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COMPENDIO ELEMENTAL 



UC-NRLF 





B E 7^t3 m7 



HISTORIA DE AMERICA 



DIEGO BARROS ARANA 



NUEVA EDICIÓN 



SANTIAGO DE CHILE 
l^J^lElTJ^lSrO SIEIE^'V.A.T (Editor) 

1907 



I IIBRARY 

I ÜNíVWSíTY OF 
\j:ALIFOftNIA 



COMPENDIO ELEMENTAL 



DK 



HISTORIA DE AMERICA 



y 



COMPENDIO ELEMENTAL 



HISTORIA DE AMERICA 



DIEGO BARROS ARANA 



NULVA EDICIÓN, 



SANTIAGO DE CHILE 
l^J^:RXJ^JSrO S.H::E^•\^JLT (Editor; 

1B07 



107<)4 — hni». 10. Pón-z. BaiKlcru Si 



ADVERTENCIA 



(907 



Kste libro fue publicado en Santiago en 1865 
para servir a la enseñanza en los colejios de Chile. 
Durante mas de cuarenta años ha servido de 
testo elemental para el estudio de la historia de 
America, en nuestro pais i en alí>;unas de las K^^- 
públicas líernianas. A esto S(^ debe cpie se hayan 
hecho de este compendio liistórico, así en Chile 
como en el estranjero, varias i copiosas ediciones 
para satisfacer las necesidades de la enseñanza. 

F]sta aceptación habria debido inducir al autor 
íi hacer una revisión jeneral de todo el libro, ya 
para perfeccionar la redacción, yn para esclarecer 
i completar en algunos puntos las nociones. Sin 
embargo, trabajos de varios órdenes, i sobre todo 
la |)reparacion de otras i de otras obras, algunas 
de ellas de vasta i com])licada labor, se lo han 
impedido. 

F^or (\sta (\^usa, el Compendio elemental r]r 
/Iistori;} (le Afnt'¡'j(';i (jue se reimprime ahoi'a. es 
mui poco diferente del de 18(55. Solo se han efec- 
tuado en varias de sus paginas algunas modifi- 
eaciones de palabras o de axícidente; i se ha puesto 
«'U seguida, de esta advertencia, una BilfJiog'rfftln 
o catálogo de un centenar de libros sobre histo- 
ria americana, que. sin duda, puede ser útil así 
a, los estudiantes como a los profesores de esta 
asignatura. 



984 



BIBLIOGRAFÍA 



Abrei e Lima (Josr IgUcicio). Cumpeiidio da liistoriado 
Brasil, 2 w. Kio de Janeiro, 1(S48. 

Kesúmeii ordenado i claro de la historia brasilen» 
hasta el <ifio de 1841. acoiiipariada de algunos doen- 
mentos. 

A COSTA (Joaquin). Compendio lii«tórico del descubri- 
miento i colonización de la Nueva Granada en el 
siglo décimo sesto. 1 v., Paris, 185(). 

Libro que deja ver estudio del asunto, i que está l>i»'n 
ordenado i escrito. 

\(<>STA (I*. José de). Historia natural i moial de las 
Indias, 1 v.. Sevilla. 1590. 

liste libro, v^arias veces reini])reso. traducido a di- 
versos idiomas, i mas conocido por la sesta edición 
castellana liecha en Madrid en 1792 en 2 v.. no es 
una historia narrativa, pero contiene sobre la naturti- 
leza del nuevo mundo i sobre el estado social de estos 
países a la época de la conquista, noticias mui intere- 
santes i que nu'elan un notaljle espíritu de observa- 
ción. 

A LAMAN (Lacas). Historia de Méjico desde los primeros 
movinúentos qué prepararon su independencia en 
1H08 basta la época ])rpsente, 5 v., Méüco. 1H4Í)- 
ISoíL 

obra de grande investigación, metódica i ordenada, 
i capital para el estudio de la revolución d»' la ind»' 
pendencia de Méjico. 

Ami ;\ÁTi:(in (Mignel Luis). La Dictadura de O' Higgins, 
1 V., Santiago, 185 H. 
Libro reimpreso en otras dos ediciones. 

— La Reconquista española (181 1-1 HIT). 1 v., San- 
tiago. 1S52. 

Libro reimpreso en la colección de memorias liistó- 
ricas presentadas a la universidad de (hile, que lleva el 
título lie Historia Jeneral, etc. Vóase mas adelante el 
artículo de este nondn-c. 

— Descubrimiento i concjuista de Chile. 1 v.. San- 
tiago, 1862. 

Existe ademas una reimpresión de este libro notable, 
hecha en Leipzig. 

— Los precursores de la independencia de Chile. l\ 
V.. Santiago. 1861-1861). 

— La crónica de 1810, 3 v., Santiago, 1875'181)S. 



VI HISTORIA DE AMÉRICA 



An(IELIS (Pedro de). Colección de obras i documentos 
relativos fi la historia antigua i moderna de las 
provincias del Kio de la Plata, <> v.. liuenos 
Aires, 1836-1837. 

Valiosa compilación de meiiioriaH, relaciones i docu- 
mentos sobre la historia i la jeograña de esas provin- 
cias. 

Armitage (John). The bistory of Brazil (lSOS-1831), 2* 
V., London. 1837. 

Este Hbro refiere con claridad, buen método i regular 
exactitud, la historia de la revolución de la independen- 
cia de ese pais desde el establecimiento en é\ de los sobe- 
ranos de Portugal en 1808 hasta la abdicación de su 
primer emperador en IS'H. Hai una traducción portu- 
guesa. 

AsENci<r (José Maria). Cristóbal ( oloii, su vida, sus 
viajes, sus descubrimientos. 2 v., Barcelona, sin 
año de impresión. 

Biografía estensa, i la mejor (]ue existe de oríjen espa- 
ñol, impresa con lujo, probablemente en 1889 o 1^90. 

\\i>y (Tomas). Historia de Nicarag:u a desde los tiempos 
mas remotos hasta l.s.')2. 3 v.. Gianada (Nica- 
ragua), 1882. 
Alcanza solo hasta la declaración de la independencia. 

Banckoft (George). History of the United States, from 
the discoverv of the american continent to the 
present time, 12 v., Boston, 1834-1871. 

Obra capital, por la prolijidad de la investigación, i 
por el arte de la composición, muchas veces reimpresa i 
traducida al francés. No alcanza mas que hasta el fin 
de la guerra de la independencia. 

Bah.alt (Rafael Maria). Resumen de la historia de Ve- 
nezuela, 3 V., Paris, 1811. 

Aunque deficiente, es el mejor libro que existe sobre his- 
toria jeneral de ese pais. Hai ademas uim segunda edi- 
ción hecha en (.'urazao. 

Barros Arana (Diego). Historia jeneral de (liile. Ki v.. 
Santiago, 1884-1893. 

— Vida i viajes de Hernando de Magallanes, 1 v.. 
Santiago, 1864. 

— Proceso de Pedro de Valdivia i oíros documentos 
inéditos cfmcernientes a este con<)uistador. 1 v., 
Santiago. 1873. 

Benedetti (Carlos). Historia de Colombia, 1 v., Lima, 
1887. 

Compendio de 950 pajinas de la liistoria de las tres re- 
públicas colombianas, Nueva (h-anada. Venezuela i 
Ecuador. 

Berra (F. A.) Bosquejo histórico de la Rei)ublica orien- 
tal del Uruguai, 1 v., Montevideo, 188T 

I^>rE,\E8 (Gonzalo). Historia de la espedicion libertadora 
del Perú, 3 v., Santiago, 1887-1898. 

BrsTAMANTE (Cailos Maria ).(.'uadro histórico de la revo- 
lución de la America mejicana. 2 v., Méjico. 1823, 



BIBLIOGBAFIA Vil 



El mÍ8Miu autor esteudió i completó su "Cucidro Iiíh- 
torieo'' en una segunda edición en G tomos hecha en 
Méjico en 1848-1847. 
Ca.sas (Frai Bartolomé de las). Historia de las Indias, 
5 V., Madrid, 1875 i 1870. 

Oónica mui prolija pero poco ordenada, de los pri- 
meros tiempos del descubrimiento i conquista <lel Nuevo 
Mundo, dada a luz solo en nuestros dias. 
( EBALLOS (Pedro l'ermin). Resumen de la historia del 
Ecuador desde su oi-íien liastn l84o, 6 v.. ÍTiia- 
yaquil, 1886-1887. 

Esta obra, publicada algunos años antes cu Lima, es 
uim historia de la presidencia de Quito, i de la rcpúl)Íicü 
úel Ecuador que allí se formó. Aunque regularmente es- 
crita, no se reconnenda ni por su plan ni por la investi- 
gación histórica. 
('hai¿ij:voíx (P. Fraiicois X.). Histoire de l'isle Espag- 
iiole oti de S. Domingue. 2 v.. París, 1 730-1 7*n. 

— Histoire du Paragua,\'. 8 v., París. 1750. 

— Histoire et description de la Xouvelle France, -i 
V., París, 1744. 

í)e todas estas obras del P. Charlevoix existen una se- 
gunda edición, i traducciones a otros idiomas, yjero no mí 
castellano. 

('i.am.íi:ko (Francisco J.) Historia antigua de Méjico, 
sacada de los mejores historiadores españoles i 
de los manuscritos i pinturas antiguas de los 
indios. 2 v., Londres, 1820. 

Esta obra fué escrita en italiano i ha sido traducida 
a varios idiomas. La^traduccion castellana fué hecha 
por el célebre literato don José Joaquín de Mora. 

Coi.Kíriox de historiadoi'es de Chile i docimientos relati- 
vos a la historia nacional. 11 v.. Santiago. 
1808-1878. 

Vasta compilación de cnniiciis i relaciones sobre Jn 
historia de la conquista i colonización de (liíle. 

Comaos (Hernán). Cartas i relaciones al emperador 
Carlos V, colejidas e ilustradas por P. de (íayan- 
gos. 1 V.. Paris, 1800. 

Las cartas de Fieman Cortes forman una historia de 
la conquista de Méjico. Han sido coleccionadas en 
varias ocasiones, i reimpresas entre "los historiadores 
primitivos de Indias" de la Bibliotecii Je íiutoreis espfi- 
fioles de Kivadeneira. La edición mas esmerada de ellas 
es dispuesta por don Pascual de (iayangos. 

('()HTKs (José Manuel). Ensayo sobre la historia de Bo- 
livia. 1 V.. Sucre. 1801. 

Bosquejo histórico que comienza con la revolución de 
la independencia, i termina con los sucesos pníxima- 
mente inmediatos a la publicación del libro. 

Chonac (Rodolfo). América, Historia de su descubri- 
miento desde los tiem})os ])rimitivo8 hasta los 
mas modernos, S v.. Barcelona, 1892. 

Obra alemana, traducida al castellano. Sin ser de 
alta ciencia liistórica, contiene i populariza muchos de 



HISTORIA DE AMÉKIOA 



CüiJiplemeuto de la obra anterior, igualmente reim- 
presa miieVias veces i traducidfi al castellano i ;i otros 
idiomas. 
Ih\ln(; (Washington). Lite ot* George Wnsliingboii, 5 v.. 
New York, 1855 a 1859. 

Libro de mui interesante lectura, pero sin novedad 
particular en la investigación. 
Laukazabal (Felipe). Vida del libertador Siíiioii Bolívar, 
2 V., Nueva York, 1865-1875. 

La mejor historia de Bolívar publicada hasta ahora, 
i destinada a servir de introducción a una colección de 
documentos sobre este c»''lebn' [>ersonaie. ipie no se llev<') 
a ejecución. 
LoiíKNTt: (Sebasbhiu). Historia del Perú, 1860-1876. 

Esta obra consta de seis volúmenes publicados los 
primeros en Francia i los otros en Lima; pero en su 
(íonjunto forman una historia jeneral del Perú desde el 
tiempo de los incas hasta 1827, preparada sin grande 
investigación, pero con método i escrita con arte i ta- 
lento. 
iiOZANo (P. Pedro). IlistorÍM de hi couipailía de Jesús 
en la provincia <lel l*araguai, 2 v.. Madrid, 1754- 
1755. 

Auncpie contraída especialmente a la liistoria de los 
jesuítas en esta rejion de la América, esta obra, que 
deja ver que es en su mayor parte una compilación for- 
mada sobre trabajos anteriores que hau quedado iné- 
ditos, contiene muchas noticias utilizables para la his- 
toria civil de las provincias arjentinas i de Chile. 
— Historia de la conquista del Paraguai, Rio de la 
Plata i Tucunian, 5 v.. Buenos Aires, Í874-1N75. 
Crónica mediocre de aquellos sucesos, que por mas 
de un siglo se conservó inédita, si bien fué conocida i 
esplotada por varios escritores. 
Malo (Charles). Histoire de Tile de Saint Domingue de- 
puis sa découverte jnsqn" n ce jour, 1 v., Paris, 
1819. 

Libro abundante de noticias ordenadamente espues- 
tas. Una segunda edición hecha en 1825 lleva la rehi- 
cion histórica hasta 1824. 
Marike (Alejandro). Bosquejo histórico de las revolucio- 
nes de Centi'o América, desde 1821 hasta 1884. 
2 V.. Guatemala, 1834. 

Esta obra debía constar de tres volúmenes, pero solo 
se han publicado dos que llevan la historia hasta I82í^. 
Medíxa (José Toribio). Los aboríjenes de Chile, 1 v.. 
Santiago, 1882. 
~ Historia de la literatura colouial de Chile, 3 v., 
Santiago, 1878-1879. 
MiLLEK (Johia). Memorias del ieneral Miller. 2 v., Lon- 
dres, 1829. 

Traducción castellana hecha por el célebre jeneral es- 
pañol Torrijos de esta obra escrita i publicada en ingles, 
en cuyo idioma hai dos ediciones. Bajo la forma de vida 
del jeneral don Guillermo Miller, se han reunido allí 



bibliografía XI 



interesantísimas noticias sobre la revolución hispano- 
americana, i especialmente sobre la del Perú 

MiTHK (Bartolomé). Historia de Belurano. -^ v.. Buenos 
Aires, 1876-1 S77. 
— Historia de San Mai-tin, 4 v., Buenos Aires. 1889- 
1890. 

Fastas d(js obras, de título i d»' (-arácter biográlico. 
constituyen, sin embargo, el mejor arsenal de noticias 
acerca de la historia de la revohicion de la independiMi- 
cia de la república arjentioa. 

Molina (Juan Ignacio). Compendio de la historia jeográ- 
fiea, natural i civil del reino de Chile. 2 v.. Mh 
drid, 1788 n 1795. 

(ompuesto de dos ]>arLes diíereiites. 1.» historia na- 
tural i 2.a liistoria civil, pubhcadas ambas en italiano 
i traducidas al castellano i ;i otros idiomas, fuó.mui 
notable en su tiempo. 

M().\'im:ko Bakiía NT ios (Francisco). Elementos de historia 
de Costa Rica, 2 v., San José de Costa Kica, 1892. 
Compendio escrito para la enseñanza. Es una compi- 
lación cronolójica de hechos, con documentos interca- 
lados en el testo, pero sin unidad o encadenanjiento. 

MoN'iiFAU (Lorenzo). Reseña histórica de Centro Amé- 
rica. 7 V.. (jiiatemala. 1878. 

Compilación un poco irregular. ])('i-o abundante en 
documentos históricos referentes a los nños de 1S2() 
para adelante. 

.Mi Ñoz (Juan Bautista). Historia del Xuevo Mundo. 1 
V., Madrid, 1798. 

Es el primer tomo de una historia jeneral de América 
preparada con un vastísimo estudio, concebida con un 
uotable espíritu crítico i escrita con arte i flcgaiK-ia, 
interrumpida por muerte del autor. 

Xa\ AKifETi-: (Martin Fernandez de). Colección de los via- 
jes i descubrimientos que hiciei-on })or mar los 
españoles desde fines del siglo W, o v.. ^Madrid. 
1825-1887. 

Valiosa compilación de documentos para la historia 
del descubrimiento de América i de los gianch's viajes 
marítimos que se le siguieron. 

UvALLE (P. Alonso de). Historien relación d^^l n^no de 
Chile. 1 V., Roma, mU. 

Este libro, publicado al mismo tiempo en italiano, i 
traducido después al ingles, no es precisamente una 
crónica de la conquista, sino una descripción jeneral del 
pais i de su estado social un siglo después de la con- 
quista. Ha sido reimpresfí en Santiago, sin feelia <le 
impresión, pero aproximativamente en 188S. 

Oviedo i Baños (José). Historia de la conquista i pol)la- 
cion de la provincia de Venezuela. 1 v., Madrid. 
1728. 

Es la primera parte de una crónica de (-ierto vahjr 
histórico, que ha sido reimpresa en (iirác.isc^n \S'2i. La 
segunda parte parece ]jerdida. 

(hiEiK) ! Valdes ((rónzalo Fernandez de). Historiíi jciie- 



XII HISTORIA DE AMÉRICA 



ral i natural (U' las Indias, islas i tierra firnir del 
mar océano. 4- v.. Madrid, 1851-1855. 

l'iiica (MÜcioii completa de la grande obra de este cro- 
uitíta, hecha por la academia de la historia de Madrid, 
bajo el cuidado de don José Amador de los Rios. 
Taz Soldán (Maiiano Felipe). Historia del Pera inde- 
pendiente, 8 V., Lima, Í8G8-1874. 

Historia prolija pero no fiel de hi gnioi-ra de la iíido- 
peudencia del Fern. 
í'kivkz (Francisco de Faula (Jarcia). Memorias para la 
historia del antiguo rnino de (Tuateniala, 3 v.. 
Gualemala. 1851-52. 

Obra mui noticiosa, i>ero sin orden i método histórico. 
rii.hKAuíTA (Jjiicas Fernandez). Historia jeneral de las 
coiKiuistas del .Xnevo reino de (írnuada. 1 v.. Ani- 
l)ere8, 1688. 

Obra importante para la histoi'ia de la conquista de 
ese ])ais. 8egun pcirece. el aiitor habia preparado una 
continuación que no se conoce. En los últimos añoss<í 
ha hecho una reimpresión de esta obra. 
Fi.A'/A (José Antonio). Memorias para la historia de In 
.\iie\a (íranada desde su descubrimento hast.i 
1810, 1 V.. Bogotá, 1850. 

Resumen de la liistoria de la conquista i colonización 

de ese país hasta la éj^oca de la i-ovolucion df la inde]ien- 

dencia. 

l'i{i<:scoTT (Williaui H.). llistory oí the reign oí Ferdi- 

naud and Isabella the catholic, "i v., Boston, 1838. 

— Historv oí the couíiuest of México, •) v., Xew York, 
18J3. ■ 

— Historv of the coiKjuest of Perú, 2 v.. New York, 
1847. ' 

restas tres obras, reimpresas muchas vrces, (ra(lu<-i- 
das a numerosos idiomas (en (-hile se han liecho dos 
ediciones de la conquista <lel Perú i una de la conquista 
de Méjico ) i mui aplaudidas por la crítica ilustrada, son 
el fruto de un gran trabajo de investigación; i por el arte 
de conqjosicion i las formas literarias, constituyen ver- 
daderos modelos del buen jénero histórico. La primera 
de ellas, si bien no está precisamente contraída a la his- 
toria de América, refiere con estudio i con criterio el des- 
cubrimiento del nuevo mundo i los primeros progresos 
de la colonización. 
(^ri.iANo Opeko (I. M.). Compendio de 1.1 historia patrifi. 
1 \-., Bogotá. 1883. 

Resumen elemental de la historia de Xüeva (i ranada, 
que alcanza hasta 1863. Las noticias están espuestas en 
íonna sumaria. La parte nms noticiosa es la que se re- 
itere a la revolución de la independencia. 
KKN(a;i:H (I. K.) et Longchamp (M.) Essai historique sur 
la révolution du l^araguay et la gouvernement 
dictatorial du docteur Francia. 1 v., Paris. 1827. 

Este librito, escrito por dos viajeros suizos que vivie- 
ron en el Paraguai bajo la dictadura del doctor Francia. 
es sumamente instructivo e interesante. Ha sido reim- 



hiuj>i()(íi;ai.-ia xiii 



[)re!50 varias veces, i traducido a diversos idiomas, l'iia 
de las ediciones castellanas tiene notas ilustrativas 
soV)re varios puntos. 

líKSTinopo (José Mnnuel). Historia de la revolución déla 
repúbiica de Colombia, 4 y.. Besanzon. 18o<s. 

Segunda edición de una ol)ra publicada en 1S27. j)er() 
tan desarrollada i completada (]ue se puede considerar 
una obra absolutamente nueva. Comprende la historia 
de la revolución de la independencia en Nueva Granada, 
Venezuela i Quito, i la historia de la república de Colom- 
bia hasta su disolución en \8■^^ . 

KosALKs (P. Diego de). Historia jeiiei'al del reino <le Chile, 
.*Cv., Val])araÍ8o, ISTT-IATS. 

Crónica estensa, de un valor nmi desigual i en todo 
caso inferior al crt'dito que se ha pretendido darle 

KoitKfrrsoN (\A'illiara). Tbe liistorv of Ameriea. 2 \.. Loii- 
(b)D. 1777. 

()bra traducida a muchos idiomas, i .irieditad.i por <•! 
aplauso de la crítica i ])ov centenares de reimpresiones. 
Auncjue circunscrita a dar a conocer el estado social de 
los antiguos pueblos americanos, el des(tubrimiento i 
conquista solo de algunos «le estos ])aises, i el sistema co- 
lonial de los europeos, i aunque sobre muchos de estos 
puntos la investigación moderna haya modiificado mu- 
cho lo que se sabia en tiempo de Robertson, la obra de 
éste conserva junto con su valor literario, el que le ha 
impreso un alto i razonado espíritu de crítica i el estudio 
concienzudo de todas las fuentes de información que era 
posible conocer entonces. La lectura de esta obra, útil 
por su fondo historíeoslo es igualmente como un modelo 
del arte de la narración. 

Ui (;!•: (Soplius). Historia de la é])oea de los descubri- 
mientos jeográficos, 1 v., íiarcelona. 

l'^orma parte de la célebre 'Historia Cniversal" prepa- 
rada por varios profesores alemanes bajo la dirección del 
doctor (íuillermo Oncken. i con ella lia sido traducida al 
castellano i publicada con las mismas láminas de la edi- 
ción orijinal, son muí instructivas. Cuenta la historia del 
descul)rimiento i conquista de América, conjuntamente 
con la de la India oriental. Por la solidez de la |ire])a ra- 
ción del autor, por la seriedad de la crítica histórica i 
por la utilización de los trabajos mas recientes de la eru- 
dición modei'na.el libro de Ibige debe ser conocido ¡ estu- 
diado. 

Simón ( Frai Pedro), l^rimera parte de las noticias bisto- 
i'iaJes de las conquistas de Tierra I'^rome de las 
Indias occidentales, 1 v., Cnenca. 1()27. 

Crónica mui abundante en noticias para la historia de 
la conquista i colonización de la Nueva Granada. 

SoMs (Antonio dp). Historia déla conijuista, ])obbicion 
i })ro«iresos de la .Vmérica seidr^nt rioiial conocida 
con el nombre de Nueva lOsp.aña. 1 v.. Madrid, 
1 C)S 1 . 

I*^sla olu'a, mas fonoeid;! ron ei títiiK» de " Historia de 
la coiHjuista de .Mt''jieo'\ es lui monumento de la litera- 
tura histórica i de la buena leníj:ua de l^spaúa. i cotun 



XIV HISTORIA DE AMÉRICA 



tal ha sido reimpresa muchas veces i traducida a varios 
idiomas. Deja, sin embargo, mucho que desear por la 
falta de rigorosa verdad, i por el carácter jeneraí de la 
crítica histórica a que obedece el autor. 

S()1()MA^ ()i{ Valdes (Ramón). Historia de (liile dni-ante 
los cuarenta años trascurridos desde 18:M hasta 
1871. 4 V., Santiago. 1875-1876. 
Obra no terminada. 

SoToMAVOH Valdes (Ramón). Estudio histórico de l^oli- 
\ in bajo la administración del jeiieral don .lose 
Maria de Achá, 1 v., Santiago, 1874. 

Está precedido de una introducción que forma un 
compendio de la historia de Bolivia desde los princi- 
pios de la revolución. 

Sr.uíKs (.lared). The life of ííeorgo Washington. 1 v., Bos- 
ton. 18:U). 

JExcelente vida de Washington, preparada como in- 
troducción a una colección de docuraen tos sobre este 
ilustre personaje, varias ve(^es reimy)resa i traducida al 
francés. 

Tolh; no (Fernando Alvniez de). Piiien Indómito, 1 v., 
Tieipzig, 1861. 

Poema, o mas bien, crónica rimada sobre el levanta- 
miento de los indios i destrucción de las ciudades del 
sur de Chile a fines del siglo XVI. 
^FoiíiíENTE (Mariano). Historia de la revolución hispano- 
americana, 8 V., Madrid, 1829-18:30. 

7\unque concebida con el nms apasionado espirita es- 
pañol, preparada con los informes i escritos de los je- 
fes realistas, i mui incompleta, en ciertos puntos, esta 
obra es un trabajo considerable de perseverancia, con- 
tiene noticias acerca de la revolución de todos los pue- 
blos hispano-americanos, es de suma utilidad en algu- 
nas de sus partes en que el a.utor ha podido recojer da- 
tos abundantes, está trazada en rigoroso orden crono- 
lógico i escrita con perfecta claridad i en ocasiones con 
verdadero interés. 
\'.\i>i.h:.io (Antonio R.) ('ompendio de la historia social i 
política de Honduras, aumentada con los piinci- 
pales acontecimientos de la Centro América, 2 v.. 
Tegucigalpa, 1882. 

Libro elemental dispuesto en [)reguntas i res]>uestas, 
con documentos intercalados en el testo. El segundo 
volumen está formado por otros documentos. 
\'Au.NnA(ii:N (Francisco Adolfo). Flistoria geral do i^rasií. 
2 V., Rio de Janeiro, sin año de im])resion. 

Esta historia, la mejor que existe sobre el período co- 
lonial del Brasil, es fruto de un largo estudio en biblio- 
tecas i en archivos, se detiene al iniciarse la revolución 
de la independencia. Varnhagen publicó su obra en 1854, 
en Madrid; pero la edición que señalamos aquí (que es 
la segunda) fu»' lieclia en Viena, en 1875. 
\'ii)Ai inn: ( FeHp>e (íomez de). ílisto) ia jeogrática, natu- 
ral i civil del reino de Chile. 2 v.. Santiago, 1889. 

Ksta ()]>ra. cscrit;! en ít;üia a fines del sifflo anterior 



ÍUJiLIOGKAFlA 



por un ex-ie«nita chileno sobre el mismo plan de bi de 
Molina, es mni inferior a ella bajo todos conceptos. 

\'j(r.\.\ MArKKNNA (Beojamin ). 

l^]ste fecundo esci'itor ha dejado numerosos libi-os so- 
bre historia de Chile. A}>esar de los descuidos de detn- 
Ue. hai siempre en esos libros noticias i documentos 
nuevos, o desconocidos anteriormente. De entre ellos, 
señalaremos solo los que llevan por título hJI Osivíieis- 
mo do los C¿trrei¿iH, El Ostracismo do (fHio-^ins. Líi o-iw- 
rrn h miioiio i Don Diego Pórtalos. 

Z.uí.vTK (Agiistio de). Historia del (lesciibrimiento i coii- 
qninta de la provincia del Peni, i de las ^'ierras 
i eoaas señaladas en ella. 1 v., Aml)eres, 1555. 
("roñica oi'denad¿i i bien escrita j)or un testigo de mn- 
' dios de los acontecimientos que refterc. Se lialla rej^ro- 

ducida en la Biltliofocn de mitoros osp¿iñoJos i\o Kivadc- 
lu'ira. tomo XVI. 



COMPENDIO ELEMENTAL 

DE 

HISTORIA DE AMÉRICA 



PARTB PRIMERA 

AMERICA INDIJENA 

CAPITULO PRIMERO 

Primitivos habitantes de América. 

()H(Mir¡(l;i(1 (li'l oríjcn de los ])riinitiv()S liabitantcs de Amrricn. — Aiitifi'iias 
nacioiu's civilizadas del continente anici-icano. 

OscriüDAí) i)i:l orijex dk los primitivos iiaiutanteis 
DI-: A.MKKKA. — "La existencia del continente americano 
era desconocida a los ejipcios, a los chinos, a los fenicios, 
a los griegos i a los romanos. Los historiadores de estas 
diversas naciones no hacen la menor mención de esta 
vasta porción de nuestro globo; i los primeros conoci- 
mientos serios que acerca de ella tuvieron los europeos, 
datan de la conquista española comenzada al terminar 
el siglo XV de nuestra era. En ese^ momento, la América 
estaba habitada desde el océano Ártico hasta el cabo de 
Hornos, desde las riberas del Atlántico hasta las del Pa- 
cífico, por millones de hombres que presentaban, por su 
aspecto físico i por su estado social, rasgos característi- 
cos en contraste completo con los que habitaban el an- 
tiguo continente. Hablaban centenares de dialectos mas 
o menos semejantes en su estructura, diferentes en sus 
vocabularios, pero todos igualmente estraños a las len- 
guas de Europa i del Asia. Su manera de numeración, su 
sistema astronómico, el modo de contar el tiempo, dife- 



IlIHTOlíLV Di: AMi;UI("A 



rían igualmente de los que usaban los europeos. Todo 
era nuevo para éstos." (Nardaillac, /ve.s jfivjnipi-s Jiomnws, 
chap. VIIL) 

Ignorando la existencia de este continente, los prime- 
ros europeos que arribaron a él en el siglo XV, creían 
haber llegado a las rej iones mas apartadas del Asia, i lo 
llamaron India, i a sus pobladoras, indios. Solo algunos 
años mas tarde descubrieron que era un continente des- 
conocido hasta entonces; i se le designó con los nombres 
de América i de Nuevo Mundo. 

Desde aquellos tiempos, se preocuparon los europeos 
por descubrir el oríjen de los pobladores del Nuevo Mundo. 
Tomando como puntos fundamentales de comprobación 
ciertas analojías o coincidencias de ideas i de costumbres 
que son inherentes a toda la humanidad, i a cierto grado 
de civilización de las asociaciones humanas, se ha escrito 
que los primitivos americanos fueron judíos, troyanos, 
fenicios, cartajineses, cántabros, españoles, griegos, ro- 
manos, noruegos, chinos, mogoles, tártaros, australasios 
i polinesios, ('asi todas estas hipótesis están, fundadas 
en quimeras históricas que no pueden resistir a la luz de 
la verdadera crítica. 

Conocida la insuficiencia de esa base de investigación, 
se ha tratado de llegar a la solución de este oscuro pro- 
blema por medio del estudio de la antropología o histo- 
ria natural del hombre, de la clasificación de las razas 
humanas i del examen de sus caracteres distintivos. Los 
resultados obtenidos por este camino, por mas injeniosos 
i atrayentes que aparezcan, distan mucho de ser defini- 
tivos, i de solucionar regularmente las infinitas dificul- 
tades que suscita la cuestión. 

Los trabajos de la lingüística comparada, en que mu- 
chos espíritus cultos creyeron hallar el camino para des- 
cubrir la verdad por la filiación de las lenguas, no ha 
dado frutos mas satisfactorios. El continente americano 
ofrecía a este respecto un cuadro que con justicia ha 
llamado la atención de los sabios. Se hablaban en él mas 
lenguas diferentes que en cualquiera otro continente. 
Cerca de quinientas de ellas son conocidas por medio de 
gramáticas mas o menos razonadas, o de estudios de 
cierto valor; i probablemente pasan de otras tantas las 
lenguas americanas menos conocidas o del todo desco- 
nocidas. La lingüística moderna, sin llegar todavía a 
conclusiones definitivas, cree poder asentar que todas 
ellas pueden reducirse a unas veinte i seis lenguas ma- 
trices, esencialmente diferentes entre sí; i que las demás, 
que se habían tomado como idiomas diversos, son solo 
dialectos derivados de aquéllas. 

La combinación de estos diferentes estudios, el examen 
de las tradiciones históricas i los monumentos i ruinas 
(^ue los conquistadores europeos hallaron en América, In 
observación de los caracteres fisiolójicos de los anieríca- 



I^VRTE 1. — ( APITILO 1 



noB, la comparación científica de ias lenguas que éstos 
hablaban, coordinado con las conquistas de la jeolojía i 
de la paleontolojía, que han hallado los vestijios de la 
presencia del hombre en una época mui remota, han per- 
mitido llegar a conclusiones que en manera alguna re- 
suelven la cuestión de oríjenes de la población americana, 
o mas bien, que alejan la dificultad, haciéndonos com- 
prender que, a lo menos hasta ahora, es imposible llegar 
a una solución efectiva. Estas conclusiones pueden for- 
mularse de la manera siguiente: 

1.'^ El hombre habita la América desde tiempos tan re- 
motos que, no siendo posible encuadrarlos en ningún sis- 
tema cronolójico, se les ha dado la denominación de pre- 
históricos, y solo pueden combinarse con los períodos 
jeolójicos. 

2.'^ La civilización americana, tan vieja en su oríjen 
como las mas antiguas civilizaciones conocidas de los 
otros contiuentes, no es exótica. Se ha formado i des- 
arrollado en su suelo, i ha pasado por alternativas de 
adelanto i retroceso que produjeron en un largo tras- 
curso de siglos, la grandeza, la caida i la reconstrucción 
de vastos i poderosos imperios. 

3.'"' Las lenguas americanas parecen igualmente forma- 
das en este continente; i no solo no pueden asimilarse 
o acercarse a las de los otros continentes a cuyas pobla- 
ciones se les atribula un oríjen común, sino que estaban 
divididas en lenguas enteramente diversas entre sí, e irre- 
ductibles a un centro lingüístico único. 

AxTKir.vs xAci()xi:s cívílizadas del contíxi^nte ame- 
ricano. — Las tradiciones históricas de los pueblos ame- 
ricanos, conservadas muchas de ellas en pinturas o es- 
crituras jeroglíficas casi del todo indescifrables, o en 
instrumentos de mas difícil interpretación, i la existen- 
cia de ruinas de [)alacios, fortalezas, templos i ciudades 
enteras, ruinas ¡iiisteriosas para los hombres que habi- 
taban este continente a la época de la conquista europea, 
no bastan para formar la historia ordenada de las an- 
tiguas naciones del Nuevo Mundo, sino un cuadro vago 
i general de las trasformaciones porque éstas habían 
pasado. Todo demuestra que los imperios que los euro- 
peos encontraron en América al terminar el siglo XV, 
eran relativamente modernos, pero que ellos reemplaza- 
ban a otros mucho mas antigTios, i que probablemente 
fueron un tiempo mas poderosos. "La trajedia que en 
el viejo mundo tuvo por desenlace la caida del imperio 
romano, dice un célebre americanista, se repitió en el 
Nuevo Mundo; i los godos, los hunos i los vándalos de 
América consiguieron destruir una civilización que podia 
rivalizar con las de Roma, do Nínive, del Ejipto i de la 
India." Puede añadirse que así como los invasores del 
inipoj-io romano fueron los instrumentos de la formación 
de las nuovas nacionalidades europeas, la destrucción de 



HISTOKIA DE AMERICA 



la antigua cultura americana fué seguida, después de al- 
gunos siglos de perturbación, del nacimiento de las so- 
ciedades civilizadas que hallaron en este continente los 
conquistadores europeos. 

En la meseta de Anahuac se levantaba entonces el 
vasto imperio mejicano, poderoso por su organización 
i por sus riquezas. Pequeños estados confederados que 
poseían una civilización análoga, robustecían el poder 
i la consistencia de ese imperio. 

En la América del sur, en las estensas mesetas de los 
Andes, se liabia formado el imperio de los incas, que te- 
nia su capital en el Cuzco, i que por medio de conquis- 
tas bien combinadas, habia dilatado considerablemente 
sus fronteras al norte i al sur con estraordinaria regu- 
laridad. Ambos imperios hablan crecido i desarrolládose 
independientemente, sin tener noticia el uno de la exis- 
tencia del otro. 

En la altiplanicie central de la actual República de Co- 
lombia, existia ademas una nación menos poderosa i 
menos civilizada que aquéllas, la de los chibchas o muis- 
cas, que habia alcanzado a cierto rango de cultura, pero 
que seguramente habria sido absorbida por el esfuerzo 
conquistador de los señores del Perú, si la invasión eu- 
ropea no hubiera venido a destruir el imperio de éstos. 

El resto de la América, aun aquellas rej iones donde 
ruinas venerables dejaban ver los vestijios de una anti- 
quísima civilización, estaba poblado por agrupaciones 
mas o menos numerosas que vivían en un estado de bar- 
barie. 

Antes de referir el descubrimiento i conquista de Amé- 
rica por los europeos, vamos a dar a conocer sumaria- 
mente el estado social de aquellos imperios, i de las 
poblaciones que por su estado de atraso no hablan al- 
canzado a formar verdaderas nacionalidades. 



CAPITULO II 

El antiguo Méjico. 

Oríjen do la civilización mejicana.— Los chicliiiuecas.— Nuevas invasio- 
nes; los aztecas o mejicanos. — Gobierno de los mejicanos. — Jerar- 
quía social.— Rentas publicas.— Instituciones militares.— Industria 

i <-()ineivio.--Ai't<'s. cií^ncins i l<Mras. — Kelijion. — Costumbres. 

Oku ION DE LA ("iviLizAciON MEJICANA.— La civilizacion 
primitiva de la América septentrional parece haber es- 
tendido sus beneficios, en los primeros tiempos de su exis- 
tencia, a las diversas comarcas conocidas hoi con el nom- 
bre de estados de Tabasco, de Chiapas, de Oajaca i de 
Yucatán, así como a las repúblicas actuales de Guate- 
mala, San Salvador i Honduras. La multitud i variedad 



PAUTE I.— CAP1TL1.0 II 



de las ruinas que se encuentran en estas diversas comar- 
cas, han inspirado el pensamiento de buscar allí las pri- 
meras huellas de esas antiguas naciones que rivalizan, 
por su cultura i su civilización, con los reinos del Asia 
antigua. 

La historia de los fundadores de la civilización de 
aquellas rejiones, está envuelta en las mas oscuras tinie- 
blas. El estudio de las grandiosas ruinas que quedan 
todavía en pié, hace creer que la construcción de los tem- 
plos i monumentos de Yucatán i de las rejiones vecinas, 
i por tanto la civilización de aquellos paises, son coetá- 
neas con las del antiguo Ejipto. 

. La dominación de las primeras tribus duró sin duda 
muchos siglos, hasta que llegaron del oriente pueblos de 
distinta raza, los toltecas, que entraron en el territorio 
de Anahuac, operando en él una trasformacion completa. 
Los toltecas practicaban la agricultura i las artes útiles, 
trabajaban los metales e inventaron un curioso sistema 
cronológico. 

Los CHicHLMECAS.— Los toltecas establecieron su capital 
en Tollan, o Tula, como escriben los españoles. Hermo- 
seáronla con suntuosos monumentos, j llegaron a for- 
mar un estado respetable, rejido teocráticamente. Pero 
su dominación no fué duradera: pueblos nuevos, los chichi- 
mecas, venidos del norte, invadieron el valle de Anahuac 
i se establecieron en él. Entre estas naciones habia algu- 
nas que desde tiempo atrás se encontraban en posesión 
de muchos elementos de civilización. 

Nuevas invasiones; eos aztecas o mejicanos.— Pueblos 
desconocidos vinieron mas tarde a aumentar el número 
de las naciones que poblaban el valle de Anahuac. Los 
mas conocidos fueron los aztecas o mejicanos, i los tez- 
cucanos. Después de largas luchas, llegaron éstos a 
formar una monarquía que existia aun a la época de 
la conquista española. 

El oríjen i las primeras espediciones de los mejicanos 
están envueltos en fábulas. Parece, sin embargo, que 
durante muchos años no tuvieron residencia fija, esta- 
bleciéndose sucesivamente en diversos puntos de las 
inmediaciones del lago de Méjico. La necesidad los hizo 
industriosos. Por orden de sus jefes, formaron una gran 
cantidad de balsas espaciosas que cubrieron de yerbas 
secas. A medida que se acababa una balsa, la retiraban 
de la ribera para que sus habitantes no tuviesen que 
temer ninguna violencia inmediata de parte de sus ene- 
migos. En seguida construyeron nuevas balsas, i cubrién- 
dolas con una capa de tierra, sembraron plantas alimen- 
ticias que crecieron prontamente. Tal fué el oríjen de los 
chinampas o jardines flotantes. Los mejicanos se vieron 
obligados al ñn a buscar una residencia estable; i ehjie- 
ron el terreno mas elevado, i por tanto, menos espuesto 
al desborde de las aguas. Pueblo i guerreros rivalizaron 



IIIHTUKIA Di: A.Mi:uirA 



en ardor para dar a esta localidad la apariencia de una 
ciudad. Desde luego tomó el nombre de Méjico-Tenochti- 
tlan, palabras que en la lengua azteca tenian un signifi- 
cado commemorativo. Construyéronse espaciosos Y^^^la- 
cios i templos monumentales, i se estableció un orden 
admirable en su administración. 

El naciente estado nótenla asegurada su independencia 
cuando los tepanecas, pueblos situados al sur, después 
de ocupar el vecino estado de Tezcuco, fueron a sitiar a 
Méjico. El peligro común unió a las dos naciones. La 
lucha fué tenaz: al cabo de ella, los tezcueanos hablan 
arrojado a los enemigos de su territorio, i los mejicanos 
hablan ensanchado las fronteras de su imperio. La gran- 
deza de Méjico comenzó con sus victorias. Sus reyes 
celebraron una alianza con los señores de Tezcuco; i a 
la sombra de ella dilataron su dominación de uno a otro 
mar, i estendieron sus conquistas hasta los confines de 
Guatemala i de Nicaragua. Merced a la habilidad de los 
reyes i al carácter guerrero del puebjo mejicano, la tribu 
que do3 siglos atrás liabia llegado errante al valle de 
Anahuac, formaba a fines del siglo XV un poderoso 
imperio. 

GoBiKRNo DK j.os .ME.ncAxos.— El Impcrio mejicano era 
una federación de tres reinos. Estos eran el de los aztecas, 
cuya capital estaba en Tenochtitlan (Méjico); el de ios 
tezcueanos, cuyo rei residía en Tezcuco, al lado oriental 
del lago; i en fin, el pequeño reino de Tlaco])an, llamado 
por los españoles Tacaba. En su oríjen, estos tres reinos 
tenian un rango igual; pero al arribo de los conquista- 
dores europeos, el emperador mejicano ejercía sobre los 
príncipes confederados una supremacía incontestable. Se 
puede decir que éstos no eran mas que los primeros de 
sus vasallos. 

El gobierno de los aztecas era una monarquía elec- 
tiva. Cuatro de los señores principales desempeñaban las 
funciones de electores en unión de los dos soberanos alia- 
dos. El monarca era elejido entre los hermanos del rei 
muerto, o entre sus sobrinos, de manera que la elección 
recala siempre en una misma familia, i en un individuo 
que se hubiera distinguido en la guerra. El elejido era 
instalado en medio de grandes ceremonias relijiosas. 

Los monarcas eran ausiliados en la dirección de los 
negocios por diferentes consejos; pero el poder lejislativo 
pertenecía esclusivamente al monarca. Este rasgo de 
despotismo estaba contrapesado por la organización de 
los tribunales. Cada uno de los principales distritos es- 
taba sometido a un juez supremo, nombrado por el sobe- 
rano, que pronunciaba sus sentencias en ultima instancia. 
El juez culpable de haber recibido presentes, era castigado 
con la pena capital. 

Los mejicanos hablan inventado los correos para man- 
tener i^us comunicaciones con las provincias mas remotas. 



i'Airri.; i.— caim-pclo íi 



El correo que conducía las noticias, llegaba con ellas 
hasta la primera posta. Ahí las entregaba a otro, quien 
las llevaba hasta la posta siguiente; i de este modo eran 
trasmitidas a la capital. En menos de veinte i cuatro 
horas recibía el monarca las noticias de la costa orien- 
tal de sus estados. 

jERAií(¿rÍA SOCIAL. — La fórmula acreditada para desig- 
nar la población del imperio mejicano, era que el empe- 
rador contaba treinta vasallos, cada uno de los cuales 
podia poner sobre las armas cien mil hombres. Por hi- 
perbólica que sea esta espresion, es preciso reconocer que 
los estados de Anahuac tenían una población que no 
podia bajar de diez o doce millones. 

La población estaba dividida en castas o jerarquías 
perfectamente demarcadas. La nobleza componía un 
cuerpo político investido de importantes prerrogativas; 
pero era accesible a todos sin diferencia de nacimiento. 
El que se habia distinguido en la guerra podia obtenerla. 
Los nobles juzgaban profesión honorable el cultivo de 
los campos i aun las artes manuales. Algunos nobles 7)0- 
seian propiedades territoriales; otros eran simples feuda- 
tarios. 

I^a propiedad territorial era inaccesible para los hom- 
bres del estado llano. Se designaba bajo el nombre de 
capulli la tierra del pueblo ó de la comunidad; i los po- 
seedores de un capulli eran todos miembros de una misma 
tribu. El individuo que cultivaba una parte tenia dere- 
cho a ella mientras la trabajaba. T^a dirección del capu- 
lli era compuesta por los ancianos de la tribu. 

Los mejicanos tenían una tercera escala en la jerar- 
quía social, los esclavos. Los prisioneros tomados en la 
guerra, cuando no eran destinados a los sacrificios, las 
personas que por su excesiva pobreza renunciaban a la 
libertad, i los niños vendidos por sus padres por idéntica 
causa, formaban la escl^jivitud mejicana. El esclavo es- 
taba amparado por la leí contra la opresión de su amo; 
i sus hijos nacían libres. 

RiLVTAs PUBLICAS.— Las rentas públicas tenían un orí- 
jen vario. Los distritos inmediatos a la corte estaban 
obligados a sunTínistrar los oper¿irios i los materiales 
necesarios para la construcción i reparación de los si- 
tios reales. Giros, la provisión del palacio real, que era 
nmi costosa. Las provincias estaban obligadas a pagai- 
al estado una parte de sus productos. Ademas de este 
impuesto sobre la agiicultura, había otro sobre las ma- 
nufacturas. 

La percepción de estos impuestos se liacia con toda 
regularidad. En la capital residía un alto funcionario 
(|ue poseía un mapa del -estado., en que estaban escrupu- 
losamente señaladas las tierras pertenecientes a la corona, 
las de la nobleza i las de la comunidad, i los diferentes 
impuestos con que debia contribuir cada una de ellas. 



Hi8'iM)iüA 1)1-: A.Mi;i;i('A 



Habia en la capital espaciosos graneros para depositar 
los tributos; i la autoridad de este funcionario estaba 
apoyada por vigorosas disposiciones para evitar los 
fraudes. El que no pagaba puntualmente el impuesto, 
podia ser vendido como esclavo. Los sueldos de los em- 
pleados se pagaban igualmente en especies. 

Instituciones militares.— La profesión mas conside- 
rada entre los aztecas era la de las armas. Su divinidad 
protectora era el dios de la guerra: uno de los grandes ob- 
jetos de sus espediciones era reunir cautivos para los sa- 
crificios de sus altares. Al soldado que sucumbía en el 
campo de batalla se le habia prometido una felicidad 
eterna en las brillantes rej iones del sol. 

Las declaraciones de guerra eran discutidas por el so- 
berano i los principales nobles; pero antes se despacha- 
ban embajadores para intimar al enemigo a que reci- 
biera los dioses mejicanos i a que pagase los tributos 
acostumbrados. Solo en caso que no fueran aceptadas 
las proposiciones de paz, se daba principio a las hosti- 
lidades. 

Entonces el soberano llamaba a las armas a los sol- 
dados del imperio. El ejército real, formado por los cori- 
tinjentes de las diversas provincias, era de ordinario 
mandado por el mismo emperador. El traje de los prin- 
cipales guerreros era pintoresco i magnífico. Su cuerpo 
estaba cubierto con una cota de algodón que las fiechas 
no podian penetrar. Los jefes mas ricos usaban una co- 
raza formada de láminas de oro, i se cubrían con una 
capa de plumas. Sus yelmos representaban cabezas de 
fieras, rematando en penachos de variadas plumas. Las 
tropas usaban escudos de junco, mientras los jefes los 
empleaban de cobre o de oro. Las fiechas, las picas, la 
honda, la maza, la espada de madera i el lazo de ma- 
llas, que se arrojaba sobre la cabeza del enemigo, cons- 
tituían sus armas ofensivas. Los guerreros guarnecían 
sus fiechas de huesos o de piedras afiladas, i las lanza- 
ban con una incomparable destreza. Los mejicanos 
hablan inventado algunas máquinas de sitio, para acer- 
carse a las murallas de la ciudad sitiada sin ser ofendidos. 
Los ejércitos estaban divididos en cuerpos de 8,000 
hombres, cada uno de los cuales tenia su estandarte. Los 
estandartes mejicanos eran picas de ocho a diez pies de 
alto, adornadas de plumas de garza i de alguna figura 
de animal, de oro i pedrerías, según el estado o ciudad 
que representaban. 

Los mejicanos no hablan alcanzado a ese estado de 
pericia en que la guerra llega a ser una ciencia. En las 
batallas avanzaban cantando i prorrumpiendo en gritos 
bélicos. Después de la primera descarga de piedras i de 
fiechas, se empeñaba el combate cuerpo a cuerpo. Ere- 
cuen temen te firijian una retirada para atraer al enemigo 
a emboscadas hábilmente preparadas. La sumisión a las 



PAliTE I.—CAl'lTri.O 1! 



Órdenes de los jefes formaba la base mas sólida de la or- 
ganización militar. Por mortíferas que fueran las bata- 
llas de los mejicanos, el fin principal de sus soldados era 
hacer prisioneros para sus sacrificios relijiosos. El valor 
de un guerrero se estimaba por el número de cautivos 
que tomaba. 

Los soberanos mejicanos alcanzaron a regularizar la 
administración militar. Orearon hospitales militares 
donde los heridos eran curados por cirujanos bastante 
diestros, i asilos de inválidos en donde vivian a espensas 
del estado los militares inutilizados en la guerra. 

Industria i coMEiíno.— Por el efecto de la elevación 
gradual del terreno desde el nivel del m.ar hasta las 
cimas coronadas de nieves eternas, el territorio de Ana- 
liuac presenta bajo la zona tórrida, en un espacio limi- 
tado, la sucesión de todos los climas, desde las llanuras 
ardientes de la costa que producen el añil, hasta las al- 
turas en que crecen el liquen i la vejetacion de la Islanda. 

Los mejicanos se aprovecharon hábilmente de estas 
ventajas. Junto con el maíz i los plátanos, cultivaban el 
algodón que sabian tejer con primor i teñir con vistosos 
colores, i tenian el cacao con que hacian el chocolate 
(chocolatl, en el idioma de los aztecas). Cultivaban las 
plantas medicinales. Una de las enredaderas de sus selvas 
producia la vainilla. En sus cactus criaban la cochinilla, 
que les daba una tinta para dar color a sus telas. Pero 
el cultivo mas curioso era el del maguei, que les daba 
una bebida mui apetecida, un papel blanco que usaban 
en sus pinturas, tal vez antes que los europeos hubieran 
conocido un invento análogo, i un alimento agradable i 
nutritivo. De la caña del maiz sacaban ademas una es- 
pecie de azúcar. Los mejicanos conocían también el re- 
gadío por medio de canales hábihnente dirijidos, que 
daban a sus tierras una gran fertilidad. 

Los mejicanos hablan hecho progresos admirables en 
el culüvo de los jardines, lieunian las plantas que cre- 
cían en los diversos climas del imperio, i formaban her- 
mosísimos jardines adornados con aves de variadas plu- 
mas i con animales de sus bosques, que mantenían 
encerrados en espaciosas jaulas. Los europeos no cono- 
cían, en la misma época, jardines de esta naturaleza. En 
el lago de Méjico, ademas, se hallaban los chinampas, 
jardines flotantes construidos sobre balsas. Los antiguos 
mejicanos no poseían animales de carga, de modo que 
el hombre tenia que desempeñar las funciones de éstos, 
lo que hacia sumamente gravosa la vida de las clases 
serviles. No tenian carros, ni conocian las ruedas para 
facilitar el trasporte de la carga. 

Las riquezas del reino mineral no eran desconocidas 
de los mejicanos. No solo recojian el oro que se encon- 
traba en las arenas de los rios, sino que lo buscaban, 
así como la plata, el cobre i el plomo, en las entrañas 



lo lIlSTOinA DE AMÉRICA 



de la tierra por medio de pozos i galerias, siguiendo las 
vetas, i construían ios hornos en que purificaban estos 
metales. Desconocieron, sin embargo, la esplotacion i el 
aso del fierro, pero suplieron esta falta con instrumen- 
tos de cobre ligado. Parece también que conocieron el 
secreto de esmaltar los metales. Sus trabajos de joyería 
aventajaban en mucho las obras de los joyeros españo- 
les del tiempo de la conquista. 

Usaban también algunos instrumentos hechos de pie- 
dras volcánicas con que pulian las piedras de sus ediñ- 
cios i trabajaban sus estatuas. Estas últimas eran mons- 
truosas cuando se trataba de representar el cuerpo hu- 
mano; pero los mejicanos alcanzaron a copiar con gusto 
los animales. En cambio, la arquitectura habia llegado 
a ser monumental. Los palacios eran espaciosos, aunque 
de un solo piso, artesonados de maderas olorosas, há- 
bilmente esculpidas. Esteriormente estaban cubiertos de 
un estuco blanco, i por dentro adornados de mármoles 
o de tapices de plumas. Los templos eran grandes pirá- 
mides de ladrillo o de tierra, en cuya cima estaban los 
santuarios. Allí ardian constantemeíate fuegos luminosos 
que en la oscuridad de la noche daban a las ciudades 
un aspecto misterioso e imponente. Esos fuegos eran pro- 
ducidos por maderas resinosas: los mejicanos no cono- 
cieron el uso de la cera ni del aceite. 

Para el espendio de sus producciones, se habia orga- 
nizado una inmensa corporación de mercaderes de los 
reinos aliados, que tenia su asiento en la ciudad meji- 
cana de Tlatilolco, con privilejio esclusivo de negociar 
fuera del valle de Anahuac, i de suministrar a los habi- 
tantes de éste las producciones estranjeras. La profesión 
de comerciante se habia dividido al fin en tres jerarquías 
diferentes: los capitalistas que residían en aquella ciudad, 
los mercaderes ambulantes que entraban a los paises ve- 
cinos a negociar sus productos, i los traficantes de escla- 
vos. La corporación tenia un tribunal, propio covao su 
templo particular. Mandaba ejércitos, i hacia la guerra 
si sus mercaderes encontraban resistencia. Muchos gran- 
des señores formaV)an parte de aquella corporación. 

Los mercaderes ambulantes se reunían en numero de 
quinientos o mil para salir a sus espediciones. Estos fue- 
ron, puede decirse así, la vanguardia de los ejércitos con- 
quistadorí^s del imperio. Ellos daban cuenta de las ri- 
quezas de los paises que hablan visitado, de sus recursos 
i de su estension, i preparaban así las futuras conquistas. 

En el interior del imperio, el comercio se hacia de un 
modo mu i diferente. En las ciudades principales habla 
ferias cada cinco dias, a que concun-ia. a comprar i ven- 
der una multitud de personas de las cercanías. El comer- 
cio se hacia por medio de cambios o de monedas de di- 
ferentes valoi'es. T/as principales (^ra,n tubos de plumas 
de aves llenos de polvo de oro, pedazos de estaño en 



I'AUTí: 1. — ( Al'í'IMI.O lí 11 



forma de una T, i saquillos de cacao que contenían de- 
terminado número de granos. 

Artes, ciencias i letras.— ^Los mejicanos no hicieron 
grandes progresos en la escultura, pero se ejercitaron 
mucho mas en la pintura. Pintaban sobre tela de algo- 
don, sobre cueros de animales, i sobre papel de maguei. 
Sus tintas eran variadas i de vivos colores. Esas hojas 
se doblaban de ordinario como los mapas de nuestros 
libros, i así eran conservadas. 

Las pinturas mejicanas eran de diferentes especies. 
Unas tenian por objeto la representación propia de los 
dioses, de los reyes, de los hombres notables o simple- 
mente de los animales o las plantas; otras eran verda- 
deras cartas topográñcas, en que estaban representados 
los accidentes del terreno, i otras espresaban simbólica- 
mente los hechos para perpetuar el recuerdo de los acon- 
tecimientos pasados. Esos dibujos suplían la escritura 
con el bosquejo de un incidente histórico o por medio de 
signos convencionales que representaban un hecho, un 
lugar o una tribu. 

Las tradiciones estaban ademas consignadas en los 
cantos populares. Algunos de éstos recordaban las leyen- 
das mitolójicas i las historias de los tiempos heroicos; 
pero habia también cantos guerreros e idilios de amor. 
Los historiadores de la conquista nos han conservado 
algunas poesías de. un rei de Tezcuco, que respiran una 
filosofía dulce i melancólica. 

Los progresos científicos de los mejicanos fueron infe- 
riores. La mecánica estaba en su infancia: no hai noticia 
de que emplearan otro elemento que la fuerza de sus 
brazos para el trasporte de las inmensas moles de pie- 
dra que usaban en sus monumentos. 8u sistema de nu- 
meración era mui sencillo: su base era el número veinte, 
representado por un estandarte. I^a escritura de esta nu- 
raeracinii no era mas complicada que la que usaron los 
romanos. 

Sus conocimientos astronómicos eran también reduci- 
dos. No conocían mas instrumento de observación que 
el cuadrante solar; pero en la medida del tiempo hablan 
llegado a un grado de perfección de que carecían los ca- 
lendarios europeos anteriores a la reforma gregoriana. 
Sil año civil ejstaba dividido en diez 1 ocho meses de 
veinte dias cada uno. Habla ademas cinco días suple- 
mentarios que no pertenecían ai ningún mes, i que eran 
reputados aciagos. El mes estaba dividido en -cuatro se- 
manas de a cinco dias, el último de los cuales era de fiesta 
i de mercado. De esta manera, cada mes tenia un número 
igual de días i de semanas. Los mejicanos no tenian 
años bisiestos, pero a, cada siglo suyo, que constaba de 
cincuenta i dos años, le agregaban doce dias i medio, de 
tal modo (pie ei'a, ]iee(>sario (¡ue pasaran mas de quinien- 
tos años para (|ue ocuri'iera un error de un día entero. 



1 2 ■:<-■ i ' iRIA !»!•; AM KKICA 



Ri]Lui()x.— La relijion de los antiguos mejicanos era 
una especie de politeísmo. Creian ellos en un Dios, su- 
premo creador i señor del universo. Bajo este ser supe- 
rior estaban colocadas trece grandes divinidades i mas 
de doscientas de menor importancia. Los aztecas hon- 
raban con preferencia al dios de la guerra, Huitzilopochtli 
o Mexitli. Obra divinidad porque tenian una profunda 
veneración era Quetzalcoatl, dios del aire, de quien creian 
que liabia residido en la tierra para enseñar a los hom- 
bres el cultivo de los campos, el laboreo de los metales 
i la ciencia del gobierno. Los mejicanos decian que Quet- 
zalcoatl tenia cutis blanco, cabellos negros i barba larga; 
i que al alejarse de la tierra habia prometido volver. 
Otra tradición mejicana esplicaba la confusión de las 
lenguas por una leyenda semejante a la historia de la 
torre de Babel de las sagradas escrituras. 

La relijion de los aztecas tenia algunos puntos de con- 
tacto con la católica. Creian en la caida del primer hom- 
bre, en el pecado orijinal i en la rejeneracion por medio de 
abluciones que recuerdan el bautismo. Entre los objetos 
de su culto figuraba la cruz, que encontraron los caste- 
llanos en Yucatán i en otras provincias. Los mejicanos 
tenian ademas la confesión, que los purificaba de las fal- 
tas cometidas anteriormente; i una ceremonia semejante 
a la eucaristía, en que los sacerdotes distribuían a los 
fieles los fragmentos de una imájen del dios. 

La moral que enseñaba la relijion mejicana, era jene- 
ralmente sana. Sus oraciones revelaban sentimientos de 
una caridad sincera. La poligamia no era admitida mas 
que para los jefes. Las mujeres ocupaban una condición 
social mui superior a la que les señalaban las costumbres 
i relij iones del Asia: participaban de las funciones sacer- 
dotales, pero no tenian intervención en los sacrificios. 

Cuando los misioneros españoles se impusieron de los 
dogmas i del culto de la relijion de los mejicanos, que- 
daron sorprendidos a la vista de tantas coincidencias 
con sus propias creencias. Pero habia una profunda se- 
paración en la esencia del dogma., i mas que todo en los 
sacrificios. En los templos se inmolaban solemnemente 
víctimas humanas sobre los altares, i en seguida se de- 
voraban sus cuerpos en los banquetes con gi-ande apa- 
rato. Este uso abominable estaba iejitimado por la su- 
perstición del pueblo, que creia que la divinidad se apla- 
caba con la sangre. Sin embargo, no todas las tribus 
mejicanas observaron la práctica de los sacrificios hu- 
manos. Los aztecas los usaron solo desde doscientos 
años antes de la conquista, i encontraron mucha resis- 
tencia para introducirlos en las tribus vecinas. Algunos 
de los rej^es de Tezcuco trataron de prohibirlos definiti- 
vamente en sus estados. 

Los aztecas creian en la inmortalidad del alma. La 
opinión jeneralmente admitida era que las almas al sa- 



PARTE 1. — CAPÍTULO II Vi 



lir del cuerpo, bajaban a una rejion tenebrosa en que 
eran sometidas a una especie de juicio. vSolo después de 
haberse purificado, tomaban el camino de Tlalocan, es- 
pecie de paraiso, donde se iocorporaban entre los astros. 
Para esplicarse la eternidad, habian supuesto que estaba 
dividida en cuatro ciclos, i que al terminar cada uno de 
ellos, el jénero humano debía ser arrojado de la tierra 
por medio de una revolución de todos los elementos. Los 
mejicanos estaban persuadidos de que la conclusión del 
ciclo debia coincidir con el fin de uno de sus siglos. Al 
acercarse ese período, se abandonaban a los estremos de 
la desesperación, apagaban el fuego sagrado en los tem- 
plos, destruían los muebles i desgarraban las vestiduras, 
porque creian próxima la devastación de la tierra. Lle- 
nos de inquietud esperaban que las estrellas del cielo les 
anunciasen que ya habia pasado la media noche, i que 
venia el primer dia del nuevo siglo, para que, creyéndose 
libres del peligro, sacrificaran una víctima escojida, i en- 
cendieran de nuevo el fuego sagrado. Inmediatamente 
se despachaban emisarios a todas las provincias anun- 
ciando que el cielo habia dispuesto la conservación del 
mundo. Solo entonces volvían los mejicanos a su vida 
habitual. 

El número de los sacerdotes era mui considerable: solo 
el templo principal de la capital estaba servido por cinco 
mil. Los templos mejicanos, llamados Teocallí, casas de 
Dios, eran mui numerosos. Estaban construidos sobre 
bases piramidales de tierra, en cuya cima se levantaba 
el templo. La mas elevada de éstas era la de Cholula. 
En jeneral, las pirámides mejicanas estaban orientadas, 
es decir, que sus faces estaban vueltas hacia los cuatro 
puntos cardinales. 

En la plataforma superior estaban construidos los 
santuarios. Su ornamentación era mui rica; i en el cen- 
tro de ellos se levantaban las estatuas de los dioses cin- 
celadas en piedra. En esas formas fantásticas, la figura 
humana desaparecía bajo el peso de los cascos en forma 
de cabezas de animales i de serpientes que envuelven el 
cuerpo. Delante de esos ídolos tenían lugar los sacrificios 
humanos. 

Las víctimas del sacrificio eran de ordinario los pri- 
sioneros cojidos al enemigo en el campo de batalla. Al- 
gunos historiadores las hacen sabir hasta dos' mil vícti- 
mas cada año. El pueblo las miraba como mensajeros 
enviados cerca de los dioses. Eran conducidas al sacrifi- 
cio por los sacerdotes, en procesión, a pasos lentos, al 
son de música i en medio de los cantos del ritual. La 
piedra del sacrificio estaba colocada en la parte superior, 
al aire libre, entre los dos altares en que ardía a toda 
hora el fuego sagrado. El pueblo reunido a lo lejos, lo 
contemplaba todo en un silencio profundo. En fin, la 
víctima era tendida sobre la piedra fatal. El sacrificador 



14- HISTOÜIA Di: AMKIÜCA 



se acercaba a ella armado de im cuchillo de piedra, le 
abría el pecho, le arrancaba el corazón humeante, i ro- 
ciaba con la sangre las imájenes de los dioses. El cadá- 
ver era entregado al guerrero que habia cojido a la víc- 
tima en la batalla, el cual lo ofrecía a sus amigos en un 
banquete. 

Algunos prisioneros escapaban de este sacrificio si te- 
nían la reputación de valientes, pero entonces les estaba 
deparada otra suerte. En el centro de todas las plazas 
de Méjico existían construcciones circulares de piedra i 
cal, en cuya cima habia una plataforma redonda. El pri- 
sionero subia a ella, se le amarraba de un pié a la pie- 
dra del centro, i se le daba una espada i una rodela para 
que luchara con el guerrero que lo habia capturado. Si 
aquél vencia a su adversario i a otros seis combatientes 
que se presentaban sucesivamente, era puesto en libertad. 
Si era vencido, su adversario obtenía los honores del 
triunfo. 

Costumbres.— La educación de la juventud estaba con- 
fiada a los sacerdotes. Los niños, de cualquier rango 
que fueran, adquirían los mismos conocimientos, i se ejer- 
citaban en las mismas artes, pero de ordinario los hijos 
seguían la profesión del padre. Se casaban en- la primera 
juventud, en medio de una ceremonia doméstica, i entra- 
ban a formar una familia separada. 

Los sacerdotes tenían intervención en ios funerales. Se 
encargaban de lavar el cadáver, de envolverlo en ban- 
das de papel, i de vestirlo. Colocaban a su lado un ja- 
rro lleno de agua, i papeles cubiertos de pinturas jero- 
glíficas, que debían servirle de pasaporte en la vidafiitura, 
i en seguida encendían fuego para quemarlo. Ln ¡Sacer- 
dote recojia las cenizas en una urna, i las sepultaba en 
la tierra en medio del canto de los asistentes. Las cere- 
monias que se seguían a la muerte de un monarca eran 
mucho mas ostentosas. Su cadáver se esponia al público; 
i cuando llegaba el caso de sepultar sus cenizas, eran sa- 
crificadas algunas de sus mujeres i aquellos de sus ser- 
vidores (|ue debían formar su corte en el otro mundo. 

Los antiguos mejicanos tenían fiestas i diversiones de 
diferentes especies: conocían muchos juegos en que eran 
diestrísimos; celebraban ostentosos banquetes en (]ue S(? 
les servían delicados manjares; pero una tristeza casi 
constante formaba el fondo del carácter nacional. En 
medio del brillo de las riquezas, el mejicano vivía ate- 
rrorizado por sus preocupaciones relij losas, i abatido no 
tanto por el despotismo del gobierno de la tierra cuanto 
por el temor á sus horribles i sanguinarios dioses. No 
debe estraüarse, pues, que un pueblo semejante, después 
de vencido por los conquistadores, aceptara una domi- 
nación dura i tal vez cruel, pero que estaJ)a, algo nías 
exenta de tan terrij)les preocupaciones. 



PARTE I. — ( APÍTrLÜ III - 1;") 



CAPITULO III 

El antiguo Perú. 

('¡vilizaeioii primitiva drl l'tM-ú.— Los incas. -ílobierno; jpi-ai'íinía so- 
cial. —Distribución de las ticn-as i del 1 i-;il>aio.— ()rp,-a,.iiizacioii de la 
farnilia.— CoiKiuistasniiliiart's. — Kcli¡i()ii.--('irni-ias i Icims.— Artes. — 
Industria.— Costumbres. 

Civilización primitiva del Perl. — El orijen de la pri- 
mitiva civilización peruana, está envuelto en las mas os- 
curas tinieblas. Parece, sin embargo, fuera de duda que 
el Perú fué poblado por inmigraciones sucesivas de di- 
versas tribus, entre las cuales habia algunas que cono- 
cían el cultivo de los campos, que tenian nociones de un 
ser supremo creador del universo, i que sabian construir 
sus habitaciones i sus templos i gobernarse bajo ciertos 
principios. Levantáronse grandes poderes, i se jenerali- 
zaron algunas instituciones civiles; pero el antagonismo 
de aquellos centros de civilización impedia que uno de 
ellos irradiase sobre todas las tribus. 

Los INCAS.— En esas circunstancias apareció en el va- 
lle del Cuzco un jénio benéfico, que se presentó a sus com- 
patriotas con el carácter de hijo del sol, enviado por su 
divino padre para dominar a íos puel^los con los benefi- 
cios de una civilización superior. vSu propaganda fué pa- 
cífica: encontró sectarios i discípulos, predicó doctrinas 
sabias i aceptables para la mayoría, (|ue estaba sumida 
bajo el despotismo de los curacas o señores de las tri- 
bus, i echó las bases del imperio que engrandecieron sus 
sucesores. Ese misionero pacífico se llamaba Manco Ca- 
pac: en sus trabajos fué ayudado por su esposa Mama 
Oello. 

Según los mejores cómputos, la monarquía de los 
incas tuvo tres o cuatro siglos de existencia. Al cabo de 
este tiempo, su dominación se estendia por la costa del 
Pacífico desde el segundo grado de latitud norte hasta 
el treinta i siete de latitud sur. Por el oriente se dilataba 
al otro lado de las cordilleras. El prolijo historiador de 
los incas dice solo que la mayor anchura del imperio no 
pasaba de ciento veinte leguas. Su nombre era Tavan- 
tisuyo, que significa las cuatro partes del mundo. Los 
altaneros incas creian que sus subditos formaban la 
única nación civilizada de la tierra. Su denominación 
actual fué puesta por los españoles, quizá por el nombre 
de un pequeño rio del norte. 

GoniEiiNo; .ierar(¿lía social— La grandeza del im- 
perio de los incas se debió principalme^ite a un sistema 
de política tan uniforme como si durante doce reinados 
no hubiera gobernado mas (|ue un solo hombre. Los 
primeros incas hicieron del imperio una sola familia 



16 ilISTOIMA di: AMKUH'A 



por la solidaridad de sus destinos, i un convento por la 
regularidad de vida. Ninguno de sus subditos estuvo 
espuesto a los sufrimientos de la mendicidad, i ninguno 
a los peligros de la holgazanería, porque todos tuvieron 
asegurada su subsistencia, i a todos se prescribió una 
tarea social. La relijion suavizó las costumbres. Sus 
artes se perfeccionaron con la paz. Obras colosales de 
interés público se levantaron mediante el trabajo secular 
de ejércitos de operarios. I mientras se hacia sentir la 
acción previsora del gobierno, se propagaba a lo lejos 
la ciA'ilizacion imperial por la razón i la fuerza. 

El inca o emperador habia rodeado su persona de la 
pompa necesaria para fascinar al sencillo pueblo. Pesa- 
dos pendientes de oro alargaban sus orejas hasta los 
hombros, deformidad que se admiraba como una bella 
prerrogativa de su raza. El rico llauto o diadema que 
rodeaba su cabeza, adornada de dos plumas de una ave 
misteriosa, esparcía en torno de su faz una aureola de 
gloria. Su traje de pieles i telas finísimas, sembradas de 
oro i pedrería, i preciosas joyas, daban a su persona un 
aire de verdadera majestad. La réjia servidumbre se 
componía de mas de ocho mil hombres. Nadie podia 
tocar la sagrada persona del inca, nadie osaba alzar 
los ojos al hablarle, i a nadie se permitía acercarse sino 
descalzo i llevando una pequeña carga a la espalda en 
señal de acatamiento. El poder del inca guardaba rela- 
ción con el fausto de la corte i con el respeto de sus 
gobernados. 

FA soberano emprendía cada cierto número de años 
una ostentosa visita para reconocer su imperio. Algunos 
indios, recomendados por la igualdad del paso, llevaban 
sobre sus hombros la litera imperial, mientras el pueblo 
se disputaba el honor de cargar su equipaje, de limpiar 
el camino, de cubrirlo de flores i de ofrecerle sus obse- 
quios. Al descorrerse elvelo que ocultaba al soberano, 
las estrepitosas aclamaciones de la muchedumbre podían 
hacer caer aturdidas las aves del cielo. La marcha de 
la gran comitiva era un triunfo no interrumpido; i el 
inca, para corresponder al amor de su pueblo, trataba 
de remediar sus necesidades i los males que se le 
señalaban. 

La sociedad estaba dividida en tres órdenes princi- 
pales. Pertenecian al primero la familia del inca, al 
segundo la nobleza i al tercero el pueblo. Los miembros 
de la familia real vivían de ordinario en la corte, des- 
empeñaban las altas dignidades del sacerdocio, i man- 
daban los ejércitos o las provincias lejanas. Los nobles 
no ocupaban los empleos mas elevados del estado, ni 
los que estaban mas próximos a la persona del monarca; 
i su autoridad estaba subordinada a la jurisdicción de 
los gobernadores de proAincia, qiK^ siempre eran miem- 
bros de la familia real. 



l'AlM'l': 1. — ( Al'l'l'i l,() III 1 i 

Al pueblo no cabía otra suerte que trabajar mientras 
pudiera, i obedecer cuanto se le mandase. Para que no 
turbara el orden establecido, se le dividió en parcialida- 
des que estaban tan profundamente separadas, que no 
podian oponer ninguna resistencia temible. 

DíSTRIIU CrON DE I.A8 TlEIiKAS 1 DEL TRADA.ÍO.— El ÚnicO 

propietario que había en el Perú era el inca, quien dividía 
la tierra en cuatro porciones: la del sol destinada al 
culto de la divinidad, la del inca, la de los curacas, se- 
ñores de parcialidades, i la de la comunidad. En esta úl- 
tima parte, cada matrimonio recibía, en usufructo un 
topo, medida que variaba según los lugares, otro topo 
por cada hijo, i solo medio por una liija. Vn reparto 
análogo se liabia hecho de los ganados; pero su uso so 
limitaba a trasquilar los llamas para aprovechar la lana. 
Las minas pertenecían igualmente al estado. Solo eran 
del dominio de todos, las yerbas de los campos i los pe- 
ces del agua. 

El trabajo se hallaba organizado, no solo como fuente 
jeneral de la riqueza, sino también como un tributo que 
se pagaba al soberano. La comunidad, ademas de sus 
tareas domésticas, debia trabajar en las posesiones del 
inca, en fabricar vestuarios para el ejército, en la cons- 
trucción de los caminos i en el servicio del soberano. Na- 
die, ni aun el niño o el anciano, estaba escusado de tra- 
bajar. 

Este tributo de trabajo era tanto mas oneroso, cuanto 
que solo pesaba sobre el pueblo. Merced a él, se traspor- 
taron arenas del mar para las plazas del (Juzco, e inmen- 
sas moles de piedra para la construcción de edificios en 
apartadas provincias. El soberano exijia, ademas, de sus 
vasallos un tributo de sangre en los funerales. A la muerte 
del inca eran sacrificados muchos indios para continuar 
sus servicios mas allá del sepulcro. En los grandes peli- 
gros, en las enfermedades de los señores, al advenimiento 
del soberano, o en celebración de un suceso plausible, se 
inmolaban niños tiernos o doncellas escojidas. Era tal 
el espíritu de obediencia i sumisión de los antiguos pe- 
ruanos, que las víctimas acudían presurosas para ser in- 
moladas. 

OruíANiZACioN DE LA FAMILIA.— La fam_ilia fué también 
enteramente absorbida por el estado. De dieziocho a 
veinte años las doncellas, i de veinticuatro a veinticinco 
los mancebos, debian casarse por elección del gobierno. 
El dia del matrimonio jeneral, los jóvenes de ambos sexos 
se colocaban en dos hileras, los hombres enfrente a las 
mujeres. En la corte, el inca enlazaba la mano de sus 
parientes, i los majistrados superiores desempeñaban sus 
funciones en toda la estension del imperio. La comuni- 
dad construía la casa de los desposados. Todos debian 
casarse en su parcialidad, conservar el vestido de sus 
mayores i ])ermaiiecer en (^1 mismo domicilio. í^a autori- 
2 



IS I1IS'IM)W1A DK A.\l ÍAiU \ 



dad del padre era miii poderosa: la mujer era casi su es- 
clava, encargada de llevar la carga en el camino; i los 
hijos, en vez de ser considerados como las delicias del 
matrimonio, eran su principal riqueza. 

Las familias vivian en cierto aislamiento; pero la lei 
ordenaba reuniones periódicas, que estrecharan las rela- 
ciones mediante las fiestas, los trabajos i los banquetes 
públicos. Los pobres tenian en esos ban(}uetes el mismo 
lugar que las personas acomodadas. Aun los espósitos 
eran cuidados por el gobierno i formaban parte de la 
comitiva del inca. 

Este espíritu de orden reglamentaba minuciosamente 
las acciones mas indiferentes* de la vida, i absorbía el 
jórmen de la libertad individual. Bajo una organización 
semejante, no era posible señalarse en ninguna de las es- 
feras de la actividad humana. I^as tradiciones históricas 
del imperio, casi no recuerdan mas nombres que los de los 
soberanos. 

CoNQriSTAs MILITARES. — Tua orgauizaciou social tan 
superior a la cultura de las demás naciones vecinas, te- 
nia sufícientes elementos para estenderse mui lejos. Por 
eso, desde que los incas pudieron apoyar su misión civi- 
lizadora en un ejército respetable, entraron en una ca- 
rrera ilimitada de conquistas. A ellas eran arrastrados 
por el deseo de no comprometer el prestijio de la dinastía, 
i por la necesidad de conser\^ar la estimación de la no- 
bleza. Las conquistas fueron el movimiento que variaba 
la regularidad de la vida social de los peruanos. 

El heredero del imperio se educaba para la guerra, i 
a los diez i seis años recibía la solemne investidura mi- 
litar. Para conocer su resistencia, se le obligaba a estar 
de guardia durante algunas noches; i para probar su 
serenidad, se le exijia que no se estremeciera cuando se 
le atacara de improviso. 

VA pueblo suministraba soldados sobrios, obedientes, 
sufridos para las marchas i dotados de un valor tran- 
quilo. Frecuentemente tenian lugar ciertos ejercicios mi- 
litares; i la rotación en el servicio jeneralizaba la destreza 
en el manejo de las armas. Eran éstas ñechas, liachas, 
picas i mazas de madera durísima o de cobre, i la honda 
i el lazo; pero usaban ademas cascos de madera, rodelas 
de cuero i espesas corazas de algodón. Como debe su- 
ponerse, la táctica era mui imperfecta: se peleaba en tro- 
l)el, sin hábiles combinaciones, de modo que solo el nu- 
mero o el valor decidían la victoria. 

Los incas hacían la guerra para civilizar a los venci- 
dos i para estender el conocimiento de sus propias ins- 
tituciones. Tomaban bajo su protección los pueblos que 
habían sido sometidos, i los hacían partícipes de todas 
las ventajas de que gozaban sus mismos subditos. Los 
ídolos de los ])ueblos con( pastados eran llevados a! tnm- 
plo del Cnzco. El piie])l() vf^icido (mvi tratado con dul- 



AUTI, i.- ( Al'l'il i. O III i [) 



zura, e instruido en la relijion de sus nuevos señores, a 
íln de que el conquistador tuviese la gloria de haber au- 
mentado el número de los adoradores del sol. 

Rp:Li.ir()N.— El sol era el Dios i el alma del imperio. 
Manco Capac dio principio a su misión llamá.ndose el hijo 
del sol i echando en el Cuzco los cimientos de un templo, 
cuyas riquezas le dieron el nombre de Coricancha, casa 
de oro. Al conquistar cada provincia, sus sucesores tu- 
vieron cuidado de erijir un santuario. Para el servicio de 
esos templos habia un ejército de sacerdotes. El de Cuzco 
tenia cuatro mil, todos de estirpe réjia, i presididos por 
el villac-humu o sumo sacerdote. Los sacerdotes inferio- 
res pertenecían a la nobleza subalterna o al pueblo. 

Los peruanos tuvieron también sacerdotisas. En el 
monasterio del Cuzco solo entraban niñas de sangre im- 
perial o de singular hermosura; i en los de las provincias 
solo eran admitidas las hijas de los nobles, o vírjenes 
escojidas por su estraordinaria belleza. Desde que ponian 
el pié en el claustro, rompían sus relaciones con el mundo. 
(Jomo las vestales de la antigua Roma, las escojidas cui- 
daban de la conservación del fuego sagrado; i en su ca- 
lidad de esposas del sol, espiaban un adulterio con el 
horrible suplicio de ser enterradas vivas. Ningún hom- 
bre, fuera del inca, podia penetrar en el sagrado asilo 
de las sacerdotisas. Las escojidas tejian fínísimas telas 
para el sol i para el inca, i preparaban la chicha i los 
panecillos (zanco) que se distribuían en las grandes fes-' 
tividades. 

Las fiestas del sol tenían lugar todo el año. Al prin- 
cipio de las estaciones se celebraban cuatro grandes so- 
lemnidades. Concurrían a ellas los nobles de todo el im- 
perio, i se reunía en el Cuzco la inmensa población de las 
cercanías. Cada cual se presentaba con sus mas ricos 
trajes, i con los adornos emblemáticos de su tribu, o 
vestido con disfraces de leones, cóndores u otros anima- 
les. Las fiestas se prolongaban semanas enteras en medio 
del baile i de las bebidas. 

El sol recibía en ofrenda toda clase de objetos. Se le 
ofrecían cobre, plata o piedras preciosas, maiz, aromas, 
llamas i otros animales, i en las ocasiones mas solemnes 
una o muchas víctimas humanas. En la coronación del 
inca, se inmolaba un niño de seis años, para alcanzar la 
protección del cielo durante su gobierno. 

El culto del sol traía consigo el de la luna, el de las 
estrellas, el del planeta Venus, i el del terrible Illapa, 
nombre jenérico de los truenos, rayos i relámpagos, i el 
del arco iris, su mensajero. Las intelijencias privilejiadas 
concebían un supremo hacedor de toda la creación, a cpie 
daban el nombre de Pachacamac. 

La superstición trajo, como en todas partes, oráculos, 
adivinos i presajios de todo jénero. En algunos templos 
se da,l)a,n los vaticinios (*on sorprendentes aparatos: pero 



'20 íits'i'oinA i»i: amkimca 



el pueblo creia penetrar el porvenir en los ensueños i en 
las circunstancias mas vulgares de la vida. 

Los historiadores han consignado ciertas prácticas 
que tienen alguna analojía con la reí ij ion cristiana. Se- 
ñalan la veneración que se profesaba en el Cuzco a una 
hermosa cruz de piedra, i cierta confesión que podia lia- 
cerse con cualquier individuo sin especialidad de sexo, i 
a la que se seguían grandes espiaciones. 

Cíenlas t letras.— Hi se hubiera de juzgar de la civi- 
lización peruana por los conocimientos cientíñcos que po- 
seían los vasallos del inca, seria preciso colocarlos casi 
al nivel de la barbarie. Habia ciertas escuelas que ser- 
vían solo para las clases privilejiadas. Se enseñaban en* 
ellas las máximas de la guerra, las prácticas del gobierno, 
las ceremonias de la relijion, el uso de los quipos i la 
historia de los incas. Si bien conocieron el sistema deci- 
mal para sus cálculos, sus ideas se confundían pasando 
mas allá de cien mil. La rutina, sin embargo, les habia 
enseñado ciertas prácticas para la mensura i división de 
las tierras, la apertura de canales i la construcción de 
mapas jeográficos trabajados de relieve, en que se po- 
nían de manifiesto todos los detalles de la localidad; pero 
esos planos servían solo para el inca. En la astronomía 
hicieron pocos adelantos. Dividían el año en doce meses 
lunares. Como este año era menor que el tiempo verda- 
dero, rectificaban su calendario por medio de observa- 
ciones. Por un sistema análogo pudieron dividir todas 
las estaciones del año; pero dieron a la mecánica celeste 
una esplicacion alegórica monstruosamente absurda. En 
medicina, conocieron el uso de las sangrías parciales i el 
empleo de muchas plantas, pero no alcanzaron a formu- 
lar reglas. 

Pocos adelantos literarios podían hacer los peruanos 
por falta de un sistema de escritura. Los quipos, com- 
puestos de manojos de cuerdas, no bastaron a suplir esta 
falta. Los nudos espresaban los números, i con los colo- 
res se denotaba la diversidad de ideas. P]l blanco signi- 
ficaba la plata i la paz. Comentarios particulares que se 
confiaban a la memoria de los quipocomayos (conserva- 
dores de la ciencia de los quipos), aclaraban el sentido 
de esta escritura. I^^l quipo, con todo, se prestaba mui 
poco para la trasmisión de nociones científicas; i aun 
para los que no estaban en el secreto del comentario, su 
significación es un misterio. 

Kn literatura, los vasallos del inca hicieron mayores 
progresos. La lengua quechua es talvez la mas rica i una 
de las mas armoniosas del continente americano. La 
prosa hablada se perfeccionó en los discursos a que da- 
ban ocasión las fiestas; i en la poesía los peruanos aven- 
tajaron talvez a cualquier otro pueblo de America. I lubo 
romances en que se referían las liazañas de los héroes, i 
odas inspiradas por otro órdíMi (]o sentimientos. Se ha 



PARTE I.— CAPÍTULO III 21 



hablado de que conocieron el arte dramático, i se conoce 
una composición de este jénero titulada Olhintity, escrita 
en lengua peruana o quechua, que por su disposición i 
hasta por la estructura de sus versos, tiene gran seme- 
janza con los dramas españoles. Esto mismo ha revelado 
a la crítica ilustrada que es una obra de invención mo- 
derna, seguramente de la segunda mitad del siglo XVIll. 

AuTES. — En jeneral, los antiguos peruanos hicieron po- 
cos progresos en las bellas artes. La melancolía era el 
carácter dominante de la música peruana. Por lo común 
no buscaban la armonía, sino el hacer mucho ruido con 
la multiplicación de los sonidos. El dibujo no estaba nms 
adelantado que la música. Apenas se hallan mas pintu- 
ras que las destinadas a adornar las paredes de ciertos 
ediñcios i los tejidos. Las estatuas son por lo común in- 
formes. 

En la arquitectura, en cambio, aparece un gusto for- 
mado, no por cierto en las casas del pueblo, que en je- 
neral eran pobres chozas, sino en los palacios, los templos, 
los caminos, los acueductos i las fortalezas. Estos editlcios 
eran bajos, pero cubrían una grande estension de terreno; 
sus paredes estaban construidas con grandes trozos de 
piedras. Son notables también los caminos construidos 
por los incas. "Me he sorprendido, dice Elumboldt, el 
encontrar en el llano de Pulla!, i en alturas que sobre- 
pujan en mucho la cima del pico de Tenerife, los restos 
magníficos de un camino construido por los incas del 
Perú. Es perfectamente recto, i conserva la misma direc- 
ción a seis u ocho mil metros de lonjitud.'' Este mismo 
camino se continuaba todavía desde la capital del im- 
perio hasta los primeros valles de Chile al través de las cor- 
dilleras i del desierto. En los sitios en que era cortado por 
los ríos, se hablan construido puentes de cuerdas o mim- 
bres, asegurados en sus estremidades i defendidos por 
una barandilla, que ofrecían un paso seguro al viajero. 
En estas obras trabajaban a la vez muchos millares de 
operarios. Los peruanos, como los mejicanos, no tuvie- 
ron carros, ni conocieron las ruedas para facilitar el tras- 
porte de la carga. 

IxursTiiiA.— La industria de los antiguos peruanos no 
pudo desarrollarse rápidamente. lín la agricultura hicie- 
ron, es verdad, grandes progresos: conocieron el abono 
de las tieiT¿is i el regadío; pero no usaron otro arado 
(jue una estaca puntiaguda que, empujada por el hombre, 
rasguñaba lijerainente el suelo destinado a la siembra. 
Cosecharon la yuca, el maiz, la coca, el maguei, la qui- 
noa, el plátano i la papa. 

Los peruanos domesticaron el llama, que les servía 
de bestia de carga i les suministraba lana para sus 
vestidos, i fueron diestrísimos cazadores i pescadores. 
Estrajeron de las minas, casi de la superficie de la tierra, 
grandes cantidades de plata, de oro i de cobre. El hierro 



H18T()1{IA 1>E AAIIOIUCA 



no fué trabíijado, pero wü ilso eraivemplazadopor el cobre 
i el estaño. Los artesanos doblegaban los metales a las 
jnas atrevidas concepciones: los estiraban en hilos para 
imitar los tilamentos del niaiz o de las ñores, los redn- 
cian a láminas tenues i los soldaban hábilmente. La 
falta de sierras impidió el desarrollo de la ebanistería; 
pero en . cambio hnbo hábiles ah'areros i diestrísimos 
tejedores, en cuyas telas no se sabe qué admirar mas, si 
la delicadeza de los hilos, la finísima labor o el brillo de 
los colores. 

Costumbres. — A consecuencia del estado social a que 
estaban reducidos, dejaron los peruanos de ser hombres 
para convertirse en máquinas. Tan natural creían la 
obligación de servar, que no osaban acercarse a la auto- 
ridad, ni siquiera para demandar justicia, sin llevar 
algún obsequio; i temían haber caido en su desagrado 
si por no serles gravosa, ésta no recibía sus dádivas. 

Los actos cardinales de la vida tenían un carácter de 
fiesta. E\ corte del primer cabello del niño, su entrada 
en la pubertad, i el matrimonio, que «e celebraba simul- 
táneamente en todo el imperio, daban lugar á fiestas 
solemnes. El. duelo i el entierro de los cadáveres eran 
también celebrados en medio de fiestas i borracheras. 
Es todavía un misterio la manera como los peruanos 
embalsamaban los cadáveres de los incas, cuyas momias, 
favorecidas por la sequedad del clima, presentaban des- 
pués de algunos siglos las cai'ues llenas, las facciones 
sin alteración i el cutis blando i suave. El entierro de los 
subditos, aunque menos ostentoso, era también solemne. 
Kva. bastante frecuente el recordar con cantares mez- 
clados de risas i llantos, la vida de los finados, sus 
buenas i malas acciones, los servicios que prestaron i 
la falta que hacían. 

Son admirables las huacas que construyeron los indios 
para reposar después de su muerte. Se encuentran siem- 
pre cerca de las poblaciones, i por lo común en alguna 
eminencia. Los cadáveres se hallan sentados, con las 
rodillas juntas i echadas sobre el vientre, los brazos traí- 
dos sobre el pecho i las manos unidas sobre el rostro. 
Se les tomaría por viajeros (|ue descansan algunos ins- 
tantes para proseguir una larga marcha. 1 no creían 
ellos (^ue su letargo fuese duradero; por eso se descubren 
junto a las momias, vestidos, utensilios, maiz, chicha i 
objetos de lujo que les habrían de servir en su nueva 
existencia. 



PARTK I. 



CAPITULO IV 

Los otros indios de América. 

Iiiccrt iilmiiliic ;ic<'ivci (!(,' la (.•ivilizaciou de los aiiuíricaiius a la ('[nn-a 
(le la <()ii(|iiista.— Sii.s facultades intelectuales. — lOstado social.— ()r- 
f^-aiiiza<-¡oii civil.— Sistema de guerra. — Industria.— Ideas religio- 

HilS. — (JostUIll1)I'<'S. 

L\('i':irni)r.\ii{ia': ackkca di-: la cinilizacion de lo.s 
AMiouicAXos A LA Li'ocA DE J.A ( '()N(¿uisTA. — Al rededoi' 
de los dos grandes imperios americanos existían tribus 
numerosas que no hablan alcanzado a un grado ni si- 
quiera aproximativo de civilización, o que yacían en la 
mas espantosa barbarie. 

Los conquistadores no se hallaban en estado de estu- 
diar prolijamente la civilización de los americanos. 
Decían unos que éstos eran salvajes feroces, incapaces de 
recil)ir la civilización, a quienes se podia es terminar o 
reducir a la esclavitud, llegando a poner en duda que 
fueran de la misma naturaleza que la especie humana. 
Sus adversarios, por el contrario, presentaban a los ame- 
ricanos como hombres dotados de inteligencia i de un 
carácter suave, susceptible de civilización i de cultura. 
De los escritos de esa controversia no es posible sacar 
la verdad. 

Sus EACEETADES E\TEEE( IIA EES.— Desdc qUC loS Castc- 

llanos encontraron las primeras naciones civilizadas del 
nuevo mundo, toda duda desapareció. El papa Paulo 111 
declaró en una bula de 1587, (pie los indios eran capaces 
de recibir los sacramentos. Uno de los conquistadores, 
notando gran variedad en las dotes intelectuales de los 
indíjenas, advirtió que los pueblos mas civilizados del 
nuevo mundo ocupaban las alturas o mesetas de las re- 
j iones tropicales. En cambio, los habitantes de los climas 
templados eran jeneralmente mas fuertes, mas activos 
i vigorosos. 

Estas diferencias en las dotes intelectuales eran mui 
notables. Las tribus guaraníes, que poblaban cerca de 
un tercio de la América meridional, no tenian idea al- 
guna de cálculo, i ni siquiera pasaban en sus cuentas 
mas allá de cinco. Los chibchas o muiscas, que habi- 
taban los valles inmediatos a Bogotá, hablan inven- 
tado un calendario, i hablan distribuido los años con 
una grande exactitud. Mientras unas tribus hablan ima- 
jinado una cosmogonía injeniosa, otras no tenian noción 
algTina de un ser superior a la naturaleza humana. 

La torpeza que los viajeros han observado en los 
indíjenas de América, nacía en gran parte de la indolen- 
cia de éstos. En jeneral, los indios no conocían una feli- 
cidad mayor que la de verse libres de todo trabajo. En 



24 ■ insToraA t»e A;NrÉTíirA 



aquellas rejiones en que la riqueza de la vejetacion, la 
abundancia de la pesca i de la caza les suministraban 
el alimento, el salvaje se diferenciaba mui poco de los 
animales. Pero en los climas mas rigorosos, donde las 
producciones naturales no bastaban para el alimento 
del hombre, los indíjenas tuvieron que pensar en el tra- 
bajo, hicieron en algunas partes sus plantaciones i esti- 
mularon el desarrollo de su intelijencia aplicándola a la 
industria. 

Estado social.— Aun entre las tribus mas bárbaras, la 
unión del hombre i de la mujer estaba sujeta a ciertas 
reglas. Iiln las rejiones en que escaseaban los medios de 
alimentarse, i en que las dificultades de criar la familia 
eran grandes, el hombre se limitaba a una sola mujer; 
pero en los climas mas fértiles, cada hombre solia tener 
muchas. En algunos paises el matrimonio duraba toda 
la vida; en otros el capricho o el odio por toda especie 
de sujeción, hacia romper el lazo matrimonial. 

La mujer servia a su marido como esclava, i lo acom- 
pañaba hasta en las espediciones guerreras. En muchos 
pueblos el matrimonio era un contrato de venta. Otras 
veces la mujer era adquirida en la guerra, i formaba 
parte de la presa quitada al enemigo. En las marchas, 
la mujer, como sucedia también entre los peruanos, serbia 
para conducir la carga. Los cuidados domésticos le esta- 
ban también encomendados; i mientras el hombre perdia 
el tiempo en la inacción, la mujer estaba condenada a 
un trabajo continuo. 

Mientras la debilidad de los niños exijia sus ausilios, 
los padres se los prodigaban con particular amor; pero 
desde que el niño pasaba de esa edad débil, quedaba en 
completa libertad. FA hijo vivia con los padres en la 
misma choza, i los acompañaba a la caza; pero cuando 
habia llegado a la edad viril, se desligaba de la familia 
i pasaba a ser el jefe de una nueva choza. Solo en ciertas 
tribus, en que los trabajos agrícolas hablan adquirido 
mayor desarrollo, se conservaban por mas largo tiempo 
los vínculos de la familia. 

Organización civil.— Muchas tribus americanas no te- 
nían una residencia fija: sus individuos vivian de la caza 
o de la pesca. Pertenecian a este rango, entre otros, los 
salvajes que poblaban la mayor parte del Brasil, el 
Paraguai, las pampas i la estremidad meridional de la 
América. La tribu tenia jefe solo cuando era necesario 
atacar al enemigo. 

Otros pueblos se hallaban mas adelantados. La ne- 
cesidad los habia hecho agricultores. I^os indios ame- 
ricanos, sin embargo, no conocieron la propiedad territo- 
rial. Las tribus agricultoras cultivaban la tierra en común, 
i cada familia gozaba de la posesión accidental de una 
parte del terreno, i disfrutaba de la propiedad de sus 
productos. En esas tribus se habia establecido cierta 



PAETE I.— f'APITT LO IV 



organización social, lejana, sin duda, de la verdadera 
civilización, pero que ya suponía sus primeros pasos. 

En la altiplanicie central de la república actual de 
Colombia que rodea a su capital, existia una nación 
numerosa de indios semi-civilizados que se denominaban 
cliibchas o muiscas. Esos pueblos tenian una forma re- 
gular de gobierno, un tribunal establecido para juzgar 
i castigar los crímenes, i leyes que conservaba la tradi- 
ción. El soberano gobernaba con poder absoluto, i era 
respetado como un ser de naturaleza superior. La civili- 
zación naciente de aquel estado comenzaba a irradiar 
lentamente sobre los paises comarcanos. 

Mas al sur se habia formado también un poderoso 
estado, cuyo gobierno era bastante regular. Los histo- 
riadores hablan de una antiquísima dinastía de reyes, 
el último de los cuales, llamado (^uitu, dio su nombre 
al estado. Esta monarquía fué incorporada, después de 
muchos siglos de existencia, al poderoso imperio de los 
incas. 

Sistema de (juiorha.— Las naciones americanas, cual- 
quiera que fuese el estado de su civilización, vivian en 
constantes guerras. Los salvajes combatían no para con- 
quistar sino para destruir. Comenzaban las hostilidades 
i continuaban la guerra con un odio tenaz. 'Todemos 
sentar, dice un historiador del Brasil, que la única creen- 
cia fuerte i radicada que tenian los indios era la de la 
obligación de vengarse de los estraños que ofendían a 
cualquiera de su tribu. Este espíritu de venganza, 
llevado al exceso, era su verdadera fe.'' En los aprestos 
bélicos, los ancianos alentaban a la juventud excitándola 
a ]a venganza. 

No se necesitaba, sin embargo, de una agresión ar- 
mada para producir la guerra. Entre muclios de estos 
pueblos se creía que la muerte natural de los enfermos 
era causada por liechizos de supuestos enemigos; i de 
ahí nacía el deseo de vengar al muerto. 

( 'Uando se emprendía una guerra nacional, se reunían 
los ancianos, consultaban a los adivinos i hasta a las 
mujeres; i una vez acordada la guerra, la tribu se ponía 
en movimiento. Aun los pueblos mas atrasados nombra- 
ban un jefe; pero no entraban en campaña como un 
ejército regularizado. Cada guerrero llevaba consigo las 
provisiones para su sustento. Marchaban por distintos 
caminos, tratando siempre de reunirse antes de entrar 
al territorio enemigo. Solo los pueblos de Chile i 
algunas tribus del Brasil acostumbraban presentar ba- 
talla campal; los demás trataban únicamente de sor- 
prender al enemigo i de liacerle los mayores males posibles. 
Para esto se deslizaban en los bosques, después de pin- 
tarse los cuerpos de modo que parecían montones de 
hojas secas. Sí encontraban al enemigo desprevenido, 
incendiaban las chozas i mataban atrozmente a sus 



'2C, ITÍS^I'OHI A DI, AMKKKA 

habitantes, arrancándoles la cabellera; pero si estaban 
sej^'uros de no ser perseguidos, recojian algunos pri- 
sioneros. vSi antes de dar el ataque eran sorprendidos 
por el enemigo, preferian retirarse. 

La suerte de los prisioneros era casi siempre trájica. 
Los ancianos de la tribu vencedora decidian de su 
suerte. Los mas valientes eran destinados a reemplazar 
a los muertos, i conducidos a la choza del difunto, cuya 
mujer era libre de recibirlos o de rechazarlos. Si sucedía 
esto último, el prisionero era conducido al sacriñcio. 
Lo!^ salvajes americanos oían la sentencia de muerte 
sin la menor emoción, i se preparaban para recibirla 
entonando fúnebres canciones. Los vencedores se reunían 
como si se tratara de celebrar una fiesta al rededor 'del 
prisionero. Los concurrentes, hombres, mujeres i niños, 
se arrojaban sobre él i ponian en juego todos los tor- 
mentos (]ue puede inventar la venganza. Unos le quema- 
ban el cuerpo con piedras enrojecidas al fuego, otros le 
liacian grandes tajos o separaban las carnes de los ¡hue- 
sos, arrancándole los nervios i esforzándose todos en 
excederse en su crueldad. Evitaban eí hacer heridas mor- 
tales, prolongando así durante algunos dias las angus- 
tias de la víctima. El infeliz prisionero, en medio de 
sus tormentos, cantaba sus hazañas provocando a sus 
verdugos con insultos i amenazas. El mas hermoso 
triunfo del guerrero era desplegar en el tormento el valor 
i^ereno de los héroes. De ordinario recibía inmediata- 
mente la muerte el que, en medio de sus angustias, 
dejaba escapar un quejido. Los tormentos se prolongaban 
sin que la rabia de los^crificadores fuera apaciguada 
por la constancia heroica de la víctima, hasta que al- 
guno de los jefes ponia término a la vida i a los sufri- 
mientos del cautivo con un golpe de maza. 

En algunas tribus sucedían a estas bárbaras escenas 
otras muchas mas horribles. El cadáver del prisionero 
era asado al fuego i devorado en medio de una fiesta. 
Esto no era un efecto de la gula, sino el fruto de una 
venganza brutal con que lavaban pasadas injurias. Era 
tan arraigado este sentimiento, que al cabo de muchos 
años desenterraban el cadáver de un enemigo para tomar 
venganza en él, quebrándole la calavera. El sacrificador 
de un cautivo consideraba este acto como un título de 
gloria. 

I^as armas usadas en estas guerras eran las mismas 
que empleaban los salvajes en la caza: fiechas i picas cons- 
truidas de madera endurecida al fuego, i provistas de 
puntas formadas con espinas de peces o yjiedras afiladas, 
i mazas i hondas para disparar las piedras. Algunas 
tribus conocían, ademas, las cualidades de ciertas plan- 
tas cuyo jugo venenoso les servia para emponzoñar sus 
dardos. Otras los disparaban con materias infiamables 
para incendiar las chozas enemigas. 



AR'l'i: I. CATITrLO TV 



iNnrsTKiA.— Algunas tribus americanas vivían solo du 
la caza i de la pesca. En ambos ejercicios habian inven- 
tado los instrumentos necesarios, i habian descubierto 
algunas yerbas que les permitían adormecer los peces o 
envenenar los otros animales por medio de sus Üeclias, 
sin que su carne sufriera el mas leve daño. El salvaje 
permanecía muchos dias a las orillas de un lago espe- 
rando completar su provisión de pescado; pero era en 
las cacerías donde desplegaba una actÍAádad i una inte- 
lijencia de que ordinariamente parecía desprovisto. Un 
cazador era considerado en el mismo rango que un 
guerrero. La indolencia natural del indíjena desaparecía, 
i sus sentidos adquirían una gran finura. Descubría las 
huellas de los animales sobre las yerbas de los campos, 
i les seguía el rastro con toda seguridad. En algunas 
tribus no era permitido a los jóvenes casarse antes de 
haber dado prueba de destreza en la caza. 

Otras tribus cultivaban la tierra para sacar de ella un 
alimento mas seguro. La feracidad del terreno favorecía 
prodijiosamente el desarrollo de esta industria. Sin em- 
bargo, la agricultura americana no podía hacer muí rá- 
pidos progresos. En las comarcas cubiertas de montes 
eran necesarios los esfuerzos de una tribu entera para 
limpiar el campo que se destinaba al cultivo, l^os hom- 
bres creían concluida su tarea con este trabajo; i enton- 
ces las mujeres removían la tierra con azadas de madera, 
i en seguida sembraban o plantaban. í]ste era el término 
de sus faenas: lo demás debía hacerlo la fertilidad del 
suelo. El suelo americano encerraba riquezas inmensas, 
que solo los mejicanos i peruanos habían comenzado a 
esplotar. Las otras tribus recojian solo el oro que arras- 
traban los torrentes. Para cortar los árboles se veían 
obligados a usar hachas de piedra. Consumían un año 
en ahuecar un tronco para construir una piragua, i con 
frecuencia llegaba éste a podrirse antes que la obra que- 
dara concluida. 

Algunas tribus meridionales poseían el arte de hacer 
vasijas de tierra. Los habitantes de algunas rejíones de 
la América septentrional ahuecaban un pedazo de madera 
i lo llenaban de agua que hacían hervir echando en ella 
piedras enrojecidas al fuego. Otras tribus tejían telas, i 
aun conocían el secreto de darles color mediante el em- 
pleo de ciertas 3^erbas. 

La obra maestra del arte de los salvajes era la cons- 
trucción de sus embarcaciones. Los naturales del Canadá 
hacían largos viajes en canoas formadas de cortezas de 
árboles. Las piraguas construidas de un solo tronco de 
árbol que servían a los pobladores de las Antillas, po- 
dían llevar hasta cuarenta o cincuenta personas: i la 
forma que seles daba, las hacía muí aparentes para im- 
primirles rapidez en los movimientos. 

Ideas kkli.iiosas.— A pesar de la frecuencia de Jas tem- 



28 HISTORIA I)E AMÉRICA 



pesladeH en la mayor parte del continente americano, suh 
pobladores no se habian familiarizado con sus terribles 
efectos. Los truenos, los relámpagos i los rayos eran con- 
siderados como una manifestación de ira del firmamento. 
Sus ideas no pasaban mas allá de este innato terror; i 
en sus lenguas solo se encuentra una palabra con que era 
designado el poder misterioso que producía esos fenó- 
menos. Eran pocas las tribus que suponían la existencia 
de seres superiores buenos que se complacían en hacer el 
bien, i de otros malignos que se ocupaban en hacer el mal. 

Otras tribus estaban mucho mas avanzadas en ideas 
relijiosas. El sol era el principal objeto de culto entre los 
natches, indios de las orillas del Mississippe, que mante- 
nían en sus templos un fuego perpetuo como el emblema 
de su divinidad. Tenian sacerdotes encargados de su 
conservación, i el primer deber del jefe de la nación era 
tributar un acto de homenaje al sol todas las mañanas. 

Los muiscas adoraban igualmente al sol; i su cosmo- 
gonía era mui complicada. Habian construido templos 
en que vivian sus sacerdotes, pero preferían hacer sus 
adoraciones al aire libre. En esos templos los sacerdotes 
recibían las ofrendas que el pueblo hacia a su dios. En 
las fiestas relijiosas eran sacrificados los prisioneros jó- 
venes, salpicando con su sangre las piedras que doraban 
los primeros rayos del sol naciente. 

Los americanos tenian, sin embargo, la conciencia de 
una vida futura. Creían que la muerte era solo el prin- 
cipio de un viaje a rejiones desconocidas. De ahí nacia 
la costumbre de enterrar los muertos con sus fiechas, 
sus armas, sus vestidos i algunos alimentos. T^n aquellas 
naciones en que la autoridad del cacique habla echado 
raices mas profundas, eran sacrificados en el sepulcro 
del jefe algunos de sus vasallos para que le sirvieran en 
la otra vida. 

Otra creencia igualmente jeneralizada entre los sal- 
vajes era la de los agüeros i adivinaciones. El canto de 
algunas aves, la muerte dada en la caza a la hembra 
de un animal en estado de preñez, i otras circunstancias 
enteramente naturales, tenian, según ellos, una signifi- 
cación para conocer el porvenii*. En las tribus mas ade- 
lantadas, los sacerdotes eran también adivinos; pero en 
aquellas que no conocían culto alguno, existían también 
ciertos hombres que vivian alejados de toda sociedad i 
que creían poseer el don de la adivinación. Eran éstos 
los médicos ordinarios de los enfermos, a quienes curaban 
con ceremonias estrañas i ridículos. Los indios creían 
que las enfermedades eran producidas por hechizos de 
sus enemigos; i la primera obligación del médico o adi- 
vino era descubrir al autor del mal. Esta preocupación 
daba oríjen a terribles vengan zíxs. 

CosTiMHiíKs.— Los habitantes de las islas i de gran 
parte del continente vivian casi completamente desnudos. 



l*AÍl*Í'K I.— ('Al'ÍTILO i\ 'ji) 



Los pobladores de las rej iones templadas o frias se abri- 
gaban con cueros de animales o con toscos tejidos de lana 
de algunos animales o de hierbas de los campos. Casi 
todos ellos, sin embargo, usaban adornos de oro, de 
conchas de perlas o de piedras brillantes en las orejas 
i en las narices. I na tribu del Brasil se abria el labio 
inferior con un trozo de madera para prolongarlo dos o 
tres pulgadas. Muchos se pintaban el cuerpo con las fi- 
guras mas estrañas para infundir terror a sus enemigos: 
algunos se cubrían la cara con la cabeza de los animales 
muertos en la caza, i otros adornaban sus cabezas con 
vistosas plumas. Algunos se hacian rasgaduras en el 
cuerpo con piedras afiladas, i en ellas aplicaban vistosos 
colores para que las pinturas fuesen durables. Muchas 
veces esas pinturas estaban cubiertas con grasa de ani- 
males o goma de ciertos árboles. Con este arbitrio, tra- 
taban de defenderse de las picaduras de los enjambres 
de mosquitos i de otros insectos que abundan en casi 
todo el continente. 

Las casas de los salvajes eran de diferentes especies. 
Las tribus cazadoras vivian en tolderías que abandona- 
ban frecuentemente. Otras poseian chozas construidas 
de madera i barro cubiertas de paja o de ramas de ár- 
boles. En algunas partes, estas chozas estaban agrupa- 
das formando un villorrio. En casi todas ellas se veian 
casi siempre altas picas de madera en cuyas puntas es- 
taban puestas las cabezas de los enemigos muertos en 
la guerra. 

Los indios americanos celebraban frecuentes reuniones 
en que desplegaban una pasión singular por el baile i el 
juego. El baile era para ellos una ocupación importantf^ 
que se ponia en ejercicio en los principales actos de su 
vida; pero las mujeres rara vez tomaban parte. Su pa- 
sión por el juego era también desenfrenac^. Ilabian 
inventado juegos de diversas especies, i en ellos compro- 
metían sus vestidos, sus armas i hasta su misma liber- 
tad. Estas fiestas estaban mezcladas del desorden que se 
seguia a una espantosa borrachera. Los indíjenas hablan 
inventado el medio de fabricar licores fuertes del fruto 
del maiz o de las semillas de diversas plantas i árboles. 

La monotonía consiguiente a la vida de los salvajes 
solo era interrumpida por la guerra o por estas fiestas. 
Los placeres de la vida de familia les eran completamente 
desconocidos; i desde que el indio, agobiado por los años, 
se encontraba en la imposibilidad de tomar parte en las 
fiestas o en las espedieiones guerreras, pedia a los suyos 
como un favor, que le quitaran la vida. Esto sucedía 
con frecuencia; i el cadáver del anciano era sepultado en 
las alturas inmediatas a su choza, en medio de las lá- 
grimas do sus mujeres i de sus hijos. 



1 \\ Iv» I IC SlCi a N I >A 

DllSCUBRIMIF.NTll 1 CONIJIIISTA 

CAPITULO PRIMFRO 

Esploracionos do loe normandos al norto do La Amórica. - Navega- 
ción do los portugiTGSOs al rododor dol África. 

Los nnriiunxIoH; (IrHruhrim'uMito do IslíinUn.— ht>scnlírimi«>utt> de la (Irn 
t'iihmdiH i (le hiM coHtjiM di' Amóiii'n. — Coinoi-^'i»» dr Ion (>ui'o|m>mm 
i'oii »'l oriíMitv OH loH últimos si^-los do In v{\i\\\ iihmüm. \ itiios do los 
poiliin-iiosos on la. oosta do Aírioa. 

Los NOKMAiNhos; i>i:s(riu{i.Mii:Nr(> i)i>: Islamkv.— llii uim 
•'poca on q\w las nacloiuvM (1(>1 niodiodia (1(> IOuro|)n nav(»- 
«••aban solo on ol luar Moditt^rráiuu), sia alrov(»rso a. m(»- 
pai'arsi^ di» las costas, los uiai'inos {U>[ aortt» s«* coallnhnn 
a, hi ih(M*('(m1 d(» los viiMilos, nH'orriaii iimr(>s dt^scoiuxidos 
i (»s|»loi'a.l)aa paisi^s ¡;2,- no nidos. Los nifalas noniaindos 
salían cada año d(» los niicrlos d<» la. Nonn»«;n, do la. Sur 
cia. i de la Dinamarca., i ca tn>s dins (Man ll(na.dos a las 
(íostas de la^latorra o a la d(\sond)ocadnra d(>l Sona. 

Arrastrado por la tempestad, nn ^)¡rata nonioj;'o, lla- 
mado Naddord, descubrid en las r(\|iones d(»l norte nn 
pais desconocido (pie llanu') Snowland, t¡(M'ra cnhierta. d(» 
nieve (StU ). Solo en NT I s(> di(') principio a la- coloniza- 
ción de este pais. La. t ieri*a i*(H*ien descnl)i(M"ta ínó llamada 
Islanda. (Iceland, tierra. d(*l hi(>lo). lOn (^Ila. se esta.l>l(H*¡(»- 
roa iiniclios colonos de las l'anulias mas ilnst res del nort(*. 

niosci'nivMMiioN'ro la: i-a (jiíokm, anima i dk las costas 
ni-: A.MLiticA.— La sit nación de a(piella. isla i las r(»lacio- 
n(»H (jne tuvo (pie mant(Mier dnra.nt(> al^'nnos años con 
divíM'sos pueblos, desenvolvi(>ron, sin duda., (>n (»lla (>1 arte 
de la, navegación, e inspiraron (>n sns hijos (d (l(»s(>o de 
descubrir otros pais<»s mas allá del oct'a.no. I']n S77, nn 



i\Ú lllsqM)ltÍA l)K AM i;i{Í( A 



navegante islandés llamado Gumbiorn, descubrió por pri- 
mera vez una costa montañosa que se estendia al po- 
niente. 

Mas de cien años pasaron sin que se volviera a hablar 
de aquellos paises; pero en 088 un aventurero llamado 
Erico el Rojo, las visitó por primera vez, les dio el nom- 
bre de (Groenlandia, tierra verde, para atraer algunos 
inmigrantes, i estableció una colonia. Mas tarde, en 1124, 
se creó un obispado que subsistió mas de trescientos 
años. 

Los descubrimientos no se detuvieron allí. Biarne, hijo 
de uno de los compañeros de Erico, pudo ver que la costa 
se estendia mucho mas al sur. Un hijo de Erico llamado 
Leif, emprendió un nuevo viaje, i descubrió rejiones ines- 
ploradas (1000). Dióles el nombre de Helluland (hoi la 
isla de Terra-Nova), Markland o tierra de la madera (la 
Nueva Escocia), i una rejion donde crecían las vides sil- 
vestres, i que fué denominada Vinland o tierra del vino 
(la Nueva Inglaterra). 

Pero el mas célebre de los primeros esploradores de 
América fué Thorfinn, rico comerciante islandés que pre- 
paró tres naves para adelantar los reconocimientos. I^le- 
vaba consigo ganados de toda especie con el objeto de 
establecerse en el pais que iba a visitar. Los espedicio- 
narios avanzaron hasta un lugar en que el mar formaba una 
bahía profunda, i allí pasaron el invierno. En aquellos 
lugares se establecieron colonias. El primer obispo de 
Groenlandia las visitó para predicar en ellas el cristia- 
nismo. La última mención de esas colonias que se haya 
conservado en los anales históricos de los estados escan- 
dinaA^os, se refiere al año de 1347. Un siglo después, el 
papa Nicolás V nombró un obispo de Groenlandia; pero 
es de creerse que ya no se volviera a pensar mas en aque- 
llas remotas colonias. 

COMEIICIO DE LOS Ein^OPEOS CON IvL OIÍIENTE EN LOS 

T^LTiMOs SKíLOS DE LA EDAD MEDLV.— Estos descubrimien- 
tos fueron completamente ignorados por las naciones 
del medio dia de la Europa. En el siglo XII, los mares 
mediterráneos que se estienden desde el estrecho de Ji- 
braltar hasta la desembocadura del Don, formaban el 
principal i podría decirse el único teatro de la navega- 
ción. El mediterráneo, propiamente dicho, el Adriático, 
el Ejeo, el mar de Mármara, el mar Negro i el Azof, eran 
las grandes vias marítimas del comercio europeo. VA mar 
Rojo i el golfo Pérsico no eran mas que los apéndices i 
los canales. Las ciudades marítimas de Italia, así como 
algunas de Francia i de España, recibían en sus puertos 
los productos trasportados por aquellas dos vias, i los 
enviaban a los paises continentales. De aquí nacieron la 
prosperidad i la grandeza de las ciudades a (]ue afluía 
este comercio, i que gozaron de un ostraordinario esplen- 
dor. 



i'Airi'i-: i!.--<'.\i'í'nij) i ■ -V-^ 



Por este medio, las naciones europeas se proveían de 
las valiosas producciones del Asia. El algodón, el azúcar, 
diversas materias empleadas en el tinte de las telas, las 
perlas, el coral i el ámbar, maderas i gomas odoríferas, 
el opio, el ruibarbo i diversas medicinas i sobre todo la 
canela-, el jenjibre, la pimienta, las nueces moscadas i el 
clavo de olor, dieron lugar a un valioso comercio inte- 
rior en casi todos los paises de Kuropa. 

J^]ste comercio constituía el único lazo de unión entre 
los europeos i los asiáticos. Sus relaciones no se esten- 
dian mas allá de los puertos en que cambiaban sus pro- 
ductos, de modo que las rejiones centrales i orientales 
del Asia eran tan desconocidas de los europeos, como la 
J^'ríincia e Inglaterra lo eran de los asiáticos. A mediados 
del siglo XÍI, un judío espafíol llamado Benjamín de 
Tudela, hizo un viaje hasta la Tartaria china, visito la 
India i volvió a Europa por el Ejipto. A mediados del 
siglo siguiente fueron visitadas las rejiones interiores del 
Asia por un viajero europeo, Marco Polo, noble vene- 
ciano dedicado al comercio desde su juventud. Kecorrió 
el Asia durante veinte i seis años, i penetró en la China, 
en la India del otro lado del (Jaujes, i en las islas situa- 
das al sur del Asia, que hasta entonces estaban (envuel- 
tas en oscuras fálíulas. Marco Polo hizo escribir la 
relación de sus viajes. La descripción (jue en ella se liacia 
de aquellas rejiones, produjo en Europa una grande im- 
presión. Desde entonces, varios aventureros visitaron 
aíjuellos maravillosos paises. 

VlA.li:S DE LOS PORTrííUESES EX LAS COSTAS DE A EUf- 

( A.— A medida que se conocía mejor la situación relativa 
de las diversas partes del globo, el arte de la navegación 
se perfeccionaba por la aplicación de las matem;1,ticas i 
de la astronomía, i por el uso de la brújula, que permi- 
tía a los navegantes hacer reconocimientos en todas las 
estaciones, en el norte i en el sur. Gradualmente se aban- 
donó í^l método lento de costear; i los marinos nave- 
garon (MI la noche mas oscura con la seguridad de que 
conocían su rumbo. Entonces comenzaron a salir de las 
aguas del Mediterráneo; i los marinos italianos penetra- 
ron en el canal de la Mancha con gran sorpresa de sus 
contemporáneos. 

En el siglo XIV, los comerciantes del Mediterráneo 
esploraban lentamente las costas occidentales del África. 
El Portugal comenzaba entonces a tomar parte en el 
comercio marítirao. Una compañía de Lisboa envió en 
1841 una espedicion. Los esploradores hallaron las Ca- 
narias, i llamaron la atención de otros aventureros hacia 
las rejiones desconocidas del África. 

En efecto, siguiéronse nuevas espediciones; pero solo 
a principios del siglo siguiente recibieron la firme i acer- 
tada dirección que supo imprimirles el hijo del rei de 
Portugal, el infante don Enri(]ue. Eijó éste su residencia 
3 



'Vi . mSTOÍÍlA. DE AMKRICA 



en el pueblo de Lagres, sobre el cabo de San Vicente. 
Desde ahí prometía premios a los capitanes (pie quisieran 
aventurarse a pasar mas adelante del cabo Ñon, que era 
el término del mundo esplorado en las anteriores espe- 
diciones. 

La primera tentativa no se hizo esperar. Kn 141S, 
Juan Gonzakíz Zarco i Tristan Vas reconocieron una isla 
desconocida que denominaron Puerto Santo. El ano si- 
guiente, los dos capitanes asociados a Bartolomé Peres- 
trello, emprendieron una nueva espedicion que dio por 
resultado el descubrimiento de la isla de Madera. Des- 
pués de estos ensayos, los navegantes 'portugueses co- 
braron nuevo ardor; i en 142-'?, Jil Yanez dobló el cabo 
Bojador i visito la costa que se estiende detras del cabo 
Verde hasta el rio Senegal. El pa])a Eujenio IV, cediendo 
a los ruegos del príncipe don Enrique, aseguró a los 
navegantes portugueses el dominio de todas las tierras 
descubiertas i por descubrir desde el cabo Verde liasta 
t4 Senegal. 

Desde aquel dia se desarrolló la sed de conquista. Mu- 
chos marinos venecianos i jenoveses se ])usieron al ser- 
vicio de i*oftugal para tomar parte en aquellas espedi- 
ciones. Dos italianos descubrieron el archipiélago del 
cabo Verde, visitaron el Senegal, la Gambia i el rio 
(Jrande, i escribiercm una relación de su vinje. l*edro de 
Escobar pasó la línea ecpiinoccial; Fernando Po descu- 
brió tres islas, a una de las cuales puso su nombre; 
Martin Behaim de Nuremberg, i Alfonso d(^ Aveii'o reco- 
nocieron la costa de Congo i de Benino. 

La ambición de los portugueses no se satisfizo con 
aquellos descubrimientos. En agosto de 14SG, Bartolomé 
Diaz^ partió de Lisboa i dobló la estremidad meridional 
del África. La tripulación pidió la vuelta a gritos. Diaz 
tuvo que ceder, i a causa de las tempestades que sufrió 
enfrente de la punta africana, la nombró cabo tormen- 
toso. Cuando el rei de Portugal don 4uaii U ovó la 
relación de su capitán, cambió (^1 nombre siniestro de 
aquel promontorio, i le dio el d(^ cabo (]o P>uena Espe- 
ranza. El monarca se haV>i;i forin.'ido una ide;i de la 
verdadera configuración del África, i creia en la posibi- 
lidad de llegar por esta via a las rejiones de la India, i 
de hacerse dueño de su comercio. 

Mientras el rei don Juan se ocupaba en llevar a cabo 
sus proyectos, i mientras sus marinos se esforzaban por 
llegar a los mares de la India, un suceso mucho mas 
importante vino a llamar la atención de la Europa. Un 
oscuro aventurero al servicio de Espafin, habia empren- 
dido un viaje con dirección opuesta i li;ibia oucontrado 
un nuevo mundo. 



J>AT{TI'; ir. — ("ATM-ri LO 11 



CAPITULO II 

Cristóbal Oolon. 

PriiiiíM-os nños de Ci-istóbal Colon.— Sus proyectos. — Toorías on qnt^ 
\()f^ fiiinjíiha.— Colon espolie iiiútiliiicnte sn proyecto ni rei d»' \\)V- 
tu^al.— Colon en Esi»arui. — Vuelve (Jolón n, Portug-al. — Negociacio- 
nes de ('olon con la corte de lOspaña.— Salida de la eHi)edicion des- 
(•iihridora. 

(144G— 1492) 

Primeros a.nos de CinsTon.ví- Coeox.— Entre loa aven- 
tureros cine el renombre de los descubrimientos de los 
portugueses habia llevado a Lisboa, se encontraba un 
jenoves llamado Cristóbal Colon. Largo tiempo se ha dis- 
cutido sobre la época i el lugar de su nacimiento. Es evi- 
dente, sin embargo, que nació en los estados de la Repú- 
blica de Jénova, i talvez en la misma capital o en sus 
contornos, pero no hai nada de seguro sobre la fecha 
de su nacimiento. La opinión mas probable es la que lo 
íija en 144(). 

El padre de Colon se llamaba Domingo, i ejercía el 
oficio de tejedor de lanas. Su madre se nombraba Susana 
l^'ontanarrosa. Casi nada se sabe acerca de la infancia 
de Crjst/)bal Colon. A pesar de lo que se ha contado en 
contrario, parece que sus primeros estudios fueron mui 
elementales e incompletos. ^'Entré a navegar en el mar 
de mui tierna edad, i lo he continuado hasta hoi, decia 
él en ir)()l, pues el mismo arte inclina a quien lo sigue 
a desear saber los secretos de este mundo; i ya pasan de 
cuarenta los años que le estoi usando en todas las par- 
tes que hoi se navegan.'' 

(¿uiza ningún hombre ha tenido un número mayor de 
biógrafos (jue Cristóbal Colon. Sin embargo, casi todo 
lo que se cuenta sobre sus anos de juventud, sobre sus 
primeras navegaciones i aun sobre sus servicios en las 
guerras nmrítimas, está lleno de vacíos i de incertidum- 
bres, de tal suerte (pie la historia seria tiene que dese- 
char muchas de esas noticias. Lo que hai de cierto es 
que después de numerosas aventuras, i probableniente 
después de un naufrajio, se hallaba en Lisboa allá por 
los años de 1470. 

En Lisboa residían entonces muchos jenoveses, atraí- 
dos por la fama de las empresas navales de los portu- 
gueses. Colon fué bien acojido por sus compatriotas. Allí 
se casó con Felipa Moñiz de Perestrello, hija del caba- 
llero italiano Bartolomé Perestrello, que bajo la protec- 
ción del ])ríncipe don Enrique de Portugal, habia fundado 
una coloniíi en Puerto Santo. Colon hizo repetidos via- 
jes a los lugares nuevanKiif o descubiertos, i por esteme- 



;56 IIISTOIUA l>E AMKJÜCA 



dio i el ejercicio de hacer cartas de navegar, adquirió mui 
presto con qnó vivir honradamente, i, según se cuenta, con 
qur socorrer a sus padres necesitados i ayudar a la 
crianza de sus hermanos menores. 

Si's i»iíovE('Tos.— El suegro de Colon murió al ])oco 
tiempo del matrimonio de éste. ]^]r marino jenoves paso 
entonces a Puerto Santo a reunirse a la familiar de su 
esposa, compuesta de su suegra i de una hija de ('sta, 
casada con un navegante portugués llamado Pedro Co- 
rrea. Esta familia poseia algunos bienes de fortuna, pero 
tenia ademas los papeles, diarios, cartas e instrumentos 
de marina que Perestrello habia dejado al morir. En la 
intimidad de la vida domf'stica, ('orrea refería a Colon 
que habia visto un madero lal)ra(lo arrojado a aquella 
isla por un viento del oeste. Otros pilotos hablan visto 
maderos semejantes, como también cañas mui grandes 
que llegaban hasta las ('anarias i aun hasta el cabo de 
San Vicente. Eos pobladores de las Azores hablaban de 
dos cadáveres arrojados a la isla de Flores (una de las 
Azores,) que no se asemejaban a los de ninguna raza co- 
nocida. A(]uellos objetos debian haber sido arrastrados 
por las corrientes del mar, cuya existencia era entonces 
desconocida. Oeian algunos que en ciertos dias mui des- 
pejados se distinguían en el océano tres islas misteriosas, 
(|ue llamaban de San- Brandan o de las Siete (Hudades, 
cuya existencia estaba l)asada en tradiciones fabulosas 
de la edad media. 

Todos estos antecedentes suponían la existencia de un 
continente o de algunas islas en el océano; pero Colon, 
amalgamando estas noticias, se preocupaba sobre todo 
de buscar un camino nuevo para llegar a los países que 
producían la especería, el oro i el marfil, de que se con- 
taban tantas maravillas después del viaje de Marco Polo. 
Este mismo era el pensamiento (]ue guiaba a los portu- 
gueses en sus empresas: trataV^an solo de dar la vuelta 
al África para llegar a las rejiones de la India i de la 
China. 

Pero la idea que concibió Colon era mucho mas atre- 
vida. Confiándose en la brújula i en la^ Providencia, (pie- 
ria atravesar el mar incógnito, en que las fábulas de la 
antigüedad colocaban la mansión de los muertos, i llegar, 
como él mismo lo decia, al levante por el poniente, a las 
rejiones del Asia por un camino mas corto que el (pie co- 
nocían sus contemporáneos i que el que buscaban los 
portugueses. 

TiooRíAs EN QFE Colon fundaba sus imíovectos.— Eos 
proyectos de Cristóbal Colon estaban fundados en teorías 
conocidas por algunos filósofos i jeógrafos de la anti- 
güedad. Aristóteles, en su tratado del cielo, habia dicho: 
"Ea tierra no solamente es redonda, sino que no es mui 
grande, i el mar que baña el litoral mas allá de las colum- 
nas de Hércules (el estrecho de Jibraltar), baña también 



PARTE II.— CAPITULO II 37 



las costas veeiiicis de la India/' lOsta misiiia opinión habia 
sido rei)etida por alg'unos ie6<^'rafos do la edad media. I n 
célebre físico i astrónomo llamado Pablo Toscanelli, que 
vivia en Florencia a mediados del siglo XV, esplicó a Co- 
lon, según se cuenta, esas doctrinas cosmográficas en dos 
cartas célebres que tuvieron una inñuencia decisiva en el 
espíritu de éste. 

Cristóbal Colon tenia un conocimiento mas o menos 
completo de todas estas doctrinas. En su estudio se 
formó una teoría en c^ue estaban mezcladas la verdad con 
el error. Sentó como principio fundamental que la tierra 
era redonda, que cada pais tenia sus antípodas, i que 
era posible dar vuelta al globo navegando de oriente a 
poniente como de poniente a oriente. Estas eran las ver- 
dades de su teoría. En seguida venian los errores. 8e 
habia dicho que el mundo era una esfera mas peiiueha de 
lo que es en realidad. Colon, como lo creia igualmente Tos- 
canelli, dedujo (jue la estremidad oriental del Asia nopodia 
estar mui distante de las costas occidentales de Europa. 

Al lado de las razones en que fundaba sus sistemas, 
Colon habia reunido ciertos fragmentos de poetas anti- 
guos en que creia hallar una profecía de sus futuros des- 
cubrimientos. El pronóstico mas terminante se encuentra 
en una trajedia latina de Séneca, titulada Moth'n: "Siglo 
vendrá, decia el poeta, en que el océano, rompiendo sus 
lazos, hará ver una vasta rejion: Tétis descubrirá nuevas 
tierras, i Tliule no será el fln del mundo.'' 

Cualesquiera que sean los errores que encerraba la 
teoría de Colon, i la inñuencia que sobre su espíritu ejer- 
cieron los escritos de algunos filósofos, es preciso reco- 
nocer que se necesitaba un gran carácter para sustentar 
i para poner en ejecución ese proyecto. I^a idea de en- 
contrar la tierra navegando directamente hacia el occi- 
dente, i aun de dar la vuelta al globo, nos es ahora tan 
familiar que apenas podemos comprender la grandeza de 
la primera concepción i la audacia de la primera tenta- 
tiva. En el siglo de Colon no se conocía la circunferencia 
de la tierra, i aun la teoría de su redondez no constaba 
mas que de las opiniones de algunos ñlósofos. Nadie co- 
nocía la estension del océano, ni si era navegable mas 
ahá de las islas descubiertas, i nadie sospechaba las leyes 
de hi gravitación, que hace posible la circunnavegación 
de la tierra, aun admitiendo, como creían algunos, (|ue 
era redonda. 

Coí.oN i;si>()M': ixrTii/Mi'LNTio sr imíovecto ai. ki:i dio 
PoirniiAL.— Lo que para muchos filósofos habia sido una 
opinión mas o menos fundada, fué para Colon una ver- 
dad evidente, que llevó a su espíritu un profundo con- 
vencimiento. El marino jenoves carecía de los recursos 
para acometer la empresa, i se vio obligado a mendigar 
la protección de los poderosos de la tierra. Se ha con- 
tado, sin fundamento serio, que se acordó primero de su 



38 HISTORIA i>K amf:rica 



patria; natal, jxto (iik* hu ])i'0])üHÍ(ñoii i'u<' (l(\satendida. 
EntónceH pensó en dirijirse al reí de Portugal. 

(íobernaba en I^ortugal don Juan II, monarca nota- 
ble por su intelijencia i por su carácter, que lial)ia dado 
grande impulso a los viajes marítimos de esploracion. 
Colon le participó sus ])royecto8, i no le fué difícil couiu- 
nicarle una parte de su entusiasmo. Pero don Juan no 
se resolvió a hacer estipulación alguna antes de oir la 
opinión de algunos hombres entendidos en los negocios 
marítimos, astrónomos i navegantes. 

('uóntase (jue mientras Colon estaba preocupado en 
estas negociaciones, el confesor del rei, (]ueriendo des- 
acreditarla completamente, habia conse;>'uido que se des- 
pachara una carabela en busca de las tierras anunciadas. 
Una horrible tempestad espantó a los pilotos después de 
muchos dias de navegación. Volvieron a Portugal ase- 
gurando (pie era imposible hallar tierra alguna en los 
mares por donde quería navegar Colon. Desde entonces 
(|uedó rota la iniciada negociación. 

El célebre marino se embarcó secretamente en Lisboa 
a tínes de 148-t, i talvez pasó a Jénova; pero sus servi- 
cios, según se cuenta, fueron de nuevo desatendidos por el 
senado de la llepiiblica. Entonces Colon se acordó de Es- 
paña i se embarcó con dirección a las costas de Andalucía. 

(■oLox EN España. — A poca distancia del puerto de 
Palos, sobre una colina batida por las brisas del mar, 
se levanta un convento de frailes franciscanos consagrado 
a Santa María de la Rábida. En una tarde de 1485, un 
anciano de noble aspecto, encorvado mas por la fatiga 
i el dolor que por los años, llevando de la mano a un niño, 
se acercaba a la puerta de ese convento a pedir al por- 
tero un poco de pan i agua. Cuando recibía este escaso 
socorro, pasó por ahí el prior del convento, frai Juan 
Pérez; i el porte noble i digno del mendigo llamó la aten- 
ción de éste. El prior entró en conversación con él. i co- 
noció las peripecias de su historia. E\ estranjero era Cris- 
tóbal Colon que iba con su hijo a buscar en España un 
hombre poderoso que comprendiera sus proyectos i (|ue 
les prestara su protección. 

Erai Juan I?erez era un fraile instruido, i que mostraba 
un vivo interés por las espediciones lejanas que entonces 
acometían los marinos de Palos. La conversación que 
tuvo con Colon hizo nacer en su corazón una simpatía 
])rofunda por el desgraciado estranjero. La hospitalidad 
de ese relijioso se convirtió en breve en una amistad viva 
i sincera por Colon. Le dio una carta de recomendación 
para el confesor de la reina, i dejó al niño en el convento 
para encai'garse de su educación, mientras su padre se- 
guía su viaje a la corte. 

Reinaban entonces en Es[)añ;i I'ernando e Isabel, los 
soberanos de Aragón i de Castilla que por su enlace ha- 
bían unido las dos coronas, lOn esos momentos los reyes 



PARTE II.— CAPÍTULO II 39 



se hallaban en Córdoba ocupados eu ¡)reparar la guerra 
contra los moros de (jI ranada. Colon se presentó en esa 
ciudad (^on su carta para el confesor de la reina, pero 
éste lo trató de visionario. 

Su alma superior no se desalentó por esta, decepción. 
Se (]uedó en Córdoba dibujando cartas jeográñcas para 
ganar la vida, i cultivando relaciones con todos los hom- 
bres que podia interesar en favor de sus proyectos. Se 
contaba entre estos don Pedro González de Mendoza, 
arzobispo de Toledo i gran cardenal de Kspaña, que go- 
zaba de toda la confíanza de r'ernando e Isabel. La pri- 
mera vez que este prtíhido oyó las teorías del marino 
jenoves, creyó encontrar opiniones incompatibles con las 
sagradas escrituras: ]>ero después de algunas esplicacio- 
nes, sus escrúpulos se desvanecieron, i el gran cardenal 
lo presentó al fín a los reyes. 

t-olon compareció delante de r'ernando e Isabel con 
un aire modesto, pero sin embarazo. ííabló con la con- 
fíanza que enjendra en los espíritus superiores una con- 
vicción profunda. Fernando comprendió que aquellos 
proyectos podrían dar por resultado descubrimientos 
mas importantes que los que hnbian granjeado tanta 
gloria al Portugal; pero (juiso antes oir el parecer de una 
junta de astrónomos i de jeógrafos. 

El consejo se instaló en Salamanca (otros sostienen 
que fué en Córdoba), donde se habían reunido muchos 
frailes eruditos. \ los planes de Colon contestaban éstos 
con citaciones de la Biblia i de los santos padres. Se le 
negó que hubiera antípodas que marcharan con la cabeza 
para abajo sin caer en los espacios sin límites; que la 
tierra fuese redonda,, i en caso de serlo, que fuese posi- 
ble navegar más allá de las rej iones conocidas, por ser 
inhabitable la zona tórrida, i porque la circunferencia 
del globo debia ser tan grande que su navegación no 
podria hacerse en menos de tres años, debiendo perecer 
de hambre los que tratasen de emprender tan largo 
viaje. Los sabios de Salamanca fueron mas lejos toda- 
vía: dando por sentado que Colon pudiera llegar a la 
India, ellos pensaban que no volvería a Europa, porque 
la convexidad del globo opondría a sus naves una espe- 
cie de montaña (jue no podria remontar ni aun con el 
viento mas favorable. l*ero la desconfíanza principal na- 
cía de la duda de que la ciencia de los siglos ])recedentes 
hubiera dejado por resol v^er el problema que ahora pre- 
t(Mid¡a esplicar un oscuro navegante. Colon tuvo que 
contestar a estos argumentos con la autoridad de los 
lilósofos, i (jue apelar a la esperiencia que había reco- 
jido en sus propias navegaciones. Su argumentación sir- 
vió de mui poca cosa: solo algunos doctores tomaron 
interés por sus proyectos. 

VrEi:v!<: Coi.oN a PorrpiíiAL.— A pesar de estas contra- 
riedades, la situación de Colon hal)ia cambiado conside- 



40 iiisTouiA í»K .\\rr;K[í'A 



rableuKMilc. Habiendo vuelto a Córdoba a principios de 
1 1<S7, se reunió a los reyes i los siguió en la campaña 
cjue pi-eparaban contra Málaga, gozando de favores a 
que no estaba acostumbrado. Sin embargo, se demo- ' 
raba mucho todavía la resolución del negocio, cuando a 
Unes de marzo de 1488 recibió una carta del rei don 
.luán de Portugal en que lo llamaba a Lisboa. 

Los términos afectuosos en que estaba concebida esta 
carta, hicieron creer a Colon que su viaje a Portugal 
iba a dar cima a la realización de sus proyectos. Se 
puso en marcha para Lisboa; i se hallaba en esta ciudad 
en diciembre de 1488, cuando llegó Bartolomé Diaz de 
vuelta de su célebre esploracion hasta la estremidad me- 
ridional del África. Después de esta feliz tentativa, don 
Juan 11 no pensó mas que en adelantar los descubri- 
mientos prosiguiendo la circunnavegación de aquel con- 
tinente. Colon vio de nuevo desvanecidas sus esperanzas 
en Portugal, i regresó a Córdoba a principios del ano 
siguiente. 

NKííoriAcioN DE Colon con la corte de España.— En 
febrero de 1490, Fernando e Isabel llegaron a Sevilla, i 
allí recibieron la resolución del consejo de Salamanca, 
lios doctores hablan discutido largamente las teorías de 
Colon, i des})ues de muchas conferencias celebradas en 
un espacio de mas de dos años, hablan resuelto que el 
proyecto era irrealizable. 

La constancia de Colon estuvo a punto de doblegarse 
ante tan dura prueba; pero éste halló todavía fuerzas en 
su corazón, i se encaminó a Sevilla para hablar perso- 
nalmente con los reyes. De su boca recojió solo la misma 
negativa. Cuando Colon salia del Alcázar de Sevilla, 
atravesó un pasadizo en cuyas paredes había un busto 
de la Virgen. La tradición refiere que el futuro descubri- 
dor del Nuevo Mando se dejó caer de rodillas ante la 
imájen de la santa madre de Dios para pedirle que ilu- 
minara la intelijencia de los hombres a fin de que pu- 
dieran comprender sus proyectos. 

Colon no se hallaba con ánimo para recomenzar sus 
solicitudes. Se sentía viejo, i sus planes sin eml)argo no 
hablan adelantado nada desde que diez i ocho años antes 
los liabia concebido. Desde tiempo atrás, uno de sus 
hermanos, Bartolomé Colon, habia marchado a Ingla- 
terra a ofrecer a Enrique VIL los servicios de Cristóbal 
})ara emprender un viaje de esploracion en el occidente. 
VA mismo se puso en marcha para el convento de la 
Rábida, con el propósito de pasar en seguida a Francia 
a hacer sus proposiciones a Carlos VIll, rei joven i en- 
tusiasta, (|ue podia interesarse en la empresa. Frai 
Juan Pérez pidió a Colon que demorara su partida i que 
le permitiera hacer una nueva tentativa. 

El prior de la Rábida se puso en marcha para el cam- 
pamento de Santa Fe, en donde los reyes estaban ocu- 



PAIiTE lí.— ( M'í'l ILO II 41 



pados en activar el sitio de Granada. En presencia de 
la reina defendió el proyecto de Colon con tanta elocuen- 
cia, que Isabel se sintió impresionada en su favor, i dis- 
puso que éste fuera llamado a la corte para reanudar 
las negociaciones. 

Colon llegó a tiempo de presenciar la rendición de 
Granada (20 de enero de 1492), i pudo tomar parte en 
las fiestas con que se celebraba este gran triunfo. Era 
llegado el momento propicio para que los reyes cumplie- 
ran las promesas hechas a Colon. Entonces los comisa- 
rios de los reyes creyeron, sin embargo, que las preten- 
siones de Colon eran exajeradas cuando pedia los títulos 
de almirante i de virrei de los paises (]ue descubriese, i 
la décima parte de sus beneficios. De ahí surjieron irri- 
tantes altercados de que resultó la ruptura de la nego- 
ciación. Colon se manifestaba inclinado a pasar a Francia; 
pero las pocas personas que se hablan interesado por 
él i sus proyectos, resolvieron impedir su marcha. No se 
limitaron a súplicas, sino que llegaron a reconvenir a la 
reina por la terquedad con que sus comisarios se hablan 
negado a conceder a Colon lo que pedia. Como el rei 
vacilara ante la idea de los gastos de la empresa, su 
esposa exclamó: "Yo la acepto por la corona de Castilla, 
aun cuando fuese necesario empeñar mis joyas para su- 
fragar sus gastos." Inmediatamente ordenó que su secre- 
tario estendiese las capitulaciones. 

Según ellas. Colon debia tener para sí i para sus su- 
cesores el título de almirante de todas las islas i tierras 
(jue descubriese, así como su gobierno con el cargo de 
virrei, i la décima parte de sus productos. Estipuló, ade- 
mas, que él seria el imico juez en todos los asuntos con- 
tenciosos que pudieran nacer sobre materias comerciales 
entre la España i los paises que descubriese. Los reyes 
firmaron el tratado en Granada el 17 de abril de 1492. 
Concedieron ademas a Colon el título de don, reservado 
esclusivamente a los personajes de alto rango. Tan pro- 
funda era la fe que Colon tenia en su proyecto, i era 
tanta su piedad cristiana, que en sus negociaciones con los 
reyes hablaba de las riquezas que iban a producirle sus 
descubrimientos, i las destinaba a la conquista de Jerusa- 
lenial rescate del Santo Sepulcro. Hasta los últimos años 
de su vida estuvo Colon halagado por este pensamiento. 
Salida de la espediciox descudridoka.— Colon des- 
plegó una grande actividad para organizar la espedicion; 
i la reina ayudó a la obra con las medidas mas prontas 
i enérjicas. El 12 de mayo se despidió Colon de la corte, 
i se trasladó al puerto de Palos con los despachos reales. 
Los marineros se resistían a enrolarse para una espedi- 
cion sembrada de peligros, l'ué necesario que la reina 
autorizase a los majistrados de Andalucía para que reu- 
nieran marineros aun cuando fuese preciso arrancarlos 
por la fuerza de cualquiera nave. 



42 HISTORIA DE AMÉRICA 



El eritiiHiasta prioi' do ki Kábida tomaba parte en 
estos aprestos, e.x i loriando a todos a nombre de la reli- 
jion i de la reina |)ara que apoyasen una empresa (pie 
iba a, dilatar los dominios de España i del cristianismo. 
Dos rieos ai'madoi-es de Palos, Martin Alonso l*inzon i 
sil liermano Vicente Yañez Pinzón, dieron el ejemplo. Su- 
plieron una parte de los gastos, atrajeron a muchos de 
sus parientes i amigos, i aceleraron el armamento de las 
naves. A fines de julio, estaban listas tres carabelas. 
Colon arboló su pabellón en la Siiiitn-MíinLi, que era la 
mayor de ellas, i la única que tenia cubierta. Martin 
Ahmso Pinzón se embarcó en la segunda, llamada la 
l*iiit<i, i su hermano Vicente fué reconocido por capitán 
de la tercera, noml)rada la Niña. Esta frájil escuadrilla 
tenia sohj noventa marineros para su servicio, i algunos 
em})leados de la corona. El total de la jente embarcada 
en las tres carabelas se elevaba a ciento veinte hombres. 

Todo quedó dispuesto para la partida de la escuadri- 
lla. Colon se confesó i comulgó, i a su ejemplo hicieron 
lo mismo los demás marinos. Al amanecer del viernes í) 
de agosto de 1492, Colon se despidió de su hijo, recibió 
la bendición del prior de la Habida, i se embarcó. El 
pueblo veía con un profundo sentimiento la [)artida de 
una espedicion de que solo esperaba desgracias. 

CAPITULO III 

Descubrimiento del Nuevo Mundo: primeros viajes de Colon. 

l'i-¡iii(M- \i;iic(l(' ( 'ristc')!);!! Colon. — Dcsciiliriiiiiciito dv\ .Xiicxo Miiinlo. — 
\'iH"lt;i (IcColoii. — 101 Paj);! deslinda las ])ososioii('s uli faniariiias de 
los csitariolcfs i de los ]>()i-t no-urscs.— ¡S('.i;iiiido viaje de Colon. — l*'iiii- 
daeion de la ¡>iiinera. eindad: t^sploracion de la lvs[)añola. — .Xnevos 
deseida-iiniciilos; .lamaiea. — l*i-iniei-a ¿"'Uerra con k)s indíienas. — 



Vnelta- de Colon a l':s|) 



(1492— 149()) 



Phc\ii:ií via.I!-: lu-: CinsTÓn.vi. Colon. (\)1ojí se hallaba 
al fin en situación de realizar las e.s])eraiizas (¡ue lo ha- 
blan sostenido mas de veinte años. Temia solo ((ue los 
marineros, dudando del éxito del viaje, rehusasen aconi- 
])ariarlo nms adelante. El tercer dia de navegación, el 
timón déla Phiia se rompió. Las naves, (jue no estaban 
preparadas para largos viajes, sufrieron otros (luebran- 
tos, i fué necesario tocar en las islas Canarias para re- 
parar el daño. 

La escuadriha salió al' fín de la isla (íomera el 1) de 
setiembre. Desde (]ue la tierra se perdió de vista, los ma- 
rineros empezaron a manifestar su arrepentimiento. Con 
el objeto de ocultarles una parte del camino que anda- 
ban, Colon hacia dos apuntes de la navegación, uno 



PAUTC TI. (AI'ÍTI'LO III 48 



exacto que guardabíi para hí, i otro iuteiicionalmente 
equivocado en que señalaba una distancia menor que la 
que habían recorrido cada dia. Este era el fiuico que 
podian consultar los marineros. 

El temor de las tripulaciones no se calmó con esto. 
El l.'i de setiembre, la brújula cambió de dirección. En 
lugar de permanecer invariablemente dirijida hacia la 
estrella polar, la aguja se inclinó hacia el noroeste, lina 
profunda consternación se apoderó de los marineros 
cuando percibieron este fenómeno. Para calmarlos, Colon 
les dijo que la aguja imantada no se dirijia a la estrella 
polar, sino a un punto fíjo e invisible, i que por consi- 
guiente la variación no pro venia de defecto en la brújula, 
sino del movimiento de la misma estrella polar que, como 
todos los astros, describía cada dia un círculo. Talvez 
Colon creia en esta esplicacion de un fenómeno cuya 
causa no ha podido ser conocida hasta ahora. Los ma- 
rineros, dominados por el prestijio de la ciencia de su 
jefe, aceptaron esta esplicacion. 

Los vientos alisios, que soplan constantemente de 
oriente a poniente en esas latitudes, favorecieron la 
navegación, de tal manera que mui rara vez fué necesa- 
rio mudar alguna vela. De repente, el mar se vio cu- 
bierto de yerbas que por instantes le daban el aspecto 
de una pradera inundada. Este fenómeno, perfectamente 
conocido ahora con el nombre de ''mar de sargaso", i 
cu^^as causas esplica la jeografía física, era nuevo para 
los navegantes de esa época. Los marineros creían haber 
llegado a los límites del océano navegable, i que esas 
yerbas ocultaban escollos peligrosos o una grande esten- 
sion de tierras suinerjidas. Colon, por el contrario, les 
demostró que la abundancia de vejetacion solo signiñ- 
caba la inmediación de alguna tierra, l^na fuerte brisa 
vino a facilitar la navegación por entre esos enjambres 
de yerbas; i al mismo tiempo se vieron bandadas de aves 
que revoloteaban al rededor de los buques i que se di- 
rijian en seguida hacia el oeste. 

Sin embargo, la navegación se prolongaba, i el des- 
contento de los marineros aumentaba cada dia. Creían 
que después de haber avanzado tanto por un camino 
desconocido, debían pensar* en la vuelta. En su desespe- 
ración, pensaron que estaban autorizados para obligar 
a Colon a regresar a España, o para arrojarlo al mar 
en caso que se obstinase en su negativa. Colon conoció 
el peligro de su situación. Conservó, sin embargo, toda 
su presencia de ánimo, calmó la irritación de los mari- 
neros con promesas, i amenazas, e hizo renacer en el 
corazón de éstos las esperanzas ya casi desvanecidas. 

A medida que avanzaban, las apariencias de la proxi- 
midad de tierra parecían mas seguras. Cada dia eran 
mas numerosas las bandadas de aves que se veían. 
Martin Alonso Pinzón pidió a Colon que dirijiese sus 



44 HISTORIA DE AMKKirA 



naves hacia el punto a doiido parecían ir la« nubes de 
pájaros. "El vuelo de esas aves, decia el ca))itan, es una 
inspiración <jue me alunil)ra i me muestra el candno que 
debemos seguir.'" Colon adoptó este consejo, i en su 
virtud inclinó la escuadrilla un poco al sur. ".lamas, 
dice Humboldt, el vuelo de las aves tuvo mayores con- 
secuencias." Sin esta desviación, los españoles habrían 
llegado a la Florida i habrían fundado sus primeras 
colonias en aquella parte del continente. 

Dkscuhiíimiknto 1)i:l Ni i:v() Mundo.— Al terminar el 
j)rimer mes de navegación, todos los signos de tierra 
próxima se hicieron mas frecuentes. Los marinos encon- 
traban bandadas de gaviotas i de unas avecillas peque- 
ñas que se alejan poco de la costa. Se veían notar sobre las 
aguas algunas yerbas de tierra, í la sonda tocaba fondo. 
Kl 11 de octubre se vio un junco verde cerca de la cara- 
bela S¿int¿i M¿ii'í¿¡: los marineros de la Pin tu divisaron 
un madero labrado: la tripulación de la Xiña sacó una 
rama de árbol con frutitas frescas. Las nubes tomaban 
ran aspecto distinto, i el aire era mas suave í caliente. 
Lstas señales hicieron renacer la alegría. Colon cambió 
el rumbo al oeste, i en la tarde reunió en su nave los 
pilotos para cantar la salve. Recomendóles que arrolla- 
ran el velamen después de la media noche, porque era 
probable que antes de amanecer divisaran la tierra. Un 
grande entusiasmo había sucedido al abatimiento j ene- 
ral. Colon se plantó en el castillo de proa para observar 
el sombrío horizonte. 

A las diez de la noche creyó distinguir a lo lejos un 
punto luminoso. Temiendo que lo engañase el ardor de 
sus deseos, consultó a dos marinos. Estos vieron, en 
efecto, con ciertos intervalos, pasar i repasar por el ho- 
rizonte una especie de antorcha que al parecer aknnbraba 
una chalupa de pescadores. Pocas horas mas tarde se 
oyó gritar ¡tierra! ¡tierra! a la jen te de laFintti. VA pri- 
mero (pie la liabia percibido era un marinero llamado 
Rodrigo Berguemo, natural de Triana, arrabal de la 
ciudad de Sevilla. 

Martin Alonso IMnzon mandó disparar un cañonazo 
para anunciar a la escuadrilla tan feliz noticia. Al lado 
del norte, i como a una distancia de dos leguas, se 
distinguía en medio de la oscuridad de la noche, una 
costa vecina. Al amanecer del viernes 12 de octul)re de 
1192, se vio claramente una isla llana, cubierta de bos- 
ques i regada por muchos arroyos. Los marineros de 
la I*'¡iitn entonaron un Tp Deuní para dar gracias a 
Dios, i las tripulaciones de las otras naves unieron sus 
cánticos, (yolon mandó echar el ancla a una legua de 
tierra. Inmediatamente se vio cubrirse la ribera de hom- 
bres desnudos. Colon, vestido con su mas rico traje i 
llevando en la mano el estandarte real, bajó a tierra en 
una chalupa, acompañado de los otros dos capitanes i 



i>Ai{Ti'; II.— c.M'í'ni.o ni 411 



seguido de una numerosa comitiva. Todos besaron la 
tierra al desembarcar. Alzaron un crucifijo, i doblando 
la rodilla delante de él, dieron gracias a Dios por el 
feliz éxito de su viaje. Kn seguida tomaron posesión del 
pais a nombre de la corona de Castilla, con todas las 
formalidades que observaban los portugueses en sus des- 
cubrimientos. 

Los naturales, entretanto, se mantenían a una dis- 
tancia respetuosa; pero pronto se familiarizaron con los 
españoles. Colon les distribuye) bonetes de color, cuentas 
de vidrio i otras bagatelas por que manifestaban mucha 
estimación; i ellos correspondieron a esos obsequios con 
algunas frutas i con algodón hilado, que era lo único 
que podian ofrecer. Los naturales llamaban (íuanahani 
aquella isla: Colon le dio el nombre de 8an Salvador. 
líoi no se puede fijar con seguridad cuál sea esta isla, 
pero sí se sabe que es una de las que forman el archipié- 
lago de las Lucayas. 

Los españoles recorrieron la isla i quedaron admira- 
dos de la fertilidad de su suelo, pero no encontraron se- 
ñales de cultivo, ni las ricpiezas que Colon se prometía 
haljar. Desde el 14 hasta el 24 de octubre, descubrió di- 
versas islas al occidente de aquélla. Visitó la de Acklin, 
que denominó Concepción, la Crocked, que llamó Isabela, 
i en seguida una angosta i larga faja de tierra denominada 
ahora J^ong Island,a la que dio el nombre de Fernandina. 
Kn todas partes los castellanos encontraron habitantes 
mas o menos bárbaros, que los recibían con igual sor- 
presa, pero que al fin se mostraban afables i afectuosos. 
En esas islas vieron que los naturales usaban en sus 
adornos algunas planchitas de oro; i como les pregunta- 
ran de dónde sacaban ese metal, todos ellos señalaban 
el sur. Colon resolvió dirijir su rumbo hacia esa parte; 
i en efecto, el 2S de octul)re tocó en la isla de (-uba, (jue 
denominó Juana, en honor del príncipe heredero. La 
tierra a (pie habia abordado (tal vez el puerto de .libara.), 
era desigual, cubierta de colinas, de rios i bosques, lo 
que hizo creer a Colon que habia llegado al continente, 
i que ese territorio formaba parte del Asia. Los españo- 
les encontraron pueblos mas civilizados ([ue en las otras 
islas, que vivían en unas especies de aldeas hasta de mil 
almas, i que cultivaban la tierra. En cambio, encontra- 
ron poquísimo oro; pero supieron que en una isla grande 
que habia al occidente se hallaba en abundancia. Colon 
siguió su viaje tocando en varios puertos para recono- 
cer el pais. Martin Alonso Pinzón, que mandaba la Pini;), 
deseoso de tomar posesión antes que nadie de los tesoros 
de aquella isla, se separó de la escuadrilla. 

Esta deserción cambió los planes de Colon. (Queriendo 
dar tiempo a que la Pintn pudiera reunírsele, avanzó 
lentamente ])or aquella^ costa, i sok) el 5 de diciembre 
avistó la isla de Haití, a que dio el nombre de Española. 



4b iiisTouiA iii'; A.M r;iji( A 



Reconoció una parte de la costa setentrional i entro en 
tratos con los naturales. Por ellos supo Colon que el oro 
abundaba en un pais montañoso llamado Cibao i situado 
un poco mas al este, (¿uiso adelantar los reconocimien- 
tos por esa parte de la isla, i fué hasta una ensenada a 
que dio el nombre de Santo Tomas. 

Estaba esta rejion de la isla sujeta a la autoridad de 
un poderoso jefe llamado Guacanagari, a quien sus va- 
sallos daban el título de cacique (1). Colon se puso en 
viaje para otro punto de la costa en que podía celebrar 
una entrevista con el cacique. En la noche del 24 de di- 
ciembre, la Sniita María, arrastrada por una corriente, 
chocé contra un escollo, se abrió cerca de la quilla i fué 
inundada por el agua. Felizmente, la calma del mar i el 
socorro de las chalupas de la Nhla, que llegaron opor- 
tunamente, impidieron que alguien pereciese. Los isleños, 
en lugar de aprovecharse de la situación de los españo- 
les para desliacerse de ellos, se embarcaron en un gran 
numero de canoas i les ayudaron a salvar todo lo que 
pudo sacarse de la embarcación. El día siguiente, el mismo 
cacique pasó a bordo de la Nina para consolar a Colon 
de su pérdida, i para ofrecerle los ausilios que pudiera 
suministrarle. 

La situación de Colon habia llegado a hacerse mui di- 
fícil. Su escuadrilla se hallaba reducida a una sola nave. 
Era de temerse que Pinzón se hubiese adelantado para 
llevar a España la noticia de sus descubrimientos. Colon 
pensó en dejar en aquella isla una parte de sus compa- 
ñeros, i dar la a uelta a Europa con el resto. Este plan 
fué aceptado por sus subalternos. Guacanagari mismo 
aplaudió este pensamiento, creyendo hallar en los espa- 
ñoles poderosos ausiliares contra los caribes, naturales 
de las islas vecinas, que hacían frecuentes invasiones en 
sus dominios, sembrando en ellos la consternación i el 
espanto. Colon construyó un fortín, hizo abrir un foso 
i levantar parapetos en que fueron colocados los caño- 
nes salvados del naufrajio. En diez días la obra quedó 
terminada, gracias al ardor que desplegaron los indíje- 
nas. Aquella fortaleza recibió el nombre de Navidad: cua- 
rfinta españoles a las órdenes de Diego de Arana, forma- 
ban su guarnición. 

Colon embarcó muchos isleños i los productos que 
podían ser objeto del comercio, o excitar la curiosidad 



(1) YA nombre de cacique solo lo usaban los señores de algunas 
de las islas. Los españoles lo estendieron mas tarde en toda la Amé- 
rica ])ara designar a los jefes de las tribus indíjenas. Ig-ual cosa ha su- 
(•(HÜdo con la palabra mm/., con que era cojiocido en las Antillas el 
í^rano desio-níido aliora con (\ste nombre. Los españolas est«'n(b'tM(>n 
tanibicn («11 toda la Aiiiéricn (^1 uso de rstn i)al;il)i'a. coiiio rl de oti-a 
(fj¡:U!¡'/.nh;¡r;i), (|iie si^-iiilica i-ondiatc; i la voz ¡nirncnií. mw (jiic esos i,s- 
leños desig-naba.n las o-ra^ndes (,em])e!^tades, i (|ii(' liiro-o se j<-iimi',iIíz<'> así 
en nuestra lengua como en otras de Euro});i. 



l'Alt'I^E 11.— ('AFITri.O II! 



de los europeos, i se dio a la vela el 4 de enero de 1493. 
Kn su camino encontró a la Pintci. El capitán Pinzón 
habia reconocido algunas islas sin rumbo ni concierto, i 
se hallaba perdido en aquellos mares sin saber a dónde 
dirijirse. El jefe finjió creer las escusas que el desertor 
daba para disculpar su perfidia. 

VuKi/rA i)K Colon.— Colon volvia a Europa con la con- 
vicción profunda de que acababa de descubrir la estre- 
raidad oriental del Asia, ('ibao, según el, era el Cipango 
(Japón) de los jeógrafos de la edad media, i Cuba, o 
(.'ubagan, formaba parte del continente, i era el Catay 
(Cliina). Su viaje era ahora mas penoso, porque tenia 
en contra los vientos alisios. Mabia hecho mas de dos 
tercios de la navegación, cuando se levantó una formi- 
dable tempestad que separó a la Pintn i puso a la X'iñn 
en el mayor peligro. Colon creyó que su pérdida era ine- 
vitable. Cuando todo hacia temer que la noticia de sus 
descubrimientos no llegaría jamas a Europa, Colon es- 
cribió en dos pergaminos la relación abreviada de su 
viaje, los envolvió cuidadosamente en encerados i los 
puso en dos toneles: uno fué arrojado al mar con la es- 
peranza de (pie algún feliz accidente salvase un depósito 
tan precioso. El otro quedó en la nave para ser arrojado 
al agua en el momento del naufrajio; pero no llegó el 
caso de hacerlo. El viento calmó, las olas se aplacaron, 
i el If) de febrero se divisó tierra. Era la isla de Santa 
María, una de las que componen el archipiélago de las 
Azores. Al partir de esta isla, los marinos españoles su- 
frieron una nueva tempestad que destrozó las velas de 
la nave i la puso a punto de perderse. El viento los 
arrojó mucho mas lejos de lo que pensaban, i el 3 di» 
marzo se encontraron enfrente de las costas de lOuropa, 
a inmediaciones de la embocadura del Tajo, a donde pu- 
dieron arribar con gran dificultad. 

Colon se apresuró a escribir a los monarcas de España, 
i a pedir al rei de T^ortugal permiso para desembarcaí* 
en Lisboa. Don -Juan 11 supo de su boca las incidencias 
del viaje maravilloso (pie habia llevado a cabo el hábil 
marino, a qUien sus consejeros, pocos años antes, acusa- 
ron de loco; i aunque pesaroso de que ese viaje no se 
hubiera heclio por cuenta del Portugal, facilitó la vuelta 
de Colon a España. 

El viernes lv5 de marzo de 1403, la nave de Colon 
entró al puerto de Palos. Sus habitantes hablan perdido 
la esperanza de ver el regreso de sus deudos i amigos. 
El arribo de la Ními fué saludado por el pueblo con las 
mas espléndidas manifestaciones de entusiasmo. El 
regocijo solo era turbado por la incertidumbre en que 
se estaba sobre la suerte de la Pintn: pero en la tarde 
de ese mismo dia entró ésta al puerto. El capitán Pinzón, 
(pie se habia separado de su jefe para anunciar el 
descubrimiento, se habia visto obligado a recalar a un 



48 irisrojdA di; amí;hi(A 



puerto de Galicia, i llegaba confundido al encontrar a 
Colon en Palos. En su despecho, Pinzón no quiso bajar 
a tierra, i poco tiempo después murió víctima de' la 
envidia i de los remordimientos. 

Los reyes de l]spaña se hallaban entonces en l>arcelona. 
El almirante, porque éste era el título con que desde 
entonces se le conoció, recojió en el camino los mas 
brillantes testimonios de la admiración pública, e hizo 
en Barcelona una entrada triunfal. Toda la ciudad salió 
a recibirlo. Colon marchaba en medio de los isleños 
llevados de América, que vestían sus trajes nacionales. 
VA almirante quiso arrodillarse a los pies de los reyes, 
pero ellos le mandaron que se sentara en su presencia. 
Colon les liizo una relación de su viaje i de su descubri- 
miento, i les presentó los indios que lo acompañaban 
i los objetos preciosos que había llevado. En seguida, 
toda la comitiva se puso de rodillas en la misma sala 
del trono, i entonó el Te Dojun. Eernando confirmó a 
Colon en todos sus privilejios; i la reina le permitió que 
usara en su escudo las armas de Castilla i de León, con 
otros emblemas alusivos a sus descubrimientos. 

El Papa dp^hlinda las posesión ios ultiiaaiaimnas i)i<: 
T^os españoles i de los poHTríiPESES. — La noticia de 
la vuelta de Colon se estendió gradualmente en Europa, 
i produjo en todas partes sorpresa i entusiasmo. liOS 
sabios se preguntaron si los países descubiertos por 
Colon eran un nuevo mundo o si pertenecían a alguna 
de las secciones ya conocidas de la tierra. El almirante 
sostenía que las tierras esploradas eran las rejiones 
orientales del Asia. La Europa entera creyó que los 
países descubiertos por Colon eran los mismos que dos 
siglos antes había descrito Marco Polo. Las rejiones 
recién visitadas recibieron el nombre de Judiéis. Cuando 
mas adelante se descubrió el error, estos países fueron 
llamados Indias occidentales, i sus hnbitantes conservan 
liasta ahora el nombre de indios. 

De aquí surjió una nueva dificultad. p]n años atrás, el 
!\apa lialiia concedido a los portugueses la propiedad de 
los países que descubrieran; i yendo los navegantes de 
cada nación en busca de las Indias, podían encontrarse 
en sus conquistas, de donde habían de nacer infinitas 
dificultades. Los reyes españoles recurrieron al I*npa 
para obtener la soberanía de sus futuras conquistas. 

Ocupaba entonces la sede pontificia Alejandro VI, es- 
pañol de nacimiento, i ligado al reí Fernando por rela- 
ciones políticas. A fin de evitar toda disputa entre los 
dos estados, el Papa trazó por una bula (4 de mayo 
de 14í)8) una línea de demarcación de un polo a otro, 
a cien leguas al oeste de las islas Azores. Los españoles 
eran reconocidos como dueños de todas las tierras de 
infieles que conquistasen al occidente de esa líne.a: los 
portugueses conservaban igual derecho al oriente deella. 



l'Airn: II.— ( APÍ'iTi.o lii M) 



El rei de Portugal no aceptó la división hecha por el 
soberano pontífice. Mientras entablaba negociaciones 
diplomáticas con este objeto, los soberanos de ('astilla 
i Aragón activaron los aprestos de una nueva espedi- 
cion descubridora ([ue zarpó de Cádiz en aquel mismo 
año. Don Juan II se conformó mas tarde con que se 
tirase ia línea divisoria a HIO leguas al occidente de las 
Azores. Esto fué lo que se estipuló por el tratado de 
Tordesillas, con fecha 7 de junio de 1494. Los sobe- 
ranos no previeron que navegando al rededor del globo 
con direcciones opuestas, los españoles i los portugueses 
debian encontrarse mas tarde en los mares de la ludia 
i envolverse en nuevos embarazos. 

Se(¡uníx) vja.je de Coeox.— Los preparativos para la 
segunda espedicion del almirante duraron mas de cinco 
meses. En este tiempo se aprestaron diez i siete naves, 
i se reunieron mil quinientas personas, entre las que se 
contaban algunos jen tiles-hombres que habían obtenido 
el permiso de^ establecerse en los paises recien descubier- 
tos. Colon habia embarcado muchos artesanos, algunos 
caballos, vacas, ovejas, herramientas de todo jénero, 
semillas de varias especies, víveres en abundancia, i 
los demás objetos (|ue se creian útiles para la funda- 
ción de una colonia. Los monarcas pusieron a su lado 
a frai Fernando P)OÍ]. monje benedictino, con el cargo 
de vicario apostólico. Iba también el hermano menor 
del almirante, don Diego Colon. 

Nx) solo estos aprestos retardaron la salida de la 
espedicion. Los re^'es crearon un consejo especial para 
entender en los negocios de las ludias, bajo la pre- 
sidencia de Juan Rodriguez de Eonseca, arcedean de la 
catedral de Sevilla. Desde el primer momento, Fon seca 
i sus subalternos pusieron dificultades a los proyectos 
del almirante, aun contra las instrucciones de los sobe- 
ranos, (]ue querían que en todo se consultasen los 
deseos de éste. 

Por fin, Colon salió de Cádiz el 25 de setiembre de 1498. 
Después de tocaren las Canarias, se inclinó un poco al sur, 
i luego dirijió su rumbo al oeste para buscar los vientos 
tropicales. A los veinte i seis dias de viaje, descubrió, el 
8 de noviembre, la isla de la Dominica. En seguida reco- 
noció la Guadalupe, la Antigua i la de San Cristóbal, a 
las cuales denominó islas del Viento. En todas ellas en- 
contró los pueblos feroces de que le habia hablado el caci- 
que Guacanagari, que comian carne humana, i (pie ador- 
naban sus liabitaciones con los restos de sus horribles 
banquetes. 

Impaciente por conocer el estado de la colonia de Na- 
vidad, el almirante descuidó la esploracion de aquellas 
islas; i navegando al sur de la de Puerto Rico, llegó a la 
e.stremidad oriental de la Española. El fuerte que habiíi 
hecho construir, estaba demolido: de la guarnición solo 



>() HISTORIA BE AMÉRICA 



quedaban algunos huesos esparcidos. Los naturales refirie- 
ron a Colon lo que habia pasado. Los españoles, por sus 
violencias, hablan perdido el respeto de los isleños i ha- 
blan provocado su rabia. El comandante Arana habia sido 
impotente para contener a sus subalternos. Kl cacique de 
Cibao mató a algunos españoles que hablan llegado hasta 
su territorio, i fué en seguida a destruir el fuerte de Na- 
vidad i a esterminar el resto de su guarnición. Los que 
escaparon de las manos de sus enemigos, se arrojaron al 
mar i perecieron ahogados. 

Fundación de la imíiaiera riiDAD: esploiíacíon de la 
F.sPAN()i>A.--Los castellanos quedan vengar a sus compa- 
triotas; pero el almirante se opuso, porque esperaba ga- 
narse a los isleños por medio de halagos i cariños. Sin 
embargo, pudo prever el odio profundo en que se iba a 
convertir la anterior benevolencia de aquellos salvajes. 
Colon elijió en esa costa un lugar a propósito para fun- 
dar una colonia con el noml)re de Isabela. 

Cuando los compañeros de Colon, que creian recojer 
sin trabajo grandes cantidades de oro, vieron que se ale- 
jaba esta brillante perspectiva, se dejaron dominar por 
la desesperación i el descontento. El almirante ademan 
quería que la ciudad fuese rodeada de trincheras, i obligó 
a todos los colonos a trabajar en esta obra; pero algu- 
nos, que se creian mui elevados para tomar parte en 
esas faenas, se irritaron contra su jefe. Antes de mucho 
tiempo, se hicieron sentir diversas enfermedades causadas 
por el cambio de clima i por el desarreglo en que vivían 
los colonos. 

Colon trataba de mandar a Paspan a una parte de su es- 
cuadra para comunicar noticias de sus descubrimientos 
i remitir algunas muestras de la riqueza de aquellas rej io- 
nes. Con el objeto de procurársela, despachó a dos caba- 
lleros jóvenes e intrépidos para que fueran a esplorar el 
interior de la isla. Alonso de Ojeda, (pie ei'a uno de ellos, 
descubrió los arroyos que arrastraban en sus corrientes 
pedacitos de oro, i las montañas que encerríiban venas 
del rico metal. El almirante comunicó a los reyes sus des 
cubrimientos, haciéndoles una lisonjera pintura de aquel 
pais. Embarcó en su escuadra a los indios aprehendidos 
en las islas que visitó antes de llegar a la P^spañola, i los 
remitió a Castilla, a fin de convertirlos mas tarde en ins- 
trumentos de propaganda civilizadora i en intérpretes 
de los españoles. 

El constante trabajo i la insalubridad del clima postra- 
ron a Colon durante algunos dias. En este tiempo, el 
contador de la espedicion, Bernal Diaz de Pisa, propuso 
a los descontentos que se aprovechasen de la enfermedad 
de Colon par^ apoderarse de uno de los buques i para 
marcharse a España. Por fortuna, el motin fué descu- 
bierto antes de ponerse en ejecución. Colon se condujo 
con ejemplar moderación: puso a Bernal Diaz a bordo de 



PARTE U. — í'AniriJt 111 



un buque para que se le procesase eo España, i castigó 
a los demás conjurados según el grado de su culpabilidad; 
pero trasbordó a la nave capitana las armas de las otnis 
embarcaciones. 

El almirante pensó entonces en hacer una esploracion 
en el interior de la isla. Dejó en Isabela a su hermano 
don Diego Colon encargado del gobierno; i él partió para 
Cibao el 12 de marzo de 1494, con cerca de 4()() hombres 
armados, los caballos i algún número de indios. El in- 
terior de la isla, aunque poco cultivado, era hermosísimo; 
i las minas de Cibao anunciaban una gran riqueza. Colon 
determinó construir una fortaleza en un sitio ventajoso. 
Allí dejó cincuenta hombres a la orden de Pedro Mar- 
garite. 

El almirante volvió entonces a la colonia. La falta de 
provisiones i la insalubridad del clima hablan aumentado 
las enfermedades, i producido un jeneral descontento, que 
fomentaba el padre Boil. A estos males se agregaron en 
breve muchos otros. Los isleños del interior, a quienes 
Margante queria forzar al trabajo de las minas, aban- 
donaban sus hogares, i hasta se preparaban para, la, re- 
sistencia. Colon, temiendo una insurrección jeneral, hizo 
salir luego al esforzado capitán Alonso de Ojeda con un 
destacamento de mas de cuatrocientos soldados. La vista 
de los caballos produjo entre los indios gran terror. Pen- 
saron que el jinete i el animal fornjaban un solo cuerpo, 
i que era un ser dotado de razón, puesto que lo veian ma- 
niobrar con tanta destreza i oportunidad. I>os españoles 
se aprovecharon de este temor para cimentar la paz en 
sus posesiones. 

Nuevos DEscrninMiENTos; Jamaica.— El almirante que- 
ria adelantar los descubrimientos. Dejó el mando de 
Isabela a su hermano don Diego, i el 24 de abril zarpó 
del puerto con una nave i dos carabelas. Visitó de nuevo 
la costa meridional de ('aba. El 14 de mayo descubrió 
la isla de Jamaica, que le pareció la mas hermosa de 
cuantas liabia visto. El almirante siguió reconociendo 
la costa setentrional de la isla, i comenzó la esploracion 
detenida de la costa meridional de Cuba. Sospechó que 
esta tierra era una isla; pero pensaba que andando hacia 
el poniente, llegaria a la (¿uersoneso Áurea de los an- 
tiguos (Malaca) i podria volver a España por el oriente, 
reconociendo el Ganjes i de allí el golfo arábigo, Etiopía i 
Jerusalen, i entrar a Cádiz por el Mediterráneo. Solo la 
escasez de bastimentos pudo determinarlo a volver a la 
Española. El almirante entró al puerto de Isabela el 
29 de setiembre. Las fatigas de esta penosa espedicion 
habían estenuado sus fuerzas de tal modo que al llegar 
a la colonia se hallaba en un estado de completa 
insensibilidad. 

Primera guerra (ox i.ds ixdi.jexas. — Durante su au- 
sencia, la colonia había sido el teatro de lamentables 



lliS'POli'lA DI-; A\l i;i{l(A 



escenas. El comandante Margarite había permitido a 
sn tropa vivir a discreción en la isla i maltratar a los 
naturales. 

En este tiempo llegó a Isabela don I)artolomé Colon, 
marino esperimentado que después de haber hecho al- 
gunas navegaciones con los portugueses, fué comisionado 
por el almirante })ara solicitar del rei de Inglaterra los 
recursos con que hacer su celebre espedicion. El hermano 
de (yolonera un hombre hábil, valiente i dotado de un 
carácter enérjico. 

Entretanto, la lucha entre los indios i los conquis- 
tadores liabia comenzado. El padre r>oil, el comandante 
Margai"ite i algunas otras personas de su bando, se 
embai'caron para l^^spaña. Los soldados se abandonaron 
a todo jénero de excesos. Los isleños, por su parte, 
daban muerte a los castellanos que encontraban fuera 
ño las fortificaciones. 

Kn este estado encontró el almirante la colonia. El 
peligro común hizo cesar temporalmente las disensiones, 
('olon creyó llegado el momento de abrir una campana. 
Las tropas del almirante estaban disminuidas por las 
enfermedades, de tal modo (]ue solo pudo poner en mo- 
vimiento doscientos infantes, veinte jinetes i veinte perros 
de presa, que iban a ser vigorosos i terribles ausiliares. 
Don ?>artolomé Colon fué nombrado adelantado o jefe de 
estas fuerzas. Los caciques rebeldes, confiados en su nú- 
mero, que a los españoles pareció de cien mil hombres, 
los esperaron en el valle mas estenso de la isla, en vez de 
atraerlos a las espesuras de los bosques o a los desfila- 
deros de las montañas. El combate tuvo lugar a mediados 
de marzo de 1495, i la superioridad de las armas i de la 
disciplina decidió del triunfo. Los isleños prisioneros 
fueron reducidos a la esclavitud. 

Lsta grande injusticia solo puede comprenderse cuando 
se toman en cuenta las preocupaciones de aquel siglo. 
Era entonces opinión recibida (]ue los bárbaros i paganos 
estaban privados de los derechos espirituales i civiles, 
que sus almas estaban condenadas a la perdición eterna, 
i que sus cuerpos eran propiedad de los cristianos que 
ocupasen su territorio. Colon creia que la venta de es- 
clavos era lícita, i deseaba regularizarla para sacar una 
renta con que atender al mantenimiento de la colonia. 

El almirante, ademas, impuso a los isleños un tributo 
de oro i de algodón. Esta medida produjo desde luego 
funestos resultados. Los isleños, acostumbrados a la 
ociosidad, no podian avenirse a la esplotacion de las 
minas, i ofrecieron pagar el tributo en producciones de 
su agricultura; pero como no se les aceptaran sus pro- 
posiciones, resolvieron suspender sus siembras con la 
esperanza de que los españoles sucumbieran agobiados 
por (íl hamV)re o abandonaran la isla. El resultado de esta 
hostilidad fué desfavorable a, los indíjenas. Tuvieron que 



PARTE ir.- CAPITULO llí 53 



vagar por los bosques; i como eran perseguidos sin darles 
tiempo para cazar, pescar o buscar otros alimentos, el 
luimbre i las enfermedades hicieron en elhjs horribles 
esti'agos; "de tal manera, dice el cronista Herrera, que 
por esto i por las guerras, hasta el año de 14U(J faltó 
la tercera parte de la jente de líi isla''. 

Vuelta di-: Colon a Esi'axa. — Mientras tniito, los ene- 
migos de Colon minaban su crédito en Kspaña. El padre 
Boil i el comandante Margarite lo acusaban de am- 
bicioso, que desatendía la colonia por ir a hacer nuevos 
descubrimientos, i de cruel por haber castigado a los que 
trataron de sublevarse. Por grande que fuese el afecto 
que los reyes profesaran al almirante, estas acusa(;iones 
des])ertaron su desconñanza, i los indujeron a des])a(liar 
un comisario encargado de inquirir la verdad. Kvii rsle 
Juan de Aguado, hombre lijero i vanidoso que hal)ia de 
empeorar la situación. 

Aguado llegó a la Isabela en el mes de octubre de 
1495. Se apresuró a levantar un sumario contra Colon, 
i a recojer las declaraciones de todos los que quisieran 
acusarlo de alguna falta. Resultó de aquí que el sumario 
no era mas que el eco de las calunmias forjadas contra 
el almirante. 

(yolon tenia demasiado juicio para no conocer su si- 
tuación. Confiado en la rectitud de sus actos, resolvió 
presentarse en la corte para justificar su conducta. Dio 
a su hermano don Bartolomé el cargo de gobernador de 
la colonia durante su ausencia. A uno de los alcaldes de 
Isabela, nombrado Francisco Roldan, confió el cargo de 
alcalde de toda la isla para (pie administrase justicia en 
su reemplazo. 

El 10 de marzo de 119G salieron Colon i Aguado del 
puerto; i después de haber tocado en las islas de Mari- 
galante i Guadalupe para proveerse de algunos víveres, 
se dirijieron a Europa. Colon navegó sin separarse de 
I(3S trópicos, i tuvo que sufrir casi constantemente vientos 
contrarios. 101 viaje fué por esto mui penoso i largo; el 
hambre llegó a tal estrenio que los españoles trataron 
dedar muerte alos indios (pie iban abordo ide alimentarse 
con sus carnes; pero Colon se opuso resueltamente, re- 
presentando a sus compañeros que aquellos salvajes eran 
sus iguales, a (luienes amparaban los principios huma- 
nitarios. 

Después de tres meses de navegación, el lí de junio, 
llegó Colon al [)uerto de Cádiz. A los pocos dias se puso 
en marcha para Burgos, donde se hallaba reunida la 
corte. El almirante iba a desvanecer con su presencia 
las acusaciones que habían forjado sus enemigos. 



54 IlLSTOKIA DE AMÉlUCA 



CAPITULO IV 

Tercer viaje de Colon: viajes menores. 

Aprestos i>ai'a iiua nueva cspcdicioji.- 'rcrccr viaje de Colon. — Desórde- 
nes en la colonia. — Colon e.s conducido preso a España.— A niérico 
Vespucio.— Los Cabot. — Viajes de Niño i de Pinzón.— Viajes de Lepe 
i de Bíistidas; segundo viaje de Ojeda. 

(1496—1502) 

Aprestos papa cna ^^E^^\ espedicion.— El almirante 
fué recibido favorablemente por los reyes. Sin embargo, 
notó que se habia operado en la opinión una reacción 
violenta contra las empresas lejanas i los descubrimien- 
tos marítimos. 8e liabia creido jenei4lmente' ijue las re- 
jiones recien esploradas producirian el oro por cargamen- 
tos, i las muestras llevadas a España no satisfacían tan 
lisonjeras esperanzas. 

La reina no participaba de estas desconfianzas. Acordó 
dar a Colon ocho naves, dos de ellas para trasportar 
provisiones a la colonia, i las otras seis para adelantar 
los descubrimientos. Dispuso que hubiese siempre en la 
Española trescientos treinta hombres a sueldo, i dio li- 
cencia para pasar a las Indias a todos los que quisiesen 
hacerlo. Pero el descrédito de la colonia era tan grande 
que jjara buscarle pobladores fué necesario autorizar la 
traslación de malhechores condenados a galeras o a 
muerte. Esta medida, dictada con el acuerdo de Colon, 
fué un error político de que se orijinaron males* de la ma- 
yor trascendencia. 

Los reyes autorizaron al almirante para repartir las 
tierras entre los colonos, reservando para la corona el 
oro, la plata, cualquier metal i la madera de tinte deno- 
minada brasil. Confirmáronle sus privilejios, i le permi- 
tieron establecer un mayorazgo que pasase a sus herede- 
ros con sus títulos de nobleza, el primero de los cuales 
era el de almirante. A su hermano don Bartolomé se le 
dio el título real de adelantado, que Colon le habia con- 
ferido accidentalmente. 

A pesar de estas concesiones, los aprestos para el nuevo 
viaje no se hicieron con hi actividad que Colon hubiera 
deseado. Solo en febrero de 1498 salieron de España las 
dos naves que lleval)an provisiones a la colonia; i a fi- 
nes de mayo se hallaron listas otras seis naves de me- 
diano porte. 

Tercer via.je de Colon.— El 30 de mayo zarpó el alnii 
rante del puerto de San Lucar de Barrameda. Un hábil 
lapidario de Burgos, llamado Jaime Ferrer, le habia ase- 
gurado que los objetos valiosos de comercio, el oro, las 
piedras preciosas i la especería, se encontraban bajo el 



PARTE II.— CAPITULO IV 



ecuador o en sus inmediaciones; i Colon, siguiendo sus 
consejos, llevaba el propósito de descubrir tierras por 
esa parte. 

Desde que los españoles so iiallaron a cinco grados al 
norte de la línea equinoccial, esperimentaron las calmas 
i los fuertes calores que reinan en aquellas latitudes. Los 
víveres comenzaron a corromperse, las pipas de vino i de 
agua se abrian por sus costados. El almirante se sintió 
aquejado de dolores de gota, infelizmente, sobrevinieron 
abundantes lluvias que refrescaron la atmósfera i permi- 
tieron renovar la provisión de agua. 

bastos padecimientos llegaron a su término el 1.° de 
agosbo de 149S Los castellanos descubrieron ese dia 
una isla i\ue nombraron Trinidad, i siguieron navegando 
hacia el sur en busca de una tierra que se descubría a 
lo lejos. La escuadrilla se encontró en la embocadura de 
un rio tan caudaloso que arrastraba sus aguas tres le- 
guas adentro del océano sin mezclarlas con él. La co- 
rriente puso en peligro las naves de Colon. ICl rio que 
acababa de descubrir, era el Orinoco, que baña una es- 
tensa porción del continente americano. 

La ilusión en que estaba ('olon de (jue habia esplorado 
las costas orientales del Asia, se coníirmó a la vista del 
continente, con cuyos pobladores cambió algunos obse- 
quios. La abundancia de muestras de oro i de perlas que 
obtuvo en estos cambios, la belleza del pais i la variedad 
de aves, lo confirmaron en su antigua opinión. Pero la 
imajinacion del almirante no se detuvo allí, fíabia leido 
en las obras de algunos santos padres que en el oriente es- 
tuvo situado el paraíso terrenal, i llegó a persuadirse de 
que éste estaba situado en las inmediaciones de las her- 
mosas rejiones que acababa de descubrir, en-una promi- 
nencia que, según él, debia tener el globo en esa parte. 

(.'olon continuó sus esploraciones en el golfo de Paria. 
A la angostura (|ue separa la isla de Trinidad del conti- 
nente, le dio el nombre de Boca del Dragón, por el peligro 
ípie allí hablan corrido sus naves. Reconoció la costa de 
Cumaná, negociando con los naturalps algún oro i finísi- 
mas perlas. El mal estado de sus naves, la escasez de víve- 
res, i hasta sus mismas enfermedades, lo obligaban a 
dejar para mas tarde el pensamiento de continuar esa es- 
ploracion. Colon descubrió todavía varias islas cuyos ha- 
bitantes recojian las perlas en abundancia, por lo que dio 
a la mayor de ellas el nombre de Margarita. Sus naves 
entraron el 80 de agosto al puerto de Santo Domingo. 

Desoií1)i:nesi:x i>a colonia.— El almirante supo de boca 
de su hermano las desgracias que hablan ocurrido en la 
colonia durante su ausencia. Don Bartolomé Colon ha- 
bía recorrido diversos puntos de la isla, i establecido 
una fortificación i algunas habitaciones cerca de un puerto 
mui srguro, en la costa meridional, a que dio el nombre 
de Santo Domingo. La colonia Isabela habia perdido 



56 IIIsroiílA l>l A.MKKICA 



cerca de doscientos hombres a causa de las euíermeda- 
des. Por disposición del adelantado, sus pobladores se 
trasladaron a Santo Domingo, cuyo clima parecia mas 
sano (14UG). 

El adelantado emprendió algunas espediciones con el 
propósito de dar ocupación a los colonos. Los indíjenas 
se sometieron fácilmente al pago de los tributos. Pero 
mientras don Bartolomé Colon se hallaba ocupado en 
estos trabajos, se hizo sentir -una insurrección de mui 
distinto camcter. El alcalde mayor, Francisco Roldan, 
hombre turbulento i ambicioso, fomentó la desobedien- 
cia. Hizo que sus adictos esteudieran en Isabela una acta 
sediciosa pidiendo el pronto envío a España de una 
carabela en (|ue debian embarcarse algunos de ellos para 
anunciar las desgracias de su situación. Don Diego Co- 
lon, que gobernaba allí, supo hacerse respetar; pero 
cometió la imprudencia de confiar a Roldan una com- 
panía de cuarenta soldados ])ara apaciguar algunos 
disturbios de los indíjenas. Roldan pensó en sublevarse 
abiertamente i en asesinar al adelantado: i no pudiendo 
dar este golpe, se retiró a la provincia de .laragua, para 
i-eunir bajo las banderas de la rebelión los destacamentos 
de españoles distribuidos en varios puntos del territorio. 

Sus tropas se engrosaron poco mas tai-de. Tres naves 
(]ue Cristóbal Colon habia despachado desde las islas 
Canarias para llevar víveres a la Española., recalaron 
en la costa de Jaragua por impericia do los pilotos. 
Roldan consiguió (]ue desembarcara una parte de la 
jen te: i como su mayor número era compuesto de mal- 
hechores sacados de las cárceles, encontró entre ellos de- 
cididos ausiliares en su empresa. 

Tal era el estado de la colonia cuando llegó el almi- 
rante. A pesar de la irritación que estos sucesos debieron 
]}roducir en su ánimo, trató de llegar a un avenimiento 
con los sublevados, deseando evitar la guerra civil que 
iba a incitar a los indíjenas a una sublevación jeneral. 
(yomenzó por publicar una amnistía para los que (pu- 
sieran deponer las armas, i ofreció enviar a España a 
los que deseasen volverse. El mismo Roldan se avino al 
ñn a presentarse en Santo Domingo a condición deque 
se le repusiera en el cargo (lue desempeñaba (noviembre de 
141)8). Colon cumplió fielmente lo prometido: i se con- 
tentó con mandar a los reyes una relación sumaria de 
la rebelión, i a pedirles que resolvieran lo que juzgaran 
conveniente. 

En seguida repartió las tierras entre los colonos, im- 
poniendo a los indíjenas el deber de cultivar el suelo en 
beneficio de su poseedor. Este fué el oríjen del sistema de 
repartimientos de la tierra i de sus habitantes, introdu- 
cido por los conquistadores españoles en el nuevo mundo. 
Los indíjenas quedaron libres del antiguo tributo, pero su 
situación personal empeoró mucho con este nuevo arreglo. 



PAUTE ll.--( Al'in LO l\ 



-(.'oLox i:s coNDi (IDO i'KiJiso A Esi'AÑA. — Miéntraiá el 
almirante se afanaba en cicatrizar las llagas causadas 
por a(|uello8 disturbios, sus enemigos trabajaban en lOs- 
paña por arruinar su crédito. Algunos aventureros que 
liabian creido hartarse de oro en sus primeros viajes, 
acusaban al almirante de haberlos engañado con pom- 
posas promesas, mientras que otros se quejaban de los 
trastornos de la colonia. 

La reina se dejó impresionar por estas acusaciones. 
Ella no aprobaba la esclavitud de los indios; i la. venta 
que de éstos se hacia después de cada viaje, en el mercado 
de Sevilla, la llenaba de indignación. El almirante, que 
apoyaba ese tranco, comenzaba a desconceptuarse en el 
ánimo de la i-eina. Algunos personajes de elevada posi- 
ción fomentaban este descrédito de Colon, porque los 
últimos descubrimientos, i sobre todo el hallazgo de las 
perlas en la costa de Paria, hacian que el gobierno de 
esos paises fuera mui codiciado. 

Los reyes dispusieron al fín el envío de un comisionado, 
revestido de jurisdicción para procesar a cuantos hu- 
biesen conspirado, i lo autorizaron para que dispusiera 
de todos los empleos i para que remitiera a España 
a las personas cuyo alejamiento se creyere necesario para 
la tranquilidad déla isla. El comisionado elejido fué don 
r'rancisco de Bobadilla, caballero de la orden de C'a- 
latraba, hombre torpe i orgulloso. A fínes de junio de 
1500, P>obadilla salió de (Jádiz. 

El almirante se hallaba ocupado en sofocar los últi- 
mos jérmenes de rebelión cuando llegó l^obadilla al 
puerto de Santo Domingo (2^5 de agosto). El comisario 
hizo publicar ostentosamente sus credenciales, tomó 
posesión de la casa del almirante, se apoderó violenta- 
mente de los fuertes i almacenes reales, i puso en libertad 
a los individuos que se hallaban presos, que en su ma- 
yor parte eran malhechores indultados en España. En 
seg-uida citó a Colon para responder de su conducta. 

El almirante se ])uso en marcha para Santo Domingo. 
Su hermano don Diego, que habia quedado de goberna- 
dor de está ciudad, habia sido apresado en una de las 
carabelas con una barra de grillos. Igual suerte cupo 
al almirante. El comisario pesquisador mandó (}ue se 
le pusieran grillos i que lo encerraran en una fortaleza 
bajo la mas estricta incomunicación. La grandeza de 
alma de Colon no lo abandonó en este terrible momento. 
El descubridor del nuevo mundo sufrió este ultraje con 
dignidad, sin quejarse de su suerte ni de sus persegui- 
dores. Temiendo que sus parciales trataran de hacer 
alguna resistencia, les ordenó que cumplieran las órde- 
nes del comisario. 

Bobadilla comenzó entonces a instruir un proceso contra 
Colon. El adelantado don P>artolomé fué también apie- 
sado, i los tres hermanos fueron trasladados a bordo 



58 HISTORIA Y)E AMÉRICA 



de las carabelas, i mantenidos bajo estricta incomuni- 
cación. Bobadilla entregó al capitán Alonso de Vallejo 
el proceso que liabia levantado, i le mandó que lo presen- 
tara, junto con los tres hermanos, a Rodriguez de Fon- 
seca, el presidente del consejo de Indias, (]ue habia 
preparado la persecución del almirante, l^as naves sa- 
lieron de Santo Domingo a principios de octubre de 1500. 

"Estando en el mar, i conocida la malignidad de Bo- 
badilla, dice don Fernando Colon, el hijo del célebre 
descubridor, quiso el capitán quitar los grillos al almi- 
rante; pero él jamas lo consintió, diciendo que, pues los 
reyes mandaban lo que en su nombre le mandase Boba- 
dilla i que por su autoridad i comisión se los habia 
puesto, no queria que otras personas se los (]uitasen; 
pues tenia determinado guardarlos para memoria del 
premio de sus muchos servicios. Así lo hizo, porque yo 
los vi siem])re en su retrete, i quiso que fuesen enterra- 
dos con él." 

Felizmente, el viaje fué corto. Las carabelas entraron 
a Cádiz el 25 de noviembre. La noticia de que Colon 
volvía encadenado, despertó en todas partes la mas 
viva indignación. En el momento se operó en el espíritu 
público una reacción violenta, que solo puede esplicarse 
por lo estremado de la perseciicion. 

Los reyes fueron justos intérpretes del sentimiento 
público. Ño solo dieron la orden de poner en libertad a 
Colon, sino que lo llamaron a Granada, en donde se 
hallaba la corte. La entrevista tuvo lugar el 17 de di- 
ciembre. Colon se arrojó a los pies de los reyes, i no 
pudo contener el llanto ni espresar una palabra. Los 
reyes le manifestaron el pesar que les causaban sus infor- 
tunios. Para reparar la injusticia cometida, destituyeron 
al torpe comisario, i prometieron a Colon la devolución 
de sus privilejios. 

A pesar de estas promesas, los reyes demoraron la 
reposición del almirante en el gobierno de la colonia. 
Resolvieron despachar a don Nicolás de Ovando, con en- 
cargo de restablecer sólidamente la tranquilidad. Diéron- 
sele treinta i dos naves con dos mil quinientos hombres; i 
se le encomendó que remitiera a España a Bobadilla, i 
que restituyera a Colon i a sus hermanos los bienes de 
que hubiesen sido despojados. Los aprestos de esta es- 
cuadra retardaron su partida hasta el 15 de febrero 
de 1502. 

Améuico Vespücío.— Eq esta época, muchos navegan- 
tes, así españoles como estranjeros, hablan adelantado 
considerablemente los descubrimientos marítimos, si- 
guiendo las huellas trazadas por Colon. El mas notable 
de todos éstos, si no por la grandeza de sus empresas, 
a lo menos por haber legado su nombre al nuevo mun- 
do, fué un comerciante florentino llamado Américo Ves- 
pucio. 



PAUTE 11. — CAPITULO IV 59 



Por real provisión de 10 de abril de 1495, los monar- 
cas dieron licencia jeneral para comerciar en las Indias. 
Vespucio armó cuatro naves, i con ellas salió de Cádiz 
el 20 de mayo de 14í)7 (1). Después de haber tocado 
en las Canarias, que era la escala obligada de los que 
navegaban a las Indias, Vespucio dirijió su rumbo al 
este, i a los treinta i siete dias de viaje encontró una 
tierra situada a los 16 grados de latitud norte i a los 
75 de lonjitud de las Canarias. Los navegantes conti- 
nua! on su viaje hacia al noreste sin apartarse mucho de 
la costa. Al fin llegaron a un puerto en medio del cual 
encontraron una especie de pueblo cuyas casas estaban 
construidas sobre el agua i con puentes levadizos. V^es- 
pucio prosiguió su camino hacia el norte, recorriendo 
una estension que calculó en mas de 800 leguas. Después 
de una navegación de trece meses, en junio de 1498 se 
encontró cerca de un puerto que juzgaba el mejor del 
mundo. Queriendo volver a Europa, tocó en una isla 
llamada Ití, en donde hizo algunos prisioneros, i llegó a 
Cádiz en el mes de octubre de 1498. 

Este viaje problemático, que algunos ponen en duda 
i que otros niegan absolutamente, seria el único que se 
emprendió en virtud de la autorización de los reyes de 
España. Colon reclamó contra ese permiso, i obtuvo su 
revocación (2 de junio de 1497). Pero su i)oder no se 
estendia a otras naciones de Europa que en esa misma 
época preparaban lejanas espediciones. 

Los Cabot. — Residía en el puerto de Bristol, en Ingla- 
terra, un mercader veneciano llamado Juan Cabot, que, 
alentado por los descubrimientos de Colon, solicitó de 
Em-ique VII permiso para hacer espíoraciones marítimas 
en las nuevas rejiones. En 1496 (5 de marzo), el rei dio 
a Cabot i a sus tres hijos, Luis, Sebastian i Sancho, 
autorización para tomar posesión de las tierras que des- 
cubriesen en las rejiones occidentales. Una escuadrilla com- 
])uesta de una, nave mandada por Sebastian Cabot, i 
tres o cuatro buques pequeños, partió de Bristol a prin- 
cipios de mayo de 1497, i a fines de junio descubrió la 
costa del Labrador i una parte de la isla de New Fou- 
land (Terra-Nova). Después de haber esplorado im poco 
hacia el norte buscando un paso para la China, bajó 
con dirección al Ecuador i llegó hasta el cabo Florida, 
en la península de este nombre. La falta de víveres 



(l) Estxí primer vifije de Vespiieio coiiHta solo de una relación de 
HiiM cuatro navegacicjnew escrita ]>ov él niisnio. VA célebre cronista An- 
tonio de Herrera neg-(3 sn autenticidad i trató de aplicar los detalles 
de su relaction a un viaje posterior hecho por Vespucio con' AUnjso de 
Ojeda. lluinboldt [Histoire de hi géo^raphie da nouveau contineiit, 
tomo IV), declara problemático este viaje, i Washington Irving lo 
considera pura invención. De este último ])arecer son Minloz, Navarrete 
i el vizconde Santaren», erudito poi'tuo-nes (]ii(' lia licclio prolijos estu- 
dios sobre V^espucio. 



60 HISTORIA DE AMÉRICA 



obligó a Cabot a regresar a Inglaterra, donde se hallaba 
de vuelta en agosto del mismo año. 

El año siguiente se organizó una nueva es[)edicion. 
Sebastian Cabot acometió la empresa, i í-alió de Bristol 
en la primaA^era de 149S. El resultado de esta espedi- 
eion ha quedado en la mayor" oscuridad. Se ha dicho 
que Cabot visitó las rejiones circumpolares. Otros han 
insinuado que bajó hasta las costas de la América me- 
ridional. Investigaciones recientes comienzan a dar al- 
guna luz sobre estas esploraciones. 

ViA-iE DIO O.iK.DA I DE Vespick).— t]stos viajcs alenta- 
ron a la corte de España. En efecto, a fínes de 149(S, los 
reyes renovaron el permiso jeneral para hacer esplora- 
ciom s en las rejiones occidentales. Fueron los primeros 
en a])restarse el capitán Alonso de Ojeda i el piloto .Juan 
de la Cosa, que hablan acompañado al almirante en su 
segundo viaje. Agregóseles también Américo Vespucio. 
La escuadrilla se componía do cuatro naves, i con ellas 
zarparon del puerto de Santa María, el 18 de mayo de 
1499. 

Ojeda dirijió el rumbo hacia el occidente; pero arras- 
trado talvez por los vientos, pasó la línea eijuinoccial i 
se encontró en una tierra cubierta de lagos a los 5 gra- 
dos de latitud sur. No pudiendo vencer la fuerza de las 
corrientes, se vio obligado a pasar otra vez la línea con 
dirección al norte. Después de haber reconocido el golfo 
de I*aria, adelantó su esplora cion sin alejarse de la costa, 
sosteniendo con los naturales terribles refriegas. 

Los navegantes arribaron a un golfo que parecía un 
tranquilo lago. (Quedaron soiprendidos al ver una pobla- 
ción compuesta de casas grandes construidas sobre es- 
lacas clavadas en el mar, i comunicadas por puentes le- 
va* lizos. Ojeda le dio el nombre de golfo de Venecia, ])()r 
su semejanza con esta ciudad, de donde nació el de Ve- 
nezuela. Los indios la llamaban Coquibacoa. 

Los pobladores de aquella ciudad dispusieron un ata- 
que contra las naves. Ojeda los rechazó con ventaja, i se 
interiorizó en aquelgolfo hasta un puerto al cual dio el 
nombre de San Bartolomé, que sin duda es el que ahora 
se denomina Maracaibo. A pesar de la favorable acojida 
que allí recibió, resolvió adelantar el reconocimiento de 
la costa occidental, i llegó en efecto hasta un cabo que 
denominó de la Vela. Ei mal estado de sus buques i el 
cansancio natural después de tan largo viaje, obligaron 
a Ojeda a volver atrás en busca de la Española. 

(irobernaba todavía Cristóbal Colon en esta isla. Ojeda 
bajó a tierra en la costa de Jaragua, i trató allí de reu- 
nir jente i encabezar una rebelión contra la autoridad 
del almirante. Necesario fué que el alcalde Roldan saliera 
en su alcance con intención de atacarlo en caso necesa- 
rio. Ojeda no tenia fuerzas para resistir, i se contentó 
con capitular i con darse de nuevo a la vela. Descubrió 



PARIPÉ lí.— CAPlTrLO IV (51 



muchas islas en el archipiélago de las Lueayas, en que 
tomó mas de doscientos indios para venderlos como es- 
clavos en España; i llegó a Cádiz a mediados de junio 
de 1500. 

Viajes de Nixo i de Pjnzox.— Pocos dias después de 
haber salido la espedicion de Ojeda, zarpó de Palos una 
carabela con el mismo rumbo. Dirijíala Pedro Alonso 
Niño, piloto atrevido que habia acompañado a Tolón 
en sus primeros viajes, i llevaba bajo sus órdenes treinta 
i tres hombres. 

Este puñado de valientes aventureros llegó al conti- 
nente al sur del golfo de Paria, pocos dias después de 
haber recorrido Ojeda esas inismas costas. Saliendo de 
él, encontraron diez i ocho canoas de caribes que trataron 
de asaltarlos con una lluvia de ñechas. Los castellanos 
los aterrorizaron con algunas descarí>:as de artillería. 

Niño reconoció la costa de Cumaná. Tres meses se detu- 
vieron los esploradores en aquellos lugares. Durante este 
tiempo observaron esas hermosas rejiones, i cambiaron 
sus mercaderías obteniendo de los indios abundantes ví- 
veres, poco oro i bastantes perlas. 

Navegando hacia el oeste, Niño i sus compañeros lle- 
garon a un pais llamado Cauchito el 1.° de noviembre 
de 1499. Habrian adelantado mucho mas sus esplora- 
ciones; pero en un puerto situado al oeste, se les pre- 
sentaron cerca de mil indios resueltos a impedir todo 
desembarco. Los esploradores no se atrevieron a entrar 
en combate; deshaciendo el camino (|ue hablan andado, 
visitaron de nuevo aquellas costas para rescatar oro i 
perlas, i dieron la vutlta a España. A mediados de abril 
de L')00 arribaron cargados de perlas al puerto de Ba- 
yona, en Galicia. 

En esta época acababa de salir de Palos (principios 
de diciembre de 1499) una escuadrilla compuesta de cua- 
tro carabelas, que estaba destinada a dilatar el recono- 
cimiento del continente americano. La mandaba Vicente 
Yañez Pinzón, el capitán de una de las naves con que 
hizo (yolon su primer viaje. 

Pinzón pasó la línea equinoccial en medio de una tem- 
pestad deshecha. El 20 de enero de 1500 descubrió tierra 
a los ocho grados de latitud sur. Allí desembarcó con es- 
cribano i testigos para tomar posesión solemne de aque- 
llas rejiones a nombre de la corona de Castilla. Sus sol- 
dados encontraron a los guerreros indios dispuestos al 
combate, pero los castellanos evitaron la lucha, i comen- 
zaron la esploracion de la costa dirijiéndose hacia el 
norte. 

Después de terribles combates con los salvajes de aque- 
lla costa, Pinzón siguió su navegación hasta encontrar 
dulces i frescas las aguas del mar, fenómeno que no po- 
día esplicarse sino por la inmediación de un gran rio. 
Reconoció, en efecto, el cnndaloso Mará ñon, lla-niado mas 



62 HISTOIÍIA DE AMÉRICA 



tarde Amazonas o de Orellana. En su embocadura en- 
contró un grupo de islas pobladas por indios pacíficos; 
pero sin detenerse mucho tiempo allí, navegó hasta el 
golfo, de Paria, i luego hizo rumbo a la Española, a 
donde llegó el 28 de junio de 1500. 

El resto de su navegación fué una serie no interrum- 
pida de desgracias. Perdió dos naves con sus tripulacio- 
nes, i después de haber sufrido muchas averías en las 
otras dos, volvió a Palos el 80 de setiembre de 1500. 
Hasta entonces ningún viajero habia adelantado tanto 
los reconocimientos hacia el sur. 

Viajes de Lei'e i de Hastidas; sfjhndo viaje de 
Oj EDA.— Diego de Lepe, vecino de Palos, emprendió un 
viaje inmediatamente después de haber partido Pinzón 
para el Nuevo Mundo. Lepe arribó al cabo de San Agus- 
tín, en la parte mas sobresaliente de la costa oriental 
de la América del Sur. Su viaje no ofrece de notable mas 
que una sola circunstancia: Lepe dobló el cabo, i notó 
que la costa se dirijia hacia el sur oeste, lo que era el 
primer anuncio de que este continente podia tener una 
forma piramidal, como el África. Se tienen pocas noti- 
cias acerca de este viaje; pero se sabe que antes de me- 
diados de 1500 Lepe estaba de vuelta en España. 

Un escribano de Sevilla, llamado Rodrigo de Bastidas, 
emprendió en octubre de 1500 un nuevo viaje en busca 
de oro i de perlas. Al revés de Lepe, Bastidas estendió 
los descubrimientos en la parte norte del continente. 
Bastidas negociaba lealmente con los naturales, i recojió 
una abundante cosecha de oro i de perlas; pero sus bu- 
ques fueron agujereados por el broma, gusano de mar 
que destruje fácilmente la tablazón de las embarcacio- 
nes; i al llegar a la Española, Bobadilla, que gobernaba 
allí, lo sometió a juicio i lo mandó preso a España (se- 
tiembre de 1502). Los reyes decretaron su libertad, i 
aun le asignaron una pensión vitalicia por sus descu- 
brimientos. 

p]l capitán Alonso de Ojeda solicitó en esa época per- 
miso para establecer una población en la provincia de 
Coquibacoa. Los reyes le concedieron el gobierno de 
aquella rejion, i Ojeda salió de Cádiz en enero de 1502. 
Costeó una parte del norte del continente sur-americano, 
rescatando de los indíjenas perlas i telas de algodón, i 
llegó a una tierra que los indios llamaban Curiana. Allí 
resolvió proveerse de víveres acuchillando a los indios 
por sorpresa. Después de consumada esta maldad, siguió 
su viaje hacia el oeste hasta un puerto q^e denominó de 
Santa-Cruz, donde trató de establecer una colonia. Sin 
embargo, escasearon tanto los víveres que sus subalter- 
nos se sublevaron contra él, lo prendieron i lo llevaron 
cargado de cadenas a la Española (setiembre de 1502), 
para seguirle un proceso de que solo se vio libre poi- el 
favor de que gozaba su protector el obispo Fonseca. 



PARTE II.— CAPÍTULO V 63 



De este modo, los españoles, después de diez años de 
viajes i de esploraciones, liabian reconocido casi todas 
las islas de las Antillas i una grande estension de la 
costa de la América del Sur. 

CAPITULO V 

Descubrimientos de los portugueses.— Ultimo viaje de Colon.— 

Su muerte. 

Vasco de Gania: d('scn})i'iinieiit() de la India. — Pedro Alvarez Cabral: 
descubriinieiito del líraHÜ. — Viajes de Vespucio al servicio del Por- 
tugal. — Cuarto viaje de Colon. — Padecimientos de Colon en Ja- 
maica.— Vuelta de Colon a España.— Su muerte.— ¿Quién dio a la 
América su nombre actual? 

(1497—1506) 

Vasco de Gama: descubrimiento de la India.— Des- 
pués del arribo de Bartolomé Diaz en 1488Jlevando la 
noticia de haber doblado la estremidad del África, el rei 
don Juan II no habia cesado de estimular los viajes de 
reconocimiento por mar i por tierra. La muerte lo sor- 
prendió en 1495. Su' sucesor, don Manuel, preparó la 
escuadrilla que habia de hallar un camino para las In- 
dias. 

Vasco de Gama fué destinado para hacer este viaje. 
Salió de Lisboa el 8 de julio de 1497 i dirijió su rumbo 
al sur sin apartarse mucho de la costa. Los navegantes 
doblaron el cabo de Buena Esperanza con tiempo favo- 
rable, i prosiguieron su navegación por la costa oriental 
del África. De Melinde navegaron al través del océano, 
i el 22 de mayo de 1498 fondearon en la bahía de Ca- 
licut, en la costa occidental del Indóstan. 

Gama liabria querido establecerse en aquella costa; 
pero le faltaba jente para sostener una colonia, i mer- 
caderías para negociar con los indíjenas. Apresuróse, por 
tanto, a volver a Portugal a anunciar el resultado de 
su viaje. El 14 de setiembre de 1499, los esploradores 
entraron i\ Lisboa. 

Pedro Alvarez Carral: descubrimiento del Brasil. 
—La corte de Portugal recibió con grande entusiasmo 
la noticia de los descubrimientos de Gama. El rei mandó 
preparar con la mayor actividad una escuadra p,ara la 
India. El mando de ella fué confiado a Pedro Alvarez 
Cabral. Salió éste de Lisboa el 9 de marzo de 1500. 

Por consejo de Gama, el^ rei encargó a Cabral que se 
apartase de las costas de África para evitar las calmas 
constantes. Obedeciendo esas instrucciones, el 22 de abril 
Cabral avistó al oeste una tierra desconocida. Era la 
costa del Brasil a 17 grados de latitud austral. Los 



('A HISTORIA DI-: AMKRK'A 



portugueses encontraron en ella indios que los recibieron 
hospitalariamente. Cabral se encaminó hacia el norte, i 
fondeo en una bahía (jue denominó Porto Seg-uró, en 
donde desembarcó para reconocer las tierras inmediatas, 
i tomar posesión de ehas en nombre del rei .de Portugal. 
Dióles el nombre de islas de Vei-a-Cruz, con que fué co- 
nocida durante nmcho tiempo a(|uella costa. 

ViA.iES i)K Vksim'ck) al sioinicio i)i<:l PoirJUíiAL.— La 
noticia de este descubrimiento no causó gran satisfac- 
ción al rei de Portugal, que se hallaba preocupado en 
asentar su dominación en la India oriental. Los infor- 
mes suministrados por los descubridores eran poco lison- 
jeros para los que tenían la espectativa de conquistar 
las ricas rejiones del Asia. Sin embargo, hallábase enton- 
ces en Lisboa Américo "Vespucio, aíjuel piloto ñorentino 
que habia acompañado a Ojeda en su viaje a la costa 
de Paria. Embarcóse en mayo de 1501, i el 7 de agosto 
avistó el cabo de 8an Roque, situado a los 5° de lati- 
tud sur. En este viaje, los esploi-adores recorrieron una 
inmensa estension, tal vez hasta el cabo de Santa María, 
i regresaron a Portugal en agosto de 1502. 

A principios de 1503, partió nuevamente de Lisboa 
el mismo Américo Vespucio. Se cree que el verdadero fin 
de esta espedicion era buscar por el occidente un paso 
para los mares del oriente, como pensaba Cristóbal 
Colon. A esta escuadrilla se debió el descubrimiento de 
la Paliía de todos los Santos i la fundación de la pri- 
mera factoría portuguesa en el Brasil, no lejos de Porto 
Seguro, que habia visitado Cabral. El 28 de junio de 1504 
estaban de vuelta en Lisboa. 

CuAiíTo VIAJE DE CoLoN.— Los descubrimieutos de los 
portugueses produjeron en España nuevo entusiasmo 
por los viajes marítimos. Los reyes pusieron a disposi- 
ción del almirante cuatro naves, con el objeto de adelan- 
tar el reconocimiento de los países espí orados en el tercer 
viaje, i de llegar a los mares de la India a tiempo de 
disputar su conquista a los portugueses. Tomando por 
pretesto la necesidad de no perder tiempo, le previnieron 
que no tocase en la isla Española, que suponían ajitada 
todavía. El 9 de mayo de 1502, salió Colon del puerto 
de Cádiz, con rumbo hacia las tierras que había esplo- 
rado en su tercer .viaje. Desgraciadamente, la nave ma- 
yor de su flota se hallaba en tan mal estado que se vio 
en la necesidad de acercarse a la Española para cam- 
biarla por otra (19 de junio de 1502). Colon pidió per- 
miso a Ovando para resguardarse de un temporal que 
creía próximo, i le suplicó le permitiese cambiar su nave 
por otra en mejor estado para proseguir sus descubri- 
mientos. 

Por única contestación. Ovando le dio la orden de 
alejarse del puerto. Así lo hizo Colon; pero antes d(» 
retirarse, aconsejó a Ov.mdo que no permiti(\se snlir del 



PARTE II.— CAPÍTULO V 65 



puerto algunas embarcaciones que estaban a punto de 
partir para España, porque habia indicios indudables 
de tempestad. El gobernador, sin embargo, mandó salir 
las naves cargadas de jente i de oro que enviaba a los 
reyes como muestras de su administración. Los pronós- 
ticos del almirante se realizaron. Dos dias después estalló 
la anunciada tempestad, sin duda uno de esos terribles 
huracanes de que suele ser teatro el mar de las Antillas. 
La mayor parte de las nav^es fué sumerjida por las olas; 
i con ellas perecieron Bobadilla, lloldan i muchos otros 
enemigos de Colon. Las naves que salvaron del naufrajio, 
volvieron mui averiadas a Santo Domin,^o, i solo una, 
la mas frájil de todas, siguió sin interrupción su viaje a 
España. Era ésta la qu« conduciá los tesoros del almi- 
rante, devueltos a su dueño por una orden de los reyes. 

Colon, entretanto, pasó la tormenta en una caleta de 
la costa, sin sufrir pérdida alguna. Calmado el tiempo, 
se dirijió al continente (14- de julio); i después de una 
navegación de sesenta dias, descubrió la isla de Gua- 
naja, en la costa de Honduras. De allí pasó al conti- 
nente, i desembarcó en un puerto que llamó Ca jiñas, i 
que ahora es conocido con el nomore de Trujillo. En 
vez de aprovecharse de las indicaciones que le daban 
los indios i que lo habrían llevado a las costas de Yu- 
catán i de Méjico, el almirante, persuadido siempre de 
que visitaba las costas del Asia i de que a poca distan- 
cia habia de encontrar el rio Gánjes, dio la vuelta al 
oeste, i comenzó la esploracion de la costa de Hondu- 
ras (15 de setiembre). 

En esta esploracion, el almirante alcanzó hasta el 
puerto de Escribanos, cerca de la punta de San Blas, a 
donde habia llegado Bastidas en 1501. Buscaba uu es- 
trecho qiie lo llevara al occidente, i con este objeto re- 
conocia los golfos i los rios. El 9 de enero de 1503 fon- 
deó en la embocadura de un rio que llamó Belén. Su 
hermano don Bartolomé reconoció con alguna jente el 
interior del pais, i halló ricos lavaderos en que recojió sin 
gran trabajo una considerable cantidad de oro. Colon con- 
cibió la idea de fundar allí una colonia; pero las violencias 
de los españoles produjeron una jeneral sublevación de los 
indíjenas. Muchos de los castellanos fueron asesinados 
por los indios; i Colon mismo, atacado de una fuerte 
fiebre, se vio forzado a abandonar un proyecto que no 
podia llevar a cabo. 

Con grandes dificultades pudo Colon sacar del rio tres 
de sus naves, dejando abandonada la cuarta. En Puerto 
Belo, a donde recaló en seguida (abril de 1508), aban- 
donó otra que apenas podia mantenerse a flote. Desde 
este puerto siguió su viaje con dirección al golfo de Da- 
rien; pero el mal estado de sus naves i el espanto i la 
aflicción de sus tripulaciones, lo obligaron a cambiar el 
rumbo, i fué a recalar al sur de Cuba, que el almirante 



66 HISTORIA DE AMÉRICA 



persistía en llaiuar Catay, esto es, la China de los viaje- 
ros de la edad media. De allí se encaminó a la Española, 
donde él i su jente esperaban hallar algún reparo. Los 
peligros de este viaje son superiores a toda descripción. 
''Fué maravilla, dice Colon, como no nos acabamos de 
hacer rajas... Perdido del todo el aparejo i con los navios 
horadados de gusanos mas que un panal de abejas, i la 
jente tan acobardada i perdida, pasé algo adelante de 
donde yo habia llegado antes... Llegué a Jamaica en fin 
de junio (23 de junio de 1503) siempre con vientos malos 
i los navios en peor estado: con tres bombas, tinas i 
calderas no podia con toda la jente vencer el agua que 
entraba en el navio.'' El lugar a que arribó fué llamado 
Puerto Bueno: hoi es conocido con el nombre de Dry 
Harbour. 

Padecimientos de Colon en Jamaica.— Los compa- 
ñeros de Colon celebraron como una fortuna el haber 
podido arribar a aquella isla. Atracaron a tierra las na- 
ves, que estaban casi completamente destruidas, para gua- 
recerse de la intemperie. Pero luego comenzaron a sufrir 
los efectos del hambre, i tuvieron que entrar en relaciones 
con los indíjenas para proveerse de algunos víveres. En 
estas circunstancias. Colon pidió a los indios dos em- 
barcaciones construidas de un solo tronco de madera, i 
dispuso que dos de sus compañeros, el jenoves Bartolomé 
Fieschi i el castellano Diego Méndez, pasasen a la Espa- 
ñola a dar cuenta de su naufrajio i a pedir ausilios. 

La situación de los que quedaban en la isla no mejoró 
mucho con esto solo. Los indíjenas se cansaron de sumi- 
nistrar víveres a Colon; i determinados a deshacerse de tan 
incómodos huéspedes, resolvieron negarles en adelante las 
provisiones. En esos momentos de jeneral conflicto, el al- 
mirante discurrió un arbitrio que puso luego en ejecución. 
Dos dias después debia tener lugar un eclipse de luna. Co- 
lon reunió los indios principales, i les dijo que los europeos 
eran servidores del espíritu que preside al universo desde 
los cielos, i que los indíjenas por su inconstancia se habían 
atraído la cólera celeste. En seguida les anunció que en 
breve la luna perdería su luz, que tomaría un color de 
sangre, i que esa seria la señal de las desgracias que iban 
a caer sobre ellos. Los indios recibieron esta noticia con 
incrédula indiferencia; pero llegó el día anunciado, i laluna 
comenzó a oscurecerse hasta ponerse completamente roja 
(6 de setiembre de 1503). Entonces corrieron a buscar 
a Colon, cargados de víveres, para pedirle humildemente 
que intercediera con el espíritu celeste para que los librara 
del castigo a que se habían hecho acreedores. Colon lo 
prometió así; el eclipse comenzó a disiparse, la luna re- 
cobró al fin su resplandor natural, i los indíjenas no vol- 
vieron a negar las provisiones a los castellanos. 

Entre los detenidos en Jamaica había algunos indivi- 
duos que acusaban a Colon poi- aquellos contratiempos, i 



PARTE n.— CAPÍTULO V 67 



que tramaban una conspiración. Francisco de Porras, capí 
tan de una de las naves, fué el instigador de este infame 
complot. El 2 de enero de 1504 se hallaba Colon enfermo 
en cama cuando estalló el movimiento. Porras se aper- 
sonó al almirante para acusarlo de no permitir que sus 
compatriotas volvieran a España; i se dirijió a las tripu- 
laciones preguntando quiénes querían dar la vuelta a 
Castilla. En medio de la confusión, los sublevados gana- 
ron prosélitos con tan halagüeña esperanza; i tomaron 
algunas canoas para marcharse a la Española. Después 
de inútiles trabajos en que se agotaron sus fuerzas, se 
vieron obligados a asilarse en la estremidad oriental de 
la isla. 

Esta situación se prolongaba mas de lo que Colon i 
sus compañeros hablan calculado. Hablan trascurrido 
once meses desde la salida de Méndez i Fiesclii sin que 
se tuviera noticia alguna de ellos. Una tarde al oscure- 
cerse, se vio en el mar una vela lejana, que infundió es- 
peranzas hasta en el corazón de los mas desalentados. 
Era un bajel pequeño que mandaba Ovando, no para 
socorrer a los náufragos, sino para espiarlos. Su capitán 
era Diego de Escobar, enemigo inveterado de Colon, que 
habia tomado parte en la rebelión de Roldan. Escobar 
entregó a Colon una carta de Ovando llena de vanos cum- 
plimientos; i tan luego como hubo recibido la respuesta, 
se dio de nuevo a la vela. 

La desesperación de los náufragos, después de este su- 
ceso, llegó a su colmo. Solo Colon conservó su calma; dijo 
a sus compañeros que la nave de Escobar era pequeña 
para trasportarlos a todos, i que él mismo no habia que- 
rido embarcarse esperando que volviera pronto con un 
navio mayor a llevarlos a todos a la Española. Las es- 
peranzas de aquellos desgraciados revivieron después de 
aquella esposicion. 

La verdad de lo ocurrido, como ya sabemos, era mui 
diferente. Ovando parecía interesado en la ruina del almi- 
rante, i habia desatendido la solicitud de los emisarios 
que partieron de Jamaica. I^a tardanza del esperado soco- 
rro produjo nuevas ajitaciones i disturbios entre los mis- 
mos castellanos. Francisco de Porras i sus parciales se 
mantenían en otra parte de la isla; i en medio de su des- 
esperación, se armaron i se pusieron en marcha para 
atacar a los castellanos que quedaban fieles al almirante. 
Colon se hallaba en cama, aquejado de la gota, cuando 
supo esta nueva desgracia. Encargó a su hermano don 
Bartolomé que marchara al encuentro de los insurrectos 
para capitular con ellos, o para combatirlos en caso que 
no fuera posible ningún avenimiento. El adelantado tuvo 
que empeñar un combate. Muchos de los sublevados su- 
cumbieron en la lucha. El mismo Porras cayó herido por 
don Bartolomé; i el resto de sus compañeros se dispersó 
o se rindió al vencedor (19 de mayo de 1504). 



68 HISTORIA DE AMKRirA 



Vuelta de Colon a EspAxVA.— Después de este combate, 
se pasó todavía un mes sin que los náufragos recibieran 
los deseados ausilios. En los últimos dias de junio, por 
fin, se avistó una nave que habia comprado el fiel Méndez 
en la isla Española. Poco después llegó otra que enviaba 
Ovando, cediendo a la fuerza de la opinión con que los 
colonos de Santo Domingo reprobaban su injustificable 
conducta. En ellas se embarcaron los náufragos el 28 de 
junio, i se dieron a la vela para Santo Domingo. 

Los resentimientos que en aquel puerto hablan existido 
contra Colon, estaban acallados con la noticia de sus 
últimas desgracias. La consideración que se habia negado 
a su mérito, se concedió a su infortunio; i el 18 de agosto, 
al desembarcar en el puerto, el gobernador i sus princi- 
pales pobladores salieron a recibirlo con las mas señala- 
das muestras de estimación. Luego se pudo conocer que 
el gobernador tenia interés en el descrédito de Colon. 
Ovando puso en libertad a los facciosos que aquél habia 
apresado, i con mucha urbanidad combatió las preten- 
siones de Colon al gobierno de a( Ruellos paises. 

El almirante resolvió al fin volver a España para 
obtener de los reyes la protección a que lo hacian mere- 
cedor sus servicios. El 12 de setiembre de 1504, enfermo 
i abatido, se alejó por última vez de las playas del Nuevo 
Mundo, i el 7 de noviembre fondeó en el puerto de San 
Lucar. Colon esperaba pasar los últimos dias de su vida 
en la paz i en el descanso. 

Muerte de Colon.— El almirante se hizo trasportar a 
Sevilla para recobrar su salud i atender sus intereses. 
Allí supo que la reina se hallaba gravemente enferma, i 
pocos dias después recibió la noticia de la muerte de 
ésta (26 de noviembre de 1504). El almirante, dice su 
hijo, sintió esta infelicidad con grandes demostraciones, 
porque era la reina quien lo favorecía, habiendo hallado 
siempre al rei contrario a sus negocios. 

Sus enfermedades lo retuvieron en Sevilla hasta mayo 
de 1505. Al presentarse en la corte, Fernando lo recibió 
con cortesía, i lo entretuvo con buenas palabras; pero 
no le ofreció la reparación que el insigne descubridor se 
tenia merecida. El rei lo consideraba tal vez como un 
visionario feliz que habia acertado en su empresa, pero 
que era incapaz de gobernar a los hombres. 

Colon acompañó a la corte a Valladolid; pero la in- 
gratitud de que era víctima doblegaba su espíritu, así 
como sus sufrimientos físicos quebrantaban su vigo- 
rosa naturaleza. Sus enfermedades i sus desgracias lo 
tenian a las puertas del sepulcro. Después de haber 
atendido escrupulosamente a cuanto pedían el afecto, la 
lealtad i la justicia sobre la tierra, volvió Colon sus 
pensamientos al cielo; i habiendo recibido los santos 
sacramentos, espiró con mucha resignación el dia de la 
Ascensión, 20 de mayo de 1506. Sus últimas palabras 



PARTE II.— CAPÍTULO Y 69 



fueron: "En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu." 
p]l cadáver del almirante fué sepultado en el convento 
de San Francisco de Valladolid, con gran pompa, i tras- 
ladado seis años después a la Cartuja de Sevilla, donde 
Fernando le hizo erijir un magnífico mausoleo con el 
siguiente epitafio: 

A Cas t Hiél i a -León 
Nuevo mundo dio Colon. 

''Palabras verdaderamente dignas de gran considera- 
ción de agradecimiento, esclama su hijo; porque ni en 
antiguos ni modernos se lee de ninguno que haya he- 
cho tanto." Mas tarde, en 1536, sus cenizas fueron tras- 
ladadas a Santo Domingo; i cuando el gobierno español 
cedió esta isla a los franceses en 1795, fueron llevadas 
a la Habana en una caja de plata, en cuya iglesia cate- 
dral reposan hoi tranquilamente. 

¿Quién dio a la América su nombre actual?— La 
posteridad ha cometido una grande injusticia dando al 
nuevo continente el nombre no de su descubridor, sino el 
de uno de sus sucesores. La América debia llamarse Co- 
lombia. Pero ¿quién ha cometido esta injusticia? Cuando 
la denominación de un gran continente, adoptada i con- 
sagrada jeneralmente por el uso de muchos siglos, se 
presenta como un monumento de la injusticia de los 
hombres, es natural atribuir la causa de esta injusticia 
a aquel que parecía mas interesado en cometerla. 

Por un sentimiento tan natural, la posteridad ha 
creido que Américo Vespucio, que sobrevivió seis años a 
Colon, i que desempeñó en España el cargo de director 
de un gran depósito de cartas i noticias hidrográficas, 
cometió el fraude indisculpable de llamarse descubridor 
del continente, i de dar su nombre al nuevo mundo. Sin 
embargo, V^espucio es completamente inocente del fraude 
de que se le acusa. En 1507, el nombre de tierra de 
Américo (Anierici Tervci) fué aplicada al nuevo continente 
por un alemán desconocido de Vespucio, que habia es- 
tablecido una imprenta en Saint Dié (Francia), i que 
publicó una pequeña descripción del mundo, titulada 
Introducción de hi Cosino^rnthi. En ninguno de los es- 
critos de Vespucio consta que pretendiese usurpar la 
gloria del gran Colon. 

Sin embargo, a Américo Vespucio le cabe una gloria 
especial, i que esplica talvez el motivo que se tuvo para 
darle su nombre al nuevo continente. Colon murió en la 
persuasión de que solo habia descubierto las rejiones 
occidentales del Asia. Vespucio, después de su viaje de 
1501 i 1502, anunció en una célebre carta que aquellas 
tierras formaban un nuevo mundo de que no tuvieron 
conocimiento los antiguos. 



70 HISTORIA DE AMÉRICA 



CAPITULO VI 

Conquista de las principales islas.— Primera población 
en el continente. 

Administración de Ovando; sumisión de la Española.— Don Diego Colon 
toma el gobierno de la Española— Conquista de Puerto Rico i de 
Cuba.— Nuevos descubrimientos; fundación de una colonia en el 
continente.— Ultimas aventuras de Ojeda.— Desastrosa espedicion 
de Nicuesa.— Enciso; fundación de Santa María la Antigua. 

(1502—1511) 

Administración de Ovando; sumisión de la Espa- 
ñola.— Ovando habia salido de España con una turba 
de aventureros que ardían en deseos de hacer fortuna en 
pocos meses. La riqueza del páis correspondía aparente- 
mente a sus esperanzas; pero faltaban brazos para el 
trabajo de los lavaderos de oro, porque la reina Isabel 
habia decretado la libertad de los indíjenas, i éstos, 
acostumbrados a vivir en la ociosidad, se negaban a 
asistir a las labores, a pesar de las ofertas de pagarles 
sus servicios. Los colonos estuvieron desesperados, i 
Ovando representó a los soberanos en 1503 las ruinosas 
consecuencias que iba a producir la libertad completa de 
los indios. Espúsoles que no podia recojer los tributos; 
i para interesar a la reina, añadió que su natural indo- 
lencia retraia a los indíjenas del trabajo i de los centros 
de población cristiana, alejándolos de toda instrucción 
relijiosa. Los reyes sancionaron de nuevo el sistema de 
repartimientos, sujetándolo solo a ciertas reglas. Ovando 
no respetó estas limitaciones. Merced a algunas medidas 
enérjicas, se establecieron verdaderas faenas; pero los 
pobres indios recibieron los peores tratamientos. Se les 
bautizaba por mera fórmula, i se les obligaba a un tra- 
bajo constante, lejos de sus familias, espuestos al hambre 
i a la muerte, i sujetos a la terrible pena de azotes por 
las mas lijeras faltas. Como debia suponerse, los indios 
murieron por millares, i los que sobrevivían, se lamen- 
taban de su suerte i parecían dispuestos a sublevarse. 
Para impedir esto, el gobernador dispuso una cam- 
paña a la provincia de Jaragua, cuyos habitantes ma- 
nifestaban mayor enerjía que los del resto de la isla. 
Mandaba en ella una india llamada Anacaona, la cual 
recibió a los castellanos con amistosa benevolencia. 
Ovando, con todo, anunció un gran torneo en que los 
jinetes iban a mostrar su habilidad simulando un com- 
bate. Los indíjenas acudieron en gran número al lugar 
designado; pero a una señal dada por el mismo Ovando, 
sonaron las trompetas, los soldados desenvainaron sus 
espadas, i en vez de dar principio al simulacro de com- 



PARTE II.— CAPITULO VI 71 



bate, cargaron sobre los indios desarmados. La matanza 
fué atroz; los agresores no reparaban en sexos ni en eda- 
des para herir. Los señores principales, que estaban cerca 
de Anacaona, fueron salvados de la carnicería para su- 
frir una suerte peor: encerróseles en una choza, i ama- 
rrados a los postes, les aplicaron los tormentos mas ho- 
rribles para arrancarles sus declaraciones. Los sufrimientos 
les hicieron proferir algunas palabras contra la infeliz 
india, i entonces los españoles prendieron fuego a la 
choza para que los prisioneros pereciera;i quemados. 
Anacaona fué conducida a Santo Domingo i ahorcada 
en la plaza pública. El castigo de los indios que escapa- 
ron de la matanza, se continuó durante seis meses. 

Menos pérfida que ésta, pero no menos cruel, fué la 
conducta que emplearon los españoles contra los natu- 
rales de la provincia de Higuey. Cansados éstos de las 
exacciones que sufrían, dieron muerte a ocho castellanos, 
i se atrajeron una guerra atroz en que el valor produ- 
cido por la desesperación, no pudo nada contra la tác- 
tica i las armas de los europeos. Los castigos fueron 
terribles; i Ovando no dio por terminadas las operacio- 
nes sino cuando supo (jue los indios no intentarían su- 
blevarse en adelante. 

Tan violenta represión aseguró al fín la dominación 
de los españoles en toda la isla. El gobernador fundó 
varias poblaciones, repartió los indios entre los conquis- 
tadores, i estimuló el desarrollo de la industria con me- 
didas bien meditadas. Los castellanos plantaron la caña 
de azúcar, producción oriental que antes hablan intro- 
ducido en las Canarias. El incremento de la riqueza de 
los colonos aumentó las rentas de la corona, de modo 
que Fernando accedía fácilmente a las instancias de 
Ovando para reglamentar los repartimientos de indios. 

Pero este réjimen debia traer funestas consecuencias. 
Los indíjenas, diezmados por la guerra i agobiados por 
el trabajo, sucumbían a millares. Se cree que la isla ten- 
dría un millón de habitantes a la época de su descubri- 
miento: quince años después, su población no pasaba de 
sesenta mil. Ovando imajinó un remedio para este mal; 
en 1508 pidió permiso al rei para trasportar a la Espa- 
iiola los indios de las islas Lucayas, a pretesto de civi- 
lizarlos i de reducirlos al cristianismo; i una vez acordada 
la autorización, equipó algunas naves con este objeto. 
Los castellanos dijeron a los naturales que iban de una 
hermosa rejion en que vivían en eterna felicidad los pa- 
dres i amigos de éstos que hablan muerto, agregando 
que ellos estaban dispuestos a trasladarlos a aquellos 
paises de bienaventuranza. Los sencillos isleños creyeron 
esas promesas, i se embarcaron con los españoles para 
ser sometidos en la colonia al réjimen de los reparti- 
mientos. En cuatro o cinco años fueron trasportados de 
esta manera mas de cuarenta mil hombres. 



72 HISTORIA DE AMÉRICA 



Aparte de estas atrocidades, Ovando gobernó la isla 
con prudencia i con enerjía. Impidió la introducción de 
presidarios, fundó varias poblaciones, fomentó la riqueza 
pública incrementando a la vez las rentas de la corona, 
i dispuso algunas espediciones de reconocimiento en las 
rejiones vecinas. Ovando encargó al capitán Juan Ponce 
de León (1508) que esplorase la isla vecina de Boriquen, 
que los castellanos llamaban de San Juan (Puerto Rico), 
lo que se consiguió sin dificultad alguna. Otro capitán, 
llamado Sebastian de Ocampo, partió en el mismo año 
a reconocer a Cuba; i trajo la noticia de que aquella era 
una isla, i no una parte del continente, como se creía 
aun. 

Don DiECío (.'olon toma i-:j. (íohierno dk j>a Espa- 
ñola.— Después de la muerte de su padre, don Diego Co- 
lon reclamó para sí el gobierno de los países que aquél 
habia descubierto; pero el reí Fernando demoró el asunto 
mas de dos años, alegando que no era posible hacer con- 
cesiones a perpetuidad. El hijo del almirante solicitó en- 
tonces permiso para ventilar sus derechos ante el consejo 
de Indias; i comenzó el litijio mas importante en que ja- 
más haya podido entender tribunal alguno (1508). 

El consejo de Indias declaró que don Diego Colon 
tenia derecho al gobierno i virreinato de la Española i 
de las otras islas que habia descubierto su padre (1509). 
El reí eludió el cumplimiento de esta sentencia; pero el 
hijo del almirante iba a contraer matrimonio con doña 
María de Toledo, sobrina del duque de Alba, grande de 
España que se enorgullecía con el tratamiento de primo 
de los reyes. Lo que Fernando había negado al mérito 
de Colon, lo concedió al valimiento de uno de sus favo- 
ritos. Don Diego fué nombrado gobernador de la Espa- 
ñola en reemplazo de Ovando. 

El nuevo gobernador partió de San Lucar el 9 de 
junio de 1509 con su esposa, su hermano don Fernando, 
sus tíos don Bartolomé i don Diego, i una numerosa 
comitiva de caballeros. A su arribo a la Española, en 
agosto, los castellanos recibieron al hijo de Colon con 
el miramiento que no habían guardado . al padre. Don 
Diego Colon continuó la política de su antecesor, res- 
petó los repartimientos i dio otros nuevos. Uno de sus 
primeros afanes fué el establecimiento de una pequeña 

E oblación en la isla de Cubagua, cuyas costas abunda- 
an en perlas. 
Conquistas de Puerto liico i de Cuba.— Bajo el go- 
bierno de Ovando, el capitán Juan Ponce de León había 
esplorado la isla de Boriquen o Puerto Rico, i poco 
después el reí le encomendó su conquista. En 1509, 
Ponce de León se estableció en un pueblo de indios in- 
mediato a^ la costa del norte, i comenzó a repartir las 
tierras i los indios como lo hacían los castellanos en la 
Española. Los isleños no pudieron someterse a este tra- 



PAUTE II.— rAPÍTT'T.O VI TÍ5 



tamiento, i pensaron en sublevarse. Pero antes quisie- 
ron saber si los españoles eran inmortales; i al efecto 
ahogaron a un joven apellidado Salcedo en el paso de 
un rio. Entonces prepararon una vasta conspiración 
contra los castellanos. Los indios, en efecto, asesinaron 
a los españoles repartidos en la isla, i fueron en seguida 
a atacar al gobernador. Ponce de León desplegó en estas 
circunstancias gran valor i una prudencia estraordina- 
ria. Pidió tropas a Santo Domingo, i se mantuvo a la 
defensiva detras de unas palizadas; pero cuando llega- 
ron los ausilios, atacó al enemigo con violencia, i lo 
destrozó completamente. En esta i en otras campañas, 
los castellanos llevaban con sus tropas algunos perros 
bravios que atacaban a los indios con el mayor encar- 
nizamiento. Cuéntase que los isleños creyeron que los 
españoles que hablan muerto, resucitaba:) * ^ enian en 
ausilio de sus compatriotas próximos a sucumbir. 

Don Diego Colon conñó en seguida al capitán Diego 
de Velazquez un cuerpo de trescientos hombres i cuatro 
naves, para llevar a cabo la conquista de Cuba (1511). 
Velazquez no encontró oposición alguna en esta em- 
presa: la sumisión de la isla se hizo sin efusión de sangre 
i sin las crueldades que señalaban las otras espedicio- 
nes. Un solo jefe llamado Hatuey, que habia conseguido 
escaparse de la Española para establecerse en Cuba, hizo 
una desesperada resistencia. "Este cacique, dice Las 
Casas, anduvo siempre huyendo de los cristianos i defen- 
díase cuando los topaba, i al fin lo prendieron; i solo 
porque huia de jente tan inicua i cruel i se defendía de 
quien lo quería matar, lo hubieron de quemar vivo. 
Atado al palo decíale un relijioso de San Francisco 
algunas cosas de Dios i de nuestra fe, i que si quería 
creer aquello que le decían, que iria al cielo donde habia 
gloria i eterno descanso; si no, que Jiabia de ir al infierno 
a padecer perpetuos tormentos. El, pensando un poco, 
preguntó al relijioso si iban cristianos al cielo. El reli- 
jioso le respondió que solo iban los buenos. Dijo luego 
el cacique que no quería él ir allá sino al infierno, por 
no estar donde estuviesen i por no ver tan cruel jente. 
Esta es la fama i honra que Dios e nuestra fe han ga- 
nado con los cristianos que han ido a la India." 

En el año siguiente (1512) quedó consumada la con- 
quista de (Juba. Velazquez fundó las poblaciones de 
Santiago, en que fijó el asiento del gobierno, la Habana, 
Puerto Príncipe, Trinidad, San Salvador i Matanzas; 
repartió las tierras i los indios, introdujo el cultivo de 
la caña de azúcar, i estableció el trabajo de las minas. 
Los españoles hablan hallado en esta isla el cultivo i el 
uso del tabaco, que vino a ser mas tarde una gran fuente 
de riqueza i de comercio. 

Nuevos j)esci iuíimientos; fundack^n dio tna colonia 
EN EL CONTINENTE.— Después del cuarto viaje de Colon, 



74 HISTORIA DE AMÉRICA 



se suspendieron por algún tiempo las esploraciones de 
los castellanos; pero en 1506, Fernando autorizó a Vi- 
cente Yañez Pinzón i a otro célebre piloto llamado Juan 
Diaz de Solis, para hacer un viaje marítimo. Estos esplo- 
radores llegaron a la isla de Guanajo, i navegando hacia 
el oeste, reconocieron el golfo de Honduras i una parte 
de la costa de Yucatán. Pocas noticias se tienen de este 
viaje; pero parece que Solis i Pinzón no pensaron en 
continuar el reconocimiento de aquellas costas. 

Poco después, Solis i Pinzón recibieron el encargo de 
adelantar los descubrimientos en el continente, desde el 
cabo de San Agustín, que Lepe habia doblado en 1500. 
El 27 de junio de 1508 salieron de San Lucar, i después 
de tocar en el insinuado cabo, siguieron su viaje al sur 
haciendo frecuentes desembarcos para tomar posesión 
de aquellas tierras. La falta de buena armonía entre 
ambos navegantes, los obligó a volver a España en 
octubre del año siguiente. 

Por esa misma época se presentaron en la corte dos 
solicitantes para obtener el privilejio de descubrir i fun- 
dar poblaciones en el continente americano. Eran éstos 
el célebre piloto Juan de la Cosa, en representación de 
Alonso de Ojeda, i Diego de Nicuesa, valiente caballero 
que tenia en la corte bastante valimiento. El rei repartió 
las tierras continentales trazando una línea en el golfo 
de Darien. La parte oriental fué asignada a Ojeda, con 
el nombre de Nueva Andalucía. La rejion del norte i la 
del oeste fueron concedidas a Nicuesa. 

Los dos pretendientes equiparon sus escuadras por su 
propia cuenta. Juan de la Cosa alcanzó a reunir dos- 
cientos hombres que embarcó en tres naves. Nicuesa, que 
contaba con mas recursos, alistó mayor número de jente 
con que equipó seis embarcaciones. Como era de espe- 
rarse, los dos capitanes engrosaron sus fuerzas en la 
Española. Ojeda, que gozaba de la reputación de un 
héroe, consiguió reunir allí cien hombres mas. En noviem- 
bre de 1509 salió de Santo Domingo con sus tropas. 

El osado aventurero desembarcó en breve en el puerto 
de Cartajena. Los juristas españoles hablan redactado 
un célebre requerimiento para los jefes de esta espedi- 
cion, que siguió sirviendo en las conquistas posteriores. 
Comenzaba este documento por hacer saber a los indí- 
jenas que Dios, criador del cielo i de la tierra, habia 
creado también a los primeros hombres de donde habia 
nacido el jénero humano, que habia sometido a la auto- 
ridad de uno, que era el sumo pontífice de la cristian- 
dad; i que éste habia dado al rei de España la pro- 
piedad de las islas i tierra firme del mar Océano, con 
encargo de reducir a sus habitantes al cristianismo, o de 
someterlos a la esclavitud en caso que se resistieran a 
abrazar esta relijion. Ojeda, al desembarcar, mandó que 
los misioneros leyesen a los salvajes tan estraño reque- 



PARTE TI— CAPÍTULO VI 75 



rimiento. En seguida les hizo señales de paz para entrar 
en negociaciones. 

Los indios, que ya estaban escarmentados de sus 
tratos con los castellanos i que no entendían una pala- 
bra de aquella esposicion con que se queria cohonestar 
la injusticia de la conquista, rechazaron las proposi- 
ciones amistosas, i se apercibieron para combatir. Ojeda 
atacó a los indios con grande ímpetu, i los destrozó 
arrebatando setenta cautivos, i quemando a ocho que 
resistieron con un valor mas que humano detras de las 
palizadas de una choza. 

Continuó en seguida la persecución hasta un pueblo 
llamado Jubarco, i allí permitió que sus soldados se 
diseminaran en busca de botin. Los salvajes cargaron 
de nuevo sobre ellos con tanto empuje que la resis- 
tencia de los invasores fué completamente infructuosa. 
Ojeda peleó como un león, i aprovechó las sombras de 
la noche para ocultarse en el bosque vecino. 

Los castellanos que hablan quedado en los buques, 
desembarcaron, recorrieron inútilmente los bosques ve- 
cinos; i cuando ya se retiraban, percibieron a Alonso 
de Ojeda agobiado por el hambre i próximo a perecer. 
Los marinos pensaban sin duda en alejarse de aquella 
tierra inhospitalaria, cuando divisaron en el lejano hori- 
zonte la escuadrilla de Nicuesa que se dirijia a los paises 
cuyo gobierno le habia concedido el rei. Al saber la 
catástrofe que habia ocurrido a sus compatriotas, des- 
embarcaron 400 soldados i con ellos se pusieron en 
marcha los dos jefes. Llegaron a Jubarco de noche, 
prendieron fuego a las chozas de los indios i rodearon 
el pueblo para impedir la fuga de éstos. La carnicería 
fué espantosa: los indios que no perecieron en las llamas 
fueron pasados a cuchillo. 

Después de esta jornada, los castellanos dieron la 
vuelta a Cartajena. Allí se separó Nicuesa para ir en 
busca de las tierras de su gobernación. Ojeda se embarcó 
con sus soldados en busca de un lugar aparente para 
fundar la primera población. Llegado al golfo de Darien, 
elijió un sitio elevado en la costa oriental para asiento 
de su gobierno. La naciente ciudad recibió el nombre de 
San Sebastian. 

üi/riMAs AVENTURAS DE OjEDA.— El atrevido aventu- 
rero habia construido una especie de fortaleza de ma- 
dera para defenderse de los indios; pero falto de provi- 
siones, sin paciencia i sin costumbre de cultivar la tierra, 
no podia sostenerse sino a fuerza de correrías. Las 
primeras escursiones de Ojeda fueron desastrosas. Habia 
creído que presentándose pacíficamente se ganarla la 
voluntad de los indíjenas; pero fué recibido con una 
lluvia de flechas envenenadas que lo obligó a volver a 
San Sebastian, i a sostener ahí un terrible sitio que le 
pusieron los indios. Ojeda, que se creia invulnerable por 



76 HISTORIA DE AMÉRICA 



la virtud de una imájen de la virjen que llevaba siempre 
en su pecho, era el mas audaz de los castellanos. En 
uno de estos combates una flecha envenenada le atravesó 
una pierna. Los efectos del veneno se hicieron sentir en 
breve; pero Ojeda se hizo quemar la herida con hierros 
candentes, i soporto la operación con una rara sere- 
nidad. 

Al partir de la Española, Ojeda se habia concertado 
con un bachiller llamado Martin Fernandez de Enciso, 
que le prometió marchar en su socorro con una partida 
de jente. Pero Enciso no llegaba, i la miseria de los 
españoles tocaba los últimos estremos. Ojeda conñó el 
mando de la colonia a Francisco Pizarro, soldado oscuro 
todavía, pero que comenzaba a señalarse por su arrojo 
ante el enemigo i por su firmeza para soportar las pena- 
lidades del sitio, i se embarcó en busca de Enciso. Dio 
a sus compañeros la palabra de volver en cincuenta 
dias, autorizándolos para despoblar la colonia si no 
regresaba antes de este tiempo. 

El viaje de Ojeda fué desastroso. La embarcación fué 
batida por la tempestad, i los viajeros se consideraron 
felices con poder llegar a uno de los puertos de Cuba. 
Allí Ojeda fué apresado por los marineros de la nave, 
i se le obligó a marchar amarrado. En estas aventu- 
ras, fué necesario batirse frecuentemente con los indios; 
])ero Ojeda consiguió al fin mandar un mensaje para 
pedir ausilio a Juan de Esquivel, capitán español que 
mandaba en Jamaica. Esquivel despachó una carabela 
en su socorro: i a ella debió su salvación el desgraciado 
gobernador de la Nueva Andalucía. 

Esta fué la última campaña del valeroso Ojeda. Es-, 
quivel lo recibió favorablemente, i le facilitó los medios 
de volver a Santo Domingo. En esta ciudad murió al 
fin de resultas de la lierida que habia recibido en San 
Sebastian (1515). El soberbio caudillo no dejó dinero 
para enterrar su cadáver, i en espiacion de su pasado 
orgullo, dispuso que se le sepultara en la puerta de la 
iglesia de San Francisco para que lo pisaran todos 
los que entrasen. 

I)p:sastiíosa EsrEDiciox de Nicles a.— Diego" de Nicuesa 
llegó a la costa de Veragua en medio de un terrible tem- 
[)oral. La corriente de un rio inmediato volcó su nave 
con tal violencia que apenas pudiéronlos marineros llegar 
a tierra. Increíbles fueron las penalidades por que tuvo 
que pasar después de este naufrajio. Tras de nuevas 
aventuras i de ])eligrosas marchas, Nicuesa Aisitó a 
Puerto Bello con intención de fundar una colonia. Recha- 
zado allí por los indíjenas, se dirijió otra vez hacia el 
este, hasta un hermoso puerto rodeado de fértiles terre- 
nos. ''Detengámonos aquí en nombre de Dios'', dijo el 
desv^enturado Nicuesa al llegar a aquel sitio. Los caste- 
llanos comenzaron a construir algunas habitaciones, 



PARTE II.— CAPITULO VI 



denominando la colonia Nombre de Dios. La falta de 
alimentos, las hostilidades de los naturales i las enfer- 
medades, redujeron estraordinariamente sus tropas. Un 
dia que les pasó revista contó solo cien hombres, último 
resto de la brillante espedicion que habia partido de la 
Española. 

Enclso; fundación de Santa Marta la Antigua.— El 
socio de Ojeda, Martin Fernandez de Enciso, salió de 
Santo Domingo en dos buques, con ciento cicuenta 
hombres, algunos caballos i muchas armas (febrero de 
1510). Las autoridades del puerto rejistraron su nave 
para evitar que en ella se fugasen algunos deudores 
alzados; pero cuando se hallaba en alta mar, descubrió 
Enciso un hombre que él no habia enrolado. Era éste un 
pobre hidalgo de Jerez, de unos treinta i cinco afios de 
edad, llamado Vasco Nuñez de Balboa. Para abandonar 
aquella isla se habia encerrado en un barril que hizo 
trasportar a bordo, burlando así la vijilancia de las 
autoridades del puerto. En su irritación, Enciso lo 
amenazó con que lo abandonarla en la primera isla 
desierta que encontrase, pero las humildes súplicas de 
Balboa desarmaron al fin a aquel jefe. 

Los espedicionarios llegaron a Tartajena, i allí se les 
juntó en breve una nave ([ue mandaba Francisco Pizarro 
i que conducía las tropas salvadas de la colonia de San 
Sebastian. Después de esperar a Ojeda mas de los cin- 
cuenta dias señalados, Pizarro, cansado de sufrir los 
estragos del hambre i de la guerra, i después de haber 
perdido a muchos de sus soldados, habia resuelto volver 
a la Española. El bachiller consiguió que Pizarro i sus 
compañeros regresasen al Darien. Balboa recordó que 
en años atrás había recorrido esas costas con Rodrigo 
de Bastidas, i que habia visto un puerto excelente, cuyos 
habitantes no envenenaban sus flechas. Estas noticias 
dieron ánimo a los castellanos para proseguir su em- 
presa. 

Antes de muchos dias desembarcaron en un hermoso 
puerto de la costa occidental del golfo de Darien. I^os 
indios los hostilizaron desde luego; pero los españoles 
desplegaron tal arrojo en el primer combate, que ahuyen- 
taron escarmentados a los enemigos. En cumplimiento 
de un voto que habían hecho antes de la batalla, i en 
recuerdo de una imájen de la Vírjen muí venerada en 
Sevilla, apordaron fundar allí un pueblo con el nombre 
de Santa María la Antigua. 

Luego se hicieron sentir los primeros síntomas de 
descontento entre los colonos. Balboa excitó a sus 
compañeros a la rebelión. Amotináronse, en efecto, desti- 
tuyeron a Enciso i dijeron dos alcaldes para que los 
gobernaran: uno de ellos fué el mismo Balboa. Este 
arreglo, con todo,- era considerado como provisional. 
Algunos creían que pisaban el territorio concedido a 



78 HISTORIA DE AMÉRICA 



Nicuesa, mientras otros se manifestaban satisfechos de 
tener a su cabeza a Balboa. 

La colonia estaba preocupada con estas diferencias 
cuando llegaron al golfo de Darien dos navios cargados 
de armas i víveres que Rodrigo de Colmenares llevaba 
de la Española para ausiliar a Diego de Nicuesa. Colme- 
nares siguió esplorando la costa del norte hasta el 
guerto de Nombre de Dios. El desgraciado Nicuesa se 
aliaba allí. Su jente formaba solo un puñado de hom- 
bres desencajados por el hambre i las enfermedades: los 
demás hablan sucumbido a los rigores del clima o a las 
constantes hostilidades de los naturales. Al saber que 
habia un establecimiento en el Darien i que sus pobla- 
dores lo buscaban para que los gobernase, Nicuesa se 
dispuso a marcharse inmediatamente. 

El titulado gobernador carecía de la discreción que 
requería ese cargo. Comenzó a hablar de sus proyectos 
de gobierno, i despertó los recelos de algunos de sus 
compañeros. Dos colonos del Darien, que hablan ido en 
su busca con Colmenares, se adelantaron a la vuelta para 
anunciar el pensamiento que llevaba Nicuesa de hacer 
cumplir su voluntad. "Libertándonos de Enciso, dijeron, 
hemos salido de los dientes del lobo; pero varaos a caer 
en las garras de un tigre." Esta noticia produjo una 
violenta reacción en la colonia. Balboa juntó su jente 
para esperar a Nicuesa i para advertirle que se alejara 
de aquella costa. La resistencia de éste fué infructuosa: 
el pueblo lo insultó desapiadadamente, i lo obligó a salir 
del puerto (1.° de marzo de 1511). Nunca se ha sabido la 
suerte que corrió. El infeliz Nicuesa pereció sin duda en 
un naufrajio. 



CAPITULO VII 



Nuñez de Balboa.— Diaz de Solis.— Magallanes. 

Balboa declarado gobernador del Darien. — Descubrimiento del mar del 
sur. — Pedradas Dávila — Trájico fin de Nuñez de Balboa. — Solis; des- 
cubrimiento del rio de la Plata.— Magallanes; sus proyectos de 
descubrimientos.— Descubrimiento del estrecho.— Primer viaje al re- 
dedor del mundo. 

(1511-1521) 

Balboa declarado gobernador del Darien.— Los su- 
cesores de Colon hablan adelantado mui poco los descu- 
brimientos del célebre navegante. La fundación de la pri- 
mera colonia en el continente, vino a ser el principio de un 
nuevo período de atrevidas espediciones i de grandiosos 
descubrimientos. 



PARTE II.— CAPÍTULO TU 79 



Después de la partida de Nicuesa, se suscitó entre los 
colonos del Darien la cuestión de saber quién debia go- 
bernarlos. El bachiller Enciso solicitó el puesto para sí; 
pero Vasco Nuñez de Balboa, que habia sabido ganarse 
una merecida popularidad, combatió sus pretensiones. 
El cabildo organizado por los castellanos desconoció los 
derechos de Enciso; i Vasco Nuñez de Balboa, en su ca- 
rácter de alcalde, dispuso que se embarcara al bachiller 
para España, a fin de que pudiera entablar apelación 
ante los tribunales competentes. 

Una vez dueño del gobierno, Balboa desplegó gran 
talento para el mando. Para ensanchar los límites de su 
gobernación, dispuso varias correrías al interior, i para 
resistir a la guerra de emboscadas que mantenían los 
indios, i hacerles pagar caro el uso de las flechas enve- 
nenadas. Balboa empleó los perros como ausiliares de 
sus soldados. El mismo tenia uno que se distinguía par- 
ticularmente por su instinto, que se llamaba Leoncico. 
''Este perro, dice el historiador Oviedo, ganó a Vasco 
Nuñez mas de dos mil pesos de oro, porque se le daba 
tanta parte como a un compañero en el oro i en los es- 
clavos. Era de un instinto maravilloso, i así conocía al 
indio bravo i al manso como le conociera yo. Por ma- 
ravilla se le escapaba ningún indio. I como lo alcanzaba, 
si el indio estaba quedo, asíale por la muñeca o la mano, 
i traíale tan ceñidamente sin morderle ni apretarle como 
le pudiere traer un hombre; pero si se ponía en defensa, 
hacíale pedazos." 

En estas diferentes espediciones, los castellanos reco- 
jieron una abundante cosecha de oro. Un dia que se ha- 
llaba en casa de un cacique llamado Comagre, tuvieron 
un altercado sobre el reparto del oro recojido. El hijo 
mayor del cacique se levantó, i golpeando con el puño 
las balanzas en que los castellanos pesaban el rico metal, 
les dijo: "¿A qué disputáis por tal bagatela? Si el deseo 
de poseer el oro os ha traído a nuestro país, yo os ense- 
ñaré una rejion donde podréis saciar vuestros deseos. Mi- 
rad esas altas montañas que se levantan al sur; al otro 
lado se estiende un gran mar que navega unanacion pode- 
rosa, provista de bajeles tan grandes como los vuestros. 
Para llegar allí necesitáis de fuerzas mayores que las que 
componen vuestro ejército, porque en el camino encontra- 
reis poderosos jefes que pueden poner sobre las armas mu- 
chos soldados." Esta fué la primera noticia que tuvieron 
los españoles acerca del grande océano i del poderoso im- 
perio de los incas. Balboa, que creía como Colon que pi- 
saba las estremidades orientales del Asia, se imajinó es- 
tar a las puertas de los mares de la India i del rico 
imperio de Cipango. 

El activo descubridor se veía embarazado en sus pro- 
yectos no solo por Ja falta de recursos sino también por 
las inquietudes constantes de la colonia. Felizmente, en 



<S() HISTORIA DE AMKRICA 



los primeros meses de 1513 llegó de la Española un re- 
fuerzo de 150 hombres i de víveres en abundancia. 

Poco tiempo después, recibió Balboa desagradables 
noticias de la corte. El bachiller Enciso se habia quere- 
llado al rei i habia obtenido una reparación completa. 
El ájente de Balboa que le comunicaba esto, le advertía, 
ademas, que en breve recibida la orden de volver a Es- 
paña a dar cuenta de su conducta. En tal situación, el 
intrépido aventurero creyó que no tenia mas que un par- 
tido que tomar, i éste era el de ponerse inmediatamente 
en marcha para dar cima a su empresa. Esperaba que 
el resultado de ésta fuera su mas completa justificación. 

Desct BKiMiENTo DEL MAu DEE SER.— Vasco Nuñez de 
Balboa escojió 179 hombres de los mas resueltos i vigo- 
rosos que tenia bajo su mando, i como 1,000 indios au- 
siliares i algunos perros. El G de setiembre dividió sus 
tropas en dos cuerpos en el puerto de Careta, dejó uno 
de ellos al cuidado de su nave i de las canoas, i con el 
otro emprendió la marcha. 

La rejion en que acababa de internarse Balboa es for- 
mada por esa angosta faja de tierra que separa los dos 
océanos, i une las dos grandes secciones del continente 
americano. Aunque el ancho de ese pais sea solo de unas 
pocas leguas, su trayecto ofrecía dificultades inmensas. 
La cadena de montañas que lo atraviesa en toda su es- 
tension como una barrera opuesta a la comunicación de 
los dos océanos, forma a uno i otro lado escarpados pre- 
cipicios, rápidos torrentes i variadas ondulaciones del 
terreno. La vejetacion se desarrolla en bosques impene- 
trables de elevad ísimos árboles que ocultan pantanos in- 
salubres i de difícil tránsito. Los ardores del sol de los 
trópicos unidos a las pútridas emanaciones de aquellas 
marismas, al paso que dan vida a una multitud de in- 
sectos venenosos, enervan las fuerzas del hombre i pro- 
ducen fiebres mortíferas. Este pais, ademas, estaba po- 
blado por indios salvajes, casi nómades, que hablan de 
hostilizar en su marcha a los soldados de Balboa. 

En efecto, un jefe indio llamado Ponca, huyó al acer- 
carse los españoles; pero sabedor de la rectitud con que 
Balboa trataba a los indíjenas, volvió sobre sus pasos i 
le prestó excelentes guias para dirijir la marcha. Mas ade- 
lante fué indispensable presentar batalla a otras tribus 
de indios para escarmentarlas. Este combate, las difi- 
cultades de un camino tortuoso, los rios que .era nece- 
sario pasar en débiles balsas, los pantanos en que se 
hundían los hombres, los violentos precipicios de aque- 
llas montañas, esplican cómo un viaje de unas pocas 
leguas ocupó a los castellanos diez i nueve dias. Por 
fin, el 25 de setiembre, Balboa se adelantó a sus com- 
pañeros. Al estender la vista desde una altura, un mar 
sin límites se presentó a sus ojos; i sobrecojido de 
admiración, cayó de rodillas, levantando las manos al 



PARTE II.— OAPÍTFLO VII SI 



cielo para manifestar a Dios su profunda gratitud por 
haberlo destinado a tan gran descubrimiento. Sus com- 
pañeros treparon la montaña para gozar también del 
magnífico espectáculo (^ue se desarrollaba en el hori- 
zonte. Como su jefe, ellos también se prosternaron de 
rodillas elevando al cielo sus oraciones. En seguida 
cortaron en el bosque un árbol grande i construyeron 
una cruz que plantaron en el lugar desde donde Balboa 
habia descubierto el océano. Allí mismo cantaron el 
Te Dfíjijn, con que los castellanos acostumbraban cele- 
brar sus descubrimientos. 

Pocas horas después comenzaron a bajar la montaña 
para llegar a la playa. In caci(iue llamado Cheapes 
les prohibió poner el pié en sus dominios; pero algunas 
descargas de mos([uetería i los ladridos de los perros, 
bastaron para poner en fuga los pelotones de salvajes. 
Desde aquel lugar, el jefe de la espedicion envió tres 
pequeñas partidas en busca del camino mas corto para 
llegar al mar. Después de dos dias de marcha, el jefe 
de una de esas partidas, llamado Alonso Martin, llegó 
a la playa, i precipitándose en una canoa de indios, 
llamó a sus compañeros para que fuesen testigos de que 
él era el primer español que hubiese navegado en aquel 
mar. 

El 29 de setiembre de 1513, Balboa llegó a unn espa- 
ciosa bahía, a la cual dio el nombre de golfo de San 
Miguel. Esperó que subiese la marea; i entonces penetró 
al mar con la bandera de Castilla en una mano i una 
espada en la otra, declarándose sostenedor de los dere- 
chos reales sobre aquel océano, las tierras que bañaba 
i las islas (jue con tenia. En seguida, él i sus soldados 
trazaron en los árboles la señal de la cruz para atesti- 
guar la posesión que hablan tomado a nombre de los 
reyes de España. 

Balboa esploró las rej iones vecinas, sometió nuevas 
tribus i aun visitó las islas inmediatas, donde los indios 
pescaban hermosísimas perlas. Terminadas estas opera- 
ciones, dio su vuelta al Darien. El 19 de enero de 1514, 
después de cuatro meses de ausencia, se halló reunido a 
sus compañeros. Su entrada a la ciudad fué un verda- 
dero triunfo: todo el pueblo salió a recibirlo en medio 
de los aplausos i de las mas entusiastas demostracio- 
nes de admiración i de gratitud. Ningún capitán de las 
Indias, según Oviedo, habia sabido captarse mejor que 
Vasco Nuñez de Balboa el amor de sus soldados. 

Peuiíauias DÁviLA.— Pero la prosperidad de los con- 
quistadores de América no podia durar largo tiempo. 
El bachiller Enciso estaba en la corte empeñado en 
arruinar a Balboa. Rodríguez de Fonseca, el enemigo 
implacable de Colon, se habia interesado por Enciso. 
Ambos ponderaban el despotismo de Balboa, i lo acu- 
saban de la desgracia del desventurado Nicuesa. 

G 



82 lIÍ>*TftiiIA 



DIO A.M KKICA 



El rei se dejó influenciar por estas acusaciones, i dis- 
puso el envío de un empleado especial que procesase a 
Balboa i estableciese en la colonia un gobierno regular. 
La elección recayó en Pedro Arias de Avila, llamado 
comunmente Pedrarias Dávila, caballero de Segovia, 
distinguido por su maestría en los ejercicios de justas i 
torneos. Muchos hidalgos castellanos que se preparaban 
para partir a Italia, se pusieron bajo sus órdenes, i 
formaron un cuerpo de dos mil hombres. Para su tras- 
porte, se aprontaron en Sevilla veinte i dos naves. 

Aquella escuadra era la mas considerable que jamas 
hubiese salido de España para las Indias. Entre los otros 
funcionarios que iban en ella, figuraba un fraile francis- 
cano llamado Juan de (Juevedo, que llevaba el título de 
obispo de ('astilla del Oro, nombre que los españoles 
hablan dado a esa provincia. El equipo de la espedicion 
costó al rei mas de cincuenta i cuatro mil ducados. 

Pedrarias llegó al Darien a fines de mayo de 1514. 
Habíase imajinado que iba a encontrar a Balboa sentado 
en un trono, dando leyes a sus esclavos: sus emisarios 
hallaron al gobernador con un vestido ordinario de al- 
godón, calzado con alpargatas, i dirijiendo a sus indios 
que le techaban la casa con paja. El hábil descubridor 
dispuso que los colonos recibieran solemnemente a su 
sucesor, pero sin armas para no despertar sus sos- 
pechas. 

Pedrarias no era el hombre aparente para reemplazar 
a Balboa. Aparentó tratarlo con toda urbanidad; pero 
comenzó a formarle un juicio de residencia en que se 
descularla ya su ojeriza i su envidia. Los negocios de la 
colonia se empeoraron desde luego. Pedrarias no supo 
contener la codicia de sus gobernados; i las violencias 
de éstos provocaron una sublevación casi jeneral de parte 
de los indíjenas. El mismo Balboa, que habia sabido 
someterlos alternando la prudencia i la enerjía, fué im- 
potente para dominarlos. Comenzaron a escasear los 
víveres; i los castellanos, que bajo el gobierno del descu- 
bridor soportaban contentos las privaciones, se queja- 
ban de sus padecimientos i pensaban en volver a Es- 
paña. 

Tra.jico fin de Nvxkz de Balboa.— La noticia de los 
descubrimientos de Balboa habia. llegado, entretanto, a 
España. El rei i sus consejeros quedaron sorprendidos 
al saber las maravillosas empresas del oscuro aventu- 
rero a quien poco antes hablan tratado ^de malhechor. 
(Quisieron entonces hacerle justicia, i le espidieron el título 
de adelantado del mar del sur i de capitán jeneral de las 
provincias de su costa, pero lo dejaron todavía bajo las 
órdenes del pérfido Pedrarias. 

En 1515 llegaron al Darien los despachos de Balboa. 
Pedrarias sintió renacer la envidia en su corazón, i se 
atrevió a desobedecer al rei reteniendo los despachos. El 



PARTE II.— CAPITUJ.O YII 8H 



obispo intervino entonces, reduciendo a ambos a aceptar 
un convenio. Pedrarias entregó a Balboa los títulos de 
adelantado, comprometiéndose éste a someterse a su de- 
pendencia. 8e estipuló ademas el enlace de Balboa con 
una hija de Pedrarias, que se hallaba en España. Cre- 
yendo que todo quedaba definitivamente arreglado, el 
obispo se volvió a Castilla. 

Después de esta reconciliación. Balboa no pensó mas que 
en llevar adelante sus descubrimientos. En las playas del 
mar del sur habia oido hablar de un poderoso imperio 
que se levantaba en el mediodía, i estaba preocupado 
con la idea de marchar a su conquista. En el puerto de 
(Jareta preparó los materiales para la construcción de 
cuatro naves, cortó la madera, reunió las anclas, las jar- 
cias i la clavazón; i cuando hubo terminado estos apres- 
tos, los hizo trasportar a hombros hasta el otro mar. 
Jamas hombre alguno desplegó mayor actividad que el 
intrépido Balboa cuando realizaba tan jigantescos traba- 
jos. Muchos indios perecieron en la travesía; pero los espa- 
ñoles i algunos negros salvaron los montes i llegaron 
con grandes dificultades a las orillas de un rio que de- 
nominaron de las Balsas, en donde comenzaron a cons- 
truir sus naves. Balboa no se dio un momento de descanso 
hasta echar al rio dos bergantines. Embarcóse en ellos 
con todos los españoles que podian contener, i dio prin- 
cipio a la esploracion del mar que habia descubierto. 

Pero los celos de Pedrarias no hablan desaparecido con 
la capitulación. Con fútiles pretestos habia embarazado 
los trabajos del adelantado; i cuando vio que éste habia 
construido algunas naves i reunido 800 hombres, le co- 
municó la orden de comparecer a su presencia para darle 
instrucciones relativas a su espedicion. 

Entre los aventureros que acompañaban a Balboa ha- 
bia un veneciano llamado Miser Codro, que presumía de 
astrólogo. Habia anunciado éste a su jefe que cuando se 
pusiese una estrella (un planeta) en cierta parte del fir- 
mamento, BU vida se hallaría en gran peligro; pero que si 
sobrevivía aquel año, llegarla a ser el mas rico capitán de 
las Indias. Una noche divisó Balboa la estrella fatal en el 
punto que le habia indicado el astrólogo; pero en vez de 
alarmarse por este funesto presajio que habría pertur- 
bado el ánimo de casi todos los hombres de su siglo, refirió 
a sus compañeros su conversación con Miser Codro, bur- 
lándose de tales pronósticos. Al recibir la orden de Pe- 
drarias, se puso en marcha para el Darien sin sospechar 
el lazo infame que se le tendia. 

Antes de llegar a la colonia encontró a Erancisco Biza- 
rro con una partida de tropas que lo esperaba para 
prenderlo. "¿(Jué es esto, Bizarro? le dijo: antes no salías 
a recibirme de esta manera."" Pizarro no contestó una 
palabra, sino que lo hizo trasportar al pequeño pueblo 
de Acia, que acababa de fundarse en la costa oriental 



84 HISTORIA DE AMERICA 



del istmo. Allí supo Balboa la inicua trama (]ue se liabia 
fraguado contra él. Varios de sus amigos estaban presos: 
los denuncios de algunos indios habian dado pretesto a 
su persecución; i se le procesaba por conatos de subleva- 
ción. Pedrarias lo visitó en la prisión para echarle en 
cara su crimen. ''Si eso que me imputáis fuera cierto, 
contestó el preso, teniendo a mis órdenes cuatro navios 
i 800 hombres, me hubiera ido la mar adelante sin estor- 
bármelo nadie. No dudé de venir a vuestro mandado, i 
nunca pude imajinarme que fuese para verme tratado con 
tan enorme injusticia." 

Esta sencilla defensa no sirvió de nada. El alcalde ma- 
yor del Darien, Gaspar de Espinosa, adelantó la causa 
hasta ponerla en estado de sentencia. Entonces preguntó 
al gobernador si convendría perdonar la vida al reo en 
atención a sus importantes servicios. "Nó, dijo Pedrarias; 
si pecó, muera por ello." 

La muerte de Vasco Nuñez de Balboa era inevitable. 
El obispo Quevedo, su protector, liabia vuelto a España, 
i no habia en la colonia un hombre poderoso que se 
interesase por él. Al fin se dio la sentencia. Inútil fué 
que el adelantado apelase de ella para ante el rei i el 
consejo de Indias. Pedrarias desechó la apelación. El dia 
de la ejecución, al oir que el pregonero lo proclamaba 
traidor al rei i usurpador de sus dominios. Balboa es- 
clamó: — "Traidor nó! ¡Jamas tuve otro pensamiento que 
dilatar los estados del rei mi señor!'' Balboa i cuatro 
de sus presuntos cómplices fueron decapitados en la plaza 
de Acia. ''I fué hincado un palo en que estuvo la cabeza 
del adelantado muchos dias puesta, dice Oviedo. Desde 
una casa estaba Pedrarias mirándolos por entre las ca- 
ñas de la pared" (1517). 

La corte pareció sentir esta grande injusticia. Por cé- 
dulas posteriores mandó restituir una parte de los bienes 
de Balboa a sus hermanos que residían en España, pero 
el pérfido I^edrarias quedó todavía gobernando en la 
provincia de ('astilla del Oro. Esta era la justicia del rei 
para con los conquistadores del nuevo mundo. 

SOLIS; DESCl lUMMIENTO DEL RíO DE LA PlATA.— El dcS- 

cubrimiento del mar del sur abre un nuevo período en 
la historia de los progresos de la jeografía. El error de 
Colon, (jue creia haber llegado en sus esploraciones a las 
costas orientales del Asia, quedó esperimentalmente de- 
mostrado; i la suposición de algunos de los esploradores 
que sostenían que las tierras recien descubiertas forma- 
ban un continente antes desconocido, fué desde entonces 
un hecho incuestionable. En los libros i en los mapas, ese 
continente fué denominado "Nuevo Mundo." El rei se ha- 
bla preocupado ya con el pensamiento de hallar un paso a 
las indias orientales; pero al saber los descubrimientos de 
Balboa, tuvo la idea de hacer navegar el mar del sur 
para dilatar sus conquistas. 



PARTE II.— CAPITULO V 



Por muerte de xVmérico Vespucio, ocurrida en 1512, 
el rei Fernando confió a Juan Diaz de Solis el impor- 
tante cargo de piloto mayor de España. El rei le encargó 
que buscara un paso al mar del sur para llegar a las 
costas de Panamá. 

Solis salió con tres naves del puerto de Lepe el 8 de 
Octubre de 1515. Recorrió las costas orientales de Amé- 
rica hasta los 35° de latitud sur. Allí notó que la tierra 
cambiaba de dirección, i que se abria un espacioso canal. 
Los españoles quedaron asombrados al encontrar un cau- 
dal tan considerable de agua dulce, i siempre inclinados 
a ver algo maravilloso, lo denominaron mar Dulce (Rio 
de la Plata). Solis se adelantó con una nave, i siguió 
sus reconocimientos hasta una isla que encontró poblada 
de salvajes. Acompañado de alganos de los sujos bajó 
a tierra; pero él i los suyos fueron atacados i muertos 
por los indios antes que pudieran ser socorridos (1516). 
El piloto Francisco de Torres tomó el mando de la es- 
cuadrilla, i dio la vuelta a España para referir la des- 
gracia que habia puesto fin a la espedicion. Según él, los 
cuerpos de Solis i de sus compañeros habian sido destro- 
zados por los salvajes, asados i comidos con horrenda 
ferocidad. 

Maííallanes; srs j^koyectos de DKscrjíRiMiENTOs.— La 
gloria de hallar el paso que buscaba Solis, estaba re- 
servada a otro navegante mucho mas célebre. En febrero 
de 1518 se presentó en Valladolid un aventurero portu- 
gués llamado Hernando de Magallanes. En su juventud 
habia navegado en los mares de la India i se habia dis- 
tinguido por su arrojo peleando contra los asiáticos i 
los africanos; pero sus servicios fueron desatendidos por 
el rei de Portugal, i él se determinó a espatriarse i a ofre- 
cerlos al monarca español, Carlos de Austria, joven de 
diez i siete años, que acababa de ser proclamado rei por 
las cortesde Castilla (1517), i parecía ansioso por ilustrar 
su reinado con nuevos descubrimientos. 

Los portugueses habian tenido noticia en la India de 
unas islas que producían la especería, i que denominaban 
las Molucas. Algunos se habian adelantado hasta ellas 
i habian recojido valiosos cargamentos de canela i de 
clavos de olor, mercaderías que, en aquella época tenían 
grande estimación. Magallanes sostenía que aquellas islas 
estaban comprendidas en la demarcación que el Papa lia- 
bia fijado a las posesiones del rei de España. 

Pero ¿cómo llegar a aquellos paises sin tocar en las 
posesiones de los portugueses? La prolongacdon de la 
costa del continente americano habla hecho creer (jue 
éste se dilataba del uno al otro polo; "de forma, dice un 
escritor de aquella época, que en ninguna manera se 
pudiese pasar ni navegar por allí para ir hacia el oriente.'' 
Magallanes, sin embargo, queria hallar un paso para los 
mares orientales. 



86 IllNTOKIA 1)1': AMKHU'A 



Este proyecto, que ahora parece tan ¡sencillo, encon- 
tró entonces grandes resistencias a causa de las erradas 
nociones que se tenian sobre la forma de los continen- 
tes. Felizmente, Carlos de Austria dispensó a la empresa 
su decidida protección. Sin embargo, el rei de Portugal 
representó al monarca español sus derechos a las islas 
situadas en los mares de la India, i trató de disuadir 
a Magallanes de su proyecto, porque era contrario a su 
patria natal. Los halagos i las amenazas no pudieron 
cambiar la resolución del intrépido marino. Se pensó 
hasta en hacer asesinar a Magallanes; pero, con una fir- 
meza incontrastable, logró éste equipar una escuadrilla 
de cinco naves tripuladas por 2G5 hombres. 

Descuiíiíimiento del Estrecho.— Magallanes salió de 
San Lucar el 20 de setiembre de 1519, con el mismo rumbo 
que cuatro años antes habia llevado Solis. Los castella- 
nos que mandaban las naves no podian perdonar a Ma- 
gallanes su nacionalidad. Uno de ellos, llamado Juan de 
Cartajena, tuvo un dia una irritante discusión con Ma- 
gallanes; pero éste lo apresó por su propia mano, i do- 
minó así el primer amago de rebelión. 

Los castellanos siguieron esplorando la costa de la 
América, reconocieron el rio de la I?lata, i pasando mu- 
cho mas adelante, fondearon el 31 de marzo de 1520 en 
el puerto de San Julián, en donde quería Magallanes es- 
perar la primavera. Sus subalternos venian cansados con 
tan largo viaje, i pensaban solo en volver a España; pero 
convencidos de que no podrían doblegar la voluntad fé- 
rrea de su jefe, tramaron una conspiración. En la noche 
del 1.° de abril se apoderaron de tres de las naves i apre- 
saron a los oficiales que no tomaban parte en el com- 
plot. 

En esta difícil situación, Magallanes desplegó una au- 
dacia digna de la grande empresa que habia acometido. 
Mandó apuñalear en su. propia nave a Luis de Men- 
doza, jefe de los insurrectos, durante una conferencia; i 
dueño de esta embarcación, dominó las otras. Hizo de- 
capitar en tierra a Gaspar de Quezada, otro de los jefes 
de la insurrección. Juan de Cartajena i un capellán de la 
escuadrilla que habia tomado parte en aquel movimiento, 
fueron abandonados en esa costa inhospitalaria. Ma- 
gallanes logró al fin mantener la disciplina. 

Los castellanos perdieron en esos lugares una de sus 
naves que se habia adelantado al sur para hacer un re- 
conocimiento. Allí también encontraron por primera vez 
salvajes de grande estatura, que tomaron por jigantes. 
Llamáronlos patagones, por el enorme tamaño de sus 
pies. 

Pasado el invierno, Magallanes prosiguió su viaje. Sus 
marineros estaban aterrorizados por encontrarse en ma- 
res a donde no habia llegado navegante alguno. Solo el 
jefe estaba resuelto a llevar a término aquella empresa. 



PAUTIO H. — rAPriTLO Vlí >>< 



El 21 de octubre de 1520, divisó un cabo que llamó de 
las Once Mil Vírjenes, detras del cual se halló la entrada 
del estrecho que buscaba Magallanes. Al penetrar en él, 
suscitáronse nuevas dificultades. Un piloto llamado Es- 
teban Gómez se oponia a pasar adelante; sublevó la tri- 
pulación de su nave i dio la vuelta a España. 

El osado navegante deploró la pérdida de uno de sus 
buques; pero no volvió atrás, i reconoció todo el Estre- 
cho, a que dio el nombre de Todos los Santos, en con- 
memoración de la fiesta que celebra la iglesia al comenzar 
el mes de noviembre. La posteridad le ha dado el nombre 
de su ilustre descubridor. 

Primer viaje alrededor dee mi ndo.— El 27 de no- 
viembre de 1520, los castellanos se encontraron en un 
mar bonancible. Era aquel el mismo mar del sur que 
Balboa habia descubierto desde las rej iones del istmo 
en 1518. Magallanes le dio la denominación de mar Pací- 
fico, que conserva todavía. Deseando llegar a los mares 
de la India, dirijió su rumbo al noroeste. 

Increibles fueron los sufrimientos de esta navegación. 
La galleta que comían los esplorad ores era un polvo 
mezclado de gusanos, i de un olor insoportable por estar 
impregnada de orines de ratas; el agua era pútrida i he- 
dionda. Los castellanos comieron los cueros en que 
estaban envueltos los cables, el aserrín de madera, i las 
ratas mismas habían llegado a ser un alimento codiciado. 
Mas de veinte hombres murieron de escorbuto, i otros 
estaban próximos a perecer, cuando el G de marzo de 
1521 avistó Magallanes unas islas a los 13 grados al 
norte de la línea equinoccial. Formaban parte de un 
archipiélago que denominó de los Ladrones (las ]\Ia- 
rianas), en donde se detuvo solo tres días para renovar 
algunas provisiones. 

Magallanes comenzaba a navegar entonces en medio 
de los archipiélagos del Asía. El 1(3 de marzo descubrió 
otra isla i en seguida muchas mas, a las cuales dio el 
nombre de San Lázaro, que ahora son llamadas l'ili- 
pinas. En ellas trabó relaciones de amistad con varios 
reyezuelos, cambió presentes i recojió noticias para ha- 
cer mas tarde su conquista. 

El señor mas poderoso con quien trataron los caste- 
llanos era el reí de la estensa isla de Zebú. Para com- 
placerlos, recibió éste el bautismo i se declaró vasallo del 
reí de España. Pero los habitantes de un islote inmediato 
llamado Mactan, lejos de reconocer la autoridad de los 
castellanos, provocaron su saña. A la cabeza de cerca 
de sesenta hombres, desembarcó. Magallanes en aquel 
islote al amanecer del 27 de abril de 1521. Apenas sus 
soldados penetraron en el territorio enemigo, los rodeó 
una inmensa multitud de indios, descargando sobre ellos 
piedras i otros proyectiles. Los españoles hicieron pro- 
digios de valor; pero después de una hora de combate, 



8H HISTORIA DE AMÉRICA 



se sintieron desfallecer ante el mayor número, i pensaron 
en retirarse. Ya fué imposible hacerlo: los salvajes aco- 
saban a los castellanos i los ultimaban atrozmente. Ma- 
gallanes i ocho de los suyos sucumbieron de esta suerte: 
los demás pudieron volver a embarcarse aprovechándose 
del desorden con que los isleños celebraban la muerte 
del jefe enemigo. 

Todavía tuvieron que sufrir los castellanos otras des- 
gracias antes de dejar aquellas islas. El rei de Zebú hizo 
asesinar a muchos, tendiéndoles un infame lazo. Los que 
salvaron de esta matanza, se dirijieron por fin a las 
Molucas, i como les faltara la jente para tripular las 
tres naves que les quedaban, quemaron la mas destruida 
de ellas; i en las dos restantes prosiguieron la esploracion 
de a(|uellas islas. 

A fines de diciembre de 1521, las dos naves estaban 
listas para volver a Europa. Por desgracia, una de ellas 
no se hallaba en estado de emprender ese viaje; i fué 
necesario dejarla allí para atender a su reparación. La 
otra, llamada Victori¿i, pudo salir bajo el mando del 
piloto vizcaíno Juan Sebastian del Cano. El pensamiento 
de éste era volver a Europa, como habia deseado Ma- 
gallanes, por el mismo camino que seguian los portu- 
gueses para llegar a la India. 

La navegación fué peligrosa, no solo por las tempestades 
en las costas occidentales del África, sino por la falta de 
víveres. El 1 de setiembre de 1522, después de un viaje 
de tres años, la Victorm fondeó en San Lucar. En vez 
de los 2G5 hombres que salieron de aquel puerto, del 
Cano traia solo diez i siete compañeros, i aun éstos vol- 
vían fiacos, enfermos i quebrantados por los sufrimientos 
de tan penoso viaje. 

Tantos padecimientos estaban indemnizados de sobra 
con la gloria de aquel viaje maravilloso. Los castellanos 
hablan consumado la mayor de las navegaciones, dando 
una vuelta alrededor del globo. La esfericidad de éste 
quedaba esperimentalmente demostrada, conquista de 
un alcance incalculable para el progreso dé la jeografía 
i de las ciencias exactas. El rei premió los trabajos de 
los que volvieron de tan gloriosa espedicion. A Juan Se- 
bastian del Cano se le dio una pensión vitalicia i un 
escudo de armas cuya cimera era un globo con esta ins- 
cripción: PríinuH circiinclodiste nw. 



PARTE II. — CAPÍTITLO VIII 89 



CAPITULO VIII 

La esclavitud de los indios.— Las Casas.— Descubrimientos en el 
golfo de Méjico. 

Primeras quejas contra los repartimientos. — Las Casas. — Introducción 
de esclavos africanos en América. — Las Casas proyecta fundar 
una colonia seg-un sus principios. — Descubrimiento de la Florida. 
— Desculu'imientos de Francisco Hernández de Córdoba.— Esi>edi- 
cion de Juan de Grijalva. 

(1511—1521) 

Primeras (¿ri:.jA8 contra los refaiítlmikntos.— Mien- 
tras los castellanos se ocupaban con tanto empeño en 
dilatar sus descubrimientos, la isla Española era el teatro 
de acaloradas discusiones sobre la esclavitud de los indí- 
jenas. Los infelices indios continuaban sometidos al sis- 
tema de repartimientos, i eran víctimas del mas crudo 
despotismo. En 1511, un fraile dominicano, frai Antonio 
Montecinos, tuvo la audacia de predicar en público con- 
tra los opresores de los indios. Reconvenido por sus 
palabras, el predicador se mantuvo fírme, i anunció que 
cada vez que predicara lo baria en el mismo sentido. 

El tesorero de la colonia, Miguel de Pasamonte, escri- 
bió a la corte quejándose de los padres dominicanos, i 
envió un fraile franciscano, frai Alonso de Espinal, para 
que sostuviera la acusación. Los dominicanos comisio- 
naron al mismo Montecinos para que defendiese su doc- 
trina. De aquí se orijinaron las ruidosas discusiones 
entre franciscanos i dominicanos sobre la esclavitud de 
los indios. 

Al saber estas ocurrencias, el rei declaró que los repar- 
timientos estaban fundados en la concesión hecha por 
la Santa Sede, i autorizados por las leyes divinas i hu- 
manas, puesto que si los indios no estaban sometidos a 
los españoles, seria imposible instruirlos en la relijion 
cristiana. El rei creia que para impedir el mal trata- 
miento de los indios, bastaba prescribir ciertas reglas 
referentes a los trabajos, la alimentación i la enseñanza 
de esos infelices (1518). 

Para hacer ejecutar estas disposiciones, fué encargado 
en 1514 de todo lo relativo al gobierno de los indios 
Rodrigo de Alburquerque, liombre codicioso i sin ver- 
güenza, que hizo un nuevo reparto en proporción a las 
dádivas que recibía. Los indios que en 1508 ascendían 
a G(),()()0, seis años después no pasaban de 14,000; ¡a 
tanto los hablan reducido el trabajo i los padecimientos! 
La nueva distribución produjo en la colonia ardientes 
reclamaciones. Don Diego Colon, que veia menoscabada 



90 HISTORIA DK AMÉRICA 



SU autoridad, resolvió volver a España a sostener sus 
prerro;^ativa8, i a quejarse de los desmanes cometidos 
por Alburquerqne (1515). 

Las Casas.— Las injusticias de Alburquerque liabian 
irritado profundamente a un clérig'o, que estaba desti- 
nado a llenar una de las mas hermosas- pajinas de la 
historia de la conquista. Era éste Bartolomé de Las 
Casas, hombre de carácter ardiente i apasionado, de poco 
mas de 50 años de edad, que veia un hermano en cada 
indio, i (jue solo pensaba en la conquista pacífica del 
nuevo mundo. 

Las Casas pasó a España en 1515. Al oir las acusa- 
ciones (jue éste hacia a los poseedores de indios, el rei 
manifestó interés por el proyecto que se le proponía. Pero 
la muerte sorprendió al monarca pocos dias después 
(enero de 1510); i entonces tomó las riendas del gobierno, 
en calidad de rejente, el cardenal Jiménez de Cisneros, 
hombre humano i jeneroso a la vez que gran político. 
Cisneros oyó las acusaciones de Las Casas, i deseando 
conocer la causa del mal por el órgano de liombres que 
no tuviesen interés en los repartimientos, confió la comi- 
sión de entender en todo lo relativo a este asunto a tres 
frailes de la orden de San Jerónimo, que debian trasla- 
darse a Uis Indias. Las Casas recibió también el honroso 
título de protector de los indios, con el cargo de ayudar 
a los comisionados en sus trabajos (1516). 

Estos comisarios se condujeron desde el primer mo- 
mento con gran prudencia. Oyeron las quejas de todos, 
i comenzaron por poner en libertad a los indios que 
liabian sido adjudicados a los cortesanos que no residían 
en América. Al mismo tiempo informaron a Cisneros que 
los españoles establecidos en las colonias no bastaban 
para el beneficio de las minas, ni para el cultivo de la 
tierra; que por lo tanto era necesario obligar a los indios 
al trabajo, i tolerar por tanto los repartimientos para 
el fomento de la industria i para reducir a aquéllos al 
cristianismo. Ademas, los comisionados hicieron cum])lir 
los reglamentos, añadieron otros nuevos, i su j ¡rieron a 
sus compatriotas sentimientos de benevolencia en favor 
de los indios. Los colonos se manifestaron contentos de 
este resultado. 

Las Casas, sin embargo, creia (jue los americanos de- 
bian quedar completamente libres. Convencido de que sus 
afanes i predicaciones en la Española no producirían 
resultado alguno, se embarcó nuevamente para Europa 
(mayo de 1517). 

iNTKOnrCCIOX de esclavos AKIMI anos en A.MKHK'A.— 

Los consejeros fiamencos que rodeaban al rei Carlos oye- 
i'on con interés las i'eclamaciones de Las Casas, i aun 
dispusieron que se estudiara nuevamente la cuestión. La 
principal objeción que se hacia a su proyecto era el aban- 
dono en que iban a quedar los trabajos de los colonos 



PARTE 1I.~OAPÍTULO VIII 91 



si se decretaba la libertad de los indíjenas. Para vencer 
este inconveniente, Las Casas propuso comprar en los 
estalílecimientos que los portugueses tenían en las costas 
de África, un número considerable de negros i traspor- 
tarlos a América, en donde serian empleados como escla- 
vos. Las Casas no creia que iba a imponer a los africanos 
un yugo tan pesado como el que agobiaba a los indios. 
Los negros hablan sido introducidos en la Española en 
años atrás; i mientras los indios sucumbían al peso de 
sus tareas, ellos progresaban maravillosamente, ejecu- 
tando cada uno por sí solo mas trabajo que cuatro 
americanos. 

El plan de Las Casas fué bien acojido por los corte- 
sanos ñamencos que rodeaban al rei. Uno de ellos obtuvo 
el privilejio esclusivo de llevar a América cuatro mil 
negros; pero una vez dueño de la concesión, la vendió a 
unos mercaderes jenoveses. Sin embargo, el excesivo pre- 
cio a que se vendían los esclavos en las colonias en los 
primeros tiempos, hacia mui difícil su adquisición. Las 
Casas pensó entonces en tocar otro recurso diferente. 
Creyó que convenia fomentar la emigración de agricul- 
tores i artesanos, que llevaran a las colonias hábitos de 
trabajo. Los ministros del rei apoyaron este proyecto; 
pero el pensamiento del jeneroso protector de los indios 
quedó frustrado. 

Las Casas puovecta findak tna colonia seíun srs 
PRINCIPIOS.— Las Casas desesperó entonces de poder plan- 
tear su sistema de gobierno en los países que habían 
ocupado los españoles. Convencido de que los europeos 
podían aprovechar el prestijio que les daba su intelijencia 
i su civilización para ganarse la voluntad de los ameri- 
canos, solicitó el permiso de fundar una colonia de culti- 
vadores, artesanos i eclesiásticos en las costáis del con- 
tinente, comprometiéndose a civilizar en dos años diez 
mil indíjenas, i a asegurar a la corona una renta consi- 
derable. Este proyecto encontró muchas resistencias. Los 
ministros del reí, sin embargo, convinieron en hacer un 
ensayo en la costa de Cumaná con arreglo a las bases 
propuestas por Las Casas. 

El rei se dejó impresionar también por la elocuencia 
de Las Casas, i tirmó la concesión solicitada el 9 de 
nmyo de 1520. El protector de los indios activó los 
preparativos con su ardor acostumbrado, reunió dos- 
cientos labradores que debía llevar en tres navios, i víve- 
res en abundancia. Para presentar a sus colonos como 
jeiite diversa de los españoles, había dispuesto que 
se vistiesen de paño blanco, con una cruz roja en el 
pecho. 

Con esta pequeña compañía partió Las Casas de Es- 
paña.. Desde tiempo atrás, los colonos de la Española 
habían resuelto llevar indios de la costa firme, arrancán- 
dolos por engaño o por la fuerza. Este tráfico infame 



92 HlS'IOinA I»K AMÉRICA 



iba acompañado de las mayores atrocidades, de modo 
que los españoles llegaron a ser profundamente detesta- 
dos en toda aquella costa. En la violencia de su resen- 
timiento, los indios dieron muerte a los misioneros 
dominicanos que se hablan establecido en Cumaná para 
convertirlos al cristianismo. Los colonos de la Española 
hablan preparado cinco naves i trescientos hombres bajo 
las órdenes de Gonzalo de Ocampo para castigar severa- 
mente aquellos indios i tomar como esclavos el mayor 
número posible. Los esfuerzos de Las Casas para im- 
pedir esta espedicion fueron completamente inútiles. 

Su constancia no desmayó con esto. De los doscientos 
hombres que Las Casas habia sacado de España, solo le 
quedaban cincuenta. Sin embargo, con ellos se embarcó 
para ('umaná en julio de 1521; pero allí solo halló ene- 
migos por todas partes. Las atrocidades cometidas por 
Ocampo hablan embravecido de tal manera a los indios, 
que se liabian retirado a los montes, a fin de prepararse 
para destruir a sus agresores. Así que Ocampo aban- 
donó la costa con gran parte de sus fuerzas, los indíjenas 
atacaron a los que quedaban, obligándolos a retirarse a 
la pequeña isla de Cubagua, donde se habia establecido 
una colonia para la pesca de las perlas. El terror se co- 
mi^nicó a los castellanos que se ocupaban en esta esplo- 
tacion, obligándolos a abandonar la isla i a asilarse en 
Santo Domingo. 

Tantas desgracias abatieron por fin la fortaleza de 
ánimo del protector de los indios. Abrumado por tama- 
ños contratiempos, aunque convencido de que circunstan- 
cias estrañas eran la causa del mal, se asiló en el convento 
de dominicanos, tomó el hábito de esta orden, i se abs- 
tuvo por algunos años de dirijir empresas de este jénero. 

DEHCuniuMiENTo DE LA Floiuda.— En el uiismo tiempo 
en que se discutían estas cuestiones, los castellanos ha- 
blan ensanchado prodijiosamente sus descubrimientos. 
Desde el año de 1512 los esploradores comenzaron a vi- 
sitar la rejion del norte del golfo de Méjico i a preparar 
el terreno para conquistas mas asombrosas. 

El primero de estos descubridores fué Juan Ponce de 
León, el célebre conquistador de Puerto Rico. A pesar de 
su avanzada edad, este atrevido aventurero pensaba solo 
en grandes proyectos de descubrimientos. Revolviendo en 
su mente estas ideas, halló unos indios viejos que le ase- 
guraban que en una tierra remota situada al norte existia 
un pais en que habia un rio cuyas aguas poseían la singa- 
lar virtud de rejuvenecer a todo el que se bañaba en ellas. 
Estaban tan acostumbrados los castellanos a ver tantas 
maravillas en los paises recien descubiertos, que Ponce 
de T^eon no vaciló en ponerse en marcha en busca de la 
fuente de la juventud. 

El 3 de marzo de 1518 salió de Puerto Rico con di- 
rección al norte. Visitó unas tras otras las islas del archi- 



PARTE II.— CAPÍTIJ.O \III \)-\ 



piélago de Bahama buscando una que debia llamarse 
Binini, en que habia de liallar la deseada fuente. Ponce 
de León reconoció infructuosamente los manantiales, rios, 
lag;os i aun los pantanos de aquellas islas; i ^in desani- 
marse por el mal éxito de su empresa, navegó siempre al 
norte, hasta que el domingo 27 de marzo descubrió una 
tierra cubierta de árboles i flores. Era aquella la penín- 
sula de la Florida, a la cual dio su descubridor ese nom- 
bre por ser ese el dia de l*ascua de Resurrección. A su vuelta, 
se detuvo todavía en las Bahamas buscando siempre la 
fuente de la juventud. 

La ilusión que habia sufrido el célebre conquistador, 
fué oríjen de muchas burlas de parte de sus compañeros; 
pero convencido de la importancia de sus servicios, Ponce 
de León pasó a España, en donde recibió del rei el título 
de gobernador de Puerto Rico. En 1521 emprendió una 
nueva espedicion ala Florida con ánimo de asentar en ella 
la dominación española. Ponce de León recibió una he- 
rida de flecha, i volvió a Cuba en donde murió pocos 
dias después. 

Descubrimientos de FitAXCisco Hernández de Cór- 
doba.— La isla de Cuba fué el centro de nuevas esplora- 
clones. En 1517 un hidalgo llamado Francisco Hernández, 
natural de la ciudad de Córdoba, equipó tres embarcaciones 
con que salió de la Habana el 8 de febrero con dirección 
a las Lucayas, en busca de indios que tomar como es- 
clavos; pero arrastrado por vientos contrarios, después 
de tres semanas de navegación, llegó al cabo Catoche, 
que forma la punta oriental de la península de Yucatán. 

Fácil es suponer la admiración de los castellanos al 
encontrar grandes edificios de piedra; pero su sorpresa 
fué mayor cuando algunas canoas de indios, vestidos con 
ropa de algodón, se acercaron a sus naves para convi- 
darlos a bajar a tierra. Hernández de Córdoba no tardó 
en convencerse de que habia descubierto una tierra que 
poblaban hombres civilizados. FA esmerado cultivo del 
suelo, el delicado tejido de las telas, i la construcción de 
los ediftcios, no dejaban lugar a duda. Los indios ocul- 
tos en las inmediaciones, cayeron sobre los castellanos, 
de sorpresa, con grande impetuosidad, lanzando sus 
flechas e hiriendo a quhice en el primer momento; pero 
una descarga de las armas de fuego los espantó de tal 
manera que huyeron precipitadamente. 

Hernández de Córdoba continuó su navegación al oeste, 
encontrando por todas partes evidentes señales de una 
avanzada civilización. En Potonchan dispuso el desem- 
barco de toda su jente para renovar la provisión de 
agua, pero los indios lo atacaron con tal furor i en tan 
gran número, que cuarenta i siete españoles (quedaron 
muertos; i todos los demás, con escepcion de uno solo, 
fueron heridos. Hernández de Córdol)a recibió doce heri- 
das; pero dispuso la retirada de su jente a las naves, i 



1)4 HISTORIA DE AMÍ:it[CA 



la vuelta de la escuadrilla a la isla de Cuba. Muchos cas- 
tellanos murieron en la navegación; i el mismo Hernán- 
dez de Córdoba, capitán digno por su intelijencia i su 
valor de dirijir empresas mayores, sucumbió de resultas 
de sus heridas pocos dias después de su arribo a aquella 
isla. 

EsPEDiciON DE JrAN DE Gruaeva.— Los iuformes su- 
ministrados por Hernández determinaron a Diego Velaz- 
quez, goI)ernador de Cuba, a preparar una nueva espe- 
dicion. Equipó una escuadrilla de cuatro embarcaciones 
i la confió al mando de Juan de Grijalva, capitán que se 
habia distinguido en la conquista de Cuba. Grijalva sa- 
lió del puerto de Santiago el 1.° de mayo de 1518. Des- 
cubrió la isla de Cozumel, i continuó en seguida su viaje 
por la costa del continente; pero mejor preparado que su 
antecesor para rechazar a los indíjenas, sufrió mucho 
menos dailo. En el rio de Tabasco, o de Grijalva, como 
lo llamaron los castellanos, tuvo una conferencia amis- 
tosa con el jefe mejicano de aquella provincia, i siguió 
adelantando sus reconocimientos hacia el norte. Desem- 
barcó en una isla pequeña que denominó de los Sacrifi- 
cios, a causa de los restos humanos que encontró en uno 
de los templos; i poco después en la isla que llamó San 
Juan de Ulúa. 

Grijalva siguió navegando hasta Panuco, encontrando 
en todas partes poblaciones mas o menos numerosas i 
terrenos cultivados con esmero. Penetrado de que for- 
maban parte de un imperio poderoso i civilizado que no 
era posible invadir con los escasos recursos que tenia a 
su disposición, resolvió volver a Cuba después de seis 
meses de ausencia, con la esperanza de reunir fuerzas su- 
periores para acometer la conquista de los paises que 
acababa de visitar. 

Velazquez recibió con gran contento estas noticias, i 
preparó una nueva espedicion para llevar a cabo la con- 
quista. Para alejar a Grijalva de toda pretensión, lo re- 
cibió fríamente i aun lo acusó de liaber despreciado la 
oportunidad de fundar una colonia en aquel pais. Velaz- 
quez buscó en seguida otro hombre a quien encargarle 
la conquista en que soñaba. 



PARTE II.— CAPITULO IX 95 



CAPITULO IX 

Hernán Cortes.— Campaña de Méjico. 

Hernán Cortes toma el mando de las fnt'i'zns dcstinaclas ¡i la conquista 
de Méjico. — Partida de Cortes.— Desembarco de Cortes en el conti- 
nente; primei'os combates, — Cortes en el imperio mejicano; asegura 
la alianza de los totonecavS.— Destruye sus nív ves. —Cortes g-ana la 
alianzn, de In n^pública de Tlíiscnla. — Marclm sobre Méjico; matanza 
de ('holnla. — L^os españoles en Méjico. — IM-ision de Moctezuma. — Moc- 
tezuma se reconoce vasallo del rei de España. 

(1519—1520) 

Hernán Cortes toma el mando de eah ft^erzas des- 
tinadas A EA CONQUISTA DE Me.1 ICO.— Hernán Cortes na- 
ció en Medellin, en la provincia de Estremadura, el año 
de 1485. Sus padres lo mandaron a la universidad de 
Salamanca a estudiar leyes. Cortes se disgustó luego de 
los estudios i abrazó la carrera militar, lina grave en- 
fermedad le impidió embarcarse para Ñapóles, en donde 
deseaba servir a las órdenes de Gonzalo de Córdoba. En 
1502 estaba a punto de embarcarse para America. Es- 
calando una noche una pared con motivo de una intriga 
amorosa, se derrumbaron algunas piedras, i Cortes cayó 
al suelo mui estropeado. Solo dos años después, en 1504, 
pudo emprender su viaje. 

p]n la P^spañola recibió una porción de tierras i un 
repartimiento de indios; pero las pacíficas ocupaciones 
de la labranza no alejaron de su espíritu la pasión por 
las aventuras militares. Tomó parte en diversas espedi- 
ciones contra los indios sublevados; i en 1509 estuvo a 
punto de embarcarse con Alonso de Ojeda i de acompa- 
ñarlo en su desastrosa campaña a la costa firme. Una 
nueva enfermedad le impidió realizar su pro^^ecto. Por 
fin, en 1511, cuando Velazquez emprendió la conquista 
de Cuba, Cortes tomó parte en ella i se distinguió por 
su valor i por su prudencia. 

A pesar del papel secundario que hasta entonces habiíi 
desempeñado. Cortes se anunciaba ya como un hombre 
capaz de mayores cosas. Cuando Velazquez buscaba un 
jefe de su confianza a quien encomendar el mando de la 
espedicion que destinaba a Méjico, algunos de sus conse- 
jeros le recomendaron a Cortes como hombre de valor i 
de talento, pero bastante humilde para aspirar a hacerse 
independiente. Velazquez aprobó, por fin, esta indicación. 
Cortes aceptó el encargo en el momento. Destinó al apresto 
de la escuadra todo el dinero que poseia, hipotecó en se- 
guida sus tierras i sus indios, i acudió al crédito de sus 
compañeros. 



!)0 HISTORIA DE AMÉRICA 



Paiitida de Cortes.— La actividad incansable de Cor- 
tes suplió la escasez de sus recursos. A mediados de 
noviembre tenia reunidas seis naves en el puerto de San- 
tiago de Cuba. Pero la misma actividad de Cortes des- 
pertó la desconñanza de Velazquez. Algunos de los deudos 
i amigos de éste no cesaban de representarle el peligro 
en que se veia su autoridad con la elevación del soldado 
que iba a dirijir aquella empresa. Velazquez se dejó im- 
presionar por estos temores, i aun trató de dar a otra 
persona el mando de la espedicion; pero Cortes fué avi- 
sado del peligro que corria su empresa, i se embarcó 
una noche con todos sus oñciales i soldados. Al amane- 
cer del siguiente dia, cuando las naves estaban a punto 
de hacerse a la vela, se despidió de Velazquez, que había 
llegado a la playa lleno de sobresalto por la noticia de 
tan precipitada partida. ''¿Así os despedís de mí?", le 
dijo el capitán jeneral. "Perdonadme, contestó Hernán 
Cortes desde una chalupa: hai cosas que es preciso híicer 
antes de pensarlas ¿Tenéis algo que encargarme?". En 
seguida salió del puerto con toda la escuadrilla (18 de 
noviembre de 1518). 

Las naves no llevaban un número suficiente de solda- 
dos para acometer la grande empresa que proyectaba 
(■ortes. Le fué forzoso acercarse a otros puntos de la 
costa en busca de víveres i de aventureros que quisieran 
engancharse bajo sus banderas. En el puerto de Trinidad 
se le reunieron algunos castellanos que habian hecho 
poco antes el viaje de las costas de Méjico con (rrijalva. 
Velazquez, entre tanto, no desesperaba de poder impedir 
la partida de Cortes. Impartió órdenes a las autoridades 
de la costa para que lo apresaran; pero éstas no se atre- 
vieron a tomar medida alguna contra un capitán idola- 
trado por sus soldados. El 18 de febrero de 1510 se 
alejó por fin Cortes de aquellas costas. 

La escuadrilla de Cortes constaba de once embarca- 
ciones de pequeño porte, tripuladas por 110 marineros. 
El ejército era compuesto de 553 hombres armados de 
picas i de espadas: 45 de ellos llevaban armas de fuego, 
i solo 16 tenian caballo. La artillería contaba solo ca- 
torce piezas de poco alcance, pero bien provistas de 
municiones. 

Desembarco de Cortes en i:l (ontinente; primeros 
COMBATES. — Cortes siguió el mismo rumbo que Grijalva, 
i desembarcó en la isla de Cozumel. Allí supo que de seis 
compañeros de Nicuesa que habian naufragado en aque- 
llas costas, solo quedaban vivos dos. Uno de ellos, un 
clérigo llamado Jerónimo de Aguilar, se le reunió; i le 
fué mui útil por su conocimiento de la lengua que se 
hablaba en el Yucatán. 

De ('ozumel, los castellanos se dirijieron a la costa de 
Tabasco, i fondearon en el rio de este nombre, (-ortes 
fué recibido como enemigo, i se vio precisado a sostener 



PARTE II. — CAI'Í^IM r.O IX Di 



dos terribles combates en que al fin vencieron el arrojo 
i la disciplina de los castellanos. Los indios se recono- 
cieron vasallos de España i se sometieron a abrazar la 
relijion cristiana. El nombre de la ciudad de Tabasco fué 
reemplazado por el de Santa María de la \^ictoria; i en 
señal de sumisión, los tabasqueños ofrecieron a Cortes 
víveres en abundancia, vestidos de algodón, i veinte 
mujeres para servir en los menesteres domésticos. Todas 
ellas fueron bautizadas; i una que recibió el nombre de 
doña Marina, quedó adherida a Cortes por los vínculos 
del amor i de la admiración, i desempeñó un papel im- 
portante en la historia. 

La escuadra española continuó su nave^^acion hasta 
el puerto que Grijalva habia llamado de San Juan de 
Ulna. T^na piragua llena de indios se acercó a las naves 
con muestras de paz i de amistad. Cortes los invitó a 
subir a bordo; i oyó de su boca un estenso discurso 
que esplicaron los intérpretes. Entonces supo que entre 
aquellos indios habia dos altos personajes que venian 
mandados por el gobernador político i por el jefe militar 
de aquella provincia, para informarse del objeto con que 
los castellanos visitaban aí^uellas costas, i para ofrecerles 
los socorros que necesitasen en la continuación de su 
viaje. Entonces, por primera vez, o^^eron liablar del poder 
de Moctezuma, el soberano del rico imperio de Méjico, 
de sus elementos de gobierno i de su numeroso ejército. 
Cortes contestó a los enviados del gobernador que lle- 
gaba a su pais con propósitos pacíñcos, i que queria 
tener una entrevista con las autoridades de tierra. 

I]l siguiente dia, 21 de abril, desembarcó con sus 
tropas, sus caballos i su artillería, i estableció su campo 
bajo unas enramadas para guarecerse del sol. En ese 
lugar entró dos dias después en comunicaciones con el 
gobernador azteca, llamado Teuhtlile. Cortes espuso que 
iba a aquellas rejiones mandado por Carlos de Austria, 
el soberano mas poderoso del oriente, i que deseaba 
hablar con el emperador mejicano. Esta pretensión causó 
gran sorpresa a Teuhtlile i a su comitiva; pero ofrecieron 
comunicar al emperador la solicitud de Cortes. Durante 
la entrevista, notó el jefe español que algunos indios se 
ocupaban en dibujar en unas hojas de papel los objetos 
que llamaban su atención. Cortes supuso que aquellas 
pinturas estaban destinadas para comunicar al empera- 
dor la noticia de su arribo; i para mostrar el poder de 
sus elementos militares, mandó hacer un apai-ato bélico 
con ejercicios de artillería. La admiración de ios mejica- 
nos se convirtió en terror cuando sintieron el estampido 
de los cañones, i cuando vieron la ajilidad de los caballos 
i de los jinetes. Cortes se despidió afablemente del jefe 
azteca, i se conservó en su campo hasta esperar la con- 
testación de Moctezuma. 

CoFiTIOS ES EL IMIMOIMO MIO.IICANO; ASECIIíA LA AIJAXZA 



IIISTOIUA i)K AMF>UirA 



DE ].os TírroNECAs. — Los aztecas creían que Quetzalcoatl, 
uno de sus dioses, se había separado de la tierra anun- 
ciando que volvería a reinar entre sus fíeles. La apari- 
ción de los castellanos en la costa liizo revivir esta 
tradición; i Moctezuma mismo creyó que se acercaba el 
término de su reinado. Al saber que el jefe de los inva- 
sores quería llegar hasta Méjico, reunió a sus consejeros 
i discutió con ellos sobre lo que convenia hacer. Emi- 
tiéronse en aquella junta muí diversos pareceres. Mocte- 
zuma dispuso que se remitieran al jefe invasor valiosos 
regalos, eludiendo, o mas bien, negando el permiso que 
éste solicitaba para avanzar hasta Méjico. 

Los embajadores llegaron al campamento de Cortes 
una semana después de su primera entrevista con 
Teuhtlile. Estendieron en el suelo algunos petates primo- 
rosamente trabajados, i sobre ellos colocaron finísimas 
telas de algodón, muchas pinturas i diversos objetos 
formados con plumas de vistosos colores, dos grandes 
planchas de oro i de plata (jue representaban el sol i la 
luna, brazcdetes, collares i otras joyas de metales pre- 
ciosos. liOS castellanos avaluaron aquel obsequio en 
20,000 ducados, i manifestaron gran satisfacción a la 
vista de tantas riíjuezas; pero cuando los embajadores 
les comunicaron la negativa del emperador a sus pre- 
tensiones de llegar hasta Méjico, sintieron avivarse la 
codicia que los presentes hablan hecho nacer en sus cora- 
zones. 

Cortes recibió la negativa de Moctezuma con las apa- 
riencias de un profundo respeto; pero pidió de nuevo 
el permiso de pasar a la capital. Al cabo de diez dias, 
volvieron los embajadores i comunicaron a los espa- 
ñoles la prohibición formal de pasar adelante. Cortes 
oyó esta orden con una fínjida sumisión; pero volviéndose 
a sus capitanes, les dijo: ''No cabe duda de que éste es 
un poderoso príncipe; pero aunque sea difícil, es menester 
que le hagamos una visita." Desde entonces se preparó 
a tomar por la fuerza lo que se les negaba por favor. 

Los indios que hablan anuido los dias anteriores para 
llevar víveres a Cortes i a sus compañeros, hablan des- 
aparecido de las inmediaciones del campamento, lo que 
hacia creer que abrigal)an el propósito de asediar a los 
estranjeros por hambre. Mientras tanto, la escasez de 
provisiones que empezaban a esperimentar o tal vez los 
peligros futuros de la espedicion, produjeron entre los 
españoles una rei)entina consternación de que se aprove- 
charon los pocos partidarios de Velazquez para tratar 
de volver a Cuba. Cortes, que estaba seguro de que 
podia contar con l;i voluntad de sus soldados, aparentó 
aprobar la vuelta inmediata de su ejército; pero sus 
tropas estuvieron a punto de amotinarse, i comenzaron 
a reclamar a gritos la presencia del jeneral. Cortes les 
espuso que aquella orden habia emanado de las repre- 



\K\n'VK 11. — rAi'í'iHtLo ix 'J9 



sentaciones de algunos oñciales; pero que él estaba dis- 
puesto a seguir adelante en la empresa, si sus soldados 
querian acompañarlo. Esta declaración fue acojida con 
jeneral aplauso. 

Cortes liabia recibido pocos dias antes una embajada 
del jefe de los totonecas que habitaban en Cempoalla, en 
la rejion del norte. Los embajadores comunicaron que los 
mejicanos liabian conquistado poco antes aquel territo- 
rio, i que ejercían sobre sus habitantes un despotismo que 
los mantenía violentos por sacudir el yugo. Esta revela- 
ción abrió a Cortes una risueña perspectiva. El jeneral 
comprendió que una política hábil podia convertir en 
ausiliares a los descontentos. P]n efecto. Cortes se puso en 
marcha con una pequeña división para Cempoalla, donde 
fué recibido en medio de las aclamaciones de los indíjenas, 
i comprometió hábilmente al jefe totonecá a negarse al 
pago deHbs impuestos debidos al emperador. Allí mismo 
dio principio a la propaganda relijiosa. Los indíjenas 
renunciaron al culto de sus sanguinarios dioses. El 
santuario de Cempoalla fué purificado: en el lugar que 
ocupaban los ídolos, se levantó un altar donde fué 
colocada la imájen de la Vírjen. 

El jeneral habia decidido la fundación de una colonia. 
Elijió para ello un puerto de aquella costa, poco mas 
al norte de Cempoalla, i le dio el nombre de Villarrica 
de la Vera Cruz, rompiendo así los lazos de aparente 
subordinación que lo ligaban al gobernador de Cuba. 
Nombró alcaldes i rejidores de la nueva colonia; i una 
vez organizado el cabildo, hizo renuncia del mando que 
ejercía. Como debe suponerse, Cortes fué nombrado capi- 
tán jeneral del ejército i justicia mayor de la ciudad. 
Los que se atrevieron a murmurar de esta elección, fueron 
apresados i puestos a bordo. 

CoRTi':s DESTRUYE sT^s NAVES.— Cortes empeñó a los ma- 
jistrados de Veracruz a que enviasen al rei una memoria 
justificativa de su conducta para suplicarle que ratificara 
todo lo que hasta entonces habia hecho. Para dar mas 
peso a la esposicion del cabildo, dispuso (jue se enviaran 
los magníficos presentes que habia recibido; i era tal su 
ascendiente sobre sus soldados, que éstos renunciaron 
gustosos su parte para hacer al rei un valioso obsequio. 

Mientras Cortes tomaba estas medidas, algunos ma- 
rineros i soldados dirijidos por uno de los capellanes de 
la espedicion, frai Juan Diaz, tramaban una conspira- 
ción para apoderarse de una de las naves i volverse a 
Cuba. El jeneral hizo ahorcar a dos de los principales 
instigadores dQ la rebelión, i mandó azotar a los otros. 
El carácter sacerdotal que investía, salvó al capellán de 
una pena igual. lOste complot indujo a Cortes a tomar 
una resolución suprema, para hacer imj)osible todo pro- 
yecto de volver a Cuba. Bajo pre testo de que sus naves 
se li aliaban inservibles para la navegación, ordenó que 



loo II1ST(>J{1A DJO AMKRICA 



se les quitasen las jarcias, el velamen i el fierro, i que en 
seguida se las echase a pique. Una sola se salvo de esta 
destrucción. 

La noticia de la destrucción de la escuadra produjo en 
el campamento una gran consternación; los mismos ami- 
gos del jeneral lo acusaron de haber resuelto su pérdida. 
Cortes aplacó la tempestad manifestando a sus compa- 
ñeros que como dueño de las naves podia hacer de ellas 
lo que quisiera, que la destrucción de éstas aumentaba 
el número de sus soldados, i que ya se hallaba en situa- 
ción de emprender la conquista. 'To me quedo, esclamó; 
pero si alguno de vosotros quiere volver a Cuba, pronta 
está la última de mis naves para trasportarlo.'' El as- 
cendiente irresistible de Cortes calmó la cólera de todos: 
sus compañeros juraron que estaban prontos a acompa- 
ñarlo al fin del mundo. 

Cortes (jana la alianza de la REPriiLicA de Tlas- 
CALA.— Moctezuma habia hecho notificar por tercera vez 
a Cortes que no le permitía avanzar a Méjico; pero el de- 
nodado capitán estaba resuelto a todo. Dejó en Veracruz 
una guarnición a las órdenes de Juan de Escalante; i el 
1() de agosto de 1519 rompió la marcha. Su ejército se 
componía de poco mas de cuatrocientos infantes, de 15 
jinetes i de siete cañones, de 1,300 indios guerreros de 
Cempoalla, i de 1,000 tamanes o cargadores. 

Después de quince dias de marcha, los castellanos lle- 
garon al territorio de la república de Tlascala, que con- 
servaba su independencia del imperio mejicano a pesar 
de largos años de terribles guerras. Cortes tuvo noticia 
de que los tlascaltecas abrigaban disposiciones hostiles. 
Pasó resueltamente la frontera de la república, i el 1.° 
de setiembre de 1519 sostuvo el primer ata(]ue en que 
quedó vencedor con la pérdida de dos caballos i de uno 
de sus soldados. El dia siguiente (2 de setiembre) los 
castellanos se encontraron enfrente de un ejército mucho 
mas considerable, mandado por un guerrero joven i ani- 
moso llamado Xicotencatl. Los ejércitos se batieron todo 
el dia. El valiente Xicotencatl se vio obligado a aban- 
donar el campo de batalla, retirándose en buen orden. 
Cortes no pudo perseguirlo, i des])achó embajadores a 
proponer la paz. Xicotencatl respondió que el camino 
de Tlascala no se abrirla a los españoles sino para con- 
ducirlos a la piedra de los sacrificios. 

Al amanecer del 5 de setiembre de 1519, el jeneral es- 
pañol pasó revista a sus tropas, i dio la orden de mar- 
char al encuentro del enemigo. El choque fué encarnizado 
i terrible; la victoria estaba indecisa cuando uno de los 
jefes indios abandonó el campo. Tras de este jefe se reti- 
raron mas de 10,000 guerreros, persuadiendo a otros 
capitanes a imitar su ejemplo. El esforzado jeneral tlas- 
calteca resistió íodavía algún tiempo mas; pero se vio 
al fin precisado a retirarse con buen orden. 



PAUTE II. — CAPITULO JX 101 



Cortes volvió a renovar sus proposiciones de paz, pero 
los tlascaltecas, lejos de aceptarlas, prepararon una sor- 
presa nocturna. Las tropas de Cortes dormían en orden 
de batalla, i los centinelas guardaban el campo. Al des- 
cubrir la sorpresa que se preparaba, el jeneral se lanzó 
al encuentro de los asaltantes con su caballería , i los ate- 
rrorizó, obligándolos a huir precipitadamente. 

A pesar de tan repetidos triunfos, los españoles se en- 
contraban rendidos de cansancio i de fatiga. Cortes, sin 
embargo, permanecía en la resolución de llevar adelante 
la comenzada empresa. De nucA^o volvió a ofrecer la paz a 
los tlascal tecas; i el senado de la república, finjiendo acep- 
tarla, mandó una embajada al campo de los castellanos. 

La alegría renació en el campamento; pero doila Ma- 
rina habla observado que aquella misión era ana estra- 
tajema, i (]ue los embajadores eran espías. Cortes adqui- 
rió la prueba, i devolvió los emisarios después de haber 
hecho cortarles las manos. ''Decid a vuestro jeneral, les 
dijo al despedirlos, (]ue puede venir de noche i de dia, pon pie 
siempre estamos prontos para reei birlo. ■'Xicotencatl creyó 
que los misteriosos estranjeros sabian penetrar el pen- 
samiento de los demás hombres, i convino en aceptar la 
paz. El ejército castellano hizo su entrada solemne en 
Tlascala, sometiéndose sus habitantes a la corona de 
Castilla i obligándose a ayudar a Cortes en sus futuras 
empresas. 

Marcha sohkI': Mk.iko; matax/a dk Cu o tai la.— Tan 
luego como las tropas castellanas estuvieron en estado 
de seguir la marcha, Cortes se puso en viaje para Méjico. 
Los tlascaltecas le advirtieron el peligro que corria si, 
fiado en las amistosas protestas del emperador Mocte- 
zuma, se atrevía a pisar su territorio. El jeneral español, 
ausiliado por un cuerpo de seis mil tlascaltecas, avanzó 
sin embargo hasta Cholula. Los castellanos fueron reci- 
bidos con suma benevolencia; pero el emperador habia 
enviado secretamente la orden de hacerlos perecer. 

lios aliados tlascaltecas no hablan sido admitidos en 
Cholula. Dos de ellos entraron disfrazados i dieron a Cor- 
tes la noticia de (|ue cada noche sallan de la ciudad mu- 
chas mujeres i niños, i que en el templo hal)ian sido sa- 
criíicados seis mancebos, lo que se practicaba cuando se 
iba a acometer alguna empresa militar. Doña Marina, 
ademas, descubrió que cerca de la ciudad estaba acuar- 
telado un cuerpo de tropas mejicanas, que se abrían fo- 
sos profundos cubriéndolos lijeramente para que cayesen 
en ellos los caballos, i que en las azoteas se reunían ar- 
mas i piedras para dispararlas sobre los españoles cuando 
llegara el momento de dar el golpe. Cortes reunió algu- 
nos sacerdotes mejicanos, i los obligó por medio de ha- 
lagos, a descubrir el complot. Pi-eparóse entonces ])ara 
ejecutar uno de esos actos atroces ([vie no son i-aros en 
la conquista del nuevo mundo. 



102 iiis'i'oKiA di: am í:ki('a 



El ejército español pasó la noche sobre las armas, 
esperando un asalto de sorpresa. Al amanecer del si- 
guiente dia llegaron a su cuartel los principales señores 
de (Jholula, seguidos de una escolta de indios que debian 
servir para el carguío de los bagajes de los españoles. 
Cortes los hizo entrar a un patio, puso centinelas en las 
puertas, i montado en su caballo de batalla, les declaró 
que conocía sus pérfidos proyectos. Los señores de la 
ciudad, sobrecogidos de estupor, no se atrevieron a negar 
su traición. Creian (}ue los blancos eran seres sobrenatu- 
rales que adivinaban el pensamiento de los demás hom- 
bres. Cortes dio la señal convenida, que era un disparo 
de arcabuz. Las tropas se pusieron en movimiento, i 
cayeron de improviso sobre los indios agrupados en el 
patio. Los habitantes de Cholula acudieron de golpe a 
las puertas del cuartel; pero las balas de cañón destro 
zaban los grupos de jente inerme. Los tlascaltecas, entre 
tanto, atacaban por la espalda a las masas del pueblo 
que parecían querer ausiliar a los que sucumbían en el 
patio del cuartel. La carnicería fué espantosa; las calles 
quedaron sembradas de cadáveres i cubiertas de charcos 
de sangre. Los castellanos pusieron fuego a los templos, 
en donde perecieron muchos sacerdotes i algunos jefes. 
Se computa en seis mil el número de indios muertos en 
aquella terrible e hihuinana jornada. 

Después de la carnicería, Cortes puso en libertad a los 
majistrados de la ciudad, les vituperó su perfidia i les 
declaró que los perdonaba a condición de que restable- 
ciesen el orden i de (|ue llamasen a Cholula a los habi- 
tantes que hablan huido. Con esto dio por terminado el 
castigo de la ciudad, i se preparó para seguir su marcha 
a Méjico. En el camino, los castellanos eran recibidos 
como libertadores que llegaban a destruir la opresión del 
imperio. 

Los ESPAÑOLES OCUPAN A Me.hco.— El ejérclto de Cortes 
siguió su marcha triunfal hasta la hermosa campiña que 
rodeaba los lagos mejicanos. Ningún enemigo se habla 
opuesto al paso de los castellanos. En las ciudades eran 
recibidos ostentosamente, i encontraban emisarios del 
emperador que les teman preparada una benévola acojida. 
Los españoles entraron en una espaciosa i larga calzada 
que servia de comunicación con la capital del imperio 
(8 de noviembre de 1549). ''Aquí me salieron a ver, dice 
Cortes, hasta mil hombres principales; cada uno hacia 
una ceremonia, ponia la mano en la tierra i la besaba. 
Junto a la ciudad nos salió a recibir el señor Moctezuma, 
con hasta doscientos señores, todos descalzos i vestidos 
de otra librea bien rica. Venian en dos filas, i el dicho 
Moctezuma venia en medio de dos señores descalzos. Co- 
mo nos juntamos, yo me apeé i le fui a abrazar, e aquellos 
dos señores me detuvieron para que no le tocase; i ellos 
i él hicieron así mismo ceremonias de besar la tierra. Me 



l'AK'IM] II.- CAPÍTI LO IX 1().'5 



quité un collar que llevaba de margaritas i diamanteH ele 
vidrios, i se lo eché al cuello, i vino un servidor suyo con 
dos collares, i Moctezuma se volvió a mí i me los echó 
al cuello i tornó a seguir por la calle liasta llegar a una 
casa mui grande que tenia preparada para nos aposen- 
tar." Moctezuma tuvo allí su primera conferencia con el 
jeneral español, (¿ueria saber de dónde venían i cuál era 
el objeto del viaje de estos misteriosos estranjeros.. Cortés 
satizfízo sus preguntas, diciéndole que el deseo de conocer 
a tan alto emperador, i de difundir la relijion cristiana, 
lo habia llevado a Méjico. 

T^os primeros días se pasaron en obsequios i visitas. 
El em])erador liizo a Cortes valiosísimos presentes. Los 
estranjeros pudieron visitar libremente la ciudad, admi- 
rar sus monumentos i estudiar las costumbres i la civi- 
lización de sus habitantes. Cortes visitó el templo de la 
capital; i no pudiendo persuadir a Moctezuma a que re- 
nunciara al culto de sus abominables divinidades, pudo 
al menos construir en el palacio en que estaban sus tro- 
pas, una capilla para el ejercicio de los ritos del cristia- 
nismo. 

Prisión de Míh rezuma— La inspección de la ciudad 
hizo conocer a Cortes la enormidad del peligro de que 
se hallaba rodeado. Méjico teaia una población de '500 
mil almas; i no era difícil presmhir (jue el dia en que el 
descontento de los mejicanos se hiciera sentir, el ejér- 
cito español seria sofocado por las espesas masas de 
indios. Algunos de los castellanos opinaron (|ue convenia, 
salir secretamente de la ciudad i situarse a las orillas del 
lago para tener espedita. la retirada. Cortes propuso, sin 
embargo, un arbitrio mucho mas atrevido. "INíe pareció, 
dice él mismo, que con venia a nuestra seguridad ([ue 
aquel señor (Moctezuma) estuviese en mi poder, porque 
no mudase el propósito i voluntad que mostraba, ma- 
yormente que los españoles somos algo insoportables e 
importunos, e porque enojándose nos podria hacer mucho 
daño, i tanto (jue no ({uedase memoria de nosotros, según 
su gran poder." Los nms resueltos de sus capitanes apo- 
yaron esta determinación. 

Cortes sabia (|ue la guarnición que de'jó en Yeracruz ha- 
bía sido atacada por las tropas mejicanas que mandaba 
el jeneral Cualpopoca, aunque al fin éstas habían sido 
batidas. El bizarro Escalante habia muerto de resultas 
de sus heridas, después de esta campaña. Este suceso 
dio pretesto a Cortes para ejecutar el golpe de mano 
que tenia proyectado. Una mañana (15 de noviembre de 
1519), a la hora que acostumbraba visitar a Moctezuma, 
se dirijió al palacio de éste acompañndo por cinco de sus. 
mas distinguidos oñciales. El emperador lo recibió con la 
atención habitual; pero Cortes le reprochó el atentado 
cometido contra los españoles. No le bastó que Mocte- 
zuma diera la órdon de hacer venir a la capital al jefe 



104 HISTORIA ÜE AMÉRICA 



que habia ofendido a los eantellanos; pidióle en seguida 
Cortes que abandonara su palacio, i que íuese a vivir 
en medio de los españoles, como lo único que pudiera 
calmar la irritación que les -habia producido el asesinato 
de sus compatriotas. 

Moctezuma se quedó trio al oir tan temeraria exijen- 
eia:-"¿Dónde se ha oido decir jamas, esclamó, que un 
rei como yo haya abandonado su palacio para consti- 
tuirse prisionero de los estranjeros? Aunque yo consintiese, 
mis subditos no lo soportarian jamas." Cortes le espuso 
que no pretendía retenerlo como prisionero en el cuartel 
español, puesto que desde allí seguiría despachando los 
negocios del imperio. Moctezuma ofreció entregar a sus 
hijos por rehenes, pero la discusión se alargaba dema- 
siado. Los oficiales de Cortes llevaron la mano a la em- 
puñadura de sus espadas, i uno de ellos, el capitán Juan 
Velazquez de León, dirijiéndose a Cortes, esclamó:— ''¿(^ué 
hace vuesa merced con tantas palabras? O le llevamos 
preso o le daremos de estocadas." Moctezuma no com- 
prendió estas palabras; pero el aire amenazador con que 
fueron acompañadas, lo llenó de terror, i se dispuso a 
seguir a los castellanos. Los nobles que le servían de 
guardia, quedaron estupefactos. En la calle, la multitud 
lo vio pasar como aterrorizada en presencia de unsacrilejio 
abominable. Sin embargo, nadie se movió, porque Moc- 
tezuma contuvo la cólera de sus siibditos. 

Los españoles conservaron al emperador las insignias 
de la soberanía, el poder absoluto para el gobierno de 
sus vasallos, i el ostentoso lujo de la corte. Autorizó éste 
a los españoles para hacer diversas esploraciones en el 
interior de su imperio, i se prestó dócilmente a todas 
sus exijencias. Cortes, sin embargo, no le ahorró ninguna 
humillación. Cualpopoca fué juzgado por los castellanos 
en un consejo de guerra i condenado a ser quemado vivo. 
Pocos momentos antes del suplicio, entró el jeneral espa- 
ñol a la habitación de Moctezuma, i después de anun- 
ciarle que los culpables lo acusaban a él de haberles dado 
orden de asesinar a los catellanos, mandó a un soldado 
que le pusiera unos grillos. El dolor i la desesperación 
que este crudo vejamen produjo en el alma del infortu- 
nado monarca, no se calmaron hasta que Cortes, después 
de la ejecución de Cualpopoca i de sus compañeros, mandó 
que se le (|uitasen las cadenas. Moctezuma, que habria po- 
dido levantar muchos millares de hombres contra ese 
puñado de insolentes estranjeros, dio humildemente las 
gracias a Cortes ponjue lo dejaba de nuevo en una apa- 
rente libertad. 

MoCTI<]ZUMA SE RECONOCE VASALEO DEE KEJ DK ESPAXA.- 

La prisión de ^loctezuma produjo gran sorpresa en todo 
el imperio; pero sus vasallos, cediendo a los deseos del 
emperador, no organizaron por el momento una resisten- 
cia formal. 



PARTE 11.— CAPÍTULO IX 105 



Cortes llegó a exijirle un último saerifício, el reconoci- 
miento espreso i formal de la soberanía de Carlos de Austria 
sobre el imperio mejicano. Moctezuma estaba tan abatido 
que no opuso resistencia alguna. Todos los grandes del 
imperio fueron convocados a una espaciosa sala del cuar- 
tel español. "Os acordáis, les dijo Moctezuma desde lo 
alto de su trono, que el dios (¿uetzalcoatl, al alejarse de 
la tierra, anunció que volvería a gobernar en medio de 
nosotros, lia llegado el tiempo predicho: estos hombres 
blancos vienen de los países situados mas allá de los 
mares, i reivindican para su rei el poder supremo de nues- 
tro pais. Espero de vosotros que me deis la última prueba 
de sumisión. Obedeced al gran príncipe (¡ue reina en las 
rejiones donde nace el sol; pagadle los tributos que me 
dabais, i prestadle los servicios que acostumbráis ofrecer 
a vuestro soberano." 

Al terminar estas palabras, los sollozos ahogaron su 
voz, i los nobles no pudieron contener las lágrimas. En 
seguida prestaron el reconocimiento de vasallaje con to- 
das las solemnidades acostumbradas; i un escribano le- 
vantó el acta que debía remitirse al rei de España. Los 
mismos castellanos no pudieron mirar serenos la triste 
escena de aquel injustificable despojo. 

Al reconocimiento del vasallaje se siguió la recolección 
de presentes. Los mejicanos obsequiaron enormes cantida- 
des de oro i de plata, i muchos objetos de gran valor. 
Cortes apartó las alhajas que se distinguían por la be- 
lleza del trabajo, i con el resto de los metales preciosos 
reunió la suma de ()()(),()()() pesos de oro (cerca de dos 
millones de nuestra moneda) que fueron distribuidos en- 
tre los oficiales i soldados. (1es])ues de a])artar la parte 
del rei. 

Hasta entonces, Moctezuma había cedido a todas las 
exijencias de Cortes; pero cuando se trató de reducirlo a 
abandonar el culto de sus dioses, el emperador contestó 
que los dioses de sus templos habían hecho la grandeza 
del imperio. Convino al fin en que los cristianos erijieran 
un altaren uno de los dos santuarios del tenq)l() de Méjico. 
Los castellanos celebraron una fiesta relijiosa en el lugar 
(]ue poco antes ocupaban los ídolos mejicanos, i a poca 
distancia déla })iedra de los sacrifíeios (marzo de 1520). 

Desde ese dia todo cambió de aspecto en Méjico. Moc- 
tezuma comenzó a sustraerse al trato de los castellanos, 
conversando solo con los ])rinci])ales guerreros i sacerdotes 
del im])erio. El ])uebl() de la ca])ital no trató de ocultar su 
animosidad, excitada ]h)v el fanatismo relijioso. El empe- 
rador llamó a Cortes i le declaró (|ue los dioses pedían 
(]ue los estranjeros fueran sacrificados en sus altares. — 
"Solo retirándoos podréis hallar salvación, le dijo: aban- 
donad la ciudad si en al.uo est ininis \nes1i'as \'i(l;is." K\ 
jeneral es])añol conoció la gravedad del |)eligro; ])ero le 
contestó que le faltal)an naves ])ara A'olver a su j)ais. Cor- 



106 HISTORIA DE AMÉRICA 



te« mando avisos a. la costa ])ara que apai'eJiteiiieiitc se 
diera principio a la construcción de nna escuadrilla; ])ero 
deseaba solo pinar tienijx) ])ara (pK' llepisen de Es])aria 
los recursos ])edidos. 

Mientras tanto, la capital tomaba cada dia un aire 
mas lúgubre i amenazador. Los verdaderos peligros de 
la espedicion de Cortes comenzaban desde entonces. 



CAPITULO X 



Conquista de Méjico. 

KHpedicion de Panfilo de Naivacz. — Den-ola <!»' NaiNUcz; vuelta <le 
Cortes a Méjico. — CoiiibateH en la ciudad; iiiueite de Moctezuma. 
— Retirada de Méjico; noche triste.— Batalla de Otiiniba.— Reorgani- 
zación del ejército español.— Nueva campaña de Hernán Cortes. — 
Sitio de Méjico. — Toma de Méjico. — Conquista definitiva del im- 
perio. -^-Organización del virreinato.— Últimos años de Hernán 
Cortes. 

(1520-1535) 

Espedicion • dk Panfilo de Nauvaez.— Cerca de seis 
meses habia pasado Cortes en Méjico, cuando le presentó 
Moctezuma unos dibujos que liabia recibido de la costa, 
por los cuales se le anunciaba el arribo de diez i ocho 
naves europeas. lluego su])o el jeneral que eran enviadas 
por el gobernador de Cuba, Diego de Velazquez, i que 
iban destinadas contra él. 

Al saber que (-ortes habia fundado en el continente 
una colonia, i que liabia pedido al rei que la constitu- 
yese en gobernación, Velazquez formó un cuerpo de 800 
infantes, 80 hombres de cal)allería, doce cañones i 1,000 
indios ausiliares, i lo puso a las órdenes de Panfilo de 
Narvaez, capitán casi siempre desgraciado en sus opera- 
ciones militares. Las instrucciones de éste se reduelan a 
apoderarse de la persona de Cortes i de sus principales 
oficiales, a remitirlos presos a Cuba, i a acabar en nom- 
bre de Velaz(|uez el descubrimiento i conquista del im- 
perio mejicano. 

Narvaez partió de Cuba en marzo de 1520. El 23 de 
abril desembarcó en el puerto de San Juan de Uhia, i 
desde allí despachó un emisario a A'eracruz para pedir 
al capitán Gonzalo de Sandoval la rendición de las fuer- 
zas de su mando; pero éste, fiel ante todo a la causa de 
Cortes,^ apresó a los emisarios de Narvaez, i los hizo 
marchar a Méjico. 

Jamas se habia hallado Cortes en una situación mas 
embarazosa. Sin embargo, se condujo en esos momentos 
con toda la prudencia que aquel confiicto reclamaba. 
Puso en libertad a los emisarios de Narvaez que Sando- 



PAliTE li. — CAPÍTITLO X 1 O' 



val le habia remitido, i encargó al padre Olmedo que se 
presentase al comandante de la nueva espedicion para 
tratar de un avenimiento pacífico, i de ganarse por me- 
dio de obsequios i de promesas a algunos de los oftciales 
recien llegados. 

La arrogancia de Narvaez era demasiado grande para 
que aceptara las proposiciones pacífícas. Por un acto 
público, hizo proclamar rebeldes i traidores a su partria 
a Cortes i a sus compañeros. Pero el sagaz capellán ma- 
nejó con tanta finura i acierto sus relaciones con los 
subalternos de Narvaez, que antes de separarse del cam- 
pamento ya se habia ganado la voluntad i confianza de 
muchos oficiales. 

Cortes se decidió al fin a salir en persona a mediados 
de mayo de 1520, dejando al capitán Pedro de Alvarado 
al mando de las tropas que quedaban, en Méjico. En el 
camino se le reunieron diversos destacamentos con los 
cuales su ejército alcanzó a 250 españoles; pero tenia 
ademas una columna de indios armados de buenas 
lanzas. 

Deruota di: \ a ij va icz; vielta de Cortes a Méjico.— Cor- 
tes avanzó hasta Cempoalla, donde se encontraba Narvaez. 
Durante su marclia, reiteró las proposiciones de paz, i 
llegó a las orillas de un rio que los castellanos llamaban 
de las Canoas, desde donde pudo divisar a Narvaez i su 
ejército. En su arrogante infatuación, habia éste ofre- 
cido un premio al que le presentase la cabeza de Hernán 
Cortes. Las lluvias frecuentes en esos lugares obligaron 
a Narvaez a retirarse a Cempoalla. 

Los soldados de Cortes estaban acostumbrados a ma- 
yores sufrimientos. Pasaron de noche el rio con el agua 
hasta el cuello; i antes de que los enemigos se repusieran 
de la sorpresa, hablan caido sobre ellos. Sandoval se 
apoderó de la artillería, mientras Cortes, derribando 
cuanto se le oponía a su paso, llegaba liasta las puertas'de 
de una torreo templo, donde Narvaez estaba aposentado. 
Defendióse éste, sin embargo, con. denodado valor; pero 
herido en un ojo de una lanzada, cayó al suelo i fué 
puesto en prisión con grillos. La batalla no se p) olongó 
mucho tiempo mas: los soldados de Narvaez hicieron 
solo una débil resistencia. Antes de amanecer todos ha- 
bían depuesto las armas (26 de mayo de 1520). Tan 
completa victoria solo costaba a Cortes la pérdida de 
dos hombres. El enemigo tuvo diez i siete muertos. El 
vencedor trató a los soldados de Narvaez como amigos, 
i les permitió seguir en el servicio de la conquista. Cor- 
tes se vio sin pensarlo a la cabeza de un ejército de mas 
de mil españoles. 

Este refuerzo venia mui o|)ortunamente. El capitán 
Pedra de Alvarado, durante la ausencia de Cortes, no 
habia podido tolerar los amagos de insurrección del 
pueblo de la capital; i para aterrorizarlo, un día de 



108 HISTORIA DE AMÉRICA 



tiesta solemne en el templo (mayo de 1520) rodeó todas 
las avenidas para evitar la fuga, i cargó con espada en 
mano sobre los indios desarmados. Se computa en 600 el 
número de los señores mejicanos inhumanamente asesi- 
nados aquel dia. A la matanza se siguió el saqueo i la 
profanación del templo. Los mejicanos, para vengarse, 
atacaron vigorosamente el cuartel de los castellanos. 

Al recibir esta noticia, Cortes se puso en marcha pre- 
cipitada para la capital. En Tlascala se le reunieron 
2,000 guerreros ausiliares; pero al pisar el territorio me- 
jicano conoció cuánto habia cundido el odio a los estran- 
jeros. Sin embargo, los mejicanos, que habrían podido 
cortar las calzadas que daban comunicación a la capital 
e impedir así que el jefe español se reuniese con Alvarado, 
lo dejaron pasar tranquilamente. Cortes entró a Méjico 
el 24 de junio de 1520, a la cabeza de cerca de 1,200 
españoles i de 8,000 indios. 

CoMi5ATi:s i:n la ciudad; mierte de Moctezima.— 
Cuando Moctezuma salió a recibir a í'ortes, manifestó 
éste tanta frialdad, que el desgraciado soberano se retiró 
a su aposento triste i abatido. Algunos señores mejicanos 
animaron a sus compatriotas para renovar el ataque 
del cuartel. 

En efecto, cinco dias después, el pueblo cayó en espe- 
sos pelotones sobre el palacio en que estaban acuartela- 
das las tropas de Cortes. Comenzaron por disparar nu- 
tridas lluvias de dardos i de piedras, i aun trataron de 
prender fuego al edificio. A pesar del valor i de la habi- 
lidad que desplegaron los castellanos, tuvieron mucho 
trabajo para impedir que los enemigos penetrasen en el 
cuartel. 

La noche puso término al combate. Al amanecer del 
siguiente dia, Cortes dispuso una salida de sus jinetes 
sobre las masas compactas de enemigos. La carnicería 
fué espantosa: los caballos arrollaban los grupos.de in- 
dios, mientras los jinetes disparaban tajos formidables; 
pero las azoteas de las casas estaban ocupadas por ene- 
migos igualmente resueltos, que arrojaban sobre los cas- 
tellanos piedras i maderos. La artillería de Cortes comu- 
nicó el fuego a algunos edificios. Los indios dejaban 
quemarse sus casas para atacar con nuevo furor a los 
españoles, de modo que al retirarse a su cuartel, muchos 
de éstos estaban heridos. Cortes mismo habia recibido 
una herida en la mano. 

El siguiente dia, antes de renovarse el combate, Moc- 
tezuma, vestido con sus trajes imperiales, apareció sobre 
las murallas del cuartel. A su vista, la multitud dejó 
caer las armas de las manos i dobló la cabeza en señal 
de sumisión.— ''¿A%iís a libertarme? les preguntó con el 
aire tran(]uilo de un hombre acostumbrado al mando. 
Pero yo no soi prisionero, i si lo quiero, puedo volver a 
mi palacio. ¿Habéis venido para arrojar a los españoles 



PAUTE 11.— CAPÍTULO X 1()9 



de la ciudad? Ellos saldrán espontáneamiente siempre 
que les dejéis libre un camino. Volveos a vuestros hoga- 
res, deponed las armas, mostradme que me obedecéis." 

Al oir las primeras palabras del emperador, el pueblo 
guardó un profundo silencio; pero cuando Moctezuma se 
declaró amigo de los estranjeros, se dejaron oir un mur- 
mullo i luego furiosas imprecaciones, que fueron seguidas 
de demostraciones mas hostiles. 1-n sobrino de Moctezuma, 
llamado Guatimocin, fué el primero, según la tradición 
mejicana, que disparó una flecha sobre el infeliz monarca. 
Tras de ésta salió una lluvia de dardos i de piedras; i 
Moctezuma cayó en tierra privado de sentido i con tres 
heridas. P]l pueblo aterrorizado por el sacrilejio que aca- 
baba de cometer, lanzó un grito de espanto, i echó a 
correr en todas direcciones (80 de junio de 1520). 

Los españoles llevaron a Moctezuma a su habitación. 
El emperador sintió entonces todo el peso de su infor- 
tunio, i no quiso sobrevivir a esta última afrenta. A las 
atenciones que le prodigaban los españoles, Moctezuma 
no respondía una palabra. Sus heridas no eran mortales: 
pero él se arrancaba los vendajes que le ponian, i se negó 
obstinadamente a tomar alimento alguno. Hasta sus úl- 
timos instantes, se resistió a abrazar la relijion de los 
castellanos. 

Retirada di: Me.jho; xocuk triste.— La suspensión de 
armas producida por la muerte de Moctezuma fué de 
mui corta duración. Las hostilidades se renovaron en 
breve, i esta vez sin esperanza alguna de avenimiento 
pacífico. El templo mayor de Méjico, situado enfrente 
del cuartel de los castellanos, se habia convertido en for- 
taleza desde donde los indios lanzaban sin cesar nubes 
de piedras o de dardos. Cortes creyó que no era posible 
permanecer por mas tiempo en la ciudad sin arrojar al 
enemigo de la ventajosa posición que ocupaba. 

Al efecto, confió cien hombres escojidos al capitán 
Juan de Escobar, i le encargó que a todo trance se po- 
sesionara de la pirámide que servia de templo a los me- 
jicanos. Escobar empeñó el combate con valor, pero tres 
veces fué rechazado. Entonces Cortes se hizo atar el es- 
cudo al brazo izquierdo, cuya mano conservaba herida, 
i se arrojó con toda audacia en medio del combate. Se- 
guíanlo Al varado, Sandoval, Ordaz i otros esforzados 
caballeros; i mientras una fila de arcabuceros detenia a 
los indios al pié de la pirámide, ellos comenzaron a tre- 
par sus escalones, arrollando a cuantos enemigos se les 
ponian delante, (na vez llegados a la plataforma, em- 
peñaron ahí un nuevo i mas terrible combate con los 
soldados que defendían los adoratorios. Dos jóvenes me- 
jicanos, reconociendo a Cortes, se acercaron a él en ac- 
titud de rendir las armas; pero asiéndolo con gran vi- 
gor, lo llevaron hasta el borde de la elevada pirámide 
con intención de precipitarse al suelo arrastrándolo en 



lio filSTOHlA 1)I<: A.MKIiU'A 



SU caida. Cortes lucho con ellos algunos instantes, logró 
desasirse de sus brazos i arrojó a uno al precipicio ha- 
cia el cual hablan (|uerido arrastrarlo. I^os españoles 
perdieron en este ataque 45 hombres, pero al fin queda- 
ron dueños de la plataforma del templo, pusieron fuego 
a los adoratorios, i arrojaron desde las alturas los ído- 
los mejicanos. 

El combate se repitió el dia siguiente con nuevo ar- 
dor. Cortes habia construido unas borres de madera que 
podian marchar por las calles cargadas de guerreros; 
pero estas máquinas no alcanzaron a producir el efecto 
que deseaba el jeneral español. Los indios continuaron 
batiéndose heroicamente, sin asustarse por las pérdidas 
que sufrian. 

Por fin, creyó Cortes que era necesario pensar en la 
retirada. Pero ¿cómo realizarla? Los indios lo mantenían 
tan estrechamente sitiado que parecía raui difícil abrirse 
paso para llegar hasta las calzadas que comunicaban la 
ciudad con la tierra firme. Cortes se decidió a arriesgarlo 
todo, i preparó su salida para, la noche del 1.° de julio 
de 1520. Una superstición de los mejicanos les prohibia 
empeñar combate durante la noche. 

La ciudad de Méjico estaba situada en el centro del 
lago de Tezcuco. Tres magníficas calzadas le servían de 
comunicación con las tierras inmediatas. Estas calzadas 
eran formadas de varios cuerpos comunicados entre sí 
por puentes levadizos. Cortes elijió la que conducía a Ta- 
cuba. Aunque era la mas apartada del camino de Tlas- 
cala i del mar, la prefería porque los mejicanos se ha- 
bían descuidado de hacer muchos destrozos en ella. Cortes 
dividió sus tropas en tres cuerpos. Sandoval mandaba 
la vanguardia; él iba en el centro con los prisioneros, la 
artillería i un puente volante de madera para salvar 
las cortaduras, i Alvarado i Velazquez de León cerraban 
la marcha. 

Creyendo que el enemigo no había percibido su reti- 
rada, Cortes mandó tender el puente sobre la primera 
cortadura i dispuso el paso de los caballos i de los ca- 
ñones. De repente, el lago se cubrió de canoas: de todas 
partes caían piedras i fiechas, i los indios se precipítabnn 
sobre sus enemigos con un furioso arrojo. El puente de 
madera se sumió de tal modo con el peso de la artille- 
ría, que no fué posible arrancarlo del barro; i aunque 
los españoles continuaron retirándose con su habitual 
valor, la oscuridad de la noche, la estrechez de la cal- 
zada, así como la audacia i el número de los indios, in- 
trodujeron la confusión. Los tres cuerpos españoles se 
hallaron casi cortados i sin poder ausiliarse. En medio 
del desorden, los amigos i los enemigos se encontraron 
confundidos, sin poder distinguirse unos a otros, i reci- 
biendo golpes de todas partes. La vanguardia logró pa- 
sar las lil timas cortaduras, i tras de ella, la división de 



Í>AÍITE II.— CAPÍTULO X lÜ 



Cortes, perdiendo en los fosos los cañones i bagajes, i 
caminando sobre montones de cadáveres. El jeneral for- 
mó en la orilla a los soldados que hablan llegado sal- 
vos, i volvió de nuevo a la calzada para protejer la mar- 
cha de su tercera división. De este modo rescató a al- 
gunos soldados, pero el resto habia sido oprimido por 
la multitud o pereció ahogado en el lago. Velazquez de 
León sucumbió alentando a los suyos, i el intrépido Al- 
varado, perseguido por todas partes, pasó de un salto 
la última cortadura i llegó sano i salvo a reunirse con 
Cortes. En medio de la confusión, los castellanos oian 
desde la ribera las imprecaciones i lamentos de sus com- 
patriotas que hablan caido prisioneros. 

La luz del dia alumbró los últimos incidentes de este 
terrible combate. Los castellanos, rendidos de cansancio 
i cubiertos de heridas, continuaron su retirada. Cortes, 
al notar la falta de tantos compañeros, se cubrió el ros- 
tro con las manos, i prorrumpió en llanto. Aquella no- 
che de angustias i de dolor, que la historia ha conser- 
vado con el poético nombre de noche triste, costaba a 
los españoles la pérdida de la mitad de sus tropas i de 
mas de 2,000 ausiliares tlascaltecas. Perdieron ademas 
muchos caballos, casi toda su artillería, las municiones 
i los bagajes; pero, por fortuna, muchos de los mas es- 
forzados capitanes i los intérpretes de la espedicion, doña 
Marina i Aguilar, se hablan salvado. 

Batalla di: Otumha.— Los mejicanos quedaron en la 
ciudad después de su triunfo ocupados en sepultar los 
cadáveres. El restablecimiento del orden i el sacrifício de 
los prisioneros, les impidieron perseguir por el momento 
a los castellanos. 

Para continuar su retirada hasta Tlascala, Cortes 
emprendió la marcha de noche. Los castellanos marcha- 
ban sin detenerse, constantemente hostilizados por los 
indios. Desde las alturas disparaban éstos sobre los es- 
pañoles, piedras i saetas; i muchas veces se atrevieron 
a atacarlos profiriendo insolentes amenazas. "Andad de 
prisa, decian, que pronto nos encontraremos donde no 
podáis huir." Los españoles, rendidos de cansancio i de 
fatiga, partíciaii mirar la \'i(la con <>rande indiferencia. 
Solo Cortes coiiserA^aba su uní mal cnerjía en esos días 
de deses])eracioii i de desj diento. 

El séptimo dia de marcha, los cspíiñolcs llegaron a 
unas alturas .(]ii(' doiuinabaii las \-astas llaiiui-as de 
Otuniba. En cuanto abarcaba la vista se divisaban es- 
pesos pelotones de soldados mejicanos. Los historiadores 
castellanos computan luui exajeradfimente en 200.000 el 
número de indios que aguardaban a Cortes. 

El jeneral es})añol. sin embargo, reunió a los suyos i 
se precipitó en medio de las masas enemigas. Aunque los 
mejicanos lo aguardaban con íiiine resolución, la supe- 
i-ioridad de hi disciplina i el em])uje in'(\sistible de los es- 



1V2 HISTORIA DE AMERICA 



pallóles, rompieron la línea enemiga. Mientras el ]jrimer 
eiiei'po mejicano se (lis])ersal)a. se ])resent6 otro, i fné ne- 
cesario emijeñar nneva batalla. Esto mismo se re})iti6 
(Inrante medio (lia; i los castellanos se sentían próximos 
a desfallecer, cnando Cortes distiiignio a lo lejos nn «rnpo 
de t)^uerreros ípie rodeaban al jeneral i al estandarte del 
ejército. Heiuiió algunos oficiales, i annqne herido en la 
cabeza i en nn brazo, se lanzó en sn caballo al ata(|ne, 
echando por tierra cnanto se le presentaba. De nna lan- 
zada derribo al snelo al jefe enemigo; i uno de sns com- 
pañeros, Juan de Salamanca, corto íi éste la cabeza i se 
apoderó del estandarte. El terror se estendió en el ejéi-- 
cito mejicano al notar la falta de sn jefe i la pérdida del 
símbolo sagrado. Los grupos de indios comenzaron a 
desbandarse jjor las iüturas inmediatas, mientras los sol- 
dados de Cortes, así indios como españoles, mui fatiga- 
dos para ])oderlos perseguir por largo, tiempo, recojian 
en el campo de batalhv el rico botin (pie dejaban aban- 
donado los fujitivos (S de julio de 1520). El dia siguiente 
los es])añoles entraron al territorio de la re] )ublica aliada 
de Tlascala. 

Reor(íanizaci()X ])kl kjkrcmto iospaxol.— Los tlascal- 
tecas, animados por su odio a los mejicanos, recibieron 
a Cortes con gran cordialidad. Cortes contaba todavía 
con los soldados que habían quedado de guarnición en 
Veracruz, i con la alianza de Cempoalla i de los otros 
pueblos de la costa, i no desesperaba de ponerse en estado 
de tomar de nuevo la ofensiva. Su primer cuidado fué 
asegurarse la conservación de la alianza de los tlascal- 
tecas, estrechando hábilmente sus amistosas relaciones. 
Hizo trasportar en seguida algunas piezas de artillería 
i muchas municiones que habia dejado en Veracruz, i 
despachó cuatro naves de la escuadra de Narvaez para 
atraer a algunos aventureros de las islas Española i Ja- 
maica. Convencido de que no podría tomar a Méjico si 
no se posesionaba del lago que rodeaba la ciudad, dio la 
orden de preparar en las montañas vecinas la madera 
necesaria para la construcción de doce buques que pu- 
diesen ser trasportados en trozos. 

Los anteriores descalabros, con todo, hablan produ- 
cido entre sus soldados los primeros jérmenes del descon- 
tento. Para poner término a la ociosidad, que siempre 
era el oríjen de esos disturbios, organizó una espedicion 
contra los pueblos de Tepeaca, que habían destruido un 
destacamento español. El jeneral dirijió las operaciones 
por sí mismo, vengó el agraiáo inferido a sus soldados, 
i después de fundar un pueblo con el nombre de Segura 
de la Frontera, volvió a Tlascala cargado de despojos 
que repartió jenerosamente con sus fieles aliados. 

La fortuna, tanto tiempo esquiva con Cortes, comen- 
zaba a dispensarle de nuevo sus favores. Cuando m(%os 
lo esperal)a, arribaron a las costas de Méjico algunos 



»ARTE n.— CAPITULO X. 1 1 .'> 



destacamentos sueltos de españoles, llevados allí por 
diversos motivos, con (¡ue ])udo engrosar sus tropas. 

Antes de emprender una nueva campaña. Cortes escri- 
bió en Segura de la Frontera la segunda carta de rela- 
ción que dirijió al rei. La carta de Cortes, esci'ita en los 
campamentos i firmada tal vez sobre un tambor, reve- 
laba no solo un militar valiente i esperimentado i un 
hábil político, sino un grande escritor lleno de sagacidad, 
que trazaba con concisión i elegancia el cuadro animado 
(le sus campañas militares, i del carácter i situación de 
los pueblos esplorados. 

A mediados de diciembre de 1520, Cortes tenia su 
ejército dispuesto para entrar en compaña. Se componia 
de n.'O infantes, de los cuales solo 80 tenian armas de 
fuego, 40 jinetes i nueve cañones. Este reducido ejército 
estaba reforzado con un cuerpo de 10,000 tlascaltecas. 
El 28 de diciembre. Cortes se puso en marcha para 
Méjico. 

Nieva campana de Píernan Cortes.— Después de la 
muerte de Moctezuma, k^s señores mejicanos elevaron al 
trono a un hermano snyo llamado Cuitlahuatzin, que 
desplegó en el gobierno una grande enerjía para recha- 
zar de la capital a los estranjeros i para perseguiílos en 
su penosa retirada. Mientras tanto, las viruelas, epidemia 
desconocida en América, hablan sido llevadas a Méjico 
por un negro de la espedicion de Narvaez. Millares do 
indios morian todos los dias; i el emperador Cuitlahuat- 
zin, atacado por la peste, sucumbió después de un rei- 
nado de cuarenta i siete dias. Los mejicanos elevaron 
entonces al imperio a Guatimocin, valiente guerrero de 
veinte i cuatro años de edad, que se habia distinguido 
en los combates (pie tuvieron lugar en la capital. 

Al entrar en el territorio enemigo, Cortes encontró por 
todas partes disposiciones hostiles; pero el 31 de di- 
ciembre se apoderaron sus tropas de la importante ciudad 
de Tezcuco. Allí dio principioalas operaciones, ocupándose 
particularmente en ganarse la voluntad de algunas po- 
blaciones vecinas, en someter por la fuerza a otras, i 
en fomentar los jérmenes de división que existían en el 
imperio. 

Cortes trabajaba principalmente en la construcción 
de sus naves. Ocho mil indios fueron ocupados en el 
carguío de los materiales; i los tlascaltecas los hicieron 
acompañar por 15,000 guerreros para ausiliar a los 
españoles en la marcha, i poner el convoi a cubierto de 
cualquier ataque. En Tezcuco, en las orillas de un ria- 
chuelo, los carpinteros de Cortes, ayudados por un gran 
numero de indios, armaron las naves; i el 28 de abril de 
1521, las arrojaron al agua en medio de una gran fiesta. 
Los castellanos estal)an maravillados al contemplar 
cuánto podia el injenio i la voluntad de su ilustre 
capitán. 
s 



114 HISTORIA DE AMERICA 



Cnaiido Cortes se |)1vi);m-;iI);i ]);\ví\ estivcliar el sitio de la 
(•a])i1al del iiii])erio, recibió un ansilio iiies])erad(). Lle^'a- 
roa a Veraeiniz tres naves con 2()() soldados. SO caballos, 
dos cañones i gran cantidad de anuas i de nnniiciones. 
Coi-tes los incorporó a sn ejército. 

Sitio di-: Méjico. — Cortes contaba con nn ejército 
coni])nesto de <S() jinetes i de OÍS infantes, de los cuales 
120 tenian armas de niego, i con nnnierosas tropas 
ansiliares qne alcanzaron mas adelante a la enoi-me ci- 
fra de 150,000 hombres. Sn artillerííi consistía en tres 
cañones de sitio i qnince piezas de campaña, qne si bien 
distal)an enormemente de ^^ semejarse a las piezas mo- 
dernas. re])resentaban un gi-an ])oder. Dividió sn ejército 
en tres grandes cueipos a las órdenes de sns mejores 
capitanes, para atacar la cindad por las tres grandes 
calzadas. Estos jefes comenzaron las operaciones por 
destruir el acnedncto (pie suministraba agua a la ciudad, 
pues la del lago era salobre. Hernán Cortes se reservó la 
dirección de las operaciones i el mando inmediato de la 
escuadra. 

Guatimocin dirijió su primer golpe contra las naves 
de Cortes. Reunió al efecto un número crecidísimo de 
canoas con que casi cubrió la superíicie del lago, i dispuso 
el ataque de las embarcaciones; pero Cortes mandó des- 
plegar las velas. Empujados los buques por una suave 
brisa, echaron a pique cuantas canoas se presentaban 
delante; i entonces los castellanos dispersaron las demás 
a cañonazos. Este primer ensayo de las naves aseguró 
a Cortes el dominio del lago. 

El sitio comenzó el 80 de mayo de 1521 , i se continuó 
durante un mes sin grandes resultados. En el dia los 
españoles penetraban hasta el recinto de la ciudad: los 
mejicanos construían en la noche nuevas trincheras i 
abrían nuevos fosos. Los sitiados parecían resueltos a 
sufrirlo todo, mientras los castellanos parecían cansarse 
de la prolongación del sitio. 

. Cortes se resolvió a dar un ataque decisivo. En el pri- 
mer momento, las tres divisiones avanzaron al interior 
de la ciudad sin grandes dificultades. Guatimocin mandó 
que sus soldados cedieran fácilmente el terreno que ocu- 
paban, i dispuso que nuevas tropas atacaran de impro- 
viso a los castellanos por la espalda. A una señal dada 
por los sacerdotes, los indios acudieron en tropel por 
las callejuelas atravesadas, i cargaron con furor estra- 
ordinario sobre los asaltantes. Los españoles tuvieron 
que hacer esfuerzos sobrehumanos para retirarse. Cortes 
mismo estuvo a punto de caer prisionero; pero algunos 
de sus compañeros pudieron rescatarlo con grandes difi- 
cultades. Al llegar a sus cuarteles, los españoles notaron 
que les faltaban mas de GO españoles i muchos indios. 

Mientras los castellanos lamentaban las desgracias de 
aquella triste jornada, los mejicanos preparaban la horri- 



PARTE II.— CAPITI LO X 



ble fiesta con que celebraban sus victorias. En medio de 
la noche i a la luz de los fuegos que ardían en el templo, 
los españoles vieron que una larga procesión iba subiendo 
la escalera de la pirámide en que estaban los adorato- 
rios. Entre los indios que formaban la comitiva, distin- 
guieron a algunos hombres desnudos, i que por el color 
de la piel, reconocieron que eran sus compatriotas. Los 
sacerdotes los obligaban a danzar delante de los ídolos 
en cuyo honor iban a ser inmolados. Los soldados que 
ocupaban los cuarteles inmediatos a Tacaba, que eran 
los que estaban mas próximos a la capital, oian los 
gritos de las víctimas, i creian reconocer en la voz a 
cada uno de sus compañeros. Eácil es comprender la 
amargura que aquel espectáculo debia producirles. 

Al dia siguiente se renovó la lucha. Los mejicanos 
ostentaban como trofeos las cabezas de los españoles 
muertos en el sacrificio. Los sacerdotes hablan anunciado 
que los invasores del imperio serian destrozados antes 
de ocho dias. Este anuncio produjo entre los indios ausi- 
liares la mayor consternación. Muchos de éstos se des- 
bandaban del campamento durante la noche para sus- 
traerse a las desgracias de que creian amenazado al 
ejército español. 

Solo Cortes no se alarmó con esta deserción. No pu- 
diendo renovar los ataques, redobló la vijilancia por 
medio de sus naves, i estrechó el bloqueo de modo que 
el hambre comenzó a hacerse sentir en Méjico. Así se 
pasaron los ocho dias fatales; i como el vaticinio no se 
cumplía, los aliados de Cortes comenzaron a volver a sus 
cuai-teles. La confianza de éstos en el jeneral castellano, 
fué mucho n»ayor desde ese dia. 

Toma de Méjico.— Cortes se convenció de que no podría 
tomar la ciudad por asalto. Empezó entonces a quitar 
al enemigo casa por casa, arrasando los edificios a me- 
dida que avanzaba en su empresa, i rellenando los canales 
con los escombros. 

Cortes hubiera querido impedir la destrucción de la 
ciudad, i aun hizo proposiciones al emperador para obte- 
ner el reconocimiento de la soberanía del rei de España, 
prometiendo en cambio respetar las personas, las pro- 
piedades i las derechos políticos de los mejicanos; pero 
Guatimocin parecía resuelto a soportarlo todo, i recha- 
zaba con desden las proposiciones de paz. Cortes dio la 
orden de que se tratara con la mayor humanidad a los 
indios a quienes el hambre obligase a salir de la capi- 
tal; pero mui pocos llegaron al campo castellano, por- 
que preferían morir antes que implorar piedad del ene- 
migo. 

El recinto de la ciudad se estrechaba cada dia; i la 
falta de víveres i de agua, así como las enfermedades, 
reducían considerablemente el número de sus habitantes. 
"No podíamos andar, dice uno de los soldados españoles, 



116 HISTOIIIA DR AMERICA 



sino entre cuerpos i cabezas de indios muertos." En 
efecto, los defensores de la ciudad no formaban ya un 
ejército, sino un grupo de indios hambrientos i enfermos 
acampados sobre montones de cadáveres en putrefacción. 
Cortes intentó de nuevo entrar en negociaciones, pero 
siempre fueron éstas desechadas. En una ocasión mandó 
cerca de Guatimocin un indio principal que habia tomado 
prisionero; pero se dice que aquél lo mandó a la piedra 
de los sacrifícios. 

Tan inútil i tenaz resistencia determinó al fín a Cortes 
a disponer el asalto de los últimos atrincheramientos 
de los mejicanos. Sin embargo, el combate duró dos dias 
(12 i 13 de agosto de 1521). Envueltos por todas partes, 
atacados con un furor estraordinario i debilitados por 
el hambre i las fatigas, los mejicanos apenas podian 
resistir. El combate fué mas bien una matanza. Cortes 
habia encargado a sus soldados que perdonasen a los 
rendidos i que evitasen la inútil efusión de sangre; pero 
los feroces tlascaltecas asesinaban inhumanamente a 
cuantos enemigos se les presentaban delante, hombres, 
mujeres, niños i ancianos. "Era tanta la grita i lloro de 
los niños i mujeres, que no habia persona a quien no que- 
brantase el corazón." Se computa en mas de 40,000 el 
número de indios muertos o prisioneros en el primer 
dia del asalto. Esperando la rendición del enemigo. Cortes 
dispuso la suspensión del ataque para evitar mayor 
efusión de sangre. 

Antes de renovar el combate, Cortes ofreció la paz 
a Guatimocin; pero éste contestó: "Poned en ejercicio 
todos los recursos de que disponéis i acabad de ejecutar 
vuestros designios." Cortes esperó todavía algunas 
horas; pero sus tropas, temiendo que Guatimocin se 
escapase con sus tesoros, pidieron la orden de acometer, 
i renovaron el asalto. Los mejicanos, estenuados de 
fatiga, encontraron en su desesperación i en su patrio- 
tismo la fuerza para combatir con heroicidad por la 
última vez. La carnicería del dia anterior se repitió con 
nuevos horrores. Los españoles salvaban a las mujeres, 
a los niños i aun a los hombres que se rendían: sus 
aliados no perdonaban a nadie. 

Los mejicanos apenas podian oponer una débil resis- 
tencia. Guatimocin se embarcó en una canoa para esca- 
parse; pero una nave de la escuadrilla lo persiguió i lo 
condujo a la presencia de Cortes. "Yo he hecho, dijo 
Guatimocin, todo lo que he podido para salvar mi corona 
i mi pueblo. Haced ahora de mí lo que queráis." Cortes 
lo trató por el momento con las consideraciones debi- 
das a su rango i a su desgracia. La ocupación de la 
capital se consumó pocos momentos después (13 de 
agosto de 1521). El sitio habia durado setenta i cinco 
dias: durante este tiempo sucumbieron mas de 130,000 
indios. 



PAini: II.— CAPÍTULO X 117 

Cortes permitió que los mejicanos salvados de la ma- 
tanza pudieran salir de la ciudad. El templo mayor fué 
demolido hasta sus cimientos para levantar en su lugar 
una iglesia monumental destinada al culto cristiano. 
Con gran sorpresa suya, notaron los castellanos que la 
opulenta capital del imperio no encerraba los tesoros 
que habian creido encontrar en ella. La repartición del 
botin dio lugar a reñidas cuestiones; i Cortes cometió 
la falta de dar tormento al infeliz Guatimocin i al señor 
de Tacaba, para arrancarles declaraciones. Solo supie- 
ron entonces que los mejicanos hablan arrojado al lago 
sus riquezas en los últimos dias del sitio. 

COXQIISTA DEFINITIVA DEL IMPERIO.— COU la Caida dc 

Méjico sucumbió el poderoso imperio de los aztecas. Las 
provincias se sometieron unas en pos de otras casi sin 
combatir. Algunos destacamentos castellanos recorrieron 
fácilmente todo el pais, i llegaron hasta las playas del 
liiar del sur, en donde Cortes proyectó equipar una escua- 
dra para esplorar los mares de la India. Fundó, ademas, 
algunas ciudades en diversas partes del territorio i pre- 
paró la colonización. 

Pero Cortes era demasiado grande para que no contara 
con poderosos enemigos. Como Colon i como Balboa, se 
vio hostilizado por el obispo de Burgos, Juan Bodriguez 
de Fonseca, el cual, en vez de pedií* que se le mandaran 
refuerzos para consumar la conquista, solicitó i obtuvo 
el envío de. un ájente encargado de destituirlo, de ponerlo 
preso, de conñscar sus bienes i de someterlo a residencia. 
El comisionado fué Cristóbal de Tapia, cortesano petu- 
lante i oscui'o, cuya autoridad burló Cortes por medio 
de artiticiosas dilaciones. Agotó la paciencia de éste, i lo 
obligó a reembarcarse para España. Antes que él habia 
llegado la noticia de las brillantes conquistas del osado 
capitán. Carlos Y se desentendió ])or ñn de las intrigas 
del obispo Fonseca. i con fecha de 15 de octubre de 1522, 
nombró a Cortes gobernador, capitán jeneral i justicia 
mayor de la Nueva España, denominación que los caste- 
llanos daban al territorio de Méjico. En el ejercicio de 
este cargo, desplegó Cortes grandes dotes de gobernante. 
Fomentó el desarrollo de las poblaciones, i adoptó el 
sistema de repartimientos; pero conservó su libertad a 
los tlascaltecas en premio de los servicios que le hablan 
prestado. Cortes dilató los límites de sus conquistas por 
medio de es])ediciones confiadas a sus capitanes, i él 
mismo hizo una ])enosa campaña a Honduras, en (jue 
ocupó cerca de dos años (octubre de 1524, junio 
de 152G). 

Durante su ausencia, su autoridad se halló gravemente 
coin])rometida. El conquistador de Méjico fué acusado 
ante la coi-te de abrigar el ])ensaniieiito de hacerse inde- 
pendiente de la corona. El rei, prestando oidos a la 
calumnia, (h^spachó un comisionado con el encargo de 



118 lilSTOlÜA Di: A^rKKK'A 



residenciarlo: pero óste lle«:"6 a M('jieo en julio de l.")2G, 
i murió sin lial)er aleanzado a deseni])eñar las funcionas 
de sn ear<i'(). Convencido de (|ne sn mejor defensa seria 
presentarse a la corte. Cortes se pnso en \iaie para I']s- 
paña. Llegó a Palos en mayo de 1528; i ])oco tiem])o 
después se presentó al rei en Toledo, l^a ojnnion ])nl)]ica 
lo liabia justiticado de antemano. Carlos V lo colmó de 
honores, lo conñrmó en su rango de capitán jeneral de 
la Nueva España, i le dio el título de marques del valle 
de Oajaca. 

OiKiANizACioN dp:l viRRKiNATO. — Sin end)argo. Cortes 
no fin' re])uesto en el mando político con las atribuciones 
(pie le ('ori*es])ondian. En 1528. el rei liabia organizado 
una real audiencia que contrabalanceaba la autoridad 
de Cortes. El conquistador se ocu])ó principalmente en 
adelanta]* las esploraciones jeográíicas, buscando una 
comunicación t ntre los dos océanos, i haciendo reconocer 
el Pacíñco para llegar a los mares de la India. El mismo 
hizo un penoso Ada je a las rejiones occidentales, que dio 
por resultado el descubrimiento de California. 

Pero su fortuna coifienzaba a eclipsarse. En 1584, 
Carlos V cambió resueltamente la organización de a(piella 
rica colonia, creó un dilatado Adi'reinato. i dio su mando 
a don Antonio de Mendoza. La conípiista de la Nueva 
España estaba terminada: con Mendoza comienza la his- 
toria de la colonia. 

Últimos años de Hernán Cortes.— Cortes (pifado en 
Méjico hasta 1540. Entonces p^isó a J^^spaña a entablar 
diA^ersas reclamaciones. Estuvo en África i tomó ])arte 
en el sitio de Arjel. Desde esa é])oca el con(iuist;ulor de 
Méjico llevó una vida oscura, ocu])ada constantemente 
en solicitar justicia. 

Cortes se resolvió al íin a voK^er a Nueva España, 
para pasar sus tiltimos dias en sus (huninios. La muerte 
lo sori)rendió en Castilleja de la Cuesta, en las inmedia- 
ciones de SeAilla. el 2 de diciembre de 1547, a los sesenta 
i tres años de edad. Su cuerpo fué lleA^ado mas tarde a 
Méjico, i trasportado después a Sicilia, donde residen los 
últimos A^ástagos de su familia. 



PAUTE I!.— CAP!TUL(j xr ] 1 <) 



CAPITULO XI 



Conquista de la América Central. 

PriincraH cnplorucioiRíH en la América Central.— Fi'íincisco Hernández 
de Córdoba; primeras poblaciones en Nicarag'na. — Cristóbal de Olid 
en Honduras.— Pedro de Alvarado en (hiateniala.- lOspedicion de 
Cortes a Honduras; trájico fin de (Juatimocin. — Muerte de Hernán- 
dez de Córdoba. — Gobierno de Pedro de Alvarado. — Partolomé de 
Las Casas en Guatemala.— Muerte de Alvarado; organización de 
la caf)itanía jeneral de Guatemala. 

(1518—1542) 

Primeras io.sploracioneb en ea América Centrae.— 
l)e.sj)ues de la ejecución de Balboa. Pedrarian Dávila 
había quedado gobernando en el Da lien. Deseando sus- 
traerse a la vijilancia de las autoridades de la Española, 
dispuso en 1518 la fundación de una ciudad al otro, 
lado del istmo. (|ue fué conocida con el nombre de Pa- 
namá. 

Desde allí, el ambicioso Pedradas ¡)ens6 en ])roseguir 
sus couíiuistas. El licenciado Gaspar de í]spinosa, el 
alcalde que habia juzgado a l^alboa, salió de Panamá 
en 1519, i navegando hacia el norte, alcanzo hasta el 
golfo de San Lucar, o de Nicoya. 

En esa época se hallaba en Panamá un caballero lla- 
mado Jil Gonzéüez Dávila, que estaba autorizado por el 
rei para llegar liasta las islas de la especería. Jil Gon- 
zález se empeñó en la construcción de algunas naves, en 
las orillas del Atlántico, para trasladarlas al Pacítico 
(1519). Menos feliz i también menos hábil que Balboa, 
vio ])erecer mas de la mitad de su jente en este penoso 
tral)ajo; i cuando logró armar sus naves, apenas pudo 
llegar hasta el golfo de San Lucar (enero de 1522), en 
donde desembarcó. 

Jil González Dávila siguió su viaje por 1 ierra, i entró 
en los domhiios de un cacique nombrado Nica rao. de 
donde vino el nombre de Nicaragua. Los españoh s comen- 
zaron a notar allí las señales de una civilización adelan- 
tada. Reconocieron los lagos de Nicaragua i de Managua; 
])ero Jil González observó que sus fuerzas no bastardan 
para establecer una colonia, i dio la vuelta a Panamá. 
A tíne\s d<' 1522, salió })ara Santo Domingo, con el pro- 
pósito de acometer por el oriente la conquista de los 
países que acababa de descubrir. 

Frañcis(X) HeRx\ani)i:z de (Jórdoiía; primeras porea- 
cíoNES EN Ni(ARA(iiiA.— La uotícía de estos descubrimien- 
tos des])ertó la codicia de Pedrarías. Equíi)ó en efecto 
algunas naves que puso bajo el mando de Francisco Iler- 



120 HISTORIA 1)K AN[Í:U1CA 



iiandez de Córdoba, capitán de sii guardia, con encargo 
de fundar colonias en aquellas rejiones. 

Salió éste de Panamá a fin^ s de 152^^ Habiendo des- 
embarcado en el golfo de Nicoya, fundó, a ])oca distancia 
de la costa, una ciudad con el nombre de Brust4as. Mas 
adelante echó los cinuKitos de la ciudad de Granada, que 
resguardó con una fortaleza. El capitán español derrotó 
a los indios en todas partes, i estableció una colonia 
estable. 

Hernández de Córdoba llegó a las orillas del lago de 
Managua, i fundó atlí la ciudai de León, que convirtió 
en capital de las nuevas posesiones. Construyó ademas 
una pequeña embarcación, i coii ella esploró el lago de 
Nicaragua, i descubrió el rio de San Juan, cuya navega- 
ción emprendió hasta asegui-arse de que desembocaba en 
el océano Atlántico (1524). Tocos conquistadores del 
nuevo mundo hablan sido mas felices (pie Hernández de 
Córdoba en sus- primeras campañas. 

Mientras tanto, Jil González Dávila lial)ia organizado 
en la isla Española una espedicion. Habiendo desembar- 
cado en el territorio de Honduras, supo con gran sor- 
presa que andaban españoles en Nicaragua, i creyendo 
que eso era un ataque a sus derechos de descubridor, 
empeñó un combate contra algunas tropas de Hernán- 
dez de Córdoba; i aunque logró l)atirla.s', temió por la 
suerte de la campaña, i se retiró preci])itadamente a 
Honduras. 

CiíiSTÓnAL i)K Oj^ii) en HoNDriiAS. — En esa época, otro 
conquistador español trataba de establecerse en Hondu- 
ras. Cristóbal de Olid. uno de los mas valientes capitanes 
de la conquista de Méjico, recibió de Hernán Cortes el 
encargo de buscar en ía costa de Honduras un paso de 
comunicación entre los dos océanos, i de establecer allí 
una colonia. En efecto, el 8 de mayo de 1524 fundó un 
pueblo con el nombre de Triunfo de la Cruz. Sin embargo, 
en los documentos de la fundación, Olid omitió cuidado- 
samente el nombre de Cortes, dándose solo por delegado 
del rei. 

El con(|uistador de Méjico no se dejó burlar por su 
subalterno. Organizó un cuerpo de tropas que puso bajo 
el mando de un oñcial de su confianza, nombrado Fran- 
cisco de Las Casas, i lo mandó a Honduras para casti- 
gar a Olid por su rebelión. Pero Las Casas sufrió un 
naufrajio en las costas de Honduras, i se consideró feliz 
con haber alcanzado el perdón del capitán a quien iba 
a prender. 

Jil González Dávila. ])or su ])arte, (juiso también dis- 
putar a Olid la posesión délos ])aises (pie ocupaba. Shi 
embargo, fué hecho prisionero i reducido a jurar fídelidad 
a su rival, del mismo modo (pie lo había hecho el capi- 
tán Las Casas. Olid lo recibió igualnKMitc con jeiicro- 
sidad. 



PARTE II.— CAPÍTULO XI 121 



Eli poco tiempo los dos prisioiieroH ¡se pusieron de 
iiciierda. Dispuestos a rendir liomenaje a la autoridad de 
Hei-uan Cortes, asesinaron una noche al ca])itan Cristóbal 
de Olid. i al dia siguiente niandaron instruirle un proceso 
acusándolo de traidor i de rebelde. Las Casas tomó el 
mando de las fuerzas; i adelantando los descubrimientos, 
fundó la ciudad de Trujillo, (pie vino a ser la capital de 
aquella provincia. 

Pedro de Al varado en Gi'ati-:maea.— Cortes liabia 
org'anizado otro cuerpo de tropas para dilatar los do- 
minios españoles en la rica rejioii de Guatemala. Conñó 
el mando de esta espedicion al valiente capitán Pedro de 
Al vara do. 

Salió éste de Méjico el 18 de noviembre de 1528. Des- 
pués de someter a los naturales de Tehuantepec, completó 
la coiKpiista de Soconusco, i en febrero de 1524 penetró 
en el territorio de (Quiche, donde halló una formal resis- 
tencia de parte de los naturales. Alvarado desplegó en 
esa campaña grandes dotes militares para rechazai' las 
tropas enemigas; pero "en ninguna parte, (piizá,, dice un 
historiador, s(^ veriñcóla coiKpiista con mayor brutalidad; 
en ninguna parte los indios fueron maltratados mas 
inútilmente. El carácter violento de Pedro de Alvarado. 
i su codicia sin freno, fueron la causa de todo el mal." í^l 
25 de julio de lo24 fundó una ciudad con la denomina- 
ción de Santiago de los Cííballeros. El año siguiente fundó 
otro pueblo, a (pie dio el nombre de San Salvador. 

ESPEDKTON DE CORTES A HoNDURAS; TííAJICO FIN DE 

GuATiMociN. — Hernán Cortes hizo también una espedicion 
a las reji(mes de la América Central. Sabedor de la 
rebelión de Olid i del naufrajio de Las Casas, reunió un 
(juerpo de iro})as. i el 12 de octubre de 1524 se puso en 
marcha ])ara Honduras. Em])rendió su marcha ])or tierra, 
])or medio de terrenos ])a lítanosos o de es])es]SÍinos 
bos(pies. Durante este viaje, en (pie Cortes se hacia acom- 
])añai' ])()r Guatimochi, hubo ui) denuncio de que el des- 
tronado eni])ei-ador de Méjico meditaba una conspiración. 
El jeiieral lo hizo ahorcar en uno de los árboles del 
camino, a ])esar de las ])rotestas de ese guerrero tan 
ilustre como desgraciado. 

Cortes llegó a Honduras; i ])ensaba caer de sor])resa 
sobre Olid, cuando sus es])ías le presentaron algunos 
es[)añoles apresados en las inmediaciones. Suj)© por ellos 
la manera cómo Las Casas habia puesto ñu a la rebe- 
lión de Olid. Cortes fué recibido solemnemente en el ]me- 
blo de- Naco; i desi)iu^s de un corto descanso, se volvió a 
Méjico i)or mar. 

Mi'ERTE DE Hernández de Córdoda.— El ca])itaii Her- 
nández de Córdoba, (pie habia ()cu])ad() la ])rovincia de 
Nicaragua ])()r encargo del golxM-iiadoi- de Panamá, ha- 
bia dejado entrever (4 propósito de constituir un gobierno 
inde])eiidiente. i liabia despei-taíh) los rec(4()s de aquel 



122 HISTORIA DE amí:hi<;a 



jete. Teiiiieiidü ])or su suerte, Hernández de Córdoba 
quiso ponerse bnjo la dependencia de Cortes, i quedar así 
libre de toda sujeeioii a Pedrarias. 

('ortes se hallaba en Naco cuando recibió un inensnje 
de Hernández de Córdoba (1525). Decíale que la distancia 
a que se hallaba de Pedrarias le inipedia recibir ausilios 
oi)ortrnios, i concluía j)or pedirle (jue lo acojiese bajo su 
pi-oteccion. Cortes no (]uiso enredarse en cuestiones con 
el gobernadoi- de Pananiá, i le contestó que obedeciese 
a Pedrarias, i que él dejarla mandado en aquellos pueblos 
(pie se le diesen los ausilios neceí^arios. 

Pedrarias Dávila tuvo noticias de estas ocurrencias. 
Reuniendo algunos soldados, se puso en marcha ])ara 
Nicaragua, i apresó a Hernández en hi ciudad de León. 
El proceso no i'ué largo: el gobernador de Panamá, mandó 
deca])itar a Hernández de Córdoba por rebelde i por 
traidor (152G). 

GoüiERNO DE Pedko DE Alvakado.— Pedro de Alvarado 
estuvo a punto de romper las hostilidades con Pedrarias 
Dávila; pero ei-an tantas las acusaciones (jue se le liacian 
i tan precarios los títulos que tenia para su gobierno, 
que en 1527 se ]mso en viaje ])ara España, dejando a su 
hermano Jorje de Alvarado la administración de la 
colonia. El rei le confirió, c()ii fecha de 27 de diciembre 
de 1527. los títulos de adelantado i capitán jeneral de 
Guatemala. Su hermano hizo una invasión hasta los 
países denominados ahora Costa-Kica, sometiendo algu- 
nas poblacionf s de úidíjenas. 

El espíritu inípiieto de Alvarado no le ])ermitió (piedar 
mucho tiempo tran(]uilo en su gobiernen Al saber (jue 
sus compatriotas habían ])enetrado en el rico ínq)ei-io de 
los incas, levantó un cuer])0 de tro])as i marchó al Perú. 
La nari'acion de esta ])enosa es])edicioii pertenece a la 
historia de este último ])ais. 

El rei dispuso (pie Alvarado fuera sometido a juicio 
por la audiencia de Méjico. Este tribunal dio la comisión 
al licenciado Alfonso de Maldonado; pero el coníiuistador 
de Guatemala se fugó a Honduras; i después de fundar 
allí nuevas colonias, se embarcó preci])itadanH^nte para 
España. 

13aiíT()lomé üe las Casas i:x (¡iatemai.a. — Maldonado 
desein])eñó el gobierno con ct4o i desinterés. Bartolomé 
de Las Casas, el c(^lebre |)rotector de los indios, había 
llegado a Nicaragua en esa ép(jca con algunos relijiosos 
dominicanos, i había pasado (le allí a Guatemala a poner 
en planta su sistema de C(jn(piista pacífica. .Vlvarado 
habia i)acificado a los indios ])or el terror, i solo en las 
tierras vecinas al golfo de Honduras los esi)añoles habían 
sido rechazados por los belicosos indios (pie las i)oblaban. 
Desde entonces, aquella rejion fué denomhiada Tierra de 
Guerra. 

Las Casas hizo componer en lengua (^uiché sencillas 



PARTE II.— CAPÍTULO XI 12^ 



canciones en t[ue estaban espnestas las doctrinas funda- 
mentales de la relijion cristiana: i dis])Uso (jue ai)rendie- 
s(»n a cantarlas algunos indios sometidos. Debian presen- 
tarse como merca deles para des|)ertar la .cnriosidad de 
las ])oblaciones. La variedad de objetos que vendian, la 
novedad del canto i de la música, atrajeron prontamente 
mucha jente. Los indios preguntaron a los mercaderes 
])or el oríjen de aquella música, i entonces éstos les ha- 
blaron de unos hombres que miraban en menos las ri- 
({uezas i los placeres, i (|ue pensaban solo en predicar su 
relijion i en consolar a los desgraciados. De este modo. 
Las Casas i sus colegas jaidieron ])enetrar en el territo- 
rio enemigo, i ensayar la propaganda pacíftca. Los indios 
aceptaron la relijion cristiana, abandonaron los sacrifi- 
cios hunmnos, i acojieron amistosamente a los españoles 
que se presentaban con intenciones pacíficas. La tierra de 
Guerra fué llamada |)or esta razón ])rovincia de Vera Paz. 

Muerte di: Alvarado; organización de la capitanía 
jENEiíAL DE GUATEMALA.— Cuaiulo los misioiieros estaban 
mas ocupados en estos ])acífico8 trabajos, se sui)o que 
Pedro de Alvarado acababa de desembarcar en Hondu- 
ras, des])ues de justificar su conducta en la corte. 

Desde luego, ceso el estado de ])az. Habiendo agregado 
a su gobierno la provincia de Honduras, ordenó la eje- 
cución de algunos señores indios a pretesto de que tra- 
taban de sublevarse. Al saber que los indíjenas de la pro- 
vñicia de Guadídajara, en Nueva España, se habian 
rebelado, reunió alguna jente i entró en cam])aña. Re])e- 
chando una ás])era sierra, (pie era forzoso subir a pié 
tirando los caballos ])or la brida, uno de éstos rodó so- 
bre Alvarado. "(pie como iba armado, i ya era hombre 
])esado, no pudo huir el encuentro, que le tomó i dio tan 
gran golpe en los ])echos (pie dentro de tres dias murió" 
(junio de 1541). El 11 de setiembre del mismo año, des- 
])ues de algunos dias de lluvia torrencial, se rompi(5 vio- 
lentamente la cima de una montaña vecina a la ciudad 
de Guatemala, que contenia un espacioso lago, despren- 
diéndolo en torrentes de agua i de barro (pie cubrieron 
todos los alrededores. La es])osa deAlvaiado, doña Bea- 
triz de la Cueva, ])ereció en aquella inq)revista inundación. 

Después de la muerte de Alvarado, el virrei de Nueva 
Es])aña confió el gobierno de esas provincias al licenciado 
Maldonado, que abrió una nueva era de paz (154:2). En 
ese mismo año, la corte creó una audiencia en Guate- 
mala, a la cual (piedaron sometidas las proAincias in- 
mediatas. 

Nicaragua, sin embargo, (piedó de])eiidiente de la au- 
diencia de Panamá, como también el territorio de Costa- 
Rica, (pie fué sometido con el ausilio de los misioneros. 
p]n_15T^^ estas dos provincias ])asaron a formar ])arte 
de la audiencia i capitanía jeneral de Guatemala, de])en- 
diente a sii \'ez del NiiTcinat o de Xuexn Es[)aña. 



121 IlIsroUIA DE AMÉRICA 



CAPITULO XII 



Ccnquista de Nueva Ciranada. 

Sc^niida rspcdicioii de Rodrijio de Bjiwtidüs; fniidíicion de Saiita-Maita. 
—García de Lenna. — Feíiiandez de Ijiigo.— Pedi'o de Heredia; fun- 
dación de Cartajena.— Kapedicionde Jinienezde (¿uezada,.— Conqniwta 
de Bogíjtá, Tiin ja e Iraca. — Fin de la cüiK|nÍHta; organización de 
la caj titania jeneral de Nueva Granada. 

(1525— ir,4H) 

Segunda espeuicjon de Kodrkío de Bastidas; finda- 
cioN DE Santa-Maeíta.— En 1525 Rodrigo de Bastidas, 
aquel escribano aventurero que veinticuatro años antes 
habia reconocido la costa firme, j)reparó una nueva es- 
pedicion i fundó un establecimiento a que dio el nombre 
de Santa-Marta. Bastidas, evitó las atrocidades de la 
conquista, contrajo relaciones con alg'unos caciques i ob- 
tuvo considerables cantidades de oro. 

Sus compañeros reclamaron la re])articion de estos 
despojos; i cai)itaneados por Juan de Villafuerte, dieron 
de puñaladas a Bastidas. No alcanzaron a consumar el 
asesinato. Los conjurados fueron remitidos a Santo Do- 
mingo, i sentenciados allí al viltimo su])licio. Bastidas 
murió i)oco después en ('uba de resultas de sus heridas. 

García de Lerma.— Al saber Carlos V la muerte de 
Bastidas, nond)ró gobernador de Santa-Marta a García 
de Lenna (152<S). El nuevo gobernador dis])uso algunas 
espediciones a diversos })untos del interior, hasta donde 
no habian llegado los castellanos; ])ero sustro])as fueron 
derrotadas i dis])ersadas poi* los indios. 

En ese mismo tiem])o, i en medio de una guerra 
constante, los castellanos acometieron el reconocimiento 
del rio Magdalena bajo la dirección de un ])ortugues nom- 
brado Jerónimo de JMelo, (]ue lo navegó en una estension 
de treinta i cinco leguas (15^52). En esa é])oca se hablaba 
en todas las colonias de las riquezas (jue habia en el Perú; 
i los pobladores de Santa-Marta abandonaban gustosos 
este })ais para tomar parte en la conquista de his dora- 
das rejiones que bañaba el mar del sur. García de J^erma 
nnirió ese año sin haber asentado definitivamente la do- 
minación española en aquel pais. 

Fernandez de Lugo.— Pedro Lerna udf^z de Lugo, go- 
bernador de las Canarias, alucinado con las lisonjeras 
descripcion<\s (jue se hacían de las riipiezas de la rejion 
de Santa-Marta, solicitó del rei el nombramiento de go- 
bernador i capitán jeneral de esta ])r()v¡iieia. Cái'los X 
le conc^'dió esta gobernación. Se liac(^ subii- a 1,500 el 
numero de los infantes, i a 700 el de los jinetes (]ue Lugo 



PARTE II.— CAPITULO XII 12.^) 



alcanzó a reunir para esta em])reHa. A mediados de di- 
ciembre de 1535 entiaron los espedicionarios en Santa- 
Marta. Formaba ])aite de ellos con el título de justicia 
mayor de la colonia, un abogado oscuro nombrado Gon- 
zalo Jiménez de Quezada. que iba a ser el verdadero con- 
(]uistador de aquellas rejiones. 

Los pobladores de Santa-Marta se hallaban reducidos 
a la última miseria. El nuevo gobernador, confiado en el 
número de sus soldados, comenzólas 0])eraciones con gi-nn 
vigor. Dispuso al efecto el envío de dos es])ediciones en 
que los es])afH)les sufrieron los resultados de nna ])ode- 
rosa resistencia. Uno de esos cuerpos ])erdió veinte liom- 
l)res (|ue i)erecieron de hambre. Después de estos ])rime- 
ros ensayos, Lugo resolvió entrar resueltamente en las 
aguas del caudaloso Magdalena para descubrir el intericu- 
de ^up^ ellas rejiones. 

Pedro de Heredia; ei xdacion de Cartajena.— Pedro 
de Heredia, militar que se habia distinguido en las ])ri- 
meras espediciones a Santa-Marta, se habia ])resentado 
en la corte, i pidió al rei autorización para acometer la 
coiKpiista del ])ais que se estiende desde el Magdalena 
hasta el Darien. Carlos V accedió a su solicitud. 

Heredia liizo sus aprestos con toda actividad, i salió 
de Cádiz a fines de 1582. El 15 de enero del siguiente 
año los espedicionarios penetraron en una espaciosa bahia 
<pie habia sido denominada Cartajena. El 21 de enero, He- 
redia echó los cimientos de una ciudad (]ue sirvió entonces 
de centro de sus operaciones militares. En seguida reunió 
sus tropas, i dejando guarnecida la colonia, salió a cam- 
paña a la rejion del norte de Santa-Marta. Sometió unas 
tribus ])or la fuerza, i ganándose a otras, volvió a la co- 
lonia cargado de ricos des])()jos i satisfecho con sus des- 
cubrimientos. 

Heredia habia oido hablar de las riquezas de las re- 
jiones del sur. En enero de 1584 salió en su busca. Los 
castellanos recorrieron gran ])arte del valle formado por 
el rio Zenú, i sufrieron hori-ibles estragos causados por 
los temporales. Estos |)adeciinientos fueron indemnizados 
con el oro arrancado de las sepulturas que hallaron en 
un valle que servia de enterratorio a los indios. 

Este descubrhniento abrió un ancho campo a la codi- 
cia de los soldados españoles. Organizáronse nuevas es- 
pediciones; pero el rei habia constituido un obispado: i 
frai Tomas Toro, el primer obispo, comunicó a la corte 
los excesos de la conípiista de Cartajena, i pidió el envío 
de un comisionado que residenciase a Heredia. El licen- 
ciado Juan de BadiUo. miembro de la audiencia de Santo 
Domingo, desempeñó este encargo con un c^lo tan indis- 
creto como interesado (1587). El gobernador Heredia i 
un hermano su^-o fueron sometidos a juicio, i persegui- 
dos con una injustificable tenacidad. Badillo, despnes de 
a})oderarse de los bienes del gobernador, mandó apresar 



12(J HISTORIA DE A^IKRirA 



a centenares de indios para negociarlos en la E8])añola 
como esclavos. 

ESPKDK'ION DE JiMEXKZ DE (¿rEZADA.— Cíisi al niisinO 

tiempo en (pie Heredia hacia h\ esploi-acion del Zenn. el 
o-obernador de Santa-Marta, Fernandez de Lngo, dispo- 
nía otra espedicion al interior. Formo nna colnmna de 
700 hombres, i la puso a las órdenes del licenciado Gon- 
zalo Jiménez de Qnezada. 

El () de al)ril de l.líJí) salió la es})edicion de Santa- 
Marta. Las nav^es debian remontar el rio Magdalena, 
mientras Qnezada marchaba con sus tropas por la ori- 
lla, pi'ecedido de una partida de monteros encargados de 
abrir el paso entre las espesnras de aquellos bosípies, 
I^os calores tropicales, las fiebres, la multitud de insec- 
tos, i los tigres que asaltaban a los castellanos, aumen- 
taban los padecimientos causados por el hambre i por 
la tormentosa incertidumbre sobre el término de la espe- 
dicion. La tropa comenzó a nmnifestar su descontento: 
pero (Qnezada conservó su ardor. Sobrevinieron las llu- 
vias tropicales: las aguas del rio se dilataron en una 
grande estension de territoi-io, haciendo imposible la mar- 
cha de la espedicion. Qnezada asentó su cam])amento en 
un lugar llanmdo Tora, mientras las naveii. seguian re- 
montando el rio. 

Allí se desarrollaron enferuiedades terribles; i eran tan- 
tos los hombres (]ue moiian. que ya no s(^ les daba se- 
pultura sino que se les arrojaba al rio. Los caimanes 
se cebaron con la carne humana; i de comerse a los muer- 
tos pasaron a atacar a los aívos que se acercaban al rio. 
La columna espedicionaria se disminuía considerable- 
mente; i hasta los mas animosos pensaban solo en vol- 
ver atrás. 

Qnezada, sñi embargo, entretuvo a sus soldados, i 
mandó hacer una esploracion a])artándose de las márje- 
nes del Magdalena. Los esploradores hallaron señales de 
población, i divisaron campos cultivados. Qnezada mo- 
vió sus tropas en aquella dirección. Su colunma estaba, 
i'educida a poco mas de 200 hombres, de los cuales solo 
()2 eran de caballeria. Habia trascurrido ya cerca de un 
año de padecimientos de toda, especie. 

Conquista DE Bo(í OTA. Tunja e Iraca.— Los españoles 
se hallaban en las inmediaciones de las mesetas centra- 
les de la república actual de Colombia, donde existían 
tribus numerosas de indios semi-civilizados. A la Aista 
de los campos cultiA^ados, el hábil Qnezada íuh aclannido 
jefe por sus tropas, desligándolo de toda sujeción al go- 
bernad oi*. 

Al descender de las inoutañas. los castellanos fueron 
asaltados por los indios: ]^ero su táctica i mas que todo 
la ])resencia de los caballos, decidieron su triunfo. Los 
indíjenas los recibieron benignament*». ofrcf-icndolcs \ívc- 
res i f(»steiájidolos con sahumerio, como a hijos del sol. 



PARTE II.— CAPÍTULO XU 12' 



Al penetrar en la planicie de Bogotá, los españoles ha- 
llaron campos cubiertos de senientei'as i de pueblos en 
(pie sobresalían las casas de los caciípies, i caminos ti;i- 
zados con arte qne conduelan a los lejanos adoratorios. 
(iuezada contemplaba lleno de admiración aquel hermoso 
panorama, i anhelal)a encontrar al zipa o rei de los muis- 
cas, que suponía rodeado de inmensas riquezas. Los cas- 
tellanos llegaron así al pueblo de Mu(]ueta, capital del 
territorio, que encontraron desierta, i donde supier*on que 
el zipa habla mandado ocultar sus tesoi-os. (^uezada con- 
virtió ese lugar en centro de las subsiguientes o])eracio- 
nes. De allí, en efecto, marchó sobre Tunja. cuyo rei o 
za(]ue gozaba de la reputación de ])oseer grandes riíjue- 
zas. 

Desde sus primeros ])asos. los es])loradoi'es hallaron 
las señales del ])oder del za(pie. i las muestras del oro 
que abundaba en fupiella rejion. Los castellanos cayeron 
sobre Tunja en 20 de agosto de 15:^7. Allí empeñaron 
una reñida lucha con los indios (pie duró cerca de dos 
horas. La noche puso término al combate: el zaipie que- 
dó prisionero, i sus tesoros i)asar()n al ])oder de los 
castellanos. "Se liizo un montón de oro tan crecido, dice 
(¿uezada, (pie i)uestos los infantes en torno de él, no se 
velan los (pie estaban de frente, i los de a caballo apenas 
se divisaban." 

(^uezada hal)ia oido hablar de las riqu(^zas de Iraca, 
cuyo cacique era a la vez jefe i pontífice. Los castellanos, 
a ])esar de la resistencia de los nidios, ocupai'on el pala- 
cio del cacique i penetraron en el tem])lo ])ara recojer el 
oro que encerraba. El fuego consumió el adoratorio. 

Los castellanos se empeñaron en apresar al zi])a de 
Bogotá; ])ero éste pereció en el asalto de un caserío. 
(¿uezada ])ersiguió i derrotó al nuevo zi])a, i en A^ano lo 
hizo perecer en el tormento ])ara liacerle confesar el 
lugar en donde se hallaban los tesoros. 

En estos afanes los castellanos ocu])aron mas de un 
año. El () de agosto de L*)8(S, el jefe español echó los 
cimientos de una ])oblacion. (¿uezada era natural de la 
])rovincia de (Jranada, en Es])aña: a los ])aises conquis- 
tados los llamó Nuevo Reino de Granada; i i\ su ca])ital, 
Santa Fé de Bogotá. 

Fin de la conquista; or(;aniza(jion he i. a capitanía 
JENERAL BE NuEVA (iRA N A DA.— El i)ais que acababa de 
compiistar (¿uezada. fué el objeto de otras dos es])lora- 
ciones. Sebastian de Benalcázar, soldado ilustre de la 
coiKjuista del Perú, des])ues de reducir la [u-oviucia de 
(¿uito, habia pasado adelante hasta encontrarse con 
(2u(v.ada en las orillas del caudaloso Magdalena. Por el 
oriente, Nicolás Federman, ájente de unacom])añía alema- 
na (pie hal)ia acometido la coii(]uista de Venezuela, se 
internó también hasta, las inmediaciones de Bogotá i se 
encontró con (jaezada. De este modo, el continente ame- 



128 HISTOUlA DE AMF<;iUCA 



ricano ora reconocido i)or osados esploradores que se in- 
ternaban en las selvas vírjenes. trei)al)an por ásperas 
montañas i joasaban rios caudalosos. 

Quezada resolvió ir a Es})aña a solicitar del rei el 
título de g'obernador de aquellos paises. Fernandez de 
Lugo liabia fallecido en Santa-Marta en enero de 1586. 
Nadie, sin duda, ])odia 'alegar mejores títulos a aquel 
gobierno (¡ue Jiménez de Quezada; })ero la corte pr-efirió 
para el cargo a un hijo del ])rinier gobernador, nombrado 
Alonso Luis de Lugo (1542). 

La coiKiuista de la Xueva Granada estal)a casi com- 
pletamente concluida, l'n portugués aj)ellidado Césai-, que 
liabia sido segundo de Heredia en el gobierno de Car- 
tagena, adelantó los descubrimientos en las rejitmes si- 
tuadas iú occidente del Magdalena. (Virios Y creó en 
154(S una audiencia, que debia residir* en Santa Fe de 
Bogotá; ])ei-o el gobierno de la capitanía jeneral (piedó 



CAPITULO XIII 

Conquista de Venezuela. 

Juan de Anipnes; fniidcicioii de Coro.— Los Welsers; eRpedicion de Al- 
íiiiger.— .Joi-je Spira i Nicolás Federmaii.— Felipe de (Tri-e; esjiedi- 
cioM al Dorado.— Suspensión del prlvilejio de los VV^'lscrs.— Colo- 
nización de Venezuela por los españoles. — Fundación de Carneas; 
organización del gobierno de Venezuela. 

(1527—1560) 

JcAX DI-: Amim'cs; fcndacion dc Coro. — l)es])ues del 
tercer viaje de Colon, el territorio (]ue lioi forma la 
república de Venezuela fué el teatro de las inhumanas 
espediciones de algunos castellanos que recoi-i-iaii la costa 
])ara apresar indios, que eran vendidos en la I']s])añola i 
en Cuba. 

En 1528 la audiencia de Santo Domingo liabia man- 
dado a Cumaná a un capitán noml)rado Jacome Caste- 
llón a establecer una colonia; i la prudencia de éste 
liabia conseguido este objeto. Pero los atentados de los 
traficantes de esclavos se repetían sin cesar. Carlos V ha- 
bía dispuesto que fueran reducidos a esclavitud los indios 
que pusieran resistencia a la conquista; i esta autoriza- 
ción daba pretesto a las maldades de los es])eculadores. 
La audiencia encargó al ñn al ca])itan Juan de Ampues 
que pasara a la costa del Coro con (>() liombi-es para 
poner término a a(]uel infame tranco. 

Anq)ues, sin embargo, abrigaba })royectos mas vastos. 
Al llegar a la costa de Coro, tuvo noticia de la existencia 
de un poderoso cacique nombi-ado Manaure;su])o ganai-se 
la voluntad de éste i atraerlo a la i)az. Un ti-atado so- 



i'Airn; ii.— capítulo xiti 129 



Ipinne consagro la alianza: d cíicííjhc pi-pstó el juramento 
de fidelidad i de vasallaje a Carlos \ i a sus sucesores. 
El 2() de julio de iri^T. tundo Ani])nes el ])nebl() de Coro, 
i dio ])rinci])io a la construcción de alíjennos ranchos. 
IOs])eral)a someter las tribus A'ecinas mediante su siste- 
ma de conquista pacífica; pero cuando menos lo es])eral)a, 
se vio embarazado en sus trabajos. 

Los Welsers; espediciox ue Alfixoeh.— Cái-los V 
habia concedido la conquista de aipiel ])ais a. una com- 
pañía alemana. Ambrosio Alfingei- i Jorje Sevler, (]ue eran 
en Madrid los ajentes de unos neti'ociantes de Aiisburt>'o, 
a])ellidados ^^Vlser. solicitaron del i-ei la concesión de 
esta ])roYÍncia, ])ara ejecutai' la (M)n(piista a su ])r'()])ia 
costa. Carlos V les hizo la concesión bajo las condiciones 
siguientes: la com])añía se obligaba a conducii* .*i()() espa- 
ñoles i 50 marineros alemanes. ¡ n fundaí', en el tr^rnnno 
de dos años, dos ciudades i tres fortalezas. VA i-ei les 
concedia todo el territorio (pie se estiende desde Mara- 
ca])ana hasta el cabo de la V^ela, con la facultad de inte- 
riorizarse cuanto quisieran en el continente. Los Welsers 
nombrai'on ])or gobernador i ])()r teniente suyo a Ambro- 
sio Alfinger i a Jorje Seyleí-. Llegaron estos a Coro en 
1528. i ])resentaron a Anq)ues la orden de entregarles el 
mando. í^os alemanes, (pie veían en la es])f^dici()n solo una 
em])res;i mercantil, codiciaban mas (pie los castella- 
nos el oro de las minas. Cuando Alfinger supo (pie aquel 
I)ais era ])()bi'e en minas. ])(^ns('') (pie el lucrí^) de la nego- 
ciación consistía en ;i presar a los indios ])ara venderlos 
en Cuba i en la Ls])añola. La em])resa fué convertida 
así en una esjx^cidacion mercantil fundada en la venta de 
esclavos. 

Alfinger empreiubí') su ])riinera cain])aña. dirijíí^'ndose 
Inicia el occidente. mi('ntras las (embarcaciones (pie Imbia 
iieclio coiisiruir lo seguian por la costa. Ln esas naves 
;it i';i \'es(') el Ingo de Maracaibo; i (l(^s])U(\s de construir 
una ranchería, se int(M-n(') resueltamente en el pnis con 180 
soldados (ir).*50). Alhiíger des])leg(') l.is dolesde un hábil 
i laborioso es])lorador: jxm'o, en caiul>io. luaniíest(') un 
carácter N'oz con ios naturales. ••Apodera(hi su alma (h' 
un furor insensato, señah') ]H)V todas ])ai-tes su ])asaje 
con (^1 robo, el homicidio i el incendio'', dice un historia- 
(h)r moderno de Wnezuela. 

Va\ (^sta es])edicion, el atrevido esplora(h)r lleg(') hasta 
las orillns del rio Magdalenn. Casi en lodus ]»;irtes ou- 
contr(') la tenaz resistencia de los naturales; pero siem])re 
hacía un número consideruble de ])risi()ner()s, i recojia 
las muestras de oi'o (pie poseían los indios. l)(\s])ues de 
reconocer- los límit(»s de las tu^-mosas r(ejíones de Bogotá. 
Alting(M' (lis])ns() la vuelta a Coi-o; ])er() la fama de sus 
crueldades arm(') a los indios d(»l xalle de Chinacota. ¡xu" 
donde debía |)as.i!- ;i su \uell;i. Alfinger se hal)ia sepa- 
rado un poco de su Unp.j ••cuando, saliendo de una 
9 



1:M) historia de ameríoa 



emboscada, le embistieron los indios con tal ímpetu i 
presteza que cuando puso mano a la espada para defen- 
derse, ya estaba muí mal herido." Tres días después mu- 
rió (Í5'V1). •■dejando perpetuada la memoria desús atro- 
cidades", dice otro historiador. 

JoiME S PIRA I Nicolás Federman.— Por muerte de Alfin- 
oer, tomo el gobierno un oficial (pie los historiadores 
denominan Juan Alemán. Era este un hombre ti'anquilo 
(]ue se mantuvo en Coro sin acometer emj)resa alg'una. 

La negociación no ¡)roducia a los Welsers el provecho 
que esperaban. En 1533, dieron el gobierno de la colo- 
nia a, Jorje Spira, que oi-ganizó en España i en las islas 
("anarias un cuerpo de -l-OO h()nd)res. Llegó éste a Coro 
a ])rinci])ios de febrero do 1534, e inmediatamente dis- 
puso una es])edicion para esplorar el interior de aquel 
pais. 

El viaje de Si)ira no fué menos ])enoso (pie la canipaha 
de Alfinger. Internándose hacia el suroeste, el osado aven- 
turero se A^ó obligado a batirse frecuentemente con las 
tribus indíjenas, i tuvo qu^^ufrir las mayores penalida- 
des en medio de los bosques i de los pantanos causados 
por los desbordamientos periódicos de los rios. Spira 
estuvo a ])unto de penetrar en el territorio de los muis- 
cas. Por hn, después de un viaje inútil de cinco años, 
S])ira volvió a Coro en febrero de 1539, con solo noventa 
hombres de los cuatrocientos (]ue hablan salido. Poco 
tienqx) después murió en Coro (1540). 

Durante la ausencia de Spira, su segundo. Nicolás 
Federman, emprendió por su ])ropia cuenta una cam- 
paña al interior de Venezuela. Los viajes de éste fueron 
de la mayor importancia para el reconocimiento de aque- 
llas rejiones. Federman trataba de evitar cual(piier en- 
cuentro con los soldados de Spira, de quien andaba r-ebe- 
líido; i con ese objeto se alejó de las huellas de éste, i 
llegó en 1538, después de un Aiaje de tres años, al terri- 
torio de los muiscas que acababa de conípiistar el licen- 
ciado (¿uezada. Poco antes, Sebastian Benalcázar, con- 
(juistador de la proAincia de Quito, habia penetrado en 
el ])ais de Bogotá, de modo que los tres aA^entureros, 
salidos de tan diA^ersos puntos, s ^ encontraron inespera- 
damente en aquel centro. Mediante una remuneración de 
1 {),()()() pesos oro, el caudillo alemán puso sus tropas 
bajo las órdenes de (¿uezada, i él mismo se comprometió 
a abandonar el ])ais i a pasar a España. Alli murió pocos 
años des])ues. 

Felipe de Crre; espediciox al Dorado. — Desde 1532, 
el rei habia establecido un obispado en Coro. El obispo 
fué nombrado gobernador por la audiencia de Santo 
Domingo. l'U alemán nombrado Felipe de IJrre recibió 
el mando de las tropas. 

Felipe de Urre salió a campaña con 1 30 hombres, con 
el obi(>t() de buscar una rejiou maravillosa de (pie ha- 



i'Aij'i'K II.— OAprrüLo xiit 18 L 



biaban muclio los coiKinistadores. Los espafioles la lla- 
maban pais del Dorado, ••tierra r¡(]nísinia (jne los indí- 
ienas señalaban ora en una dilección, ora en oti'a, siempre 
con la mira de alejar i confundir a sus tir;nios. Kn esa 
tierra liabia un hombre, ya rei. ya sacei'dote. (pie se 
liacia cubrir el cuerpo todas las míifianas con polvos de 
oro, por medio de una resina odorífera. 1 como seme- 
jante vestido le incomodase para dormir, se lavaba todas 
las noches, haciéndose dorar de nuevo al otro (Ha. Donde 
tal cosa })odia hacerse, necesariamente debían existir 
minas abundantes o rios cuyas arenas fuesen de oro. De 
a(pií el representar ese pais fabuloso de mil maneras. 
Sitnál)anlo ya en la ])arte oriental de la Guayana, con 
el nombre de Dorado déla Parima. yi\ doscientas sesf^ita 
leo-via,s hacia el poniente, cerca de la falda oriental de 
los Andes, ya en un ])ais (pie llamal)an de. los ()ma<»"nas. 
donde liabia la<iiinas con (^1 fondo de oro." Ivsta ilusión 
fué la causa, de penosísimas es])edicion(^s (pie se rei)iti(4-()n 
sin cesar durante (íasi todo el siglo XVJ. llrre sali(') de 
Coro en junio de 1541. Su ])ereg'rinacion dure') cuatro 
años. Recorrií") ])aises hasta entonces hiesplorados, i en- 
couivn tribus de indios desconocidos. Vai estos viajes, 
llrre, en medio de los mayores sufrimientos, des])leg'(') 
s^entimientos de humanidad en (^1 trato de los indios. 
Antes de volver a foro, lírre fn("' asesinado (15-1-5). 

Si'si»i^:.\sio.\ nioi. j^inviLK.no i>i; i.os Wp:lsioi{s. — Los 
W'elsers hablan disfrutado durante diez i siete años del 
privilejio de coiupiistar la ])rovincia de Venezuela, sin 
(pie se ])udieran ])ercibir los prov^echos de a(piella empre- 
sa. De todos los artículos del contrato solo habia ivci- 
bido cnm])limient() el (pie autorizaba; a los alemaiu^s para 
N'ender los indios por esclavos. Los Welsers no habian 
fundado lina sola ciudad; algunos jetes se habian conten- 
tado con solo cambiar el nombre de los villorrios de in- 
díjenas. 

Este estiido de los negocios, así como el ningún pro- 
vecho (pie la corona re])()rtaba, detc^rminaron a ('arlos V 
a suspender el prixilejio (154()). "Los diez i ocho años 
(pie \'enezuela estuvo bajo su dominación, dice un histo- 
riador, causaron en su territorio una despoblación tan 
grande, (pie por do (piiera se elev(') contra el gobierno de 
aqíiellos estranjeros un grito jeiieral de indignación." 

( 'oi.oMZACioN DI": Vkxiozi'kla i'ok los españoles. — ('ar- 
los \^ en\'i(') ])()]■ gobernadoi" i capitán jeneral (h^ la ])r()- 
vincia (154()) al licenciado .luán Peiez de Tolosa. hombre 
desinteresado e instruido. Lstablecic') éste t^n a(piella colo- 
nia el mismo (jrdeii (pie existia (^n las otras 'posesiones 
españolas. Re])arti(') las tierras i los indios para que 
ayudaran a sus señores en el cultivo de los cam])os. i 
fuiKh") algunas ])()blaciones. 

lia muerte sorprendi(') a Pérez de Lolosa, en (^1 st^gundo 
año de su gobierno; pero el imjMilso estaba dado, i su 



lí]2 MlSTOlltA DE AMÉRICA 



sueosor Juan de Villegas pobló la ciudad de Borburata 
(1549). Nuevas fundaciones se siguieron a ésta: en 1552, 
Villegas echó los cimientos de Barquisinieto o NucA^a 
SegoAia. Su sucesor en el gobierno, el licenciado Villa- 
cinda. disj^uso. en 1555, la fundación de otra ciudad 
denominada Valencia del rei; i el año siguiente, 1556. 
Diego García de Paredes fundó a Trujillo. 

( 'on este sistema se iba poblando poco a poco el terri- 
torio de Venezuela. Cien españoles, i a veces menos, ser- 
vían de base a una población. De este modo, la conquista 
de Venezuela, fué consumada parcialmente. 

FrxDAnoN de Caracas; ohííanizacion del gobierno 
DE Vknezfela. — Aquellas colonias eran rejidas por un 
gobernador dependiente de la audiencia de Santo Do- 
mingo. El lugar donde se encuentra ahora la ciudad de 
Caracas (]uedó ocupado por nmclio tiempo por los indi- 
jen as. 

Un criollo nombrado Francisco Fajardo fué el primero 
que intentó la conquista de aquel pais. Falto de elemen- 
tos para llevar a cabo una espedicion formal. Fajardo 
se reunió con otros tres criollos i veinte indios; i arri- 
baron a la costa de tierra firme, a poca distancia del 
puerto de la Guaira. Fajardo supo ganarse a los indios 
i ])re])arar el terreno para volver con nuevos ausiliares. 
Desde que manifestó intenciones de fundar una ciudad, 
los indios se dispusieron a la guerra i lo obligaron a 
abandonar su territorio. Fajardo no se atemorizó por 
esto: liizo otras incursiones i aun fundó diversas po- 
blaciones, una de las cuales fué San Francisco (1560), 
establecida en el mismo lugar donde hoi existe ( Ca- 
racas. 

I^a fundación definitiva de esta ciudad, sin embargo, 
no tuvo lugar sino siete años después, bajo el gobierno 
de don Pedro Ponce de León, el cual confió al ca])itan 
Diego Losada el mando de un cuerpo de tropas para 
consumar la conquista de aquel pais. Losada echó los 
cimientos de una ])oblacion que denominó Santiago de 
León de Cai'ácas (1567), i que vino a ser mas tarde la 
capital de la provincia. De allí partieron nuevas espedi- 
ciones; pero la conquista, i)ropiamente dicha, de la pro- 
vincia de A^niezuela, habia terminado desde que el rei 
organizó el gobierno de Caracas, dependiente, como 
hemos dicho va. de la audiencia de Santo Domiuíi'o. 



PARTE II.— CAPÍTULO XIV 133 



CAPITULO XIV 

Conquista del Perú. 

Prinieras esploraciones en el l'acífíco.— Pizarro. Alinagro i Liuino.— 
Primera esiíedicion de Pizarro i Alinag-ro.— Célebre contrato de 
Pizarro, Almag-ro i Luque. — Descubrimiento del l*erú, — Viaje de 
Pizarro a España. — Campaña de Pizarro en el interior del Perú. — ^ 
Plan de defensa de los ]jeruM.nos.— Captnra de Ataluialpa.— Rescate 
de Atahiialpa; repartición del botin, — Suplicio de Atalmalpa. 

(1522—1583) 

Prjmiokas KSPLOuACJoxios Kx i:i> Pacífko.— La iimci-to 
de» Niifiez de Balboa liabia retardado los descubrimiiMitos 
en las costas del mar Pacíñco. Un caballero llamado 
Pascual de Andagoya, org-anizó una espedicion en Pa- 
iianiá, i en 1522 se hizo a la vela hacia el sur. Andagoya 
llegó hasta las orillas de un rio grande (el de San Jnan) 
donde recojió importantes noticias acerca del im})erio de 
los incas. Andagoya pasó allí algunos dias negociando 
con los indíjenas. después de haberlos desbaratado en la 
primera jornada, i dio la vuelta a Panamá a causa del 
mal estado de su salud. 

El resultado de este viaje contribuyó sin duda a con- 
firmar a los colonos de l*anamá en la convicción de la 
existencia de un imperio en las rej iones del sur. Sin em- 
bargo, las esploraciones en el nuevo mundo hablan pro- 
ducido tantos desengaños, que las noticias comunicadas 
])or Andagoya no causaron el entusiasmo (]ue era de es- 
perarse. Se hablaba solo de climas mal sanos, de indios 
guerreros i feroces, i de paises desprovistos de aliminitos 
para los europeos. 

Pizarro, Almagro i Lr(¿ri':.— Hal)ia en I*anamá tres 
hombres que no se desalentaron con tan tristes ])i'esajios. 
Eran éstos Francisco Pizarro. Diego de Almagi'o i Her- 
nando de Luque. El primero, liijo natural del coronel 
Gonzalo l^izarro, nació en Trujillo, en España, por los 
años de 1471. En su niñez fué cuidador de puercos, pero 
un dia que se le estravió uno de estos aninmles, Pizarro 
no se atrevió a volver a la casa paterna, se hizo soldado 
i se eni'oló en un cue^^po de tropas que partia para Ita- 
lia. Mas tarde (1510) aconq)añó a Alonso de Ojeda en 
su espedicion al Darien. Pizarro obtuvo después mi re- 
partimiento de tierras i de indios en Panamá. 

Almagro era un soldado no menos valiente, i ])()seia 
ademas un corazón noble i un jeneroso des])ren(limiento. 
De oríjen oscuro i con servicios poco brillantes, liabia 
adquirido, sin embargo, buen nombre, i las simpatías de 
cuantos lo trataban. Al revés de Pizarro, que era natu- 
ralmente reservado i calculador. Almagro j)oseia una sin- 
gular franqueza, i obraba siemjire por el primer impulso 



134 HISTORIA T!E .UrÉRICA 



de su corazón. Estos dos soldados, ig'iirdineutc i'udos e 
ignorantes, puesto (jiic ninguno ih» (^llos snhia Ircí*. eshi- 
ban ligados de tienijx) atrás por la mas cstreclia ainis- 
tad. ''I^ireeian un mismo lioudire en dos euer])os". diee 
el liistoriador Oviedo. 

El tercer socio era Hernando de Lu(jue, clérigo (pie des- 
empeñaba en Panamá el cargo de vicario de la iglesia 
parroquial. Asociado a Almagro i a Pizarro en las pncí- 
ficas negociaciones de la colonia. Liupieliabia \isto des- 
arrollarse su fortuna; ])ei'o ni él ni sns socios dejai-on 
de ocuparse en los ])royectos de grandes conipnslas. 

Los tres amigos pensaron en una espedicion a las tie- 
rras del sur, i con grandes trabajos pudieron reunir un 
cuerpo como de 100 hombres. Embarcáronse éstos con 
Pizarro en una pequeña embarcación, i zarparon de Pa- 
namá aproximativamente en marzo de 152."). 

Pkimeka i:spi^:i)J('ion de Pizarro i Almaciío.— Los su- 
frimientos de este viaje fueron horrorosos. La estación 
era la ]>eor del año: comenzaban las lluvias j)eriódicas de 
los tr6])icos, seguidas ])()r el desbordannento de los rios. 
Pizarro llegó al ])uerto de Pinas i aun ])enetr6 en el rio 
Hirvi; ])ero el teri'eno inmediato f()rnud)a solo un inmenso 
])antano en (jue se veia sobresalir (4 verde follaje de los 
árboles. Cuando los es])l()ra(lo]-{*s intentaron jxMíetrar en 
el interior del ])ais. en el lugar (pie denominaron Pueblo 
(¿uemado. se vieron \'igorosamente atacados poi* los in- 
díjenas i tuvieron (]ue retirai-se. 

Almagro, enti-e tanto, liabia salido de Panamá con (>() 
hombres embarcados en una ]»e(pieña carabela. I labia 
convenido con Pizarro un plan de señales indicadas en 
la corteza de los árboles: i por este medio ])udo recono- 
cer los lugares (pie hal)ia \isi1ad() su socio. En Pueblo 
(Quemado, los indíjeníis ;itac;n-on con gran furia ;i las 
fu(>rzas de Alma.gro i las obligaron a reembnrcnrse. I']l 
valiente ca])itan ])erdió un ojo en 'stn ])riniera jornada, 
de resultas de mi tlechazo: jiero continuó su \i;ije al sur 
hasta las orillas del rio San Juan. Almagi-o conoció 
(pie 1(JS ]U*inieros esjx'ílicioiuirios no habian llegado linstn 
a(]uellos lugares, i dio su vuelta al norte. 

PlÓLIOURl-: CONTRATO DIO IMzARRO. AlMA(íRO I IvlC^li:.— 

Catorce iiK^ses liabia durado a(piella ])en()sa esploracion. 
K\ gobernndoi- Pe(lrarias (pliso negar a los socios el per- 
miso (pie solicitaban para lle\ar adelnnte l;i pro\'ect ndu 
coiKpiistM, ])er() las instnncias de LiKpie allanai-on esla 
diticultad. El vulgo consideraba una insensatez la obsti- 
nación de los asociados (41 aipiella em])resa: i el cura r'er- 
nando de Lmpie fué denominado. ])()r un juego de pala- 
bras. EernaiKlo el Loco. 

A pesar de todo, los asociados des])l(^garon tal acti\i- 
dad (]ue consiguieron hacer los a])restos ])ara una nuex'a 
espeíticion. I^n Panamá eslendieron el 10 de marzo de 
L526 un c('lel)re contrato por (>1 cual se com])ronietian al 



PARTE II.— CAPITULO XIV 1:^5 



descubrimiento i conquista del Perü. debiendo Pizarro i 
AlinagTo tomar a su caríio la parte militar, miértras el 
clérit¿-o Lu(}ue suministraba los fondos irn-í^saTÍos: })ero 
debian repartirse los productos de la coiKpiista ])()r ter- 
ceras partes. "Para dar mas fuerza al contrato, el cura 
Luque administró el sacramento de la Eucaristía a los 
contratantes, dividiendo la hostia en tres partes, una 
para cada uno, mientras que los espectadores se enter- 
necían al ver la solemne ceremonia con que se consa<>-ra- 
ban estos hombres voluntariamente a un sacriftcio que 
parecía poco menos que locura." 

DEscrBKíMiEXTO DEL Peku.— Los asociados alcanzaroii 
a alistar IGO hombres. Hablan comprado dos buques 
mayores, algunos caballos, armas i municiones. Con estos 
recursos salieron de Panamá i lleg-aron hasta el rio San 
Juan. El piloto Bartolomé Ruiz ])asó adelante con una 
nave esplorando la costa, mientras Almagro volvia a 
Panamá en la otra embarcación para reunir mas jente. 

Pizarro quedó á las orillas del rio San Juan con el 
grueso de sus tropas. Desde allí intentó una esploracion 
al interior del pais, pero sufrió tanto por la resistencia 
de los indíjenas i por la naturaleza de aquellas rejiones, 
que se vio obligado a volver atrás. Felizmente, casi a un 
misino tiempo se le reunieron el piloto Ruiz i el ca])itan 
Almagro. El primero habla llegado hasta colocarse bajo 
la línea equinoccial, recojiendo por todas partes noticias 
de la existencia de un poderoso imperio. Almagro habla 
encontrado en Panamá un nuevo gobernador llamado 
]*edro de los Rios, que dis])ensó a la empresa una deci- 
dida protección; i así ])udo reunir un refuerzo de 80 hom- 
bres. 

Pizarro dispuso la marcha de la espedicion; pero las 
tem])estades lo retardaron considerablemente. Los cas- 
tellanos se encontraron al fin t^n el ])uerto de Tacamez, 
en las costas de Quito, en frente de una. población com- 
])uesta de mas de mil casas arregladas en calles. Recono- 
ciéndose inca])aces para invadir el pcds, se retiraron a la 
pecpieña isla del Gallo, en donde Pizarro del)ia ])ermanecer 
mientras Almagro volvia a Panamá en busca de nuevos 
refuerzos. A pretesto de mandar a Panamá una muesti-a 
de las producciones de aquella tierra, algunos de los 
castellanos enviaron a la es])osa del gobernador un ovillo 
de algodón dentro del cual iba un memorial (^n (¡ue S(^ 
(piejaban de la ambición de 'Almagro i de Pizarro, (pie 
los iiabia arrastrado a a(piellas mortíferas rejiones en (pie 
los elementos i los hombres parecían aunados para re- 
chazar a los europeos. A consecuencia de estas noticias, 
el gobernador Pedro de los Rios dispuso la partida de 
dos buípies para (]ue recojiesen shi tardanza a Pizarro 
i sus com})añeros i los trasportaran a Panamá. 

Los soldados de Pizarro hablan sufrido el hambre i 
las enfermedades de aquel clima mortífero; pero si aque- 



136 HTBTOUrA DIO AMÉRICA 



llü8 se seiitiaii (IcsíihMitndos. el jclV líianitVstaba su (en- 
tereza liabitunl. \'A\ elVcto. I'izai-ro sf' iicao a olxMieiHíi' 
las órdenes del <i-()l)ei'nadoT de Panamá. Trazó con su 
es})a(ia una línea en la areiia de la plax'n. i vohii'ndosc 
al sur, dijo a sus soldados:— "J'or aijuí se \a al Perú a ser 
ríeos"; i en seg'uida señalando al norte, a{i-rej2,-ó: — "Por acá 
se va a PfUnmnl a ser pobres.'' Treee de sus e()ni])arH'ros 
pasaron la raya ])ai-a acompañar a Pizarro: los dennis 
(quisieron volverse a Panamá eon los emisarios del 
gobernador. 

El atrevido ea])itan. sin enibarg'o. no desesperó (1(4 
resultado de su eni])resa. Pidió solo (pie se le dejai'a.n 
víver(^s. i (]ue se le ])erniitiera mandar a Panamá al piloto 
lUirtolonií' Iluiz eon el earoo de reunir alg'unos volun- 
tarios. Las naves volviín'on al noi'te, dejando abandona- 
dos a Pizai-ro i sus ('om})añer()S. Poeos dias d(^spues, 
eonstruyeron Mos una esi)aeiosa balsa, i d¡i-ij¡('n(los<' al 
norte. lle<.:aron a una ishi desierta a (pie dieron el nom- 
bre de Gor*¿-ona. Allí pasaron siete meses de terrible 
espectativa. 

Al íin. una na\'e ai)areeió en el horizonte. l']ra Bartolo- 
mé Ruiz (pie volvía en un débil bar(piieliuelo eon la 
órd(ni terminante del <i'obernador de trasportar a Pa- 
namá a los d('sam])arados castellanos. Pizarro iio dejó 
vei' niaxor sumisión al n^cibir esta órdíui. Decidió a 
Uuiz a llevar adelante su esploracíon, e hicieron rumbo 
al sur. Después de un viaje en que fueron reconociendo 
diversos puertos, los castellanos penetraron en la bahía 
de Túmbez, i se hallaron enfrente de una hermosn 
ciudad. Hus habitantes tomaron a los castellanos por 
seres de una naturaleza su[)erior, i les obsequiaron víve- 
res de toda especie. No era menor la sorpresa de los 
compañeros de Pizarro: dos de ellos fueron enviados a 
tierra, i volvieron a bordo haciendo maravillosas rela- 
ciones de las riquezas i de la cultura de aquella población. 
Pizarro no tuvo duda de (pie había descubierto un im- 
])erio rico í poderoso; í después de adelantar algo mas 
la esploracíon, dio la vuelta a l*anamá a ñnes de 1^)27. 

ViA.iK ni-: Pizarro a P]spaña. — Los padecimientos por- 
(pie liabia tenido que pasar el intrépido descubi'idor 
fueron mal recompensados. VA gobernador Kios se negó 
a ausíliarlo. alegando (jue Panamá; no ])08eía los elemen- 
tos ])ara invadir un estado poderoso. Los tres asociíi dos 
pensaron en solicitar directamente del rei la autorización 
para emprender la conquista, i convinieron en ({ue l*i- 
zarro pasase a España con este objeto. Ln abril de 
1528 partió éste llevando consigo fdgunas muestras de 
las ri(}uezas de aípiellos países, así como indios í llamas 
(pie sirviesen de comprobantes de sus maravillosas re- 
laciones. 

Pizarro se presentó ante el reí con gran desembarazo. 
Sin embargo, pasó cerca de un año antes (pie el negocio 



PARTi'j 11.— rAPÍTiTLO xn' 137 



(jU('(Imi-;i (leíím'tivaniente ari'e^lado. Solo el 20 de junio 
(le 1521) s(; iiiinó la memorable capitulación (jue ase<::uiT) 
laconíjuista; del Perú i el porvenir de Franciííco PizaiTO. 
Obtuvo Cate para él i hus sucesores los títulos de adelan- 
tado, g'oberuador i capitán jeneral de los paises ({ue 
sometiera en las provincias del Perú o Nueva Castilla. 
Con facultad para luu-er justicia sin otra apelación (pie 
la del consejo de Indias. Obtuvo iocualmente para Luíjae 
f'l título de obispo de Túmbez i de protector de los in- 
dios del Perú; i pai-a Almagro pidió solo el empleo de 
íi-obernador de 1-as fortalezas (pie debían construirse en 
Túmbez. 

En cambio de estas cono'sioups, Pizarro s(^' compro- 
met ic') a levantar en el téi-mino de seis meses un cuerpo 
de doscientos cincuenta soldados. Cortes, el con(piistador 
de Mcjico, le suministFo algunos ausilios ]»('cunia,rios. 
Pizarro se trasladó a Trujillo, su ciudad natal, en busca 
de aventureros (]ue (]uisieran acompañarlo. Cuatro her- 
nninos suyos, Hernando, Gonzalo i Juan Pizarro. i un 
hermano cíe madre llamado Francisco Martin de Alcán- 
tara, se ofrecieron a seguirlo. De todos ellos, solo Her- 
nando era hijo Icjítimo, i todavía "mas lejitimado en 
la sobei'bia", según la espresion de Oviedo; pero to- 
dos eran tan oi-gullosos como ]^obres. •■(> tan sin hacien- 
da, como desposos de alcanzarla."' 

Fn estos afanes se cumplió el plazo estipulíulo; i 
Pizarro, (pie no liabia reunido los '2'')i) hombres, se 
embarcó en Sevilla en enero de l^y-M), con los aventui'eros 
que (pierian seguirlo. A su arril)o a Panamá, cuando 
Almagro supo la manera egoísta como su compañero 
habia manejado en la corte el contrato para la conquis- 
ta, hubo un momento en que las relaciones de ambos 
socios estuvieron rotas. Sin embargo, Luque logró tran- 
sijir las dificultades. Pizarro cedió a su socio el título de 
adelantado, i se comprometió a recabar de la coi'te (jue 
aprobara esta concesión. Con esto solo, se restal)leció la 
armonía entrt^ ellos. 

Cami'AXA nio PizAUKo i:x i:l ixtioimoií diol Peiu.— Los 
tres c()ni])añcr()s renovaron el convenio celebrado en 
ir)2(). l)cs])ucs de nueve meses d(^ incescUites trabajos, 
solo habiaii (Mpii|)ado tres pe(pieñas embarcaciones, i 
reunido 180 hombres i 27 caballos. Los admiral)les triun- 
fos alcanzados i)or los castellanos en las Indias, con mui 
(\scasos recursos, alentaron a Pizarro a em])render con 
ese ])uñado de hombres la coiupiista del Perú. Fu enero 
d(^ 15:51, se dio a la vela con dirección a Túmbez. Alma- 
gro (piedó en Panamá ])ara reunir nuevas tropas con 
(pie mai-char en ausilio de su com])afiei(). 

Las corrientes del mai" obligaron a Pizarro a des- 
embarcar en el ])nerlo de San Mateo, situado al norte 
de la línea ecpiinoccial. i desde allí continiK') su AÍaj(^ jx)!' 
tierra. Los españoles cainhiaban por un pais desierto, 



138 HISTORIA DE AMÉRICA 



cortado por rios i piuitaiios. Pero en la prov^ucia de 
Coaxpie. en una ciudad que tomaron casi sin resistencia, 
encontraron gran cantidad de \'asos de oío i de plata 
(]ue revelaban la riqueza del imperio. IMzarro despachó 
uno de sus buques a Panamá i otro a Nicaragua, espe- 
rando que la vista de aquellos tesoros atraería muchos 
aventureros. Mas adelante, al pisar la isla de la Puna, 
en la embocadura del rio de Guayaquil, encontró una 
resistencia mucho mas seria de parte de los indíienas;pero 
después de reñidos combates, quedaron A^encedores los 
castellanos. 

Durante este a iaje, Pizarro recibió de Panamá mas 
de 180 hombres, entre los cuales se contaban Sebastiíin 
Benalcázar i Hernando de Soto, que gozaban en las In- 
dias de la reputación de distinguidos capitanes. Las 
tropas de Pizarro llegaron a Túmbez, i después de una 
residencia de cerca de tres meses en esos lugares, aA^an- 
zarori hasta el rio de Piura. Allí Pizarro fundó una ciu- 
dad-eon el nombre de San Miguel (junio de 1582). La 
X)enosa marcha de los castellanos por aquella costa los 
liabia demorado cerca de diez i ocho meses. 

Pizarro i sus compañeros notaban las señales de la 
riqueza i del poder del imperio de los incas; pero abri- 
gaban serios temores sobre el resultado de una empresa 
tan atrevida. El 24 de setiembre de 1582, después de 
dejar una guarnición regular en la naciente colonia de 
San Miguel, E^izarro, a la cabeza de 170 hombres, de los 
cuales solo 60 eran de a caballo, se i)uso en a iaje para 
el sur. La marcha de los castellanos al traA^es de las 
montañas, ofrecía a cada pas^jp grandes diftcultades. l^a 
naturaleza les oponia desiertos, barrancos i cordilleras. 
A cada jornada creian encontrar una vigorosa resisten- 
cia en los desfiladeros de las montañas o en el vado de 
los rios; pero hallaban solo campos desiertos o pobla- 
ciones pacífícas que los recibían hosi)italariamente. 

Plan j)e dkfensa de los peiu anos.— ¿En (pié i)ensa- 
ban los A^asallos del inca cuando dejaban pasar libre- 
mente a los arrogantes estranjeros? Los cast^'anos lle- 
garon a creer (pie ante los ojos de los indíjenas, ellos 
estaban rev^estidos con el ])i-estijio de seres de mía natu- 
raleza superior. Los peruanos, sin embargo, obedecian a 
un plan meditado. 

El imperio de los incas acababa de pasar por Apiolen- 
tas convulsiones. El inca Huaina Capac, muerto hacia 
pocos años, había adelantado las conquistas de sus 
mayores, incorporando en sus estados el rico i-eino de 
(¿uito. Antes d<? morir, tuvo noticia de los primeros via- 
jes de esploracion de los castellanos en las costas del 
I*acífico; pei'o espiró ]ior los años de 1525. Contra las 
tradiciones políticas de su raza, liuaina Capac dividió 
sus estados. El hijo de su ninjer lejítima, llamado Huás- 
car, heredó el reino del Cuzco; el mas querido de los 



PAIl'PP] n. CAPÍTÜJHJ XH' 189 



hijos (leí iiH'íi, Ataliualpn. nacido de una unión ilejítinia-, 
r('cil)ió !;i soberanía, de (^nito. Diiriinle cinco anos, los 
dos iieimanos rtinai'on pacíficamente en sus estados 
j-especlivos; pero empeñóse en seguida una guerra terri- 
ble en que después de sangrientos combates, la victoria 
(]uedó por Atahualpa. Huáscar fué retenido eu una pri- 
sión. Desde entonces el nombre del vencedor fué respetado 
en todo el impelió. 

restos sucesos coincidían con la invasión de los espa- 
fioU's en el Perú. Cuando Pizarro partió de San Miguel 
de Piura en busca delinca, se hallaba éste en (-ajanuirca 
(iisíruta,ndode sus recientes triunfos. La noticia del arril)o 
de los misteiiosos estranjeros a las costas de su impe- 
rio, no le infundió gran temor. Sus emisarios i sus esj^ías 
le habían comunicado que los invasores no alcanzaban 
a 200 hombi'es, que eran mortales, i que eran menos 
sufridos que los peruanos, puesto que para sus marchas 
montaban unos animales poco mas grandes que los 
llamas del Perú, los caballos. El inca, adenms, liabia 
consultado los oráculos de sus templos; i el de Paclia- 
camac liabia respondido que los estranjeros sucunrbi- 
rian. Atahualpa concibió el pensamiento de atraerlos al 
interior [)ara conocer a esos hombres misteriosos, bien 
seguro de (pie bastaba una señal suya para que fueran 
destrozados por los millares de soldados que tenia bajo 
su mando. 

CAPTriíA DI-: ATAniAij'A.— Los castellanos divisaron 
al fín el hermoso valle de Cajauíarca (15 de noviembre 
de 15'52). Allí se levantaba la ciudad de este nombre; i 
como a una legua de distancia se hallaba Atahualpa en 
una casa de recreo, con su ejército. Los castellanos ocu- 
paron la ciudad, que se encontraba abandonada, i esta- 
bleí'ieron sus cuarteles en los ediíicios que rodeaban la 
])laza. 

Pizarro conocia deniíisiado bi(^n k)s peligros de su si- 
tuación; pero, lleno de resoluci(jn, concibió el ])royecto 
de ajKxlf^rarse de la ])ei-sona del ñica. Limediatamente 
des])achó ;d capitán Hernando de Soto i á su ])ro})io her- 
mano Hernando Pizarro con treinta i cinco hombres de 
cíd);dlei-ía, ])ara (pie se ])r(^sentaran en el ('am])ament() 
im[)erial a saluíhir ni inca i a repetii-le (pie venían del 
otro lado de los mares mandados ])or uir reí muí ])()de- 
i'oso ])ara estrechar rtílacíones de amistad con el euipe- 
i-ador del Pínií. Des] mes de agasajara los mensajeros. 
Aiahual))a les (^ncarg(") (pie ])revíiiíesen a l^izarro (pi(^ el 
(lia- siguiente ])asaría a verlo ix la ciudad. 

Las noticias (]ue los emisarios comunicai-oii acnca del 
canq)o imperial, })rodujeron una natui-al iiKjuietud entre 
-los soldados de^ Pizari-o. ('oniju-endieron ('^stos (pie solo 
el arrojo podiar salvarlos de una com])leta ruina. Los es- 
])añolés pasaron la noche cu vela: i al amanecer, cuando 
los soldados asistían a la misa, eutouaron los salmos de 



140 HISTORIA DE AMÉRICA 



la iglesia alusivos a sn situación. Pizarro les pronunció 
un discurso lleno de franqueza, en que. al paso que tra- 
taba de infundirles A^alor, les recordaba el peligro de que 
se hallaban rodeados. "Debéis hacer fortalezas de vues- 
tros corazones, les dijo; pues en ellos i en el socorro de 
Dios está toda nuestra defensa." Fai seguida combinó las 
ventajas que ofrecía la localidad para una sorpresa. Los 
cabalíos, ataviados de collares con cascabeles, fueron dis- 
tribuidos en tres porciones. Los dos cañones que tenia el 
ejército, fueron colocados dentro de los edificios, mientras 
el resto de las tropas se distribuyó en las entradas de la 
plaza. Pizarro quedó con veinte hombres para dar la se- 
ñal, i comenzar el ataque. 

Atahualpa pi-epai-ó también su jente pai-a entrar a la 
ciudad. Los historiadores varían en el número de los sol- 
dados que componían su ejército, pero ninguno asigna 
menos de treinta mil hombres. Poco después de medio 
dia del sábado IG de noviembre de 1582, se puso en 
movimiento su campo. Las tropas se foi-maron en ambos 
lados del camino para dar paso a la servidumbre del 
inca i a los grandes de la corte. En medio de éstos se 
alzaba majestuosamente Atahualpa en una riquísima 
litera, llevada en hombros por sus mas distinguidos va- 
sallos. 

Los últimos rayos del sol doraban las alturas inme- 
diatas cuando se dejó ver Atahualpa en la plaza del pue- 
blo. En ese momento el capellán de la espedicion, frai 
Vicente Valverde, salió con su breviario en una mano i 
un crucifijo en la otra, i acercándose al inca le dijo que 
iba por orden de su jefe a esplicarle las doctrinas de la 
verdadera fe. Después de esponer los principales misterios 
de la relijion cristiana, le habló de la autoridad divina 
del Sumo Pontífice. De aquí pasó a referirle que uno de 
los pontífices habia dado al rei de P^spaña el dominio del 
nuevo mundo; i le reclamó en seguida un acto de sumi- 
sión a Carlos V. Este discurso, que debia ser incompren- 
sible para Atahualpa, fué torpemente esplicado por un 
indio intérprete llamado Felipillo, que Pizarro habia lle- 
vado de Túmbez en su piimer viaje. El inca, en medio de 
esos argumentos, descubrió que habia un sacerdote en 
un pais remoto en cuyo nombre se pretendía arrebatarle 
su imperio para un rei estraño. ''No quiero ser tributa- 
rio de ningún rei, eselamó Atahualpa; yo soi mas pode- 
roso que todos los príncipes de la tieri-a"": i ariojó al 
suelo el breviario que el padre Valverde le |)resentaba. 

"¡Los evanjelios en tierra! ¡venganza, cristianos! salid 
que yo os absuelvo", giitó Valverde. Pizarro alzó una 
bandera blanca, e inmediataniente se hizo oir un tiro de 



cañón. Al grito de ''¡Santiaíxo i a ellos!' 



castellanos impetuosamente, ])enetrando eii la plaza en 
colunnia cerrada. Las descargas de artillería, el fuego de 
los arcabuces, el sonido de las trompetas, el humo i hasta 



PARTE 11.— CAPITULO XIV 141 

el olor de la pólvora, aturden a los indios. La caballería 
aumenta el espantoso estruendo con las herraduras i los 
cascabeles, i difunde el terror i la muerte con la lanza, de 
los jinetes i con el impetuoso em])uje de los caballos. Las 
espadas llenan de espanto a los indios i siembran la 
muerte por todos lados. Nadie tuvo valor para ])ensar 
en resistir: los peruanos trataban solo de huir de aque- 
lla matanza; pero, como las salidas de la plaza eran de- 
masiado estrechas para que pudieran escaparse con la 
rapidez que querían, los indios abrieron un ancho porti- 
llo en un muro de pie ira i barro, i se precipitaron y)or 
ahí al campo abierto, perseguidos por la caballería. Los 
nobles que rodeaban al inca estaban también aterrori- 
zados; pero la lealtad les comunicó el valor de los már- 
tires, para: dejarse sacrificar al rededor de su señor. Solo 
después de dar muerte a muchos de ellos, pudieron los 
castellanos llegar hasta el inca. ''Nadie hiera al indio 
so pena de la vida", esclamó Pizarro. Se precipitó sobre 
Atahualpa, i lo tomó por el vestido, recibiendo en la ma- 
no una cuchillada dirijida contra el inca en el furor del 
combate. 

La matanza duró solo media hora. La oscuridad de 
la noche impidió a los castellanos prolongarla; i la cap- 
tura del inca acabó de dispersar a los indios. La caba- 
llería qu(^ habia salido en persecución de los fujitivos, no 
tuvo otro cuidado que conducir rebaños de prisioneros. 
Los soldados peruanos acampados en las inmediaciones, 
dominados también por el tenor, abandonaron sus pues- 
tos i se entregaron a la fuga. Los historiadores discre- 
pan mucho en el número de nmertos: unos hablan de 
2, ()()(), mientras que otros (piintuplican este número. En- 
tre los castellanos no hubo ningún muerto; i el único he- 
rido fué el mismo Pizarro. 

En la noche, el vencedor visitó a su prisionero, i lo 
obsequió con una cena. Atahualpa manifestó una apa- 
rente serenidad. "Son usos de la guerra vencer i ser ven- 
cidos", dijo a Pizarro cuando se trató de su derrota; i 
manifestó su admiración por la destreza con que los es- 
])añoles lo habian apresado en medio de sus tropas. 

Rescate de Atahialpa; repartición del botín.— A 
pesar de esta aparente tranquilidad, Atahualpa temia 
no solo a los castellanos sino también a su liermano 
Huáscar, a quien Pizarro podia elevar al imperio para 
establecer su dominación. Pensando en los medios de 
recobrar su libertad, percibió que la codicia de los ven- 
cedores podia asegurarle su rescate.— * 'Si me soltáis, dijo 
un dia a Pizarro, yo cubriré de oro todo este aposento"; 
i como notara cierta incredulidad en el semblante del 
capitán español, añadió:— "No solo cubriré de oro el 
suelo, sino que llenaré el aposento hasta donde llega mi 
mano (la alzó puesto de puntillas) i también llenaré de 
plata los dos cuartos inmediatos." Pizarro aceptó el 



142 HIÍS1M)1{1A \)K AMKRK'A 



convenio propuesto. I^ll salón tenia veintidós pies de 
largo i diez i siete de ancho. A la altura de nueve pies, 
a (pie habia alcanzado la, mano del inca, se tiró una 
raya colorada, i el contrato se ajusto ante escribano, 
con las formalidades usadas entre los europeos. 

El inca envió mensajeros por todo el imperio con orden 
de conducir a Cajamarca el oro necesario para pa^-ar 
8u rescate. Impartió también órdenes terminantes pai-a 
(pie los españoles fuesen respetados en todas partes. Al- 
í>'iinos destacamentos de I^izarro hicieron diversas escur- 
siones en el interior del imperio. Los castellanos eran 
Ih'vados en hamacas, cargados por los indios, i mui bien 
servidos durante su camino. 

En diciembre de 15^Í2 llegó a San Miguel de Piura 
Diego de Almagro con un refuerzo de iriO hombi'es. i 
trayendo la noticia de (jue Jíernando de Lu(pie habia, 
fallecido en Panamá. Los dos compañeros, se reunieron 
en (Jajamarca a mediados de febrero de 15;5H. Mientras 
tanto, algunos destacamentos hablan continuado la es- 
ploracion del pais, visitado el Cuzco. Jauja, Pachacamac 
i otros lugares importantes. Se refiere que algunos cas- 
tellanos entraron en relación con Huáscar, el inca des- 
tronado, quien les ofreció mayor cantidad de oro (pie 
la prometida por Atahualpa si le ayudaban a rec()n(|u¡s- 
tar el trono, listos proyectos llegaron a oidos del inca; 
i desde su prisión en Cajamarca. mandó dai' muei-te aí 
infeliz Huáscar. En efecto, íuO ahogado en un rio poi* sus 
guardianes. 

En junio de loíi:) se hallaba reunida en (íajamarca 
una inmensa cantidad de oro, que aun no completaba 
el rescate del inca. I^a impaciencia de los castellanos era, 
tan grande que no fué posible demorar mas tienqx) la 
repartición. Apartáronse solo algunas joyas de oro, no- 
tables por su ejecución artística, i todo lo demás fu ('' 
convertido en barras. Se calculó en 51, (HO marcos el 
peso de la plata, i en 1.^525, 5:51) pesos de oro el valor de 
las alhajas de este metal (1). Desjuies de deducir los 
quintos del rei, i una gruesa (^antidad para distrilaiir 
a los soldados de Almagi-o i a los vecinos de San Miguel 
de Piura, i para la construcción de una iglesia, quedó 
todavía oro en abundancia para repartir entre los cas- 
tellanos según su rango i sus servicios. Cada soldado de 
caballería recibió 8,S()() pesos de oro i 'M)2 marcos de 
plata; i a cada soldado de infantería le toc(5 cerca de 
la mitad de esta suma. Las i)orciones de Francisco i de 



(1) El peso de oi'o, (!<• (¡iic se liabln en las liistoi'ins de la conquista 
de América, equivalía íi [)oco nías de tres ]>e8(>s de imesti-a moneda, de 
manera qne la cantidad reunida par.i d r<^sr;ite de Aliiliualpa panaha 
de 4.000,000 de l;i. moneda, actual; i como el v.-iloi- comm'cinl dfl dinei-u 
era entonces líini snpcrior ,il ilr ;i lior;i. srri.-i necesario (•uadfiiplicar o 
quintn|>licar esta snma. i»ara t'oi-marsc una idea de la im[)oi-tancia de 
aquel i-ico tesoro 



PAUTE II.— CAPÍTULO XlV 14íÍ 



Hernando Pizarro, de Hernando de Soto i de otros capi- 
tanes fueron verdaderamente maravillosas. 

Algunos de los soldados de Pizarro pensaron en volver 
a Kspaña para disfrutar de su fortuna. El jeneral no 
puso obstáculos a esta pretensión, porque sabia que la 
vista de estas riquezas liabia de llevar al Perú una nume- 
rosa inmigración. Queriendo alejar todo motivo de dis- 
cordia entre él i su compañero Almagro, Pizarro convino 
en mandar a España a su hermano Hernando, que habia 
tratado siempre de enturbiar las relaciones de los dos 
viejos amigos. Encomendóle que hiciera a Carlos V una 
relación del descubrimiento i concjuista del Perú, i que 
le presentase los tesoros que correspondían a la corona. 
Los dos compañeros convinieron en dar a Hernando 
una suma de dinero mayor de la que le correspondía por 
su parte de botín, para que "no tuviese voluntad de 
tornar a aquellas partes", dice Oviedo. 

Hri'LKTo DE ATAHrALPA.— Atahualpa seguía gober- 
nando el imperio desde su prisión. Sus órdenes se 'cum- 
plían con rigorosa exactitud, i su persona estal)a rodeada 
del boato imperial. Este poder infundía serios recelos a 
sus guardianes; i aparentando guardarle grandes mira- 
mientos, no le perdonaron éstos humillación alguna. El 
infeliz Atahualpa vio a los soldados castellanos repar- 
tirse sus mujeres, i lo que era mas vergonzoso, al indio 
Felipíllo aspirar a la mano de una de ellas. Los espa- 
ñoles temían que el monarca preparase desde su prisión 
una vigorosa resistení-ia a la dominación estranjera, i 
no cesaban de espiarlo en sus conferencias con algunos 
de sus vasallos. El pérfido Felipillo dijo a Pizarro que 
el inca, fraguaba una vasta conspiración. 

Talvez Pizarro no creía estos denuncios, pero hizo 
salir un destacamento a las órdenes de Hernando de Soto 
a fin de descubrir si era cierto el acuartelamiento de 
guerreros peruanos para caer sobre los españoles. Los 
soldados en cambio, i particularmente los compañeros 
de Almagro, no cesaban de pedir la muerte del inca.. 
Pizarro mismo acf^ptó al fin este arbitrio, i dispuso el 
juicio de Atahualpa. Organizóse un tribunal compuesto 
de Pizarro i de Almagro, con dos consejeros: un fiscal 
debía acusar al cautivo en nombre del reí de España. 
Se nombró un defensor al acusado para seguir el juicio 
conforme a los procedimientos españoles. 

Acusábase a Atahualpa de que siendo hijo bastardo 
hubiese usurpado el trono de los incas i condenado a 
muerte a su hermano; de ser idólatra; de tener muchas 
concubinas; de haber gastado los tesoros del imperio 
que por derecho de conquista pertenecían al rei de Espa- 
ña; i de haber levantado jente contra los castellanos. 
Siete de éstos, que fueron llamados a declarar, sirvieron 
para, acumular cargos contra el acusado. Los indios 
P'-ostarou siis declaraciones por medio del intérprete 



144 uisToKiA di: amioiík'a 



Felipillo, que estaba interesado en la condenación del 
inca; i aunque algunos de ellos se negaron resueltamente a 
responder, i otros dijeron no a todas las preguntas, bastó 
que la mayoría declarara en sentido afirmativo, parn que 
el tribunal condenase a Ataliualpa a ser quemado vivo. 

Algunos soldados castellanos ])ropu8Íeron (pie se ape- 
lara de la sentencia ante Carlos V; pero la mayoría los 
acusó de traidores. Como solia hacerse entre los españoles 
del siglo XVI, en casos semejantes, se consultó la opinión 
de los teólogos para tnin(|uilizar Ins conciencias; i el voto 
de Valverde fué concebido en estos términos; "Ilaicaiisa 
para matar a Ataliualpa, i si lo creen necesario, yf) 
ñrmaré la sentencia." En aquel simulacro de juicio, todo 
fué inicuo. La historia no recuerda un crimen m;is iri- 
justiticable que el proceso i muerte de Ataliualpa. 

El desgraciado inca no pudo recibir con firmeza tamaño 
golpe. Su])licó a Pizarro con las lágrimas en los ojos (]ue 
le perdonara la vida, comprometiéndose a pagar un do- 
ble rescate; pero aunque el jeneral no ])udo contenei* su 
emoción, no se atrevió a volver atrás. Perdida toda 
esperanza, Ataliualpa recobró alguna tran(]uilidad i se 
dispuso para morir. En la noche del sábado 20 de agosto 
de 158'^, salió al patíbulo rodeado de una tuerte escolta 
i cargado de grillos. Cerca de la hoguera, el padre Valver- 
de trató de convertirlo, prometiéndole suavizar el rigor 
de su suplicio con la aplicación de la pena del garrote. 
El temor de una muerte cruel le hizo ace])tar esta gracia, 
i el infortunado inca- recibió el bautismo con el nombre 
de Juan. Pidió que su cadá.veí- fuese llevado a (¿uito 
para ser se])ultad() en la tumba de sus abuelos, i encargó 
a IMzarro que tomara a sus hijos bajo su protección. 
Entonces fué amarrado al palo fatal; i mientras los es- 
pañoles entonaban el credo, el verdugo estranguló al 
ultimo soberano del Perú. 

Al dia siguiente, Pizarro mandó celebrar en la nueva 
iglesia los funerales del inca. Como si no tuviera con- 
ciencia del crimen cometido, él mismo asistía a la ceremo- 
nia pu traje de duelo; i pudo ver las manifestacion(\s de 
dolor de las hermanas i esposas de Atahual])a. Según la 
costumbre del impelió, querían ahorcarse sobre su ca- 
dáver; i toda la actividad de los cristianos no bastó 
para impedir el voluntario sacrificio de algunas de ellas. 

Pocos dias después regresó Hernando de Soto de su 
espedicion. Traia la noticia de (pie eran infundadas las 
acusaciones hechas a Ataliualpa; i al saber la condena- 
ción de éste, manifestó el mas jirofuiido ])esar por tan 
gran desgracia i por tan inhumana maldad: ''Mui mal 
lo ha hecho su señoría, i fu(Ta justo aguardarnos", dijo 
el honrado caballero. Pizarro no pudo contestar acpiel 
reproche sino disculpándose atribuyendo lo hecho a las 
sugestiones de algunos d(^ los suyos. VA ci-ímen c()rn«-n- 
zaba a avergonzar a sus mismos aulores. 



PARTE 11.— OAPÍIU'LO X\ 11 



CAPITULO XV 

Consumación de la conquista del Perú.— Discordias entre Pizarros 

i Almagres. 

l';ieccion (]('\ lluevo iiicn; (lisolllcioii del ¡IIIIxM'Ío.— M;i ivli.-j ;tl ( 'uzeo. — l']s- 
píídú-ioii d«' Hciialcázíii' a- (¿iiito.— KsiM'dicion de J'edro dé Alvara- 
do.— Fiinda,f-if)ii de Lima.. — D^s.-ivoiioncins entre TMzari-o i Alniniiio. 
— Vinje de Alnuign) a Oliile. —Sitio <lt'l ('ii/x-o.-Almaft-ro se apodera 
del Cnzeo; prineipio.s de I.i g-neri-a civil. — liatall.-i de Ins Saliiía.s.— 
,Ilií<-ío i iiniei'te de A lniíiiíro.- ( ';istií>'o de llei-n.-iiido l'i/.arro. 

(ir;:5:5— mns) 

Elección im:l xclvo inca; disoijcion i)i:l imi'lrio. — La 
nación ])eruana habla obedecido ciegamente los manda- 
tos del incn prisionero, de modo que la administración ha- 
bia seguido su marclia ordinaria; pero después déla muerte 
de Atahualpa comenzaron los desórdenes en el imperio. 
Pizarro reunió a los señores de (¿uito que formaban la 
corte de Atahualpa, i les propuso que nombraran un 
nuevo inca. La elección recayó en el joven 1'upac Inca, 
hermano de padre i madre de Atnliualpa. El primer 
acto de este pretendido monarca fue reconocerse solem- 
nemente vasallo del rei de España. 

Marcha al í'czco.— La muerte de Atahualpa Imbia 
reanimado las antiguas divisiones entre quiteños i cuz- 
queños. Estos últimos habinn reconocido por soberano 
a Míinco, hermano carnal de Huáscar. Pizarro vio en 
estas divisiones un elemento seguro de triunfo. La re- 
])articion de los tesoros de Cajamarca habia atraído al 
l*eru un número considerable de aventureros, i el jeneral 
español pudo contar con un ejército de 500 hombres, con 
que se puso en marcha para el Cuzco (setiembre de 4r>;í;i). 
VA inca Tu]>ac i el jeneral peruano Chalcucliima marcha- 
ban en su com])añía. En esta es])edici()n, Pizari-o echó 
los cimientos de uua ciudad conocida liasta aliora con el 
nombre de Jauja. 

Mas adelante, los españoles encontraron los ejérci- 
tos peruanos posesionados de sitios ventajosos. Ina 
tarde, la vanguardia mandada por el capitán Hernando 
de 8oto, sostuvo un reñido combate en que estuvo a 
])unto de ser destrozada. l']n la mañana siguiente, los 
indios abandonaron el cam])0 llenos de pavor pon pie los 
enemigos, en lugar de debilitarse con el combate, habían 
engrosado considerablemente sus tiopas. En efecto. Al- 
magro se habia reunido en la noclie a la vanguardia. 
Esta fué la suerte de los combates que los indios ])resen- 
taron a los castellanos en aquella camj)aña. 



I4r) HISTORIA DE AMÉRICA 



Durante tvsta iiiare-lia. falU'(-i6 inesperadainenle f4 inca 
Tii])ac. Los cs])añoles atribuyeron este accidente a enve- 
nenamiento, i acusaron de este crimen al jeneral Clialcu- 
cliima. Talvez esta acusación fué solo un ])retest() para 
proceder contra el infeliz indio. Los españoles lo lucieron 
juzgar i lo condenaron a_ser <|ueniad() vivo. Fué aíjuel 
un nuevo crimen de los conquistadores. 

La nnierte del inca Tupac sirvió f\dniirabl(^niente a los 
l)lanes de Pizairo. El príncipe quiteño habría despertado 
en el Cuzco la mas violenta resistencia si los castellanos 
lo hubieran hecho reconocer poi- soberano. IMzarro acep- 
tó bajo su protección a Manco, el inca proclamado en el 
Cuzco, que liabia salido a su encuentro. El conquistador 
declai'ó eutónc(^s a los iudios que su viaje al r<^i-u tenia 
por objeto sostener los derechos de Huáscar. Los senci- 
llos indios ac(^ptaron estas es])licaciones. El L") de noviem- 
bre de ]^)'\'\, ;iniv(^rsaiio de la entrada de los castellanos 
a Cajamarca^ Pizarro i los suyos hicieron su entrada al 
Cuzco. Los indios los recibieron con gran alboi-ozo; i en 
medio de fiestas, el inca Manco fué coronado. Los caste- 
llanos, admirados de la ricjueza de aquella capital. ])en- 
saron en establecerse sólidamente allí. Fundaron cabildo, 
ctmvirtieron en iglesia cristiana A templo del sol, i comen- 
zaron la predicación evanjélica. Sin embai-go. la codicia 
i la insolencia desús soldados despertaron una ])rofunda 
irritación entre los indíjenas. Las casas de las sacerdoti- 
zas fuei-on violadas. sa(}uead()S los tesoros de los tem])los 
i (^stro])eados los infelices indios que con tanta benevo- 
h^ncia los habian acojido. 

EsPEDK'ioN UK Bexat.cázaij A (^i iTo.— Los iudios (jUi- 
leños. entre tanto, no ])odian perdonar a los conquista- 
dores el su])l¡cio de Atahualpa. En balde Pizarro habia 
))roclaniado em])erador al inca Tu])ac. de la familia de 
(¿uito. ])orque Tíumiñahui. jenei-al ambicioso que se habia 
distinguido bajo los reinados de los últimos incas, i que 
aspiraba al im])erio. hizo asesinar a muchos individuos 
de la familia real, i venció la i-esisteucia (]ue halló en el 
camino de su elevación. 

Sebastian l>enalcázar- habia quedado en San Miguel de 
Piuia después de la ])artida de Pizarro })ara el Cuzco. 
Aunque sus instrucciones lo autorizaban solo pai-a man- 
tenerse a la espectativa. el osado ca])itan ardia en deseos 
de em])ren(ler la con(]uÍ8ta de (¿uito. En la misma é])oca 
recibió Benalcázai- ciertos mensajeros de los caña ris. indios 
del norte, (¡ue le pedian ausilio contra el furor de Rumi- 
ñahiii. B(Mialcázar no ])udo ya contenerse: reunió un ejér- 
<•it() (le 200 infantes i so jinetes, i se ])uso en mai-cha 
pai-a (¿uito. 

La resistencia de h^s indios fué formidable: i Henalca- 
zai' sostuvo una lucha de ardides en (pie los enemigos 
desplegaron a su vez grande habilidad. En Tiocajas se 
dio una gran batalla en qu(^ la victoria (piedó indecisa: 



FAKTE II.— (ArÍTIIJ) XV . 1 I 



])pro eii la, iioclip se hizo sentir la ciiipcioii del volcan Co- 
toj)axi. (jup los oi-árnlos liabian aiiuiiciado como fatal 
al reino de (¿iiito, i los *:ncii'cros indios se dis])prsai-()n. 
La <>nei-ra no se terminó con esto. Knmifnihni continuó 
batiéndose contra los in\asores: i no ])ndiend() defender 
la cindad de (¿nito. le ])rendió fne<iO. Benalcázar ])enetró 
en ella, i le dio el nombre de San Fj*ancisco de (¿nito, en 
honor del coiKinistador don Francisco Pizarro (tines de 
diciembre de 15:^;^). Los castellanos no encontraron allí, 
sin embargo, los tesoros de qne tanto se les habia ha- 
blado. 

EsiMonicioN di: Pi:i)iio di: Alvaiíamo. — Las riquezas del 
Pervi hablan ad(]nirido gran íamaen todo el nuevo mundo. 
Pedro deAlvarado, el conquistador de (íuatemala, quiso 
también tener participación en esos tesoros. Reunió al 
efecto 500 soldados españoles, muchos indios ausiliares 
i '2'M) caballos, i se embarcó en Nicaragua (enero de 
1 5^i4). Dos meses después, desembarcó con sus tropas en 
las costas de (¿uito. 

Los espedicionarios se creyeron indemnizados de sus 
p limeras fatigas con un botin de esmeraldas i de oro: 
pero así que comenzaron a internarse en la tierra, caye- 
ron sobre ellos calamidades de todo jénero. I^os v^etera- 
nos de Al varado sucumbían en este viaje entre los horrores 
del hambre, las fiebres malignas i el frió de las alturas 
a que no estaban acostumbrados. El cielo i la tierra pa- 
recían haberse conjurado contra los castellanos. FA aire 
se cubrió de cenizas humeantes; oyéronse ruidos subte- 
rrá.neos; inmensas moles de nieve, d^retidas como por 
encanto, se desprendían de las montañas arrastrando 
grandes peñascos. Tan sorprendentes fenómenos prove- 
nían de la erupción del volcan Cotopaxi, que en ese mismo 
tíemi)0 habia aterrorizado a los guerreros (juiteños de 
Rumiñahui. Al atravesar nuevos cordones de montañas, 
antes de llegar a Uiobamba, el frío intenso de las altu- 
ras causó la muerte de cerca de (iOO indios ausiliares i 
de algunos castellanos. 

Puando Alvarado llegó a la llanura, notó lleno de ad- 
miración las huellas frescas de algunos caballos. En efecto, 
andaba allí Diego de Almagro a la cabeza de un cuerpo 
de tropas. Pizarro habia sabido en el Cuzco los apres- 
tos de Alvarado; e inmediatamente comisionó a su te- 
niente Almagro para (pie marchara a San Aligael de 
Piura, i para que, reuniéndose con las fuerzas de l>enal- 
cázar. se 0]>nsiera a la invasión. Almagro se juntó con 
Benalcázar en Ríobamba: i aunciue contaba con menos 
tropas que Alvarado. lo esperó resueltamente. 

Con todo, no llegó el caso de empeñar un combate. 
Alvarado notó que su jente no (pieria pelear, i que mu- 
chos de los suyos deseaban pasarse a las banderas de 
Almagro. No fué difícil arribar a un arreglo: el goberna- 
dor de Guatemala cedió su escuadra, sus tropas i sus 



4X IILSTOKIA I)i; AMKRICA 



municiones por I ()(),( )()() pesos de oro (poco mas de 
;i(H).00() pesos de nuestra moneda). El convenio fué 
firmado el 2() de agosto de 1 5:54. En este viaje. Almagro 
dispuso la fundación de una nueva ciudad a que dio 
el nombre de Trujillo, en honor de la patria de IMzarro, 
en EstrenuHlura cíe España. 

I^'i .Ni)A("K)N DE Ijma.— Los provcctos de Alvarado ha- 
blan alarmado al conquistador del Perú. No contento 
con haber despacliado a Almagro, Pizarro salió del Cuzco 
con un cuerpo de tropas, dejando la guarnición de esta 
ciudad a cargo de su hermano Juan Pizarro. Hall;1l>ase 
en el valle del Kimac, cuando se le reunieron Almagro i 
Alvarado. que volvían de Riobamba después de celebrado 
el convenio. Ratificado éste, el gobernador de ííuate- 
mala dio la vuelta a las provincias de su mando. 

En aquel sitio quiso el gobernador Pizarro fundar la 
capital de todo el territorio conquistado. El (> de enero 
de 1 5.'5r), echo los cimientos de una ciudad a la cual 
dio el nombre de los Reyes, en homenaje a la fiesta que 
en ese (lia celebra la iglesia. Sin embargo, la cuidad fué 
llamada Lima, nombre corrompido del de Rimac que 
los naturales daban a aquel valle. Pizarro dio principio 
a las primeras construcciones, resuelto a establecer allí 
su residencia. 

Dícs.w'EXKNciAs KNTiiE PizAHifo I Alm A(í i{o.— 1 Icmaudo 
IMzarro, entretanto, habia ajitado en la corte las jestio- 
nes que le encomendaron los con(|uistadores del Perú. 
Carlos V dividió las tierras recien con(]uistadas en dos 
secciones: la del norte, con el nombre de Nueva Castilla, 
fué conferida a Pizarro; i la del sur, denominada Nueva 
Toledo, a su (omj^añero Almagro. Ambos debian usar 
el título i las prerrogativas de gobernador. Hernando 
Pizarro obtuvo permiso para equipar una escuadra i 
pa^ra reunii- jente que trasporfar al Perú en socorro de 
su hermano. 

Almagro habia marchado al Cuzco a principios de 
ir);i5; pero en el camino supo (pie el rei le habia confe- 
rido el títido de gobernador de la Nueva Toledo, i sus 
amigos se empeñaron en probarle que el Cuzco entraba 
en los límites de su gobernación. Creyendo que entre él 
i E^izarro no podrían suscitarse dificultades por el go- 
bierno (le una ciudad, se adelant(') hasta el Cuzco para 
hacerse reconocer gobernador. Juan i (íonzalo Pizarro, 
que mandaban en la ciudad, se opusieron a sus preten- 
siones, dispuestos a rechazarlo por la fuerza. T^os espa- 
ñoles se dividieron en bandos: i estaban a punto de venir 
a las manos, cuando se presentó l'rancisco Pizarro. En 
nombre de su antigua amistad , estrecharon nuevamente 
sus relaciones, i celebraron un convenio ( 1 2 de junio de 
15:^5, en la iglesia, durante la misa, i jurando por el 
sacramento de la eucaristía. Almagro se comprometía a 
partir para ('hile, de que hablaban los indios como 



i'Airi'i'; II, -cM'i'rri.o w 149 



(le ima rojioii on (luo abiiudaba el oro, oíVecieiido 
ambos repartirse las utilidades de las espedieiones sub- 
si{i-uieiites. 

Viaje de Almaííuo a Ciue i:.— Almagro tenia la lepu- 
tacion de ser el capitán mas jeneroso de las Indias; i 
en efecto, repartió sus tesoros pródigamente para reunir 
jente i equiparla de armas i de municiones. Por estos 
medios consiguió juntar mas de .")()(> liombres para su 
espedicion a Chile. Algunos indios principales se prestaron 
a acompañarlo, junto con un considerable cuerpo de in- 
dios ausiliares. 

Almagro salió del Cuzco el -í de julio de 1 .j.*55. Siguió 
su marclia hacia el mv por la altiplanicie conocida en 
la jeograt'ía moderna^con el nombre de mesetn boliviana, 
con el propósito de atravesar la cordillera de los Andes 
enfrente de Copiapó. Los castellanos atravesaion fértiles 
comarcas i tristes desiertos con grandes penalidades, i 
llegaron al pié de los Andes en los primeros dias de 
otoño de lo'K). La vista de las montañas cubiertas de 
nieve no los arredró; pero desde que penetraron en ellas, 
comenzaron a sufrir todo jénero de penurias. El frió i el 
hambre mataban a los indios por docenas; i los caste- 
llanos veian desprendérseles los dedos de las manos i de 
los pies helados por (4 frió, i tenian que alimentarse (,'on 
la carne de los caballos que morían en la nieve. 

Al llegar a los primeros valles de Chile, su situación 
cambió completamente. Hallaron víveres en abundancia 
i pudieron penetrar en el pais sin grandes dificultades. 
El intérprete Felipillo. que acompañaba a los espedicio- 
narios. trató de sublevar a los naturales; pero descu- 
bierto en sus manejos, fué descuartizado por orden de 
Ahjiagro. Aquellas tribus eran niui débiles para hacer 
frente a los espedicionarios; pero desde que éstos llega- 
ron a las rejiones centrales de (Jhile. pudieron ver una 
población mas numerosa i mayores elementos de ri- 
queza. Sin embargo, el ])ais no ofrecía la abundancia 
(le oro de que hablan hablado los peruanos, i ademas. 
sus habitantes estaban dispuestos a defender su territorio. 

Almagro vacilaba talvez entre volver al Peni o estable- 
cer una colonia, cuando recil)ió cartas de dos capitanes 
suyos, Rodrigo de Orgoñez i .luán de liada, que habían 
llegado a Copiapó con un refuerzo de lOO hombres i 
con los despachos que habia traído de España Hernando 
Pizarro. El reí señalal)a los límites del gobierno d(> la, 
.Xueva Toledo, fijando los grados j<H)graficos, i como en 
el ejército no había quién entendiese de esas materias, 
sucedió que los dos gobernadores se creían con derecho 
al Cuzco. Almagro se dejó arrastrar ])or sus oficiales, i 
no pensó mas que en ir a tomar posesión de su gobierno. 
Para verse libre de los padecimientos de un nuev^o viaje 
por la cordíUeía, emprendió su marclni poi- el desierto 
de Atacama, 



|r»() " HISTORIA DI': AMKKKA 

Sitio dioi. Crzco — La 8ií iiuíioii del l*ervi, entre tanto, 
liubia eambiado sobré manera. Las vejaciones de qne 
eran víctimas los indios del Cuzco, liabian ])roducido 
los resultados ({ue eran de esperarse. El inca Manco se 
hallaba retenido en la capital; i todos sus esfuerzos para 
fufarse i ])ara ponerse a la cal3eza de sus vasallos, fueron 
completamente infructuosos. 

Poco tiempo des])ues, tomó el mando de la plaza 
Hernando Pizarro. recien llegado de España. La codicia 
ilimitada de éste, facilitó la evasión del inca. Manco le 
ofreció traerle grandes tesoros: i Hernando le permitió 
salir de la ciudad para ([ue dispusiera su trasporte. Lna 
vez fuera del Cuzco, el inca levantó el estandarte de la 
insurrección. Los españoles que residían en los campos, 
fueron atrozmente asesinados; i un ejército peruano com- 
puesto de 200,000 hombres, marchó a sitiar el Cuzco 
(febrero de 1530). Los españoles tenian menos de 200 
hombres entre infantes i jinetes, i cerca de mil indios 
ausiliares. Los peruanos desplegaron un valor de que no 
se les creia capaces, i grande habilidad militar para 
emplear las armas i la táctica de los europeos. I'or- 
mábanse en escuadrones compactos, i usaban las espa- 
das, picas i adargas quitadas a los españoles. Algunos 
aprendieron a manejar las armas de fuego, i otros mon- 
taban los caballos quitados a los castellanos. 

'Tn dia de mañana, dice el cronista Pedro Pizarro, 
empezaron a poner fuego por todas partes, i con este 
fuego fueron ganando mucha parte del pueblo, haciendo 
palizadas en las calles para (¡ue los españoles no pudie- 
ran salir contra ellos. Nos recojimos a la plaza i a las 
casas que junto a ella estaban, porque lo demás del 
pueblo tenian los indios tomado i quemado; i para 
quemar estos aposentos tomaban piedras redondas i 
echábanlas en el fuego i hacíanlas ascuas; envolvíanlas 
en unos algodones, i poniéndolas en hondas las tiraban 
a las casas donde no alcanzaban a poner fuego con 
las manos; otras veces con flechas encendidas tirándo- 
las a las casas, que, como eran de paja, luego se encen- 
dían.'' 

Los españoles desplegaron en este conflicto su acos- 
tumbrado valor. Como los indios se hubieran apode- 
rado de una fortaleza desde la cual hacian mucho mal. 
Hernando Pizarro dispuso que su hermano .Juan hiciera 
una salida por aquella parte; pero^ a pesar del valor 
que manifestaron los castellanos, fueron rechazados 
por los indios. Juan Pizarro, herido en el asalto de una 
pedrada en la cabeza, sucumbió pocos dias mas tarde. 
Después de cinco meses de sitio, en agosto de 153(). 
la plaza resistía aun; pero los sitiadores temieron que. 
prolongándose las operaciones, no podrían hacer sus 
siembras, i se verian atacados por el hambre. El inca se 
resolvió a levantar el sitio temporalmente. 



!>AiniO 11. (AÍMTIJLO W I.")! 



l^a insurrección peruana liabia sido jeueral. 101 gober- 
nador Pizarro se habia hallado en Lima incomunicado 
con sus capitanes, i liabia pedido refuerzos a las colo- 
nias del norte; pero mientras llegaban estos ausilios, los 
indios se mostraban cada dia mas insolentes, i la ruina 
de los españoles parecía próxima. 

AlmaíTro se afodefía del Crzco; prixcii^io déla (íie- 
HRA CIVIL.— Tal eM el estado del Pertí cuando Almagro 
llegó de Chile. Los indios le anunciaron la destrucción de 
todas las colonias españolas del Perú, que los subleva- 
dos hablan dado muerte a Francisco Pizarro i a muchos 
otros caír^tellanos, i que solo un puñado de valientes 
defendía todavía la plaza del Cuzco. 

Almagro deploró estos sucesos, i lloró la anunciada 
muerte de su compañero Pizarro. En marzo de 15 ^^7 se 
hallaba en Arequipa; i al acercarse al Cuzco en ausilio de 
sus compatriotas, despachó emisarios al inca Manco para 
avisarle que volvía con un considerable refuerzo de tro- 
pas, i para j)edirle (pie suspendiera las hostilidades hasta 
que él llegase a reparar los agravios que se le hubieran 
inferido. Hernando Pizarro, que ni aun en medio de su 
apurada situación deponía sus odios, trató de embara- 
zar la negociación que con sanos propósitos habia ini- 
ciado Almagro. Manco, por su parte, creyendo que todos 
los españoles eran enemigos de su imperio, preparó un 
ataque de sorpresa al campamento de Almagro. Pero 
este valiente capitán, después de rechazar al ejército del 
inca, se adelantó hasta las puertas del Cuzco. 

Almagro creia de buena fe que la capital del imperio 
estaba dentro de los límites fijados por el rei a su gober- 
na.cion. Los dos jefes estuvieron a punto de dirimir la 
cuestión con las armas; pero aplazaron la resolución 
de este asunto hasta oir el ])arecer de algunos pilotos 
instruidos en cosmografía. Hernando Pizarro debia que- 
dar en el Cuzco, pero se conqjrometió a no tomar nin- 
guna medida militar. A pesar de esto, pocos dias des- 
pués comenzó a reparar las fortificaciones i a cortar 
algunos puentes. 

Los compañeros de Almagro no pudieron tolerar esta 
infracción del convenio. En efecto, el 8 de abril de L");V7. 
diu-ante una noche tempestuosa, Almagro se apoderó 
del ('uzeo. Al dia siguiente fué reconocido por el cabildo 
como gobernador de la ciudad. Hernando i (íonzalo 
Pizarro quedaron encerrados en una estrecha prisión. 

La guerra civil liabia comenzado. Francisco Pizarro 
liabia recibido los refuerzos que esperaba délas otras 
colonias, i habia organizado una columna de 500 hom- 
bres bajo el mando de Alonso de Alvarado. capitán de 
mucha reputación, con encargo de socorrer el Cuzco. 
Cuando este jefe creia marchar solo contra los indios 
sublevados, recibió los mensajes de Almagro (|ue le anun- 
ciaban la ocultación de la capital. Alvarado marchó 



HIsrnlílA lil<; A.M klflCA 



i't'tíuoltaiiioiilü dispuesto a penetrar en el Cuzco a viva 
Fuerza.. Ku Ins orillas del rio Abancay encontró a los 
soldados de AlmagTO determinados a impediile el paso. 
Lograron estos dispersar las fuerzas de Alvarado i to- 
marlo prisionero con algunos de sus principales oñciales 
(12 de julio de 1537). 

Bataj.la ue j.as Salinas.— El gobernador Pizarro no 
tuvo noticia de la vuelta de Almagro: de su campaña de 
Chile sino cuando llegaron a Lima los fujitivos de Aban- 
cay. FjU tan angustiada situación, i temiendo sobre to- 
do por la suerte de Hernando Pizarro, que era odiado 
por Almagro, determinó finjir que buscaba un aveni- 
miento pacífico. 

Almagro creia que nada tenia ya que .temer. Sus ofi- 
ciales, i sobre todo Rodrigo Orgoñez, no cesaban de 
aconsejarle que tomara medidas decisivas, i le pedian que 
quitara la vida a los dos Pizarros i a todos los prisione- 
ros (jue no pudiera ganarse, i que en seguida marchara 
sobre Lima sin dar tiempo a que el gobernador se 
aprestase para la defensa. Almagro no tuvo resolución 
para adoptar este consejo. Su corazón franco i jeneroso 
no aceptaba que se derramase la sangre de los Pizarros. 

Lsta irresolución fué la causa de su ruina. Mientras 
Almagro hacia una esploracion en los valles de la costa, 
(íonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado i otros presos 
sobornai'on a sus guardias i se fugaron del Cuzco. Al- 
magro conservaba aun en su podei- a Hernando Pizarro: 
pei'o, lejos de atentar contra su vida, llevó adelante la 
iniciada negociación con el gobernador. En aquella lucha 
estaba de una parte el artificio i la perfidia, i de la otra 
\a franqueza i la l)U(Mia le. 

i^resentóse en el campamento de Almagro írai I-'ran- 
cisco de Pobadilla, con las apariencias de mediador amis- 
toso, pero en realidad como ájente i servidor de Pizarro. 
No le fué difícil reducir a Almagro a celebrar una confe- 
rencia con Pizarro (1-i de noviembre de 1537); pero 
ambos se separaron mas descontentos que antes, i sin 
arribar a resultado fdguno. Fr<ú Francisco de Bobadilla, 
que recibió al fin el encargo de resolver como arbitro his 
diferencias pendientes, reclamó i obtuvo la libertad de 
Ilernííndo IMzarro. üeclaró en seguida que Almagro debía 
abandonar el Cuzco a su rival hastii que un diestro pi- 
loto determinara la línea de demarcación de las dos 
gobernaciones. Esta resolución enfureció a Almagro: i 
creyéndose traicionado, declaró (|ue estaba resuelto a no 
darle cumplimiento. 

El gobernador no habia desperdiciado el 1 iempo. Reunió 
un cuerpo de 700 hombres, i se dispuso paia comenzar 
la guerra. Hernando Pizarro, que habia salido en liber- 
tad bajo juramento de partir para España, tomó el 
mando de las tro])as, i a su calK'/a se puso en marcha 
])ara el Cuzco, 



V'\ HT K II.— CAPÍTULO X \ 1 5;{ 



Almagro conoció entonces el error que liabia cometido 
a-1 tratar con los Pizarros. Su salud quebrantada por los 
años i mas que todo por las enfermedades producidas 
por los desarreglos de su primera juventud, lo obligó a 
confíar el mando de sus tropas al valiente i leal (Jrgoñez. 
A pesar de la actividad que desplegó para im])edir el 
paso al enemigo, Orgoñez se vio precisado a retirarse 
precipitadamente hacia el Cuzco. 

Hernando Pizarro se encaminó ])or en medio de las 
cordilleras hacia la ca])ital del imperio. Los dos ejércitos 
se avistaron en la tarde del .1 de abril en una llanura 
situada a una legua del (\izco, i denominada de las Sa- 
linas, por los españoles. Las tropas de Piznrro eran 
superiores en número, i contaban ademas con mejores 
armas que las de sus adversarios: Almagro poseia^ 200 
hombres menos, pero tenia mejor caballería, l^as altu- 
ras inmediatas estaban cubiertas de indios, que lia- 
bian acudido de lejos, deseosos de ver el desenlace de 
aquella contienda en que estaban empeñados sus opre- 
sores. 

Al amanecei- del siguiente dia (> de abril de ir):}(S, l*i- 
zarro empeñó el combate. La derrota de los almagristas 
(juedó decidida Antes de dos horas. La superioridad de 
las armas i del número, alcanzó la victoria sobre el valor 
heroico de Orgoñez i de sus compañeros. Los contem- 
poráneos calculan en mas de 200 el número de los 
muertos, l^os soldados de l*izarro persiguieron a sus 
enemigos, acuchillándolos inhunninamente i ejerciendo en 
ellos atroces venganzas. VA bizari-o Orgoñez fué asesina- 
do después de la batalla; e igual suerte corrieron mu- 
chos otros capitanos i soldados. 

Jncio I MUKirrio dk Ai..ma(íH().— Almagro hal)ia pre- 
senciado la batalla desde una altura inmediata, cargado 
por los indios en unas parihuelas. Pronunciada la derro- 
ta, se retiró del campo i fué a encerrarse en la fíU'taleza 
del Cuzco. Allí se rindió al capitán (íonzalo Pizarro, i 
fué tras})ortado a uaa prisión. 

Hernando IMzarro prodigó al ])risionero iodo jénero 
de atenciones, haciéndole entender (jue en breve lo des- 
pacharia al cnni])o de su hermano Francisco, si esteno 
llegaba antes al Cuzco. Almagro tenia un hijo natural 
nacido en Panamá, llamado tanibien Diego. Hernnndo 
Pizarro lo mandó cerca del gobernador, el cnal lo recibió 
como si fuera su pro])io hijo. Almagro, franco i crédulo 
en la desgraciM como lo halúa sido en la ])rosperidad, 
creia en su prisión (jue su antiguo compañero conserva- 
ba por él la estimación de otra época. 

Sin embargo, Hernando Pizarro habin mandado ins- 
truir un proceso contra el infeliz Almagro. Acusábasele 
de hal>erse apoderado del Cuzco a viva fnerzn. de haber 
luM-ho armas contra el gobernador i comunicádose con los 
indios. l^]n contra del vencido declararon oficiales i sóida- 



ini HISTORIA 1)10 AMKIIK^A 



dos. 1 el espediente '"se hizo tan tdto como InistM la cin- 
liira d<' un hombre", dice un testi<i'() de vistfi. 

IV'io si el odio i el temor hicieron a])ai*ecer muchos 
eiienrio-os de Alma<ii(). no faltaron ami^ios suyos (]ue 
(juisieran libertarlo. Hernando Pizarro a])r()vech6 los 
rumores de sublevación ])ara acelerar la terminación del 
juicio. K\ S de julio de 15:^8 fué firmada la sentencia de 
AlmajzTo. <' inmediatamente ])asó a su ])rision Hernando 
J'izarro para notificársela. Según ella, debia sufrir la ])ena 
de garrote ])or el crimen de traicicm. 

El valiente capitán no podía comprender lo ([ue pa- 
saba. Su ánimo lo al)andonó en aquel trance; i al oir de 
boca de Hernando Pizarro (^ue se le negaba el derecho 
de apelación, cayó de rodillas, i con los ojos bañados en 
lágrinias le pidió (|ue se le perdonase la vida, recordando 
al efecto la jenerosidad con que lo había tratado cuando 
lo tuvo prisionero. "Señor, contestó Pizarro, no hagáis 
esas bajezas, morid tan valerosamente como habéis vi- 
vido, que no es de caballeros el humillarse.*' Kl desven- 
turado anciano contestó (jue temía la muerte como hom- 
bre, pero no tanto por sí como por los amigos (jue dejaba 
i cuya pérdida creía segura: pero Hernando, sin moverse 
a piedad, se retiró del calabozo dando las órdenes para 
la ejecución del prisionero. Almagro se preparó a morir 
como cristiano, i dictó su testamento dejando al reí por 
heredero de casi todos sus bienes. Pocas horas después, 
la sentencia fué ejecutada en el calabozo. En seguida el 
cadáver fué sacado a la plaza publica para ser decapi- 
tado, mientras el pregonero anunciaba la sentencia que 
Hernando Pizarro había mandado ejecutar en nombre 
del reí. 

Castkío di: Hi:unaxi)o Pizauko.— Francisco Pizario se 
había mantenido lejos del Cuzco, como si no supiera lo 
(jue pasaba en aquella ciudad i el peligro que corría su 
antiguo compañero. Cuando supo que Almagro había 
sido ejecutado, se puso en marcha para el Cuzco, ha- 
ciendo ostentación de un profundo sentimiento. Sin em- 
bargo, manifestó un altanero desprecio por la jente de 
Chile, nombre que se daba a los partidarios de Almagro. 
Hernando Pizari-o. después de haber aconsejado a su 
hermano que desconfiara siempre de los almagristas, 
partió para España a principios de 15:ií). con el objeto 
de informar al reí acerca de los últimos sucesos del Perú. 
Temiendo ser encausado por las autoridades de Panamá, 
se diríjió a la costa de Méjic(X. Fué, sin embargo, apre- 
sado i conducido a laca])ital; |^ero el virrei don Antonio 
de Mendoza, creyéndose sin facultades para proceder 
contra él, le permitió continuar su viaje. Los amigos 
(]ue Hernando Pizarro tenia en España le habían pre- 
parado el terreno para (|ue pudiei-a acercarse al reí. 

Casi al mismo tiempo que él. habiíin llegado a España 
dos acusadores, Diego de Alvarado i don Alonso Henri- 



I'AKTK II.— (JAI'l'rt I.O X\l 155 



([iiez (le (luzman, que habían servido en el Perfi bajo las 
órdenes de Almagro. El primero emplazó a Hernando 
Pizarro para nn combate singular. '^])ero todo lo atajó 
la repentina muerte de Alvarado, dice el cronista Herrera, 
()ue sucedió luego en cinco dias. no sin sospecha de \^e- 
neno." Henriquez de (íuzman. como albacea de Almagro, 
prosiguió en la corte sus reclaniacioncs: i aunque el consejo 
de Indias no se atrevieía a resolver nada en definitiva, 
decretó, sin embargo, la prisión de Hernando Pizaiio 
(154()). Retenido primero en el alcázar de Madrid, i tras- 
ladado en seguida a un castillo de Medina del Campo. 
el \encedor (le las Salinas pasó veinte años sei)ultado en 
un calabozo i olvidado de los hombi-es. Hernnndo íMza- 
rro llegó a ser un objeto de coni])asion mas (|ue de odio. 
En 1560. l'elipe II mandó poneilo en libertad. Todavía 
sobrevivió mucho tieni])0 mas. Falleció a la edad de ci(^n 
años, cuando liabian desaparecido sus enenn'gos i riva- 
1(^8. i cuando el recuerdo de las guerras civiles (3el Perú se 
habia borrado casi completamente. 

Carlos V. sin embargo, conservó a Francisco Pizarro 
en el gobierno del Perú. Limitóse solo a mandar un co- 
misionado especial con encargo de investigar acjuellos su- 
cesos, i todo lo concerniente a la administración de la co- 
lonia. Fi-istóbal Vaca deCastro. majistradode la audiencia 
de Valladolid. fué encargado de estn comisión. Se le dio el 
nonibi-andento de gobeinador del Perú, (jue d(^bia mani- 
festar en caso que hubi(-se muerto Pizario. Ivos aconteci- 
nni^ntos revelaron en breve el tino con (]ue se habia pre- 
visto esta última continjeiicia. 

CAPITULO XVI 

Guerras civiles de los conquistadores del Perú. 

Ivs|)«m1ící<)ii (le (ioiizíilo l'izari-o ;i las rcjioiit's oric-iitalrs. — Muerte de 
Francisco Pizarro.— (Jübieriio de Vaca de Caati'u: segunda guerra 
civil.— El virrei Blasco Xiiñez de Vela, nuevas oi'deiiaiizai-i sóbrelos 
indios.— Sublevación de (iouzalo Pizarro; tercera guerra civil.— P>a- 
talla de AfuKiuito.— Misión de Pedro de la Gasea.— Trabajos de la 
(iasca en el Perú. — Batalla de Xa<]ui.\aguana; castigo de los rebel- 
des.— Pficiflcaeipn del Peiú. 

(1540— ir,4S) 

EsPEDICroX l)IO(í().NZAL() PlZ.\KI{0 A L AS K lO.I lONKS O Kl lON- 

TAíJOs. — Después de restnblecida sn fintoiidnd. Frnncisco 
l*iz;in-() se contrajo es])eci;dmente n ternnnnr In coiKinista. 
i n regl;inicn1;ir In ;idiniinstr;ici()n de l;i colonin. El inc;i 
Manco se mnntenia nnn en ];is montafins inmediatas al 
Cuzco liaciendo una <>uen;i de end)osc;ulMS. i fué necesa- 
rio díNstinnr fuerzas consider;d)les ])i\vi\ impedir sns co- 
vrei'ías. Aíiénti7ís tanto, el aobernador fouH^ntnbn los des- 



15r, MIH'I'OKIA 1)10 AMftKK'A 



(•iibriiuieutos iiiiiierus. ihúui fncilidridcs ni cuiiierciu i 
fundaba nuevas ciudades. Deesa é])()ea datan (íuauíanjia. 
Charcas i Are(|ui])a. 

L;i aíiueucia de es])au()les ])enuitió a Pizarro disponer 
mas remotas espedieiones. Pedro de Valdivia fué autori- 
zado para em])reiider la conqinsta de Chile. Gonzalo I*i- 
zarro í-eeibió el «iobierno de Quito con encarg'o de esplo- 
rar las rejiones del oriente, donde, se^un se decia.'se criaba 
(^I árl)ol de la canela. ])roduccion asiática (pie los es])a- 
ñoles buscaban en vano en América, casi con tanto in- 
terés como los metales ])reciosos. 

Como hemos dicho mas atrás, Sebastian l^enaleázar 
Iial)ia consumado la conquista de a(|uel pais. De allí 
habia adelantado sus espediciones al norte: pero Pizarro, 
por un exceso de descontianza, lo relevó del mando (pie 
le habia conñado. Benalcázar habia continuado sus esplo- 
raciones por Pasto y Popa van, i llego, como ya dijimos, 
a Bogotá a tiempo que Jiménez de (iuezada i Federman, 
partidos de ])untos 0])uestos, se encontraban reunidos 
en un mismo lugar. 

La espedicion de Gonzalo Pizarro es una de las mas 
memoi'al)les que em])rendieron los castellanos, no solo por 
los descubrimientos jeográ íleos c|ue llevó a cabo, sino por 
los padecimientos estraordinari(js que tuvo que soportar. 
A la cabeza de ^550 es])añoles i de 4,000 indios ausilia- 
res, salió a(|U(''l de (¿uito en los primeros dias de 1540. 
Le fue pr(^cis() atravesar montañas elevadas, bosíjues 
es tensos i pantanos ])estífer()s. i soportar el t*ri(3 de las 
alturas i el calor de los valles i llanuras de la zona 
tórrida. Siguiendo la corriente del rio Coca, los castella- 
nos tuvieron (pie luchar con el hambre, las enfermedades 
i las hostilidacles de los salvajes. Pizarro mandó cons- 
truir un biKpie para tras])ortai- los enfermos i el l)agaje. 
Los bosíjues vecinos poseían madera en abundancia, la 
resina de los árboles reemplazó al alquitrán, los restos 
de sus vestidos sirvieron de esto[)a. i las herraduras de 
los caballos fueron convertidas en clavos. Después de 
dos meses de trabajo, la nave estuvo presta. Lmbarcóse 
en ella un ca])itan llamado r'rancisco de Orellana, con 
(>ncarg() de marchar adelante hasta el ])unto de reunión 
<le (íse rio con otro mas grande que los salvajes llamaban 
Xa])(). Gonzalo Pizarro del)ia seguir su viaje ])or la 
ribera del rio. 

La marcha de los espedicionarios se continuó con 
idí'^nticos o ma^^ores sufrimientos. Al llegar al punto de 
reunión. Pizarro notó con sorpresa (|ue la nave de Ore- 
llana no estaba allí; i por un castellano a quien los 
navegantes hablan dejado, supo que Orellana habia 
pasado adelante. La ambición de ilustrar su nombi-e i 
el recuerdo de los sufrimientos pasados, sedujeron al 
intrépido Orellana haciéndole olvidar a su jefe i a sus 
compañeros. Los esploradores hallaron diferentes tribus 



PARTE II.— CAI^ÍTri.O X\ I I.")? 



aalvajen, belicosas unas, pacíficas i hospitalarias otras: 
i (leseiiibarcando con frecuencia para proporcionarse 
víveres, ])enetraron en el Marañon. El 2(\ de agosto de 
ir)41. después de una navegación de 1.400 leguas, se 
encontraron a la entiada del océano. Orellana llegó a 
la isla de Cubagua, i de allí se dirijió a Kspana. 

Orellana pretendia haber descubierto rejiones donde 
se levantaban suntuosos edificios, i un estado que ])obla- 
ban mujeres guerreras, dotadas de una singular belleza. 
Rsta ultima invención dio oríjen al nombre de Amazo- 
nas, con (jue fué denominado aquel rio. (Virios \' conce- 
dió a Orellana el gobierno de las tiendas que acababa 
de descubrir; i al efecto equipó éste una escuadrilla con 
que ])artió de San Lucaí' en mayo de 1544: pero des- 
pués de fatigas sin cuento, pereció oscuramente en las 
rejiones (pie pretendia conquistar. 

Mientras tanto, (ionzalo Pizarro. burlado en sus pla- 
nes, resolvió dar la vueltíi a Quito. "El rumbo para 
volver era incierto; pero la vista de la lejana cordillera 
fijó la dirección. Algunos de los espedicionarios iban tan 
<lébiles que no pndiendo seguir a sus compañeros, se 
quedaron a morir de hambre o entre las garras de las 
fieras. Al fin, después de agotados los perros, los caba- 
llos i cuanto pudiera engañar lú hambre, subiercm a la 
tierra descubierta i provista, i llegaron a (¿uito (junio 
de 1542). De la brillante espedicicm no volvían sino 
menos de la mitad de los indios i unos 80 castellanos; 
éstos a pié, descalzos, vestidos con ])ieles de fieras, cu- 
bierto el cuerpo de cicatrices i convertidos en espectros 
con dos años i medio de desventuras continuas." 

MiEirrK di: Francisco 1'izahiío.— Gonzalo I Vi zar r o reci- 
bió allí la noticia de una revolución que habia cambiado 
eompletamente la faz de los negocios ])iiblicos i la silua- 
cion de su familia. 

La conquista del imperio de los incas podia conside- 
rarse terminada en 1589. Sin embargo, la guerra civil 
no habia concluido en el campo de las Salinas ni en el 
patíbulo de Almagro. Los vencidos no podían resignarse 
a su desgracia. Fizarro los miraba con un profundo des- 
precio, i los mantenía arruinados, sin tratar de ganár- 
selos con sus favores, [-«os almagristas, o los de (-hile, 
como se les llamaba, confiaron en que el comisionado 
ré.jio don Cristóbal Vaca de Castro llegaría a hacerles 
justicia; pero luego se supo que éste habia naufragado 
en la costa de í*opayan. Desde entonces se prepararon 
para dar un golpe de mano. 

Lima fué el punto de reunión de los conspiradores. 
Juan de Rada vino a ser el jefe del complot. Pizarro tuvo 
noticia de los planes que tramaban los almagristas; pero 
le inspiraban éstos tan poco temor que no tomó ])re- 
caucion alguna. El domingo '2i) de junio de 1 541 , des- 
|)ues de medio dia,, .lua.n de Rn,da i diez i ocho de los 



HISTORIA 1)K AMKHICA 



conjurados salieron de la casa del hijo de Almagro arma- 
dos de pies a cabeza, i se dirijieron a la del <iobernador. 
«gritando: ''¡ Viva el reil muera el tiranol" Algunos de sus 
amigos se hablan agrupado en las calles que daban 
entrada a la plaza para impedir que Pizairo fuera soco- 
rrido. 

Rada i los su3^os penetraron en la casa del goberna- 
dor antes que se pudiera oponerles resistencia alguna. 
Pizarro acal)aba de comer, i estaba acompañado ])or 
su hermano Francisco Martin de Alcántaia i por algunos 
caballeros i criados. 8e puso precipitadamente una cora- 
za, i tomando una ca])a en su brazo izquierdo para bara- 
jar los golpes, i una esi)ada en la otra mano, se precipitó 
sobre los conjurados batiéndose con una destreza i con 
un esfuerzo dignos de sus mejores dias, i alentando a los 
suyos. La lucha, aunque desigual, se mantuvo sin ven- 
taja de una ni de otra parte; pero al fin Juan de Kada. 
dando un empellón a su compañero Xarvaez. lo echó 
encima de I*izarro para distraerlo. Algunos de los com- 
pañeros del gobernador se arrojaron por las ventanas 
para ponerse en salvo, mientras los conjurados ]>enetra- 
ban en el aposento. El combate no pudo sostenerse ya 
por largo tiempo. Alcántara i dos pajes fueron muertos. 
Pizarro. atacado ])0i- todos lados, resistió algunos mo- 
mentos mas: pero herido en la garganta, cayó al suelo, 
i pedia confesión cuando uno de los conjunj dos le descargó 
un golpe en la cabeza cpie acabó de arrancarle la vida. 

Los sublevados hubieran querido arrastrar el cadáver 
a la plaza para afrentarlo en el patíbulo: pero preocu- 
pados con el pensamiento de establecer un nuevo gobierno, 
salieron a la plaza anunciando que Pizarro estaba muerto 
i que la revolución quedaba consumada, l'n criado del 
gobernador recojió el cadáver de éste i le dio una mo- 
desta sepultura. Posteriormente fué. trasladado a la ca- 
tedral de Lima. 

GoniEiíNo DE Vaca de Castiío; seííenda (ueiíra ci- 
vil.— El joven Almagro fué colocado a la cabeza del 
gobierno: pero aunque poseia algunas de las dotes de 
su padre, su autoridad no adquirió el respeto necesario 
para dar consistencia a su administración. Sus subalter- 
nos tuvieron que apelar a la violencia para hacerse te- 
mer; i aun así no tardó mucho en dejarse sentir la dis- 
cordia entre ellos. Por último. creyeion necesario retirarse 
al Cuzco para reorganizar sus fueizas. En esta marcha, 
Almagro perdió el mas intelijente i caracterizado de sus 
consejeros, Juan de Kada. 

Miénti'as tanto, \'aca de ('astro se acercaba a recla- 
mar el gobierno del Perú. Como ya hemos <licho, en su 
viaje de Panamá a Lima habia naufragado en la costa 
de Popayan. Reconocida su autoridad por Benalcázar, i 
al saber la nmerte de Pizarro. mostró sus títulos <le go- 
bei-nador del Perú, i marchó hasta (¿uito, donde fué tam- 



l'AR'l'K II. — (An'lCI.O XVI IT)!), 



bien reconocido por los subalternos de (íonzalo IMzarro. 
Vaca de Castro desplegó desde luego (>iande actividnd. 
Despachó emisarios a diversos puntos a avisar sti arribo 
i a dar cuenta de sus poderes, i nvanzó ganándoí^e In 
voluntad de todos los españoles que s^diMn a su encuentro, 
i de las poblaciones a que arribó. Antes de mucho tiempo 
se U' juntaron al<ianos capitanes distinguidos, llevándole 
un refuerzo considerable desoldados. Para evitar los re- 
Ios que podia despertar el mando de las tropas, Vaca 
de Castro, aunípie ajeno al ejercicio délas armas, se dis- 
puso a capitanear en persona a sus soldados. A piinci- 
pios de 1542, entró a Lima paia terminar la organiza- 
ción de su pequeño ejercito. 

El joven Almagro desplegó en esas circunstancias una 
enerjía superior a lo que podia esperarse de sus años. 
(Jonociendo el ])eligro (pie habia en hacer aimas conti-a 
el comisionado del rei, quiso antes tentar un avenimiento 
pacítico; pero no siendo posible arribar a un convenio, 
los dos ejércitos se pusieron en marcha para decidií- la 
cuestión en una batalla. Almagro tenia 500 soldados va- 
lientes i resueltos, mientras Vaca de Castro eontaba con 
cerca de 700 hond)ies aunque no tan bien disciplinados 
i armados. Los ejércitos se encontraron en la tarde del 
10 (le setiembre de 1542 en la llanura de las Chupas, 
cerca de (iuamanga. La batalla se mantuvo largo tiempo 
indecisa. ])ero al fin una carga dada ])or Vaca de Castro 
♦^n ])ersona. decidió la victoria al acercarse la noche. El 
cam])0 de batalla (]uedó sembrado con cerca de 500 ca- 
dáveres, número consid(TabIe atendido el de los comba- 
tientes. 

Vaca de Castro manifestó, después de la victoria, la 
misma sagacidad (jue habia des])legad() en la campaña. 
Avanzó i\] Cuzco en pei-secucion de los fujitivos. i al en- 
trar en la capital sometió a juicio a los principales de 
ellos. Cuarenta de los mas caractei-izados fueron conde- 
nados a la pen^^ ca])ital, i tieinta a destierro fuera del 
INtú. Almagro, fujitivo del campo de batalla, i a])T'esad() 
poi- los mismos majistrados a (]uienes contíó el gobiei-no 
del Cuzco, fué del número de los primeros. En su desgra 
cia, manifestó la mayor serenidad: i ])Ocos momentos 
antes de ser decapitado en la plaza del Cuzco, en el mis- 
mo sitio en que cuatro años antes el vei-dugo habia cor- 
tado la cabeza al Cíuláveí- de don Diego de Almagro. (^1 
joven no ])idió míis (pie un favor: (pie se le sepúltala 
al lado de su padre. 

Los fujitivos del combate de las Cimpas se dispersaron 
))or los montes i se asilaron entre los cuer])OS del ejér- 
cito (]ue aun inantenia en ])ié el inca Manco. Todos eílos 
fueron muertos ])()r los indios: pero el inca fué también 
risesinado por algunos de los fujitivos. 

El vrRHi:i HtvASco Xrxioz di-: Vkla: m kvas okdlvnax- 



1<)<> HISTORIA m: AMERICA 



ZAS soiJKi-: i.os INDIOS.— Miéiil I-as tcUito se ventilaba en 
España la mas delicada de todas las euestiones eoiieei*- 
liieiites al <i'obieriio de las colonias. Las noticias de los 
malos ti-atamientos de (]neeran víctimas los indios, i de 
la des])oblaci()n ci-eciente del nnevo mundo, hablan alar- 
jiiado a la coi-te. En los primeros momentos de descanso 
(]ue le dejat)an libres los negocios de Europa. Carlos V 
contrajo toda, su atención a este asunto. Cabalmente, se 
bailaba entonces en Esj)aña frai Bartolomé de Las Ca- 
sas. (}ue había pasado de Guatemala en busca de misio- 
neros para adelantar la ])r()paoanda evanjélica en a(]uel 
pais; i este informó detenidamente a la corte de las atro- 
cidades de que eran víctimas los infelices indios. Com]mso 
con este motivo un célebre tratado que lleva por título: 
Hrf^vismnia relación í/p la destruycion de las ln(1hi><,en (pie 
tra.zaha C(m neoro colorido el cuadi'O de las iniquidades 
de la con<iuista i de la despoblación de América. Ese 
tratado ])i-oduj() un sentimiento univei'sal de i'e])robacion 
contra acpiellos liorrores. 

VA rei resolvió ^d ñn estas cuestiones dictando un 
cuerpo de ordenanzas. Según éstas, los repartimientos de 
indios i de tierrjis hechos a los cou(]uistadorés. debian 
durar solo mientras viviese el agraciado, pasando des- 
pués (le sus dias a la coi-ona, (^on cargo de dará la 
familia de aquél una parte de los frutos. Los indios (pieda- 
ban exentos del trabajo forzado en las minas i en las pes- 
quirías de ])erlas. debiendo sus amos pagarles un salíirio 
])roporcionad(). 8e suprimían los repartimientos hechos 
en favor de los obispos, de los monasterios, de los hos- 
pitales i de los individuos que hubiesen sido g'ol)ernado- 
r<\s o funcionarios de {dto rango. Fueron despojados ade- 
tnas, de sus i'e])artimientos todos los habitantes del Perú 
que hubieran tenido culpa en las altei-aciones entre Pi- 
zaiTo i Almagio. Pai-a el cum])limiento de estas leyes, 
el rei trasladó a (íuatemala la audiencia de Panamá, i 
mandó fundar una nneva en el Pímú (20 de noviend)re 
de L542). 

La ejecución de estas ordenanzas iba a lierir de muerte 
los intereses de los con(piistadores. El monarca encai-gó 
su ejecución i\ empleados especiales. Fi'anciscí^) Tello de 
SaiKloval fué des])achado <\ Méjico: pero este funcionario 
se puso de acuerdo con el viiTei Mendoza, i ])lanteó la 
reforma con mucho tino, obteniendo del i-ei notables con- 
cesiones (]ue im])ortaban la derogvu-ion de a(|uellas 
partes de las ordenanzas (]ne mas resistencia hablan 
])roducido. 

FA rei habría debido coníiar igual encargo en el Perú 
al licenciado Vaca de Casti'o; })ero Carlos V habia resuel- 
to oj'ganizar allí un virreinato: i (¡iieríeiido ponerlo bajo 
la dirección de un hombre estrano a los disturbios j)asa- 
dos, nond)ró virrei a un caballero llanmdo Blasco Xúnez 
Vela. Era (Vte un hombre bioj intencionado, jx^i-o a (|nien 



PARTE U.—CAP\TU\J) X.VI 1(>Í 



faltaba la prudencia necesaria i)ara cimiplii-tan delicada 
comisión. 

El virrei llc«ió a Tnnibez el 4 de inarzo de 1544. AI 
pasar por Panamá había dado libertad a los indios qne 
allí tenían íilginios encomenderos del Peni, i embar*i,ó 
muchos caudales que consideraba fruto del trabajo for- 
zado de los indios. En su marcha a Lima r(^])íti6 estos 
mismos actos; i aun<iue en todas partes fué bien recibido, 
su i-esolucion de dar cum])limiento a las nuevas leyes 
produjo entre los colonos un profundo descontento, i el 
deseo de hacer i'e8i)etar hasta ])Ov las armas la posesión 
de sus bienes i prerrogativas. 

SriiLi':vACioN de Gonzalo I^izakiío; tioiícera (¡ieiíra 
("ivjL. — Desde que se pensó en la resistencia, todos los 
ojos se volvieron hacia Gonzalo J'izarro. Aunque disgus- 
tado con la corte poi- haber (]uitado a su familia el 
gobierno de la colonia, vivió en ])az en su encomienda 
de Chár-cas bajo el gobierno de Vaca de Casti-o; pero el 
arribo del \iirei. la ])ronuilgacion de las nuevas orde- 
lumzas que iban a arrebatai'le el fruto recojido en la con- 
({uista, i mas que todo las instancias de sus compañeros, 
lo determinaron al fin a ])resentarse en el Cuzco. El pue- 
blo lo aclamó ])rocurador jeneral del Perú; i él ndsmo se 
hizo nondu-ar justicia mayor i Cíipitan jeneral. En virtud 
fie estos títulos, Gonzalo Pizarro levantó tropas, se apo- 
deró déla artillería i de los tesoros reales, i se dispuso a 
nuirchar resueltamente sobre Lima. Su causa era tan 
})0])ular, (pie en breve se reunió a su lado una podei'osa 
imeste. \h\ viejo militar llamculo Erancisco de Carbajal, 
(pie auiKpie ])asaba de ochenta años de edad, se había 
(iistinguido en la batalla de las Chupas al servicio de Vaca 
de Castro, fué nombrado segundo jefe délos sublevados. 

La reinal ion encontró su mas (hn-idido a])oyo en la 
arrogancia d(4 virrei. Blasco Nuñez de V(^la apresó a 
Vaca de Castro, atribuyéndole connivencia con l^izarro i 
algunas otras faltas; i asesinó por su propia mano i en 
elmismo ])alacio, al factor Ulan Suarez de Carbajal, des- 
pués de una acalorada disputa en que lo acusaba de 
traición (l.'Ule setiend)re de 1544). La audiencia, ])or su 
parte, ponía obstáculos a todas las ])rovídencias del virrei, 
i daba libertad a los presos, des])i'estijiando así la autori- 
dad de ese alto mandatario. 

Pizarro continuaba su marcha a Linit». engrosando el 
numero de sus soldados. El vinei, considerándose im- 
])Oteiite para resistir en la cuidad, resolvió abandonarla 
i retirarse i\\ iu)rte hasta Trujillo con la audiencia, c(m 
las troi)as i con todos los vecinos. Los oidores del su- 
premo tribunal se negaron a dai* cum])linúento a estíi 
orden. llamai*on al ])ueblo en su ausilio, i una mañana 
apresaron a Xuñez de Vela declarándolo depuesto. Al día 
siguií^nte fué trasladado a la isla de Ran Loienzo. ])ara 
ser remitido a Lspaña. 
11 



i()2 HÍ8TORU DE AMÉRICA 



La prisión del virrei no ponia téniíino a las desave- 
ueiicins. El supremo ti-iV)iin;d mando sns])ender la ejecu- 
ción (le las ordenanzas; pero Gonzalo Pizano niarclial)u 
sohrc Lima a lacnhezu de 1.200 espnñoles p;ira reclamar 
para sí el <2,*ol)ierno de la colonia. La audencia liul)iera 
quei'ido resistir a las instancias de Pizari-o; pero (^ai-l)ajal 
entró de noclie a Liuja. a))resó a varios oficiales e hizo 
;díOi-car a algunos de ellos en las ramas de un ái-bol. L.a 
audiencia no se atrevió a resistir mas. (íonzído IMzarro 
fue proclamado «gobernador del I^ern: i el 28 de octuhíe 
de 1544 entró a Lima i asumió el mando de la colonia. 

Batali.a dk A.\A(¿rjTo.~La fortuna liabia favorecido 
hasta entonces a Gonzalo Pizano; i)ero poco desjMies 
comenzó a es])ei'imeutar los primeros reveses. \'aca de 
Casli'o, (jue est.-iba retenido preso eu el Callao, se fugó 
a Panamá para no caer en manos de los sublevados (1). 

liUeo-o recibió Pizano una uoticia luas desfavorable. 
La real audiencia liabia embarcado al virrei i remit ídolo 
a España bajo la custodia de uno de los oidores llauíado 
Juan Vlvarez. Apenas se liabia alejado de la costa. 
Alvarez puso la nave a las órdenes de Blasco Nnfiez de 
Vela, disculpándose por su partici])acion en los nltiny)s 
sucesos. El vin-ei dio la orden de dirijirse a Túmbez. i 
apenas hubo desend)arcado. le\'antó el estandarte real 
])ara organizar un ejército (octubre de L'')44). Los pue- 
blos -del norte acudieron a su llamado. 

En el sur, Dieg'O Centeno, oticial de distinción (pie 
liabia (piedado en Chár-eas, descíuioció la autoridad del 
jefe rel)elde. i se declaró defensor del virrei. Gcmzalo Piza- 
rro, amenazado en las dos estremidades del territori(j 
de su gobierno, })reíirió acudir conti-a el virrei. En marzo 
de 1545 se puso en marcha para el norte cou (>00 sol- 
dados españoles. 

El virrei, entre tanto, liabia reunido cerca de 500 
hombres; ])er() se vio en la necesidad de retiraise hacia 
lN)payan. í)es])Ues de penosísimas marchas. Lizari-o 
asentó su cam])ameuto en Quito, i des])achó al sur a 
Garbajal en persecución de Centeno. Pero Nuñez de Vela 
era un enemigo niui tenaz para (jue pei-maneciera inuclio 
tiempo en la inacción. En Popa van se le habia reunido el 
valiente Benalcázar con un refuerzo considerable de tro- 
])as. Su ejército se componia de 400 hombres cuando 
salió en busca de los rebeldes. 

Gonzalo Pizarro ansial)a por poner término a aíjuella 
guerra,. En efecto, h» batalla tuvo lugar el IS de enei'o 



(1) Vaoa de Ca.stro íiió apresado en España i sometido a uu jnieio que 
duro doee añoH. al cabo del < nal He pronunció una s<,'nt*!ncia absolutoria 
de su eondnctíi. Se le acunaba de varias faltas i sobre todo del delito de 
peculado, por cuanto se decia que se habia ;u:)ropiado pai'a sí i paia al- 
gunos de sns auiigos. caudales que lia.bian debido entrar al tesoro del 
rei. 



PAiri'E II.— CAPÍTT'T.O XVI 1 Oí] 



(le 1546 en unas ll;nim-as (Ipnomiiiadíis df- Añaqnito. 
Xnñez (le Vela dénplegó las dotes de iiii jeiiei-al i de ini 
soldado; ])ei() cayó cubierto de heridas, M jaido ver la 
victoria de sus enemigos. Pizarro le hizo cortai' la cabeza 
en el mismo camjjo (le batalla, i nraiidí") (¡ue fuei'a colo- 
cada en la plaza de ígnito. Después d(^ la victoria, se 
sig'uiei-on los castigos de los mas decididos partidarios 
del virrei. Pizarro fué reconocido como único señor del 
Perú. Carbajal, entie tanto, habia din-rotado en el sur 
las tropas de Diego Centeno. La rebelión habia, trivnifado 
com{)letaniente en el Pei-ú. 

Misión dk ÍVj)RO dio La (¡asca.— Pero la situación d(^ 
(íonzalo Pizarro (les])ues de esta victoi'ia era (h^masiado 
precaria. El rei híibia de condenar su conducta, i el cas- 
tigo de los sublevados no se haria es[)era.r largo tiempo, 
rarbajal, ({ueno (jueria, (|ue(la,rse en la mitad del camino, 
aconsejó a Gonzalo (jik^ asumiera una actitud mas resuel- 
ta. "Habéis tomado, le dijo, las armas contra, el virrei, el 
lejítimo representante del soberano; le habéis derrotado 
i muerto después de una batalla; no esperéis obtener 
jamas el perdón de la corona. Habéis ido demasiado 
lejos para detenei'os o para retroceder. Proseguid adelante 
i proclamaos i'ei: el ])ueblo i el ejército os a])oyarán. 
Haciendo concesiones de tierras i de títulos os ganareis 
a los españoles, i casándíjos con una coja, ])rince8a de 
la familia de los incas, podréis lejitinmr a los ojos de 
los indios vuestra donñnacion. De este modo Las dos 
razas p(jdrán vivir tranquilas bajo un cetro común.'' 
Carbajal habria querido formar en el Perú un estado 
soberano e independiente, aspiración arrogante i teme- 
raria en acpiella época; pero que demuestra el temple de 
carácter de algunos de los liond)res de la concpiista. 
(íonzalo Pizarro no ])()seia la resolución necesaria para 
acouK^ter (^sta empresa: i se limitó a enviar al rei un 
[)rolijo informe de su conducta para justifica i'se i ])a]-a 
solií'ilar la confirmación de la autoi'idad de que go- 
zaba. 

Entn^ tanto, en España la corte estaba mui preocu- 
])a(la c(m los sucesos de las Indias. Carlos V se hallaba 
en Alemania; i su hijo, (pie reinó (h^spues con el nombre 
de Felipe II, i (pie desempeñaba la rejeiu^ia del reino, ce- 
diendo a las instancias de los colonos i de los gobernantes 
americanos, anuló la mayor parte de las ordenanzas dic- 
tadas por su padre. Al saber las turbulencias del Perú 
i la rebelión de (íonzalo Pizarro. se pensó en la corte 
en despachar tro])as al Perú para someter a los rebel- 
des. Sin embargo, las ventajas escepcionales de la situa- 
ci(jn de Pizarro hacian peligroso todo proyecto de 
guerra, i se creyó (pie con venia mas someter a los ivbeldes 
])or los medios de suavidad i de templanza. 

Para esta empresa, se necesitaba un hombre de una 
rara habilidad. La elección recav<^) en F*edr(3 de La (jasca, 



lt)4 HISTORIA DE AMÉRICA 



eclesiástico que habia (leseiiipeñado varias coinisioues 
del servicio público. (le8])legaiido en todas ellas notables 
dotes (le administrador. La (iasca aceptó solo el título 
de presidente de la real andiencia de Tiima sin sueldo 
al^iuno. En ,m tención- a la distancia a que il)a a hallarse 
de la corte, ])id¡ó que se le concediese una autoridad 
ilimitada para perdona i- a los culpables o para empleai- 
la, fuerza, según fuese necesario, i para levantar tro- 
pas en las diversas colímias del nuevo mundo. El rei, 
accediendo a to<lo, lo revistió de los mas amplios j)o- 
deres. 

La (iasca era anciano, pero poseía la actividad de la 
juventud. El 2() de mayo de ir)4(> zarpó de San Lucaí'. 
En Santa Marta tuvo noticia de la batalla de Aña(]UÍto 
i de la muerte del virrei. La (íasca, sin end)ai-<iO, no 
vaciló un momento; i solo, sin arnuis id soldados, se 
dirijió al puerto de Xoud)re de Dios, en la costa oriental 
del istmo, donde nmndaba Hernando de Mejía. ca])itan 
de (fonzalo Pizarro. a la cabeza de un numeroso cuerpo 
de tropas. 

La [)resencia del comisionado rerd no inspiró temor 
alguno a Mejía ni a su tropa. La (rasca, fidemas, se ma- 
i]ifestó tan ])rudente i tan moderado, (pie no tardó mucho 
en ganarse la voluntad del oficial de Pizarro. En seguida 
pasó a Panamá, en dímde se hallaba Pedro de líinojosa. 
comandante de las naves del gobernador del IVrú. Allí 
también declaró La (íasca que su misión era de paz, que 
el rei le habia (encargado (|ue remediara los males pasa- 
dos, i (pie restableciese el orden i la justicia en el Perú. 
El artiíicio i la templanza con (pie hablaba La (jiasca, 
le ganaron también la voluntad de líinojosa, quien se 
íipresuró a comunicarlo todo a (ionzalo Pizarro. 

Trabajos de La Gasca f:n el I^eííu.— Pocos temores 
l)odia infundir a los vencedores de Añaquito el arril)o de 
un comisionado rí^jio que no traia ni armas ni (ejército. 
El Perú contaba entónc(^s cerca de seis mil pobladores 
españoles qu(^ habían reconocido la autoridad de Gon- 
zalo Pizarro. i que podían ])()ner sobre las iirmas un 
cuerpo respetable de tropas. El gobernador desaprobó 
la benévola acojida (pie Mejía e líinojosa habían hecho 
a La Gasea; i despachó nuevamente a España dos co- 
misionados con encargo de pedir al rei el gobierno su- 
premo del í*erú durante su vida, como el único medio de 
poner término alas ajitaciones. Esos emisarios, ademas, 
llevaban instrucciones secretas para Hinojosa, por las 
cuales Ilzarro le i-ecomendaba que alejara a La Gasea 
de Panamá mediante un obsequio de 50, ()()() pesos oro. 
o (jue se deshiciera de «'1, ya fuera por las armas o por 
el veneno. 

Esta resolución alarmó a Hinojosa. Demasiado caba- 
lleroso para aceptar la idea de un asesinato, i demasiado 
leíd para desobedecer al rei, (A comandante se decidió a 



i'AH'i'i'j II. (JAi'í'nii.o XVI 1(^5 



poDí'i'.se bajo las órdenes del eouiiíáioiíado rejio. De este 
modo. La Gasea se halló en posesión de la eseiiadra que 
Pizarro tenia en Panamá. Enseguida, liizo rennirenNieara- 
gna i en las otras colonias inmediatas algunos cuerpos 
de tro])as. con que formó la base de lui ejército regular. 
En abril de 1547. una parte de la escuadra de La Gasea 
recorrió la costa del Peni comunicando la noticia de que 
el cí)misionad{) rejio liabia revocado las ordenanzas i 
concedido una amnistía jeneral a todos los comprometi- 
dos en la revolución. 

Esto bastó ])ai*a (pie comenzara a o})erarse una vio- 
lenta reacción contra el gobierno de Gonzalo Pizarro. 
(-arbajal liabia es[)arcido el terror en todas partes. El 
inimero de los hombres a quienes hizo decapitar o morir 
como enemigos de la rebelión, se calcula en mas de ¿iOO. 
p]n cambio, el perdón concedido por La Gasea i la revo- 
cación de las ordenanzas, granjearon a éste la voluntad 
(lelos colonos. Diego Centeno, que })ermanecia oculto en 
las provincias del sur. salió de su escondite, i cayendo 
de sorpresa sobre la ciudad del Cuzco, hizo bambolear 
el poder de Pizarro en el interior del J*erú. 

La situación comenzaba a ser embai-azosa para los 
vencedores de Aña(piito. Amenazado al norte poi' las fuer- 
zas (]ue oi-ganizaba La Gasea, i en el Cuzco por Centeno. 
Pizarj-o lio vaciló (^n hacer frente al último, i marclió al 
sui- con un considerable cuer])0 de ti'0j)as. Los soldados 
de PizaiTo montaban solo a 400 hombres, pero Carbajal 
condiicia un considerable número de armas de fuego de 
repuesto. En la batalla ()ue tuvo lugar en Huannas. 
cerca del lago de Titicaca, el 20 de octubre de Tr>47. 
Carbajal destrazó a sus enemigos con las descargas de 
arcabuc(_'ría. "'{^'ué. dice el historiador Fernandez, la mas 
sangrienta batalla (pie hubo en el Perú. Murieron de la 
])arte de Centeno trescientos cincuenta i mas de otros 
tantos heiidos. De la parte de Pizarro murieron mas de 
ciento, i hubo muchos heridos.'' Centeno Scüvó casi mila- 
grosamente de aquella gran derrota. El botín cojido por 
los vencedores fué de mas de L400.000 jx^sos. 

La Gasea, entre tanto, liabia desembarcado en Túm- 
bez (jimio dv 1547). i avanzaba hacia el sur en una es- 
|)ecie (h' marcha triunfal. Los pueblos de su tránsito lo 
lecibian con el mayor contento, socoriian las tropas que 
iban a restablecer la autoridad real en el Perú, i decla- 
raban rotos los lazos de sumisión a Gonzalo Pizarro. El 
ejército real se aumentó en Jauja: i todo anunciaba un 
fin tan próximo como feliz a la campaña. Sin embargo, 
la noticia de la derrota de Cent (^n o en Huarinas. sembró 
en el campamento gran consternación. La entereza de 
ánimo i la conüanza en su triunfo no abandonaron a 
La Gasea en esos momentos. Deseando evitar una nueva 
efusión de sangi'e. se (nnpeñó todavía en reducir a Piza- 
vvo a aceptar un avenimiento p^^cífic(); pero éste estaba 



I (•'.<; (lIsrrtKIA IH; AMKRir'A 



mili oj'gulloso con su último triiinío \)i\v(x tratar coii ol 
enemigo. 

Batalla dl XA(¿rj\A(ii ana; ( astigo j)k i>os kebel- 
í>ES.— La (Jasca siguió su umrclia al ('uzeo, recibiendo 
constantemente refuerzos (le im])orta acia. Benalcázar llegó 
del norte a reunirse a su ejército, l'edro de Valdivia, el 
conquistador de Chile, se le reunió también, i tomó una 
])arte i)rincii)al en la dirección de la campaña. El (\iército 
deLaííasca llegó a contar cerca de 2. ()()() hombres. Acom- 
pañábalo una comitiva de eiui)leados civiles i eclesiásti- 
cos cpie daban al cam])am(Mit() la apariencia de un go- 
bierno organizado. 

Satisfecho con haber mandado cortar los |)ucntf's (!<' 
algunos rios, Fizarro se quedó en el Cuzco llevando la 
vida del vencedor (jue no tiene ])eligr()s (pie teui^M-. Mer- 
ced a este inesplicable descuido. La Gasea salió (te An- 
daguaylas en marzo de 154(S. i venciendo las as})erezas 
de la sierra, i haciendo reconstruir los puentes que Piza- 
rro habia mandado coi'tar. se adelantó resuelta únante 
hasta las inmediaciones del Cuzco. 

Los rebeldes babian determinado esperarlo en el valle 
de Xaquixaguana, a cinco leguas de aquella ciudad. 8u 
ejército era compuesto de noA'ecientos hombres ;ígueri-i- 
dos i bien armados. })ero cuya fidelidad no podia ser mui 
segura. El 8 de abril se avistaron los dos ejércitos: i en 
la mañana del siguiente dia. cuando se iba a comenzar el 
ataque. (Jarcilaso de la Vega. ])adre del historiador de 
este nombre, salió del campo (3e PizaiTo i se pasó al 
de los realistas. Cepeda, consejero del jefe ]'et)elde, hizo 
otro tanto; i el ejemplo de ambos fué seguido en breve 
por un gran número de oficiales i soldados. Tocos mo- 
mentos mas tarde, la deserción se hizo jeneral: compa- 
ñías enteras se pasaban al campamento de La (íasca. 
Pizarro preguntó a uno de los suyos (]ué debia hacer 
en aquellas circunstancias. — •'Acometei- al enemigo, i 
morir como romano, contestó (Vte.— Vale mas, dijo Pi- 
zarro. morir como cristiano'"; i se adelantó al enemigo 
])ara rendir su e8])ada. Carbajal, que habia podido fu- 
gar, fué alcanzado i hecho ])risionero ])or Valdivia. La 
batalla, tanto tiempo esperada, i (]ue habria debido ser 
nuii sangrienta, se habia leducido a algunos movimientos 
(]ue decidiercm la deserción de las tropas de IMzarro. 

El castigo de los rebeldes no se hizo esperar; ])ero La 
(jasca empleó sus poderes con enerjía i con ])rudencia. 
Pizarro fué decapitado al dia siguiente, i sufrió h\ muerte 
con nol)le dignidad. Carl)ajal. odiíulo en todo el Perú 
por las crueldades c(jmetidas diirante la ret)elion. fué 
condenado a la pena de la horca, i sntVió el último su- 
plicio con entereza, i lo (pie era mas laio en un espa- 
ñol de la c()n(piista. sin dejar \-ei' (pie moi'ia como cris- 
tiano. 

DLL PLin\ — La (Jasca desplegó las dotes 



PARTE 11, -('AJ'i'll (,*) XVII 



de un hábiJ i laborioso administrador vii la pcieifieaeion 
del IVi'ñ. Ajeno ii todas las pasiones ([ue hablan dividido 
la colonin. no solo reslableeió el imperio de la lei. sino 
(pip ealmó la initacion de los es])íritiis. La Gasease vio 
precisado a dejar subsistentes las encomiendas; pero regu- 
larizó las relaciones entre los indios i los encomenderos. 
La conquista del Perú (juedó de esta manera sólidamente 
establecidn. 

Después dv dos nfios de trabajos, el paciñcador dio la 
vuelta a Espafi;i en enei'o de 1550. En premio de sus ser- 
vicios, obtuvo el cai'go de (jbispo de l'alinicia, i mas tarde 
el de Sigüenza. Por último, falleció en Valladolid a 
fines de noviembi'e de 15íJT. desinies de haber |)res- 
tado a su rei s^'rvicios de la mas alta importancia. 

A La (Jasca sucedió la audiencia en el gobierno del 
Perú; ])ero luego tomó el mando del virrehiato don An- 
tonio de Mendoza, que tanta prudencia había (les])lega(lo 
en el gobierno de Méjico. Nuevas tui'buleiKñas renacieron 
mas adelante; pero la conquista del Wn-ú i el estableci- 
miento de los europeos, (piedaroii consumados con el 
gobierno de I^a (Jasca. 

CAPITULO XVII 

Conquista de las provincias arj entinas. 

lOHpf'dií-ioiu's (le (iaicía i <le Caliot.— Don l'cdro (!<' Mcudoza. —Alvar 
Núfu'Z Cabeza de Vaca. — Gobicnio de líala.— DeBciilirimienti) i «uii- 
(luista del iuterioi'.— Progivnos de la colonia; dÍHonsiones do los coii- 
<|uiHtado^H^>.— (loltienios de Ditiz de Zarate i de ííaray. — FniidR- 
«•ioii de ÍJiieiios Aires. 

(1520—1580) 

FJsPEnrcíONEs de (íakcía i de ( abo j\— Desde el viaje 
de Solis en 1510. el conocimiento ([ue tenian los es])a- 
ñoles acerca del rio de la Plata estaba reducido a su 
embocadura. Solo en 1525 hubo un aventurero (jue in- 
tentara adelantarlos descubrimientos ])or aquella })artc 
del nuevo mundo. Diego (íarcía, ])i!oto natural de Mo- 
guer, obtuvo el mando de una escuadrilla ecpii])ada ])or 
la casa de contratación de la especería, (pie Carlos V 
liabia organizado en el puerto de la Coruña para el 
comercio con las islas del Asia qw habia descubierto 
Magallanes. 

(Jarcia salió de Finisterre el 15 de enero de 152(5. 
Después de un largo viaje llegó a un rio que denominó 
de los Patos, en la costa del Brasil, a los 27 grados de 
latitud sur. en donde fué bien recibido })or los naturales. 
Se bailaba íiaicía cu acpiel sitio cuando llegó a él Sebas- 



168 HISTORIA 1>E AMÉRICA 



tiaii r'abot. a(|ü<>I navegautc (jiic bajo el reinado de 
Enrique Vil de Inglaterra . liabia deseulñerto la.s cortas 
de la Aniériea del Norte. Cabot habia entrado al servicio 
del rei de España, i des])ues de la muerte de Solis, fué 
hecho piloto mayor de Castilla. Carlos V le confió el 
mando de una escuadrilla que debia llevar el mismo 
rumbo que Magallanes, en busca de las codiciadas islas 
de la es])ecería. Sin embargo, en junio de 1526 llep') 
Cabot a las costas del Brasil, en donde encontró varios 
castellanos, uno de los cuales habia formado parte de 
la es])edicion de Solis. Halag-ado con la esperanza de 
hallar las riquezas de que le hablaban aquéllos, aban- 
donó su proyectado viaje al Asia, i ]>enetró resueltamente 
en el rio de ía Plata. 

Cno de sus subalternos se internó en el rio Urug'uai 
hasta el rio de San Salvador; \ Cabot penetró en el Pa- 
raná, en cuyas márjenes fun(ló un fuerte con el nombre 
de Sancti Spiritus. Navegó en seguida el rio Paraguai, 
i des])ues de una refriega con los salvajes en las orillas 
del Bermejo, dio la vuelta a la fortaleza. En ese viaje 
empleó mas de tres años, lú cabo de los cuales se resol- 
\'ió a volver n España a dar cuenta de sus descubri- 
mientos. Dejó, al efecto, una guarnición en Sancti Spiri- 
tus. i regresó a Eur()])a en 1530. A consecuencia de las 
muestras de metal (pie había recojido en su viaje, dio el 
nombre de la Plata al rio (]ne hasbi entonces habia sido 
denominado Mar Dulce. 

Diego García habia seguido las luiellas de Cabot. i 
completado en parte el reconocimiento de aquellos ])aises; 
})ero volvió también a España sin asentar estal)leci- 
miento. El que luibia fundado Cabot, fué destruido por 
los indios timbas, i su guarnición fué asesinada. Unos 
])ocos soldados que estaban fuera del fuerte, se trasla- 
daron a la colonia portuguesa de San Vicente. De estn 
manei'a tei'ininó el primer ensayo de colonización en las 
márjenes del rio de la Plata. 

Don Pkdro de Mendoza.— El descubrimiento del Pei'ii 
i el anuncio de las riquezas allí halladas, reavivaron en 
España el espíritu de empresas i la codicia ])or poseer 
gobernaciones en el nuevo mundo. Carlos \ se vio ro- 
deado de solicitudes de ese orden, i las resolvió divi- 
diendo las rejiones apenas esploradas o del todo inesplo- 
i-adas de la América meridional, en zonas estendidas de 
oriente a poniente, de uno a otro mar, i de doscientas 
leguas de ancho, en cada una de las cuales se establece- 
rla un gobierno a])arte. Las dos ])r imeras fueron conce- 
didas respectivamente a Pizarro i a Almagro, conquis- 
tadores del Perú. La tercera, que comenzaría a la latitud 
sur de 2^) grados i medio., fué dada n don I'edro de 
Mendoza, noble caballero español (pie se habia ilustrado 
en la guerra de Italia: i la cunrta. (pie comenzaba a los 
;^7 gi-ndos. a un cnbnllero portugU(^s llanmdo Simón de 



l'AKTE 11.— ('APÍTUIvO XVII 169 



Alcazabci. Este iiltimo. salieiulu de lOspafia en setiembre 
de 1584. Hconietiü la coD(|UÍsta de sii <>-()l)ernaeiüii, por 
el estrecho de Ma «i,!! II aiies : perc:» fracasó en esta cinpresH. 
i después de ÍDanditos sufrimientos, pereció asesinado 
por sus mismos compañeros. 

Don Pedro de Mendoza, que contaba con mas recursos 
i con mas amigos, completó una espedicion de doce bu- 
(pies i de mas de mil liomt)res, i con ella salió de San 
Lucar el 1.° de setieml)re de 1585. Penetró fácilmente en 
el rio de la Plata, i dis[)Uso un desembarco en la costM 
meridional. En el momento de ])isar la tierra, el capitán 
Sancho (larcía esclamó: — '"¡Qué buenos aires se resi)ir;m 
en esta tierra!" Pocos dias desi)ues. el 2 de febrero d<^ 
1586, xMendoza echó los chnientos de uim población a 
(pie dio el nombre de Santa María de Buenos Aires. An- 
tes de mucho tiempo, los indios (¿uerandis comenzaron 
a hostilizar a los imevos pobladores, neg'ándoles los ví- 
veres i atacándolos con gran resolución. 

Sin intimidarse ]>or las hostilidades délos salvajes. Men- 
doza se adelantó hasta el lugar en (pie Cabot habla 
construido la primera fortaleza; i desde allí despachó 
al capitán Juan de Ayolas con encargo de continuar la 
es])loracioii hacia el norte. Este valiente aventurero 
remontó las aguas de los rios Paraná i Paraguai, i a la 
orilla de este último fundó (agosto de 1586) una forta- 
leza (juc fué el oríjen de la ciudad de la Asunción. De- 
jando el mando de sus navesa unoticial llamado Domingo 
Martínez de Irala, Ayolas se internó r(\suelta meante (m los 
bosípies del Chaco eon doscientos soldados, en l)nsca de 
un camino (pie lo llevara hasta el IVru. En efecto, llegó 
hasta las fronteras del Perú; ])ero a su vueba fué sor- 
prendido ])or los salvajes i degollado con todos los suyos. 

Mendoza, entre tanto, luíbia ])asa(lo ])()r los mas 
esi)antosos sufrnnientos. Un soldado tdemaii. lírico 
Schmith (Schmidel, en las traducciones es])añ()las). (pie 
servia en las huestes de Mendoza, contó niMs tarde ó^n 
1567), la historia de axpiellas em])resa8, i en ella se ])intan 
esas miserias ccjii rasgos (luehorrorizan, como el alimen- 
tarse con carne hnmana. Mendoza no pudo sobrellevíir 
tan grandes contrariedades. Abrumado ])()r la bicha con 
los indíjeiías, ])or el hambre, i mas ([iietodo desee] )ciona(to 
})or la falta de riquezas minerales en aquellos lug-ares, 
resolvió volver a la madre patria a gozar de los bienes 
de fortuna que ])Oseia. El desengañado gobernador mu- 
rió en la navegación. 

Alvah Nuñez Cabeza ük A' acá. —Por ausencia de 
M(^ndoza i por muerte de Ayolas. fué elejido gobernador 
de la colonia el capitán Martínez de Irala: ])ero no tardó 
en llegar de Es])aña Alonso de Cabrera, con socoi-ros 
])ara los colonos i con el nombramiento d(^ gobernador 
l)ara el caso en (pie faltase el ])ro])ietario. Notando la 
postración a que se hallaba redueido el i)uebIo de Buenos 



170 HINr(>R|A Of; AMKRl^A 



Airrs. (lelermiijó é8l(* (l('is|)ol)Iai'lo, i 1r;«sl;Hlar 8us habi- 
tan I (^8 a las oi-illíis (1(4 rio Parngiiai. cunaos iiatunüfs 
eran hk'^hoh In^icosos. ecliando nllí los ciiiiieiitos de mía 
])ol»lafioD. construyendo unn ij^lcsia i or<>'anizan(lo el 
calíildo. 

Al saber las desgracias (jue hablan ocurrido en la 
colonia. (4 rei dio el título de adelantado a otro caballr- 
roaudaluz uonil)rado Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, (pie se 
habla ilustrado en una esixjdicion a la Morida. Carlos V 
le confió tres naves i cufitrocieutos hombres, con (')rdrn 
de coutinuaj- los descubrimientos en el rio de la Plata, i 
de consumai- la comjuista por los medios ])a(;íticos en 
cuanto fuese posil)le. 

Alvar Nuñez salió (le San Lucar el 2 de noviembre de 
15-1:0. Habiendo desembarcado en la costa del sur (U4 
Brasil, eminvndió su viaje por tiei-ra: i siguiendo la corriente 
del rio Iguazií, llegó después de un viaje verdaderamente 
heroico, basta las orillas del Paraná i en seguida a la 
Asunción (11 de marzo de iri-l-^) sin ])er(lei- un solo 
hombre, a pesar de la inauditas ])enali(lades so])ortadas 
con singular entereza. 

Alvar Nuñez nombró maestre de campo al capitán 
Alartinez de Lrala, i le encargó (pie buscara la comunica- 
ción con el Perú. Poco después salió él mismo (setiembre 
de 1543) a la cabeza de un cu(^rp() de 4(K) españoles en 
busca de las minas que. según se suponía, ofrecían 
abundantes tesoros. Esta espedicion dio ])()r resultado 
el reconocimiento del alto Paiaguai; pero la resisten- 
cia de los naturales, la escasez (le víveres i las fiebres 
reinantes en aquellos lugares, lo obligaron a volverá la 
Asunción. 

La colonia comenzaba al fin a ])rogre8ar. Alvar Nuñez 
liabia puesto coto a los desnumes de los conquistadores, 
e ira])edido los malos tratamientos (pie éstos daban a 
los indíjenas. De este modo, habíase granjeado el afecto 
de los indios: pero los corupiistadores. instigados por 
el contador F(4ipe Cáceres. llevaron a cabo una suble- 
vación. El 25 de abril de 1544, los conjurados se diri- 
jieron a la casa de Alvar Nuñez. dándole apenas tiem])0 
para tomar sus armas. El valiente capitán liabria(pierido 
resistir, pero rodeado ])or muclios adversarios, rindi(') 
al fin la espada a don Francisco de Mendoza, i fué 
nnlucido a prisión. 

Los sublevados contiaion en sc^guida (4 mando déla 
colonia a Domingo Martínez de lrala, ca])itan Sí^ñalado 
por notables dotes de valor i de intelijencia. Alvar Nu- 
ñez fué remitido a España; i después de un juicio de 
residencia, en (^ue fué al)suelt(). (]U(^dó en Sevilla, en 
donde murió algunos años mas tarde. 

(íoiuKiíNo DI-: lií.vLA. — lrala tuvo (pie sostenei- una 
lucha tenaz contra los indios: pero en 154(S, creyendo 
asentada su aut(nidad, emprendió una espedicion en 



P4RTE II.— OAPITUr.O X\ II 171 



bu8ea de lui cainiíiu |)ara (d Perú, líala llegó a los 
conlines de aquel iiíi])eri(j. Sal)edoi- allí de (]iie la gue- 
rra civil tenia divididos a los eou(]uÍ8tadores, se limitó 
a pedir al presidente La Gasea la coníinnacion del 
cargo que desein])efiaba, i dio la vuelta al Para gu ai. 
Durante su ausencia, el gobernador sustituto liabia sido 
degollado, i un gobierno, conij)uesto de los parciales de 
Alvar Nuñez Cabeza de Yaca, lo habia re(*iiiplazado. 
Irala tuvo que empeñar la fuerza para hacer res])etar 
su autoridad de gobciuador. lo que consiguió con fir- 
meza i prudencia. 

El resto de su gobierno fué mas útil. Ensanchó las coji- 
(juistas en el territorio del Paraguai. fundó nuevas pobla- 
ciones i dictó ordenanzas para su administración. Mar- 
tínez de Irala es el fundador de la colonización esj)añola 
en aquella comarca. La corte lo confirmó en el gobierno 
del Paraguai, i elevó esta provnicia al rango de obis])ado 
(1555). El gobernador ocupó los últimos dias de su ad- 
ministración en reglamentar las encomiendas i en desper- 
tar el espíritu de empresas particulares para proseguir la 
conquista del territorio. La muerte lo sorprendió en 1557. 

Des( rniíiMiKXTo i conquista dkl inteimoh.— Al mismo 
tiempo que se llevaban a cabo estas empresas, los cou- 
(luistadores del Perú i de Chile acometian espediciones 
idénticas por el norte i p(jr el occidente de esa misma 
rejion. Algunos capitanes distinguidos del Perú, pasando 
los límites del antiguo im])erio de los incas, penetraron 
en las comarcas del sur sin dejar muchas huellas de sus 
escursiones. 

El conquistador de Chile. Pedro de \'aldivia. queriendo 
dilatar los límites de su gobernación, dio un encargo al 
capitán Francisco de Aguirre. el cual recorrió el dilatado 
territorio que se estiende al oriente de los Andes, i fundó 
la ciudad de Santiago del Estero (1558). Mas tard<^\ 
siendo gobernador de Chile don (íarcía Hurtado de Men- 
doza, fueron fundadas las ciudades de San .luau i Men- 
doza, constituidas en centros de una dilatada provincia 
que ])or cerca de dos siglos formó ])arte de la capitanífi 
jenei-al de Chile. 

PitocíHEsos ni-: la ((U.oxia; üísensiones de los conqvis- 
'rADOKEs. — La provincia del Paraguai había llegado a, 
(•i(M-to grado de i)i*osperidad a la época de la muerte del 
gobernador Martínez de Irala. Los indios estaban en 
cierto modo sometidos. Los ganados europeos se incre- 
mentaban, formando una gran fuente de ilqucza. La 
])oblacion europea aumentaba tand)ien. 

Al moi'ir. Irala habia dejado el gobierno de la colonia 
a uno de sus yernos, el capitán Gonzalo de Mendoza; 
])ero habiendo fallecido éste el año .siguiente (1558), se 
reunieron los vecinos de la Asunción i elijieron por go- 
l)ernador de la pi-ovincia a otro yerno de Irala. el capi- 
tán Francisco Ortiz de Vergara. 



172 HISTORIA DE A MÉRIC'.\ 



El nuevo lunudatMrio conservó el í^obierno siete iiños. 
sin mas aecidente (jue algunas lüiierras ])ai'a someter a 
los indios guaraníes. En LlG-l- emprendió un viaje al 
Perú con mas de trescientos soldados españoles para so- 
licitar del virrei su nombramiento en propiedad. Sin em- 
bargo, Felipe Cficeres. célebre ya ])or la sublevación con- 
tra Alvar Xuñez, se adelantó a sus compañeros i se 
|)resentó a la audiencia de Lima, (pie gobernaba interi- 
namente en el Peni, para acusar al gobei-nador de haber 
abandonado la ])rovincic< de su mando. La audiencia 
oyó estas (piejas; i se] )a raudo a Vergara del gobierno 
del Paraguai, conñrió este cai'go a un acaudalado caba- 
llero llamado .Juan Ortiz de Zarate. 

Al recibir su nombramiento. Ortiz de Zarate dio el 
cargo de teniente gobernador a ('áceres, con orden de 
trasladarse al Paraguai: i él se embarcó para Panamá 
con el objeto de dirijirse a Ls])aña i de volver al Para- 
guai con nuevos soldados i colonos. 

En 15HÍ), ('áceres se li;dhü)a devuelta en el Paraguai. 
Emprendió algunas espediciones de esploracion; pero |)asó 
cerca de tres años envuelto en discordias que no snpo 
i-eprimir. Al fin. t'né depuesto ])or los colonos i i-emitido 
a España. Lo reemplazó interinamente en el gobierno 
Martin 8inirez de Toledo. Durante la administración de 
éste, un caballero vizcaíno, .luán de (íaray. hizo algunas 
esploi-aciones en el Paraná, i fundó a sus orillas la ciu- 
dad de Santa Fe (l.lT-i). 

(j}oini<:i{.\() UE OiíTJZ ni-: Záijatk i de (íai{a^.— Ortiz de 
Zái-ate, entre tanto, habia ol)teiii(h) en Es[)aña la con- 
tirmacion de su título de gobeiiiaüor; i zarpó de San 
Lucar a tines de 1572. Después de un penoso viaje llegó 
i\] fin a la Asimcion en 1574. No supo con(]UÍstarse las 
simpatías de sus gobernados, ni cimentar la admiinstra- 
cion; de modo (]ue después de consumir una. buena parte 
de su fortuna en los aprestos para establecei* su gobier- 
no, falleció (1575) sin haber liecho nada de notable para 
ilustrar su nombre. 

El rei habia autorizado a Ortiz de Zarate para nom- 
brar sticesor; i en esta virtud, habia dispuesto éste que 
lo reemplazara el ca])itan (pie se casase con una hija 
(pie dejaba (^n el Perú, .luán de Garai. (]ue era uno de 
sus ejecutoi'es testamentarios, i ademas el capitán mas 
prest ijioso de la colonia, se trasladó a Charcas, residen- 
cia de doña Juana, la liija de Ortiz de Zarate. Acababa 
ésta de conti-aer niatriuKjnio con el licenciado .luán de 
Torres A'era i Ai-agon. oidor de la audiencia de esa ciu- 
dad, i antiguo oidoi- de la de Chile. Juan de (iarai hizo 
reconocer a ese majistrado por gobernador de aquella 
provincia; pero conservó en sus manos el mando militar 
(L")7()). Ocn])óse en fundar diversos pueblos, en sojuzgar 
las tribus sai vajt^s i en someterlas a rejiartimientos bajo 
condiciones de m()deraci(^)n i de ('(piidad. El gobierno de 



Í\\RTE II.— (*APÍT1]Lí) XVII 17;] 



.Jnan de Vera i Ai-jigoii formó una psteiisn j)i()vincia. 
poco rica en ])ro(lneci()nps minerales, |)er<) fértil i bien 
preparada ])ara alcanzar en l)reve nn gi-an desarrollo. 

Fundación di-: Bcicnos Airhs. — Los castellanos liabian 
csplorado los rios Paraná i Urngnai así como sns 
afluentes, i sabian que todos ellos iban a desembocar en 
el rio de la Plata.. (íarai com])rendió que a las oi-illas 
de este debia establecerse una ])oblacion (]ue fuese la 
llave de aquellas provincias, a la vez (jue el centro de su 
comercio. Ln 1 5;U3 don Pedio de Mendoza liabia fun- 
dado la ciudad de Santa Mai"ía de Buenos Aires, (pie fué 
despoltlada ])or su sucesor. (íarai pensó (pie allí mismo 
debia establecer la metró])oli de sus dominios. 

En 1 r)8() salió de la Asunción a la cabeza de <)() sol- 
dados. El 11 de junio de ese año (íarai fijó los límites 
de la imeva población, re])artió solares a sus compañe- 
ros, señaló local pai-a la iglesia i n()ml)ró el cabildo. 
Los indios (piei-andis atacaron resueltamente a los nue- 
vos pobladores, pero (íaray derrotó a los salvajes i los 
mantuvo a raya. De este modo, la naciente ciudad co- 
menzó H desarrollarse, i vino a ser en poco tiemjjo mas 
mui importante ])()r sn pros})eridad comercial. 

Juan de (bira i gobernó todavía la cokmia cuatro años 
mas con gran discernimiento i con no })Oca fortuna. En 
aquel nnmdo de aventureros de toda cla>se, i en medio 
del torbellino de los mas variados i raros aconteci- 
mientos, él i Martínez de Irala liabian desplegado las 
dotes de verdaderos cokmizadores. i distinguídose real- 
mente sobre todos sus compañeros. Habiendo empren- 
dido un viaje por el rio Paraná, i desembarcado en la 
costa de la rejion del norte, (íarai fué sorprendido pol- 
los indios mimianes, i asesinado con una parte de la 
3 en te (jije lo acora ])a naba (1584). 

(Vm el gobierno de Juan de (iarai i la fundación de 
Buenos Aires se ])uede dar por terminada la historia de 
la coiKpiista de las provincias arjentinas. Haluase orga- 
nizado en ellas una ca])itanía jenerab <pie fué dotada de 
una real audiencia, establecida en Charcas (Alto Perñ)., 
Las ])r()vincias (pie la formal)an no (piedaron, shi em- 
bargo, reunidas mucho tiempo: en 1620 el rei las dividió 
en dos, formando el gol)ierno de Buenos Aires i el del Pa- 
raguai. Ll año siguiente (1()21) Buenos Airj^s tuvo uii 
obis])o especial. 



i 74 HlSTOinA DE AMÉKICÁ 



CAPÍTULO XVlíí 

Conquista de Chile. 

Ilsiiedif^ion (le Pedro de Valdivia.— Valdivia es iioiubiado goljernadoi- 
do Cliile; priineras s»uei ras con los naturales. — Trabajos de coloni- 
zar-ion: esploracion del territorio dol sur. — Viaje de Valdivia al Perú. 
— Proj^resos de Valdivia en la ocnpíicion de Chile. — Sublevación de 
los araucanos; niuorte de Valdivia. — (¡obierno interino de Francisco 
de Villaft'ran; disensiones entre los confjuistadoi'es sobre el mando 
del ejército i de la colonia.~l/ltiina campaña de Ijautaro; su muerte. 
—Don García Hurtado de Mendoza; su campaña contra los arauca- 
nos.— Espedicion de don (íarcía al sur de Chile; muerte de Caupoli- 
ean. — Últimos triunfos de don Garcíü Hurtado de Mendoza; fin de 
su gobierno. 

(1510— i:)C»l) 

EsPKDJcioN \)K l*Ki)i{() \)i: Valdivia.— Desde la viieltn 
de don Diego de Alirutüro de su campaña a Cliile en iD^fJ, 
se creia jeneíalmeiite en el Pertí (ine este teri-itorio era po- 
hre en minas. Sin embaigo, casi a un mismo tiem])0 hubo 
ti'es ptetendientes a la conquista de este pais. El rei ha- 
bía adjudicado a nn caballero llamado Francisco Ca- 
margo el dereclio de conípiistar las rejiones tpie se estien- 
den al norte del estrecho de Magallanes i la gobernación 
concedida anteiúormente a Shuon de Alcazaba. A otro 
caballero llamado Pedro Sancho de Hoz, que habia sido 
secretario de Pizarro, lo autorizaba ])ara descubrir al 
sur del estrecho, i los territorios que no estuviesen com- 
])rendidos en las otras gobernaciones. Fi-ancisco Pizarro, 
por su parte, creyéndose autorizado por el rei, confió la 
con(|UÍ8ta de Chile a Pedro de Valdivia, capitán de gran 
intelijencia (]ue le habia prestado nnii im])ortantos servi- 
cios en la guerra civil c(mtra Almagro. 

Hn vez de ('amargo, tomó aquella empresa otro caba- 
llero llamado don I^'rancisco de la Ili\'era. Salió éste de 
España con tres naves i penetró en el estrecho de Maga- 
llanes. Pna de ellas se perdió allí: otra dio la vuelta a 
España, i la tercera, que monta:ba un pariente de Ca- 
margo, recaló a la costa del Perú después de infinitas 
aventuras (1540). Los ])i-ojectos de este descul)ridor que- 
daron frustrados desde entonces. 

Pedro Sancho de Hoz habia llegado al Pei-ú en buscíi 
de aventureros (pie quisieran acom])añarlo (^n esa em- 
presa, a tienq)o que Pedro de Valdivia se prei)araba ])ara 
la conquista de Chile en virtud' de la autorización con- 
cedida por Pizarro. Este hivitó a los dos conqjetidores 
a celebrar un arreglo ])ara llevar a cabo la empi-esa. El 
-?S dr diciembre de 1580 cf^lebrai-on un convfMiio por el 



PARTE IT.— CAPÍTULO XVIIl 175 



cual .se conipronietian a hacei- la conquistii en coiiipafiÚL 
debiendo cont7'il)UÍr cadn nno con nna parte de los ele- 
mentos necesarios para la empresa. 

Ksta coni])ar3Ía no debía dnrar mncho tienijK). Pedro 
Sancho de Moz. aventnrero vnlgar. solo pudo rennir al- 
o-unos caballos, mientras (pie Valdivia org-anizo una co- 
lumna de ciento cincuenta es))arioles bien armados. Le- 
vantó empréstitos, cora])ró armas, enpmchó soldados, i 
(MI los |)rimeros dias de 1540 se ])uso en marcha para 
('hil(\ 

Estal)a convenido ([ue los dos jefes se reunirían en el 
mes de ag'osto a la entrada del desierto de Atacama. No 
era posilíle que ambos conservaran la dirección de la cam- 
paña, siendí) tan diferente el ca])ital (jue teñía cada uno 
en la empresa. Sancho de Hoz quiso imponerse poi- la 
ñierza, arjebatando a Valdivia (4 mando de la espedicion; 
pero (''ste lo tomó ]>reso i lo obligó a firmar la disohi- 
cion del contrato de sociedad. Valdivia se coniprometíó 
a pagar a su socio el valor de los caballos (pie ('ste ha- 
l)ia reunido; i Hoz se avino a servir a las órdenes de 
Valdivia, a condición de (pie se le dieni un repartimiento 
proporcionado a su rango. 

Aleccionado por la esperiencia (pie recojieron los coni- 
))añeros de Almagro, Valdivia habia elejido el camino del 
desierto de Atacama. Después de un viaje de cinco meses 
id través de los arenales i de un país jeneralmente pobre, 
los castellanos llegaron a un valle niui poblado que los 
naturales llamaban Mapocho. Valdivia elijió aquel sitio 
í)ara echar los cimientos de una ciudad (12 de febrero 
de 1541). Llamóla Santiago, i a la provincia de que 
tomaba, posesión le dio el nombre de Nueva Estrema- 
dura, en honor de la provincia de España en que Valdi- 
via, habia nacido. 

Valdivia ios nomhuado (íoiuoiínadok dkCujle; piu>ie- 
KAs (UFJíUAs CON ivOs NATiKA LHs. — El título cou (juc Val- 
divia habia emprendido esta con(]uista era solo el de 
teniente de Francisco IMzarro. Pero el arrogante capitán 
aspiral)a a tener un gobierno propio. Al fundar \si ciudad 
de Santiago, creó un cabildo con las facultades que las 
antiguas leyes españolas dal)an a estas corporaciones. 
Pasando atíelante en sus aspiraciones, hizo circular, como 
trasmitida por los indios, la noticia de que Pizarro habia 
sido asesinado (^n Lima. Esta noticia era falsa, pero tenia 
todos los visos de A^erosimilitud, como se comprobó por 
el asesinato á(A conquistador del Perú, ocurrido poco mas 
tarde; i por lo tanto im' cr(iida fácilmente i)or los com- 
])añeros de Valdivia. (^u(n'iendo (Vtos ]u*oveer a su |n*0])ia 
seguridad, resol viei'oñ revestir de más ám])lios i)oderes al 
caudillo (]ue los mandaba. El cabildo de la naciente ciu- 
dad reunió al \'ecindario; i a pesai* de su resistencia apa- 
rente, Valdivia fué aclamado gobernador el 11 de junio 
de 1541. 



l7() HISTORIA DE AMÉRICA 



]"<[ 



En un punto de la costa inmediato a la enibocadu. ., 
del lio de Aconcagua, p]-inci])ió Valdivia a constrnii* una 
llave, ])ara comunicarse con el Peni. Allí recibió la no- 
ticia de (]ue en Santiago se tranuiha una conspiración 
contra su vida. Martin de Solier, rejidor del cabildo, 
(^ra el jefe de la conspiración. 8n propósito era des- 
hacerse de Valdivia i abandonar a Chile, en donde no 
se hallaban las riquezas minerales (pie los españoles lui- 
bian creido encontrar. 

VA gobernador se presentó en Santiago cuando menos 
se esperaba. Su presencia bastó para descubrir todos los 
pormenores <lel (M)mplot. \'aldivia mandó ahorcar a 
Solier i a cuatro de sus compañeros para escarmiento 
de los que en adelante trataran de conspirar (10 de agosto 
de 154-1). '"(¿uedó \'aldivia con este castigo, dice un his- 
toriador, tan temido, ipie todos tenian cuenta en dalle 
contento i en serville." 

A])éna,8 vencido este primer peligro, el gobernador se 
vio en mayores diticultades. Los indíjenas, tan sumisos 
hasta entonces, se subleva.ron a la vez en diversos pun- 
tos. En Aconcagua destruyeron el bergantin que cons- 
Iruia Valdivia i asesinarcm a los trabajadores. Un cuer])o 
de indios a})arecia a las márjenes del Cacha])oal. Valdi- 
via, ala cabeza de 1)0 jinetes, se ])us() en marcha para 
el sur. dejando el mando de la ciudad al ca])itan Alon- 
so de Monroi. Michimalonco. caciíjuede Aconcagua, cayó 
miénlras tanto sobre Santiago con una espesa columna 
de guerreros el domingo 11 de setiembre de' 1541. VA 
ataque. ein])rendido de sorpresa antes de amanecer, fué 
terrible i obstinado, i duró el dia entei-o. Los (españoles 
se defendieron heroicamente, distinguiéndose entre (^llos 
una mujer llamada Inés de Suarez, que habia venido del 
Perú cíin Valdivia. Las construcciones de los coníjiiista- 
doj'es, que no ])asaban de ser modestas chozas cubiertas 
de ])aja, fueron en su mayor ])a.rte incendiadas por los 
indios; pero al caer la tarde, éstos fueron arrollados por 
la caballería; i la vuelta de Valdivia el dia siguiente, 
restableció la tranquilidad. 

Desde' entonces los indios no se atrevieron a em})rendei' 
un nuevo ataque. En cambio, el incendio habia producido 
la destrucción de los víveres; i los castellanos sufrieron 
los terribles efectos del hambre, sin esperanza de ser 
socorridos. Sin embargo, en vez de abandonar el terri- 
torio, sembraron los pocos granos que les quedaban a 
ñu de ])rocurarse un alimento para mas tarde, i se con- 
trajeron con el mayor em])efio a ])ropagar los pocos ani- 
males domésticos que se salvaron enel asalto déla ciudad. 
Fueron increibles las jx^nalidades que soportaron (Mitónces 
los conquistadores. 

En esta situación se pasó el primer año. Los colonos 
de Santiago no divisaban término a su aislamiento i 
;d)andon(). \'aldivia se determinó a d(\spachar ídgunos 



PARTE II.— CAPITULO XVIII 17 



emisarios al Peni para inquirir noticias, i para pedir 
socorros. Alonso de Monroi i cinco castellanos recibieron 
este encargo. Para dar una idea halagüeña de la riqueza 
(le Chile, Valdivia reunió el poco oro que habia recojido i 
lo convirtió en estriberas i otros utensilios que distribuyó 
a sus emisarios (enero de 1542). 

TlíABA.lOS l)K (JOIvONIZACroN; ESPLOKACION DHL THKRI- 

TORTo DEL siií.— Los colouos de Santiago permaoecieron 
todavía ano i medio en constante lucha contra los 
indíjenas para defender sus sembrados, i reducidos a las 
mayores estremidades de la miserin. Al fin, en setiendjre 
de 154:3, fondeó en Val])arniso un bu()ue enviado por 
M(mroi con socorros; i en dic¡eiiil>re llegó por tierra éste 
mismo con un nusilio de 70 jinetes. Monrf)i habia en- 
contrado en el Perú al licenciado \'aca de Castro, que no 
pudo prestarle toda la [)roteccion <pie reclamal>a el 
conquistador de Chile. Sin embargo, Monroi hivantó 
liaiidera de enganche, i logró i-eunir algunos voluntarios 
i avm cargar la nave que habia llegado a \ alparaiso. 

Con estos ausilios, Valdivia reedificó a Santiago, i 
mandó al capitán Juan Bohon a fundar una ciudad en 
el valle de Co(piimbo, que recibió el nombre de Serena 
(principios de 1544). I )es])achó, también, al sur dos es- 
pediciones mandadas por los ca])itanes Fi-ancisco de 
\'illagian i Francisco de Aguirre, (pie sometiercm todo el 
|)ais hasta el otio lado del Maule. 

Pero los ])rojectos de Valdivia no se limitabaii a esto 
solo, ('oncil)ió el pensamiento de hacer reC(mocer la costa 
del mar del sur hasta el estrecho de Magallanes, por 
donde pensaba establecer una comunicación con lOspaña. 
FJ capitán jenoves Juan Bautista Pastene, que acababa 
de llegar del Ferú con un l)U(iue, mandaba la escuadri- 
lla; i Jerónimo de Alderete debía tomar posesión del 
territorio que reconociera (1544). Después de (^sploiar 
hasta el giado 41 de latitud sur, dieron su vuelta a 
V'^al])araiso haciendo frecuentes desembarcos para de- 
clararse ])Oseedores del territorio. 

Via.if: hK Valdivia at. PEur.— Pero ])arallevfir ad(^lante 
sus proyectos de conquista. Valdivia necesitaba |>os(^r 
mas recursos. Resolvióse al fin a des])achar nuevos 
emisarios al Perú, i comisionó con ese objeto a los capi- 
tanes Monroi i Pastene i a Antonio de Flloa, en quien 
tenia plena confianza, con en(^argo de llegar hasta Es- 
paña a informar al rei de la ocupación de Chile, i a pe- 
dirle merced(^spara sus cí^nquistadores. Los comisionados 
partieron de Valparaíso en setiembre de 1545. 

Las espectativas de A'aldivia (juedaron burladas en 
esta ocasión. ^lonroi falleció en el Ferú al desembarcar; 
i Flloa invirtió el dinero de \'aldivia en organizar una 
espedicion para volver a Chile a arrebatarle sus con- 
(piistas. Pastene, en cambio, e(]uipó una nave, i a, me- 
diados de 1547 llegó a Chile trayendo a sus pobladores 
1 2 



178 HISTORIA DE AMÉRICA 



las mas alarmantes noticias. Valdivia sujx) que Vaca de 
Castro Viabia sido reemplazado por el virrei Blasco Xnñez 
de Vela, i (\ue Gonzalo Pizarro se liabia sublevado con- 
tra la autoridad del Airrei. i que lo liabia batido i 
muerto en batidla campal. 

Fj] gobernador de Cliile estaba ligado por la gialitud 
a la familia de los Pizarros. Hin embargo, lejos de com- 
prometerse en la rebelión, al saber que acababa de Ile- 
gal' al Perú un comisionado rcjio ])ara poner téi-mino a 
las disensiones, Valdivia pensó en trasladarse a aquel vi- 
rreinnto ]mv',\ píuiei'se a las órdenes de esc alto majis- 
liado i pai-a ()l)tenei' de éste la confirmación de sus ]>o- 
dei-es de gobei-nador i los lecuisos iH^cesarios con (pie 
adelantai- i consumar la couípiista de Chile. Dejó el go- 
l)ierno de la colonia a l^'rancisco de Villagran: i el 1() de 
diciend)re de 1547, se end)ai'có de iin])roviso para el Perú, 
llevándose violenta i casi ])odria (t<'cirse furtiva mente, 
todo el oro (pie hablan reunido algunos V(M'in()S para 
trasladarse a a(piel pais. \';ddivia permaneció (^n el Perú 
hasta princi¡)ios de 154Í). En este tiempo prestí") ira])()r- 
tantísimos servicios en el ejéi-cito de La Gasea. 

PnoííRKSOS DE \'aij)1via i:\ la ()cri>Acio\ i>e Ciiiu:.— 
A])('nas Valdivia hubo salido de Santiago para ir a (^n- 
barcarse en Val])araiso. asomó de nuevo el espíi-itu de 
revuelta en la colonia. Pedro Sancho de Hoz. ()ue liabia 
Ihn'ado una vida alejada del gobierno, se dejó persuadir 
de que éste le corres] )ondia, i comenzó a preparar una 
conspiración. Descubierto en .sus planes. Villagran lo re- 
dujo a prisión i le hizo cortar la cabeza ((S de diciembre 
de 15-1-7). El gobernador interino consiguió así hacer 
respetar su autoridad: pero iio se vio libre de atenciones, 
í^os indios (1(^1 norte arrasaron la Serena i dieron muerte 
a sus pobladores, i fué necesario (pie Villagi-an sali(Ma a 
campaña para castigarlos. 

Valdivia, entre tanto, so])ortaba en el Perú grandes 
(•(mtrariedades. A ])esar de los señalados servicios (jue 
habia prestado allí al resta blecimic^nto de la autoridad 
real, se vio envuelto en un ])roces() (pie le jU'omovicron al- 
gunos de sus enemigos que halúau ido de Chile. La (íasca, 
sin absolverlo de toda culpa, lo confirmó en el cargo de 
gobernado!', i le permi1i<'> enganchar jen te para continuai' 
hi con(jUÍsta. 

De regreso del Perú, \'aldivia reasumió el gobierno de 
Chile el 20 de junio de 1540. Llegaba oportunamente 
])ara dar im])ulso a la con(]uista. Mandó que el capitán 
Aguirre repoblara la ciudad de la Serena (agosto de 
1549). i despachó en seguida a Villagran a dilatar su 
golnerno al otro lado de los Andes. En Santiago dictó 
muchas ordenanzas para el arreglo de la colonia; i cuando 
creyó afianzada la administración, se puso en marcha 
l)ara las provincias del sur (1549). 

Aquella ])arte del territorio ern la mas ])()blad;i. i sus 



PAUl'E II.— CAPÍTULO XVII! 17V) 



habitantes eran mas aguei ridos qne los indios del norte. 
Valdivia tuvo que empeñar con ellos repetidos i tremen- 
dos combates en que la disci])lina i las armas de los 
euroi)eos obtuvieron difícilmente la ventaja. Jjlpgó al ñn 
a las orillas del caudaloso Biobio, i fundó a orillas del 
mar, en la es])aciosa bahía de Talcalmano, la ciudad de 
Concepción, lioi Penco (5 de marzo de 1550). 

A los nueve dias de comenzada la construcción de esta 
ciudad, los castellanos fueron asaltados ])or los indios 
del otro lado del Biobio, tan famosos en la historia con 
el nombre de araucanos (1). Los soldados de Valdivia 
i'echazaron el ata(|ue, hicieron una gran carniceria en los 
enemigos i les tomaron un número considei^able de ])r¡- 
sioneros. VA gobernador les mandó cortar las narices i 
las orejas para infundir tenor eiitre h^s salvajes. Después 
de esto, los indios se manifestaion sumisos, a tal punto 
<pie Valdivia ])asó el IMobio sin encontrar lesistencia 
foi-mal. Fundó entonces las ciudades de la Imperial, Val- 
divia, Villarrica i Angol. así como diversas fortalezas. 

Víddivia ])arecia haber llegado a la cumbre de su po- 
der. A pesar de la escasez de sus recursos, habia some- 
tido a su dominio una vasta estension de territorio, i 
habia regularizado la administración de la colonia. En 
esa em])resa habia desplegado grandes cualidades de hom- 
bre de gnerra i de hombre de gobierno. Entonces pensó 
en mandar a Es])aña un emisario (]ue informara al rei 
de sus trabajos, le ])idiera la confirmación de su título 
de gobernador i el ensanche de sus atribuciones en ])re- 
mio de sus servicios. El emisario designado, Jerónimo de 
A Id érete, debia presentar al rei una relación de los ser- 
vicios de Valdivia, porque el gobernadíu- de (liile mane- 
jaba la phnna como Hernán Cortes, i trazabíi en cartas 
admirables, el cuadro aniíuíulo de sus cam])ana8 i con- 
(piistas. 

8tumj:va(iíox dk i.os aiíatcanos: mikktk dio \\m.i)ivia. 
— La estrella de Valdivia iba a eclipsarse en breve. Los 
araucanos no hal)ian ])odido resignarse al yngo de los 
t'uropeos. Esos salvajes eran miembros de diversas tribus 
mas o menos belicosas que solían aliarse en ciicunstan- 
cias su|)rema8. Según la tradición consignada por el in- 
signe poeta español don Alonso de Ercilla en el ])oema 
en que ha cantado las guerras de la con(]UÍsta de Chile, 
un caciíjue llamado Colocólo, anciano niui respetado por 

(1) La denominación de nniucnnos c-on «jne esos indios se han lieclx» 
tan famosos en la historia i en la poesía, no es de orijen chileno ni 
tampoco español. Los indios ijemanos llamaban ¿i7R¿/.s a los enemigos 
o rebeldes que no se sometían al dominio de los incas; i funinnucas i\ 
los enemij>os v^ecinos a la frontera. Los concinistadores, (jue traian 
muchos indios peruanos para su servicio, adoptaron esas denomina- 
ciones, i llamaron purnimiicas, o pionmucíies a los indios de <>uf»iia ve- 
cinos á los teriitorios conquistados, i niiriis a los (pie estal)an mas 
lejos. De esta última palabra se orijinó la denominación de nr/iiiauíos. 
popularizada i)or el célebre poema, de Ercilla, i eonsaíi'rada por el uso. 



l80 HISTORIA DE AMÉRICA 



Sil prudencia, pro])nso a los jefes de al<iunas parcialida- 
des el .provecto de coaligarse contra los iuA^asores i de 
nombrar un caudillo común o toqui, como ellos decian 
en su leng'ua. La elección i-ecayó en Caupolican, guerrero 
célel)re ])or su valentííi i por su sagacidad. Abrió este la, 
cam])ana cayendo de im])roviso sóbrela fortaleza de Tn- 
capel; i a ])esai' de la heroica resistencia de sus defensores. 
los obligó a evacuar la ])laza. i arrasó las palizadas (pie 
hablan levantado. 

Valdivia- se hallaba en Concepción a. fines de diciembre 
de 1558, cuando tuvo noticia de esta rebelión. Creyendo 
que le bastaba una corta correría para sofocarla, salió 
de la ciudad acompañado solo de 50 jinetes. El arro- 
gante capitán, acostumbi'ado i\ vencer en todas partes, 
creia que nada ))odia i-esistir a su em])uje i a su destreza 
militar. Los ca ni ])OS (pie atravesó estaban desiertos; i al 
llegar a Tncapel solo halló los escombros del fu(Tte. hu- 
meantes todavía. 

Lautaro, indio de diez i ocho años, (pie liabia servido 
a, Valdivia de caballerizo i que habia nx-ibido el bavi1 ismo 
con el nombre de Felipe, se lial)ia presentado en una 
asamblea de los araucanos, i projniso ahí su plan de 
campaña. í^onsistia ('ste en reconcentrar el ejí'^rcito indio, 
i en presentar al enemigo diversos cuerpos de tropas, 
míos en i)Os de otros,^ de manera (pie los es])añoles se 
verian rendidos de cansancio cuando todavía quedasen 
nuevas divisiones sin entrar al combate. Ese indio, cuyas 
hazañas han exaltado la poesía i la tradición, iba a sim- 
bolizar la resistencia heroica de una raza al yiiü'o (\s- 
tranjero. 

En efecto, el 1.' de enero de 1554, i en el campo mismo 
que habia dtnnhiado la fortaleza de 'rucapel, los solda- 
dos de Valdivia, se vieron vigorosamente acometidos por 
espesos pelotones de indios. Los españoles hicieríui pro- 
dijios de valor, arrollaron i destrozaron las primeras di- 
visiones enemigas: ])ero otros cuer])OS d(^ tropas veniau 
a reemplazar a los derrotados, i el combate recomenzaba 
con nuevo ardor. Rendidos de- cansancio, los castellanos 
disjuisieron la retirada. liOS indios, sin embargo, los aco- 
saron ])or iodos lados, i los tomaron ])risioneros o h^s 
dieron muerte (mi el primer monu^nto. Valdivia mismo 
cayó en manos de los enemigos; i des])ues de sufrir tor- 
mentos horribles, 8ucumV)ió en medio de dolorosas an- 
gustias. Su cadáver fué destrozado i comido por los sal- 
vajes. El ilustre con(piistador sucumbia desastroza mente 
a la edad de cincuenta añ(^s, cuando habia satisfecho las 
aspiracioiK^s de su vida i comenzaba a gozar tran(]uila- 
mente el gobierno del i>ais-: pero halua fundado una co- 
lonia bien modesta ])0i' entonces, pero d(^stiiia(la a ser el 
oríjendeunanaci(mquelo recuerda con respeto i con amor. 

(toiuehno íxtiuuno de Francisco dk Villa(íI{An; m- 
sk\siom:s í:.\ti{F, los ("ox(¿risTAnoi{Ks sobjíe fj, maxuo 



PAUTE [l.—VAV\'V[¡U) Wlll 181 



í)i:i. K.iíAivrvo 1 DIO LA COLONIA. — Líi iioticia de la deiTotíi 
de l'ufapel esparció el terror entre los españoles. Valdi- 
via ] labia dejado un testamento cerrado en Santia<io: i 
el cabildo de Concepción poseia una copia de ese docu- 
mento. Los rejidoies de esta ciudad encontraron en él 
(lue el difunto ^i'obernador señalaba para (pie lo reempla- 
zaran en el mando, en primer lugar a Jerónimo de Alde- 
rete, (pie (íutímces se hallaba en España, en segundo lugar 
a Francisco de Aguirre, (jue liabia ])asado al otro lado 
de loe Andes a consumar la corupiista del Tucuman. i en 
tercer lugar a Francisco de Villagran, (pie se hallaba en 
el sur. La reputación militar de este capitán, indujo a 
los habitantes de las ciudades meridionales a c(mfiarle 
el mando de las tro])as. 

Mllagran comenzó su gobierno mandando des])oblar 
la ciudad de Angol, ]jor falta de soldados con (pie defen- 
derla. El 20 de febrero de L'Sílé salió de (Vjnce]JCÍon a 
la cabeza de ciento ochenta hombres; i se intem(> en el 
territorio araucano ])or el lado de la costa, para casti- 
gar a los indios n^beldes. El terc(^r dia de marcha, des- 
pués de habei- trasmontado las ásperas serranías de Ma- 
rigüeñu. que se alzan al sur del actual pueblo de Lota, 
i que desde entonces son conocidas con el nombre de 
Villagran, los castí^llanos se hallal)an en el estrecho Aballe 
de Chivilingo. Allí fueron asaltados repentinamente por 
un inmenso número de indios (|ue los atacaban por todos 
lados con un ím])etu irresistible. Se defendifn'ou, sin em- 
bargo, con gran valor, i en el ])rincipio obtuvieron alguna 
ventaja. Peio los indios parecían multiplicarse, redobla- 
ban su empuje, i obligaron a los invasores a ])ensar en 
la retii-ada. Esta se convirtió en un es])anto?o desastre. 
Cortados en su marcha por otros cuerpos de indios i y)or 
los troncos de árboles (]ue éstos habían pu(ísto en los 
Sfvuderos, los castellanos tuvieinm (pie vencer todo jiquero 
de obstáculos para abrirse ])aso por las serranías de 
Marigüeñu (2.'5 de febrero de 1554). Muchos de (^llos ])e- 
recieroii, ]>ero otros pudieron retirarse con Villagran. El 
gol>ernadoi* interino no ])ensó mas que en abandona i- a 
Conce])CÍon i en retirarse con sus pobladores hacia San- 
tiago. \'iHagran parecía olvidar la guerra jtara solicitar 
la confirmación de su título de gobernado!'. 

FrancivSco de Aguirre liabia llegado del Tucuman i ic- 
<]aniaba tainlu'en gobieino en virtud del testamento d<' 
\'al(iivia; i al efecto se liabia hecho reconocer en la Serena. 
De este uK^do. la colonia parecía marchar a su completa 
ruina, por estas competencias de los caudillos. 

El cabildo de Santiago habia comunicado aquellos de- 
sastres a la audiencia de Lima. La ambición de los dos 
])retendieutes, entre tanto, estuvo a ])unto de producir 
una guerra civil. Por tin, (^n mayo de l.")55 lleg(5 la de- 
cisión de la audiencia. l)is])onia que se suj)rimiese el cargo 
de gobernador, (]ue los caÍ)ildos administrasen en lo civil 



182 UIHTOKIA DE AMÍAllVA 



i f'ii lo militar sus respectivos distritos i ([ueíuese j-eedi- 
iicíída la ciudad de Concepción. Los cabildos cumplieron 
esta orden: pero lue<>o pudieron convencerse todos los 
])ol)lad()res de Chile de los incom^enientes que ofrecia 
aquella dÍAÍ8Íon del mando. Toda la colonia pasó dos 
líirgos años de acefalía i de perturbación, en (]ue los 
castellanos des])legaron una gran entereza para sobre- 
ponerse a tantas contrariedades. 

ÜJ/riMA CAMPAÑA deLai'tauo; si M( Eirri:.— Los arau- 
canos, entre tanto, no hablan quedado en la hiaccion. 
Lautaro, al saber que los españoles hablan reconstruido 
a Concepción, atacó a sus defensores i los obli<>ó a eva- 
cuarla (12 de diciembre de 1555). Entonces convino, 
según ])arece, con Cau])olican en dividir su ejército eu dos 
grandes cuerpos, i mientras éste atacaba las (ciudades de 
la Imi)erial i \^aldivia, que (juedaban en pié en el sur, él 
marcharia hacia el norte ccm el otro cuerpo. 

Antt\s (]ue los araucanos pusieran en ejecución este 
])royecto, llegó a Santiago una ])rovision de la audien- 
cia de Lima por la cual se nombraba a Villagran corre- 
gidor de Chile. Con esta ])rovidencia, la acción guberna- 
tiva quedó reconcentrada en una sola mano. Al saberse 
en la capital la marcha de Lautaro, salió un cu(^rpo de 
tropas a impedirle el paso (noviembre de 155()). Des- 
pués de un combate ñideciso (jue tuvo lugar en el valle 
d(^ Peteroa. los españoles i los nidios se i'etiraron. 

Lautaro, sin embargo, reorganizó su ejército i marchó 
de nuevo al norte hasta las orillas del rio Mataquito. 
Villagran se ])uso en marcha en persecucicm del caudillo 
enemigo. Entre los indios auxiliares hubo uno (pie le 
señaló un canjino desconocido para llegar hasta el campo 
de Lautaro; i los castellanos cayeron de improviso sobre 
el ejército indio i lo destrozaion completanu^nte. Lautaro 
cayó muerto uno de los primeros en aqu^l combate (2Í) 
de abril de L557). 

Dox CíAiaÍA HrirPAix) oí-: Mionkoza: sr ( a.mi'aña co.n- 
TKA fvos AHAi'CANos. — Eu csos luisuios dias llegaba a 
Chile un nuevo mandatario ccm recursos abundantes 
])ara cambiar la lastimosa situación de la colonia, 
(robernaba entonces en el Perú el virrei don Andies Hur- 
tado de Mendoza, manjues de Cañeb\ (Queriendo poner 
orden en los negocios d^^ Chil(N dio el gobierno de esta 
colonia a su hijo don (jarcia, joven de vehite i dos 
años, dotado de la prudencia i de la enerjía de edad mas 
madura. El virrei lo habia provisto de armas, de pertre- 
chos i de tro])a. En ésta venia, con el rango de cajútan, 
don Alonso de p]r'cilla i Zúñiga. el insigne cantor de L¿i 
Arnucmia, el mas célebre poema é])ico (U» la literatura 
es])añola. 

El 28 de abril de 1557 lle.í?ó don (Jarcia al puerto de 
Coquhnbo i se recibió del mando. Comenzó por remitir a 
Tiinia a Villagran i a Aguirre. con el ]iro])ósito de apar- 



PARTE II.— CAPÍ'JMJLO XVIII 18^> 



tíir del pais todo oríjen de tu-rbiileiicias. Convencido d(? 
la necesidad de poner término a la guerra araucana, .se 
embarcó el 21 de jnnio con su infantería, con rnmbo al 
sur, mientras la caballería marchaba a rennírsele por el 
camino de tierra. 

Don (larcía rennió sus tropas en la isla de la (¿niriqui- 
na. Esperó cdlí algunos refuerzos que había pedido a 
Santiago, i cuando se creyó en estado de resistir a los 
enemigos, desembarcó en la costa, < n donde construyó 
una esp.-cie de fortiftcacion. En ese sitio fué violentamente 
acometido por el ejército araucano mandado pjor Caupo- 
lican en persona. Españoles i araucanos lucieron prodi- 
jios de valor i mantuvieron el combate ñideciso durante 
algunas horas. Al fín. los indios, después de una horrible 
matanza orijinada en ])arte por las armas de fuego, se 
retiraron dejando a sus enemigos rendidos de cansancio i 
de fatiga (10 de agosto de 1557). 

Desi)ues de esta victoria, don (íarcía comenzó a, recibir 
los refuerzos de tro])as (]ue habia pedido a Santiago, de 
manera (pie su (ejército se puso en un pié respetable. 
Desde allí desi)aL'hó dos naves bajo el mando del cai)itan 
Juan Ladi'illero, para que esplorase la costa del sur hasta 
el estrecho de Magallanes; i pocos dias después (el l.*^ de 
noviembre de 1557) abrió la campana contra los 
araucaiH)s. 

El ejército de Hurtado de Mendoza se conq)onia de 
600 españoles con mas de cien caballos. A su cabeza 
pasó el Biobio para recorrer el territorio araucano, 
someter a sus hal)itantes i reediticar las cimhides des- 
truidas. Los indios, sin embargo, le salieron al encnenli'o 
en un sitio (lenomina(h) las Lagunillas, i sostuviei'on una 
terrible batalla. Después de algunas lioi-as de durísinni 
pelea los castellanos los ])usieron en com])leta derrota. 
Mas adelante, en el valle de Millarapue, los españoles 
fueron atacados con grande ímpetu ])or los araucanos; 
])en) fueron éstos destrozadosde nuevo (80 de noviembre). 
Estas i las otras victorias de don (larcía fueron seguidas 
d(^ tremendos castigos ejercidos sobre los indios (pie que- 
daban ])rision(n'os. El gobernador. (|ue en (4 principio 
hal)ia creido ])oder dominar a los araucanos ])or los 
medios de suíívidad. se persuadió al fín de cpie solo el 
l(M-i'()r ])()(lr¡a someterlos. La matanza de los prisionei'os, 
o las niulilariones a (]ue se les condenal)a. no surtieron, 
sin embargo, ninunn efecto, ni bastaron para quí^brantar 
el ánimo de esos bárbaros tan valientes como obsti- 
nados. 

Los con()uistadoi'es creyeron sin embargo (]ue se acer- 
caba el término de sus fatigas. Don (Jarcia mandó 
reediftcar la ciudad de Concepción, i fundó otra pol)la- 
cion con el noml)re de Cañete ((^nero de 155(S). Los 
vecinos de Villarrica. (^ue se habían j-efujiado a la Im- 
perial, recibieron orden de ir a repoblar aquella ciudad. 



184 HIHTOKIA DE AMKRICA 

Lm vijilHiu-iti de (luu Gaivía .salvó a sus tropas de un 
nuevo golpe de uiaiio, i le perniitió castigar otra vez la 
indoiuable altaiuíría de los eiieuíi<i().s. 

lOsPiODKioN DIO i)Oi\ García ai. ^\:n di: (Jhiij:; mi i:irri: 
DE (jArroLíCAN.-— Al ñu, el gobernador se puso en viaje 
para el sur. Los españoles caminaban por un terreno 
cubierto de árboles seculares i de pantanos casi intran- 
sitables; pero la constancia deljeneral i de sus soldados 
les hizo sobrellevar con entereza tantos sufrimientos. A 
fines de febrero de 1558, la columna espedicionaria avistó 
un hermoso brazo de mar, pasado el cual se divisaban 
las islas del arclii})iélago de Chiloé. Don (Jarcia ordenó 
([ue una ])artida de arcabuceros hiciera en ellas la ])ri- 
mera es])loracion. Don Alonso de Ercilla fué del número 
de los esjüoradores. Desde allí don García dispuso la 
vuelta de la colunnia espedicionai-ia. Vm su marcha echó 
los cimientos de la ciudad de Osorno. 

Durante el viaje de don García, Caupolican habia pre- 
parado un golpe contra la ciudad de Cañete. El capitán 
Alonso de Ueinoso, que mandaba en la plaza, fué ins- 
truido del complot por un indio, i tomó sus medidas para 
apoderarse de Caupolican. lOste se ])resentó con su ejér- 
cito a las })uertas de hi ciudud i penetró confiadamente 
en ella; pero los castellanos cayeron de improviso sol)re 
los íisaltantes e hicieron en éstos la mas espantosa car- 
nicería, Caupolican fué hecho prii?iouero })oco des])ues i 
condenado a la ])ena capital. El heroico jeiieral de los 
araucanos fué sentado en la punta de un palo aguzado 
(pie le atravesó todo el cuerpo; i <dlí pereció asaeteado 
por los flecheros de Reinoso. 

Tltimos TiarxFos ni: don Gakcia Hi iítado dio Men- 
doza; FIN UE ST (JOHIEHNO. — El supHcio de CaupoHcau uo 
puso término a la guerra. Los araucanos hablan esfa- 
blecido su campamento en (¿uiapo. detras de unas pali- 
zadas, i desde ahí hacian frecuentes escursiones. Don 
García atacó a los indios en sus propios atrincheramien- 
tos, i los dispersó de nuevo (14 de diciembre de 155(S). 
Por el momento, los indios ])areciei'on reconocer su im- 
potencia para luchar con los soldados europeos; pero su 
indomable valor se sobre] )ondria en breve a tales (pie- 
branlos, estimulándolos a continuar una guerra (pie ha 
durado siglos. 

I^]l gobernador fundó la ciudad de Los Infantes de An- 
gol, patria del poeta Oí)a. cantor del Araiico I lomudo, 
])oema cuyo héroe es el mismo don García. vSus soldados 
dilataron los límites de su gobierno al otro lado de los 
Andes, i echaran los cimientos de las ciudades de Han Juan 
i Mendoza. 

En los últimos días de su administi'acion. don (Jarcia 
dictó muclias ordenanzas para el l)uen réjimen de la co- 
lonia i para el mejor tratamiento de los indios someti- 
dos, todo lo cual, sin eanbargo, no bastó para correjir 



l'AKTE ll.~('AI'l TIL*» Xl.\ 185 



los actos (le arbitrariedad i de tiranía ()iie liabin nuto- 
rizndo la couqnista. En enero de 15G1, habiendo el rei 
nombi'ado gobernador pro])ietari() a Francisco de Villa- 
grnn, don García se eml)arcó para el Perú, segnro de (pie 
íiabia hecho en Chile cuanto se podia exijir del mejor je- 
neral. 

Antes de muclio tieni]K3. la guerra araucana volvió á 
encenderse. J^arecia que la se])aracion de don García ha- 
bla jHiesto fin a la pios])eridad de las armas de los es- 
pañoles. Pero las guerras de Arauco, (jue durarcm mas 
le dos siglos, no forman ])ai*te de la Idstoria de la con- 



( 
(pnsta 



CAPITULO XIX 

Conquista del Brasil. 

Ksploracioru^s (!<• los iioituo-ucscs ^mi el I>rasil; viaj»' <le Martin Alft)iis() 
(le Sonsa.— División <l»^l Brasil en capitanían. — Estableciniiniitu <!<' 
nii gobierno central en Bahía. — Tentativas de los franceses para es- 
tablecerse en el lírasil: sn espnlsion. — Fundación de Rio de .laneiro. 

(l.r)3()— ir)77) 

FiSi^j.()i{Aci()Ni:s i)h: los poiiTr(íri<:sEs i:n va. Biíasil; 
viA.ii': \)K Maimin Alfonso I)E Solsa. — Instaban tan preo- 
ciii)ados los ])ortugneses con sus concjnistas en In India 
oriental, que ])or mucho tiempo nnraron en mt^nos los 
paises que habia descubierto Cabral en 1500. Sin em- 
bargo, diversos espedicionarios liabian recorrido la costa 
]>ara cargar sus naves con una madera llamada ])orlos 
europeos brasil, coDÍundiéndola con un palo de tinte, ori- 
jinario del oriente. (]ue habia sido mni valioso en la edad 
media. 

Cuando el rei de Portugal don .luán III sujx) ((ue los 
españoles trnlaban de formar establecimientos en las ori- 
Ihis del ivio de la Plata, determinó tomar j^osesiíjn delns 
rcjiones americanas a (pie se creia c(^)n derecho en vii-tud 
(l(í sus nri-eglos con el rei de España, i colonizarlas por 
cuenta de la corona; i al efecto, equipó cinco naves i un 
cuerpo de 400 honüires, (pie puso al mando de Martin 
Alfonso de Sonsa, militar que ilustró mas farde su nom- 
bre en la América i en el Asia (1580). 

Martin Alfonso iba provisto de poderes csíiaordina- 
rios para hacer fortificaciones, i'epartir tierras i juzgai- 
las diferencias de los colonos. Kesuelt(j a llevar a cabo 
la esploracion de toda la costa i a tomai- posesión de 
ella, desde Pernamlmco encargó id capitán Diego Leite 
(]ue fuese a reconocerla reí ion del n(jrte hasta elrio Ma- 
i-añon, denominado después de las Atnazonas,"i el mismo 
se dirijió al sur. Permaneció corto tiempo en P>ahía i 



18G IIIS'I'OIMA DE AMI':KICA 



llego a Rio de .Tmiipívo el :M) de ahi'il de l'úU. Allí re- 
fF'eseó sus ])i'()AÍsioiies i fabricó dos ber^iantiiies ]n\\i\ 
contiDuar su viaje. 

Continuando su nave.uacion al sur. fué a fondear a la 
isla llamada del Abrigo, junto al })uerto de la Cananea 
(12 de agosto de IS-H). I.-os castellanos i los portugue- 
ses (]ue 8ousa habia encontrado en los puntos inmedia- 
tos de la costa, le hablaron de las riquezas que encerraba 
a()uel pais. Para reconocerlo, mandó que una columna 
de 80 hombres practicara una esploracion. Algún tiem])0 
desjaies se supo que todos los soldados que la compo- 
nian habian perecido a manos de los salvajes. 

Los portugueses pensaban entonces en estahlecei- co- 
lonias en el mismo rio de la Plata. Marthi Alfonso se 
dirijió hacia el sur (2() de setiembre de 1581 ); pero esperi- 
mentó tan gran temporal (píela nave capitana se estre- 
lló en la costa i se fué a [)ique con pérdida de siete ma- 
rineros. Elntónces despachó a su hermano Pedro López 
de Sonsa a reconocer el rio de la Plata; i el jeneral en, ])er- 
sona continuó la esploracion i fundó el pueblo de San 
Vicente, la ])riniera colonia formal que los portugueses 
hubieran establecido en la costa del Brasil. 

División i)i:lBrasil en capitanías.— El reidon Juan 111 
tuvo noticia de los [)rogTesos de Martin Alfonso de 
Scmsa en las costas del Brasil, a tienq)()quesele informaba 
de los ])royectos de muchos negociantes franceses que 
trataban de establecerse en aquel territorio. Para ase- 
gurar su dominación, resolvió que el Brasil se dividiese 
en doce grandes capitanías hereditarias, con cincuenta o 
mas leguas de costa (28 de setiembre de 15*32). Fuercm 
éstas concedidas a algunos señores portugueses, con 
jurisdicción civil i criminal, limitada solo por la prohibi- 
ción de imponer la pena capital i de acuñar moneda. 
Martin Alfonso, llamado al l^ortugal ])ara dar su parecer 
sobre el re])arto, volvió á su patria a mediados de 158.'V: 
i aunque se le concedió la capitanía de San Vicente, 
partió el año siguiente para "la India orientíd, donde 
ilustró su nombre con señalados servicios a la coroim. 

Algunas capitanías no alcanzaron a establecerse de 
una manera formal: su bistoria solo recueida guerras 
terribles i sangrientas con los naturales. Otras ca])itanías, 
como la de San Mcente, pros])eraron mucho; i su riqueza 
se desarrolló con el cultivo de la caña de azúcar i de 
otras plantas importadas de Europa. Pero el estado 
de aislamiento en que se hallaban las diferentes capi- 
tanías, la resistencia de los naturales i la necesidad 
de impedir que lo8 franceses se establecieran en aquella 
rejion, movieron a don Juan III a camV)iar de sistema. 

ESTAULKCLMIIONTO Di-: IX (a )níl':i{XO CKNTKA L EN BahÍA. — 

Los mismos gobernadores de las ca])itanías hicieron 
presente al rei los ñiconvenientes (pie ofrecia acjuel sis- 
tema de gobierno. El rei creó uno jener;d (pie asunriese 



I' ARTE II.-— CAIMTUIiO XIX IST 

el j)od('i' coDcedido a los uolM'i-iiadores de las capitaDÍas 
(7 do eiKTo de 1549). \a\ ciudad de Bahía de Todos los 
Santos fue sefi alada como ea])itai del <iobierno del 
Brasil. 

El rei confió el eargo de «gobernador jeneral a Tomas 
de Sonsa, hombre distinguido por sus talentos adminis- 
trativos i ])or el valor i la prudencia que habia manifes- 
tado en Asia i en África. Sonsa ])artió de Lisboa el 1.° 
de febrero de 154:9, con seis naves, seiscientos volunta- 
rios, cuatrocientos presidarios indultados i algunas fa- 
milias que emi;Liraban voluntariamente. Aconipafiábaido 
seis padres jesuítas, los ])rimeros de esta orden que pasa- 
ron al nuevo mundo. El 29 de nmrzo llegó a Baliía, i 
echó los cimientos de la nueva ciudad de San Salvador. 

En el primer tiem})o. la colonización adelantó /ápida 
i pacíficamente. Un ])ortug'ues llamado Diego Álvarez 
Correa, que residía desde tieni])o atrás en aquella costa 
i (]ue con el nondire de Caramurvi (creador del fuego), 
era reputado por los indíjenas coniojm ser sobrenatural, 
ausilió al gobernador para asentar \su domhiacion. Los 
misioneros jesuítas lo ayudaron también en esta enq)resa: 
])ero, a pesar de las disposiciones pacíficas de los por- 
tugueses, mas de una vez tuvieron que a])elar a las 
armas ]>ara hacerse res])etar de los indíjenas. 

La prudente administración de Sonsa i los oportunos 
socorros (jue llegaban del Portugal, asegurarcm la esta- 
bilidad de la colonia, i estimularon una numerosa eiuigra- 
cion de familias europeas. En 1551, el rei disjmso la 
creación de un obisi)ado en Bahía, de (|ue de])endiesen 
todas las colonias del Brasil. 

TlON'l'ATIV.VS 1)1^: LOS FKANCKSKS IWltA KSTWM.Ei'lAtSK K.N 

lOL BiiASiJ.; sr KsrrLSiox.— Tomas de Sousa habia soli- 
citado su relevo del gobierno del l)rasil. El V\ de julio 
de 155¿í llegó a Bahía Duarte Da Costa, nondjrado ])or 
el rei ])ara reenq)lazarlo. En 1554 fundaron los jesuítas 
el colejio de San Pablo, en el sur del Brasil, que fué mas 
tarde el centro de una rica ciudad. 

.Mientras tanto, las noticias exajeradas de la i)i-()s- 
peridad de las colonias ])ortuguesas habían despertado la 
codicia de otras naciones europeas. Los franceses, al 
mismo tiempo que e8])loraban la América del Norte para 
establecerse definitivamente, (piPi-ian cimentar su donn- 
nacion en el P)rasil. Un jentil-hombre llamado Nicolás 
Durand de Villegaignon, organizó una espedicion con el 
designio de crear una es])ecie dé estado independiente que 
sirviese de asilo a los ])rotestantes de la secta de Calvin o. 
En vuia de las islas de la bahía de Rio de .laneiro cons- 
truyó una foi-taleza (1555) i entró en relaciones con los 
indios tnpinambas. ])ara asent;ir su dominación. Los 
espedicionarios dieron a aquel país el nombre de Francia 
antárti(7L 

Yillegaignon hizo llegai- a Europa noticias lisonjeras 



188 HISTORIA DK AMKlílCA 



do SUS coiKpiistfi", i en breve «dlnveroii oti-os enn«j,ranles. 
Eii marzo de 1.157 llegó al Janeiro una nueva es])edi- 
cion preparada a expensas del rei Enrique 11, mandada 
])or r>ois le Conté, sobrino de Villeg'aignon. i compuesta 
de 'M)() protestantes franceses. La discordia se hizo sentir 
entre los invasores. Villegaignon abjuró la relijion refor- 
mada, i espulsó del fuei-te a los calvinistas: i creyendo 
(pie no ])odia sostenerse en a(piel lugar ])or falta de 
bu(pies. lo dejó guarnecido por 100 hombres de su con- 
fianza i se embarcó ])ara P]uro])a. 

I^a corte de Usboa no toleró estas agresiones. Por 
muerte de don Juan III (juedó gobernando en Portugal 
la reina doña Catalina, durante la menor edad de su 
nieto don Sebastian. La rejente prestó a los negocios 
de América una atenciím es])e('ial; i creyendo (pie Duarte 
Da Costa no se habia desempeñado bien, nombró en su 
lugar a Men de Saa, con encargo de consumar la espul- 
sion de los franceses del Brasil (1558). VA i«ievo go- 
bernador, en efecto, obligó a los iiiA^asores a abandonar 
la isla i a asilarse en el continente. Por falta de tropas, 
Men de Saa no pudo consumar la (h^struccion de los 
franceses; ])ero habiendcj recibido los portugueses nuevos 
refuerzos, em])(M~iaron en 20 de enero de 1567 un ataque 
jeneral contra los atrincheramientos délos invasores, a 
(]uienes (^])ligar()n a reembarcarse para Eur()])a. 

Fundación dio Rio dk Janeiro.— Después de esta deci- 
siva batalla, los portugueses trazaron el plano de la 
nueva ciudad en la inárjen occidental de la bahía. En 
honor del monarca de Portugal y en conmemoración del 
dia en que se operó la restauración, la ciudad fue deno- 
minada San Sebastian. Este fué el nombre ofícial de la 
nueva población: sus habitantes la llamaron Rio de Ja- 
neiro, nombre que ya liabian dado a aquella bahía. 

La conquista no quedó terminada con esto solo. Los 
portugueses tuvieron (|ue sostener muchas guerras con 
los indíjenas para dilatar su dominación. En 157ri. la 
corle dividió el Brasil en dos grandes ca])itanías, cuyas 
capitales cpiedaron establecidas en Bahía i en Rio de Ja- 
neiro. Convencida al fin la corte de que esta divjsion de 
atribuciones era contraria a la unidad tan necesaria 
juira la ejecución de sus planes, dispuso en 1577 (]ue Luis 
de Brito i Almeida. gobernador de la capitanía del norte, 
asumiese el mando áe todo el Brasil en un solo gobierno. 
La residencia de éste (piedó establecida en Bahía. 

La abundante emigración europea i la riqueza de aquel 
privilejiado territorio, hicieron del Brasil una importante 
colonia. Sus pobladores se dilataron por la costa fun- 
dando ciudades para negociar con los indíjenas.' i poco 
después principiaron a penetrar en el interior. 



PAUTE II.— CAPÍTUT.O XX 189 



CAPITULO XX 

Conquistas i colonización en la América del norte. 

r.ínfilo (le Xai'vacz en la Floiida. — Ms{»e(licií)n de FeriiniKlo (1(^ Soto. 
— l)e8enl)i'imientos de los franeeRes en el Canadá. — Los franceses en 
la Floiidíi.— Primeras espediciones de los ino-Ioses; (iilhert i RnleijE^h. 
— l'oi-niacion de dos eonipañias de eolonizacion. — I'rog-i-esos de las 
colonias de \iriinia,.— Primeras colonias déla- Nueva Ino-laferra.— 
Difert-neias esenciales «Mitie las cf)loni;is di'l norte i las ilc] sur.— 
.\ne\-as eolonias. — Colonias l'i'jmccsas. 

PAN KILO in; .\Aia Ai:z l.\ la Klokida.— Despups del dí^s- 
cubrimieiito de la Florida por Juan Ponce de León, 1m 
conquista de este pais liabia despertado la codicia de 
al<innos aventureros castellanos. Kn lo^G, Panfilo de 
Xarvaez, aquel aiTo<iante capitán que habia pretendido 
arrebatar a Cortes la conquista de Mcjico, obtuvo de 
Carlos V autorización [)ara llevar a cabo la concpiista de 
la Florida. Reunió 'M)i) hombres, con que desembarco i 
tomó posesión del ])aisa nombre del rei deEsparia(ir)2}S). 

Los españoles anduvieron vagando durante dos meses 
por entre selvas i pantanos, frecuentemente atacados por 
los salvajes. Después de sufrir la pérdida de cerca de un 
tercio d<' las tropas, determinaron dar la vuelta a (-uba. 
Construyeron cinco débiles embarcaciones, ])er() una, tem- 
pestad las desti'ozó, i Narvaez i casi todos sus compa- 
ñeros ])erecieron. Solo cuatro lle<iaron a tierra; i después 
de trabajos inauditos lograron reunirse con sus compa- 
ti'iotas establecidos en la Nueva España. 

EsPEDicioN i)L Fkhxando Soto.— Fernando de Soto, 
aquel noble militar que se habia distinguido en la con- 
quisla del Perú, solicitó' i obtuvo de Carlos X el título 
de gobernador de la Florida i déla isla de Cuba (L^.'iS). 
Soto alcanzó a leunir (iOO hombres l)ien armados, la 
tercera parte de los cuales eran de a caballo. El lo de 
junio de 15-il> desembarcó en la bahía del Espíritu Santo, 
llamada ahora Tam])a Kay. Habiendo establecido una 
guarnición en aípiel lugar, emprendió su marcha al 
interior. Después de cinco meses de ])enosa marcha por 
entre rejiones incultas i en medio de una continuada 
guerra con los indíjenas, llegó a principios de noviembre 
a la bahía de Apaílachee, donde reunió todas sus tropas 
para pasar el invierno; pero habiendo oído hablar de un 
pais del norte en que abundaban el oro i la ])lata, se 
puso en marcha para buscarlo (marzo de 1540). 

El resto de esta espedicion fué una. séi-ie de aventuras 
i suf rinden tos en que los castellauos desplegaron una 
incontrastable tirmeza. Soto vagó por las rejiones occi- 
dentnles de la Florida i ])or el valle del Mississippi, du- 
i'fUite dos años. V^enciendo dificultades incalculables, hizo 
la primera es])ioracion de aquel majestuoso rio; pero la 



lí)í) HiHTOKIA DE AMÉRICA 



muerte, cansada por una fiebre violenta, lo asaltó el -U 
(le mayo de 1542, cnando él i sns compnñeroH comen- 
znban a desesperar del resultado de sn espedieion. Sn 
cadáver fué envuelto en una manta. ¡ arrojado a media 
noche en las corrientes del Mississip])! para oenltar sn 
muerte a los indíjenas. 

Sns soldados íuvieion (pie sufrir todavía mnchas ])e- 
nalidades (]ne causai-on la pérdida de una gran parte de 
ellos. Después de largas peregrinacioneó, construyeron 
siete l)U(pies en (jue se end)arcaron (jnlio de 154.'V), i 
llegaron finalmente a los establecimientos españoles de 
Méjico. 

DesCI niflMfENTOS DI-: EOS FRANCESES EN EE CANAnÁ.— 

Los primeros desculnimientos en la América del norte 
liabian llamado la atención de diví^rsas naciones. La 
pesca de bacalao en los bancos de Terraiiova atrajo a 
esos lugares a muchos navegantes portngueses, franceses 
e ingleses, que reconocieron una grande estension de la 
costa. A tines de ir>2.-5. Francisco L rei de Fiancia, en- 
tregó cuatro naves a Juan Verrazani. na\'egante Horen- 
tino, con encargo de adelantar los descubrindentos. Tres 
de eSfis naves se vieron obligadas a volver a Francia a 
consecuencia de las tempestades; pero Verrazani continuó 
su viaje i e8])loró mucha parte de las costas de la Amé- 
rica del norte (1524). El año siguiente hizo un segundo 
viaje, i dio a aquellos paises el nombre de Nueva Fran- 
cia, sin conseguir fundar una colonia. Verrazani percibió 
en un naufrajio en una nueva espedieion. 

Por algún tiempo los franceses no volvieron a])ensai- 
en espediciones lejanas: pero en 15:i4. Francisco I comi- 
sionó a .lacobo Cartier, distinguido marino de San Malo, 
para (]ue emprendiera un nuevo viaje a la América del 
norte. Fl rei pensai)a fundar establecinnentos en aqnellas 
rejiímes. 

I*]l primer viaje de Fartier no dio por resultado el des- 
(Md>rinnento de nuevos paises. En 15:{5 hizo un segundo 
viaje, ])enetró en el rio de San Lorenzo, a qne dio este 
nombre, i se ])Uso en comunicación con los naturales. Re- 
montando las aguas de aquel rio. llegó hasta un pueblo 
(pie los indios llamaban llochelaga, donde está situada 
ahora la ciudad de Moidreal. En a(piellos lugares pasó 
Cartier el invierno en ukmIío de los mayores sufrinnenl os 
i de las enfermedades que le arrebataron algunos desús 
compañeros. El año sio^uiente, cuando volvió a I*' rancia 
a anunciar sus descnl)rimientos, la corte oyó con indife- 
rencia las noticias qne comunicaba. 

Solo en 1540, Francisco de la Roque, señor de Hober- 
val, obtuvo los títulos/de virrei. capitán jeneral.i señor 
de todas las islas i tiei-ras que descubriese. Cartier tomó 
servicio a las órdenes del virrei: i en 1541 volvió a aque- 
llos paises, i fundó el fuei-te de Charlesbourg. cerca del 
lugar (pie ocupa ahora, la ciudad de (^uebec. Desesperado 



PAKTE II.— CAPÍTULO XX l9l 



por la taidanzM de Kol)ervaI, el mTio siguiente se volvió 
a Francifi. 

El virrei llegó a Terranova en junio de 1542. Esploró 
el rio de vSnn Lorenzo con el objeto de hallar un paso 
pa.ra las Indiíxs orientales, i fundó dos tuertes en aque- 
llos lugnres, en que rio pudo permanecer largo tiempo. 
En ir)4í), lioberval em])rendió otio viaje de dc^scubri- 
uiiento, pero nunca se supo su suerte. Solo algunos años 
mns tarde, los franceses fundaron en aquellas rej iones 
una importante colonia, que bajo el poder de los ingle- 
ses ha llegado a un alto grado de riqueza i prosperidad. 

Eos FRANCKSKS fo.N LA Et.orida.— Eas guerras de relijiou 
dieron oríjen a nuevos proyectos de colonización en 
América. El almirante ('oligny, deseando establecer un 
lefujio ))ara los protestantes perseguidos en Francia, 
obtuvo de Carlos IX el permiso de mandar una espedi- 
cion a la l^'lorida. Hasta entonces, los españoles no se 
habían establecido en esta rejion. Solo algunos luisio- 
neros hablan arribado a a(}uel pais para predica i- la, 
relijion cristiana. 

El mando de los espedicionarios fué contiado a .luán 
Rivault que se hizo a la vela en febiero de ir)()2. Reco- 
rrió las costas de los estados (jue ahoia se llaman Flo- 
rida, .leorjia i Carolina, i consti-uyó en la embocadura 
de un rio una fortaleza (]ue denominó I'ueite Carlos. 
Allí estableció una guainicion i volvió a Francia a pedir 
nuevos ausilios para el sostenimiento de aquella colonia. 

Coligny consiguió con gran trabajo reunir un pequeño 
refuerzo. Las colonias francesas habrían tomado a pesar 
de todo algún desairollo sin las inquietudes que peitur- 
baban a los colonos. Se negaban a trabajar, i se sentían 
animados de un espíritu belicoso conti-a los católicos 
españoles (pie ocupaban los países inmediatos. 

No se hícieion e8})erar mucho las hostilidades. I'eli- 
])e 11, disgustado al sabei- (pie los protestantes se habían 
establecido en la vecindad de sus dominios, preparó una 
espedicion bajo las órdenes de ]*edro Menendez de Aviles, 
capitán de intelíjencia. ])ero de una crueldad estraordi- 
naría. Eos españoles atacaron a los franceses ])or sor- 
presa (setiembre de l.^C).")). Menendez mandó ahorcar a 
todos los prisioneros, sin reparar en edad ni en sexo, i 
poner esta inscripción en el pecho de las víctimas: "No 
como franceses, sino como herejes.*" Menendez fundó la 
ciudad de San Agustín de la í'iorida, i dio principio a 
la cohmízacion de aquel pais en nombre de la España. 

Las crueldades de Menendez no quedaron sin castigo. 
En I'^rancía, la corte miró en menos la matanza de sus 
subditos protestantes; pero un caballero gascón llamado 
Domingo de Gourgues, vendió sus bienes, equipó tres 
embarciicionesise embarcó con cien arcabuceros i ochenta 
marineros. IJegando de improviso atacó en la Morida 
uno a uno los fuertes españoles, i tomó cerca de cuatro- 



lí)2 HISTORTA DE y\Mr<]RT(lA 



cientos i)risioneros. Gourgues los ahorcó a todos ellos 
en los mismos árboles en que hablan sido alioreados los 
franceses, con esta otra inscripción: 'Castigados no 
como españoles, sino como asesinos" (15()S). Despnes 
(le esto, dio la vuelta a Francia. 

Apenas se hablan alejado los franceses, los castellanos 
continuaron la colonización de la Florida. Fnndaion 
diversas ciudades i establecieron su dominación bajo las 
mismas bases que en el resto de la América. 

FrIMIOIíAS KSI^EDICIOXES de eos IXdEESES: GlEJiEiri^ I 

Raeet(¡h.— Los ingleses, que hablan sido los primeros en 
reconocer las costas de la América del Norte, ] jasaron 
cerca deim siglo sin pensar en establecei' colonias. í^or fin, 
en 157.S, sir Humphry (íilbert obtuvo de la reina l8al)el 
amplios poderes para llevar a cabo una empresa de ese 
jénero. Realizo dos espediciones; pero pereció en la 
se,üunda sin haber logrado establecer la proxectada 
colonia. 

Otro caballero ingles, sir \\'a]ter Kaleigh, hermano 
materno de (lilbert. i que lo habia acompañado en sus 
empresas, obtuvo de la reina en loiSl la confií-macion de 
los mismos privilejos: i, mas feliz que él, descubrió en su 
viaj(^ una tierra notable ])or su fertilidad, a la cual dio 
el nombre de Virjinia, aludiendo a la reina. Raleigh envió 
tres espediciones sucesivas a aquella rejion, pero el liam- 
l)re i las hostilidades de los indíjenas obligaban a los 
pobladores a abandonar las colonias, de tal modo (pie 
en KiO.'i. a la ('poca de la muerte de Isabel, no se hallaba 
establecido un solo ingles en a(|uella parte del nuevo 
mundo. A las espediciones de Raleigh se debió la intro- 
ducción de la papaen Inglaterra. Deesa mismaépoca data 
(íl consumo del tabaco en una gran parte de la Europa. 

KoFlMA(;io^^ de dos íomt'A.nías de (H)eoni/A('ion.— El 
mismo año de lanmertede la reina, otio marino ingles. 
Bartolomé (Josuold. hizo un viaje al nuevo mundo que 
din ánimos a los hond)i-es (jue se preo(U])aban todavía 
en Inglaterra de los ])i()yectos de colonización. El ]n'p- 
movedor nnis activo de estos proyectos fué Ricai'do 
ÍTackluit. canónigo d(» \Vesmins((T. hombre dolado de 
vastos conocimientos. El rei Jacobo I, que habia suce- 
dido a Isabel, comprendió la importancia de estos ])ro- 
yectos; i el 10 de abril de 1()()() dictó una ordenanza pol- 
la cual dividía en dos partes casi iguales la estension de 
costas i tierras com])rendida éntrelos '^4 i los 45 grados 
de latitud norte. La primera, denominada Virjinia, o 
colonia del sui-, fué conferida a uini comjjañía de Lon- 
dres. La segunda, denominada ~<-oloiiia del norte, i des- 
pués Nueva ÍDglat(nTa. fué concedida auna compañía de 
Hristol, Plymouth i v)tros -puertos del oeste. El gobierno 
de las colonias fué encargado a un consejo residente en 
Inglaterra, cuyos miembros debian ser nombrados ]>or el 
rei. Otro c(Fns(Mo. residente en las colonias, nombrado 



IZARTE II.— CAF^ÍTULO XX 198 



también por el rei, debia tener una jurisdicción subordi- 
nada. El monarca, ademas, permitió la libre esportacion 
de todos los objetos nec^esarios íil mantenimiento i al 
desari'ollo de lascolonias; i antoiizó a éstas para neoo- 
ciar libiemente con las naciones estraujeras. 

Pko(jresos i)K las colonias de \'iu.iixia.— La primera 
espedicion destinada a Virjinia ])arti6 de InglateiTa en 
dicieml)re deKKXi. Desembarcó en la bahííi de CÍiesapeake, 
i fundó la ciudad de Jamestown (ciudad de Jacobo). K\ 
capitán Juan Smitli fuo escluido del consejo d(^ <>'ol)ierno 
por sus otros colegas; pero las hostilidades de los sal- 
vajes i los sufrimientos de la colonia, lucieron que sus 
pobladores ñjaran la atención en él j^ai^a salvarla de su 
ruina. Smitli, en efecto, asumió la autoridad suprema, 
batió a los salvajes i obtuvo provisiones. En una correría, 
el ca Imitan tuvo la desgracia de caer prisionero de los 
indios, i sospeclmndo la suerte que se le esperaba, entre- 
tuvo a sus apreliensores mostrándoles una brújula que 
llevaba consigo. Este espediente no hacia mas que de- 
morar la ejecución. El jefe de la tribu pronunció su sen- 
tencia de muerte; pero en el momento de ejecutarla, la hija 
del cacique, llamada Pocahontas. obtuvo la libertad de 
Smitli. Este pudo volver a la colonia, i Pocahontas se 
encargó de suministraiie provisiones. 

Sin embargo, la situación de Jamestown distaba mucho 
de ser lisonjera. La compañía habia mandado nuevos 
colonos de Inglaterra; pero, alucinados éstos con la 
esperanza de hallar lavaderos de oro en un rio vecino, 
al)andonaron el cultivo de los cani])os,que podia sunnnis- 
trarles provisiones. Indescri])tibles fueron los trabajos i 
las fatigas del capitán Smith par;i ])roveer a la colonia 
de víveres recojidos en los territorios inmediatos. 

Mientras tanto, la C(>m})ariía de Londres obtuvo en 
1609 importantes modiñcaciones en su constitución. K\ 
rei permitió que el consejo nombrado ])or sus miembros 
tuviese el poder de hacer leyes i reglamentos para las 
colonias. Investida de estas facultades, la compañía 
noml)ró gobernad oi- jeneral de Virjinia a lord Delaware. 
i lo hizo j)artir para América con (piinientos colonos. 
Bajo la administración de éste, Jamestown ])rogresó 
rápidamente; pero la prosperidad de la colonia adquirió 
mayor desarrollo bajo la administración de su sucesor sir 
Tomas Dale. Venia éste autorizado con plenos poderes 
para mantener la tranquilidad <le la colonia; pero empleó 
su autoridad con moderación. Entró en relaciones con los 
indíjenas, fomentó el cultivo de la tierra, dividiéndola al 
efecto en lotes (pie concedió en pro])iedad a h)s colonos, i 
consiguió sestuplicar sus })roducciones ])or medio de las 
plantaciones de tabaco. Conociendo (juela población de la 
colonia no podia progresar i'ápidamente por falta de 
mujeres europeas, pidió a la compañía d(^ Londres el envío 
de algunas niñas inglesas de conocida moralidad. La 

13 



194 HISTORIA DE AMÉRICA 



compañía accedió a sus deseos, i los colonos de Virjiniíi 
se desy^osarou con las recien lleg-adas, pagando por cada 
una a la compañía varias cargas de tabaco. En esa 
niisnia época (1019), algunos comerciantes holandeses 
conienzaron a importar negros africanos <]vie los colonos 
compraban para el cullivo de los campos. Tal ñu' el 
oríjen de la esclavitud en la Arn«'^rica del norte. 

La prosperidad de Virjinia se desarrollaba rápida- 
mente. En el mismo año de KilV), un nuevo gol)ernador. 
sir Jorje Yardiey, cediendo a las peticiones de los colonos 
(pie querían el establecimiento de un gobierno cimentado 
bajo otra base que el réjimen militar que habla servido 
hasta entonces, convocó la primera asand^lea jeneral. 
Tanto se habia aumentado el número de los habitantes, 
i tíin estendidos estaban sus eslablecimientíis, (lUe once 
poblaciones mandaron sus re|)resentantes. Los colonos 
quedaron satisfechos de esta asamblea (jue los ])onia en 
la situación de un pueblo libre rejido eonstituciona luiente. 
La compañía de Londres sancionó esta innovación, 
lijando sus bases. El oo])ernador, como i-epresentante 
del rei, fué investido del poder ejecutivo. Un consejo 
nombrado [>or la compañía, debia hacer las veces de 
cámara alta, mientras los diputados de las ciudades 
formaban una especie de cáinara de comunes. De este 
modo se fijó la constitución de la colonia 

Como 41a podido verse, la, colonización inglesa se 
diferenciaba radicalmente de la colonización española. 
Al paso que ésta, después de sangrientas ajitaciones, se 
hal)ia cimentado bajo el réjimen del absolutismo impe- 
rante en la metrópoli, que embarazó el crecimiento, el 
progreso i la cultura de los 7 mevos establecimientos, los 
colonos ingleses trasportaron a sus posesiones el espí- 
ritu de libertad política e industrial que habia de hacer 
la grandeza i la prosperidad de éstas. 

DlSOLlTCION UK [.A COMPAÑÍA DIO íiÓNDRKS; lOh TIVA HEA- 

81 ME EL MANDO UFO EAS COLONIAS DK ViiMLViA.— La pros- 
peridad hizo que los colonos olvidaran los peligros de 
que se halla l)an rodeados. En 1()22 los ingleses se hal)ian 
estendido en una dilatada ])orcion de territorio. Mientras 
tanto, los indíjenas meditaban con el mayor secreto, 
desde cuatro años atrás, un vasto plan de levantamiento 
(pie pusieron en ol)ra el 22 de marzo de aquel año. A 
una hora convenida, los salvajes atacaron los diversos 
establecimientos, i asesinaron hombres, mujeres i niños 
sin perdonar un solo prisionero. En algunos puntos los 
ingleses, animados por el valor que infunde la desespera- 
ción, opusieron alguna resistencia, i muchos se salvaron 
así de la muerte. En .lamestown, los colonos tuvieron 
la noticia del complot por un indio aliado, i se pudo 
organizar a tiempo la resistencia. Cerca de la cuarta 
parte de los habitantes de la colonia fueron esterminados 
en aquel dia aciago. 



PARTE 11.— CAPITULO XX ll);"! 



Los ingleses que sobrevivieron a la eatástrofe. se 
reple<i,aron a Jamestown. En vez de pensar en reorga- 
nizar la colonin, no trataron imms que de castit^ar a los 
indíjenas para vengai- el pérfido asesinato de tantos 
compatriotas. Lograron atraer a los indios l>ajo una 
aparente reconciliaoion; i cunndo éstos se hallaban ocu- 
pados en sus cosechas, los ingleses c;ijeron sobre ellos 
con gran furor, asesinaron a cuantos encontraron i 
i'edujeron a los demás a buscar un asilo en los bosques, 
en donde luego perecieron do hambre, de tal modo que 
algunas tribus indíjenas se estinguieron completamente. 
Esta atroz venganza puso a la colonia en estado de 
no temer ataque alguno de los salvajes. Las poblaciones 
inglesas volvieron a tomar incremento i la industria 
comenzó a renacer. 

Pero las matanzas d(> 1022 tuxieron otro resultado 
funesto para la colonia. La compañía de Londres hal>ia 
llegado a ser el teatro de acaloradas reyertas en que se 
diseutian cuestiones de alta política, desde que el rei 
habia dejado de reunir el parlamento, .lacobo I se alarmó 
con aquellas discusiones, i se resolvió a disolver la com- 
pañía, en cuyo seno se censuraba su gobierno con tanto 
ardor. Por una ordenanza de í) de mayo de líi28, el rei 
creó vma comisión encargada. de examinar las operaciones 
de la compañía i de presentar a su consejo privado uu 
plaíi para restablecer la administración colonial. La 
(^omisión propuso (juc se devolviera al rei la autoridad 
superior. La (•oni])añía, sin end^argo, no aceptó esta 
resolucicm, ni se avino a dar cumplimiento a las órdenes 
del rei que mandaba disolverla. Fué necesario que las 
dos partes, el rei i la compañía, siguieran un ruidoso 
proceso ante los tribunales para (|ue aquella cuestión 
tocase a su término. El resultado no se hizo esperar 
mucho tiempo: la. resolución judicial fué (pie al rei corres- 
pondia el gobierno de la coJorda (162-t). 

Jacobo I nombró un consejo encar.2:ado de dirijir desde 
Londres el gobierno de Virjiína. L;i muerte lo sorprendió 
en 1(525, antes de iiaber completado la organización 
colonial. Su hijo (arlos 1 organizó esa administración, 
Ijuscando en la colonia una fuente de riqueza píira el 
tesoro* ingles. No solo prohibió en Inglaterra el cultivo 
del tabaco, sino también la Introducción del (]ue los 
españoles cultivaban en sus posesiones de América, para 
monopolizar el que se producía en Virjinia. "Indiferente 
a la constitución (]ue rejia a los colonos, dice Laboulaye, 
Carlos I no tuvo mas propósito (pie moiiO])olizar el pro- 
ducto de su industria. De (vste modo, se conservaron en 
1^ práctica los deieclios políticos de Virjinia, merced a 
la feliz indiferencia del rei. Mientras que la Inglaterra 
estaba ajitada por la guerra civil, Virjinia se ensayaba 
en el gobierno libre: su asamblea declaraba la guerra a 
los indios, hacia la paz i adquiría nuevos territorios. 



I9í) HISTORIA DE AMERICA 



En 1G48 liabia 20,000 colonos, i este niimero fué sensi- 
blemente annientado por la ruina de la aristocracin 
inglesa después de la muerte de] reí. Los caballeros ven- 
cidos en la guerra civil, iban n buscar una nueva j)atria 
al otro lado de los mures." 

Primeras colonias de ea Neeva l\(;EAnM:RRA.~La 
compañía de I'lymoutli, organizudu como la de Londres 
]>or Jacol)0 I eií lOOÓ, se quedó mui atrás en sus })ro- 
yectos d<^ colonización, Ll ano siguirtite se (estableció 
una colonia de poco mas de cien hombres en Sagaliudoc 
(Kénébec) bajo las órdenes de .Jorje Pophan; pero ha- 
biendo muerto este, los colonos, alarmados por el rigor 
del clima, abandonaron aípiel territorio i dieron la vuelta 
a Europa. Después de este contrutiem])o, la compañía de 
IMymouth abandonó toda idea de colonización. Inútil 
fue que íHpiella rejion recibiera el nombre de Nueva In- 
glaterra, porijue la seductora descripción (pie de ella se 
hacia, no bastó ])ara infundir enlusiasmo a nadie. 

Sin embargo, las luchas relijiosas de Inglaterra pro- 
porcionaron colonos para aquel país. Deseosos de esta- 
blecerse en un pais en que no fueran ])erseguidos, los 
puritanos solicitaron de la compañía de Londres una 
concesión de terrenos en Virjinia, con libertad para prac- 
ticar su lelijion. Jacobo I, sin darles ninguna seguridad 
positiva, pareció dispuesto a dejarlos vivir en paz, con 
tal que se mantuviesen tranquilos. Embarcáronse, en 
efecto, en 1()20, mas de cien puritanos con dirección a 
Virjinia; pero, engañados por el piloto, llegaron a la 
Nueva Inglaterra. No (|ueriendo ])rolongar su viaje poi- 
mas tiempo, se e8tal)leciei'on allí i fundaron la cuidad de 
Nueva Plymouth. Los ])uritanos formaron una es])ecie 
de sociedad voluntaria, en (jue obedecian a leyes i a 
majistrados establecidos por ellos mismos. Shi embargo, 
los progresos de la colonia fueron mui ])oco rápidos. FA 
rigor del clima causó la muerte de muchos de sus pobla- 
dores; i ])asó algún tiem])() antes que llegaran de Ingla- 
terra nuevos colonos. 

Las tentativas de la compañía de Dlymouth ])ara 
establecía otras colonias en la Nueva Inglaterra habian 
sido completamente infructuosas. 'Casi en la misma 
época en que los puritanos llegaban al término de su 
viaje, dice Lal)()ulaye, Jacobo 1. viendo (jue a(piella com- 
pañía no realizal)a sus proyectos de colonización, hizo, 
el i] de noviembre de 1(>20, una nueva concesión a varios 
personajes de la corte. La compañía se ocupó en vender 
tierras mas bien (jue en colonizar; i la Nueva Inglaterra 
habría quedado largo tiem])o despoblada, si las persecu- 
ciones relijiosas no hubiesen ])roducido una inmigración 
de puritanos mucho mas considerable." 

Muchos puritanos, alarmados por la constante perse- 
cución en Inglaterra, compraron a la nueva compañía 
una estensa porción del tei'ritorio concedido ])or el rei. i 



l'ARTf^ II. -CAPÍTULO XX 197 



obtuvierojí de ('isle el dereclio de <i'oberiicirs(^ como qui- 
sieran (1029). Carlos I. (jue reinaba entonces, no vio en 
esta solicitud mas que un interés comercial, i accedió a 
lo quesele pedia. Los ]>uritanos, en número de trescientos, 
fueron a tomar posesión del territori(í que liabian com- 
prado. La inmigración se desarrolló desde entonces en 
grande escala, i los colonos (echaron los cimientos de la 
ciudad de Üoston (jue vino a ser la capital de una im- 
portante provincia que tomó el nondjre de Bahía de 
Massachussets. Los colonos obtuvieron una j)atcnte de 
la nueva compañía, por la cual le trasferia los derechos 
(pie el rei le habia concíMÜdo. 

Los ingleses comenzaron entonces a estenderse en ima 
dilatada ]>orcion de territorio, i a fundar diversas pobla- 
ciones. En l()8-t, al (juerer celebrar una asamblea jeneral, 
los colonos, en vez de asistir personalmente, elijieron sus 
representantes, i organizarcm una es])ecie de cuerj)© lejis- 
lativo. Allí declararon (]ue no podia dictarse ninguna íei. 
imponeise ninguna contribución i ni aun darse ningún 
empleo, sino con el consentimiento de la mayoría. De 
este modo, la cí^lonia de la JUdiía de Massachussets 
comenzó a gobernarse casi como un estado independiente. 
Al lado de ella se formaron otras colonias. (|ue vinieron 
a constituir otros tantos estados. Fueron éstas Marjland 
(1682), Piovidence (1()35), Rhode-Island, Connecticut 
(1636). New-Haven (1687). New-Hampshire i Maine 
(1688), Warwick (1642). 

'•Jamas, dice un escritor francés {M. Bouchot), colonia 
alguna fué establecida bajo condiciones mas favorables. 
La América del norte tuvo, en efecto, la felicidad parti- 
cular de que no recibió únicamente aventureros i horal)res 
sin lei, sino colonos honorables (jue trasportaron con 
su familia, su fortuna i su industria, costumbres, creen- 
cias lelijiosas h ideas de inde])endencia; en fin. todo lo 
(pie constituye el verdadero fundamento dehis sociedades. 
Algunos autores pretenden que cuatro nal familias pasa- 
ron a a(]uellas rejiones antes de 1640. Es seguro que 
Carlos 1 prohibió, en 1()87, las emigraciones (]ue amena- 
zaban despoblar la Inglaterra; i se sabe que una de las 
naves que fueron detenidas en los puertos, llevaba a 
AuK^rica a Cromwell i a otros futuros corifeos de la reA'o- 
lucion inglesa. Los colonos ingleses encontraban en 
América no solo la fortuna i la libertad relijiosa, sino 
tand)ien las viejas libertades políticas que ]>arecian nuier- 
tas baj(j el despotismo de los Tudores i de los Estuardos. 
Estas lit)ert;ides. vencidas en Inglaterra, tuvieron al 
otro lado de los mares un terreno en que pudieron jer- 
minar i crecer sin obstáculo; i las colonias inglesas dieron 
ílesde su cuna a la madi-e ])nt]'ia un ejem])lo de (jue éstn 
sup(.) apr<jv(^'hars(\ '" 

DiFEUKNClAS ESENCIALIOS EiNTlíl": I. AS COLONIAS DEl. SOH- 

TE I LAS DEL SI i{. — "Los priuicros colonos llegaron a Vir- 



1 1)S H ISTÍ m I A I »E A M K HU A 



jinia ü}i 1607, dice M. de Toequevillo. En esta época, la 
Europa estaba preocupada con la idea de que las minas 
de oro i de plata hacen la riqueza de los pueblos; idea 
funesta que ha empobrecido a los jjueblos, i que ha des- 
truido mas hombres en América que la guerra i todas 
las malas leyes. A Virjinia se enviaron buscadores de oro, 
jentes sin recursos, cuyo esjuritu inquieto turbó la infancia 
de la colonia, e hizo inciertos sus progresos. Enseguida 
llegaron los industriales i los agricultores, raza mas 
moral, pero que se elevaba mui poco sobre las clases 
inferiores de Inglaterra. Ningún pensamiento noble pre- 
sidió a la fundación de los nuevos establecimientos. 
Apenas se hablan creado cuando se introdujo la escla- 
vitud: éste fué el hecho capital que debia ejercer una 
inmensa influencia sobre el carácter, las leyes i el porvenir 
de las colonias del sur.'' Solo algunos años mas tarde 
fueron a establecerse en Virjinia algunos señores i ricos 
propietarios de Inglaterra, ])erseguidos ])or la revolución 
triunfante. 

"Los emigrantes que fueron a establecerse a las costas 
de la Nueva Inglateira. agrega M. de Tocqueville. per- 
tenecían todos a las clases acomodadas de la madre 
patria. Su reunión en el suelo americano ofreció desde su 
oríjen, el singular fenómeno de una sociedad en que no 
se encontraban ni grandes señores, ni ])ueblo, ni pobres, 
ni ricos. En |)ropojcion, habida una masa de hombres 
ilustrados mayor que en el seno de cuaiquiei-a nación 
europea de nuestros dias. Todos, sin esceptuar quizá uno 
solo, hal)ian recibido una educación esmerada, i muchos 
de ellos se hablan hecho conocer en Europa por sus talentos 
i por su ciencia. Los emigrantes de la Nueva Ingiatej-ra 
llevaban consigo admirables elementos de orden i de 
moralidad. No era la necesidad lo que Jos obligaba a 
abandonar su pais: dejaban una posición social espectable 
i medios asegurados de subsistencia, para obedecer a uua 
necesidad puramente intelectual."' 

Esta diferencia en el caj'ácter de los colonos se manifiesta 
en todo el curso de su historia. A la época en que estalló 
la revolución inglesa (1042). las colonias tomaron dife- 
rentes partidos. Virjinia, eu donde muchos señores ingle- 
ses comenzaban a adquirir grande intlueucia. abrazó la 
causa del rei, i después de su muerte, proclamó a su hijo 
Carlos IL Casi todas las colonias del norte, por el con- 
trario, aplaudieron los triunfos del parlamento, celebran- 
do que la madre patria reconquistase la vieja libertad 
de Inglaterra. 

Sin embargo, el triunfo de la revohieioii fué (k^sfavora- 
ble a las colonias. Cronnvell obligó a Virjhiia a recono- 
cer su autoridad. El parlamento dictó en 1(550 una lei 
por la cual prohibía a las colonias todo comercio con 
las demás naciones. El triunfo de las ideas liberales en 
Inglaterra, disminuyó, como era natural, las emigraciones 



PAKTE 11.— CAt'í'IMÍl.ü XX 199 



a las cüloiiia.s del nuevo inundo. Cuatro provincias del 
norte, Massaehussets. Conneetieut. New-Haven i New-Ply- 
inouth. lorniaron una especie de confederación que íes 
permitió hacer frente a las hostilidades de los indios i 
estimular su progreso. 

Nuevas colonias.— Las colonias inglesas tomaron pos- 
teriormente su organización definitiva reuniéndose algu- 
nas de ellas en un solo estado, o por medio de la fundación 
de nuevas colonias. 

El territorio comprendido entre Virjinia i la Nueva 
Inglaterra habia sido ocupado por los holandeses, que 
fundaron establecimientos propios. El capitán ingles 
HpdsoD. al servicio de Holanda, tratando de descubrir 
un paso |)ara los mares de la India por el norte de Amé- 
i'ica, reconoció el territorio regado por el rio que lleva 
su nombre, i mas tarde el dilatado golfo que conserva 
aun el nombre de bahía de Hudsoii. El gobierno holan- 
dés dio a una compañía mercantil el privilejio esclusivo 
de comerciar con aquella rejion. Los ajentes de esta 
compañía fundaron el fuerte de Amsterdaiii en la embo- 
cadura del rio Hudson, el fuerte Orange en su rejion 
superior, el fuerte Buena Esperanza sobre el Connecticut, 
i el fuerte Nassau sol)re el Delaware. Aquellas colonias 
tomaron el nombre de Nevv-Netherlands (Nuevos países 
Bajos). Nueva Amsterdam adquirió en pocos años un 
rápido incremento. 

Carlos II reivindicó en UH'A sus derechos a e.se terri- 
torio, cediendo al efecto el gobierno de éste a su hermano el 
duque de York. En agosto de ese año, un cuerpo considera- 
ble de tropas inglesas desembarcó de improviso cerca de 
Nueva Amsterdam, i obligó al gobernador holandés a 
capitular bajo la base de que sus habitantes de la colonia 
liolandesa, gozarían de los derechos de ciudadanos ingle- 
ses. Nueva xVmsterdam recibió el nombre de New-York: 
i la colonia de Hudson el de Albany, que era también uno 
de los títulos del hermano del reí. El territorio del sur 
fué designado con el nombre de Nf»w .jyrsey. i pasó o 
formar una colonia separada. 

En 1681, Guillermo Penn obtu\'o de Carlos H la 
>iutorizacion para colonizar una estensa jjorcion de terri- 
torio situada al oeste del rio Delaware. Penn pertenecía 
a la secta de los cuáqueros, que, al lado de prácticas i 
creencias ridiculas, profesaba doctrinas humanitarias i 
liberales. ''La conciencia, decían, es un territorio que 
solo i)ertenece a Dios, i solo puede ser gobernado por él. 
(¿uerer forzar la conciencia de otro, es obrar contra Dios, 
único que puede ilustrarla." 

Invocando esas doctrinas de tolerancia, Penn consiguió 
que un considerable número de sectarios pasara en ese 
mismo año a poblar el territorio qne fué denominado 
Pensilvania. En 1682, Peim llegó a América, i fundó la 
ciudad de Fíladelfia (que en griego signitíca amor fra- 



20(^ HISTORIA OK AMfORirA 



leriial). Obtuvo, ademan, del duque de York el territorio 
de Dekiware, que tambieu poblaron los cná(]ueros, i 
íuudó diversas poblaciones (jue se desarrollaron consi- 
derablemente. En sus relaciones con los indios, l*enn des- 
])legó.un es])íri1u de moderación, que ha llamado la 
atención de todos los historiadores. Les compraba los 
terrenos: i en vez de hostilizarlos, los llamaba a disfrutar 
de los beueticios de la civilización. 

El territorio de las Carolinas habia sido esi)lorado en 
el siglíj XVI. Los colonos de Viijinia comenzaron a 
])oblarlo; ])ero solo bajo el reinado de Carlos II, en 1668. 
fué concedido a algunos euqjresarios que diei'on princi])i() 
a su colonización formal. En 1729, fué dividido en dos 
provincias separadas, aunque sometidas al nusnio ré- 
jimen (pie existia en las colonias del sur. 

La última colonia inglesa establecida en la Ajnérica 
del norte fué la de Jeorjía. En 1782, Jorje 11 concedió a 
una compañía la posesión de aquella provincia con el 
objeto de trasportar allí a los subditos ingleses que, a 
consecuencia del mal estado del comercio i de la indns- 
tria, se hallaban en estrema pobreza. Se organizó ima 
susci-icion poi)ular: i l)ajo las órdenes del jeneral Jacobo 
Oglethorpe, llegaron a Jeorjía los primeros colonos. 
Oglethorpe fundó la ciudad de Savannah; pero en los 
primeros tiempos los progresos de esta colonia fueron 
sumamente lentos. Mas adelante llegó a formar un estado 
importante. 

Colonias fkaxcesas. — Al mismo tiempo (juelos ingleses 
dilatal)an su imperio colonial en acjuellas rejiones del 
nuevo mundo, los franceses, tan desgraciados en sus 
])i-imeras tentativas, establecían también sus colonias al 
norte i al sur de las posesiones inglesas. Enrique IV, en 
1598, nombró al marques de la Roche su teniente jeneral 
en el Canadá; pero los esfuerzos de éste no alcanzaron 
hasta fundar una colonia formal. Un comerciante de San 
Malo, apellidado Pontgravé, que se habia distinguido en 
algunas espediciones marítimas, hizo un viaje en 1608. 
llevando consigo a un célebre marino llamado Samuel 
Champlain. Pontgra vé i Champlain esploraron el rio San 
Lorenzo sin fundar establecimiento alguno. El año 
siguiente, el rei concedió al cabídlero De Monts la autoil- 
zacion para llevar a cabo la colonización del Canadá. 
De Monts fundó la ciudad de Port-Royal; i Champlain. 
que lo habia acompañado en esta empresa, echó en 1 60S 
los cimientos de (¿uebec. Este aventurero desplegó gran- 
des dotes de colonizador: pero, a pesar de sus esfuerzos, 
la colonia prosperó poco })oi- las constantes guerras con 
los indíjenas i con los higlesesiiueocupnban los territorios 
del sur. 

Los misionei-os jesuitns, inti()(lnci(h)S <'ii el Canadá a 
principios del siglo X\M1, se empeñaron coa mas o me- 
nos ]n-()vecho en aquietai* a los scih'ajes por medio de la 



PARTE II. — r'AI'í'IM'I.O ,\N 20] 



predicación tnaiijólica. Hicieron mas todavía: en sus re- 
laciones con los indios, tuvieron noticia de la existencia de 
un gran rio llamado Mechassebé. El padre Maninette i 
un negociante apellidado Juliet, hicieron un viaje de re- 
conocimiento a las orillas de aquel rio i lle<i'aron hasta 
el Mis.sissippi (1673). Un colono de Montreal. apellida/h) 
La Sale, obtuvo de Luis XIY el permiso i los recursos 
para reconocer este gran rio linsta su end)ocadui'a. A la 
cabeza de cuarenta, hond)res. La Sale partió de (¿uebec 
en agosto de 1G7Í), en una embarcación (-(instruida espe- 
cialmente para un viaje de esta naturaleza: i en 1582 llegó 
a la embocadura del rio .Mississip]>i. La rejion que riega 
este rio al desaguar en el golfo mejicano fue deiiondnada 
Luisiana, en honor del soberano bajo cuyo reinndo se 
habia hecho tan notable esploracio]i. 

Los pi'oyectos de colonización francesa en la Luisiana, 
no se llevaron a cabo sino a pi'incipios del siglo siguiente. 
Compañías privilejiadas disfrutaron de su cojnercio du- 
rante mucho tiempo: pero la colonia no adipiirió su 
verdadera inq>ortancia sino cuando una abundante emi- 
gración europea comenzó a desarrollar su industria i su 
comercio. La ciudad de Nueva Orleans, fundada en 1722. 
fué declarada capital de la prc^vincia. Los colonos de 
Luisiana introdujeron los esclavos africanos en 1724. 

Las colonias francesas de América, a pesar de su ven- 
tajosa situación i de las producciones de su territorio, no 
alcanzaron janms al gnido de progreso i de pol)lacion ;i 
(|ue llegaron las ])osesiones británicas. Ln la Luisiana i 
en el Canadá, mientras estuvieron en poder de la Francin, 
imperaba un réjimen colonial mui semejante^ al (pie los 
españoles impusieron en sus posesiones de América: el 
monopolio en la iiidustria i el comercio, el absolutismo 
en la administración ])olítica. L(js ingleses comprendían 
de mui diversa manera el gobierno de Ins colonias: i ;i 
lu sombra de un réjimen liberal, formaron pueblos po- 
derosos i florecientes de (pie habia de nacer mas tarde 
una <»ran nación. 



-— >^<- 



PARTE TERCERA 

LA COLONIA 

CAPITULO PRIMERO 

Divisiones políticas i administrativas de las colonias españolas. 

Diferencia entre la conquista i la colonia en la liiHtoria de las poseniones 
españolas de América.— Virreinato de ^íéjico o Nueva España.— Ca- 
pitanía jeneral de Guatemala.— Virreinato de Nueva Granada.— Ca- 
pitanía jeneral de Venezuela.— Virreinato del Perú.— Virreinato de 
Buenos Aires.— Capitanía jeneral de Chile.— Capitanía jeneral <le 
Cuba. 

Djfeuencia kntkI': l.\ coními-^ta i i. a coi.oma ion j>a 

mSTOHIA DE íiAS POHIOSIONKS KHPA.ÑOI.AS \)K Am lÓKJCA.— SÍ 

la conquista del nuevo mundo hubiese estado fundada en 
derechos lejítinios; si los lioiTonss de esa guerra no ofen- 
diesen la razón i la justicia; si el yugo imjniesto a hom- 
bres libres no fuese un ultraje inferido a la hunianidad. 
los conquistadores de América merecei'ian ser colocados 
en el rango de los semidioses, con mas justo título ()ue 
los héroes de la antigüedad griega. 

A la vuelta de algunos siglos, en ('Ícelo. ])arc<eián ía- 
bulosas las hazañas de los conquistadores de América. 
C'olou hace el mas portentoso viaje marítimo con tres 
débiles embarcaciones, i a la cabeza de 120 hombres toma 
posesión, en nombre del rei de España, délas populosas 
islas del mar de las Antillas. Cortes, al frente de GOO 
hombres, invade un imperi(^ poderoso cuya ])oblacion no 
podia bajar de diez millones de almas. Tizarro con 1<S() 
españoles penetra en el interior del Perú, apresa al inca 
i toma posesión de un vasto i poblado imperio. Maga- 
llanes descubre mares desconocidos, i al morir deja a sus 
compañeros en situación de dar la primera vuelta al 
mundo. Al lado de estos grandes capitanes, tina inñnidad 
de aventureros se inmortaliza con hazañas no menos 
riesgosas i brillantes. 



20) HIS'I'OIMA l»E ANír'nUCA 



I^o8 coDíjiiistadoivs acometiaii por su cuentii i riesgo Ins 
ompresjis mas nlrevidas, (jno llevaban acabo por su sola 
iniciativa. M ni pocos eran los descubridores o coinjuista- 
dores a quienes el rei o sus ajentes hubieran confiado una 
conquista, (.'ortes acometió la de Méjico contra la vo- 
luntad del gobernador español de Cuba. Balboa necesitó 
sublevnrse j)ara llevai-,a cabo el descubrimiento del mar 
del sur. Bajo el réjimen de la colonia. est;i espontaneidad 
de los esploradores i de los soldados, desapareció casi 
completamente. Los jefes de las diversas espediciones, 
los gobernadores de las provincias, los enqjleados encar- 
gados de ndministrar justicia i hasta los ministros del 
culto, fueron nombrados ])orel rei, ei-an amovibles a su 
voluntad i estaban sometidos a las instrucciones que re- 
cibían de la corte. La administración pública fué regla- 
mentada en sus mas menudos detalles: los colonos ])er- 
dierou todo sentimiento de individualidad, i (juedaron 
leducidos a una inacción casi completa. Este sistema de 
gobierjio vino a ser fatal a las colonias del nuevo mundo, 
como lo veremos mas ndelante. 

Esta es la verdadera razón de la lentitud de los pro- 
gresos de las colonias hispano americanas. Su historia 
bajo aquel réjimen ofrece un escasísimo interés. Nos li- 
mitamos por esto a dar una idea de la división política 
i administrativa de las colonias antes de esponer el 
sistema de gobierno a (^ue estuvieron sometidas. 

V'' IKK i: I NATO DE Mió.jicoo XiEVA Es PAN A.— El vasto te- 
iritorio conquistado poi* Hernán Coites, fué constituido 
en virreinato por (/arlos V en ló.'H. i ensanchado ])or las 
conquistas deMechoacan. la nueva (Jalicia. Ins Californias 
i la península de Yucatán. 

La riíjueza mineral de a(juel virreinato i las valiosas 
]jroducciones A'-ejetales de la zona tón-ida, llevanm a la 
Nueva España una abundante emigración europea, i 
dieron por resultado el considerable incremeiito déla ri- 
(jueza publica. En los últiujos años de la dominación es- 
pañola, las lentas fiscales montaban a 20 millones de 
])esos |)or año, de los cuales seis pasaban al tesoro de la 
metrópoli. La población del virreinato casi alcanzaba a 
siete millones de habitantes; ])er() solo una (juinta parte 
de éstos era compuesta de blancos, descendientes de 
eiiro])eos. Los demás eran indios o mestizos. 

La división intei-ior del virreinato estaba determinada 
]K)r las necesidades del servicio publico, llabiaen la 
Nueva España dos tribunales conocidos con el nombre 
de real audiencia, establecido el uno en Méjico (1527) i 
el otro en (íuadalajara (1548), i oti-os tribunales espe- 
ciales como el consulado para juzgamiento de los asuntos 
comerciales, establecido en Méjico, A'eracruz i Guadala- 
jara. el de minería, el de acordada (1722), (]ue tenia por 
objeto juzgar sum;íriamente a los bandoleros que j>ulu- 
laban en los caminos públicos, i el de la in(]uisicion. 



PARTE III.— CAPÍTTLO I 20; 



Méjico era A Msieuto de uii arzobispado, constituido 
primero en obÍ8])ado (1525), i erijido después [en ai'zo 
bispado (1545), de que de})endian ocho obispos. Las 
rentas de estos ])relados eran inmensas: el arzobispo de 
Méjico tenia l^iCOOO })e80S annales, el obispo de Puebla 
110,000 pesos i el de Meclioacan contaba con 100,000 
pesos. La ricpieza del clero no consistía tanto en las fincas 
(pie poseia, ann(]ue éstas eran mnclias, sino en los capita- 
les impuestos a censo sobiv las de los ])articulares. l^a 
totalidad délas })ro|)iedades del clero, así (^n fincas como 
en esta clase de créditos, no bajaba déla mitad del valor 
total de los bienes raices del pais. Ademas de estas rentíis. 
tenia el clero secular los diezmos, (]iie montaban a cosa 
de 1.800,000 ])esos anuales. 

El virreinato de Nueva España alcanzó aun alto <>rado 
de riíjueza i (ssplendor. Construyéronse en la capital i en 
algunas ciudades de provincia. tem])los i otios edificios 
monumentales, formáronse paseos hermosísimos, i se 
organizó ;d lado del viriei una corte no menos ostentosa 
que la de Madrid. Méjico })()seia una casa de moneda que 
acuñaba juinalmente cerca de veinte millones de picaos, 
un jardin de aclimatación, vina academia de l)ellas artes 
i una modesta dotación de escuelas. La universidad de 
Méjico (1551) fué el centio de un movimiento literario 
i científico mui superior al (|ue se desarrolló en las 
otras colonias. Se estudiaron las antigüedades mejica- 
nas, se cultivó la |>oesía, i st» ])restó atención a las cien- 
cias tísicas i matemáticas.' 

El pilmer virrei de Nueva Es|)aña. don Antonio de 
Mendoza, introdujo la imprenta en Méjico en 1585. Des- 
tina<la i\\ principio a la ])ublicacion de tratados místicos 
i a la propagación de la doctrina cristiana traducida a 
las lenguas indíjenas ])ara la instrucción de los indios, 
la im])renta siivió mas adelante ])ara la impresión de 
libros de otro interés. En 1728 se dio a luz el primer 
])eriódico, contraído a la publicación de noticias; |)ero 
luego aparecieron otros consagrados a la difusión de las 
letras i las ciencias, tal como se comprendian bajo aquel 
réjimen. Esos ])eriódic()s estaban sometidos a la censura 
que ejercia uno de los oidores de la audiencia. lOn ellos 
no podia publicarse nada que no contribuyese a afianza i- 
el absohitismo político, admhiistiativo i relijioso que 
formaba la base de ¡ujuel gobierno. 

El virreinato de Nueva España, como todas las ])ose- 
siones españolas, estuvo espuesto a los ataques de las 
escuadras i de los corsarios de Inglatei'ra, Francia i 
Holanda, cada vez (píela madre patria estuvo en guerra 
con alguna de estas potencias. Durante dos siglos, no 
tuvo mas ejército permanente (pie la escolta del virrei; 
pero bajo el reinado de lf)s ])rínci))es de la (^asa de Hor- 
l>on, creáronse cuerpos de tropas, i se disci})linaron las 
milicias. Ese ejército no era necesario ])ara manteiH^i- 



JÍO() FÍISTORÍA de AMÉRICA 



sometidos a los mejicanos, porque, aparte de algunas 
sid)levacioiies de indios de poca importancia, la fidelidad 
de éstos no se desmintió jamas. 

Taimtanía jknehai. i)K Gttatemala.— La rejion de la 
A mélica f'entral formaba la capitanía jeneral de (Inate- 
mala. La conquista definitiva de aí]uel territorio fué la 
obra de muchos años de largas i encarnizadas luchas 
contra los indios. 

T^a ])i'Ovincia de (ruatcmala )>oseia un tribunal de la 
real audiencia (1542); i mas tarde, el lei creó un consu- 
lado (1704). El gobiei'uo eclesiástico fué confiado a un 
obispo establecido en la ciudad de Guatemala (1524), 
dependiente del arzobispado de Méjico, i mas tarde, en 
1742, a un arzol)is])o de que depen(lian tres obispados. 

La capitanía jeneral ei'a formada ])o]' un pais suma- 
nienie fértil, nmi |)oblado en conqjaracion de las otras 
posesiones (españolas, i bien cultivado. La industria 
agrícola, estimulada ])or el alto precio del cacíio, de la 
cochinilla i de los otros productos tropicales, se desaiToUó 
considerablemente, i su población alcanzó a 1.600,000 
habitantes. Las rentas fiscales llegaban a cerca de 
800,000 pesos. 

Muí escaso interés ofrece la historia colonial de esta 
provincia. La capitanía jeneral de (luatemala vivió 
siempre en la mas completa tranquilidad. A su sombra 
se desarrolló lentamente el comercio. La ciudad de 
(xuatemala poseia una casa de moneda (17;i3) i una 
universidad (1078), en que se enseñaban esclusivamente 
las ciencias teolójicas i legales. Ln 1705, ademas, se esta- 
bleció en (ínatcmala uua sociedad económica, que abrió 
una escuelíi de dibujo (1797), i poco de8]>ues otra de 
matemáticas (1708). Plstableció uníi imprenta (^ue dio a 
luz uji ])er¡ódico que delna servir de propagador de los 
conocimientos útiles. Luego se le notificó una orden del 
rei por la cual quedal)an prohibidas sus reuniones i la 
publicación del periódico. El recelo de que pudieran pro- 
pagarse ideas sul>vei'sivas contra el órdea establecido, 
produjo ese atentatorio golpe de autoridad. 

Virreinato de Nieva Granada.— La rejion <iue los 
conquistadores denominaron nuevo reino de Granada, 
formó ])arte del virreinato del Perú. Rejíala un funcionario 
con el título de gol)ernador i presidente de la real audien- 
cia instalada en la capital de la provincia, Santa Fe de 
Bogotá (1540). Un visitador español pidió i obtuvo del 
rei la creación de un virreuiato (1717). Suprimido éste 
poco mas tarde, fué restublecido definitivamente en 1739. 
El virreinato de Nueva Granada com]H'endia también la 
presidencia de (¿uito, que fué igualmente desmembrada 
del Perú. El arzobispo de Bogotá (1504), tenia por 
sufragáneos cuatro obispos. "Los tres ol)ispos de la 
])residencia de Quito dependían del arzobispado de Lima. 
De este ultimo dependía también el obispo de Panamá,. 



PAR^I'E III.— CAPIfüLO I 207 



La presidencia de Quito tenia también una real audiencia 
(1563). 

JjRS costas de este viri-einato fueron muchas v^eees 
atacadas poi- los corsarios de las naciones europeas 
(jue sostuvifTon guerras con E8i)aña. La metrópoli cons- 
truyo costosas fortificaciones en Santa Marta, Cartajc^na. 
Puerto Bello, en la enibocaduia del rio nhao;ros, en Pa- 
namá i en (xuayaquil i levantó en A siülo xVííT un ejér- 
cito de 8,000 hombres. 

El virreinato tenia poco mas de dos millones de habi- 
tantes de oríjen europeo o mestizo, i como (>00,000 de 
ellos pertenecian a la presidencia de Quilo. Sus rentas 
alcanzaban a tres millones de pesos, pero los gastos de 
la administración pnblica eran causa de que ordinaria- 
mente hubiera un déficit en las arcas reales, que cubria 
el tesoro del Perií. Las ciudades de Santa Fe i Popayai] 
tenian casas de moneda. 

Alg'imos puertos de Niievíi (Jranada Uegai'on a ser 
centros de un im})ortante movimiento de esportacion del 
tabaco, del cacao i de otros productos tropicales. En la 
presidencia de Quito se es^able(*ieron algunas fábricas de 
tejidos de lana que producían notables beneficios. 

Como en las demás colonias españolas, la instrucción 
pública estaba (árcunscrita a algunas poblaciones. Santa 
Fe poseia una universidad (KJIO) i algunos colejios; pero 
los estudios estuvieron siempre en mal estado. Sin em- 
bargo, don Francisco José de Caldas, hombre distinguido 
<|iie se consagró al estudio de las ciencias físicas, matemá- 
ticas i naturales, llegó a organizar un |)equeño obser- 
vatorio astronómico. La capital del virreinato, ademas, 
gozó en los últimos años de la dominación colonial, del 
í)eneficio de la imprenta. Diéronse a luz algunos periódi- 
cos de noticias; pero Caldas em píen dio la publicación del 
Semanario rJe XiiPva (ivannda,, revista inq>ortante poi* 
los estudios de jeografía física i política de aquel virrei- 
nato. Quiío tuvo también dos universidades, la de San 
íJregorio (L")8b) i la de Santo Tomas (1594), i una im- 
prenta. Sin embargo, la instrucción publica estaba casi 
esclusi van lente contraída a la teolojía i a las leves, bajo 
el réjimén colonial. 

Capitanía .mlxeiíai. dí: \'ioniozi?i:la. — Los establecimien- 
tos fundados en la costa de Venezuela dependían unos 
de las autoridades de la isla de Santo Domingo i otios 
del gobierno de Nueva Granada. La emigración europea 
en aquel pais era escasa. El fértil territorio de \'enezuela. 
sin embargo, poseia las mas valiosas producciones tro- 
picales, el cacao, el añil i el tabaco, que la España no* 
sabia aprovechar por un comeicio activo iliberal. Los ho- 
landeses se apoderaron de la isla de Curazao, i establecie- 
ron en ella una gran factoría para hacer el comercio de' 
contrabando en Venezuela. Pero en 172S una compañía 
de negociantes vizcaínos obtuvo del >ei el privilejio eschi- 



:2(>S HISTORIA DE AMÉRICA 



sivo de comerciar en las costas de Venezuela, con la obli- 
gación de limpiarlas de contrabandistas. La compañía 
fijaba los precios de los productos de \'enezuela; i, como 
del)e su])onerHe, los agi'ieultores fueron sacrificados, 
obligándolos a vender su8 mercaderías casi al costo de 
producción. De allí se orijinarou serios desórdenes en la 
colonia. 

Cediendo a las representaciones del virrci de Nueva 
(íranada, ('arlos III decretó en ITTíi la creación de la 
capitanía jcneral de Venezuela. Kn 1 78G estal)leció una au- 
diencia, i mas tarde un tribunal de coiuercio o consulado, 
con lo í]ue la capitanía jeneral quedó definitivamente 
constituida. Se calcula (pie su población no pasaba de 
900,000 habitantes. 

Caracas, capital de la capitanía jeneral, fué. el asiento 
de un obispado, fundado en la ciudad de Coro en 1532, 
i trasladado a Caracas en KiBG. El rei elevó su iglesia 
al rango de arzobisi)ado (1803), con un obispado sufra- 
gáneo. La ca])itanía jeneral de Venezuela |)Oseyó una 
universidad, instalada en Caracas en 1725; i tuvo tam- 
bién una pequeña impienta casi al terminarse la domi- 
nación colonial. 

ViiíHEiNATo i)i:l Pioiii'.— El virreinato del Perú com- 
prendió bajo su gobierno todas las posesiones españolas 
de la América del sur. (^omo no era posible que un solo 
funcionario pudiera rejir tan dilatado territorio, los reyes 
separaron diversas secciones que se constituyeron en go- 
bernaciones independientes del virrei del Perú. 

Lsb oiganizacion del virreinato data de 1542. Desde 
sus primeros años de eAÍstencia, fué el teatro de cons- 
tantes revueltas i guerras civiles entre los mismos con- 
(piistadores; pero los delegados del rei tiiunfaron siempre 
de los rebeldes. 

Los indios ])eruanos, auii después de terminada la con- 
quista. mantuN'ieron una apariencia de corte imperial en 
las montañas inmediatas al Cuzco. En 1579, el virrei 
don Francisco de Toledo resolvió desembarazarse de ese 
peligro. Tupac-Amaru, este era el nombre del indio a 
quien sus compatriotas daban el tratamiento de inca, 
estaba asilado en la sierra de \ ilcabamba. El virrei 
formó un cuerpo de 200 soldados españoles i de muchos 
indios ausiliares. i lo puso bajo las órdenes de don Martin 
García Oñez de I^ONola. Los espedicionarios lograron 
sorprender la corte de Vilcabamba. Muchos indios se in- 
ternaron en los bosques donde hallaron su salvación, 
pero Tupac-Amaru se entregó a sus perseguidores, i fué 
• llevado al Cuzco i condenado al último suplicio por el 
falso delito de haberse rebelado contra el rei. Inútiles 
fueron las instancias de las persc )nas mas caracterizadas 
que rodeaban al virrei para obtener el perdón del infeliz 
indio. Toledo cerró las puertas de su casa para no oir 
las súplicas, i mandó llevar a cabo la ejecución de Tupac- 



PARTE III.— OAPÍTULO í 20i> 



Aniaru. Tan injustifieable crueldad, seí>'uida de otros 
actos de rigor, puso término a las pretensiones de la 
familiíi real del Perú. Las momias de los incas fueron 
desenterradas del ('uzeo i llevadas a Lima para hacer 
desaparecer todo objeto que pudiera recordar la antigua 
grandeza del imperio. 

Después de la creación de los virreinatos de Nueva 
Granada i de Buenos Aires, i de las ca])itanías jenerales 
de Chile i de N'enezuela, el virreinato del Perú quedó re- 
ducido a mas estrechos límites, i aun así formal)a la 
mas rica posesión de la América del sur. Las minas de 
oro i plata, el estenso comercio de que era centro la 
ciudad de Lima, i las producciones de su agricultura, lo 
habían elevado a un alto grado de riqueza. Su población, 
con todo, 'Uo pasaba de dos millones de halíitantes; pero 
sus rentas fiscales alcanzaban a cerca de seis millones de 
pesos, con los cuales cubría los gastos de su administra- 
ción, ausiliaba al virreinato de Nueva Granada i a la 
capitanía jeneral de Chile, i remitía a España cerca de 
un millón de pesos. Lima tenia una casa de moneda que 
acuñaba anualmente cerca de seis millones de. pesos. 

Lima era también el asiento de un arzobispado (eri- 
jido en obispado en 1541 i en arzobispado en 1545), de 
que dependían cinco obispos en el mismo virreinato, dos 
en la presidencia de (¿uito. uno en el virreinato de Nueva 
Granada, i los de Santiago (15()2) i Címcepcion (1507), 
en la capitanía jeneral de Chile. En toda la estén sion del 
virreinato habia 115 conventos, i se calcula en mas de 
4,0()() el número de los eclesiásticos de ambos cleros. El 
número de monjas era algo menor. Para su sosten, esos 
conventos i monasterios contaban con rentas muí con- 
siderables, nacidas no solo de los frutos de propiedades 
territoriales, sino del producto de capellanías. 

Las costas del l^erú fueron muchas veces atacadas por 
los corsarios ingleses u holandeses. I^a corte se vio en 
la necesidad de consti-nir costosas fortificaciones en el 
Callao. En el siglo XVIU se formai'on varios cuerpos 
de tropa, cuyo número alcanzaba a cerca de ^i,000 hom- 
bres, i se organizaron las milicias bajo un pié legular. 
Carlos 111 decretó también en 1787 la creación (le una 
audiencia en la cuidad del Cuzco, constituyendo una pre- 
sidencia en las provincias interiores del virreinato. 

Lima tuvo una universidad (L551). Carlos II creó en 
1092 otra en el Cuzco. De ambos establecimientos depen- 
dían los colejios establecidos en el virreinato. La (japital 
fué el centro de cierto movimiento literario que no pro- 
dujo, es Aerdad. obras de un mérito notable. La ciudad 
de Lima tuvo imprentas desde tines del siglo XVI: i)or 
ellas se dieron a luz muchos libros, principalmente mís- 
ticos; pero desde la primera mitad del siglo XVIII co- 
menzó a publicarse una gaceta destinada a reproducir las 
noticias de Europa. Mas adelante se dio a luz el Mercurio 
U 



íílO HISTORIA DE AMÉRICA 



Peruano, vasta recopilación de tratados sobre jeografía 
del Perú, ciencias e industria. 

Virreinato de Buenos Aires.— Las colonias fundadas 
en el litoral de los rios (jue van a deseml)ocar al cauda- 
loso Plata se desari'ollaron lentamente. Su comercio 
estaba espuesto a las asechanzas d(» los corsarios ingleses 
u holandeses, i su territorio fué mas de una vez invadido 
por los portugueses (|ue ocupaban el Brasil i que querian 
estender su dominación hasta la embocadura del rio de 
la Plata,. En 1720, el gobernadcn- don Bruno Mauricio 
de Zavala fundó la ciudad de Montevideo, en la orilla 
norte del rio de la I Mata, para sostener los derechos de 
Es])aña al señorío del teriitorio del TTruguai. La cues- 
tión de límites siguió deliatiendose, ya por memoriales 
presentados i)()r los ajentes de ambos gobierHOS, ja por 
medio de las armas. 

Mientras tanto, las provñicias del hitcrioi-, así como 
las que í'oi-maban el Alto-l'eru (hoi Boli\ ia), habian bus- 
cado el rio de la Plata para la esportacion de sus produc- 
tos. Las provincias arjen tinas abundaban en ganadería i 
hacían un valioso comercio de cueros i carnes saladas; 
el Alto- Perú producía cascarilla, algodón, añil, azúcar, 
plata i cobre. Buenos Aires llegó a ser el centro de este 
comercio. 

El rei Carlos 111, por real cédula de 21 de marzo de 
177(S, dispuso la foi-macion de un vin-einato com])uesto 
de las provincias de Buenos Aires, í\araguai, Tucuman, 
Potosí, Santa Cruz de la Sierra i Charcas i de los terri- 
torios anexos a las ciudades de Mendoza i San Juan, 
(jue perteneciíUi a la piovincia de Chile. De este modo, 
es(^ estenso virieinato contó con una población de cerca 
de tres millones de habitantes, con ])rovincias mui ricas 
i con ciudades im]K)rtautes. Sus rentas moni aban a cerca 
de cuairo millones de pesos. 

Buenos Aires poseía desde KHM una reíd audiencia, 
suprimida poco después, pero restablecida en 1783. La 
presidencia de Charcas, que comprendia las provincias del 
norle, poseía también otro tribunal idéntico, erijido en 
1559. Buenos Aires era el centio del movimiento co- 
mercial; pero ( -barcas poseía las riquezas nnnerales i las 
mas valiosas producciones. La universidad i la casa de 
moneda estaban establecidas en la ciudad de Chuquisaca 
ola Plata, hoi Sucre, capital de la jjresidencia de Char- 
cas; pero Buenos Aires tuvo una imprenta desde fines del 
siglo XVnr, i mas tarde un periódico para ladifusion de 
conocimientos útiles. 

Esta misma ciudad (Charcas) era. el asiento de un ar- 
zobís])ado (erijido en obispado en 1552, i en arzobispado 
en 1()09), de que dependían seis obispos. El número de 
sacerdotes, así como la importancia del clero, era tam- 
bién mucho mayor en' las provincias del norte. 

El virreinato de Buenos Aires tuvo en el siglo pasado 



PARTE IIL— CAPÍTULO I 211 



un ejército permanente de cerca de dos mil hombres; pero, 
aparte de las «iiierras con los portugueses, no tuvo nece- 
sidad de emplear sus soldados. La presidencia de Charcas 
habia sido el teatro de constantes rebeliones: pero ''es muí 
notable, decia un (»scrítor españolen ISO'i, que jamas se 
haya sentido en Buenos Aires el mas leve rumor de 
tumulto ni alboroto público, (\ue es una no pequeña 
gloria." 

Capitanía .iknf<:i{AI. dk Chili-:.— ^'F.sta posesión, dice 
otro escritor español, ha sido la menos útil a la metrópoli, 
la mas costosa i la mas disputada": i pudo agregar que 
era la mas pobre i la mas atrasada. T.os indios araucanos 
sostuvieron una larga gueri-a con los conquistadores, 
destruyeron las ciudades fundadas en su t(Tritorio i ase- 
guraron sil independencia. Las tentativas que los espa- 
ñoles hicieion jíara obtener la sumisión de los araucanos 
por medio de misiones encomendadas a los relijiosos 
jesuítas, no surtieron efecto alguno. Los españoles tra- 
taron con los araucanos reconociéndoles su hidependencia 
i fijando los límites de su territorio. Los indios, en cambio, 
se reconocieron nominahnente vasídlos del rei de España. 

I^a provincia de Chile fué de|)endiente del virreinato 
del Porxi hasta el año de 177S en (pie fué constituida en 
caj)itanía jeneral. Las francjuicias comerciales acordadas 
por esa misma é])oca, desarrollaion su industria i su 
riqueza, i las entradas fiscales alcanzaion a (luinientos 
mil pesos, suma que no bastaba para cubrir los gastos 
de la administi'acion. Ll rei habia establecido una au- 
diencia en la ciudad de Conce])cion, pero en 1609 fué 
trasladada a Santiago. Los dos obispados (pie existían 
eran dejjendientes del arzobispado de Lima. 

La poblíicion de Chile alcanzó a cerca de ()()(), 000 ha- 
bitantes de oríjen español mas o menos ])ur(), fuera de 
los indios que (piedaion arrinconados en el territorio 
araucano. 

La prolongación de la guerra contra aquellos l)árba- 
ros durante mas de dos siglos, fué causa de que vinieran 
a Chile mas soldados esi)añoles que a cualquiei- otro pais 
de la América, i que, mezclándose éstos con las tribus 
indíjenas som(*tidas, seo])erara la fusicm de razas, de tal 
modo que el antiguo idioma habia desaparecido de todo 
el territoi-io, con escepcion de la Araucanía, lo que no 
sucedía en ninguna otra colonia del continente. Fundá- 
ronse en seguida muchas poblaciones: i la propiedad 
territorial fué mas dividida (]ue en las otras colonias. 

La ciudad de Santiago tuvo también una universidad 
(L747): pero la instiuccion (lue se daba en ella i en los 
otros colejios de su dependencia, era sumamente reducida. 
T^a imprenta no fué establecida en Chile sino después de 
iniciada la revolución de la independencia. 

Capitanía .rKNEiíAT> de Cuua.— El centro del gobierno 
<\sparM)l on his Antillas, era Santo Donnngo, en la isla de 



212 HISTORIA DE AMÉRICA 



este nombre. De «u capitán jeneral dependían los gober- 
nadores de Cuba, de Puerto Kieo i de las })Osesiones de 
la Florida i de la Luisiana, que fué cedida por los fran- 
ceses en 1H)H. Allí residía una real audiencia creada por 
Fernando el Católico en 1508, i un arzobispo (1512). de 
([ue eran sufragáneos seis ()bis])()S. 

A mediados del siglo XVII. los franceses se posesio- 
naron de la mitad de aquella isln; i en 1705 h\ Fspañn 
le cedió la parbe oriental (jue liabia conservndo. El centi'o 
del gobierno coloninl de los españoles (^n íns Antillas fup 
trasladado a la isla de Cuba. Eu 1797 S(^ cslnbleció el 
tribunal de la audiencia en Puerto- Prínci])e, i en 1S()4 
Santiago de Cul)a fué erijido en nrzobispado. 



CAPITULO II 



Administración de las colonias españolas. 

fios representaiitf'S del i'ei.— El cüiLsrjo do ludias i la casa de cutitra- 
tacion. — Las audiencias. — Otros tribunales; el consulado. — Los ca- 
bildos. — Las leyes de Indias; coii'uitciou administrativa. — Gobierno 
eclesiástico. — Las misiones; los jesuítas. — Las misiones del Para- 
}<uai. — La inquisición. — Ksinritu restrictivo del sisÜMua colonial de 
los españoles; esclnsiou de los aiiiericanos d«^ los puestos públicos. 

Los HEPKESENTANTIíS DEL IfEI. — 101 sisteuia aduiiuls- 

trativo de las colonias espnñolas estaba basado en el 
mas co]n])leto absolutismo. El rei daba las leyes i gober- 
nal)a por medio de sus delegndos, los ])ri]íieros de los 
cuales eran los viiTeves i los ca])itaues jeuerales. VA rei 
no debia dar cuentí) i\ nndie d(' sus acciones, porcjue Ins 
leyes constitucioib-iles lo liabian declarado irrespousablo. 
La autoridad renl, ncatada sumisa e incoudicioualuieutc, 
habia alcanzado el prestijio de un dogma relijioso <' iu- 
<li8cutible, fpie era euseundo en el templo, rn l;i cscneL-í i 
en las familias. 

El viri'ei i el c.-i, pilan jmoral loiiian oii sus ies|>ocl ¡nos 
dondnios atribuciones casi igual(\s, estabnii enea igra los 
del ])oder ejecutivo i eran los r(^])resenta.utes autoi-izados 
del rei. Ejercian el gobierno supremo eu lo civil i en lo 
militar; tenian el dereclio de pi-oveer muchos empleos de 
importancia, i desem])euabau ol vice pati-ouato en los 
asuntos eclesiásticos. 

Estos tuncionarios, especialmente los vineycs. \ ¡\'iaii 
rodeados de ciertíi ])ompa (|ue asemejaba su casa a la 
corte d(^ los reyes. Tenian guai'dias de a pié i de a ca- 
ballo i numerosos sci*vidoies. Esto mismo hacia de tal 
modo gravoso el desempeño de este cargo, (|ue nmchos 
de ellos empleaban medios ilícitos para hacer i'ortnna i 
sostener el lujo de sus t'auúli^^s. 



I»Al{TE III.— CAPÍTirLO 11 218 



J^a ]ei (jueria ([ue los virreyes i capitanes jenerales 
estuviesen deslig-ados de todo vínculo en el [)ais que go- 
bernaban. No podian tener mas pro])iedad visible que 
cuatro esclavos, comerciar, casarse, asistir a bodas o en- 
tierros, ni ser padrinos. Sin embargo, en la práctica estas 
disposiciones eran mui poco respetadas. 

Estos funcionarios eran amovibles a voluntad del 
soberano, i estaban sometidos a un juicio de residencia 
al terminar su administración. El rei designaba a un 
letrado para residenciar al virrei o ca¡)itan jeneral que 
terminaba su gobierno. El comisionado se trasladaba a 
la capital de la provincia que liabia rejido el residenciado, 
i anunciaba por bando el dia en que debía abrirse el 
tribunal de residencia i el lugar en donde debia insta- 
larse. Todos estaban autorizados para entablar acu- 
saciones durante sesenta o noventa dias; i entonces el 
comisionado levantaba sus informaciones, oia los des- 
cargos del acusado, i remitia los antecedentes al consejo 
de indias, que juzgaba en deñnitiva. La corte dispensaba 
a veces este juicio a aquellos funcionario's que tenian 
valimiento con el rf-i. El marques de Bracif o rte, acusado 
de muchas faltas, fue dispensado del juicio de residencia 
por influjo de su cuñado Godoi, favorito de Carlos IV. 
Otras vecps este juicio quedaba reducido a una farsa. 
''Si el virrei es rico, nuiñoso i sostenido en América por 
un asesor atrevido, i en Madrid ])or amigos poderosos, 
decia el barón de Humboldt. puede gobernar arbitraria- 
mente sin temer la residencia.'' 

El Conskjo de Indias i la casa de contratación.— El 
consejo de Indias fue fundado por los reyes católicos 
inmediatamente después del descubrimiento del nuevo 
nmndo. Era com])upsto de funcionarios (pie hablan 
desenq)efiado en América importantes desthios i ([ue ha- 
bian ()l>servado en ellos una conducta honoral)le. Su 
com])etencia se estendia a todo cuanto tenia relación con 
el gobierno de las Indias. Tenia atribuciones judiciales 
(^n varios asuntos, i en la revisión de las resoluciones 
dadas pov las audiencias en los litijios importantes, i 
estudiabtí i proponía las leyes relativas a las colonias. 
En consecuencia, tenia el derecho de examinar todos los 
documentos públicos o reservados (pie se en\'iaban de 
América. 

Eli lOspaña fxistia también la casa de contratación. 
establecida en Sevilla en 1501. Tenia (^1 encargo de ins- 
peccionar todo lo relativo al comercio con las Indias, 
pero ])oseia ademas atribuciones judiciales, i juzgábalos 
grandes litijios a que daban lugar las relaciones mercan- 
tiles entr;' la España i sus colonias. De sus xlecisiones 
solo se [)odia apelar ame el consejo de Indias. 

Las audíenclvs.— Las reales audiencias eran tribuna- 
les supremos, de cuyas sentencias no se podia apelar 
sino ante el conseio de Indias, i solo en las causas civi- 



214 HISTORIA L>E AMí';K1(; A 



les, i cuando el litijio veryabu sobre mas de seis mil pesos. 
En los asuntos de ])()licííi i gobierno (|ue se liabian lie- 
dlo contenciosos, i en (|ue enlendian los virreycn^ o 
capitanes jenerales, las audiencias fallaban en apela/ion. 
Ejercían ademas un derecho de vijilancia sóbrelos d/nias 
tribunales i sobre los empleados civiles. En muchos ne- 
gocios de gobierno, los virreyes i capitanes jenerales 
estaban obligados a consultarlas. Por muerte o jjoi- 
ausencia de aquellos altos funcionarios, el rejente o el 
oidor mas antiguo de la audiencia eran llamados por 
la lei para reem])lazarlos interinamente. El jefe político 
del territorio, ya fuera el vin-ei, el capitán jeneral o el 
jn-esidente. como en Guadahijara. en (¿uito, el Cuzco i 
Oiárcas, tenia derecho de presidir la real audiencia i de 
asistir a sus sesiones, pero no tenia voto deliberativo 
ni consultivo. 

El rei habia querido sustraer a los oidores de toda 
influencia (]ue ])udiera perjudicar a la recta administra- 
citm de justicia. Les estaba })rohibido ser juidrinos, asis- 
tir a bodas o a entieri'os. casarse sin ])ermiso en el lugai* 
de su residencia, negociar, tomai- o dar dinero a prés- 
tamo, mantener estrechas relaciones de amistad i hasta 
poseer propiedades. 

Otros tribunales; i:l consulado. -—Las audiencias 
no eran los únicos tribunales. Los alcaldes municipales 
tenian importantes atribuciones judiciales; i habia tam- 
bién tribunales eclesiásticos, dependientes de los obispos, 
pero sujetos a la jurisdicción de las audiencias, i tribu- 
nales militares, de hacienda, de minería i de comercio. 

Estos últimos, dencmúnados también consulados, ei-an 
los mas importantes. Sus miembros eran nombrados 
periódicamente por elección de los comerciantes. Ademas 
de sus atribuciones judiciales, pi-oponian al rcl las me- 
didas convenientes para el fomento de la agricultura i del 
comercio. Los consulados podian tener fondos ])roi>ios: 
pero los aplicaron a ti'abajar caminos, aduanas i escuelas. 

Los tribunales de minería tenian una organización 
semejante. Fijaron reglas para la esplotacion i laboreo 
de las minas, i crearon escuelas es})eciales para el cultivo 
de ciertos conocimientos, que como el de los elementos 
de matemáticas, estaban descui(^lados<Mi las universidades. 

Los ('ABIJADOS.— Los conquisl adores inqjJantaj'on en 
América las instituciones municipales (pie existían en 
Castilla. Ai)énas fundaban una ciudad, creaban cabildo 
compuesto de rejidores que debian renovarse cada año. 
Correspondía a eílos el réjimen de policía. Podian también 
levantar tropas para la defensa del distrito, imponer con- 
tribuciones i aun dictar ordenanzas que tenian el cai'ácter 
de leyes. En los primeros tiempos nombraban gobernado- 
res provisionales en los casos de acefalía accidental. Dos 
de sus miembros, designados por alcaldes, eran los jueces 
de primera instancia. 



TAiriK III.— OAPÍTOLO II 215 



La política absorbente de los revésele España despojó 
poco a poco a los cabildos de niuclias de sus atribucio- 
nes. Los cargos de rejidores. mucho menos importantes 
])or esto mismo, eran, sin embargo, mui codiciados por 
los criollos que no tenian otro campo en que señalarse 
entre sus conciudadanos. En algunas de las colonias, 
como sucedía en Chile, esos cargos se compraban en 
remate público, i pasaron a ser vitalicios. Sin embargo, 
los cabildos, con el recuerdo de sus antiguos fueros, se 
úiteresaban por el j)rogre80 de la localidad, i ])or con- 
serva]' la independencia de la corporación. Al asomar la 
revolución contra la metrópoli, ellos, casi súi esce])<'ion. 
fueron los sostenedores de ese movimiento. 

Las leyes de IxurAs: corijupcion administkativa.— 
Este sistenm de gol)ierno estaba reglamentado con «rran 
minuciosidad por un código especial denominado neco- 
pílaciou de las leyes de ludias, l^^^rmaban este código las 
disposiciones dictadas por los monarcas españoles, i 
reunidas en un cuerpo en 1680. Esas leyes revelaban en 
el lejislador excelentes intenciones, a pesar del espíritu 
i-estrictivo que parecía haberlas dictado. Lalei deslindaba 
prolijamente las atribuciones de los representantes del 
poder j)úblico. ñjai)a el ceremonial que éstos debían obser- 
var, i atendía hasta los mas pecpieños detalles de la 
administración. 

Sin embargo, a la sombja d»* las leyes se había des- 
arrollado una espantosa corru])CÍon administrativa. Los 
gobernantes habían hallado medios ])ara eludir la lei i 
])ara convertir la administraciíjn publica en un canqx) <le 
escandalosas e8])eculaciones. Dos matemáticos españoles, 
don Antonio de Ulloa i don Jorje Juan, en un célcbíe 
inforuie que dieron al reí a mediados del siglo XVJll, han 
revelado la venalidad de los fuiícionaiios públicos, su 
codicia iasaciable. sus es])e<'ulaciones indignas, su des- 
potismo injustiñcable i, sobre ttjdo, la manera como el 
monarca era (nigañado. Los altos empicados ])ercibian 
sueldos por tropas (pie no existían, vendian el derecho 
de comerciar con los estranjeros i hacían c()ntratt)s one- 
rosos para la i)ro visión del ejército. El historiador meji- 
cano Alaman letiere ipie íturrigarai, "desde que fué 
nond)rado virrei de Nueva España, no tuvo otro pro- 
p(')SÍto (pir hacerse de gran caudal, i su primer acto, al 
tomar posesión del gobierno, fué una defraudación de 
las rentas reales, pues habiéndosele concedido que llevase 
sin liacer la roi)a que no hubiese podido conduir al 
tienq)o de su endyanpie para sí i su familia, introdujo, 
con este pretesto i sin pagar derechos, un cargamento 
de efectos que. vendido en Veracruz. produjo la cantidad 
de 119,125 pesos. Todos los empleos se proveían por 
gratificaciones que 7-ecibian el virrei. la virreina o sus 
hijos.-' 

'^Un jefe que pasa a América para enri(piecer su familia., 



216 IIIS'I'OHIA DE AMKKK'A 



decia el barón de Humboldt, encuentia medios de con- 
seg'uir yu (objeto t'a vore(*ieiido a los particulares laas ríeos 
del ])ais en la distribiieion de los empleos i en los privi- 
lejios para comerciar con las colonias de otras potencias... 
Se ha visto virreyes (jiie han sustraído en pocos años mas 
de millón i medio de pesos." 

GoBiEKNo ECLiosiÁSTico.— En los i)rimeros tiempos de 
la conquista. Fernando el católico obtuvo del i)apa 
Alejandro VI. la propiedad de los diezmos eclesiásticos, 
con la obli^cicion de propagar en el nuevo nmndo la 
relijion católica (1501). Poco tiempo después. Julio lile 
concedió el derecho de ])roponei' para la provisión de 
todos los destinos eclesiásticos de América (1508). Los 
reyes de España \1nieron a ser los jefes de la iglesia 
americana, los administradores de sus rentas, i autoriza- 
dos para llenar los destinos vacantes. Desde entonces, 
las bulas pontificias no tuvieron vigor tMi América sino 
con la sanción del consejo de Indias. 

Los reyes estiiblecieron en América la jerarijuía eclesiás- 
tica bajo el mismo ])ié (jue existia en Es])aña. El ])rinier 
deber del obispo elejido era ])restar el juramento de res- 
petar la autoridad real. De ahí resultó hi ])az entre los 
dos poderes, el tem])oral i el es]jiritual. a ])esar de las 
competencias i de los altercados, que en el hecho resol vin 
el rei. 

Los obisi)os tenian biijo su dependencin los tribunales 
eclesiásticos, los curas rectores, (|ue servinn las parro- 
quias; los curus doctrineros. ])redicad()res en el territorio 
])oblado por los indios sometidos: i los misioneros encar- 
gados de predicar, la relijion entre las tribus salvajes. 
Cada catedral tenia un cabildo de sacerdotes abundante- 
mente rentados. Fuera de éstos, habia un mimero conside- 
rable de sacerdotes (jue constituian el clero secular i el 
regular. Se calcula (pie las provincias que después forma- 
ron las repúblicas de Venezuela, de Colombia i del Ecuador, 
contaban mas de tres nnl quinientos sacerdotes. En h\ 
Nueva España habia cerca de (]uince mil. 

De aquí resultó la fund;u'ion de infinitos conventos. Ln 
1049. existían en América S-1-0. Fste numei'O casi se 
cuadruplicó mas tarde. Para su sostenimiento poseían 
estensas proi)iedades adquiridas |)or herencia. \n testa- 
mento que no con tenia algún legado en favor de los 
conventos, pasaba por un acto de irrelijiosidad. Poseían 
adenms éstos otra gran fuente de entradas en las ca- 
])ellanías e imposiciones que gravaban las ])ro])iedades. 

El clero gozaba en las colonias españolas de grande 
influjo basado en el respeto a la relijion. en sus cuantio- 
sas riquezas i en la superstición popular. El sencillo 
pueblo hacia consistir la ])iedad casi completamente en 
la pompa del culto i en las ñestas relij losas, que iban 
acompañadas de fuegos artificiales, de danzas, de loa^, 
de toros i de riñas de gallos. Esta seguridad que tenia 



i'akte m.— capítulo i¡ 217 



en su prestijio, fué causa de la corrupción i de la ignoran- 
cia de una parte del clero, llabia ademas numerosos 
monasterios de monjas en que buscaban asilo las mujeres 
que querían dedicarse a la vida contemplativa. En nm- 
chos de ellos no eran admitidas mas que las señoras de 
oríjen español i de alcurnia distinguida. 

Las misiones: i.os jesuítas.— Los misioneros desple- 
garon ordinariamente en el ejercicio de su ministerio 
notorio empeño. Se internaban en las selvas, estudiaban 
el idioma i las costumbres de los salvajes i soportaban 
las mayores penalidades. Muclios de ellos sufrieron el 
martirio. A ellos se debió el haber suavizado en parte los 
hábitos de algunas tribus de indios feroces, i el haber 
suministrado importantísimas noticias acerca de las cos- 
tumbres i de las lenguas de los salvajes. Son ellos los 
autores de. las gramáticas i vocabularios de las lenguas 
americanas i de una multitud de libros históricos. 

Entre estos misioneros descollaron los padres de la 
compañía de Jesús. Establecidos en América .a fínes del 
siglo diez i seis, se estendieron rápidamente, constru- 
yeron templos i conventos en casi todas las ciudades, i 
se hicieron dueños de inmensas propiedades territoriales. 
Se contrajeron también a pro])agar la instrucción en una 
época de oscuridad i de ignorancia. Su poder i su iníitijo 
alarmaron al monarca español: i en 1767 decretó éste 
la espulsion de sus dominios de todos los jesuítas. Esta 
orden, impartida con el mayor sijih), fue ejecutada de 
improviso para impedir todo conato de resistencia. 

La acusación ])rinci])al que se habia hecho a los je- 
suítas consistía en atribuírseles pretenciones de invadir 
las atribuciones del poder civil. En a])oyo de esta acu- 
sación, se citaban, ademas de las grandes propiedades i 
riquezas que habían acumulado, los numerosos i esten- 
sos establecimientos de misiones (jue corrían a su cai-go. 
Los })adres franciscanos hablan reducido nlgunas tribus 
de indios obligándolos a vivir en sociedad civil; pero fue- 
ron los jesuítas los (pie llevai'on mas adelante este sis- 
tema. 

Las misiones de i. PAUAiaAi.— Las misiones del Tara- 
guai fueron el modelo mas acabado de este réjimeii. Esta- 
l)an establecidas alsui* de la lepública actual del Pai'aguai. 
<^n la rejion bañada por los ríos Paraná i U nigua i. Los 
jesuítas llegaron allí en 1G89, cuando ya habia algunas 
poblaciímes es|)añ()las: i se encargaron de someter íi los 
indios guaraníes. Atraían n los indios por medio de re- 
galos i de halagos; al mismo tienq)0 (jue los ])ortugueses 
que ocupaban las rejiones vecinas, los ])erseguian en su 
territorio. Una vez atraídos, los indios eran sometidos 
de grado u por fuerza a vivir en los ])ueblos sujetos al 
réjimen de la mas severa {lisci])lhia. 

En el pueblo de Candelai-in i-esidia un padre su})ej'¡oi" 
de las misiones, i en cada una de éstas habia dos je- 



2JX HISTORIA 1>E AMÍ:m(.'A 



süitas. uno fMicaigado del gobierno teiiii)Oial i el otro 
del espiritual. Cada pueblo, ademas, teuia un correjidor 
o jefe político, alcaldes i rejidores ludios, que foruiabau 
un cabildo; pero estos íuncioiuirios eran solo los ejecu- 
tores de las dis|)osiciones del padi'e jesuíta encargado del 
gobierno. Este resolvía todas las cuestiones así civiles 
como crinnnales. sin permitir ;i])elacion ante los tril)u- 
nales españoles. 

Los jesuítas reglamentaron el trabajo agrícolfi de los 
indios; i para no liacerles ])esada esta tarea, los padres 
la habían convertido en una verdadera fiestíi. Los indios 
salían al trabajo en procesión, llevando en andas una 
iniájen de la Vírjen (^ue marchaba al son de miísíca 
raiénti'íAs durai)a la faena. Recojidas las cosechas, eran 
guardadas en eb almacén de la comunidad. liOS padres 
se encargaban de alimentar í de vestir igualmente a 
todos los indios, i el sobrante de las cosechas compuestas 
de algodón, tabaco, cueros, yerba-nmte i maderas, era 
conducido en embarcaciones propias de los jesuítas para 
ser negociado en Buenos Aires o en otras colonias, i para 
obtener de retorno las herramientas que eran necesarias 
en las misiones. Los padres eran los únicos directores de 
esta negociación, porque los indios no podían comprar ni 
vender nada, sim^ solo pernmtar un alimento por otro. 

Toda la organización civil de las misiones estaba esta- 
blecida de un modo análogo. Los trabajos de las nmjeres 
estaban también sometidos a las mismas reglas. * las 
diversiones tenían la misma regularidad (pie los trabajos. 
Hnsta el traje (pie debían usar los indios estaba proli- 
jamente i'eglamentado. 

Los pndres cuidaban ])njticularm(^nte de la (enseñanza 
relijiosa de los indios: pero éstos aprendían solo las 
oraciones i la doctrina cristiana (ni lenigua. guaraní, ]»ara 
lo cual los jesuitns establecieron imprentas (^n que ])ub]í- 
caban alguuos libros de piedad en a(|uel idioma. Muchos 
indios sabían leer*, pero sus conocimientos no ])asaban 
mas allá. La lengua castellana era ('asi completamente 
(h^sconocida (m e\ territorio de las Misiones. 

Este sistema de gobierno no jn-odujo los resultados ([ue 
se (esperaban. Los mismos indios sometidos hiciei'on tan 
pocos pi'ogresos en la vida civil, que des] mes de la es- 
[Kilsion de los jesuítas se les encontró en la mas completa 
imposibilidad para gobernarse por sí mismos. Muchos de 
ellos volvieron a la barbarie como si nunca hubieran 
conocido las ventajas de la vida civilizada. 

La inquisición.— La inquisición creada en España para 
castigar a los herejes, judíos i moriscos, fué establecida 
también en América (1571). Los reyes instituyeron al 
efecto tres tribunales, uno en Méjico, otro en Lima i el 
tercero en Cartajena, en el virreinato de Nueva Oranada. 
Como en América había muí pocos herejes, nombre con 
(]ue eran designados los protestantes, í rarísimos judíos 



PAKTE 111. — CAPÍTULO 11 219 



O moriscos, la iu(]UÍHk'ion se ocupó principalmente en 
juzgar los delitos cometidos por los sacerdotes en el ejer- 
cicio de sus funciones, la blasfemia i las costumbres rela- 
jadas, i, lo que ahora parece increible, en perseguir a los 
brujos i hechiceros. El tribunal seguia los procesos con 
la mayor reserva, aplicaba horribles tormentos para 
arrancar las declaraciones; i castigaba con severísimas 
penas faltas imajinarias o simples opiniones. Muchas 
veces los acusados eran quemados vivos en medio de una 
gran fiesta denominada auto de fe; i para hacer mas so- 
lemnes estas atrocidades, se esperaba que hubiera varios 
reos condenados para quemarlos en un solo dia. Otros 
acusados eran condenados a la abjuración de sus errores, 
a la confiscación de sus bienes i a la reclucion mas o 
menos larga. Es menester advertir que la opinión pública 
consideraba como un oprobio infamante el solo hecho de 
haber sido procesado por la inquisición. 

Este tribunal, para prohibir la lectura i circulación de 
los libros en (|ue se encontraban pro[)08Íciones contrarias 
al dogma, que ofendian el pudor o que tendian a quitar 
al gobierno su consideración, liabia formado al efecto un 
catálogo de libros cuya lectura era prohibida. Un catá- 
logo impreso en 1 79() contiene los nombres de 5,420 au- 
tores, i una inmensidad de libros anónimos. Entre ellos 
se encontraban muchos escritos enteramente inofensivos. 
La introducción o la venta de cualquiera de ellos era 
castigada severamente. 

EsPÍKITr RESTmCTIVO DEL SISTEMA COliOMAL DE LOS 

españoles; esch'sion de los americanos de los puesi^os 
PCBLicos.— Este sistema de gobierno no era el resultado 
de una sola conce])CÍon, La esperiencia liabia enseñado 
poco a poco a los monarcas españoles la manera de ase- 
gurar su dominación en las colonias i de chiientar un 
orden Jnvariable. Aun en la segunda mitad del siglo 
XA'lll, bajo el gobierno ilustrado de Carlos 111, se intro- 
dujeron grandes reformas (pie modificaron la adminis- 
tración de las colonias i que propendieron a su progreso 
industrial e intelectual; pero siempre quedaron subsis- 
tentes vicios airaio-ados de organización que hicieron ine- 
vitable la revolución d(» la iudeijendencia. 

Las leyes no establecían diferencia alguna entre los 
eui-opeos i los americauos para la provisión de los em- 
pleos públicos. Lejos de eso, algunas reales cédulas daban 
a los últimos la ])referencia para ciertos beneficios ecle- 
siásticos; i en efecto gozaron de algunos destinos subal- 
ternos. Pero los empleos de un orden superior eran con- 
cedidos casi sieni])re a los españoles de nacimiento, como 
garantía de que debían de cuidar de los intereses de la 
metrópoli. Así sucedió que de 170 virreyes que hubo en 
América, solo 4 fueron americanos, i éstos eran hijos de 
empleados españoles. De ()()2 capitanes jenerales de pro- 
vincia, solo 14 fueron orijinarios del nuevo mundo; i de 



220 IIIHTUIMA DK AMKIMCA 



70G obispos, solo 105 fiiHion americanos. De íhjuí resul- 
taba, como es fácil suponer, una rivalidad eoiistante 
entre americanos i es])ari()]es (|ue contribuyó a preparar 
la revolución de la independencia. 



CAPITULO III 

Organización social de las colonias españolas; industria; instrucción 

pública. 

{'la«ifi<-a<i<)ii de lots liabitaiitfH de la>s colonias de Améi-ica. — Condición 
de lo8 indios. — Indnstria minera.— Agricnltnra; industria fabril.— 
Comercio. — Rentas i)úblicas.— Condiciones de los estranjeios en las 
colonias españolas.— Instrucción pública.— ('iencias i letras.— Cos- 
tumbres. 

Clasificación im-: los haiutantls dl las col()Nl\s de 
América.— La primera consecuencia que tuvo para la 
América la ccmcinista española, fué la gran des])oblacion 
de su territorio, l.as guerras que sus antiguos habitan- 
tes tuvieron que sostener contra los invasores, el tral)aio 
forzado a (jue se obligó a los indios, el rigor con que 
éstos fueron tratados i las enfermedades desconocidas en 
el nuevo mundo que, como las viruelas, hicieron tantos 
estragos, redujeron rápidamente la población indíjena. 

En cambio, si ésta disminuyó hasta el punto de des- 
aparecer del todo en algunas rejiones, la población europea 
se acrecentó poco a poco, i se dividió naturahnente en 
diversas jerar(|uías, se])ara(las en parte por la lei. pero 
mas profundamente por las costund)i-es i las preocui)a- 
c iones. 

Formaban la primera clase los españoles de nacimiento, 
denominados vulgarmente chapetímes en casi toda la 
América i gachu])ine8 en Méjico. Eran éstos en su mayor 
parte individuos que venian en busca de fortuna, o em- 
pleados de la administración. Ejercian principalmente la 
industria mercantil, la cual producía grandes beneficios 
por el réjimen de monopolio. 

La segunda clase era formada jíor los criollos, hijos o 
descendientes de los europeos. Heredei'os de los conquis- 
tadores o de comerciantes que liabian rtnmido una for- 
tuna considerable, los criollos eran en jeneral menos 
industriosos (pie los españoles, i perdian fácilmente los 
bienes que hablan heredado. Algunos de ellos poseian 
títulos de nobleza legados por sus mayores, o adquiridos. 
Otros, aunque de oríjen modesto, hacian surcir libros 
jenealójicos, i compraban títulos de condes i de marqueses, 
e instituían mayorazgos. Las preferencias de (]ue goza- 
ban los cliapetones eran causa de un odio mal encubierto 
de parte de los criollos, ({ue debia manifestarse en la pri- 
mera oportunidad. 



PARTE III.— CAPITULO III 221 



En tercer orden fí^uraban los mulatos, hijos de euro- 
peos i negros, i los mestizos, hijos de europeos e indios. 
Formaban éstos la plebe de las grandes ciudades, los 
trabajadores de las minas i de los campos i los soldados 
del ejército. Los mestizos gozaban ante la lei de los mis- 
mos derechos que los esjjafioles i sus descendientes, aun- 
que en la ])ráctica eran menospreciados. l*ero los mulatos 
eran reputados infames de derecho; no })odiaii obtener 
empleos, i no eran admitidos a las órdenes sagradas. 

Los negros africanos, importados a América como es- 
clavííS, formaban la cuarta escala déla jerarquía social. 
Los paises tropicales los teuiau en mayor abundancia, 
porcpie la robusta constitución de los negros los hacia 
mui útiles para el cultivo de la caña de azúcar, del tabaco 
i del añil. En las otras colonias, como sucedia también 
en Méjico i en el Perú, los negros eran empleados en el 
servicio doméstico, i constituían una parte del lujo de 
sus señores. 

Condición ük los indios.— Las leyes habiau hecho de 
los indios una clase separada. Algunas tribus siguieron 
en la vida salvaje, asiladas en los bosques. Otras se in- 
corporaron lentamente a las ])oblaciones es})añolas o 
quedaron viviendo en pueblos apartados, aunque redu- 
cidas a cierto sistema de gobierno. T^na lei de Indias auto- 
rizaba a los indíjenas para conservar sus usos i costum- 
bres con tal que éstos no fueran contiarios a la reí ij ion 
cristiana. Otras mandaban que los nidios fuesen trata- 
dos como vasallos de Castilla; i para libertai-los de los 
fi-audes, el rei les concedió los privilejios de menores. Los 
indios ademas estaban exentos del servicio militar, del 
pago del diezmo i de otras contiibuciones; i tenian abo- 
gados encargados de defendeilos sin emolumento alguno. 
En cambio, estaban obligados al pago de un derecho 
denominado capitación, que debian cul)rir todos los va- 
rones. 

l^os indios eran vasallos inmediatos de la corona o 
de|)endientes de otro vasallo al cual hablan sido adjudi 
cados a título de encondenda. En uno i otro caso, esta- 
ban gi'abados con un im])uestó de trabajo. Por un sa- 
lario fijo, se les obligaba a trabajar en eí cultivo de los 
cam[)os, en el cuidado délos rebaños, en la consliuccion 
de los edifícios públicos i de los canñnos, en la esplota- 
cion de las minas i en el beneficio de los metales. Debian 
concurrir al trabajo |)or secciones, para asegurarles algún 
descanso. Este orden era denounnado núta: i auiupie las 
leyes hfü)iah [)rohibido (pie se obligase a los indios a 
trabajar fuera de su turno, o a trasladarse a muchas 
leguas de distancia de sus habitaciones, la mita llegó a 
ser un motivo de terror para los infelices indios. 

Cuando vivian en las ciudades españolas, estaban so- 
metidos a los majistrados de éstas; pero en los pueblos 
de indios eran gobernados según sus tradiciones por un 



222 HISTORIA DE AMÉRICA 



cacique. El rei habia creado un empleado que debia re- 
presentarlos con el título de protector de los indios. 101 
derecho de capitación (|ue éstos pateaban, era invertido 
en remunerar al ])rotector. al cacique i al cura doctrinero, 
que estaba encarOfido de la propagación de la fe. Los 
prolectores de los indios i los curas hallaron siempre 
arbitrios de enri(]uecer8e por medio de artificiosas viola- 
ciones de la lei. 

ÍNursTiiiA MiNiOKA.— La esplotacion de las minas fué la 
industria a que se dirigió prhicipalmente la actividad d»' 
h>s conquistadores españoles. Al fundar una ciudad, bus- 
cat>an los lugai-es en que creían encontrar minas o lava- 
deros de oro. Durante mucho tiempo, sin embargo, el 
beneficio de esta esplotacion no corres] )ondió a sus espe- 
ranzas. Por fio, en 1545, se descubrió por casualidad en 
el Alto Perú el rico mineral de plata de Potosí. Poco 
tiempo des]mes, en 1540, se comenzó en Méjico la, esplo- 
tacion de las valiosas minas de Zacatecas. Después de 
éstos se hicieron algunos otros descubrimientos en el 
virreinato de Nueva Granada i en la capitanía jeneral de 
Chile. El barón de Humboldt cree que las minas de plata 
de las colonias españolas del nuevo mundo habían pro- 
ducido hasta 1 (S08 la suma enorme de 4.«S51 millones de 
pesos. 

La gran riqueza de algunas minas desaiTolló la pasión 
de los colonos por esta industria. El desculu'idor tenia 
derecho a la mina (pie habia hallado, i le l)astaba pedir 
su ])Osesion al gobernador local ])aTa que éste le señalara 
un número de indios ])ara el trabajo, a condición de pagar 
al rei los dei'echos que le correspondían. A los estranjero.^ 
les era prohibido tomar parte en estas negociaciones. 
Desgraciadamente, no todos los iiiineros fueron felices; 
i esta ])a8Íon alejó ademas a muchos españoles de las 
otras industrias, f^ impidió en cierto modo el desarrollo 
de la riqueza nacional. 

AdRiCT'LTT ra; iNmsTuiA 1 ABKiL.— La agricultura tenia 
en las colonias españolas mucho menos importancia que 
la minería. Sin embargo^ el valor de algunas de sus pro- 
ducciones estimuló su desarrollo. La caña de azúcar, tras- 
portada del oriente, se estendió con rapidez en las rejiones 
tropicales. Lá cochinilla, insecto que se cria en la América 
Central i en Méjico, en las hojas de algunas plantas, era 
cultivada parael tinte de las telas. í^a cascarilla (la quina) 
era cosechada en el Perú. El añil, el cacao, el algodón i el 
café, producciones dé la zona tórrida, constituian una 
gran fuente de cultivo i de riqueza. El tabaco i el maiz 
eran cultivados en diversos climas. En la zona templada 
prosperaban fácilmente el trigo i otras producciones euro- 
peas. Los ganados del viejo mundo se proy)agaron rápida- 
mente en todas las colonias. 

Sin embargo, la agricultura prosperaba lentamente. El 
comercio de sus producciones estaba sujeto a muchas 



PARTE ni.— CAPITULO Til 228 



trabas. Aquella industria, ademas, estaba gravada con 
onerosos inpuestos, i faltaban los caminos para el tras- 
porte de los frutos. Pero el mayor mal proveiiia de la 
falsa protección dispensada por las leyes a la metrópoli. 
El cultivo de la vid i del olivo estaba prohibido en casi 
toda la América; i solo en atención a la distancia de Es- 
pafia, permitió el rei su cultivo en Chile i el Perú, pero 
se prohibió que se vendieran sus productos en las otras 
colonias. 

Las mismas trabas embarazaban In industria fabril. 
Estaba casi reducida ;i In pre])aracion de los productos 
de la agricultura; pero en algunos puntos, como en 
Quito, se habían establecido peíjueñas fábricas de tejidos. 
A fines del siglo XVI exitia en Nueva Espíiña una fábrica 
de paños que comenzaba a surtir a las otras colonias. 
Felipe 111 encargó al virrei en 16()í] que impidiern el in- 
cremento de dicha fábrica i embarnzai'a el comercio de 
paños, con el propósito de ])roteier la industriíi de la me- 
trópoli, ])ero bajo el ])retesto dé aliviar a los indios del 
trabajo que se les imponia en esta laboi-. 

CoMEttcio.— El comercio de las colonias, sujeto desde 
el principio a muchas trabas, recibió un golpe de muerte 
en loTeS. Feli])e TI dispuso que el puerto de Sevilla fuese 
el único que pudiese negociar con ellas. Las penas de 
muerte i de confiscación del cargamento fueron señaladas 
a los contraventores de esta lei. Los comerciantes debian 
despachar sus mercaderías una sola vez al año, custo- 
diadas ])()r las naves de la flota real, i con la condición 
de que sus cargamentos no excedieran de 27. .")()() tone- 
ladas. 

Durante cerca de dos siglos se hizo el comercio de las 
indias de la manera que liabin disj)ue8to Felipe TI. Ilastn 
1717 gozó del monopolio el ¡merto de Sevilla; pero desde 
este año, el cojuercio de las ludias se trasladó i\ Cádiz, 
que ofrecía mayores comodidades a las naves. T)esde allí 
salia cada año una flota que iba repartiendo su carga- 
mento. Tocaba i>rimero en Cartajena, (pie era el punto 
de reunión de los (M)merciantes de Xueva Granada. i Ve- 
nezuela; i pasal)a en seguida a Puerto-Bello, donde la es- 
peraban los comerciantes del l'acífíco. Allí se estal>lecia 
una gran feria durante cuarenta dias en (juese cambiaban 
líis manufacturas europeas por los tesoros de) Perú i de 
Chile, o poi' otras ])roducciones de estos ])aises. La es- 
cuadra seguía su viaje hacia Méjico liasta el })uerto de 
Veracruz, en donde eran desembarcadas sus mercaderías 
para ser vendidas en la ciudad de Jalapa, en otra feria, 
r^a escuadra tocaba en la Habana, i volvía a Europa 
cargada de metales preciosos o de producciones ame- 
ricanas. 

E\ comercio colonial, organizado de esta manera, fue 
convertido en el mas escandaloso monopolio. Los comer- 
ciantes de Sevilla o de Cádiz lograron cii'cunscribír las 



224 HlSTOttiA BE AMÉRICA 



operaciones mercantiles a unas cuantas casas de comercio, 
que obtenian en esta especulación resultados verdadera- 
mente maravillosos. Las mercaderías europeas se vendían 
en América por tres, cuatro i mas veces el valor (|ue 
tenian eii España. Este comercio fue frecuentemente 
turbado por las espediciones de los corsarios holandeses, 
francesas o ingleses. Estas perturbaciones produjeron 
otro mal: en la necesidad de surtirse de mercaderías 
eui'opeas, los colonos las compraron de contrabando, a 
pesar de las leyes (jue condenaban este tráfico con la pena 
de muerte. 

flasta el advenimiento de los reyes de la casa de Bor- 
bon, subsistieron estos eri'ores económicos. Cái'los líl, en 
17,6e3, concedió a. todo español la lil)ertad para comerciar 
con la iíal)ana, Santo Domingo i otras colonias del 
nuevo mundo. Toco tiemix) después, en fel)reTT) de 1778, 
se hizo (ostensivo este beneficio a Buenos Aires, Chile i el 
Perú. Los buenos efectos que esta reforma produjo no 
solo a los comerciantes i C(msumidores, sino aun a la 
corona, se hicieron sentir desde el primer dia. 

Rentas pusucas.— El comercio suministraba a la co- 
roña rentas importantes. Pertenecían a este número el 
Rhnojarifnzgo, derecho de aduana sobre las mercaderías 
introducidas o es])ortadas;el de .i/v/yaífe, establecido para 
la defensa de las costas, i el de eonsiihido, exijido para 
])roporcionar fondos al tribunal de comercio. 

Existia ademas el impuesto denominado alcabala, c(^n 
q\ie estaba gravada la venta de los bienes muebles o 
raices; pero la mas pesada de todas era el estanco, (jue 
comprendía no solo el tabaco i los naipes, sino taml)ien 
artículos de primera necesidad, como la sal. El espendio 
de las bulas de cruzada i de carne, procuraba al reí una 
entrada con sideral )le. 

La corona tenía otros ramos de entradas eventuales, 
como el producto de la venta de tierras ])úblíca8 i de 
empleos, i los derechos conocidos con el nond)re afian- 
zas i medias anatas. Pagaban el primero los condes i 
marqueses a. falta de los servicios personales que estaban 
obligados a piestar l)ajo el réjimen feudal. El segundo 
consistía en una deducción del sueldo de los em])leados 
en el primer tiempo que prestaban sus servicios. 

CONDÍCION DE LOS ESTKAN.JEUOS EN LAS COEONLVS ES- 
PAÑOLAS. — Por mucho tienq)o fué prohibido a los estran- 
jeros el domiciliarse en las posesiones españolas; i los 
pocos (|ue viajaron o se establecieron en ellas, tuvieron 
que inq)etrar permiso de la corte o que })robar que pro- 
venían de oríjen español i (jue eran católicos romanos. 

Lstas proliíbíciones fueron relajándose lentamente con 
el trascurso del tieu>po. Muchos irlandeses i algunos 
franceses emigrados de su país, fueron ocu])ados por el 
reí en diversos |)uestos públi(^os. Por fin, en 8 de rígosto 
de LSOl, el reí hjó la cantidad de .s,2()0 reales vellón 



PARTE m.— CAPITULO III 225 



(410 posos) como precio del ])eriiiiso para residií* en las 
Indias, con tal (]Tie los agraciados fueran católicos. 

Este peniiiso no los libertaba de los desagrados 
consignientes a su calidad de estranjeros. "Si viven en la 
miseria, dice un viajero, quedan tranquilos bajo la salva- 
guardia del desprecio. Si ejercen algún oficio o alguna 
profesión, tienen poi* enemigos a todos los esj)añoles del 
mismo oficio o de la misma ])rofesi()n. Si se enriquecen, 
deben prestar su dinero a bajo interés. Si tienen algunos 
conocimientos, son sospechosos, porque la idea jeneral 
de los es])arioles es que todo estranjero instruido debe 
ser enemigo de las leyes del pais/' A eslo se agregaba 
la desconfianza o la j)erse(U(ion de la inquisición por 
sospechas de irrelijiosidad. 

Instrucción pfBLicA.— Este mismo espíritu de descon- 
fianza habia precedido a todas las disposiciones referen- 
tes a instrucción pública. Circunscrita solo a ciertas cla- 
ses de la sociedad, la enseñanza hizo en América mui 
pocos progresos. 

Las primeras escuelas establecidas en América fueron 
fundadas jeneralmente en los conventos por los relijio- 
sos. Posteriormente, bajo el gobierno nia's ilustrado de 
Carlos ÍII, los cabildos establecieron otras escuelas, pero 
el pueblo quedó privado como antes de recibir instrucción. 
Aun la que se daba en esas escuelas era sumamente im- 
perfecta; i la de las mujeres estaba todavía mucho mas 
descuidada, o mas })ropiamente, era del todo nula. 

Los hijos de las personas acomodadas eran los únicos 
que recibian esta escasa instrucción. Muchos de ellos 
aprendian solo a leer i escribir. Otros seguian sus estu- 
dios superiores para alcanzar una de las dos carreras a 
que podian aspirar los colonos, el sacerdocio o la abo- 
gacía. Solo en los últimos años de la dominación espa- 
ñola, se enseñó la medicina en algunas capitales de las 
colonias. 

La mayor parte de los obispados americanos tenia 
un seminario. Existían ademas (^tros colejios fundados 
])or (4 gobierno, a, instancias de algunos particulares. 
Las rmiversidades creadas por el rei, estaban fundadas 
sóbrelos mismos principios i el mismo orden de ideas 
que los establecimientos análogos de la metrópoli, a los 
cuales un célebre literato español (don José Joaquín de 
Mora) denominaba "alcázares del error"; pero eran mui 
inferiores a ellos. "'I^os estudios estirvieron siempre en 
mal estado. Algunos principios de gramática latina, sin 
conocer ántt»s los de la lengua castellana: la filosofía 
aristotélica estudiada en latin; en jurisprudencia, el dere- 
cho civil de los romanos, el canónico o las decretales de 
los papas, esplicadas ])or rancios comentadores; en teo- 
lojía moral i dogmática, inútiles cuestiones que servían 
mui poco paia conocer la relijion cristiana i la moral: hé 
aquí a lo que s«' íeducian los estudios clásicos." Solo a 
I ó 



226 HISTORIA DE AMERÍOA 



fínes del siglo pah^ado 8p eíisefiaroii algunos principios 
empíricos de física como parte de la filosofía, escritos en 
im latin bárbaro. La qnímica, la mecánica i las otras 
ciencias físicas i matemáticas eran casi completamente 
desconocidas. Aun los ramos que se estudiaban, estaban 
reducidos a un aprendizaje estéril, recargado de sutilezas 
calculadas mejor para eludir (|ue ]:)ara resolver las difi- 
cultades, haciendo completa abstracción del sistema es- 
perimental i de todo lo (|ue pudiera desarrollar la inteli- 
jencia. 

El espíritu jeneral de esa enseñanza estaba encamina- 
do a asegurar la perpetuación de aquel orden relijioso. 
social i político. Imponía el acatamiento absoluto e 
incondicional a 'ias dos majestades", es decir a la auto- 
ridad eclesiástica i a la autoridad civil, esto es al rei i 
a sus delegados. Nada da a conocer mejor el espíritu de 
esa euseñaiiza (pie el hecho siguiente. Cuando en la se- 
gunda década del siglo X,IX estalló la revolución de la 
indei)endencia en estas colonias, los centros universita- 
ri(xs mas importantes de ellas, Méjico i Lima, residencia 
de numerosos doctores revestidos del mas alto prestijio 
i de h\ mas alta ciencia del réjimen colonial, opusieron 
una resistencia obstinada i casi inconmovible al triunfo 
de las nuevas ideas. El poder real tenia allí ardorosos 
defensores cuando la independencia era un hecho con- 
sumado en casi la totalidad del continente. 

A mantener este orden de cosas contrilmia })oderosa- 
mente la falta de libros de epíritu moderno i la vijilancia 
del gobierno ])ara impedir su introducción. En Méjico se 
estableció un jardín botánico, i en Bogotá, un observato- 
rio astronómico; pero el gol)ierno creyó siempre que los 
colonos no debian adquirir muchos conocimientos para 
que permanecieran sumisos. 

Ciencias i li:tiias.~A pesar de esto, ciertos hombres 
de intelijencia, cultivaron privadamente diversos ramos 
de las ciencias. Consagrados algunos de ellos a la obser- 
vación de paises desconocidos de los europeos, })udieron 
componer trabajos interesantes sobre el clima, la jeogra- 
fía, la historia natural, las antigüedades i hasta la ju- 
risprudencia dt^ las colonias. Esos sabios, sin embargo, 
])or aventajados que fueran, estaban mui atrás del 
movimiento científico europeo por la falta de libros i de 
instrumentos de observación. Solo en Méjico, Lima i 
Santa Fe de Bogotá habia mejores elementos de estudio. 

La literatura colonial casi no tenia mas medios de 
manifestación que los sermones que se predicaban en el 
inílpito, los elojios de los virreyes i capitanes jenerales i 
los versos que componian en su loor los doctores de las 
universidades, i algunos romances destinados a celebrar 
los milagros de algún santo o dar cuenta de un auto de 
fe o de alguna corrida de toros. 

F]ntre otras olu'as escritas en América, son notables 



PARTE íll.— CAPÍTULO III 227 



tres, mas que por su mérito literario, por el trabajo de 
paciencia que su composición habia impuesto a sus 
autores. ÍTn relijioso mejicano llamado frai Juan Valencia, 
compuso en el siglo XVII 850 dísticos en honor de Santa 
Teresa, que pueden leerse del mismo modo de izquierda 
a derecha que de derecha a izquierdrí. l'U jesuíta peruano, 
el padre Rodrigo de Val des, compuso un poema sobre 
la fundación de Lima, también en el siglo XVII, que 
contiene 2,288 octosílabos que pueden leerse en latin o 
en castellano, según se quiera, porque en ambos idiomas 
el sentido es uno mismo. Un escritor mejicajio, Francisco 
Javiei* Alegre, antiguo jesuíta, tradujo en exámetros 
latinos la Ilíada de Homero. 

CosTrAinRKS. — Los conquistadores españoles importa- 
ron a la América, con su lengua i con sus leyes, sus cos- 
tumbres, sus hábitos, sus creencias i sus preocupaciones. 
La ociosidad, resultado de la falta, de industria, echó 
acjuí, como en la península, profundas raices. Las fiestas 
publicas eran, como en lOspaña, las corridas de toros, 
las riñas de gallos, cuando no los autos de fe, como su- 
cedía en Méjico i en Lima. VA teatro, conocido solo en 
algunas ciudades, no llegó a ser un es])ectáculo popular. 

A pesar de esto, los vínculos morales que unian a los 
americanos con la metrópoli eran demasiado débiles. 
Los colonos respetaban al rei por costumbre; pero en 
jeneral las noticias de España (pie llegaban a América 
despertaban poco interés. Se pensal)a en las guerras 
marítimas porque ellas producían perturbaciones en el 
comercio. Por lo demás, los colonos habian olvidado las 
tradiciones españolas, sus glorias i su historia, como si 
formaran una familia aparte. Cuando se hicieron sentir 
los primeros síntomas de inde])endencia, los americanos 
se llamaron descedientes de Atahualpa i de Guatimocin, 
de Caupolican i de Lautaro. 

La vida social de las colonias españolas fué caracteri- 
zada por una «ran tranquilidad. Las fiestas relijiosas, 
la celebración del advenimiento de un nuevo rei, o del 
nacimiento de un príncipe, las exequias de algún miem- 
bro de la reíd familia, i las reyertas consiguientes a, los 
capítulos de frailes, eran casi los únicos motivos que aji- 
taban la o]>inion e interrumpían la monotonía de la vida 
colonial. Pocos fueron los viajeros que sospecharon (pie 
en el fondo de aíjuella estra ordinaria paz existían los 
jérmenes de una profunda revolución. 



228 HISTORIA DE AMlilRICÁ 



CAPITULO IV 



Colonias portuguesas. 

El Brasil bajo In doniiiiaeion fRpañnla.— El Jírasil vuelvo a la domi- 
nación portngucHa: oRpiilnion de los liolandosps.— Establecimiento 
de una compañía, de comercia); invasiones de los franceses.— Los 
panlistas; las minas de oro i de diamantes.— Cuestiones de límites 
con las posesiones españolas.— Pombal; reformas administrativas. 
—Divisiones administrativas; gobierno del Brasil durante la domi- 
nación portuguesa. — Gol)¡erno eclesiástico. — Población.— Industria; 
rentas públicas. — Progresos del Brasil en los últimos años de la 
dominación portuguesa. 

El Brasil r.\jo la noMixAciox i:spa. ñola. —Las colo- 
nias fnndadns por los portugueses en el Brasil se habían 
(lesarrollado lentamente, enando el reí de España Fe- 
lipe II incorporó a sus estados el reino de Portugal, que 
liabia quedado vacante por muerte del reí don Sebastian 
(1580). Los neo-ocios de estas colonias fueron gober- 
nados por el rei de España, con la intervención de un 
consejo denominado de Portugal. 

Las primeras consecuencias de este candjio de gobier- 
no se hicieron sentir nnii luego en el Brasil. La política 
agresiva, de Felipe II produjo la guerra de diversas po- 
tencias estranjeras contra aquellas colonias. Pero los 
enemigos mas tenaces de los españoles fueron los holan- 
deses. Una asociación organizada en Holanda, bajo la 
denominación de compañía de la India occidental, obtuvo 
de su gobierno el monopolio del comercio de América. 

La compañía despachó en 1(>24 una escuadra contra 
Bahía. La ciudad se rindió sin resistencia; pero luego 
los holandeses se vieron obligados a abandonar sus con- 
quistas (mayo de 1025). La compañía organizó una 
nueva espedicion que llegó a Pernambuco en febrero de 
1()80. Olinda fué sorprendida i entregada al saqueo (1). 

La guerra se sostuvo seis años sin resultado definitivo. 
En enero de 16^17 llegó a Pernambuco el príncipe Juan 
Mauricio de Nassau, nombrado por la compañía capitán 
jeneral del Brasil. Político hábil i militar esperimentado, 
reunió un ejército de 10,000 hombres, i dilató los límites 
de la dominación holandesa desde las bocas del rio San 
Francisco hasta la provincia de Marañon. El prínci])e 
mandó una es])edic¡on a las costas de Chile ])ara incpiietar 

(i) Oliiula. fundada ('II los primeros ticiiii»os de la coiniuista del 
Brasil, era la capital de la piovincia de reruambiuo. La ciudad <le 
Reeife. llamada comunmente Pernambuco, fué fundada un i)OCO mas 
tarde por el príncipe Mauricio de Nassau durantí^ la dominación ho- 
landesa. Olinda es ahora una especie de arrabal de la ciudad df Pernaní; 
buco, de (jue solo dista una leg'ua. 



TAUTE III.— CAPITUIjO IV 22t) 



a los es[)añole8 en el Paeítico. Regularizó la adniiiiis- 
tracion pública, fortificó las embocaduras de algunos 
rios, construyó ])ueiite8 para dar facilidad al comercio, 
observó una completa tolerancia en materias relijiosas, 
i fundó varias ciudades. Recite, o Pernambuco. data de 
esta época. 

El Brasil \uelve a la dominación pouirGUESA: EvS- 
PULSioN DE LOS HOLANDESES.— La domiiiaciou de los es- 
pañoles en Portugal llegó a su término en 1(540. Don 
Juan, du(jue de Bragnnza, fué elevado al ti-ono después 
de una revolución. Los gobernadores del Brasil procla- 
maron al nuevo soberano de Portugal, conocido en la 
historia con el nomljre de don Juan IV. 

Aquellas colonias liabian alcanzado en esa época un 
notable desarrollo. En el sur, los colonos hablan visitado 
las montañas centrales, i se hablan estendido hasta los 
limites de los establecimientos españoles, reconociendo los 
rios afluentes del Plata i sometiendo numerosas tribus de 
indíjenas. En el norte quedaron todavía los lióla ndeses. 
El príncipe de Nassau se empeñó en nuevas espedicio- 
nes i ocupó una ])arte de la provincia de Mará ñon. En 
1648, fué llamado a Holanda; i desde entonces comenzó 
la decadencia del imperio holandés en el Brasil. Un rico 
propietario de Penambuco, Juan I^'ernandez Vieira, enca- 
bezó (junio de 1G45) la insurrección que dio oríjen a una 
de esas guerras en que todo un pueblo destituido de re- 
cursos i de organización militar, lucha contra tropas ven- 
tajosameate colocadas i l)ien capitaneadas. I*or fin, en 
enero de 1054, los holandeses rindiéronla plaza de Per- 
nambuco. reconociendo la soberanía del Portugal. La do- 
minación holandesa dejal)a tras de sí importantes tra- 
bajos públicos, mejoras industriales i algunos jérmenes 
de ri(|ueza. Ll Brasil, sus producciones i sus recursos 
fueron conocidos en Luropa por las noticias (pie conm- 
nicaron los holandeses. 

F]STABLE('LMIENTO DE INA COMPAÑÍA DE COMEIfClo; IN- 

VACIONES DE LOS EHANCESES.— Durautc la gucrra con los 
holandeses fué establecida eu Portugal una compañía de 
comen^io privilejiada por el monopolio, con el objeto de 
alejar pai'a 8ienq)re a los estranjeros de las costas del 
Brasil (11)49). La compañía debia mandar dos escuadras 
cada año, exentas de toda sujeción a los delegados del rei. 

Pero poco mas tarde se Aieron acpiellas costas ama- 
gadas i)or las escuadras eoemigas del Portugal. En 1710 
una escuadra francesa mandada por Duclerc iíesembarcó 
1.000 hombres i atacó a Rio de Janeiro; pero después de 
haber perdido la mitad de su jente en una batalla, Duclerc 
i los compañeros que sobrevivían, fueron hechos prisio- 
neros, i asesinado aíjuél en su j^rision. 

Esta noticia produjo en Francia una jeneral hidig- 
nacion en todos los ánimos. 1^1 célebre altnií-ante Duguai 
Trouin e([uipó una escuadra de lí> uavíos eon 4,500 hom- 



230 HIMTOKIA DE AMÉRKA 



bres de desembarco. Los espediciunarios llegaron en se- 
tiembre de 1711 a Rio de Janeiro, guarnecidn ])or 8,000 
soldados. El goljernador portugués Moraes e Castro no 
supo defender la ciudad, i la abandonó para reuuir mas 
tropas. En seguida fírmó una capitulación obligándose 
a entregar una cousiderable cantidad de dinero para res- 
catar la capital. La empresa produjo a los armadores 
írauceses un gran beneficio. 

Los Pailístas; las minas de oro i de djama.ntes.— El 
establecimiento de un colejio de jesuitas en el sur del 
Brasil con la advocación de San Pablo, llev(3 allí unu 
regular población. Los indios de aquel distrito eran varo- 
niles i esforzados: i los frecuentes matrimonios con los 
europeos produjeron uiui raza de hombres atrevidos i em- 
prendedores. Habiendo observado las señales de veneros 
de oro al norte de San Pablo, nmchos aventureros inten- 
taron penetrar allí. Desde el año de 1G29, los paulistas 
atacaron repetidamente los establecimientos de misiones 
en el Paraguai, i redujeron un gran número de iudíjenas 
a la esí^lavitud. Otras j>artidas se internaron al norte o 
al oeste en busca de oro. 

Los primeros es])loradores hacian sus espediciones para 
recojer algmi botin, pero desde tíues del siglo XV IL al- 

funas asociaciones de aventurei'os se establecieron en 
linas Geraes, i a priucipios del siglo siguiente, el rei 
elevó al rango de ciudades cinco de (\sas colonias. Por 
fin, en 1720. aquel distrito fué separado de San Pablo 
i constituido en provincia. 

Desde tiempo de la (Unninacion española, el Brasil 
habia tenido una lejislaciou es[)ecial dictada por Fe- 
lipe 111 en 1()18. Sin embargo, los establecimientos de 
lavaderos de oro fueron el teatro de constantes desór- 
denes. La corona percibía difícilmente los impuestos, 
hasta que se estableció una fundición real en que del)ia 
fundirse todo el oro recojido, con la obligación de pagar 
un quinto al tesoro (1719). Los estranjeros no podían 
tener parte en esta esplotacion. 

El descubrimiento de las minas de diamantes en los 
arroyos de Seri-o do Frió, remonta a})énas al año de 
1729, o mas bien dicho, esta fué la época en ([ue la co- 
rcma comenzó a sacar algún benefício de esas minas. La 
corte dispuso (17*>1) que éstas fuesen consideradas pro- 
piedad real, i que su esplotacion fuese hecha mediante un 
derecho de capitación que debia ser ])agado poi* cada 
negro empleado en este trabajo. El feliz resultado de estas 
especulaciones aseguró al rei una renta considerable. 

CriíSTJONES J>E líaiftes con las posesiones españolas. 
—Los dereclios del Portugal al territorio yrlel Brasil es- 
taban basados en el tratado de Tordecillaí^: pero tanto 
los portugueses como los españoles se olvidaron de esas 
estipulaciones en sus couípiistas. Reunidas las dos coro- 
nas, el tratado llegó a ser innecesario. 



I'AKTE III.— CAPÍTIJI.t) IV 2.*{ 1 



Después de restaunida la monarquía portuguesa, el 
gobernador de Rio de Janeiro, Miguel Lobo, dispuso 
una espedicion muí sijilosa, i fundó la colonia del 8aera~ 
niento. mas jeneralnienLe eonoeida con el nombre de Co- 
lonia, en la márjen boreal del rio de hi Plata (1680). El 
gobernador de Buenos Aires, don José Garro, viendo en 
esto un ataque a los derechos del soberano español, sor- 
prendió la colonia, arrasó sus fortificaciones i remitió a 
Lima al jefe portugués en calidad de prisionero. 

Este fué el oríjen de una cuestión debatida con grande 
ardor durínite mas de un siglo. Repitiéronse las guerras 
i los tratados sin arribar a resultado alguno; pero al ñu 
los esj)añoles' quedaron en posesión de todo el t<'rritorio 
denominado Banda oriental del Lruguai. 

PoMBAJ.; liEFORMAs ADMINISTRATIVAS.— Lí) administra- 
ción de las colonias ])ortuguesas recibió notables lefor- 
mas bajo el reinado de José II de Poi*tugal i de su hábil 
i activo ministro marques de I*ombal. Dio éste gran des- 
arrollo al comercio del Brasil con la creación de dos 
compañías privilejiadas. autorizó a los navios mercantes 
para salir de Portugal i regresar al Brasil cuando mejor 
les pareciese, i celebró convenciones con el gobierno inglés 
que favorecian el espendio de las mercaderías brasileras. 

La administración interior llamó también la atención 
de Pombal. Decretó la libertad de los indios (1755), 
dictó varias pragmáticas en favor de los esclavos, llamó 
a los brasileros a los mas elevados puestos, fomentó la 
inmigración, construyó fortificaciones i edificios públicos, 
i finalmente creó escuelas de bellas letras en las diferen- 
tes capitanías (1774). El gobierno del marques de Pom- 
bal fué señalado tanto en Europa como en América jíor 
la espulsion de los jesuítas. 

Divisiones administuativas; (¡oi3ierno del Brasil 

DÜIíANTE LA DOAIINAC ION PORTUíí I ESA.— liUS poSCsioueS de 

los portugueses estaban divididas en diez i siete gobier- 
nos diferentes. Eran é>»tas el virreinato de Rio Janeiro, 
que tuvo su capital en la ciudad de Bahía hasta el año 
de 176'-i; ocho capitanías jenerales, el Para, Marañon, 
Pernambuco, Bahía, San Pablo, Minas Geraes i Mato- 
grosso, i ocho gobiernos subalternos, Piauhy, Para, Rio 
Grande del Norte, Parahiba, Sergipe, Espíritu Santo, 
Santa Catalina i Rio (írande úe\ Sur. Aunque los capi- 
tanes jenerales estaban sometidos a los reglamentos que 
dictase el virrei. se comunicaban directamente con la 
c(jrte i recibían sus órdenes. La lei les jjrohibia casarse 
en el país de su jui-isdiccioii, negociar i aceptar presentes. 
El virrei i los capitanes jenerales estaban rodeados de 
cierto boato, i eran presidentes de los tribunales de jus- 
ticia. Como los gobernantes de lus colonias españolas, 
los delegados del rei de Portugal estal)nn sujetos n un 
juicio de residencia. En caso de muei'te del ])ritner ninn- 
datario, el obis])0, el militnr de mayor graduación i el 



232 HISTORIA DE AMÉRICA 



primer majistriido judicial tomaban conjimt amento las 
riendas del gobierno hasta el arribo del sucesor. 

Cada distrito tenia su juez denominado ouvidoi 
(oidor); pero existían dos cortes superiores de justicia 
con el nombre de Reía rao (relación), que residían en 
Rio de Janeiro i en Bahía (1). El Brasil estaba dividido 
en dos secciones judiciales sometidas a cada una de estas 
cortes de justicia, ante las cuales se ])odia apelar de las 
sentencias dadas por los jueces de primera instancia. 
Solo en casos determinados por las leyes, era permitido 
entablar luia tercera apelación ante los tribunales de la 
metrópoli. Cada ciudad o aldea tenia una asamblea mu- 
nicipal, encargada de A^(4ar |)or los intereses de la loca- 
lidad. 

El mando militar de cada provincia coiTes})ondia tam- 
bién a su gobernador respectivo, quien tenia derecho 
Í)ara conceder ascensos liasta el grado de capitán. Las 
uerzas militares eran compuestas de algunas tro]ias de 
línea i de las milicias disciplinadas. Las primeras for- 
maban en todo (4 Brasil un cuerpo de cerca de diez i seis 
mil hombres. 

GoBiEKNo ECLESIÁSTICO.— La administración eclesiás- 
tica estaba a cargo de un arzobis])o primado de la iglesia 
de la América i)ortuguesa, (jue tenia su residencia en 
Baliía (constituida en obispado en 1555 i en arzobis- 
pado en 167(>). üe éste dependían cinco ol)ispados. El 
clero no gozaí)a en el Brasil de rentas independientes. 
El reí de Portugal tenia la administración de los diez- 
mos eclesiásticos, i a él correspondía el pago de los obis- 
pos i de los curas. Los conventos tenían rentas ])ropias. El 
Brasil estuvo sujeto a la inquisición: pero ésta residía en 
Lisboa, i solo tenia en América algunos ajentes encar- 
gados de proseguir las causas criminales por el delito de 
herejía. 

Población.— Al terminar la dominación portuguesa, el 
Brasil poseía una población de poco mas de 3. 000, 000 
de habitantes. Figuraban entre ellos como 200,000 euro- 
peos o hijos de éstos, 2.000,000 de negros esclavos i 
800,000 indios repartidos en los diversos establecimien- 
tos portugueses. No entran en esta cifra las numerosas 
tribus salvajes (pie vivían en los bosques. 

Eran los primeros los propietarios del territorio, los 
cultivadores de los campos, los comerciantes de las ciu- 
dades, los esi)loradores de las minas i los euq)leados de 
la administración. Los esclavos eran los negros compra- 
dos en los establecimientos portugueses de la costa de 
África, o los hijos de éstos, i vendidos para el cultivo de 
los campos i la fabricación de azúcar. Los indios estu- 
vieron sometidos a varios sistemas en las diferentes épo- 

(1) Eji ISll, don Juau VI. iv.ieute todavia del Portugal, creó una 
t4"rc4^ra. v.ovt'C on la, pi-ovincia de iVíarañon, 



PARTE UI.— CAPITII-O V 23'^ 



cas de la dominación colonial. Solo en 1755 fueron de- 
clarados verdaderamente libres. 

Industria; rentas ruBLirAs.— Las provincias del norte 
hicieron rápidos progresos industriales. Marañon espor- 
taba arroz i algodón. Pernanibuco algodón i azúcar, i 
Bahía azúcar i tabaco, ademas del palo de tinte deno- 
minado brasil, que era monopolio de la corona. En las 
provincias centrales, la nnneria fcjrmaba la principal 
riqueza. Kn el sur se cultivaban algunas pioducciones de 
la zona templada, i desde ñnes del siglo iiltimo se hicie- 
ron las primeras plantaciones de café, introducido haciji 
poco en las Antillas francesas. Faltaron, sin embargo, 
los (caminos, [)orque apenas eran practicables [)ara muías 
en una parte del año. 

Las rentas qne el Portugal sacaba de sus ricas colo- 
nias de América, eran sumamente reducidas, ])uesto que 
solo alcanzaban a cerca de 4. 000, 000 d(^ pesos, l^os 
principales impuestos eran el diezmo eclesiástico, el quinto 
del producto de las minas, el diez por ciento sobre las 
mercaderías que se importaban o sallan del Brasil, i el 
producto del estanco de la sal, del azogue, de lo8nai])es, 
del aguardiente i del jabón. 

Progresos del Brasil en los iltlmos años de la 
DOMINACIÓN portuíjuesa.— Las guerras europeas en el 
primer decenio del siglo XIX produjeron un cambio ra- 
dical en la situación del lh*asil. Invadido el Portugal por 
los ejércitos franceses, el rei don Juan VI (entonces solo 
rejente) emigró a América con su familia i su corte. Al 
llegar al Brasil, en 180H, conoció las necesidades de la co- 
lonia i trató de remediarlas con toda actividad. Decretóse 
la libertad comercial, fundáronse bibliotecas, museos, aca- 
demias i establecimientos de educación, se fomentó la 
inmigración, la inq)renta fué introducida en Rio de Ja- 
neiro, en donde comenzaron a publicarse periódicos por 
])rimera vez, i se dio a la colonia un impulso tan vigo- 
roso como inesperado. Este movimiento, precursor de 
la independencia del Brasil, pertenece verdaderamente a 
la historia de la revolucioiL 

CAPITULO V 

Colonias inglesas. 

ProgreaoH de las colonias iugle.sas.— AdiiiiiiiHti'aciou dr las colonias 
inglesas.— l'oblacion, industria i comercio.— Estado social.— Im- 
prenta; instrucción pfil)lica. — Espíritu de independencia. 

Progresos de las coloxjas imílesas.— Mientras las co- 
lonias españolas i portuguesas progresaban lentamente, 
en las posesiones inglesas de la América del norte so 
desarrollaba con gran rapidez la riqueza pública i crecía 
la población. La colonización inglesa, iniciada por el 



2-54 HlH'JnKlA l>E AMÍlKirA 



principio de libertad, liabia prudiicido admirables frutos, 
miéotras que el sistema de monopolios i de prohibiciones 
habia coartado el desenvolvimiento de las otras colonias. 

Limitados lú norte ])or las colonias francesas i al sur 
l)()r las españolas de la Florida i las francesas de 1h Lui- 
siana, los in*>U'ses sostuvieron constantes guerras contra 
sus vecinos para defender sus fronteras. A principios del 
siglo XVIIl, se posesionaron de la isla de lerranova i 
(IhI territoj'io denominado la Acadia, cuya posesión quedo 
coiilirmada por el tratado de Utreclit (1718). 

Habiéndose formado en Inglaterra una compañía para 
})oblar el teiTitorio de Oliio, los franceses, que a conse- 
cuencia desús descubrimientos en el M¡ssÍ8sip|)i, se creían 
dueños de los campos regados por este rio, se ocuparon 
eu formar una línea de fortalezas desde (¿uebec hasta el 
Mississippi. P]sta fué la causa de vnta nueva guerra en 
las colonias, en que se hizo notar un joven militar de 
Virjinia. llamado Jorje Washington, que a la edad de 21 
años poseía ya las dotes de un militar es])eri mentado 
(1752). I^a guerra se ])rolongó seis años, pero al fin la 
resistencia de las colonias británicas se Idzo mucho mas 
temible. Reunieron los ingleses fuerzas considerables, i 
después de algunas operaciones generalmente felices, mar- 
charon sobre el Canadá. 

A fines de junio de 1759, el jeneral ingles Wolfe puso 
sitio a Quebec, que defendía el jeneral francés Moncalm. 
i que estaba guarnecida por las mejores fortificaciones 
del nuevo mundo. Wolfe i Moncalm sucumbieron heroi- 
camente en un mismo combate, i después de su muerte 
los defensores de la plaza, impotentes para resistir mas 
largo tiempo, se rindieron a los ingleses (18 de setiembre 
de 1759). Las tentativas que hicieron los franceses para 
reconquistar a (Quebec fueron completamente infruc- 
tuosas. 

Como la España manifestase en aquella lucha sus 
simpatías por la Francia, el gobierno ingles dispuso un 
golpe de mano sobre la isla de Cuba. Después de mes i 
medio de sitio, la Habana se rindió a los ingleses (1762). 
Hacia la misma época, el jeneral ingles Anherst consumó 
la ocu])acion del Canadá. La (Irán Bretaña estendió 
<'(msiderablemente las fronteras de su imperio colonial en 
América, al mismo tiempo (pie dilataba sus posesiones 
cu la India oriental. 

El tratado de Paris (17.63) puso término a esta gue- 
rra. El Canadá (]uedó definitivamente incor[)orado a los 
dominios de la (íran Bretaña, como también todo el 
territorio que anteriormente le habían disputado los 
franceses. La España le cedió la Florida para obtener 
la devolución de la isla de Cuba. La Francia, para hi- 
denmizar a la España de las pérdidas que había sufrido, 
le hizo cesión de la Luisiana; de modo que solo le quedó 
la rejion occidental de la embocadura del Mis8issíí)pi. 



VARTE 111. —CAPITULO V 



*'Fiié éste un gran momento para la Inglaterra. Domi- 
nadora de los mares, dueña de islas numerosas en las 
diversas [)artes del mundo, ]>oseia, adeuuis, junto con 
los elementos esparcidos en un inmenso imperio en ln 
India oriental, todas las costas del Atlántico que se es- 
tienden desde el fondo del Canadá hasta el golfo de 
Méijco." 

AUMIMSTKACIOX Uí-: LAS COLONIAS I MI kLSAS.~Las cC)lo- 

nias inglesas d(^ Ainér¡(;a, en cuanto a su administración, 
podian dividirse en tres grupos. Las unas dependían de 
la corona; las segundas de los ])r(jpiet arios a (juienes el 
rei habia cedido las colonias, i las tei-ceras de corpora- 
ciones o comi)añías. 

Estaban sometidas a la })rimera forma las provincias 
de New-York. New-llampshire, New-Jersey, Yiriinia. las 
dos Carolinas i la Jeorjía. 8u constitución era formada 
por los reglamentos i por las instrucciones (jue el rei 
daba a los gobernadores. Estos asumían el poder ejecu- 
tivo, como jefes del ejército, de la marina, de la justicia 
i de la administración. Eran en las cokmias lo (pie el rei 
en Inglaterra: creaban tribunales, nombraban jueces. 
pi'oveián las vacantes eclesiásticas i levantaban tropas. 
La corte, ademas, habia creado en cada [)rovincia un 
consejo, con facultad de ausiliar al gobernador en el 
ejercicio de su poder, i de discutir los reglamentos para 
la admhiistracion de la colonia; i habia ordenado a los 
gobernadores que reuniesen asambleas de representantes 
de los hombrea libres de la colonia. De allí nació una 
organización mui semejante a la de la (íran Bretaña. 
El consejo formaba la cámara alta: la asamblea ])rovin 
cial, elejida ])or los ])ueblos. hacia las veces de cámara 
de los conumes; i el goberiuidor. como el rei en Ingla- 
terra, sancionaba las resoluciones lejislativas, pero tenia 
el derecho de vetar las que juzgara inconvenientes. P^sta 
representación, imájen del parlamento ingles, tenia en 
cada colonia el poder de hacer las leyes i las ordenanzas 
necesarias, bajo la condición de no apartarse del es])íritu 
de las leyes inglesas. La corona se reservaba el derecho de 
revisar esas resoluciones: pero mui pocas veces hizo uso 
de esta prerrogativa. 

En las colonias de la segunda espe< ie, los goljernadores 
eran nomlu-ados })or el concesionario, en lugar de seilo 
por el rei. Era también aquél el (jue nombraba el conseje) 
i el que convocaba la asamblea provincial. A la época 
de la revolución norte-americana, no existían mas que 
tres gobiernos de esta naturaleza: Maryland, (pie perte- 
necía a la familia de lord Baltimore, i Pensil va nia i De- 
laware, que pertenecían a la familia de Penn. New- 
Hampshire, las Carolinas i New Jersey, (lue estuvieron 
sometidas al mismo réjimen. hablan sido incorporadas a 
la corona desde tiempo atrás, i considc^radas como 
provincias reales. 



2.-U) niMTOKlA DIO AMí-miCA 



Los gobiernos di^ (bnDecticut, Khode-lslaiid i Massa- 
chus.sets, perteiiet'ian a la tercera clasí'. En estas pro- 
vincias, el gobei-nador, el consejo i la asamblea eríin 
elejidos anualmente ])or los colonos, i todos los funcio- 
narios eran nombrados por la autoridad pojmlar. Se 
daban leyes, res[)etando el espíritu de la lejislacion in- 
glesa, i viviíai en una esi)ecie de república, antes que eita 
palal)ra liubiesc sido pronunciada en aquellas rejiones. 
Tanto en estas colonias como en las otras del mismo 
oríjen. existin el juicio por jurados, (pie los primeros 
])obladores importai'on de Inglaterra. 

Esta organización no podia dejar de dar un inmenso 
desarrollo a las libertades públicas. 'Kn (A carácter de 
los amei'icanos. decia en 1775 el celebre orador ingles 
Burke. el amor de la libertad es el rasgo predominante 
(]ue se descubre en todas partes: i como una afección 
ai'diente es siempre una afección celosa, nuestras colonias 
se hacen desconñadas, intratables, desde que divisan la 
menor tentativa de arrancarles por la fuerza o de Qui- 
tarles por la chicana la única ventaja por la cual valga 
la pena de vivir. Este noble espíritu de libertad es pro- 
bablemente mas poderoso en las colonias inglesas que 
en ningún otro pueblo de la tierra. " 

Poiu.Aciox. iNDUsTiuA I (^OMEiiCJO.— Eu los primeros 
tiempos de la colonización inglesa, el incremento de su 
población fué sumamente lento. Pero desde 1630 las 
persecuciones ])olíticas i relijiosas en Inglaterra, produ- 
jeron un gran desarrollo. A fines del siglo XVll pasaba 
ya de 200. 000 almas; setenta años después, a la época 
de los primeros síntomas de la revolución, excedia de dos 
millones. 

Según los mejores cálculos, la (|uinta parte de esta 
población era compuesta -de negros, esclavos de las co- 
lonias del sur. La raza indíjena en realidad no formaba 
parte de la población de las colonias británicas. Los in- 
gleses se ocuparon ])oco en reducir a los indios, i pre- 
feri«m d(^ ordinario destruirlos. Llegó el caso que el go- 
bernador de una colonia ofreciese una suma de dinero 
])or cada cabeza de indio que se le presentase. l*or esta 
razón, las guerras de los colonos contra los indíjenas 
fueron mui sangrientas. 

Las col(mias inglesas gozaban, por su situación jeo- 
gráfica. de un cielo ardiente o templado i de un suelo 
cuyos productos formaban poi* su estremada variedad 
una fuente de abundancia perpetua. VA trigo i el maiz se 
producían fácilmente en todas partes. El tabaco se cul- 
tivaba en Maryland i en las colonias del sur: i en Vir- 
jinia se cosechaba el algodón. El arroz i el algodón 
abundaban en las provincias meridionales. El cáñamo, 
el lino i el oblon eran productos de las ])rovincias del 
norte. 

El comercio disfrutó de una libeibad ilimitada en los 



Í»ARTE IIL— CAPÍTULO V 237 



primeros tiempos. Bajo el gobierno de Cromwell esta 
libertad fué coiisideral)lemente restrinjida para obligar a 
las coloDias a negociar iinicaraente (*on la metrópoli; sin 
embargo, las prohibiciones no fueron constnntemente 
respetadas Solo el comercio de la provincia de Massa- 
cbussets empleaba a fines del siglo XVII 750 naves. 

Estado social.— Las rolonias del sur tuvieron esclavos, 
es decir, hubo una clase de hombres que vivia en el des- 
canso mientras la otra trabajaba. La aristocracia es 
natural en un pais en que existe la esclavitud. Por eso, 
a la época de la revolución, la propiedad estabíi cons- 
tituida en esas colonias en grandes dominios poseidos 
por las familias de los primeros colonos. En 1705. Vir- 
jinia se mostró celosa sostenedora de los mayorazgos. 

En el norte, los mayorazgos fueron desconocidos: i en 
la Nueva Inglaterra, escepto Rhode-Island, la herencia se 
repartía igualmente entre todos los hijos, con la sola 
modificación, tomada de la lei de Moisés, de que el mayor 
tenia doble parte que los otros. Maryland, poblado poi' 
católicos, i Pensylvania, colonizada por los cuáqueros, 
adoptaron la igualdad en el derecho de sucesión. New- 
York i New-.Iersey conservaron la costumbre inglesa. 

Estas dos secciones diversas, pobladas [)or hombres de 
diferente espíritu, tenían una organización social dis- 
tinta. Las colonias de Yirjinia hablan sido en su prin- 
cipio el ensayo de una compañía mercantil, mientras las 
de Massachussets fueron una especie de iglesia gol)ernada 
por jefes semejantes en su autoridad a los jueces del 
pueblo israelita; i su lejislacicm especial se hizo notable 
})or ciertos caracteres mui curiosos. ''Desde su oríjen, la 
Nueva Inglaterra se habia dado un código de leyes, Ha-, 
mado Tíie body oí libertias. el cuerpo de libertades, 
cuyas disposiciones, en la ])arte criminal, modeladas 
sobre las leyes penales de los hebreos, prueban hasta 
dónde hablan llevado los puritanos el fanatismo bíblico. 
"En el viejo código de Connecticut, este carácter se halla 
mas pronunciado. Estas leyes castigan con pena de 
muerte al hijo que ha maldecido o golpeado a su padre, 
dan a éstos derecho de vida i muerte sobi-e sus hijos 
adultos culpables de rebelión,, prohiben la mentira i el 
juramento profano bajo pena de multa, de la picota i 
de azotes, debiendo cada i-eincidencia agravar severa- 
mente la ])ena. Los ebrios eran azotados. La niayoi- 
parte de los ai'tículos de este código está fundada en 
versículos del Éxodo, del Levítico i d(^l Deuteronoiuio. No 
solamente sus códigos, sino hasta sus ideas, su lenguaje, 
sus nombres, eran hebreos." El es])íri1u de los ])ur¡tanos 
se revelaba hasta en las divei'siones ])iiblicas. En 1750 
tuvo lugar clandestinamente en Boston la priniei-a re- 
presentación dramática. La autoridad ])rohibió (jue se 
renovarse un acto ([ue considerfü)a una im])iedad. 

Pero si las colonias inglesas vivieron mucho tiempo 



288 HISTORIA DE AMÉRICA 



aisladas, conservando sus costumbres peculiares i sus 
prácticas relijiosas. las comunicaciones comerciales fueron 
estrechando lentamente las relaciones i haciendo desapa- 
recer las antipatías de las diversas sectas. Los católicos 
de Maryland i los cuáqueros de Pensylvania fueron en 
los primeros tiempos los mas tolerantes. 

Imprenta; instrT'Ccion pública.— En 1688, un ministro 
disidente de Inglaterra envió de regalo a la universidad 
que los colonos acababan de fundar en Cambridge 
(Ma-ssachussets) un surtido de tipos de im|)renta. Un año 
después se dio a luz el primer libro. Allí se |)ublicó poco 
después la traducción íntegra de la Biblia al idioma de 
los indios de esa comarca, hecha ])or im misionero lla- 
mado Juan Eliot, homl)re de un gran saber i de las mas 
preclai'as virtudes. Desde luego reinó en esta jirovincia i 
en las inmediatas una completa libertad de pensamiento. 
Kl 24 de abril de 1704 se dio a luz en Boston el primer 
periódico; pero *Í6 años después, en 1740, esa. ciudad 
tenia cinco diarios, i New -York, así como otras pobla- 
ciones, contaba una o mas publicaciones periódicas. 

''La educación llamó desde luego la atención. La 
Nueva Inglaterra sentó por principio (|ue la educación 
del pueblo debia ser obligatoria i a cargo del estado. Se 
abrieron escuelas en todas las parroquias bajo la direc- 
ción de cí^mitées electivos que votaban las contribuciones 
necesarias. -'Decretamos bajo pena de multa, decian los. 
lejisladores, que todo distrito de cincuenta casas esta- 
l)íecerá una escuela, publica en <|ue se enseñará a leer- i a 
escribir, i que toda ciudad de cien casas establecerá una 
escupía de gramática ])ara prei)arar los jóvenes a, la 
universidad.'' Esta lei trajo por resultado que la instruc- 
ción se ha estendido mas nniversalmente en los Estados 
Unidos queen ninguna otra nación del mundo.'' El ejemplo 
de Massacliussets fué seguido por las demás provincias, 
a escepcion de Yirjinia, (jue hizo menos ])rogresos que 
las otras. 

La provincia de Massachussets dio también el primer 
impulso a la instrucción secundaria i superior. En 1688 
fué fimdado el primer colejio o universidad en f'ambridge, 
i en 1776 ha])ia ocho instituciones de esta naturaleza en 
los Estados Unidos. Enseñábanse en ellas el griego, el 
latin, las ciencias físicas, matemáticas, metafísica, filoso- 
fía moral i química. Los norte-americanos se ejercitaron 
particularmente en la literatura teolójica, pero cultivaron 
también la jurisprudencia, la medicina i las bellas letras. 
En 1769 fué fundada en Filadelfia la sociedad filosófica 
americana, cuyo primer ])residente fué el (?élel)re Benjamin 
Franklin, tan ilustre i)or sus descubrimientos científicos, 
como por su })atriotÍ8mo i por su carácter moral. 

Espíritu de Ix^dependencia.— La república i la inde- 
pendencia existian en las colonias inglesas desde antes de 
la revolución. ''No solo poseían instituciones república- 



Í^AUTE m.— CAPÍTULO V 2.'^1) 



lias, diee el sabio escritor francos Anipere, sino que habian 
tenido ocasión de desarrollar el espíritu republicano. 
Salvo algunas guerras contra los sjüvajes i algunas es- 
pediciones contra los franceses, la historia de las colonias 
inglesas se compone casi únicamente de luchas entre los 
ministros i el parlamento, o los gobernadores enviados 
de Inglaterra. Hubo insurrecciones i denjagogos, pert) 
siempre dominó la resistencia legal, el sostenimiento obs- 
tinado de un derecho escrito, el arte de eludir o cansar 
la tiranía, i. aun sometiéndose a ella, la resolución de 
combatirla. Esta resistencia, estas reclamaciones, esta 
oposición perseverante, fueron como una guerra paciente, 
i terminaron por la [)roclaniacion de la independencia, 
preparada hacia mas de un siglo." 



^-^í^<:t5>9teír!r>^-^ 



PARTE CUARTA 

REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 

CAPITULO PRIMERO 

Revolución de los Estados Unidos. 

Piiiiif'ioH HÍntoma.s do rovolueion. — l'riniernH hostilidades. — Congreso 
<!<' Fil.'idelftn.— Fiatnlla do Ijf^xington.— Sogundo oongreso de Filn- 
dolfin; Washington os noinl)rnd() jonornl otí jeto. — ^Evacnaoiort de 
hoston; dosgraoinda ranipafia dol Canadá.— Doelaracion do la in- 
«lopendencia do k)s Estados ljnidt)s, — Washington es obligado a 
•'vn^nar a< Now-York. — Nuevos triunfos do los aiiierioanos. — Misión 
(le Frnnklin a Europa; ol joneral Lafayetto. — La Francia reoonoce 
la in(l(']iondriioia de los Estados Fnidos. 

(17GÍ-1778) 

PiüAíKiios SÍNTOMAS DE REVOLUCIÓN.— Lbs (olonías bri- 
tánicas habían resistido en el terreno de la lei a las ten- 
tativas dominadoras del gobierno ingl(*s i a las restric- 
ciones puestas al comercio colonial, i rechazaban de una 
manera absoluta la })r(»tension de crear impuestos en el 
interior sin el consentimiento de los contribuyentes. A] )o- 
yáV)an8e en (|ue las colonias no tenian representantes en 
el seno del parlamento que votal)a las contribuciones. 

En 1764, el ministro (írenville anunció al parlamento 
ingles que pensaba imponer a las colonias una contribu- 
ción. Eq Inglateria, esta proposición fué jeneralmente 
aplaudida; pero en las colonias despertó una profunda 
irritación. Todas las asambleas provinciales rechazaron 
el proyecto de un impuesto. Algunas nombraron dipu- 
tados para esponer en la corte el motivo de su resisten- 
cia. La ])rovincia de Pensylvania comisionó a Benjamin 
Franklin, i\ue ya gozaba de alguna reputación por sus 
descubrimientos científicos i por sus esfuerzos para pi'o- 
pagar la instrucción del puel)lo. 
1« 



242 HISTORIA DE AMÉRICA 



El ministerio no hizo caBO de esas reclam aciones. El 
año siguiente (marzo de 1765), el parlamento ingles 
dispuso que todos los contratos celebrados en las colo- 
nias fuesen escritos en papel sellado, bajo pena de nuli- 
dad. Las quejas de los americanos se convirtieron en 
manifestaciones turbulentas. En New- York, la lei fué que- 
mada en las calles; en Boston, los buques pusieron las 
banderas a media asta en señal de duelo, i todas las 
asambleas provinciales se reunieron para manifestar su 
desaprobación. En la de Virjinia, uno de los represen- 
tantes, Patricio Henry, lanzó estas palabras: "César 

tuvo un Bruto, Carlos I un Cromwell, i Jorje III 

¡Traición! esclainó el presidente. I Jorje III, continuó el 
orador sin inmutarse, podrá api'ovecliar su ejemplo" 
(junio de 17(35). 

Las colonias, a ejemplo de la asamblea de Boston, 
acordaron nombrar sus representantes para una asam- 
blea jeneral que debia leunirse en New- York. De las trece 
provincias, nueve fueron representadas. Allí se acordó 
pedir al rei i a las dos cámaras inglesas la derogación 
de la lei sobre papel sellado. En el parlamento británico, 
Pitt apoyó la reclamación de las colonias. "Cuando en 
esta cámara concedemos subsidios a S. M., dijo, dispo- 
nemos de lo que nos pertenece. Pero ¿qué hacemos 
cuando imponemos una contribución a los americanos? 
damos la propiedad de éstos." El parlamento declaró 
que le correspondía la autoridad suprema sobre las co- 
lonias, pero revocó la lei sobre papel sellado (marzo de 
1766). 

Los americanos recibieron con grande alborozo esta 
declaración; pero luego su satisfacción se cambió en des- 
confianza. El ministerio ingles, compuesto ahora del 
mismo Pitt, con el título de cí)nde Chatan, hizo aprobar 
por el parlamento una lei de aduanas ])ara las colonias 
por la cual se establecían derechos sobre el té, los cris- 
tales i el papel (junio de 1767). Por mas disimulado que 
fuera en la forma, este impuesto produjo una j^rofunda 
sensación en América. 

La asamblea de Boston dirijió una petición al rei para 
representar los dereclios de las (^olonias, i por medio de 
una circular instigó a las asambleas de las otras provin- 
cias a protestar contra los avances de la metrópoli. El 
gobernador ingles de Massachussets, Bernard, disolvió 
la asamblea (176<S). La irritación de Boston se mani- 
festó entonces por amenazadoras turbulencias. 

El mismo espíritu de desobediencia se habia hech(^ 
notar en algunas colonias del sur. I^as asambleas de 
Virjinia i de la Carolina del norte fueron también disuel- 
tas por sus gobernadores (1769). En Boston, llegó el 
caso de que los ciudadanos trabasen altercados con las 
tropas, lí) que fué causa d(^l ])rimer derramamiento de 
sangre; i convocada una nueva. nsaml)lea para ])edir sub- 



PARTE IV.— CAPÍTULO I 243 



sidios con que pagar la guarnición, se negó aquélla a 
aprobar ningún impuesto (1770). 

Primeras hostilidades.— Lord North, elevado al mi- 
nisterio británico, creyó calmar la ajitacion de las colo- 
nias suprimiendo los derechos sobre algunas mercaderías, 
aunque dejando subsistente el impuesto sobre el té 
(1770). Pero esta resolución no produjo en América el 
resultado que se esperaba. En Filadelfía, los pilotos prác- 
ticos del Delaware se comprometieron a no ausiliar a las 
naves conductoras de té en la navegación del rio. En 
New-York, el gol>erna.dor protejió con la tuerza armada 
el desembarco del té; pero el ]nieb1o impidió su venta. 
En Boston, una multitud de hombres disfrazados de 
indios asaltó las embarcaciones i arrojó al mar 342 ca- 
jones de té (diciembre de 1773). Esle atentado quedó 
impune por el momento. 

Este suceso produjo eu Inglaterra una verdadera 
alarma. A propuesta de los ministros, el parlamento 
prohibió que las naves pudiesen emliarcar i desembarcar 
su carga en Boston, susjwndió la carta constitucional de 
la colonia de Massachussets, i autorizó al gobernador de 
hi provincia para someter a juicio a toda persona com- 
prometida en los últimos disturbios (1774). Sin embargo, 
los colonos de Massachussets no se abatieron un mo- 
mento. La asamblea provincial resolvió que "la torpeza 
e injusticia de aquel acto era un abuso de los poderes del 
parlamento." La de Virjinia declaró que el 1.° de junio, 
en que la lei del bloqueo debía tener efecto, era un ''dia 
de humillación i de ayuno." 

CoNííRESO DE Filadelfía.— No era difícil ver en todo 
esto el princii)io de una revoluciím. ''Nadie debe vacilar un 
instante en emplear las armas para defender intereses tan 
preciosos, escrilúa Washington en 1 709. Pero las armas 
deben ser nuestro ultimo recurso." Después de la decla- 
ración del bhxiueo de Boston, parecia llegado el momento 
de apelar a este último recurso. 

La asamblea de Virjhiia indicó la necesidad de convo- 
car un congreso jeneral de todas las provincias. Reunióse 
éste en Filadelfía el 4 de setiembre (1774). Sus miembros 
fií-maron una declaración de dei'echos en que reclamaban 
para, sí las mismas lil)ertades de que gozaban los ingle- 
ses. El congreso acordó, al disolverse, la reunión de otro 
nuevo para el 16 de mayo de 1775. 

Por moderadas que fuesen esas resoluciones, ellas re- 
velaron que la guerra estaba }U'óxima. En las campañas 
anteriores contra los franceses, los ingleses hablan levan- 
tado ejércitos cuyos cuadros existían todavía. No faltaban 
tampoco jefes intelij entes a cuya voz se formaron compa- 
ñías de voluntarios i depósitos de armas, que los colonos 
se procuraron a viva fuerza. El ])ueblo arrebató en Rhode- 
Island un tren de artillería de propiedad de la corona. En 
Xew-Hampshíre se posesionó de una pequeña fortaleza. 



1^44 HISTORIA DE AMERICA 



BataiJvA di: Lkxixctox. — En ninguna pí irte eran mas 
alarmantes e>stos aprestos qne en la provincia de Mas- 
sachussets. Habia tomado el mando de ella el jeneral 
ingles Gage. En abril de 1 775, tenia a sus órdenes como 
tres mil soldados de línea; i creyendo que con venia des- 
truir los depósitos de armas que los americanos hablan 
reunido en la ciudad de Ccmcord, hizo salir en la noche 
del 18 de abril, con toda cautela, ochocientos liombres 
bajo las órdenes del coronel Smith, con instrucción de 
apresar algunos ajita.dores i de destruir a(]uellos depó- 
sitos. Los patriotas de las aldeas Acecinas, sin embargo, 
hablan tomado las armas i espiaban los movimientos 
de los ingleses. 

En í^exington, una compañí; i dp volunt.irios cambió 
algunos tiros de fusil con las tropas de Boston, i se dis- 
persó al momento. Smith, sin embargo, avanzó liasta 
Concord, ejecutó en }>arte su comisión,! se replegó de prisa 
a Boston. En su retirada, los ingleses sufrierí^n el fuego 
de los voluntarios ocultos en los árboles, en las casas i 
en las ondulaciones del terreno. En Lexington, la reti- 
rada de los higleses se cambió en derrota. Los america- 
nos los perseguían con grande atrevimiento, obligándo- 
los a arrojar sus armas, a abandonar los heridos i a 
buscar su salvación al ami)aro de la artillerín de Boston. 
Aquel combate costaba la ])ér-dida de 278 ingleses i de 
88 americanos (10 de abril de 1775). 

La noticia de estn victoria dio nías a la insurrección. 
Los cuerpos de voluntarios se engrosaron con maravi- 
llosa rapidez; i ídgunas asnmbleas provinciales nombra- 
ban los jefes encargados de mandar las tropas. Los 
habitantes de Massachussets |)usieron sobre las armas 
un ejército de 20,000 milicianos. FJ jeneral W'ard los 
condujo hasta Ins alturas inmediatas a Boston, sitiando 
así al ejército de Gage (29 do abril). Otros dos jefes se 
apoderaron dedos fuertes situados en las orillas del lago 
Champlnin (mayo de 1775). 

Sf:(MTNDO COTSTJRESO DE FlLADKLFIA; WaSUIXTITON KS 

NOMBRADO JENERAL EN .JEFE.— Como estaba acordado, el 
10 de majo de 1775 se reunió un nuevo congreso en Fi- 
ladelfía, i ncoidó dirijirse ni rei i al pueblo de la Gran 
Bretnña, i anunciar al mundo entero las razones que los 
americanos tenían para apelar a Ins armas. En seguida 
acordó la emisión de papel moneda por dos millones de 
pesos, i la formación de un ejército de 20,000 hombres. 
El coronel Washñigton fué elej i do jeneral en jefe ])or una- 
nimidad. Cuando el presidejite del congreso le anunció 
su nombrn miento. Washington dio las gracias por la 
coiríianza que en él acabnbn de hacerse, i añadió: "(Jomo 
temo que ocurra algún suceso desgraciado, suplico a 
todos los miembros de esta asamblea que recuerden que 
hoi declaro con la mavor sinceridad que no me creo íi la 
altura del puesto con que se me ha honrado." Washing- 



TAirrE IV. — (!AI*Í'1M!|;() í 24.") 



ton declaró m( lemas que no aceptal)a sueldo alguno. 
"Llevaré una cuenta exacta de mis gastos, dijo; me bas- 
tará que me sean pagados" (15 de junio de 1775). 

El coronel Jorje ^^'aslliugton nació el 22 de febrero de 
1732 en las orillas del Potomac, en Bridge's-Creek, en la 
provincia de Virjinia, en donde gozaba su familia de una 
considerable fortuna. Después de haber hecho los estu- 
dios de nmtemáticas para ejercer la profesión de agri- 
mensor, W^ashing'ton se incorporó al ejercito a los lí) 
años, i se distinguió en el servicio militar por la rectitud 
de su carácter, la conciencia del deber, la prudencia, el 
valor sereno i por la exactitud en el cumplimiento de todas 
sus obligaciones. * 'Otros hombres han tenido dotes mas 
brillantes, pero nadie ha podido corresponder como él a 
todo lo que las circunstancias le exijieron tanto en la paz 
como en la guerra, eu la vida privada como a la cal)eza 
de la administración i del ejército." 

Washington tomó en Cambridge el mando del ejército 
que sitiaba a íioston, i (jue montaba a cerca de 14,000 
hombres (12 de julio de 1775). Poco antes, el jeneral 
Gage habia r(KÍbido refuerzos de Inglaterra, de tal modo 
que su ejército alcanzaba a cerca de 12,000 hombres. 
Gage habia ofrecido perdón a los insurrectos si deponían 
las armas, pero éstos se negaron a ace])tar sus proposi- 
ciones. Los ingleses, eu númei-o de 3,000 hombres, hablan 
atacado poco antes (17 de junio) a los americanos en 
las alturas de lUmker, i después de un combate encarni- 
zado en que éstos se ])atieron heroicamente, pero en que 
tuvieron que ceder su posición, los ingleses no pudieron 
sacar ventaja alguna de su triunfo. 

Tal era la situación de la guerra. Las tropas ameri- 
canas no tenian disciplina ni organización: les faltaban 
artillería, tiendas de campaña i municiones. El primer 
cuidado de Washington fué dar una forma regular a esas 
milicias. Prorrogó la duración de los enganches, ([ue se 
habían hecho por un solo año, dispuso (pie algunas em- 
barcaciones fuesen a comprar ])ólvora a los estableci- 
mientos de los es])añoles i de los franceses, i obtuvo del 
congreso \m reglamento de sueldos ]jara las tropas i la 
fundación de fábricas de cañones i de pólvora. 

L\'Aci AcjoN Di: Boston: desgraciada cami'Axa del 
Canadá.— La situación de los defenscjres de Boston no era 
menos crítica. Encerrados en la [)laza, veian surjir la 
re\olucion ])or todas partes. El gobierno ingles, mirando 
con desprecio la insurieccion, habia desatendido las ]>ro- 
posiciones pacíficas, i habia re])etido sus ói'denes a los 
gobernadores de las colonias para que embarazaran t()do 
comercio esterior, i contió el mando de las tropas britá- 
nicas en América al jeneral sir AVilliam llowe, (pie for- 
maba ])arte de la guarnición de Bostón. 

Algiuios gobernadores de las cohmias ejecutaron actos 
de verdadera barbarie. Lord Dunmore, gobernador de 



24(3 HIHTOKIA DE AMÍÍIKIOA 



Virjinia, ofreció la libertad a los esclavón que quisieran 
servir bajo el estandarte real, i reunió un cuerpo de 
tropas con que atacó las milicias provinciales cerca de 
Norfolk (8 de diciembre de 1775); pero derrotado i te- 
niendo que retirarse, incendió esta ciudad. 

Desde entonces, los ingleses quedaron reducidos al re- 
cinto de Boston; pero dominaban en el nmr, i su escua- 
dra asolaba las costas e interceptaba todo comercio. Se 
sabia que en poco tiemjjo mas el gobierno ingles reuniría 
un ejército de 50,000 mercenarios alemanes contra los 
insurjentes americanos. "Cuando el ejércit(j está sumido 
en el sueño, escribía Washington, paso mui tristes mo- 
mentos reñexionando en uuesti-a terrible situación." 

AVashington, sin embargo, se ;q)oderó de las altuj-as 
de Dorchester. desde donde s'js baterías dominaban a 
Boston. El jeneral Howe comprendió que su situación se 
hacia cada dia mas crítica, mientras que trasladando su 
ejército a las colonias centrales, podría cortar a los in- 
surrectos del norto, impidiéndoles toda comunicación con 
los del sur. El 17 de marzo de 177(), Howe embarcó sus 
tropas i se hizo a la vela para Halifax. en la Nueva 
Escocia, en donde esperaba recibir refuerzos de Inglaterra 
para emprender nuevas operaciones militares. Washing- 
ton entró inmediatamente a la ciudad, con los honores 
de vencedor, ]jero adivinando el pensannento de Howe, 

gocos días después se puso en marcha hacia New-York. 
¡1 13 de abril entró a esta ciudad, en donde se le reunió 
todo su ejército. 

Mientras Washington obligaba a los enemigos a eva- 
cuar a Boston, las armas americanas sufrian un grave 
descalabro. En setiembre de 1775, un cuerpo de 4,000 
soldados americanos invadió el Canadá, esperando que 
la población francesa de esta provincia se levantaría en 
masa contra los ingleses. El jeneral Montgomery i el 
coronel Arnold mandaban las fuerzas invasoras. Mont- 
gomery se apoderó de ídgunas plazas, i bajando el rio 
San Lorenzo, fué a sitiar a (¿uebec. .Viiil>os jefes ataca- 
ron la ciudad, pero fueron rechazados con un fuego terri- 
ble. Arnold recibió dos heridas. Montgomery, menos feliz 
que él. fué muei'to al pi'hicipio de la acción (31 de diciem- 
bre de 1775). Los rebeldes dieron la vuelta al sur, tenaz- 
mente perseguidos por los enemigos. 

Declaración de la lndependenclv üe los Estados 
Unidos.— "Las cosas han llegado a tal ]>uiito, escribía 
Washington, que debemos estar convencidos de que no 
tenemos nada que esperar de la justicia de la Gran Bre- 
taña." Un ingles naturalizado en América, nombrado 
Tomas Payne, proclamó con jeneral aplauso la necesidad 
de declarar la independencia. En el seno del congreso 
había apoyado esta idea, i aquella corporación acordó 
dar este paso atrevido. Tomas Jefferson, natural de Vir- 
jinia, como Washington, escribió aquel documento me- 



i'AKi'ii: IV.- (A fin 1 1 A) I 247 



morable. "NoHotros, los re presen tan íes de los Estados 
Unidos de Amériea, decía, reunidos en un congreso jene- 
ral, después de haber invocado al Juez Supremo de los 
hombres en testimonio de la rectitud de nuestras inten- 
ciones, declaríimos solemnemente que estas colonias uni- 
das son i tienen el dej'ech(j de llamarse estados libres c 
independientes" (4 de julio de 1776). Esta declaración 
fué recibida con entusiasmo por el pueblo i por el ejército. 
Los escudos de armas de la Gran Bretaña fueron des- 
truidos; los retratos del rei fueron (juemados, i una es- 
tatua de bronce de .Jorje JIJ que existia en New -York, fué 
convertida en proyectiles para las armas de fuego. 

WASHl.NdTON ES OBLIGADO A EVACUAR A NeW-YoRK.— 

Como Washington lo habia previsto, el jeneral Howe 
preparó un cuerpo de tropas a las órdenes del jeneral 
Clinton, para o])erar en las Carolinas, confiado en que 
los realistas de aquellas provincias liabian de apoyar sus 
operaciones. Sin embargo, el jeneral Clinton fué rechazado 
de Charleston con gran pérdida. 

Mientras tanto, Howe em]n'endia la campaña sobre 
New-YVjrk. Cerca de esta ciudad se reunieron las tropas 
llegadas de las diversas colonias, las fuerzas del jeneral 
Clinton i los rejimientos alemanes e ingleses llegados de 
Europa. Howe se encontró a la cabeza de 30,000 solda- 
dos aguerridos. Washington, entre tanto, después de 
hacer esfuerzos sobrehumanos, habia reunido 27,000 
hombres sin instrucción ni disciplina, i aun entre éstos 
habia cerca de 10.000 enfermos. El jeneral Howe hizo 
proposiciones pacíficas de parte del rei; pero los defen- 
sores de New- York no quisieron entrar en negociaciones 
sin el reconocimiento previo de la inde|)endencia. 

Los americanos habían ocupado una isla situada en- 
frente de Xew-York, denominada Long Island. Howe 
desembarcó en ella con (S.OOO hombres i atacó a los 
americanos. Los desastres que éstos sufrieron fueron ho- 
ri'ibles. Perdieron mas de mil hombres, i habrían sucum- 
bido todos sin la tardanza de los ingleses para consumar 
su triunfo. Washington, aprovechándose -de una espesa 
neblina, pasó el estrecho canal que separa a New-York 
de la isla, ])ara disponei' la retirada de los suyos. Salvó 
así no solo las troi)as sino también las municiones i la 
artilleiía; i ejecutó este movimiento con tanto orden, que 
la última chalui)a atravesó el canal antes que los higleses 
sospechasen la retirada del e^nemigo (27 de agosto 
de 1776). 

El terror habia cundido en el ejército americano. 
Washington se vio obligado a evacuar la isla en que 
está situada New-York i a seguir su marcha por el norte 
de esta provincia; i cruzando el Delaware (18 de octubre), 
fué a colocarse en la ribera dere(;ha de este rio. La ruina 
de los revolucionarios parecía segura e inevitable. 

Nuevos triunfos o i: uos americanos.— Tan repetidas 



248 IIIHTOIUA DE AMÉRICA 



desgracias habían producido un profundo desaliento. El 
congreso, viendo amenazado el lugar de sus sesiones, se 
retiró ;i Baltiiuín-e. Washington, sin embargo, aunque 
sin caballería, sin artillería i con solo íijOOO liond)res 
desalentados, supo mantener en pie la revolución. I*or 
medio de hábiles combinaciones, ocultó su situación a 
sus enemigos i a sus ])ropios soldndos. Howe habia que- 
dado en New-York; pero uno de sus tenientes, lord 
('Ornwallis, ocupó la orilla izquierda del Delaware, en- 
frente de las líneas americanas. 

En tales circunstnncias. el congreso confió a Washing- 
ton un j)oder dictatorial por el tfTmino de seis meses. 
Poniendo en ejercicio su maravillosa actividad. Washing- 
ton se halló en poco tienqjo en estado de dar un gol]je 
de mano. En la noche del 25 de diciembre (177b). durante 
una tempestad deshecha, pasó el Delaware en medio de 
las masas de hielo que arrastraba en su corriente. 8us 
fuerzas se com])onian de 9,500 hombres, i con ellos atacó 
el pueblo de Trenton, (|ue defendían tres rejimientos 
alemanes, i les tomó mil prisioneros i seis cañones. El 
jeneral Cornwallis se movió con el grueso de su división 
para desalojar a su adversario; pero Washington aban- 
donó sus i)Osiciones, marchó hasta Princetown, i allí 
derrotó de nuevo las tropas británicas, tomándoles 800 
prisioneros, llepasando el Delawaie. volvió a ocupar su 
campamento (2 de enero de 1777). 

Misión de Eranklin a Europa; i:i> .jkneral IíAfa- 
VETTE.— En Erancia se hablan despertado vivas simpa- 
tías por la causa americana, i aun el gobierno no habia 
impedido que los in de] )end lentes se proveyeran de armas 
i municiones en las colonias francesas de las Antillas. El 
congreso de los Estados Inidos (en octubre de 1776), 
comisionó dos negociadores, uno de los cuales erají Ben- 
jamín Franklin, ])ai'a solicitar el apoyo de la Erancia. 

El rei Luis XVI i sus ministros no quisieion compro- 
meterse en una causa que parecía mui aventurada. Fran- 
klin fué favorablemente acojido en todas partes; pero la 
corte no se atrevió a reconocerlo en su carácter oficial. 
A pesar de esto, algunos señores franceses se pronun- 
ciaron decididamente en favor d(> 1;í insui reccion de las 
colonias británicas, l'no de ellos, el niar(pi(\s de Lafa- 
yette, cargó un buque de armas i municiones i se embarcó 
para ofrecer sus seivicios al pueblo americano. El con- 
greso le concedió el urado de mavoi- jeneral (abril de 
1777). 

La Fraxcia reconoce ea independencia de eos Es- 
tados Unidos. — En esa cpoca, las operaciones militares 
de los ingleses hablan recibido grande inqjulso en los 
Estados IJnidos. El jeneral Howe, con el propósito de 
ocupar la provincia de Pensylvania, habia hecho un 
desembarco en el golfo de Chesapeak. Washington, viendo 
amenazada a Eiladelfia, corrió en su ausilio. Una san- 



AKTE IV.— CAPÍTULO 11 249 



grienta batalla tuvo lugar en Brandy- Wiiie (12 de 
setiembre de 1777). Los ingleses fueron vencedores i 
ocuparon a Filadelíía. Waísbington estableció su canii)a- 
niento a pocas leguas, en medio de las montañas, para 
impedir los progresos del enemigo i liacer estériles sus 
triunfos. 

Mientras tanto, otro jeneral ingles, Burgoyne, sufría un 
completo descalabro. A la cabeza de las tro])as del Ca- 
nadá, liabia invadido por el norte el territorio de la 
Union, i engrosado sus fuerzas llamando a su servicio a 
los indios salvajes. Washington confió un cuerpo de tro- 
pas a uno de sus subalternos, el jeneral Gates, con orden 
de envolver a Burgoyne. El jefe americano la ejecutó con 
tanta habilidad, que después de dos batallas, obligó al 
enemigo a capitular con 5.000 hombres (17 de octubre 
de 1777). 

Este suceso realzó el poder militar de los americanos. 
La influencia de ese triunfo fué todavía mayor en el 
estranjero. El gobierno francés se resolvió a tratar con 
los insurjentes. El G de febrero de 177(S celebró con Fran- 
klin un trr>tado en que reconocía es])resamente la inde])en- 
dencia de los Estados Unidos. La neutralidad de ]a 
Francia quedaba subsistente; pero las dos potencias se 
comprometieron a socorrerse mutuamente en el caso de 
una guerra entre la Francia i la Inglaterra. Ninguna de 
ellas podria aceptar la paz separadamente ni deponer 
las armas mientras la independencia de los Estados 
tenidos no estuviesf^ reconocida i aseuurada. 



CAPITULO II 

Independencia de los Estados Unidos. 

IiiHueiioiadela alianza íraiifesa; vontajay alcaiizadaH por l(>saiiierieaiK)a 
di 1778.— ('aiijpaña de la.s Cai-oliuan. — Arribo de los ausiliaroH 
tiaiiceneB; traieiou del jeneral Arnold. — Hendieion de York-Tow n.— 
Paz de Versalles; la Inglaterra reeonoce la indei)endeneia de los 
Estados Unidos. — (Jonstitneion de los Estados Unidos. — Wasliin<4- 
ton elejido presidente.-— Mnerte de \Vasliiní>'ton.— I{H])idos piogresos 
de los Estados Unidos despnes de sn independencia. 

(177S— iSlí)) 

Lnfluuncia de la alianza francesa: vlxta.tas alcan- 
zadas POR LOS americanos EN 1 77(S.— El reconocimiento 
(le la independencia de los Estados Unidos iba a cambiar 
la suerte de la guerra. Hasta entonces, los americanos, 
faltos de elementos militai'es i de disci])]ina, hablan sn- 
frido frecuentes derrotas, i la revolución se habia hallado 
a punto de sucumbir. Entre tantas desoracias. Wasliin^-- 
ton habia desplegado las dotes de un gran jeneral i las 
virtudes de un gran ciudadano, i aunque habia en- 



250 HISTORIA DE AMÉRICA 



coutrado en('iJii<^í)s envidiosos de au jjiloria, la mayoría 
de la luición le hacia justicia. Al teiJiiinarse el período 
por ei cual fue investido de poderes estraordinarios. el 
congresíj se los prori'ogó por otros seis meses, i siguió 
renovándoselos, hasta la termhiacion de la guerra. 

En mayo de 1778 llegó a América la noticia del tratado 
celebrado por Franklin. E\ gobierno británico lo conui- 
nicó al jeneral Clinton, que liabia sucedido a Howe en el 
mando del ejército ingles, encargándole que reconcentrara 
sus fuerzas. Clint(jn tenia un ejército de mas de 33,000 
soldados, de los cuales 19,500 ocupaban n Filadeltia, 
mientras Washington permanecia acanqjado a poca dis- 
tancia de esta ciudad con un cuerpo de 1 1,000 hombres 
mal e([uipados i casi desnudos. A ])esar de esto, Filadelfla 
fué evacuada por los ingleses, i el congreso pudo volver 
a celebrar allí sus sesiones. Washington persiguió al 
enemigo sin tomar en cuenta la inferioridad de sus tro- 
pas, i lo alcanzó en Monmouth (28 de junio), en donde 
sostuvo un rudo combate (jue costó a los ingleses gran- 
des pérdidas. Los ingleses se re])legai'on a New- York ])ara 
reconcentrar sus tropas. 

Fíl tratado entre los Pistados Unidos i la Francia pro- 
dujo la ruptura de esta potencia con la (irán Bretaña. 
El gobierno ingles parecía disj)uesto a reconocer la 
independencia de sus colonias para evitar una guerra 
europea; pero el orgullo nacional arrastró al ministerio 
a retirar su embajador de I^aris. Las hostilidades comen- 
zaron casi inmediatamente. El almirante francés conde 
d'Estang salió para América el 19 de abril de L778. a 
la cabeza de una escuadra. Washington emprendió el 
sitio de Newport. capital de Rhode Island, con un ejército 
de 10.000 hombres, pero el almirante francés, creyendo 
(pie no estaba autoi'izado para empresas de este jénero. 
se retiró con sus naves, obligando así a los americanos 
a levantar el sitio. Hubo un momento en que se hicieron 
sentir las mas violentas (piejas contra los franceses, pero 
Washington trató de tranquilizar los ánimos i de des- 
vanecer las malas impresiones. 

Campaña de las Carolinas.— En 1779, las operaciones 
militai-es tuvieron tres teatros diferentes. Fu las provin- 
cias centrales, los realistas, apoyados por los indios, 
cometieron las mayores atrocidades ])ara infundir terror 
entre los americanos. El jeneral Clinton liabia despachado 
un cuerpo de 2,000 hombres a la provincia de Jeorjía 
bajo las órdenes del coronel Campbell, el cual se apoderó 
de Savannah, capital de la provincia (29 de diciembre 
de 1778). 

Mientras tanto, la España liabia aceptado la alianza 
francesa. Setenta navios aliados amenazaban las costas 
de Inglaterra, al mismo tiempo (]ue numerosos corsarios 
americanos hostilizaban el comercio ingles en los mares 
de Europa i de América. En esos momentos, La Gran 



PARTE IV. -CAPITULO II 251 



Bretaña desplegó recursos militares de que no se la creia 
poseedora. No solo defendió sus costas, sino (|ue ^uitó 
a los franceses algunas colonias de las Antillas, i deleiidió 
heroicamente a Jibraltar contra los esfuerzos combina- 
dos de la Francia i de la España. En el sur de los Esta- 
dos Unidos los ingleses supieron también conservar su 
preponderancia. No solo mantuvieron sus posiciones de 
Savannah, sino (|ue obligaron al enemigo a retirarse de- 
jando en el campo cerca de 1,000 hombres entremuertos 
i heridos (9 de octubre de 1779). 

Este triunfo alentó al jeneral Clinton a proseguir la 
campaña en (4 sur, i él mismo fué a poin^r sitio n la 
ciudad de íliarleston, capital de la Carolina del sur. Los 
americanos se vieron obligados a rendirse a discreción en 
el momento en que los ingleses se ])reparaban para el 
asalto (12 de mayo de 1780). Clinton, habiendo ocupado 
así las ]jro\'incias de Jeorjía i de Carolina del sur. dejó 
el mando de las tropas al jeneral ingles lord Cornwallis. 
i se embarcó con dirección a New- York, que creia ame- 
nazada. Los refuerzos que el congreso americano envió 
para combatir las tropas de lord Cornwallis, fueron ba- 
tidos por los ingleses. 

Arribo de los ai su. ia res fuanceses; traición dee 
.JENERAE Arxold.— La foi'tuiia se mostraba esípiiva con 
los independientes. El congreso, confiando en la alianza 
francesa, habia descuidado el ejército. Washington, con 
todo, se habia mostrado perseverante en su plan de de- 
fensa, rechazando los indios de las rejiones occidentales, 
que instigados por los ingleses, cometían todo jénero de 
atrocidades. ^lal pagadas i ])eoi' e(]uipadas, las tropas 
amei'icanas parecian dispuestas a sublevarse, i solo la 
constancia i la entereza de Washington pudieron mantener 
la moralidad de sus soldados. 

El jeneral Lafayette habia pasado a Francia a pedir 
ausilios al rei. Luis XVI nombró a Washington teniente 
jeneral de sus ejércitos, i puso a sus órdenes un cuer])o 
de seis mil franceses. El arribo de este ausilio (julio de 
1780) hizo concebir grandes espectativas; pero los alia- 
dos carecían de Una escuadra respetable, i les fué forzoso 
conservar sus posiciones. 

En setiembre de 1780, el ejército americano estaba 
acampado en la orilla deiecha del rio Hudsoii, amena- 
zando a los ingleses que dominaban en New-York. El je- 
neral americano Benedicto Ai'uold guarnecía el fuerte de 
West-Point, en las oi'illas de aquel rio, desde donde em- 
barazaba las operaciones de la escuadra británica. Ar- 
nold, hombre de costumbres desarregladas i de mal 
carácter, entró en relaciones con el jeneral Clinton para 
entregarle el fuerte i para pasarse a las banderas ingle- 
sas. Clinton confió esta negociación a uno de sus ayu- 
dantes, el mayor John André; pero éste fué apresado, i 
en su poder se hallaron las pruebas de la traición del 



252 HISTOKIA DE AMÉRICA 



jeiieral iiiiiericMno. Arnold alcanzó a ponerse en salvo, 
pero el mayor André íiie juzgado como espía, i ahorcado 
el 2 de octubre de 1780. Arnold, en cambio, recibió un 
premio de 1(),0(H) libras esterlinas, i se distinguió mas 
tarde ])or su crueldad para con sus compatriotas. 

Rendición de York-Town.— La (íran Bretaña era el 
teatro de formidables ajitaciones interiores, i sufria las 
hostilidades no solo de la Francia i de la España, sino 
también de la Holanda, a la cual habia declarado la 
guerra (1780), i de una liga denominada neutralidad 
armada, que formaron la Rusia, la Suecia i la Dinamarca: 
pero en los Estados Unidos conservaba todavía su su- 
periíjridad. Fai el sur, Cornwallis sostenía la guerra con 
ventaja: i en \'irjinia a])areció Arnold con un cuerpo de 
tropas cometiendo grandes depredaciones. La situación 
financiera del gobierno americano era sumamente angus- 
tiada. Un rico comerciante de Filadelfla, Roberto Morris, 
elevado a ministro de hacienda, fundó un banco, restable- 
ció el orden en la adndnistracion e hizo renacer el crédito 
nacional. El gobierno francés adelantó a los Estados 
['nidos una suma considerable, i envió en su ausilio una 
escuadra de veinte i dos naA es (marzo de 1 781). 

Washington, entre tanto, habia dado a la guerra un 
impulso vigoroso. El jeneral americano (íreene liabia 
marchado a Carolina del sur con un cuer])0 de tropas, i 
redujo al enemigo a retirarse paso a paso a las ciuda- 
des de la costa, en donde contaba con excelentes fortifica- 
ciones. Lord Cornwallis, (pieiiendo llevar la guerra a los 
estados del centro, cayó de improviso sobre Virjinia, i se 
fortificó en York-Town. en la embocadura del rio York. 
con un ejército de cerca de nueve mil hombres (22 de 
julio de 1781). Allí aguardó el momento de arrojar a los 
americanos de aciuellá ])rovincia. 

Washington desplegó en esas circunslancias glande 
habilidad. Dejó en las inmediaciones de New- York una di- 
visión americana para llamar la atención del jeneral 
Clinton: i haciendo una mai-clia rápi(hi. fué a reunirse con 
el jcnePíd J.afayette, que se hallaba en la provincia de 
Yirjinia, al nnsmo tiempo (}ue la escuadra francesa iba 
a situarse enfrente de \\)rk-To\\n. De este modo pudo 
reunirse un ejército de 10.000 liombi'es, mientras el ene- 
migo contaba solo 8,000. El sitio comenzó el 'M) de se- 
tiembre de 1781. 

Los americanos, acostumbrados ya a. la guej'ra, se 
mostraron dignos coni})añer()s de los veteranos euro] )eos. 
Washington colocó 1 lábil mente sus baterías, i desde el 10 
de octubre principió el bombardeo de la plaza. El 1 7 
capituló ésta, i a la calveza de 7.000 soldados ingleses, 
U)rd Cornwallis entregó sus armas al jeneral americano. 

Paz de Veksalles: la L\(;i>atei{ka keconoí^e la in- 
HEPENDENciA DE EOS EsTADos Vnídos.— La reudicion de 
York-Town ejerció una influencia decisÍA^a en la termina- 



PARTE IV.— CAPITULO II 258 

cion de la guerra. Los ingleses eran dueños todavía del 
Canadá, de Jeorjía, de gran parte de las Carolinas i de 
la ciudad do New- York, i sus fuerzas en el continente 
pasaban de .'50,000 hombres; pero la Gran Bretaña estaba 
rendida de cansancio después de una guerra (|ue le cos- 
taba tan gi-andes sacrificios. La campaña se continuó 
todavía en America débilmente; ])ero ní> era difícil prever 
que en poco tiempo mas debia ajustarse la paz. 

El gabinete l)ritánico convino al fin en tratar. El H 
de setiembre de 17<S8, los ajen tes de la Gran Bretaña, i 
los de América firmaron en Versalles el tratad (^ defini- 
tivo por el cual se reconocía la independencia de los Pas- 
tados Unidos. La Inglaterra devolvió a la Fiancia las 
posesiones que le habia (juitado, i cedió a la Es])aña la 
isla de Minorca i la Florida, que esta ultima habia re- 
conquistado durante la lucha. La ITolanda recobró 
también sus posesiones. 

Constituí ION de los Estados Enídos. — Durante la- gue- 
rra de la independencia, el congreso habia tenido a su cargo 
la dirección de los negocios ]uiV)lic0s. En 1 TTf), ha bia dictado 
una especie de constitución o ])acto de alianza provisio- 
nal de las trecp colonias. Al terminarse la guerra, \A'as- 
hington se ])resentó al congreso, i con el propósito de. 
retirarse de la vida pública, le devolvió la credencial de 
los poderes discrecionales que se le hablan conferido du- 
rante la lucha i renovándose ])eriódicaniente (28 de di- 
ciembre de 1 788). 

I'eio si el pacto de confederación habia servido duran- 
te la guerra, existia latente el esjuritu de rivalidad entre 
las diversas ])rovincias. Los hombres mas ilustrados de 
la revolución americana conociíM'on la necesidad que ha- 
l)ia d(^ una nueva constitución, i pensaron en reunir una 
convención (|ue debia deliberar sobi'e este negocio. La 
convención se reunió en J'iladelíla el 2 de mayo de 1 787. 
Washington tuvo el honor de i)residir aqu(íll'a asamblea. 
El proyecto de constitución fué debatido con gran calor, 
i después de cuatro meses de sesiones, la convención lo 
presentó al congreso. De este modo se formó la vasta 
federación íimericana. que sirve todavía de ejemplo de un 
gobierno constituido sobre la mas sólida de todas las 
bases, la libertad (1787). 

La constitución creó un presidente, investido del poder 
ejecutivo por cuatro años, i designado por elección indi- 
recta de todos los electores de los Estados Luidos. El 
poder lejislativo quedó re])resentado por dos cámaras, 
la una de dii)utados elejidos en toda la Lniou, i el sena- 
do, elejido por las asambleas de los estados. La constitu- 
ción coufial)a al congreso el cuidado de todos los intei-eses 
comunes, la paz. la guerra, los tratados de comercio, las 
tarifas de aduana, la administración de las rentas jene- 
rales i el sostenimiento de un ejército i de una escuadra. 
Cada uno de los estados podia darse una constitución 



254 HISTORIA DE AMÉRICA 



especial para su gobierno interior. El congreso i el pre- 
sidente fíebian residir en un territorrio especial, indepen- 
diente de los estados; i con este objeto, en 1800 fué fun- 
dada la ciudad de Washington. 

Washin(¡ton elkjido phesidexte. — Entonces se pensó 
en elejir el primer congreso i el primer presidente. Las 
miradas de todos se lijaron en Washington, que, sin em- 
bargo, no habia cesado de manifestar sus deseos- de pasar 
el resto de su vida ajeno a toda intervención en los ne- 

Í>ocios públicos. No solo se habia negado a aceptar los 
lonores i recompensas que el congTeso le habia discernido 
por sus servicios en la guerra, sino que habia pasado 
todo el tiempo (pie le dejaron libre los trabajos de la 
convcvncion, en sus posesiones de Virjinia, ocupado en 
grandes faenas industriales. En los momentos de vacila- 
ción e incertidumbre que sucedieron a la terminación de 
la guerra, se habló entre los oficiales del ejército de que 
solo el establecimiento de una, monarquía podia consoli- 
dar la unión de los diversos estados. Uno de los jefes es- 
cribió a Washington una car-ta ])ara esponerle, a nombre 
de sus compañeros de armas, las ventajas que se obten- 
drían de constituir una monarquía. No es difícil com- 
prender el alcance de esa carta: si en esos momentos los 
Estados TTnidos se hubieran dado un rei, ese rei no podia 
ser otro que el jeneral Washington. Éste contestó: ''He 
leido con sorpresa i dolor los pensamientos que me ha- 
béis trasmitido, ('reedme que ningún suceso, en el tras- 
curso de esta guerra, me ha aílijido tanto como el saber 
por vos que tales ideas circulan en el ejército. Debo mi- 
rarlas con horror i condenarlas severamente. En vano 
busco en toda mi conducta qué es lo que ha podido alen- 
taros a hacerme una proposición que me parece preñada 
de las mayores desgracias que pueden caer sobre mi pais." 
Después de esta manifestación, no era difícil conocer el 
espíritu republicano que animaba al fundador de la in- 
dependencia. 

El primer congreso se reunió enNew-York el 4 de marzo 
de 1789. Washington, elejido presidente de la república, 
prestó el 80 de abril de ese año el juramento (^xijido por 
la constitución; i reelecto por sus conciudadanos, conservó 
ocho años el primer cargo del estado. T^os Estados Uni- 
dos se hallaban divididos en dos partidos poderosos, los 
federalistas i los antifederalistas, defensores obstinados de 
las libertades locales. Fué necesaria una lucha enérjica 
i todo el patriotismo de Washington para mantener la 
paz interior i para impedir una disolución irreparable. 
Al fin, triunfaron los verdaderos intereses de los Estados 
Unidos, porque no solo se mantuvo la unidad en la fe- 
deración, sino (pie col)ró gran firmeza. 

Washington rechazó el pensamiento de una tercera elec- 
ción, no tanto para reparar en el descanso sus fuerzas 
agotadas por los trabajos públicos, como para evitar a 



PAKTE IV.— CAPÍTULO íl 255 



la libertad los peligros que podia ocasionar la perpetui- 
dad del poder. Dirijió a sus conciudadanos los mas pru- 
dentes consejos que debian seguir en adelante, i, entre- 
gando a John Adams las riendas del gobierno (4 de marzo 
ae 1797), se retiró a sus propiedades de Mont-Vernon, 
a donde lo siguieron las bendiciones de todos los pue- 
blos. 

Muerte de Washington.— Así terminó la vida pública 
de Washington. 8u sucesor le confió el cargo de jenera- 
lísimo de Tos ejércitos americanos; peFO la muerte de 
AVashington, ocurrida ol 14 de diciembre de 1799, puso 
término a su gloriosa carrera. Durante su última enfer- 
medad, i en el momento de la muerte, dio el mismo ejem- 
plo de paciencia i de valor que habia ofrecido en todos 
•los actos de su vida. El gobierno i el pueblo de los Es- 
tados Unidos manifestaron espontáneamente el dolor pro- 
fundo que les causaba tan oran pérdida. Aunque casado 
desde largo tiempo atrás. Washington murió sin haber 
tenido descendientes. 

'%Si la vida de Washington no está sembrada de ras- 
gos brillantes i de las singularidades que en otros hom- 
bres han producido la admiración del mundo, no está 
deslucida por las locuras ni deshonrada por los crímenes 
de esos mismos hombres, dice Sparks. Mas l)ien que el 
lirillo fascinador de algún rasgo particular, lo que cons- 
tituye la grandeza de su carácter es la feliz reunión de 
cualidades i de talentos raros, el conjunto armonioso de 
las facultades intelectuales i morales. Si el título de 
grande hombre debe ser reservado a, aquel a quien no se 
puede acusar de un solo defecto o de un solo vicio, i que 
ha consagrado su vida a fundar la independencia, la 
gloria i la prosperidad permanente de su país, a aquel 
que ha alcanzado todo lo que ha emprendido, sin com- 
prometer el honor, la justicia i la integridad, i sin ha- 
cer el sacrificio de un soh^ principio, este título no será 
rehusado a Washington." 

Eápidos proíiuesos de eos Estados Unidos después 
DE su INDEPENDENCIA.— Bajo la administración de John 
Adams se renovaron las disensiones ])olíticas de los Es- 
tados ['nidos, pero d ])rin(lpio federal salvó incólume. 

Las guerras euroi)eas vinieron en breve a turbar el 
desarrollo de los Estados Unidos bajo la administración 
de Tomas Jefferson (1801 a 1809).' La Inglaterra pro- 
clamó el l)loqueo de todo el imperio francés. Napoleón, 
a su turno, prohibió a los neutrales todo comercio con 
las islas británicas. Jefferson, queriendo conservar la 
neutralidad, prohil)ió todo comercio con ambas nacio- 
nes, i cerró en 1809 los puertos a las naves de guerra así 
francesas como inglesas. A la sombra de la paz, la indus- 
tria de los Estados Unidos tomó gran vuelo, i los límites 
de la República se dilataron. l^aLuisiana fué cedida poi* la 
Francia mediante una, rntribucion de 1 5.000,000 de pesos. 



2S6 HISTORIA DE AMÉRICA 



El cuarto presidente, James Madison (1809 a 1817), 
respetó cuanto fué posible la política de su antecesor. 
La Francia suspendió al fin el bloqueo continental (5 de 
agosto de 1810). Los Estados Unidos abrieron entonces 
sus puertos al comercio francés, pero la guerra fué de- 
clarada por la Gran Bretaña el 18 de junio de 1812. 
Los Estados Unidos tenian en aquella época una pobla- 
ción de 10.000,000 de habitantes, un ejército perma- 
n(nite de 0,000 hombres, i una marina militar apenas en 
embrión; i sin embargo, se atrevieron a, entraren guerra 
con la (Irán Bretaña, entonces dominadora esclusiva 
de los mares i aliada de la mayor parte de los prín- 
cipes europeos. La guerra tuvo ])or princi])al teatro las 
provincias del norte; ])ero los ingleses hicieron una cam- 
paña en el centro délos Estados Unidos, i la ciudad de 
Washington fué ocupada en agosto de 1814. Mientras 
tanto, las naves inglesas fueron tomadas en los lagos 
Champlain i Erié, i el jeneral Cackson, a la cabeza del 
ejército de Nueva Orleans, rechazó 12,000 ingleses, cau- 
sándoles la ])érdida de 2,000 hombres (8 de enero de 
1815). Cuando se dio esta batalla, la pnz habia sido 
firmada en Gante, en Béljica. el 24 de diciembre de 1814, 
sin (pie se tuviera noticia de ella en los Estados Unidos; 
pero dejó sin resolución las cuestiones de derecho maríti- 
mo que se liabian suscitado. 

Bajo la administración de James Monroe (1810 a 
1824), los estados de la Union llegaron a veinte i tres, 
mediante la o('Ui)acion pacífica i lenta del territorio que 
abandonaban los salvajes. Los Estados Unidos hicieron 
en aquella época mía adquisición mucho mas importante 
todavía. La España convino en 1819 en entregar la 
Florida mediante el pago de cinco millones de pesos. 
Monroe prestó su apoyo moral a la revolución hispano- 
americana, i aun emitió el ])ensa miento de poner en el 
nuevo mundo una l)arrera al establecimiento de futuras 
colonias de las naciones europeas. Monroe es considerado 
por esto como el iniciador de una política verdadera- 
mente americana. 

La historia posterior de los Estndos Unidos no tiene 
mas que noticias del rápido i portentoso desariollo de 
aquella gran nación, liasta 1861, en que se inició una 
guerra civil cuya historia no entra en el cuadro de este 
libro. Su industria ha tomado notable desenvolvimiento; 
su población casi se duplica cada veinte años. La ins- 
trucción ])úbli(^a ha tomado tal incremento, que solo el 
estado de New- York contaba cerca de 11.000 escuelas el 
año de 1850. El territorio se ha dilatado con la adcpii- 
sicion de Tejas (1845). de California i de Nuevo Méjico 
(1848). arrebatados a la república mejicana. De este mo- 
do, i a la sombra (le la libertnd. se ha levantado la gran 
República. 



PARTE IV.— CAPITULO III 257 



CAPITULO III 



Primeros, síntomas de revolución en la América española. 

SiihlfVíicioii «le Tii]);ic-Ainarn.— Cíisti^o «If 'rnpíic-Aiiiíiiii. — Pin de la 
rebelión. — Reví)lucion del Socorro en ÍNueva ( í niñada.— J'ro.vectos 
del conde de Arandn respecto de la América. — Nuevas (M>nspiracio- 
nes en las colonias españolas. — Mii'anda. — Espedicion de Miranda a 
Veneznela. — Espedicion de los ingleses al Rio de la Pinta.— Recon- 
quista de Buenos Aires. — Defensn de Buenos Aires contia una se- 
cunda invasión inglesa. 

(IT.Sl-lSüT) 

Si'iíí.KVACfON í)i: Ti i'A( -A.MAiir.— La paz en que vivie- 
ron las provincias liispano-nmericanas durante el go- 
l)ierno colonial, fue interriinipidn de vez en cuando por 
sublevaciones ])arciales casi siempre locas i descabella- 
das, que fueron siem])re sofocadns en jérnien i castig'adas 
con mano de fierro. A fines del si<>lo XVI 11, esos sacudi- 
mientos revolucionarios fueron mas frecuentes i vigorosos. 

El mas notable se efectuó en las ])rovincias del sur 
del virreinato del Perú, i cundió fácihnente en la rejion 
septeiitrional del virreinato de Buenos Aires. I n cacique 
de la provincia de Tinta, que se decia descendiente de 
los antiguos emperndores del Terú, i mui celebre en la 
historia con el nombre de José (íabriel Tu])ac-7Vmaru. 
prefcestandfj que queria celebrar el cumple-años de Carlos 
Ilí con un bauíjuete (4 de noviembre de 17(S()), convidó 
;i su casa al corregidor de la provincia, don Antonio 
Arri.vga, lo apresó por soipresa, e hizo ahorcarlo en la 
plaza de Tinta seis dios después. Tu])ac-Amaru reunió a 
sus parciales, se ])roclamó libertador del Perú, i destrozó 
un cuerpo de (>()() hombres que (^n contra suya habia sa- 
lido del (hizco. Esta importante ciudad habría caido tam- 
bién en ])oder del caciíjue rebelde, sin la enerjía que en 
esos momimtos manifestó el obispo Moscoso i el corregi- 
dor de la ])rovJncia de Abnncaá, don Manuel Villaltn. Los 
eclesiásticos formaron una hueste, i contribuyeron a de- 
fender con las arnms la ciudad. 

Mientras tanto, la insurrección Imbia cundido en otras 
provincias. Dos indios, apellidados ( 'ataii, reunieron nn 
cuer])o de 7,000 indíjenas, i marcharon contra la ciudad de 
Charcas. Sin embarfro, el comandante don Ignacio Flo- 
res se preparó ])ara la resistencia. Desjmes de algunas 
vacilaciones, i de un encuentro de resultado dudoso, los 
rebeldes fueron batidos por los defensores de la plazn 
(20 de febrero de 1781). Los indios entregaron a los ca- 
bezas de la relíclion, los cuales fueron sometidos a juicio i 
ejecutados. 



258 HISTOKIA \m AMÉRICA 



A penar de esto, la iiiHuiretcion se esteiidia rápidameüte 
en las })!•() vineias del norte del virreinato de Buenos 
Aires. < )niro i otros })ueblo8 íueron el teatro de liorribles 
escenas. Los jefes militares i sus fannlias, los correjidores, 
los cnras i todos los españoles de naeimiento fueron ase- 
sinados por los indios. Kl virrei de Buenos - Aires, don 
Juan José Vértiz, hizo salir contra los rebeldes una divi- 
sión mandada por el teniente coronel don Josc Heseguin, 
que sorprendió en Tu])iza, n uno de los jefes indios, hizo 
muchos [)risioneros i marchó triunfante a la ciudad de 
Oliá,rcas (17 de abril de 1 781 ). Después de un corto pro- 
ceso, fueron ejecutados mas de 50 indios, para infundir 
terror. 

Castkío de Tri»A( -AMAKr.— El jefe de la rebelión se 
mantenía en los alrededoi'es del Cuzco a la cabeza de 
60,000 indios. Sus subalternos lo habian proclamado 
inca, i él uíisnu) habia tomado los aires de restaurador del 
antiguo imperio. 8u8 tropas, faltas de disciplina i de ar- 
mas, habian sido impotentes p;ira ])osesionar8e del Cuzco, 
que defendian con gran resolución todos sus pobladores. 
El virrei del J^eríí, don Agustin de Jáuregui, hizo salii* 
de Lima un cuerpo de tropas mandado por el mariscal 
de campo don José del Valle. Acompañaba a éste un co- 
misario real que entonces se hallaba, en el Perú, don José 
Antonio de Areche. En su marcha al Cuzco el ejército paci- 
fícador llegó a reunir 1 7,000 hombres. 

Los espedicionarios llegaron al Cuzco i desde allí em- 
prendieron la caui])aña contra h^s rebeldes (9 de marzo 
de 1781). Desde luego tuvieron que sufrir la vigorosa 
resistencia de ])a.rte de los indíjenas (]ue ocupaban los 
desfíladeros de las montañas. Valle, sin embargo, logró 
desalojarlos, i ocupó después de reñidos combates el pue- 
blo de Tintíi; i en seguida batió las tropas de Tupae- 
Amaru, <]ue ocupaban una altura vecina. Una [)artida 
del ejército español apresó al jefe rebelde, a su mujer, a 
dos hijos suyos i a algunos otros ])arientes ((> de abril de 
1781), que fueron conducidos al Cuzco. r.<a ])rision de su 
caudillo no habia amedrentado a los indios. Valle se vio 
obligado a despoblar la ciudad de Puno i a sostenei* 
constantes refriegas ])aí-a l)atir en del alie los cuerpos re- 
beldes. 

Mientras tanto, Areche seguia eu el (W.co el proceso 
de Tupac-Anuiru. El juicio fué terunnado por la senten- 
cia capital contra el jefe i contra algunos de sus cóm- 
plices. El IS de mayo de 1781. fueron arrastrados a la 
plaza nueve condenados. A cruitro de ellos se les ahorcó 
simplemente. A Francisco Tupac-Amaru, tio del jefe in- 
surrecto i a su hijo Hi])ólito, se les cortó la lengua antes 
de ahorcarlos. Dos indias de la misma fannlia fueron 
condenadas a la pena de gaiiote. A Tupac-Amaru le 
cortó la lengua el verdugo. Atáronle en seguida a las 
manos i a los pies cuatro lazos, i asidos éstos a las cin- 



PARTE IV.— CAPÍTULO III 259 



chas de otros tantos cahallos. t¡raV)an cuatro mestizos 
a distintas partes. "No sé si porque los caballos no fue- 
sen mui fuertes, o porque el indio fuese de fierro, dice un 
testigo ocular, no pudieron dividirlo, después que por 
un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo 
tenian en el aire^ en un estado que parecia una araña. 
El visitador Areehe, movido de com|)asion, mandó que 
le cortase el verdugo la eabezn. como se ejecutó. Después 
se condujo el cuerpo debajo de la hoira, donde se le sa- 
caron los brazos i piernas, parn dirijirlos a diversos pue- 
blos. Los cuerpos del indio i de su mujer fuei'on arroja- 
dos al fuego i reducidos n cenizas, las que se arrojaron 
iú aire.' 

Fin de la uebemox.— Lu ejecución de Tupac-Amaru 
no puso término ala rel)elion. Las jn'ovlncias del norte 
del virreinato de Buenos Aires fueron teatro por algún 
tiempo mas de las o]>eraciones militnres. No pudiendo 
tomar las ciudades de la Paz i de Soratn, los indios 
rom])ieron los diques que conteninn Ins aguas de los rios 
vecinos, i produjeron en ellas terribles inundaciones. El 
comandanta? Reseguin consiguió al fin batirlos en el pue- 
blf» de las Peñas. I*roclanió en seguida un indulto jene- 
ral para los que quisieran deponer las armas: i esta 
medida hizo que muchos jefes se sometieran a las auto- 
ridades españolas (noviembre de 1781). 

Desde entonces solo quedó en i)ié Diego Cristóbal Tu- 
pac-Amaru, hermano de José (íabriel, a la cabeza de al- 
gunos indios. Convencido ;d tin de la inutilidad de sus 
esfuerzos i queriendo aprovechar el beneficio del indulto, 
se presentó con todos los suyos el 27 de enero de 1782 
en la iglesia del'pueblo de Sicuani, en donde lo espera- 
ban el obispo de Cuzco, Moscoso, i el jeneral Valle. Allí, 
después de una inisa solemne, Diego Cristóbal prestó el 
juramento de vasallaje al rei de España. 

El jefe indio sospechaba que {H|uel conv^enio fuese un 
infame lazo tendido i\ su credulidnd. En efecto, hnbién- 
dose liecho sentir ])oco des])ues algunas ajitaciones, Tu- 
p^^c-Am^^ru fué a]>res;Mlo i conducido al Cuz(H) |)ara ser 
sometido a juicio. El 1 9 de aluil de T78.-Í fueron ejecuta- 
dos en la ])laza d(í esa ciudad dos indios principales i una 
india, i en seguida fué tennceado i ahorcndo Diego Cris- 
tóbal. 

Con tan cruel e injustificabh^ perfidia terminó la rebe- 
lión encabezada en Tinta ])or el cacicjue Tupac-Amaru. 
Superior poi- su intelijencia i su carácter a la jeneralidad 
de sus compatriotas, este indio concibió el atrevido pro- 
yecto de reorganiz{\r el imperio de los incas, cuya cons- 
titución habia estudiado en los célebres escritos de Gar- 
cilaso de la Vega. Abandonados a sus propios instintos, 
los indios fueron feroces durante la rebelión. Les faltaron 
las armas i la disciplina; i los españoles, en vez de apro- 
vecharse de la enseñanza que les daba aquel levantamien- 



•j'')(> HISTORIA DÉ AMÉRICA 



to. fueron iiiluimjiiios con los vencidos, creyendo (pie solo 
el iig()i\habia de nset>nrar sn dominación. 

Rkvoli (lox DRL SocoKKo ION Xfkva (i hanada.— El es, 
píritii derebel¡on;isoniaba enesaé])ocaen diversos ])nn tos. 
En Chile se descubrió una conspiración descabellada: pero 
el virreinato de Nueva Granada fue el teatro de mas serias 
conmociones. 

Gobernaba allí el virrci don Maiuid Antoido Flores. 
Las ])enurias del tesoro es])ariol snjirieron a la- corte el 
)royecto de a umentaraljinnas contribuciones. El rei nom- 
)r(V visitador de Nuev;) (íranada a don Juan (lutierrez 
1 Mueres, rejentc de la audiencia de Bogotá,, con poderes 
})ara intervenir en los «irrciilos financieros sin de])enden- 
eia del virrei. 

Inniediataniente se hizo sentir el descontento en la po- 
blación. El Ib de marzo de 17S1. una mnjer des])edazó 
en la villa del Socorro uno de los bandos en que se anun- 
ciaba cierta innovación en el pago de contribuciones. Este 
acto dio oríjen a la rebelión de esa viUa,. El pueblo des- 
conoció las autoridades, i nombró en su lugar una junta 
con el título de su])renio consejo de guerra. El verdadero 
jefe de aquel gobierno fué don Juan Francisco Berbeo, 
hombre dotado de gran resolución. El movimiento fué 
seguido por varios ])uebl()S de las |)rovincia,s de Tunja, 
Pamplona i Casanare, i se estendió también a algunos 
])untos de Venezuela. Los cabildos elijieron sus jefes j)ara 
dar unidad al movimiento. 

Los sublevados no mancharon su cansa con ningún 
crimen. El visitador, aunque desprovisto de fuerzas ])ara 
reprimir el movimiento, creyó (pie bastaba el prestijio de 
la autoridad real para someter a los sublevados. Orga- 
nizó una columna de 100 hombres que ])uso a las (')r(le- 
nes d(4 capitán don Joaquín de la Barrera con orden de 
marchar sol)^' Socorro; pero éste fué batido en el ])ueblo 
de Fuente Real sin gran dificultad. Este suceso llevó la 
turbación a las autoridades españolas de Bogotá. El ar- 
zobispo don Antonio Caballero i Góngora, se ofreció para 
servir de mediador, a fin de evitar la guerra. 

Mientras tanto, Berbeo habia llegado hasta Cipa(piirá. 
Sus tropas formaban 20,000 hombres mal armados, 
pero llenos de resolución. El 2() de mavo de 17S1 se pre- 
sentó allí el arzobispo: i á.mbos estendieron un tratado 
de pacificación (7 de junio de 1781), (pie fué aprobado 
en una solemne fiesta, relijiosa. Se estipuló en él la es- 
pulsion del visitador IMñeres, la supresión de algunas 
contribuciones i la rebaja de otras. 

El A irrei se hallaba en Cartajena. Creyendo que aquel 
convenio era degradante para la autoridad real, desco- 
noció su validez (6 de julio de 1781). La sublevación 
reapareció entonces en distintos puntos; })ero fué sofocada 
por las tropas reales: i la horca sirvií") jjara castigar a 
los cabecillas de la nueva rebelión. 



PARTE IV.—rAPÍTTJlyO Mí 261 



Proyectos del conde de A randa [(espkctc^ de la 
Améfíica.— l^a noticia de estos levantamientos produjo 
en la metrópoli grande impresión. La España liabia 
apoyado la revolución de los Estados Unidos de América, 
i debió temer que un movimiento semejante le arreba- 
tase SU8 dilatadas posesiones en el nuevo numdo. 

El conde de Aranda, el mas gríin político de España 
en el sij2:lo XVJII, percibió la tempestad cpie iba a sur- 
jir en el nuevo nmndo, i pensó en su ipmedio. l*ro])Uso. 
en efecto, a Carlos 111 el establecimiento (^n América de 
tres monarq-uías tributarias, una en Méjico compren- 
diendo la capitanía jeneral de Guatemala, otra en Costa- 
Firme, formada, i)or la Nueva Granada i Venezuela, i la 
tercera, compuesta })or los virreinatos del Perú i Buenos 
Aires i la capitanía jeneral de Chile, cuya capital debía 
quedar en JJma. Estas monarquías debian concederse a 
otros tantos príncipes de la familia real española. La 
metrópoli conservarla solo sus posesiones en las Anti- 
llas. Los tres reinos debian (|UiMlar tributarios de 
España. 

La corte hizo poco caso de este pi'oyecto: pero el conde 
de Aranda, penetrado de la verdad de su j)revision, 
persistió en este pensamiento, modiíicáudolo un poco. 
Insistía en ceder el Perú en cambio del Portu^ial, a fin de 
que su rei pudiera organizar una estensa monanjuía en 
América, uniendo aquel virreinato con el Brasil. La Es- 
])aña conservarla sus posesiones de América situadas al 
norte, i organizaría, un reino para un infante de la fami- 
lia real en Buenos Aires i Chile. 

Este ])royecto fué considerado (juiuiérico. El rei intro- 
dujo en el gobierno de sus colonias inq)orl;intes iunova- 
ciones. El ministro Eloridl)lanca estal)a convencido de 
que, aunque esas reformas eran trascendentales, pasarían 
aun largos años antes de consumar un cambio completo 
en la administración colonial. ''Nuestras Indias, decía, 
están mejor ahora ([ue nunca, i sus grandes desórdenes 
son tan arraigados que no pueden evita rs*^ en un siglo 
de buen gobierno." 

Nuevas coxspiijacioxks i:.\ las coi>oxias ksi'añoi.as. — 
Los colonos, (pie sufrían las consecuencias de aquel mal 
gobierno, sabían demasiado bien que la España no le 
pondría un remedio eñcaz; i comenzaban a ajitais»» i a 
preparar el camino i)ara llegar a la independencia. 

A i)esar de la vijilancia del gobierno es])añol, algunas 
])ersonas habían lognulo introducir ciertos libros france- 
ses (pie debían acelerar aquel movimiento. En Nueva Gra- 
nada había penetrado una historia de la convención na- 
cional francesa de 1789; i un impresor de Bogotá publicó 
en castellano la parte relativa a la ''declaración de los de- 
rechos del hombre". La real audiencia, alarmada con este 
suceso, comisionó a algunos de sus miembros para es- 
clarecer lo ocurrido, i castigar a sus autores (1794). Los 



262 HI8TOBIA DE AMÉRKA 



comieionados descubrieron que don Antonio Nariuo era 
el traductor del folleto perseguido. lOste fuó i-eniitido a 
I^spafia, con quince p(*rsoiias mas. j)ara que su causa fuera 
juzgada por el consejo de ludias. Nariño se fugó de Cá- 
diz; pero sus compañeros permanecieron presos hasta el 
año de 1799, en que el consejo mandó ponerlos en li- 
bertad. 

Poco tiempo des]>ues, el gobierno descubrió en Vene- 
zuela una conspiración uias teuiible todavía. En 179G, 
varios españoles procesados en la metrópoli por un pro- 
yecto, de revolución republicana, se hallabau presos en el 
puerto de la Guaira. Artiíiciosameute, entrai'on en comuni- 
cación cou los ottciales que los custodiaban i con algunas 
personas que los visitaban. Tres de ellos se fugaron con el 
propósito de solicitar ausilios ester lores para hacer una 
revolución en Caracas, mientras ([iie sus amigcjs de Vene- 
zuela cond)inabau los elementos para la sublevación. La 
imprudencia de uno de pstos, dio lugar a (pie el proyecto 
fuera conocido por el capitán jeneral de la provincia, don 
Pedro Carbonell (julio de 1797). En pocos dias fueron 
apresados 72 individuos; pero dos de los mas compro- 
metidos en la conspiración, don Manuel Gual i don José 
María España, se pusieron en salvo asilándose oportuua- 
mente en las colonias estrañ jeras. La real audiencia pro- 
metió indulto a los que se denunciaran a sí nusmos, i con 
este ardid sorprendió a muchos con8i)iradores. España, 
que regresó ocultamente rí la Guaira, fué apresado por 
las autoridades españolas. 

En esa época (1799), habia llegado un nuevo capitán 
jeneral, don Manuel de Gruevara \^asconcelos, con encargo 
de activar el proceso. La audiencia condenó a muerte a 
siete de los ]jrincipales reos; i hallándose ])rófugo uno de 
ellos, fueron aliorcados los otros seis i destrozados sus 
cadáveres. El S de uuiyo fué ahorcado igualmente en 
Caracas el infeliz España: su cabeza fué colocada en la 
Guaira i sus miembros fueron distribuidos en varios pue- 
blos. Gual, ()ue se abstuvo de volver a Venezuela, falle- 
ció en 1801 en la isla inglesa de Trinidad, no sin sospe- 
chas de haber sido envenenado. 

Este espíritu de insurrección se habia manifestado 
también en el virreinato de Nueva España. Desde tiues 
del siglo XVIII se descubrieron diversas con8i)i raciones 
mas o menos formidables, que fueron reprimidas con gran 
rigor. 

Miranda.— En esa misuui época, varios personajes 
americanos solicitaban en Europa el apoyo de las grandes 
naciones para procurar- la independencia del nuevo nmndo. 
Un habanero, don José Caro, habia impetrado ausilios 
del gobierno francés para insurreccionar el Perú. Don 
Antonio Nariño, que se habia fugado de Cádiz cuando 
era llevado preso a Madrid, se ])resentó en Paris, i ob- 
tuvo de Tallien la jjromesa de ser socorrido en su pro- 



PARTE IV.— CAPITULO 111 268 



ywto do sublevar la Nueva Granada. Después de una 
corta periiianeucia eu Londres para obtener del g'obierno 
británico igual j^roniesa, Nariño desesperó de ])oder rea- 
lizar sus planes, volvió a su patria, i solicitó del virrei 
Meiidinueta el |>erdon áa sus faltas, comprometiéndose a 
declarar cuanto sabia (1797). Nariño cometió de esta 
manera una gran falta; j)ero alcanzó un in<hdto del rei 
después de una penosa prisión. m^ 

El mas célebre entre esos revolucionarios era un vene- 
zolano mui distinguido por su intelijencia i por la ente- 
reza de su carácter. Era éste don Francisco Miranda. 
Nacido en Caracas en 1 750. Miranda sirvió en una divi- 
sión del ejército español en los Estados Unidos durante 
la lucha con la Gran Bretaña. Terminada la guerra, fué 
destinado a servir en la guarnición de Cuba; i allí se vio 
acusado de pre[)arar la entrega de la isla al gobierno 
británico. Temiendo las dilaciones de un proceso, Mi- 
randa se puso en fuga i buscó un asilo en varios |)ueblos 
de Europa. Recorrió entonces la Inglaterra, la Alemania, 
la Turquía i por último la llusia, i sux)o labrarse una posi- 
ción notable en las cortes que visitaba. El ministro ingles 
Fitt se manifestó dispuesto a cooperar a sus proyectos; 
pero entonces la revolución francesa atrajo toda la aten- 
ción del gobierno británico. 

Miranda pasó a Francia i se alistó en el ejército revo- 
lucionario. En poco tiempo alcanzó el grado de jeneral, 
i se distinguió en la campaña de Béljica. El mal resultado 
del sitio de Maestrich, que él había dirijido, la pérdida 
de la batalla de Nerwhiden, en (jue mandaba el ala iz- 
quierda del ejército francés, i la cíuda de los jirondinos 
perdieron a Miranda. Fué })reso i sometido a juicio; per(j 
la reacción que se siguió al O termidor le ])ermitió (jue- 
dar en libertad. En Londres reanudó sus relaciones con 
el ministro Pitt; pero sus proyectos (juedaron en nada 
por entonces. 

EsPEUiciox üE Miranda a Venezuela. — Miranda resol- 
vió al fín pasar a los Estados Unidos para preparar su 
espedicion, interesando a algunos negociantes norte-ame- 
ricanos. En New-York consiguió los recursos para com- 
prar dos corbetas i otras naves menores, i proveerlas de 
arniíis. Miranda, que creia poder contar coa numerosos 
auxiliares en Venezuela tan pi'onto como desembarcara, 
no vaciló en acometer la empresa [proyectada con 200 
hombres (|ue logró reunir. 

El ministro español en los Pastados Luidos tuvo noti- 
cias de aquel proyecto, i lo puso en conocimiento de 
Vasconcelos, para que se preparase a resistir la invasión. 
Miranda, sin embargo, se dio a la vela para la costa de 
Coro (])rincipios de 1806). El 25 de marzo, al avistarla 
tierra, su escuadrilla fué atacada por dos bergantines 
guarda-costas, i después de un reñido combate, Miranda 
perdió dos naves con 00 hombres que quedaron pri- 



264 rriRToKiA r»f; AAu'irnrA 



sioneros de lo8 españoles. En Puei'to Cabello iu(»rüii 
sometidos a jiiieio, i diez de ellos condenados a la liorea. 
El capil an jeneral de Veneznela hizo quemar en la plaza 
de Caracas la etijie de iMiíanda, i ofreció por su cabeza 
30,000 pesos. La incpiisicion de Cartajena lo declaro 
solemnemente enemigo de Dios i d(4 rei, indigno de 
recibir |)an, fucilo i asilo. 

Miranda, entre tiinto, se babia retirado a la isla déla 
Trinidad. Allí encontró al almiíante ingles sir Alejandro 
Cochrane, i le ofreció grandes ventajas comerciales para 
la Inglaterra si le prestaba su cooperación. Coclirane 
pennitió a Miranda que reclutase jente en las islas bri- 
tánicas^ compi-ometiendose ademas a ausiliarlo liasta 
dejarlo en tierra con su ejército. Miranda reunió (piinee 
embarcaciones i 500 voluntarios, i se hizo a la vela para 
el continente (24 de julio de 4S()()). 

L(js espedieion arios llegaron al puerto d(^ la Vela 
felizmente. Las autoridades españolas hablan reunido 
allí 1,200 hombres mal armados. Miranda, sin embargo, 
desendjarcó sin diñcultad (8 de agosto), i espidió sus 
proclanias invitando a los habitantes de Venezuela a 
acudir a su llamamiento. En seguida ocupó a Coro; pero 
entonces notó con un profundo sentimiento (jue su em- 
|)re8a no encontraba ausiliares. El jeneral insurjente se 
vio precisado a retirarse a la pequeña isla de Oruba con 
el propósito de mantenerse allí hasta recibir ausilios del 
almirante Cochrane. 

Mientras tanto, Vasconcelos habia puesto sobre las 
armas un ejército de cerca de 8,000 liombres. T^a espe- 
dieion de Miranda habria, pues, fracasado de todas ma- 
neras; per(^ las autoridades inglesas de las Antillas se 
negaron a prestarle los ausilios que reclamaba. Miranda 
disolvió sus tropas en la Trinidad, i aoIvíó a Inglaterra 
triste i abatido, pero esperando dar mas tarde a la Es- 
paña un golpe decisivo. 

ESPEDICION 1)10 LOS INCÍ LIOSKS AJ. KiO DÉLA 1*J.ATA.— La 

guerra que en aíjuella época sostenía la España contra 
la Inglaterra, dio lugar a una espedieion británica en el 
liio de la I^lata que contribuyó a preparar la indepen- 
dencia americana. 

El gobierno ingles liabia despachado en 1805 una 
escuadra considerable [)ara apoderarse de la colonia ho- 
landesa del cabo de Buena Esi)eranza. Como esa escuadrn 
tocara en el Brasil, el virrei de Buenos Aires, marques 
de Sobremonte, temió que pudiera dirijirse al Rio de la 
Plata, i que fuera destinada para atacar a Montevideo. 
Trasladóse a esta ciudad con todas las tropas de su 
mando, i se empeñó en ponerla bajo un ])ié de guerra, 
lluego se supo que la escuadra inglesa se habia apoderado 
de la colonia del Cabo (enero de 1806), i 8ot)remonte 
volvió a Buenos Aires, dejando sus tropas en Montevideo. 

Los ingleses, sin embargo, tenian el pensamiento de 



PABTE lA'.— CAPÍTULO III 265 



atacar de sorpresa a]<:iina do lan colojiias españolas con 
lí) osperaiiza d(í hacer un rico botiu i de íoiiKUilar una 
iiiHurreccion. Sir Home Po])liani. jefe de la escuadra in- 
g'lesa, proyecto un <¿olpe a Buenos Aires, que se suponía 
desarmado. Popliam i el jeneral Sir W'illiam Carr Berres- 
ford, a la cabeza de poco mas de 1,500 hombres, aco- 
metieron la empresa. A principios de junio (1800), los 
ingleses penetraron en el Kio de la Plata, i el 25 del mismo 
mes desembarcaron a poca distancia de Buenos Aires. 

La aparición inesperada de los ingleses produjo en la 
cai)ital del virreinato una profunda consternación. Sobre- 
monte, imposibilitado para trashular las tropas (pie 
tenia en Slontevideo, se ocupó mas de trasportar al 
ulterior los tesoros que habia (^n Júnenos Aires quede 
organizar la resistencia, i al)andon6 la ciudad pai-a 
trasladarse a Cóidoba. con el proj)ósito de reunir tro])as 
i rescatar la capital. Berresford penetró en Buenos Aires 
sin resistencia alguna el 27 de junio. Los ingleses reco- 
jieron cerca de un millón i medio de pesos; i para atra- 
erse a los habitantes, se esforzaron por parecer humanos 
i conciliadores. 

Reconquista nio Btenos Ajuios. — Satisfechos con tan 
fácil victoria, los ingleses pensaron en dilatar sus con- 
quistas. Popliam fué a l)loquear a Montevideo, que de- 
fendia una división de buenas tro])as, i pidió ausili(js a 
la colonia del Cabo. 

Mientras tanto, algunos jóvenes arjentinos abrigaban 
la esperanza de espulsar a los estranjeros de la ciudad. 
Don Santiago Liniers. francés de nacimiento, (]ueocupaba 
entonces el puesto de comandante marítimo de un ])unto 
de la costa vecina, fué el alma de la resistencia. Seguio 
de la debilidad militar de los ingleses, pasó a Montevideo 
ocultamente, tomó el mando de poco mas de 1,100 lumi- 
bres i de S cañones; pero como aipiella i)laza estaba 
bloqueada, fué necesario (¡ue emprendiera su viaje por 
tierra hasta la Colonia, enfrente de Buenos Aires. Liniers, 
conduciendo su jente en 28 buquecillos, cruzó el lio de la 
Plata el 8 de agosto (ISOO), sin ser percibido i)or los 
ingleses, i desembarcó un poco al norte de Bu(nios Aires. 
Inmediatamente se le reunieron diversos destacamentos 
de milicias de la campaña. 

l^iniers llegó en la tarde del 10 de agosto a, los arra- 
l)ales de Buenos Aires. Su ejército se habia tri{)licado; i 
si carecía de la disciplina de los ingleses, poseía en cam- 
bio grande ardor. En la mañana siguiente, las tropas 
de Liniers penetraron valientemente en la ciudad, obli- 
gando a los ingleses a reducir sn defensa a la plaza 
central i a las calles vecinas. Los asaltantes se posf^siona- 
ron de las azoteas de muchas casas, i desde allí sostu- 
vieron con ventaja el combate contra los defensores de 
la plaza. La lucha se renovó en la mañana del día 12. 
Los soldados de Liniers atacaron en cuatro columnas, 



266 HISTORIA DE AMÉRICA 



niif'ntras (lue Iüh paisanos, situados en los balcones i las 
azoteas de las casas, disparaban todo jénero de proyec- 
tiles sóbrelos ingleses, obligándolos a abandonar lasca- 
lies i a re})legarse a la j)laza. Liniera hizo avanzar sn 
artillería, i rompió el fnego de metralla sobre las tropas 
de Berresford, que se vio obligado a encerrarse en \u 
Fortaleza o casa de gobierno, a orillas del rio. Asediado 
allí por los vencedores, i seguro de que toda resistencia 
era infructuosa, levantó la í)andera española i anunció 
que estaba dispuesto a rendii-se. Liniers permitió al ene- 
migo salir con los honores de la guerra para deponer sus 
armas. 

Defensa de BiExNos Aires contra una segunda inva- 
sión ÍNGEE8A.— Indescribible fué el jubilo de Buenos Aires 
(^uando se vio libre ])or sus propios esfuerzos. Levantóse 
un grito jeneral contra el virrei Sobremonte, (]ue habia 
abandonado la ciudad casi sin resistencia; i toda la po- 
blación se puso de acuerdó en (pie era necesario separarlo 
del gobierno. El 14 de agosto (1806) la municipalidad 
reunió a los ])rincipales vecinos i a los mas importantes 
fuuciouarios públicos. La asamblea acordó que Sobre- 
monte habia dejado de ser virrei, i que Liniers debia 
asumir el mando político i militar. Aquél debia marchar 
a Montevideo a servir en su guarnición. El pueblo ade- 
mas, acordó que se conservara el ejército en el pié de 
guerra, i que los prisioneros fueran distribuidos en diver- 
sos puntos del teiTÍtorio. 

El gobierno ingles, entre tanto, sin noticia del desca- 
labro (]ue acababan de sufrir sus armas, creía fácil dilatar 
sus conquistas en la América española, o a lo menos pro- 
curarla insurrección de ésta. En efecto, dio orden al gober- 
nador de la colonia del Cabo de que mandase refuerzos a 
Berresford, e hizo salir una escuadra con 1,400 hombres 
para el Bio de la l*lata, al mismo tiempo que preparaba 
otra espedicion contra Chile. Cuando llegaron al Rio de 
la Plata las tropas mandadas del Cabo, Buenos Aires 
habia sido reconquistado; pero los jefes ingleses, noque- 
riendo ])ermaiiecer ociosos mientras llegaban los nuevos 
refuerzos, tomaron a Montevideo por asalto el 28 de enero 
de 1807. Sobremonte se rei)legó a la Colonia i en seguida 
a Buenos Aires, en donde fué obligado a partir para Es- 
paña. 

La situación del virreinato se com|)licaba estraordina- 
riamente. En abril llegó a Montevideo el jeneral ingles 
Withelocke con un cuerpo de tropas: i el ejército de su 
mando llegó a contar cerca de 12,000 hombres. La po- 
blación de Buenos Aires, sin endiargo. se manifestaba 
dispuesta a rechazar a los invasores. 

Por ñn, Whitelocke, dejando 2.000 hombres ])ara la 
defensa de Montevideo, se embarcó con el resto de sus 
tropas; i el 28 de junio (1807) tomó tierra al sur de 
Buenos Aires, sin encontrar resistencia alguna, i se puso 



PARTE IV.— CAPÍTULO III 267 



pii marcha para h\ ('a|)ital. Liniers. entre tanto, sacó de 
la ciudad cerca de T.OOO soldados, en su mayor parte 
milicianos, para impedir a lo.s ingleses el paso de un rio 
que corre al sur de Buenos Aires. Las tropas de \Mthe- 
íocke se burlaron de esta operación, ñanqueando a Li- 
niers (1/^ de julio). Los soldados arjentinos volvieron a 
Buenos Aires en desorden, i Liniers mismo creyendo ])er- 
dida la ciudad, se liabia alejado con alguna caV)allería 
})ara preparar la resistencia en otra parte. 

Los ingleses cometieron la falta de no atacar la ciudnd 
de improviso aprovechándose del desorden del ejercito de 
Liniers: i bastaron unas ])ocas lioras para ([uc canduaj'a 
la situación. Un alcalde de Buenos Aires, don Martiude 
Alzaga, español de nacimiento, dotado de una grande 
eiierjia, pasó la noclie preparando la defensa de la ciu- 
dad. Reconcentró las tropas en la plaza i en las calles 
inmediatas, hizo en ellas cortaduras profundas, distri- 
buyó la artillería, i dio aviso de todo a Liniers para 
que viniera a hacerse cargo de la defensa, l^os soldados 
fueron repartidos en las azoteas i balcones de las casas; 
i al amanecer del 2 de julio, Buenos Aires se encontraba 
en estado de defensa. Los ingleses dividieron su ejército 
en ocho columnas, para penetrar simultáneamente en la 
ciudad (5 de julio). Desplegaron gran valoren el ataque; 
|)ero los defensores de la ciudad, desde las azoteas i bal- 
cones i desde las barricadas que habia preparado el 
alcalde Alzaga, hacían sobre los asaltantes un fuego terri- 
ble. Cuando la noche puso término al coml)ate, los in- 
gleses habían perdido 1.130 hombres entre muertos i 
heridos i 1,500 prisioneíos, de los cuales 120 eran oficia- 
les. El combate se renovó en la mañana siguiente; pero 
los ingleses se batian solo para llenar un deber militar 
i no con la es|)eranza de vencer. Ln efecto, el jeneral in- 
gles quiso capitiüar antes de medio día. El 7 de julio se 
comprometió Wliitelocke a evacuar a Buenos Aireas en el 
término de 4S lioras, a entregar a Montevideo i a retirarse 
con todas sus ti'opas del Jlio de la Plata antes de dos 
meses. 

Esta espléndida victoria fué aj)laudida en todas las 
colonias americanas. En España misma fué mu i cele- 
brada la defensa de Buenos Aires; pero los arjentinos 
habían conqjrendido su inq>ortancia derrotando por sí 
solos soldados veteranos i bien armados. Además, las 
autoridades habían pei'dido su prestijio; el pueblo hal)ia 
depuesto un virrei, i le había nombrado un sucesoí*. 
preparándose así para una iiueva i mas importante 
lucha. 



268 HISTORIA DE AMÉRICA 



CAPITULO IV 

Revolución de Méjico. 

Invasión tic España por los traiu-eHos.- Deptjsicion del virrei Ttiirriga- 
líii.— Nuevas ajitacioiies en Méjico.— Hidalgo; el grito de Dolores.— 
l*riijj<Ma caiupafia de Hidalgo.— Dei'rota i luuerto de Hidalgo.— La 
junta de Zitácuaro.— Nuevas victorias de Calleja.— Ccjntinuaeion de 
las oi>era(iones militares; Calleja nombrado virrei de la Nueva Kspa- 
ña.— Congreso de Cliilpancingo; irrisión i muerte de Morólos. 

(18(KS— 1<S15) 

Invasión di: Msi'Aña doh los Fi{ANCESEs.~La revolu- 
ción americana se venia preparando desde algunos años 
afras; i)ero la autoridad española coDservaba todavia 
su prestijio en las colonitís. Kra necesario que circuns- 
tancias esticiordinarias vinieran a dar un pretesto al 
movimiento revolucionario. 

Esas circunstancias se presentaron en 1808. Carlos IV. 
rei imbécil (pie fué juguete de un indigno favorito, don 
Manuel (iodoi, vio llevar su reino al borde de un abis- 
mo, sin poseer ni el talento ni la enerjía necesai'ios para 
salvarlo de su ruina. La corte habia visto al heredero 
de la corona consi)irar contra su padre, i a la reina pi- 
diendo el castigo de su hijo para complacer a Godoi. 
Na])oleon. con mía perfidia inaudita, habia estimulado 
mañosamente estas discordias, haciendo concebir a ám 
bos, ;d ])rínci])e i al favorito, la esperanza de su ])rotec- 
cion: i cuando ya lo creyó todo ])reparado, dispuso la 
invasión de la península por un ejército francés, i por 
ultimo, arrebató al rei i al príncipe la coi'ona, para ele- 
var a uno de sus hermanos al trono español. La resisten- 
cia nacional se hizo sentir en breve; pero atiuella lucha 
prcjdujo en las colonias el movimiento revolucionario 
(pie las llevó a su separación. 

Deposición del viukei Ituhkkjarai.— Las noticias de 
estos sucesos llegaron a Méjico gradualmente. En junio 
de 1808 se supo que Carlos IV habia abdicado la coro- 
na; que el favorito (jodoi estaba en desgracia, i que ha- 
bia sido proclamado iH^i el príncipe de Asturias, con el 
nombre de Fernando Vil. Estas ocurrencias fueron miii 
a])laudidas en Méjico: i)ero el virrei don José de Iturri- 
garai, (pie veia el principio de su desgracia en la caída de 
Godoi, no pudo ocultar su descontento, i aun demoró la 
publicación de esas noticias. 

Poco tiempo des])ues, se supo que la })enínsula habia 
sido hivadida })or Napoleón, i que Fernando Vil habia 
abdicado la corona en Bayona. Estas nuevas ocurren- 
cias produjeron una grande ajitacion. La real audiencia 



PARTE IV,— CAPÍTULO IV 2GÍ) 



ppDsó (jiie conveiiia establpccr una i'í^jeiieia: pero el ayun- 
tamiento (lela eaintal hizo al viirei una re])resentae¡on 
para pedirle la formación de un gobierno su])remo pro- 
vincial, semejante a las juntas que se f()rmal)an en Es- 
])aña, haciéndole entender que el virrei quedarla siempre 
a la cabeza de los negocios. 

No era difícil ver el nacimiento de dos ])a,rti(l{)s que 
comenzaban a dividirse la o]>inion del virreinato. Los 
oidores de la audiencia eran los representantes de los 
intereses esj)añoles. Según éstos, la Nneva España debia 
quedar sometida a la metrópoli, cualquiera que fuese 
el gobierno que tuviera. El ayuntamiento era el repre- 
sentante del elemento criollo o mejicano. Sosteniendo 
que la España seria sometida por los franceses, crcia que 
(ú virreinato debia en ese caso darse un gobierno ])ro])io. 
En medio de esta contraposición de intereses, el virrei pa- 
recía, vacilar; ])ero se manifestaba inclinado a acceder a 
las influencias del ayuntamiento. Al fin resolvió convocar 
una reunión de corporacicmes para discutir si con venia 
o no la creación de una junta. El partido español estaba 
allí en mayoría; pero la discusión de tan graves negocios 
])rodujo cierto movimiento en la opñiion. (jue infundió 
serios temores a los españoles. 

En esas circunstancias, un caballero vizcaíno, don 
(labriel de Yermo, concibió el })royecto de deponer al virrei 
de acuerdo con la real audiencia. Yermo fijó para dar 
el golpe la noche del 15 de setiembre (1808), i reunió 
cerca de 800 españoles. de])endientes de comercio en su 
mayor i)arte, a cuya cabeza invadió el ])alacio. El virrei 
cayó prisionero sin dificultad alguna, i fué conducido al 
palacio de la inquisición. La virreina fué trasladada a un 
convento de monjas. Poco tiempo después, el O de diciem- 
bre d(4 mismo año, (4 virrei fué remitido a España, en 
donde se le procesó ])orel delito de alta traición. Iturri- 
garai quedó preso hasta octubre de 1810. Amnistiado 
entonces, el ex-virrei fué sometido al juioio de residencia, 
i se le obligó a ])agar ;i(Sl,000 pesos por perjuicios irro- 
gados i por cantidades ilegalmente percibidas poi' él. 

Ni EVAS A.jíTArioNES EN MÉJICO.— Eu la misma noche 
en que se consumó h\ deposición del virrei, se reunieron 
los oidores déla audiencia, el arzobis])0 de Méjicí) i otras 
autoridades. Por cédula de -U) de octubre de 1800, el rei 
habia dispuesto que, en caso de muerte o ausencia de 
alguno de los gobernadores de América, tomase el mando 
el militar de mayor graduación. La junta confió el go- 
bierno al mariscal de campo don Pedro Garibai, hombre 
anciano i débil, que por su carácter debia marchar so- 
metido al supremo tribunal. 

Los consejeros de Garibai lo indujeron a decretar la 
prisión de varios mejicanos. Algunos de ellos fueron re- 
mitidos a P^spaña i otros nmrieron en las cárceles no sin 
sospecha de haber sido envenenados. Garibai, que se 



270 HI8TOBU Í)E AMéRÍCA 



habia hecho antipático al pueblo, descontentó también 
al partido español por sn falta de enerjía. Aquel infeliz 
anciano, juguete de pasiones que no comprendia, gobernó 
diez meses en medio de sobresaltos, temiendo cada dia 
verse depuesto. 

Por fin, la junta central (pie gobernaba en España, 
confió el mando al arzobispo de Méjico, don Francisco 
Javier de Liza na i Beaumont, quien se recibió del poder 
el 19 de julio de 18()í). El gobierno del arzobispo fué mui 
ajitado. Se descubrió una conspiración en la ciudad de 
Valladolid i)ara preparar la independencia. Mientras 
tanto, las noticias que llegaban de los desastres de las 
armas españolas i de la invasión francesa en las Anda- 
lucías, iban a aumentar el sobresalto. La rejencia, recien 
organizada en la metrópoli, confió el gobierno del virrei- 
nato a la audiencia de Méjico. íiizana entregó el mando 
a sus sucesores el 8. de mayo de ISIO. 

Mui poco tiempo después, la misma rejencia nombró 
para el espresado cargo al jen eral don Francisco Javier 
Venegas. El nuevo vírrei llegó a Vera-Cruz en agosto 
de 1810; i pocos dias después, el 13 de setiembre, se re- 
cibió del mando del virreinato. 

HiDALdo; EL fsRiTí^ DE DoLORES.— CuBudo Veuegas se 
recibia del mando, la insurrección comenzaba en el correji- 
miento de Querétaro, al norte de Méjico. El correjidor don 
Miguel Dominguez, i los oficiales don Ignacio Allende i don 
Juan Aldama, se babian puesto de acuerdo con don Mi- 
guel Hidalgo, cura del pequeño pueblo de Dolores. Hi- 
dalgo contaba en aquella época sesenta i tres años de 
edad, gozaba de una renta de ocho mil pesos anuales que 
le proporcionaba su curato, i vivia consagrado al cultivo 
del campo i al estudio de algunos libros mui poco cono- 
cidos en el virreinato. 

Tenia n ellos el proyecto de realizar la independencia 
de la Nueva España. La revolución debiíi estallar en 
Querétaro el 1.'^ de octubre de 1810; pero los cons])ira- 
dores hablan tenido que comunicar su secreto a diversas 
personas, una delascuales dio el primer aviso delcom])lot, 
que fué comunicado inmediatamente a la audiencia de Mé- 
jico. Este tribunal dictó entonces las medidas convenientes 
para re])riniir en jérmen el movimiento revolucionario. 

Los conjurados tuvieron noticia del peligro que los 
amenazaba, i los que no cayeron ])resos pensaron en po- 
nerse en salvo. En la noche del 15 de setiembre, el cura 
Hidalgo fué invitado por sus compañeros ])ara empren- 
der la fuga; pero éste, con una resolución estraña en su 
edad, en su estado i en su cará,cter pacífico hasta enton- 
ces, reunió algunos de sus amigos, puso en libertad a los 
presos de la cárcel, amenazando con una pistola al al- 
caide de ella, i juntó un cuerpo de ochenta hombres mal 
armados. En el mismo momento a])resó al subdelegado 
del pueblo i a algunos es]^añoles que lesidian nn él. 



PARTE IV.— CAPÍTULO IV 271 



El siguiente dia era domingo. El cura hizo llamar a 
misa áutes de la hora acostumbrada; i anunció a sus 
feligreses el caml)io efectuado en la noche, |)ara quitar el 
mando a los españoles, acusándolos de querer someterse 
íi los franceses. En aquella misma mañana pudo juntar 
como trescientos hombres mal armados. El estandarte 
de la insurrección fué una imájen de la virjen de Guada- 
lupe. En las banderas escribió Hidalgo el siguiente lema: 
¡Viva Fernando Vil i muera el mal gobierno! 

El grito de Dolores, tal es el nombre con (pje la his- 
toria de Méjico recuerda el primer acto de su revolución, 
fué secundado inmediatamente ])or las poblaciones veci- 
nas. El mismo dia 1 (>, Hidalgo se puso en marcha para 
San Miguel el Grande, en donde penetró al anochecer sin 
resistencia alguna. Un rejimiento de caballería (pie guar- 
necía esta ciudad, se plegó a las banderas de la rebelión. 
Primkka campaña de Hii)AL(io.— El cura ('omprendia 
que le era necesario obrar con actividad. FA 20 de se- 
tiembre ocupó el pueblo de Zelaya. Allí engrosó sus tro- 
pas con la guarnición, i se hizo proclamar jeneral del 
ejército insuri'ecto. El ca])itan Allende fué nombrado su 
teniente jeneral. 

I^a noticia del levantamiento produjo en Méjico una 
})rofurida impresión. El virrei Venegas, recien llegado al 
pais, no sabia cómo reprimii' la nacieute insurrección. Se 
empeñó particularmente en reunir (-uerpos del ejército en 
los lugares que Hidalgo debia recorrer ])ara llegar a Mé- 
jico. El alto clero se pronunció allí, como en toda la 
.Vmérica, contra la insurrección. Tin obispo lanzó contra 
Hidalgo una escom unión mayor, la inquisición lo declaró 
liereje; la universidad publicó maniftestos en honor- del 
gobierno español. 

Hidalgo, sin inquietarse mucho con todo esto, sediri- 
jió a Guanajuato, depósito de grandes ri(|uezas minei-a- 
les. El 2H (le setiembre s(^ acei'caron los rel)eldes a la 
ciudad en numeio de 20, ()()() hombres. Atacados ])or 
todas partes, los defensores de la ciudad no ))udier(m 
i-esistir al e]iq)uje de los enemigos, i se refujiaron a la 
albóndiga o granero publico (le la cuidad. Allegando 
fuego a las puertas de aquel edificio, los 8ubleva;df)s pe- 
netraron (^n él descargíindo su zana. sol>re los españoles 
que lo defendiaii. A la matanza se siguió el saqueo de 
la aün'indiga i de la ciudad entera. 

J*ocos (lias después, el «S de octubre, ])rinci})ió a salir 
de Guanajuato el ejército de Hidalgo. Com|)oníanlo cerca 
de 50,()0() hombres desprovistos (le un numero suficiente 
de fusiles i de toda organización militar. Dirijióse a Va- 
lladolid, en donde penetró sin resistencia alguna. Allí, 
Hidalgo obligó a un canónigo, que gobernaba la diócesis, 
a que levantase la escom unión que contra él se habia 
fulminado. 

Eas fuerzas de los i-ebeldes se engrosaban cada dia; 



272 HISTORIA DE AMÉRICA 



pero su organización i disciplina no ganaban nada. El 
virrei Venegas liabia dis])uesto qne el brigadier don Félix 
Maiía Calleja i otros jefes militares, reconcentrasen sus 
tropas ])ara cerrar- a los insurjentes el camino de la ca- 
pital; pero Hidalgo, aun(]ne conocia esos aprestos, se puso 
en marcha para Méjico. En Acámbaro ])asó una revista 
a sus tropas, i contó 80,000 soldados. Allí fué y)rocla- 
mado jeneralísimo del ejéicito. i vistió poi' primera vez 
la casaca militar. 

Al saber la a])i-oxiniacion de las tropas de Hidalgo, el 
virrei hizo salir de Méjico 2.000 'hombres a las órdenes 
del coronel Trnjillo, el cual esperó a los rebeldes en Las 
Cruces, a una jornada de Méjico (80 de octubrt»). Eíih 
masas de jente (pie acompañaban a Hidalgo arrollaron 
a los realistas. Los indios se preci})itaban a la l)f)ca de 
los cañones i ])onian sus sombreros de paja, creyendo así 
en su ignorancia, detener las balas. Des])úes de este com- 
bate, Hidalgo fué a acampar a cinco leguas de la capital. 

La situación del virrei no podia ser mas crítica. Ve- 
negas solo tenia en Méjico una fuerza de poco mas de 
2,000 hombres útiles, i ademas no estaba seguro de las 
simpatías de la población. Hidalgo mandaba 80,000 hom- 
l)res sedientos de saqueo, quese habrían ])recipitado sobre 
la capital a la primera ax)z de mando; pero en vez de 
emprender el ataque, i cuando menos se esperaba, Hidalgo 
levantó su campamento i se retiró precipitadamente. Fué 
aquel un error (pío la historia no puede esplicarse satis- 
factoriamente. 

Dkrkota 1 MI EKTE UK H íi)AL(ío.— Los rebeldes se pu- 
sieron en marcha hacia el norte (2 de noviembre). In- 
mediatamente comenzó la deserción en sus filas. Entre 
tanto, el jeneral Calleja habia reunido activamente mas 
d(^ 0, 000 hombres de V)uenas tro])as i maichal)a en ausi- 
lio de la capital. Los dos ejércitos se hallaron a la vista 
en Ar-ulco (7 de noviembre de 1810); ])ero el de Hidalgo 
solo presente') una débil resistencia i huye') despavorido 
ante el em])uje i la disciplina de los soldados es])arioles, 
])(»rdiendo su ])arque de artillería, un número considerable 
de muertos, i (JOO prisioneros, muchos de los cuales fueron 
fusilados. Los demás fueron condenados a presidio. 

Va\ esa época, el espíritu de insurrección habia cun- 
dido iá])idam(^nte en casi todas las provincias, de tal 
modo ([ue, aun después de la derrota, poseia ésta los 
elementos necesarios para resistir al enemigo. Hidalgo se 
habia dirijido a la ciudad de Valladolid, mientras Allende 
se hal)ia retirado a Guanajuato. Calleja, aprovechando 
esta divi"^ion, marchó con toda rapidez sobre la última 
de aquellas dos ciudades. La batalla tuvo lugar el 21 de 
noviembre de 1810; los defensores de (iuanajuato no pu- 
dieron nada contra el valor i la táctica de los soldaejos 
de Calleja. El populacho de la ciudad, viéndolo todo 
perdido, as(?sinó inhumanamente a los prisioneros espa- 



PAUTE IV.— CAPÍTULO IV 27íi 



ñoles. A la entrada de (Calleja a (TTiaiuijiiato se sionieron 
centellaros de ejecuciones capitales, ejercidas sol)re los 
prisioneros, los vecinos i empleados que habian maiufes- 
tado simpatías por los rebeldes. La revolución se habia 
ensangrentado, i las represalias er.an horribles. 

Hidalgo se liabia retirado de Valladolid; i después de 
hacer fusilar muchos |)risioneros, ocupó la ciudad de Gua- 
(íalajara para leorganizar su ejército. Publicó allí pro- 
clamas i manitiestos, i un periódico titulado El Des- 
pertador Amoricano. en que comenzó a hablar de la 
independencia nacional. Estableció su gobierno creando 
dos ministros secretarios, despa(*hó un emisario a soli- 
citar el apoyo del gobierno de Washington, hizo tras- 
portar de la costa del Pacífico pesadas piezas de artillería, 
tundió otras en (iuadalajara, i construyó muchas armas 
para sus t ropas. Su ejército alcanzó otra vez a la enorme 
ciíra de cerca de TOO, 000 hombres. Kii niodio de estos 
aprestos, el cura rebelde supuso o sos])eclió (pie los pri- 
sioneros realistas trainaban una c(ms])iracioii; i j)ara in- 
fundir terror, dispuso la ejecución no solo de los j)re80s, 
sino también de todos los españoles que sus soldados 
])udieron hallar. El número de víctimas alcanzó a 800. 

Mientras tanto, las tropas de Calleja marchaban sobre 
los rebeldes. Hidalgo se situó en una altura que domina- 
ba el riachuelo de Calderón, (pie teiiian que atravesar los 
realistas en su marcha. F]l 17 de enero de 1811 Calleja, 
a la cabeza de (>,000 hombres, se acercó a las posiciones 
de los insurjentes. La batalla estuvo indecisa durante 
seis horas. Los realistas comenzaban a ceder, cuando el 
jeneral español cargó resueltamente contra el centro ene- 
migo. Aquel movimiento fué decisivo: los rel>eldes aban- 
donarf>n el campo en todo desorden, dejando un gran 
niímero de muertos i de prisioneros. Los realistas tuvieron 
solo 4-0 muertos i 70 heridos. Parece incomprensible el 
resultado de las primeras batallas de la revolución de 
Méjico. Pero la causa de los grandes desastres de los hi- 
surjentes se encuentra (mi la pésima organización de su 
ejército. 

Estas victorias fuc^roii acom]>ana<las ])or otros sucesos 
no menos favorables a los realistas. Valladolid cayó en 
poder de éstos. Los jefes vencidos en Calderón, empren- 
dieron la marcha, a Estados Cuidos. Allende obligó a Hi- 
dalgo a renunciar en su favor el título de jeneralísimo; 
pero, a pesar de sus diferencias, ambos estaban de acuerdo 
en ejecutar a todos los españoles que encontraban en su 
camino, en represalia de las crueldades quecometian las 
tro})a8 realistas que marchaban en su perseguimiento. El 
21 de marzo, en el lugar denominado las Norias de Bajan, 
el coronel don Ignacio Elizondo apresó a los jefes insu- 
rrectos i los condujo al pueblo de Chihuahua para some- 
terlos a juicio. Allende i algunos de sus compañeros fueron 
fusilados el 20 de junio. (Cuarenta dias después, el 1.^ de 



274 HISTORIA DÉ AMÉRICA 



agosto de IHll, después de haber pasado por la degra- 
dación de 811 carácter sacerdotal, sufrió igual pena el cura 
Hidalgo. Las cabezas de todos ellos fueron cortadas i colo- 
cadas en escarpias en la ciudad de Guanajnato. 

La junta de Zitácuaro.— Calleja entró íi Guadalajara, 
donde ejerció severas venganzas. Otros jefes realistas ocu- 
paron fácilmente una gran porción del pais; pero estos 
triunfos no disminuyerou el entusiasmo del pueblo por 
la revolución. Después de la derrota de Calderón, Hidalgo 
habia dejado el mando de algunas fuerzas a don Ignacio 
Rayón, quien alcanzó a reunir cerca de 40,000 hombres, 
i mantuvo la guerra con resultado vario. 

Mientras tanto, en el sur aparecia otro caudillo inde- 

t)endiente. Era éste don José María Morélos, cura tam- 
)ien, como Hidalgo, pero dotado de un caríicter mas 
elevado i distinguido. Menos iluslrado que aquel jefe, 
pero nuiclio mas hábil i sagaz, creia quo un numero re- 
ducido de soldados, bien ejercitados en el manejo de las 
armas, valia mas (jue una turba de indios inespertos en 
el servicio militar. Morélos comenzó su campaña con unos 
pocos hombres, disciplinándolos con cuidado i atacando 
a los enemigos cuando podia hacerlo con ventaja. Era, 
ademas, mucho mas Immano que Hidalgo: respetaba las 
propiedades de los enemigos, no haciendo uso de ellas 
sino para satisfacer las mas premiosas necesidades de su 
ejército. 

A pesar de las ventajas alcanzadas, la revolución ca- 
recía de orden i concierto, i los jefes procedían aislada- 
mente, sin podfT imprimir a sus trabajos la unidad ne- 
cesaria. Rayón, (jue se habiíi establecido en la ciudad de 
Zitácuaro, en la provincia de Valladolid, creyó dar direc- 
(íion al movimiento formando una junta de gobierno. El 
19 de agosto de 1811 (piedó instalada i nombrado pre- 
sidente el mismo Rayón. Esta junta, (pieriendo tener grato 
a Morélos, lo declaró su cuarto mieml)ro. La junta ma- 
nifestó que gobernarla en el nombre de Fernando Vil. 
superchería que reprol»ó desde luego el cura Morélos. 

NnovAS NKToKiAs hK Ca i/LiM A. — Eu CSC estado se pasó 
todo el año de 1811. La guerra se hacia con grande en- 
carnizamiento, pero sin resultado deíinitivo. El virrei 
creyó que debia obrar enérjicamente contra la junta de 
Zitácuaio, que pretendía dirijir las operaciones militares. 
Rayón habia rechazado diversos ataques; pero el jeneral 
Calleja reunió sus mejores tropas, i después de una mar- 
cha penosa, cayó sobre la ciudad poruñas alturas inme- 
diatas. Los rebeldes se vieron precisados a abandonarla: 
pero lograron salvarse i reorganizarse en Sultepec (2 de 
enero de 1812). 

Calleja quiso vengar en Zitácuaro las derrotas de las 
armas reales. Mandó fusilar diez i nueve prisioneros, i 
<lespues del saqueo de la población, la hizo incendiar, así 
como algunos otros pueblos de las inmediaciones. Aquel 



PARTE IV. — CAPITULO IV 



triuüfo filé mili aiüaiidido por los realistas. Creyóse jene- 
ralmeiite que la toma de Zitáciiaro importalm la rninn 
(le la revolución mejicaun. Pero quedaba todavía Morólos 
en el sur a la cabeza de algunas tropas regulares. 

Después de repetidas victoiias, Morélos ocupo el pue- 
blo de CuautlaN al sur de Méjico, i allí tuvo que resistir 
a las tropas de Calleja. Aunque desprovisto de fortifica- 
ciones, sostuvo el sitio sesenta i cinco dias, rechazando 
los frecuentes ataques del enemigo. Acosado por el ham- 
bre i las enfermedades, durante la noche del 2 de mayo 
de 1812 Morélos evacuó la ciudad llevando consigo to- 
dos sus pobladores. IjOS españoles no juidieron impedír- 
selo, i se limitaron solo a perseguir a los rebeldes ma- 
tando un gran número de jen te inerme (pie seguía a las 
tropas. 

CONTIXI ACIOX 1)1^ I.AS OPKIÍACIOXES MILITARES; CaLEEJA 

N'OMBiíAuo viUHEi i>E LA Xí'EVA EspANA.— Despues de la 
pérdida de Cuautla. Morélos se retiró al sur derrotando 
diversas partidas realistas i ocupando muchas plazas. 
I.a toma de Acapulco. ejecutada en abril de 1H18, señala 
la época del mas alto poder militar del cura llórelos. 
Al mismo tiempo, otros jefes insurjentes recorrían diver- 
sas partes del territorio, de manera que el virrei solo 
contaba (^on seguridad con las ciudades de Méjico. Yera- 
cruz i Puebla, i con aquellos lugares que ocupaban sus tro- 
llas, l^^l virrei se veia obligado a mantener sobre las ar- 
mas 84,000 hombres de tropas i de milicias, para hacer 
frente a las necesidades de la guerra. 

La guerra se hacia con el mismo o mayor encarniza- 
miento que antes. Los realistíis sostenían que los insu- 
rrectos no estaban a.m])arados [)or h)s principios de hu- 
manidad que reglan las relaciones de los belijerantes^ i se 
juzgaban autorizados para esterminarlos como malhe- 
chores. T)ou Leonardo Bravo, rico propietario del sur, 
cayó prisionero de Calleja después de la toma de Cuan- 
tía. Morélos ofreció muchos ]>risioueros para obtener su 
rescate; pero (»1 virrei i sus cons(\ieros fuerou inflexibles, i 
el 18 de setiembre de 1812 lo hicieron morir en el ca- 
dalso. Vu hijo suyo, el jeneral don Nicolás Bravo, se ha- 
llal)a entonces en las inmediaciones de V^eracruz a la ca- 
beza de una, columna insurjent(% i tenia consigo (*erca de 
trescientos prisioneros. Morélos, al comunicarle la noticia 
de la ejecución de su ]mdre, le encargó que en represalias, 
hiciera fusilar los prisioneros españoles; pero Bravo, ce- 
diendo a los llamados del honor i de la humanidad, los 
indultó de esta pena i mandó ponei-los en libertad. 

La i)rolongacion de ía guerra dio por resultado un 
desconcierto jeneral en los negocios de la Nueva España, 
lia industria i el comercio sufrian grandemente; i los es- 
pañoles creyeron que el virrei Venegas era la causa de 
sus desgracias. Las cortes que desde Cádiz gobernaban 
en la ;metrópoli, oyeron estas quejas i lo llamaron a 



Íítf5 HISTORIA 13E AMÉRICA 



pretesto de necesitar sus servkáos, i nombraron en su 
reemplazo ni jeneral Calleja. Éste lomó el mando del 
virreinato el 4 de marzo de 181;^. 

CoNCfRESO 1)10 (Ih1LI\VNCíN(íO; prisión i AUtOKTK \iE Mo- 

KÉLOS. — Calleja recibió oportunamente algunos 8(3Corros 
de España; pero, a pesai* de ellos i de la 'actividad que 
desplegó, l?i situación militar no mejoró considerable- 
mente para los realistas. 

En esa é])Oca, la jimta revolucionaria estaba comple- 
tamente desconceptuada por las rivalidades entre sus 
mismos miembros. Moi élos acordó convocar un congreso 
jeneral que diera unidad a las o])eraciones. El congreso 
se reunió en ( 'liilpancingo, a poca distancia de Acapulco, 
el 18 de setiembre de 1<S18. Morélos fué aclamado jene- 
ralísimo del ejército. El congreso declaró, el b de noviem- 
bre de ese mismo año, (pie recobraba el ejercicio de la 
soberanía usurpada, i que en 'Mal concepto, agregaba, 
queda, rota para siempre ja-mas i disuelta la dependencia 
del trono español, i (|iie (el ccmgreso) es arbitro para es- 
tablecer las leyes que le convengan para el mejor arre- 
glo i felicidad interior, para hacer la guerra i la paz, i 
establecer alianzas con los monarcas i repúblicas del anti- 
guo continente, no menos que para celebrar concordatos'*. 

Las medidas militares propuestas ]>or Alorólos eran 
discutidas en el congreso, de modo que comenzaron a, en- 
contrar tropiezos en los celos i rivalidades. Morélos, sin 
emliargo. (miso ocupar la inqioitante ciudad de Valla- 
dolid, i el 28 de diciembre de 1818, emprendió el ataipie. 
Los rel>eldes se vieron precisados a retirarse precipitada- 
mente, perdiendo muchos cañones i un gran numero de 
prisioneros. Morí'^los fué batido pocos dias después en Pii- 
ruaran con pérdida de toda su artilleríií, 1,000 fusiles i 
900 prisioneros. Los principales de éstos íueron fusilados 
en el mismo canq>o de batalla. Elcuradon Mariano Ma- 
tamoros, segundo de Morélos. fué ejecutado pocos dias 
después en Valladolid. 

A pesar de este desastre, la guerra se continu(') c(jn re- 
sultados mas o menos desfavorables para los rel>eldes. 
Entre tanto, el congreso reunido (m Apatzingan, dictó el 
22 do octubre de LS14 el primer código constituínonal de 
la repúbliíía meji(*ana, creando un gobieino compuesto de 
tres individuos nombrados por el congreso; pero la sueite 
de la guerra siguió siendo desfavorable a los insurjentes, 
cuyos enemigos se engrosaban cada dia con los refuerzos 
llegados de la península. El congreso temió que el terri- 
torio que ocupaba pudiese caer en manos de los realistas, 
i resolvió trasladarse a Tehuacan, al este de Méjico. 

La marcha del congreso ofrecía los mayores peligros, 
porque tenia (jue atravesai' un territorio cuyos pueblos 
estaban guarnecidos por los españoles. Morélos, sin em- 
bargo, se encargó de dirijir esta operación, i en efecto em- 
prendió la marcha con grandes precauciones. Calleja, mién- 



PARTE IV. —CAPÍTULO Y 277 



tras tanto, habia despachado diversos cuerpos de tropas 
en persecución del congreso, l^no de éstos sorprendió a 
los patriotas el 5 de noviembre. Morólos cayó prisionero: 
i aunque algunos de sus soldados fueron fusilados en el 
(»ampo de batalla, a el se le llevó con grande aparato a 
Méjico para ser sometido a juicio. 

Los realistas celebraron la prisión de Morólos como el 
término de la guerra. El cura rebelde fué retenido en las 
(íárceles de la inquisición, i sometido a un juicio eclesiás- 
tico antes que se le juzgara i)or el delito de rebelión. Los 
inquisidores lo declararon "hereje formal, fautor de herejes, 
perseguidor i perturbador de la jerarquía eclesiástica, pro- 
fanador de los santos sacramentos, traidor a Dios, al rei 
i al papa", i lo condenaron a reclusión ]>erpétua en un 
presidio de África si alcanzaba el perdón de la vida por 
sus otros delitos. Fin seguida fué degradado de sus in- 
signias sacerdotales, i entregado a la justicia ordinaria. 
FA prisionero manif(\stó grande entereza de alma, se abs- 
tuvo de comprometer a nadie en sus declaraciones, i se 
preparó píira morir como cristiano. El congreso mejicano, 
reunido en Tehuacau, reclamó en vano su indulto ame- 
nazando al virrei con tomar rej)resalias. El 22 de di- 
cieml:)re de 1815, Morélos fué conducido al pueblo de San 
Cristóbal, a seis leguas al norte de la capital, i allí fué 
fusilado por la espalda como traidor al rei. 

En Méjico, el virrei hizo publicar una especie de declara- 
ción, que se decia íirmada ])or Morélos, en que se suponía 
que éste se retractaba de sus errores. Aquella declaración 
era una superchería destiiiad;i a producir efecto éntrelos 
rebeldes. El mismo dia de la ejecución. Calleja pul)licó un 
bando de indulto en favor de los sublevados que depu- 
sieran las armas. Esta medida estaba calculada para res- 
tablecer la tranquibdad en aquellos momentos en que los 
insurrectos parecían cansados de una lucha tan larga, 
tan penosa i tan estéril. 

CAPITULO V 

Independencia de Méjico; Iturbido. 

Decaimieutudela iv'\uluciuii do Méjieu.— Ruiz de Apoda* a toma el maudo 
del virreinato.— Espedieion de Mina.— Paciíicaeiori del virreinati».- 
[turbide; plan de Iguala.— Deposición del virrei Ruiz de Apodaea.— 
O'Donojú; capitulación de t'órdoba.—lturbide emperador.— Caida de 
Uurbide.— Orp:aMÍzn<-i<>n <l»'ln reiMiMicü ff'd<'ra1; irájicu fin <le [furbid'\ 

(IS15— 1824) 

Decaimiento \)k i. a kkvou cion de MÉ.iiro.— La ejecu- 
ción de Morélos [)recipitó la ruina dv la revolución meji- 
cana. Las rivalidades de los diversos jefes se manifestaron 
entonces en toda su fuerza. Los realistas comenzaron a 
atraerse a sus enemigos con medidas conciliadoras. * 



278 HIHTUKIA DE AMf;KirA 



El congreso mejicanOj después de la prisión de Morélos. 
llegó a Tehuacan el 16 de noviembre de 1815 eon el pro- 
pósito de establecer su residencia en aquella ciudad: pero 
estaba fraccionado por las rivalidades, i las tropas que 
lo acompañaban se hallaban ajiladas por estas violentas 
disidencias. En Tehuacan se verificó im motin militar, que 
dio por resultado la disolución del congreso (15 de di- 
ciembre). Aquella corporación habia perdido su prestijio, 
de tal modo que sus órdenes eran desobedecidas por los 
jefes de lasdiveisas divisiones. Continuaron éstos laguerní 
sin unión ni concicM-to, preparando avSÍ en el hecho la paci- 
ficación del pais. 

RUIZ DE AfoDACA lOAlA VA. MANDO DKL VIHHEINATO.— El 

virrei Calleja habia recibido de España refuerzos de tropas, 
hasta contar con un ejército de ÍU),0()0 soldados de línea, 
cuando llegó a Méjico la noticia de un cambio importante 
en el personal de gobierno. 8e acusaba a Calleja de falta 
de pureza en la a(lministracion de los fondos públicos, i 
se le reprochaban la prolongación de la guerra i los gastos 
considerables (jue ésta exijia. Fernando Vil creyó tran- 
(juilizar los ánimos removiéndolo de a^piel puesto i 
nombrándole un sucesor. El elejido fué el teniente jeneral 
de la real armada don Juan lUiiz de A])odaca. 

El nuevo virrei se recibió del mando el 19 de setieudjre 
de 1810. Venia a ajírovecliarse de los triunfos alcanzados 
]>or su antecesor j)ara estinguir la revolución; pero liuiz 
de Apodaca supo acelerar este resultado adoptando una 
política opuesta a la que hasta entonces habian seguido 
los jefes realistas. Trodigó los indultos, propuso ven- 
tajosas cajñtulaciones a los rel)eldes i sofocó la insurrec- 
ción con paso lento ])er() seguro, dejándola cii-cunscrif a 
a mui estrechos límites. 

EsFEDici(»N DE MiNA. — Eu estas circunstancias apareció 
en el virreinato un nuevo jefe insurjente. Ei-a éste don 
F^rancisco Ja,\'ier Mina, joven español que se habia dis- 
tinguido en la península durante la guerra contra los 
franceses. En 1814, a la- época del restablecimiento de 
Fernando A^IL tomó parte en una c(ms])iracion para 
restablecer la constitución de Cádiz: pero malograda ésta, 
buscc> u]i asilo en Inglaterra. 

El jóv(m Mina, im|)otente para 0])erar un cambio de 

f'obierno en España, ])ensó en Méjico. 8e comunicó en 
ióndres con algunos emigrados, obtuvo ciertos socorros 
pecuniarios, i habiendo reunido treinta i dos oficiales 
españoles, italianos e ingleses, se dio a la vela ])ai'a los 
Estados ruidos en mayo de 181(). En los Estados Unidos 
i eu Santo Domingo coni})letó su armamento, i desem- 
barcó en la boca del rio Santander, a la cabeza de 250 
aventureros, el 15 de abril de 1817. La guarnición espa- 
ñola que defendía la ciudad inmediata de Soto la Marina, 
la abandonó sin resistencia. Los es})edicionarios engrosa- 
ron allísu columna i se dis]uisieron para penetrar eneí pais. 



»ARTE IV .—CAPÍTULO V 279 



Dejando una corta guarnición en Soto la Marina, 
marcho Mina al interior a la cabeza de 808 hombres. Las 
divisiones realistas que salieron a su encuentro, fueron 
batidas a pesar de su superioridad numérica. Sus tropas 
se aumentaron con numerosos reclutas; de tal modo que 
aquella débil espedicion comenzó a inspirar a los es|)añole8 
serios temores. 

El virrei habia puesto en movimiento fuerzas conside- 
rables. Mina, establecido en el fuerte de Sombrero. IS 
leguas al norte de (luanajuato, con cerca de 1,000 hom- 
bres, fué atacado en los últimos dias de julio por una 
respetable división <}ue mandnba el mariscal de campo 
don Pascual Liñan. Sus tro])a8 desplegaron ídlí grande 
heroicidad. Desgraciadamente, los revolucionarios me- 
jicanos no habian prestado a Mina los ausilios (pie éste 
necesitaba. De8esi)erado con tanto contratiempo, salió del 
fuerte para buscar socorro: pero no pudo ausilinr a sus 
compañeros. Los defensores del fuerte tuvieron que 
evacuarlo durante la noche i en medio del fuego tenaz 
que les liacian los sitiadores (lí) de agosto de 1817). 
Se calcula en solo 50 el número de ri^lxldes salvados de 
a(piel desastroso sitio. 

Desde ese dia se eclij)só la estrella del valiente Mina. 
Ln la defensa del fuerte de Sombrero habian ])erecido 
casi todos los oñciales estránjeros. Sin embargo, aciíuie- 
tió aquél nuevas operaciones, ocupó algunos pueblos, 
batió diversas partidas realistas i llegó a juntar cerca de 
1,400 hombres. Sin comprender su situación, creyó que 
podría ocupar la ciudad de Guanajuato, i en efecto la 
atacó antes de amanecer del 25 de octubre de 1S17: pero 
allí fué rechazado i tuvo que retir;irse con una ])eqneria 
guardia a un punto denominado el Venndito. Ln su 
persecución marchó el coronel Oj'rantia. (piien logró 
sorprenderlo en la madrugada del 27 de octubre. Míuh 
fué tomado prisionero i conducido al campo del mariscal 
Liñan. El virrei. tan induljente ])ara con otros revolucio- 
narios, fué inexorable con Mina. En efecto, éste fué fusi- 
lado por la es])alda en la tarde del 11 de noviembre de 
1817, en presencia de divei'sos destucamen tos del ejército 
español que sitiaba el fuerte de los Remedios. Mina 
contaba entonces 2í) años de edad. 

PacjfjcacioíN del vnnfEíNATo.— La derrota i uiuei'tede 
Mina aceleruron la pacificación de la Nueva Es|)aña. Las 
tropas del virrei redoblaron sus esfuerzos para [)osesio- 
narse del fuerte de los Remedios, que defendían heroica- 
mente los soldados del padre frai José Antonio Torres. 
Agotadas las municiones, los sitiados, después de cuatro 
meses de lucha constante, dispusieron la evacuación del 
fuerte para la noche del 1.° de enero de 1818. La guar- 
nición fué sorprendida en su retirada por los desfiladeros 
de las montañas. Solo el padre Torres con 12 de los 
suyos pudo escapar de la carniceiía : los demás perecieron 



280 HIPTORIA l»E A MÍRICA 



atravenados puj- las l>ayoiielas. o fueron |>r<'eipitadus a 
las barrancas. Los soldados que cayeron prisioneros 
fueron sacrificados, como también los lieridos (fue habían 
quedado en el i'iiertc, i hasta bis mujeres. Aquella espan- 
tc^sa matanza produjo un terror ieneral en toda la Nueva 
España. 

El padre Toi-ies. sin end>argo. continuó la lucha des- 
plegando en todas partes su carácter feroz i sanguinario. 
Los mismos jefes que estaban a sus órdenes. l(j destitu- 
yeron (abril de 1818). i confiaron el mando a un francés 
llamado Juan Arago; pero éste, considerando desesperada 
la causa de la revolución, se acojió al iiKbdto proclamado 
por el virrei (agosto de 1819). i obtuvo el grado de 
capitán del ejército español. 

A fines d(^ a(|uel año, la revolución parecía terminada. 
Solo en el sur (pKnlaba en pié don Vicente (juerrero a la 
cabeza de una guerrilla respetable. Las cortes reunidas 
en España a consecuencia de la revolución del 1."^ de 
enero de 1820, decretaron una anmistía jeneral para 
todos los procesados o presos ])or delitos políticos. En 
Méjico recobraron su libertad muchos revolucionarios que 
estaban sometidos ajuicio. Todo hacia creer (]ue la paz 
estaba completamente restablecida en Nueva España,. 

ÍTrHBiüE; PLAN DE bír-ALA.— Eu csa época, la mayor 
parte de las colonias es])añolas de la América del 8uv 
hablan declarado su independencia i afianzádola con bri- 
llantes victorias. El ejemplo de las nuevas repúblicas, 
unido al doloroso recuerdo del despotismo colonial i de 
la sangre vertida durante diez años de revolución, raan- 
tenian la inquietud en los espíritus. El restablecimiento 
de la constitución en España vino a su turno a pertur- 
bar a los realistas de Méjico, bnos aplaudían el movi- 
nnento revolucionario de la península: otros, i a este 
número pertenecía el virrei Ruiz de Apodaca, lamentaban 
aquellos sucesos, suponiaii fundadamente que el rei acep- 
taba el nuevo réjimen reducido por la coacción, i i)areciaii 
dispuestos a desconocer el cam))io introducido por la 
revolución de 1820. (¡ran parte de la aiMstocracia i todo 
el alto clero de Nueva España, cieian tirmemente (pie 
solo ♦! gobierno absoluto podrir» asegurar la pros))eridad 
del vijTeinato. 

El virrei prestó el juiauíento dr i<'Sj telar la constitu- 
ción; pero tan ti) él como algunos de sus consejeros, mv- 
ditaban planes subversivos contra el sistema constitu- 
cional. Para robustecer su autoridad pensó en constituir 
un gobierno militar en la Nueva España i confiarlo al 
jeneral don Pascual Liñan. Entonces quiso atraerse jd 
coronel don Agustín de Iturhide. nombrándolo edecán del 
jeneral Liñan. 

íturbide era mejicano de nacimiento. Contaba en aque- 
lla época e37 años de edad. En 181() era ya coronel de 
ejército, i gozaba de cierto crédito ]>or el valor que había 



rAK'i'i': i\ < \rí'i'ri><) v liSI 



(Irsple^íido «'11 la (IclViisíi de la cniís.-i re;il; jm'i-o (Mi in{\iv\ 
afio (|u<h1ó sepnnido del servicio. Pare(j<M|no <les<i(' (ioiii- 
|K)s ntnis |)ensaba en ()ue conveiiia procurar la unión de 
todos los mejicanos i hacerla servir (»n favor de la inde- 
pendencia. VA virrei encomendó a Iturhide la [)aciHcac¡on 
de las provincias del sur, donde (juedaban en pié las 
fuerzas de (íuerrero: i puso a sus órdenes un cuerpo de 
mas (le 2,000 hombres. Durante su marcha. Iturbide 
] lidió al virrei nuevos i-efnerzos de tropas. 

Al principio se propuso destruir las fuerzas de (íueii-eio 
])ara pi'oclaiuar en se*»-uida la revolución: ])ero luej;o cam- 
t>ió de plan, i entró en comunicaciones con acpiel jefe 
para atraerlo a su cansa. (íuerrero se puso a disposición 
de su antiguo encMuigo. Poi* tiu. el 24 de febrero de 1S21. 
hallándose en el pueblo de Iguala, Iturbide ])roclamó su 
plan de independencia. Sin i*ecriminaciones odiosas, sin 
(juejas ai)asionadas contra la Kspaña, anunció la nece- 
sidad de la independencia mejicana como un resultado 
inevitable del curso ordinario de las cosas humanas. 101 
1.° de mai'zo la oficialidad de su ejército juró el recono- 
cimiento del plan propuesto por Iturbide. 

101 |)lan de Iturbide contenia tr(^s ideas esenciales o ties 
garantías, como dice aíjuí^l documento: 1.' la conserva- 
ci(m de la relijion católica, sin tolerancia de otra alguna: 
2." la inde[)endencia de la Kspaña o de cuahpiiera otra 
nación, bajo la forma de una. monaiqnía constitucional, 
debiendo ofrecerse el trono a Feíriauclo VII, i en caso de 
uegativíí. a sus hermanos don Carlos i don I'Yancisco de 
Paula: i en caso (pie ninguno de (''stos aceptase, la nación 
llaniaria a un unend)ro de una de las familias reinantes 
de Kuropa: -I." la unión ent i(» aniericanos i españoles sin 
distinción de castas ni privilejios. lOii otros artículos se 
proponía la organizaci(jn de un gobierno [)rovisional 
compuesto de una junta presidida por el virnM, i la crea- 
ción de un ej('»rcito denominado de das tres garantías." 

I)i:iM)sicioN' niOL vihkki \U\z \)K Ai'onA(;.\.— FJ vin-ei 
Kuiz de A|)odaca, lejos de aceptar el plan de Iguala, como 
liabia llegando a esperarlo Iturbide, manifestó la uu'is de- 
cidida desapi'obaciou. i (pliso resistir al mo\ iunerdore- 
volucionario. 

Pero la r(nM)lucion hallaba part idarios en todas partes. 
lj\ ('(ironel don .Xiiastasio liust amante, el capitán don 
Vicente Filisola, el teniente coronel don Miguel Rai'i"a«j:an 
i el jeneral don (Celestino Negrete, hicieron jurar la inde- 
])euíiencia en diversas provinciíis. Fl jeneral liravo, ale- 
jado entímces de los negocios ])úblicos. levantó tropas 
[)aia sitiarla rica ciudad de Puel>la. N'alladolid, asediada 
por Ituibide. abi'ió sus puertas al (ejército de las tres ga- 
rantías (mayo de 1S21). Todo anunciaba el triunfo de 
la revolución. 

Fl viri'ei estaba perturbado i confundido ante tan re- 
[)etida8 de(?epciones. La. rel)elion habia cambiado de ca.- 



282 HIBTOKIA DE AMÉRICA 



rácter: ya no era a(|uelln sarigiieiita lucha en que los dos 
bandos eometiaii depredaciones i atrocidades, sino un 
impulso espontáneo, pero moderado, en que las malas 
pasiones estaban cul)iertas por la templanza jeneral. Los 
dos partidos querían hacerse la guerra con lealtad i 
según los lU'incipios del derecho. Iturbide procedía así 
para atraerse a los contrarios por la moderación. Ruiz de 
A})odaca obedecia a los jenerosos impulsos de su corazón. 

8in embargo, los jefes de las tropas (|ue hablan llegado 
de Kspaña, acusaban al virrei de lentitud en las opera- 
ciones. Al fin creyeron poner término a aquelhí situación 
deponiendo al virrei a mano armada. En la noche del 5 
de julio de 1821. se efectuó el levantamiento de tropas 
en la plaza de Méjico. Los jefes de la asonada penetra- 
ron hasta la sala del virrei para pedirle su renuncia. 
Auncjue dispuesto a dejar el gobierno, no quiso éste 
aceptai* ninguna condición humillante. Declaró (pie por 
representación de las tropas enti-egaba el gobierno al 
jeneral don Francisco Xovt^lla, pero que guai'daba una 
escolta para el resguardo <le su persona. Iluiz de A|)od;H'a 
se dispuso para volver prontamente a España. 

La deposición del virrei no produjo los resultados que 
se espei-aban. Lejos de eso. la autoridad de Xovella fué 
reconocida con dittcultad. al paso que el cambio guber- 
nativo alentaba a los independientes. El 80 de julio un 
jefe independiente apellidado León ocupó la ciudad de 
Oajaca. La ciudad de Puebla, (pie defendía el jeneral rea- 
lista Llano i que sitial)a don Nicolás Bravo, se rindió antes 
de tlnes del mismo mes; e Iturbide hizo su entrada triunfal 
cu ella (2 de agosto de 1821). 

O'Doxojr: camitilacion dio Cóiíuoba.— En esos dias 
(80 de julio) acababa de desembarcar en Veracruz el te- 
niente jeneral don Juan O'Donojú. irlandés al servicio de 
España, nombrado virrei de M('\i ico |)ara plantear el nuevo 
réjimen estableci(h) ])or la constitución. Por medio de una 
])roc'hima, anunció sus disposiciones pacíftcas. i se dirijió 
a Iturbide por una nota para pedirle que le permitiese 
marchar. a la capital. El jeneral revolucionario lo invitó 
a pasai- a la ciudad de Córdoba, en donde ambos podrían 
reunirse })ara celebrar un convenio. O'Donojú aceptó esta 
invitación. El 28 de agosto llegó a C(')rdoba, acompa- 
ñado j)or una escolta que puso a sus órdenes el jefe 
indepeudiente. Pocas horas mas tarde llegó también Itur- 
bide. i fué recibid(j por el pueblo en medio de las main- 
f(\staciones del mas ardiente entusiasmo. 

Iturbide i ( )'Donojíi conferenciaron an^stos^^ mente sobre 
la situación déla Nueva España. El siguiente día. 24 de 
agosto de 1821, quedó tirmado entre ambos el convenio 
de Córdoba. Era éste una confirmación d(4 plan de Iguala 
con la sola modificación de dejar a las cortes que debían 
reunirse en Méjico, la libertad de elejir un emperador, 
aunque éste no perteneciese a ninguna familia reinante. 



l'AKTE IV.— CAPÍTULO V 288 



El tratado de Córdoba fué mui aplaudido por los in- 
deppudieDtes; pero Xovella i los jefes realistas se lua- 
iiifestaron determinados a no darle cumplimiento. Sin 
embargo, después de lijeras escaramuzas i de al*>:unas ne- 
gociaciones con Iturbide i O'Donojú, anunciaron su dis- 
posición de no embarazar lamarchade los independientes. 
El 27 de setiembre de 1821, Iturbide entro a Méjico a la 
cabeza de sus tropas, i fué recibido como libei'tador. 

Desde luego, se dio puntual cumplimiento al tratado 
de Córdoba. Novella i las tropas (pie no aceptaban este 
pacto, quedaron en lil)ertad para evacuar el territorio. 
instalóse una junta provisional gul)e]'nativa. compuesta 
de 88 individuos; i el 2S de setiembre ñrnió ésta el acta 
de la independencia del imperio mejicano. Allí se decía que 
estaba "consunjada la empresa eternamente memoraí)le 
que uujénio superior a toda admiración i elojio, amor i 
gloria de su patria, principió en Iguala, prosiguió i llevó 
a cabo arrollando obstáculos casi insuperables." El ca- 
rá^-ter personal de (»ste documento liacia presentir el 
rumbo que iba a tomar la revolución. 

La junta gubernativa procedió a la organización de 
una rejencia de cinco miembros, encargada del gobierno 
hasta que llegara Fernando Vil o el emperador (|ue de- 
bía reinar en Méjico. Iturbide fué elejido pi'esideute de 
ella, i O'Donojú uno de sus miembros. A c^ída rejente se 
le asignó el sueldo de 1 (),()()() pesos; pero el pi-esidénte fué 
proclamado jeneralísimo de mar i tierra con el sueldo de 
120, 000 pesos que debían pagársele desde el día en que 
se ftrmó el plan de Iguala. La muerte vino en breve a 
allanai' el camino de la ambición del jefe independíente: 
el 8 de (octubre, a los pocos días de su entrada a la ca- 
pital, falleció después de una corta enfermedad, el ex-ví- 
j-reí O'Donojú. 

Ituiuudío km picradoií.— Desde luego comenzó a des- 
arrollarse una viva oposición. Iturbide hacia poco caso de 
los hombres cpie se habian distinguido en el pi-imer pe- 
ríodo de la revolución; i, como debe suponerse, de aquí 
nació el descontento de los antiguos revolucionarios, ()ue 
se manifestó por una cons])iracion, a consecuencia de la 
cual fueron api-esados los jenerales Bravo i Victoria.. L;i 
|)rensa de la ca])ít<ü, (pie gozaba de cierta libf^-tad, Fué 
convertida en elemento de o})osicion a Iturbide. 

El 24 de febrero de 1822. priniíT aniversario de la 
promulgación del plan de Igiuila. se instaló en Méjico el 
(xmgreso nacional. Allí surjió una oposición sísteniada a 
la rejencia, que tomó en breve caracteres mui pronuncia- 
dos. El congreso acordó la se])aracion de tres miembros 
de la ivjencia, acusados de ser mui (condescendientes panj 
con Iturbide, i el nombramiento de otros tres que le eran 
conocidamente desafectos. 

Esta situación vino a coni])l¡carsc con la noticia de 
haber sido rechazado por bis cortes españolas el tratado 



284 HISTORIA DE AMÉRICA 



(le Cóidohn. Iturhide vio en esa negativa un campo 
abierto a su ambición. En la noche del 18 de mayo de 
1822. un sárjenlo llamado Fio Marcha, puso sobre las 
armas un rejimienlo. aclamando emperador a Iturbide 
con el nombre de Agustín I. En los otros cuerpos se eje- 
cutó el mismo movimiento, en medio de las aclamacio- 
nes del populacho. Uno de los ayudantes de Ilurbide hizo 
la proclamación en el teatro. El siguiente día, 19 de 
ma\'o. se reunió el congreso para tratar de aquel asunto. 
FA populacho ocupaba todas las avenidas, i no cesaba 
de vivar al futuro emperador. Los jetes de las tropas 
presentaron una es])osicion para comunicar que éstas 
habían aclamado emperador a Iturbide. 

Aquella célebre sesión comenzó en medio de un desor- 
den amenazador. Iturbide fué llamado al seno del con- 
greso: el populacho quitó los caballos del codie para con- 
ducirlo a l)razos, i lo saludaba en todas partes en medio 
de frenéticos aplausos. No fué difícil prever el resultado 
de toda aquella tramoya. Iturbide fué nombrado empera- 
dor ])or ()7 votos contra 15. Inmediatamente se comunicó 
a las provine ias la resolución del congreso como un hecho 
consumado que no admitía discusión. 

La coronación de Iturbidí^ se efectuó en la catedral de 
Méjico el 21 de julio de 1822. en medio de una ostentosa 
ceremonia, l^.l congreso había declarado hereditaria la 
nionar(iiiía mejicana, concediendo el título de "príncipes a 
los miembros de la familia de Iturbide. El sueldo de éste 
(]uedó ñjado en millón i medio de pesos anuales. 

Caída de Itthbide.— Al poco tiempo se hicieron sentir 
violentos síntomas de descontento i de reacción. El em- 
perador reclamó del congreso una gran suma de poderes 
que aquel cuerpo no quería darle. 8e habló de una cons- 
piración en que estaban comprometidos 14 diputados, 
í|ue fueron reducidos a prisión. En las provincias del 
norte el jeneral don Felipe la Garza preparó un mo- 
vimiento revolucionfirio (}ue no tuvo consecuencias. ítuí-- 
bide creyó que solo un golpe de estado podría sacarlo de 
embarazos; i el H] de octubre de 1822 decretó la disolu- 
ción del congreso i la creación de una junta Ifjislativa. 
Esta corporación fué soh^ un instrumente) dócil del 
emperador. En medio de las escaseces del erario. Iturbide 
se ^'ió obligado a echar mano de préstamos forzosos: 
|)ero estas medidas liabian ido quitando su prestijio al 
imperio i su popularidad al ein})era^(jr. 

En (^se tiempo mandaba en \'eracruz el coronel don 
Antonio López de Santa Ana, (jue ha desempeñado des- 
j)ue8 el papel mas importante en la historia de las re- 
vueltas de Méjico. Santa Ana sublevó la guarnición de 
\'era.cruz (2 dé diciembre de 1822), i proclamó la repú- 
blica. El jeneral don Guadaluj)e Victoria se unió en breve 
a Santa Ana. Desde luego se creyó que aquel movimiento 
era una revolución descabellada. El emperador despachó 



t^ARTE IV.— CAPÍTULO Y 2S: 



contra los rebeldes al jeneral Echavarri; pero éste se 
pasó i\ los sublevndos. l.os jeiierales (íueri'ero i Bravo 
salieron ocultanieiite de Méjieo i fueron a reunirse n 
Hanta Ana. Las troj)as revolucionarias, contando con 
numerosos jiusiliares en todas partes, se dispusieron a 
marchar sol)i'e Méjico. 

Anonadado por tantos desengaños, el emperador con- 
sintió en convocaí- de nuevo el congreso (pie hat>ia 
disueltu; pero esta asamblea no le prestó .ipoyo alguno. 
No hallando arbitrio mejor que renunciar el imj)er¡o para 
salvar su libertad i su vida, Itnrlúde remitió el 19 de 
marzo de 1828 al cimgreso una nota j)or la cual al)d¡- 
caba la coi'onaiofrecia salir del pais. VA «S de abril declai-ó 
el congreso disuelto el impei-io; ])er() concedió a Iturbide 
una pensión anual de 2r),0()() pesos con la condición de 
establecerse en algini lugar de Italia. 

()h(íaniza('1o.v dk i. a jfíOPi'nijiíjA fkukkai.: tká.jko f\s 
DE ÍTi KHU)E. — K[ congreso organizó una junta guberna- 
tiva compuesta de tres jenerales, i convocó una constitu- 
yenle que debia instalarse en Méjico. Instalóse ésta el 7 
de noviembre; i como allí estaban en mayoría los 
diputados de las provincias, que siempre Invbian mirado 
mal la preponderancia de la capital, el i)rincipio federa- 
lista trnndo en sus deliberaciones. El ejemplo de la pros- 
peridad de los Estados l-nidos ei-a la verdadera c;nisa de 
oste grande enoi- político. 

El 8Íst(Mna federal, amí(|ue mui aplaudido ])or la 
opinión, se inició borrascosamejite, haciéndose sentir 
conniociones revolueionarias ]>a!'a acelerar el estal»leci- 
miento de algunas avitoiidades pi-ovinciales. En esos 
momentos, un peligro de otra naluraleza, vino, a Uamai* 
la atención del gobieino i de los partidos. 8r' sabia que 
Iturbide liabia llegado a Ti alia, i (pie instigado sin duda 
por sus amigos se hallaba resuelto a aventurarlo todo 
para, volver a su patria,. En diciembre, en efecto, 'se lialua 
dirijido éste a I.óndres con toda su fannlia; i desde allí 
comunicó su salida de Italia al congi'eso mejicano {\H 
de fel>rei-o de 1824), anunciándole sus deseos de ofrecer 
sus servicios en los peligros que amenazaban la indepen- 
dencia, nacional. 101 congit^so dtH'laró en 2<S de abril -trai- 
dor i fuera de la lei a don Agustin de Iturbide, sienqjre 
que t)ajo cualquier título se pi'esentase en algún punto 
(\e\ territoi'io mejicano, en cuyo caso, por solo este liecho, 
quedaba declarado enemigo publico del estado." 

Ignoi-ando estas dis})osifdones, Iturbide se hizo a la 
vela el 11 de mayo c(m rund)0 a Méjico. P]l 14 de julio 
llegó a la barra d(4 rio Santander. \U\ ofic-ial que acom- 
pañaba al ex-emperadoi-, bajó a tierra a solicitar del jefe 
militar de ai\mA distjíto, don l'elipe la (íarza, permiso 
de desembarcar con otro compañero, aseguiando que él 
venia de Londres a presentar al gobierno un ])lan de 
colonización. El sigvnente día desend)arcó Iturbide disfi-a- 



286 HISTORIA DE AMÉRICA 



zado; pero luego fué conocido por diversas personas, i 
apresado ])or nn piquete de tropa. En virtud de la de- 
claración del congreso, el jeneral Garza estaba autorizado 
para fusilar inmediatamente al ex-emperador; sin em- 
l)argo, dispuso su marcha al ])ueblo de Padilla, en donde 
estaba reunida la legislatura provincial del estndo de 
Tamaulipas. Aquel congreso dis])uso que, en cumplimiento 
de la lei del 28 de abril, Iturbide fuera pasado por las 
armas. El ex-eniperador escribió una carta de despedida 
a su familia, que habia quedado a bordo, i se preparo n 
mt)rir como valiente i como cristiano. El 19 de julio de 
1824 fué ejecutada la sentencia. El cadáver fué trasladado 
en 1888 a Méjico i enteri*ado con grau pompa en la 
catedral. El congreso mejicano, en premio de los servicios 
de Iturbide, asigno entonces a su familia una pensión de 
8,000 pesos anuales. 

La ra])idez con qne hal)ia procedido la lejislatura de 
Tamaulipas, cortó en tiempo las maquinaciones de los 
partidarios del inq^erio. El congreso federal siguió dis- 
cutiendo el ])royecto de constitución hasta dar por ter- 
minados sus trabajos (4 de octubre de 1824). Los cons- 
tituyentes tomaron por modelo la organización í)olítica 
de Tos Estados Unidos, dividiendo el territorio en estados 
independientes entre sí, con lejislaturí\s propias, gol>erna- 
dores. tribunales i rentas particulares. En Méjico debia 
leunirse el congreso federal compuesto de un senado i de 
una cámara de representantes. La dirección jeneral del 
gobierno queda1)a confiada a un presidente» elejido cada 
cuairo años. La ciudad de Méjico fué constituida en 
capital federaiizada. 

El congreso constituyente, antes de disolverse, decn^tó 
una ám[)lia amnistía por los delitos políticos, i elijió para 
primer ])residente constitucional de la repul)lica al jeneral 
don Guadalupe Yict(^ria, representante del ])artido revo- 
lucionariode 1810(octubrede 1824). Ln lisonjero porvenir 
se abria entonces a la l\epiil)lica mejicana. La, ti-anqui- 
lidad e8tal)a restablecida, i todo hacia creer que el sis- 
tema federal iba a producii' en Méjico los mismos frutos 
(pie en los Estados Luidos. Sin embargo, hi orgaidzacion 
administrativa del pais, formada solo por el espíritu de 
imitación, tenia una base demasiado débil. El estableci- 
miento del réjinien federal en Méjico no corrijió los vicios 
inveterados, sino que fué el oríjen de nuevos i dolorosos 
trastornos. La República mejicana pasó cerca de medio 
siglo en medio de las mas desordenadas revoluciones; i de 
tres guerras esteriores que le causaron males incalcula- 
bles. La narración de esos acontecimientos no entra en 
el cuadro del presente libro; pero sí debemos decir que la 
República mejicana ha entrado hace mas de veinte años 
en un período de paz i de orden público que ha asegurado 
un prodijioso desarrollo de la riqueza i de la prosperidad 
nacional. 



PARTE IV.— CAPÍTFI.O \ I 2H7 



CAPITULO VI 

Revolución de Venezuela. 

liüntalarion de una junta dr gohitM-iio tMi (Jaráeas. — Primei'HH liontilida- 
df's.— Deelarinnon de la independencia de V'eneziiela.— Promnigage la 
(•<»iistitiu-ion.— Terremoto de Caracas; los españoles someten toda la 
provincia de Venezuela. —Administración de Monteverde; nueva insu- 
rrección en las provincias orientales.— Primera campaña de Bolívar; 
los patriotas recuperan a Venezuela.— Administración de Bolívar; 
prosecución de la guerra —Segunda reconquista de Venezuela por las 
armas españolas. — Arribo de una espedicion española mandada por 
el jeneral Morillo. 

(180H— ISIT)) 
InSTAI. ACIÓN DE INA JUNTA DE GOBIERNO EN ('AUÁC'.IH.— 

En 1808 gobernaba en Venezuela don Juan de Casas, 
railitaT anciano, sin intelijencia ni enerjía. El 15 de julio 
de ese año llegaron a Caracas dos comisionados del go- 
bierno francés que acababa de organizarse en Madrid, con 
encargo de anunciar la abdicación del i*ei Eernando i dn 
reclamar el reconocimiento del nuevo gobierno. Casas se 
manifestó inclinado a someterse a la dominación de los 
invasores de la península; pero el pueblo, presidi<lu poi* 
k4 cabildo, acudió al palacio del en pitan jeneral a, csprc- 
sarle su resolución de no reconocer otro go})ierno (pie el 
de Fernando Vil. 

Desdíí ese momento se diseñni-on en \eiieziiela dos par- 
tidos: el de los esi)afioles, que (juerian la sumisión a cnal- 
({uiera autoridad estable('ida en la ])enínsula, i el de los 
patriotas, que i'eclanmban la instalación de una junta de 
gobierno en Caracas y)a,ra no depender de otro soberano 
(pie Fernando Vil. Subsidiariamente se insintiaba allí, como 
sucedió en las otras colonias, que en caso de ser sometida 
la España a un soberano estranjei-o, \'enezuela debía ser 
independiente. El caj>itan jeneral, como eia d(^ esj>erarse, 
se puso de [Kirte de los primeros, e hizo reconocer la junta 
de gobierno instalada en Sevilla. Los jnlriolas, con todo, 
no cesaron de reclamar en favor de su proyecto de crea- 
ción de una juiíla en Cai'ácas; pero la audiencia dio ima 
orden de prisión contra los mas exaltados, i acalló por el 
momento la ajil ación de los ánimos. 

El 17 de mayo de 1809, llegó a Caracas un nuevo ca- 
pitán jeneral, el brigadier don Vicente Emparan, que, como 
empleado subalterno, se Imbia heclio conocer en Venezuela 
])or cierta intelijencia i por su honradez. Enq)aran, sin 
embargo, se condujo todavía con méuos tino que su an- 
tecesor. Temiendo conspiraciones a cada momento, esta- 
bleció el espionaje, desterró sin causa ni proceso a muchas 
personas respetables que habian despertado sussospe(-has. 
i tomó otras medidas represivas (pie ajitaron la opinión 
publica con mayor violencia. 



288 HISTORIA DE AMKRIOA 



La represión no hizo mas que aumentar el descontento. 
El 1<S (le abril de 1810. se supo en Caracas que los fran- 
ceses, constantemente vencedores en España, habían in- 
vadido la Andalucía i dispersado la junta central. I^sta 
noticia piodnjo nna alarma jen eral enlódala ciudad. El 
siguiente dia. (19 de íibril de 1810) era jueves santo. El 
cabildo de Caracas se i-eunio ])ara asistir a los oficios 
relijiosos en la i^ilesia catedral: ])ero comenzó a tratai* de 
las novedades del dia i convocó al capitán jeneral para 
((ue lomara, parteen ajjUella discusión. Emparan esplicó 
(jue eracierta la disolución de la junta central, pero (pie en 
su rf^emplazo se liabia organizado un consejo de rejencia. 
a cuya sombra seria conservada la tranquilidad pública. 
Eos revolucionarios, descoucertados con aquellas «^spli- 
(•aciones, se vieron en la necesidad de acompañar a FÍm- 
))aran a la iglesia. 

En ese momento, varios grupos de patriotas citarían el 
paso a la, comitiva de' Emparan, i un homl)re llamado 
Francisco Salías lo toma de un brazo, gritando que era 
menester volver a la sala del cabildo. El capitán jeneral 
se vio forzado a seguir el impulso de los facciosos. Algu- 
nos de ('stos, titulándose diputados del pueblo, pidieron 
la creación de una junta de gobierno, i Emparan tuvo 
(jue aceptar esta idea. 

Los n^volucionarios convinieron en (pie el cíi pitan je- 
iKM'al fuese el presidente de la junta: peio en ese momento 
se presentó don Jos(' Cortes Madariaga, chileno de na- 
(íimiento i canónigo de Caracas, i con una arrogante 
valentía rcproclióa los revolucionarios (4 error que come- 
tían dejando a lamparan con poder suficiente para, consu- 
ma]* la disolución de la junta. Las ])alabras dt» ese fogoso 
i* elocuente tribuno fueron l>ien recibidas por el pueblo; 
i el capitán jeneral, confundido i avergonzado, renunció 
todo mando. En el mismo dia, el cabildo quedó consti- 
tuido en iunia gubernativa (19 de abril de 1810). 

lia junta comenzó su gobierno suprimiendo algunos 
impuestos fiscales, creando una escuela de matemáticas, 
prohibiendo la inti'oduccion de esclavos en Venezuela, i 
declarando la libertad de comercio. En las provincias, 
la revolución íué secundada: solo Coro i Maracaibo se 
declararon sometidos a la rejencia de España. 

PuiMF^iíAS HosTiLiuADEs.— La juuta de Caracas sabia 
adonde conducía la revolución del 19 de abril. Poco des- 
pués, partían para Inglaterra el coronel de milicias don 
Simón Bolívar, don Luis r^o]>ez Méndez i don Andrés 
Bello, comisionados ])or la junta para atraerse la pro- 
tección del gobierno británico. Con el mismo objeto par- 
tieron otros emisarios a los Estados Unidos. 

Las previsiones de la junta no eran infundadas. La 
rejencia de España declaró rebeldes a los venezolanos, i 
decretó un rigoroso bloqueo para prohibirles todo co> 
mei'ííio (81 de julio de 1810). Don Antonio Corf abarría 



'ARTE IV.— CAPITlü.O \ I ' 2.SÍ> 



fué encargado de dar cunipliiuieiitü a aquellas disposi- 
ciones. El gobernador de Maracaibo, don Fernando Mi- 
yares, fué nombrado capitán jeneral de Venezuela en 
reemplazo de Emparan, que habia sido deportado a los 
Estados Unidos. Desde Puerto-Rico, el comisario Corta- 
barria dirijió.a la junta i al pueblo de Caracas un des- 
pacho (24 de octubre) en que exijia el reconocimiento de 
las cortes españolas. 

I^a junta se negó resueltamente a entiar en aveni- 
miento. En cambio, las provincias de Coro i Maracaibo, 
en donde mandaba Mijares, amenazaban a los rebeldes 
de Caracas. Las primeras operaciones militares fueron 
de poca importancia; ])ero al fin se vieron los patriotas 
obligados a retirarse a causn de la impeKicia de sus sol- 
dados (diciembre de 1810). 

En esa misma época llego al puerto de la Guaira el je- 
neral don Francisco Miranda, que vivia retirado en Lon- 
dres cuando Bolívar le anunció la revolución de Caracas. 
La junta le dio el título de teniente jeneral de las ti'O- 
})as de Venezuela. Ya no era difícil prever la proximidad 
de la guerra. Cortabarria espedía desde Puerto- Rico pa- 
tentes de corso para hostilizar el comercio de Venezuela, 
mientras Mijares reunia tropas en Maracaibo para co- 
menzar las operaciones militai'es. 

DecI.AÍíAÍION de la iNDEPENDENríA DE VENEZUELA.— 

La junta revolucionaria no se hizo ilusiones por largo 
tiempo sobre los peligros de su situación. El 11 de junio 
de 1810, habia dirijido a las provincias una convocato- 
ria para un congreso jeneral. El 2 de marzo de 1811, se 
instaló en Caracas el congreso con asistencia de cuarenta 
i cuatro diputados i bajo el nombre de representantes 
de las provincias unidas de Venezuela. Formaban parte 
de este cuerpo los hombres mas adelantados (¡ue con- 
taba el pais. 

Mientras tanto, los realistas no cesaban de fraguar 
movimientos reaccionarios en diversas provincias. Los 
patriotas de Caracas organizaron una asociación en que 
se proclamaba francamente que solo una independencia 
comj)leta podia salvar al pais de la ruina de que estal)a 
amenazado. Los diputados re})ublicanos aceptaron esta 
idea i la propusieron al congreso el 5 de julio de 1811. 
El debate fué sumamente ajítado, i en él tomó parte el 
pueblo. El resultado no se hizo esperar. En el mismo dia 
se estendió el acta por la cual las Provincias Unidas de 
Venezuela se declaraban libres de toda sumisión i depen- 
dencia de España i)ara darse como tales la forma de go- 
bierno mas conforme a la voluntad nacional. Los inde- 
pendientes adoptaron desde entonces la bandera amari- 
lla, azul i roja, que habia usado Miranda en su campaña 
de 180G. Así, pues, la capitanía jeneral de Venezuela, 
(|ue inició el gian movimiento de 1810 dándose un go- 
bierno nacional antes que ninguna otra colonia del rei 



290 flTHTORlA DE AMÉRICA 



de Es])aña, fué también la primera en declarar la inde- 
pendencia absoluta. 

Pkomi^'Iaíase la f'ONSTiTUC'TON.— Los revolucionarios 
habiaii necesitado de nn brande arrojo ])nrM hacer esta 
declaración. En su propio territorio había mnchos hom- 
bres descontentos con el nuevo orden de cosas, a quie- 
nes ese acto irritó sobremanera. En Venezuela había nu- 
merosos colonos naturales de las islas Canarias, i éstos 
se dejaron influenciar por los ajentes del comisario Tor- 
tabarria. El 1 1 de julio, antes (le amanecer, se reunieron 
en una llanura inmediata a la (-apilal muchos de esos 
colonos, con el objeto de caer sobre los cuarteles i disol- 
ver el gobierno revolucionari(x Pero éste envió contra 
ellos una columna de milicianos (pie los apresó para so- 
meterlos a juicio. Los prñici])ales, en número de diez i 
seis, fueron fusilados, i deportados muchí)s otros. 

En el mismo día se veriftcó en la ciudad de Valencia 
un movimiento mucho mas serio todavía. Los españoles 
se apoderaron de los cuarteles i se ])rochimaron en abierta 
rebelión. La junta despaclió contra \'alencia al jeneral 
Miranda a la cabeza de las tropas de que podía dispo- 
ner. Después de repetidos ataques, la ciudad se rindió a 
discreción (Li de agosto de ISll). T^os ])risioner()S fue- 
ron condenados a muerte por los tribunales; pero fueron' 
indultados ])or el congreso. 

En medio de estos peligros, el congreso se ocupaba en 
discutir la constítuciím (jue hal)ia de (hirse al nuevo es- 
tado. liOS homl>res mas ilustrado^ entre los revolucio- 
narios se hat)ian dejado seducir por (^1 ejem})lo halagüeño 
de l(^s Estados Unidos, ¡ creían (juí^ un gobierno federal, 
semejante al de la gran Uepul>lica, del norte, haria la fe- 
licidad de la na(ion. Don Francisco Javier Ustariz pre- 
sentó un proyf^c^to de constitución (pie fué aprol>ado el 
21 de dicieml)re de 1 SI L A(piel ci'idigo dividía el terri- 
torio en siete provincias o estados que podían darse sus 
respectivas constituciones paia el gobí(Tno interior, fhi 
congreso compn(\sto de dos cámaras quedaba, con e\ po- 
der de declarar la gUí^Ta, hacer la, paz i levantar (ejérci- 
tos. El poder ejecutivo quedó com])uest() de tres nn'em- 
bros designados por elección indirecta. 

Terremoto de Caracas; los españoles soMiyrEx toda 
LA piíoviNCLV DE Venezuela.— En esa ('poca, los realistas 
eran dueños de las provincias de Coro i de Maracaibo, al 
oeste de Caracas, i de (íuajana al oriente. Desde aquí 
comenzaron a hacer coiTerías remontando el rio Orinoco 
i atacando las poblaciones indefensas. La junta pidió 
continjentes de tropas a todas las provincias, i las puso 
en canq>aña; pero la guerra se prolongó por aquella 
parte, entreteniendo así un cuerpo de 8,()(M) hombres. 
Mientras tanto, la población se manifestaba cansada ccm 
la revolución, que privaba de l)razos a la industria, i que 
hal)ía producido una suspensión del comercio conu) efecto 



PAUTE IV.- CAPITULO VI 2Í)1 



del bloquea. Los soldados mismos, pagados con papel- 
moneda, no ocnltaban su descontento. 

Entonces llegó a Coi'o el brigadier español don Juan 
Manuel Cajigal, llevando de i^nerto Rico un refuerzo de 
tropas i de dinero. Tno de los subalternos de éste, el 
capitán de fragata don Donnngo Monteverde, reunió 
280 hombres, a cuya cabeza aA^anzó há,cia Car-ácas. 

Mientras la república se hallaba amenazada al oriente 
i al occidente poi- los españoles, un acontecimiento ines- 
perado vino a complicar la situación. El jueves santo, 
26 de marzo de 1812, a las cuatro de la taide, acaeció 
un espantoso terremoto que redujo a escombros a Cara- 
cas i a varias cindad(\s, causó gi'andes estragos en otras, 
i sepultó en las ruinas cerca de 20,000 jícrsonas. Casi 
toda una división de tropas patriotas que Sfí hallaba en 
f^arquisimeto pereció en aquel momení o. En otras partes, 
los inde])en dientes perdieron sus ainias i sus depósitos 
de municiones. Esta catástrofe ejerció la mas funesta 
iníluencia sobre la o])inion ]mV)lica. El terremoto habia 
ocurrido el jueves santo, como la instalación del primer 
gobierno nacional: i el clero enemigo casi en su totalidad 
de la revolución, esplotó aquel cataclismo en favor de 
sus intereses, esplicando a las jen tes aterrorizadas ([ue 
era un castigo del cielo a los (pie habían desconocido la 
Noberauía de España. Daba fuerza a esta superchería la 
íircunstancia de (]ue las provincias (pie habiau quedado 
fieles a la España no snfrieion nada o sufrieron mui poco 
[)or el terremoto. La reacci(m, qne antes se habia hecho 
sentir débilmente, adíjuirió gran desari'ollo en medio de 
las angustias i del duelo (pie se siguieron a tan gran 
catástrofe. Luego se su[)o que el mismo 26 de marzo los 
patriotas hablan snfrido una derrota eu las aguas del 
Orinoco. 

A pesar de la actividad (pie despU^gó Miranda para 
rechazar a los invasores, solo pndo juntar un cuerpo de 
2,000 horal)res. Mientras tanto. Monteverde avanzaba 
rápidamente hacia Valencia. Los patriotas no querían 
coml)atir o se pasal)an al enemigo, cuyo poder parecía 
irresistible. Considerándolo todo perdido, Miranda pensó 
sol(j en capitular, talvez con el objeto de ganar tiem[)0. 
Por tin, los jenerales de ambos ejércitos arribaron a un 
conví^iio (]ne fué firmado el 25 de julio de 1812. El jene- 
ral realista prometía no inquietar a nadie por sus opi- 
niones i permitir la libre salida del territorio a todo el 
que lo descaía. Caracas fué ocupada por Monteverde el 
29 de julio. Miranda i otras muchas personas, descon- 
fiando (le la sinceridad de los vencedores, se retiraron a 
la (íuaira para embarcarse. 

Los patriotas, en su deses]jeracion, acusaban a Mi- 
randa de haberlos traicionado, manteniendo relaciones 
con los realistas i recibiendo de ellos una gruesa snma 
en pago de su perfidia. Ésta calumnia, fraguada en el 



2\)'2 HISTORIA Dtí AMKRICÍA 



(^ampo de Monteverde, habia circulado entre los rev(^)hi- 
cionarios con gran facilidad. El gobernador de la (íuaira. 
coronel venezolano don Manuel María Casas, habia esti- 
pulado seci-etamente con Monteverde la enti'ega de 
Miranda: i para llevar a cabo su ])erfídia. dnba pábulo 
a esas acusaciones. Los jefes militares convinieron en 
apresarlo. Miranda fué conducido a un castillo en la 
noche del 30 de julio, i aun se |)ensó en fusilarlo en la nia- 
fiaiia siguiente. 

Los revolucionarios trataban de embarcarse el 81 de 
julio, cuando llegó una orden de Monteverde por la cual 
mandaba al gobernador que los apresara. E]l vencedor, 
manifestando que un jefe leal no podia tratar con los 
rebeldes, violó sus compromisos, i dispuso que ocho de 
los mas notables fueran reinitidos a España en donde les 
(esperaba una larga prisión en los castillos de Ceuta. En 
j>oco tiempo mas, el numero de patriotas apresados en 
Venezuela pasaba de 1,500. 

Miranda, sin embargo, fué retenido algunos meses en 
los calabozos de Puerto-Cabello, i trasladado de allí al 
presidio de Puerto Rico. Reclamó con dignidad i valentía 
contra la infi-accion del convenio celebrado con Monte- 
verde; pero ni éste ni el gobierno español querían dar 
cumplimiento a lo pactado. El desgraciado jeneral fué 
conctucido a Cádiz, en 1818, i allí falleció en un calabozo 
el 14 de julio de 1816. 

Administración de MoNTEviouní:: niicva ixsiiírkccion 
KN EAS provincias ORIENTALES.— La foituna habia })ro- 
tejido singularmente a Monteverde en aquella campaña. 
En Caracas se creyó desligado de toda obediencia a su 
jefe, el capitán jeneral Miyares; i el gobierno es])añol, 
dando a aquél una im])oitancia que no tenia, lo confirmó 
en el mando d(^ Venezuela con el honroso título de jmci- 
fícador. 

Después de dos años de gueri'as, el pueblo venezolano 
deseaba ardientemente la paz; pero los vencedores no 
supieron aproA^echar esta favorable disposición para con- 
solidar su conquista. Monteverde mandaba apresar por 
simples sospechas, no solo a los corifeos de la revolución, 
sino a los que de cualquier modo hubieran manifestado 
sus simpatías por la indei)endencia. A la prisión se se- 
guía el embargo de las propiedades de los rebeldes. 

En las provincias orientales estas venganzas fueron 
ejercidas con mayor rigor; pero allí mismo don Santiago 
Marino, joven tan rico como audaz, acom])añado poi- don 
Manuel Piar, por los dos hermanos Í5ermúdez i por otros 
cuarenta conq:)añeros que se liobian refujiado en un islote 
vecino a la isla de Trinidad, ])asaron al continente i ocu- 
paron el pequeño pueblo de Guiria, que defendían 800 
españoles (18 de enei'O de 1818). Engrosadas sus fuer- 
zas, pudieron emprender operaciones mas considerables 
en las provincias dr Cumaná i Barcelona. Los realistas 



PARTE IV.— CAPÍTULO VI 293 



no dejaban atrocidades por cometer. Habiendo ocupado 
la villa de Arag-iia (16 de marzo), los jefes españoles 
Zuazola i Gómez fusilaron a los prisioneros i ejercieron 
sobre los j^acítícos vecinos las mayores crueldades. Hom- 
bres, mujeres, ancianos i niños fueron desorejados o de- 
sollados vivos. Pero estas inauditas maldades, lejos de 
abatir a los inde[)endientes, les dieron mayor resolución. 
Marino i Piar, habiendo ocupado la ciudad de Maturin, 
rechazaron heroicamente dos vigorosos ataques de las 
tropas realistas, 

Monteverde se hallaba en Caracas desarrollando su 
l)lan de pacificación por medio de medidas represivas i 
arbitrarias. La rejencia es})añola aprobó su conducta, i 
lo autorizó jjara pasar a cuchillo a todos los que toma- 
sen armas contra las tropas del rei, i para condenar a 
muerte a los que admitiesen em])leos de las autoridades 
revolucionarias. Cuando 8U])o los triunfos de los rebeldes 
en las provincias orientales. Monteverde reunió 2,000 
hombres, i con ellos se ])re8entó enfrente de Maturin, (jue 
defendia el heroico Piar (mayo de lcSl8). Los indepen- 
dientes tenian poca tropa i escasísimas municiones: pero 
arrollaron i dispersaron completamente las tropas de 
Monteverde. Entonces también aparecía h\ insurrección 
en las provincias occidentales. 

Primera caaípaxa de Bolívar: los patriotas reít- 
im:ran a Venezuela.— Entre los revolucionarios venezo- 
lanos que hablan escapado de la |)ersecucion de Monte- 
verde, figuraba el coronel don Simón Bolívar, joven 
entonces de veinte i nueve años, miembro de una familia 
ilustre i rica de Caracas. Después de la ocupación de esta 
ciudad ])or los realistas, Bolívar salió de Venezuela i se 
asiló en la isla de Curazao, entonces en poder de los in- 
gleses (10 de agosto). Allí resolvió con algunos compa- 
triotas suyos trasladarse a Cartajena, i ofrecer sus ser- 
vicios a los revolucionarios neo-granadinos, en guerra 
entonces con los realistas ({ue ocupaban la ])rovincia de 
Santa-Marta. El gobierno de ('ar tajen a destinó a Bolívar 
i sus compañeros al ejéi'cito que. bajo el mando de un 
aventurero francés llamado Pedro Labatut, sostenía la 
guerra en el territorio (jue baña el Magdalena. Bolívar 
recibió el mando de una división estacionada en el pe- 
queño pueblo de Barrancas, en la parte alta del rio. 
mientras Labatut operaba por la rejion de su emboca- 
dura. El resultado de la campaña fué completamente 
feliz, pues al mismo tiempo que Labatut conquistaba la 
l)rovincia i i)laza de Santa-Marta. Bolívar cruzó resuel- 
tamente el rio Magdalena, ocupó la villa de Tenerife (23 
de diciend)re de 1«S12), i continuando su marclia, batió 
diversas partidas realistas i les quitó la ciudad de 
Mompox. 

Tina vez en el caníino déla victoi-ia, Bolívar no sede- 
tuvo allí. El enemigo fué dei-rotado en diversos comba- 



294 K1ST(JRIA DE /VMKBU'A 



tes, i quedó limpio de realistas todo el estado del Mag- 
dalena (enero de 1S18). Bolívar se a('ercó a las fronteras 
de Venezuela, batiendo las partidas españolas i derrotó 
un cuerpo considerable en San José de Cuenta (28 de fe- 
brero). El congreso neo-granadino iminido en Tunja, lo 
declaró ciudadano del estado i brigadier de sus ejércitos: 
pero Bolívar, en la frontera de su patria, no pensaba 
mas que en libertarla de sus opresores. 

Desgraciadamente, la Nueva Granada no podia pres- 
tar por entonces grande apoyo a a(|uella empresa. Sin 
embargo, el (congreso de Tunja lo autorizó para invadir 
las provincias mas occidentales de Venezuela. Bolívar 
abrió la campaña a la cabeza de l,00t) hombres, i al- 
canzó en las primeras operaciones mui señaladas venta- 
jas sobre el enemigo: pero esperimentó en breve nuevas 
dificultades. Algunos jefes neo-granadinos que debian' 
acompañarlo, declararon en una junta de guerra que la 
reconquista de Venezuela era una empresa descabellada. 
Bolívar conservó, a pesar de todo, su resolución, i se- 
guido por 500 soldados, comenzó las operaciones ndlitares 
contra los realistas, que contaban con (),00() hombres. 

Los primeros sucesos de la caraj^aña fueron desastro- 
sos. Las tropas de Bolívar se engrosaron en el territorio 
de Venezuela: pero una división patriota de 200 hombres 
mandada por un joven abogado apellidado Briceño. fué 
derrotada en Barinas, i fusilado su jefe con siete com- 
pañeros. Bolívar dividió su ejército en dos cuerpos, reser- 
vando para sí el mando de uno de ellos, i confió el otro 
al coronel don José Félix Rivas. Ambas divisiones se 
dirijieron a (.'arácas pasando por las ciudades de Mé- 
rida i Trujillo i batiendo constantemente las partidas 
españolas. En Trujillo supo las atrocidades cometidas 
por los realistas en la rejion oriental de Venezuela, i 
allí publicó el 15 de junio una célebre })roc]ama por la 
cual declaraba al enemigo una guerra sin cuartel. 

El resto de la campaña fué una serie no intei/rum- 
pida de triunfos. Rivas batió (23 de junio) una columna 
española en Niquitao, tomando cerca de 500 prisioneros; 
i un mes después obtuvo otra victoria en los Horcones, 
consiguiendo ventajas no menos señaladas. Reunidas las 
dos divisiones, Bolívar alcanzó a contar cerca de 2,000 
soldados. Con ellos atacó el grueso de las tropas de 
Monteverde en los Tahuanes. a poca distancia de Valen- 
cia (31 de julio); i allí los patriotas alcanzaron una 
espléndida victoria. El siguiente dia, Monteverde huyó 
apresuradamente de Valencia para encerrarse en Puerto- 
Cabello. 

F^l jf^fe inde])en(liente encontró (^1 camino espedito para 
llegar hasta Caracas. El gobernador de esta ciudad se 
embarcó en la Guaira, dejando abandonados mas de 500 
españoles que, después del eiicaridzannento con ijue se 
habia hecho la guerra, no debian es])erar favor de sus 



PARTE iv.--(;apítulu VI 295 



enemigos. Bolívar hizo su entrada triiint'al en ( -arácas el 
7 de agosto de 1813. 

Los españoles quedaron por entonces reducidos solo a 
Puerto-Cabello i sus inmediaciones. En el oriente, los pa- 
triotas hablan adqinrido ventajas semejantes. La isla de 
Margarita se habia ¡pronunciado por los independientes. 
Marino alcanzó también notables triunfos sobre los espa- 
ñoles i les quitó las plazas de Cumaná (8 df^ agosto) i de 
Barcelona (19 de agosto). 

Administkacjon de Bolívaií; Pitos ecucion de la uvk- 
HHA.— Los realistas íujitivos de las provincias orientales. 
se hablan acojido a las inmensas llanuras que riega el 
Orinoco; i dos de ellos, José Tomas Boves i Francisco 
Tomas Morales, desplegaron los recursos de un jénio es- 
traordinario. Ambos hablan servido en las fílas de los 
revolucionarios; pero luego las abandonaron para ser sus 
mas resueltos i feroces enemigos. En los llanos, Boves en- 
contró recursos de que otros no liabrian sabido aprove- 
charse. Sus p()l)ladores, ganaderos errantes i senn-bár- 
baros, hombres tan ajiles como vigorosos, acostumbrados 
a todos los sufrimientos inmjinables, ávidos de pillaje, 
sin costumbres de Irabajo, i habituados a mirar en poco 
los peligros, entraron en campaña bajo las órdenes de 
Boves para llevar con él a todas partes la desolación i 
la muerte. 

Apenas hubo i'establecido ci gobierno político, Bolívar 
volvió su atención a his necesidades de la guerra. Una 
parte de sus tro]>as fué despachada al sur para combatir 
lasguerrillas deBoves, que porentónces empezaba a hacer 
sus correrías. El resto del ejército, bajo el mando del 
mismo jeneral en jefe, marchó soljre Puerto-Cabello, le 
puso sitio (filies de agosto de 1(S1.3), i aun alcanzó en los 
primeros dias mui señaladas ventajas. Casualmente los 
realistas recibieron de Esjmña en esos dias un ausilio de 
1,200 hombres. B(jlívar dispuso la suspensión del sitio, i 
ejecutó este movimiento con tanta habilidad que derrotó 
dos veces las fuerzas españolas que marcharon en su })er- 
secucion. Bolívar volvió a Caracas para dar impulso a 
la organización militai*. El cabildo i todas las autorida- 
des civiles lo aclamaron capitán jenei'al de las tropas de 
Venezuela, i le dieron el glorioso título de I/i¡)ertador, 
con (jue es conocido en la historia. 

Para afianzar sólidaiuente los triunfos de BoIía ar se 
habria necesitado de una reconcentración de todas las 
fuerzas i de todos los recursos con que podia contar la 
naciente Kepúl)lica. Desgraciadamente, no sucedió así: 
Marino en el oriente aspiraba w ser jefe supremo, i en vez 
de ausiliar al Libertador, reclamal)a de éste que lo reco- 
nociera en a([uel rango, perdiendo en inútiles cuestiones 
el tiempo de que sabia aprovecharse el enemigo. Los rea- 
listas eran dueños de los alrededores del lago de Mai'a- 
caibo, se sostenían en los llanos inmediatos al Orinoco, 



296 HISTORIA DE AMÉRICA 



e inquietaban a los independientes por el lado de Puerto- 
Cabello. Si Marino se hubiera encargado de combatir a 
los llaneros de Hoves, el Libertador habria quedado en 
situación de concluir con los últimos restos del ])oder 
español. 

Entre los realistas no reinaba mas armonía. Los de- 
fensores de Puerto-Cabello acusaban a Monteverde de 
torpeza en la dirección de la guerra, atribuyendo a sus 
vacilaciones los contrastes sufridos liasta entonces. El 28 
de diciembre lo depusieron del mando supremo, obligán- 
dolo a retirarse a Curazao, i esperando que llegara a re- 
cibirse del gobierno el brigadier don Juan Manuel de Ca- 
jigal, a quien la s cortes española s hablan nombrado capitán 
jeneral de Venezuela. Mientras tanto, los realistas que- 
daron mandados i)or diveisos jefes en toda la estension 
del territorio. Boves i Rosette. en el sur, arrastraban con- 
sigo a los llaneros, mientras Puy, Yañez i Palomo man- 
tenían la guei-ra en el occidente. Todos éstos eran hombres 
de bajá estraccion, manchados con crímenes horribles, 
(jue hacían la guerra con gran vigor, pero con una cruel- 
dad injustificable. Algunos de esos caudillos llevaban mar- 
cas de fierro jjara marcar con fuego en la frente a los 
pocos prisioneros a (juienes perdonaban la vida. Los jefes 
españoles que tenían sentimientos mas humanos, fueron 
impotentes para reprimir el furor de sus subalternos. 

La guerra se mantenía con un ardor estraordinario. 
En ninguno de los estados americanos la lucha de la in- 
dependencia fué mas porfiada i tenaz, ni se señaló por ma- 
yores atrocidades. Bolívar desplegó el jénio de un gran 
jeneral; i no solo supo batir al enemigo en repetidas ba- 
tallas, snio que dominó a los mismos revolucionarios, lo- 
grando atraerse a Marino, para reunir sus fuerzas í dar 
un impulso mas poderoso a las operaciones militares. La 
campaña de 1814 se abrió bajo auspicios favorables para 
los independientes. Las divisiones del ejército de Bolívar 
alcanzaron señaladas victorias sobre los cuerpos realistas 
en el occidente i en el sur de Venezuela. 

Hasta entonces, el decreto de guerra a muerte habia 
sido para los realistas ima simple amenaza fuera del 
cam])0 de batalla. Bolívar i otros jefes hablan fusilado a 
algunos, particularmente después de los combates, pero 
(iasi siempre la pena habia recaído en hond)res mancha- 
dos con otios delitos. En Caracas i en la Guaira conser- 
vaba cerca de ochocientos prisioneros españoles; i éstos, 
poniéndose de acuerdo con los realistas refujiados en las 
islas vecinas, pre})arabanuna vasta conspiración. Eolívar 
no quiso tolerar este último acto. Los jefes que dirijian 
la campaña contra los independientes no perdonaban un 
solo prisionero, de modo (]ue no había una verdadera 
retaliación. Ahora las cosas cambiaron de aspecto. Desde 
el 12 de febrero (1814), el coronel don Juan Bautista 
Arizniendi, (]ue gol)ernaba en í'arácas, dio principio, de 



PARTE IV.— CAPÍTULO YI 297 



órdeii del Libertador, a las ej(»ciieioiies militares que lle- 
varon al patíbulo mas de ochocientos españoles i cnnarios. 
Este hecho terrible, considerado por los enemigos de Bo- 
lívar como una inútil atrocidad, i por sus parciales como 
una necesidad de la situación, no puede ser juzgado seguii 
los principios absolutos de moral, sino en vista de los 
antecedentes que le dieron oi'íjen, i que hasta cierto punto 
lo justifican. El mismo Libertador ha hecho su defensa 
en un manifiesto justamente célebre por su elocuencia 
i por la elevación de miras. 

Bolívar se hallaba entonces situado en 1m aldea de 
San Mateo, entre el ])uebl() de la A'ictorin i el lago de 
Valencia, i allí liabia atrincheriido un cuerpo de 1,800 
hombres para cerrar á Boves el camino de la capital. 
Desde el 25 de feln'ero, el jefe español comenzó sus ata- 
ques a las líneas de los independientes. Estos desplegaron 
en la defensa un valor heroico, i rechazaron victoriosa- 
mente todos los ataques de los realistas. Lno de esos 
combates (25 de marzo) es memorable por un acto de 
heroismo digno de los mejores tiempos de Esparta i de 
Roma. Las municiones de los independientes estaban 
colocadas a cierta distancia del campamento, en las casas 
de una de las haciendas del mismo Bolívar, denominada 
el Injenio, bajo la custodia de 50 hombres que mandaba 
el capitán neo-granadino don Antonio Ricaurte. Boves 
destacó contra ese edificio una gruesa colunma, mientras 
los patriotas, embestidos por todas pajtes. veian la 
pérdida inevitable de sus municiones, sin poder impedirla. 
Kicaurte, ya (pie no podia tí'abar combate, ordenó la 
retirada de su jente. i es])eró (pie los enemigos penetra- 
sen en la casa para recojer el botin. En esos momentos 
se siente en todo el campo una espantosa esplosion: i 
el edificio i los hombres que lo ocupaban saltaron ])or 
los aires en medio de un estruendo aterrador. Ricaurte 
habia prendido fuego a los depósitos de pólvora para 
morir como un héroe. '';.(^ié hai de semejante en la his- 
toria a la muerte de Ricaurte? esclamaba Bolívar. Este 
suicidio ])ara salvar la patria, es digno de cantarse por 
un gran poeta." T^a defensa de San Mateo se prolongó 
hasta el 80 de marzo: pero Marino avanzaba de las 
provñicias orientales en ausilio de BolÍNar a la cabeza de 
3,500 soldados, i obligó a Boves a retirarse al oeste. 
después de derrotarlo en Bocachica (81 de marzo). 

El lil)ertador prosiguió la campaña en las provincias 
occidentales, i destrozó en la llanura de Carabobo el 
ejército español (pie mandaba Cajigal. Toda la artillería 
de éste, 500 fusiles. S bauderas. 4,000 caballos i un gran 
número de prisioneros cayeron en })oder de Bolívar. 

Seounda HiícoNQrisTA De Venezuela i»oi{ las ahmas 
ESPAÑOLAS.— Sin embargo, la situación de la naciente 
República se hacia cada dia mas insostenible. La res- 
tauración de Fernando VIT en el trono español parecía 



298 HIHTOKIA DE AMÉRICA 



iiu hecho coiiHuniMclo; i todo hacia presiiniir que en breve 
recibii'iaii considerables refuerzos los realistas de Vene- 
zuela, mientras (]ue este pais suíria las funestas conse- 
cuencias de una guerra cruel. EIn medio de esas confusas 
alternativas de victorias i de derrotas, aun los mas pa- 
cíficos de entre sus habitantes, así como las nmjeres i los 
niños, se hablan visto forzados a seguir a los ejércitos, 
ya por(]ue algunos jefes españoles los obligaban a ello 
bajo pena de la vida, ya porque voluntariamente mar- 
chaban detras de los ejércitos patriotas para sustraerse 
a la saña de sus enemigos, que en su desapiadado furor 
no perdonaban sexo ni edad. Este jénero de guerra habia 
producido la paralización de la industria, ocasionada 
y)or la falta de brazos. La masa de la población, víctima 
del terror i cansada con los sufrimientos, parecía dis- 
puesta en favor de un orden de cosas que ofreciera mayor 
estabilidad; i, como eni natural, muchos creian que se 
alcanzarían estas ventajas con el restablecimiento del 
antiguo réjimen, que durante tantos años habia asegu- 
rado una paz inalterable. Los síntomas de este principio 
de reacción se hicieron sentir en breve. En el ejército de 
Bolívar habia comenzado a notarse una considerable 
deserción que fué neccsaiio reprimir con gran severidad. 

A princi|)ios de junio (1<S14), Boves. cuyo ejército 
hacen subir los historiadores a (S,00() hombres, movió 
sus tropas con dirección a Caracas. Marino se adelantó 
al sur c(jn el [)rop6sit() de cerrarle el paso, i fué a acam- 
par en el sitio denominado la Puerta. Allí se le reunió 
Bolívaí-, el L") de junio, en el momento mismo en que se 
avistaba Boves con todo el grueso de sus tropas. Los 
independientes, con solo un tercio de las tropas que 
tenian los realistas, se batieion con todo denuedo; pero 
fueron completamente derrotados, con pérdida de sus 
cañones i municiones i 1,000 hombres muertos en la 
batalla o fusilados después de la derrota. Bolívar i Ma- 
rino se sahaiou r<4iráudose precipitadamente hacia 
(-arácas. 

Boves m;n*chó prontamente sobre Valencin i le puso 
sitio. Los])atriotas resistieíou heroicamente; pero Cajigal. 
( eballos i otros jefes españoles, ipie llegaban de las pro- 
vhicias del occidente con sus ti-opas, se rí'unieron cou 
Boves en los alrededores de Valencia (4 de julio) i esti-e- 
charou el sitio. Los patriotas se vieron obligados a 
capitular, l^n una misa que se celebró delante de los dos 
ejércitos, los españoles ])rometieron respetar las vidas i 
las propiedades de los vencidos (10 de julio de 1814), i 
éstos de])U8Íeron las armas. La capitulación fué violada 
por Boves i por sus oficiales a pesar de las órdenes 
del j enera I en jefe. 

(■ai-ácas habia caido también cu podei' de los españo- 
les. Después de la derrota de la Puerta, Bolívar habia 
esperado organizar la resistencia en la capital, ]>ero lueg(j 



PARTE IV. -CAPITULO VI 299 



desistió de este proyecto i dispuso la retirada a la rejioii 
del oriente eon el resto de sus tropas (6 de julio). Des- 
graciadaineiite. los soldados de Bolívar fuerojí seguidos 
por masas de jente inerme e inútil, (jue embarazaba las 
operaciones militares. Las primeras partidas del ejército 
español entraron a Caracas el JS de julio. Poco después 
llegó Boves, i a pesar de liabei* ofrecido indulto a los 
patriotas, éstos fueron castigados con singular Ferocidad, 
i de ordinario con el último suplicio. Cajigal, no pudiendo 
reprimir los malos instintos de sus subalternos, se lialña 
retirado algunos dias antes a Puerto-Cabello. 

No era difícil ver que se acercaba el íin de la campaña. 
El jeneral ])atriota Urdaneta, aunque tenazmente perse- 
guido poi- una división del ejército realista, se retiró con 
cerca de 1,000 liombres hasta penetrar en Nueva Gra- 
nada. La marcha de Bolívar fué mucho mas azarosa: 
perseguido por Morales, que habia reunido cerca de <S,000 
soldados, el Libertador fué vigorosamente atacado en la 
ciudad de Aragua, provincia de Barcelona, el 18 de agosto 
(1814): i apesar del valor que desplegaron los indepen- 
dientes, fueron obligados a retirarse en diversas direc- 
ciones. La matanza de los ])risioneros i de numerosas 
])ersonas inermes i pacíticas. se siguió al triunfo de los 
españoles. Se calcula en -I-, 700 el número de los muertos 
en aquel dia funesto. 

Después de esta derrota, todo pareció perdido pai'a 
los independientes. Bolívar se retiró a Barcelona con una 
parte de su infantería: ])eio en bieve tuvo que evacuar 
esta ciudad. En Cumaná se eudjarcó en con]])añía de Ma- 
rino, llevando consigo el dinero reunido en su retirada, 
para organizai- la resistencia en otra parte. El jefe de la 
escuadrilla, un italiano ai)ellidado Bianchi, aventurero 
ruin i codicioso, despojó desvergonzadamente a los fuji- 
tivos déla mayor parte de sus tesoros. Xo (juei'iemío 
abandonar a su ])atria sin hacer una nueva tentativa. 
Bolívar desembarcó en Carúpano (3 de setiembre), donde 
mandaban todavía los jenerales rebeldes Rivas i F*iar: 
|)ero allí se habia operado una revolución entre los mis- 
mos i)atriotas, los cuales desconocieron completamente 
la autíjridad del Libertador. Después de pasar por hu- 
íulllantes ultrajes, éste se hizo a la vehí para Carta jena. 

IjSl guerra se mantuvo todavía algún tiempo mas en 
las provincias orientales. Los últimos restos del ejército 
rev(jlucion;irio se batieron ídlí con grande heroicidad. 
En la defensa de Maturin, derrotaron completamente las 
tropas de Morales (12 de setiembre); i aun(]ue el ejército 
de Boves dispersó a los rebeldes en brica (5 de diciem- 
bre), este jefe murió de una lanzada en el combate. La 
resistenciii heroica de los patiiotas no hizo mas que en- 
furecer a los españoles i ])recipitarlo8 a mayores atroci- 
dades. A principios de 1815, solo (|U<'daban en ])ié los 
piítriotas que defendían la isla de Margarita. 



300 HISTORIA DE AMÉRICA 



Arribo de ixa KspKDinoN española mandada por ei. 
JENERAJ^ Morillo.— El gobierno de Venezuela quedó en- 
tonces sumido en el mas espantoso desorden. La auto- 
ridad de Cajigal era respetada en Puerto-Cabello, mien- 
tras que Morales, protestando (uie no reconocía los 
nombramientos que no hubieran sido íirmados por el rei, 
quedaba en realidad con el mando de las tro])as i de la ca- 
pitania jeneral. En marzo de 1815, llegó a Caracas una real 
orden ])or la cual el rei sancionaba los poderes del capitán 
jeneral. Entonces éste pasó a Caracas, i se ocupó en res- 
tablecer el orden en medio de la confusión en que habian 
dejado los negocios administrativos sus feroces i rapa- 
ces subalternos. 

En esa épocn luibia partido de España un ejército 
considerable ptira someter aquellas provincias a la anti- 
gua dominación. Fernando Vil habia reunido cerca de 
Cádiz un ejército de 10.000 hombres, cuyo mando fué 
conñado aí teniente jeneral don Pablo Moriho, hombre 
de oríjeu oscuro, elevado a este alto rango por sus ser- 
vicios en la guerra de la independencia española. Las 
instrucciones de Morillo lo autorizaban ampliamente para 
disolver las audiencias, restablecer la administración i 
gobernar según los dictados de la prudencia. 

La espedicion pacificadora arribó a la costa de Cu- 
nmná (3 de abril de 1815), donde Morales habia reunido 
5.000 hombres para atacar a los [)atriotas que defendían 
la isla de Margaiita bajo las órdenes de los jenerales 
Bermudez i Arizmendi. Morillo quiso apoderarse de cual- 
(juier modo de este último asilo de ñisurjentes: pero im- 
])Osibilitados éstos para defenderse, desistieron de todo 
pensamiento de lesistencia. Bermudez se fugó para Car- 
tajena, i Arizmendi se rindió a Morillo, que lo trató be- 
nignamente. 

El 11 de mayo de 1815, entró Morillo a Caraibas. Con- 
trájose a ponei* orden en el gobierno, manifestando en 
todo gran moderación; pero entre Morales i Cajigal, en- 
tre el malvado que habia. cometido tantos crímenes i el 
mandatario huínano i prudente. Morillo se pronunció 
por el primero, i dejó impunes sus atentados anteriores. 

Pocos (lias después se descubrieron mejor sus propó- 
sitos. El navio S¿iii Pedro, el niíis grande de los buques 
espedicionarios, se habia incendiado (21 de abril). Se 
anunció (pie con esa embarcación se habia perdido h\ 
caja militar i una gran cantidad de vestuarios i de per- 
trechos. Morillo, queriendo reparar esta pérdida, exijió 
un préstamo foizoso de 200,000 pesos a los habitantes 
de Caracas, i organizí') una junta de secuestros encargada 
de embai-gai- i de \'ender los bienes de todas las perso- 
nas comiu'ometidas en la rc^belion. Los venezolaiips cre- 
yeron que el incendio de aquel navio habia sido inten- 
cional, para dar pretesto a estas medidas con (pie los 
llamados pacificadores querían encubrir un gran roba. 



1\\RTE IV.— CAPITULO VII IM)! 



Segiin ellos, la caja militar liabia sido sustraída en Cádiz 
por lü8 jefes de la espí^dicion. Otros crejeron (pie la caja 
no había exist ido nunca, i (jue el incendio del buque ha- 
bla sido un espediente preparado en la corte misma para 
imponer contiibuciones a los venezolanos. 

I^a dominación de Morillo ofendió en breve a los 
mismos Idealistas de Venezuela. La reconquista de a (piel 
pais, como se ha visto, hal)ia sido operada por soldados 
venezolanos. Los peninsulares que acompañaban a Mo- 
rillo, infatuados por el mas injustificable orgullo, comen- 
zaron a hacer alarde de su desprecio por los soldados 
criollos. No fué difícil divisar una reacción inmediata en 
contra de los españoles. 

El jefe pacificador organizí') tribunales a su amaño, 
para juzgar los delitos políticos. En seguida confí(') el 
gobierno de Venezuela al brigadier don José Ceballos, i 
♦M se embarc(') para Santa-Marta (12 de julio), con el 
propósito de consumar la pacificación del virreinato de 
Nueva Granada. El nuevo gobernador mantuvo i des- 
arrolló el réjimen militar, conservando los consejos de 
guena permanentes, las confiscaciones de })ropiedade8 i 
la persecución de los patriotas. 

El triunfo de los lealistas quedaba consumado. Los 
revolucionarios, perseguidos en todas partes, fueron a 
reunirse (^n los campos vecinos del Orinoco, en donde or- 
ganizaron algunas guerrillas con (pie mantuvieron a los 
españoles en grande inquietud. Distinguiéronse entre 
ellos los cal)ecilla9 Saraza, Cedeño, Mr)nagas i Barreto, 
(pie estaban destinados a adquirir una gran Hombradía 
en la historia de Venezuela. 



CAPITULO Vil 

Revolución de Nueva Granada. 

|{ev()hie¡oii de (¿nito.— IJicncioii «lo Uíh juntas de (Jnrtajona i de Htinta 
Ff>.— CnmpañaH militaros on ol sur; fin do la insurreocion de Qnito. 
— Agitaciones on Xnova-(¡ifinada. — i'riinoins hostilidades entre 
Santa Marta i Cnrtajena.— Adniinistr;ieion do Nnririo;gnei'r}i eivil en 
('nndinaniaren.— Deojnnieion de la indopendeneia on Ho^otfi:ennipn- 
ims siihsift-uientos.— Seg-nnda guerní eÍTÍl.— Toma <lo tVii tnjrnji por 
Morillo.— Pncifieneion do 1;) Nnova-Onninda. 

(1S(KS-181()) 

Revolicion dio (^i'iTo.— El virreinato de Xueva-(íra- 
nada estaba gobernado eo 180H |)or el teniente jeneral 
don Antonio Amar, hombie desprovisto de ¡ntelijencia i 
de i)iestijio. La abdicación de Carlos IV i la caida del 
príncipe de la Paz, primero, i en seguida la invasión de 
España por los franceses i la elevación de ,íosé Bona- 
parte al trono, produjerou una viva njitacion en aquel 



• {02 HISTORIA DE AMERICA 



virreinato. El virrei Amar reunió en su palacio el 5 de 
netiembre de 1808 una junta de las corporaciones i de 
las personas notables de Santa Fe de Bogotá; i allí se 
acordó reconocer el gobierno pro\ isorio de España i le- 
vantai* suscriciones parn socorrerlo en la guerra contra 
los franceses. En medio de la aparente uniformidad de 
pareceres, no era difícil descubrir nllí los jérmenes de nnn 
oposición mal encnl)ierta. 

Este descontento fué maycjr todavía en la provincia 
de Quito. Gobernaba (ni ella, con el título íle presidente, 
el jeneral español don Manuel Trriez, conde Ruiz de Cas- 
tilla, funcionario de antiguo cuño i envejecido en el ser- 
vicio, <juc estimuló la lesistencin, decretando algunas 
prisiones por simples sospechns. i mandando procesar a 
varias personas sin resultado alguno. Algunos vecinos ca- 
racterizad os de Quito pre])araron un complot, i el capitán 
don Juan Salinas se encargó de su ejecución. En la no- 
che del 10 de agosto de 1809, el ])residente l'rriez fué 
apresado, i se organizó una junta gubernativa bajo la 
])residencia de don Juan Pió Montúfar, marques de Selva 
Alegre. La revolución quedó consumada en aquella 
noche sin disparar un tiro. 

Este movimiento habia sido efectuado a pretesto de 
conservar la fidelidad a Fernando AMI, fórmula que con 
maso menos sinceridud emplearon en todas partes los 
revolucionai'ios americanos, declarándose resueltos a no 
someterse a In dominación francesa, que muchos espa- 
ñoles parecian dis])uestos a reconocer. La junta decretó 
la formación de tres batallones, i comunicó su instala- 
ción a las provincias inmediatas. Solo hvs autoridades 
de Cuenca i de Cuayaípiil se negaron ;i piestarle obe- 
diencia. 

Este suceso, como debe su])Ouerse, alarmó al virrei 
Amar. Queriendo rei)rimir vigorosamente a los rel)eldes 
de Quito, despachó contra ellos al teniente coronel don 
José Dupré a la cabeza de 800 soldados de línea. Ame- 
nazada al norte por las tropas del virrei Amar, i al sur 
por las fuerzas que habia despachado el virrei del Perú, 
don Fernando de Abascal, la junta hizo salir un cuerpo 
de tropas hacia el norte, pero éste fué derrotado por las 
milicias de la provincia de Pasto, (pie permanecian fieles 
al virrei (16 de octubre de 1809). 

La noticia de este desastre puso término a la rebelión. 
La junta de Quito, creyéndose impotente para resistir, 
capituló con el presidente TJrriez, devolviéndole el mando, 
bajo la promesa de alcauzai* del virrei un completo 
olvido (le todo lo i)asado (25 de octubre). Talvez el 
presidente vacilaba sobre el cumplimiento que deberla 
dar a su })alabra, cuando llegó a Quito un cuerpo de 800 
hombres enviado por el virrei del Peni, bajo el mando 
del coronel don Manuel Arredondo, realista exaltado i 
cruel. IJrriez no vaciló va. El 4 de diciembre de 1809, 



PARTE IV.— CAPÍTULO VII -lOH 



apresó i mandó piocesar a mas de sesenta personas que 
habían tenido j)arte en la revolncion anterior. Desde 
aquel momento, la ciudad fué víctima del receloso des- 
potismo del presidente i de Ins tro])elías cometidas pol- 
los soldados del Pern. 

Del i)roce8o resultó 1m condeimcion n nnieite de los ])rin- 
ci]>íiles rebeldes, i la pena de presidio ])ñra los otros. Se 
esperaba que el virrei confirmara esta sentencia, cuando 
el 2 de ag'osto de 1<S10. algunos liombres del ¡meblo, 
normados de cncliillos, acometieron de improviso los dos 
cuarteles en (pie se hallaban los presos políticos. A pesar 
de la sorpi-esa, su corto número no les ])ermitió consuma i- 
la revolución. Morales, Salinas, (¿niio<>a i Ascásubi, miem- 
bros déla estiníí'uida junta, i veinte i cinco persímas mas 
ípie se hallaban en los cuartelf\s, fueron bárba^rainente 
asesinados. Crímenes semejantes se c()inetieron en 1 oda la 
ciudad: las tropas llet>'adas del Perú asesinaban a cnant(js 
encontraban, saqueando las casas i cometiendo [)or todas 
partes atroces desmanes. Se refiere que en aquel dia fuercm 
asesinadas ochenta personas en las calles, fuera de los 
presos déla cárcel, i que las cantidades saqueadas ascen- 
dieron a mas de .*?0(), ()()() pesos. 

Chioacion ])E las .untas di: Caiítajena i di: San^iw Fi:. 
— En aipiellos dias, el impulso revolucionario hal)ia to- 
mado gran vueloen Nueva-Granada. El virrei Amar habia 
creido calmar la irritación haciendo reconocer el consejo 
de rejencia instalado en España, i dis])oniendo la ])rision 
de aíg'unos personajes, como don Antonio Xa riño, cono- 
<-idos ])or su espíritu revolucionario. 

En Cartajena, sobre todo, la excitación habia tomado 
caracteres alai-mantés; i el gobernador de la provincia, 
don Francisco Mcrntes, marino brusco i arbitrario, liabia 
mauitV\stado su ])ro))ósito de mantener la tranquilidad 
|)or medio del terror. El cabildo de la ciudad, pretesl an- 
do sospechar que el g^obernador era adictí) a los france- 
ses, acordó, el 22 de mayo de 1<S1(), (pie, címforme a lo 
dispuesto por ana leí de indias, debían a sociarsí^ a, Montes, 
en el grobierno de la |>rovincia, dos miembros del mismo 
cabildo; pero Montes se obstinó en gobernarj^or sí mismf>, 
esperando <pie el virrei lo apoyaiia en su (Mnj)resa. El 
caV)ildo, (|ueestaba sostenido por el puel)lo i por las tro] )as, 
apresó al gobernador (14 de junio), i lo embarcó en una 
nave que salia para la Habana. Otro oficial, don Blas de 
Soria, fué colocado en su lug'ar. 

La noticia de este suceso llegó a Santa Fe en momen- 
tos mui ang'UvStiados ])ara el virrei Amar. Dos jóvenes de 
la provincia del Socorro, don .losé María Kosillo i don 
Vicente Cadenas, intcaitaron sublevar los llanos de Ca- 
sanare, pero fueron apresados en tiempo i fusilados pre- 
cipitadamente. En la provincia de Pamplona, el correjidor 
es|)añol fué depuesto ]ior el cabildo, sometido a prisión 
(4 de julio de ISlo), i reemplazado por una junta de g'o- 



ÍU)4 HISTORIA DE AMERICA 



bierno. En el pueblo del Socoito, el correjidor don José 
Valdes quiso man tener el orden ])or medio de amenazas 
i de injustificables <>()lpes de autoridíid; pero la pol)lacion 
lo atacó en un convento, en donde se liabia asilado, i lo 
obligó a rendirse n discreción (10 de julio de IHIO). El 
cabiído asumió el gobierno de la provincia, i comunicó lo 
ocurrido a la audiencia de Bogotá, recomendándole que el 
establecimiento de juntas gubernativas en cada provincia 
seria el medio mas eficaz de evitar nuevas calamidades. 

Estos diversos movimientos produjeron en Bogotá una 
grande ajitacion. El 20 de julio la irritación de los pa- 
triotas tomó un carácter alarmante. En la tarde el })uel)lo 
se agolpó en la plaza mayor pidiendo un cabildo al)ierto. 
El virrei trató de resistir a la exijencia popular; pero el 
temor de mayores males lo obligó i\ íicceder a esa soli- 
citud. 

La opinión de los patriotas, que en aquella reunión 
pedian una junta de gobierno, estaba apoyíida por mas 
de 0,000 hombres que ocui)aban la plaza. Después de 
largas discusiones, se comunicó al fin a la concurrencia 
que el virrei consentía en la organización de una junta, 
compuesta de los miembros del cabildo i de algunos ve- 
cinos. 8e acordó ademas que el virrei fuese nombrado 
presidente de la junta, quedando ésta encargada de sos- 
tener la relijion "i los derechos de Fernando VIL A las 
tres de la mañana fué instalado el nuevo gobieino. llocos 
dias después, el virrei, depuesto de su cargo de presidente 
de la junta, i tres de los oidores, fueron remitidos a Car- 
t ajena con el objeto de embaicarlos para España. Desde 
entonces, libre de toda traba, la junta pudo dai' un im- 
pulso mas serio a la revolución. 

El movimiento de Bogotá fué imitado en casi todas 
las provincias. Cartajena, Santa Marta i muchos otros 
pueblos de menor- importancia, instalaron también juntas 
gubernativas. Quito mismo, a pesar de las sangrientas 
escenas del 2 de agosto, se sintió ajitado; i el conde Ruiz 
de Castilla tuvo que aceptar la instalación de una junta 
bajo su presidencia (22 de setiembie),como el único medio 
de conservar la trancpiilidad. 

Pero la división comenzó a aparecer entre los mismos 
revolucionarios. La junta de Cartajena publicó un mani- 
fiesto en que invitaba a todas las provincias a la reunión 
de un congreso organizado bajo las bases del sistema 
federal. Este nmnifiesto esthnuló la desunión de las pro- 
vincias i de las ciudades. Se creia jeneralmente en el virrei- 
nato que la Es])aña sucumbiría en su lucha contr-a los 
franceses, i (]ne por tírnto. la indei)endencia se conseguiria 
sin disparar un tiro. Por eso, en vez de rec(xncentrar sus 
esfuerzos para sostener la revolución, los neo-granadinos 
se preocupaban ante todo de la nueva organización po- 
lítica (|ue debian dar a aquel pais, i perdían un tiempo 
precioso en cuestiones inoportunas. 



PARTE IV. — CAPÍTULO Vil H05 



No se Ilicieron esperar los resultados de este error. Las 
provincias de Panamá i de Rio-Hacha, que no habían 
aceptado la revolución, siguieron gobernadas según el 
viejo réjimen. El gobernador de Popayan, don Miguel 
Tacón, trató de disolver las juntas instaladas en su pro- 
vincia. El gobernador de Santa Marta, don Tomas Acosta, 
(iuehal)¡n quedado presidiendo la junta gubernativa, la- 
disolvió apoyándose en la fuerza armada. En la misma 
cuidad de Cartajena se hizo sentir un movimiento reaccio- 
nario que fué re])rimido en tiempo. 

Mientras tanto, habian llegado a Bogotá los represen- 
tantes de seis provincias. Las demás, halagadas con las 
ideas de federación, no habian aceptado la convocatoria 
del congreso. Esos pocos diputados se vieron obligados 
a separarse. La junta, })or su parte, notando que todas 
las provincias habian concentrado su administración in- 
terior, j>ronunciándose por el sistema federal, quiso tam- 
bién darse una constitución propia. La provincia recibió 
el nombre de estado de Cundinamarca, que debia ser 
gobernado por un presidente i dos gobernadores mientras 
durase el cautiverio de FelMiando Vil, el cual, sin embargo, 
para ser reconocido por rei, tendría que trasladarse a 
Santa Fe de Bogotá. 

Campañas aíilitares k.n el sih; fix de la insurrección 
DE QriTo.— La guerra entre patriotas i realistas comenzó 
en el sui', i dio por resultado la |)acificacion de la presi- 
dencia de Quito. En noviembre de 1 810, habia llegado a 
Guayaquil el jefe de escuadra don Joaquín de Molina, 
nombrado ][)or la rejencia española, presidente de Quito; 
i allí, ausiliado por el virrei del Perú, Abascal reunió un 
cuerpo de tropas i)ara tomar el mando. La junta de la 
capital habia formado taml)ien un ejército de 2,000 hom- 
bres, que puso bajo las órdenes de don Carlos Montúfar. 
liOS rebeldes de Quito amenazaban concluir con las tropas 
realistas, cuando Molina inició negociaciones para ganar 
tiempo a fin de engrosar sus fuerzas (febrero de 1811). 

.Mientras Molina amenazaba a los quiteños por el sur, 
en el norte los realistas de Popayan les impedían comu- 
nicarse con el gobierno revolucionario de Bogotá. Los 
pobladores del valle del Cauca se habian puesto sobre 
las armas. El coronel don Antonio Baraya, que los man- 
daba, batió a los realistas en Palacé (28 de marzo de 
1811), i los obligó a retirarse al territorio de Pasto, 
sometido entonces a la presidencia de Quito, i en seguida 
a la costa del Chocó. 

A pesar de estas ventajas, la situación de Quito era 
cada dia mas angustiada. Los patriotas parecían vacilar; 
i la junta, queriendo poner término a las incertidumbres, 
proclamó la absohita independencia del pais (11 de di- 
ciembre de 1811). Aquel estado de cosas no se mejoró 
después de esta declai'acioh. En Quito se hicieron sentir 
terribles ajitaciones: en una de ellas, el conde Ruiz de 

20 



'iO(> HISTORIA DE AMÉRICA 



Castilla, el antiguo presidente de la })rovincia, tan odiado 
por los sucesos de agosto de 1810, recibió dos heridas 
de pufial, i pereció pocos dins después (15 de junio de 
1812). 

En esa misma ópoca, las opeíacioues militrnes de los 
realistas recibieron nn ])oderoso impulso en la rejion del 
sur. El 9 de julio tomo el mando de sus tropas el ma- 
riscal de campo don Toribio Montes, que venia de España 
nombrado presidente de (iuito. Hl nuevo í>,'obernante 
alcanzó a reunir 2,000 hombres. Los quiteños fueron 
batidos en Mocha (2 de setiembre); i aplicando un severo 
castigo a los rebeldes ])ara producir el e8])anto. los ven- 
cedores |)enetra ron fU la ciudad de Quito (4 de noviem- 
bre), que habían abandonado los patriotas. 1-na división 
realista, a las órdenes de don Juan Sámano, marchó al norte 
en persecución de los patriotas, i los dispersó completa- 
mente. Sámano. siguiendo las instrucciones del piesidente 
^íontes, fusilaba a los jefes insurjentes que hacia prisio- 
nei'os. Desde fines de 1812, la insurrección do (¿uito (piedó 
completamente vencida 

A.MTACIONES INTEUIOKKS FCN NlKN A-(xlíANA DA. — La IC- 

volucion neo-granadina no estaba inquietada solo por el 
sur. En las dos estremidades de la costa del antiguo 
virreinato, las autoridades españolas eran reconocidas. 
En el oriente, Santa Marta se habia pronunciado por el 
viejo réjimen. En el occidente, l*ananiá no habia aceptado 
el cambio introducido por la revolución. Sin (embargo, 
en medio de los peligros de esta situación, los insurjentes 
I)arecian olvidados del enemigo común. 

En Nueva Granada hablan nacido las ideas de fedei-a- 
(*ion casi con el movimiento revolucionario. Las juntas 
gubernativas organizadas en las diferentes provincias, 
deseaban conservar sus prerrogiitivas de autonomía. El 
presidente de Cundínamai'ca, don .Torje Lozano, cono- 
ciendo la conveniencia de conservar ],\ unidad de fuerzas 
de la revolución, quiso organizar un est a<lo federal com- 
puesto de cuatro provincias, (^uito, Popayan, Cundina- 
marca í Cartajena. a las cuales debían unirse las otras. 

Este pensamiento fue casi jeneralmente acej)tado. Pero 
entonces surjió un nuevo embarazo. Don Antonio Nariño, 
d activo rcvohicionario de 1794, se habia declarado de 
tiempo atrás enemigo decidido del sistema federal. Los 
ann'gos de este indujeron al ]»residenle Lozano a renun- 
ciar el poder. Xariño fue elejido en su reemplazo, i reves- 
tido de gran suma de atribuciones (19 d(» setieml)re de 
1811). 

Al mismo tieinju) iiacian en otias ]>artes nuevas com- 
plicaciones. El 11 de noviembre de 1811, estalló en 
(^artajena una ivvolucion capitaneada por don Gabriel 
Piñérez i ejecutada por el ]K)pulacho i por una parte 
considerable de la guarnición. La junta declaró por un 
bando que la provincia de Cartajena (]uedaba convertida 



t» ARTE IV. -CAPÍTULO VII 30t 



en estado soberaDo e ¡ii de pendiente del gobierno español, 
suprimió el tribunal de la inquisición i dividió los po- 
deres lejislativo, ejecutivo i judioial que habia reunido en 
sus manos. Poco tiempo después (21 de enero de 1812), 
se reunió en C^'artajeua la con vención encnrgada de formar 
el primer código constitucional. 

Primeras hostilidades entre Santa Al arta i Carta- 
JENA. — Desde que Santa Marta habia vuelto a ser some- 
tida al antiguo réjimen (22 de diciembre de 1810), se 
hicieron sentir los primeros síntomas de una guerra 
próxima, l^a junta de Cartajena dispuso que en el rio Mag- 
dalena se cobraran derechos a las mercaderías de aquella 
provincia. El gobierno de Santa Marta, usando de repre- 
salias, creó también aduanas en otros puntos del rio; i 
mas tarde cerró su navegación a los cartajeneros. Los 
realistas, hostilizados i perseguidos en otras partes del 
virreinato, acudían entonces a Santa Marta a acojerse 
bajo el amparo del gobernador espafiol; de manera que 
cuando Cartajena emprendió o|>eraciones militares en 
forma, ya el gobernador Acosta tenia recursos suficien- 
tes para sostener la guerra. 

A principios de 1812 (el 19 de febrero), arribó a Puerto- 
Bello el brigadier español don Benito Pérez, nombrado 
virrei de Nueva Granada por la rejencia de Cádiz. Des- 
pués de haber reunido en las Antillas algunos elementos 
de guerra, Pérez se instaló en Panamá, i desde allí hizo 
socorrer al gobierno de Santa Marta para ponerlo en 
estado de comenzar la campaña. Las tropas cartajeneras 
fueron batidas en las orillas del Magdalena i sus buques 
echados a pique. 

El coronel Acosta llegó a tener sobre las armas cerca 
de 1,000 hombres, pocr) disciplinados, pero valientes i 
resueltos. La convención de Cartajena, queriendo dar vi- 
gor al gobierno, dio poderes dictatoriales al doctor don 
Manuel Rodríguez Torrices, joven de 2rt años, dotado de 
intelijencia i de actividad, pero desprovisto déla pruden- 
cia que la situación exijia (19 de marzo de 1812.) 

La guerra comenzaba mal para Cartajena. Las fuerzas 
realistas de Santa Marta ocuparou muchos pueblos de 
las orillas del Magdalena, i proclamaron el restableci- 
miento del gol)ierno español. El dictador Torrices dio el 
mando de las tropas de Cartajena a un aventurero fran- 
cés, don Pedro Labatut, i le encargó la dirección de las 
operaciones militares eii el bajo Magdalena. Felizmente, 
cuando el espíritu público comenzaba a decaer, llegaron 
a aquella plaza Bolívar i otros jefes venezolanos, que 
iban huyendo de la dominación española (principios de 
octubre). Estos militares reanimaron el entusiasmo en 
Cartajena; i recibiendo el mando de algunas tropas, se 
dispusieron a marchar contra el enemigo. í^as operacio- 
nes cobraron desde luego gran vigor. 

El comandante Labatut emprendió la campaña a prin- 



•M)fi HISTORIA t)E AMÍÓHlOA 



(ripios de noviembre por la rejioii del norte; i mediante 
unn .serie de triunfos, fué ocupando diversas poblaciones. 
En seguida fué a caer sobre Santa Marta, que tomó sin 
dificultad (() de enero de 1817Í). Los defensores de esta 
l>laza la liabian abandonado pai'a buscar su salvación 
en Puerto-Bello, en donde era reconocida la autoridad 
del virrei I^érez. Bolívar, encargado de la comandancia 
del ])ueblo de Barrancas, en el alto Ma.gdalena, emin*en- 
dió sin ói'den superioi- el atacjue del fuerte de Tenerife, 
de que se apoderó el 23 de diciembre de 1<S12; i adelan- 
tándose al sur, reconquistó a Mompox, Ocaña i otros 
]>ueblos de menor impc^rtancia. 

AmiiNisTitAfiox DE NAinÑo; (írKiiuA vwu. h:s (Uindina- 
MAKCA. — PiU esta misma época, las provincias centrales 
del virreinato de Nueva-dranada eran el teatro de l;i 
guerra civil. Nariño se vio ol)ligado a capitula i- con los 
federales en Santa Rosa (80 de julio de 1812). i a acep- 
tuT la reunión de un congreso jeneral. A su vuelta a Bo- 
gotá, renunció el mando de Cundinaiüarca(19de agosto); 
pero im levantamiento pojmlar lo restableció en el inando 
con |)oder(\s dictatoriales. lOn cumplimiento del convenio 
de Santa Rosa, el 4 de octubre se reunió el congreso fe- 
deral en la ciudad de Leiva. Xariño, a su vez. convocó 
en Bogotá otra asambleíi, la cual desconoció la autori- 
dad del congreso de Leiva, i df'claró que Tundinamarca 
no entrarla en la confederación. 

La guerra civil iba a comenzar en el centro del anti- 
guo virreinato. La suerte de las arnjas fué desfavorable 
a las tropas de B(^gotá en dos combates que se empe- 
ñaron (2 i 24 de dicieudire de T.S12); ])ero al tío, éstas 
resistieron heroicamente a los federales, i los destrozaron, 
tomándoles 1,000 ])risioneros i obligarrdo a los fujitivos 
a refujiarse en Tunja (9 de enero de IHlO). Nariño celebró 
con los vencidos un tratado, por el cual Cundinamarca 
debía mantenerse independiente de la confederación. 

Mientras los insurjentes neo-granadinos ])arecian olvi- 
dados délos peligros de la situación para no pensar mas 
que en sus contiendas domésti(^as, los realistas de Santa 
Marta, poniéndose de acuerdo con una tribu de indios, 
invadieron la, ciudad (."> de marzo de 1S13), i a|>resaron 
las tro]>as j>atriotas qne la guarnecían. Entonces fué 
cuando Bolívar realizó con tanta audacia como jénio sn 
fanrosa campana sobre Venezuela, i libertó ])or entonces 
a la Nueva (íranada de ser reconquistada por los espa- 
ñoles. , 

DErj^AHAcioN ni: la inukpendkncia es B()(;ot.v: íampa- 
NAs srusjoi lENTKs.—Las ventajas alcanzadas })or Bolívar 
en Venezuela no desalentaron, sin embargo, a los realis- 
tas de Santa Marta. En mayo de 1813, llegó el mariscal 
de cami)o don Francisco Montalvo, nombrado capitán 
jeneral de Nueva (íranada por la rejencia de Cádiz. Era 
natural de la Haba-níi: i In n^jencia creía que por su na- 



PABTE IV.— liAPlTt'LU VII :J09 



cioualidad americana s^ria íácil a ér?U' ruiiHUiuar la pa- 
citieacion de todo el virreinato. Bajo sus órdenes, se con- 
tinuaron las operaciones militares con varios descalabros 
<le los insurjentes de Cartajena. 

En el interior del virreinato, el arribo del nuevo man- 
datario no produjo el resultado \(ue esperaba la rejen- 
(úa. En (-undiimmarca fué declarada solemnemente la 
independencia absoluta de España (16 de julio de 1813). 
tu mes después (íl dr agosto), la provincin de Antioquía 
hizo igual declarcM'ion. Los independientes a^nnlaron la 
primei'a moneda naciounl i enarl)olaron el pabellón de 
la naciente República. 

Nuevos peligros llamaran por entonces la atención de 
los rebeldes de Cundinamarca. El jeneral Sámano se 
liabia upoderado de Popayan (1.'' de mayo), i amena- 
zal)a marchar hasta Bogotá. Xariño no (piiso quedaj* 
en la inacción: rc^unió cerca de 11,000 hombres, i salió 
a campauM dirijieiido personalmente las operaciones. El 
■]0 de diciembre, batió a Sámano en Palacé, i pocos dias 
(.lespues recuperó a Popayan sin hallar resistencia 
ulguna: })ero, lejos de aprovechar sus triunfos para avan- 
zar hasta (^uito. estableció su cuartel jeneral en acpiella 
ciudad, perdiendo así un tiempo precioso. Montes, el pre- 
sidente de (Juito, confió el nmndo de sus tropas al je- 
neral don Melchor Aymerich, con orden de embarazar la 
marcha de los rebeldes de Nueva Granada. 

Cuando Nariño continuó la campaña (22 de marzo de 
1811), ya encontró el camino embarazado por las gue- 
rrillas enemiga*». En su marcha a Pasto, Nariño fué ba- 
tido completamente por las troj»as españolas (10 de 
mayo), i hecho prisionero pocos dias despu»^s. El presi- 
dente Montes encargó a Aymerich que hiciera fusilarlo 
inmediatamente; pero este jefe aplazó la ejecución de 
aquella orden, i consiguió así que. pasado el piimer mo- 
mento de irritación, se le perdonase la vida. Nariño, 
después de haber recorrido muchos calabozos de América, 
fué remitido preso a Cádiz, donde permuneció encerrado 
hasta 1820. 

Seíjcnda tJLEHKA TIN ij>. — El dcscalabro sufrido por el 
ejército del sur no era la única desgracia <jue por en- 
tonces amenazaba la existeJicia de la nueva Ke|)ublica. 
En medio de éste i de otros contratiempos, se supo en 
Nueva-Granada que Fernando VII habia sido repuesto 
en el trono español, i (juc podia enviar sus ejércitos 
contra los insurjentf^s de América. Hubo un momento en 
(jue se hizo sentir en la opinión publica el convencimiento 
de la impotencia; pero los caudillos de la rrvolucion se 
prepararon a resistir a todo trance. 

El peligro común sujirió a muchos patriotas el deseo 
de dar unidnd a todas las fuerzas de la Nueva-Granada 
bajo \m gobierno jeneral. Llegó a acordarse que éste 
seria federal, pero (pie las provincias (luedarian sonieti- 



310 raSTORIA DE AMÉRICA 



das, para lo8 negocios áe guerra i hacieuda. a iiu poder 
central compuesto de un congreso i de una junta ejecu- 
tiva formada por tres miembros. Parecia que todos los 
partidos iban a deponer sus odios para unirvse en un es- 
fuerzo conmn. No sucedió así. sin embargo. Alvarez, el 
presidente de Cundinamarca. se negó a aceptar todo 
pensamiento de federación. Esta obstinada negativa iba 
a ser causa de nuevas divisiones i do nuevos escándalos. 
En estas circunstancias, llegaron a Nueva-Granada 
los jenerales venezolanos Bolívar i Marino (25 de se- 
tiembre). Inmediatamente el gobierno federal conñó a 
Bolívaí' el mando de las ti-opas destinadas a asegurar 
por la fuerza la unión de Cundinamarca. Bolívar mar- 
chó sobre Bogotá a la cabeza de 8,000 hombres. Batido 
en los primeros ataques, el j)residente Alvarez se vio 
obligado a capitular, reconociendo al efe<'to el gobierno 
de la unión (12 de diciembre de 1811). 

Después de estos triunfos, Bolívar recibió del gobierno 
federal otra comisión. Debia reunir sus tropas i marchar 
sobre Santa Marta, solicitando al efecto la cooperación 
del gobierno provincial de Cartajena. P>ste, shi embargo, 
se negó terminantemente a enviarle los socorros de ar- 
mas i de soldados que habia pedido. Bolívar, olvidán- 
dose por un momento de los españoles, se puso en mar- 
cha para Cartajena con ánimo de obtener por la fuerza 
los auxilios que necesitaba (marzo de 1815). 

La exaltación de los cartajeneros no conoció límites. 
Llegaron a envenenai- las cisternas en que el ejército de 
Bolívar debia surtirse de agua, arrojando a ellas cadá- 
xeres i otras materias infectas. Las enfermedades se de- 
clararon en el camj)0 de éste haciendo grandes estragos. 
En esas circunstancias, llegó a Cartajena la noticia del 
arribo de Morillo a la isla Margarita con un cuerpo 
de tropas capaz de consumar la sumisioii de Venezuela 
i de Nueva-dranada. Bolívar prendó dejar el nnindo an- 
tes que seguir empeñado en una vergonzíjsa guerra civil 
en momentos tan supremos para la América; i creyendo 
que su presencia seria causa de mayores males, se em- 
barcó para la isla inglesa de Jamaica. 

Toma de Caktaje_\a pok Morillo.— Cartajena era con- 
siderada la primera plaza fuerte de la xVmérica del Sur, 
a lo menos del lado del Atlántico. Provista de excelen- 
tes fortificaciones, poseia grande abundancia de cañones 
i de fusiles, pero le faltaban soldados de línea. Los de- 
fensores de Cartajena, ademas, cometieron la impruden- 
cia de dejar en la plaza muchas familias, i con ellas aji- 
cianos, mujeres i niños que huian de los invasore>^ i que 
iban a ser un estorbo durante el sitio. 

Morillo, entre tanto, llegó a Santa-Marta (22 de julio. 
1815), i desde allí preparó la campaña contra Cartajena. 
Morales, el feroz caudillo de la guerra de Venezuela, mar- 
chó por tierra con la vanguardia es]>añola. cometiendo 



PARTE IV.— (JAPÍTULO Vil 311 



grandes citroeidades eu su tránsito. El jeueral en jefe so 
dirijió a la plaza hisnrjente por mar, desembarcó siiv^ 
tropas en los alrededores (20 de ago>sto) i dio principio 
íi las operaciones del sitio. 

El sitio de Car tajen a es uno de los heclios mas memo- 
rables de la revolución neo-granadina. íiOf=5 sitiados ha- 
l)ian montado sesenta i seis cañones i reunido cerca de 
3,600 soldados, en su mayor parte desprovistos <le dis- 
ciplina. Morillo, a la cabeza de tropas inui superiores en 
inimero i calidad, estableció el bloqueo por tierra i pur 
mar: i saI>iendo que l(js sitiados estaban escasos de ví- 
veres, trató de inducirlos a la rendición ])or medio de 
artiticiosas proclamas. Lín ausilio de dinero que remitia 
el gobierno federal, cayó en jíoder de los realistas. Los 
sitiados adquirieron cu breve el conveiKfimiento de que 
no podían recibir socorros ni del interior ni del esterior. 

En esos mismos instantes, la anarquía se hizo sentir en 
el recinto de la plazn 8Ítia<la. El liambre i la peste co- 
menzaron también a hacer estragos entre los defensores 
de la ciudad, i particularmente entre los ancianos i los 
niños. ÍJrau parte de la población se alimentaba con carne 
de caballos, burros, perros, gatos i hasta de ratones; pero 
eu medio de tan estremada miseria, nadie habló de ren- 
dirse a los españoles, que estaban precedidos por la fama 
de sus crueldades. Los auxilios que esperaban los rebel- 
des no pudieron llegar del interior; i las naves que remi- 
tian de Jamaica los comisionados del gobierno, tenian 
que burlar con grandes diñcultades la vijilancia de los 
cruceros españoles. Morillo, ademas, comenzó el bombar- 
deo de la plaza desde el 25 de octubre, i aun intentó 
\ arios ataques con que consiguió ventajas jjarciales, sin 
doblegar el espíritu de los cartajeiieros. La falta de ali- 
mentos produjo todos sus horribles males desde mediados 
de noviembre. Los soldados morían de hambre en sus 
puestos: las calles estaban sembradas de cadáveres o cu- 
biertas de hombres i mujeres de aspecto macilento i enfer- 
mizo. En los hospitales se hallaban amontonados los 
moribundos sin mas esi)eranza que la muerte, porque fal- 
taban las medicinas i los víveres. A principios de diciem- 
bre, el número de las personas muertas cada día de ham- 
bre i de miseria, llegó a trescientas: se calcula que un 
tercio de población pereció de esta manera. A pesar de 
todo, los cartajeneros prolongaron la defensa de la plaza 
con un heroísmo de (jue liai pocos ejemplos en la historia: 
i cuando conocieron que no podían resistii- por mas tiempo 
.al enemigo, se prepararon a evacuarla. En la noche del 5 
de diciembre de 181 o, reducidos apoco mas de dos mil 
personas, se embarcaron en trece buques, que se alejaron 
con gran peligro de aquel sitio de dolor i desolación. Los 
españoles desde sus baterías i sus naves, hicieron todavía 
grandes males a los fujitÍA os; i el hambre i las enferme- 
dades duraute la navegación, continuar<jn su obra de 



312 H18TOBIA DE AMÉRICA 



esterminio. Solo 600 hombres encontraron un asilo en la 
Re])iiV)lk*a de Haití. Así terminó aquel sitio memorable. 
des])ues ile eiento odio dias de resistencia, (^ue costaba n 
los españoles la pérdida de cerca de 8,000 liondjres. El 
rei premió la conducta de Morillo dándole el título de 
conde de Cartajena. 

La ocupación de la ciudad fué seguida de las mas atro- 
ces venganzas. El jeneral Morales, que mandaba la van- 
guardia española, promulgó un bando ofreciendo indulto 
a todos los insurjentes (pie se j)resen tasen voluntaria- 
mente: i luego hizo degollaj- en la rit)era del nuir a los 
ancianos, mujeres i niños, en número <le cuatrocientas 
personas, que hablan creido en la shiceridad desús pro- 
mesas, l^os fujitivos de ('artíijena (pie cayeron prisione- 
ros en otros ])unto8, corrieron una suerte uléntica. de tal 
modo que las primeras operaciones df^l ejército pacitica- 
dor en la Nueva Granada fueron marcadas por arroyos 
de sangre, (|Ue iban a convertirse en breve en verdaderos 
torrentes. 

PAriFiCACioN UE i.A Ni EVA Gkanada.— La toma de Car- 
tajena por Morillo fué un rudo golpe para la revolución 
neb-granadina. Poco después comenzaron" a llegar por el 
lado del oriente de la Nueva Granada las divisiones del 
ejército que acababan de someter a Venezuela. El gobierno 
jeneral se alarmó seriamente «d saber Ic^s ju-ogresos de 
los realistas. Creyendo (pie la junta no poseia la sutíciente 
unidad de acción para rechazar al enemigo, acordó re- 
concentrar el poder en una sola mano, i elijió al doctor 
don Camilo Torres para el cargo de jefe supi-emo del 
estado, i lo invistió (le facultades estraordinarias para 
tratar con el enemigo. 

Pero ya era demasiado tarde jjara impedir la ruüía de 
la revolución. Los independientes no puciieron reunir los 
recursos necesarios para rechazar a los invasores. Después 
de muchas victorias mas o menos importantes, una di- 
Aision realista que mandaba Calzada habría j^odido llegar 
hasta Santa Fe de Bogotá; pero Morillo, que quería que 
tocase a un ofícial de su espedicion el honor de ocupar la 
capital del virreinato, dispuso que aquél demorase su 
marcha hasta que se le reuniese el coronel español don 
Miguel La-Torre. 

l^as armas insurjentes no eran mas felices en otros 
puntos. Una columna realista que snlió de Cartajena, 
invadió la provincia de Chocó, i después de Aarios com- 
bates ocupó a Popayan (fines de junio de 1810). i se 
puso en comunicación con los realistas de (¿uito. (ju*' 
liabian avanzado victoriosos por el sur ])ara consumar 
la paciticacion del virreinato. 

En esa época, ya los españoles gobernaban tran(iuila- 
mente en la capital. El o de mayo los jefes patriotas 
evacuaron la ciudad, conduciendo un cuerpo de tropas, 
que en breve comenzó a dispersarse. La-Torre entró a 



PARTE IV.— CAPÍTULO VII 313 

Bogotá el dia siguiente, ofreciendo indulto a los patriotas 
que depusieran las armas i que volvieran a sus oeupa- 
(^ioiies habituales. La población comenzaba a acojerse n 
aquel indulto, cuando llego Morillo a la caj)ital (2G de 
mayo). 

Después de la ocupación de Cartaieiia, i de haber dis- 
puesto el fusilamiento del jeiieral [>atnota Castillo i de 
ios mas imjjortantes |>risioneros, Morillo se Iiabia dirijido 
a Mompox, a orillas del Magdalena, en marcha para la 
capital. Allí hizo ahorcaí' a otros patriotas, lle\'ando su 
furor hasta liacer decapitar el cadáver del teniente <*o- 
ronel don Fernando ('arábanos, qiw falleció en un caki- 
bozo momeiitos antes de la ejecución. Sus subalternos 
repitieron estos actos en otros puntos. Las cárceles se hi- 
cieron estrechas ])ara encerrar los presos, i fué necesario 
habilitar al efecto dos conventos. Morillo pasaba el 
dia entero ocupado en leer los documentos oticiales del 
gobierno revolucionario, para rastrear (m ellos la culpa- 
bilidad de los insurjeutes. 

Para desembarazarse de a(piellos (jñciales (pie se ha- 
blan manifestado dis[)ue8tos a seguir una política c(m- 
ciliadora. Morillo hizo Sfdh- de la capital, con comisiones 
militares, a los coroneles Calzada i La-Torre. Ln seguida 
anuló el indulto promulgado por el segundo, i publicó 
otro tan lleno de restricciones, que todos los pati-iotas 
se consideraron escluidos de él. Entonces organizó un 
consejo de guerra permanente encargado de juzgar a los 
autores de la revolución. Al mismo tiempo creó un con- 
sejo de purihcacion. tribunal encargado de juzgar a los 
patriotas que no merecían pena ca|)ital. i a los que que- 
rían justificar su conducta por haber desempeñado cargos 
públicos durante la revolución. Entonces también se creó 
la junta de secuestros, encargada de confiscar para el 
real tesoro los bienes de los patriotas. Desde luego, que- 
daron embargados todos los que pertenecian a los nu- 
merosos presos que se hallaban eiu^errados en las cárceles, 
i a los revolucionarios ([Ue andaban fujitivos. 

El 5 de junio de 181G, se consumó en Bogotá la })ri- 
mera ejecución caidtal. El pueblo vio luego reno\'arse los 
espectáculos de este jéiiero. Hombres distinguidos por 
su probidad i por su patriotismo, que hablan ocupado la 
primera majistratura, fueron ejecutados como traidores 
al rei. Don Francisco José Caldas, el célebre matemático, 
astrónomo i naturalista de Bogotá, (juizá la primera 
ilustración eientífica de la América española, fué fusilado 
el 30 de octubre de 181(3, porque habia servicio de inje- 
niero a una de las divisiones del ejército independiente. 
Estas ejecuciones iban acompañadas de cii-cunst anclas 
atroces. Se trasladaba a las víctimas al pueblo de su na- 
cimiento j)ara aumentar las angustias de sus familias. 
En poco tiempo. Morillo habia hecho fusilar 125 hom- 
bres notables, haciendo alarde de estas atrocidades. "Si 



.'U4 HISTORIA DE AMÉRICA 



el rei quiere sostener estas [)ruv iiieias, decia a su gobierno 
el jeneral paciñcador, debe uiaudar que se tomen las 
mismas medidas que se emplearon en los tiempos de la 
conquista." La inquisición fué restablecida; i ese tribu- 
nal se estreno en sus funciones liaciendo quemar piíblica- 
mente todos los libros que no estaban escritos en es}>a- 
uol o en latin. poi- contenei', decia, principios impíos i 
lieréticos. ¡A tanto llegaba la ignorancia de los jefes es- 
pañoles i de sus ajentesl En las provincias se repitieron 
los mismos horrores. 

í*or tín, Morillo salió de Bogotá en viaje para Vene- 
zuela (20 de noviembre): pero dejcj en el gobierno de la 
capital al brigadier Hámano, a quien Fernando \'lí con- 
cedió poco después el título de vii'rei de Nueva Granuda. 
Durante la administración de éste, fué restablecida la 
audieuí'ia (27 de mayo de 1S17) i proumlgado un in- 
dulto (jue <d)i'ió las puertas d»» las cárceles a muchos 
presos que jemian en ellas por el delito de patriotismo 
(18 de junio); pero se repitieron las ejecuciones capitales 
¡ se mantuvo en pié el réjimeu del nms rudo despotismo. 
El 1-1: de noviembre fué fusilada por la espalda en la plaza 
de Bogotá, una joven llamada l*olicarpa Salabarrieta, 
porque liabia preparado la fuga de algunos ])atriotas 
condenados a servir en el ejército realista. 

Al terminar el año de ISIG, toda la Nueva Granada 
quedaba sometida a la dominación española. Los paci- 
ñcadores creian terminada su obia; pero en los llanos de 
Casanare comenzaron a aparecer guerrillas patriotas qut^ 
miintuvieroM la lucha en los momentos en que todo [)a- 
recia perdido. Esta tenacidad incontiastable de los revo- 
lucionarios americanos, íjuc los hacia superiores a todos 
los sacrificios i a todos los desastres, tenacidad heroica 
de que la historia presenta pocos ejemplos tan brillantes, 
es el carácter distintÍAO de ese gran movimiento, i debia 
asegurarle su completo triunfo. 



PABTETV.— CAPÍTUtiO VIH 315 



CAPITULO VIH 



Revolución de las provincias aij entinas. 

\^\ vijrei Hidcilgu <lt' UiBiitíios.— Siililevacioii de (Jtiáivas i de la Faz.— 
RfVoIiUMMii del 2.1 de tiia.vü do 1810; instalación de una junta d»- 
g-ubieruo.— Primeras campañas en el Alto Perú, en el Parag'uai i en 
la Banda Oriental.— DiHcnsiones civiieH en Buenos Aires. — Derrota de 
Hnaijui; el primar triunvirato.— Alto Perú; «'anipaña de Sarrateu 
en la Banda Oriental. —Victoria de Salta; derrotas de Belgrano en 
el Alto Perú.— Caíiipaña de la Fiandíi Oriental; n/ndieiou de Mon- 
levideo. — Crítica situación de la revol^uciou arjentina; azares de la 
campaña del Alto Perú. — El din^ctoi' Al\ arePí; derrota de 8i|)*»-Sii)e. 
--(.'on^n-so <Ir 'rn<iiioa!i: dtMJaracioii <!•• I;:i iii<l<,'pon(]fTirÍM. 

( ISOS ISJtJ) 

El vjKHEi HiUAJjio DE Ci8iNEKos.~-Ei vinvíiiatu de 
Buenos Aires estaba g<>l>ernado eu Í80S por el héroe de 
la ludia contra los injileses, don Santiago Liniers (1). 
('arlos IV. en premio de sus importantes servicios, lo 
dejó en el cargo de virrei que el pueblo le habia conñado. 
i le concedió el título de conde de Buenos Aires. Al saber 
los sucesos ocurridos eu España en aquel año, los espa- 
ñoles temieron que Liniers, como francés de nacimiento. 
se dejase arrastrar en favor de los invasores de la pv'- 
níüsula. Liniers, a pesar de todas las descontianzas a que 
su nacionalidad habia dado oríjen. hizo la jura del re¡ 
Fernando Vil el 21 de agosto (íe 1808. 

Ijci plaza de Montevideo estaba mandada por el coro- 
nel español don Francisco Javier Elío. hombre altanero 
i atrabiliaiio que no podia perdonar a Liniers su rápida 
i merecida elevación. Habiendo llegado a aquella ciudad 
el brigadier don Manuel José Goyeneche con el título de 
comisario de la junta de gobierno instalada en He villa, 
Elío le hizo entender que Liniers abrigaba simpatías di 
simuladas ]3or los franceses i que habia hecho una favo- 
rable acojida a un emisario de Napoleón. Goyeneche 
aceptó el pensamiento de Elío de formar en Montevideo 
una junta de gobierno independiente déla autoridad del 
virrei. La junta fué instalada el 24 de setiembre. 

Aquel movimiento efectuado con el propósito de ser- 
\ ir a la causa real, sirvió de estímulo a la revolución de 
la independencia. Elío manifestaba un gian desprecio 
por los americanos: i Goyeneche. aunque americano 
nacido en Arequipa, venia de España imbuido en las 
mismas ideas. Los patriotas de Buenos Aires, por su parte, 
>^eguros de su }n'opio valer, estallan dispuestos a inter- 

(1) Néase el cap. 111; § 10 i 11 de esta nnsma parte. 



316 HISTORIA DE AMÉRK'A 



venir en la administración del virreinato. Existían, pues, 
dos partidos, el español que estaba apoyado por Elío i 
la junta de Montevideo; i el anierieano, que eai)itaiieabaii 
aIj2;unos hombres notables por su intelijeneia i resolución. 
^ Los españoles, a cuya cabeza estaba don Martin de 
Alzaga. aquel alcalde que tanto se habia distinguido en 
la defensa de Buenos Aires en 1807, quisieron nada mo- 
nos que deponer ;il virrei i foi'mar una jimtu de golúerno 
que i'epreseiitase decididamente sus intereses. En efecto, 
el 1.*^ de enero de 1809 se pn^sentaron algunos cuerpos 
de troi)as en In plaza mayor de Buenos Aires pidiendo 
a gritos la deposición de Liniers. El cabildo, en donde 
los españoles tenian uuiyoría. |)a8Ó al palacio a intimar 
a Liniers que dejara el mando. El obisjx) Lne i el alcalde 
Alzaga dii-ijian d movimiento. El virrei, creyéndose im- 
potente para resistir, ofreció su dimisión; pero los pa- 
ti'iotas reunieron los cuerpos de milicias i acudieron <'on 
ellos a la plaza. Ino de los comandantes, don Cornelir» 
Saavedra, anunció al virrei que las tropas estaban deci- 
didas a sostenerlo. La revolución quedó desconcertada: 
Liniers mandó disolver la reunión de los facciosos, apresó 
a Alzaga i a cuatro de los miembros del cabildo, i los 
desterró al puerto de Patagones. 

Elío, ;ü saber lo ocurrido, mandó desde Montevideo 
un buque de guerra a Patagones para sacar los presos, 
i esperó conñado la resolución del gobierno de la jienín- 
sula. En efecto, la junta que gobernaba en España, pre- 
dispuesta contra Liniers por los informes de Elío, confió 
el mando del virreinato al teniente jeneral de marina don 
Baltasar Hidalgo de Cisneros. El nuevo virrei llegó a 
Montevideo a piincipios de julio de 1809. Temia que Li- 
niers se negara a reconocerlo en su rango. Contra las 
esperanzas i los consejos de los patriotas, éste entregó 
dócilmente el mando a su sucesor. 

Sublevación de Charcas i de la Paz.— En esa época, 
la revolución habia estallado en las provincias mas apar- 
tadas del virreinato. La presidencia de Charcas se hallaba 
gobernada por el teniente jeneral don Ramón García 
León de Pizarro. cuando se hicieron sentir en ella aío- 
lentas aj ilaciones producidas por las noticias de España, 
que los patriotas esj)lotaban en contra de la autoridad 
real. El presidente, deseando evitar mayores embarazos, 
ordenó, el 25 de mayo de 1809, la prisión de los docto- 
res don Manuel i don Jaime Zudáñez, que hacían cabeza 
entre los ajit adores. 

El pueblo de Charcas no quiso tolerar este golpe de 
autoridad. El mismo día 25 de mayo, atacó el palacio 
del presidente, arrollando la guardia después de una hora 
de lucha. El jeneral Pizarro fué reducido a prisión. En 
su reemplazo, se confío el gobierno civil al oidor decano 
de la real audiencia, i el militar lú coronel don Juan An- 
tonio Ah^arez de Arenales. Los revolucionarios hablan 



Í»AR1*E IV.— CAPÍTULO VIH íH t 



consumado aijuel inoviiuiento en noiubre de Fernando 
VII; pero en realidad abrigaban el ])ensaniiento de h\ 
eniaiicipacioo, l)ajo la forma de qne no querían some- 
terse a los franceses dominadores en la península, a quie- 
nes las autoridades |)odian rendir acatamiento. 

La revolución de Charcas fué secundada en la Paz. El 
vecindario de esta ciudad deimso a las autoridades espa- 
ñolas, formó una jvmta de gobierno compuesta de revo- 
lucionarios audaces, i organizó una columna de tropas 
para sostener los principios que proclamaba. 

La noticia de esta revolución voló con gran rapidez. 
Ln Buenos Aires, el virrei Cisneros equi})ó apresurada- 
mente una columna de 1 ,000 hombres, que hizo marchar 
sobre CluKjuisaca a las órdenes del jeneral Nieto. El vi- 
rrei del Pern. don .José Fernando de Ábascal, no desplegó 
menor- celo para reprimir la insurrección. 1 labia nom- 
brado al jeneral Goyeneche presidente interino del Cuzco: 
i a éste le dio encargo de (jue leuniera todas las milicias 
de las provincias del interior del Perú i marchase sobre 
los rebeldes de la Paz. (loyeneche formó un ejército de 
5,000 hombres con que se puso en marcha para el sur. 
Luego se hicieron sentii- los primeros síntomas de reac- 
ción en la ciudad de la Paz. La junta se disolvió, i en 
su lugar tomó el mando don Pedro Domingo Morillo, 
osado revolucionario que esperó resueltamente a Goye- 
neche en las inmediaciones de la l*az. La batalla tuvo 
lugar el 25 de octubre de 1800: ¡ cu ella' alcanzaron la 
victoria las ti'opas del virrei. A los triunfos de (íoyene- 
che se siguieron los castigos. Hasta marzo de 1810, fue- 
ron condenados ochenta i seis individuos, unos ala horca, 
otros a garrote i los mas a pi'esidio o a destierro, ])ero 
todos sufrieron la confiscación de bienes. 

Mientras tanto, el jeneral Nieto i)enetraba hasta el 
Alto Perú sin hallar resistencia, ¡ el 21 de diciembre de 
1809 ocupaba la ciudad de Chucpiisaca. Los revolucio- 
narios se rindieron sin combatir'. Los ven(*edores se ma- 
nifestaron mrrcho mas induljentes «^n la piovincia <le 
Charcas. 

Revoltcion dkl 25 de mayo de 1810: instalación 
f)E iNA .M NTA i>E (¡omERNO.— A mcdlados de mayo de 
1810, llegó al Rio de la Plata una noticia que debia ser 
fatal a la dominación española. La junta central i\ne 
gobernaba, en la ])enínsula desde Sevilla, habla sido di- 
suelta: los ejércitos franceses hal)ian penetrado en las 
Andalucías i parecían dispuestos a consumar la sunrision 
completa de España. El virrei Cisneros, conociéndola 
hnpresionqire esa noticia ha bia producido en Buenos Aires, 
creyó conveniente excitar la fidelidad de sus gobernados 
por medio de una ])]'oclam;í que hizo circular el 18 de 
aquel mes. 

El pueblo arjentinonooyó los consejos del virrei. Se creia 
qne eí gobierno español habia dejado de existir, i que las 



818 HISTORIA DE AMÍCRICA 



autoridades del virreinato estMban dispuestas a. someterse 
al rei intruso. Los patriotas hablarían en sus reuniones 
de la necesidad de formar una junta encargada de tomar 
el gobierno, i arrancaron a Cisneros el jiermiso de cele- 
brar una asamblea en que se tratara de lo que debia ha- 
cerse en aquellos mcmientos. Fue inútil que fl virrei so- 
licitara el apoyo de los comandantes de los cuerpos que 
formaban la guarnición de Buenos Aires. El comandante 
don Cornelio Saavedra le declar(5 francamente que, ha- 
biendo caducado el gobierno español, el pueblo debia pro- 
veer a su propia seguridad (20 de mavo). 

F^asáronse cuatro dias en constantes ajitaciones i tra- 
bajos para zanjar las difícultades de la situación. El 
partido español comprendió fá<íilmente que no era |)08i- 
ble conservar a Cisneros en el mando del virreinato, i 
quiso transijir con In opinión asociándole algunos pa- 
triotas; pero el pueblo no aceptó nada de esto. Aquella 
situación iba a resolverse el 25 de mayo. El cabildo se 
reunió muí temprano para discutir lo que convenia hacer 
en aquellos momentos. El pueblo se agolpó a las puertas 
de la sala capitular pidiendo a voces la instalación de 
una junta de gobierno en que no tuviera participación 
el virrei Cisneros. Los comandantes de las tropas decla- 
raron que era imposible contener la ajitacion por otro 
medio que no fuera accediendo a la solicitud del pueblo. 
El mismo virrei, notificado de lo que pasaba en la cuidad, 
consintió en abandonar eV mando para evitar peligrosas 
conmociones. Talvez el cabildo habria vacilado todavía: 
pero el pueblo invadió de nuevo el lugar de sus sesiones, 
i allí pidió la instalación de una junta presidida por el 
comandante Saavedra, i compuesta de seis miembros mas. 
El cabildo se vio forzado a proclamar la junta que se 
le proponía, como gobernadora del virreinato durante p1 
cautiverio de Fernando VTI. A pesar de esta fórmula, 
usada, como ya< se ha visto, en todas las colonias ame- 
ricianas, la revolución del 25 de mayo delHIO márcala 
época de la cesación del gobierno español i el nacimiento 
de la República en las provincias del Plata. 

Phtmeras campanas en el Alto PeiíLjEN elParaíjiai 
j E\ LA Banda Oriental.— Los defensores del réjimen 
español no se dejaron engañar con esas apariencias de 
fidelidad. Impotentes en la (tapital i en las ])iovincias 
centrales, en donde la íiutoridad de la jimta habi^^ sido 
reconocida, contaban en caml)io con ])oderos()8 elementos 
de resistencia en las provincias del Alto Perú, en el T^a 
raguai i en la Banda Oriental del rio de la Plata. 

A mediados de julio, salió a canq^aña con dirección a 
las provincias del norte, una división de 1,200 hombres 
bajo el mando del coronel don Francisco Antonio Ortiz 
de Ocampo, como jeneral en jefe, i del coronel don Anto- 
nio González Balcarce, como jefe de estado mayor. En 
Córdoba el gobernador intendente don Juan de la'Concha, 



Í>ARl^E 1^.— CAPITULO VIH :Í10 



habia desconocido las nuevay autoridades i se habia pre- 
parado a coml)atirlas. Conchn i los suyos fueron alcan- 
zados por Balcarce i tomados prisioneros (7 de agosto). 
Cinco de estos, i entre ellos el jeneral Ijiniers, el héroe de 
la lucha contra los ingleses, fueron fusilados en el sitio 
denominado Cabeza del Tigre, en la provincia de Cór- 
doba. Los (^audillos de la revolución arjentina hablan 
decretado la ejecución de aquellos prisioneros para des- 
lindar claramente la situación, haciendo imposible todo 
avenimiento. El obispo Orellana, de Córdoba, que habia 
estimulado aquella resistencia, debió la vida al respeto 
(jue inspiraba su carácter sacerdotal. 

Las tropas arjentinas siguieron sn marcha al Alto 
Perú, en donde los gobernad oi*es españoles, instigados 
por Goyeneche, el feroz presidente del Cuzco, cometían 
inauditas vejaciones. Balcarce se adelantó hasta Cota- 
gaita. ])ero fu<' rechazado después de cuatro horas de 
combate (27 de octubre). Los arjentinos se rehicieron en 
Suipacha. i allí alcanzaron una espléndida victoria (7 de 
uoviembre). El presidente de Charcas, Nieto, el intendente 
de Potosí, Hanz, i el coronel Córdoba se rindieron a dis- 
creción, i fueron fusilados en la plaza de Potosí. El triunfo 
de la revolución parecía asegurado en las provincias del 
norte. 

En esa época, otro cuerjx) de tropas arjentinas operaba 
en el Paraguai con menos fortuna para la causa de la 
revolución; pero aquella provincia se segregó en breve de 
toda ol)ediencia a la metrópoli, privando asía los realis- 
tas de los recursos que pudo prestarles (1). 

La revolución aijentina tenia enemigos mas inmediatos 
i temibles en la Banda Oriental del Uruguái. Cna asam- 
f>lea popular convocada por el cabildo de Montevideo, 
liabia desconocido la autoridad de la junta gubernativa 
de Buenos Aires (junio de 1810), (juedando interrumpi- 
das las relaciones entre una i otra banda del rio de la 
Plata (18 de agosto). 

La Banda Oriental «[uedó así segregada de la revolu- 
ción arjentina. El consejo de rejencia de España, tan 
incapaz de dirijir los negocios de Amérira c(^mo lo hablan 
sido los reyes, al saber la instalación de la junta de 
Bu'nos Aires, habia nombrado \'irrei al jeneral don 
Francisco Javier Elío, hondire detestado en las provin- 
cias arjentinas ]K)r sus principios al>solutista.i]»orsu alta- 
nero desprecio hacia los americanos. Como la junta gu- 
bernativa no quisiese reconocerlo, Elío declaró la guerra 
(12 defebrero de 1811), lanzando proclamas jactanciosas 
en que llamaba traidores a los gobernantes de Buenos 
Aires i a todos los <iue los sostuvi^'i-au. 



{ l) Véawe Iji historia de la revoliKÍon ilt»l f^ai'agiiai en el capítiil< 
XVI de. esta misma parte. 



^20 HISTORIA DE AMfORldA 



Pero entonces asomaba la revolución en el territorio 
del llruguai. El 28 de fel)rero las milicias que guarnecían 
el pequeño pueblo de Mercedes, se sublevaron reconociendo 
la autoridad de la junta de Buenos Aires, i en pocos 
dias mas la insurrección cundió en casi toda la provincia. 
El jeneral don Manuel Belgrano fué comisionado por el 
gobierno arjentino para dirijir las operaciones militares 
contra Montevideo; i pudo reunir en efecto im ejército de 
mas de 1,000 hombres de todas armas. Los realistas. 
des})ues de sufrir una derrota en el j)ueblo de San José 
(25 de abril), se reconcentraron en Montevideo. Bel- 
grano marchó contra aíjuella (andad, pero antes de acer- 
carse a sus fortificaciones, fué separado del mando del 
ejército de operaciones (2 de mayo). La campaña no se 
paralizó por esto: los patriotas, bajo las óidenes del 
coronel don José llondeau i del comandante don José 
Artigas, derrotaron com})leta mente las tropas de Elío en 
las Piedras el 1<S dt^ mayo de 1811, tomándole cerca de 
500 prisioneros, toda su artillería i bagajes. I^a ocupación 
de todo el territorio oiiental por las fuerzas insurjentes, 
pareció inevitable. El titulado virrei quiso celebrar un 
armisticio con los vencedores; pero sus propuestas fueron 
desechadas. La junta de Buenos Aires le ofreció un arre- 
glo pacífico que no (pliso tam})oco aceptar Elío. 

Disensiones civiles en Bt enos AiKES.--Las ventajas 
alcanzadas por los insurjentes hacian presentir el triunfo 
definitivo de la revolución arjentina. Pero luego asoma- 
ron las disensiones civiles que habian de embarazar su 
marcha. 

La junta de gobierno habia desplegado grande activi- 
dad en la administración. Decretó la creación de una 
bibliotíx^a pública en Buenos Aires (1.3 de setiembre de 
1810), sin descuidar los negocios de la guerra; pero en 
su projuo seno se dejaron sentir los primeros jérmenes de 
desunión. El secretario de la junta, don Mariano Moreuíj, 
era el i-epresentante del partido exaltado i el defensor 
franco de las ideas de independencia. El presidente de 
la junta,, don (brnelio Saavedra, era el jefe del partido 
moderado, (|ue quería marchar con mas calma para no 
comprometer im[)rudent emente la revolución. La impe- 
tuosidad de Moreno, sin embargo, imprimíala dirección 
de los negocios. 

Al instalarse la junta, el pueblo habia acordado que se 
invitase a todas las provincias a mandar sus represen- 
tantes a un congreso jeneral que debia reunirse en Buenos 
Aires. En diciembre de 1810, ya habían llegado a la 
capital nueve de (»llos, todos adictos al presidente Saave- 
dra. r*or infiujo de ('ste fueron incorporados en la junta, 
formando así en el seno del mismo gobierno una respe- 
table mayoría conservadora o moderada (18 de diciem- 
bre). Moreno renunció el cargo de secretario de la 
junta; i como sus adversarios quisiei'an ídejarlo (\^4 pais. 



PARTE IV.— CAPITULO VIH 321 



lo mandaron a Inglaterra a desempeñar una misión 
diplomática de alta importanoia. El osado revolucionario 
falleció durante la navegación el 4 de marzo de 1811. 

La lucha de lo.s partidos no terminó con esto solo. 
Llegó a temerse una revolución en Buenos Aires; i enton- 
ces los conservadores, enseñoreándose en el poder, cre- 
yeron que debian prevenirla por medio de otra revolución 
preparada i)or ellos mismos. En la noche del 5 al 6 
de abril (1811), numerosos grupos de jente reunida en 
los sulnirbios de la ciudad, ocuparon la plaza i dirijieron 
por escrito sus peticiones a la junta gubernativa, exijiendo 
la separación de algunos de sus miembros, cuyas ideas 
radicales eran Címocidas, i el nombi'a miento de Saavedra 
para el mando superior de las tropas. Este movimiento, 
en cuya preparación tal vez no tuvo parte algrma 8aave- 
dra, fué ei primer asomo de federación. 

Derrota de Ilt aquí; el primer triunvirato.— El 
ejército arjentino que habia libertado el Alto Perú, estaba 
entonces acampado en la mar jen izquierda del rio Desa- 
guadero, bajo el mando del brigadier don Antonio Gon- 
zález Balcarce. Ese rio señalaba el líinite entre los dos 
virreinatos, el de Buenos Aires i el del Perú. En su orilla 
opuesta se hallaba acampado el jeneral Goyeneche, con 
el ejército (pie le líabia confiado el virrei Abascal. Allí se 
firmó entre áml)os jefes un armisticio de cuarenta dias 
(16 de mayo de 1811). Goyeneche pasó el Desaguadero 
i treinta i "cinco dias después del convenio, cayó sobre 
los patriotas en los cerros de Huaijui (20 de junio). La 
resistencia no fué laiga ni tenaz: el ejército arjentino fué 
puesto en completa derrota i se vio obligado a retirarse 
a Oruro en dispersión. 

Este desastre no fué el único contratiempo que ame- 
nazó a la revolución arjentina, poco antes vencedora en 
todas partes. En la Banda Oriental, el ejército de Rondeau 
se habia acercado a Montevideo para est rechar el sitio; 
pero los marinos españoles ])loquearon el puerto de 
Buenos Aires, arrojaron sobre esta ciudad algunas gra- 
nadas, i aun llegaron a pedir rendición. 

En medio del despecho que produjeron estas desgracias, 
el pueblo acusó a la junta gubernativa de falta de habi- 
lidad píini dirijir los negocios ])úblicos. El cabildo mismo 
amparaba esbíis acusaciones; i la junta, cediendo a las 
exijencias de la opinión, formó un poder ejecutivo com- 
puesto de tres miembros, en atención, decia, alas trabas 
que ofrecia. la multitud de vocales i de opiniones en el 
gobierno anterior (23 de setiembre de 1811). 

El tnunvirato asumía el poder en circunstancias mui 
difíciles. Buenos Aires permanecía bloqueado por la es- 
cuadra española: el ejército de la Banda Oriental no po- 
día penetrar en Montevideo: por último, el Paraguai 
parecía dispuesto a separarse de Buenos Aires, constitu- 
yendo un gobierno independiente. Imposibilitado para 
¿1 



^Í^2 HI8TOH1A l)fc AMÉRICA 



desarmar por la fuerza todos esos jjeligros, el triunvirato 
apeló a las negociaciones. 

Por uno de esos convenios, los revolucionarios arjen- 
tinos renunciaron a toda dominación en la Banda Orien 
tal, comprometiéndose al efecto a retirar sus tropas. Las 
negociaciones con el Paraguai no dieron mejor resultado. 
Los ajentes de Buenos Aires tuvieron que aceptar unacon- 
vencion mediante la cual aquella provincia quedó formando 
un gobierno aparte. F^u«^ entonces posible prestar mayor 
atención a los asuntos administrativos. El 25 de mayo de 
1812, con motivo de la celebración del segundo aniversa- 
ilo de la instalación del gobierno nacional, fué decretada 
en Buenos Aires la prohibición del tráfico de esclavos. 

Hasta entonces la ciudad de Buenos Aires vivia en la 
confianza de que los enemigos de la levolucion estaban 
lejos de su seno. En los primeros dias de julio, se denun- 
ció al gobierno una vasta conspiración realista, tramada 
por don Martin de Alzaga, el célebre alcalde de 1807, 
con el apoyo de muchos españoles. Los conjurados de- 
bían sorprender la guarnición de los cuarteles durante 
una noche, apoderarse del gobierno i castigar con mano 
de fierro a los autores de la revolución. Alzaga i treinta 
i siete personas mas, en su mayor parte comerciantes 
espafíoles de alguna representación, fueron fusilados en 
Buenos Aires, para escarmiento de los (jue en adelante 
pensaran en restablecer el viejo réjimen. 

Tritnkos de Belojhaño ex p:e Alto Peki'; campaña 
DE Sakratea en j.a Banda Oriental.— Fn peligro de 
otra especie amenazal)a entonces la revolución arjentina.. 
Después de la derrota de Huaqui. el ejército arjentino 
del Alto Perú se habia visto precisado a retirarse al sur, 
sufriendo pérdidas considerables. Goyeneche se lisonjeaba 
con la esperanza de dominar la revolución en aquellas 
provincias i de reunirse en seguida con los realistas de 
Montevideo para obrar contra Buenos Aires. El levan- 
tamiento de los habitantes del Alto Perú i particulai- 
mente de la lieróica ciudad de Cochabaniba, impidió pol- 
en tónces que Goyeneche llevara a cabo su proyecto. 

Las fuerzas afjen tinas salvadas del desastre de Hua- 
qui alcanzaban a 1.501) hombres pésimamente armados 
i desprovistos de la dií^ciplina indispensable para abrir 
la campaña contra lui enemigo vencedor. Belgrano, a 
quien el gobierno confió el mando de esas tro}>as, les dio 
alguna organización, i con ellas avanzó hasta .lujui (11) 
de mayo) con el propósito de prestar ausilios a los re- 
beldes "del Alto Perú. Desgraciadamente, Goyeneche ha- 
bia ocupado militarmente a Cochabamba, ejerciendo en 
ella las mas atroces venganzas, i desde allí despachó al 
ieneral don Pió Tristan con un cuerpo de nms de 8,000 
hombres con orden de batir al ejército arjenthio i de 
avanzar al sur hasta ponerse ^^n comunicación con los 
realistas de Montevideo. 



Í*ABTE IV.— CAPÍTULO VIH 823 



Las tropas arjen tinas, jimenazadas por esas fuerzas, 
empreudierou la retirada basta la ciudad de Tucuman. 
que ocuparon a mediados de setiembre. Tristan les pre- 
sentó el combate en las inmediaciones de esa población. 
Todas las ventajas, el numero, las armas, la disciplina 
instaban jx^r los realistas; pero los arjeiitinos se batieron 
con heroica resolución, i obligaron .al enemigo a empren- 
der su i'etirada con [pérdida de 450 muertos, de cerca 
de 700 prisioneros, i de un uiímero considerable de armas 
(24 de setiembre de 1812). La batalla de Tucuman fué 
la victoria mas importante que hasta entonces hubiera 
alcanzado la revolución arjentina. 

A las ventajas alcanzadas por Belgrano en el Alto 
I*erú, se unieron en breve otras no menos importantes 
para la causa de la revolución. El gobierno de Buenos 
Aires liabia colocado un cuerpo de tropas bajo las órde- 
nes de don Maimel Sarratea, con orden de invadir la 
Banda Oriental i de llegar hasta Montevideo, para disol- 
ver el centro de constantes conspiraciones realistas. El 
coronel arjentino don JoséRondeau, al frente de la van- 
guardia, se adelantó hasta el cerrito, pequeña altura si- 
tuada a una legua de Montevideo (20 de octubre de 1812). 
E^l 81 de diciembre, las fuerzas españolas, mandadas 
personalmente j)or el brigadier Vigodet, empeñaron un 
resuelto ataque contra la división de Hondean; pero los 
soldados arjentinos las pusieron en completa derrota, 
causándoles muchos muertos. Desde entonces, los espa- 
ñoles Jio fueron dueños mas qne del recinto de Montevi- 
deo i de las naves que tenian fondeadas en el rio. 

Victoria he 8ai>ta; derrotas de Belíjrano en el 
Alto Perv.— En medio de las operaciones militares, las 
discordias civiles no hal)ian cesado de manifestarse en 
Buenos Aires. El elemento provincial, tantas veces ven- 
cido, parecía renacer de nuevo en el seno mismo del 
triunvirato. Instigados los radicales por el doctor don 
Bernardo Monteagudo, tril)uno tan audaz como caviloso, 
ejecutaron el 8 de (octubre un movimiento revoluciona- 
rio, con el apoyo de la tropa que guarnecía a Buenos 
Aires, i formaron otro triunvirato compuesto de hombres 
conocidamente adi(;to8 al bando radical o unitario. El 
primer acto del nuevo goV)íerno fué convocar una asam- 
blea jeneral constitu^^ente, cuyos miembros debían ser 
elejidos, no por los cabildos, como se había hecho hasta 
entonces cu circunstancias análogas, sino i)or el pueblo 
i medíante el sufra jio imiversal. 

La asamblea constituyente abrió sus sesiones el 31 de 
enero de 1818, sancionó que eran libres los hijos de es- 
clavos que naciesen en el territorio arjentino (2 de fe- 
brero), abolió el tribunal de la inquisición, el tormento 
como medio de prueba judicial, i los títulos de nobleza, 
que en realidad no existían sino en las provincias del 
Alto Perú. 



824 HISTORIA DE AMERICA 



En esos momentos, la atención públicn estaba fija en 
las operaciones del ejército de Belgrano. Los realistas, 
atrincherados en la cindad de Salta, bajo el mando del 
jeneral Tristan, contaban con fuerzas superiores. 8in em- 
bargo, Belgrano se adelantó con sn ejército i empeñó la 
batalla afuera de la pol)lacion. Los realistas, después de 
las primeras cargas de las tropas arjentinas, se replega- 
ron a las calles, i allí sostuvieron el combate durantv 
tres horas. Al fín, Tristan se creyó perdido, levantó la 
bandera de parlamento i (ofreció rendirse (20 de febrero 
de 1818). Belgrano, demasiado jeneroso con nn enemigo 
que durante toda la, campaña habia dado tantas prue- 
bas de perfidia, le permitió su retirada al Perú bajo el 
juramento de no tomar las armas contra el gol)ierno 
revolucionario, dentro de los límites del antiguo virrei- 
nato de la Plata. El arzobispo de Charcas i el obispo de 
la Paz, sin embargo, absolvieron del juramento a los ca- 
pitulados de Salta, declarando ({ue Dios no consideraba 
válidos los tratados heclios (-on los insurjentes. 

Belgrano no anduvo tan activo como con venia para 
adelantar la campaña. En el Alto Perú, la revolución 
volvió a asomar mas vigorosa que antes; pero solo dos 
meses después de la victoria de Salta, el primer cuerjx) 
de tropas insurjentes ocupó la ciudad de Potosí. Cansado 
de una guerra a que no se le veia término, Goveneche se 
separó del ejército i volvió a Es])aña. 

El virrei del Perú uomV)ró en su reemplazo al l)riga- 
dier de artillería don Joaquin de la í*ezuela. Este jeneral 
se estrenó en el mando cayendo sobre los patriotas casi 
de sorpresa, i derrotándolos com])letamente en la pampa 
de Vilcapujio (1." de octubre de 1818). Mes i medio des- 
pués, Pezuela atacó de nuevo al ejército de Belgrano en 
Ayouma. i lo puso en completa derrota (14 de noviem- 
bre). Solo 1,000 soldados arjentinos alcanzaron a reu- 
nirse después de este segundo desastre. 

Campana de la Banda Oriental: hexdkíon de Mon- 
tevideo.— En esa misma época el coronel Rondeau, a la 
cabeza de otro ejército arjentino, (\strechaba el sitio de 
Montevideo; ]>ero no le fué posiblf^ llevar las cosas a un 
desenlace final, por falta de los elementos necesarios pai'a 
batir una ciudad fortificada, l^l gc^bierno provisorio de 
E8])aña, algo desembarazado de la guerra contra los 
franceses, mandó a Montevideo refuerzos considerables 
para la defensa de aquella plaza (agosto i setieml)re 
df^ 1818). 

El gobierno arjentino daba mas importancia a las 
operaciones del ejército d«' Belgrano. Cuando se supieron 
en Buenos Aires las derrotas de Vilcapujio i de Ayouma. 
creyó llegado el caso de luu-ei' t'l último esfuerzo, i en 
efecto dio ])rJncipio aJ rescate de esclavos para organizar 
con ellos nuevos cuerpos de tropas. El coronel don José 
de San Martin, que debia desempeñar un papel mui dis- 



PARTE IV.— CAPÍTUJ^O VIH 825 



tiiiguiclo en la revolución ameiicaiicí, fué nombrado jene- 
ral en jefe del ejército del Alto Peni (1(5 de diciembre). 
El triunvirato creyó que los peligros de la situación 
«^xijian mas vigor en la acción gubernativa, i que esto no 
se conseguirla mientras el gobierno no s(> reconcentrase 
en manos de un solo hombre. La asamblea elijió director 
supremo del estado a don .íervasio Antonio Posadas {2(^ 
de enero de 181 4). 

Para someter a Montevideo se necesitaba de una es- 
cuadrilhi capaz de batir i\ las naves españolas; i el direc- 
tor siij)remo c^^m pro cuatro buques mercantes, los armó 
del mejor modo que le fué posible, i los ])uso bajo las 
órdenes de don Guillermo I^rown. irlandés de nacindento, 
(jue iba a adquirir la reput;uMon de un héroe. TiOS espa- 
ñoles, en camlúo, tenian catorce buques de guerra i ocho 
o diez barquiclnielos mercantes, armados también mili- 
tarmente. 

Vigodet. sin end)argo. cometió la imprudencia de di- 
vidir sus fuerzas navales en dos cuerpos. Uno de ellos 
fué a colocarse cerca de la isla de Martín García, en la 
confluencia de los rios Paraná i TIruguai. lírown se apro- 
A'echó de esto i)ara batir al enejuigo por partes. Efectuó 
un desembarco en esa isla, se a])oderó de las baterías que 
ahí mantenían los españoles (IG de marzo) i los obligó 
a remontar el Uruguai pavii buscar su salvación. Por este 
movimiento, una división de las fuerzas navales españo- 
las se vio separada del resto de la escuadra. 

Brown fué en seguida a bloquear el puerto de Monte- 
video, favoreciendo las operaciones del ejército de tierra. 
El coronel don Carlos .Vlvear hal)ia tomado el mando de 
las tropas sitiadoras, que ascendían a cerca de 5, 000 sol- 
dados. En esta situacicm, los es]>añoles intentaron un 
ataque contra la escuadi-a bloqueadora. el 14 de mayo. 
Brown dispersó las naves enemigas, apresó tres de ellas 
al abordaje, i obligó a las otras a asilarse bajo el cañón 
de la plaza. 

Mientras tanto. .Vlvear continuabfi estrechando el sitio 
de la ciudad. Por fin ofreció a sus defensores una capi- 
tulación ([ue éstos acejitaron en el momento. El 22 de 
junio, Alvear ocu|k5 a Montevideo en nombje del gobierno 
de Buenos Aires, i tomó posesión de 800 cañones i de 
Ñ.OOO fusiles (juehabia en la plaza, i de todos los buques 
españoles (pie quedaban en el rio de la Plata. 

Ciivncx srrrAcioN ui: la uEvoj^rcioN aimi<:ntina; aza- 
res DE LA CA^LPAÑA HEL A LTo Pekp.— La ocupaciou de 
Montevideo por las tropas rebeldes no podia dejar de 
ejercer una grande infiu(^ucia en la suerte de la revolución. 
Pero en esos mismos momentos se hallaba amenazada 
por grandes peligros dentro i fuera del territorio arjen- 
tino. En Es])aña. Fernando Vil, restablecido en el trono 
en ese mismo año, pre])araba un ejército poderoso contra 
el A'irreinato de la [*lata, que al íin fué enviado contra 



326 HISTORIA DE AMÉRICA 



Venezuela. En algunas provincias comenzaba a a.soniai* 
el espíritu de federación. Agregues^» a esto que en esa 
misma época la revolución sucumbía en Méjico, en Chile, 
en Venezuela i en Nueva-Granada. En el Alto Perú, los 
patriotas batidos en Vilcapujio i en Ayounuí, se hablan 
replegado a Tucuman dejando las provincias del norte 
en poder del enemigo. Las tropas de Pezuela avanzaron, 
en efecto, hasta Salta. 

San Martin se presentó en Tucuman en enero de 1814, 
i principió la reorganizaciojí do sus tropas; pero no ha- 
llándolas en estado de entrar en campa|ía formal, dio 
impulso a otro jénero de guerra. Entabló conumicaciones 
con algunos jefes enemigos para fomentar Ui discordia 
entre los realistas, i reforzó las guerrillas (jue operaban a 
espaldas de ellos. El coronel don José Antonio Alvarez 
de Arenales obtuvo sobre los realistas un brillante triun- 
fo en la Florida el 29 de majo. Otro oíicial ])atriota, el 
teniente coronel don Martin Güemes. natural de Salta, 
por medio de habilísimas correrías, mantuvo en constante 
inquietud ala vanguardia española, impidiéndole mar- 
char hacia el sur. San Martin, convencido de que aquella 
campaña no podria dar jamas un resultado detinitivo, 
solicitó en breve su relevo, i fué nombrado gobei'nador 
intendente de la provincia de Cuyo. 

La campaña del Alto Perú tomó desde entonces mejoj- 
aspecto. El jeneral Pezuela, al saber la ocujjacion de 
Montevideo por los patriotas, abandonó a Salta i se 
replegó apresuradamente hacia el norte. En el sur del 
virreinato del Perú, en el Cuzco, estalló una alarmante 
revolución {3 de agosto de 1814). El brigadier don José 
Rondeau, que habia marchado al Alto Perú en reemplazo 
de San Martin, se aprovechó de esos momentos de confu- 
sión de los enemigos para recuperar el terreno perdido, i 
avanzó felizmente hasta Jujui, restableciendo en aquellas 
provincias el gobierno de la revolución. 

El. üiKixTou Alvahez; deiíuota dl: Siimo-Sipe.— J^as 
divisiones intestinas comenzaban a asomar, entretanto, en 
las provincias del interior, |)oniendo serios obstáculos a la 
organización política del país. El directoi- Posadas no se sin- 
tió con fuerzas para luchar con «^sos peligros: i el!) de enero 
de 1815, renunció el alto puesto que desempeñaba. La 
asamblea lejislativa nombró en su reemplazo al jeneral 
don Carlos Alvear con el mismo título de director su- 
premo. 

Alvear, hombre atolondrado por cai'ácter. no hizo rúas 
que aumentar la irritación de los partidos, (na revolu- 
ción puso término a su gobierno (15 de abril de 1815). 
Kl jenei-al Kondeau fué elejido director supremo;, penj 
como se hallase al frente del ejército del Alto Perú, fué 
nombrado en su reemplazo el coronel don Ignacio Alva- 
rez Tomas, que habia encabezado el movimiento revolu- 
cionario que precipitó a Alyear del gobierno, 



FAKTE IV. -CAPITULO VIH 327 



L Da desgracia terrible señaló ki cidiiiiiiistraeion del 
diiector iiiteiino. VA jeueral Rondeau, persuadido de (j[iie 
los españoles del Alto IVni no se hallaban eu situación 
de oponer una sf'ria resistencia, ocupó felizmente a Po- 
tosí, i continuó su marcha hacia el norte; pero el 28 de 
noviembre las tropas realistas mandadas por el jeneral 
Pezuela le cortaron el paso en las alturas de 8ipe-Sipe o 
de Viluma, como llaman los españoles este combate, i lo 
derrotaron enteramente, obligándolo a retirarse en com- 
I>leta dispersión. Los realistas íiabrian continuado su mar-' 
cha a las provincias aijeutinas, si las guerrillas de Salta 
no hubieran acudido a cerrar el camino a los vencedores, 
hostilizándolos con tanta habilidad como resolución. 

La situación interior se complicó mucho después de 
Cale gran descalabro. Los españoles, es verdad, no pu- 
dieron aprovecharse de la ventaja alcanzada; pero las 
facciones interiores se levantaron mas prepotentes. Güe- 
mes proclamó la federación en la provincia de Salta i 
redujo a Rondeau a reconocer sus pretensiones. Córdoba 
(jueria hacerse independiente de la capital; i la Rioja 
quei'ia serlo de Córdoba. En la Banda Oriental del Uru- 
guay. el audaz Artigas se ostentaba como señor inde- 
pendiente, i estendia su dominación a las provincias de 
Entre-Rios i de Corrientes, en donde surjian nuevos cau- 
dillos. Los <'audillejos de la provincia de Santa Fe, apo- 
yados por Artigas, asediaron i rindieron las tropas 
arjen tinas que mandaba el jeneral don Juan José via- 
mont. El jeneral Belgrano. ()ue recibió el mando de un 
ejército encargado de obrar en esta |>ro\'incia, fué víctima 
<]e un njotin militar encabezado por uno de sus subal- 
ternos i separado del juando de sus tropas (9 de abril de 
1816). El director Alvarez no pudo resistir a este ultimo 
golpe, i renunció el gobierno (lue habia ejercido durante 
un año entero (10 de abril). La junta de observación, 
asamblea lejislativa creada por la revolución de 1815, 
nombró en su reem]>lazo al jeueral don Antonio González 
Balcarce, con el título de director supremo provisorio. 

Cun(;h!:so ijk Ticiman; declajíacíon ue la inuepen- 
ííENCJA.— Los revolucionarios de abril de 18 ir» habiají 
acordado la con\ ocacion de im congreso jeneral que de- 
bía reunirse fuera de Buenos Aires para; no d«'Spertaj- la 
doscontíanza de las provincias. Algunas de éstas se 
negaron a mandar sus representantes; pero los di]»utados 
elejidos se reunieron en Tucuman el 24 de marzo de 1810, 
El primer acto importante del congreso fué la elección de 
un director supremo, desigDando para este cargo al jent^ 
ral don .Juan Martin Pueirredon (3 de mayo de 1816), 
militar distinguido por importantes servicios a la causa 
de la revolución, i por la entereza de su carácter, que 
iba a contener por algún tiempo el desqvúciandento social 
i político prej)arado en nombre de las ideas federales. 
Pueirredon hizo mas que esto todavía; convencido de que 



328 HISTORIA DE AMÉRICA 



la revolución arjentina no podia considerar asegurada su 
existencin mientras los españoles dominasen en los paises 
limítrofes, presto, como veremos mas adelante, un im- 
portante apoyo al ejército que San Martin organizaba en 
Mendoza para libertar a Chile. 

En 1816, la guerra con España parecia terminada: los 
realistas vencedores en el Alto Perú, no podiaii invadir 
el territorio arjentino, porque las guerrillas de Salta 
mandadas por el jeneral Güemes, les cerraban el |)aso. 
Pero si la independencia estaba alcanzada de hecho, fal- 
taba todavía proclamarla. Los diputados trataron esta 
cuestión en Tucuman. San Martin, desde Mendoza, i Bel- 
grano, en el mismo congreso, pidieron con toda enerjía 
la. declaración de la independenci^^; i al ftn. el 9 de julio 
de 1816, fué proclamada solemnemente 

Declarada la independencia, faltaba todavía fijar la 
forma de gobierno. En medio de la anarquía que ame- 
nazaba destrozar a las provincias arjentinas, la idea de 
coronar un rei se presentaba a muchos de los corifeos 
de la revolución como el uni(M) medio de establecer el or- 
den i de fijar una organización política. Belgrano i San 
Martin simpatizaban con esta opinión. Los consejos de 
ambos eran seguidos ciegamente por muchos personajes 
que creian que la forma republicana era inadecuada para 
el gobierno de la América antes española. Hnos querían 
buscar un príncipe europeo que coronar en Buenos Aires. 
Otios se afanaban por hallar en el Perú un indio descen- 
diente de los incas para hacerlo rei de la nueva monar- 
quía. Pueirredon. a- juicio de los numarquistas, debia 
conservar el mando, no como director supremo, sino soh) 
como rejente, hasta que llegase el soberano. 

Lo que hai de mas singular en este movimiento mo- 
nárquico de la revolución arjentina, es (|ue los mismos 
hombres que buscaban un rei eran republicanos de cora- 
zón. Buenos Aires, poblada principalmente ])or comer- 
ciantes, no tenia condes ni marqueses: el moimrca no 
habria tenido corte: i sin embargo, el deseo de estirpar 
la anarquía i de organizar el pais, hacia que esos hombres 
buscaran un rei como un remedio de aquella situación. 
En el congi-fso de Tucuman. estuvo a punto de resol- 
verse esta cuestión en favor de la monarquía. Fueron 
pocos los diputados que se pronunciaron contra ella. Jai 
posteridad les a^-radece la enerjía con que salvaron la 
revolución arjentina de ser desnaturalizada con la coro- 
nación de un rei, que en ningún caso habria prorlucido 
el estal^lecimiento de una monarquía estable i duradera. 
La declai'acion hecha por el congreso de Tucuman, 
cierra la época de la revolución de la independencia ar- 
jentina. La anarquía, contenida un momento por la mano 
vigorosa de Pueirredon, reapareció en breve dando lugar 
a una serie de prolongadas guerras civiles cuya historia 
no tiene cabida en el presente libro. 



HARTE IV. — CAPÍTULO ÍX o2íí 

CAPITULO IX 

Revolución de Chile. 

Caracteres joneíales déla nnolucion rhilena.— Gobierno de Carrasco.— 
Deposición de Carrasco.— Gobierno del conde de la Conquista.— Pri- 
mer gobierno nacional.— Motin de Figiieroa.— El primer Congreso. 
4)on José Miguel Carrera; disolución del congreso.— Ajitaxíiones 
interiores; destierro del doctor Kí)zas. — Campaña militar del jeneral 
Pareja. — Sitio de Chillan. — Deposición del jeneral Carrera. — Campaña 
de O'Higgins. — Tratado de Lircai. — Don José .Miguel (/arrera recu- 
pera el gobierno de Cbile; guerra civil.— Sitio de Rancagua; recon- 
quista df^ Cliihv 

(ISOS— 1H14) 

(Jakactéhes .)f:m<:hales dk i.a hkvolccion chilena. —Iva 
revo]u(ñoii de Chile presenta caracteres niui orijinales. 
Ninguna de las colonias españolas parecia menos prepa- 
rada que ésta para alcanz-ir sn independencia: ninguna 
habia sido raas desatendida por la metrópoli: ninguna 
era mas pobre i atrasada: i sin embargo, su revolución 
se hizo con bastante orden, i una vez alcanzada la inde- 
pendencia, Chile se adelanto a todas sus hermanas en la 
regularizacion del gobierno i en el estaV)leci miento de la 
paz bajo sólidas bases. El desden con que la España lo 
habia mirado, fué causa de que Chile recibiera una he- 
rencia m<mor de vicios i de corrupción, i de que al cons- 
tituirse en rejaiblica independiente, se viera libre de mu- 
chas de las llagas (jue lian demorado la organización de 
los otros pueblos del nuevo mundo.* 

Chile era un [>ais esencialmente agrícola. El antiguo 
sistema de los lepartimientos, modificado por la lei i por 
la costumbre, habia dado oríjen c\ una organizaci<m so- 
í'ial mui semejante al feudalismo de la edad-media. Los 
propietarios tenian a su lado una especie de colonia de 
campesinos que les debian respeto i vasallaje. Los luqiiU 
linos, éste era el nombre con que en el ])aiseran conoci- 
dos esos vasallos, estaban souietidos por la costumbre 
mas bien que por la lei. i esa sumisi(m no les imponía un 
despotismo duro, sino una dorainacicm casi siem[>re suave 
i benéfica. Kesultaba de aqm' que la gran maj^oría de los 
pobladores del |)ais estaba bajo la dependencia de los 
propietarios, i que éstos tenian suficiente poder i prestijio 
para cambiar la faz de los negocios públicos el dia (]ue 
mejor les pareciera. 

Para triunfar, la revolucicjn no tenia mas (jue conquis- 
tarse el apoyo de los grandes propietarios, en cuyos co- 
razones existia el amor a la patria, como habia penetrado 
en sus espíritus el convencimiento del desprecio con que 



.■{30 HISTORIA DE AMÉKirA 



Chile ei'M mirado por Ion moiiurcas españoles. Era, pues, 
necesario guiar estos instintos de descontento: i esta íué 
la obra de algTinos espíritus superiores, doctores en le^-es 
i cánones unos, que habian estudiado en los libros ciertas 
teorías sociales i políticas, viajeros otros (jue habian i>o- 
dido comprender por observación propia la diferencia que 
habia entre la oscura colonia i los pueblos independientes. 

Así fue que la revolución se hizo casi siempre con orden. 
La anarquía popular, el desenfreno de las masas, no se 
hicieron sentir nunca. Hombres de un rango mas elevado 
fueron los directores del movimiento revolucionario: i lo 
que constituye su mas justo título de gloria, es que tra- 
bajaron por' organizar un nuevo orden de cosas que iba 
a poner término a su influencia tradicional. 

GoiUKHNo ni: Carhasco.— A principios de 1808, man- 
daba en Chile el brigadier don Luis Muñoz de Guznian. 
que habia gobernado tran<|uilan)ente durante seis años. 
Una mañana (11 de febi'ero) se anunció en Santiago que 
el presidente acababa de morir repentinamente. El rei 
habia dispuesto en 1800, como ya lo hemos dicho en 
otras partes, que poi' muerte o ausencia del gol)ernador 
propietario, tomase el mando el militar de mayor gra- 
duación. En una junta (jue celebraron en Concepción los 
jefes militares, ])roclaniar()n capitán jeneral al brigadier 
de injenieros don Francisco (Jarcia Carrasco. 

Era éste un hombre desprovisto de las cualidades in- 
dispensables para gobernar en circunstancias difíciles. 
Rodeóse de favoiitos; i ¡jara sostener a éstos se vio en- 
vuelto en cuestiones con la Lniversidad. con el cabildo 
eclesiástico, con el cabildo secular i hasta con el tribunal 
de minería. Estas |)rimeras diíicultades se agravaron 
sobremanera al saberse en Chile que la España habia sido 
invadida ])or los franceses i que José Bonaparte i-einaba 
allí en lugar de Fernando Vil. Los hombres mas avan- 
zados de la colonia, divulgando la voz de (|ue la España 
seria sometida a un poder estranjero, ajitaban la opinión 
a fin de encaminarla a un cíimbio de gobierno. El cabildo 
de Santiago era el foco organizado de esta, resistencia, 
disimulada en su principio, pero no {>or eso menos vi- 
gorosa. 

Los consejeros de (Jarrasc(^) le [údieron una rel)rf^sion 
enérjica; i el presidente |)reparó un golpe de estado para 
poner término a la ajilacion. En la tarde del 25 de mayo 
de 1810. fueron apresados don José Antonio Rojas, el 
procurador de ciudad don Juan Antonio Ovalle i el doctor 
don Bernardo \'era. lOn la misma noche fueron traspor- 
tados a Valparaíso: i uno de los oidores de la audiencia 
se trasladó a aquel puerto para instruirles un proceso 
por el delito de conspiración. 

Esta violenta medida ]>rodujo en la capital una grande 
alarma. Los señores mas importantes déla colonia, diri- 
jidos por el cabildo de Santiago, elevaron una represen- 



FABTE IV.— CAPITULU IX 331 



tacion al presideiiti^ pidiendo la libertad de Ioh presos. Ca- 
rrasco se mantuvo firme; i con la mayor reserv a, disjiuso 
que los tres reos fuesen enviados a Lima en un buque 
mercante. 

Deposición de Carrasco.— Las órdenes de Carrasco que- 
daron ejecutadas; pero la indigiuicion de los habitantes 
de Santiago se manifestó con una violencia amenazadora. 
En la mañana del 11 de julio, al saberse que los presos 
«juedaban end)arcados en Valparaíso, el pueblo se agrupó 
(Ui la plaza, el cabildo se reunió como si un gran peligro 
amenazase la tranquilidad publica, i la real audiencia, 
divisando la tenq)estad (jue se alzaba, acudió a su sala 
de sesiones para buscar un remedio a aquella situación. 
Carrasco parecía dis])uesto a resistir todavía; pero a la 
vista de la actitud del pueblo, firmó un decreto por el 
cual mandaba que los tres presos fuesen devueltos inme- 
diatamente a Santiago, se])aró de sus destinos a los em- 
pleados a (juienes se atribuía participación en aquel golpe 
di' estado, i se resignó a no tomar en adelante medida 
alguna sin d consejo del oidor decano de la audiencia, 
don José de Santiago Concha. 

La audiencia creyó (jue esas medidas bastaban para 
tranquilizar la opinión; pero luego se convenció de que 
se hablan tomado demasiado tarde. Los presos habían 
salido de Valparaíso antes que llegara la contra-órden 
de Carrasco. La ajitacion del vecindario aumentaba por 
momentos. El pueblo armado recorría de noche las calles 
de la ciudad como si se tratara de defender a los \ ecinos 
mas caracterizados contra nuevos golpes de autoridad. 
En la raafiana del 16 de julio, los miembros de la real 
audieniíia pidieron a Carrasco cpie dejase el mando, como 
el tínico medio de poner término a la ajitacion i de afian- 
zar la autoridad real en la colonia. (Jarrasco cedió al fin 
a esta representación, inmediatamente fué conxocada 
una reunión de los jefes militares i de los empleados mas 
inq)ortantes de Santiago. Estos acei)ta ron la leriunciade 
CaiTas(*o, i en su reenq)lazo nombraron presidente de Chile 
al condí' de hi Coniiuista. don Mateo de l'oro Zanibrano. 
ípie tenia el título de brigadier i que por tanto poseía los 
requisitos cxijidos j)or la real cédula de 1 <S()(> (1() de julio 
de 1810). Carrasco quedó viviendo oscuramente en 
Santiago hasia que <liez moses des])ues s»» trasladó a 
Lima. 

(ÍOBJEIÍNO DEL COXDí: I»K LA Co.N(¿T ISTA. — El COUdr «le 

la CoiKjuista cía un anciano de S() años, ajeno a los ne- 
gocios políticos, i des]>rovisto de la voluntad (pie las cir- 
cunstancias exijian en el |)rimer mandatario. Pero esta 
misma falta de intelijencia i de eutereza, ei-a el título que 
teína a los ojes de la audiencia i)ara ser elevado a a(piel 
alto rango. El supremo tribunal pensaba que. siendo el 
conde chileno de nacimiento, sus compatriotas debían 
darse por satisfechos con su elevación: pero contaba ade- 



liH2 HISTORIA DE AMÉRICA 

mas con ÍDñiiir sobre el ánimo debilitado del presidente, 
dominarlo i dirijir a su nombre los negocios públicos. 

El o'obierno del conde de la Conquista fué una lacha 
constante de los dos partidos, prítriota i idealista, cada 
uno de los cuales quería ati*aerlo a su causa. La misma 
familia del conde se diA'idió en bandos. Hubo un momento 
en que los patriotas parecieron derrotados: se trataba de 
reconocer el consejo de rejencia instalado en Cádiz; i el 
presidente, cediendo a las sugestiones de la audiencia, 
prestó el juramento de obediencia al nuevo gobierno es- 
pañol (18 de agosto de 1810). Los revolucionarios, sin 
embargo, estrecharon mas i mas al presidente con sus 
exijencias. i al fin lo determinaron a convocar a los altos 
majistrados de la colonia i a los vecinos mas notables a 
una reunión en que se discutirían los medios (jue j^odian 
emplearse para asegurar la tran(]uilidad pública. 

El PKiMER (rOiuFJíNo xAcioNAi..— Asistierou a aquella 
memorable reunión el cabildo en cuerpo, los empleados 
jefes de oficina, los comandantes militares, los superiores 
de las órdenes relijiosas i cerca de cuatrocientos vecinos. 
Entre éstos la opinión era casi uniforme. Con escepcion 
de algunos comerciantes españoles, todos querían un 
cambio de gobierno. Así fué que no hubo lugar a largos 
debates ni a vacilaciones. El conde de la Conquista co- 
menzó por renunciar el mando supremo: i en seguida 
quedó acordada la creación de una junta de gobierno 
compuesta de siete miembros (18 de setiembre de 1810). 

Inmediatamente la concurrencia pasó a elejir las per- 
sonas que debieran coinpon<'r la junta. Don Mateo de 
Toro Zambrano, conde de la Conquista, fué nombrado 
presídentede elki. Don .José Antonio Martínez deAldunate, 
obispo electo de Santiago, fué elejido vice-])re8Ídente. Auj- 
bos eran ancianos, debilitados i casi dementes, incajíaces 
de imprimir carácter al movimiento revolucionario. Otros 
miembros de la junta eran vecinos respetables por su 
posición social, peio poco aparentes para el cargo a que 
se les eleval)a. Infelizmente, el pueblo colocó entre ellos 
un hombre que estaba a la altura, de la situación. 

Era éste el doctor don .Juan Martínez de Hozas, an- 
tiguo asesor de la intendencia de Conce|)cion, hombre 
impetuoso i sagaz, que desde aquella apartada provin- 
cia había dado impiilso al movimiento revolucionario. 
Un oi)Ú8Culo manuscrito, que con el título de f¿iíecisnio 
patriota se había hecho circular esos dias, i de que se 
creía autor a Rozas, era el progranuí claro i razonado 
de las aspiraciones de los patriotas. Cuando mes i medio 
después (1.° de noviembre) hizo Ilozas su entrada en la 
capital, el pueblo lo recíl)ió con repicjues de camj)anas i 
con una parada militar, como si fuera uno de los anti- 
guos i»residentes ({ue venía a recibirse del mando supremo. 

La revolución operada en vSantiago fué reconocida en 
todas las i)rovíncías, desde Atacíama hasta Concei)cioTi. 



PARTE IV.— CAPÍTULO IX 833 



En Chile no liabia entonces una imprenta para publicar 
un periódico; en su lu^ar circularon proclamas manus- 
critas en que se liablal)íi de los derechos del hombre, del 
antigno despotismo i de la libertad futura. El doctor 
don Juan Egaña, uno de los hombres mas ilustrados 
que por entonces habia en Chile, presentó a la junta un 
plan de gobierno en que se encuentran consignadas al- 
gunas ideas notables. Pedia la creación de coléjios, i se- 
ñalaba la necesidad de que todos los pueblos americanos 
celebraran una especie de alianza o federación para 
presentarse fuertes i poderosos ante el estranjero. Este 
fué el primer pensamiento de una unión americana, que 
después ha preocupado tanto, pero sin fruto alguno, a 
los políticos del nuevo mundo. 

Mientras tanto, la junta gubernativa, bajo la direc- 
ción de Rozas, emprendia sus trabajos. Creó nuevos cuer- 
pos de tropas i engrosó los que ya existian. El 19 de 
febrero de 1811, decjvtó la apertura de los puertos de 
Coquimbo, Vali)araiso i Talcaliuano al comercio libre de 
todas las naciones de la tierra. Esta medida, impuguada 
Hutónces por todos aquellos a quienes beneficiaba el 
antiguo monopolio, cuadruplicó al cabo de un año las en- 
tradas de aduana, facilitó la esportacion de las produc- 
ciones del país, i atnijo a Chile algunos estranjeros in- 
dust riosos. 

Rozas, como hemos dicho, eia el principal iniciador 
de estas leformas. El conde de la Conquista, ajeno a los 
trabajos del gobierno, falleció el 26 de febrero, cuando 
su existencia era innecesaria a la causa de la revolucicíu. 
El obispo Maitinez de Aldunate, imposibilitado para 
atender los negocios ])iiblicos por la decrepitud de la ve- 
jez, vivia retirado del gol)ierno. Al lado de Rozas, i como 
ausiliares suyos, figuraban algunos hombres distinguidos 
(jue se iniciaban en la carrera p<^lítica. Entre estos se 
contaba en primera línea el padre Camilo Henriquez, que 
escribia en ¿Santiago proclamas ardorosas. En una de 
ellas habló de la necesidad de. declarar la, independencia 
para dar a Chile "una representación política entre las 
naciones del orbe." 

Motín nt: FkU'EKoa.— Hasta entonces, la revolución 
no habia tenido que vencer ninguna resistencia seria. Des- 
graciadamente, el 1.' de abril, dia señalado para la 
elecciíjn de los diputados (jue debian formar un congreso, 
estalló un sangriento motñi que estuvo a punto de tras- 
tornar el orden. Un jefe español, el teniente coronel don 
Tomas de l'igueroa, se puso a la cabeza de ima parte 
de la guarnición de la capital i ocupó la plaza pidiendo 
la disohicion de la junta i el restablecimiento del gobierno 
antiguo. AvuKjue el pueblo permaneció im])a8¡ble a la 
vista de est(* aparato militai-. el triunfo de los amotina- 
dos parecía inevitable. 

Rozas desplegó ese dia su incontrastable entereza. Con- 



'¿'44: HISTORIA I>E AMÉRICA 



tra las tnjpas sublevadas hizo salir un cuerpo de infan- 
tería de nueva creación i algunos cañones, i mandó que, 
bajo las órdenes de don Juan de Dios Vial, comandante 
jeneral de armas, fueran a combatir a líi plaza. El com- 
bate se redujo a dos o tres descargas que produjeron la 
muerte de catorce soldados i algunos heridos. Después 
de esto, los insurrectos se dispersaron por las calles ÍJi- 
mediatas. Los soldados vencedores los persiguieron te- 
nazmente durante algunas horas (!/' de abril de 1811). 

Rozas salió en persona en persecusion de Figueroa, i 
lo apresó con el propósito de hacer un serio escarmiento. 
El infeliz caudillo fue sometido a juicio i condenado 
a muerte pocas horas después. Para no dar lugar a 
las vacilaciones de los patriotas, Kozas hizo fusilarlo 
en la misma noclie. En seguida, creyendo que la audien- 
cia habia instigado el movimiento de Figueroa, la junta 
disolvió este tribunal, i creó una corte de justicia com- 
puesta de hombres ronocidanienie adictos al nuevo vCr 
jimen. 

El primer concíreso.— Desde tiempo atrás, se hacian 
sentir los primeros jérmenes <le división entre los mismos 
patriotas. Rozas, ])or una parte, representaba los prin- 
cipios radicales, esto es, queria marchar mu i de prisa en 
las reformas. El cabildo, por el otro lado, representante 
de las ideas (conservadoras, se alarmal>a ante la impe- 
tuosidad con (jue Rozas i sus parciales querían dirijir la 
revolución. Estos partidos iban a tener por campo de 
batalla el <-ongreso uíicional. 

En las provincias se hicieron las elecciones en medio 
de la mayor tranquilidad. En la capital, el motin de 
Figueroa habiíi retardado las elecciones; ])ero al fin éstas 
se verificaron el t> de mayo; i en ellas obtuvo el triunfo 
el cabildo, haciendo elejir doce dijuitados, en lugar- de 
seis, como estaba convenido. Desde entonces, el partido 
moderado estuvo en mayoría en el poder. 

El congreso abrió sus sesiones el 4 de julio (1811), 
asumiendo los poderes de la junta gubernativa, que dejó 
de existir desde ese dia. Sus primeras sesiones no ofrecie- 
ron interés alguno. El <*ongreso no pensaba en reformas 
serias, ni en romper abiertamente con la tradición colo- 
nial. Los esfuerzos de los diputados radicales para (Comu- 
nicar su impulso a la rev(ilu(ñon, fueron infructuosos; i 
desalentados a la vistíi de tantas resistencias, éstos se 
retiraron dd congreso en numero de trece, protestando 
de antemano de cuanto allí se acordase. La mayoría, 
sin hacer caso de esa protesta, creó una junta de gobierno 
compuesta de tres miembros, encargada del poder ejecutivo 
(10 de agosto). Los moderados creyeron definitivamente 
asegurado su t riunfo desde (jue toda la autoridad estaba 
depositada en manos de sus parciales. 

Don José Mkiiel Carrera; disoution ivel conoreso. 
—Convencido de su impotencia para recoiu]UÍstar el 



l'AttTE IV.— CAPÍTULO IX 385 



poder en Santiago, Hozas se trasladó a Concepción a fin 
de procurar la instalación de una junta de ^olíierno que 
contrarrestase el poder de la que se habla creado en 
Santiago. Sus ajentes prepararon un movimiento igual 
en la provincia de Valdivia. 

En Snntiago, los radicales prepararon también otro 
movimiento revolucionario. Acababa de llegar de España 
don José Miguel Carrera, joven chileno que poseia un 
rorazon ardoroso i emprendedor, i una cabeza llena de 
recursos. Por ¡osinuacion de los radicales, éste ejecutó la 
revolución sin derramamiento de sangre. Mediante solo 
el movimiento de algunas tropas que liabia logrado 
atraerse, consumó el caml)io gubernativo en la mañana 
del 4 de setiembre. Creóse una nueva junta de gobierno 
en la cual Rozas debía tener un lugar: i fueron separados 
del congreso algunos diputados |)ara asegunir la pre- 
ponderancia de los i'adicales. 

Rozas, entre lauto, habia ejecutado uu movimiento 
análogo en Coucepcion (5 de setieuibre), creando también 
una junta de gobierno sometidaasu iuHuencia. Dos meses 
después (1.° de noviembre), la provincia de Valdivia se 
sublevó igualmente i formó su junta gubernativa. Los 
radicales quedaron dominando en todo el territorio, i su 
acción se hizo sentir en breve en el seno mismo, del con- 
greso. Poi- una lei fueron al)ol idos los derechos parroquia- 
les que gravaban a la clase pobre. Por otra se deí^laró 
la libertad de los hijos <le los es(rlavos, i se prohibió para 
siempre el comercio d(^ escluvos en el suelo chileno (11 de 
( K-tubre de 1 81 1 ). Algunas otras reformas marcaron enton- 
ces el principio de la transformación política u que aspi- 
raban los revolucionarios. 

Preocupados con estos negocios, los radicales habian 
olvidado a don »Iosé Miguel Carrera, cuya cooperación 
les habia sido tan fitil para escalar el poder. Carrera, sin 
embargo, no pudo resignarse a desempeñar el humilde 
papel de instrumento de voluntades ajenas, a que se le 
quería reducir. Se atrajo nuevamente una parte de las 
tropas, ([ue estaban bajo las órdenes de dos de sus her- 
manos, i el 15 de iioviendue operó ima reNolucion tan f(s 
liz como lu (\ue habia Címsumado dos meses antes. 

En esta o.casion, Carrera conservó el poder en sus 
manos, organizando una junta de gobierno compuestn, 
de tres miembros, representantes de las tres priní*ipales 
provincias en (¡ue estaba dividido el territorio. Kl se hizo 
nombrar reinesentante de la de Santiago, i ofreció al 
doctor Rozas la representación de la provincia de Con- 
cepción. En ausencia de éste det)ia ocupar su puesto don 
Ber I ) ardo O ' Higoins. 

Como se ve, ;d organizar el gobierno, Carn^'a habia 
querido atraerse a Rozas i sus partidarios; pero éstos 
no aceptaron sus ofrecimientos. El congreso no jjerdo- 
naba a don .If)sé Miguel la revolución por medio de \a 



336 HISTORIA DE AMÉRICA 



cual se luibia elevado íú gobierno. Rozas no solo no 
quiso aceptar el puesto que se le ofrecía en la junta 
gubernativa, sino que se quedó en ("oncej^cion, i desde 
allí ofreció socorros a sus cori'elijionarios de Santiago 
para derrotar a Carrera. En la misma capital se fraguó 
una conspiración que fué descubierta antes de ejecutarse. 
Desde entonces don José Miguel no quiso contemporizar 
mas largo tiempo. El 2 de diciembre (1811), después de 
haber reunido las tropas para evitar todo proyecto de 
resistencia a sus órdenes, Carrera decretó la disolución 
del congreso, i persiguió tenazmente a sus adversarios. 

Ajitaciones interiores; destierro del doctor Rozas. 
—La disolución del congreso no produjo en Santiago 
grande ajitacion. Sin embargo, los colegas de Carrera no 
aprobaron aquel acto, i S(^ n^tiraron del gobierno. lí.ste 
los reemplazó con otros personajes mas dóciles i compla- 
cientes que los que sallan. Desde entonces se estableció 
la verdadera dictadura de don José Miguel Carrera. 

En Concepción, Rozas pei'sistia en desconocer el go- 
bierno formado en Santiago. Al saber que el congreso 
habia sido disuelto, anunció que se proponia restablecerlo 
a. mano armada, i mandó })oner sobre las armas las 
tropas i milicias de la frontera araucana. Carrera temió 
por las consecuencias de una campaña, i quiso tratar con 
Rozas. Las negociaciones, sin embargo, no pi'odujeron 
otro resultado que aplazar el desenlace de la contienda. 
Al fin, los dos caudillos juntaron cada cual sus tropas i 
las pusieron en marcha en son de guerra. Enalnñl de 181 2, 
se encontraban separados por el rio Maule, pero ambos 
temiaii empezar las operaciones militares. 

Vn acontecimiento inesperado vino a acelerar el término 
de aijuellas diferencias. El IG de marzo de 1812, los ve- 
cinos de Valdivia depusieron la junta de gobierno creada 
allí en el mes de noviemlue anterior, i proclamaron el 
re8tal)lecimiento del antiguo réjimen. Rozas i ('arrera 
temieron que otros pueblos desconociesen taml>ien las 
Mutoridades revolucionarias, para restablecer el gobierno 
español, i transijieron las dificultades pendientes reti- 
rando sus i ropas i ofreciendo convocar un congreso que 
decidiese en definitiva las diferencias de ambos. 

La paz quedó restablecida, pero el pais estalla dividido 
en diferentes gobiernos. Carrera, queriendo establecer su 
autoridad en todo el territorio, se empeñó en disolver la 
junta de Concepción. Dejó de enviarle los subsidios nece- 
sarios para el pago de ías tropas, i sus ajeutee prepara- 
ron una asonada militar que estalló en la noche del 8 de 
julio de 1812. Rozas i los otros miembros de la junta 
fueron reducidos a ])rision por sus pro])ios soldados. Las 
nuevas autoridades reconocieron el gobierno presidido 
por Carrera. Desde entonces quedó éste constituido en 
arbitro de los destinos de Chile. Rozas fué confinado a 
Mendoza, i allí falleció en los i)rimeros meses de 1818. 



PARTE IV. — CAPÍTULO IX 837 



En medio de estas ajitaciones, la revolución seguia sn 
marcha. Habiendo llegado a Chile una imprenta pedida 
a Estados Unidos, comenzó a publicarse en Santiago, 
desde el IH de febrero de 1812, un peiiódico titulado la 
Aurora, que pidió In proclamación de la independencia, 
i propuso muchas reformas. Camilo Henriquez era el 
ardoroso propagador de esos principios. La junta, ade- 
mas, mandó abrir escuelas gratuitas en todos los con- 
ventos para la educación del pueblo. Mas tarde dictó una 
constitución (octubre de 1<S1 2) cuyo artículo 5.° disponia 
que ninguna providencia emanada de cualquiera autori- 
dad que no residiese en el territorio de Chile, tendría 
efecto alguno, del)iendo castigarse como reos de estado 
a los que intentasen darh' valor. Ya no era posible ar- 
monizar las protestas de respeto i de acatamiento a los 
leyes de España con los |)rincipi()s de independencia con- 
signados en este código. 

Campaña miutak del .jknekat. Pareja.— El virrei del 
Perú, don Fernando de Abascal, comprendió que esos 
actos importaban una declaración de guerra al poder 
español. (Queriendo anonadar la revolución de Chile, pre- 
paró una espedicion que debia. mandar el brigadier de la 
real armada doa Antonio Pareja, i puso bajo sus órde- 
nes un cuerpo de ofíciales con encargo de organizar su 
ejército en las provincias de Chiloó i Valdivia. 

En enero de 181 H, se presentó Pareja en el puerto de 
San Carlos de Ancud. capital de la provincia de Cliiloé. 
Allí reunió cerca de 1,4()Ó hombres de hifantería, i de ar- 
tillería, i en seguida se trasladó a Valdivia en donde en- 
grosó su ejército con cerca de 700 soldados. Pareja creia 
que esas fuerzas bastaban para consumar la pacificación 
de Chile casi sin disparar un tiro. 

Los primeros pasos del jeueral español parecieron jus- 
tificar esta confianza. El 20 de marzo desembarcó en el 
puerto de San Vicente, i sus tropas ocuparon a Talca- 
huano. Un batallón patriota que salió de Concepción, se 

)asó al enemigo, dejando así desguarnecida la capital de 

a provincia. Los realistas, después de un corto descanso, 
emprendieron su marcha al norte con ánimo de llegar 
hasta Santiago. Su presencia habia producido tal per- 
turbación en las [)rovincias del sur, que la ocupación de 
todos sus pueblos no ofreció grandes dificultades. 

Cuando llegó a Santiago la noticia del desembarco de 

Pareja (81 de marzo), j)rodujo, como era natural, una 
grande alarma. A })e8ai* de que Chile se hallaba provo- 
cado a una guerra súi contar con armas ni con soldados, 
Carrera no vaciló un instante en asumir la posición que 
con venia. El 1.^ de abril salió de Santiago, dejando ór- 
denes para ([ue las tropas lo siguieran a Talca. Allí se 
reunieron los soldados de las provincias del sur que ve- 
nían huyendo de Pareja, i las milicias de las provincias 

centrales llamadas por Carrera. El ejército chileno alcanzó 



838 HISTORIA DE AMÉRICA 



a contar cerca de 12,000 hombres, casi en su totalidad 
desprovistos de armas i faltos de toda instrucción mili- 
tar. Las tropas realistas, que poseían algunos oficiales 
esperimentados i mas de 1,500 soldados veteranos, ascen- 
dían por todo a cerca de 4,000 hombres. 

A fines de abril, el ejercito de Pareja marchaba sobre 
el Maule; i en la tarde del 26, acampó en el sitio deno- 
minado Yerbas-Buenas, a pocas leguas de aquel rio. Sa- 
bedor de este movimiento, Carrera despachó una columna 
de 500 hombres, que cayó de sorpresa sobre el campa- 
mento enemigo en medio de las tiuieblas de la noche, lo 
desorganizó en el primer momento, i se retiró al amane- 
cer cuando apenas volvían de ]i\ confusión las tropas de 
Pareja (27 de abril). 

Este primer ensayo de las armas patriotas no podia 
considerarse como im verdadero triunfo; pero sus conse- 
cuencias le dieron esta importancia. Cuando el jeneral 
Pareja reunió sus tropas i se dÍ8i)uso a pasar el Maule, 
los soldados de Chiloe i de Valdivia se pronunciaron en 
abierta rebelión. Pareja se vio obligado a retroceder a 
Chillan con el propósito de pasar allí el invierno. Carrera 
lo siguió de cerca, i el 16 de mayo lo alcanzó a la salida 
del pueblo de San Carlos, i le presentó un segundo com- 
bate, que no tuvo tampoco un resultado definitivo. Las 
fuerzas realistas, desordenadas i desmoralizadas, repasa- 
ron el rio Nuble i fueron a encerrarse en Chillan. Pareja, 
no pudiendo sobrellevar las penosas fatigas de esa cam- 
paña, fué atacado por una violenta pulmonía, i pocos 
dias después murió (21 de mayo). 

Sitio de Chillan.— Carrera no supo aprovecharse de 
las ventajas de su situación. En vez de caer rápidamente 
sobre Chillan antes que el enemigo se hubiera apercibido 
para la defensa, marchó al sur i reconquistó las ciuda- 
des de Concepción i Talcahuano, que no ofrecían ninguna 
resistencia. Una pequeña división patriota, mandada 
por el coronel don Bernardo O'Higgins, se apoderó de los 
Anjeles i délos demás pueblos inmediatos al Bio-Bio. 

Los realistas quedaban leducidos a la plaza de Chi- 
llan. Al morir, el jeneral Pareja habia (^onfiado el mando 
de sus tropas a don Juan Francisco Sánchez, simple ca- 
pitán de infantería que, si no estaba dotado de talentos 
militares i políticos, poseia una constancia estraordina- 
ria. Sánchez pensó solo en organizar la resistencia en 
Chillan. Construyó trincheras i se preparó a defenderse 
a todo trance, contando como principales ausiliares i 
consejeros con los frailes de un convento de misioneros 
franciscanos que tenían mucha influencia en aquella co- 
marca. 

Can-era, entre tanto, después de haber perdido un 
tiempo precioso, marchó sobre Chillan con todo su ejér- 
cito, i se colocó en unas alturas inmediatas a la plaza; 
El 29 de julio, rompió el fuego sobre la ciudad, después 



l'ABTE IV.— CAPITULO IX :i39 



de intimarle rendición infructuosamente. Las lluvias del 
invierno, que en aquel año fué excesivamente rigoroso, 
liacian mui embarazosa la situación de los patriotas. 

Trece dias permanecieron los dos ejércitos a la vista 
empeñando constantes combates sin resultado definitivo. 
Los chilenos, indisciplinados i bisónos al principio de la 
campaña, se batieron como héroes contra los defensores 
de la plaza. Todo estaba contra ellos, las lluvias de la 
estación, la falta de cuarteles i de abrigos, i hasta la 
escasez de nmniciones i de víveres, mientras el enemigo, 
amparado en buenos cuarteles, estaba socorrido por sus 
guerrillas que recorrian los campos inmediatos para re- 
cojer el ganado de los patriotas. El sitio de Chillan, 
empeñado eu esas condiciones, fué un erior militar que 
produjo muchos desastres. El 10 de agosto, el ejército chi- 
leno se retiró de aquella plaza dejando a Sánchez en si- 
tuación de sostener la guerra por largo tiempo todavía. 

Deposición del jenekajv Carrera.— Las operaciones 
de la guerra perdieron desde entonces su importancia i 
sobre todo su unidad. Los ejércitos se dividieron en des- 
tacamentos que recorrian los campos regados por los 
rios Itata i Nuble, sosteniendo combates con diversos 
resultados. El mas célebre de ellos tuvo lugar en el sitio 
denominado el Roble (17 de octubre de 1813). Un cuerpo 
realista atacó de sorpresa a una división chilena que 
mandaba en persona el jeneral Carrera. Este jefe, cortado 
por las tropas enemigas, se vio obligado a buscar su 
salvación arrojándose a nado al ítata. La confusión de 
los patriotas liacia presentir su comj)leta derrota; pero 
el coronel don Bernardo O'íliggins consiguió reorganizar 
las tropas i rechazar con mucha gloria el ataque de los 
lealistas. 

Mientras tanto, eu la capital la revolución seguia su 
marcha, l^a junta de gobierno habia decretado la libertad 
de imprenta (23 de junio de 1813); i en seguida mandó 
(pie en cada villa de cincuenta vecinos se estableciese una 
escuela pública costeada por las nmnicipalidades (18 de 
junio), creó el Instituto Nacional, vasto establecimiento 
de enseñanza en que se abrieron diez i nueve cátedras de 
ciencias, en su mayor parte desconocidas en (^hile (10 de 
agosto), i fundó la Biblioteca Nacional. 

Pero la prolongación de la campaña del sur vino a 
distraer a los patriotas de estos trabajos administrati- 
vos. Acusábase a Carrera de tlojedad i de torpeza en la 
dirección de las operaciones militares, i de que no hubiese 
cumplido las promesas que habia hecho de terminar la 
campaña en pocos dias. La junta de gobierno se trasladó 
a Talca para estudiar mas de cerca la situación militar 
i tomar una resolución definitiva. 

La junta oyó los informes de muchas personas, i creyó 
al fin que era conveniente separar a Carrera del mando 
de las ti'opas. El coronel O'íliggins fué nombrado en su 



iiéO HISTORIA DE AMÉRICA 



i'eemplazo jeneral en jefe del ejército de Chile (27 de no- 
viembre de 1818). Después de entreofir el mando a su 
sucesor, Carrei'a se puso en marcha para Santiago en 
compañía de su hermano don Luis, a quien el golñernó 
acababa de se[)arar también de la comandancia de la ar- 
tillería chilena. Al segundo dia de viaje, fueron asaltados 
por una guerrilla realista que los hizo prisioneros, i los 
llevó a la ciudad de niillau, en donde estaba establecido 
el cuartel jeneral de los espacióles (febrero de 1814). 

Campana de O'Iíigíjjns.— En esos mismos momentos, 
Ueguba a la costa de Arauc<^ un refuerzo de 800 solda- 
dos enviados por el virnn dH Perú, junto con un nue^o 
jefe para las tropas realistas (í51 de enero de 1814). Era 
éste el brigadier español don Gavino (lainza, militar de 
escaso mérito, que venia a reemplazar al comandante 
Sánchez. Pocos dias después, (lainza se presentó en Chi- 
llan, i luego al )rió las operaciones militares con absoluta 
confianza de pacificar al pais en pocos meses. 

El ejército patriota estaba dividido en dos cuerpos, 
uno acantonado a las orillas del Itata, en el sitio deno- 
minado Membrillar, a las órdenes del coronel don Juan 
Mackenna, i el otro en ( incepción bajo el mando de 
O'Higgins. Gahiza. aprovechándose de aqueha sitimcion. 
movió una parte de sus tropas para aislar al coronel 
Mackenna en el Membrillar. Mientras tanto, un destaca- 
mento realista dirijido por el comandante don Ildefonso 
Elorriaga. pasó el Maule, i ocui)ó la importante ciudad 
de Talca después de una gloriosa aunque iniítil resisten- 
cia (4 de marzo de 1814). Desde entonces, Gainza quedó 
dueño del camino de Santiago. 

Sin embargo, el jeneral es})añol no se atrevió a alejarse 
de aquellas provincias dejando a sus es])aldas el ejército 
enemigo, i se empeñó en impedir la reunión de los dos 
cuerpos patriotas i en destruirlos uno en ])OS de otro. 
El 19 de marzo presentó a O'Higgins, (jue marchaba a 
reunirse con Mackenna, un combate en las alturas del 
Quilo, en que las tropas realistas fueron desbaratadas. El 
siguiente dia, todo el ejército de Gainza cargó sobre el 
campamento del Membrillar i enqjeñó uno de los mas 
rudos i gloriosos comí )ates de a<piellas campañas, en que 
también fué <lerrotado con grandes pérdidas (20 de marzo 
de 1814.) 

Después de estos dos desastres, Gainza, que no fué 
perseguido, se rehizo rápidamente en diillan, i se resolvió 
en seguida a dirijirse a Santiago a marchas forzadas. 
O'Higgins, comprendiendo perfectamente el plan del ene- 
migo, abandonó también su caiupaniento i se movió con 
gran rapidez hacia el norb». Los dos ejércitos marchaban 
paralelamente. 8e])arados solo ])or el espacio de unas 
cuantas leguas. La victoria ])arecia ser del que pasase 
primero el rio Maule. 

Mientras tanto se hablan verificado importantes su- 



PARTE IV.— CAPÍTULO IX Mi 



cesos en la capital. Al saberse que las fuerzan españolas 
habían ocupado a Talca, el vecindario, alarmado, acusó 
a la junta ^gubernativa de las desgracias de la guerra. 
El pueblo, reunido en la plaza pública, pidió la creación 
de un gobierno ums vigoroso, i en efecto nombró direc- 
tor supremo con gran suma de poderes al coronel don 
Francisco de la Lijstra (7 de marzo). 

El nuevo gobierno logró organizaj* una división de 
cerca de 1 ,000 liombres para reconquistar a Talca, ^u 
mando fué dado al teniente coronel don Manuel Blanco 
Encalada. Desgi-aciadamente, esta división, en que vse 
hablan fundado tantas esi>eranzas, fué batida completa- 
mente ]>or las guerrillas rccdistas que defendían a Talca 
(29 de marzo de 1814). El cannno de Santiago quedó 
nuevamente abierto al ejército español. 

Tal era el estado de las cosas cuando los españoles i 
los patriotas llegaron a las orillas del Maule (3 de abril 
de 1<S14) Gainza. protejido ])or las fuerzas realistas que 
dominaban eii la orilla norte del rio. lo pasó felizmente 
en espaciosas balzas. OMligghis. en cambio, se encontró 
endiarazado en esta operación por las fuerzas enemigas; 
|)ero durante la noche, i burlando hábilmente la vijilan- 
cia de los realistas, los patriotas atravesaron el rió por 
un vado lejano, con gran ])eligro, pero sin que nadie üi- 
tentara inq)edirle8 el paso. En seguida. (VHigghis se di- 
rijió al norte a manhas forzadas para colocarse entre 
el ejército e8])añol i la ca]>ital: i en efecto, el 7 de abril 
acampó con sus tropas en (¿uechereguas. dejando cortado 
al enemigo. Aquella serie de movimientos ejecutíidos con 
tanta, actividad como discreción, salvó por entonces la 
ca])ital i con ella la revolución cliilena. 

(lainza, burlado en sus propósitos, ])ensó al momento 
romper las líneas del ejército de Ó'Higgins i abrirse por 
entre ellas camino para la capital. Dos días (8 i 9 de 
abril) empleó en esta empresa, cargando sobre ios acan- 
tonamientos de (¿uecheregnas; pero constantemente re- 
chazado, (lió la vuelta a Talca casi en d<nTota. Todo 
hacia creer qu<^ la campaña estaba a punto de termi- 
narse: faltaba solo qne los i>atriotas, reforzados con los 
ausilios (jue podían llegar de Santiago, emprendieran un 
vigoioso ataque contra el último atrincheramiento de 
los españoles para que éstos (juedaran desti-uidos. 

Tkataüo de Likcai.— Ó'Higgins lo comprendía así; i 
se disponía a terminar la guerra, cuando recibió la orden 
de tratar con el enemigo, reconociendo en cierto modo 
el restablecimiento del réjimen colonial. 

A principios de 1814. el ])orvenir de la revolución ame- 
ricana se presentaba muí sombrío. ¥]n todas partes los 
ejércitos españoles ol>tenían grandes victcn-ias. Los arjen- 
tinos acababan de sufrir dos espantosas derrotas en Yíl- 
capujío i en Ayouma, dejando al viri-ei Abascal en situa- 
ción de mandar a Chile nuevos refuerzos de tropas. En 



342 HISTORIA DE AMÉRICA 



Ewpaña, el ejército ausiliar in^-les derrotaba a Ion fi anee- 
8e« i los obligaba a abandonar defínitivaniente el territo- 
rio esiiañol. Todo hacia cieer que en poco tiemí)o mas 
Fernando Vil seria restablecido en el trono: i era seguro 
que entonces habia de mandar nuevas tropas para coü- 
sumar la reconquista de América. 

En abril llegó a Valparaíso el comodoro ingles Hillj^ar, 
que habia tenido en Lima algunas conferencias con el 
virrei del Perú, en que este alto funcionario se habia ma- 
nifestado dispuesto a tratar con los insurjentes de Chile, 
i aun habia aceptado la mediación del mismo comodoro 
ingles. El director Lastra aceptó las propuestas como 
un medio de obtener una tregua honrosa, i envió a 
O'Higgins i Mackenna las instiucciones para tratar con 
Gainza. 

Cuando Hillyar se presentó en Talca i reveló al jene- 
ral español el objeto de su misión, Gaiüza vio que se le 
abria un camino para salir de una situación mui emba- 
razosa. Después de varias conferencias, el tratado fué 
firmado a las orillas del rio Lircai (8 de mayo de 1814). 
Los patriotas reconocían por él su dependencia del rei de 
España, pero conservarían el derecho de gobernarse por 
sí mismos; los realistas consentiíin en dejar subsistente el 
gobierno establecido en Chile, i en evacuar el territorio 
en el término de treinta. dias. Gainza pudo em])render su 
retirada a Chillan ausiliado ])or O'Higgins; pero en vez 
de evacuar el territorio chileno en el término fijado, per- 
maneció en aquella ciudad esperando refuerzos para 
renovar las hostilidades. Nunca tuvo intención de cumplir 
aquel pacto. 

Don José Mkíiel Cark era recipe r a el gouierno ue 
CmLE; GUERRA civiE.— Por el tratado de Lircai se habia 
estipulado que los prisioneros de ambos ejércitos serian 
puestos en libertad. El jeneral don .losé Miguel Carrera 
i su hermano don Luis, que permanecían presos en (chi- 
llan, se fugaron de su prisión, i marcharon a Santiago, 
donde nadie los esperaba. La presencia de ellos fué un 
motivo de graves inquietudes para los gobernantes de 
Chile. Los patriotas exaltados, descontentos por el con- 
venio de Lircai. volvieron sus ojos al joven jeneral. En 
el ejército, muchos oficiales estaban prontos a sublevarse 
en nombre de la dignidad nacional. Las medidas repre- 
sivas adoptadas por el gobierno contra Carrera i sus 
amigos, aumentaron el descontento prodijiosamente. Por 
fin, don José Miguel sublevó la guarnición de Santiago 
al amanecer del 23 de julio, depuso al director supremo 
i creó una junta de gobierno a cuya cabeza quedó colo- 
cado él mismo. 

Aquel movimiento fué el oríjen de la guerra civil. La 
situación especial en que se encontraba colocado, obligó 
al jeneral Carrera a pensar mas en consolidar su gobierno 
que en batir a los españoles. Mientras tanto, sus enemigos 



PARTE IV. — CAPITULO IX 84M 



pidieron ardorosamente a ()'HiggiiiH(iue viniera a reponer 
el gobierno derrotado. Los jefes del ejército, en efecto, 
acordaron en Talca desconocer el nuevo gobierno i inar- 
char sobre Santiago a deponerlo. Carrera, por su parte, 
organizó también apresuradamente un cuerpo de tropas. 
Un encuentro de vanguardia tuvo lugar el 2H de agosto 
a orillas del rio Maipo, i el campo quedó por ('arí*era. 
Las tropas de O'Higgins. sin embargo, se prepararon a 
renovar el combate al dia siguiente. 

Entonces recibió éste una noticia tan alarmante (M)mo 
inesperada. El virivi del i*erú Imbia desaprobado el 
convenio de Lircai, i deseoso de consumar la pacificación 
de Chile, liabia enviado al coronel don Mariano Osorio 
con considerubles troj)as de refuerzo. O'Higgins. olvi- 
dando sus resentimientos, se puso l)aj o las órdenes de su 
rival para rechazar al enemigo común. Los jenerales chile- 
nos reunieron sus tropas para salvar la revolución. O'Hig- 
gins pidió solo el mando de la vanguardia para ser el 
primero en romper los fuegos contra el enemigo. 

Sitio de RA^TA(íUA: recoxqusta de Chile.— Osorio 
traía consigo un batallón de soldados españoles bien 
disciplinados, algunos oficiales nistructores, i un repuesto 
de armas, municiones i vestuario. En Chillan reorganizó 
el ejército realista elevándolo al número de 5,000 solda- 
dos. A fines de setiembre se encontraba a orillas del 
Cachapoal, próximo a empezni- el combate con las tro- 
pas chilenas. 

Desgraciadamente, hi situíicion de Chile no era a pro- 
pósito para rechazar la invasión. La reconciliación de 
O'Higgins i de ('arrera no habia concluido con las des- 
confianzas recíprocas de ambos jefes i de sus soldados. 8e 
discutió mucho el ])lan de defensa, i al fin fué aceptado 
♦^I de O'Higgins. Este último se situó en Hancagua con 
cerca de 2,000 hond^res, i allí construyó apresuradamente 
pequeñas trincheras de adobe i barro. 

El L" de octubre las tropas españolas cayeron sobre 
Uancagua, acometiéndola por (-uatro calles que dan en- 
trada a la plaza. El combate se tral)ó entonces con 
singular ardor: los chilenos se batieron con resolución 
heroica, poniendo en sus banderas jirones de trapo negro 
para anunciar que no (pieriaii capitular. Al anochecer, los 
realistas estaban rendidos de cansancio i aun pensaron 
en retirarse; pei'o el temor de ser acometidos |)or la es- 
palda, los retuvo en sus puestos. 

El dia siguiente se renovó el combate. Los españoles 
comenzaron por cortar las acequias que dan agua a la 
ciudad. En seguida prendiei-on fuego a varios edificios 
para abrirse paso. O'Higgins, sin embargo, no desmayó 
un solo instante. Habia esperado (pie Carrera viniera en 
su ausilio con otra división, i en efecto habia divisado 
que el jeneral en jefe se acercaba por el norte; pero luego 
vio que éste se retiraba de nuevo. Fué aquella una falta 



344 HISTORIA DE AMÉRICA 



de Carrera que iba a producir los mas desastrosos resul- 
tados, i a echar un baldón sobre su nombre. El jeneral 
O'Hig^ins, sin embargo, mantuvo el combate con gran 
ardor, despreciando la muerte (|ue lo amenazaba por 
todas partes. Por ñn, en la tarde, la defensa de la plaza 
parecía insostenible. El incendio de las casas ahogaba a 
los sitiados. Faltaba el agua con que refrescar los ca- 
ñones que estaban caldeados. De los 2,000 hombres que 
defendían la ciudad solo (juedaban vivos «iOO. (hiando 
toda resistencia era completamente inútil, i cuando al 
parecer no quedaba otro arbitrio que rendirse, O'Higgins 
reuinó sus soldados i cargó sobre los españoles, abrién- 
dose paso con el tilo de los sables. Aquel movimiento de 
heroica desesperación salvó de una muerte segura este 
puñado de bravos. P]n la ocu])acion del pueblo, los realis- 
tas no perdonaron la vida ni aun a los heridos, i muclios 
prisioneros fuei'on fusilados en el momento. 

La derrota de Eancagua dio por resultado la ruina 
completa de los patriotas. Los })royecto8 de resistencia se 
desorganizaban antes de i^onerlosen ejecución. La capital 
era el teatro de una espantosa confusión. Las jentes 
pensaban solo en abandonar el pais para sustraerse a las 
venganzas de los vencedores. No habia mascamhio que 
tomar que el déla cordillera, que conduce a Mendoza; pero 
la cordillera estaba en esa estacdon cubierta de nieve. Sin 
embargo, los patriot<i8 no pensaron en los peligros con 
que los ainenazal)a la naturaleza. Los últimos restos del 
ejército patriota marcharon a su retaguardia para favo- 
recer la retirada. 

Lfis avanzadas de Osorio comenzarou a entrar a San- 
tiago el 4 de octubre. Hallaron la ciudad casi desierta, 
i siguieron su marcha al norte en persecución de los pa- 
triotas. Al tln, el 12 de octubre de 1814 ati-avesaron 
éstos las cund)res de los Andes i pisaron el territorio 
amigo de la provincia de Cuyo. Todo el suelo chileno 
quedaba abandonado al jefe <íS])añol. 



PARTE IV.— CAPÍTULO X 345 



CAPITULO X 



La independencia de Chile. 

(rutíioruo (ie Osuriu. — El jeinM-al tóiiii Martin; uigaiiizaciuu del ejército 
de los Anden. — Gobierno de Marcó del Pont.— Ardides de San Martin; 
las guerrillas. — Campaña de San Martin; batalla de Chacabuco.— 
O'Higgins en nombrado dir(^ctor supremo.— Campañíis de 1817.— 
.\ueva (íspedicion del jeneral Osoi-io. — Declaración de la independen- 
cia de Chile.— Campaña de 1818; sorpresa de Cancharayada; batalla 
de Maipo, — Los patriotas i'écuperan a Concepción; captura de la 
M¿iriii Isíibel. — Primeras campañas de Benavides. — Lord Coclirane; 
toma de Valdivia.— Salida de la espedicion injertadora del Perú. — 
intimas campañas de Henavides.— Administración política del direc- 
tor O'Higg-ins.— Su ;ii><1ica<inii.— Ivf'intorporacion del archipiélago 
de Chilüé. 

(1S1.V1.S2()) 

GüitiLOKNO i)L ()s()Hi().—L;i reconquista española uo fuó 
cHract erizad; I en Chile por la freciieiieia di^ lo8 netos de in- 
iuwtificnble crueldad que la ensangrentaron en otros países 
de América. La moderación observada jeneralmentepor 
los revohicionarios. no díiba lugar a actos de violentas 
represalias. Osorio, por otra parte, era un jefe humano 
(]ue deseaba evita i- inútiles horrores. 

Sin embargo, la represión fué dura i muchas veces péj*- 
ftda. Osorio comenzó i)or anunciai- que queria el olvido 
de los sucesos pasados, i consiguió así ({ue volviesen a 
sus casas los vecinos que se h^íbian retirado al campo 
para sustraerse a las persecuciones. Por ñn. im la noche 
del 7 de noviemlu-e (1814), hizo arrestar a todos los 
liombres que hal)ian desem])efiado ídgun ])apel en h\ re- 
volución chilena. Muchos de ellos fueron remitidos al pre- 
sidio (|ue los españoles mantenían en la isla de .Juan 
Fernández; otros fueron conñnados a ciudades distantes 
de la capital. Los bienes de los patriotas fueron embar- 
gados. La justicia ordinaria fué encargada de juzgar a 
los presos, ])ero sin oir sus descargos ni tomarles sus 
confesiones. Se estableció un tribunal denominado de pii- 
rífícueion, ante el cual debiau justificar todos su conducta 
para probar que hablan sido heles a la causa del i*ei. 

En la ejecución de estas medidas, los soldados españo- 
les se hicieron notai' por su insolencia brutcd i por el 
mal tratamiento que dieron a los presos; pero luego tu- 
vieron ocasión de perpetrar un verdadero crimen, de que 
fué teatro un calabozo de la cárcel de Santiago. Estaban 
encerrados en ella varios ])atriotas de posición mucho 
mas humilde (]ue la de los magnates confinados a Juan 
rernández. Se les hizo concebir la esperanza de hacer 



34(i HI8TOKIA DE AMÉRICA 



una revolución con el ausiliu de las mismas tropas que 
guarnecían a Santiago, i las cuales, según se les decia. 
estaban dispuestas a. sublevarse, l'na mañana, cuando 
los presos esperaban que sus falsos amigos vinieran a 
abrirles la puerta de su calabozo, penetraron quince o 
veinte soldados españoles, i desenvainando sus sables, 
cargaron sobre los indefensos pi'isioneros para consumar 
la mas inicua matanza. Dos de los presos fueron asesi> 
nados en el momento: otros quedaron cubiertos de heri- 
das. Para justificar aquel crimen, las autoridades espa- 
ñolas hablaron de una gran conspiración descubierta, i 
colgaron en una horca plantada en la plaza los cadáve- 
res de las víctimas (6 de febrero de 1815). 

A estos actos de violenta represión se siguieron otros 
de un carácter mas jeneral. Fué restablecida la real 
audiencia, fue disuelto el cabildo que hal)ian organizado 
los patriotas, i fueron derogadas todas las leyes i des- 
truidas t(5das las instituciones fundadas diu-ante la 
revolución. No se escaparon ni la Bil)lioteca Nacional ni 
las escuelas i colejios fundados en lsl:i. Los vencedores, 
en vez de concillarse la voluntad de los chilenos, miraban 
con desden aun a los (]ue s(í hablan distinguido sirviendo 
en el ejército realista, i a los cuales se debia en gran 
parte ía reconquista del pais. Al cabo de poco tiempo, se 
habia producido una violenta escisión, que vino a ser de 
grande utilidad a la causa de la revolución. 

El pueblo de Santiago llegó a comprender, sin embargo, 
que Osorio habría sido un mandatario mejor si hubiese 
poseído mas amplios poderes. El cabildo, compuesto en 
parte de chilenos adictos a la causa del reí. acordó nmn- 
dar a España dos emisarios encargados de felicitar a 
Fernando Vil por su vuelta al trono, de pedirle que con- 
firiera a Osorio en propiedad el cargo de capitán jeneral 
de Chile, i de suplicarle que concediese un indulto en 
favor de los chilenos que jemian en las cárceles i presidios. 

El .ienekal San Maktin; ohganizacion ditl k-jéhcito 
DE EOS Andes.— El año de 1815 fué fatal parala revolu- 
ción hispano-americana. En todas partes los patriotas 
eran vencidos i dispersados, i se restablecía el réjimen 
colonial con mayor dureza que antes de 1810. Solo una 
porción del virreinato de Buenos Aires quedaba en pié, 
pero estaba amenazada por todas partes. La revolución 
americaiia parecia, pues, próxima a sucumbir. Dos em- 
presas memorables acometidas casi sinmltáneamente pol- 
los rebeldes en los estreñios opuestos del continente sud- 
americano, iban a cambiar esa situación. Una espedicion 
emprendida sobre Chile bajo las órdenes del jeneral don 
José de San Mai'fcin, libertaba este Y)ais i amenazaba al 
Perú, al mismo tiempo que Bolívar, el gran caudillo del 
norte, emprendía nuevas i mas brillantes campañas en 
V^enezuela i Nueva-Granada. 

San Martin, nacido en Yapeyú. ])equeño pueblo situado 



PARTE IV.— CAPÍTULO X 347 



en las fronteras del Paraguai, se habia educado en Es- 
paña i habia servido en los ejércitos de la península 
hasta tines de 1811. Allí se le abria un lisonjero porve- 
nir en la, carrera militar; pero oyó hablar de la revolu- 
ción del nuevo mundo, i se embarcó secretamente para 
Buenos Aires, a donde llegó a ofrecer su intelijencia i su 
espada al gobierno revolucionario, i fué encargado de 
organizar el primer cuerpo de tropas de caballería ver- 
daderamente digno de este nombre. 

Como hemos dicho en otra parte, Han Marthi mandó 
durante algunos meses el ejército arjentino del Alto Perú. 
Allí pudo convencerse de que seria incierta la indepen- 
dencia de América mientras los españoles dominasen en 
Lima, i concibió el plan de llegar a la capital del Perú 
por Chile i el Pacífico. Tomando por pretesto una enfer- 
medad verdadera o fin j ida, pidió que se le nombrase go- 
bernador de la provincia de Cuyo. San Martin creía 
acercarse a la realización de sus Tastos proyectos colo- 
cándose en la frontera del territorio chileno (1S14). 

Al poco tiempo de haber llegado a Mendoza, ocurrió 
la reconquista de Chile por el ejército español. I)esde en- 
tonces, San Martin no pensó mas que en formar un 
cuerí)o de tropas capaz de defender la provincia de Cuyo 
])or el momento, i bastante fuerte mas tarde para inva- 
dir a Chile. Aquella provincia era pobre, despoblada i 
eslraña, ]jor decirlo así, al movimiento revolucionario de 
la América. San Martin, sin embargo, allanó todas las 
dificultades con una paciencia verdaderamente heroica. 
Pidió al gobierno de Buenos Aires algunos ausilios de 
tropas, de armas i de dinero: i levantó el espíritu pii- 
blico de la provincia que mandaba, para sacar recursos 
casi de la nada. San Martin solicitó donativos patrió- 
ticos i exijió contribuciones estraordinarias. indujo a los 
vecinos a dar libertad a sus esclavos bajo la condición 
dé servir en el ejército de la patria, i estableció entre sus 
tropas la mas rigorosa disciplina, mediante un trabajo 
de organización que lo ocupaba el dia i la noche, ('omo 
era de esperarse, los chilenos emigrrídos formaron ])aT'te 
del nuevo ejército. 

(lOFiíiOKNí) DK Makcó DEL ToNT.— Por alguu tieuqu) se 
(•reyó que los dominadores de Chile llevarían sus armas 
vencedoras contra los patriotas de la provincia de Cuyo. 
Tal vez Osorio habría pensado en abrir la campaña; 
pero cuando esperaba que el rei, en remuneración de sus 
servicios, le coiiñase el gobierno de Chile en ])ropiedad, 
supo que v^enia de España el mariscal de campo don 
Fj'ancisco Casimiro Marcó del Pont, nombrado su suce- 
sor. E\ 2() de diciembre de 1815, Osorio le entregó el 
mando, i })oco después se retiró al Perú. 

Marcó del Pont era un militar torpe i afeminado, as- 
cendido al gol)ierno de Chile por el valimiento de sus 
deudos. En Santiago se rodeó de los españoles mas exal- 



848 HIHTORIA DE AMÉRICA 



tados: i siguientlo los (•oDseios de éstoH. ndoptó medidas 
mas rigurosas para la i)er8ecucioji ríe los patriotas. 
Estableció un tribunal de vijilancia encargado de evitar 
todo acto o conversación contrarios a la ñdelidad al 
reí, de impedir toda comunicación con las provincias 
arjentinas. i de hacer cumplir los decretos dictados por 
la capitanía jeneral para asegurar la sumisión do los 
chilenos. Este tribunal podia aplicar hasta la pena de 
muerte con consulta del presidente. 

El gobierno de Marco fué señalado por muchas otras 
providencias igualmente violentas i represivas. Habiendo 
llegado <le F]8paria una cédula ]>or la cual el rei concedía 
a todos los procesados políticos de Chile una amplia 
amnistía junto con la devolución de los bienes embar- 
gados. Marcó se resistió a darle cum])limiento. Estas 
medidas arbitrarias mantenían viva la profunda irrita- 
ción de todos los chilenos. 

Ajídidks di: Sa\ Maktin: las (íi i:i{iíili.as.— San Mai-tin 
se aprovechó de ese descontento. Cerró toda comunica- 
ción entre Chile i los emigrados (]ue se hallaban en Men- 
doza, i se apoderó de todas las cartas que se dirijian de 
uno a otro lado de los Andes. Así adquiría noticias de 
lo que pasaba en Chile: i poniendo en juego los artiticios 
que le sujeria su injenio. logró hacer llegar al territorio 
clnleno informes completamente falsos, pero mui bien 
calculados ])¿ira ocultar sus proyectos i sus trabajos. 

San Martin pensó también en distraer las fuerzas es- 
pañolas (|ue dominaban on Chile: ¡ al efecto, quiso pro- 
vocar levantamientos parciales que las mantuvieran en 
constante in(pii(^tud. Algunos emisarios despachados de 
Mendoza fomentaban hábilmente el descontento en los 
campos i en las ciudades. l;n abogado chileno (pie se 
habia distinguido en los ])rimeios años de la revolución 
por su ardoroso entusiasmo, fué el héroe de acjuella re- 
sistencia. Don Manuel Rodríguez, este era su nombie, 
adquirió en esa lucha modesta i oscura de los guerri- 
lleros, la alta po])ularidad con que lo honraron sus 
contemporáneos i con que lo menciona la historia. 

Ilodriguez desplegó lui injenio lleno de recursos para 
fomentar la resistencia a las autoridades españolas i 
para burlar la persecución de los realistas. A mediados 
de 181(3. diversas guerrillas formadas poi- campesinos 
mal armados, recorrían todo el territorio comprendido 
entre los ríos Cachapoal i Maule. Inútiles fueron los es- 
fuerzos de las tro])a8 españolas para pímei- fin a este 
jénero de hostilidades. Inútil fué también que Marcó 
ofrecieía premios pecuniarios al (|ue denunciase el para- 
dero de Rodríguez í de los otios jefes de guerrillas, l^os 
militares españoles, obedeciendo a las instrucciones 
dadas por el gobierno, fusilaban sin piedad i sin fór- 
mula de [uoceso a los infelices montoneros, o a los sim- 
plemente sospechosos de tomar parte en las guerrillas; 



t»AfeTE IV. —CAPÍTULO X Ü49 



pero el terror no liMcia otra cosa que aumentar el des- 
contento i vigorizar la resistencia. 

A principios de ISIT, las operaciones de las guerrillas 
fueron mas importantes. FA H de enero. Rodríguez cayó 
sobre el pueblo de Melipilla, aju-esó a los españoles que 
halló en él i repai'tió entre los campesinos que lo seguían, 
los caudales del gobierno i las especies reunidas en el es- 
tanco. El 11 de enero, otra guerrilla ])atriota se a])0- 
deró del pueblo de San Fernando. Estos golpes de 
audacia, ejecutados por bandas indisciplinadas i contra 
un gobierno que (^ontaba con un ejército de 5,000 hom- 
bres, no tenían mas objeto (pie el de obligar a Marcó a 
distraer sus fuerzas distribuyéndolas en diversas partes 
del territorio. 

Camf^axa I)K San Maiítin: uatalla dk Chacaki'co. — 
San Martin, entretanto, había logrado formar un ejér- 
cito de mas de 3,000 excelentes soldados. Esas tropas, 
sin embargo, habrían sido ínsuíicientes para; batir a los 
5,000 hombres con ([ue contaba Marcó; pero éste, i)reo- 
cupado con las correrías de los guerrilleros, no jjodia 
operar la rec(^ncentracion de sus tropas. 

Esto era lo que necesitaba San Martin })ara hacer des- 
aparecer la diferencia que existía entre sus fuerzas i las 
de Marcó. El 17 de enero de 1817, las tropas revolucio- 
narias salieron del cuartel jeneral de Mendoza, i empren- 
dieron su marcha divididas en destacamentos que debían 
penetrar en la cordillera por diversos puntos a la vez, 
para obligar a Marcó a mantener fraccionadas sus fuer- 
zas. San Marthi, a la cabeza del grueso de su ejército, 
tomó el camino de los Patos, para caer sobre (^1 valle de 
Futaendo, en la provincia de Aconcagua. 

Jamas jeneral alguno desplegó mayor actividad i 
mayor intelíjencia (|ue San Martin en esos momentos. 
Dirijiendo personalmente todas las operaciones hasta en 
sus mas ])et|ueños detalles, señalando a sus subalternos 
la marcha de cada día i las diversas evoluciones para 
Hor})render i para engañar al enemigo, San Martin rea- 
lizaba con singular acierto su vasto plan de campaña. 
El ejército, por su parte, so])ortó con valor i entusiasmo 
las fatigas de una marcha peligrosa por laderas escar- 
padas, i ])or alturas en (]ue el aire enrarecido hacia di- 
fícil la respiración. La artillería de los patriotas era 
conducida desmontada a lomo de muía i ccm grandes di- 
ticultades. 

lias fuerzas españohis que ocu[)aban la actual ])ro- 
vincia de Aconcagua, trataron en vano de f»mbarazar la 
marcha del ejército patriota. Tan pronto sabían que los 
revolu<ionai'ios se dejal>an ver por el camino de Hus}>a- 
llata, como se les aimnciaba que se habían retirado, i 
que se acercaban por otra parte. Los realistas se ajita- 
ban inútilmente, corriendo sin cesar de un punto a otro, 
mientras los patriotas avanzaban felizmente medíante 



.-i5(» HISTORIA DE AMÉrICA 



una serie de maniobras i de pequeñas marchas i contra- 
marchas combinadas con suma liabilidad. El 8 de fe- 
brero, después de dos combates en que los destacamen- 
tos realistas fueron puestos en completa dei-rota, el 
ejército patriota se reunió en el valle de Aconcagua*. En 
esos mismos dias el comandante don Ramón Freiré, a 
la cabeza de solo ochenta hombres, que luego se engro- 
saron con numerosos guerrilleros, pasaba la cordillera 
por el Planchón, destrozaba algunas partidas enemigas 
i ocupaba a Talca. 

Marcó del Pont tembló de cólera i de pavor cuando 
supo que el enemigo pisaba el territorio chileno i ponía 
en dispersión a sus tropas; pero no acertaba a tomai- 
medidas militares. Poi' medio de órdenes impartidas a 
gran prisa, sus subalternos reunieron una división de 
2,000 hombres, que fué a colocarse en el camino de 
Aconcagua a las órdenes del l>rigadier español don Ka- 
fael Maroto 

Entretanto, San Martin no permanecia ocioso. No 
queriendo dar a los españoles el tiempo de reconcentrar 
todas sus fuerzas, i sabiendo que la división de Maroto 
no estaba separada de él mas que por las serrauías de 
Chacabuco, San Martin emprendió resueltamente su 
marcha en la noche del 11 de febrero. El jeneral 
O'Higgins, a la cabeza de una división, debia escalar 
esas serranías de frente. Otra división, mandada por el 
jeneral arjentino don Miguel Soler, debia hacer un rodeo 
para caer por el tlanco del ejército español. San Martin 
se reservó para sí el mando de la retaguardia. 

Aquella batalla iba a decidir de la libertad de Chile. 
Al amanecer del dia siguiente, O'Higgins, despreciando 
los fuegos de las avanzadas españolas, ocupó la cima de 
las serranías, i obligó a los enemigos a replegarse hacia 
su cuartel jeneral. En seguida, dejándose arrebatar por 
su ardoroso entusiasmo, avanzó en persecución de los 
realistas hasta el mismo sitio en que Maroto estaba 
veutajosamente colocado; i sin aguardar el arribo de la 
división de vSoler, empeñó el coml>ate atacando a la ba- 
yoneta a, la línea enemiga. La división patriota, mui 
inferior en número a las fuerzas que mandaba Maroto, 
rompió, sin embargo, el cuadro realista después de una 
sangrienta i tenaz lucha. Los primeros cuerpos de la 
división de Soler, que bajaban de las serranías, consu- 
maron la derrota de los españoles (12 de febrero de 
1817). Fai manos de los patriotas cayeron casi todo el 
armamento del enemigo i un gran número de prisione- 
ros, r^a victoi'ia de Chacabuco decidió en ese dia la re- 
cuperación del territorio chileno ])or las armas ])a- 
t rio tas. — ^ 

O'HlGíííNS I¿8 NOMBKAÜO lUttECTOU SIJPRKMO.— Eu la 

tarde de ese dia, llegaron a Santiago los fujitivos del 
campo de batalla. Hubo un momento en (pie Marcó i 



Varte IV. —capítulo X ¿i5i 



SU8 consejeros trataron de reconcentrar sus fuerzas i pre- 
sentar un segundo combate; pero luego se apoderó de 
ellos la turbación i el desaliento. Las tropas realistas 
evacuaron la ciudad en el major desorden durante la 
noche, i se dirijieron a Valparaíso a fin de embarcarse 
para el Perú. 

La ciudad quedó abandonada hasta el siguiente dia, 
en que enti-aron a eha las primeras partidas del ejército 
patriota. El 15 de febrero, el vecindario de la capital, 
reunido en cabildo abierto, confió el mando supremo del 
estado a don José de San Martin. El hábil jeneral, co- 
nociendo que su elevación al gobierno le traeria solo di- 
fit'ultades, sin ventaja alguna para la revolución, renun- 
ció tenazmente el mando que se le ofrecía. El dia 16, el 
pueblo reunido nuevamente, proclamó director .supremo 
del estado al jeneral don Bernardo O'Higgins. 

Los primeros trabajos del nuevo mandatario se diri- 
jieron, conío era natural, a activar las operaciones déla 
guerra. Los destacamentos despr<-ndidos del cuartel jene- 
ral de Mendoza, hablan restablecido el gobierno revolu- 
cionario en las provincias del norte i del sur, desde Ata- 
cama hasta las orillas del rio Maule. Solo en Concepción 
<]uedaban en pié las autoridades españolas. Mandaba allí 
con el cargo de intendente el coronel don José Ordóñez, 
militar valiente i entendido que con una gran actividad 
organizó una tenaz resistencia. El director supremo dis- 
])U8o (]ue el coronel don Juan Gregorio de Las-Heras 
marchase al sur con una división regular i)ara restable- 
cer el gobiei'uo revolucionario en aquellas provincias (19 
de febrero). 

A estas medidas militares se siguieron otras de simple 
leparacion. O'Higgins mandó a la isla de Juan Fernán- 
dez un buque mercante para volver al seno de sus fami- 
lias a los pati'iotas confinados en aquel presidio. El go- 
bierno desterró al otro lado de los Andes a los realistas 
(]ue, habiéndose comprímietido en las persecuciones de la 
época de la reconquista, cayeron prisioneros. El presi- 
dente Marcó del Pont, capturado cerca de la costa cuando 
buscaba una nave en que fugar al Perú, fué del numero 
de los (-onfínados. Igual suerte cupo al obispo de San- 
tiago, don José Santiago Kodriguez, que, como casi todo 
el clero, era un enemigo ardoroso i activo de la r-evolu- 
cion. El capitán espafn^l don Vicente San Bruno i un 
sarjento apellidado Villalobos, autores principales délos 
asesinatos cometidos en la cárcel de Santiago en 1815, 
fuei'on fusilados en la ])laza pública. 

('amilana i>i: IcSlT.— Al [U'incipio, no dio el gobierno 
grande importancia a la i-esistencia (pie Ordóñez habia 
preparado en el sur: ])ero luego se vio que allí surjia un 
gran peligro para la causa de la revolución. p]| mismo 
director O'Higgins marchó al sur con nuevos refuerzos 
de tr()])as ])ai*a ])onerse a la cabeza del ejército patriota. 



¿i 52 HISTORIA DE AMÉRICA 



Las-Heras, entre tanto, habia sostenido dos reñidos com- 
bates, el de Cnrapalihue (5 de abril de 1817) i el del Ga- 
vilán (5 de mayo), i en ambos rechazó gloriosamente a los 
realistas, obligándolos a encerrarse en Talcaluiano. Or- 
dóñez, en cambio, recibió del Perú nn ret'ueizo de cerca de 
mil hombres, formados con los fnjitivos de Chacabnco 
que después de esta derrota ha1)ian ido a buscar un asilo 
en aquel pais. 

El resto de aquel año se pasó en constantes combates. 
Talcahuano está situado en una pequeña península unida 
al continente por una estrecha lengun de tierra. En esta 
angostura., Ordóñez habia cortado vma zanja profunda 
detras de ¡a cual construyó espesas palizadas defendidas 
por cuatro fortalezas i |)or setenta cañones, i^sta línea de 
defensa podía considerarse formidable, atendida la falta 
de elementos de ataque en el ejército revolucionario. 
Agregúese a esto que Ordóñez era verdaderamente dueño 
del mar, i que. si bien no contaba con fuerzas navales, le 
bastaron unas cuantas lanchas ])ara mandar hacer es- 
cursiones en la costa vecina, proporcionarse víveres e in- 
quietar por todos medios a los patriotas. Ordóñez uti- 
lizó estos recursos con tanta actividad e intelijencia. (pie 
sostuvo la guerra durante un año entero. Por medio de 
ajentes, que despachaba por mar, sublevó a los indios 
araucanos, i armó montoneras que comenzaron a hacer 
sus escursipnes en los campos que se estienden entre Chi- 
llan i los Anjeles. 

Fastas operaciones ocuparon a los dos ejércitos durante 
casi todo el año. Al fin. O'Higgins preparó el asalto de 
las fortifiííaciones españolas de Talcahuano. Poco tiempo 
antes, habia llegado al campamento un militar francés 
llamado Miguel Brayer, antiguo jeneral del ejército de 
Napoleón, que habia venido a Chile a ofrecer su espada 
a la causa de la revolución. O'Higgins. cediendo al pres- 
tijio militar del jeneral Brayer, aceptó el plan que éste 
pi'opuso. Los patriotas enipeñai-ou el ataque con un 
arrojo i una disciplina verdaderamente admirables; pero 
fueron rechazados dejando el campo cubierto de muertos 
i de heridos (6 de diciembre de 1817). 

Nri:vA ESPEDicioN DEL .lENEKAL OsoRio.— El virrei del 
l^erfi preparaba entonces otra espediciou contra (^hile. 
compuesta de mas de 8, ()()() hombres, en su mayor parte 
recien llegados de España, bajo el mando del jeneral don 
Mariano de Osorio, el mismo que en 1814 habia consu- 
mado la reconquista de Chile. El ejército de Osorio debia, 
según el plan fijado por el virrei. desembarcar de impro- 
viso eu Talcahuano, reunirse con las fuerzas de Ordó- 
ñez, i destruir imuediatamente la división (]ue mandaba 
O'Higgins. En seguida Osorio. reembarcando sus tropas, 
tomaría tierra en el puerto de San Antonio para caer 
sobre ^Santiago si era posible antes que en esta ciudad se 
tuviese noticia de la inevitable derrota de O'Higgins. 



t*ABTE IV.— CAPITULO X ;j,j8 



San Martin, al cabo de los proyectos del enemigo, sacó 
de Santiago todas sus fuerzas i fué a colocarse con ellas 
en la hacienda de las Tablas, entre los puertos de ^^al- 
paraiso i San Antonio, para acudir al punto que pudiera 
ser amenazado. Al mismo tiempo, encargó que O'Higgins 
se retirara de Concepción con todas las tropas de su 
mando para librarlas de un ataque de los invasores. 

(Vlliggins levantó su campamento en los primeros 
dias de enero (1818), i emprendió su retirada arrastrando 
consigo a casi todos los ])obladores de las provincias 
meridionales, como también los ganados i víveres, para 
privar de recursos a los realistas. Las tropas espedicio- 
narias, mientras tanto, desembarcaron en Talcahuano 
con toda felicidad; pero Osorio, viendo desbaratado su 
j)lan de campaña (íon la retirada de O'Higgins, no pensó 
mas que en internarse en el pais para seguir en persecu- 
ción de éste. El 20 de enero todo el ejército de O'Higgins 
se hallaba acam])ado al norte del rio Maule. 

Declaración de la iNDEPENnENCL\ de Chile.— En mo- 
mentos tan críticos para la revolución chilena se verificó 
la solemne declaración de la independencia. 

Todos los actt^s del gc^bierno levolucionario manifesta- 
ban desde tiempo airas que Chile queria ser considerado 
como estado soberano e independiente. La vacilación i 
el disimulo de los primeros tiempos hablan desaparecido 
del todo después de Chacabuco. O'Higgins habia supri- 
mido por un simple decreto los títulos de nobleza i los 
escudos de armas de familia, como contrarios al espíritu 
democrático del nuevo orden de cosas. La prensa mani- 
festaba cada (lia que la separación entre Chile i la me- 
trópoli era un hecho consumado. 

Faltaba solo la declaración solemne de este hecho. 
Tarecia natural que para este efecto se hubiese convocado 
un congreso, que represeut;indo la voluntad nacional, 
hiciese aquella declaración. O'Higgins, creyendo que la 
reunión de un congreso podia {jrodacir en CJiile las divi- 
siones intesl inas que se hablan hecho sentir en todos los 
otros pueblos americanos en iguales circunstancias, ima- 
jinó otro arbitrio para consultar la opinión nacional. 
Mandó que en todos los cuarteles de cada ciudad se abrie- 
sen dos rejistros, en uno de los cuales podrían firmarlos 
que estuviesen por la pronta declaración de la indepen- 
dencia, i en el otro los de opinión contraria. 

F]l resultado de esta operación correspondió a los de- 
seos del director supremo. Mientras que se cubrían de 
nombres los rejistros en que debian firmarlos adictos a 
la independencia, nadie se atrevía a poner su firma en 
los otros. Termhiada esba operación, el director supremo 
mandó estender el acta de la declaración de la indepen- 
dencia; pero los afanes de la guerra retardaron })or al- 
gunos dias su promulgación. A principios de febrero, es- 
tando O'Higgins acampado en Talca, firmó el solemne 
23 



854 H18TOKIA DE AMÉRICA 



documento, datándolo, sin embargo, en Concepción i con 
techa 1.^ de enero, como estaba convenido. El 12 d(^ 
febrero (1818), primer aniversario de la victoria de Cha- 
cabnco, ne efectuó la jura de la independencia, en medio 
del entusiasmo loco de los pueblos. 

Campaña de 1818; sorpresa de Cancuaravada: ha-, 
TALLA DE Maipo.— En esos momentos, el ejército español 
se reconcentraba en la orilla sur del Maule. Al ver que 
O'Higgins abandonaba sin combatir las provincias meri- 
dionales, el jeneral Osorio creyó que los patriotas no se 
hallaban en estado de oponerle resistencia alguna. Con 
el objeto de inducirlo a pasar el Maule, O'Higgins se 
retiró hacia (Xiricó, dejando solo algunas partidas para 
vijilar la nmrcha del enemigo. Osorio se dejó engañar 
por este movimiento: pasó el Maule, i avanzó hasta las 
orillas del rio Lontué. 

El jeneral San Martin marchó al sur con las fuerzas de 
su mando, i se reunió a O'Higgins en San Fernando el 
dia 14 de marzo. Su pensamiento era cortar a Osorio la 
retirada, i obligarlo a aceptar la batalla antes de repa- 
sar el Maule. Osorio, (conociendo solo entonces el lazo en 
que se le habia hec^ho caer, emprendió una retirada rá- 
pida para evitar una batalla que debia serle fatal. En la 
tarde del 19 de marzo, los realistas se hallaban en las 
inmediaciones de Talca, en los momentos en que San 
Martin se acercaba a ellos para presentarles la batalla. 
Osorio. sin embargo, logró salvar sus tropas de este 
peligro, encerrándose apresuradamente en la ciudad. 

La victoria de los independientes parecía inevitable. 
Su superioridad numérica i el prestijio del jeneral en jefe 
hacian augurar un triunfo seguro. En el campamento 
enemigo, por el contrario, no existia una confianza igual. 
Ordóñez, para salir- de aquella embarazosa situación, 
propuso caer de sorpresa durante la noche sobre el ejér- 
cito patriota. Este plan fué aceptado por los otros 
jefes, i el mismo Ordónez recibió el encarj[j;o de ejecutarlo. 

El ejército patriota permanecía acampado al oriente 
de Talca, en la llanura de Cancharayada. Recelando San 
Martin que pudiese ser sorprendido durante la noche, 
ordenó un cambio de posiciones. El ejército habia comen 
zado a ejecutar este movimiento, cuando de improviso 
cayó sobre él el ejército realista. A causa de la oscuridad, 
se produjo la confusión en el campo |)atriota. Un bata- 
llón de tropas chilenas, que sufrió de lleno el ataque 
realista, resistió bajo la voz de O'Higgins con la mayor 
heroicidad; pero fué cortado i destrozado por fuerzas 
cuatro veces mayores. Las muías que debian mover la 
artillería de la segunda división, se dispersaron en todas 
direcciones rompiendo las ñlas de los soldados chilenos. 
El caballo que montaba O'Higgins cayó muerto de un 
balazo, i el mismo jeneral recibió otro balazo en el brazo 
derecho. A la turbación siguió la dispersión de los pa- 



PABTE IV.— CAPÍTULO X 855 



triotas. Los esfuerzos de 8aii Martin para organizar sn 
ejército i rechazar el ataque fueron impotentes; i él mismo 
se vio obligado a disponer la retirada en medio de la 
mas espantosa confusión (19 de marzo de 1818). 

Solo la primera división patriota, que ya habia cam- 
biado de posición, quedó intacta. Bajo el mando del co- 
ronel Las-Heras se retiró del sitio del desastre, i siguió 
su marcha hacia el norte con toda felicidad. En la reti- 
rada se le fueron reuniendo algunos cuerpos o partidas 
de las otras divisiones, de manera que al llegar a San 
Fernando ya contaba mas de 3,000 hombres. En este 
j)ueblo también los jenerales San Martin i O'Higgins de- 
tenían a los dispersos i los liacian marchar ordenada- 
mente a Santiago. 

En la mañana del dia 21 de marzo, se hicieron públi- 
cas en la capital las j)rimeras noticias del descalabro de 
Cancharayada. Se decia que O'Higgins i San Martin ha- 
blan muerto en la sorpresa, i que los realistas marchaban 
rápidamente sobre Santiago. Se pensaba solo en huir a 
Mendoza como en 1814, llevando los caudales del estado 
i las armas que pudieran recojerse. El coronel don Luis 
de la Cruz, que mandaba en la capital por ausencia de 
O'Higgins, no podia dominar el pánico de la población, 
cuando algunos patriotas exaltados, a cuya cabeza apa- 
recía don Manuel Rodríguez, el famoso guerrillero de 
1816, se presentaron a alentar al ]jueblo aterrorizado. 
La confianza pareció renacer dos dias después. 

Por fin, el 24 de marzo entró O'Higgins a la capital 
i reasumió el mando supremo. El gobierno cobró enton- 
ces su antiguo vigor. Dictáronse las órdenes mas activas 
i terminantes para reunir las milicias, contener los dis- 
persos i reorganizar el ejército. La presencia del jnneral 
San Martin, que llegó poco después, i la noticia de que 
Las-Heras se retiraba con una división respetable, infun- 
dieron valor a los mas aterrorizados. En las llanuras de 
Maipo, al sur de la ciudad, se formó el campamento; i 
allí se reunieron en breve cerca de 5,000 soldados. 

La sorpresa de Cancharayada habia sido también 
costosa para los realistas. Perdieron cerca de 800 
hombres. Cansados con las marchas de los dias anteriores. 
e inciertos sobre la ^'erd adera situación de los patriotas, 
los españoles se vieron obligados a caminal* con lentitud, 
i tomando mil precauciones. El 4 de abril acampó 
Osorio en la parte occidental de las llanuras de Maipo, a 
tres leguas de distancia de la capital. Los independientes 
hablan tenido, pues, diez i seis dias para reponerse del de- 
sastre, i los habia n aprovechado con tanta actividad 
como intelijencia. 

Los dos ejércitos pasaron la noche sobre las armas, 
separados por una corta distancia. El siguiente dia (5 
de abril de 1818), los independientes emprendieron el ata- 
que marchando resueltamente sobre las posiciones ene- 



ítoC» HISTORIA DE AMÉRICA 



migas. Í*or un instante la batalla parf^ció indecisa; pero 
los realistas opusieron una resistencia tan vigorosa a la 
ala izquierda de los patriotas, que nsta comenzó a va- 
cilar, i al fin tuvo que retroceder en gran desorden. En 
aquel momento, los esj^añoles pudieron creerse vencedo- 
res. Pero la reserva de los independientes apoyada por 
su artillería, entró entonces en combate. í^a lucha se re- 
novó con nuevo ardor. San Martin dirijia personalmente 
todas las operaciones, dando al ataque de sus tropas 
un empuje irresistible. Los españoles comenzaron a ceder, 
¡ se pronunciaron en breve en completa retirada. Osorio, 
creyéndolo todo perdido, fugó del campo l)uscando su 
salvación personal. El denodado Ordóñez organizó toda- 
vía