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COMPENDIO 



•DE LA 



HISTORIA GENERAL 



DE 



AMÉRICA 



CARLOS NAVARRO Y LAMARCA 

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, 
y en Ciencias Históricas de la Universidad Central de Madrid. 



PROLOGO DE 

D. EDUARDO DE HINOJOSA 

Catedrático de Historia Americana en la Universidad Central de Madrid. 



ÁNGEL ESTRADA Y COMP.a 

EDITOR E-S 

BOUÍVAR, ATO, BUENOS AIRES 
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PRÓLOGO 



El presente libro es fruto sazonado de una consagra- 
ción perseverante de muchos años al estudio de la histo- 
ria de América. El Dr. D. Carlos Navarro Lamarca tuvo 
á su cargo muy joven aún la enseñanza de esta materia en 
el Colegio Nacional de Buenos Aires, y escribió por en- 
tonces un estimable compendio de ella. Desde entonces 
ha continuado dedicando á este estudio intensa y fecun- 
da labor, bien reflejada en el tomo I de su nueva obra 
de historia de América, que ahora ve la luz pública. Re- 
vélase en ella gran conocimiento de las fuentes literarias 
y de las monumentales y dominio de la inmensa biblio- 
grafía antigua y moderna relativa al asunto. Con diligen- 
cia laudabilísima, ha procurado y conseguido el autor 
allegar los copiosísimos materiales dispersos en mono- 
grafías, revistas y publicaciones de Sociedades científi- 
cas. La obra es fruto de inmensas lecturas. 

El Sr. Navarro Lamarca ha llevado á término felizmen- 
te una revisión concienzuda y amplia de las investigacio- 
nes relativas á la América precolombiana, mediante el es- 
tudio detenido de las fuentes y de los trabajos modernos, 
procurando contrastar éstos con aquéllas y utilizando en 
ocasiones fuentes inéditas antes no aprovechadas. En esta 
difícil tarea da muestra de una competencia y un discer- 
nimiento dignos de toda alabanza. 



Manifiéstase el concepto amplio y orgánico que tiene 
de la historia en la atención que consagra á los diversos 
períodos y aspectos de la vida del pueblo y á mostrar su 
recíproca influencia. La prehistoria y la etnografía, el es- 
tado social y político, la cultura religiosa, moral é intelec- 
tual, la vida material, las costumbres, son tratados con 
gran riqueza de detalles. El espíritu sereno é imparcial 
del autor se revela en el retrato que hace del hombre 
americano, repartiendo equitativamente en el cuadro la 
luz y la sombra. 

Los escritores que primeramente describieron las ins- 
tituciones y las costumbres de los pueblos americanos, 
no procedieron generalmente con el rigor de método 
que ahora prevalece en los estudios de etnografía, psi- 
cología y mitología comparadas. Por esto hay que so- 
meter á detenido examen los datos que proporcionan, si 
han de ser utilizados convenientemente. Es indudable 
que hay ciertas instituciones peculiares de un determi- 
nado grado de cultura, y que, dado éste, aparecen bajo 
una ú otra forma en todos los pueblos. De aquí el inte- 
rés de la historia comparada de las instituciones, así 
para ilustrar y completar la propia de cada pueblo ó 
grupo de pueblos, como para enseñar lo que ofrecen de 
idéntico, análogo ó característico las de los varios países. 
Una de las excelencias de la presente obra es el uso fre- 
cuente y discreto que se hace en ella del método com- 
parativo en aquellas partes donde, como en la prehisto- 
ria y la sociología, tiene más adecuada y fecunda apli- 
cación. Guárdase bien el autor del afán de generalizar 
excesivamente en que suele incurrirse al tratar estas ma- 
terias, suponiendo vigentes entre todas ó las más de las 
agrupaciones humanas del continente americano las 
creencias, instituciones y costumbres, vigentes solo, se- 

- VI - 



gún el testimonio de las fuentes, en alguna ó algunas 
de ellas. 

El mismo criterio imparcial y seguro que en esta pri- 
mera parte, resplandece en la relativa á la historia del 
descubrimiento. 

No obstante reservar para el tomo segundo la reseña 
de la conquista y de la colonización, el autor empieza 
á tratar ya en el primero, como inseparable de la historia 
de los primeros descubrimientos, de la conducta de los 
españoles para con los indígenas, punto el más discuti- 
do de la historia de nuestra dominación en América. Ex- 
pone y juzga imparcialmente los hechos y nota la reac- 
ción favorable á la política colonial de España que se ha 
verificado en los últimos tiempos, principalmente por 
obra de escritores norteamericanos, en especial de Lea 
(1898) y de Bourke (1Q04), como resultado de un estudio 
más atento, completo y desinteresado de los documentos 
coetáneos. 

La estructura de la obra, la proporción entre sus va- 
rias partes, el orden en la distribución de las materias, el 
arte para distinguir lo principal de lo secundario, lo ge- 
neral de lo particular y la claridad y propiedad del estilo 
merecen los mayores elogios. El cuestionario que hay al 
final de cada capítulo y las » referencias", bajo cuyo epí- 
grafe se comprenden las indicaciones de las fuentes y de 
los trabajos modernos, acrecientan notablemente la utili- 
dad pedagógica y científica de la obra. 

No ha perdonado el autor medio ni diligencia alguno 
para prepararse al mejor desempeño de la ardua tarea 
que se había propuesto. Ha recorrido los lugares que 
describe, conoce maravillosamente la geografía ameri- 
cana y ha visitado los monumentos que se conservan en 
el continente americano y en los Museos de Europa. Así, 

— VII -- 



ha procedido con el mayor acierto en la elección de las 
ilustraciones, complemento tan necesario de las obras de 
esta índole. 

De desear es que el Sr. Navarro Lamarca lleve en bre- 
ve á feliz término con el mismo espíritu y método el se- 
gundo tomo de su obra, llamada á prestar inapreciables 
servicios. 

Eduardo de Hinojosa. 



- vui - 



índice 

Páginas. 

Prólogo de D. Eduardo de Hinojosa V 

A LOS Maestros XIII 

Capítulo Preliminar XIX 

TÍTULO PRIMERO 

ANTIGÜEDAD DEL HOMBRE EN AMÉRICA 

CAPÍTULO PRIMERO. - El hombre cuaternario ó paleolítico. -\. Lo Pre- 
histórico. - 2. Materiales para su estudio. -3. Las edades geológicas. -4. Los 
períodos glaciales. -5. La Ley de Asociación. -6. Los criterios arqueológi- 
cos.—?. Útiles paleolíticos en América. -8. El hombre cuaternario en Amé- 
rica del Sur. -9. En América del Norte. - 10.— Insuficiencia cronológica de 
estas investigaciones 1 

CAPITULO II. -£/ hombre neolítico. - 1 . Culturas neolíticas. -2. «Kiokken- 
modingos,,, «Sanibaquis» y » Paraderos,,.- 3. Las Cavernas. - 4. Los 
wMounds,, ó "Montículos,,. -5. Recintos y Talleres. -6. Utilesy adornos. — 
7. Antigüedad de los "Mound-builders,,. - 8. Los Cliff-dwellers„.-9. Los 
"Cave-dwellers«. - 10. "Los Pueblos,,. -11. Antigüedad de estas Ruinas. - 
12. Conclusiones generales 25 

TITULO II 

EL HOMBRE AMERICANO 

CAPITULO PRIMERO. -Orígenes y caracteres e'tnicos.-l. Origen de los 
Americanos. -2. Evolución cultural.— 3. Inmigraciones primitivas. -4. Ca- 
racteres físicos. - 5. Caracteres Psicológicos. - 6. Grado de cultura. - 
7. Caracteres Lingüísticos: el lenguaje de gestos.— 8. Estructura de las len- 
guas Americanas.- 9. Su gran número. -10. Objetos mnemónicos: "Wam- 
pum„.-ll. Pictografías 49 

CAPITULO II.- Caracteres sociológicos. -1. El Matrimonio. -2. Matriar- 
cado. - 3. Poligamia y Monogamia. - 4. Condición de la mujer. - 5. Educa- 
ción de los hijos. -6. Las costumbres mortuorias.-?. Organización políti- 
ca. El "clan,, y la «gens„.-8. Totemismo. - 9. La 'fratría,, y la tribu. - 

10. Consejo tribal. -11. Jefes tribales. - 12. La Confederación. - 13. Orga- 
nización económica. La propiedad.— 14. Los Gobiernos despóticos.— 
15. Relaciones inter-tribales. El Comercio. - 16. La guerra.— 17. Armas 
ofensivas y defensivas 81 

CAPITULO lU .- La vida material, - \ . Alimentación.- 2. Canibalismo. - 
3. El fuego y sus usos. -4. Preparación de los alimentos. -5. Alfarerías. - 
6. Bebidas y estimulantes.- 7. Habitación. Los tipos primitivos. -8. Las 
viviendas comunales.,- 9. Aldeas y su número. — 10. Adorno personal. - 

11. Vestido. -12. Industrias textiles. -13. La caza y la pesca. -14. Horti- 
cultura. - 15. Medios de transporte 111 

- IX - 



CAPITU LO IV. - La vida psíquica. - 1 . Juegos y deportes. - 2. Espectáculos. 
—3. La danza. -4. Música y cantos. -5. Pintura y escultura. -6. Metalur- 
gia —7. Nociones científicas -8. La religión indígena: Sus elementos. - 
9. Las creencias: El Animismo. - 10. Los sueños. - 11. La vida futura: Ma- 
nismo. - 12. Los Dioses supremos 141 

CAPITULO V. - La vida psíquica (continuación). - 1. La expresión religiosa 
en la palabra. - 2. La Mitología. - 3. La expresión religiosa en el objeto. - 
4.-Astrolatría.-5. Los elementos. -6. Arboles y plantas.-?. El culto de 
la piedra. -8. Zoolatría. - 9. Fetiches.- 10. El Ritual. -11. Los cacrif icios. 
- 12. Lugares de culto. - 13. La magia y sus efectos. - 14. Sacerdotes y he- 
chiceros. - 15. La Medicina. - 16. Religión y cultura 173 

CAPITULO V\.- Tribus de la América del Norte. -\. Clasificaciones. - 

2. Los esquimales. -3. Los Athapascos. -4. Algonquinos. - 5. Iroqueses.- 
6. Muskok¡s.-7. Natchez. - 8. Dakotas ó Sioux. -9. Tlinkits, Haidahs y 
Yumas. - 10. Las tribus de la Región de los Pueblos 207 

CAPITULO VIL - Tribus de Méjico y América Central. - 1 . La familia Uto- 
Azteca. -2. Shoshoneanos.— 3. Sonoras. -4. La Confederación Azteca.— 
5. La guerra. -6. Tributos y modo de recolectarlos.-?. El derecho á las 
tierras y su distribución. -8. Gobierno y organización social. -9. La escla- 
vitud. -10. La familia. -11. Los mercados. -12. Tribus de Michoacan, Ni- 
caragua, etc. -13. Los Mayas. -14. Los calendarios. - 15. Agricultura.— 
16. Artes mecánicas. - 17. Pintura y escultura. - 18. La escritura simbólica. 
— 19. La Arquitectura. - 20. Religión y Magia. -21. El Sacerdocio y su in- 
fluencia. - 22. Conclusiones generales 240 

CAPITULO VIII. — Tribus de la América del Sur {División del Atlántico). - 
1 . Observaciones generales. - 2. La región Amazónica. - 3. La familia Tupi- 
Guarani.-4. Los Tapuyas.— 5. Arawaks.-6. Caribes ó Karinas.-7. Las 
tribus del alto Orinoco y alto Amazonas. - 8. 1 as de las mesetas Bolivianas. 
-9. La región Pampeana. - 10. Las tribus del Gran Chaco. - 1 1. Pampeanos 
y Araucanos. - 12. Patagones y Fueguinos. - 13. Los Calchaquies 283 

CAPITULO \X. -Tribus de la América del Sur (Sección del Pacífico). - 
1. La región Colombiana. -2. Tribus del Itsmo y costas adyacentes.— 

3. Los Chibchas.— 4. Tribus Sudcolombianas y Ecuatorianas.— 5. La región 
Peruana.— 6. Principales tribus. -7. Lqs Quechuas. -8. Culturas Pre-Incá- 
sicas.— 9. El Imperio de los Incas.— 10. La Religión Incásica.— 11. El Sa- 
cerdocio y el culto.— 12. Los Amantas. - 13. hl Gobierno Incásico. - 14. Or- 
ganización social. -15. Repartición de los productos.- 16. Reglamenta- 
ción del trabajo. — 17. Arquitectura. - 18. Agricultura y ganadería. - 19. Me- 
dios de comunicación. -20. Colonias y guarniciones. -21. Artes mecánicas. 

-22. Consideraciones generales. . 313 

SEGUNDA ÉPOCA ^ 

TITULO PRIMERO 

ANTECEDENTES DEL DESCUBRIMIENTO 

CAPITULO PKl^E'RO.- Exploraciones Pre-Colombianas—\. Viajes du- 
dosos.— 2. Islandia y sus Vikingos. -3. Las Sagas.— 4. Vinlandia.— 5, Im- 
portancia de estos viajes. -6. El Este y el Oeste. -7. Las rutas medioevales. 

- X - 



-8 Los Turcos Otomanos. -9. La Geografía MedioevaL— 10. Viajes italia- 
nos. -11. Los Portolanos.-12. La brújula y el Astrolabio. - 13. Enrique el 
Navegante. -14. El Cabo Bojador. -15. El Cabo de Buena Esperanza. - 

16. Resultados de estos viajes 363 

CAPITULO U.- España en el siglo XV. - 1 . Los Reyes Católicos. -2. Pacifi- 
cación del Reino. - 3. La Santa Hermandad.— 4. Los Consejos. -5. Los Co- 
rregidores. -6. Medidas financieras.-?. Las Ordenes Militares. -8. La 
Guerra de Granada. -9. Judaizantes y Conversos.— 10. La Inquisición. - 
11. Expulsión de los Judíos. — 12. Mudejares y moriscos.- 13. Conclusiones 
generales 391 

TITULO II 

\ 

EL DESCUBRIMIENTO 

CAPITULO l.-Cristó bal Colón {U46-U9A).-]. Juventud del descubridor 
de América. -2. Lecturas.— 3. Portugal. -4. Colón y Toscanell¡.-5. Don 
Juan II. 6. Colón en España. -7. Juntas de Córdoba y Salamanca.— 8. Las 
Capitulaciones. -9. Preparativos.— 10. El Primer viaje. -11. Exploracio- 
nes.— 12. Regreso á España. - 13. La Bula de Alejandro VI y el Tratado de 
Tordesillas 411 

CAPITULO U. -Cristóbal Colón {\A93-l500).— \. El Segundo viaje.-2. La. 
Isabela. -3. El Memorial á los Reyes. -4. Disturbios en la Colonia.— 
5. Exploraciones.— 6. Bartolomé Colón.— 7. Guerra contra los indígenas. 
-8. Juan de Aguado. -9. El tercer viaje. - 10. Sublevación de Roldan. - 
11. Colón y Bobadilla. -12. Actitud de los Reyes Católicos.- 13. Viajes de 
los Cabots. - 14. Viajes de los Corte Real 425 

CAPITULO III, -Lfl línea de la Costa (1499-1508) -1. Alonso de Ojeda. - 
2 Viajes de Alonso Niño y Vicente Yáñez Pinzón.— Viajes de Lepe y de 
Bastidas. Segundo viaje de Ojeda. - 4. Vasco de Gama. - 5. Pedro Alvarez 
Cabral.-6. El cuarto viaje de Colón. -7. Santo Domingo. -8. El Conti- 
nente.-9. Jamaica.- 10. Últimos años de Colón y su muerte.-ll. Améri- 
co Vespucio. - 12. Sus viajes.— 13. Sus escritos. - 14. El nombre de América. 447 

CAPITULO IV. - El primer centro de colonización española. Fray Bartolo- 
mé de Las Casas (1495-1522).- 1. Ovando en La Española. -2. Los repar- 
timientos y las encomiendas. - 3. Rápida disminución de los indios. - 4. Des- 
cubrimientos y nuevas poblaciones. - 5. D. Diego de Colón. - 6. Las Pré- 
dicas de Montesinos.-?. Fray Bartolomé de Las Casas. - 8. Las Casas y el 
Cardenal Cisneros.- 9. Los negros Africanos. - 10. La colonia de Tierra 
Firme. — 11. La Conquista de Cuba. - 12. Ponce de León y el descubrimiento 
de La Florida. - 13 Lucas Vázquez de Aillón.— 14. Expediciones de Hernán- 
dez de Córdoba y Gri jaiva 472 

CAPITULO V. - En demanda del Estrecho vl508-1522).-l. Concesión á Oje- 
da y Nicuesa. 2. Ultimo viaje de Ojeda. - 3. Expedición desgraciada de 
Nicuesa. - 4. Enciso y Vasco Núñez de Balboa. - 5. Alianzas de Balboa con 
los Indios. -6. El descubrimiento del Mar del Sur.— 7. Pedrarias Dávila.— 
8. Expediciones en el Itsnio. 9. Ejecución de Vasco Núñez de Balboa.— 
10. Juan Díaz de Solís y el descubrimiento del R'o de la Plata.- 11. Her- 
nando de Magallanes. - 12. Su viaje y su muerte. - 13. Sebastián del Cano. 
-14. Conclusiones generales 499 

- XI - 



A LOS MAESTROS 



Los adelantos modernos en el campo de la investigación his- 
tórica Americana y sus disciplinas auxiliares, las exigencias de 
la metodología y la crítica y las nuevas y sabias orientaciones 
pedagógicas que los trabajos de Channing Hart, Barnes, Macé, 
Langlois, Bernhein, Seignobos, Hinojosa, etc., señalan á todo 
aquel que quiera cultivar con fruto el estudio del pasado 
de los pueblos, me han determinado á escribir un nuevo Com- 
pendio de la Historia General del Continente Americano, que 
adaptándose á las necesidades de la Educación Argentina, sin- 
tetice en forma clara y científica los resultados y conclusiones á 
que, después de pacientísimos trabajos de crítica externa é in- 
terna, han llegado los etnólogos é historiadores que al Estudio 
del Continente Americano han dedicado sus valiosos esfuerzos. 

Los manuales de Historia Americana hoy existentes, son an- 
ticuados en sus afirmaciones y métodos; adolecen de gravísi- 
mos errores de concepto, ó de aquella perniciosa enfermedad 
de la inexactitud, convertida por el caso típico del célebre his- 
toriador Frowde en interesante entidad nosológica. No pueden 
menos, pues, tales libros que extraviar el juicio de la juventud 
Americana sobre muchos é importantes sucesos, á más de re- 
cargar inútilmente sus inteligencias con detalles múltiples y de 
poco interés educativo, que mortifican al estudiante, sacrifican- 
do las más de las veces sus facultades críticas para recargar su 
memoria inútil y fatigosamente. 

La generosidad y patriótico entusiasmo del Sr. D. Tomás de 
Estrada, jefe de la Casa Editora de este libro, me ha permitido 

- XIII - 



confeccionarlo en forma que compila ventajosamente con los 
usados en la actualidad en las principales Universidades y Co- 
legios Norte Americanos y Europeos, tanto en lo que se refiere 
al texto y metodología, como en lo referente á su factura mate- 
rial, á sus copiosas ilustraciones en negro, á sus láminas y ma- 
pas á tres ó más tintas, y á su cartografía histórica. 

Antiguo catedrático de esta materia en el Colegio Nacional 
de la Capital de la República, he dedicado largos años de ince- 
santes estudios en las Universidades y Bibliotecas Europeas, á 
la investigación de los problemas históricos Americanos, para 
poder ofrecer á mis dignos compañeros de ,cátedra algo digno 
de ellos y de sus constantes esfuerzos por el progreso y engran- 
decimiento Argentinos. 

Siguiendo instrucciones expresas de mis Editores, he procu- 
rado recoger en, los Archivos Españoles y en la colosal Biblio- 
teca del Museo Británico, todas las noticias y documentos refe- 
rentes á América, que he considerado útiles para el conocimien- 
to cierto de su historia. 

Ansioso de evitar las relaciones de tercera ó cuarta mano, 
siempre que la considerable extensión de mi campo histórico 
me Ipíha permitido, he acudido á \2S> fuentes primarias ó secun- 
darias, al documento mismo, ó á aquellos libros consagrados 
por la sana crítica histórica como fundamentales y fidedignos 
en las materias de que tratan, por ser á veces más conveniente 
referirse á ellos que á las fuentes mismas que examinaron. 

Los estudios de Bandelier, por ejemplo, sobre la Confedera- 
ción Azteca, que me han servido de guía para confeccionar el 
capítulo á ellas referente, son \xx\2i fuente secundaria, pero es in- 
dudable que aunque hubiera consagrado mi vida entera á ese 
solo punto de la Historia Americana estudiando las fuentes 
primarias, no hubiera podido conseguir hacer nada mejor ni 
más perfecto. 

Como no existe, ó al menos no conozco, un libro español ó 
extranjero en que estén seleccionadas las fuentes principales 
(primarias ó secundarias, especiales ó generales) de las cuatro 
épocas de la Historia General, de América, he querido hacer en 

-- XIV - 



este libro una tentativa de Bibliografía General Americana, do- 
cumentando ampliamente en las notas las afirmaciones del 
texto, poniendo una lista de referencias al fin de cada capítulo, 
y procurando ahorrar al Maestro y aun al erudito, el minucioso 
trabajo de selección de fuentes, necesario para dilucidar los va- 
riadísimos problemas de la Historia de América. 

El justo criterio pedagógico de los Maestros Argentinos, ele- 
girá entre las obras que en mis Bibliografías selecciono, las que 
más convenientes crean para sus futuras Monografías y para 
desarrollar el espíritu investigador de los alumnos. De la can- 
tidad de lectura y trabajo crítico que estas Bibliografías repre- 
sentan, serán jueces los Maestros mismos. Ellos saben como 
yo, que no es posible hoy escribir un texto de Historia sin in- 
dicar en él sus referencias Bibliográficas, y que todo libro que 
no las tenga, no pasará nunca de ser un manual de cuarta ó 
quinta mano, peligroso ó inservible. 

La Moderna Metodología Histórica exige narraciones depu- 
radas y comprobables en las fuentes. Los alumnos de los Co- 
legios Americanos no pueden, pues, limitarse á memorizar lo 
que otros escribieron sobre su historia: deben acostumbrarse á 
investigar con paciencia y á juzgar por sí mismos sobre lá ve- 
racidad de los hechos sometidos á su estudio. 

Fiel á este criterio pedagógico, he puesto en los capítulos 
de mi libro, además de títulos é indicaciones marginales, sen- 
cillos cuestionarios que, sin los graves inconvenientes de los re- 
súmenes abreviados, facilitan la tarea del estudiante y sus Maes- 
tros. Las preguntas de dichos cuestionarios, formuladas neta y 
claramente, tienen por principal objeto desarrollar el espíritu 
crítico de los alumnos, que al contestarlas, podrán sintetizar 
sin esfuerzo las explicaciones y doctrinas de la cátedra. 

Aprovechando, principalmente, los admirables trabajos de 
los sabios investigadores y arqueólogos de la Oficina Etnoló- 
gica de Washington, sobre la vida, lenguas y costumbres de 
las razas primitivas del Norte de América, los no menos im- 
portantes de los historiadores, filólogos y arqueólogos Sud- 
americanos y Europeos, y las conclusiones de los más recien- 

- XV - 



tes Congresos Científicos, he consagrado varios capítulos de 
mi Compendio al estudio de la vida física, psicológica, etc., de 
los aborígenes americanos, procurando desvanecer antiguos 
errores y leyendas sin fundamento serio y científico, aclarar 
cuestiones obscuras y fijar á la luz de los descubrimientos mo- 
dernos los caracteres esenciales de las agrupaciones indígenas 
que poblaron el Continente Americano. 

El conocimiento sistemático de la vida aborigen es parte, á 
mi entender, importantísima de la Historia Americana y fuen- 
te de fructíferas enseñanzas. Dedicar á la Raza Indígena cuatro 
vaguedades superficiales, como hasta ahora se ha hecho en los 
textos de Historia Americana, dejar de estudiarla con la exten- 
sión necesaria, es tronchar la Historia del Continente, es escri- 
bir una tragedia prescindiendo de sus personajes principales, 
es borrar de un golpe, y sin razón alguna, páginas evolutivas 
de interés palpitante y hondo. 

Hay en la primitiva Raza Americana, en sus luchas, en su 
vida física y moral y en su triste fenecimiento, lecciones in- 
tensamente trágicas, interesantísimos esfuerzos sociológicos y 
profundas enseñanzas éticas. Sin conocerlas á fondo, mal 
puede el alumno estudiar con provecho y orden crítico la luc- 
tuosa epopeya de la Conquista y la Colonización Europeas. 

La necesaria extensión de mi Compendio, la abundancia de 
sus grabados, mapas, etc., y el espacio que las notas, biblio- 
grafías y referencias requieren, me fuerzan á dividirlo en dos 
tomos. Dedico el primero al Estudio de la Raza Indígena y al 
del Descubrimiento, y el segundo (ya en prensa) al de las épo- 
cas de la Conquista, Colonización é Independencia. 

Al estudiar estas últimas épocas de la Historia Americana, 
he procurado huir de minucias y detalles narrativos impropios 
de un libro elemental, limitándome en lo posible y sin detri- 
mento de la claridad, á determinar los rumbos que siguieron 
los conquistadores y misioneros, á estudiar los motivos, princi- 
pales que impulsaron sus empresas, el carácter peculiar de las 
instituciones Europeas que informaron las nacientes Colonias, 
la vida social y política de los Virreinatos y demás organismos 

- XVI - 



coloniales y las causas internas y externas que produjeron su 
independencia de las respectivas Metrópolis. 

Los abnegados y patrióticos esfuerzos de los Americanos 
para conseguir su vida independiente, las augustas figuras de 
sus Libertadores y Estadistas, las admirables campañas de sus 
Generales y las sabias disposiciones de sus Asambleas Libres 
tienen naturalmente lugar preferentísimo en mi Compendio, 
cuyo primordial objeto pedagógico es y debe ser el avivar en 
la juventud Americana el fuego sagrado del patriotismo. 

Las evidentes dificultades científicas y materiales de la con- 
fección de una obra de esta índole, el tiempo indispensable 
para coleccionar y reproducir con justedad sus numerosas 
ilustraciones gráficas, me han obligado, muy á mi pesar, á 
demorar su publicación más de lo que hubiera deseado. Los 
Maestros sabrán disculparme. 

Ellos, mejor que nadie, al recorrer las páginas de mi libro, 
se darán cuenta exacta de la cantidad de trabajo intelectual y 
material que representan. 

He aquí mi obra. En ella he puesto todo lo que soy y todo 
lo que valgo, todo el fruto de mis meditaciones y lecturas his- 
tóricas, todos los resultados de mis investigaciones críticas. 
Confieso que al lanzarla á la publicidad siento como si me 
desprendiera de algo que forma parte de mi alma, de mi ser 
íntimo. Ha sido para mí durante años sereno refugio de dolo- 
res, asilo de entusiasmos y añoranzas. 

Hela aquí... 

Pobre ó rica, útil ó inútil, la ofrezco como es á los Maestros 
Argentinos. 

Si de otra cosa no sirve, les recordará al menos que, á pesar 
del tiempo y la distancia, estoy siempre con ellos y conservo 
vivo en mi espíritu el amor á la brillante juventud Argentina, 
que con sus ejemplos supieron inculcarme. 

Carlos Navarro Lamarca. 

Madrid, Diciembre 1." 1910. 

- XVII - 




CAPITULO 
PRELIMIMAR 



CAPITULO PRELIMINAR 

LA HISTORIA GENERAL DE AMÉRICA 



1. Definición.— 2. Extensión y Objetos.— 3. Divisiones.— 4. Las Fuentes.— 5. Archi- 
vos y Museos.— 6 Colecciones de documentos.—?. Las Autoridades.— 8. Bibliotecas 
y Bibliografías.— 9. Mapas y estudios fisiográficos.— 10. Metodología. 

1. — Entendemos x^or Historia General dé Ammca, k relación Definiciones, 
coordenada y auténtica, de la acción pragresiva^áo. 1^3 Spfi§(ia- 
des Americanas á través del tiempo. Ll arqueólogo que estiidia 
los templos Aztecas ó las Alfarerías Incásicas; el filólogo que 
desentraña las analogías lingüísticas de las tribus del Sur ó 
del Norte; el fisiógrafo que determina las influencias del me- 
dio ambiente en la formación de las agrupaciones indígenas; 
el sociólogo que describe las organizaciones coloniales y el 
paleógrafo que descifra documentos obscuros, manejan he- 
chos históricos, pero no hacen historia. No basta, por ejemplo, 
saber qué espíritus veneraron los Iroqueses, cómo estaba or- 
ganizada su Confederación, qué comieron, cómo se vistieron 
y qué lengua hablaron; necesitamos saber, además, lo que hi- 
cieron, la historia de sus trabajos, de sus luchas, de sus heroís- 
mos, de sus crueldades, de su aniquilamiento, de sus acciones, 
en fin, y de la continuidad de sus efectos y sus causas. La Ar- 
queología, la Filología, la Ciencia política y demás auxiliares 
de la Historia, dejan de lado aquellos acontecimientos que 
importan acción, esa cualidad peculiarísima del hombre que 
usa el lenguaje, el arte, el gobierno, las creencias, etc., como 
instrumentos para edificar organismos sociales, para darles 

- XXI - 



u>!"' 



Estudia esta última la sociedad en general, su evolución y des- 
vv^j ¡v^ arrollo, y el verdadero objeto de la Historia, es el estudio de 



carácter y sello propio, para producir sus cambios continuos 
y decidir su progreso ó decadencia (1). 

Los especialistas proporcionan los materiales, la piedra, el 
hierro, la madera para construir el edificio. El historiador lo 
construye, recoge los estudios de Filología Americana, de Arte 
lericano, de Etnología, etc.; los reúne en un todo artístico 
proporcionado y continuo, les da unidad y vida, y hace, en 
una palabra, Historia de América. 
Extensión y objeto. 2. -La Historia, no puede confundirse con la Sociología. 

la unidad social, del desenvolvimiento progresivo de la perso- 
nalidad de un pueblo, raza ó conjunto de pueblos que se des- 
arrollan por el medio y la acción, hasta perecer, ó constituir 
agrupaciones sociales definidas y resistentes. 

TanípOGO piié^le limiiars^ el estudio de la Historia General 
de^/[m&ica,AA^^^^^ Continente Norte Americano, como han 
querkl-b alguinios historiadores. Sud América tiene en la histo- 
ria de la civilización humana tanta ó más importancia que 
Norte América, y la Raza Latina que puebla el Continente Sur, 
nada tiene que envidiar á la Sajona, que en general ocupa el 
Continente Norte. Las agrupaciones indígenas más cultas y 
definidas, se formaron por otra parte en la América del Sur. 
Prescindir del Continente Sud Americano al estudiar la His- 
toria General de América y llamar así á la Historia Particular 
de los Estados Unidos, es tan ridículo como estudiar, por ejem- 
plo, la Historia de la llamada Edad Antigua, prescindiendo de 
Roma ó de Grecia (2). 



C 



(1) Yse. Emerson, Essays. History. /v'ow'rfí, Short Studies on great subjects. On 
History. Max Nordau, Interpretation of History (Londres, 1910), pág. 6 y síg Lete- 
lier, La evolución de la Historia (Santiago de Chile, 1900). Vol, I, pág. 12 y sig. Al- 
tamira, La Enseñanza de la Historia, pág. 113 y sigtes. Julián Ribera, Lo científico 
en la Historia, pág. 2, etc Sheldon Barnes, Studies in Historical Method. Bushnell 
Hart. Iniag. in History (Am. Hist. Review (Vol. XV, 402). F. I. Teggart, The Cir- 
cunstance and the substance of History (Am. Hist. Review, vol. XV, n.« 4), etc., etc. 

(2) En la guía para el estudio de la Historia Americana de los Profesores de la 
Universidad de Harward (E. U.). Ed. Channing y A. Busnell Hart (Guide to the Study 

- XXII - 



Consideraremos, pues, la Historia de América, en general, 
estudiando la formación progresiva de las unidades sociales de 
sus dos Continentes, procurando relacionarlas entre sí y com- 
parar en forma sintética las notas características de su respecti- 
vo desarrollo.^ 

3. -Para sistematizar en lo posible nuestro estudio, y sin Divisiones, 
pretensión alguna dogmática, podemos dividir la Historia Ge- 
neral de América en cinco grandes Épocas. 

1.a América Indígena. — khvdiZdi la Pre-historia y la historia 
de la Raza Americana Primitiva hasta el Descubrimiento Co- 
lombino. 

2.a Descubrimiento.- khx2iZ2i desde el primer viaje al Con- 
tinente Americano de Cristóbal Colón, hasta la vuelta á España 
de Sebastián del Cano, después de su viaje de Circunnavega- 
ción (1492-1518). 

3.a Conquista.-'^siViáxdi el conflicto de la Raza Indígena 
con los Europeos, hasta su dominación por éstos y formación 
definitiva de las diversas Colonias. 

4.a América Colonial. — Estudia el desarrollo cultural y po- 
lítico de tales Colonias hasta los primeros síntomas de su In- 
dependencia. 

5.a La Independencia. - Comprtnáe: desde estos síntomas 
de Independencia hasta la formación de las diversas Naciona- 
lidades Americanas (1). 

4. - Los materiales originales que sirven á los historiadores Las Fuentes, 
para construir sus relaciones, se WsLxmin fuentes. Corresponden 



of American History, 1903, N Y.), libro por más de un concepto recomendable y útilí- 
simo, los eruditos compiladores, arrastrados por su mal entendido patrioterismo, des- 
cartan el Continente Sud Americano de la Historia General de América «porgúelos 
Latino- Americanos no han contribuido con nada de importancia, á la masa de la ex- 
periencia política y social del mundo. . . y porque los Españoles Americanos han ade- 
lantado muy poco en estos últimos siglos, etc," íLatín Americans have made no siíj- 
nificant contribution to the world's stock of social & political experiencc, etc., pági- 
na 4). La afirmación de Channingy Hartes tan peregrina y presuntuosa (boastfull, 
como ellos mismos dicen), que basta enunciarla para evidenciar su ridiculez. 

(1) La vida independiente de las distintas nacionalidades Americanas, no debe, á 
mi juicio, estudiarse en la Historia General de América, sino en lí Historia Particu- 
lar ó Nacional de cada uno de los referidos paises. 



XXIII 



á los fósiles en geología, á los casos en los estudios legales, á 
las palabras en filología, etc., etc. Son restos del pasado, de 
donde se deriva el conocimiento del mismo. Consisten en la 
masa de tradiciones, manuscritos, impresos, monumentos, res- 
tos, útiles, instituciones, literaturas, etc., en las que una genera- 
ción, pueblo ó raza se exterioriza tangible y visiblemente. Todo 
lo que nuestros antepasados nos legaron, sus instituciones, sus 
creencias, sus leyes, su lengua, sus edificios, sus industrias, et- 
cétera, son fuentes de su historia, que no pueden confundirse 
con la historia misma que con ellos formaron sus cronistas, 
omitiendo á veces ó exagerando, lo que creían dañoso ó 
conveniente para mantener su punto de vista religioso, social 
ó político. La Historia encuentra en las fuentes, materiales de 
toda especie siempre utilizables. El contenido y la dirección 
de la historia, cambian con las generaciones; las fuentes per- 
manecen y perduran. Tienen vividez, sello propio y particu- 
lar encanto. Son las progenitoras de la historia. Ellas deben 
resolver toda controversia, y en ellas deben fundarse todas las 
crónicas. 
Archivos y Museos. 5. - Así como para estudiar la Botan ica, la Zoología, etc. , debe 
acudirse á los Museos de Ciencias Naturales, donde se han re- 
unido ejemplares diversos para estudiar la civilización de las so- 
ciedades humanas, es convenientísimo visitar los Museos Etno- 
lógicos, Arqueológicos, Históricos, etc., en los que se guardan 
cuidadosamente clasificados los restos, reliquias, útiles, herra- 
mientas, orfebrerías, ornamentos, etc., que juntamente con los 
monumentos arquitectónicos (edificios, caminos, acueductos, 
templos, ruinas, etc.), nos dan á veces clarísima idea del vivir cul- 
tural de pasados pueblos. Los repositorios más ricos en Anti- 
güedades Americanas son, entre otros, el Peabody Museum, 
de Cambridge, Mass. (E. U.), las colecciones de la Smithso- 
nian Institution, y de la Oficina de Etnología de Washington 
(E. U.), el Museo Nacional de Washington , las colecciones 
Etnológicas del Museo Británico, del Konigliche Museum, de 
Berlín, y del Museo Etnográfico, de San Petersburgo; el Museo 
Arqueológico, de Madrid; el Museo Nacional, de México; el 

- XXIV - 



Museo de la Plata, el Museo Nacional^ de Buenos Aires; el 
de Río Janeiro, Santiago de Chile, etc., etc. Casi todos estos 
Museos han publicado, y siguen publicando en sus anales, re- 
vistas y catálogos, reproducciones artísticas y fieles de sus teso- 
ros Arqueológicos (1). 

L2iS fuentes manuscritas, y en especial las de carácter oficial, 
se guardan cuidadosamente en sus Archivos por todas las na- 
ciones cultas. Estando la Historia Americana íntimamente rela- 
cionada con la Europea, apenas hay Archivo importante en Eu- 
ropa que no conitngdi fuentes manuscritas interesantes para el 
Historiador de América. 

Claro es que los Archivos Españoles, Portugueses, Ingle- 
ses y Franceses, son los más ricos de Europa en documen- 
tación Americana. Toda la Historia Colonial de las actuales 
Repúblicas Hispano -Americanas, por ejemplo, puede y debe 
estudiarse en los Archivos Españoles. 

En las Referencias de este Compendio se mencionan espe- 
cialmente los Archivos que contienen las principales fuentes 
manuscritas de cada una de sus materias y capítulos (2). 

6. Para que \2& fuentes manuscritas de la Historia se conoz- Colecciones 
can sin necesidad de visitar ios distintos Archivos, y para ha- 
cerlas además fácilmente inteligibles para los profanos en las 
disciplinas paleográficas, deben coleccionarse y publicarse. 

Desde el principio del siglo xvni, todas las naciones Euro- 
peas han procurado coleccionar, y han coleccionado y publi- 
cado casi todas las fuentes de su historia. Como gran parte de 
estas colecciones son sólo accesibles en las grandes Bibliotecas, 



de documentos. 



(1) En la imposibilidad de mencionar, aunque sea someramente, todas estas publi- 
caciones, relacionafias por otra parte (las principales) en las «Referencias'^ y „Notas'^ 
de este primer tomo del Compendio, refiero á los estudiosos al resumen de Winsor. 
N. & C. H. of. A. Vol I. Apéndice VI, pág. 437, que enumera las publicaciones Ar- 
queológicas Americanas más importantes. 

(2) Véase Winson H. &, C. H. of. América, Vol. VIII. Ap. L", pág. 412, y Comp. 
Cuide to Am. Hist. (Chaming & Hart), pág. 39 y sig. Sobre los Archivos Españoles, 
véase la acertada descripción de V^iUiam R. Shepperd (The Spanish Archives, etc., 
pág. 2 y sig., con sus notas y referencias). En general Comp. Langlois. Manuel de Bi- 
bliographie Historique, pág. 77 y siguientes. 

- XXV - 



para mayor facilidad del estudioso se han empezado también á 
publicar en estos últimos años en muchas naciones de Europa 
y en algunas de las Americanas, colecciones populares á& fuen- 
tes, clasificadas según su importancia y sus épocas. La utilidad 
de estos elementales instrumentos de investigación histórica es 
grandísima, tanto por la facilidad de su adquisición como por 
la sencillez de su manejo. 

El cuidadoso estudio de las fuentes ha dado además origen 
á disciplinas científicas nuevas (Filología, Paleografía, Eurísti- 
ca, Diplomática, etc.), que exigen á su vez nuevas escuelas y 
aparatos científicos. El modelo de estas nuevas escuelas ó talle- 
res históricos es el Semínarium alemán, cuyos únicos materia- 
les de trabajo son las fuentes, y en el que los estudiantes inves- 
tigan por sí mismos, construyendo con las referidas fuentes 
trabajos históricos originales. Algunas Universidades Norte- 
Americanas; la Ecole de Caries, de París; el Centro Arabista, 
de Madrid y otras instituciones de investigación histórica, han 
adoptado el acertadísimo sistema del Semínarium, de Ale- 
mania, ampliando un tanto su criterio (1). 
Las Autoridades. 7. — Entendemos por Autoridades, las monografías, tratados 
ó libros de historia, basados en las fuentes. Si no se hubiera es- 
crito, por ejemplo, ninguna historia del General San Martín, 
tendría que recurrir el que la escribiera, á los diversos Archi- 
vos, para buscar las fuentes originales de información; más aún, 
debería mencionarlas en su obra, porque no hay autoridad his- 
tórica digna de tal nombre, si no se refiere días fuentes. Exis- 



(1) Como modelos de Colecciones Populares de Fuentes, que tan útiles serían 
para los Alumnos Argentinos, si se hiciesen, citaremos entre otros los Leaflets de 
Chaming&Hart (American History Leaflets, etc., New York), publicados bimen- 
sualmente; los Documentos Ilustrativos de Presión (Howard. W. Presión. Docu- 
mentsUlustrative of American History New York), el "Quellenbuch", de Albert Pichter 
(Leipzisí 1885), las series de B. Teller (L'histoire de France racontée par les Contem- 
poraines. París 1880 á 1910), etc., etc. La mejor de las Bibliografías generales de 
Fuentes que conozco es, á mi juicio, la de tíernheim (Lehrbuch der Historischen Me- 
thode. Leipzig. 1894), pp. 188-202 y 436 y sig. Sobre el moderno Semínarium Ale- 
mán, etc., véase Langlois. op. cit. Lib. II, pág. 340 y sig. Aliamira, Enseñanza de 
la Hist., pág. 21 y sig., etc , etc. 

- XXVI - 



tiendo la obra del General Mitre , escrita en presencia de las 
fuentes originales, su cuidadosa lectura ahorra al estudioso el 
ímprobo trabajo de clasificar, depurar y extractar las fuentes 
originales, bastándole la autoridad histórica mencionada, para 
conocer con justedad la augusta figura del heroico Libertador 
de América. Toda autoridad histórica, propiamente dicha, debe 
relacionar críticamente sus fuentes, añadiendo notas, apéndices 
ó referencias que permitan al investigador ensanchar su campo 
de estudio. De la exactitud, sentido crítico, orientación, etc., de 
estas notas, referencias y Apéndices, depende el valor histórico 
y autoridad de la obra. 

8. - Las autoridades mencionadas son herramientas indis- Bibliotecas 
pensables para el estudioso; pero le serían inútiles si no tuvie- y Bibliografías, 
sen medios rápidos de conocer su existencia. De nada serviría 
amontonar libros en las Bibliotecas, si no pudiera saberse fá- 
cilmente de qué trataban y dónde estaban. El historiador nece- 
sita, antes de escribir sobre determinada época ó cuestión histó- 
rica, saber cuáles son los libros que de ella se ocupan directa ó 
indirectamente, qué autoridades debe consultar, y qué medios 
de información puede ofrecerle la enorme Biblioteca acumula- 
da por los escritores de todos los tiempos y todos los países, es 
decir, el patrimonio científico y literario que la humanidad le 
ha venido legando durante siglos. 

De aquí la necesidad de las Bibliografías, repertorios orde- 
nados donde se mencionan el conjunto de libros antiguos y 
modernos, nacionales ó extranjeros que se han escrito y publi- 
cado sobre las diferentes épocas y cuestiones históricas. Ade- 
más de los Catálogos de las grandes Bibliotecas (Museo Bri- 
tánico, Nacional de París, etc., etc.), las Bibliografías Nacio- 
nales, las Bibliografías de Bibliografías y otros instrumentos 
de Bibliografía General, existen numerosos repertorios de 
Bibliografía Histórica, en los que se indican las fuentes 
originales y los trabajos modernos que deben consultarse so- 
bre una época ó punto históricos. (Bibliografía Retrospectiva), 
ó sólo los trabajos modernos (Bibliografía Corriente), clasi- 
ficándose estos últimos según comprendan la Historia Uni- 

- XXVII - 



versal, la Nacional, la Regional, ó alguna rama especial de la 
Historia. 

Desgraciadamente, no existe un Repertorio General Biblio- 
gráfico de la Historia Americana. Los publicados en los Esta- 
dos Unidos, por todos conceptos notables y útiles, tienen un 
carácter netamente nacional. El historiador de Sud América 
tiene necesariamente que formar su propio Repertorio Biblio- 
gráfico, y recurrir para ello á los meritorios trabajos aislados 
de algunos eruditos, que en su lugar se mencionarán, á las an- 
tiguas Bibliografías Retrospectivas, á los Catálogos de las Bi- 
bliotecas Públicas Sud-Americanas, á los generales de las gran- 
des Bibliotecas Europeas (Museo Británico, Nacional de París, 
etcétera), á los de las Bibliotecas Españolas (Nacional, Colom- 
bina, de Palacio, Escorialense, de la Academia de la Historia, 
del Museo de Ultramar, etc.), á las publicaciones, Repertorios, 
Enciclopedias, Boletines y Revistas Históricas y Bibliográficas, 
etc, etc.). A falta de algo mejor y más completo, el conjunto de 
las u Referencias" de mi Compendio puede servir de Manual ó 
Guía elementalísima, de la Bibliografía General áel Continente 
Americano (1). 
Mapas y estudios 9. - Parece inútil acentuar la íntima y necesaria relación de 
fisiográficos. j^ Geografía con la Historia. Mal pueden estudiarse el desarro- 
llo y formación de las nacionalidades y pueblos Sud-America- 
nos, sin conocer exactamente las regiones y lugares que sucesi- 



(1) Los catálogos de la Biblioteca Pública de Brooklyn, y el «Catálogo de Histo- 
ria, Biografías y Viajes", que publica la Biblioteca de Boston, son muy valiosos. So- 
bre la Bibliografía Norte Americana, véase Channíng^ Hart, Guide, pág. 35 y sig. 
Winsor, N. &. C H. of A. Vol I. Int. y VIII. pág. 469, etc. Larned, Lit. Am. Hist. 
pág. 4 y sig. Adans. C. K, A Manual of Historical Literature (N. Y.), etc., etc. Sobre 
Bibliografía en General y Bibliografía Histórica. Vse. Altamira. Ens. de la Hist. 
pág. 175 y sig. Ch, V. Langlois, Manual de Bibliog. Hist. Cap. I. III., pág. 2 y 125, 
etc., etc. La obra bibliogiáfica, á mi juicio, más notable publicada en Sud América, 
además, de las de Icalbazceta, es la «Biblioteca Hispano-Americana del Dr. y. iW 
Beristain de Souza (Méjico 1816-1821), 3 Volúmenes. Se refiere sólo á los escritores, 
nacidos, educados, ó que vivían en América del Sur, y es, por tanto, de grandísimo 
interés, i/ amssí, en su «Biblioteca Americana Vetustissima", enumera algunas Bi" 
bliografías de Hist. Americana. Los Catálogos del insigne ¥cxmno León y Pinelo 
(Madrid 162Q), aumentados por Barcia (1737-1738), son también útilísimos. 

*- XXVIII - 



vamente fueron ocupando. La Cartografía histórica de Amé- 
rica, es elemento indispensable para el estudio de su historia. 
Las relaciones de los primeros exploradores, conquistadores y 
misioneros, los mapas de los antiguos cartógrafos, las conce- 
siones de las diversas naciones Europeas para fundar colonias, 
los tratados de límites, las decisiones internacionales sobre lí- 
mites disputados, las divisiones políticas de los Estados y Na- 
ciones, etc., etc., fijan é ilustran los acontecimientos históricos, 
y son importantísimas /w^/z/^s para su conocimiento. De aquí 
la necesidad de los Atlas y Mapas de Geografía Histórica, de 
la reproducción de las antiguas cartas corográficas, y del uso 
constante de mapas mudos ó de contornos para marcar en for- 
ma gráfica y patente el resultado de las investigaciones históri- 
cas sobre viajes, conquistas, batallas, etc. No hay obra moderna 
de Historia que no reconozca tal necesidad multiplicando los 
mapas ilustrativos en su texto, y los de carácter diagramático 
para dar fijeza y justedad crítica á los acontecimientos históri- 
cos que estudia. 

Los Q.s\.\xá\os fisiográf icos son también indispensables para 
el conocimiento claro de la Historia. Es innegable que las con- 
diciones económicas de un pueblo, especialmente en sus prin- 
cipios y antes que el aumento de población, comercio é indus- 
tria impongan adaptaciones artificiales, están en gran parte de- 
terminadas por el medio físico en que se desarrolla. El medio 
reacciona también sobre la constitución física y mental de los 
habitantes de un país é influye decisivamente en su cultura. El 
clima, el suelo, el contorno geográfico que favorece ú obstacu- 
liza las emigraciones y consiguiente contacto de los distintos 
grupos, afecta también el desarrollo cultural de los pueblos 
primitivos, cuyas instituciones tie'ná^ ó no, según los casos, á 
evolucionar aislada é independientemerlte. 

La suerte política misma de los pueblos de, superior cultura, 
depende á veces de la fisiografía de su territorio. La Historia 
General del Continente Americano, debe, pues, basarse en el 
conocimiento exacto de los variados rasgos fisiográficos de las 
regiones del Norte y Sur de América. La mayor ó menor cul- 

- XXIX - 



tura de sus primitivas agrupaciones indígenas, el desarrollo de 
los viajes, exploraciones y conquistas Europeas, la mayor ó 
menor prosperidad de los organismos Coloniales y la forma- 
ción misma de las Naciones Independientes, dependen en gran 
parte de las condiciones del medio. Los caminos, las sendas, los 
pasos entre montañas, los ríos y lagos, las producciones fores- 
tales y agrícolas, la fauna y la flora Americana, han influencia- 
do decididamente su evolución histórica. El estudio de dichos 
rasgos fisiográficos nos da las más de las veces la clave y la 
causa de acontecimientos históricos á primera vista casuales ó 
inexplicables (I). 
Metodología. 10. - De lo anteriormente expresado puede fácilmente dedu- 
cirse los Métodos que deben adoptarse para el estudio de la 
Historia General de América. Entiéndese por método, el orden 
que se sigue en las diversas ciencias para hallar y enseñar 
la verdad. Dependiendo la verdad histórica de la evidencia 
humana, claro es que para hallarla deben observarse las re- 
glas lógicas que depuran y acrisolan semejante evidencia. El 
historiador es una especie de Juez de Instrucción, que reúne 
pruebas documentales, etc., de los hechos que examina. Debe 
verificar, por tanto, el texto de sus documentos probatorios 
{Crítica de restitución), saber de dónde proceden, (Crítica de 
origen), clasificarlos, relacionarlos con otros, y con las auto- 
ridades, interpretarlos, y ejercer su sentido crítico para averi- 
guar la sinceridad ó insinceridad de sus autores (Crítica in- 
terna). Realizadas estas operaciones analíticas, debe sintetizar 
sus resultados, agrupar los hechos, llenar las lagunas que de- 
jaren, según su sano razonar crítico, y construir, por fin, su in- 
forme ó relación histórica, huyendo de toda parcialidad y filo- 
sófico prejuicio. 



(1) V. Channing&í Hart. Quide. pág 49 y sig y 227 y sig.-N. S. Shaler en 
Winsor. N. & C. H. of. A. vol. IV-pág. I á XXX, en especial pág. XX-XXX. Elisée 
Recias. Qeog. Universel (Nord. & Sud-América). - Livingston Farrand. Basis of Ame- 
rican History-pág. 3 y sig. Cap. I á IV, y referencias, pág. 272 y sig. - Sheldon Bor- 
nes, op. cit. pág. 35 y sig. Dadd Mead's Cyclopedia I. pág. 436 y sig. y sus Biblio- 
grafías, etc., etc. 

- XXX - 



No es posible establecer reglas generales de interpretación. 
Depende del sentido crítico de los historiadores, de su erudi- 
ción, de sus condiciones intelectuales, de su concentración ó 
de su esfuerzo. Con idénticos métodos pueden llegarse á in- 
terpretaciones distintas. El método y las fuentes son para todos 
iguales; la interpretación es personalísima. wEl Criterio", de 
Balmes, y el ,; Tratado de las Pruebas", át Jeremías Bentham, 
son (á mi juicio) normas inapreciables de Metodología. Su 
atenta lectura basta para enseiiarnos la técnica histórica, el 
modo de investigar y apreciar evidencias. No pueden enseñar- 
nos, sin embargo, á hacer la historia, á componer con brillan- 
tez y hondura una monografía ó un libro. Reside tal facultad 
en el historiador mismo. Si es, por ejemplo, un Parkman, co- 
leccionará primero todas las Relaciones de los Misioneros Je- 
suítas, elegirá las que al antiguo Canadá se refieren, entre és- 
tas las de los misioneros más celosos, más observadores y que 
más tiempo estuvieron en aquellas tierras, y depurándolas, re- 
lacionándolas é interpretándolas con sinceridad y elevado es- 
píritu, legará al mundo moderno ese modelo de autoridades 
históricas, esa epopeya de abnegaciones y heroísmos que se 
llama „ Los Jesuítas en Norte América". 

La Historia no está ya destinada á dormir, mientras los ma- 
nuales de cuarta ó quinta mano y los maestros superficiales y 
dogmáticos cuentan hechos aprendidos de memoria á sus 
alumnos inatentos. Debe despertar y entrará la vida. El pasa- 
do vive en el presente. Observando con atención lo actual y 
vivido, discerniremos más fácilmente las formas, ideas é insti- 
tuciones de lo pretérito. Así como las Ciencias Naturales han 
salido de los estrechos límites del libro de texto para entrar al 
mundo de los fenómenos, de los Laboratorios y de los Museos, 
así la Historia debe independizarse de memorizaciones y vie- 
jas disciplinas escolares, entrar al mundo de la naturaleza hu- 
mana, y abandonar las antiguas aulas por Seminarios especia- 
les, dotados de mapas, colecciones de fuentes, autoridades, etc., 
etc , en los que cada estudiante, guiado por un Maestro que 
con él trabaje, interprete por sí mismo los materiales históricos 

- XXXI - 



y ejercite su espíritu crítico. Así y sólo así, podrá alcanzarse el 
ideal de la enseñanza histórica y podrá inculcarse en los alum- 
nos el deseo de ver, sentir y verificar con su inteligencia y su 
trabajo, lo ético y luminoso de la VERDAD y el PATRIO- 
TISMO (\). 



(1) Vse. Lan^lois y Seignobos, Int. aux. Etudes Historiques, Lib. II y III, pág. 43 
á 275. Balmes, El Criterio, cap. XI y sig. Dumont, Tratado de las Pruebas Judiciales, 
según los Mg. de Jeremías Beuthan (Trad. Gómez de Castro), vol. I y II David 
I. mu, The Ethical Function of History (Am. Hist. Hewiew, Oct. IQOS). Para la Bi- 
bliografía de ia Metodología Histórica, V?,t. Channing & Hart, Quide, pá.;. 31 y 
sig. Dodd. Mead. Cyclopedia, vol. IX, pág. 454. Langlois, Manual de Bibliog. Hist., 
pág. 176, 586, etc. Reperlorie Methodique pour la Synthese historique, etc. (Publicado 
por la Rev. de Synthese Hist , París, 1903), etc. 



- XXXIl - 




:: ÉPOCA PRIMERA :: 



AMERICA indígena 



TÍTULO PRIMERO 

Antigüedad del hombre en América. 



CAPITULO I 

EL HOMBRE CUATERNARIO Ó PALEOLÍTICO 

Lo Prehistórico. -2 Materiales para su estudio. —3. Las edades geológicas. - 
4. Los períodos glaciales. -5. La ley de Asociación -6. Los criterios arqneológi - 
eos —7. Útiles paleolíticos en América. -8. El hombre cuaternario en América del 
Sur. -9. En América del Norte. -10 Insuficiencia cronológica de estas investiga- 
ciones. 



1.- Desde la creación del hombre (1) hasta el primer testi- Lo Prehistérict. 
monio escrito de su vivir histórico, hay un período obscuro y 
de duración varia- 
ble, que designar 
podemos con el 
nombre de Prehis- 
tórico (2). 

No existe cróni- 
ca alguna de lo 
acaecido en Amé- 
rica antes de ser 
descubierta por 
Colón. Las inscrip- 
ciones y códices 
indígenas que han 
llegado hasta nos- 
otros, no han podi- 
do todavía desci- 




Fig. \ 
Corte estratigráfico Hancock (Virginia E. U.) 



frarse con certeza. La historia del Continente Americano empie- 



(1) Génesis, Cap. I. 28-II-7. 

(2) Lo Prehistórico en el sentido estrictamente etimológico de la palabra, es del 
dominio de la Geología. No puedo aceptar las hipótesis evolucionistas de Haeckely 



za, pues, ai finalizar el siglo xv. Todo lo anterior á dicha feclia 
pertenece en América al campo de lo prehistórico (1). 

Hay un hecho cierto que sirve de punto de partida para in- 
vestigar tan obscuras épocas. Al llegar los conquistadores euro- 
peos á las costas de America encontraron en ellas hombres que 

creyeron distin- 
tos de los del 
Continente An- 
tiguo, pueblos 
extraños de or- 
ganización pe- 
culiarísima.¿De 
dónde venían? 
¿Cuál fué su 
origen y cuál su, 
antigüedad ? 
Los guerreros 
del siglo XV y 
XVI no pudie- 
ron averiguar- 
lo. Los datos 
obtenidos hasta hoy por la ciencia son también insuficientes 
para esclarecer el enigma. 

Nos limitaremos, pues, á plantear tan obscuros problemas sin 
pretender resolverlos, y á relacionar sumariamente los datos ó 




Fig, 2.— Formación glacial. Isla Sebree (Alaska). 



sus discípulos, (Keane. Etnology-Cap. II-III y sus notas. Id. Man Past & Present. 
Cap. VDeniker. Races of Man. Cap. I, etc.), sobre los supuestos antecesores plioce- 
nos, etc., etc. Véase Souíhall-Recent origin of Man. pág. 30 y siguientes. Nadaillac 
«Les premiers hommesM-T-I-Cap. I, Quatrefages "L'Espece Humaine», LibroII-Ca- 
pítulo X-pág. 65, etc., etc. 
(1) "Man may be assunied to be prehistoric wlierever his croniclings of himself 

are unde signed. . . . The term has no chronological significancehni in its relative 

application corresponds to other archaelogical, in contradistintion to geological pe- 
riods, etc., etc.w D. ir//5o«- Prehistoric Man. pág. 223 etc. (London \^^t).-Wilson 
fué el primero que adoptó el término á^ prehistórico en el sentido expresado en el tex- 
to. Véase Winsor. Narr. & Critic. Hist. of America- 1, pág. 376 y sigtes. 



fragmentos de dato que la Arqueología y la Etnología (1) pue- 
den proporcionarnos. 

2. -La fuente principal para el estudio de lo prehistórico Materiales pan 
está en los monumentos, útiles y objetos paleográficos que de su estudia, 
los primitivos Americanos han llegado hasta nosotros. Como 
productos indiscutibles de sus actividades nos ayudan á co- 
nocer sus ideaS; 
costumbres y 
cultura. El estu- 
dio y compara- 
ción de las len- 
guas y dialectos 
Americanos nos 
permite tam- 
bién determinar 
la afinidad de 
tribus separa- 
das geográfica- 
mente V trazar Fig. 3. -Precipicios y glaciares del Aconcagua (Chile). 

el probable curso de sus emigraciones y movimientos. Las 
tradiciones y leyendas nos proporcionan, por último, valiosos 
datos que corroboran conclusiones dudosas ó aniquilan teo- 
rías inciertas. 

3. - Los materiales que componen la corteza terrestre no es- Las edades 
tan amontonados en caprichoso desorden, sino dispuestos en geológicas, 
lechos ó estratos sucesivos colocados en el orden en que se 
fueron formando. 




(1) Considero aquí la Etnología y la Arqueología como ciencias auxiliares de la 
historia, y no como desmembraciones de la Antropología. (Véase /<>?««^— Etnology, 
pág, 5 y sígtes. No puedo tampoco aceptar la extensión que los arqueólogos america- 
nos del Norte (Vse New International Encydopedia 1905-906 "Archeology Ameri- 
can» que sigue á Tnomas. Int. to the Study of North American Arch. Cap. I-II-III) 
dan á los objetos de la Arqueología Americana, ni la que Keane (Etnoiogy-Cap. I) y 
los etnólogos de su escuela dan a los objetos de la Etnología. Cada una de estas cien- 
cias tiene su campo de investigación limitado, y no podemos extenderlo sin caer en 
confusiones lamentables. (Vse. lF««rf^PhUosophische Studien-Vol. V, pág. 110 
y sig. Navilie Nouvelle Cías, des Sciences (París 1901) . D^/í/^/'-Races of Man. pá- 
ginas 8 á 11. Topinard-Element d'Antropologie, pág. 210 (París 18S5, Em. Schemtdt- 
Centralblat für Antropologie, etc., voi. ÍI, pág. 97 (Breslau, 1897), etc. 



cíales. 



Basados en esta ley de superposición estraíigráfica, aplicable 
á todas las regiones del globo (1), han dividido los geólogos 
el proceso de formación de la tierra en edades y períodos de 
duración cronológica incierta, caracterizados por la estructura 
de las rocas que componen los estratos superpuestos (2). 
los períodos gla- 4. -El más interesante de los episodios geológicos de la 
edad cuaternaria, única que interesa á nuestro estudio, es el 
avance y retroceso de las enormes sábanas de hielo que en pe- 
ríodos sucesivos, llamados glaciales, invadieron las regiones 
septentrionales de Europa y América (3), allanando los mon- 
tes, transformando los valles, arrastrando, estriando ó puli- 
mentando las rocas y acarreando piedras y arenas, para amon- 
tonarlas al retroceder en depósitos geológicos de estructuras 

(1) Véase Dana. Manual of Geology (4 Ed. New York. 1895 pág. 57 y %\g.)-Prest- 
vích. Geology Chemical, Physical & Stratigraphical (Oxford- 1888). Zittell-Eatsman 
TextBookof Paleontology (London 1900) -y en especial las memorias, boletine?, et- 
cétera, del United States Geological Survey oficina del Ministerio del Interior de los 
Estados Unidos de América, encargada de las investigaciones referentes á la estructura 
Seológica y recursos minerales (Geología Económica) del país, preparación de su mapa 
topográfico, etc. , etc. (Véase también Walcott. U. S. Geolcal. Survey. Washington 
1895), y los trabajos de Burckart. Prófils Geologiques etc., y "Coupe Geologi- 
que„, etc., en los An. del Museo de la Plata (La Plata 1900.-Partes I á Ill.a). 

(2) La tabla de sucesión geológica en general aceptada por los científicos, distin- 
gue las edades y períodos siguientes: 

\. Primaria ó Paleozoica. 
IL Secundaria ó M ezozó ica. 

í Período Eoceno (principio de vida). 

IIL Terciaria ó Cenozoica. „ 3/ wf^wo (media vida). 

I H Plioceno (plenitud de vida), 
í -, Pleistoceno. 

IV. Cuaternaria „ Post Pleistoceno. 

\ ,, Contemporáneo. 
Véase /C^a/íe-Etnology, pág. 51 y sig. New Int. Cyclopedia. Vol VIII. "GeologVw. 

(3) El sabio Agassiz ha constatado huellas de los fenómenos glaciales en los valles 
del Amazonas y en el Río de la Plata, y opina se extendieron á todo el continente 
(Voyage au Bresil. - París 1869-pág. 428). Comp. Ameghino. Ant. Hombre en el 
Plata-T. II. o Cap. 10, 11, 14. -El límite de la moraina en los Estados Unidos pue- 
de indicarse por una línea que, partiendo de Nueva York, cruce el lado Eirie y conti- 
núe hacia el Oeste y Sur del Misourí, para confundirse luego con la frontera Cana- 
diense. Marca esta moraina terminal el límite de la invasión glacial en el segundo pe- 
ríodo - Veáse /. Geikie-The Great Ice Age, etc., p. Alb.-Dodge's. Advanced Geo- 
graphy-pág. 63 y 95. Haynes. Prehist. Arch-of. N. A. en Windsor. Narr. & Crit. 
Hist. of. Am. p. 332-333. Notas 1 y 2. 



complejas y formas características (1). Acumuláronse tales de- 
pósitos en algunos ríos á manera de bancos, y convirtieron en 
extensos lagos los primitivos valles. Desviaron otros ríos su 
curso, buscando nuevos cauces y formando gargantas profun- 
das. La humedad at- 
mosférica, el descenso 
de la temperatura y la 
acción misma de los 
glaciales, ocasionaron 
también extraordina- 
rios cambios en la faz 
de la vida orgánica, 
haciendo desaparecer 
algunas especies ani- 
males y vegetales y 
emigrar á otras á re- 
giones diversas. 

Las causas (2), fe- 
cha y duración de los 
períodos glaciales, no 
se conoce con certeza. 
Parece, sin embargo, 
demostrado, que el principio y fin de los mismos es relativa- 
mente reciente (3) (cuaternario-pleistoceno), y que el avance 
de los hielos sobrevino en dos épocas distintas y separadas por 

(1) Canchales, morainas, cantos perchados, bloques erráticos, y en especial el es- 
peso estrato aluvial de limo y arena fina que los geólogos llaman «loess» y caracteri- 
za la primera invasión glacial. -(Veáse Haynes, op. cit. Qeikie, id, id. Bonney-\cc 
work, Past & Presentpág. 27 y sig. (New-York.- 1890). New. ¡ntn. Cyclopedia. "Qeo- 
logy„-"Glacial period,.-Glaciers,,-Vol. Vlll-pág. 242-402-403. 

(2) La célebre é ingeniosa hipótesis de Croll, basada en las variaciones seculares 
de la excentricidad de la órbita terrestre (James Croll. Climate & Times, etc. Edinburgh 
1885), no está comprobada científicamente, (véase Wrighf s-\q.^ k^^ in North América, 
pp. 405-505 y 585-93- tdición 1S89). 

(3) Fiske (Excursions of an Evolutionist pag. 57-66 y Discovery of Ame'ica. 
pág. 7 y sigs. T. 1.° y Keane, (Etnology p. 56, Cap. IV) al aceptar sin beneficio de in- 
ventario la hipótesis de Ca-o//, hacen durar 300 ó 400.000 años las épocas glaciales 
que, según sin probar afirman, empezaron en el periodo plioceno de la edad terciaria. 
Pecan tales afirmaciones de gratuitas. La ciencia moderna tiende á colocar las inva- 
siones glaciales (Véase Haynes en Windsort^. & C. H . of América, pág. 332 y siguien- 




Fig. 4. - formaciones fósiles (Pentacrinus Hiemeri) 
Museo Británico (Nat Hist.) 



largos intervalos de más alta temperatura que estacionaron los 
glaciales en las altas mesetas, y en las regiones 
árticas y antarticas (1). 
la ley de Aso- MWfMM^ 5. - La sucesión, emigración y evolución de 
dación. kmmlm/ los organismos 

animales fósiles 
ha podido aso- 
ciarse con las 
edades geológi- 
cas en que pre- 
dominaron y en 
general caracte- 
rizan, llegando 
al convenci- 
miento de que 
el conjunto de 
fósiles de un 
estrato geológi- 
co dado, difiere 
del de los estra- 
tos inferiores ó 
más antiguos y 
superiores ó 
más modernos. En tales princi- 
pios científicos se funda la lla- 
mada Ley de Asociación. (2) 




Fig. 5. - Formación 
fósil carbonífera de 
lowa (E. U.) Mu- 
seo Británico (Nat, 
Hist) 




Fig 6 — Esqueleto fósil del Jetiosauro 

marino (Ichlhyosaurian termirostris). 

Museo Británico (Nat. Hist.) 



tes) en los últimos períodos de la edad cuaternaria, {Hand-Book of Atn. Indians. 
Part. I. BulL 30 Bur of Atn. Etnology-pp. 60 y 96. Washington 1907) y á sustituir el 
elemento cataclísmico de «fuerza» (Howarík-Mzmmoth & the Flood), al elemento 
"tiempo,, y á la uniformidad gradual preconizada por Lyell. (Geological Evidences of 
the Antiquityof. Man. 4 Ed. London 1873.) Véase Winsor op. cit. Tomo I. págs. 332- 
33-82-86-87. 

(1) En el hemisferio Sur, los glaciales Patagónicos se extendieron hasta las costas 
Argentinas y la Nueva Zelandia quedó cubierta de hielo. No se ha comprobado, sin 
embargo, con absoluta certeza el sincronismo del periodo glacial del hemisferio Sur, 
con el del hemisferio Norte. Véase New Intn. Cyclopedia Vol. VlII-pág. 402-Dar- 
win Qeoi. Obs. ¡n S. América pág. 21 y s'ig . -Arne^hino op. cit. Tomo I.o, etc. etc. 

(2) El conocimiento de la naturaleza de esta progresión, hace posible por el estudio 
de los fósiles de un estrato dado, averiguar la fase evolutiva de la vida (posición filo- 



Limitándonos á los fósiles cuaternarios (1), podemos en ge- 
neral afirmar que en la misma edad geológica en que vivieron 
el oso y el león de las cavernas, el mastodonte, etc., en el con- 




r¡g. 7.— El dinosauro unicornio (Triceratops-Prorsus de Marsk). 

tinente Europeo, existieron en el Americano el megaterio, el 
mylodon, el glyptodon, el megalonix (2) y demás especies ani- 



génica) en que existieron y asignar edad al estrato en que se encuentren. La palabra 
edad no indica aquí número de años, sino período evolutivo de vida. Véase Zittel- 
Eastman, Text Book of Paleontology (London 1900) pág. 28-1 l.Nicholson & Lydekker 
Manual of Paleontology pág. 9-23 (London 1889), comp. Dana Man. of. Geolg. 
pág. 14 y sigts. 4.a edición (N-S-1895). 

(1) Las pretendidas evidencias del hombre terciario en América aducidas por al- 
gunos investigadores, no pueden en manera alguna aceptarse como científicas. Ni el 
célebre cráneo fósil de "Calaveras County,, mantenido como terciario por Whítney, 
Fiske, etc., ni los hallazgos de Lyell, ni el "hombre Natehez» desenterrado por Dowler, 
en el delta del Mississipí, ni el llamado Lansig man tienen la antigüedad que algunos 
arqueólogos ansiosos de notoriedad han querido atribuirles. La existencia del hombre 
terciario en América debe rechazarse por improbada y acaso por improbable. Véase 
Bancroft Nati ve Races T. IV. pág. 44 y sig. Haynes en Winsor's Nve. & Crit. Hry. 
of América. Tomo L p. 375 y siguientes, etc., y Conse. en especial Handbook of 
Am. Indians Part. L (Bull. 30 Burean of Am. Etgy.) Páginas 59-74-188-759, etc. 

(2) Véase Winsor Nan & Crit. Hist. of América. Vol. L p. 332. Nadaillac. Les 
Premiers Hommes. I. p. 54 y sig. y L'Amerique Prehistque. p. 15 y sig. Keane. Etno- 
logy Cap. IV. p. 52 y sig., y en especial Foster Frehist. Rces. of the U. S. p. 21, y 
cuadro pág. 80. Comp. Lydekker (Oeogcal. Hist. of Mammals) que llama á Sud Amé- 
rica, la "región neogreica,, considerándola como área de dispersión y evolución en los 
periodos Miocenos de muchas formas animales primitivas ó generalizadas en el sen- 
tido biológico. 

- 7 - 



males gigantescas, ya extinguidas (1), cuyos esqueletos recons- 
truidos admiramos en los Museos (2). 
Criterios arqueo- 6. - El hombre, ser dotado de razón y libertad, aparece so- 
lóslcos. bre la tierra en la edad 

geológica cuaternaria (3). 
Para satisfacer las necesi- 
dades físicas y defender- 
se de las fieras é incle- 
mencias atmosféricas (4), 
necesitó valerse de herra- 
mientas y útiles y buscar 
ó construir refugios más 
ó menos invulnerables. 

La observación del es- 
tilo y forma de estas he- 
rramientas, útiles y refugios, concordada con la de los estratos 




Fig. 8. - El Allosaums (Reconstrucción C. R. 
Knight) American Museum (U. S.) 



(1) La causa de la extinción de estos animales gigantescos, no se ha podido expli- 
car aún, dice Ly dekker (op. cit. pág. 221) satisfactoriamente. -Noworth (Manimoth & 
the Flood. p. 307-444) conforme con la tradición bíblica, (Vigouroux. Les Libres 
Saints etc. 2 Ed. Tomo IIL cap. IV y VII) da por causa de tal desaparición, el Dilu- 
vio del Génesis (Gen. cap. VI y VII). Keane (Compendium of Geog. Central & S. Amé- 
rica Yol. I. pág. 29), se inclina á la caprichosa solución de Uuirch y atribuye la rá- 
pida extinción de dichas faunas al avance del "mar pampeano» y al descenso de los 
montes del Brasil, hipótesis que á más de no estar comprobada científicamente, en ej 
mejor de los casos no explicaría la desaparición de las faunas de Norte América. 
(Véase Foster op. cit. p. 21 y sig.) 

(2) Véase Guide to the Antiquities of Stone Age British Museum y comp. con 
Gde. to fossil Manuals & Birds, y Reptiles & Fishes {British Mus.) con los valiosos 
trabajos de Moreno, Lydekker, etc. Paleontología Argentina (Anales Museo de la Plata 
ptes. I-V) y con Ameghino (Ant. Hombre en el Plata. Tomos I y II) y Burmeister 
(Phisikalische Beschseivuns der Argentinischen Rep. pág. 23 y siguientes). 

(3) Génesis. -Cap. I-Vol. 27-II-7. - Comp. Vigouroux. loe. cit. Peña y Fernan- 
dez. Arqgía. Prehistca., pág. 125 y sig.- Winsor. Narr. & Crit. Hist. of América. 
Vol. I. pág. 382 V sigtes., etc. - El historiador Fiske (Discovery of America- Vol. I. 
pág. 2 y sigtes.) se declara ápriori partidario del hombre Mioceno-Terciario (pág. 7), 
afirmando con sobrada ligereza que el hombre glacial es '■'^conocidísimo por los ar- 
queólogos» y que los Esquimales son descendientes de "el hombre de las cavernas», 
(pág. 15) hipótesis caprichosa y absolutamente rechazada por investigadores pruden- 
tes. (Veáse Thomas. Int. to the Study of Am. Arch. Cap. IV. página 44 y siguientes 
y Handbook of Am índians. Vol. I. p. 433). 

(4) Vse. Vrjo Hirn.-Tht Origins of Art. Cap. II.-V-VIII. Otis T. Masón. The 
Origins of Invention, pág. 2 y sigtes. Mfred. C. Haddon. Evolution in Art. Cap. 1- 
pág. 15 y sigtes 



- 8 - 



geológicos en que se encuentren (superposición), y los restos 
humanos y de animales extinguidos que en dichos estratos les 
acompañen, (asociación), son los únicos cánones que pueden 
conducirnos á 
esclarecer en lo 
posible el in- 
trincado pro- 
blema de la an- 
tigüedad del 
hombre en 
América (1). 

Los arqueólo- 
gos Europeos, 
(2) basados en 
el estilo y mate- 
rial de los res- 
tos arqueológi- 
cos, distinguen en los tiempos prehistóricos las tres célebres 
edades de la piedra, del bronce y del hierro (3), subdividiendo 
la primera, ó lítica, en varias épocas. Eolítica, ó de la piedra 
cortada, paleolítica, ó de la tallada y neolítica, ó de la pulimenta- 
da, según el grado de perfección que alcanzaron en las diver- 
sas localidades los referidos útiles líticos. 




Fig. 9. - Esqueleto reconstruido del Allosaurus sobre el 
del Brontosaiinis (Am. Mus. U. S.) 



(1) Dellembaugh. (The North Amcans. of Yesterday-Preface VII), y otros arqueó- 
logos niegan toda importancia al "estilo» como criterio de investigación cronológica. 
Sin dejar de reconocer que tal criterio está sujeto á sinnúmero de errores de observa- 
ción y juicio, es indudable que sirve de poderoso auxiliaran estas obscuras cuestiones 
El estado actual de la Arqueología Americana, nos autoriza, pues, á adoptar el térmi- 
no medio de Thomas (op. cit. p. 11, y siguientes) y Haynestn Winsor. Narr & Cric. 
Hist. of. Am. Voi. I. p. 329 y siguientes. Cse. Hand Book. of. Am. Indians. (pág. 60 
y siguientes) . 

(2) Ya antiguamente había dicho Lucrecio: (De rerum natura. Lib. V. p. 239).... 

Arma antigua manus. ungues, dentesque fuerunt. 

Et lapides, et item sylvarum fragmina ramei. 



Posterius /(?m, vist est oerisque reperta. 

Et prior certs erat quam ferri, cognita usus 

(3) Mortillet. La Prehistorique antiquité de l'homme. Lubock Prehistoric Times, 
(p. 14). Winsor Nve. Crit. Hist. of America. Vol. 1.° p 383 y siguientes. Peña y 
Fdez. Arqgia. Phca. (pág. 218) y siguientes, etc. 



- 10 - 



La ausencia del hierro y en general del bronce entre los in- 
dígenas Americanos, excluyen hasta hoy de su prehistoria las 
dos últimas edades. América no conoció el hierro hasta la lle- 




Fig. 10. -Reptil Dinosaurio (Diplodocus carnegii de Wyoming U. S. A ) 
(Museo Británico). 

gada de Colón. Los indios de América del Norte y gran parte 
de los de la del Sur no conocieron el bronca (1), y la edad del 

(1) Squier 8c Davies. Ancient Monuments, encontraron gran variedad de objetos 
de bronce en las minas de Chimu, (Perú). Holmes, (16, An. Rep. Bur. of Etn. 
1884-85 Ancient Art of the Chiriquis. (pág. 35 á 53,) nos describe varias aleacio- 
nes de cobre y estaño, ó cobre y oro en objetos encontrados en los límites de 
la Pcia de los Chiriquis Colombia, figuras humanas, ó representaciones animales, 
(figs 36 á 40 op. cit), de cobre brillante, (aleación) campanitas y otros objetos. La- 
fone Quevedo (Londres y Catam arca- 1888) Moreno, Notas sobre Antropologia Argent. 
Geogcal. Journal Dec 1901), y en especial Ambrosetti en precioso y definitivo traba- 
jo (El Bronce en la región Calchaquíe. B. Aires- 1904), demuestran científicamente la 
existencia del bronce entre los Calchaquies de las regiones Argentinas; pero estos 
hechos arqueológicos, no son bastantes á mi juicio, para afirmar en general la edad 
del bronce Americano. La única verdad científica que tales hechos demuestran, es 
que los habitantes de Chimu, aniquilados por los Yncas, los Chiriquis de Colom- 
bia, y los Calchaquies de la Argentina, habían alcanzado un grado superior de cultura 
y que fueron tan expertos metalúrgicos y hábiles orfebres como aptos eran para fabri- 
car las hermosas vasijas que en color y factura rivalizar pueden con las más perfec- 
tas de los Etruscos. Vse. 77?o/«a5-North. Am. Arq. (pág. 11 y sigtes.) Keane Etnolo- 
gy, p. 335. Deílembaugh. North Amcans. of Yesterday. (pág. 33 y sig.) Bol. Inst. 
Geogco. Argent. Vol. XVII-XVIII-XIX-XX (Ambrosetti. Notas Arq. Calchaquíe). 

- 11 - 



cobre que algunos arqueólogos han querido equiparar en Amé- 
rica á la del bronce Europea, no ha podido determinarse con 
certeza (1). 

Por otra parte, aun existiendo en el Continente Americano 
pruebas abundantes de las culturas líticas, no es posible aplicar 




mmn 



Fig. 



ll.-Dinosauro Acorazado (Stegosaurus ungulatus) 
O. C. Marsh. (Universidad de Yale. E. U.) 



estrictamente la división en épocas paleolíticas y neolíticas. 
Aceptaremos, pues, tales términos sólo como descriptivos, pro- 
curando alejar de nuestra mente toda idea de tiempo para sus- 
tituirla con la de sucesión ó progreso (2). 



(1) Sobre el uso del cobre entre los Indios de la América del Norte, Vse. el tíand 
book of American Indians North of México. Vol-1. (pág. 343), y su bibliografía, 
(p. 346-347). Thomas op. cit. pág. 58 y sigtes. Keane. Man Past & Present (pág. 354 
y sigtes.) 

(2) Véase Thomas op. cit. pág. 6 y siguientes. Dellenbaugh op. cit. pág. 10, et- 
cétera, y comp. Deniker Races of Man. p. 511 y siguientes y sus notas. Abbot 
Primitive Industry, pág. 18-64. Foster o\>. cit. página 9 y siguientes £ T. Stevens 
Flint Chips. pág. 14 y sig. Fiske op. cit. I- 1 -19 y las Notas al Cap. del Prof Haynes 
en Winsor N. & C. H. of América 1-369. Marcelin Boule estudia sintéticamente el 
estado de esta cuestión científica, (Revue d' Anthropologíe-\8S pág 647) extraclando 
las razones aducidas en pro ó en contra de la aceptación de los útiles líticos hasta 
ahora encontrados en América, como pruebas de la antigüedad del hombre. Véase 
también Holmes Stone. Imp. of the Potomac, etc. (15 Rep. Bur of Etnology). 

- \2 - 




^^^ 



i5Í 



v>. 



Fig. 12. 



- Esqueleto del Glyptodon Clavipes (Formación 
pampeana). Rep. Arg. (Mus. Brit.) 



7. - Llamaremos úüles paleolíücos, á aquellos objetos ru- iuies pilNlftlcis. 
dos de piedra de variados tamaños y grosera talla que hayan 
sido encontrados en lechos geológicos indudablemente pleisto- 
cenos ó cuater- ___ 

narios (1). En ^^^' 

tales depósitos, 
generalmente 
de gran espesor, 
al lado de tan 
rudimentarios 
productos de la 
industria huma- 
na, suelen en- 
contrarse fósiles 

de varias especies animales extinguidas. Semejantes descubri- 
mientos pueden establecer la convivencia del hombre con las 
referidas especies, única prueba de su 
antigüedad, universalmente aceptada 
por los científicos. A estos hombres 
que tales útiles emplearon y en tales 
épocas existieron, los designaremos 
con el término genérico de cuaterna- 
rios ó paleolíticos. 

8. — Las investigaciones modernas 
nos permiten afirmar la coexistencia 
del hombre en América del Sur con 
el megaterio, el mylodon, el megalo- 
nix y demás especies animales que 
corresponden en la Zoología fósil Americana á los grandes 
mamíferos extinguidos del antiguo Continente. 

En las cavernas de Lagoa Santa y Sumidero (Dep. Minas 
Geraes), el sabio Lund, que dedicó muchos años de su vida á 
estos estudios, pudo reunir hasta 115 especies de animales fó- 




El 



Fig. 13. -Piel de oso hormi- 
guero (Grypotherium Listai) 
Patagonia(Rep. Argent.) 
(Mus. Brit.) 



O) Wtnsor op. cit. p. 332 Tomo I. o (Cap. Prof. Haynes y sus notas). 
- 13 - 




Fig. 14-. El «Toxodon Platensis" 
(Buenos Aires. Formación pampeana). Mus. Brit. 



siles, asociados con restos humanos y numerosos útiles pa- 
leolíticos (1). 
A las orillas del Carcarañá recogió Seguin^ en 1872, osa- 
mentas fósi- 
TiiN les de mega- 

terio asocia- 
, „ das con res- 

'///itfelijíSr^^ tos humanos 
'tkA^^'^^ní^J^. (2). En 1875 

Ameghino 
descubría 
cerca de Mer- 
cedes, á ori- 
llas del Arro- 
yo Frías y en formaciones geológicas cuaternarias, gran canti- 
dad de osamentas de animales fósiles asociados con restos 
humanos, y más tarde y en formaciones geológicas también 
pleistocenas (3) (Pampeanas), encontró la concha gigantesca 
de un glyptodon (4), acompañada de instrumentos de silex y 

(1) Memoires de la Soc. Ant. Nord 1845 p. A<í y sxgmcnits . Lacerda y Peixoto 
Cont. ao Estado Antrco. das Razas Indnas. do Brasil. (Río Janeiro 1876 JVIus. Nac.) 
Carta de Lund á Rafn (Lagoa Santa. Marzo 28-1844.) Comp. Keane Man Past 
a Present p. 358 y siguientes Deniker Rae. of Man pág. 511 y sus notas sobre la lla- 
mada raza de Lagoa Santa ó Paleo -Americana. - Nadaillac km Prehis. pág. 27 y si- 
guientes. "Lund, decía Quatref ages (V Hommt Foss. de «Lagoa Santa. Cong. Antrop. 
«Moscow 1879 V. XXXV) ha tenido indudablemente el honor de descubrir el hombre 
"fósil en América y el de afirmar tal descubrimiento en épocas en que la existen- 
•cia del hombre cuaternario en el viejo Continente se consideraba todavía dudosa», . , . 
Comp. Keane Etnology, pág. 98 y siguientes. 

(2) Nadaillac op cit. pág. 28 y siguientes. Deniker op. cif, pág. 508. Keane Etno- 
logy, pág. 99 y siguientes. 

(3) Arrastrado Ameghino por el delirio de las fechas remotísimas, sostuvo que el 
estrato geológico Pampeano, donde encontró estos fósiles, se remontaba al período 
plioceno ó terciario. Bnrnieister, cuyas afirmaciones refrendó el célebre geólogo 
Soren Hansen, demostró que las formaciones pampeanas pertenecían á dos épocas 
geológicas distintas siendo pre-glaciales solo las inferiores, y claramente cuaterna- 
rias las superiores, donde Ameghino encontró los fósiles. Véase Keane Etgy. pági- 
na 98 y comp Ameghino Ant. Homb. en el Plata. Tomo 11, o pág. 81 y siguientes. 

(4) Su caparazón está compuesto de planchas exagonales sólidamente unidas y 
ornamentadas á veces con protuberancias cubiertas también con escamas epidérmicas 
consistentes. La especie más conocida es el "Glyptodon Clavipes» de los estratos 
pleistocenos Argentinos. Para la descripción completa consúltese Lidekker The F.x- 



14 - 



dientes de toxodon y mylodon trabajados por la mano del 
hombre (1). Los hallazgos de Moreno en Patagonia, los de 
Biirmeister, Caries, etc., etc., (2) confirmaron los de Liind y 
Ameghino, estableciendo científicamente la existencia del hom- 
bre cuaternario ó paleolítico en América del Sur y especial- 
mente en la República Argentina (3). 




Fig. 15. -Cráneo supuesto terciario. (Ameghino). 
Rep. Argentina. 



Fig. 16. —El mismo visto 
de frente (Rep. Arg.) 



9. - No obstante los numerosos trabajos de los Arqueólogos El hombre cua- 
No':^e-Americanos, los vestigios del hombre cuaternario en ternario en Amé- 
América del Norte no son tan claros como los de la América rica del Norte, 
del Sun Si Haynes (4) considera innegables las conclusiones 



tinte Edentates of Argentina (An Museo de la Plata, Vol. III. parte 2.a 1894.) Na. 
daillac, Am. Preh. pág. 28 y siguientes y compse. Ameghino, op. cit. Volumen II- 
cap. IX-X-XI-XIV-XV. 

(1) «El hombre seguramente, dice Ameghino, op. cit. pág. 532, habitaba las corazas 
délos Glyptodon,, Burmelster (Anles. Mseo. Peo. de B. Aires) cita un Glyptodon 
cuya concha tenía 1 metro 64 diámetro longitudinal, 1 metro 32 de diámetro transver- 
sal y 1 metro 05 de altura, Strabon (Geog. Lib. xvi) al describir los «Chelenofagos» 
nos dice que cubrían sus cabanas con conchas de enormes tortugas, que algunas veces 
por su magnitud les servían hasta de embarcaciones. 

(2J Véase Nadaillac op. cit. p. 29 y siguientes. Keane Etnology p. 98 y siguien- 
tes. Deniker Races of Man. p. 511 y siguientes. 

(3; "Vasta Necrópolis de razas perdidas» la llama Recias (Tomo xix pág. 672) 
copiando á Moreno, (Véase Keane Etnology pág. 89 nota 2») 

(4) En Winsor. Narr & Crit. Hist. of America. Tomo 1.° pág. 329 y sig. (Prehist. 
Arch. of N. A.) 

- 15 - 




Fig. 17. -Punta de fie 

cha márgenes río Déla 

ware (E. U ) 




Fig. 18. -Instrumento de sílex 

(Col. Ameghino) Río Lujan 

Rep. Argent. 



de Abbot (1) sobre sus hallazgos en los barrancos del Río De- 
laware (Trenton Gravéis), otros investigadores eximios (2) 
niegan su importancia científica. Son aún 
más discutibles las pruebas de la existencia 
del hombre glacial y cuaternario en el 
Ohio (3), en Minnesota (4) ó Kansas (5) 
aceptadas por 
algunos autores 
sin mayor exa- 
men crítico (6), 
y las capricho- 
sas elucubracio- 
nes de Whitney 
sobre el preten- 
dido cráneo 
plioceno de Ca- 
lifornia (Calaveras County), recha- 
zadas hoy definitivamente por la 
ciencia (7). Debemos, pues, suspender nuestro juicio sobre 
estos hallazgos, hasta no verlos confirmados por pruebas más 
convincentes (8). 

(i) Abbot. Primitive Yndustry. Cap. XXXII y sus notas. Comp. Deniker. Races 
of Man p. 511. Nadaillac. Am. Preh. pág. 19 y sigtes, y sus notas. 

(2) FarmncUBasis of Am. Híst. ) Cap. V. p. 71 . conforme con Holnies. Preliminary 
Revisión of the Evidence Relating to Aur. grav. Man. etc (Amcan. Anthrop. I p. 107- 
121 y sigtes.), dice textualmente: "the presence of man in America at such an early date 
(cuaternaria) is extremely doubtfull, Thomas. (Int. to the Study of. N. A. Arch. pág. 7, 
dice.. "We put aside glacial or paleolithic man of America, (se refiere á la del Norte) 
pág. 5, asyet wantingin the credentials which entitlehim to á place in the scientific 

circles» En el mismo sentido Keane. Et. (pág. 105 y sigtes.) Dellenbaugh-North 

Americans of Yesterday-Preface. Vll-y Handbook Am. Indians Pi I-pág. 60. 

(3) Holmes Traces of Glacial Man in Ohio üournal of Geol. 1-147-163). 

(4) Bromer. Memoirs of Exploration in the Bassin of the Mississipi. V. Farmud. 
ob.cit. (pág. 7Q ) 

(5) Véase Handbook of Am. Ind Parte I a «Lansig Man.» (pág. 75Q). 

(6) Foster. op. cit, pág. 77, /vs^^-Discovery of America. Tomo I. pág, 7. etc., etc. 

(7) Vse. Handbook oiAm. Ind. Pte I a «Calaveras, Man,,, (pág. 188). 

(8) Para el estado actual de la opinión científica y de la discusión sobre la exis- 
tencia del hombre paleolítico en Nte. Amca. pueden también consultarse Winsor, 
op cit-Notas Cap. Haynes. (pág. 340 y sigtes), y Handbook. Am. Ind. Antiquity of 
Man. P. I. (pág 60.) 



16 



10. — La indudable coexistencia del hombre en América del 
Sur con las especies animales cuaternarias, única afirmación 
aceptable en el estado actual 
de la ciencia, si bien impor- 
ta un verdadero progreso ar- 
queológico, de poco ó de na 
da nos sirve para determinar 
cronológicamente la antigüe 
dad del hombre en América, 
Para resolver tan obscuro 
problema, sería necesario 
conocer la época de la cons- 
titución de los terrenos cua- 
ternarios en América, el si- 
glo en que acaecieron los 
aluviones glaciales y su du- 
ración aproximada; sería ne- 
cesario saber la fecha y las 
causas de la desaparición de 
las especies extinguidas; te. 
ner, en fin, una base un pun- 
to de partida, datos fijos en 
qué fundar nuestros cálculos. 

Hasta ahora la cuestión sólo tiene incógnitas. La ciencia ha 
encontrado una relación de estratos; 
animales, hombre; pero dicha rela- 
ción no basta. 

El geólogo (1), no conoce fechas, 
sino sucesión de cosas. Los fenóme- 
nos geológicos que exigen para al- 
gunos cientos de miles de años de 
duración (2) han podido producirse por circunstancias excep- 




( 




Nt' 



M^^ - 



Fig. 20. - Hacha paleolítica. Alu 
viones río Yuchipila (Méjico) 



Insuficiencia cro' 
noidgica de estas 
investigaciones. 



Fig 19 -Tibia de Mylodon con incisiones 
hechas por el hombre cuaternario. Río Lu- 
jan (Rep. Argent )Col. Ameghino. 



(1) A.Jakob. Unsere Erde. (pág. 47). 

(2) Véase Nadaillac. Les Prem. Hommes. Yol L» p. 45, y comp. con Keane, 
Etnology. p. 58 y sigtes. Fiske. Disc. of. Amca. Vol. L" pág, 10-28, y Winsor, 
Narr. & Crit. Hist. of Am. Vol. I " (pág. 382 y sigtes). 



17 



dónales en pocos siglos (1). "Todo lo que la geología puede 

^probarnos, decia Huxley hablando de los períodos geológi- 

;/COS, es el orden local de suce- 
usión; pero si hay que investí - 
„gar grandes zonas ó estaciones 
„y depósitos separados, la ina- 
wliciosa confusión (mischief) de 
„la homotaxis, ó semejanza de 
„colocación que puede demos- 
„trarse, con el sincronismo 6 
,, identidad de fecha sobre el 
wcual no hay ni sombra de 
„ prueba, conduce á incalen la- 
„bles equivocaciones y espe- 
(2). La verdad es que la ciencia 

no ha conquistado todavía un cronómetro capaz de medir los 

períodos de formación de la tierra. 




Fig, 21 . - Instrumento cortante (pa- 
leolítico) y probable modo de usarlo 
(Mus. Brit) 



«culaciones sin fundamento, 



(1) El elemento cataclísmico de fuerza, opuesto á la uniformidad gradual de 
¿yf// Student's Elements of Geology . (pag. 159 y sigtes.), tiene por sostenedores á 
eminentes Geólogos, como Huxley, Prestwich, etc., y en especial á Howarth, 
(Mammoth &the Flood). pág. 307-44, y Southall. (Ep. of the Mammoth etc.) pág. IQO- 
204 y Cap. lO.-Comp. con LapparentTvsXié de Geologie. 2.a ed. pág. 1282-85 y 
Vigouroux. Les livres Saints, etc. Vol. 111° Cap. V y Vl.° 

(2) Rodolfo Cronau, por ejemplo, en el Yol. I. ° pág. 29-31 de su Hist. Gral. de Amé- 
rica, que en traducción española circula profusamente á pesar de sus falsedades sin- 
número, y evidente superficialidad científica, dice textualmente: (Ed. Espía.) "La edad 
«remotísima (?) del hombre en California está confirmada (?)... por ios objetos de su 
"industria encontrados allí, los cuales obligan á sostener la opinión de que el hombre 
"ha sido contemporáneo en América, del mastodonte, etc.... y, qntpor tanto, existía 
"ya en tiempos tan remotos, (Los 100.000 años de Haeckel, p. 29), que el cerebro ¡tu - 

"mano es impotente para formarse idea de ellos,, Tal es el caso de "mischief^ é 

"maliciosa confusión,, que tan acertadamente condena Huxley. 



- 18 - 






íy 



CUESTIONARIO 



/. — ¿Qué se entiende por períodos prehistó ríeos? 
2.- ¿Qué por períodos históricos? 

3. - ¿De qué materiales disponemos para estudiar lo Prehis- 

tórico Americano? 

4. ¿Qué se entiende por superposición geológica? 

5. - ¿Cuáles son las edades geológicas? 

^- - ¿Qué fenómenos ocurrieron en los períodos llamados gla- 
ciales? 
^- - ¿Qué se sabe sobre su duración y causas? 
^- - ¿Qué se entiende por asociación paleontológica? 
9. - ¿Cuáles son los animales extinguidos más notables que 
hubo en América? 
10. - ¿Conocemos sus fósiles? 
1 1.~ ¿Cuáles son los criterios arqueológicos? 
12. - ¿Qué nos enseñan estos criterios? 
13 ¿Cuáles son las edades arqueológicas? 
14. -¿Cómo se subdividen las líticas? 

15.- ¿Son aplicables estas divisiones á lo Prehistórico Ame- 
ricano? 
16.- ¿Cómo podemos aceptar los términos paleolítico y neo- 
lítico? 



19 - 



17.- ¿Qué se entiende por útiles paleolíticos? 

18.— ¿Qué se entiende por útiles y culturas neolíticas? 

19.- ¿Está probada la coexistencia del hombre en Sud Améri- 
ca con las especies animales cuaternarias? 

20. — ¿Cuáles son las principales pruebas? 

21.- ¿Hay pruebas indiscutibles at la existencia del hombre 
cuaternario en América del Norte? 

22.- ¿Es posible fijar cronológicamente la fecha de la apari- 
ción del hombre en América? 

23.- ¿Qué necesitaríamos conocer con certeza para resolver se- 
mejante problema? 

24.- ¿Hay sincronismo en las edades geológicas? 

25.- ¿Cuál es la opinión de Huxley al respecto? 




20- 




REFERENCIAS 



Generales. - V. H. Haynes en Winsor Narr & Crit. Hist. 
of Amca. Vol. I, chap. VI, con las notas críticas y bibliográficas 
de Winsor (Norte y Sur América). Cyrus Thomas (Int. to the 
Study of N. Am. Archeology-1903. " Hand Book of American 
Indians North of México,, (BuUetin 30*^ Burean of Am. Etno- 
logy-1907), en sus artículos "Archeology», "Antiquity,,, "Cala- 
veras man,,, etc. Fiske en su "Discovery of America,,, vol. I. 
A. H. Keane, Etnology (Cap. V-VI-X-XII) y "Man Past & Pre- 
sent,, (Cap. X y sigtes.). Norte y Sud America. Deniker, Races 
of Man. Cap. XIII. Marqiiis de Nadaillac, "L'Amerique Pre- 
historique,; (Norte y Sud America, París- 1883). L. Farrand, 
"Basis of American History,,, Cap. V. N. York-1904. School- 
craft, History, condition & prospects of the Ind. Tribes of the 
U. S.-(Bur. Ind. Affairs. Ley Congso. 1847. Pub. Ofcial.). 
Vols. I-I V- VI. - Los manuales más conocidos son el de Bald- 
H'/TZ-Ancient Amca. 1871, y el de/. F. Short. North. Amcans. of 
Yesterday. Barros Arana, Hist. Oral, de Chile, (Vol. I), dedica á 
la materia extenso capítulo. Lo propio Lavisse y Rambaud, His- 
toire Genérale. (Vol. IV, Cap. XXIII). Son de útilísima consulta. 
Sirfohn Luboek, Prehistoric Times. E. T. Stevens, Flint Chips. 
Vigouroux, Les livres saints, etc. (Vol. III-1884), y los artículos 
de la New International Encyclopedia. (Dodd Mead x Cs>, 1902- 
1904), "Geology,;, Paleontology,;, "Archeologyw, "American,,, 
"Man,,, "Glaciers,,, "Glacial Age,,, "History American,,, etc., etc. 

Especiales. - Entre los innumerables trabajos especiales 
sobre la materia (Véase Bibliografías), mencionaremos sólo los 
siguientes: C. C. Abbot, Primitive Industry. /. W. Foster, 
Prehist. Races of America. Prestwich, On the geolog. position 

- 21 - 



& age of flint implements. bearing beds. tno. Ameghino, Anti- 
güedad del hombre en el Plata. Agassiz, Voyage au Bresil. 
O. F. Wright, The Ice Age. Soathall, "Recent Origin of 
Man,, y Epoch of the Mammoth. Howorth, Mammoth & the 
Flood. Lydekker, Geolcal. Distribtion. of Mammals. Burmeis- 
ter, Phisicalische Beschreibung der Argentinischen Rep. Mo- 
reno, Notas sobre Antropología Argna. Ambrosetti, El bronce 
en la región Calchaquie. Huxley, Distribution of Races in rela- 
tion with the Antiquity of Man. Moorehead, Primitive Man in 
Ohio. Holmes, Glacial Man in Ohio. Lacerda y Peixoto, Con- 
tribugao ao Estado Antropco. das Razas Indgnas. do Brasil. 
Foster Haven, Arch. of the U. S. (Smithnian. Inst. Vol. 
VIH) etc. etc. 

Vuetites.- Génesis, Lib, I, Cap l-II-X. British Miiseum, 
Cuides to "Stone Age,,. Fossil Mammals, Fossil Reptiles, Foss I 
invertebrates (Department. Geology & Paleontology, 1Q04- 
1905-1907) también Colecciones Depósito Etnológico (sin ca- 
tálogo publicado). Konigliche Museum, (Berlin) Depto. Etno- 
logy, sus publicaciones en especial, Bastían, Culturlanden del 
Alten America (1886). Memorias del American Museum, Natu- 
ral History. (Washington). Museo Arqueológico Nacional (Ma- 
drid), Sección Americana (catálogo no publicado). Congreso In- 
ternacional Americanista, (ComptesRendus). París, 1876-78-79; 
(Bruselas), 1881; (Madrid) 1884; (Copenhague), etc., etc. Archi- 
ves Société Americaine de Frunce, (Anuario 1873-1903, y Actas 
1865-84). Burean of Etnology, Catálogo de sus colecciones. 
(Reports 3.o, 9.", 13.o, 17.°, etc.), y las monografías de Moore, 
Holmes, Thomas, etc., (1889-1890-1898-1891). Reports del 
United States Geological Survey, en especial 1895. (Walcott), 
1883. (Powell), \877. (Winchel), 1873. (Hay den). Los Reports 
del Peabody Museum of Am. Arch. & Etnology (1 á 24- 
1868-90, Harvard University). Proccedings Am Ass.for Ad- 
vanc. of Science, Washington. Trabajos de Chamberlin, (Vo- 
lumen XXXV). Abbot, (Vol. XXXVII) y Miss F. E. Babbit, 
(Vol. XXXII). Boston Socty. of Nat. Hist., Paleolithic Man in 
Eastern & Central North America (Cambridge, 1888). American 
Naturalist, Tr2ib3i]os de Abbot i\873-Vo\. VII). Babit, (Volu- 
men XVIII-1884). Cope, (Vol. XXI-1887), etc. 

Especíales para Sud América. - Boletín Inst. Geog. Ar 
gentino. (Trabajos Ambrosetti, Zeballos, Lafone Quevedo, Mo- 
reno, etc.). Anales Museo Público B. Aires (Trabajos Berg, Bur- 
meister, Ameghino, etc.). Anales Museo de la Plata. (Sección 
Arqgía), (Ptes. I-I II). Antropología, (Ptes. I-II). Paleontología 
Argna. (Ptes. I-V), en especial trabajos Ten Kdte, Lafone Que- 

- 22 - 



vedo, Biirchhart, Moreno, Lydekker. Roth, Mercerat, etc. Revta. 
Museo de la Plata {Feo. Moreno, 1890-1905). Archivos do 
Masen. Nac. Río Janeiro, en especial Vol. VI. (Antrop. Bras. 
1882) y Vol. VII. {White, Contrib. a Paleontología do Brasil), 
Memorias Museo Paraense, Hist. Nat. y Etgfía. (Museu Goel- 
di), I. II. Para 1900. Anales Museo Nacnal. Chile, en especial 
1902-1903. (Ent. 15-16). Guevara, Hist. Civilizción. Araucania. 
(Vol. I, Antropología Araucana). Philippi. Los fósiles tercia- 
rios y cuaternarios de Chile. 

Bibliografía. Winsor, {Op. cit Vol. I. 415-17). (Apéndi- 
ce. II, Vol. I, pág. 368 y sigtes.). Hand Book of American In- 
dians (B. of Etgy.), en los artículos citados. New International 
Encyclopedia. (Dodd Mead), artículos citados./. A^. Larned, Bos- 
ton. 1902. The Literature of Amcan. Hist. A Bibliographical 
Guide. Hart, Guide to American Hist. (Archeology). Dorsey, 
Bibliography of the Antrop. of Perú. Las notas de Nadai- 
llac, op. cit. id. Farrandy op. cit. Sabin, Dictionary of books re- 
lating to America (1868-1892), y algunos catálogos de los anti- 
cuarios Quaritch (Londres) y Hierseman (Leipzig). 




- 23 




Grupo ilustrativo del modo de trabajar los útiles líticos en un taller prehistórico. 
(Presentado por el ilustre arqueólogo W. H. Holmes á la Exposición Universal de Chicago). 



CAPITULO II 

EL HOMBRE NEOLÍTICO 

1. Culturas neolíticas. -2. "Kiokkenniodingos», "Sambaquis» y "i^araderos».-3. Las 
Cavernas. -4 Los "Mounds» ó "Montículos». -5. Recintos y Talleres. -6. Útiles 
y adornos. -7. Antigüedad de los "Mound-builders,,. - 8. Los "Cliff-dwellers,, . - 
9. Los "Cave-dwellers».-10. "Los Pueblos». -11. Antigüedad de est-is Ruinas. - 
12. Conclusiones generales. 

1. — Entre el hombre cuaternario ó paleolítico y sus suceso- Culturas neolíticas, 
res en América, existe un vasto abismo imposible de llenar 
hasta el presente (1). 

Desaparecen para siempre los Americanos primitivos, los 
contemporáneos de 
los grandes mamí- 
feros, los que asis- 
tieron acaso á las 
convulsiones gla- 
ciales. Con distinta 
condición de cosas, 
con especies ani- 
males semejantes á 
las de hoy y con 
una conformación 
de tierras y mares 
no alterada en lo 
esencial hasta el 

presente (2), aparecen otros hombres y otras razas que de- 
signaremos con el nombre de '' neolíticos u. Es tan abrupta la 
transición entre unos y otros, que no puede menos de pensarse 




Fig. 22. -Cráneo neolítico ^California). 



(1) Véase Keary. Dawn of History. Cap. II, pág. 38 y sigtes. 

(2) Redas. Earlh and its inhabitants, \\\-\\-\l-Shaler en Winsor. N. & C. H. of. 
Am. (Vol. IV pág. I á XXX). 



25 



''Kiokkenmodifl- 
gos„, "Samba- 
quls,, y "Para- 
derosw. 




Fig. 23. - Útiles neolíticos (puntas de flecha). 
Estados Unidos. 



en alguna dislocación ó cataclismo violento que trastornó su 

evolución progresiva (i). 
Las culturas neolíticas 
se extienden en América 
hasta los tiempos históri- 
cos. Pertenecen á ellas, 
desde los más rudimenta- 
rios ^^ Paraderos,, Patagó- 
nicos y las hachas del 
OhiO; hasta las soberbias 
construcciones de Mitia ó 
Tiahuanaco y las cerámi- 
cas Incásicas. 

Dejando para más ade- 
lante la enumeración de 
los monumentos y restos arqueológicos de Méjico, Perú, y 
América Central, relacionaremos brevemente ios más caracte- 
rísticos de otras re- 
giones, fijando es- 
pecialmente nues- 
tra atención en 
aquellos que por su 
extraña construc- 
ción ó peculiar es- 
tilo han sido fuente 
de dudas y aventu- 
radas hipótesis so- 
bre el origen y an- 
tigüedad de sus 
constructores. 

2.- En todas partes del mundo han observado los naturalis- 
tas y arqueólogos, en las costas del mar y de los ríos, acumu- 
laciones extensas de conchas y otros desperdicios de la vida 

(I) "Sndden cataclysm», dice textualmente "Keane (Etgy. p. 110 y sigtes.) such as 
those of theearly geologists», aceptando implícitamente la opinión de Howorth, sobre 
la evidencia del diluvio, que niega en otro lugar glosando á Haeckel, y en especial 
á Tapiñará (L'homme dans la Nature, Cap. 11 á XXII, etc.) 




Fig. 24. - Resto de alfarerías neolíticas. 
{Shell Heaps-Luisi3Lna). 



- 26 - 



diaria de algunos pueblos primitivos. Bajo el limo que gene- 
ralmente les cubre, se han encontrado conchas de moluscos 
alimenticios, útiles, armas, adornos vasijas, etc., que claramen- 
te demuestran la permanencia prolongada del 
hombre en aquellos lugares. Los arqueólogos 
Europeos dieron á tales montículos el nombre 
de "Kjcekkenmceddinger^^ (desperdicios de co- 
cina), describiendo después de investigarlos el 
rudimentario vivir de sus moradores pre-his- 
tóricos (1). 

Abundan semejantes depósitos (Shell-Heaps) 
en el Continente Americano. Se extienden á 
través de sus costas, desde Terranova, Nueva 
Escocia, California, Luisiana y Nicaragua, hasta 
las Guayanas, el Brasil, la República Argentina 
y Tierra del Fuego (2). 

También se han observado en las orillas de 
algunos ríos. Hart (3) nos describe los de "Ma- 
rajo Island,, (Para); Whitíe (4), los del Mississi- 
pí y el Misouri; Wyman (5), los del Río San 
Juan y el Lago George; Ameghino (6), los de 
los ríos Argentinos. 

Los '^sanibaqiiis,, están formados por desper- 
dicios de alimentos, etc., de una raza ó razas que habitaron 
largo tiempo en las costas del Brasil (Orillas del Amazonas y 
Pcia. del Paraná especialmente). Son muy numerosos y alcan- 




Fi£r. 25. -Instru- 
mento punzante 
(neolítico). 



(1 ) Véase Lyell. Ant of Man (4. Ed.), Cap. 2. Lubbock. Prehist. Times (Cap. VII) . 
Nadaillac. Les Prem. Homm., Vol I, Cap. V. Southall Rec. Org. of Man etc. chap. 
XII y Epoch of the Mammoth ch, 5 

(2) Véase Nadaillac. km. Phque. Cap. II, pág. 49 á 72 Deniker. Rae. of Man. 
p 51 . Winsor. Narr. & Crit. Hist. of America, p. 392 y sig. V. I. (Notas á Haynes). 
Foster. Pve. Races of U . S , cap. IV. 

(3) Report Peabody A1useum-]873, p. 21 . 

(4) On artificial Shall Heaps of Fresh Water Mollusks (Am. Mgs. Mainc-1873). 

(5) Jeffríes Wyman. Primer investigador científico de los "Shell Heaps» de Amé- 
rica del Norte (sus principales estudios están en American Nituralist 1868, y en el Re- 
port II. Peabody Museum, )874). Véase también Peabody Museum Reports XX y 
XXn. Bancroft. Nat. Races-IV-739, y Foster. op. cit. cap. IV. 

(6) Ameghino. Ant. del Hom. en el Plata. Tom. I, pág. 302 y sigtes. 



- 27 



zan algunos considerable altura. En todos los investigados se 
han hallado curiosos vestigios de la industria humana, asocia- 
dos con cráneos que algunos comparan con los célebres de 
Lagoa-Santa (1). 

En la República Argentina se han investigado depósitos pa- 
recidos á los anteriores, conocidos con el nombre de "Parade- 
ros,,. Como en los de América del Norte (Shell- Heaps), se han 




Fig. 26. -Hacha neolítica 'M. B.) 



encontrado en ellos huesos estriados, cráneos, puntas de flechas 
y fragmentos de groseras cerámicas (2). 

De formación análoga á los Paraderos y Sambaquis, son 
los depósitos de guano de las Islas Chinchas. Se ha extraí- 
do de ellos curiosas laminillas de oro y plata, ídolos groseros 
y fragmentos de vasijas, etc., que demuestran la permanencia 
del hombre en aquellas islas al acumularse las capas de guano 
que en gran extensión las cubren (3). 



(1) Vé&se Keane. Etgy. pág. )00. Redus -XlX-pig. 352 y sigtes. Lacerda y Peixoto. 
Contribugoes para ó estudo Anthiopologico das ragas indígenas. Arcíi. do Mus. 
Nac. Rio Janeiro. Vol. 1, 1876 y Mem. Soc. Anthrop. París, 2.» serie. Vol II (1875- 
1882), pág. 535. H. von Ihering. A Civilisacao i^rehist. de Brazil (Revta. do 
Museu Paulista). (Vol. I, pág. 95. San Pablo, 1893.1 Véase también mi Cap. I. 

(2) Moreno. Cimet. et "paraderos» Prehist., etc. (Rev. Antrop. 1874), pág. 72. Ver- 
neau. Cránes Prehist. de Patagonia (1S94, L' Antrop., pág. 420 . Deniker. Races of 
Man, pág. 513. Keane. Etgy., págs. 98 á 100. 

(3) VésLse Nadaillac Op. cit. pág. 70. Report «Peabody Museum,, 1874, pág. 20, 
donde se relacionan 20 ornamtos. de oro y plata encontrados en ias Chinchas, y exis- 
tentes en dicho Museo. Comp. "J. J. Navarron (Mayor Oral, tscdra. del Pacífico). 
"Diario de la ocupación de las Islas Chinchas» (1864-65), en mi Archivo de familia. 

- 28 - 




Fig. 27. -Hacha neolítica (California). 



Admiten en general los Arqueólogos que el hombre de lob 
Kiokkenmodíngos, en el Continente Antiguo, fué contempo- 
ráneo ó sucesor inmediato del 
cuaternario de las cavernas (1), 
No puede decirse otro tanto de 
los ictiófagos del Continente 
Nuevo. A pesar de las afirma- 
ciones de Reclus (2), tan vagas 
al respecto 
como las tra- 
diciones de 

los indios Californianos (Athapascos) sobre 
sus antepasados misteriosos (3), la ausencia 
en los depósitos conchíferos de América de 
todo resto de animales cuaternarios, y la 
presencia de los de especies zoológicas ac- 
tuales, unidas al estilo generalmente neolíti- 
co de los útiles y cerámicas descubiertas, nos 
permiten deducir con certeza que el hom- 
bre de los Kjiokkenmodingos Americanos 
fué varios siglos posterior al cuaternario (4). 
3. — Las cavernas prehistóricas exploradas Las Cavernas. 
Fig. 28. -Ornamento en Europa, proporciouan al Arqueólogo 
"'^'ser'peSfinT"'' abundantes y claras pruebas de la antigüe- 
(Nueva Jersey, E.u.) ^^^d Cuaternaria de sus habitantes (5). No 
sucede lo mismo con las de América. Exceptuando las descritas 

(1) Wt&stjoly. Man before the metáis. Chap. IV. Lyell. Op. cit. pág 121 y sig. 
Keane. Etnology, Cap. V, pág. 98-105, que sigue en este puntea »J. I. Worsaacu. 
Prehistory of the North En contra Southall. Op. cit. 121 y sig. 

(2) "Les sambaquis datent certainement d'une époqiie reculée Le somnie de 

travail{?) qui representent ees amas est vrainient prodigieuse. <Vol. XIX, pág. 359). 

(3) Los Athapascos atribuían al gran «Kiokkenmodingo», situado en la Punta San 
Jorge (San Francisco California), á los fantásticos extranjeros (Holigates) que se 
transformaron en estrellas. (Véase Bancroft) Nat. Races, Vol. III, pág. 177 y sigtes. 

(4) Véase, entre otros, á Winsor. Op. cit.p. 392 y sus notas. (Vol. 1. Jeffñes Wy- 
man. Report. Peabody Museum T. I. p. 25(1872). Nadaillac. Am. Preh. p. 66 y si- 
guientes. Keane. Etgy. p. 99 á 105. Foster. Preh. Races, pág. 97-156. 

(5) Véase Nadaillac. Prem. Homnes. Vol. 1, Cap. II y III. Keane. Etnology, p. 90 
y sigtes. Boyd Hawkins. Reseaiches on the Evidences on Caves. Cap, II-VII. British 
Museum. A. Guide to the Antiquities of Stone Age (1902), etc., etc. 




29 



por Lund en el Brasil (1), todas las excavadas hasta hoy en el 
Continente Americano patentizan la poca antigüedad de sus 
moradores (2). Los fósiles animales encontrados en ellas asocia- 
dos con restos humanos, pertenecen á las faunas actuales (3). 
En las cavernas del Yucatán no se encontró vestigio alguno que 
indicase culturas distintas de las de las razas indígenas del siglo 




Pig. 29. -Cuevas del Oak-Cieek. (E. U.) 

XV (4); en las de Kentucky (Gerson Springs, Short Cave), se 
encontraron sandalias y tejidos indios, unidos á otros restos y 
útiles, que demuestran haber habitado tales cavernas agrupa- 
ciones humanas sedentarias, acaso agrícolas, en nada parecidas 
á las cuaternarias (5). Como más adelante veremos, los aborí- 
genes de América destinaban las cavernas á usos ceremoniales, 
sepulcrales ó de refugio y defensa (6). 

(1) Véase mi Cap. I y sus notas. 

(2) Winsor. Op. cit. I, pág. 390. Handbook of Am. Indians. pág. 21-71-515, Na- 
daillac. Am. Pque p. 'l'í,-Tl-l\ y sigtes. Farrand. Basis Amcan. Histry, Cap. V. 
Foster. Preh. Races, pág. 27-130, etc. 

(3) A. S. Packard. Cave Fauna of North Amca. (Mem. Nat. Ac. Sciences. (Vol. 
\ 1-1888;. Hovey. Celebrated American Caveins (Cincinnati, 1882). 

(4: Mercer. The hill Caves of Yucatán, pág. 122 y sigtes. 

(5) Putnam. Report Peabody Museum (1875). Véase Winsor. Op. cit. Vol. I, 
pág. 367-300. 

(6) Véase //. C. Yarrow. A furter contribution to the story of the mortuary eus- 
toms of the N. Amcan. Indiano (Ist. Report Bur of Etnology 1879-1880-11, pág. 92 y 
sigtes). Farrand op. cit., pág. 84 y sigtes. 

- 30 - 



4.- En la parte oriental y central del Continente Norte- Ame- Los ' Mounds,, 
ricano, al Sur del círculo polar ártico (1), se observan gran Montículos, 
cantidad de restos del tra- 
bajo humano que, aun 
distintos en el detalle, de- 
muestran semejanza de 
origen. Se han dividido 
tales vestigios por su ca- 
rácter en fijos (monumen- 
tos), y movibles (útiles y 
adornos), subdividiéndo- 
se los fijos en montícu- 
los propiamente dichos 
(mounds), recintos fortifi- 
cados, minas, talleres, et- 
cétera (2). 

Los montículos propia- 
mente dichos (mounds) 
son cerros artificiales de 
variadas formas (cónicas» 
alargadas, piramidales ó 

de efigie), cuyo tamaño varía entre 25 y 30 metros de altura y 
10 á 90 metros de diámetro (3). Aseméjanse los alargados á 
grandes murallas. Los piramidales difieren de los cónicos por 
su cima generalmente plana y á manera de plataforma y sus 
caras cortadas por terrazas ó rampas (4). Los llamados de efi- 
gie (effigi mounds) imitan groseramente formas animales, aca- 
so emblemáticas ó simbólicas (5). Los mounds cónicos son 

(1 ) Principalmente en todo el curso del Río Rojo del Norte, en el del Mississipí y 
en ia región Sud de los grandes lagos, hasta el golfo. Vse. Thomas. Int. Are. p. 59. 

(2) Farrand. Op. cit. pág. 74. Thomas. Op cit. pág. 50 Nadaillac. Am. Prehist. 
Chap. III-IV. Fiske. Discry. of America p. 140 y sigtes. Vol. I. 

(3) Thomas. Op. cit. p. 52 á 79. Hand Book of Am. Indians. pág. 950. Farrand. 
Op cit. p. 73. 

(4) Son piramidales los mayores conocidos, ó sea el Cahokia Mound (Illinois) y el 
Eíowa (Cartersville-Georgia) 

(5) Se encuentran principalmente en Wisconsin y algunos en Ohio y Georgia. El 
más famoso es el Serpent Mound (Ohio). Vse. Thomas, op. cit. pág, 55. Putnam. 
Serpent Mound. (Century Mag. Abril 1890). Farrand. Op. cit. pág. 76, 




Fig. £0. - Plano de un grupo de montículos 
según Thomas. (Wiscousin, E. U.) 



31 




Fig 31. 



Sección de un montículo sepulcral. 
Illinois (E U.) 



comúnmente sepulcrales; los demás fueron probablemente 
sitios de culto, lugares del Consejo tribal ó habitaciones del 
jefe ó jefes (1). 
Retintes y talleres 5. -Otro importante grupo de monumentos de esta misma 
región arqueológica 
toma el nombre gené- 
rico de "recintos,, (ii - 
Glosares). Son espacios 
más ó menos extensos, 
limitados por groseras 
murallas ó cercos de 

tierra y piedras. Se observan por regla general en los cerros y 
lugares altos v en las costas escarpadas de ríos y lagos. Su 

objeto defen- 
sivo es en la 
mayoría de 
los casos evi- 
dente (2). En 
algunos de 
estos recin- 
tos se perci- 
ben huellas 
de habitacio- 
nes circula- 
res ó cuadra- 
das, que su- 




Fig. 32. - Montículo con terrazas (Arkansasj. 

culturas de las épocas históricas 



gieren culturas de las épocas nistoricas (3). 

En muchos lugares se encuentran ruinas y canteras, y en 



(1) Vse. Hand Book Am. Ind. pag. 950. Thomas. Op. cit. Fiske. Op. cit. pág. 142 
y sigtes. 

(2) W%Q. Farmnd. Basis of Am. Hist. pág. 76. Thomas. Op. cit. Chap. IX. El 
mejor ejemplo de esta clase de restos es el llamado «Fort Ancient» (en Ohio). Vse. 
Hand Book of Am. Ind., pág. 469. sobre los célebres vestigios de Newark (Ohio), 
y Thomas Op. cit. pág. 129 y sigtes. 

(3j Farrand. Op cit. pág. 77, refiriéndose á los «recintos^ observados en Arkan- 
sas. Comp. Thomas, p. 132 y 12. o Report Burean of Etnology, que demuestran la ab- 
soluta semejanza de estos vestigios con las habitaciones aborígenes de lo'- siglos 

XVI-XVII. 



32 



sus inmediaciones gran cantidad de iitrles rotos ó ímpertec- 
tos que denuncian la existencia de ^Halleresv primitivos donde 
se fabricaban tales herramientas (1). 

La cuidadosa observación de estos depósitos, ha venido á 
demostrar que muchos objetos de piedra, considerados antes 




Fig. 33 . - Montículo ceremonial, según De Bry. 



como cuaternarios, no son en realidad sino desechos ó útiles 
inacabados ó imperfectos procedentes de los talleres neolíticos. 

6. — En las repetidas excavaciones practicadas en los mon- líiles y adornw. 
tículos sepulcrales, se han encontrado al lado de esqueletos en 
diversas posturas (2) numerosísimos artefactos y adornos, cera- 



(1) Farrand. Op. cit. pág. 77. Thomas. Op. cit. chap. IX. Comp. Winsor 
N. & C. H. of Am. p. 808 y sigtes. (Vol. I). Holmes. (15* An. Rep. B. of) Et. Poto- 
mac Stone Implements. Vse. también Dellenbaugh. North. Americans of Yesterday, 
p. 272 y sigtes. Nadaillac. Am. Pque. Cap. IV-V. Abbot. Primitive Industry. Cap. 
IV-VIII. 

(2) Véase Thomas. op. cit. pág. 80 y sigtes., y especialmente la admirable relación 
(n**" Anual Report Burean of Etnology) por el mismo autor (Pgs. 17 á 722) de las 
exploraciones practicadas en los "Mounds» profusamente ilustrado, y con magnífico 

- 33 - 3 



micas groseras y á veces grotescas (1), pipas de efigies extra- 
ñas, objetos simbólicos de concha y cobre (2), variadísimos ob- 
jetos de piedra (armas, herra- 
■^ '' .w'^'^'^' mientas, mazas ceremoniales, 



J^ 




^ ^-^^(^^4- '^^"^f^ ^^^^^ encontraaos aemues 
^' 3S'*^^^^^^^ el indudable contacto de 



idolillos de forma humana, et- 
cétera), que evidencian culturas 
análogas á las de las razas indí- 
genas que habitaban aquellas 
regiones á la llegada de los 
blancos (3). Algunos de los ob- 
jetos encontrados demuestran 

y/' :^\$ .i^'^ ,¿% artífices con los Europeos, y 

.'^ '' y/' ninguno es superior en factura 

Fig. 34. - Posición de los esqueletos á los QUC podía haccr y hacía el 

en un ffíOtt/íí¿ sepulcral, (^/^o/7^fls>. . ,. , , , , . , , . , .. 

indio de las épocas históricas (4). 

Aotigüedad de los 7. -A pesar de estos hechos y de 

•MoondsBuiiders» varios otros que patentizan conclu- 
siones idénticas, se ha sostenido has- 
ta hace poco por muchos arqueólo- 
gos, que los constructores de los tú- 
mulos (Mounds) pertenecieron á un 
pueblo más ó menos antiguo ó le- 
gendario, y de muy superior cultura 
á la de los indígenas que los ex- 
ploradores Europeos encontraron en aquellas regiones (5). 

mapa de la distribución de dichos montículos. Sobre esqueletos y sepulturas, véase 
Tilomas, pág. 84. Int. Archgy y Comp. Id. Burial Mounds of the North. Section of 
U. S. (Wincousin-Illinois, etc.) ^^ An. Rep. Bur. Etgy. 1883, pág. 9 al 110. 

(1) Vse. Thomas. Op. cit. p. 87. Comp. Farrand. Op. cit. p. 79. Dellenbaugh. 
Op. cit. pág. 88-123. 

(2) Thomas. Op. cit. Cap. VIII. Farrand. Op. cit. pág. 79. Comp. Holmes. 
(Art in Shell Ancient Americans) (2'"' An Rep. Bur. Et. pág. 81 y sigtes.), sus datos 
sobre las conchas como moneda, pág. 236-239, y su bibliografía 

(3) Vse. Thomas. Int. Arch. pág. 113 y sigtes. 

(4) Vse. Thomas. Op. cit. Cap.X-XI. Moorehead. Prehistorie Impleraents-pági- 
nas 28-69 y sus referencias. 

(5) No obstante el justo rechazo por la Smithsonian Insttion. del manuscrito de 
Pidgeon (Vse. Winsor N. & C. H. of Am. pág. 400 y sigtes. V-I), sus especulaciones 




Fig. 35. -Medallas católicas 

encontradas en un montículo. 

(Hale, E. U.) 



- 34 - 



^ Las científicas y repetidas excavaciones practicadas en estos 
últimos años han demostrado la insubsistencia de semejantes 
hipótesis (1), comprobando la exactitud de las relaciones de 
los Conquistadores Españoles del siglo xvi (2), que atribuye- 





Fig. 37. — Pedazo de tejido de fibras 
Fig. 36. — Pipa de esteatita. encontrado en un montículo sepulcral. 

(Grave-Creek, E. U). " (Ohio, E. U ) 

ron á los indios la construcción de los montículos que obser- 
varon, y hasta describieron los artificios de que se valían para 
edificarlos (3). 



sobre el simbolismo y antigüedad de los mounds sedujeron á muchos Arqueólogos, 
como Conant (Foot prints of Vanished Races); Bancroft (Native Races, Vol. V, pág. 
539); Foster (Preh. Races, pág. 195 y sigtes.) Nadaillac. (Amp. Pque. p. 185) que los 
copia (en especial á Foster), é hicieron vacilar hasta al célebre investigador Squier 
(Sqiiier& Davis. Anc Mounds Mississipí Valley), que aun reconociendo haber sido al- 
gunos "Mounds» (los de Nueva York) construidos por los Iroqueses, se inclina en otros 
(Mississipí) á la idea de la raza extinguida. Los Manuales de Baldwín Short aceptan 
sin observación estas erróneas hipótesis. Vse. Thomas. Cap. X-XI, y para la historia 
y bibliografía de esta controversia Winsor. (N. & C. H. of Am. Tom. 1, p. 400-402 
y sus notas), y Handbook, of Am. Ind. p. 949 y sigtes 

(1) Los Arqueólogos del Bureau of Etnology han explorado más de 2.000 mounds, 
recogiendo cerca de 40.000 objetos. (Vse. 5*"^ Rep. B. of Et. 1888 , y Thomas. Op. 
cit, Cap. V-IX. 

(2) Garcilaso de la Vega. La Florida del Inca, etc. Edición Madrid. (Oficina 
real, año CIoIdCCXXIII). Deseto, y Cta. déla Tierra Florida, por Fernando de 
Soto, escrita por un caballero de Elvds {\557). Traducida al Inglés por R. Hakluyt, 
editada por Rye (Hakluyt Society. Londres, 1851). 

c3) Comparando la distribución geográfica de los mounds con la de los antiguos 
establecimientos de las tribus Indias, se ha llegado á determinar con precisión cientí- 
fica que los constructores de dichos mounds fueron los Algoiikinos, Dakotas, Mus- 
kokis, Cherokees, etc. Vse. Deniket Races of Man p. 515. Thomas. Op. citadas y 
Hand Book of Am. Indians. (B of Et ) p. 950 y sigtes. 

- 35 - 



Cilff-Oweilers, 8. — En la parte Occidental de Norte América, desde Panamá 
al territorio de Alaska (1), hay además de la Mejicana varias 
zonas geográficas cuyos monumentos son distintos de los de 
las regiones Orientales (2). 

La más curiosa de estas zonas culturales es la llamada ''Re- 




Fig. 38. -Olla encontrada en un 
montículo de Arkansas. (Thomas). 




Fig 39. -Concha grabada descubierta 
en el Mound Etowa (Georgia). 



gión de los Pueblos ^^. Se extiende desde el estado de Tejas al 
de California, y desde la parte central del de Utah á las inme- 
diaciones del trópico de Cáncer (3). 

Su aspecto físico es peculiarísimo. Es un país desolado, de 
valles escondidos y escasos, rocas enormes, alturas pedregosas 
y hondonadas profundas. Cortan las llanuras numerosas gar- 
gantas que, ahondadas por los arrastres de ríos torrentosos, 
accidentan el terreno con altiplanicies escuetas y barrancos 
hondísimos (Carions) (4). 

( J ) Es la llamada por Thoinas "División del Pacífico», en contraposición á la de los 
«moundsn, que iLama" División del Atlántico». Vse. Thomas.o^. cit. p. 17-48 y sigtes- 

(2) Thonias. 0\-). cit. pág. 16© y s,igtes. Powell, 5,o An. Rep. Bureau of Etgy. 
(Mapa.) 

(3) Thomas. Op. cit. p 170. Farrand. B. of A. H. p. 82. Nadaillac. Am. Phque. 
p. 201 y sigtes. Deniker. Op. cit. pág. 520. 

(4) Vse. Keane. Conipdio. Geog. N. Amca. Vol. II, pág. 61 y sigtes. (Plateau 
Country). Powell Explortion. of the Colorado River, & its tributarles. Dulton. Ter- 
tiary Hist. of the Graud Canon of the Colorado (U. S. Geol. Survey-lS82. P. II). 
Dodge. Advced Geog. p. 165 (Plateau Statesh Redway & Hindman. Geog. P. 65. 



36 



En las más altas laderas y escarpados taludes (Cliffs) de tan 
gigantescos barrancos, hoy secos, despoblados y aridísimos, se 
han descubierto 
ruinas casi inacce- 
sibles de edificios 
de uno ó más pi- 
sos, conteniendo 
desde una sola ha- 
bitación á más de 
ciento, verdaderas 
colmenas humanas 
colgadas en las 
grietas de las rocas, 
falansterios de pie- 
dra que alberga- 
ron á las tribus ó 
fragmentos de tri- 
bu, conocidas con 
el nombre genéri- 
co de cliff dwellers 
(Moradores de los 
cliffs) (1). 

Abundan en especial tales ruinas en la región de la ^^Mesa 
Verde» (Márgenes del Río Mancos), en nluchas de las gar- 
gantas cercanas (cañons) de la orilla Oeste del Río Colora- 
do y en el Norte de Méjico (2). Com.o están protegidas por los 




?ig. 40. 



Plancha de cobre grabada. 
Etowa Mounds (Georgia). 



(1) Vse. Thomas. Op. cit. p. 208 y sigtes. Farrand. p. 83. Keane. Man. Past. & Pt. 
p. 39Q-20Í. Hand Book. An. Ind p. 305 y sigtes. Winsor. Op. cit. I, p. 395. Para 
descripción antigua. Vse. "Memorial,, de Fray Alonso Benavídes (Madrid-1630). De- 
ben también constse. Fiske Disc. of Amca. pág. 93 y sigtes. Dellenbaugh. Amcans. 
of Yesterday, p. 220. Bandelier Final. Rep. of Invest. among the Indians of the 
S. W. U. States. (Arch. Inst of Amca Papers. Am, Series IV-569). etc., etc. 

(2) Thomas. Op. cit. pág. 208 y sigtes. Nordensldold The cliff-dwellers of the 
Mesa Verde. Virdsall. The Cliffs-dwellings of the Cañón of the "Mesa Verde,, (Am. 
Geog. Soc. BuU. XXIII, p. 584-620). Nadaillac. Op. cit. p. 212 y sigtes. C. Minde- 
leff. Aboriginal Remains Verde Valley (13 Rep. B. of Et. p. 179-255)./. W. Fewkes. 
Archcal. Eption. to Arizona in 1895 (17 Rep. B. of Etgy. II Pte. p. 536 á 592). Wood- 
burry Lowenj. Spnish Setlements U. S. Chap. II-III. 



37 - 




salientes del barranco, no sólo se conservan hasta hoy parte 
de las paredes de piedra, sino también algunas de las vigas de 
madera de los varios pisos. 
En todos ellos se observa 
una habitación circular (ki- 
va ó estafa), característica de 
las antiguas y modernas tri- 
bus de Arizona y Nuevo 
Méjico, y destinada á sus 
asambleas ó ritos (1). 

Al excavar estas ruinas se 
han encontrado gran canti- 
dad de interesantes objetos 
de piedra, hueso, madera, 
lienzo, etc., varias alfarerías 
y algunas momias y esque- 
letos (2). 

9. — Además délas habi- 
taciones descritas edificadas en las laderas ó escarpes, se en- 
cuentran tam- 
bién cuevas na- 
turales ó artifi- 
ciales en la par- 
te baja de las 
paredes del ba- 
rranco y á poca 
distancia del ta- 
lud pendiente 
que baja hasta 

Fig. 42. - Las ruinas de "Casa Grande" (Mindeleff). ^^ foudo. Abun- 



Fig. 41. 

Idolillo de piedra de los montículos 

de Tennessee (U. S.) 




(1) Los primeros exploradores Españoles las describieron dándoles el nombre de 
**estufas„. Vse. Narración de Castañeda (pág. 414-418 de su reproducción, por 
Winshi'p en el 14 Rep. B. of Etgy ) Vse. Pacheco y Cárdenas. Doc. Indias. Vol. 
XIX, p. 529. Deseto, de Gibóla. (Para descripción moderna y científica) Vse. Hand- 
Book. Am. índians B. of Etgy. (pág. 710-11). 

(2) Thomas. Op cit. p. 210. Bureau ofEtgy. Stevenson (3-Rep. pág. 511 á 547). 
C2-Rep. p. 307). Holmes. W. H. (4*'- Rep. pág. 266-358. Cushing. (Id. pág. 493. y. W. 
Fewkes. (17 Rep. II Pte. p. 527-741) y (22" Rep . Pte. I, p. 17-193). 



- 38 



dan principalmente estas cuevas, parecidas á celdas de ermita- 
ños en la margen Oeste de Río Grande, y en el valle alto del 
Río San Juan. Su objeto defensivo ó de refugio, aparece con- 
firmado por las ruinas de torres ó atalayas observadas en las 

altas mesetas que 
inmediatamente las 
dominan (1). 

10. En las me- Los pueblos, 
setas y los valles 
del Sud-Oeste, has- 
ta el meridiano 11 3^ 
abundan las ruinas 
de edificios de pie- 
dra (2). Las más 
grandes, más carac- 
terísticas, y mejor 
estudiadas son aca- 
so las inmediatas 
al Río San Juan, 
muchas de las cua- 
les estaban habita- 
das al llegar los 
exploradores del 
siglo XVI (3). Las 
habitaciones de la 
conocida con el 
nombre /de ^'Pueblo Bonito,^, por ejemplo (Cañón Chaco), 
están colocadas alrededor de un patio central y en varias filas 
de uno, dos, tres y hasta cuatro pisos como pilas de cajones ó 
hilera de estantes, forma típica de la vivienda ^^comunal^^, de 
los indígenas de estas regiones. Al comparar estas ruinas con 




Fig 43. -Gran Cañón (Río Colorado). 



(1) Thomas. Op. cit. pág. 206 y sigtes. Nadaillac Am. Preh. p. 214 y sigtes. 

(2) Thomas. Op. cit. p. 215 y sigtes. Nordeuskiold. Op. cit. H. B. Am. Ind. p. 
309 y sigtes. 

(3) Castañeda. Op. cit. (Ed. Winship. 14 Rep. B. of Etgy. pág. 416 y sigtes. Véa- 
se Nadaillac. Op. cit. pág. 210. 



39 



los <cliffs-dwellings„ del Río Mancos, notamos semejanzas in- 
dudables. En ambas partes estaban las viviendas defendidas 
contra posibles ataques de enemigos; en Atancos por su situa- 
ción en precipicios inaccesibles, en el ''Chaco Cañón,,, por 

sus altas mu- 
rallas sin sa- 
lida; la cons- 
trucción en 
ambas loca- 
lidades era 
uniforme; las 
cerámicas 
encontradas, 
idénticas (1). 
Puede, pues, 
afirmarse la 
afinidad et- 
nológica de 
sus construc- 
tores, que 
por otra par- 
te esclarece la observación de la célebre "Casa Grande» (2), y 
otras estructuras similares de adobe, observadas en los valles 
del Río Gila (3), en la provincia de Sonora (4), y en el curso 
del Río Salado (5). 




Fig. 44. -Cave Dwellings en el Río Grande (E, U.) 
Mindeleffi^. A. E.) 



(1) Thomas. Loe. cit. Farrand. Pág. 84 y sigtes. Op. cit. Nadaillac. Op. cit. p. 
223-25. 

(2) Mindeleff. «Casa Grande Ruin» (13 An. Rep. B. of. Etgy. p. 28Q-319). Hand 
Book. Am. Ind. p. 210. 

(3) En esta región (Calle del Rio Gila) se han encontrado restos de un sistema de 
irrigación artificial (canales, etc.) que abrazaba áreas extensas. Vse. Hodge. Prehisto- 
rie Irrigation in Arizona (Am. Antrop VI, pág. 323-330). Thomas. Op. cit. 221 y 
sigtes. 

(4) Seri Indians. by W. S. Mac. Gee (17 Rep. B. of Et. p. 9 á 296. 1.a pte.), Comp. 
Exploraciones del P. Kino (S. J.) en Apostólicos Afanes Ste.Jesu (p. 252 y sigtes.) es- 
critos por un Padre de su Provincia. (Barcelona 1754). Comp. Mindeleff. Pueblo Ar- 
chitecture (8'¡; A. R. B. of Et. pág. 13 á 94). 

(5) "The ruins along the Salado appear to indícate structures of substantially the 
sametipe». Vse. Thomas, op. cit. p. 221. 



40 



En el Norte de Méjico, en la parte Oeste del estado de 
Chihuahua, se encuentran las notables ruinas, llamadas ''Casas 
Grandes,, (1) en todo semejantes á las anteriores. En otros luga- 
res del territorio Mejicano, existen también parecidas viviendas 
ocupadas hasta hoy por los indígenas de aquellas regiones (2). 




Pig. 45.-"Cliff Dwelling" en Arizona (Fewkes). 

1 í , - ¿Quiénes fueron los constructores deestos monumentos? Antigüedad de' 
Respecto á los ''cl/ff-dwel¿ers„ en particular, se han lanzado estas ruinas, 
numerosas hipótesis, atribuyéndolos á misteriosas y antiquísi- 
mastrazas (3). Tales afirmaciones son erróneas. No hay prueba 
alguna seria de haber existido semejantes razas, y todo eviden- 
cia, en cambio, que las discutidas construcciones de los 
"diff-dwellers,, son una simple variación de las de los "Pue- 
blos,^ de los valles, hechas coirio estas por las tribus indígenas 



(1) Thomas. Op. cit. p. 223 y sigtes. Bandelier. Fnal. Rep. of Invest. aniong Ind. 
S. West. U. S. (Are. Ins. of Am. Papers. Serie IV, pág. 569). 

(2) Los " Tarahumare«.\st. Lumholtz. Unknown México. Vol. I, Cap. IV-V-VIII, 
pág. 117-62-64-75. 

(3) Vse. Wiiisor. N. & C. H. of A. I, pág. 394 y sigíes. Foster Ph. Rces. of 
Amca. Nadaillac. Op. cit. pág. 257 y sigtes. 

- 41 - 



de aquella sección del Continente (1). Los indios Hopis, 
sostienen haber vivido en los barrancos del Chelly (2). La 
reclamación de los Acontas á la "Mesa Encantada,; (Meseta 
Katzimo-Acoma), fundada en la posesión que de ella tuvieron 
sus antepasados, se justificó plenamente (3). La "Casa Grande", 




Fig. 46. - Ruinas de un "Pueblo" (Arizona). 

fué indudablemente construida por los indios, acaso por las 
mismas tribus Pintas, que todavía habitan sus inmediacio- 
nes (4). Estas y otras palpables pruebas nos permiten en 
definitiva afirmar, que si bien las más antiguas de estas ruinas 
parecen ser anteriores al siglo xvi (5), ninguna ultrapasa el lí- 
mite de las edades históricas. 



(1) Thomas. Op. cit. p. 229. Iland Book. of Am. Ind. pág. 305-309. Mindeleff. 
Navajo Houses (17**' Rp. B. Et. II Pte. p. 475). 

(2) Mindeleff. Cliff. Ruins of Cañón Chelly Arizona (^6«'Am. Rep. B. of Et. pág. 
162-163-191). 

(3) Hodge. The Enchanted Mesa (Nat. Geog. Magzne. VIII-273-284). H. Book. 
Am. Ind. pág. 10 (Acoma) y 665 (Katzimo). 

(4) Mindeleff. Casa Grande Ruin (13 Rep. B. of Et. p. 289-318). Nadaillac. Op. 
cit. p. 225 á 250. 

(5) Vse. Relación yl/fíz/'acto-Expdción. Coronado (14**^ An. Rep. B. of Et. Pte. l.a, 
p. 594). Farrand. Op. cit. p. 85 y sigtes. 

- 42 - 



12. -Teniendo en cuenta los datos y observaciones anterio- Condusíonw gc- 
res, podemos sintetizar los resultados actuales de los estudios «erales. 
sobre la antigüedad del hombre en América, en las conclusio- 
nes siguientes: 

1.a El hombre paleolítico del Continente Sud-Americano, 
fué contemporá- 
neo de los ma- 
míferos extin- 
guidos. 

2.a Ya fuese 
por transforma- 
ciones geológi- 
cas graduales ó 
por repentinos 
cataclismos, 
desaparecieron 
éstos hombres 
de la faz de la 
tierra al par de 
las grandes fau- 
nas fósiles. 

3.a Ni el pe- 
ríodo ó perío- 
dos glaciales, ni 
los cuaternarios 
de duración y 
fecha incierta, 
tienen la remotí- 
sima antigüedad que algunos geólogos han querido atribuirles. 

4.a Las culturas de los ^^ Mound-builders^. ''Cliff-dwellers„ 
etc., son indígenas, neolíticas y de antigüedad relativamente 
reciente. 

5.a Todas las teorías é hipótesis sobre \di fecha cierta de la 
aparición del hombre en América, son especulaciones capri- 
chosas y prejuicios insubsistentes. 

Debemos, pues, confesar nuestra ignorancia; abstenernos 



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Fig. 47. -En la Kiva ó estufa. (Walpi).-(B. A. E.) 



43 



'humildemente de fijar fechas históricas á lo acaecido fuera de 
ia historia, y guardarnos de medir por años ó siglos la ignota 
antigüedad de nuestra especie (1). 



(1) "Es difícil, decía Montaigne {Cap. XXXI, p. 231. Edción. Cotton, Tom. I), 
reducir á nuestra balanza las cosas divinas sin perder y desperdiciar ^ran cantidad de 
su peso». ¿Quis enim hominum potest scire consiliuní Dei?... etc. dice Salomón en 
la Sabiduría (Cap. IX. V. 13) Comp. San Agustín. De-Genes-ad-lit. Lib. II, Cap. IX... 




44 - 




CUESTIONARIO 



/. — ¿Existe solución de continuidad entre el hombre llamado 

paleolítico y el neolítico? 
2. — ¿Hasta qué época se extienden las culturas neolíticas en 

América? 
3.- ¿Qué son y á qué edad pertenecen los Kiokkenmodingos? 

4. — ¿Qué son y á qué edad pertenecen los Sambaquis? 

5. - ¿Qué son y á qué edad pertenecen los Paraderos? 

6. -¿A qué resultados han conducido las investigaciones en 
las Cavernas de Norte y Sud América? 

7.- ¿Se diferencian en algo de las Cavernas Prehistóricas 
Europeas? 

8. — ¿Qué se entiende por "mounds,, ó montículos? 

9. — ¿Cómo se han clasificado estos monumentos? 
10. -¿Cuáles son los más conocidos y notables? 

11. — ¿En qué parte del Continente Norte Americano abundan? 

12. — ¿Qué se entiende por "recintos,, y "talleres,;? 

13. — ¿Qué nos enseña su observación? 

14.- ¿Qué restos movibles (útiles y adornos) se han encontrado 
al excavar los mounds sepulcrales? 

15.- ¿Qué nos enseñan estos restos sobre la antigüedad y cul- 
tura de sus artífices? 

-- 45 - 



J6.—¿Qué se sabe sobre la antigüedad dt los "mound-buil- 
dersw? 

17. — ¿Ha existido alguna raza de ''mound-buildersw distinta 

de las razas indígenas Americanas? 

18. — ¿Cuál es la opinión de Thomas al respecto? 

19. -¿Que' se entiende por ''cliff-dwellingsw y "cave-dwellings»? 
20.- ¿En qué parte del Continente Americano abundan estos 

monumentos? 

21.- ¿Cuáles son los más conocidos y notables? 

22 -¿Qué se entiende en Arqutología Americana por ^'-Pue- 
blos,.? 

23. — ¿Ha existido alguna raza especial de constructores de 
"cliff-dwellings,,, "cave-dwellings„ ó "Pueblos,;, dis- 
tinta de las razas indígenas del siglo xvi? 

24. -¿Qué se sabe de la antigüedad de estos monumentos? 

25. - ¿Qué conclusiones generales podemos establecer respecto 
al problema de la antigüedad del Hombre Americano? 



- 46 




j[ ® ® ^^ © ® ®i^ffl^L*^ ® ® r ® ® \o\ 



REFERENCIAS 



Generales. — Las mencionadas en el Capítulo I. Además 
Keary. Dawn of History. Recias. Earth & its inhabitants, Vol. 
(III-IV-V). Bancroft. Native Races of the U. "^Joly. Man befo- 
re the metáis. Conant Foot-prints of Vanished Races. Keane 
Compendium of Geography Islorth America, (Vol II). Dodge. 
Advanced Geography. Redway & Hindman. Advanced Geo- 
graphy. Dellenbaugh. The North Americans of Yesterday. 

Especiales. - Shaler en Winsor. op. cit. Vol IV. /. / Wor- 
sae. Prehistory of the North. (Trad. Ingsa. 1886). Dawkins. 
Researches on the Evidences on Caves. Hovey. Celebrated 
American Caves. Mercer. The Hill Caves of Yucatai:. Nordeus- 
kiold. The Cliff-dwellers of the Mesa Verde. Lumholtz. Unk- 
nown México, (Vol I). Fiske. History of the U. S. Otis F. Ma- 
són. Origins of Invention. Woodburiy Lowery. Spanish.Stments. 
Utd. Sts. (1513-1561). 

Fuentes. — Narración de Castañeda. Coronado Expedition, 
eda. por Wínshíp (14 Rep. B. of Etgy), id. id. Relación pos- 
trera de Cibola, id. id. Carta Coronado á Mendoza (Agosto 
1540). Pacheco y Cárdenas. Doc. Indias. Vol. XIX, p. 529. 
(Deseto, de Cibola) y Vol. III, p. 511. (Relación Alvarada). 
Garcílaso de la Vega. La Florida del Inca. (Edción. Madrid. 
CIdIoCCXXIII). Deseto, y Conqta. Tierra Florida, por Hdo. 
de Soto, escrita por un Caballero de Elvas. (1557). Ed. Hakluyt 
Society Londres 1851. Bureau of Etnology. An. Reports, en 
especial los trabajos de Thomas (Rep. 5.» 12.o) C. y V. Min- 
deleff (13.«-8.o- 16.0- 17.0). Fewkes (17 y 22). Yarrow (l.o). 
Holmes (2.o-16.o-115.o). Powell (5.o-4.o-7.o, etc.) Stevenson 
(2.0--3.0). Cushing (4.o). Mac Gee (\1.^).J.J. Navarro. Expción. 
Islas Chinchas, 1863. Ms. Exploraciones P. Kino (S. J.). en 
Apostólicos Afanes S. ]., escritos por un Padre de su Pcia. 

- 47 - 



(Méjico). Barcelona 1754. Peabody Miiseam. Rep orts. 1873- 
1872-1874 (Jef. Wyman). 1875 (Putnaní). American Naturalist- 
1868 (Jef. Wyman). Hewet Explor. New México (Pajarito 
Park). Aincan. Nnal. Archgy. Anual Rep. (1906-1907). Arch. 
Inst. of America. Papers. Ani. Series IV. (Bandelierj. 
Am. Asstion. Science Mayne, 1873. (White). Socté. Antro- 
phologique, París. Vol. H. Menioires (1875-1882). Revista 
Musen Paulista. Vol. I, p. 95. San Pablo 1895. Moreno. Cimet, 
et "Paraderos,,, etc. (L'Antropgie. 1874). Verneau. (Id. 1894). 
Packard. Cave Fauna of N. A. (Meni. Nat. Acad. Sciences 
1888). Patnam. Serpent Mound (Century Magne. Abril 1890). 
Poovell. Colorado River, etc. Hutton. Tertiarv Hist. of Q. Ca- 
ñón Colorado (U. S. Geol. Survey, 1882, P. II). Birdsall. The 
Cliff-dwellings of Cañón "Mesa Verde,,. (Bull. Am. Geogcal. 
Soc. XXII). Hodge. Enchanted Mesa. (Natnal. Geogcal. Magne. 
VIII). Las Colecciones Arqueológicas á& los Museos citados en 
el Capítulo I, y las del Burean de Etnology (U. S.) Vse. Rep. 
5.0-4.0-7.0, etc.) 

Bibliografía. - Las relacionadas en el Cap. I, y en especial 
las del ^^Hand Book Am. Indians. North of México,, Artí- 
culos. "Cliff-dwellings,,, ''Mound Builders,,, "Acoma,,, **Katzi- 
mo,„ "Casa Grande», "Arizona,;, "Caves,;, etc., etcétera; las de 
la New Intnal. Encyclopedia. ("Mounds,,, "Cliff-dwellings,,, 
"Colorado,,, etc.), y las de Nadaillacy Farrand, op. citdas. Son 
también de útilísima consulta las recopiladas por Mac Gee {\7 
Rep. B. of. Et.). p. 50 á 122; por Winship (14 Rep. B. of Et), 
p. 599; por Woodburry Lowery, op. cit., Cap. II y III, y por 
Icazbalceta, Bibliografía Mexicana del siglo xvi, (México 1886); 
Colección Doctos, para la Historia de México, etc. 




- 48 



TITULO II 
El hombre Americano. 



CAPITULO 1 

ORÍGENES Y CARACTERES ÉTNICOS. 

1, -Origen de los Americanos. 2. — Evolución cultural. 3. — Inmigraciones primiti- 
vas. 4. — Caracteres físicos. 5. - Caracteres Psicológicos. 6. - Grado de cultu- 
ra. 7. - Caracteres Lingüísticos: el lenguaje de gestos. 8. - Estructura de las len- 
guas Americanas. 9. -Su gran número. 10. -Objetos mnemónicos: "Wampum». 
11.— Pictografías. 

1 . - Tan obscuro y complejo como el problema de la antigüe- Q^¡gj„ ¿^ i^^ 
dad del hombre en América son los de su origen, evolución é Americanos, 
inmigraciones primitivas. Averiguando el primero, quedarían 
resueltos los segundos; dilucidados éstos, aquél surgiría clarí- 
simo. Aquí como allí confesamos nuestra ignorancia, indicando 
sólo puntos de partida y probables sendas que acaso algún día 
conduzcan á la solución deseada. 

Comprobada la coexistencia del hombre Americano, con las 
extinguidas faunas cuaternarias y siendo innegable la unidad de 
la especie humana (1), de no suponer caprichosamente que la 



(I) Las especulaciones filosóficas de los Avicena, Cisalpino, Paracelsns (1520), 
Fabricius, etc. Vse. Solórzano. Pol. Ind. pág. 18y sigtes. (Ed. Madrid, MDCXLVIII), 
como las hipótesis antropcas. de Morton. (Vse. Schoolcraft, Ind. Tribes. P. II). 
Agassiz. (Vse. Nott & Gliddon. Types of Mankind) y demás corifeos del poligenismo 
ó pluralidad de especies, han perdido toda importancia científica. Creo con Deniker 
(Races of Man. p. 71) «estéril y fútil esta polémica entre poligenistas y monogenistas.» 
(Confme. Darwin. Desc. of Man. p. 252-280), ajena por otra parte á nuestro objeto. 
El dogma cristiano de la "unidad de origen y especie del linaje humano» (Génesis 
II. 7-21-23. Concilios. IV, Letran, Vaticano, etc.: Dog. defide), está plenamente con- 
firmado por la etnología moderna. iV. Keane. Etnogy. Cap. VII-VIII. Topinard. 
Anthrop. Intción. Peschell. Races of Man. pág. 6. Deniker. Op. cit. p. 21. Winsor. 
Narr. & C. H. of A., Vol. 1, pág. 372 y sigtes., etc ) 

- 49 - 4 



cuna del linaje humano estuvo en América (1), parece lógico 
afirmar que los primitivos Americanos no son indígenas en el 
sentido estricto de la palabra, sino procedentes del hemisferio 
asiático de donde vinieron al Americano, antes que las conviil- 





Fig. 48. 
Indio Tehuelche (Tipo Patagónico). 



Fig. 49 
Indio Caribe ( Tipo de las Guayanas). 



sienes cuaternarias interrumpieran la comunicación entre los 
dos Continentes. 

Por otra parte los modernos etnólogos, si bien confirman las 
antiguas clasificaciones de Linneo (2), considerando á los 
Americanos como rama independiente, homogénea y especiali- 
zada del humano linaje; reconocen también sus afinidades ét- 
nicas con el '^Hombre Mongólico.,, 

No hay, por tanto, inconveniente en aceptar como científica- 



(1) Aunque la cuna del género humano es desconocida (Vse. Powell. Oii limit. of 
use of Anthrop. data-I^'. Rep. B. of Etgy., p. 73 y sigtes.), es sentir tradicional 
(Vse Peña y Fernández. Arch. Phca., p. 105 y sigtes.). también confirmado por los 
Etnólogos (V. Keane. Etgy., p. 336 y sigtes.), que estuvo en Asia. Establecida la an- 
tigüedad cuaternaria del hombre Americano, la cuestión pierde en importancia (Vse. 
Fiower & Lydekker. Int. to the Study of Mammals, p. 743 y sigtes.), y los argumentos 
aducidos en favor del origen Asiático de loá Americanos, pueden también servir para 
demostrar el origen Americano de los Asiáticos. (Vse. Keane. Encyclop. Britca. 
"American Indians»). 

(2) Linneo. (1738-83). "Homo JEthiopicus, Mongólicas, Americanas, Caucásicas,,, 
Keane. Etgy. Cap. VII. Winsor. Op. cit., Yol. I, pág. 370 y sigtes. Farrand. Op 
cit., pág. 87 y sigtes. 



50- 



mente probable, la fórmula de Keane (\), y otros eminentes 
antropólogos, á saber: "La raza Americana emanó de la Mon- 
gólica, separán- 
dose en absoluto 
del referido tron- 
co etnológico en 
la edad cuaterna- 
ria, sin que desde 
entonces hasta el 
siglo xo, hay ates- 
timonio histórica- 
mente cierto que 
demuestre la pre- 
sencia en el Nue- 
vo Mundo de pue- 
blo alguno culto 
del antiguo,; (2). 
2. - Empiezan, 
pues, su vida los 
Americanos pre- 
históricos, com- 
pletamente aisla- 
dos de los pue- 
blos del antiguo Fig 50. -Tipo Esquimal (Estrecho de Behring). 

hemisferio. Sea, 

por consiguiente, cual fuere el grado de cultura á que en 

algunas regiones alcanzaron (3), estas culturas son autóc- 




Evolucióii 
cultural. 



(1) Keane. Op. cit., Cap. X.-Man Past & Present Cap. X. Deniker. Op. cit. p. 282. 
Dellenbaugh. Op. cit., p. 456. Confme. también por razones históricas Solórzatto. 
Pol. Ind. Lib. I, Ch. V. «Alguna redundancia de chinos y tártaros». Vse. también 
Bobertson. Hist. de Amca., Yol. II, pág. 20 y sigtes. 

(2) Keane. Man Past & Present., pág. 349 y sigtes. Confme. Herrera, Década I, 
Libro I, Ch. VI, p. 10. Hist. Ind. Occles. "De las otras partes más políticas de Europa, 
dice, no parece haber rastro de haber pasado antes que nuestra gente Castellana» . . . 

(3) Creyeron algunos autores que las culturas Aztecas, Mayas ó Incásicas, indica- 
ban pertenecer tales pueblos á razas distintas (Vse. mi Cap. II) de la Americana, 
venidas á América en los tiempos históricos (Vse., entre otros, Brasseurde Bour- 



- 51 - 



tonas, independientes, netamente Americanas, y resultado ex- 
clusivo de evoluciones locales, agenas á toda influencia ex- 
traña (1). 

Los únicos argumentos que podrían oponerse á estas con- 
clusiones serían los basados en hechos futuros que evidenciaran 




Fig. 51. 
Canoa Norte Americana. 

científicamente la comunicación entre el mundo antiguo y el 
nuevo en las edades históricas. * 

Tales hechos, á todas luces improbables, podrían ser, por 
ejemplo, la presencia en alguna región Americana, de lenguas 
data y etimológicamente reducidles á otras del Continente 
Europeo ó Asiático (2), de edificios antiguos. indiscutiblemente 
levantados de acuerdo con prototipos Egipcios, Asirlos (3), etc., 



bourg.Hxst Nat. Civ. de Mexique (París 1857-58). Popol Vuh (1861). Le Manus- 
crit Troano, etc. No hay tal vinculación entre culturas y razas. "Razas distin- 
tas, dice Lubbock (Orig. of Civil, p. II), en estados culturales semejantes, presentan 
generalmente más puntos de semejanza entre sí que una misma raza en dos etapas 
distintas de su historia. Por otras razones, y siguiendo á Boyd Dawkins (Ear'y Man 
in Britain, p. 233), considera Fiske (op. cit. I, p. 18) á los Eskimales como de raza dis- 
tinta. Esta hipotética afirmación de Fiske y otros (Vse. Robertson. Op. cit. VII. p. 24), 
ha sido c'aramente refutada por los etnólogos modernos. V^se. Farrand. Op. cit. 
p. 104 y sigtes. Winsor. Op. cit. I, 367-390. Thomas. Op. cit., p. 35 y sigtes. Hand. 
Book. Am. Ind. (B. of Et. p. 433 y sigtes.) 

(í) Vse. PoweU Whence came the Am. Ind. (Forum-Febro. J898). E. Alorsj. 
(Meeting Am. Assoiiation-Detroit-1897). 

(2) Es ocioso discutir las aventuradas teorías de algunos etimologistas respecto á 
las supuestas identidades entre las lenguas Basca, Japonesa, China, etc., y la Iroque- 
sa, Othomi, Peruana, etc "Cuando veo, dice Brinton (On Various supposed relations 
bétween Amer. & Asiatic. races, p. 151), tantos volúmenes dedicados á esta equivocada 
investigación, etc siento lástima del tiempo perdido portantes hombres de inte- 
lectual valía, que pudieron emplear mejor sus esfuerzos » 

(3) Las semejanzas ó coincidencias observadas por algunos autores (Vse., entre 
otros, Laffiltau. Moeurs des Sav. Araericaines. París. MDCCXX V. Vol. I, p. 10 á 

-52- 



de inscripciones ó pictografías en las que existan caracteres 
cuyo origen extranjero no pueda 
negarse (1), ó de esculturas de 
buques indudablemente construí- 
dos como los triremes griegos, las 
galeras fenicias, ó los veleros chi- 
nescos (2). 

Nada de esto se ha demostrado 
hasta el presente, y las innumera- 
bles hipótesis de los que hacen á 
los Americanos descendientes di- 
rectos de los Fenicios, Griegos, 
Cartagineses, etc., son tan capri- 
chosas y quiméricas, como las que 
los suponen herederos de los habi- 
tantes fabulosos de la ensoñada 
Ailantida, ó las de los poligenistas que zanjan toda dificultad 




Fig. 52. 
Indio Cree (Bahía de Hudson). 



490. Láminas ! á XIX) y atribuidas á supuestas importaciones extranjeras, son más fá- 
cil y lógicamente explicables por la igualdad de constitución mental de la especie 
humana. "Siendo la inteligencia deseos ó necesidades humanas, dice Thomas 
(Mound „Exp. 189-1, pág. 528 y sigtes.) substancialmente los mismos siempre, y en 
«todas partes, las p'-imitivas obras de arte que á tales aspiraciones respondían, debían 
«%tr substancialmente las mismas, donde las condiciones eran semejantes». Vse. Keaire. 
Etgy. pág. 128 y sigtes., 369 y sigtes. Vse. también Masón. The Org. of Inventioii, 
p. 13 á 32. Haddon. Evtion. in Art. p. 200 y sigtes. Irko Hirn. Orig. of Art. p. 45 
y sigtes. y su Bibliografía. 

(1) "Para propósitos históricos, dice Povell (1'* Rep. Bur. of Etgy. p. 73 y sigtes ), 
no puede usarse ningún dato pictográfico, cuya única importancia y gran interesen 
América es el exhibir el principio del lenguaje escritow. De aquí el error de los que 
pretendieron ver en el célebre y discutido petróglifo de la Di^hton Kock, por ejemplo, 
caracteres rúnicos, japoneses ó símbolos cristianos, que no han existido jamás Vse. 
H. B. Am. Ind., p. 390-1. Oarrick MaUery (10*'' Rep. B. of Etgy. p. 25-777). Tho- 
mas (12»»' Rep. B. of Et. p. 347). Dellembaugh. Op. cit., pág. 38-59. 

(2) En América no existieron jamás bástala llegada délos Españoles buques de 
vela ú otros, capaces de grandes distancias marítimas, comparables á los del antiguo 
Continente. Las velas izadas por Cortés en el lago Mejicano maravillaron á los Azte- 
cas. (Prescott. Conq. of. México, IV-28). Las canoas encontradas por Colón en el 
cuarto viaje (Fdo. Colón. Vda. Almte. Cap. XVI, etc.), eran manejadas á pala; los 
mismos Esquimales, acaso los más avezados marinos del Continente Americano, sólo 
conocían el "kayak„ y el "umiak,, manejados con pala ó remos. Vse. HandBook. Am. 
Ind. I. "Eskimo„-''Navigation,..T homas. Op. cit. 35 á 47. Keane. Man P. & P. p. 356. 
katzel. The Hist. of Mankind, 896. Vol. I, p. 41. 



53 - 



declarándolos autóctonos (1). Todas estas fantasías son agenas á 

la historia, y sería 
ocioso refutarlas. 
Hasta hoy, no 
se conoce testi- 
monio alguno en 
Fig53. /J^^^^B^^ bronce, piedra ó 

Guerrero zuñi ■ fl^H Ws ^1 material durable 

(Pueblos). HÜ^^^^H «r/ quc enlace ambos 

Océanos, anillo 
alguno tangible 
que una las cultu- 
ras históricas de 
ambos Continen- 
tes, eslabón ó ar- 
queológica coin- 
cidencia que no 
pueda explicarse 
por las analogías 
culturales de los 
hombres de las 
edades líticas (2), 
ó Dor la unidad de 




(1) Vse. Robertson. Op. cit. T. II, p. 22 y sigtes. Nadaillac. Am. Phrehist. pági- 
na 507 y sigtes. Baldwin. Anc. Amca., p. 165 y sigtes. Sentenach. Ensyo. s/ la Amca. 
Prehist., p. 17 y sigtes. Andrés Roeha. Tratado único y singular del origen de 
los Indios, etc. (Lima, 161.) Reeditado-1891-Madrid, que reasume las opiniones de 
su época sobre el punto. Lo propio, Menaseh Ben Israel. Origen. Americanos. Ams- 
terdam, 1650. (Reedición Pérez y Junquera, Madrid) antecesor judío del célebre y obse- 
sionado Kinsbarough. (Mexican Antiquities. London, 1831-48). 9 vols. ídem Solórza- 
no. Op. cit. Lib. I, Cap. V. Herrera. Loe. cit. Gomara. Hist. Ind., fol. 120. Pérez 
del Pulgar. Continuación. Décadas Herrera. Bca. Nacnal. de Madrid. Sección Ms. (I. 
22 á 31 y 85). Para la Atlantída. Cse. H. B. Am. Ind., pág. 111, y Windsor. Op. cit. I, 
141 y sigtes. 

(2) Virchow. (Anthropgie. Amerika (p. 144-56) llega hasta afirmar, que ni el ar- 
queólogo más práctico notaría diferencias materiales entre los útiles líticos de ambos 
hemisferios. Vse. Keane. Etgy., p. 345. Abbot. Prim. Indtry., p. 25 y sigtes. Foster. 
Op. cit., p. 18 y sigtes. y Cse. Catálogo Museo Británico "Stone Age,,, etc., etc. 



54 



los motivosen las actividades productoras del humano linaje (1). 

3. — Ignoramos también la ruta ó rutas que siguieron los hom- inmigraciones 
bres cuaternarios en sus inmigraciones al Nuevo Continente, primitivas. 
Vinieron indudablemente por tierra, porque las navegaciones 
de altura eran impracticables en aquellos remotos tiempos. La 
proximidad del Asia y de América por el estrecho de Behring, 
así como la de Islandia y la Groenlandia, ha hecho suponer á 




Fie. 54. 
Modelo de "Uniiak,, Esquimal con su vela textil (Estrecho de Behring). 

muchos historiadores y etnólogos, que en los tiempos cuater- 
narios no existía solución marítima de continuidad entre los 
referidos continentes, siendo, por tanto, probable que fueran 
estos los caminos seguidos por los primitivos pobladores de 
América (2). Encuentran otros escritores inaceptable esta hi- 
pótesis, y sostienen, en cambio, con graves razones, que si bien 
la población de Norte-América, pudo haber venido por el 
hoy estrecho de Behring, (no por la Groenlandia), la pobla- 



(1 ) Véase Dodd Mead Cyclopedia «Man» Nadaillac. Prem. Hommes I, p. 38 y sigtes. 

(2) Vse. Robertson. Op. cit. Vol. II, p. 29. Nadaillac. Am. Prehist., p. 509. Kea- 
ne. Etgy., p. 365 y M. P. & P., p. 289. Comp. con Winsor. Op. cit., Vol. I, p. 32S 
y sigtes , etc. 

- 55 - 



ción de Sud América debió llegar por derroteros distintos (1). 

La discusión de estas opiniones es estéril por carecer de base 

científica. Nadie conoce con certeza geográfica la conformación 

^ ,._. _ __ de tierras y mares en 

las edades cuaterna- 
rias; ni puede descri- 
bir con exactitud los 
violentos cambios 
que las invasiones 
glaciales produjeron 
en la superficie te- 
rrestre. 

• Es inútil, pues, 
buscar en los actua- 
les mapas, el sitio por 
donde los poblado- 
res de América pasa- 
ron á sus regiones. 
Es evidente que 
existió el paso ó pa- 
sos terrestres entre ambos hemisferios. ¿Dónde?.... Ni lo sabe- 
mos, ni tal vez lleguemos á saberlo (2). 
Caracteres físicos. 4. - Más interesante que averiguarlos orígenes del Indio Ame- 
ricano es investigar su estado en la época del descubrimiento. 
Disponemos para ello de gran número de materiales disper- 
sos en las crónicas y relaciones de los primitivos historiadores 
y viajeros, que debemos depurar juiciosamente, comparando las 
observaciones á menudo parciales y erróneas de tan meritorios 
cronistas, con los modernos estudios etnológicos de tribus 
todavía existentes (3). 




Fíg. 55. - Indio Ojibwa de los bosques. 



(1 1 Tilomas. Op. cit., p. 374 y sig. Dellenbaufrh. Op, di, p. 328 y sigtes., etc. 

(2) Vse. Feijóo Teatro Critico. Disc XV, p. 349, Vol. V. (Madrid MDCCXXXIII). 

(3) El Bureau of American Etnology organizado en 1879 bajo la dirección de la 
Smithsonian Institution, es la primera autoridad en la materia (N. America). En Sud 
América sólo existen trabajos aislados, algunos de ellos valiosísimos, que citaremos 
en su lugar. Vse H. Book Am. Ind Bull 30. B. A. Etgy., p. 171, para la relación de 
los trabajos, etc., de dicha Ofna. Pública hasta el año 1903, 



56 



Para proceder con orden, consideraremos primero, en gene- 
ral, los caracteres físicos, psicológicos, sociológicos, etc., de los 
Americanos, tratando de fijar un criterio de clasificación de sus 
numerosas tribus, y 
estudiando luego, en 
particular, las más 
conocidas ó de ma- 
yor interés para el 
historiador de Amé- 
rica. 

El indio, en gene- 
ral, era ágil, bien pro- 
porcionado y de es- 
tatura media (1): de 
pelo áspero, negro, 
y tan abundante en 
la cabeza como esca- 
so ó nulo en la cara 
y demás partes del 
cuerpo (2). El color 

de su piel, era cobrizo, variando en matices desde el parduzco 
obscuro al ligeramente amarillento (3): Su cráneo, salvo algu- 
nas excepciones, (Esquimales, Quechuas, Calchaquies) mesoce- 
f ático y bien conformado (4);sus pómulos prominentes; su nariz 
larga y aguilina en algunas tribus, y corta y chata en otras: sus 
ojos muy negros y casi siempre pequeños, notándose en los 
niños y en algunas tribus del Noroeste (E. U.) la peculiar obli- 
cuidad del tipo Mongólico (5). 




Fig 56. - Indio Shairapaptiano. 



(1) Vse Robertson Hist. Ain. II, p. 48 y sigtes. Farrand. Op. cit., p. 8Q. Keane. 
Man P. & P. Chap. X, p 348 y sig. 

(2) Vse. Robertson. Op. cit., p. 4Q, II Farrand. P. 90, op. cit. Keane. P. 349, op. 
cit. Ulloa. Not. Am., p. 307. 

(3) Oviedo. Sumario, p. 46 y Vida Colón, Cap. 24. Robertson. Loe. cit. Farrand. 
Loe. cit- Keane. Loe. cit. Deniker. Races of Man, p. 60 y sigtes. Cse. Winsor. 
N. C. H. of A. I, Cap. V y sus notas. 

(4) Keane. M. P. P., Chap. X. Farrand. Loe. cit. Robertson. Id. id. Winsor. Loe. ciL 

(5) Keane Loe. cit. Farrand. Op cit., Cap. X. Deniker. P. 62 y sigtes. 



Oí 



Caracteres 
psíquicos. 



Eran por lo común de constitución débil (1), muy parcos en 
su alimentación, fríos é indiferentes en sus relaciones sexuales, 

y poco resistentes á 
la fatiga de un tra- 
bajo rudo y cons- 
tante (2). Tenían 
pocas enfermeda- 
des,aunque violen- 
tas y funestas. Las 
deformidades físi- 
cas eran en ellos 
rarísimas. Su vida 
media más corta 
que la de los Euro- 
peos, su vejez más 
prematura é iner- 
me (3). 

5. - La exagera- 
ción y la parciali- 
dad en uno ú otro 
sentido ha sido 
hasta hace poco la 
nota peculiar de los 
juicios históricos 
sobre las condicio- 
nes intelectuales y 
morales del Indio 
Americano. Sólo 
en estos últimos años se han estudiado científicamente las 
razas indígenas apreciando imoarcialmente sus cualidades y 




Fig. 57. -Indio del Río San Juan (Región Pueblos). 



(1) Oviedo. Sumario. P. 41-51. Las Casas. Brev. Reí. Pág. 4. Torquemada. 
Mon. Ind., p. 580. Oviedo. Histria. Lib. III. Cap. VI. Herrera. Décdas. I. Lib. 
XX. Cap. V. F. Lozano. Desc. G. Chaco, pág. 71 y sig. 

Í2) Robertson. P. 52 y sig. Herrera. Dec. I. Lib. II. Cap. XVI. Keane. Loe. cit. 

(3) Gumilla. Orinoco. Vol. II. 12-70-237. Laffiltau. Maeurs de Sav. Am. I. 515. 
Robertson. Pág. 52 y sig. 



- 58 - 



defectos. Ni el indio fué el ser degradado y apático, ó el san- 
guinario demonio de algunos viajeros y cronistas (1),. ni tampoco 
el paciente y virtuoso varón que nos pintan Palafox, Las Casas, 
ó sus maliciosos copistas de posteriores siglos (2). El Indio 
Americano; como nosotros mismos, representa simplemente 
una etapa del progreso humano. La nuestra es más avanzada 
en su cultura pero dista mucho de ser perfecta. La capacidad 




■I Fig.58. 

Cinturón ceremonial. 

mental de la raza Americana, aun siendo superior á la Africana, 
es inferior á la de las razas Mongólicas y Europeas (3). 

La iniciativa innovadora está en ella mucho menos desarro- 
llada que el poder de conservar lo adquirido (4). 

El indio, (especialmente el Norte-Americano), en su vida 
tribal ordinaria es alegre, decidor y sociable; pero su vanidad 
y convenciones sociales, le hacen en público reservado y so- 



(1) Robertson. Op. cit., p. 60. DeUenbaugh. Op. cit., p. 18 y sigtes. Solis. Con- 
quista Méjico. Vol. I. pág. 48y sig. (Ed. Barcelona- 1770). 

(2) Palafox. Vdes. del Indio. P. 34 y sig. (Ed. Madrid 1893. Las Casas Brev. 
Relción. de la Destrucción de las Indias. P. 38 y sig. (Sevilla, 1552). Raynal. 
Phü. & Pol. Hist., etc. (Trad. Yustamond. London, 1776). Vol. I-Vo. G. Mi- 
¡rrodde. Tyrranies. et cruates des Espagnols. (Amberes, 1579). Phillips. Tears of the 
Indians (London, 1656, etc.) 

(.3) Keane. M. P. & P. Cap. X. DeUenbaugh. Op. cit., p. 18 y sigtes. y compse. 
Robertson. Op. cit., p. 68 y sigtes. Ulloa. Not. Amer. pp. 222. Venegas. Hist. Ca- 
lifornia I, 66, Keane Etgy Cap. XIII, etc. etc.; sostienen con abundancia de datos 
algunos escritores, que la superioridad del blanco sobre el Indio obedece más bien á 
la influencia del medio y la educación, que á diferencias innatas de capacidad psí- 
quica. Vse. Farrand. Op. cit , p. 254 y sigtes. Brinton. American Race, p. 42. Boas. 
The mind of primitive man (Science. N. S. XIII-281). Am. Moure. "Les Indiens de 
la province de Mato-Grosso» (Now. Annales de Voyages. 1862). 

(4) Vse. Deniker. Op. cit., p. 126. Ratzel. Hist. of Mankind. Vol. I, p. 24 
(London 1896). 

- 59- 



lemne. Sus entrevistas con los blancos fueron las más de las 
veces actos de esta clase, y de aquí el error aún persistente 

de concebirle 
siempre como 
un ser tacitur- 
no (1). 

El indio, en 
general apático, 
imprevisor, in- 
dolente y ene- 
migo del trabajo 
asiduo, se hace 
astuto y activísi- 
mo en sus crue- 
les guerras, y 
sutil é infatiga- 
ble en sus expe- 
diciones de ca- 
za (2). Su estoi- 
cismo ante el do- 
lor y la muerte 
tan celebrado 
por los historia- 
dores, depende 
como su apa- 
rente gravedad 

de su educación y preocupaciones tribales. En la privacía de su 
hogar, el indio se conduce como un niño ante sus más insig- 
nificantes padecimientos físicos; pero delante de extraños, es 
capaz de sufrir increíbles torturas y suplicios, sin exhalar 




Fig. 59. - Pesca con flecha (Schoolcraft) 



(1) Vse. Keane. M. P. P. loe. cit. Robertson. Loe. cit. Compse. con Farrand. 
Op. cit., p. 260 y sigíes. 

(2) Vse. Robertson. P. 89 y sig. Op. cit. Dellenbaugh. Op. cit. Cap. IX. Un 
cazador osado y hábil era colocado por la opinión pública al lado del guerrero más 
distinguido, y la alianza con el primero era frecuentemente preferida á la alianza con 
el segundo. Charlevoix. Hist. Now. Frce. III-115. Comp. Pedro M^rtyr Angleria, 
Décadas. P. 48, Voi. II. Gumilla. Op. cit. II-4. 



60 



una queja ni traicionar su dolor con el más mínimo gesto (1). 
Es histérico y fácilmente sugestionable, curioso y extrema- 
damente crédulo, salvo para las ideas religiosas distintas de las 
suyas. Su inteligencia, como la de los niños, ávida para inte- 




Fig. óO. -Nadowagua (Iroqueses). Prototipo indígena del amor filial. 



rrogar, es perezosa para pensar é inquirir, y se contenta con la 
primer respuesta que obtiene, aunque sea fantástica ó absurda. 
De aquí la influencia que sobre él ejercen los embustes y he- 
chicerías de sus ''shamanes^, y la facilidad con que su fortaleza 
sucumbe ante la enfermedad ó la desgracia (2). 



(1) Vse. como ejemplo la relación de Catliti (North. Am. Ind. I, pág. 170 y 
sigtes) de las mutilaciones y crueldades de las ceremonias religiosas anuales de los 
Mandanes. (E. U.) Reimpreso con las viñetas origles tnSmithsonian. Rep. 1865. Pte. II. 

(2) Vse. Farrand. Op. cit., pág. 266. Brinton. Am. Race ., pág . 43 y sigtes. 
Lang Myth Ritual & Religión. Vol. I. Cap. III y IV. con sus notas y referencias. Schoo- 
Icraft Algic Researches. I. 41-P. Hierome Lalemant-Rdsiüons de la Nouvelle France 
1648-pág. 70-etc. etc. 

- 61 - 



Grados 
de cultura. 



La más alta ambición del indio era, en general, el respeto de 
los demás, la buena opinión pública, 
el rango y distinción entre los suyos; 
sus principales temores, el deshonor 
tribal, el ostracismo ó el ridículo. Por 
ello guardaba fidelidad á su tribu, mi- 
raba con recelosa enemiga á las extra- 
ñas, y aborrecía ó despreciaba al ex- 
tranjero á cuya civilización fué casi 
siempre refractario (1). 

6. - Conocidos los principales ras- 
gos etnológicos del ^^ Hombre Ameri- 
cano,, y y teniendo en cuenta la in- 
fluencia del medio y de la situación 
geográfica, podremos f orinarnos idea 
del grado ó grados de cultura, alcan- 
zados por su discutida raza. No fue- 
ron los mismos en las diversas partes 
del Continente. La escasez de la po- 
blación en algunas regiones, y las con- 
diciones del terreno obstaculizaban 
todo adelanto, la agrupación en otras 
de numerosas gentes, y sus favorables 
rasgos fisiográficos determinaban la 
formación de zonas culturales de or- 
ganización más ó menos compleja. 
Dejando de lado las antiguas distin- 
ciones entre pueblos salvajes, civiliza- 
dos, nómadas, pastores, etc. (2), inapli- 




Fig. 61 . 
Instrumento cortante (N . A . ) 



(1) Robertson. Op. cit. p. Q9 y sig. Los "Iraqueses,, se llaman á sí mismos los 
"primeros de los hombres». (Robertson. Op. cit., p. 213). La palabra "Caribe,, 
(Rochefort. Hist. des Antilles. p. 455) significa «pueblo guerrero». Los "Cherokees,, 
llaman á los Europeos "nadas» ó «raza maldita». (Adair. Hist. Am. Ind. p. 32). 
Otros llamaban á los conquistadores «espumas del mar», "hombres sin padre ni pa- 
tria», errantes en el Occéano.» Vse. Brinton. Am. Race, p. 42. 

(2) Vse. Deniker. Op. cit., p. 124. Vierkandt. Naturwolker und Kulturwolker, 
p. 49 y sigtes. Brinton. Am. Race, pág. 45, etc., etc. 



- 62 



cables á las tribus indígenas de América, adoptaremos para 
fijar los términos, la no- 
table clasificación de 
Morgan (1), de los gra- 
dos culturales de las so- 
ciedades humanas (2). 

Distingue dicho autor 
en los pueblos antes de 
llegará la civilización, dos 
etapas de cultura sucesi- 
vas: el salvajismo y el bar- 
barismo, que subdivide en 
tres estados subordinados 
ó períodos étnicos, el //z/^- 
rior,ú medio y q\ superior. 

Termina el estado in- 
ferior de salvajismo con 
la invención del fuego, y 
el medio con la del arco 
y la flecha (3). La tran- 
sición del estado supe- 
rior de salvajismo al in- 
ferior de barbarismo, se 
caracteriza en el Conti- 
nente Antiguo por la domesticación de los animales (4), y 




Fig. 62. 
Indio Guayaqui (Ríos Mondary y Acay). 



(1) Morgan. Aiicient Society, pág. 35 y sigtes. Fiske. Disc. of Amca. I, p. 22 y 
sietes . 

(2) Adoptó Morgan (Ancient Society, pág. 39 y sig.) el criterio de Grosse consi- 
derando !a civilización como sujeta á la producción, y á la persecución de mayor nú- 
mero y más fáciles medios de satisfacer necesidades y deseos, etc. Vse. Grosse. Die 
formen der Wirtschaft, etc., pág. 231 y sigtes. (Leipzig 1896). 

(3) Vse. Otis T. Masón. Origins of invention. Pág. 84. Cap. III y 258. Cap. 
Vil. Alorgan. Op. cit., pág. 128 y sig. 

(4) Vse. Otis T. Masón. Op. cit,, p. 291. Fiske. Disc. of. Amca. I, pág. 27, que 
considera la falta de animales domésticos (buey, caballo, etc.) en América (período 
pastoril) como una de las causas del retardado desarrollo de las culturas indígenas. 
La tacHidad de obtener el maiz originario de América, acaso también retardó los 
adelantos agrícolas. 



-63 



en el Nuevo por la construcción de vasijas de barro {y) 
Empieza el período medio de barbarismo en América con 
la labranza é irrigación regular de los campos, el empleo del 
adobe y la piedra en los edificios, el hábil pulimento de los 




Fig. 63. 

Petroglifo simbólico. 

Útiles líticos, el uso de los metales (oro, plata, cobre, bron- 
ce) (2), y el de las escrituras simbólicas y jeroglíficas. 

Al período superior de barbarismo, caracterizado por el uso 
del hierro, no llegaron los Americanos, sino después del des- 
cubrimiento; ni mucho menos al principio de la civilización, 
propiamente dicha, que empieza con las escrituras fonéticas (3). 

Las tribus Americanas no pasaron, pues, del período medio de 
barbarismo. Sus más avanzadas culturas (Incásica, Azteca, 



(1) Vse. Denilier que critica esta clasificación de Morgan, y la modifica adoptando 
el criterio de V/erkandt Oeogr . Zeitschr, III-256-315, fundado en los rasgos psíqui- 
cos, individualidad, etc. Claro es que tales clasificaciones (Deniker, Vierkandt, etc.) 
son ^^ carácter general, aplicables á las distintas razas de la especie humana y no á 
las distintas tribus ó regiones de una sola raza. Vse. Brinton. Am. Race. pág. 48. 
Otis T. Masón. Op. cit. Cap. V-VII, pág. 155-257. 

(2) Vse. mi nota Tit. I. Cap. II. Otis T. Masón. Op. cit. Cap. XI-XII, pág. 366 
410. Winsor. Op. cit. I, pág. 325 y sigtes. 

(3) Morgan. Op. cit., p. 318. Comp. Deniker. Op. cit., pág. 127. Fiske. Op. 
cit. I, pág. 30-47. 

- 64 - 



Calchaqui, etc.), eran inferiores en grado á las Egipcias de los 
Faraones, ó á las cantadas en los poemas Homéricos (1). 

No fueron tampoco tales culturas patrimonio exclusivo de 
determinadas tribus ó pueblos. En una misma familia lingüís- 
tica había á veces tribus en estado medio de salvajismo, al 




Fig 64. -Indios Timbues {Según Schmidel). 



lado de otras relativamente cultas, y viceversa, en todo centro 
cultural Americano, solían agruparse tribus de distinta lengua 
ó dialecto (2). 

Conviene también hacer notar que estas diferencias de gra- 
do entre las culturas indígenas no son tan grandes como gene- 
ralmente se ha supuesto. Si prescindimos de algunas inven- 
ciones, las culturas Incásicas ó Aztecas no distaban tanto de las 
Calchaguis, Zuñís ó Algonquinas, como pensaron los antiguos 
cronistas. Basadas en elementos esenciales comunes, tenían to- 



(1) Vse. Maspero. Hist. Anc. Peuples Orient, pág. 150 y sigtes. (Hacheüe- 1904). 
C. Schuchhardt. Schliemann's Excavations, pág. 19 y sigtes. (Troya), 94*135 . (Ti- 
ryns), 135 y sigtes. (Mycena), Trad. Sellers. Comp. Fiske. Op. cit. pág. 27 y sigtes. 

(2) Tal sucedía, por ejemplo, en las familias lingüísticas Uto- Azteca y Quechua. 
Vse. Brinton Am. Race. pág. 28 y sigtes. y sus referencias. 

- 65 - 5 



Caracteres lin- 
güístlcos.-EI len- 
guaje de gestos. 




1 

3 



das semejanzas palmarias y había entre ellas una 
especie de aire de familia que los investigadores 
modernos se han encargado de evidenciar, des- 
truyendo errores antiguos (1). 

7. - Hechas estas ligeras observaciones sobre los 
diversos grados de cultura del hombre Americano, 
pasemos á estudiar sus 
caracteres lingüísticos. 

Los medios usados por 
el Indio para transmitir 
sus ideas, pueden clasifi- 
carse en dos grupos: 

I. Medios de comunicar- 
se entre presentes (ges- 
tos, señales, palabras), y 

II. Medios de comunicar- 
se entre ausentes (objetos 
mnemónicos, pictogra- 
fías, escritura) (2). El In- 
dio, en especial el Norte 
Americano, usó de los 
gestos y señales con gran 
amplitud é ingeniosa per- 
fección. Los tesoros de 

este lenguaje peculiar, hoy en desuso, han sido 
recogidos por algunos etnólogos y cuidadosa- 
mente agrupados en preciosos y ricos vocabula- 




Fig. 66. 
Indios Hupa (California E. U.) 



Fier. 65. -Flecha 
Sioux (U. S. 
Nat. Mus). 



(1) Vse. Lewis H. Morgan. Ancient Society (N. S. 1898) id. id. 
Houses & House life of Am. Aborg. (N. Y, 1881). Bandelier Reports 
Peabody Museum. H-12-13. Dr. Gustav. Brühl. Die Culturvolker 
Alt Amencas(Cincti. 1887). Bñnton. Amcan. Race. 1901. Id. id. The 
Myths of the New. World. (3rd. Ed. Philfia. 1896). Farrand. (Op. 
cit.) Tilomas. Int. Am. Archeol. pág. 47 y sig. Hand Book Am. Ind. 
NorthofMeco{B.A. E.) 

(2) Deniker. Races of Man pág. 123 y sigtes. Powell. Int. to, 
Studyof Am. Lang. (B. of Etgy. 1880). 

- 66 - 



rios (1). El Indio podía expresar con gestos, no sólo nombres 
propios y comunes, sino también verbos, pronombres, etc.; po- 
día construir largos discursos, combinando los movimientos 
de la cabeza, el cuerpo y los bra- 
zos, y hasta introducir abreviaturas 
como en las escrituras pictográfi- 
cas. Amplificando suficientemente 
estos gestos para que fueran divi- 
sados á distancia, hacía señales 
ópticas que sustituían á veces á los 
célebres fuegos anunciadores de 
la cercanía del enemigo, del triun- 
fo ó derrota de sus guerreros, del 
éxito en las expediciones de caza, 
etc., etc. (2). La gran diversidad de 
las lenguas Americanas contribuyó 
sin duda al mayor desarrollo de 
este lenguaje de gestos, medio de 
comunicación más general y á ve- 
ces único entre distintas tribus ó 
gentes (3). 

Con la única excepción del 
Indio Americano, los gestos son 

únicamente auxiliares del lenguaje hablado, patrimonio ex- 
clusivo del hombre y señal de su origen altísimo. Compuesto 
este lenguaje de un número relativamente pequeño de sonidos 




Fig. 67. -Lenguaje de gestos 

(I'* Rep. B. A. E.) (¿Quién 

eres?... Pañi!... 



(1) Vse. especialmente Garrick Mallery. Sign Language among. N. A. Indians com- 
pared witlhe that of other peoples & deaf. mutes. (I Rep. Bur. of Etgy). Pág. 262-572. 

(2) Deniker op. cit., pág. 129 y sig. Comp. Schoolcraft. Hist. Ind. Tribes U. S. 
Part. I, pág. 280 y sigtes. 

(3) Para demostrar la generalización del lenguaje de gestos entre los Indios Norte 
Americanos, cita Garrick Mallery (op. cit., pág. 312 y sigtes.) el ejemplo de un profe- 
sor de sordo-mudos que pudo fácilmente comunicarse con varias tribus indias sin sa- 
ber una sola palabra de sus lenguas. Es conveniente, sin embargo, hacer notar que le 
"lenguaje de gestos" del Indio Americano no puede confundirse con el moderno de 
los sordo-mudos, que presupone el conocimiento del alfabeto. Vse. Dellenbaugh N. 
Am. of Yest. Pag. 17 y sigtes. Deniker. Op. cit., pág. 129. New Intnal. Cyclopedia 
Dodd Mead N. V.) Vol. V, pág. 100 "Deaf. Mutes». 



-67- 



articulados, presenta, sin embargo, tan inmensa variedad de 
combinaciones, que á primera vista la inteligencia se pier- 
de en el intrincadísimo laberinto de lenguas, dialectos, idio- 
mas, formas vernaculares, etc., que en el mundo se hablaron 
ó se hablan. 
Estructura de las 8. - Afortunadamente, los filólogos han podido referir los dia- 
ienguas Americanas. Jectos á las lenguas, agrupar las lenguas en familias, y éstas en 

los tres grupos universalmente acep- 
tados, de las lenguas monosilábicas, 
aglutinantes y de inflexión (1). Entre 
las aglutinantes se destaca una clase 
especial formada exclusivamente por 
las lenguas Americanas, que se conoce 
con los nombres de Holofrástica ó 
polisintética. Este tipo glotológico, pe- 
culiar al Indio Americano y descono- 
cido en otras partes del mundo, es 
Mx^di forma muy especializada de aglu- 
tinación, en la cual todas las partes de 
la oración tienden á amalgamarse con 
el verbo. Su característica general es, 
pues, la expresión del mayor número 
de ideas, de frases enteras, en una sola 
palabra polisilábica. En tanto que 
el griego y el latín se valen de sus inflexiones; el copto, el 
hebreo y las lenguas semíticas de sus afijos y sufijos, y el 
chino de la unión de partículas significativas, las lenguas Ame- 




F¡?. 63. - Lenguaje de gestos 
(Signo Tribal de los Dakotas). 



(1) El célebre «Catálogo de las lenguas" de Hervás (1800-805), seguido de cerca 
por Adelung, en su "Mitrídates" (1805), fío/^y? (Vergleichende Grammatik), etc. (véase 
Conde de la Vinaza. Bib. Esp. de Leng. Indíg. de América. Prólogo), fué la piedra 
angular y punto de partida de la ciencia filológica y, en especial de la glotología de 
las lenguas Americanas. Hervás fué el primero que sistematizó los admirables trabajos 
aislados y valiosas noticias lingüísticas de los misioneros Españoles y Portugueses, á 
quienes tanto debe la Filología de América. (Vse. Max Miiller. Doct. of the Science 
of Language. N. York, 1891). Vse. p.a la filología en general y su historia científica. 
New. Int. Cyclopedia (Dodd. Mead & C»). Vol. XLV, pág. 17 y sigtes., y su selecta 
fiibliografía. 



68 



ricanas, intercalando sílabas y aun uniendo simples letras pro- 
cedentes de las expresiones que han de sumarse al tema ó raiz, 
forman una oración en un solo vocablo. Así, por ejemplo, 
en el dialecto Algonquino, la palabra "nadholinia^, que signi- 
fica "tráenos la canoa» está formada por los vocablos "natem,, 




Fig. 69. - Interior de una "Kiva,, ó Estufa (Indios Pueblos). 

trae, "amochol,, canoa y "///«„ á nosotros, elididos y reducidos 
á uno solo con la letra "/,; como elemento eufónico (1). 

9. -Asombra á historiadores y filólogos el gran número de su gran 
lenguas extinguidas ó en uso que se hablaban en el Nuevo 
Continente, así como sus hondas diferencias fonéticas dentro 
de la uniformidad de su estructura holofrástica. El "Bareau of 
Etnology» de Washington ha clasificado al Norte de Méjico 59 



(1) Vse. Hand. Book. Am. Ind. Parte I, pág. 757. Farrand. Op. cit., pág 81. De- 
llenbangh. Op. cit., 18. Conde de la Vinaza. Op. cit., Prólogo. Powell. Evolution of 
Language. (Ist. Rep. B. E ) Id. Map of ünguistic famillies North of México (B. A. E). 
Winsor. Op. cit., I. Apéndice IV. Brinton. American Race. Chap. I. Keane. M. P. 
& P., pág. 357-f:8, y Etgy., pág. 558 y sigtes. Deniker. Op. cit., 130 y sig. Dean 
Byrne. Gen. Principies of the structure Of Language. I. página 136. Pi y Margall. 
Hist. üral. de América. Tomo I. pág. 578 y sigtes., etc. etc. 

- 69 - 



familias lingüísticas (stocks), comprendiendo cada una de 30 á 
50 lenguas distintas y buen número de 
dialectos, mutuamente ininteligibles aun 
para las tribus á veces muy cercanas á 
que respectivamente pertenecían (1). El 
número y variedades fonéticas de las len- 
guas de la América Central y del Sur, es 
acaso mayor que en América del Norte 
y su clasificación dificilísima, á pesar de 
los valiosos trabajos aislados que sobre 
ellas existen (2). Keane en su Mapa Etno- 
lógico de Sud América, enumera cerca 
de 50 familias lingüísticas. El Conde de 
la Vinaza cataloga cerca de mil lenguas 
de vocabulario y gramática conocidos. 
Markham, sólo para las tribus del Ama 
zonas, nos habla de 905 dialectos (3). 
Algunas tribus tenían dos lenguas, una 
hierática, é inteligible sólo para los inicia- 
dos, y otra vulgar y de uso corriente (A). 




(1) Vse. Powell. Indian Ling. Fam. North of México 
(Vth. Rep. Bur of Etgy. 1891) y su precioso mapa, hoy 
fundamental en la materia. Comp. Keane. Man Past 
& Present., pág. 361 y sigtes. Deniker. Op. cit., pág. 519 
y sigtes. Dellenbaiigh Op. cit., pág. 17 y sigtes. Es cu- 
rioso notar que la mayor parte de las familias lingüísti- 
cas están agrupadas en la parte montañosa del Oeste de 
N. América. De 59 familias, 40 están entre el Pacífico y 
las Montañas Roquizas mientras que en todo el resto 
del Continente Norte-Americano sólo hay 19 familias. 
Lo propio se observa en Sud América. Podemos reducir 
á 12 los grupos lingüísticos de la vertiente del Atlántico, 

mientras que en los Andes y la vertiente del Pacifico se agrupan enorme número de 

lenguas. Vse. Deniker, pág. 519, op. cit. 

(2) Conde de la Vinaza, op. cit. Prol. 

(3) Keane. Central & S. America (Stanford's Geography). Vol. I, pág. 42 y sigtes. 
Conde de la Vinaza. Op. cit. Cuadro Alfabético, pág. 331, y Markham. (Journal 
Anthrop. Inst. 1895), pág. 234 y sigtes. 

(4) Vse. Mooney. The Sacred formulas of the Cherokees. (6<'' Rep. B. of gtgy.). 
Tusayan Snake Ceremonies. Fewkes(W^ Rep. B. of Etgy.). Bourke-Snak&, Dances 
of the Mokis, pág. 28 y sigtes 



Fig. 70. - Guerrero Seri 

(IslaTiburón)17.An. 

Rep. B. A. E. 



-70 



En algunas regiones el continuo contacto comercial del Euro- 
peo y el Indio, dio lugar además á jergas especiales (¡argón) (1) 
compuestas con palabras Europeas é Indígenas. En medio de esta 
curiosa Babel lingüística, no es extraño que los misioneros su- 
frieran desencantos amargos al ver que después de estudiar du- 
rante años una lengua ó dialecto Americano, no podían catequizar 
con ella sino á una sola tribu ó á reducido número de Indios (2)- 
10. -El primitivo y simplicísimo método de comunicación 
entre ausentes, que consistía en el uso de "objetos simbólicos,, ó 
'^marcas mnemónicas,,, alcanza acaso su mayor perfección en 
los '^ quipus,^ ó cuer- 
das con nudos de los 
Incas, que en su lugar 
estudiaremos, y en el 
"wampam,, de los In- fi^.ii.-wampum. 

dios de Norte Améri- 
ca. El "wampum,, empleado por las tribus indígenas del NE. 
de los Estados Unidos, y en especial por los Iroqueses, era 
unas veces á manera de rosarios de conchas de diversos co- 
lores, y otras bordados especiales hechos en cinturones an- 
chos con las referidas conchas. Recordaban estos objetos trata- 
dos, hechos históricos, alianzas tribales, etc., cuya memoria 
perpetuaba el Indio asociándola en cada caso con una forma 
particular de dibujo, colorido y bordado de las conchas. Claro 




(1) Por ejemplo, el Chinookjargon, usado en la costa del Pacífico, desde Califor- 
nia hasta Alaska, para el comercio de pie'es, etc., compuesto de palabras inglesas, 
francesas, chinooks, etc. Vse. H. Book Atn. tnd. N. of Meo. p. 274. Pilling. Bi- 
bliogphy. Chinookan Lan. (Bull. B. Et. 1893). Hale. Manual of the Oregon trade 
Language. N. York, 1890. 

(2) De aquí sus deseos de la propagación de las llamadas "Lenguas Generales», ó 
sean la "Quechua,,, Guaraní, etc. (Vse. Keane. Cent. & South. Amca., pág. 37, vol. I), 
y los esfuerzos de la Corona Española para que se enseñara el Castellano á los Indí- 
genas "que voluntariamente quisieran aprenderlo». Reales Cédulas al Virey Velasco 
(Perú) de Julio 3-1586, y Julio 25-1605, citadas por Solórzano. Pol. Ind. pág. 216. 
Vse. al respecto Acuña. Nuevo Deseto. Amazonas. (Madrid, 1641). Edición. Madrid 
1S91-P. 160. P. Ruízy Blanco. Conversión en Piritu. (Edición Madrid 892), pág. 50. 
Torquemada Mon. Ind., Lib. VI, Cap. II, y P. Joseph Gumilla. Hist. Nat. Civil 
y Geogca. Naciones, del Orinoco. (Barcelona MDCCLXXXXI). Caps. IV. -V.- 
pág. 30 y sigtes. 

- 71 - 



es que el ^^warupum» sólo tenía significado para los que cono- 
cían el acontecimiento particular que simbolizaba. Estos hechos 
debían recordarse á la tribu, para lo cual se exhibían de cuando 
en cuando los cinturones simbólicos (1). Además de estos usos 
mnemónicos, el "wampum,, en conchas sueltas se usó como 
moneda ó intermediario de cambios por la mayor parte de las 
tribus de la costa Atlántica de América del Norte, antes de la 
llegada de los Europeos (2). 
Pictografías. 11.— Los métodos mencionados son los precursores de la 
escritura simbólica propiamente dicha, que empieza á mani- 
festarse rudimentaria- 
mente en aquellas pic- 
tografías 6 dibujos de 
imperfectas líneas y 
variados colores, que 
expresan sucesión de 
K^'-'^^W^^ ideas y no simples re- 
presentaciones de ob- 

Fig. 72.- Petroghfo en California. ! , ,^^ ^, 

jetos (3). El numero 
de estas pictografías (que acaso emanaíron del lenguaje de 
gestos) es enorme entre las tribus Americanas. Desde Alaska 
hasta Patagonia, apenas hay región del Nuevo Continente donde 
no se hayan encontrado algunos ejemplares. Expresan mensa- 
jes, historias de caza, costumbres, cantos, ritos religiosos ó má- 
gicos, y á veces son verdaderos cómputos de años, recordados 
por la representación gráfica del hecho más notable acaecido 
en sus inviernos (Winter-tales) (4). La factura artística de estas 




(1) Vse. Deniker. Op. cit., pág. 135. Jlolmes. Art in shell Anc. Am. (3'" Rep. B. of 
Etgy.) pág. 240y sigtes. Dellenbaugh. Op. cit., pág. 46 y sigtes. F. Parkman. Yesuits 
in N. A. in the XVI Century. Int. XIV. Morgan. League of the Iroquois, pág. 97. 
Schoolcraft. Hist. Nat. Tribes U. S. Part. II, pág. 231. 

(2) Vse. Holmes. Art in Shell Anc. Am. (3'" Rep. B. A. E.), pág. 236 y sigtes. y su 
bibliografía. 

(3) Vse. Garrick Mallery. Picture writting of the Am. Ind. (10»'' An. Rep. Bur. of 
Et. pág. 25-777). Id. id. Pictographs of the N. A. Indians (4»'' Rep. Bur. of Et. pági- 
nas 19-233). Deniker. Op. cit. pág. 137. 

(4) De los Dakotas. Vse. Dellenbaugh. Op. cit. Cap. III, pág. 62. Schoolcraft. Op. 
cit. Parte I. a pág, 238 y sig. 

- 72 - 



pictografías es ruda, infantil, y muchas veces grotesca. Algunas 
son de simbolismo ingeniosísimo; llegando hasta representar 
sólo una parte del objeto para significar el todo (la cabeza ó 
las huellas de un animal por el animal mismo); ó expresando 
con dibujos convencionales ideas generales y complejas (1). 
Los materiales de estas pictografías eran variadísimos. Se dibu- 
jaban en las rocas y piedras, en pedazos de madera ó de cor- 
teza de árbol, en las pieles y cubiertas de las chozas, en las ar- 
mas, conchas y vasijas, mantas y demás objetos de uso, y hasta 
en el cuerpo humano mismo, donde tatuaba el indio con per- 
fección extraña sus distintivos tribales ó totémicos (2). 




Fig. 73. - Petroglifo del Cajón de los Cipreses (República de Chile). 

Las pictografías más notables son, sin duda, las de los Algoti- 
quinos, cuyo sistema simbólico, extensamente empleado para 
preservar su historia y los ritos de sus sociedades secretas (3), 
se acerca mucho á las escrituras jeroglíficas de los Aztecas y 
los Mayas. 



(1) La petición de los jefes «Chippewas» al Pte. de los Estdos. Udos., por ejem- 
plo, y otros citados por Garrick Mallery. (Pie. N. A. Ind.), pág. 50-58-127-205. Véa- 
se también Dellenbaugh. Op. cit. Cap. III. 

(2) Los tatuajes de los «^Haidas», Qarñck Mallery O^. cit. (lO"" Rep.), caracte- 
rísticos é inconfundibles, pá?. 400-407, y Cap. VIII pág. 215-223. Vse. asimismo 
Cap. IX y XX (significado) y pág. 777. (Bibliogfía). Entre las pictografías más curio- 
sas están las de los Navajos, hechas con arena de distintos colores, con significado 
religioso. (Vse. Monntain Chaut. Mathews, S*'' Rep. B. of. Etgy.) y Stevenson (My- 
thical Sand Painting Navajo Indians. (8»' Rep. B. Etgy.), pág. 223 y sigtes.) 

(3) Los pintaban en rojo, en pedazos de madera (red. sticks), ó corteza de árbol. 
Algunos de ellos se han conservado como t\ "Walam-Olum» (palos pintados), que 
describe Brinton, Vol. V. Library of Am. Ab. History. " The Lenapé & their Legends». 
Vse. Dellenbaugh. Op cit. pág 47. 

- 73 - 



Si se exceptúan estas escrituras y los silabarios "Micmac^, (1) 
ó "Cherokees^^ (2), relativamente modernos é influenciados evi- 
dentemente por ios alfabetos Europeos, los objetos mnemó- 
nicos y las pictografías descritas fueron los únicos medios de 
que dispuso el Indio Americano para comunicar sus ideas á 
través del tiempo y el espacio. 



(1) Tribu de los Algonquinos. Vse. //. B. Ani. Ind. pág. 858. Pte. I. El silabario 
fué hecho por los misioneros, con el único objeto de evangelizar estas tribus. (Véase 
Le Clerq. First Estabment. of the Faith in New-France (Trad. Y. G. Shea N. Y. 
1891). Vol. I. No puede, pues, considerarse propiamente como indígena. De la mis- 
ma clase es el silabario de los «Sauks» (Tribu Algonquina), citado por Mooney. (Am. 
Anthrop. lan. 1899. Pág. 143). 

(2) Poderosa tribu desprendida de la familia de los Iroqueses. Vse. H. B. Am. Ind. 
B. o/Et. pág. 245. Mooney. Myhts of the Cherokees (ig^^^ Rep. Bur. Etgy.). Id. Sacred 
formulas of the Cherokees T**" Rep. B. Etgy.). El silabario fué hecho por el cherokee 
Sequoyah en 1821 é inmediatamente adoptado por su tribu, que pudo con él perpe- 
tuar sus tradiciones, fórmulas sagradas, etc. Hasta hoy está en uso. Vse. Dellenbaiigh. 
Op. citpág. 53. 




-74- 



CUESTIONARIO 



L- ¿Qué se sabe del origen de los Americanos? 

2. -¿Son autóctonos, ó vinieron del Continente Asiático? 

3.- ¿La raza Americana, es uniforme? 

4.- ¿Tiene relación con la Mongólica? 

5. -¿Las culturas Americanas, son indígenas? 

6.- ¿Por dónde vinieron á América sus pobladores? 

7. - Cuáles son los principales rasgos físicos del indígena 
Americano? 

S.- ¿Cuáles sus principales rasgos psíquicos? 

9. - ¿Deben aceptarse sin examen crítico las observaciones de 

los antiguos cronistas? 
10. -¿Cómo clasifica Morgan los grados de cultura de los 

pueblos? 
1 L- ¿Cuándo pasa el hombre del período superior de salvajis- 
mo al inferior, y al medio de barbarismo? 
12.- ¿Cómo se caracteriza en América el período medio de bar- 
barismo? 

13.- ¿Llegaron los Americanos al grado superior de barbaris- 
mo antes del descubrimiento? 

14.- ¿Eran las culturas Americanas patrimonio de determina- 
das tribus? 

15.- ¿Era muy grande la diferencia entre las culturas Ame- 
ricanas? 



-75- 



16. - ¿Usaba mucho el indio Americano de los gestos y señales? 

17, — ¿Cuál es la característica glotológica de las lenguas Ame- 

ricanas? 

18,— ¿Eran muchas estas lenguas? 

19,— ¿Cuáles son las principales tentativas de su clasificación 
en familias lingüísticas? 

20.— ¿Usaba el indio Americano de objetos mnemónicos? 

21.- ¿Qué es el "wampum,, y cuáles fueron sus principales 
usos en la América indígena? 

22,— ¿Cuáles son las primeras manifestaciones en la América 
indígena de las escrituras simbólicas? 

23,— ¿Eran muy abundantes en América las pictografías? 

24,— ¿Cuáles eran sus formas, objetos, materiales, etc.? 

25,— Exceptuando los silabarios Micmac y Cherokees ¿cuá- 
les fueron los únicos medios de que dispuso el Indio 
Americano para comunicar sus ideas entre ausentes? 




-76^ 



k 



REFERENCIAS 



Generales. - Las mencionadas en el Título /, Cap. I-II. - 
Además, W, Robertson. Hist. de la América. Vol. II. (Barcelo- 
na 1840). Brínton. American Race. Morgan. Ancient Society. 
T. Waitz. Die Amerikaner,(Anthropologie der Naturvólker. 
Pte. III). Adair. History of the American Indians. Schoolcraft 
Hist. & Statist. f. Ind. Tribes U. S. G. Catlin. Letters and 
Notes on the maners, etc., North Amcan. Indians (1841). Pí 
y Margall. Historia Gral. de América. //. Book. Am. Ind. North 
of Meo. New. Intnal. Cyelopdia. "Indians». Pesehell. Races of 
Man. Ratzel. History of Mankind. Stanford's. Compendiums of 
Geography. Winsor. Narr. & Crit. Hist. of America. Vol. I, 
página 317. 

Especiales. - iWíí/'^íz/?. Houses & House life Am. Indians. 
Morgan. League of the Iroquois. ¡iaddon. Evolution in Art. 
Sentenaeh. Ensayo s/ la America Pre-Colombiana: Diego An- 
drés Rocha. Origen de los Indios. (Edción. 1891. Madrid). 
Menaseh Sen Israel. Origen de los Americanos. (Edción. Ma- 
drid). Virchow. Anthropologie America (p. 121-218). Feijóo. 
Teatro Griteo. Vol. V. (Madrid MDCCXXXIII). Palafox. Virtu- 
des del Indio. (Ed. Madrid 1893). Raynal. Phil. & Pol. Hist., 
etc. (Trad. Yustamond. Londres 1776). Boas. Mind of the Pri- 
mitive Man. (Science. W. S. XIII-281). Moaré. Les Indiens de 
Matto Grosso. (Nouv Annales de Voyages, 1872). Vierkandt. 
Natürwolker & Kulturvolker. Grosse. Die formen der Wirts- 
chaft. (Leipzig, 1896). Gust. Brühl. Die Culturvolker Alt Ame- 

- 77 - 



rikas. 1887). Bandelier. Reports Peabody JVluseum ll.a-12.a-13.^i 
& Papers of Archeological Instte. of America. 

Caracteres !ingüístícos.->4¿/^//¿/z^. Mytridates (1806). 
Max.Miiller. Lecturas on theScience of Language. (N. Y. 1891). 
Dean Byrne. General Principies of the Structure of Language. 
(N. Y. 1890). Brinton. Tiie Lenape & tlieir Legends (Vol. V). 
Libry. of Aborig. Americ. Hist. Le-Clerq. First Estabment. of 
the faith in New France. (Trad. Shea. N. I. 1891). 

Fuentes.— Los antiguos cronistas y viajeros, en especial 
Solórzano. Pol. Indiana. (Madrid MDCXLVIII). Pedro Martyr 
de Angleña. Décadas. (Ed. Torres Asensio. Madrid 1892). He- 
rrera. Décadas. (Madrid. Ofna. Real, 1720). Fdez. de Oviedo. 
Hist. Oral, de las Indias. (Ed. Ac. de la Hist). Oviedo. Sumario 
de la Hist.Nat.de las Indias. (Colección Rivadeneira). Bartolomé 
de las Casas. Hist. de las Indias. (Ed. Madrid 1875). Navarrete. 
Collección. Viajes y Descubrimientos, etc., (Madrid 1858). 5í7- 
lís. Conqta. de Méjico. (Ed. Barcelona 1770. 3 vols). Gomara. 
Hist. Gral. de las Indias. (Ed. Rivadeneira, XXII). Torqaema- 
da. Monarquía Indiana. (Ed. Barcia. Madrid 1723). Loza- 
no. Hist. Río de la Plata. (Ed. Lamas. B. Aires. 1873). ¡o- 
seph de Gumilla. Hist. Nat. etc. del Orinoco. (Ed. Barcelona 
(MDCCLXXXXI). Lafiltaa. Maeurs de Savages Amercaines. 
(MDCCXXIV). Pérez del Pulgar. Continuación Décdas de 
Herrera. (B. Nacional Madrid. Sección Ms. (1.22-31-85). Ulloa. 
Noticias Americanas Secretas. (Londres. Taylor 1826). Charle- 
voix. Hist. Nouvelle France. (París 1744), etc. Las relaciones 
de los Misioneros, en especial. Lettres Edifiantes ei carieuses. 
(París, 1717-76). Twaites. The Jesuit relations & allied docu- 
ments. (Cleveland 1896-1901). Acuña. Deseto. Amazonas. (Ed. 
Madrid 1891). Ruiz y Blanco. Conversión en Piritu. (Madrid 
1892). Figueroa. Misiones en el país de los May ñas. (Madrid. 
Suárez, 1904) Vse. asimismo Parkmann. Conspiracy of Pon- 
tiac. "Jesuits in North America,,, etc. (Boston 1902-1905) y 
I. G. Shea en Winsor. Op. cit., p. 296-316. Vol. IV y sus notas 
Bibliográficas, y compárense las fuentes antiguas mencionadas 
con las memorias (1879-1906) Contributions to N. A. Etgy. Bu- 
lletins. (30 vols.), etc. (Vse. Hand Book. Am. Ind. I, p. 77). del 
Burean of Etnology de Washington (E. U.). Anual Reports 
Peabody Museum; Smithsonian Institution, etc., etc. 

Caracteres. Lingüísticos. ~ I. W. Powell. Indian Ling. 
Families B. A. E). Hervds y Panduro. Catálogo de las lenguas 
(1805). Conde de la Vinaza. Bibliogfía. Española de lenguas 
Indignas, de América. Pilling. (Bibliog. Am. Languages). Bu- 
lletins. Años 1887-88-89-91-92-93-94. Bur. of. Etgy. An. Re- 

-78- 



portsBur. of Etgy. en especial Powell (1.° y Is). Molden (l.o). 
Holmes (2.o). Garrick Mallery (1.°, 4° y 10.°). Mathews (5.o). 
Mooney (7. o). Stevenson (8.°). /4. S. Gatschet(].o 6. o). Dorsey 
(3.0-13.0), Nicolás Antonio. Bibliotheca Hispana Nova. etc. Vol. 
I (Madrid-MDCCLXXXIII) y II.o (Madrid-MDCCLXXXVIII). 
Félix y Sobron. Idiomas de la América Latina-(Madrid-1870), 
etc. etc. 

Bibliografías. - Las relacionadas en el Título I, Caps. I y II. 
Vse, también Winsor. Op. cit. Vol. 1, pág. 317 y Apéndices 
í, III y IV, y Vol. IV, pág. 216-317. Channing & Hart. Guide 
to Am. Hist. pág. 232. Farmnd. Op. cit., pág. 378. Pilling. Op. 
cit. Conde de la Vinaza. Op. cit. Intción. y Cuadro pág. 231. 
Parkmann, Bandelier, Powell, en las notas de sus mencionadas 
obras. D. G. Brinton. Abnal. American Authors. H. Book. Am, 
Ind, North of México. Artículos "Indians,,, "Languagesw, «Che- 
rokees,,, "Misionsw etc. New International Cyclopedia. Artículos 
"Indians,, "Man,,, etc. Lamed. Literature of American Hist, 
pág. 38 (600-692) Tli. Hughes S. I. Hist. of the Society of 
Jesús in North América. Cap. I-II, páginas 1 á 29. //. E. Lu- 
dewig-'Wit Lit. of Aborig. Lang. (Edit. Trubner & C.o Londres 
MDCCCLVIII) /. García Icalbazceta, Apuntes p.a un catálogo 
de escritores en lenguas Indígenas de América. Méjico-1866, 
etc. etc. 




- 79 




Mapa Etnológico y Filológico de Sud América demostrativo de la probable posi- 
ción geográfica de las distintas familias lingüísticas (Keane-South-America). 



- 80 



CAPÍTULO II 

CARACTERES SOCIOLÓGICOS 

l.-El Matrimonio. 2. -Matriarcado. 3. -Poligamia y Monogamia. 4. -Condición 
de la mujer. 5.— Educación de los hijos. 6. — Las costumbres mortuorias. 7. -Orga- 
nización política. El «clan» y la «gensw.8. — Totemismo. 9. — La "fratria» y la tri- 
bu. 10.— Consejo tribal. 11.— Jefes tribales. 12, -La Confederación. 13.— Orga- 
nización Económica. La propiedad. 14. — Los Gobiernos despóticos. 15. -Relacio- 
nes inter-tribales. El Comercio. 16. - Laguerra. 17.- Armas ofensivas y defensivas. 

1. — El estado de naturaleza en que todas las mujeres períe- El matrimonio 
necen á todos los hombres, y éstos á todas las mujeres, sólo ha 
existido en la imaginación de poetas y filósofos. La teoría de la 
promiscuidad primitiva ha sido rechazada por la ciencia. Aun 
entre las tribus más salvajes de América, la unión entre el hom- 
bre y la mujer tenía ciertos derechos reconocidos y estaba su- 
jeta á ciertas reglas. Entre éstas, la más característica y acaso la 
más extendida é invariable, era la llamada "ley de exogamia,,, 
ó matrimonio fuera del clan ó linaje en contraposición á la 
endogamia ó matrimonio dentro del referido grupo. En Amé- 
rica, los miembros de un mismo "clan,, 6 "gensn no podían 
contraer matrimonio, y la violación de esta regla se castigaba 
severísimamente. 

El matrimonio se realizaba usualmente por compra en espe- 
cie, dádivas ó prestación de servicios (1) á la familia de lamu- 



(1) Fiske. Op. cit., pág. 56 y sigtes. y sus notas bibliogcas. Vse. Lucrecio. De 
Rer. Natura. Lib. V-967-987. Horacio. Sat. Lib. I. Sat. III. Rousseau. Dso. sobre 
desigdad. de las Condnes. (Ed. Espía. 1775, pág. 56). Deniker. Op. cit., 23! á 23Q 
H. B.Am. Ind. loe. cit. y 809-451. Dodd Mead Cyclop. «Mariage,,, «Man». Robertson. 
Op. cit., pág. 109 y sus notas, y en especial Mac Lcnnan. Studies on Ancient History 
(London, 1876). Pág. 21 y sig. Morgan. Ancient Socty., pág. 172 y sig. Spencer. Prin- 
cipies, of Sociology. Vol. I, pág. 621-797. Comp. Garcilaso de la Vega. Comen- 
tarios. Reales. (Madrid CIoIoCCXXIlI) I. Lib. III, Cap. VIII. Figueroa. Op. cit., 
pág. 255, y en general los antiguos cronistas. (Vse. Cap. I). 

- 81 - 5 



Matriarcado. 



Poligamia y 
monogamia. 



jer, y la elección de ésta solía corresponder antes que al indi- 
viduo á su familia ó grupo. 

2. -Ahora bien, desde que los progenitores del indio no 
podían pertenecer al mismo clan, para determinar su filia- 
ción debía forzosamente prescindirse de uno de ellos. Salvo 
contadas excepciones, se prescindía del padre y se asigna- 
ban los hijos al linaje 
materno. 

Esta costumbre de los 
pueblos salvajes, que 
los etnólogos designan 
con el nombre de ma- 
triarcado, impedía gene- 
ralmente el incesto y las 
alianzas entre cercanos 
parientes. 

3. -La forma del ma- 
trimonio Americano es- 
taba principalmente de- 
terminada por considera- 
ciones económicas. En las 
regiones en que la vida 
era ruda y difícil, se con- 
tentaba el Indio con una 
sola mujer; en los climas 
calientes y tierras fértiles, 
la facilidad misma de la 
vida le inclinaba á la po- 
ligamia. 

Importaba casi siempre esta última un cambio de sistema de 
filiación. El protector nato de los hijos, no era como en el ma- 
triarcado su tío paterno, sino sa propio padre (patriarcado) que 
disponía de ellos á su antojo y podía hasta regalarlos ó ven- 
derlos. 

En América del Norte prevalecía la monogamia, en la del 
Sur la poligamia, pero en ambas regiones la duración del ma- 




Fig. 74. En el hogar indígena (Pueblos). 



82 - 



trimonio erü precaria, dependiendo las más de las veces de la 
voluntad ó el capricho de los contrayentes (1). 

4. -Las costumbres matrimoniales y la condición de la mu- condición 
jer variaban mucho. Mientras en las tribus en que predomina- de la muier. 
ba la monogamia y el matriarcado, la mujer era dueña en el 
hogar y tenía tamo ó mas valor que el hombre, al que podía 
hasta expulsar de su tienda, en las polígamas, la mujer era con- 
siderada como 
una esclava, co- 
mo cosa del pa- 
trimonio del 
marido, simple 
objeto de bru- 
tales placeres, ó 
bestia de labor 
y de carga. De 
aquí la escasa 
fecundidad del 
hogar salvaje, el 
abandono de 
los hijos y los 
infanticidios (2). 

5. - Decidida sin embargo por los padres indios, la vida y Educación 
crecimiento del niño, protegían su infancia cuidadosamente, de los hlios. 
Los ritos, costumbres y ceremonias natales para defender la 
criatura de los malos espíritus y propiciar en su favor los 




Fig, 5. -Una familia indígena. 



(1) Vse. Farrand. Loe. cit. Deniker. Loe. eit. H. B. Am. Ind., 809-437-221, etc. 
Brinton. Loe. eit. Fiske. Loe. cit Heckewelder. Histry. Mauners & Cond. Ind. 
Nat. 1-208. Westermarck. Orig. of Human. Marriage (1890), pág. 64 y sigtes. Owen 
Dorsey. Op. eit. (B. Et. 3^" Rep.), pág. 309. Powell. Op. eit. (1«* Rep. B. E.). pág. 47. 
Letourneau. Evolution of Marriage, pág. 318. Robertson. Op. cit., pág. 78. Lettres 
Edifiantes. 23-318. Laffittau. S. J. Moeurs de Sanv., 1-554-580. Lozano. Dése. Gran 
Chaco, 70. Herrera Dec. I, lib. II, cap. XVI. Gumilla. Op. cit., 11-12-70-237, etc. 

(2) H. H. Am. Ind. 909. Deniker. Op. cit., 221. Farrand. Op. cit., 140-159-185- 
221-226. Brinton. Op. cit., pág. 49, sostiene que en la mayoría de las tribus ía condi- 
ción de la mujer no era más dura que la de la aldeana moderna. Compse. Robert- 
son. Op. eit., pág. 82 Lajfittau. Op. eit , 1-560. Charlevoix. Nouv. France, III-285. 
Herrera. Década IV Lib IV Cap VII, etc. 



- 83 - 



tutelares de su grupo ó tribu, eran muchos y curiosísimos (1). 
La lactancia duraba tres, cuatro, y á veces diez y doce años. 
Al llegar á la pubertad, y después de someterse á pruebas 
especiales de iniciación, en ceremonias solemnes y públicas, el 
niño recibía su nombre cuya imposición y cambio, eran para 

el Indio materias de capital 
importancia. 

Solo podía adquirirlo en 
los mencionados ritos ini- 
ciatorics, á los que general- 
mente concurría toda la tri- 
bu, ó por especial habilidad 
en la caza y la guerra. Como 
se suponía mágicamente en- 
lazado con las divinidades 
tutelares, no se usaba nunca 
en las relaciones con los ex- 
tranjeros. El nombre, en 
suma, era una verdadera 
propiedad que podía per- 
derse por deshonra, enfer- 
medad ó desgracia, cambiar- 
se por motivos especiales y 
hasta enajenarse ó darse en 
prenda. El indio, una vez declarado adulto, era dueño abso- 
luto de sus acciones é independiente de sus progenitores. Si 
seguía viviendo con ellos, más bien que padres é hijos pare- 
cían extraños reunidos casualmente. Olvidaba pronto los be- 
neficios recibidos, miraba á sus padres con perfecta indife- 




Fig. 76. - Acarreando agua. 



(1) Letourncau. Evtion. of Marriage. Chap. X-XII, etc. H. B. Am. Ind., 809-457, 
etc. Ploss. Das Weibb (5.a Edción., II, Cap. XI-XVI). Owen Dorsey. Soc. Omaha 
(3^' Rep.), pág. 251 y sigtes. Dellenbaugh. Op. cit., C. XII. Gumilla. Op. cit., 11-233- 
238. Herrera. Décdas. VI. Lib. I, Cap, IV-VII. Lib. IX, Cap. IV. Charlevoix. Hist. 
du Paraguay. 11-422. Laffittau. Op. cit., 1-590. Lozano. Op. cit., pág. 92. Lettres 
Edifiantes. X-20n. Robertson. Op. cit., pág. 84 y sigtes. Arriaga. Estirpción. de la 
Idolatría en el Perú, pág. 88 y sig. 



84 




renda, ó, considerándose superior á ellos, les trataba con 
crueldad y desprecio (1). 

6. — La suerte de los ancianos no era por tanto envidiable. Sal- 
vo los sha/nanes,3iáW\nos, etc., los demás indios 
viejos, débiles ó inútiles para la caza ó la gue- 
rra, eran considerados por su tribu como pesa- 
da carga y desaparecían natural ó violentamente. 
Las costumbres mortuorias estaban basadas 
en la creencia constante en la inmortalidad de 
las almas. Concebía el indígena la vida de ul- 
tratumba como un estado feliz, en que los gue- 
rreros después de muertos gozaban en regio- 
nes fértilísimas de todos los bienes que ansiaron 
en la tierra. 

Esta concepción material de la vida futura, 
originó acaso la costumbre de enterrar los ca- 
dáveres con sus armas, vestidos, utensilios, etc., generalmente 
quebrados, para indicar que también acompañaba al muerto 
el alma de las cosas en su viaje por las regiones desconocidas, 
á las que no debía partir sin medios de defensa. 

En algunas tribus se enterra- 
ban con los jefes militares sus 
caballos y hasta sus esclavos y 
mujeres, para que el muerto 
pudiera presentarse en la vida * 
futura con la misma dignidad 
y rango que gozó en la tierra. 
En otras se creía al individuo 
animado de varios espíritus que 

Fior. 78. -Momia descubierta , _ , p. . i- ,• ", 

■^en una cueva de Aiaska. desempeñaban oficios distintos 



rig.77. -Sepultura 
de piedra (Illinois). 




Costumbres 
mortuorias. 



(1) Gumilla. Op. cit., 1-212. Lozano. Descrip. Gran Chaco, págs. 68-100-101 . Ro- 
bertson. Op. cit., 11-86. Farrand. Op. cit., 201-202. Deniker. Op. cit., 247-270. 
Barros Arana. Op. cit., pág. 77 y sigtes. vol. I. H. Book. Am. Ind., pág. 266. 
Jenks. Childhood of Gishib the Ojiwa. Fewkes. Hopi Katcinas (21*'^ Rep. B. of Et.) 
y en especial Matilda C. Stevenson. The Religious Life of the Zuñi Child., 5*'' Rep. 
B. of Et., pág. 533 y sigte. 



85 



después de su muerte. Uno, por ejemplo, quedaba con el cuerpo, 
otro vagaba como fantasma por la aldea; y otro acompañaba al 
guerrero á los "dichosos prados de abundante caza y pesca»... 
Las formas de sepultura eran variadísimas. Se colocaban los 
cadáveres en cisternas, sepulcros, urnas funerarias, bajo montí- 
culos, en grutas y cavernas, etc. En algunas tribus los embalsa- 
maban y momificaban; en otras se cremaban guardando ó aven- 




•'%.«. tó :.;^;}&':';£^í^;«^-'";S};x ;;■; 




P»; 






Fg. 79. - Sepultura Dakola (Yarrow). Fig. 80. - Sepultura arbórea iYarrow). 

tando las cenizas, ó se exponían colocándolos en los árboles ó 
en elevadas plataformas, á la voracidad de las aves carniceras. 
Las manifestaciones de duelo consistían en gritos, lamentos, 
orgías especiales de dolor, vestiduras desgarradas, mutilacio- 
nes y crueles heridas, con el fin general de aplacar la cólera 
del alma vagabunda del muerto (1). 



(1) Farrand Op. clt. 250-251. Deniker. Op. cit. 242. Robertson. Op. cit. 11-186 
y nota 61. Dellenbaugh. Op. cit. 388. Brinton. Am. Race. pág. 51 y sigtes. id. 
Reí. of Primitive Peoples, pág. 209-18. Thontas. Int. Am. Arch. 56 y sigtes. Du- 
mont. Mem. Louisiana (Natchez) I. pág. 225. Oalanü. Op. cit., 114. Irko Ilirn. 
Orig. Art. 51-59-182-184-300. Barros Arana. Op. cit., 101 y notas. Lozano. Op. cit 
408, etc. ScAoo/cm//. Op. cit.,III-193, IV-155-224. Lafittau. Op. cit. II- 386-406. 
Gomara. Hist. II 1-28. Baneroft. Nat. Races, 1-555. Twaites Jesuit Relations. I. 
LXXII. Cattlin. Op. cit. 1-483. Foster. Op. cit. , 169; etc. pharlevoix. Hist. 
Nouv. France, 111-351. Blanco. Op. cit., pág. 35. Herrera. Dec. I, lib. III, etc. 
CiezadeLeón. Crónica, caps. 28 y 33. H. Book. Am. Ind. (B. A. E.), 951 y sig. 
y en especial la preciosa monografía de H. E. Yarrow, A further Cont. to the 
Study of Mortuary Customs, etc. (1»* Rep. B. A. E.), pág. 87 y siguientes. 



- 86 - 



7. — La profunda diversidad de las estructuras sociales de los Organización po- 
Aborígenes Americanos y la carencia de datos sobre muchas ''tica. El «clan» y 
de ellas, hacen imposibles las generalizaciones al respecto. '^ *gens». 

Podemos, sin embargo, afirmar, por vía de síntesis, que la 
base fundamental de las organizaciones políticas conocidas de 
los Indios del Norte y Sur de América era el parentesco, y que 
el factor más importante de sus 
rudimentarias sociedades era el 
"clan^^ ó linaje (gens); es decir, el 
grupo ó grupos de parientes más 
ó menos cercanos, maternos ó pa- 
ternos, reales ó ficticios, que con- 
vivían en determinada vivienda, 
con obligación de ayudarse mutua- 
mente (1). 

El indio se debía al clan antes 
que á su propia familia. Si el inte- 
rés de sus deudos estaba en oposi- 
ción con el de su clan, debía pre- 
valecer este último. En los delitos 
de sangre correspondía al clan de 
la víctima exigir compensación al 
clan del victimario. 

Las funciones civiles del clan eran importantes. Elegía sus 
jefes y podía destituirlos. Eran éstos jefes civiles (sachems) ó 
militares {caciques, etc.), dependiendo la elección de estos últi- 
mos de sus condiciones é influencia. 




Fig 81. 
Elevando el cadáver (Yarrow). 



(I) Powell. Wyandot Gvernment (h* Rep. B. A. E.), págs 60, 08 y sigtes. Id. id. 
Lim. Anthrop. Data (Rep. B. A. E.), pág. 34. Brinton. Am. Hace. 18, 47, etc. Fiske. 
Op. cit. I, 69 y 55 y sigtes. Farrand. Op. cit.. Cap. XIII. Keane. Etgy., pág. 6, Man 
Past & Present., pág. 397 y sigtes. Deniker. Op. cit., 240-247. Morgan. Syst. of Cou- 
sangiiinity, pág. 29 y sigtes. Id. id. Ancient Society, pág. 48 y sigtes. Owen Dorsey. Soc. 
Omaha 3'"'' An. Rep. B. A. E.), pág. 215-370 y sus referencias. Dellenbaugh. Op. cit., 
cap. XV. //. Ttook. Am. Ind. (B. A. E.), 15, 143, 205, 247, 303, 499, 693, etc. Robert- 
son. Op. cit., pág. 78 y sig. Lozano. Desc. G. Chaco, pág. 32. Fernández. Relación 
Chiquitos, pág. 47. Ácosta. Hist. IV, ch. XIX. Oviedo. Hist. Lib. III, ch. 6. Ruiz y 
Blanco. Con. Piritu, pág. 57 y sigtes. 



- 87 



En tiempo de guerra, los jefes militares tenían autoridad 
omnímoda en la tribu; pero concluida ésta perdían dicha auto- 
ridad, quedando sometidos al ''Sachem,, como cualquier otro 

de los miembros 
de su grupo. 

Los jefes civi- 
les dirimían las 
disputas entre los 
individuos de su 
clan ó linaje, y 
cuando no po- 
dían resolverlas 
las elevaban al 
Consejo del mis- 
mo, que resolvía 
también las cues- 
tiones de interés 
general para el 
grupo en delibe- 
raciones libres y 
decisiones in- 
cuestionables. 

Creía en gene- 
ral el indio que 
el clan estaba do- 
tado de cierto po- 
der mágico que 
aumentaba ó dis- 
minuía con el nú- 
mero. Para evi- 
tar, pues, la dis- 
minución de la vitalidad del clan ocasionada por la pérdida de 
vidas en las incesantes guerras indígenas, era costumbre esta- 
blecida adoptar individuos de otros clanes, y á veces clanes y 
tribus enteras, que venían ípso-facto á formar parte integrante 
del clan que les adoptaba. En los casos de adopción por com- 




Fig. S2. - Manifestaciones de dolor (Mujeres Sioux). 



88 



pensacióri de delitos de sangre, el victimario, previa aceptación 
de la madre de la víctima, asumía en el clan adoptante las 
obligaciones y prerrogativas del hijo muerto (1). 

8. -Las ideas de parentesco entre los miembros de un mis- 
mo clan ó linaje, enlazadas en la mente del indio con las de po- 
der mágico á dicho clan inherente, se sintetizaban casi siempre 



Totemismo. 



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^mBIélí iw '' ' i'^j^^^B^B 1 ""^hB 



Fig. 83.-En el Consejo. 

en el '^toíem,,, institución social y religiosa de origen ignoto y 
carácter extraño, común á casi todas las sociedades primitivas 
y muy especialmente á los aborígenes de América. 

El "totem^^, para el indio Americano, era una clase cualquie- 
ra de objetos, generalmente animales ó plantas, considerados 
las más de las veces como divinidades tutelares por los miem- 



(1) H. Book. Am. Ind. pág. 15. Farrand. Op. cit. 315. Parkmann. Jesuits in 
Noríh. Amca. 1 7'*' Century Int. XVII. Owen Dorsey. Soc. Omaha, pág. 220y sigtes. En 
algunas tribus existía la esclavitud. Los cautivos de guerra eran las víctimas usuales. 
Su vida y suerte eran más ó menos la de sus dueños; pero como los hijos de estos es- 
clrivos nacían esclavos, formaron en algunos pueblos (Tribus, Pacífico, etc.), una 
clase especial y permanente, distinta de la de los miembros del clan, de quien eran es- 
clavos. H. B. Am. Ind. pág. 15-205. Compse. Herrerra. Dec. VIH. Lib. IV. Capí- 
tulo VIII. 



- 89 - 



La fratría 
y la tribu. 



bros de un mismo clan ó linaje, que se creían relacionados con 
dicha especie de animales ó plantas por descendencia mítica ó 
misterioso parentesco. Los clanes se distinguían de ordinario 
con el nombre genérico de su tótem. Los animales y plantas de 
la especie totémica eran para el indio sagrados é intangibles 

(taboo); prodigaba sus imágenes en 
pictografías y esculturas, y las re- 
producía sobre toda clase de obje- 
tos con fines supersticiosos y sim- 
bólicos (amuleto, defensa), ó re- 
presentativos y heráldicos (nombre 
del clan, etc.) (1). 

9. - Los distintos clanes y gentes 
se agrupaban de ordinario en dos 
ó más grupos intermedios, también 
exogá micos, llamados por los Etnó- 
logos "fratrías,,. La base de estos 
grupos era mitológica, y sus fun- 
ciones más bien ceremoniales que 
políticas (2). El conjunto de clanes, 
Fig. 84 -Entre los "CiiffDweiiers,, gcutcs y fratdas de un territorio 




(1) Tótem, derivado de la raiz Algonquina "od» ó "rot„, lo que pertenece á una 
persona; en sentido amplio su clan, su tribu (Brinton. Am. Race. pág. 45). El "t'^- 
tem, no era nunca un objeto determinado, sino una clase de objetos, y en eso se dis- 
tinguía del "fetiche„.{Deniker. Op. cit. pág. 247). Vse. Dí7fl?rf-3/^ad-Cyclop. "Tótem». 
Keane. (Etn. pág. 11), discute la definición de Garrick-Mallery (10 Rep. B. A. E.) y 
cree que el carácter del Tótem fué sociológico antes que mitológico, y la de Miss Flct- 
cher{J\v^ import of Totem-American Ass. Detroit. 1897), que cree originado el Tó- 
tem en los raptos ó visiones histéricas. (Keane. M. P. íi P., pág. 397). En cambio 
Deniker, loe. cit. está conforme con Garrick-Mallery, y lo propio Frazer. Totemism 
(Londón, 1887). Smith. (2"" Rep. B. A. E,, pág. 77 y sig.). Lang. Myth, Ritual & Re- 
ligión. I.o 61-75-200, etc. II.o91 á 100, ?26, etc. Mgr. A. Le Roy. La Religión des 
Primitifs, pág. 109-123 y 169-258-456, etc. Vse. también mi Capítulo III y sus refe- 
rencias. El P. Raíz y Blanco. Conversión en Piritu, dice textualmente (Edición Suá- 
rez. Madrid 1892, pág. 51) hablando de los Cumanagotos (Colombia). "Al sapo tienen 
por Dios de las aguas, y por eso no lo matan». Comp. Garcilaso de la Vega. Com. 
Reales. Vol I, pág. 42 y siguientes. 

(2) Farrand. Op. cit., 112, 160, 206, 208. II. B. A. Ind. 227, 203, etc. Fiske. Op. 
cit.. I, pág. 16 y sigtes. Morgan. Ancient Socty., pág. 102 y sigtes. Bandelier. On the 
Art & Mode of war of the Anccient Mexicans (Peabody Museum lO"* An. Rep.) Brin- 
ton. Amer. Race, pág. 41 y sigtes. 



90 



determinado y de la misma lengua ó dialecto, formaban en 
general la agrupación indígena conocida con el nombre de 
''tribu,,. Difería este conglomerado social de sus componentes 
{clan, gens, fratria), no sólo por el número de sus individuos, 
sino por el ca- 
rácter mismo 
del vínculo que 
los mantenía 
unidos entre si 
y separados de 
las demás tri- 
bus ó pueblos. 

Lanotacarac- 
terísticay dis- 
tintiva de la tri- 
bu, no era úni- 
camente el pa- 
rentesco entre 
sus miembros, 
sino la comuni- 
dad de nombre, 
de gobierno, 
de territorio, y 
principalmente 
de lengua ó dia- 
lecto (1). 

10. -El rasgo 
más interesante 
de la organiza- 
ción de las tri- 
bus era su Consejo, formado por los principales jefes y los 
delegados de los clanes ó gentes. Tenía este Consejo autoridad 
suprema en los asuntos tribales, hacía la paz, las alianzas ó la 




Fig. 85. - Expulsados de su clan. 



Consejo Tribal. 



(1) Farrand. Op. cit., 119, 135, 160, 208, 10, 12. Deniker. Op. cit., pág. 248 ysig. 
Fiske. Op. cit., pág. 62 y sig. Robertson. Op. cit., I, pág. 187 y sigtes., y sus notas. 



- 91 - 



guerra, y decidía sin apelación las diferencias entre los diver- 
sos linajes. 

El espíritu de tan peculiar asamblea, era esencialmente demo- 
crático; podía opinar en sus reuniones cualquier varón adulto, 




Fig. 



■El "Calumet" ó Pipa ceremonial. 



y hasta las mujeres mismas por medio de los oradores que 

eligieran al efecto (1). 
Jefes Tribales, 11.- En general, las tribus no íenisin Jefe supremo, aunque 

en ciertos casos se reconocía mayor rango y autoridad en un 

sachem ó cacique cualquiera, dándole facultades extraordina- 
rias para representar la tribu en los casos en 
,^' N que el Consejo no había podido convocarse. 

Su gestión, sin embargo, estaba sujeta á la 

; :^ ratificación posterior de dicho Consejo, de- 

pendiendo además su autoridad de sus con- 
diciones personales y de su influencia en los 
diversos clanes ó gentes. 

Designar estos jefes temporales con el 
nombre de reyes, soberanos, emperadores, 
etc., como lo hicieron los antiguos conquis- 
tadores y cronistas, es en absoluto erróneo. 
Si alguno de los referidos jefes por la fuerza 

de las circunstancias adquiría en un momento dado excepcio- 



Fig. 87. 
Tambor ceremonial. 



(1) Farrand. Op. cit, l.'=i5-59 y 205-210. E. B. American Ind., 260. Keane Etgy., 
páginas 7 y sigtes. Powell. Wyandot Governcment., pág. 49-59 (Ist. Rep. B. A. t.) 
Dorsey. Soc. Omaha, pág. 227 y sigtes. Acosta. Historia, IV, chap. XIX. liarros. Ara- 
na. Op. cit., vol. I, pág. 83 y sigtes. 

- 92 - 



nal relieve, no dejaba por ello de ser, dentro de su tribu, un 
simple jefe electivo y temporal que nada tenía de monarca (1). 

12. -Cuando por segmentación de una tribu se formaban Las Confedera - 
otras nuevas, la relación entre las tribus así formadas y las pri- alones. 





Fig. 88. - Distintivos de Jefes, 

mitivas se reconocía comúnmente por sus individuos, aunque 
fuera tradicional y remota. 

Esta idea de relación 6 parentesco originario, y el constante 
temor de agresiones armadas de las tribus extrañas, hizo natu- 
rales y frecuentes las uniones entre tribus afines para mutua 
protección y defensa. 



(j) Farrand 201 -2\\ -193. Op. cit. Brinion. Op. cit. 47 y sigtes. MorganTht lea- 
gue of the Iroquois, pág. 31 y sigtes. Ll P. Galanti. S. I., dice textte. hablando de 
los TiipiSf «O lidiador (Mombi-xaba), ó chefe da tribu era electivo. Tinhaautoridade 
absoluta em tempo de guerra, moderada no de paz,,... Compdio. Hist. Brasil. 1 15. Dor- 
sey. Socgy. Omaha, pág. 240. Powell. Wyandot Gment. pág. 63-68. Robertson, pág. 101 
y sigtes. y Nota 36. Lozano Desc Gran Chaco 93. Meléndez. Tesoros verdaderos, etcé- 
tera. II B. Morgan, Ancient 8oc¡ety. 7l. Fiske. Op. cit. I. 10 1 y sigtes. (Aztecas. Mon- 
tezuma). Vse. también la curiosa Historia del llamado "King Phillip (Wampanoag),, 
Markham. Narr. Hist. of King Phillips War. Baudelter-Reports Peabody Museum 
<ll.''-12.''-13.")-/¿-The Delight Makers pág. 135 y siguientes. 



- 93 



Organización 
económica. 
La propiedad. 



Tal fué indudablemente el origen de las Confe- 
deraciones Tribales, institución también caracterís- 
tica de los aborígenes de América. 

Las Confederaciones más conocidas y curiosas 
son la Azteca y la Iroquesa. Las de los Mokis, y 
los DakotaSy tuvieron también duración conside- 
rable. Otras no pasaron de alianzas 
ocasionales y efímeras (1). 

13. — En la sociedad indígena, el 
nombre, el rango, los derechos cere- 
ül'W^A nioniales y los objetos de uso perso- 
RSlH nalísimo (armas, vestido, etc.), era lo 
^^*3 único que pertenecía al individuo; la 
^ tierra, el bosque, la casa, etc., eran 

propiedad común del clan ó la tribu, 
que tenían derecho de excluir de ellos 
á todas las demás tribus ó bandas. 

"La tierra, como el agua y el fue- 
go, no puede venderse", decía un in- 
dio Omaha, 

Los mismos que la labraban tenían 
solo sobre ella un relativo usufructo. 
Si los indios se reunían para deter- 
minadas expediciones de caza ó pesca; 
si los del Misouri, por ejemplo, se 
combinaban en bandas para cazar el 
búfalo, ó los Esquimales juntaban sus 



Fig. 89. -Postes Totémicos 
(Museo Británico). 



(1) Farrand. Op. cit., 155-157 (Iroqueses), 188- 
213 (Azteca), 166 Illinois, etc., etc. Brinton. Op. cit., 
49. Parkman. Jesuits in N. A. l?*"^ Centry. Introduc. 
XXI. Morgan. League of the. Iroquois pág. 97 y 
sigtes. Morgan. Anc. Socty., 119. Fiske. Op. cit.. I, 
72 á 82 (Iroqueses), 94 á 40 (Aztecas). H. Book Am. 
Ind. 337, etc. Entre las alianzas ocasionales, pueden 
citarse la de las tribus de Virginia y Maryland, lla- 
mada Powhatan por los historiadores, los Siete 
fuegos del Consejo de los Dakotas, etc., etc. (H. 
B. Am Ind), pág. 337. 



94 



"kayaks,, en flotilla para pescar ballenas, el búfalo ó la ballena 
así adquiridos eran propiedad común. Todos tomaban de todo 
el botín lo necesario para su subsistencia. 

En el clan residía ordinariamente el derecho hereditario. 
Cuando el indio moría, los objetos de uso personalísimo acom- 
pañaban al cadáver, y el 
resto de sus útiles pasa- 
ba en propiedad común 
al clan, y sólo en uso i 
los parientes más próxi- 
mos. 

En general, la repar- 
tición de los bienes co- 
munes era equitativa, 
dependiendo, natural- 
mente, del modo de su 
producción, base econó- 
mica de los sistemas 
distributivos tribales. 

El concepto moderno 
del derecho de propiedad, fué completamente extraño á los 
grupos sociales de América, Ni entre los Aztecas y los Incas, 
cuya curiosa organización económica estudiaremos más ade- 
lante, existieron desigualdades sociales, basadas en la mayor 
ó menor riqueza. Las palabras rico y pobre no tenían equiva- 
lente en sus lenguas (1). 




Fig. 90. -Armadura Tlinkit (Alaska). 



(1) H. B. Am. Ind., 169, 171, 264, etc. Letourneau. Property íts origin & develop- 
ment, pág. 44 y sig. Deniker. Op. cit., 245 y sietes. Robertson. Oc. cit. 102 y sigtes. 
y nota 34. Giliii. Nachreis. Lande Guiana, 397. Farrand. Op. cit., 140, 201 y 202. 
P. Maríyr de Angleria. Décadas, 1-45. Barros Arana. Op. cit., 1, pág. 98. Dorsey. 
Soc. Omaha, 366. Fow//. Wyand. Gov. 500-81. G«/n///a. Op. cit., I, 265. Venegas. 
Hist. de la California, I, 66. Consecuencia de la propiedad comunal es la hospitalidad 
del Indio Americano, tan decantada por algunos escritores. Desde que los alimentos 
eran libres y propiedad común, el indio no era más que un guardián de ellos por las 
circunstancias. El odio al extranjero era común á todos; las tribus y el indio en general 
tenían poco de caritativos. La palabra "hospitalidad" no es, pues, aplicable al caso. 
Farrand. Op. cit., 255. 



-95 - 



Los gobiernos 14. -Claro es que las organizaciones sociales descritas son, 

despóticos. por decirlo así, el tipo ideal de la mayoría de los gobiernos 

indígenas de América, y que sería, por tanto, un grave error 

el suponer que los elemen- 
tos todos del sistema se res- 
petaban en todo el Conti- 
nente. 

El indio Americano, aun 
refrenado por las obligacio- 
nes para con su clan ó su 
tribu, amaba sobre todo su 
libertad salvaje y odiaba 
todo privilegio. 

Si obedecía á sus sachems 
y jefes militares, era por con- 
siderarlos como represen- 
tantes de su grupo; pero 
conservaba siempre las ideas 
de igualdad é independen- 
cia, características de la vida 
indígena. Fuera, sin embargo, de- 
bido á las influencias enervantes de 
un clima cálido, á la mayor aglo- 
meración de gentes en territorios 
fértiles y consiguiente desarrollo 
de la agricultura, á la introducción del patriar- 
cado y la poligamia, ó á cualquierotra causa, el 
indio abdicó en algunas regiones su carácter 
independiente é indómito, para someterse ser- 
vilmente á la voluntad de sus mandatarios. 
La idea religiosa debió sin duda influir decisivamente en 
esta curiosa transformación política. Desde que el indio empe- 
zó á mirar á sus jefes como profetas, augures ó predilectos con- 
fidentes de sus divinidades tutelares, se convirtieron para él en 
seres superiores y les rindió homenajes reverentes. Si se creía 
á los jefes parientes cercanos del sol ú otra divinidad cual- 




Fig. 91. 
Trofeo de 

victoria. 



- 96 



quiera, el mando supremo debía permanecer en su familia y la 
autoridad electiva hacerse hereditaria y despótica. 

Así surgieron en América los degradantes absolutismos de 
los gobiernos Incásicos, 
Chibchas, etc., cuya cons- 
titución especial estudiare- 
mos en los Capítulos si- 
guientes (1). 

15. — En general las re- 
laciones entre los pueblos 
son de tres clases, simpáti- 
cas, neutrales ú hostiles. 
Las primeras propias de 
los civilizados (fiestas in- 
ternacionales, exposiciones, 
etc.), eran completamente 
desconocidas en la Améri- 
ca Indígena. Las relaciones 
neutrales (Comercio) esta- 
ban bastante desarrolladas. 
Ciertos artículos abundan- 
tes en determinadas regio- 
nes (cobre, mica, piedras rig 92. -JefedelosMinatareesrCfl/Z/m). 




RelacioRK 
ifltei tribales. 
El Comercio. 



(') Vse. /?í)*^/-^so//. 107 y sietes H Book Am Ind 497. etc. Mayne. Early Hist. 
of Institutions, pág. 49 (London 1875). Kcane. Etgy. pág. 6 y sigtes Brinton. Op. cit. 
pág. 46, cita el caso de los «Heit suk» y "Kiva Kuilt., (Costa N. O. Edos. Udos ), 
que á pesar de tener dialectos de la misma familia, en unos regia el sistema del pa- 
triarcado y en otros el matriarcado. (Vse. Boas. 5«*' Rep. to the Bristish Am. of Scien- 
ce, pág. 38). PoweU, Sostiene sintéticamente que la evolución social indígena no fué 
como la europea del militarismo al industrialismo, sino del parentesco á la propie- 
dad, etc. (Limtions. Antropcal. Data. P^ Rep. B. A. E. pág. 34y sig.). Vse. /Toj^mam. 
Menomini Indians (14 Rep. B. A. E.). MacCawley. Seminóle Indians (5. Am. Rep. 
B. A. E. pág. 469 Los indios Quatanis, dice Lozano, aunque divididos en parcialida- 
des, respetaba cada una á sus caciques hereditarios . á quienes el rey eximió de tribu- 
to en cuanto nobles, después de las probanzas de los Indios (Conq. Río de la Plata. I 
pág. 384. B. A. 1873). Vse. Oviedo. Lib. III, Cap. 6, pág. 97. Cassani. Hist Nuev. 
Rno. de Granada. 226. Charlevoix. Hist. Now. France. \\\, Atl. Lettres Edifiantes. 
XX-106-III. Herrera. Dec. I. Lib. I, Chap. 16 y Lib. II, 44. "Los caciques de las islas 
(Cuba) podían hacer hablar á sus cenis (divinidades) y por su intermedio imponer tri- 
butos. (Id. Dec. I. Lib. III, Cap. 3.o) 



97 



La guerra. 



pintadas, conchas, etc.), tenían en otras gran demanda y eran 
objeto de frecuentes tratos. Los Esquimales comerciaban entre 
sí y con las tribus Algonquinas. El "wampu/n„ de los Iroqueses 

se aceptaba en general 
como moneda en la re- 
gión de los grandes la- 
gos. Las tribus del Missi- 
sipí suministraban pieles 
á los Pueblos, en cambio 
de alfarerías, mantas, 
cuentas, algodón, etc. Las 
pipas adornadas de los 
Haldas (Vancouver), se 
han encontrado en tum- 
bas de las márgenes del 
Río Delaware. Los Aguas 
y Curiizirarís (Brasil), 
proveían á sus vecinos de 
/ fl ViJIS. vasijas y tejidos. Los Are- 
\ ' '-r\ funas pagaban en algodón 
las alfaréfí^de los Caribes, y en ge- 
neral, puede afirmarse que fueron ra- 
ros en América, los grupos tribales que 
vivieron en completo aislamiento (1). 
16. -Las relaciones neutrales eran, 
sin embargo, la excepción y no la re- 
gla en el vivir intertribal de los Abo- 
rígenes de América. De no existir entre 
dos tribus un tratado expreso de paz, 
se consideraban siempre como hostiles y en estado de guerra. 
Las virtudes militares eran las más honrosas. El marchar por 




Fig. 93. 
Jefe de los Maiidanes (Cattlin 



(1) Deniker. Op. cit., 256. DeUenbaugh. Op. cit., 375. H. Book. Am. Ind., 230 
Rau. Smitniau. Rep. 1872. pág. 271. HitteU. Hist. Calfnia., I, 139 (Relación Vizcaíno, 
1602. Masón. Op. cit., 365. Thurn. Butish Guiana, pág. 270. Acuña. Op. cit., 116-130. 
Robertson. Op. cit., II, 107 y sigtes. Herrera. Dec. II, 193, 2, etc. Letourneau L'Evo- 
lution du Comerce, pág. 52 sig. 



- 98 - 



fa senda de la guerra era voluntario para ci indio, pero nin- 
guno dejaba de hacerlo por temor de que su tribu le despre- 
ciara como cobarde. Amaban la lucha desde niños, sus juguetes 
preferidos eran las armas, las batallas su ambición única- 

El indígena pe- 
leaba para conse- 
guir provisiones, 
tierras de caza, 
bosques y prados 
fértiles, esclavos 
ó mujeres y prin- 
cipalmente para 
vengar ofensas, 
asesinatos ó ata- 
ques de las tribus 
extrañas. 

La muerte na- 
tural de un indi- 
viduo atribuida 
por su tribu á 
maleficios de las 
hostiles, bastaba 
á veces para em- 
prender una gue- 
rra. Si un caudillo 
influyente decidía 
unaexpedición 
guerrera nunca le 
faltaban compa- 
ñeros. 

Aveces las hos- 
tilidades se reducían á simulacros y danzas guerreras para 
inspirar terror á los enemigos. Otras veces eran simples alga- 
radas ocasionales y violentas. 

Iniciada la guerra, terminaba difícilmente. El implacable ta- 
llón indígena reclamaba satisfacción de sangre por cada gue- 




Fig. 94 -Jefe Cheyenne. 



99 -. 



rrero herido ó muerto, y por consiguiente, si no se formu- 
laba un tratado de paz, solo cesaban las hostilidades con la 
extinción de las tribus en lucha. 

El arte militar apenas se conocía. Prescindiendo de las ven- 
tajas naturales, las fortificaciones indígenas consistían en cercos, 

empalizadas ó rudos 
baluartes de tierra de- 
fendidos por fosos. 

La sorpresa y la em- 
boscada eran los úni- 
cos ardides tácticos 
del Indio. Algunas tri- 
bus se pintaban de co- 
lores parduzcos para 
confundirse con la 
yerba al avanzar arras- 
trándose. No daban 
cuartel; mataban sin 
remisión á sus enemi- 
gos y saqueaban é in- 
cendiaban sus chozas 
ó tiendas. Si conserva- 
ban algunos prisione- 
ros era para luego sa- 
crificarlos, esclavizar- 
los, y en casos excep- 
cionales adoptarlos. 
El arrancar la cabelle- 
ra del guerrero muer- 
to (escalpe), era cos- 
tumbre general en 
Norte América. Las cabelleras enemigas fueron los trofeos 
favoritos del indio, ya por creer que poseyéndolas tenía cierto 
poder sobre el alma de su víctima ó simplemente por atestiguar 
su valentía y hazañas. 

A veces se notificaba al enemigo la declaración de guerra en- 




Fig. 95. -Jefe Sauk (Cattlin). 



- 100 - 



viándole objetos simbólicos. Antes de émp*-ender la cainpcíña 
celebraban los guerreros ritos y danzas especialeé jjara avivar 




Fio;, 96. -Formas del arco. 



su luctuoso entusiasmo. Si volvían victoriosos, se embriagaban 
hasta el delirio en otras danzas y ceremonias de triunfo, riva- 
lizando los hombres, las mujeres y hasta los niños, en ator- 
mentar cruel- 
mente á los pri- 
sioneros, sin 
otro límite á su 
furor que el 
miedo de abre- 
viar la duración 
de su sanguina- 
ria venganza. 

En medio de 
sus espantosos 
sufrimientos, las 
víctimas ento- 
naban sus cánti- 
cos guerreros, é 
irritaban hasta 
espirar con des- 
preciativos in- 
sultos, la venga- 
tiva rabia de sus 
verdugos, que 
excita dos y se- 
dientos de sangre, acababan por despedazar al cautivo, devo- 
rando sus carnes en repugnante y canibalística zambra. 




Fig. 97. -Transportes terrestres (Laffitau). 



- 101 



\^i5b-;más briílantg; tritmfo del guerrero cautivo, era su valor y 
reísfstencia éñ él -tormento. Abreviarlo suicidándose, era consi- 



; > x. " 




Armas defensivas 
y ofensivas. 



derado como un acto de cobardía y castigado con la infamia. 
El torturado que daba señales de debilidad era muerto in- 
mediatamente y con desprecio, pues 
se consideraba indigno de ser trata- 
do como hombre, al que no sabía 
sufrir como valiente. 

17. -Siendo en definitiva las gue- 
rras indígenas una especie de ^^caza 
de hombres» las armas ofensivas y 
defensivas del cazador no se dife- 
renciaban mucho de las del guerre- 
ro. Sería interminable detallarlas. 
Sus clases, materia y formas, varia- 
ban con las regiones y grado de cul- 
tura de las distintas tribus, que como 
ya dijimos, no alcanzaron á conocer 
el hierro. Las principales armas 
ofensivas eran la lanza, el hacha, (to- 
mahawk), la maza, el palo arroja- 
dizo, la cervatana, las bolas y en es- 
pecial el arco y la flecha de punta de 
piedra lanceolada, ó enzig-zag imi- 
tando al rayo, caña de diferente lon- 




Fig. 99. - Cuchillos. 



gitud y adornos de plumas ó pelo. 



- 102 - 



Algunas tribus envenenaban sus saetas con una pócima, 
(yerba) que hacían echando dentro de una olla diversos vene- 
nos, y haciéndolos hervir para darles punto. El herido át yerba, 
por maravilla escapaba de la muerte y hasta las mujeres mis- 




Fig. 100. -El Escalpe. 



mas que fabricaban el tósigo, solían acabar emponzoñadas 
por sus vapores deletéreos. 

Como armas defensivas, usaban los indígenas escudos de 
madera ó cuero, adornados con pictografías simbólicas, arma- 
duras de construcción ingeniosa y variadas materias, corazas 
de algodón, pita, ^\z., yelmos y máscaras de madera de formas 
grotescas coronadas de plumas emblemáticas. Llevaban tam- 

- 103 - 



bien como defensa fetiches y amuletos de todo género (saqui- 
tos májicos de los Navajos, ghostshirt de los Dakotas, etc.)» 




fig. 101.- Danza Guerrera (Schoolciaft) 

en cuyas virtudes confiaban supersticiosamente. Claro es, que 
si bien la venganza comunal fué uno de los principales incen- 
tivos de la guerra 
india antes del des- 
cubrimiento, á la 
llegada de los Eu- 
ropeos las cosas 
cambiaron de as- 
pecto. El enemigo 
común determinó 
alianzas intertriba- 
les antes no soña- 
das; las guerras se 
..• ,o« T- X ^ , • • „ íx hicieron defensivas 

Fig. 102. -Torturando el prisionero (Lafitau). , , 

y mas crueles con 
el uso del hierro; algunas tribus buscaron para destruir á sus 
enemigos, el auxilio de los blancos; se trastornó en fin en ab- 




- 104 - 



soluto, la vida de las tribus indias y se inició la dolorosa 
historia, la tragedia magna y todavía no escrita, de sus deses- 
peradas luchas con los blancos, de la extinción paulatina de 
sus guerreros, de la fusión de su raza en la raza del conquis- 
tador y del fuerte (1). 



(1) Deniker. Op. cit. 256. Masón. Org. Inv. 366-412. Id. id. Bows Arrows & Qui- 
vers N. A. Abor (Smith sonian Rep. 1893), pág. 631. Mortillet. Rev. Ecole. Anthrop 
(1892). Yol. II, 9?-93. Uough. l'rimitive. Am. Armour (Rep. U. S. Nat. Mus. 1893), 
pág 625. Brinton. Am. Race. 138. Robertson. Op. cit. II, 1 14 y Notas (37 á 42) Char- 
levoix. Op. cit. (Nuv. France). 215-376. Mootiey. Ghost. Dance Religión (14"' Rep. B. 
A. E.) pág. 790. Dellenbaiigh. Op. cit. 248 y sigtes. y Chap. H. Lozano. Op. cit. 410 
y sigtes. Id. id. (Gran Chaco). 95, id. id. (Paraguay) I, 1-14. Herrera. Déc. I. Lib. VI. 
Ch. 8. ni. Lib. IV. Ch. 16, etc. Adair. Hist. Am. Ind. pág 150-231-368, etc. Colden. 
Hist. Five. Nations. pág. 125. Farrand. Op. cit. 241 y s'gtes. Vargas Machuca. Mi- 
licia Indiana, I, 282 y sig. (Modo de dar guazavaras y recibirlas). II, 76-95 y sigtes 
(De que se hace la "yerba.,), etc. Morgan League of the Iroquois. I. 69 á 331. Abbot. 
Op. cit. Cap. II. V. XIX-XX-XXI, etc. Foster. Op. cit. 202 y sigtes. Blanco. Conv. 
Hiritu. 28. Laffitau. Op. cit. II, f 9-248. Lett. Edftes. XVII-XX-XXIII, etc. Gumilla. 
Op. cit. I. 286. H. Uook Am. Ind. 71-21-203-535-735. Moorehead. Op. cit. 212. Rep. 
B.A.E.W''{Mooney).<i'^ {Murdoch). 18"^ {Nelson). H'^- {Fewkes) . 15"' (Holmes). 
2"" (Stevenson). ó*'' (Boas). Reports. Nat. Mus. K U. 1897. (Maguire) 1883. (M- 
¿laek) \896. iWilson). Bandelier. (lO't'An. Rep. Peabody Mus. 1877), pág. 107-128. 
Proce. U. S. Mus. Vol. XVI, pág. 219. Mortillet. Einpoisonnement des Armes (Rev. 
Ecole. Anthop. 1891), I. 97-106. Squier. Nicaragua II. 437. Dorsey. (3^" Rep. B. A. E.), 
pág. 312-23. üalantí. Op. cit. I. 1 19-123. Barros- Arana. Op. cit. I. 83 y sig. Garcilaso 
déla Vega Op. cit. II. 212, etc. . Colecciones. Museo de la Plata, Museo Británico, etc. 




- 105 - 




CUESTIONARIO 



1.- ¿Existió en la América Aborigen el llamado estado de 

naturaleza? 
2.- ¿En qué consiste la Ley de Exogamia? 
3, - ¿Qué se entiende por Matriarcado? 
4.- ¿Existía en América la Poligamia y la Monogamia? 

5. - ¿Cómo influían estas dos formas de matrimonio en la 

condición de la mujer India? 

6. - ¿Cómo educaba el Indio á sus hijos? 

7. - ¿Qué importancia tenía entre los Indios el nombre? 

8. - ¿Cuándo y cómo se adquiría ó perdía? 

9. - ¿En qué relaciones estaba el Indio adulto con sus padres? 
10,— ¿Cuáles eran las principales costumbres mortuorias en la 

América Indígena? ¿Con qué creencias se vinculaban? 
11 — ¿Cómo estaba organizado y qué importancia social tenían 
los "clanes,; ó "gentes» indígenas? 

12. - ¿En qué estaba basada la costumbre de la adopción? 

13. - ¿Qué era el Tótem? ¿En qué consistía el Totemismo? 
14.- ¿Qué funciones y carácter tenían los fratrias en América? 
15. - ¿Cómo estaba organizada la tribu Americana? 

i 6- - ¿Q^ó importancia tenía el Consejo Tribal? 

17.- ¿Cómo se elegían, y de cuántas clases eran los Jefes Tri- 
bales? Errores de los antiguos cronistas al respecto, 

18. - ¿Cómo se formaron las Confederaciones indígenas, y 
cuáles son las más conocidas? 

19.- ¿ Tenían los Americanos ideas de propiedad privada? 

- 106 - 



20.— ¿Qué cansas influyeron en la formación de /í75 gobiernos 

despóticos en América? 
21. — ¿Comerciaban entre sí las tribus indígenas? 
22.- ¿Predominaban en América las relaciones hostiles entre 

las diversas tribus? 

23. - ¿Cuál era el carácter y peculiaridades de la guerra in- 

dígena? 

24. - ¿Cuáles eran las armas defensivas y ofensivas del Indio 

Americano? 
25.— ¿Se transformaron las costumbres guerreras y sociales del 
Indio después de la llegada de los Europeos? 




~ 107 



REFERENCIAS 



Generales. - Las mencionadas en el Capítulo anterior. 
Además: Mac Lennan. Studies in Ancient History. Baschofen. 
Das Muterrecht. Spencer. Principies of Sociology. Heckenwel- 
4er. History of the manners & customs of American Indians. 
Westermarck. Origin of Human Marriage (1890). Irko Mirn. 
•Origins of Art. Mayne. Early History of Institutions. Vargas 
Machuca. Milicia Indiana (Ed. Suárez, 1892). Windsor. Narr. 
& Critic History of America, I. Apéndice III, pág. 417. 

Especiales. -yW£7/-^fl/z. Systems of Consanguinity (1871). 
Powell. Wyandot Governement (B. A. E. Kst An. Rep.). Dorsey. 
•Omaha Sociology (3''^ An. Rep. B. A. E.) y Siouan Sociology. 
(15 An. Rep. B. A. E.). Letourneau. Evolution of Marriage. 
Arriaga. Extirpación de la Idolatría en el Perú. Jenks. Chil- 
dhood of Jishib, the Ojibwa. Fewkes. Hopi Katcinas (21 Rep. 
B. A. E.). Matílda Stevenson. Religious Life of the Zuñi Chiid 
(15^h {^ep_ B, A. E.). Yarrow. A further contribution to the Study 
■of Mortuary Customs American Indians (l^tRep. B. A. E.) y 
sus preciosas bibliografías. Galanti S. J. Compdio. Historia do 
Brazil. I. Miss Fletcher. Import of Tótem (Amcan. Asstion. De- 
troit. 1897). Frazer. Totemism (London 1897). Morgan. League 
of the Iroquois. Edición Dodd-Mead,. 1904. Markham. Na- 
rrative Hist. of King Phillip War. Meléndez. Tesoros Verda- 
deros. G/7//7. Nachreis v Lande Guiana. Hoffmann. Menomini 
Indians (14 Rep. B. A. E.). Mac Cawley. Seminóle Indians (5**^ 
An Rep. B. A. E.). Cassani. Hist. Nvo. Reino de Granada. Raii. 
Smithsoniam Report. (1872). Thiirn. British Guiana. Letón: - 
man. L'Evolution du Commerce. Masón. Bows, Arrows & Qui- 
vers N. American Indians (Smithsonian Rep. 1893). Hough. 
Primitive Amcan. Armour (Rep. U. S. Nat. Mus. 1893) Mooney 
Ohost Dance Religión (14^^ j^ep. B. A. E.). Colden. History 
Five Nations. 

- IOS - 



Fuentes. — Las relacionadas en el Capítulo anterior, excep- 
tuando las lingüísticas especiales, y Bernal Díaz del Castillo. 
Hist. Verdadera Conqta. Nva. España. Castañeda. Relación de- 
la Jornada de Cíbola. Expedición de Coronado á Nuevo Méxi- 
co. (15^^ An. Rep. B. A. E. Winshíp). Hakliiyt. Principall Na- 
vigations. ÍII. Academia de la historia. Colección A4unoz. Pa- 
checo y Cárdenas. Colección Documentos. Vol. I á XVI. De 
Bry. Grandes et petits voyages. Alvar Núiiez Cabeza de Vaca. 
Naufragios y Comentarios (Ed. Suárez), etc., etc. 

Bibliografías.- Las mencionadas en el Capítulo anterior, 
exceptuando las especiales lingüísticas y las relacionadas en 
el H. Book American Indians North of México. Artículos 
"Marriage,,. "Exogamy,,. "Laws,,. "Governement,;. «Family,,. 
«Child Life«. "Clan,,. "Confederation,,. "Chiefs,,. "Ñame,,. 
" Council „ . " Mortuary Customs „ . " Qens „ . " Adoplion „.. 
«Commerce,,. "Arms & weapons,,. «Implements,,, etc., etc- 
Larned Literature Am. History. Tít. 596-692 y 3.916-4,145. 




109 - 




Vasija de barro con figuras simbólicas. 
Precioso ejemplar encontrado en el Arizona. E. U. (17 Rep. B. A. E.) 



CAPITULO III 

LA VIDA MATERIAL 



1. Alimentación. -2. Canibalismo. -3. El fuego y sus usos. -4. Preparación de los 
alimentos. -5. Alfarerías. -6. Bebidas y estimulantes. -7. Habitación. Los tipos 
primitivos. -8. Las viviendas comunales. -9. Aldeas y su número. -10. Adorno 
personal. - M . Vestido. - 12. Industrias textiles. - 13. La caza y la pesca.— 14. Hor- 
ticultura. -15. Medios de transporte. 

l.-«Oye las palabras del Gran Espíritu, exclama el héroe Allm nación. 
^^tiiawatha, de los mitos Iroqueses, te he dado tierras para que 
^caces, te he dado el oso, el bisonte y el ciervo; he llenado 
I/tus pantanos de 
j/patos silvestres 
»y tus ríos de 
„abundante pes- 
»ca,;(l)... El Indio 
Americano era, 
en efecto, único y 

exclusivo señor de un Continente inmenso, y su alimentación 
era tan variada como sus climas, sus regiones, su flora ó su 
fauna. 

ya En los países cálidos y fértiles la Naturaleza le proporciona- 
ba pródigamente y sin esfuerzo alguno frutos suculentos; en 
los fríos y estériles tenía que arrancar al reino animal y al ve- 
getal lo necesario para su sustento. Si la necesidad era grande, 
ó la pereza invencible, el indio comía hasta arañas, gusanos, 
lagartijas, culebras ó víboras (2), pero, en general, las bases 




Fig. 103. - Arpón de dos puntas (Vancouver). 



(1) Listen to the words of warning. . . {Longfellow. Hiawatha. 1. pág. 116 (Ed. 
Routde). 

(2) Reí. Nauf . y Com. Alvar Núñez Cabeza de Vaca. I. nág. 70 (Ed. Suárez). 
Oviedo. Op. cit. 1-457, 

- 111 - 



esenciales de su alimentación eran las mismas que las de los 
Americanos modernos (1). 

En América no existían pueblos exclusivamente cazadores. 
Salvo aquellos que se alimentaban de las producciones espon- 
táneas de laNatU" 
raleza, todos tra- 
bajaban la tierra 
en forma más 6 
menos rudimen- 
taria. 

De aquí que^ 
lejos de ser prefe- 
rentemente ani- 
mal la alimenta- 
ción del Indio, 
predominaban en 
ella las materias 
vegetales, depen- 
diendo la propor- 
ción entre ellas y 
las materias ani- 
males, de las di- 
versas latitudes, 
del mayor ó me- 
nor desarrollo 
agrícola, de las 
épocas del año ó de preocupaciones supersticiosas. 

Los alimentos vegetales más comunes del Indio eran, además 
de aquellos que la Naturaleza producía sin ayuda alguna, como 
el plátano, los frutos del agave ó pita, los de las diversas liliá- 
ceas, etc., aquellos que sólo necesitaban elementales cultivos, 
como el maíz, la patata, la yuca, la mandioca, el arroz salvaje, 
la calabaza, el pimiento (axi), etc., etc. 




Fig. 104. - Preparación de los alimentos (Lafitau). 



(1) Deniker. Op. cit., 144 y sig. Farrand. Op. cit., 222 y síg. H. Book Ám. 
Ind. (B. E.), 116-467, etc. Robertson. Op. cit. 1-87-94 y sus notas. Masón. Op. cit. 
Cap. VI, 186-89. 



12 



La alimentación animal variaba naturalmente con la fauna 
de las diversas zonas geográficas. Los indígenas de la Améri- 
ca del Norte se mantenían principalmente del walrus, lobo 
marino, ciervo, antílope ó bisonte, mientras la abundante y 
delicada pesca de los ríos de la América del Sur y los sa- 




Fig. 105. -Haciendo pemmicau (Sioux). 

brosos mariscos de sus costas y sus islas sostenían con ampli- 
tud á muchas de las tribus ribereñas (1). ^^ 

El reino mineral proporcionaba al indígena el más aprecia- 
do de los condimentos, la sal, que extraía de depósitos natura- 
les ó por evaporación de lagos y ríos. Algunas tribus comían 
una especie de tierra ó kaolin (geofagia), bien sola (Solivia) ó 



(1) Deniker. Loe. cit. Farrand. Loe. cit. Masón. Op. cit., Cap. IV. Bunge. 
Lehz buch PhysioL Chemie, pág. 110. Paine. Hist. Amca. I, 259-333. Dellenbaugh. 
Op. cit., 247-377. Físke Op. cit. I, 83-84. Robertson. Op. cit. 1, Q2-94 y sus notas 
y Apee. Notas 25-27-28-29-30. Compárese Barreré. Reí. F ranee Equinox., página 
155. Oviedo. Hist. Ind. Lib. VII á XV. en especial Ch. II al VIII, Lib. Vil. Barros 
Arana. Op. cit., I, 78. Galanti. Op. cit., I, pág, 110. Lozano. Cta. Río de la 
Plata. Cap. XIII-IX. Garcilaso de la Vega. Com. Ríes. I, Ch. XIX á XXIII. He- 
rrera. Décadas. Tabla Oral., Vol. IV. Gomara. Hist. Oral., 198-206. Vargas Ma- 
chuca. Milcia. Indna. II, pág. 126, 128. 

- 113 - 8 



Canibalismo. 



mezclada con algunas raíces para suavizarlas (1) ó molerlas. 
2.- La antropofagia ó canibalismo, estaba generalmente ex- 
tendida en el Norte y el Sur de América, aunque lo contra- 
rio afirmen autores respetables (2). 
El indio Americano comía carne 
humana, á veces por necesidad, las 
más por espíritu de superstición ó 
venganza, y las menos por gloto- 
nería ó degradante aberración 
psicológica. 

La antropofagia por necesidad, 
aunque fué practicada 
por algunas tribus, 
(Hurones, Micmac, 
Chipewa, etc., en Amé- 
rica del Norte, Boto- 
cudos, Aravaques, 
Araucanos, etc., en la 
del Sur), no fué la característica del Indio Americano. Las 
afirmaciones de soldados ó viajeros á este respecto son casi 
siempre ligeras, exageradas ó maliciosas (3). 




Fig. 106. - Encendiendo fuego. 
Pictografía Mexicana (U. S. Nat. Mus.) 



(1) Farrand. Op. cit., 225-239 H. B. Am. Ind. (457-167-491). Gautier. (Káolin 
Bolivia). Sur un Certaine Argüe blanche, etc.. (pasa). Actes. Soc. Scient. Chile. 
Yol. V, J895 (Ptes. 1-3). Jenks. Wild rice atherers of the upper lakes (19*^ Rep. 
B. A. E.), pág. 185 y sig. Dodd Mead's. Cycdia. «Man», «Food,,, etc. 

(2) Farrand conforme con Keane. M. P. & P., pág. 419, dice textualmente: 
«Cannibalism as á practice can hardly be said to have existed in North America cer- 
tainly not North of the Mexican border. . . In practically all cases it was an empty 
form,,. (Op. cit., pág. 226). Esta rotunda afirmación es simplemente ridicula ante la 
sana crítica histórica. (Vse. H. Book Am. Ind. B. Etgy.), pág. 201 y sigtes. 

(3) Hay que tener especial cuidado, dice PoweU, (Limtions. of use of some An- 
throp-data.) (!•» Rep. B. A. E., pág. 78 y sigtes.) antes "de aceptar los datos de nom- 
bres, etc., de cualquier autor, sobre cualquier tribu IndígenaH. Lo de conservar, afir- 
ma Acuña hablando de los Indios Aguas, sus esclavos para comerlos en sus borrache- 
ras, es dicho común de los Portugueses, que andan metidos en este trato (el de esclavos 
indios). . . "No hay en todo este río (Amazonas) carnicerías públicas en que todo el 
«año se pesa carne de Indios, como publican los que á título de evitar semejante 
«crueldad, la usan ellos mayor, etc..» (Cbal. de Acuña). Nvo. Deseto, del Gran 
Rio de las Amazonas, 1641. (Edción. Madrid, 1891. Lib. Rar. yCsos. II, página 
120-121). 



114 - 



En cambio, lo fué el canibalismo, por superstición ó espirita 
de venganza. Para los Iraqueses el comer carne humana era 
un deber religioso. Los indios Mohawk, Tonkava y otras tri- 
bus de Tejas eran designados por sus vecinos con el nombre 
de "comedores de hom- 
bres,, (man eaters). Las 
mitologías y tradiciones 
Americanas están llenas 
de referencias de gigan- 
tes antropófagos y de 
dioses cuya cólera se 
aplacaba con ritos san- 
grientos. 

El indio Americano 
creía en general que el 
valor, la astucia y demás 
condiciones guerreras 
del pariente (endo-cani- 
balismo) ó el enemigo 
muerto {exo-canibalismo) 
pasaban al que comía su 
carne. El corazón de la 
víctima, supuesto sitio 
de tales facultades era el 
más apreciado, sin que 
por ello despreciara el 
indio el resto del cuerpo 

de su enemigo en sus ng. 107.-Shaman Kwakintf 

odiosas bacanales antro^ ^ oficiando en las ceremonias canibalísticas. 

pófagas. Las ceremonias 

de estos repugnantes banquetes variaban con las mitologías y 
ritos. En algunas tribus (Canadá, Nva. YorkV el vengativo en- 
sañamiento del Indio llegaba hasta hacer tragsf al cautivo pe- 
dazos de su propia carne. En otros se contentaban con empa- 
parse ó beber su sangre. Entre los Guaranis se repartían en 
menudas piezas las carnes del difunto, y si no alcanzaba para 




115 - 



todos, cocían en agua algún trozo hasta liquidarle y repartían 
el caldo para que todos pudieran decir que habían probado 
«la carne de su contrario». 

El canibalismo por glotonería de los Mayoranas del alto 
Amazonas, los Tapayos, y Cocomas del Marañón y aun el de 

los Iraqueses y Hurones, es tan 
bestial y repulsivo, que la pluma 
se resiste á describirlo (1). 
El fuejo |r fiCS W^KL ^' ~ ^^ ho"i^^^ conoció los prin- 
y sus usos. f " ' ^Kr ^^^^Bl cipales usos del fuego desde remo- 
tísimos tiempos. Apenas hay tribu 
Americana que no supiera usarlo 
y preservarlo, apenas mitología in- 
dígena que no le atribuya antigüe- 
dad y origen fabulosos. 

Los medios de producir el fue- 
go de los aborígenes Americanos 
fueron muchos y diversos. El mé- 
todo más extendido era el llamado 
por los etnólogos de fricción, y 
consistía simplemente en barrenar 
. rápidamente con un trozo cilín- 

Fuego por fricción simple (Hupa). drico de madera dura y aguzada 




(1) La idea del Canibalismo estaba tan extendida (S. A.), que muchos pueblos del 
Amazonas declaraban que "preferían ser comidos por sus parientes antes que por los 
gusanos». Vsc. Markliam. List of Tribes, etc. Oourn. Anthrop. Inst. 1895, pág. 233. 
Masón. Op cit., pág. 407 y sigtes. Stcinmetz. Endo Kannibalismus, pág. 16 y sigtes. 
Martins. Zur. Ethnographie Brasiliens, 1867, pág. 430. Keane. M. Pst. & l'snt. 
pág. 418 y 419. Deniker. Op. cit., 146 y sig. H. Book Am. Ind. (B. A. E.), loe. cit. 
Dodd Mead's. //;/. Cyclopedia. "Cannibalism» . Bancroft. Nat. Races. 11-181 y sigtes. 
Robertson. Pág. 126-127 y sus notas. NadaUlac. Am. Preh., 56-61. DeUenbaugh. 
Op. cit. , 367-68-71 . Barros Arana. Op. cit., 1-81 . Mooney. Our last Cannibal Tri- 
be, pág. 11 y sigtes. Letourneau. Bull. Anthrop. París, X-777 (1887), XI-27-72-123 
(1888). Galanti. Op. cit., 157-194-96-87. Compárese lozfl/zo. Conq. Río de la Plata, 
1-392. Ndjera. Desengaño Guerra de Chile, pág. 94. Charlevoix. Hist. Now. Fran- 
ce, 1II-20S-209 y 1-259, 11-14, III-21. Lettres Edifiantes . XXIII, pág. 277. Blanco. 
Conversión en Piritu, pág. 37 y sigtes, P. Martyr de Angleria. Déc. I, pág. 16. 
Oviedo. Hist. J, pág. 125 y sigtes. Herrera. Década I, 80-16-272. Déc. II, Cap. I-II, 
etc. (Vse. Tabla Oral., Yol. IV). 



116 



punta, otro pedazo de madera más blanda. También u-^aron 
muchas tribus (Esquimales, Fueguinos) el conocido método 
de percusión, hiriendo sus pedernales con piritas ú otras pie- 
dras que contuvieran hierro. En la fiesta del Raymi, los Incas 
sacaban el fuego nuevo del sol por reflexión, ''con un braza- 




Fig. 109. - interior de un hogar Comunal Zuñi (B. A. E.) 

wlete grande {chipaba), del que colgaba un va-so cóncavo como 
„ media naranja, muy bruñido, poníanlo contra el sol y á un 
incierto punto donde los rayos que del vaso salían, daban en 
«junto, ponían un poco de algodón carmenado el cual se en- 
„cendía en breve espacio. . . y si no, le hacían (el fuego) con 
»;dos palillos barrenando,,. . . (1) 



(1) Garcilaso de la Vega. Com. Reales. I. 13-198, (Cap. XXII). Herrera. Déc. I, 
24, II. En Tlascala el fuego era Dios de la vejez. I, 161. 1-11,262. l,etc.,y 111,27. 1. 
Compárese Payne. Hist. Am. I, 376-400. Masón. Op. cit., 82 y sigtes. 228 y sigtes. 
Deniker. Op cit., 749 y sigtes. Farrand. Op. cit., 239. H. Book Am. Ind., 459-515, 
etc., y en especial las observaciones de W. Hoiigh, jefe del departamento especial- 
mente dedicado en el Museo Nacional de Washington á los métodos del salvaje para 
obtener fuego . (Vse. Proceedings. U. S. Nat. Museum, Dep. Etgy., 1888-1S90, pág. 
181-184, etc., etc.). 

- 117 - 



Preparación de los 4. - Una vez adquirido el fuego gozó el indio del calor, de la 
alimentos. luz, y aprendió á preparar sus alimentos para hacerlos diges- 

tibles, sustituyendo una base artificial de subsistencia á la ruda 
y natural de sus etapas inferiores de salvajismo. 

Salvo en aquellas latitudes en que el hielo puede sustituir al 
fuego conservando los alimentos, hasta los pueblos más abyec- 
tos de América, usaron del segundo para modificarlos. El indio 
prefirió siempre los manjares cocidos ó asados á los crudos, 

en especial si eran vegetables. Para 
cocerlos echaba generalmente pie- 
dras calientes, en receptáculos lle- 
nos de agua. Sabía conservar los 
pescados y carnes ahumándolos, 
secándolos al sol, reduciéndolos á 
tiras (¡erking), ó á polvo (charqui) 
mezclándolos con tocino (pcmmi- 
can) y aderezándolos á yeces en 
platos sabrosos. 
Preparaba el maiz y la mandioca 
en panes ó tortas, (cazabe) mezclándolo con agua y otras subs- 
tancias y hasta haciéndolo fermentar y servir de levadura. 

Los granos se almacenaban y secaban en graneros, se tosta- 
ban y trituraban, se molían en morteros cóncavos con mazas, 
ó en piedras planas (metates) con rodillos, para convertirlos en 
harina. La mujer india, á la que privativamente correspondían 
estas tareas, llegó á ser en ellas habilísima (1). 
El Indio Americano usó también del fuego para calentarse 




Fig. 110. - Poniendo las piedras 

calientes en la cesta para cocer los 

alimentos (California). 



(1) Vse. Cabeza de Vaca. Naufragios. (Ed. cit.), I. 77-84. Schoolcraft. Op. cit. 
Ptes. I-IV. Píy Margan. Op. cit. Epílogo IV. Farrand. Op. cit., 225-239. Deniker. 
Op. cit., 152y sigtes. Robertson. Op. cit., 143. (Vol. II) y Nota 56. Charlevoix, 
Hist. Nouv. France. III. 332. Masón. Op. cit., pág. 52-75. 84y sig. R. BookAm 
Jnd., 226, 467, 849, 943, etc. Lafittau. Op. cit.. II 28. Abbot. Primitive Industry, 
261 y sig. Los «Metates» Mejicanos (Mettatl) eran también usados por los Indios de 
Arizona y Nvo. Méjico (H. B. 849). Vse. también Fewkes. Arch. Exption. to Arizo- 
na. 17*'' Rep. B. A. E. y Two Summers in Pueblo ruins (22*^ Rep. B. A. E.). Ste- 
venson. TheZuñi Indians (23-^" Rep. B. A. E.). Barber. Moqui Food-Preption. Am. 
Nat. XII. A56. Jenks. Wild ricegatherers. (19*'' Rep. B. A. E.). Masón. Migration 
&the Food Quest. Smitnian. Rep. 1894. I, etc., etc. 



- 118 



y alumbrarse. La hoguera, elemento principalísimo de la vida 
indígena, medio de señales en tiempo de guerra y centro de 
reunión en el de paz, fué en muchas regiones la única ilumina- 
ción que conoció el indígena. Algunas tribus iluminaban sus cho- 
zas con gusanos de luz; otras atravesaban una mecha de corteza 
de cedro á través del cuerpo de peces grasicntos, {candle físh) 
6 usaban antorchas siempre toscas, hechas de nudos de pino, 
fibras, corteza ú otros ma- 
teriales inflamables. Les 
servían para la caza ó pes- 
ca nocturna y como sím- 
bolo de paz cuando envia- 
ban mensajeros de un 
campamento á otro. Los 
Esquimales fueron las úni- 
cos aborígenes que cono- 
cieron las lámparas (1). 

5. — En cuanto el indio 
Americano conoció el fue- 
go salió de su primitivo 
salvajismo y fabricó las 
primeras ollas. El uso mis- 
mo de este elemento en las regiones frías determinó la inven- 
ción del puchero de barro. Después de los ladrillos de adobe, 
comunes á todos los pueblos primitivos del globo que habita- 
ron regiones poco lluviosas y abundantes en arcilla, acaso la 
lámpara del Esquimal fué en el Nuevo Continente la más anti- 
gua de las cerámicas. 

Una de las mejores regiones para estudiar la evolución de 




Fig. 111.— Alfarerías Alto Amazonas. 



(1) Masón. Op. cit., 106. H. Book Am. Ind. 433 (Eskimo) y 600. Una ley de la' 
Liga de los Iroqueses mandaba que si un mensajero se acercaba á los fuegos de una 
aldea, debía llevar una antorcha como símbolo de paz. (H. B. 60n. Vse. también 
Hough. Develop. of Illumination (Smithnian. Rep. 1901-1902). Thomas. Int. N. H. 
Arch., pág. 37, Dellenbaugh. Op. cit., 252, etc. Herrera. Déc. V, 75, I, etc. Para 
el uso del fuego en las ceremonias, véase, entre otros, Mathews. Mountain Chant, 
que describe la danza del fuego de los Navajos (5**" Rep. B. A. E.). Garcilaso de la 
Vega. Op. cit., I. 18 etc. 



Alfarerías. 



119 - 



las vasijas Americanas es la de los Pueblos. El alfarero Zuñi, 
Moki, etc., fué muy hábil y fecundo. Como el agua escaseaba 
ó distaba mucho de sus aldeas, su primera preocupación y ne- 
cesidad era el conservarla y transportarla. 
Al principio usó canastos calafateados con 
bitumen; después aprovechó la arcilla, la 
mezcló con arena y la endureció al fuego. 
En esta región geográfica como en las de- 
más del Continente, la clase 
y consistencia de las cerámi- 
cas dependía mucho de la ca- 
lidad de las tierras. 
El procedimiento 
de fabricación más 
extendido en Amé- 
rica era el del //zíjí/^- 
lado á mano. Muy 
pocas tribus conocieron la antíquisima rueda de alfarero. En 
muchas regiones se usaban moldes textiles que la mujer india 
recubría de barro para conformar la olla antes de pulimentarla 




Fig. 112. 
Fabricando ollas (Walpi). 




Fig 113 -Pipa de arcilla (Dakota). 

Los colores de las alfarerías Americanas, así como sus for- 
mas, ornamentación y estilos son variadísimos, y por decirlo 
así, caracterizan laVegión de su procedencia. Pertenece su es- 
tudio á la Arqueología más bien que á la Historia. Los Mu- 



120 - 



seos y colecciones Americanas abundan en antiguas cerámicas. 
Las de las regiones del Itsmo de Panamá hasta Nicaragua, y las 
del Perú, son acaso las más perfectas (1). 

6. — Aunque la embriaguez del Indio Americano se ha exaje- 
rado mucho por algunos autores, no puede negarse su decidi- 
da inclinación á tan degradante y funesto vicio. 

En casi todas las regiones de América se conocía el arte de 
extraer bebidas embriagadoras del maiz, el 
agave ó la yuca, x^or fermentación simple ó ayu- 
dada masticando el grano (acción de la saliva 
sobre el almidón). "El 
"palqae^^ (Méjico), el 
"¿7c¿z„ (Perú), la "chicha,, 
(Quaranis (S. A.), Mokis, 
Zuñís (N. A.), el caja-i 
(Bra«íilV etc., eran bebi- 
das de este género. 

Las tribus que no su- 
pieron obten Ci las se em- 
briagaban por otros me- 
dios. Los Otomaques, 
por ejemplo, (Orinoco) 
tomaban como rapé, polvos de una semilla (yuapa) mezcla- 




Fig. 114. 
Alfarerías Incásicas (Período primitivo). 



(1) Deniker. Op. cit., 154. Farrand. Op. cit., 232-234. Masón. Op. cit., 75- 
152-161. Roberíson. Op. cit., II. 143. H. B. Am. Ind., 181-505-477. Cushing- 
Pueblo Pottery. (41^ Rep. B. A. E., pág. 473 y sigtes ) Colecnes. vasijas Incásicas. 
Museo Arqco. de Madrid. Ambrosetti. LaCivltion. Calchaquie, (XII. Cong. Am- 
tes. París. Compte Rendu). Outes. Los Querandies, pág. 71-124. (Factura muy pa- 
recida á la de las Cerámicas Zuñis). Ambrosetti. Alfarerías Calchaquies (muy perfec- 
tas). Museo Pcial. Entre Ríos (Rev. Mus. de la Plata. Vol. III, \%92). Dellenbaugh. 
Op. cit., 9Q-122 y 428. Nadailíac. Am. Phr. 162 y sigtes. Thomas Op. cit., 87 á 
97-245-273. Galanti. Op. cit., pág. 108. Barros Arana. Op. cit., I., pág. 79 y sig. 
Restreppo. Los Chibchas antes de la Cta. Espía. Cap. XII-XIII, etc. Museo Nacio- 
nal de Méjico . Breve Guía Descriptiva, Stevenson. Colecnes. Pblos. Zuñí, "Wolpi, 
Arizona, etc. (S'" An. Rep. B. A. E., pág. 519). (2"" An. Rep. B. E. 337 á 421. Hol- 
mes. Pottery of Ancient Pueblos (4^'' An. Rep., pág. 266-358). Id. Orig. & Develop. 
of form. & ornament in Ceramic Art. (4*'' Rep. B. E), página 437 y sig. Id. Arte 
Antguo. Chiriquis (6''^ An. Rep., pág. 35-37.) (6<*' Rep. B. E., pág. 195). Colleccion 
Seller. Mseo. Arqco. Berlín. (BuU. 28. Bur. Etgy., pág. 75-635), etc., etc. 



Bebidas 
y estimulantes. 




- )2) 



da con conchas calcinadas que les emborrachaba fuertemente. 
Conoció también la América aborigen otras bebidas estimu- 
lantes no fermentadas, como el "mate,, (Ilex Paraguayensis), 
la ''coca», que tomada en infusión producía efectos semejantes 

al opio, y el "^455/,/ ó té 
Carolino (Black-drinkj, 
que bebían los Seminólas 
para excitarse y ''pensar 
bien^^ antes de entrar á 
sus Consejos (1). 

El tabaco, originario 
de América, fué usado 
moderadamente por el 
indio. Fumaba general- 
mente cigarrillos, mez- 
clando el tabaco con 
otras yerbas y aun con 
corteza de árbol. El "calu- 
met, ó "pipa de paz» de 
los Indios de la América 
del Norte, era para ellos 
un objeto sagrado, ó 
amuleto propiciatorio y solo se usaba en ciertas ceremonias 
religiosas, (danza del Calumet, ritos de adopción, etc.), ó en 
ocasiones solemnes (ratificación de tratados de paz. Consejo 
tribal, etc.). Sus colores y adornos emblemáticos variaban con 




Fig. J 15. -Restos de habitación con poste 
tetémico (Vancouver). 



(1) Deniker. Op. cit., pág. 158. Robertson. Op. cit., 196 y sus notas. Cabeza de 
Vaca. Naufgios. I. Cap. XXVl. H. BookAm. Ind., 150-194-468. Lozano. Conqta. 
Río de la Plata. I. 229-427, etc., y 199 y sigtes. (mate) en que cita á Ruiz Montoya. 
Conqta. Esptual. Oviedo. Hist. III. 113. Galanti. S. I. Op. cit., I. 112. Gumilla. 
Op. cit., I. 257-286 (Otomaques). Letourneau (Sociologie. París 1880) habla tam- 
bién de un polvo llamado "parica» que tomaban los Indios del Amazonas en la mis- 
ma forma que los Otomaques, entre dos personas, y soplando una con un tubo el pol- 
vo en la nariz de la otra. {Letneau. 44 y sigtes. y Gumilla, loe. cit.). Vse. también 
Gaíschet. Creek Migrations Legends II. 56. Hardlicka. Tesvino Among Apaches 
(Amcan. Anthrop. VI. 190). Meléndez. Tesoros Verdaderos. líl. 369. Ulloa. Not. 
I. 249-337. Lozano. Desc. Gran Chaco. 56-103. Torquemada. Mon. Ind. 1. 335, 
etc., etc. 



- 122 - 




Fig. 116, 
Vasija chimu (?) 
(Valle Chincana) 



la mitología de las tribus; eran de tubos sencillos como los re- 
presentados en las esculturas mejicanas, ó recargados como los 
usados por los Omahas de cabezas, colas, y plu- 
mas de preciosos pájaros (1). 

7. - La forma y construcción de la vivienda 
indígena dependía del clima, de la situación 
geográfica y hasta del sistema social de sus mo- 
radores, y por ello encontramos en América 
habitaciones de todo género, desde las ranche- 
rías "como aduares de 
alarbes montaraces,, 
que nos pintan antiguas 
crónicas, hasta las enor- 
mes y adornadas fábri- 
cas de piedra y mezcla de los Aztecas 
y los Incas. 

Las habitaciones Americanas eran 
fijas 6 movibles. El prototipo de las 
primeras es la cabana (wigham), deri- 
vación más ó menos perfecta de la 
enramada ó defensa natural contra las 
fieras, é inclemencias del tiempo. Se 
construían de mil maneras y formas 
{rectangulares, cónicas, etc.), según la 

clase y curvatura de los materiales empleados en ellas; se cu- 
brían con techos de paja, pasto, barro ó corteza de árbol; eran 




Fig. 117. 
Pipa de barro (Mandanes) . 



La habitacíM. 
Tipos primitivos. 



(!) El "Calumet» (con ó sin recipiente, para tabaco) era uno de los objetos más sa- 
grados de los Indios de Nte. América. El simbolismo del "Calumetn en sus colores 
era generalmente de Asamblea, Walhalla ó Consejo de Dioses, y los tratados ratifica- 
dos fumando el calumet no podían violarse sin incurrir en sus iras. Cada aldea tenía 
su "calumet,, ó "pipa de paz,,. El que viajaba con ella era intangible aun pasando en- 
tre enemigos. Entre los Iroqueses era costumbre fumar tabaco durante las tormentas 
para atraer la lluvia. Se acompañaba generalmente este curioso holocausto con danzas 
especiales. Vse. Dellenbaugh. 171-364 y sigtes. H. B. Am. Ind . 191. Farrand. 
Op. cit., 137 (Sioux). Mac Guire. American Abor. Pipes (Rep. Nat. Mus. 1887, pá- 
gina 468). Tilomas. Op. cit.,Q9. Lafittau. Op. cit. II. 231. Twaites. Jes. Relations. 
I. LXXIII. (Ed. 16961901). Lesueur. Le dance du Calumet (Soirees Candienues. 
IV. 1864). Borsey. Omaha Sociology. (3 " Rep. B. A. E.), etc.. 



- 123 




Fig. 118. -Bolsa 
de tabaco (Iroqueses). 



rudas y selváticas como las de los Wikimps, Giiaranis y Boto- 
cudos, ó perfeccionadas como las de los Haldas, Cadoanos, etc. 
Los habitantes de las llanuras inundables 
solían hacerlas sobre bases elevadas, defen- 
diéndose así de las avenidas frecuentes. 

De estos tipos primitivos se derivaron las 
casas semi subterráneas de los Pawnees, 
Navajos, etc. {earth-lodgé), de cubierta re- 
dondeada que descansa sobre cuatro postes 
centrales relacionados con el culto de las 
estrellas, (matutina, vespertina, norte, y sur) 
y con una abertura en el techo emblemática 
del zenith, donde moraba el «Tirawa» ó ser 
invisible. Entre estas construcciones, las ca- 
sas Esquimales semi-esféricas {iglú) hechas 
con bloques de nieve colocados en espiral 
son acaso las más ingeniosas y perfectas. 
El prototipo de las habitaciones movibles 
era la tienda {tipi) de los Sioax, Cotnanches, Kiowas, etc., ar- 
mada sobre postes colo- 
cados circularmente ó en 
filas paralelas y cubiertos 
de pieles generalmente 
de bisonte, adornadas con 
pictografías simbólicas. 

En la región de los 
bosques predominaba, 
naturalmente, la madera 
en los materiales de cons- 
trucción; en las grandes 
llanuras (Norte y Sur 
América) y regiones sin 
arbolado predominaba el 
Fig.ii9.-w¡kiupsdeiosPa¡utés(ArizonaNorte) barro, el adobc Ó la pie- 
dra. Las construcciones 
de adobe de la región de los Pueblos (Vse. Cap. II) y las de 




124 



piedra y mortero Mejicanas y Peruanas representan el más alto 
grado de la arquitectura indígena. 

Debemos, sin embargo, observar, aun penetrando en el cam- 
po de la Arqueología, que la magnificencia y perfección de 
aquellos enormes edificios (Méjico-Perú) se ha exagerado 
extraordinariamente por conquistadores y cronistas. El ar- 
quitecto indio no conoció el compás^ 
\2, plomada ni la escuadra,m alcanzó 
nunca la idea del arco, base arqui- 
tectónica de la regularidad y la be- 
lleza. 

8. — Las más características de las 
habitaciones Americanas son las co- 
munales. Entre ellas las más cono- 
cidas y típicas son las rectangulares 
(long-house) de los Iroqueses (Mo- 
de-saa-nee, "hombres de la casa lar- 
ga «), especies de largos trojes ó gal- 
pones armados sobre troncos grue- 
sos y techados con corteza de olmo, con un recinto 
ceremonial (kíva) en el medio, y un agujero para dar 
salida á los humos en el techo; las de los Maudanes 
(circular-housé), construidas con análogos materiales 
en forma circular y con techumbre cónica, las de 
Guayana, Sacramento, Florida y muy especialmente 
las de la región de los Pueblos. La vida interior de 
estos curiosos falansterios dependía de la organiza- 
ción y costumbres del grupo ó grupos de parientes 
que convivían en ellos. 

9. -El carácter más sedentario que nómade del 
indio Americano le hizo reunir sus cabanas ó tiendas 
en aldeas (rancherías, tabas, etc.,) más ó menos exten- 
sas y ubicadas en territorios favorables. Estas aldeas fueron 
permanentes, aunque las necesidades alimenticias y consiguien- 
tes cambios de residencia las hicieran á primera vista parecer 
inestables. La disposición de sus habitaciones dependía de 




Viviendas 
Comunaies. 



Fig. 120. 
El Calumet (Omaha). 




Aldeas y su lúmer 



125 - 



Adoroo persooal. 



consideraciones religiosas ó tribales (casas de jefes, templos, 
etc.), y se rodeaban comúnmente de empalizadas para su pro- 
tección y defensa. 

Esparcidos en general tales villorrios á lo largo de las costas 
de los mares, ríos y lagos, no es extraño que los conquistado- 
res Europeos que naturalmente siguieron en sus exploraciones 

el curso de los ríos, al 
encontrar en todos ellos 
grupos tribales, supusie- 
ran también habitadas las 
zonas mediterráneas y 
exajeraran en sus relacio- 
nes el número é impor- 
tancia de las poblacio- 
nes indígenas del Conti- 
nente (1). 

1 0. — Aunque parezca 
paradógico, la desnudez 
no es sinónima de salva- 
jismo, ni puede decirse 
que un 'hombre es tanto 
más salvaje cuanto me- 
nos cubra su cuerpo. 
Fig. 121. -Tienda Omaha (Tipi). Todo cs cuestióndeclima 




(1) Farrand. Op. cit., pág. 213 y Cap. III-IV. Deniker. Op. cit., pág. 160 y 
sig. Robertson. Op. cit. pág. 189y sig. (Notas 51-56). Dellenbaugh . Op. cit., Cap. 
VIII, pág. 194. Brinton. Am. Race, pág. 51. Fiske. Op. cit., pág. 76-84. Thomas. 
Op. cit., 339-342. H. B. Am. Ind.,pkg. 77-126-131-165-410-515-601, etc., y Biblio- 
grafías. Herrera. Déc. II. 183. II. 190. II. 47. II. 288. l-I. 46. 122-2. I. 23-1. 
I. 24-2. V. 8-2. IV. 63-2. (Vse. Tabla Vol. IV). Lozano. Conq. Río Plata. I. 383- 
417-424, etc. Barros Arana. Op. cit., I. 79. P. Diego Rosales. Hist. Oral., Lib. I, 
Cap. XXV-XXVI-XXVII. Morgan. Houses & house Ufe Am. Ind. 126 sigtes. Cattlin. 
Am. Ind. I. 81. Brinton. Lineal Measures of Sem. Civ. Nat. of Meo. &C. Acá. 
(Essays of an Americanist, pág. 433. Qalanti. Op. cit., I. 84-85 (Tabas, etc. Lafit- 
tau. Op. cit., II. 4. Torquemada. Op. cit., I. 247. Barreré. Nouv. Reí. France 
Equin., 146-147. Wilson. Account of Guiana Purchass. Pilg. Vol. IV, pág. 1263- 
91. Qumilla. Op. cit., I. 255-383, etc. Oviedo. Sum., pág. 53 y sigtes. B. A. Etgy. 
Rep. 17 {^Síindeleff)^"^. (Dorsey) 14*^ (Wmship. Coronado Exption.). Masón. Op. 
cit., 247 y sigtes., etc., etc. 



- 126 - 



y convenciones sociales. La emoción de la modestia no es 
innata, ni natural al hombre; es más bien hija de la moda 
y el adorno. 

Es un hecho etnográfico indiscutible que el adorno personal, 
precedió al vestido^ aunque sea dificilísimo es- 
tablecer una línea clara de separación entre 
ambos. 

Las pinturas y tatuajes en el cuerpo mismo, 
universalmente practicadas por el Indio Ame- 
ricano, fueron acaso la forma más primitiva de 
su adorno. Los colores más usados eran el rojo 
amarillo, negro y blanco, que fabricaban con 
ocres, cal, carbón y jugos de diversas plantas. 
Algunas tribus (Amazonas) pegaban á su piel 
varias plumas, con una substancia ó barniz resi- 
noso. Tatuaban los más sus cuerpos con inci- 
siones más ó menos profundas y deformaban 
algunos intencionalmente y desde la cuna, las 
cabezas de los niños hasta dejarlas "como mi- 
tras de obispos mal formadas,,, que decían los 
antiguos cronistas. Las pinturas, tatuajes y de- 
formaciones descritas, eran para el Indio me- 
dios de identificación, propiciación y protec- 
ción mágica, ó simples manifestaciones de va 
nidad guerrera (1). 

Otro tanto sucedía con los dijes, joyeles, pie- F¡g. i22.-jefeOha 
dras, ete., con que atravesaba el salvaje sus (Tierra del fuego). 




(1) Deniker. Op. cit., 170. Westermark. Human Marriage, pág. 196-212 y sigtes. 
Irko Hirn. Orig. ofArt., 196-214, y su biblogfia. Ratzell. Volkerkunde I. 64. De- 
Usle. Deformation Craneane Cons. Am, París. 1892, pág. 300. Tylor. Primve. Cultu- 
re. II. 24. Steinen. Uuten der Naturvolquen , pág. 75-86-184. Heriot. Travels 
through Canadá, pág. 293. Garrik Mallery. (10"' Rep. B. A. E., pág. 418 y sig.) 
Thurn. Ind. Guiana (196-305). Dobrizhoffer . Abipones. I. 19. Farrand. Op. cit., 
228-235. Robertson. II. 136-138-139. Comp. H.Book Am. Ind., 16-310, etc. Acu- 
ña. Op. cit., 116-130. Lozano. Conq. Río de la Plata. I. 393. Oviedo. Hist. III. 
Ch. V. Charlevoix. Hist. Now. Fce. III. 323-278-327. Gumilla. Op. cit., I. 191- 
202-67. Herrera. Déc IV Lib. III, X, etc. 



127 




labios (Botocudos, Esquimales), nariz, orejas ó mejillas, con 
perforación más ó menos cruenta. 

El pelo servía también de adorno. Algunas tribus lo usaban 
suelto y flotante, {Apaches, etc.) otras se lo afeitaban en capri- 
chosa forma {Seminólas, 
etc.) con filos de pedernal 
ó conchas marinas. 

Los ornamentos sin 
mutilación, fueron varia- 
dísimos. Colgaba el Indio 
de sus muñecas, tobillos, ^*s. 123 

,, . . i- j Planta de un Mtt (casa de nieve) Esquimal. 

cuello y cintura, tiras de 

piel, plumas y conchas brillantes, garras y dientes de animales 
ó humanos, como trofeos de caza y guerra (1). 
Vestido. 11. -Acaso estas últimas formas de ornato personal dieron 

origen al vestido. La piel suspendida al cuello fué transfor- 
mándose en túnica, los cinturones se recargaron de apéndices 
convirtiéndose en faldas. Del brazalete vino la manga, el mo- 
cassin del adorno del tobillo. Las piedras preciosas, aligerando 
las preseas indígenas, cambiaron radicalmente los adornos. 

Las pieles de animales (lobo marino, búfalo, ciervo, etc.,) se 
usaron al principio como abrigo, limitándose á secarlas, per- 
feccionándose luego su mani- 
pulación hasta hacerlas ex- 
traordinariamente suaves y 
flexibles, lo que en general 
conseguía la mujer india ras- 
pando cuidadosamente con 
pedernal la piel hasta darle 
un grueso uniforme, y cosién- 
dola luego con tiras también 
de cuero ú otras materias que 




Fig 124.- Sección vertical del mismo. 



(1) Lafittau II. 53 Purchass Pilg IV. 1287. Lettres Edifiantes. XX. 223. 
Holmes. Art in Shell Am. Amcans. 2'' Rep. B. E., pág 188 y sigtes. Deniker. Loe. 
Cit. Farrand. Op. cir , 236 Dalí 3'" Am. Rep. B. E pág. 192 y sig H. Book Am. 
Ind. 97-151. Dellenbaugh. Op cít , 122-125 GarcUaso de la Vega. I. 27-296 (Ur- 
cos). Abertura orejas símbolo dignidad. I. 217. Sob. II 179, etc , etc 



128 








Alfarerías de los «Pueblos"* 

l {kníOiidi,\\.'\Í.S \].J ]\ I ¡ /% 



• « 
• • /• • « 



• • • • 






• • • • • • 



pasaban por ágTLij&os hechos . previamente en sus bordes. 
Podrían escribirse volúmenes enteros estudiando los progre- 
sos del vestido en América, desde la mez- 
quina piel de los Fueguinos "que hacían A^^^^ 
girar según la dirección del viento", hasta las ' '^ 
mantas de los Navajos, 
los finísimos paños de la 
América Central ó del 
Sur, las capas y tejidos de 
plumas de los Aztecas ó 
aquellas frezadas de lana 
de vicuña "tan finas y tan 
regaladas que entre otras 
cosas de aquellas tierras 
(Perú) se las han traído 
para la cama del Rey Don 
Felipe II„(1). Tal estudio, 
así como el de las diver- 
sas formas ceremoniales, 
simbólicas, guerreras, et- 
cétera, que abigarraban la 
indumentaria indígena, excede los límites del presente libro. 

12. — Los tejidos de todas clases y en especial los de fibras Industrias textiles, 
jregetales, (cestos, canastos, etc.), son característicos de la indus- 
tria primitiva de América. Los Apaches llamaban "arañas,, á 

sus vecinos los hábi- 
les tejedores Navajos. 
Los objetos textiles 
abundan en coleccio- 
nes y Museos, varian- 
do en forma y perfec- 

Fig. 126. -Collar de dientes de animales. ción SCgÚU laS tríbus. 




Fig. 125. -Jefe Arapaho con adorno guerrero. 




(1) Garcilaso de la Vega. Op. cit. I. 217. Vse. Barros Arana. Op. cit., I. 82. 
El Indio Chileno, por excepción digna de nota, no usaba pinturas, tatuajes ni defor- 
maciones Étnicas, á pesar afirmación Letourneau (Sociologie, pág. 78), que dice se 
perforaban la nariz. (B. H. 83). 



129 



desde los sencillos de la^ Yroqaesas y Algonqiiínas, hasta los 

artísticos de las del Norte 
de Sud América. La des- 
cripción y estudio de los 
usos, formas, colores, 
trama, etc., de estos pro- 
ductos textiles, pertenece 
también á la Arqueolo- 
gía. Bástenos, pues, afir- 
mar que el arte de tejer 
fibras vegetales, algodón, 
lana, etc., para vestidos, 
mantas, cubiertas, etc., 
era conocido por los In- 
dígenas Americanos, cu- 
yos rudimentarios tela- 
res, á pesar de su senci- 
llo artificio, produjeron 
preciosos lienzos. El telar 




Casas en Walpi 



Fig. 127. 
Aldea de los Mokis (Arizona). 



y su trabajo que importa ya separación de 
fibras, hilado, etc., se usó en América mu- 
cho antes de la conquista Europea. En los 
Códices Mejicanos, por ejemplo, está repre- 
sentada una madre que instruye en el tejido 
á su hija. Los vistosos paños de las sutiles 
tejedoras Aguas (Brasil), son justamente 
célebres. 

Usó también el Indio tintes diversos que 
extraía de substancias orgánicas é inorgá- 
nicas, no sólo para adornar su cuerpo y dar 
brillantes matices á sus tejidos é hilados, 
sino para sus simbólicos adornos de plu- 
mas, comunes en toda América y preferidos 
por el guerrero Indio á todas sus preseas 
y ornamentos. Algunos de estos trabajos en 
plumas multicolores (Méjico) son verdaderas maravillas de 




Fig. 128.— Joven Pai 
Uté (Río Colorado). 



130 



preciosismo, comparables por su paciente y delicada factura 
con los mosaicos italianos más perfectos (1). 

13. -La caza y \di pesca eran para el indio Am.ericano ocu- La caza y la pesca 
pación principalísima. Casi ninguno de los métodos inventa- 
dos por los hombres para 
apoderarse y destruir los 
animales eran desconoci- 
dos en América. El caza- 
dor indio podía dar al 
Europeo lecciones de as- 
tucia, habilidad, ingenio 
y paciencia. 

Podemos clasificar en 
dos grupos los variadí- 
simos métodos de caza y 
pesca peculiares al Indio 
Americano; el uso de 
trampas, lazos ú otros 
artificios, y el de armas 
arrojadizas ó de otra cla- 
se, que corresponden en 
lo militar á la estrategia 
y la táctica. 

Incluiremos en el pri- 
mer grupo los arbitrios de todo género (redes, lazos, presas, 
almadrabas, etc.,) los venenos vegetales usados para axfisiar 




Fig. 129.-Tatuajes Haydahs (B. A. E.) 



(1) Farrand. Op. c¡t„ 234. Deniker. Op. cit., 184. Masón. Org. Inv., 224, Cap. 
VII, Dellenbaugh . Op. cit , pág. 89 y sigtes. Catten. Smithnian. Rep. (1885), pág. 
450-451. Dorsey. (3^" Rep. B. Ü., pág. 310). Carta Coronado. Relación Post. Cibolay 
Narr don. Jaramillo. (14"^ Rep. B. Etgy., 562-566-587). H. Book Ám. Ind , 125-153- 
310-477, etc. Bancroft Nat. Races, Yol. II, pág. 484. Z. Nuttall. Peabody Mus. Pa- 
pers (Trabajos en plumas). En las Salas Capitulares del Real Monasterio del Escorial, 
existe un preciosísimo ornamento (mitra) típico de esta clase de adornos. Vse. tam- 
bién Holmes. (3'" An. Rep., pág. 293). Robertson. II. Nota 48. Fdo. Colón. Vda. del 
Almirante. Cap. XXIV. Mathews. Navajo Weavers (3'''' An. Rep., pág. 175. Prescott. 
Conq. of México. I. Ch. V. II. Cap. I. Garcilaso de la Vega. Op. cit., I. 217-300- 
312, etc. II. 137-139-272, etc.Squier. Nicaragua, pág. 295. Lozano. Conq. R. Plata. 
11.384, etc., etc. 



131 



el pescado en ríos y lagos, como la raíz de nogal (N. A.) ó el 
<itingiii» y hojas de «timbó» de los Indios del Brasil, los dis- 




Fig. 130.-Telar Navajo. 

fraces de pieles, etc.. para engañar la caza, el empleo de antor- 
chas para atraer el pescado y aun los primitivos métodos de 

acorralar al animal enbandasy 
sin armas de ninguna especie. 
Pertenecen al segundo las 
armas afiladas ó punzantes 
desde la rudimentaria maza 
de las tribus del Pacífico (Nor- 
te) y las curiosas cerbatanas 
del alto Amazonas, hasta las 
lanzas é ingeniosos arpones y 
aparejos de los Esquimales* 
El cazador indio no sólo 
debía manejar hábilmente es- 
tas armas y artificios, sino que debía conocer las épocas del 
año y terrenos propicios para cada caza, la dirección de la misma 




Fig. 131 .- Método fabricación 
adornos de plumas. 



132 



por sus huellas, gritos de aves y movimientos del coyote y de- 
más carnívoros, los trajes y máscaras especiales á cada expedi- 
ción, la caza vedada por sus 
creencias totemísticas, los 
cantos, leyes, ceremonias y 
fetiches especiales, etc. De 
aquí la estimación y digni- 
dad del buen caza- 
dor entre los indi- 
viduos de su tri- 
bu (1). 

14. -El Indio 
Americano no co- 
noció la agricultu- 
ra propiamente di- 
cha, que presupone 
el uso del arado y 
de los animales 
domésticos, pero 
practicó extensa- 
mente la horticul- 
tura^ y sacó de sus campos pingües cosechas. La 
estaca puntiaguda y la azada, eran útiles familiares en 
América antes de la conquista. Los métodos de irri- 
gación de Nuevo Méjico, Perú, etc., sorprendieron á 
r. „ . viajeros y cronistas. El cultivo del maiz era común á 
ieubranzaíN A) uumcrosas tribus; los fréjoles, zapallos, yuca, man- 




( 






' ■ 





Fig. 132. -Camiseta ceremonial (Chilkat). 



HorticHltura. 



(1) Robertson. Op.cit , II. 89. GiimiUa. Op. cit., Il-I. 4. Acuña. Op. cit., 1. 156. 
Bancroft. Nat. Hist. of Guiana, 280. Farrand. Op. cit., 224. Deniker. Op. cit , 189. 
//. book Am. Ind., 460-580. Lozano. Conq. Río Plata. I. 395-407. Barros Arana. 
Op. cit. I. Cap. IV. Adair. Hist. Am. Ind. I. 216 y úg. Jesuit Relations . (Ed. Twai- 
tes). I á LXXIII. DeUenbaugli. Op. cit., 270 y sigtes. Masón. Op. cit., 258 y sig. 
Galanti. Op. cit., 111. Rev. Insto. Geogco. Brasilero. Vol. II. Pág. 552, XII. pág. 
372-354. Schoolcraft. Ind. Tribes. I-VI. Pí y Margall. Op. cit. Epílogo. Vol. II. 
Biireau of Etgy. Reporta. 2"" (Holmes). 9*^' (Murdoch). 6*^ (Boas). 11 (Turner) U 
(floffrnann). 18 (Adison;, etc. Cse. también Rau. Prehist. Fisliing. Smithsonian. 
Institution. Rep. XXV. (1884). 



- 13: 



dioca, algodón tabaco, etc., se cultivaban también extensamente. 
La mayoría de las tribus sabían conservar en graneros lo nece- 
sario para mantenerse en invierno. 
Fué una verdadera remora para 
ía cultura indígena que la fauna 
Americana no tuviera especies ani- 
males fácilmente domesticables. 
Parece indudable que el caballo 
fué contemporáneo del hombre 
glacial, pero por causas desconoci- 
das su especie se extinguió en Amé- 
rica mucho antes del descubri- 
miento Colombino. Prescindiendo 
de los monos, cotorras, gatos, etc., 
que convivieron 
como comensales 
en algunos hogares 
indígenas, {Cam- 
pas del Perú, Zuñís, 
etcétera) el perro es 
el único animal que ayudó al Indio en la caza ó 
en los arrastres. (Esquimales). La llama del 
Perú, se utilizó principalmente por su lana y á 
veces como bestia de carga. No hubo en Amé- 
rica animales cuya leche ó engorde pudiera uti- 
lizarse, el búfalo y el cerdo eran indomables y 
selváticos (1). 
Las herramientas agrícolas, así como los de- Fifl.iss.-Pdnederaídfra 




Fig. 134.— Joven Hopi. 



^11 



JhlH 



(1) Deniker. Op. cit., 193. Hahn Dié Hansthiere, etc. (Leipzig. 1896). I. 321-241. 
Farrand. Op. cit., 225. Robertson. Op. cit., II. 91-92-97. (Nota 30). Gumilla. III. 
902. Buffon. Hist. Philque. et Pol. de deux Indes. IV. 364. Fiske. 83-84. I. Op. cit. 
Masón. Orig. Ind. 183-291. Olv. Ordinaire. (Rev. Etngie. (1887). Vol. VI. 282. De- 
llenbaugh. Op. c\t., 335. Brinton. Am. Race. 51. /. /. von Tschiidi. "Das Lama». 
(Zeitschrift für Ethnologie. 1885. s. 108. SagardWhi. Canadá. I. 265-266. (Ed. 1866). 
Brinton. Myths of N. Wordl. 22-1868. Schoolcraft. Ind. Tribes. I. 80. Bancroft. 
Nat. Races. I. 538. H. B. Am. Indians. 21 -3S8. Rep. (B. A. E.) expte. 2"". (Hol- 
mes). 3"*. {Stevenson) 14. {Winship) 23. {Stevenson), etc. 



134 



más lífiles, utensilios y enseres necesarios para la vida indíge- 
na, fueron en general, los peculiares á las culturas líticas. Su 
estudio pertenece á la Tecnología ó ciencia de las industrias (1). 

15.- Los primeros medios de transporte en el Continente 
Americano fueron las espaldas de la madre india. Llevaba á 
cuestas á sus criaturas 
en la diaria faena, y an- 
daba con ellas largas dis- 
tancias. El indio sólo via- 
jaba por necesidad. An- 
daba casi siempre por 
sendas estrechas, que sa- 
bía practicables, en filas 
de á uno, y sujetando la 
carga en su cabeza ó es- 
palda, ó en la de sus mu- 
jeres, por medio de arti- 
ficios diversos. 

Usaba en general cal- 
zado que variaba de for- 
ma con la naturaleza de 
las regiones geográficas, 
desde el zapato de cuero 
del Esquimal, hasta la 
grosera bota de los Apa- 
ches, y las sandalias Me- 
jicanas é Incásicas. 

Algunas tribus construían groseras angarillas, en especial, 
para transportar los cadáveres. 

Supo también el Indio hacer canoas, balsas, jangadas, pira- 
guas, etc., y aprovecharlas en sus ríos y mares. El ^'Uniak,, ó 
canoa abierta para mar suave, y el "Kayak» cerrado, (Esquima- 
les) para mares recios, construidos en piel, sobre armazones ó 




F¡g. 136. -Manta de los Navajos (t. U.) 



(1) II. Book Am. Ind. 126-131-165-601 y 603. Powell. 20*" Rep. B. A. Egy. (Tec- 
nology-Implements. 



135 



cuadernas de huesos de ballena, fueron sin duda los más ma- 
rineros. Los «dongouts» adornados y "pintados como Indios,,, 

del Norte del Pacífico, 
son el tipo general de 
las embarcaciones indí- 
genas construidas en ma- 
dera ó corteza de árbol. 
Los Esquimales fueron 
los únicos que conocie- 
ron el remo. Las demás 
tribus manejaron sus em- 
barcaciones únicamente 
con palas. 

Tenían algunas de ellas 
velas fijas de estera ó de 
corteza de cedro tejida. 
Eran casi siempre ligerí- 
simas, para facilitar su 
transporte á brazo por 
las sendas interfluviales 
(portages). Las canoas ó 
piraguas guerreras de los 
habitantes de las Islas 
(Cuba, Sto. Domingo, 
etc.,) eran de gran tama- 
ño, y llevaban á veces 

Fig. 137. -Cazador Chja(ratagonia). hasta 25 baUCOS (1). 




(1) Herrera. Déc. I. 21-101-150-26-131. II. 196 (La Española). III. 267.1 (fst- 
Maga'ilanes). IV- 198-1- (Nva. Espña.), etc. Véase también H Book. Am. nd. 157- 
330-436, etc. Deniker. Op. cit., 277. Farrand. 237 y Cap. II. Masón. Org. Inv. 325. 
365, etc. Thurn. Ind. Brit. Guiana, pág. 195 (Londres 1883), üíaso/z. Cradles Am. 
Abor. (U. S. Nat Mus. Rep. 1887, pág. 161-235. Relación Castañeda (H**- Am. Rep. 
B. A E., pág. 190). Dellenbaugh., pág. 276. Robertson. 144 y sig. y Nota55-6. Op. 
cit., V-II. Labat. Voyages. II. 91-131. Lafittau Op. cit. II. 2i3 Bur. Am. Etgy. Re- 
ports. 6o(Boas), 592 y sig 9.o (Murdoch). 344-58 11 (Jurner), 241-308-312. 14. o 
(Hoffmann), pág. 292 y sigtes., etc., etc. 



- 136 - 



CUESTIONARIO 



1. — ¿Qué alimentos proporcionaba al Indio el reino vegetal? 

2. — ¿Qué alimentos le proporcionaba el reino animal? 

3. - ¿Qué clase de alimentación prefería? 

4. - ¿Qué condimentos usaba? 

5.- ¿Eran los Americanos antropófagos? ¿Por qué motivos? 

6. - ¿Cómo producían los Aborígenes el fuego? 

7. - ¿Cuáles eran los principales usos de este elemento? 

8. - ¿Cómo se preparaban los alimentos? 

9. - ¿Cuáles fueron las primeras alfarerías Americanas? 
10.- ¿Qué formas y colores se usaban en ellas? 

11.- ¿Qué bebidas espirituosas y estimulantes conocía el Indio 
Americano? 

12. — ¿Cómo usaba el tabaco y qué importancia religosa y social 

tenía el calumet ó pipa de paz? 

13. — ¿Cuáles fueron los dos tipos primitivos de la habitación 

Indígena? 
14.- ¿Qué se entiende por viviendas comunales y cuáles fueron 
las más características de esta clase en América? 

15. — ¿Eran muy numerosas las aldeas Indígenas? 

16. — ¿Cuáles fueron los adornos personales más usados por 

los Aborígenes? 
17.- ¿Qué vestidos usaba y cuál fué su probable evolución? 

- 137 - 



18.- ¿Qué importancia tenían en América las industrias texti- 
les y cuáles fueren sus principales productos? 

19. — ¿Conocía el Indio los tintes? 

20. — ¿Cómo trabajaba las pieles? 

21. - ¿Qué importancia tenían para el Indio la caza y la pesca? 
22.- ¿Qué art/f icios, armas, etc., usaba en ellas? 

23. - ¿Conoció el Indio la Agricultura propiamente dicha? 

24. - ¿Aprovechó en sus trabajos de animales domésticos? In- 

fluencia de la falta de los mismos en la evolución cul- 
tural Americana. 

25. - Cuáles fueron los principales medios de transporte del 

Indígena? 




- 138 



^mwrnmm&.m-mm 



REFERENCIAS 



Generales. - Las mencionadas en los dos capítulos anterio- 
res. Gomara, Hist. General. Biinge. Lehrbuch Physiol. Che- 
mie. Markham. List of tribes (Journal Anthropological Inst. 
1895. Masón. Migration & the Food Quest. (Smithsonian Re- 
port. 1894. I). Ulloa. Noticias Secretas de América. (Trad. 
Adams. Londres. 1758). Torquemada. Monarquía Indiana. Stei- 
nen. Unter der Naturvolken. Russell Stiirges. Dictionary of 
Architecture. 3 vols. N. I. 1901. 

Especiales. -^ízz-r^m Relalion France Equinox. Gautier. 
Sur un certaine argile, etc. (Actes Soc. Scient. Chile. Vol. V. 
1895). Powell. (ist An. Rep. B. A. E.). Steinnetz. Endo kaniba- 
lismus. Mooney. Our last cannibal tribe. Letourneau. (Bull. An- 
tropol. París. 1887-1888. Nájera. Desengaño Guerra de Chile. 
Barber. Moqui food preparation (Am. Nat. XIII). Hough. De- 
veloppment of Illumination (Smithnian. Report. 1901-1902). 
Cashing. Pueblo Pottery (4 Rep. B. A. E.). Molmes. Pottery of 
Ancient Pueblos (4 Rep. B. A. E.). Gatschet. Creek Migrations 
Legends. Hardlicka. Tesvino among Apaches (Am. Anthrop. 
VI). Lesueur. La dance du Calumet. P. Diego Rosales. Hist. 
General. Brinton. Essays of an Americanist. Wilson. Account 
of Guiana (Purchass Pilgrims. Vol. IV). Cosmos Mindeleff. 
17 Rep. (B. A. E.). Delisle. Deformation craneene (Cong. Ame- 
ricanistes. París. 1892). Heirot Travels through Canadá. Thurn. 
Ind. Guiana. Dobrishoffer. Abiponibus. I. Zelia Nuttall. (Pea- 
body Museum Papers). Sqaier. Nicaragua. Mathews. Navajo 
Weavers (3''^ An. Rep. B. A. E.). Rau. Prehistoric fishing 
(Smithsonian Inst. Rep. XXV. 1884). Hahn. Die Haus thiere 
(Leipzig. 1896). /. /. Von Tschudi. "Das Lama,, (Zeitschrift für 
Ethnologie. 1885). Sagard. History of Canadá, etc. etc. 

- 139 - 



Fuentes. -O. T. Masón. Woman's share in Primitive Cul- 
ture (1894). Morgan. Houses & house life American Indians. 
Piitnam. Conventionalism in Ancient American Art (Essex 
Instit. Bul. 1886). Holmes. Origin & Develop. of form & orna- 
ment in Ceramic Art (4 An. Rep. B. A. E.), y otros estudios 
del mismo autor (Reports y Bulletins B. A. E.). Boas. Decora- 
tive Art of the Indians of North Pacific (Am. Museum Nat. 
Hist. Bull. IX. 1897). Hough. Fire Methods (Procedings U. S. 
Nat. Museum. Depto. Etgy. 1888-1890). Fewkes. kroh. Expedi- 
tion to Arizona (17 Rep. B. A. E.) y Two summers in the Pueblo 
Ruins (22th i^ep. B. A. E.). Stevenson. Zuñi Indians (23 An. 
Rep. B. A. E.). Collinson. H. M. S. "Enterprise,, (Jour. Roy. 
Socty. London. 1855). Jenks. Wild rice gatherers (19 Rep. 
B. A. E.). Museo Arqueológico. Madrid. Colecciones Incásicas. 
Ambrosetti. Civilización Calchaquie (XIII Cong. Amer. París). 
Outes. Los Querandies.y4/w^/'í7s^///. Alfarerías Calchaquies. (Rev. 
Mus. Plata, Vol. III). Museo Nao. Méjico. Breve Guía Descrip- 
tiva. (Traducción Branch). Briüsh Museum. Colecciones "Et- 
nological Departementw. Colecciones Stevenson. Zuñi, Wolpi, 
Arizona (Rep. II y III B. A. E.). Col lecciones Sellen Mseo. 
Arqco. de Berlín. (Bull. XXVIII B. A. E.). Macguire. Am. Abor. 
pipes. Report Nat. Mus. 1887) (N. I.) Revista Insto. Geogco. 
Brasilero. Vol. II. Powell. Implements. Technology (20*^ An. 
Rep. B. A. E.), etc., y las mencionadas en los capítulos ante- 
riores. 

Bibliografía. - Las mencionadas en los capítulos anterio - 
res, exceptuando las especiales lingüísticas, las relacionadas en 
el "//. Book Am. Ind. North of México u. Artículos "Food,/, 
"Cannibalism»,,"Firew, "Houses,,, "Architecture,,, "Ornament,/, 
"Dress,,, "Hair Dress,,, «Basketry,,, Ceramic Art,,, "Canoes,,, 
"Transportation,,, «Hunting,,, "Fishing,,, etc., y las generales 
en los mismos artículos de la New Int. Encyclopedia (Doád- 
mead & C.o) 





140 



CAPITULO IV 

LA VIDA PSÍQUICA 

y. Juegos y deportes. -2. Espectáculos. -3. La danza. -4. Música y cantos. -5. Pin- 
tura y Escultura. -6. Metalurgia.-?, Nociones Científicas. -8. La Religión indí- 
gena: Sus elementos. -9. Las creencias: El Animismo. -10. Los sueños. -11 . La 
Vida futura: Manismo. -12. Los Dioses Supremos. 

1.- En los intervalos de paz, cuando las necesidades materia- Juettsjuteiwtes. 
les y urgentes de la tribu estaban satisfechas, ó la estación 
del año no era propicia para la caza ó la pesca, empleaba el 
Indio su tiempo en juegos y deportes diversos, expresando 
exteriormente sus emociones estéticas en danzas, cantos, escul- 
turas, pinturas ó relatos romancescos. i 

Eran los indígenas aficionadísimos á los juegos de azar. 
Jugaban sus pieles, sus vestidos, sus armas, su libertad perso- 
nal y hasta sus propias mujeres. Entre las tribus de California 
el perdidoso era víctima voluntaria del que ganaba. Las del 
Sud Oeste de los Estados Unidos eran dadas á juegos de adi- 
vinación de diversas clases. Los juegos de azar las más de las 
veces tenían carácter ceremonial y religioso. Las decisiones de 
la suerte eran para el indígena oráculos de sus dioses. Los In- 




Fig. 138. -Juegos atléticos 



dios Zimis, disparaban flechas á los cuatro puntos cardinales 
con fines adivinatorios: sus dados y billas de madera, lleva- 
ban siempre marcas simbólicas. 

El juego de pelota, era común á casi todas las tribus. En 
Arizona y Sonora se jugaba una especie de vfoot baW' con 
fines propiciatorios. Entre los Tarahiimares existía un deporte 
análogo como invocación para el éxito de la caza. En otras tri^ 
bus se ejercitaban los guerreros y hasta las mujeres en carre- 
ras á pie, que á más de ser prue- 
bas de resistencia y destreza, tenían 
carácter de augurios. Una de las 
páginas más sangrientas al par que 
características, de la historia indí- 
gena, es el célebre asalto de los 
Fig. 139. - Dados de hueso OjWwas, al f ucrtc dc Michillimac- 
kinac (Junio 1763), distrayendo su 
guarnición con un excitante partido de pelota (baggaítaway)(\). 
2.- Además de estos juegos y deportes, los espectáculos favo- 
ritos del indígena eran sus danzas religiosas, guerreras, etc., y 
sus solemnes ritos y cerernonias. Los relatos fantásticos y las 
ilusiones de lajDrestidigitsfeton, ameniza6anH:ám'bién' sus mo- 
mentos de ocM Los Pawnees eran hábiles ilusionistas. Los 
juglares de las aldeas Querés, (Pueblos) representaban come- 
dias en los intervalos de las danzas. 

En muchas tribus, las ceremonias religiosas tenían carácter 
de representaciones dramáticas, casi siempre trágicas, interrum- 
pidas algunas veces por notas cómicas, apayasadas y grotescas. 
Fuese, pues, con objetos informativos, religiosos, mágicos ó 




(1) Parkman. Conspiracy of Pontiac 1. 339, describe este episodio luctuoso en 
palpitantes páginas. Vse. H. Book. Am. Ind. 51-483. Spencer. Sociology. III, 201- 
203. Groos. Die Spiele der Menscheu, pág. 508-509. Irko. Hirn. Orig. Art. pág. 20 
y sigtes. Deniker. Op. cit. 196. Lumholtz. Unknowon México 1. 272 y sigtes. Adair. 
Hist. Am. Indians. I. 421. Dellenbaugh. Op. cit. 321. Mooney. 14. Rep. B. A. E. 
1.002-1.003. Robertson. Op. cit. II. 195. Lafíttau. Op. cit. II. 358. Herrera. Dec. 

II. Lib. VII. Cap. 8. Dec. IX. Lib. X. Cap. 4. Charlevoix. Hist. Nouv. France. 

III. 261-318. Lozano. Paraguay. I. 149, y en especial Culin. American Indian Ca- 
rnes. 24 Report. B. A. E. 

- 142 - 



puramente estéticos, el arte dramático en el sentido amplio de 
la palabra, fué una de las primeras manifestaciones exteriores 
del impulso artístico y emocional de la raza india. 

Los Navajos eran excelentes actores. Los Hopis, representa- 
ban sus leyendas, (luchas de serpientes con semi-dioses, etc.) 
armando en sus „kivas" 6 „ estufas" una especie de escenario 




Fig. 140. -Danza ceremonial de los Aeomas (New- México). 



delante de la hoguera, que tapaban con mantas en los cambios 
par%_jqjb§curecer el recinto y dar mayor, realce á los efectos 
escénicos. El vOllantay de los Incas, tiene muy poco que 
envidiar á los primitivos dramas literarios. 

Las representaciones que conmemoraban triunfos guerre- 
ros, tenían entre los Mayas y los Quechuas, gran importancia. 
Para ellos la historia era hija del orgullo, y tales espectáculos 
tenían por objeto avivarlo. En algunas tribus, el drama era un 
medio de exponer doctrinas religiosas. Los episodios fragmen- 

- 143 - 



1 



laftus. 



tarios, por ejemplo, qu^i figuraban la muerte y resurrección del 
hechicero, (Shaman) sugerían la regeneración espiritual de los 
iniciados, é inspiraban un temor reverencial á los oyentes (1). 
3. - La danza es universal é instintiva y entre los salvajes 
tiene siempre significado simbólico. En América las danzas 



V---.- _- 1 




Fig. 141. -Juego de peJota Ojibwa (Cattlin). 

eran elemento principalísimo, y á veces base de todo rito, fes- 
tival ó ceremonia religiosa. Recordaban algunas (Walpi) tradi- 
ciones tribales, eran otras (Mokis) formas activas de propicia- 
ción á los tutelares de la lluvia, ó expedientes mágicos para 
producir por imitación, determinados efectos (Apaches). 
Las clases y formas de estas danzas eran innumerables. Las 



(1) H. BookAm. Ind. 403. Deniker. Op.cit., 197. Dellenbaugh. Op. cit,, 285 y 
sig. Bandelier. Delight Makers. 39 y sigtes. Prescott. Conq. of México. 52. Acosta. 
Hist. Ind. Lib. V, Cap. XXX. Morgan. League of the Iroquois. II. 280. Garcilaso de 
la Vega. Op. cit., I. 194-208-204. Rivera y Tschiidi. Aut. Peruanas, pág. 116. Vori 
Tschudi. Die kechua Sprache. II. 110. Bme. Mitre. OUantay (Nva. Rev. B. A. 
1881, pág. 44). Markham. Ollantay (Tradción. Olivares. Intción. V. F. López. 
Irko Hirn. Org. Art. 150 y sigtes. Bur. Ám. Etgy. Rep. 15*''-16"'-19"' II. (Fewkes). 
IQ*". (Powell). 23*^ (Stevenson) . 9*^ (Bouríie) y su Bibliografía. Spencer. Socio- 
logy. I. 797. Groos. Op. cit., 246-247. Conip. Oviedo. Hist. I. 75 y sigtes. 
Schoolcraft. Op. cit., V, 42S y sigtes. Frazer. Qolden Bough, pág. 22 y sigtes. 



- 144 



había personales, de clan, tribales, inter-tribales, propiciatorias, 
de caza y guerreras. Avivaban estas últimas el valor y la sed de 




Fig. 142. - Danza ceremonial. 



matanza del Indio cuando emprendía una campaña. Eran siem- 
pre mímicas, simulaban el ataque, la lucha y el grito de triunfo, 
y excitaban hasta el frenesí á los 
danzantes, degenerando casi siem- 
pre en orgías de caníbales. 

Había danzas de hombres ó mu- 
jeres solas, y otras en que tomaban 
parte los dos sexos. Los movi- 
mientos de los bailarines eran rít- 
micos y poco graciosos, sus cam- 
bios de actitud casi siempre vio- 
lentos. Usaban trajes especiales y 
máscaras de formas grotescas ó te- 
rribles y colores simbólicos, que 
servían por lo general para inten- 
sificar la idea de la presencia en la ceremonia del animal ó 
ser mitológico, en cuyo honor se celebraba la danza. Los 




Fig. 143. -Pandereta 
Indios Menominees (V- S.) 



- 145 



10 



golpes del tambor simbolizaban sus pasos, y el ruido de los 
sonajeros sus movimientos (1). 
Música y Cantos. 4, _ £1 atambor, los tamboretes, sonajeros y chirimías, de va- 
riadas formas y tipos, los silbatos de madera ó hueso, cuyo 




Fig. 144. - Danza de Espíritu (Sioux). 

sonido solía simbolizar la voz del espíritu, la flauta de caña, 
la vsyringa de Pan" (Sud- América) y hasta el arco y la cuerda 



(1) Farrand. Op. cit. 252. Deniker. Op. cit. 199. Parkmuan. Jes-inNorth Amca. 
LXVIII. Dellenbaugh. Op. cit. 325ysig. Robertson. Op. cit II. 198 y sus notas. 
C/far/^vo/x Nouv-France III. 297. LaffittauOp. cit. 1. 523. Sloane. Nat. Hist. Ja- 
maica Intción. pág. 48. //./?. -4. Ind. pág. 381 .Jesuit. Relaíions {Ed. Twaites) I á 
LXXIII. Morgan League Iroquois II. 18. B. A. Et. Rep. 3. (Dalí) pág 93 (Dorsey) 
pág. 399 ló'»- pág. 267. (Fewkes.) 19"' II pág. 506 (Mooney.) 5*'' 387. (Maíhews.) M"* 
pág. 650 á 1.004. (Mooney.) 9"" 448 y sig. (Bourke,) etc., etc. Véase también Irko 
Hirn Op cit. 150 y sigtes. Bourke Snake Dance of Mokis, pág. 178 y sigtes. Fewkes. 
Snake Ceremonies. Jour. Am. Etgy. & Arch. Vol. IV. 115 y sig. Spencer. Princip. 
of. Sociology I. 743 y sig. Groos. Op cit. 221. Schoolcraft. Op. cit. II. 59. III. 
187. V. 526-684. Acosta. Hist. II. 444. Bancroft. Nat. Races. I. 101-105. Frazer. 
Golden Bouf;h I. 22-23. Barros-Arana. Op. cit. I. 89 y sig. Lozano. Conq. Para- 
guay, etc , I. 392 y sig. Herrera. Déc. II. 193. 1. V. 64. 1. II. 195. Dorsey. Ponca 
Sun Dance (Field. Col Museum. Vol. Vil. n. 2. Déc. 1905, etc.). 

- 146 - 



en algunas tribus, eran los instrumentos musicales que usaba 
el indio en sus complicadas y emblemáticas danzas (1). 

A cada ceremonia correspondía un ritmo distinto y cantos 
especiales de frases melódicas cortas, que se repetían hasta el 
cansancio. Los temas eran 
vagos, fantásticos y apro- 
piados al objeto especial 
de cada danza. 

Algunos cantos no te- 
nían letra. En otros era 
esencialísimo ei pronun- 
ciar exactamente las pala- 
bras consagradas. Cual- 
quier equivocación al 
respecto, destruía según 
el indio, el mágico con- 
juro, y podía producir 
consecuencias funestas? 

El canto era, en fin, un 
vehículo para llegar á los 
seres invisibles. De aquí 
que, el indio cantara con 
toda su voz, y como la emoción religiosa la hacía entrecorta- 
da, áspera y discordante, y el tambor y el sonajero no solían 
marcar la misma medida del canto, los ritmos se entrechocaban 




Fig. 145.— Máscara ceremonial 
(Estrecho de Behring). 



(1) Mooney. Ghost. Dance Reí. (H'^ Rep. B. A. E. pp. 994-995). Irko Hirn. Op. 
cit., 220 y sigtes. Spencer. Origin of Music (Essay. II. 443-435). Qourney. Power of 
Soiind, pág. 159y sigtes. Wallaschek. Primitive Music. 210-213-88-113. Lafittau. I. 
552. H. Book. Am. Ind. 959. Dellenbaugh. Op. cit., 308 y sig. Vargas Machuca. 
Op. cit., II. 96. Garcilaso de la Vega. Op. cit., 66-1. 65-11. Herrera. Déc. II. 182-2 
147-1-282-2. III. 93-2. IV 261-1, etc. Curtís. Songs of Anc. America, pág. 23 y 
sig. Farrand. Op. cit., 261. Hoffman. Mide Wiwoin Ojibwa. (7 Rep. B. B. E., 
pág. 148). Lumholtz. 0\->. cit., I. 475. Mathews. The basket drum (Am. Antrop. 
N. S. VII, 2. o, 2 Abril 1894) Bandelier. Arch. Tour, pág. 150, comentando á Bernal 
Díaz del Castillo. Fílmore. Harmonic Structure Ind. Music. (Am, Antrop. N. S. 
Abril 1899). Murdoch. Eskimo (9'" An. Rep. B. A. E., pág. 388). Culin. Games. 
Am. Ind. (24. Rep. B. A. E.), pág. 76-309. Smith. Wordl Earliest Music, pág. 57 
y sigtes., etc., etc. 



147 



con los ritmos, y el ruido atronador de instrumentos y voces^ 
impedía distinguir la melodía bárbara. Estas melodías y estos 




Fig. 146. - Danza del Escalpe (Dakotas). 



Pintura 
y Escultura. 



extraños ritmos, forman, sin embargo, en la Historia de la 
Música Primitiva un interesantísimo capítulo. 

5. - La nota característica del Arte Americano, es su compli- 
cado simbolismo. El motivo religioso determinaba siempre las 
emociones artísticas del Indio, y si las exteriorizaba en colo- 
res ó formas, lo hacía con fines su- 
persticiosos ó mágicos. 

En casi todas las tribus los cuatro 
puntos cardinales se simbolizaban 
por colores distintos usados á ma- 
nera de invocaciones ó vehículo pro-y 
piciatorio, á los tutelares del fuego, 
del aire, del agua ó del viento. El 
color rojo era, además, emblema de 
la fuerza y la guerra; el blanco, de 
la paz, y el negro, de la nocturnidad y del llanto. Los Navajos 
en sus pictografías unían el simbolismo de los puntos cardi- 



r^ 



í((!!!l!ll!H!lllií(l 



rig. 147. 

Dibujo propiciatorio (Pueblos). 



148 



nales con el del sexo. Así el azul, ó color del Sur, era emblema 
de lo femenino, y de lo masculino, el negro, ó color del 
Norte. El apacible y azulado Río Grande, era llamado el «agua 
hembra", para distinguirlo del Río San Juan (agua macho), 
siempre parduz^o y turbulento (1). ,,( 

Por lo demás, y si exceptuamos los ingenuos bosquejos de 
los Esquimales, Tliiikits, etc., los aborígenes americanos consa- 
graron al arte decorativo casi todas sus activi- 
dades estéticas. 

El rasgo peculiar de este arte fué la imitación 
ae objetos reales. En las innumerables 
muestras que han llegado hasta nos- 
otros, no se encuentran líneas pura- 
mente ornamentales, ni mucho me- 
nos ideas geométricas. Los diseños 
más frecuentes se derivan de las for- 
mas animales (zoomorfos), humanas 
(antropomorfos), de objetos usuales 
(skeumorfos), y algunas veces de flo- 
res y plantas (filomorfos). En las vasi- 
jas ,,Chiriqais'\ por ejemplo, la figura 
del aligátor se va transformando hasta 

desfigurarse. Las tribus ,,Bakairis'' del Brasil Central imitan en 
pedazos de corteza decorados la forma triangular del atavío 
(uluri) de sus mujeres. 

Otro tanto puede decirse de las esculturas indígenas. Si re- 




Fig. 148. -Sonajero Moki. 



^ 



(1) Los conceptos primitivos de la forma relacionados también con los cuatro 
puntos cardinales, dieron origen á representaciones semejantes á la cruz y la swástica, 

4| extendidas por toda América, y cuyo significado místico, ya fuese invocatorio ó em- 
blemático de! sol, la fecundidad ó la lluvia, nada tiene que ver con la interpretación 
cristiana de la Cruz, ni mucho menos con los ritos Budhistas, como han sostenido 
equivocadamente algunos arqueólogos. Vse. H. B. Am. Ind. (B. A. E.) 326. 567. D. 
Chantay. Anc. Cities of the New Wordl. 150. 215. Hamy. Rep. Acad. Sciences 
(Noviembre 1882). Nadaillac, Am. Preh. 175. 326. Síevenson Myth. Sand Painting 
Navajos (8. Rep B. A. E ). DeUenbaagh. op. cit. 459. AlvieUa. Migration des Symbo- 

• 'les. II. 217, Th. Wilson. The Swástica, the carliest knowon synibol. pág. 21 y sig. y su 
Bibliografía. Brinton, Myths of the New Wordl. pág. 83, liiO y sigs., Comp. Herre- 
ra. Dec. IL 172. 2. UI. 59, I, etc. etc. 



149 



corriendo el continente de Norte á Sur nos fijamos en las más 
perfectas; si observamos, por ejemplo, los postes y canoas ta- 
lladas de los Haidás y Esquimales, los idolillos Chibchas y 
Chiriqais, los calendarios en piedra, ó el Jndio triste'' de los 
Aztecas, las ponderadas losas y monolitos de los Mayas, los 




Fig. 149. -Dibujos zooformorfos. Pájaros y plumas (Arizona U. S.) 



bronces Calchaquíes, ó las cerámicas Quechuas, encontramos 
siempre la misma rigidez de líneas, la misma tosquecMi de 
factura, el mismo afán de imitación grosera, la misma falta de 
espontaneidad é idealismo (1). Como el Indio sólo esculpía ó 
pintaba para invocar á sus Dioses, ó producir determinados 



(1) Vse. Irko. Hirn. op. cít. Cap. XVIII al XXI. Farrer. Primittve manners & 
customs. pág. 65. 66. Guaita. Sciences niaudites. II. II. pág. 185. Deniker. op. cit. 
201 y sig. y sus notas. Haddon. Evolution in art, pág. 77 y sig. Von-den-Sttinen. 
Unt Natürvolk Zent Brasil pág. 47, 118, etc. Farrand. op, cit. pág. 28Q Dellenbaugh. 
op. cit. pág. 161 y sig y sus notas. Boas. Kwakuilt Indiana (Report. Nat. Mus. 1895). 
Murdock. Eskimos (G. Rep. B. A. E.). Wilson. Prehist. Art. pág. 477 y sig. Bande-p 
lier. Final Report. pág. 152 y sig. id. Archeol. Tour in México, pág, 78 y sig. Char- 
nay. op. cit. pág. 210 y sig. Cushing. Study of Pueblo Pottery (4. Rep. B. A. E.). 
Holtnes, Origin & developpment of form in Ceramic Art (4. Rep. B. A. E.. id. Ancient 
Art of Chiriquis (6. Rep. B. A, E.). NadaiUac Am. Preh. pág. 263 y sig. Robertson, 
op. cit. II. pág 176 y sus notas. Baessler. Ancient Peruvian Art (Ed. Keane. 1^02- 
J903'. pág. 49 y si?s y sus referencias. Hand Book Am. Ind. pág, 99 (Arts.) 325 (Co- 
lor Symbolism). 403 (Dry Painting) 425 (Engraving) 456 (Fetishes) etc., y sus refe- 
rencias. Bancroft. Nat. Races, pág. 328 y sig. Thomas. Introd. American Archeol. 
pág. 203 y sigs. Winsor Narr. & Ciitic. Hist. of America I. 225. etc., etc. 

- 150 - 



hechizos, no se preocupó nun- 
ca de la perfección objetiva de 
sus instrumentos ó vehículos. 
La lámpara de la belleza no 
llegó nunca á iluminar sus re- 
presentaciones ó su plástica (1). 
6. - El uso de los metales, fre- 
cuente en América del Sur, era 
poco común en la del Norte. 
En los montículos (mounds) de 
Etowah, Georgia y Ohío, se han 
encontrado, sin embargo, nu- 
merosos objetos de cobre tra- 
bajado á martillo. Los Navajos 
son, hasta hoy, hábiles plate- 
ros, aunque muy inferiores á 
los Mayas y Aztecas, cuyas va- 
sijas, joyeles, ornamentos, etc., 
en plata y oro tanto maravilla- 
ron á sus conquistadores. Imita- 
ban, en general, formas anima- 
les; incrustaban en ellos piedras 
preciosas y los usaban princi- 
palmente para su adorno perso- 
nal ó en sus templos y ceremo- 
nias. Los restos metalúrgicos de 
los Chibchas, Peruanos y Cal- 
chaquies, son los más notables 



(1) Vse. Ruskin. The seven Lamps of 
Architecture. pág. 186 y sig. (Ed. Alien. 
1906). Mild y Fontanals, Op. Completas, 
Tom. I, pág. 17 y sigs. Brínton (Religions 
of Prim. People pág. 233 y sig. glosando á 
Z)arn//« (Descent ot Man. pág. 581;, opi- 
na lo contrario con razones á mi juicio in- 
subsistentes y empíricas. Comp. L. H. Gray 
en Nasting's Enciclopedia, pág. 8J2. 




Metalurgia. 



Fig. 150. -Dibujos simbólicos 
(Sol, Puntos cardinales, etc.) - (Pueblos). 



151 



Nociones 
científicas. 




y acabados de todo el grrtinente. Supieron estas tribus amalga- 
mar el cobre y el plomo y obtener un bronce de consistencia y 

brillo. Si prescindiendo, en fin, 
de la parte estética, estudiamos 
algunos de los productos del 
arte metalúrgico americano, y 
tenemos en cuenta la imperfec- 
ción de las rudas herramientas 
con que se trabajaron , no po- 
drá menos de sorprendernos la 
habilidad y preciosismo de tan 
primitivos orfebres (1)/ "^ 

7. -Tampoco ignoraron los 
Americanos los conceptos del 
número, la distancia y el tiem- 
po, ni carecieron en absoluto de 
rudimentos astronómicos y geográficos. Aunque en muchas 
de las lenguas indígenas no hay palabras especiales más que 
para denotar los tres primeros números, no puede decirse por 
ello que desconocieran 
los demás (2). 

Contaban como la ge- 
neralidad de los primiti- 
vos, por los dedos de las 
manos y los pies, que 
fueron sustituyendo en 
las agrupaciones más pig. 152. 

adelantadas por piedreci- Escultura mejicana (Honduras-Santa Rita). 



Fig. 151. -Dibujo antropomorfo 
(Alfarerías Mokis). 




(1) Deniker, op. cit. pág. 204 y sig. Masón. Orig. of. Inv. pág. 33 y sigs. Dellen- 
baugh. op. cit. pág. 171 y sig. Hasting's Encyclop. Relg. & Ethies. I. 8''2 y su Bi- 
bliografía, fia^s/^/-. An. l"er. Art. (Trad. Keane. 128 y sig.). Thomas. op. cit. pá- 
gina 31 y sig. Wiener. Perou et Boiivie, pág. 655 y sig. Waitz. Antlirop. der Natur- 
volker III. Pte. I. a (Leipzig). H. B. Am. Ind. (B. A. E.), pág. 34"^, 847, etc. y su3 
abundantes bibliografías. Vse también mi Cap II, Tit. I y sus notas. 

(2) Vse. Deniker. loe. cit. Restreppo. op. cit. Cap. XIV, como ejemplo típico del 
sistema de numeración de palabras simples hasta el núm. 4, y las demás hasta el 20, 
completas. 



- 152 - 



lias, granos, conchas, etc. (1). Los „qiiipiis" Peruanos., perfec- 
cionando estos sistemas de contabilidad, recordaban por el nú- 
mero de sus nudos, el de los linajes ó gentes que debían tribu- 
tar en el Imperio. 

Ciertos números eran sagrados, en casi todas las tribus. El 
cuatro, sin duda por su relación con los puntos cardinales, se 
consideró comúnmente 
como ceremonial y simbóli- 
co. Los Aztecas, por ejem- 
plo, dividían sus poblaciones 
en cuatro cuarteles ó fratrías 
militares; el título oficial del 
Inca, era el de ,;Señor de las 
cuatro partes de la tierra" 
(Anti, Cuntí, Chincha y Co- 
lla). Algunas tribus de la 
costa del Pacífico (N. A.) 
consideraban como sagrado 
el número cinco; otras (Zu- 
ñíS, Mayas, etc.), tenían por 
tal el número trece (2). 

Solo el hombre civilizado 
puede apreciar el valor del 
tiempo; en la vida salvaje es 
casi siempre indiferente su 
división y su transcurso. 

Con excepción de los calendarios Aztecas y Mayas, que más 




Fig. 



153 -Alfarerías I'eruanas 
(Valle Chimcana). 



(1) Los Caribes, Tupis y otras tribus, América del Sur, cuentan por las manos y 
pies empleando así, el sistema decimal; así por ejemplo, 5:= una mano. 10=:dos manos- 
12= dos manos y dos dedos. 15 = dos manos y un pie. 20=: Hombre completo. Vse. 
Deniker. of. cit. pag. ^23-H. B. Am. lnd.-(B. A. E.)-pag.353. McGee. Primitive 
Numbers. IQ. Rep. B. A. E. pag. 178 y sig. TrumbuU. Numeráis in Am. Ind. Lang. 
(Trans. Am. Philol. Ass'n 1874). Restreppo. op. cit. cap. XIV. pag. 159 á 163. y Cse. 
opinión Diiqiiesne y Barón Humboldt. 

(2) H. B. Am. Ind. (B. A. E ) loe. cit. -Brínton. Origin of Sacred Numbers (Am. 
Anthrop. 1894). Bñnton. Myths of. the New Wordl. 183 y sig. Id. Religions of Pri- 
mitive People. pag. 119 y sig etc. etc. 



— 153 



La Religión 
indígeoa. 



adelante estudiaremos, la sucesión de los días y las noches, los 
cambios de la luna, y los de las estaciones, fueron las naturales 
bases de los sistemas Americanos de computar y medir el tiem- 
po. Los años, se contaban en general por sus inviernos, los 

días se dividían en cuatro periodos 
(amanecer, mediodía, atardecer y 
media noche) marcados, á veces» 
los tres primeros con la sombra 
proyectada por postes ó pilares es- 
peciales colocados á la puerta de 
las cabanas. 

Los /w^s<?s empezaban con la 
luna nueva. Entre los Zuñís, los 
seis primeros del año, llamado 
«pasaje de tiempo" tenían nombres 
apropiados, y los seis últimos eran 
„ meses sin nombre" designándose 
ritualísticamente con los colores 
representativos de los dioses del 
Zenith, el Nadir, el Norte, el Sur^. 
el Este y el Oeste (1). 
La orientación, según los puntos 
cardinales, era conocida hasta por las tribus más salvajes. Los 
Esquimales, llegaron hasta representar gráficamente con pe- 
dazos de madera irregularmente dentados, las islas, bahías, 
cabos, etc., de sus accidentadas costas. Los antiguos Mejicanos 
tenían mapas Topográficos, cartas marítimas, y hasta pla- 
nos catastrales mucho más perfectos que los de los antiguos 
Egipcios (2). 

8. - El rasgo más saliente de la psicología indígena es el ín- 
timo enlace de la sociedad, el arte, y la vida entera del indivi- 
duo y el grupo, con la Religión; la Mitología y la Magia. Es 




Fig. 154. 
Escultura en las minas de Copau. 



(1) Vse. H. Book. Am. Ind. (B. A. E) pag. 189 etc. Deniker. op. cit. pag. 225. 

(2) Deniker. op. cit. pag. 227 y sig. H. B. Am. Ind. pag. 430 y sig. 5. Holm. Med- 
deis, on Groenl. pag. 101 (Copenhagen 1887).-Prescott. Conq. of México, pag. 43 y 
siguientes. 



- 154- 



imposible estudiar con provecho los anteriores aspectos racia 
les si prescindimos del religioso. De aquí la ineludible nece 
sidad de conocer claramente el verdadero 
carácter de las creencias y los ritos del In- 
dio, para penetrar con paso firme en las 
vicisitudes de su historia. 

Presenta esta investigación dificultades 
especialísimas. Las relaciones de los anti- 
guos misioneros y cronistas, adolecen de 
errores, tergiversaciones y prejuicios que 
obligan al historiador á perder un tiempo 
precioso separando en ellas lo observado 
y positivo, de lo especulativo y erróneo. La 
modernísima Ciencia de las Religiones no 
merece todavía el nombre que presuntuo- 
samente se atribuye (1). 

Se ha afirmado en primer lugar que los 

Americanos T^f "if ""h "í"; 

dre (Escultura Halda) 
concibieron (N. o. de N.América). 

la idea de un 

Dios creador y eterno, dema- 
siado vasta para las inteligen- 
cias paganas. Tal afirmación es 
absurda. El más alto concepto 
de la divinidad alcanzado por 
el indígena, fué tal vez seme- 
jante al Panteista de los Orien- 
tales, pero inferior y distinto al 
cristiano del Dios único. El in- 
^. ,^^ ^,, , „ dio Americano reconociendo y 

Fig. 156. -Alfarerías Peruanas -^ 

(Valle chimcana), adoraudo á uu ScK Suprcmo é 





t'l) Para el desarrollo, tendencias y estado actual de la llamada «Ciencia de las Re- 
ligiones" Vse. Brinton. Religión of Prim. Peoples. pag. 3 y si guien tes. yo5^A'í>H'. The 
Study of Religión pag. 1 á 129. Mgr. A Le Roy La Religión des Primitifs. pag. 2 y 
siguientes (cap I) y sus notas y Bibliografía 



155 



infinito, á un Dios de amor y de justicia, es una simple fanta- 
sía de algunos entusiastas (1). 

Fundados otros en observaciones inexactas, ó dejándose 
arfásíFar por sus filosóficos prejuicios, han sostenido la exis- 
tencia de tribus sin religión de ninguna especie. Nada más le- 
jos de la verdad histórica. 
La religiosidad es parte de 
nuestro ser psíquico, y por 
consiguiente, no se ha en- 
contrado aún, ni podrá en- 
contrarse pueblo alguno en 
el mundo desprovisto de 
religiosas ideas. La univer- 
salidad, la permanencia y la 
identidad fundamental del 
fenómeno religioso son hoy 
indiscutibles axiomas etno- 
lógicos. El ateísmo llamado 
regional ó endémico no 
existe, ni ha existido nunca. 
Hasta aquéllos Charrúas 
que «parecían semi-capros 
ó faunos", ó aquéllos Gua- 
yaquies que se cazaban ^o- 
mo fieras, con palo y soga, 
creían como todo ser humano en la existencia de una Vo- 
luntad consciente, sobrenatural é invisible, fuente última de 





Fig. 157. 

Tallas en madera de los Kwahiult 

(N. O. de N. América). 



(1) Vse. Drinton Reí. of. Prim. Peoples pág. 63 y sig. id. Mythsof the New Wordl 
pag. 65. Mathews, Etnography of the Hidatsa pág. 48. Com. Mgr. A. Le Roy. La Re- 
ligión des Primitifs pág. 171 y sig. Sacred Books ofthe East (Edición Max-Muller), 
voi. 1, pág. 92. Allauson AV/oa-Pantlieism. pág. 28 y siguientes y su Chronolog. 
Syllabus-Vse \2i\wh\ix\ Jastrow-Tht Study of Religion-pág. 75, 93, 121, etc. Morgan. 
I.eague of the Iroquois-pág. 143. Parkman-]ts\\\\\s\n North America. Introd. LXVIII 
Robertson op. cit. II 177. Cicerón. De Natura Deorum.-Lib. II cap. II (Numen pres- 
tantissimae mentis) Torguemada-Mon. Ind, II 4l5. Herrera-Dec. IV, Lib. IX. V. Lib, 
IV. etc. Laffittau. op. cit. I IOS, Ha>^ting's. Cydop. Rel& Ethics. vol. I pág. 381 (A 
¡i. Keanei. 



156 



toda vida, y en la posibilidad de comunicarse con ella (1). 

Todas las religiones de la tierra, incluso las Americanas, tie- 
nen los mismos elementos primordiales. No se conoce en la 
Historia pueblo alguna sin creencias religiosas más ó menos 
elevadas, sin ideas morales más ó menos erróneas, sin cultos y 
ritos, más ó menos conscientes. 

Partiremos, pues, de esta 
firme base para estudiar la 
religiosidad del indio Ameri- 
cano, y los errores y aberra- 
ciones de su desaviada mente, 
y procuraremos fijar las notas 
principales y comunes á todas 
sus religiones, sin exceptuar 
los Aztecas, Incásicas y Aía- 
yas, idénticas en el fondo á las 
del resto del Continente. 

9.-E1 indio Americano 
consideraba al cuerpo como 
simple envoltura de otro ser 
más sutil ó espíritu general- p. ^^^ 

mente invisible, especie de E1 indio Triste. Escultura Azteca. 




Las creencias: 
Eí animismo. 



(1) V. Brinton Reí. Prim.Peoples-pág. 31 y sig. Mgr. Le Roy. op. cit. pág. 428 y 
s'ig.-Jastrow op. cit. 173 y sig. y sus notas y bibliografías. Séneca (Epístola 117). 
Nec ulla gens ut non aliquis Déos credat, etc. Cicerón (De Nat. Deoruni. Lib. II ch. 
IV. Ómnibus enim innatum est et in animo quasi insculptum, esse Déos. Hobbes. 
Leviathan. „íhe seed of Religión is only in man" . (Cap. XII. p. 56, Ed. Routledge). 
Lang. Myth, Magic & Religión. Ch. I. Vol. 1. Clodd Animism, pág. 11. Tylor. 
op. cit. I. 350 y sig. Keane. Et^y pág. 216. De Quatrefages . L'Espece Humaine 
(2. Ed. p. 356). Deniker. op. cit. pag. 214 y sig. Tiele. Konip. der Religionges- 
chicte(3ed. Breslau. p. 28). Reville. Frol. Hist. des Religions. (París 1883. p. 18 
y sig). Entre los antiguos cronistas y misioneros, consúMtst Figueroa Reí. Maynas, 
(Ed. Suarez. pág. 235). Líttres Edifiantes en especial II. 12. 13. 132. 177. etc. Lo- 
zano. Desc. Oían Chaco, pag. 59. Gumilla. op. cit. II. 156. Ulloa. Not. Am. 335 
y sig. Parchas. Pilgrinis. IV. p. 1273. Sahagun. Hist. Oral. Nva. Esp. II. 2. 3. 
4. 24. etc. Lozano. (Charrúas y Guayaquies). Conq. Río de la Plata. I. 383. Ribas. 
(Triunfos, pág. 16). refiriéndose á las tribus de Cinaloa, dice textualmente... »no 
tienen el menor conocimiento de Dios, ni de alguna falsa divinidad", opinión eviden- 
temente ligera é inexacta, 



- 15/ 



vapor, compuesto de respiración, reflexión ó sombra, esencia 
de la vida, dotado de facultades misteriosas, y común como 
perteneciente al alma cósmica, á los animales, las piedras y las 
plantas (1). 

Para el indígena todo el mundo material era inteligente y 
sensible; los pájaros y los reptiles oían los ruegos de los hom- 
bres; el lago tenía alma, 
como la catarata y el to- 
rrente; en los rumorosos 
silencios del bosque y en 
las profundidades del 
barranco, había seres in- 
definidos y terribles. 
Todo lo extraño é inusi- 
tado era para el indio 
misterio. Los ^^manitous^'' 
y vockis^^ de los Algon- 
quinos, los ucenis^^ de las 
Antillas, el „ pillan" y el 
vhuecuver^^ de los Arau- 
canos, los uteotes" de Ni. 
caragua, las .^macacheras" y „caaporas" de los indígenas del 
Brasil, el wakan de los Dakotas, y los ^^huacas» Incásicos, no 




Fig. 159. 
Sonajero ceremonial (Linuboltz) 



(1) Vse. Jastrow, op. cit. 129, 273 y sig. Mgr. Le Roy. op. cit. 135 y 153. Briti- 
ton. op. cit. pág. 69 y sig. Clodd. Animism. 34 y sig. 77/. Koch. Zum Animismus 
Südamericanischen Ind. pág. 116 y sig. y. N. Hewit. Orenda & Def. of. Reí. (Am. 
Anthrop. New. Series. Vol. IV. páof, 33 y 46). Farrand op. cit. pág. 249. Comp. 
Laffittau. op. cit. I, 360. Goblet D'Alviella en Hasting's. Cyclop. pág. 535 y sig. En 
Nicaragua la palabra «yulio" era: «el aire que salía por la boca . . ., aquello que les 
hace á ellos estar vivos, é ydo se queda el cuerpo muerto. . . dnf. Pedrarias Davila 
en Oviedo, op. cit. vol. IV, pág. 39). »Ehecalt" entre los Aztecas expiesaba „el aire" y 
»el alma", y personificado en los Mitos se decía nacido de Tezcatlipoca (alma del 
mundo), llamado también «YooUichicalt" (viento de las noches). Vse. Brinton, 
Myths of the New Wordl. pág. 74, y sus notas. La célebre definición de su alma dada 
al morir por el Emperador Adriano: 

..Animula, vagula, blandula, 
Hospes comesque corporis . . « 
se asemeja mucho á la noción indígena. Vse. Allinus Spartianus. «Adrianas" Ch. 
XV en «Sciiptores Hisioriae Augustae ". 



158 - 



eran sino palabras distintas para conceptos similares, expresio- 
nes vagas é indefinidas del ^^sensus numinis". Virgiliano, del 
poder inescrutable y deífico que el salvaje creía presente en 
lodos los seres, movimientos y formas (1). 

La naturaleza entera le enseñaba la existencia de este desco- 
nocido divino. El salvaje lo veía en todas partes, al observar 
los grandes fenómenos físicos, en la sucesión de la luz y las 
.tinieblas (2), al contemplar el Océano, y todo lo extraordina- 
riamente vasto, al admirar el huracán, la tempestad y todo lo 
•extraordinariamente fuerte (3). Pero además de estas grandes 
impresiones que avivaban la pálida y siib-consciente vislumbre 



(1) Laffitau. op. cit. I, 370. Oviedo, op. cit. I, 126; III, 35, etc. Clodd. op. cit. 
51. Barros Arana, op. cit. I, 105, Keane. Qeog. II. 224 (Infierno de Masaya). y. 
loribio Medina. Aborig. Chile, 2 á 213. Prescott. Conq. of. México, p. 37. (Tezcatli- 
l-ioca). Herrera. Dec. III, lib. 2, cap. 66. Figueroa. Maynas. 221. Galanti. op. cit. I, 
\\-:>. Lozano. Conq. Río Plata. I, 385. Tylor Prim. Culture. I, 2173 y sig. Won 
Tschmíi. Beitráge Zur Kennt des Alt. Perú. 156 y sigs. Bertonio, Vocab. Aymará 
<huaca). Sobre la curiosa coincidencia filológica del «huaca" peruano y el »Wakan" 
de los Dai<otas. Véase Briníon, Reí Prim. Peop. pág, 61 y sig. Debemos hacer no- 
tar que el .Animismo", como teoría etnológica de .S/;í«cer, Tylor, Clodd, Von-Gennep, 
■etc , es tan insuficiente para explicar la emoción religiosa como la célebre frase de 
Peironio (.,El temor es el origen de ios Dioses"), ó las hipótesis de Euheinerus (Ma- 
-iiismo) Empédocles y Lucrecio. El animismo, ó creencia en las almas y espíritus de 
las cosas inanimadas, no es, ni mucho meno?, un rasgo peculiar de las religiones pri- 
-niitivas La idea del alma cósmica, manifestándose individualmente desde el hombre 
.al astro, y desde la piedra al sapo, pertenece á las religiones Americanas, lo mismo que 
al Panteísmo de Spinoza ó al de los Neo-Platónicos. El Animismo, como el Manis- 
imo, el Eetichismo, etc. no son formas ó etapas religiosas características, %\no fenóme- 
nos secundarios del sentimiento religioso, ó usando la feliz expresión de Castren «una 
circunstancia en la Doctrina de los Dioses" («nur ein Moment su der Gótterlehre»). 
Castren, Finnische Mythol., citado por Brínton. Reí, Prim. Peop. pág, 136, Véase 
también Brinton. op. cit. pág, 46 y sig, Von Ende, Hist. Nat, de la Croyance, pág. 21. 
Mgr. Le Roy. op. cit, pág. 2, 162, 170, etc. Jastrow. op. cit. p, 120 y sig. Squier. 
Serpent Symbol, etc., pág. 127 y sig. y sus notas y Bibliografías. 

(2) La importancia en las religiones primitivas de los conceptos de la luz y la obs- 
-curidad es tal, que algunos escritores sostienen que la «adoración de la luz es el fun- 
.damcnto de toda religión". Vse. /vvVrf. Freihold. Die Lebensgeschichte der Mensch- 
lieit Bd. I. S. 35. Brinton. Reí. Prim. Peop. pág. 74 y sig. id. Myths of the New 
"Wordl. Cap. VI. Clark. Indian Sign Lan^. pág. 189. Musters. Among the Pa- 
tagoiiians. ch. V. Wimor. op. cit. I. apee. V pág. 429. H B. Am. Ind{B. A. E.). 
pá,'. 9o9, etc. 

(3) Vse. Brinton. ReL Prím. Peop. páí. 81 . Markham en Hasting's Ciclop. I. 472. 
Hagar Peruvian Astronomy, Cap. „Taurus", «Scorpio», etc. ÍJourn. Am, Folk Lore, 
Vüi. IX, tic). Laag ^\yi\\, W.tual& Reliyion. I. 123 á 127, 159, 178. II. 214, 278, etc. 

- 159 - 



de lo sobrenatural, escondida en las profundidades de su es- 
píritu, tenía el indio otros estímulos, también universales y po- 
derosos, que por su decisiva influencia en las religiones Ameri- 




Fig. 160. -Las Cataratas del Niágara. 



canas estudiaremos especialmente. Me refiero á los sueños y es- 
tados análogos, y á las ideas sobre la vida y la muerte. 
Los sueiios. 10. — Para los Americanos, en general, los sueños (naturales 
ó provocados) eran realidades, y tenían carácter prof ético, 
oracular é inexorable. El indio creía ver y oir en sus sueños 

-- 160 - 



como oía y veía en sus vigilias. Los sueños eran medios inta- > 
libles para ponerse en comunicación directa con los Dioses, y '\ 
las imágenes entrevistas por el dormido ó alucinado (1), se 
consideraban 
como atisbos 
del mundo su- 
pra-sensible é 
ignoto- donde 
moraban los ti- 
pos genéricos 
de todas las 
cosas y esta- 
ban prefigura- 
dos todos los 
acontecí unen- 
tos. 

Esta antiquí- 
sima y pernicio- 
sa creencia en 
la realidad de 
los sueños, ori- 



bles desvarios; 
hizo que la vida 
del salvaje asu- 
miese un carác- 
ter irreal y como 
ensoñado, y fué 
en las agrupa- 




Fig. 161. -Invocando á las estrellas. 



(1) Las llamadas alucinaciones hipnogógicas , ó ilusiones vividas vistas por los 
nerviosos en los momentos inmediatamente anteriores ó posteriores al sueño, son asi- 
duamente cultivadas por los primitivos. Véase Maury. Anuales Medico-psychologi- 
ques. Vol. XI. pág, 25"? y sig. Brinton, Nagualism. pág. 7 y sig. El viajero Spix dice 
de las tribus de los bosques del Brasil, «que nunca parecen completamente despier- 
tos". Vse. Brinton. Re!. Prim. Peoples. pág. 69. ídem Essays of an Americanist. 
página 293. 



161 - 



La vida futura. 
Manismo. 



manantial in 



otable de abominaciones 



dones indígenas 
traÉtcí-nos (1). 

11. La creencia en la vida futura era tan universal, y estaba 
tan arraigada en el ánimo del salvaje, que para él no existía la 




Fig, 162. -Chozas de los Manes (Dakotas). 



(1) Léese en el Antiguo Testamento: «He oído lo que dijeron los Profetas, que en 
mi nombre profetizaban mentira y dicen: he soñado, he soñado... (Jeremías, capítu- 
lo XXIII. V. 25-28). ¿Qué tienen que ver las pajas (sueños) con el trigo (realidad), 
dice el Señor?... (Jeremías, cap. 27-9). Compse. Hobbes. Leviathan, cap. XII, p. 57. 
Ed, citada. Mooney. The Ghost. Dance Religión, etc. «Mesianica, inspiración de un 
sueño, sacerdotes hipnotizados y catalépticos), 14. Rep. B. A. E. pág. 650 y 1.104. 
Kroeber. Am. Anthrop. IV. n.o 2. Una de las fiestas Mágico-Religiosas más extrañas 
de los Yroqueses, es la de los sueños („onouhuaron" «onouhara" cabeza al revés), es- 
cena de delirios en que los Indios fingiéndose locos, furiosos ó epilépticos, se confun- 
dían y vagaban en una especie de Saturnal abigarrada y carnavalesca, convirtiendo 
las aldeas en frenéticos manicomios. Vse. Laffitau op. cit. I. 367. Morgan. League 
of the Vroquois, lib. I, pág. 205. Jesuit Relations. PP. Dablon y Chamonat (1655-6), 
42, 154 y 23-50 (1642). P. Brebeuf. S. J. Reí. des Missions (1636), pág. 117. En los 
horribles suplicios del citado P. Brebeuf y otros mártires jesuítas del Canadá, etc. 
(Lallemaiit, Garnier, Daniel, Lejeune, etc.), tuvieron decisiva influencia los sueños 
y visiones de los shamanes. Vse. Parkman. Jes. in N. A. pág. 377. Tanner. Soc 
Jesu. Militans pág. 531 y sig. Donohoe. The Iroquois & the Jesuits. pág. 27 y 31 
Consúltese también, en general, H. B. Am. Ind. pág. 400. Clodd. op. cit. pág. 25 y 
sip. Thurn. Ind. Guiana, pág. 340-346. Robertson, op. cit. II. 182. Charlevoix. Hist. 
Nouv. France. IIC. 260-350. Galanti. op. cit. I. 116. Oviedo, op. cit, vol. IIC 
lib. XXIX, cap. XXII, etc. Brinton. Reí. Prim. Peop. 64 y sig.. Mgr. Le Roy. of 
cit. pág. 153 y sig. Deniker. op. cit. pág. 218, etc., etc. 



- 162 



muerte sino como tránsito ó continuación de vida. El alma hu- 
mana, ese algo que les mantenía vivos, tenía vida iiltraterrena. 
Las lenguas indígenas no tenían palabras equivalentes á 
u morir", sino á „ matar ó ser matado". Lo que perecía era la 
sombra humana, la vforma 
corporis", pero la parte esen 
cial del alma, lo que consti- 
tuía propiamente hablando 
la personalidad, la indivi- 
dualidad, sobrevivía á la 
disolución del cuerpo y la 
forma, y pasaba á un mundo 
astral, helado y sombrío, á 
donde llevaba sus pasiones, 
sus odios, sus rencores, sus 
necesidades y sus preferen- 
cias. Estas almas desencar- 
nadas (manes), en especial 
las de los sacerdotes y jefes, 
seguían interesándose en las 
andanzas terrenales de sus 
allegados, participaban de 
sus fiestas triba- 
les, vagaban al- 
rededor de sus 
chozas, se mani- 
festaban en sus 
sueños, recibían 

sus homenajes, y hasta tomaban posesión de sus cuerpos. 
Este concepto de la vida de ultratumba originó innumera- 
bles ritos y creencias, (Manismo) tan solemnes y significativos 
que muchos escritores desde Euliemerus á Spencer y sus discí- 
pulos, han sostenido que el origen, fin, y esencia de toda reli- 
gión, están comprendidos en la propiciación de las almas de 
los muertos, en el culto de los antepasados, y en la posibilidad 
de comunicarse con ellos. 




Fior. 163. -Kn oración. 



163 - 



Sin incurrir en semejante exageración, diremos, sin embargo, 
que desde Alaska á Patagonia, la creencia en la vida de ultra- 
tumba, ^5^/ /-¿zs- 
go más marca- 
do de las reli- 
giones indíge- 
nas, y que el 
sepulcro en las 
agrupaciones 
Americanas fué 
las más de las 
veces cuna del 
altar y del tem- 
plo. 

De aquí los 
extraños fenó- 
menos y desva- 
rios del espiri- 
tismo indígena, 
la diversidad 
é importancia 
de los usos mor- 
tuorios, los 
cruefííos sacri- 
ficios Aztecas al 
vTezcatlipoca", 
el árbol frondo^ 

Fig. 164. -En comunicación con el espíritu nocturno. SO y tristC qUC 

colocaban los 
TimbaeSy en el sepulcro de sus padres, ó la gota de leche que 
dejaba caer la madre India en los labios del hijo muerto (1). 




(1) Vse. Brinton. Reí. Prim Peop. 23-68 y sig. Mgr. Le Roy. op. cit. 153ys¡g. 
Clodd. op. cit. pág. 86. Spencer. Principales of Sociology I, )42y sig. Frazer. On 
certain Burial Customs, etc. (Jour Antrop. Inst. Agosto 1885). Vignoli. Myth & 
Science, p. 43. Payne. op. cit. 339-594. Robertson. op. cit. II. p. 85 y sus referen- 
cias. Torquemada. Mon. Ind. Lib. 7. ch. XIX. Prescott. Conq. of México, p. 37 



164 - 



12. -Siempre que el hombre piensa claro y siente hondo, ha 
dicho un sabio etnólogo (1), concibe á Dios como unidad 
consciente. Así 
como en las pá- 
ginas de los 
poetas paganos 
encontramos á 
veces un Zeus, 
distinto del Jú- 
piter Olímpico, 
que existe lejos, 
solo, é indife- 
rente á las lu- 
chas y pasiones 
de los demás 
Dioses (2), así 
entre las tribus 
Americanas re- 
lativamente cul- 
tas descubrimos- 
la creencia en 
¿í/; Dios inmate 



Los Díose** 
Supremos 




Fig. 165. -Propiciando al espíritu del río. 



y sig. Lozano. Conq. 
Rio Plata, pág. 428. 
H. B. A. Ind. (B. 
A. E.) pág. 944 y sus 
referencias. W. Gilí. 
Myths & Soug of S. 
Pacific, p. 28-34. 
Clark Ind . Sign. 

Lang. pág. 113 y en especial el precioso estudio del Dr. S. R. Steinmetz. Ethnologische 
Studien zur ersten Entwicklung der Strafe Bd. I. ss. 141-287. (Leyden 1894). Para 
el espiritismo indígena, sus fenómenos, sesiones, etc. muy parecidas á las modernas. 
Consúltese 5. Hagar. en Hasting's Cydop pág. 433. Calancha. Crónica Moraliza- 
da, vol. I. p. 411 (Barcelona 639). Mendíeía. His. Ecles. Indiana, pág. 84. He- 
rrera. Dec. III. 310-15. etc. etc. 

(1) Garriere. Die Kunst im Zusammenhaugder Culturentivickelung. I. pág. 50-252. 

(2) Homero. Illiada II. 177 III. 277, etc. Cons. Lang. Myth Magic & Religión II. 
206 y siguientes. 



- 165 



rial, desconocido y supremo que no exige oraciones ni sacrifi- 
cios, y que no se preocupa de los afanes terrenales (1). 

Prescindiendo, sin embargo, de la concepción Iroquesa del 
»Gran Espíritu'^ indudablemente influida por los Misioneros 
Europeos (2), sólo encontramos en América dos pueblos (Que- 




Fig. 166 -Cementerio esquimal. 

chuas y Nahuas) en los que el culto de este »Ser Supremo,, é 
inmaterial, estuviera claramente instituido. 

El Inca Yupanqui QonáhxQ la existencia de un ^^Hacedor Su- 
premo'-\ superior al Sol (3). Llamóle simbólicamente ///a tó 
Viracocha Pachacamac (vaso de la tempestad, espuma del 
mar, animando al mundo), y construyó en un valle cercano al 



(1) Qui ne prend aucun soin des choses cey bas. Youtel. Journ. Hist. d'un voyage 
de L'Amerique. pág. 225 (París 1713). 

(2) Vse. Brinton. The Myths of the N. Wordl pág. 69 y sig. Reí. Nouv. France 
pour l'An 1637. Gesuit Relations) pág. 49. Comp. Morgan. The league of the Iro- 
quois. pág. 141. Lib. II. Parkmann.]t%\x\i% in North Araéríca. Int. LXVII. etc. etc. 

(3) Garrílaso de la Vega según F. Blas Valera. Com. Reales. Vol. I. pag. 276. 
(Ed. citada). Comp. Acosta. Hist. Nat. etc., de las Indias. Cap. V. Prescott Conq. of 
Perú, pág, 43 y sus notas. 

- 166 - 



Callao un templo dedicado á su culto. Atribulado Nezanuau, 
Señor de Tezcuco, dedicó también otro templo al ^^Dios des- 
conocido^^ 

Claro es que en ninguno de estos dos casos se pretendió 
sustituir en absoluto el culto de este ^,Ser Supremo'' al de las 
demás divinidades indígenas. Ni el Inca Yupanqui, dejó de 
llamarse „hermano del Sol" ni el Jefe TezcucanOy dejó de sa- 
crificar cautivos en los altares del dios de la guerra. Ya dijimos 
que el monoteísmo propiamente dicho no existió jamás en 
América. El „Dios ignoto'^ Tezcucano, y el Viracocha Incásico 
no son sino expresiones de la tendencia intuitiva del sentir 
religioso, hacia la unidad divina, que en la entenebrecida 
mente salvaje, no se oponían al pensar idolátrico (1). 



(1) Vse. Briníon. op. cit. p. 70 y sig. Dyneley Prince tn Hasting's Cyclopedia. 
Vol. I. pág. 321. Keane. en id. id. pág. 381 y sus referencias. P. Ehrenreich. Mythen 
und Legenden der SudAmericanischen Urvolker, (Berlín 1905) pág. 82 y sig. y su 
bibliografia. Seler. Int. Tonalamalt. Ed. Aubin, pág. 39. Markham tn Hasting's 
Cyc*'- pág. 470. R. Inwards. The temple of the Andes, pág. 28 y sig. Comte de 
Creqiii Montfort. Mission Scientifique Francaise, Tiahuanaco (1903) pág. 14 y sig. 
^y en especial y para formarse exacta idea del concepto Incásico del ^Viracocha" con- 
súltense los ,, Himnos á Viracocha", recogidos por Pachacuti Yamqui Salcamayhua 
en la preciosa traducción de Lafone Quevedo en colaboración con el P. Mossi (Los 
Himnos Sagrados de los Reyes del Cuzco. Talleres. Mus. La Plata 1882, que enmien- 
da el texto de Jiménez de la Espada (1879) de la „Relación de Antigüedades de este 
Reino del Perú del citado Salcamayhua (1620). Es curiosa también la coincidencia 
del pensar del sentencioso Inca Yupanqui con el del filósofo Persa Omar Khayam 
(Fitzgerald Ed. Routtedge). And. that inverted bpwl. . . etc. (Vse. Hasting's Cyclop. 
Markham. loe. cit. 



167 




14.- 



1. - ¿,Qué carácter tenían los juegos y deportes 

indios? 
2.- ¿Cuáles fueron sus principales espec- 
táculos? 
3. - ¿Conocieron los rudimentos del arte dra- 
mático? 
4.— ¿Qué importancia tenían las danzas en la 

vida india? 
5.~ ¿Qué instrumentos musicales conoció el 

indio? 
6.— ¿Qué peculiaridades tenían sus cantos? 
7.— ¿Cuáles son las notas más salientes del 

arte Americano? 
8.— ¿Qué diseños imitó en el arte decorativo? 
9.- ¿Fueron bellas las esculturas inaígenas? 
10. - ¿Tuvieron los Americanos noción del nú- 
mero? 
11.- ¿La tuvieron del tiempo y la distancia? 
12.- ¿Cuál es el rasgo más saliente de la psi- 
cología del hombre Americano? 
13.- ¿Existió en América alguna tribu mono- 
teísta? 

¿Existió alguna desprovista en absoluto de ideas reli- 
S^sas? 




168 



15. - ¿Cuáles son los elementos primordiales de las religiones 

Americanas? 

16. -¿Tienen estas religiones algo en común con las del resto 

del Universo? 

17. - ¿Qué concepto tenía el indio del alma humana? 

18. - ¿Cómo concebía la naturaleza? 

19.- ¿Qué se entiende por Animismo, y qué importancia tiene 

en las creencias Americanas? 
20. - ¿Cómo influyeron los sueños en las creencias y en la vida 

social de los Americanos? 
21.- ¿Qué ideas tenía el Indio sobre la vida futura? 
22. - ¿Qué se entiende por Manismo? 
23.- ¿Concibió alguna vez el indio la existencia de un Dios 

Supremo? 
24.- ¿Cuáles fueron las tribus Americanas que le reconocieron 

y rindieron culto? 
25.— ¿Dejaron por ello de ser politeístas'^ 




169 




REFERENCIAS 



Generales.- Las mencionadas en los capítulos anteriores. 
Eduard. B. Tylor. Primitive Culture, 2 vols. (Londres 1871). 
Brinton. Religión of Primitive Peoples. (American Lectures on 
the History of Religions. Second Series 1896-1897). Morris 
Jastrow. The Study of Religión. (New York 1908). Lichtenber- 
ger. Encyclopedie de Sciences Religieuses (París 1877-83). 
Tiele. C. P. Outlines of the History of Religions (Londres 1877). 
Reville, Albert. Prolegoménes de l'Histoire des Religions (Pa- 
rís 1881). ¡iastings. Encyclopedia of Religión & Ethics. Vol. I. 
Londres 1908. (En curso de publicación). Jevons. (F. B.) An 
Introduction to the History of Religión. (Londres 1896). Lang. 
The Making of Religión (Londres 1898). Rudolf Eucken. Der 
Wahreits gehalt der Religión (Leipzig 1901). //. Spencer. The 
Principies of Sociology (Londres 1876-1882). Frazer. The Gol- 
den, Bough (Londres 1890). Reville. The Native Religions of 
México & Perú (N. S. 1884). id. Religions des Peuples non 
Civilises (París 1883). H. Book. Am. Ind. North of México. 
(Art. Games, Dramatic, Ceremonies, etc.) Mgr. Le Roy. La Re- 
ligión des Primitifs. (París 1909). P. de Broglie. Problemas et 
Conclusions de L'Histoire de Religions. (París 1886). 



170 



Especiales.— G/'í7í75. DieSpiele derMenschen (Jena 1899). 
Bandelier. Delight Makers. Rivero & Tschudi. Ant. Peruanas. 
Yon Tschudi. Die Kechua Sprache. B. A. E. Reports. 5-16-19. 
(Fewokes) 19. (Powell) 23. (Stevenson) 9^^. (Bourke) 3. (Dalí) 5p 
(MooneyJ-Bourke-Snake Dance of Mokis (N. York). Mlooney- 
Ghost Dance Religión (14. Rep. B. A. E). Spencer. Origin of 
Music (Essays-London 1891). Wallaschek. Primitive Musió 
(London 1893). Curtis. Sougs of Ancient America. Hoffmann, 
Mide Wiwin Ojibwa (T. Rep. B. A. E.) Mathews. Tke basket 
drum. (An. Anthrop. Abril 1894). Stevenson. Mythical Land 
Painting (8 Rep. B. A. E.) 77/. Wilson. Swástica, the Earliest 
Known Symbol. Yon den Steinen. Unt Natürvolk. Zent. Brasil. 
Murdoch. Eskimos (9. Rep. B. A. E.) Bandelier. kxQhto\og\Q?i\ 
Tour in México. Holmes. Origin & Developpment of form in 
Ceramic Art. (4 Rep. B. A. E.) Wiener. Perou & Bolivie. Res- 
treppo. Los Chibchas antes de la Conquista Española. Mac Gee 
Primitive Numbers (19 Rep. B. A. E.) Trambull. Numeráis in 
Am. Ind. Languages (Trans. Am. Philol. Association-1874). 
Para las referencias especiales de las Religiones Indígenas 
véanse las relacionadas en el Capítulo siguiente. 

Fuentes. - Las mencionadas en los dos capítulos anteriores, 
y en cuanto á las religiones indígenas las relacionadas en el 
Capítulo siguiente. Consúltense además. Baessler. Ancient Pe- 
rú vian Art. (Trad. AT^fl//^- 1890-91). Waitz. Anthrop der Natur- 
volker III. p.te 1.a (Leipzig). 5í7úrs. Kwakuilt Indians (Rep. Nat. 
Mus. 1895). Bandelier. Final Report. Cushing. Study of Pueblo 
Pottery (4. Rep. B. A. E.) Holmes. Ancient Art. of. Chiriquis. 
(6. Rep. B. A. E.) Filmore. Harmonic Structure Ind. Music. 
(Am. Antrop. New. Series. Abril 1899). Dorsey. Ponca Sun 
Dance (Field. Columb. Museum VIL Dec. 1905). Sloane. Nat. 
Hist. Jamaica. Bartolomé Mitre. Ollantay (B. A. 1881. h. R. B. 
A.) Culin. American Indian Games (24. Rep. B. A. E.) Caste- 
llanos. Hist. Nuevo Reino de Granada (Ed. Paz y Melia-MsL' 
drid-1887). Putnam, Conventionalism in Ancient American 
Art. (Essex. Hist. Bulíetín 1886). A. L. Kroeher. „Decorative 
Simbolism of the Arapaho. (American Anthropologist III. 308 

- 171 - 



1901). Outes. Alfarerías Noroeste Argentinas (An. Museo de la 
Plata-2.''i serie I. 1908) etc 

Bibliografías. -Las relacionadas en el H. Book. Am. índ. 
North. of México. wArts" w Color Symbolism" „Engraving« 
„Dry Painting" „Music" wDrum" Eskimo „Measurements" 
etc., etc. Cárter Brown. Catalogue, vol. I. (1493-1600) vol. IL 
(1601-1700) vol. III. (1701-1800). ^/-//z^íJ/z. Aboriginal Ameri- 
can Authors. Winsor. Narr. & Crit. Hist. of America I. Ap.ces 
I. II. III. Consúltese en especial Irko Hirn. op. cit. pág. 307 y 
sig. y Bancroft. Nati ve Races, vol. I. Para la Bibliografía de 
las Religiones Indígenas véanse las referencias del Capítulo 
siguiente. 




17? - 



CAPITULO V 

LA VIDA PSÍQUICA (Continuación). 

1. La expresión religiosa en la palabra. -2. La Mitología. -3. La expresión religio- 
sa en el objeto. -4. Astrolatría.-5. Los elementos. -6. Arboles y plantas.-?. El 
culto de la piedra.-8. Zoolatría.-9. Fetiches. 10. -El Ritual. -11. Los sacrifi- 
cios. - 12. Lugares de culto. - 13. La magia y sus efectos. - 14. Sacerdotes y hechi- 
ceros. — 15. La Medicina. - 16. Religión y cultura. 

l.-La importancia mística de la palabra, es común á todas La expresión rell- 
las religiones del mundo. Entre los Americanos, tenían ciertas gíosa: la palabra, 
palabras un poder mágico y misterioso al 
que obedecían los espíritus (1). La maldi- 
ción mataba como una maza. Cuando el 
hechicero indígena ,/ concentraba su medi- 
cina" y lanzaba un anatema vibrante, no 
había salvación para su enemigo. Las fór- 
mulas mágicas, cantos, encantos y conjuros 
del ritual indígena, eran casi siempre una 
sucesión de palabras ó sílabas sin sentido 
alguno. Se suponía que los Dioses enten- 
dían lo que no alcanzaban los hombres. Ya 
vimos anteriormente que el nombre propio 
tenía para el Indio excepcional importancia. ,^ ^'^; ^^^ 

' *■ ' ídolo Peruano. 

Con más razón la tenía él de sus Dioses, 
considerado como inefable y sacratísimo. Lo esencial en la 
palabra era, en fin, para los Americanos, su poder, de relacio- 
nar al hombre con la Divinidad, y por ello la palabra á los 
Dioses (Oración), la palabra de los Dioses (Revelación), y la 




(1) ... Quod est hoc verbum, quia in potestateet virtute imperat inmundis spiriti- 
bus et exeunt? .. {Lucas. Cap. IV. v. 36). Conf. Génesis. Fiat lux, etc.. 

- 173 - 



palabra respecto á los Dioses (Mitología), fueron formas de 
expresión religiosa usadas en todo el Continente (1). 

La oración es un elemento universal en las religiones indí- 
genas. Fuese en forma de acción de gracias, de petición, ó de 
penitencia, el salvaje procuraba constantemente aplacar con 
sus ruegos la supuesta cólera de los dioses y pedirles protec- 
ción y ayuda. La 
vidadellndio era 
una plegaria per- 
petua (2). 

La palabra de 
los Dioses (Reve- 
lación), la ^^prima 
veril as indiceju 
do"^ de los teólo- 
gos, es la base y 
raiz de los cultos. 
Toda religión 
para sus secuaces 
es siempre reve- 
lada. No hubo ninguna en América, de las conocidas, que no 
aceptase como artículos de fe los preceptos y predicciones de 
sus dioses (3). 

La supuesta ley divina^ impuesta al indio por sus sacerdotes 
y videntes, era siempre prohibitiva, y sus ridículos y multifor- 




Fig. 168. -Símbolos de los Dioses (Dakotas). 



(1) Vse. Brínton. Reí. of. Prira. Peoples. pág. 86 y sig. ídem Myths ot the New 
Wordl. pág. 318. Los indios Quiches (América Central), explican en uno de sus mitos 
la creación del mundo, haciendo rfmr al Creador nUleu" tierra, que surgió de lo3 
mares á su palabra. (Popol. Vuh. Livre Sacre des Quiches, pág. 10). GUI. Myths & 
Songs of the South Pacific, pág. 6, etc. 

Í2) Brínton. Reí. of. Prim. Peoples. pág. 103. Clark. Indian Sign Language. pá- 
gina 309. Hyades & Deniker. Mission Scient. au Cap. Horn. pág. 376 Brínton. 
Rig Veda Americans (1890). pág. 12, etc. Mathews. The Mountain Chant etc. (5 Rep. 
B. A. E. pág 465). Sahagun. Hist. Nva. España. Lib. VI. Mgr. A. Le Roy. op. cit. 
297, 306, 310, etc., etc. Compárese Rev. Kenelm Vaugham. The divine Armory Holy 
Scripture pág. 369 y sig. 

(3) Brínton. Reí. of. Prim. Peoples. 107 y sig. Comp. Kenelm Vaugham. op. 
•cit. 255 y sig. 



174 



mes preceptos conocidos por los etnólogos con el nombre ge- 
nérico de „taboo'' ó uiabu", penetraban en todas las manifes- 
taciones de la vida indígena, impedían las más triviales accio- 
nes, y eran, en fin, para el salvaje una constante y abrumadora 
pesadilla. La más mínima in- 
fracción del vtaboo'^ deter- 
minaba la cólera de los Dio- 
ses, que se exteriorizaba casi 
siempre en castigos durísi- 
mos (1). 

Las predicciones ó profe- 
cías, también forjadas ó per- 
vertidas por los hechiceros 
indios, eran comunes á todas 
las tribus del Continente. La 
investigación de sus curio- 
sas é innumerables formas 
(adivinación, augurios, orá- 
culos, clarovidencia, etc.), 
excedería los límites de 
nuestro estudio. Nos limi- 
taremos, pues, á mencionar 
algunas cuando hablemos 
del sacerdocio y de la ma- 
gia (2)"' 

2. -Tampoco hemos de 
detenernos á estudiarlos 

extraños y múltiples mitos, Pig. 169. -Propiciando ai Sol. 




La Mitología. 



(1) Bñnton. Op. cit. lOQ y sig. Klemm. Culturgeschihte, II, págs. 368 y sig. Fra- 
zer. Totemism, pág. 171 y sig. Lang. Myth. Mag. & Reí. I. 114. Irko. ///m. op. 
cit. 285-287. Tylor. Prim. Culture. II, 124 y sig. Jastrow. op. cit. pág. 104. Jevons. 
Int. fo the Hist. of. Reí Ch. VI á XII. Frazer. Totemism. pág. 456 y sig. Deiüker. 
op. cit. pág. 252. Keane. M. P. & P. pág. 141. Mgr. Le Roy. op. cit. 82, 218 á 58, etc. 
L. MarillierOrand. Encyc. (Tabou). Solomon Reinach Cuites Myüíes et ReUgions. 
Int. II y pág. 18 y sig. 

(2) Vse. Bñnton. op. cit. pág. 110. Tylor Prim. Cult. I, 110 y si^ y mis notas, á 
los párrafos 12, 13 y 14 de este Capítulo. 



176 



forjados acerca de sus dioses, por la exaltada imaginación del 
Indio, y perpetuados por su credulidad característica. Desde 
el momento en que el salvaje reconoció la existencia de seres 
superiores, dijo mitos á su respecto. La palabra es el artesano 
de los ídolos (1). Debemos buscar, pues, el origen remoto de 
los mitos en la religiosidad misma del Indio, en la débil lum- 
bre de lo sobrenatural, que 
<j^r^ iluminaba su ser psíquico; 

su origen próximo lo en- 
contraremos casi siempre 
en el lenguaje, en la seme- 
janza fonética (paronimia) 
de algunas palabras, consi- 
derada por el salvaje como 
divino indicio (2). 
hig.no.-Manitou. Así se explica el fenó- 

meno etnológico de la ex- 
traordinaria semejanza de ciertos ciclos míticos fundamenta- 
les, en todos los pueblos del mundo, el hecho histórico in- 
dudable de que las ideas religiosas sobre los puntos cardi- 
nales, sobre los números sagrados (3), sobre la creación y el 



% 



(1) E. Sckerer y Prof. Kuhn, citados por Brínton. Reí. of Prim. Peoples, pág. 112 
y siguientes. 

(2) Por ejemplo, entre los Indios del Norte del Canadá el zorro ártico que cazan 
lanza un estridente aullido que suena nkhaih"; la luz se expresa con la palabra 
»yekkaih", y de aquí deducen que el zorro fué el animal que pidió la luz, y la obtuvo 
por el mágico poder de la palabra. Vse. Alorice. Trans. Roy. Soc. Canadá. 1892, pági- 
na 125. Comp. Brinton. Reí Prim. Peoples. pág. 118. ídem. Mythsof theNewWorde, 
Ch. 1-2-?. Mgr. Le Roy. op. cit. 328 y 331. Morris Jastrow op. cit. pág. 247. E. G. 
Squiers. Serpent Symbol in America, pág. 39 y sig. (N. S. 1851). G. Bruhl. Cultur- 
vólker Alt. Americas. Ch. 10-19 (1870-78). Winsor. N. & L. H. of Am. I. 430-436 
(Apee. V). Friecl. Max Muller. The Philosophy of Mithology. (Cont. Rewiew. Dec. 
1871). Vigiioli. Myth & Science, pág. 18 y sig. Latig. Myth Ritual & Religión. I. 159. 
II. 89, etc. H. Book oí Am. Ind. pág 964-972. PoweU. Sketch of Mythology, Amer. 
Ind. Rep. (B. A. E.), pág. 8-60, las referencias y bibliografías de los autores cita- 
dos y las sumariadas en Chamberlain Journ. Am. Folk. Lora XVII-III ( 1965) etc., etc. 

(3) Vse. mis notas á los párrafos de este Capítulo y Comp. con Tylor Prim. 
Culture II, 382. Wescott. Synibolism of numbers, pág. 7, 21, etc. 

- 176 - 



diluvio (1), sobre el Paraíso terrenal (2), sobre el conflicto dt 
la luz y las tinieblas (3), sobre el viaje de las almas desencar- 
nadas (4), y, principalmente, las firmes y consoladoras creen- 
cias en el Héroe Dios y Redentor, que había de volver para 
salvar á los suyos (5), se encuentran en todas las Mitologías 
de la raza Americana con símbolos é imágenes similares á las 
de todas las de la 
tierra (ó). 

3. -La expre- 
sión objetiva del 
sentir religioso 
común á todos 
los primitivos, 
toma los nom- 
bres de fetichis- 
mo ó idolatría, 
términos esen- 
cialmente idénti- 
cos, si se tiene en Fig. ni. -Altar en una Kiva (Arizona) 




(1) Brinton. Reí. Prim. Peop. pág. 122. ídem Myths of the Nevr Wordl, Cap. Vil, 
pág. 226. Tylor. Prim. Cult 226, 283, 301, etc. Schoolcraft. Oneota, pág. 342. Cushing. 
Zuñi Creation Myths. pág. 379. Prescott. Conq. of México, pág 28 y sig. ídem. Con- 
quest of Perú, pág. 67 y sig. y sus referencias. 

(2) Brinton. Reí Prim. Peop pág. 126. ídem. Myths of N. W., pág. 103 y 106. 
IZ) Brinton. Myths of the New Wordl, pág. 184 y sig. 

(4) Brinton. Reí. Prim. Peop. 128. ídem. Essays of au Aniericanist, 135 y 147. 
Lang Myth. Mag & Reí. I, 104. íl, 46. etc. Tylor. Prim. Cult, I, 434. II, 40, y sus re- 
ferencias. 

(5) Brinton, Myths of the New Wordl, pág. 19 y sig. ídem. American Hero- 
Myths, pág. 5 y sig. Tylor. Prim Culture. I, pág. 312, 326, etc. y. Barbosa Rodríguez. 
ParandubaAmazonense (Curupirá, etc.). Oalanti. S. J.op. cit. 1, 117. {SvLmé).Southey. 
Hist. do Brasil, I, 324 y sig. Schoolcraft. Ind. Tribes. V, pág. 420 y sig , etc. (Mani- 
bozho). Brebeuf. S. J. Reí. Nouv. France (1636), pág. 99 (loskeha, etc.). Acosta. Hist 
Nuev. Mdo., I, Cap. 4 VI, Cap. 19, etc. (Tonapa ó Viracocha). Tres Relaciones 
Peruanas, pág. 16 y sig. (Madrid-1879). Lafone. Quevedo. El culto de Tonapa, pági- 
na 10 y sig. Von Tschudi. Beitráge sur Kennt. des Alten Perú, pág. 120 y sig. Bras- 
seur. Hist. du Mexique, I, pág. 302. Prescott. Conq. of México, pág. 44. Torauema- 
da. Mon. Ind. Lib. VI, Ch. 21. (Quetzalcoalt). Restreppo. Chibchas antes de la Con- 
quista. Cap. II y III (Bochica)t-etc. etc. 

(6) Brinton. Myths of the New Wordl, pág. 191 Farrand, op. cit., pág. 255 y sig. 



- 177 - 



12 



cuenta que el hombre, aun en sus etapas inferiores de salva- 
jismo, jamás ha adorado los objetos (ídolos, fetiches, etc.) como 
tales, sino como medios, en volturas ó agentes de la Voluntad 
trascendental, en cuyo reconocimiento se basan todas las reli- 
giones del mundo (1). 

Ahora bien, aunque para el Indio todos los seres y formas 
de la naturaleza eran manifestaciones de lo divino é ignoto, 




Fig. 172. -Torturando á una cautiva (Pawnees). 

había ciertos seres, objetos, ó grupos de objetos, adorados es- 
pecialmente en todas las tribus, sin duda por herir con más 



(1) Brinton Prim. Reí. pág. 131 y sig. A. C. Haddon. Magic & Fetishism, pág. 64 
y sig. Rialle Mythologie Comparée, pág. 9 y sig. (Ch-I). Waitz. Anthropologie der 
Naturvólker, II, pág. 185. El Fetichismo, como el Animismo, solo son elementos 
de las Religiones Americanas, y no etapas de su evolución, como erróneamente sos- 
tienen Tylof, etc., etc. Vse. Tylor. Prim. Culture, 1. 131 á 210. Compáresele Roy. op. 
cit., pág. 169, 154, etc. A. Reville. Proleg. de l'Hist. des Religions, pág. 80, Pietsch- 
mann. Zeitschrift für Ethnologie BS, X., pág. 156. etc. 

- 178 - 



fuerza ó frecuencia los sentidos del indígena. Mencionaremos 
los más importantes (1). 

4. — Llama, en primer lugar, la 
atención del historiador el culto de 
los cuerpos celestes ( Asírolatría) , 
tan universal y frecuente que se ha 
llegado á sostener que las religio- 
nes Americanas fueron siempre y 
principalmente astro látricas. 
Lo fueron por lo menos las 
de las tribus más adelantadas. 
Los Aztecas, Chibchas, 
Natchez, etc., adora- 
ban al sol como padre 
y origen de toda ale- 
gría, fecundidad y 
existencia. Los Incas 
relacionaron los cul- 
tos del sol, la luna y 
las estrellas con la apa- L 
rición de sus héroes 
míticos, y en casi to- 




Astrolatría. 



Fig. 173. -ídolo Mejicano. 



(1) Brinton. Reí. Prim. 
Peoples, 138ysig. ídem. Myths 
of the New Wordl, 153, 181, 
187,71, 163, 181, etc. Klenm. 
Culturgesehichte. Bd., II. s. 
316. Montesinos. Memorias 

Antiguas del Ferii (Col. lib. Espíes. Raros y Curiosos, vol. XVI. Madrid. 1882), 
pág. 29 y sig. Venegas. Hist. de California, I, pág. 456. Clodd. Animisni, pág. 55 
y sig. Owen. Folklore of the Musquokie Indians, pág. 35 y sig. Comp. Fostermann. 
Day Gods of the Mayas (Bull. 28 B. A. E. p. 557). Reville. Native Religions Méxi- 
co & Perú, pág. 23 y sig Waring. Forms of solar and Nature Worship, pág. 95 y sig. 
G. A. Dorsey. Ponca Sim Dance (Field Columbian Museum, vol. -VIII, n.o 2. Chica- 
«?o, 1905). Garcilaso de la Vega, op. cit Lib. I, Cap. IX y X, Lib. II, Cap. I, etc. 
Payne. op. cit. I, 464. Matilda C. Stevenson. The Sia (II, Rep. B. A. E., pág. 351 
y sig.). Laffittau, op. cit. I, pág. 167. Robertson, op. cit. II. pág. 184 y sus referen- 
cias. Gomara. Hist. Gral. Ind. Lib. II, Cap 82 Chadevoix. Hist. Nov. France, III, 
pág. 417, 419, etc., etc. 



- 179 



das las tribus la consolidación de tales cultos, dulcificó paula- 
tinamente los sacrificios y afirmó el sacerdocio y el templo. 
5. --Sigue en importancia al culto de los astros, el de los ele- 
mentos. Para los Chibchas, era sagrada el agua de los ríos y 

lagos; los Peruanos 
de la costa temían 
al mar Pacífico, 
como divinidad su- 
prema. V Tlaloc^^ el 
Dios de la lluvia, 
ocupaba lugar 
conspicuo en el 
panteón de los Az- 
tecas, que como los 
Moxos de Bolivia 
se decían á sí mis- 
mos „ hijos de las 
aguas" . 

El fuego era sa- 
grado en casi todas 
las tribus. Entre los 
Incas, su culto rela- 
cionado con el del 
Sol, era objeto de 
especiales ceremo- 
nias. Para los „ Me- 
jicanos el vXiuhte- 
£:í////" (Dios del fue- 
go) era divinidad 

Fig. 174. - Propiciando los espíritus del torrente. temible (1 ). 




(1) Brinton. Reí. Prim. Peop. 144 y sig. Ídem Myths of the New Wordl, pág. 59, 
etc. Guigniaut. Relig. de l'Antiquité. Vol. 1, pág. 509. Meyen. Die Ureinwohner 
von Perú, pág. 28 y sig. Restreppo. op. cit. pág. 53 y sig. Tylor. Prim. Cult. I, pág. 76; 
II, pág. 146, 210, etc. Qarcilaso de la Vega. op. cit. Libro I. Cap. X, pág. 13. Pres- 
cott. Conq. of México, pág. 29 y sig. Herrera. Dec. III. Lib. II. Cap. 16. Torquema- 
da. Mon. Ind. Lib. 13, cap. 47. Clodd. Anniism, pág. 20 y sig. 



180 



Los vientos de los cuatro j:iimbos ó cuarteles en que se creía 
dividida la tierra, inspiraron también al Indio peculiar reve- 
rencia. Los Aztecas adoraban al huracanado del Sur; los Iro- 
qaeses, á los del Norte, Sur, Este y Oeste. Como el Eolo Vir- 
giliano, el uSillam Unna^^ de los Esquimales, regía la „man- 
sión ó caverna de los vientos" (Sillan-Eipane). En América 



■"// /^^^^ 








Fig. 175. -Altar Waipi. 

Central, el pájaro uVoc", de simbolismo análogo al del águila 
de Zeus, era mensajero del ,,Hnracán", ó dios de las tempes- 
tades, y otro tanto sucedía en América del Norte, donde el 
maravilloso „pájaro del trueno" (thunder-bird) se veneraba 
como encarnación del gran „Manitou^^ (1). 

La maternidad de la tierra se tuvo por artículo de fe en casi 
toda América. El Indio concebía la tierra animada y amable, y 



(1) Thum. op. cit. pás:. 302. Powell I=* Rep. B. A. E. pág. 8 á 60. Clodd. op. cit. 73 
y sig. Tylor. Prím. Cult. I, pág. 321 y sig. Max Muller. Nat. Reí. pág. 171 y sig. 
Olivares. Hist. Chile. Lib. I, ch. 12. Reville Native Religions México & Perú, pági- 
na 231 y sig. Lansr. Myth. Magic & Religión II, pág. 56. Keane. Etn. pág. 185 y sig. 
Schoolcmft. op. cit. P¡» V« pág. 28 y sig. (Caribes), 252, 222 (Creeks), etc. Tylor, I, 
pág. 135(Prini. Culture), I, pág. 327. II, 148, 160, etc. Comp. Northcote, W. Thonias 
€n Hasting's Enciclopedia, pág. 483 y su abundantísima Bibliografía. 



181 



ya fuese bajo la forma del .^Toimnfzi" Azteca, ó del .,Mama- 
cocha'^ Incásico, la veneraba con filial acatamiento. Creían 

los Chibchas, por 
ejemplo, que se 
irritaba con el con- 
tinuo pasar de ani- 
males y hombres, ó 
sufría cuando se 
clavaban en ella es- 
tacas ó postes para 
sostener las vivien- 
das (1). 

6. -Los espíri- 
tus de las plantas, 
como vinculados á 
la madre tierra,fue- 
ron también teni- 
dos por divinida- 
des benéficas (Filo- 
latría). Los mitos 
de los CherokeeSf 
les suponían in- 
ventores de la me- 
dicina para contra- 
rrestar los renco- 
rosos designios de 
los animales cau- 
santes de las enfer- 
medades y la muer- 




Fig. 



En oración. 



(1) Brinton. Reí. Prim. Peop'es., pág. 145 y sig. ídem. Myths of the N. W. pági- 
na 257 y sig. Klemm. op. cit. B. S. II, s. 315. Tylor. op cit. II, 273. Smet. Oregon 
Missions(N. I. 1847), pág. 351. Lang. op. cit. (My!h. Mag. & Reí.) II, pág. 2S1. 
Schoolcraft. op. cit. I, pág. 318 (Ritos Pawnees), Clodd. op. cit. pág. 64. Payne. op, 
cit. I, pág. 415. Lozano. Conq. Río Plata, I, pág 420. Herrera. Dec. III. Lib. II, 
Cap. XVI. Restreppo. op. cit. pág. 75 y Caps. IV, V y VI. Compárese por vía de cu- 
riosidad etnológica. Maury. Religión des Orees, Vol. I, pág. 69 (Cultos de „De¡ne- 
trius"). 



-- 182 



te. La vsaramama'-^ 6 ^^maiz madre^^ se veneraba por los Qui- 
chuas en forma de muñeca de hermosas mazorcas. El tabaco 
en las tribus que lo conocieron (Iraqueses, Mandanes, etc.), 
hacía las veces de ceremonial incienso (1). 

Más universales, sin embargo, que los cultos filolátricos, 
naturalmente limitados á las tribus horticultoras y sedentarias, 




._i 



Fig. 177. - Propiciando en un altar á los espíritus de la lluvia (Pueblos). 

fueron en América los dendrolátricos. El murmullo del viento 
entre las hojas, el crujir angustioso de las ramas, y los extra- 
ños ruidos de los troncos, fueron siempre para el salvaje voces 
misteriosas del espíritu que moraba en los érboles. Los Ojib- 
ways é Hidatsas no los cortaban nunca para no causarles do- 
lores. Si los Mandanes hachaban algún poste lo envolvían al 
punto con vendas. Ciertas especies estaban en muchas tribus 
protejidas por el Jaboo^^ y relacionadas con sus clanes con 
vínculos de ascendencia mítica ó totémica . Los árboles solita- 



(1) Clodd. op. cit. 66 y sig. Mooney. Sacred formulas Cherokees (T. Rep. B. A. E. 
pág. 301-18). Dorsey. Siouan Cults, pág. 365 y 520. Payne. op. cit. 1, pág. 464. Mor- 
gan. Leagueof ihe Iroquois, II pág. 121 y sig. Brinton. Reí. Prim. Peoples. pág. 150. 
Tylor. op. cit. I, pág. 428. Revillc. Nat. Reí. México & Perú, pág. 73 y sig. Compse, 
(en especial los cultos Sioux), con el Himno á „Hapi". dios del Nilo, en Wallis Bud- 
ge. Egyptian Reí. pág. 17 y sig. 

- 183 - 



El culto 
de la piedra. 



rios ó gigantes inspiraban respeto especialísimo. Los Mejica- 
nos tuvieron al ^,Tota'^ como protector de sus cosechas. El 
héroe Dios de los Yiinicarés de Bolivia hizo, 
según sus mitos, nacer de un árbol á todas las 
tribus de la tierra (1). 

7. — El antiquísimo culto de la piedra, fué 
también universalmente practicado por los pri- 
mitivos habitantes de América. Los Dakotas, 
pintaban de rojo las piedras sagradas, ofrecién- 
dolas sacrificios. Los indígenas de Giiaíemala, 
colocaban piedras en la boca de los moribun- 
dos para que entrara en ellas el alma desencar- 
nada. Los Incas recogían devotos las que Ca- 
pac lupanqui declaró habían sido "hombres 
barbudos", llevándolas á las guerras. Los Nahuas hacían pro- 
ceder de los aereolitos á todos los hombres. Elj'ade verdoso y 




fig. 178. 

ídolo Zoolatrico 

(Méjico). 




Fig. 179. -Danza del Espíritu (El círculo). 



(1) Brinton. op. cit. pág. 151. ídem. Myths of N. W. pág. 118, 119, 169, 217, etc. 
Tylor, op. cit. I, pág. 428. II, 196. I, 429. II, 136 á 203, etc. Clark. Indian Sign. Lang. 
pág. 241. Mathews. Et. of. the Hidatsa. Clodd. op. cit. pág. 56 y sig. Keary Outlines 
of Primitif Belief. pátr. 63 y sig. A. de Orbigny. L' Homme Americain. Yol. II, pági- 
na 365, etc. Bancroft. Nat. Races, pág. 118 y sig. 



.84 




ssmi transparente de los Aztecas se consideraba dotado de vir- 
tudes ocultas. Creían también los Peruanos que los aereolitos 
eran emanaciones del fuego celeste, cuyos ardo- 
res conservaban siempre. Los hechiceros Mayas, 
como los modernos astrólogos, usaban los cris- 
tales de cuarzo con fines oraculres y proféticos. 
En general, si el Indio, de cualquier tribu que 
fuera, encontraba piedras de formas, colores ó 
propiedades para él extrañas, las conservaba re- 
verente, bien convirtiéndolas en fetiches, bien 
conservándolas como mágica medicina de deter- 

. ,,, Fig. I80.-Idolo 

mmadas dolencias (1). en Honduras. 

8. - Los sistemas zoolátrícos de América, com- Zoolatría 

parables sólo á los Egipcios, eran acaso los más completos de 
los conocidos en la historia. Apenas hubo animal en la riquí- 
sima fauna del Nuevo Continente, cuyo espíritu tutelar ó ma- 
ligno no fuese venerado por las tribus de las respectivas re- 
giones geográficas (2). 

En muchas de ellas se creía intercambiable el alma del hom- 
bre y los animales. El tigre, por ejemplo, no era sólo adorado 
por su fiereza, sino por creer que contenía el espíritu de algún 
guerrero muerto. El Zootheismo americano estaba, además, 



(1) Brinton. Reí. P. P., pág. 147 y sig. García. Orig. de los Indios. Lib. IV. Ch. 
26. Montesinos, op. cit. pág. 218 y sig. (Huacanquis). Torquemada. op. cit. Li- 
bro VI. Ch. 41. Tylor. op. cit. 1-291. 11-241. "Adoran, dice Garcilaso de la Vega (op. 
cit. I Cap. IX y X, pág. 12), grandes peñas y los resquicios de ellas, cuevas hondas, gui- 
jarros y piedrecitas. . ." Véase también Clodd. op. cit., pág. 42 y sig. H. B. And. Ind. 
pág. 457. Lang. Myth. Mag. & Reí. I. 150-154. Marcos Jiménez de la Espada. Ant. 
•üentes del Perú (Ed. Madrid, 189?. Extracto de la Apologética de Fray B"'^ de las 
Casas), nos habla de una muy rica Esmeralda en la provincia de Manta, la cual ponían 
en público algunos días, y la gente adoraba . . ., pág. 54 y sig. Sobre la universali- 
■dad y simbolismo mundial del antiquísimo culto de la piedra. Vse. Champollion Fi- 
geac {CoW. Didot), pág 159 y sig. (Piedras animadas del "Hermes Trimegisto"). Wa- 
llis Bndge. Egyptian Magic, pág. 23 y sig. San Agustín. Ciudad de Dios. Lib. VIII. 
Ch. 23. Peña y Fernández. Arq. Preh. pág. 521 y sig., etc., etc. 

(2) Vse. Brinton. Reí. Prim. Peop. pág. 158 y sig. Keary. OniXmts oí. Prim. Be- 
lief. pág. 26. Tylor. Prim. Cult. 1-422, 11-208, 343, etc., y en especial el precioso ¡estu- 
dio ya citado de Northcote. W. Tilomas en Hasting's Cy"'», pág. 483 y sig. con sus 
abundantes referencias críticas, etc. 

- 185 - 



Fetiches. 



íntimamente unido con el Totemismo, y ambas creencias tuvíe- 
ron capitalísima importancia social y religiosa en todas las tri- 
bus indígenas. De todos los animales sagrados, la serpiente 
recibió, en dichas tribus más solemne y universal homenaje. 
La silenciosa sinuosidad de la marcha de este ofidio, más su- 
til, según el Génesis, que ninguna bestia de los campos, su 

brillante colorido, la atracción 
de su mirada y su acción letal y 
rapidísima (1), fueron tal vez la 
causa de que la generalidad de 
las agrupaciones primitivas, y 
aun algunas relativamente cul- 
tas, la consideraran como recep- 
táculo ó mediador favorito de 
los espíritus (Ophiolatría). 

9.- La exaltada imaginación 
del Indio y su credulidad ilimi- 
tada é ingenua, no se contentaba con sentir lo sobrenatural y 
rendirle culto, en innumerables formas y grotescos ídolos; ne- 
cesitaba para satisfacer su ardor religioso, tocar y poseer á su 
Dios, llevarlo consigo, incorporarlo á cualquier objeto tangible. 




Fig. 181.- Fetiche (N. A.) 



(1) Vse. Lafittau. op. dt. I, pág. 229 Haddon. op. cit. pág. 174-228 Dellenbaugh. 
op. cit. 376. Outes. Alfarerías del Noroeste Argentino (Anales; Museo Plata, tomo l.o,. 
segunda serie, pág, 5-49), en su descripción de los "vasos apodos". Ameghimo. Antig. 
Hombre Plata. I, pág. 540 y sig , plancha XI. Ferguson. Tree Serpent Worship. 
pág. 79 y sig. Lang. op. cit. I, pág. 154-276 Gougenean de Monsseaux. Hautes- 
Fenom. de la Magie. pág. 45 y sig (París, 1864) los Ophitas consideraban á la ser- 
piente como "el más pneumático de los animales gnósticos". Vse. MuUer. Hist. Crít. 
du Gnosticisme (Voc 16, pág 167 y sig.). Brasseur de Bourbourg. Hist. Nao. Civ. 
México & América Central, I pág. 241 (Cultos "Cihua Cohualt", ..Acpaxapo", Ser- 
piente con cara de mujer (III 30) ídem, id. Popol Vuh, p. CCXIX y sig. Vse. tam- 
bién la curiosa dercripción P. Figueroa (Misión Mayn.a) del "Ifierre", délos indios 
del Marañón y la "madre del agua" (Serpiente), pág. 234 y sig y las preciosas mo- 
nografías de Fewkes. Tusayan Flute & Snake Ceremonies (19. Rep. B A. E. Parte II, 
pág. 964-993), y Tusayan Snake Ceremonies (16. Rep. B. A. E., pág. 266), así como 
Clodd. op. cit. pág. 76 y sig. Deniker. op. cit. 219 y sig. Comp. Tylor. op. cit. 11, 
pág. 7, 217. 281, 314, etc. Brinton. Reí. Prim. Peoples, pág. 158 y sig. "ídem». Myths 
of the New. Wordl. pág. 129 y sig. y sus referencias 201, 230, 1<2, 277, etc. Northcote 
W. Thomas en Hasting's Cyc<"* , pág 483 y sig. y sus notas bibliográficas ^quier. 
The Serpent Symbol in America (Ed. 1851), pág, 31 y siguientes, etc. 



- 186 



De aquí q\ fetichismo Americano análogo en su esencia al Afri- 
cano y al Asiático. 

Fetiche, para el Indio americano era cualquier objeto grande 
ó pequeño, natural ó artificial, que independientemente de su 
valor intrínseco se consideraba dotado de conciencia, volición, 
vida inmortal, y, especialmente, de poder sobrenatural ó md- 




\ 




W'-'^'^-i^ 



i^st^^ 



■^.^i¿6:&mi..£iZ¡i¿\ 



Fig. 182. -'Danza del Espíritu (Vidente). 

gico, que le permitía producir efectos anormales en forma 
más ó menos fantástica. La posesión de esta misteriosa facul- 
tad hacía al fetiche indispensable para su poseedor, quien lo 
adquiría para proporcionarse bienandanzas, y le rendía en 
cambio acatamiento, adoración y sacrificios, llevándolo con- 
sigo en sus empresas, hablándole, rezándole, mimándole ó 
maltratándole, según su comportamiento pasado ó el que de 
él esperaba en lo futuro. 

Una persona podía tener n^xios fetiches, objeto también de 
compra, cambio, y trato comercial entre tribus distintas. En 
todos los casos, la naturaleza, numen ó misterio origen del 



1S7 - 



fetiche ó conjunto de fetiches eran secretos ]Dersonales del pro- 
pietario ó constructor de los mismos, y sólo se transmitían al 
elegido como heredero en su posesión mística. Las almas 
desencarnadas de los guerreros ó shamanes muertos, se supo- 
nían capaces de morar en los fetiches, que en definitiva eran 
para sus poseedores un medio de vincularse estrechamente 
con los poderes ocultos. 

Todo /^//c/í^ era para el mdio un verdadero ídolo , y recí- 
procamente, todo ídolo tenía algunas de las características de 
los fetiches. De aquí la peligrosa inutilidad científica de las 
distinciones entre la idolatría y el fetichismo y la imposibili- 
dad de fijar, en la historia de los Americanos primitivos, una 
línea divisoria entre estas dos formas de religioso objeti- 
vismo (1). 
El ritual. 10. -Hemos estudiado la expresión religiosa de los Ameri- 
canos en la palabra y en el objeto; debemos ahora considerarla 
en los actos, es decir, en el conjunto de prácticas y ceremonias 
designadas con el nombre de rítual ó caito. 

Los fines primordiales de los ritos indígenas pueden redu- 
cirse á dos: elevar el hombre hacia los dioses y atraer los dio- 
ses hacia el hombre. Culminaron los primeros en la apoteo- 
sis (2), y los últimos en la aparición, manifestación ó epifanía. 

Dividiremos sintéticamente los ritos en comunales ó benefi- 



ü) Vse. Uaddon. Magic & Fetishism. pág. 64 y sig., sus notas y bibliografía. 
H. B. A. Ind. R. of México, pág. 456 y sig. y sus referencias. Brinton. Reí. Prim. 
Peoples. pág. 67, 131 y sig. Mgr. Le Roy. op. cit. pág. 31, 66, 270, 290 á 295, 349, 
454 y sus notas. I.ang. M. M. & R. II, pá». 217. Tylor. op. cit. I, pag. 431 , y U, 131, 
144, etc.; 210, 220, 231, etc. Keane. M. P. & P , pág. 56, 57. Ehrenreich (f.), en llas- 
iing's En"*'* pág. 384. Goblet d" AlvieUa. Orig. & growth of ihe Concep. of God 
(Hibbert Lectures), pág. 78 y sig. (1892). DoddMead's EnC" Vol. XI, pág. 700 
Cushing. Zuñí Fetishes (2"'' Rep B. A. E. p. 248, etc.) Murdoch. Point Barrow, etc. 
(9«> Rep, B. A. E. pág. 171). Nelson. Eskimo about Behring strait (18*'' Rep. B. A. E., 
pág 48, etc.) MiiUer. Origin & growth of Religión, pág. 287. Bourke. Medicine Men 
of the Apache (9, Rep B. A. E., pág. 443 y sig.). Farrand, op. cit. 259 y sig. Herrera. 
Dec. II, 48-2=136, 2-III, 66-1 -IV, 10-1 -VI, 11 7-2=- i 38-2, etc. etc. Com^.Jastrow. 
op. cit. pág. 75 & 78. 

(2) Brinton. Reí. Prim. Peoples. pág. 174 y sig. ídem, Myths. of N. W., pág. 13 
y sig. Cogolludo. Hist. del Yucatán, lib. IV. Cap. VlII. FreihoUd. Die. Lebensges- 
chichte, pág. 131 y sig. Tylor. Op. cit. II, pág 224 y sig., etc. 

- 188 - 




ciosos para el clan ó tribu, y personales ó beneficiosos para el 
individuo, y dejando á los etnólogos el estudio de los perso- 
nales (1), diremos algo de los comunales, que tan decidida- 
mente contribuyeron á la formación y cohesión de muchas de 
las tribus de América. 

Casi todas estas tribus reconocieron, por ejemplo, como efi- 
cacísima la práctica de la oración en común de la congregación 
con fines religiosos. 
Los Dakotas y Qhipe- 
was, se reunían á mi- 
llares en sus ceremo- 
nias. Los misioneros y Fig. ISS.- instrumento Ceremonial. 

conquistadores de Mé- 
jico y el Perú, nos relatan como espectáculo frecuente la re- 
unión de ocho y nueve mil indígenas en las solemnidades de 
sus cultos. La nota característica de estos cultos era, como ya 
dijimos, las danzas rituales más ó menos largas, desenfrenadas 
y antiestéticas. La sugestión colectiva en estas danzas de la mul- 
titud animada por sentimientos idénticos, la intercomunicación 
de los espíritus, la monótona repetición de los mismos cantos 
(anáfora), y el exceso de brevajes estimulantes, excitaban la 
nerviosidad del indio y convertían á menudo aquellas ceremo- 
nias religiosas en aquelarre de gritos histéricos, delirios tumul- 
tuosos, colapsos estáticos y entusiasmos frenéticos (2). 

No tenían, sin embargo, todos los cultos indígenas este as- 
pecto sombrío y báquica. En muchos de ellos la calma susti- 
tuía al frenesí y la violencia; los cantos perdían su carácter 
bárbaro, decían ritmos suaves y alegres, y los movimientos 
de los devotos se hacían pausados y hasta gráciles. Como en 
los ritos griegos de Dionysios, el "liuaca'' divino, el sagrado 
umanitow de la tribu, era llevado á través de los campos en 



(1) A. Van Gennep. Les Rites de Passage, pag. 13 y sig. Lang. Myth. Ritual & 
Re! I, 250 y sig. 

Í2) Vse. el precioso estudio de Mooney. Ghost dance Religión, etc. (14, Rep, 
B. A. E. Pte. II. pág. 654 á 1117, y su bien seleccionada bibliografía. Cse. tambié» 
Brinton. Reí, pág. 178 y siguientes. 

- 189 - 



Los sacrificios. 



procesión jubilosa y solemne, amenizada por las pantomimas 
grotescas ó dramáticas de los juglares, y terminando casi siem- 
pre con un festival ó bullicioso banquete, de que el supuesto 
comensal divino participaba místicamente (1). 

11.- Esta costumbre de ofrecer á las divinidades una por- 
ción selecta de alimento, fué tal vez el origen de los sacrificios 




Fig. 184. -Danza del Espíritu Inspirados). 



que tuvieron al principio carácter de voluntaria oferta, ó ac- 
ción de gracias á los dioses rendida en alegre é incruenta co- 
mensalidad con ellos. 

Más tarde, y por creer el Indio que sus calamidades y des- 
gracias eran causadas por la ira ó indiferencia de los espíritus, 
perdieron tales sacrificios su primitivo carácter honorífico, con- 
virtiéndose en piaculares ó expiatorios. Toda violación del 
''tabou" voluntaria ó involuntaria, debía, en efecto, expiarse 



(1) Brinton. Reí. of P. P., pág. 179 y sig. Clark. Indian sign language, pág. 165- 
169. Von Tschudi Beitráge sunt Kentniss des Alten Perú, pág. 154 y sig. Brinton. 
Myths. of the N. W. pág. 112 y sig. Spencer. Essays, II, pág. Ab^. Emmanuel. La 
danse Grecque Antique, págs. 196, 198, 302, 303. Irko liirn, op. cit. pág. 108 y sig. 

- 190 - 



con algún acto doloroso que aplacara la vengativa cólera de 
las ofendidas divinidades. Naturalmente, el sacrificio era tanto 
más eficaz y meritorio cuanto más cruel y mortificante (1), ra- 
zón por la cual, los penitentes salvajes, que á menudo llegaban 
en su exaltación mística hasta macerarse y mutilarse con in- 
creíble saña, no reconocieron límites para infligir á sus seme- 
jantes los más horribles suplicios, y torturaron hasta la muerte 
á los esclavos y cautivos dedicados á sus dioses. 

De aquí la frecuencia y extensión de los sacrificios humanos 
en todas las tribus de América, y en especial en las grandes 
agrupaciones sedentarias (Aztecas, Incas, Chibchas, etc.), donde 
se sacrificaban anualmente millares y millares de víctimas. No 
sabía el indio -dicen los antiguos cronistas — , quQ pudiera 
haber sacrificio sin matar á alguno. 

No sólo se sacrificaban cautivos ó enemigos, sino hasta los 
más cercanos parientes, los más jóvenes, los de rango más alto 
en la tribu, las mujeres, los hijos mismos, dispuestos siempre á 
morir en las aras de sus sanguinarios ídolos, impotentes, según 
el indio, para resistir al poder mágico de semejantes sacrifi- 
cios, que les obligaban á acceder á los deseos de sus salvajes 
devotos (2). 



(1) Vse. Tylor. op. cit. II, pág. 340 y sig Brinton. Reí. P. P. pág. 186 y sig. 
Mg. A. Le Roy. op. cit. pág. 88. 306, 311 á 351. Joseph. De Maistre. Eclaircisse- 
ments sur les sacrifices íOeuvres Choissis Edition Roger), I, pág 233 y sig. Jasírow, 
op. cit. 191-204. Dodd. Mead's Cy°''^ XV-289. Richtenberger, Encyc des Sciences 
Religieuses, vol, Xy YA, pág. 131, etc. Tiele. Artículo "Religión", en la Enciclope- 
dia Británica (9.a Edición), etc., etc. 

(2) Solis. Conq. de Méjico. Lib. III. Cap. III. Prescott. Conq. of México, pág 36 
y sig. Saha'gun. Hist. Nueva España. Lib. I. Cap. 2, 5, 10, 24, 29, etc. Torquemada. 
Mon. Ind. Lib. 7, ch. 19. Lib. 10. ch 14, etc. Gomara, op. cit. ch. 219. Ixtlilxochilt . 
Hria, Chichimeca, ch. 45, etc. Herrera- Dec. 3 a. Lib II. Cap 15 y sig., etc. tiske. 
Disc. of America, I, pág. 119-121; II, 272 y sig., 341-345. Prescott. Conq. of Perú. 
pág. 43, 44, 50 y 51 Qarcilaso de la Vega. Com. Reales. P'* I. Lib. II. Cap. 9, 
etc. Cieza de León. Crónica, cap. 72. Acosta. op. cit. Lib. V, ch. 19, etc. Markliam. 
Pables and rites of the Incas pág. 54-59. Morgan. League of the Iroquois, pág. 175 y 
sig Historia Ritos. Ind. Nva. España (B~^ Escorialense. Ms. X-ij-21) Costumbres y 
fiesta? indios. R. España (B"'^ Esc^' Ms. K-iij. f. 331;, y el precioso Códice Ms. ilu- 
minado con viñetas parecidas al Telleriano, «Historia Yndios de la F*<"^ Mechoanan, 
por un fraile menor descalzo c iiij-s. f. 210. Comp., asimismo, Keane en Hasting's 
CyC'», pág. 381 y sig. P. Elirenreich, en la misma pág. 385, etc. y sus bien seleccio- 
nadas bibliografías. 

- 191 - 




El corazón del sacrificado, que se arrancaba palpitante, se 
ofrecía generalmente á la divinidad y los demás miembros de 
la víctima, sagrada en virtud del sacrificio (sacmm faceré), se 
devoraban por las multitudes fanáticas, creyendo que por este 

medio entraban en ín- 
tima comunión (cum 
unió, cum uniré) con' 
sus dioses y se hacían 
uno con ellos. 

Los indios de Nica- 
ragua, por ejemplo, al 
cosechar el maíz ex- 
tendían algunos gra- 
nos en sus altares, re- 
gándolos con su pro- 
pia sangre y comién- 
dolos después como 
manjar sagrado. 

Las vírgenes Perua- 
nas mezclaban con ha- 
rina la sangre de los 
sacrificados, cociendo 
en panes la repugnan- 
te mezcla para que los devoraran en los diversos templos del 
imperio. La sangre fresca del mancebo Azteca, que se sacrificaba 
anualmente al dios '■'Tezcatlipoca'', se amasaba también con 
harina, para que de ella participaran los celebrantes. • 

La continuidad y frecuencia de los sacrificios humanos con- 
tribuyeron indudablemente á la desaparición ó extinción de 
muchas y numerosas tribus (1). 
Lugares de culto. 12. -Todas estas ceremonias y ritos se celebraban al princi- 
pio al aire libre, alrededor de las tumbas de los antepasados 



wjyk 




Fig. 185 
Símbolos de danzas Mágicas (Pictografía N, 



A.) 



(1) Brinton. Reí. of. Prim. Pcop., pág. J90 y sig. Oviedo. Hist. Ind., Lib. X, 
Cap. XI. Balboa. Mistoria del Perú, pág. 123-128. Sahagún. Hist. Nueva España,. 
Lib. 1. Cap. XXI-XII. Mgr. Le Roy, op. cit., pág. 288 y sig. Calancha. Cron. Mora- 
lizada, 1-173 y sig. 



- 1'92 - 



ó en determinados lugares considerados como favorita morada 
de poderosos espíritus (cuevas, grandes piedras, lugares altos). 
Algunas veces se erigían altares más ó menos groseros y efí- 
meros en los sitios escarpados ó recónditos. 

Poco á poco, con el aumento y consolidación en determina- 
dos territorios de las tribus horticultoras y sedentarias, fueron 
perfeccionándose dichos altares y lugares de culto, hasta llegar 
á convertirse en las imponentes fábricas de los templos Meji- 
canos é Incásicos, que con su sacerdocio, vestales y compli- 
cado ritualismo caracterizan, como más adelante veremos, la 
cultura social y religiosa de las agrupaciones Aztecas, Mayas 
y Quechuas (1). 

13. -La magia salvaje era el arte de conocer y dominar la La magia 
naturaleza y sus espíritus, y se basaba principalmente en la mis- y s"s efectos, 
teriosa conexión que el indio suponía existente entre todas las 
cossis (magia contagiorJstaJ,en el convencimiento íntimo de que 
"lo semejante afecta á lo semejante", de que la relación casual 
de las ideas equivale á la relación causativa de los hechos (ma- 
gia homeopática), y sobre todo, en la soberbia é ilusoria pre- 
tensión de subyugar los poderes naturales y sobrenaturales, con 
encantos, evocaciones y sortilegios (magia sobrenatural) (2). 

Esta degeneración del sentir religioso, tan antigua como el 



(1) Hasting's. CycáxSi., pág. 355. ITa/Zz. Anthrop. der Natürvolker, III-204-221, 
Lafittau.Op. cit. 11-327. Macguire. km. Aborig. Pipes (U. S. N. Museum. 1897), 
pág. 563. Rep. B. A. E. 5u° (Mathews). 23 {Stevenson), etc. Hand. Book. Am. Ind., 
pág. 46 y sig. y su bibliogfía. Thomas. Int. Am. Arch., pág. 175 y sig. NadaiUac. Am. 
Preh., pág. 283 y sig., etc., etc. 

(2) Haddon. Magic & Fetishism, pág. 2 y sigtes. Idgr. Le Roy, Op. cit., pág. 328-360. 
Irko Hirn. Op. cit., pág. 278-2Q7. H. Book. Am. Ind., pág. 782 y sigtes. Lang. Magic. 
& Religión, pág. 10 y sigtes. Id. Mith. Rit. & Religión I. pág. 96-121-276 (Mandanes), 
etc. Dodd Mead'sCá\z. XI. 710. Lafittau. Op. cit., 1-534 y sig. Comp. Rivet. Misti- 
que, Vol. III, Cap. XII á XXXVI. Lactancio. Div. Inst., Lib. IV. Ch. 37. Biblia. Reyes 
(I. Cap. 3), III-22. 1-33. Paralelipop, II-Ch-8. Josué, VII-18, etc., y también Morris 
Jastrow: Op. cit., pág. 104 y 301-38. Tylor. Prim. Cult. 1-14, etc. Schoolcraft. Op. 
cit., lV-491 y sig. Spencer. Princip. of Sociology, 1-102. Frazer. Golden Bough, Ii 
pág. 9, 12, 193, 206. Rochas d'Aiglun. L'exteriorisation de la sensibilité,pág.72, 117, 
Í39. Hartland. Legend of Perseus, III-257 y sigtes. Guaita. Sciencies Mandites, 1, 
pág. 185 y sig. Van Gennep. Op. cit,, pág. 61, 91, 110. Enemoser. Hist. of Magic. 
(trad. Howitt, 1-29, 101,271, 297, 11-207, 452, 465, etc., etc., Comp. Waüis Budge. 
Egip. Magic, Cap. UI, pág. 65 (Figuras Mágicas). 

- 193 - 13 



hombre, y acaso la más duradera y fatal de las ilusiones de su 
orgullo, formaba parte integrante de la vida salvaje, penetraba 
en la familia, en la sociedad y en el culto, y lo mancillaba todo 
con su deletéreo contacto. 

La magia para el Indio Americano era medio, llave, medi- 
cina, religión y ciencia. Se practicaba en todas las tribus y tenía 
en todas sus iniciados, sus sociedades secretas, sus ceremo- 
nias, talismanes, filtros, prestigios y presagios. 

Su moral era egoista y brutalmente utilitaria. 
Sus prácticas extrañas y crueles. Tiranizaba y sa- 
crificaba á los débiles, emponzoñaba á los fuertes, 
adulaba las más bajas pasiones y favorecía el cani- 
balismo y los vicios sexuales más abyectos (1). 
Más que las enfermedades y la guerra contribu- 
Fig. 186. yó la magia á la despoblación de la primitiva 
Pmiano(Ai- América. Sus sociedades secretas ejercían en las 
^^cás'icL)."' tribus un efecto depresivo y terrorífico, y forma- 
ban en aquellas agrupaciones como una atmósfera 
de desconfianza general, que impedía todo progreso. La debi- 
lidad era un crimen. Sólo los más fuertes, los que se conside- 
raban iniciados ó poseedores de poderes mágicos (orenda), 
el jefe militar cruelísimo ó el hechicero tenebroso, se destaca- 




(1) Joan de Gríjalva Crónica de N. P. S. Agustín en N.España (Bca. Nacional- 
Madrid), Cap. XV á XX . . . (eran ciertos indios hechiceros, á quienes ellos llamaban 
nahuales, que por arte diabólica . . hacían pedazos á los indios). Fray Antonio 
de Calancha. Crón. Moralizada (1638), Lib. VI, Cap. XVIII, XIX, XX, f. 622 á 
683 (Canchas ó comehombres, sus nefandos ritos, f 629 y sigtes). Catlin. Letters 
11-117 (Uso arsénico hechiceros Mandanes), etc Jesuit Relations (1637), pág. 51 
(Hechicero Vossakeed y sus infamias) H. Boock. Am Ind, (Espinos), pág. 433. 
Ambrosetti. La leyenda del Yaguareté Aba. Anales Soc. Cient. Argentina, XLI, pág. 
1 á 14 (1896). Mac-Leman. "Lvkantropy" (Encdia Británica). Bancroft. Native Races 
11-470 y sig. "Ces seducteurs (magos), dice Charlevoix, ont un veritable Commerce 
avec le pere du meusonge ... (Hist. Nou. France, ill, pág. 362 y sig. Schoolcraft. 
Op. cit , IV, pág. 645 y sig Karsh. Unanismus oder Páderastie und Tribadie den 
Naturvolken, etc. (1901), III, pág 141-145. Barros Arana. I, 105, op. cit. (Costum- 
bres groseras y vergonzosas que degradan al hombre, etc.). Haveloch Ellis. Etudes 
Psicologie Sexuel, II, pág. 17 y sig. Bernal Díaz del Castillo. H. Vra. Cta. N. Esp. 
Cap. 208 Von Gennep. Rites de paósage, pág. 91 y sigtes. (Ritual obsceno en los Pue- 
blos). Westermark. Origin & Development. Moral Ideas, pág. 456 y sig. Le Roy. Op. 
cit. pág. 340 y sig. 

- 194 - 



ban entre sus semejantes. Los demás debían permanecer duran- 
te siglos en la desoladora igualdad de una barbarie misérrima. 

Y este importantísimo hecho de la historia de las tribus 
indígenas surje con mayor claridad entre los de más avanzada 
cultura (Aztecas, 
Chíbchas, Incas, 
etc.), que fueron 
precisamente las 
más inficionadas 
por el venenoso 
virus mágico, las 
más entregadas á 
la antropofagia, al 
infanticidioyá 
las prácticas ne- 
fandas, las más 
dominadas por 
estas misteriosas 
aberraciones del 
espíritu humano, 
quedeterminaron 
el fin de sa evo- 
lución cultural, su 
desfallecimiento 
y su suicidio (1). 

14. - Antes de 

abandonar esta Fig. IS?.- iniciación de un adivino Caribe (Lafmtau). 

interesante mate- 
ria, diremos algunas palabras sobre los sacerdotes y hechiceros 
indígenas (2), intermediarios obligados entre el hombre y los 




(1) Morris Jastrow. Op. cit., pág. 296 á 321. Le Roy. Op. cit., pág. 357 y sig., y 
las autoridades citadas en las notas anteriores de este Capítulo. 

(2) La distinción entre el mago ó sacerdote y el brujo ó maleficiador se hacía en 
todas las tribus indígenas, y los últimos tenían penas las más de las veces terribles. 
Sobre este difícil punto vse. Baudelier. Delight Makers, Cap. IV, etc., hasta el fin. 
Le Roy. Op. cit., pág. 321 y sig. Powell. Wyandot Qovernement. I" Rep. B, A. E., 
pág. 60 y sigtes. (Brujería, castigada pena muerte). 



Sacerdotes 
y hechiceros. 



- 195 - 



espíritus, agentes de sus soñados dioses y terribles interpretes 
desús preceptos. En todas las tribus Americanas pululaban 
estos supuestos taumaturgos, conocidos, según las regiones, 
con los nombres de '^shamanes% angakaks% ^^piayes\ 'Alexis" r 

(^mohanes'', "pa- 
^^5", etc., etc. Com- 
binaban muchos 
de ellos el fervor 
del convencido con 
la astucia del hipó- 
crita; eran los más 
prestidigitadores y 
charlatanes íy¿7/2- 
^/^¿//-sj habilísimos, 
y los individuos de 
sus respectivas tri- 
bus les considera- 
ban capaces, yer 
s^",ó por medio de 
su numen, pithon ó 
manitoa, de regir 
los fenómenos at- 
mosféricos, trans- 
formarse ó hacerse 
invisibles, predecir 
lo futuro, curar en- 
fermedades ó pro- 
ducirlas con male- 
ficios, y de realizar, 
en fin, como los 
magos antiguos ó 
los brujos medioevales, toda clase de portentos y prestigios. 
Eran, en general, para el indígena seres extraordinarios y sin li- 
mitación espiritual alguna, que gozaban en la tierra de todos los 
atributos y facultades sobrenaturales de las divinidades míticas. 
Tenían, por consiguiente, en las tribus poderosísima in- 

- 196 - 




Fig. 188. -Éxtasis en la Danza. 



fluencia, de la que usaban y abusaban con fines casi siempre 
perversos. Fueron los representantes genuinos de su raza, los 
depositarios de sus tradiciones, los inspiradores de su fanatis- 
mo. Enemigos naturales del Europeo, y en especial del cate- 
quista, obstaculizaron tenaz y ferozmente la propagación del 
Cristianismo en América. 

Como \os fakires de la India, hacían, en general, los adivinos 
Americanos vida de mortificación y retraimiento. Sin motivos 
especiales, ningún profano podía penetrar en sus chozas, consi- 
deradas sagradas, como su persona y pertenencias. 

Los poderes mágicos y secretos medicinales del "shamati'^ ó 
nigromante, pasaban en general á sus hijos ó discípulos, cuya 
iniciación mágica era objeto de complicadas ceremonias sim- 
bólicas (ritos de paso). 

Se organizaban en hermandades secretas, siempre temidas, 
misteriosas é influyentes, que decían cabalas, fabricaban bebe- 
dizos y filtros mágicos, sabían de tremendos maleficios y usa- 
ban un lenguaje especial y esotérico (1). 

15. -Los sacerdotes y hechiceros fueron los primeros médi- La medicina, 
eos Americanos. Si prescindimos del uso indígena de algunas 



(1) Haddon. Op. cit., pág. 50, ete. Brinton. Myths of the N. W., pág. 30-1 y sigtes. 
Bourke. Medicine men of the Apache (9. Rep. B. A. E., pág. 443 y sig , y su biblio- 
grafía, pág. 596). Mrs. Stevenson. Religious lifeof the Zuñi Child (5. Rep. B. A. E., 
pág. 533 y sigtes.). Owen Dorsey. Sionan Cults (11. Rep. B. A. E., pág. 361, 520). 
Ilofmanm. Menomini Indians. (14. Rep. B. A. E., Pte. I, pág. 60 á 157). Restreppo. 
Op. cit., Cap. XI y sigtes. H. B. A. Ind., pág. 785, 836, etc. Mathews. Mountain 
Chaut (5. An. Rep. B. A. E., pág. 387 y sigtes.). Keane. M. P. P., pág. 377. Farrand. 
Op. cit., pág. 251, etc. Robertson, Op. cit., III-188. Oviedo. Op. cit , Lib. V, Ch. I, 
Herrera. Dea. 1, Lib. III, Ch. IV, etc. Charlevoix, Nouv. France III, pág. 361-64. 
Ribas. Triunfos, etc., pág. 17 y sigtes. Feo. Jarqiie. Ruiz Montoya en Indias. 11, 
Cap. XXII; III, Ch. X, etc. Galanti. Op. cit., 1-118. Stanbiiry Hagar tn Hasting's, 
Cdia. I, pág. 485. Lang. Myth Magic & Relig. I, pág. 84 y sigtes. Parkmann. Jesuils 
ín N. A., pág. 29 y sig., Cap. IV, V, VI, etc. Figueroa. Op. cit. (Mohanes), pág. 236 
y sigtes. brinton. Reí. of P. P., pág. 58 y sig. Middendorf. Keshua Worterbuch, s. v.o 
Deniker. Op. cit., pág. 214, 223. Lozano. Conq. Río Plata I, pág. 400 y sigtes. Prescott. 
Conq. of México, pag. 32 y sig. Id. Conq. of Perú, pág. 47 y sig. Dellenbaugh. 
Op. cit., pág. 353 y sig. Nadaillac. Op. cit., Ch. VII, VIH, IX. Thomas. Int Am. 
Archeol., pág. 249, 357 á 362. Dobrizhofler. Abiponibus, 1-163. Tylor, Prim. Cult. 
1-309, etc. Vargas Machuca. Op. cit., 11-85 y sig. Muster. Patagonia, pág. 12 y las 
bibliogfías. y referencias de estos autores, etc. 

- 197 - 



yerbas especiales prescritas por curanderos rutinarios ó socie- 
dades medicinales más ó menos empíricas, la noble ciencia de 
la medicina estuvo involucrada con las ideas y prácticas mágico- 
religiosas del Indio. En virtud del dominio que el hechicero 
decía tener sobre los espíritus, podía ex- 
pulsarlos del cuerpo del enfermo, hacien- 
do con ello desaparecer la dolen- 
cia. Danzaba el mago ante el pa- 
ciente al son del atambor y la flauta 
mágicos; cantaba sus medicinales 
conjuros y mortificaba al dolorido 
con toda clase de manipulaciones, 
untos, brujerías y pócimas. 

Si el enfermo curaba, fuese por 
causas naturales ó por efecto de la 
sugestión hipnótica, el shaman cre- 
cía en su predicamento é impor- 
tancia; si se moría, fácil era para el 
médico-brujo disculpar el fracaso 
de sus ensalmos, bien alegando la 
enemiga de su numen con otros 
espíritus, bien suponiendo malefi- 
cios de magos adversos y de ^^me- 
dicina" más potente (1). Como ya 
dijimos, la credulidad del indígena 
no tenía límites, y sus hechiceros 
eran hábiles para explotarla. 
Muchos de los pretendidos portentos de los hechiceros Indios 
pueden atribuirse á supercherías más ó menos hábiles, ó expli- 




Fig. 189 -Sacerdote Mejicano 
(Escultura Azteca). 



(1) Stevenson. The Sia, II Rep. (B. A. E.), pág. 80, 116. Mathews, Mountain 
Chaut (5. Rep. B. A. E , pág. 426. Lafittau Op. cit., I, pág. 273 y sig. Steinen. Unten 
der Naturvólkern Zentral Brasil, pág. 229, 303. Frazer. Adonis, Attis, Osiris, pág. 373 
y sig. (.¿.a Id. 1907). H. B. Am Ind. (B. A. E.), pág. 837 y sus referencias. Haddon. 
Op. cit., pág. 46 y sig. Max-Bartels. Medecin der Naturvólkern, pág. 23 y sig. 
Deniker. Op. cit., pág. 227. Keane. M. P P., pág. 376, 379; compse. 288,341. 
Jastrow, Op. cit., pág. 273, 316. Herrera. Dec. la, 60-1,234-1; Ha, 187 1, 194-1; 
I Va, 100-2, etc., etc. 



198 - 



carse por la fascinación que ejercían sobre sus crédulos espec- 
tadores ó víctimas; pero hubo algunos hechos, históricamente 
comprobados , verdaderamente ex- 
traordinarios é inexplicables (1). 

16.- Los límites de nuestro estu- 
dio no nos permiten detenernos á 
examinar extensamente el complejo 
y difícil problema histórico de la in- 
fluencia de las religiones de Amé- 
rica en la evolución cultural de sus 
tribus. Afirman muchos etnólogos 
que las religiones llamadas primiti- 
vas obstaculizan en absoluto todo 
progreso. Los antiguos misioneros 
y cronistas anatematizan como de- 
moniacos los elementos todos de las 
religiones indígenas. 

Si no observamos tales cultos más 
que en sus aspectos brutales y lúgu- 
bres, si atendemos únicamente á los 
repugnantes cuadros de la antropo- 
fagia ritual, de la magia negra, de 
las ceremonias licenciosas y los sa- 
crificios cruentos, claro es que tam- 
bién nosotros debemos condenarlos; 
pero si procuramos separar en ellos 
lo religioso de lo mágico, lo espi- 
ritual y perfectible de lo material y 
disolvente; si recordamos, por ejem- 
plo, los mitos de Quetzaltcoatl, Bo- 
chica, Viracocha, etc., semi-dioses, augustos blancos, puros, 




Religión y cultuí 



F¡í. 190. UnShaman. 



(1) Vse. Lang. Myth. Magic & Re!., pág. 84 á IIQ, y sus referencias. H. Book. Am. 
Ind. (B. A. E.), pág. 783 y sig., y sus referencias. Le Roy. Op. cit., pág. 348. 
Acosta. Hist. II, pág. 367 y 368. Arriaga. Extirp. de la Idolat. del Perú (1621), 
pág. 39 y sigtes. y el estudio de Stansbury llagar en Hasting's, Cyclopedia pág. 433, 
y sus notas y selecta bibliografía; compse. Rivet. Op. cit. III, Cap. XVI á XVII r. 



- 199 - 



piadosos, sabios en sus consejos, amantes de la paz, de la músi- 
ca, de las flores, de los colores brillantes y adversos á todo rito 
sangriento (1), no es posible desconocer la civilizadora influen- 
cia ejercida en 
América por 
tales modelos 
divinos, ni ne- 
gar que estos 
ideales del In- 
dio, símbolos 
de sus incons- 
cientes aspi- 
raciones hacia 
la Verdad, la 
Justicia y la 
Belleza, eleva- 
ron el nivel 
moral de cier- 
tos grupos y 
suavizaron sus 
costumbres 
bárbaras. 

Si leemos, 
además, algu- 
nas de las ple- 
garias indíge- 

Fig. 191. -Recitando ensalmos medicinales. nas, laS desga- 

rradoras de 

los Algonqainos (2), las filosóficas de Nezahuatlcoyotl 
y, sobre todo, los inspirados himnos Quechuas al Viraco- 




(1) y. Brinton. Reí. P. P., pág. 145, 251 Id. Myths of the N. W., pág. 336 
y sig. Brasseur. Hist. du Mexique, Lib. III, Ch. I-II. Sahagún. Hist. Nueva 
España, Lib. VI, Cap. 29. Compse. Le Roy. Op, cit., pág. 210, etc. 

(2) P. AUouez S. J. en Reí. Nouv. France (1630), pág. 99, citado por Brinton. 
Myths. of the N. W., pág. 340. Compse. 2iS\xn'.smo Sahagún, Op. cit., Lib. VI, 
Cap. 1-4, y las obras citadas de Mathews, Mooney (B. A. E.), Morgan League 
Iroquois), etc. 



200 



cha (1), no podemos menos de encontrar en ellas una clara 
vislumbre de lo mejor y lo más alto, una mística sospecha de 
la hermosura del dolor y el sacrificio, un destello fulgente de la 
Verdad inmarcesible y Eterna. 

Por otra parte, las tentativas más ambiciosas del arte indí- 
gena, las pirámides de Cholula ó los templos Incásicos, fueron 




Fig. 192. -Sacerdotes en procesión (Pueblos). 



producto del fervor religioso, y su construcción apartó á las 
multitudes de la senda de la guerra y favoreció la vida seden- 
taria. Los jeroglíficos, calendarios y, en general, toda la rudi- 
mentaria ciencia y literatura indígenas nacieron á la sombra 
del templo. El tráfico de amuletos, talismanes, etc., y las pere- 
grinaciones á determinados lugares sagrados suavizaron las 
relaciones intertribales. 

El templo de Cozamel, por ejemplo, era visitado anualmente 
por multitud de fieles; en las aldeas Muiscas había caminos 



(1) "Oh, Viracocha. Señor del Universo", etc.; vse. Lafone Quevedo, Los Himnos 
Sagrados de los Reyes del Cuzco (M. de la Plata, 1892); vse. también el precioso 
estudio sobre la palabra Viracocha, por el sabio filólogo Peruano S. Leonardo Villar 
(Urna, 1887). 

- 201 - 



especiales y trillados, que seguían las numerosas peregrinacio- 
nes al templo del lago Guataviia. A los altares de Pachacamac, 
Rimac, etc., venían peregrinos de 300 leguas á la redonda, y en 
todos los caminos había sitios especiales para hospedarlos (1). 
En presencia, pues, de estos hechos y de otros mil que po- 
drían citarse, debemos abstenernos de condenar, sin distingos 
y en nombre de la civilización, todos los complicadísimos 
aspectos de la religiosidad indígena, y estudiarlos sin apasio- 
namiento ni prejuicios, si queremos alcanzar ideas claras sobre 
la vida psíquica del Indio Americano y esclarecer el enigma 
histórico de sus tristes destinos (2). 



(1) lirinton. Myths. of the N. W., pág. 343 y sig. Stliefens. Travels in Yucatán IT, 
pág. 122. Rivera & Tschudi. Antiqs. of. Perú, pág. 159 y sig. Garcilaso de la 
Vega, Op. cít., Libro VI, Ch. XXX. Xeres. Relación Conqta. del Perú, pág. 322 
y sig. (Hres. Prim. de Indias, Vol. II, Rivra.). 

(2) Morris Jastrow. Op. cit., pág. 305 y sig. Brinton. M. of the N. W., pág. 337 
y sig. Id. R. of P. P., Lecture VI, pág. 215 y sig. Tylor. Prim. Cult. II, pág. 401 
y sig. Le Roy. Op. cit.. pág. 430 y sig., etc., etc. 




- 202 - 




h4IV 



CUESTIONARIO 



1 .- ¿Qué importancia tenía la palabra en las religiones indi 
genas? 

2. - ¿Cómo se comunicaba el indio con sus dioses? 

3. - ¿Qué es el taboo? 

4. -¿Cuál es el origen probable de los Mitos indígenas? 

5. - ¿Cuáles son los ciclos míticos comunes á todas las reli- 

giones americanas? 

6. - ¿Qué diferencia hay entre el Fetichismo y la Idolatría? 
7.- ¿Qué seres ú objetos principales adoraba el Indio Ame- 
ricano? 

8. - ¿Fueron comunes los cultos Astrolátricos? 

9. - ¿Qué animales (Zoolatría) veneraba el indio? 

JO. — ¿Qué importancia social tuvo el Zootheismo Americano? 

11. — ¿Qué se entiende por fetiche? 

12.- ¿En qué consistía su supuesto poder sobrenatural? 

13.— ¿Cuáles eran los fines primordiales de los ritos indí- 
genas? 

14.- ¿Se congregaban los Americanos primitivos para sus 
cultos? 

15. - ¿Cuál es el origen probable de los sacrificios? 

16. - ¿Predominaron en América los piaculares y cruentos? 

- 203 - 



n.- ¿Eran numerosos y frecuentes? 
18. - ¿Favorecían la antropofagia ritual? 
19.- ¿Erigieron los indígenas altares y templos? 
20.- ¿Qué objeto tenía la Magia salvaje? 
21. -¿Cómo influyó en la aniquilación y envilecimiento de las 
agrupaciones indígenas? 

22. - ¿Qué influencia tenía el sacerdote ó hechicero? 

23. - ¿Por qué causas gozaba de tanta veneración? 

24. — ¿Quiénes fueron los primeros médicos Americanos? 

25. -¿En qué forma influyeron las religiones Americanas en la 
evolución cultural de las tribus? . . . Opiniones al res- 
pecto. 





- 204 




REFERENCIAS 



Generales.- Las mencionadas en los capítulos anteriores y 
Goblet d'Alviella. Introd. á l'histoire genérale des Religions 
(1887). Lang. Mith. Ritual & Religión (1899). W. Mannhard. 
Wa'd und Fedculte (3 Vols., 1875-77) y Mythologische Fors- 
chungen (1884). Max-Midler. Int. to the Sciencie of Religión 
(1875)./ Ralzél. Volkerkunde (2 Ed., 1894). Reinach. Orpheus 
(1909). Id. Cuites, mythes et Religions (3 Vols., 1904-1908). 
Sabatier. Esquisse d'une philosophie de la Religión (1897). 
M. Hebert. Le Divin (1907). H. Schuriz. Urgeschichte der 
Kultur (1900). Frazer. Totemism & Exogamy (4 Vol., 1910). 
/. //. King. The Supernatural (N. York, 1892). Dr. W. Schnei- 
der. Die. Naturvolker, Missverstándnisse, etc. (Padderborn, 
1885). C. Pesch. S. I. Gott r.nd Gótter (Friburgo, 1890). Id. Der 
Gottesbegrifft in den Leidsnischen Religionen, etc. A. Borchert 
Der Animismus (Friburgo, 1900). H. Schell. Apologie des 
Christentums (Paderborc, 1901). Nicolay. Histoire des Cro- 
yanes superstitions, etc. (3 Vols., 1899). Los artículos y mo- 
nografías de la Revista «Anihroposy> (P. W. Schmidt, Funda- 
dor). El artículo "Religions", en la Encyc. Británica (9.a Ed.). 
El Manual de Chantepie de la Saussage. Manuel d'Histoire des 
Religions (Trad. Francesa. Hubert et Levy, 1904), etc., etc. 

Especiales. -^nVz/í?//. American Hero. Myths. Bancroft. 
Native Races, Vol. III. Squier. Serpent Symbol in America 
(N. Y., 1851). Muller. Geschichte der Americanischen Urreli- 
gionen (Bassle, 1855). Dormau. Origin of Primitive Supersti- 
tion Among the Aborigines of America (Philadelphia 1881). 
Bastían. Die Culturlander des Alten America. Klemm. Cultur- 
geschichte, etc. Haddon Magie & Fetishism. Hubert & Mauss. 

- 205 - 



Le Sacritice. Id. Theorie de la Magie (Année Sociologique, 
1899-1904). Kflrsh. Unanismus Páderastie und Tribadie del 
Naturvolken, etc. (1901). De Maistre. Eclaircissement in des Sa- 
crifices (Euvres Choissis. Ed. Roger). Ehrenreich y Northcote 
Thomas, en Masting's, Cyclopedia Cogolludo. Hist. del Yuca- 
tan, etc., etc. (Véanse mis notas al presente Capítulo). 

Fuentes. — Las antiguas Crónicas y Relaciones de Misione- 
ros, en especial Gríjalva. Crón. de N. P. S. Agustín en Nva. Es- 
paña. Calancha (A.). Cron. Moralizada las Jesuii Relations 
(Ed. Twaites). Torquemada. Monarquía Ind. Venegas. Hist. Ca- 
lifornia. Gomara. Conq. México. Lozano. Op. citadas. Garcila- 
so de la Vega. Com. Reales. Herrera. Déc^^s. Sahagún. Hist. 
General, etc. Las Casas. Apologética. Oviedo. Hist. General. 
Jarque. Ruiz Montoya en Indias. Charlevoix. Nouv. France, etc. 
Arriaga. Estirpación de la Idolatría. Gumilla. Hist. del Orino- 
co. Figueroa. Misión de los Mainas. Dobrizhoffer. Abiponi- 
bus, etc., etc. (Véanse las notas de esle Capítulo). Las Me- 
morias Anuales de la Oficina de Etnología de Washington 
(B A. E.), citadas en las Referencias del Capítulo anterior y 
notas del presente; las publicaciones del Archiv für Religions- 
wirsenchaft, Globus (Berlín), Man (Londres), Le Museon (Lo- 
vaína), American Antropologist (Washington), AimIcs Museo 
Mexicano (México), Anales Universidad de Chile (Santiago), 
Museo Río Janeiro (Río de Janeiro), Museo de La Plata (La 
Plata), Inst. Geog'^'^, etc. (B. Aires), Rev. Inst. Histórico del Pe- 
rú, etc., etc.; la Colección de documentos Arch. de Indias (In- 
formación de las Idolatrías de Incas é Indios, etc.); los preciosos 
manuscritos de la 5^« Escorialense (Ritos de Mechoacan, etc.), 
citados en las notas, y las fuentes especiales y generales citadas 
en los cuatro Capítulos siguientes. 

Bibliografías.— Vse. Bancroft. Op. cit, vol. III. Chantepie 
de la Saussage. Op. cit. Hasting's. Cyclopedia. Winsor. Op. cit., 
apee V, vol. I. Mgr. Le Roy. Op. cit., cap. I y II. Brinton. Reí. 
Prim. Peop., cap. I y II. Reinach. Orpheus, cap. I. H. Book Am. 
Indian N. of México (B. A. E.), palabras "Altar", "Fetichism", 
«Magic, "Missions", "Marriage", "Dances", etc., etc. Tiele. 
Op. cit. en sus notas. Encyc. Británica ("Religión"), 9.a Edi- 
ción. Jastrow. Op. cit., cap. I y II. Chamberlain. Journal 
Amcan Folk Lore, etc., etc. 



206 - 



CAPITULO VI 

TRIBUS DE LA AMÉRICA DEL NORTE 

1. Clasificaciones. -2. Los Esquimales.- 3. Los Athapascos.-4. Algonquinos.- 
5. Iroqueses - 6. Muskokis.-T. Natchez. - 8. Dakotas ó Sioux. -9. Tlinkits, 
Haidahs y Yumas. — 10 Las tribus de la Región de los Pueblos. 

l.-No existe clasificación alguna universal mente aceptada Clasificaciones, 
de las tribus Indias de la América del Norte. Los antropólogos 
fundan sus clasificaciones en 
criterios físicos, lingüísticos, 
culturales y geográficos. Los 
dos primeros criterios son 
los más exactos, y el lin- 
güístico se considera hasta 
el presente como el único 
satisfactorio (1). Tomando, 
pues, como base la admira- 
ble clasificación lingüística 
de la Oficina Etnológica de 
Washington (2), elegiremos 
entre sus numerosas familias 
las que consideramos mejor 
estudiadas, más característi- 
cas y de mayor interés cul- 
tural é histórico, á saber: \P, 
Esquimales; 2p,Athapascos, 
etc.; 3.0, Algonquinos; 4.°, 
Iroqueses; 5.o, Muskokis; 

6.0, Natchez; 7.o, Dakotas ó Fig. 193. -Mujer esquimal. 

(1) Vsc. Farrand. Op. cit., pág. 91 y sig. Bñnton. Am. Race., pág. 56 y sig. 
Deniker, Op. cit., pág. 281 y sig. Keane. M. P. & P,, pág. 351 y sig. PoweU. Ind. 
Ling. Fam. (B. A. E. 7'^ Report., pág. 5-160), etc , etc. 

(2) PoweU, Ind. Ling. Famílies (T. Rep. B. A. E. Mapa) y mi Apéndice I. 




207 



Sioux; 8.0, Tlinkits, Haydahs y Yumas; 9.^, Tribus de la Región 
de los «Pueblos^. 
Esquimales. 2. - La palabra Esquimal (Eskimo), propiamente Eskimwhan, 
significa en el dialecto Algonquino "comedor de carne cruda". 
Se llaman asimismo "Innuit" (pueblo ó gente). Ocupan desde 
tiempos antiguos las regiones árticas y marítimas de la América 

Septentrional, desde el estre- 
cho de Belle-Isle, en el At- 
lántico, hasta el pie del mon- 
te S^ Elias, en el Pacífico, 
extendiéndose á veces hasta 
el Smith-Sound (80o latitud 
Norte). Es probable que al- 
gunos de sus grupos hayan 
llegado y hasta cruzado en 
épocas remotas el estrecho 
de Behring. El problema del 
origen de estas tribus «se ha 
discutido largamente. Algu- 
nos autores las hacen des- 
cender de los Asiáticos y 
hasta de los Europeos cua- 
ternarios. La mayoría de los 
etnólogos é historiadores 
modernos rechazan estas hi- 
pótesis y consideran á los 
Fig. 194. -Tipo esquimal (Aiaska). Esquimalcs en SUS rasgos 

físicos, psíquicos, etcétera, 
y en sus orígenes mismos como esencialmente Americanos (i). 
Ofrecen estas tribus Esquimales notable ejemplo de la in- 
fluencia en la cultura del medio geográfico. Privados por 
los rigores de su clima de los vegetales y animales terres- 




(1) Farrand. Op. cit., pág 104. Fiske. Disc. of Am. I, pág. 18 y sig., y sus notas. 
Dawkins. Early Man. ¡n. Britain, pág. 233 y sig. Thomas. Int. Am. Arch., pág. 35, 
47 y 146. Winsor. N. &C. H. of A., 1-103, 109 y Bibfía. de esta controversia. //. 
Book. Am Ind. N. of .México, pág. 433 á 437 y su Bibliografía. 



208 - 




Altar de 



«A'hayuta", Dios t>E la ^u^i^ra df; i^c^jMpios 

(23. An Rep. B, K'ÍfJ, pá¿. ílfi.y ' '' ' 'y > > ' > 



Zuñí 



tres, dependen del mar para su vestido, subsistencia, etc. (1). 
Eran los Esquimales muy imaginativos y aficionados á la 
música. En sus peculiares cantos y baladas melaricólicas rima- 
ban los ruidos de la Naturaleza con las palabras. Sus cantores 
dormían á menudo en las márgenes de los arroyos, para imi- 
tar el ritmo de sus murmullos. Como los «payadores» gauchos, 




Pictoorafía simbólica. 



decidían á veces sus disputas cantando por turno estrofas poé- 
ticas ante espectadores atentos, que otorgaban al más hábil el 
triunfo y daban así por terminada la querella. 

La organización social de los Esquimales se basaba en la 
familia y no en el clan. Predominaba la monogamia y el pa- 
triarcado. Las familias se agrupan hasta hoy en aldeas muy 
pequeñas (10 á 15 chozas), separadas por grandes distancias. 
A pesar de ello, es tan notable la homogeneidad de esta familia 
Esquimal, que, á pesar del tiempo necesario para la dispersión 
geográfica de sus miembros, las diferencias dialectales entre 
ellos son mucho menores que las que existen entre las tribus de 
cualquier otra familia lingüística del Continente. 

La religión de los Esquimales es animista, y en especial 
manista. Los sacerdotes y hechiceros (angekoks), numerosos y 
temidos, presidían las danzas rituales, etc., y ejercían los minis- 



(1) Vse. mi capítulo IV, Título II y sus notas y bibliografías. 

- 209 - ,4 



Atha^scos. 



terios mágicos y medie inales ya descritos al hablar del sacer- 
docio y la magia indígenas (1). 

Las tribus Esquimales, aun aquellas que no están ni han 
estado en contacto con el blanco, disminuyen y tienden á ex- 
tinguirse, debido principalmente á la escasa fecundidad de sus 
mujeres y á la terrible mortalidad de la infancia (2). 

3. - Pocas familias lingüísticas del Norte de América pueden 
rivalizar en extensión geográfica con la conocida con los nom- 




Fig 196. -Cazando con arpón (Esquimo). 



bres de Athapascos, Chippewas, Tinné, etc. Poblaron casi 
sin interrupción las regiones comprendidas entre el Mar Ártico 



(1) Vse. mi Capítulo V, Título II y sus notas y bibliografías. 

(2) Rink. Eskimo Tribes, pág. 28 y sig. Brinton. Am. Race., pág. 59 y sig. Fa- 
rrand. Loe. cit. Boas. Central Eskimo (6. Rep. B. A. E.. pág. 399 y sig., y sus notas). 
Petitot. Vocabulaire Franjáis; Esquimau, pág. 6 y sig. Hough. ürg. & Range. Eskimo 
Lamp. (Am. Antrhop., 1898, pág. 118). Cranz. Hist. of Qroenland, pág. 79ysigtes. 
Nansen. First. Crossing Groen., pág. 299 y sig. Nelson. Eskimo, about Behring 
Strait (18. Rep. B. A. E , pág. '.8 y sie.). Murdoch. Am. Anthrop. (1888). pág. 107 
y sig. Da//. Tribes of the Ext. N. W., pág. 89 y sig. .4. Pfizmaler. Darlegungen 
Gronlándischer Verbalformen (Viena, 1885), pág. 17 y sig. Schoolcraft. Op. cit., 
III, pág. 401. Bancroft. Nat. Races, 11-572, etc. Deniker. Op. cit., pág. 137, 160, 292, 
520, etc. Keane. Etg., pái?. 299. 370 y sig. Id. M. P. P., pág. 353 y sig. Id. Geog. N. 
Acá (Stanford's), I, pág. 69, 595. Piy Margall. Op. cit., 1, pág. 921 y sig. Hall. Life 
with the Esquimaux, I, 25, 319, y II, 121, 331. Pilling. Biblig. of Eskimo Language, 
pág. 4 y sig. Cartensens. Two Summers in Qroenland (London, 1890), pág. 25 y sig., 
V H. Book, Am. Ind. (B. A. E.), pág. 433 y sigtes., con abundantísima bibliografía. 

- 210 - 



y las fronteras de Durango (Méjico), desde la Bahía de Hudson 
al Mar Pacífico. Estaban divididos en multitud de grupos y 
bandas incoherentes y de dialectos muy distintos. Pertenecen á 
esta familia lingüística de los Athapascos los célebres Navajos 
y los temibles Apaches, que extendieron hasta Méjico sus sal- 
vajes guazavaras, destruyendo la incipiente civilización de las 
márgenes del Río Gila y 
sus tributarios. Fueron 
\os Apaches gutxxtr os nó- 
madas tenaces y cruelísi- 
mos, dando mucho que 
hacer hasta fines del pa- 
sado siglo á los ejércitos 
Norteamericanos y Meji- 
canos. El único resto de 
los Apaches (Mejicanos) 
hoy existente es el de los 
Janos ó J añeros de Chi- 
huahua (1). 

El nivel cultural de los 
dispersos grupos de la fa- 
milia de los Athapascos 

es mucho más bajo que el de sus vecinos los Esquimales. 
La habilidad mecánica de los plateros y tejedores Navajos, 
parece debida á la captura y adopción de individuos de otras 
tribus más cultas. En general, los Athapascos son desconfiados, 
ystutos, taciturnos y muy propensos á terrores, alucinaciones, 
neurosis y manías epidémicas. No se ha encontrado entre 
ellos forma definida de gobierno. Entre los Navajos y Apa- 
ches predominaba el matriarcado, los «totems» animales y 
la ley de exogamia. Cambiaban mujeres entre las tribus en 
señal de amistad, siendo la posición de la mujer inferior y 
abyecta su suerte. Sus expediciones guerreras eran simples 




Fig. 197. 
Shaman Tribu Navajos (Athapascos) 



(1) Vse. H. Book. Am. Ind., pág. 628. Lumholtz. Unknown México, I, pág. 79, 
113, etc Kino (1690) en Docs. Hist. México, 4 s.. I, pág. 230. Mühlenpfordt . Mé- 
jico, II, pág. 531 y sig. 



211 



algaradas rapidísimas y violentas. Excepto en algunas tribus, 
la horticultura era desconocida y el canibalismo frecuente. Los 
Navajos, sin embargo, cultivaban la tierra con fruto. Cuando 
los Españoles los encontraron por primera vez (1541), eran ya 
labradores, construían graneros, regaban con acequias sus cam- 
pos y vivían en chozas fijas. La Religión de los Athapascos en 

general eraanimista,con nu- 
merosísimas supersticiones 
mágicas. Los shamanes y he- 
chiceros presidían los Con- 
sejos tribales. Los dialectos 
Athapascos eran duros y di- 
ficilísimos. Su Mitología 
abundante. El "pájaro del 
trueno,, (thanderbird), iden- 
iíicado á menudo con el 
X,- ,«o T. . , , X., cuervo, fué el principal de 

Figr. 198.-Danza del Antílope • /\ 

y la Serpiente (Orabi) U. S. SUS mitOS (1). 




(1) Brinton. Ani. Race, pág. 68. Farrand. Op. cit., pág. 92, 129, 270. K. Book 
Am. Ind., pág. 109. 111 y su Bibliografía. Sr/íw/rm/í. Op. cit., V-172, 179. Bancroft, 
Op. cit., I-3S. B. A. E. Reports: 5.o (Mathews). 9. o (Bourke),'io (Mathews), 
\.o {Yarrow)-{Roycé), 8.o{Stevenson), 14.a {Parker Wínship). 2 {Mathews); 18, 2nd. 
pie. {Royce, Intcion. Thomas), etc. Pilling. Bibl. Athapascan Lang. (B. A. E.), Bulle- 
tin 14 (1892). Deniker. Op. cit., pág. 524, etc. Píy Margall. Op. cit., 1-905. Keane, 
M. P. P., 382 y sig. Id. Qeog. N. A. (Stanford's) 1-539, etc. Conde de la Vinaza. 
Op. cit., pág. 836 y núms. 397 (Hervás), 547 (Orozcoy Berra), blb Pimentel, Filología 
Mexicana. T. III. Consúltese también la preciosa carta del P. Provcial. de México 
(S. J.) (1752) á los Pies, de España (S. J.) B. N. Madrid, Ms. PV, fol. C-32, núm. 82 
(copia). 

Sobre los Navajos en especial. W se. B. A. E.: Rep. 3 (Mathews), pág. 371, 439; 
Rep. 1 (VarrowJ, pág. 124; Rep. 5.o (Mathews), pág. 387 y sig.; Rep. 8.» (Stevenson), 
pág. 229 y sig.; Rep. 2. o fTWa/A^ws , pág. 152 y sig.; Rep. 17 {Mindeleff)2.2i\ii<¿., 
páe. 475, 516. Brinton. A. R., 69, 74, 115, 117, etc. Farrand Op. cit., pág. 176 y 285. 
Dellenbaugh. Op. cit., pág. 61, 150, 199, 412, 445, etc. Masón. Or. Inv., pág. 37, 
112. 117,310, etc. 

Sobre los Apaches en especial. Vse. H. B Am. Ind., pág. 63 y Bibliog. Clavijero. 
Storia California, 1-29. Benavides. Memorial, pág. 50. Bancroft Op. cit., V-641. 
Oñate, en Docs. Inéditos Meo., XVI, pág. 114, 303, 388, Kino {Rdo. P.), en Doc. 
Hist. México, Serie 4.a, I, pág. 346. B. A. E. Rep. 14 {Mooney); 8 {Stephen) 9 {Bour- 
ke). Schookraft. Op. cit.. I, pág 229, 241; II, pág. 125, 134; V, pág. 202, 214, etc. 
Mollhausen Journey from Mississipi to Pacific, I, pág. 182 y sig., etc., etc. 



212 - 



4. -Pueden considerarse los miembros de \sl familia Algon- 
quina como ejemplares típicos del Indio Norteamericano. 
Ocupaban en la época del descubrimiento toda la costa del 
Norte del Atlántico, desde el mar de Hudson al cabo Hatteras, 
con excepción de los territorios de los Dakotas ó Sioux. Eran 
altos, bien formados, de labios finos, color cobrizo, pelo negro 
y recio, manos y pies pe- 
queños y gran longevidad 
y resistencia física. Preva- 
lecía entre ellos el matriar- 
cado y el totemismo. Ha- 
bitaban, en general, chozas 
redondas cubiertas con ho- 
jas de maíz y rodeadas de 
empalizadas. Sus jefes de 
paz y guerra, se elegían 
normalmente de un clan 
determinado. Cultivaban 



Aigoiqulits. 




rig. 199 -Danza ceremonial. 



los Algonquinos el maíz, tabaco, etc.; fabricaban ollas, curtían 
pieles y hacían útiles y ornamentos de cobre golpeado (no fun- 
dido), que sacaban de los ricos filones de N. Jersey. Extendie- 
ron estas tribus su comercio á grandes distancias. Desde los 
bosques y praderas del Canadá llevaban á veces sus pipas de 
piedra hasta las costas del Mar Atlántico (1). 

Las pictografías Algonquinas (Lennapés, Chipewas, etc.), 
siempre simbólicas y empleadas para preservar las tradiciones 
tribales y los ritos y procedimientos ceremoniales de sus socie- 
dades secretas, que tenían entre ellos especialísimo predomi- 
nio (2), fueron superiores en factura artística, etc., á todas las 
del Norte de Méjico. En otro lugar hicimos ligera mención de 



()) En algunas tumbas de las márgenes del Río Delaware se han encontrado obje- 
tos de los Haydahs, de la Isla de Vancouver. Vse. Brinton. Am. Race., pág. 77. 
Tilomas. Op. cit., pág. 158 y sig. //. i?. Ám. Ind., pág. 332. Rau. Smithsonian 
Report (1872). pág. 271. etc. 

(2) Vse. Hoffinann. "The Midewiwen of the Ojibwa". 7th. Rep. B. A. E., pág. 
143ysig. Farrand. Op. cit., pág. 151. 



- 213 



algunas de las más notables (« Wallum-Ollum», de los Lenna- 
pés) (1). Los principales cultos Algonquinos eran el de la luz, 
representada por el sol y el fuego; el de los cuatro vientos ó 
rumbos, como productores de lluvias; el de los muertos y sus 
espíritus, y el fetichista de los animales totémicos. Su héroe- 
dios, el «Maníbozho» ó «Michabo» de sus mitos, redentor y 
maestro de las tribus, inauguró, por decirlo así, la edad de 



'^ 



Fig. 200. -Jefe y su banda (Clanes Totémicos) Pictografía Algonquina. 



oro de su nebulosa historia. Las enseñanzas y carácter del 
«Manlbozho» eran muy semejantes á las del Quetzacoait, Az- 
teca., etc. (2). 

Algunas tribus Algonquinas (OJibwas, etc.) dependían única- 
mente para su subsistencia de la caza, la pesca y las abundantes 
cosechas de arroz salvaje (3) (wild-ricej; pero, por regla gene- 
ral, todas las de esta familia eran horticultoras y sedentarias. 
Los miembros de la de los «Lennapés», de las orillas del Río 
Delaware (New Jersey), se llamaban á sí mismos «los genui- 
nos», y eran considerados por las demás tribus como los pro- 
genitores de la raza (4). Su dialecto era relativamente suave y 
armonioso. Los jefes indígenas Norteamericanos más notables. 



(1) Vse. mi Capítulo II de este Título y sus referencias. Qallatin. American. 
Antig. Soc. Trans., II, pág. 23, 305, etc. 

(2) fírinton. Myths of the N. W., pág 191 y sig. Mary. A. Owen, en Hasting's 
Cdia., pág. 319 y sig. 

(3) Farrand Op. cit., pág. 151, etc. Jenks. Wild-Rice Gatherers of the Upper 
Lakes. 19 Rep. B. A. E,, pte. II, pág 1026, 1034, etc. 

(4) F. Parkman. The Conspiracy of Pontiac, I, pág. 27 y sig. "Llamaban los 
Lennapés á las demás tribus de su familia, hijos, nietos, sobrinos, etc.» Parkman. 
Op. cit., notal, pág. 30, vol. L 

- 214 - 



los que, como el astuto «Pontiac» (\), el ambicioso «King 
Phillip>^ (2) y el noble «Tecumseh» (3), lucharon con más ha- 
bilidad y energía con sus domina- 
dores, pertenecían á la familia Al- 
gonquina. La actuación de estos 
guerreros en Norteamérica forma 
un luctuoso é interesantísimo epi- 
sodio de su historia. Los restos de 
las tribus Algonquinas viven hoy 
repartidas entre el Canadá (40.000) 
y las reservas indias de Wincousin, 
Manitoba, Olakhoma, etc. (4). 

5. - Las tribus de la familia Iro- 
quesa, que interrumpían la extensa 
continuidad de los territorios Al- 
gonquinos, son, bajo muchos pun- 
tos de vista, el grupo más notable 
y estudiado del Norte de América. 
En cultura general no se diferen- 
ciaban mucho de sus vecinos, pero pig 201 -indio chipewa. 



1 
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1 


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Los IroqiKses. 



(1) Vse F Parkman. Conspiracy of Pontiac, etc., I, pág. 166, 217, 22Q, 257-59. 
etcétera. 
Í2) Vse. Hand Book Am. Ind. N. of Meo., pág. 690 y sus referencias. 

(3) "Pantera que vuela", "Meteoro" (1775-1813). Vse. Eggleston. Tecumseh and 
the Shawnee Phophet pag. 18 y sigtes Drake Life of Tecumseh & his brother, etc. 
(Cintl 1841) pá^. 31 y sig. Tammanend, célebre y virtuoso jefe indio cuyo nombre 
sirvió de enseña á varias sociedades poéticas de los Estados Unidos hasta el actual 
"Tammany Hall' , era también Algonquino(Leni-Lenapé del Delaware). Vse. Myers. 
Hist of Tammany Hall (N. Y., 1901), pág 14 y sigtes. Winsor. N. &C. H. of A., 
III, pág. 469 y sigtes., y sus notas críticas. 

(4) Vse. H. B. A. Ind. pág. 40, 73 (Arapaho); 150 (Blackfoot); 385 (Delaware), 
etcétera, y sus referencias y bibliografías. Bnnton. A. Race, pág. 74, 80. Bancroft. 
Op. cit., III, pág. 237. Conde de la Vinaza. Op. cit., pág. 335 y núms. 367, 370, 
372. 397, etc. Schoolcraft. Op. cit., III-401, 596, etc. Parkmann. Consp. of Pon- 
tiac, 1-28 y sig.; 11-31 y sig., etc., etc. Pilling. Bibliog Algonquin Languages 
(BuU. 13, 1891, B. A. E.). Keane. Geog. N. A. (Stanford's); H, pág. 254. Fa- 
rrand Op cit., pág. 143, 165, etc., y la bibliografía pág. 283. Orozco y Berra, Op. 
cit., pág. 40. Deniker. Op. cit., pág. 526, 527. Keane. M. P. P., pág. 383 y sig, 
Dellenbaugh Op. cit., pág 48, 152. Thomas. Int. Am. Arch., pág. 48, 159, etc. Fiske. 
Discovery, pág. 46, Winsor. N. & C. H. of America, III, pág. 27 y sigtes,, etc., etc. 



215 



en su desarrollo social y político pueden sólo compararse á 
las tribus de la familia Uto-Azteca. Ocupaban principalmente 
las orillas del Río San Lorenzo y el actual estado de Nueva 
York, en cuyo territorio, las llamadas Cinco Naciones (Mo- 

hawk, Onondaga, Oneida, Cayiiga 
y Séneca), formaban poderosa ba- 
rrera á la influencia y movimien- 
tos de la familia Algonquina. 

El rasgo característico de los Ira- 
queses fué la organización, á prin- 
cipios del siglo XV, de su famosa 
Confederación ó Liga para objetos 
defensivos y ofensivos (1), que tan 
importante papel desempeñó en la 
Conquista y Colonización de 
Norte-América. 

Se atribuyó tradicionalmente la 
formación de esta Liga al héroe 
mítico «Hiawata» (2), ayudado por 
un prestigioso jefe de los «Onon- 
dagas». Formaban la Confedera- 
ción cinco tribus, á las que se unió 
más tarde, con ciertas reservas, la de los Tuscaroras (1715), 
formando así un grupo confederado de seis naciones. Cada 
una de ellas permaneció autonómica en materias de su go- 
bierno local, delegando todas su autoridad para asuntos de 
importancia general en un Consejo Federal ó Senado de «5rt- 
chems» 6 jefes civiles, elegidos entre las tribus constituyen- 
tes. Los miembros de este Consejo Federal eran limitados en 
número é iguales en autoridad, derechos y rango, ejerciendo 
también en sus respectivas tribus el cargo de «sachems» y for- 




Fig. 202. - King Phillip. 



(1) "... para asegurar la paz y el bienestar universales, ,. « (né-skéú-no"). Vse. 
H. Book. km. Ind., páer. 616 y sus referencias. 

C») Haio"-hwá-thá. Vse. Hale. Iroquois book of rites, pág. 29 y sig. H. B. 1. 
Ind. , pág. 546. Longfellow tomó á este personaje mítico como héroe de su precioso 
poema Indio. 



216 - 



mando con el resto de los jefes tribales el Consejo Tribal, de 
autoridad omnímoda en los negocios particulares de la tribu. 

/v ..^^ Requería el Consejo Federal la unanimi- 

'■^■í^ dad para sus decisiones, y como los «sa- 
I chems» votaban por tribus, cada una de 
I éstas venía á tener una especie de veto sobre 
i las demás. El Consejo Fe- 
deral sólo podía convo- 
carse á instancia de algu- 
no de los Consejos Triba- 
les. Todos los individuos 
de las tribus Confedera- 
das tenían en el mencio- 
nado Consejo voz y liber- 
tad para exponer sus opi- 
niones. El voto y decisión 
de los asuntos era, sin 
embargo, privativo de los 
«saehems», que formaban 
dicho Consejo, previa in- 
vestidura solemne. 

La Confederación no 
tenía jefe ó poder ejecuti 
vo. Las decisiones del 
Consejo Federal se cum- 
plían sin discusión ni re- 
sistencias. En las grandes 
operaciones militares contra las tribus ve- 
cinas ó contra el Europeo, considerados 
igualmente como enemigos, el Consejo Fe- 
deral nombraba dos jefes militares, iguales 
en el mando, que dirigían la campaña, ayu- 
dados por los jefes secundarios de cada tribu. 
Las guerras Iroquesas eran crueles, tena- 
ces y frecuentísimas. Al Consejo Federal correspondía tam- 
bién terminarlas, fuese por tratados de paz ó precarias tre- 




Fig. 203. 
Bolsa de caza. 




Fig. 204. -Bolsa de 
caza (Athapascos). 



217 



guas, fuese decidiendo la total destrucción de las tribus hostiles. 
Los límites de este Compendio no nos permiten detenernos 
á estudiar á fondo la índole é importancia política de la admi- 
rable Confederación Iroquesa, el caríícter y elocuencia de sus 
oradores, el astuto Maquiavelismo de los «sachems>^, el funcio- 
namiento interno de los Consejos, las intrigas ambiciosas de 

algunos de sus miembros para 
constituir una verdadera oligar- 
quía con apariencias y disfraz igua- 
litario y las causas generales que 
determinaron en las agrupaciones 
Iroquesas, el amor al territorio y á 
la tribu y la perfecta fusión de la 
vida individual en la nacional, tan 
admirada en la antigua Esparta. 

Debemos, sin embargo, obser- 
var que esta curiosa fábrica política 
se componía en definitiva de anti- 
guos usos é ideas tribales cristali- 
zados en formas permanentes. Sus 
elementos esenciales son los mis- 
mos que los de las demás tribus 
de América. Los Iroqueses no hicie- 
ron más que organizar un pasado 
caótico, en forma concreta y ajus- 
tada al carácter general de su raza. 
Este indudable progreso político 
acaso no hubiera podido consolidarse sin que las condiciones 
especiales de la vida social Iroquesa le hubieran servido de 
base lógica. Los rasgos peculiares de este sistema social, más 
complejo y cohesivo que el de los demás grupos del Conti- 
nente, fueron la vida en común y la preponderante influencia 
de las mujeres, que desempeñaban en casi todas las tribus 
{CherokeeSy Iroqueses, Hurones, etc.) importantes funciones de 
gobierno. Hemos hablado ya de las célebres habitaciones co- 
munales de los Iroqueses (Long Houses), trojes rectangulares 




Fig. 205. -Jefe Sioux. 



- 218 - 



de 20 ó 30 metros de largo, divididos en pequeños comparti- 
mentos (1). En ellas vivían generalmente las familias del mismo 
clan totémico, observando estrictamente las leyes del matriar- 
cado exogámico. Todos los jefes se elegían y mantenían en el 
mando por los sufragios de las matronas de su grupo, á quie- 
nes pertenecía exclusivamente la casa y la tierra. La elección 
debía confirmarse por el Consejo Federal ó los tribales. La au- 




Fig. 206. - Pueblo de Taos (Nuevo México). 



toridad de las mujeres, dentro de su clan y casa, era simple- 
mente autocrática. El hombre que por su conducta alteraba la 
buena armonía del hogar común, era expulsado sumariamente. 
La Confederación Iroquesa cambió por completo el aspecto 
político de un vastísimo territorio. Los Iroqueses, arrojados 
por los Algonquinos de las márgenes del San Lorenzo, consi- 
guieron, paulatinamente, vencer á sus enemigos de Norte y 
Sur, convirtiéndose, merced á su Confederación, en dueños 
virtuales del territorio comprendido entre la Bahía de Hudson 
y la Carolina del Norte (2). 



(1) Vse. los Capítulos lll y IV de este Título. 

(2) Su extensión fué limitada al Nordeste por los poderosos y crueles Ojibwas y al 
Sur por los Che*-okees mismos que no pertenecían á la Confción. de las 5 ó 6 tribus. 
Vse Farrand. Op. cit., pág. 269 y sigtes. 

- 219 - 



Por lo demás, los Iraqueses no se diferenciaban mucho de 
las demás tribus bárbaras y sedentarias del Norte de América. 
Los cultos religiosos y mágicos, la influencia de los shamanes 
y hechiceros, los sacrificios humanos, el canibalismo, la cruel- 
dad y la perversión de costumbres eran, con ligeras variantes, 
las descritas en general. Dará todos los pueblos de América (1). 




Fig. 207. -El Tpx'xmtx Sachem Iroques (Pictografía indígena). 



Eran fuertes, imaginativos, orgullosos y muy sobrios. Fabrica- 
ban alfarerías, cultivaban el maíz, tabaco, etc.; fortificaban sus 
aldeas de calles, comparativamente limpias, con empalizadas y 
otras defensas; construían excelentes canoas y sepultaban á 
veces en grandes montículos (Mounds) á sus venerados muer- 
tos. Tenían numerosas tradiciones y arengas que, recordadas 
con el «wampum», pasaban de generación en generación con 
extraordinaria fijeza. Los mitos personificaban, en una ú otra 
forma, la lucha constante de la luz con las tinieblas. Los actua- 



(1) Vse. Capítulos IV y V del presente título y sus bibliografías y referencias. 

- 220 - 



les Iroqueses (con excepción de los Cherokees), reducidos á 
unas 15.000 almas, habitan parte en el Canadá y parte en las 
Reservas Indias, de Nueva York, Wincousin y Ontario. Los 
Cherokees, con algunos miembros de distintas familias lin- 
güísticas, forman parte de las llamadas tribus civilizadas de 



i 



A- 






I '•^mmí:^!^ 






Fig. 208. - La danza del Espíritu (Pictografía en piel). 



los «Territorios Indios» (Indian Territories) de los Estados 
Unidos de Norte- América (1). 



(1) H. B. Am. Ind., pág. 615 y sig. (Iroqueses), 223 (Cayugas), 245 (Cherokees), 
335 (Conestogas), 438 (Eries), 585(Hurons), etc., y sus bibliografías. Morgan League 
of the Iroquois: Lib. I (Estructura de la Liga), pág. 3, 120; Libro II (Espíritu de la 
Liga) pág. 141, 305; Libro III (Incidental en la Liga), pág. 3, 140 y sus preciosos 
mapas (Ed. Dodd. Meadas, N. Y., 1904). Thoinas, pág. 48, 157, 160, op. cit. Bancroft. 
Op. cit., III-246y sig. Schoolcmft (Gallatin), III-401 B. A. E.: Rep. l.o {Powell), 
2 (Stnith), 3 (Owen Dorsey), 5 (Royce), 7 {Mooney), 13 (Dorsey), 21 (Hewit), 19, 1.a 
(Mooney), etc. Pílling. Bibliog. Iroquaian Lang. (B. A. E., Bulletin 6.o). Brinton. 
Ara. Race,, pág. 42, 81. 85. Farrand. Op. cit., pág. 148, 160, 214, 284 (Bibfía.). 
Cadwalla'Jef Colden. Hist. of the Five. Ind. Nat., pág. 31 y sig. Lafittau. Moeurs 

- 221 - 



Lts Muskokis. 



6. -Las varias tribus de la familia Maskoheana ó Miiskoki 
ocupaban los placenteros valles que se extienden desde las 
estribaciones inferiores de las montañas Apalaches hasta el 
golfo de Méjico, y desde las márgenes del Missisipí hasta el 
Occéano Atlántico. Las tribus de esta familia vivían en aldeas ó 
poblados, donde cada linaje tenía su propio territorio, su 



\ñ 



í 



Fig. 209. - Manibozho (Algonquinos). 



cementerio y su montículo (tnound) para depositar después 
de limpios los restos venerados de sus muertos. Predominaba 
también entre los Muskokis el matriarcado, aunque la posición 
de la mujer, en la familia y el clan, era muy inferior á la que 
tenía en la familia Iroqu£ sa»Xos jefes civiles de los Muskokis 
(mikos) eran vitalicios y virtualmente hereditarios. Los jefes mi- 
litares se nombraban de acuerdo con los Consejos de las tribus. 



de Sav. Americains. Tab Alfabetique, pá?. 291 y sig., «Iroquois" Parkinann. Jesiiits 
in N. A. Int Liii y sig Raguenau. Relation des Hurons (1648), pág 30 y sig., 
Twaites. Jesuit-Relations (1642), páe. 35, 1858; (1653), pág. 63, etc.; (1637), pág. 119 
etcétera, y las citadas por Parkmann en sus notas á Jesuits inN. A., y H, B. A. Ind., 
pág. 615, 223, '^45, 335, 438, 581, etc. Keane. M. P. P., pág. 389-90, 26, 385. Id. Geog. 
of. N. A. {^tanford's) I, pág. 67, 71, etc , etc. 

- 222 - 



En el año 1540 cultivaban ya los Miiskokis extensos cam- 
pos, vivían en aldeas permanentes, tenían habitaciones de 
madera peculiarmente construidas, extraían y aprovechaban 
las arenas auríferas de sus ríos y usaban alfarerías y útiles 
liticos de curiosa perfección y pulimento. Las investigaciones 
arqueológicas modernas han venido á confirmar como exactas 
las descripciones de la cultura de los Muskokis que hicieron 




Fig. 210. -Símbolos mágicos (Wabeinó) 

sus descubridores en el siglo xv (1). Las tribus Creeks fueron 
las más fuertes, numerosas y preponderantes de esta familia 
lingüística. 

Rodeadas de vecinos hostiles y poderosos, prestaron prefe- 
rente atención á su organismo militar y dieron á sus guerreros 
grandes preeminencias. La iniciación, educación, grados y 



(1) Vse. Reí. Cab. de Elvas (Hakluit), II, pág. 563 y sig. Gatschet. Migration 
Legend, I, pág. 121, 131 y sig. Oviedo. Op. cit., II, pág. 554 y sig. Woodbury Lowery. 
Spanish Selílements, etc., pág. 212 y sig. Garcilaso de la Vega. Florida del Inca (Ed. 
Madrid, 1723). Iib. V, pte. I, cap. Vil y siguientes. 

- 223 - 



predicamento social de dichos guerreros tienen muchos pun- 
tos de contacto con las de los combatientes Aztecas. Los ritos, 
cultos y fiestas ceremoniales (puskita) de los Creeks (1), sus es- 
timulantes simbólicos (Black-Drink), la disposición topográfica 
de sus aldeas y la construcción de sus «Casas del Consejo», 
«Casa Grande», etc., tienen gran interés etnológico. Formaron 




Pipas ceremoniales. 



también los Creeks una Liga parecida á la de los Iroqueses 
(Creek Confederacy), aunque solamente defensiva, y de su orga- 
nización laxa y efímera. Las tribus Creeks y sus desmembra- 
ciones los Seminólas (Florida) opusieron luctuosa y tenaz resis- 
tencia en la primera mitad del siglo pasado (1830-1 842) á las tro- 
pas de los Estados Unidos, que sólo á fuerza de sangre se con- 
siguió dominarlas para trasladarlas á los Territorios Indios, don- 
de viven hasta hoy con relativa prosperidad é independencia. 



(1) Tilomas. Op. cit., pág. 48, 163-4. H. B. A. Ind., pág. 67 (Apalaches), 363 
(Creeks), 289 (Choctaw), 961 (Muskokis), etc , y sus referencias. Bancroft. Op. cit., 
II, pág. 249. Herrera, W, Déc, IV, Lib. IV, Ch. IV. Oviedo. Op. cic, III, pág. 583. 
Alvar Núñez. Cabeza de Vaca. Nauf. I, pág. 528 (H. P. Indias). Brinton. A. R., 
pág. 85, 89. Farrand. Op. cit., pág. 94, 168, 174, y Bibliog. pág. 270, 285. Pilling. 
Bibliog. of the Muskhogean Lang (Bull. 9.", B. A. E.). Maccawley. Seminóle In- 
dians, etc., B. A. E,, S*'' Rep., pág. 469 y sig. Biedma. Col- Doc. Florida, pág. 46 
ysig.Keane. M. P. P., pág. 390. Dellenbaugh. Op. cit., pág. ]54, 445. Mooney. 
19 Rep., B. A. E., Pte. I. pág. 3 y sig. Cde. de la Vinaza. Op. cit., pág. 337. Scliool- 
craft. Op. cit., III, pág. 511. Shea Cath. Missions., pág. 429, etc., etc 

- 224 - 



7. - En el territorio de los Alaskokis había algunas tribus de 
lenguas y dialectos completamente distintos. Entre ellas las más 
interesantes eran las de los Yuchis, 
Timaqiianos y Natchez. Los Yuchis 
(Río Savanah) se llamaban á sí 
propios "hijos del sol", conside- 
rando al astro como femenino y 
madre de sus linajes. 

Eran "gente muy limpia y muy 
polida, y naturalmente bien acon- 
dicionada". Tenían á las mujeres 
en gran estima. Cuando Hernando 
de Soto les visitó por primera vez, 
"la cagica, Señora de aquella tie- 
rra. . . moga y de buen gesto", le 
recibió con grandes agasajos. 
(Abril, 1540) (1). 

Los Timaquanos, que ocupaban 
los valles del Río San Juan (Flori- 
da) y la costa del Occéano Atlánti- 
co hasta el Río Santa María, se ex- 
tinguieron hace más de un siglo. 
Conocemos su lengua por las obras 
de los Misioneros. Los célebres 
Natchez, cuyo recuerdo preserva- 
ron los colonizadores franceses de 
Luisiana, vivían cerca de la actual 
ciudad de su nombre, en las már- 
genes del Missisipí. Se considera- 
ban como representantes del sol, á quien adoraban preferente- 
mente, sacrificándole cautivos y conservando en su honor el 



Yuchis, 
Natchez, etc. 




Fig. 212. - Indio Cherokee. 



(1) Oviedo. Hist. Gen. Nat. de Ind., 1-560 y ¿ig. "... De cómo el Gobernador 
Hernando de Soto fué al pueblo de Jalameco (?) é cómo la caciga Señora de aquella 
tierra le festejó", etc. Sigue Oviedo en este capítulo la Relación del hidalgo Rodrigo 
Rangel (que acompañó á Soto en la conquista) á la Audiencia Real de Sto. Domin- 
go. Soto visitó los Yuchis en Abril, 1540. Vse. Oviedo, loe. cit., pág. 561. 



225 



15 



fuego perpetuo. Construyeron «mounds» artificiales, sobre los 
que edificaron casas y templos; fueron habilísimos en tejer 
fibras vejetales y en la fabricación de alfarerías y adornos. 
Sus caciques, considerados "hijos del Sol", eran reverenciados 

como tales. Su oficio fué heredita- 
rio y su gobierno absoluto y des- 
pótico (1). 
OakotasíSíoux. ^WHI^ 8. - En la historia de los Estados 

Unidos las bandas ó grupos de la 
familia de los Dakotas ó Sioux son 
tan interesantes acaso como las tri- 
bus Algonquinas ó Iroquesas. 
Fuertes, activísimos, libres é indó- 
mitos, se les considera también por 
los etnólogos como ejemplares 
arrogantes y típicos de la raza india. 
Vivían los Sioux en la región de 
las grandes llanuras, al Oeste del 
Missisipí, desde el Río Saskatche- 
wan, en el Norte, al Arkansas, en 
el Sur, llegando á veces hasta Virginia y el golfo de Méjico. 
Estaban divididos en siete grupos principales («los Siete 
fuegos del Consejo»), subdivididos á su vez en numerosas 
bandas y sub-bandas locales. Prevalecía el patriarcado y la 
poligamia. Los jefes eran electivos y su autoridad estaba limi- 
tada por los Consejos de las bandas ó sub bandas. Los ancia- 
nos en sagacidad y experiencia eran muy respetados en tiempos 
de paz, cediendo, sin embargo, toda su autoridad á los jefes 
militares en tiempo de guerra. 




Fig 213. -Apache. 



(1) Brinton. A. R., pág. 89 y sig. Gatschet. Science (1895), pág. 253. Cárdenas 
y Cano. Ens Crit. Hist. florida, pág. 46 y sig. Robertson. Op. cit., ll-ias. Charle- 
voix. Hist. Nouv. France, III-4I9, 467. LettresEdifiantes, XX-IU-lOó, etc. //. B.A. 
Ind., pág. 315, 316, 657, etc., y sus bibliografías. Keane. M. F. P., pág. 392. Gats- 
chet. Karankaway Indians.'(189I), pág. 12 y sig. Conde de la Vinaza. Op. cit., pág. 392. 
Tilomas. Op. cit., pág. 49. Farrand. Op. cit., pág. 95 y sig. Pimentel. Op. cit., 
11-409. Woodbury Lowery. Op. cit., pág. 55, 63, 457, etc. Biedma. Collec. Doc. Flo- 
rida, pág. 50. Piy Margall. Op. cit.. I, pág. 747, etc., etc. . . 



226 




ti tactor principal que modeló la vida, creencias, artes, indus- 
trias y gobierno de estas tribus ó bandas Sioux fué la caza del 
bisonte, descrito por primera vez 
en 1530 por los conquistadores es- 
pañoles y sus cronistas (1). De aquí 
la ausencia de agricultura y la vida 
nómada de los ágiles y errabundos 
Siouanos, que perduró siglos des- 
pués del descubrimiento, aumen- 
tando con la llegada del caballo, 
que facilitó grandemente sus expe- 
diciones de caza y guerra. 

Antes de conocer el caballo, usa- 
ban los Sioux el perro para su ali- 
mento, arrastres y hasta para sus 
ceremonias y rituales sacrificios. 
Los Sioux fabricaban armas y útiles 
de piedra, madera, cuerno y hueso, 
rudas alfarerías y utensilios do- 
mésticos de madera y pieles de bisonte. Su habitación caracte- 
rística era el movible «tipí», ya descrito en anteriores capítulos. 
Las tribus Mandanes, pertenecientes á esta familia, fueron 
los constructores de las casas comunales cir- 
culares (circular-houses), también descritas, 
que rodeaban de empalizadas, prácticamente 
infranqueables para los guerreros indígenas. 
Las pictografías de los Sioux, en pieles 
de bisonte, sus pipas simbólicas («calumet»), 
de arcilla roja y tubo largo y adornado de 
plumas, y sus preciosas y abigarradas alja- 
bas han servido para esclarecer muchos 
problemas relativos á la evolución del arte Americano. 

Las concepciones religiosas de estas bandas ó tribus fueron. 



Fig. 214. - Indio Creek. 




Fig. 215. -Preparando 
el Blaek-Dimk. 



(1) Vse. A. N. Cabeza de Vaca. Nauf. I, pag. 
Coronado Expedition (14, Rep. B. A. E.), pág. 
pág. 169 (B. A. E.) y sus notas y referencias. 



46 y sig. (Ed. Suátez). Winship. 
391, 527 y sig. H. B. Am. Jnd., 



227 - 



en general, animistas y basadas en la crencia en el « Wakanda» 
ó misterio primitivo y omnipresente, diferenciado en innume- 
rables seres, espíritus y formas. Predominaban los cultos de 
carácter mágico, tenebroso y violento. En las célebres fiestas 
anuales de invocación al sol (siin-dance), peculiares de estas 
bandas indígenas, todos los individuos del grupo, presididos 

por sus hechiceros é ini- 
ciados en las sociedades 
secretas de la «gran me- 
dicina» se reunían en la 
cabana ceremonial y dan- 
zaban días enteros, pinta- 
rrajeados, desnudos, y al 
son de destemplados 
atambores y silbatos de 
hueso, alrededor de los 
postes sagrados, de don- 
de pendían misteriosos 
amuletos. Los últimos 
días de estas ceremonias 
se dedicaban general- 
mente á las más cruentas 
torturas penitenciales ó propiciatorias. Algunos devotos se tras- 
pasaban las capas musculares del pecho y los hombros con 
palos de madera, y se hacían colgar con ellos de las vigas de 
la cabana hasta que, desgarradas brutalmente sus carnes, caían 
desangrándose en tierra. 

Las bandas Sioux han dado también mucho que hacer á los 
ejércitos Norteamericanos. En su célebre sublevación de Min- 
nesota (1862), dirigida por el sanguinario jefe «Litlle Crow» (1), 
más de 100 soldados y 700 colonos perdieron sus vidas entre 
cruelísimos tormentos. Actualmente, los Dakotas ó Sioux viven 
dispersos y pacíficos en diversas Agencias y Superintendencias 




Fig. 216. -Indio de las Montañas. 



(1) Vse. //. Boock. Am. Ind., pág. 769. Miirch. Hist of the great Massacre by the 
Sioux in 1868, pág. 12 y sig. 



228 



escolares de los Estados Unidos. Su número alcanzaba en 1904 
á 29.000, pero tienden, paulatinamente, á extinguirse (1). 

9. - La escarpada cadena de las montañas Roquizas se ex- Tlinkits, Haydahs 
tiende de Norte á Sur, dejando una estrecha línea de costa y turnas, 
desde el Monte San Elias al Golfo de California, á lo largo del 
mar Pacífico, sembrada de valles fértiles y profundos. Habita- 
ban en ellos numerosas 
tribus, distintas entre sí 
por sus lenguas, pero 
muy semejantes por sus 
caracteres físicos y psíqui- 
cos, que las diferenciaban 
de las tribus de las cos- 
tas del mar Atlántico. 

Las más notables fami- 
lias lingüísticas de esta 
región son la de los Tlin- 
kits, de Alasca y costas 
adyacentes, la de los Hay- 
dahs y similares (Islas 
Queen Charlotte, Colum- 
bia Británica, etc.) y la de 
los Yumas, que poblaban la península de California hasta los 




Fig. 217. - Indio de las Llanuras. 



(1) H.B.A. Ind., pág. 376 (Dakotas), 103 (Assiniboin), 547 (Hidatsa), 797 (Mánda- 
nos), etc., y sus notas y referencias. Thomas llama á los Sioux «beduinos de Norte- 
América". Int. N. A. Arcb., pág. 49, J57, 162-8, etc. Vse. también B. A. E. Reports7.o 
(Powell), 15° {Me. Qee), 15." (Dorsey), 14. o {Mooney), ll.o {Dorsey), etc. Bulietin 22. 
Mooney. Siouan Tribes of the East. Bulietin 20. Boas. Chinook texts. Bulietin 5." 
Pilling. Bibliog. Siouan Lang. Bulietin \5.o Pilling. Bibliog. Chinookan L&ng. Jes. 
ReL(Twaites) (1667). 111-23, etc. (1658) 21, 39. (1640) 35. etc. Keane. Geog. (Stanford) 
N. A. I., pág. 536 y sig. Sehoolcraft Ind. Tribes, 11-141; V-39, 193; VI-34, etc., etc[ 
Charlevoix.Op. cit. (Ed. Sheá), III-31. Shea. Catholic Missions, pásr. 348 y sig. 
Alegre. Hist. de la Cia. de Jesiís, I, pág. 336. Bñntoii. A. R., pág. 98, 100. Farrand. 
Op. cit., pág. 133-47 y 246-270. Bibliog. (282). Deniker. Op. cit , pág. 528. Keane. 
M. P. P., pág. 391 y siií. Woodbury Lowenj . Op. cit., pág. 66 y sig. Coll. Doc. 
Florida, pág. .58. Dellenbaugh. Op. cit., pág. 60, etc. Píy Margall. Op. cit., cap. 
XXXIll y XXXIV. Will Cr Spinden. The Mandans, pág. 23 y sig., y en especial la 
preciosa obra de Catlin, Letters& Notes, etc., I, 81, 181 y sigtes. y el Smithsonian 
Rep. (1885). 



- 229 - 



valles del Río Colorado, colindantes con el Estado de Arizona 
y el Norte de Méjico. 

Los TUnkits eran acaso las tribus más inteligentes de la costa 
Norte del Pacífico. Tenían ideas definidas sobre el derecho de 
propiedad privada, desconocido en la mayoría de las tribus 
salvajes. Basaban en tal concepto la elección de sus jefes. Los 
más ricos ocupaban los puestos más altos. El resto del sistema 
social de esta curiosa plutocracia Americana reposaba en el 




Fig. 218. -Pictografía simbólica. 

matriarcado y los linajes exogámicos. Ocupaban los Haidahs 
casas sólidas de madera, á cuyas puertas erigían postes altísimos 
cuajados de esculturas totémicas. Fabricaban admirables canoas 
de cedro rojo, lámparas, morteros y utensilios de piedra y pre- 
ciosos adornos de plata y cobre. Eran comerciantes activísimos. 
Los primeros navegantes Europeos que los visitaron (1741) 
encontraron en su poder cuchillos de hierro, obtenidos acaso 
en sus expediciones hacia el Sur. Usaban conchas como mo- 
neda y compraban esclavos á las tribus vecinas. Formaban estos 
esclavos clase aparte, y eran tratados por sus compradores con 
crueldad y profundo desprecio. El principal personaje mitoló- 
gico de los TUnkits era el cuervo^ considerado como raptor del 
fuego sagrado y libertador del sol, la luna y las estrellas. 

Los usos y costumbres de los Haidahs son semejantes á 
los de sus vecinos. Tienen en mucho aprecio la riqueza perso- 
nal, considerando como fin único y primordial de su vida el 
adquirirla y acumularla. Honran á las mujeres por su castidad 
é industria y á los hombres por su astucia y comercial ingenio. 

- 230 - 



Prevalece entre ellos el patriarcado, dividen sus comunidades 
en estratificaciones sociales distintas y sus cultos son en general 
zoolátricos y totémicos. La lengua general át toda esta costa es 
una de las jergas comerciales (Chínookjargon), mencionadas 
en otro capítulo. 

Los Yuntas de Arizona y Norte de Méjico fueron, en su 
mayor parte, tribus salvajes, errabundas y tenazmente rebeldes. 
Algunas de ellas, sin embargo, fueron horticultoras y sedenta- 
rias, y acaso construyeron en tiempos lejanos fuertes estructuras 
deadobeyde piedra (1). 

10. -Describimos en 
otro lugar las habitacio- 
nes y restos arqueológi- 
cos (Cliff Houses, etc.) 
de la región de los Pue- 
blos, y procuramos de- 
mostrar que las varias 
tribus allí encontradas 
por los soldados espa 
ñoles del siglo xvi, fue 

ron sus constructores F¡g 219. -E1 bisonte según Gomara. 




fl) Vse. Woodbtvy Lowenj. Op. c'.t., pág. 4Q, 75, 337 y sig. Encic. Británica. 
"California". Winsor. N. & L. H. of. A. 1-81, 328; 11-433 y sig. Bancroft. Hist. Cali- 
fornia, 1-67; 11-322, etc. Relación ó diario de la navegación que \\\zo Juan Rodríguez 
CabriUo, etc., en Coll. Doc. Fio., pág, 173, 186, etc. Herrera. Vo!. III, Déc. 7, Lib. V. 
Cap. III y IV, etc (Vse. Tabla, Vol. IV). Fiske. Op.cit., 1-39 y sig. Me. Geeí^ Hewitt. 
The Seri Indians (17 Rep. B. A. E.), pte. I, pág. 9 á 296, y la preciosa bibliografía de 
su Sumario histórico (pág. 50 á 122). //. B. Ain. Ind. N. of M., pá?. 190, 269, 273, 296, 
438, 521, 723, 737, 806, 921, etc., etc., y sus referencias. Murdoch. Point Barrow Esp. 
(9 Rep. B. A. E.), pág. 11, etc. Bancroft. Nat. Races, III-564 y sigtes. Farrand. Op. 
cit., pág 180 y sig. Galiana. Viaje corbetas Sutil y Mejicana (1802), pá?. 167 y sig. 
S^hoolcraft. Ind. Tribes, etc., III-109, lV-24 á 38. Pacheco y Cárdenas . Doc. Ind., 
XIV-165(B. Nal. Madrid., Ms., 18669). P. Kino (Id., Ms. 1-149, H-78). Benavente 
(l\ Miguel, S. I.) Reflexiones, etc. (B. N. Madrid. Ms. 1-153). Relación viaje D. Pe- 
dro Porter, etc. (B. N. Madrid, Ms. S-52). Descubto. Californias. Anónimo (B. N. 
Madrid, Ms. 1-89). P. Kino, en Doc. Hist. México, 4.a Serie, 1-349. Villa-Señor. 
Teatro Americano, pte. II, pág. 405. Powers. Tribes of California, pág. 14 y sigtes. 
Deniker. Op. cit., pág. 531 y sig. Keane. M. P. P., pág. 379 y sig. Drake's. Narra- 
tive en Hackluyt, vol. IV, pág. 41, 11-44, 246, etc. Pí y Margall. Op. cit. I. Chap. 39 
'• 40, etc., etc. 



231 



indiscutibles. Concuerda esta opinión científica con las tradi- 
ciones de dichas tribus y las descripciones que de sus usos y 
costumbres hicieron los primitivos cronistas. 

La llamada región de los Pueblos se extendía desde los 
h'mites Occidentales del estado de Tejas hasta California, y 
desde el centro del estado de Utah hasta el de Zacatecas, en 




Fig. 220. -Ceremonia religiosa (Dakotas). 



Méjico, y estaba poblada, á mediados del siglo xvi, por cuatro 
grupos lingüísticos principales (Hopis, Ziiñis, Querés y Te- 
linas), dispersos, aproximadamente, en 65 aldeas ó pueblos, 
distantes entre sí de 30 á 100 kilómetros (1). 

Las casas de estas aldeas eran todas del mismo tipo, ya des- 
crito en otro lugar, y de tres ó cuatro altos. Había algunas de 
siete pisos ó altos que servían de fortalezas y salían por encima 



(1) Vse. Woodbury Lowery. Op. cit., pág. 69 y sig. Bandelier. Historical Intro- 
duction to Studies Among the Sedentary Indians of New México (Arch. Inst«« of Amé- 
rica Papers 1-1-33). 

- 232 - 



de las otras como torres, con sus troneras y saeteras, para de- 
fenderse en caso de ataque. 

Las mujeres preparaban la comida, acarreaban agua, las rnás 
de las veces de muy lejos, y labraban en común las habitacio- 
nes mencionadas, 
haciendo y secan- 
do las pellas y la 
mezcla de cenizas 
y arcilla de las pa- 
redes, mientras los 
hombres traían y 
asentaban las tra- 
viesas y los postes. 
Fabricaban tam- 
bién las mujeres 
aquellas "ollas y 
lozas muy hermo- 
sas, vidriadas y de 
extremadas labo- 
res y hechuras", 
que tanto sorpren- 
dió á los Conquis- 
tadores Españoles 
y han hecho ar- 
queológicamente 
famosas las alfare- 
rías de la región Fig. 221. -jefe siou.-: 
de los Pueblos (1 ). 

Los hombres cultivaban los campos, tejían mantas y arreos 
en telares más ó menos primitivos, discutían los intereses de 




(1) Vse. mis notas al Cap. II, Tít. I, y Holmen. Pottery of Ancient Pueblos (B. A. 
E, 4 Rep.,pág. 266á35S). Cushiiig. Study of Pueblo Pottery, pág. 473, 479, 520 
(4 Rep., B. A. E.). Fewkes. Archeologicr.l Exp. to. Arizona (17 Rep., B, A. E.), pág. 
527, 741, II pte.). iíoHg'/z. Archeolog. Field. Work in Northeasteni Arizona (Report 
U. S. National Museum for 1901). Masón. Woman's Share in Primitiva Culture, 
pág. 91, 113. Thonias. Int. to. N. A. Archeol., pág. 170, -.103, 220, etc , etc. 



- 2.^3 



su aldea en tiempo de paz y preparaban sus expediciones mi- 
litares en caso de guerra. Las casas comunales de los Pueblos, 
en general muy limpias y bien repartidas, tenían todas su 
estufa ó kiva, donde dormían los mancebos y se reunían los 
ancianos y sacerdotes. Se excavaban estas estufas en los patios 
ó lugares de fácil acceso, eran redondas ó cuadradas, bajo tie- 
rra, con pilares de pino y suelo de 
losas grandes y lisas, donde se en- 
cendía un fogón para que susten- 
tara el calor del recinto y se pu- 
diera estar dentro como en un 
baño caliente. El techo, visible so- 
bre la superficie de la tierra, tenía 
un agujero de entrada y otro más 
pequeño para que salieran los hu- 
mos. En las murallas estaban pin- 
tados animales y seres legendarios, 
con colores brillantes y simbólicos. 
Los habitantes de los Pueblos 
eran monógamos. Los jóvenes, an- 
tes de contraer matrimonio, servían 
á la Comunidad, y sólo tomaban 
mujer cuando así lo disponía el 
Consejo de ancianos en discusión solemne. Las mujeres casa- 
das se cubrían con capotes de cuero pulidos y mantas anuda- 
das en el hombro izquierdo y atadas con cinturones de algo- 
dón y hebilla de turquesas. Los hijos pertenecían al clan ó 
linaje de la madre (matriarcado) y las hijas heredaban sus 
efectos personales. Los linajes eran muy numerosos y estaban 
reunidos por aldeas y no por tribus. En cada aldea había un 
jefe de paz ó gobernador, al que asesoraba el Consejo de an- 
cianos, y un jefe militar, nombrado por sus proezas. No se co- 
nocía la propiedad privada de la tierra, aunque se respetaba 
mientras duraba, la ocupación individual ó familiar de las 
parcelas cultivables. 
Cultivaban cuidadosamente estas tribus el maíz, el algodón, el 




Fig. 222. -Jefe Sioux. 



234 - 




Fig. 223. -Indio de los Pueblos (Cochiti). 



tabaco, las judías, etc., y regaban sus campos con acequias bien 
construidas, que también utilizaban páralos servicios domésticos. 

Eran excesivamente re- 
ligiosos. Los sacerdotes y 
hechiceros, agrupados 
casi siempre en socieda- 
des secretas, tenían á su 
cargo todas las ceremo- 
nias y ritos. Los cultos re- 
ligiosos ó mágicos eran 
largos y complicados. En- 
tre los Hopis, por ejem- 
plo, se dedicaban men- 
sual mente 10 y hasta 15 
días á las prácticas reli- 
giosas, dirigidas por una 
ó por otra de las socieda- 
des rituales. La parte se- 
creta de estas ceremonias se celebraba en las estufas ó kivas, 

construyendo en ellas altares, 
semejantes á los Navajos, de 
arenas multicolores, y la parte 
pública de las mismas termina- 
ba casi siempre con un regocijo 
espectacular y ruidoso, en el 
que los juglares (koshare ó de- 
¿¿ghtmakersJexh\b\3Ln sus habi- 
lidades dramáticas y lanzaban 
como dardos sus chanzas inten- 
cionadas y malévolas. En algu- 
nas ceremonias, y para hacer 
más eficaces las oraciones á los 
antepasados de los clanes ó li- 
najes (katcinas), se personifica- 
ban sus espíritus con trajes y máscaras simbólicas. El principal 
objeto de todos estos ritos religiosos era el atraer la lluvia 




Fig. 224.-xMuier Seri (Isla Tiburóa) 
con su pintura característica. 



235 - 



para obtener buenas cosechas. Dada la aridez de las regiones 
en que estas tribus vivían (1), la lluvia para ellas era cuestión 

de vida ó muerte. 

En general, las tribus de los 
Pueblos eran pacíficas, ordenadas 
y relativamente morales y cultas. 
Castigaban severísimamente las 
brujerías y vicios nefandos y es- 
aban exentos del canibalismo y 
los sacrificios humanos, que tan 
negra mancha arrojan sobre las 
culturas Aztecas y Chibchas (2). 




F\g. 225. -B/ackHowk. 
Jefe de la tribu Sauk. 



(1) Las tribus de los Pueblos, reducidas á 
10.000 almas, sigueu viviendo hasta hoy en el 
mismo territorio, repartidas en unas 27 aldeas 
habitadas, de las cuales sólo Acoma y algunas 
Hopis ocupan los sitios mismos que ocupa- 
ban en la época de la Conquista. Vse. Fan-and. Op. cit., pág. 1S3. 

(2) Vse., en primer lugar, el precioso estudio de Winship y su bibliografía, pág. 
602 (14 Rep. B. A. E., pág. 339 á 602), en el que se transcribe la Relación de la Jor- 
nada de Gibóla por Pedro de Castañeda, de Nacerá. La Relación Postrera de Sibola 
(pág. 566), sacada por el ilustre Americanista García Icalbazceta de los papeles del 
P. Motolinia, autor de una célebre descripción de los Indios de Nva. España (Coll. 
Doc. Hist. Méjico. Ed. Icalbazceta, Vol. I). Vse. también Woodbury Lowery. Op. 
cii., pág. 69 y sig., y sus notas. U. Book Am. Ind., pág. 209, 221 y sus notas 675, etc. 
Brinton. A. R. pág. 113 y sig. B. A. E. Reports 2 yCiishinrt), id. {Stevenson), 3 (Id.), 
4 (Cus/üng), 5, 11 y 23 (Matilde Stevenson), S (Mindeleff), 13 y 16 (Id.), 15, 17, 19, 
21 y 22 (Fewkes), etc., etc. Para la vida social y moral de los Queras (Rito de los Frí- 
joles), léase la deliciosa Narración de Bandelier. The Delight Makers, pág. 39 y 
sigtes. (Koshare, etc.). Vse. también en general á Thomas. Pág. 203, 233, op. cit. 
Ilodge. Pueblo Indio Clans (Am. Anthrop., lX-345). Deniker. Op. cit., pág. 534. 
Keane. M. P. P., pág. 399. Fiske. Discovery, 1-87. Nadaillac. Am. Prehist., cap. V, 
pág. 198. Winsor. N. & 1. H., I, pág. 395 y sigtes. Dellenbaugh. Op. cit., pág. 133 
y sig. y cap. XVL Conde de la Vinaza. Op. cit , pág. 874, 383, 389, etc., etc. 



236 - 




í F* 



1 



CUESTIONARIO 



/. - ¿Existe alguna clasificación etnológica cierta de las tribus 
Indias de la América del Norte? 

2. -¿Cuál es la más aproximada á la verdad histórica? 

3. — ¿Dónde habitaban las tribus de la familia Esquimal? 
4.- ¿Cuáles fueron sus costumbres peculiares? 

5. - ¿Dónde habitaban las tribus de la familia lingüística 

Athapasca? 
6.- ¿Qué arte cultivaron preferente los Navajos, etc.? 
7. -¿Qué territorios ocupaban las tribus Algonquinas? 
8. - ¿Qué tuvieron de notable en sus notas culturales? 
9. -¿Dónde habitaban las tribus Iroquesas? 
10. -¿Qué Naciones ó gentes formaban la Confederación Iro- 

quesa? 
1 1 . - ¿Cuál fué la organización social y política de la referida 

Confederación? 
12.- ¿Qué importancia histórica y social tuvo la Confedera- 
ción Iroquesa? 

13. - ¿Cuáles fueron los rasgos peculiares de la vida social de 

los Iroqueses? 

14. - ¿Cuáles fueron las tribus principales de la familia Iro- 

quesa j/ qué territorios ocupan actualmente? 

15. - ¿Qué peculiaridades etnológicas distinguen á las tribus 

Muskokis? 

- 237 - 



16.- ¿Quiénes eran los Natchez? 

17.- ¿Qué territorios habitaban las tribus Dakotas íjSíoux? 

18. - ¿Cuáles fueron los rasgos característicos de su vida social 
é historia? 

19.-- ¿Cuál fué el factor principal de su vida, creencias, etc.? 

20. - ¿Quiénes fueron los Mandanes? 

21.- ¿Dónde habitaban las tribus Tlinkits, Haydahs, etc.? 

22.- ¿Qué límites probables tenía la Región de los Pueblos? 

23. - ¿Qué costumbres peculiares caracterizan á las tribus de 
esta Región? 

24. -¿A qué grado cultural alcanzaron? 

25.- ¿Cuáles fueron sus ritos y creencias religiosas caracterís- 
ticas); cuáles los productos de sus actividades estéticas? 




238 - 



REFERENCIAS 



Generales. — Las mencionadas en los capítulos anteriores. 
Winsor, op. cit., vol. I, chap. V (George E. Ellis). Higginson, 
Larger History, 1-26. Bancroft, op. cit, vols. I-IV, etc., etc. 

Especiales. — Las mencionadas en los capítulos anteriores 
y en las notas del presente. 

Fuentes. - Los antiguos cronistas Españoles (Oviedo ^ He- 
rrera, etc.); los Documentos Inéditos, (Pacheco y Cárdenas); 
las Memorias y Descripciones de Misioneros (Ghamplain, 
Lebeafy etc.); las Jesait Relations; los exploradores y co- 
lonizadores ingleses, en especial Cap. John Smith, True Re- 
lation; Carver, Travels through North America. Jones, Anti- 
quities of the Southern Indians; Loskiel, Mission of the Uni- 
ted Brethren among the Indians; De Bry, Qrands et petits 
voyages; Haklayt, Principal Navigations, etc., etc.; las Memo- 
rias anuales de la Oficina de Etnología de Washington (B. 
A . E.J; de la Smithsonian Institution, Peabody Museum, etc.; 
las citadas en los capítulos anteriores, y las mencÍQuadas en las 
notas del presente. 

BibUografía. -Hand Book. Am. Ind, North of México, I 
(B. A. E.). Winsor, op. cit, caps. Ill-V y ap^^^s i á yi, vol. I. 
Bancroft, Nat. Races, vols. I á IV. Brinton, Aboriginal Ameri- 
can Authors. /Yzrríz/zí/,op.cit,pág.273 y sig. Reports/^^. A. E) 
citados; Channing & Harir, Guide to Am. History, y las men- 
cionadas en los anteriores capítulos. 

- 239 - 



la familia 
tJto-Aztcca. 



CAPITULO VII 
TRIBUS DE MÉJICO Y AMÉRICA CENTRAL 

1. La familia Uto-Azteca. - 2. Slioshoneanos. - 3. Sonoras. -4, La Confederación 
Azteca. -5. La guerra. -6. Tributos y modo de recolectarlos. — 7. El derecho á las 
tierras y su distribución. -8. Gobierno y organización social. -9. La esclavitud. 
-10. La familia. -IL Los mercados. - 12. Tribus de Michoacan Nicaragua, etc. 
-13. Los Mayas. — 14. Los calendarios. — 15. Agricultura. - 16. Artes mecánicas.— 
17. Pintura y Escultura. - 18. La escritura simbólica. - 19. La Arquitectura. - 
20. Religión y Magia. -21. El Sacerdocio y su influencia. -22. Conclusiones ge- 
nerales. 

1.- De todas las familias lingüísticas del Norte de América, 
la llamada Uto- Azteca es acaso la más interesante para nuestra 

historia, no sólo por su 

gran extensión territorial 
y su luctuosa resistencia 
á los Conquistadores Es- 
pañoles, sino por la sin- 
gular cultura á que alcan- 
zaron muchos de sus 
miembros. 

Se hablaban dialectos 

Uto- Aztecas desde el Ils- 

mo de Panamá hasta las 

orillas del Río Colombia en el Estado de Oregón (E. U.). y 

desde las costas del Océano Pacífico hasta el Golfo de Méjico (1). 

Las principales tribus de esta familia lingüística eran las 

Shos-honeanas, en el Norte, las de Sonora, Chihuahua, etc., en 




Fig 226. - Ruinas del Templo de Chichen-ltza. 



(1) Vse. Brinton A. R. pág. 118. La familia Uto-Azteca es la más numerosa de 
las hoy existentes en Norteamérica. Según los censos Norteamericanos y Mejicanos, 
vivían en ambos territorios, en 1880, cerca de 2.000.000 de indios á ella pertenecientes. 
Vse. Anales del Ministerio de, Fomento, Méjico, para 1881, citados i)or Brinton, 
op. cit., pág. 120. Comp. Orozco y Berra, Geog. Lenguas Méjico, IX parte, pági- 
na 252, etc. 



240 



el Centro, y las de los Nahuas ó Aztecas, en el Sur. La lengua 
de estas últimas tribus (Náhuatl) predominó sobre las demás. 
Sin perder su carácter aglutinante é incorporativo, llegó á 
tener formas fijas, sonidos relativamente armoniosos y aun 




Fig. 227. -El Lago de Méjico, según Clavijero. 

principios de inflexión. La unidad de origen lingüístico de las 
tribus de la familia Uto-Azteca es hoy para los filólogos un 
hecho indiscutible (1). 

2. -Los Shoshoneanos, con sus numerosas bandas, ocupa- Shoshoneanw. 
ban hasta el siglo pasado el territorio que se extiende desde 



(1) Se debe esta conclusión principalmente á los admirables trabajos filológicos 
de Joh. Cari. Ed. Buschman, que dedicó gran parte de su vida á seguir los rastros 
de la lengua Náhuatl ó Azteca en Méjico y Estados Unidos. Vse. Buschman. Die 
Spuren der Aztechischen Sprache im Nordlichen México, etc. (Berlín, 1859), pág. 815 
y sig. Cse. también Buschman. Gramatik der Sonorischen Sprachen, Pte, I, pág. 266, 
y Pte. II, pág. 215 y sig. Pérez de Rivas. Triunfos, etc., lib. I, cap. XIX. Powelí. 
Int. to the Study of Indian languages (B. A. E.. 1880, 2.» Éd.), pág. 43 y sig. Conde 
de la Vinaza. Op. cit., cuadro Alfco., etc., pág. 371 (Nahualt), pág. 372, 378, 383, 388, 
39U, etc., etc. 



241 - 



16 



el Río Columbia hasta el Estado de Durango, en Méjico. 
Pertenecen á este grupo lingüístico los formidables Coman- 
ches, de cultura y costumbres muy semejantes á las de los Sioiix 
ó Dakotas y los Hopis ó Moguis, de la región de los Pueblos 
(Arizona), cuya superior cultura describimos en los capítulos 
anteriores (1). 
Sonoras. 3. -Las tribus más interesantes de la rama de los Sonoras 
fueron los Pintas (Valles del Río Gila, etc.) y los « Tarahuma- 
res^ y «Haichols» de las cercanías de la Sierra Madre. Merecen 
los Pintas especial atención, no sólo por ser ellos ó sus ante- 
pasados inmediatos los constructores de los hoy ruinosos mo- 
numentos conocidos con el nombre de «Casas Grandes 
(Chihuahua), sino por sus adecuadas viviendas de adobe y 
extensa irrigación de sus campos. 

La cultura de estas tribus es muy semejante á la descrita de 
la región de los Pueblos. La evangelización de las aldeas de 
los Pintas (Pimería alta y baja) por el extraordinario y apos- 
tólico P. Klno es uno de los episodios más brillantes de la 
historia de la Compañía de Jesús en América (2). 

Los «Tarahumares» y «Huichols» fueron tribus tranquilas, 
laboriosas y sedentarias, que conservan hasta hoy la mayoría 
de los ritos, costumbres y creencias mágicorreligiosas que es- 



(1) Bourke. Snake Dance of the Moquis, etc., pág. 57 y sig. Farrand. Op. cit.. 
pág. 95. 98, 118, 119, etc., y 144, 146, 147. /='^h'Aís. Hopi Katcinas, etc. (21, Rep. 
B. A. E.), pág. 120 y sig. H. B. A. Ind. (B. A. E.), pág. 327 (Comanches), 521 (Hopis) 
y sus abundantes bibliografías. -Bn/z/ow. A. R., pág. 120 y sig. Clark. Ind. Sign. 
Lang., pág. 118 y sig. Thomas. Op. cit., pág. 139, 229, etc. 

(2) Mota Padilla. Hist. Nva. Galicia (Edición Icalbazceta, 1870), pág. 71 y sig. 
Tello. Fragmentos Hist. Nva. Galicia (Doc. Méjico. II, 369). cap. IX á XXXV. 
Pacheco y Cárdenas. Doc, vol. XV, pág. 392, 398. Herrera. Dec. VIII, cap. XXIII, 
etcétera. Winshlp. Coronado Expedition, 14 Rep., B. A. E., pág. 350, 356. etc., y sus 
bien elegidas fuentes y referencias, Mda, Stevenson. The Sia (11 Rep., B. A. E.), 
pág. 20 y sig. Dúiv/^s. Spanish Conq. New. México, pág. 351-52 (Expcion. Vargas, 
1692). McGee. Seri Indians (17 Rep., B. A. E., 1.» pte.), pág. 254 y su copiosa biblio- 
grafía sobre Misioneros Jesuítas en N. A. Sobre las Exploraciones y trabajos. P, Kino. 
Vse. Apostólicos Afanes S, J. (Barcelona, 1754). pág. 59 y sig., y la preciosa carta 
circular del P. Provincial de México á los PP. Pies, de España (1752), B. N. Madrid, 
Ms. PV., fol. 32, núm. 82, etc. 

- 242 - 



tudiaron en sus rancherías los misioneros de los siglos xvii 
y XVIII (1). 

4. - Entendemos por tribus Aztecas, Náhuatl ó Mejicanas La Confederación 
los de la familia Uto-Azteca, que hablaban la lengua Nahiialt. 
Ocupaban estas tribus la cuenca del Océano Pacífico y regio- 
nes montañosas adyacentes, desde el Río del Fuerte, en Sinaloa 



Azteca. 




Fig. 228. - Ruinas del Palacio de Chichen Itza (Yucatán). 

(26o lat. Norte), á las fronteras actuales de Guatemala, excepto 
una pequeña parte del Itsmo de Tehuantepec, Las agrupacio- 
nes más poderosas de esta familia lingüística formaron en la 
meseta del Anahuac, la célebre Liga ó Confederación Azteca, 
llamada comúnmente Imperio de Montezuma ó Mejicano. Com- 
ponían esta Confederación las tres poblaciones de Tenochtitlan 
ó Méjico, Tlacopan y Tezcuco, con sus territorios propios y los 
de sus tributarios. La capital de la Confederación y el asiento 
de su Gobierno estaban en Tenochtitlan, situado estratégi- 



(1) Lumholtz. Unknown México, vols. I y II. //. B. A. Ind. (B. A. E.), pág. 575 
y sus referencias. 

- 243 - 



camente en el centro de uno de los lagos (Tezcuco), del es- 
tupendo valle de Méjico, que circundan las elevadísimas 
y volcánicas cumbres del ''PopocatepetL, ó <;montaña que 
humea» y el "Ixtaccihuatl,, ó «mujer que duerme» (1). A seme- 
janza de los Confederados Iroqueses, los Menéanos tenían 
obligación de ayudarse mutuamente en sus guerras, de cuyo 




V\g. 229. -Ruinas de Mitla. 



botín {pertenecía una quinta parte á Tiacopan y cuatro quintas 
á Méjico y Tezcuco. 

Reducida al principio la Confederación á los límites del 
valle de Méjico, traspasó bien pronto sus escarpados baluartes, 
y al principio del siglo xvi, años antes de la Conquista Espa- 
ñola, alcanzaban sus dominios hasta Nicaragua por el Sur y 
desde el Mar Pacífico hasta el Atlántico (2). 



(1) Vse. Brinton. A. R., pág. 128. Thomas. Op. dt , pág. 233 y sig. Keane en 
Stanford's Compendium. Cent. & South Amca,, vol. II, pág 45 y sig. Fiske. Disco- 
very II, pág. 38 y sig. Dodd Mead's. Cyclopedia "México", 

(2) Vse. Prescott, Conq. of México, pág. 11 y sig. Clavijero. Stor. del Messico I, 
lib. II, IxtlUxochitl. Hist. Chichinieca, cap. 32, etc. Veytia. Hist. Ant., libro III, 
cap. III. Torqiiemada. Mon. Ind., lib. II, cap. XXX. García Iculhazceta, Obras 
(Ed. Agüeros, 1896), vol. I, pág. 310, 363 y sig., lib. II, pág. 148. Fdo. Alvaro da 
Tezocomoc. Crón. Mexicana (Pub. en vol. IX de Kinsboroiigh. Ant. of México), cap. I, 
pág. 5. Bandelier. W^ Anmal Rep. Peabody Mus., pág, 96 y sig., etc., etc. 

- 244 - 



No corresponde á nuestro elemental estudio el dilucidar 
críticamente las incertidumbres y oscuridades del origen é 
historia precolombiana de los Aztecas, ni mucho menos la de 
sus antepasados, Toltecas, Chíchimecas, etc., cuya existencia 
misma es discutible y cuyo pasado se esfuma 
entre las nieblas prehistóricas. 

Prescindiremos, pues, de tales investigacio- 
nes, limitándonos á exponer el verdadero ca- 
rácter histórico de la Confederación Azteca y 
las principales causas y elementos sociales, etc., 
que contribuyeron á elevar la cultura de sus 
tribus (1). 

5, - Los Mejicanos propiamente dichos per- 
tenecían al orden más elevado de las tribus 
Americanas sedentarias. Su principal ocupación 
no fué, sin embargo, la Agricultura, sino la 
guerra. No haciéndola se consideraban «ocio- 
sos». No tenían ejércitos permanentes. Todos 
los hombres hábiles de la tribu se considera- 
ban como guerreros, y desde su niñez se les 
educaba para la lucha. Las armas se guardaban 
en almacenes públicos (tlacochalco), adjuntos al 
templo principal (teo-callí), pertenecían á la co- 
munidad y se repartían á los jefes y guerreros 
cuando así lo ordenaba el Consejo. No había 
nobleza de ninguna especie. Los capitanejos 
eran tales, mientras se les consideraba dignos 
de serlo. Había entre ellos categorías y grados 
militares, según fueran simples jefes de clan ó 
Fig. 230. -Bajo re- ünajc, Ó jcfcs distinguidos de las cuatro seccio- 

lieve del Santuario , , ,,., , , ,..,., ,,/•• 

de chichen itza. ucs (calpulH) CU quc cstaba dividido Méjico. 



La guerra. 



(1) Vse. Prescott. Op. cit., ch. I, apee. pte. I, etc., y sus autoridades y referencias. 
Tilomas. Op. cit., pág. 235 y sig, Winsor. N. & C. H. of America, chap. III, vol. I, 
pág. 132, 153 y las autoridades citadas en sus págs. 155 y sig. Brínton. Am. Race, 
pág. 126 y sig. Bancroft. Nat. Races, ch. 5-7. Bandelier. ll*'' Report Peabody Mu- 
seum, pág. 387 y sus admirables notas críticas y abundantes referencias. 



245 



Sobre todos estos jefes secundarios estaba el ^Üacalecuhlh ó 
«jefe de hombres»^ llamado «emperador ó rey» por los antiguos 
cronistas (1). Este jefe superior no fué absoluto ni autocrático. 
Su autoridad y posible despotismo estaba limitado por el Con- 
sejo Supremo (Tlacopan) y por ely^^ civil superior que con él 
alternaba en el mando. Su cargo era electivo dentro de deter- 
minado clan ó linaje, vitalicio, y 
gozaba, mediante su solemne con- 
sagración, de privilegios y poderes 
sacerdotales (2). Podía también ser 
desposeído del cargo, como lo fué 
el desgraciado «Motezuma» en 
las luchas con los Españoles. Cu- 
bríase el "jefe de hombres,, de 
arreos brillantes y multicolores en- 
jalmas, y sólo él y su asociado civil 
ó «cihuacohuatl», de que más ade- 
lante hablaremos, podían llevar 
aquellas "calaveras de plumería 
con sus penachos verdes y rodelas 
de lo mismo,; y aquellas "ajorcas 
y pulseras de oro y plumas en la 
nariz, los brazos y los tobillos", de 
que nos dan aproximada idea los hermosos relieves de la lla- 
mada «Cruz de Palenque» (3). 

La guerra se hacía con cualquier pretexto, las más de las 
veces sin ninguno, y tenía en primer lugar por objeto procu- 
rarse subsistencias, y en segundo obtener víctimas humanas 
para satisfacer las exigencias de un culto que exigía sacrificios 
sangrientos por lo menos veinte veces en el año. 




Fig. 231. -Tipos Mayas (actuales). 



(1) Bandelier. On the Art of War, etc. {W" Report Peabody Museum, pág. 96 y 
sigtes. y sus notas y referencias. Ví^aitz. Amerikaner. vol. II, pág. 38 y sigtes., etc., etc. 

(2) Vse. Fiske. Op. cit.. I, pág. 118 y sig. Bandelier. Loe. cit. (10**' Report), 
pág. 123 y sigtes. Bancroft. Nat. Races, etc., II, pág. 145 y sigtes. 

(3) Vse. Cliarnay. Am. Cities of the New Wordl, pág. 215 y sigtes., y los bajo- 
relieves existentes en el Museo de Madrid. 



- 246 



Las campañas se decidían por el Consejo y se proclamaban 
en los «teo-callis» con enormes alambores de tañido triste y 
solemne (1). Se movilizaban en seguida jefes y guerreros, se 
convocaban los tributarios, se repartían armas y provisiones y 
hasta se formaba un convoy auxiliar, necesariamente limitado 




Fig. 232. -Ruinas del Templo de Xochicalco. 

por la corta duración de las expediciones y por la falta de ani- 
males de arrastre. 

Una vez reunidos los guerreros y sus auxiliares, empren- 
dían juntos la marcha hacia el territorio enemigo, ó mejor dicho, 
hacia la zona desierta que separaba entre sí las diversas tribus. 
Allí se detenían, lanzaban sus gritos de guerra, que el enemigo 
contestaba á lo lejos, y tomaban después en silencio sus posi- 
ciones estratégicas, sin turbar hasta que amanecía la traidora 
serenidad de la terrible noche que precede á todo ataque indio. 

Apenas rayaba el alba, avanzaban entre fieros aullidos, ini- 



(1) Bandelier. (10 Rep., nota 139). Bernal Díaz del Castillo. Op. cit., ch. XCII. 
Prescott. Op. cit., U, pág. 362. 

- 247 - 



ciando con furia la salvaje lucha de retiradas aparentes, embos- 
cadas felinas y refriegas largas y sangrientas, que no cesaba 
hasta que uno ú otro de los combatientes cedía el campo (1) é 
iniciaba la retirada hacia las cabanas ó defensas. Si los vencidos 
conseguían detener á sus perseguidores con algún obstáculo 

natural (declives de 
montaña, barrancos, 
ríos, etc.) ó artificial 
(albarradas, murallo- 
nes, cercas de piedra, 
etcétera) (2), contentá- 
banse los Mejicanos 
con el botín del cam- 
po de batalla, asegu- 
raban los cautivos con 
yugos de madera, ó 
cortándoles los tendo- 
nes de los pies si ha- 
cían resistencia, y los 
llevaban á Méjico para 
sacrificarlos. 

Si los vencidos no 
podían refugiarse 
convenientemente, en- 
traban los Mejicanos 
á sangre y fuego en 
sus aldeas, hasta que 

Fig. 233. -Sacerdote Hopi (Danza de la Serpiente). hacíau SCñalcS de paZ, 




(1) Los Mejicanos fueron muchas veces escarmentados por sus enemigos, como en 
el ataque á Mechoacan (1479. según Chavero, Calendario Azteca, pág. 4), por ejemplo, 
que no se atrevieron á repetir. Vse. Bandelier, 10*'' Report, pág. 142 y notas 176, 177, 
178, 179 y ISO. 

(2) Menditta. Hist. Ecles. Ind., lib. H, pág. 131 (Edición Icalbazceta). Vse. Ban- 
delier, W^ Rep., pág. 139 y sig., notas 164, 165. 166, etc., y en especial notas J85 
y 186. Compárese Squier, Ferú, Inc. of Travel, etc., pág. 116 y sig., sobre las fortifi- 
caciones Incásicas (Pisac, Piquillacta, etc.), muy superiores á los Aztecas, que apenas 
llegaron á los "pucarás» ó fuertes de los Aymarás, de Bolivia, op- cit., pág 191. 



248 



se declaraban sometidos y pagaban por adelantado un año de 
tributo. A veces los Mejicanos atacaban de noche y sin previo 
aviso. La escena de es- 
tas sorpresas noctur- 
nas, verdaderos asal- 
tos de tigres entre ti- 
nieblas, puede acaso 
imaginarse, pero no se 
describe fácilmente. 

Claro es que las tri- 
bus más poderosas y 
audaces eran aquellas 
cuya situación defen- 
siva, natural ó artifi- 
cial, era menos vulne- 
rable. El pueblo de 
■ Tenochtitlan», rodea- 
do por todas partes de 
agua, merced á sus 
calzadas y sus ace- 
quias (l),ocupabauna 
posición prácticamen- 
te inexpugnable para 
los guerreros indios 
del siglo XV. Como 
más adelante veremos, 
su extraordinaria re- 
sistencia al heroico 
asedio de los Conquis- 
tadores españoles del 
siglo XVI, es una de 
las más hermosas pá- 
ginas de la historia militar de la desgraciada raza indígena. 




Fig. 234. - Página del Códice Cartesiano. 



(i) Vse. Bandelier. W" Report, pág. 149, notas 189, 190, 191 y 192. Prescott. 
Op. cit., lib. IV, caps. Vá VIII y la preciosa descripción de Icalbazceta, Obras I, 
Opúsculos varios, pág. 317j 336 y sig. 



- 249 - 



Tributos y moda 6. - Los Confederados Aztecas no ocupaban nunca con 

de recolectarlos, carácter permanente los pueblos conquistados, ni dejaban en 

ellos guarniciones de ningún género. Se limitaban á imponer 

á los vencidos pesadas cargas personales y á exigirles tributos 




Fig. 235. -Teocalli en Palenque. 

diversos. Los tributarios estaban, por ejemplo, obligados á 
proporcionar á sus dominadores contingentes de hombres y 
armas para sus expediciones guerreras y á sostener las huestes 
de sus tiranos, si decidían acamparen su territorio (1). La más 



(1) Vse. Fiske. Op, cit., I, pág.116 y sigtes. Prescott Op. cit.. cap. II. pág. 12, 26. 
^andelier. W^ Rep., pág. 412, 413 y sus abundantes notas y referencias. 

- 250 - 



insignificante resistencia de los tributarlos al cumplimiento de 
sus pesadas cargas, se castigaba por los Confederados incen- 
diando la aldea rehacía, saqueando sus graneros y sacrificando 
á sus habitantes, sin aistinción de edades ni sexos. Los Consejos 
de las tribus Confederadas nombraban agentes especiales 
(«calpixqui», reco- 
lectores de cose- 
chas) para recolec- 
tar de los pueblos 
vencidos la parte 
de tributo que co- 
rrespondía á cada 
uno de ellos. 

La seguridad 
personal de estos 
odiados mandata- 
rios estaba sólo ga- 
rantizada por la re- 
putación de feroci- 
dad de que goza- 
ban los Confede- 
rados Aztecas. Los tributos propiamente dichos consistían 
principalmente en maíz, pero podían también exigir alfarerías, 
tejidos, ornamentos diversos, esclavos, mujeres, etcétera. Eran 
llevados á Méjico por correos especiales, que al llegar á su 
destino informaban, verbalmente ó con pictografías simbólicas, 
al "jefe de hombres,, de lo visto y oído entre los tributarlos. 
Los soldados de Cortés tomaron estos correos Indígenas por 
embajadores, y en tal sentido hablan de ellos sus relaciones 
y crónicas (1). 

7. -A principios del siglo xvi estaba el pueblo de Méjico 
dividido en cuatro partes ó barrios,, en los que vivían en común 
los miembros de cada clan, linaje ó grupo de parientes (cal- 





íüPffSj^^P^ 


K^' 


i 


B 


i 



Fig. 236. 
Parte del llamado Palacio de Labna (Yucatán) 



El derecho 

á las tierras 

y su distribución. 



(1) Vse., por ejemplo, Bemal Díaz del Castillo, Conq. Nueva Esp., caps. XXXVIII 
y XXXIX, pág. 33, vol. II. Hist. Prim. Ind. 



251 



pulli), con derecho de usufructo del territorio que ocupaban 
(calpullalli). Los ^calpullis^^ no podían cambiar, enagenar, ó 

de otra manera, 
disponer de sus 
«calpullallis». 
Ciertas parcelas 
de tierra se des- 
tinaban á los je- 
fes, pero ni ellos 
ni sus familias 
tenían sobre ta- 
les tierras dere- 
cho alguno de 
dominio, y de- 
bían, por tanto, 
reintegrarlas al 
calpulli» cuan- 
do por cualquier 
¡notivo cesaban 
' n sus cargos. 
.\ conjunto de 
estos «calpulla- 
///s» formaban 
el territorio tri- 
bal (tlaepetlalli)^ 
en el que había 
un área más ó 
menos feraz y 
extensa, cuyas 
cosechas se des- 
tinaban privati- 
vamente á las 
necesidades gu- 
Fig. 237.-Reiieve de chiapas. bemamentalcs, 

al mantenimiento de los templos y demás edificios tribales ó 4 
la formación del tributo en los pueblos tributarios. 




252 



Los «caljmllallis» estaban divididos en parcelas cultivables 
(«tlalmilli»), que se asignaban por las autoridades del clan ó 
«calpulli» á los Jefes de familia del mismo (patriarcado) para 
que los cultivaran en beneficio de los suyos. Si dejaban de 
cultivarlos dos años consecutivos, ó si la familia que lo usu- 
fructuaba desaparecía ó salía del «calpulli», pasaba la parcela 
en análogas condiciones á otra de las familias del linaje (1). 

Las costumbres hereditarios de los Mejicanos difieren de las 




Fig. 238. -Mapa de las ruinas de la Sección Mejicana (México). 

de la generalidad de las tribus Americanas. Los efectos perso- 
nales del difunto (salvo los que se sacrificaban en los funera- 
les) pasaban á sus hijos varones; sus derechos posesorios ó de 
usufructo sobre la parcela ó «tlalmilli» que le había sido asig- 
nada, los heredaba el mayor de sus hijos varones, y á falta de 
éste, los demás ó los hermanos y tíos del muerto. El mayorazgo 
tenía obligación de cultivar la parcela heredada y mantener á 



(1) Vse. la relación de Alonso de Qorita (1653), tomo XLI. Colección Muñoz. 
Acad. de la Hist. Madrid. Costumbres y Ftas. Indias Nva. España, Bca. Escorialense. 
Ms. K., iij 8, fol. 331 (Anónimo). Vse. también, en especial, BandeUer, On the dis- 
tribution and tenure of lands, etc. (11'*^ An. Rep. Peabody Museum, pág. 39^ y sig. 
y sus notas y referencias). 

- 253 - 



sus hermanos y hermanas hasta que contraían matrimonio y 
obtenían á su vez (los varones) otra porción de tierra cultiva- 
ble. Si alguna de las hijas permanecía soltera por motivos 
religiosos, era mantenida por el templo. Si alguno de los varo- 
nes era incapaz ó inválido, el «calpulli», en común, atendía á 
su miserable subsistencia. 

8. -La Sociedad Mejicana aborigen, esencialmente tribal y 
comunista (1), fué una especie de democracia militar, en la 




Fig. 239. -Alfarerías Mejicanas. 



que era electivo todo cargo. La tribu estaba compuesta por 
veinte linajes (calpullis), agrupados en cuatro fratrías (2). 

Como en casi toda América, los «calpullis» Mejicanos tenían 
sus propias denominaciones totems, sus sacerdocios, ritos, cere- 



(1) Vse. Bandelier. Op. cit., pág. 42Q y sig. y sus notas. Fiske. Discovery of Ame- 
rica, I, pág. 401 y sig. NadaiUac. Am. Preh., pág. 210 y sig. Herrera. Déc. III, 
lib. IV. cap. XV. Torquemada. Op. cit., lib. II, cap. LXVIII, pág. 189 y sig. Alonso 
de Zurita. Reí. cit., fol. 17 y sig. Motolima. Historia, etc., Trat. II, cap. V, pág. 110 
y sig. Relaciones Ixtlilxochitl. Vols. II, III, IV de la Coll. Muñoz (Academia de la 
Historia). Comp. Robertson. Op. cit., vol. IV, pág. 10 y sig. Prescott. Conquest of 
México, pág. 6 y sigtes. Cartas Relaciones de Hdo. Cortés. Vol. I, pág. 1 á 153. 
Bancroft. Nat. Races, II, pág. 230 y sigtes., etc., etc. 

(2) Bandelier. II Rep, Peabody Mus., pág. 385 y sigtes. y sus notas y referencias. 

- 254 - 



monias, arsenales y templos. Estaban también gobernados por 
un Consejo de Jefes (1) (tehcutlí), que á su vez elegía un jefe su- 
perior civil (calpullec)f y otro militar (ahcacautin ó «hermano 
mayor»), quien, además de su mando guerrero, ejercía en tiem- 
po de paz funciones penales y policíacas. Eran estos jefes res- 
petadísimos en los «calpullis», y sus cadáveres se cremaban 
ceremoniosamente (2). 

Los «calpallis» estaban agrupados en «fratrías» mágico-reli- 
giosas, de carácter esencialmente militar. Las cuatro fratrías 
Aztecas, por ejem- 
plo, eran, en defi- 
nitiva, cuatro divi- 
siones ó cohortes 
de las huestes tri- 
bales, con su res- 
pectivo capitán ó 
jefe. 

El conjunto de 
estos «calpullís» y 
«fratrías» formaba 
la tribu, cuyo Go- 
bierno Supremo residía en el Consejo Tribal (tlatocan, lagar 
de discursos), compuesto de veinte miembros (tlaotani, habla- 
dores), uno por cada «calpulli». Reuníase este Consejo una 
vez cada diez días, salvo casos extraordinarios. Sus facultades 
eran omnímodas, sus deberes directivos y judiciales, sus deci- 
siones inapelables (3). 




Fig. 240. -Ruinas de Mitla (Grecas). 



(1) Vse. Gomara. Conq. de México, Hist. Prim. Ind., I, pág. 435 y sig. (Caballé- < 
ria del Tecuitll). 

(2) Vse. mi capítulo II de este título y Bandelier, 12.o Rep. Peabody Museum, 
pág. 396 y sig., con sus notas y referencias. 

(3) Vse. Gomara. Op. cit , pág. 437 y sig. Nadaillac. Am. Preh., pág. 211 y sig. 
Bandelier, Loe. citado, pág. 397, 398 y sig. , con sus notas y referencias. Bernal Díaz 
del Castillo. Conq. Nueva España (Hist. Prim. Indias), II, pág. 86 y sig. Compárese 
Tilomas. Op. cit., pág. 305, etc. Prescott. Conq. of México, I, pág. 93 y sig. Brinton. 
A. R., pág. 131 y sig. Fiske. Discovery, etc.. I, pág. 101 y sig., y las relaciones de 
Palacio, Bustamante, etc., en los tomos I, XXXIX, LXII, LXXXVI, etc., de los 
Ms. de la Coll. Mata-Linares (Ac. de la Hist.). 



255 



Con prudenciales intervalos se reunía también el Consejo en 
sesión magna y pública, á la que concurrían los veinte <<her- 
manos mayores^> de los «calpullis», los capitanes de los fratrías, 
los jerarcas sacerdotales, etc., etc. En tales juntas tribales ex- 
traordinarias podía pedirse la reconsideración de anteriores de- 
cisiones del Consejo, fundándose en razones de interés público. 
Tenía también la tribu Azteca dos jefes supremos. El jefe 
ejecutivo civil llevaba el curioso título de «cihua-cohuatl 

(serpiente hem 
bra) (1), y era 
respecto á la tri- 
bu lo que el 
«calpullec» para 
los clanes. Cui- 
daba este fun- 
cionario de la 
ejecución de los 
decretos del 
Consejo y de la 
recolección y 
d istri bución 
proporcional de los tributos. Era también juez supremo y 
lugarteniente del <^jefe de hombres^ (2). 

El jefe militar de la tribu Azteca ó «tlacatecuhli» , cuyas fun- 
ciones hemos especificado anteriormente, lo fué también de la 
Confederación, cuyo carácter, esencialmente guerrero, ' dio al 
oficio de «tlacatecuhli» excepcional importancia. Si á esto se 
añade la investidura sacerdotal de dicho jefe y la servil vene- 
' ración de sus subordinados, no es extraño que los antiguos 




F¡g. 241. - Estatua de Tlaloc (Chichen-Itza). 



(1) En la Mitología Azteca, "cihuacoaU,, era esposa de la suprema deidad de la 
noche, ó Tezcatüpoca. Vse. Squier, Serpent Symbol, etc., pág. 160, 183. Compárese 
MuUer. Geschichte der Americanischen Urreligionen (Basel, 1855), pág. 41 y sig^ 
Fiske. Discovery, I, pág. 111, etc. 

(2) Vse. BandeUer (12 Rep. Peabody Museum), pág. 660 y sigtes. Torquemada. 
Op. cit., lib. XI, cap. XXIV y sigtes. Vetancourt. Teatro Mexicano, pte. II, trat. II, 
ch. \. Bernal Diaz del CasUUo Op. cit., cap. XCI. Tezozomoc. Cea Mexicana, etc, 
caps. XIX-XXI, etc , etc. 



- 256 



cronistas le tuvieran por rey ó emperador absoluto de los pue- 
blos Mejicanos. El «tlacateciihU» debía elegirse precisamente 
de entre los cuatro capitanes de fratrías, y era ungido (1) en el 
templo principal del "Dios de la Guerra.» 

9. -Aunque el carácter igualitario de las sociedades Ameri- La esclavitud, 
canas excluye la idea de clases ó castas (2), la esclavitud existía 
entre los Mejicanos en forma limitada y rudimentaria. Eran 
tenidos por esclavos 
los expulsados de los 
«calpallís» por su mala 
conducta, y en especial 
los que dejaban dos 
años sin cultivo la par- 
cela de tierra que les 
había sido asignada. 
El que así delinquía 
contra su « ca Ip a llí » 
era considerado como 
indigno de pertenecer 
á él, y si no quería 
morirse de hambre 
debía perder su liber- 
tad y trabajar en una 
parcela ajena por la 
miserable pitanza que 

su legal poseedor se Fig. 242. -pictografías en Sta. Rita (Honduras). 




(1) Vse. Bandelier {\2 Rep. Peab. Mus.), pág. 668 y sig., y sus abundantes notas 
y referencias sobre el carácter sacerdotal del "Tlacatecuhli». Conip. Fiske, Disco- 
very, 1, pág. 109. G. Briihl. Die Culturvólker Alt. Amerikas, pág. 337-8. Gomara. 
Op. cit. (H. Pvos. Ind., I), pág. 435 y sigtes. («la jura y coronación del Rey»), etc. 
Ptescott. Conq. of México, pág. 22, 29 y sus notas y referencias. 

Í2) Prescott. Loe. cit., pág. 70 y 71. Siguiendo principalmente á Sahagún y Tor- 
quemada, parece apuntar la idea de que los mercaderes formaban "clase,, ó -casta,, 
privilegiada en Méjico. La afirmación es errónea. No hubo nunca en Méjico casta ó 
clase especial de mercaderes. La consideración que algunos de ellos gozaron se debió 
á sus hechos personales. Vse. Bancroft. Op. cit., vol. II, cap. Xll, pág. 387. Bastían. 
"Culturlaender", vol. II, pág. 697 y sigtes., y en especial Bandelier {12 Rep.), pági- 
nas 600 y sig., notas 69 y 80. 



- 257 - 



17 



U familia. 



dignara concederle. Tenía éste sobre su esclavo una especie de 
posesión exclusiva (adversas omnes), un indiscutible derecho 
á usufructuar su trabajo y aprovecharlo para cultivar su tierra. 

Si el esclavo per- 
sistía en su indo- 
lencia, era castiga- 
do con penas infa- 
mantes; si recalci- 
traba, era entrega- 
do á los sacerdotes 
para los sacrificios. 
Así se fué forman- 
do entre los Azte- 
cas una casta espe- 
cial y despreciada 
de parias, que ini- 
cia la esclavitud y 
robustece la idea 
de la propiedad in- 
dividual en las pri- 
mitivas agrupacio- 
nes indígenas (1). 
1 0. - La familia 
Azteca se basaba 
generalmente en el 
patriarcado. Los 
«calpullis» obser- 
vaban la' ley de 
exogamia. La mu- 
jer se consideraba 
como propiedad 
individual y exclu- 




Fig. 243. -El "Tlacaiecuhliv ó Jefe de hombres. 



(1) Vse. Prescoit. Op. cit., pág. 73y sig. Fiike. Op. cit., pág. 109 y sig. Herrera. 
Déc. III, lib. IV, cap. XV. Alonso de Zurita. Relación citada, fol. 41, etc. Torque- 
mada. Mon. Ind., lib. XIV, cap. XVI y sigtes., y en especial Bandelier (\2 Report 
citado), pág. 610 y sigtes., y notas 82 á 92. 



258 - 



siva del marido, siendo los lazos matrimoniales más tíiertes que 
en las demás tribus del Norte de América. El «calpulli» arregla- 
ba privativamente los enlaces (1) y castigaba severamente á los 
adúlteros, que eran expulsados del «calpulli», perdían su pro- 
tección y se convertían en panas. Las leyes sociales del «calpu- 




Fig. 244. -Piedra del Sol (Museo de Méjico). 

///>> prescribían terminantemente el matrimonio de todos sus 
miembros. Los que se negaban (salvo votos religiosos) á con- 
traerlo, tenían la misma pena que los adúlteros (2). Claro es 



(1) Bandelier. Loe. cit., pág. 609 y 619 y sigtes. y notas 107 á 110. Comp. Fray 
Antonio de Remesal. Hist. de la Prov. de S. Vte. de Chyapa y Guatemala, etc. (Ma- 
drid, 1619), lib. vil, cap. XII. 

(2) Vse. Zurita. Op. cit,, pág. 118, 121. Mendieta. Hist. Eclesc. Indiana, lib II, 
ch. XXIV, pág. 126 y sigtes. Bandelier. Report citado, pág. 609, nota 80. Oviedo. 
Hist. Ind., libs. XXXII y XXXVIll, vol. III. Las Casas. Apologética, caps. LII 
á CVIII. etc. 



259 - 



que no teniendo estas prohibiciones de interés social base 
moral propiamente dicha, no consiguieron evitar el concubi- 
nato, que era lícito, y sólo limitado por la situación económica 
del individuo, ni modificar en las tribus Aztecas los bestiales 
excesos y nefandos vicios que los carcomieron y aniquilaron 
con su gangrena abyecta (1). 
Mercados. 11. -El patriarcado, la esclavitud, las costumbres matrimo- 
niales y las hereditarias de los Aztecas demuestran claramente 
que el concepto del valor é importancia de la propiedad perso- 
nal había hecho camino en el primitivo Méjico. Confirma esta 
importante conclusión histórica la indudable existencia en los 
poblados Aztecas de mercados y ferias regulares y frecuentes. 
Celebrábanse tales mercados cada cinco días. El tráfico era 
activísimo. Se trocaban granos, cacao, alimentos, bebidas, ves- 
tidos, ornamentos, útiles, armas, alfarerías (2) y demás objetos 
necesarios para la vida material del indígena, para el adorno y 
sostenimiento de sus mansiones comunales y para la provisión 
de aquellos ágapes bárbaros, cuya abundancia y suntuosidad 
tanto deslumhraron á los Conquistadores Españoles, que no 
vacilaron en compararlos con los opulentos festines de la 
antigüedad clásica (3). 

No se usaban en los mercados pesas ni medidas. Las tran- 
sacciones eran simples permutas, sin moneda ó intermediario 
de cambios, á no ser que consideremos como tal á aquellos 



(1) Vse. 5a«í/í//^/'. Rep. cit., pág. 625 y sig., y notas 124, 128. Sobre los repug- 
nantes vicios contra natura. Vse. Bernal Díaz del Castillo, cap. CCVIII, pág. 309. La 
carta del P. Piert de Gaud en Col. Temaiix-Compans. Doc, 1.* serie, vol. X, 
pág. 197, etc., etc. 

(2) Vse. Bernal Díaz del Castillo (Cap. XCII, pág. 89, H. P, Ind., lí). Gomara. 
Op. cit., pág. 347 (H. Prim. Ind., I). Cartas de Relación de Cortés (Carta II, pág. 32 
(Hist. Prim. Ind., I): «Hay á vender muchas maneras de filado. . . que parece propia- 
mente alcaJcería de Granada", etc. Comp. Bandelier{\2 Rep.), pág. 601 y sigtes. 
Prescott. Op. cit.. I, pág. 71 y sigtes. Fiske, Discovery, I, pág. 108 y sigtes. y las 
notas y referencias de los anteriores. 

(3) Vse. Corte's. Cartas de Relación, I, II, pág. 17 á 50 (Hist. Prim. Ind., I). 
Bernal Díaz del Castillo. Op, cit., pág. 86: "De la manera é persona del gran Mon- 
tezuma, y de cuan gran Señor era» (Cap. XCI). Compse. Morgan. Houses & House 
life, etc., pág. 240 y sigtes. y su famoso ensayo crítico "Montezuma's Diuner,, (North- 
Am. Rewiew, Abril, 1876). 

- 260 - 



can, Nicaragua 
etcétera. 



<zontlis» y «xiqíiipiles» de cacao, á aquellos "cañutillos de 
ansarones llenos de granitos de oro,, ó á los pedacitos de estaño 
ó cobre en forma de T, de que nos hablan los antiguos cro- 
nistas (1). Había en estos mercados tribunales de justicia. Los 
robos y demás delitos eran frecuentes, el enjuiciamiento suma- 
rio y las penas cruelísimas y bárbaras (2). 

12.— No estuvo limitada la civilización Azteca, que en sus ^^"'^"^ í_5''í"- 
rasgos esenciales dejamos descrita, al territorio del Anahuac y 
sus cercanías. Con raras excepcio- 
nes las tribus principales de la lla- 
mada por los Arqueólogos Nor- 
teamericanos «Sección Mejicana^ 
(División del Pacífico) (3), no obs- 
tante pertenecer á distintas familias 
lingüísticas, se diferenciaron poco 
en sus culturas. No es aventurado, 
pues, el considerarlas como vasta- 
gos ó desmembraciones de un mis- 
mo tronco etnológico, de una civi- 
lización única en su antigüedad y 
orígenes, en vez de estudiarlas 
como grupos culturales distintos, 
desarrollados á la par en regiones 
geográficas diferentes (4). 

Acaso la organización político- 
social de la Confederación Azteca Fig.245.-idoiü de un templo Maya. 




(1) Prescott. Op. cit., pág. 63 á 76. B, Díaz del Castillo, pág. 89: ... «y por el 
largor y gordor de los cañutillos tenían entre ellos su cuenta que tantas mantas ó que 
"ji/ñquiles de cacao» valía. . .» Conipse. Bandelíer. (12 Rep ), pág. 602, nota 74. Con- 
forme al sistema numeral de los Mejicanos, la base para contar los "cacaos,, era el 
número 20: así 400 cacaos (20 X 20) formaban un "zontlie", 20 "zontles", ó sean 8 OOO 
un "xiquipillín y tres de éstos una carga (24.000 gramos). Vse. García Icalbazceta., 
Obras, vol. I, pág. 323 y sig. 

(2) Vse. Prescott. Op. cit., pág. 3 y sig Nadaíllac. Am. Preh , pág. 313. Bande- 
lier (\2 Rep.), pág. 609 y sus notas. 

(3) Vse. Tilomas. Op. cit., chap. XVI, pág. 233 y sigtes. Comp. Brinton. A. R., 
pág. 153 y sigtes. Nadaillcic. Am Preh., pág. 263 y sigtes. y sus notas. 

(4) Vse. Thomas. Op. cit., pág. 312 y sigtes. 



261 



fué superior á la de sus vecinos; pero es indudable que aven- 
tajaron algunos de éstos á las tribus Náhuatl en otros aspectos 
de su cultura indígena. 

Los Tarascos de Michoacan formaron pueblos progresivos 
y sedentarios. Sus habitaciones de piedra y mezcla, sus orfe- 
brerías y trabajos en pluma y sus admirables armaduras, rode- 
las, escarcelones, etc., etc., atestiguan sus adelantos materiales. 
Su lengua era además armoniosa y llena de vocales, sus ritos y 

ceremoniascompli- 
cadísimos (1). Los 
Otomis, vecinos 
de los anteriores 
(Chiapas, Guerre- 
ro, etc.), cuya len- 
gua era de las más 
extendidas en el 
Méjico del siglo XVI, 
no fueron tan sal- 
vajes como algunos 
cronistas los pintan. 
Eran tributarios de 




Fig. 246. - Pirámide del Sol en San Juan (Teotihuacan). 



la Confederación Azteca, supieron cultivar sus feraces tierras y 
se distinguieron por sus endechas, cantares y musical instinto (2). 



(1) Vse. Brinton. A. Race, pág. 137 y sig. Thomas. Op. cit., pág. 339 y sig. 
Dr. Nicolás León. Anales del Museo Michoacano, vol. I, pág. 114 y sig. Bancroft. 
Nat. Races, etc., vol. II, pág. 407, 408 y sus bibliografías. Beaumont Crónca. iMe- 
choacan (Pcia.), vol. III, pág. 78 y sigtes. Hist. Indios Mechoacan, por un Frayte 
Menor Descalzo, Bca. Escse. (Ms. c-iiij-s-f.) Historia y ritos Indios Nva. España, 
Bca. Escse. (Ms.) (Anónimo), x-i-j-21. A. de Ulloa. Países entre Veracruz y Guana- 
juato. Ac Hist., Ccion. Mata Linares, vol. 41., pág. 7 y sigtes. (Ms.). Colección 
Muñoz, vols. X, XI, XII, Ac. Hist. (Ms.) (Crónica de Mechoacan). Véase también 
Cde. de la Vinaza. Op. cit., pág. 390, etc., etc. 

(2) Vse. Brinton, pág. 135 y sig. Id. Ancient Nahualt Poetry (Lib. Aborig. Amer. 
Lit.), pág. 132 y sigtes. Sahagún. Hist. Nva. España, lib. X, ch. 29. Keane. Cent. & 
South America, II (Stanford's), pág. 100 y sigtes. Thomas. Op. cit., pág. 234. Se 
hablaba la lengua Othomi ó Hia-Hiu en todo el Estado de Querétaro y en parte de los 
de San Luis, Quanajuato, Michoacan, México, Puebla, Veracruz y Tlascala. Véase 
Conde de la Vinaza. Op. cit., pág. 378 (Tab. Oral.). Icalbazceta. Bibliog. Mex. de 
siglo XII, núms. 114, 115, etc. 



262 



Los Totonecas (Veracruz, etc.) fueron los probables construc- 
tores de las pirámides y templos de Teotihuacán. Aunque tri- 
butarios también de los Aztecas,\Q?, superaban en cultura. En su 
principal población, la célebre Cempoalla, abundaban las casas 
de piedra, rodeadas de jardines hermosísimos. Describen esta 
ciudad los antiguos cronistas como un verdadero «paraíso 
terrestre», juicio que no parece muy exajerado, teniendo en 
cuenta la situación geográfica de estos pueblos y las notables 
ruinas en ellos descubiertas. 

Los Zapotecos de Oaxaca y sus vecinos los 7W/a:^^¿:¿z5 (Guerre- 
ro y costa del Pacífico), formaban agrupaciones poderosas inde- 
pendientes y de avanzada cultura. Era tradicional creencia en los 
primeros que las imponentes ruinas de Mitla, llamadas en su 
lengua «Ryo-Ba» ó "entrada á la tumba", con sus enormes pa- 
lacios de grandes salones y monolíticas columnas, fueron se- 
pulcro de sus antepasados. Supieron también los Aiixtecas per- 
petuar en jeroglíficos la memoria de sus mitológicas leyendas. 
La lengua Zapoteca no dejaba de ser armoniosa. Fué conocida 
en Méjico con el nombre de «ticha-za» ó «lengua de los nobles». 

13. -Dejando de lado algunas otras tribus de menor im- tos Mayas, 
portancia histórica que también poblaban los territorios de 
Méjico, Guatemala, Nicaragua y Honduras á principios del si- 
glo XVI (1), estudiaremos sólo las pertenecientes á la familia 
lingüística «Aíflj/a Quiche»^ que por el número y poderío de sus 
centros de población predominaron, al par de los Aztecas, sobre 



(1) Cnapanecas, Chontales, etc. Vse. Brinton, A, Race, pág. 139 y sigtes. Saha- 
gún. Hist. Nva. España, lib. X, ch. VI. Herrera. Déc. II, lib. V, ch. VIII, y déc IV, 
lib. X, ch. II, etc. Strebel, Alt. México, pág, 71 y sig. Pimentel. Leng. Indig. Mé- 
xico, volumen III, pág. 341 y sigtes. Preseatt. Op. cit., pág. 162 y sigtes. Bernal 
Díaz del Castillo. Op. cit., cap. XLI. Desiré Charnay. The Ancient Cities of the 
N. W., caps. VII, VIII (Teotihuacán), pág. 129, 482, etc. Corte's. Cartas de Relación II, 
pág. 13 y sigtes. H. Pvos. Indias (...II). Gomara. Op. cit., pág. 318 y sigtes. (H. P. 1., 
vol. I). Conde de la Vinaza. Op. cit., pág. 393, 399, 472, etc. (Tabla General). Nadai- 
/toe. Op. cit., pág. 364 y sigtes. Thomas. Op. cit., pág. 341, 268, 275, 318-19, etc. 
Bandelier. Arch. Tour., etc., pág. 74 y sigtes. Sahagún. Hist. Nueva España, lib. X, 
cap. VI. Oviedo. Hist. Oral, de las Ind., lib. XXVIII, ch. XII y lib. XLII, ch. V y 
sigtes. Adam (L.). La langue Chiapaneque, pág. 3 y sigtes. Peralta. Costa Rica, 
Nicaragua, Panamá en el siglo xvi, pág. 775 y sigtes. El nombre de esta tribu parece 
originario del de su "tótem", ó sea el guacamayo (Chapa). Vse. Brinton. Op. cit., 
pág. 146, etc., y las Collec. Strebel (Mus. Etnol Berlín). 

- 263 - 



todos los demás grupos indígenas de la '^Sección Mejicana,,. 

Con excepción de los Huaxtecas, que habitaban al Norte del 
Estado de Veracruz y Sur del de Taumalipas (Río Panuco 3' 
Golfo de Méjico), todas las tribus de la familia Maya-Quiche 
vivían en territorios contiguos. 

Los Mayas propiamente dichos ocupaban los actuales Esta- 
dos del Yucatán, Campeche y parte del de Chiapas, y los 








\V» 



^^V 



V -J 



OiMt" 



Fig. 247. -Lámina del Códice "Porfirio Díaz» (Mus. Méjico). 



Quiches y Cakchiquels se extendían hacia el Sur, en la Repú- 
blica de Guatemala (1). 

Alcanzaron estas tribus el alto grado de cultura. Su remota 
afinidad con sus vecinos los Náhuatl parece desprenderse de 
sus tradiciones, confirmadas en este punto por las investigacio- 
nes modernas (2). 



(1) Vse. NadaiUac. Op. cit., pág. 264 y sigtes. Thomas. Op. cit., pág. 234, etc. 
Bancroft. Nat. Races, vol. IV, cap. II y sig. Brinton. A. Race, pág. 135 y sigtes. 
Winsor. N. & 1. H. Am., I, pág. 132, y II, pág. 343, 397, 402, etc., y sus notas. 

(2) Vse. Brinton. Op. cit., pág. 154. Herrera. Déc. III, lib. IV, cap. VIII. Brin- 
ton. The Maya Chronicles (Lib. of Aborig., lit. I, 1882). Sahagún. Hist. N. E., lib. X, 
cap. XXIX, sec. 12. Thomas. op. cit., pág. 312 y sigtes., estudia con critica clarovi- 
dencia estos problemas. 



264 



Los Mayas eran muy cobrizos, de cráneo achatado (defor- 
mación artificial), bajos y muy fuertes. Cuando por vez pri. 
mera los visitaron los Españoles, encontráronlos divididos en 
gran número de grupos tribales independientes, fragmentos 
acaso de la legendaria Confederación de Machan, Colhuacan 




Fig. 248. -Lámina del "Códice Colombino,, (Museo de Méjico). 

(Ciudad de la Serpiente) ó Xibalba, fundada por el fabuloso 
semidiós Votan en sus peregrinaciones mesiánicas (1). 

Con certeza, sabemos muy poco de los usos, organización 
social y costumbres de estas tribus. Vivían principalmente de 



(1) Vse. Brasseur de Bourbourg. Hist. de Nac. Civil Am. Céntrale, II, pág. 57 
y sigtes. Torquemada. M. Ind., I, ch. XV, XX. Bancroft. Op. cit., V, pág. 619 
y sigtes.; II, pág. 523 y sigtes.; III, pág. 460 y sig., etc., etc./. Pérez. Katunes de 
l'histoire Maya, pág, 14 y sigtes. Sobre la autenticidad, etc., de estos «Katunes» (de 
kat, piedra, y tan, interrogar), ó piedras grabadas; vse. Stephens, Yucatán, Ap. to- 
mos I y II. Winsor. Op. cit., I, pág. 134. Compse. también las Relaciones de /v////a-o- 
chUUn Col. Ainíwz (Ac. Hist.), vols. II, III, IV (Ms.). 

- 265 - 



sus cosechas de maíz. Sabían aprovechar la miel y la cera de 
las abejas; eran tejedores habilísimos y teñían sus finas ves- 
tiduras de algodón y sus preciosas plumas con matices dura- 
deros y brillantes (1). Con sus fuertes canoas llegaron hasta 
Cuba y mantuvieron con las tribus meridionales de las costas 
del Golfo continuo y provechoso tráfico (2). 

De la historia y complicados mitos de los Maya-Quiches, 
sólo encontramos en las crónicas noticias dudosas y frag- 
mentarias (3). Su Mitología y tradiciones han llegado, sin 
embargo, hasta nosotros, si es que aceptamos, sin beneficio 
de inventario, las copias y traducciones del célebre "Popol. 
Vuh» (4), libro sagrado de los Quiches Precolombianos, ó los 
datos que nos proporcionan los "Anales de los Lakchiquels,, 
y los '^Libros de Chílam-Balam" , recopilados á principios del 
siglo XVI por algunos indígenas Yucatecos (5). 



(1) Col. Muñoz (Ac. Hist. Madrid), vol. LII. Copia Ms. del recibo de la Casa de 
Contratación del envío de H. Cortés (1519). Bca. Escse. (Ms.), Costumbres de Nueva 
España, k-iiij-8. Descrip., Col. Seller, Museo Berlín, en Bull. 28 (1904), B. A. E., 
pág. 11 á 636. Herrera. Déc. Ill, lib. IV, ch. V. /. de Grijalba. Crónica de la Orden 
de S. Agustín (1624) México, pág. 29 y sigtes. (B. Nal. Madrid, Raros). 

(2) Vse. Brinton, Loe. cit. Herrera. Déc. I, lib. V, cap. V. Cogolludo. Historia 
Yucatán (Madrid, 1688), pág. 7 y sigtes. Bdo. de Lízana. Historia Yucatán (1633), 
(Ed. Museo Nal. Meo.) pág. 31 y sig., etc. 

(3) Vse., entre otras, Lauda. Relación de las cosas del Yucatán (Edición de den 
Juan de Dios de la Rada y Delgado, Madrid, 1884). Fuentes y Guzmán. Recordación 
Florida (Ed. de D. Justo Zaragoza 1882-83), I-II. Oviedo. Op. cit., vol. IIL, 
libs. XXXII, XXXIII, etc. Las Casas. Apologética Hist. de las Indias (Ed. Serrano 
y Sanz, Madrid, 1909), en especial caps. CCXV á CCXLIV Gomara. Op. cit , 
pág. 430 y sigtes. (H. Prim. Ind.). Martyr d'Anglería. "De Orbe Novo", déc. VI, 
lib. VI, etc. Respecto á la lengua Maya, su extensión, etc., vse. Conde de la Vinaza, 
op. cit., pág. 385 (Quiche), 369 (Maya ó Yucateco), 360 (Huaxteco), etc., etc., y 3U3 
referencias. 

(4) Vse. Brasseur de Bourbourg. Popol Vuh, etc. (París, 1861 ). Winsor. N. C, H . A., 
pág. 116. Brinton. A. R., pág. 158. 

(5) Brinton. Annals of the Cakchiquels (Pilh, 1885), que es Extracto del Ms. in- 
completo encontrado en el Convento de S. Feo., de Guatemala y pubdo. en el Boletín 
Soc. Econ. Guatemala, núms. 29-43 con el nombre de «Memorial de Tecpan-Atittlan». 
\.os\\bro% á^Chilam-Balam fueron publicados por Brinton. («Books of Chilara- 
Balam", Ess. of an Am., pág. 255-73). Vse. también brinton. A. R., pág. 158. Winsor. 
N. 1. H. of A., I, loe. cit., etc , etc. 

- 266 - 



14.- Una de las pruebas más convincentes de la afinidad de Caleidarws. 
las tribus de la "Sección Mejicana» es la extensión y semejanza 
de su peculiarísimo 
sistema de medir el ^b/S^ 
tiempo. ^Sl^»' 

El año solar Me- ^ ^ 
jicano, etc., tenía 
365 días. Los años 
se agrupaban en 
ciclos de 52 y sub- 
ciclos ó indicciones 
de cuatro, y se divi- 
dían en dos partes, 
una de 360 días, ó 
seanl8/72^5¿sde20 
días, y otra de cin- 
co ¿//<25, que se aña- 
dían al último mes 
para completar los 
365 días del año. 
Cada uno de los 20 
días del mes tenía 
su nombre y sím- 
bolo. Los sacerdo- 
tes, sin embargo, 
numeraban los días 
sólo desde el 1 
hasta el 13 (núme- 
ro sagrado), repi- 
tiendo los nombres 
y números, á con- 
tar del decimoter- 
cio. En esta forma, 

los días del mismo número y nombre sólo ocurrían cada trece 
meses de veinte días, que formaban el año lunar ó religioso 
(260 días), distinto del solar ú ordinario (365). Los días se 




Fig. 249. - Relieves de Chiapas. 



- 267 - 



indicaban también con signos especiales de significado místico, 
semejantes á los esculpidos en la célebre y enorme "piedra del 
sol", descubierta en la plaza de Méjico (1). El calendario cere- 
monial ó astrológico fijaba las fechas de los festivales y sacri- 
ficios y servía también á los sacerdotes para combinar sus ca- 
balas, predicciones y horóscopos (2). 
Agricultura. 15.- Ya hemos visto que las tribus de la "Sección Mejicana,, 
fueron esencialmente sedentarias, y que el maíz se cultivaba 
extensamente. Los campos, en general pequeños, estaban bien 
roturados y se regaban con acequias. Se cultivaban también en 
casi todas las tribus el cacao, el maguey ó áloe (Agave Ameri- 
cana), de usos variados é importantes (papel, pulque, etc.), el 
algodón, que tejían hábilmente, la pimienta, las judías y frutas 
diversas. Los trabajos agrícolas se consideraban honrosos, y 
á ellos se dedicaban todos los varones hábiles del grupo, ex_ 
ceptuando los sacerdotes, los funcionarios públicos y los jefes 
militares (3). 
Artes mecíBkas. 16. -Son indudables los progresos de las tribus "NahaaíL, 
en las Artes Mecánicas. Puede decirse que habían alcanzado la 
edad del bronce. Muchas de sus armas, adornos y utensilios 
eran de esta aleación. Fueron orfebres habilísimos. Las arraca- 
das, zarcillos, ajorcas, collaricos, moscadores, ventalles, etc., que 
envió Cortés al Emperador Carlos V, asombraron á la Corte 
Española. Las alfarerías Mejicanas, en especial las de la región 



(1) Vse. Tilomas. Op. cit., pág. 241. Bandelier. Arch. Tour., pág. 54 y sigtes. 
Bancroft. Native Races, 11-520, IV-506. Prescott. Conq. of. México, pág. 68 y sig. 
Winsor. N. & C. H. of America, I, pág. 179 Keane M. P. & y P., pág. 410. 

(2) Para las interpretaciones (hipotéticas) del sistema del calendario Azteca-Maya 
y sus símbolos, vse. Squien, Some new discoveries, etc., Amer. Journ. of Science & 
Arts (2.a serie, Mayo 1849). Brasseur. Chron. Hist. des Mexicaines (Actes Soc. 
Etnographie, 1872, vol. IV>, y en especial Thomas, op. cit,, pág, 243, etc. Id. Day 
Symbols of MayaYear (16 Rep., B. A. E.), pág. 199 á 265. Id. Mayan Calendar Systems 
(19 Rep. B. A. E.), pág. 690, 818 y sus abundantes referencias. Conip. Fray Diego 
Duran. Hist. de las Indias de Nva. España, etc., 11-231 {Eáción. José Fdo. Ramírez 
(Méjico, 1867-80). 

(3) Prescott. Op. cit., pág. 61 y sig. Brinton. A. R., pág. 131, 156, etc., y sus 
referencias. Lauda. Reí. Cosas del Yucatán (Ed. Madrid, 1881), 1, pág. 110 y sigtes. 
Bandelier .11"^ Rep Peabody Museum y sus abundantes notas y referencias. 

- 268 - 



Meridional, nada tenían que envidiar á las de sus vecinos de 
la región de los Pueblos (1). 

17. — Poco tenemos que añadir á lo dicho en otro capítulo, 
al hablar en general de la pintura y escultura indígenas. Es 
indiscutible que las esculturas Mejicanas, sus ornamentados y 
colosales ídolos, sus formas animales, y los variadísimos ador- 



Escultura 
y pintura. 



'^S 




NlCHEN ITZA* 

lUXMAL 
'ABAN* ^ 

O 




¿;^COZUMEL I. 



7.^ CAMPECHE'; 
•' ^Ba<í>-,. - -^ 

?9Cor TIKAÜ 

>PAtEN^UE4r^JEDR;^S ' , 

i y, I SEIBALy 



GUATEMALA' 

QUIRIGUA 





STA LUCIA 



.■tbPAN 



HONDURAS 



Fig. 250. -Mapa ruinas de la Sección Mejicana (América Central). 

nos de sus máscaras, discos, vasos, columnas, etc., dan la nota 
más alta de las actividades estéticas de la Raza Americana 



(1) Thomas. Op. cit., pág. 244. Bancroft. Nat. Races, 11-115, etc. fiske. Op. cit., 
l-133y sigtes. B.A, E. (Seller, Fosterman, etc.). Descrip. Coll. Seller, Museo de Berlín, 
Bull. 28, pág. 11 á635. Comp. Gomara. Op. cit., pág. 298: (Rescate que hubo Joan 
de Grijalba de los Indios de Potonchan), y pág. 322: (El presente que Cortés envió al 
Emperador por su quinto, etc.) Vse. también Winsor. N. & 1. H. of Amca. pág. 416 
del tomo I, apee. IV, y Catálogos Antigüedades Huavis (Oaxaca), Tecas y Matlatzin- 
cas (Michoacan), por D. Nic. León (Museo Nac. México). 



- 269 



primitiva, pero también es cierto que en ninguno de los restos 
llegados hasta nosotros como muestras de los perdidos ó des- 
trozados por las devastaciones del tiempo y de las guerras, en- 
contramos algo que pueda calificarse de verdadera y exclusiva- 
mente artístico. 

Otro tanto puede decirse respecto á la pintura. Las pictogra- 
fías de los escasos Códices genainamente Precolombianos, 
que han podido conservarse hasta hoy, y los laberínticos y 
desproporcionados dibujos de algunos edificios en ruinas, son 
imitaciones convencionales de formas vivas, sin arte, armonía 
ni belleza (1). 
Uíicritura. 18. -Muchas tribus de la ''Sección Mejicana" ^ y en especial 
los Cakchiquels, Quiches y Mayas, se aproximaron en sus 
pictografías simbólicas al sistema de tsox'úmdi fonético. 

Si bien se ha observado que los Aztecas no pasaron del sis- 
tema de escnimsL jeroglífico, de interpretación convencional 
de los símbolos, ó sugestión pictográfica de ideas asociadas, 
llamada por algunos autores escritura ^' ikonomatica^^ (2), parece 
ser que los Mayas adelantaron un paso más hacia el sistema 
alfabético, representando con sus símbolos ^^calculiformes'\ 
verdaderos sonidos silábicos. Este probabilísimo carácter/í7/z/- 
tico de las pictografías de la familia Maya, las separan clara- 
mente de las Náhuatl, con las que algunos autores las con- 
funden (3). 



(1) Thomas. Op. cit., pág. 245 y sigtes. Nadaillac. Am. Preh., caps. VI y Vil, 
pág. 263 y sigtes. Vse. los Códices Perezianus (Manuscrit dit Mexicaine núm. 2 de 
la Bib. Imperiale, etc., París, 1864). Fejervary Meyer. Museo Liverpool, Ms. 12.014 
(Pdo. por el Duque de Loubat, 1901). Troano. (Museo Arqueológico de Madrid). 
Maya-Dresden. Libría. Real Dresde (Reproducción Foesterman, Dresden, 1892) 
los relieves de Palenque. Winsor. N. & 1. H. of Acá. pág. 201, etc., etc. 

(2) Thomas. Int. N. A. Arch., pág. 246. Prescott. Op. cit., pág. 45. Nadaillac. 
Op. cit., pág. 268. Zorita. Hist. Nva. Esp. (Ed. Suárez, 1910), I. pág 36, que sigue á 
Benavente (Motolinia). Clodd. The Story of Alphabet, pág. 78. Brinton. The Ikono- 
matic Method of Picture Writing (Ess. of an Americanist, pág. 213 y sigtes). Isaac 
Taylor, Hist. of Alphabet, 1-24. 

(3) Brinton. Op. cit.. pág. 157. Thomas. Mcripts. Mayas (B. A. E.), Rep. I, 
pág. 209 á 245, 3''<' Rep., pág. 25, ó»»- Rep., pág. 309, 19 Rep., pág. 418 y sig.. Bul!. 18 
(The Maya Year), etc. Rosny. Doc. Ecrits. Ant. Atnca., pág. 71. Winsor. N. & C. 
Hist. of Amca., I, pág. 196 y sig. 

- 270 - 



Tanto las pictograiías Náhuatl como las Maya-Quiches 
eran de colores brillantes y se hacían en pieles preparadas al 
efecto, en tejidos de algodón ó fibras de áloe 
(maguey) y en las columnas, muros, etc., de los 
templos y demás edificios públicos. Sus objetos 
eran generalmente administrativos, ceremonia- 
les, religiosos ó mnemónicos. 

>E1 tiempo y las continuas y destructoras gue- 
rras por una parte, y por la otra el equivocado 
celo de algunos eclesiásticos de pasados si- 
glos (1), han destruido casi todos estos precio- 
sos ejemplares pictográficos, imposibilitando 
hasta hoy la interpretación de los poquísimos 
é incompletos Códices indiscutiblemente Pre- 
colombianos que se guardan en Bibliotecas y 
Museos y la de las inscripciones talladas con 
símbolos idénticos en las numerosas ruinas de 
la América Central y de Méjico. 

No pueden, por tanto, considerarse tales Có- 
dices, etc., como documentos históricos, propia- 
mente dichos, sino como monumentos arqueo- 
lógicos, que demuestran por comparación la 
superioridad cultural de los Mayas sobre las 
demás tribus de la primitiva América (2). 

19. -Patentizan también esta superioridad cultural los inne- 
gables progresos de su arquitectura, evidenciados por las rui- 




f 



Fig. 251. 
Cuchillo de Sílice, 
mango de madera, 
con incrustaciones 
deturquesas^Co//. 
Hertz). 



Arquitectura. 



(1) Vse. Bmsseur de Bourbourg. Ms. Troano, 1-9. Prescott, 1-103. Brinton. 
Myths., pág. 10, etc. Bancroft, IV-Q"», etc. Rosny. Essay sur le dechiffiement, etc. 
(París, 1876), pág. 5 y sigtes. Brhul. Die Culturvolken Alt. America, pág. 327, 350. 
Winsor. Op. cit., I. pág. 203. Comp. el precioso estudio de Icalbazceta, De la des- 
trucción de Antigüedades Mejicanas, etc., en defensa del Obispo Ziimárraga (Méjico, 
1881, pág. 12 y sigtes.), á quien se atribuye ligeramente, por muchos autores, la des- 
trucción de innumerables Ms. Mejicanos. 

(2) Los Códices Aztecas y Mayas más conocidos son, entre otros, el Codex Men- 
doza, que se conserva en la Biblioteca Bodleiana, el TeUeriano Remensis (Bca. Na- 
cional París), el Vaticanas (Bca. del Vaticano), el de Dresde (Bca. de Dresde), el 
Troano (Museo Arqueológico Madrid), el Cortesiano (Id. id.), el Pereziano (Bib. 
Nac. París, y el Tonalamatl {Pílus, B. N.). Casi todos estos Códices han sido lujosa- 



271 



ñas de sus templos, palacios, etc. Corresponde á los arqueólo- 
gos el detenido estudio de estas ruinas, por lo que nos limitare- 
mos nosotros á mencionar los más notables. 

Partiendo de Zacatecas hacia el Sur, encontramos los mura- 
llones y pirámides truncadas de '^Los Edificios''. Ya en el 




Fig 252. - El Anahuac según Clavijero. 



mente reproducidos por Kinsborough (Am. Antiquities, I á IX), Foerstemann, y en 
especial por los magníficos infolios del Duque de Loubat tTonalamatl Berlín, 
ÍADCCQC; Mexicano-Vaticano detto Ríos, Roma, 1900; Mexicano Borgiano {Pwpds.. 
Fide), Roma, 1898, etc. Sobre el origen, carácter, procedencia, tentativas de inter- 
pretación, etc., consúltense las introducciones de Seler, etc., á las citadas ediciones de 
Loubat, y en especial el resumen átWinsor., op. cit., I, pág. 201 y sig. con sus notaí 
y referencias. 



272 



Anahuac, y en el probable sitio de la histórica Tula^ descubri- 
mos fragmentos de cariátides y columnas talladas, entre otras 
ruinas de casas ó templos. Al N. E. de la ciudad de Méjico, y 
en la célebre Teotihiíacán (Ciudad de los Dioses), divisamos 
las gigantescas pirámides del Sol y déla Luna y los montículos 
y restos megalíticos que bordean el ^'Camino de los muertos'-^ 

De la opulenta '^Tenochtítlan'' ó Méjico del siglo xvi nada 
queda ni se ha descubierto, exceptuando algunas horribles 
imágenes y el supuesto calendario de piedra porfírica de que 
hablamos anteriormente. 

En las ruinas de Xochlcalco (Nahuas) podemos todavía ad- 
mirar el cerro perforado, con galerías y túneles, escalonado en 
amplias terrazas y coronado con una especie de templo-pirá- 
mide de granito cubierto de relieves y dibujos emblemáticos. 
Al Oeste de Puebla de los Angeles está la conocida Pirámide 
de Cholula, y al entrar en el Estado de Oaxaca las grandiosas 
é interesantes ruinas de Milla, con sus enormes recintos de 
columnas simplicísimas y sus murallas pétreas, cuajadas de 
pictografías y tallas de abigarradas líneas, colores y formas (1). 

Siguiendo hacia el Este, hasta los valles del Río Usumacinla, 
hallamos las pirámides, teo-callis y palacios ruinosos de Palen- 
que, cuyas talladas losas, numerosas tumbas y colosales estatuas 
de figuras tranquilas, solemnes y en actitud adorante han hecho 
pensar á algunos Arqueólogos que la majestuosa Palenque fué 
tal vez un lugar sagrado ó centro religioso donde se congregaba 



^1) Vse. Thomas. Int. N. A. Arch., pág. 253, ^69 y sig. Nadaillac. Am, Preh., 
pág. 350, 368 y sig. con sus notas. Des. Charney. Anc. Cities of the N. W., pág. 75, 
152, etc., caps. IV, V, VI, etc., y cap. XXIV, pág. 480 y sig. Winsor. Op. cit.. I, 
pág. 175, 186, etc., y sus notas y referencias. Bandelier. Arcii. Tour., pág, 40, 69, 233, 
320, etc. Id. 10'" Rep. Peabody Museum, pág. 146 y nota 186, y pág. 184, nota 190, 
etc , etc. Bancroft. Op. cit., IV, pá?. 530, 518, 471, 474 y sigtes. (en especial capí- 
tulos Vil y X). Compse. Museo Mexicano, 1-185, etc. Altnaráz. Memoria de los tra- 
bajos de la Comisión Científica de Pachuca (Méjico, 1865, pág. 18 y sigtes ). García 
Cubas. Estudio Comp. entre las pirámides Egipcias y Mejicanas (Méjico, 1871, 
pJig. 4 y sig. Guía Descñp. Mus. Nac. México, pág. 19 y sig. Branz-Meyer. México 
as it was, etc., pág. 178 y sic 3.a Edición). Carrifdo. Palacios de Mitla (Ilustración 
Mexicana, vol. II). Fiske. Op. cit., 11-259 y sig. y las relaciones antes citadas de 
Cortés (en especial carta 2.»). Gomara, Bernal Díaz del CasüUo (en especial, capí- 
tulo LXXVIII), etc., etc. 

- .273 - 18 



un pueblo de devotos y residía el alto sacerdocio de los Mayas. 
Al Oeste, y en la región de los Lacandones, encontramos las 
ruinas de la misteriosa "Lorillard City", y penetrando en la pe- 
nínsula del Yucatán llegamos á las estupendas construcciones 
de Uxtnal; á la magnífica "Casa del Gobernador", con sus com- 
plicadas tallas; al "Palacio de las Monjas" y \d, "Cueva del Mago"; 
á las no menos asombrosas de "Chichen Itza", la llamada " Torre 
del Caracol" y al "Castillo", de hermosas columnas imitan- 
do serpientes; á las reliquias, también ophíticas, de "Tikal", 

etcétera, y, por 
fin, á los sober- 
bies despojos 
monolíticos de 
"Copan,, (Hon- 
duras-Chorti)^ 
la ciudad sagra- 
da de los Ma- 
yas, que con las 
mencionadas 
ruinas del Yuca- 
tán representan 
la cúspide cul- 
tural de la Sec- 
ción Mejicana, la nota arquitectónica más alta de los artífices 
y constructores indígenas (1). 




Y\%. 253.- Tubería de Terra-cota en Oaxaca. 



(1) Vse. Thomas. Op. cit., pág. 276 á 300 y sus referencias. D. Charney. Op. cit., 
pág. 194 á 262; 440 á 459; 371 á 414; 323 á 371; 459 á 482; 473 y sigtes., etc. Nadaillac. 
Op. cit., pág. 319á 335 y bigtes. y sus notas y referencias. Bancrojt, Op. cit., IV, pá?. 289, 
145, 118-79, etc. Winsor N. & C. Hist. of America, I, pág. 191 y sig.; 153 á 190; 190 
á 198, etc., y sus notas y referencias. Stephens & Caterwood, Travels in Central 
America (N. I. 1841), II, pág. 310. Rau. The Palenque Tablet (Smithsonian Contri- 
bution, vol. XXII). A. del Río. Desc. del terreno y Población Antigua, Ac. Hist. 
Madrid, Ms. (Pub. en Dic. Universal de Geografía, Méjico, tomo VIII, 52S). Bras- 
seur de Bourbourg. Palenque, pág. 5 y sig. Brinton. M. of the N. W., pág. 95 y sig, 
Violet le Duc. Habit Humaine, Int., pág. 69 y sig. Brasseur de Bourbourg. Hist. Nat. 
Civ. du Mexique, etc., vol. II, pág. 23. Palacio Carta á Feiipe II en Pacheco y Cár- 
denas, Doc. lned.,VI, 47. Karl Scherzer. Ein Besuch ben dei zumen von Quirigua'vVie- 
na, 1855, pág. 23 y sig.) Squier. Nicaragua, etc. (Ed. 1860, N, Y.), pág. 207 á 362, etc. 



274 



20. — Los rasgos esenciales de las creencias mágico-religiosas 
y de las Mitologías Uto-Aztecas y Mayas son los mismos que 
los del resto de las tribus aborígenes. Claro es que el trans- 
curso del tiempo y la prolongada residencia en un mismo te- 
rritorio de grupos tribales populosos, complicaron los cultos y 
engrandecieron los templos; pero si prescindimos de algunas 
divinidades características (,,Huitzl¿pochli^\ ^'■Tlaloc^^, etc.) y al- 
gunas ceremonias peculiares, cuyo estudio excede los límites 
de este Compendio, poco ó nada tenemos que añadir á lo ya 
manifestado en los capítulos IV y V de este Título. 

Las abominaciones de la magia, los sacrificios humanos y la 
antropofagia ritual, 
predominaron ho- 
rriblemente. Las le- 
gendarias predica- 
ciones del Suave 
''Qaetzatcoatl,, de 
los Aztecas ó del 
Votan de los íVla- 



yas, no consiguie- 
ron moderar la 
crueldad refinada 
y la sed de sangre 
de aquellas mu- 
chedumbres bár- 
baras, que, incitadas hasta al delirio por sus sacerdotes, sa- 
crificaban anualmente millares de víctimas en las repugnan- 
tes aras de sus divinidades guerreras, para devorar sus palpi- 
tantes miembros en horroroso festín de caníbales (1). 



Religión y magia. 



H^^^^ . r^^'^^lH 




^tBKHIKB^j^M 




^j&á»^^ 


^J^M^a^ 


^^^^^^É^M^^"^ 


^<:Úí:- 'I^^^^mh 



Fig. 254. - Tumba cruciforme íOnxaca). 



(1) Vse. Reville. Reí. de Mex. et Amerique Céntrale, pág. 23 y sig. Winsor, Op. 
cit,, I, apee. V, pág. 431 y sig. Bancroft. Op. cit., vol. III, ch. VI al X. Prescott 
Op. cit., I, ch. III, Int. Nadaillac, Op. cit., pág. 296. Tylor. Prim. Culture, II, 
pág. 279, etc. Compse. las relaciones Sahagún, Torquemada, Mendieta, Motolinia, 
Ixíilxochitl, Clavijero, etc. Gomara (H. P. I., pág. 444 y sig. "Del desollamiento de 
hombres", etc). Bernal Díaz del Castillo (H. P. I., II, pág. 309: Como los Indios de 
toda la N. España tenían muchos sacrificios y torpedades, etc., cap. CCVIII. Comp 
Las Casas. Apologética (Ed. Bailly-Baillere, 1909), pág. 337, 509, ele 



- 275 - 



El sacerdocio 
y su influencia. 



Conclusiones ge- 
nerales. 



21. — Formaban cátos sacerdotes, á principios del siglo xvi, 
una clase social organizada y preponderante. Los ^'■shamanes'^^ 
magos y hechiceros de las tribus de la América del Norte se 
convirtieron en la '^Sección Mejicana'-^ en un cuerpo definido y 
de jerarquía compHcada y estricta, cuya influencia política fué 
paulatinamente aumentando y sobreponiéndose á la de los 

guerreros, hasta 
adquirir en casi 
todos los gru- 
pos tribales un 
predominio ab- 
soluto y despó- 
tico (1). 

Esta prepon- 
derancia políti- 
ca de los sacer- 
dotes, su afán 
de ostentación 
en las ceremo- 
nias, su prurito de conservar entre unos pocos iniciados el 
secreto de sus pretendidos poderes míticos (escritura jeroglí- 
fica, calendarios, etc.) y su natural deseo de aumentar el tama- 
ño y bárbara suntuosidad de los ieo-callis y demás lugares 
sagrados, influyeron decisivamente en la evolución cultural de 
las tribus de Méjico y Centro de América (2). 

22. — El sucinto bosquejo que dejamos apuntado de la llama- 
da Civilización Mejicana esclarece un tanto las causas de su 
rápida decadencia. La falta de unidad nacional en las tribus 
Confederadas, el odio contenido de los tributarios á sus im- 
placables tiranos y la envidiosa y constante enemiga de los 




Yicr. 255. -Casa de las columnas en Mitla. 



(1) VsQ. Fiske.Op. cit., 1, pág. 109. Prescott, loe. cit.. Thomas Int N A .A , 
pág. 356 y sigtes. Nadaillac. Op. cit., pág. 29Sy sig. Gomara. Op. cit., pág 443. 449. 
B, Díaz del QastUlo. Op. cit., pág. 89, etc. 

(2) Brinton. Myths of the New Wordl, pág. 283 y sig. Thomas. Op. cit. pág. 249 
y 356 á 370. 



276 - 



calpullis mismos entre sí, producían un estado público de con- 
tinua inquietud y desconfianza. 

Si á esto se agregan los degradantes vicios que corrroían 
aquellas colmenas humanas, sus terrores religiosos y sus he- 
chicerías nefandas, no puede extrañarnos que sobre aquellos 
enormes falansterios, mezcla extraña de cultura y salvajismo, 
flotara una especie de anatema misterioso, de profecía trágica 
y terrible, de destino fatal y sangriento (1). 

Vivía, en efecto, el indio Mejicano entre mortificantes alar- 
mas, pululaban los espías hasta en el interior de sus hogares 
comunales, amargaba sus días el miedo de lo desconocido, 
afligían sus noches quimeras horrendas. El vaso de su paz 
estaba lleno de rencores; el goce brutal y efímero de sus triun- 
fos guerreros no podía calmar sus lacerantes angustias (2). 

Los comunismos teocrático-militares de los Aztecas y de los 
Mayas habían edificado con sangre sus ciudades y asentado en 
iniquidad sus templos. No podían perdurar. Brillaron un punto 
en la historia con fulgores rojizos, y pasaron después "como el 
polvo que arrebata el viento en la era y como el humo de sus 
hogares". 



(I) Vse. Bandelier. 12 Rep, Peabody Museum, pág. 558, nota 4 », comentando á 
Orozco y Berra. Geog. de las lenguas y Carta Eíca. de México, ptes. III, IX (Méjico, 
pág. 252). Vse. también Fiske. Op. cit., I, pág. 110 y sig y las Relaciones de Cortés y 
Bernal Díaz del Castillo, etc., etc. 

{2) Oseas, X\\\-h. 




277 




CUESTIONARIO 



1 . - ¿Cuáles fueron las principales tribus de la familia lin- 

güística Uto -Azteca;/ qué regiones ocuparon? 

2. - ¿Qué entendemos por tribus Náhuatl, Aztecas ó Mejicanas 

y qué territorios ocuparon? 

3.- ¿Qué tribus formaron la Confederación Azteca j/ cuál fué 
su extensión, ciudad principal y carácter? 

4. -¿Cómo guerreaban los Mejicanos j; con qué objetos? 

5. -¿Cómo se designaba y qué atribuciones tenía el "Jefe de 
hombres,,? 

6.— ¿Puede confundirse este "Jefe supremo miHtar,, con un 
monarca absoluto? 

7. - ¿Qué tributos imponían los Mejicanos á los pueblos ven- 
cidos y cómo se recolectaban? 

8.— ¿Llegó la Confederación Azteca á constituir imperio, mo- 
narquía ó sociedad civil propiamente dicha? 

9. - ¿Cómo estaban divididas las tierras en el Méjico indígena 
y cómo se distribuían y heredaban? 
I O, -¿Cómo estaban organizadas y cómo se gobernaban las 

tribus Mejicanas? 
11. -¿Hubo esclavos en Méjico? ¿Quiénes lo eran y por qué 
causas? 



- 278 



12. -¿Cómo estaba constituida la familia Azteca y cuáles fue- 
ron sus costumbres matrimoniales, mortuorias, etc. 
13.- ¿Hubo mercados y ferias en Méjico? 

14. - ¿Cómo se traficaba en tales mercados y qué clase de mo- 

neda (si alguna) se empleaba? 

15. - ¿Qué se sabe de los llamados Toltecas, de los Tarascos, 

Otomis, Totonecas, Zapotecas, etc.y y qué territorios 
ocuparon estas tribus últimas? 

16. - ¿Qué se sabe de las tribus de la familia lingüística Maya- 

Quiche j qué probables afinidades étnicas tuvieron con 
las tribus Náhuatl? 

17.— ¿Ha llegado hasta nosotros algo de los ritos. Mitología é 
Historia de los Maya-Quiches? ¿En qué forma? 

1 8.- ¿Qué sistemas peculiares para medir el tiempo tenían las 
tribus de la Sección Mejicana? 

19. -¿Hicieron los Mejicanos j/ Mayas progresos de considera- 
ción en las Artes mecánicas, pintura y escultura? 

20. - ¿Qué carácter tuvo la escritura ikonomática de los Aztecas 

y la posiblemente silábica de los Mayas? 

21. — Cuáles son los más notables restos de las construcciones 

Aztecas y Mayas? 

22. —¿Cuáles fueron las prácticas y creencias mágico-religiosas 

de las tribus de la Sección Mejicana? 

23. - ¿Formó el Sacerdocio en ellas clase jerárquica definida? 

24. ~ ¿Qué carácter tuvo este Sacerdocio;/ cuál fué su influencia 

en las agrupaciones Aztecas y Mayas? 

25. ' ¿Cuáles fueron las principales causas de la decadencia y 

aniquilamiento de las tribus Aztecas j/ Mayas? 




- 279 




REFERENCIAS 



Generales. -Las mencionadas en los capítulos anteriores, 
y en especial Wlnsor, op. cit., I, ch. III, y II, ch. VI con sus 
notas y referencias. Oviedo, Hist. General. Las Casas. Apolo- 
gética, etc. Gomara, Hist. General. Bancroft, Native Races, etc., 
vols. V y VI. Diccionario Universal de Historia y Geografía 
(México 1853-56). Fray Diego Duran, Hist. de las Indias de 
Nueva España é Islas de Tierra Firme (Edición Ramírez y 
Mendoza, Méjico 1867-80). Herrera, Décadas de Indias (Déca- 
das III, IV, V). Robertson, Hist. de América, lib. VII (Barcelona, 
1840), etc., etc. 

Especiales. — Son numerosísimas. Mencionaremos sólo 
Icazbalceta Obras (Ed. Agüeros, México, 1896-98). Alonso de 
Zorita, Hist. de la Nueva España, I (Ed. Suárez, Madrid, 1909). 
Kinsborough, Antiquities of México, etc. (Londres, Bolm, 
1831-48). Orozco y Berra. Hist. Antigua, y de la Conquista de 
México (México, 1880). Id., Geografía de las lenguas y Carta 
Etnográfica de México (México, 1864). Solís, Historia de la 
Conquista de México (Ed. Barcelona, 1770). Tylor, Anahuac, 
etcétera (Longmans, 1861)./. Zaragoza, Not. Hist. Nueva Es- 
paña (Madrid, 1878). Granados y Galvez, Tardes Americanas 
(México, 1778). Nic. León, Familias Lingüísticas de México 
(México, 1902). Pimentel, Cuadro descriptivo y comparativo 
de las lenguas indígenas de México (México, 1874-75). Anto- 
nio Peñafiel, Monumentos del Arte Mexicano Antiguo, 3 vols. 



- 280 



Infolio Imperial (Berlín, MDCCCXC). Larrainzar, Estudios 
sobre la Historia de América, etc. (México, 1875-78). H. Stre- 
bel, Alt. México (Hamburgo, 1885). Waitz, Amerikaner, vol. II 
(1864). Ad. Bastían, Culturlander des alten América (Berlín^ 
1878). Las obras citadas en las notas del presente capítulo y en 
las de los referentes á la « Vida Psíquica» del Indio America- 
no (IV- V). 

Fuentes. -5é?/72a/ Díaz del Castillo, Verdadera Historia de 
la Conquista de la Nueva España (Hist. Prim. Ind. II). Icazbal- 
ceta, Coll. de Documentos para la Historia de México (185^-66). 
Id., Nueva Colección de Documentos (1886-92). Pacheco y Cár- 
denas, Coll. de Documentos. Ternaux-Compans, Voyages, re- 
lations et memoires originaux, etc. Obras Históricas de Don 
Fernando de Alv a Ixtlilxochitl (Ed. Alfredo Chavero). Diego 
Muñoz Qamargo, Historia de Tlascala (Ed. Alfredo Chavero). 
Fr. Bernardo de Lizana, Hist. del Yucatán (Ed. Mus. Nac. 
México) . Dorantes, Sumaria Relación de las cosas de Nueva 
España (Ed. Mus. Nac. México). Gaspar de Villagra,H\st Nue- 
va México (Museo Nacional México). Los Anales del Museo 
Nacional de México, (1.^ época, vols. I á VII, y 2.a época, vols. í 
á V). Crónica Mexicana, escrita por D. Hdo. Alvarado Tezoco- 
moc hacia el año MDXCVIII, anotada por Orozco y Berra, etc. 
(Edición Vigil, México). Sahagún, Hist. General de las cosas 
de la Nueva España (Ed. Jourdanet y Simeón, París, 1880). 
Boturini, Idea de una Nueva Hist. Gen. de la Amca. Sepnal. 
(Ed. Madrid, 1746). Clavijero, Historia Antigua de México, etc. 
(Ed. Española, Londres, 1826). hdo. Cortés, Cartas de Relación 
(Hist. Prim. de Indias). Landa, Reí. de las cosas del Yucatán 
(Ed. de la Rada y Delgado, Madrid, 1884). Fuentes y Guzmán, 
Hist. de Guatemala ó recordación Florida, etc. (Ed. /. Zara- 
goza, Madrid, 1882-83). Alonso de Zurita, Rapports sur les 
differents classes de chefs, etc. (Ed. Ternaux Compans, París, 
1840). Fray Gerónimo de Mendieta, Hist. Eclesiástica Indiana 
(Ed. Icazbalceta, México, MDCCCLXX). Los preciosos Manus- 
critos de la Bca. Escurialense, relacionados y descritos crítica- 
mente por el P. M. Gutiérrez (La Ciudad de Dios, vol. LXXXI 

- 281 - 



núms. Abril 5-20, Mayo 5-20, Junio 5-20-1910). Los Ms. de la 
Colección Muñoz (Ac. de la Historia), vols. II, IIÍ, IV (Ixtlilxo- 
chilt); VII, VIII (Mem. Nueva España); IX, X, XI, XII, XIV, XVI 
(Pimas); XVII (P. Kino); XXII, XXIII, XXIX (Cohahila); XXX, 
XXXI, XXXIX (Zapolitatlan); XLI (Alonso de Corita, Relación, 
1633); XLII (Orden sucesión en terrenos y baldíos), etc. Col. 
Mata Linares, vol. I, XXXIX, XLI, XCXXIX, XCXXXVI, etc. 
Bca. Nacional Madrid, Ms. (I. 43), (I. 89), (I. 116), (I. 28, 29, 
31), etc. Colecciones García Figueroa (Ac. de la Hist, Madrid). 
Bureau of Am. Etnology, Report 3 (Thomas, Mtos. Mayas); 1 
(Central American Picture writing, etc.); 16 (Thomas, Maya Có- 
dices); 19 (Symbols Maya Year; Mounds Northern Honduras; 
Calendario Maya) y Bulletín 28-1904 (Descrip. Colecciones 
Sellcr), etc., etc. 

Códices indígenas. - Los citados en las notas del presente 
capítulo; los llamados de "Porfirio Díaz", "Baranda,,, "Dehe- 
sa", publicados por la Junta Colombina México (México, 1892); 
El Fejervary-Meyer, Museo de Liverpool (Ed. Duc. de Loubat, 
Berlín, 1901); el Codex A^«^/fl// (Cambridge, Mass., 1912), el 
Codex Osuna (Madrid, 1878), etc., etc. 

Bibliografías.- Winsor, op. cit., I, pág. 153 y sig. y apén- 
dices I, II, pág. 397 y sig. Icazbalceta, Bibliog. Mexicana del 
siglo XVI (México, 1 886). Bancroft, Native Races, vol. V- 1 36, 
etc. Bca. Hisp. Americana Sepnal. de Beristain y Souza (Ed. 
Vera-Amecameca, 1883). Leclerc, Biblioteca Americana, etc. 
(París, 1878). Las notas de Bandelier (10, 11, 12 Rep. Peabody 
Museum). /7>/úf, Essay towards an Indian Bibliog. (N.Y., 1873). 
Fischer, Bca. Mexicana, etc. (Londres, \S69). Pinarl, Catalogue 
de livres rares et precieux, etc. (1883, París). Los Catálogos de 
Hiersemann, Quaritch, etc., y las citadas en los capítulos ante- 
riores (Títs. I y II). 



282 



CAPITULO VIII 

TRIBUS DE LA AMÉRICA DEL SUR 
(división del atlántico) 

1. Observaciones generales, -2. La región Amazónica. - 3. La familia Tupi-Guarani. 
-4. Los Tapuyas. -5. Arawaks.-6. Caribes ó Karinas. -7. Las tribus del alto 
Orinoco y alto Amazonas. -8. Las de las mesetas Bolivianas, -9. La Región Pam- 
peana. - 10. Las tribus del Gran Chaco. - 11. Pampeanos y Araucanos. - 12. Patago- 
nes y Fueguinos, - 13. Los Calchaquies, 

1.- Conformes están los modernos etnólogos en circunscri- 
bir las culturas aborígenes de la América del Sur, á la zona 
geográfica llamada Andina, que se extiende desde Chile y las 
Provincias Argentinas Mediterráneas, hasta más allá de las me- 
setas de Colombia. 
Las tribus de esta 
región llegaron 
antes del Descubri- 
miento á los gra- 
dos superiores del 
barbarismo; for- 
maron curiosos or- 
ganismos sociales 
y construyeron cu- 
riosos edificios. 

En cambio, las 
tribus del Este de 
la referida Zona 

Andina, vivieron, salvo raras excepciones, en estado salvaje; 
construyeron sólo rudimentarias chozas, su vida social fué nula 
y su existencia física abyecta. 

Estos evidentes contrastes nos autorizan á dividir en primer 
lugar las agrupaciones Sud-Americanas primitivas, en dos 




Fig. 256. -La primera representación gráfica conocida 
de los Aborígenes Americanos (Augsburgo 1497 á 1503). 



Observaciones 
generales. 



- 283 



grandes Secciones Geográficas, la del Océano Atlántico y la 
del Pacífico (1), que estudiaremos separadamente. 

La clasificación lingüística de la multitud de tribus que po- 
blaron estas dos grandes Secciones ofrece dificultades insupe- 
rables. El irritante y extraordinario número de lenguas irredu- 
cibles desconocidas ó no estudiadas, su irregular distribución 
en el Continente, la facilidad de los movimientos emigratorios 
de las diversas tribus á lo largo de sus enormes vías fluviales, 
la natural instabilidad y despreocupación 
de los primitivos colonos Europeos, et- 
cétera, etc , han hecho hasta ahora infruc- 
tuosos los admirables esfuerzos científi- 
cos de antiguos y modernos filólogos 
para establecer una clasificación exacta 
de las Sud-Americanas lenguas (2). 

Teniendo esto en cuenta, y con el úni- 
co fin de sistematizar en lo posible nues- 
^ ,„ ^,.. , _,. tro estudio de la América Aborigen, adop- 

Fig. 257.- Nino Indio =* ' ' 

(Época actual). tarcmos la clasificación que de las tribus 




(1) Vse. Deniker. Op. cit., pág. 543 y sig. Keane. M. P. P.,pág. 416 y sig. Id. 
Etnology, pág. 162 y sig. Id. Stantord's Conipendium Cent. & S. A. I, pág. 43 y sig. 
Alcide D'Orbigny.UHommQ hmtr\cz.\nG. de TAnierique Meridionale (París, 1839), 
Yol. I, pág. 21 y sig. Brinion. A. R., pág. 164 y sig. P. Ehzenreich. Mytlien niit Le- 
pendem der Sudamericanischen Urvolker, pág. 28 y sig. y su abundante y bien selec- 
cionada bibliografía Redas Qcog. Univeí selle (París, 1890-94), vols. XV, XIX. P/' y 
Margall. Op. cit.. I, pág. 293 y sig., etc., etc. 

(2) La primera tentativa seria de clasificación de las lenguas indígenas Sud-Ameri- 
canas se debe á nuestro sabio filólogo Hervas y Panduro, op. cit., seguido por Ade- 
¿itngen su Mitrídates. líumboidí (i*ersona\ Narrative, vol. VI, pág. 438y sigtes., 1826) 
declaró impracticable la clasificación de estas lenguas, cuya mayor parte eran de las 
llamadas "incertce sedis" por los Botánicos. Orbigny (op. cit.) se limita á la parte del 
Continente por él visitada (Sur, pai alelo 12). Aportan preciosos datos Von Tsc/tudi 
en su admirable libro "Organismus der Khetschua Sprache" (Leipzig, 1884) y Vo/i 
Martins «Beitráge si'r Ethnographie und Sprachenkunde Sud Amerikas zumal Brasi- 
liens" (Leipzig, 1867, 2 vols.), que es una verdadera mina de informaciones genera- 
les. Una de las tentativas modernas de clasificación más notables es la de Luden 
Adam «Trois familes lingüistiques des bassius de l'Amazone et de la l'Orenoque". 
(Compte-Rendu du Congres Internationale des Americanistes, 1888, pág. 489 y sigtes.), 
á quien sigue en gran parte Brinton, A. R., pág. 168 y sigtes. Compse. Conde de la 
Vinaza, op. cit., Intcion., etc. 



284 



Sud-Americanas hace Brinton, fijando como siempre nuestra 
atención en aquellas agrupaciones tribales, más cuidadosamente 
estudiadas y de mayor interés por sus asociaciones históricas. 

Distingue el mencionado filólogo en el Grupo del Atlántico 
dos regiones (Amazónica y Pampeana) y otras dos (Colombia- 
na y Peruana) en el Grupo del Pacífico (1). 

2. - Comprende la Región Etnológica, llamada Amazónica, 
los inmensos territorios regados por el Amazonas, el Orinoco 
y sus numerosí- 
simos y caudalo- 
sos afluentes, in- 
cluyendo los Es- 
tados de Santa 
Cruz y el Beni, 
en B alivia, casi 
todos los del Bra- 
sil, los de Vene- 
zuela y las Gua- 
yanas y las gran- 
des y pequeñas 
Antillas, Los ex- 
tensísimos bos- 
ques y prodigiosos valles tropicales de estos dos colosales sis- 
temas hidrográficos ofrecían al hombre primitivo abundantísi- 
ma caza y pesca, sabrosísimos frutos y abundancia de natura- 
les recursos. Tales facilidades de vida, unidas al efecto depre- 
sivo de un clima ardiente y húmedo, enervaron, sin duda, las 
actividades de los aborígenes, haciéndoles perezosos y nóma- 
das. Por otra parte, los miles de kilómetros de vías fluviales 
navegables que caracterizan esta parte del Continente Sud- 
Americano, proporcionaron á las tribus comunicaciones natu- 
rales y fáciles, que aprovecharon para diseminarse en dilata- 
das regiones geográficas. 

No es extraño, pues, que encontremos en esta Sección algu- 




Fig. 258. - Danza ceremonial. 



La Región 
Amazónica. 



(1) Brinton. A. R., pág 171, etc. 



285 



La familia 
Tupi-Guaraní. 



ñas familias lingüísticas cuyos miembros llegaron á grandes 
distancias de su probable lugar de origen. De entre ellas las 
más conocidas y dispersas son la " Tupi-Guaraní'^, la Tapuya, 
la Arawak y la Caribe, cuyas peculiaridades etnológicas, etc., 
indicaremos sucintamente (1). 

3. — La célebre familia lingüística de los Tupis, Guaranis, 
Baranis, Garios, etc., fué una de las más notables, extendidas y 
numerosas de toda Sudamérica. Desde las Guayanas al Para- 
guay y desde las mesetas 
del Brasil á las costas de 
Bolivia, se hallaba, con 
más ó menos variantes, 
la llamada "Linguageral 
do Brasil" ,áer[vsiáa. esen- 
cialmente de la de los 
Tupis, y una de las más 
suaves, musicales y flexi- 
bles de las conocidas en 
América. 

Vivían estos indígenas 
en aldeas provisionales, 
llamadas "Tabas", com- 
puestas de miserables y 
escasos ranchos, que se abandonaban por conveniencia. Las 
aldeas abandonadas se denominaban "taperas ó taboeims". 
Cultivaban el algodón, el maíz y la mandioca y eran aficiona 
dísimos al tabaco, que fumaban en pipa, mezclado con otras 
yerbas. Los Omaguas y Cocamas, de cabezas deformadas 
"como mitras", enseñaron á los Europeos los usos del '•'caoiit- 
chouf^, del que hacían vestidos, sandalias, etc.; trabajaron 




Fig. 259. - Danza del Escudo " WarrauSn 
(Guayana Británica). 



(1) Vse. Acuña. Nuevo Deseto, del Gran Río de las Amazonas (Ed. Madrid, 1S91), 
pág. 2 y sigtes. GumUla-P.Joseph. Hist. Nat , etc., de las Naciones situadas en las 
Riveras del Río Orinoco (Barcelona, MDCCLXXXI). Agassiz. Voyage au Brasil 
(París, 1869), pág. 71 y sigtes. Marojo. As Regioes Amazónicas (Lisboa. 1895), pág. 24 
y sigtes. Carvajal. Deseto, del Río de las Amazonas (Sevilla, 1S94), pág. 12ysi-r 
Humboldt. Travels in South America (Trans. Bohn. Libry.), II, pág. 95, 138, 329, etc.; 
III, pág. 10 y sigtes. 



- 286 - 



hábilmente los metales y vivieron en aldeas permanentes. 

Las demás tribus de la familia Tupí Guaraní, no pasaron de 
los grados inferiores del barbarismo. Algunas de sus alfarerías, 
sin embargo, (ígasanas) pueden competir con las mejores de 
Sud-América. 

Su organización social no difería en esencia de la del resto 
de las tribus Americanas. El ''mombixabá,, 6 jefe de los guerre- 
/'<9S tenía autoridad absoluta en liempo de guerra y limitada en el 
de paz por las decisiones 
del Consejo (" níieemou- 
gaba,,). Las jefaturas eran 
generalmente heredi- 
tarias, formando sus titu- 
lares dentro de la tribu 
una clase social privile- 
giada y distinta de los 
''■mboyásu ó chusma indí- 
gena. Eran antropófagos, 
polígamos, sin limitacio- 
nes ni freno; vivían en 
común en los recintos tri- 
bales, y sabían construir 
canoas rudas y fuertes. 
Supieron también algu- 
nas de estas tribus defen- 
der sus provisiones de las crecientes periódicas de sus grandes 
ríos, enterrándolas en aquellas cuevas ó silos hondos, peculia- 
res de las tribus Amazónicas. Reconocían un poder superior 
(Tupd-¿Quíén eres?), y multitud de espíritus activos y malignos; 
conservaban los huesos de algunos magos famosos (pagés- 
piages ó caraibes) en chozas especiales y aisladas, atribuyéndo- 
les poderes oraculares y rindiéndoles especial reverencia. Su 
Mitología era rica é imaginativa, y esperaban como la mayoría 
de las tribus Americanas al redentor ó maestro extraordinario 
que había de venir de lejanas tierras (Sumé). Con excepción 
de las tribus próximas á los dominios Incásicos (Omaguas, 




Fig. 260. -Indios Caribes ÍAkawais). 



287 



Chiríhuanos, etc.), desconocían todas el vestido, siendo en cam- 
bio aficionadísimas al adorno, las músicas y danzas, embria- 
gándose en ellas con rapé 
de partea (Turas- Río Ma- 
deira) ó los zumos fer- 
mentados del '^curupá» 
(Omaguas) y otras varias 
plantas (1). 

Los Chiriguanos ó Chi- 
riíiuanos, cuyo valor mi- 
litar y canibalística fiere- 

Fior. 261. - indios Onas (Tierra del Fuego). za ta n prof UUdo tcrror 




(1) Discuten los etnólogos si los Tupis Brasileños descienden de los Guaranis Pa- 
raguayos, etc., ó éstos de aquellos. Según Vamhagen, Hist Oral, do Brazil, pág. 13 
y sigtes., el lupy (de j/7y-generac¡ón y T-ypy ó T-npi, de sí mismo) debió ser el tron- 
co principal del que emanaron las demás tribus. Sea de esto lo que fuere, confor- 
mes están historiadores y etnólogos en asignar á ambas familias origen y lengua 
esencialmente idénticos. Vse. sobre estos puntos y en general sobre la familia de les 
Tupis ó Quaranis, Oalanti. op. cit. I, pág. 93 y sigtes. Couto de Magalhaes. O Selva- 
jem (Río Janeiro, 1878), pág. 24 y sigtes. Frey do Vicente Salvador. Hist. do Brazil, 
pág. 32 y sigtes. Brinton, A. R., pág. 230 y sigtes. Von Martius. op. cit. Bd. I, s , i85. 
Techo. Hist. Frov. Paraguay, lib. XI, cap. II (Chiriguanos), lib. X, cap. IX, etc. 
Poppig. Reise in Chile und Perú, Bd. II, 3, 423, etc. Coíeti. Dizionaiio Storico-Oeo- 
gráfico dell America .Meridionale, vol. II, pág. 38. Waitz. Anthrop der Naturvoiker, 
Bd. III, 3, 425 y si^tes. Deniker op. cit., pág. 567 y sig. Ambrosetti. Los indios 
Cainguá, Bol. Inst. Geog. Arg., vol. XV. La Hilte y Ten Kate (Guayahds). Museo de 
la Plata, Anthrop II. Barboza Rodrigues. Rev. da Exposigao Anthrop Brasileira Río 
Janeiro, 1882. D'Orbigny. op. cit., vol. II, pág. 324. Keane. M. P. & P., pág 438 y 
sig. id. Stanford's Geog. C & South-America, I. pág. 257, 473, etc. Balbi Atlas Etno- 
graphique du Globe XXVII. Lozano. Conq. Río Plata, I, pág. 382 y sig. Ulrich Schmi- 
del Viaje al Río de la Plata (Edición anotada). Gral. Mitre cap. XX, LIT, etc., y el 
precioso prólogo de Lafone Quevedo, pág. 56 y sigtes. Pi y Margall op. cit. I, pág. 
643, ch. XVII y sus referencias. Oviedo. Lib. XXIII, ch. XII (Baranis). Acuña, op. 
cit, pág. 116 y sigtes. (Edición Madrid, 1891). Rui Díaz de Guzmán. His. Arg (Co- 
lección de Angelis), lib. I, cap. V. Guevara. Hist Paraguay, Rio de la Plata y Tucu- 
man (Col. Angelis), ch. II, Iil y sigtes. Sobre la »Lingua Geral do Brazil,, (Tupi- 
Guarani). Vse en primer lugar la preciosa Arte de Qram|atica de lingoa niais usada 
na costa do Brazil | Feyta pelo padre Joseph de Anchieta do Copañiade | lesv | Coim- 
bra, 1595, fol. I, 53 (Ej. Bib. Nac. Madrid). Cnnde de la Vinaza, op. cit., Cuadro 
Alf , pág. 351, 358. La Edición Platzman (Leipzig, 1876) del Arte, vocabulario, tesoro 
y catecismo de la lengua Guaraní del P. Ruiz de Montoya, y la correcta y copiosa 
"Bibliografía da lingua Tupi ou Guaraní tambem chamada lingua geral do Braz¡l> 
coleccionada por Alfredo do Valle Cabral{Rio Janeiro, 1880), vol. VIL Annaes Bib. 
Nac. do Rio de Janeiro, etc., etc. 



- 28S 



inspiraban á los guerreros Quechuas, son históricamente céle- 
bres por su tenaz resistencia á los diez mil hombres de guerra 
del Ynca Yupanqui y á los soldados del virrey Toledo (1). 
4 — Rivaliza en antigüedad y extensión con la familia Tupí 
ó Guaraní la de los Tapuyas (enemigos), cuyas numerosas 
bandas poblaron y aún pueblan en parte el Continente Sud- 



Los Tapuyas. 




Fig. 262. -Choza Yaghan (Tierra del Fuego). 



Americano, desde los 5° á los 20o de latitud Sur, y desde el 
Océano Atlántico al Río Xingú (Para, Matto-Grosso, Goyaz, 
etc.). Eran también conocidos con los nombres de Crens ó 
Guerens (antiguos, pueblo antiguo) acaso por suponer que 
antes de la llegada de los Tupís fueron los Tapuyas dueños de 
la costa del Atlántico, cuyos depósitos conchíferos (sambaquís) 
parece ser que construyeron. 

La apariencia física de los Tapuyas no era del todo desagra- 
dable, y la conformación de sus cráneos es idéntica á la de los 



(2) Garcilaso de la Vega. Com. Reales, I, lib. VII, cap. XVII, pág. 245 y sigtes., 
„á los niños y muchachos (de las tribus vecinas de los Chiriguanos) los amedrentan y 
acallan con solo el nombre». 



- 289 



19 




■^-•^ 



-^•4m- 



descubiertos en los yacimientos declarados pre-glaciales de 
Lagoa-Santa (1). Algunas tribus de esta familia como los lla- 
mados Botúcudos, deformaban de tan horrible manera su 
labio inferior con ''botoques,, ó pedazos de piedra ó madera, 

que ante los ojos 
europeos no po- 
dían menos de apa- 
recer repugnantes. 
No pasaron en 
general estas agí u- 
paciones del salva- 
jismo. Vivían des- 
nudos, sin organi- 
zación tribal defi- 
nida ni más habi- 
taciones que los 
abrigos naturales 
del bosque. No 
fabricaron alfare- 
rías ni canoas. Eran 
caníbales por cos- 
tumbre y nómadas 
por temperamento. 
Fueron, en cambio, 
cazadores habilísi- 
mos y de las raras 
agrupaciones indí- 
genas que supieron 
usar antorchas de 
fibras vegetales, revestidas de cera de abejas. Aunque faltos de 
ideas religiosas concretas, sepultaban cuidadosamente sus muer- 
tos y veneraban con temor las almas desencarnadas de sus jefes. 
La lengua de los Tapuyas es de difícil fonética y contrasta 
con el resto de las Americanas por su tendencia á las formas 






^^mí. 




Fig. 263. 
Indio Yaghan, arreglando su arpón (Hyades y Deniker). 



(1) Descubiertos por Lund. Vse. mi cap. I, tit. I (Hombre Paleolítico), 

- 290 - 



aisladas y su escasa proporción de palabras aglutinantes. Ha- 
bitan actualmente algunas de estas bandas salvajes en las cer- 
canías de los Ríos Madeira, Tapajos, Dulce, etc., en los bancos 
meridionales del Amazonas (Mundmcus, Paigiiizé) y en los 
boscajes del Ya- 
purá y el Putu- 
mayo (M ir añ- 
ilas, etc) (1). 

5. -La fami- 
lia lingüística 
de los Arawak 
ó Ai a /pares es 
también una de 
las más extendi- 
das de Sudamé- 
rica. Ocupaban 
sus tribus parte 
del alto Para- 




Fig. 264 -Indios Guaranis ó Garios (Schmide 



guay (Guanas, etc.) y las mesetas Bolivianas (Moxos, etc.), y 
llegaban, casi sin solución de continuidad, hasta las Grandes 
y Pequeñas Antillas y las Lucayas ó de Baháma. 

Fueron los primeros aborígenes Americanos que conocieron 
los descubridores Europeos. Las palabras indias recojidas por 
Colón y sus compañeros en Haiti, Cuba, etc., pertenecen á las 
formas dialectales de esta familia lingüística. 

La cultura de los Arawakó Malpares era, en general, superior 
á la de los Tupis y Tupayas. Cultivaban el maíz, el tabaco, y la 
mandioca. Sabían tejer el algodón en finos paños, y sus armas 
de piedra tenían notable pulimento. Labraban el oro, hacían 



(1) Vse. Keane. StanforcVs, Compendium, C. & S. A. I, pág. 46 y 554. Drinton. 
A. P., pág. 236, 238, etc. Qalanti, op cit , pag. 124 y sig. Acuña, op. cit., pág. 181 y 
sig. Deniker, op. cit., pág. 562, etc. Pi y Maigall, op, cii. I, ch. XVII, XVIIl y XIX, 
y sus referencias. Lacerda y Peixoto . Conirib. ao estudo Anthrop. das racas Indig. 
do Brazi!. Archiv. de Mus, Nac. Río Janeiio, vol I (1876), pao. 47 y sig. id. vol. VI 
(1884), pág. 205, etc., y sus referencias. Ehrenreich "Ueber die Botocudos,, Zeitschr. für 
Ethnol,l887, pág. 2 á50 Dr. M.P.Rey.YAwÓL. Anthiop. sur les Botocudos (París, 1880), 
pág 4 y sigtes. (Tesis). Von Tschiidi. Keise in Sud Amerika, Bd. II, pág. 281, etc. etc. 



Los Arawaks 
ó Maipures. 



291 



máscaras de madera, tallaban ídolos y construían canoas. 
Algunos grupos (Guayarías) estaban organizados tribalmen- 
te, con matriarcado, clanes y sistema totemístico. Sus casas (no 
comunales) estaban provistas de hamacas, esteras de fibras y al- 
farerías, relativamente perfectas. Tenían rica Mitología, danzas 
y ritos definidos y lugares reservados para cementerios. Las 
tribus más conocidas y notables de esta familia son la de los 
Antb ó Campas, del "Gran Pajonal" (Ríos Ucayali, Pachitea, 



% 



Fig, 265. -Topu Calchaqui (Ambrosetti). 

etc.), que sabían domesticar monos, cotorras, tapirs, etc., convi- 
viendo en sus chozas con ellos; los Guanas, del Alto Paraguay, 
pacíficos é inteligentes; los Tarumas (Quayana Británica), céle- 
bres por sus alfarerías y sus hermosos perros de caza; los Mal- 
pares, propiamente dichos, y los Moxos, del Alto Mamoré, he- 
roicamente evangelizados por los misioneros Jesuítas (1). 



(1) Brinton. A. R.. pág. 241 y sig. Olivier Ordinaire "Les Sauvages da Perou 
(Revue d'Etnographie, 1887, pág. 272). D'Orbigny. L'Homne Americaiii, vol. II, 
pág. 10-1 y sus notas. Hervds. Cat. Leng., vol. I, pág. 261. Amich. Comp. Mist. de la 
Seráfica Reí., pág. 36 y sig. Castelnau. Exp. dans l'Amerique du Sud, II, pág. 480. 
Von den Steinen. Durch Central Brasilien, ss. 2Q5-307. Martius. Etnographie, Bd., I, 
s. 683. Everard F, Iin. Tliiirn. Among the Indians of Guayana, pág. 171 y sig. F. X. 
Eder. Descriptio Provinciae Moxitarum (Budce, 1791), pág. 212 y sig. Relación del 
Primer viaje de Don Cristóbal Colón (Bca. Clásica), vol CLXIV, pág. 3, 184, etc. 
Fernando Colón. Hist. del Almirante Don Cristóbal Colón (Ed. Madrid, 1892), I, 
cap. XXXI y sigtes. Acuña. Op. cit., núm. II y sig. Gumilla. Op cit.. I, Ch. 10 y sig.; 
II, pág. 36 y sig. Herrera. Déc. I, lib, II, ch. XVII, lib. VI, ch. X, etc. Pedro Martyr 
d'Anglería. Sum. Hist. Ind. Occ. fol 7-41 (Coll. Ramusio, vol. III). Oviedo. Op. cit., 
lib. III, ch. XU y sig.; V, ch. I, XVII, etc. Fray Iñigo Abad y Lasierra. Hist. etc., de 
San Juan Bta. de Puerto Rico, ch. IV y sigtes. Deniker. Op. cit., pág 556 y sigtes. y 
sus notas. Píy Margall. Op. cit.. I, ch. XXI. Keane. M. P. & P., pág. 434, 435. Id. 
Stanford's Conipendium C. & S. A., 1-431, 11-330 y sigtes. Conde de la Vinaza. 
Op. cit., tabla pág. 367, 374, etc., etc. Sobre el Totemismo en estas tribus, vse. Frazer, 
Totemism & Exogamy, vol. III, cap XXII. Si/nons. An. Exploration of the Goajira 
Península, etc. Proc. of. the Roy. Geog. Soc. New. Series (1885), páe. 781 y sig. 

- 292 - 




Fig. 266. -Juego del látigo (Arawalcs^i 



6.- Los Caribes ó Karinas, vecinos y enemigos implacables 
de los Maipures, etc., llegaron desde las Guayanas hasta las 

Antillas y las Lucayas. En 
la época del descubri- 
miento Colombino se ha- 
blaban sus dialectos en 
las mencionadas islas y 
en el Continente, desde 
la boca del río Esequibo 
hasta el golfo de Mara- 
caibo y las dichas Gua- 
yanas, tierra adentro. Se- 
gún antiguos misioneros, 
el dialecto Cumanagoto (Cumaná ó Nueva Andalucía) era co- 
rriente á lo largo de estas regiones hasta más allá de Caracas. 
La cultura de la mayoría de estas tribus, cuya ferocidad se 
ha hecho legendaria (Caníbal, de Karina), era muy semejante, 
y acaso superior, á la de sus vecinos los Arawak, etc. Sus ca- 
noas eran grandes y muy marineras; supieron tejer hamacas de 
algodón ó pita, con sus torzales y rapacejos, cultivar la tierra y 
fabricar alfarerías notables. Los célebres petroglifos del Ese- 
quibo y la isla de San Vicente se atribuyen á los Caribes por 
la mayoría de los Arqueólo- 
gos. Los ritos mágico-religio- 
sos de estas tribus (Camana- 
gotos, etc.) eran definidos y 
complejos. Sacrificaban maíz 
al sol y á la luna; tenían sus 
magos (piayes) y sus fetiches 
y cremaban ceremonialmente 
sus cadáveres. 

La base de su organización 
social era el grupo ó grupos 
de parientes (dan exogámico) 

que convivían en casas grandes, redondas, con particiones, 
formadas de madera y techadas de palma. En algunos lugares 



Los Caí¿''<;s. 




Fig. 267. -Chiriguanos y Matacos. 



- 293 



Tribus deí Alto 
Orinoco y el 
Alto Amazonas. 



(Deltas del Orinoco, etc) las levantaban sobre postes en eí 
agua, como los habitantes prehistóricos de los lagos Europeos. 
Las flechas de guerra de los Caribes eran herboladas, con un 
veneno tan mortífero y activo que, en rasguñando, la herida 
era incurable. La antropofagia de estas tribus era sólo ritual y 
consecuencia de guerreros triunfos. Sus alimentos ordinarios 

eran el cazabe, los plá- 
tanos, el pescado y car- 
ne de monte. Eran muy 
aficionados á músicas y 
cantos, se pintarrajea- 
ban imitando animales 
(sus '*totenis"), se hora- 
daban las orejas y ter- 
nillas de la nariz, dis- 
tinguían los meses por 
las lunas y observaban 
por las estrellas los 
tiempos (1). 

7. - Forman parte los 
extensos llanos de Ve- 
nezuela de la enorme 
cuenca de los afluentes 
del Amazonas y el 

268.- Indios Macusi (Caribes). OrinOCO. Estáu CUbicr- 




(1) Im. 77zaA-/z. Among the Indians of Cruiana, pág. 168 y s:g. P. Matías Riiiz y 
fílanco. Conversión en Piritu, etc. (Ed. Suárez, Madrid, 1892), pág 45 y sigtes. 
Fr Antonio Cautín. Hist. Corog. Naí. y Evangélica de la Nva. Andalucía, etc. (Ma- 
drid, 1779), lib. I, caps. XII al XV. Gumilla. Op. cit., pte. I, ch. VI, VIH, XIV; 
pte. II, ch. VIII. Oviedo. Op. cit., pág. 32, 66, 123 y sigtes. Pedro Martyr dWnglería. 
Op. cit., fol. XXII y sig. (III Col. Ramusio), Drinton. A. R , pág. 257. Chaffang'^n. 
L'Orenoqiie et le Canra, pág. 310 y sig. Barboí a Rodríguez. Facifica^ao dos Crichanas 
(Río Janeiro, Mus Nac , 1885). Ehrenreich. Vehrand. Anthrop. Gesell. (1888, Beriín), 
pág. 5 il y sig. Pinart. Aperen sur l'ile d'Aruba, etc., pág. 9 y sig. Michelena y Rojas. 
Exp. Ofic. Amer Ind. (Bruselas, 1867), pág. 51 y sig. Von den Steincn. Durch Cen- 
tral Brasilien, s 303 y sig. Keane. M. P. & P., pág. 340, 434 y sig. Deniker. Op. cit.. 
páí?. 55) y sig. y sus referencias. Cde. déla Viñana. Op. cit., tabla pág. 345, 347, etc. 
Píy Margan. Op. cit , J, ch. XX y sus notas, etc., etc. 



294 



tos de altísimos pastizales y espesos bosques, que las llanuras 
invernales convierten en pantanos y los ardores estivales en 
insalubres ciénagas. Poblaban y aún pueblan estas inexplo- 
radas regiones escasos grupos salvajes de afinidades filoló- 
gicas inciertas. En las páginas de 
los viajeros y en las crónicas de 
las Misiones de esta comarca (an- 
tiguo territorio de Cagueta) encon- 
tramos un sinnúmero de nombres 
de tribus desaparecidas ó transfor- 
madas, cuya clasificación es impo- 
sible. 

Otro tanto puede afirmarse de 
las confusas tribus del Alto Ama- 
zonas. No hay regiones en el Con- 
tinente Americano que más deses- 
peren al historiador y al filólogo. 
Los datos de que disponemos son 
tan contradictorios y los cambios 
tribales tan rápidos y continuos, 
que es pretensión inútil el concor- 
dar las noticias de los cronistas an- 
tiguos con las observaciones de los 
etnólogos modernos. 

De tales tribus las más conoci- 
das ó mejor estudiadas son los 
Otomacos, del Río Meta; los gita- 
nescos Giiahibos, del Casanare; los 
Panos, del Ucayali; los Cashíbos, 
del Aguaitía, repugnantes endoca- 
níbales; los máómiios Jíbaros (Río 
Pastaza, Santiago, etc.), cuyos extraños atambores de guerra y 
cabezas peculiarmente disecadas se admiran hasta hoy en los 
Museos y los Maynas ó Mayoranas, etc., sometidos por Diego 
de Vaca cerca del antiguo San Francisco de Borja (1616), evan- 
gelizados con heroicas fatigas por Franciscanos y Jesuítas, y 




Fig. 269. 
India Ona (Tierra del Fuego). 



295 



Las Mesetas 
de Bolivia. 



perpetuados por el glorioso mártir Francisco de Figaeroa en 
una preciosa y verídica relación histórica (1). 

8. -La región Oriental de la República de Bolivia, bañada 
por el Beni, el Mamoré y demás tributarios del caudaloso Ma- 
deira, estaba poblada por multitud de tribus de diferentes fa- 
milias lingüísticas. Las más conocidas de entre ellas son las de 

\osChiqaitos, 
que habitaban 
principalmente 
la región de su 
nombre, entre 
los 16o y 18o de 
latitud Sur, des- 
de las fuentes 
del río Paraguay 
hasta el territo- 
rio de los Incas. 
Sometidos 
por Ñuño de 
Chaves (1557), 

formaron estas tribus el núcleo principal de las Reducciones 
Jesuíticas de esta comarca, adoptando con relativa facilidad 
costumbres sedentarias y agrícolas. Su lengua, en extremo flexi- 
ble, fué medio ó vehículo para la cristianización de las tribus 




Fig. 270. -Indios Timbues (Schmidel). 



(1) Vse. P. Francisco de Figaeroa. Reí. Miss. Comp. Je;ús en el país de los May- 
nas (Ed, Suárez, 1904), pág. 25 y sigtes. Fray Diego de Salinas. Crónica de la Reli- 
giosísima Provincia de los Doce Apóstoles del Perú, de la Orden de N. P. S. Fran- 
cisco, etc. (Lima, 1651), caps. XXVII á XXXVl. J. Chantre y Herrera. S. J. Historia 
de las Misiones de la Compañía de Jesús en el Marañón Español 'Madrid, 1901), 
pág. 121 y sigtes Keane. M. P, P.. pág. 417 y sig. Denilier. Op. cit.. pág. 561 y sigtes. 
Humboldt. Pers. Narr., vol. VI, pág. 332 y sig. (Londres, 1826). F. S. Gilii. Saggio 
di Storia Am., tom. 111, lib. III. Codazzi. Geog. de Venezuela, pág. 247 y sig. 
Cassani. Hist. de la Prov. de la Comp. de Jesús, Nvo. Reino de Gda (Madrid, 1741), 
fol. 148 y sigtes. Rojas Estudios Indígenas (Caracas, 1878), pág. 165 y sig. Gutnilla. 
Op. cit., pág. 63 y sig. Co/^í/. Dizionario Storico Geogco., etc., I, pág. 159 y sig. 
Chaffangon. Op. cit., pág. 154, 177, 183, etc. Michelena y Rojas. Exp. Am. del Sur, 
pág. 148 y sig. Crevaux. Voy. Am. du Sud (París, 1888), pág. 558 y sig. Conde de la 
Vinaza. Op. cit., tabla pág. 363, 412, etc. Brinton. Am. Race, pág. 262 á 295 y sus 
abundantes notas bibliográficas. 



296 - 



vecinas (Yuracarés, Aroiinas, Morotocos, etc.), que merced 
al ardiente y abnegado celo de los Jesuítas, fueron paulatina- 
mente agrupándose en las aldeas permanentes de los Chiquitos, 
á cuya lengua procuraron los Misioneros reducir sus dialectos 
bárbaros. 

La gloriosa muerte del P. Arce y sus heroicos compañeros? 
alma de estas 
incipientes cris- 
tiandades, las in- 
vasiones de los 
Pau listas y mer- 
caderes de es- 
clavos, la disolu- 
ción de la Com- 
pañía de Jesús y 
los luctuosos 
acontecimientos 
posteriores, no 
llegaron á extin- 
guir por com- 
pleto las aldeas 

de Chiquitos, que en número de 20 ó 30.000 viven hasta hoy 
en parte de sus territorios tribales, y conservan el régimen 
cooperativo ó comunista que sus Misioneros instauraron (1). 




Fig 27J.- Indios Querandies (Schmidel). 



(1) Ocupan actualmente los Chiquitos el distrito del alto Guaporé (Brasil) y parte 
de la Prov. de Sta. Cruz déla Sierra (Bolivia), y viven bajo el légimen comunista en 
cuanto al producto de sus cosechas, etc. Vse.A>a!«^.S^«/7/b/'ú?.Conip.C.& S. A. I, pág. 
255 y sig. Sobre las costumbres y peculiaridades de las tribus de las mesetas Bolivia- 
nas. Vse. P. Fernández. S. J. Reí. Hist. de las Miss. de los Indios que llaman Chiqui- 
tos, etc. (Edición Paraguay, 1896), I, pág. 19 y sig. II, pág. 15 y sig. Muratori. II Cris- 
tianesimo Felice (Venecia, 1743), pág. 22 y sig. Orbigny, op. cit. II, pág. 154 y sus 
referencias. Hervás. Cat. Leng. I, pág. 159 Weddell. Voyage dans la Bolivie, pág. 
421 y sig. Lettres Edifiantes, etc., II, pág. 142, 174, etc. Memorial P.JosepIi Barreda 
al Marqués de Valdelirios (1753), en vol. II., de la relación citada del P. Fernández. 
Von Martius. Eihnogr. und Sprach Bd. I, s. 412 Brinton. A. R pág. 295 á 307. 
Deniker. op. cit. pág. 411 y sig. Conde de la Vinaza, op. cit. Tabla pág. 352, 389, 
397, 399, etc., etc., y sus referencias. Vse. también el Mapa del P.José Jolis. Saggio 
sulla Hist. Gran Chaco (1799). Pí y Margall, op. cit I, cap. VII, VIII, IX, X, etc., 
V sus referencias. 



- 297 



La Reflión 9.- Al Sur de las altiplanicies que separan las aguas del 
Pampeana, g^j^ Amazonas de las de los afluentes del Plata, se extiende el 
Continente en llanuras inmensas regadas por numerosos ríos 
navegables. Comprende de Norte á Sur esta región llamada 
Pampeana, los territorios del Gran Chaco, las célebres 
Pampas desde el río Salado al río Negro, y los desiertos 
rocallosos y estériles de Patagonia y las soledades Antárti- 
cas. Está limitada al Este 
por el Océano Atlántico y al 
Oeste por la Cordillera de 
los Andes. 

Sus tribus indígenas for- 
man una sección etnográ- 
fica peculiar distinta de la 
Peruana y acaso remotamen- 
te relacionada con la Amazó- 
nica. Para facilitar el estudio 
de tales tribus y sin preten- 
sión alguna dogmática, po- 
demos clasificarlas en tres 
grupos geográficos de lími- 
tes más ó menos definidos. 
Forman el pri- 
mero de estos 
grupos las tri- 
bus del Gran 
Chaco; las 
Araucanasy 
Pampeanas propiamente di- 
chas, el segundo, y el tercero, 
las Fueguinas y Patagónicas. 
Tribus 10.- Se conoce con el nombre de Gran Choco la región que 

del Gran Chaco, se extiende del río Salado hacia el Norte hasta los 18o próxi- 
mamente de latitud Sur, limitada al Este por los ríos Paraguay 
y Paraná, y al Oeste por la Cordillera Andina. Es un país on- 
dulado de grandes llanuras y bosques espesos, abundante- 




298 




mente regado por tres hermosos ríos: el Pilcomayo, el Salado 
y el Vermejo, que lo dividen de N. O. á S. C, en tres fajas 
casi paralelas (Chaco Boreal, Central y Austral) aunque de 
distinta extensión (1). La suavidad de su clima, la abundancia 
de caza de sus enmarañadas sel- 
vas y la sabrosa pesca de sus ríos 
y lagos, facilitaron la vida de las 
tribus indígenas que densamen- 
te lo poblaron. Prescindiendo 
de los grupos tribales relacio- 
nados filológicamente con los 
Tupis 6 Guaranis, las principa- 
les familias lingüísticas del Gran 
Chaco, son las de los Matacos, 
LuleSf Charrúas y Gaaycarus. 

Habitaban \0SMataC0Stn pO- rig. 273. -Cetro de nundoíAmbrosetti) 

pulosas rancherías extendidas 

por las riberas del Vermejo. Eran menos fuertes y altos que la 
generalidad de los indios del Gran Chaco. Al decir de sus 
Misioneros, fueron naciones viles, indómitas, salvajes y refrac- 
tarias á toda cristianización. Viven hasta hoy, aunque muy re- 
ducidos en su número, en sus primitivos boscajes, prefiriendo 
la vida del gitano nómada á la sedentaria del agricultor. 

La antiguamente poderosa nación de los tules habitaba 
principalmente en las márgenes del Salado y el Tabiriri. Evan- 
gelizados primero por el célebre P. Barcena, huyeron á sus 
bosques, y sólo reaparecen años después en la historia de las 
Misiones del Chaco (Colegio de Córdoba de Tucuman), sin 
que pueda afirmarse con certeza que los Lules ó Tonicotes, es- 
tudiados por los Jesuiías del siglo xviii (P. Machoni), sean los 
mismos que el P. Barcena evangelizó. 

A la nación Charrúa, sangrientamente célebre en la historia 
del Río de la Plata, pertenecían los formidables Varos, Chañes^ 



(I) Vse. Keane. Staiiford Comp. C. & S. A. I. pág. 367 y sig. Lozano. Desc. Cho- 
zog. Oran Chaco, etc. (Córdoba, 1733), pág. 27 y sig. Burmeister. Desc. Phisiqne 
Rep. Arg. (París, 1876), I, pág. 214 y sig , etc , etc 

- 299 - 




Bohanes, etc. Sus tribus eran también muy numerosas. Usaban 
las bolas arrojadizas y la flecha, con precisión terrible; desco- 
nocían en general la fabricación de alfarerías, y vivían en ran- 
chos misérrimos. Eran grandes cazadores, vagabundos incorre- 
gibles, sanguinarios y arrestados en la guerra, astutos, incons- 
tantes, vanidosos en ex- 
tremo é inclinados al jue- 
go y la embriaguez. Solos 
ó aliados con otras tribus 
resistieron con indoma- 
ble furia los avances del 
conquistador. 

A la extendida familia 
lingüística de los Guay- 
Fig. 274. -Alfarerías (Alto Amazonas). cutus pertenecían, entre 

otras tribus, las de los 
Abipones, genialmente estudiados por uno de los misioneros 
(Dobrizhoffer); los feroces Tobas, que todavía pueblan parte 
del Gran Chaco, refugiados en sus espesuras; los Vuelas, del 
Río Salado (25° á 26° latitud Sur), y los célebres Quemndies (1), 
de corta y luctuosa historia. 

Con excepción de los Payaguás (Río Paraguay), tribus esen- 
cialmente nadadoras, marineras y de curiosa Mitología y cos- 
tumbres, todos los indígenas del Chaco fueron ginetes admi- 
rables. La rápida propagación del caballo en América favo- 
reció sus errantes y guerreras costumbres. Verdaderos Cen- 
tauros de la selva, sus corceles y sus lanzas de guerra fueron 
por mucho tiempo para el Europeo motivo de constante in- 
quietud y terror. 



(I) El origen Guaycurú, de los Querandies, y sus afinidades etnológicas con los 
Charrúas y Abipones ha sido brillantemente demostrado por el sabio Arqueólogo 
Argentino Lafone Quevedo (vse Ann. Soc. Cientca. Argna, vols. XLI, XUI, Idioma 
Mbaya; Bol. Ac. Ccias. Córdoba, vol. XV, idioma Abipon; Bol. Inst. Geog. Arg., 
vol. XVIII; Indios Chañases, etc., etc.), y en especial por mi antiguo discípulo (hoy 
maestro) F. Outes, en un precioso estudio documentado ampliamente. (Vse. Outes. Los 
Querundies (B. A., 1879), pág. 10 y sigtes. y sus apéndices 1 á 9. En contra, Brinton. 
A. R , pág. 326, que clasifica los Querandies en la familia lingüística Aucaria ó 
Araucana. 

- 300 - 



Por lo demás, los indios del Gran Chaco no pasaron, en 
general, de los grados superiores de salvajismo. Encontramos 
en algunos de sus grupos indicios de totemismo y exogamia. 
Obedecían á sus caciques, eran fetichistas, veneraban á sus ma- 
nes y temían á sus magos y hechiceros (1). 

11. -Al Sur del Gran Chaco, y hacia los 35o de latitud, em- 
pieza la. Región de ¿as Pampas. No hemos 
de detenernos á describir la grandiosa 
belleza de sus llanuras como mares, la 
inacabable variedad de sus pastos y la 
honda serenidad de sus desiertos sin tér- 
mino. Útil es, sin embargo, recordar estos 
rasgos fisiográficos de la Pampa para 
mejor comprender las peculiaridades de 
sus aborígenes. 

Una sola familia lingüística (Auca ó 
Aucanlana) ocupabsL á trechos tan dilata- 
das tierras. Pertenecen á ella, no sólo los F¡g. 275. -indios Caribes. 



rm 




Pampeanos 
y Araucanos. 



(1) Keane. M, P. P., pág. 440. Ehrenreich. Urbewohner Brasiliens, pág 103 y si?. 
Deniker. Op. cit., pág. 573 y sig. Martín de Moiissy. Desc. Confed. Argent., vol. II, 
pág 129, etc. Lafone Qiievedo. La Raza Amna. de Brinton, etc., Bol. Inst. Oeog. 
Argent., XIV, pág. 524, etc., vol. XVIII, pág. 124, 127, etc. Ambrosetü. Alfarerías 
Minuanes, Bol. I, Qeog Arg., vol. XIV (1893), pág. 212 y sig. Pelleschi. Indios Mata- 
cos, Bol. I, O. A. (1897), pág 173. Bnnton. A. R., pág. 307 y sig. Ulrich Schmidel. 
Op. cit. (Ed. B. A., 1903), cap. V y sig , y en especial el Prólogo del Traductor Lafo- 
ne Quevedo, pág. 56 y sig. y sus notas y refcias y Ajjces. Lozano. Desc. Chorog. 
Gr. Chaco, pág. 12 y sig. Dobrizhoffer. Historia de Abiponibus (Viena, 1784), pág. 15 
y sig. A. S. Carranza. Exp. al Chaco Austral (B. A., 18S4), pág. 421. Von Bravant. 
Bolivie, páfí 171 y sig (Sobre el asesinato del célebre Antropólogo Dr. Crevaux). 
Martíus. Ethnog. Bd., 1-226, 244, etc. Gilii. Saggio. Hist. Am., III, pág. 362. P. Ma- 
choni de Cerdeña. Arte y Vocab. Lengua Lule y Tonicote (Madrid, 1732), pág, 1 á 8. 
Del Techo. Op. cit., vol. III, ch. 15; I, pág. 174, 280; II, pág. 190, etc. Lozano. Conq. 
Par. y Río de la Plata. I, pág. 378, etc. Outes. Op. cit., Biblioíírafía, pág. 185 y sig. 
Apee. I. Píy Margall. Op. cit. I, pág. 521, etc. Vinaza. Op. cit., tab. 366, 399, etc., 
Sobre el Totemismo de los Indios del Chaco, vse. Techo, op. cit. (Ed Ascion. del Pa- 
raguay), vol. III, pág. 294, que dice textualmente: "Los Indios del Chaco toman el 
nombre de cualquier especie de Peces; la consideran como protectora, y la veneran 
tan supersticiosamente, que preferirían morir á comer de ella..." Peca, pues, de 
ligero Frazer en su reciente obra Totemism & Exogamy al afirmar que sólo los 
Guariros y los Arawak en Sud América tienen un sistema de Totemismo y Exogamia. 
Vse. vol. III, pág. 571. op. cit. 



- 301 - 



"Pampas", propiamente dichos (Giiarpes, Moluches, Pehuren- 
ches, Ranqaeles, etc.), de la República Argentina, sino también 

los céleores Anui- 
canos ó Mapuches 




del Sur de la Re- 
pública Chilena. 

Formaban los 
"Pampas" hordas 
nómadas y bárba- 
ras que se estacio- 
naban en míseras 
tolderías mientras 
duraban sus sub- 
sistencias y em- 
prendían despia- 
dados merodeos 
cuando el hambre 
ó la ocasión les in- 
citaba al pillaje y la 
guerra. Fueron 
asombrosos gine- 
tes. Sirvióles el ca- 
baljo de medio de 
transporte y terri- 
ble elemento de 

rig. 276. - Mapa de Sud-América de la Edición Latina aprOVCCha- 

áz Schtmdel {\5<i^). *=> ' * 

ron su piel para 
múltiples usos, y su carne y su sangre para alimento. Fueron 
siempre indómitos, errabundos, ladrones, borrachos y abyec- 
tos. Refractarios á toda cultura, vivieron del saqueo y la ma- 
tanza, temiendo sólo á sus hechiceros y caciques, creyendo en 
sus "gualiches" y repugnantes brujerías, degollando sin piedad 
y peleando sin concierto. Salvo los Moluches ó Manzaneros 
(Río Limay, etc.), sedentarios y agricultores, las demás tribus 
"Pampas" sólo supieron cultivar su astucia de serpientes, su 
temeridad de leones y su crueldad de felinos carniceros. 



302 



La '^ Expedición al Desierto", del dictador Rosas (1833), de- 
bilitó un tanto los salvajes bríos de estos indios; pero volvieron 
bien pronto á asolar los territorios de la República, hasta que 
el general/. A. Roca y sus esforzados compañeros Villegas, La- 
valle, Winter, Lagos, etc., merced á habilísimo plan de combate, 
y después de años de fatigas abne- 
gadas (1874-1885), consiguieron 
aniquilar el feroz poderío de los 
principales caciques, izar la Ban- 
dera Nacional en los últimos ba- 
luartes de su irreducible barbarie, 
y abrir en consecuencia miles de 
leguas d€ feraces y hermosísimos 
campos á su actual estado de civili- 
zación y progreso (1). 

Los indomables Araucanos, 
como los llamó Ercilla, ó Mapu- 
ches (hombres de la tierra), como 
ellos mismos se llamaron, ocupa- 
ban en el siglo xvi la mayor parte 
del territorio de la República 
Chilena, desde la actual provin- 

. 1 ^ • u ' 1 j ' Fig. 277. -Placa de bronce 

Cía de Coquimbo a la de Chiloe c^Xchsiqm^^^CoW.LafoneQuevedo) 




(!) "Las últimas huestes salvajes, etc. . . acosadas en sus propios aduares. . . hanse 
visto obligadas á clavar en tierra la tradicional lanza y presenta'-se sumisos al Gobier- 
no", etc., decía el General Winter (Feb. 9 de 1885) al comunicar al Gobierno Argen- 
tino la sumisión del célebre cacique Saihueque. último vastago de la barbarie vencida. 
Vse. la admirable Crónica del Río Negro de Patagones, átJ.J. Biedtna, pág. 689, etc. 
Sobre los caracteres etnológicos de las tribus Pampas. Vse. Martín de Moiissy, An. 
Coiii. Arch. Am. (IS^iS), pág. 215 y sig. Lucio de Mansilla. Una excursión á los Indios 
Ranqueles (B. A. 1870), vol. H, pág. 29 y si?. Keane. M. P. & P., pág. 429 y sig. 
Deniker, Op. cit., pag. 572 y sig. y sus referencias (notas 1 y 2). Brinton. A. R., 
páe. 322, etc. V. Gambon. S. J. Leccnes. Hist. Arg., ir, pág. 262 y sig. Saldias. Hist. 
Conf. Argna., Rozas y su época, vol. II, pág. 129 y sigtes. Lista. Viaje al país de los 
Tehuelches(B. A., 1878), pág. 18 y sig. Id. Explor. de la Pampa, etc. (Buenos Aires, 
1883), pág. 44 y sig. Conde de la Vinaza. Op. cit., pág. 380, 384, etc. (Tabla). Ar- 
chivo Nac. de B. A. Campaña del Desierto y en especial Hernández, Vuelta de Martín 
Fierro, núms. 2, 4, 5, pág. 8 y sig., útil é importantísimo resumen poético de la vida 
del antiguo Gaucho Argentino y de las tolderías y costumbres de los Indios Pampas. 



303 



inclusive (29° á 45° lat. Sur). Divididos localmente en tribus 
del Norte, del Sur, etc. (Picunches, Huiliches, etc.), hablaban 
todos dialectos de la misma lengua (Chilidegu), exagerada- 
mente alabada por algunos, pero in- 
dudablemente suave, harmoniosa, fle- 
xible y apta para la oratoria, á que tan 
aficionados eran aquellos guerreros 
Hasta hoy se habla esta curiosa len- 
gua por cerca de cien mil individuos 
de raza indígena pura, que habitan en 
la comarca Chilena del Araaco. 

Son las tribus Mapuches célebres 
en la Historia Americana por sus épi- 
cas luchas con los conquistadores In- 
cásicos (Huayna Capac, Tupac-Yu- 
panqaí) primero, y con los Españoles 
más tarde, y alcanzaron un grado de cultura indiscutiblemente 
superior al de sus afines de las Pampas (1). 

Vivían los Mapuches en chozas (rucas) de madera ó paja, 
muy separadas entre sí, y formando rancherías ó pueblos (lov) 
á la orilla de los ríos y arroyos. En cada ruca vivía una familia; 




Fig. 278. - Caribe (Guayanas). 



(1) Si los Pampeanos cruzaron los Andes hacia Chile, ó los Araucanos hacia las 
llanuras Argentinas, es punto etnológico no dilucidado. Parece, sin embargo, más 
plausible la primera hipótesis, pues no es probable que los Araucanos abandona- 
ran voluntariamente sus risueños valles para internarse en las llanuras desiertas. Lo 
que parece evidente es la afinidad etnológica de los Mapuches con los Pampas y sus 
marcadas diferencias con los Quechuas Peruanos y los Tapuyas Brasileños. Véase 
P. Riccardi, Mem. della Soc Ethnograf. di Firenze (1879>, pág. 139. José' T. Medina, 
Los Aborígenes de Chile, pág. 21 y sig. Darapski. Lengua Araucana (Santiago de 
Chile, 1888, pág. 3 y sig.). Brinton. A. R., pág. 322 y sig. En contra (Afinidades 
Kechuas), Deniker, op. cit., pág. 550, siguiendo Siemiradzki, Mittheil Anthrop. 
Gesellsch., vol. XXVIII, pág. 127, Sobre la lengua de los Aía/;«c/tí5, vse. Amunategui 
Solar, Encá&s. Indígenas en Chile (Santiago, 1909), vol. I, pág. 38 y sig. Rodolfo 
Lenz. Dic. Etimológico y estudios Compvos citados, por Amunategui, pág. 40. 
y. T. Medina. Aborígenes de Chile, pág. 51 y sig. Bern. Havestadt, Chilidigu, sive 
res Chilenses (Westphalia. 1777, Ed Platzmann, Leipzig, 1883), llegó hasta decir que 
debía sustituirse al Chilidigu el Latín como lengua sabia. Vse. también Barros 
Arana. Hist. de Chile, vol. I, pág. 49 y sigtes. y sus notas. Conde de la Vinaza. 
Op. cit., tabla pág. 338 y sus referencias, etc., etc. 



-^ 304 - 



predominaba el patriarcado, y la condición de las mujeres era 
inferior y penosa. Cultivaban éstas la tierra (maíz, patatas, etc.), 
tejían durables mantas (chamales), fabricaban ollas y cestos, y 
desempeñaban en general todos los duros menesteres de la 
vida bárbara, en 
tanto que sus ma- 
ridos, hijos ó her- 
manos, cazaban, 
pescaban ó prepa- 
raban sus conti- 
nuas expediciones 
de guerra. 

Tenían \os Arau- 
canos jefes supre- 
mos y secundarios 
de paz y de guerra. 
La autoridad de 
tales jefes (toquis), 
casi siempre here- 
ditaria, estaba li- 
mitada por el Con- 
sejo, y los usos y 
costumbres triba- 
les (ad-mapos). Los 
brujos y curande- 
ros eran consulta- 
dos y temidos. Ante 
hrucadQ las hechi- 
ceras (machis) se 
construían altares 
(rehué) donde sacrificaban animales y hombres á los manes ú 
otros espíritus (pillan). Por lo demás, los Mapuches eran muy 
aficionados á fiestas, juegos (uño) y danzas. La embriaguez y 
otros vicios más vergonzosos corroían sus agrupaciones. Eran 
versátiles, crueles en extremo, astutos, orgullosos, incansables 
en la lucha y antropófagos por venganza. Según antiguos cro- 




Fig. 279. - Mapa del Gran Chaco del P. Joséjolis (1789). 



305 



20 



Patagones 
y fueguinos. 



nistas, superaron á los demás indígenas de Sud-América en 
valentía, táctica y arrogancia. Resistieron en efecto durante 
siglos al formidable empuje de los soldados españoles, y pasa- 
ron á la posteridad como héroes de epopeya clásica (1). 

12. -En las costas Patagónicas 
del Océano Pacífico, habitaban al- 
gunas tribus distintas de las Arau- 
canas ó Mapuches. La más cono- 
cida es la de los Chonos ó Conco- 
nes "de cabello teñido de rojo y 
cara color de acebnche", visitados 
por los Misioneros Jesuítas del 
siglo XVII. Vivían estos indígenas 
en lucha constante con sus vecinos 
los "Huiliches,,; eran ictiófagos, 
grandes nadadores, y sabían cons- 
truir fuertes piraguas. 

En las inmediaciones del estre- 
cho de Magallanes vivían los Pa- 
tagones, Chonek ó Inaken (Hom- 
bres), célebres por su aventajada 
estatura (1,73 metros á 1,83), que 
ha dado margen á no pocas fábu- 
las y leyendas. Se alimentaban principalmente estas tribus de 
mariscos, y aprovechaban también la carne y la grasa de las 
toninas y lobos marinos que tanto abundan en estas regiones. 




Fig. 280. 
Pictografía de Pederneira (Brasil). 



(1) J . T. Medina. Op. cit., pág, 14 y sig. Amunategui Solar. Op. cit., pág. 35 y 
sig. Barros- Arana. Op. cit. I, pág. 32 y sig., y sus ilustradas notas críticas. Ercilla. 
La Araucana (Ed. Rivadeneyra), canto I, XVI, XXV, etc. Brinton, loe. cit. y sus 
notas. Píy MargaU. Op. cit. I, pág. 487. Molina. Comp. de la Hist. Nat. y Civil del 
Reino de Chile, vol. II, Lib. II. Pedro de Oña. Arauco Domado, cantos II, V, VI, 
etc. D'Orbigny. Voyage dans l'Anierique Míe. II, ch. XXI, etc. González deNájera. 
Desengaño de la Guerra de Chile, pág 86 y sig. D. Rosales. Hist. Oral. Reino Chile, 
lib. I, cap. XXV y sig. P. Miguel de Olivares. Hist. Civil de Chile, lib. I, ch. 14 y 
sig. Ruiz Aldea. Araucanos y sus costumbres, pág. 2 y sig Francisco Núñez de Pine- 
da y Bascuñán Czni\\tx\o?eMz (Coll. Hist. de Chile, vol. III). Guevara. Hist. de 
laCiv. de Araucania, I, pág. 176 y sig. Pedro de Usauro Mne. de Bernabé. La Ver- 
dad en Campaña (Ed. Reyes Santiago, 1898), etc., etc. 



306 - 



Fabricaban canoas capaces para nueve ó diez indios, y se 
aventuraban con ellas á respetables distancias. Andaban des- 
nudos ó mal cubiertos con pieles en bruto, carecían de toda 
organización social y creían en la virtud de sus ensalmadores 
ó magos. No pasaron de los grados últimos del salvajismo. Su 
lengua de curiosa permanencia, es en extremo gutural y áspera. 

Otro tanto puede decirse de las diversas tribus (Yahgans, 
Onas, AliculufSy etc.), que habitan las inhospitalarias costas de 
la Tierra del Fuego. Tienen todas ellas desde hace siglos el 
triste privilegio de ocupar sin pro- 
gresos apreciables,el rango más bajo 
de la escala cultural de los Aboríge- 
nes de Sud-América (1). 

13. -Para completar nuestro lige- 
rísimo bosquejo de las tribus de la 
sección Atlántica, réstanos tan sólo 
mencionar la misteriosa civilización 
Calchaqaiy independiente de la In- 
cásica, anterior á ella, y peculiar del 
suelo Argentino. 

Vivían principalmente los Calcha- pig. 281 . - indio Tehueiche. 




Los Calchaquies. 



(1) Vse. Brinton. Pág. 327 y sig. Biedma. Op. cit., pág. 78 y sig. Deniker. Op. 
cit., pág. 574 y sig. Desc. Costa Mar del Sur llamada Patagonia, etc., por lo que vido 
y anduvo D. Antonio de Biedma (Col. Mata Linares. Ac. Hist., vol. VIII). Keane. 
Stanford Compendium C. & S. A. I, pág. 307. Id. M. P. & P„ pág. 432. Musters. 
The Races of Patagonia. Joun. Anthrop. Inst. vol. 1 (1875), pág. 193. Moreno. Viaje 
á la Patagonia. Settentr. (B. Aires, 1876), pág. 22 y sig. Id. Viaje Pat. Austral (B. A., 
1879), pág. 5 y sig. R. Lista. Viaje al país de los Tehuelches (B. A., 1878), pág. 14 y 
sig. Id. La Tierra del Fuego. Bol. Inst. Geog. Arg., vol. II (1881). Darapsky. Bol. 
Inst. Geog. Arg., vol. X (1889), pág. 367 y sig. Id. Fueguinos. Bol. Inst. Geog. Arg. 
vol. X, pág. 275. Bridges. Tierra del Fuego. Bol. Inst. Geog. Arg., vol. XIV (1893), 
O. Nordenskjold. "Das Feuerland». Geog. Zeitsch, vol. II, pág. 664 y sig. Orbigny. 
Op. cit., vol. II, pág. 26. Nic. del Techo. Op. cit., lib. VI, cap. IX (Chonos). Hervás. 
Cat. Lenguas, I, pág. 136. Lovisato. Cosmos: Fascic. IV (1884). Lista. Mis explo- 
raciones, etc. (B. k., 1880), pág. 24 y sig. Hyades. L'Etnographie des Fuegiens en 
Martial. Mission Scientifique du Cap. Horn. 1, ch. VI. Sarmiento de Gamboa. Viaje 
al Magallanes, pág. 321 y sig. Viaje al Mag. de la Fragata Sta. María de la Cabeza, 
etc. (Madrid, MDCCLXXXXIII, pág. 329 y sig.). Barros- Arana. Op, cit. í, pág. 39 
y sig., y sus referencias, etc., etc. 



307 - 



quies en los territorios actuales de las Provincias Argentinas 
de Catamarca, Tucuman y Salta. Fueron las únicas tribus de 
esta Sección Etnológica que supieron construir murallas de pie- 
dra (Andalgalá, etc.). Sus tumbas, momias, orfebrerías de oro 
impuro, cobre y bronce, merecen detenidísimo estudio. Aunque 
la mayoría de estas reliquias arqueológicas tienen evidentes se- 
mejanzas con los productos del arte Quechua, muchas de 
ellas (campanas, placas, pectorales, topus, etc.) parecen alejarse 
en absoluto de las influencias Peruanas, y acercarse en cambio 
al arte de los Zuñís (Pueblos) ó al de los Chiriquis del Darien. 
La discusión del problema arqueológico que tales observacio- 
nes plantean es ajena al objeto de este libro. 

Atribuyen los Misioneros á las tribus Calchaquies curiosas 
costumbres matrimoniales, cultos y ritos complejos (manismo, 
magia, astrolatría) y habitaciones cómodas y bien ordenadas. 
Fueron sin duda estas tribus las más cultas de la Sección 
Atlántica, supieron tejer finas telas, adornarse con plumas 
y brillantes joyeles, y fabricar preciosas cerámicas. Desgra- 
ciadamente, sabemos muy poco de cierto sobre sus caracte- 
res psíquicos y sociales. De su lengua sólo han llegado hasta 
nosotros algunas palabras. Aceptaron voluntariamente á me- 
diados del siglo XV, la dominación Incásica; resistieron después 
tenazmente á la conquista Española, hasta que trasladada al 
actual Quilmes la última de las tribus de este nombre (1670), 
se extinguió allí paulatinamente (1). 



(1) Ambrosetti. El Bronce en la Región Calchaqui. An. Mus. Nac. de B. A., vol. 
XI, pág. 163 á 314. /¿. La Civílization Calchaqui (Gompte. Rendu. XII. Gong, de 
Amtas. París. Sepbre., 1900), importante síntesis de las conclusiones de este sabio Ar- 
queólogo. Id. Notas Arch. Galchaqui, Bol. Inst. Geog Arg., vol. XVII, XVlll, XlX, 
XX y otras obras del mismo autor (vse. su índice Bibliográfico). Ameghino. Op. cir. 
I, pág. 525y sig. Nic. del Techo. Op. cit. (Ed. Uribe), \, pág. 173, 247; 11, pág. 392, 
etc. Lozano. Op. cit., lib. IV, ch. IX y sig. V, ch. III. Garcilaso de la Vega. Op. 
cit., vol. I, pág. 164. Denlker. Op. cit., pág. 548 y sig. Lafone Quevedo. Londres y 
Catamarca, pág. 41 y sig. Ten-Kate. Exp. Arch. Catamarca, etc. Rev. Mus. La Plata, 
V, pág. 328. Toscano. La Región Galchaquina (B. A., 1898), pág. 24 y sigtes , etc., etc. 



- 308 - 



♦#f Y? 



CUESTIONARIO 



L- ¿Qué dos grandes grupos etnográficos pueden hacerse de 
las tribus Sudamericanas? 

2. - ¿Qué regiones geográficas comprenden, respectivamente, 

estos dos grandes grupos? 

3. - ¿Qué territorios comprende la llamada Región Amazó- 

nica? 

4. - ¿Cuáles son las familias lingüísticas más conocidas y 

dispersas de esta Región? 

5. - ¿En qué territorios Sudamericanos se hablaba la llamada 

"Lingua Géral do Brazil"? 

6. — ¿Cuáles son las tribus más conocidas de la familia lin- 

güística Tupi-Guarani y cuáles fueron sus costumbres, 
etc.? 

7.— ¿Qué territorios habitaban los Tapuyas? 

8.- ¿Cuáles son las tribus más estudiadas de esta familia y 
cuáles sus usos, costumbres, etc.? 

9. - ¿Qué territorios ocupaban las tribus de la familia lingüís- 
tica Arawak ó Maipure? 
10. -¿Cuáles fueron sus tribus más notables y cuáles sus usos 
y costumbres peculiares? 

- 309 - 



//. - ¿Qué territorios ocupaban tas tribus ó bandas de la fami- 
lia lingüística de los Caribes ó Karios? 

72. - - ¿Cuáles fueron sus costumbres peculiares? 

13.~ ¿Qué grupos indígenas poblaban las regiones del Alio 
Amazonas y el Alto Orinoco? 

14. -¿Qué tribus ocupaban principalmente las altas mesetas 
Bolivianas? 

1 5.- ¿Quiénes fueron los Chiquitos j cuál su actuación his- 
tórica? 

1 6.- ¿Qué territorios comprende la región etnológica llamada 
Pampeana? 

17. -¿Cuáles son las principales familias lingüísticas del Gran 

Chaco? 

18. -¿Qué se sabe de los Matacos, Lules, Charrúas, Payaguás, 

Vuelas, Abipones, etc.? 

19. -¿A qué familia lingüística pertenecen los Querandies? 
20.- ¿Qué territorios ocupaba la familia lingüística llamada 

Auca ó Aucaniana? 

21.- ¿Qué peculiaridades etnológicas caracterizan á los Pam- 
peanos? 

22. - ¿Quiénes eran los Mapuches, qué territorios ocuparon y 
cuáles fueron sus usos y costumbres peculiares? 

23. -¿Por qué son notables estas tribus Mapuches en la Histo- 
ria del Continente Americano? 

24. -¿Qué se sabe de los Patagones j Fueguinos? 

25, - ¿Quiénes fueron los Calchaquies y qué grado cultural 

alcanzaron? 




- 310 - 



ITTT 



REFERENCIAS 



Generales. - Las obras mencionadas en los capítulos ante- 
riores, en especial Deniker, Keane, Pí y Margall, Herrera,^ 
^ Oviedo, etc., etc. 

Especíales. -/l/z^^/¿s, Coll. de Obras y Docum. de las 
Prov del Río de la Plata, vols. I, IV. Carranza, Exp. al Chaco 
Austral, etc. (B. Aires, 1884). Hittey H. TeuKate, Notes ethno- 
graphiques sur les Indiens Guayaquis, etc. (La Plata, 1897). 
Lafone Qaevedo, Arte del P. Tavolini (Bca. Lingca. Museo de la 
Plata, Sec. Chaco). Agassiz, Voyage au Brasil, etc. (Trad.Voge- 
lli, París, 1869). Barao, A. Amazonia (Lisboa, 1883). Henderson, 
Hist. of Brazil (London, 1821). Koster, Voyages dans la partie 
Septentrionale do Brasil, etc. (París, 1818). Meyer, Bogen und 
Pfeil in Central Brasilien Etnographiske Studie (Leipzig, 1895). 
Ruiz de Montoya, S. /., Arte, vocabulario, tesoro y catecismo 
de la lengua Guaraní (1640), Ed. Platzmann (Leipzig, 1876). 
Vasconcellos, Chronica da Comp. de Jesu do Estado de Brasil, 
etc. (2.a Ed., Lisboa, 1865). Pebres, S. J., Arte de la Lengua 
General del Reino de Chile, etc. (Lima, 1765). Guevara, T.y 
Hist. de la Civiliz. de Araucania (Santiago, 1898). Lenz, Int. á 
los estudios Araucanos (Santiago de Chile, 1896, Anales de la 
Universidad). Id., Estudios Araucanos, etc. (Santiago, 1895-97) 
Borda. Hist. de la Comp. de Jesús en Nueva Granada (Poissy, 

- 311 - 



1 872). Tauste, Fr. De arte, vocabulario, etc. de la lengua de Cu- 
maná, (Ed. Platzmann -idiCS. de la de Madrid, 1680, -Leipzig 
1888), y las obras citadas en las notas del presente capítulo. 

Fuentes. - Guido Boggiani, I Caduvei (Guaycurus), Roma, 
1895. Centenera, La Argentina (ColL Anf^elis, Bs. As., 1836). 
Díaz de Ouzmán, La Argentina (Coll. Angeíis, B. A., 1835). 
Fígueira, El Uruguay en la Exp. Hist. Amer. de Madrid (Mon- 
tevideo, 1892). Lafone Quevedo, Lenguas Argentinas, Idioma 
Mbaya (An. Soc. Cient. Arg., B., A., 1896). Id., Idioma Abipon 
(Bol. Ac. Ccias. de Córdoba, 1897). Id., Indios Chanasas (Bol. 
Inst. Geog. Arg., 1896, B. A.). Moreno (Feo. P.), Not. sobre las 
Antig. de los Indios del tiempo anterior á la Conquista (Bol. 
Ac. Cieñe. Córdoba, 1874). Almr Núñez Cabeza de Vaca, 
Comentarios, etc. Alonso de Ovalle, Hist. Reí. del Rey no de 
Chile (Roma, 1646). Doc. Inéditos para la Hist. de Chile, co- 
leccionados por D. J. T. Medina (Santiago, 1888-1902); los 
Anales, Mus. Nao. de Chile; los de la Universidad de la Rep. 
de Chile; las Memorias del Museo Paraense (Goeldi), Para, 
1900. Guerreiro, Relación Annal das cousas que fazeram os 
padres da Companhia de Jesús, etc., no Brasil, nos annos 1602- 
1608 (Lisboa, 1605). Claude dAbbeuille, Hist. de la Mission 
des Peres Capucins en l'isle de Maragnon et terres circonuoi- 
sines, etc. (París, Huby, 1614). Archiv. do Museu Nacional do 
Rio de Janeiro (en especial, vol. VI, Río, 1885); las colecciones 
Etnológicas del Museo de Berlín, Británico, Arqueológico 
de Madrid, Museo Nac. Bs. As., Museo de la Plata, etc.; los 
An. Museo de la Plata,Sec. de Arqueología (1892), partes I, III; 
Id. Antropológica, partes I, II (1896); las Crónicas y Relaciones 
deMisioneros citadas en las notas del presente capítulo, etc., etc. 

Bibliografías. — Las mencionadas en los capítulos anterio- 
res y las referencias, notas, etc., de las obras citadas de Deniker, 
Ambrosetti, Lafone Quevedo, Barbosa Rodríguez, Brinton, Ba- 
rros Arana, Keane, Conde de la Vinaza (Tabla, etc.), Fhren- 
reich, Hasting's Cyclopedia, Winsor, N. & C. H., vol. II, Píy 
Margan, etc., etc. 



- 312 



CAPÍTULO IX 

TRIBUS DE LA AMÉRICA DEL SUR (SECCIÓN DZL PACÍFICO) 

L La Región Colombia, :a. -2. Tribus del Itsmo y costas adyacentes. -3. Los Chib- 
chas. — 4. Tribus Sud-Colombianas y Ecuatorianas. — 5. La Regiói: Peruana. - 
6. Principales tribus.-?. Los Quechuas. -8, Culturas Pre-Incásicas.-9. £;: Imperio 
de los Incas. — 10. La Relii;;ión Incásica. -11. El Sacerdocio y el culto. — IJ Los 
Amautas. -13. El Gobierno Incásico. - 14. Organización social. - 15. Repartición ¿~'. 
los productos. - 16. Reglamentación del trabajo. - 17. Arquitectura. — 18. Agricultura 
y ganadería. - 19. Medios de comunicación. -20. Colonias y guarniciones. -21. Ar- 
tes mecánicas. -22. Consii' oraciones generales. 

1 . - Comprende aproximadamente la Región Etnológica La Región 
llamada Colombiana los territorios montañosos del Continente ^•'®''''>''"3- 
Sudamericano, desde ei Orinoco hasta el Pacífico y desde la 
línea Ecuatorial á la República de Costa Rica. Las altas cadenas 
de montañas que atraviesan esta zona geográfica, sus hondos 
valles y caudalosos ríos de abundante pesca y fértiles riberas, 
influyeron decididamente en la vida y costumbres de sus tribus 
indígenas, separándolas de los grupos de la Sección Atlántica, 
y dirigiendo de Norte á Sur sus movimientos emigratorios. 

A fin de metodizar en lo posible nuestra investigación, divi- 
diremos las tribus de la Región Colombiana en tres grandes 
grupos geográficos: l.o, Tribus del Itsmo y costas adyacentes; 
2.0, Tribus Chibchas; 3.o, Tribus Sud-Colombianas y Ecuato- 
rianas, y fijaremos sucintamente los rasgos característicos de 
tales grupos, dedicando preferente atención al estudio de las - 
tribus Chibchas, de excepcional interés para el historiador y 
el etnólogo. 

2. -En la Región comprendida entre el mar de las Antillas Tribus del Istm» y 
y el Océano Pacífico, desde el Río Chagres, al Norte (Pana- costas adyacentes, 
má), hasta la Bahía Buenaventura (Colombia), y limitada al 
Este por una línea aproximada é imaginaria, que partiendo de 
este punto geográfico y atravesando la actual provincia de 

- 313 - 



iK Chibthds. 



Zamora, termina en el Cabo Codera, vivían en la época del 
Descubrimiento gran número de tribus pertenecientes á diver- 
sas familias lingüísticas. 

Las más conocidas de entre ellas fueron la de los Cimas, del 
Panamá, la de los indómitos Domsgues, de las cercanías de 
Chiriqui, la de los Onotosó "Señores de la laguna", hermosos 

ejemplares de su raza 
y constructores de 
chozas ó habitaciones 
lacustres, y las de los 
Timotes ó Merígotos, 
de los distritos de Me- 
cida y el lago Valencia. 
En general, todas 
estas tribus alcanzaron 
á las primeras etapas 
del barbarismo. Así lo 
evidencian las alfare- 
rías zoomorfas, etc., y 
los curiosos útiles líticos encontrados en sus montículos sepul- 
crales y abovedadas tumbas (1). 

3. -Los Chibchas, propiamente dichos, ó Miiíscas, fueron 
miembros de la familia lingüística de tribus que se extendía en 
ambas direcciones, desde el Itsmo de Panamá hasta Costa Rica 




Fig. 282. - Terraza superior en OUantay-Tampu. 



(1) Denilier. Op. cit., pág. 548 y sig. Catat Les Habit. du Darien (Revue Ethnogr., 
1888). Pinart. Les Indiensdu Panamá (Rev. Ethnogr., 1887, pág. 117 y sig.). Hardetr 
burg. The Indians of the Putamayo («Man.", voL X, núm. 9, pág. 81). Keane. M. P. P., 
pág. 417. Teitschríft für Ethnologie, 1876, s. 359. F. Pérez. Geografía del Cauca, 
pág. 229 y sig Oviedo y Baños. Hist. Venezuela, vol. II, apéndice (Ed. Madrid, 
1885). Rojas. Eet. Indígenas (Caracas, 1878), pág. 18 y sig. Conip Navarrete. 
Viajes, etc., vol III, pág. 9. Acosta. Compend. Hist. Gen. Nueva Granada. Con- 
de de la Vinaza. Op. cit., tabla pág 349, 354, 379, 392, etc., y sus referencias. 
Lares. Resumen Act. Acad. Venezolana (Caracas, 1886), pág. 35 y sig. Marcano. 
Eihnographie Precolomb. de Venezuela (París, 1889). Brinton A R., pág. 178 y sig, 
y sus notas. Oviedo Hist. Gen., lib. I, cap. XXlV. Herrera. Déc. VI, pág 116. 149; 
VII, pág. 192; VIII, lib. III, cap. V-VIII, etc. Castellanos. El. Varones III., pte. II, 
Elejia, I, Cantos I-lI Narr Voyage; Federmann (Ternaux-Compans I, ch. I á XIII). 
Fray Ant. Caulin. Hist. Corog. Natural y Evang. Nueva Andalucía, lib. I, ch. XII- 
XV, etc. Piy Margall. Op. cit, voK I, pág. COI y sig., etc., etc. 



314 



y Colombia. La lengua ClUbcha y sus dialectos estaba en el 
siglo XVI muy extendida en el Reino de Nueva Granada (hoy 
Colombia), siendo, según algunos autores, «lengua general» en 
tales regiones. En general, la cultura de las tribus de esta fami- 
lia fué más ó menos idéntica. Casi todas cultivaban el suelo, 
tejían algodón, extraían el oro de las arenas de sus ríos, etc., lo 
modelaban en ornamentos é idolillos 
y eran conocidos como traficantes 
enérgicos. 

Las numerosas reliquias encontra 
das en los grupos de sepulcros ó ce- 
menterios de la Provincia de Chiriqai 
(Costa del Pacífico), en absoluto se- 
mejantes á las recojidas en Bogotá, 
Tunja, etc., demuestran la extensión 
territorial de estas culturas y permiten 
también á los Arqueólogos incluir á 
las tribus del Chiriqai en la familia de 
los Chibchas. 

Forman el precioso botín arqueoló- 
gico Chiriqai gran número de objetos de piedra pulimentada, 
de alfarerías notables y variadas, de ornamentos de oro, cobre 
y estaño de formas abigarradas y aleaciones diversas. La abun- 
dancia de tales ornamentos en esta región hizo que los Con- 
quistadores Españoles la llamaran «Castilla del oro», con cuyo 
nombre es conocido en las primitivas historias (1). 




I-¡g. 283. -Guerrero Dorasque. 



(1) La curiosa identidad de formas y facturas de algunos objetos Chibchas y Cal- 
chaquies (independientes de la influencia Incásica), como campanas, placas pectora- 
les, etc., y la palpable semejanza de las alfarerías de estas dos regiones arqueológicas 
con las de la Región de los Pueblos, así como las semejanzas fisiográficas de todos 
estos territorios, me inclinan á asimilar tales culturas (Calchaquies-Chibchas), ior- 
mando con ellas un grupo cultural Sudamericano-Andino, independiente del Incásico 
y tal vez vinculado al de los Pueblos. Vse. Ambrosetti. Bronce Calchaquie, pág. 27 
y sig. Nadaillac. Am. Preh., pág. 460 y sig. y sus referencias. Restnppo. Los Chib- 
chas antes de la Conq. Espía., pág 130 y sig. /. W. Fewkes. Arch. Exp. to Arizona 
in 1895 (17 Rep., B. A. E., parte II), pág. 625 y sig. y el precioso estudio de Holmes, 
The use of gold & other metáis among the Ancient Inhabitans of Chiriqui, etc. 
(Smithsonian inst., 1887», pág 2 y sig. 



315 



Los Chibchas, propiamente dichos, ó Muiscas, representan- 
tes genuinos de esta familia lingüística, habitaron antiguamente 
la Cundinamarca y conquistaron las altiplanicies Andinas de 
Bogotá y Tunja^ los valles de Pacho, Fusagasugá, Caqueza y 

Tensa y desde 
Santa Rosa y 
Sogamoso á los 
llanos del Río 
Meta. 

Conocemos 
muy poco de 
cierto sobre su 
organización 
social. Parece 
que estuvieron 
gobernados por 
cinco jefes prin- 
cipales ó caci- 
ques, dos de los 
cuales, el Zipa, 
ó Bogotá,2i\'$)\xr, 
y el Zaque ó 
Miinsa{JViVi\2) 
subyugaron á 
principiosdel 
siglo XVI á los 
caciques de los 
valles cercanos- 
No existía Con- 
federación de 
tribus; antes bien, la enemiga entre el Hunsa y el Zipa era 
tradicional y constante. El Huma y el Bogotá eran jefes mili- 
tares ó civiles con caracteres sacerdotales marcadísimos. 

Su poderío no fué en absoluto despótico. Las materias gra- 
ves ó de interés general se decidían por el Consejo de "princi- 
pales y caciques". Los oficios del «zaque» y del «zipa» eran 




Fig. 284. -Calle del Triunfo. Murallas del Palacio 
de Inca (Cuzco). 



- 316 



hereditarios y privativos de determinadas familias ó gentes. 
Predominaba el matriarcado exogámico, la poligamia y el 
matrimonio por precio. Embalsamaban los cadáveres de los 
jefes y sepultaban con ellos á sus mujeres, esclavos, armas y 
útiles en ceremonias mortuorias especiales y solemnes (1). 

Cultivaban el maíz (aba), la patata, la coca, el tabaco, etc. 
Hacían rapé (Tabaco de Tanja) y bebidas fermentadas (chicha) 
y sabían resinar los árboles. La propiedad individual de las 
tierras era desconocida (2) y estimada la de los bienes mue- 
bles y subsistencias. Tenían mercados públicos (Aipéy Ba- 
catá, Zipaquirá etc.) y ferias en épocas fijas. Obtenían oro y 
cobre de Moniquirá y otros lugares, y esmeraldas de las minas 
de Somondoso. Medían por palmos, contaban con los dedos de 
las manos y pies (sistema vigesimal) y usaban como interme- 
diario de cambios una especie de moneda de "tejuelillos de 
oro de media pulgada de diámetro" (3). Sus usos penales eran 
sanguinarios. Casi todos los delitos se castigaban con la muer- 
te. A la mujer adúltera, al ladrón y al sodomita se les empalaba 
en forma horrible. 

En general, los Chibchas fueron tímidos, poltrones y cobar- 
des; pero como el valor militar era camino de honores, y los 
ataques de los Panches amenazaban constantemente los domi- 
nios del «Zipay>, tenía éste en sus fronteras guarniciones de 
indios aguerridos (guechas, varón que mata), que elegía entre 
los guerreros tribales y colmaba de favores, según sus hazañas. 



(1) Vse. Restreppo. Op. cit., cap.VIl-VIII. Píy Margall. Op. cit., vol. II, ch. XIX, 
pág. 292, etc. Herrera. Déc. VI, pág. 136, 149; VII, pág. 192; VIIÍ, lib. III, cap. V- 
VlII, etc. Fiske. Discovery, II, pág. 296, etc. Oviedo. Hist. Gen., vol. II, lib. XXVI. 
ch. XXII-XXIII, etc. iRe\. Jiménez de Quesada). 

(2) Afirma lo contrario el sabio Arqueólogo Colombiano Restreppo, fundándose 
únicamente en la autoridad de Fray Pedro Simón, Not. Historiales, II, 309-1 1, que 
el mismo Restreppo considera poco fidedigna (vse. notas 1 y 2, pág. 21 y Prólogo 
bibliográfico de la citada obra de Restreppo). No es posible suponer que los Chibchas 
fueran los únicos Americanos que tuvieron antes de la Conquista la idea de la /¡/ro- 
piedad individual de la tierra, zgena. en absoluto al sistema tribal (vse. mi ch. IV, 
título 1 1). 

(3) Vse. Restreppo. Op. cit., cap. XI. Castellanos. His. Nuevo Reino. Canto VII 
Rodríguez Fresle. El Carnero (Ed. Felipe Pe'rez-Co\omhia.) Cap. XI. La mejor colec- 
ción de estos tejuelos es la de Rúndale (Museo de Berlín. Etnog). 

- 317 - 




^^^ 



1 i .^-I-v . 



Usaban estos guerreros flechas, picas, macanas y tiraderas ó 
estólicas, y sus jefes se adornaban con penachos, arracadas y 
patenas de plumas, oro y esmeraldas. 

Vivían los Chibchas en el siglo xvi en casas de madera cu- 
biertas de paja y defendidas con empalizadas y cercos. En los 
del «zaque» y «sugamiixi», etc., colgaban láminas áureas. La 

piedra parece 
que empezaba á 
emplearse en 
las construccio- 
nes, como lo de- 
muestran las 
ruinas del Valle 
del Infiernito 
(Oeste de Leiva) 
y el notable obe- 
lisco déla S^rra- 
nía de Pacho (1). 
Eran hábiles 
tejedores, ves- 
tían casi todos 
con mantas de 
algodón finas y 
cubrían sus ca- 
bezas con go- 
rros ó sombre, 
ros de alta copa, 
según sus ofi- 
cios y dignidades. Sabían alear y laminar los metales. Sus or- 
febrerías y cerámicas tenían en cada tribu carácter especial y 
factura distinta. Las de Chiriqui y las Quimbayas fueron acaso 
las más perfectas. Desconocieron la escritura jeroglífica, y sus 
pictografías y petroglifos (Gameza, Pando, etc.), son escasos, 






Fig. 285. - Tapicería encontrada en una tumba de Aucon. 



(1) Vse. Oviedo. Op. cit , cap. XXlH. Restrcppo. Op. cit., pág. 120 y sig. y fig. 10, 
lámina V del Atlas. """ 



318 - 



groseros é indescifrables (1). Eran animistas y manistas. Ado- 
raban al Sol, al Arco Iris, etc., y propiciaban en especial á los 
arroyos, ríos y lagos. Sus numerosos sacerdotes (jeques) no se 
diferenciaban en sus funciones y supuestas facultades de los 
«shamanes^ y hechiceros del resto del Continente. El famoso 
cacique «Siígamuxh, sucesor del maligno y legendario hechi- 
cero «Indacansás» (2), es el prototipo de tales nigromantes. 
Los sacrificios humanos eran ceremoniosos y frecuentes. Los 
<^mojas 6 sacerdotes niños" se recluían cuidadosamente en los 
templos para sacrificarlos al llegar á la pubertad. El célebre 
<^ cacique dorado» de las antiguas crónicas, fué probablemente 
uno de estos «mojas», que, desnudo y espolvoreado de oro, se 
sacrificaba á los espíritus de la laguna (3). 

La mitología Chibcha era rica é interesantísima. Sus princi- 
pales leyendas giraban alrededor del semidiós Bochica (4), 
célibe, virtuoso y austero, cuyas mesiánicas y civilizadoras 



(1) Vst. Oviedo. Op. cit., cap. XXHÍ. Restreppo. Op. cit, cap. XIII-XV y sus 
referencias. Compse. Garrick Mahery. Pict. Writting. Am. Indians (10"' Rep. B. A. E.), 
cap. ni, sec. I-II. 

(2) \st. Restrepfjo. Op. cit., cap. XVI y sigtes., preciosa síntesis crítica de la 
historia de los Chibchas y de sus tradicionales Leyendas: El cacique "Sugamuxi", 
taimado é inteligentísimo, fué bautizado (1541) con el nombre de D. Alonso, y 
sepultado en Soganioso por los Franciscanos con el siguiente pomposo epitafio: 
"Aquí yace. . . el gran Sugamuxi, cacique, el mejor hombre de Cundinamarca, alegría 
y honra de su tierra, amigo de los hijos del sol; al fin reverenció las luces del sol que 
resplandece. Reguemos por su alma". (Vse. Restreppo. Op. cit., cap. XIX.) 

(3) ... Dijo de cierto rey que sin vestido 
En balsas iba por una piscina 

A hacer oblación según el vido 
Ungido todo bien de trementina 
Y encima cantidad de oro molido, 
Desde los bajos pies hasta la frente 
Como rayo de sol resplandeciente. 



Los soldados, alegres y contentos. 
Entonces le pusieron El Dorado. 
CasteUanos. Elegía á Benalcazar, Canto n, pág. 453 (Var. 111. Indias, Ed. Rivade- 
neira). Restreppo, Op. cit., cap. Vl-VII. 

(4) Bochica era Sua, el blanco, el día, el Este, etc. Vse. Brinton, Myths ofthe 
N. W., pág. 91, 115, 217, etc. Lang. Myth. Ritual & Religión, I, pág. 128 y sig 
Tylor. Prim. Culture, I, pág. 353 y sig. Restreppo. Op. cit., cap. IV, etc., etc. 

- 319 - 



predicaciones fueron contrarrestadas por las deletéreas de la 
mítica hechicera Huitaca, instigadora del sensualismo, la em- 
briaguez y otros abyectos vicios que 
enervaron las agrupaciones Chibchas y 
facilitaron á los soldados españoles la 
conquista de aquellas extrañas gentilida- 
des (1). 

4. — Cerca del territorio de los Chib- 
chas vivían algunas tribus (Panches, Mu- 
zos, Colimas, Paniquítos, etc.), acaso per- 
tenecientes á una sola familia lingüística, 
y aliadas entre sí para guerrear con sus 
poderosos vecinos. Eran, en general, y 
según antiguos cronistas "gente bestial y 
de mucha salvajía". Vivían, sin embargo, 
en habitaciones permanentes, momifica- 
ban sus cadáveres y sabían tejer con fi- 
bras de maguey preciosas esterillas y 
mantas (2). 

En los actuales Estados de Cauca, Antioquía, Tolima, etc., 
las tribus indígenas han cambiado tanto desde el siglo xvi que 




Figf. 286. -Jefe ó Sacerdo- 
te Chimu. (Alfarería Valle 
Chincaraa ) 



(1) Vse. Restreppo. Op. cit., ch. XVIU. Acosta. Comp. Histco., pág. 139. Kecitie. 
M. P. P., pág. 421 y sig. Oviedo. Op. cit , lib. XXVI, cap. XI y sig. (Relación San 
Martín y Nebnja) y cap. XVIII y sigtes. {Relación Jiménez de Quesada. Comp. De- 
niker. Op. cit.. pág, 545. Fiske. Disc II, pág. 294. Nadaillac, Am. Preh, pág. 459 
y sigtes. y sus referencias. Piedrahita. Hist. Nuevo Reino de Granada, cap. V 
y sigtes. Pi y Margall. Op. cit., I, pág. 292, etc. Conde de la Vinaza. Op. cit , tabla 
pág. 375, 397, etc. Urícochea (Mem. sobre Antigüedades Neogranadinas; Berlín, 1854, 
pág. 6, 10 y sig.). Hastings. Ciclopedia I, pág. 462, 473. Castellanos. Hist. Nuevo 
Reino de Granada y Epme. de la Conquista (Ed. Paz y Melia), vols. I y II. Vargas 
Machuca. Mit. y Descrip. de las Indias, 1, pág. 27 y sig., etc., etc. Las colecciones 
arqueológicas Chibchas más notables son las del Museo Colombino de Chicago 
(Cnes. Restreppo), las del Nacional de Bogotá, Real de Berlín. Arqueológico de 
Madrid y las particulares de E. y V. Restreppo. (Vse. Restreppo. Op» cit.. Introduc- 
ción y notas bibliogcas. y Atlas). Comp. Brinton. A. R., pág. 181 y sus notas. 

(2) Vse. Fray Antonio Caulin. Hist. Choroer. Nat. y Evangélica de la Nueva Anda- 
lucía, lib. I, cap, XII y XIII. Pí y Margall. Op. cit., I, páer. 601 y sig. Oviedo, 
Op. cit., II, pág. 392 y sig. Herrera. Déc, VI, lib. I, ch. II. Brinton. A R., pág. 1S9. 
Comp, Castellanos. Hist. de Antioquía, pág. 506 y sig. (Varones 111. de Indias, par- 
te III), etc., etc. 



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es imposible determinar quiénes fueron los constructores de 
las reliquias arqueológicas que en tal región abundan. Los 
terremotos y las guerras por una parte, y el vandalismo de los 
buscadores de tesoros por la otra, han destruido gran número 
de estos preciosos restos; pero los túmulos sepulcrales de los 
distritos de Frontino y Dabeiba y las ruinosas murallas de 
piedra del valle del Plata (Tolima) atestiguan todavía la cultura 
material de aquellos pueblos. 

En Popayan y los valles del Sierra vivían los célebres Gua- 
nacos ó Coco nucos, 
adoradores del Sol, 
con ritos solemnes, 
coros de vestales y 
numerosísimo sa- 
cerdocio, cuyos 
probables descen- 
dientes, los Mo- 
quxes 6 Guanabia- 
nos, viven hasta 
hoy en la vertiente 
occidental de la 
Cordillera, dedica- 
dos á sus faenas 
agrícolas, celebran- 
do sus disolutas danzas al son de la 
dose con estramonio. 

En la parte más escarpada de la Cordillera Oriental, hacia 
las fuentes del Río Fragua (l-2o lat. Norte), vivían los Anda- 
quis, supuestos guardianes de la legendaria «Caverna del Sol» 
y sus fabulosos tesoros, y probables constructores de templos 
subterráneos y edificios ciclópeos. 

Los territorios que circundan el Golfo de Guayaquil estaban 
ocupados por numerosas tribus, de las cuales la más conocida 
es la de los Cañaris, que habitaban en los ardientes valles de 
la costa, y antes de ser subyugados por los Incas (siglo xv), 
tenían cierto grado de cultura, evidenciada por las peculiares 




Fig. 2S7. 
Puerta monolítica de Tiahuanaco. 



marimba» y narcotizan - 



- 321 



la Región 
Peruana. 



hachas de cobre y preciosos trabajos en oro recogidos por los 
arqueólogos en sus tumbas (1). 

5. - Las condiciones fisiográficas de la «Región Peruana» no 
impidieron al hombre primitivo poblar sus accidentados terri- 
torios. En aquellas punas elevadísimas, y sin más vegetación 
que el «¿cha» ó pasto de los montes, en los valles hondos de 




Fig 288. - Plano del Cuzco (siglo xvi). 

las abras Andinas y en aquellos oasis de los yungas ó tierras 
oajas, que interrumpen la monotonía de los arenosos desiertos 
de la costa, vivieron durante siglos agrupaciones populosas y 



(1) Vse. fi/7///(7«. A. R., pág. 193 y sig. y sus notas Herrera. Déc. Vil, lib. III, 
ch. IV. F. Pérez. Geog.del Estado de Tolima (Bogotá, 1863, pág. 76). Withe. Jouin. 
of the Roy. Qeog. Socty., pág. 250, etc. (1883). Posada Arango. Essai Ethnog. Aborig. 
Antioquía (Bull. Soc. Antrop., París, 1871). Castellanos. Hist. Antioquía, Cantos I 
á XIV (Varones 111. de Indias, pág. 507 y sig.). Conde de la Vinaza. Op. cit., pági- 
na 395, etc. Douay. Congres d'Ainericanistes, 1887 (Compte Rendu, pág. 772 y sig.). 
M. I. Albis.^wW.oí the Am. Ethnolog. Society, vol. I, pág. S\ y s\g. Codazzi tn 
Pérez. Geografía Colima, pág. 81 y sig. (Bogotá, 1863). Garcilaso de la Vega. Com. 
Reales, lib. VIII, ch. V. F. G. Suárez. Est. Histco. sobre los Cañaris (Quito, 1878). 
M L. Henzey, "Le Tresor de Cuenca- (Qazzette de Beaux Arts, Agosto, 1870), etc., etc 

- 322 - 



enérgicas, que luchando con la naturaleza supieron levantar 
pueblos y templos, fertilizar las tierras y llegar al más alto 
grado de cultura material alcanzado por su raza en América. 

Las dificultades de la clasificación lingüística de estos inte- 
resantísimos grupos se 
ha exajerado un tanto por 
los antiguos cronistas. 
Afirman, con fundadas 
razones, los modernos et- 
nólogos, que la gran ma- 
yoría de las tribus de la 
costa Peruana y los valles 
Interandinos, desde Quito 
y la línea Ecuatorial hasta 
el desierto de Atacama, 
pertenecía á las familias 
lingüísticas Aymará, Que- 
chua, Yunca ó Mochica 
Puquina y Atacameña ( 1 )' 

6. — La lengua Aymará 
era general entre las tri- 
bus Collas, Pucasas, 
Charcas, etc., que ocupa- 
ban desde tiempos remo- 
tos las mesetas y vertientes occidentales de los Andes y las cuen- 
cas del Desaguadero y de los lagos Aullaga y Titicaca (15 á 20° 
latitud Sur). Los Cotias, que habitaban en la meseta del Titicaca 
y en los valles inmediatos, vivían en chozas cónicas de piedra 
cubiertas con la paja de la puna y agrupadas en pueblecillos, 




Fig, 289. - Puente sobre el Río de las Pampas. 



(1) Vse. Keane. C. S. A. (Staiifard), I, pág. 191 y sig. Brinton. A. R., pág. 202 
y sig. NadaiUac. Ara. Prehist., pág. 387 y sig. Winsor. Op. cit., I, pág. 212 y sig. 
(Markhatn). Cieza ae León. Crónica del Fttt'i, chap. XXXI y sig, (Hist, Prim. Ind., 
II, pág. 379 y sig.). C. Reginald Enock. Perú, pág. 3 y sig. Humboldt. Vue des Cor- 
dilleres, etc., pág. 106 y sig. Wiener, Perou & Bolivie, pág. 7l y sig, Lorente. El 
Perú de los Incas, pág. 14 y sig. Paz Soldán, Dic. Geog. y Estco. del Perú (Lima, 
IS79). Rivera Oí Tsc/indi. Peruvian Antiquities (N. Y. 1853), pág. 117 y sig. Rai- 
mondi. El Perú (Lima, 1874-1902), partes II, III, etc., etc. 



323 



cuidaban sus rebaños de llamas y alpacas, obteniendo lana 
para cubrir sus cuerpos y defender sus cabezas (chucos, go- 
rros) del intenso frío de las alturas, y cosechaban al abrigo de 
los collados, ocas, quinuas, patatas, etc., que con la abundante 
pesca de la laguna Titicaca, la caza de patos y perdices en sus 
orillas, y la de guanacos y vicuñas en las montañas, bastaban y 
sobraban para sus necesidades físicas. 
Eran fuertes, audaces y ágiles. Sus 
jefes, familias y linajes {Ayllus) vivie- 
ron en continua lucha. Rendían culto 
á los espíritus de la naturaleza (ani- 

Fig.29o.-son¡;¡rochinqui. "''^'^^) y ^ ^^^ "^^"^^ y Sepultaban 
en curiosas tumbas superficiales de 
piedra á sus venerados muertos. Las imponentes ruinas de 
Tiahuanaco se admiran aún en los antiguos territorios de las 
tribus de esta familia (1). 




(1) Vse. Brinton. A. R., pág. 216. P. Ludovico Bertonio. S. I. Arte de la lengua 
Aymará, pág, 4 y sig. (Ed, Platzmann, Leipzig, 1879). Forbes. Aymará Indians 
(Journal of Ethnolog. Society of London, 1870), pág. 270 y sig. Squier.Txz^tXs in 
Perú (New York, 1877), chap. XIV-XV. D'Orbigny. L'Homme Aniericain, I. pág. 307 
y sig. Keane. M. P. P., pág. 424 y sig. Cieza de León. Crónica del Perú, parte ).a, 
cap. CV, etc. Garcilaso de la Vega. Op, cit., lib. VI, cap. XXI. Keane. Etnology, 
pág. 138 y sig. Conde de la Vinaza. Op. cit., tabla pág. 33Q y sus referencias, etc., etc. 
Las estupendas ruinas de Tiahuanaco son la nota más alta de la arquitectura aborigen 
Americana, y acaso de la megalítica del mundo. Sus estructuras ciclópeas, estatuas 
colosales y enigmáticos relieves perduran á través de los siglos. Incluyendo la mara- 
villosa puerta monolítica de Acpana, los templos todos que hubo en este Egipto Ame- 
ricano parece que estuvieron consagrados á Viracocha, numen Supremo de los Ayma- 
rás, cuyo culto rivalizó con el del Sol, hasta que fué incluido por los dominadores 
Incas en el panteón de sus dioses astrolátricos. Para la descripción y estudio de las 
ruinas Preincásicas de Tiahuanaco, Sacsahuana, Abancay, Ollantaytampu, etc , véan- 
se, entre otros, Ruge, Geschichte der Zeitalters der Entderkungen, pág. 331 y sig.; 
Wiener, Perou et Bolivie, pág. 17 y 22 y sus referencias; Markham en Winsor, N. 
& 1. H. of Amca., I, chap. IV, notas y referencias; Nadaillac, km. Prehist., pág. 400 
y sig. y sus notas, y en especial la admirable y definitiva monografía de Richard 
Inwards, The Temple of the Andes (London, 1884, pág. 12 y sig.); la de Markham, 
Megalithic Age of Perú (American Congresos Stuggart, 1904), y las preciosas obras 
de5/«6í/& f//z/(?, DieRuinenstatte von Tiahuanaco (Breslau, 1893), pág 19 y sig.; 
Comte de Crequi Monfort, Mission Scientifique Fran^aise, Fouilles de Tiahuanaco 
(1903), pág. 47 y sig., y Barón & Baronne C. de Meyendorf, L'Empire du Soleil 
(París, 1909), cap. VII á XIX. 

- 324 - 



En el ángulo Sudoeste del lago Titicaca vivían las tribus 
de los Ums, etc., que hablaban la lengua Piiquina, moraban 
en grandes canoas y acaso fueron los constructores de los 
curiosos «crotnlechs» de Charasani y Umabamba (1). 

Los Yuncas (yanca-cuna, ^'moradores de tierra caliente") 
ocupaban los valles de la costa del Pacífico desde el Callao á 
la Serranía de Amotape (5 á 14o lat, Sur). 
Hablaban la lengua Yunga ó Máchica, de 
dificilísima fonética; eran animistas y manis- 
tas. Sus huacas, como carros artificiales, y 
sus vastísimas necrópolis (Ancón, etc.) han 
proporcionado á los arqueólogos preciosas 
y abundantes reliquias, tejidos multicolores 
y de complicada trama, alfarerías, husos, 
anillos y adornos de madera y metálicos. 
Vivían los Yuncas, y en especial sus jefes, 
en casas de columnas de adobe; construían 
acueductos é irrigaban extensamente sus 
campos, fertilizándolos con guano, que ex- 
traían de las islas. Eran navegantes temera- 
rios. Usaban canoas de cueros de lobo ma- 
rino ó de simples haces de totora, y balsas de 
madera provistas de vela, timón y quilla. 
Predominaba entre ellos el matriarcado, lle- 
gando á veces las mujeres {Capullanas ó SayapuUas) á ejercer 
las jefaturas tribales. 

Cerca de la actual ciudad de Trujillo construyeron los admi- 
rables palacios del «Gran Chima», de factura análoga á la de 
sus recintos sepulcrales, y los depósitos y canales de Chicama 
y Nepeña. De la organización política de estas tribus no se 




Fig. 291. - Sonajero 
de arcilla (Chiriqui). 



(1) Vse. Markham en Winsor. Op. cit., I, pág. 226 y sus referencias. Conde déla 
Vinaza. Op. cit., tabla pág. 384 y referencias. Acosta. Hist. de las Indias, pág. 62 
y sig. (Ed. 1591). Qarcilaso de la Vega. Op. cit., lib. VU, cap. IV. Fray Ludovico 
Gerónimo de Oré. Rituale seu Manuale Peruanni, etc., extractado por Brinton. 
(Proc. of the Am. Philosof. Soc. 1890). Relaciones Geograf. de Indias Perú, vol, I, 
pág. 82 (Madrid, 1881). Brinton. A. R , pág. 223, etc., etc. 



325 - 



tienen noticias ciertas. Créese, sin embargo, que los Chimas 
dominaron desde Tumbez á Ancón y el valle de Huarcu (Ca- 
ñete), imperando en los de Rimac, Lurin, etc., los jefes Sechii- 
ras ó Chinchas (1). 
7. -La lengua B^echua ó Quichua, ó «General del Perú»,SQ 

hablaba sin interrup- 
ción por las numero- 
sas y sedentarias agru- 
paciones H naneas, In- 
cas, Quitas, etc., que 
poblaban los vastos 
territorios de la Re- 
gión Peruana desde 
Quito hasta Coquim- 
bo (O á 32o lat. Sur), 
extendiéndose su in- 
fluencia por el N. E. y 
S. E. hasta los bancos 
del Putumayo y del 
Ñapo, las llanuras de 
Mojos y las actuales 
Provincias Argentinas 
de Tucumán, Córdo- 
ba, etc. La cuna ó lu- 
gar de origen de las 
tribus de esta dilatada 
familia lingüística pa- 




Fig. 292. - Restos de un puente Incásico 
(Rio Huatanay). 



(?) Sobre los Yuncas, sus ruinas, etc., véanse, entre otros: Nadoillac, A. P., 
pág. 395 y sig.; Winsor, op cit., nota 1.a, cap. IV, pág. 275 y sus referencias; la sober- 
bia obra de Reiss & Stnbel, Feruvian Antiquities: The necrópolis of Ancón, etc. 
(Trad. Keane, Berlín, 1880-87), en especial vol. I y III; Cieza de León, op. cit., 
páj.'. 414 (Hist. Prim. Indias); Wiener, op. cit., cap. I á X; Brinton. A. R , pág. 225 
y sg.; Squier, Peni, pág. 170 y sigtes (N. Y , 1877); Fernando de la Carrera, Arte 
de la lengua Yunga íEd. Lima, 1880); Bastían, Die Culturlander Alt. Ameiica, Bd. II; 
Garcilaso de la Vega, Com. Reales, lib. VI, chap. XXXII y sig.; Calancha, Cron. 
Moralizada, lib. II, cap. XXV, lib. III, cap. I, etc. Miguel Feijóo, Reí. Desc. déla 
Ciudad y Prov. de Trujillo, etc., cap. I, pág. 2 á 12, y la nota bibliográfica sobre 
• Trujillo y el Gran Chiniu en Wiener, op. cit., pág. 91. 



- 326 



rece haber estado en las cercanías de Quito, desde donde emi- 
graron los primitivos linajes hasta las orillas septentrionales del 
Titicaca, siguiendo posiblemente la cuenca del alto Marañón y 
la altiplanicie ínter-Andina (1). 

Casi todas las mencionadas tribus alcanzaron desde tiempos 
remotos á los grados medios del barbarismo. Estaban organi- 




Fig. 293.- Muralla del Templo de Huiracocha (cerca de Cacha). 



(') Vse. Vori Tschudi. Organisnius der Ketschua Sprache, s. 21 y sigtes. Coii'^e de 
la Vinaza. Tabla pág. 385 y sus abundantes referencias. Markham. Travels of Pedro 
Cieza de León, Introd., pág. XX y sig (Londres, 1864). Bollaert, Antiquarian & 
Ethnological Researches, pág. 78 y sigtes. Bustian. Die Culturlánder des Alten Ame- 
ricas, Bd. 11, s. 91 y sig. Lorente. Hist. Ant. del Perú, pág. 45 y sig. Brinton. A. R., 
pág. 205 y sig. Vicente F. López. Les Races Aryennes du Perou (París, 1871), pág. 16 
y sig. Markham en Winsor. Op. cit., I, pág. 341 y nota 2. Deniker. Op. cit., pág. 546 
y sus referencias. Uhle. Cultur Sud Amerik-Volker, vol. II, pág. 109 y sig. (Berlín, 
1889-90). Keane. M. P. P., pág. 422 y sig ; Id. Etnology, pág. 138. Cieza de León. 
Crón del Perú, parte I (Hist. Prim. de Indias), cap. XCIXy sigtes., etc., etc Winsor, 
Op cit.. I, pág, 278, nota 2. 



- 327 



zadas en clanes ó linajes (ayllus), gobernadas por jefes tribales 
(curacas) y dedicadas al pastoreo y la horticultura. Los Haancas 
del valle de Jauja y sus cercanías vivían en casas semejantes á 
torreones cilindricos (huancas), de considerable diámetro y 
altura, dispuestas en hilera y unidas por estrechos pasadizos. 
Practicaban el escalpe, eran animistas, rendían á los cadáveres 
de los antepasados («malquís») un culto análo- 
go al de los Hopis («Katcinas») y, como los 
Iroqaeses, sacrificaban y devoraban ceremo- 
nialmente los perros ó gozques (alcos) que en 
sus poblados abundaban (1). 

Los Cajamarqaeños formaron también agru- 
paciones organizadas y construyeron enormes 
sepulcros y extrañas grutas funerarias, abiertas 
las más de las veces en las paredes casi perpen- 
diculares de las quebradas profundas. 

Los Gozas y Mantas desarrollaron en las 
cercanías de Quito la poderosa nación de este 
nombre (Quitas), gobernada por scyris ó jefes- 
hereditarios. Predominó entre ellos el patriar 
cado y la monogamia y sepultaron sus muer- 
tos en montículos ó sepulcros superficiales y de piedra (tolas), 
semejantes á las chulpas Aymarás y distintas de las tumbas 
Quechuas (2). 

Los Quechuas propiamente dichos ó Cuzqueños, habitaron 
la zona del Apurimac hasta las Pampas; los Incas vivieron 
entre el Apurimac y Paucartampu, y los Canas y Cauchís en- 




Fig. 2Q4. - Indio 

Quechua. ( Época 

actual.) 



(1) Vse. Brinton. Op. cit., pág. 205. Lorente. Op. cii, pág. 81 y sig. Garcilaso de 
la Vega. Com. Reales I, ch. X. Wiener. Perou y Bolivie, cap. XIV. Cieza de León. 
Crón. del Perú, parte II, chap. XLIX y L, etc., etc. Comp. Morgan, League of the 
Iroquois, I, pág. 201, 207; II, pág. 257, 261, etc. (Whithe dog Sacrifices). Tusayan 
Katcinas (15 An. Rep. B. A. E.), pág. 251 á 304 y sus referencias. 

(2) Vse. Brinton. Op, cit , pág. 207. Wtnsor. Op. cit., pág. 268 y sus notas. Juan 
de Velasco. Historia de Quito, etc. (Ed. Lima, 1844), vol. I á III, en especial I, pág. 2Q 
y sig. Montesinos. Meni. del Perú (Ed. M. S. de la Espada, Madrid, 1882), cap. XXV 
y sigtes. Cieza de León. Op. cit., parte II, cap. XLI y sig. Garcilaso de la Vega. 
Op. cit.. I, pág. 224, 273, etc. Wiener. Op. cit., pág. 5/5 y sigtes. Relación Santillan 
en «Tres Relaciones Peruanas" (Ed. Ministerio de Fomento, 1879), pág. 15 y sig., etc., 



328 



tre el Cuzco y el lago Titicaca. La primera de estas tribus dio 
su nombre á la lengua general del Perú, y la segunda á la 
casta ó linaje conquistador de todos sus territorios, formando 
las cuatro el probable núcleo del llamado Imperio de los 
Incas (1). 

8. - Las culturas de las tribus mencionadas son indudable- Culturas 
mente anteriores á la dominación Incásica. Las estupendas Prf'nwsltts. 




/ Fig 295. - Ruinas de Pisac (Valle de Yucay). 

construcciones de Thiahuanaco, Chimu, Sacsahuama, Abancay 
Ollantay-tampu, etc.; los andenes ó campiñas artificiales parce- 
ladas de las alturas de la sierra; el pastoreo de las llamas, alpa- 



(1) Vse. /ía-Aí. Op. cit., II, pág. 301 y sig. Nadaillac. Op. cit., pág. 407 y sig. 
Markhatn en Winsor. Op. cií , I, pág. 22A. Juan José de Betanzos. Suma y Narración 
de los Incas (Ed. M. J. de la Espada, Madrid, 1880), cap. III y sig. Cieza de León. 
Crónica, parte II, cap. IV y sig. Relación Licenciado Santillan (Ed. cit.), núm. 2 
y sigtes. Prescott. Op. cit., pág. 11 y sig. Keane. M. P, P., pág. 420 y sig. Lorente. 
Hist. Ant. del Perú, pág. 78 y sig. Hastings. Cyclopedia I, pág. 469, etc., etc. 

- 329 - 



cas, guanacos y vicuñas; los cultivos perfeccionados del algo- 
dón, el maíz y la patata; las vastas necrópolis de Trujillo, Jauja, 
Cajamarca, etc., y acaso los petroglifos de Tacna, Pasco y 
Arequipa, implican ciertamente la existencia remota y autóctona 






'jf^' 




Fig. 296. - El Perú Primitivo y sus probables Centros Culturales. 

de centros culturales populosos y organizados. No nos corres- 
ponde su estudio. Afirmaremos sólo que la tan decantada civi- 
lización Incásica surgió de la decadencia y la ruina de estos 
centros culturales, acaso desmembraciones del neolítico y po- 
deroso Imperio de los legendarios Piraos, de aquellos miste- 
riosos Hatun-Runa ó gente antigua, adoradores del Con-Illá- 



330 



Tici-Viracocha (Dios, creador de la luz, que habita en el espa- 
cio, maestro del mundo), tal vez representados en las imperece- 
deras ysujestivas tallasde la puerta monolíticadeTiahuanaco(l). 
9. - Hasta el siglo xiv de nuestra Era todo es obscuro y du- 
doso en la historia Peruana. Es, sin embargo, tradición cons- 



El Imperio 
de los Incas. 


















. S^.^^^^. 



^<ír:-*^) 




Fig. 297. -Corte de una huaca (Tumulus). 

tante y no desmentida, que á mediados del siglo xiii el caudillo 
Manco Ccapac (1240) sometió los «ayllus» del valle de Vilca- 
mayu, formando en el Cuzco una agrupación ó dominio teo- 
crático, que sus once ó doce sucesores (2) se encargaron de 



(1) Vse. Lorente. Pág. 93 y sig. Montesinos. Op. cit , pág. 2 y sig. y las autorida- 
des citadas en mi nota 1, pág. 324. Comp. Cieza de León, Op. cit., parte II, 
cap IV y V, y Garcilaso de la Vega, op. cit., 1, lib. I, cap. I á XIV, y en especial 
Markham en Winsor, op. cit., I, pág. 214 y sig. y sus notas y referencias. 

(2) Los nombres de los doce Incas, desde Manco Ccapac á Huáscar, que podemos 
considerar como personajes históricos, las épocas probables de su gobierno y el 
orden de su sucesión, según se transmitió á loa Españoles por los Amantas, que lo 
conservaron en sus quipus, son, según la gran mayoría de los cronistas, como sigue: 



Manco Ccapac 1240 

Sinchi Rocca 1260 

Lloqne Llupanqni 1280 

Mayta Ccapac 1300 

Ccapac Yupanqui 1320 

Inca Rocca J340 

Vse. Markham en Winsor. Op. cit.. I, pág. 231 y nota 3, que compara y resume 
al respecto las antiguas Crónicas. Wiener. Op. cit., pág. 53. Lorente. Op. cit., pági- 
nas 112 á 229. etc , etc. 



Yahuar-huaccac 1360 

Uira-cocha 1380 

Pachacutec Yupanqui. 1400 

Tupac Yupanqui 1440 

Huayna Ccapac 1480 

Inti-Cusi-Hualpa ó Huáscar . . 1523 



- 331 - 



extender, no limitándose, como los Aztecas, á obtener tributos 
de las tribus conquistadas, sino ocupando militarmente sus 
territorios é imponiendo en ellos su culto, lengua y costumbres. 
La política de los Incas fué absorbente en extremo. Cimen- 
tado su poder en los alrededores del Cuzco, fueron paulatina- 
mente subyugando las tribus cercanas, ya ofreciéndolos pacífi- 




'■^- «tCP 



Fig. 298. -Tiagitanaco. 

camente las ventajas de un supuesto gobierno paternal y pró- 
vido, ya lanzando contra ellas miles de guerreros que las some- 
tían á fuego y sangre. El Inca Qcapac Yupanqui completó la 
conquista de los «ayllusy> Quechuas; ¡Jira-cocha anexionó á 
sus dominios el de los Aymarás; Pachacutec-Yupanqui («el 
que cambia el mundo"), héroe favorito de las tradiciones 
Incásicas, avasalló los territorios del «Gran Chimu*] su suce- 
sor, Tupac-Yupanqui, dominó á los Quitus y Yuncas, llegando 
con sus soldados hasta las inmediaciones del Maule (34°), y 

- 332 - 



su hijo, Huayna Ccapac, consolidó la ocupación del Norte de 
Chile, y después de encarnizados combates ahogó en sangre 
la rebelión de los Quiteños, cqyos indómitos «scyris» ayuda- 
ron más tarde al usurpador Atahiialpa á deponer y asesinar á 
su hermano Huáscar (Inti-cusi-Hualpa), último jerarca inde- 
pendiente de la célebre dinastía de los Incas. 

En esta época (1523) se extendía el Imperio Incásico desde 
Popayán hasta el Maule; estaba dividido en cuatro regiones, la 
del Norte ó Chínchay-suyu, la del Este ó Anti suyu, la del 
Oeste ó Cuntí-suyu y la del Sur ó Colla- suyu, correspondiente 
á los cuatro puntos cardinales de la ciudad del Cuzco, y se 
designaba en conjunto con el nombre de I tahuardin-suyu, 6 
las cuatro provincias juntas (1). 

10.- Vimos en capítulos anteriores que los Incas, y en espe- la Rellgféti 
cial las clases privilegiadas, adoraron al Viracocha como Crea- incásica, 
dor Supremo y deidad misteriosa, subordinando á este Ser 
Superior las demás divinidades en que creyeron (2). Fueron 
éstas idénticas en su esencia á las animistas y astrolátricas del 
resto del Continente. Idolatraron en general los Peruanos cier- 
tos objetos sagrados (huacas), probables representaciones ó 
vehículos del «paccarina» ó divinidad peculiar y totémica de 
cada linaje (ayllu). El «paccarina» principal del privilegiado y 



(1) Me abstengo de fijar, aun aproximadamente, la población del Imperio Incásico, 
pues creo aventurado todo cálculo al respecto. Son, sin embargo, muy exageradas 
las afirmaciones de algunos cronistas (Vse. Garcilaso, Pachacuti, etc.) y acertado el 
límite de 4.000.000 que, fundándose en razones muy atendibles, fija el P. Ricardo 
Cappa S.J. en sus Est. Crít. acerca de la Dom. Española en América, parte II (Perú 
Incásico), pág. 178, 198 y sus referencias. Sobre las conquistas, historia externa y 
formación del Imperio Incásico. Vse. como resumen el admirable de Markham en 
Winsor, op. cit., 1, pág. 228 y sigtes. con sus notas y referencias, é in-extenso, Mon- 
tesinos, op. cit., cap. XIV á XXVllI. Garcilaso de la Vem- Op. cit.. I, fol. 32 á 273 
y 302 y sigtes. Cieza de León. Op. cit , parte II, cap. VIII-IX y XXI á LXXIII. fuan 
de Betanzos. Suma y Narración de los Incas (Ed. M.J. de la Espada, Madrid, 18S0), 
cap. V á XVIII. Santillan. Relación cit., niínis. 5, 6, 7, 8, 34, tic. Joan de Santa Cruz 
Pachacuti Yamqui. Reí. de Ant. de este Reino del Perú (Tres Reí. Ant. Peruanas, 
Madrid, 1879, Min. de Fomento), pág. 240 á 325. Lorente. Op. cit., pág. 113á220. 
P. Martin de Murua. Hist. Gen. del Perú y Descendencia de los Incas (Col. Muñoz, 
Ac. Historia). Prescott Op. cit., pág. 11 y sig. y sus notas. Fiske. Op. cit , II, 
pág. 324 y sie-, etc., etc. 

(2) Vse. mis capítulos IV y V de este título y sus notas y referencias. 

- 333 - 



dominante o^ayllu» Incásico, fué el Sol, y de aquí que los sobe- 
ranos y su casta se dijeran unidos á él con estrecho vínculo de 
mítico parentesco y procuraran imponer en los territorios que 
subyugaban el esplendoroso culto de su divino antecesor y 
padre. Los <ípaccarínasy> de los demás linajes eran, como en 
toda América, animales, fenómenos y objetos naturales, momias, 

etc., etc. Cada «ayllu» te- 
nía su «paccarína»,d\ que 
rendía especial acata- 
miento, y cada familia 
una serie de ídolos ó fe- 
tiches de barro, piedra ó 
metales preciosos (huacas 
ó conopas) relacionados 
directamente con los ob- 
jetos y fenómenos natu- 
rales que influenciaban 
su vida diaria (1). 

El manismo y la creen- 
cia firme en la vida de 
ultratumba predominaba 
en todas las tribus. La 
huaca de cada Inca se 
guardaba con su momia 
(malqui) en suntuosos se- 




Fig. 299. -El camino alto délos Incas (Helps). 



(1 ) Vse Markham en Winsor. Op. cit , I, pág. 232 y sigtes. Brinton. Myths of the 
N. W., pág. 125y sig. P. Josepli de Arñaga. Extip. de la Idolatría (Lima, 1621). 
pág. 118 y sigtes. Bruhl. Die Culturvolker Alt-Amenkas, pág. 127 y sig. Prescott, 
Conq. of Perú, pág. 21 y sig. y sus notas. Nadaiüac. Am. Preh., pág. 436 y sig. 
Miiller. Geschichte der Americanischen Urreligionen, pág. 97 y sig. Reville. Lect. on 
Native Religions México & Perú (Trad. Wicksteed, London, 1884), pág. 31 y sig. 
Bastían. Die Culturlander des Alten Amerika (Berlín, 1878), vol. I, Sec. Alten Perú. 
Compse. Cieza de León. Op. cit., parte I (H. P. I), cap. XV y sigtes.; id. parte II 
(Ed. M J. de la Espada, Boa. Ultna.), pág. 1U3, 118, etc. Betanzos. Suma y Narra- 
ción délos Incas (Ed. M.J. déla Espada, Bca. Ultna.), cap. XI, XIV, etc. Relación 
Anónima (Ed. Min. fomento, Madrid, 1879), pág. 140 y sig. Información de las 
Idolatrías de los Incas (Coll. Doc. Inéditos, Arch. Indias), XXI, pág. 198. Garcilaso 
de la Vega, Op. cit., lib. 1, cap. IX-X; lib. II, cap. I á X; lib. III, cap. XXI y sig.; 
lib. IV, cap. I y sig., etc. Markham en Hastings. Ciclopedia I, pág. 469, etc., etc. 



- 334 



pulcros (hiiacas, tolas, chulpas), que se convertían por ello en 
lugares sagrados, donde el alma del muerlo se veneraba y ser- 
vía con especialísima pompa (1). No eran menos grandiosos 
los templos dedicados al Sol y demás divinidades astrolátricas 
en todas las provincias del Imperio. Fueron los más notables 
el de Corícancha, en el Cuzco; el de Pachacamac, en el valle 
deLurin; el de 
Rímac, cerca 
de Lima (2), y 
los de Vilcas, 
Huanaco y la 
isla de Titica- 
ca. Las pare- 
des y cornisas 
del de Cari- 
cancha esta- 
ban chapeadas 
de oro, de oro 
eran los obje- 
tos del culto, y 
en la pared de 

Occidente, y esculpida en una plancha de oro bruñido, ful- 
guraba la imagen del adorado astro (3). 




Fig. 300. - Ruinas en el Lago Titicaca. 



(1) Sobre el manismo Peruano, sus ceremonias y curiosos ritos espiritistas, sus 
misterios, etc., véase el precioso resumen de Hagar en Hastings, op. cit. I, pág 433 
y sus notas y bibliografía. Comp. Calancha. Crón Mor. I, pág. 68 y sig, Cieza de 
León. Op. cit., I, cap. CXI. Véase también R. Cappa. S. J., Op cit. II, apc VIII. 
Santiilan. Relación cit., núms. 20 á 32, etc., etc. 

(2) Famosos por sus pretendidos oráculos y dedicados á las conopas de los Yuncas 
(el pez, el zorro, etc.) Vse. Markham en Hastings, loe. cit. Garcilaso de la Vega. 
Op. cit., pág. 34-1, 32-2, 37-1, 209-1 {Rimac, «el que habla"), 306-2, etc. Wiener. 
Op. cit., pág. 698 y sig, Cieza de León. Op. cit.. I, cap. LXXII, etc. 

(3) Vse. sobre esta imagen del Sol á /. R. Gutiérrez (Rev. Per., II, Lima, 1879), 
citado por el P. R. Cappa. Op. cit., II, cap. II. Sobre los templos del Cuzco, véase á 
Cieza de León. Op. cit.. I, cap. XCII, etc.; Id. II, cap. XXVII. Garcilaso de la Vega. 
Op. cit., lib. III, cap. XXV y sig. Reí, Santillán. Op. cit.. núms. 2, 34, 35, etc. 
Prescott. Op. cit., pág. 41, 56. Nadaillac. Op. cit., pág. 410. Markham en Winsor. 
Op. cit., I, pág 238 y sig. Fiske. Op. cit., II, pág. 338 y sig., etc., etc. 



335 



ii sacerdocio 1 1. - LOS vanados ritos y ceremonias religiosas de los Perua- 
yetcHitp. jjQg estaban relacionadas con el curso del Sol y el cultivo de 
los campos. El año (huata) estaba dividido en doce meses 
(Quillas) lunares, entre los que se repartían once días (altea - 
canquis), para completar así el año solar, que empezaba el 22 
de Junio. Además de los festivales extraordinarios, correspon- 
día á cada mes del año uno especial y como de rúbrica. Los 
más solemnes eran los de los solsticios y equinocios. que se 

observaban y fijaban cui- 
dadosamente. Ein todos 
ellos se sacrificaban y 
quemaban llamas, alpa- 
cas, etc., y en ocasiones 
excepcionales (grandes 
victorias, conflictos extre- 
mos, etc.) se sacrificaban 
también niños y niñas es- 
trangulándolos y arrojan- 
do sus cuerpos á las piras 
propiciatorias (1). 

En la fiesta del equino- 
cio de otoño (mosoc-nina^ 
fuego nuevo) se renova- 
ba el fuego sagrado, conservado el año entero por las céle- 
bres vestales ó vírgenes del Sol {aclla-cuna), que vivían reclui- 
das en monasterios adjuntos á los templos astrolátricos, go- 
bernadas por las mama-cunas ó matronas, cociendo tortas 
rituales {zanca), fermentando chicha, ó tejiendo para su es- 
poso, el Sol, ó para el Inca, finas telas y mantas. Hacían voto 




Fig. 301. 
[echicero ensalmando (Isla Santo Domingo). 



(1) Vse. Markham en Winsor. Op. cit., I, pág. 236 y í>us notas. Id. The Incas of 
Perú (London, 1910), pág. 108, 115 y sigtes. Qarcilaso de la Vega. Op. cit., lib. II, 
ch. XXII; VI, ch. XX; VII, ch. IV á VII. Fr. Antonio de la Calancha. Crón. Mor. 
(Barcelona. 1638), lib. I, ch. X, XI, XII, etc. Betanzos. Suma y Narr. de los Incas, 
cap. XIW. Ciezadé^ León. Op. cit., II, cap. XXVIII, XXX. Relación de SantiUán, 
núms. 20, 27, 30, 31, etc. Reí. Anónima ^fi/as Valera, S. J., pág. 141, 178 (Ed. Minis- 
terio de Fomento). Pr^sn?//. Conq. of Perú, pág. 41, 56. Syst. Reí. dans I'antiquité 
Pcruvienne. Arcli. Soc. Am, de France, n. s. III, pág. 86, 140, etc. 



^36 - 



de castidad, y eran sepultadas vivas si osaban violarlo; pero 
claro es que el Inca, como encarnación del Sol, podía elegir 
de entre ellas sus concubinas y aun cederlas graciosamente á 
los miembros de su familia ó casta (]). 

Además de las vírgenes del Sol, servía y reglamentaba los 
cultos Incásicos una numerosa casta jerárquica de sacerdotes, 
magos, adivinos, sacrificad ores, 
ermitaños, etc., á cuya cabeza 
estaba el « Villac-Una» (cabeza 
que habla), miembro de la fami- 
lia imperante, hechicero privi- 
legiadísimo, intérprete consa- 
grado de la palabra del Sol, 
jefe del Consejo de su tribu 
y segunda persona del Impe- 
rio (2). 

12. -El «Villac-Unu» y sus 
subordinados guardaron secreta 
la pretendida clave de lo mági- 
co religioso, que reputaban 
ciencia divina; pero felizmente no fueron como los sacerdotes 
Aztecas y Mayas, representantes únicos de la intelectualidad de 




Fig. 302. 
Bajo relieve del Sol ( abana). 



Los Amautas. 



(1) «Centellas del infierno, novicias del engaño. . . y profesas de la lujuria" llama 
Cala nc/ta en su Crón. Mor. cit., lib. IV, foi. 805 y si g., á estas vestales ó i4c//os. 
Vse. también Markham. Incas of Perú, pág. 105. Id. en Winsor. Op cit., I, pág. 240 
y sus notas y referencias. Cieza de León. Op. cit., II, pág. 105, 155, etc. R. Cappa 
S. I, Op. cit , II, pág. 131. SantiUán. Reí. cit., núms. 34, 35, 36, 37, etc. Reí. Anónima 
Jilas Valera S, J. citado, pág. 178 y sig Prescott. Op. cit., pág 54 y sig. Garcilaso 
déla Vega. Op. c.t , lib. IV, ch. I á VII. Zarate. Conq. of Perú, II, pág. 7, etc. 
Pedro Pizarra. Reí del Desc y Conq Reinos del Perú (Coll. Doc. Ined. Hist Es- 
paña, vol, V), pág. 238 y sietes., etc., etc. 

(2) Sobre el Villac-Unu ó Vilahoma, véase, en especial, Cieza de León, op. cit., 
II, pág. 107, 122. Markham, en su i'iltima obra «The Incas of Peru" (London 1910), 
pág. 123, dice textualmente: "The High Priest (Vil/ac- Una) heeing zn ascetic, was 
never prese nt (en las fiestas)". Esta afirmación de Markh'jm, fundada únicamente en 
la Reí. Blas Valera, páa:. 157, es, sin du ia, exagerada, y me inclino, con el sabio 
Americanista M.J. de la Espada (nota 1, pág. 157, Rcl. Anónima), á la interpretación 
Át Cieza de León, loe cit., que es la de mi texto. Comp. Bruhl. Die Culturvolker 
Alt. Amerikas, páy. 328 y sigtes. 



- 337 



22 



su pueblo. Al lado de esta falsa ciencia surgió en el Perú el 
humanismo de los Amautas ú hombres sabios (1); surgieron 
los poetas, los cantores y recitadores de historias que, sin pre- 
tensiones hieráticas, conservaron y en parte nos legaron los 

__ ingenuos deci- 

''\^^-^^^<- — ^ - z-'-'^-- res de los In- 

cas. Conocemos 
muy poco el 
verdadero ca- 
rácter de este 
curioso alborear 
literario. Care- 
ciendo ios Incas 
de escritura, 
sólo pudieron 
transmitir á la 
distancia sus 
ideas por medio 
de los quipus 6 cuerdas con nudos de varios colores y ta- 
maños, instrumento necesariamente limitado y puramente 
mnemónico, que si bien no logró alcanzar la perfección 
representativa que le conceden algunos autores (2), pudo 
muy bien, ayudado por la tradición oral, perpetuar censos, 
leyes, sucesos históricos y aun composiciones poéticas y 




Fig. 303.- Bloque de granito tallado (Rodadero). 



(2) Vse. Brinton. A. R., pág. 212. Markham. Incas of Perú. pág. 41 y sig , lOG, 
140, 142, etc. Reí. Polo de Ondegardo (Trad. Markham). Hackluyt Soc, 1873, pá- 
ginas 1Q9 y sig. Cieza de León. Parte II, cap XII, etc. Fiske. Discovery II, pág. 2Q8. 
Una de las principales misiones de los Amantas era la conservación de la lengua 
Runa-simi, ó Quechua puro, lenguaje oficial del Cuzco, y su propagación en todos 
los dominios del Inca. Vse. Markliam Inc of Feru, pág. 139, Id. en Winsot. Op cit., 
I, pág. 241. 

(3) Sobre los Quipus, véase Markham en Winsor, op. cit. , pág. 243 y sus notas. 
Fiske. Op. cit., II, pág. 299 y nota 1. Tylor. Researches Early. Hist, of Mankmd 
(London, 1805). pág. 154 y sig. Cieza de León. Op. cit., parte II, pág. 39 y sig. Oar- 
cUasodela Vega. Op. cit.. lib. II, ch. XIII; lib. Vi. cap. VIII-IX, etc. Wisner. 
Op. cit., pág:. 771 y el precioso artículo del erudito Peruano Guimaraes (Rev. Histó- 
rica del Perú, vol. II, trimestre I, pág. 55 y sigtes ), comentando el discurso de Max- 
Uhle en la (Universidad de Pensilvania, con las observaciones aclaratorias del refe- 
rido Peruanista Dr. Max-Uhle Comp. Bastian. Op. cit., III, pág. 72 y sig. 



338 



salvar del olvido los amorosos y melancólicos yaravíes de los 
bardos Incásicos, varios diálogos y escenas de sus composicio- 
nes dramáticas, y algunos argumentos de sus cantares legenda- 
rios y heroicos. 

El arte curativo de los Peruanos estuvo también en manos 
de sus Amauías, que usaron empíricamente ciertas plantas 
medicinales (descubiertas por la 
casta ó sociedad medicinal de 
los Charasanis ó Calahuayas) y 
fueron además cirujanos auda- 
ces y hábiles (1). 

13. -Y estas fueron las úni- 
cas manifestaciones libres de las 
actividades psíquicas del Indio 
Peruano. Todo lo demás estuvo 
concentrado en el Inca, foco y 
resumen de lo científico, lo re- 
ligioso y lo mágico, corazón y mente de su pueblo, dios-rey, 
señor soberano y único (Sap alian- Inca), «amigo de los pobres" 
(HuacchaCuyac) y jefe supremo de los guerreros. Sus atavíos 
deslumbraban; sus insignias (borla, llautu, sunta-paucar ó go- 
rro, etc.) eran sacratísimas; los utensilios de su morada eran de 
oro; cuanto se rozaba con su persona era destruido ó aislado, 




Gobierno Incásico. 



(I) Vse. mi cap. Kde este título y sus notas y referencias. Brínton. A. R., pág. 212 
y sig. Vse., especialmente, Markham. Incas of Perú, pág. 145 y sigtes. y su apéndi- 
ce D, ó sea la traducción libre del drama Inca "Apu Oltantay", del siglo xv, según el 
manuscrito de D. Justo Pastor Justiniani, cura de Laris y descendiente del Inca 
Huayna-Ccapac. Vse también Garcilaso de la Vega. Op, cit., lib. II, caps. XXVII 
y XXVIII. Nos habla asimismo Markham de algunos otros Cantos insertos en el 
Manuscrito Nueva Coronica y Buen Gobierno, de D. Felipe Hiiaman Poma de 
Avala (4.0, 1179 págs.), descubierto por el Dr. Pietsckmann en la Librería Real de 
Copenhague. Vse. también Lafonc Quevedo y P. Mosi (Ens. Mit de los Himnos 
Sagrados de los Reyes del Cnzco. Tai!. Museo déla Plata, 18Q2), Sobre los conoci- 
mientos medicinales de los Amantas. Vse. Markham. Inras of Perú. pág. 157 y sig. 
Id. en Winsor. Op. cit., I, pág:. 244 y sus notas. Modesto Basadre. Riquezas Perua- 
nas (l.ima, 1884), pág. 17 y sig. Sobre el cráneo trepanado descubierto en Yucay. 
Vse. Markham en Winsor. Loe. cit. y las referencias de su nota. Comp. Reports 
Peabody Museum. March , \\l-l\.Wiener. L'Empire des lucas, pág. 80 y siguientes, 
etc., etc. 



339 



y hasta los más altos personajes llevaban una carga sobre los 
hombros en señal de homenaje cuando comparecían en su 
presencia. 9e tenía especial cuidado de conservar puro su lina- 
je solar, y su única esposa legítima (Ccoya) debía ser hermana 
suya de padre y madre. Entre los hijos de esta unión inces- 
tuosa podía el Inca, de acuerdo con su Consejo, elegir y <~<dar 
la borla» al que creía más apto para sucederle. Si moría sin 
sucesión legítima ó sin haber designado heredero, sus hijos 

naturales y los demás 
miembros del Consejo 
de su linaje elegían y 
«daban la borla» á 
aquel de los hermanos 
del muerto que consi- 
deraban más hábil 
para desempeñar el 
elevadísimo cargo. 

Los hijos naturales 
del Inca habidos en 
las «vírgenes del Sol» 
ó en concubinas de 
otros «ayllus» perte- 
necían toJos á su lina- 
je, y, por consiguiente, los últimos Incas llegaron á estar ro- 
deados de un numeroso grupo de parientes ú Orejones, del 
que se elegían privativamente los oficiales públicos (1). 

Así se formó en el Perú una casia superior, definida ¿impe- 
rante, institución agena al carácter igualitario de las primitivas 
Sociedades Americanas y resultante lógica de la política con- 




Fig 305. -Canoa india del Golfo de Paria. 



(1) La cosluiiibre de perforarse las orejas, agrandándolas, era peculiar de los Incas 
y su linaje, y les dio el nombre de Hatunzincriyoc, "hombres de orejas grandes", que 
los cronistas antiguos convirtieron en Orejones Vse. Markham. Op. cit., pág. 67. 
Sobre el Inca, sus insignias, atavíos, etc. Vse Markham. Op. cit., pág. 121, 274, 292 
y sigtes. Id. en Winsor. Op. cit . I, pág. 245. Cieza de León. Op. cit. II, caps X 
áXVII, etc. Betanzos. Suma y Narr, Incas, cap. XL, etc. Garcilaso de la Vega, 
Op. cit., I, pág. 1 14. 206-53-99 y .«i tes , etc., Santillan. Reí. cit., núms. 18, 40 á 51, 
54, etc. Reí, Anónima Blas Vaíera, S. J,, pág. 175 y sig., etc., etc. 



340 - 



quistadora del «ayllu del Sol», de la divinización de su jefe el 
Inca y de la fusión paulatina de las tribus que subyugaba en 
el todo comunista de sus dominios (1). 

Por lo demás, el Gobierno Incásico no difiere esencialmente 
de los tribales del resto de América. El Inca fué, en definitiva, 
nnjefe militar divinizado, semejante al «Tlacatehcuhli» Azteca. 
Los poderes legislativos y judiciales del 
Imperio fueron principalmente ejercidos 
por el Consejo de Orejones (ayllu del 
Sol), que, como el de la Confederación 
Mejicana, decidía todas las materias gra- 
ves, limitaba el posible despotismo del 
Inca, podía elegirlo, darle autoridad, y 
hasta deponerle de su elevado cargo si se 
hacía, á su juicio, indigno de desempe- 
ñarlo. El Villac-Una tenía también atri- 
buciones gubernativas casi iguales á las 
del Inca y, como el cihualtl-cohuatl de 
los Aztecas, ejercía Xd. jefatura civil de los 
dominios Incásicos, sustituía en sus au- 
sencias al Inca y velaba por el fiel cumplimiento de las deci- 
siones del Consejo (2). 

}4. - La organización social del Perú indígena estuvo basada 
en la de las antiguas behetrías (ayllus), y fué, por tanto, comu- 
nista. Las heterogéneas tribus que componían el extenso Im- 
perio formaron un gran ejército industrial, disciplinado y simé- 
trico, un organismo oroductory automático regido militarmente 
por el Inca y su dominador «ayllu». 




Fig. 306. 
Cráneo .Peruano Trepa- 
nado (Mus. Washington). 



(1) Vse. Fiske. Op. cit., pág. 302 y sig Bruhl. Op. cit., pág. 321 y sig. Confse. con 
el luminoso estudio de V. A, Belaunde, "El Perú antiguo y los modernos Sociólogos" 
(Lima, 1908), pág. 37 y sigtes. Spencer. Princ. of Sociolopy, II, pág. 346, etc , etc. 

(2) Vse. Brinton. Loe. cit. Bruhl. Op. cit., pág. 340 y sig. Fiske. Op cit., II, 
pág. 334 y sig. Cieza de León. Op. cit., parte II, cap XXVI. Garcilaso de la Vega. 
Lib. Vn, cap. VIH, etc. Sobre la deposición de Urco y la guerra de los Chancas. 
Vse. Cieza de León. Op. cit., II, cap. XXXVIII, XLVI. Garcilaso. Op. cit., lib. V, 
cap. XVIII-XX, etc. Comp. Lorente. Op. cit., pág. 155 y sig. Relación y. deSta. Cruz 
Pachncuti, pág. 270 y sig. Montesinos. Op. cit., pág 176 y sig. Markham. Incas of 
Perú, pá¿. SO y sig. Betcuizos. Suma y Narr. de los Incas, cap. XVI XVIII, etc., etc. 



Or§anización 
social. 



- 341 



Cada valle ó provincia ó conjunto de «ayllus» estaba gober- 
nado por una especie de virrey (Ccapac ó Teiciiyriroc, "el que 
lo ve todo") de la casta del Inca. Los «aylliis» estaban divididos 
en secciones de diez familias (chancas), gobernadas por un 
curaca ó decurión (chanca-camaya); diez 
chancas formaban una Pachaca (100), á 
cuyo frente se ponía un centurión (Pa- 
chaca-camaya), y diez pachacas formaban 
una haaranca (1.000), regida por otro 
caraca (fiaaranca-camayu) más elevado. 
En los valles en que había muchas hua- 
rancas se ponía un Señor (Una-camaya), 
que dependía del Ccapac 6 virrey y era á 
í-ig. 307. -Momia su vcz gobcmador de los caracas, de 

en una /maca de Pisco. r> r r r t- j j. 

Pachaca y Haaranca. Todos estos cargos 
eran electivos y los desempeñaban los más hábiles (1). 

Los miembros de cada una de las diez familias que compo- 
nían la chanca, se clasificaban según su edad y consiguiente 
aptitud para el trabajo. La familia (Puric) era patriarcal y mo- 
nogámica, y tenía sus propios manes (conopas) y ceremonias 
(ritos de paso) (2). 

Ni la época del matrimonio, que era indisoluble, ni la elec- 




(1) Vst. Markham en Winsor Op. cit., I, pág. 250 y sig. Id. Incas of Perú, 
cap. XI. Relación Santilldn, núms. 9, 10, 21, etc. Cieza de León. Op. cit., caps. XVIII 
y XIX, parte II. Lorente. Op. cit., pág. 255 y sigtes. Fiske. Op. cit., II, 348. Brinton. 
Op. cit. (A. R.>, pág. 211, etc., etc. Comp Reí. Anónima (Valera), pág. 198 y sig. 

(2) Vse. Fiske, op. cit. II, 348. Relación Santilldn, núm. 11 y sig. Markham. Incas 
of Perú, pág. 160 y sigtes. Las clasificaciones de los miembros de la familia ó purie, 
eran las siguientes: 

Puñuc-nicu (viejo que duerme). Más de 60 años. 

Chanpi-rucu (medio viejo). Trabajo ligero. De 50 á 60. 

Puric huayna (paga tributo). Hábil De 25 á 50. 

Yma-Huayna (casi joven). Trabajador. De 20 á 25. 

Coca palla (recogedor de coca). De 16 á 20. 

Pucllac /manera (trabajos ligeros). De 8 á 16. 

Ttanía raquizic (que recibe pan) De 6 á 8. 
etc , etc. 
Vse. también Garcilafo de la Vega, op. cit., lib. IV, cap. XII-XV, lib. V, X-XII, etc., 
etc. Lorente, op. cit., pág. 237 y sig. Betanzos, Suma y Narr., pág. 73 y sig. etc., etc. 

- 342 - 



ción de esposa, pertenecían al individuo. Cuando llegaba á la 
edad prescrita para ser jefe de familia (Paric-huayna), tomaba 
obligatoriamente la compañera que la autoridad quería dejarle, 
después de apartar las jóvenes más hermosas del «ayllu» para 
dedicarlas al templo ó al servicio del Inca y su casta. La comu- 
nidad labraba una casa á cada matrimonio, asignándole así- 




Fig. 303. - Llamas en las punas. 



mismo una parcela de tierra cultivable (chácara ó tiipu), que se 
aumentaba ó disminuía proporcionalmente al aumento ó dis- 
minución de la familia, ó á la dignidad que adquiría su jefe. 
Si éste moría, la tenencia de su chácara ó tupa pasaba á su 
sucesor, que se constituía en mayorazgo con obligación de 
alimentar á la mujer y los hijos del difunto, hasta que éstos 
llegaban á la edad prescrita ó aquella contraía un nuevo en- 
lace (1). 

15. — Las tierras pertenecían á la comunidad. Las cosechas se 
dividían en partes desigaales entre el gobierno (Inca, etc.), el 
templo ó su sacerdocio (huaccha) y los cultivadores (pueblo). 



(1) SaiiUilán, op. cit. núm. 17. Prescott, op, cit., pág. 23 y sig. Cieza de León, op. 
cit., II, cap. XXX y sigtes. Cappa, S. J., op. cit. II, 147 y sig. Garcilaso de la Vega, 
lib. IV, cap. XIII; lib. III, cap. VIII (cómo casaban en común y cómo asentaban la 
casa), etc., etc. 

- 343 - 



Repartición de 
los productos. 



La parte del gobierno podía aumentarse gravando la del templo, 
y los sobrantes de ambas volvían al pueblo. El gobierno tenía 
en las provincias y en el Cuzco, gran número de depósitos 
que en tiempo de guerra se abrían para avitual'ar los ejércitos, 
y servían en el de paz para mantener á los ancianos, lisiados ó 
enfermos (Pnñuc-rucciiy etc.). Si por acaso venía un año de 
mucha esterilidad, abríanse también los referidos depósitos 








'* ^'^^A 









l^fc>V.. 




^lg. 3U9. -Ruinas Incásicas. 

públicos, prestando á las provincias azotadas los manteni- 
mientos necesarios, con cargo de devolverlos en los años de 
hartura, por su cuenta y medida cierta. 

leparte del pueblo se repartía proporcionalmente entre los 
«huayna-puric» ó jefes de familia presentes en la recolección. 
Los ausentes, los pastores, soldados, obreros y demás indivi- 
duos empleados en servicio del Inca ó su gobierno, subsistían 
de la parte de este último. 

La parcelación, adjudicación, etc., se hacía anualmente por 
ciertos funcionarios imperiales (Runay- Pachaca) que tomaban 
buena nota de los productores de cada provincia, sus aptitu- 



- 344 - 



des y carácter, comunicándoselo al Virrey (Ccapac ó Tacuyri- 
roc), para que á su vez informara ante el Inca (1). 

Las disputas entre las familias, chuncas, etc., y los delitos de 
sus individuos, se dirimían y castigaban por jueces especiales 
y muy respeta- 
dos. Las senten- 
cias no tenían 
apelación y las 
penas eran se- 
verísimas (2). 

Si algún «ay- 
llu» disminuía 
en su número 
por razón de 
guerra, pestes ú 
otras involunta- 
rias, era tam- 
bién deber de 
dichos jueces, 

levantar contingentes en los «aylliis» vecinos para reponer en 
lo posible las pérdidas del damnificado. 

16. -La ociosidad estaba en absoluto proscrita del Imperio 
Incásico. No se consentía que ninguno fuese haragán y andu- 
viese hurtando el trabajo á otros, ni había en esto diferencias 
entre el pueblo y la casta imperante. El poder central ó sus 
lugartenientes, distribuían el trabajo según las circunstancias. 




Fig. 310. -Fortaleza de Sacsahuaman (Cuzco). 



Regfamefltación 
del trabajo. 



(1) Vse. Santillán, op. cit. núms 16, 54, 56, etc. Cieza de León, op. cit., II, cap. 
XVIII-XIX. Lorente, op. cit. 241 y sig. Markham. Incas of Perú, pág. 138 y sig. 
Prescott, op. cit., pág. 28 y sig , y sus notas y referencias. Fiske, op. cit. II, pág. 358 
y sig. Markham en Winsor, op. cit.. I, pág. 251, etc.. etc. 

(2) Vse.Cappn, op. cit., pág. 159 y sig. Santillán, 12, 13, 14. Reí cit., núm. 12. La 
Relación Anónima (Blas Valero), pág. 139 y sigtes. inserta en XXIV incisos las leyes 
y penas Incásicas principales. Parécenme, sin embargo, demasiado concretas y cate- 
góricas las afirmaciones del y^íu/^a Valera (Reí. Anónima. Vse. en la Revista del 
Perú. Int. Hist. Tomo II, Trini. U.González de la Rosa sobre Blas Valera S. J.) y me 
inclino á la opinión del prudente Santillán (Reí. cit. n.o 13) que dice "Las penas de 
los que cometían cualquier delito parece que eran todas arbitrarias." Comp. Garci- 
laso de la Vega, pág. 48, 49, 135, 49, 109, etc. 



345 



Tal distrito, daba los mejores altareros; tai otro, los orfebres 
más hábiles. El obrero recibía del gobierno la materia prima, 
no estaba sobrecargado de tareas y 
era atendido con solicitud cuidadosa. 
Ninguno que no fuese casado podía, 
por ejemplo, trabajar en las minas, 
"para que las mujeres le aderezasen el 
mantenimiento", y en todos los traba- 
^Os^^^ ^ ///m i^^ rudos había establecidos turnos 

3í\C*' ** '* Jf^ (mita) por los que de tiempo en tiem- 
^A\v ' "y >/' ^^ entraban unos trabajadores y sa- 
R^ ' <^k ^^'^" ^^^*^^ (^)* ^^ ¿//v/5/¿?/z del trabajo, 

\ v- i/í^ íuente de todo progreso industrial, ^m 

P\ \ ^ M\ insignificante ó nula. Aunque á veces 

^ ^k if^ > ^^ consultaban las aptitudes de los in- 

' -^ "^^ ' dividuos destinándoles preferente- 

mente á los trabajos que mejor desem- 
peñaban, en general no había sepa- 
ración de artes ú oficios. Los hom- 
bres, las mujeres y hasta los niños 
aprendían de todo y trabajaban en 
todo. Como se trabajaba para la comu- 
nidad, las iniciativas individuales no 
tenían objeto. La industria aumentaba 
pero no progresaba. Los Incas, en re- 
sumen, no estuvieron industrialmente 
organizados, sino industrialmente 
ocupados. Fueron soldados sumisos 
de un ejército igualitario, cuidado como se cuida un rebaño 
que alimenta y produce, y sometidos á una disciplina estricta (2). 




Fig. 311. 
La piedra de Chavín. 



(1) Vse. CiezadeLeón, II, cap. XVIII, XIX. Sanüllán. Reí. cit , n o 36 y sigtes. 
Cappa, op. cit II, 143 y sigtes. Prescott, op. cit. pág. 41 y sig. Lorente, op. cit., pág. 
312, y sig etc., etc. 

(2) Vse. Fiske, op. cit. II, pág. 319, 355, etc. Garcilaso, op. cit., lib. V, cap. IX, 
Comp. S/;í/ící/'. Príncip. of Sociology, II, 694. Bandelier. Rep. Peabody Museum, 
vol. II, pág. 423 y la obra citada de Belaunde, que critica á Syüc/íCír y sigue kCunow. 
Org. Imp. Incas. 



- 346 



17.- Independientemente del producto de las tierras y del 
oro y plata de las minas tributaban los «ayllusy> maíz, quinua, 
chuño, mantas, vestidoS;. armas, etc. Se les imponían también 
pechos y derramas extraordinarias cuando así lo exigían las 
necesidades del Imperio. Los tributos se pagaban sin dificultad 
y se recolectaban sin exacciones. En los que se entregaban en 
especie nunca se tomaba más de lo 
justo, y se eximía de los pechos á los 
que sólo tenían un hijo ó hija. En 
días determinados comparecían los 
principales curacas de los valles ante 
el Inca, proponiendo la necesidad ó 
hartura de sus territorios é informan- 
do en justicia si el tributo era poco ó 
mucho. Sabiendo el Inca que no men- 
tían, tenía muy en cuenta sus mani- 
festaciones; pero si había cautela ha- 
cía gran castigo y acrecentaba el tri- 
buto. Llevábase, además, en el Cuzco 
exacto censo de la población del Im- 
perio, reuniendo las estadísticas anuales de nacimientos y falle- 
cimientos, que los valles mandaban al Inca, registrados en sus 
quipus. Y en todo esto había gran certidumbre y nadie trama- 
ba fraudes ó engaños. La proporcionalidad estricta de los tri- 
butos y la facilidad con que se satisfacían, mantuvieron sumi- 
sos á los tributarios, convirtiéndoles poco á poco en ruedas 
de una gran máquina, ó piezas de un gran tablero de ajedrezf 
manejadas hábilmente por la privilegiada casta de los Incas (1)* 

18. -La organización del trabajo que dejamos apuntada nos 
explica la ciclópea grandeza de los edificios Incásicos, que nos 
asombran precisamente por la cantidad de gente y trabajo que 
su construcción representa. Las piedras de los muros aparecen 
concertadas con admirable justeza. Los bloques se traían de 




Fig. 312 - Indio Peruano 
(Región de los bosques). 



Arquitectura. 



(1) Mst.Cieza de León, Op.c\i.\l, cap. XII, XVIII, XIX. Santillán. Reí. cit., 
núnis. 14, 15, 40 51, 52, etc.. etc. 



- 347 



Agricultura 
y ganadería. 



distancias increíbles. No nos compete el estudio detenido de 
estas ruinas. Algunas de ellas, como las del Cuzco, Ollantay- 
tampu, Huanuco el Viejo, etc.; las chulpas de Sillustani y del 
Collao, y las sepulturas de todo género dispersas en estos 
territorios son de grandísimo interés para los arqueólogos. 
Nada tenía esta arquitectura de verdaderamente artístico. Casi 

todos los techos 
eran de paja ó 
madera, las ven- 
tanas raras, las 
puertas peque- 
ñas y las habi- 
taciones sin co- 
municación en- 
tre sí. No había, 
ni aun en los 
templos y pala- 
cios mismosf 
columnas, arcos 
ni empalmes, y 
su sencillez, su simetría y sólido trabajo reflejaban el carácter 
y curiosa composición del edificio político de los Incas (1). 

19. - El sistema administrativo del Perú contribuyó, sin 
duda, al desarrollo de su agricultura. Ni un solo pedazo de 
tierra cultivable dejó de aprovecharse. Se irrigaban los desier- 
tos de las costas y se construían en las montañas terrazas altas 
como las de la célebre «Andenería», del valle de Vilcamayu. 
Estas terrazas ó Andenes se hacían escalonados y se fertilizaban 
con vías de agua, que arrancaban de lo alto de las montañas. 
Tanto estos canales como los de las costas eran las más de las 




Fig. 313. -Pila del Inca. 



(1) Squier. Perú ine of Travel. etc. (London, 1877), pág. 154 y sig, Markham en 
Winsor. Op. cit., I, pág. 246, 272 y sig. y sus notas y refereiicias. Id. Incas of Perú, 
pág. 318, apéndice C (según Sqnier, Larraburu, etc.). Reiss & Stubel. Necrópolis of 
Ancón, Peruvian Antiq. (Trad. Keane), 1880-87, vol. I, pág. 49 y sig. Nadaillac. Am. 
Preh.. pág. 393 y sigtes. Wiener. Perou & Bolivie, pág. 468 y sigtes. Cieza de León. 
Parte I, cap. LXIX y sig. Garcilaso de la Vega. Op. cit , lib: IX, cap. XIII, etc., etc. 



- 34S - 




veces de considerable longitud y tamaño. Ya cortados á pico 
en la montaña, ya sostenidos con mampostería ruda, ya for- 
mando túneles, regaban perfectamente los campos. Los turnos de 
riego eran rigurosos. Cada tupa ó 
parcela recibía la cantidad de agua 
que necesitaba. Otro tanto suce- 
día con el guano y demás abonos, 
repartidos, como el agua, equita- 
tivamente. El resultado de estos in- 
teligentes trabajos fué notabilísi- 
mo. Los Incas recogieron las más 
hermosas cosechas de patatas y 
maíz conocidas en el mundo. Las 
de algodón fueron excelentes, y 
abundantísimas las de coca, aji, 
quitiua, etc. (1). 

Los grandes rebaños de llamas y los de Imanacos y vicuñas 
proporcionaban carne para el pueblo, charqui para los solda- 
dos y viajeros y lana para toda clase de tejidos. No era permi- 
tido matar ningún animal sino en las grandes cacerías perió- 
dicas (chacu) ordenadas por el Inca. En estas mismas monterías 
se cuidaba de soltar las hembras y algunos machos elegidos, 
esquilando todos los demás y matando los necesarios para 
carne. La lana de los huanacos se repartía al pueblo; la finísima 
de las vicuñas, como el oro y la plata, se reservaba para ef 
Inca. Los quipu-camayoc ó contadores, llevaban exacta cuenta 
de las piezas cazadas, esquiladas ó muertas en cada una de 
estas monterías (2). 



•Fig. 314. 
El Inca Ynpanqui \^t^\iXi Marcoy). 



(1) Markham en Winsor. Op. cit., I, pág. 252, etc.. y sus notas. Cieza de León. 
Op.cit., I, cap. XXI y sig ; II, cap. XVII, XXVI, etc. Fiske, Op cit., II, pág. 359 
y sig. y sus notas. Garcilaso de la Vega. Op. cit., lib Vlll, caps. IX á XV; lib. II, 
cap. XXVIII; lib. V, cap. IV, XV, XXIV, etc. Max Steffen Die Landwirst, etc. der 
Altamericanischen Kulturvolkern (Leipzig, 1883), pág. 231 y sig. y sus bibliografías. 

(2) Markham en Wiiisor. Loe. cit.. llumboldt. Wiews of Nature, pág. 125. Gar- 
cilaso déla Vega. Op cit., lib. VIIÍ, cap. XVI y sig. Cieza de León. Op. cit., parte II, 
cap, XVI (Cazas Reales). Santillán. Op. cit. núm. 16, etc. Comp. Markham. Incas 
of Perú, pág. 22, 30, etc. 



- 349 



Medios 20 . — LOS medios de comunicación eran necesarísimos para 

de comunicación, mantener unido el Imperio. Del Cuzco irradiaban excelentes 
caminos para todas las provincias y valles. Eran fáciles, bien 
nivelados y de cinco ó seis metros de ancho. El de la costa fué 
uno de los más notables. A intervalos se construían albergues 
(Corpa- huassi) ó estaciones, y los mensajeros oficiales (chas- 
quis) corrían 
de uno á otro 
con celeridad 
extraordinaria, 
entregando en 
cada estación el 
mensaje ó gui- 
pa que llevaban 
á otro corredor, 
que á su vez lo 
llevaba y entre- 
gaba en la esta- 

Fig. 315. -Gruta sepulcral en el Rodadero (Wiener). ción si^uientC. 

La rapidez de 
estos chasquis era tal, que el Inca podía, por ejemplo, comer 
en su palacio lo pescado el día anterior en el Pacífico, á cerca 
de 500 kilómetros del Cuzco. También había en los referidos 
caminos almacenes de armas, vituallas, etc., para poder con- 
centrar los ejércitos en cualquier punto y sin preparación 
previa (1). 
Colonias 21. -Intimamente relacionada con los medios de comunica- 

ción estaba la costumbre de trasladar colonias de una región á 
otra del Imperio, para evitar los peligros de la subdivisión 
excesiva de los «ayllus» y favorecer el intercambio de productos 
y el bienestar del pueblo. Los colonos se llamaban mitimaes. 
Los valles de Tacna y Moquegua, por ejemplo, y los bosca- 




y gyaroiciones. 



(1) Markham en Winsor. Op. cit., I, pág. 255. Id. Incas of Perú, cap. XII, pági- 
na 173 y sigtes. Wiener Perou et Bolivie, pág. 556 y sietes, y su nota 1. Cieza de 
León. Op. cit., I, cap. XXXVIIl-lX. Garcilaso de la Vega. Lib. ÍII, cap. VII. Hum- 
boldt. Vue des Cordilleres, vol. II, pág. 186 y sig., eic, etc. 

- 350 - 



jes orientales se colonizaron con mitimaes de las aldeas cerca- 
nas al Cu7xo. 

Se establecieron también en las fronteras colonias militares 
para propagar en las tribus vencidas el culto y los usos Incási- 
cos, dando al tiempo mismo ocupación al sobrante de la po- 
blación agrícola de los «aylliis» recargados. Los soldados de 
cada «ayllii» se distinguían en estas colonias ó guarniciones 
por sus armas y adornos. Las de los Incas y Chancas eran la 
maza de cobre (champí), la lanza de punta de bronce (chaqui) 
y una especie de palo con cabeza de bronce ó piedra en forma 
de estrella de seis puntas (macana). Los 
Collas y Quechuas usaban las bolas; los 
Antis, arcos y flechas y, en general, las ^^k^^^^^^xf^i/^M 
armas defensivas eran el escudo (hual- 
canea), el casco (umachucu) y á veces las 
corazas metálicas. La disciplina estricta 
de la vida civil Incásica lo era aún más 
estrecha en lo militar. De aquí que los 
guerreros del Cuzco fueran irresistibles 
para las tribus no disciplinadas, que los F¡g. sie.- Adorno auricular 

Incas dominaron fácilmente ( 1 ). encontrado en Chaucay. 

22. - El oro se extraía en grandes cantidades de las arenas Artes mecánicas, 
de los ríos de la Provincia llamada de Caravaya; la plata de 
las minas se separaba de la escoria en hornos (huayra) de 
considerable tamaño. El cobre abundaba en Collas y Charcas, 
y el zinc para aleaciones en las orillas orientales del Titicaca. 
Todos estos metales se trabajaban hábilmente, en especial el 
oro y el cobre. Los tejidos Incásicos eran variados y finísimos; 
sabían bordarlos con lentejuelas de oro y plata y teñirlos con 
matices brillantes. Las alfarerías, de múltiples colores y formas, 
fueron, sin embargo, las más acabadas muestras del adelanto 
material, creencias y costumbres de las tribus de la Región 




(1) Markliam tn Winsor. Op. cit , I, pág. 255 y sig. Garcilaso déla Vega. Op. 
cit., I, fol. 97, 104, 221, etc. Markhatn, Incas of Perú, pág. 164 y sig. Reí. Anónima 
(Valera), pág. 158. Wiener. Perou et Bolivie, pág. 684 y sig. Brinton A. R., pág. 209 
y sig. Lorente. Op. cit., pág. 263 y sig. Prescott. Op. cit., pág. 22 y sigtes., etc., etc. 

- 351 - 



Peruana. Las colecciones de los Museos de Berlín, Madrid, etc., 
son abundantísimas. Muchos vasos antropomorfos y zoomorfos 
se usaban como conopas ó fetiches. Otros se destinaban á usos 
domésticos ó funerarios. Abundaba en muchos de ellos lo abi- 
/^^'garrádo y lo grotesco, y, lo que es más raro y acaso excepcional, 
en la América Indígena había algunos representativos de lo 
obsceno y degradante (1). 
Consideraciones 23. -Y con esto terminamos nuestro brevísimo bosquejo de 
geoeraies. |^ Civilización Incásica. A pesar de su solidez aparente, tuvo 
mucho de artificial y caediza. Como todos los comunismos 
agrarios indígenas, llevaba en sí misma los gérmenes de su 
destrucción y fenecimiento. Los Incas no la crearon; se limita- 
ron á sistematizarla, á reunir los <^aylliisy> primitivos bajo su 
despótico cetro, á centralizar sus gobiernos tribales en el go- 
bierno del «aylla» imperante. No fué, pues, el Perú de los 
Incas arquetipo de socialismos patriarcales, como sostienen 
sus entusiastas, sino una vasta y simétrica aglomeración de 
comunismos tribales idénticos á los Iroqueses, Aztecas, etc. Es, 
pues, inútil extenderse en consideraciones filosóficas sobre los 
defectos ó ventajas de su gobierno. Sólo es concebible entre 
los primitivos. No es posible suprimir de raíz en el hombre 
civilizado y libre, las ideas de iniciativa individual y propiedad 
privada^ convirtiéndole por el ministerio de la ley en una espe- 
cie de máquina. El desarrollo de la agricultura y las facilidades 
de la vida humanizaron un tanto las costumbres del Indio 
Peruano y los cultos astrolátricos suavizaron los sacrificios; 
pero, por lo demás, las mismas inquietudes, las mismas renci- 
llas, las mismas abominaciones que gangrenaron los calpullis 
Aztecas ulceraron los «ayllus» Incásicos. 

Las verdaderas bases del Imperio de los <<hijos del Sol* fue- 



(2) Vse. NadaUlac. Am. Preh , pág. 412 y sig. y sus notas. Wiener. Perou et 
Bolivie, págs. 590 á 633 y sus notas. De La Rada y Delgado. Compte Rendu Coag. 
Americanistes Compenhague (Vasos Peruanos, Museo Archco. Madrid), pág. 236. 
Reissy Stubel. Op. cit., División 2, 3. Vse. también Reports Peabody Museum, IX, 
pág. 195, 277. ¡íarkham en Winsor. Op. cit-, pág. 258 y sus abundantes referencias, 
pág. 270-2 y sus notas. 

- 352 - 



ron la superstición y la barbarie. Sólo así se explica que la lle- 
gada de los Europeos determinara su ruina, y que bastase un 
puñado de Españoles para sacudirlo y aniquilarlo (1). 



(]) Vse. Fiske. Op. cit., II, pág. 361 y sig. Letounieau. Property, etc. (Trad. In- 
glesa, Bohn. Lib.), pág. 151 y sig. Cappa. Est. Crít, II, pág. 166 y sig. Markhatn. 
Incas of Perú, pág. 165 y sigtes. Prescott, Op cit, pág. 45 y sig., y muy especial- 
mente la obra de Belaunde citada, que discute lucidísimamente las opiniones de los 
anteriores y las de Spencer, Desjardins, Uandelier, etc. Confme William de Greef 
"The Evolutions of Political Doctrines & Beiiefs" (Cap. Perú), Saavedra, "EÍ 
Ayllu", pág. 15 y sigtes., y el mismo Markham, que, no obstante sus entusiasmos á 
lo Prescott por la tan decantada obra social de los Incas, declara textualmente (Incas 
of Perú, pág. 171) que "he r's graditally approaching the discovery that Peruvian, 
Socialism, was not á conception of the Incas"... Sobre las abyecciones Incásicas, 
véase Montesinos, op. cit., cap. XVIII y sig. Fray B. de la Calancha. Op. cit., lib. III 
cap. XVIII y sig. Reí. Anónima (Blas Valera), pág. 189 y sigtes , etc., etc, 




353 - 

23 




CUESTIONARIO 



0. 
7. 
8. 
9. 

10, 

11. 
12. 
13. 



¿Qué territorios comprendía la Región llamada Colom- 
biana? 

¿Qué territorios ocupaban los Chibchas? 

¿Qué sabemos de sus usos, gobierno y costumbres? 

¿A qué familias lingüísticas pertenecían las tribus déla 
Región Peruana? • 

¿Qué tribus hablaban la lengua Amayráj' qué se sabe de 
ellas? 

¿Qué tribus hablaron la lengua Yunga ó Mochica? 

¿Qué cultura alcanzaron los primitivos Quechuas? 

¿Qué tribus formaron el núcleo del Imperio Incásico? 

¿Son las culturas de las anteriores tribus anteriores á la 
dominación Incásica? 

¿Cómo se formó y cómo estaba dividido el Imperio Inca 
sico? 

¿Cuáles fueron las principales creencias de los Incas? 

Qué se sabe de su Sacerdocio y su culto? 

¿Quiénes fueron los Amantas j qué importancia tienen los 
Quipus? 



- 354 



14— Cómo se gobernaba el Imperio Incásico? 

15. -¿Cómo estuvo organizado socialmente el Perú Incásico? 

16.- ¿A quién pertenecían las tierras y cómo se repartían sus 
productos? 

17.— ¿Cómo estaba reglamentado el trabajo? 

18. — ¿En qué consistían los tributos y cómo se recolectaban? 

10. - ¿Qué particularidades tenían los edificios, templos y tum- 
bas Incásicas, y cuáles son las ruinas más notables? 

20. — ¿Qué desarrollo alcanzó entre los Incas la Agricultura y la 

Ganadería? 

21. — ¿Qué mtáxos, de comunicación había en el Perú Incásico? 
22.- ¿Quiénes eran los Mitimaes? 

23.— ¿A qué grado de adelanto llegaron en el Perú Incásico 

las Artes Mecánicas? 
24.- ¿Cuáles fueron las muestras más acabadas de su cultura 

material? 
25. — ¿Es posible la organización político- social del Perú Inca- 

sico en la época actual? 




- 355 - 




REFERENCIAS 



Generales. — Las mencionadas en los capítulos anteriores. 
Winsor, op. cit. N. & C H. of A. Cap. IV, notas y apéndices. 
Coleti, Dizionario Hist. Geog. de la America Meridionale 
(Venezia, 1771). Acosta, Hist. Nat. y Moral de las Indias, etc. 
(Ed. Madrid, 1792). HumbGldt,V\x^ des Cordilleres, etc. (París, 
1816). Humboldt & Bonplaiid,Voydgt aux Regions equinoxia- 
les du Nouveau Continent, etc. (París, 1816-1831). Humboldt, 
Ansichten der Natur (Sttugart, 1 849), etc., etc. 

Especíales. Región Colombiana. - £*. Uricoechea, 
Mem. sobre las antigüedades Neo- Granadinas (Berlín, 1854). 
Acosta, Comp. Histórico de Nueva Granada (Ed. París, 1848). 
Pérez, Geografía del Estado de Cauca. Id., Geog. del Estado de 
Colima (Bogotá, 1862, 1863). Oviedo y Baños, Hist. de Vene- 
zuela (Madrid, 1885). Dr. Ernst, Zeitschrift für Ethnologie 
(1875). Marcano, Etnographie Pre-Colombiene de Venezuela. 
Cassani, Hist. Nuevo Reino de Granada (Ed. París, 1889). 
Holmes, The use of gold & other metáis among the inhabitants 
of Chiriqui (Smith. Inst, 1887). Posada Arango, Éssay Etno- 
graphique sur les Aborigénes de l'Etat d'Antioquia (Bull. Soc. 
Anthrop., París, 1889) Bollaert, Antiquarian et Ethnological 

- 356 - 



Researches in New Granada, Ecuador, etc. (London, 1860)- 
Restreppo, Los Chibchas antes de la Conq. Española (Bogotá' 
1 895), etc etc. 

Especiales. Región Peruana. -Las obras especiales 
sobre la Etnología, Arqueología, Historia primitiva, etc., de esta 
Región, son numerosísimas. Las más generalmente consultadas, 
son las siguientes: Markham, The Incas of Perú (London, 
1910). Lorente, Hist. Ant. del Perú (Lima, 1860). Id., Hist. de 
la Civilización Peruana (Lima, 1880). Prescott, Conq. of Perú 
(Boston, 1847). Belaande, El Perú Antiguo y los modernos So- 
ciólogos (Lima, 1908). Wiener, Perou y Bolivie (París, 1880). 
Richard Inwards, Temple of the Andes (London, 1884). Rivcro 
& Tschadiy Antigüedades Peruanas (Lima, 1851). Desjardinsí 
Le Perou avant la Conquéte Espagnole, etc. (París, \^b^). Jorge 
Juan y Antonio de Ulloa, Voyage to South America (5 Ed. 
Londres, 1807). Castelnaii, Expedition dans les parties centra- 
les de l'Amerique du Sud, etc., 3.» parte (Antiquités des Incas, 
París, 1854). Sqnier, Perou, Incidents of travel, etc. (London» 
1877). Basadre, Riquezas Peruanas (Lima, \%M).Reiss ^Stubeh 
Peruvian Antiquities: The Necrópolis of Ancón, etc. (Trad* 
Keane, Berlín, 1880, 1887). Raimondi A., El Perú, etc. (Lima, 
1890-1902). Bastión, Culturlander des Alten. America (Berlín, 
1 886). William Van Bravant,^o\\mt (París-Bruselles, 1909).AÍ^/2- 
dibnni, Dic. Hi^t. Biog. (Callao, 1874, 1890). E. W. Midden- 
dorf, Perú, etc. (Berlín, 1893). Marcos Jiménez de la Espada, 
Ant. Gentes del Perú (Extracto Apológ.'^^ de Fray Bartolomé de 
las Casas) Madrid, 1892. R. P. A. Villalba, El Sistema tonal 
de la Música Incásica (Revista "La Ciudad de Dios", Mayo» 
1910), Los trabajos publicados por el Mercurio Peruano (Lima 
1791, 1795). Museo Erudito (Cuzco, 1837). Revista Peruana 
y Revista histórica (Org. Inst. Hist. del Perú), en especial los 
de González de hi Rosa, Larraburu, Patrón, Polo, Max-Uhle, 
Romero, Riva Agüero, etc. Para el estudio de las lenguas in- 
dígenas de la Sección Sur del Pacífico, véase Conde de la Vi- 
naza, op. cit. (Cuadro Alf. Geog., pág. 330 y sig. y sus refe- 
rencias al texto). Yon Tschudi, Organismus der Ketschua Spra- 

- 357 - 



che (Leipzig, 1884). Dr. Miguel Ángel Mossi, Manual del Idio- 
ma General del Perú, etc. (Córdoba, Rep. Argentina, 1889), y 
las autoridades citadas por Brinton (A. R. pág. 164 á 228)^ 
Winsor, N. C. H. of. A. I, pág. 278, nota 2.a, etc., etc. 

Fuentes.- Pedro Cieza de León, Cron. del Perú, parte h 
(Hist.Prim.de Indias). Id., Parte II (Edición M.J. de la Espada, 
Madrid, 1880). Juan de Betanzos, Suma y Narración de los 
Incas (Ed. M.J. de la Espada, Madrid, 1880, Bibl. Hisp. Ul- 
tramarina). Pedro Sarmiento de Gamboa, Hist. de los Incas 
(Ed. Dr. Pietschmann, Berlín, 1906). Pedro Pizarra, Relación 
(Doc. Ined. para la Hist. de España, vol. V, pág. 20). Polo de 
Ondegardo, Relación de los Fundamentos, acerca del notable 
daño que resulta de no guardar á los Indios sus fueros, etc. 
(Col. Doc. Inéditos de América y Occeanía de los Arch. del 
Reino y en especial del de Indias, vol. XVII, pág. 5, 177). Re- 
laciones Geográficas de Indias (Perú), Madrid, 1881, 1897. 
Tres Relaciones de Antigüedades Peruanas (Santilldn, Anóni- 
ma ó de Blas Valera, S. J. y D.Joan de Santa Cruz Pacliacati). 
Intción M.J. de la Espada, Madrid, 1879. Molina, Fábulas y 
Ritos de los Incas (B. N. Ms. Trad. Markham (Hakluyt Soc. 
1873). Eray Martín de Murua, Hist. de los Incas (Archivos de 
Loyola). Arriaga Pablo Joseph, S.J., Extirpación de la Idola- 
tría del Perú (Lima, 1621, Ed. Contreras). Ramos Gavilán, 
Hist. del célebre Santuario de Ntra. Sra. de Copacabana (Lima, 
1621, por Imp. Contreras). Eray Pedro Simón, Noticias Histó- 
ricas (1.a parte) de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias 
Occidentales, etc. (Cuenca, 1627, Imp. La Iglesia). Eray Anto- 
nio de la Calancha, Coronica Moralizada del Orden de San 
Agustín del Perú, vol. I (Barcelona, 1638). Lucas Eernández de 
Piedrahita, Hist. Oral, de las Conq. del Nuevo Reino de Gra- 
nada, 1.a parte (Amberes, 1688). Bernabé, Cobo (S. J.), Hist. del 
Nuevo Mundo (Editada con Intción. valiosas notas, etc., por 
D. M.J. de la Espada, Soc. Bibliof. Andaluces, Serie 1.a, vol. 
19-22). Garcilaso déla Vega, Com. Reales, 1.^^ parte (Madrid, 
CAo\':)CC\X\\\). Montesinos (Edo.), Memorias Hist.y Peas, del 
Perú, é Informaciones hechas por mandado de D. Erancisco de 

- 358 - 



Toledo, Virrey del Perú (Ed. de D. M. J. de la EspnAa, Coll. 
Lib. Raros y Csos., Madrid, \%%2). Reginaldo de Lizárraga, 
Relación (Publicada por D. Carlos Romero en la Rev. Histó- 
rica de Lima, vol. II, Trini. III-IV, 1907). Felipe M na man Poma 
de AyaUíf Nueva Coronica y Buen Gobierno (Ms., Librería 
Real de Copenhague, descubierto Dr. Pietschmann). Castella- 
nos, Hist. del Nuevo Reino de Granada (Ed. A. Paz y Mella, 
Coll. Escritores Castellanos, Madrid, 1886). Juan de Velasco, 
Hist. del Reino de Quito (Quito, 1844, Imp. del Gobierno). 
Fr. Pedro de Aguado, Recopilación Historial de Sta. Marta y 
Nuevo Reino de Granada. 1.^ y 2.^ parte (Coll Muñoz, Ms. 
Academia de la Historia). Véanse también en esta colección los 
tomos 2, II, 39, 44, 65, etc., y en la de Mata Linares (Ac. His- 
toria), los vols. 4, 43, 96 (ms.), etc. etc. 

Bibliografías. - Las generales relacionadas en los Capítu- 
los anteriores. Winsor, N. & C H. of America, I, pág. 259, 282. 
Restreppo,ox). cit., Introducción y, en especial, la recopilada en la 
traducción de Markham, de la Historia de Sarmiento de Ben- 
goa, etc. (Hakluyt Society, Serie II núm. 22 (1907), pág. 269 á 
358). Véase también Pascual de Gayangos, Catalogue Ms. 
Spanish Language in the British Museum, vol. I, IV, Londres, 
1875, 1893, etc., etc. 




- 359 




ÉPOCA SEGUNDA 
DESCUBRIMIENTO 



SIGLOS XV V XVI 



TITULO PRIMERO 

Antecedentes del descubrimiento. 



CAPITULO I 

EXPLORACIONES PRE-COLOMBIANAS 

1. Viajes dudosos. -2. Islandia y sus Vikingos. -3. Las Sagas. -4. Vinlandia -5. Im- 
portancia de estos viajes. -6. El Este y el Oeste -7. Las rutas medioevales. -8. Los 
Turcos Otomanos. -9. La Geografía Medioeval -10. Viajes italianos. -11. Los 
Portolanos. -12. La brújula y el Astrolabio. -13. Enrique el Navegante. - 14. El 
Cabo Bojador. - 15. El Cabo de Buena Esperanza. - 16. Resultados de estos viajes. 

1. — Hay algo de doloroso y solemne en el espectáculo his- 
tórico de la vida humana, _desarrall4fi4ose durante siglos en 
dos hemisferios distintos, sin -que los pueblos del uno tuvieran 
la menor idea de la existencia de los del otro. El verdadero 
contacto entre el 

mundo Europeo y 3'|^?^^^ ?;rSr¿£ i l "3S^-j^ ^^^^'^^ 
el Americano, em- 
pieza á fines del si- 
glo XV. Es posible 
y hasta probable, 
que con anteriori- 
dad á esta fecha al- 
gunas embarcacio- 
nes yú7^í?/í^5fls fue- 
ran arrastradas por 
las corrientes oceá- 
nicas hastas las costas del Oregón ó California; que algún ma- 
rmero francés, navegando hacia el África, fuese á parar á las 
costas Brasileñas; que los Árabes del siglo xii, llegaran hasta 
las Canarias y las Azores, ó que arribaran á los bancos de Te- 
rranova los audaces balleneros Bascos. No hay razones para 
negar estos hechos, ni tampoco pruebas ciertas para afirmarlos. 




Fig. 317. -Casco en construcción á fines del siglo xv. 



Viajes 



363 



No tienen, por otra parte, importancia alguna para la Historia 
Americana. Pertenece su estudio al campo del diletantismo 
erudito y no al de las investigaciones útiles y serias .(O 

2.-N0 sucede lo 
mismo con los viajes de 
los Normandos ó Vi- 
kingos en los siglos x 
y XI de nuestra era. No 
pudiendo soportar al- 
gunos señores feudales 
(jarls)át la Noruega del 
siglo IX, el tiránico yugo 
del Rey Haroldo, aban- 
donaron su patria se- 
guidos de sus fieles vi- 
kingos (reyes del mar) 
Familiarizados con el 
Océano y ansiosos de 
conquistar con sus ha- 
zañas un lugar prefe- 
rente en la Walhalla 
heroica^ dirigieron sus 
afiladas papas á lejanas 
tierras. Atravesaron al- 
gunos el Mediterráneo 
para pelear en Bizan- 
cio; singlaron otros ha- 
cia 5scppi^/é^ Irlanda. 
y se refugiaron los más en las costas sépteiitríonáíes del 
Atlántico. Uno de estos guerreros vikingos descubrió la ls~ 




Fig. 318.- Buque Oenovés. Siglos xiv-xv. 



(1) Véase Anderson. - América not discovered by Columbus (Chicago 1833), pági- 
nas 119 y sigtes Winsor. N. & C. H. of America. I, pág. 59, 72 á 78 y sus notas 
y referencias. Gaffaiel. Elude sur les rapports de l'Amerique et de l'Ancient Con- 
^inent avant Cristophe Colomb (París 1869), pág. 24 y sigtes. Fiske. Discovery, 
pág. 150 y sigtes. y sus notas y referencias. Joubert. Geographie de Edrissi (París, 
1836-40) Vol. I -200-11-26. 



- 361 



landia, fundando entre sus fiords una pequeña 2i\átc.(Reikjavik) 
que, aumentada por inmigraciones sucesivas y enriquecida por 
las aventuras comerciales y piratescas de sus habitantes, llegó 
á convertirse después de medio siglo en colonia aristocrática 
y floreciente. 

3. - Vinculados más ó menos estrechamente con su antigua Las satas, 
patria, conservaron estos vikingos sus tradiciones y costumbres. 
En los obligadosiihíos ae sus largos inviernos árticos, recita- 
ban con fruición sagas 6 relatos históricos y poéticos, que es- 



CARTA MARINA ET ULSCRlPTIC^x SEPTEV\TRTON/\LIV\f 




Fig 319. -La Islandia de Olaiis Magnus (1539). 

critos con el correr de los siglos (xiii y xiv) por pacientísimos 
cronistas, nos dan clara idea de la mitología, carácter é histo- 
ria de la Noruega é Islandia de los siglos medios. Son estas 
sagas concisas y realistas. Su estilo sencillo y vibrante, refleja la 
veracidad y rudeza de sus héroes. Se consideran por los estu- 
diosos, como fuentes históricas dignas de crédito (1). 



(1) Vse. Bugge. (Am. Hist. Rewiev. Enero 1909). Mogk. Norwvegischislándische 
Literatura en Paul Grundriss der Germanischen Philologie II-2 Ed. (Strasburgo 1902), 
pág. 117 y sigtes. Fiske. Discovery I, pág. 198. Winsor. N. & C. H. of A. L pág. 61 
y sigtes. y sus notas y referencias. 



-- 365 



VMafldia. 4. - Varias de estas crónicas, y en especial la de Erico el Rojo 
(Eyrikssaga Rauda), nos cuentan que en el año 876 un atrevido 
navegante llamado Giinnbjórn, descubrió las costas de Groen- 
landia, donde los hielos le obligaron á invernar. 

Más de cien años pasaron sin que volviera á hablarse de tal 

suceso, hasta que Eríco 
el Rojo (983), visitó las 
costas descubiertas por 
Gunnbjorn, dándolas, 
por su vegetación, el 
nombre de tierra verde 
(Groenlandia), y esta- 
bleciendo en ellas una 
colonia. En 986 Bjanii 
Merjülfsoiiy navegando 
hacia Groenlandia, en- 
trevio las costas del Sur. 
El célebre Leifj hijo de 
Erico el Rojo, impre- 
sionado por la conver- 
sión del Rey Olaf, de 
Noruega, introdujo el 
cristianismo en Islandia 
y Groenlandia, y deseo- 
so de aventuras maríti- 
mas emprendió en el 
año 1000 una expedi- 
ción hacia el Sur des- 
cubriendo extrañas tie- 
rras, á las que dio los 
nombres de Melalandia (tierra de piedras), Marklandia ó tie- 
rra de la madera (Nueva Escocia) y Vinlandia ó tierra de la 
vid. En la primavera del año 1001 volvió á Groenlandia con 
un rico cargamento de madera. 

En el año 1007, Thorfin Kcirlsefin, rico comerciante de Is- 
landia, equipó tres ó cuatro naves para reconocer las nuevas 




Fig. 320. -El Príncipe Enrique el Navegante 



mb 



tierras, y llegó á las costas de Vinlandia. Trató de establecer 
allí una colonia, pero la hostilidad de los indígenas (Skrelingos) 
le hizo abando- 
nar su empresa. 
Atacados furiosa- 
mente en el año 
1010, Thorfin, 
con los que so- 
brevivieron des- 
pués de la re- 
friega, volvió á 
Groenlandia con 
la escasa madera 
que pudo reco- 
ger. 

Prescindiendo 
de la trágica ex- 
pedición de 77zí7/- 
raz-ú? (101 1-1012), 
no vuelven á 
mencionar las sa- 
gas ninguna otra 
exploración ó co- 
lonización de la 
Vinlandia de Leify etc., situada, según la opinión más probable, 
en las inmediaciones del Cabo Cod (38° lat. Norte) (1). 

5. - Estos viajes de los Normandos nada añadieron al cau- 
dal de conocimientos geográficos de la Edad Media. Fuese por 
la distancia, ó por lo precario de sus resultados comerciales, 




Fig. 321. -Marco Polo. 



Importancia de 
estos vl^. 



(1) Vse. Fiske. Op. cit. I. 151 y sigtes. y sus referencias. Winsor. N. & C. H. of A. 
I. Cap. n. Laing. Heims kringla I. pág. 33 y sig. Rink. Danish Greenland. pág. 10 
y sig. Reeves. The Finding ofWineland the Qood pág. 22 y sigtes. (Ed. London 1890). 
Rafa. Antiquitates Americana. (Copenhague, 1837) pág. 16 y sigtes. Carlyle. Early 
Kings of Norway, pág. 28 y sig. Du Chaillu. Viking Age (N. Y. 1890), pág. 43 y sig. 
Egede. Description of Qreenland (London 1745), pág. 65 y sig. Lavisse y Rambaud. 
Hist. Genérale II, pág. 763 y en especial Fischer The discovery of the Norsemen in 
America, pág. 5 y sigtes. y sus referencias. 



- 367 



hasta en Islandia misma se miraron sin interés. No puede, 
pues, afirmarse en absoluto, que los normandos del siglo X 
descubrieran América. En el Hemisferio Oriental, las expedi- 
ciones Islandesas no dejaron más recuerdo que el relacionado 




Fig 322. - Astrolabio de Regio Montanus (1468). 



de las sagas, y en el Occidental no tuvieron más alcance que 
el de pelear con algunos grupos indígenas (acaso Algonquinos) 
y cortar unos cuantos árboles. Es altamente probable que Leif 
Ericsson y sus Vikingos llegaran con sus naves á costas que 
hoy sabemos ser las de América, pero es absurdo atribuir á ta- 

- 368 - 



ySuessJ 

'Sonnuir, 



les aventuras aisladas mayor importancia histórica que la que 
tienen en realidad. Con y sin los mencionados viajes de los Nor- 
mandos, siguió Europa ignorando la existencia de América, 
hasta que descubrió Colón sus primeras costas. 

6. - El lujo de la Europa Medioeval se_aHmentaha_principal- El Este y el Oeste, 
mente con los productos del Asia menor, India, China, Arabia 
y Persia. Los dia- 
mantes de Gol- 
conda, los rubíes 
del Oxus y Cey- 
lan, los zafiros 
y amatistas de 
Cambay y las 
perlas de la India, 
eran codiciadísi- 
mos en los alcá- 
zares y cortes Eu- 
ropeas. Las espe- 
cias, las drogas, 
perfumes, tintes y 
maderas de ojgr, 
de Siam y China; 
el cristal de Sa- 
marcanda y Ka- 
desia, los tejidos 
de Damasco, etc., 
etc., eran objeto 
de provechosísi- 
mo tTáTTco. Las 

ciudades del Oriente (Calicut, Pulicat, etc.) eran en la Edad Me- 
dia los mayores mercados de objetos suntuarios-Europa entera 
dependía de ellas para satisfacer sus fastuosos hábitos y en cam- 
bio de tales productos, Europa proporcionaba al Oriente sus 
lanas y sus metales. La balanza de comercio se inclinaba sin em- 
bargo al Oriente, y las exportaciones y Y,eiitas de la India, Persia 
y Arabia, dominaron siempre á las importaciones Occidentales. 




Cmoior 
/nx de. Canaria'^C>gJ^¡ 

' <3 







Fig. 323. -Mapa Catalán del 1375. 



369 



24 



Desde tiempos antiguos, el Este y el Oeste estuvieron co- 
mercialmente vinculados. En los tiempos bíblicos de José, los 
mercaderes Ismaelitas llevaban ya bálsajiios y mjrra^de Gilead 
al Egipto. Salomón dominó las rutas de Tadmor al Mar Rojo. 
El Berenice de Ptolomeo Pliiladelfo, era importante puerto de 




Fig. 324. - Islas fabulosas se^iín miniatura del siglo xv. 

mercantiles traspasos. Los caminos Romanos siguieron en Siria 
y Asia Menor antiguas vías comerciales, y las rutas medioevales 
aprovecharon á su vez los caminos Romanos. El Continente 
Europeo anheló siempre las riquezas del Asiático (1). 
Us «tas. 7. — Por tres principales rutas llegaban hasta Europa los co- 
diciados productos del Orientev La ruta marrtima más meri- 
dional arrancaba de China y Japón, concentraba los productos 



(1) Beazley. Dawn of Modern Geography. II, pág 321 ysig. íV/o/to Po/o Traveis. 
Trad. Marsden. London 1854. Lib. II Chap. I y sig. Heyd. Qeschichte de Levante- 
haudels. Robertson. Hist. América. Lib I, pág. 12 y sig. Fiske. Discovery I, página 
256 y sigtes. Clive Day. Hist. of Commerce. Cap. IX-X. Potts Cheyney. Europ. back- 
ground. Am. Hist. pág. 127 sigtes. y sus referencias. 

- 370 - 



en Malaca, y desde allí, por la costa de Malabar, seguía hasta 
Ormuz, y por el Mar Rojo hasta el Cairo, de donde pasaba á 
Alejandría y el Mediterráneo. La más septentrional adquiría 
generalmente sus productos en las costas occidentales de la 




Fig. 325. -Atlas de Santarem. Fines Siglo xv. 

India, embarcándolos hasta Ormuz y Bagdad (por el Tigris) y 
conduciéndolos desde allí en caravanas hasta Tabriz (Persia), 
ei mar Caspio y el Mediterráneo. Además de estas rutas marí- 
timas, que eran las más comunes en la Edad Media, seguían 
los mercaderes otra terrestre más larga, difícil y erizada de pe- 
ligros, á través del desierto chino de Obi hasta Kashgar, Sa- 
marcanda, etc.; desde allí á Astrakan y el mar Caspio, y luego 

- 371 - 



c<r' 



por el Don y el Volga hasta Crimea y las costas del Mar Negro. 
Claro es que todos estos caminos eran inseguros y arduos. 
Había que atravesar desiertos, escalar montañas, luchar con 
los piratas de mar y tierra, afrontar las tempestades del Océano 
Indico y sufrir extraordinarias penalidades; pero á pesar de tan 















J.¿jc lajx^sroto 



f^J.íklifanrtA 



tvliLá— 



P 







Fig. 326. - Parte del Portulano Laurenciano. 

gravísimos obstáculos, las ciudades levantinas de Alejandría, 
Tana, etc., estaban siempre llenas de productos orientales, que 
las embarcaciones Italianas, Españolas ó Provenzales, llevaban 
á sus respectivos países. Los Italianos llegaron á tener en Ale- 
jandría, Constantinopla, Damasco, Alepo, etc., establecimientos 
fijos (fondacki), desde donde repartían las mercancías del 



372 



Oriente á las ciudades del Mediterráneo. La célebre Venecia 
fué el prototipo de tales ciudades. De su puerto salían nume- 
rosas flotas para España, 
Portugal y Flandes, y 
bien guardadas expedi- 
ciones terrestres, que 
atravesando los Alpes £Q- 
merciaban en los valles 
del Rhin y el Danubio. 
El mayor conocimiento 
de las riquezas del Este 
después de las Cruzadas 
(1096-1291), aumentó es- 
te activísinK) y provecho- 
so tráfico, y durante los 
siglos XIII y XIV surca- 
ron el Mediterráneo nu- 
merosísimas naves, gale- 
ras y argosias que lleva- 
ban á Alejandría maderas, 
metales y otros productos 
Europeos, y volvían con 
sedas, especias, piedras 
preciosas, etc., á las costas 
Españolas é Italianas (1). 

8. - Al finalizar la Edad Media, las tierras y costas frecuen- 
tadas por los comerciantes Europeos, sufrieron cambios políti- 
cos que hicieron impracticables las rutas que dejamos ajDunta- 
4as. Surgieron avasalladores los Turcos Otomanos, y susTefo- 
ces caudillos rindieron en poco tiempo y á sangre y fuego 
hasta Constantinopla y el Bosforo. Sus sanguinarias huestes 
saquearon ó destruyeron \os f o ndachis, asesinaron ó esclaviza- 




Fig. 327. - Descubrimiento de Groenlandia 



Los Turcos Oh- 
rnaaos. 



(1) Cheyney. Op. cit. pág. 22 y sig. Hayd. Op. cit. I. pág. 165, etc. II. 43, 67, 
-530, etc., etc. Beazley. op. cit. II. Chap. VI. Lavisse y Rambaud. Hist. Genérale. 
II. pág. 342, 480, etc , etc. Webster. Gen. Hist. ofCommerce pág. 81 y sigtes. Winsor. 
N. & C. H. of America. I. pág. 69 y sig. y sus nota*?. 



373 - 



La Geografía me- 
dioeval. 



ron á los mercaderes y arrebataron el dominio comercial del 
Mediterráneo á Venecia y á Genova, que pretendieron oponerse 
á sus devastadores avances. Todos los caminos comerciales 
entre el Asia y Europa cayeron bajo su tiránico y bárbaro do- 
minio, y los métodos 
de cambio, los me- 
dios de transporte, el 
sistema comercial en- 
tero que traía á Occi- 
dente las riquezas del 
Oriente, quedó inte- 
rrumpido y aniqui- 
lado. 

La demanda de ta- 
les riquezas persistía 
y aumentaba. La con- 
solidación de. las Mo- 
narquías feudales hizo 
á las naciones Euro- 
peas del siglo XV más 
ricas y prósperas; avi- 
vó en sus potentados 
el afán de lujo y adorno, y acrecentó su deseo de adquirir los 
"^codiciados productos del Asia. Se hizo necesario por ello en- 
contrar nuevos caminos para llegar á la India, nuevas vías co- 
merciales que permitieran al Occidente reanudar su activa co- 
municación con los mercados Orientales (1). 

9. -Hasta la mitad del siglo xiii, el conocimiento de tierras 
y mares de la generalidad de los estudiosos no era mayor que 
el de los Griegos y Romanos del siglo \P Las obras áePto/omeo 
y Pomponio Mela, eran artículo de fé para los geógrafos de la 




^-^^, 



Fig. 3?8. -El cosmógrafo Martín Behaim. 



(1) Zinkeissen. Geschichte des O^manischen Reiches. etc., I. 65 y sigtes. Heyd. 
op. cit. n. 259, 267, 285. etc. Bury en Cambridge Modern. Hist. I. 73-82. Lavisse y 
Rambaud. Op. cit. IH. 827 y sigtes. Clive Day. Op. cit. Cap. X. Webster. Op. cit pá- 
gina 89 y sigtes. Ilarvey Robinson. Hist. of Western Europe I. Cap. XiX-XXII y las 
notas y referencias de los anteriores. 



374 - 



Edad Media Ni las visitas de Árabes é Judíos al Oriente, ni 
las Cruzadas mismas que se desarrollaron en territorio restrin- 
gido, aumentaron tales conocimientos. El Océano Atlántico 
(mare tenebrosa) era el nebuloso y terrífico límite del mundo. 
Creían los ignorantes que el agua^hervía en el Ecuador, y que 
los pavorosos dragones, monstruos y endriagos del mar ignoto, 
tragarían sin remedio al que osase surcarlo. La idea misma de 




Fig. 329. - El Imperio Veneciano y sus factorías comerciales (siglo xv). 

la .esfericidad de la tierra, familiar desde los tiempos de Aristó- 
teles á todos los hombres de cultura, se desconoció por el vul- 
go de la Edad Media. Los navegantes y cosmógrafos, los hom- 
bres como Dante y Colón, no dudaron jamás de tal esfericidad; 
pero teólogos hubo que, interpretando á su anÍQ^o bíblicos 
textos, la pusieron en tela.de juicio. El mundo habitable para 
la Edad Media se reducía á los tres continentes de Europa, 
Asia y África, que formaban una masa continua y extendida 
en parte del globo. El resto del mismo se juzgaba cubierto de 
liares de navegación imposible. Los tres continentes no se co- 
nocían totalmente, y sobre mucho de lo conocido ó explorado 



375 




Fig. 330. 
Rutas comerciales entre Europa y Asia (siglo xiv y xv). 



sólo se tenían ideas vagas ó fabulosas y erróneas. Los pocos 
mapas que existían estaban basados en tradiciones y leyendas. 

Eran códices, 
ilustrados y ca- 
prichosos, re- 
pletos de tradi- 
ciones y refe- 
rencias litera- 
rias, meras des- 
cripciones sen- 
tenciosas sin 
justeza alguna 
geográfica. La 
revolución in- 
telectual que 
había de des- 
arraigar estas 
^tquiv_0£aGÍones y prejuicios, fué iniciada y favorecida por el 
Renacimiento Italiano, continuada por los Portugueses y co- 
ronada por el descubrimiento de América (1). 
Viajes italianos. 10. -A mediados del siglo xiii se hicieron en Italia algunos 
viajes cuyas relaciones circularon rápidamente. El misionero 
Franciscano /tffl/í de Plano Carpini, atravesó el Sur de Rusia 
y las estepas del Turkestan, llegando á los territorios del Khan 
Karakorúm de Mongolia y escribiendo á su vuelta una curiosa 
relación de su jornada. Años después, Guillermo de Rubmqiiis 
fué enviado por Luis XI á visitar al Emperador Mongólico. 
De su viaje á través del Cáucaso, Persia y Siria, nos legó un 
relato más amplio y preciso que el de Carpini. Los viajeros 
Monte Corvino y Pordenone siguieron el ejemplo de los ante- 
riores y, como ellos, escribieron sendos libros. 
Los más notables de toda esta pléyade de exploradores me- 

0) Cheyney. Op. cit., pág. 57 y sig. y sus referencias. Lavissey Rambaud. Op. cit. 
ni. pág. 544 y sig. IV. 306 y sig. etc. Winsor. N. & C. H. of A. I. pág, 15 y sig. y sus 
notas. Id. II. pág. 24 y sig. Fiske. Op. cit. I. 295 y sigtes. Santarem. Essay Sur l'His- 
toire de la Cosmographie. I. 75, 164 y sigtes., etc., etc. 



- 376 - 



dioevales fueron los mercaderes Venecianos Nicolás y Mateo 
Polo, y su sobrino Marco que en jornadas sucesivas llegaron 
al Cathay (Norte de China) permaneciendo más de veinte años 
en la fastuosa corte de Kiiblai Khan, donde Alarco alcanzó 
dignidades importantes. Volvieron á Italia en 1292, por el Ton- 
kin, Java, Bengala, Ceylan y el Mar Rojo, tardando en el viaje 




Fig. 331. -El mundo de Fia Manro (1439). 

fres años. La celebérrima relación de estos viajes, escrita por 
Marco Polo en los tristes días de su cautiverio en Genova, im- 
presionó más que ninguna otra las imaginaciones medioevales. 
El célebre Cathay, con sus riquezas fabulosas y ciudades enor- 
mes; el Cipanga (Japón), maravilloso y próspero; las "12.700 
islas", del Archipiélago del Océano Indico, etc., etc., preocupa- 
ron hondamente á los navegantes de posteriores siglos. Como 

- 377 - 



más adelante veremos, el descubridor de América anotó y estu- 
dió estas relacio- 
nes con atención 
predominante y 
especialísima. 

Los viajes Ita- 
lianos hacia el 
Oeste, contribu- 
yeron también á 
esclarecer y pre- 
cisar las ideas 
geográficas de la 
época. En 1270, 
Lancelote Malo- 
cello llegó hasta 
las islas Fortuna- 
das (Canarias). 
En 1291, Tedislo 
Dona y Ugolino 
Vívaldi, pasaron 
el estrecho de Gi- 
braltar é hicieron 
rumbo al Sur en 
demanda de la 
India, pereciendo 

Fig. 332. -Cabo de Buena Esperanza. en SU audaz em- 

presa. Las Azores 
y Madeira fueron conocidas por los navegantes Italianos (si- 
glo XIV) antes de su definitiva ocupación en el siglo xv(l). 




(1) Winsor. Op. cit. II. pág. 30 y sig. Id. Crístopher Columbas. Cap. VI. The Tra- 
vels oí Marco Polo (Trad. Marsden. London 1854). Lib. II. Cap. IV y sig.-III. XXIII 
y sigte. etc., etc. y sus notas. Lavisse y Rambaud. Op. cit. II 481 y sig. Cheyney. Op. 
cit. Cap. III con sus notas y referencias. Fiske. Discovery. I. 277 y sig. Las ediciones 
de Avezacát los viajes de Carpini. Pordenoney Rubruquis. Beazley. Dawn of. Mod. 
Qeog. II. Cap. V. etc. La edición de Marco Polo, que se reputa anotada por Colón, 
es la latina de 1485 (De regionibus orientalibus) , y se conserva en la B.=» Colombina 
de Sevilla. 



- 378 - 



11. -Los geógrafos, astrónomos y experimentadores Italia- los PwtolaBos. 
nos, contribuyeron también y muy eficazmente á facilitar las 
navegaciones medioevales. Los céleores „ponolanos'' ó cartas 
marítimas sustituyeron á los antiguos mapas, llegando durante 
los siglos XIV y XV á sorprendente exactitud geográfica. Produ- 
jeron tales portulanos una verdadera transformación de la car- 
tografía de los siglos medios; marcaron en mares y costas con 




^ig. 333. -El Mundo de Ptolomeo 



relativa precisión los más frecuentados rumbos, y se hicieron 
indispensables para los navegantes. 

Sin embargo, el objeto principal de estos,; portolanos" , base 
de los mejores mapas del siglo xv, fué asegurar la navegación 
del Mediterráneo, y no se extendieron más allá de sus mares y 
puertos. 

12.- Por consiguiente, todo lo que fuera en el siglo xiv La brújula y el 
pasar del paralelo 27, en África; del 60, en Europa, ó de las *^*™'^'"«' 
Islas Azores, era navegar en lo ignoto y peligroso. Para tales 
navegaciones de altura se requerían instrumentos náuticos que 
permitieran calcular con exactitud singladuras y derroteros. 
Las propiedades de la aguja magnética fueron conocidas en 
los siglos medios, pero su uso no parece haber sido general 

- 379 - 



Enriqoe <£l 
vegaate». 



Na- 



en la navegación hasta fines del siglo xiv. Se atribuye tradicio- 
nalmente su propagación á los pilotos de Amalfi. A mediados 
del siglo XV, la brújula, provista de su „rosa de los vientos'' y 
montada en aparatos especiales, era un elemento infaltable en 
el equipo de los navegantes, y fué conocida y usada por los 
principales cartógrafos. 

El astrolabio, predecesor del quintante y sextante, se usó 

también en el siglo xv 
por los marinos Ita- 
lianos, y en rudimen- 
taria forma los cronó- 
metros y tablas astro- 
nómicas necesarias 
para fijar la longitud 
por la altura de los 
cuerpos celestes, y la 
mediáa de las dife- 
rencias de tiempo. La 
posibilidad de calcu- 
lar aproximadamente 
las latitudes, longitu- 
des y rumbos, hizofactibles las navegaciones extensas y animó 
á los navegantes del siglo xv, á emprender la serie de explora- 
ciones marítimas que condujeron gradualmente al conocimien- 
to de América (1). 

13.- Los verdaderos iniciadores de las exploraciones referi- 
das fueron los marinos portugueses que, alentados por el Gran 
Príncipe ^Enrique el Navegante/', descubrieron las costas Oc- 
cidentales y Meridionales del Continente Africano. 

En el año 1419, el Príncipe Enrique, hijo de Juan II de Por- 
tugal, estableció en el célebre promontorio de Sagres un cen- 




Fig. 334. - Buque del siglo xv. 



(1) Cheyney Op. cit. pág. 56 y sigtes. y sus notas. Sintarem. Ess. Sur l'Histoire 
de la Cosmographie, I. 280 y sig. Neckham (1157-1217). De natura Rerum. Lib. 11. 
Ch. XCVIII. Ilumboldt. Exámpn Critique. I. 274 y sig. Fiske. Discovery. I. 315 y si- 
guientes y sus notas. Webster. Gen. Hist. of. Com. pag. 8) y sig. etc., etc. Vse. Sobre 
las obras de Neckham á Chappell tn "Nature». (Junio 15, 1876). 



380 - 




tro activísimo de exploraciones geográficas. Enrique era virrey 
de los Algarves y Gran Maestre de la Orden del Cristo. Sus 
talentos militares eran famosos en la Europa de la época. El 
Papa Martín V, el Rey Juan de Castilla y Enrique de Ingla- 
terra, le ofrecieron el mando de sus ejércitos. Rechazadas tan 
gloriosas ofertas, se retiró á bs Algarves y dedicó sus energías 
y su genio al progreso de la navegación y los descubrimientos. 
Su expedición al África le hizo 
conocer las rutas de los merca- 
deres de Túnez y Cambia; 
aprendió después todo lo que 
la geografía medioeval podía 
enseñarle, estudió el uso de 
cartas é instrumentos náuticos, 
atrajo á su corte á los más há- 
biles marinos extranjeros y con- 
virtió el puerto de Lagos en el 

punto de partida para viajes lejanos, más célebre del siglo xv. Su 
ardiente celo de cruzado, su deseo de propagar el cristianismo 
en tierras de infieles, su voluntad firmísima y bien inclinada 
(talent de bien faire, era su enseña), su instinto de explorador 
y su genial curiosidad científica, le hicieron anteponer á todo 
los intereses de la ciencia geográfica. Consiguió inculcar á sus 
capitanes su entusiasmo y su espíritu, perfeccionó buques, ins- 
trumentos y cartas, equipó y costeó expediciones, y creó y sos- 
tuvo hasta su muerte aquella admirable Escuela Náutica de 
Sagres, donde se formaron la mayor parte de los cosmógrafos, 
viajeros y pilotos, que transformaron, con sus descubrimientos 
y sus viajes, la historia y el comercio del Mundo (1). 

14. -Preocupóse primero el Príncipe Enríque de la expío- El Cabo Bojador, 
ración y colonización de Madeira, Porto -Santo, etc., que duró 



Fig. 335. 
La Mar Tenebrosa (Olaus Magnus). 



(1) Vse. R. H. Major. Vida do Infante Don Henrique, etc (Trad. Ferreira, Lis- 
boa 1876). Cap. I á V y Cap. XVIL Lavisse y Ratnbaud. op. cit. IV-877 y sig. Cheyney. 
Op. cit. 59 y sig. y sus notas. Azarara. Chronica do descobrimento é Conquista de 
Guiñé (Ed. Carreira. Notas. Santarem. París, 1841) pág. 37 y sig. Fislie. Discovery. 
I. 316 y sig, y sus notas, etc., etc. 



381 - 



El Cabo de Buena 
Esperanza. 



algunos años (1418-25), para afrontar el problema del Cabo 
Bojador que nadie osaba doblar en aquellas épocas. Y no era, 
por cierto, falta de valor lo que detenía á los marinos portu- 
gueses, sino la novedad del caso, porque llegar al Cabo referido 
era penetrar en la terrible zona tórrida, en la mar tenebrosa de 
los antiguos, importaba traspasar los límites legendarios del 
Cabo Non del que, según el proverbio medioeval, se volvía- ó 
no se volvía. (Quem passar ó Cabo de Nao, ou voltará ó Nao). 
En el año 1434, Gil Eannes, uno de los marinos más auda- 
ces de Sagres, intentó la temeraria empresa. El éxito coronó 

sus esfuerzos. Dobló el te- 
rrible Cabo, desembarcó en 
las costas y volvió á Portu- 
gal, trayendo á su Príncipe, 
como símbolo de vida, un 
manojo de rosas cogidas en 
la que hasta entonces se 
creía región del fuego y de 
la muerte. El viaje de Gil 
Eannes marcó una era de 
descubrimientos. Traspasada 
la secular barrera y desva- 
necido el terror á lo ignoto, 
los viajes marítimos hacia el Sur adelantaron rápidamente. En 
1441 Ñuño Trístán dobló el Cabo Blanco, en 1442 exploró 
Gonzálvez el Río del Oro (Río d'Ouro), en 1460 descubrió 
Diego Gómez las islas de Cabo Verde, y en 1462 llegó Cintra 
á Sierra Leona y entrevio las Costas de Guinea (1). 

15. -El espíritu investigador del Gran Príncipe Enrique no 
se extinguió con su muerte (1460). La obra iniciada en Sagres 
fué continuada en los reinados de Alfonso V y Juan II con 




Fig. 336. 
Buque Normando (Tapicería Bayeux). 



(1) R.H. Major. Op. cit. pág. 134-191 y sus notas Fiske. Op. cit. I. pág. 318 y si- 
guientes y sus notas y referencias. Azarara. Discovery & Conq. of. Guinea (Ed. Beaz- 
ley, Hakluit Soc. Pub. Vol. 95 y 100-1896-1898). I. Cap. VII-XXIV etc., y sus refe 
rencias. Lavisse y Ratnbaud. IV. pág. 876 y sig. Cheyney. Op. cit. pág 64 y sigtes. y 
sus notas. Winsor N. & C. H. of America, loe citado, etc., etc. 



~ 382 



creciente empeño. En el año 1472 Juan de Santarem y Pedro 
de Escobar cruzaron el Ecuador desde las costas de Guinea; 
tres años más tarde descubría Fernando Póo, la isla de su nom- 
bre; en 1484 llegaba Diego de Cam á la embocadura del Río 
del Congo, y en 1485 
hasta el grado 22 lati- 
tud Sur. Arraigaron 
estos viajes la convic- 
ción geográfica de que 
navegando hacia el 
Sur, y á lo largo de 
las costas de Guinea, 
se llegaría al fin de la 
tierra africana y se eri- 
gieron en los puntos 
descubiertos pilares 
representativos de la 
posesión é indicadores 
de las etapas sucesivas 
del camino á la India 
Finalmente, en 1486, 
Bartolomé Díaz partió 
de Lisboa y dobló la 
'extremidad meridio- 
nal del África. Ade- 
lantóse hacia el Orien- 
te, pero su tripulación 
sublevada rdiíisó se- 
guir adelante. Bartolomé Díaz tuvo que retroceder. Por las tem- 
pestades sufridas en la punta Africana, la puso el nombre de 
Cabo Tormentoso. D. Juan II, al oir la relación del viaje de su 
Capitán, cambió tan siniestro nombre por el de Cabo de Buena 
Esperanza. El suceso conmovió á Portugal y fué mmortalizado 
por sus poetas. Se había encontrado el ansiado paso que 
conducía á Cathay y á la India, la ruta marítima hacia el 
Oriente, que los viajes posteriores de Vasco de Gama (1496), 




Fig. 337. - Buque Veneciano (siglos xiv-xv). 



383 



y Alburquerque (1563), abrieron al comercio mundial (1)- 
ResulltMios de es- 16. - Los resultados políticos y geográficos de estas explora- 
tos descubrí- piones no se hicieron esperar. La extensión de las (ierras des- 



imientos. 



cubiertas, el oro que en pequeñas cantidades trajeron de ellas 
algunos navegantes, y acaso los beneficios del naciente tráfico 

de esclavos ne- 
gros, cuyo futuro 
y cruel desarrollo 
no pudo Enrique 
el Navegante 
alentar, y menos 
preveer, determi- 
naron al Pontífice 
Eugenio IVá con- 
ceder á los Mo- 
narcas portugue- 
ses el dominio de 
lastierras quemas 
allá del Cabo Bo- 
jador (con inclu- 
sión de las Indias) 
descubrieran. 
Desarrollaron, por otra parte, estos viajes, la navegación 
y la ciencia geográfica. Las embarcaciones portuguesas (bar- 
ca, barinel, nao, berganttín, etc.) y en especial las carabelas 




Fig. 338. 
Descubrimiento de los Portugueses en África (siglo xv). 



(1) Cheyney. Op. cit. pág. 69 y sig. Fiske. loe. cit. Major. Op. cit. Cap. XIV á 
XVIII. -A Journal of the first Voyage of Vasco de Gama. (Ed. Ravenstein. Hakluyt 
Soc. Vol. 90-1898). Azarara. Op. cit. (Hakluyt Soc Vol. 100-1898). Cap. XLIl y sig. 
En „Las Luisiadas", el Genio del Cabo Tormentoso dice á Bartolomé Diaz. 

Eu son aquelle occulto e grande cabo 

A quem chamáis vos outros Tormentorio 

Aqui toda a Africana costa acabo 
Neste meu nunca visto promontorio 

A quem vossa ousadia tanto offende . 

(Camoens. Os Luisiadas. V. 50). 

-■ 384 - 



de velas latinas^ preferidas por sus condiciones marineras 
para viajes difíciles, fueron las mejorconstruídas y equipadas 
de su tiempo. Los pilotos, cosmógrafos y cartógrafos de Sagres 
y Lisboa, tanto portugueses como extranjeros, perfeccionaron 
los instrumentos náuticos conocidos y construyeron portolanos 
notables. Los monjes del monasterio Maraño de Venecia (Fra 
Mauro, Fra ^/fl/zcí?, etc.), dibujaron, por orden y á expensas del 
Príncipe Enri- 
que, el célebre 
m2L\)diCamaldo- 
lese, acaso el más 
completo de su 
época. El sabio 
cosmógrafo ale- 
mán Martín Be- 
liaim, miembro 
durante años de 
\di»J unta de Ma- 
temáticos,, del 
Rey Juan II, in- 
trodujo en Por- 
tugal las céle- 
bres tablas astronómicas (efemérides), impresas años antes en 
Nuremberg, y construyó su afamado globo terráqueo. Las 
ideas de Ptolomeo y Pomponio Mela sobre la conformación 
de tierras y mares, cambiaron radicalmente (1). 

Entre los arriesgados y hábiles marinos que acompañaron 
al ilustre descubridor del Cabo de las Tormentas ó Buena Es- 
peranza en su célebre viaje, estaba Bartolomé Colón, hermano 
menor del que luego había de descubrir el Continente Ameri- 
cano. Poco tiempo después y como más adelante veremos, le 
encontramos en Inglaterra negociando con sus monarcas el 




Fig. 339. - La tumba de un Jarl Vikingo. 



(1) Cheyney. Loe. cit. Fiske. Op. cit. 1, pág. 321, etc. Major Op. cit. Cap. XIX á 
XXI y sus referencias. C. Raymond Beazley en Am. Hist. Review, (Vol. XVL núm. L 
Oct. IQlo) pág. 11 y sigtes. I.Janssen L'AUemagne et la Reforme. L (AUemagne á la 
fin Moyen Age. Trad. París) pág. 112 y sigtes. 



385 - 



proyecto de su hermano Cristóbal que había concebido el ge- 
nial designio de traficar con el ensoñado Oriente, de monopo- 
lizar sus rique- 
zas, de llegar en 
fin al Cathay de 
Marco Polo, na- 
vegando hacia 
el Oeste. 

Aquel oscuro 
navegante Ge- 
novés que había 
vivido año tras 
año en Lisboa, 
ignorado del 
mundo entero, 
iba á dar fin al 

Fig. 340. - Buque portugués (siglo xv). período me- 

dioeval é incier- 
to de los viajes Italianos y las exploraciones Africanas, iniciando 
gloriosamente la era de los grandes descubrimientos. 





-- 386 - 




CUESTIONARIO 



l.-¿En qué siglo conocieron los Europeos el Continente Ame- 
ricano? 

2.' ¿Quiénes eran los Vikingos, y cómo colonizaron á Is- 
landia? 

3. - ¿Qué se entiende por Sagas j; qué crédito histórico merecen? 

4. - ¿Cómo se descubrió la tierra llamada Groenlandia? 

5. - ¿Quién fué Leit\y qué tierras descubrió? 

6. ¿Qué importancia tienen los viajes de los Vikingos? 

7. ¿Puede afirmarse qfce descubrieron la América? 

S.- ¿Qué relaciones comerciales existían en las Edades Anti 

guay Media entre el Occidente y el Oriente? 
9. - ¿De dónde venían á la Europa Medioeval las especias: 
sedas, piedras preciosas y demás objetos suntuarios? 

10. -¿Por qué rutas llegaban á la Europa Medioeval los pro- 
ductos del Oriente? 

11 .- ¿Qué importancia tuvieron en esta época las ciudades del 
Mediterráneo? 

12.- ¿Qué consecuencias tuvieron para el Comercio Medioeval 
las conquistas de los Turcos Otomanos? 

13. - ¿Qué ideas tuvieron los hombres de la Edad Media sobre 
la esfericidad de la Tierra? 

- 387 - 



14.- ¿A qué se reducía para los Geógrafos medioevales el 

Mundo habitable? 
15. - ¿Qué carácter tenían los Mapas de la Edad Media? 
16.- ¿Qué expediciones notables hicieron los viajeros italianos 

del siglo XIII? 
17. -¿Qué importancia tuvieron los viajes de Marco Polo? 
1 8.- ¿Qué adelantos geográficos suponen los portolanos? 
19.- ¿Qué navegantes vulgarizaron en la Edad Media el uso 

de la brújula y el astrolabio? 
20. - ¿Quién fué Enrique el Navegante? 
21.- ¿Qué importancia histórica y científica tuvo la Escuela 

Náutica de Sagres? 

22. - ¿Qué efectos produjo el descubrimiento del Cabo Bojador? 

23. ¿Quién dobló el Cabo de Buena Esperanza y abrió la 

ruta marítima portuguesa hacia el Oriente? 

24. - ¿Cuáles fueron los resultados políticos de los viajes de 

los portugueses? 

25. - ¿Cuáles fueron sus resultados geográficos y qué mapas y 

globos notables se construyeron en este período? 




- 388 - 



y 




REFERENCIAS 



Generales. - Winsor, N. & 1. H. of. America. Vol. I y II 
Lavisse y Rambaud, Histoire Genérale. Vol. II, III, IV. Fiske 
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Vol. I. E. Potts Cheyney, European Background of American 
History. (N. Y. 1906). Gibbins, History of Commerce in Euro- 
pe. Günther, Das Zeitalter der Entdeckungen (1901). Cario 
ErrerUy L'Epoca delle grandi Scoperti Geografiche (1902). 
Helps, The Spanish Conques! in America. Vol. I. Cambridge , 
Modera history, vol. I á XV.Janssen, L'Allemagne et la Reforme 
(Trad. París), vol. I. (Allemagne á la fin Moyen Age). Wakeman, 
Europe, 1598-1715 (1904), etc., etc. 

Especiales.- Viajes de los Normandos. -R Du Chai- 
llu, The Viking Age; the early History, manners & customs. 2 
vols., London 1889. Fischer, The Discoveries of the Norsemen 
in America. Goffarel, Histoire de la Decouverte d'Amerique, 
etc., París, Vol. I, 1892. 

Viajes Italianos, eic, ~ Burckhardt, The Civilization of 
the Renaissance in Italy, (1860-2 vols). Canale, Storia del Com- 
mercio dei Viaggi degl'Italiani (1866). ídem, Storia della Re- 
publica di Genoa (1858-1864). Brown. Venice: Historical 
Sketch, etc. (\S93). Jurien de la Graviere, Les marins du xv et 
XVI Siecie (1879), etc. 

- 389 - 



Geografía y Comercio. - F. Vicomte de Santárein, Essay 
sur í'Histoire déla Cosmographie pendant le Moyen age(3vols., 
1849-1852). Beazley, The Dawn of Modern Geography. Vol. í 
y II (1897-1901). Knnstmann, Die Kenntniss Indiens in XV. 
Jahrhunderts (1863). Heyd, Geschichte des Levantehandels im 
Mittelalter (2 vols. Trad. Francesa- 1885- 1887). Nordenskiold} 
Facsímile Atlas to the Early History of Cartography (1889) 
etc., etc. 

Viajes de los Portugueses.- A/íz/br. Vida do Infante Don 
Henrique de Portugal, etc. (Trad. Ferreira, Lisboa, 1876). Waii- 
vennan, Henry le Navigateur et l'Academie Portugaise de Sa- 
gres (1890). C. R, Beazley, Prince Henry the Navigator (1890), 
etc., etc. 

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gla (Trad. Laing. London 1844). Rafn, Antiquitates Americanae 
(Copenhague, 1837). Egede, Description of Greenland (Lon- 
don 1745). Laudnama-bok, (Trad. Ellwood. Londres, 1898). 
Reeves, The finding of Wineland the good. (N. Y., lí'90), etc. 

Geografía, viajes y comercio medioevales. - Thejour- 
neys of William of Rubruk & John of Plan de Carpine (Trad. 
Rockhill) (Makliiyt Soc. Series II-1900-núm. 4).Texts &Versions 
of Carpini & Rubruquis. (Ed. por Beazley. Hakluyt Soc. Extra 
Series 1903). Schafer et Cordier, Recueil deVoyages, etc., en es- 
pecial, Voyages en Asie du Pordenone (Ed. CordlerJ. The 

Book of Ser Marco Polo the Venetian (Ed. Yule. Reimpresa con 
notas por Cordier, 1903), etc., etc. 

Viajes de los Portugueses. - The first voyage of Vasco 
de Gama (Ed. por Ravensteín, Hakluyt Soc. 1898, núm. 99). 
Gomes Eannes de Azarara, Crónica, do Descobrimento,etc.(Ed. 
Beazley y Prestage, núms. 95 y 100. Hakluyt Soc. 1896-1900). 
Barros, Décadas da Asia (Ed. 1852). Alguns Documentos do 
Archivo Nac. da Torre de Pombo acerca das Navegacoes, etc., 
(1892), etc., etc. 

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y sig. II, pág. 24 y sig. Dodd-Mead, Cyclopedia "Iceland,,- 
"Greenland,;- «Sagas», etc. Las bien seleccionadas de Lavisse 
y Rambaud. Hist. Gen. Vol. II, III, IV. Cambridge. Modern 
History, Vol. I á IV. E. Potts Cheyney, Europ. Background, 
pág. 316-323. Rockhill exi núm. 4, Serie II, 1900. Hakluyt Soc, 
Major (op. citada), pág. 548 y sig. etc., etc. 



390 



CAPITULO II ; 

ESPAÑA EN EL SIGLO XV 

1. Los Reyes Católicos. -2. Pacificación del Reino. -3. La Santa Hermandad. --4. Lo? 
Consejos. -5. Los Corregidores. -6. Medidas financieras. —7. Las Órdenes Milita- 
res. -8. La Guerra de Granada. -9. Judaizantes y Conversos. - 10. La Inquisición. 
-11. Expulsión de los Judíos.- -12. Mudejares y moriscos. -13. Conclusiones ge- 
nerales " 

l.-Para darnos exacta cuenta de los sucesos que se de§- Us ReyesCatéllcos. 
arrollaron en la Segunda Época de la historia del Co;itinente 
Amefícaño, forzoso es que arrojemos una rápida ojeada sobre 
el estado de la nación Española al finalizar el siglo xv. 

Hay pocos ejemplos históricos de una transformación más 
rápida y completa que la experimentada por España (1474-1516) 
al pasar de la situación anárquica en que se encontraba en tiem- 
po de Enrique IV á. la grandeza y viril expansión que alcanzó 
en el reinado de Femando é Isabel. 

Contados son los cambios sociales de esta índole que se pro- 
ducen pacíficamente, y cuando así sucede, siempre se encuen- 
tran, al lado de circunstancias felices que inician y empuj^nj-el 
movimiento, eminentes personalidades á cuyo genio y liabil 
dad se debe gran parte del éxrto^ 

En la España del siglo xv surgió la imponente figura de 
Isabel de Castilla y la de su esposo Fernando de Aragón, co- 
nocidos en la historia con el nombre de "Reyes Católicos». 

Isabel la Católica, ím, en efecto, gran reina y mujer extraor- 
dinaria. De clarísimo entendimiento y formal energía, vivió con 
su pueblo y para su pueblo. Amiga sincera de cuantos lucharon 
por Castilla, nadie hizo más insigne á su, patria, ni la amó más, 
ni la sirvió mejor. / < ' ^ ^v 

Su matrimonio con Fernando de Aragón, sagaz y prudente 
político, realizó lo que dui^nte siglos había sido el constante 

- 391 - 




Pacificación 
del Reino. 



ideal de monarcas aragoneses y castellanos: la reunión en un 
solo Estado de los tronos de Aragón y Castilla. 

Unidas así ambas coronas pudieron los monarcas realizar 
sus levantados proyectos, terminar la guerra de la Reconquis- 
ta, consolidar la monarquía absoluta, y establecer, con base 
firme, la unidad religiosa y nacional de sus dominios (1)^ 

2. — Era necesaria toda la energía y prestigio de los nuevos 
soberanos para restablecer en Castilla los principios de autori- 
dad y orden destruidos en tiempo de Enrique IV. 

La monarquía castellana se resentía de su origen feudal, y 
su autoridad fluctuante fué muchas veces juguete de la ambi- 




Fig. 341 . -Autógrafo de la Reina Isabel la Católica. 

cio^apsadía de los magnates que con sus guerras intestinas 
a^ábáríVel reino. 

El pueblo no era subdito del Rey, sino de los potentados. 
Era imposible transitar por los caminos públicos sin verse ex- 
puesto á todo género de ataques, las ciudades obedecían al más 
fuerte, y las vidas y haciendas de los ciudadanos estaban á 
merced de los antojos^de^turbulentos señores ó de los avances 
de rhesnádas famélicas. 

Comprendió Isabel la nec^idad de hacer justicia severísimá 
para cortar dé raíz tan graves males. En 1477 abrió en Sevilla 
audiencia pública para oir á los perjudicados por las luchas y 

(1) Altamira. Historia de España, II, pág. 366 y sig. Ñervo. Hist. de Isabel la 
Católica, pág. 15 y sigtes. Lafuente. Hist. de España. Vol. II. (Lib. IV), pág. 253 y 
sigtes. Prescott. Hist. of the Reigne of Ferdiiiand and Isabella. Cap. I á VI, etc. 

- 392 - 



banderías encabezadas por el Duque de Medina Sidonia y su 
rival el Marqués de Cádiz. Pocos había en Sevilla, dice un 
cronista de la época, libres de culpa. Todos fueron castigados 
severamente. Otro tanto sucedió en Castilla y en Galicia. El 
Duque de Alba se vio obligado á restituir la villa de Miranda 
que tenía detentada, y su alcalde de Salvatierra fué ahorcado 
por insultos á la justicia de Isa- 
bel. Los agentes reales Acuña y 
Chinchilla hicieron derribar en 
Galicia hasta cuarenta y seis 
castillos, restituyeron bienes y 
beneficios usurpados por los 
nobles y condenaron á muerte, 
sin aceptar compensaciones 
monetarias, á los que se habían 
hecho reos de crímenes, vio- 
lencias ó abusos de autoridad. 

Con tales procedimientos se 
logró en pocos años pacificar el 
desordenado reino, reprimir los 
excesos de los nobles é ir consolidando el poder de los Reyes (1). 

3. -Se reconstituyeron también las antiguas hermandades, 
establecidas por las ciudades para defenderse de malhechores, 
refundiéndolas de acuerdo con las Cortes de Castilla en un 
solo cuerpo de policía y defensa pública que se llamó la Sania 
hermandady compuesto de más de dos mil jinetes y/numero- 
sos infantes que, divididos en compañías, se destacaron - ^n los 
puntos estratégicos de las aldeas y caminos púbíicósTOrgani- 
záronse también justicias locales (alcaldes) con jurisdicción ex- 
clusiva é inapelable para diversos delitos. ■ 

Al ocurrir algún robo, asalto ó violencia, echábanse á vuelo 
las campanas de la iglesia más próxima, y los destacamentos de 




Fig. 342. 
Sello rodado de los Reyes Católicos. 



La Saeta 
Híimaidal 



(1) Vse. Lafuente. Op. cit. Lib. III. Ch. 32-33. IV, 1 y 2. Altamira. Op. cit. Yol. II, 
pág. 367 y sig, Cheyney. Op. cit., pág. 83 y sig. Pérez. Los Reyes Católicos en Sevi- 
lla, pág. 12 y sigtes. Lavisse y Rambaud. Hist. Gen. IV, pág. 325 y sigtes. Ñervo. 
Hist. Isabel ¡a Católica, pág. 7 y sigtes. etc., etc. 



393 



in óanta Hermandad emprendían la persecución de los delin- 
cuentes que eran juzgados por los alcaldes sumarísimamente y 
asaeteados ó colgados. La prontitud, igualdad y severidad de ta- 



\í 




Fie. 343. -La Reina Isabel !a Católica. 



les castigos, limpiaron bien pronto de malhechores los dominios 
' astellanos. Desaparecieron las represalias y venganzas priva- 
das, y la seguridad de vidas y haciendas se áfirWió y normalizó. 



- 394 



4. — El vigor de la administración monárquica se exteriorizó 
además en el desarrollo de organismos administrativos de ín- 
dole menos popular. Se reorganizó el antiguo Consejo Real 
convirtiéndose en pode- 
roso instrumento del tro- 
no. Entró á formar parte 
de él una mayoría de le- 
trados, versadísimos en 
el antiguo derecho, im- 
buidos de la idea de la 
monarquía absoluta, des- 
ligados de la nobleza y el 
clero, é interesados, por 
consiguiente, en robuste- 
cer, aun á despecho de 
ambos, la dignidad y 
prestigios de la Corona. 
Entendía en general este 
Consejo en todos los ne- 
gocios del Estado, y se 
subdividió con el andar 
del tiempo en tres cuer- 
pos (Consejo de Justicia, 
de Estado y de Hacienda) 
con funciones claras y de- 
finidas. El Consejo de Jus- 
ticia era, en cierto sentido, 

el representante general del antiguo Consejo Real, y tomó el 
nombre de Consejo de Castilla. Su presidente era el funciona- 
rio más elevado del Reino, y con los miembros letrados cono- 
cía y hasta decidía, secundando la política de los reyes, todos 
los asuntos de interés nacional (1). 



Los Coasejos. 





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Fig. 344. - El Rey Fernando el Católico. 



(1) Lafuente. Loe. cit. Altamira. Op. cit. II, pág. 441 y sig. Antequera, Hist. de 
la Legislación Española, 194-197-347, etc. Cheyney. Op. cit., pág. 86 y sig. Prescotf. 
Ferdinand & Isabella, pp. 135-160, etc., etc. 



395 



Medidas 
financieras. 



Los Corregidores. 5. - La preponderancia obtenida por los soberanos en los 
negocios de gobierno general por intermedio de sus Consejos, 
se extendió á los asuntos locales de las ciudades, etc., por la 
designación de Corregidores, que gobernaban conjuntamente 
con los alcaldes ó regidores, y como representantes de la Co- 
rona, los negocios de cada pueblo. Defendían siempre las 
prerrogativas de los monarcas, y ejercían funciones de vigi- 
lancia y protección. Poco á poco fueron extendiéndose las fa- 
cultades de estos corrregidores, y predominando sobre los fue- 
ros y privilegios de las ciudades, los decretos y disposiciones 
del poder monárquico. 

6. - Los Consejos, Corregidores y demás oficiales públicos 
daban autoridad y eficacia á los mandatos de los reyes, pero 
su mantenimiento era costoso, y la Corona carecía de recursos. 
Determinaron los reyes conseguirlos, y ayudados por los re- 
presentantes de las ciudades, hicieron que las Cortes, convoca- 
das en Toledo, ordenaran una investigación en los bienes que 
los monarcas anteriores habían enajenado ó cedido á los mag- 
nates y los eclesiásticos. Con tal eficacia y habilidad trabajaron 
el Cardenal Mendoza y D. Fernando de Talavera, designados 
como jueces instructores de la váliCjiez de semejantes (donativos, 
que la mayoría de las pensiones, pueblos, tierras, vínculos, et- 
cétera, así conseguidos por los nobles, fueron restituidos á la 
Corona. No por ello se empobrecieron éstos, pero se^consiguió, 
en cambio, establecer una relación más equitativa' y normal 
entre las rentas de la Corona y las de los nobles, debilitando 
la influencia de estos últimos (1). 

7. - Otro aumento más considerable de las rentas reales, que 
quebró al mismo tiempo los más fuertes y legendarios apoyos 
de la nobleza, fué la absorción en la Corona del Gran Maes- 
trazgo de las Órdenes militares de Santiago, Calatrava y Al- 
cántara. Con el correr de tres siglos de constantes guerras con 



Las Órdenes 
niiitares. 



(1) Vse. Antequera. Op. cit. 348-353, etc. Pulgar. Crónica de los Reyes Católicos, 
II, Chap. XCV, etc. Colmeiro. Int. á las Cortes de los Antiguos Reinos, II, 63-64. 
Mariejol. L'Espagne Sous Ferdinand et Isabelle, VI, p. 24 y sig. Lafuente. Op. cit. 
Ijb. IV. Cap. II, etc., etc. 



390 



los musulmanes, estas órdenes militares habían acumulado 
grandes riquezas, beneficios, ciudades y territorios, y sus po- 
sesiones y consiguiente predominio se extendían por toda la 
península. A la cabeza de cada una de estas órdenes estaban 
los Grandes Maestres cuyas riquezas, séquito militar y presti- 
gios, les hacían poderosísimos y soberbios. Eran estos grandes 




Fi'g. 345. -Vista general de la Alhambra de Granada. 

maestres los más turbulentos de los nobles, y más de una vez 
se opusieron abiertamente y en armas á la Corona, promo- 
viendo gravísimos conflictos. 

En 1487, habiendo quedado vacante el Maestrazgo de Cala- 
trava, se presentó de improviso el rey i^ernando en el Capí- 
tulo, y obligó á dicha asamblea á elegirle Gran Maestre. Ep 
1494 d Gran Maestre de Alcántara renunció el cargo en el 
mismo rey Fernando, siendo nombrado, en cambio, Arzobispo 
de Sevilla. Al morir el Gran Maestre de Santiago se hizo elegir 
el Rey para el cargo, y poco después dictó Isabel un decreto 
declarando el Maestrazgo de las Órdenes militares anexo para 
siempre a la Corona real, con lo que acumuló rentas princi- 
pescas, sugf«nió el peligro de sublevaGioués y turbulencias, é 

- 397 - 



Rizo volver á su Corona todas las tierras, beneficios, castillos, 
aldeas, etc., con que la piedad y el espíritu caballeresco y gue- 
rrero había dotado durante siglos á las poderosas Órdenes (1). 
8. -Una vez pacificado el reino y consolidado el trono pu- 
dieron los Reyes Católicos dedicar todas sus energías á la 
anhelada obra de la Conquista de Granada, último baluarte 

de la domina- 
ción mahometa- 
na en España. 
Hacía largo 
tiempo qué los 
reyes de Casti- 
lla y Aragón no 
hacían progre- 
sos notables en 
la antigua y pa- 
triótica empresa 
de reconquistar 
el país ocupado^ 
por los moros. 
Las fronteras 
musulmanas eran casi las mismas que las definidas siglos antes, 
por el rey Fernando el Santo. Los moros se habían acostum- 
brado á despreciar al cristiano, y aprovechando las debilida- 
des de los monarcas, y el turbulento estado de Castilla, pe- 
netraban á menudo en sus términos, llevándolo todo á fuego 
y sangre. Los Reyes Católicos decidieron terminar de una vez 
por todas una guerra que duraba ya setecientos años. 

Difícil se presentaba la empresa, pero el espíritu de Isabel 
infundió en todos el fuego sagrado del amor á la gloria: orga- 
nizó ejércitos, formó planes de campaña, y reunió, con firme 
y decidida constancia, poderosos aprestos bélicos. 

Granada, la ciudad querida délos moros, centro y principal 




Fig. 346. -Toledo. San Juan de los Reyes. 



(1) Vse. Lafuente. Op. cit. Lib. IV. Cap. X. Altamira. Op. cit. II, pág. 9, 403, etc. 
Cheyney. Op. cit. pág. 92 y sig. Prescott. Op. cit. Cap. IX. Cortes de los Antiguos 
Reinos. IV, 191-192 Maríejol. Op. cit. 63 y sigtes Ñervo. Op cit. 78 y sig. etc , evc 



- 398 



asiento de su dominio, fué áffiada i^or Isabel y Fernando y á 
pesar del rigor de la estación, del fuego que abrasó el campa- 
mento cristiano, y del valiente furor de los defensores agare- 
nbs, Granada se rindió y en las torres de su Alhambm se 
enarb oló el pendón de Castilla, cesando para siempre en Es- 
paña la dominación mahometana (1). / 

9. -Era mi posible que monarcas tan /revisores y políticos judaizantes y cou- 
como Isabel y Fernando dejasen de afrontar, según su criterio, versos. 
las cuestiones religiosas que agitaban la Es]3aña del siglo xv. 
Según las ideas de la época todo elemento racial ajeno al es- 
pañol y todo elemento heterodoxo, debían desaparecer. Junto 
á la población cristiana no podía vivir otra de religión distinta 
sin grave peligro para la primera. 

Los judíos españoles, famosos como médicos, astrólogos; 
matemáticos, y en especial como mercaderes y prestamistas, 
fueron siempre odiados por el pueblo, y la protección que les 
dispensaron los nobles, y hasta las leyes mismas, no pudo li- 
brarles de continuas persecuciones y violencias. En los siglos 
medios, y en especial después de las terribles matanzas de Se- 
villa, Córdoba, etc. (1391), abjuraron muchos sinceramente ó 
por conveniencia su fé judaica, aceptando el bautismo y ha- 
ciéndose cristianos nuevos, marranos (de maranátha-anatema 
sobre tí) ó conversos. 

Dotados de excepcionales talentos llegaron algunos á eleva- 
dos destinos. Fuese, sin embargo, por sus exacciones como 
usureros y almojarifes (recaudadores de impuestos), por creer- 
se (no sin razones) que seguían menospreciando á la Iglesia, 
y practicando en secreto sus antiguos ritos, ó por sospecharse 
que se entregaban á brujerías ó artificios mágicos para des- 
truir á los cristianos viejos, la enemistad contra ellos perduró, 
y la opinión pública, confundiendo á todos los conversos en 
el mismo recelo, les persiguió sin distingos, equivocándose 



(1) Hurtado de Mendoza. Guerra de Granada (B." Clás." ), pág. 14 y sigtes. Nervo' 
Op. cit. pág. 105 á 177. Prescott. Op. cit. pág. 203 á 251. Lafuente. Op, cit. IV, pági- 
nas 276 á 304, etc., etc. 



399 - 



1..^ 



muchas veces y Vejando sin causa á personas de acendradas 
creencias. 

Por otra parte, los naturales anhelos de proselitismo de los 
no convertidos, la indiscutible influencia del panteísmo filosófi- 
co y déla m^a/íz (supersticiones, brujerías, prácticas vedadas, etc.) 
israelita sobre muchos espíritus, y las frecuentes alianzas de 
familias judías con las cristianas de rancio abolengo, debilita- 
ron la fé de muchos católicos, que practicaron en secreto los 
ritos y cultos hebreos, y fueron íkdliácíds á^ judaizantes (1). 
la laquisicioB. 10. -En 1477, hallándose los reyes en Sevilla, el predicador 
dominico Fr. Alonso deOjeda hizo públicos cargos contra estos. 



4;^ 



Fig. 347. -Espada del siglo XV. 

Isabel y Fernando, en vista de tales denuncias, y para evitar 
mayores males, pidieron y consiguieron del Papa Sixto IV 
(1478) una bula que les autorizó expresamente á elegir in- 
quisidores para sus reinos, con todo el poderío, jurisdicción y 
autoridad de los jueces eclesiásticos ordinarios. Con estos ca- 
racteres de especialidad y dependencia del poder civil comenzó 
á funcionar en Sevilla (1480) el Tribunal de la Inquisición ó 
Santo Oficio, que adoptó, desde luego, las penas y procedi- 
mientos establecidos por las prácticas tradicionales y por el 
«Directorium» de Fr. Nicolás Eymerich, inquisidor general de 
Aragón (siglo xiv) que defendía el uso del tormento. El 6 de 
Febrero de 1481 se celebró el primer Auto de fé, y á diez y 
seis de súfreos se les aplicó la f^ehá de la Hoguera. Multitud 
de conversos de Sevilla huyeron temerosos de seF acusados. 
En un solo auto de la Inquisición de Toledo (Marzo 1487), fi- 

(1) Altamira. Op. cit, Vol. II, pág. 23-27-140-162-421-426, etc. Lafuente. Op. cit. 
Lib. IV, pág. 240-267 y sig. Menéndez y Pelayo. Heterodoxos Esp.'»^ I, pág. 569 y 
sigtes, Mariejol. Op. cit. pág. 44 y sig. Rodrigo. Hist. Inquisición, I, p, 332 y sig.. 
II, pág. 37 y sig. Lea. Hist. of the Inquisition of Spain, I, pág. 81 y sig. y sus notas 
y referencias. Amador de los Ríos. Los Judíos de España y Portugal, I, pág. 150 y sig, 
11, p. 260 y sig., etc., etc. 

- 400 - 



guraron 1.200 reos, y en otro del año anterior (Agosto 16, 1486) 
fueron declarados relaxas y condenados á la hoguero 25, al- 
gunos de ellos de verdadero viso. El celo de Ioq Inquisidores fué 
excesivo. Diferentes Breves del Papa Sixto IV 
(29 Enero 1482, 23 Febrero y 2 de Agosto 
1483), aluden á sus extralimitaciones, y ha- 
blan de "víctimas inocentes,,. Ale- 
jandro VI censuró al inquisidor 
Torquemada, trató, de que fuera 
depuesto, y ámpáfó á niuchos-j^ro- 
cesados españoles que á si; Santa 
Sede recurrieron (1). 




1 1. - Pero la autoridad 
de la Inquisición se ex- 
tendía solamente á los 
bautizados, y por tanto 
los judíos que seguían 
siéndolo no estaban suje- 
tos á su jurisdicción. Los 
mencionados judíos, que 
odiaban como apóstatas á 
los conversos (meschuna- 
d¿mJ,vtÍ2Ln con placer sus 

sufrimientos, juzgándose libres de la persecución del Santo 
Oficio, mientras permanecieran fieles á la ley Mosaica. Los In- 
quisidores, por otra parte, no podían sufrir con paciencia que 
los numerosos judíos del reino practicaran á la luz del día 
sus cultos protegidos por, las leyes y exemplos, (salvo casos 
de proselitismo, néctiicef/á; etc.), de su autoridad. Abogaron, 
pues, por la conversión foxzosa de los referidos judíos ó por 
su expulsión del territorio. 

Los Reyes Católicos dudaron mucho antes de resolver, pero 



Fig. 348. - Catedral de Burgos. 



(1) Altamira. Op. cit., pág. Q2-421-461 y sig. Lafuente. Loe. cit, Cheyney. Op. 
cit., pág. 96 y sig. Rodrigo. Op. cit. Vol. H. Cap XVI y sigtes , sus Apéndices y re- 
ferencias. Lea. Op. cit. I. Cap. IV-V con sus notas y numerosas referencias. Cambrid- 
ge Modera History. Vol. I, Cap. IX, pág. 347 y sig. Schimarcher, Geschichte von 
Spanien. Vol. III, (1492-1516), pág 34 y sig. Ñervo. Op. cit., pág. 79 y sig. etc., etc. 



Expulsíoa 
tfelos Judíos. 



401 - 



26 



excitada su indignación con el célebre proceso al judío Mosé 
Franco y sus compañeros por el asesinato verdadero ó forjado 
del Niño de la Guardia (1), antepusieron en su ánimo el inte- 
rés espiritual de sus subditos al material, y, siguiendo el ejem- 
plo de otras naciones (2), dictaron (1492) un célebre edicto 
expulsando de los dominios españoles á todos los judíos que 

no quisieron bauti- 
zarse. El año mis- 
mo que vio la toma 
de Granada y el 
descubrimiento de 
América presenció 
el destierro de cien 
mil judíos españo- 
les, y el bautismo 
forzoso de cincuen- 
ta mil más, que pre- 
firieron permane- 
cer en sus hoyare?. 
Así se inició en Es- 
paña la política de intransigencia que tan fune stas resultados 
había de dar más tarde, y así resolvieron los Reyes Católicos la 
cuestión judía, y cimentaron en sus dominios la unidad reli- 
giosa y social (3). 




Fig. 349. 



.levando al suplicio á un condenado 
(Estampa de la época). 



(1) El proceso á que me refiero fué conocido con el nombre del Santo Niño de la 
Guardia, por el martirio que algunos judíos y conversos hicieron sufrir, según resulta 
de sus confesiones, á un niño de pocos años en quien escarnecieron la pasión y muerte 
de Jesús. Como el proceso en cuestión parece adolecer de ciertos vicios, y no existen 
ó no se conocen otras pruebas del crimen que las relacionadas en él, ha sido negado 
el hecho por algunos investigadores modernos. Véase sobreesté punto Lea. Reí. Hist. 
of Spain, pág. 437 y sig.ysus notas y referencias. P. /vV/^/ /vVa.Vol. IX y XI (Julio, Sep. 
1887). Real Ac. de la Historia. Martínez Moreno. Hist. del martirio del Santo Niño de 
la Guardia, pág. 12 y sig. (Madrid 1866). Altamira. Op. cit. II, pág. 425 y sig. etc., etc. 

(2) Los judíos fueron expulsados de Sajonia en 1432, de .Mayence en 1438, de In- 
glaterra en 1290, de Augsburgo en 1439, etc., etc. Vse. Lea. Reí. Hist. of Spain pág. 438. 
Janssen. Qcschichte des deutschen Volkes, I, pág. 403 y sig., etc. 

(3) Vse. Altamira. Op. cit. II pág. 417 y sig. y sus referencias. Lea. Hist. of the 
Inquisition of Spain, I, Cap. III y sus notas y referencias. Cheyney. Op. cit. pág. 98 
y sig. Bernáldez, Hist. de los Reyes Católicos, Cap. XLIV y sig., etc., etc. 



402 




Fig. 350. -Moneda de los Reyes Católicos. 



12. - Faltaba solucionar el problema de los musulmanes, más 
numerosos, útiles y vinculados á la sociedad española del si- 
gloxvquelos judíos mismos. 
En la Edad Media la po- 
blación de las ciudades mu- 
sulmanas que se rendía á los 
cristianos, era protegida por 
lasleyes. Salvo los prisioneros 
de guerra que se tenían por 
esclavos, los demás habitan- 
tes de dichas ciudades con- 
quistadas llamadas Mudeja- 
res conservaban sus propie- 
dades y su fé. Prácticamente, 
casi toda la población rural 
del reino de Valencia, Sur de 
Castilla, etc., era Mudejar. 
La conquista de Granada sometió á sus habitantes á los Re- 
yes Católicos. Eran los mo- 
ros granadinos hábiles, tra- 
bajadores é industriosos, y su 
agricultura, ciencia, artes é 
industrias estaban adelanta- 
dísimas. Los vencedores de 
Granada garantizaron las vi- 
das, haciendas y religión de 
los vencidos, pero los entu- 
siasmos religiosos y antipa- 
tías raciales de la época, exi- 
gieron bien pronto el destie- 
rro de los mahometanos, ó 
su bautismo. Talavera trató 
primero con ardiente celo de 
convertirlos individual- 
mente; pero la suavidad y lentitud de tales procedimientos 
impacientaron á los intolerantes que urgieron á los Reyes 



Mudqares 
y moriscos. 




Fig. 351. -Moneda de los Reyes Católicos. 



- 403 



Conclusiones 
generales. 



para que tomaran una medida radical. Prevaleció esta última 
política, y por el edicto de 1502 se expulsó á los Mudejares á^ 
los dominios castellanos. Muchos emigraron al África, otroá 
quedaron en España, renunciaron al Koran, aceptando el bau- 
tismo y se sometieron 
á la autoridad de la 
Inquisición (1). Los 
así bautizados se co- 
nocieron con el nom- 
bre de Moriscos. 

13. -No correspon- 
de á nuestro estudio 
el discutir con ampli- 
tud las causas y con- 
secuencias para Espa- 
ña de la expulsión de 
judíos y moriscos, ni 
mucho menos investi- 
gar la obra de la Inquisición Española, apasionadamente de- 
fendida ó atacada por sus partidarios ó sus enemigos. 

Debemos juzgar estos hechos con serenidad de espíritu, y 
no olvidarnos que los grandes principios de libertad é igual- 
dad, escritos hoy en nuestros Códigos Fundamentales, eran en 
absoluto ajenos á la mentalidad del siglo xv. Si el éxodo ju- 
daico fué doloroso y cruel; si la emigración de los mudejares 
privó á España de útilísimos subditos, empobreciéndola y ani- 
quilando su industria; si la Inquisición, al convertirse en ins- 
trumento político, cometió abusos é incurrió en crueldades, 
culpa no fué, sin duda, de Isabel la Católica, cuya buena fe 
no han puesto en duda ni los más encarnizados adversarios de 
su política, y que no tuvo otros motivos para obrar como obró, 
que su afán ardiente de mantener en sus dominios la pureza 




Fig. 352. 

Capacete del siglo xv. 

(Armería Real). 



(\) Lafuente. Op. cit. II. Lib. IV. Cap. VII-XIV, etc. y sus notas. Altamim. Op. 
cit. II, pág. 412 y sig. y sus referencias. Lea. Hist. of the Ing. in Spain, pág. 59 y 
sigtes. y sus notas. Id. The Moriscos of Spain, pág. 22 y sigtes., etc., etc. 



- 404 - 



de la fe cristiana y de evitar los irremediables conflictos que en 
épocas de incultura y fanatismo religioso ocasionan fatalmente 
las diferencias de religión y raza. 

No puede dudarse, además, que si hubiera persistido en Es- 
paña aquel estado de anarquía religiosa, dolorosas incertidum- 
bres, sangrientas represalias y continuos tumultos, mal hubie- 
ran podido los Re- 
yes dedicar al des- 
cubrimiento Co- 
lombino sus entu- 
siastas energías. La 
política absolutista 
y centralizadora 
iniciada por los Re- 
yes Católicos, tuvo 
siglos después con- 
secuencias funestas 
para España, pero 
favoreció la Coloni- 
zación y hasta la Independencia del Continente Americano. 
Por otra parte, la atención prestada por Isabel y Fernan- 
do á esta luctuosa parte de su política, no les impidió dedicar- 
se á regularizar los demás asuntos del Reino. Aumentaron los 
tribunales de Justicia, hicieron modificar en las Cortes de Ma- 
drigal y Toro la laberíntica jurisprudencia de la Edad Media, 
favorecieron el comercio y las artes mecánicas, elevaron el cré- 
dito público y llegaron por fin á hacer de la España anárquica 
y empobrecida que recibieron de Enrique IV, no sólo la nación 
más respetada y poderosa del siglo xv, sino la única capaz 
física y espiritualmente de emprender y realizar en menos de 
un siglo el descubrimiento, conquista y colonización de la^ 
Indias. 




Fig. 353. - España en el siglo xv. 



405 



^1^— "— }^^^-^"- 




CUESTIONARIO 



1 .- ¿Quiénes fueron los Reyes Católicos? 

2. - ¿Qué importancia histórica tiene Isabel de Castilla? 

3.- ¿En qué estado dejó el reino el monarca Enrique IV? 

4. ¿Qué medidas tomó Isabel para pacificarlo? 

5. - ¿Qué fué la Santa Hermandad? 

6.- ¿Cómo estaba organizada y cuáles fueron sus funciones? 

7. - ¿Cómo organizó Isabel de Castilla sus Consejos? 

8. - ¿Qué nuevo elemento introdujo en ellos? 

9. ~ ¿Qué funciones desempeñaban los Corregidores? 

10. -¿Qué resultado tuvo el nombramiento de estos Correg 
dores? 

11. —¿En qué estado se encontraba la Hacienda Española al 
ascender al trono los Reyes Católicos? 

12.- ¿Qué medidas tomaron para reconstituirla? 

13. -¿Qué importancia tenían en España las Ordenes Mili- 
tares? 

14.- ¿Qué hicieron los Reyes para reducirlas? 

1 5.- ¿Qué territorios españoles ocupaban los musulmanes en 
el siglo XV? 

16. - ¿Qué importancia tuvo la Conquista de Granada para la 
Unidad Nacional Española? 

17.- ¿Qué se entendía en España por judaizantes? 

18. - ¿Eran odiados por el pueblo los judíos;^ conversos? 

- 406 - 



19. -¿Cómo se instituyó la Inquisición ó Santo Oficio, y cómo 

empezó á actuar? 
20 - ¿Fué excesivo el celo de los Inquisidores? 

21. — ¿Quiénes eran los mudejares y qué importancia industrial 

tenían en la España del siglo XV? 

22. - ¿Cómo debemos juzgar la obra religiosa de los Reyes Ca- 

tólicos? 

23. - ¿Qué resultados tuvo en siglos posteriores para España? 

24. -¿Benefició la colonización del Continente Americano? 




- 407 



REFERENCIAS 



Generales. -Además de las mencionadas en el capítulo 
anterior: Lafuente, Historia de España, lib. III, IV. Altamira, 
Hist. de España, vol. II. Maríejol, L'Espagne sous Ferdinand 
et Isabelle, París, 1892. Cánovas del Castillo ^ Historia general 
de España, etc., etc. 

Especiales.— Z^fl, A. History of the Inquisition of Spain, 
vol. I. Id., The Moriscos in Spain, etc. Id, Chapters of the Re- 
ligious History of Spain, etc. /. M. Antequera, Hist. de la Le- 
gislación Española (1874). Hinojosa, Historia del origen del 
régimen municipal en León y Castilla. Clemencín, Elogio de 
la Reina Católica (Mem. Real Acad. de la Historia, t. VI). Boisso- 
nade, Historia de la reunión de la Navarre á la Castille, etc., 
(1479-1531), París, 1893. Egiiilaz, Reseña hist. de laConq. del 
Reino de Granada por los Reyes Católicos, según los cronistas 
árabes (Granada, 1894). M.Jiménez de la Espada. La Guerra 
del Moro en el siglo xv. (Bol. Ac. Hist. XXV). Hurtado de 
Mendoza, Guerra de Granada (Ed. Bca. Clásica). Fidel Fita, 
S. J. La Inquisición anormal planteada en Sevilla, etc., (Bol. 
Ac. Hist.). Paz y Melia, Cuadros ó Narraciones de la Sociedad 
Española del siglo xv, etc., (Madrid, 1878). Rodrigo, Verdade- 
ra Hist. de la Inquisición (3 vols.) Amador de los Ríos, Los 
Judíos de España y Portugal, (3 vols. 1875-1876). W. Mauren- 
brecher, Spanien unter den Katholischen Konigen, etc., (1857). 
Danvila y Collado, El Poder Civil en España (6 vols. 1885- 

- 408 - 



1887). Clarke en Cambrigde Modern. Hist. I, cap. XI. Hefele, 
El Cardenal Jiménez de Cisneros y la Iglesia Española á fines 
del siglo XV, etc. (Barcelona, 1869), etc. 

Fuentes. - Colección de Documentos Inéditos para la Hist. 
de España, en especial, vol. I, III, VI, XIII, XIX, XXIV, XXVIIl, 
XXIX y LI. Cortes de los Antiguos Reinos de León y Castilla 
(Ac. de la Hist, 4 vols., 1861-1864), en especial vol. IV. Ber- 
naldez, Historia de los Reyes Católicos (Ed. 1878). Pulgar, 
Crónica de los Reyes Católicos (Ed. Valencia, 1780). Pctri 
Martyris Anglerii (1488-1526), Opus Epistolarum (Amster- 
dam, 1670. Alberi, Relazioni degli Ambasciatori Veneti, 1.^ se- 
rie, vol. I, III (1839-1853). K. v. Hoefler, Despeschen des Ve- 
netianischen Bolschafters, etc. (Viena. 1884). Rodríguez Villa, 
Bosquejo Biog. de la Reina Doña Juana (Madrid, 1874) y los 
documentos de la Época en los Archivos del Vaticano (Roma), 
Indias (Sevilla), Simancas, etc. 

Bibliografías. - ¿av/5s^ j Rambaud, Hist. General, vol. 
ÍV, pág. 373-74. Potts Cheyney, Europ. Background Am. Hist., 
pág. 323-24. Altamira, Hist. de España, vol. IV (Guía Biblio- 
gráfica), pág. 500 á 505 y las notas y referencias de las obras 
citadas de Lafuente, Lea, Mariejol, etc., etc. 




409 




Cristóbal Colón, tomado del busto de la Galería Capitolina (Roma). 



TÍTULO II 
El Descubrimiento. 

CAPÍTULO I 

CRISTÓBAL COLÓN (1446-1494) 

. Juventud del descubridor de América. - 2. Lecturas. - 3. PortugaL -4. Colón y Tos- 
canelli. - 5. Don Juan II. - 6. Colón en España. - 7. Juntas de Córdoba y Salamanca. - 
3. Las Capitulaciones. -9. Preparativos. — 10. El Primer viaje. — 11. Exploraciones.— 
12. Regreso á España. - 13. La Bula de Alejandro VI y el Tratado de Tordesillas. 

l.-Poco se sabe de cierto sobre la juventud del Descubrí- Juventid 



dor de América. Aunque aficionadísimo á escribir cartas, me- 
morias, diarios de navegación, etc., en ninguno de los docu- 
mentos que legó á la historia hace mención de la fecha de su 
nacimiento. Su hijo Don Fernando y su amigo Fray Bartolomé 
de las Casas, tampoco aportan en sus libros datos suficientes 
para reconstruir una relación ordenada y auténtica de la juven- 
tud Colombina. Los triunfadores de hoy se deleitan á veces 
en recordar su humilde origen. Colón, por el contrario, parece 
esforzarse en arrojar un velo sobre su nacimiento y familia, 
afanoso de atribuirse ascendencia ilustre. Su hijo Fernando, 
con muy buen sentido, se contenta con la gloria de su padre 
y prescinde de tales sutilezas (1). Es, sin embargo, opinión 
generalmente aceptada y comprobada, que Cristóbal Colón na- 
ció en Genova alrededor del año 1446. No puede afirmarse 
con certeza, como hacen muchos de sus biógrafos, que hiciera 
estudios en la Universidad de Pavía, pero cierto es que, siendo 



del Descubridor, 



(1) Vse. Sophns Ruge, Columbus (1902), cap. I (Der Romandes JugendIebens). 
Fernando Colón, Hist. del Almirante, etc. (Ed. Madrid 1892), cap. I, pág. 3 y sigtes. 
Las Casas, Hist. de las Indias, I, 42-43. Asensio. Cristóbal Colón, lib. I, cap. I, pá- 
gina 4 y sig., etc. 

- 41J - 



todavía muy joven, no sólo dominaba el arte de la navegación, 
sino que conocía á fondo el latín, en cuya lengua escribían ge 
neralmente los cosmógrafos y filósofos de la época. 
ittí»t9s, 2. -Entre las obras que más leyó, estudió y comentó, esta- 

ban la "Historia General,, y "Geografía,; de Eneas Sylvius (lue- 

_.^ go Pío II), la entonces célebre 

«¡mago Mundh de Pierre d'Ailly 
(siglo XV) y sobre todo los ya cita- 
dos viajes de Marco Polo (1). 

Colón anotaba estas obras con 
observaciones marginales, que han 
llegado hasta nosotros, y revelan 
en el cuidadoso anotador gran cu- 
riosidad por el Oriente, y justo cri- 
terio crítico para rectificar con su 
propio saber y experiencia los 
errores geográficos, etc., de los au- 
tores mencionados. Por ejemplo, 
de las afirmaciones de Pierre d'Ai- 
lly, fíjase principalmente Colón en 
la cita Aristotélica, aducida por el 
autor para afirmar que "entre el 
término de España y el principio 
de la India el mar era pequeño 
y navegable en pocos días,,. Entre 
las palabras Bíblicas llaman pode- 
rosamente su atención las del profeta Esdras (2) sobre la con- 
formación de la tierra (1/7 mar -6/7 tierra). Reunía también el 
estudioso marino cuantas observaciones hacía ó le comunicaban 
sobre la existencia de tierras más allá de las Azores y Canarias. 




Fíg. 354. -Monumento de Cristóbal 
Colón en Granada. 



(1) Eneas Silvius, Historia Rerum Ubique Gestarum (Venice, 1477). Ailly, Imag© 
Mundi (Impresa entre 1480 y 1484). Los viajes de Marco Polo que pudo ver Colón, 
fueron los de la edición de Aniberes, 1485 (?). Vse. Lollis, Vita di Colombo, pág. 63 y 
sigtes. Thacher, Colunibus III, pág. 462 y sig , etc. 

(2) Vse. Raccolta Colombiana, Pte. I, vol. II, pág. 291. Id., pte. II, vol. II. Nota 
marg. núm. 10, etc. Asensio, op. cit., lib. I, cap. II, pág. 24 y sig. Gaylord Bonrne, 
Spain in America, pág. 10 y sigtes., etc., etc. 



412 - 



jlaleiicra dcllifokchcha irouato nuouamentcil Re difpagna- 



pl^lg^ggg^Xgg^^M-^í^^KJaM 



3. - La mayor parte de estos trabajos preparativos los hizo Portugíí. 
Colón en Portugal donde fijó su residencia (1470 ó 71 á 1484) 
después de haber navegado veintitrés años. (< Yo he andado 
veintitrés años en la mar sin salir della>). 

No es probable que en Portugal fuesen muy abundantes los 
recursos del futuro Almirante, y posiblemente vivió trazando 
cartas geográficas 
que dibujaba pri- 
morosamente.Casó 
allí (1474 á 1475) 
con Doña Felipa 
Mogniz Pelestrello, 
hija de un célebre 
navegante Genovés 
•al servicio del Prín- 
cipe Enrique, y si- 
guió con ahinco 
sus estudios geo- 
gráficos. 

Los años poste- 
riores á este matri- 
monio forman en 
la historia Colom- 
bina un período 
importantísimo, 
pues si su pensa- 
miento de navegar la parte desconocida de los mares que se 
extienden entre Europa y las Indias, y conocer en toda su ex- 
tensión la redondez de la tierra, había nacido en su alta inteli- 
gencia mucho tiempo antes, es indiscutible que en Lisboa ad- 
quirió tal pensamiento mayores proporciones y se convirtió 
en proyecto formal, práctico y demostrable (1). 

4. - Por tal lo reputó el sabio físico Florentino Pablo Tos- Colón y Toscaael», 
canelli, á quien Colón consultó sus planes, exponiéndole con 




Fig. 355. 



El desembarque de Colón en América. 
(Grabado de 1493). 



(1) Asensio, op. cit., cap. III, pág. 43 y sig. Winsor, Christopher Columbus, 
; referencias, etc. 



(i) Jisensio, op. cu., cap. ui, pag. 4J 
VI, pág. 1C2 y sig. y sus referencias, etc. 



cap. 



- 413 - 



mküi H. 



TttAMONTANA 



toda claridad las dudas que aún abrigaba sobre la viabilidad 
de su empresa. Toscanelli remitió á Colón, como contestación 
de su consulta, una carta que había escrito (1474) al Canónigo 
de Lisboa Fernán Martínez, amigo y familiar de Don Juan II, 
sobre lo posible y fácil que en su sentir era encontrar el país 
de las especíaSy siguiendo el derrotero que Colón indicaba. 

Volvió Colón á escri- 
bir á Toscanelli reci- 
biendo nueva res- 
puesta, con un mapa 
aclaratorio, en la que 
le daba mayores se- 
guridades aún que 
en la primera estinm- 
lándole á emprender 
cuanto antes el viaje. 
Aunque la autentici- 

Fig. 356. -Isla Española (1534). j j j j. 

^ K V / ^^^ ^g gg|.^ corres- 

pondencia ha sido puesta en duda por algunos historiadores, 
la opinión general acepta su existencia y no cabe duda que, 
si bien no dio á Colón sobre el Oriente y el Océano Atlántico, 
más datos que los que ya tenía en las obras de Allly y Marco 
Polo (1), fortaleció y definió sus convicciones geográficas. 

5.- Animado Colón por estas cartas de Toscanelli, y habien- 
do reunido mayor caudal de observaciones en los viajes que 
en servicio de Portugal hizo á los mares del Norte (1477) y á 
las Costa de Guinea (1482), decidió presentar su proyecto al 
rey Don Juan II, y solicitar su apoyo para ponerlo en práctica. 
Oyó el Monarca al genial navegante y refirióle al Obispo de 
Ceuta D. Diego de Ortlz, y á los médicos Maestre Rodrigo y 
Maestre Joseph (Judío este último) reputados como los más 
sabios cosmógrafos del Reino. No informaron bien tan califi- 




(1) Vse. Gailor fíourne, op, cit., pág. 12 y sig. Asensio, op. cit., cap. IV, pág. 65 
y sig. Winsor, Columbus, pág. 107 y sig. Fiske, Discovery, I, pág. 349 y sig. Vignand, 
Toscanelli and Columbus, pág. 5 y sigtes. Fernando Colón, Hist. del Almirante (Ed. 
citada), pág. 34-38, etc., etc. 



414 - 




cados sujetos, antes bien, rechazaron como irrealizable el pro- 
yecto, tachando á su autor de presuntuoso y visionario. El 
Consejo Supremo, convocado por el Monarca, tampoco fué fa- 
vorable á Colón. El rey, sin embargo, no pareció darse por 
convencido. Con cautela, é inquiriendo cada día más de Colón 
por intermedio del mismo Obispo Diego de Ortiz, determinó 
aparejar, prescindiendo del genial solicitante, una carabela y 
enviarla al Océano con el rumbo por éste indicado. Después 
de navegar muchos días y le- 
guas sin hallar nada y padecer 
terribles tormentas, volvieron 
á Portugal los tripulantes de la 
referida carabela maldiciendo 
del viaje y de los proyectos del 
genovés Colón. Desengañado 
éste de Portugal y su rey, envió 
á Inglaterra á su hermano Bar- 
tolomé para que sometiera la idea á Enrique VI f, y determinó 
él mismo solicitar el apoyo de la Francia (1). 

6. — Pero ninguna de éstas naciones debía de llevar á cabo el Colón en Esjiana. 
descubrimiento de América. Antes de emprender Colón su 
viaje á París, dirigióse á la Ciudad española de Huelva, para 
dejar allí á su hijo D. Diego, con la familia de su tía materna. 
A su paso por la villa de Palos, albergóse en el Convento déla 
Rábida, y trabando plática con su Prior Fray Juan Pérez, ex- 
púsole sus proyectos de llegar por el Occidente hasta las Indias, 
sus visicitudes en Portugal y su intención de acudir á Francia. 
Entusiasmado Fray Juan Pérez con la idea, instó á Colón para 
que desistiese de su viaje á Francia y solicitase el apoyo de los 
Reyes Católicos. Accedió el ilustre marino y á principios del 
1486, apoyado por el referido Prior de la Rábida y sus influ- 
yentes amigos los Duques de Medina Celi,y Medina Sidonia, 



Fig. 357. -Isla de Cuba (Helps). 



(2) Barros, Da Asia, lee. I, lib. III, cap. IX y sig. Lollis, op. cit., pág. 65 y sig. 
Asensio, op. cit., cap. IV, pág. 66 y sig. y referencias. Bourne, op. cit., pág. 15 y sig. 
y sus notas. Winsor, op. cit., cap. VI, VH, pág. 102 á 148 y sus notas, etc., etc, 

- 415 - 



I 




propuso por primera vez á los Reyes, sus ideas y designios (1), 
Juntas de Cérdoba 7. — Sometieron los Monarcas el asunto á personas peritas, 
y Saiamaica. p^j-^ qyg presididas por Fray Fernando de Talavcm, exami- 
naran las proposiciones de Colón. Reunióse un^ Junta eií 
Córdoba, ante la cual, parece que Colón rece- 
loso de lo ocurrido en Portugal, se limitó á dar 
explicaciones superficiales. Fuese por ésta ó por 
otras razones, el caso fué, que la referida /tt/?^a 
de Córdoba, reputó irrealizable lo que el Ge- 
novés proyectaba. La Reina, sin embargo, fuese 
expontáneamente, ó urgida por Fray Diego de 
Deza, Fray Antonio de Marchena, Qaintanilía, 
Cabrero y demás protectores de Colón, no des- 
ahució por completo al futuro Almirante. El' 
mismo Fray Diego de Deza promovió en 1487, 
nuevas Juntas para reconsiderar los proyectos 
Colombinos. Formaron parte de tales Juntas, los más cons- 
picuos miembros del claustro Salmantino y reuniéronse en Sa- 
lamanca, parte en el Convento de San Este- 
ban^ parte en la granja de Valcuevo. Parece 
indudable que Colón fué más explícito en 
QSÍ2LS Juntas que en las de Córdoba, pues 
aceptaron sus proyectos aconsejando á los 
Reyes Católicos que proporcionaran al Ge- 
novés los recursos necesarios parael viaje(2). 
El Cantrato. 8. - Transcurrieron cinco años más de pa- 
ciente espera por parte de Colón, hasta que 
al fin, después de realizada la Conquista 
de Granada y á pesar de las vacilaciones de Fernando el 
Católico, que temía disgustar á sus nobles otorgando al Geno- 



Fig. 358. 
Armas de Cristó- 
bal Colón. 




Fig. 359. - Medalla 
de Alejandro VI. 



(1) Fernando Colón, op. cít., cap. VIII-IX. Las Casas, Hist. de las Indias, II, 
78-79. Oviedo, Mist. Gen. I, 19 y sigtes. Harrise, Christophe Colomb., II, 193-194. 
Asensío, op. cit., cap. V, pág. 80 y sig. Winsor, op. cit., pág, 149 y sig. etc., etc. 

(2) Bourne, Op. cit , 17 y sig. Fernando Colón, Op. cit. cap. XI y XII. Asensio, 
Op. cit., pág. 90 á 160 (vol. I). Winsor, Op. cit., pág. 160 y sigtes. Lollis, Op. cit., 
104 y sig. Navarrete, Colección de los viajes, etc., II, 9 y sig. etc., etc. 



416 - 



vés las prerrogativas que solicitaba, mandó llamar al tenaz ma- 
rino cuando se preparaba ya éste á abandonar la corte española, 
y ofreciendo sus propias joyas para costear la expedición, deci- 
dió al tesorero Santangel, á adelantar fondos y firmó con su es- 
posa las célebres ca- 
pitulaciones entre la 
Corona Española y 
Colón, por las cuales 
se nomxbraba al ma- 
rino genovés y á sus 
sucesores, Almirante 
de las tierras que des- 
cubriera, Virrey y Go- 
bernador de las mis- 
mas, y se le daba entre 
otras mercedes, el 
diezmo de los produc- 
tos de las referidas tie- 
rras. El constante ge- 
novés regresó gozoso 
al Convento de la Rá- 
bida. Su fé y su tena- 
cidad, habían triunfa- 
do de toda clase de 
obstáculos (1). 

9. - Dedicóse en se- 
guida con febril actividad á adquirir y equipar las tres naves 
de que debía constar la expedición y se asoció con los Pinzón, 
marinos tan hábiles como valientes, y de autoridad entre la 
gente de mar de aquella costa, sin cuya ayuda, y á pesar de las 
cédulas reales, le hubiera sido casi imposible reclutar hombres 
y obtener buques para su viaje de descubrimiento. 




Fig. 300. - Universidad de Salamanca. 



Preparativos. 



(1) Asensio. Op. cit., I, pág. 160 y sigtes. y sus notas y referencias. Fiske, Disco- 
very, I, pág. 404 y sig. Sobre el tesorero Santangel, el episodio de las joyas de la 
Reina, y en general la intervención de los Judíos en el Descubrimiento C:olombino. 
Vsc, Kayerling, Christoplicr Colunibus, pag. 10 á 85, y sus notas y referencias. 



417 



27 



£1 piimer viaje. 



Las dos carabelas, Pinta y Niña, fueron suministradas á la 
Corona por el pueblo de Palos; la Santa Alaría, perteneciente 
al piloto Vizcsiino Juan de la Cosa, fué probablemente fletada 
con el contingente voluntario que dieron los Pinzón. El 2 de 

Agosto de 1492, la es- 
cuadrilla estaba lista 
para hacerse á la mar 
provista de víveres 
para un año. La Santa 
María era la mayor de 
todas las carabelas 
(140 á 180 toneladas) 
y la única que tenía 
cubierta. Montábala el 
Almirante, llevaba en 
su palo mayor el es- 
tandarte de Castilla y 
en el trinquete la en- 
seña del Almirante 
(cruz verde sobre 
blanco). La Pinta lle- 
vaba por capitán á 
Martín Alonso Pinzón, y por piloto á su hermano Francisco. 
La Niña, que era la menor y más velera, iba mandada por 
Vicente Yáñez Pinzón. La tripulación total de las tres naves era 
aproximadamente de ciento veinte hombres (1). 

10. -El viernes 3 de Agosto de 1492, antes de salir el Sol, 
zarparon las carabelas Colombinas del puerto de Falos y toma- 
ron rumbo á las Canarias. El día 4, arreciando el viento, se 
rompió el timón de la Pinta; remedióse esta avería como se 
pudo, haciéndose en las Canarias otro nuevo. Se detuvieron 
unos días. En la madrugada del 6 de Septiembre salió el 




Fig. 361. -El Padre Marchena. 



(1) Navcirrete, Viajes. II. 12, 15, III. 578, etc. Boiirne, Op. cit., pág. 20 y sig. y 
sus referencias y notas. Asensio, Op. cit., pág. 179 á 268, con sus notas y documenta- 
ción. Winsor, Op. cit., pág. 1-45 y sig. Subre las Carabelas, su forma, etc., véase el es- 
tudio de MonUón (Centenario, I, 59) y Duro. Disquisiciones. Vol. I. 3.» 



418 



Almirante de la Gomera, proa al Oeste, bajando aígo hacia 
el Sur, para seguir la zona que Marco Polo llevó en su 
viaje terrestre hasta la China. Hacia el 13 de Septiembre, Colón, 
que era vigilantísimo, echó de ver que la aguja magnética se 
desviaba hacia el Oeste, dejando de señalar fijamente á la es- 
trella polar; los pilotos notaron algo después este fenómeno, 
que alarmó á los navegantes, y del que aún desconocemos en 




Fig. 362.— El Triunfo de Colón, bosquejado por el mismo. 

gran parte la causa. Colón los tranquilizó con la invención de 
una ingeniosa teoría, que al cabo tuvo él mismo por cierta. 
Muchos pájaros, hierbas, etc., que venían del Occidente, per- 
suadían á los navegantes de que la deseada tierra no podía 
distar mucho. En fin, á las dos de la madrugada del día 12 de 
Octubre (1492), un cañonazo de la Pinta dio la alegre nueva. 
El vigía Tríana fué el primero que vio la tierra del Nuevo 
Mundo (1). 

En la mañana del 12, Colón, ricamente vestido, y acompa- 
ñado de los Pinzón y oficiales reales, se dirigió á tierra á ban- 



(1) Vse. Relación del Primer viaje de Colón, etc., puesta sumariamente por Fray 
Bartolomé de las Casas, ( Bca. Clásica Vol. CLXíV). pág. 3 y sigtes. Fernando Colón, 
Op. cit., Cap. XV á XXIJI. Winsor, Op. cit., pág. 191 y sigtes. Asensio, Op. cit., Li- 
bro II. Cap. III, pág. 290 y sig., con sus notas y referencias, etc. ctc 

- 419 - 



^^m^iñ 



deras desplegadas. Al desembarcar, postróse reverente, y des- 
envainando la espada y levantando la bandera castellana, tomó 
posesión, en nombre de los Reyes Católicos, de la isla descu- 
bierta que llamó San Salvador ó Guanaliani, y creyó ser una 
de las del mar de la China, descritas por Marco Polo. (1). 
Exploraciones. 11.- El día 14 de Oclubre volvió Colón á levar anclas, y 
navegó durante diez días entre las islas del Archipiélago, lle- 
gando el día 28 á las costas de Cuba. La ''Pinta", sin órdenes 

del Almirante, se separó 
de la expedición en de- 
manda de las riquezas 
cuya existencia dedujo 
su comandante Pinzón 
de las señas de los in- 
dígenas de Guanahanl. 
Volvió naturalmente, sin 

rig. 363. - El Convento de la Rábida. ^^^{^ algUUO, y ColÓU, 

aunque dolorosamente impresionado por el hecho, supo dis- 
culpar la deserción de su segundo. La flotilla descubrió en 
seguida la isla de Haytl, que Colón llamó La Española. Nau- 
fragó allí la nao "Santa Marta", edificándose con sus despojos 
en la costa un pequeño fuerte, que se llamó «La Navidad», 
en el que dejó el Almirante reducida guarnición á las órdenes 
de Diego de Arana (2). 
Regrese á Espana. 12. -Con el resto de sus tripulantes, embarcados en «La 
Pinta» y «La Niña», emprendió Colón su regreso á España 
(Enere 4-1493). Experimentó en el viaje recias tempestades, 
pero pudo al fin llegar á las islas Azores. Hizo desde allí rum- 
bo á Lisboa, donde desembarcó, siendo recibido por los Mo- 
narcas portugueses. El día 13 de Marzo salió de Lisboa, y en- 



(I) Colón. Reí. citada (sumariada por Las Casas), pág. 5 á 25. Winsor, op. cit., 
pág. 191 y sig. y sus notas y referencias. Bounie, op. cit., pá^. 23 y sig. y sus notas. 
Asensio, op cit., 1, pág. 290 y sig., (cap. III-IV) Físke, Disco very, pág. 420 y sig., y 
sus notas, etc., etc. 

(2j Colón. Reí. citada, pág. 25 á 13j. Winsor, op cit , pág. 219 y sigtes., y sus re- 
feíencias. Fernando Colón, op. cit., cap. XXÍIl á XXXVII. Bourne, op. cit., pág. 24 
y sigtes. Asensio, op. cit., pág 336-379 y sus notas y referencias, etc., etc. 



420 - 



tro por último al Puerto de Palos, el 15, después de siete me- 
ses de ausencia. 

Fué recibido en el pequeño puerto con aclamaciones entu- 
siastas. Despachó un mensajero á Barcelona, donde se encon- 
traban los monarcas, y marchó á Sevilla á esperar sus órdenes. 
Pronto fué llamado á la Corte, y después de un viaje triunfal 
y precedido de los indí- 
genas que consigo trajo 
á España, compareció, col- 
mado de gloria, á presen- 
cia de los Reyes Católi- 
cos. Relató con vividos 
colores su viaje y descu- 
brimientos, y renovó sus 
antiguos votos de resca- 
tar de los infieles el se- 
pulcro de Cristo con el 
producto de sus empre- 
sas (1). 

13. — La noticia de la 
vuelta de Colón se exten- 
dió rápidamente. La Eu- 
ropa entera creyó que los 
países por él descubiertos 
eran los mismos que al- 
gunos años antes había descrito Marco Polo. Así lo creyó tam- 
bién el Almirante. Las regiones recién visitadas recibieron el 
nombre de Indias Occidentales, y sus habitantes de entonces 
el de Indios, que hasta hoy conservan. 

De aquí surgió una nueva dificultad. Años atrás, y como 
antes dijimos, el Papa había concedido á los Portugueses la 
propiedad de los países que descubrieran; pero como tal con- 
cesión, después del viaje Colombino podía lesionar los dere- 




Fig. 364.— Patio del Convento de San Esteban 
ae Salamanca. 



(1) Vse. Asensio, op. cit , 1, pág. 365 á 480, con sus notas, documentación y refe- 
rencias. Winsor, op. cit., pág. 235 á 25i. Fernando Colón, op. cit., 1, cap. XXXVllI 
á XLIV, etc., etc. 



421 



chos de la Corona Española, recurrieron también los Reyes 
Católicos al Papa para confirmarse en la soberanía de las nue- 
vas tierras descubiertas. 

Ocupaba entonces la sede pontificia Alejandro VI, quien para 
evitar toda disputa entre las dos naciones, y de acuerdo con los 
conocimientos geográficos de la época, trazó por una Bula (4 
de Mayo de 1493) una línea de demarcación de un polo á otro, 
á cien leguas al oeste de las islas Azores. España era reconocida 
como soberana de todas las tierras de infieles que conquistase 
al occidente de tal línea: Portugal conservaba igual derecho al 
oriente de ella. 

El Rey de Portugal no se conformó con la división hecha 
por el Pontífice. Se entablaron negociaciones diplomáticas en- 
ire los dos países y por fin D. Juan lí aceptó que se desviase la 
línea divisoria, 370 leguas al occidente de las Azores. Esto fué 
lo estipulado en el Tratado de Tordesillas, con fecha 7 de Junio 
de 1494 (1). 



(1) Wínsor, op. cit., pág. 253 y sigtes. Id., Narr. & Crlt. Hist. of America, vol. 11, 
\)hg. ' á 129 con sus notas y referencias. Bourne, op. cit., pág. 27 y sigtes. y sus notas 
Thacher, Columbus, II, folios 59-124 y sig. Fiske, Discovery, II, 580y sig., dá el texto 
latino de la Bula de Alejandro VI. Thacher, op. cit., 11, fol. 175, facsímil de la Bula 
y Traduccióii del Tratado de Tordesillas, Comp. Asensio, op. cit., pág. 486 y sig. y 
mi cap. I, Tít. 1. Pte. II. 




- 422 - 




CUESTIONARIO 



1. - ¿Qué se sabe de la infancia de Cristóbal Colón? 

2. — ¿Dónde nació y en qué fecha? 

3.- ¿Qué estadios liizo en su juventud? 

4.— ¿Qué libros consultó y anotó especialmente? 

5. - ¿Cuántos años navegó antes de fijar su residencia en 

Lisboa? 

6. — ¿Qué importancia histórica tiene en la vida del Almirante 

Colón el período de su residencia en Portugal? 
7.- ¿Quién fué JoscdintWx y qué relaciones tuvo con Colón? 
8. -¿Cuál fué la actitud del Rey Juan II ante los proyectos de 

Colón? 
9. — ¿Qué resultados obtuvo en la expedición que envió? 

10. -¿Quiénes fueron en España los primeros protectores de 
Colón? 

IL- ¿.Qué medidas tomaron los Reyes Católicos al conocer los 
proyectos que les expuso el ilustre marino? 

12.— ¿Qué dictaminaron sobre los mismos las Juntas de Cór- 
doba? 

13.- ¿Qué dictaminaron las de Salamanca, y quién las inició 
y activó? 

14. — ¿Qué contrato otorgaron en favor de Colón los Reyes Ca- 
tólicos? 

~ 423 - 



15.- ¿Cómo se armaron las célebres carabelas,;; qué nombres^ 
tonelaje y tripulación aproximada tenían? 

16.- ¿Quiénes mandaban la "Pinta" j la "Niña"? 

17.- ¿Quiénes proporcionaron principalmente los fondos para 
la expedición? 

18. — ¿Qué incidentes ocurrieron en el primer viaje de Colón? 

19.- ¿Cuál fué la primera tierra americana que descubrió 
Colón? 

20. — ¿Cuál es la fecha del descubrimiento de América? 

21. — ¿Qué otras islas exploró Colón en este primer viaje? 
22.- ¿Cuánto tardó en el viaje de ida y vuelta? 

23.- ¿Cómo fué recibido Colón al regresar, en Portugal y en 

España? 
24.-¿Qué\inesi de demarcación fijó la Bula de Alejandro VI? 
25.- ¿Cómo modificó esta Bula el Tratado de Tordesillas? 



Referencias: Véanse las del Capítulo anterior (Tit. !.« 
Cap. II.o), y las del Capítulo siguiente. 




424 



CAPITULO 11 

CRISTÓBAL COLÓN (1493-1500) 



1. El segundo viaje. -2. La IsabeIa.-3. El Memorial á los Reyes. -4. Disturbios en 
la Colonia. -5. Exploraciones. -6. Bartolomé Colón. -7. Guerra contra los indí- 
genas. -8. Juan de Aguado. -9, El tercer viaje. - 10. Sublevación de Roldan. - 
11. Colón y Bobadilla -12. Actitud de los Reyes Católicos. - 13. Viajes de los 
Cabots. -14. Viajes de los Corte Real. 

l.-La primavera y >el verano del año 1493, fueron para El segundo viaje 
Colón verdaderamente felices. Grandioso fué su recibimiento 
en Barcelona. Los Reyes 
Católicos le hicieron sen- 
tar á su lado para oir la 
relación de su viaje; fué 
confirmado en sus privi- 
legios y aclamado con en- 
tusiasmo. A últimos de 
Mayo se ordenó el inme- 
diato equipo de una se- 
gunda expedición á las 
tierras descubiertas. Se 
comisionó para preparar- 
la á Colón mismo, y al 
Archidiácono de Sevilla 
Fonseca. 

Salió de Cádiz esta se- 
gunda expedición el día 26 de Septiembre de 1493. Se com- 
ponía de diez y siete buques y 1500 hombres de todas las 
clases sociales. Caballeros é hijosdalgos, ansiosos de gloria y 
riquezas, y artesanos de todos los oficios, partieron en esta 
flota. Embarcaron también doce eclesiásticos á las órdenes del 
Vicario Apostólico P. Boyl. La escuadrilla se avitualló conve- 




Fig. 



365. - Retrato de Cristóbal Colón (segi'in 
un grabado de Capriolo, 1596). 



- 425 - 



La Isabela. 



nientemente y se tomaron á bordo, vacas, ovejas, gallinas, etc., 
gran cantidad de semillas y plantones de árboles frutales para 
tratar de aclimatarlos en la colonia. 

Después de una escala corta en las Islas Canarias, llegó la 
expedición (domingo, Noviembre 3) á la Isla Dominica en las 
Pequeñas Antillas. Visitó después las de Marigalante, Guada- 
lape, Santa Cruz, etc.; tocó después en 
las costas de la de Puerto Rico, lle- 
gando por fin á la Española el día 27 
de Noviembre. 

Dolorosa fué la sorpresa de Colón 
y sus compañeros al desembarcar en 
el sitio en que se edificó el fuerte Na- 
vidad. Sólo vio en él montones de ce- 
nizas y cadáveres de españoles. La pe- 
queña guarnición que en el primer 
viaje quedó en la Española, había 
perecido. Desolado el Almirante por 
tan triste suceso, decidió abandonar 
aquellos lugares. Hizo rumbo al Nor- 
deste, y desembarcó á orillas de un 
río, en cuya risueña vega se veían al- 
gunas chozas indígenas. En esta parte 
de la isla de Hayti (Española), fun- 
dóse la p]¡imer ciudad Europea del Nuevo Mundo, que en me- 
moria de la reina Isabel, fué llamada Isabela (1). 

2. — Todos trabajaron en ella con febril energía. Edificóse un 
arsenal, un templo y una fortaleza; se construyó un hospital, se 
repartieron solares, se ordenaron calles y plazas, y se circunvaló 
la naciente ciudad con murallas defensivas de piedra. Pero el 
exceso de trabajo, la escasez de víveres, averiados en el viaje, y 




Armadura 



Fig. 
deC 



ristóbal Colón. 



(1) Fernando Colón, op. cit., I, pág. 173-222. Oviedo, Hist. Gen. I, 31. Navarreíe, 
Viajes, II, 41. Las Casas, op. cit., II, 3-11-24, etc. Asensio, op. cit., lib. III, cap. I 
al IV y sus referencias. Winsor, Christopher Columbus, pág. 243 y sigtes. Fiske, 
Discovery 1, 464 y sig. Pedro Mártir Anglería, Década Oceánica, I, lib. I y II, (Ed. 
Torres Asensio, 1892), etc. 



- 426 



las enervantes influencias del clima, ocasionaron á los colonos 
graves enfermedades. Empezó además en todos el desanimo y 
la indisciplina. El oro y la plata soñados no parecían tan fácil- 
mente. Colón mismo cayó enfermo y el desaliento fué aumen- 
tando. A principios 

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de Enero (1494) 
dos jóvenes y va- 
lientes caballeros, 
llamados Alonso 
de Hojeda y Ginés 
deGorbalán, pe- 
netraron en el in- 
terior de la isla re- 
conociendo la su- 
puesta región aurí- 
fera de Cibao. Co- 
lón aprovechó sus 
entusiastas relatos 
para levantar el de- 
caído espíritu de 
sus subordinados, 
y apenas se repu- 
so, decidió explo- 
rar el mencionado 
Cibao, con más 
gente de guerra y 
mayor detenimien- 
to(l). 

3. - Necesitábanse, sin embargo, refuerzos y víveres en la 
naciente colonia, por lo que el Almirante despachó á España 
á Antonio de Torres con nueve buques, entregándole un me- 
morial para los Reyes en el que pintaba con vivos colores la 
fertilidad y belleza de la isla, las esperanzas que abrigaba de 









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Fig. 367.— Carta autógrafa de Cristóbal Colón. 



(1) Gaylord Bonrne, op. cit., pág. 93 y sig. Winsor, op cit., pág. 290 y sig. 
Asensio, op. cit., I, 643 y sig. Cartas de Colon, (Bca. Clásica), pág. 205 y sig. Las 
Casas, op. cit., II, 24-27. Herrera, op. cit., Dec, I, 15 á 116 y sig., etc , etc. 



El memorial 
á los Reyes. 



-- 427 



obtener grandes cantidades de oro en su expedición al Cibao, 
y la necesidad que tenía la Isabela de ropas, medicamentos, 
vino, arroz, etc., que vinieron de España en cantidad escasa, 
fuese por mala fé, ó gitanería de los proveedores de la flota, 
ó por negligencia ó animosidad del Arcediano Fonseca, en- 
cargado, como dijimos, de aprovisionarla. Proponía también 
r* Colón á los Reyes, en el memorial 

'•^ ' referido, que diesen permiso á al- 

»S- A 'JC^- gunas carabelas para que trajeran 

yi y\A )) anualmente á la Española ganados 

O y otros mantenimientos, "las cuales 
S/^ O T E R E~ N \ ^^^^^ ^^ podrían pagar en esclavos 
' de estos caníbales, etc." Esta pro- 

Firma de^cíisSbaí Coión. puesta del Almirante, que los Re- 

yes no decidieron, tenía sus antece- 

Significa: Servas Supplex Altissi- ♦ . . , , , 

mi Salvatoris. Jesús, María, Jo- dCUtCS CU lOS ViajCS dC lOS portu- 
seph. Christo Ferens, ó sea: Siervo i Á r • i i . l 

humilde del Altísimo Salvador gucscs al Africa, y estaba,por tanto, 

Jesús. María, José. El que llevad Hpntrn Hp Iíiq íHpíic r\p^ líi f^r-irsr'\ 
Cristo, es decir, Cristobai , por- OeUirO QC laS lOCaS QC la CpOCa. 

?"mo!'S^^''^"'^''^''°"''^^'''^'^' Colón, por otra parte, no propuso 

tan inhumano tráfico como fin,s\x\o 
como medio ó arbitrio ocasional y económico. No hay razón, 
pues, para calificarle de traficante de esclavos, como lo hacen 
algunos de sus biógrafos (1). 

4. — Mientras la flota de Torres surcaba el Océano, aumen- 
taban las enfermedades en la Isabela, y crecía el descontento. 
Bernardo Díaz de Pisa, contador de la colonia, promovió un 
motín que, si bien pudo sofocarse, acentuó la antipatía que los 
colonos españoles profesaban ya al ilustre marino de Genova. 
En cuanto recobró éste la salud emprendió con algunos hom- 
bres de guerra el reconocimiento de las regiones ponderadas 



(1) Vse. el Memorial (Enero 30-1494) con las respuestas de los Reyes en Reí. y 
Cartas. Cristóbal Colón, (Bca. Clásica), pág. 205 y sig. "En esto, decían los Reyes 
respecto á los esclavos, se ha suspendido por agora, hasta que venga otro camino de 
allá, etc.", (pág. 214). Vse. sobre el punto. Asensio, op. cit.. I, pág. 684 y sig. WÍ7isor, 
Columbas, pág. 282 (según Helps). Bourne, op. cit , pág 36 y sig. Vse mi Cap I, 
Tít. I, Pte. II. 

- 428 - 



13or Gorbalán y Hojeda. Grande fué su desengaño al explorar 
el Cibao y no hallar en él las minas deseadas; pero como los 
indios le presentaron algunas pepitas de oro, coligió que debía 
haber mayor cantidad en aquellos alrededores. Edificó en el 
sitio más pedregoso el fuerte de Santo Tomás, regresando 
después á la Isabela. 

Encontróse allí con nuevas dificultades. Las provisiones esca- 
seaban más cada día, los soldados se resistían al trabajo, y la in- 
disciplina de todos 
amenazaba convertir- 
se en rebelión franca. 
Para conjurar tan gra- 
ves peligros distribu- 
yó Colón por el inte- 
rior de la isla á los co- 
lonos más rebeldes en 
pequeños destacamen- 
tos, á cuyos jefes acon- 
sejó que usaran de 
templanza en sus rela- 
ciones con los indíge- 
nas. Nombró, además, una Junta Provisoria de Gobierno, y 
tomando tres pequeñas carabelas, se hizo á la mar (Abril 24) 
con rumbo al Occidente y en demanda del oro que en Cibao 
no había encontrado en abundancia (1). 

5. - Costeó primero Colón la parte meridional de la isla de 
Cuba y, apartándose luego hacia el Sur, descubrió la de Ja- 
maica (Mayo 14, 1494), cuyos naturales le recibieron cordial- 
mente. Empleó el mes siguiente en navegar entre las numero- 
sísimas islas de aquellos parajes siempre con rumbo al Oeste. 
La costa de Cuba parecióle interminable, las provisiones esca- 
seaban. Era necesario volver y demostrar que la expedición no 
había sido estéril. Exigió, por tanto, á los pilotos, entre ellos 




Fig. 369. - Preparando el segundo viaje. 



(1) Asensio, op. cit., I, 659 y sig. Bourne, op. cit., pág. 40 y sigtes. y sus referen- 
cias. Winsor, op. cit., pág. 300 y sig. Fernando Colón, I, pág. 228-238, etc., etc. 

- 429 - 



al célebre cartógrafo Juan de la Cosa (en cuyo mapa del añc; 
1500, Cuba aparece claramente como una isla) que juraran so- 
lemnemente que la tierra que estaban costeando era el Conti- 
nente y el principio de las Indias (1). 

Dos días más de navegación hubieran bastado al Almirante 
para llegar á la punta occidental de la isla de Cuba, y posible- 
mente hubiera descubierto el Yucatán ó Méjico. Sus ilusiones, 
sin embargo, dieron origen al primer proyecto de vuelta al 
mundo. Si hubiese tenido abundancia de 
provisiones, dice D. Fernando Colón, no 
hubiese vuelto áEspaña sino por elOrien- 
te. Antes de regresar á la Isabela exploró 
nuevamente las costas meridionales de 
Jamaica, y las de la Española misma. 
Quiso lanzarse desde allí hacia las islas 
que llamó de los Caribes, pero debilita- 
do por cuatro meses de hambre, traba- 
jos y zozobras, sintióse acometido de 

Fig. 370. -El Adelantado ^ ^ , ., . ,. , 

D. Bartolomé Colón, g^avc postraciou, quc sc convirtio en pro- 
fundo letargo, con insensibilidad alar- 
mante. Al verle en aquel estado creyeron los expedicionarios 
llegada la última hora de su jefe, y decidieron volver á la Isa- 
bela cuanto antes. 

Allí fué recibido el Almirante (Septiembre, 20) por su herma- 
no D. Bartolomé, que por orden de los Reyes Católicos había 
traído á la Española tres naves con víveres y bastimentos (2). 

6. - Si lamentable era el estado de la colonia á la salida del 
Almirante, más aún lo era á su regreso. Las enfermedades, el 
desencanto, el hambre insaciable, los disturbios y la indisci- 
plina habían aumentado. Bartolomé Colón, nombrado por su 
hermano Adelantado, 6 Gobernador militar de la isla, fué mu- 




(J) Vse- Navarrete,W\A]t%, II, 145. Thacher, op. cit., II, 327, traduce el jura- 
mento de los pilotos. Comp. Ruge, Columbus, pág 175. Lollis, Colombo, pág. 235-237. 
Peschel. Zcitalter, etc., pág. ?00 y sig. Bourne, op. cit., pág. 41 y sig. 

(2) Vse. F. Colón, op. cit. I, 166. Bernáldez, Hist. Reyes Católicos, cap. CXXIIL 
Las Casas, op. cit , II, 79 y sig., etc., etc. 

- 430 -- 




cho más severo que el Almirante, y se hizo, por tanto, más 
odioso á los colonos, que le consideraban como extranjero y 
se resistían á obedecerle. Por otra parte, la población indígena, 
cansada de los abusos y violencias de los españoles, amenazaba 
rebelarse. Pedro Margante, que mandaba la fortaleza de Santo 
Tomás, desertó y, acompañado del Vicario apostólico Boyl, 
algunos otros ecle- 
siásticos y varios des- 
contentos, se apode- 
raron de los buques 
que Bartolo tné Co- 
lón había traído, y se 
hicieron á la vela 
para España, donde 
llegaron quejándose 
amargamente del Al- 
mirante y de su her- 
mano, y declarando 
sin ambages que no había en las tales Indias ni oro, ni cosa al- 
guna de provecho (1). 

7. — Apenas se repuso Cristóbal Colón de su grave dolencia, Guerra contra los 
emprendió con su hermano una activa campaña contra los in- "'"•''!)<^"3s. 
dios que duró nueve ó diez meses. Las armas de fuego, el acero, 
la caballería, y los feroces perros que, según Las Casas, «po- 
dían matar cien indios por hora", hicieron comprender cruel- 
mente á los aterrorizados indígenas que era mútil resistir. Se 
impuso á los sometidos imposibles cargas. Los que vivían cer- 
ca de las minas debían tributar por cabeza, media onza de oro 
nativo cada tres meses; los que vivían lejos, una arroba de al- 
godón en bruto. Desesperados los indios talaron sus campos 
y huyeron á los montes. Algunos caciques ofrecieron tributar 
con sus cosechas si se les eximía de la obligación de entregar 
cantidades de oro que no tenían. Colón no aceptó el cambio. 



Fig. 371. -Carabelas en ,,La Española" 
(Grabado siglo xvj). 



(1) Bouriie, op. cit., p. 42 y sus notas. Asensio, op cit., I, pág. 6S5 y sig. Winsor, 
op. cit., pág. 301 y sig. Pedro Mártir de Anglería, Ed. cit., I, lib. IV, cap. I á III. 
F. Colón, op. cit., I, pái,'. 267 y sig. etc., etc. 



431 - 



\ 



Necesitaba oro en abundancia para demostrar que era valió- 
sa la colonia. La guerra de exterminio prosiguió. Los soldados 
españoles penetraron hasta lo más intrincado de los bosques 
para perseguir á los fugitivos, y redujeron á la esclavitud á los 

pocos que quedaron con 
vida. La población abo- 
rigen de la Española que- 
dó reducida á la tercera 
parte (1). 

8. - Entre tanto, los Re- 
yes Católicos, atendiendo 
las reclamaciones del 
P. Boy I, Margante y sus 
compañeros, nombraron 
i Juan de Aguado comi- 
sario especial, sin otrO' 
encargo que el de exami- 
nar escrupulosamente el 
gobierno y administra- 
ción de Colón y sus her- 
manos en Indias. Salió Aguado con cuatro embarcaciones lle- 
vando consigo á D. Diego Colón, hijo del Almirante. Llegaron 
á la Española en ocasión que éste último guerreaba con los in- 
dios. Aguado, extralimitándose en sus poderes, no guardó á 
Colón las consideraciones debidas. Como era natural, la arro- 
gante actitud del Comisionado alentó á los enemigos del an- 
ciano marino. Aguado, cuando se consideró con informes su- 
ficientes, decidió regresai á España. Colón determinó también 
acompañarle para explicar en la Corte su conducta. Estando 
los buques disponibles prontos á zarpar, fueron destrozados 
por un huracán que se desencadenó sobre la isla. Colón no se 
arredró y con los despojos del naufragio mandó construir una 
embarcación que llamó «La Santa Cruz» y fué el primer buque 




Fig. 372 -La Carabela «Santa María" 



(I) LasCasas, Hist , II, 75-96, etc. Pedro Mártir de Anglería, Ed.cit.,pág. 205-220. 
Fernando Colón, vol, II, pág. 21-26, etc., etc. 



432 - 



construido en el Nuevo Mundo que cruzó los mares. Hiciéronse 
á la vela Cristóbal Colón y Diego de Aguado el día 10 de 
Mayo, quedando al frente del gobierno de la Española D. Bar- 
tolomé Colón y D. Diego. 

Colón al llegar á Cádiz, sin duda para atenuar la mala im- 
presión que iba á causar en España la llegada de las carabelas 
cargadas de enfermos, se presentó en público con la barba 
crecida y vistiendo el sayal franciscano (1). 

9. — No bien supieron los soberanos la llegada del Almirante^ Tercer viaje. 
le invitaron á pasar á la Corte. Sus argumentos convencieron 




Fig. 373. -Mapa de Cuba (según Wylfliet, 1597) 



á los Reyes, pero la escasez de recursos de la Real Hacienda 
impidió reunir con rapidez los auxilios que solicitaba el des- 
cubridor para su colonia. Por otra parte, los informes propa- 
gados por los descontentos de la Española, arredraron á todos. 
Nadie se decidía á emprender el viaje. En Junio de 1497, á 
instancias repetidas del mismo Colón, dictóse por los Reyes 
un decreto eximiendo de pena á todo criminal (salvo á los 
heréticos, falsificadores, etc.) que pasara á Indias. A pesar de 
esta orden y de la incansable actividad del Almirante, la ene- 
mistad de Fonseca y las absorbentes preocupaciones de los 



(1) Vse. Asensio, vol. II, pág. 31 á 153, con las aclaraciones y documentos A. H > 
pág. 91-153, etc. Boíime, op. cit., pág. 43 y sig. Bernáldez, Hist. de los Reyes Cató- 
licos, cap. CXXXI. Navarrete. Viajes, V, 162, etc., etc. 

- 433 - c8 



Reyes, detuvieron dos años los aprestos de la tercera expedi- 
ción á Indias. Armóse por fin con cuatro naos y dos pequeñas 
carabelas, que pilotadas por Colón mismo salieron de San- 
lúcar de Barrameda el día 30 de Mayo de 1498. Siguiendo las 
indicaciones del lapidario Jaime Ferrer, decidió Colón hacer 
rumbo hacia el Sur y seguir luego la línea Equinoccial hacia el 

Oeste. Dividió su flota en 
las Canarias, enviando 
tres buques á la Española 
y siguiendo con los otros 
tres hacia el Sur y el Oc- 
cidente. Después de lar- 
gos días, de penosas cai- 
mas y terribles calores, 
llegó á la Isla de Trini- 
dad, y siguiendo más al 
Sur avistó el continente 
que llamó «Isla Santa» 
cerca de las bocas del 
Orinoco. Dos semanas 
después se convenció de 
que la tierra se extendía 
indefinidamente al Sur y 



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Fig. 374. -El «Paraíso Terrestre" 
de Cristóbal Colón (Costa de las Perlas). 



al Oeste, y de que había llegado á un Nuevo Mando. Excitado 
su místico espíritu por las pasadas tribulaciones, creyóse en- 
viado especial de la Divina Providencia, según los decires de 
los Profetas, para llevar á lejanos mundos el nombre de Cristo, 
y en una carta dirigida á los Reyes les anunció haber descu- 
bierto el Paraíso Terrenal, y pintando con entusiasta dicción 
aquel »/filero de corriente que venía rugiendo con grande es- 
trépito" (docas del Orinoco), y aquellas ,/lomas líquidas que 
salían y entraban como en pelea del agua dulce con la salada", 
díjoles haber llegado al «fin del Oriente», y á los cuatro grandes 
ríos genesiacos que salían del «Árbol de la vida» y su fuente. 
Reconoció fijo en esta idea las costas del golfo de Paria (Costa 
de las Perlas), é hizo luego rumbo á la Isabela para reparar 



434 - 



sus averiadas naves, y enviar á su hermano D. Bartolomé á 
explorar y tomar posesión de los maravillosos territorios des- 
cubiertos (1). 

10. -Aumentaba en tanto en la Española el desorden y las 
turbulencias. D. Bartolomé Colón , acaso el más fuerte, pruden- 
te y enérgico de los tres hermanos, había recorrido la mayor 
parte de la isla 
guerreando con 
los indios y fun- 
dado la villa de 
Santo Domin- 
go, pero duran- 
te su ausencia 
surgió un gra- 
ve desacuerdo 
entre D. Fran- 
cisco Roldan, al- 
calde mayor de 
la isla, y D. Die- 
go de Colón y di- 
vidiéndose los 
colonos en dos 
enconados ban- 
dos. D. Barto- 
lomé Colón, 
dándose cuenta 
de la gravedad 
del caso, despa- 
chó á Roldan 

un emisario amistoso. Negóse este último á tratar con él, obli- 
gando al adelantado D. Bartolomé Colón á nombrar un tribu- 




Fig. 375. 



Colón á bordo de su carabela (Reconstitución 
según documentos de la época). 



Sublevación 
de Roldan. 



(1) Vse. Cartas de Colón, (Ed. cit.), pág. 269 y sig. Asensio, op. cit., vol. II, pág. 
^ á 215, etc., con las aclaraciones y documentos. A. H. (pág. 91-153) y A. (pág. 361 
y sig.). Bourne, op. cit., pág. 47 y sig. y sus referencias. Navarrete, Viajes, II, pág. 
2P, etc Las Casas, op. cit , II, pág. 209 y sig. Pedro Mártir de Anglería, op, cit., 
pág. 257 y sig., etc., etc. 



435 



tial especial que procedió sumariamente y condenó á muerte a 
Francisco de Roldan y á sus principales partidarios (1). 

Llegó en esto á la Isabela el Almirante y comprendiendo 
que no tenía fuerzas bastantes para reducir á Roldan, hizo de 
la necesidad virtud y transigió con las exageradas pretensiones 
del alcalde rebelde, para así pacificar la anarquizada isla. 
Ce!dn encadenado. 11. -En Mayo de 1499 supieron los Reyes Católicos, por 
cartas del mismo Colón, el melancólico estado de la Española. 

Las dichas cartas, 
que en cierto mo- 
do confirmábanlos 
malos informes 
que sobre las colo- 
nias propagaban 
en España los ene- 
migos del Almiran- 
te, decidieron á los 
soberanos á nom- 
brar como ]iiez 
pesquisidor de las 
tierras de Indias al 
Comendador de 
Calatrava D. Fran- 
cisco de Bobadilla, 
que salió de Espa- 
ña en Julio del año 
1500. El domingo 
23 de Agosto llegó á la naciente ciudad de Santo Domingo 
que gobernaba D. Diego, hermano del Almirante. Allí le es- 
cribió Cristóbal Colón y ni siquiera se dignó responderle, 
antes bien, hizo información secreta y pública contra el Almi- 
rante, y al llegar éste á Santo Dommgo, el recibimiento que 
le hizo fué «mandalle poner unos grillos y metelle en la for- 




Fig. 376.— Parte Oceánica del Globo de Behaim (1492) 

demostrando la posición del Continente Americano, 

ignoto para los hombres de aquella época. 



(1) Vse. Asensio, op. cit., pág. 197 y sig. y aclaraciones. B. C, (pág. 364 y sig.). 
Cartas de Colón, (Ed. cit.), pág 264 y sig. Femando Colón, op. cit., cap. LXV á 
LXXXl, vol. II, Ed. cit., pág. 32 y sig. Bourne, op. cit., pág. 50 y sig. y sus referencias. 



436 



taleza...» echando también á D. Diego preso en una carabela 
cargado de fierros... Aprisionó también á D. Bartolomé, y em- 
barcó á los tres hermanos en la carabela «La Gorda» mandada 
por el honrado Capitán Alonso Vallejo, que el mes de Octubre 
del año 1500 salió del puerto de Santo Domingo con sus ilus- 
tres prisioneros. No bien salieron del puerto se arrodilló Valle- 
jo ante el Almirante para quitarle por sí mismo los grillos. No 
lo consintió Colón. Seguro de su inocencia prefirió aguardar 
tranquilo á que los 
Reyes se los man- 
daran quitar, si de 
su orden se los ha- 
bían echado (1). 

12. — En pocos 
días de navegación 
llegaron todos á 
Cádiz. Si extraordi- 
nario fué el asom- 
bro que produjo en 
España la llegada 

de Colón, cuando volvió de su primer viaje, no fué menor 
el que todos experimentaron al saber que había llegado á 
Cádiz con una barra de grillos. Un grito de indignación sur- 
gió en todas partes, reprobando la severidad de Bobadilla. 
Los Reyes escribieron afectuosamente al anciano marino do- 
liéndose del proceder de sus enemigos y remitiéndole fondos 
para que se presentara en la corte cual convenía á su rango de 
Almirante. Diéronse, además, por satisfechos de su conducta, 
le devolvieron sus bienes y privilegios, aseguráronle que no se 
haría caso de las informaciones de Bobadilla^ á quien inmedia- 
tamente se quitaría el mando. Prometiósele, además, enviar por 
dos años á la isla Española persona capaz de ponerla en orden. 




r¡g. 377. - Misa en la Costa (Grabado del siglo xvi). 



(1) Vse. Cartas de Colón, (Ed. cit.), pág. 310-324, en especial la escrita al Ama 
del Príncipe D. Juan. Herrera, Dec. I, lib. IV, cap. X. Asensio, op. cit., II, pág. 301 
y sig. y aclaraciones. D. E., II, pág. 381 y sig. Las Casas, Hist. II, pág, 478. Bourne, 
op. cit., pág. 52 y sig , etc., etc. 



Actitud 
de los Reyes. 



437 



Cumpliendo lo prometido nombraron los Reyes sucesor de 
Bobadilla al Comendador D. Nicolás de Ovando, con juris- 
dicción sobre todas las tierras del Nuevo Mundo hasta enton- 
ces descubiertas (1). 
las Cabots. 13. -Las exploraciones de los Ingleses en el Continente 
Norte Americano, que habían de dominar en su mayor parte con 

el transcurso de los siglos, fueron 
iniciadas por Juan Cabot, que en 
el año 1497 salió del Canal de 
Bristol con rumbo á las Indias. La 
historia de este audaz marino y de 
sus hermanos puede relatarse en 
pocas líneas. Nacido en Genova, 
como Colón, se estableció con su 
familia en Bristol, centro entonces 
del comercio con las pesquerías de 
Islandia. Allí recibió noticias del 
primer viaje de Colón, y decidió 
proponer al rey Enrique VII una 
empresa análoga (1496). Aceptó el 
monarca inglés la idea, y á pesar 
de las reclamaciones del embaja- 
dor español Puebla, otorgó á Ca- 
bot y á sus tres hijos carta patente para navegar «al Norte, 
Este ú Oeste con cinco buques de pabellón inglés, para descu- 
brir y explorar islas, regiones ó provincias de paganos en cual- 
quier parte del mundo". 

La expedición, compuesta de un solo buque llamado »Ma- 
thew" ó vMathews", salió de Bristol en el mes de Mayo, des- 
cubriendo en Junio 24 la costa americana, que supuso ser la 
de China en el territorio del »/Gran Cham" y volviendo en se- 




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Fig. 378. -Portada de la Historia 
de Oviedo (Edición 1526). 



(1) Vsc. Asensio, op. cit., pág. 392 y sig. Las Casas, Hist., II, pág. 492 y sig. 
Fernando Colón, op. cit., II, pág. 121-133. Fiske, Discovery, I, pág. 480 y sig. y sus 
referencias. Winsor, H. & C. Hist. of America, vol. II, pág. 5 y sig. con sus notas. 
Thacher, op. cit., II, pág. 350 y sig. y sus notas. Herrera, Dec, I, 87-110, etc. Helps, 
Spanish Conq. in America, vol. I, lib. II, cap. II, pág. 89 y sigtes. etc., etc. 



438 



guida á Inglaterra. Una segunda expedición salió de Bristol en 
Abril de 1498, y exploró una parte de la costa de Norte Amé- 
rica. Probablemente la mandaba también Juan Cabot. Ni vol- 
vió ni se supo más de él. Posiblemente murió ó se perdió en 
el viaje, dejando el 
mando á su hijo 
D. Sebastián. Tam- 
poco puede deter- 
minarse con preci- 
sión laparte de 
Norte América vi- 
sitada en este se- 
gundo viaje. Los 
embajadores espa- 
ñoles Puebla y 
Montalván, al in- 
formar á los Reyes 
Católicos sobre el 
suceso y refirién- 
dose á un mapa 
que en Inglaterra 
se hizo, dijeron ha- 
berse costeado 400 
leguas. La opinión 
más aceptada es 
que los Cabots vi- 
sitaron la costa del actual Labrador, recorriendo el golfo de 
San Lorenzo hasta el Cabo Cod. Así al menos puede deducirse 
del mapa hecho en 1500 por el piloto /«fí/z de la Cosa, que es 
el mejor y más fidedigno de la época. 

El segundo viaje de los Cabots consideróse en Inglaterra 
como un fracaso comercial. Lo encontrado no era seguramente 
el ensoñado Cathay, y aunque hablaron los Cabots de ricas 
pesquerías, los mercaderes de Bristol, que se enriquecían con 
las Islandesas, no consideraron conveniente armar nuevas ex- 
pediciones. Por otra parte, el deseo de propagar el cristianismo 




Fig. 379.— Patio del Alcázar de Sevilla. 



439 



en tierras de infieles, no era bastante para que Ejirique VII se 
decidiera á seguir adelante en la empresa, y aunque tanto él 
como su sucesor Enrique VIII, otor- 
garon algunas patentes de navegación, 
el interés por los viajes á Indias deca- 
yó en absoluto y no volvió á surgir 
hasta que la Inglaterra protestante de 
Isabel, por razones políticas y comer- 
ciales, que en su lugar enunciaremos, 
decidió atacar á España en América, y 
destruir su supremacía en el mundo 
colonial y marítimo (1). 

14. - Análogas tentativas á las de los 
Cabots en Inglaterra hicieron los her- 
manos Corte Real en favor de la co- 
rona portuguesa. Autorizados también 
estos pilotos por una carta patente 
(Marzo 12, 1500), hízose á la vela uno 
de ellos (Gaspar Corte Real), alcan- 
zando "una tierra muy fría y de gran- 
des bosques" que se cree fueran las 
costas occidentales de Terranova. En 
la primavera de 1501 hizo Gaspar 
Corte Real otra nueva expedición, de 
la que nunca volvió. De la correspon- 
dencia de Pascuallgo y Cantino y del 
mapa construido por este último pi- 
loto, se deduce que Corte Real llegó 
en este viaje á la punta Sur de Groen- 
landia, derivando hacia el Labrador y visitando acaso las costas 
N. E. de los Estados Unidos. Miguel Corte Real equipó en 




Fig. 380. -Monumento 
á Cristóbal Colón en Madrid 



(1) Vse. Fiske, Dlscovery, II, pág. 2 y slg. y sus notas, Weare, Cabot's Discovery 
of North America, pág. 35 y sig. Harrisse, John & Sebastián Cabot, pág. 114 y sig. 
Id., Discovery of North America, pág. 321 y sig. Gaylord Bourne, op. cit.. pág. 55 y 
sig. y sus notas. Deane, en Winsor, N. & C. H. of America, vol. III. Harrisse, De- 
couverte et Evolution Cartographique de Terre Neuve (IQOO), páf . 22 y sig., etc.. cíe. 



440 



Mayo 1502 otra expedición de tres buques para buscar á su 
hermano. Tampoco volvió. El Rey Don Manuel, condolido de 
la pérdida de sus navegantes, fletó dos carabelas (1503) para 
ver de encontrarlos. Fué inútil. Nunca pudo saberse cómo ni 
dónde perecieron. En recuerdo suyo todos los mapas portu- 
gueses dieron á Terra Nova el nombre de « Tierra de los Corte 
Reah. Y esto fué lo único que durante siglos supo el mundo 
europeo de los navegantes audaces que perecieron en los leja- 
nos mares septentrionales (1). 



(1) Fiske, Discovery, II, pág. 5 y sig. y sus notas. Bourne, op. cit., pág. 64 y sig. 
Goes, Chronica en Markham, Journal of Colunibus, pág. 230 y sig. Harrisse, Disco- 
very, of Noith America, pág. 63 y sig. Winsor, N. & C, H. of A. II, pág. 105 y sig., 
etc., etc. 




- 441 







CUESTIONARIO 



/. - ¿Cómo estaba compuesta la flota del segando viaje Co- 
lombino? 

2. -¿Qué tierras Americanas descubrió el Almirante en este 
viaje? 

3. - ¿Cuál fué la primer ciudad Española del Nuevo Mundo? 

4. - ¿Qué resultado tuvieron las exploraciones del Cibao? . 

5. -¿Qué solicitó Colón de los Reyes Católicos en su célebre 

memorial? 
6. -¿Qué medidas tomó Colón para reprimir los disturbios 

de La Española? 

7. - ¿Qué juramento exigió Colón á sus pilotos en las costas 

de Cuba? 

8. - ¿En qué fecha descubrió la isla de Jamaica? 

^' ~ ¿Qué resistencias suscitó en La Española el nombramiento 
de Bartolomé Colón? 

10. - ¿Qué tratamiento dio Colón á los indígenas? 

11. ¿A quién nombraron los Reyes Católicos Comisario espe- 

cial de Indias? 

12. - ¿Cuál fué su actitud respecto á Colón? 

13.- ¿En qué buque volvieron á España Colón y Aguado? 
14, — ¿Qué descubrió Colón en el tercer viaje? 



- 442 - 



75 - ¿Qaé ilusiones se forjó sobre las tierras descubiertas? 

16. ¿Cómo se solucionó la rebelión de Roldan? 

17. -¿Que tratamiento dio Bobadilla al Almirante Colón y á 

sus hermanos? 

18. - ¿Qué hicieron los Reyes cuando Colón llegó á España 

encadenado? 
19 - ¿Quién fué nombrado sucesor de Bobadilla? 

20. - ¿Quién fué]u3in Cabot? 

2 1 . ~ ¿Qué viajes hicieron los Cabots,;; qué territorios Ameri- 

canos descubrieron? 

22. - ¿Qué resultado práctico tuvieron sus expediciones? 

23. - ¿Quiénes fueron los hermanos Corte Real? 

24. ¿Qué territorios Americanos descubrieron? 

25. -¿Qué mapas inmortalizaron su nombre? 




443 - 




REFERENCIAS 



Generales. - Las mencionadas en los capítulos anteriores, 
en especial Herrera, Oviedo, Las Casas, Gomara, Acosta, Ro- 
bertson, Winsor, (vol. II, pág. 4 y sig.), Gunter, Errera, Gajfa- 
rely Lafuente, etc. Son también de útilísimo estudio K Kretsche- 
ner Die Entdeckung Amerikas (2 vols. y atlas). Harrisse, Dis- 
co very of North America, etc., (1892). Gaylord Bourne, Spain 
in America (1904). Luigí Hughes^ Cronología delle Scoperte é 
delle Esplorazione Geogí afiche dell ano 1492 á tuto il Secólo 
XIX (1903). Bancroft, Central America (I). Sophus Ruge, Ges- 
chichte des Zeitalters der Entdeckungen (1881). Oskar Peschel, 
id., id., (2 Edición, 1877), etc., etc. 

Vida y Viajes de QoXón.- Gallo, Senarega y Giustiníano. 
(Vse. Vol. I, Thacher; Christopher Columbus). Fernando Co- 
lón, Historia del Almirante (Ed. Madrid 1892, 2 vols.) Washing- 
ton Irvingf Life & Voyages Christopher Columbus. Henry Har- 
risse Christophe Colomb (2 vols. 1884)./. M. Asensio, Cristó- 
bal Colón, su vida, sus viajes y sus descubrimientos (2 vols., 
1891). John Boyd Thacher, Christopher Columbus (3 vols.. 

- 444 - 



iy03-1904). Winsor, Christopher Columbus (1892). Cesare 
Lollis, Vita di Christophoro Colombo, etc. Roselly de Largues^ 
Christophe Colomb (París, 1886), etc., etc. 

Cabots y Corte Real. - G. E. Weare, Cabots Discovery of 
North America (1897). Harrisse, John Cabot, the Disco verer 
of North America, etc., (1896). Id., Decouverte et evolution 
Cartographique de Terre Neuve (1900). Bidle, Memoir of 
Sebastián Cabot. Deane en Winsor, N. & C. H. of A. (vol. III). 
Harrisse, Les Corte Real et leur voyages au Nouveau Monde 
(1883). C. R. Markham, Journal, of Columbus, (1893), (Tra- 
ducción Documentos Cabots y Corte Real), etc., etc. 

Fuentes. — Archivo de Indias, de Simancas, del Vaticano, 
del Consejo de Indias, Biblioteca Colombina (Sevilla), etc. 
/. Ramos Coelho. Algunos Documentos do Archivo Nacional 
da Torre de Pombo (1416-1529). M. J. de Navarrete, Colección 
de los viajes y descubrimientos, etc. (5. vols., 1825-1837). Co- 
lección Doc. Inéditos para la Historia de España (112 vol., 
1842-1896). Pacheco y Cárdenas, Col. Doc. Inéditos, etc. (42 
vols., 1864-1884, Tabla Cronológica del vol. XXXIII). Doc. 
Inéditos de Ultramar, segunda serie (11 vols., 1885-1898). La 
publicación del Gobierno Italiano, Racolta di Documenti é 
Studi (6 partes, 14 vols., 1892-1896). Ternaux Compans, Rela- 
tions, etc. (20 vols., 1837-1841). Muñoz, Historia del Nuevo 
Mundo (Ed. 1793). Para los escritos de Colón mismo, véase 
Lollis, Raccolta Colombiana (1892-1896). Cartas y Relaciones 
de Colón (Bca. Clásica, vol. CLXIV). Duquesa de Berwicky de 
Alba, Autógrafos de Colón (1892) y Nuevos Autógrafos Colón 
y Relaciones de Ultramar (1902). Véanse además la Narración 
Dr. Chanca en Bernáldez, Hist. de los Reyes Católicos, Cap. 
CXVÍII á CXXXI (Ed., 1878). Guglielmo Berchel, Fonti Italia- 
ni per la Storia della Scoperta del Nuovo Mondo, etc. (Raccol- 
ta Colombiana, parte 3.a vol. I y II). Pedro Mártir de Angle- 
ria, Cartas y Décadas Oceánicas (Ed. Torres Asensio, Madrid, 
1892, 4 vols.) y las relaciones de viajes de Grynaeus (Novus or- 
bis, etc., 1532). Ramusio (Navigationi, etc., 1550-1565). R. Ha- 
kluyt (Principal Navigations, etc., Ed. Londres, 1809, etc., etc, 

- 445 - 



Bibliografías. -Vse. Bancroftexi Central América (I) Ruge 
op. cit. Gaylord Bourne, op. cit., pág. 320-326. Larned, Literal, 
of Am. Hist, pp. 58 y sig. Winsor, N. & C. Hist. of Ame- 
rica, vol. II, Introducción y pág. 20 á 128, etc. Harrisse, Bi- 
bliotheca Americana Vetustísima (N. Y., 1866) y sus adiciones 
(París, 1872). Ch. Leclere, Biblioteca Americana (París, 1872) y 
las publicaciones de Justas Perthes Geographischer Anstalt, 
Wagner; Geographisches Jahrbuch, Berner; Jahresbericht der 
Geschichtswissenschaft, etc. etc. 




-446 



CAPITULO III 

LA LINEA DE LA COSTA (1499-1508) 

1. -Alonso de Ojeda. -2. Viajes de Alonso Niño y Vicente Yáñez Pinzón. -3. Viajes 
de Lepe y de Bastidas. Segundo viaje de Ojeda. -4. Vasco de Gama. -5. Pedro 
Alvarez Cabral.-6. El cuarto viaje de Colón. -7. Santo Domingo. -8. El Conti- 
nente. -9. Jamaica. - 10. Últimos años de Colón y su muerte, - 11. Américo Vespu- 
cio. - 12. Sus viajes.- 13. Sus escritos. -14. El nombre de América. 

1.- Mientras Colón luchaba en Lxi Española, otros expío- Alonso de Oieda 
raban los confines de su célebre «Paraíso Terrestre». La es- 
plendorosa descripción de estas regiones y el mapa de las 
mismas enviado á los Monarcas, decidieron al audaz Ojeda, 
que tanto se había distinguido por su valor y pericia en La 
Española, á intentar una expedición á la Costa de las Perlas, 
que pronto armó ayudado por los comerciantes sevillanos. 
Acompañábanle en esta aventura dos hombres notables: el fa- 
moso piloto y cartógrafo /tfíz/í de la Cosa y Américo Vespucío, 
ó «MorigoVespuche» como \t llamaba el mismo Ojeda, y que, 
como más adelante veremos, estaba destinado á dar su nom- 
bre al Nuevo Mundo. La flota de Ojeda, compuesta de cuatro 
buques, se hizo á la vela en Mayo de 1499, siguiendo el derro- 
tero de Colón en su tercer viaje. 

Avistaron al Continente cerca de Paramaribo en Surinam, 
costeando después al Norte y al Oeste la actual Guayana Bri- 
tánica y Venezuela (Pequeña Venecia), que Ojeda llamó así 
al ver en el Golfo de Maracaibo una agrupación de chozas in- 
dígenas levantadas en el agua sobre postes, que le recordaron 
los canales de la Reina del Adriático. 

Los resultados geográficos de este viaje están expresados 
gráficamente en el mapa át Juan de la Cosa (1500). Recogió 
Ojeda cuantas perlas y pedazos de oro le fué posible obtener, 
y se dirigió á La Española. Allí permaneció dos meses, vo!- 

- 447 - 



Viajes de Nino 
y Yáliez Pinzón. 



viendo á España no sin invadir en son de guerra dos de las 
Pequeñas Antillas y capturar cerca de 200 indígenas (Arawak) 
para venderlos como esclavos (1). 

2. -Poco después de salir Ojeda de Cádiz, Alonso Niño, 
experto piloto de Moguer, que había acompañado á Colón en 
su segundo y tercer viaje, salió de Palos con una pequeña ca- 
rabela (50 toneladas), é hizo rumbo á la Costa de las Perlas, 
donde llegó días antes que Ojeda. El éxito de su viaje, con- 
siderado como el más be- 
neficioso de su tiempo, 
avivó el deseo de seguir 
explorando la parte sep- 
tentrional de Sud Amé- 
rica. 

El descubrimiento de 
la parte del Continente 
situada al Sur de la Línea 
Ecuatorial, que debía co- 
rresponder á Portugal, se- 
gún la línea de demarca- 
ción fijada por el tratado 
de Tordesillas (1494), se hizo casi simultáneamente por los na- 
vegantes Españoles y los Portugueses. En Noviembre de 1499, 
Vicente Yáñez Pinzón, compañero de Colón en el primer viaje, 
obtuvo de los soberanos permiso para armar una expedición 
descubridora. Salió de Palos el 18 de Noviembre, hizo primero 
rumbo al Sur hasta las islas de Cabo Verde y luego al Sud Oeste. 
Desvióle una tempestad de su derrotero, haciéndole derivar 
más al Sur de lo que se proponía. El 20 de Enero avistó la 
costa oriental del Brasil, Después de repetidos é inútiles inten- 




Fig. 381. -Grabado de la portada de la Edición 
Alemana de la primera Carta de Colón. 



(1) Vse, Respuestas al Fiscal Real en el pleito contra Diego de Colón. Navarrete, 
Viaje III, 4-11 y 539 á 615, etc. Helps, Spanish Conquest, I, 263-280, etc. Oviedo, op. 
cit., 1-76, 11-132, etc. Las Casas, op cit., II, 389-434. Herrera, Dec. 1.a, Hb. IV, cap. I 
á IV. Humboldt, Examen critique de l'Histoire de la Geographie du Nouveau Conti- 
nent Í1836-1839), 1-313 y IV-195 á 220. Winsor, N. & C. H. of A. II, pág. 204 y sig. y 
?iis potas. Bourne, op. cit., pág. 70 y sig., etc., etc. 



- 448 



tos de traficar con los naturales (Guaranis), siguió costeando 
hasta la boca del Amazonas que, á semejanza de Colón, cre- 
yó ser el Ganjes Indico. De los tres buques que componían la 
flota descubridora sólo volvió uno á España (Sep. 30, 1500), 
donde VáñezPin- 
zón dio cuenta de 
su viaje legado á 
la posteridad por 
Juan de la Cosa, 
en su mapa, y por 
Mártyr deAngle- 
ría en sus cróni- 
cas (1). 

3. - La ruta de 
Pinzón fué segui- 
da unas semanas 
más tarde por 
Diego de Lepe, 
que llegó en la 
costa Brasileña 
hasta más allá del 
Cabo San Agus- 
tín (Lat Sur). Vol- 
vió á España an- 
tes que Pinzón 
(Junio, 1500). En 




Fig. 382. 



Colón en la Isla Margarita (Grabado en las 
Décadas de Herrera). 



Octubre del 1500, Rodrigo de Bastidas, notario de Sevilla, y 
Juan de la Cosa, armaron otra expedición que salió de Cádiz 
y recorrió las costas septentrionales de Sud América desde el 
Cabo de la Vela hasta Nombre de Dios, la provincia de Santa 
Marta, las bocas del Magdalena, la Punta Caribana, el puerto 
de Cartagena y el Goljo de Urabá (Darien). Forzados á arribar 
á la Española por el mal estado de sus buques que allí se 



Viáí» ét Lepe 
y Bastidas. 



(1) Reí, Viaje de Niño. Biblioteca Mar. Esp. II, pág. 525. Navarrete, Coll. cit., 
III, 11 á 19. 540 á 544, etc. Herrera, Dec. I, lib. IV, cap. V. Irving, Comp. of Co- 
lumbus, pág. 2^-22. Winsor, N. & C. H. of A., II, pág 105, notas 4 á 7, etc., etc. 



449 



29 



Segundo viaie 
de Oieda. 



fueron a pique, Bastidas fué preso por orden de Bobadilla por 
supuestos tratos comerciales ilícitos con los indígenas. Llegó 
procesado á España (Sep. 1502), donde pronto fué absuelto 
de las injustas acusaciones (1). 

4. — En Enero de 1502 el incansable Oj'eda, asociado con 
Juan de Vergara y García de Ocainpo, armó otra pequeña flo- 







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Fig. 383. - Fascíinil de la carta de D. Bartolomé Colón en 1503, 

para interesar al Papa en su proyecto de colonizar y cristianizar á Veragua 

(Gaylord Bourne-STpdim in América). 

ta, llegando al Golfo de Paría, desde donde recorrieron la 
costa (Boca del Dragón) traficando con los indígenas hasta 
una tierra regada que éstos parecían llamar Curiana, y que 
OJeda llamó Valfermoso. Vergara fué desde allí á Jamaica 
por provisiones, y Ojeda, después de visitar la Isla de Cu- 
rasao, llegó á Coquibacoa, objeto de su viaje, fundando allí 
un pequeño establecimiento que llamó Santa Cruz, probable- 
mente en la actual Bahía Honda. Vergara volvió pronto de 
Jamaica sin provisiones suficientes. Surgió entonces una des- 
avenencia entre los copartícipes. Predominó Vergara que llevó 



(1) Navari-ete, Coll. cit., III, .'^, 23, 80, 552 á 594, etc. Documentos Inéditos, XXXI, 
5, 100, 102, 119-230, II, 366, etc. Humboldt, Ex Crit., I, 360 IV, 224, etc. Irving, 
Comp. of Columbus, pág. 43 y sig. Winsor, N. & C- H. of America, II, pág. 187 y 
sig. y 205 á 207. Notas 6 á 12 1 á 8, 1 á 10, etc., etc. 



450 - 



á Ojeda preso á la Española. Pronto fué puesto en libertad, 
pero la expedición resultó un completo fracaso. En esta forma, 
y en el intervalo transcurrido entre la llegada á España de la 
carta de Colón anunciando su descubrimiento de la Costa de 
las Perlas (1498) y la salida del mismo para su cuarto viaje, 
quedó explorada la eosta Atlántica de Siid América desde el 
Cabo San Agustín (8° Lat. 
Sur) hasta el Istmo de Pana- 
má (1). 

5. -Entre tanto, el Rey don 
Manuelas Portugal, celoso de 
los éxitos y actividades de los 
descubridores españoles, se pro- 
puso rivalizar con ellos conti- 
nuando la exploración de la 
ruta Oriental, hacia las Indias, 
abandonada desde la hazaña de 
Bartolomé Díaz en el Cabo de 
Buena Esperanza (1486). En el 
verano de 1497, un joven de 
singular audacia y voluntad de 
hierro, llamado Vasco de Gama, 
se hizo á la vela con cuatro 
buques desde el puerto de Lis- 
boa. Después de detenerse en 

las islas de Cabo Verde, se lanzó hacia el Sur por el Atlánti- 
co, hasta llegar al paralelo 30^ desde donde derivó hacia la 
costa Africana, deteniéndose en la Bahía de Santa Elena, des- 
pués de noventa y tres días de no ver sino cielo y agua, y hacer, 
por tanto, la navegación, sin escalas, más larga de su época. 
Dobló después el Cabo de Buena Esperanza y cruzó el Océa- 
no Indico hasta Calicut, en la costa Malabar del Indostán. 




f'V.3«4.- Sepulcro de Colón (Sevilla). 



Vasco de Gama 



(1) Navarrete, Coll. HI, 28, 32, 85, 89, 91, 103, 107, 591, etc., etc. Irving, op. cit., 
pág. 45-56. Humboldt, Ex. critique. I, pág. 360. IV, 226, etc. Winsor, N. & C. H. of 
.\merica, II, pág. 189 y 207 y sus notas 11 á 16. Véase también el Mapa de Juan de la 
Cosa y mi cap. VIII, tít. II, América Indígena. 



- 451 



Pedro Alvarez 
de Cakral. 



Llevo á Lisboa las primeras noticias del estupendo viaje de 
Vasco de Gama su asociado Coelho (Julio 10-1499). Pocas se- 
manas más tarde volvió á Lisboa Vasco de Gama mismo. Seis 
años antes Colón anunció orgulloso al Rey Juan que, nave- 
gando hacia el Oeste "había llegado á las Indias,;. Al volver 
Vasco de Gama, y mientras declinaba la estrella de Colón, el 

Rey D. Manuel 
tuvo á su vez la sa- 
tisfacción de comu- 
nicar cortésmente 
á los Reyes Católi- 
cos que "un noble 
vdesu corte, llama- 
ndo Vasco de Ga~ 
»ma, y su hermano 
nPablo habían He- 
lgado por el Orien- 
f/te á las verdaderas 
»¡nd¿as, y que ha- 
wbían encontrado 
«en ellas grandes 
«ciudades, ríos, edificios y pueblos abundantísimos en especias 
«y piedras preciosas, que los buques portugueses seguirían tra- 
»yendo á Europa en cantidades inmensas,,. Si comparamos los 
hechos relatados en esta comunicación (Julio 1499) con los 
desgraciados sucesos de la Española y los escasos resultados 
comerciales de los viajes de Colón, podremos darnos cuenta 
exacta del efecto que produjo en España y en sus reyes (1). 

6. -A principios del siguiente año (1500) salía del puerto 
de Lisboa, con destino á la India, una poderosa flota, com- 
puesta de 12 grandes naves y una carabela, bajo el mando de 
Pedro Alvarez de Cabral. Después de salir de las Islas de Cabo 
Verde siguió Cabral la ruta y, probablemente, los consejos de 




Fig. 385. 



El testamento de Isabel la Católica 
(Cuadro de Rosales). 



(1) Winsor, N. & C. H. of A., H, pág. 42, nota 4-44, notas 2, etc. Fiske, Discove- 
ry, I. 498 y notas. Bourne, op. cit , pág. 72 y sig. Ravenstein, Vasco de Gama, etc., 
XVIII, pág. 113 y sig., etc., etc. 



452 



Vasco de Gama, navegando en el Atlántico con dirección Sud- 
oeste. Arrastrado, acaso, por la corriente occidental ecuatorial, 
desvióse de su derrotero, arribando á las costas del Brasil 
(Abril 21), cerca del actual Porto Seguro (18° lat. Sur). Cabral 
llamó Santa Cruz 
á la tierra descu- 
bierta, despachó á 
Portugal uno de 
sus buques para 
dar cuenta del su- 
ceso y siguió su 
viaje hacia la India. 
Cabral no se dio 
cuenta de la impor- 
tancia de su descu- 
brimiento, ni creyó 
haberse desviado 
gran cosa de su de- 
rrotero al Cabo de 
Buena Esperanza, 
como lo prueba el 
hecho de haber 
anunciado el Rey 
D. Manuel á los 
soberanos españo- 
les, después de la Fig. 386 -Aménco Vespudo (Montanus). 

vuelta de Cabral á 

Lisboa, que la tierra por él descubierta era «muy conveniente 

y necesaria para el viaje á la India,; (1). 

7. — Nada nos dice Colón en sus escritos de la impresión que El cuarto viaje 
produjeron en su ánimo los viajes de Cabral y de Vasco de Ga- ^^ ^•'•"• 




(1) Gandavo, Historiada Provincia Santa Cruz (Lisboa, 1576), cap. I. Barrios, 
Asia, Dec. I, lib. V, cap. II. Machado, Memoria sobre ó descobrimento do Brasil 
(Río Janeiro, 1855). Peschel, Zeitalter, etc., pág. 263 y sig. Fiske, Discovery, II, pág. 97. 
Osario, De Rebns Emmanuelis, etc., (ed. 1791), I, pág. 277 y sig, Bourne, op cit., 
pág. 77,-«tc., etc. 

- 453 - 



ma. En los meses que siguieron á su tercer viaje dedicó el Al- 
mirante gran parte de su tiempo en escribir el célebre «Libro de 
las Profecías», curiosa recopilación de pasajes bíblicos, que su- 
ponía profetizaban el rescate de la Ciudad Santa y el Monte 
Sión, y el descubrimiento y conversión de las Indias. En Fe- 
brero del 1502 todavía dirigió al Papa Alejandro VI una corta 




Fig. 387.— Mapa de Walseemüller del 1507, que fué el primero en que se dio 
al Nuevo Mundo el nombre de nAmérica". 



relación de sus viajes, identificando á la Española con el Tar- 
shish y el Ophir de la Sagrada Escritura y anunciándole que 
emprendería, en nombre de la Santa Trinidad, viaje nuevo, el 
cual será á su gloria... j con el fin de gastar lo que se hobiese 
en presidio de la Casa Santa á la Santa Iglesia... (1). 

Sin emba^rgo, el objeto inmediato de este cuarto y último 
viaje Colombino fué el encontrar un estrecho en la tierra firme, 
revelada por los viajes de Ojeda, Pinzón y Bastidas, que le 



(1) Vse. Carias de Colón, Ed. citada, pág. 331 y sig. Navarrete, Viajes, 11, pág. 260 
(Extractos libros de las Profecías), LoUis, Raccolta Colombiana, (Reprod. libro de las 
Profecías, Pte. I, JI, pág. 164. Navarrete, II, pág. 280, 282, etc., etc. 

- 454 - 



permitiera pasar al Océano Indico. Los monarcas españoles se 
apresuraron á ayudar á Cristóbal Colón para este viaje, y en 
Mayo 9 del 1502 salió de Cádiz con cuatro embarcaciones, 
acompañado por su hermano D. Bartobmé, su hijo menor 
D. Fernando y dos ó tres intérpretes de lengua arábiga por si, 
encontrándose el estrecho, eran necesarios en las Indias. El 




Fig. 388.— La Isla de Jamaica y parte de La Española (Isolario de Santa Cruz^. 

tiempo favoreció al Almirante, que llegó en veintiún días de 
las Canarias á la Martinica (Junio 15). 

8. — Aunque los Reyes Católicos, deseosos de evitar distur- 
bios, no le habían dado permiso para tocar en la Española 
sino en su viaje de vuelta, como una de las embarcaciones que 
llevaba hacía mucha agua, determinó el Almirante cambiarla 
en la referida isla por alguna de las naves que Ovando, suce- 
sor de Bobadillo, había llevado á la Española cuando fué á 
tomar posesión de su gobierno (Abril 1502). El Comendador 
Ovando, obedeciendo las instrucciones de los Reyes, prohibió 
al anciano Virrey la entrada en sus dominios. Estaba en esta 

- 455 - 



ocasión reunida en el puerto de Santo Domingo una flota de 
28 buques, con la que Bobadilla, el rebelde Roldan y muchos 
de sus compañeros se disponían á volver á España, llevando 
consigo algunos caciques cautivos (Guarionex, tic.) y buena can- 
tidad de oro nativo en pepitas de considerables tamaños. Parece 
ser que el Almirante aconsejó á Ovando que detuviese la sali- 
da de esta flota, pues preveía una violenta borrasca. Se despre- 
ciaron sus pronósticos, y apenas zarparon los referidos buques 
se desencadenó un terrible huracán que echó á pique á más de 
20, sin que pudiera salvarse ni uno solo de sus tripulantes- 
• Bobadilla, Roldan y sus cómplices, que iban en la nave capi- 
tana, perecieron también en el naufragio. Colón tuvo la suerte 
de escapar sin pérdidas sensibles. No es extraño que su hijo 
D. Femando, al relatar esta catástrofe, tuviese por cierto «que 
"fué providencia divina, porque si arribaran éstos (Bobadilla, 
"Roldan, etc.) á Castilla, jamás serían castigados como mere- 
"cían sus delitos...,; (1). 
£f Continente. 9. -Abandonó el Almirante la Española, dirigiéndose al 
S. O.; pero las calmas que sobrevinieron, impidiéndole vencer 
la fuerza de las corrientes, le hicieron derivar hasta los llama- 
dos Cayos de Morant, y desde allí, empujado en otra direc- 
ción, hasta las isletas del Sur de Cuba, visitadas ya en su se- 
gundo viaje (Jardines de la Reina). Aprovechando un buen 
viento volvió á su primer rumbo, descubriendo la Isla de los 
Pinos (Guanacoa ó Guanacos), donde vieron los expediciona- 
rios una canoa indígena, de 25 remeros, cargada con varios 
objetos de utilidad y adorno, destinados, sin duda, al tráfico 
con las tribus Mayas de Yucatán y Honduras, como lo de- 
muestra el hecho de llevar almendras de cacao, que si se les 
caían «procuraban todos, dice D. Fernando Colón, cogerlas 
con el mayor ahinco, como si se les hubiera caído un ojo» (2). 



(1) Vse. Femando Colón, op. cit., II, pág. 139 y sig. Asensio, op. cit., II, pág, 425 
y sig. y aclaraciones C. y D., II, pág. 638 y sig. Bourne, op. cit., pág. 77 y sig. Nava- 
rrete, Viajes, III, pág. 556, etc. Las Casas, op. cit., III, pág. 22 y sig., etc., etc. 

(2) Vst, Asensio, op. cit., cap. II, lib. V, pág. 45) y sig. y mi Cap. VII, Pte. 1.a, 
pág. 260, etc. 

- 456 - 



Obstinado Colón en sus ideas, creyó entender por los gestos 
de los indígenas que se encontraba á «nueve jornadas de anda- 
wdura de una rica provincia (Cigmre), desde donde, á diez jor- 
«nadas, es el río Gangues'^ (1). De haber puesto proa á Occi- 
dente, en pocos días de navegación hubiera descubierto el Im- 
perio Mejicano. No lo hizo así, despreciando ó no entendiendo 













/ 







v^ ^- 



Fig.389.— Islade la Trinidad, Boca del Dragón, etc.(Isolario de SaniaCruz). 



las indicaciones de los indígenas, sino que, prosiguiendo en 
busca del ansiado estrecho, puso rumbo al Sur para tierra 
firme. Al segundo día descubrió el hoy Cabo de Honduras, 
y desde allí, después de ochenta y ocho días de espantable tor- 
menta, "que los navios tenía yo abiertos, dice el Almirante, 
«e las velas rotas y perdidas anclas y jarcia y cables... la gente 
«muy enferma, todos contritos,., y esmortecidos los que tenía- 
«mos por esforzados...", llegaron á un cabo en que la costa vol- 



I 



(1) Vse. Cartas Colón, Ed. cit., pág. 367 y sig. Asensio, op. cit., II, pág. 458. 
Bourne, op. cil , pág. 79 y sus notas, etc., etc. 

- 457 - 



vía rápidamente, formando un ángulo casi recto, encontrando, 
al cambiar la dirección, mar más bonancible y vientos favora- 
bles, por lo que el Almirante denominó esta punta Cabo de 
Gracias á Dios. Siguieron desde allí su rumbo por lo que hoy 

forma la Re- 
pública de 
Costa Rica, 
y vieron al- 
gunos indios 
(Chiriquis) 
con láminas 
de oro puro 
colgadas al 
cuello, que 
los españoles 
les trocaron 
por baratijas 
insignifican - 
tes. 

Los infor- 
mes obteni- 
dos en estas 
costas de la 
existencia de 
un rico país, 
al que, por la 
manera de 
pronunciar 

Fig. 390.— Costa del Brasil (Isolario de Santa Cruz). \ . , 

los indios, 
dieron en llamar Veragua, decidieron á Colón á reconocerlo. 
Seguro de que había llegado al Aareo Quersoneso de los anti- 
guos, y que no debía estar lejos el paso á la India, siguió la 
costa hasta la parte más estrecha del Istmo de Panamá, llegando 
el 2 de Noviembre á la abrigada bahía de Porto Beto. Después 
de explorar la llamada provincia de Veragua, luchar con los 
indígenas y reconocer el caudaloso río de Belén (B.^ Limón) 




- 458 - 



donde preiendió fundar una colonia, desanimado, enfermo de 
gota, y escaso de provisiones, puso proa al Norte (Mayo 1503) 
abandonando el Continente. El día 10 fueron á dar otra vez á 
Jardines de la Reina. Sufrieron allí terribles privaciones y bo- 
rrascas muy recias. Como las tablazones de las carabelas pare- 
cían «un panal de abejas», y era imposible llegar á la Española 
con tan desvencijados cascos, aprovechó Colón un buen viento 
y partió ^^xd. Jamaica. Con grandes trabajos, y achicando el 
agua que llenaba las embarcaciones, hasta con cubas y calde- 
ras, dieron fondo en las cercanías de Puerto Bueno (Dry Mar- 
bour). 

10.- Varó el Almirante en aquella playa sus carcomidas em- Jamaica, 
barcaciones, las ató fuertemente, y apuntalándolas por ambos 
lados para evitar todo movimiento, hizo construir sobre su 
cubierta, en los castillos de popa y proa, habitaciones para 
toda la gente (1). No nos detendremos á relatar las extraordi- 
narias y románticas aventuras de los náufragos en el año que 
pasaron en Jamaica. Los dramáticos incidentes del maravilloso 
viaje á la Española de los heroio:)S Méndez y Eieschi, en una 
frágil canoa; el anuncio del eclipse total de luna, que tanto ate- 
rrorizó á los indígenas; la llegada de Diego de Escobar, comi- 
sionado de Ovando, defraudando las anhelantes esperanzas de 
todos; y el canallesco motín de Francisco Porras, sofocado con 
sangre, pertenecen á la biografía de Colón más bien que á la 
historia de sus descubrimientos. Rescatados por las carabelas 
enviadas por Ovando á instancias de Méndez, Colón y sus 
asendereados compañeros, llegaron á Santo Domingo el día 
13 de Agosto de 1504. 

1 1. - El día 12 de Septiembre salió el Almirante para España, Últimos años ^ 
y después de un viaje largo y difícil desembarcó muy enfermo y muerte de Colon, 
y achacoso en Sanlúcar de Barrameda (Noviembre 4). Supo al 
llegar la gravedad de su protectora la reina Isabel, que falleció 



(1) Fernando Colón, Hist. II, pág. 136 á 210. Asensio, op. cit., II, pág. 440 y sig. y 
aclaración D, pág. 642 (Carta Colón, Jamaica, Julio 7, 1503). Winsor, Christopher 
Columbus, pág. 437 y sig. Fiske. Discovery, I, pág. 504 y sig. y sus referencias, etc., etc. 

- 459 - 



#■ 

el 24 del mismo mes en el castillo de la Mota de Medina ael 
Campo. Cuando le fué posible, pasó á la Corte para relatar á 
D. Fernando su último viaje. Recibióle el Regente con bonda- 
dosa indiferencia. Todos estaban ya cansados de las célebres 

Indias, por las 
que durante ca- 
torce años de 
descubrimien- 
tos tan grandes 
sacrificios había 
hecho España, 
sin obtener las 
decantadas ri- 
quezas del en- 
soñado Ophir 
del Almirante, 
que agoviado 
por sus pesares 
y dolencias no 
pudo ni siquie- 
ra ponerse en 
camino para re- 
cibir á D. Felipe 
y D.^ Juana, hija 
de los Reyes Ca- 
tólicos. Comi- 
Fig. 391. -Vasco de Gama. síonó, sin em- 

bargo, para ello 
á su h^xmdino Bartolomé, entregándole una carta súpíica para 
los nuevos reyes. Sus fuerzas siguieron decayendo. Hizo su tes- 
tamento, dio á su hijo saludables consejos y espiró en Vallado- 
lid el día 20 de Mayo del año 1506, oscura y cristianamente (1). 

(1) Vse. Fernando Colón, op. cit., II, pág. 210 y sig. Asensio, op. cit., II, pág. 479 
y sig. y aclaraciones E á I, pág. 653 y sig. (Testamento de Colón, Mayo 19, 1506, pág. 
678). Winsor, Christopher Columbus, pág. 477 y sig. Ruge, Columbus, pág. 205 y sig. 
Thacher, Columbus, III, 469y sig. Bourne, op. cit., pág. 81 , etc., Comp. P. Ric. Cappa, 
S. í. Estudios críticos, Parte I (Colón en América), pág. 172 á 328 y sus referencias 




460 - 



12. -La persona de Colón aparece rodeada de nebulosida- Su carácter, 
des. No se conoce retrato auténtico suyo. El cronista Martyr 
de Anglería que estaba en Valladolid en el momento de su 
muerte, no se ocupa de ella en sus cartas. Aquel «Cristóbal 
Colón de la Liguria» de cuyo maravilloso descubrimiento daba 
cuenta al caballero Borroneo (Mayo 14-1493), no le mereció al 
morir ni la mención más insignificante!... El marino genial, el 
virrey de las Indias, el que dio á Castilla y á León un Nuevo 
Mundo, desapareció del escenario de la vida ignorado y en 
silencio! 

Pocos hombres de acción, sin embargo, nos han descubierto 
con más ingenuidad las interioridades de su espíritu. Sólo co- 
nocemos á Vasco de Gama, á Magallanes y demás caudillos de 
la época, por lo que hicieron; ignoramos lo que pensaron. 
Colón, en cambio, nos legó su alma en sus escritos, y sabemos 
por ellos cuáles fueron sus ilusiones, sus esperanzas, sus entu- 
siasmos de cruzado, sus tribulaciones, sus amores y sus des- 
varios. 

Las crónicas, por otra parte, nos lo presentan como leal y 
magnánimo, amante de la justicia, fiel á sus soberanos, sobrio, 
tenaz, terñerario é incansable. 

Tuvo graves errores. Dominado por místicas exaltaciones y 
febriles ensueños, fué férco y antojadizo, apasionado y orgullo- 
so. Gravó á los indígenas con trabajos excesivos, y tuvo al go- 
bernar españoles parcialidades y preferencias irritantes. Fuese 
por su*tálta de tino político ó por su calidad de extranjero, 
siempre dio lugar á reclamaciones y disturbios. Pero tales de- 
fectos desaparecen ante la magnitud de sus adversidades. Su 
resignación y sus dolores, grandes como su genio, borraron 
sus manchas con el poderoso disolvente de las lágrimas. 

Como marino práctico, es, sin disputa, el mayor de su siglo; 
muy observador y compulsador de los fenómenos naturales, 
vigilantísimo y, con todo, en todo desgraciado, bien por los 
buques que perdió, bien por lo largo y penoso de sus viajes. 

El mundo le es deudor de la empresa más fecunda en resul- 
tados grandiosos que han visto los tiempos. Su nombre y sus 

- 461 - 



hechos marcaron el principio de la Historia Moderna. Murió 
sin saber que había descubierto el Nuevo Mundo. No sospe- 
chó la gloria que la posteridad había de darle (1). 
Amérlco Vespucio. 13. -El lugar que ocupa el célebre Florentino, Vespucio, en 
la historia del descubrimiento de América, es un curioso ejem- 
plo de la posibilidad de conquistar un nombre con el auto- 
anuncio y el auxi- 
lio delaimprenta. 
Américo Vespucio 
v^Amerigo Vespu- 
cci) (2), había na- 
cido en Floren- 
cia, en Marzo de 
1452. En el 1492 
pasó á España 
como agente co- 
mercialdelosTW^- 
dici. Aparece su 
nombre en los 
documentos espa- 
ñoles de la época 
como empleado 
del contratista^^- 
raz-í//, que armaba 
y equipaba por 
cuenta de los go- 
biernos las expediciones marítimas á Indias. Parece ser que 
se contagió con el entusiasmo de los que partían y se embarcó 
en una de estas expediciones con el deseo de » ver mundo" y 
hacer „ algo famoso y duradero". Y aquí empiezan sus impos- 




Fig. 392. - Un desembarco de Ojeda. 



(1) Compse. los juicios de Asensio, Cappa, Winsor, Ruge, Roselly de Largues, etc., 
etc. Vse. Oviedo, Hist., I, 81. Thacher, Columbus, III, 505 y sig., y en especial, las 
Cartas del Almirante {^di. citada) su Libro de las Profecías.— Mártyr de Anglería, 
Carta CXXX, etc., en la edición citada (Torres Asensio), I, pág. 17 y sig. 

(2) "Amérigo" de "Amalfich" (alemán). "Aniaury" (francés antiguo) "el que se en- 
durece en los trabajos". Vse. Fiske, Discovery, II, pág. 24 y sigtes. y sus notas (siouc 
!r.s monografías de Vnrnhagem). 



-462- 



turas, pues afirma que hizo este viaje en el año 1497, siendo 
así que no existe mención ni oficial ni particular de la existen- 
cia de tal viaje en ningún documento, registro ni libro de la 
época. No existió, pues, más que en la relación del pretencioso 
Florentino, que 
antidató su pri- 
mera salida de 
Sevilla con el 
único objeto de 
atribuirse, la 
prioridad del 
descubrimiento 
del Golfo Meji- 
cano y las cos- 
tas de Hondu- 
ras, es decir, de 
la tierra firme, 
que Colón tocó 
en su tercer via- 
je (D. 

14. -A pesar 
de las eruditas 
y apasionadas 
tentativas de al- 
gunos historia- 
dores que man- 
tuvieron lavera- 
cidad del referi- 
do viaje de Vespucio en 1497, la sana crítica histórica lo rechaza 
como apócrifo. El primer viaje que hizo Vespucio fué acompa- 
fiando á Ojeda en 1499; el segundo, con Diego de Lepe, que 
descubrió, como dijimos, la costa Sud Americana, hasta los 8° 




Fia, 393. -Corriendo un temporal. 



Sus cuatro 
viajes. 



(1) Hughes, Race. Colombiana, pt. V, II, pág. 115 y sig. Markham Lettcrs of 
Amerigo Vespucci, pág. 3 y sigtes. Navarrete, Viajes, II, pág. 214 y sig., III, 544 á 
590. Bourne, op. cit., pág. 84 y sig. y sus notas. En contra, y según Varnhagsm, 
Gaffarf' op. cit., II, 163, etc. 



463 



Sus escritas. 



de latitud Sur; el tercero ^ con un capitán portugués (1 50 1) que 
se proponía explorar las tierras descubiertas por Cabral, y re- 
corrió la costa del Brasil hasta cerca de Porto Alegre y el At- 
lántico hasta la isla de Nueva Georgia, y el cuarto (1503), que 
no pertenece á la Historia Americana, con otra expedición por- 
tuguesa destinada á explorar «una isla en el Este llamada Ma- 

laccha", cuya riqueza 
había ponderado Ca- 
bral al volver de Ca- 
licut después de haber 
descubierto el Brasil 
(1501) (1). 

Américo V espacio 
no fué el iniciador ni 
el jefe de ninguna de 
estas expediciones, y 
su nombre ni siquiera 
se menciona en ningu- 
na de las crónicas y 
numerosos documen- 
tos relativos á estos 
viajes, existentes en 
los Archivos Españo- 
es y Portugueses. Si 
sus célebres cartas no se hubieran publicado en latín y cir- 
culado profusamente entre los estudiosos de la época, la his- 
toria apenas si recordaría á Vespucio como cartógrafo en Por- 
tugal ó, cuando más, como examinador de pilotos en España. 
Las cartas que determinaron la celebridad de Vespucio 



RVDIMENTA 

qagoppontuvel contra dcnotatAtcj^ín íéxto ^ 
mate Antarélicú vcrfus/ & pars extrema Affnbe 
oupcrrcpcrta8£Zamzibcrrtauanunor/& Senla 
infulj/Síquartaorbís pars( ^uam quía Amcriois 
inucníl Amcríocn/quaíi Amoici térra fiuc Ame* Amc« 
camnuna<p»relícct)íitarfunt.Dcqmbus Auílrali nge 
bus clímatibus IweePomponrj McUg Geographi Popo; 
verba íntelligcnda funt/ vbi ait. Zonc habitabiles Mc(j 
paría agunt anni tempora/verutn non patita* An# 



Nunc vero & hef paites funtlatius luíbratae/ 8¿ 

alia qcraita pars per Americú Veiputiumc vt in re# 

4^ qaentilíusaudietur)mvemac<l quá non video cur 

Ame* quis íurc vctet ab Am erice inuentore (ágads inge 

tico ntjviroAmcrigcnquaG Ameridtcrram/fiueAmc 

ricam dicendamtcuní bc Europa & Afta a mulicrí^ 

bus fuafortita fint nomina£tusfitúfir gentís tno« 

íes exhísliinis. Ameríd nauigaóooibus i]uc^(eqoS 

turliquídeinteiUígLdatar. 

Fig. 394. - Página de la Cosmographiae Introductio, 

donde se da al Nuevo Mundo el nombre de América. 

(Edición 1507). 



15. 



fueron dos. Una, escrita desde Lisboa, á Lorenzo Piero Fran- 
cesco de Medici (Marzo ó Abril 1503) y publicada á principios 
del año 1504 (Mundos Novus), y otra, escrita también en Lis- 



(1) Hughes, Cronología, pág. 7 á 12 y sig. Markham, Letterg of Americo Vespu- 
cci. pág. 53, etc. Bourne, op. cit., pág. 82 y sig. Fiske. Discovery, II, pág. 26 y sig. 
SidneyStewardQay, en Winsor, N. & C. Hist of America, vol. II, pág. 129 y sigtes» 
y notas criticas (Winsor), pág. 153 y sig. 



464 



'. Gracias (tJ>¿as 



boa y dirigida á su compañero de colegio Pietro Soderíni, más 
extensa que la de Medid. La versión francesa de la carta de 
Soderíni, hecha por Rene II, Duque de Lorena, fué traducida á 
su vez al latín y publicada (1507) en un apéndice de la «Cosmo- 
grapiae Intro- 
ductio», de Mar- 
tín Wadseemii- 
ller, profesor de 
Geografía en 
el Colegio de 
S.^-Dié(Lorena). 
Estas dos cartas, 
en las que Ves- 
pucio no vaciló 
tx\ forjar ó antí- 
datar viajes y 
atribuirse toda la 
gloria de ajenos 
descubrimien- 
tos,circularon 
en numerosas 
ediciones y pro- 
fusamente (1). 
Ahora bien, 
comolarelación 
del tercer viaje 
Colombino no 

se publicó en latín hasta el año 1508 (Paesi Nov amenté Ritro- 
vati), y las de Vespucio circulaban desde los años 1504 y 1507, 
claro es que la fama del cartógrafo Florentino, como descubri- 
dor del Continente Sud Americano, eclipsó la de Cristóbal 
Colón, que hasta en esto fué desgraciado. Nada había de ori- 
ginal en las tales relaciones de Vespucio, pues el mismo ca- 




Fig. 395.— Mapa de la provincia de Veragua (Según Heíps). 



(1) Vse. Bourne, op. cit., pág. 90 y sig Quañtch, The first four voyages of Anie- 
rigo Vespucci, V y sigtes. Winsor, Notas bibliográficas, etc., á Howard Gay, N. &C. 
H. of A., II, pág. 154 y sig., etc. 



- 465 



30 



El nombre 
de América. 



lificativo de Nuevo Mundo (Mundus Novas) que dio á las tierras 
descubiertas, había sido usado en análogo sentido (región ig- 
nota del globo) por Cristóbal Colón en una de sus cartas, por 
su hermano Bartolomé &n uno de sus mapas ó bosquejos, y por 
Pedro Mártyr de Anglería en sus Décadas Oceánicas (1). 

16. -Considerado Vespucio por los geógrafos extranjeros 
de su época como el descubridor del Nuevo Mundo, era lógico 
que dieran á tal región su nombre. Así Martín Wadseemiiller, al 

enumerar las di- 
ferentes partes del 
mundo en su Cí75- 
mographiae In- 
troductio (1507), 
dice: "En el sexto 
clima hacia el polo 
antartico están si- 
tuadas, etc.. y la 
cuarta parte del 
globo que, ha- 
biendo sido des- 
cubierta por í4/;í^- 
ricus, puede lla- 
marse Amerige, 
tierra de América ó "America,,. En otro lugar de la mis- 
ma obra insiste en que debe darse á esta cuarta parte del glo- 
bo el nombre de "tierra de América, su descubridor, ó " Amé- 
rica,,, desde que también Europa y Asia derivan sus nombres de 
mujeres,,. Como entre los nombres de "Amerige,, y "América,, 
el último era más eufónico y tenía cierta analogía con los de 




Fig. 396. 



Mapa del primer viaje de Ojeda 
(según Uel/js). 



(1) De la carta de Medid se conocen hasta el 1550 cerca de 45 ediciones. De la de 
Soderini fueron menos numerosas, pero como se puso en los textos de Geografía, su 
influencia en los escolares fué más poderosa y amplia. Vse. Bourne, op. cit., pág. 92 y 
sigte. y sus notas. Cartas de Colón, (Ed. cit.), pág. 311 y sig. Wiesser, Die Karte des 
Hartolomco Colon, etc., (Ed. Innsbruck, 1893). Mártyr de Anglería, Ed. cit. (Torres 
Asensio). Cartas CXXX, CXXXVIII, CXLII, pág. 13 y sig. (vol. I). En España y Por- 
tugal no se publicaron las cartas de Vesi)Ucio hasta el siglo xix. Las Casas, Herrera, 
Oviedo, Barros, etc , ni las mencionan, Vse. Bonrne, op. cit., pág. 92, etc. 



466 



Asia y Europa, preponderó sobre el primero, y los numerosos' 
mapas y geografías alemanas se encargaron de propagarlo é 
imponerlo, á pesar de que el mismo WaldseemüUer , cuando 
supo la verdad de los hechos, dejó de usar el nombre á^ Amé- 
rica, designando en su mapa de] 
año 1513 á Sud América con el 
nombre de "Terra incógnita,,, 
y reconociendo claramente que 
había sido descubierta por Co- 
lón. En España el nombre de 
América no se usó hasta me- 
diados del siglo XVIII (1). Hasta 
entonces todos los documentos, 
crónicas, historias, etc., cono- 
cieron las tierras Americanas 
con el nombre de "Las Indias,,. 
El célebre Miguel Servet, que 
Calvino condenó á la hoguera, 
fué el primero que se opuso á 
que se diera al Nuevo Mundo el 
nombre de Americo Vespucio, en vez del de Colón, su verda- 
dero descubridor. La costumore pudo más que su protesta, y 
quedó consumada esta injusticia histórica (2). 




Fig. 397. 
El Geógrafo Gerardo Mercatore. 



(1) En el Atlas de López (Madrid, 1788). Vse. Hughes. Le vicende del nome "Ame- 
Tíca", pág. 41 V sigtes. 

(2) "Amerigen quasi Americi terram, sive American, dicemdam cuín et Europa et 
Asia á mulieribus sna sortita sint nomina* (Cosm: Introd., fol 3-6 y 15-6, citado 
por Kretschmer, Entdeckung Amerikas, pág. 364. Vse. también Hughes. Le vicende 
del nome "America", pág. 17 y sig. Winsor, N. & C. H. of A. II, pág. 176 (notas). 
Harrisse, Cristophe Coloiiib, II, 97. Herrera, Dec. I, 182, I, y las referencias de la 
Tabla General (vol. IV). Markham, Vespucci Letters, pág. 68-109 (copia Los Cflr5«5, 
Jiist ). Bourne, op. cit., pág. 98 y sig., etc , etc. 



- 467 



CUESTIONARIO 



/. - ¿Qué tetritoríos descubrió Alonso de Ojeda? 

2.- ¿Qué territorios descubrió Alonso Niño? 

3. - ¿A qué parte del Continente llegó Vicente Yáñez Pinzón? 

4.— ¿Qué importancia geográfica tuvieron los viajes de Lepe 
y Bastidas? 

5. - ¿Qué descubrió Ojeda en su segundo viaje? 

6.- ¿Qué parte de la costa Americana se exploró desde el año 
1498 al 1502? 

7. - ¿Qué importancia tiene el viaje de Vasco de Gama? 

S. - ¿Fueron los viajes Portugueses más importantes que los 
Españoles en resultados económicos? 

9. - ¿Cuál fué el objeto del viaje de Cabral? 
10.— ¿Qué parte de Sud América descubrió? 
i i' -¿Qu^ objeto tuvo el cuarto viaje de Colón? 
12. - ¿Trató de buscar un estrecho ó paso á las Indias? 
J^' - ¿Qué incidentes ocurrieron en Santo Domingo? 
14.- ¿Qué parte del Continente recorrió Colón en este viaje? 
15.- ¿Dónde creyó que había llegado? 

16. - ¿Qué tribulaciones sufrió el Almirante en esta navegación? 
17.- ¿Qué incidentes notables ocurrieron en el año que pasé 

en Jamaica? 
18.- ¿Cómo se comportó con él el Gobernador Ovando? 
19. -¿Dónde y cómo murió Cristóbal Colón? 

- 468 - 



20. - ¿Qué juicio ha formado la Historia de su carácter y su 

obra? 
2 1 .- ¿Quién fué Améñco Vespndo? 

22. — ¿Qué viajes hizo indubitables? 

23. - ¿Qué célebres cartas escribió y en qué idioma? 

24. -¿Dónde y cómo se publicaron y propagaron? 

25. -¿Por qué dio su nombre á América este navegante Flo- 
rentino? 




46Q - 




REFERENCIAS 



Genera\es. ~ Mumboldt. Examen Critique de l'Histoire de 
la Geographie du Nouveau Continent (1836-1839). P. Ricardo 
Cappa, S. J. Estudios Críticos acerca de la Dominación Espa- 
ñola en América ( vol. I). Washington Irving, Compañeros de 
Colón (1831) y las mencionadas en los capítulos anteriores. 

Vasco de Gama y CabraI.-/\ Hammereich, Vasco da 
Gama un die Entdeckung des Seeweges Nach Oclinden (1898). 
E. G. Ravenstein, A Journal of the first Voyage of Vasco da 
Gama, 1497-1499 (1898). Pero Vas Caminha en Alguns Docu- 
mentos da Torre do Tombo, 108. Paesi Novamente Ritrovaü, 
Cap. LXIV (en la Raccolta Colombiana, pte. I II). / A. de 
Varnhagetn, Historia General do Brazil, I, 423. Joáo de Barros, 
Decadas da Asia, (Ed. 24 vols., 1778-1788) y las mencionadas 
en el Tít. I, Cap. I, (Viajes Portugueses). 

Atnérico Vespucio, y el nombre de América. -/I. M, 
Bandini, Viia. di Amerigo Vespucci (1893). /. A. de Varnha- 
gcm, Amerigo Vespucci; ses caractére, ses ecrits, sa vie et ses 
Navigations (1865). Hughes en la «Raccolta Colombiana,;. 
Markham, Letters of Amerigo Vespucci (1894). Quaritch, cí: 
The first four voyages of Amerigo Vespucci (1893), reproduce 

- 470 - 



en tácsímííé la edición original de la carta de Soderini publi- 
cada en Florencia (1505-1506). Saníarem, Recherches Histori- 
ques, etc., (1842). L Hughes, La Vicende del nome "Amerika,, 
(1898). Kretschmer, "Der Ñame des Neuen Weltteils en su 
Entdeckung Amerikas, etc., etc. 

Bibliografías.- H^//Z5¿>/', N. & C. H. of America, vol. 11, 
cap. IJ, íll, Notas Críticas. Boiirne, Spain in America, pág. 329- 
321. Fumagalli en Bandiní, Vita de Amerigo Vespucci (Ed. 
Uzielli, 1893), y las mencionadas en los capítulos anteriores. 



-^v-) 




471 - 



CAPITULO IV 

EL PRIMER CENTRO DE COLONIZACIÓN ESPAÑOLA 
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (1495-1522) 

1. Ovando en La Española. -1. Los repartimientos y Xzs encomiendas, -"i. Rápida 
disminución de los Indios. -4. Descubrimientos y nuevas poblaciones. -5 D. Die- 
go de Colón. -6. Las Prédicas de Montesinos.-?. Fray Bartolomé de las Casas. - 
8. Las Casas y el Cardenal Cisneros. - 9. Los negros Africanos. - 10. La colonia de 
Tierra Firme. - IL La Conquista de Cuba. - 12. Ponce de León y el descubrimiento 
de La Florida. -13. Lucas Vázquez de Aillón.-14. Expediciones de Hernández de 
Córdoba y de Grijalva. 

l.-Al narrar el segundo viaje de Cristóbal Colón apunta- 
mos los principios de la historia colonial de la isla Española. 
Dijimos que, una vez sofocada la rebelión de los indígenas 
(1495), se les impusieron tributos pesadísimos. En compensa- 
ción de tales tributos, y acaso por sugestión de los caciques 
mismos, se aceptó que los indígenas trabajaran en las tierras 
repartidas á los colonos, forma de prestación personal que no 
era ajena al sistema tribal de las agrupaciones primitivas. Dos 
años más tarde, cumpliendo Colón una de las condiciones de 
la capitulación del rebelde Roldan y sus compañeros, concedió 
á varios de ellos parcelas de tierra cultivadas por los indios, 
dividiéndolas en extensiones capaces de contener diez mil y 
veinte mil plantas de' cazabe. Estas parcelaciones (repartimien- 
tos) fueron la base general de la colonización española en toda 
América (1)^- 

Dióse el próximo avance en el desarrollo de las institucio- 
nes coloniales, bajo el gobierno de D. Nicolás de Ovando que, 
como también dijimos, vino á La Española (1502) á sustituir 



(1) Vse. Las Casas, Hist., II, 103y sigr. Herrera, op. cit., Dec. I, lib. 111, cap. 
XIII. etc. TUacher, Columbus, III, pág. 94 y sig. y mi cap. II, tít. II, época I y II 
de este título. 

- 472 - 



á Bobadilla y á calmar rebeldías y descontentos. Era el Co- 
mendador de Lares, según Las Casas, varón prudentísimo y 
amigo de justicia, honestísimo en su persona y celoso de su 
autoridad. 

Firmaron los reyes su nombramiento é instrucciones adjun- 
tas en Septiembre de 1501, y el día 13 de Febrero de 1502 




Tierra fikme. 



Fig. 398.— El Golfo de Méjico en 1520 (Archivo de Jndias). 

partió de Sanlúcar, llevando 32 naves con 2.500 hombres, la 
mayor parte nobles é hijosdalgos. Hasta entonces no había sa- 
lido para las Indias escuadra más numerosa. 

Después de penosa travesía llegaron al puerto de Santo Do- 
mingo (15 de Abril 1502). Procuró el nuevo gobernador arre- 
glar la administración desconcertada de la isla. Reedificó la 
población de Santo Domingo: mandó se empezasen varios 
edificios sólidos, entre ellos el llamado La Fortaleza, residen- 
cia del gobernador, el monasterio de San Francisco, el hospital 
de San Nicolás, etc. 



473 - 



Tropezaba uvando con serias dificultades para el buen go- 
bierno de la colonia. Los 2.500 hombres que, atraídos por las 
maravillas Indianas llevó consigo á La Española, iban con la 
pretensión de acaparar oro, sin trabajo ni penalidades, y volver 
ricos á España. 

No se ocuparon, pues, de culUvar la tierra, fértil en demasía. 
Se proveyeron, en cambio, de herramientas y v1f eres,"y salie- 
ron en interminable procesión buscando las codiciadas minas, 

y creyendo que 
bastaba llegar á 
ellas para recoger 
las soñadas rique- 
zas. 

Pero como las 
minas exigían rudo 
y penoso trabajo 
para producir al- 
gún oro, y no sa- 
bían explotarlas, 
pronto volvieron los españoles á Santo Domingo desengaña- 
dos, hambrientos y llenos de deudas. 

Cebáronse en ellos las enfermedades, al extremo de que en 
poco tiempo murieron más de mil, cifra elevadísima, si se con- 
sidera que apenas había 2.800 en la isla. 

Morían tan deprisa y en tales números, dice Las Casas, que 
«el clero no tenía tiempo de hacerles funerales» (1). 
los repartimientos 2. -Se había ordenado á Ovando que tratara á los indios 
y encomiendas, ^omo hombres libres, abonándoles salario por su trabajo. 
Pronto se convenció de que el indio, indolente y ajeno á toda 
idea de salario ó propiedad privada, se negaba á trabajar hu- 
yendo de los españoles é imposibilitando, por tanto, su educa- 
ción y conversión. En vista de ello, los reyes ordenaron á 




Fig. 399. -La Isla de Santo Domingo (siglo xvi). 



\\) Las Casas, Hist., III, 33 y sigtes. Herrera, Dec. 1, 157y sig. Fiske, Disc, II, 
437 y sig. Helps, op cit., I, 205 y sigtes. Wínsor, N. & C. H. of A., pág. 319 y sig. 
y. A. MacNutt, Barthelemew de Las Casas (N Y. 1909), pág. 28 y sigtes , etc. 

- 474 - 



Ovando (Marzo, 1503) que repartiera los indios en aldeas, dán- 
doles tierras inalienables, que les encomendara á un protector, 
que estableciera en cada una de dichas aldeas escuelas prima- 
rias para catequizarlos, prohibiéndoles sus antiguos ritos y ce- 
remonias é impidiendo que fueran tiranizados por sus caci- 
ques. Se ordenó también por los reyes que favorecieran los 
enlaces matrimoniales de los 
colonos con las mujeres indí- 
genas. 

Para reducir á los indios al 
trabajo dictóse otro Real decreto 
(Diciembre, 1503) ordenando 
que se les compeliese y obligase 
á trabajar en la construcción de 
edificios, beneficiamiento de 
minas, etc., mediante los salarios 
que el gobernador fijara, de- 
biendo proporcionar, al efecto, 
los jefes tribales un cierto nú- 
mero de individuos «como hom- 
bres libres y no como siervos». 

En cumplimiento de estos 
decretos. Ovando encomendó á 
cada colono grupos de cincuenta ó de cien indios con sus res- 
pectivos jefes gentiles, haciendo también parcelas ó reparti- 
mientos especiales para el cultivo de las tierras del rey. Se 
acompañaba los repartimientos con cédulas especiales, en las 

que se encomendaban (A vos D se os encomiendan) los 

grupos ó clanes indígenas á los españoles con el derecho de 
aprovechar de su trabajo y la obligación de instruirles en la 
doctrina cristiana. 

Los trabajos en las minas de los así encomendados duraban 
seis ú ocho meses, y como las tales minas estaban distantes^- al 
ausentarse los hombres caía sobre las mujeres todo el peso áe* 
la familia. Esta obligada separación, el terrible recargo de tra- 
bajo, los crueles tratos de los encomenderos, y la desespera- 




Fig. 400. 
El Adelantado D. Diego Velázquez. 



475 



ción general, hicieron disminuir los nacimientos indígenas y 
aumentaron terriblemente el coeficiente de mortalidad (1). 
Rápida disminución 3. - La población indígena de La Española disminuyó rápi- 
de los lidlos. ¿amenté. Sufrieron los aborígenes americanos, como todos los 
primitivos, las desastrosas consecuencias de su contacto con 
una raza dominadora. Es una vulgaridad histórica, á todas lu- 
ces errónea, el aceptar, sin examen crítico, las apasionadas dia- 
tribas de Fray Bartolomé de Las Casas y sus glosadores, con- 
tra los colonos y gobernantes dt Santo 
Domingo, y declararles causantes úni- 
cos, por sus crueldades, de un fenó- 
meno etnológico cien veces repetido 
en la historia moderna (2). Los con- 
quistadores españoles de los siglos 
XV y XVI no fueron ni más ni menos 
Fig. 4oi.-Autógrafo j j^^ ^^ cualquicr otra na- 

de Panfilo de Narváez. ^ ^ 

ción. 
Cierto es que sus guerras con los indígenas fueron destruc- 
toras y cruelísimas; que las campañas del Higney son una pá- 
gina negra en la historia de aquellos impiadosos caudillos; que 
las matanzas encabezadas por Ovando en Jaragua, su pérfida 
conducta con Anacaona, q\ espantoso suplicio de aquellas tri- 
bus incendiadas, áfeceadaaí y perseguidas como alimañas fero- 




(1) «Pagándoles (á los indios), decía el decreto de 20 Diciembre 1503, el jornal que 
por vos fuese tasado, lo cual hagan é cumplan como personas libres, como lo son, y 
no como siervos... é non consintades ni dedes lugar que ninguna persona les haga 
mal ni daño, ni otro desaguisado alguno... so pena de la mi merced y de 10.000 ma- 
ravedís para la mi cámara, etc..» Vse. Las Casas, Hist. III, 65 y sig. Fabic, Ensayo 
Histórico, pág. 52 y sigtes. y sus referencias. Herrera, Dcc. I, lib. V, cap. XII y sig. 
Mac Nutt, loe. cit. Gutiérrez, Fray Bartolomé de Las Casas, pág. 33 y sig. Vse. tam- 
bién el texto Integro del decreto de Isabel la Católica (Segovia, Dic. 20 del 1503) en 
Doc. Inéditos de Indias, XXI, 209. Compse. Middeldyk, Hist. of Puerto Rico, 29-45. 
Bourne, op. cit., pág. 208 y sig., etc. 

(2) Waitz en su Introduction to Anthropology (London, 1863), cita gran cantidad 
de ejemplos ilustrativos de este rápido aniquilamiento de las razas aborígenes, op. cit.. 
pág. 145 y sigtes. Comp. también Peschel, Races of Man., pág. 152 y sig. G. Stanley 
Hall, Adolescence, II, pág, 648-750 (Tratamiento de razas adolescentes). Bourne, op. 
cit., pág. 210 y sigtes., etc., etc. 

- 476 ~ 




ees, nos horrorizan hoy como horrorizaron entonces á Isabel 
la Católica y á su Presidente del Consejo de Indias D, Alvaro 
de Portugal, cuando de tales hechos tuvieron conocimiento. 
Cierto es también que muchos colonos sometieron á sus enco- 
mendados á inhumanos martirios y que los bergantines espa- 
ñoles arrancaron de Las Lacayas nriles de indios para vender- ^LI¿aj^ 
los en los mercados públicos, martirizándolos, -agobiándolos ",7 
de fatiga y quemándolos á veces á fuego lento (1). 

Evidentemente contribuyeron estas crueldades á la extinción 
de la raza i ndígena , pero no fueron, ^ n^ '^ 
sin embargo, las únicas causas de su J^^l "T*" 
f^ííediniento en La Española. Hubo Ur..n**iX9j^ ^'/^ 
otras menos estudiadas, pero no por ~" 

ello ineficaces. Importaron los blancos 
enfermedades epidémicas que se ce- 
baron furiosamente en las tribus in- ^ ,. . Fig.402. 

^7 ; / Autógrafo del cronista Oviedo. 

dias. La vimela fué una de las más 

destructoras. No: cuenta el cronista Pedro Mártyr, que en las 
aldeas infestadas morían los indios wcomo carneros". Había, 
además, en las agrupaciones aborígenes enfermedades endémi- 
cas y peculiares de la raza, que causaban numerosas víctimas. 
El célebre «matlaza huatl» Mejicano, por ejemplo, que no ata- 
caba á los Europeos, barrió en el Anahuac poblados enteros 
(1545 y 1576). Esta misma epidemia destruyó en 1618 la gran 
mayoría de las tribus indias de Massachusetts. 

Por otra parte, la población de La Española, cuando Colón 
la descubrió no llegaba, ni con mucho, á 3.000.000, como afir- 
ma Eray Bartolomé de Las Casas; oscilaba entre 200 y 300.000 
almas, de las que en el año 1508 quedaban sólo 60.000, que 
disminuyeron hasta 46.000 en el año 1570, y hasta 14.000 en 



(1) Vse. Robertson, op. cit., I, 138 y sig. y sus notas. Oviedo, op. cit, lib. III, 
cap. XII, etc. Herrera, Dec. I, lib. VI, cap. III y sigtes. Las Casas, Relación de la 
Destrucción de las Indias (1552). Doc. Inéditos, vol. VII, pág. 155 y sigtes. Helps, 
op. cit., lib. III, pág. 125 y sig. Vse. también Ruiz Martínez (Conf. Ateneo de Ma- 
drid, 1892, Mayo), pág. 5 y siguientes. 

- 477 - 



el 1573. En el año 1570 apenas quedaban en La Española dos 
aldeas indígenas (1). 

4. — La triste suerte de los indígenas y los incidentes luctuo- 
sos de su dominación han oscurecido los demás sucesos ocu- 
rridos en La Española en el gobierno de Ovando, que después 
de someter el Higney y Jaragua dedicó sus energías á poner 
en orden la administración de la isla. Organizó el laboreo de 
las minas estableciendo cuatro hornos de fundición en los que 
recogía anualmente cerca de 1.000.000 de pesos: espurgó la 
isla de los viciosos que daban mal ejemplo, enviándoles á Es- 
paña, ó quitándoles los indios encomendados, castigo entonces 
muy temido, y gobernó, en fin, con gran discreción y pru- 
dencia. Envió á Ponce de León á Boriquen ó San Juan de 
Puerto Rico, isla descubierta por Col ón en el segundo viaje, 
para que la explorase. Penetró Ponce de León en el interior de 
la referida isla, fundando allí, con autorización de Ovando , 
una rica colonia y dominando á los indígenas en pocos años. 
Envió también Ovando ( 1 508) á Sebastián de Ocampo, para 
que averiguara definitivamente, si la isla de Cuba era ó no 
tierra firme. Convencióse Ocampo de que era una isla como ha. 
bía indicado en su mapa/z/a/z déla Cosa. En esta misma época, 
Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón descubrieron y 
costearon parte del Yucatán sin fundar allí colonia alguna. 
' La expedición de Ocampo alrededor de Cuba, fué uno de 



(1) Sobre la viruela, véase Waitz, op. cit., pág. 145 y sig. Comp. Pedro Mányr 
de Angleria, Dec. Oceánicas, III, lib. VIII. Hakluyt, Vjpyages, V, pág. 294 y sig. 
Herrera, Hiit. Gen., Dec. II, lib. X, cap. XVIII. Motolínia, Hist. Ind. Nueva Espa- 
ña, (Doc. para la Hist. de México), I, pág. 15 y sig. Ilnmboldt, New Spain Las Casas, 
Hist,, III, pág. 101. Oviedo, Hist. General, I, pág. 71, y los cronistas de su época 
calculan la población indígena de La Espaíiola en 1.000.000 de habitantes. Conip. 
PescheL Zeitalter, etc., pág-, 429 y sig , etc. Este fenómeno de la despoblación indí- 
gena, dice e( historiador Norteamericano Bourne, se repitió en los estados Orientales 
de Norte América, "pero como no hubo ningún Las Casas, la desaparición de los in- 
dígenas se consideró como providencial. ,, Cita las palabras de Dentón sobre la despo- 
blación de Long Island (1670), que traduzco literalmente: "Se ha observado general- 
mente que donde los ingleses van á colonizar, una mano divina ¿es abre el camino, 
desalojando ó haciendo desaparecer los indios, sea por guerras entre ellos, ó por al- 
guna rabiosa enfermedad mortal que los extingue,,. Vse, Bourne, op, cit., pág. 214. 

- 478 - 



los últimos acaecimientos del gobierno de Ovando, tri Julio 
del 1509 llegó á La Española D. Diego de Colón, después de 
ganar ante el Consejo de Indias su pleito contra el rey Don 
Femado y ser nombrado, en consecuencia, Gobernador y Ca- 




Fig. 403.— Mapa de Martín Waldseemuller (1508). 

pitan General de las Indias. Ovando, después de ser absuelto 
tn^X juicio de residencia que instauró D. Diego, abandonó 
La Española (Sept. 1509), falleciendo en Alcántara (donde se 
halla enterrado) el 29 de Mayo de 151 1 (1). 



(1) Herrera, Dec. I, lib. Vil, cap. I, 4. Lib. VI, cap. XVII. Dec. VI, lib. VII, 
cap. I, itic. Robertson, op. cit., I, pág. 197 y sus notas, bourne, op. cit., pág. 133. 
Winsor, N. & C. H. of A. II, pág. 319 y sig., etc. 

- 479 - 



Diego de Colón. 5. - Don Diego de Colón, que había contraído matrimonio 
en España con ia hija de D. Fernando de Toledo, pariente 
próximo del Rey Católico, llegó á La Española acompañado 
de parte de su familia y de una numerosa comitiva de perso- 
nas de ambos sexos pertenecientes á distinguidos linajes, esta-f^ 
bleciéndose en la isla con inusitada magnificencia y fausto. '" 

Los hijos de Colón gozaron al fin 
de los honores y recompensas de- 
bidas á su padre. 

Estableció en seguida D. Diego 
de Colón una pequeña colonia 
en Cubagua, obligando á los in- 
dígenas de las Lacayas á bucear 
sin descanso para sacar las con- 
chas de perlas que abundaban en 
la pequeña isla. Regularizó en 
Santo Domingo los repartimien- 
tos, y encomendó á sus parientes 
y comitiva los indios aún no des- 
tinados. Celoso, sin embargo, el 
rey Don Fernando de la influen- 
cia de D. Diego en la colonia, y deseoso de disminuirla, 
creó un nuevo empleo al que estaba anexo el derecho de 
repartimiento de indios, nombrando para desempeñarlo á Ro- 
drígo de Alburquerque, que entró rapazmente en posesión 
de sus funciones (1514). Impaciente por hacer fortuna, sacó á 
subasta los indios que quedaban, adjudicándolos en grupos 
á los colonos que le ofrecieron mayor precio. Esta nueva 
forma de repartimiento agravó, naturalmente, la situacióu de 
los indígenas que se vieron soihetíífós por sus iíííeí^ésádos 
dueños á trabajos más crueles y penosos (1). 




Fig. 404. 
Armas del Historiador Oviedo. 



(1) Robertson, op. cit., I, pág. 19Q y sig. y sus notas. Oviedo, Hist. iib. Hl, cap. I. 
Herrera, Dec. I, Iib. VII, cap. IX y sig. Lib. VIII, cap. II. Lib. IX, cap. V. Lib. X, 
cap. XII y sig. Helps, op. cit., lib. IV, vol. I, pág. 164 y sigtes. y sus notas y referen- 
cias, etc., etc. 



- 480 



6. - Los misioneros Dominicos de La Española no vieron Las Prédicas di 
nunca con indiferencia estos sufrimientos de los indios. Desde ^^^^ A"^""'* * 
su llegada á Santo Domingo en 1510 juzgaron los repartimien- '*'""^"'""'^* 
ios como contrarios al derecho natural y á la caridad cristiana 




yillllllilllliiiiiHlilil8il8H»!timiItiÍ »imiitlSiiiiÍiiÍiHiiliiliiltlililili|i|lffl 
Fig. 405 —El Cardenal Jiménez de Cisneros. 

y consideraron al indígena como ser de razón y libertad, capaz 
de sacramentos y derechos. En el año 1511, Fray Antonio de 
Montesinos predicó un impetuoso y elocuente sermón en la 
Iglesia de Santo Domingo condenando los abusos de los enco- 



- 481 - 



31 



meaderos. Sus superiores, á quienes se quejó D. Diego de Co- 
lón, aprobaron como piadosa la doctrina del predicador de su 
Orden. Los Franciscanos, uniéndose á los encomenderos, defen- 
dieron los repartimientos como mal menor y necesario. Se agrió 
la controversia llegando los Dominicos hasta á negar los sacra- 
mentos á algunos de sus compatriotas que tenían indios enco- 
mendados. Diri- 
giéronse ambos 
partidos al Rey 
Don Fernando, 
que reunió algu- 
nos jurisconsul- 
tos y teólogos 
para oir á los di- 
putados de La 
Española. Deci- 
dióse en favor de 
los Dominicos la 
parte especulativa de la controversia, pero los repartimientos 
continuaron, pues el Rey Fernando, deseoso de complacer á 
los encomenderos, declaró autorizada por la? leyes divinas y 
humanas la esclavitud de los indios, y '^orgo, para que no 
tuviese dudas, nuevas encomiendas á sus cortesanos (1), man- 
dando publicar una instrucción en la que se ordenaba fue- 
sen los indios tratados con suavidad, vestidos y alimentados 
sin miserias, y enseñados con cristiano celo. Tal instrucción 
fué letra muerta ó papel mojado para los codiciosos encomen- 
deros. Los Dominicos comprendieron perfectamente su inutili- 
dad, y sostuvieron que mientras los individuos tuviesen interés 




Fig. 406. -Ruinas de la casa de D. Die^o Colón. 



(1) Fonseca, Obispo de Falencia, era dueño de 800 indios; el Comendador Lope 
de Conchillos, su principal asociado en la dirección de los negocios de Indias, tenía 
1.100. Estos encomenderos "suigéneñs,, despachaban mayordomos kLa Española, etc., 
para arrendar á los colonos sus esclavos. Lo propio sucedía ccn muchos otros corte- 
sanos, queienían en Indias esclavos y tierras por privilegio ó merced de la corona 
Vse. Herrera, Dec. I, lib. IX, cap. XIV, etc. Comp. Las Casas, Hist. de las Indias, 
vol. III, pág. 365-380.^ 



482 



de tratar á los indios con rigor, ningún reglamento público 
podía hacer ligera su servidumbre. Algunos pasaron á Europa 
para buscar mantenedores de su doctrina. Los que quedaron 

en la isla siguieron ^ 

con prudencia pro- i ^^^^- ' '''^g«^^^^^^'^^- --'"'-''^-"-^'^-'^^ 
pagándola. Las vio- 
len tas disposicio- 
nes d,e Alburquer- 
que Colmaron la 
medrda, avivaron 
el celo Dominico, 
y proporcionaron á 
losoprimidosun 
protector 2iCÍ\Y0, 
valeroso, inteligen- 
te y de prestigio 
que tomó á su car- 
go la defensa de su 
desgraciada causa. 
Llamóse tal deren- 
sor Fray Bartolomé 
de Las Casas (1). 
7. - Nació en Se- 
villa el año 1474, 
y estudió latín, me- 
tafísica, ética, dere- 
cho, etc.; en la 
docta Universidad 
de Salamanca. Par- 
tió para América en 1502 con el gobernador Ovando. Como 
todos sus compatriotas, dedicóse en Lxl Española al cultivo de 
la tierra valiéndose de los esclavos indios. Residiendo aún en 




Fray Bartolomé 
de Las Casas. 



Fig. 407. - Fray Bartolomé de las Casas. 



(1) Fiske, op cit., n, pág. 447 y sig. Robertson, op. cit , I, pág. 227-230, etc. 
Oviedo, Hist. Gen., lib. H, cap. VI, vol. I. Fray Agustín Dávila Padilla, Hist. de 
la fundación de la Prov. de Santiago de Méjico, pág, 303 y sig. Mac Ñutí, op. cit., 
pág. 40 y sig., etc. 



483 - 



la Isla se hizo sacerdote, siendo el primer ordenado en Indias, 
y cantando la primera misa nueva que se celebró en América. 
Acompañó á Velázquez á Cuba, y en premio de sus servicios 
obtuvo en Trinidad un repartimiento en compañía de su amigo 
del alma Pedro de Rentería. Trataron ambos con benignidad 
á sus encomendados compadecidos de los sufrimientos de los 

L olrpc -f h 





Fig. 408, - Autógrafo de Fray Bartolomé de Las Casas. 

demás indios. Ciertos pasajes de la Sagrada Escritura revelaron 
á su alma la injusticia de los repartimientos, avivaron su cari- 
dad y le decidieron á consagrar su vida entera á libertar á los 
indios de su durísimo yugo. Tanto él como su asociado Pedro 
de Rentería, vendieron sus tierras, dieron libertad á sus enco- 
mendados y determinaron pasar á España para hacer triunfar 
en la Corte sus generosas ideas (1). 



(1) Vse. Robertson, op, cit., I, pág. 225 y sus notas. FisJce, op. cit., U, pág. 438 y 
sig. y sus referencias. Las Casas, Hist. de las Indias, vol. IV, pág. 365 y sig. Mac 
Nutt, History of Las Casas, pág 40 y sigtes. Gutiérrez. Fray Bartolomé de Las Ca- 
sas, etc., cip. I, II, pág. 5 y oigtes. Winsor, N. & C. Hist. of America, II, cíip. V, 
(ElUs), pág. 299 y sig. Comp. la Conferencia de D. A. M. Fabié en el Ateneo de 
Madrid (Abril, 1892), ete., etc. 

- 484 - 



Las Casas y ef 
Cardenal Jiménez 
de Cisneros. 



8. -En el año 15f5 logró Las Casas conferenciar extensa- 
mente con el rey D. Fernando y exponerle la desesperada si- 
tuación de los indios. El fallecimiento del monarca (Diciem- 
bre, 23) interrumpió estas gestiones. Volvió Las Casas á Sevi- 
lla y, alentado por el P. Deza, presentóse en Madrid con cartas 
de este último ante el ilustre Cardenal Jiménez de Cisneros, y el 
embajador Adria- 
no, Dean de Lo vai- 
na, que á la sazón 
regían la España. 

El prudentísimo 
C/5/z^/"¿7s acogió 
con caritativo inte- 
rés las ardorosas 
instancias de Las 
Casas, y encomen- 
dó á tres reposados 
varones de la Or- 
den de San Jeróni- 
mo el planteamiento en Indias de las reformas anheladas. Vol- 
vieron todos á Santo Domingo, pero los comisionados Jeróni- 
mos no pudieron ó no supieron sustraerse á la influencia de 
los conquistadores, y su presencia en la isla fué completamente 
ineficaz para la protección y defensa de los indios (1). 

9. - Haremos una brevísima pausa en este relato para refutar Los negros afrí- 
enérgicamente la opinión de los que sin espíritu crítico atribu- ^^^^^ ^" *"'"'^^- 
yen al Apóstol de los Indios la introducción en América de los 
esclavos negros. La referida imputación es errónea y calum- 
niosa. En primer lugar, cinco años antes d-e que Las Casas 
tuviera con el rey Don Fernando su primera entrevista, ya 
había ordenado éste, de acuerdo con la Casa de Contratación 
(1510-1511), que se enviaran á América cincuenta esclavos 







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Fig. 409. 
Territorio concedido á Fray Bartolomé de Las Casas. 



(1) Gutiérrez, op. cit , cap. II y III, pág. 85 y sig. Mac Nutt, op. cit., cap. VI, 
pág. 67 y sig. Antonio M. Fabié, (Conf. Ateneo, cit.), pág. 14 y sig. Fiske, Discovery, 
II, pág. 450, etc. 



485 - 



africanos, y se favoreciera el tráfico negrero en las costas de 
Guinea. El gobierno español, y no Las Casas, fué, pues, el pri- 
mero que trató de libertar al indio esclavizando al africano. 
En 1517 esta política fué preconizada en La Española por los 
Jerónimos enviados por Cisneros, por el clero todo, por las 
autoridades y por Las Casas mismo que, como Enrique el 

Navegante, no podía te- 



ner en el siglo xvi la mo- 
derna noción política de 
los «derechos inalie- 
nables», ni podía prever 
los horrores é influen- 
cias á que había de dar 
lugar en lo futuro el des- 
arrollo de tan inicuo co- 
mercio. 

Conforme con tales 
opiniones, consecuente 
con los usos de la época, 
y deseando, además, ajus- 
tarse á los constantes y 
expresos deseos de Isabel 
la Católica en favor de 
la libertad de los indios, 
decidió la Corona espa- 
ñola enviar á sus posesio- 
nes americanas 4.000 negros, concediendo para ello las necesa- 
rias licencias al contratista Gomenot, Gobernador de Bresa, que 
vendió su contrato ó asiento á unos comerciantes genoveses 
por 25.000 ducados. El desarrollo de los trapiches azucareros 
en las Antillas, y la rápida disminución de los indios, favore- 
cieron, naturalmente, la introducción de los esclavos negros. 
Al asiento de Gomenot siguió el de los alemanes Cigner y 
Sailler (1528), y á éste el de Gómez Reynel (1595) que, mer- 
ced á la unión de España y Portugal (1580-1640), consiguió 
el privilegio exclusivo de importar á las Indias 38.250 esclavos 




Fig. 410. - La casa de D. Fernando Colón 
en la antigua Sevilla. 



486 - 



negros durante nueve años. Estos fueron los principios del 
tráfico negrero de América, cuyo desarrollo y consecuencias 
estudiaremos en la Época Colonial y es, por tanto, ridículo re- 
prochar á Las Casas el imaginario pecado de pensar como 
pensaban los hombres de su tiempo, y condenarle sin más 
trámite por no haberse anticipado á los enciclopedistas fran- 
ceses del siglo XVIII, ó á los Proceres Argentinos del xix, que 
borraron para siempre la esclavitud de los Códigos Fundamen- 
tales de la República (1). 

10.— El fracaso de los comisionados Jerónimos no desalentó La Coíooia de 
en su obra redentora al «Apóstol de los Indios». Volvió á Cas- ^^^^^^ 
tilla, donde siguió sus gestiones con tenaz insistencia, siendo 
solemnemente recibido por Carlos I en la villa de Molins del 
Rey, y consiguiendo un espacio considerable de tierra Ameri- 
cana para establecerse en él con los españoles que quisieran 
seguirle, distinguirse de los demás vistiendo hábitos blancos 
con cruces rojas en los pechos, y consagrarse á propagar en 
América el Evangelio y la civilización cristiana por medios 
absolutamente pacíficos. 

El territorio concedido para la realización de tan romántico 
proyecto fué el de Cumaná en la Costa de las Perlas. 

Después de tres años de luchas arduas consiguió Las Casas 
desembarcar en él (1521) con un puñado de entusiastas. Exis- 
tía ya en aquellas regiones un monasterio de la Orden de San- 
to Domingo, partidaria siempre de las doctrinas del infatigable 
propagandista. Desgraciadamente, en la vecina isla de Cubagua 
pescaba también perlas, al llegar á Cumaná los nuevos cruza- 
dos, aquel joven Alonso de Ojeda (2), de quien Las Casas dijo 



(1) Bourne, op. cit., pág. 269 y sig. y sus referencias. Saco, Historia de la Escla- 
vitud, pág. 74 y sig. Doc. Inéditos de Indias, I, 284-326, etc. Helps, Spanish Conquest, 
I, 362-365, II, pág. 5 y sig. Herrera, op. cit., Dec. I, lib. IX, cap. V, etc, Gutiérrez, 
op. cit., cap. XV, pág. 399 y sig. Mac Nutt, op. cit., pág. 92 y sig. Fiske, op. cit., II, 
pág. 455 y sig. Woodbury Lowery. Spanish Settlements pág. 3 y sig. y sus notas. Alta- 
mira, Hist. de España, III, pág. 226, etc. 

(2) No debe confundirse con el célebre Ojeda, compañero de Colón, cuyas haza- 
ñas relatamos en el capítulo anterior, como lo hace, por ejemplo. Llórente. (Oeuvres 
de Las Casas, vol. I, pág. 139). 

- 487 - 



más tarde "que si no hubiera nacido, nada habría perdido el 
mundo". Ojeda necesitaba esclavos y ocurriósele cogerlos en 
Tierra Firme declarándolos convictos de canibalismo. Al llegar 
á Cumaná pidió en el monasterio de Santo Domingo papel 
para iniciar contra los indios los mencionados procesos de an- 
tropofagia. Empezó á instruirlos, pero como el procedimiento 
le resultó lento y engorroso, cortó por lo sano, penetró algunas 
leguas al interior matando considerable número de indios y 

embarcando los que 
pudo en sus naves. 
Los indios de di- 
mana, que habían 
visto á los Domini- 
cos entregar á Ojeda 
el papel que les pi- 
dió, al que atribuían 
virtudes ocultas, tu- 
viéronlos por com- 
ichees de su atrope- 
llo. Incendiaron el 
monasterio, degolla- 
ron á los Dominicos y destruyeron á sangre y fuego la inci- 
piente colonia. Los españoles que pudieron salvarse de la feroz 
matanza huyeron á Santo Domingo, donde, afortunadamente 
para él, se encontraba á la sazón el entusiasta Apóstol. 

Grande fué el dolor y el desaliento de Las Casas al saber lo 
sucedido. Resignóse, sin embargo, humildemente; aceptó, sin 
quejas, la muerte de sus ilusiones, y ansioso de paz y deÍ6átiso, 
profesó en el monasterio de Santo Domingo (15*.>2). Allí per- 
maneció varios años profundizando sus estudios teológicos y 
escribiendo algunas de sus obras (1). De ellas, y de ios inci- 
dentes posteriores de la admirable vida del celoso «Protector 
de los Indios», hablaremos en el Tomo II. 




Fig. 411. 
Ponce de León en la Florida (según Herrera). 



(1) Fiske, Discovery, pág. 458 y sig. Helps. op. cit., II, pág. 35 y sie. MccNutt, 
op. cit., cap. VIII á XII, pág. 92 y sig. Gutiérrez, op. cit., cap. IV, pág. 182 y sig. 
Herrera, op. cit., Dec III, 48, I, etc. (Véase Tabla General, Cumaná, etc.). 



- 488 



1 1. - Deseoso D. Diego de Colón de extender sns dominios, La Conquista 
entregó á D. Diego de Velázqaez tres naves para que se apo- ^^ ^^^^' 
derara de la isla de Cuba. D. Diego de Velázqaez, antiguo 
compañero de armas de Bartolomé Colón, y Ovando, era en 
la colonia muy respetado y popular. Su gentileza y carácter 
jovial le hacían simpático como caudillo y no tardó, por tanto, 
en reunir trescientos 
hombres que gusto- 
sos le acompañaran 
en la empresa. Entre 
ellos estaban Panfilo 
de Narváez, Las Ca- 
sas y Hernán Cortés, 
el futuro conquistador 
de Méjico. Desembar- 
caron los expedicio- 
narios en Las Palmas, 
y tomaron posesión de 
la isla sin resistencia 
alguna de parte de los 
naturales (Siboneyes- 
Arawak?). Un cacique 
Haitiano (Haiuey), que |\ .^ 
había llegado á Cuba 
huyendo de los espa- 
ñoles y se había pO- pig. 412, -Ponce de León, descubridor de la Florida. 

sesionado de la parte 

oriental de la isla, trató de rechazar la invasión, pero sus 
guerreros fueron destrozados por los castellanos, y su jefe 
condenado á la hoguera. Poco tiempo después Panfilo de 
Narváez, comisionado por Velázqaez, que para contraer ma- 
trimonio hubo de ausentarse, de la isla de Cuba, penetró en 
el Camagüey para dominarlo. A unas 30 leguas de Bayamo 
(Cueyba) encontró Las Casas la célebre imagen allí dejada 
por Ojeda é idolatrada por los Siboneyes. En una barranca 
próxima á Caonao fueron sorprendidos los expedicionarios 




489 



por 7.000 indios que, no obstante la pusilanimidad é impru- 
dente abandono del caudillo Narváez, contuvieron los sol- 
dados españoles degollándolos impiadosamente. Esta matan- 
za, en la que, según la pintoresca expresión de Las Casas, 
«no quedó ni piante ni mamante», difundió el terror en toda 
la comarca, y los castellanos la subyugaron bien pronto. Diego 
Velázqaez, que había vuelto á la isla, ordenó en seguida á 
Narváez que regresara á la costa Norte. Estableció las pobla- 
ciones de Baracoa, Trinidad, etc., hizo repartimientos de indios, 
^ "' designó ayuntamientos y quedó como Gobernador. El rey de 
España nombróle más tarde Adelantado y le confirmó en su 
gobierno (1). 
Poncc de León 12. -El celebérrimo y pintoresco hidalgo D.Juan Ponce de 
^¿^^^^^^^ León, Gobernador de Puerto Rico, nombrado por Ovando, 
después de haber pacificado (2) (como entonces se decía) la 
isla alanceando, «aperreando» (3) ó esclavizando á los indíge- 
nas, fué depuesto de tal gobierno á instancias de D. Diego 
Colón, á quien de derecho pertenecía. Había oído hablar el 
referido Ponce de León de una isla situada al Norte de La 
Española llamada «Bimini», donde existía un manantial mara- 
villoso, cuyas aguas tenían virtud de rejuvenecer á todos los 
que las tocaban ó bebían. Fuese con el objeto de encontrar 
este manantial fantástico, ó simplemente con el de explorar la 
isla, consiguió una patente ó capitulación del Emperador Car- 
los V (Febrero 23, 1512), para descubrirla y colcwiizarla. 



(1) Vse. Herrera, op. cit., Dec. I, lib. IX, cap. II-IX, etc. Gutiérrez, op. cit., pág. 
41 y síg. Bourne, op. cit , pá?. 149 y sig. Mac Nutt, op. cit., pág. 40y sig. Robertson, 
op. tit., pág. 207 y sig. Bartolomé de Las Casas. Hist. I, pág. 40 y sig. Oviedo, Hist., 
lib. XVII, cap. III. Pezueia, Ensayo Histórico de Cuba, 1, pág. 22 y sig. P. S. Gaite- 
ras, Hist. de la Isla de Cuba, pág. 240 y sig. y sus citas. Carrera y Justiz, Int. á la 
Hist. de las Instituciones Sociales de Cuba, (Habana, 1905), vol, II, pág. 16 y siguien- 
tes, etc., etc. 

(2) En las ordenanzas dictadas por Felipe II en 1573 se mandó que el término/;ac/- 
ficación se sustituyera por el de «Conquista». Vse. Woodbury Loivery, Sp. Set., pág. 

134, nota 2, etc. 

(3) Los castellanos perseguían á los indios con sus perros de presa, algunos de los 
cuales, como el célebre «Becerrillo- de Ponce de León, participaba en el botín. Véase 
Oviedo, op. cit. I, pág. 547, IV, 5^3, etc. 

- 490 - 



EARLY DISCOVERIES 
IN NEW SPAIN. 



'«c^ 



o-zumal. 



El 3 de Marzo salió de Puerto Rico con el piloto Alaminos 
y después de tocar en San Salvador, avistó la costa Norte Ame- 
ricana en las cercanías del Río San Juan (30° lat. Norte). Por 
la risueña apariencia de la que creyó isla, y por haberla descu- 
bierto en Pascua Florida, dióle el nombre de «Florida» que hasta 
hoy conserva. Na- 
vegó después alre- 
dedor de la penín- 
sula hasta cerca de 
la Bahía del Apa- 
lache, al Oeste, ha- 
ciendo en Mayo, 
23, rumbo al §. E. 
Siguió buscando 
durante tres meses, 
entre las Bahamas, 
la fabulosa «Bimi- 
ni» hasta que en 
Sept. 17, dejando un buque mandado x^or Juan Pérez para que 
continuase la exploración, decidió volver á Puerto Rico. 

Pocos meses después consiguió otra patente para colonizar 
la «isla de Beniní>> y la «isla Florida^^, y en 1521 emprendió 
nuevo viaje para averiguar si en verdad la Florida era una isla 
y para establecer en ella colonias. Gastó en esta empresa el 
conquistador la mayor parte de su fortuna, arribando con sus 
dos buques y sus 200 hombres á las inmediaciones de Tampa 
Bay. En un encuentro con los indígenas (Timaquanos) perdió 
muchos de sus soldados, y cayó tan gravemente herido que 
decidió abandonar su empresa y volver á Cuba, donde al poco 
tiempo murió (1). 




Fig. 413.- Descubrimientos 
de Hernández de Córdoba y Grijalva (Helps). 



(1) Vse. Winsor, N. & C. H. of A, II, pág. 231 y sig. y sus notas y referencias 
(pág. 283, etc.). Woodbury Lowery, Sp. Settlements, pág. 123 y sigtes. y sus referen- 
cias. Col. Doc. Inéci. (Capitulación con Ponce de León) XXII, pág. 33-38. Herrera, 
Dec III, lib. í, cap. XIV. Barcia, Int. al Ens. Crorológico de Cárdenas y Cano, 
para ia Hist. General de la Florida, pág. 23 y sig. Buckingam Smith, Col. Doc. para 
!a Hist. de la Florida, pág. 54 y sig. Oviedo, Hist., lib. XXXVI, cap. I, etc. Bourne, 
op. cit., pág. 33 y sigtes. con sus notas y referencias, etc., etc. 



491 



Francisco Hernán- 
dez de Córdoba 



13. -Cuatro años después de la vuelta de Ponct de León 
de su primer viaje á la Florida (Febrero, 1517), Francisco Her- 
nández de Córdoba salió de la Habana con tres buques y 1 10 
hombres. El gobernador de Cuba, Diego de Veldzquez, les había 

vendido uno de 




^ ^"'^^ i 



los buques con la 
condición de que 
se lo pagaran en 
esclavos arranca- 
dos de Las Laca- 
yas. Entre los ex- 
pedicionarios iba 
el ingenuo y verí- 
dico cronista Ber- 
nal Díaz del Cas- 
tillo. Apenas se 
hicieron á la mar, 
reputando injusta 
la pretensión de 
Veldzquez, pues 
ni Dios ni el rey, 
como dice el refe- 
rido cronista, mandaban esclavizar á los hombres libres, de- 
cidieron convertir en descubridora la expedición emprendida 
con fines piratescos. 

Después de veintiocho días de navegación llegaron á las 
costas del Yucatán (Pontanchen). En un encuentro con los in- 
dígenas (Mayas) perdió Córdoba la mitad de su gente, deci- 
diendo volver á Cuba. Los serios temporales que le sorpren- 
dieron en el viaje de vuelta, hicieron que las embarcaciones 
derivaran de su rumbo, yendo á parar á una bahía de la pe- 
nínsula de la Florida (Charlotte Harbour), que el piloto Anión 
de Alaminos reconoció como por haberla visitado con Ronce 
de León en su primer viaje. Al desembarcar en la referida 
bahía, fueron los españoles nuevamente atacados por los indí- 
genas (Timaquanos). Alaminos y Hernández de Córdoba ca- 



Fig. 414. 



Mapa de los descubrimientos de Ponce de León 
(Woodbury Lowery). 



- 492 



yeron heridos, pudiendo, con grandes dificultades, ganar los 
botes para huir de la furia de los indios. Hicieron en seguida 
rumbo á la Habana, desde donde Hernández de Córdoba en- 
vió á Velázquez una relación de su viaje, muriendo diez días 
después de sus heridas (1). 

14. - Los iníormes suministrados por Hernández de Cardo- Juau de Grijalvt. 
da, determinaron al go- 
bernador de Cuba á pre- 
parar otra expedición, 
cuyo mando entregó á 
Juan de Grijalva, capitán 
que se había distinguido 
en la conquista de la isla. 

Grijalva salió de San- 
tiago de Cuba en Mayo 
de 1518. Descubrió la isla 
de Cozumel y continuó su 
viaje por las costas del 
golfo, sufriendo de parte 
de los indios menos da- 
ños que su desgraciado 
antecesor Hernández de 
Córdoba. 

Desembarcó en una 
isla, que llamó de los sa- 
crificios, por los restos 
humanos que encontró 

en sus templos, y siguió hasta la de San Juan de Ulúa, alcan- 
zando á navegar hasta Panuco, y encontrando por todas par- 
tes poblaciones numerosas y tierras cultivadas con esmero. 




Fig. 415. -Juan de Grijalva (según Herrera). 



(1) Bernal Díaz del Castillo, Hist, Verdadera, vol. I, cap. I, p. II y cap. VI. He- 
rrera, Dec. II, lib. I, cap. XVII-XVIII. Oviedo, op. cit., vol. II, pág. 139. Gomara, 
Hist., lib. II, cap. III. Barcia, Ensayo Cronológico, cit. fol. 3 y sig. Pedro Mártyrde 
Anglería, op. cit., Dec IV., cap. I y II. Las Casas, Hist., IV, pág 358 y sig. Winsor, 
N. & C. H. of A., II, pág. 214 y sig. y sus notas. Bourne, op, cit., pág. 152 y sig. 
Woodbury Lowery, op. cit., pág. 148 y sig. y sus referencias. 



493 



Convencido de que todas estas regiones formaban parte de 
algún poderoso país, que no era posible invadir y conquistar 
con tan étósos recursos, volvió á Cuba Hernández con la es- 
peranza de reunir fuerzas suficientes para dominar los territo- 
rios descubiertos. 

Pero la gloriosa conquista y dominación de Méjico, que ta- 
les guerreros habían preparado, estaba reservada, como más 
adelante veremos, para Hernán Cortés, brillante personalidad 
histórica de la conquista española en América (1). 



(1) Las Casas, Hist., IV, pág. 422 y sig. Bourne^ op. cit., pág. 149 y sig. Fiske, 
Discovery, II, pág. 243. Herrera, op. cit., Dec. II. cap. LIX-LX, etc. Winsof, N. & C. 
H. of A., II, pág. 201 y sig., sus notas críticas y referencias. Robertson, op. cit., pág. 
252 y sig., etc., etc. 




494 - 




CUESTIONARIO 



l.-¿Por qué fué enviado Ovando á La Española? 

2. - ¿Cuáles fueron los acontecimientos más notables de su 

gobierno? 

3. -¿Cuál fué el origen de los repartimientos ó encomiendas? 
4.~ ¿Qué graves males ocasionaron en La Española? 

5. - ¿Cuáles fueron las principales causas de la disminución 

de la raza indígena en La Española, Cuba, etc.? 

6. — ¿Qué lección etnológica se deduce de tal disminución? 

7. - ¿Qué descubrimientos se hicieron durante el gobierno de 

Ovando? 

8. - ¿Quién colonizó la isla de Puerto Rico? 

9. - ¿Quién sustituyó áOvsindo en el gobierno de La Española? 
10.- ¿Qué males produjo la conducta de Alburquerque? 

1 1.- ¿Cómo juzgaron Fray Antonio de Montesinos y los Do- 
minicos las encomiendas y repartimientos? 

12. - ¿Qué consiguieron con sus predicaciones y reclamos? 

]3.-¿Quién fué Fray Bartolomé de Las Casas? 

14.- ¿Dónde y cómo decidió dedicarse á la protección de los 
Indios? 



495 - 



1 5 .- ¿Qué resultados tuvo su entrevista con ^/Cardenal Cis- 
neros? 

16 .- ¿Cómo se introdujo en América la esclavitud Africana? 

17.- ¿Qué intervención tuvo Las Casas en su desarrollo? 

18.- ¿Qué territorios obtuvo Las Casas del Emperador Car- 
los V? 

19.- ¿Qué le acaeció al colonizarlos? 

20. - ¿Quién conquistó la isla de Cuba? 

21 .- ¿Qué intervención tuvieron en tal conquista Las Casas y 
Panfilo de Narváez? 

22. - ¿Quién descubrió la Península de La Florida? 

23. - ¿Qué ilusión abrigaba Ponce de León al emprender su 

viaje á la legendaria Bimini? 

24.- ¿Qué descubrimientos hizo Francisco Hernández de Cór- 
doba? 

25.- ¿Que descubrimientos hizo Juan de Grijalva? 




-496 





REFERENCIAS 



Generales,- Peschell, Races of Man. Harrise, Discovery of 
NorVa kmtñcdi. J osé Antonio 5ú!Cí?, Historia de la Esclavitud 
(1875-1878). Manuel José Quintana, Vida de Españoles céle- 
bres, y las mencionadas en los capítulos anteriores. 

Bartolomé de las Casas, etc. - Antonio de Remesal 
Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa (1619). 
/. A. Llórente, Oeuvres de Las Casas, 1822. Carlos Gutiérrez, 
Fray Bartolomé de Las Casas, sus tiempos y su Apostolado, 
Madrid, 1878. Antonio María Fabié, Vida y escritos de D. Fray 
Bartolomé de Las Casas, 1879. Hefele Ch. /, El Cardenal Ji- 
ménez de Cisneros, y la Iglesia Española á fines del siglo xv 
y principios del xvi. L. Galindo Vera, Historia, vicisitudes y 
política tradicional de España, respecto de sus posesiones de 
Ultramar (Mem. Ac. de la Hist. Bol. XI). Nuix ]., .Reflexiones 
imparciales sobre la humanidad de los Españoles en Indias. 
Mac Natt, Bartholomew de Las Casas, etc., Londón, 1909. So- 
bre los escritos, controversias, etc., át Las Casas mismo, véase 
mi Vol. II. 

Cuba y Puerto Rico. - Carrera y Justiz, Int. al Estudio de 
las Instituciones Locales de Cuba, vol. I, (1906). Pezuela, En- 
sayo JHistóftCD-áfi^Ctfba. P. /. Gaiteras, Historia de la Isla de 
Ca^, ^tc, etc. 



497 



Descubrimiento de la Florida. — /!. .^. ^ayo 

Cronológico para la Historia general de la P r. ., c.c, (i723). 
Shea, Ancient Florida en Winsor, N, & C. . of A., vol. II, 
cap. V.; la citada obra de Woodbury Lowe. fpanish Settle- 
ments, etc. Theodore Irving, ConquQst of F'^.ida. Buckingam 
Smith, Coll. Doc. para la Hist. de la Florida, Londres, 1857, 
etc., etc. 

Bibliografías. - Boume, Spain in América, pág. 332 y sig. 
Lamed, Lit. of Am. Hist, pág. 59 y sig. Winsor, Narrative & 
Critic History of America, vol. II, notas á los cap. IV-V. ¥/ood- 
bury Lowery, op. cít, notas á los cap. II, III, etc. Altamira, Hist. 
de España, vol. II, pág. 521 y sig., etc., etc. 



jm^%. 




498 



CAPITULO V 

EN DEMANDA DEL ESTRECHO (1508-1522) 

1. Concesión á Ojeda y Nicuesa. -2. Último viaje de Ojeda. -3. Expedición desgra- 
ciada de Nicuesa. -4. Enciso y Vasco Núñez de Balboa. -5. Alianzas de Balboa con 
los Indios. - 6. El descubrimiento del Mar del Sur. -7. Pedrarias Dávila. - 8. Expe- 
diciones en el Istmo. -9. Ejecución de Vasco Núñez de Balboa. -10. Juan Díaz de 
Solís y el descubrimiento del Río de la Plata. - 11. Hernando de Magallanes. - 12. bu 
viaje y su muerte. - 13. Sebastián del Cano. - 14 Conclusiones generales. 

1. -En el año 1,508, el célebre Alonso de Ojeda y D. D/^^<9 C«ncesíón á Ojeda 
de Nicuesa, ¿S^l^oíi al rey Don Fernando solicitando auto- ^ Nicuesa. 
rización para fundar colonias en Tierra Firme, en los alrededo- 
res del golfo de Urabá (Darien) y el río Atrato. Tanto Ojeda 
como Nicuesa tenían gran p^riyanza en la Corte española, y 
aunque la exploración de semejantes territorios pertenecía de 
derecho á los herederos de Colón, el monarca concedió á Ojeda 
toda la costa Norte de Sud América, desde el cabo de Vela al 
golfo de Urabá (Darien), con el nombre de Nueva Andalucía, 
otorgando á Nicuesa el actual Istmo de Panamá y sus costas, 
desde el golfo de Urabá al Oeste, hasta más allá del cabo Gra- 
cias á Dios, en Honduras, con el nombre de Castilla del Oro, 
que se transfirió más tarde (1513) á la parte Septentrional de 
Sud América, llamada comúnmente Tierra Firme. El famoso 
\ú\oio Juan déla Cosa fué nombrado Alguacil Mayor át Urabá 
y lugarteniente de Ojeda (1). 

— 2:- Ojeda salió de La Española (Noviembre, 1509) con cua- Último viaje de 
tro embarcaciones y trescientos hombres. Le acompañaba el ^^^^^' 
veterano /ttfl/2 de la Cosa y el más tarde célebre conquistador 



(1) Vse. Navarrete, Coll. III, 116, etc. CoU. Doc. Inéditos, XXXII, pág. 13-25-29- 
51, etc. Bourne, op. cit., pág 106 y sig. Winsor, N. & C. H. of A. II, pág. 191 y sig. 
y sus notas. 

- 499 - 



fxpediclón de 
Nicuesa. 



del Perú Francisco Pizarro. Desembarcaron los expediciona- 
rios cerca del actual puerto de Cartagena, penetrando ^n el in- 
terior para conseguir esclavos indios. Resistieron encíáríiízacja- 
mente los indígenas á los aventureros españoles, peleando con 
flechas herbo]adás (1), que ocasionaron la muerte á más de se- 
tenta, incluyendo al pilato Joan de la Cosa. Ojeda abandonó 

tan inhospitalarios luga- 
res, hizo rumbo al Oeste, 
y en el límite de su pro- 
vincia edificó un fuerte 
que llamó de San Sebas- 
tián. Pocos días después 
fué herido en otro en- 
cuentro con los indíge- 
nas. Pudo salvarse cau|e- 
rizando la herida con 
plaru:h^ ardientes, pero 
su ¿SttefraTempezó á de- 
clinar. De trescientos 
hombres sólo le queda- 
ban sesenta, los víveres escaseaban y su situación entre tribus 
hostiles se hacía insostenible. Decidió volver á Lm, Española 
para conseguir recursos. Después de penalidades sin cuento, 
murió (1515) agobiado y en la miseria (2). 

3. - Los recursos de Nícuesa, rico plantador de La Española, 
sus condiciones personales, su popularidad en la colonia, y la 
fama de la región que se le había concedido, le permitieron 




Fig. 416. 



-Provincias concedidas , 
y Niciiesa (1508). 



Ojeda 



(1) Vse. Relación Pascual de Andagoya en Navarrete, Coll. Doc. Sec. III, vol. III, 
núm. VII. pág. 393 y sig. Castellanos, Varones Ilustres, dice: que los Indios de 
Santa Marta eran llamados caribes 

»No porque allí comiesen carne humana 
■Mas porque defendían bien su casa...» 

Elegías, Pte. II, canto 3. 

(2) Doc. Ine'd, XXXI, 529-533, y XXXII, 101, 103, 231, etc. Oviedo, op. cit., II, 
pág. 421. Las Casas, op. cit., III, 289-311. Navarrete, Coll. III, 170. Herrera, Dec. I, 
lib. Vil, cap. VII, etc., y lib. VIII, cap. III-V. Bourne, op. cit., pág. 107 y sig. Win- 
sor, N. & C. H.,'1I, pág. 197 y sig. Irving, op. cit., pág. 54-102, etc., etc. 



- 500 - 



reunir setecientos hombres y una escuadrilla de cinco naves y 
dos bergantines. Diez días después de la partida de Ojeda 
(1509), hízose á la vela desde Santo Domingo. Fué igualmente 
desgraciado en su expedición. Después de naufragar en las 
cercanías de Veragua, fundó un pequeño establecimiento, cer- 
ca del actual pueblo de Aspinwall, que llamó Nombre de Dios. 

Los rigores del clima, h 

insalubridad de aquellos 
lugares, la ^s&ezMe ví- 
veres y las continuas fati- 
gas fueron aniquilando á 
los soldados de Nicuesa, 
que quedaron reducidos 
á setenta ú ochenta. En el 
mes de Noviembre de 
1510, llegaron á Nombre 
de Dios dos bergantines 
capitaneados x^or Rodrigo 
de Colmenares y enviados 
desde Urabá (Darien) 
para socorrer á los ex- 
haustos colonos. Halló 
Colmenares á Nicuesa 
«en mayor desdicha que 

«la de hombre alguno, extremadamente macilento y escuáli- 
wdo, con sesenta compañeros... que «no les tuvo menos com- 
.; pasión que si los hubiere hallado muertos...» Comunicóle 
que los hombres de Ojeda habían cruzado el golfo de Urabá, 
estableciendo en el Darien (Santa María de la Antigua), una 
colonia relativamente próspera. Como el Darien estaba dentro 
de los límites de la concesión de Nicuesa, y supo que se había 
encontrado oro, decidió embarcarse con Colmenares esperando 
imponer en la nueva colonia su autoridad. Sabedores, sin em- 
bargo, los Urabenses que pretendía Nicuesa apoderarse del 
oro que habían ellos conseguido con gran trabajo, rechazaron 
al desgraciado gobernador en cuanto llegó, y le obligaron á 




Fig. 417.— Viaje de Ojeda. 



- 501 



Enciso y Vasco 
Núílez de Balboa 



embarcarse con sólo diez y siete hombres en el mismo ber- 
gantín que le había llevado al Dañen. El l.o de Marzo de 1511 
hizo Nicuesa, con sus diez y siete j soldados, rumbo á La Espa- 
ñola. Jamás hubo ya noticia de ellos (1). 

4. -Antes de llegar Ojeda á La Española herido y maltrecho., 
había salido, con rumbo á San Sebastián, el bachiller Martín 
Fernández de Enciso, su asociado y amigo. Enciso era valiente, 
honesto y bien reputado en la colonia, pero" no tenía tacto para 




Fig. 418. -La región de «Tierra Firme", á la que el rey Don Fernando trasladó 
el nombre de nCastilla del Oro" en 1513, según mapa del 1597. 

manejar hombres. Apenas llegó á alta mar vio, con gran sor- 
presa, salir de un barril de provisiones al audaz hidalgo extre- 
meño Vasco Náñez de Balboa, llamado el esgrimidor que, pro- 
cesado en Santo Domingo por deudas, había recurrido á tan 
arriesgado ardid para huir de sus acreedores. No agradó mu- 
cho á Enciso la presencia á bordo de tan peligroso huésped, y 
aun le amenazó con abandonarle en una isla desierta. El atre- 



(1) Vse. Pedro Mártyr de Anglería, Dec. II, vol. II (Torres Asensio). pág. 62 y 
sig. Oviedo, op. cit , II, 465-477. Las Casas, Hist. III, 329-347. Herrera, Dec. I, 
lib. VII, cap. XIV, lib. VIII, cap. I á III, etc. Manuel José Quintana, Vida Españoles 
Célebres (Bca. Autores Españoles vol. XIX), pág. 283 y sig. Helps, op. cit.. I, pág. 303 
y sig. írving, op. cit., pág. 103 y sig. Comp. la preciosa carta al Rey de Vasco Núñez 
de Balboa (Enero 20, 1513) en Navarrete, CoU. vol. III, núm. 4, pág. 358. 

- 502 - 



vido soldado consiguió bien pronto desarmar las iras del ba- 
chiller, y juntos siguieron navegando hasta desembarcar en 
Cartagena. Allí encontraron á Francisco Pizarro acaudillando 
los hambrientos soldados de Ojeda que, después de haber es- 
perado cincuenta 

horribles días á su i . ^ • r , ¡ I V 'W^ V I V. 

desgraciado jefe, 
habían decidido 
abandonar la colo- 
nia. Agregáronse á 
las tripulaciones de 
Enciso, siguiendo 
todos viaje hacia el 
golfo de Urabá. 
Siguiendo las indi- 
caciones de Vasco 
Núñez de Balboa, 
conocedor de aque- 
llas costas por ha- 
berlas recorrido 
con Bastidas, deci- 
dieron establecerse 
en la parte occiden- 
tal del golfo, don- 
de, según Balboa, 
no usaban los in- 
dios flechas herbo- 
ladas. Allí funda- 
ron una villa que 
se Wdimó Santa Ma- 
ría del Darien. Pero las demasías autoritarias y la falta de tino 
de Enciso sublevaron bien pronto á los colonos. Amotináronse 
contra él, le negaron obediencia y acordaron ofrecer el mando 
á Nicuesa, é interinamente á Vasco'Ñúñez. Enciso tuvo que 
resignarse y abandonar su naciente villla del Darien. Sabemos 
ya lo acaecido al imprudente Nicuesa cuando llegó á ella. Ca- 




Fig. 419.— Mapa llamado de Lenox(1534). 



503 



con los indios. 



recia, como Enciso, de dotes políticas. Balboa las tenía, y fué, 
por tanto, confirmado en el gobierno. Enciso pasó á España 
para quejarse al rey de los procederes de Balboa, y á dar 
cuenta del desgraciado suceso de Diego de Nicuesa (1). 
Alianzas de Balboa 5.- Libre ya Balboa de disensiones y obstáculos, dedicó to- 
das sus energías á obtener provisiones guerreando con los in- 
dios. Atacó primero, y 
contrajo después alianza 
ofensiva y defensiva con 
el cacique de la tribu ó 
región de Careta ó Coiba, 
cuya hijatomó por mujei^ 
Con sus aliados indíge- 
nas emprendió expedí-^ 
ciones guerreras contra 
las tribus de Acia, etc., 
enemigas de la de Careta, 
que destrozó subyugan- 
do también á los jefes tri- 
bales de Poncha, Coma- 
gre, etc., con los cuales 
parece ser que formó una 
especie de confederación 
ocasional con fines gue- 
rreros, parecida á las des- 
critas al hablar de las 
guerras indígenas. En una de las expediciones emprendidas 
por Balboa con sus confederados indios, obtuvieron los espa- 
ñoles más de 50 libras de oro (12.000 pesos). Cuentan las cró- 
nicas que al ver cómo lo pesaban y disputaban .sobre ^u re- 




Fig. 420. 
Vasco Núñez de Balboa (según Herrera). 



(1) «Después se presento al Rey, que estaba en Valladolid, donde habló familiar 
mente conmigo, y me interesó acremente en contra del esgrimidor Vasco Núñez, y por 
diligencia, de Anciso se pronunció sentencia contra él.. .„ dice Pedro Mártyr de An- 
glería, op. cit., Dec. II, lib. VI, cap. III, pág. 138 (Ed. Torres Asensio). Comp. Fiske, 
Discovery, II, pág. 370 y sig., las autoridades citadas en la nota del párrafo anterior. 
Navarrete, Bib. Marítima, cap. II, pág. 666, etc., etc. 



504 - 



parto, uno de los hijos del cacique de Comagre, perdió la pa- 
ciencia, dio un fuerte puñetazo á la balanza é increpó á los co- 
diciosos, diciéndoles: "yo os enseñaré una región abundante 
wde oro donde podréis saciar vuestra sed... cruzando estas 
,; montañas (y 

wcon el dedo ^rir^^ij^-^^-y . ^^,^ ... » ^^¡t 
«señalaba los 
«montes del 
:,Sur), desde 
,;los promon- 
wtorios/;¿7¿/ms 
.¡ver otro mar 
«donde hay 
«naves no me- 
M ñores que las 
«vuestras... 
«Todo aquel 
«lado que mira 
«al Sur cría 
«oro en abun- 
wdancia..." 

Balboa en 
ese momento 
carecía de pro- 
visiones y fuer- 
zas para em- 
prender la ex- 
ploración in- 
dicada por su 
aliado, pero 

no olvidó la advertencia, y en el verano de 1513, habiendo re- 
cibido noticias de que estaba en camino un nuevo Goberna- 
dor nombrado por la Corte para ejecutar la sentencia contra 
él dictada, decidió parar el golpe acometiendo una empresa 
que por sus beneficios le congraciara con el Rey. 

Reunió en el Dañen un elegido contingente de ciento no- 




Fig. 421. - El Río de la Plata (Isolario de Alonso de Santa Cruz). 



505 ~ 



venta soldados, y el día 1.° de Septiembre salió de Careta con 
sus fieles amigos indígenas decidido á descubrir el mar y las 
regiones auríferas descritas por el indio de Comagre, ó á pe- 
recer en la demanda (1). 
Oescubrlmicnio 6. - Con guías y taladores, que proporcionó el cacique de 
del Mar del Sur. pQficha, penetraron los castellanos en las tenebrosas espesuras 
tropicales y cruzando, con increíbles fatigas y penurias, escar- 
pados cerros, líí¿fbbsas éi¿ñagas, grandes ríos, sobre los que 




Fig. 422.— Parte de Sud América en la edición de Ptolonieo (1522). 

echaron puentes de etítrelazadas y grandes vig^ 'realizando, 
en fin, una expedición que aun hoy sería hazañosa y dificilísi- 
ma, llegaron á la región ocupada por la tribu de Cuarccua, 
cuyo lascivo y abyecto jefe recibió á los expedicionarios en 
actitud hostil. Atacóle Vasco Núñez con fiereza, destrozando á 
los guerreros Cuarecuanos, poniéndoles en desordenada fuga 



(1) Quintana, Vida de Balboa íloc. cit.), pág. 289 y sig. Boiirne, op. cit., II, pág. 
109. Pedro Mártyr de Anglería, Dec. II, lib. III á VI (vol. II, pág. 65-133, Torres 
Asensio). Carta de Vasco Núñez de Balboa a\ Rey en Navarrefe coU , tomo III, núm. 5, 
pág. 375, etc. Markham. Int. á la Trad. Inglesa de la Relación de Pascual de Anda- 
goya (Navarrete, III, núm. 7, pág. 393), y las pág. 8, 9, 10, etc. de la traducción 
referida con sus notas. Oviedo, op. cit., III, pág 5 y sig. Helps, op. cit., vol. I, lib. VI, 
pág. 237 y sigtes. Bancroft, Central América, I, pág. 129, 133 y sigtes. Id., México, 
vol. III, pág. 552 y sig. Herrera, op. cit., Dec. I, lib. IX. Winsor, N. & C. H. of A., 
II, pág. 194 y sig., etc., etc. La traducción inglesa de Markham de la Relación de 
PflSftta/í/í/l/rrfa^-íTyúr forma el volumen 34 (1865) de las publicaciones periódicas de 
la HakluytSociety. 



506 



llegando hasta sus chozas y "echándoles allí los perros, que 
destrozaron unos cuarenta, para castigar sus nefandos vicios,, • 

Dejando en Cuarecaa, ya subyugada, muchos de sus com- 
pañeros que, no acostumbrados aún á tantos trabajos y hambre» 
habían caído enfermos, tomó Vasco Núñez nuevos guías y se 
encaminó á las cumbres de las montañas. Por fin, el 25 de Sep- 
tiembre del 1513 los guías Cuarecuanos mostraron á Balboa 
unas altas cumbres desde las cuales se podía ver el otro mar. 
í;Las miró Vasco atentamente, 
,;dice el cronista Pedro Márfyr, 
» mandó parar la tropa, fué de- 
...rlante él solo, y ocupó el vértice 
..primero que ninguno. Pos- 
«trándose en tierra, hincado de 
MTíSíiílas, y alzando al cielo las 
w manos, saludó al mar Austral 
„(Océano Pacífico).,, y dio infi- 
nuitas gracias á Dios y á todos 
,;los santos del cielo que le ha- 
)j bían guardado la palma de una 
«empresa tan grande...» 

En señal de posesión erigie- 
ron los descubridores por aras 
unos montones de piedras y 

empezaron á descender las montañas. Salióles al encuentro con 
sus guerreros el cacique de Chiapes (4). Cayeron sobre ellos 
los españoles "saludándoles con las escopetas y laf játitíá de^ 
alanos,;, los atemorizaron, trabaron después con su cacique 
buena amistad y, guiados por él mi|mo, descendieron de las 
cimas de las montañas hasta la'aifíibia^a costa, adjudicando al 
imperio castellano, delante de testigos y de los escribanos rea- 
les, "todo aquel mar y todas las tierras adyacentes á él„. Con 




Fig. 423. 
Patagón (Estampa del siglo xvi). 



(1) Sobre la vida y costumbres de estas y otras tribus del Istmo, Vse. Relación de 
Pascual de Andagoya (Navarrete, III, núm. 7, pág. 393). Su traducción y notas de 
Markham, citada, pág. 7 á 10, etc. Pedro Mártyr de Anglería, cd. citada, II, pág. CÓ 
y sig. y mi cap. IX, época I. 



- 507 



nueve rudas canoas (calchas) facilitadas por los Chiapeñost 
lanzóse á explorar la Ensenada de San Miguel. Poco le faltó 
para ahogarse, pues tan pronto como se lanzaron á alta mar, 
"se vieron embestidos de tal lucha de las olas que no sabían 
á dónde dirigirse ni parar,,. Refugiáronse en una isla próxima 
que casi cubrió durante la noche el flujo del- mar. Cuando al 
amanecer quedó la isla en seco por el reflujo, repararon como 
pudieron las destrozadas calchas y regresaron á la costa medio 
muertos de hambre y de sed. Después de penetrar Balboa en 
los territorios del cacique Tumaco, que obsequió á los con- 
quistadores con 600 pesos de oro y gran cantidad de perlas, 
deseoso de dar cuenta de su gran descubrimiento, resolvió vol- 
ver al Daríeti. Emprendió el viaje de vuelta por tierras de va- 
rios caciques (Tecocha, Pacra, Tubanamá, etc.), cuyas tribus 
dominó de grado ó por fuerza, y después de varios meses de 
hambres, fatigas, luchas é increíbles trabajos, llegó al Dañen 
(Enero 19, 1514)( ufanó de su heroica empresa y descubri- 
miento, sin haber perdido, peleando, un solo hombre, y car- 
gados de un rico botín. Por cartas de Pasamonte y del mismo 
Vasco Núñez supo el rey Católico la hazaña de su caudillo, le 
admitió nuevamente á su gracia nombrándole en carta á Pedra- 
rías (Sept. 27, 1514) Adelantado de la región de la costa que 
tan felizmente había conseguido subyugar (1). 
Pedrarias de Avila. 7. - Antes de emprender 5fl/^í7fl su expedición al Pacífico, 
la corte española, conocedora de los luctuosos sucesos del Da- 



(1) Vse. Quintana, loe. cit. Pedro Mártyr de Anglería, Dec. III, lib. I á III (pág. 
209 á 284, vol. II, Torres Asensio). Carta de Vasco Núñez al Rey (Enero 20, 1514) en 
Navarrete, coU. III, 358-375 Herrera, loe. cit. y Dec. I, lib. X, cap. I á VI. Ruge, 
Geschichte des Zeitaíters, etc., pág. 346 y sig. Carta escrita por el rey Don Fernando 
sobre el descubrimiento de Balboa (Navarrete, coll. III, pág. 355). Comp. Helps, loe. 
cit. (lib. VI, cap. I) y sus notas. Doc Inéd., XXXVII, pág. 282 (Carta del Rey á Vasco 
Núñez, Agosto, 19, 1514). Id , vol. XXXVII. Varias cartas del Rey á Pedrarias, á 
Alonso de la Fuente, «nuestro tesorero de Castilla del Oro," y á Vasco Núñez, pág. 
285 y sig. y extractos pág. 193 y sigtes. Sobre la credibilidad de las cartas de Vasco 
Núñez, véase la nota de Navarrete en el vol. III de su Colección, pág. 385, y sobre el 
nombr&miento de Adelantado, vésise Pedro Mártyr de Anglería, op. cit., pág. 285 y 
Sabin. Dictionary, vol. XIII, núm. 56-338, citado por Winsor, N. & C. H. of A. II, 
pág. 212, Nota 1. etc. 

- 508 - 



rien (Antigua), resolvió enviar un jefe que le quitara el mando 
que se había arrogado sin mandato real. Fué elegido para el 
cargo el implacable veterano Pedro Arias de Avila (Pedrarias), 
protegido de Fonseca y teniüo por valeroso y firme. Alistá- 
ronse con Pedrarias, lla- 
mado «el justador y 1.200 
soldados aguerridos de 
las campañas de Gonzalo 
de Córdoba, siendo tal el 
entusiasmo por la empre- 
sa, que tuvo necesidad 
Pedrarias de negar em 
barque á más de dos mil 
voluntarios que, aun á su 
propia costa, querían par- 
tir. Acompañaban á Pe- 
drarias su esposa la de- 
nodada D.« Isabel de Bo - 
badilla, de gran privanza 
en la corte, Diego de Al- 
magro, Hernando de 
Soto, Benalcázar, etc., 
más tarde con Pizarro 
conquistadores del Perú. 
Era escribano general y 
veedor de la expedición 
y la colonia el cronista 
González de Oviedo, iba 

como Alcalde el licenciado Espinosa, y el bachiller Enciso 
como Alguacil Mayor. La llegada al Darien de tan numeroso 
contingente (Julio, 1514), convirtió la miserable y turbulenta 
colonia de la Antigua en villa importante. Se edificaron nuevas 
residencias oficiales y se levantó una iglesia catedral que con- 
sagró D.Juan de Quevedo, Obispo nombrado para Castilla del 
Oro y el Darien. 
A nenas llegó Pedrarias á la Antigua, residenció ó procesó á 




Fig. 424.— Mapa de Pigafetta (Ed. Amoretti). 



- 509 - 



Balboa por su conducta anterior. Instruyó el proceso Gaspar 
de Espinosa y, merced á los buenos oficios del Obispo Que- 
vedo y de D.« Isabel de Bobadilla, fué absuelto Vasco Núñez 
de toda responsabilidad criminal en el suceso del desgraciado 
Nicuesa, aunque se le condenó civilmente á indemnizar á su 
encarnizado enemigo Enciso de los perjuicios que alegó haber 
sufrido (1). 
Expediciones 8. - Despachado este negociO; y como las provisiones alma- 
en el Istmo, cenadas por Balboa eran insuficientes para mantener á todos, 
envió Pedrarias tres expediciones con el objeto de buscarlas 
entre los indios, explorando al mismo tiempo el país. Confor- 
me con sus instrucciones y con los acuerdos del Consejo ó 
Asamblea Magna que se reunió en la Antigua (Darien)^ deci- 
dióse á abrir un camino á través del Istmo, escalonando forta- 
lezas de Norte á Sur. No hemos de detenernos á describir en 
detalle los inhumanos hechos de los capitanes de Pedrarias. 
Sus atrocidades sin freno trocaron bien pronto la amistad de 
los indios hacia el europeo en odio encarnizado y feroz. Juan 
de Ayoras saqueó y agotó la región de Comagre; el sanguina- 
rio Morales y su compañero Francisco Pizarro llegaron hasta 
la isla de las Perlas, y después de degollar hombres, mujeres 
y hasta niños, incendiar bohíos, y recoger oro y perlas, cruza- 
ron el golfo de San Miguel, iYdXdináo de volver al Darien por 
Biru, viéndose obligados á retirarse y desistir de la empresa. 
Vasco Núñez fué derrotado en Dabaibe con graves pérdidas; 
Becerra perdió en el Cena su vida y la de sus soldados; Gon- 
zalo de Badajoz tuvo que apelar á la fuga en las cercanías del 
golfo de Parita, y lo propio aconteció á Meneses en el efímero 
establecimiento de Santa Cruz, y á Pedrarias mismo, que ca- 
pitaneó en persona una expedición al Cena, y hubo de conten- 
tarse con reconstruir la aldea de Acia, término Norte, del ca- 



(1) Pedro Mártyr de Anglería, op. cit , Dec. II, lib. VII, pág. 141 y sig. Fiske, op. 
cit., II, pág. 377 y sig. Helps, op. cit., vol. I, lib. VI, cap. II, pág. 260 y sig. y sus 
notas. Winsor, N. & C, H. of A. II, pág, 196 y sig. y sus notas críticas. Relación Pas- 
cual de Andagoya, loe. cit. (Trad. Markham), pág. 2 y sigtes. y sus notas (Vse. In- 
troducción), etc., etc. 

- 510 - 



mino del Istmo, que llegaba hasta Panamá la Vieja, fundada 
en la expedición que acaudilló Gaspar de Espinosa (1). 

9. -Como los leguleyos y oficiales públicos, que habían ido Ejecución de Vasco 
al Darien con Pedrarias, odiaban á Vasco Náñez de Balboa, NuTiez de Balboa, 
que les pagaba con la 
misma moneda des- 
preciándoles y no re- 
galándoles esclavos in- 
dios, como hacían los 
demás capitanes (2), 
intrigaron el ánimo 
del suspicaz y atrabi- 
liario Pedrarias, ase- 
gurándole que Balboa 
quería rebelarse con- 
tra él. Vino, en tanto, 
de la corte el nombra 
miento de Adelantado 
en favor de Balboa, y 
la orden de que prosi- 
guiera sus descubri- 
mientos en las costas 
del Sur, Tan justo pre- 
mio á los méritos de 

Balboa irritó en grado extremo los celos y suspicacias del Go- 
bernador Pedrarias. Guardóse bien de comunicárselo al intere- 
sado, marchando, en cambio, hacia Acia con sus intrigantes 




Fig. 425.— El cronista Herrera. 



(1) Pedro Mártyr de Anglería, op. cit., Dec. IV, lib. IX, pág. 96y sigtes. (vol. III, 
Torres Asensio). Helps, op. cit., vol. I, lib. VI, cap. II, pág. 265 y sigtes. y sus notas. 
Winsor, N. & C. H. of America, II, loe. cit. y notas, pág. 212. Relación Andagoyc 
(Trad. Markham), pág. 8 y sigtes., sus notas y su precioso Mapa (Istmo de Panamá, 
1513 á 1523). 

(2) «Suplico á vuestra Majestad, decía Balboa en su carta al Rey (Enero 20, 1513), 
que no deje venir bachilleres ni licenciados salvo en medicina... porque no ha venido 
aquí (Darien) ninguno que no sea un demonio y lleve la vida de tal. Y no sólo son 
ellos malos, sino que traman y levantan infinidad de intrigas, pleitos é iniquidades 
perjudicialísimas porque la tierra es nueva, etc.." Vse. Navarrete, coll. III, pág. 374. 
Comp. Ilelps, op. cit., I, pág. 248. 



511 



cortesanos para aprisionar al hidalgo. Por mediación del Obis- 
po Quevedo pudo librarse éste de los insanos furores de Pe- 
drarias. Prometió contraer matrimonio con una de sus hijas, 
que á la sazón se encontraba en España, permitiendo por su 
parte el de Avila, que Balboa, como Adelantado Real, conti- 
nuara sus descubrimientos en el Mar del Sur. Reanudó Vasco 
Núñez, después de este incidente con Pedrarias, sus interrum- 
pidos trabajos. Como le pareciera difícil encontrar al otro lado 
del Istmo madera suficiente y apropiada para construir embar- 
caciones, decidió Balboa transportar á través de las montañas 
la cantidad necesaria para armar dos pequeñas naves, y hacerse 
con ellas á la mar. Realizó con ímprobos trabajos su arriesga- 
da empresa, estableciendo su astillero en el Río de las Balsas. 
Desde allí, y con sus dos rudimentarias embarcaciones, hizo 
una infructuosa expedición á la Isla de las Perlas. Faltándole, 
sin embargo, alquitrán y cordajes para seguir sus exploracio- 
nes, y habiendo llegado, además, á sus oídos que venía al Da- 
ríen otro Gobernador (Lope de Sosa) para sustituir á Pedrarias, 
quiso cerciorarse de la verdad de tales díceres, y envió al Acia 
á su lugarteniente Garabito con un pequeño destacamento. Si 
el Gobernador nuevo había llegado, debían volver á informar 
á Balboa para emprender todos inmediatamente su expedición 
al Sur, sin contar con su beneplácito. Si Pedrarias continuaba 
en el mando debían los emisarios de Balboa entrar á Acia, y 
limitarse á pedir cordajes y alquitrán. 

Fuese por una razón ó por otra, el infame Garabito traiciono 
á Balboa. Avistóse con Pedrarias, comunicándole que Vasco 
Núñez no pensaba casarse con su hija porque seguía enamo- 
rado de la hija del cacique Careta y había decidido embar- 
carse con ella y constituir un gobierno independiente en las 
costas del Mar del Sur. Estos y otros astutos chismes de servi- 
les soldados, que el envidioso Gobernador acogía con avidez 
de perseguido, entenebrecieron hasta tal punto su débil espí- 
ritu que, entregándose por completo en manos de sus men- 
guados consejeros, decidió llamar á Balboa con un pretexto, 
y procesarle, cuando llegara con sus compañeros, por delito 

- 5Í^ - 



de alta traición. Vino Balboa del Ada sin sospechar lo que le 
esperaba. Francisco Pizarra le redujo á prisión apenas llegó, 
instruyó un proceso Gaspar de Espinosa, condenó á los re. 
beldes, y aunque solicitó para ellos clemencia, Pedrarias fué 
implacable, é hizo 
decapitar á Vasco 
Núñez y sus fieles 
amigos Valderrá- 
baño, Botella y Ar- 
guello (1517) en la 
plaza pública del 
Acia. 

Así terminó la 
rápida y brillante 
carrera del desgra- 
ciado Vasco Núñez 
de Balboa, una de 
las personalidades 
mássimpáticas y 
atrayentes de aque- 
llos luctuosos tiem- 
pos. Incansable en 
el trabajo y los peligros, afable con sus subordinados, pruden 
te, caballeresco, hábil y valerosísimo, supo ganarse amigos en- 
tre los indígenas como nadie lo había hecho antes que él. Si 
hubiera vivido se hubiera anticipado á Pizarra y Almagro en ía 
conquista del Perú. Si las noticias del descubrimiento del Mar 
del Sur hubieran llegado á tiempo á la corte española, la ciega 
enemistad de un mandatario violento, y las pérfidas intrigas 
de unos cuantos fracasados é ineptos, no hubieran privado al 
mundo de capitán tan gallardo, y tal vez hubiera cambiado por 
completo la historia de la Conquista española en la sección 
del Pacífico de la América del Sur. 

En el año 1519 trasladó Pedrarias el gobierno del Darien á 
Panamá, que se hizo villa en 1521. La Antigua fué abando- 
nada. En 1519, Gaspar de Espinosa recorrió al Noroeste y al 




Fig. 426. —Globo terráqueo de Schoner. 



513 



33 



Oeste las costas del Mar del Sur hasta el Golfo de Culebras, y 
en el 1522 Pascual de Andagoya penetró con sus soldados 
unas veinte leguas al interior del país de Bíru, obteniendo de 
los costeños nuevos datos sobre la grandeza del imperio de 
los Incas. 

Un desgraciado accidente le obligó, sin embargo, á volver 
enfermo á Panamá. 

Más \.2irátfjaan de Basarlo siguió el rumbo de Andagoya; 
pero deseoso de obtener mayores recursos, marchó primero á 
La Española, muriendo en «Nombre de Dlosy>. 

Así, llegó el año 1524 sin haber adelantado en el Mar del 
Sur más de lo que su inmortal descubridor Vasco Núñez de 
Balboa adelantó. 

Con razón afirmaba el cronista Pedro Mártyr, que nunca 
bajo el mando de Pedrarlas, «se hizo cosa alguna digna de 
alabanza sino matar y ser muertos, asesinar y ser asesina- 
dos...» (1). 
Jiufl Díaz de So- 10. - Dijimos anteriormente que la noticia del descubrimien- 

lÍL^* ^!ií'í-"'"Í" to de Cabral fué gran motivo de alarma para la corte española. 

miento del Rio de ^ 7 , ^ ,^,. , ,. . , 

la Plata. Deseoso Fernando el Católico de eclipsar a los portugueses, 

encontrando el estrecho que había de conducir á las islas de 

Las Especias, después de nombrar á Balboa adelantado de! 



(1) Vse. Winsor, N. & C. H. of America II, pág. 199 y sig.. y sus notas, pág. 213 
y sig. Navarrete, coll. III, pág. 337 á 355. Pedro Mártyr de Anglería, vol. 111, (To- 
rres Asensio), pág. 97 y sig., vol. 11, pág. 142 y sig. y 209 y sig. La figura de Pedro 
Arias de Avila, llamado por algunos uFuror Domini" y el hecho de la ejecución de 
Balboa han sido juzgados con apasionamiento excesivo por Oviedo que tuvo como 
» Veedor" del Darien serias dificultades con Pedrarias, y por el cronista Herrera que 
lo copió. Vse. Oviedo, Hist. m, 21, 51, 83, etc. Herrera, Dec. II, lib. I, II, 111. Dec. 
111, lib. IV, V, VIII, etc. En la controversia de! referido historiador Herrera con 
D. Francisco Arias Dávila, Conde de Puñonrostro, decidió Gil Ramírez de A rellano 
«del Consejo de Su Majestad», nombrado arbitro, que Herrera había ido demasiado 
lejos (Vse. Doc. Inéditos, vol. XXXVII, pág, 215 y sig., y comp. Cartas de Balboa, 
Oct. 16, 1515). Sigo, pues, en mi texto, principalmente la Relación de Pascual de An- 
dagoya (loe. cit,), testigo imparcial de los sucesos, y la de Pedro Mártyr de Anglería. 
Sin justificar en manera alguna á Pedrarias, creo que tan culpables como él fueron 
los que le envenenaron y precipitaron. Si no hubiese decapitado al Descubridor del 
Pacífico, apenas mencionaría la historia su nombre y su muy insignificante personaír 
dad. ,Vse. Markham (Trad. Andagoya), pág. 9 y sig. y sus notas. 

- 514 - 



Mar del Sur, con orden de explorar sus costas, eligió al vete- 
rano navegante /«a/z Díaz de Solís, el más hábil, dice herrera, 
de los marinos españoles de su época, para que explorara el 
Océano más allá de Castilla del Oro en una distancia de 1.700 
leguas ó más, si le fuera posible, pero teniendo cuidado de no 
tocar en los territorios que, por el tratado de Tordesillas, per- 
tenecían á la corona 

portuguesa. Fletó Solís 
tres pequeñas carabelas 
(una de 70 toneladas y 
dos de 30) con setenta 
hombres de tripulación, 
embarcó provisiones 
para dos años y medio, 
y se hizo á la vela des- 
de Sanlúcar el día 8 de 
Octubre de 1515. Hizo 
rumbo al Brasil, llegó á 
las inmediaciones del 
2iQ.i\jLd\ Río Janeiro, y des- 
de este punto, pasando 
cerca de las islas át San- 
ta Catalina y de Lobos, 
entró en el puerto de 

Candelaria (hoy Maldonado), del que tomó posesión á nombre 
de su rey (Febrero 2, 1516).Dióse inmediatamente cuenta de que 
se hallaba en la desembocadura de un inmenso río que llamó 
de Santa María ó "Mar Dulce,;. Penetró en él, y con una ca- 
rabela llegó hasta la isla de San Gabriel primero, y de Martín 
García después. Desembarcó allí (inmediaciones de Martín 
Chico) con ocho de sus compañeros y, al alejarse de la orilla, 
mé furiosamente asaltado por los salvajes (Guaraníes), que 
asesinaron á todos los castellanos, con excepción de uno (Fran- 
cisco del Puerto), y devoraron sus destrozados cuerpos con ca- 
nibalística y repugnante avidez. La muerte de su jefe decidió 
á los marinos á volver á España. Francisco de Torres y el pi- 




Fig. 427. -Las islas de Los Ladrones. 



515 



ie Magallanes. 



loto Diego Garda tomaron el mando de las carabelas. Al em- 
prender el viaje de retorno naufragó cerca de Santa Catalina 
una de las embarcaciones, viéndose obligados sus tripulantes 
á permanecer en aquellas playas. Las otras dos carabelas (que 
se habían adelantado), después de recalar en la costa del Brasil 
(cabo de San Agustín) y cargar unos cientos de quintales del 
palo de este nombre, hicieron rumbo á España llegando á Se- 
villa en los primeros días de Septiembre (1516) (1). 
Hernando 11. -El virey portugués Alfonso de Alhurquerqae, célebre 

conquistador de Malaca (Áureo Quersonesó), despachó una 
flota en Diciembre del 1511 á las islas de Las Especias que, á 
principios del 1512, visitó Amboina y Banda, volviendo á Ma- 
laca con un rico cargamento de clavo (2). El hecho de estar 
tales islas 50° de longitud al Este de Calicut, hizo revivir el 
antiguo proyecto Colombino de llegar á ellas navegando hacia 
el Occidente. Fernando de Magallanes resolvió realizarlo. Ha- 
bía nacido este célebre marino en Portugal hacia el año 1480. 
Fué paje del rey Don Manuel (1495), vio volver triunfante á 
Cabral y Vasco de Gama, se alistó en la expedición de Almei- 
da (1505), permaneciendo siete años en las Indias Orientales, y 
tomando parte en la Conquista de Malaca. Al volver á Portu- 
gal, y después de pelear en Marruecos, fijo en su idea de lle- 
gar á las islas de Las Especias, navegando hacia Occidente, 
propuso su proyecto al rey Don Manuel, que lo rechazó de 
plano, negando también á Magallanes algunas otras lííercedes 
que por sus campañas de Azamor (África) solicitaba. 

Herido Magallanes en su orgullo con las negativas del rey 
de Portugal, se desnaturalizó con actos públicos y pasó á Cas- 



(1) Vse. Herreta, Dec. \l, lib. I, chap. VII. Navatrete.Wi&iQS, III, pág. 134. Pedro 
Mártyr de Anglería, op. cit., Dec. III, lib. X, cap. IH, (pág. 472, vol. II, Torres Asen- 
sio). Hakluyt, Voyages, V, pág. 307. /. Toribio Medina. Juan Díaz de Solís, vol. I, 
pág. 250 y sigtes. Samuel A. Lafone Quevedo, Juan Díaz de Solís, pág. 5 y sigtes. 
P. Vicente Gambón, S. J., Lee. Hist. Argentina, vol. I, pág. 44 y sigtes., etc., etc. 

(2) Vse. Rouse, Lee. X, I, 521 (Londón, 1846), citado por Bourne, op. cit., pág. 
114. Comentarios de Alflionso d' Alburquerque, segundo virey de la India (Trad. Gray 
Birch, Ed. Portuguesa, 1774), Hakluyt hoz., vols. LIII-LV, LXII-LXIX, en especial 
vol. Lili, pág. 23 y sigtes, etc., etc. 

- 516- 



tilla á ofrecer sus servicios al Emperador Carlos V, prometién- 
dole llegar navegando hacia el Occidente, hasta Malaca y Ma- 




Fig. 428. - Hernando de Magallanes. 



luco (las Molucas) islas donde crecían las especias y que creían 
no se hallaban dentro de lo perteneciente á Portugal, según la 
línea de demarcación trazada por Alejandro VI. 

- 517 - 



y SQ muerte. 




"É^Si^w^ 



Aceptó el Emperador la propuesta de Magallanes, capituló 
solemnemente con él y su compañero el astrónomo Raíz Fale- 
rOy y después de algunas dificultades materiales y, á pesar de 
los esfuerzos del embajador portugués para impedir la salida 
de la expedición, consiguió hacerse á la vela desde Sanlúcar de 
Barrameda el día 20 de Septiembre del 1519 (1). 
Su viaje 12. -Componíase la flota de Magallanes de cinco pequeñas 

naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) 

de las que la mayor 
(San Antonio) apenas 
cargaba 150 toneladas. 
Las tripulaciones (270 
hombres) eran singu- 

Fig. 429. -Autógrafo de Magallanes. larmcutc COSmopoli- 

tas. Había marineros 
de todas las comarcas del mundo. Iban entre ellos algunos jó- 
venes ansiosos de aventuras, uno de los cuales (Pigafetta) nos 
legó en su diario la mejor relación de este viaje. 

Rumbeó la escuadrilla el SE., tocando en las Canarias y si- 
guiendo después al S. y cuarta al SO., lo que motivó un alter- 
cado entre Magallanes y uno de sus subalternos, Juan Carta- 
gena, perdiendo la paciencia el primero, que mandó poner en 
un cepo al rebelde, nombrando capitán de la nao San Antonio 
á Antonio de Coca primero, y á Alonso de Mezquita más tarde. 

El 8 de Diciembre llegaron á la costa del Brasil; el 13 fon- 
dearon en Río de Janeiro, de donde zarparon el 27, siguiendo 
á lo largo de la costa con rumbo al Sur. 

Avistaron el cabo de Santa María, y reconocieron y nave- 
garon el Río de la Plata hasta convencerse que allí no existía 
paso alguno. 

El 21 de Marzo entró la armada en el puerto de San Julián, 



(2) GuUlemard, Life of Magellan, pág. 17 á 180. Lrrd Stanley, First Voyage Round 
theWordl, pág. 187 y sig. Bourne, op cit., pág. 118 y sig. Navarrete, Viajes, IV, 
325 y sig. Relación del último viaje al Estrecho de Magallanes de Xí Fragata deS. M. 
Santa María de la Cabeza (1785-1786), Madrid, 1788, pág. 173 y sigtes. y suo notas y 
referencias. 

- 518 - 



y Magallanes demostró su propósito de invernar ahí; pero su 
gente, desesperanzada de encontrar el paso, se resistió, acor- 
dando pedirle que volviera á España. 

Manifestó Magallanes qn^ no retrocedería, lo que dio lugar 
á la sublevación de las trrpuláciones de los buques San Anto- 
nio, Concepción y Victoria, mandadas por Quesada, Mendoza 
V el ya mencionado Cartagena. 

Notificaron los sublevados á Magallanes su resolución de 
abandonar el viaje, contestándoles éste que para hablar del 
asunto fueran á su buque, donde les esperaba. 

Como era natural, se negaron á obedecer. Magallanes deci- 
dió jugar el todo por el todo. Detuvo la lancha de la San An- 
tonio, que fué á llevarle las proposiciones de los sublevados, y 
envió al alguacil Espinosa á La Victoria con una carta para 
Mendoza, su capitán. Apenas Mendoza cogió la carta, echóse 
Espinosa sobre él, dándole una mortal puñalada en el cuello. 
Muerto Mendoza, Magallanes envió quince de sus fieles que, 
sin gran resistencia, izaron su bandera en La Victoria. Atemo- 
rizados los capitanes de La Concepción y la San Antonio, tra- 
taron de hacerse á la mar. Garreó, sin embargo, la San Anto- 
nio yendo á dai sobre la nave de Magallanes, que la recibió 
con fuego nutrido, tomándola luego al abordaje. Dominada 
así la insurrección, mandó Magallanes descuartizar á Mendoza, 
degollar á Qaesada y abandonar á Cartagena, y al clérigo Sán- 
chez Reina, en aquella tierra desierta. Previos cuatro meses de 
invernada, continuó viaje la escuadra el día 20 de Agosto (1520). 
Descubrieron el río Santa Cruz, afirmándose Magallanes en 
su propósito de seguir costeando aquellas regiones hasta en- 
contrar el estrecho. El 21 de Octubre dobló el llamado Cabo de 
las Vírgenes. 

Antes de seguir más hacia el Sur convocó á sus capitanes <t 
junta para averiguar el estado de los víveres. 

Aunque resultó que apenas podían durar tres meses, los ca- 
pitanes opinaron qae era bien pasar adelante y acabar la de- 
manda que se llevaba. 

Sólo el portugués Gómez se opuso, alegando escasez de pro- 

- 519 - 




- 520 - 



visiones, á lo que Magallanes replicó: Aunque tuvíeat que co- 
mer los cueros de las vacas con que van forradas las entenas, 
he de oasar adelante, y descubriré lo que he prometido al em- 
perador. 

Con esto entraron al estrecho que lleva el nombre de su des- 
cubridor, surcándolo con mucho trabajo en veinte días, sin ver 
habitante alguno, avistando sólo de noche hogueras en la costa 
del Sur, que llamaron Tierra del Fuego, 

Durante la travesía, el portugués Gómez, que mandaba la 
Sati Antonio, desertó con ella vergonzosamente. 

El 27 de NoviemLiC, y después de doblar el cabo de To- 
dos los Santos, desembocó, por fin Magallanes en el nuevo 
Océano, que llamó Pacífico, dejando descubierto el estrecho 
tenebroso que ciñó á sus sienes la corona de la inmortalidad (1). 

Dura fué la travesía de aquel océano jamás surcado, y cuya 
anchura no podía Magallanes sospechar, porque nadie en su 
tiempo suponía existente en el globo tan inmensa masa de agua. 
Navegaron los intrépidos descubridores semanas tras semanas; 
las provisiones faltaron; llegaron á comerse hasta el forro de 
¿tiéró'Üé la parte baja del palo mayor, y cuantas ratas había 
á bordo. 

Más de veinte hombres murieron de escorbuto, y otros esta- 
ban próximos á perecer, cuando el 6 de Marzo de 1521 avistó 
Magallanes unas islas que formadan parte de un archipiélago 
que denominó de los Ladrones (Marianas), en donde se detu- 
vo tres días para buscar víveres. 

El 1 6 de Marzo descubrió otra isla y en seguida muchas más 
á las cuales dio el nombre de San Lázaro (Filipinas). En ellas 
trabó relaciones de amistad con varios caciques, cambió pre- 
sentes y recogió noticias para hacer más tarde su conquista. 



(1) Gunther, Zeitalter der Entdeckungen, pág. 75, etc. Lord Stanley, First Voya- 
ge, etc., pág. 193 y sig. Bourne, op. cit., pág. 123 y sig. Guillemard, Magellan, pág. 
163 y sigtes. y sus referencias Diario de Francisco Alvo (Ms. Archivo Indias), Reí. 
Viaje Santa María de la Cabeza, pág. 188 y sigtes. Oviedo, Hist.,pte. II, lib. XX, 
cap. II, fol. 13. Pigafetta, cap. III y sigtes. y Maximiliano cap. II, etc., en Ramusio, 
Viaggi, etc., fol. 390 y sig. Herrera, Dec. II, lib. IV, cap. IX y sigtes., etc., etc. 

- 521 - 



El señor más poderoso con quien trataron los castellanos, 
era el rey de la extensa isla de Zebúy que se declaró vasallo 
del rey de España. No les cabía duda de que habían llegado al 
principio del Asia, puesto que el esclavo malayo Enrique, que 
iba con Magallanes, pudo hacerse entender con los indígenas. 
Llegaron al islote de Mactan. Al amanecer del 27 de Abril de 




Fig. 431, 
Tierras del Estrecho de Magallanes (Isolario de Alonso de Santa Cruz). 



1521, desembarcó en él Magallanes con un puñado de valien- 
tes. Fueron furiosamente atacados por los indígenas, y hubie- 
ron de retirarse con grandes pérdidas, siendo la mayor la del 
mismo Magallanes, que peleando esforzadamente quedó muei« 
to de muchas heridas (1). 



(1) Rourne, loe. cit. GuiUetnafd, op. cit., pág. 220 y sigtes. Pigqfetta en Lord 
Stanlet/, Firts voyage, etc., pág. 68 y sig, Pedro Aídrtyr de'Anglería, op. cit.. Dec. V, 
cap. VII, (vol. III, Torres Asensio, pág. 309 y sig). Herrera, Dec. III, lib. I, cap IV, 
pág. 6. Relación viaje Fragata Santa María de la Cabeza, pág 191 y sig. Comp. el 
Diario de Alvo (Ms.), y Gomara, op. cit., cap. 95, fol 43, etc., etc. 

- 522 - 



13. - El resto del viaje se hizo, en su mayor parte, por regio- Sebastián del Cim 
lies ya recorridas por los portugueses. Pocos días después del 
desgraciado fin de Magallanes, sus sucesores en el mando, 
Barbosa y Joáo Serrao, fueron también asesinados por los in- 
dígenas. Sólo quedaban 150 hombres, y decidieron abandonar 
La Concepción, que estaba ya averiadísima, y seguir el viaje 
con la Victoria y la Trinidad. Después de salir de Las Filipi- 
nas, tocaron en la costa Oeste de Borneo y bajaron hacia Las 
Malucas. Cargaron especias en abundancia y se prepararon 
para volver á España; la Victoria por el Océano índico y la 
costa de África y la Trinidad por Panamá, cruzando el Pací- 
fico. Tuvo esta última que abandonar su temeraria empresa. 
Oe sus 54 tripulantes sólo sobrevivían IQ cuando se abandonó 
d\ viaje, y sólo cuatro de entre éstos pudieron, después de años 
de cautiverio, volver á España. 

La navegación de la Victoria fué también peligrosa, no sólo 
por las tempestades de las costas Occidentales de África, sino 
por la falta de víveres. Viéronse obligados á arribar á Cabo 
Verde. Sabedores los colonos portugueses de esta isla que la 
Victoria volvía de la India con especias, retuvieron como cau- 
tivos á los tripulantes de una lancha que había ido á tierra á 
buscar socorros. La Victoria tuvo que hacerse á la mar apre- 
suradamente con solos 22 hombres. Por fin, después de una 
ausencia de tres años menos trece días, llegaron á Sevilla el 
día 7 de Septiembre del 1522. Los cautivos de Cabo Verde 
fueron pronto devueltos á España por los portugueses, y el 
emperador Carlos V recibió en su corte, solemnemente, á los 
31 heroicos marinos que habían sido los primeros en dar la 
vuelta al mundo. Al piloto Sebastián del Cano, que los capi- 
taneaba, se le entregaron como premio quinientos ducados; 
y autorizándosele á usar un escudo de armas coronado con 
un mundo con la siguiente leyenda: "Primus circundediste 
mcu (1). 



(1) Vse. GuiUemard, Magellan pág. 306 y sig. Bourne, op. cit , 128 y sig, y sus 
notas. Herrera, Dec. III, lib. I, cap. XIV, pág. 132 y sig., etc , etc. 

- 523 - 




\4.-Co¿óny Ma- 
gallanes son las 
dos grandes figu- 
ras de esta época 
heroica de la His- 
toria Americana; y, 
aunque sólo sepa- 
radas por un cuar- 
to de siglo, perte- 
necen, en realidad, 
á distintas edades. 
No hay en Maga- 
llanes nada del me- 
dioeval y profético 
misticismo Colom- 
bino. Es un hom- 
bre de acción, fuer- 
te, enérgico, sufri- 
do y eminentemen- 
te práctico. El viaje 
Colombino, rom- 
piendo las barreras 
seculares del Océa- 
no, fué un acto de 
fé sublime. El viaje 
de Magallanes, sin 
embargo, era bas- 
tante más arduo. 
Más de la mitad de 
los navegantes in- 
gleses y holande- 
ses, que lo intenta- 
ron á fines del si- 
glo XVI, tuvieron 
que desistir de sus 
empresas. El pri- 



- 524 



mer viaje Colombino duró treinta y cinco días. La expedición 
de Alagallanes puede decirse que empezó después de la du- 
rísima invernada de San Julián. Por estas y parecidas razones, 
el juicio postumo de la historia consagra á Magallanes como 
navegante incomparable, y considera su viaje como el mayor 
esfuerzo humano que han presenciado los siglos. 




- 525 




CUESTIONARIO 



/. - ¿Qué territorios concedió la Corona española á Ojeda y 
Nicuesaj qué nombres se les dio? 

2. — ¿Qué descubrió Ojeda en su último viaje, y dónde murió? 

3. - ¿Qué resultados tuvo la expedición de Nicuesa y cuál fué 

su fin? 
4- - ¿Quién fué Enciso j; qué viaje emprendió? 

5. - ¿Quién era Vasco Núñez de Balboa? 

6. ~ ¿Qué alianzas hizo Balboa con los indígenas? 

7. - ¿Le fueron útiles para sus empresas descubridoras? 

8. - ¿Quién descubrió el llamado «Mar del Sur»? 

9. -¿Qué ruta siguió su descubridor? 

10.- ¿Quién era Pedro Arias de Ávila, j/ qué personajes histó- 
ricos le acompañaron al Darien? 

11.- ¿Qué resultado tuvieron las exploraciones de Espinosa, 
Morales, Ayoras y Badajoz en el Istmo? 

12. -¿Cómo trataron á los indígenas? 

13. - ¿Cuál fué el motivo de la enemistad de Pedrarias j^ Balboa? 
^'^- - ¿Quiénes fueron los verdaderos culpables de tal enemistad? 
J^- - ¿Qué expedición emprendió Balboa á través del Istmo y 

con qué objeto? 
16.- ¿Dónde y cómo murió Vasco Núñez de Balboa? 
17.- ¿Cuál es el juicio de los historiadores sobre la persona y 

gobierno de Pedro Arias de Avila? 



- 526 



J8. - ¿Quién descubrió el Río de la Plata? 

19. — ¿Dónde y cómo murió su descubridor? 

20. -¿Quién fué Hernando de Magallanes? 

21.- ¿En qué expediciones estuvo antes de pasar á España? 

22. - ¿Qué capituló con el emperador Carlos V? 

23. - Qué ruta siguió en su viaje de circunnavegación, y cuáles 

fueron los más notables sucesos de este viaje? 

24. — ¿Dónde y cómo murió Magallanes, y cómo terminó el viaje 

de circunnavegación Sebastián del Cano? 

25. — ¿Qué importancia tiene el viaje de Magallanes en la his- 

toria de la civilización? 




527 



REFERENCIAS 



Generales.- Giovani Battista Ramusio. Navigationi et 
Viaggi (Venecia, 1565). Raynal, Histoire Filosofique & Critique 
des etablisements & du Comerce des Europeus dans les deux 
Indies (Ed. 1781) y las mencionadas en los capítulos anteriores. 

Balboa y Peárarlas, - Markham, Traducción de la Re- 
lación de Pascual de Andagoya (Hakluyt Loe, vol. XXXIV, 
1865). Cartas de Vasco Núñez de Balboa (Doc. Inéditos, y Na- 
varrete, Coll. vol. III). Dictamen de Gil Rodríguez de Arella- 
no», etc. (vol. XXXVII, Doc. Ined.), etc., etc. 

Descubrimiento del Río de la Plata. -/. Toríbio Me- 
dina, Juan Díaz de Solís. Samuel, A, Lafone Quevedo, Juan 
Díaz de Solís. P. Vicente Gambón, S. J. Lecc. Hist. Argentina, 
Clemente Fregueiro, Hist. Argentina, etc., etc. 

Vida y viaje de Magallanes.- Diario de Pigafetta (en 
Ramusio, Viaggi, fol. 389, 409; y en Stanley, First voyage 
Round the Word, 1874). Epístola de Maximiliano Transilvano, 
etc. (Ramusio, fol. 383, 389). Relación del Portugués, com- 
pañero de Eduardo Barbosa (Ramusio, fol. 410). Diario de 
Francisco de Alvo, contramaestre de la Almiranta y piloto de 
la nao Victoria (Ms. Archivo de Indias). Relación del último 
viaje al estrecho de Magallanes de la fragata Santa María de la 
Cabeza, en los años 1785-1786 (Madrid, 1788). Hale (Rev. 
Ed. E.) en Winsor N. & C H. of A., vol. II, cap. IX, pág. 591, 

- 528 - 



etc. Hakluyt, Princ. Navigations (Glasgow, 1903, 1905). Vida 
é Viagens de Fernao de Magalhaes, con apéndice original 
Diego Barros Arana (Real Academia de Lisboa).]. H. H. Gui- 
llemard, Life of Ferdinand Magellan and the first Circunnavi- 
gation of the globe (1891). Bíair y /. A. Robertson, The Phi- 
Hppine Islands, vol. I (1903), etc. etc. 

Bibliografía. - 5í7tt/-/z^, op. cit., pág. 33, etc. Winsor, N. & 
C H. of A., II, 343, 613, etc. (Notas Críticas, cap. V y IX), las no- 
tas de Guillemard de la Reí. Viaje fragata Santa María de la 
Cabeza^ y las mencionadas en los capítulos anteriores. 



FIN DEL TOMO I 



529 



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