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Full text of "Compendio de indumentaria española, con un preliminar de la historia del traje y el mobiliario en los principales pueblos de la antigüedad"

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— DE — 



INDUMENTARIA ESPAÑOLA 



CójaPEHOiO 



— DE — 



INDUMENTARIA ESPAÑOLA 



CON UN PRELIMINAR 



historia del traje y el mobiliario en los principales 
pueblos de la Antigüedad, 



POR 



Doña J. Natividad de Diego y González 

Profesora numeraria 
de la £scuela de Estudios Superiores del Magisterio, 



Y — 



Pona África León Salmerón 

Profesora numeiaria de la Escuela Normal de Avila. 




MADRID.- 1915 

IMPRENTA DK SAN FRANCISCO DK SALES 
Calle de la Bola, nám. S 



1200 

pr 


• 




Esta obra es propiedad de sus 
Autoras: quedan cumplidos los 
requisitos legales. 




^1 Excmo. Señor 

©o/z Cóuaróo ^inconíi, 

entusiasta defensor de la Enseñanza y del Ma- 
gisterio, por gratitud a los alientos que nos co- 
municara al exponerle la idea de emprender 
este trabajo, encaminado a llenar el vacío del 
estudio de materia tan interesante, no explicada 
en ningún centro docente; 

Le ruegan acepte como testimonio de buena 
voluntad este modesto ensayo, 

Lias ^uCopas. 



Carta-Prólogo. 



Sraíi. Doña Natividad de Diego y África León Salmerón. 

Mis más distinguidas amigas : 

He recibido su grata, con el ejemplar en capillas de la obra 
Compendio de Indumentaria Española, de que son autoras, y 
después de agradecerles su atención, no puedo menos de esti- 
marme afortunado, al ser de los primeros lectores de tan pre- 
cioso trabajo. 

Ha sido una idea feliz y atrevida el emprenderlo, pues a más 
de la necesidad que se sentía de un Tratado en que se metodiza- 
ra y aclarara tan interesante materia, ofrece ésta tales dificulta- 
des, que sólo el acometerla representa un valor imposible de 
tener sin el conocimiento profundo y el estudio perseverante que 
se requiere para ocuparse en ellas: bajo este aspecto, bien pue- 
den estimarse lo suficientemente preparadas y estar de su reso- 
lución satisfechas. 

Paréceme excelente el método seguido, pues es indudable que 
muchos de nuestros indumentos los debimos originariamente a 
los pueblos que nos visitaron en la antigüedad, y como éstos fue- 
ron los más principales en la Historia, de aquí que su estudio sea 
tan útil como oportuno. 

Entrando ya en la parte genuínamente española, yo no tengo 
más que elogios para labor tan esmerada, pues nunca se había 
dado caso de ofrecer doctrina tan completa, a la par que en for- 
ma tan precisa e interesante. Definidas las épocas con rigor 
grandísimo y sometida la evolución a métodos de orígenes y 
adaptaciones, el plan de la obra es tan claro como acabado, 
habiendo conseguido por ello lo que nunca antes alcanzó autor 
alguno de los que se han metido en tan difícil laberinto. 

La exposición de tan curiosas Pragmáticas, por las que los 



legisladores cometieron tantos errores como nos comunicaron 
preciosos datos; sus consecuencias económicas, y por último, 
la exposición ordenada bajo aspectos tan pintorescos, hacen re- 
vivir a nuestros antepasados, a veces vistiendo con una suntuo- 
sidad y gusto verdaderamente admirables, y en otras incurrien- 
do en extravagancias y exageraciones tan ridiculas como inve- 
rosímiles. 

Todo queda metódica y documentalmente consignado en su 
feliz trabajo, notable tanto por la novedad como por su clara 
exposición y hasta bellas ilustraciones, pudiendo decirles tan 
sólo que me sabe a poco, aunque de tan buena calidad, que bien 
puede este libro dar vida a otros varios; y como tal Compendio 
lo ha de ser seguramente de satisfacciones, las aplazo para lo 
demás, que seguramente han de llevar a término. 

El tratar de los trajes regionales, tan expuestos a desapare- 
cer, y el «Glosario» que prometen, constituyen un acierto más 
que celebrarles. 

Otro aspecto, por el que también las aplaudo, es que sean dos 
distinguidas y cultas profesoras de la enseñanza oficial las que 
hayan emprendido tal senda, pues bueno es que la mujer espa- 
ñola se ocupe ya, y aficione, en estudios tan propios de su sen- 
sibilidad y acomodados al empleo de sus facultades, lan aptas 
y propicias para la cultura como las de otra cualquiera nación 
civilizada. 

Sin duda, su libro de la Indumentaria Española ha de for- 
mar época entre los que de estas materias se han ocupado, y 
bien pronto lo comprenderán al experimentar su éxito. 

Que éste sea tan grande como se merecen, es el mayor deseo 
de su afectísimo a. y a., q. s. p. b., 

Narciso Sentenacb. 

Madrid, 28 de Marzo de 1915. 



FK^OE^Nw^IO 



En el traje, como en todo lo humano, se ha operado una evo- 
lución y progreso, transformándolo y pretendiendo adoptarlo 
más a sus fines, hasta llegar al punto en que hoy lo encontramos. 

Desde los primitivos prehistóricos, para los que utilizó el 
hombre la piel de los animales y los más toscos tejidos, cubrien- 
do sólo las partes más delicadas de su cuerpo, hasta las compli- 
i adas prendas actuales, se han sucedido cambios y transforma- 
ciones tales, que despiertan el mayor interés para su estudio. 

Las formas del traje han sido tan variadas como caracterís- 
ticas; cada pueblo ha impreso en sus prendas y exornos el sello 
de su genialidad artística, y el examinarlas y compararlas entre 
sí, puede dar motivo a un interesante tratado, de reconocida im- 
portancia por muchos conceptos. 

Quizá hayan influido en sus formas y variaciones ciertos 
cambios en el clima y estado atmosférico de sus localidades, pues 
en algunas no serían sin duda posibles hoy muchos de los lige- 
ros trajes usados antiguamente; pero si a esto unimos el imperio 
siempre acatado de la moda y el dominio político de ciertas ra- 
sas, podremos hasta explicarnos muchos hechos, que obedecen a 
más lógicos fundamentos que los del capricho y novedad en la 
moda de los trajes y objetos para la vida. 

Por la presente obra hemos pretendido ofrecer, en lo posible, 
un compendio de lo que se ha indagado y publicado hasta ahora 
sobre el traje en nuestro suelo, añadiendo algunas observaciones 
propias y metodizando por épocas y regiones los más usados y 
que han tomado carta de naturaleza entre nosotros; pero como 
para muchos hayamos tenido que aceptar en la antigüedad y más 
modernos tiempos, los de los pueblos extranjeros, nos ha parecido 



- 6 - 

oportuno ofrecer un preliminar de aquéllos que figuraron e impu- 
sieron más sus modas y costumbres, para asi darnos cuenta de 
muchas particularidades como entre los nuestros encontramos. 

Limitámonos además al estudio del traje civil, pues si nos 
ocupáramos del militar, entraríamos en el terreno especial de la 
panoplia y se haría muy extenso este tratado, relacionando igual- 
mente con él aquellos enseres y muebles domésticos más gene- 
ralmente usados para la vida cuotidiana. 

Sirva, pues, este trabajo como de metodisación y avance en lo 
posible sobre el interesante asunto de nuestra indumentaria, tan 
curiosa como en verdad poco dilucidada. 

Nos ha movido también a emprender este trabajo la dificul- 
tad que existe para obtener datos sobre esta materia, al presente 
tan dispersos y fragmentarios, pues parece haber perseguido la 
desgracia a los que hasta ahora lo han intentado. 

El Conde de Cleonard publicó en el tomo IX de las Memorias 
de la Academia de la Historia un '^Discurso histórico sobre el 
traje de los españoles^; más tarde D. Valentín Carderera, en su 
^Iconografía española„, adelantó mucho en estos estudios al 
ofrecer los ejemplares antiguos de que más podía deducirse la 
forma y estilo de sus indumentos. Después algunos otros em- 
prendieron el examen de nuestra indumentaria, como el Sr. Pul- 
gar i y D. Manuel Danvila y Jaldero, que dedicó su juventud al 
estudio del Arte patrio y de la indumentaria, que tanto con él se 
relaciona. Últimamente el Sr. Asnar, en sus "^Documentos para 
la historia del traje en España^ publicó un tomo de láminas, 
copia de monumentos de distintas épocas, pero todo ello quedó 
incompleto, sin duda, ante las dificultades de la empresa. 

De los códices, sellos y cuadros, en consonancia con los docu- 
mentos, pragmáticas e inventarios, hay que extraer las verdade- 
ras noticias sobre los trajes y muebles más usados entre nos- 
otros, de los que aún queda tradición en muchos regionales. 

Quiera Dios concedernos el tiempo suficiente para ver termi- 
nada nuestra tarea, aunque sea en forma de Compendio, y sin 
llegar a aquellos detalles que sólo una larga y continuada inda- 
gación puede llevar al extremo que tan interesante asunto 
merece. 



PRELIMINAR 



El traje y el mobiliario en los principales pueblos 
de la Antigüedad. 



PRELIMINAR 



El traje y el mobiliario en los principales pueblos 
de la Antigüedad. 

Eg±:p"bo. 

Estudiando el proceso de la cultura, debe admitirse que 
ésta comenzó en el valle del Nilo. Por ello el Egipto, después 
de una época prehistórica, ofrece, como los demás pueblos, 
el cuadro de su historia progresiva en todos los órdenes de la 
vida, dándonos además el originario impulso para muchos de 
los desarrollados por otros posteriores. 

En cuanto al traje, objeto de nuestro estudio, no podía 
menos que ser muy sencillo al principio, y más en aquel 
clima especial, donde nunca llueve y no precisaban las pren- 
das de abrigo, sino al contrario, las de defensa contra los 
rayos del sol y los fuertes vientos del desierto. 

La estatua más antigua conocida, la de Ranké, llamada 
del alcalde de Sacara, nos da el más primitivo traje que puede 
ofrecerse, pues sólo cubre su cabeza con el ceñi- 
do casquete, que nunca después habían de aban- 
donar sus compatriotas, al llevar siempre afei- 
tado el cuero cabelludo, ciñendo sus caderas 
con un sencillo paño sujeto a la cintura, origen 
del squenti, y llevando en su mano un bastón, insignia de la 
autoridad que ejerciera. 

Después el traje egipcio se va complicando y enrique- 
ciendo al extremo que hemos de ver seguidamente. 





La prenda más propia de los egipcios era, según Herodo 
to , la calasiris , túnica listada en colores ; pero más bien 
parece se aplicara este nombre a las telas ra- 
yadas. 

Por extensión debíase llamar asi al trozo de 
tela en que envolvían el cuerpo, ciñéndolo ge- 
neralmente por bajo de los brazos y sujetándolo 
a los hombros con tirantes. Ajustábanselo mu- 
cho, disponiéndolo a veces para cubrir en parte 
los brazos, a modo de mangas, siendo de ancho 
vuelo cuando era de telas muy transparentes. 
Usábanlo principalmente las mujeres y los sacer- 
dotes. En los esclavos, soldados y sirvientes, 
esta prenda se ceñía a la cintura. 

A más de las listas de colores, admitían en 
sus prendas ricos bordados y adornos. A 
veces usaban un gran manto exterior. 

El tocado más característico era el Ha/", 
trozo de tela de lino semicircular, con caí- 
das laterales y suelto a la espalda, que ce- 
ñían a la cabeza con una cinta sobre el 
gorro o casquete ajustado al cráneo rapado; este casquete 
afectaba muy variadas formas, cubriéndolo más o menos, 
pero siempre cortado recto por la frente, con caídas ante las 
orejas u otras mayores detrás de ellas, y ce- 
ñido o suelto por la nuca; generalmente se 
lo sujetaban, además, con una cinta alrede- 
^^ dor del cráneo; sobre él se colocaban el klaf 
y los más variados adornos. Las mujeres 
usaban caprichosos tocados, siendo los más lujosos los de las 
reinas, en forma de buitre, con las plumas esmaltadas, a la 
manera isiaca. 





— 9 — 





Las pelucas, entre ellos, ofrecían variadísimos caprichos 
en sus trenzados, sustituyendo al cabello natural; sólo en se- 
ñal de duelo se lo dejaban crecer por cierto tiempo. 

Colocábanse, además, como señal de autoridad, una espe- 
cie de larga perilla trenzada, en la barba, sujeta por dos ti- 
rantes al casquete de la cabeza, como 
se ve en muchas estatuas. 

El adorno característico para el 
cuello, en arabos sexos, era el oslch, 
ancho collar o esclavina de tela, muy 
bordada en colores y adornada hasta 
con piedras preciosas. 

Los hombres ceñían sus caderas 
con el squenti, pieza triangular de tela, que se colocaban de- 
jando al frente el ángulo inferior y rodeando con los supe- 
riores la cintura, en ciertos casos muy plegado. Los reyes le 
adicionaban el nekkék o mandil real , exornado con ureus en 
señal de autoridad. Como calzado, al principio propio sólo 
de los reyes, pero más generalizado después, usaron espe- 
cialmente la sandalia puntiaguda y sujeta a la pierna con 
correas; generalmente las hacían de hojas 
de palma o de papiro entretejidos: muchas 
clases sociales no llegaron a usar nunca 
calzado alguno entre ellos. 

Las insignias del soberano eran: la co- 
rona o mitra, que cuando unían las del alto 
y bajo Egipto, la primera blanca y la se- 
gunda roja, constituía el llamado Pchent; 
además llevaban el lituo o cetro de la justicia; el ureus en la 
frente, o sea diadema en forma de culebra, como insignia 
del dominio de vida y muerte; a estos atributos unían el 
mandil real citado. 




- 10 - 

A Ammon-Rá se le representa con un birrete coronado por 
el disco solar y dos plumas, emblemas éstas de la inmortali- 
dad (el therh), asi como la mitra osiriana (el ateu) se carac- 
terizaba por las dos plumas de gavilán laterales, llevando 
además estas divinidades y algunos reyes, sus representantes 
en la tierra, la cruz con asa, símbolo de la vida divina, y el 
llamado nilómetro, o más bien emblema de Osiris. 

Hombres y mujeres, en sus indumentos más lujosos, ceñían 
el talle con justillos muy apretados, pues la característica del 
vestido egipcio era ir muy ceñido y las mujeres añadían ade- 
más sobre la ealasiris una especie de faldones cruzados des- 
de la cintura a los pies, en forma de alas de gavilán, borda- 
dos de vivos colores, figurando las plumas y hasta cosiéndo- 
les piedras preciosas. Estas alas, extendidas y sujetas por los 
extremos a las muñecas, prestaban aspecto de genios ala- 
dos a lasque las llevaban. Ofrecen tan lujosa indumentaria 
femenina las figuras de Isis en muchos relieves, como por 
ejemplo, entre otros, el de la estela del sacerdote Pinaxi (1). 

Los sacerdotes, completamente afeitadas sus cabezas y 
sin pelucas, presentábanse con túnicas blancas, llevando en 
la diestra altos bastones insignias, a veces de marfil, termi- 
nados en plumas u otros atributos; algunos empuñaban perfu- 
madores de largo mango u ofertorios, sobre los que vertían el 
incienso. Asimismo se adornaban los sacerdotes con pieles de 
fieras, como de leopardos, chacales o leones, cuyas garras 
cruzaban por delante. 

Para resguardarse de los rayos del sol usaron grandes 
abanicos de plumas con largo mango, los más lujosos como 
insignias regias, empleando igualmente para la mano otros 
pequeños, redondos, de la misma materia. 



(1) Véase Perrot y Chipíez, I, pág. 263. 



- 11 - 

La policromía de los trajes egipcios, al igual que la de to- 
dos sus monumentos, era de tonos tan puros como brillantes, 
predominando el blanco, rojo y verde, siendo muy aficiona- 
dos a las telas listadas. 

La gran estatua de Ramsés II (Museo de Turín) es un ejem- 
plar notable por su indumentaria. Cubre su cabeza con un 
gran casco bombado, con el ureus sobre la frente; ciñe su cue- 
llo rico oskh con pedrería, y todo su cuerpo se envuelve en 
plegada y finísima calasiris, que deja al descubierto sólo 
pequeña parte del vientre. De su rico cinturón, sobre el 
squenti, pende el gran mandil real, calzando, por fin, cómo- 
das sandalias; en su diestra lleva el lituus, o cetro real, y 
en la izquierda el tau, u objeto llamado el nilómetro. 

Las riquísimas joyas de los egipcios, de bronce u oro y 
piedras preciosas, han llegado a ser estimadas como modelos 
acabados de arte, pues los pectorales y amuletos hallados so- 
bre algunas momias son de una riqueza insuperable. El de 
Ramsés II y los gavilanes y escarabeos alados, así como sus 
collares, sortijas y brazaletes, ofrecen preciosas muestras de 
su adelantadísima orfebrería: casi todas estas joyas obedecen 
al sistema de construcción cloisonnée o albeolado. Todas las 
mujeres, así como los reyes, usaban grandes zarcillos en las 
orejas. 

Como muebles de más aplicación para la vida, tenían los 
lechos, generalmente afectando las líneas de un cuadrúpedo, 
usando como almohadas el utensilio llamado uol, 
de distintas materias, según sus poseedores: 
los lechos estaban provistos además de colcho- 
nes y cubiertos por mantas y colchas lujosas lla- 
madas tapetas, de los que ya hablaba Homero con elogio. Sus 
sillones y asientos, de formas muy caprichosas, los tapizaban 
con vistosas y ricas telas. 




- 12 - 

Comían en torno de pequeñas mesas, teniendo a la mano 
platos de su característica porcelana azulada, y bebían en 
vasos de vidrio con jarros de barro o metales. 

Usaban del cuchillo y la cuchara, algunas veces ésta de 
marfil, pero no emplearon los tenedores. 

En los convites comían sentados alrededor de las mesas, 
separados de ellas, y cada cual con su plato o taza, que lle- 
naban los servidores, diciéndose que al final circulaban una 
estatua de la muerte, aunque parece que esto fué más bien 
propio de sus banquetes funerarios. Resguardaban las puer- 
tas con cortinas de muy vivos colores, tejidas o bordadas, cu- 
briendo los suelos con esteras y alfombras de distintas clases. 

Los medios más usados de transporte eran las literas y 
palanquines llevados por servidores, aunque su más habitual 
vehículo fueron las barcas, con que constantemente surcaban 
el Nilo; para la guerra usaron los carros, no cabalgando so- 
bre los solípedos, que utilizaron tan sólo para el tiro. 

Las egipcias entregábanse largamente a su arreglo en el 
tocador, empleando afeites y cosméticos, que guardaban en 
primorosos botes, tiñéndose las pestañas con antimonio o con 
el mestem, para aumentar la expresión y tamaño de sus ojos 
y preservarlos, según decían, del ataque de los insectos; asi- 
mismo pintábanse las uñas, labios y mejillas de rojo, mirán- 
dose en espejos metálicos y componiéndose ante ellos el com- 
plicado tocado y joyas con que exornaban sus cabezas, cuyos 
cabellos, propios o postizos, partían generalmente en tres 
trenzas, una a la espalda y dos laterales. 

Aficionados a la música, tañeron el gran arpa, el laúd, los 
crótalos, el sistro, y los hombres tocaban la flauta y las trom- 
petas de guerra. 



- 13 - 



Oal(3-eo-aiSÍjrd_os. 



Los trajes de estos pueblos ofrecen marcadas diferencias 
con los anteriores, empleando nuevos elementos de exorna- 
ción y con más tendencia al corte especial en cada prenda. 

Los de las más antiguas esculturas y entalles caldeos re- 
cuerdan aún, sin embargo, por sus paños, a los más amplios 
usados por los egipcios, pero revelando la 
manera de terciarse el manto, por debajo 
del brazo derecho, dejando éste y el hom- 
bro desnudos ; uso muy extendido entre 
ellos, como se observa en las estatuas de 
Ja colección Sarzéc, y que trasmitieron a 
las prendas asirlas. 

Tela especial de los caldeo-asirios fue- 
ron las kaunakas, tejidas con fruncido y 
plegado, muy transparentes, con que se 
vestían las mujeres, según se ve en varias 
estatuas y cilindros. 

Como prenda más interior llevaban los 
asirlos una especie de camisa o túnica, sobre la que se ponían 
la más exterior, larga hasta los pies en los Reyes y las mu- 
jeres, más corta y abierta lateralmente para los dignatarios, 
siempre con mangas cortas y estrechas. Todas iban guarneci- 
das con grandes flecos, ciñóndoselas a la cintura con ancha 
faja. La prenda más exterior, a modo de manto, llevábanla 
terciada por bajo del brazo derecho, sujetándola al hombro 
izquierdo y dejando ver las piernas. 

Los reyes cubrían su cabeza con una tiara cónico-trunca- 
da, terminada por un apéndice semejante en su parte alta, 
exornada por tres fajas o galones y rodeada de una diadema 




^ 14 - 

llamada hyrbasia; de ella pendían además ínfulas por la es- 
palda. En los reyes toma también forma de casquete más 
bajo, adornado algunas veces con dobles cuernos, como insig- 
nia de autoridad y poderío. 

Sus largas y pobladas barbas, así como sus 

cabellos, los llevaban prolijamente rizados. 

Adornaban sus orejas, cuello y muñecas 

con valiosas joyas, calzando la sandalia de 

punta corva y retorcida y alta talonera. 

En los sirvientes y soldados la túnica no 
pasaba de las rodillas. Las mujeres vestían 
con gran honestidad, no dejando al descubier- 
to más que sus cabezas, manos y pies. 

En el famoso relieve llamado del Festín de 
Assurbanipal se ve a la reina vistiendo un ri- 
quísimo traje todo cuajado de pedrería, en 
forma de doble túnica, festoneado además con suntuosos fle- 
cos y borlas. Eran también muy lujosos los jaeces de sus ca- 
ballos, adornados con grandes flecos y borlas, usando para 
la equitación, a que eran muy aficionados, así como a la caza 
de fieras a la carrera, el bocado o filete en los caballos, con 
la silla de alto arzón, pero no los estribos. 

La riqueza de sus flecos y borlas y el bordado de sus tiras 
eran extraordinarios, tiñendo generalmente las telas de ama- 
rillo, y usando el carmesí y el azul con el blanco y el negro 
en los exornos. 

En cuanto a sus muebles, inauguraron el triclinio, con 
grandes almohadones; las sillas altas con escabel para los 
pies; como vehículo, los carros de dos ruedas, empleando 
también las grandes sombrillas y mosqueros contra el sol y 
los insectos; tal se ve, a más del relieve citado, en el del 
triunfo del mismo rey, en el Louvre. 




- 15 - 



lPej^a±sb. 



Loa persas heredaron en mucho los hábitos y usos de los 
asirlos. Por esto, sus trajes vienen a ser una continuación de 
los antedichos, aunque introdujeron en ellos prendas nuevas 
y de corte muy distinto; pero conservaron, además, como 
tradicionales, sus primitivos justillos y bragas de cuero, lla- 
mados por loa griegos anaxyrides. 

Como prendas interiores usaron un corpino, que venía a 
ejercer el propio objeto que el delantal egipcio y la camisa 
asirla; más adelante sustituyeron el primitivo calzón de cue- 
ro por el pantalón ancho de color, con botas altas. 

El traje usado por excelencia era el kandys, túnica con 
cola, recogida a la cintura y con mangas muy plegadas, tan 
amplias, que llegaban, en ciertos casos, a 
atarlas a las espaldas. Con ellas van vestidos 
los célebres archeros del palacio de Susa, 
ejemplares notables bajo tantos conceptos. 

Los cortesanos usaban como prenda exte- 
rior más de abrigo, el padon, o sea el saco con 
capucha. 

Como tocado, cubrían la cabeza con la mi- 
tra asiría o el alto birrete de ancha copa, lla- 
mado kadiris, propio del tocado real. En otros 
éste va plegado, o en forma de casquete, 
usando sólo una ínfula ios servidores, recor- 
dando mucho por sus cabezas a los asirlos, 
con las mitras y rizados cabellos. Véanae las ,!i77mF^;¡:^mmm?77m7mrj 
de los toros alados de las puertas del palacio de Persépolis y 
los relieves del mismo y de Susa. 

Su calzado alcanza ya marcadamente la forma de zapatos 




- 16 - 

y de borceguíes, con la punta levantada, poniéndose de moda, 
en el reinado de Xerjes, el mayor lujo en los últimos. 

Los magos, vestidos de blanco, usaban como distintivo el 
hosti, o sea el cinturón sagrado, que sólo de noche podían qui- 
tarse, y que debía tener setenta y dos hilos, siempre negros; 
para los sacrificios tapaban su boca por el paiti-dharna, espe- 
cie de banda que sujetaban a la cabeza. 

Las niñas persas recibían las arracadas a los quince años 
y los niños a la misma edad el cinturón llamado rodi, prendas 
con que anunciaban su pubertad. 

Los persas eran famosos por sus tapices, cortinas y telas 
de colores, usándolos para tapizar sus sillas y muebles. A ellos 
también se deben los primeros coches o carrozas (1). 

XjOS ±e-n i c±os- 



El traje fenicio, mezcla del egipcio y jonlo, consistía 
principalmente en una falda, trozo de tela semicircular, para 
envolver la parte inferior del cuerpo, y la gran esclavina 
circular, abierta y con agujero para la cabeza, cerrándolo 
al pecho por broches o presillas. Generalmente la mitad an- 
terior iba exornada con adornos amarillos y la otra mitad 
encarnada, con discos violáceos: un alto gorro cubría su ca- 
beza. Los príncipes llevaban el traje completo de púrpura y 
en la cabeza un casquete con cintas; los navegantes usaban 
ya una especie de jersey, de manga corta y ceñido al cuerpo, 
o un squenti egipcio a la cintura, con toca blanca y la escla- 
vina a los hombros. Las naves llevaban velas de colores, y 
en la proa una cabeza de caballo. 



(1) Para sus trajes militares se cita generalmente el famoso mosaico 
de la batalla de Arbelas, descubierto en Pompeya. 



- 17 — 



Las figuras y relieves descubiertos en Chipre y en las Ba- 
leares, y los sarcófagos y joyas encontrados en Cádiz, ofre- 
cen un patente modelo de todo ello, tanto en el traje de los 
hombres como en el femenino. 

Según tan curiosos monumentos, se observa que, si bien 
diferían poco del corte egipcio y jonio en sus prendas, las 
exornaron con riqueza suma, desarrollando 
un lujo extraordinario (1), tanto en ellas como 
en sus joyas, constituidas por grandes diade- 
mas, pendientes, collares, brazaletes y otras 
preseas. 

Pero la gran novedad de los fenicios fué 
en su tiempo la invención del vidrio, del que 
hicieron tan preciosos tarritos, sobre todo por 
sus tonos, asi como collares y pendientes, y 
el hallazgo de la púrpura, como tinte de las 
telas. Este, debido al jugo del molusco clasifi- 
cado con el nombre de Murex trunculus, les 
proporcionó tan bella tintura, que la gradua- 
ron desde el violeta claro al rojo de sangre y 
carmesí obscuro. 

Corolario y epílogo de la cultura fenicia 
fue la de Cartago, en cuya gran ciudad se 
acumularon y reunieron cuantos elementos de esplendorosa 
vida podían obtenerse en su tiempo. Rival de Roma, fué al 
cabo por ésta aniquilada, después de ser señora del mar en- 
tonces navegable y la más rica de los ciudades mediterráneas. 
Tema de la inspiración literaria y arqueológica de Gustavo 
Flaubert, dióle motivo para que reconstituyera en su famosa 




(1) Véase Los nombres e importancia arqueológica de las Islas Pyíkinsas, 
por D. J. Román y Calvé, 1906, y más aún los recientes descubrimientos. 

2 



— 18 - 



novela Salamtnho el más animado y característico cuadro de 
su pasado, con una riqueza de detalles tal que admira, dete- 
niéndose en los de su indumentaria y mobiliario, como puede 
observar el que la lea. 

Los Libros Sagrados nos describen no sólo el traje de los 
sacerdotes y les objetos y exoruos del templo, sino que con- 
tienen referencias preciosas acerca de los del pueblo en sus 
caracteres más generales. 

Sobre la túnica larga interior de lino vestían la prenda 

más propia y nacional, que era el efod, especie de dalmática, 

cuyo patrón afectaba la forma de ancha cruz 

] ! con un agujero central para sacar la cabe- 

_ _j ' — :/ za; de cuatro de sus puntas pendían borlas de 

-XD^ púrpura, y las otras cuatro se ajustaban bajo 

-1 [ ^ el brazo, ciñéndolo con una faja a la cintura. 
El caftán era una especie de gabán, abier- 
to por delante y cerrado a la altura de la cin- 
tura por un lazo o broche de metal. 

Las judías llevaban siempre cubierta la cabeza con un 
gorro con borla, o con un pañuelo artísticamente colocado, y 
los hombres la cubrían también con una especie de c/a/ egip- 
cio, pero más suelto. 

Su calzado más usual era la sandalia, o a veces bajos 
zapatos. 

Los sacerdotes, o levitas, vestían un traje talar propio, 
blanco, con la cabeza siempre cubierta por una especie de 
cofia, que sujetaban por un cordón rojo. El del gran Sacerdote 
era de riquísimas telas bordadas de oro con pedrería. 

El Éxodo, en su capítulo XXI, describe con todos detalles 



- 19 - 



y particularidades loa elementos que formaban el templo por- 
tátil, a manera de gran tienda de campaña, constituida por 
postes, cortinas y velarlos, con todos sus muebles sagrados, 
así como también especifica el traje del Sumo Sacerdote 
Aarón (caps. XXV, XXVIII, XXXIX) hasta en sus más ínti- 
mos detalles. 

Constituían éste la tiara para la cabeza, con anchi placa 
de oro sobre la trente, en la que iban escritas las palabras de 
Santidad a Jehová; túnica interior, lar- 
ga, hasta los pies, blanca, de lino, bor- 
dada en su parte inferior; sobre ésta 
otra más corta, de color de jacinto, rica- 
mente bordada y con borlas y campani- 
llas de oro en su borde inferior, que no 
pasaba de las rodillas; sujeto a los hom- 
bros por dos ricos broches y cubriendo 
sólo la espalda y parte anterior del tron- 
co, un efod o dalmática-casulla, exorna- 
do con gran riqueza; al pecho llevaba 
el racional, o cuadrado, con las doce pie- 
dras preciosas, en que estaban escritos 
los nombres de las doce tribus, y sujeto 
con cadenillas por las cuatro sortijas de 
flus ángulos a los broches de los hombros 
y unión del efod bajo los brazos; todas estas prendas iban ce- 
ñidas por una rica faja a la cintura, llamada el dbnet. 

También en el libro de los Números (caps. VIII y siguien - 
tes) S3 hab'a de la franja u orla característica al borde de las 
prendas hebreas, como distintivo de este pueblo (cap. XV), 
así como de las borlas en sus cuatro puntas. Las mujereá 
adornaban sus cabezas y pecho profusamente con las más 
vistosas joyas, y los hombres peinaban en rizos sus cabellos , 




- 20 - 

distioguiéndose los nazarenos por sus largas barbas y cabe- 
lleras sueltas. 

Todos aquellos preceptos se observaron para la edificación 
del templo definitivo de Jerusalén, en los días de Salomón, 
donde fueron recluidos los objetos sagrados y donde los sacer- 
dotes continuaron sus cultos, según detalladamente se especi- 
fica en el Libro de los Reyes (caps. V al X) con la descripción 
del templo y del palacio del sabio rey; la que se repite casi 
literalmente en el Paralipomenos, en su libro II, caps. I al IX, 
y comenta y glosa Josefo en sus Antigüedades. 

En los días de Jesucristo los trajes tradiciones se confun- 
dían en Jerusalén con los romanos y griego-sirios, habiendo 
por lo tanto gran variedad de ellos; pero los nazarenos se dis- 
tinguían por sus cabelleras y túnicas inconsútiles, de las que 
el Salvador vestía la que sortearon a su muerte. 

Grz?±egos- 



La risueña Grecia, de quebradas montañas y recortadas 
costas, que avanzan en aquel mar «del color de la violeta», 
de clima sin rigores extremados y ambiente diáfano, donde 
todo resalta sobre el azul del firmamento, proporcionaba a 
sus habitantes una libertad de vida activa y de desarrolla 
físico y moral, que los llevaba a la mayor amplitud en sus 
movimientos y a la menor necesidad de defenderse de los 
agentes exteriores. Por ello sus prendas fueron siempre tan 
sencillas como artísticas, sin pretender suplir con sus esplen- 
dores las bellezas corpóreas del que las vestía. 

Pero en el traje griego hay que considerar dos épocas muy 
distintas: una arcaica jónico-asiática y otra propiamente clá- 
sica o ática; algunos añaden una tercera época, alejandrina. 
En la primera, el traje participa mucho de su carácter orien- 



- 21 - 

tal, tanto en su corte como en el estilo de sus pliegues, pro- 
curando mucho el zig-zag en sus bordes y el plegado simétri- 
co, adornándose además, profusamente, con joyas de carác- 
ter oriental; el segundo, más clásico, sencillo y libre, ofrece 
suprema elegancia, precisamente por su sobrio exorno y adap- 
tación a las formas corporales. El primero es más policro- 
mado, de vivos colores y con bordados hasta de oro; el segun- 
do, predominantemente blanco, con estrechas franjas y gre- 
cas en sus bordes, limitando sus joyas a los broches y remates. 

Prendan interiores. — Como la mujer griega era tan celosa 
de conservar su belleza, y a fin de influir en el desarrollo ar- 
mónico de su cuerpo, solía usar como la prenda más interior 
de todas una especie de faja o banda para el seno que suplía 
a nuestro actual corsé, por tener muy semejante objeto; po- 
níanselo las damas después del baño, y se llamaba sthedesmon, 
adornado entre las hetairas con bordados, piedras, perlas y 
artísticas composiciones. 

Después se ponía el esophorium o camisa interna, que era 
■corta y ceñida, en ocasiones con artísticos adornos, y por 
último, como prenda exterior principal, el chiton o túnica de 
lana, lino, seda, etc. 

El traje exterior griego, constituido principalmente por 
el chiton, era el más sencillo y elegante que registra la histo- 
ria. Con él se envolvían el cuerpo, con la diferencia entre los 
sexos de ser más corto para los hombres que para las mujeres. 

El chiton primitivo o túnica, así como las restantes pren- 
das del traje griego, estaban muy influidas en la moda orien- 
tal por la íntima relación que con Asia tenía este pueblo. A 
la primitiva época corresponde el plegado de los paños rígi- 
dos, afectados y sin gracia por lo simétricos. Tal vemos al 
llamado chiton jónico, generalmente con mingas, que por l3 
amplio de ellas parece una derivación del kandis persa. 



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Todos lo8 relieves y figuras de la época arcaica griega 
los vemos vistiendo estas túnicas y blusas, generalmente muy 
exornadas, siendo buen ejemplo las del monumento de La» 
Arpias, llegando hasta las preciosas estatuas del subsuelo de 
la Acrópolis de Atenas. 

Esta prenda era la única que utilizaban 
ciertas clases sociales, como los artesanos^ 
labradores, guerreros, esclavos, etc., la 
que en un principio solía hacerse de lana, . 
y más tarde de tejidos de lino, seda, etc., 
según las distintas clases, la época y el re- 
finamiento de quienes la usaban. Los escla- 
vos y los artesanos llevaban un chiton lla- 
mado EXOMis, que sólo tenía una manga 
para el brazo izquierdo, dejando desnuda 
el derecho y el pecho hasta su mitad. A 
Vulcano lo vemos representado como obre- 
ro con exomis, a fin de tener libre para el trabajo el brazo 
derecho. Los guerreros se ponían la coraza encima del chi- 
ton, por lo que se entrevé éste en pliegues bien formados por 
la parte inferior de ella. 

Loa helenos usaban más que vestidos propiamente dichos, 
grandes trozos de telas, con las que sabían tan bien como ar- 
tísticamente envolverse. Así el chiton, común a ambos sexos, 
se hacía con un metro o metro y medio de tela de largo por 
doble ancho, plegado por el medio, quedando, al aplicarse, 
en forma que rodeaba el cuerpo, dejando libres los brazos. 
Era ceñido y largo entre los joníos, y otras veces más amplio 
y corto, como lo usaban los dorios, siendo siempre largo en- 
tre las mujeres. A veces le daban un corte y, pasándole por 
el lado izquierdo, metían por dicho corte el brazo del mismo 
lado, uniendo en el hombro derecho, por medio de un broche,. 




- 23 - 

la parte anterior con la postrera. Otras veces, y esto era más 
general, no le daban corte alguno, produciendo la propia 
caída al sujetar los extremos del tejido a los dos hombros. Ce- 
ñíase al talle por un cinturón, lo que motivaba que esta pren- 
da se recogiera, formando plieguea más o menos graciosos, 
según la distinción que le imprimía quien le usaba. 

En la Grecia propia era muy variado en su aspecto, se- 
gún el sexo y condición social de quien le vestía; se sujetaban 
por medio de hebillas sobre el hombro izquierdo, y lo mismo 
loa bordes del doblez sobre el hombro derecho, dejando, 
por consiguiente, los brazos libres. Se empleaba con man- 
gas y sin mangas, aunque principalmente sin ellas. El utili- 
zado por las mujeres y los niños era más largo y muchas 
veces con mangas cortas que se le adosaban; cuando era 
excesivamente largo el chiton, a fin de no pisársele, en mu- 
chas ocasiones al ceñirle al talle echaban flojamente cierta 
cantidad de tejido por delante y hacia fuera, en forma 
como ablusada, que recogían con mucha gracia las mujeres 
griegas. 

Solían usar también las mujeres dos chitones superpues- 
tos, más corto el de encima, disposición que se prestaba a 
que el de abajo tomase artísticos y menudos pliegues muy 
bellos, cuando se fijaban al talle por el cinturón, así como 
también solían no ceñirlo al talle, dejándole caer libremente; 
tal era la túnica jónica larga, consignada. Hubo en las man- 
gas cierta variedad, más o menos largas y anchas, muchas 
veces transparentes y adornadas, así como también se dra- 
peaban artísticamente. Esta túnica la visten las figuras del 
Partenón y parece que fué introducida en Atenas en el siglo 
de Feríeles, y era común a ambos sexos. Había la túnica de 
ceremonia, también de forma rectangular, abrochada en am- 
bos hombros y larga hasta los pies. 



— 24 - 

Las prendas iuteriores eran siempre blancas, aunque para 
las exteriores el blanco era el color de etiqueta más seguido. 
Los griegos gustaban mucho de los colores, adornos y dibujos 
que traían de sus colonias del Asia: los colores azules violá- 
ceos, amarillos y purpúreos eran predilectos de ellos, así como 
para la ropa interior, el blanco. 

Los diversos chitones o túnicas citadas se ornamentaban 
con primorosas grecas y franjas, que a veces se extendían por 
el fondo de la prenda. 

Las damas de Tanagra tenían preferente gusto por el azul 
y el rosa. A los sombreros y calzados les solían dar la misma 
coloración que al vestido, con lo que procuraban un conjunto 
más acabado y bello. 

El peplo, vestido femenino que cubría el cuerpo exterior- 
mente, era una prenda intermedia entre el chiton y el manto, 
teniendo ambas aplicaciones, según el modo de plegarlo, y 
finiendo a ejercer el papel de nuestro popular mantón. Es 
la vestidura especial con que se representa vestida a Miner- 
va en la estatua del Partenón, y sabido es la importancia 
que tenía esta prenda al ofrecérsela a la diosa en las fiestas 
Panateneas, donde se la hacía el presente de un riquísimo, 
artístico y bien bordado peplo. Afírmase que era de forma 
cuadrada y doblado de modo que la parte que caía sobre la 
otra llegase después hasta más abajo de la cintura, a modo 
del diplodion, o sea la tela que, doblada y sujeta a ambos 
hombros, produce la apariencia de la parte superior del pe- 
plo; pero éste las más veces era pieza aparte y hasta de color 
diferente a la túnica, esto es, completamente distinto e inde- 
pendiente de ella. Le ceñían al cuerpo de muy distintos mo- 
dos: ya envolviendo completamente el hombro izquierdo, y 
asi lo presentan terciado, a manera del mantón moderno, las 
figuras de la Acrópolis, pasando una ñaitad sobre la espalda, 



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- 25 — 



venía la otra sobre la parte anterior hasta unirse con el otro 
extremo, dejando descubierto el brazo y el hombro derecho y 
abrochándolo sobre el izquierdo; ya al utilizarse como sobre- 
túnica dejaba libres los dos brazos, prendiéndolo a ambos 
hombros, o ya por fin lo usaban como chai o esclavina, cayen- 
do sus dos puntas por delante. 

El peplo solía ir ceñido por una banda a la cintura, como 
lo viste Minerva, que además lleva la es- 
clavina defensiva llamada egida, o se deja- 
ba suelto, produciendo largas caídas, como 
los de las Cariátides del templo de Erec- 
teon, en Atenas, que representan a la ju- 
ventud ática llevando sobre sus cabezas 
artísticos cestos. 

El himation es el gran manto exterior, 
la verdadera prenda de abrigo , común a 
ambos sexos, el que tanto se ve en las figu- 
ras de Tanagra y que se utiliza- 
ba para salir a la calle, puesto 
que una mujer sin este manto no 
era bien considerada. Para su 
colocación se echaba un extremo al hombro iz- 
quierdo por delante y el resto a la espalda por en- 
cima del derecho, y la otra punta caía recogida 
por la mano izquierda; podía también pasarse de 
modo inverso. A veces cubría toda la cabeza, de- 
jando apenas descubierto más que el brazo dere- 
cho, en cuyo mano llevaban el abanico; no admi- 
tía, sin embargo, tan variados cambios como el chiton. Alas 
puntas o extremos de la tela solían colocársele unos remates 
con peso. Su ornamentación era rica, pues iba guarnecida 
de bordados, pasamanería, etc., etc. 





- 26 - 

El diplodion era la prenda más sintética y extensa de los 
griegos, pues con él sólo llegaban a aparecer como vestidos 
con todas las enumeradas. Constituido por un gran trozo de 
tela y doblado convenientemente, de su parte más extensa 
les resultaba el chiton, al sujetárselo a los hombros, y de la 
parte más corta el peplo, que les caía hasta más abajo de la 
cintura. Es la prenda estatuaria por excelencia y la que más 
bellos pliegues verticales producía. 

La clámide o manto más pequeño era propio, por su ligere- 
za, para ser utilizado en los juegos, muy particularmente por 

los jinetes, teniendo la forma de 
rectángulo, aún cuando termina- 
do en forma redondeada o de seg- 
mento de círculo. Al emplearse en 
los viajes aumentaba su tamaño, 
llegando a parecerse a nuestras 
actuales capas. La clámide en el 
jinete era de poco tamaño, rectan- 
gular las más de las veces, y de 
corte ovalado. Se colocaba arrollándola al cuello, y en caso 
de defensa, se envolvía en el brazo para dejarle más libre. 

Tocados. — Los jóvenes y viejos iban a menudo con la ca- 
za descubierta y por eso cuidaban mucho de su tocado. En 
los primeros tiempos hombres y mujeres llevaban el cabello 
suelto y muy peinado, formando bucles que se rizaban con 
hierros, a la moda asiática. Mas tarde varían los tocados, 
siendo para las mujeres muy empleado el uso de abrirse raya 
por en medio, a fin de reducir la frente y procurar mayor be- 
lleza al rostro, y echándose el pelo por los lados se le reco- 
gían después formando un moño prominente, bastante alto. 
Colocábanse bandas y vistosos adornos en el cabello, más las 
mujeres casadas que las solteras, puesto que las jóvenes ape- 




- 27 - 

ñas si adornaban sus cabellos; emplearon tintes y rizados, 
aunque no usaron horquillas ni peines como exornos, sino sólo 
las diademas. Los perfumes, objetos de tocador y el arte de 
añadidos, redecillas, cintas, bandas y los afeites, eran cono- 
cidísimos de las griegas. Fué, como hemos dicho, costumbre 
en los hombres llevar por la calle la cabeza descubierta, mas 
en caeo de necesidad la cubrían, utilizando gorros y som- 
breros, aunque generalmente era más propio el ir descubier- 
to. En el teatro solían, por el contrario, estar cubiertos, por 
ser éste al aire libre y hallarse expuestos a insolaciones, llu- 
vias, etc. El sombrero entre ellos tomaba el nombre de petaso 
(o causia entre los macedouios), y los gorros el depíleos. Los 
caminantes, pastores y viajeros llevaban sombrero de fieltro 
de anchas alas. Las damas también usaban sombrero: véanse 
las figuras de Tanagra. 

Los tocados son característicos en la época jonia por la 
serie de bucles y trenzas que caen sobre los hombros en las 
mujeres; y en los hombres, con bucles y barbas rizadas, al 
principio, prescindiendo después de todo esto y llevando el 
cabello corto, y completamente afeitados, única moda que 
más tarde impera entre ellos. 

Las mujeres, al ir por la calle, generalmente iban vela- 
das; se cubrían la cabeza con el himation, la caliptra o con 
sombreros. También gastaban sombrillas y abanicos. 

Calzados.— hoñ griegos usaban en el inteiior de sus casas 
un calzado holgado, muy cómodo, especie de pantuflas, alga 
parecido a nuestras zapatillas actuales. Para salir a la calle 
el calzado solía ser muy variado y de diversa calidad tam- 
bién, según la distinción de la persona que le usaba, siendo 
la característica sandalia o crépida la que, sostenida a la caña 
de la pierna con elegantes correas, hacía un efecto muy artís- 
tico y pintoresco: las correas las liaban al dedo pulgar y des- 



- 28 - 





pues ae cruzaban en lindos trenzados hasta llegar a la mitad 
de la pierna. La sandalia, en forma más tosca, también la 
solían usar los labradores, cazadores y pastores (tal se ve a 
Diana), asi como botas de cuero duro. El zapato 
también era muy empleado y en su forma ase- 
meja al nuestro, atándose por la parte anterior. 
El coturno tan famoso comenzó a ser usado 
por los actores. Llamaron así al calzado de 
gruesa suela de corcho que usaban los actores 
trágicos y las mujeres para parecer de más es- 
tatura. Era, como no podía menos de ser, alto 
de caña, a manera de borceguí ceñido, con co- 
rreas o cordones. Los actores exageraron tanto 
la altura de la suela, que llegaban a caer fre- 
cuentemente en la escena, por efecto también del largo ves- 
tido con que los ocultaban, provocando la hilaridad consi- 
guiente. 

La bota, especie de borceguí muy alto, la teñían de tonos 
multicolores, y esto solía ser signo de elegancia. 

En las mujeres el calzado es poco determinado, por lo muy 
largas que usaban sus túnicas, donde apenas si se les distin- 
guían los pies, pero generalmente usaban la sandalia, con 
cintas hasta media pierna. 

El ajuar doméstico.— El espacio reducido de que se compo- 
nían las casas, aun cuando fueran grandes las habitaciones, 
y lo poco aficionados que eran los griegos a que en su propia 
casa o domicilio se reunieran personas ajenas a la familia, 
hizo general la costumbre de usar pocos muebles, los que, si 
no eran costosos, obedecían a un gusto delicado y elegante, 
que les distinguían de los de otros pueblos por la gracia y 
la belleza de sus formas y dibujos, como vemos en las sillas^ 
triclíneos o lechos, que aún se imitan preferentemente. 



- 29 - 

Su8 sillas, muy cómodas a la par que elegantes, los pinto- 
rescos trípodes, la belleza y hermosura de sus lámparas y so- 
bre todo, la sin igual artística y acabada perfección de sus 
productos cerámicos, son y han producido el encanto de 
todas las naciones con sus graciosas figuritas, vasos, copas, 
cráteras, hidrias, ánforas, vasijas, para múltiples usos, y en 
particular para el agua, vino, aceite, perfumes, etc., etc. 

La primera cerámica griega, como todas las manifestacio- 
nes artísticas de este pueblo, tiene marcadas manifestaciones 
asiáticas. La típica cerámica es la de los vasos de figuras ne- 
gras sobre fondo rojizo, o al contrario, posteriormente, en las 
que se ven verdaderas siluetas del más bello contorno. El co- 
lor propio del barro era amarillo mate, que se pintaba y bar- 
nizaba primorosamente. 

Joyas griegas.— Los griegos, al igual que todos los pueblos 
antiguos, fueron muy aficionados a las joyas y objetos de ri- 
cos metales y pedrería; pero muy adelantada la joyería en 
los pueblos orientales, a éstos acudieron para proveerse de 
ellas. Por tanto, de los jonios y griegos primitivos provienen 
las más bellas preseas, más que de los griegos del tiempo de 
Feríeles, siendo tan notables las de Troya, halladas por 
Schliemann, y las del Tesoro de Atreo, que causan aún hoy 
la admiración, tanto por su belleza como por su técnica. 

Las joyas de Troya constituyen un verdadero tesoro, com- 
puesto principalmente por diademas y colgantes de cabeza, 
muy en uso en toda la Jonia y sus colonias mediterráneas, 
con pendientes y collares para las mujeres, y el de Atreo 
ofrece más bien joyas para los hombres, como la gran diade- 
ma de oro, broches, empuñaduras y hasta una notable care- 
ta de oro (1). La joyería oriental adquirió un gran desarrollo 

(l) Pueden verse unas preciosas imitaciones de ellas en el Museo de 
Reproducciones Artísticas. 



— 30 - 

en los siglos anteriores al de Feríeles, ofreciendo modelos 
más acabados que los de la Grecia propia. De ellas se valieron 
los helenos del continente, pudiendo competir con tales mode- 
los los etruscos, cuya joyería es verdaderamente admirable. 
Mas tarde se estableció en Alejandría un centro de orfe- 
brería en el que, uniendo los procedimientos conseguidos con 
el gusto tradicional egipcio, produjeron ejemplares de un es- 
tilo tan original como exquisito y que dio preciosos modelos 
a los orífices romanos. La predilección de éstos por las más 
ricas joyas, hizo que en los días del imperio se fabricaran de 
una suntuosidad y belleza extremada, no ya sólo para el 
exorno personal, sino para sus enseres domésticos y hasta 
avaloramiento de sus muebles. La aceptación de los modelos 
orientales, que procuraban la policromía con las más ricas 
piedras, dio origen al estilo bizantino. 

E-bzTTXSOOS. 




Antes de hablar de Roma preciso es dar cuen • 
ta siquiera de aquellos que fueron sus primeros 
maestros en todo, y de los que tomaron tantos 
usos y útiles para la vida; por ello el traje etrus- 
co viene a ser como el generador del romano. 

A ellos debieron la toga, que primitivamente 
fué poco amplia, a modo de capa sin vuelo, en la 
que se embozaban, y el tríclinio, como lecho y 
para comer echados. 

^Su estola, como tÚQÍca femenina; sus joyas, de 
labor maravillosa, y tantos otros útiles, acepta- 
dos por ellos al principio y después tradicional- 
mente conservados, así como los grupos escultóricos etruscos 
que coronan principalmente sus sarcófagos, nos ofrecen los 



- 31 - 

modelos de los indumentos masculinos y femeninos, a más de 
las pinturas al fresco de las tumbas (1). 

IRozzQ-anrLOS- 



Como la humanidad evoluciona siempre en todo orden de 
cosas, también en el traje se observa lo propio, desde el 
egipcio, que ya hemos visto dejaba al descubierto las for- 
mas más bellas del desnudo, al romano, que envolvía todo 
el cuerpo, formando graciosos y elegantes pliegues, y pres- 
tando al modo de vestir más decoro y severidad. 

Las únicas partes del cuerpo que los romanos llevaban 
desnudos eran los brazos, y aun en ocasiones los solían cubrir 
con el manto, siendo constante que las túnicas llevasen man- 
gas más o menos largas. 

Sólo la gente del pueblo, los soldados, los esclavos, etc., 
llevaban túnica corta, y por consiguiente enseñaban la pier- 
na desnuda hasta la rodilla. También usaron, aunque poco, 
las bragas, prenda de origen oriental y muy común entre los 
persas, escitas y otros pueblos. 

El traje romano se dividía en dos series: amictus e induc- 
tus, es decir, vestidura exterior e interior, dando lugar a in- 
dustrias diferentes, como la de los hracarii sarcinatores , que 
se dedicaban exclusivamente a la ropa interior. 

La vestidura interior era la túnica íntima, común a los dos 
sexos y niños. Era semejante al chiton griego, sin mangas o 
con mangas cortas: llegaba a las rodillas y la sujetaban con 
un cinturón, sobre el que se recogía la tela, formando plie- 
gues. Después, y desde el reinado de Cómmodo, a la túnica se 
le pusieron mangas, llamándola túnica manicata. 



(1) Véase Jules Martha: VArt Eírusque. 



- 32 - 

Según los rigores del tiempo, llevaban una o más túnicas, 
llamando a la más interior suhucula y la más exterior intu- 
sium o supparus. La mujer llevaba también dos túnicas: la in- 
terior, que hacía veces de camisa sin mangas, suelta, y la ex- 
terior, más larga, que recibió el nombre de stola. 

La túnica varonil tenia ciertos distintivos, según la digni- 
dad del que la vestía: asi los senadores y caballeros romanos 
las llevaban adornadas con anchas bandas de púrpura (cla- 
vus); aquéllos más anchas, bordadas sobre la tela y dispues- 
tas desde el cuello hasta abajo, llamándose por ello la túnica 
laticlavia. Las de los caballeros llevaban las bandas más es- 
trechas o angostas, y era por esto llamada angusticlavia. Tú- 
nica palmafa era la bordada con palmas, y la vestían siempre 
los generales en las ceremonias del triunfo. 

Por lo que se refiere a la túnica exterior de la mujer, fué 
llamada stola. 

La stola fué la vestidura característica de la matrona ro- 
mana; era una túnica ancha con mangas, en ocasiones largas 
y anchas, y otras veces cortas y cerradas, siempre sobre el 
brazo y hombro, por medio de broches o botones repetidos, 
que las prestaba un aspecto singular, como se ve en las esta- 
tuas. Llevaban dos cinturones, uno bajo el seno y otro sobre 
las caderas, formando la tela, entre ambos, numerosos plie- 
gues regulares. Esta túnica quedaba unida a los hombros por 
medio de broches antedichos, recordando esta forma la del 
chiton dórico de los griegos. Lo que caracterizaba a la stola 
era un apéndice o adorno posterior llamado instila, que iba 
cosido bajo el cinturón y descendía hasta el suelo; frecuente- 
mente estaba bordado. 

El complemento de la indumentaria de la dama romana, 
para salir a la calle, era el manto llamado palla, y que ves- 
tían sobre la stola, y por lo general era de tela ligera y vapo- 



-33- 

roaa, a veces bordado y muy amplio, que las cubría por com- 
pleto. Las vestales se presentaban siempre envueltas en él, 
incluso su cabeza (suffibulum) . 

También en los tiempos primitivos se cubrición con la 
toga, pero después quedó relegada esta prenda a las mujeres 
de dudosa conducta, meretrices y repudiadas por 
'W0^ SUS maridos. 

f "^ Pero la prenda clásica de la indumentaria 

varonil, la vestidura nacional por excelencia 
de los romanos fué la toga, que se dice la 
tomaron de los etruscos, y pasó por 
diferentes fases. En un principio 
eran pequeñas y ceñidas al 
)\ cuerpo ; después aumenta- 
ron de tamaño, se hi- 
Vi^\\l*«sg^^\ cieron más amplias y 
A sueltas, formando nu- 
merosos y artísticos 
pliegues. Muchas opiniones se han emitido sobre la forma y 
manera de colocarse la toga los romanos, pero de todas ellas 
parece ser la definitiva la dada por M. L. Hauzey, que acep- 
ta Daremberg en su Diccionaire, rechazando las demás como 
inexactas (figura 7.000). 

Según aquél, la toga (1) estaba constituida por un gran 
segmento de círculo, de cinco a seis metros de cuerda por dos 
de ancho, dando para ella el siguiente sencillo corte, con la 
tira de púrpura de la praetesta, tejida al tiempo del resto de 
la pieza. En algunas estatuas que la presentan festoneada 
con una banda por su parte curva, hay que suponerla sobre- 
puesta, o a veces bordada. 

(1) Véase la palabra %a en el Diccionaire des antiqíiities grec et ro- 
maines, tomo VII. 




- 34 - 




Sin embargo, no obstante lo que acepta Dareraberg, aún 
pudiera admitirse que la toga tenía el corte en forma de gran 
rombo con los ángulos obtusos redondeados, como opina Weis, 
y la cenefa de púrpura 
en su eje mayor, quedan- 
do al doblarla por él en 
la forma que le da Hau- 
zey: del examen de las 
estatuas clásicas parece 

desprenderse que aquellos plegados obedecen a una tela doble. 
Para vestirla procedían del siguiente modo: La parte A B 
caía por delante, apoyándola por C sobre el hombro y brazo 
izquierdo, constituyendo la punta A la lacinia anterior. La 
parte E quedaba a la espalda, apoyando el punto F en el 
hombro derecho, y replegando la tela por la línea F O, se di- 
rigía hacia el hombro izquierdo por el pun- 
to /, formando por delante del tronco la 
caída llamada sinus, de la toga; quedaba 
para delante de las piernas la parte H, lla- 
mada el ima; sacando luego por el pecho 
parte de la tela, producían la caída llama- 
da umho, designándose con el de balteus el 
plegado más exterior sobre el hombro iz- 
quierdo. Toda esta topografía y complicada 
serie de pliegues fraguaban los romanos 
con el trozo de tela de su toga, para lo que 
tenían ayudas de cámara que sabían reco- 
gerla y plegarla con habilidad suma, uti- 
lizando hasta pinzas y broches para tal objeto. 

Después formaban cuidadosamente airosos y severos plie- 
gues longitudinales, teniendo gran cuidado los esclavos de 
poner con antelación unas tablillas entre los pliegues, a fin de 




- 35 - 

que éstos conservaran la rigidez necesaria, a lo que contri- 
buía unas bellotas de plomo que pendían de los extremos. 
Esto impuso aquella sobriedad de movimientos y elegancia 
de aptitudes propias de los romanos, para no descomponer 
la toga: tal era su cuidado en observar estos detalles de 
estética. 

Este plegado de la toga se llamaba simes: así se observa 
que Quintiliauo, hablando de la toga de los antiguos, decía 
que no tenía simés¡ porque era la toga pequeña, reducida, de 
amplitud escasa. 

Quintiliano calificaba toda esta obra de draperia, de ver- 
dadera sarcina, es decir, impedimenta o bagaje. 

Otras veces la usaban más como manto, embozándose en 
ella y dejando caer una de las puntas por delante, y hasta en 
ocasiones cubrían la cabeza con la misma. 

Había prohibición para vestir la toga: a los extranjeros y 
toda persona que no gozase de las prerrogativas de ciudada- 
no romano, así como a los proscritos; pero en cambio era 
una ofensa a la majestad del pueblo de Roma si un romano 
se presentaba en público sin ella, aunque en los últimos tiem- 
pos del Imperio sólo fué obligatoria en ciertos actos, en la 
corte, en las asambleas judiciales, en el circo, etc. La mate- 
ria que se empleaba para esta prenda fué generalmente la 
lana blanca, salvo en la gente del pueblo, que era oscura. 
Más tarde usaron también el algodón, la seda y los tejidos de 
oro y plata, y aun las telas transparentes, pero este refina- 
miento sólo fué usado en las bacanales, llegando hasta ador- 
narlas con perlas y piedras preciosas. 

Había diferentes clases de togas: así la togapraetexta, blan- 
ca, con una ancha banda de púrpura en su borde, era la usa- 
da por los jóvenes al salir de la infancia; también fué usada 
por los principales magistrados, que tenían derecho a ocupar 



- 36 - 

la silla curul; los censores, y, entre los funcionarios sagrados, 
los pontífices, los augures y otros. 

Toga pura o virilis, y también toga libera, era la de lana 
blanca sin adorno ni banda de ninguna clase. Esta la toma- 
ba el ciudadano romano al dejar la pretexta y entrar en la 
vida pública. 

Toga pida, que estaba adornada con vistosos bordados: 
era honorífica y la llevaban los cónsules en sus triunfos so- 
bre la túnica palmata; también la debieron usar los preto- 
res, según se ve en los dípticos consulares. 

Toga palmata, la bordada con palmas en oro, fué en su ori- 
gen el traje de ceremonia de Júpiter Capitolino; de aquí que 
también se la llamase capitolina, y era usada por los triunfa- 
dores y por los cónsules el día que entraban en funciones, por 
los pretores en la pompa circensis y por los tribunos del pue- 
blo en la fiesta Angustalia. Los hijos de los nobles llevaban 
pendientes de una cinta, sobre el pecho, la bulla a modo de 
medallón o joya. 

Otro manto muy usado por los romanos, generalmente en 
viaje y en tiempo lluvioso, y que se ponían sobre la toga, fué 
la poenuía, especie de capa cerrada por delante, con abertu- 
ras para pasar la cabeza y los brazos: se hacía de lana y tam 
biéii de cuero. Otro manto, exterior también, fué la lucer- 
na, que en su corte recordaba la clámide griega, de forma 
oblonga, y se sujetaba sobre el hombro con un broche. Usá- 
banla encarnada o de púrpura los senadores y personajes dis- 
tinguidos, llevándola los demás de color oscuro. 

La clámide, muy semejante a la anterior, formó parte del 
uniforme militar, llegando a ser el manto propio de los em- 
peradores. Tanto la lacerna como la clámide llevaban capu- 
cha para la lluvia, 

La trabea era un manto de guerra, lo que después se lia- 



- 37 - 

mó paliidamentum, de color encarnado: lo vestían los geneía- 
les al ir a la guerra. Después, en los tiempos del Imperio, el 
paludamentum era signo distintivo de la dignidad imperial, 
pues que el emperador asumía también el poder militar. El 
manto usado por los soldados'y demás elemento militar fué el 
llamado sagum o sagulum, de la misma forma que la clámide, 
pero de tela más grosera; se prendía en el hombro con hebi- 
llas o fíbulas, y si al principio, en tiempos de la República, 
fué corto, ya durante el Imperio lo usaban más amplio y lar- 
go. En todas las prendas cosieron los romanos como exorno 
los trozos que llamaron segmenti, con que las bordeaban o 
festoneaban, dándole el nombre de bractea cuando eran de 
fondo o bordado de oro. 

También fué propio de los emperadores cristianos el uso 
del strofioriy o tira bordada, caída por delante y después cru- 
zada de hombro a hombro, exornada con cruces y crismen, 
origen del palio de los obispos. 

Una prenda muy interesante de la indumentaria romana 
fué la syntesís, especió de bata blanca y que se ponían para 
comer (caenatorium vestimentum). 

Respecto al calzado, usaron la sandalia en todas sus va- 
riedades, recibiendo distintos nombres, como la caliga (1), car- 
batina, crépida, baxx. De todas, la solea era la más sencilla y 
llevaba correas artísticamente entrelazadas que las sujetaban 
a la canilla. El patricio romano llevaba un calceamento a 
modo de bota, llamado campago. Los senadores llevaban a 
modo de hebilla la letra C, de plata u oro, en recuerdo de que 
al principio eran sólo ciento. El coturno consistía en una espe- 
cie de borceguí con gruesa suela; lo tomaron, como tantas co- 
sas más, de los griegos, usándolo los actores en la escena, y 



(1) Para los militares. 



- 38 - 

también lo emplearon, como signo de alta jerarquía, los empe- 
radores y sus magistrados. Los pies de una estatua de bronce, 
encontrados recientemente en Osma, calzan el coturno, lo que 
hace suponerlos pertenecientes a un emperador. En una pa- 
labra, es el calzado alto y ceñido al pie, en oposición de for- 
ma y categoría a la sandalia y al zueco, el saeccus latino, es- 
pecie de pantufla. 

En la cabeza no llevaban tocado alguno, y con el cabello 
corto. En determinadas ocasiones llevaban un sombrero de 
alas redondas, denominado petaso. Los militares cubrían la 
cabeza con una especie de casco, llamado galea; siendo el to- 
cado de los sacerdotes el apee, o gorro de lana, distinguiéndo- 
se también los esclavos emancipados por un alto gorro termi- 
nado en punta, al que le daban el nombre de píleo. Los em- 
peradores romanos no usaron más corona que la de laurel, 
adornándose las emperatrices con la diadema. 

Muebles. — Los más usados, el triclinium o lechos para co- 
mer y dormir: grandes mesas de maderas preciosas o de már- 
mol; sillas, entre ellas la curul, de marfil y madera, con 
incrustaciones; escaños, alzapiés, etc. Ricos cortinajes de vi- 
vos colores y alfombras orientales. Para la iluminación noc- 
turna usaban las lámparas de bronce con pie desde el suelo, 
altas, esbeltas, elegantes; otras que pendían de cadenas, y la 
pequeña de mano, de bronce o barro. 

El tocador de la dama romana era refinadísimo en afeites 
y perfumes, a los que eran muy aficionadas. 

Su tocado, tan variado, que constituía un arte especial; 
los hombres también usaban de afeites y perfumes en sus ba- 
ños, principalmente en las termas. En los salones, y como 
exorno principal de sus mesas en los banquetes, eran aficio- 
nados a los ramos y guirnaldas de flores naturales, con que 
además adornaban sus cabezas. 



- 39 - 

Los trajea romanos, sobre todo los imperiales, fueron ex- 
perimentando ciertas modificaciones en su más rico exorno, 
que anunciaban el corte y gusto de los bizantinos. Constan- 
tino vistió ya completamente a lo oriental, y el emperador 
Teodosio fijó el suyo, constituido por la túnica dálmata, y el 
manto semicircular con escotadura para la cabeza, pero 
prendido sobre el brazo derecho con un broche. Cosido a este 
manto y viniendo a caer sobre el pecho llevaba la tabula, o 
trozo cuadrado; ciñó su cabeza con la diadema de perlas, 
usando también pantalones de púrpura interiores, calzando 
zapatos o borceguíes de púrpura, bordados de perlas, del ex- 
clusivo uso del emperador, de donde provino la frase de cal- 
car la púrpura, como ainónimo de posesionarse del Imperio; 
así aparece vestido en el famoso disco de Teodosio, inician- 
do ya por completo el gusto bizantino. 

Los dípticos de marfil del Museo Meyer (Liverpool), de la 
Catedral de Halberstad y el llamado del Rey de Francia, 
nos ofrecen acabados modelos del traje romano de mayor 
autoridad, en los siglos III y IV de Jesucristo. 

Los latinos usaron los guantes o ephatis, de los que pa- 
saron a los sacerdotes y seglares en la Edad Media. 

Trajes cristianos. — Al principio no tuvieron ni los sacerdo- 
tes, ni los fieles cristianos, trajes especiales que los distin- 
guieran; antes al contrario, usaron los corrientes en sus paí- 
ses, pero introduciendo en ellos ciertos signos y detalles, 
cuyo sentido sólo ellos comprendían. 

Los cristianos procuraban no acusar las formas a través 
del traje; su doctrina, espiritual por excelencia, tenía en 
gran desprecio al cuerpo: de aquí que sus vestidos, aun usan- 
do los mismos que los paganos, los modificaran, cubriendo el 
cuerpo todavía más, atendiendo al recato y decoro, y demos- 
trando la austeridad que imponía a las costumbres la nueva 



- 40 - 

doctrina, en contraposición de aquel sensualismo que marca 
el sello y caracteriza a los pueblos de la antigüedad, sobre 
todo de la Roma decadente. Así, aquellos trajea elegantes 
formando artísticos y graciosos pliegues, acusando la belleza 
de las formas, van desapareciendo, y se modifican en harmo- 
nía con las nuevas costumbres. 

La característica del traje cristiano es la túnica y el man- 
to. La primera se hizo más amplia, larga, cerrada por el cue- 
llo y con mangas anchas que cubrían todo el brazo. Estas 
túnicas de los primeros tiempos demuestran forzosamente la 
influencia pagana; así nos los enseñan algunas pinturas de 
las catacumbas, sitios donde los cristianos se reunían en los 
primeros tiempos de la Iglesia, ostentando las figuras la túni- 
ca festoneada y adornada a modo de segmentl, con bandas 
compuestas de círculos y cuadritos recortados y superpuestos 
en la tela, por lo general de vivos colores, llamados caulliculi. 
Las mujeres permanecían con la cabeza cubierta al asis- 
tir a la oración, ya por el manto o con el amiculo, especie de 
toquilla o callipta. Algunos llevaban sobre el pecho, pendien- 
te de un cordón o cinta, el crismon, el pez, el áncora, el tau, 
T, u otro símbolo de la nueva doctrina. 

Trajes eclesiásticos. — Los trajes eclesiásticos primitivos, 
apenas se distinguieron de los civiles. Constantino regaló ves- 
tiduras a muchas iglesias, entre ellas una casulla o péñola de 
tisú de oro a Macario, obispo de Jerusalén. 

Eusebio de Cesárea menciona en un discurso dedicatorio 
de la iglesia de Tiro (año 313) los trajes de los prelados asis- 
tentes. 

El Papa León IV, en 850, determina «que ninguno celebre 
el santo sacrificio sin el amito, alba, estola, manipulo y casulla. 
Amito, de amiare, para abrigar el cuello, que más tarde subían 
hasta cubrir la cabeza (así lo hicieron después los domini- 



- 41 



C08); aJba, túiiicíi blanca, adoptada con elogio por San Jeró- 
nimo; manipulo, que al principio tuvo uso de toballa o paño 
para limpiarse, tomó después la forma moderna (1). 

El obispo de Tarragona, en 1129, prohibió a los curas tú- 
nicas rojas, verdes y listadas. 

Los sacerdotes aceptaron principalmente la pénula, sin 
capucha, origen de la casulla, con una banda por delante, 
llevando debajo la túnica con mangas, que dio lugar a la alba, 
con dos bandas negras, origen de la estola. 

Los obispos, más adelante, aceptaron el omorphium, ban- 
da blanca al cuello con dos caídas, una por delante y otra a 
la espalda, con una cruz negra al pecho, ori- 
gen del palio, y los sacerdotes, despegando la 
banda de la túnica, constituyeron el epiírac- 
lelion, hoy llamado estola. 

En el siglo XI se introdujo la tunicela, lla- 
mada sobrepelliz por nosotros (2). 

Trajes bizantinos. — Derivados de los roma- 
nos, aceptaron los emperadores y los roma- 
nos convertidos al cristianismo aquellos sig- 
nos tradicionales que usaron los primitivos 
creyentes, pero exornándolos y enriquecién- 
dolos con gran suntuosidad y lujo extraordi- 
nario. 

Trasladada la corte a Bizancio, ya desde el tiempo de 
Constantino disfrutaron sus iglesias de toda clase de orna- 
mentos y objetos del culto, de una riqueza suprema, uniéndo- 
se el arte clásico con el oriental para producir los efectos 
más deslumbradores. 

No sólo los sacerdotes, sino loa emperadores, los altos fun- 




(1) Véase Dridon: Anales arqueológicos. I, pi^ 

(2) Véise Puigari: págs. 62-104. 



108. 



-42 - 



cionarioa y hasta los soldados y gente del pueblo, vistieron 
las prendas más exornadas, con una policromía de vivos y 
ricos tonos, y en las que el oro entraba prodigado. 

Los trajes eclesiásticos bizantinos principales fueron el 
aticarium (alba griega de grandes mangas), el penoUum, de 
penula (casulla), el epltrapecelium (stola griega), el super- 
humeral (1), o mejor dicho strofion (estola cruzada al pecho), 
y el manipulo. 

Los emperadores, a más de llevar la corona redonda so- 
bre su cabeza, admitieron la clámide, bordada profusamente 
en bandos y círculos, manto abrochado al hombro derecho, 
que cuando lo era al pecho tomaba el nombre de palio. 

Los emperadores, a más de la túnica larga bordada, usa- 
ron como manto más exterior la toga trabea, especie de clá- 
mide corta, que se abrochaba al hombro 
derecho, adornada con ancha banda bor- 
dada y cuadrados sobre el pecho, y ce- 
ñida a veces por un strofion^ origen del pa- 
lio de los obispos y de la chía o beca mo- 
derna. Tenían, además, la toga palmata y 
la clámide, que era la más usada, como se 
ve en muchos mosaicos y pinturas. 

Los emperadores bizantinos comenza- 
ron a usar la corona como signo del más 
alto imperio, derivada del stefauos griego, 
en forma de banda de oro, pero exornada 
con la mayor riqueza de piedras y labores, 
que dio el modelo de las más famosas coronas de la Edad Me- 
dia, como la de Carlo-Magno, compuesta de varias charnelas 




(1) Hoy se llama superhunieral al paño con que, echado sobre loa 
hombros, toma el sacerdote los objetos sagrados que contieneu las formas 
eucarísticas. 



- 43 - 



con un puente de delante a atrás; la de hierro, del imperio 
alemán, y otras varias. 

Como calzado usaron los borceguíes con anchas tiras bor- 
dadas en oro y hasta con piedras preciosas (calci aurati). 

Los mosaicos de Justiniano y su corte y Teodora y sus da- 
mas, en San Vital de Rávena, ofrecen un acabado modelo del 
traje bizantino en ambos sexos más lujoso. La reina, que cu- 
bre su cabeza con un velo sujeto por corona guarnecida de 
perlas, y con grandes pendientes, viste una rica túnica inte- 
rior blanca, con mangas muy estrechas, sobre la que lleva 
una clámide muy exornada en su franja inferior; cubre sus 
hombros con una esclavina 
cuajada de pedrería y cal- 
za zapatos con banda, 
igualmente lujosos. Las da- 
mas ostentan parecidos in- 
dumentos y joyas, forman- 
do un séquito deslumbra- 
dor de lujo y de belleza. 

No es menos curiosa la 
procesión de las santas, en 
San Apolinar, aunque con 
carácter más eclesiástico 
en sus indumentos. 

El traje bizantino fué adquiriendo cada vez mayor rique- 
za durante la Edad Media, aunque perdiendo la belleza y 
gracia en el corte, que se suplía con deslumbrador aspecto. 
Pero lo que prestó mayor importancia a los trajes bizan- 
tinos fué la calidad de sus telas, pues en su tiempo se intro- 
dujo en Europa la simiente del gusano de la seda, y a Jus- 
tiniano se debe, principalmente, su propagación y cultivo. 
Diversas versiones existen sobre el modo como se intro- 




_ 44 - 

dujo tan preciada materia textil, antes no obtenida en Euro- 
pa, pues mientras unos dicen que la debimos a misioneros en 
viados a la China por el emperador, trayendo la semilla del 
gusano en el hueco de sus báculos, otros opinan que fué una 
princesa lomana quien la introdujo entre sus cabellos, al vol- 
ver viuda a Bizancio. Sea de ello lo que quiera, a los bizan- 
tinos debemos tan importante cultivo entre nosotros. 

Con este nuevo producto los trajes adquirieron mayor 
riqueza, pues tanto las aplicaciones como los bordados toma- 
ron mucho esplendor sobre los fondos, tejidos ricamente con 
seda y oro. 

La industria del bordado adquirió en Bizancio un des 
arrollo extraordinario, denominándose las telas, en atención 
al dibujo del mismo: así, pallia cum rotis, era tela con ruede- 
citas; quadrápula, exájmla, octápula, según que el adorno con 
sistiera en cuadrados, exágonos u octógonos; pero también el 
bordado representaba a menudo cuadrúpedos y aves, así 
como asuntos bíblicos sacados del Antiguo Testamento, y 
también símbolos religiosos, a los que fueron muy dados los 
artistas bizantinos. El oro se aplicaba a los vestidos en pla- 
cas, mezclado con pedrería y cuentas de vidrio de diversos 
colores. 

Muchos ejemplares notables de bordados se conservan, 
siendo uno de los más interesantes la magnífica dalmática 
imperial del siglo XI o XII, que se conserva en el Vaticano. 

También es muy notable el manto de Garlo-Magno, de seda 
roja, sobre la que destacan águilas bordadas de amarillo, 
azul y verde. 



iHpuMENTARiA ESPAÑOLA 



NDUMENTARIA ESPAÑOLA 



Ofrece el traje en Eapaña, a través de sus distintas 
épocas, caracteres propios y originales que llegan a dis- 
tinguirlo del usado por las gentes de otras naciones, 
pues aunque en muchos casos hayamos admitido las 
prendas y modas extranjeras, las hemos modificado, 
adaptándolas a nuestro gusto especial, que siempre pre- 
valece y se impone al cabo en todas las manifestaciones 
de la vida. 

Esta singularidad étnica de nuestra estética ha lle- 
gado, como no podía menos, a determinar el carácter 
de nuestros indumentos, admitiendo además prendas 
introducidas por los distintos pueblos que han convivi- 
do en nuestra Península y de las que conservamos re- 
cuerdo por algunos trajes regionales. 

Pero a través de tantas influencias podemos recono- 
cer cierto carácter perpetuo en nuestros trajes, no tanto 
por la especialidad de algunos de ellos, como por el cor- 
te y gusto de sus exornos y policromía. 

El aspecto total de nuestros atavíos, la persistencia 
de ciertos elementos en su confección, su severa, aunque 



- 48 - 

no sombría tonalidad en todos los casos y la riqueza de 
los adornos en muchas épocas, prestan a los trajes es- 
pañoles un carácter tan propio como determinado. Todo 
esto aparecerá más evidente al hacer el estudio de su 
desarrollo histórico. 

I. — ÉPOCA IBERO -ROMANA 

Las pinturas rupestres más antiguas entre nosotros, 
presentan a los habitantes de aquellos tiempos casi des- 
nudos, cubriendo sólo las partes más delicadas del cuer- 
po los hombres, y las mujeres con una especie de ena- 
gua desde sus caderas. Más adelante, las noticias que 
tenemos del traje de los iberos nos los ofrecen usando 
prendas de verdadero abrigo, y las estatuas de Ayuda 
y Cintra nos muestran la indumentaria de aquellos gue- 
rreros, compuesta de un saco corto, con mangas, que se 
abrochaba lateralmente, cruzado por una correa que 
sujeta la espada, con bragas o pantalones y un pequeño 
escudo redondo llamado pelta. 

De la limpieza y esplendor de los trajes blancos que 
llevaban las tropas españolas al mando de Aníbal, ha- 
cen especial mención los autores antiguos, por lo que se 
distinguían los soldados españoles de los demás que for- 
maban el ejército del gran guerrero. 

Los iberos, según Estrabón y Apiano, vestían un sa- 
gún de tela de lana grosera y forrada, como propia 
para el frío, que se abrochaba al cuello, origen de la 
moderna anguarina, usada por los labriegos y pastores 
castellanos, con bragas de cuero o tela, y abarcas suje- 



49 



tas a la pierna por correas, y para las mujeres, segÚQ 
Artemidoro, a más de sus necesarias túnicas y faldas, 
consigna que usaban de un aparato de hierro que, su- 
jeto al cuello, se elevaba sobre la cabeza, terminando 
en forma de media luna para asi elevar el velo que caía 
sobre el rostro, a la manera de la peineta y mantilla 
moderna. De estos aparatos ha encontrado algunos en 
sus excavaciones el señor Marqués de Cerralbo, con 
otras joyas femeninas de singular carácter, sin entrar 
en las armas y defensas, tan curiosas, que constituyen 
el mayor contingente de sus magníficas colecciones. 

Así aparecen muchas de las llamadas figuras del Ce- 
rro de los Santos, existentes en el Museo Arqueológico 
Nacional, ejemplares notabilísimos bajo tantos concep- 
tos; por ellos, al estudiar los 
principales de aquel antiguo arte 
español, como el busto de Elche, 
en el Louvre, y la sacerdotisa de 
Yecla,en el Arqueológico Nacio- 
nal, podemos formarnos una idea 
muy exacta de su indumentaria. 
El busto de Elche ostenta un to • 
cado tan original como artístico, 
recordando la forma de un ca- 
rro, cuyas ruedas constituyen sus dos grandes adornos 
laterales. Estos discos, así como la banda que los une 
por la frente, están sembrados de bolitas, y por delante 
de ellos salen unos colgantes con remates que recuerdan 
las joyas halladas en Troya por Schliemann. El collar 
de tres vueltas con un medallón pendiente, más unos 




- 50 - 



dijes, está formado por gruesas cuentas fusiformes, igua- 
les a las que se ven representadas en monumentos asi- 
rios y fenicios. El traje parece constituido por una túni- 
ca muy cerrada y un manto, o mejor, velo caído sobre 
los hombros. 

La gran sacerdotisa u oferente de Yecla, cuyo origi- 
nal se conserva en nuestro Museo Arqueológico Nacio- 
nal, viste, según el Sr. Mélida en el Catálogo del Museo 
de Reproducciones, tres túnicas: «la pri- 
mera, más corta, ofrece unas rayas 
como indicando franjas en sentido obli- 
cuo hacia el medio, que queda liso; lisa 
por completo es la segunda, y la terce- 
ra, que cae sobre los pies, calzados por 
cierto con zapatos cerrados, y menudos 
y simétricos pliegues que ha hecho pen- 
sar que se trata de la calasiris egipto- 
jónica. El cuello, bastante cerrado, se 
abrocha con un pasador en forma H. 
Completa la vestidura de esta estatua 
un manto o gran velo rectangular que 
desde los hombros viene formando en la 
caída de sus bordes un plegado simétri- 
co, conforme el sistema griego arcaico y lo mismo en 
los extremos, que caen de los antebrazos sobre el vien- 
tre. A los cuatro extremos lleva el manto sendas bello- 
tas o glandes. La 'cabeza se adorna con una complicada 
y lujosa diadema, obra delicadísima de orfebrería, con 
sendos rosetones a los extremos, de los que parten gol- 
pes de cadenillas terminados en bellotas, que llegan 




- 51 - 

hasta los hombros; entre estas caídas y el rostro apare- 
cen otras cadenas más gruesas y dobladas que bajan 
hasta el pecho, como las que llevan las mujeres argeli- 
nas. Pero lo más digno de notar es la semejanza que 
guarda este tocado con las cadenillas de oro recogidas 
en Troya. Completan el adorno un pectoral compuesto 
de tres gruesas cadenas, separados por un tejido de la 
bor de canutillos formando picos contrapuestos, y por 
terminación una serie de bellotas como en la osh egipcia. 
En los dedos índice, anular y meñique de la mano iz- 
quierda lleva sortijas en la segunda y en la primera fa- 
lange, según costumbre mencionada por Plinio.» 

Las restantes estatuas visten en parecida forma, os- 
tentando algunos bustos altas mitras o, mejor dicho, 
velos, que hacen suponer bajo ellos el aparato férreo de 
que hemos dado cuenta. 

Poseemos joyas efectivas de estas épocas españolas 
tan notables como las diademas de Ja vea y la de Santu- 
llano (Asturias), en el Museo Arqueoló- 
gico Nacional; la de Gáceres, en el Lou- 
vre, más los torqueti de oro y plata de 
Galicia, las pulseras de oro ibéricas y 
otras preseas de gran precio, como las 
de Cádiz, fenicias, y de otras diversas 
procedencias. 

Durante la dominación romana fue- 
ron muy usadas entre los españoles las 
prendas de los conquistadores, como se ve en las esta 
tuas halladas, continuando en la parte más meridional 
bastante de las modas fenicias y cartaginesas, así como 




- 52 - 

ciertas prendas hebraicas en aquellos puntos en que se 
habían establecido los judíos. En las monedas de Galva 
se representa a la Hispania con el traje completamente 
a la romana, pudiéndose aceptar como muestra de indu- 
mentaria de su última época la de los personajes del fa- 
moso disco de Teodosio, encontrado en Almendralejo, 
aunque no sea de labor española. 

El emperador Teodosio había fijado como traje impe- 
rial la túnica dálmata. Osténtala, pues, en este disco 
bajo el manto imperial semicircular, con escotadura en 
el lado recto para la cabeza y prendido por un broche 
al hombro derecho; el clavius o tabula, trozo de tela cua- 
drada y bordada, sobrepuesta, adorna su ángulo inferior; 
viste además pantalones de púrpura, diadema con per- 
las y lábarum. Los zapatos o borceguíes son de púrpura 
bordados de perlas, de exclusivo uso del emperador. 

Hasta aquí lo que podemos dar como más cierto de 
la indumentaria española antes de la invasión de los 
bárbaros. 



53 - 



II. — ÉPOCA VISIGODA 



Todos aquellos pueblos bárbaros, antes de influen- 
ciarse de la civilización ronoana, vestían casi primitiva- 
mente con pieles de animales; muy aficionados al ador- 
no, usaban los principales, brazaletes o armilas, cinturo- 
nes o halteos y torques o collares. Además se pintaban 
el rostro y algunos miembros del cuerpo, abandonando 
poco a poco estas costumbres a medida que iban admi- 
tiendo las de los vencidos. De aquí que al llegar los 
visigodos a España hubieran aceptado ya muchos de los 
usos, trajes y hábitos de civilización de los romanos, 
por lo que fueron entre nosotros como sus continuadores; 
así sus indumentos obtienen tal carácter, aunque ya 
influidos por el lujo y estilo bizantino. Continuaron, sin 
embargo, usando algunas prendas tradicionales entre 
ellos, como las bragas para los hombres y las polainas 
de correas, a la par que sus gorros de piel para abrigo. 
En las monedas visigodas, aun dentro de su tosquedad, 
aparecen los bustos de los reyes vistiendo la clámide 
bizantina, a modo de la del emperador en el disco citado 
anteriormente. 

San Isidoro se ocupa en sus Etimologías de las pren- 
das y exornos de su tiempo, dedicando el cap. XXXI del 
libro XIX a «los adornos de cabeza de las mujeres», 
enumerando gran variedad de ellos, como los retiolum o 
redecillas, loa acci o agujetas, los in-aures o zarcillos, con 



- 54 - 

los collares, pulseras, fíbulas y anillos, y muchos más 
de que da cuenta. 

Además do la túnica corta que usaban con las bra- 
gas, subsistió el manto, y como prendas de abrigo, saya- 
les y cucullas, con melotes o zamoras para el campo. 

El santo obispo de Sevilla habla también del redi- 
míenlo, especie de dalmática cerrada por broches a 
ambos lados, que también llama armeclausa; del celorio^ 
túnica talar sin mangas, especie de sotana, y del lineo 
o nagüeta, guarnecida con una franja de púrpura. 

También las mujeres y gentes principales de la corte 
vestían sobre la túnica talar otra más corta de vistosos 
colores y bordados, llamada vegilo. Además del manto, 
las mujeres agregaron a su indumentaria el mavorte, 
a modo como de toca, primero suelta, después más cerra- 
da, que da origen a la toca de las religiosas, y el ricino, 
o velo de desposada, que dejaban caer a la espalda. 

San Isidoro habla del amiculo, chai o velo que duran- 
te la antigüedad clásica había sido signum meretrice, y 
en su tiempo era in Hispania honestitatis, es decir, fué el 
tocado de toda mujer honesta durante la Edad Media. 

Respecto al calzado, dice también que usaban unos 
botines denominados tubrucos, y para cubrirse la cabeza 
gran variedad de bonetes, píleos, gateros, etc. 

Como ejemplar artístico notable de indumentaria 
visigótica, puede ofrecerse el cuadro del Sr. Muñoz 
Degrain, La conversión de Recaredo, existente en el 
palacio del Senado. 

Pero de la época visigoda han llegado a nosotros 
ciertos exornos de tan excepcional importancia, como 



- 55 - 

las joyas de oro y pedrería que constituyen el llamado 
Tesoro de Guarrazar. 

Este tesoro, de renombre universal, no tenemos la 
suerte, como nos correspondiera, de poseerlo por com- 
pleto. Hallado casualmente en Guarrazar (Toledo, si- 
glo XIX), en los restos de Santa María (templo visigodo), 
parte de estas joyas pasaron al Museo de Cluny,en París, 
como la corona de Recesvinto, la de Sonnica y otras siete 
sin nombre determinado, tres de ellas votivas, existien- 
do entre nosotros la muy interesante de Suintila, otra 
votiva del Abad Teodosio, cruz votiva de Lucecio, un florón 
de otra corona y varios trozos de enrejados, a más de 
una esmeralda grabada y un nudo, todo ello existente 
en la Armería Real. Además hay en el Museo Arqueo- 
lógico dos brazos de cruz parroquial, clamasterios, ca- 
denillas, una alfa de oro y otros fragmentos: todo está 
trabajado delicadamente. Su decoración, sumamente 
artística, y enriquecida con perlas y piedras preciosas, 
revelan una gran originalidad, aun dentro del clasicismo 
en que se basan, modificado, como no podía menos de 
suceder, en aquella época (siglo V al VIH) por el influjo 
oriental bizantino (1). 

Como última nota de la riqueza alcanzada en sus 
indumentos por los godos, da la historia la del traje usa- 
do por Don Rodrigo en la batalla llamada de Guadalete, 
del que algunas prendas se encontraron en el fango del 
río, con el carro de marfil en que montaba. 



(1) Véasa el estudio tan completo que de ól hace el Sr. Sen- 
tenach en su obra Bosquejo histórico de la orfebrería española, pá- 
gina 30. 



56 - 



III. — PERIODO ÁRABE 



Después de la batalla llamada del Guadalete, en que 
los árabes aniquilan la Monarquía visigoda, siguen su 
avance, y aprovechándose del desconcierto de los go- 
dos, fácilmente se posesionan primero de Córdoba y 
Toledo, después de Zaragoza y Barcelona; sólo Teo- 
domiro se hace fuerte en el rincón de Orihuela, y hu- 
bieran conseguido apoderarse de casi toda la Iberia, 
ayudados de su táctica hábil de benevolencia y respeto 
para con los vencidos, a no ser por la heroica y tenaz 
resistencia que en la Cantabria les opone Don Pelayo. 
Animados ya desde este momento, tanto los hispano- 
romanos como los de pura raza visigótica, no tienen 
otro pensamiento ni otro ideal que el perseguir y deste- 
rrar de nuestro suelo a los infieles invasores; de aquí el 
estancamiento de la civilización y cultura nacional, 
hasta el punto de que en los primeros tiempos de la 
dominación árabe, las ciencias, las artes, la industria, 
la agricultura, el comercio, todas las manifestaciones 
del saber, permanecen estacionadas y sin alientos de 
vida. En tanto, los árabes, ampliando y refinando su 
ilustración y cultura con los elementos que tomaran de 
los españoles, y merced también a la protección que los 
grandes califas dispensan a todo lo que signifique ade- 
lanto y progreso, ejercen notable influencia en nues- 
tro país. 



- 57 - 

Una de las manifestaciones de esta influencia ára- 
be en España se observa, no sólo en el traje, sino 
en el gran desarrollo de una industria que a nosotros, 
por la índole de este trabajo, nos interesa: la del tejido, 
que antes había tenido escasa importancia. Introducen, 
pues, los árabes en España la fabricación de las más 
ricas telas orientales. A más del cultivo del lino y del 
algodón, que elevaron a gran altura en nuestra Penín- 
sula, desarrollaron el del gusano de la seda, que les 
proporcionó la más rica materia para sus telas. Con 
ella, mezclada al oro y la plata, tejieron finísimas esto 
fas, de las que aún nos quedan restos, de valor extraor- 
dinario. En Almería primeramente, gracias a la inicia- 
tiva de Abderramán II, se cultivó el gusano de la seda, 
que había sido importado a Europa, según hemos dicho, 
en tiempos del emperador Justiniano. Por ello se esta- 
blecieron en Almería telares, que habían de producir 
géneros tan importantes como el sirgo, el tira2! y el 
dihag, el más rico de todos ellos. Estas industrias pasa- 
ron luego a Granada de donde las tomaron los reyes 
cristianos, entre ellos Alfonso el Sabio, que dictó prag- 
máticas para su desarrollo en Soria; además de los pun- 
tos señalados, florecieron a grandísima altura en Tole- 
do, Sevilla y Barcelona. Las industrias textiles de To- 
ledo obtuvieron siempre gran importancia, al punto que 
no hubo tela, por rica que fuese, que no llegara a 
tejerse en aquellos telares, siendo tan notables los ter- 
ciopelos cortados y brochados que allí se hicieron, que 
constituyen hoy el orgullo de los Museos extranjeros. 

Los árabes aplicaron para la exornación de 8U9 



- 58 - 

telas, en su tejido, aquellos dibujos de taraceas, combi- 
nados con follajes y flores, tan complicados como ca- 
prichosos, que vemos lucir como exorno en sus pala- 
cios y mobiliario. Estas telas iban generalmente bor- 
deadas de una franja con leyendas sagradas, llamada el 
tiraz, que les servía como de festón o remate. Hay que 
notar que la magnificencia de las estofas árabes difieren 
ostensiblemente de las de los bizantinos, en que éstos dan 
la mayor importancia al bordado, y que todos los ador- 
nos son sobrepuestos y hechos sobre la tela, en tanto que 
en aquéllos la suntuosidad estriba en la riqueza del teji- 
do, y la ornamentación se consigue en el mismo telar, 
siendo ésta siempre rectilínea; no fué óbice para que 
también hicieran magníficos bordados, tanto en las telas 
como en los cueros, cuyo centro principal fué Córdoba. 
Las riquísimas telas de que hablamos llegaron a ser 
usadas por los reyes cristianos, magnates y hasta obis- 
pos, y de ello son hermoso testimonio la capa y casulla 
del arzobispo Don Rodrigo, existente en el monasterio 
de Santa María de Huerta; otra magnífica capa en la 
capilla del Condestable, de Burgos, en tan perfecto esta- 
do de conservación, que parece acabada de fabricar; 
en la Catedral de Lérida un terno de iglesia, formado 
por trozos de precioso tejido árabe, que figuró en la Ex- 
posición del centenario de los Sitios de Zaragoza; el 
manto del infante Don Felipe, hermano de Don Alfonso 
el Sabio, que se conserva en el Museo Arqueológico 
Nacional, junto con un birrete, que está decorado con 
medallones, alternando el castillo de tres torres, re- 
presentación del linaje paterno, con el águila imperial, 



- 59 - 

por parte de la madre, Doña Beatriz de Suavia, esposa 
de Fernando III, como hija del emperador de Alemania. 
Los castillos están bordados en oro, a realce, sobre un 
fondo que debió ser en seda roja; las águilas en seda, 
sobre fondo de hilillo de oro, y entre los medallones hay- 
una labor de tracería, bordada también en oro. 

No siempre tuvieron los indumentos árabes la ri- 
queza que parece serles característica. Mahoma dictó 
muchas sentencias encaminadas a impedir que el pueblo 
introdujera el lujo en sus vestidos, y los hombres más 
eminentes de Arabia y de Persia, siguiendo su ejemplo, 
recomiendan frecuentemente la modestia en el vestir, 
hasta el punto que sólo se permitió el uso de la seda a 
las mujeres, y aun en éstas llegó a ser reglamentado el 
ancho que debían tener las franjas y demás exornos. 

Las prendas características del traje árabe, ma 
jestuoso, artístico y elegante de suyo, nos las da a cono- 
cer perfectamente Dozy, describiendo el del Profeta de 
este modo: «Llevaba primero una camisa de algodón 
blanco, cuyas mangas llegaban hasta la muñeca; añadía 
a esta camisa un calzón de tela. Sobre la camisa y el 
calzón, Mahoma no parece que llevaba más que un solo 
traje; era una larga túnica de lana bordeada de seda y 
abierta por delante, con mangas estrechas, o bien este 
traje largo, guarnecido con botones en el delantero. En 
ocasiones lleva en lugar de esta túnica una capa de una 
tela basta; era ordinariamente un gran trozo de tela de 
lana tupida, oscura y rayada, con el que se envolvía el 
cuerpo. Mahoma llevaba el turbante blanco o negro, de- 
jando colgar un extremo sobre la espalda. El calzado del 



- 60 - 

Profeta consistía en sandalias hechas de piel de camello 
y atadas por medio de dos tiras, de las que una pasaba 
sobre el medio del pie y la otra entre los dedos grueso y 
segundo. Otras veces calzaba botines». 

En España, una de las principales prendas, usada al 
cabo igualmente por los árabes que por los castellanos, 
fué la aljuba. y que dio lugar a la especialidad de los 
aljubeteros. («Ordenanzas de Sevilla», segunda parte, 
folio 173.) 

Era una especie de túnica ceñida a la cintura y con 
grandes faldas o faldones que no pasaban de la rodilla, 
algo a la manera de nuestras levitas; abotonábase por 
delante, llevando anchas mangas. En la Crónica de Don 
Alfonso XI se lee que «el arrayaz de Algeciras, con su 
hermano e hijo, se presentaron ante el rey llevando sen- 
dos cuchillos en las mangas de las áljuhas^. 

Hay alguna disparidad en la denominación de las 
principales prendas árabes; asi Dozy, en su Diccionario, 
describe la aljuba diciendo: «Es una bata amplia con la 
que se envuelven, de mangas ajustadas a las muñecas, 
pero amplias en la parte alta. Es abierta por delante, y 
tan ancha, que permite colocarse fosmando pliegues al- 
rededor del cuerpo, pudiendo cruzar con amplitud un 
lado sobre el otro». 

Una variante de la aljuba era la almalafa, túnica 
común a ambos sexos, sujeta a la cintura con rica faja. 

Muy interesante es también el albornoz, que consistía 
en una especie de manto blanco en general, pero las per- 
sonas de elevado rango lo llevaban de color, negro o 
azul, y de paño de los mismos colores cuando hacía frío; 



- 61 - 

presupone la idea de prenda de abrigo, y de tejido lo 
más impermeable posible para el agua. Los había tam- 
bién magníficos, de seda; otros de algodón, abundando 
igualmente los de algodón y lana. Covarrubias, en su 
Tesoro (Madrid, 1611), lo describe así: «Es un manto ce- 
rrado, guarnecido de un capuchón, y que se lleva para 
viaje; está hecho de una cierta tela impermeable, y los 
moros hacen frecuente uso de este género de manto o 
envoltura». 

Ordoño IV recibió de Al-Ha-ken II un présente que, 
según el historiador Al-Makkari, consistía en una al juba, 
brochados de oro y un albornoz, y que este último tenía 
capucha, rematando en una bellota. 

Otra clase de manto es el alquicel, sin forma alguna: 
es un trozo de tela, hecha generalmente de lana, y con 
el que se envuelven con arte especial los árabes. 

Prenda propia de los árabes fué también la almejía, 
rica túnica que vestía el Miramamolín en la batalla de 
las Navas, pues, según la Crónica, «descendió del ca- 
ballo en medio del corral, y de suso vestía una almejía 
negra de un jamete, y sobre aquélla, otra almejía que 
non había costura ninguna, e tenía su espada al cuello, 
e tenía el libro del Corán ante sí». 

El tocado era el turbante y su color indicaba el li- 
naje a que pertenecían las principales familias árabes; 
así el de los Abasidas era verde y el de los Omeyas blan- 
co. También por su forma se distinguía el noble del hom- 
bre del pueblo y del soldado. 

Respecto al calzado, además de la sandalia sujeta con 
correas, usaban botas altas de cuero; también la ba- 



62 — 



bucha, aunque generalmente para casa, y 8obre todo 
las mujeres. La gente baja del pueblo llevaba alparga- 
tas, cuya industria pasó a nosotros, subsistiendo hoy en 
gran apogeo, principalmente en la parte de Levante. 

No hemos de dejar de notar que, entre sus armas, las 
más usadas fueron el sable corto, llamado cimitarra, las 
adargas y los damasquinados alfanjes. 

Es indudable que los árabes españoles se dejaron 
influir, especialmente en la última época de su imperio, 
por el modo de vestir de los caballeros cristianos. El 
historiador Ibn-al Khatif, refiriéndose a Mahomet, que 
murió en la segunda mitad del siglo VI de la Hégira, 
dice que adoptó la moda de los cris- 
tianos en los vestidos, en las armas y 
en los arneses de los caballos. Por vir- 
tud de estas influencias, debidas a la 
mezcla de los árabes con los extran- 
jeros en los diversos pueblos de que 
se componía aquel inmenso imperio, 
siempre hubo una marcada diferen- 
cia entre la manera de vestir de unos 
y otros y se podia distinguir a pri- 
mera vista el árabe del Oriente del árabe del Occi- 
dente. 

Son muy escasos los ejemplares árabes que nos que- 
dan para examinar en ellos el traje que visten, pues sus 
telas conservadas pertenecen a los usados por cristia- 
nos; entre ellos sólo recordamos las figuras de sarrace- 
nos, a más de en algunos códices, en las notables mén- 
sulas de la capilla de Santa Catalina, en la Catedral de 




- 63 - 

Burgos (1); las pinturas del techo de la Sala del Tribu- 
nal, en la Alhambra de Granada, y el curioso retrato 
llamado del Rey Chico, que publicó la revista titulada 
La Alhambra (1913, página 338). También proporcionan 
muy curiosos datos los relieves de la parte baja del coro 
de la Catedral de Toledo, que representan la conquista 
del reino de Granada. 

Otra industria muy importante de los árabes espa- 
ñoles fué la fabricación de la loza vidriada de varios 
colores y la famosa de reflejos metálicos, cuyo secreto 
se ha perdido, pues se han hecho muchas tentativas y 
no se ha llegado más que a imitarla imperfectamente. 
Precioso ejemplar de cerámica árabe es el magnífico ja- 
rrón de la Alhambra del siglo XIV. 

También hay notables platos y azulejos, como loa 
famosos que hubo en la torre, llamada por ello del Oro, 
de Sevilla. 

Además de los grandiosos monumentos, la Alhambra, 
la Mezquita de Córdoba, etc., etc., admiración hoy de 
propios y extraños, construyeron grandes casas de esca- 
sa e insignificante riqueza al exterior, con pocas ven- 
tanas o ajimeces, los puramente precisos para dar luz a 
las habitaciones que no la recibían directamente de los 
alegres patios llamados alfaquias, embellecidos y per- 
fumados con exuberante vegetación de naranjos y limo- 
neros. Las habitaciones destinadas a alcobas, o alhamias, 
y a salas, o tarbeas, eran adornadas con alfarges o ar- 



(1) Véase su estudio y láminas en el Boletín de la Sociedad Es- 
pañola de Excursiones, 1908, pág. 227. 



- 64 - 

tesonados primorosos y artísticos de madera de alerce, y 
alizares o azulejos en la parte baja, en los zócalos. 

En cuanto a su mobiliario, estaba constituido prin- 
cipalmente por ricos almohadones o divanes y pequeñas 
y bajas mesitas de taracea. También pendían de sus 
muros vasares, o sean pequeños estantes, en los que co- 
locaban sus vajillas y vasos metálicos. Ante sus puertas 
colgaban magníficos tapices de Persia, extendiendo so- 
bre sus suelos ricas alfombras o alcatifas. 

Hoy día, las casas y sus ajuares de Marruecos son 
un reflejo del estilo y modo de vivir que tuvieron en las 
suyas los árabes españoles, de que proceden. 







— 65 - 
IV. — EL TRAJE EN ESPAÑA 

DESDE LA. INVASIÓN ÁRABE AL SIGLO XIII 

Ya hemos dicho que el trastorno causado por la in- 
vasión de los árabes redujo a precario estado a los es- 
pañoles refugiados en las más escabrosas montañas del 
Norte, de donde surgieron después los distintos reinos de 
la Península. Ni en sus trajes ni en sus artes suntuarias 
pudieron hacer grandes progresos; pero bien pronto, sin 
embargo, vemos a los reyes de Oviedo donando a las 
iglesias valiosas joyas e indumentos, que representaban 
una verdadera riqueza. 

Alfonso II, el Casto, dio por testamento a la Cáma- 
ra Santa la famosa Cruz de los Angeles, con otros obje- 
tos para el culto, cuya relación se conserva, tales como 
jarros, aguamaniles, lucernas y objetos de oro, con los 
ornamentos correspondientes. 

Don Ordoño I y Alfonso III aumentaron estas dona- 
ciones, debiéndose al último la célebre Cruz de la Victo- 
ria, a más «de ornamentos de oro, en plata y oro teji- 
dos, con muchas vestiduras de lana y sirgo (paño de 
seda)». Lo propio ocurría con los reyes de Navarra, 
Aragón y los primeros condes de Barcelona. Los monu- 
mentos son bien escasos para estudiar la indumentaria 
de esta época, pues apenas se labraron, quedando re- 
ducidos a los relieves de San Miguel de Lillo y algo en 
Santa María de Naranco, hasta que pasado el año 1000 



- 66 - 



ise opera un resurgimiento, representado en León por 
el enlace de Doña Sancha con Don Fernando, que abrió 
una nueva era en la historia de España: sólo el códice 
vigüano presenta algunas incipientes miniaturas, que 

ofrecen tradicionales recuerdos 
en sus indumentos, al tenor de 
la lámina, que nos retrotrae a la 
idea del Sagun y la pelta ibérica. 
Entre tanto los francos opera- 
ban un cambio en sus prendas, 
dándoles carácter más europeo 
y separándose de las modas co- 
rrientes bizantinas, que eran las 
más seguidas. Con los Carlovin- 
gios tomaron importancia las 
calzas, la camisa interior, la 
capa y las botas; también a ellos 
se debe el uso general de los 
guantes. 

Con Carlos el Calvo, hombres 
y mujeres usaban en invierno un manto de abrigo exte- 
rior, llamado jpe/Z¿c¿Mm, o sea prenda guarnecida de pie- 
les, y en el resto del año el marfors, de tela ligera, sujeto 
con broches, en que envolvían todo el cuerpo. Algunas 
de estas prendas se adoptaron en España al venir aquí 
los franceses con tanta frecuencia, siendo esto más no- 
tado en tiempos de Don Fernando y Doña Sancha, en que 
obtuvieron gran supremacía entre los reyes españoles 
las modas de la nación vecina, adonde acudían frecuen- 
temente por elementos de cultura. 




J,J,¿c -X 



- ()7 - 



En esta época son bien escasas las fuentes de infor- 
mación, pues apenas se cultivaban las artes, tanto entre 
nosotros como en los demás países europeos. 

De los monumentos de Asturias tenemos que pasar a 
los de León para encontrar algo aprovechable a nues- 
tro objeto, y en este sentido es muy curioso el traje que 
viste Don Fernando I en su estatua de San Isidoro, por 
la que vemos llegar hasta él algo de la indumentaria de 
los visigodos, pues a más de" la túnica 
interior corta y la clámide de origen 
bizantino, aún ciñe sus piernas con 
aquellas correas que trajeron los bár- 
baros al invadir la Península. En tal 
concepto la estatua es de las más in- 
teresantes para nuestro estudio. 

A iguales consideraciones se pres- 
tan las que visten los personajes de 
las célebres chapas de marfil del se- 
pulcro de San Millán de la Coguya (1), 
tan curiosos para la historia, tanto en 
su aspecto artístico como en el litera- 
rio. Entre los escasos monumentos de esta época cuén- 
tanse, sin embargo, algunos tan pertinentes para nues- 
tro objeto como las miniaturas del Salterio, de la Cate- 
dral de Santiago, en cuya primera de ellas aparecen los 
reyes Don Fernando y Doña Sancha, a los que ofrece 
su autor la obra. 




x> 



(1) Los estudió el Sr. Sentenach: Boletín de la Sociedad Espa- 
ñola de Excursiones, 1008, pág. 9. 



- 68 - 

Él Lihro de los testamentos, de la Catedral de Oviedo, 
reputado como del siglo XI al XII, no es menos curioso 
en viñetas, y los variados San Beatos, Comentarios a la 
Apocalipsis, profusamente ilustrados, que comienzan a 
escribirse en el mismo siglo, con algunos privilegios, 
constituyen los ejemplares más preciados para el estu- 
dio del traje español en aquel obscuro período de nues- 
tra historia suntuoria. 

Los retratos de los reyes de León, que ilustran el 
tumbo A de la Catedral de Santiago, forman una ver- 
dadera galería iconográfica de nuestros primitivos mo- 
narcas medioevales, aunque su mayor parte sean con- 
vencionales, como ya pintados en el siglo XII (1). 

En todos ellos, los trajes que visten estos monarcas 
son siempre talares, a la manera visigoda-bizantina, 
pero más sueltos y elegantes, con detalles orientales en 
sus fimbras y exornos, de gusto tradicional hispano, y 
dando importancia a los cinturoues, con que empiezan 
a ceñírselos a la cadera. 

Documento precioso literario para todo lo concer- 
niente a estos siglos es también el «Poema del Cid», en 
el que se hacen referencias, tanto a los trajes militares 
como a los civiles, describiendo además el menaje de 
sus palacios y la suntuosidad de sus salas y patios, en 
armonía completa con la arquitectura de su tiempo. 
Según él, aparece muy generalizada la alcandora o ca- 
misa interior, las calzas y medias calzas, las túnicas y 



(1) Pueden verse algunos reproducidos en las obras del señor 
López Ferreiro. 



- 69 - 

aobretúnicaa más cortas, llamadas gáneles y sobregáne- 
les; sayas y saya-pieles; cidatones, especies de aljubas de 
tela de oro; cotas, pellizas y pellotes; túnicas sacas o sas- 
canias; garnachas, capas aguaderas o capapieles de abrigo, 
con capirones capuces o gausapas para la cabeza. 

El poema describe así las galas de Ruy Díaz de Vivar, 
cuando fué a Toledo a pedir justicia al rey Don Alonso, 
por la deshonra que los condes de Carrión hicieron a 
sus hijas: 

CalzHs de buen paño en sus cannas metió; 
Sobre ellas unos zapatos que a grao huebra son; 
Viátió camisa de rauzal tan blanca como el sol. 
Con oro e con plata todas las presas son; 
Al punno bien están, ca él se lo mandó, 
Sobre ella un brial primo de ciclaton; 
Obrado es con oro, parecen poro son. 
Sobre esto una piel bermeia, las vandas d'oro son: 
Siempre la viste Mió Cid Campeador. 
Una cofia sobre los pelos d'uu escarin de pro: 
Con oro es obrada, fecha por razón. 
Que no le contalasen los pelos al buen Cid Campeador. 
La barba avie luenga e prisola con el cordón; 
Por tal lo face esto, que recabdar quiere todo lo suyo. 
De suso cubrió un manto, que es de grant valor 
En el abrien quer ver quantos quen y son. 

(Cantar del mió Cid.) 

Carácter especial de los trajes en esta época son los 
ajedrezados y triangulados de sus exornos, de los que 
también habla el «Poema», y que constituyen como la 
especialidad de los indumentos que visten los personajes 
de las preciosas miniaturas del códice de los testamentos 
de la Catedral de Oviedo, con listados, escutulados y 
mostreados con vivos colores, que más tarde se convier- 



- 70 - 

ten también en circuios con emblemas heráldicos, como 
los vemos en las representaciones del Rey Sabio, y que 
alcanzan hasta ejemplares tan notables como la capa 
de los castillos y barras, de Toledo. Hay que suponer 
para esta ornamentación el uso de aplicaciones y bor- 
dados sobrepuestos al fondo de las telas, pero consti- 
tuyendo un carácter especial y muy 
suntuoso de la indumentaria españo- 
la: si a esto unimos el empleo de los 
tisús y de los ricos bordados de pla- 
ta y oro, se comprenderá que Luis VII 
de Francia dijera de Alfonso VII, el 
Emperador, al ser por él recibido en 
Toledo, en 1155, que no había visto 
jamás corte tan brillante y «dudo, 
añadió, que exista otra igual en el 
mundo». 

Hasta el interior de los claustros 
llegó aquel deseo de ostentación, sien- 
do notadas por ello las monjas de 
Sijena y otros puntos. 

Desde mediados de este siglo se observa que el traje 
de los magnates, compuesto de la camisa interior, que 
se quitaban para dormir, se completa con las calzas y 
zapatos; el sayo, que toma el nombre de geren, va ceñi- 
do al tronco y abierto en varios faldones por las pier- 
nas, para facilitar el paso: cuatro para los nobles y dos 
para los plebeyos, a lo que se añade el manto o capa, 
sujeta con el fiador, y el sombrero o birrete para la ca- 
beza. Tal vemos en la figura de Don Sancho III de Cas- 




- 71 - 

tilla, el Deseado, entre los relieves del sepulcro de su 
mujer, Doña Blanca de Navarra, en el cenotafio de Las 
Huelgas, de Burgos, destinado para ambos jóvenes espo- 
sos, y en el que se ve al monarca como entregado al do- 
lor que le causaba la pérdida de su gentil compañera, a 
la que bien pronto había de acompañar en la otra vida. 




B-i<M.X^ '."^fi^fV 



72 — 



V. — SIGLO XIII 



En este siglo se opera una gran transformación en 
los trajes, ya iniciada en el anterior, y que bien pronto 
se hace sensible entre nosotros, aunque al principio par- 
ticipen de los pasados. Tal aparecen aún en la preciosa 
miniatura que encabeza el códice de las Definiciones de 
la Orden de Santiago, del Archivo Histórico Nacional, en 
el que el artista representó a los reyes Don Alfonso VIII 
teniendo a su derecha a la reina Doña Leonor, sentada 
en el propio escaño que él, con el maestre de Santiago a 
la izquierda. Ofrecen estas imágenes la singularidad de 
llevar coronas puestas, usando el rey barba, y envolver 
la reina su cabeza en su amplio velo; el maestre de San- 
tiago viste también túnica, y sobre ella un manto, suje- 
to a sus hombros por medio del fiador o cordones, que 
pasan por dos ojales laterales, sistema que después ha 
de prevalecer por mucho tiempo. 

Durante todo el siglo XIII continuaron usándose 
estas prendas talares, principalmente entre los nobles, 
pues los menestrales y labriegos usaban la túnica corta, 
ceñida por el cinturón, pudiendo consultar como ele- 
mentos de estudio los santos Beatos citados, de los que 
existen ejemplares en las Bibliotecas de Valladolid, Ma- 
drid, León, Gerona y otras, a cual más notables. 

En las mujeres se introduce, sobre la gonela de ceñi- 



- 73 - 



das mangas, la sobretúnica llamada suckenie, entre nos- 
otros hrial, con grandes aberturas laterales para pasar 
los brazos, prenda que también usan los hombres, pero 
mucho más corta, completando el traje en ambos sexos 
la capa con fiador. 

En Cataluña y Aragón 
las prendas comunes eran 
la camisa, calzas, bragas, 
gonela y la capa, siendo co- 
munes a toda EspaBa entro 
las clases nobles los pello- 
tes (túnicas guarnecidas de 
pieles) y pellizas o corpinos 
del mismo género; la gona, 
gonel o gonella, túnicas con 
mangas de ricas estofas; ^ 
sobre ella el brial o hrasal, ^'^^'' ^"' 

y los hambezos o gamhezones, que fueron las prendas más 
lujosas. Como más exteriores de abrigo usaban los hi- 
rros, las crosnas y las capas. 

Para cubrir la cabeza, sobre el pelo, cortado a cer- 
cén por la frente y largo en todo el resto, e igualado, 
fué lo más corriente el alto gorro cilindrico con cogo- 
tera, entre los hombres, y las altas cofias rizadas, de 
que hablaremos, para las mujeres. 

Las estatuas de Fernando III, el Santo, y su mujer, 
Doña Beatriz de Suavia, en el claustro de la Catedral de 
Burgos, nos ofrecen característicos ejemplares de estas 
modas, y la figura de Doña Constanza de Aragón, en la 
antigua Catedral de Lérida, nos da también el modelo 




- 74 - 

de nuevos indumentos que entre nosotros se introducen, 
principalmente por las reinas extranjeras. 

Pero el más grandioso monumento del siglo XIII, 
para nuestro objeto, es el famoso códice de las Cantigas 
del Rey Sabio, conservado en El Escorial. Sus numero- 
sas viñetas ofrecen una galería completa de tipos, trajes 
y enseres de su tiempo, y quizá del siglo XIV, pues, se- 
gún algunos críticos, hasta éste se prolonga la ilumina- 
ción de tan magna obra, como, en efecto, asi parece de 
ducirse de las variantes que en ella se observan, Pero 
sea de la época que fuere, siempre habrá que ver en 
tan precioso códice el monumento más fehaciente para 
conocer las costumbres e ideales de la época del Rey 
Sabio, tanto por su texto como por sus ilustraciones. 

No son menos ricos arsenales en la materia los Libros 
del ajedrea:, de los dados y las tablas, y el lapidario (1), 
mandados escribir e ilustrar también por el propio Rey 
Sabio: por el estudio de tan importantísimos códices pu- 
diera llegarse al más completo conocimiento de la indu- 
mentaria de su tiempo, constituyendo una labor de mé- 
rito relevante. 

La estatuaria, ya sagrada, civil o tumular, ofrece 
también en el siglo XIII muy buenos ejemplares para el 
estudio, observándose en ellos la introducción de nuevas 
modas extranjeras. 

Hay, sin embargo, una singularidad muy española 
en aquellas estatuas, y es la forma de cubrirse la ca- 



(1) Existe muy exacta reproducción de este códice, hecha 
en 1881 por la imprenta de La iberia. 



— 7fS - 



beza, lo propio entre los hombres que en las mujeres. 

El birrete citado del infante Don Enrique era de uso 
muy general, pues así lo suelen presentar las miniatu- 
ras; pero en las mujeres las cofias ofrecen un carácter 
muy singular, digno de estudio. 

Por una tradición antiquísima, las 
mujeres españolas se cubrían la cabeza 
con muy altos tocados; las cofias de mu- 
chas estatuas ofrecen el aspecto de ver- 
daderos morriones; pero lo más singular 
en ellas es la cantidad extraordinaria 
de tela que empleaban y las vueltas y 
enlaces que con tan largas tiras, gene- 
ralmente muy rizadas, se hacían. No- 
tables en este sentido son los tocados :^'~^^^^ 
de Doña Meucía López de Haro, según 
su bulto sepulcral de Santa María la Real de Nájera 
(Navarra), igualmente que el de Doña Beatriz de Sua- 
viíi, mujer de Don Fernando el Santo, según su esta- 
tua en la Catedral de Burgos, con el más complicado de 
Doña Leonor Rodríguez de Castro, mujer del infante 
Don Felipe, de cuyo traje tanto nos hemos ocupado, y 
que yacía frente a su esposo en Villalcázar de Sirga, 
según el Sr. Poleró, contra su voluntad de ser enterrada 
en el monasterio de San Felices, cerca de Anaya. Igual- 
mente pueden estudiarse estas cofias en los capiteles de 
la portada de Santa María de Galdácano (Vizcaya) (1), 




(I) Boletín (le la Socielad Española de Excursiones, 1908 (lámi- 
nas), páginas 130 y 132. 



76 



de las más curiosas e interesantes para nuestro pro- 
pósito. 

Todos estos tocados están característicamente for- 
mados por series de bandas rizadas superpuestas, de 
muchas varas de largo, formando alto 
casco, llamado fontanche, según el 
Padre Flores, sujeto a la barba por 
un barbuquejo, o caramielo, que algu- 
nas veces es doble (o carrillera), como 
el de Doña Leonor, y ajustado al crá- 
neo por la cogotera: con éstas alterna- 
ban los llamados algrimales e implas, 
o sean tocas cerradas, usando tam- 
bién velos y toquillas. 
El estudio de los restos de los trajes del infante Don 
Enrique (1) y de la momia del arzobispo D. Rodrigo Ji- 
ménez de Rada, en Santa María de Huerta (Soria) (2), 
nos certifican del empleo, por parte de los cristianos, de 
las más ricas telas árabes para sus trajes más suntuo- 
sos, citándose entre éstas las llamadas tartaríes, que de- 
bían ser de tisú de plata y oro, y las surtas, imitación 
de las telas de Siria, no menos suntuosas. 

Por este tiempo desarróllase el lujo en tal forma 
por toda Europa, que comenzaron a dictarse pragmáti- 
cas encaminadas a combatirlo, apareciendo entonces 
leyes y fueros que se ocupan de las telas y trajes, figu- 




SToCe 



(1) Véase Museo Español de Antigüedades, t. IX, pág. 101. 

(2) Véase Marqués de Cerralbo: Discurso de recepción en la 
Academia de la Historia. 



-11 - 

rando entre éstos el de Sepúlveda, que menciona mu- 
chos paños y telas de fabricación extranjera introduci- 
dos en España. Ya en 1234 Don Jaime el Conquistador 
dictó una pragmática prohibiendo en ella el U3o de mu- 
chas prendas y exornos. 

En 1256 el Rey Sabio puso tasa a los gastos de las 
bodas, ordenando que «el que contrajera matrimonio con 
manceba de cabello (doncella) o con viuda, que no le adju- 
dique más de 60 maravedís para un vestido de boda, y 
que en éstas no coman más de cinco varones y otras tan- 
tas mujeres por parte del novio e igual número por par- 
te de la novia, a excepción de la familia y los padrinos. 
Que las bodas no duren más de dos dias y que desde en 
el que se verificó el casamiento hasta un mes cumplido, 
el novio, ni otro por él, envíe presente ni comida más 
de cuanto manda el coto»; confirmadas y añadidas en las 
Cortes de Valladolid de 1258 con ordenamientos sobre el 
comer y el vestir, tan curiosos como aquéllos por los que 
formamos idea del abigarrado conjunto que ofrecerían 
nuestras ciudades medioevales, dada la convivencia de 
ios moros y judíos, produciendo tan pintorescos con- 
trastes. Cada cual llevaba sus trajes propios con deter- 
minadas señales y prendas; en los párrafos 26 y 27 se 
prohibe a los judíos «traer prendas de lienzo blanco, ni 
cendal, ni silla dorada o argentada, ni calzas bermejas, 
ni paño de color» sólo en verde, y que los moros que 
habitan en las villas «anden cercenados alrededor el 
cabello, o partido sin copete, con las barbas luengas, 
según manda su ley, sin permitirles lienzos, ni paños 
blancos y de color, ni zapatos blancos ni dorados». 



- 7H - 

A todo esto responde el Ordenamiento de posturas del 
año 1268 otorgado en Jerez, por el que se viene en cono- 
cimiento de los precios en aquel tiempo, de variedad tal 
como los que se nombran en el párrafo 3.°, con otras 
prescripciones sobre hechuras y usos de prendas. 

Aún en 1283, el Rey Sabio, antes de morir, firmó el 
privilegio de Soria, por el que impulsaba el cultivo y 
trabajo de la seda, del que hay memoria en varios pue- 
blos de aquella provincia. 

Digna de citarse entre los ejemplares de fines de 
aquel siglo, que ofrecen curiosos datos de indumentaria 
por sus pinturas, es la antigua Arca sepulcral de San 
Isidro, en Madrid, en la que visten sus figuras prendas 
que dan la más segura información de su tiempo, sin 
discrepar de las enunciadas. 

En el traje militar se introducen pocas novedades en 
este siglo, pues el almófar' y casco sencillo para la cabe- 
za, con la cota de malla para el cuerpo, constituyen las 
prendas defensivas, alternando con las lorigas de esca- 
mas, que iban a veces cubiertas con el chaperon o sobre- 
vesta, afaldonada por las piernas, al estilo del geí'en del 
traje civil. 

Sus armas ofensivo-defensivas pertenecen por com- 
pleto a la panoplia, en cuya descripción no entramos. 



- 79- 



VI. — SIGLO XIV 



Pero una vez comenzadas las modificaciones en los 
trajes tradicionales , continuaron éstos evolucionando 
en el sentido de mayor estrechez y adaptación a las 
formas del cuerpo, que constituye el carácter de los de 
la décimacuarta centuria. Entonces cambia el traje an- 
tiguo al moderno, abriéndolo completamente por de- 
lante, para vestirlo, no ya por la cabeza, sino por los 
brazos, pudiendo después abotonarlo para ceñirlo, co- 
menzando en las mujeres los corpinos separados de las 
faldas. 

Bien fuera para dar mayor soltura a los movimientos 
o para adquirir más esbeltez, las prendas alcanzan una 
estrechez suma y un acortamiento excesivo, con un uso 
tan inmoderado de los abrochamientos, que las series 
de pequeños botones y ojales las caracterizan, como si 
a ellos debieran la sola posibilidad de vestirse la prenda. 

Estas obtienen una ejecución tan paciente, que cada 
una constituye un modelo de apurado detalle y perfec- 
ción de hechura; a sus exornos, menudos pero muy repe- 
tidos, aplican el picado, el bordado y el cosido más fino, 
como nunca se habia hecho; en el corte se agudizan los 
extremos de las prendas, alargando lo inútil en ellas y 
acortando lo conveniente para el abrigo. 

A más de la ropa interior, la prenda exterior en los 
hombres, ceñida al cuerpo a manera de corto sayo, fué 



- 80 - 

el chaqué (jaqué, jaco o jubón en castellano), algunas ve- 
ces con esclavina, de estrechísimas mangas y cinturón 
bajo, que parecía caer de las caderas; las calzas ajusta- 
das, de variados colores, y los zapatos puntiagudos, com- 
pletaban el indumento corriente masculino; para abrigo 
usaban el batín de anchas mangas, llamado taper, entre 
nosotros garnacha, con capirón y capucha, a la manera de 
la de los frailes, pero con largo apéndice, aunque más 
adornada y galoneada, y para gran gala exterior el 
manto con ancha muceta bordeada de botones, que lla- 
maron a la real, sujeto al hombro derecho, destacándose 
desnudo el busto, como nunca antes se había usado. 

Entonces también adoptaron los Concelleres de Cata- 
luña las gramallas o grandes ropones, que constituían su 
distintivo de mayor autoridad, prenda que en Castilla 
da lugar a la hopalanda, abierta por delante, con grandes 
mangas, guarniciones de pieles y capirote: algunas ve- 
ces la ceñían con cinturón, para que no arrastrase. 
Cuando carecían de mangas tomaban el nombre de soc. 

Las mujeres, estrechando cada vez más el talle y 
alargándolo por la falda, a la vez que la escotaban gran- 
demente por los hombros, daban a su figura aquel aspec- 
to lánguido y flexible que vemos en muchas imágenes de 
esta época, ciñendo su cabeza con coronas y diademas, 
de las que descendían largos y flotantes velos. 

Sobre el estrecho gonel interior vestían las damas ri- 
quísimas sobrevestas de gran escote y amplias mangas, 
levantadas lateralmente por cinturones o cordones, 
envolviéndose en riquísimos mantos y usando bajos pei- 
nados con largas trenzas, que las daban muy romántico 



- 81 - 

aspecto. Las bellas estatuas yacentes de Doña Cons- 
tanza de Aragón y Doña Elisenda de Moneada, en la Ca- 
tedral de Lérida y en el monasterio de Pedrales, res- 
pectivamente, son excelentes muestras de la fina ele- 
gancia y riqueza de los trajes femeninos de su tiempo, 
entre nosotros (1). 

Códices notables de este siglo XIV, donde poder es- 
tudiar ampliamente la indumentaria, son el de la Coro- 
nación, de la librería de El Escorial, en cuyas vein- 
tiocho láminas se ven los modelos de las modas más 
lujosas de tal tiempo, como que se trata en él de la 
solemne ceremonia de la coronación de un rey, o empe- 
rador, de España, y el de la Historia Troyana, de la Cá- 
mara del rey Don Pedro I de Castilla, en cuyo reinado 



(1) Ordenamiento de posturas — en las Cortes de Valladolid del 
año 1351— (párrafo 12): «Et a los alffayates que les den por tajar et 
coser el tabardo castellano de panno tinto con su caperote tres mar... 
et por el tabardo delgado, sin forradura tres mrs. e medio; et con 
forradura de taffe o de penna cinco mrs. et con su caperote et con 
forradura de taffe o de penna cinco mrs. et con su caperote et con 
forradera et con gnarnimento de oroffreses o de trenas o de armin- 
no8 seis mrs. e por el tabardo pequeño catalán sin adobo tres mrs. 
et si fuer botanado de otras labores cuatro mrs.» 

Sigue otro párrafo hablando del coste del pellote de hombre, de 
la saya, y la capa, gabán, calzas, capirote, y para la mujer %\ pello- 
te, saya, redondel con caj)erote, hablando también de las garnachas, 
mantas lombardas y las mangas botonadas; siendo asimismo muy 
notables los de los zapateros. 

También es muy curioso lo que dice respecto de ciertas mujeres 
y de los convites. 

A este ordenamiento hay que agregar otras disposiciones de 
Enrique II y Don Juan I, llegando a una muy famosa de Enri- 
que III, limitando los gastos a las mujeres casadas, con objeto de 
que tuvieran sus maridos para comprar caballos con que ir a la 
guerra. 

6 



- 82 - 



podemos decir que adquieren todo su mayor carácter las 
prendas de su siglo, códice riquísimo en miniaturas, en 
que aparecen los héroes homéricos vestidos con las 
propias armas y trajes del siglo XIV, proporcionando 
por ello los datos más preciosos. Esto en cuanto a Cas- 
tilla, pues para Aragón y Cataluña, ninguno tan intere- 
sante como el gran rollo de pergamino con las imágenes 
de los condes de Barcelona y reyes de Aragón, del Mu- 
seo Arqueológico de Tarragona, para obtener modelos 
exactos de indumentaria del XIV. 

En la pintura comienzan entonces a introducirse los 
retratos, generalmente como orantes, en las tablas voti- 
vas, vestidos, naturalmente^ con los trajes que usaron 
en vida, y en este aspecto nada más curioso que los de 
Don Enrique II y Doña Juana Manuel en la 
tabla llamada de la Virgen de Tobet, ves- 
tidos en la forma enunciada, con otros que 
van siendo conocidos de esta época; no son 
menos ricos en detalles muchos sarcófagos 
de grandes señores aragoneses, tan admi- 
rables como el de D. Juan de Luna en su 
capilla propia de La Seo de Zaragoza, o el 
de D. Pedro Boil, señor de Manises, parte 
en Madrid, en el Arqueológico. 

La estatuí ta del llamado San Carlo- 
Magno, de Gerona, es también un ejemplar 
precioso de indumentaria del siglo XIV a 
que pertenece, como otras muchas que en retablos y se- 
pulcros se ven esparcidas por tantos templos españoles. 
Las monedas ofrecen asimismo datos iconográficos 




- 83 - 



de gran precisión, aumentando éstos en los sellos pen- 
dientes de los diplomas, que son objeto al presente de 
ios más detenidos estudios. 

En todos estos ejemplares se observa, como decíamos, 
que caracteriza al traje de la XIV centuria un corte lo 
más ceñido y estrecho que pudiera imaginarse, contras- 
tando con los amplios talares de los siglos anteriores, y 
en las mujeres las dobles y aun triples prendas avaloran- 
do sus indumentos. A la par que los hombres reduje- 
ron el garejí al sayo llamado chaché (jaqué), las muje- 
res acortaron el brial, reduciéndolo al surcot, o sobre- 
cuerpo, con amplias aberturas laterales para sacar loa 
brazos, generalmente de tela blanca y guarnecido de 
pieles, usando para mayor gala la cotardia, 
con anchas mangas, cinturón o joyel y abier- 
ta por un lado para dejar ver el rico gonel o 
túnica. 

En el último tercio del siglo comenzó la 
moda de los trajes a dos colores, a trozos al- 
ternados, blasonados (hoqueton), con los tra- 
jes tan prolongados, que había que sujetarlos 
con bandas o cadenillas, desarrollándose el 
lujo de las pieles en el forro de las prendas ex- 
teriores de abrigo a un extremo inverosímil. 

A esto agregóse el gugel o capirote con largo velo, 
asi como las tocas, que no dejaban ver más que el ros 
tro, con otros mil caprichos para tocados en la cabeza. 

En las armas se verifica entonces la mayor transfor- 
mación, pues comenzaron las launas, o láminas, a cubrir 
los diferentes miembros: con el casco, llamado bacinete o 




- 84 - 

yelmo, de exornada cimera y largos lambrequines; con 
las sobrevestas ceñidas, y las mallas, sólo interiores. 

Larguísimo sería describir el lujo de aquellos tor- 
neos, que entonces comenzaron a celebrarse, en los que 
obtuvo todo su desarrollo aquel carácter heráldico de 
sus indumentos, banderas, gonfalones, gualdrapas y so- 
brevestas, así como las cimeras de los cascos, tan capri- 
chosas algunas como la del grifo alado, que dio origen 
al conocido rat penat; con el de sus pajes, servidores, 
palafreneros y demás gentes que tomaban parte en tan 
suntuosas fiestas. 




S.^>. X,.- 



85 - 



V. — SIGLO XV 

Venimos examinando por centurias la evolución de 
las creaciones del traje entre nosotros, pues aunque pa- 
rezca tal división excesivamente rigurosa, es lo cierto 
que, por raro acuerdo, ofrece cada siglo marcado carác- 
ter, pareciendo sucederse los cambios con precisión ri- 
gurosa dentro de tan determinados límites. 

Las modificaciones introducidas en la indumentaria 
en la XIV centuria se amplían y acrecientan en la si- 
guiente, al punto de desaparecer por completo las pren- 
das talares masculinas, fuera de las eclesiásticas, e im- 
plantarse para siempre los trajes de cintura femeninos, 
los jubones separados de las faldas y sayas, con pren- 
das exteriores que tienden igualmente a acortarse. 

El centro de la moda cambia también por completo, 
pues si antes la había impuesto Francia, las del siglo XV 
responden principalmente a los modelos italianos, flo- 
rentinos y romanos, que por sus relaciones con la Euro- 
pa entera los imponían a todas las naciones. 

En España, por los puertos catalanes y valencianos, 
tan en contacto con Italia, se introducen sus modas, sus 
artes y su cultura, a tal punto, que por completo se acep- 
taron en Aragón, llegando hasta Castilla, aunque aquí 
se detuvieran un tanto las novedades por el respeto a lo 
tradicional y consuetudinario, consignándose, no obstan- 
te, aquella influencia hasta en la poesía, al decir Jorge 
Manrique en su conocida elegía: 



-SO- 
LOS Infantes de Aragón, ¿qué se hicieron? 
¿Qué fué de tanto galán? 
¿Qué faé de tanta invención como trujeron? 

Eato no impidió que se desarrollara el lujo en gran es- 
cala en los reinados de Don Juan II y Enrique IV, como 
jamás antes en Castilla se había conocido, con gran es- 
cándalo de los prelados y moralistas, que consiguieron 
curiosísimas pragmáticas y tratados contra el lujo, con- 
tenido en ciertos sobrios límites en el reinado de los Re- 
yes Católicos, aunque ofrezcan ejemplares de una ri- 
queza a la que nunca se había llegado entre nosotros. 

De aquí que se promulgaran pragmáticas que hoy, 
por lo demás, nos parecen hasta ridiculas, pues aparte 
de los curiosísimos datos que nos proporcionan, bajo su 
aspecto económico no podían ser más absurdas, ni en- 
tonces más inútiles, pues en algo habrían de emplear 
aquellos nobles sus enormes rentas, valiendo más las 
gastasen en galas que en lanzas. Bien es verdad que ta- 
les leyes siempre fueron más contra los medianos, y 
rara vez cumplidas. 

En las Cortes de Palenzuela, en 1452, se manifestaba 
al rey que no sólo las damas de linaje se excedían en el 
lujo del vestir, sino «aun las mugeres de los menistra- 
les e oficiales querían traer e traían sobre si ropas e 
guarniciones que pertenecían e eran bastantes para 
dueñas generosas e de gran estado e hacienda...» Con- 
ceptos repetidos más por espíritu de distinción de cla- 
ses que por otras conveniencias, en ordenanzas de Don 
Juan Pacheco, maestre de Santiago, de 1469, donde las 
reproducía, 



87 - 



Durante el reinado de Don Juan II de Caatilla, que 
ocupa toda la primera mitad del siglo, efecto de las pa-^ 
cificas aficiones del monarca y su gusto por los certáme- 
nes y saraos, desarróllase de tal forma el lujo, que las 
descripciones superan a cuanto puede imaginarse. El 
rey, por su parte, y por otra aquellos nobles, señores de 
provincias enteras, poseedores de palacios y castillos, 
que dominaban comarcas extensas y feraces, compe- 
tían en ostentación de sus personas y servidumbres, al 
extremo de presentarse como verdaderos soberanos, 
apenas respetuosos con el poder real. 

No ya en lo militar, en que sostenían mesnadas, re- 
quiriendo un verdadero arse- 
nal para vestirlas, sino en lo 
puramente suntuario, acepta- 
ron las modas más costosas y 
las creaciones más capricho- 
sas. Mantos o garnacha hubo 
de algunos de ellos que valían 
una fortuna, bordados en gran 
realce de oro y sembrados de 
perlas y piedras preciosas, 
cuyo peso los hacía hasta in- 
cómodos. Dígalo si no la vesti- 
menta que lleva la estatua se- 
pulcral de D. Juan de Padilla, 
obra admirable escultórica de 
Gil de Siloe, como puede verse hoy en el Museo de Bur- 
gos, en que la riqueza de su sobrevesta supera a toda 
ponderación. Sin fijarnos en otros, en la Cartuja de Mi- 




:2>" "y. 



— 88 — 



raflores tenemos también los bultos sepulcrales de Don 
Juan II y Doña Isabel, cuyos trajes representan una 
enorme riqueza, con el del infante Don Alfonso, no me- 
nos lujoso; y del reinado de aquellos soberanos recuér- 
dense las descripciones de sus fiestas, las del Paso hon- 
roso de Suero de Quiñones, las de las fiestas reales, los 
inventarios de las riquezas acumuladas por D. Alvaro 
de Luna, en competencia con las de los nobles, para 
llegar a penetrarse algo del poder y magnificencia de 
aquellos magnates y ricos homes. 

Pero concretándonos a nuestro objeto, los trajes del 
principio del siglo XV respondían a las modas del pasa- 
do , mas en su mayor exageración y extravagancia. 
Hopalanda hubo en que se emplearon como guarnición 
miles de armiños, y brial en que se 
cosieron las perlas y piedras pre- 
ciosas en abundancia inverosímil. 
Los capirones fueron sustituidos 
por los sombreros entre los hom- 
bres, y las mujeres aceptaron ver- 
daderos cucuruchos que sostenían 
larguísimos velos, aveces hendidos 
y hasta abanicados. 

Comenzó entonces también el 
gran lujo en las prendas blancas 
interiores, poniendo a las camisas 
ricos" cabezones y puñeras, origen 
de las golas y lechuguillas, disponiendo además los tra- 
jes exteriores con grandes escotes y hendiduras para 
que lucieran y como rebosaran por ellos las finas telas 




- 89 - 

interiores. Para el talle sustituyó al largo brial, en las 
mujeres, la corta gabardina o surcorp, calzada con hom- 
breras, que adquirían proporciones colosales, llamadas 
mogotes^ lo propio en los varones que en las hembras, 
generalmente guarnecida de pieles, adoptando el ancho 
cinturón que separaba el cuerpo de las sayas, elevando 
mucho el talle, y con puños o mangas de las llamadas 
portapims^ que desdobladas ocultaban la mano. 

De los principales personajes de la Corte de Don 
Juan II tenemos retratos, de toda autenticidad, que nos 
ofrecen sus trajes más preferidos: al Condestable D. Al- 
varo de Luna le vemos en Toledo, en el altar de su ca- 
pilla, ostentando el manto de la Orden de Santiago, de 
que era Maestre, viéndose debajo la amplia sobrevesta, 
que a su vez resguarda sus mallas de acero y sus lau- 
nas de la armadura. Su mujer, doña Juana Pimentel, 
viste también rico manto sobre su brial de brocado. 

Del marqués de Santillana, D. Iñigo López de Men- 
doza, se conserva en Buitrago excelente retrato (1), en 
el que aparece orante, vistiendo una amplia hopalanda 
de velludo verde, forrada de finas pieles, con anchas 
mangas, de grandes hombreras, cinturón con preciosa 
escarcela, casquete y chaperón de gran chía en la cabe- 
za, una cruz T pendiente al cuello y zapato negro de 
punta. El paje que le acompaña luce sus calzas, con dal- 
mática con anchas mangas y gorro de pieles. 

La marquesa, su mujer, doña Catalina Suárez de Fi- 



(1) Véase Boletín de la Sociedad Española de ExcMvsiones, 1907, 
página 141. 



- 90 - 



gueroa, cubre su cabeza con una gran cofia, de las lla- 
madas de Cumbrais, con barbiquejo, y sobre el bríal, a 
la antigua usanza, trae un gran manto del más rico bro- 
cado, que la cubre por completo. Son dos ejemplares no- 
tables de indumentaria de su tiempo. 

Del marqués de Villena y su mujer tenemos sus gran- 
des bultos en los sepulcros del Parral, pero éstos perte- 
necen más al reinado siguiente. 

Durante el de Don Enrique IV el lujo de los grandes 
adquirió proporciones inconcebibles, aun- 
que el rey nunca participara de él, pues, 
como se dice en su Crónica, «fué su vivir 
y vestir muy honesto, ropas de paños de 
lana del traje, de aquellos sayos luengos, 
y capuces e capas: las insignias e cerimo- 
nias reales muy agenas fueron de su condi- 
ción». El retrato, no ha mucho encontrado, 
de aquel monarca, nos da, por su aspecto 
físico, toda la fisonomía moral de su per- 
sona, triste e indiferente ante aquellos al- 
borotadores grandes señores, que tanto de 
él abusaron y que tanta ostentación hacían de su poder 
y riquezas (1). 




(l) Véase, entre otros, el inventario de las de D. Beitrán de la 
Cueva, publicado por el Sr. D. Antonio Rodríguez Villa en su es- 
tudio biográfico sobre tal personaje, en su pág. 239, en el que se 
habla de almalafas moradas de seda y oro, al/arenses y almysares, y 
otros de nombres tan árabes, de los que sin duda provenían, coa 
<una marlota de carmesí raso, guarnecida de perlas e aljófar todo 
el ruedo e mangas e cabezón, con doce botones de aljófar en la de- 
lantera, e eran trece, e falta uno que se molió para la dicha Du- ; 



- 91 - 

Nada más a propósito para conocer el estado de las 
costumbres sociales y las modas en tiempos de Don En- 
rique IV que la Crónica del condestable Miguel Lucas 
de Iranzo (1), fastuoso y vano personaje andaluz, y en 
la que palpitan todas las intrigas y desmanes de aque- 
llos días, hasta en el abuso en los trajes, proporcionan- 
do sobre ellos notas tan curiosas como las que se refie- 
ren a sus bodas y convites, que describe del siguiente 
modo: 

«El señor Condestable llevaba un jubón de muy fina 
chaperia de oro todo cubierto, de muy nueva y discreta 
manera ordenado, y sobre aquél una ropa de estado en 
demasía rozagante e de un carmesí de velludo morado, 
forrado de muy preciadas e valiosas zebellinas: en la 
cabeza un capelo nuevo de muí nueva guisa con un muy 
rico joyel en el vallo, bordado de muy ricas xencas, con 
una guarnición de oro de mucho valor en somo los hom- 
bros. Muy bien calzado, en todo como gracioso y desen- 
vuelto galán, encima de un hovero trotón bien hermoso: 
las crines del qual mui mucho erizadas y bien trazada 
su cola con una guarnición asaz rica y bien pareciente, 
delantera y gurupera de mui fino oro sobre un tercio- 
pelo negro de nueva y muy discreta invención; y ade- 
mas un bastón en la mano. Iban cuatro pages de edad 
de doce a trece años, casi todos iguales, vestidos de muy 



quesa en bu dolencia, y en cada una manga seis botones, y por las 
sisas de las mangas por los hombros la misma guarnición>, con 
otros varios asientos tan curiosos como demostradores de tan gran 
riqueza. 

(1) Publicada en el tomo VIII del Memorial histórico español. 



- 92 - 

fino brocado, los quales, las faldas, por ser tanto largas 
de la ya dicha ropa, llevaban encima sus hombros, y en 
torno del iban a pie contra de veintiquatro jentiles hom- 
bres y otros nueve o diez pages, vestidos de muy finas 
sedas y algunos de jubones brocados. 

•Salió la señora Condesa con un mui riquísimo brial 
todo cubierto de la misma chapería del jubón del Señor 
y encima una ropa de aquel carmesí morado, con un 
rico collar sobre los hombros: tocada de muy graciosa 
y bien apuesta manera, encima de una facanea muy 
linda, blanca...» 

Continuando, dice: «Otro dia miércoles, el dicho señor 
Condestable se vistió sobre un jubón de terciopelo mora- 
do una ropa corta de belludo negro, bien fecha, forrada 
de martas con su cortapisa; una rica cadena en los hom- 
bros, un sombrero negro, muy fino, de fieltro, en su ca- 
beza; muy bien calzado, y así fué cavalgando a misa, 
acompañado de dichos señores y cavalleros con aquel 
roydo de trompetas y atavales y los otros instrumentos 
que los otros dias» ; y volviendo de la misa comenzó el 
almuerzo en compañía de la condesa, en la cual había 
«aquella abundancia que ya más superfino que necesa- 
rio ser parecía. Y al tiempo que cada manjar o potaje 
entraba en la sala, no había persona que no estuviese 
atronado del continuo zombido de las muchas trompetas 
y atabales, tamborines, panderas y chirimías, voces y 
gritos de locos truanes». 

Y así continúa, día por día, contando los trajes, yan- 
tares, danzas y fiestas de aquel gran señor que tanto 
rumbo y ceremonia puso en sus bodas como en todos sus 



- 93- 

actos, pero cuya vanidad le condujo a muy desastrosa 
muerte. 

Igualmente sigue esta Crónica enumerando sus tra- 
jes, que debían ser incontables, existiendo entre ellos 
algunos «de chamelote azul, de muchos espesos tem- 
blantes de oro sembrado» y otros riquísimos, igualmen- 
te que las invenciones de las damas, que también des- 
cribe. 

Son muchas y muy importantes las fuentes de infor- 
mación que contamos para el estudio de la indumenta- 
ria entre nosotros en el siglo XV, tan fehacientes como 
las tablas de nuestros primitivos, los frescos, los códi- 
ces miniados, las estatuas sepulcrales y hasta los ejem- 
plares existentes. 

Del tiempo de Don Juan II ofrece excepcional inte- 
rés el gran fresco de la batalla de la Higueruela, en la 
galería de El Escorial, fidelísima copia de aquel gran 
lienzo que terminó el pintor florentino Dello, tomando 
del natural sus modelos, tanto de moros como de cris- 
tianos. 

Por otro lado, los retratos orantes de nuestras tablas 
y el representar las escenas con los personajes engala- 
nados completamente a la moda de los días de sus auto- 
res, como si éstos candidamente pensaran que siempre 
habían vestido los hombres de la misma manera, nos 
proporcionan los más acabados modelos de los trajes de 
aquel tiempo, mostrando su gran suntuosidad y elegan- 
cia, tanto en el corte de ellos como en la riqueza de sus 
telas, la mayor parte de brocado, interpretadas por me- 
dio de los dorados estofados. 



- 94 - 

Los San Sebastianes, lujosamente vestidos, de las 
tablas del siglo XV, forman una serie 
de la más suprema distinción y ele- 
gancia alcanzada entre los caballe- 
ros de aquel siglo. 

Elevados al solio los Reyes Católi- 
cos, entró en su política, sobre todo 
al principio, el refrenar a los nobles 
en sus desmanes , comenzando por 
dar el ejemplo con una sobriedad en 
el vestir y acatamiento a los consejos 
de los más severos moralistas, que 
dio lugar a una reacción casi rayana 
en la excesiva llaneza. 
Fray Hernando de Talavera amonestaba a la reina 
por haberse presentado excesivamente ataviada ante 
los embajadores franceses, de lo que la soberana se dis- 
culpaba diciendo, «que los trajes nuevos ni los hubo en 
mí ni en mis damas: ni aun vestidos nuevos, que todo lo 
que allí vestí había vestido en Aragón, y aquel mismo 
me habían visto los franceses. Sólo un vestido lucí (aña- 
de) de seda y con tres morcas de oro, el más llano que 
pude, y esta fué toda mi fiesta; digo esto porque no 
se hizo con nuevo, ni en que pensásemos que había 
error» (1). 

Sin embargo de todo ello, hasta el 1494 no se ocupa- 
ron los Reyes Católicos en promulgar cartas y pragmá- 




(1) Carta de la reina a su confesor Fr. Hernando de Talavera. 
Clemencin: Elogio de la Reina Católica, pág. 374. 



— 95 — 

ticas sobre tales asuntos: ocupados en más altas empre- 
sas, no tuvieron tiempo de fijarse en estas minucias, y 
aun entonces lo hicieron por satisfacer ideas de rigor de 
los moralistas. 

Habiendo conseguido éstos la prohibición del uso de 
los brocados y paños de oro y frisado y de plata, llegaron 
hasta oponerse al uso de la seda en los trajes, lo que le- 
vantó grandes protestas cuando fué conocida la prag- 
mática de 30 de Octubre de 1499. Los reyes, compren- 
diendo el exceso de tales rigores, los consintieron. 

Fray Hernando de Talavera fué el más implacable 
enemigo del lujo en los trajes, llegando en sus sermones 
y Tratados a un punto inverosímil, pero precisamente 
por combatirlo nos dio el Tratado más curioso y rico de 
indumentaria, que puede desearse, para el conocimiento 
de las modas de aquel tiempo. 

El libro se titula: Tratado provechoso que demicestra 
cómo en el vestir y calzar comunmente se cometen muchos 
pecados, y aun también en el comer y beber; hecho y compi- 
lado por el licenciado fray Fernando de Talavera... 

De las cinco partes de que consta, algunas fueron 
siempre suprimidas en las impresiones que de la tal 
obra se hicieron; pero quedando el original íntegro en 
El Escorial, el Sr. Sentenach publicó en el Boletín de la 
Sociedad Española de Excursiones, con motivo del cuarto 
centenario de la muerte de Isabel la Católica, toda 
aquella parte inédita, que precisamente era la más in- 
teresante para nuestro propósito, y adonde remitimos 
al que quiera conocerla, pues admira cómo el buen Pa- 
dre llegó a las últimpa detalles en la enumeración de los 



- 96 - 

trajes, cual si hiciera un estudio especial de ellos, por 
lo que, como muestra, transcribimos alguna parte, dada 
su curiosidad y circunstanciado examen. 

De la tercera, suprimida íntegra en la adición de 
obras de Fr. Hernando, extractamos estos párrafos: 

«En semejantes maneras acontece fallecer y exceder 
en el vestir y comparar lo primero vistiendo en demasía 
quantidad, en una vez o en muchas: digo demasiada 
quantidad en una vez, cuando alguna persona, varón o 
mujer, viste juntamente demasiadas vestiduras, o en el 
numero de ellas o en el tamaño, o en las longuras; como 
cuando alguno trae juntamente jubón, sayo y balandrán, 
e camarro e capuz: o manto bonete y sombrero y guan- 
tes de nutria encima y debajo de rebeco, y cinta y cinto 
y aun cintero: y calzas con pies y fervillas, y avampies 
borceguíes y Qapatos y mas alcorques o cuegos, y aun 
forrados los alcorques en paño o en seda: y cresce la 
demasía quando es mas luengo y mas cumplido de lo 
necesario y de lo que razonablemente bastarla. Y assi 
cuando la dueña viste faldetas fasta tres pares de ellas 
y saya brial o sobre-saya y faja y cintero y cinta y ropa, 
aljuba o balandrán: mongil o tabardo o manto sevillano 
o lombardo y muchas tocas con grandes y grandes telas 
de lienzo en el tocado y mangas de mas de vara de an- 
cho: y cresce también en esto la demasía y el pecado, 
cuando sin provecho alguno anda todo ello por el suelo 
arrastrado: especialmente cuando traijan faldas, que 
aujan menester poco menos cherrían para levarlas: tra- 
yendo otro si chapines de codo de alto, que hacen cres- 
cer la costa y quantidad del paño. Lo cual todo es tan- 



- 97 - 

to mayor pecado quanto mas escede de la necesidad y 
honestidad natural de lo medido y ordenado. En muchas 
veces acaece vestir demasiado por tener doblado: no so- 
lamente uno para el invierno y otro para el verano, y 
uno para en fiestas y otro para en cutiano, mas tienen 
para mudar cada mes y cada semana y cada día y cada 
rato...» 

Sigue describiendo con la mayor minuciosidad todas 
las prendas y muchas partes de ellas sin perder un deta- 
lle, hasta llegar a ocuparse de los verdugados, cuya in- 
vención habla visto nacer en Valladolid, estallando en- 
tonces en las mayores exclamaciones de indignación y 
protesta. 

Para combatir tan endiablada moda dedica nada me- 
nos que doce razones en su Quarta •parte, por la que se de- 
muestra que el hábito susodicho, deshonesto y peregrino de 
las caderas y verdugos, se debió y pudo muy bien vedar en 
la manera que fué vedado, porque: «Es otro sí (dice en la 
oncena razón) habito muy deforme y mucho feo = Ca 
las hace muy gruesas y tan anchas como luengas. Ver- 
dad es que es cosa natural a las mugeres ser bajas de 
cuerpo, delgadas y estrechas de archas y de pechos y 
espaldas, y de pequeña cabeza; y que hayan delgadas 
y chicas las caras, y aun como dice San Isidoro ser un 
poco acorvadas, como lo es y era la costilla de que fué 
formada la primera mugen ...mas aunque esto sea ver- 
dad escede el tal habito mucho, y mas que mucho, de la 
proporción natural, y en lugar de las hacer hermosas y 
bien proporcionadas, haceslas feas, monstruosas y muy 
deformadas, ca dejar de parecer mugeres y parecen 



- 98 - 

campanas; y decirse ya el como, si no paresciese livia- 
no y poco vergonzoso. Parecen, otro sí, dragones reven- 
tados, según que pintan a Santa Marina, cuando reven- 
tó con ella el diablo, mudado en dragón»... etc. 

Y, sin embargo, los retratos que tenemos de la gran 
reina nos la ofrecen con todo el rico atavío que se me- 
recía, tanto por sus prendas personales, como por la 
dignidad del cargo que desempeñaba. 

Su más corriente retrato, de busto, nos la da a co- 
nocer en su habitual aspecto, cubriendo su cabeza con 
ceñida cofia, que a su vez queda dentro de un velillo o 
toca blanca transparente, cuyas puntas se unen bajo la 
barba, prendidas con las veneras 
de las Ordenes militares. Jubón es- 
cotado oscuro ciñe su cuerpo, y li- 
gero tul negro, en el que alternan 
los castillos y leones en su orla, 
cubre su pecho , prestándole en 
conjunto aquel noble y señorial 
continente que la distinguía. 

Más lujoso aspecto ofrece en 
otros bustos escultóricos, como el 
del medallón sobre la puerta de la 
Universidad de Salamanca, en al- 
gunos sellos y varios códices. 

Pero donde aparece riquís i má- 
mente engalanada es en la famosa 
tabla del Museo del Prado , de Los Reyes Católicos en 
adoración ante la Virgen, en cuyo primer término, a la 
izquierda, se destaca la Reina, al lado de su hija Doña 




- 09 - 



Juana y frente a Don Fernando, su marido, juntamente 
con el príncipe Don Juan, ambos ataviados con gran lujo. 

Recortado su pelo, con flequillo por la frente, y gran- 
des caídas laterales, lo recoge atrás en larga cola entre 
cintas. Cíñelo con corona, que recuerda a la deposi- 
tada en la capilla real de Granada. 

Riquísima camisa de fino cendal descubre por el 
escote y brazos, ceñida a éstos por cuadrados de 
seda verde, ricamente bordados, 
dejando ver la camisa por el codo, 
y prendida a su extremo por el 
antebrazo. Rica falda de brocado 
de oro cae de su cintura, cubrién- 
dola como prenda más exterior 
un rozagante tabardo de tercio 
pelo morado, de grandes haldas 
partidas y mangas flotantes, una 
de las que arrolla a su brazo iz 
quierdo. 

La infanta Juana viste de muy 
parecida forma, viéndose mejor 
por su espalda la crencha de sus 
cabellos recogida entre cintas, y la abertura de la am- 
plia hopalanda o tabardo rojo que viste. El rey y el 
príncipe también están lujosamente ataviados: el segun- 
do de verde con birrete rojo en la cabeza. 

Mucho semejan a estos trajes aquellos con que a los 
propios personajes describe Andrés Bernáldez, el Cura 
de los Palacios, en la conquista de Alhama en 1486, 
cuando hizo la reina su entrada en esta ciudad, acom- 




- 100 - 



panada del rey y de su hija la infanta Isabel, monta- 
dos todos en sendas muías, igualmente con ricos arreos 
enjaezadas (1). 

A iguales resultados llegaríamos por el examen de 
los numerosos ejemplares con que contamos para la in- 
formación, como son tantas tablas de nuestros primiti- 
vos, los frescos, miniaturas, es- 
culturas y demás fuentes docu- 
mentales que ya de esta época 
tenemos. 

Muy parecidos indumentos se 
estilaban también en los distin- 
tos reinos de la Península; las 
modas aragonesas equiparában- 
se con las castellanas, aunque 
más italianizadas, y en Nava- 
rra, Pamplona formaba un cen- 
tro de comercio e introducción 
de las francesas, como acusan 
los documentos de la Cámara de 
Cantos; en ellos se habla, en el 
año 1424, de la compra de un gunel de paño de oro para 
el príncipe de Viana, Don Carlos, de tres años de edad 
entonces, con otras notas, por las que se ve la gran im- 
portancia que tenía Pamplona como centro comercial 
en el siglo XV. 

A Navarra corresponde también aquella excesiva 
amplitud de las prendas exteriores de mujer, al extre- 




(1) Vóaee Memorias de la Academia de la Hisloria, tomo IX, pá- 
gina 191. 



— 101 - 

rao de quedar consignado por las Cortes de Nájera lo de 
que el novio regalase a la novia, como arras, *una piel 
de abortones, que sea muy larga, e en ella tres cenefas 
de oro; et cuando fuere fecha debe ser tan larga que 
pueda un caballero armado entrar por una manga e sa- 
lir por la otra»; extraña medida para más extraña cere- 
monia, que dio lugar al dicho de «entrar por la manga 
e salir por el cabezón», como señal de aceptación en la 
familia. 

Las pieles, como elementos de los trajes de aquel 
tiempo, adquirieron grandes precios, por lo que algunas 
veces fueron muy difíciles de cobrar a los mercaderes, 
pues hasta nosotros ha llegado la nota de Pedro de 
Andegardo, comerciante de ellas en Valladolid, al que 
debía la duquesa de Alburquerque, en 1478, la cantidad 
de ochenta doblas, importe de tres timbres de martas, 
doscientos veinte y tres coneios, e cien fuinas (garduñas) e 
grises (chinchillas) (1). 

Al final del siglo nos invadieron las modas deriva- 
das de las fantásticas creaciones de la Corte ducal de 
Borgoña, que, en unión con las flamencas y alemanas, 
dieron motivos para las del siglo siguiente, entrando ya 
en pleno Renacimiento. 

Enlazada la familia real de España con los duques 
de Borgoña por el matrimonio de la princesa Doña Jua- 
na con Felipe el Hermoso, efectuado en 1496, y su her- 



(1) Vóasa el inventario de las ropaa y alhajas que D. Rodrigo 
Ponce de León, marqués de Cádiz, dio a su mujer doña Beatriz 
Paciieco, con motivo de su matrimonio, efectuado en Segovia en 
20 de Marzo de 1411.— Memorias de la Academia, tomo IX, pág. 189. 



— 102 - 

mana la infanta Margarita con el principe Don Juan, 
vinieron a España en Enero de 1502, trayendo, como 
era natural, los gustos de aquel esplendor, verdadera- 
mente loco, de la Corte flamenca y las modas que hablan 
de prevalecer en el siglo del Renacimiento, antes cono- 
cidas por la estancia de la archiduquesa Margarita, 
durante el tiempo que estuvo casada con el príncipe he- 
redero. 

Esta señora, de tan curiosa historia, hija de un em- 
perador, viuda de tres maridos, de los que apenas algu- 
no llegó a conocer, pero dotada de raros talentos y gran 
afición a las artes, redactó por su propia mano un Inven- 
tario de sus riquezas, que nos da idea de las que consti- 
tuían el ajuar de un palacio de aquella fastuosa Corte, 
pues como tal pudo estimarse el medio en que vivió en 
Malinas y Amberes, durante los veinticuatro años que 
estuvo encargada de la gobernación de los Países Bajos. 
En él, a más de las numerosas pinturas que cita, que 
constituyen un verdadero museo, se habla de innumera- 
bles tapices, arcones, espejos, aparadores, vajilla de 
plata y oro, centros riquísimos de mesa, telas bordadas, 
algunas por su mano, altares, trípticos y muchos más 
objetos, que dan idea de los que después se extendieron 
por España, introducidos por las modas flamencas y 
aceptados por nuestros magnates (1). 

Muchas de aquellas riquezas, traídas después a Espa- 
ña por su sobrino Carlos V, se ven ya figurar en este 



(1) Véase este curiosísimo inventario en el Boletín de Excursio- 
nistas Españoles^ 1914, pág. 29. 



- 103 - 

Inventario, que ha servido de guia para varias infor- 
maciones artísticas y arqueológicas. 

Mucho se habla de los trajes y galas con que se pre- 
sentó el archiduque y su séquito, en la Crónica del Caba- 
llero Lalaing, por Lefebre de San Remy, que también le 
acompañaba, pudiendo estimarse a la vez como precio- 
sa fuente de información de lo que encontraron en Es- 
paña y del género de vida de nuestros grandes señores 
en aquel tiempo. 

Con este motivo describe también el mobiliario y 
aderezo de los suntuosos palacios de aquella época, ad- 
quiriendo éstos tal esplendor, que las viviendas de nues- 
tros grandes señores podían competir con las más lujo- 
sas italianas, presintiendo ya el Renacimiento. 

En el obligado gran patio, rodeado de galerías, co- 
menzaban las escaleras conducentes a las altas cáma- 
ras, en las que, por bajo del pintado y dorado alfarje de 
sus techos, pendían los tapices, los paños de Arras, o 
algunos nuestros, tan famosos como los del Tanto mon- 
ta, de Toledo, sustituidos a veces por guadamaciles de 
Córdoba, que también guarnecían los muros con muy 
oriental efecto. 

Al lado de las heráldicas chimeneas, de agudos he- 
rrajes, colocaban los escaños de nogal tallado, distribu- 
yendo por la estancia las aspadas mesas, los sitiales, si- 
llones y taburetes, las camas con doseles, con portátiles 
aparadores o alacenas, talladas o incrustadas de tara- 
ceas moriscas dentro de sus líneas ojivales y heráldi- 
cos blasones; que siempre participaron los muebles y 
enseres españoles, hasta los de más góticos modelos, de 



104 - 



aquel gusto oriental o arabesco, tradicional entre nos- 
otros, y que aparece hasta en muchos útiles y objetos 
litúrgicos (1). 



(1) Muy interesantes, tanto respecto a los trajes como para el 
conocimiento de las telas con que se confeccionaban, son las Orde- 
nanzas de Toledo, Sevilla, Granada y otros puntos, asi como la rica 
bibliografía de obras de la época, que se ocupan de ellos o van ilus- 
tradas con curiosos grabados, como la más notable del Espejo de 
la vida humana, por R. Sánchez de Arévalo (Zaragoza, 1491), o el 
libro de Alonso Martínez de Toledo, arcipreste de Talayera, en que 
«fabla de los vicios de las malas mujeres y complexiones de los 
hombres» (Toledo, 1499), o el de Lo que guardan en los cofres las mu- 
jeres, así como la Reprobación del amor mundano, de Alfonso Mar- 
tínez; las ilustraciones de las Mujeres ilustres, de Bocaccio (Zara- 
goza, 1495)-, las Artes de la vida humana, incunable de Castilla, y 
otros varios que pudieran aún citarse. 




Doña Juana la Loca. 




ÉPOCA ITT. -RENACIMIENTO 



VII. — SIGLO XVI 



Como venimos observando, la inicial de las modas 
en este siglo se debió en España a la llegada de los fla- 
mencos, primero con Felipe el Hermoso, y más tarde 
con Carlos V, cuando vino de Gante a posesionarse del 
reino de España. 

Siglo, por lo demás, de los mayores impulsos, y en 
el que comienza realmente la nueva vida de las nacio- 
nes europeas. 

En aquel período de actividad vivísima, artística, 
científica y literaria, que siguió a la caída de Cons- 
tantinopla, cuando los sabios expulsados de Bizancio 
tuvieron que refugiarse en Occidente, encontraron a 
éste como regenerado e impulsado por nuevas vías de 
progreso, pues el descubrimiento de un Nuevo Mundo, 
los grandes inventos y la constitución de las naciona- 
lidades, llegaban a hacer de la nuestra un centro de 
vida nueva, que alcanzaba a la más próspera y sun- 



106 - 



tuosa época, ayudada por la fortuna, que, al parecer, 
en todo entonces nos acompañaba. 

La vida con esto se hizo más placentera: las férreas 
armaduras resultaron inútiles; el traje adquirió un es- 
plendor desusado, y todos los objetos participaron de 
aquel recuerdo clásico que les hacía adquirir formas 
por completo greco-romanas. 

Sólo el traje no siguió aquellos derroteros; nunca se 
pensó en rehabilitar la toga y las túnicas latinas; antes 
al contrario, los trajes ceñidos y ajustados, la tersura 
de las calzas, el exceso del exorno y el empleo de nue- 
vos elementos, como las plumas y las más finas pieles, 
lo hacían incompatible con los clá- 
sicos modelos, apareciendo cual 
una evolución del traje medioeval 
y con una fantasía completamente 
a la moderna . 

Época de transición podemos 
llamar aquélla en que transcurre 
la juventud del príncipe Don Car- 
los alejado de nuestra patria, pero 
en la que se inician las modas fla- 
mencas y alemanas. La segunda 
estancia de Felipe el Hermoso en- 
tre nosotros, hasta su muerte, 
acaecida en 25 de Septiembre de 
1506, trajo a nuestra Corte muchos 
esplendores de la de los duques de Borgoña, a la que 
nunca llegaron los propios reyes de Francia; período 
que transformó las modas del tiempo de la Reina Cató- 




í 



- 107 - 

lica, y prepararon las que habían de prevalecer a la 
llegada de Carlos I . 

Aún, sin embargo, el jubón con larga faldeta no deja 
adivinar la trusa, ni los tabardos el ferreruelo, ni las 
redecillas y gorras toman sus formas definitivas; pero 
ya en todo obedecen a los usos de Borgofia, elevados a 
su mayor esplendor por los caballeros del Toisón de Oro. 

Esta transformación aleja de sí el traje semitalar 
hasta entonces usado, sustituyéndole por el corto y ajus- 
tado, en que interviene el jubón, que no pasa de la cintu- 
ra, con los gregüescos, al principio cortísimos, y las cal- 
zas para toda la pierna; con estas prendas ciñe el hom- 
bre su cuerpo, aspirando a la mayor esbeltez y elegan- 
cia. Del propio modo, en el traje de la mujer se genera- 
lizó separar las sayas del corpino, prendas que, hasta 
la época a que nos referimos, habían estado casi siempre 
unidas, formando una sola vestidura, y que ahora se cor- 
tan aparte cada una de estas piezas. 

El nuevo modo de vestir trajo consigo la necesidad 
de hacer las prendas a medida, lo cual da importancia 
al oficio de sastre o alf ayate, que cada vez adquiere ma- 
yor desenvolvimiento con la interpretación de las modas 
italianas en un principio, francesas y alemanas más tar- 
de, hasta que imperan totalmente las de aquellos países, 
pudiéndose decir de los magnates de España, que enton- 
ces vistieron por completo a la extranjera (1). En el Re 



(1) Entoüces apareció entre nosotros el primer libro de sastrería. 

LIBROS DE SASTRERÍA 

Aicega (Juan): «Libro de Geometría y traza».— El qual trata de 
lo tocante al offlcio de Sastre... con retrato del autor, en actitud de 



- 108 - 

nacimiento prevalecen las modas flamencas y alemanas 
del Imperio. El carácter general de ellas son los acuchi- 
llados que dejan ver la ropa interior, con gola y puños 
rizados. El jubón no pasa de la cintura, constituyendo 
un corpino con faldetas sobrepuestas y en su principio 
ajustado; las mangas, abuUonadas o con brahones, van 
muchas veces perdidas o colgando; desaparece en los 
hombres la nagüeta del siglo anterior, que es sustituida 
por gregüescos o follados, que llegan a ser, al final del 
siglo XVI, de exagerado volumen. Se ponían por encima 
de las calzas, siendo una prenda independiente de las 
otras. 

Continúan las calzas de distintos colores, y los zapa- 



trazar una prenda sobre su mesa (impreso en Madrid, 1580). — 
Consta el libro de tres partes, trayendo en la segunda los patrones 
más variados, desde el de «mantillo de seda para cristiano hasta 
manteo y muceta castellana de raza de Florencia para Obispo», con 
los de jubones para ambos sexos, capas, herreruelos, bohemios, ropa 
turca y española para levantar, ropas de letrados, mantos de Orde- 
nes militares, con sayas, vasquiñas y verdugados para mujeres, 
con otras prendas para disfraces y justas, no menos curiosas. 

Rocha Burguen (Francisco), de origen francés, pero criado en 
Valencia, escribió una «Geometría y traza perteneciente al oficio 
de Sastres», publicada ea Valencia en 1618, en que se repite mucho 
del de Alcega, pero indicando, como no podía menos de ocurrir, 
los cambios experimentados. — ( B. N. ) 

Martín de Andújar publicó en 1640, en Madrid, otra «Geometría 
y trazas pertenecientes al oficio de Sastres, con patrones para ves- 
tidos enteros de hombres, calzones y ropillos sotanillas, vestidos de 
mujer, hábitos de religiosos, justas reales y diferentes trazas». — 
(B. N.) 

Por último, en 1720, publicó Juan de Albay, en Zaragoza, otra 
«Geometría y trazas». — ( B. San Isidro.) 

( Véase nota del Conde de las Navas en la Revista de Archivos, 
1903, pág. 485 ). 



- 109 - 

tos de tela, muy anchos de dedos, y acuchillados. Sobre 
los hombros llevan los varones el ferreruelo, capita muy 
corta, a veces de terciopelo, con pieles y alto cuello, y 
una graciosa gorreta con pluma sobre sus cabezas. En 
estos trajes se emplean las más lujosas telas de seda, 
tisú, velludo y brocado, guarnecidas con finas trencillas 
y galones de oro. Aún se siguen usando los tabardos y 
gabanes para las personas de más autoridad, quedando 
en el vestir popular muchas modas y prendas de corte 
del siglo anterior. Hoy los trajes de las ansotanas en 
España, conservados en toda su pureza, provienen de 
aquella época. 

En las mujeres se asimila en lo posible el modelo del 
traje a los masculinos: el mismo jubón con faldetas y 
hombreras ahuecadas en forma de media luna con cuello 
alto y ceñido coronado por la gola rizada; a la cabeza 
gorrilla con joyel y pluma; pero lo más valioso en el 
tocado de este siglo son sus collares y joyas, muchas 
de ellas esmaltadas por igual en ambas caras. 

La llegada a España, en 1517, de tudescos o alema- 
nes, su presencia en Madrid, cuyo recuerdo subsiste en 
el nombre de una calle de la corte, próxima ai Palacio 
Real, donde habitaron; sus vistosos cuanto pintorescos 
trajes cortos, imitados por los españoles, hizo que entre 
nosotros se extendiera la afición al lujo y brillantez de 
las nuevas modas por aquéllos importadas. 

El mismo emperador y los cortesanos mostraron 
gran predilección por estos trajes, gallardos y airosos, 
de los que nos dan idea los retratos del Tiziano, repre- 
sentando al monarca engalanado con jubón y gregües- 



lio 



coa blancos o de colorea claroa, guato que predominó en 
un principio; cuello y puños con golas rizadaa y calzaa 
de color: blancas éstas, venían usándose desde siglos 
anteriores. 

Encima el sobretodo, que le llega a las rodillas, de 
terciopelo aeda o tisú, amplio de cuello con grandes so- 
lapas de diferente color, que, por 
lo general, era de pieles, asi como 
su forro. Las mangas exteriorea 
repreaentan ser muy anchas, para 
dar cabida a loa afollados de laa 
del jubón, que aon tan largaa o máa 
que laa del gabán. La gorra apla- 
nada con pluma y un broche al 
lado, y loa zapatoa bajoa, ceñidoa 
y acuchillados; lleva el pelo corta- 
do al rape y la barba puntiaguda, 
moda que estableció el miamo em- 
perador. Uaa guantea y capada co- 
locada al lado izquierdo. 

Loa magnates y gentes del pueblo se aficionaron 
tanto a loa vivoa colores de eatoa trajea, a aus ricaa 
telaa, a loa gracioaos buUonea, llamadoa, loa de laa man- 
gaa de la parte auperior, hrahones, a loa gregüeacoa y a 
todo eate conjunto rico y auntuoao, que apenaa ai vestían 
ya el traje nacional, dando lugar eate olvido y excesivo 
lujo desplegado en los vestidos, a la publicación de Prag- 
máticas, que, como la de 9 de Marzo de 1534, prohibía 
el uso de brocados y bordados de oro y plata. Prohibi- 
ción análoga a la dictada por los Reyes Católicos en el 




- 111 - 

año 1498, y que como aquélla, contuvo el lujo de loa bro- 
cados y bordados, pero sustituyó éste por otro gasto ma- 
yor, como era el de las varias formas de las hechuras y 
guarniciones de los trajes, puesto que los bordadores da- 
ban dibujos a los sastres, los que haciendo de punto lo 
que antes era bordado, resultaba asi de más coste y de 
menos efecto el adorno de los trajes y hechura de los 
mismos. Y según decía la Pragmática de 27 de Junio 
de 1537, costaban más las hechuras que la seda y el paño 
invertidos en las ropas (1). 

No habiendo bastado estas ni otras Pragmáticas para 
contener las nuevas modas, pidió el reino, en las Cortes 
de Valladolid de 1548, que para evitar fraudes e inven- 
ciones de sastres, etc., se prohibiera el echar guarnicio- 
nes en sayas, capas, calzas y jubones y que hubiera pes- 
puntes en los vestidos; de suerte que todos los vestidos 
fueran llanos, sin cuchilladas, golpes ni más obra que la 
costura. 

Examinada esta petición, no se tuvo por conveniente 
en absoluto, pero se volvieron a limitar las labores en 
los términos que expresa la Pragmática de 29 de Di- 
ciembre de 1551, con la declaración de la de 26 de Fe- 
brero de 1552, la que introduce la moda de guarniciones 
de paño hechas en bastidor o cortadas a tijera, que cos- 
taban más y duraban menos que las de seda. 

La inutilidad de las leyes suntuarias y los daños que 
de ellas resultaban a todo el reino, los llegó a conocer 
éste y pidió la revocación de las Pragmáticas de los tra- 
jea en las Cortes de Valladolid de 1555. «Otrossí — decía 

(1) Véase Historia, de Sampere, y Pragmáticas citadas. 



- 112 - 

la petición 88 — : Por cuanto por hacer bien y merced a 
estos sus reinos y la experiencia ha mostrado del poco 
fruto q. han fecho, antes han sido causa de muchas veja- 
ciones q. en la observancia de ellas se hace, suplicamos 
a V, M. mande revocar todas las pragmáticas q. hablen 
cerca de los trajes y ordene q. cada uno pueda vestir 
del paño o seda que quisiere con tal de q. no pueda traer 
en los vestidos mas de un ribete síq cortar», etc. 

No quedaba por entonces casi más prenda propia de 
los españoles que la gentil y airosa capa, la que tam- 
bién vistieron los alemanes; así los tabardos y antiguos 
ropajes rara vez se utilizaban. La capa se usó en dife- 
rentes tamaños: cuanto más noble era quien la vestía, 
más corta, pues la gastaba hasta casi media espalda. 
Los artesanos y burgueses la llevaban hasta la cintura y 
cadera y los labradores hasta los pies, tradición que aún 
se conserva en muchos pueblos de España de llevarla 
larga. Se abrochaba al cuello, o colocada sobre los hom- 
bros, y si era larga, la embozaban, usándose con capu- 
cha y sin ella, adosándoseles también mangas a veces. 

Contribuyó a la boga de los trajes acuchillados, el 
lujo desplegado en la ropa blanca, originado de la per- 
fección de las telas, que en aquella época alcanzó gran 
desarrollo, y lo que popularizó el uso de los abofellados 
o bullones de la ropa interior, que era mucho más am- 
plia que la exterior, alcanzando a veces extraordinarias 
dimensiones el ancho y largo de las mangas y calzonci- 
llos interiores, que rebasaban para formar afollados que 
pudieran sujetarse por medio de cordones, o bien se su- 
jetaban cosiendo el forro a la tela de las prendas. 



- 113 - 

Ya, en el siglo XV, hubo indicioa del lujo de la ropa 
blanca, puesto que se empezó a asomar la camisa por el 
codo; pero cuando el lujo de esta ropa llegó a su mayor 
apogeo, fué en la primera mitad del XVI, cuando a los 
trajes, tanto de hombres como de mujeres, se les daban 
graciosos cortes, o cuchilladas, por donde salía la ropa 
interior a modo de pasacintas. En los trajes de los hom- 
bres se acuchillaba el jubón por los hombros, por los 
costados, alrededor de la cintura y por las mangas, en 
la misma dirección que ae hacia con los gregüescos. 
Estos, en un principio, también se acuchillaban verti- 
calmente; más tarde, los cortes eran oblicuos y su inte- 
rior se forraba de ricas telas, por donde aparecía la fina 
ropa blanca o la de color, de que se hacían los afollados. 
Los diferentes cortes de los gregüescos se ataban o ce- 
ñían a la pierna mediante una jareta y cinta, la que, al 
subirlos, los ahuecaba a la manera de los calzones bom- 
bachos, llegando a quedar tan tersas las tiras de los 
cortes, por efecto de los rellenos que se les ponían, que 
verdaderamente semejaban a alambres estirados. 

Entre la gente baja y la soldadesca, estos rellenos 
adquirieron tales proporciones de deformidad, que con 
razón los ridiculizó El Diálogo de Verdades, escrito ha- 
cia 1570, donde, entre otras cosas, se dice, hablando de 
la exageración que hubo en los gregüescos: «Los hay 
que parecen alforjas, que llevan en los muslos gala de lo 
que agora se usa, hacen unas calzas con aquellos mus- 
lazos que llaman afollados; hay algunos que llevan unas 
treinta varas de paño y seda y esteras viejas y otros 
andrajos con que se hacen aquellas vejigazas, calaba- 



- 114 - 

zas... de cuero por dentro y muy bien cosido en sus 
brocales, los hinchan como a los cueros de vino», etcé- 
tera, etc. 

Concretándonos al traje de mujer— en la primera 
mitad del siglo XVI— la moda entre las señoras impuso 

llevar las prendas más largas de 
lo necesario, teniendo que reco- 




lé "Cf> gerse la saya por delante para 



'£f'!<. 



'».*■'"('/ 



^%^yi}-^^ poder andar. Lo propio ocurría 

%^} /J^í"^3 con las mangas, aveces rema- 

á^s/. '''■'^^'^¿¡£^ ] tadas en un pico, y tan amplias, 

¿Mf Z','!^ 'v'.'/ que tocaban el suelo, por lo que 

//'§,/■:( ] |,¡u'i 'i 8® llamaron perdidas. Estas se 

guarnecían de pieles y forraban 



w4iMM-y¡ 



V V\ de color distinto al rico broca- 




^f ' / i= -^i ^^''^ ^^ ^® ^®^ vestidos. Cuando el 
■^ ^iJii' traje interior tenía estas man- 
gas, el sobretodo carecía de 
ellas y sólo ofrecía aberturas para pasar los brazos y 
sacar y hasta doblar la manga perdida. Otras veces 
dichas mangas iban en el abrigo interior, como se ve en 
la escultura de Pompeyo Leoni, de nuestro Museo del 
Prado, que representa a la emperatriz Isabel de Por- 
tugal, esposa de Carlos V, ricamente ataviada con cor- 
piño de escote recto y cuadrado, dejando ver la camisa, 
que se eleva hasta el cuello, al que se une por medio 
de una estrecha gola. 

El corpino, rematado en aguda punta, por encima 
del traje interior, lleva un amplio sobretodo abrochado 
por delante, derivación del antiguo brial, largo, que im- 



- 115 - 

pide el paso y no permite ver el calzado, manga perdi- 
da, cuello alto, cinturón del que pende la escarcela y 
tocado de bucles caídos hasta el cuello, típico de la épo- 
ca, así como diademas y joyas suntuosas. 

Además de las mangas anchas usábanse otras estre- 
chas, las que utilizaban muy en particular las artesa- 
nas, porque les permitían mayor libertad para el ejerci- 
cio de sus profesiones; pero las mangas perdidas gene- 
ralizáronse más que las estrechas, y cuando era necesa- 
rio se volvían y doblaban por fuera a fin de acortarlas, 
en cuyo caso se veían los lindos forros que solían tener 
en su interior. 

Entre los tocados de mujer se usó mucho una especie 
de birrete o toca pequeña, formada de mallas valiosas, 
según la categoría de la dama, y en cuya toca o malla 
se recogía parte del cabello, adosándosele perlas y pie- 
dras preciosas, diademas y aros de oro, que se prendían 
a estas mallas. El pelo, que antes se había recogido todo 
en el interior de la toca, en el siglo XVI se muestra ha- 
cia fuera en forma de trenzas o bucles que caen sobre 
los hombros. A veces la toca cubría la frente, y en oca- 
siones dejaba entrever el pelo en menudos rizos por de- 
lante, y el de los lados se colocaba en forma de rodete, 
que cubría las orejas, como aún se peina en muchos pue- 
blos de España. 

Desde el punto de vista artístico, es lo cierto que las 
modas en España, a principios del siglo XVI, eran bellas 
y graciosas, como no existieron antes, estando en armo- 
nía con el estilo plateresco que en aquella época predo- 
minó en las artes; estilo sencillo y suelto, en el que emi- 



- 116 - 

nenies artistas fijaron su atención al tomar modelo de 
traje para sus cuadros, aun a trueque de producir pal- 
pables acacronismos, como hizo Tiziano y otros gran- 
des maestros, que impresionados por las graciosas for- 
mas del vestido de esta época, los reproducen en sus 
lienzos. En el Museo del Prado se halla el famoso cua- 
dro de Pablo Veronés, Moisés salvado de las aguas del 
Nilo, donde la princesa Termutis, hija del rey Faraón, 
y sus doncellas aparecen con ricos trajes de plena moda 
del siglo XVI. 

Al comenzar la segunda mitad de este siglo, Car- 
los V abdica en su hijo Don Felipe la Corona de Es- 
paña. El sistema político, las costumbres y las modas 
participan del carácter grave y austero del nuevo rey. 
El reinado de Felipe II, el monarca más poderoso 
que ha tenido España, nos le presenta la Historia en dos 
grandes períodos, que comprenden su vida entera. Cua- 
renta y dos años ocupado con las guerras de Flandes 
y diez y nueve invertidos en alzar El Escorial, en cuyo 
lapso de tiempo deslizáronse los acontecimientos más 
culminantes de España durante el siglo XVI. — Las cos- 
tumbres de los españoles, puras y sencillas, a principios 
de este reinado, inñuyendo en la indumentaria, reflejan 
todo el carácter del rey y su política; pues las modas es- 
pañolas, en la segunda mitad de este siglo, ofrecen as- 
pecto de severidad y rigidez, con sus tintes oscuros y 
parcos indumentos, en oposición a los vistosos colores y 
graciosas formas de los trajes de la época de Carlos V. 
El cambio se impone ahora desde la Corte al pueblo, por 
la voluntad férrea del rey, el que, no obstante estar do- 



- 117 - 

minado por otros pensamientos capitales durante su 
vida, legisló mucho acerca del traje, prohibiendo el ex- 
ceso del lujo en diferentes Pragmáticas, y exhortó a la 
nación a no hacer gastos superfluos, de lo que él daba 
continuo ejemplo a sus vasallos. 

Una de las Pragmáticas más notables es la que trata 
sobre los trajes, publicada en 1563; dice al pueblo: «Sa- 
bed, que los Procuradores del reyno entre otras cosas 
nos pidieron y suplicaron fuésemos servidos de poner 
remedio y proveer cerca del exceso y desborden que en 
lo de los trages y vestidos en nuestros reynos avia, el 
qual avia venido a ser tan grande q. ellos se consumían 
las haciendas, etc., etc., por lo que mandamos: q. nin- 
guna persona hombre ni mujer, de qualquier calidad, 
condición y preheminencia q. sea, no pueda traer ni 
vestir ningún genero de brocado, ni de tela de oro, ni de 
tela de plata, ni en ropa suelta, ni en aforro, ni en ju- 
bón, ni en caigas, etc., etc , y q. esto se entienda assi- 
mismo en telas y telillas de oro y plata, falsas, y en te- 
lillas barreadas y texidas en q. haya oro o plata aunque 
sea falso. Asi mismo se prohibe cualquier género de bor- 
dado ni recamado, ni gandujado, ni entorchado, ni cha- 
pería de oro ni de plata, ni de oro de cañutillo, ni de 
martillo, ni de ningún género de trenga, etc., etc. 

»En cuanto a los vestidos y ropas sobre armas se 
guarda lo contenido en la Pragmática de las Cortes del 
Emperador mi Señor, celebradas en 1537 en Valladolid; 
que por honra de la cavalleria se pueden traer sobre las 
armas en guerra u otros actos ropas de brocados, telas 
y otras cosas q. quisieren. Otrosí — Permitimos q. las 



- 118 - 

mugeres puedan traer mangas de punto de aguja de oro, 
plata y seda, y telillas de oro y plata barreadas y jubo- 
nes de dicha telilla.» 

Estas Pragmáticas nos dan idea clara del lujo y de 
las modas seguidas en tiempo de Felipe II. No obstante 
ser el rey tan ordenancista en estas materias y vestir él 
con sencillez suma, son buena prueba la serie de Prag- 
máticas que dictó coartando el lujo, de que éste iba cada 
vez en gran aumento, sin que las leyes pudieran evitar 
ninguno de sus efectos y gradual exceso. 

Por ser fiel reflejo de las costumbres de España en el 
siglo XVI, recordamos aquí algunos preceptos contenidos 
en las Ordenanzas municipales del Toledo del año 1562, 
que se refieren a las artes y oficios relacionados con el 
traje. Hay varios capítulos que tratan de los calceteros, 
chapineros, cordoneros, hilanderas, gorreros, jubeteros, 
sastres, etc., etc., así como de lo que necesitaren saber 
para ser examinados, pues en el titulo 131, que trata 
de los sastres y jubeteros, dice: «En cada año por el 
mes de Marzo los Srs. Justicia e Regidores conforme al 
capitulo de Cortes nombren dos veedores y dos exami- 
nadores del arte y oficio de sastres y un veedor y un 
examinador del arte y oficio de jubetero», etc., etc. Es- 
tas disposiciones determinan los géneros que correspon- 
den a cada prenda y sus cortes. Se hacían saber al pue- 
blo, pregonándolas públicamente, en las puertas princi- 
pales de la Catedral, en Zocodover y en los sitios más 
concurridos de la imperial ciudad, y eran muchas veces 
solicitadas por los artistas mismos, a fin de que fueren 
examinados y se reconociera oficialmente quiénes se 



- 119- 

dedicaban a las artes manuales, evitando de este modo 
intrusiones de otros artífices o de personas extrañas a la 
profesión, a la par que se unificaba el traje nacional, 
toda vez que había moldes fijos y tasa para hacer los 
trajes y sus variados indumentos. 

El título 38 de estas Ordenanzas, dice: «Que para 
hacer el examen de oficial de calcetero trayga vara y 
dos tercias de cordellato, y por otra parte vara y me- 
dia, y dello ha de cortar dos pares de calzas enteras, a 
sesgo y a pelo y a cordón deiecho y que llenen las di- 
chas calzas sus cumplimientos y gouiernos conformes. 
Y que las saquen del largo que las puedan sacar, de 
cada pedazo y corte». 

«Otro sí: que el tal oficial señale en un manto de mu- 
ger un par de calzas enteras y tasse, y señale quantos 
pares de calzas saldrán de dicho manto, y le pongan a 
sesgo y a corte. 

»Que las calzas de muger y medias calzas de medio 
peal de hombre vayan cosidas a dos costuras. So la di- 
cha pena... Y que las soletas que se echaren en las 
unas y en las otras sean nuevas. 

»Otro sí: que por cuanto somos informados que mu- 
chas personas que no son de dicho oficio, y otros que lo 
son echan aforros nuevos, a calzas que hazen de paños 
viejos, para venderlas por nuevas. Que la persona que 
esto hiziere, aya perdido las tales calzas, aplicadas en 
la manera susodicha. 

»Item: que las calzas que se hizieren para vender, de 
raso, o de terciopelo, o de otras cualesquier telas, no 
intervenga en ellas ningún genero de terciopelo ligero, 



-^ 120 — 

en guarnición ni cumplimientos dellas, si no fuere en los 
tafetanes que llevan por dentro en lugar de rasos. Sope- 
ña de dos mil maravedís, aplicados según dicho es. 

>Que los gregescos que se cortaren para vender, de 
piñuelas, o tilas de oro, o damascos o terciopelos labra- 
dos, o prensados, vayan todas las labores a una mano y 
no lleven piezas en los costados, ni en las bocas de aba- 
xo si no fuere en las traseras y delanteras. 

«Que las medias calzas y polaynas de cordellate o 
paño, ansi de hombre como de muger, vayan al sesgo 
y pelo. 

»Item por cuanto algunas personas hazen calzas y 
gregescos de terciopelo y de paño viejo, y de otras co- 
sas para vender, de que viene daño á esta república, y 
a las personas que las compran, se manda que no las 
hagan de ninguna cosa, si no fuere nuevas.» 

Si bien es cierto que Felipe II pudo dominar algo el 
incremento del excesivo lujo, puesto que el uso dé las 
ropas negras o muy oscuras predominaron en su tiempo, 
y las hechuras pierden su gentileza desapareciendo de 
los gregüescos y de los bullones de las mangas aquellos 
lindos rizados que tan buen efecto habían producido en 
la corte de su padre, los límites del buen gusto duraron 
poco tiempo. El desarrollo de las modas con el continuo 
trato de los extranjeros y la prosperidad de España en 
esta época, son causas para que se variase y alterara el 
traje, tomando abigarramientos y cambios nada felices 
a poco tiempo después. 

Sempere y Guarinos nos dice que el traje de los va- 
rones, en tiempos de Felipe II, eran calzas justas, justi- 



- 121 - 



líos con rodilleras o folladillos o zaonea angostos; con 
ellos se casó este principe en Salamanca. Las sayas lar- 
gas de faldas, con sobrefaldillas, escarcela, capa larga 
con capilla, gorra de lana de Milán o terciopelo, muy 
plana, o bonetes redondos o caperuzas de paño, collares 
de los camisones, justos, sin lechuguillas, que entonces 
se estilaron las que llamaron 
marquesotas, como más propias 
para las barbas, reformadas de 
las tudescas, que eran muy lar- 
gas. Las mujeres vestían ropas y 
basquinas de paño frisado y gra- 
na, y si de terciopelo, servían 
en e] matrimonio de abuela, hija 
a nieta, y en lugares bien popu- 
losos y hacendados había en el 
palacio del Ayuntamiento vesti- 
dos con que todos los vecinos 
recibían las bendiciones nupcia- 
les. Generalmente los mantos 
eran de paño velarte, con va- 
riados tocados, guantes, etc. 

Pasado el año de 1540 se su- 
primieron los escotes, y provisto el corpino de una ver- 
dadera gola, descansaba el rostro sobre una gorgnera 
bordada y rizada, que fué creciendo progresivamente 
más y más, hasta llegar a parecer «una rueda de moli- 
no», según frase de un autor de la época. Las faldas fue- 
ron adquiriendo cada vez más la forma acampanada, 
que habla de llegar a la exageración más grande. 




122 



En general, podemos decir que los zapatos en vez de 
punta aguda pasan a ser redondos y el uso de joyas y 
adornos preciosos apenas si se emplea. Los calzones o 
gregüescos se estrechan, y en vez de la ropilla, sobre 
los justos jubones de terciopelo, se ponen ricos gabanes, 
que llegaban a medio muslo, con solapas y vueltas de 

pieles. Sobre los hombros se co- 
loca una capa airosa con cuello 
vuelto, la que llega hasta las 
calzas, y que llamaban capilla, 
Al rey Don Felipe II se le 
representa vistiendo jubón ajus- 
tado hasta la cintura, del que 
penden cortas faldetas; en las 
mangas lleva un brahón o afe- 
Uado, abrochado por delante, 
con cuello ancho, alto, todo ne- 
gro, calzas y medias calzas, 
gregüescos, y sobre los hombros 
capa corta, fija sobre el hombro 
izquierdo, y sombrero alto, pun- 
tiagudo, en forma de cono trun- 
cado, negro, y zapatos cerrados con hebilla. (Véanse 
los retratos pintados por Pantoja en El Escorial y en 
nuestro Museo del Prado.) 

No pudo seguir mucho tiempo la majestuosa ostenta- 
ción del traje en los límites severos del buen gusto sin 
que los abigarramientos hicieran sus estragos; y así, al 
finalizar este reinado, la intrusión del barroquismo trae 
al traje pesados alamares y perifollos, cuyo recargo fué 




- 123 - 

en aumento hasta resultar las ridiculas y absurdas mo- 
das de los tiempos de Felipe III. 

Por lo que respecta a tocados varoniles, interesa co- 
nocer que a fines del siglo XV y principios del XVI se 
usaba cabellera suelta y caída sobre los hombros, for- 
mando bucles, y la cara la llevaban afeitada. 

Por los años 1620 se estiló el pelo largo y caído, cor- 
tado por igual, y alrededor de la frente en forma de cer- 
quillo y sin raya. Después se empezó a usar cortado al 
rape, moda que inició Carlos V, por haber estado enfer- 
mo: tocado que adoptaron más tarde las personas de 
edad madura; los jóvenes se dejaban el pelo largo y se- 
guían rizándoselo. También se empezó a llevar en el 
rostro bigote, perilla, barba corrida y hasta a veces 
un lado con barba y otro sin ella. Los médicos y obispos 
usaban largas barbas. 

En los pasados reinados todo el lujo consistía en la 
materia de los vestidos o cualesquiera adornos que se 
le añadían, sin alterar en lo esencial el traje nacional. 
No ocurrió esto en el reinado de Felipe II, puesto que se 
hicieron algunas modificaciones notables en el traje. Se 
empezaron a usar medias de punto de aguja; asimismo 
hubo variación en los cuellos de las marquesotas y otras 
más que se aprecian en los retratos de aquel tiempo. 

En 1667 se hizo petición a las Cortes de que las mu- 
jeres puedan gastar las ropas vedadas en otras Pragmá- 
ticas, con tal de que sean registradas ante la justicia; a 
lo que el rey contestó que ya se dio en la ley tiempo bas- 
tante para gastar la ropa y no conviene se haga otra 
nueva prerrogativa. 



- 124 - 

Con esto se iba poco a poco desterrando el traje anti- 
guo, que si bien solía ser más costoso y rico, también 
duraba más y sostenia la moda del país, y con el fre- 
cuente trato de extranjeros se iba desnaturalizando el 
traje español. 

El P. Antonio Gamos, en 1592, escribía acerca del 
traje en su Microcosmia y gobierno universal del hombre: 
«Una de las modas perjudiciales en el reinado de Feli- 
pe II fué la de las lechuguillas en los cuellos de la cami- 
sa y puños de la misma.» Era la lechuguilla un cuello de 
lienzo de cerca de una cuarta de ancho, muy almidona- 
do y tieso en forma propiamente de lechuguilla; debía 
causar estorbos grandes a los movimientos de cabeza, 
pero se hizo tan general su uso, que se adoptó como 
prenda nacional e indispensable a todas las clases so- 
ciales. Resultaban estos cuellos tan molestos como cos- 
tosos, porque se hacían de holanda fina, la que se almi- 
donaba mucho a fin de ser armado luego el cuello en 
moldes especiales que había a tal objeto. Se ensuciaban 
fácilmente y se arrugaban más, por lo que, con lavados 
varios y armadura constante, quedaban destruidos en 
breve tiempo. Esto dio lugar a que las Cortes de Ma- 
drid de 1586 solicitaran del rey la reforma de estos cue- 
llos, ya que hasta en el ambiente popular existía la 
frase de llevar la cabeza en estos cuellos como metida 
en collar de «mastín de ganado». 

Mobiliario. — Comenzó entonces el uso de los var- 
gueños; las sobrevestas de terciopelo en las mesas con 
presillas de agremanes de oro y flecos de espiguilla; los 
lechos con grandes doseles y cortinajes; los sillones de 



- 125 - 

planos brazos con cueros o velludos, o los grandes arce- 
nes tallados, que algunos, llenos de ropa blanca y de 
telas, constituían el regalo de boda para las novias; las 
vajillas de plata más lujosas, con los platos de loza, ya 
italianos o de nuestras fábricas de Triana y Talavera, 
pues aún no se había introducido la china en Europa; 
los cubiertos, constituidos ya por las tres piezas princi- 
pales de cuchara, tenedor y cuchillo, completaban, con 
los tapices y guardamaciles, las alfombras de Persia, de 
Alcaraz y de Toledo, entre nosotros, el ajuar de aque- 
llos señores del Renacimiento. 

Como ampliación de lo antedicho y para los que de- 
seen obtener mayores detalles que los que permite la 
índole de este Compendio, mucho aún encontrarán en 
autores que muy especialmente se ocupan de estas ma- 
terias, como el bachiller Luis de Peraza, que especifica 
y diserta hasta graciosamente sobre los trajes que usa- 
ban los sevillanos y sevillanas del año 1552, así como 
Alonso Morgado, que consignaba que ninguna mujer de 
Sevilla se ponía manto de lana, «pues todo es de seda, 
tafetán, marañas, soplillo, y por lo menos añascóte», 
usando para los vestidos los bordados, recamados, etc., 
«que las agraciaban mucho», con otros escritos que ire- 
mos citando, molestos de leer en verdad por su proligi- 
dad y pesado estilo, pero imprescindibles de consultar 
para el que desee conocer en todos sus detalles los que 
caracterizaban a determinadas épocas. 



- 126 — 



VII. — SIGLO xvn 



Ocúpanlo tres monarcas de la Casa de Austria, últi- 
mos vastagos decadentes de aquella dinastía, que co- 
menzó a regir nuestros destinos en el período heroico 
de resurgimiento del poderío hispano, llevado al cénit 
de nuestra grandeza por el Emperador y su hijo Feli- 
pe II, pero impulsado por sus herederos a la mayor de 
cadencia y abatimiento, hasta concluir con el último de 
sus reyes, Carlos II. 

Ocurrido, sin embargo, el mayor cambio a la muerte 
de Felipe 11 (1698), debemos anticipar estos dos años 
nuestro estudio del siguiente siglo, pues entonces real- 
mente comenzaron las mayores novedades en el reino. 

En 1698 heredó Felipe III el esplendor de los Estados 
de su padre; mas siendo la antitesis de éste en carácter, 
bien pronto se confirmó el presentimiento de Felipe II, 
de que su hijo iba a ser gobernado por ministros y cor- 
tesanos. En efecto, Felipe III, más dado a las prácticas 
piadosas y esplendores cortesanos, que a los cuidados 
del reino, se aparta de su misión de gobernante; y el 
pueblo español, tan piadoso como sensato, siente el 
abandono en que su rey le deja y manifiesta su descon- 
tento al verse regido de válidos y tiranos, los que con su 
opulencia y extraordinario lujo llegan a empobrecer y 
estrechar en sumo grado la dignidad real, a la par que 
oprimen al pueblo y la nación decaía grandemente. 



- 127 - 

Apenas proclamado rey Don Felipe III, bu principal 
cuidado fué casarse, escogiendo para esposa a Doña 
Margarita de Austria, en la que depositó su mayor 
afecto. 

Cabrera de Córdoba dice, que cuaado el nuevo mo- 
narca tuvo la nueva de su desposorio, alivia su luto y 
trae herreruelo, con toquilla en el sombrero. Para su 
boda ordenó que los soldados lleven almidón en los cue- 
llos y las lechuguillas mayores de la marca, y con ban- 
das, y como quisieren, y los vestidos de la misma ma- 
nera. El Rey, aunque con luto, iba vestido de negro 
guarnecido de oro y plata y con plumas en la gorra. 

A Vinaroz (Valencia) salieron a esperar a la reina 
prometida el marqués de Denia, el cual iba acompañado 
de cincuenta caballeros muy ricamente aderezados de 
encarnado y blanco, que dicen ser los colores de la rei- 
na, con otros tantos criados vestidos de los mismos colo- 
res. A la villa y corte ha enviado S. M. la traza de los 
arcos y fiestas para la entrada de la reina, en las que se 
piensa gastar cien mil ducados. El 17 de Abril de 1699 
la reina desembarcó con la archiduquesa su madre, que 
llegaron bien de salud, no obstante de haberse mareado 
mucho en la travesía. 

D. Pedro de Toledo, en honor de la reina, hizo en Pa- 
lacio una mascarada, que costó más de cuatro mil duca- 
dos, en la que el rey danzó mucho y las damas mudaron 
tocas leonadas y vestidos de tafetán negro, con el fin de 
quitar del todo el luto el día de Pascua, para asistir a la 
boda del rey muy engalanadas. 

Fueron muchos caballeros a saludar a la reina, ves- 



I 



- 128 — 

tidos, como hemos dicho, de encarnado y blanco, con 
muchos pasamanos de oro y sendos criados con los mis- 
mos colores y pasamanos de seda. El marqués de Denia, 
que iba en representación del rey, llevaba el vestido 
muy bordado y recamado de oro, al que acompañaron, 
hasta salir de la ciudad de Valencia, el duque del Infan- 
tado y el conde de Benavente, que le llevaban en medio. 

El domingo 19 de Abril de 1599 fué la feliz y pompo- 
sa entrada de la reina en Valencia. Iban en su acompa- 
ñamiento doscientos caballeros, todos vestidos ricamen- 
te, con muchas joyas y con ricas y lucidas libreas, de 
muchos pajes y lacayos. El príncipe de Oria llevaba plu- 
mas y botones de oro. Entraron la reina y sus damas a 
caballo, con sillones de plata. Al apearse la reina salió 
el rey a recibirla con la Corte; el Nuncio de Su Santi- 
dad, vestido de pontifical, fué el encargado de hacer la 
ratificación del matrimonio de Sus Majestades y Altezas. 

Salieron vestidos, el día de las bodas, Sus Majestades 
de blanco, muy ricamente aderezados, con muchos re- 
camados y bordados de oro y perlas. La reina y la in- 
fanta con velos de plata en la cabeza y tocados muy 
ricos de gruesas perlas, y el rey con bohemio dorado, y 
el archiduque Alberto, casado con Isabel Clara Euge- 
nia, con capa de lo mismo, con muchas joyas de inesti- 
mable valor. — Luego hubo grandes fiestas, y en el baile 
el rey danzó con la reina, alta y baja y gallarda y pa- 
vana, y la reina, como sus damas, bailaron a la flamen- 
ca. Hubo toros, cucañas, torneos, justas y demás fiestas,' 
y el rey concedió el Tusón del difunto rey al archiduque 
y a algún otro caballero . 



- 129 - 

El duque de Lerma iba en la ceremonia ataviado de 
un vestido guarnecido de perlas netas, de inestimable 
valor, adornando su traje y persona joyas y diamantes 
de subido precio. 

Dice el cronista, después de relatarnos la suntuosi- 
dad de las bodas y las fiestas consiguientes en el reino, 
que llamaron mucho la atención las libreas del principe 
de Melfeta, el cual traía vestidos quince pajes y diez la- 
cayos de esta manera: «Los pajes con botinas de tercio- 
pelo morado hondo en oro, por guarnición dos fajas de 
raso morado, bordadas de oro escarchado, aforradas en 
tela de oro de Milán primavera; cueras acuchilladas 
como las dichas fajas bordadas, jubones de tela de oro 
de Milán, calzas con cuchilladas de la manera de las 
fajas sobredichas con tela de oro, espadas, dagas, tiros 
y pretinas muy bien bordadas, gorras con toquillas bor- 
dadas, y los lacayos se diferenciaban solamente en traer 
capas. Cada vestido de éstos costaba 600 ducados. Las 
demás libreas délos señores fueron muy ricas y lucidas». 

Las descripciones de otras ceremonias públicas a que 
asistían los reyes y la nobleza dan idea del traje corte- 
sano. En el bautizo de la primera hija de Felipe III, que 
tuvo lugar en 22 de Septiembre de 1601, en Valladolid, 
en la iglesia de San Pablo, la pusieron el nombre de 
Ana, como su abuela; casó con Luis XIII de Francia y 
fué madre de Luis XIV; en su cristianismo, o bautizo, 
fueron padrinos el duque de Parma y la duquesa de Ler- 
ma, los que iban muy aderezados: él con cuera y calzas 
de blanco, bordadas de perlas, y capa de terciopelo ne- 
gro, bordada con ricos botones, y la gorra muy bien ade- 



- 130- 

rezada, y la duquesa con cota y saya bordada de perlas 
y el tocado asimismo; la gorguera y la arandela con 
puntas de diamantes y collar, cintas, botones: todo muy 
rico. El rey regaló a los padrinos un presente de cami- 
sas de cadeneta, pañizuelos, guantes y cueros y bolsi- 
llos de ámbar, muchas pastillas y pebetes, y un pabellón 
de la India, que se estima en mucho. 

Como se ve por las anteriores relaciones, el lujo y 
las costumbres tomaron una dirección tal como jamás 
se había visto en España, amenazando herir con broca- 
dos y satines hasta la existencia de la monarquía, de lo 
que no hay que culpar a la autoridad de aquel reinado, 
pues hizo cuanto se estimaba entonces conveniente para 
contrarrestar el desenfreno y derroche del lujo, no sólo 
de los magnates, sino de todas las clases sociales. 

Para ello el rey restableció las antiguas leyes sun- 
tuarias, y muy particularmente las referentes a los tra- 
jes, a cuyo fin publicó en 2 Junio 1600, una pragmática 
con tendencias morales que, entre otras cosas, decía: 

«Manda el rey nuestro señor que ninguna mujer, de 
cualquier estado y calidad que sea, no pueda traer ni 
traiga guarda-infante, por ser traje costoso y superfino, 
penoso y pesado, feo y desproporcionado, lascivo, des- 
honesto y ocasionado a pecar, así las que lo usan como 
los hombres, por causa de ellas, etc. 

»Item, que ninguna basquina pueda exceder de ocho 
varas de seda, y al respecto en las que no fuesen de 
seda, ni tener más que cuatro varas de ruedo, y que lo 
mismo se entienda en faldellines, manteos, o lo que lla- 
man polleras y enaguas. 



- 131 - 

»Y también se prohibe que ninguna mujer que andu- 
viese en zapatos pueda usar ni traer verdugados, ni otra 
invención, ni cosa que haga ruido en las basquinas, y 
que solamente pueda traer los dichos verdugados con 
chapines, que no bajen de cinco dedos. 

»Asimismo se prohibe que ninguna mujer pueda traer 
jubones, que llaman escotados, y la mujer que lo con- 
trario hiciere incurrirá en perdimiento de guarda-infan- 
te, basquinas, jubones y demás cosas referidas, y 20.000 
maravedís por la primera vez. Por la segunda, pena do- 
blada y destierro de esta corte a cinco leguas. 

»Item: los sastres, juboneros, roperos y otros cuales- 
quiera oficiales que cortasen o mandaren hacer o hicie- 
ren basquinas, manteos, polleras y jubones y cuales- 
quiera otra cosa contra lo de susodicho, desde el de su 
publicación, caigan en la pena del valor de las basqui- 
nas y jubones y en 40.000 maravedís. 

»Por la primera vez sea desterrado de la ciudad, villa 
o lugar por tiempo de dos años precisos, y por la segun- 
da llevado a un presidio por cuatro años.» 

En esta Pramática de 2 de Junio de 1600, se dice 
que todo lo labrado contra ella se permite usar hasta 
que se acabe, venderlo y trocarlo, con tal de que no se 
le mude la forma que tenía al tiempo de la promulga- 
ción, y registrándose ante las Justicias del distrito en 
donde se encontrase. 

Asimismo se extiende al amplitud de los cuellos, que 
por las leyes anteriores debía ser de un dozavo de vara 
a un octavo o media cuarta, y se permite que se puedan 
aderezar con almidón o con cualquiera otra cosa, con 



- 132 - 

tal que no tuvieran guarniciones de franjas y redes o 
deshilados, sino que fueran de holanda u otro lienzo, 
con una o dos vainicas blancas y no de otro color. 

Se prohibe que las mujeres vayan tapadas a la calle, 
etcétera. A las justicias negligentes en celar el cumpli- 
miento de esta Pramática se les impone, entre otras, la 
pena de privación de oficio. 

A pesar de dictar estas y otras disposiciones, el sis- 
tema político no se varió ni mudó nada en favor de la 
nación, antes al contrario, sobrevinieron perjuicios, por 
lo que las Cortes de 1618, clamando por el pueblo, ex- 
ponían al rey que no permitiera la importación de sedas 
en el reino, porque con tal medida se daba golpe de 
muerte a la producción nacional y muy particularmen- 
te a los reinos de Granada, Murcia, Valencia, Vallado- 
lid y otras regiones que fundaban en la producción de 
la seda su mayor riqueza y bienestar. Aunque el rey 
accedió a la petición de los procuradores del reino, el 
mal no se atajó, porque si bien es verdad que la seda 
en hilado no se traía ya de fuera, en sustitución de ésta 
se introducían tejidos de la misma materia, «con lo que 
la industria nacional paraliza su producción y empieza 
a decaer grandemente; ciérranse fábricas y toda clase 
de telares», porque ya nadie compraba tejidos que no 
fueran extranjeros. 

Felipe III, haciéndose eco de este lamentable estado 
social, donde sólo había dos clases, la de los muy ricos 
y la de los muy pobres, quiso remediar tanto mal, y 
ordenó al Consejo Superior del reino que estudiara la 
causa de esta anormalidad. El Consejo expuso al rey 



- 133 - 

los medios para evitar mayores males, diciéndole, entre 
otras cosas, que refrenara los excesivos gastos en el 
lujo, particularmente el de los cuellos, qu>e era exorbitante; 
que se prohibiera la introducción de telas de seda, y 
que se aminorara el número de criados, pajes, etc., in- 
sinuando al monarca que sería muy conveniente diera 
él ejemplo, ya que el gasto de Palacio montaba dos ter- 
ceras partes más que a fines del reinado de su padre, 
Don Felipe II (I). 

Por una Pragmática también de Junio de 1600 se re- 
forma el lujo de los muebles en todas las casas; se pro- 
hiben las colgaduras de brocados, y las de oro, plata y 
bordados y cualquiera otras telas que tengan estos meta- 
les, permitiéndose únicamente de terciopelo, damascos, 
rasos, tafetanes u otras telas de seda, aun cuando en las 
garras de dichas colgaduras se echen focaduras de oro 
y plata. Que los doseles y camas que en adelante se hi- 
cieren, no pueden ser bordados en los blancos de ellos, 
ni de las cortinas y cielo de las camas, los que pudieran 
ser bordados de oro y plata y llevar alamares y foca- 
duras de ellos. 

Se prohibe hacer en el reino, ni introducir tapices 
en que haya oro y plata, ya sean estos metales puros o 
falsos. 

El descontento que produjo al pueblo esta Pragmática 
sobre los trajes, dio lugar a manifestaciones públicas de 



(1) Véase el Comentario del Licenciado Fernández Navarrete 
en el tratado «Conservaaión de Monarquías y Discursos políticos 
sobre la gran consulta que al Consejo hizo el señor Rey Don Fe- 
Upe in». 



- 134 - 

protesta, pues las damas más encopetadas de Madrid 
fueron las primeras en rebelarse contra estos bandos, 
poniéndose a la cabeza de todas las tres hijas del Fiscal 
de los Consejos, Gobernador de la Hacienda, Dr. Gili- 
món de la Mota, las que en su vehemente indignación 
gritaban: «¡No, nosotras no queremos vestirnos como 
quiere el rey nuestro señor, que, sin duda, está mal- 
humorado! ¡No, no queremos amortajarnos en vida!» Pa- 
labras que tuvieron tal eco en la villa y corte, que a 
punto estuvo de estallar un serio motín contra las dispo- 
siciones del rey. El Fiscal de los Consejos, para repri- 
mir los ímpetus de sus belicosas hijas, las castigó a ves- 
tir por mucho tiempo los hábitos de monjas, y sin usar 
otros trajes, lo que mucho llamó la atención en Madrid 
y Valladolid, a donde fueron con la Corte, pues siempre 
aparecían las hijas del Dr. Gilimón vestidas de tan sin- 
gular manera. 

No surtiendo efecto estas Pragmáticas, se publicó la 
de 3 de Marzo de 1602: «Desde el día de su publicación, 
quedan prohibidos enteramente los vestidos en que 
haya bordados, recamado, escarchado de oro o plata, 
fino o falso, de perlas, aljófar o piedras y guarniciones 
de abalorio», etc.. 

El año 1611, en 3 de Enero, se repiten las mismas 
prohibiciones, las de 1600, acerca de los trajes, con al- 
gunas adiciones. Se prohibe que ninguna persona pueda 
vestir brocado, tela de oro, ni de plata, ni seda, ni con 
mezcla de aquellos metales, ni bordado recamado de 
seda o cualquier cosa hecha en bastidor, permitiéndose 
únicamente para el culto divino y para la guerra, así 



- 135 - 

como se reforma lo que se usaba para los ejercicios mi- 
litares, diciendo: que nadie pudiera traer en las ropas y 
vestidos género alguno de entorchado, torcido, guaduja- 
dos, franjas ni cordoncillos, cadenillas, gorviones, lomi- 
llos, carrujados, abollados, requives, ni guarnición nin- 
guna de abalorio ni de acero, ni ropa alguna con pesta- 
ñas de raso, permitiendo lo prensado y acuchillado y 
las guarniciones que se expresan particularmente en 
las calzas, en las que parece que había por entonces 
mucho lujo. 

En las capas, bohemios y sus aforros se usa la seda. 
En los sombreros, así de hombre como de mujeres, se 
permiten trenzas, pasamanos y caireles de oro y plata, 
con tal de que no sean bordados. Se prohibe echar en 
cuellos franjas, redes y deshilados. 

Año de 1611, Abril 4.— Se permite que los cuellos, 
lechuguillas y polainas de las camisas puedan ser de es- 
topilla o paños del rey, batistas, caniquíes y bofetaes, 
contra lo que estaba prohibido. 

Se suspende lo dispuesto acerca de la labor y peso de 
las sedas. Se permite alguna ampliación a las guarni- 
ciones de los vestidos, así de hombres como de mujeres. 

Estas Pragmáticas no sólo manifiestan la debilidad de 
las leyes para contener el lujo, sino también la falta de 
todo criterio económico e imperio del casuísmo, en con- 
firmación de lo cual. Moneada (autor coetáneo) decía: 
«Que el vestido de un hombre valía comunmente dos- 
cientos o trescientos ducados, o más», y el ya citado 
licenciado Navarrete, en sus escritos ocupábase del abu- 
so extraordinario y casi increíble de la pedrería y de la 



- 136 - 



profusión en los edificios y muebles, lamentándose mu- 
cho de la gran variabilidad de las modas en los vesti- 
dos, puesto que en el mismo año se cambiaban multitud 
de veces, sin poderse utilizar los muchos indumentos 
que los constituían. 

Pero fijándonos en la forma y gusto de aquellas mo- 
das, diremos que, en el reinado de Felipe III, el traje de 

los hombres conserva el jubón 
con hombreras y aletas o man- 
gas perdidas, ceñido y sin cin- 
turón, y con faldetas, pero sin 
acuchillados. Se estiló la banda 
o tahalí, que era una cinta 
ancha, que, desde el hombro de- 
recho, iba a fijarse a la ca- 
dera izquierda, y que se colo- 
caba hasta encima de la capa, 
pendiendo de ella la espada. 
Las calzas justas y medias cal- 
zas, a veces, con botones a los 
lados, por donde asomaban su 
forro de seda, y medias que se 
unían a ellas al atarlas o unirlas 
en las piernas. Los gregüescos siguieron largo tiempo 
llevándose excesivamente amplios. Sus perneras pare- 
cían dos sacos holgados, cortándose éstos en su longitud 
en numerosas tiras; cada uno se les forraba con gran 
cantidad de telas finas de otros colores, que asoma- 
ban por ellas, y las que a veces formaban grandes 
bollos. 




- 137 - 

La capa española en el siglo XVII era muy usada, 
ya lisa o con cuello y capucha. También la capa corta, 
capilla o ferreruelo, que muchas veces se llevaba como 
adorno libremente sin fijarla al cuello, por lo que al ac- 
cionar la dejaban caer frecuentemente, y para evitar 
esto la añadieron una especie de tira, adornada con ri- 
queza de cordones con que la prendían, u otras veces 
mediante botones y presillas en el borde anterior, ora 
puestos en una sola hilera, ora a ambos lados. 

Se hacía de belludo y de colores generalmente oscu- 
ros, así como en diversas estaciones era también de 
paño, más larga, perdiendo su rigidez para doblarse 
graciosamente debajo del brazo y embozarse con ella 
como abrigo, constituyendo así la típica capa española. 

Se estiló bota alta, media y zapato, las más de las 
veces teñido de negro o del color natural del cuero. 

El pelo entre los hombres se llevaba cortado al rape, 
porque la lechuguilla, tan alta y rizada, molestaba al 
cabello. 

En vez de barba y bigote, se usaba perilla solamen- 
te; más adelante, en el reinado de Felipe IV, a medida 
que se dio al cabello más longitud, la perilla y el bigote 
fueron más pequeños, llegando hasta parecer éste una 
línea negra y una mosca la perilla. 

Las mujeres se distinguían por las lechuguillas afili- 
granadas por sus rizados, y lo mismo que las de loa 
hombres, eran de una extensión tan enorme como incó- 
modas y ridiculas. Sus jubones, en un principio, recuer- 
dan los ajustados de los últimos tiempos del siglo XVI, y 
aún se usan las sayas acampanadas, que se sustituyen por 



- 138 - 



los verdugados, o guardainfantes con basquinas; tenían 
faldetas o faldellines, y respecto a los escotes, empeza- 
ron a usarse, aunque no lle- 
garon a ser tan exagerados 
como en tiempos posteriores. 
Los chapines se hacian de 
ricas telas, generalmente re- 
vestidos de seda, alcanzando 
elevado tacón, y se les adosa- 
ban virillas o hebillas de oro 
y plata y a veces pedrería 
fina. Los zapatos de ponlevi, 
llamados así por tener la pun- 
ta elevada, y otros varios 
modelos se citan en muchas 
descripciones, sobre los que 
fué necesario legislar para 
evitar las dimensiones del 
tacón. 
Como modelos de estos trajes tenemos retratos pin- 
tados por los artistas de este tiempo. Entre otros, son 
testimonios fidedignos los ecuestres del rey Don Fe- 
lipe III y de su esposa Doña Margarita de Austria, reto- 
cados por Velázquez. El primero representa llevar una 
media armadura de acero con banda anudada al hom- 
bro derecho; lechuguilla o inmenso cuello; amplísimos 
gregüescos; sombrero de fieltro gris con plumas rizadas, 
y pendiente del cintillo la celebrada perla la peregrina. 
El precioso retrato, también ecuestre, de la reina 
Doña Margarita, tiene un exquisito traje alto, negro, de 




- 139 - 

mangas partidas, y todo él representa ser bordado de 
plata Asoma el jubón interior blanco, vuelos en las 
mangas, en relación con la gorguera alechugada de aba- 
nillas de gasa y puntas de Flandes, y muchas joyas, que 
le dan aspecto suntuoso y bello. 

El famoso cuadro del Greco, titulado « El entierro 
del Conde de Orgaz», nos da también idea exacta del 
traje masculino civil y eclesiástico de principios del 
siglo XVII. Los retratos de personajes de la época de 
Felipe III y últimos tiempos de Felipe II, pintados por 
Juan Pantoja de la Cruz, son también muy interesantes 
para el estudio de esta indumentaria, así como los del 
pincel de Bartolomé González, entre otros. 

Cervantes se detuvo varias veces en describir los 
trajes de los personajes de sus obras, con lo que nos pro- 
porciona los datos más irrecusables. A su inmortal héroe 
Don Quijote lo viste de «sayo de velarte, calzas de ve- 
lludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mesmo, y los 
días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más 
fino»; diciendo también en otras ocasiones, que usaba 
«jubón de camuza y gregüescos; que sus medias eran 
verdes», sin pasar a sus armas, que eran ya desusadas 
y fuera de tiempo, con celada de encaje por él ade- 
rezada. 

A Sancho Panza, cuando va al Gobierno, recomienda 
que su vestido sea «calza entera, ropilla larga, herre- 
ruelo un poco más largo, gregüescos ni por pienso, que 
no les están bien ni a los caballeros, ni a los goberna- 
dores», por lo que se ve que no eran muy de su agrado. 

De las lechuguillas o cuellos distingue los escarolados 



- 140 - 

de los abiertos a molde, éstos mucho más costosos, aña- 
diendo: «y en esto se echará de ver que es antiguo el 
uso del almidón y de los cuellos abiertos»; y de los cor- 
piños de las mujeres dice que «eran bajos, pero la cami- 
sa alta, plegada al cuello con un cabezón labrado de 
seda negra», con otras interesantísimas referencias de 
valor inapreciable. 

Aunque nuestro objeto es ocuparnos del traje civil, 
conviene determinar, porque aún se usa, que en este 
siglo quedó como norma fija, entre el clero, el traje que 
actualmente viste, compuesto de sotana, manteo y som- 
brero de teja; proviene este último del antiguo chamber- 
go, al que se arrollaron sus alas por los lados, y adap- 
tándose así, se llamó teja. Para el culto subsisten aún los 
amplios roquetes, sobrepellices, el bonete característico 
y los zapatos con hebilla. 

La aparición del encaje como accesorio del vestido, 
el más bello, culto y elegante que se conoce, contribuyó 
a dar al traje de este siglo mayor esplendor y riqueza 
con sus graciosos cuellos, puños y finos adornos. 

En objetos destinados al culto religioso hay también 
multitud de obras de encaje de extraordinario valor; tal 
se ve en albas, corporales (los famosos de Toledo) (1), 
frontales de altar, etc. 

El procedimiento de hacer encaje al bolillo lo prac- 
ticamos mucho en el siglo XVI, comenzando por imitar 
el veneciano, con el típico punto de España. Desde en- 



(1) Véasela «Historia y tócaiea deleacaj3>, por la ilustrada 
profesora doña Pilar Huguet y Crexells. 



- 141 - 

tonces hasta nuestros días se han distinguido por sus 
encajes: en Cataluña, Barcelona; en la Mancha, Alma- 
gro, Manzanares, Granátula, y otras poblaciones como 
Zamora y Alicante; en La Coruña, Camarinas, etc. 

Asimismo se exornaron las prendas de cama y mesa 
con preciosos bordados de hilo y seda trenzados, en re- 
serva, deshilados, con los más caprichosos dibujos. 

A esta época pertenecen los ornamentos de riqueza 
por sus tejidos y bordados maravillosos de imaginería, 
realce, etc., etc., que se conservan en muchas Catedra- 
les y conventos de España, muy particularmente en To- 
ledo, El Escorial y Madrid. 

Según testimonio del Sr. Balsa de la Vega, «no fue- 
ron las telas únicamente sobre lo que la bordadora espa. 
ñola de los siglos XV y XVI hizo prodigios; las botas 
mismas de los caballeros estaban decoradas con borda- 
dos primorosos, cuyos principales motivos eran esas so- 
ñadas combinaciones geométricas que caracterizan los 
trazados mudejares. 

»E1 apogeo del bordado en España comienza con la 
venida de obreros persas, traídos por los árabes. Pronto 
los españoles sobrepujan a sus maestros. Además de no 
limitarse a la decorativa geométrica y vegetal, desarro- 
llando escenas de costumbres bíblicas, etc., atacaron 
los bordadores hispanos los relieves. Comienza la deca- 
dencia en el instante mismo en que las perlas, los trozos 
de metales preciosos y los anillitos de oro y plata fueron 
a suplantar los tonos brillantes que la paleta de la bor- 
dadora, compuesta de lanas, de sedas e hilillos de oro y 
plata, ponía en las telas, como el pintor en el cuadro.» 



- U2 - 

Muchas de las vestiduras de nuestras imágenes son 
de esta época, como las de las vírgenes, de trajes acam- 
panados, largos, con hombreras, talle en pico y tocas 
que cubren sus cabezas. 

MoUliai'io. — En España son numerosísimos y de ex- 
traordinario mérito los trabajos en madera calada y en 
madera tallada formando artísticos bajo -relieves, con 
que se construían en los siglos XVI y XVII muebles de 
sin par belleza. No menos aptos fueron los españoles para 
producir mobiliarios de prolija taracea, de los que se 
conservan preciados ejemplares. 

Los iniciadores de este bello estilo español, designado 
plateresco, son los eminentes artistas Alonso Berrugue- 
te, Jerónimo Hernández y G-regorio Pardo, los que ta- 
llaron un gran número de objetos y figuras en madera 
de nogal, de gusto y composición insuperables. Son no- 
tabilísimos, entre otros, las camas apabellonadas, mul- 
titud de arcas y arcones, suntuosas mesas, sillones, ta- 
pices, vajillas, etc., así como los cofres nupciales, re- 
galo que se hacía a las novias por parte de los padres o 
deudos, y que la formaban parte muy importante del 
ajuar de boda, de los que el Museo Arqueológico Na- 
cional posee magníficos ejemplares. 

La provincia de Toledo fué célebre por la producción 
de sus famosos muebles; ya en la Edad Media, y princi- 
palmente la ciudad de Vargas, ofrece en los siglos XVI 
y XVII los armarios llamados vargueños, de forma seme- 
jante a los escritorios, con muchos cajoncitos en su inte- 
rior, primorosamente labrados. Estos armarios, por el 
carácter de sus adornos geométricos, se aproximan al 



- 143 - 

gusto oriental, y son indudablemente en su origen le- 
gado de los árabes. La compuerta, adornada con placas 
caladas de hierro dorado y cerradura formada por dos 
largas planchas acanaladas, presenta un aspecto de 
riqueza acabadísima. Sostiene el mueble un pie que 
consta de cuatro soportes, con columnitas adosadas a 
los mismos, uniéndose entre sí los soportes por una gale- 
ría calada que suele ir ricamente ornamentada, a seme- 
janza del vargueño. Son sin duda una de las notas más 
características de nuestro mobiliario. 

España surtió por este tiempo a Europa entera de 
mesas, armarios y sillas guadamaciladas. 

Si bien es verdad que el mobiliario se ajustaba a la 
ostentación de la moda y era exuberante y profuso en 
riqueza, resultando algo enfático el estilo, verdad es 
también que es propio y original de España este arte 
decorativo, cuyas tradiciones yacen lastimosamente ol- 
vidadas. 

A la chimenea sustituyó en muchas habitaciones en 
esta época el brasero, con su tarima, de las que existen 
muy bellos ejemplares en hierro, chapeadas de latón y 
hasta algunos, no escasos, de plata; los tocadores, espe- 
jos, centros y otros muchos muebles fueron desde enton- 
ces más frecuentemente ejecutados en plata repujada. 
Como elementos de iluminación se extendieron asimismo 
los clásicos velones. 



- 144 - 

Felipe IV. — Aunque de carácter más animoso que 
su padre, entregó el gobierno, para quedar de su peso 
más aliviado, al Conde-Duque de Olivares, quien procu- 
raba divertir al rey constantemente con nocturnos y tea- 
trales galanteos o con fiestas y visitas de extranjeros, 
que en este siglo fueron muy frecuentes, hasta el punto 
de llamarse a España «Refugio de Coronas y asilo de 
desterrados». En tanto, los territorios españoles se disol- 
vían artística y amenamente, pues sabido es que nues- 
tro rey era poeta y escribía comedias, que firmaba con 
el seudónimo de «Un ingenio de la Corte». 

Este rey, aunque galán y enamorado, fué serio en su 
modo de vestir y de una elegancia y sencillez que con- 
trastaba con los trajes usados en los tiempos de su padre 
Felipe III. Aceptó, desde el comienzo de su reinado, el 
uso de ropas negras; y desde el día que juró su reino, 
ceremonia efectuada en San Jerónimo el Real en 1621, 
hizo ya buena impresión al pueblo de Madrid (que ávido 
de un celoso gobernante ponía en él su esperanza), cuan- 
do se presentó en el templo vestido de blanco, siguiendo 
la tradicional costumbre, pareciendo, según frase popu- 
lar, «un ángel salido del cielo, y el ser más agradable de 
la tierra» (1). En el transcurso de su reinado aceptó con 
predilección el traje negro, capa, calzado y sombrero de 
este color, como signo de distinción; moda que más ade- 
lante es imitada por todos y trasciende a Europa entera. 



(1) Véase Salazar de Mendoza: Jura de Felipe TV. Dase cuenta 
de los trajes y bizarrías de las damas y caballeros, y de los trajes 
que usaron. 



- 145 - 

En 8U época todas las prendas de vestir pierden 
aquel excesivo vuelo del reinado anterior, como los gre- 
güescos, que van adquiriendo la forma de bombachos, 
muchas veces menudamente acuchillados, y lo mismo 
ocurre con las gorgneras o lechuguillas, que poco a poco 
ceden en tamaño, hasta desaparecer por completo; pues 
la moda que apareció en Italia años antes, ya en tiem- 
pos de Felipe II, de cuellos llamados gorgueras alechu- 
gadas, de lienzo, encañonadas por medio de aparatos e 
instrumentos, con que adornaban la garganta de las mu- 
jeres y de los hombres, se extendió a toda Europa por 
las alianzas de los Médicis con la Corte de Francia; y 
no es que fuese cómoda esta clase de cuellos, sobre todo 
cuando se exageraron sus dimensiones, de las que se 
ocupan los escritores de la época, diciendo que eran cue- 
llos ahuecados como tubos de órganos, rizados como 
grandes coles y de tamaño como ruedas de molino, cuya 
altura, en sus últimos tiempos, medía un palmo. Estos 
cuellos fueron usados hasta que el rey Felipe IV los su- 
primió oficialmente por la Pragmática dictada en Enero 
de 1623. 

El mismo rey Felipe IV y la familia real sustituye- 
ron la lechuguilla por la valona, que invariablemente la 
vistieron hasta que se dejó de usar, porque la golilla se 
impuso, cuello que debe su aparición al mismo rey, el 
que, por efecto de enfermedad en la garganta, la hizo a 
su acomodo. 

La procaz golilla, como dice Puiggari, emblema de 
la gravedad española, era un cuello de hechura lisa, ge- 
neralmente con vainillas y puntos al aire, almidonado 



- 146 - 

y hueco, un poco vuelto o encorvado hacia abajo en su 
parte superior y cortado por delante; se le mantenía tie- 
so y separado en sus puntas por medio de un alambre, 
sujetándose a la ropilla por medio de cordones trenza- 
dos, y que solamente usaban los hombres; tal vemos el 
cuello con que más se representa al rey, a Velázquez, 
a Quevedo y demás personajes y gentes de la Corte de 
Felipe IV. Cuello, repetimos, que 
por su sencillez, comodidad y eco- 
nomía (1) en su aderezo, bien pron- 
to se extendió a todas las clases 
sociales y edades en los varones, 
teniendo su base en la tira superior 
de la camisa, que antes había he- 
cho las veces de cuello, y que fué 
creciendo hasta llegar a la proporción de las golillas. 

Es curiosa la siguiente nota de Sempere a este caso. 
«Las golillas tuvieron su principio en Enero de 1623, 
reformados que fueron los cuellos encañonados; y con la 
noticia que hubo de su introducción y primer autor, el 
Consejo hizo llevar ante sí las que estaban hechas para 
Su Majestad y para el señor infante Don Carlos, por su 
jubetero (que éste era el título que se daba al fabrican- 
te), con todos sus moldes e instrumentos; y habiendo pa- 
recido en él más invenciones y máquinas diabólicas, 
mandóse llevar a quemar públicamente y llevar preso 
al jubetero, y así y todo fué ejecutado. El Conde-Duque 
de Olivares y el duque del Infantado escribieron al Pre- 

(1) Según tasa de 1680, una golilla de hombre, sencilla, valía 
seis reales de plata. 




- 147 - 

Bidente del Consejo con ponderación del exceso cometido 
en una tal demostración, como el haber tratado así lo 
que estaba destinado para el uso de las personas reales, 
y a su artífice, faltando al decoro y atención que se les 
debía, y en la misma instancia pasó en persona a hablar- 
le D. Luis de Haro, sobrino del Conde-Duque. 

»E1 Presidente satisfizo al Conde-Duque, por papel 
de 21 de Enero de este año, con la relación de lo que 
con esto había pasado y asentado: que en el Consejo se 
ignoró que las golas fuesen para las personas reales. 
Ponderó la extravagancia de aquella introducción y 
cuan remota era de la reformación que se trataba de 
hacer de trajes. La transgresión de la ley violada en ello, 
por estar forrados en tafetán azul aquellos instrumentos 
sobre los que las valonas de lienzo claro habían de caer, 
siendo prohibido este color aun en las mujeres, y final- 
mente, el daño que este principio causaría a su obser- 
vancia y timidez el entablarla a los ministros. A esto 
respondió el Conde-Duque que nada era más justo que 
intimidase a todos el respeto de cuanto a S. M. podía 
tocar; que el intento era el ahorro y cada golilla podía 
servir diez años y aun era poco; que el color azul, a su 
entender, no se prohibía por color tal, sino para excusar 
el uso de los polvos de las islas inobedientes, pero que 
en todo le parecía lo mejor lo que resolviese el mismo 
Presidente» . 

Por fin triunfó la golilla, y este fué el cuello predi- 
lecto que usó el rey y toda la nación después. 

Así decía Jovellanos, «que las golillas, prohibidas y 
quemadas por mano del verdugo en la plaza de Madrid, 



- 148 - 



honraron dentro de pocos años a todos los cuellos es- 
pañoles». 

Las costumbres desenvueltas y el lujo fueron las no- 
tas dominantes del reinado de Felipe IV. Y si bien es 
cierto que el lujo en el vestido, sobre todo en los hom- 
bres, no fué tan extraordinario como el del reinado an- 
terior, efecto sin duda de la penuria económica de estos 
tiempos, en cambio el alarde de lujo en los nobles, y 
sobre todo en las mujeres, formó contraste terrible con 
la miseria del pueblo; pues la riqueza de los trajes en 
las ceremonias palatinas, las carrozas, las literas, el oro 
en profusión, deslumhraban a hombres y mujeres, que 
rendían honor a la codicia para más engalanarse. El 
ejemplo de este desorden lo daba el rey a los cortesanos 

con su vida licenciosa; 
éstos a las clases infe- 
riores, y todos perturba- 
ba n la opinión y trastor- 
naban las costumbres 
públicas en el reino. 

Las mujeres dejan los 
vestidos acampanados, 
que aún se usaban en 
los primeros tiempos de 
Felipe TV, y los sustitu- 
yen por otros muy am- 
pulosos por su exagera- 
do vuelo, con aquella serie de armaduras o miriñaques 
grandes, sobre los que colocaban el tontillo guardainfan- 
te, ridiculamente abultado, y que las semejaba a tone- 




- 149 - 

les, pues igual exagerado ruedo tenían las sayas en la 
parte de arriba que en la de abajo. En estos vestidos, el 
uso provocativo del escote descubriendo con desenfado la 
garganta, hombros y pechos, ocupó con gran insistencia 
a Alonso de Carranza, que escribía: «Concurren a un 
tiempo en este traje, ancho y pomposo, de que usan las 
primeras de nuestras españolas, y a su imitación gran 
parte de las de inferior suerte o esfera, ser costoso y su- 
perfino, penoso y pesado, feo y desproporcionado, lasci- 
vo, deshonesto y ocasionado a pecar, asi las que le usan 
como otros por causa de ellas. 

>Es traje impeditivo en gran parte a las obligaciones 
y acciones domésticas que corren por cuenta de señoras 
de familia; perjudicial a la salud y a la generación hu- 
mana, a la conciencia y a la causa pública. El nuevo 
uso del traje pomposo con tanto ruedo y descompasada 
latitud, viene a ser doble de lo que corría hará seis u 
ocho años. Con lo pomposo de las enaguas, polleras, ver- 
dugados y guardainfantes, con faldellines de telas ricas 
de oro y otras telas de seda, con chapines resplandecien- 
tes, medias, ligas, zapatos y zapatillas y rosas muy pom- 
posas, son el sambenito que Dios echó a los hombres por 

el pecado.» 

Llama a la mujer incesante navio, tartanas a viento 
lleno, con que acotan las calles y callejuelas; «son costo- 
sos, añade, por la gran suma y cantidad de telas de oro, 
seda, lana y lienzos, que gastan y rompen necesaria- 
mente al tropezar a cada paso con cuanto hallan, pues 
a veces, entre jirones y mala traza parecen más mendi- 
gas que señoras». 



- 150 - 

Ridiculiza con extraordinario furor los excesivos es- 
cotes, y también escribe sobre el traje de los hombres: 
«Vemos paulatinamente desterrado — dice — el uso de las 
calzas atacadas con que los hombres andaban embara- 
zados y tiesos como almidonados o óticos 
confirmados». Les ridiculiza las guedejas, 
etcétera, y aplaude que Su Majestad jus- 
tísimamente prohibiera el uso de los cue- 
llos de lechuguilla por la Pragmática del 
año 1623. 

Sobre estos vestidos tan escotados se po- 
nían las mujeres variedad de mantos para 
salir a la calle, que por su finura y trans- 
parencia nada cubrían el traje. 

Las sayas monjiles mangueadas y de es- 
capulario, que usaban las dueñas, las viu- 
das, o ya por ofrecimiento, como en hábitos, etc., se 
visten mucho durante este tiempo de Felipe IV. 

Los chapines y demás calzados de tacón elevadísimo 
y protegidos de gruesas suelas de corcho, dan lugar a 
diversas Pragmáticas regulando su tamaño. 

El tocado de la mujer a partir de este reinado fué 
completamente distinto al hasta entonces usado. Se le- 
vantó el cabello, formando como un casquete posterior 
con pequeño pero elevado moño sujeto con colonias o 
nudos de encaje, y atusado por delante y ambos lados, 
formaba varias trenzas o bucles, en los que a veces se 
colocaba uno o más lazos hacia detrás. La raya al lado 
era muy usada, y más característico aún de las damas 
de esta época son las dos caídas de mechón de pelos ri- 




151 




zado8 a los lados de la cara, como vemos los pintó Veláz- 
quez y describió Quevedo de tan singular modo. Se usa- 
ban también escofietas y bonetillos característicos, co- 
llares de perlas sobre el escote, 
puños con randas de punto de 
España y otros mil aderezos. 

Aquel monarca, el más hábil 
y aplaudido maestro de armas 
de su siglo, vistió siempre con 
elegancia suma, y poco afecto a 
frivolidades en el traje, llamó 
extraordinariamente la atención 
su sencillez en la entrevista que tuvo con Luis XIV, 
en 1659, en la Isla de los Faisanes (en el Bidasoa), 
donde el contraste entre los vistosos y abigarrados co- 
lores de los uniformes franceses y los hábitos negros de 
nuestros cortesanos, no podía ser mayor. 

El español de tiempo de Felipe IV vestía ropas más 
ajustadas, con calzones, especie de bombachos más lar- 
gos y estrechos que los usados hasta entonces. 

Pero como en la moda, al igual que tantas otras co- 
sas, se procede por transiciones, aun durante todo el 
primer período del reinado de Felipe IV se continuaron 
usando los acuchillados en las prendas confeccionadas 
ya con arreglo a los nuevos modelos, aunque de un modo 
especial. Los jubones, las mangas de éstos y los calzo- 
nes bombachos se acuchillaban con sencillos cortes de 
poca extensión y dados con la punta de la tijera, por los 
que se distinguía la ropa blanca interior, asimismo que 
por entre las franjas o abertura de las mangas, sobre 



152 - 



todo en los trajes de cierto carácter militar, como en el 
del modelo adjunto. Estos acuchillados desaparecen por 
completo después del año 1640. 

El calzón, al principio muy ancho, 
bajaba hasta más abajo de la rodilla, 
dejando al descubierto, por consiguien- 
te, la media, que había sustituido a las 
calzas, y la que, juntamente con el cal- 
zón, se ataba por bajo de la rodilla me- 
diante ligas o lazadas de cintas, que sa- 
lían por fuera de los lados de la pierna. 
En las costuras laterales del calzón lle- 
vaban una hilera de botones. Las calzo- 
nas sueltas y abiertas por abajo también 
se llevaban, y adornaban sus bordes con 
encaje ancho o con lazos de cintas col- 
gantes y aun con espesas rosetas en la 
parte de fuera o límite inferior de la ealzona. En vez de 
jubón llevaban ropilla, o sea una prenda abotonada que 
llevaba hileras de botones en su parte anterior, con 
mangas y aidetas, o especie de faldilla que cubría hasta 
las ingles. 

Las mangas de la ropilla, con picados, tenían a menu- 
do abierta la costura de la cara anterior, la cual, aun- 
que se podía abrochar, veíase por ella la camisa u otra 
manga interior y exprofeso; estas mangas de la ropilla, 
las más de las veces de tela floreada, se introducían por 
las anchas bocamangas áéi perpunte o del coleto, como se 
ve muy frecuentemente en los retratos en que se repre- 
senta a Velázquez y otros personajes de aquel tiempo. 




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- 153 - 

"El perpunte, derivado del antiguo coleto, que era sin 
mangas, a modo de jubón guateado y aballenado, para 
que sirviera de coraza, procuraba la rigidez del pecho 
por medio de ballenas, en defensa de las armas blancas. 
Solía hacerse de piel de búfalo o de ante, y su faldón se 
componía de cuatro o seis piezas ensanchadas por abajo. 

Sobre la ropilla colocábase el cuello; primero fué la 
lechuguilla, luego la valona y por último la golilla, que 
siguió en uso por el resto del siglo XVII. Se ponían la 
banda o tahalí para colocar la espada al lado izquierdo 
y la daga al derecho, la que a veces co- 
locaban por encima de la capa. El fe- 
rreruelo o capilla corta aún se seguía 
usando, y la capa propiamente española, 
más larga y con más vuelo, fué típica de 
este reinado, la que a veces también se 
adornaba con una o varias hileras de bo- 
tones en la capucha. 

El zapato, teñido generalmente de 
negro y de punta ancha y cuadrada, se 
llamaba de roseta, por llevar en la parte anterior un 
sinnúmero de lazadas de cinta, bordeadas de encajes de 
oro entre los nobles y sin encaje en las demás gentes. 
La bota también era empleada para el campo, viaje y 
otros muchos usos, pues como apenas existían medios 
para conducirse de uno a otro lado, era muy frecuente 
presentarse un personaje en los salones provisto de su 
alta bota de ante con su correspondiente espuela de 
pato, etc. 

Los guantes, con largas manoplas que cubrían los 




- 154 - 

bordes de las mangas, llevaban a veces calados y pri- 
morosas labores ejecutadas a mano. 

El sombrero, negro las más de las veces, y de color 
gris con forro rojo, que rebasaba parte del ala, ancha y 
doblada ésta a la chamberga, con ricos cintillos y joye- 
les, era adornado además con abundantes plumas, care- 
ciendo de éstas en los de los criados, y ciertas clases so- 
ciales se distinguían por la cinta o toquilla del sombrero, 
la que a, veces era una cintilla adornada de pedrería 
fina; y es curioso citar, a propósito del sombrero cham- 
bergo, el cortesano y elegante saludo que con él solía 
hacerse: al tiempo mismo de saludar se inclinaban los 
hombres respetuosamente, y asiendo con la mano dies- 
tra el ala izquierda del sombrero, se descubrían con ga- 
llardía tal, que el brazo derecho describía un arco hasta 
parar en el costado derecho, en tanto que la posición del 
sombrero se invertía de modo distinto a como se colo- 
caba en la cabeza. 

También la gorra se usaba muy adornada, en las 
grandes solemnidades particularmente, y la montera en- 
tre los lindos pisaverdes. 

Los hombres llegan a afeminarse con el excesivo 
crecimiento del cabello, hasta formar copete, guedejas 
y usar jaulilla, moda introducida en España por los fran- 
ceses cuando el casamiento de Doña María Ana de Aus- 
tria con Luis XIII, hija de Felipe III; pues los españoles 
desde entonces se dejaron crecer extraordinariamente el 
pelo, y para componer su tocado de perilla, bigote y 
guedejas, que rizaban y encaracolaban artificiosamente, 
hubo necesidad de emplear peluqueros. Sólo en Madrid 



- 155 - 

llegaron a cuatro rail los artífices de este manejo, que 
cuando se trataba de calvos, ya les procuraban pelucas 
y demás adornos hasta entonces no conocidos. Mas ade- 
lante los soldados llevaban recogido y atado el pelo, el 
que subían hasta el vértice de la cabeza, donde le suje- 
taban; el de la frente se lo echaban atrás o levantaban 
en forma de tupé, y el de las sienes lo rizaban en bucles. 

Las guedejas y golillas en los hombres y el guarda- 
infante y escote en las mujeres son los dos signos que 
más revelan la época del reinado de Felipe IV, viniendo 
a ser como el vivo trasunto de la España del siglo XVII. 

La Corte de Felipe IV sobrepujó en alardes de opu- 
lencia y disipación a las de sus predecesores, y aun 
cuando, en rigor de verdad, el lujo estuvo poco más mo- 
derado y arraigó el uso de la golilla, por ser, como he- 
mos dicho, menos costosa y de menos embarazo, tam- 
bién fué más parco el uso de pedrerías, guarniciones y 
bordados. 

Llegó, sin embargo, a tal grado el abuso de las gue- 
dejas y del guardainfante, que fué necesario legislar a 
tal fin, mediante bandos publicados en 13 y 23 de Abril 
de 1639, lo siguiente: 

«Manda el rey nuestro señor, que ningún hombre 
pueda traer copete y jaulilla, ni guedejas con crespo u 
otro rizo en el cabello, el cual no pueda pasar de la ore- 
ja; y los barberos que hicieren cualquier cosa de las su- 
sodichas, por la primera vez caigan o incurran en pena 
de veinte maravedís y diez días de cárcel, y por la se- 
gunda la dicha pena doblada y cuatro años de destierro 
de esta corte o del lugar donde vivieren, y por tercera 



- 156 - 

vez sea llevado por cuatro años a presidio para que en 
ellos sirva; y las personas que trajeren copete o guede- 
jas y rizos en la forma dicha, no se les dé entrada en la 
real presencia de S. M. ni en los Consejos, y los porteros 
se lo prohiban, y los ministros no les puedan dar au- 
diencia, ni oigan sobre sus pretensiones, reservando a 
los señores del Consejo poder hacer la demostración y 
castigo que convenga, según la calidad y estado de las 
personas y el exceso; y sin que en cuanto a lo susodicho 
se pueda valer del privilegio de (fuero) por ser de las 
cinco Ordenes militares, soldado aunque sea de la guar- 
da, u hombre de armas, ministro titulado del Santo Ofi- 
cio, familiar u otra cualquiera que sea», etc. 

El otro bando dice así: 

«Manda el Rey nuestro señor: que ninguna mujer de 
cualquier estado y calidad que sea, no pueda traer ni 
traiga guardainfante u otro traje semejante, excepto 
las mujeres que con licencia de las justicias pública- 
mente son malas de sus personas, a las cuales sola- 
mente se les permite el uso de los guardainfantes, para 
que los puedan traer libremente y sin pena alguna pro- 
hibiéndolos; y se prohiben a todas las demás para que 
no los puedan traer, y así mismo ordena: que ninguna 
basquina pueda exceder de ocho varas de seda ni tener 
más que cuatro varas de ruedo, y que lo mismo se en- 
tienda en faldellines, manteos o lo que llaman polleras 
y enaguas; permitiéndose como se permite que pueda 
traer verdugados en la forma que se ha acostumbrado 
con las dichas cuatro varas de ruedo y no con más; y 
también se prohibe que ninguna mujer que anduviere 



- lfS7 - 

en zapatos pueda uaar ni traer los dichos verdugados ni 
traer otras invenciones ni cosa que haga ruido en las 
basquinas y que solamente pueda traer los dichos ver- 
dugados con chapines que no bajen de cinco dedos. Así 
mismo se prohibe que ninguna mujer pueda traer jubo- 
nes que llaman escotados», etc., etc. 

A pesar de tanto legislar, todo quedó reducido a 
estas disposiciones, puesto que el desenfreno de vestir y 
de costumbres siguió, como se infiere del Real decreto 
dirigido a D. Francisco de Contreras, Presidente del 
Consejo, con fecha 11 de Noviembre de 1649 y la Prag- 
mática de 11 de Septiembre de 1657. 

Aun cuando en esta época el barroquismo se inició 
en las modas asaz exagerado, es lo cierto que, a partir 
del siglo XVII, toman en nuestro país los trajes fisono- 
mía más original y propia que en los siglos anteriores; 
aspecto que perdura hasta el siglo XVIII, en que la 
moda afrancesada impera entre nosotros, no obstante 
ser el traje popular de los majos, chisperos y manólas 
el más original y gracioso que caracteriza a España. 

De la amplia capa del siglo XVII y de los mantos, 
amplios o de tira, del mismo tiempo, data el arraigo de 
la clásica capa en los hombres y la mantilla en las muje- 
res, que tanto carácter y donaire dan a nuestra indu- 
mentaria nacional. 

Los caballeros, como decimos, no fueron tan sobrios 
en el vestir como el rey, prodigando los colores y exor- 
nes en sus trajes; las prendas fueron adquiriendo cierto 
aspecto extranjero, flamenco o francés, como vemos en 
el gran retrato de D. Tiburcio Redín (número 789 del 



- 158 - 




Museo del Prado), cuyo traje militar se componía, se- 
gún el Catálogo extenso, de «cuera adobada, con la faja 
rosada de maestre de campo por en- 
cima, calzón colorado, no ancho, la- 
zos verdes, bota negra a la valona y 
las espuelas caladas; sobre la cuera 
una casaca chamberga negra, des- 
abrochada, bordada de plata en las 
bocamangas, y con lazos, también 
de plata, en las costuras de los bra- 
zos y en la botonadura. Amplia valo- 
na flamenca y rico talabarte tejido 
de plata, completan, con el sombrero, 
el traje de este caballero.» Realmen- 
te, entre el traje militar y el civil, 
no se pueden establecer grandes diferencias en este 
tiempo . 

El paseo favorito de las damas y galanes del si- 
glo XVII era la calle Mayor, llamada así por ser la vía 
más amplia que por aquel tiempo tenía Madrid, y la que, 
a semejanza de nuestra calle de Alcalá, se veía concu- 
rrida a todas horas. Era la lonja de mercaderes, llena de 
tiendas, las mejor provistas de chamelotes, guardainfan- 
tes a la medida, con las seis varas de vuelo reglamen- 
tario, enaguas de beatilla, con puntas, chapines con he- 
billas de plata, zapatos de ponleví, saboyanes y man- 
tos de humo, y cortes de estufilla, cintas y galones de 
plata, oro, etc., etc. 

En esta calle es donde las mujeres lucían con más 
garbo los guardainfantes, basquinas, los chapines con 



- 159 - 



8U8 virillas de plata y oro y con tacones de siete pisos; 
los mantos de humo, de soplillo, de corte y de marta o 
estufilla en invierno, y adonde acudían también los lin- 
dos con sus tiesas lechuguillas, concusas y vistosas ca- 
pas con botones y golillas almidonadas, ferreruelos y 
ropilla: todos con su continuo ruar a pie, a caballo o 
en literas, con vistosas libreas, etc. Este conjunto daba 
a la calle Mayor el aspecto más pintoresco y alegre de 
la corte, la que desfilaba ante las gradas de San Feli- 
pe el Real, vulgo Mentidero, que se extendía hasta los 
confines de la Puerta de Guadalajara. 

En esta vía fueron tan visibles el desenvolvimiento 
de costumbres, la libertad en el vestir y hablar, que 
hubo de intervenir la Inquisición soberana y la autori- 
dad real para impedir el escándala a que se prestaban, 
no sólo la murmuración diaria, Sino el provocativo 
paseo de las damas y galanes, lás*que a veces se tapa- 
ban la cara para mayor libertad, dando motivo a dispo- 
siciones como la de «que ninguna mujer pudiera salir a 
la rúa, bi en coche, ni a pie, con el rostro cubierto con 
el manto, ni con cortinas tiradas al intento, so pena de 
multa y encierro». 

El día 8 de Octubre de 1621 se vieron sorprendidos 
los asiduos concurrentes a este paseo favorito, por los 
esbirros, que, por orden superior, saquearon las tiendas 
de vestir y joyerías, por contravenir a las ordenanzas 
dictadas en las Pragmáticas, vendiendo artículos prohi- 
bidos: los esbirros formaron enorme pira con las valo- 
nas, zapatillas bordadas, almillas, ligas, bandas, puntas, 
randas, abanicos, golillas, puños, aderezados y otras 



- 160 - 

muchas galas, haciendo con todo una quema pública, 
devorándolo las llamas, y cuya pérdida ascendió, según 
los Avisos de entonces, a muchos cientos de ducados. 

No obstante ser tan manifiestos los esfuerzos de la 
autoridad Real para evitar el lujo y tantos los bandos 
dictados a este particular, no hubo medio humano para 
corregir las extralimitaciones, que alcanzaron a todos 
los órdenes de la vida, comenzando por incurrir en ello 
quien lo anatematizaba. 

Las memorias que nos quedan de las grandes fiestas 
en la Plaza Mayor, generalmente de toros, en que loa 
caballeros rejoneaban y toreaban, así como las teatra- 
les, celebradas en el nuevo palacio y jardines del Buen 
Retiro, alternando con procesiones y cofradías, nos dan 
la idea más exacta de la frivola vida de aquel monarca, 
que nunca pensó en la misión que le estaba enco 
mendada. 

Los más famosos poetas halagaban su vanidad, ce- 
lebrando sus proezas, como cuando mató un toro de un 
arcabuzazo desde su palco en la Plaza, en que envidia- 
ban la suerte del toro, p cuando componía algunos ver- 
sos; y de la ostentación y petulancia de algunos caba- 
lleros sobrevinieron desgracias, como la del conde de 
Villamediana, cuyo asesinato fué tan comentado. 

Proporciona una galería de trajes españoles del si- 
glo XVII, acompañada de documentos irrecusables, aun- 
que prolija en detalles, el cuadro de costumbres españo- 
las que hizo D. Juan Zabaleta acerca del galán y la 
dama de este tiempo; de él extractamos algunos párra- 
fos, acomodándolos a nuestro intento: 



- 161 



«De3pierta el galán a las nueve de la mañana el día 
de fiesta, atado el cabello atrás con una colonia (cinta de 
dos dedos de ancha), que lo mismo la usan damas que 
galanes, diciéndose de las primeras, que se ponían el 
pelo tan lleno de colonias que semejaba a un jarrón flo- 
rido. Pide ropa, y dánsela limpia y perfumada. Pónese 
un jubón cubierto de oro, cálzase 
luego y pónese unas medias de pelo 
de seda tan sutiles, que, después de 
habérselas puesto con grande cui- 
dado, es menester cuidado grande 
para ver si las tiene puestas; ajús- 
talas a las piernas con unos atade- 
ros tan apretados, que no parece 
que aprietan, sino que cortan. 
Llega el zapatero y saca de las 
hormas los zapatos, y a fuerza de 
tirones y torturas le pone éstos. 
Pónese en pie el paciente, fatiga- 
do, pero contento de que los zapa- 
tos le vengan angostos. El zapatero 
agujerea las orejas del zapato, pasa la cinta, aj lístalos y 
hace fuertemente el nudo. Hace la rosa después con más 
cuidado que gracia. Sale el zapatero, dejando a su due- 
ño de movimientos tan torpes como si le hubiesen echa- 
do unos grillos. 

«Entra el barbero, pide lumbre para los hierros y 
dice que pongan el escalador en la lumbre; le pone un 
peinador muy plegado, que es lo mismo que ponerle unas 
enaguas por el cuello. 




11 



- 162 - 

• Rodea al lindo una toalla al cuello del peinador, en 
forma de muceta, y ajusta bien detrás de las orejas el 
cabello; echa el agua en la vacía, encájasela por la 
muesca en la garganta y déjale la cabeza como cabeza 
degollada que llevan de presente. Coge los hierros ca- 
lientes, atusa el cabello, y después de muchas tenazadas 
los deja tan enmarañados al rostro y tan aguzados de 
puntas, que más parecen fingidos con un pincel que ali- 
ñados con un hierro, semejándole asi a cara de retrato. 
Terminada esta faena, el galán se lava las manos y pé- 
nese la golilla, que es como meter la cabeza en un cepo. 
Está la golilla aforrada en blanco, por dejar de la valo- 
na no más de algunos visos. 

«Estréchase en la ropilla, muriendo por quedar muy 
entallado. 

»En estando en esta fuerza metido en cintura, des- 
enlaza la colonia, que le aprisiona el cabello. Toma el 
peine de desenredar, y derrama en ondas por los hom- 
bros la guedeja. 

»Echa la cabeza hacia atrás y ahuécase la melena 
en forma de espuma. 

»Toma la espada; se la pone con la vaina abierta a 
fin de tener más facilidad para sacarla a cualquier desa- 
fuero. Un criado le coloca la capa de bayeta, rodeada 
toda de puntas al aire (encaje), cuajado el cuello y los 
escudos, tan erizada por donde quiera, que da miedo 
tocarla con la mano. Toma luego el sombrero de castor 
labrado en París, tan negro y luciente como el azaba- 
che, y de crecido precio. Ordena con las manos las pun- 
tas de humo de la toquilla. Se pone el sombrero en la 



163 



cabeza, y dánle el espejo, en el que se hace el galán una 
visita al verse tan compuesto como lucido. El lindo deja 
el espejo, compone con ambas manos las faldas de la 
ropilla y empieza a caminar a la calle; vase a misa, y 
torna al paseo poniéndose los guantes de manopla bor- 
dados», etc., etc. 

El retrato de la dama no es menos interesante. 

«Amanece el día de fiesta para la dama; se levanta 
del lecho y entra en el tocador en 
enaguas y justillo. Se sienta en una 
almohada pequeña; engólfase en el 
peinador, pone a su lado derecho 
la arquilla de los medicamentos de 
la hermosura y saca mil aderezos. 
Mientras se traspinta por delante, 
la está blanqueando por detrás la 
criada. En teniendo el rostro ade- 
rezado, parte al aliño de la cabeza. 
Peinase no sin trabajo, porque halla 
el cabello apretado en trenzas. Re- 
coge parte de él y parte deja libre, 
como al uso se le antoja, que es llevarlo crecido. Pénese 
luego lazadas de cintas de colores hasta parecer que 
tiene la cabeza ñorida. Esto hecho, se pone el guardain- 
fante. Este es el desaliño más torpe en que el ansia de 
parecer bien ha caído. Echase sobre el guardainfante 
una pollera, con unos ríos de oro por guarniciones. Co- 
loca sobre la pollera una basquina con tanto ruedo, que, 
colgada, podía servir de pabellón. Ahuécasela mucho 
porque haga más pompa. Entra luego por detrás en un 




- 164 - 

jubón emballenado, el que queda como un peto fuerte. 
Este jubón, según razón, debía de rematar en el cuello, 
mas por delante se queda en los pechos, y por la espal- 
da en la mitad de las espaldas; los hombros al descu- 
bierto también y las mangas abiertas en forma de bar- 
co, en una camisa que se trasluce. Lo que tiene muy 
cumplido el jubón, quizá porque no es menester, son loa 
faldones, y tan cumplidos y tan grandes, que, echados 
sobre la cabeza, pueden servir de mantellina. 

»Llega la valona cariñana (llamada así por ser tomada 
de la princesa de Carignan, que estuvo en Madrid), que 
es como una muceta con miles de labores. Esta se pren- 
de todo alrededor del corpino y próxima a los hombros 
y escote. Por la garganta, y sobre la valona, corre un 
chorro de oro y perlas. Colócase como sobretodo un 
manto de humo, llamado así por lo sutil, quedando el 
traje transparentándose en el manto. Los guantes de 
vueltas labradas, la estufilla de marta, en invierno, y el 
abanico, en verano, son los indumentos que completan 
este traje de la dama para salir a la calle en día de fies- 
ta, el que de ordinario se viste también.» 

Fuente de información gráfica la tenemos tan impor- 
tante como las obras del inmortal Velázquez, que cons- 
tituyen una verdadera galería de indumentaria. 

A Felipe IV le retrató Velázquez en diversas ocasio 
nes, y ya le pusiera en traje de cazador, ya armado a la 
jineta o cabalgando en un fogoso corcel de batalla, 
como ennoblecía cuanto tocaban sus manos, sin necesi- 
dad de recurrir a insignias de rey, seguro estaba de que 
reconocerían en el retrato el continente y apostura de 



- 165 - 

8U rey todas las damas, cortesanos y gentes de su época. 
Formando pareja con el retrato ecuestre del rey, reto- 
có Velázquez el retrato, también ecuestre, de Doña Isa- 
bel de Borbón, primera esposa del monarca, pintado por 
Bartolomé González, que es una maravilla del pincel 
y de realismo, donde se pone de relieve la rica indu- 
mentaria de la reina. ¡Lástima que el original de Veláz- 
quez ee halle en la galería imperial de Viena! Son tam- 
bién notabilísimos los retratos, el ecuestre y de caza- 
dor, del príncipe Baltasar Carlos, hijo mayor del rey, 
donde luce apostura y gallai día incomparables tan sim- 
pático niño, constituyendo también un modelo de indu- 
mentaria de la época. En 1651 retrató por primera vez 
a la segunda esposa de Felipe IV, Doña Mariana de Aus- 
tria, y a la hija de ésta, la infanta Doña Margarita, en 
su niñez, así como a otras personas reales. Todos estos 
lienzos, salvo el citado de la primera esposa del rey, se 
hallan en nuestro Museo del Prado. 

Al Conde-Duque, a quien Velázquez debía grandes 
favores, le representó «armado con coraza de bruñido 
acero, tachonada de adornos de oro, erguido de cabeza, 
con sombrero y plumas a la chamberga», volviendo el 
rostro hacia el lado izquierdo con marcial talante y arte 
lisonjero para disimular lo giboso de la espalda del 
Conde. Lleva rica valona de encajes de Flandes, banda 
terciada desde el hombro derecho y de su tahalí pen- 
diente la lujosa espada; monta en un brioso alazán, que 
dirige con la mano izquierda, y con la derecha tiene le- 
vantado el bastón de general. En el fondo se ve la ima- 
ginaria batalla que dirige. 



- 166 - 

El cuadro llamado Las Menmas presenta a la iz- 
quierda del espectador el propio retrato de Velázquez, 
haciendo el de Felipe IV y de su esposa Doña Mariana de 
Austria, pintado hacia el año 1656 al 1657. Ambos mo- 
narcas se ven reflejados en un espejo colocado al fondo 
del estudio. En primer término y en el centro está la 
infanta Doña Margarita, hija de ambos, como de seis 
años de edad, con pomposo guardainfante y peinado 
con raya, a quien ofrece su menina doña María Agus- 
tina, arrodillada, un búcaro de agua, y al otro lado, de 
pie, se halla otra menina, doña Isabel de Velasco, que 
difícilmente puede moverse con su gran guardainfante. 
La más noble pintura del cuadro es la del pintor Veláz- 
quez, que jamás se retrató con más esmero. Se halla a la 
izquierda del cuadro y en actitud de tocar en el lienzo 
que tiene delante. Al lado derecho aparecen las figuras 
casi claustrales de la dama de honor doña Marcela de 
Ulloa, y otro personaje de tipo rodrigón, dibujándose, 
por último, en el fondo, en actitud de salir por una puer- 
ta, al aposentador de la reina, D. José Nieto. Ocupan la 
derecha los dos enanos Mari-Barbola y Nicolasito Pertu- 
sato, pisando éste al perro favorito. Este admirable cua- 
dro ofrece un conjunto de indumentaria característico; 
pero donde más puede estudiarse la del tiempo de Ve- 
lázquez en todas las clases sociales, es en la famosa Vis- 
ta de Zaragoza (núm. 789 del Museo del Prado), pintada 
por Juan B. del Mazo y avalorada en primer término 
por las preciosísimas figuras con que la ilustró su suegro 
Velázquez, constituyendo cada una un acabado modelo; 
a esta obra pueden añadirse otras similares, de las mis- 



- 167 - 

mas manos, como la Caza del jabalí en el Hoyo, y la del 
tahladillo, existentes en el extranjero, pero de las que 
contamos con buenas copias. 

En ellas vemos representados los tipos de todas las 
clases sociales: desde los reyes a los mendigos, eclesiás- 
ticos, aristócratas, tapadas y valientes, monteros y cria- 
dos, con sus carrozas y cabalgaduras, de todo, en fin, 
cuanto constituía el menaje de la sociedad de aque- 
llos días, retratada por el maravilloso pincel del gran 
maestro. 

A su propia hija retrató con traje un tanto popular, 
cubriendo su cabeza con la clásica mantilla, o reboci- 
llo, aunque dándole cierta distinción en las mangas y en- 
guantadas manos, sosteniendo con la diestra un abanico. 



Sobre esta época y otras anteriores dejó el Sr. Poleró una serie 
de curiosos apuntes y dibujos inéditos, que guardan los Sres. Mar- 
queses de Argüeso con gran aprecio. 




- 168 - 

Carlos II. — De edad de cuatro años heredó la Coro- 
na de España, en 1665, por muerte de su padre Feli- 
pe IV. Regentó el Reino su madre Doña Mariana de Aus- 
tria por espacio de muchos años, y aun cuando esta se- 
ñora era alemana, el gusto francés empezó a invadir 
nuestra nación. Por entonces diferian mucho las modas 
de España de las de aquel país, y era difícil prever que 
apenas llegado nuestro rey a la mayor edad, tanto ha- 
bían de subyugarnos las modas de Francia. Sin embargo, 
el primer ensayo de influencia francesa en las modas 
fué debido a la creación de la guardia que la reina ma- 
dre instituyó para defensa propia y de su hijo. Estas tro- 
pas fueron uniformadas con trajes de moda afrancesada 
para diferenciarlas en todo de las restantes que había 
en España. 

Más tarde, en 1679, Carlos II casó con Doña María 
Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, de la que estuvo 
muy apasionado, y para obsequiarla mandó que al tiem- 
po de recibirla en Madrid por primera vez, la Corte hi- 
ciera los honores vestidos todos a la francesa. Su Ma- 
jestad, adornado con loa diamantes de Ambos Mundos y 
sombrerillo con plumas blancas, realzado con la preciosa 
perla llamada la Peregrina, la más bella de las perlas cé- 
lebres, montó sobre brioso alazán y salió a esperar tam- 
bién a la reina. A pesar de estas manifestaciones de 
afrancesamiento, el pueblo no se dejaba influir fácilmen- 
te por los trajes de aquel país, y España, en general, re- 
chazaba las pretensiones del cambio de traje nacional, 
el que seguía vistiendo sin alteración notable, con la go- 



- 169 - 

lilla y pelo suelto, como había venido usílndose durante 
todo el siglo XVII. 

Las principales variantes que se introdujeron en el 
traje por la moda francesa, fueron: en el hombre, la 
sustitución del jubón por la casaca de manga corta con 
ancha bocamanga y gran puñera de encaje, la corbata 
de lo mismo en vez de la golilla o valona, el sombrero 
de tres candiles y el pelo muy suelto, pero sin aceptarse 
la gran peluca postiza de melena de león francesa, com- 
pletándolo altas medias sobre el calzón, con ligas por 
bajo de las rodillas; el calzado lo constituyó el zapato 
de cuero negro con tacón rojo, orejas y gran hebilla, 
pendiendo el espadín de la cintura. En las mujeres los 
cambios fueron más radicales, como veremos. 

Carlos II publicó la Pragmática en 23 Enero de 1675, 
estableciendo en ella varias ordenanzas sobre la ley, 
peso y medida que deben tener los tejidos de seda y lana. 

«En cuanto a vestidos — dice— de hombres y mujeres, 
permitimos se puedan traer de terciopelo lisos y labra- 
dos, negros y de colores terciopelados, damascos, rasos, 
tafetanes lisos y labrados y todos los demás géneros de 
seda, como sean de fábrica de estos reinos de España y 
sus dominios y de las provincias amigas aún con quienes 
se tiene comercio con calidad, y que todas las mercade- 
rías de este género que entraren de fuera hayan de ser 
del peso y medida, marca y ley que deben tener las que 
se labran y fabrican en estos nuestros reinos, en confor- 
midad de lo que disponen las leyes.» 

Para formarse idea del traje en tiempos de Carlos II, 
es notable el gran lienzo llamado La cortina, que se con- 



- 170 - 




serva en la sacristía del Monasterio de El Escorial para 
cubrir las Santas Formas incorruptas, donde aparece 
Carlos II, con todos los más principales personajes de la 
Corte, adorándolas. La empezó a pintar 
Francisco Rizi y fué acabada por Clau- 
dio Coello. 

Obra notabilísima por todos concep- 
tos, y más aún como fuente de indumen- 
taria, es el Auto de fe celebrado en Ma- 
drid en la Plaza Mayor el 30 de Junio 
de 1680, cuadro digno de consulta por 
sus tipos, indumentaria y por mil deta- 
lles históricos que nos presenta admira- 
blemente autentizados, y donde la in- 
fluencia francesa en los trajes españoles se pone muy de 
manifiesto. Es también obra de Francisco Rizi. 

Mobiliario del siglo ZFI/.— Son notabilísimas las si- 
llas de manos de gran lujo, embutidas de plata, con tela 
de brocado y bordados de oro. Fernández de los Ríos 
hace relación de una infinidad de ellas, entre las que 
está la que el duque de Montalvo, teniente virrey de 
Sicilia, regaló en 1637 a nuestra reina Doña Isabel de 
Borbón, primera esposa de Felipe IV, que era de ébano 
incrustado en plata y coral, con tela de brocado y bor- 
dado de corales y oro. Aunque de más modesta factura, 
es notabilísima la silla de manos, o litera, que la Real 
Hermandad del Refugio de Madrid exhibe públicamente. 
Durante casi todo el siglo XVÍI suministró la Penín- 
sula Ibérica la mayor parte de las mesas y de los asien- 
tos de que se servía Europa. 



- 171 - 

Estos asientos, de forma cuadrangular, solían estar 
adornados de telas bordadas, y muy frecuentemente de 
cuero, con figuras de realce y dorado, cueros que eran 
utilizados también para revestir los muros de habita- 
ciones y otros objetos, reconocidos con el nombre de 
guadamaciles. Fueron importados por el mundo entero 
como producción genuinamente española, originaria 
de los moros de Córdoba, que los trabajaron de modo 
sui generis, y de los que se hicieron muchas imitacio- 
nes, particularmente en Francia y otros países extran- 
jeros. 

En España los tapices flamencos y los de Arras (pa- 
ños de Ras), que decían los aragoneses, eran casi tan 
comunes como cualquier otro cortinaje, lo cual nada 
tiene de particular, si se recuerda que los reyes de Es- 
paña, como condes que eran de Flandes, dispusieron 
durante muchos años de las fábricas flamencas. 

Se cubrían con tapices todas las paredes, sobrepuer- 
tas y sobrebalcones, no sólo de los aposentos Reales, 
sino de los cuartos de los altos funcionarios y hasta de 
las oficinas y servicios de la Casa Real. La Corte de Es- 
paña fué la que más se distinguió en el mundo por sus 
colecciones variadas de esta clase de tejidos. 

Los ricos tapices de esta época y los bordados, en 
particular para el culto divino, son verdaderas maravi- 
llas producidas por la mano, y de los que se conservan 
riquísimos ternos en Madrid en los conventos de las Des- 
calzas Reales y en el de la Encarnación, que, como ce- 
nobios de fundación real, se enriquecían mucho con pre- 
sentes de sus religiosas, todas de alcurnia elevada, y de 



— 172 - 

cuyo siglo XVII aún existen en las Descalzas la riquí- 
sima colección de tapices flamencos, hechos según los 
cartones de Rubens, que en número de diez y seis re- 
presentan los sacrificios de la Ley antigua, siendo todos 
una joya de valor inapreciable. Existen muchísimos tan 
valiosos como artísticos, no sólo en el Palacio Real, 
sino entre las principales mansiones de los magnates de 
España. 

En uno de los diez y seis tapices de las Descalzas 
Reales se representa a la esposa de Felipe IV, la bella 
Isabel de Borbón, ricamente vestida de raso blanco, re- 
camado con flores de oro, con perlas y aljófar. La can- 
dida lechuguilla de su cuello, refleja argentina luz en la 
blanca tez de su rostro. 

Entre otros, se admiran en el Museo Arqueológico 
Nacional los tapices reposteros, mejor dicho bordados, 
que pertenecieron al Conde-Duque de Olivares; son nue- 
ve, bordados a gran realce, representando un templete 
salomónico con balaustrada, sobre fondo de jardín; en 
primer término, muy realzadas, figuras de animales, ya 
un carnero, un tigre o una liebre de tamaño natural, un 
león, etc., aves, follaje y plantas, que tienen gran pro- 
piedad y están ejecutadas a mano con un primor y rea- 
lismo extraordinarios. 



ÉPOCA IV.-LOS BORRONES 



X. — SIGLO XVIII 

La transición del traje afrancesado, a fines del si- 
glo XVII, vino a preparar las modas del XVITI, que a 
la muerte de Carlos II hacen su invasión total en Es- 
paña con la extinción del último de los Austrias y esta- 
blecimiento de la dinastía borbónica en el año de 1700, 
en que efectúa nuestro primer Borbón, Felipe V, su ad- 
venimiento al trono. 

El siglo XVIII se inaugura con el entronizamiento 
en España de esta dinastía. 

Felipe V, nieto de Luis XIV, ocupa el solio que le 
legara el desdichado y último monarca de los Austrias, 
siendo proclamado rey el 24 de Noviembre de 1700, con 
gran ceremonial, en cuatro puntos principales de la 
Corte: en la plaza del Real Palacio, en la plaza de las 
Descalzas, en la Plaza Mayor y en la plaza de la Villa, 
adornadas las calles con vistosas colgaduras y suntuo- 
sos doseles, bajo los que se destacaba la efigie del rey, 
siendo el marqués de Francavila el que hizo la procla- 
mación, como alférez mayor y Regidor de la villa de 
Madrid, con grande acompañamiento. 



- 174 - 

A Madrid no llegó Felipe hasta el 18 de Febrero del 
año 1701, y entonces tuvo lugar el solemne acto de la 
jura en San Jerónimo. Ricamente adornados sus muros 
con tapicerías de seda y oro, dispúsose un magnífico do- 
sel, con almohadones, para el rey, que vestía de negro, 
con botonaduras de diamantes, ostentando los collares 
del Toisón de Oro y de la Orden de Sancti Spiritus. El 
tocado lo formaba un sombrero con cintillo de diaman- 
tes, llevando a un lado una rosa de oro, guarnecida con 
un magnífico diamante, llamado «el Estanque» por su 
gran tamaño, y pendiendo la perfecta y voluminosa 
perla la Peregrina. 

Felipe V, hombre de clara inteligencia y talento 
práctico, pronto hubo de percatarse de la situación las- 
timosa en que se encontraba España: la Hacienda di- 
sipada, el pueblo oprimido y debilitado por las guerras, 
el espíritu nacional abatido, aunque conservando el or- 
gullo que engendrara el poderío tiempos atrás, cuan- 
do España era superior a todas las demás naciones 
europeas, pero orgullo que en aquellas circunstancias 
era ya un tanto ridículo y pretencioso al ir desapare- 
ciendo las grandezas en que se fundaba. 

Esto ocurría a los españoles; tenían por incompati- 
bles el honor y el trabajo; desdeñaban toda labor me- 
cánica; despreciaban el cultivo de las Artes, sobre todo 
el de las industriales, a la par que aumentaba la inclina- 
ción a la vagancia y la ociosidad. Se dice que la forma 
del traje contribuye a extender o corregir ciertas ideas, 
y efectivamente, el de esta época no era en verdad el 
más a propósito para dedicarse a oficios mecánicos. El 



- 175 - 

vestido que se venía usando desde Felipe 11, con aque- 
llas lechuguillas y golillas, hacía el continente rígido, el 
cuerpo tieso, mejor para pasear gravemente que para 
dedicarse al estudio y al trabajo. 

Aunque ya vemos que en tiempos de Carlos II se in- 
troduce el traje francés por iniciativa del monarca, 
siempre hubo lucha pasiva y tenaz resistencia, sobre 
todo en el pueblo, aferrándose al traje nacional; se puede 
decir que las modas extranjeras no cuajaban en nuestra 
Península. 

Y sin embargo, también el cardenal Alberoni ridicu- 
lizaba el traje tradicional, diciendo: «Que la golilla com- 
pasa hasta los menores movimientos del cuerpo. El ca- 
rretero tiene tanto cuidado como un Grande de primera 
clase, de que no se le rompa su tieso cartón; y el paisano 
quiere más algunas cebollas, que habrá cultivado y co- 
gido con la golilla al cuello, que millares de fanegas de 
trigo, si para recogerlas se ha de despojar de tan majes- 
tuoso adorno, aunque no sea más que por medio año». 

Felipe V, hábil político y de espíritu práctico, dictó 
varias leyes con el fin de fomentar el comercio y el cul- 
tivo de las Artes, por lo cual pensó que se impoüía la 
reforma del traje nacional, en vista de la idea arraigada 
de que los portadores de la golilla se envilecían ejerci- 
tando oficios mecánicos. 

Desplegó Felipe gran habilidad haciendo repartir 
profusamente un folleto, de que era su autor, intitulado: 
Decreium Jovis; de Gonellia, «Decreto de Júpiter sobre 
la golilla», haciendo resaltar la necesidad de sustituirla 
por la corbata, dejándola sólo para uso de los que por su 



- 176 - 

cargo debían aparecer siempre gravea y serios, respeta- 
bles como letrados, jueces y médicos, etc. 

A una, e imitando el ejemplo del monarca, todos los 
Grandes, a excepción de algunos pocos, entre ellos el 
duque de Medina Sidonia, abandonan el severo traje es- 
pañol por el más gracioso y elegante de la casaca, la 
chupa, el calzón corto y la peluca postiza, con el adita- 
mento de la corbata de rico encaje. 

Pero hay que insistir en que, sobre todo el pueblo, no 
estaba conforme con tal moda. Viene a testimoniarlo una 
sátira de D. Luis Francisco Calderón Altamirano, que 
en sus Opúsculos de oro, virtudes morales; cristianas (1), 
ridiculiza el traje francés así: «Mas ¿quién puede dudar 
que está el mundo ridículo si se individúa su adorno? 
Unas cabelleras postizas, pesados morriones que abo- 
llan la cabeza, ¡qué mayor desorden! Despreciar el 
adorno que le dio el cielo, para coronarse de rizos de di- 
funtos. Decid, ¿no es tener lesa la imaginación ponerse 
un copete de tan gran magnitud? 

«Unas casacas a la moda, con pompa tan grande, 
¿cómo puede juzgarse por hábito decente? Hácense con 
ocho varas de tela, pudiéndose con cuatro, y así com- 
pendian la definición de lo superfluo... Pues ¿qué dire- 
mos de los que traen faldas por no faltar a la observan- 
cia de la moda? Pues ¿qué de la casaca sobre la chupa? 
Pleonasmo de telas o carga sobre carga. ¿Qué de unos 
tacones que, por enanos, desprecian los chapines? 

»Yo, por mis pecados, he experimentado este uso, y 



(1) Véase «Historia del lujo», de Semper. 



- 177 - 

confieso que sou el mayor desdoro del sexo Unas 

capas de color de sangre de toro, que vuelven los hom- 
bres amapolas del prado » 

En el traje de Luis XIV era la nota característica la 
peluca blanca, rizada con artísticos bucles, el calzón 
corto, de raso, de vistosos colores, medias de seda y za- 
pato bajo, con hebilla. Cuellos, camisa y puños o vueli- 
llos de encaje, siéndolos más preferidos Alengon y Bru- 
selas. Las casacas no sólo eran de ricos tejidos, sino con 
bordados costosísimos. 

En los trajes femeninos sou característicos los corpi- 
nos de manga corta y estrecha, muy ajustados en la cin- 
tura, y ésta de tan reducida dimensión, que por algo se 
les llamó talles de avispa. Contrastando con ellos lleva- 
ban grandes bullones en las caderas, denominados pa- 
niers, con faldas de lujoso brocado y largas colas. 

Para manifestar ostensiblemente su oposición al traje 
importado, el pueblo reformó su indumentaria, alar- 
gando la capa, que antes pasaba apenas de las rodillas, 
hasta el suelo, y ampliando también el ala de los som- 
breros, tomando costumbre de echarlo sobre el rostro. 

Con esto y la amplitud de la capa, con la que gene- 
ralizaron más la costumbre de embozarse, se cometieron 
muchos desmanes, publicándose bandos para corregir- 
los, aunque sin resultado, hasta que, en reinado poste- 
rior, se tomó una medida decisiva, como veremos. 

Es notable y curiosa la Pragmática que dio Felipe V 
para corregir el abuso del lujo, que tomaba grandes 
proporciones. Fué la del 15 de Noviembre de 1723, muy 
extensa, y que abarcaba muchas especies. Por lo que se 



- 178 - 

refiere al vestido, que es lo que a nosotros nos interesa, 
dice asi: 

«Ninguna persona, hombre ni mujer, de cualquier 
grado y calidad que sea, pueda vestir ni traer en ningún 
género de vestido, brocado, tela de oro, plata o seda, 
con mezcla de estos metales, bordado, puntas, pasama- 
nos, galones, cordones, pespuntes, botones, cintas, ni 
ningún otro género de guarnición en que haya mezcla 
de ellos; ni tampoco de acero, vidrio, talco, perlas, aljó- 
far ni otras piedras finas ni falsas, aunque sea con mo- 
tivo de bodas, permitiéndose únicamente botones de oro 
o plata de martillo. Se comprenden en esta prohibición 
los militares, en los vestidos que usaren fuera del uni- 
forme, exceptuándose únicamente en éstos y en los des- 
tinados para el culto divino. — Se prohibe absolutamente 
todo género de puntos y encajes extranjeros en las guar- 
niciones y adornos, permitiéndose únicamente los fabri- 
cados en el reino. — Se prohibe asimismo absolutamente 
todo género de piedras falsas que imiten diamantes, 
esmeraldas, rubies, topacios u otras finas. — Se permite 
el uso de las telas de seda, con la precisa condición que 
hayan de ser fabricadas en el reino o en provincias ami- 
gas, y que las que de éstas se introdujeran hayan de ser 
del mismo peso, medida, marca y ley que las que se fa- 
brican en España. Que los vestidos puedan guarnecerse 
de fajas llanas, pasamanos o bordadura al canto, y no 
más, como no excedan de seis dedos de ancho, ni lleven 
más de una guarnición, y con la calidad de que sean 
precisamente fabricadas y labradas en estos reinos de 
España, y exceptuando el traje de todos los Ministros 



- 17Q - 

superiores, subalternos e inferiores de los Tribunales de 
todo el reino, inclusos Corregidores, Jueces y Regidores; 
el cual se manda que precisamente sea negro, permi- 
tiendo a todas las demás personas el uso de los colores, 
ya introducidos y que están en uso.» 

Después de prohibiciones y restricciones a las libreas 
de los pajes, materia de los coches, carrozas y sillas de 
manos, etc., se extiende a cómo han de vestir «oficiales 
y menestrales de mano, barberos, sastres, zapateros, 
carpinteros, ebanistas, maestros y oficiales de coches, 
herreros, tejedores, pellejeros, fontaneros, tundidores, 
curtidores, herradores, zurradores, esparteros, especie- 
ros, y además obreros, labradores y jornaleros que no 
podrán usar vestidos de seda, ni tela mezclada con ella, 
sino de paño, jerguilla, raxa o bayeta, o de otro género 
de lana, a excepción de las mangas o casacas y las me- 
dias, en las cuales se permite el uso de la seda». 

Las penas que se impusieran a los contraventores de 
la ley se dejaba al arbitrio del Consejo o jueces, pero a 
los menestrales se les impone, por la primera vez, el per- 
dimiento de lo denunciado, y cuatro años de presidio ce- 
rrado en África, y para la segunda, ocho años de galeras. 

Estas leyes se dictaron por el desenfreno del lujo, 
que decían era la miseria y la ruina del artesano y el 
labrador, y que, restringiéndolo, se podrían alimentar 
mejor, terminando la Pragmática así: «Disponga V. M. 
que cada uno vista según su clase, para que el vestido 
diga su profesión y no se confundan los nobles con los 
plebeyos, ni los grandes con los medianos», que era real- 
mente lo que más les interesaba. 



- 180 - 

En los tiempos de Don Fernando VI y de Doña Bár- 
bara de Braganza no hay modificación de importancia; 
sigue el traje francés, y el pueblo con su resistencia en 
adoptarlo y vistiendo a usanza nacional. Se da gran im- 
pulso a las fábricas de tejidos de oro y plata y a las de 
telas exquisitas, tanto de seda como de lana. 

Llega después el gran Carlos III, procedente de Ita- 
lia, el país del arte, de gustos refinados y espíritu culto, 
produciéndole penosa impresión el aspecto de la corte, 
donde la holganza y la apatía era peculiar; la limpieza 
escasa, por no decir nula; envuelta la ciudad, en cuanto 
el sol se ponía, en tenebrosa obscuridad, puesto que care- 
cía de alumbrado; sólo de vez en cuando alguna vacilante 
lucecilla de una lámpara se destacaba en las tinieblas, 
debida a la piedad femenina, para alumbrar las imáge- 
nes que era frecuente ver en las hornacinas de algunas 
fachadas. 

Muchos eran los desacatos y desmanes que se come- 
tían y al abrigo de los sombreros gachos y de las capas 
largas siempre quedaban impunes, por desconocerse al 
autor. 

Carlos III, queriendo poner remedio enérgico y radi- 
cal, dictó un bando el 10 de Marzo de 1766, reformando 
el traje popular, y que decía: 

«Que ninguna persona de cualquier calidad, condi- 
ción y estado que sea, pueda usar en ningún paraje, si- 
tio, ni arrabal de esta Corte y reales sitios, ni en sus 
paseos o campos, fuera de su cerca, del citado traje de 
capa larga y sombrero redondo para el embozo, querien- 
do S. M. y mandando que toda la gente civil y de algu- 



- 181 - 

na clase en que se entienden todos los que viven de sus 
rentas y haciendas o de salarios de sus empleos o ejerci- 
cios honoríficos y otros semejantes, y sus domésticos y 
criados que no traigan librea de las que se usan, usaran 
precisamente de capa corta (que a lo menos le faltara 
una cuarta para llegar al suelo) o de redingot y de pelu- 
quín o pelo propio y sombrero de tres picos, de forma que 
de ningún modo fueran embozados ni ocultaran el rostro. 
»Y por lo que toca a los menestrales y todos los demás 
del pueblo (que no pudieran vestirse de militar) aunque 
usaran de la capa, fuera precisamente con sombrero de 
tres picos o montera de las permitidas al pueblo ínfimo, 
y más pobre o mendigo, bajo de la pena por la primera 
vez de seis ducados o doce días de cárcel; por la segun- 
da, doce ducados o veinticuatro días, y por la tercera, 
cuatro años de destierro a doce leguas de esta Corte y 
sitios reales, aplicadas las penas pecuniarias por mitad 
a los pobres de la cárcel y Ministros que hicieran la 
aprehensión. Y en cuanto a las personas de la primera 
distinción, por sus circunstancias o empleos, que la Sala 
dé cuenta a S. M. a la primera contravención con dicta- 
men de la pena que estimare conveniente. Que estas 
penas no debían entenderse con los arrieros, tragineros 
u otros que conducen víveres a la Corte y que son tran- 
seúntes, como anden en su propio traje y no embozados. 
Pero que si los tales se detuvieran en la Corte a algún 
negocio, aunque sea posadas o mesones., por más tiempo 
de tres días, habían de usar del sombrero de tres picos 
(y no del redondo o de monteras permitidos) y descu- 
bierto el rostro bajo las mismas penas. > 



- 182 - 

Este bando fué el origen del disturbio conocido en la 
Historia por el «motín de Esquilache». 

La chispa que lo produjo fué el haber llamado la 
atención un oficial de la guardia, que prestaba su vigi- 
lancia en la plaza de Antón Martín, el domingo de Ramos 
por cierto, a un embozado que, con toda osadía y aire 
retador, paseaba por dicha plaza. Tomó tales proporcio- 
nes, que duró varios días, teniendo el rey que hacerles 
algunas concesiones, pedidas por el pueblo por escrito y 
con toda solemnidad. Muy enojado el monarca ante esta 
actitud por una medida que era beneficiosa y en su pro- 
vecho, marchó a Aranjuez, pero cuando volvió ya el pue- 
blo, más tranquilo, salió a recibirle con el traje reforma- 
do y contento por haber sido depuesto y desterrado Es- 
quilache, a quien consideraban inspirador de la reforma. 
Con la importación de las modas francesas había ve- 
nido, como es natural, la fastuosidad y el lujo de los 
Luises XIV y XV. Pero entre los españoles había gran 
masa opuesta a esta influencia. 

Es curioso un documento que hemos conocido merced 
a la amabilidad de D. Ricardo Fuentes, jefe de la Biblio- 
teca Mnicipal, y que dice: «Discurso sobre el lujo de las 
señoras y proyecto de un traje nacional». 

Se dirige una dama (D.* M. O.), de orden superior, 
al conde de Floridablanca, como primer secretario de 
Estado, para oponerse al desmedido lujo y crear un traje 
nacional. En este discurso se pide que una Junta de da- 
mas, unida a la Sociedad Económica Matritense, sea la 
que se ocupe de diseñar un traje nacional. 

Esta dama pide que haya, según la diversidad de je- 



- 183 - 

rarquía, tres especies de vestidos, llamándose a la pri- 
mera. Española, y que seria la gala principal; el de Ca- 
rolina la que le sigue, en memoria del glorioso reinado 
en que se establecen, y el de Borhonesa o Madrileña, la 
tercera clase. 

Propone en el de la Española, que se deberán emplear 
los géneros más exquisitos y de mayor gusto de nuestras 
fábricas, y que pueden llevarlo en los días de mayor os- 
tentación y lucimiento. 

La Carolina, menos costosa que la Española por la 
calidad de la tela y la forma del corte, pero que no ca- 
rezca de gracia, y la Borhonesa o Madrileña ha de ser la 
clase menos costosa de las tres y de corte sencillo, sin 
perjuicio de que tenga gracia y buen aire para que deje 
manejar con libertad. Después cada una de estas espe- 
cies se ha de subdividir en otras tres, pero sin alterar 
su substancia. El primero es sólo paralas grandes damas 
en los actos de Corte, pero que también podrían utilizar 
el tercero, o Madrileño, para salir a la calle, con basqui- 
na y mantilla. 

Se extiende la autora en consideraciones donosísi- 
mas, expresando «es vergonzoso que las españolas ha- 
yamos de usar traje de otras naciones, y sólo nos es des- 
conocido el traje de la nuestra; apenas se conoce ya 
traje español en las mujeres, sino el de majas, el cual, 
por más adaptado a la agilidad española, es sin duda el 
más atractivo y seductor; ¿pero se creerá que el jubón, la 
monterilla o guardapiesillo es el que atrae? No, por cierto; 
lo que seduce es el aire y la gracia ágil característica de 
nuestra nación, que nos distingue de todas las demás. 



- 18'4 - 

» Nuestros antepasados estaban muy contentos con 
su casaquita y brial; así el traje nacional, que debe ele- 
girse siendo sencillo y manejable, como corresponde a 
la agraciada agilidad española, no sólo contribuirá mu- 
cho, sino que será un remedio de bastante eficacia para 
mejorar las costumbres » . 

Se declara en contra del tontillo, diciendo, que «sobre 
ser embarazoso, figura unas caderas, que de tenerlas 
alguien, sería un monstruo, y que la cotilla tampoco debe 
subsistir por incómoda». 

Este proyecto no se llevó a la prática, ni se diseñó 
ningún patrón ni figurín; continuó el traje nacional de 
las majas, a que se alude en ese proyecto, con las evolu- 
ciones naturales que sufren todas las modas. 

Así, en tiempos de Carlos IV, vemos subsistir las 
modas francesas en la clase alta; las mujeres, con tra- 
jes de ricas telas y bordados, faldas estrechas, de raso, 
los talles altos, estilo Imperio, grandes escotes, peinados 
altos, con complicados bucles, adornados con joyas, y 
zapatos de raso bordados y tacón alto. En el hombre, 
las casacas ricamente bordadas, con vuelillos, y corbata 
de magníficos encajes; las chupas, el calzón corto y za- 
pato bajo Las consabidas pelucas rizadas, con bucles. 
Pero en el pueblo, entre las mujeres sigue la basquina y 
el corpino, de claros y vivos colores, tocándose con la 
airosa y clásica mantilla, que parece ingénita de nues- 
tra raza ibera, pues ya hemos visto al comienzo de estos 
apuntes las mujeres de nuestra raza primitiva tocándose 
con los velos, elevados por aquel artefacto que hoy se 
suple con la peineta. 



- 185 - 

Es digno de pensar cómo a través de los siglos ha 
perdurado esta afición de cubrir la cabeza con velos, 
elevándolos por cualquier medio para proporcionar más 
gracia y donaire al tocado, Muchas han sido las modas, 
muchas las influencias extrañas, pero nunca se ha conse- 
guido desterrar de las españolas el uso de la mantilla; y 
aunque el sombrero ocupa su lugar, dada la indispen- 
sable y necesaria europeización, la española no destierra 
la mantilla, ni cuando a diario va matinalmente a com- 
pras al par que a misa, ni en los solemnes días de la Se- 
mana Santa, puesta con todo lujo y aderezo, lo propio 
que en la fiesta que hemos dado en llamar nacional. 

Fuera de esos solemnes dias, el sombrero impera hoy 
en las señoras, si bien pocas veces, por desgracia, la 
moda acierta con una forma artística, siendo lo general 
que vayamos tocadas con antiestéticos artefactos. 

Buena muestra de la indumentaria cortesana de esta 
época es el famoso lienzo de Goya, La familia de Car- 
los IV. Los trajes de las damas estilo Imperio, talle alto, 
falda estrecha^ con anchas y vistosas cenefas bordadas, 
en los peinados ricas joyas, y la reina Doña Luisa y la 
princesa de Parma ostentan collares de pedrería. El 
rey y los infantes la casaca, chupa, calzón corto y za- 
pato. Lleva el monarca las insignias del Toisón de Oro 
y las bandas de Carlos III y del Cristo de Portugal. 

Mucho agradaba a las grandes damas vestir el traje 
usual de las majas, tanto que se dictó una Pragmática 
prohibiéndoles su uso, siempre que no fuesen en tonos 
obscuros; esto no obstante, vemos palpable esa afición 
a lo popular y gracioso en los retratos que existen, no 



- 186 - 



sólo de la reina sino en los de linajudas damas, como la 
duquesa de Alba y otras que las perpetuara en sus lien- 
zos el gran pintor de las majas y chisperos; por ello los 
imitaron, adornando además sus cabezas 
con sus cofias de fandango, sus sombreros 
a lo pastoril, sus lazos carambas y redeci- 
llas, constituyendo un gran lujo aquellos 
preciosísimos abanicos , que tan altos 
precios aún obtienen. 

Así el retrato de María Luisa, pinta- 
do por Goya, según el Catálogo del conde 
de la Vinaza, vemos que viste basquina 
de seda negra y corpino con mangas es- 
cotadas de color naranja, mantilla de 
blonda y un gran lazo de color rosa en 
la cabeza, zapato en punta, blanco, bor- 
dado en oro y tacón alto. Lleva abanico en la mano. 

De la duquesa de Alba hay varios. En uno viste de 
manóla, en otro lleva traje blanco muy ceñido y esco- 
tado con ancho cinturón de color de fuego, collar de 
corales rojos. Los cabellos negros, rizados, le caen por 
la espalda, adornados con una moña o lazo encarnado. 
Otro muy interesante también de esta época y del 
mismo autor es el de Rosario Fernández (La Tirana). 
Lleva vestido blanco con franja de oro, zapatos ceñidos, 
con tacón alto, de raso blanco, como las medias, y cruza 
el cuerpo del vestido, que es de escote redondo y manga 
corta, un chai de color de rosa fuerte, con flecos de oro. 
Concretando; el traje clásico de la mujer del pueblo, 
a fines del siglo XVIII, era la falda estrecha y corta con 




- 187 - 

volante en la parte inferior; talle alto, jubón, el chai 
arrollado a la cintura, en el moño un lazo y la mantilla 
de tira o casco, que consistía en una banda de tejido de 
seda o terciopelo y alrededor una guarnición de encaje 
de blonda. El zapato bajo, escotado, y de alto tacón, 
abreviaba su pie, encerrado en fina y calada media. 

Posteriormente usaron el zapato sujeto con unas cin- 
tas, que se entrelazaban sobre la canilla hasta media 
pierna, y que denominaban galgas. También empezaron 
a usar la alta peineta de concha. 

Los hombres del pueblo usaban pantalón ceñido, cor- 
to, con media de seda; chaquetilla corta de faldetas, hom- 
breras y golpes de alamares; chaleco con solapillas, ca- 
misa de cuello bajo, faja de seda de color y zapato bajo 
con hebilla. El pelo, largo, lo sujetaban y recogían con 
una redecilla ceñida con una estrecha cinta en la parte 
superior de la cabeza y sobre ella se ponían la monteri- 
11a o el sombrero: éste es el traje de Fígaro y de los chis- 
peros, curtidores y otros menestrales. También usaban 
la capa encarnada corta, que los señores llevaban más 
larga, del rico tejido de seda llamado de ojo de perdiz. 

Completaban el cuadro los estudiantes y sopistas, 
con sus sombreretes de medio queso y sus becas rojas y 
hopalandas negras, más famosos por sus diabluras que 
por su ciencia. 

En el siglo XVIII predominó el bordado en sedas, 
aplicado no solamente a las ropas y paños de iglesia, 
sino también a los trajes de los caballeros y de las se- 
ñoras. Díganlo los famosos casacones y chupas, algunos 
verdaderos prodigios de bordados en sedas de colores. 



— 188 - 

Se conservan en las iglesias de San Isidro y Descal- 
zas Reales y en el Museo Arqueológico unos palios cuyas 
bandas están bordadas ricamente en sedas de colores. 

Francia impuso la moda en la mitad del siglo XVIII 
de bordar los trajes, y se importó a España, siendo Ma- 
drid el principal centro de esta industria. 

Loa reyes la protegieron mucho, aplicando aquellos 
primorosos bordados para tapizar preciosos muebles y 
hasta habitaciones, conservándose hermosos ejemplares 
en el real palacio. 

A fines de este siglo de que tratamos se constituyó 
una Corporación de bordadores, que sometió sus estatu- 
tos al Tribunal de Comercio, 




- 189 - 



SIGLO XIX 



A sus comienzos animan y caracterizan a aquella 
sociedad verdaderamente goyesca, figuras tan típicas y 
salientes como las de la Corte de Carlos IV, con María 
Luisa, Godoy, la duquesa de Alba, la condesa de Bena- 
vente, los grandes toreros, como Pepe- 
Hillo y Costillares, y demás persona- 
jes populares, que son la más genulna 
encarnación del españolismo triunfan- 
te en su gracia y vida disipada: son 
el último aliento de una sociedad que 
tenía que modificarse, lo que ocurrió 
bien pronto. Majas, toreros y chispe- 
ros eran el modelo y el encanto de 
las clases más aristocráticas. 

Sin ideales políticos ni sociales, si 
alguna intelectualidad había era la 
de los afrancesados enciclopedistas, y 
un cierto escepticismo volteriano dominaba en todas las 
esferas. 

La Revolución francesa produjo un cambio tan radi- 
cal en todos los órdenes de la vida, que llegó hasta im- 
poner a los trajes un carácter muy distinto del que los 
había informado hasta entonces. 

Al traje cortesano sustituyó otro más popular, más 
sencillo y severo, y a la clase media, producto inmedia- 
to del individualismo de aquella revolución, la caracte- 




- 190 - 



rizó por prendas, que han sido su distintivo por mucho 
más de un siglo. 

El sombrero de copa, el frac, la levita, el pantalón 
largo y las botas, son prendas puramente 
revolucionarias y burguesas, que pasan- 
do por las variantes del Directorio y el 
Imperio, evolucionaron después como 
la moda característica del siglo XIX. 

En España se hicieron sensibles estas 
modas, como puede observarse estudian- 
do la producción de Goya bajo su aspec- 
to indumentario, y al ocurrir la invasión 
francesa, se encontraron los guerreros 
de Napoleón, con que los afrancesados y 
enciclopedistas hablan dado en aceptar 
como imperiosos modelos para vestirse, 
los de los franceses de aquellos días. 
El traje de incroyable y estilo Imperio 
fué interpretado entre nosotros al uso seguido por los 
petimetres y currutacos del año 1808, para concluir en 
los lechuguinos del 14. 

De Fígaro en adelante, la levita impera como pren- 
da de calle y de actos públicos en el hombre. 

Los famosos vestidos de medio paso en las señoras, 
con audaces escotes y entalles, prevalecen hasta el tiem- 
po de Isabel II, que acentúa, tanto en las mujeres como 
en los hombres, el llamado traje de etiqueta. 

En el resto del siglo XIX las modas emprenden ca- 
minos contrarios a toda estética y buen gusto, hasta el 
punto de poderse decir que nunca la humanidad vistió 




191 - 



más ridiculamente. Los miriñaques y polisones; el som- 
brero de copa en el hombre y los pantalones largos y 
trajes sin arrugas, las camisas de planchada pechera y 
altas tirillas, el molesto gabán y mil 
detalles ridículos, caracterizan los in- 
dumentos y exornos impuestos por el 
vacío caletre de los llamados elegan- 
tes. El traje ha derivado después al 
prosaísmo más absoluto, hallándonos 
al presente en un 
período de supre- 
ma vulgaridad en 
el de los hombres y 
de eclecticismo for- 
zado en la mujer, 
nada plausible y 
sin dirección deter- 
minada. 

El repaso de los figurines y perió- 
dicos de modas del siglo pasado deta- 
llan hasta la saciedad los cambios que 
las mismas van experimentando, y 
pueden precisarlas para los que se in- 
teresen por tan poco atractiva materia. Sólo en la ropa 
blanca interior se ha obtenido en los últimos años algu- 
nos verdaderos progresos. 










TRAJES POPULARES ESPAÑOLES 



Capítulo especial merece en nuestra indumentaria 
el estudio del traje que, con carácter regional, han usado 
y siguen usando en ciertas localidades las gentes per- 
tenecientes a las clases populares; las que sin poder 
competir en sus modas con las más encopetadas de los 
señores e hidalgos, no por ello dejaban de vestirse a 
veces lujosamente, y con un carácter tan original y 
bello, que los restos subsistentes de aquellos indumentos 
constituyen aún hoy una verdadera riqueza para el arte 
y la estética patria. 

Variadísimos además en las distintas regiones de la 
Península, su total examen podría constituir una verda- 
dera obra; pero destacándose entre ellos algunos de sin- 
gular carácter, nos fijaremos en éstos, por ofrecer un 
interés primordial y figurar como los tipos principales. 

Muchos de ellos traen sin duda un remoto origen, 
conservando cuidadosamente su corte y exorno de gene- 
ración a generación con respeto entrañable, y algunos 
deben su existencia a la de tan distintas gentes como 
han convivido en nuestro suelo, a veces de razas opues- 

13 



194 - 



tas, o a modas aceptadas, pero no cambiadas, a través 
de los siglos hasta nuestros días. 

A más de las exigencias propias de los climas, que 
determinan el uso y formas de ciertas prendas, en el 
corte de ellas, y principalmente en su exorno, se paten- 
tiza vigorosamente en nuestros trajes populares aquel 
orientalismo que nos caracteriza, y que viene a ser la 
cifra de nuestra estética, luciendo en sus bordados, en 
sus dibujos, en su policromía, aquel mudejarismo endó- 
geno que constituye nuestra nota propia; por ello los 
trajes populares presentan más constantes aspectos y 
dan la nota más propia y característica . 

Contamos con elementos de 
información para su historia, no 
muy conocidos, pero muy preci- 
sos, pues ya, a comienzos del 
siglo XVI, un extranjero, de 
nombre no revelado, viajó por 
la Península con el solo objeto de 
estudiar su indumentaria, que 
entonces sería vistosísima, efec- 
to de lo cual publicó un libro, 
titulado: Hatus praeciporum po- 
pulorum, con láminas, algunas 
bastante fantaseadas , pero de 
las que pueden deducirse notas 
muy interesantes. Véase como muestra los de la morifica 
granadina y maragata, que publicamos. Poco después, 
el voluminoso atlas titulado: Iheatrum totius orbis, edi- 
ción alemana de 1593 ilustró sus mapas con tipos regio- 




-lá- 



ñales, que reproducen algunos de los de Espafta, como 
de Toledo, Vizcaya y otras regiones, pudiéndonos des- 
pués aprovechar también de las obras de nuestros más 
eminentes pintores cuando utiliza- 
ban para sus composiciones los ti- 
pos populares, que hacían interve- 
nir en sus escenas: tales las cita- 
das de Velázquez. 

Últimamente, en el siglo XVIII, 
se llevaron a término trabajos muy 
importantes sobre los trajes regio- 
nales, tales como el interesantísi- 
mo de D. Juan de la Cruz Cano y 
Holmedilla, titulado: Colección de 
trajeft españoles, tanto antiguos como 
modernos, que comprende todos los de 
sus dominios, publicado en 1777 con 
numerosas láminas, a cual más in- 
teresante; anunció dos volúmenes, con ocho cuadernos 
de doce estampas cada uno, de las que son muestras los 
tipos del barbero y quincallera que publicamos, pero 
sólo dio el primer volumen. 

En este mismo siglo se dibujaron colecciones de mo- 
delos, algunos hasta con aplicación industrial cerámica 
para la fábrica del Retiro, habiendo también recogido 
muchos en sus días el fotógrafo Sr. Laurent, que reunió 
una numerosa colección de pruebas, hoy muy aprecia- 
bles, sobre estos trajes. 

Timbién en publicaciones como El Pensador Matri- 
tense y en autores como Cadalso, Moratín y D. Ramón 




- 1% - 



de la Cruz, se encuentran referencias muy precisas sobre 
los trajes de las gentes de su tiempo . 

El mejor método para estudiarlos sería, sin duda, 
reunirlos por regiones, pues los propios de cada una de 
ellas ofrecen cierta unidad y semejanza, comenzando 
por los gallegos y asturianos, del Bierzo y leoneses, tan 
vistosos y alegres, y concluyendo por los andaluces, 

aun de tradición arábiga al- 
gunos de ellos. Los trajes po- 
pulares del Norte de la Penín- 
sula ofrecen ciertas condicio- 
nes similares, en cuanto a su 
corte y policromía, como 
prendas de abrigo y de mon- 
taña. Desde el gaitero gallego 
y asturiano, el ansotano, has- 
ta el payés de Gerona, pue- 
den agruparse todos estos por 
las semejanzas y característi- 
cas prendas que les distin- 
guen. 

Galicia conserva aún mu- 
chos de sus trajes propios, 
que prestan gran carácter y gracia a sus habitantes; los 
hombres, con sus monteras bordadas, sus chaquetas de 
alto cuello de paño oscuro, con solapa y bocamangas 
igualmente exornadas; sus chalecos blancos, con vistosos 
bordados; su ancha faja, calzona corta, abierta lateral- 
mente para dejar ver el blanco calzoncillo, haciendo 
airoso volante en la rodilla, la polaina de paño y el 




- 107 - 

zapato de cuero, armoniza con su engalanada pareja. 

De éstas, las muradanas (de Muro) son las más típicas; 
con cofia de encaje blanco por ellas fabricado, que las 
cae hasta media espalda, o pañuelo, también blanco, en 
su lugar, atado a la cabeza, y dejando sueltas sus dos 
largas trenzas; corpino ajustado, que deja libre la am- 
plia manga de la blanquísima camisa, y cruzando su pe- 
cho el dengue o manteleta de fino paño, franjeada de 
terciopelo, que prende o sujeta atrás con gran lazo, com- 
pleta su traje con rojo refajo, sobre el que se ciñe el 
mantelo, abrochado atrás con corchete de plata, dejando 
ver su blanca media y los zapatos negros con hebilla, 
rematando con sus arracadas y joyas el tipo más puro 
entre los de aquellas regiones, sostenido en ellas con pe- 
queñas variantes. 

Muy propias también de ellos son las capas de paja , 
impermeables, con capucha o sin ella, tan originales y 
prácticas para defenderse de la lluvia. 

Aquellos trajes femeniles se ven algo modificados en 
el Bierzo, cuyas hijas saben colocarse el pañuelo a la ca- 
beza con gracia admirable, recordando las implas del 
siglo XV, y marchando airosas, con la falda doblada, a 
pesar del uso délos zuecos de madera. 

Muy cerca, en Astorga, los maragatos ofrecen su tí- 
pica indumentaria, por la que, según algunos, recuer- 
dan su origen morisco, si es que éste se puede admitir 
para ellos, dado su tipo étnico, tan poco africano. 

En Asturias el gaitero viste parecido al gallego, y con 
él se confunde el aldeano, siempre provisto de un para- 
guas, con su montera, su chaqueta al hombro, calzona 



- 198 - 

muy abierta, polaina y zapato, mientras que ellas, con 
el pañuelo muy bien ceñido a la cabeza, la garganta 
rodeada de collares, la mantellina o dengue cruzada al 
pecho, corto delantal y rojo zagalejo con ancha tira, 
marchan airosas, calzando sus almadreñas, con la he- 
rrada a la cabeza. 

No ofrece Santander variante de especial mención en 
su aspecto indumentario, a no ser la de los pasiegos; 
pero al llegar a las vascongadas, vense al punto las boi- 
nas cubriendo las cabezas de todos los hombres, desapa- 
reciendo el calzón corto, usando la faja a la cintura, la 
alpargata al pie, al igual de los navarros, con chalecos 
cortos festoneados y la manta de colores al hombro. 

En Cintruénigo comienzan a verse los pañuelos en 
tira rodeando las cabezas, y en el Roncal se conservan 
prendas de gran carácter entre los ancianos, que pare- 
cen del siglo XVII, con ancha valona, verdadero bohe- 
mio, calzón corto, media oscura y zapato cuadrado, que 
están pidiendo el pincel de Velázquez para ser trasla- 
dados al lienzo; las roncalesas también participan algo 
del carácter antiguo en sus prendas, ofreciendo un con- 
junto clásico con sus tocas, largos delantales y jubones 
de anchas mangas. En la provincia de Huesca hace su 
aparición el traje aragonés. 

El fragatino, con su pañuelo amarillo anudado a la 
cabeza, su chaqueta de pana guinda y calzona muy 
abierta lateralmente, dejando ver mucho el calzoncillo, 
su faja verde, caída, medias azules y alpargatas, inau- 
gura por el Norte la más propia indumentaria arago- 
nesa, que, con pequeñas modificaciones, constituye el 



- 19Q - 

traje popular de los maños de Zaragoza, añadiéndole la 
manta de mil colores, con el clásico guitarro, a cuyos 
sones entona la valiente jota. Las aragonesas, con pa- 
ñuelos de talle, cortos zagalejos, moña, rodetes laterales 
en la cabeza y rojo refajo, ae asimilan ya a muchos 
otros trajes femeninos del centro de España. 

No muy lejos del Pirineo, en Jaca, se encuentran loe 
chesos, notables por el uso de la anguarina, de origen 
ibérico, de las abarcas, con correas cruzadas por las 
piernas, abrigadas éstas con trozos de telas, o peales, 
traje que se asimila al de los sorianos de la montaña, y 
no lejos, en el valle de Ansó, las mujeres visten el traje 
más bello y solemne regional que existe, tantas veces 
copiado por nuestros pintores , y de carácter medio- 
eval tan marcado, que muy semejantes se verían entre 
las damas de la Corte de Isabel I. El traje de las ansota- 
nas constituye uno de los más típicos y hermosos de 
nuestra indumentaria. Muy cerca empiezan a aparecer 
las barretinas y las panas catalanas, propias de todo el 
principado. 

La barretina, de origen antiquísimo, quizá fenicio o 
cartaginés, es propiamente mediterránea, y según sus 
colores, determinan la provincia a que pertenece quien 
la lleva; las de la región Norte son rojas, y las del campo 
de Vich, Tarragona y Lérida son moradas. A veces tie- 
nen el forro interior de color distinto. La chaqueta, de 
ancha solapa, de pana de igual color que los pantalones, 
siempre largos en el Norte, con la chalina al cuello y la 
faja de seda, alpargata de anchas bridas y manta de 
sobrios colores, completan la indumentaria propia del 



- 200 - 

payés, algo modificada en Tarragona y Lérida, con cal- 
zón corto, por su contacto ya con la gente valenciana. 

Entre los leridanos empiezan a aparecer las polainas 
de cuero, que hemos de ver extendidas por muchas re- 
giones. 

En la región central rompen la marcha los salman- 
tinos con sus charros y charras, de tan característica y 
rica indumentaria, por ella famosos. 

El charro, esbelto y elegante, sobre su finísima ca- 
misa, con ricos botones en la tirilla, ciñe la faja de seda 
y sobre ella el anchísimo cinto de cuero, con el que es 
capaz de resistir el empuje de un toro. Su bien cortada 
chaqueta de terciopelo, con puntas y bocamangas bor- 
dadas hasta con hilillo de oro y exornada con valiosos 
botones de filigrana de oro y plata; su pantalón, corto y 
ceñido, parejo con la chaqueta, con iguales ricos boto- 
nes de plata que ésta; polainas de cuero negro y zapa- 
tos, y gran sombrero redondo de alas y de aguda copa, 
gallardea ante la charra, de laterales rodetes con agu- 
jetas sobre las orejas, como el busto de Elche, con la 
garganta y pecho no menos cubierto de joyas y collares, 
manteleta o dengue cruzada y exornada con toda clase 
de lentejuelas y flecos, encajes en su muceta, delantal 
no menos bordado que la manteleta, gran saya de ruedo 
y fino zapato, preséntase radiante y deslumbradora, 
como una aparición oriental, que hasta aquel extremo 
de la Península hubiera penetrado. 

No menos rica y espléndida se ofrece la zamorana, 
especialmente en Sayago, gusto que rebasa a la provin- 
cia de Cáceres, como en Montehermoso y otros pueblos, 



- 201 - 

notables por su local indumentaria. En Avila, las alber- 
canas de Gredos exceden a cuanto llevamos dicho en el 
exorno de sus delanteras. 

La provincia de Segovia ofrece preciosos y variados 
tipos de indumentaria. Esta provincia es de las más ricas 
en trajes populares. Ancho sombrero calañés de pana, 
con borlas y barbiquejo, pañuelo ceñido y atado atrás a 
la cabeza en ellos; chaleco de terciopelo labrado con hi- 
leras de botones colgantes de plata; chaqueta corta de 
paño con festones, sus ángulos exornados, así como las 
bocamangas abiertas; faja a la cintura, y sobre ella el 
cinto con esquero y lemas bordados; calzona de porta- 
lón, igualmente con botones colgantes de plata, dejando 
ver el calzoncillo y las medias blancas, resguardadas 
éstas por^bordadas botinas de cuero, con borlas, y za- 
pato blanco, forman un airoso traje, muy propio de los 
altos y enjutos segovianos, que contrastan con las menu- 
das segovianas. Estas ostentan como frontis en sus ca- 
bezas airosas y exornadas mitras de terciopelo y sedas 
de colores, luciendo característicos zarcillos; pañuelo 
manteleta de encaje al cuello; corpino de ricas telas, 
ajustado y sobrecargado de collares y joyas en la delan- 
tera; trenza de pelo con gran lazo, refajo rojo con an- 
chas cenefas y entredoses bordados, delantal lujoso y 
zapato de hebilla completan el rico y vistoso traje de las 
vecinas de Mata de Quintanar, Turégano, Muñollerro, 
Pradeña y otros pueblos ; hacen a los viejos más respe- 
tables las largas capas, y las amplias mantillas de tira 
y mantones de crespón a las ancianas, que en algunos 
puntos cubren sus cabezas con vistosos y exornados soni- 



- 202 - 

breros de paja. El tamboril y la dulzaina animan aque- 
llos lucidos concursos, vestidos también sus tocadores 
de pintoresca manera. En el invierno usan grandes ca- 
potes de abrigo con mangas. 

Algo participan los trajes toledanos de los apunta- 
dos, aunque diferenciándose en muchos detalles. El som- 
brero de los hombres no es redondo, de borlas a lo cala- 
ñés, sino simplemente de ala ancha y movida; llevan un 
chaleco rudimentario, sujeto por cordones, dejando lucir 
ampliamente la pechera de la camisa; sólo algunos usan 
faja; el calzón se une a la polaina, siempre de paño, que 
oculta casi por completo el zapato; y ellas usan cofias a 
la cabeza, mantellinas de encaje blanco con lazos y jo- 
yeles al frente; por sayas aún los verdugados, no muy 
cortos (con la famosa cuarta del obispo), con delantal y 
polainas adornadas, que cubren el zapato y la media. 

Las de Quero se distinguen por sus trenzados y gran 
moño de aldabón; el cinto con letreros, sobre la faja, en 
ellos; y las de Oropesa, por sus alhajas y lujosas faldas. 

Mucho más severos los manchegos y alcarreños, vie- 
nen a ser parecidos en sus prendas tradicionales, que 
cada día más abandonan, participando ya los serranos 
de Cuenca de su proximidad con los valencianos. 

Precioso ejemplar de traje de esta región nos dejó 
Mengs en el retrato de la condesa del Llano, con el que 
llamó tanto la atención en la corte de Austria en un 
baile de trajes, que el propio emperador preguntóla de 
qué venia vestida, contestando ella con gracia que de 
niancheguita; la monterilla y red para la cabeza era co- 
mún a ambos sexos. 



2(e - 



Valencia y Murcia ofrecen un tipo indumentario 
marcadísimo: son los de las monteras negras, las cami- 
sas y zaragüelles blanquísimos y las mantas de listas de 
vivos colores, pudiendo establecer- 
se distinciones entre los de Caste- 
llón, que se asimilan a los alican- 
tinos, y los valencianos y murcia- 
nos, éstos más típicos aún por sus 
prendas de lienzo blancas, apenas 
ocultas más que por el desabrocha- 
do chaleco. Entre ellas, las mur 
cianas y las valencianas llevan la 
palma, con sus mantitas de encaje 
y sus faldas rameadas, llamando la 
atención por sus peinados de anti- 
quísimo aspecto y la riqueza de to- 
das sus prendas. 

Los trajes andaluces son harto conocidos para ser 
descritos. Los más conocidos de los extranjeros, que por 
ellos se forman la única idea de la España de pandereta: 
son los más acreditados por boleras y cupletistas, y por 
los que se pretende ofrecer lo más típico y singular de 
nuestro aspecto y carácter; los gitanos, principalpiente 
de Granada, con sus sombreros puntiagudos y trajes de 
excesiva policromía, constituyen otra de las notas an- 
daluzas; a ellas pudieran asimilarse las prendas toreras 
y los mantones de Manila, a que tan aficionadas se mues- 
tran las madrileñas. 

Y no más, pues punto hay que poner a tan vasta ma- 
teria, intentada sólo y algo metodizada por nosotras, 




- 20'4 - 

pues como se ve, su estudio puede ser extensísimo, al 
singularizar y llegar en cada época a todos sus detalles, 
dejando esto para los que, con más ocasión y medios, 
se atrevan a emprender la monumental obra de la indu- 
mentaria española, en todas sus épocas y regiones, que 
exige muchos años y sacrificios antes de poder ofrecerla 
con todo el detalle y esplendor que se merece. 




-£k. 1= E ]sr ID I c :E3 



Como necesario para la mejor comprensión de este 
trabajo, emprendemos el de un Glosario de voces de indu- 
mentaria española, en preparación, pero que aún exige 
gran consulta y labor delicada por nuestra parte, antes 
de poderlo ofrecer al público. 



1 isr ID I C El 



I. — Dedicatoria > 

II. - Carta-Prólogo 

III. — Proemio 5 

PRELIMINAR 

El traje y el mobiliario en los prineipales pueblos 
de la Antigüedad. 

Egipto ^ 

Caldeo-asirios 13 

Persia 15 

Los fenicios ■ . • • 16 

Hobreos 18 

Griegos 20 

Etruscos 30 

Romanos 31 

Cristianos y bizantinos 39 

INDUMENTARIA ESPAÑOLA 

— I — 

I. — Época ibero-romana 48 

II. — Época visigoda. — Alhajas 53 

ÉPOCA II 

III. — Período árabe 56 

IV. — El traje en España desde la invasión árabe al si- 

glo XIII 65 

V. — Siglo XITT. — Trajes 72 

VL- Siglo XIV. — ídem 79 

VIL — Siglo XV.— ídem y mobiliario 85 

ÉPOCA III. — Renacimiento. 

VIII. — Siglo XVI.— Trajes y mobiliario 104 

IX. -Siglo XVII. — ídem id 126 

ÉPOCA IV. — Los BORBONES. 

X. -Siglo XVIII 173 

Xl.-SigloXIX 189 

Trajes populares españoles '^-^ 

Apéndice 20o 



BTODINQ SECT. JUL 2 8 1969 



GT Diego y González, Juana 

1200 Natividad de 
D5 Compendio de indumentaria 

española 



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