribió un precioso libro el P. Figueroa, pu- -, 
blicado recientemente en la Colección de lihros y documentos referentes á 
la Historia de América, tomo 1; trata de lo mismo el P. Maroni, autor 
de las Noticias avtéuticas del Marañón, ijue publicó D. Marcos Jiménez 
do la Espada en el lioletin de la Sociedad geográfica. '% 

(3) Relación historial de los indios chiquitos Cfue en el I'araguaii tienen í[ 
los Padres de la Compaiiii de Jesús, por el P. Patricio Ferníndez, Ma- 
drid, 189.5., 2 vol. en 8." 



— 281 — 

país de los ibirayas y los convirtió, no sin riesgo de 
su vida. 

A estos esforzados obreros evangélicos se unieron 
luego otros, como los padres Cataldino y Mazeta, y 
se fundaron en el Guaira las reducciones de Loreto 
y San Ignacio. La constancia y el valor de los jesuí- 
tas rayaban en el más alto grado del heroísmo; ha- 
cían largos viajes por selvas espesas, montañas áspe- 
ras y sitios pantanosos; dormían echados en el suelo 
sobre una piel ó en una hamaca; tenían que luchar 
con la oposición de los caciques que se resistían á de- 
jar sus concubinas, y con las asechanzas de los hechi- 
ceros, empeñados en conservar su prestigio; continua- 
mente se veían en peligro de muerte; algunos de ellos 
alcanzaron la corona del martirio, como fueron el 
P. Cristóbal de Mendoza, en Ibia, y los padres Eoque 
González y Alonso Kodrígue?, en Caro, (i) 

Así nació en aquel antro de barbarie una iglesia 
floreciente, compuesta de varios pueblos ó reduccio- 
nes que fundaron los jesuítas. (2) Mas apenas logrado 
tan insigne triunfo, aquellos hubieron de prepararse á 
nuevos trabajos; el Guaira fué invadido por los ma- 
melucos ó paulistas, mestizos de las razas portuguesa 
y tupí muchos de ellos, quienes asaltaron las reduc- 
ciones llevándose prisioneros los indios y cometiendo 

(1) De este suceso publicó una relación el P. .Juan Bautista Ferru- 
sino, que ha sido reimpresa en la Revista, de A rchims, Bibliotecas y Mu- 
■<e()s del año 1897. 

(2) En la Biblioteca Nacional hay un manuscrito que contiene car- 
tas de Generales y Provinciales de la Compañía, referentes á la orga- 
nización de las reducciones del Paraguay: son notables muchas de ellas 
y muestran la prudencia, sabiduría y celo con que dichos pueblos eran 
regidos; fueron publicadas algunas en la Reñsta de Archivos, Bibliote- 
■as ij Museos del año 1902, tomo II. 



h. 



— 282 — 

mil atrocidades. Viendo los jesuítas disperso y en 
grave peligro su rebaño con tantas fatigas congrega- 
do, resolvieron trasladar los pueblos y lo ejecutaron 
venciendo enormes dificultades. 

El gobierno de las reducciones del Paraguay por 
la Compañía es uno de los hechos más curiosos que' 
registra la Historia y un modelo de sabiduría. Aque- 
lla sociedad tenía por base un socialismo cristiano, j^ 
que no sin razón lo comparó un jesuíta al fantaseado • 
por Platón, demostrando ser más perfecto que éste. : 
Las tierras de cada pueblo estaban divididas en tres \ 
porciones; una, llamada tabambaé, que pertenecía á '. 
la comunidad; otra (abambaé), que se adjudicaba á 
los vecinos por lotes; la tercera (tupambaé) corres- 
pondía á Dios, esto es, al culto y los sacerdotes. Los 
frutos de la primera se guardaban en un almacén pa- 
ra las necesidades de la reducción; todos los indios 
estaban obligados á trabajar en el cultivo de aque- - 
lias tierras. Conociendo los jesuítas que los indios no 1 
eran capaces de gobernarse por sí mismos, les tenían 
reglamentados sus actos, si bien parece fábula absur- 
da el que durante la noche los despertasen con tam- 
bores, excitándolos al cumplimiento de ciertos debe- 
res; precisamente uno de los vicios que más trabajo 
costó desarraigar en los indios y por el que más se 
opusieron á la propagación del Cristianismo, fué la 
sensualidad. Todos estaban obligados á cultivar las 
tierras de Dios y de la comunidad. Después de oir 
Misa marchaban al trabajo en comunidad al son de la 
flauta, llevando delante la imagen de un Santo. Los 
jesuítas procuraron inculcar la piedad, cosa difícil en 
hombres que antes apenas conocían la religión, y lo 



— 283 — 

consiguieron, viéndose en las reducciones notables 
i ejemplos de virtudes. Como los indios eran algo incli- 
; nados á la deshonestidad, se procuraba la separación 
; de los sexos, lo mismo en la iglesia que en el campo; 
; , las fuentes debían estar en paraje abierto, y en los 
lavaderos había ancianos vigilando; el tipoy de las 
¡ mujeres debía ser ajustado por el cuello para que 
■ no se cayese. En la administración de justicia se 
mostraban los jesuítas blandos y compasivos, tenien- 
I do en cuenta que aquella gente, recién salida de la 
[ barbarie, solía pecar por ignorancia, más bien que por 
malicia refinada. Es admirable la cultura que llegó á 
florecer en las reducciones; los indios se distinguie- 
ron en la música, á la que eran aficionados; cultivaron 
las otras bellas artes, copiaban libros primorosamen- 
te, y ejercían con habilidad varios oficios. 

Agradecidos los indios á sus bienhechores les co- 
rrespondieron con la sumisión y el afecto; excepto en 
los primeros años de las conversiones, cuando algu- 
nos caciques aborrecían á los jesuítas porque inten- 
taban apartarlos de sus vicios, los misioneros ningún 
peligro corrían en las reducciones. El pueblo admira- 
ba en ellos su castidad, que no se mancillaba con re- 
sidir en pueblos cuyas mujeres iban al principio des- 
nudas, y veía la paternal solicitud con que procura- 
' íui la felicidad de aquellos indios que, vejados, he- 
nos cautivos y muertos, por los mamelucos de un 
lo, y de otro por algunos españoles ambiciosos, no 
lenían más protección que la de sus rectores, (i) La 

(1) Los misioneros jesuítas hadan una vida tan pobre, que cuando 

el P. Montoya fué á la reducción de Loreto, donde estaban los Padres 

taldino y Mazeta, los halló «pobrísimos, pero ricos de contento. Los 



— 284 — 

Compañía de Jesús era el alma de aquella sociedad; 
expulsados los jesuítas, perecieron las reducciones; de 
unos 180.000 indios que contaban estas en 1730, sólo 
había 14.000 en el de 18 DI. 

La conquista espiritual de América, será siempre 
una de las glorias de España y de la religión católica. 
Los misioneros penetraron en las selvas animados 
de santo celo; inermes se presentaron ante los bárba- 
ros; ni las distancias, ni lo áspero del clima, ni el te- 
mor de las fieras los arredraba; no pocos murieron en 
tan santa empresa, pero su sangre fué semilla que 
dio abundantes frutos; lo que no pudieron conseguir 
muchas veces los ejércitos, lo alcanzaron unos cuan- 
tos hombres con su predicación; los indios salvajes 
abandonaron las selvas para vivir en pueblos, renun- 
ciando á sus antiguas costumbres. 

Larga sería la enumeración de los muchos obispos 
que se acreditaron por su virtud en el Nuevo Mundo. 

En Lima se distinguieron Fr. Jerónimo de Loaisa, 
de la orden de Santo Domingo; Santo Toribio Alfonso 
de Mogrovejo, natural de Mayorga, en el reino de 
León, que visitó tres veces su inmensa diócesis y con- 
firmó más de un millón de sus habitantes; fué cano- 
nizado por Benedicto XIII en el año de 1727; D. Fer- 
nando Arias de ligarte, que vivió siempre con la ma- 
yor austeridad y penitencia. 

En México florecieron Fr. Juan de Zumárraga, de 



remiendos de sus vestidos no daVtan distinción ;í ]a materia principaír] 
Tenían los zapatos que habían sacado del Paraguay, remendados con 
pedazos de paño que cortaban del borde de sus sotanas.» Oonqui 
espiritual; capítulo IX. 



— 285 — 

quien escribió un precioso libro el Sr. García Icaz- 
Ijalceta; Fr. Alonso de Montúfar, que celebró en los 
años de 1555 y 1565 dos concilios provinciales; Don 
Fr. García de Santa María y Mendoza, que trabajó 
con ardor en la reforma de las costumbres; D. Juan 
Pérez de la Serna, que celebró el tercer concilio pro- 
vincial; I). Francisco Manso y Zúñiga, quien, habién- 
dose inundado la ciudad de México, iba él en una ca- 
noa repartiendo víveres á los necesitados; D. Fran- 
cisco de Aguiar, cuyo proceso de beatificación se 
comenzó á últimos del siglo XVIII. 

Apenas descubiertas las Indias occidentales hubo 
le pensarse en un organismo que entendiera en los 
principales asuntos de aquellas, y á tal fin crearon 
los Reyes Católicos la Casa de contratación de Sevi- 
lla (año de 1503) á cuyos oficiales escribía el monar- 
ca á 23 de Febrero de 1512: «pues vosotros non te- 
néis otro ejercicio entre manos sino es este de las In- 
dias, mucho más 08 debe ocurrir á vosotros sobre ello 
i[ue non á mi». También conocía de dichos asuntos 
una junta dependiente del Consejo Eeal; pero como 
de esta dualidad resultaban no pocas rivalidades y 
competencias, fué creado más adelante el Consejo de 
Indias, en fecha que se ignora con certeza; León Pi- 
nelo, en sus Apuntes y extractos dice que «cuando el 
Emperador pasó á Alemania (año de 1520), ya dejó 
ordenado Consejo de Indias r, Pedro Mexía de Ovando 
en su Libro ó memorial práctico de las cosas memora- 
bles que los Reyes de España y Consejo de Indias han 
proveído para el gobierno político del Nuevo Mundo, 
(ms. de 1639), afirma que la fundación del Consejo 
de Indias data del año de 1523 y que su primer pre- 



— 286 — 

sidente lo fué el obispo D, Juan Eodríguez de Fonse- 
ca. Hay, sin embargo, una carta del Emperador, fe- 
chada en Zaragoza á 9 de Diciembre de 1518, donde 
dice: «Kodrigo Hernández, procurador que se dijo ser 
de causas de la isla Española, dio en nuestro Consejo 
de las Indias ciertos capítulos». El Consejo de Indias,' 
que en su origen entendía principalmente de los nego- 
cios eclesiásticos, conoció luego de los principales 
asuntos del Nuevo Mundo; constaba de un presiden- 
te, un gran canciller y doce consejeros; un fiscal, dos se- 
cretarios, un vicecanciller, un alguacil mayor, un te- 
sorero y cuatro contadores. Felipe II lo reorganizó ' 
por una cédula dada á 24 de Setiembre de 1571, am- 
pliando sus atribuciones. 

Verdad es universalmente reconocida, que la le-; 
gislación dada por España á sus colonias de América 
constituye un monumento glorioso, cuyas disposicio- 
nes se hallan basadas en un profundo sentimiento; 
cristiano y en el más amplio espíritu de justicia y» 
equidad, (i) Antonio Maldonado fué el primero enj 
coleccionar las leyes de Indias, pero su trabajo se ha' 
perdido; siguióle el doctor Vasco de Puga, que por^ 
encargo de I). Luís de Velasco, virrey de México, reu-! 
nió las cédulas tocantes á Nueva España hasta el año 
de 1563. Felipe II, en el año de 1570 mandó hacer 
un código Americano parecido á la Nueva recopilación 
de Castilla, obra de la que sólo se publicó una parte. 

Para llenar este vacío, Diego de Encinas, aunque 
sin carácter oficial, imprimió en cuatro tomos á últi-; 
mos del siglo XVI las disposiciones legales sobre 

(1) Ensayo de legislación española en siis Estados de Ultramar, t^ot 
D. Antonio María Fabié, Madrid, 1896, 1 vol. en 4." 



— 287 — 

América. En 1690 se dio á luz la Recopilación de Le- 
ijf.íi de Indias, á la que se dio autoridad por una real 
cédula. 

A fin de que se vea la sabiduría de estas leyes, ci- 
taremos algunas. 

Una cédula de 14 de Enero de 1514 autorizó el 
matrimonio de españoles con indias. Otra del año de 
1513 prohibió que en Tierra Firme hubiese letrados, 
porque éstos fomentaban los pleitos. En las instruc- 
ciones dadas á Nicolás de Ovando en 1501 se man- 
daba pagar á los indios su trabajo y que no su- 
frieran malos tratos. Una cédula de 29 de Marzo de 
1503 prohibió que los indios enajenaran sus bienes, á 
fin de que no quedasen en la miseria ó fuesen enga- 
ñados por los compradores, y encargó que se fomen- 
tasen los matrimonios mixtos de indígenas y españo- 
les. En otra, de 3 de Mayo de 1509, se dispone que 
hubiese junto á la iglesia de cada pueblo una escuela 
donde los niños fuesen doctrinados en nuestra santa 
fe. En las instrucciones dadas á 'Cortés en Junio de 
1523 se manda que respetase, en cuanto era posible, 
la organización que tenían las poblaciones de Nue- 
va España, sin más que introducir en ellas el Ca- 
tolicismo y las buenas costumbres; que prohibiese los 
sacrificios humanos y la antropofagia; que antes de 
declarar la guerra á los indios se les notificase por 
intérpretes; que no se tomaran á los indígenas sus 
mujeres é hijos; que se destinaran algunos terrenos 
para el común aprovechamiento. 

En las ordenanzas que Carlos V hizo en 1528 acer- 
ca del buen trato de los indios, se ptohibió que estos 
llevasen acuestas contra su voluntad las mercancías 



— 288 — 

de un pueblo á otro; que se les dejase libre el tiempo 
necesario para cultivar sus fincas: que no fuesen sa- 
cados de sus tierras á otras. 

Las comunicaciones de España con las Indias se ve- 
rificaban mediante el servicio de flotas y galeones, que 
eran escuadras mixtas de buques de gueria y mer- 
cantes. La flota salía de Sanlúcar á primeros de Abril 
y al aproximarse á las Antillas destacaba algunos na- 
vios á Santo Domingo y Puerto Eico, separándose 
otros con rumbo á Cartagena y Chagres;las restantes 
hacían escala en la Habana y luego se dirigían á Ve- 
racruz. Por Panamá se remitían á Chagres los pro- 
ductos de Chile, el Perú y Quito. Ambas escuadras," 
la flota y los galeones, que así se llamaba la destina- 
da á Tierra Firme, retornaban á la Habana y luego 
juntas á España. 

Apenas fué descubierto el Nuevo Mundo se conce-!Í 
dieron á los españoles tierras tan extensas que ellos 
no podían cultivarlas, por cuyo motivo rogai'on que 
les diesen indios para dedicarlos á las faenas agríco- 
las; accedióse á esto por los reyes, y cada colono reci- 
bió un número de indígenas cuyas personas y buen' 
trato les encomendaban, de lo cual nacieron los nom- 
bres de encomienda y encomenderos, teniendo éstos la 
obligación de convertirlos á nuestra santa religión y 
de mantener sacerdotes que los doctrinasen. Traer los 
indios á España quedó prohibido en absoluto por las 
Keales cédulas'de 4 de Diciembre de 1528, 25 de Se- 
tiembre de 1543 y 25 de Noviembre de 1552. Aten- 
tos los encomenderos exclusivamente á su ganancia, 
trataron con tal dureza á los indios que de 60.000 do 
éstos que había en la isla Española en 1508 sólo que- 



— 289 - 

daban 14.000 pocos años después. En vano clamaron 
contra esto los religiosos dominicos, especialmente el 
P. Las Casas; las encomiendas no se abolieron, y aun- 
que el Emperador mandó á Cortés, por la Cédula de 
20 de Junio de 1523, que revocase las hechas, prohi- 
l)iéndole otorgarlas en adelante, pues «Dios Xuestro 
Señor creó á los indios libres y no sujetos», quedó tal 
orden sin cumplimiento. Facultado Pizarro para con- , 
ceder encomiendas en el Perú por una Eeal cédula 
de 26 de Mayo de 1536, las estableció allí, trasmitién- 
dose al primer heredero de los agraciados, pero no 
más. La obligación impuesta á los indios de cultivar 
las tierras de sus dueños se conmutó en una contri- 
bución que pagaban á éstos y debía ser tasada por 
Oficiales Reales para evitar exacciones injustas. Las 
protestas del P. Las Casas motivaron en gran parte 
las famosas Ordenanzas dadas á 20 de noviembre 
de 1542, prohibiendo encomendar indios en lo suce- 
sivo; pero tan mal fueron recibidas en México y el Pe- 
rú, que en el primero de estos reinos hubo de suspen- 
derse la ejecución de ellas, y en el segundo ocasionaron 
disturbios, y Blasco Núñez Vela, encargado de cum- 
plirlas, murió en la batalla de Añaquito. Verdad es que 
en punto á injusticias con los indios eran tan tiranos 
ó más los caciques de éstos que los españoles y tanto 
que, en el Perú, 1). Francisco de Toledo mandó que los 
indios recibiesen personalmente los jornales y no por 
intermedio de sus caciques, quienes se guardaban el 
dinero de sus vasallos y les quitaban cuando querían 
' is mujeres, hijas y hacienda y aún la vida. El tribu- 
) de las encomiendas se abonaba en productos del 
país ó en dinero. Los encomenderos debían residir en 

19 



— 290 — 

América, casarse á los tres años de obtener encomien- 
da y haber prestado notables servicios ala monarquía 
en la conquista, pacificación ó régimen de aquellas re- 
giones; con todo, los reyes las concedieron en ocasio- 
nes libremente á varios nobles que jamás habían sa- 
lido de España. Para que se forme idea de lo que pro- 
ducían las encomiendas, diremos que las del Perú en 
tiempo de D. Francisco de Toledo (1568 á 1581) 
eran 695 con 325.899 indios y rentaban 1.506.290 pe- 
sos de oro. La constitución española del año 1812 
libró á los indios de esta contribución, que renació dos 
años más tarde y subsistió después que el Perú se de- 
claró independiente, hasta ser abolida para siempre 
por un decreto del presidente D. Eamón Castilla, da- 
do en Ayacucho á 5 de Julio de 1854. El indio es hoy 1 
en teoría un ciudadano como otro cualquiera de las 
repúblicas hi^pano-americanas; pero en la práctica no 
sucede así, pues según dice francamente un ilustre 
esciitor peruano, continúa «siervo de las autoridades ] 
secundarias;» el mismo publicista, D. Enrique Torres ■ 
Saldamando, formula en estas palabras su juicio de 
las encomiendas: «si no produjeron los provechos 
que se esperaban al establecerlas, no fué por falta de j 
sabias y acertadas disposiciones de los Monarcas es- 
pañoles; los encargados de ejecutarlas son los únicos, 
responsables de su inobservancia. Quejas inauditas, 
acusaciones innumerables se lanzan lioy contra el es- 
tablecimiento de las encomiendas; pero es necesario 
para juzgar desapasionadamente las instituciones re- 
montarse á la época en que tuvieron origen, examinar ' 
con detenimiento si fué posible por otros medios sa- 
tisfacer el propósito que se anhelaba conseguir. Esta- 



— 291 — 

mos persuadidos de que si hoy estuviera en vigor la 
legislación que debió regirlas y se cumpliera con es- 
trictez, nuestros indígenas no habrían llegado al esta- 
do de abatimiento y degradación en que se encuen- 
tran». (I) 

Considerándose los reyes españoles dueños de todos 
los países descubiertos y conquistados en América 
por sus vasallos, autorizaron á los Virreyes y Gober- 
nadores para distribuir tierras á los colonos, con tal 
(\ne no fuesen perjudicados los naturales; que los 
agraciados tuviesen algunos méritos y que durante 
los cuatro primeros años hiciesen las mejoras y cul- 
tivos especificados en las Cédulas vigentes. También 
los Cabildos, esto es, Ayuntamientos, se hallaban fa- 
cultados para adjudicar tierras de su jurisdicción, ya 
por venta, ya por donación, y como en esto se come- 
tieran bastantes abusos, pues los indios fueron despo- 
jados con frecuencia de sus posesiones y muchos es- 
pañoles ocupaban grandes terrenos sin título alguno, 
Felipe II, por una Cédula dada á 1.° de Diciembre de 
1591, ordenó que éstos abonasen cierta cantidad por 
compensación, y que á los propietarios que tenían tí- 
tulo se les diese uno nuevo que sería valedero para 
siempre. Posteriormente se dictaron otras disposi- 
(;iones acerca del asunto, encaminadas á evitar el des- 
pojo de los indios á quienes defendía en el Perú una 
junta formada de dos (Udores, llamada de «Tierras y 
desagravio de indios». 

(1) Libro primero de Cabildos de Lima, París, Imprimerie Paul 
Diipont, 1900. Segunda parte; píígs. 131 y 132. Esta obra monumental 
reconoce por autor principal, en cuanto á sus magníficos apéndices é 
ilustraciones, al Sr. Torres Saldamando, uno de los peruanos más sa- 
bios que en la historia de su país hubo durante el siglo XIX. 



— 292 — 

En cuanto á los productos de la Hacienda de In- 
dias y riquezas que de allí vinieron á España se han 
cometido no pocas exageraciones, aun por escritores 
antiguos; ü. Luís de Castilla, en un memorial dirigi- 
do á Felipe II en el año de 1595, dice que desde 1492 
habían entrado en España más de 2000 millones de 
plata y oro; Jerónimo de Uztariz en su Teoría y prác- 
tica del comercio y marina (año 1725), eleva ya dicha 
cifra á 3536 millones de pesos; D. Miguel de Zavala y 
Auñón, en una Representación á Felipe V afirma que 
llegaron á 6060 millones. Recientamente ha publica- 
do un hermoso estudio el Sr. Laiglesia í^) y en él de- 
muestra que los ingresos durante los años de 1508 á 
1555, fueron menores de lo que se supone; variando 
desde 8.333.516 maravedís en el año de 1522, hasta 
215.680.975 en el de 1543. 

Es preciso, además, tener en cuenta, que gran par- 
te de los ingresos de Indias se gastaba allí, ya en con- 
quistas y descubrimientos, ya en las varias atenciones 
de marina, sueldos de empleados, construcción de 
edificios públicos y sostenimiento de las misiones en 
países bárbaros. 

(1) Los raudales de Indias en la primera mitad del siglo X VI. — Ma- 
drid, 1904. 



CAPÍTULO XXVI 



Literatura hispano-americana. — Las Bellas Artes en las co- 
lonias españolas 



Dejando á un lado aquellos ingenios que residieron 
muchos años en América j allí compusieron algunas 
de sus obras, como Francisco Cervantes de Salazar, 
Bernardo de Val buena, Gutierre de Cetina, Eugenio 
Salazar y otros, pero que habían nacido en España, 
daremos una ligera noticia de más ilustres poetas que 
han florecido en las repúblicas hispano-americanas, 
antes y después de su independencia; asunto que ha 
tratado con la inmensa erudición y genio crítico que 
le distingue el Sr. Menéndez y Pelayo. (i) En Méxi- 
co se distinguieron Francisco de Terrazas, el más anti- 
guo de todos ellos, de cuyo poema Nuevo Mundo y 
conquista se conservan algunas octavas; Fernán Gon- 
zález de Eslava á quien unos tienen por mexicano, y 
otros por andaluz, del cual se imprimió en 1610 un 

(l) En las hermo>a~ /..•,<.</'. -■/f./í./.s de la A i'lo/oyíude poetas hispano- 
i.iiiericanos puhlicada por la Real Academ'a es¿iaHola, Madrid, 1893 á 
1S9Ó, 4 vol. en 4." Merecen también ser consultadas otras obras, como 
i Historia de la Literatura colonial de Chile, por D. José Toribio Ma- 
lina (Santiago de Chile, 1878, tres vol. en 4".), y la Historia critica de 
ia poesía en México, por ü. Francisco Pinentel (México, 1892, un vol 
ou 4*o) 



— 294 — 

libro rotulado Coloquios espirituales y Poesías sagra- 
das; el inmortal autor dramático D. Juan Ruíz de 
Alarcón, que si bien considerado generalmente co- 
mo espaííol por haber residido la mayor parte de su 
vida en la Península, había nacido en México; Sor 
Juana Inés de la Cruz, que por «su vivo ingenio, su 
aguda fantasía, su varia y caudalosa, aunque no muy 
selecta doctrina, y sobre todo por el ímpetu y ardor 
del sentimiento» la considera el 8r. Menéndez y 
Pelayo como «algo de sobrenatural y milagroso». 
D. Francisco Kuíz de León, que en 1755 publicóla 
Hernandia, poema indigesto, y otro menos malo in- 
titulado Mirra dulce para aliento de pecadores; el Pa- 
dre Francisco Javier Alegre, que tradujo al latín la 
Iliada y al castellano el Arte poética de Boileau; 
Fr. Manuel de Navarrete, imitador de Meléndez Val- 
dés. Después de la independencia esciibieron don An- 
drés Quintana Roo, correcto versificador; D. Manuel 
Eduardo de Gorostiza, autor de varias comedias aplau- 
didas; D. Ignacio Rodríguez Galván, cuyos dramas 
románticos valen menos que sus ]joesías líricas como 
la Profecía de Guatimoc, El Tenehrario y otras; D. José 
Joaquín de Pesado, á quien sin razón se acusó de poca 
originalidad. 

De la América Central mencionaremos al guate- 
malteco D. José de Batres y Montiifar, cuyo festivo 
poemita M reloj es muy digno de alabanza. En Co- 
lom\)ia se distinguieron á principios del siglo XIX, 
D. José María de Salazar, que publicó dos poemas: La 
Campaña de Boyacá y La Colombíada D. José Ense- 
bio Caro, de fogosa imaginación y original como pocos 
de cuyas hermosas poesías citaremos La, libertad, y el 



— 295 — 

socialismo; Dolor y virtud; El ciprés y una lágrima de 
felicidad; D. Julio Arboleda autor del poema Gmiza- 
lo de Oyón; D. Gregorio Gutiérrez González, notable 
por el sentimiento que reina en sus veisos; D. José 
Joaquín Urtíz, egregio poeta lírico que cantó las glo- 
rias de Bolívar. 

En el Ecuador brilló D. José Joaquín de Olmedo, 
el Quintana americano, cuyo canto á Bolívar La vic- 
toria de Jiinín es modelo de inspiración y valentía. 
Kn el Perú, á comienzos del siglo XVII, la poetisa do- 
ña María de Al varado, que dirigió á Lope de Vega una 
hermosa epístola en silva; á últimos del siglo XVI 1 1 
D. Pablo Olavide, colonizador de Sierra Morena en 
España y autor de El Evangelio en triunfo, que tra- 
dujo en verso los Salmos; en el siglo XIX 1). Felipe 
Pardo y Aliaga, discípulo de Lista, y D. Carlos Augus- 
to Salaverry. 

Chile dio su contingente á la literatura castellana 
con algunos poemas como el Arauco domado de Veáro 
de Oña, fárrago inmenso que contiene algunas belle- 
zas, y con poesías líricas no despreciables como las de 
D. Salvador Fuentes, D. Hermógenes de Irisarri y 
D. Domingo Arteaga Alemparte. La Argentina podía 
vanagloriarse con solo el nombre de Olegario Víctor 
Andrade «uno de los poetas de más grandilocuencia 
y de más robusto acento que ha producido la América 
del Sur», entre cviyas obras son verdaderas joyas lite- 
rarias la Atlántida, El nido de cónd&res, en que cele- 
bra la batalla de Chacabuco; la oda á Prometeo y 
otras poesías. Son también muy dignos de alabanza 
D. José Mármol, muy semejante en sus pinturas y ver- 
sificación al español D. José Zorrilla; D. Esteban 



— 296 -- 

Echeverría y el ingenioso autor dramático Ventura 
de la Vega. 

Cuba fué cuna de i).* Gertrudis Gómez de Avella- 
neda y del inmortal D. José María Heredia, cuyas odas 
El Niágara, y En el Teocalli de Chólula. son monumen- 
tos literarios que jamás perecerán. Véase en prueba 
de ello este fragmento de su oda El Niágara: 

¡Asoiubroso torrente! 
¡Cómo tu vista mi ánimo enajena 

Y de terror y admiración me llena! 
¿Do tu origen está'? ¿Quién fertiliza 
Por tantos siglos tu inexhausta fuente? 
¿Qué poderosa mano 

Hace que al recibirte 
No rebose en la tierra el Océano? 
Abrió el Señor su mano omnipotente, 
Cubrió tu faz de nubes agitadas, 
Dio su voz á tus aguas despeñadas 

Y ornó con su arco tu terrible frente. 
Miro tus aguas que incansables corren 

Como el largo torrente de los siglos 
Rueda en la eternidad; así del hombre 
Pasan volando los floridos días, 

Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada 
Siento mi juventud, mi faz marchita, 

Y la profunda pena que me agita 
Ruga mi frente de dolor nublada. 

El mulato Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) 
fusilado por conspirador, compuso entre otros versos 
la Plegaria á Dios, escrita poco antes de su muerte; és- 
ta poesía, modelo de sentimiento, se ha impreso mu- 
chas veces. 

En Venezuela tuvo su cuna Andrés Bello, poeta 



— 297 — 

ele alto numen, que ha sido juzgado por Caro en es- 
tas palabras: «hay en la poesía de Bello cierto as- 
pecto de serena majestad, vsolemue j suave melanco- 
lía; y ostenta él, más que nadie, pureza y corrección 
sin sequedad, decoro sin afectación, ornato sin exceso, 
elegancia y propiedad juntas, nitidez de expresión, 
ritmo exquisito; las más altas y preciadas dotes de 
elocución y estilo». También se distinguieron D. Ea- 
faol M. Baralt, I). Antonio Eos de Glano y D. J. He- 
riberto García de Quevedo. 

El primer pintor español que residió en México 
fué Eodrigo de Cifuentes, que acompañó á Her- 
nán Cortés; hizo los retratos de éste y de D.* Marina 
y también algunos cuadros para los franciscanos de 
Tehuantepec; dícese que es obra suya uno muy céle- 
bre que representa el Bautismo de Maxiscatzin. Des- 
pués florecieron en México, Andrés de Concha, cele- 
brado por Bernardo de Bal buena en la Grandeza me- 
dcana, Alonso Vázquez, y Baltasar de Echave. 

Los primeros pintores que hubo en el Perú des- 
pués de la conquista fueron artistas españoles é ita- 
lianos que acudieron atraídos por el lujo que los re- 
ligiosos y Obispos desplegaban en la construcción de 
sus templos; entre aquellos se contaron Angélico Me- 
doro, Mateo Pérez de Alesio, Leonardo Jaramillo y 
Andrés Euíz de Saravia. Alesio, que, como dice Palo- 
mino en su Museo pictórico, se distinguía como dibu- 
jante y tallador, después de ejercer su profesión en 
Sevilla y otras ciudades de Andalucía se trasladó á 
Lima, en cuya catedral dejó varios cuadros. Medoro, 
se estableció en Quito, donde contrajo matrimonio 
con D.* Luisa Pimentel, y fué el primero que trasladó 



— 298 — 

_al lienzo la imagen de Santa Eosa de Lima; retrato 
del que se hicieron multitud de copias. 

El P. Calancha en su Corónica moralizada de la, pro- 
vincia, del Perú, del orden de San Agustín, elogia co- 
mo pintor notable á Fi-. Francisco Bejarano, quien hi- 
zo para la iglesia de su convento en Lima doce gran- 
des cuadros sobre la vida de nuestra Señora, y fué el 
primer grabador que hubo en aquella ciudad. 

El hermano Hernando de la Cruz, llamado en el 
siglo D. Fernando de Ribera, coadjutor de la Compa- 
ñía, en la que ingresó arrepentido de haber dado 
muerto en desafío á un enemigo suyo, fué notable ar- 
tista y enseñó la pintura á muchos jóvenes. Falleció 
con fama de santidad en el año de 1(547. 

Samaniego, natural de Quito, ha merecido grandes 
alabanzas de algunos críticos, quienes admiran en él 
la entonación de su colorido y la frescura de sus to- 
ques; se distinguió también como miniaturista. 

Miguel de Santiago, considerado con razón como el 
pintor más aventajado que hubo en la América espa- 
ñola, tuvo algunos rasgos de semejanza con Murillo 
por lo correcto de su dibujo, buen colorido y ex})re- 
sión admirable. Su hija, D.* Isabel de Santiago, ma- 
nejó el pincel con habilidad suma. 

En Nueva Granada se distinguieron Antonio Ace- 
ro de la Cruz, á mediados del siglo XVLl; el maestro 
Posadas, hábil en pintar demonios; Pablo Caballero y 
el famoso Gregorio Vázquez Ceballos, muerto en 17L1; 
su fecundidad fué admirable, por lo cual no pudo es- 
merarse siempre; distinguióse en el desnudo, cosa la- 
ra en un país donde eran desconocidos los estudios 
anatómicos, y en la pintura de ángeles. 



— 299 — 

Igual origen que la pintura tuvo la escultura, más 
lelaciouada aún con el culto y los templos. Las pri- 
meras imágenes eran llevadas de España, pero trans- 
curriendo los años comenzaron á florecer en las In- 
dias varios artistas más ó menos afamados. Diego de 
Robles, natural de Quito, esculpió un San Juan Bau- 
tista para la iglesia de San Francisco de aquella ciu- 
dad, obra de mérito. El P, Carlos, religioso de la Com- 
pañía, imitó el estilo de Miguel Ángel en su Negación 
'¡p. San Pedro y en su Oración del Huerto. Hasta los 
indios y mestizos se distinguieron en la escultura; ta- 
les fueron Manuel Chill, cuyas obras se admiran to- 
lavía en la catedral de Quito; Bernardo de Legarda y 
el limeño Baltasar Gavilán, que hizo una estatua 
ecuestre de Felipe V. D. Juan Tomas, indio del Cuz- 
co, mostró su habilidad en varias imágenes, especial- 
mente en una Virgen de la Alraudena. Los escultores 
de Juli, pueblo fundado por los jesuítas á orillas del 
lago Titicaca, adquirieron celebridad á principios del 
siglo XVIII; dos de ellos, indígenas por cierto, llama- 
dos Juan Huaicán y Marcos Rengifo, construyeron 
en 1705 un hermoso altar en la iglesia de Moque- 
gua. 

La arquitectura de las colonias hispano-americanas 
es por regla general un arte decadente, si bien produ- 
jo algunos monumentos dignos de aplauso, en su ma- 
yor parte del estilo neoclásico, cual es la catedral de 
México; en el siglo XVII cundió la escuela de Chu- 
rriguera, á la que pertenecen no pocos templos, mo- 
delos de pesadez y de mal gusto. 



CAPÍTULO XXVII 



Estados Unidos: (1) 1. Su descubrimiento. — 2. Primeros en- 
sayos de colonización.— 3. Origen de algunos Estados de 
la Unión. —4. Las colonias inglesas en la primera mitad 
del .siglo XVIII.— 5. Independencia de los Estados Uni- 
dos. 



Juan Cabotü, mercader veneciano residente en 1 
Bristol, fué el primero que recorrió las costas de los 
Estados Unidos. Autorizado por Enriofue VII de In- 
glaterra para descubrir nuevos países en nombre de 
esta nación, salió de Bristol á '24 de Junio del año de 
1497 y llegó á la tierra del Labrador y á una, isla que ■ 
denominó de San Juan por el día en que arribó á 8U8;| 
playas. Años más tarde, en 1517, siguió el mismo 

(1) Banuroft (Huber Howe). — «The natives races of America». — 
^<History of the North Mexican States and Texas». — «History of Ari- 
y,ona and New México». — «History of California». — «History of Ne" 
vada and Wyoming». — «History of Utah». — «History of Northwest 
Coast of America». — «History of Oregon». — «History of Washington, 
Idaho and Montana». — «History of the United States from the disco- 
very of the American Continent». Boston, 18.ó4-.')5, 6 vol. en 4.°. — «His- 
toria de los Estados- Unidos desde su primer período hasta la adminis- 
tración de Jacobo Buchanan, por J. A. Spenccr, continuada hasta 
nuestros días por Horacio Greeley. Traducción directa del inglés por 
D. Enrique Leopoldo de Verneuill». Barcelona, 1870, 3 vol. en folio. — 
«Life of George Washington». By Washington Irving. Leipzig, 1S56 á 
1859, 5 vol. en 8." 



301 



rumbo y entró en la bahía de Hudson y navegó hasta 
el grado 67 de latitud norte. Muy luego comenzaron 
á ser explotadas las pesquerías de Terranova, isla á 
que en España se dio el nombre de país de los Baca- 
laos. Los franceses hi- 
cieron por los mismos 
años expediciones á 
la América del Norte; 
Francisco I encomen- 
dó en el año de 1524 
al florentino Juan Ve- 
rrazani que explora- 
se las regiones nueva- 
mente descubiertas; és- 
te salió del puerto de 
Madera con un buque 
denominado el Delfín 
y fondeó en los puer- 
tos de Nueva- York y 
Newport. 
Los ensayos de colonización de estas regiones fue- 
ron algo tardíos y en sus principios infructuosos; en 
1 536, un mercader de Londres quiso fundar una po- 
Ijlación en Terranova, mas él y sus compañeros hubie- 
ron de regresar muy pronto. El francés Santiago 
Cartier intentó lo mismo en el bajo Canadá en los 
años de 1535 á 1542, y también fueron estériles sus 
esfuerzos. Otro tanto sucedió á Juan Ribault, experto 
navegante de Dieppe, pues si bien logró fundar una 
colonia en la Florida, fué destruida por Menéndez 
Aviles, que defendió valerosamente los derechos de 
España en aquella península. Había ya transcurrido la 




Indio del Illinois. 



— 302 — 

mayor parte del siglo XVI y el Norte de América 
seguía ocupado solamente por los indios sin que In- 
glaterra se decidiera á crear allí colonias, cual si no 
comprendiese la importancia de aquellas vastas re- 
giones. En el año de 1578 la reina Isabel dio una pa- 
tente á Sir Humphrey Gill»ert para tomar posesión 
de las tierras que en América no estuviesen ocupa- 5 
das por otras naciones europeas, dándole amplias fa- 
cultades en lo concerniente á venta de terrenos, nom-. 
bramiento de funcionarios y administración de justi- 
cia; real cédula que fué el tipo de las que luego se 
concedieron con fin análogo. Las dificultades que ha- 
lló en la empresa Giltert le hicieron desistir de ella; 
mas prosiguióla su cuñado Walter Ilaleigh á quien 
se puede considerar (;omo el padre de los Pastados! 
Unidos. Este singular personaje, hombre notable 
como escritor, marino, soldado y político, si bien 
ambicioso, cruel, de mala fe y pirata de los que más 
daño hicieron á España, fue'' el que con más claridad 
vio cuáuto importaba á su nación establecerse en 
América y para ello se dirigió á dos puntos: uno la! 
América del Norte; otro la región del Orinoco, llave de 
la mayor parte de la América del Sur; en esta segun- 
da empresa no salió adelante para bien de nucíitra; 
patria; mas en la primera obtuvo mejor éxito, echan- 
do los cimientos de la actual república aiiglo-sajona, 
que en su orgullo aspira al dominio total del Nuevos 
Continente. En el año de 1584 alcanzó de la reinal 
Isabel una patente igual á la de Gilbert, y envió dos, 
buques mandados por Felipe Amidas y Arturo Bar- ;, 
low, quienes arribaron á las playas de la Carolina y^ 
tomaron posesión de la isla de VVococon, de la que hi- 



— 303 — 

cieron á su regreso un brillante elogio. En 1585 zar- 
pó de Pijmouth otra expedición de siete buques á las 
órdenes de Grenville, en la que iba el gobernador de 
la colonia, Ralph Lañe. Los comienzos de esta fueron 
difíciles en extremo; los primeros colonos volvieron á 
Inglaterra al año siguiente y otros que se quedaron 
en la isla de Wococon murieron asesinados por los 
indios. A pesar de estas contrariedades, no cedió en 
sus proyectos Raleigh y envió otra expedición que fun- 
dó una villa en la isla de Roanoke , cuyos habitantes 
fueron más adelante pasados á cuchillo por los indí- 
genas. En esto acabó el siglo XYI y á pesar de tan- 
tos esfuerzos por colonizar la América del Norte no 
había en ella un solo inglés. En el año de 1603, Ja- 
cobo I autorizó á una compañía diiigida por Tomás 
Gates, Jorge Somers y Ricardo Haklnyt. para fundar 
establecimientos en la Virginia y la Carolina. Al mis- 
mo tiempo se formaba otra compañía en Plymouth, á 
la que fué concedido el territorio situado entre Hali- 
fax y Delaware. La Compañía de Londres ])uso á la 
venta las tierras de su colonia, exigiendo 60 dollaj's 
por cada cien acres, y envió tres buques, uno de ellos 
mandado por Juan Smith; llegados los colonos á la 
bahía de (Jhesapeake fundaron la ciudad de James- 
ton, la más antigua de los Estados Unidos. Smith 
exploró aquella región, subiendo por el río Chickaho- 
miny con harto peligro de su vida, pues, hecho prisio- 
nero de los indios, fué condenado á muerte, salvándo- 
se por la generosidad de Pocahontas, doncella indíge- 
na que intercedió con sus compatriotas. Ya libre, vi- 
sitó las playas de Chesapeake y navegó por los ríos Pa- 
tapsco y Potomac. Nombrado presidente del consejo 



— 304 — 

de Jameston introdujo el orden en la naciente po- 
blación, cuyos habitantes, gente perdida casi todos 
ellos, habían ido creyendo enriquecerse en poco tiem- 
po. En el año de 1611, gracias á la llegada de nuevos 
emigrantes, la colonia se extendió por las orillas del 
James. Muerta Pocahontas, de quien presumen des- 
cender actualmente algunas familias de Virginia, y su 
padre el reyezuelo Powhatan, Opechancanough, suce- 
sor de éste y enemigo de los ingleses, tramó una con- 
juración contra los colonos y cayendo sobre ellos de 
noche con sus indios, asesinó más de 300; á suceso 
tan lamentable siguió una guerra de exterminio en- 
tre ambas razas y los blancos se vieron reducidos de 
4000 que eran,á 2500, lucha que duró cerca de quin- 
ce años. 

Al mismo tiempo que Inglaterra acometía la colo- 
nización de la América Septentrional, los holandeses 
emprendían lo mismo en lo que hoy es el Estado de 
Nueva York. Por encargo de éstos, Enrique Hudson, 
compañero y amigo de Juan Smith, exploró las cos- 
tas de aquella región y subió por un río al que dio su 
nombre. La compañía holandesa de la India Oriental 
se apresuró á reclamar la propiedad de estos países 
descubiertos en su nombre, y fundó en la isla de Man- 
hattan un pueblecillo fortificado llamado Nueva 
Amsterdam, origen de la ciudad populosa de Nueva 
York, logrando entablar relaciones amistosas con los 
indios mohavi^ks, una de las tribus más poderosas de 
los iroqueses. 

Los progresos de las colonias inglesas fueron len- 
tos en sus principios, hasta que la revolución religio- 
sa de su metrópoli vino á comunicarles nueva savia. 



— 305 — 

Iniciada la protesta contra el régimen episcopal de la 
iglesia anglicana por los puritanos y perseguidos és- 
tos sin descanso, resolvieron emigrar á un país donde 
pudiesen ejercer libremente su religión. Deseosa la 
compañía de Virginia de fomentar la colonización, 
vio con agrado este éxodo, j en Noviembre del año 
de 1619 llegó á Nueva Inglaterra el Mayjlower con 
numerosos emigrantes que fundaron la ciudad de 
Plymouth. En el año de 1630 se estableció otra colo- 
nia en la bahía de Massachussetts, que gozó de auto- 
nomía desde sus comienzos, pues Carlos I le conce- 
dió el derecho de regirse por los acuerdos tomados en 
las juntas anuales de los hombres libres. Sucesiva- 
mente fueron los puritanos fundando otras en Con- 
iieticut (1635) que sostuvo luchas terribles con los 
nidios pequods, y en la costa del Maine (año de 1640). 
La intolerancia de los protestantes ingleses motivó 
la fundación de la colonia del Maryland en el año de 
1622. Jorge Calvert, que se retiró del Parlamento 
apenas se convirtió al catolicismo, por no prestar el 
juramento que era ley exigir, y había, sin embargo, ob- 
tenido después el título de Lord Baltimore, intentó 
fundar una colonia en Terranova, empresa que aban- 
donó por las dificultades que ofrecía. Entonces pensó 
adquirir la propiedad de un territorio dilatado á ori- 
llas del río Potomac, donde los católicos de Inglate- 
rra pudieran ejercer su culto sin las dificultades que 
hallaban en su país. Concedióselo Carlos I en el año 
de 1622, estipulándose en la real carta que la Coro- 
na se desprendía de la propiedad del suelo y del de- 
recho de legislar contra la voluntad de los colonos. 
Los límites designados <á la colonia fueron: al Norte, 

20 



— 306 - 

la Nueva Inglaterra; al Oriente, el Océano; al Occi- 
dente y Sur, la Virginia. ^ 

Lord Baltimore falleció sin haber pisado el Mary- 1 
land, pero su hijo Cecilio Calvert realizó el proyecto 
no obstante la oposición de Guillermo Clay borne, se- 
cretario de Estado y miembro del Consejo de la Virgi- 
nia. Vai el año de 1633, Leonardo Calvert, nombrado 
por su hermano Cecilio gobernador de la colonia, salió 
con 200 emigrantes, católicos en su mayoría, y llegó 
á la bahía de Chesapeake. La constitución del Mary- 
land se inspiró en principios democráticos; quedó ^ 
sancionada la libertad de cultos y establecido el jui- ^ 
cío perjurados. Una asamblea de diputados redactó 
las principales leyes. La colonia prosperó con rapidez, 
no obstante la guerra civil que promovió Clayborne 
(año de 1643) y la lucha de católicos y puritanos que 
produjo una excisión terminada en el año de 1658. 

En el año de 1630 concedió Carlos I á Sir Roberto 
Heath el derecho de colonizar una extensa región si- ; 
tuada al Sur de la Virginia, mas no habiendo éste cum- 
plido las condiciones exigidas, fué declarado nulo el | 
privilegio. Sin embargo de esto, aquel país se fué po- - 
blando lentamente con familias que huían de la Vir- 
ginia por cuestiones religiosas y con algunos vecinos 
de Nueva Inglaterra que acudieron atraídos por la •* 
fertilidad de tan privilegiado suelo. Restablecida la 
monarquía en las islas Británicas, ocho señores de al- 
to rango, que fueron el Conde de Clarendon, Monk, 
el Duque de Albermale, los Lores Berkeley, Craven 
y Ashley, Sir Juan Cartaret, Sir Colleton y Sir Gui- 
llermo Berkeley, gobernador déla Virginia, alegando^ 
que deseaban propagar el Evangelio entre las nació- 



— 307 — 

nes bárbaras que poblaban lo que son hoy ambas Ca- 
rolinas, obtuvieron de Carlos II la concesión de este 
país, con derecho de crear tribunales, hacer leyes con 
la aprobación de los colonos, fundar ciudades y fijar 
el impuesto de aduanas. 

Las colonias de Nueva Inglaterra, aumentadas con 
la de Hampshire, recopilaron sus leyes en el año de 
1642 y formaron un código inspirado en principios 
autoritarios y de intolerancia; sólo era permitida la 
religión del Estado, ó sea, el puritanismo; se autoriza- 
ba la esclavitud en determinadas circunstancias; el 
poder supremo debía residir en los eclesiásticos y se 
establecía una especie de Inquisición contra los blas- 
femos, idólatras y hechiceros. Consecuencia de estas 
leyes fué la persecución de los cuáqueros, algunos de 
los cuales murieron ajusticiados. 

Restablecida la monarquía en Inglaterra en el año 
(le 1660, los norte-americanos se aprovecharon de la 
ocasión para alcanzar nuevos privilegios, y así Con- 
uecticut y Rhode-Island lograron cartas reales ins- 
piradas en sentido liberal. La población se había mul- 
tiplicado rápidamente y se contaban ya más de 
70.000 habitantes. 

En el año de 1664 acabó la dominación de los ho- 
landeses en Xueva Amsterdam, que fué conquistada 
por Nichols, creándose la colonia de Nueva-York. 

A Guillermo Penn, hijo del almirante Penn que 
conquistó la Jamaica en tiempo de Cromwell, se debe 
la fundaci(ín del Estado de Pensil vania. Habiéndose 
convertido á la secta de los cuáqueros, mal vistos y 
aun perseguidos en Inglaterra, por lo cual se enemis- 
tó con su familia y aun estuvo preso en la torre de 



— 308 — 

Londres, se dedicó á propagar las doctrinas de aque- 
llos herejes; y viendo que en las inmensas regiones 
de la América Septentrional podría establecerse una 
colonia de cuáqueros donde estos no fuesen molesta- 
dos en el libre ejercicio de su religión, solicitó y ob- 
tuvo del gobierno, á cambio de 16.000 libras esterli- 
nas que éste le debía, la concesión de un territorio 
que recibió el nombre de Pensilvania y donde ya ha- 
bía un número considerable de colonos suecos y ho- 
landeses. Antes de marchar á esta región, escribió á 
sus pobladores anunciándoles que se regirían por las 
leyes que ellos hiciesen. En el año de 1681 anunció 
la venta de terrenos al precio de diez libras cada cien 
acres, qne estarían sujetos al censo perpetuo de 
un chelín. Muy luego salieron con rumbo á Pensilva- !| 
nia algunos buques con emigrantes. Penn redactó 
una constitución de la colonia, que sería gobernada 
por un consejo de 72 miembros cuya tercera parte se 
renovaría anualmente. A fines del año de 1681 mar- 
chó Penn á su colonia y halló una acogida entusiasta, 
pues ya se tenían noticias de las relevantes prendas 
de carácter que le distinguían. Allí, con el concurso 
de los colonos, hizo un código de justicia inspirado en 
ideas filantrópicas. Decretó la tolerancia religiosa sin 
más restricciones que las de creer en la existencia de 
Dios y guardar el descanso dominical. Hombre justo 
y recto, lejos de querer oprimir á los indios, los trató 
como hermanos; celebró con ellos un pacto bajo el cé- 
lebre olmo de Shakamaxon y las relaciones amistosas 
de ambas razas no se turbaron mientras vivió Penn. 
En el año de 1683 fundó en la confluencia de los 
ríos Delaware y Schuylkill, una ciudad á la que puso 



— 309 — 

el nombre de Filadelfia, dando á entender que en ella 
reinaría la más completa fraternidad, y es hoy una 
de las mayores de los Estados Unidos. La colonia 
prosperó con la llegada de numerosos inmigrantes, 
muchos de los cuales procedían de Alemania. 

Mientras los ingleses se establecían en la costa del 
Atlántico, los franceses intentaron colonizar el in- 
menso valle del Mississippí, desde el Canadá hasta 
Nueva Orleáns, empresa en que fueron poco á poco 
fracasando y acabaron en el siglo XIX con la cesión 
de la Luisiana, por dejar el campo libre á la raza an- 
glo sajona más fuerte y de mayores energías indivi- 
duales. Dueños del Canadá, recorrieron en el año de 
1666 los ríos Wisconsin, Missouri, Illinois y Ohío; 
más adelante, Roberto Cavalier de la Salle recorrió 
el Mississippí llegando al golfo de Méjico, é intentó 
colonizar la Luisiana, proyecto que se realizó en tiem- 
po de Luís XIV con la protección del ministro Law, 
y en el año de 1718 se echaron los cimientos de 
Nueva Orleáns, que pocos años después contaba ya 
5.000 habitantes. 

Una de las últimas colonias que se fundaron en la 
América del Norte fué la Georgia, que debió su ori- 
gen á los sentimientos filantrópicos de Eduardo 
Oglethorpe, quien se propuso aliviar á los que sufrían 
en Inglaterra prisiones por deudas y á los que care- 
ciendo de toda propiedad vivían en la miseria. Obte- 
nida en el año de 1732 la patente necesaria, Oglet- 
horpe salió con 135 emigrantes y estableció á orillas 
del Savannah la ciudad que lleva este nombre. Poco 
después llegaron bastantes luteranos alemanes que 
huían de su país obligados por la intolerancia religio- 



— 310 — 

sa, y algunos moravos. Oglethorpe reconoció el inte- 
rior de la colonia, y cuando en 1740 se declaró la 
guerra con España, intentó apoderarse de la ciudad 
de San Agustín en la Florida; mas lejos de conseguir- 
lo, vio dos años más adelante invadida la Georgia por 
un ejército de 3000 españoles que fué rechazado. Los 
progresos de esta colonia fueron lentos en sus princi- 
pios; veinte años después de su fundación, contaba so- 
lamente unos 1700 habitantes blancos y 400 negros, 

Merced al carácter emprendedor de sus habitantes 
y á las riquezas naturales del país, las colonias norte- 
amricanas siguieron prosperando rápidamente en el si- 
glo XVIII; así Virginia contaba ya en el año de 1750, 
160.000 almas; Massachussetts 200.000; Connecticut, 
100.000 y Nueva York, otros 100.000. 

Un pueblo que en el transcurso de siglo y medio 
y con los grandes obstáculos que hemos visto había 
adquirido tanta importancia, era inevitable que más 
ó menos pronto se declarase independiente, hecho 
que precipitaron los ingleses con su desacertada polí- 
tica, pues después de haber concedido á sus colonias 
amplias libertades, quisieron restringirlas con el es- 
tablecimiento de contribuciones. Queriendo el minis- 
tro Jorge Grenville que las colonias de América ayu- 
dasen á cubrir los excesivos gastos de su metrópoli, 
resolvió crear algunos impuestos que aquellas satisfa- 
rían y que gravaban los principales artículos de 
importación, como eran el aziicar, el café y el añil, 
proyecto que fué aceptado por el Parlamento sin 
gran oposición. Los americanos protestaron muy lue- 
go de esto, considerándolo infracción manifiesta de sus 
derechos, y elevaron á las Cámaras inglesas multitud 



- 311 - . 

de exposiciones, negando que el Parlamento se halla- 
se autorizado para modificar la tributación de las co- 
lonias sin el consentimiento de ellas. Inglaterra no 
cedió, y una asamblea reunida en Virginia en el año 
de 1765 aprobó un manifiesto que decía: 

«Considerando que el derecho de imponer contri- 
buciones corresponde al pueblo mismo ó á sus repre- 
sentantes, que son los únicos que pueden saber qué 
clase de impuestos deben crearse y la manera de ha- 
cerlo, siendo éste el carácter distintivo de la libertad 
británica, sin lo cual no puede subsistir la antigua 
constitución:» 

«Considerando que los subditos de S. M. habitan- 
tes de esta antigua colonia, han disfrutado siempre 
del privilegio de ser gobernados por su propia Asam- 
blea, sobre todo en lo concerniente á la creación de 
impuestos y á su política interior, sin que hasta aho- 
ra se les haya despojado de este derecho, puesto que 
siempre se les ha reconocido por el Rey y el pueblo de 
la Gran Bretaña. 

«Resolvemos y declaramos que la Asamblea general 
de esta colonia es la única que está autorizada y tie- 
ne derecho para imponer contribuciones ó crear im- 
puestos entre sus habitantes, siendo evidente que el 
transferir semejante autorización á otra persona ó 
personas es atentatorio y tiende á destruir, así la li- 
bertad británica como la americana». 

Los primeros tumultos contra Inglaterra estallaron 
en Boston; en el Connecticut fué quemado en estatua 
Mr. Ingersoll, jefe de Correos. Inglaterra quiso re- 
primir con la fuerza aquellas protestas y envió 
un ejéicito á Boston en el año de 1768, donde hubo 



— 312 ~ 

que sofocar un movimiento popular causando nume- 
rosas víctimas. En vano defendía el venerable Fran- 
klin en Londres los privilegios de las colonias; ciegos 
los ministros, se negaron á transigir, y los americanos 
se resolvieron cada vez más á combatir los nuevos 
tributos. Habiendo llegado á Boston algunos buques 
cargados de té, artículo que debía pagar derechos de 
importación, cincuenta hombres disfrazados de indios 
mohawks los saquearon y arrojaron el cargamento al 
agua. A estos desmanes contestó Inglaterra con un bilí 
por el cual se derogaba la constitución del Massachu- 
ssetts, autorizando al Gobernador para nombrar toda 
clase de funcionarios públicos y prohibiendo las reunio- 
nes populares. Las colonias vieron que nada consegui- 
rían de la metrópoli por los medios legales y reunidos 
sus diputados en un congreso celebrado en el año de 
1774, se redactó una Declaración de derechos que decía: 

«Las colonias de S. M. deben disfrutar de todos los 
privilegios é inmunidades concedidos y confirmados 
por las cartas reales, así como también por sus diver- 
sos códigos de leyes provinciales. 

«Están autorizados sus habitantes para reunirse pa- 
cificamente á fin de tratar sobre los asuntos de la co- 
lonia, siendo por lo tanto ilegal toda persecución ó 
prohibición que lo impida». 

«El mantener un ejército permanente en estas co- 
lonias en tiempo de paz, sin el consentimiento de la 
legislatura respectiva, es contrario á la ley». 

Kotas al poco tiempo las hostilidades entre ingle- 
ses y americanos, éstos al mando de Ward sitiaron la 
ciudad de Boston y nombraron General de las tropas 
republicanas á Jorge Washington. 



- 313 — 

Éste, á quien los Estados Unidos reconocen por fun- 
dador y en cuyo honor edificaron la ciudad que lleva 
su nombre y es capital de la Federación, nació á 22 de 
Febrero del año de 1732 en Virginia; descendía de 
una familia inglesa que había emigrado á principios 
del siglo XVII. 

A los 19 años empezó la carrera militar y fué co- 
misionado por Dinwiddie, Gobernador de Virginia, pa- 




Jorge Washington. 



ra reconocer los establecimientos de los franceses en 
la parte Sur del Canadá: en esta expedición estuvo á 
punto de morir helado. En 1754 obtuvo el nombra- 
miento de teniente coronel y al frente de 160 hom- 
bres sorprendió un destacamento francés, hecho que 
inició la desastrosa guerra en que Francia perdió sus 
colonias de América. Washington, que tomó parte en 



— 314 — 

aquellas campañas, organizó las milicias de Viíginia. 
Eetirado luego á sus posesiones del Monte Vernon 
donde con toda su democracia tenía numerosos escla- 
vos, salió para asistir al Congreso celebrado en Fila- 
delfia en el año de 1774 y se opuso con tenacidad á 
las pretensiones de Inglaterra. 

Elegido por los republicanos General en Jefe, con- 
tinuó el bloqueo de Boston, de donde los ingleses se 
retiraron á 10 de Marzo de 1776. Poco después, se 
reunió un Congreso de las colonias y éstas proclama- 
ron resueltamente su independencia. Con todo, la de- 
sigualdad de fuerzas entre ingleses y americanos era 
tan grande, que el éxito final de éstos parecía dudoso 
cuando menos; su ejército, que constaba al principio 
de 20.000 hombres llegó á quedar reducido á 4.000, 
hambrientos y mal equipados; el mismo Washington 
fué derrotado en Brooklyn y en Brandy wine-Creek, y 
si bien consiguió algunas victorias, como la de Sarato- 
ga, no fueron decisivas ni mucho menos. Sin la pro- 
tección de Francia, que en 1778 declaró la guerra á 
los ingleses y envió en auxilio de los americanos á La- 
fayette con un ejército, y sin la torpe conducta de Es- 
paña, que hizo otro tanto, sin considerar que, traba- 
jando por la emancipación de los Estados Unidos, pre- 
paraba la de sus colonias, es muy probable que la 
Gran Bretaña hubiese acabado por dominar la insu- 
rrección. Mas viendo Inglaterra que no podía luchar 
á la vez que con sus colonos con dos potencias euro- 
peas, firmó con éstas á 20 de Enero de 1783 la paz 
de Versalles, y á 3 de Setiembre celebró un tratado 
con los Estados Unidos, reconociéndolos como nación 
independiente. 



— 815 — 

El primer asunto que la nueva república hubo de 
zanjar fué el referente á su Constitución, pues no 
existiendo antes entre las colonias otro vinculo que 
la autoridad de la metrópoli, era preciso un acuerdo 
de todas ellas para acordar lo tocante al poder central. 
A este fin, se reunió en Eiladelfia una convención en el 
año de 1787, donde asistieron delegados de los trece 




B. Franklin. 



Estados independientes, que eran: New-Hampshire, 
Massachussetts, Ehode-Island, Connecticut, Nueva 
York, Nueva Jersey, Pensilvania, Delaware, Mary- 
land, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y 
Georgia. La constitución que se formó, basada en el 
federalismo, establecía dos Cámaras; una de repre- 
sentantes y otra de dos senadores por cada Estado; 



— 316 — 

el poder ejecutivo queda confiado á un Presidente 
nombrado por cuatro años, con facultad de elegir Se- 
cretarios, esto es, Ministros;- al poder central corres- 
pondía fijar los impuestos, acuñar moneda, levantar 
ejércitos y armadas, declarar la guerra y dirigir las 
relaciones internacionales. Los derechos individuales, 
como la inviolabilidad del domicilio, la libertad del 
pensamiento y otros eran consignados, pero en cam- 
bio se permitía la esclavitud. Washington fué elegi- 
do Presidente y mostróse digno de este honor; procu- 
ró suavizar las contiendas entre federales ó defenso- 
res de un poder central enérgico, y demócratas ó de- 
fensores de las libertades regionales. Convencido de 
que su país estaba necesitado de un largo período de 
paz á fin de reparar los daños causados por la guerra, 
mantuvo relaciones amistosas con Inglaterra. Reele- 
gido en el año de 1793, restableció el orden en Pen- 
silvania donde había estallado una revolución. Aun- 
que el pueblo quiso elegirlo por tercera vez, negóse á 
ello, ejemplo que ha logrado fuerza de ley en los Es- 
tados Unidos, y se retiró á Monte Vernon, donde fa-J 
lleció á 14 de Diciembre de 1799. 



CAPÍTULO XXVIII 



Estados Unidos (conclusión). — Su historia en el siglo XIX 



Difícil era sustituir á Washington con un Presi- 
dente que no quedase rebajado ante las glorias de su 
antecesor, y, sin embargo, hallaron los Estados Uni- 
dos un hombre, sino militar, consumado político, que 
acabó de robustecer la joven nación. Tal fué Juan 
Adams, nacido á 13 de Octubre de 1735 en Braintree 
( Alassachussets), y descendiente de una familia puri- 
tana que había huido de Inglaterra en tiempo de Ja- 
cobo I. Fué uno de los que redactaron en 1776 el ac- 
ta de independencia de los Estados Unidos, y en Eu- 
ropa trabajó cuanto pudo á fin de que Francia y Ho- 
landa ayudasen á los norte-americanos en su lucha 
con la Grran Bretaña. Luego que esta potencia se de- 
claró vencida y accedió á pactar con sus antiguas co- 
lonias, Adams desempeñó en Londres el difícil cargo 
de representante diplomático de los Estados Unidos 
cuando aun los ánimos estaban enconados, y cumplió 
con rara habilidad su comisión. Después escribió un 
libro rotulado: Defensa de la constitiLción de los Esta- 
dos Unidos de América, en que abogaba por el estable- 
cimiento de dos Cámaras que tendrían el poder legis- 



— 318 — 

lativo con independencia del poder ejecutivo; obra 
que alcanzó un éxito extraordinario é influyó muchí- 
simo cuando se trató de formar la constitución de la 
república. Una vez que Washington se opuso á que lo 
eligieran presidente en las terceras elecciones y se re- 
tiró al monte Venion, Adams subió al poder como 
candidato de los federales que deseaban robustecer el 
poder central, mientras los demócratas cuidaban más 
de que se respetasen los fueros y libertades de cada 
uno de los Estados que componían la Unión. Fueron 
tan reñidas las elecciones, que Adams logró tan sólo 
un voto más que su competidor Jeñerson. Durante su 
presidencia estuvieron á pique de romperse las bue- 
nas relaciones que siempre habían mediado entre 
Francia y la república norte-americana. Conociendo ' 
Adams que el exceso de libertad era un mal para su 
naciente pueblo, promulgó dos leyes que fueron muy 
combatidas; por la una, llamada Ley de extranjeros, se 
le autorizaba para expulsar los emigrantes que fue- 
ran juzgados peligrosos; por la otra se adoptaban me- 
didas de rigor contra los que se opusieran al Gobier- 
no ó calumniasen á éste por escrito; así pudo mode-, 
rar la licencia de los periódicos y evitar las reuniones 
sediciosas. En cambio, se desprestigió en el concepto ¡ 
del vulgo que lo suponía inclinado á los procedimien- 
tos monárquicos; algunos de sus Ministros le hicieron 
sordamente la guerra y llegado el tiempo de elegir 
nuevo Presidente fué elegido Tomás Jeíferson. 

Éste, que había nacido en Shadwell (Virginia) en el 
año de 1743 y seguido la carrera de abogado, empezó 
su campaña política siendo Gobernador de su país 
durante la guerra de la independencia, y luego fué 



— 319 — 

Ministro de Estado. Cuando en 1801 subió á la ])re- 
sidencia, introdujo economías en el ejército y ar- 
mada, fomentó el comercio y mejoró considerable 
mente la situación rentística. En su tiempo verifica- 
ron los Estados Unidos la adquisición de Luisiana, ce- 
lida antes por España á Francia. Viendo Napoleón 
([ue no podría conservar aquella región y que Ingla- 
terra se apoderaría de ella, la vendió á los norte-ame- 
ricanos en la cantidad de 60 millones de francos, des- 
prendiéndose con un acto tan poco meditado de un 
país riquísimo y de suma importancia. Dueños ya los 
Estados Unidos de la cuenca del Mississippi mandó 
Jefferson explorar la vasta región situada al Occiden- 
te de este río, hecho que tuvo lugar en los años de 
1804 á 1806. El buen éxito de su administración hizo 
que fuese reelegido, y acabado el plazo de su segunda 
presidencia, se retiró á la vida privada sin haberse en- 
riquecido á expensas de la nación, antes al contrario, 
se vio forzado en los últimos años de su vida á ena- 
jenar sus fincas. Murió á los 83 años de edad. 

Sucedióle su paisano, Jacobo Marlison natural de 
Port-Royal (Virginia), quien afiliado al partido demó- 
crata había rudamente combatido la gestión de Adams, 
y luego fué Secretario de Estado con Jetferson. Como 
la Gran Bretaña se atribuía y ejercía el derecho de 
visita en los buques norte-americanos y no quisiese 
abandonarlo, Madison le declaró la guerra. Abiertas 
las hostilidades, los ingleses entraron en Washington 
al mando de Cockburn; la ciudad fué incendiada y 
saqueados los edificios públicos. De esta pérdida se 
indemnizaron los americanos derrotando á sus enemi- 
gos en Nueva Orleáns, Penzacola y Mobile, y conven- 



— 320 — 

cida Inglaterra de que era muy difícil aplastar la 
nueva república, firmó la paz con esta en el año de 
1814. Lo mismo que su antecesor, Madison obtuvo el 
honor de ser reelegido, y acabado su gobierno, se con- 
sagró al estudio de las ciencias naturales y á la agri- 
cultura. Fué muy reputado como escritor, y á él se de- 







Jacobo Monroe. 



i 



be un diario de las sesiones del Congreso americano 
que redactó la constitución de la república. 

Pocos Presidentes de los Estados Unidos gozan de 
tanta fama como Jacobo Monroe, gracias á su célebre 
sistema político que, interpretado cada vez por los 
norte-americanos más ampliamente, lo convierten en 
un principio de dominación en todo el Nuevo Conti- 



— 321 — 

nente. Nacido en el Condado de Westmoreland (Vir- 
ginia) á 2 de Abril del año de 1759, tomó parte en la 
guerra de la independencia, fué luego miembro del 
Congreso, Ministro plenipotenciario en Francia, Go- 
bernador de Virginia, y en 1816, apoyado por los de- 
mócratas ascendió á la presidencia. Obrando en con- 
formidad con sus ideas de que Arnérica debía ser pa- 
ra los americanos, arrebató sin causa legítima á Es- 
paña la Florida, y si bien ofreció una compensación 
de cinco millones de duros, esta cantidad se invirtió 
en indemnizaciones por perjuicios más ó menos ficti- 
cios de ciudadanos yankees. Eeelegido casi por una- 
nimidad, celebró dos tratados con Inglaterra; uno acer- 
ca de las pesquerías de Terranova, y otro sobre los lí- 
mites con el Canadá. 

Sucedióle Juan Quincy Adams, hijo del segundo 
presidente de los Estados Unidos, nacido en Massa- 
chussets á 11 de Junio de 1767. En 1801 fué nom- 
brado ministro plenipotenciario en . Berlín y más 
adelante embajador en Kusia y en Inglaterra. 
Vuelto á su país, desempeñó la secretaría de Es- 
tado, y en 1824 fué elegido presidente de la repú- 
blica, venciendo á Jackson; fué, sin embargo, la lucha 
tan reñida, que ninguno de ellos reunió los votos ne- 
cesarios y hubo de resolver el Congreso en definitiva. 
Adams celebró convenios con algunas tribus indias 
para que éstas vendiesen los terrenos que poseían y 
combatió la influencia de las logias masónicas que 
mediante procedimientos á veces criminales intenta- 
ban dirigir los negocios públicos y dominar la so- 
ciedad. 

En el año de 1827 ocupó la presidencia Andrés 

21 



— 322 — 

Jackson, nacido en la Carolina del Norte á 15 de Mar- 
zo de 1767 y descendiente de una familia escocesa. 
Soldado en la guerra de la independencia y luego abo- 
gado en el Tennessee, peleó más tarde contra los in- 
dios créeles, mostrando la ferocidad de su carácter. 
Cuando nuevamente se rompieron las hostilidades enrá 
tre Inglaterra y los Estados Unidos, tomó la villa de 
Panzacola y consiguió algunas victorias. Poco respe- 
tuoso con los derechos ajenos, á pretexto de evitar las 
incursiones de los seminólas, entró en la Florida, que 
pertenecía á España, y se apoderó de cuantos fuertes 
quiso. Sus mismos apologistas lo representan hombre | 
sin entrañas, soberbio, vengativo, maldiciente y perse- 
guidor de sus enemigos políticos, á quienes despojó de: 
los cargos que ejercían una vez que subió al poder. -J 
Durante su gobierno, comenzaron las contiendas en- 
tre los estados del Sur y los del Norte; manufacture- 
ros éstos, les convenía el proteccionismo, y á los otros, | 
como agrícolas que eran, el libre cambio. Habiéndose 
elevado los derechos de aduanas, protestó la Carolina 
del Sur, conducta que imitaron Alabama, Georgia y 
Virginia. Jackson transigió y salvó al país de una 
guerra civil. Enemigo declarado del Banco Nacional 
por creer que éste realizaba cuantiosas ganancias á 
expensas de la nación, emprendió contra él una larga 
y ruda campaña que le costó no pocos disgustos, sa- 
liendo vencedor gracias á la tenacidad de carácter 
que le distinguía. Reelegido, á pesar de los muchos 
enemigos que se había creado, estuvo á punto de rom- 
per las hostilidades contra Francia, por negarse ésta á 
pagar una gruesa cantidad que reclamaban los Esta- 
dos Unidos, asunto que al fin se arregló pacíficamente. 



— 323 — 

Después de Jackson, gobernó la república Martín 
Van Burén, el primer presidente que no descendía de 
ingleses, pues sus antepasados procedían de Holanda. 
Abogado desde su juventud, senador en 1812 por el 
Estado de Nueva-York y Secretario de Estado en 
1829, fué designado en 1835 como candidato á la 
presidencia por la convención nacional de Baltimore, 
y logró el triunfo al año siguiente. A la sazón atrave- 
saba el país una situación económica que inspiraba 
serios temores; menudeaban las quiebras y algunos 
bancos suspendían sus pagos; no obstan te, A^an Burén 
se opuso á crear de nuevo el Banco Nacional por más 
que se lo rogaron los comerciantes, y la crisis fué poco 
á poco mitigándose. A otros conflictos hubo de aten- 
der y fueron la guerra contra los seminólas, que duró 
cinco años y costó más de quince millones de duros, y 
la tentativa de algunos americanos para sublevar el 
Canadá, reprimida con severidad por Van Burén. 

A la breve presidencia de Guillermo Enrique Harri- 
son, que duró sólo un mes, sucedió la de Juan Tyler, 
una de las más borrascosas que se conocen en los Es- 
tados Unidos; nacido Tyler en Virginia y afiliado al 
partido demócrata, lejos de mermar, según había pro- 
metido, las prerrogativas del poder central, gobernó 
prescindiendo en cuanto pudo de las Cámaras, cuyos 
bilis devolvía frecuentemente con su veto; tal hizo 
con el bilí referente al Banco Nacional; esto fué cau- 
sa de que se hablara de procesarlo por el Congreso, 
pensamiento que no se llevó á efecto. Para alcanzar 
alguna popularidad, Tyler reconoció la independencia 
de Tejas con ánimo de ocupar luego este país. Llega- 
da la época de las eleccione'^, casi nadie pensó en que 



— 324 — 

continuara y le sucedió Jaime Polk, que tomó pose- 
sión de la presidencia á 4 de Marzo de 1845. Á él se 
debió la inicua guerra contra México, censurada acre- 
mente por el historiador Spencer, y que valió á los 
Estados Unidos la adquisición de California, Arizona, 
Nuevo México y Tejas. Sucedióle Zacarías Taylor, na- 
cido en Virginia, semillero de Presidentes; después de 
haber militado contra los indios en Michigan y la Flori- 
da, se distinguió en la campaña de México, ganando 
las batallas de Palo Alto, Buena Vista y el Saltillo. 
Elevado á la presidencia en el año de 1848, se desve- 
ló por resolver una cuestión que agitaba al país y ha- 
bía de tener funestas consecuencias: enemigos de la 
esclavitud los Estados del Norte, no ocultaban sus 
deseos de aboliría, mientras los Estados del Sur, que 
poseían millones de negros, defendían con todas sus 
fuerzas aquella odiosa institución, y como la mayor 
parte de los presidentes descendían del Sur, según 
hemos visto, y estaban apoyados por los esclavistas, 
de ahí el que éstos predominasen en la Unión. Taylor 
se mostró conciliador en este problema y limitóse á 
restringir el comercio de negros. Cuando más preocu- 
pado se hallaba en este negocio, falleció á 9 de Julio 
de 1850, y ocupó la presidencia Millard Fillmore, que 
había sido en su juventud cardador de lana; después 
estudió la carrera de abogado, y elegido para el Con- 
greso, combatió las prisiones por deudas, logrando 
modificar la legislación. Durante su gobierno fué ele- 
vado á la categoría de Estado el territorio de Cali- 
fornia, rico por sus yacimientos auríferos y coloni- 
zado ya por una abigarrada multitud de aventureros 
que había acudido de todo el mundo. 



— 325 — 

Sucedióle Franklin Pierce, notable orador y juris- 
consulto que había militado en la guerra de México. 
Elevado al poder en 1852 por los votos del partido 
demócrata, arrebató á México la región situada al 
Sur del río Gila y sostuvo ruidosos altercados con Es- 
paña por la isla de Cuba y con Inglaterra sobre el 
tratado Clayton-Bulver, pues ya levantaba la cabeza 
por aquellos años el imperialismo que hoy domina en 
la república norte- americana. 

En 1856 ocupó la presidencia Jaime Buchanan, 
nacido en Pensilvania de padres irlandeses á 23 de 
Abril de 1791, en cuyo tiempo se recrudeció la lucha 
de abolicionistas y esclavistas, representantes los pri- 
meros de los Estados del Norte, ó sea, de los republi- 
canos, y los segundos del partido demócrata que con- 
taba con el apoyo de los Estados del Sur. Los escla- 
vistas, á trueque de aumentar su iníluencia, no 
vacilaron en acometer empresas injustas, como fué la 
expedición contra Nicaragua que deseaban agregar á 
la Unión para disponer de un Estado más; pero ven- 
cidos en algunos encuentros, nada consiguieron. Los 
abolicionistas, por otro lado, sin respetar la legalidad, 
organizaron la famosa conspiración de Juan Brow, 
encaminada á tomar el arsenal de Harper 's Ferry y 
luego fomentar la rebelión de los negros, delito que 
pagaron con la vida Juan Brow y sus cómplices. 

A estas complicaciones uniéronse las originadas por 
los mormones, quienes retirados en su lejano territorio 
de Utah, desobedecían las órdenes del poder central 
acaudillados por su jefe Brigham Young y practica- 
ban la poligamia, que era una de sus instituciones re- 
ligiosas. Fué preciso enviar contra ellos un ejército 



— 326 — 

que sin combatir ocupó la ciudad santa de la nueva 
secta y Brigham Young accedió á una prudente trans- 
acción. 

Buchanan acabó su gobierno muy combatido por 
los republicanos, quienes veían claramente el apoyo 
que daba á los Estados del Sur contra los del Norte, 
llegando en uno de sus mensajes, presentado á 4 de 
Diciembre del año de 1860, á defender en algún mo- 
do el derecho que tenía cada Estado á separarse de la 
Unión, pues decía: «¿Ha conferido la constitución al 
Congreso el derecho de someter un Estado que trata 
de separarse ó se ha separado ya de la Confederación? 
En caso afirmativo debe ser bajo el principio de ha- 
berse conferido al Congreso el derecho de declarar la 
guerra á un Estado; pero después de reflexionar de- 
tenidamente, vengo á deducir en conclusión que no 
se ha conferido semejante derecho al Congreso ni á 
ningún otro departamento del gobierno federal». 

Cuando acabó su presidencia, la rivalidad entre los 
Estados del Sur y los del Norte era tal, que la guerra 
civil se acercaba fatalmente y sólo un hombre ex- 
cepcional como Lincoln podía salvar á la república 
de su fraccionamiento. 

Nada más humilde que el origen de Abrahám Lin- 
coln; hijo de pobres campesinos, nació en 1809 en el 
condado de Hardin (Kentucky), en una casa hecha 
de troncos. Cuando sus padres se trasladaron más 
adelante á Indiana, Lincoln, ya muchacho, se dedicó 
á la agricultura y por falta de tiempo, solamente pudo 
acudir á la escuela seis meses, de modo que aprendió 
nada más que leer y escribir. Tenía, sin embargo, mu- 
cha afición al estudio, y dedicaba las horas de re- 



— 327 — 

poso á la lectura; la Biblia y la Vida de Jorge Was- 
hington fueron los primeros libros en que se nutrió 
su espíritu y los que en alguna manera formaron su 
carácter. En 1825 entró á servir en casa de un tal Jai- 
me Taylor ganando el salario de seis dollars mensuales; 
de allí pasó á Gentryville, empleado en un almacén, 
donde ensanchó el círculo de sus conocimientos. En 
1827 ejercitó el oficio de carpintero con un tal Wood 
y ya escribió dos artículos acerca de la templanza y 
de política, que llamaron la atención en aquella loca- 
lidad. 

Pasado algún tiempo, se estableció en Nueva Salem 
(Illinois) y continuando su oficio de barquero, llevó 
por encargo de un comerciante llamado Of futt un bo- 
te de mercancías á Nueva Orleans, empresa que en- 
tonces no dejaba de ser peligrosa. Cuando regresó 
fué admitido por Offutt en su almacén. La honradez 
de Lincoln y el valor que había demostrado en ciertas 
ocasiones, como en una que fué insultado por la gen- 
te perdida de aquella población, le granjearon sumo 
respeto y estimación, así que habiéndose rebelado los 
indios saes, formóse un regimiento en Nueva Salem y 
le fué confiado el mando. En la campaña, que duró 
tres meses, aunque no llegó á pelear, demostró tener 
excelentes condiciones militares y un corazón mag- 
nánimo. Acabada la guerra, sin él solicitarlo fué pro- 
puesto en Salem candidato para la legislatura del Es- 
tado de Illinois, pero salió derrotado. A esta contra- 
riedad siguió otra mayor; asociado con un tal Berry, 
comerciante de aquella localidad, quebró éste, y él 
hubo de cargar con las deudas, que no acabó de pa- 
<iar hasta el año de 1840. En 1834 hubo nuevas elec- 



—^328 - 

cioiies y triunfó como candidato por el condado de 
Sangamon. 

Su aspecto rudo y lo pobre de su traje hacían que 
algunos se mofasen del electo, quien, á fin de evitar 
su menosprecio, demandó á un amigo 200 doUars con 
que vestirse decentemente. En 1837 era ya uno de 
los hombres más apreciados en el Illinois y en la Cá- 
mara regional empezó á combatir la esclavitud, cues- 
tión que traía divididos los ánimos en los Estados 
Unidos. Dejándose ya de ocupaciones mecánicas, es- 
tudió con afán la carrera de abogado y conseguido el 
título, se dedicó á esta nueva profesión, distinguién- 
dose como siempre por su honradez y laboriosidad. 
En 1842 contrajo matrimonio con María Todd, na- 
tural de Kentucky. Después de haber formado parte 
de la legislatura de Illinois por espacio de bastantes 
años, alcanzó un honor más alto, pues fué elegido re- 
presentante en. el Congreso de los Estado^ Unidos, y 
allí alzó su voz contra los partidarios de la esclavi- 
tud, pronunciando discursos llenos de fuego contra 
institución tan aborrecible. Afanosos los Estados del 
Sur por ganar terreno, habían presentado un bilí por 
medio de Mr. Douglas, autorizando á los Estados de 
Kansas y Nebraska para admitir la esclavitud; Lin- 
coln se opuso con todas sus fuerzas á este proyecto, y 
de tal manera lo combatió, que el partido republica- 
no vio en él su jefe del porvenir, tanto, que en 
1856 fué propuesto para la vice-presidencia de la na- 
ción, pero no reunió los votos necesarios. Prosiguien- 
do su campaña contra la esclavitud, recorrió los Es- 
tados Unidos, pronunciando discursos contra los ama- 
ños de los demócratas, quienes con la aprobación del 



— 329 — 

bilí Douglas introducían la discordia en los Estados 
de Nebraska y Kansas, á trueque de extender la es- 
fera de su influencia. En el año de 1860, reunida en 
Chicago la convención nacional, acordó proponer á 
Lincoln para la presidencia de la república, y verifi- 
cadas las elecciones en Noviembre, salió vencedor 
contra Mr. üouglas que se le opuso como represen- 
tante del partido demócrata. La noticia de su triunfo 
produjo gran consternación en los Estados del Sur, 
pues se convencieron de que más ó menos pronto 
quedaría abolida la esclavitud. En su viaje á Was- 
hington, Lincoln hubo de atravesar de incógnito la 
ciudad de Baltimore. Los diputados de Carolina del 
Sur resolvieron casi por unanimidad que la unión de 
aquel Estado con los demás quedaba rota; otros Es- 
tados del Sur hicieron lo mismo, nombraron presi- 
dente de la nueva república á Jefferson Da vis y se 
prepararon á la lucha. Lincoln, que intentaba resta- 
blecer la unión sin apelar á las armas, al tomar pose- 
sión de su cargo leyó el discurso de costumbre, y en 
él, después de manifestar que no atentaría á los dere- 
chos de cada uno de los Estados que formaban la fe- 
deración, negó que éstos pudieran separarse sin el 
i consentimiento de los demás. Poco después, el secre- 
I tario de Estado, Guillermo H. Seward, recibió una 
I comunicación suscrita por Juan Forsyth y Martín 
Crawford, representantes de siete Estados del Sur, 
declarando que éstos constituían un pueblo indepen- 
I diente, lo cual fué como una declaración de guerra. 
Las hostilidades se rompieron muy pronto. El gene- 
ral Beauregard, jefe de los confederados, intimó la 
rendición del fuerte Sumter, ocupado por Anderson 



— 330 — 

con tropas federales, ó sea del Norte, y como éstas se 
defendieran, lo bombardeó con 50 cañones; Anderson 
hubo de capitular con los sitiadores. Viendo que ya 
había comenzado la lucha y que sólo mediante un 
esfuerzo se podía conservar la unidad nacional, Lincoln 
expidió una proclama á fin de reclutar 75.000 hombres 
con que hacer frente á los Estados separatistas, que 
eran Carolina del Sur, Georgia, Alabama, Florida, 
Mississippi, Luisiana y Tejas, á los cuales se adhirie- 
ron otros más adelante. La situación de Lincoln era 
en realidad grave, pues los separatistas disponían de 
considerables elementos de guerra que los presiden- 
tes anteriores, como Pierce y Buchanan, partidarios 
de la esclavitud, habían acumulado en los Estados del 
Sur. Debido á esto, los primeros encuentros fueron 
desfavorables al ejército de la Unión; hubo que des- 
truir el arsenal de Harper 's Ferry, á fin de evitaT 
que cayese en poder de los confederados, y éstos ven- 
cieron en la sangrienta batalla del Bull Run, capita- 
neados por Beauregard. A semejantes desastres se 
unió la deserción de generales tan reputados como Ed- 
mundo Lee, pariente del cónsul de los Estados Uni- 
dos en la Habana que en nuestros días fomentó cuan- 
to pudo la insurrección cubana y se mostró siempre 
enemigo de España. Los Estados del Norte, compren- 
diendo que en la guerra separatista se jugaba su por- 
venir, llevaron á cabo esfuerzos colosales: en Diciem- 
bre de 1861 constaba ya su ejército de 040.000 com- 
batientes. Cada vez más encarnizada la lucha, prosi- 
guió sin grandes ventajas del Norte, pues si bien el co- 
modoro Foote ocupó el fuerte Enrique que defendía la 
entrada del río Tennesee, en cambio el general Mac 



— 331 - 

Clellan, que iu tentó apoderarse de Kiclimond, capital 
de los confederados, fué derrotado. Una batalla naval 
hubo que llamó la atención general y fué el duelo que 
se entabló entre los buques Merrimac y Monitor; el pri- 
mero, que pertenecía á los separatistas, tenía la cubierta 
blindada y en forma de tejado que apenas salía del 
agua; el segundo, construido bajo las órdenes de Eric- 
sson, tenía una torre giratoria de acero, con dos podero- 
sos cañones; ambos fueron de los más antiguos acoraza- 
dos que se han conocido, y tal era su fortaleza, que 
después de un combate de algunas horas ninguno de 
ellos quedó inutilizado. 

Queriendo Lincoln restar fuerzas á los confedera- 
dos, dio á 22 de Setiembre de 1862 una proclama 
en que declaraba libres á cuantos esclavos hubiese 
en los estados rebeldes, y de esta manera alcanzaron 
su libertad unos cuatro millones de negros, muchos 
de los cuales se alistaron en el ejército federal para 
combatir contra sus antiguos araos. A 'principios 
de 1864, los federales llamaron 500.000 hombres á 
las filas, y fué nombrado general en jefe del ejército 
Ulises Grant, bajo cuyas órdenes estaba Sherman. 
Los separatistas, que ya estaban muy quebrantados 
con la toma de Nueva Orleans por el almirante Farra- 
gut, hijo de un mallorquín, y con la célebre marcha 
de Sherman, semejante á la de Atila por Europa en 
el siglo V, vieron su causa perder terreno mientras 
los Estados del Norte contaban cada vez con más 
fuerzas. Después de una serie de horribles combates, 
Grant llegó á la vista de Richmond, capital de los 
confederados, y se apoderó de ella plantando la ban- 
dera federal en el Capitolio, donde se había reunido 



— 332 — 

el Congreso separatista desde el año de 1861. De la 
ciudad apenas quedaba otra cosa que ruinas, pues sus 
defensores la habían incendiado por diversos puntos, 
costando trabajo cortar el fuego. En Nueva-York se 
recibió la noticia con inmensa alegría por indicar la 
terminación de la guerra que tantos gastos y tantas 
víctimas ocasionaba. El general Lee se rindió con 
28.000 hombres y poco después hizo lo mismo Johns- 
ton. Con esto queiló restablecido el orden en los Es- 
tados del Sur, y Lincoln entró en Kichmond aclama- 
do por los negros que le debían su libertad. 

En Marzo de 1865, se verificó la elección presiden- 
cial y Lincoln obtuvo gran mayoría de votos. Mas al'; 
poco tiempo, hallándose una noche en el teatro, por 
netró en su palco un joven llamado Juan Wilkes 
Booth y le disparó un tiro de pistola, causándole una 
herida tan grave, que falleció al día siguiente. El ase-, 
sino logró huir con la confusión que produjo su delito 
en los primeros momentos y huyó á Virginia, donde fué 
muerto de un balazo; de sus declaraciones resultó no 
tener complicidad en el crimen Jeíferson Davis y 
otros jefes separatistas, habiendo procedido Booth 
por su cuenta, pues juzgaba á Lincoln perjudicial á 
la república. Las exequias de Lincoln, mártir de la 
libertad y la justicia, se celebraron con inmenso due- 
lo en ios Estados Unidos, asociándose al sentimiento 
las Cortes europeas que veían en aquél una de las más 
gloriosas figuras del siglo XIX, superior acaso al mis- 
mo Washington bajo muchos conceptos. En cumpli- 
miento de lo dispuesto en la constitución norte-ame- 
ricana, ocupó la presidencia el vice-presidente Andrés 
Johnson, natural de Raleigh, en la Carolina del Ñor- 



— 333 — 

te; había sido en su juventud sastre y nunca sobre- 
salió por su talento; era -una de las medianías que por 
circunstancias fortuitas, por eso que el vulgo llama 
suerte, ocupan cargos tan altos como poco merecidos. 
Lo más notable es que sus opiniones políticas le ha- 
cían poco agradable á los dos partidos que se dispu- 
taban el mando; verdad es que siempre defendió la 
Unión, pero nunca se declaró abiertamente contra la 
esclavitud y que afiliado á los demócratas moderados 
defendió los Estados del Sur contra las aspiraciones 
del Congreso. Cuando se trató de si los Estados sepa- 
ratistas debían ó no recobrar su autonomía y enviar 
representantes á Washington, Jonhson se decidió por 
la afirmativa y comenzó un período de disidencias en 
el poder ejecutivo y el Congreso; los hills de éste eran 
devueltos por Johnson con su veto, y de tal modo se 
acaloraron los ánimos, que algunos diputados lo acu- 
saron de manejos criminales y de violación de las le- 
yes; por una mayoría de 107 votos contra 39 resolvió 
el Congreso abrir una información sobre la conducta 
del Presidente y someterlo á un proceso, de lo cual se 
desistió luego por el escándalo que originaría, conten- 
tándose con aprobar contra él un voto de censura. Los 
republicanos lograron el triunfo de sus ideales, pues 
quedó modificada la constitución en un artículo que 
prohibía la esclavitud y concedía el sufragio electoral 
á los negros, á fin de contar en algunos Estados con 
mayor número de votos que los demócratas. Durante 
la administración de Johnson, adquirieron los Estados 
Unidos el territorio de Alaska, vendido por Kusia en 
la cantidad de 7.200.000 dollars. 

En 1868 la lucha entre Johnson y las Cámaras fué 



— 334 — 

más violenta que nunca, y tanto, que se nombró una 
comisión para procesarle; votado el asunto en el Se- 
nado, 35 miembros de éste decidieron que había cul- 
pabilidad, y 19 que no, con lo cual salió absuelto el 
Presidente, pues se necesitaban las dos terceras partes 
de los votos para encausarlo. 

Llegado el período electoral, los republicanos desig- 
naron como candidatos al General Grant y á Schuy- 
1er Colfax; los demócratas á Horacio Seymour y al 
General Blair. El partido republicano triunfó por 
gran mayoría, pues le apoyaron 21 Estados del Nor- 
te y 4 del Sur, ocupando Grant y Golfax la Presiden- 
cia y Vice- presidencia respectivamente. Falta hacía 
un hombre enérgico que enfrenase la anarquía que 
reinaba en la parte meridional de la federación, don- 
de los negros eran asesinados por sus antiguos amos 
y ellos en represalias cometían no pocos delitos; una 
sociedad secreta denominada Ku-klux-klan se hizo 
temible en el Tennessee y en otros Estados del Sur, 
por las proscripciones que decretaba y ejecutaba por 
medio de sus afiliados. En estas circuntancias tomó 
las riendas del gobierno el general Grant, quien juró 
su cargo á 4 de Marzo de 1869. Una de sus primeras 
atenciones fué reclamar de la Gran Bretaña los perjui- 
cios que algunos buques salidos de sus puertos, arma- 
dos en corso por los separatistas, habían causado al co- 
mercio de los Estados Unidos; después de acres con- 
testaciones que hicieron temer una guerra, se enco- 
mendó la resolución del asunto á un tribunal de 
arbitros quienes condenaron á Inglaterra á pagar la 
enorme cantidad de tres millones de libras esterlinas. 

El General Grant demostró en su gobierno más 



— 335 

respeto á la justicia que su sucesor Mac-Kinley, pues 
lejos de intervenir en Cuba á favor de los insurrectos 
que desde el año de 1868 se habían rebelado contra 
España, se negó á reconocer la beligerancia de éstos; 
y aunque la detención del buque norte-americano 
Virginius por una cañonera española en el año de 1873 
motivó una protesta de Grant, gracias á la diploma- 
cia de D. Emilio Castelar se arregló el asunto pací- 
ficamente. 

El General Grant fué uno de los pocos yankxes que 
se han interesado por la raza india, ya muy en decaden- 
cia; procuró en el año de 1870 que se reuniera un 
consejo de los jefes de las tribus más principales, quie- 
nes acordaron someterse al gobierno republicano, si 
bien gozando de alguna autonomía y de ciertos terri- 
torios llamados reservas, donde sólo ellos podían resi- 
dir. Sin embargo de los buenos deseos que animaban 
á Grant, los yankees cometieron con los indios sus 
acostumbrados atropellos, por lo cual se sublevaron 
en 1873 los modocs, que fueron sometidos después de 
una reñida lucha. 

Los mormones, secta la más fanática del siglo XIX, 
dieron no poco que hacer en aquellos años. Indepen- 
dientes de hecho en el Utah, costó no poco trabajo el 
hacerles reconocer la autoridad de la república, y como 
entre ellos estaba arraigada la poligamia, institución 
opuesta á las leyes de los Estados Unidos, Grant se 
negó á considerar aquel país como Estado de la Unión 
hasta que Brigham Young, jefe de los mormones, pro- 
metió en nombre de sus fieles observar la monoga- 
mia. 

En el Sur continuaban las represalias de los parti- 



— 336 — 

dos vencedor y vencido, mal apagada todavía la ho- 
guera encendida con la guerra de secesión; en Tren- 
ton (Tennessee) estalló una sublevación de negros; en 
Luisiana los blancos levantaron un ejército de 10.000 
hombres contra el gobernador Kellogg, elegido por 
la gente de color que formaba la mayoría de los elec- 
tores, y Grant hubo de intervenir para que no em- 
pezase otra guerra civil. Grant fué reelegido para 
la Presidencia, y muy combatido luego por sus ad- 
versarios políticos, que consideraban ruinosa su admi- 
nistración á causa del déficit con que se saldaron 
algunos presupuestos, se retiró de la vida pública en- 
el año de 1878. Ocupó la Presidencia Rutherford 
Hayes, Gobernador de Ohío. Su administración na- 
da tuvo de particular; no satisfizo los deseos de los 
republicanos ni de los demócratas. Sucedióle Jaime 
Abrahám Garfield, hombre en que se cifraban grandes 
esperanzas por su carácter íntegro, su claro talento y 
su conocimiento de los negocios públicos; más al po- 
co tiempo de su elección fué asesinado por Carlos Gui- 
teau y subió á la Presidencia el Vice-presidente Ches- 
ter Arthur, quien no se distinguió por sus iniciativas 
ni por sus dotes de gobernante; no obstante lo cual, 
siguieron prosperando los Estados Unidos, buena prue- 
ba de que en las naciones debe confiarse más en el 
esfuerzo individual que en la dirección de sus jefes, 
contra la tendencia de muchos que todo lo esperan de 
la esfera oficial; no pocos de los Presidentes norte- 
americanos han sido medianías ú hombres casi inep- 
tos, y sin embargo, la república ha progresado como 
si tuviese al frente Cisneros y Pernandos Católicos, 
efecto del poderoso aliento de la raza anglo-sajona. 



— 337 — 

En el año de 1884 fué elegido Presidente Grover 
Cleveland, Gobernador que había sido de Nueva York 
y hombre notable por su honradez y energía, á quien 
sucedió Harrisson, cuya administración económica fué 
modelo de desacierto y despilfarro, Keelegido Cleve- 
land, éste' se condujo noblemente en la cuestión dé 
Cuba, pues se negó á reconocer la beligerancia de los 
insurrectos. La contienda que acerca de límites soste- 
nían Inglaterra y Venezuela fué causa de que Grover 
Cleveland, invocando la doctrina de Monroe, se opu- 
siera con decisión á la Gran Bretaña, amenazando si 
era preciso con declarar la guerra; el asunto se arre- 
gló pacíficamente, nombrando un tribunal de arbitraje. 

Sucedió á Cleveland, Guillermo Mac-Kinley, que no 
vaciló en cometer uno de los más inicuos despojos que 
registra la Historia, apoderándose de Filipinas, Puer- 
to Rico y en cierto modo de Cuba; sabido es el trági- 
co fin que este enemigo de España tuvo, asesinado 
por un anarquista en la Exposición de Búífalo cuando 
acababa de ser reelegido y disfrutaba de esos odio- 
sos triunfos que la fuerza suele alcanzar sobre el de- 
recho. 



22 



CAPÍTULO XXIX 



Puerto Rico (1) 



Los indígenas de Puerto Eico diferían poco de sus 
vecinos antillanos en punto á organización social, 
religión y costumbres. Obedecían á diversos caci- 
ques, cuyo señorío se limitaba á un valle ó llano 
de poca extensión. Eran polígamos y las mujeres 
desempeñaban los principales trabajos agrícolas. Su 
religión consistía en un dualismo grosero, pues ad- 
mitían una deidad mala, denominada Cemi, á quien 
aplacaban con ofrendas y buenas obras. Hombres y 
mujeres iban completamente desnudos; vivían sn pe- 
queñas casas ó bobíos construidos con troncos, y 
hacían una vida perezosa como otros pueblos tropica- 
les. 
Descubierta la isla de Puerto Eico por Colón en su se- 

(1) Cnf. D. Pedro Tomás de Córdoba, Memorias geográfican, histó- 
ricas, económicas y estadísticas de la isla de Puerto Rico. Puerto Rico, 
1831-32, 5 vol. en 4.°. — Biblioteca histórica de Puerto Rico, por D. Ale- 
jandro Tapia y Ribera. Puertx) Rico, 1854. — Historia de Puerto Rico, 
por Fray Iñigo Abad, anotada por D. José J. A costa. Puerto Rico, 
1886, I vol. en 8.". — La isla de Puerto Rico. Bosquejo histórico desde la 
cnnr/uista hasta principios de 1891, por D. Juan Gualberto Gómez y 
D. Antonio Sandras y Burin. Madrid, Impr. de J. Gil y Navarro, 1891, 
1 vol. en 8.° 



I 



- 339 — 

gundo viaje, fué explorada en 1500 por Ponce de León 
á quien recibió amistosamente el cacique Agueynaba. 
Noticioso Ovando de que en ella se encontraba oro en 
abundancia, envió una expedición de 200 españoles 
mandados por Juan Cerón y fundaron la primera co- 
lonia borinqueña. Pero quejoso Ponce de León por 
considerarse preterido, acudió á los Reyes Católicos, 
quienes le nombraron gobernador de Puerto Rico, don- 
de comenzó á encomendar los indios, medida que pro- 
dujo un levantamiento de éstos, quienes fueron de- 
rrotados cerca de Añasco. Ponce de León reedificó la 
villa de Sotomayor y echó los cimientos de la de San 
Germán. 

En los años de 1512 á 1530 los españoles hubieron 
de luchar con los caribes de las islas vecinas que desem- 
barcaban con frecuencia en Puerto Rico. La coloniza- 
ción avanzó poco en la primera mitad del siglo XVI, 
porque muchos de los vecinos se marcharon en 1531 
con el contador Sedeño á la isla de la Trinidad. 

Años después, ya rica la isla de Borinquen, atrajo 
la codicia inglesa, y Drake en 1595 intentó apode- 
rarse de ella; saqueó é incendió la ciudad de San Juan, 
pero tuvo que retirarse. En 1597, el conde Jorge Cum- 
berland llegó á dominar toda la isla, que pensó agre- 
gar definitivamente á la Gran Bretaña; una terrible 
epidemia que se cebó en sus tropas, impidió estos de- 
signios. A fin de evitar semejantes incursiones, los 
españoles construyeron el fuerte del Morro, que en lo 
sucesivo sirvió de defensa formidable; así, en el año 
de 1625, aunque el general holandés Boduino Enrico 
desembarcó en San Juan y sitió el castillo, no pudo 
entrar en éste y levantó el bloqueo. 



— 340 — 

Durante el siglo XVlII, Puerto Eico sufrió algu- 
nas acometidas de los ingleses, quienes fueron derro- 
tados en 1702 por el capitán Correa; en 1743 desem- 
barcaron cerca de Ponce y tuvieron la misma suerte. 

En 1797 se presentó en San Juan con una podero- 
sa escuadra inglesa el almirante Harvey con 10.000 
hombres de desembarco; el gobernador D. Eamón de 
Castro defendió la ciudad con tal valor, que los ene- 
migos se retiraron después de reñidos combates. 

El siglo XIX fué para la isla período de incesante 
progreso moral y material, sin que se viera agitada 
como Cuba por guerras civiles, pues ni el motín de 
Lares, ocurrido en el año de 1868, ni las insignifican- 
tes tentativas de algunos separatistas revistieron im- 
portancia alguna. Buena prueba de esto es el aumento 
de población; en 1775 se contaban solamente 79.000 
habitantes; en 1860, 583.000 y en 1887, 806.708. Las 
razas dominantes, negra y europea, se habían fun- 
dido mejor que en los demás países americanos, 
hasta el punto de constituir los mulatos la mayor ;J 
parte de la población de color. La formación del par- 
tido autonomista no significaba una protesta enérgica 
contra la madre patria, sino el deseo de conseguir un 
gobierno local y mayores libertades. Sin la ambición 
desenfrenada de Mac-Kinley, Puerto Eico seguiría 
unida á España de buen grado. Pero atropellados los 
derechos más legítimos por la Eepública norte-ame- 
ricana, Puerto Eico sufre la dominación de un pue- 
blo que le es completamente extraño en idioma, 
leyes, religión y costumbres. 



CAPÍTULO XXX 



Historia de Jamaica 



La colonización de Jamaica por los ingleses es una 
prueba elocuente de cuantx) influyen en la Historia 
las leyes físicas y fisiológicas; la raza anglo-sajona que 
ha fundado Estados poderosos en el Norte de Améri- 
ca y Australia, no ha podido establecerse en las Anti- 
llas, y mientras en las antiguas colonias españolas, 
como Cuba y Puerto Rico, los blancos son en mayor 
número que los negros, en Jamaica estos constituyen 
casi toda la población. 

Descubierta Jamaica por Cristóbal Colón en su 
segundo viaje, recibió el nombre de isla de Santiago, 
que cayó en desuso y fué reemplazado por el que le 
daban los indígenas y significa isla de las fuentes ó de 
los torrentes. ¡Sus primitivos habitantes eran de la 
misma raza que poblaba las otras grandes Antillas y 
se sometieron fácilmente al yugo español; los trabajos 
á que fueron destinados por sus amos y las nuevas 
enfermedades que éstos llevaron, hicieron que los in- 
dios desaparecieran lentamente. El descubrimiento de 
México y el Perú favoreció poco á Jamaica, que estu- 
vo poco menos que desierta en el siglo XVI, pues los 



— 342 — 

españoles preferían establecerse en aquellos ricos paí- 
ses; así cuando Cromwell en el año de 1655 envió una 
flota que se apoderó de la isla, se contaban en ella so- 
lamente 3000 habitantes, la mitad españoles y la otra 
mitad negros. Establecidos allí los ingleses, convirtie- 
ron la Jamaica en foco de piraterías, y gracias á la 
posición ventajosa de aquella en el golfo de México, ha- 
cían cuanto daño querían al comercio peninsular. La 
población se aumentó rápidamente con la introduc- 
ción de esclavos, y los terrenos fweron concedidos á 
emigrantes irlandeses, escoceses y judíos. Se calcula 
que en los años de 1680 á 1786 desembarcaron en Ja- 
maica 610.000 negros, que recibían trato durísimo por 
sus amos. Fué preciso que los esclavos se sublevaran 
y que refugiados en los montes se declarasen inde- 
pendientes para que el año de 1739 se les reconocie- 
sen algunos derechos. En 1795 se rebelaron nueva- 
mente y los humanitarios ingleses no vacilaron en 
perseguirlos como á fíeras, valiéndose de perros lleva- 
dos de Cuba. Abolida la esclavitud en 1838, la 
población blanca disminuyó considerablemente por 
haberse retirado los dueños de plantaciones. Hoy 
no pasan de 20.000 los blancos, mientras los negros 
pasan de 750.000. Inglaterra se ha negado por esto á 
reconocer la autonomía de Jamaica, que es gobernada 
por un consejo de catorce miembros, nueve de ellos 
electivos. 



CAPÍTULO XXXI 



Historia del Canadá 



Cuando Cabot en 1499 descubrió la región del Ca- 
nadá, hallábase esta habitada por varias tribus de in- 
dios no dóciles y de condición blanda como los qui- 
chúasi sino belicosos y altivos; tales eran los hurones, 
los algonquiues y los iroqueses. Los primeros vivían 
cerca de los lagos Erié y Ontario. Los iroqueses se ca- 
lificaban á sí mismos de hombres superiores á todos 
los demás, y con razón, pues por espacio de muchos 
años fueron el terror de sus vecinos; actualmente 
ocupan aun territorio propio, cedido por los ingle- 
ses con el título de reserva. Su inteligencia era des- 
pejada, |X)r lo cual adoptaron con más rapidez que 
otros indios la civilización europea y de ellos proce- 
dieron no sólo varones eminentes, sino también muje- 
res ilustres, como la poetisa Paulina Johnson; en 
nuestros días ha sido muy celebrada otra escritora de 
la misma raza, Miss. Taglionwake, cuyos cantos pa- 
trióticos son dignos de encomio. 

Aunque descubierto ya el Canadá á fines del si- 
glo XY, su colonización, como la de los Estados Uni- 
dos, fué tardía. Acometieron esta empresa los france- 



— 344 — 

ses al acabar el siglo XVI, pero lentamente, pues 
aunque Santiago Cartier había explorado las márge- 
nes del río San Lorenzo, no dejó fundada villa alguna. 
Chauvin en el año de 1599 estableció una colonia en 
la confluencia de los ríos San Lorenzo y Saguenay, 
pero casi todos sus habitantes murieron al poco tiem- 
po. Igual resultado tuvo otro ensayo que se hizo en la 
bahía de Fundy. Por esto los canadienses no conside- 
ran fundada la colonia hasta que en el año de 1608 
Samuel Champlain echó los cimientos de Quebec á 
orillas del caudaloso río San Lorenzo y en una posi- 
ción estratégica. La ciudad creció paulatinamente á 
causa de las continuas luchas con los iroqueses, ene- 
migos formidables de los colonos; en 1676 la población 
francesa del Canadá, donde se contaba ya una ciudad 
más, la de Montreal, fundada en 1642, no pasaba de 
3.418 almas. Entre tanto los ingleses extendían su 
dominio en las regiones del Sur, y dado el antagonis- 
mo que había entre ambas naciones. era de temer un 
conflicto por el que Francia perdiese las colonias del 
Canadá. Así aconteció muy luego; por el tratado de 
Utrech (año 1713), Inglaterra se apoderó de la Aca- 
dia ó Nueva Escocia, de la isla de Terranova y de las 
regiones contiguas al mar de Hudson. En 1755 se re- 
novaron las hostilidades por la ambición de los anglo- 
americanos que favoreció su metrópoli; en ella tomó 
parte Jorge Washington. En las primeras campañas 
favoreció la suerte á los franceses, cuyo General Mont- 
calm de Saint Veram se apoderó del fuerte William 
Henry y conservó los puestos militares que domina- 
ban el Ohío. Eesuelto el Ministro inglés Pitt á dar un 
golpe decisivo, elevó el número de soldados británicos á 



— 345 — 

50,000, cuyo mando confió al General Abercrombie, 
quien fué, sin embargo, derrotado en Ticonderoga. 
• Más afortunado Wolff, logró vencer á Montcalm 
ante los muros de Quebec, aunque él murió de un ba- 
lazo, y luego capituló aquella ciudad tenida por inex- 
pugnable. Montreal cayó también en poder de los in- 
gleses, quienes en breve fueron dueños de todo el Ca- 
nadá, que adquirieron definitivamente por el tratado 
de Fontainebleau celebrado en Noviembre del año 
de 1762. 

Sometida la Acadia (Nueva Escocia) por los ingle- 
ses, cometieron una de esas tropelías que manchan la 
historia británica; recelando que sus habitantes por 
ser de raza francesa no dejarían de levantarse algún 
día contra sus dominadores, los reunieron un día en 
las iglesias y escoltados por tropas los expulsaron sin 
cuidar de que los padres fuesen con sus hijos ni los 
maridos con sus mujeres. El éxodo de aquellos infeli- 
ces fué de los más duros que se han conocido; en el 
Massachussetts se les prohibía su culto por los pro- 
testantes y muchos de ellos murieron de hambre. An- 
dando el tiempo, lograron regresar un buen número á 
Nueva Escocia, donde, aunque vejados hasta comien- 
zos del siglo XIX, se propagaron rápidamente, y hoy 
se cuentan en dicha región y en las comarcanas más 
de 150.000 habitantes que descienden de aquellos y se 
han conservado fieles á la religión católica. En el epi- 
sodio que hemos referido se inspiró el gran poeta nor- 
te-americano Longfellow para escribir su magnifico 
poema Evangelina. 

Cuando en 1775 se rebelaron las colonias inglesas, 
el Canadá permaneció leal á su metrópoli y aunque los 



— 346 — 

norte-americanos hicieron una expedición contra Que- 
bec, no pudieron entrar en esta ciudad, ante cuyos mu- 
ros fué herido mor taimen te, su General Montgomeiy. 

En recompensa, el Ministro Pitt, teniendo en cuen- 
ta que el alto Canadá, poblado por ingleses, y el bajo 
Canadá por franceses, no podían formar una sola 
colonia, separó ambas regiones y les concedió una 
amplia autonomía legislativa y administrativa con 
lo cual afianzó allí la dominación inglesa. En 1837 
los canadienses, juzgando que estas libertades no im- 
pedían un influjo excesivo de su metrópoli, se alzaron 
contra ésta, y si bien fueron vencidos rápidamente, al- 
canzaron lo que deseaban. La constitución que se les 
dio en el año de 1840 fué tan liberal, que casi equi- 
valía á la independencia, pues los lazos que la unirían 
con Inglaterra eran más propios de confederación que 
de colonia. 

Ambas provincias fueron unidas y se les concedió 
un Parlamento y un Gobierno responsable que resi- 
dió en Montreal y después en Toronto; hoy es la capi- 
tal Otawa. 

Posteriormente, queriendo Inglaterra constituir con 
sus colonias de la América Septentrional un Estado 
capaz de resistir la absorción de los Estados Unidos, 
por una ley dada en Mayo de 1867 creó el Dominio 
del Cana<lá, confederación compuesta del alto y bajo 
Canadá, Kueva Brunswick, Nueva Escocia, isla del 
Príncipe Eduardo y los países nuevamente coloniza- 
dos, como son la isla de Vancouver, la Cohimbia bri- 
tánica, Alberta, Assiniboia y Manitoba, 



CAPÍTULO XXXII 



El Brasil 



Cuando los europeos llegaron al Brasil, poblaban 
esta inmensa región multitud de naciones diferentes; 
las más poderosas eran las de los tapuyas y de los tu- 
pís. Los tapuyas no se hallaban organizados política- 
mente; sujetos á una especie de teocracia, no solían te- 
ner jefes hereditarios; los sacerdotes marcaban los lu- 
gares en que la tribu residía temporalmente, la época 
de sus continuas emigraciones, las fiestas y otros asun- 
tos. Veneraban á Hucha, señor de potestades malig- 
nas, y creían que el alma, antes de penetrar en las 
mansiones eternas, viajaba por solitarios pantanos. 
Eran antropófagos, y tanto, que á veces las madres de- 
voraban á sus hijos y éstos á sus padres ancianos. 
Aunque pertenecían á una misma raza, hablaban di- 
versas lenguas. 

Los tupís formaban muchas tribus independientes; 
su idioma era semejante al guaraní, con cuyo pueblo 
tenían comunidad de origen; sus dioses representaban 
las fuerzas naturales, como Tupacaminga, el trueno, 
Tupaverava, el rayo; reconocían genios buenos (Apo- 
yanene), y genios malos (Uyopia); creían en la vida 



— 348 — 

futura; sus sacerdotes eran á la vez hechiceros, adi- 
vinos y médicos; habitaban en cabanas separadas y se 
iniciaban con ritos bárbaros. El gobierno de los tupís 
era electivo dentro de una familia; la guerra se decla- 
raba en una asamblea convocada por el jefe. En ge- 
neral sus instituciones se parecían mucho á las de los 
guaraníes. Eran los tupís de color cobrizo claro, de ro- 
busta musculatura, de ojos negros, cabello áspero y 
nariz aplastada; los guerreros se tatuaban de color 
azul ó rojo. 

En el año de 1500, 1). Pedro Alvarez Cabral salió 
de Lisboa con una armada para continuar la conquis- 
ta de las Indias Orientales; llegado á las islas de Ca- 
bo Verde se levantaron tan recias tempestades que 
hubo de navegar hacia el Oeste, y á 24 de Abril vio 
una tierra desconocida en cuya playa había gran nú- 
mero de hombres desnudos. A fin de resguardarse de 
los vientos, ancló en una bahía á la cual puso el nom- ' 
bre de Porto-Seguro. Cabral tomó posesión de aquel 
país en nombre del rey de Portugal. De esta manera 
por una casualidad fué descubierto el Brasil, adonde 
hicieron muy luego los portugueses algunas expedi- 
ciones mandadas por Orejo, con quien navegó Amé- 
rico Vespuccio, González Coelho y otros. Viendo 
Juan III la importancia del Brasil, resolvió colonizar- 
lo; dividió esta región en nueve señoríos hereditarios 
que adjudicó á personas de reconocidos servicios, dán- 
doles jurisdicción civil y criminal y facultad de fun- 
dar poblaciones y ceder terrenos. La corona se reser- 
vó únicamente el derecho de acuñar moneda, el de 
imponer la pena capital y el de percibir un diezmo 
de las rentas. En 1532 fundó Martín Alfonso de Sou- 



— 349 — 

za una colonia que tenía cien leguas de costa y es hoy 
el Estado de San Pablo. Organizó una compañía mer- 
cantil que explotase las riquezas de aquélla, introdu- 
jo el cultivo de la caña de azúcar, y fomentó la cría de 
ganado lanar. Más adelante fundaron, Martín Ferreira, 
la colonia de Parahiba del Sur; Vasco Fernández Cou- 
tinho, la del Espíritu Santo; Jorge Figueira da Correa, 
la de Os-Ilheos; Duarte Coelho, la de Todos los Santos. 

El sistema de concesiones empleado en la coloniza- 
ción del Brasil no dio el resultado apetecido, en vis- 
ta de lo cual fueron revocadas; nombrado gobernador 
general Tomás de Souza, llegó en el año de 1569 lle- 
vando siete jesuítas, y fundó la ciudad de San Salva- 
dor, ayudado por los tupinambas. El P. Manuel de 
Nobrega y sus compañeros se dedicaron á la con- 
versión de los indios, obteniendo copioso fruto á pe- 
sar de los obstáculos que hajlaban en los colonos por 
defender la Compañía con tanto celo como desinterés 
la libertad de aquellos. Sucedió á Tomás de Souza, 
Eduardo da Costa, en cuyo tiempo el P. Anchieta, va- 
rón memorable, contribuyó como pocos á la propaga- 
ción del Evangelio. 

A mediados del siglo XVI, intentaron los hugono- 
tes franceses establecerse en el Brasil con el doble ob- 
jeto de causar daño á Portugal y de fundar una colo- 
nia donde nadie les impidiese el libre ejercicio de su 
culto. Nicolás de Villegagnon se apoderó en el año de 
1556 de una de las islas que hay en la bahía de Kío 
Janeiro y se instaló con algunos centenares de calvi- 
nistas. Pero habiendo abjurado el protestantismo, sus 
colonos lo llevaron tan á mal, que intentaron asesi- 
narlo. Dada la voz de alarma por los jesuítas, que 



— 350 — 

veían el peligro de semejante vecindad, fué tomado 
por asalto el fuerte de Coligny y restablecida en la isla 
la dominación portuguesa. A esta guerra sucedió la 
de los aymorés, tribu de las más salvajes que había 
en el Brasil, quienes devastaron las capitanías de Por- 
to Seguro y de Os-Ilheos; los tamoyos, que residían 
entre Kío-Janeiro y San Vicente, hicieron otro tanto; 
vencidos por el gobernador Men de Saa, prosiguieron, 
no obstante, la lucha, que terminó gracias á la abnega- 
ción del P. Anchieta, quien con harto peligro de su 
vida marchó al país de los bárbaros y negoció la.| 
paz. 

Sometidos los tamoyos, Eustoquio de Saa, sobrino 
del gobernador, recibió la comisión de fundar una 
ciudad en la bahía de Eío-Janeiro á fin de impedir 
que los franceses volviesen á establecerse en ella co- 
mo intentaban, y echó los cimientos de la población 
que es hoy capital de la república brasileña, situada]! 
en uno de los sitios más hermosos que se conocen. 

Cuando falleció Men de Saa, comprendiendo los por| 
tugueses que el Brasil era demasiado vasto para for| 
mar un solo gobierno, lo dividieron en dos provinciasl 
una con la región del Norte y otra con la del Sur, 
cuyas capitales fueron San Salvador y Kío-Janeiro. 
El gobernador de la primera, D. Luís de Britto, encar- 
gó á Sebastián Fernández Tourinho el descubrimien- 
to de minas en las regiones del interior, con cuyo mo- 
tivo fué explorada la provincia de Minas-Geraes. Por 
entonces se había ya formado en el Sur la raza de los 
paulistas ó mamelucos, hijos de portugueses y mujeres 
tupíes, célebres luego en la historia del Brasil y del 
Paraguay por las atrocidades que cometieron con los 



- 351 ^ 

indios, á quienes cazaban como fieras para venderlos 
por esclavos, sin reparar en si se habían convertido 
y vivían pacíficamente en reducciones gobernadas por 
los jesuítas, ó si continuaban aún en su pristina bar- 
barie. 

Unido el reino de Portugal al de Castilla en el año 
de 1580 por Felipe II, los ingleses, que en odio á és- 
te favorecían al pretendiente D. Antonio de O Grato, 
hicieron algunas expediciones contra el Brasil, apo- 
derándose del Arrecife, devuelto cuando Felipe III 
celebró un tratado de paz con Jacobo 1. 

En 1594 renovaron los franceses sus tentativas de 
colonización en el Brasil; Carlos Devaux se estableció 
con algunas tropas en la isla de Maranham, habitada 
por los indios tupinambas, y alióse con éstos; aprobado 
el hecho por la reina de Francia, fué nombrado gober- 
nador La Ravardiere, que derrotó al ejército portugués 
mandado por Jerónimo de Albuquerque; sin embargo 
délo cual, La Ravardieie debió juzgarse poco seguro, 
pues muy luego capituló y abandonó la fortaleza en- 
Octubre del año de 1614. Con un enemigo más temi- 
ble que los franceses hubo de luchar después el Bra- 
sil, y fué con Holanda, que estuvo á punto de fundar 
allí una amplísima colonia. Hallándose esta nación en 
guerra con España en el año de 1624, organizó una 
expedición contra el Brasil; en ella iban sesenta bu- 
ques mandados por Villekens y Vendort. Este se apo- 
deró sin dificultad de San Salvador, puerto que no 
había cuidado de fortificar el Conde Duque de Oli- 
vares, aunque tenía noticias de los proyectos de Ho- 
landa. Los brasileños, encendidos en cólera con la pér- 
dida de ciudad tan importante, sitiaron en ella á los ho- 



— 352 - 

landeses, dirigiendo la empresa el anciano obispo don 
Marcos de Tejeira, quien murió al poco tiempo á cau- 
sa de las fatigas; llegada en refuerzo de los portugue- 
ses una ilota de 26 buques con 4000 soldados al man- 
do de D. Manuel Meneses, se vieron obligados los ho- 
landeses á capitular, hecho que causó inmenso albo- 
rozo en la Península. Sin desanimarse por esta derro- 
ta, volvieron los holandeses á la carga, y en el año de 
1630 se apoderaron de Pernambuco, de donde no los 
pudo desalojar Matías de Albuquerque, aunque por 
espacio de siete años les hizo una guerra sin des- 
canso, de tal manera, que estaban como bloquea- 
dos sin poder salir de los muros. Vencida por don 
Antonio de Oquendo una armada de 26 buques 
que les llevaba refuerzos, abandonaron la ciudad de 
Olinda después de incendiarla. Dueños luego de la de 
Nazaret, prosiguieron sus conquistas y llegaron á do- 
minar cuatro provincias, bajo el mando de Mauricio de 
Nassau, quien, sin embargo, fué derrotado cuando in- 
tentó apoderarse de San Salvador, que defendió in- 
trépidamente el general Bagnuolo. Cuando Portugal, 
en el año de 1640 se declaró independiente, Juan IV 
celebró con Holanda un tratado por el cual cedía á 
esta potencia casi todos los territorios que había con- 
quistado en el Brasil. Lejos los holandeses de respe- 
tar la religión católica se mostraron intolerantes, con 
lo que se concitaron el odio de los brasileños, quienes 
no queriendo sufrir el yugo extranjero se rebelaron 
capitaneados por Juan Fernández Vieira, y sin con- 
tar con auxilios de la metrópoli, lucharon con la te- 
nacidad que infunden la desesperación y los senti- 
mientos religiosos, pues la guerra tuvo en gran parte 



— 353 — 

el carácter de religiosa. Después de siete años, Yiei- 
ra logró expulsar á los holandeses en el año de 1654, 

Hacia el año de 1650, algunos esclavos fugitivos se 
establecieron en el distrito de Alagoas, y más adelan- 
te fundaron la ciudad de Palmares que llegó á contar 
20.000 habitantes. Eligieron un Presidente á quien 
llamaban Zombe; su religión era una mezcla de cato- 
licismo y de supersticiones gentílicas. Los rápidos 
progresos de esta república negra obligaron al gobier- 
no del Brasil á enviar contra ella una expedición que 
destruyó, no sin lucha reñida, la ciudad de Palmares, y 
redujo á esclavitud sus moradores. 

Habiéndose Portugal declarado contra Felipe Y y 
la casa de Borbón en la guerra de sucesión de Espa- 
ña, Luís XIV, envió en 1710 una escuadra contra el 
Brasil, mandada por Duclerc, quien se apoderó de 
Río- Janeiro y exigió por el rescate una elevada can- 
tidad. 

Los sucesos más importantes ocurridos en el Bra- 
sil durante el siglo XVIII fueron las continuas lu- 
chas con España á fin de dominar la desembocadu- 
ra del Eío de la Plata, pues dueños los portugueses 
de este río y del Amazonas tendrían en su poder las 
dos llaves principales de la América meridional. De 
ellas hemos dado ya cuenta al hablar del Uruguay. 
La población siguió extendiéndose hacia el Oeste 
atraída por los yacimentos de oro y diamantes que se 
descubrieron en Minas G-eraes y Matto G-rosso, y len- 
tamente se fué mezclando con varias razas indígenas 
y más con la negra, de tal manera, que hoy gran par- 
te de las antiguas familias brasileñas llevan en sus 
venas sangre africana. 

23 



— 354 — 

Las conmociones políticas que ocasionó en Europa 
la revolución francesa tuvieron consecuencias tras- 
cendentales para el Brasil. Dueño Napoleón de Por- 
tugal, el monarca de este reino, Juan VI, lejos de 
imitar la estúpida conducta de Fernando VII que se 
puso en manos de su enemigo, huyó al Brasil. Allí 
permaneció basta el año de 1821, en que regresó á 
Portugal, dejando como Eegente á su hijo I). Pedro. 
Descontentos los brasileños de la dominación lusita- 
na por las mismas razones que sus vecinas colonias lo 
habían estado con España, reclamaron una adminis- 
tración completamente autónoma, cosa que les fué de- 
negada por Juan VI, El Eegente tuvo la sensatez de 
acceder á las peticiones de su pueblo, y proclamán- 
dose protector del Brasil, convocó una asamblea que 
en Agosto del año de 1822 proclamó la independen- 
cia de la colonia, de la que D. Pedro fué nombrado 
Emperador. Portugal comprendió que nada consegui- 
ría con la lucha y reconoció el nuevo Estado en el 
año de 1825. 

Pocos años duró el Gobierno de D. Pedro; mal quis- 
to con las Cámaras y atento á ocupar el trono de 
Portugal que luego cedió á su hija D.'^ María de la 
Gloria, abdicó en el año de 1831 y le sucedió su hijo 
del mismo nombre. Por ser éste menor de edad, se 
nombró un Consejo de Eegencia que duró hasta el 
año de 1841. D. Pedro II hubo luego de combatir al- 
gunas revoluciones que estallaron; gracias á la acti- 
vidad del general Caxias, se restableció la paz en Mi- 
nas Geraes, donde el senador José Feliciano contaba 
con 6000 insurrectos. En tiempo de Pedro II aumen- 
tó el Brasil sus posesiones con algunos territorios que 



— 355 — 

logró después de la inicua guerra con el Paraguay. 
Pocos monarcas como él se interesaron tanto por el 
bienestar de su nación y pocos han sido tan mal re- 
compensados; á D. Pedro debe el Brasil un régimen 
liberal y considerables adelantos materiales y morales. 
Sin embargo de esto, fué destronado en el año de 1889 
por una revolución que organizó en Río- Janeiro el ge- 
neral Ponseca, y sin derramar apenas sangre, quedó 
proclamada la república. Pasados algunos disturbios 
ocurridos en la provincia de Río Grande do Sul y la 
sublevación del almirante Peixoto, quedó el imperio 
convertido en república federal; cambio el más pací- 
fico que se registra en los anales de América, 



CAPÍTULO XXXIII 



La Guayana 



El inmenso territorio denominado La Guayana se 
extiende por las cuencas de los ríos Amazonas y Ori- 
noco. Actualmente corresponde á cinco naciones, que 
son: Venezuela, Inglaterra, Holanda, Francia y el 
Brasil. Yañez Pinzón fué el primero que en el año de 
1499 exploró las costas de la Guayana, y establecidos 
ya los españoles en Tierra Firme, hicieron algunas 
expediciones al Orinoco en busca de oro. Diego de 
Ordax, en el año de 1527, intentó la conquista y co- 
lonización de La Guayana, á cuyo fin recorrió, llevan- 
do 800 hombres, gran parte del río de Paria, mas 
ningún resultado positivo consiguió. Continuaron es- 
ta empresa los alemanes Federman y Spira entrando 
por Venezuela, pero después de reñidos combates con 
los indígenas, hubieron de retirarse sin dejar afianza- 
do el dominio español. La leyenda del fabuloso Dora- 
do, país abundantísimo en oro, atrajo multitud de 
aventureros á La Guayana, unos españoles y otros ex- 
tranjeros, como Walter Raleigh, que á principios de 
siglo XVII hizo dos expediciones, cometiendo en 
ellas infinidad de tropelías que fueron causa de su de- 



— 35V — 

sastrosa muerte, pues habiéndose quejado España, 
fué ajusticiado en Londres, Las frecuentes incursio- 
nes de los piratas motivaron el que la colonización 
española de La Guayana fuese lenta en el siglo XVL 
En 1581 los holandeses se apoderaron del país conti- 
guo al río Demerara; expulsados de allí, fundaron algu- 
nos años más adelante la ciudad de Stabrock ó George- 
town y extendieron sus dominios hasta el río Esequi- 
bo. En 1604 los franceses, sin respetar los derechos 
de España, se establecieron en Cayena. Durante los 
siglos XVII y XVIII fué La Guayana campo de lu- 
cha entre los holandeses, cuyas colonias prosperaban, 
los franceses y los españoles. El último de los pueblos 
europeos que colonizó en esta región fué Inglaterra, 
que en el año de 1803 despojó á Holanda de una parte 
de las regiones que allí poseía; sin embargo, es hoy la 
potencia cuyos dominios en La Guayana tienen mayor 
extensión, efecto de las usurpaciones con que poco á 
poco se ha ido anexionando territorios que indiscuti- 
blemente pertenecían á Venezuela; usurpaciones que 
no habrían tenido fin sin la resuelta actitud de la re- 
pública norte-americana que años pasados logró se 
decidiesen por sentencia arbitral las cuestiones susci- 
tadas entre Inglaterra y Venezuela por causa de lí- 
mites. 



FIN 



índice 



PÍ.GS. 

Advertencia 5 

CAPÍTULO PRIMERO.— Razas primitivas de Amé- 
rica. — Origen de su civilización 7 

CAPÍTULO II. — Los precursores de Colón; viajes y 
descubrimientos de los europeos en la América del 
Norte durante la Edad Media. — Doctrinas anterio- 
res á Colón re'ferentes á la existencia del Nuevo 
Mundo 12 

CAPÍTULO III.— Cristóbal Colón.— Su patria, ju- 
ventud y primeras navegaciones. — Residencia en 
Portugal. — Ofertas que hizo á los Reyes Católicos. — 
Contradicciones que halló.— Tratado que por fin ce- 
lebró con aquéllos. — Su primer viaje y descubrimien- 
tos que realizó. — Regreso á España. — Segundo viaje; 
triste fin de los españoles que habían quedado en la 
isla Española. — Tercer viaje. — Es enviado Colón á 
España cargado de Cadenas.— Cuarto viaje. — Últi- 
mos años de Colón. — Su muerte 16 

CAPÍTULO IV. — Otros viajes y descubrimientos he- 
chos en América en los últimos años del siglo XV y 
primer tercio del siglo XVI. — Navegaciones de Pero 
Niño, Vicente Yáñez Pinzón, Diego de Lepe, Amé- 
rico Vespucio, Alonso de Ojeda, Vasco Núñez de 



360 ÍNDICE 

PAOS. 

Balboa y Juan Ponce de León. — Expedición de Pan- 
filo de Narváez á la Florida. 37 

CAPÍTULO V. — Historia de México. — Los primeros 
habitantes; razas tolteca, azteca y chichimeca. — 
Fundación de Tenuchtitlán ó México. — Serie de sus 
monarcas hasta su conquista por los españoles. . . 44 , 

CAPÍTULO VI. — Descubrimiento de Yucatán y ex- 
pedición qué á este país hizo Juan de Grijalva. — 
Diego Velázquez nombra jefe de otra á Hernán 
Cortés. — Nacimiento y juventud de éste. — Sale de 
Cuba á la Conquista de México. — Batalla de Ta- 
basco. — Fundación de Veracruz. — Noticias que 
tuvo de Moctezuma. — Resuelve ir á la corte de 
éste. — Sumisión de Cempoala. — Campaña contra los 
indios de Tlascala. — Paz que ajustó con ellos. — En- 
trada en México.— Becibimiento de Moctezuma. — Es 
éste reducido á prisión.— Sale Cortés de México y 
derrota las tropas enviadas contra él por Velázquez. 
— Viielve á México y se retira con grandes pérdidas 
que le causan los indios sublevados.— Batalla de 
Otumba. — Sitio y conquista de México. — Hechos 
posteriores de Cortés > • • 53 

CAPÍTULO VIL— Historia de México (continua- 
ción). — México en el siglo XVI. — Serie de sus Virre- 
yes y acontecimientos más notables 69 

CAPÍTULO VIII.— Historia de México (continua- 
ción). — México en los siglos XVII y XVIII. — Sus 
Virreyes y los hechos más importantes que ocurrie- 
ron 81 

CAPÍTULO IX. — Historia de México (conclusión). — 
Causas de su rebelión. — Guerra de su independen- 
cia. — El emperador Itúrbide. — Presidentes que le 
sucedieron. — Anarquía perpetua de la república. — 
Inva.«iión norte-americana. — Guerra con Francia. — 
El Emperador Maximiliano.— Los Presidentes Beni- 
to Juárez y Porfirio Díaz 100 



ÍXDICE 361 

PÁGS. 

CAPÍTULO X. — América Central: Guatemala. — 
Honduras. — El Salvador. — Nicaragua. — Costa Rica. 114 

CAPÍTULO XI.— El Perú.— Sus primitivos habitan- 
tes. — Dinastía de los Incas. — Civilización quichua. . 128 

CAPÍTULO XIL— El Perú (continuación).— Su. des- 
cubrimiento por los españoles y expedición de Piza- 
rro. — Entrada de éste en Cajamarca y prisión de 
Atahualpa. — Guerras civiles de Almagro y Pizarro. 
— Muerte de éste. — Gobiernos de Vaca de Castro y 
de Blasco Núñez de Vela. — Nuevas guerras civiles y 
pacificación de D. Pedro la Gasea 138 

CAPÍTULO XIIL— El Perú (continuación): Sus Vi- 
rreyes en los siglos XVI y XVII; hechos más nota- 
bles que llevaron á cabo 161 

CAPÍTULO XIV.— El Perú (conclusión): Sus Vi- 
rreyes en el siglo XVIII. — Guerra de su indepen- 
dencia. — Sucesos de la república en el siglo XIX. 169 

CAPÍTULO XV.— Bolivia 180 

CAPÍTULO XVL— El Ecuador: Sus primeros po- 
bladores. — Su conquista por Belacázar. — Gobierno 
de sus Presidentes. — Su independencia y vicisitu- 
des en el siglo XIX 186 

CAPÍTULO XVIL— Colombia: Los Chibchas y su 
cultura. — Su conquista por Gonzalo Jiménez de 
Quesada. — Sus gobernadores en los siglos XVI, 
XVII y XVIIL— El Virreinato de Santa Fe.— 
Independencia de Colombia. — Su historia en el si- 
glo XIX 193 

CAPÍTULO XVIIL— Venezuela: Su descubrimiento 
y primeras expediciones á esta región.— Su conquis- 
ta por Alfinger y otros agentes de los Belzares. — Su ♦ 
gobierno durante la dominación española. — Su inde- 
pendencia. — Su historia en el siglo XIX 203 

CAPÍTULO XIX.— Chile: Los araucanos.— Expedi- 
ciones de Almagro y Valdivia. — Guerras con los 
araucanos en el sigio XVI. — Gobierno de la colonia 



362 ÍNDICE 

PÍ.G8. 

en los siglos XVII y XVIII.— Su independencia y - 

sucesos posteriores 213 ' 

CAPÍTULO XX.— El Paraguay: La raza Guaraní.— 
Descubrimiento del Eío de la Plata. — Conquistas de 
Juan de Ayolas, de Domingo Martínez de Irala y 
Juan de Garay. — Gobernadores del Paraguay en los 
siglos XVI, XVII y XVIII. — Indepenedencia del ; 

Paraguay. — 8u historia en el siglo XIX 228 A 

CAPÍTULO XXL— La república Argentina. -Sus j 

primeros habitantes.— Historia de la provincia de 
Tucumán. — Historia de la provincia de Buenos Ai- 
res. — El Virreinato del Río de la Plata.— Indepen- 
dencia de la Argentina y sucesos de esta república 
en el siglo XIX 246 

CAPÍTULO XXII.— El Uraguay: Sus pueblos indíge- 
nas. — Primeros establecimientos de los españoles. — 
Guerras con los portugueses. — Fundación de Monte- 
video.— Su historia en el siglo XVIIL— Conquista del 
L^ruguay por el Brasil.— Independencia del Uruguay 
y sucesos posteriores 258 

CAPÍTULO XXIIL- Isla de Cuba . 268 

CAPÍTULO XXIV.— República de Santo Domingo . 274 

CAPÍTULO XXV.— Civilización y gobierno de las 
colonias hispano-americanas: Propagación del Cris- 
tianismo. — El Consejo de las Indias. — Legislación 
colonial de las Indias. — Comunicaciones con Espa- 
ña. — Encomiendas.- Reparto de tierras 279 

CAPÍTL'LO XXVI. — Literatura hispano-americana. 
— Las Bellas Artes en las colonias españolas. . . . 293 

CAPÍTULO XX VIL— Estados Unidos: Su descubri- 
miento. — Primeros ensayos de colonización.— Origen 
de algunos Estados de la Unión. — Las colonias in- 
glesas en la primera mitad del siglo XV^III. — inde- 
pendencia de los Estados Unidos 300 

CAPÍTULO XXVIIL— Estados Unidos (crmclustón). 
— Su historia en el siglo XIX 317 



ÍNDICE 363 



PÁGS. 



CAPITULO XXIX. -Puerto Rico 338 

CAPÍTULO XXX. -Historia de Jamaica 341 

CAPITULO XXXI.— Historia del Canadá 343 

CAPITULO XXXIL— El Brasil 347 

CAPITULO XXXIIL— La Guayana 356 



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