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Full text of "Corona poética dedicada por la Academia de Buenas Letras de esta ciudad al Sr. D. Alberto Lista y Aragon, precedida de su biografia"

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in 2013 



http://archive.org/details/coronapoticadediOOacad 



- Yco 




563089 



Páginas. 



Biografía del Sr. Lisia, escrita por el Sr. D. JoséM." Fernandez-Espino. 1 

COMPOSICIONES FOÍTICIS. 



Por ia Señorita Doña Carolina Coronado 35 

Por el Sr. D. Juan Engenio Harzenbuscli 37 

Sr. D. Francisco Zoleo 37 

Sr. D. Francisco Rodriguez Zapata 39 

Sr. D. Juan Maria Capitán 39 

Sr. D. Luis Huidobro . 42 

Sr. D. Angel 3Iaría Dacarrete . 43 

Sr. D. JuanBelza . 46 

Sr. D. Eustaquio Fernandez Navarrete . 47 

Sr. D. V. M. Brussola . 49 

Sr. D. Antonio Ferrer del Rio . 52 

Sr. D. Francisco Rodríguez Zapata . 54 

Sr. D. José Amador de los Rios . 57 

Sr. D. Manuel Bretón de los Ileri-eros . 60 

Sr. D. Francisco Zea , . 61 

Sr. D. Manuel Azcutia . 63 

Sr. D. Francisco Sánchez del Arco . 65 

Sr. D. Adolfo de Castro . 66 

Sr. D. Ventura Ruiz Aguilera • ... 67 

Sr. D. José Benavides . 67 

Sr. D. Francisco Rodriguez Zapata . 69 

Sr. D. Juan de Ariza . 70 

Sr. D. Luis Maria Ramírez y las Casas-Deza. . • • . . 70 

Sr. D. Joaquin José Cervino . 71 

Sr. D. Adolfo de Castro . 72 

Sr. D. Aureliano Fernandez-Guerra y Orbe. . • • . , 75 

Sr. D. José María de Albuerne . 74 

Sr. D. Eugenio Sánchez de Fuentes . 75 

Sr. D. Miguel Agustín Principe • ... 76 

Sr. D. Francisco Flores Arenas • ... 77 

Sr. D. Emilio OUoqui . 78 

Sr. D. Tomas Rodríguez Rubi . 79 

Sr. D. José María Fernandez-Espino 79 

Sr. D. Manuel Cañete 81 

Sr. D. Julián Romea 83 

Sr. D. Rafoel María Baralt 84 

Sr. D. Cayetano Rossell 85 

Sr. D. J. Heriberto García de Quevedo 87 

Sr. D. Gregorio Romero Larrañaga 87 

Sr. D. Juan María Capitán 89 

Del mismo 90 

Sr. D. Francisco Rodriguez Zapata 90 

Notas 91 



■4 



1- 



ADVERTENCIA. 

Las composiciones, que comprende esta colección, se han insertado sin gé- 
nero alguno de preferencia, y sí según el orden, con que han sido presenta- 
das á la Academia; á fin de adelantar todo lo posible la impresión de una 
obra, que tanto los individuos de aquella Sociedad, como los numerosos ami- 
gos y discípulos del Sr. Lista, anhelaban ver concluida. 



Esta obra es propiedad de sus editores, y nadie puede reimprimirla sin su consentimiento, conforme 
previene la ley de 10 de Junio de 1847, cuyo artículo 19 dispone se castigue á los infractores: 1.= con 
la pérdida de todos los ejemplares fraudulentos, que se entregarán al autor de la obra ó á sus derecho- 
habientes: 2. * al resarcimiento de daños y perjuicios, no pudiendo bajar la indemnización del valor de 2,000 
ejemplares, y 3.° á las costas del proceso. 



L elegirme la Academia entre tantos ilustres Socios para hacer 
el elogio del Sr. D. Alberto Lista y Aragón , el mas ilustre de 
sus hijos y uno de los mas distinguidos sabios de España , me 
há dado una prueba notable de consideración, que está muy lejos 
de merecer mi escaso mérito; pero que ni el tiempo ni las vi- 
cisitudes borrarán jamás de mi alma. Sin embargo, si el personage cuyo pane- 
gírico debo pronunciar no fuese el hombre de quien escuché tantas lecciones 
de sabiduría hasta en los últimos momentos de su laboriosa vida, sin dejar 
de agradecer las bondades de la Academia hubiera cedido esta honra á otro 
mas digno y de mas altos merecimientos. Pero no debía contentarme con ha- 
ber llorado á mi maestro; debía manifestarle toda la efusión de mí respeto, de 
mi gratitud y mí cariño y solo accediendo á la invitación de la Academia podía 
cumplir mejor una deuda tan sagrada. Llaraaránme algunos presuntuoso, dirán 
que otros pudieran rendirle este homenage de admiración de una manera mas digna 




>ii i\um csclarocid;! y (le osle cuerpo cioiililioo ; no nio importa. Los que así 
ison , ui conipníndoii mi corazón , ni comprenden (jue esa fama no puede re- 



cihii' incremento alguno por los elogios que le tributen. Sus obras inmortales son 
su mayor elogio; ellas hablan mas que cuanto pudiera decir en favor suyo el crítico 
mas elocuente y mas profundo. 

Dien conozco que no debo ocuparme de su sabiduría solamente ; ne- 
cesito hacerlo de los principales sucesos de su vida , de su carácter , de 
sus virtudes; porque solo descubriendo las inclinaciones de su alma gene- 
rosa podré prestar á sus escritos mayor interés que el que exciten sin esta en- 
señanza. Bien conozco que si se há de apreciar al sabio es forzoso comprender al 
hombre. ¿Y quién podrá hablar, sin que le arredre su pequenez, del teólogo consu- 
mado, del matemático eminente, del moralista, del fdólogo , del publicista, del 
hisloriador célebre, del gran poeta ? ¿Quién podrá hablar dignamente de su mo- 
destia, de la sencillez y encanto de su trato afectuoso, de su cariño á la juventud, 
de la fi-anqueza y sinceridad de su noble carácter, de su ternura en la amis- 
tad, de su amor constante á la justicia? ¡Ah! si España, si la Europa entera pre- 
tendiesen levantar nna estatua que representára el Sábio del siglo 19 á quien 
la humanidad fuese deudora de mayores beneficios en la doctrina, sin duda hubieran 
tributado este honor justísimo al Sócrates moderno, al Apóstol castellano de la li- 
teratura: porque su fama refleja cuanto hay de grande en las ciencias, cuanto 
hay de grande en la honradez, cuanto hay de grande en las virtudes. 

Así pues, al querer presentar á la Academia tantas brillantes cualidades reu- 
nidas en una sola celebridad, desfallece mi espíritu y se confunde como el del 
viagcro que al llegar al pié de las pirámides fija la vista en su mole inmensa. 
Sin embargo, si como dice Juvenal la indignación presta facilidad y energía al numen 
poético, con mas razón el amor que tuve á mi maestro y la gratitud profunda 
con ([ue conservo en mi corazón el recuerdo de sus bondades , darán mayor alteza 
á mi pensamiento , mayor propiedad y elocuencia á mis palabras. Mas aunque 
así no fuere, nadie me ganará en entusiasmo, nadie con un deseo mas vivo y 
nías puro aspirará á colocar algunas flores sobre la corona de gloria que ciñe 
sus sienes inmortales. 

D. Alberto Lista y Aragón, nació en Sevilla el dia 15 de Octubre de 177o: sus 
padres D. Francisco Lista, y D.^" Paula Aragón, eran de escasa fortuna y se 
sostenían con una í;d)rica de telares de sinla, Al nacer Lista, vivían en la calle de 
la O en Triana: (1) después se trasladaron á la de San Martín que hoy tiene el 

(1) lluy so Ih.ina <le Caslilhi. 



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I 



nombre del iluslre poeta. Aunque dedicndo por ellos al ejei eicio de su profesión, 
le comenzaron á dar carrera liteiaria y estudió la lengua latina en la f|ue ma- 
nifestó ya su prodigiosa memoria, su grande aplicación y las dotes felices que 
había recibido de la naturaleza. (1) 

Por aquella época iba ya dando frutos saludables la restauración del buen gusto; 
pero como su luz benéfica partía del centro de España , donde había tenido mayor 
intlujo su estado floreciente y la civilización francesa, aun no habia podido llegar 
aquella antorcha hasta las extremidades de la península. Así Sevilla, la Aténas 
moderna en nuestro siglo de oro, entónces, á pesar de la pureza de su sol de medio 
día , de la amenidad de su suelo y de la templanza de su hermoso clima, estaba 
sumida en la ignorancia mas lamentable. En la Universidad unida en aquella sazón 
al Colegio mayor de Sta. María de Jesús, dominaba exclusivamente el peripaio, 
expuesto por tan miserables intérpretes como el P. Gaudin y el P. Roseli. No habia 
que esperar en las demás ciencias, que son frecuentemente en el gusto y en la ex- 
tensión y variedad de los conocimientos, un resultado de los estudios fdosóficos, ni 
mayor profundidad, ni mejor elección en los libros que debían servir de texto 
para la enseñanza. La teología que produjo en otro tiempo los Melchor-Canos, 
los Sotos, los Salmerones y á los Arias Montanos , estaba reducida á la suma de 
Santo Tomás y al Maestro de las sentencias : en el derecho solo se estudiaban el 
Kest y Amoldo Vinnio , y en la elocuencia las ridiculas gerundiadas del P. Solo 
Marne. Pero aun mas lastimoso era el estado de los estudios en las humanidades: 
se despreciaba como perjudicial ó inútil el conocimiento de los grandes mode- 
los, reemplazado con la poética del P. Rengifo; y á la alta poesía, á los graves y me- 
lodiosos ecos de Rioja, había sucedido una poesía coplera, aun mas perjudicial que 
la de Góngora, atestada de sutilezas, de retruécanos y paranomasias. 

Mas parece que la providencia cansada de que la ignorancia se enseñorease por 
tanto tiempo de Sevilla, sugirió al Gobierno el pensamiento de nombrar á D. 
Pablo de Olavide su Asistente. Este ilustre sabio , á cuyo zelo infatigable por los ade- 
lantos científicos y á cuya acertada administración, no solo esta ciudad sino la Espa- 
ña entera, son deudoras de grandes beneficios, se propuso extirpar tamaños ma- 
les sacando á las ciencias y las letras del estado lastimoso en que yacían. Para 
esto consiguió que se trasladára la Universidad al local que hoy ocupa , perte- 
neciente poco tiempo hacía á los padres Jesuítas, y proscribió de ella el escolasti- 

(I) Iba arrancando todas las hojas que traducia: su maestro, Don Carlos Vázquez, lo notó cuan- 
do llevaba ya rauchas: amenazándole con el castigo, le contestó Lisia, que como las conservaba en 
la memoria las juzgaba ya inútiles y por eso las habia rolo Enlúnces ([uizo el preceptor asegurarse 
(le la verdad, y al ver que en una multilud de hojas no erraba ni en una sola palabra, le perdonó. 




_ .i _ 

cismo aiisiolólico. Dosdfi onióncos dejó do dominar la autoridad en la fdosofia; 
y á la opresión del peripaio sucedió el racionalismo de Descartes, que habia ense- 
ñado al hombre á no alirmar nada que no viera con claridad su inteligencia. 
Por oslo medio lialló las mejores pruebas que se conociaH entonces de la exis- 
tencia de Dios y de la inmortalidad del alma. No se contenió Olavide con esa sola 
reforma: para el esindio de la física hizo adoptar al gran Newton y á Muskem- 
broer; paia el de la teología introdujo la crítica, las lenguas sábias, la filolo- 
gía y la hisloria, sirviendo de texto en la Escritura el P. Lami; para los lugares teo- 
lógicos eligió al célebre Melchor Cano, y para el de los cánones á Berardi. 

Estas mejoras introducidas en la Universidad atrageron natui-almente á ella los 
hombres doctos que habia en Sevilla, los cuales podían enseñar las ciencias de 
la manera referida con gran provecho de los jóvenes que se dedicaban á su es- 
ludío. D. Pedro Prieto, buen humanista y teólogo eminente, D. Tomás González 
Carvajal, erudito de gran talento, pero no de muchas dotes poéticas, D. Nicolás 
Maestre, no inferior á Prieto en la teología, hablista puro y escelente orador sagrado 
y D. Francisco Fuertes, jurista y canonista perfecto, sirvieron desde aquella época 
varias cátedras en la Universidad, y produjeron en la enseñanza los buenos resul- 
tados que habia previsto Olavide. 

Pero los claustros continuaban envueltos en las mismas tinieblas de ignorancia 
que la Universidad antes de su reforma: así es que entre las conclusiones públicas 
de este cuerpo y las que se celebraban en aquellos, habia la diferencia que en- 
tre la luz y las sombras , que entre la verdadera ciencia y el pedantismo que 
pretende ocultar su ignorancia con la osadía y las exageraciones. En los conventos 
era generalmente ininteligible cuanto se decía en sus actos literarios; y ni al 
sustentante de la proposición, ni á los que le argiiian se oyó jamás una sola ¡dea 
que revelara buenos conocimientos. El mal gusto escolástico llegó á desencadenarse 
en ellos con tal furia, que un P. Maestro (1) formuló para unas conclusiones que 
debían verificai'se en su convento la proposición siguiente: « Quiero mejor errar 
con Santo Tomas, que acertar con Newton, con Gassendi y con Descartes». Mas 
la Universidad donde se verificaban esos actos con mas decencia literaria, donde se 
desenvolvían con acierto las buenas teorías fdosóficas, la historia y la crítica, no 
pudo tolerar, por decoro á la ciudad misma, que se discutiese en público una pro- 
posición tan extravagante. Los Catedráticos, pues, promovieron un expediente ante 
el .Tuez conservador y de imprentas, que lo era entónces el Regente de la Audiencia, 
el cual |)r(»hil)ió las conclusiones anunciadas, y el l)ucno del Padre tuvo el disgusto 

(I) í:I amor del Filósofo rancio. 



<Jc que le presentáraii la órden de prolúbicion en el inslaiile de subir á la Cáte- 
dra para lucir su erudición y sus talentos. 

Olavide no pudo alcanzar tan felices resultados en el estudio de las hu- 
manidades. Ilabia triunfado en la reforma de las ciencias para la cual eran 
bastantes su gran fuerza de voluntad , su erudición y su elevado talento ; pero fal- 
tábale genio poético , aun no era muy escogido su gusto en la amena literatura y 
los copleros conservaron su antigua supremacía. En vano se afanó también por 
conseguir algún fruto elilustreJovellanos, Alcalde del Crimen entonces de esta Real 
Audiencia; sus esfuerzos no dieron tampoco resultado alguno: y eso debia suce- 
der. Para desarraigar el mal gusto literario que tanto habia cundido en aquella socie- 
dad, no eran suficientes las lecciones, eran necesarios los egemplos, y el de Olavide 
en sus traducciones de la Fedra y la Xaira, y el de Jovellanos en su Delincuente 
honrado, aunque de mayor mérito, ademas de ser conocidos en un circulo muy 
estrecho , no produgeron bastante interés para desviar á los copleros de su mal 
camino. Así la empresa que entonces parecía irrealizable la llevaron á cabo mas 
tarde unos jóvenes sin influencia y sin reputación literaria. 

Entrado Lista por aquella época á cursar en la Universidad pudo librarse del mal 
gusto, estudiando la filosofía Cartesiana y conociendo la Biblia por Arias Montano 
y 3Iariana sus espositores: y en una clase de Matemáticas que el gobierno unió al 
Colegio de San Hermenegildo adquirió los conocimientos que mas tarde le dieron 
tan alta reputación en las ciencias exactas. Pero tales fueron los adelantos (pu; 
desde luego hizo en aquel estudio, que la Sociedad Económica le nombró á la edad 
de 13 años catedrático sustituto de esta asignatura que desempeñó por algún tiempo. 

No abandonaba Lista, sin embargo, el trabajo de sus telares para auxiliar á sus 
padres , en cuya ocupación se despertó por una coincidencia estraña su pasión á la 
poesía y á los demás ramos de la literatura. El gefe ó capataz de la fábrica era un 
tal Diego Gutiérrez, hombre entretenido, de carácter alegre, de buena razón y de 
algún conocimiento de nuestros dramáticos antiguos, adquirido con su afición á las 
comedias caseras. Esta afición era antigua en Sevilla, no solo entre las personas 
pertenecientes á la sociedad escogida, sino entre las clases humildes. Gutiérrez que 
era actor de algún mérito, era también el elector de las piezas que debían represen- 
tarse, y ordinariamente daba la preferencia á Calderón. De aquí el aficionarse Lista 
á la armonía de sus versos, á la ingeniosa y variada invención de sus fábulas, á su 
imaginación ardiente y vigorosa y á su entusiasmo lírico; de aquí en fin su predi- 
lección por el teatro antiguo, dando á Calderón el primer lugar entre todos nues- 
tros dramáticos. 

Otra casualidad })i o(lujo taiul»ien su inclinación á Virgilio, Ilabia llegado á sus 




I 



manos un lil)r() lalino donde estaba la Egloga primera de este escntor y juzgo, que 

lial)i(Mido inicrlocutorcs debia ser una comedia latina, lo cual le estimuló á cono- &i 

cer SMS ol)rasque aprendió de memoria. (1) ^P^^ 

Desde entónces principió á desenvolverse su talento poético que se distinguió 
siempre por una facilidad portentosa, por la viveza de la imaginación y por la pure- 
za y galas del estilo. Cerrado por aquella época su telar, su genio era ya su único 
tesoro; las ciencias y las musas sus únicos placeres: estos se aumentaron al tratar 
á Reinoso, Nuñez, Castro, Blanco, Roldan y Arjona, jóvenes como él, también como 
él alumnos de Minerva é idólatras por la poesia. Todos ellos eran émulos sin ser 
rivales, en ninguno se conocía mas atan que el de las ciencias, y cada uno se hon- 
i'aba elogiando de buena fé los talentos de sus compañeros. El deseo de saber, el de r- 
comunicarse mutuamente sus ideas y la actividad de su inteligencia les hizo formar 
una Academia ignorada y oscura al principio; pero mas tarde el centro del buen 
gusto en las ciencias y las letras y la lumbre que esparció sus puros rayos por esta 
ciudad y aun por toda España. 

Nada diré de los trabajos y publicaciones de aquella Academia, que tomó el nom- 
bre de Escuela sevillana, porque Lista lohá hecho con estension, aunque con sobrada 
modestia, en un artículo que publicó en la Revista de Madrid. Mas no olvidaré que 
en esa época hizo grandes adelantos en sus estudios fdosóficos y teológicos, en la 
crítica, en la historia y la fdología y que sus conocimientos matemáticos le empe- 
ñaron en aprender con perfección la geografía y la astronomía. (2) 

Muerto su padre, enseñó desde 1 796 matemáticas en San Telmo y fdosofía en 
el colegio de San Miguel para sostener á su ñtmilia. Esta ocupación fué en él, des- 
de entonces, no solo un medio decoroso de subsistencia, sino una verdadera pa- 
sión: así ni las vicisitudes, ni las desgracias le distrageron jamás de ella. (5) Lisia 
pi incipió la carrera de la enseñanza al abrir los ojos ála razón, y espiró rodeado de 
discípulos que, como los de Sócrates, le escuchaban con una especie de respeto re- 
ligioso. Por eso no es estraño que aun al fin de sus días en que su alma había per- 
dido las ilusiones de la vida, pero en que abrigaba la sola esperanza de volver á la 
Universidad, hablase con una especie de envanecimiento de este egercicio. «Un pro- 

(1) Lisia tenia un placer en que le abrieran las obras de Virgilio por cualquiera página para 
continuar recitando sus versos de UKimoria, sin equivocarse nunca. Viajaba siempre con una edición 
pequeña de Virgilio en el bolsillo. 

(2) En esa academia analizó á Valbuena, el tratado de pensar bien del padre Buburs, mu- c' - 
chas composiciones de sus compañeros, escribió la mayor parte de sus poesias y muchas diserlacio- 

ríes sobre puntos cientiíicos y literarios. 

(3) En una carta escrita desde Cádiz decia. «Algunas veces se me figura que Dios me ha des- 
tinado esclusivamentc á enseñar. En efecto yo empecé á "ejercer esta profesión á la edad de 15 años 
y no hé vivido contento y tranquilo sino en las épocas que me hé dedicado solo á ella». 




fesor bueno, decía, vale tamo como un buen gefc del Estado: porque el que en- 
seña á la juventud los verdaderos principios de la religión, de la moral y de la 
política, el que morigera la sociedad y la hace justa, vale tanto sin duda como 
el que la dirije con acierto. » 

Mientras se ocupaba asi en la enseñanza, y no satisfecha su inteligencia con 
todas las doctrinas de la fdosofía Cartesiana , le llevó su ansia de saber al estudio 
de Locke y de Condillac ; pero huyó de aquellos tratados que en el primero abren 
un fácil acceso al materialismo y al escepticismo, y admitió solo sus adelantos en la 
psicología, en la ciencia de los hechos, de la esperiencia y sus escelentes preceptos 
sobre el método. De Condillac prefirió la teoría del análisis, obra tan precisa y clara 
como bien pensada y escrita, á que le inclinaron sin duda sus estudios matemáticos. 
Nada, pues, admitió en estos trabajos que fuese impio ú anlireligioso, nada que 
fuese contrario á sus sanos conocimientos morales. Mas no olvidaba en medio de 
aquellas tareas científicas el estudio de las bellas artes y de la poesía. Aristóteles, 
Horacio, Quintiliano, Batteux y Sebatier fueron estudiados por el detenidamente, 
y perfeccionaron su gusto , que dió por resultado mas tarde sus admirables análisis 
literarios. 

Entónces juzgó que los conocimientos humanos debian aprenderse en el genio 
que los profundiza mas y les dá mayor alteza , y estudió en matemáticas á 
Newton y Euclídes , en filosofía á Platón y Aristóteles , y buscó también la belleza 
en los grandes escritores. Ya no podía contagiarlo el mal gusto: conocía bien los 
clásicos griegos, latinos é italianos; en la escuela sevillana se hacían críticas con- 
cienzudas de todos ellos, de León, Herrera, Valbuena, Rioja, Cervantes, Granada, 
Hurtado de Mendoza y otros; y estos egercicios fueron una muralla que lo separaron 
siempre del culteranismo de Góngora, de los equívocos y conceptos de Quevedo, y 
del galicismo y prosaísmo que comenzaba á extenderse por nuestra península. Su 
predilección por Rioja fué el resultado de aquellas disertaciones académicas. 

Lista que había recibido desde 1803 el sagrado orden sacerdotal, era ya señalado 
del público por su notable erudición, así como era amado de todos por la dulzura 
de su carácter y por la bondad de sus sentimientos. Pero aquella actividad in- 
telectual, aquella sed insaciable de saber, no se calmaban nunca, y la adqui- 
sición de unos conocimientos infundían en su alma el deseo de adquirir otros, 
como los clásicos latinos y la poesía le infundieron el del estudio de la geografía 
antigua y la moderna. Jamás enseñó después la historia sin el auxilio del mapa; 
y llegó á adquirir en su conocimiento una práctica tan sorprendente, que á pesar 
de la cortedad de su vista, no dejaba de colocar siempre el dedo sobre la 
ciudad, monte ó rio, objeto de su explicación. — En el año de 1801 entró en esta 




:u';i(loniia como socio honorario , y fii('> elevado á supernumerario en 1804; 
y en hS07 le agració el eláustro de Doctores con la Cátedra de Retórica de 
la Universidad literaria, prefiriéndolo á Reinoso que habia hecho la misma preten- 
sión. (1). 

También la Sociedad de Amigos del Pais dió á su amigo D. José María Blanco 
en la misma época, la Cátedra de Humanidades en aquel establecimiento. Los 
alumnos de ambos fueron numerosos. Aquellas clases mejoraron el foro sevillano con- 
siderablemente, ahuyentando de allí el mal gusto; y al ñ'u rago oscuro y pedantesco, 
y al desaliño en los informes y los pedimentos antiguos, sucedieron mayor correc- 
ción en el lenguage, buen artificio oratorio en las pruebas y verdadera lógica en 
los raciocinios. 

Ya liacia algún tiempo que se publicaba aquí un periódico literario, titulado el 
Correo de Sevilla, que redactaba D. Justino Matute y Gavidia, erudito muy laborioso y 
de buen gusto literario (2). Como Matute era individuo déla Escuela sevillana, y amigo 
de todos los poetas que pertenecían á ella, sus hojas están llenas de composiciones be- 
llisiniasdeLísta, Reinoso, Blanco, Roldan, Arjona, Castro, y otrosde menor genio poé- 
tico. En él se halla inserta la Oda del primero á la muerte de Jesús. Matute quería 
publicar en el periódico el Viérnes Santo, en que la Iglesia celebra este divino Mis- 
terio, una composición sol)re el asunto; y el Miércoles rogó á Lista que la hiciera, 
confiado sin duda en su imaginación brillante y en su facilidad prodigiosa. Por mas 
que la materia fuese ár(hia, aun para los genios mas audaces, Lista no titubeó un 
instante, y en dos horas concluyó su trabajo, que es quizá la mas rica joya de su 
corona poética y una de las mas notables del Parnaso castellano. 

Lista tiene un mérito singularísimo en la poesía Sagrada. La mayor parte 
de los poetas antiguos y modernos de este género, han escogido asuntos en que 
se elevan de lo físico á lo religioso, del hombre hasta su criador. El poeta cuenta 
entónces con mas recursos, porque su imaginación puede recorrer una esfera mas 
cstensa y variada , y tocar todos los resortes del sentimiento que mueven mas 
hondamente nuestra alma. Así acontece á Fernando de Herrera en su magní- 
fica Oda á la batalla de Lepante. El triunfo del príncipe D. Juan de Austria en 
aquellas aguas contra las fuerzas reunidas de la media Luna, no es deTjido se- 
gún ella al heroísmo c inteligencia del General, y al valor de sus soldados 
solamente, sino mas bien al Dios de las batallas, que quizo liltertar á la cris- 
liamlad de la furia del mahometismo. Para este cuadro que sin duda es severo. 



( 1 ) El ClailMio liivl 
[)(<r juzgarlo de iii.is 
( 2 ) Cumien. ■ 11 ■ 



ó á Lista inas bien por su carácler cspaiisivo y afecluoso , qiic 
en la inaloria. 

omposieiones de nuestros poetas auliguos inéditas hasta eiilinuos. 



1 




¡inponente y sublime, halló Herreia gran número de pensamientos en la naturaleza 
existente: pero la poesía sagrada de Lista, semejante á la del Maestro León, se 
sostiene por el sentimiento religioso, por las ideas y las imágenes de la Biblia y por 
el entusiasmo ferviente que producen en el alma del poeta las maravillas del Todo- 
Poderoso. Verdad es que Dios es perfecto en la sublimidad y en la belleza, porque 
es eterno, infinito, inmenso, y el creador de todos los seres; al propio tiempo que 
es la animación, la luz, la variedad y la gracia perfecta. ¡Mas cuánta elevación 
de espíritu, cuánta inspiración, cuánta fé religiosa son necesarias para sostener el 
tono grave que corresponde á esta poesía! 

Compárese la Oda de Lista á la muerte de Jesús con la titulada el crucifijo de 
Lamartine. En esta ha tenido que recurrir el poeta francés á pensamientos profa- 
nos para escitar por medio de ellos las ideas religiosas; los sentimientos del cris- 
tiano están mezclados á la pasión del amante que pierde á su querida, y esa unión 
poco conveniente del amor profano y el divino es la que forma la esencia de toda la 
composición. Lista en la suya somete al encanto de la poesía uno de nuestros mas 
elevados misterios: no hay en toda ella ni un pensamiento ni una sola palabra que 
nos alejen de Dios, de su amor al linage humano y de su pasión dolorosa, la cual 
arranca al poeta el acento del dolor; pero de ese dolor profundo que ahoga el alma 
y desgarra el corazón. Oigámosle: 

¿Quien abrió los raudales 

de esas sangrientas llagas, amor mío? 

¿Quien cubrió tus megillas celestiales, 

de horror y palidez? ¿Cual brazo impío 

á tu frente divina 

ciñó corona de punzante espina? 
Cesad, cesad, crueles: 

Al santo perdonad , muera el malvado, 

Si sois de un justo Dios ministros fieles, 

Caiga la dura pena en el culpado: 

Si la impiedad os guia 

Y en la sangre os cebáis verted la mía. 
Mas solo podia aplacar la cólera del Eterno la muerte del Dios hombre; la san- 
gre del mundo entero corriendo á mares sería mas bien una justa pena, que verda- 
dera espiacion de su delito: el diluvio no había logrado desarrugar el ceño del Pa- 
dre Omnipotente. 

Mas ; hay que eres tu solo 
la victima de paz que el hombre espera. 



'-^-^-@|' ; 



— 10 — 

Si del Oriente al escondido polo 
un mar de sangre criminal corriera, 
ante Dios irritado 

No expiación, fuera pena del pecado (4) 

Que no, cuando del cielo, 
su cólera en diluvios descendia, 
y á la maldad que dominaba el suelo 
y á las malvadas gentes envolvía, 
de la diestra potente 
depuso Sabaoth su espada ardiente. 

Venció la escelsa cumbre 
de los montes el agua vengadora: 
el sol , amortecida su alba lumbre, 
que el firmamento rápido colora 
por la esfera sombría 
Cuál pálido cadáver discurría. 
Aquí todo es imponente, todo es aterrador y sublime. El poeta nos presenta el 
poder inmenso del Dios de Sabaoth de la manera mas enérgica. Su cólera, descen- 
diendo en diluvios sobre la tierra, ahoga la gente criminal; y el sol que ántes era la 
animación del Universo, entónces amortecida su lumbre y semejante á un cadáver, 
giraba por el sombrío horizonte. 

Esta es la verdadera sublimidad: nada l ebaja la grandeza de este cuadro mages- 
tuoso, porque la pureza, la armonía y la elegancia de las formas conti ibuyen á la ele- 
vación y belleza de las imágenes. Así es como se inspiVa el verdadero genio: pocas 
veces habrá tenido la gran tragedia del Gólgotha un interprete tan digno. 

En Francia y en Alemania se han hecho grandes elogios de esta Oda: y cuando 
Moratín y Melendez saludaron por primera vez á Lista en la emigración, le dirigie- 
ron estas palabras. ¿Con qué es V. el autor de la Oda á la muerte de Jesús? Pala- 
bras que revelan su grande aprecio á tan hermosa inspiración poética. 

Lista que, como ya hé dicho, concibió la poesía sagrada de la misma manera 



(1) La idea es muy buena pero el verso es prosaico: Lisia meditando sobre su formación co- 
noció que la falla estaba en las dos sílabas agudas juntas, expiación fue... pero no se resolvió á sa- 
crificar la idea ó la armonía. — En la primera edición concluía la última estrofa 

«el hombre venturoso 

«cante su bien con llanto doloroso: 

Kn las ediciones sia;uicnles enmendó de esta manera. 



'4^ 



o o 



«muere... gemid, humanos: 

uTodos en (A pusisteis vuestras manos. 



que León, no trató de rivalizar con él en su Oda á la Ascensión de Jesucristo. Mas 
de una vez le oí decir: «el Maestro León pinta la subida de Dios á los cie- 
los y la aflicción tristísima de sus discípulos al perderlo , tan dramáticamente, 
con una unción tan tierna y expresiva, que no concibo pueda llegarse mas allá por 
el mayor genio de la tierra. Yo solo describo su entrada en la gloria , á lo cual no 
llegó el poeta granadino. No se creerá, pues, que pretendí rivalizar con tan grande 
hombre , puesto que el asunto es diferente. » Con efecto , Lista le presenta vestido 
de magestad y de luz brillante al entrar por las puertas eternas y por los magnili- 
cosátrios de oro en que se oyen himnos suaves que entonan los Serafines en loor 
del Rey de la gloria. 

También es digna de estudiarse por su grandeza y entusiasmo la Oda á la Con- 
cepción, patrona de la Escuela Sevillana donde la leyó en su elogio. Blanco y Núñcz 
habían hecho composiciones sobre el mismo asunto; y apesar de la magestad que 
tiene la del último, es superior la de Lista por la riqueza de las ¡deas y por la be- 
lleza y gala de la dicción poética. — Defendía de una manei-a especial la pureza de 
María Santísima. Decía, que la Virgen debió ser enriquecida por Dios con las 
mismas gracias que su Hijo ; con la diferencia que esas gracias correspondían 
al Redentor por su naturaleza divina y á su Madre por privilegio. Si Dios no 
pecó nunca por ser contrario el pecado á su santidad infinita , tampoco podía ser 
esclava de él ni un momento la que fué concebida para ser Madre del Redentor del 
mundo. Además, según los profetas, Dios había anunciado á la serpiente que una mu- 
ger quebrantaría su cabeza :ipsa conteret capul tuum; y es contrario á la razón, que 
la designada por el Altísimo para cumplir esta profecía no fuese pura desde que 
llegó á la vida. Concluía comentando este gran pensamiento deScoto: ¿Potuit/ 
¿decuit? ergo fecit. 

La poesía mística del Cantar de los Cantares, la poesía del sentimiento re- 
ligioso exaltado por la fé y el amor divino , de que dejó un bello ejemplo S. Juan 
de la Cruz en sus canciones entre el alma y Cristo su esposo, fué cultivada por 
Lista con mas perfección que por todos los modernos. 

El Sacrificio de la Esposa y el Canto de Esposo para dos profesiones de monjas, 
en que imitó al Doctor estático , desconocido hasta entónces de los colectores de 
nuestro Parnaso, son dignas de estudio. La primera, sobre todo, cuyo argumento 
sencillo consiste en una sentencia de S. Bernardo «Plus potest monachus benc- 
facere quam rex » es de una perfección incomparable. Ya nos pinte en ella los crí- 
menes con que la maldad ha ensangrentado al mundo, ya la cólera con que apresta 
Dios el rayo para castigarlos, y ya el ruego dulcísimo y apasionado de la esposa, 
que brota de su corazón lágrimas santas, siempre hay fuego en sus expresiones. 



sienipie hay vivacidad y iVesrura de colorido, siempre ternura y elevación en sus 
ideas. Lista, á (juieu no puede recusarse juzgando en estas materias, aun en sus 
propias obras , deoia que era la mejor de todas sus composiciones : como se lo 
contradigesen algunos amigos, les replicó: «en ninguna he tenido que vencer tan 
graves dificultades, ni lo he hecho con tanto acierto.» 

Lista confesó á una monja modelo de virtud y de resignación cristiana : algu- 
nos de sus himnos y de sus traducciones de los Salmos fueron el regalo espiri- 
tual que hizo á esta religiosa , la cual respetó de tal modo á su confesor, y este 
tuvo tanto esmero en su asistencia , que en ninguna de sus vicisitudes políticas se 
interrumpió una correspondencia digna por su espíritu de los varones mas pia- 
dosos. 

Juzgo que no desagradará á la Academia conocer una muestra de aquella cor- 
respondencia. 

"Cádiz o de Julio de 1859. =Mi amada hija: mucho he lardado en responder 
á la tuya de H de Junio, de donde inferirás lo ocupadísimo que estoy. 

«He recibido gran placer en conocer y tratar á este dignísimo prelado, que ni 
siente ni entiende mas que en hacer bien y en egercitar las virtudes propias de su 
ministerio. Su conversación es en los cielos, como dice S. Pablo, y en nada atiende 
á las miserables y tristes reyertas que hay en la tierra, sino para disminuir y 
consolar en la parte que puede los males que producen. Sabe mnciio y no lo os- 
tenta. Es virtuoso y no lo conoce él mismo. En fin, creo haberte ya dicho que no 
se desdeñarían de recibirle en su coro los santos obispos de los primeros siglos de 
la Iglesia. 

«Suelo hacer algunas expediciones para gozar del campo á los pueblos de estas 
cercanías, que lo tienen muy hermoso. Aun no he estado en Sanlúcar, cuya cam- 
piña tienes razón en alabar según informe de todos. Pero en Cádiz solo hay un 
corto número de árboles distribuidos en varios paseos. El hecho es que envidio 
hasta el pobre jardinito de mí casa de Sevilla. 

«Mi amigo Reinoso dice, que el campo es esencialmente virtuoso; y tiene ra- 
zón. La especie de placer que inspira no puede definirse, porque es misterioso; y 
parece inspiración mas bien que placer. Todos los pensamientos y afectos que 
sugiere al alma que lo contempla se dirigen al Señor: porque es imposible ver 
y gozar tanta hermosura, contemplar tanta variedad y tantos prodigios de la na- 
turaleza sin que el corazón se eleve al Dios que la crió y la conserva. 

«Sin embargo, debe confesarse que el espectáculo del mar que ofrece este 
pueblo sugiere ideas no menos sulilimes. Ese piélago inmenso, insondable ¿no es 
eu cierta manei-a una imágen de la divinidad ? Cuando le veo ii-rilado levantar 



— 13 — 

sus olas hasta las nubes con horrible estruendo, agitado por los vientos, amena- 
zando la tierra, y sin embargo retrocediendo ante la arena que se le opone en la 
playa, me parece ver la cólera de Dios movida por los pecados de los hombres y 
desarmada por la humilde oración de las almas justas. 

«Yo creo, hija mia, que no hay objeto en que no podamos encontrar á Dios, si 
le buscamos con fervor y humildad. Pero en ninguna parte le tenemos mas cerca 
que en nuestro corazón, mas noble que el sol, que el mar, que la tierra entera, 
que todo el universo. Búscale en el tuyo , cuando la tribulación aparezca : allí le 
hallarás corrigiendo sus defectos, hermoseándole con virtudes y llenándole de 
santo amor. 



«Tú sufres un mal que para mí sería el mayor que pudiera enviarme Dios, el de 
los ojos y no poder leer: mira tú si te tendré lástima. Pero al fin Dios te quiere mas 
que yo: y pues telo há dado, acéptalo con resignación y acción de gracias. La ima- 
ginación es la loca de la casa, es menester sosegarla y atarla: no hay mejor palo 
para ella que la Cruz del Salvador. 

«Adiós, hija mia: encomiéndame á él en tus oraciones: yo haré lo mismo en las 
mias, y así atravesaremos este valle de lágrimas. No te pido que me escribas cosas 
alegres: todo lo que te pertenezca á ti, sean alegrías ó desgracias, lo participa tu 
padre, Alberto Lista." 

Así como el entusiasmo religioso no se apartó nunca de su alma, tampoco se 
extinguió en su pecho el fuego de la patria. Si sus trabajos históricos, de los cuales 
me ocuparé mas adelante, si sus artículos sobre nuestras Américas, si una multitud 
de escritos no lo probáran con evidencia, bastarían para acreditarlo las Odas á 1» 
restauración de Buenos Aires, y á la victoria de Bailen. Esta última que fué casi 
improvisada, y que vieron concebir y crecer en la imprenta muchas personas res- 
petables, fué debida al ardor vehemente que le causó la noticia de que las Aguilas 
francesas vencedoras en el Rhin y el Wístula, habían sucumbido al egército de An- 
dalucía, acaudillado por el benemérito general Castaños. 

Maravilla en esta composición la variedad y contraste de sentimientos sin que 
destruyan la unidad del conjunto. El movimiento dramático, que en ella es muy 
notable, presta un interés tan vivo á las ideas y álos objetos que describe, que el 
espíritu queda subyugado á los acentos del poeta por una fuerza irresistible. Truena 
la cumbre del Pirineo, y arroja hácia España una nube de asesinos que á manera 
de impetuoso huracán destrozan todo lo que toca su planta : óyense las palabras 
orgullosas del pérfido Emperador y el estampido del canon , que torna en eriales 
los bellos campos de Andalucía: se ven desplegar las leales banderas españolas, qui' 



— li- 
so c>i)()iioii ;'i las ájiiiilas altivas, y al inmorlal Casianos que con su valor intrépido 
llena de miedo el pecho de Dupont, quo vacila y es vencido. 

Mas, olí! cede el inq^io: la fiereza 

y el ori^nllo allanero 

posiia el valor del inmorlal Castaños : 

yace abatida el águila rapante, 

terror de las naciones, 

al pié de nuestros fuertes escuadrones. 
Sus últimos y mas apacionados sentimientos , los reservó para su patria y 
sus ilustres hijos. 

¡España, España! ¡amada patria niia! 

¡patria de los valientes 

que el largo oprobio de tu faz borraron! 

cuando tu afecto de mi pecho salga, 

mi cantar abatido 

sepúltese en el polvo del olvido. 

¡O patria! ¡nondjre amado, que al oirlo 
las almas enagena! 

jquién no se goza en tus gloriosos ti iunfos? 

¿Cuál es el corazón de duro bronce, 

(|ue tus males no llora , 

ni al bienechor que te defiende adora ? 
En estas últimas eslanzas está retratado vivamente su hermoso corazón , siem- 
pre español y siempre lleno de entusiasmo por la prosperidad de su patria. 

Hé dicho que Lista sabia admirablemente las ciencias morales, que habia 
hecho grandes estudios históricos y conocía con profundidad el corazón humano: 
Lista, pues, no podia dejar de cultivar la poesía filosófica, donde tan brillantes 
muestras habían dejado el M. León y el insigne Francisco de Rioja. Los tres poe- 
tas castellanos son tan superiores en este género á Horacio, según mi humilde 
juicio, como la verdadera filosofía al epícurísmo, como la religión católica á las 
creencias de los gentiles. No trato de establecer un paralelo entre el célebre lírico 
latino y los poetas referidos : los cuatro están ya juzgados por grandes críticos 
y todos han convenido en que Horacio tiene muy pocos rivales en la mayor parte 
de las materias que hicieron sonar las cuerdas de su lira. Pero la religión cristia- 
na enalteciendo y purificando todos los sentimientos de nuestro corazón, dió tam- 
bién mayor atractivo, mayoi' encanto y magostad á la poesía do osle género, y por 



ronsiguienlc grandes voiUíijas sobre; los aiiligiios á los qiK; la han cullivailo oii la 
civilización moderna. 

Lista en su oda titulada La vida humana compara el hombre desde su naci- 
miento á una pequeña fuente, que va engrosando con lentitud el caudal de sus 
aguas, hasta que transl'ormándose en rio caudaloso destroza las márgenes que 
antes le habian embellecido, y va á sumergirse en el Occéano. La comparación co- 
mienza de la manera mas pintoresca desde la primera octava. 

¿Noves, Fileno, (1) en la florida espalda 

de aquella umbrosa sierra y eminente 

como un hilo de plata entre esmeralda 

nacer ])ullendo impercertible fuente? 

y ¿cuál resbala por la hojosa falda ^ 

tan tenue y fugitiva su corriente, 

que del aura sutil aun no es sentida? 

así comienza nuestra frágil vida. 
La fuentecilla, aumentando sus corrientes con las lluvias, se há convertido en un 
torrente impetuoso, que atrevido en su carrera se lanza hasta los abismos mas 
profundos. 

Mírala luego montaráz torrente, 
su caudal con las lluvias aumentando, 
que veloz, atrevido é impaciente 
por pedregosos valles vá sonando: 
apenas sufre ni el marmóreo puente , 
ni el márgen, que acomete rebramando, 
ni el lirme robledal de su ribera, 
ni el monte que se opone á su can-era. 



Mas ya del hondo páramo se eleva 
sobre el risco musgoso, que lo ataja ; 
y á la campiña , que de pompa nueva 
vistió el mayo gentil, airado baja; 
redil y chozas por delante lleva, 
y la encina firmísima desgaja : 
y templado jamás, y siempre altivo 
es de la juventud retrato vivo. 



(1) D. Félix José Rcinoso, á quien la dirige. 



— 16- 

Pero ya no es solo un arroyo salido de madre por el caudal que há re- 
cibido de las lluvias; los tribuios que le rinden otros arroyos y torrentes, y la 
victoi'ia que liá conseguido de otro tan soberbio que se le oponia en su camino 
le convierten en un río soberbio, que vuelca é inunda cuanto halla á su paso. 
Ingrato al bosque amigo, que acopado 
le adornó con sus sombras placenteras; 
pérfido al muro, que besó humillado 
cuando apenas llenaba sus riberas. 
Bate, si crece, el torreón alzado, 
los troncos vuelca, inunda las praderas: 
no hay ley, no hay freno, que su furia atajen, 
y es, mortal, de tus vicios triste imagen. 
Su furia, sin embargo, vá desapareciendo lentamente : sus aguas divididas en 
varios raudales, dejan pobre su caudal y siente, aunque con indignación, que lo re- 
primen los muelles, y que mil bajeles atormentan su espalda. Ya cercano al mar 
prueba la amargura de sus aguas, y se sumerge en él para siempre. 

Ya, aunque indignado, vé que lo reprimen 
puentes soberbios, muelles elevados; 
que sus raudales retorcidos gimen 
del espolón macizo quebrantados; 
que mil bajeles la cerviz le oprimen, 
de riquezas y crímenes cargados. 
Del mar vecino la amargura siente ; 
imagen tuya, oh senectud doliente. 

Ya la cerúlea espalda amedrentado, 
vé al })onto inmenso, que sorberle espera: 
ya solicito escucha y aterrado 
el continuo rugir de la onda fiera: 
ya á su pesar camina arrebatado 
al tablazo extendido, donde muera: 
ya la mar le recibe dividida; 
y así , Fileno , acaba nuestra vida. 
En esta composición rivaliza el talento del filósofo, con el génio del poeta. El 
filósofo presenta al hombre en su nacimiento, y desenvuelve desde su infancia, su 
carácter y sus inclinaciones dirigidas por malos estímulos, y los vicios y crímenes 
que le afean. Pero este hondjre que en la plenitud de su vida no encuentra ley 
ni freno í|ue atajen su furia, vá perdiendo sus fuerzas con los años: la vejez le aproe- 



— 17 — 

sima á la muerte, y la muerte cuya ¡dea le aterra continuamente, le hunde en la 
eternidad. 

El pensamiento está embellecido prodigiosamente por el poeta con la hermosa 
comparación que hé referido : en ella derramó á torrentes las gracias de la poesía 
descriptiva , que unas veces es risueña , otras sentimental , otras severa y otras pin- 
toresca y sentenciosa: ¡así hay tanta magia en los cuadros, y tanta riqueza y pro- 
piedad en las ideas! En el arroyo, en el rio impetuoso, en el rio debilitado por la 
división de sus aguas, y en el mar, están pintados de una manera sorprendente el 
joven con sus vicios, el hombre con sus crímenes, el anciano con sus remordimien- 
tos, la eternidad donde perecen nuestras ilusiones. La versificación es llena, ele- 
gante y vigorosa, y la armonía imitativa que con frecuencia está esparcida por 
toda la composición, puede competir, sin rebajarse, con los trozos mas perfectos 
de Virgilio, de León y de Fernando de Herrera. (1) 

Sería necesario mayor espacio que el que se concede á un discurso académico 
para hablar detenidamente de los demás géneros poéticos en que se ensayó Lista. 
El romance, el idilio, el soneto, la anacreóntica, la epopeya, la tragedia, el melo- 
drama (2), el poema satírico; en todos dejó grandes muestras de su genio, en todos 
es notable por la elevación, por la osadía, por la fecundidad, por la armonía y la 
pureza de la dicción poética. Tal vez es tierno, tal vez es gracioso, algunas veces 
florido, con frecuencia elevado y sublime; y siempre fácil, siempre abundante y pro- 
fundo. Es tan flexible para imitar el arrebato de Horacio y Píndaro como la tierna 
sublimidad virgiliana, tan flexible para imitarla fuerza de Herrera y los robustos y 
conceptuosos acentos de Calderón, como el esmero y la dulzura de IVioja. En su 
composición á la Queja parece que escuchamos á Horacio; en otra al mismo asunto 
vemos los afectos de Calderón con el mismo artificio que usaba en sus versos, y 
el genio de Herrera en todas sus producciones líricas. Pero es completamente ori- 

(1) Escribió varias composiciones filosóficas; pero merecen especial mención la oda á la bene- 
ficencia , y la que tiene por título «Los sentimientos de la iiuraanidad no son incompatibles con la 
profesión militar.» 

(2) Tradujo en verso la Calixta de Colardeau y el Calilina de Crebillon : en prosa dos comedias 
de Moliere. Escribió original una tragedia de Santa Justa y Rufina, que es una rapsodia de la Xaira 
de Voltaire y del Polieucto de Corneilli!. Dejó por concluir un drama titulado Armida y Rey- 
naldo, del que insertó algunos trozos en la segunda edición de sus poesías. Escribió un poema de 
bastante mérito, titulado La mentecatez, en que imitó á Pope, y el de La Inocencia perdida, que 
obtuvo el accésit en concurrencia con otros poetas: el de Reinoso ganó el premio. Se conservan los 
■originales de todos, que deben ser entregados en la biblioteca de esta Universidad, á que pertenecen 
por donación del poeta. Há desaparecido su mas apreciable joya, que consistía en un gran cuader- 
no manuscrito de composiciones poéticas, corregidas y preparadas para la estampa, el cual 
legaba también á la biblioteca de la Universidad. El que lo haya sustraído del cajón en que 
estaba guardado con llave, quitando así una parle de su gloria al ilustre poeta y un mo- 
numento á la literatura española, bien merece la execración de todos los amantes de las letras. Sus 
albaceas D. Antonio Martin Villa y D. Jorge Diez , Pro han hecho las mayores diligencias 
para descubrirlo; pero todo ha sido en vano. 



caí 



- 18- 

ginal en los bellísimos romances del pescador Anfriso y en el de la Cabana; asi 
como es un niodclo en las poesías eróticas. 

Jamás resonaron en su lira los acentos de la lisonja : pero la amistad y la ad- 
miración, que exaltaban su fantasía con frecuencia, le inspiraron composiciones de 
gran mérito en elogio del señor Reinoso, á quien amó toda su vida tiernamente: 
la amistad y la admiraiñon le dictaron la hermosa oda á Melendez, considerándolo 
como restaurador de la poesía castellana (1) y la amistad lloró su muerte y la 
de Cienfiiegos con el canto melancólico del dolor. Aquella alma angelical, depó- 
sito de todas las pasiones nobles y generosas, se complacía, semejante á la de Lope 
de Vega, en la alabanza del amigo y del talento; mas como no abrigó jamás ni el 
odio ni la envidia, fué siempre muda para el vituperio. (2) 

En la correspondencia citada en una carta escrita en Cádiz en 21 de Mayo 
de 1841 , dice: 

«Gran necesidad tenia de verte, porque estaba muy afligido con las noticias 
de Reinoso cada día mas funestas y para mí mas decisivas, aunque me callaban 
su muerte. 

«Reinoso, á quien conociste poco, era el hombre que yo mas apreciaba en 
este mundo, por su virtud á toda prueba, por su razón elevada y por la ternura con- 
centrada de su corazón. Digo concentrada, porque bajo un aspecto bastante severo 
tenia un alma sumamente cariñosa. Fué el paño de lágrimas en mis calamidades, mi 
partícipe en mis alegrías, mi único consejero en el camino de la vida y mi com- 
pañero mas íntimo en la carrera de las letras: y esto desde la edad de doce años. 
Mira si una amistad de csla fecha y de estas circunstancias puede romperse sin que 
se rompa al mismo tiempo un corazón que sabe sentir. Sin embargo, Dios no há 
querido por su infinita piedad borrarme la idea consoladora de que está recibiendo 
en su seno amoroso el premio de las virtudes que le adornaron, y que podré reu- 
nirme á él para nunca perderle, si correspondo á la misericordia que el Señor 
tiene conmigo; pues yo (te lo digo sin rebozo) entregado á solas las fuerzas de mi 
razón, me hubiera ya vuelto loco con esta pérdida. 

«En cuanto á Blanco, cuya muerte no puede estar muy lejana, si no se há ve- 
rificado ya, solo puedo decirte que es el que mas quiero de todos mis amigos. Esta 
amistad, aunque de fecha menor que la de Reinoso , há sido todavía mas tierna, 
mas sensible. Siempre aprecié á este mas; pero al otro le quise con mas efusión 
de alma.» 



2^ 



(1) Melendez se conmovió muy ngradablcmenle al leerla. 

(2) í.isla vivió como Lope de Vega 75 años. 



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vi 



-19- 

Si su corazón ora tan bello como el de Lope, su inteligencia fácil era acaso tan 
fecunda y sin duda mas correcta que la de aquel gran genio: (1) pero las vicisitudes 
de su azarosa vida, el profesorado que le absorvió la mayor parte de ella, la poli- 
tica y otras ocupaciones graves le separai'on á menudo del trato de las musas y le 
impidieron realizar varias obras para las cuales habia empleado muchos años de 
estudio y largas meditaciones. — Decia con su conocida modestia, lo cual hacía que 
se le oyese con gusto en las pocas veces que hablaba de si propio, que sus compa- 
ñeros de estudios se habían adjudicado un día las dotes del Parnaso: que á Rei- 
noso le habían dado la magestad y la pompa, al malogrado Blanco la dulzura, y á 
él la riqueza. 

Invadida nuestra península por las armas francesas, fu(; nombrado para escri- 
bir un periódico en que inculcó, con el celo de un buen español, las ideas de pa- 
triotismo y de resistencia contra la agresión inicua de Napoleón. En aquella época 
memorable conoció al célebre Jovellános, individuo de la Junta central que se 
hallaba en Sevilla en 1809, el cual le trató afectuosamente á pesar de la diferencia 
en la edad y de su elevada categoría. Le encargó que escribiera el elogio del Sr. 
Conde de Floridablanca, que anda impreso; y extinguida la Inquisición, que exa- 
minára los papeles de la que habia existido en esta ciudad. Lista desempeñó su 
encargo con exactitud é inteligencia: y justo es que la posteridad no ignore los 
beneficios que le debieron muchos desgraciados sometidos al juicio de aquel se- 
vero tribunal. Todos los precesos fueron reducidos por él á cenizas y solo con- 
servó los papeles que podían servir para la historia de aquella institución, y 
los que acreditaban el nacimiento , los derechos ó la nobleza de algunos indivi- 
duos. Restablecida la Inquisición, no pareció ninguna de las causas, y evitó la per- 
secución, y tal vez la ruina de muchos infelices. 

Habia sido amigo desde su primera juventud de D. Juan Agustín Cean Ber- 
mudez, á quien conoció siendo empleado en el archivo de Indias de esta ciudad. 
Cean Bermudez ascendió á oficial del Ministerio de Gracia y Justicia, y le dió poco 
después una media ración vacante en esta Iglesia Metropolitana, estando en Se- 
villa el mariscal Soult. Ella fué la causa de su emigración al evacuar los fran- 
ceses las Andalucías. Sin auxilios para el sostenimiento de su vida, y lleno de amar- 
gura al considerarse lejos de los objetos mas caros á su corazón, pasó los días 
desde que puso los pies del lado allá de los Pirineos hasta que conoció i Llórente, 
Moratin y Melendez, que por las mismas causas políticas habían sido arrojados del 



(1) La oda á la Vegetación la hizo en una gira de campo en S. Juan de Aznalfarache con 
varios amigos, delante de los cuales la escribió con un lápiz después de la comida en ménos de 
una hora. 



/f ,<f. Jf. . ,(^. ^ /f. ^. ^ 



- 20- 

siielo español. El iralo afectuoso de estos y otros sabios, alivió algún tanto sus acer- 
bas penas ; la enseñanza de las Matemáticas y de la lengua castellana proveyeron 
á su subsistencia; y aunque viviendo con estrechez, no dejaba de enviar socorros 
á su familia, que no abandonó jamás. Allí se fijaron irrevocablemente sus ideas mo- 
rales y políticas. Vió de cerca los horribles estragos de una revolución desencade- 
nada, y conoció que la libertad y la justicia deben caminar juntas para hacer la fe- 
licidad de los pueblos: separadas, la primera se destruye por sus mismos furores; 
la otra se degrada poi" la servidumbre. 

Pero si la tiranía ó el desenfreno de las pasiones, arrancan de cuajo al árbol 
de la libertad, la justicia unida á ella le poda para hacerlo mas fructífero. Allí 
se persuadió también del grande y benéfico influjo que ejerce el principio religioso 
sobre las constituciones de los pueblos. Cierto es que la religión es el principal 
vínculo que une á los hombres en la sociedad : de él emanan no solo la moral, sino 
todas las demás virtudes que constituyen el bien estar de sus individuos : cuando 
falta este vínculo, la licencia reemplaza á los buenos sentimientos, la maldad á la 
justicia. El abandono de los principios religiosos llevaron al patíbulo en la plaza 
de White-IIall al infeliz Cárlos primero, y trageron en Inglaterra el despotismo de 
Cromwell: (1) el mismo abandono producido en Francia por las doctrinas del ma- 
terialismo, escandalizó á la Europa con otro regicidio, negó la existencia de Dios, 
y ensangrentó las calles de París y de otras grandes ciudades con espantosos 
asesinatos. En Francia, pues, conoció profundamente el carácter y las tendencias 
de la sociedad moderna. Como consecuencia de estas observaciones, juzgó siempre 
que no podía debilitarse el poder, si habia de gobernar con acierto; y jamás transi- 
gió con la irreligión y la anarquía. 

Vuelto á España en 1817, se estableció en Pamplona protegido por los Marque- 
ses de Besolla, y se dedicó á la enseñanza particular fundando un colegio. Pero 
aquel no era el cielo donde había nacido, no veía allí las orillas del Guadalquivir, 
que tantas veces le habian inspirado, y una mortal melancolía se apoderó de su 
corazón. Aquel espíritu que habia sufrido resignadamente los dias del ostracismo, 
desmayó al considerar que estaba ya en España, y no podía ver el cielo de Sevilla. 
Preguntándole la Marquesa por la causa de su melancolía, ofreció contestarle en 
breve, y poco después le presentó el bellísimo himno del desgraciado. En él se ad- 
vierten los sufrimientos del genio, que perdidas con el desengaño las ilusiones de la 
vida, procura hallar un triste consuelo en la razón; porque ni los placeres de la 
sociedad, ni los de la naturaleza podían cautivar el pecho del que habia perdido 
hasta la esperanza, que es el mayoi- bien del hombre. 

(1) Véase la oración fúnebre de Bossnel por la Reina ile bigiaterra. 



Llegado á Bilbao, estudió profundamcnie los fueros y antigüedades de las pro- 
vincias vascongadas, cuyos conocimientos publicó en la Revista de Madrid en un 
articulo notable por su erudición y por sus reflexiones. También ganó en con- 
curso una cátedra de Matemáticas que habia quedado vacante en el consulado de 
Bilbao; enseñó ademas Humanidades é Historia en un colegio que fundó allí D. Juan 
Manuel Calleja y principió á trabajar su obra elemental de Matemáticas, admirable 
por su exactitud, por su espíritu analítico y por su fdosofía, en cuyas dotes aven- 
taja á las demás de esta clase escritas en España. Algunos han censurado, como 
excesiva, la concisión de esta obra, sin considerar tal vez que adoptó ese método 
confiado en que la explicación de los profesores supliría las ideas intermedias. 

Su pasión por las Matemáticas, cuyo estudio se cree generalmente incompatible 
con el de la poesía, se explica por su amor al órden en todas las cosas. La belleza 
poética consiste en la variedad y la unidad , en el órden supremo, y el llamaba á las 
Matemáticas la ciencia del órden. Así explicando un día á su amigo Blanco el 
binomio de Newton, exclamó aquel admirado: «tus palabras encierran la prueba 
mas poderosa que hasta ahora hé conocido de la existencia de un Ser supremo. 

En 1820 juró la Constitución el Rey D. Fernando \ll y la vida de Lista varió 
con aquel acontecimiento. Sus amigos de la corte le rogaron con vivas instancias 
que fuera á establecerse á ella, y D. Juan Manuel Calleja, que habia fundado ya en 
Madrid el colegio de S. Mateo , le dió la regencia de estudios con el cargo de ense- 
ñar Literatura, Historia, Geografía, Matemáticas y propiedad latina. Entónces se 
fundó El Censor, periódico de ideas conservadoras, que sostuvo la necesidad de dos 
cámaras y las prerogativas de la corona. Pertenecían á su redacción D. José Gómez 
Hermosilla, D. Sebastian de Miñano y Lista: el primero se hizo cargo de la parle 
política, y el segundo de la satírica para la cual tenia grandes talentos y una gracia 
inimitable. El tercero, á quien el desengaño habia alejado de las cosas del gobierno, 
no se ocupó tanto de ellas; pero sus pocos artículos políticos fueron la admiración 
de los inteligentes. En cambio escribió casi toda la parte literaria. ¡ Lástima es 
que no se haya hecho una colección de los artículos que publicó en aquel periódico, 
donde se encuentran brillantes análisis sobre amena literatura, especialmente de 
muchas comedias antiguas españolas! Pero las pasiones populares habían aumen- 
tado su efervescencia, y aquel periódico que era un verdadero censor de las 
opiniones exaltadas, enmudeció en 1822 para siempre. Lista continuó con la en- 
señanza en el colegio referido, y dió algunas lecciones privadas. (1) Por aquella 
época publicó en un tomo la primera colección de sus poesías. También explicó en 



(1) Para el uso do los alumnos de S. Maleo publicó su colección de hablistas caslollanos. 



el Aieiieo un eniso de Lileialuia española, dando la preferencia á la dramática, 
de la cual solo puMicó algunas lecciones, cuando mas tarde volvió á conti- 
nuar su enseñanza en el mismo establecimiento. La concurrencia fué extra- 
ordinaria, y todavía hablan con entusiasmo algunas de las personas que le es- 
cucharon, especialmente cuando recuerdan el admirable análisis que hizo de la 
profecía del Tajo. 

El colegio de S. Mateo dió los frutos que debian esperarse de tan in- 
signe Maestro. El general Pezuela , modelo de caballeros y poeta ilustre, el 
general León y Navarrete, muerto gloriosamente en Barbastro defendiendo la 
causa de la libei tad y del trono, el general Mazarredo, Roca de Togores, Vega, 
el malogiado Espronceda, Ochoa, que tan sentidamente le há llorado en un mag- 
nilico elogio, y otros muchos hombres eminentes, son una muestra de aquella 
enseñanza. 

Aunque Lista no tuvo parte en la revolución de 1820, llegó á hacerse sospechoso 
para los ultrarealistas de 1823, que atacaron de mil maneras el colegio por odio á 
su regente hasta que lograron extinguirlo. Entonces quedó reducido á dar leccio- 
nes particulares en la calle de Valverde, á las que asistieron los señores Mon, 
Pidal, Castillo y Ayensa, D. Agustín Duran, I). Facundo Infante, los hijos del Sr. 
Clemencin y otros varios, que por su aplicación y sorprendentes adelantos esclare- 
cieron mas la fama del Maestro. Esa fama, semejante á la de Sócrates y Platón, es 
su mayor título de gloria. 

l*ei o si su inteligencia era de primer órden, si admiraba la inmensidad de sus 
conocimientos, habia en él otras cualidades acaso mas estimables: el cariño á 
sus discípulos, el afán insaciable por comunicarles los tesoros de su sabiduría. No 
satisfecho con las horas destinadas á las explicaciones, siempre enseñaba en sus con- 
versaciones familiares, siempre estaba dispuesto con una bondad amorosa á resolver 
cuantas dudas le consultaban. Sencillo y modesto inspiraba á los aplicados con 
su trato afectuoso la conlianza de un hermano, el respecto de un padre con 
sus consejos, la veneración de un oráculo con su doctrina. Su palabra insinuante 
y atractiva, y llena de máximas morales, tan profunda en la filosofía como en la 
historia, tan sábia y amena cuando se ocupaba de los clásicos antiguos, como de 
los modernos, era una biblioteca escogida, un manantial inagotable de lodo lo 
bueno y sublime que han producido el saber y la inteligencia humana. 

Miñano y D. Juan Grijalva, secretario entónces de la estanqiilla, que conocían 
bien la pureza y la lealtad de su corazón, le amaban sinceramente. El primero le 
relacionó con D. Luis López Ballesteros, minislro de Hacienda, que le encargó el 
despacho de algunos negocios graves del Estado. El segundo dió á conocer su nom- 



— 23 — 

bre y su niérilo á Fernando Vil , de quien nunca solicitó nada. (1) No le impidie- 
ron estas ocupaciones dedicarse á sus antiguos estudios, que le abrieron las puertas 
de las Academias de la Lengua y de la Historia. Eu la primera leyó un discurso so- 
bre la Literatura española, en la segunda otro fijando el carácter del feudalismo en 
España. En él demuestra que no pudo tener aquí el mismo poderío que en Italia. 
Francia, Alemania é Inglaterra, porque no hubo raza vencida y porque no dando 
el Rey las alcaidías y los castillos sino vitaliciamente, conservaba siempre la su- 
premacía éntrelos señores. Ambas aserciones son ciertas: la segunda está demos- 
trada con claridad en la liistoria; la primera se deduce fácilmente, reflexionando so- 
bre ciertos acontecimientos. — Con efecto, la muerte de la monarquía goda en las 
orillas del Guadalete dió á los árabes el imperio en casi todo el territorio español. 
Los restos de la antigua raza dominante se habían refugiado en un rincón de las 
Asturias; la España gótica se había convertido en España musulmana; los privilegios 
déla antigua nobleza desaparecieron ante la espada del pueblo dominante, y ceso 
la distinción entre señores y vasallos. Comenzó la reconquista con el valor de un 
pueblo que pelea, no solo contra un usurpador, sino contra el enemigo de su lev. 
En esta lucha de casi ocho siglos, el monarca mandaba los ejércitos y todos los de- 
mas se agrupaban alrededor del estandarte real sin mas diferencia que el heroísmo 
de cada combatiente, que servia de mérito para los grados en la milicia y para las 
donaciones que recibían. Así los que en momentos de paz cultivaban los campos, 
no eran vasallos sometidos á señores feudales, ni hubieran podido sufrir la servi- 
dumbre, sino guerreros que con el arado en la mano llevaban la espada en el 
cinto y estaban dispuestos á la pelea como lodos los demás al primer llamamiento 
de su soberano. Por eso para destruir el feudalismo en España no han necesitado 
los Reyes como en otras naciones europeas el auxilio de los ayuntamientos. 

Lista- hizo otro viaje á Francia el año de 1827 para evitar las repetidas mo- 
lestias que le causaba el fanatismo de algunos realistas : desde allí sostuvo una lai ga 
correspondencia con sus amigos de la corte en la cual daba á Grijalva saludables 
consejos, especialmente al anunciarle como posible que la dinastía de Orleans su- 
biera al trono de S. Luis. La revolución de Julio en 1830 prueba que había cono- 
cido á fondo el espíritu del pueblo francés y su gran previsión en política. — Sus 
amigos concibieron el pensamiento de escribir un periódico en Bayona con el título 
de Gacela, para vindicar á España de varias calumnias con que pretendían mancillarla 



(1) Lisia daba lecciones á un sobrino de Grijalva en Palacio, donde por el destino que desempe- 
ñaba tenia su habitación. El Rey le vió un día al pasar por ella, y después dijo á Grijalva: tengo niu- 
cbas noticias de la ciencia y del talento de Lista ; pero nunca me lia pedido nada. Ni lo liará, replin) 
Grijalva, porque no es posible que haya hombre mas desinteresado. 



^^^^ 



.24 — 



nlgmios países o\lrani;oros. 'I'ambicn se propusieron defender las determinaciones 
de la IVaccioii ilustrada del Gobierno, cuyo representante era el señor Ballesteros. 
Lisia con Heinoso y oíros ItK' colaborador de aquel periódico, y sus artículos so- 
bre poliiira, llenos de enseñanza y de una lógica poderosa, unidas á la sencillez y 
pureza de las formas, son modelos que debían estudiar los qiie se dedican á esta 
clase de escritos. La Gaceta de Bayona no liá tenido ningún periódico rival en 
España. Entóneos publicó el suplemento al Mariana y Miñana, que forma el tomo 
9.' de la edición que se hizo el año de 1829 en Madrid. (1) 

Mas la revolución de Julio fué causa de que se trasladase la Gaceta de Bayona 
á S. Sebastian, lomando el título de Estafeta; pero no varió por eso en la defensa 
del orden y de la monarquía, aconsejando sin embargo las mejoras prudentes que 
dictaban los sucesos ocurridos en la vecina Francia y el estado del pueblo espa- 
ñol. 3Iuerto aquel periódico y nombrado en 1853 Cea Berraudez presidente de un 
nuevo ministerio, le encomendó la dirección de la Gaceta y de algunos negocios 
de importancia. Por estos servicios y otros muy notables recibió la cruz de co- 
mendador de Isabel la Católica : y á haber querido aceptar, hubiera sido canónigo 
de la catedral de Santiago, con cuya plaza le rogó su íntimo amigo el Sr. D. Juan 
Gualberto González, ministro á la sazón de Gracia y Justicia. 

En medio de estas graves ocupaciones, no abandonaba jamás sus trabajos lite- 
rarios: tradujo, adicionó, y completó escribiendo varios tomos originales la historia 
universal del Conde Segur, en cuya ocupación se empleaba desde 1829. Esta obra 
sola, aun sin otros títulos de gloria, hubiera asentado sobre una base imperecedera 
su alia reputación literaria, y le dió con justicia el cetro de la historia enlre los espa- 
ñoles. No es tan conciso como Tácito, pero narra con mas rapidez que TitoLivio, y 
aunque sencillo, es siempre magestuoso. Se distingue sobre todo por la penetración 
en las consecuencias de los sucesos que refiere, en lo cual lleva gran ventaja á ambos 
escritores, que no conocieron el método filosófico en las narraciones. Su carácter 
como historiador es semejante al hombre político. Al desenvolver el elemento de 
gobierno en la historia antigua, le hallaba siempre en el poder y en la aristocra- 
cia, así como veía el principal elemento déla sociedad moderna en el principio 
religioso del cristianismo. Creia que Robcrtson, Gibbon y Yoltaire, se equivocaron 
atacando el poder de la Iglesia, cuya legitimidad no supieron apreciar ó acaso afecta- 
ron desconocer maliciosamente. La Iglesia no debió su existencia política como al- 
gunos reinos (2) á las invasiones de la fuerza que después há legitimado el irans- 

(1) No fué csti'añü á la vuclla á Madrid de Quintana, que estaba entonces en desgracia: 
este fausto acontecimiento fué celebrado por él en una oda inclusa en su colección. 

(2) España fué donación de Honorio, hecha en 416 á Walia, sucesor de Ataúlfo, por ios grandes 
servicios que le liahia prestado. 



curso de los siglos. ¿No dio el padre de Cárlo Magno en pi'opiedad á la Santa Sede 
los estados que usurpaban los Lombardos á los Imperiales de Oriente? ¿Mas tarde 
no le donó la Condesa Matilde sus dominios al expirar sin herederos? Hé aquí el 
origen legítimo del poder tempopal de la Iglesia. Pero Robertson que, en su zelo 
protestante, desconoció esta legitimidad, no podía conocer tampoco la justicia con 
que la Iglesia persiguió á los partidarios de Lutero. Qué mas: el historiador Gíbbon, 
cuya erudición pasma por su profundidad, juzga que el cristianismo fué un aconteci- 
miento bárbaro que destruyó el órden establecido por el despotismo de los emperado- 
res romanos, no cree <^ne el evangelio fué el elemento que destruyó la esclavitud del 
mundo; no vé en los cristianos mas que fanáticos y perturbadores, y le parece justo 
que se les trate sin piedad, y que sean inmolados por la ira de los procónsules. Tam- 
bién desconoció que la libertad moral de los pueblos no perece nunca por mas que 
sufra increíbles transformaciones; para lo contrar io forzoso era que se extinguie- 
se el pensamiento en el hombre. Por eso unas veces la contemplamos en Roma en 
medio de sus asambleas, otras veces huyendo de la corrupción en el retiro del es- 
tóico, otras en fin llena de entusiasmo, refugiada en las virtudes de los Santos Padres, 
y entre los tormentos de los mártires. Estos decían tranquilos á sus verdugos «Nos 
multiplicamos á medida que perecemos: los cristianos nacen de la sangre de los 
mártires». «¡Cuántas veces sois crueles con nosotros, ya por recreo de vuestra 
feroz inclinación, ya por pretesto de obediencia á las leyes! ¡Cuántas veces sin 
esperar vuestras órdenes nos há perseguido el pueblo con piedras y puesto fuego á 
nuestras casas! ¡Cuántas en sus furiosas bacanales nos acometió con tanta feroci- 
dad, que no perdonó ni á los cristianos muertos impíamente! Sí ; el asilo de la 
muerte ha sido violado. Del fondo de los sepulcros en que reposaban arrancás- 
teis los cadáveres ya desfigurados para insultarlos y despedazarlos. Y sin embargo 
¿faltó en algún cristiano la paciencia? ¿Condenásteis á alguno por quererse ven- 
gar de ese encarnizamiento que nos persigue aun mas allá de la tumba? Y no 
se piense que el no desagraviarnos es por falta de armas ó de valor: si nos faltá- 
ran fuerzas, bastarían algunas teas encendidas para abrasar la ciudad, tomando ven- 
ganza en una sola noche, sí fuera lícito al cristiano pagar un agravio con otro. 
Pero Dios no permita que una religión divina se vengue con armas terrestres y 
se abata ante los tormentos que la prueban. 

«Sí quisiéramos vengarnos, no ocultamente, sino como enemigos declarados ¿nos 
faltarían fuerzas y egércíios? ¿Son mas numerosos los Moros, los Marcomanos, los 
Partos y cualquier otro pueblo encerrado en las fronteras de un reino, que los 
cristianos que no tienen mas límites que los del mundo entero? Ayer nacimos y 
hoy llenamos el imperio, las ciudades, las islas, los castillos, las villas, las aldeas, 



- 26- 

los reales, las tribus, las deciiiias, el palaeio, el senado, el foro: solo dejamos 
vacíos vuestros templos. 

«¿Pues qué guerras, qué combates no sostendríamos aun con fuerzas desiguales, 
estando acostundjrados á morir con serenidad en los tormentos, si nuestra santa ley 
no nos ordenara mas bien perder la vida que quitarla á nuestros semejantes?....» (1) 
Los que hablaban de esta manera en presencia de la muerte, los que la sufrían con 
resignación para obtener la misericordia del Todopoderoso, bien merecían que se 
les juzgase con verdad y con justicia por el sabio historiador, ya que aparece tan 
insensible á sus padecimientos. Si se hubiera limitado^ como dice Villemaín, á pre- 
sentar los cristianos desde que aparecieron en el mundo después de su divino 
ííj Maestro, narrando imparcialmente sus progresos y sus opiniones; si hubiera es- 

tudiado profundamente los Apologistas y los Santos Padres, ni habría reunido en 
una disertación tantos juicios falsos sobre el carácter del cristianismo, ni habría di- 
■'f cho que era difusa la elocuencia de los últimos, siendo grave, sencilla y enérgica, y 

el instrumento sublime de la reforma cristiana y de la reforma de aquella sociedad 
moribunda. (2) Los epigramas satíi icos de Voltaire sobre el cristianismo, me pa- 
^: recen indignos de tan grande hombre. 

Lista defendía la Iglesia contra estos y otros acusadores y demostraba al propio 
tiempo que la sociedad doméstica y los derechos civiles habian sufrido grandes 
alteraciones en beneficio de la humanidad por la influencia del cristianismo: demos- 
traba también que la abolición de la esclavitud, la igualdad de la niuger al hombre, 
las obligaciones y derechos recíprocos de los padres y los hijos, la disminución, tem- 
planza y pronta extinción del derecho señorial en España, nacían del mismo princi- 
pio. No juzgaba como Montesquieu y otros publicistas, que el poder real tem- 
éi piado por las grandes asambleas nacionales, se derivaba de los antiguos germanos, 

il Los Concilios de la Iglesia eran , según sus investigaciones históricas, el verdadero 

origen de ellas, así como los Concilios toledanos lo fueron de las Cortes españolas. 
^ Como consecuencia de esta doctrina hizo notar que cuando el Trono se opuso 

^ á la dominación de los grandes, halló siempre á su lado la Iglesia y el pueblo para 

^ defenderlo. El Trono era por lo mismo para Lista la institución mas popular de 

^ España. Además, ningún historiador há juzgado quizá con tanto acierto á los 

^ reyes católicos. Elogia con justicia el pensamiento admirable de Fernando el V para 

^1 extender sus dominios por el África, cuya realización hubiera asegurado para siem- 

I pre la grandeza del imperio castellano. Y así debía acontecer: vecina á nosotros 

íl esa parte del mundo, y separada solamente por un pequeño estrecho, las conquistas 

'í 

íll (t) Terliiliani Apologeliciis. 

^ ("2; Vilhnuaiii. Cour Jo lil. IVantaisse, loui. 1 . pag. 158. 



-27- 

en ella hubieran sido adiciones homogéneas de territorios fértiles , siempre se- 
guros que nos abriesen el camino del Asia. Mas este gran proyecto fué malogrado 
por las conquistas de Italia, y de los Paiscs Bajos. La América sobre todo, cuyo 
glorioso descubrimiento nos envidiaron otras naciones, absorvió la atención de 
nuestros reyes, que tuvieron necesidad de distraer muchas fuerzas para el soste- 
nimiento de aquellas remotas comarcas. Ya se há visto el resultado: las colonias, 
como decía el mismo Lista en sus artículos sobre las Américas, son semejantes 
cuando se civilizan á los hijos que llegan á la mayor edad. Desde esa época desean 
sacudir los primeros el yugo paterno ; desde la de su civilización desean tam- 
bién las colonias vivir emancipadas; y cuando una larga distancia las separa del 
pueblo á que están sometidas, carece este de recursos para reducirlas á la obe- 
diencia. Las Américas se han perdido; España sin acjuellos obstáculos, sería hoy la 
señora de todo el África. 

También vindicó á Felipe II de las calumnias de los ingleses y los flamen- 
cos: sus hechos verdaderos están comprobados escrupulosamente por el mismo Lista 
en documentos irrecusables. Desde entonces contribuyó á destruir la opinión que 
se había formado contra aquel Monarca, á quien hasta los dramáticos extrange- 
ros se empeñaron en presentar manchado con los crímenes mas abominables. Pero 
ninguna persona ilustrada cree ya en aquellas infames patrañas. Cierto es que su ca- 
rácter sombrío y reservado contrastaba tristemente con la amable franqueza de su 
padre; que mientras este se fiaba en la lealtad de sus consejeros, Felipe despachaba 
por sí mismo sin confiar de todo punto ni aun en el Príncipe de Eboli su mas íntimo 
confidente. De este modo su reserva introdujo la sospecha, y la sospecha acogió 
fácilmente la calumnia. Su carácter, pues, y la ojeriza de los protestantes, fueron 
causa de que la posteridad manchára de una manera inicua su memoria. Lista que 
conoció las elevadas miras de sus talentos políticos, ora como hombre influyente 
en los negocios de Europa, ora como rey de España, juzga también con im- 
parcialidad sus desaciertos: uno de ellos fué el empeño temerario de pre- 
tender igualar en leyes , usos y costumbres á las siete provincias de los Paí- 
ses Bajos, y en sostener contra ellas por esta causa una guerra desastrosa 
para este reino. La protección que Francia é Inglaterra otorgaron á aquellos 
pueblos, debió hacerle prever el resultado funesto de tan porfiada lucha. Tampoco 
acertó en no trasladar la córte á Lisboa, cuando el génio militar del Duque 
de Alba le conquistó aquel reino: si lo hubiera hecho, hoy solo existiría el 
Portugal para la historia, y la nación española sería mas poderosa y mas influyente 
en los destinos del mundo. Pero las faltas del político, en nada mancillan el co- 
razón del monarca. Su padre le habia dejado además un reino tan extenso como 




¡(pai tados sus lerrUorios, y pai-a conservarlo íntegro mayor tiempo se necesitaba 
su inviMicible espada y la aureola de su gloria. La gran monarquía de Cárlos V co- 
menzó á desmoronarse en Felipe II; pero téngase presente la conducta de sus 
sucesores, y entonces podrá apreciársela profundidad de su política y la sabiduría de 
su administración. Téngase presente que Europa ardía en guerras mientras él sostuvo 
la paz en España; y reconozcamos sobre todo el gran mérito de habernos con- 
servado en toda su pureza la l eligion de nuestros mayores. Muchos de los re- 
veses ocurridos en su reinado eran inevitables. 

Continuando Lista en la redacción de la Gacela, fundó en 1833 un periódico 
con el título de la Estrella, para defender las reformas nacionales , y el derecho de 
Doña Isabel II al trono de su augusto padre. Sin embargo, exento de ambición, 
la política no tenia para él ningún atractivo ; no era mas que un servicio prestado 
á sus amigos, ó un medio decoroso de subsistencia; y al ascender al ministerio al- 
gunos de ellos, solo admitió una cátedra de Matemáticas en la Universidad de Ma- 
drid, á cuya ocupación lo impulsaba una fuerza irresistible. Hubiera continuado 
en la corte consagrándose á la enseñanza y á sus amigos; pero fastidiado de los 
periódicos y de la política que sin tregua le perseguían , resolvió admitir en 
Cádiz en 1838 la regencia de estudios del Colegio de S. Felipe para librarse de 
tareas tan enojosas. — En aquel mismo año le ascendió esta Academia á socio 
preeminente. — La Huna del Colegio se propagó de una manera prodigiosa y de todas 
partes llegaban á él alumnos en número tan crecido, que era forzoso esperar la 
salida de unos para admitir á otros. — Entonces tuvo grande empeño D. José Vicen- 
te Durana en honrar la redacción del periódico titulado el Tiempo, con sus artícu- 
los. Lista solo accedió á escribir la parte literaria. (1) Sus tratados sobre los sen- 
timientos humanos y sobre la belleza, así como los análisis literarios que publicó en 
a([uel periódico, prueban que su sabiduría había llegado á la perfección en la ma- 
teria, que era el primer estético y el mas claro y profundo de todos los huma- 
nistas españoles. El estilo de aquellos artículos, exento de galicismos, se distingue 
por la facilidad y la riqueza. Imita á Condillac en la sencillez, pero con mayor 
fuerza de colorido, con mas imaginación, y dando siempre la preferencia á las pa- 
labras gráficas. 

Allí aprovechaba los días de vacaciones para pasarlos en Sevilla entre su ñimilia 
y sus amigos, que como él decía con el acento expresivo de la ternura, alivia- 
ban su naturaleza del peso de los años. — En 1841 fué nombrado director de esta 



( 1 ) Se inipriniieron en Sevilla en 1844 en dos tomos en 4." con el titulo de ensayos 
Hlerarios Los esc ribió con una rapidez increíble, y mandaba á la imprenta los mismos borradores, 
t|iic onliiiiiriiimpnlc no tenian ni una sola enmienda. 




corporación, en cuyo cargo cesó en 1842. — Había vivido lleno de azares, tal vez 
sin esperanza de volver á pisar el suelo, donde en cada sitio hallaba un recuerdo 
feliz de su juventud, donde había bebido los mas ricos tesoros de sus inspiracio- 
nes ; y al contemplarse en él , si bien con la falta de algunos amigos queridos, 
su corazón respiraba con mas franqueza, su alma sentía una dicha desusada y la 
magia de la poesía volvió á exaltar su rejuvenecida imaginación. Desde entónces no 
vió mas felicidad que la de vivir tranquilamente en Sevilla, y cerrar en ella los 
ojos para siempre: aquí había nacido, aquí ansiaba que descansáran sus cenizas. La 
Providencia cumplió sus deseos. El Rector del Colegio de S. Felipe D. Jorge 
Diez, vino á ser Director del Colegio de S. Diego de esta ciudad en 1845, y agrade- 
cido por una parte á los conocimientos que debía al ilustre sabio, y deseando 
por otra dar fama á su establecimiento, le rogó que admitiese la regencia de estu- 
dios. Su venida á Sevilla fué un verdadero acontecimiento literario: todos los eru- 
ditos, todos los amantes del saber deseaban honrarse con su amistad; la juventud 
aplicada corrió ansiosa á escuchar sus elocuentes lecciones ; todas las demás perso- 
nas de la buena sociedad le buscaban para conocerle, siquiera de vista; y en su mo- 
desto retiro era considerado con ese respeto que nace, no del interés ó de la am- 
bición, sino de un sentimiento noble y generoso; la admiración al genio. El Go- 
bierno contribuyó á hacerle mas grata su permanencia en Sevilla, dándole la cátedra 
de Matemáticas sublimes de esta Universidad y mas tarde el decanato de la facultad 
de Filosofía. El Claustro le declaró por aclamación unánime doctor en Filosofía y 
sagrada Teología, y este homenage que debía con justicia á su mérito eminente, le 
lisongeó mas que todos sus triunfos literarios. 

Para satisfacer los deseos de muchas personas notables que deseaban escuchar- 
le, explicó en el Colegio de S. Diego un curso de Literatura é Historia. En la 
primera llegó hasta el siglo XVI: en la segunda concluyó la Historia antigua. Des- 
pués de calificar los pueblos que por sus leyes y por su sistema de gobierno 
habían formado un centro de poder, desenvolvió el carácter y las diferencias de 
la república de Aténas y la romana , señalando con datos indestructibles las causas 
de su engrandecimiento , de su decadencia y ruina. Su laboriosidad y la robus- 
tez de su naturaleza llenaban de asombro : tenía entónces siete horas diarias de 
clase, despachaba los asuntos propios del decanato y en las pocas horas de ocio 
que le restaban, escribía su compendio de Historia antigua, que por la claridad 
de su método, por sus reflexiones, por la copia de su erudición y la belleza de 
su estilo es superior á cuantos hay en castellano. (1) La muerte le impidió publi- 



I 



(1) Se publicó en un lomo en 8," en 18i4. 





-so- 



car la Historia moderna, que dejó en D. Alonso el Sabio, y nos ha privado, sobre 
todo, de una obra extensa con el titulo del Catolicismo, para la cual había medi- 
tado mucho tiempo y estudiado la biblioteca de los Padres de la Iglesia y otros 
libros análogos. El espíritu de la obra cuyo orden tenia ya en su mente, estaba en- 
cerrado en esta sentencia: qmá semper et ubique. 

Ninguna época habia sido mas feliz para Lista : vivía sin las inquietudes 
con que martiriza al alma la política, con el placer inefable déla enseñanza, 
con la dicha de estar rodeado de su familia y sus amigos. El Gobierno le dió 
un nuevo testimonio de aprecio nombrándole Canónigo de esta Santa Iglesia (1] y 
su felicidad fué completa. Se sentaba en el mismo coro que su maestro Rioja, y las 
funciones de gran pompa religiosa, á que asistía puntualmente, exaltaban su alma 
como poeta y le extasiaban con un encanto sublime como sacerdote cristiano. Pero 
su felicidad no duró mucho tiempo, porque su naturaleza no podía sufrir el peso de 
tantos trabajos. Sin embargo, nadie consiguió que variara su vida. Muchas veces le 
rogábamos que abandonara algunas ocupaciones. «Si no enseño ni escribo, nos re- 
plicaba, viviré triste y rae moriré mas pronto». Nuestros temores no eran infundados. 
El día 9 de Diciembre de 1847 estando en la Catedral á donde habia concurrido 
para solemnizar la festividad de la Concepción, (2) fué acometido repentinamente 
de una congestión cerebral y el 50 de Enero de 1848 de un ataque al corazón. Su 
Médico, (5) las juntas que se celebraron por disposición suya y otros muchos fa- 
cultativos que por amistad le visitaban, lodos, sin excepción alguna , opinaron que 
su enfermedad no tenia remedio. Entonces le administró la sagrada Extremaunción 
su amigo el señor Dean de esta santa Iglesia en la noche del 9 de Febrero, con 
un acompañamiento tan numeroso, que jamás se habia conocido en Sevilla. 

El golpe fué para Lista tan funesto como inesperado : poco antes era feliz, 
gozaba de una salud perfecta, y el sepulcro á cuyo borde se encontraba venia á 
destruir la mayor felicidad de su vida. Todos sus amigos le juzgábamos descon- 
solado y abatido; pero nuestra sorpresa fué tan grande como el pesar que sentía- 
mos por su desgracia al verle poco después de la augusta ceremonia con la resig- 
nación santa del cristiano, con la calma apacible del justo. Su conversación llena 
de máximas religiosas y morales, era mas elocuente que nunca. Sus graves padeci- 

( 1 ) Su íntimo amigo y compañero de la juventud el Excmo. Sr. D. Manuel López 
Cepero , Dean de esta Santa Iglesia Metropolitana , tuvo grande influencia en este nombra- 
miento. Sus instancias al Gobierno decidieron al Sr. Egaña, Ministro entonces de Gracia y Justicia. 

(2) Aquel dia predicaba ti P. Montemayor; y apesar de haberle aconsejado en su casa 
que no saliera para librarlo de la crudeza del dia, que estaba sumamente frió, pudo mas en 
él el deseo de escucharle y de asistir á la función de la Virgen. 

( 5 ) D. Rafael Chichón, hombre de grandes talentos, de saber poco común y de larga 
experiencia médica. 




X" 



mientos físicos, la solemnidad de aquellos momentos, el triste silencio con que 
todos le escuchábamos, ocultando algunos las lágrimas, dában á sus palabras una 
autoridad mágica, semejante á la de un profeta inspirado. Después dirigiéndose á 
uno de sus discípulos mas queridos, «También hé sido joven como tú, le dijo: pero 
el estado en que ahora me vés te enseña con cuanta rapidez pasa la vida : no 
olvides esta lección, hijo mió: recuerda siempre que hay una eternidad, que hay un 
Dios en el cielo». 

Sus dolencias se agravaron aunque sin exhalar un solo gemido. Extenuado por 
la enfermedad y por los remedios dolorosos que le aplicaban, todos los días temía- 
mos su muerte: pero aquella naturaleza de hierro, como él la llamaba, hacía el 
último esfuerzo contra la destrucción. Su cabeza sin embargo, no había sufrido le- 
sión alguna , y su clara inteligencia discurría con la misma profundidad que en 
la plenitud de la edad viril. Por las noches rodeábamos su lecho; (1) pero aquella 
reunión tenia mas bien el aspecto de una academia, que el de acompañamiento de 
un moribundo. Allí se suscitaban cuestiones de alta fdosofía, se analizaba el espí- 
ritu de la civilización antigua; sus grandes escritores, las tendencias de la civiliza- 
ción moderna, la moral, la historia, la literatura y las artes: en todas ellas hablaba 
el sábio anciano, en todas admiraba por la fuerza de su raciocinio, y por la 
inmensa extensión de sus conocimientos: siempre convencía, y jamás triunfaba 
sin recitar de memoria el pasage del prosador ó del poeta que citaba en apoyo 
de su opinión. 

Mas tarde cambiaba la escena de todo punto, y á las ciencias y las letras su- 
cedía la religión: entre sus amigos se había manifestado el sabio; solo con su 
ilustrado confesor no se veía mas que al cristiano fervoroso. Aquel le leía la exposi- 
ción del libro de Job del M. León, cuya lectura era interrumpida algunas veces por 
las reflexiones piadosas del paciente. Con todo, aunque aquellas doctrinas enaltecían 
su pensamiento , interesaban mas su inteligencia que su corazón y fueron reempla- 
zadas por las del venerable padre Luis de la Puente. El tesoro escondido de las 
enfermedades y trabajos de este místico escritor, lleno de consejos saludables, es 
un bálsamo suave para los que padecen enfermedades y aflicciones. Tan puro y ar- 
monioso en las formas como dulce é insinuante en el pensamiento, descubre en 
este tratado los tesoros de la gracia, que se oculta á los que padecen sin su ense- 
ñanza, la cual contribuyó á sostener inalterable en Lista aquella resignación cris- 
tiana, aquella paciencia edificante, que no se apartaron ni un momento de su 

( 1 ) Entre los que asistían ordinariamente, estaba el Sr. Dean D. Manuel López Cepero, D. 
Jorge Diez , Pro, Catedrático de literatura latina en la Universidad , D. Antonio Martin Villa, 
secretario de la misma, D. Rafael Lavin su confesor y Catedrático de la Universidad, y el autor de 
este elogio. 



alma. Su cnfermedatl se prolongó contra la creencia de todos: la solicitud y el 
talento de su Médico, unidos á su fortaleza física, lucharon contra la muerte cerca 
de un año, pero sin poderle arrebatar la presa. El día 23 de Setiembre por la 
madrugada tuvo un nuevo ataque complicado con una pulmonía aguda y desde 
aquel momento puede decirse que comenzó su larga y dolorosa agonía. Desorga- 
nizada, destruida completamente su materia y sin movimiento alguno en las extre- 
midades, quedó todavía en él una cosa intacta, su poderosa inteligencia; el hombre 
moral no había sufrido lesión alguna. Que la filosofía materialista no olvide este 
ejemplo. 

Dos días y medio antes de espirar, su naturaleza semejante á una luz que 
al apagarse arroja mayor llamarada, hizo el último esfuerzo contra la muerte. Al 
sentirse con ménos dolores, se entregó por algunos momentos á las ilusiones mas 
caras de su vida, al pensamiento de la enseñanza. Se ocupó de la Universidad y 
del Colegio de S. Diego, considerando que en breve podría continuar como ántes 
sus lecciones: se creia ya entre sus compañeros y amigos, y brilló en su semblante 
la alegría de otros tiempos. Su conversación, que recayó sobre la poesía espa- 
ñola, fué florida y amena y algunas veces rica de chistes y de agudezas. Brota- 
ban de sus labios las citas y los versos á raudales, y su mente, que parecía inspira- 
da y mas llena que nunca de recuerdos clásicos, fijaba con una claridad increíble 
las varias cuestiones literarias que por acaso se suscitaron. Analisó los 'diversos 
géneros dramáticos, y al llegar á nuestros antiguos entremeses recitó de memo- 
ria una multitud de diálogos castizos, fáciles y graciosos, que retrataban con acierto 
el carácter plebeyo castellano y la gracia é ingenio de su rica imaginación. Que 
se comparen con ellos, me dijo, esas piezas andaluzas, que andan ahora en voga: su 
paralelo presentará aun mas claro el mérito de las antiguas producciones y la 
pobreza y defectos de esas nuevas. En ellas no se pintan las costumbres españo- 
las, sino las de la gente perdida y las de los malhechores y gitanos. Las gracias 
lejos de ser naturales consisten unas veces en la exageración de las ideas, otras 
en picantes desvergüenzas y muy pocas hacen asomar la risa á los labios por el 
gracejo: su lenguage es bárbaro, los diálogos son pesados y su inmoralidad digna 
de una censura muy severa. Así, pues, no deben considerarse las piezas andaluzas 
como un nuevo género dramático, sino como una moda literaria que pasará rápi- 
damente para morir en el olvido. 

Estas palabras fueron el canto del cisne, los últimos acentos de aquella voz 
casi divina que iba á enmudecer para siempre. La enfermedad no había hecho mas 
que suspender un instante sus estragos para continuar después con mas fuerza, y 
de las ilusiones de la vida pasó en breve á la realidad, á la contemplación de la 



— 33 — 

muerte. Su corazón no se estremeció, sin embargo; como Job, habia sufrido sin 
quejarse sus crueles padecimientos; como los bienaventurados veia en la eternidad 
la dicha suprema, la verdadera gloria que busca en vano el hombre en esta vida. 
Se le administró otra vez el Viático y sin separarse su confesor del lecho, el 
día 5 de Octubre á las diez de la mañana fué su alma al cielo á recibir el premio 
de tantas virtudes. 

Sevilla se cubrió de luto al saber su muerte ; y la Universidad que habia 
tenido la honra de contarle entre sus profesores, quiso unir su gloria á la del sabio, 
haciendo que reposara en su magnífico templo al lado del célebre Arguijo y del 
gran Benito de Arias Montano. (1) Su pérdida afligió hondamente no solo á sus 
innumerables discípulos y amigos, sino á toda España que consideraba en él su prin- 
cipal maestro y una de sus mas brillantes reputaciones literarias. 

Todos los periódicos sin distinción de opiniones le lloraron; algunos estableci- 
mientos literarios dirigieron al cielo preces solemnes por su alma, y otros, como 
nuestra Academia, á quien tanto habia honrado con su nombre, tributaron un 
homenage de gratitud y de admiración á su memoria. 

Propagador de las Matemáticas, de los buenos principios de gobierno, de la 
verdadera religión, de la sana filosofía, de la moral y de la literatura; amigo tierno 
y cariñoso y maestro incomparable, vivió sin émulos, porque la envidia no se atre- 
vió á atacar tantas perfecciones. Su fama, pues, tan esclarecida como la de los 
nombres mas gloriosos, tan pura y simpática como la de los mas grandes bien- 
hechores del mundo, reposará por una eternidad en el corazón de todos los aman- 
tes del saber; porque su gloria refleja cuanto hay de grande en las ciencias, 
cuanto hay de grande en la honradez, cuanto hay de grande en las virtudes. 



J. M. FEMANDEZ- 



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(i) Su funeral celebrado con pompa fué concurrido de casi toda la ciudad. El claustro át 
profesores iba con sus insignias doctorales. 

9 




iii Pili ICI 



Ignorada de sí yazga mi menlc- 
Y muerto mi sentido ; 
Empapa el ramo para herir mi frente 
En las tranquilas aguas del olvido. 



No le lloréis, amigos — Ese canto 
Himno de gloria al sueño de la muerte 
Era la inspiración del alma fuerte 
De aquel varón tan apacible y santo; 
Ya fatigado de enseñaros tanto 

Y ya sintiendo su entusiasmo inerte 
Quiso muriendo, de su yerto labio. 
La postrera lección daros el Sabio. 

Todas las ciencias del saber tenía. 
Menos la de la muerte el docto anciano, 

Y quiso penetrar en ese arcano 
Por completar su gran sabiduría; 
Ya el misterio sabrá de la agonía, 
El fin conocerá del ser humano 

Y, si á la gloria remontó su vuelo. 

Ya habrá medido la estension del cielo. 



Y ya del sol el punto culminante, 

Y del Planeta dócil á su mando 
Sabrá como en sus órbitas girando 
Van por el cielo en rotación constante; 

Y ya desde Poniente hasta Levante 
En la estendida tierra meditando 
«¿Cómo, dirá, mientras duró mi sueño 
Pude estudiar en mundo tan pequeño?» 

El eje aquel del globo entre los yelos 
Que su mente en las noches fatigaba, 
Ya de cierto sabrá como se clava 
Para que ruede firme por los cielos; 

Y ya se habrán calmado sus desvelos 
Cuando su ruta perseguir sin trava 
Pueda en la inmensidad, y por la cumbre 
Del sol llegar hasta su misma lumbre 

10 



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- 50 



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Ya sabrá si la aurora enrogccida, 
Que á visitar su tumba anoche vino. 
De otra desgracia al mundo prevenida 
Es el augurio cierto del deslino; 
O si es, no mas, la ráfaga lucida 
Que deja el rayo del mirar divino 
Cuando, entre sombras, nubes y misterio, 
Tiaspasa alguna vez nuestro hemisferio. 

Y sabrá por qué vienen los cometas 
Al ignorante mundo á dar espanto, 

Y si en el cielo por celeste encanto 
Desterrados están de otros planetas, 
O si del orbe son grandes profetas 
Que se aparecen, entre sangre y llanto. 
Por cima de las míseras ciudades 
Solo para anunciar calamidades. 

Y sabrá do se forma la corriente 
Que por las noches en el cielo vago 
Parécenos de fuego estenso lago , 

O de luceros rio transparente; 

Y de la luz la primitiva fuente, 

T.a del Diluvio, de espantoso estrago, 

Y el origen, la historia y la fortuna 
De la estrella polar hasta la luna!! 



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¡Ah! si pudiera el inmortal maestro, 
Discípulos queridos y mimados. 
Tantos nuevos problemas aclarados 
Desde su mundo transmitir al nuestro! 
¡Ah! si la nueva ciencia, el nuevo estro 
Y los nuevos misterios de los hados, 
Ocultos al saber de la criatura, 
Pudiera revelar desde su altura! 



Yo nunca le escuché! — Nunca la sombr.i 
De mi ignorancia disipó su ciencia; 
Nunca yo, solitaria en mi existencia, 
Hallé á ese sábio que la fama nombra! 
Mientras os daba, en la campestre alfombra, 
Sus lecciones sonoras de cadencia, 
Yo, sola por mi valle, no escuchaba 
Mas que á la pobre Alondra que trinaba. 

Yo nunca le escuché! — Nunca mi mente 

Esclareció su antorcha luminosa 

Mas recibí la bendición piadosa 

Que, por última vez, dió á nuestra frente. 

El templo de los hijos del Oriente, 

Donde el cadáver de Colon reposa. 

Fué el templo en que nos dió su despedida. 

Dejando nuestra frente bendecida. 

Luego en la cuna del glorioso Herrera 
Dicen que reposar quiso el anciano.... 
Blando arrullo le presta esa rivera 
Para adormirlo en el florido llano. 
No le lloréis, amigos!., yo quisiera 
Tan tranquila dormir!., tener cercano 
Así mi lecho del hermoso rio. 
Que arrullára tandiien el sueño mió! 

Yo quisiera también cerrar mis ojos, 
Ceri-ar mis ojos á la tierra obscura. 
Abrirlos á la luz del cielo pura, 
Al sol brillante, á los luceros rojos: 
Cerrarlos de la vida á los enojos. 
Abrirlos de la gloria á la ventura. 
Dormir, cuando nos dicen que vivimos, 
Despertar, cuando dicen que morimos! 



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•3-fr. 

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Atentos en el valle los oídos 
A sus doctas palabras, siempre amigas. 
Como al viento flexibles las espigas, 
í 'oblarais vuestras frentes conmovidos; 
V ('•], mostrando los frutos escondidos, 
í^'ue arrancaron del arte sus fatigas, 
.Nutriera vuestros jóvenes talentos 
[)e sabrosos y dulces pensamientos. 



Yo no derramo lágrimas piadosas 
Por el que asciende á la feliz morada. 
Que allí quisiera verme regalada 
Por su ambiente purísimo de rosas! 
Las lágrimas que vierto dolorosas 
Son ¡ay! porque me quedo desterrada, 
A sufrir, cuál vosotros, el castigo 
De padecer aquí sin nuestro amigo!! 

('arolina Coronado v Romero. 



r.7 



Yo era infeliz: contra mi suerte en vano 
luchaba sin cesar; ella vencía. 
Los umbrales de Licio piso un dia: 
Licio me tiende la benigna mano. 

A la sagrada voz del vate anciano 
el mal huyó déla morada mia, 
y sin ceño Melpómene y Talía 
me vieron en el Pindó castellano. 

Licio no existe ya: corona santa 
cíñele Dios: la patria generosa 
hijo le llora, célebre le canta. 

Y entre el aplauso y el dolor profundo 
yo, Licio, grabo en tu modesta losa: 
Fuiste mi bienhechor: sépalo el mundo. 



Juan Eugenio IlARzENBuscir. 



11! MORTE DI LISfi 



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Oimé! dal seno elévasi 
Deir immortal Siviglia 
Gramo di doglia un sónito. 
Di triste meraviglia, 
D' angoscia che ricálcitra 
Ogni speranza al cor. 

K al grezzo planto méscesi 
Vur modnlato il pianto , 
E al grido d' arte scévero , 
Deir alnie muse il canto: 
Di niille suoni unisono 
S' annunzia ¡I giaii dolor. 



L' eco ne squilla , c célere 
Or questa riva or quella 
Trascorre, e i monti válica, 
E cangia di favella , 
E varié lingue réndono 
II grido che passó. 

«Mori» dair ostro a bórea, 
E dair occaso all' orto 
«Morí» s' ode ripétere 
«Alberto Lista é morto» 
«La gran facella ispanica» 
"Di splendeie cessó.» 



4!« 

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1^ 



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58 — 



Ki del sapero al culmine, 
Vj (IcUa scioiiza guida; 
VÁ degl' ignar la liaccola , 
K doir oppresso egida ; 
Do solí iberi il massimo, 
Dcir orbe coi primicr, 

l.a casta Iroiile candida 
riiqua iiiacchió d' orgoglio; 
Scmpre modesto, somplice; 
Sempre di liisso spoglio; 
Solo aiielantc c cupido 
D' investigare il ver. 

Non d' alli fregi e singoli 
Né di dorato cnd)lcma, 
Vinto da ria giavedine, 
Yarcata 1' ora eslrema. 
Ostenta al mondo il ciimulo 
Che '1 mcrto suo gli dié. 

Solo di casto lauro 
\\ d' iiinoccnti liori, 
Commisti serti innümeri, 
MoUi d' ardenti plori, 
S' ave la spoglia esaninie, 
Cospersi al freddo pié. 

Cessó; ma bella, fulgida, 
Dalla niaggion del duolo, 
L' alma disciolta, attóllere 
Osa 1' eccelso voló; 
Nel Sol si speccliia, ed ilare 
Prosegue il suo cammin. 

E i vasti campi aérei, 
E le stellate spere 
Sublima, in fin che trépida, 
Tra le celesti schiere. 
Di gaudio, al soglio inchhiasi 
Del suo fattor divin. 

Ah si! ch' un astro simile. 
Di si fecondi rai, 
O non doveva sórgere, 
O non sparir giammai, 
O, pari agli altri, 1' órbita 
Eterna proseguir. 



Ma il correré de sécoli 
Deir astro che sparisce 
Non scema la supérstite 
Sua luce, né marcisce 
Al transitar dei mémori, 
II sacro sowenir. 

Prodi! cui r orme spiccano 
Rivi d' umano sangue; 
Grandi! cui '1 fasto póggiasi 
Sul povero che langue: 
La vostra gloria postuma 
Infausta splenderá. 

In mente a rei fanátici, 
E a vili cortigiani, 
Le vostro gesta fiitili, 

I vostri fregi insani, 
Costretti sol rivivono, 
Ed orbi di pietá. 

Meco, se almen lo scibile 
Dell alma sciolta a' vanni 
Rassembra malagévole 
Aversi, ognun s' aífanni 
Di sue vi r til percórrere 

II calle che segnó 

Un di quando dechinasi 
Di nostra vita il peso, 
Ciascun di noi, del premio 
Al seggio eletto asceso, 
Dividerá la gloria 
Di lei ch' in ciel posó. 

E tu, del sommo empíreo 
Eterna cittadina, 
Sant' alma, in sen benignati 
De luoi la voce china, 
Fedel, propizia accógliere, 
E il voto veritier. 

Tu che r eccelse láudi 
Or odi san te e pie, 
Assorta fra le angéliche 
Celesti melodie, 
Air imo canto degnati 
D' un misero stranier. 



Francesco Zoleo. 



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_ 59 — 



Licio murió! La Bélica ribera 
No escucha de su vate el dulce acento. 
Ni sube al estrellado firmamento 
La voz sublime del moderno Herrera. 

Apagada su fúlgida lumbrera, 
Perdido para siempre su ornamento, 
La historia lanza fúnebre lamento, 
Las ciencias paran su inmortal carrera. 

Con abundosas lágrimas empaña 
La alma virtud su cándido semblante, 
Hiere su seno desolada España. 

Solo el Olimpo, cual jamás radiante, 
Dó quier de sacro júbilo se baña, 
¡LICIO!! ostentando en letras de diamante. 

Francisco Rodrigukz Zai'Ata. 



"Mas ¡ojalá que el término sereno 
De mi vejez consiga en el llorido 
Campo, que baña el Bétis sosegado! 
Mi triste pecho de amargura lleno 
Olvidará las penas que ha sufrido , 
Y logrará el reposo suspirado." 

D. A. Lista : Oda ti a Dalmiro. 



Asi cantara el vate, que algún dia 
En el pecho novel de alumno coro 
El estro de los dioses infundía. 

Y hoy su tierra de amor guarda el tesoro 
En pórfido de símbolos guarnido, 
Y regado sin fin en pátrio lloro. 



^ Las márgenes del Bétis dolorido. 
Marchitada su flor y su hermosura, 

l Los mas bellos encantos han perdido, 

> 

j Y sumida en el duelo y amargura 

j La reina de la Bética lamenta 

j El azar que há turbado su ventura. 



— 40 — 



Pálida en irouo de libano se óslenla 
Con luneral crespón en los blasones, 
Do lánros y de lási inias sedienla. 

En vano de sus Ínclitos varones 
La lama le l íM ucida i^or consuelo 
Pininas, liras, irmccics y pendones. 

¡Lista, su Lisia fué... Con vivo anhelo 
Al que allí sus albores irradiara 
Viole eclipsarse en el opaco cielo. 

Dicha es de madre, que la compra cara, 
Darle alivio en las cuitas por su mano, 

Y á sus restos la tierra, en que jugara. 

Y, sus votos cumplidos, el anciano 
Cerrar pudo los ojos bajo el techo, 
Dó sueños de candor creyera ufano. 

Allí apurando el cáliz en el lecho 
Yucla absorta en su Dios la grande alma. 
Que anidó siempre en tan robusto pecho. 

No mis cantos profanen esa calma 
De augusta senectud, con que há trocado 
El profano laurel en sacra palma. 

El mundo que Lucrecio hubo cantado 
Con escéptica trompa, no le grabe 
Entre los inmortales coronado. 

^•Qué son los mausoleos al que sabe, 
Que en la esfera mayor de los talentos 
Solo es sabio el mortal que en gracia acabe? (1) 

Preguntad por sus altos monumentos 
A Itálica famosa... En sus ruinas 
Ronco responde el silbo de los vientos. 

Así el Genio que en páginas divinas (2) 
Sobre Homero los Bíblicos cantares 
Eleva de Sion en las colinas. 

Que, impávido surcando ignotos mares. 
Cien lenguas oye, pisa ardiente arena. 
Desiertos cruza y bosques seculares; 

Que, Orfeo de las Gallas, enagena 
Mas almas descrcidas y regiones. 
Que el Maccilon de Cói'cega encadena; 

Que, anochecido el mundo y sus pasiones, (5) 
Cuál del seno polar mentida aurora, 
Aun despierta brillantes ilusiones. 

IN'o mas prepara á la tremenda hora 
Que una roca por tumba en su Bretaña, 

Y una Cruz por enseña salvadora. 



¿Y un varón no tendrás, lieróica España, 
Que á la Francia oponer de tal valía; 
Tú que opones un Cid en cada hazaña? 

¡Sobran bustos y timbres!.. ¡Suerte impía 
Al precoz Bossuet, nuevo Descartes (4) 
Que en mas obras que lustros se escedia, 

Dó quier le sigue! Y cuando tú departes 
Las glorias con el Sena, que orgulloso 
Baña la Babilonia de las Artes. 

Esclama en su furor: «Caiga el coloso. 
Que á la estátua de Kant ha estremecido.» 
¡Y Bálmes sucumbió mas victorioso! 

Y de su amante Ausona el alarido 
Hiere desde el Meder, matrona ibera. 
Tu blando corazón desprevenido. 

Mas el torrente amargo que corriera 
Por tus megillas ¡ay! no bien enjuto. 
Vuélvelo á renovar astro que impera, (o) 

Hora en Guadalquivir rinde el tributo 
La Arcadia de la bella Andalucía 
A tu negro pesar con otro luto. 

¿No escuchas esa fúnebre armonía 
De los cisnes orillas de este rio; 
Solaz de Alberto, cuando Dios quería? 

Posados bajo un álamo sombrío 
En húmedo y hojoso pavimento 
(Despojo del florífero atavío 

Al espirar otoño), con acento 
Triste cual de Israel en el Eufrates, 
Dolorosas memorias dan al viento. 

Gime el laúd templado á los embates 
Del dolor, y las auras con blanduras 
Suspiran las endechas de los vates. 

=Cielos! (repite el eco en la espesura) 
Del sabio patriarcal, decid ¿qué ha sido. 
Qué de trovas ni pláticas se cura? 

¡Ah cuánto de terror para el oido 
Retumbar en las bóvedas dolientes 
Desde alta mole gótica el tañido! 

Todo se lanza al caos: impotentes 
Los brios son para tener la parca; 
Y solo pasan á futuras gentes 

Virtud, valor é ingenio con la marca, 
Que lleven del Olimpo. El grande Alberto 
Ya de Hesperia los (('rmínos abarca; 



- U — 



Y del fi io Pirene al Alpe verlo, 
Cual de un Vives, su nombre sin mancilla 
Irá en Europa de esplendor cubierto. 

¡Bien hayas veces mil, clara Sevilla, 
Cuna de los Herreras y Riojas 
Floreada con nueva maravilla! 

Suspende por Anfriso tus congojas 
Para pintar su juvenil mañana, 
Cual encarnada flor en verdes hojas- 

Un Apolo con cítara cristiana (6) 
Vino á prender en híspala ceniza 
El volcan de la Musa Silesiana. 

Sostiene Anfriso la naciente liza (7) 
Con el culto Fileno y dulce Albino; 
Porque tú delicado Pastoriza, 

Sucumbes al rigor de tu destino; 
Como al cierzo tirano de las rosas. 
El botón mas fragante y peregrino. 

Alberto allí en las aulas venlnrosas 
Crece como entre arbustos la palmera, 
Rugiendo lejos nubes pavorosas. 

El torvo siglo en su vejez postrera 
Al finar entre roncos vendavales. 
Volco del seno impuro en nuestra era 

Sangre, horfandad y cancerosos males, 
¡Ah del que envuelto en el común torrente 
No aprenda en los pasados temporales! 

Lista empero sus luces no desmiente, 
Cual sol tras la tormenta. La señora (8) 
Del Cantábrico mar brinda al ausente 

Con su mejor emporio; admiradora 
Del Euclides y el Píndaro, que unía 
Al severo compás rima sonora. 

Mas tú del Nervion, regia Talía, (9) 
Le llamas al sentido Manzanares 
Para emular la tierna melodía 

De la flor del Zurgén y los cantares 
De Butilo infeliz, que en playa agena 
No al Tórmes volverá ni á sus hogares. 

Anfriso mas dichoso en corte amena, 
Que Isidro ennobleció con pobre arado, 

Y Calderón con su fecunda vena; 

Planteles va á crear, propicio el hado; 

Y aun la discordia en su furor impío 
Respetará su fi uto el mas colmado. 




Una turba gentil, al poderío 
De su labio, le escucha placentera 
Para ser la esperanza de aquel rio. 

No al gran hijo de Anquises estuviera 
Mas atenta la reina de Cartago 
Al escuchar su historia lastimera. 

Ora al ponerse el sol en verde pago; 
Ora en noche serena y estrellada, 
O á la luna adormida en algún lago; 

Selecta juventud embelesada 
Con él se encumbra á la celeste altura. 
Con él desciende á teri enal morada. 

Él arranca portentos á natura; 

Y tomando su voz temple divino. 

En los tiempos desparce lumbre pura. 

Cual Minerva ilustrára en el camino 
Bajo anciano disfraz de su grandeza, 
Al vastago de Ulises peregrino; 

Tal, la ciencia engastando en la belleza, 
Era Anfriso á la grey de sus amores. 
Que á saludables pastos la endereza. 

Marón le da sus clásicos fulgores, 
Horacio templa en español su lira, 

Y de la Esposa Virgen los candores 

El cantar salomónico le inspira, 
O en el Góigota el treno lastimero 
Al Hombre Dios, que por el hombre espira. 

Une el nervio de Tácito Severo 
A la fácil pureza de Cervantes; 

Y mezcladas sus tintas con esmero 

En históricos tipos rutilantes 
O en críticas sin hiél, es un hispano 
Hércules de las letras vacilantes. 

De Lope á Moraiin recorre ufano 
El origon, el rumbo, el apogeo 
Del inmenso teatro carpetano. 

Flores le ve sembrar el Ateneo 
Flores vióle el Censor, flores que hubiera (10) 
Para ornar muchas sienes por recr<eo: 

No ménos que las dá la primavera 
A floreros en cuadra deliciosa, 
O para deshojarse en la pradera. 

Así la invicta Gádes, la preciosa 
Perla del Océano apetecida 
Por Albion, v á Nelson ominosa; 



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- 4-2 



La (|uo volas v bi'oiiccs iiuiua olvida, 
,:Á quióii para el gimnasio íilipense 
Sino al híspalo Sóorales convida? 

Igual (MI ol sabor al aloniense, 
Volará sii cullivo con un /,olo, 
Que á los niodornos Üalhus reconiponse. (H 

¡Ciián florida es su pluma bajo el liiolo 

Y poso de los años encorbados! 

Bien como el ramo de oro, por consuelo 

En valles ante el Érebo asouibrados. 
La añosa y verde encina producía 
Para entrar á los campos fortunados; 

Con su trémula mano así togia (12) 
De azucenas y frescas amapolas 
Ramo esplendente que al Parnaso guia. 

Despídese de Allante y de sus olas, 

Y ávido arriba á la natal ribera, 

Que sus brazos le tiende y ])anderolas. 

Tras luengos, duros lustros, tiempo era 
De gustar los supremos parabienes 
Cuando Mántua le ensalza y remunera. 

Pero, el mismo en mercedes ó desdenes. 
No al ocio paga el feudo voluntario 
Quien libraba en su alan goces y bienes. 

lloras consagra al almo santuario. 
Que engrandecen un eetr® y una espada; 
Horas al noble claustro literario; 

Horas á la Academia desvelada 
Por su oráculo, padre y ornamento; 
¡Horas á contemplar que el hombre es nada! 

¡Bien sus males lo anuncian!.. Un lamento. 
Largo, espontáneo, universal, fecundo, 
Dice mas, que el comprado sentimiento 



Y las funéreas pompas de ese mundo. 
Que á los Cresos sarcófagos prepara, 
Y á los míseros hunde en el profundo. 

«Paz á sus manes, paz» resuena el ara 
Entre olorosa nube al grave canto 
Con suspiros de Job en letra amara. 

¡El pasmo embarga al gemidor quebranto! 
Pero el Bélis pi imero sus raudales 
Agotará que cese nuestro llanto. = 

¡Salud, vates! ¡llorad! que á las vitales 
Auras, si ser pudiera, tornaría 
Quien os inspira endechas tan leales. 

Yo no puedo ni oso en la armonía, 
Hijo del Guadalorce infortunado 
Competir, como en lágrimas podría. 

¡Oh si el plectro esta vez me fuera dado 
De la hermosa Sibila de Antequera, (15) 
O el de tantos, que Lope ha celebrado! 

¡Oh si, cual la de Mántua, mi ribera 
Hospedado le hubiese, buen Antriso; 
Y'o te cantára y ella floreciera! 

Pero jamás te vi; ni el cielo quiso 
Que sonára tu voz desconocida 
En aquel mi llorado paraíso. 

¿Qué puedo yo ofrecer sino una vida 
Harto oscura y gastada en los pesares, 
Y' una tumba en el Lete á mi partida? 

Cubran la tuya pátrios azahares, 
Pendiente allí tu cítara, á la sombra 
Del árbol del Silé, que en sus cantares 

Á alimañas maléficas asombra; 
Al paso que en su copa ruiseñores 
Recuerden tu alborada, y por alfombra 
Abunden á sus píes lozanas flores. 

JiTA>' Makía Capitán. 



IJegad, trovadores del suelo de Iberia . 
Llegad presurosos á la grata orilla 
Do eleva radiante la hermosa Sevilla 
Su frente dorada de ravos del Sol. 



Ciudad donde el génio fijó su mirada. 
Ciudad de pintores, de amor y poesía, 
Ciudad que á los cielos alzára algún día 
La gloria sublime del nombre español. 



IHiliflffllifiHillllílIliíiíiHiB 



Aquí Alonso Cano sus obras trazaba, 
Sus vírgenes bellas soñaba Murillo 
Aquí al genio hispano prestaron su brillo 
Los diestros pinceles del gran Zurbaran. 

Aquí el tierno bardo de Itálica triste 
Lanzaba á los aires su mágico canto, 
Aquí el sacro \atc del sol de Lepanto 
La rota lloraba del rey Sebastian. 

Grandioso edificio se eleva en sus muros, 
Que un tiempo fundáran los hijos de Ignacio, ( i^ 
Donde ora la ciencia su regio palacio 
Ostenta, que ornaron buril y pincel. 

Del templo sublime las vastas paredes 
Cubiertas se miran de cien esculturas, 
Orlando sus yertas solemnes figuras 
Tejidas guirnaldas de eterno laurel. 

Que allí en cada piedra los ojos contemplan 
Un nombre esculpido, de eterna memoria: 
Allí cada tumba el sol de la gloria 
Sublime ilumina con mágica luz. 

De ciencia divina radiante aureola 
Circunda á Montano la frente severa, 
Sus ricos trofeos ostenta Ribera, 
Sus lauros el vate del rio andaluz. 

En medio á sus tumbas modesta se mira 
Sin nombre ni enseña reciente una losa: 
Allí so la piedra tranquilo reposa 
El sabio que el mundo sumiso admiró. 

Ayer la campana con fúnebre acento 
Al mundo asombrado su muerte decía, 
Y el llanto que un pueblo doliente vertía 
Sus yertas cenizas copioso regó. 

¿Qué lauro á su frente se viera negado? 
Ya el vuelo atrevido alzando á la esfera 
Del docto Keplero las huellas siguiera 
Del vago planeta á la alta mansión. 



43 



O ya de la historia las nieblas rasgando 
Ocultos arcanos al tiempo arrancaba, 
Ya el genio profundo su mente estudiaba 
De Sócrates justo ó el divo Platón. 

Tal vez en los cantos de Homero y Herrera, 
Del vate estudiando la ciencia divina 
De nuevos cantores la voz peregrina 
Entónce inesperta, su acento guió. 

Vosotros decidlo: cantores sublimes 
De Elvira infelice, del tierno Marsilla: (2) 
La eterna aureola que fúlgida brilla 
A vuestras cabezas su mano ciñó. 

Hermosas campiñas del vándalo rio. 
Do eleva Sevilla su sien orgullosa. 
Vosotras orlado de mirto y de rosa 
Le oísteis al viento sus trovas lanzar. | 

Tal vez de una hermosa los tiernos encantosJ 
Tal vez de los vates cantaba la gloria, i 
Tal vez de los siglos legó á la memoria 
La rota afrentosa del hijo del mar. 

Cantadle, poetas: en vano la tumba, 
Los restos encierra del vate divino: 
En vano la mano del crudo destino 
Su frente serena lograra aterrar. 

No mueren su nombre, sus claras virtudes, 
No muere la ciencia, no muere la gloria: 
¿Do está, fiera muerte, do está tu victoria 
Si apenas el polvo te es dado arrastrar? 

Y tú cara sombra, si allá á las regiones 
Do dichas eternas la muerte te abona, 
Ciñendo tus sienes la doble corona. 
Que al hombre conceden la ciencia y virtud: 

Alcanza un recuerdo de amor inefable, 
De llanto perene, de eterno lamento; 
Los ayes escucha que entona mi acento 
Al triste sonido del ronco laúd. 



Luis Secundo Huidobro. 



IKliM. 



La noche era sombría; 
le alguna estrella el ¡'csnlandor incierto 




pálido solo en la mitad lucia 
del velo funerario que cubría 
el bajo mundo á los placeres muerto. 
La campana con lúgubre tañido 
12 



HülilllilHBJ 



MEm 



— 44 



011 las naves del templo cúiivocaba 

á una Uirba, que grave y religiosa, 

con silencioso aspecto contemplaba 

á la lu/ de la antorcha vacilante, 

al ministro de Dios, que entre la undosa 

nube de incienso, del altar bendito 

el pan de vida alzaba reverente: 

Y encc los cinilos del solemne rito 

doblaba el pueblo con fervor la frente. 

II 

El silvido del viento 
se estrellaba en los trémulos cristales 
de una modesta estancia; allí el acento 
se escucha de un anciano; 
que inclina con dolor la noble frente 
que cubren lestos de cabello cano. 
Mas de la horrible enfermedad la mano, 
aunque surcó su rostro venerable 
á su pesar no pudo de sus ojos 
estinguir la mirada abrasadora, 
donde brilla purísima, esplendente 
del poeta la luz fascinadora. 
Oídle: balbuciente 
su voz, los cantos de dolor repite, 
que ecsala el sacerdote en su agonía, 
y al mirar que á su lecho se adelanta 
con respetosa planta 
las celestiales formas conduciendo, 
la santa fé su corazón iidlama; 
y del mundano barro desprendido, 
su espíritu sublime enardecido 
en Dios medita, y á la muerte llama. 

III 

En vano lleva el aire hasta su oido 
el sollozar de la amistad doliente, 
en vano contemplaba tristemente 
las lágrimas acerbas que caían 
de miles ojos que espirar le vian, 
los ayes de su pecho sofocando: 
en vano sí, que enjuta su mirada, 
con la calma del justo el postrimero 
á Dios á los que tristes le perdían 
daba marchando al celestial sendero. 

IV. 

¡Funesta era la noche! yo dobladas 
las rodillas en tierra. 



j saltar del pecho el corazón sentía. 

j De la pálida antorcha á los reflejos 

f un ángel, que del cielo descendía, 

l mirar me pareció, y sobre el lecho 

í sus purísimas alas replegando, 

f tocó su mano al fatigado pecho 

l del noble moribundo, 

t mostrándome el fanal de la esperanza, 

i para consuelo á mi dolor profundo. 

í 

1 : 

\ 

j Aquel combate pertinaz, horrible, (1) 

i de la muerte y la vida, 

j en que el alma luchaba fatigosa, 

I en su cárcel de carne comprimida, 

i cedió un momento, de carmín y oro 

^ leves nubes, risueñas, sucedieron 

i á la negra tormenta, ya cansada 

j la parca inecsorable, 

I de la perdida lid avergonzada 

I huye mirando con sus torbos ojos 

^ á la víctima ilustre y resignada, 

l con rábia ansiando el ominoso día 

l de reducirla á fúnebres despojos. 

1 

l Reanimada la luz de su ecsistencia, 

l el anciano varón, ¡con qué alegría 

l contemplaba tranquilo en su presencia 

t los hijos de su sacra inteligencia! 

l ¡Recuerdo de dolor! ¡ay, cuántas horas 

l cuando el sol caminaba al occidente 

l cabe el hogar oía de su acento 

$ el consejo sublime! ya de Herrera, 

¿ de Rioja y del vate Jlantuano 

í los celestiales versos repitiendo, 

^ mi pobre ingenio con esperta mano 

j ibas padre amoroso conduciendo. 

^ Ya desgarrando de la antigua historia 

í el velo impenetrable, 

I de los heroicos hechos la memoria 

j á mí entusiasta mente presentabas, 

j y con el sácro fuego de la gloria 

j mi corazón de jóven inflamabas. 

j Y si al tender su impetuoso vuelo 

j el ardor de mi libre fantasía 

i en hermosos delirios me entregaba. 



— 45 — 



tu voz me contenía, 

y comprendiendo mi afanoso anhelo 

con la vida del cielo 

mi mustio desaliento consolaba. 

Sus juveniles cantos recordando 

pasaban dulces y tranquilas lioi as 

que huyeron ¡ay! al corazón dejando 

memorias de dolor desgarradoras! 

Ya todo lo perdí! ¡quién me dijera 

que la muerte cruel lo arrebatara 

sin que al lanzar su postrimer aliento 

su mano entre mis manos estrechara. (2) 

¡Ay! en vano mi acento 

piensa á los ecos de mi tosca lira 

tu gloria celebrar: cada momento 

lejos de consolar mi amarga pena 

aumenta mi afligido sentimiento. 

Cantad poetas. Los que su alto nombre 

venerasteis no mas, los que escuchasteis 

de su laúd los amorosos sones 

haced que de su tumba en los laureles 

lleve el eco dulcísimas canciones : 

ceñiréis vuestra frente 

con la inmortal corona 

con que sus sienes circundó esplendente. 

Tal vez su sombra á las acordes quejas 

del arpa funeraria, 

el marmóreo sarcófago rompiendo 

vuestros cantares que en su honor se elevan, 

escuchara, gozosa sonriendo. 

Cantad poetas! pero yo entre tanto 

solo podré de mis cansados ojos 

verter amargo llanto 

■y suspirar el alma tristemente 

sintiendo ahogarse en mi garganta el canto. 

VII. 

Ay! ¿No es bastante que en la amarga vida 
el alma abandonada 
llore continuo la ilusión perdida, 
que concibió de gozo enagenada? 
Ay! No es bastante en el desierto mundo 
hallar do quiera liviandad y abrojos, 
sentirse arder en inmortal deseo 
para en el fango sepultar la frente, 
y con rabia impotente, 
sin comprender el hombre su destino 



^ vivir en lucha horrible de eontino! 

j Ay! no es bastante! el abrasado aliento 

t de la parca cruel seca las flores, 

l que á veces de la vida en el camino 

I van del alma calmando los dolores: 

l en vano los clamores 

l del triste corazón, piensan la furia 

l mitigar de la muerte, 

í asesino cruel de la esperanza, 

$ nuestra ventura indiferente lanza 

í en el sepulcro inerte. 

l VIII. 

l ¡Escelsa sombra! á mi pesar perdona 

j si, cual debo, no ensalzo dignamente 

l la fama que pregona 

l tu nombre prez de la española gente. 

l Si de mi tosco labio 

í el balbuciente acento, 

$ en la tumba dignísima del sabio 

I apaga el sentimiento; 

^ calle mi voz: y tú que de la altura 

> miras mi corazón, tú solamente 

^ comprenderás cuan pobre es la palabra 

I para espresar lo que mi pecho siente. 

j A Dios, á Dios, ya marcho solitario 

I sin guiarme tu voz, sin que me aparte 

j del. áspero sendero 

j do á mi pesar mi corazón me lleva: 

l si allá desde las célicas regiones, 

l donde adorarte mi canción se eleva, 

í el alma ves que las borrascas prueba 

< del turbulento mar de las pasiones; 

I dirige una mirada de consuelo 

l á mi agitado corazón, que flota 

i en ese mar sin comprender su anhelo, 

l ni columbrar la salvadora playa, 

? negro á sus ojos el azul del cielo. 

í Y si en la tierra tu sublime acento 

í supo aclarar con lumbre bienhechora 

I el caos de mi ofuscado pensamiento; 

í de el alto cielo iluminar podría 

^ la senda, que conduce á la ventura 

\ de do errante mi alma se estravía! 

l ¡A Dios....! jamás el tiempo mi amargura 

j á borrar bastará, que tu memoria 

j imágen del dolor, eterna dura, 

j cual de tu nombre la brillante gloria. 



Ancel Maiu.v Dacajiretk. 



¡Olí! si posible fuera 
Qu(> la lira de Yoiing mi débil mano 
l'ulsáia uislciiieiile 
Cabe la losa de la Uimba helada, 
Kl canto de la muerte ciitoiiaria 

Y á los aires, mi frente prosternada. 
Tu respetado nondjre entregaría. 

Mas no solo imposible es, al poeta 
Al Sol cantar cuando entre blanca nube 
Rasgando de la noche el manto umbrío 
Brillante, hermoso por el cíelo sube 
De luz vertiendo esplendoroso rio: 
Ni cuando de el cénit disco luciente 
Vida y placer derrama, 
Con su lunüire cegando al que imprudente 
Osa atrevido resistir su llama: 
También cuando occidente 
Un sepulcro le ofrece entre las olas 
Del encrespado mar, pensara en vano 
El poeta cantar su despedida. 
Del agitado mundo. 
Que con dolor saluda los fulgores 
De su apagado rayo moribundo. 
¡Ay! ¿por qué nunca pude de tu labio 
La palabra escuchar, dulce, clocnente. 
Do á la severa magestad del sabio 
Se unió del vate el entusiasmo ardiente? 
Yo pude solamente 

Tus cantos percibir, que el vago viento 

Llevaba hasta mi oído. 

Ya á par del ronco y desigual zumbido 

Del canon de Bailen (1): ya entre el lamento 

Del infeliz, que muerta la esperanza (2) 

Solo en los brazos de insensible sueno 

l*az bienhechora á columbrar alcanza; 

Entre «1 confuso acento 

De las heroicas sombras que en Platea (r>) 

Entonaron el canto de victoria, 

Y con la sangi'c de sus nobles pechos 
Ahogaron el feroce poderío 

Del estúpido persa; de la gloria 

Bi'otando el lauro en su sepuh'.ro frío : 

O bien entre la queja lastimera 

Que el alma enamorada 

Exala triste en la doliente sondjra 

De la noche callada. 

Donde quiera los ecos de tu canlo 



Resonai' escuchara y que su aliento 

Animaba también me parecía 

De otros cantores el divino acento, 

Que acaso duermen en la huesa fría. 

¡Noble Espronceda! sí al doblar tu frente 

De genio xj desventuras abrumada 

Pudo entrever tu pensadora mente 

Los dulces años de tu edad pasada, 

¿No contemplaste al cariñoso anciano 

Que la escabrosa senda de la gloría 

Te señaló con protectora mano? 

¡Ah, sí! Pronto, muy pronto 

Cual tú también en el sepulcro frío 

Inerme reposó! cabe la orilla 

Que holló niño ignorado con su planta , 

Al sabio ilustre preparó Sevilla 

Marmórea tumba donde el vate canta. 

Aun percibe mí oído 
El tétrico zumbido 

Del funerario bronce : aun que resuena 

me parece el lamento 

De tanto corazón , que de la pena 

Presa, exalaba en tu entreabierta losa 

El suspiro que arranca el desconsuelo. 

Buscando acaso con la faz llorosa 

Tu nueva patria entre el azul del cielo- 

Ya solo tu memoria 
Nos resta ilustre anciano; 
Solo tu nombi'e emblema de la gloria, 

Y el crudo tiempo en vano 
Intentará borrarla, mientra el eco 
Do las del Bélis plácidas riberas 
Resuene entre las ramas y las flores. 
Repetirán sus ninfas placenteras 
Tus endechas suavísimas de amores: 
Mientras tienda el astrónomo sus ojos 
Por la pura estension del limpio ciclo 
Al creador sus secretos arrancando, 
Invocará la fúlgida aureola. 

Que vió tu cana cabellera orlando. 

Y mientra el santo fuego 
De la diva poesía 

De algún mortal el corazón inflame, 
Cual lilíal oblación sobre tu losr. 
vSu lira olVcccrá, lénue tributo 



•-^^^^Í 'y.^^^^: 



Consagrado al varón que á su partida 
El parnaso español cubrió de luto. 



Yo también hora vengo tristemente 
A derramar mis lágrimas, ceñida 



-47 



De fúnebre ciprés la míistia frente. 
¡Harto pobi e es la flor que en tu corona 
Me atrevo á colocar! mas tú benigno 
Admítela, que desde el^jlto cielo 
Verás, que es del corazón nacida 
Con el llanto cruel del desconsuelo. 



Juan Belza. 



La reina de Andalucía, 
que baña el Bétis florido, 
y es de las hispanas Musas 
privilegiado recinto. 

Sin el laurel en su frente, 
y de luto por un hijo, 
niégase á todo consuelo 
entre llantos y gemidos. 

El mismo sol con tristeza 
sus rayos mostrando tibios, 
dorar con ellos rehusa 
las bóvedas de zafiro. 

Con murmúrio por sollozos 
lento camina su rio 
á sepultar las congojas 
en el Atlante vecino. 

No ya los campos le encantan; 
campos que fueron su hechizo, 
y sin el laúd de Alberto 
mudos están y sombríos. 

Los pensiles de azahares 
no dan sus aromas ricos, 
ni en las frescas enramadas 
suenan armónicos trinos. 

Que ya para siempre ¡oh cielos! 
Sevilla el vate ha perdido, 
modelo de los presentes, 
y émulo de los antiguos. 

La parca, insaciable monstruo, 
la atroz guadaña ha esgrimido, 
para arrancar de sus brazos 
al amado v tierno Anfriso. 



Bétis con él no envidiaba 
ni sus cosechas al Nilo, 
ni al Orinoco sus ondas, 
ni sus tesoros al Indo; 

Que otras gozaba en su orilla 
de valor mas peregrino, 
suspendiendo sus corrientes 
á los cantares de Anfriso. 

Jóven era; y ya su numen 
ensayando dulces himnos, 
las hispalenses florestas 
trocólas en paraiso. 

De algunas almas ardientes 
su noble ejemplo seguido, 
sonaban las cuerdas de oro 
arrobando los sentidos. 

No la celebrada Atenas, 
cuna del saber antiguo, 
dó la diosa de las artes 
fijar sus altares quiso: 

No la ciudad opulenta, 
que el Sena baña tranquilo, 
y del saber europeo 
es el puerto y el bajío. 

Nunca ¡oh Sevilla dichosa! 
en el lenguage divino, 
que Apolo al mortal inspira, 
osáran lidiar contigo. 

¡Cantaba Anfriso! A sus ecos 
los de Fileno y Albino 
también se unian acordes 
en triunvirato apolíneo. 

13 



í 



Mieiitias Fileno, emulando 
(le Moisés el almo cslilo, 
de nuestros primeros padres 
llora el insano apetito; 

Del Redentor de los hombres 
la mnerlc laiuciila .Vní'riso, 
la muerte, iriuiilo del cielo, 
y confusión del abismo. 

Por Guadalquivir entonces, 
á los dolientes sonidos, 
las embalsamadas auras 
en ayes truecan los silbos. 

Su fdosófico numen, 
cual del vate venusino, 
bellezas del Lacio inspira 
á par del precepto mismo. 

También, á mas tierno objeto 
su plectro tal vez movido, 
de las híspalas beldades 
celebra los atractivos. 

Y de repente admirando 
el supremo poderío 
del Hacedor, vuela absorto 
en tan sublimes prodigios 

Por los etéreos espacios 
y los orbes diamantinos, 
arrebatado de Urania 
y sostenido por Clio. 

Pero tal ventura el Bélis 
vió perder: embravecido 
ruge el mar de las pasiones, 
y aselador torbellino 

Lanza 'de su patria al vate, 
que en tierra estraña mendigo, 
bañó en llanto el pan amargo, 
siendo su pluma el asilo. 

La tempestad ya calmada, 
torna á su suelo querido, 
dó le aguardan las memorias 
de otros tiempos mas propicios* 

Aguila caudal, apenas 
cesa el viento enfurecido, 
|)or las esferas hendiendo 
retorna á su nido antiguo; 

Donde á sus hijos enseña 
á tender el vuelo altivo, 
porque inútiles no deje 
la inexperiencia sus bríos. 



48 



Asi Alberto se consagra 
á cien alumnos asiduo, 
hasta que avara la muerte 
á sus dias corta el hilo. 

¿Quién del hético liceo 
será el fanal escogido, 
que de su extinguida llama 
supla el esplendente brillo? 

De no escuchar en su margen 
la voz de Herrera el divino 
el Bétis, Anfriso amado, 
consolábase contigo. 

¿Quién en tu pérdida inmensa 
podrá servirle de alivio? 
¿Quién de tu clásica lira 
imitará los sonidos? 

Ninfas, que cantó amoroso, 
venid, y en el mármol frió, 
que sus cenizas oculta, 
dad al viento los suspiros. 

Venid, hispalenses vates, 
venid de dolor transidos, 
en vuestras sienes trocado 
por la triste adelfa el mirto. 

Y del que yace las glorias 
ensalzad hasta el Olimpo; 

que hoy otros ecos no admite 
Bétis en su bosque umbrío. 

Cantadle, ó vates; si hierve 
en vuestros p'^chos activo 
el sagrado ardor, que os tiene 
en amante coro unidos: 

Y si en tan amenos sotos 
y entre azahares y lirios 
suena vuestro canto, á Alberto 
debéis ese canto mismo. 

De la inspiración sublime 
él os enseña el camino; 
y así por su nombre el vuestro 
se librará del olvido. 

Cantadle; y si la honda pena 
os embaigáre el sentido, 
y no á dulces consonancias 
os deja alzar el estilo; 

Repetid hora los metros 
del esclarecido Anfriso; 
que no en olvidada tumba 
yacerán desconocidos. 




La madre España los guarda-, 
y en su curso cristalino 
Bétis los dará á otros mundos, 
como regalo espresivo. 

Esos undosos raudales, 
que van del Ponto al abismo, 
los llevarán á otras playas 
en que el sol visita al indio; 

Y á las regiones dó el polo 
los mares hiela aterido, 
y á dó el Potosí en sus venas 
metales esconde ricos. 
C Con admiración y pasmo 

S de lengua en lengua extendidos, 

H durarán entre los hombres 

^ lo que el sol dure en sus giros, 

p Dó quiera que la cultura 

□ lleve su fuego divino, 

tj hará, Sevilla, famosos 

j esos tus campos opimos. 

Con su perpetuo verano 
nunca del hielo marchitos, 
y con tus bellas que encienden 
llama en el pecho mas tibio. 



Asi, después que la tierra 
mire pasar luengos siglos, 
de las zonas mas distantes 
á tí vendrá el peregrino. 

Y no á la torre del Oro 
irá por ver sus vestigios, 
ni á los alárabes muros 
ya por la edad carcomidos; 

Sino que ante las cenizas 
del Rey Santo y gran caudillo, 
primero elevando preces 
con espíritu sumiso, 

Buscará luego la tumba 
que basta al polvo de Anfriso, 
mientras el orbe admirado 
viene estrecho á sus escritos. 

Su tumba cual la de Homero, 
la del Tasso y de Virgilio, 
es orgullo de la pátria 
y su blasón mas cumplido. 

Que los Ínclitos varones 
encuentran su mayor brillo 
tras la muerte, que los libra 
de la ingratitud del siglo. 



Eustaquio Fernandez de Navarrete. 



Salve augusta mansión!. ...yo te saludo 
y llego á tí sereno: 
Antes dudaba al verte y ya no dudo. 
Sé que en tu oscuro seno 
Reposa un gran misterio ¡ó mansa tumba! 

Y ese misterio es Dios: sé que es su mano 
Quien abre el denso arcano 

A cada ser que hasta tu pié derrumba 

Y ese arcano es la luz: sé que la muerte 
Es la sola existencia 

Posible, sin rigor y sin demencia. 
Altiva, soberana, hermosa y fuerte, 

Y el mas desventurado, 
Aquel que mas se tarda 



En lograr á tu lado 

El bien que en vano de la tierra aguarda. 
Bien que solo tú ¡ ay ! nos ofreces 
Cuando en tus alas de quietud nos meces. 

Yo lo sé ¡ó sacra tumba! allá mi alma 
Me dice que es verdad: mi propio hastio 
Me dice que es verdad: la blanda calma. 
El aura plañidera 

Que vaga en torno este recinto undjrío 
Me lo anuncian también; honda y sincera 
Encuentro aquí mi fé consoladora, 

Y por eso á su voz, por eso acudo 

O tumba!... Salve pues, yo te saludo 

Y vengo humilde á contemplarte ahora. 



Sdlo, ii;iii(|n¡lo, con ainii^a IVonto, ^ 

l.u siiMi sobro mi mano lecliiiuda l 

Caulo ol brazo, fija la mirada, $ 

Apoyado en el muro Irislcmcnlc, í 

llc'me al íiii junio á ti. Uu noble anciano, 5 

Un alio esrlarccido cabaileio f, 

A quien la ilnsliaeion llamaba licrmano í 

Y la ciencia maeslro ¡Iiablcn lus manes! j 

Ha niucrlo, lia muer lo, emj)cro, j 

No oryuUosa te ufanes j 

De haber con él hundido su memoria, >. 
Por que á él, solo á él vencer pudiste 

O tumba!. ..solo á él, mas no á su gloría. í 

Y harto conseguiste. 

< 

Mas ¡qué!. .¿por qué llorar? al fin reposa ' 
Descansa de la mísera existencia. 
Duerme trauqudo y venturoso goza 

Llorado y bendecido, ^ 

El premio merecido j 

A su rara virtud y á su alia ciencia. ^ 

Otras regiones claras y apacibles j 

De cierna dicha y sin igual ventura í 

Le guai'dan en su seno, j 

Risueñas bonancibles f 

Llameantes de gloria y de hermosura; i, 

En su horizonte plácido y ameno, ^ 

Entre pompa, regalo y ambrosía ^ 

Oreando su exelsa fantasía. ^ 

¿Llorar, porque, (-uando lan dulcemente j 

Le nombra un pueblo iodo y á su planta j 

Se inclina humildemente, | 

Y con trovas y flores f 
Acude á honrarle en su memoria santa, 

Y damas y cantores, f 
El pobre, el rico, el viejo y aun el niño ^ 
Todos le guardan fé, honra y cariño? k 

¿No es verdad ó tú eterna vengadora, j 

Losa fatal para el que vivo queda, ^ 
Pira el que en tí por quien descansa lloi-a l 
Sin que en su mísera ignorancia pueda t 
Conocer, que el momento en que sucumba l 
Será el solo feliz ¡ó mansa tuudja!... | 

¿A qué son las visiones $ 

De esas necias liiiniauas afecciones ? 

Por lo que nunca codiciar debimos?... i 

¿Quién pediría el ser desde la nada í 

Si conociera el ser? ¿cómo nacimos? í, 

¿Por quién nos fué en el cáos consultada j: 

l^a propia voluntad para formarnos, > 



Dándonos alma y vida sin dejarnos 

Rehusar ni aceptar? ¿qué son en todo 

Las alas engañosas, 

Con que la infiel materia se enaltece, 

Si entre charcas de sangre, olvido y lodo 

Las plumas ostentosas 

Sepulta al fin el aire en que se mece, 

Cuando postrada, mustia y dolorida 

Vuelve á la muerte de su antigua vida? 

Pasad, pasad los juveniles años. 
Los májicos fantasmas esplendentes; 
Pasad, sí, como Cándidos rebaños 
Alegres y sumisos. 

Por entre bosques y azuladas fuentes. 
Vivid en los hechizos 
De esa inocente crédula esperanza. 
Siempre entre el sol y las pintadas flores, 
Henchidos de alegría y de bonanza, 
Radiantes de placer, gloria y amores; 
Pasad, pasad coronas luminosas 
Sueltas coronas de escogidas rosas. 
Pasad si es que existís; yo miserable 
Nunca os supe encontrar, nunca avariento 
Llegar pude en mi fiebre inexorable 
A refrescar mi sed en vuestro aliento. 
Nunca en la ingrata tierra. 
Libó mi seco labio las caricias 
De esas puras delicias. 
Que el corazón en su capullo encierra. 
Solo hallé una verdad, cierta, desnuda, 
Perenne, irrevocable, poderosa, 
Una verdad ¡ay! entre tanta duda 

y vedla! es esa losa! 

Fuera de ella mentira, 

La vida empieza donde el mundo espira. 

Mil veces de ese jenio luminoso 
Cuya memoria todos acatamos 
Absorto lo escuché; mil y mil veces 
Aquel eco armonioso 
Que todos veneramos 
Lo repitió ante mí; las frias heces 
Del torpe desamor, no tan inmundas, 
No tan amarga* para mí pasaban. 
Como en aquellos dias las profundas 
Crudas scnitucias (}ue á mi horror traia 
La docta voz de los que así me hablaban. 

Y yo no les creia, 

Y aunque herido de horrendos desengaños. 
Aguardaba, aguardaba desmentirlos 




Con la ventura de otros dulces años , 

Y en su rosada lumbre confundirles; 
Mas los años pasaban y con ellos 

La esperanza de hallar otros mas bellos. 

A qué es pues el llorar? habla nacido 

Y habia de morir, cumplió su hado 

Y libertó su sombra del olvido. 

¿Qué mas ambicionar aquí en la vida 

iJonde siempre el pasado 

Es lo que ménos el presente cuida? 

¿Por qué, por qué llorar? la parca helada 

Sorda á nuestro cariño y á su ciencia 

Nos arrancó por siempre su presencia: 

Ingrata y despiadada 

Privónos de su dulce compañía, 

Pero la fácil pluma generosa 

Dejónos por do quiera 

Retratada su noble fantasía, 

Y leda y amorosa, 
Sublime y hechicera, 

De constancia y virtud alto modelo. 
Un bálsamo divino 
Al triste corazón cuyo camino 
Llena de luz para guiarle al cielo: 

Tal fué esa pura y grave inteligencia 
Que hora el sepulcro en su dominio esconde: 
Tal esa hidalga l ápida existencia 
Que á nuestro humilde lastimoso acento 
No ya amante responde. 
Pió, sencillo y, justo, el descontento 
De las humanas torpes ambiciones; 
Sus iras, su flaqueza y sus vaivenes; 
El lodo de las sórdidas pasiones. 
Su furia borrascosa 
Ni sus menguados choques y desdenes, 
Nunca aquella alma limpia y candorosa 
Entre sus densas nieblas sombrearon, 
Ni el puro armiño de su honor mancharon. 

Aquí en medio estas fértiles praderas, 
Al aura de sus noches vagarosas. 
Envuelto entre las sombras placenteras 
De estos frescos pensiles 
Cuajados de azucenas y de rosas: 
Aquí sus gratos sueños juveniles 
Alegre nos cantó: aun conmovidas 
Las que el Guadalquivir fúlgido moran 
Náyades bellas su memoria adoran; 
Ledas y adormecidas 
Esperan aun en lánguido embeleso, 



Oír la fácil voz tierna y vibrante, 
Dulce como la miel del primer beso 
Que en la alborada oscura. 
Siente en sus lábios el dormido infante. 
Guirnaldas del placer y la ventura, 
En sueños de amoroso devaneo. 
Copa de blandas célicas caricias, 
Sus trovas llamaradas del deseo 
Nunca se olvidarán: el alma aidiente 
Ansiosa de ilusión, pompa y delicias, 
Siempre en su vuelo rái)i(lo y creciente 
Cuando busque la luz de otras regiones 
Mas puras y serenas 
Lejos del mundo y sus amargas penas, 
La buscará entre aquellas sus canciones. 

Y vedlo!.... nada es ya; esa es su losa 
Al ÍÍ!i dobló la pensadora fronte: 
Hundió en el cáos su centella hermosa, 
Alzó el volcan «u lava irresistible, 

Y ella envolvió la cristalina fuente 
En cuyo lecho manso y apacible, 
En cuyos claros fúlgidos espejos 
Boi'daba el almo cielo sus rellejos: 

Quizá nunca dichoso como ahora 
Su seno palpitó, ni nunca acaso 
Tanto gozó en la magia hala^^adnra 
Que su existencia ilustre le blindaba, 
En el tranquilo ocaso 
Del sol que por sus canas resbalaba. 
Preciado de su pátria, bendecido 
De su familia toda, humilde, ameno, 
Feliz do quier y por do quier querido; 
Viviendo entre los mil plácidos lazos, 
Siempre de amigos cordiales brazos. 
Tranquilo y satisfecho, le halló el dia 
De su postrer morada 
En la humana mansión ¡ay de quien fia 
Imbécil, en sí propio para nada!... 
llueca hojarasca que arrebata el viento 
Miseria solo bebe nuestro aliento. 

Tal el destino es; su oculta estrella 
En vano el hombre dominar pretende; 
Dios allá traza su infalible huella, 

Y agena á nuestras míseras pasiones 
Nos alaga ú nos vende. 

Y necio es con menguadas ilusiones 
Querernos oponer á su camino 
Dios es Dios y su mano es el destino. 

Paz en ti ¡ó tumba! si mi humilde acento, 
U 



I.oíí'ra Ilofínr liasta tu seno helado; 
Si i'ii osi> ancho a/.nhulo íii'nianicnlo, 
Kl ojo (lo lu cspii ilu iiivisihio 
l\Ie ve aquí anle iii sombra proslernatlo; 
Si hay sobi-e los seres y las cosas, 
Auyusla, indefinible, 
Una suprema esencia, 
Que pcuelra en las niebbs misteriosas 
De la sacra verdad, ella me escucha; 
La nuierte ni el olvido no me espanta; 
Cánsame el mundo y su traidora lucha, 
Place á nú alma el íunerario ambiente, 



52 — 



Que en torno los sepulcros se levanta: 
Melancólico, lánguido y doliente , 
Busca mi corazón entristecido. 
El manto de esa muerte y ese olvido. 

Paz en ti ¡ó tumba! paz, yo desdichado 
Ni aun lágrimas me quedan que ofrecerte, 
Tanto las hé insensato prodigado: 
Ni ¡por qué derramarlas á su muerte! 

El genio vive siempre en su memoria; 
Su nombre es otro Dios y ese... es la gloria. 



Y. M. Brüsola. 



¡Ah, buscáis el raudal, donde algún dia 
Ledos saciásteis vuestra sed ardiente! 
Es inútil porfía; 

Cegada está su bienhechora fuente. 
Si algún vestigio ansia 
Mi corazón de su fugaz coriieníe, 
Del ameno vergel gala y orgullo, 
Su onda tranquila resbalar no siente; 
De lejos oye su postrer mnrmullü. 

¡Descendéis avarientos de reposo 
En muchedumbre á la heredad amiga ! 
¡Oh, no sigáis! El álamo frondoso , 
A cuya dulce sombra la fatiga 
Se tornaba en deleite, ya no existe: 
Presenta solo en árida llanura 
Su magestad antigua ruina triste. 
Desolación su mágica verdura. 
Dejad esc sendero de congojas, 
No queráis ver sus ramas desgajadas. 
No huellen vuestros pies sus secas hojas. 
Por sañudo huracán arrebatadas. 

¡Os encantaba el blando movimiento 
Del ondulante y cristalino lago, 
Donde armónico viento , 
Al deslizarse con susurro vago, 
Robaba al cisne su amoroso acento! 



^Renovar pretendéis las ilusiones. 
De que fueron sus márgenes tesoro? 
¿Anheláis escuchar tiernas canciones?.... 
Cubre negro crespón la lira de oro, 
Adelfas ciñen su laurel florido, 

Y en eco vibra de uniforme lloro 
De sus cuerdas el último sonido. 

¡Huérfana juventud! El limpio favo, 
De tu enseñanza norte ¿en qué ribera 
Fulgura y brinda amparo? 
A tus ojos nubló ráíiiga fiera 
De su fecunda lumbre el rayo pui'o, 

Y se amedrenta oscuro 

El horizonte de la humana esfera. 

¡lia muerto-el grande Lista! Asumemori; 
No deis en holocáusto vulgar luto: 
Del hético parnaso cjccelsa gloria. 
Prez del hispano suelo , otro tributo 
De gratitud y amor dad á sus manes. 
Logre de sus -solícitos afanes 
Hasta en la tumba el regalado fruto. 

Apóstol del saber, perseverante 
En la santa misión , de paz modelo , 
Cercano escollo ó valladar distante 
Álas ponían á su activo celo. 
Sus sinsabores cuanto mas prolijos 



Mejor galardonaban su desvelo ; 
Segunda vida numerosos hijos 
A su enseñanza deben ; pues oprime 
Vil rudeza al espíritu, y su fuego. 
Sin que soplo benéfico le anime. 
Yace atei ido , como en seco prado 
Marchita planta que codicia riego. 
Sol que disipa tétrico nublado 
Es el docto que instruye; no traslado 
Semeja nunca de lozana rosa , 
En recóndito huerto cultivada. 
Descogiendo su pétalo aromosa, 
Si algún mancebo en hora fortunada 
El seto salva que el pensil circunda , 
Sino hálito de brisa embalsamada. 
Que, de perfumes opulenta , inunda 
La choza humilde y la mansión dorada. 

Generador talento, la edad bella 
De inspiración y porvenir henchida 
Le sorprendió en la cátedra : sobre ella 
Madurára su juicio: encanecida 
A la vejez cedió su frente erguida : 
Quizá de su mirada la ceniella 
Despedía no mas fulgor escaso , 
Eclipsándola el tiempo: rudamente 
Dolor acerbo embarazó su paso: 
Encantadora, enérgica, elocuente 
Su voz sonó debilitada acaso; 
Pero el noble entusiasmo de su mente. 
De su pecho el amoi' no envejecía , 

Y su espansion ferviente 

A juveniles almas transmitía! 

Nos enseñó de la virtud la senda, - 
De sincera amistad el goce oculto, 
A rendir al amor púdica ofrenda 

Y á la belleza revenmte culto. 
Démosle todos ovación sencilla : 
Nazca de agradecidos corazones , 
Donde vertió la próvida semilla 
De sus sabias lecciones. 

Nuestra noble ambición triunfos anhele 
Lejos del aura de estruendosa guerra ; 
El cántico del bien rcipido vuele 
De nuestros labios á asombrar la tierra. 
De amor y caridad en viva llama 
Ardan nuestros espíritus; divisa 
Que nos legó al morir; y si la fama 
Entre el aplauso popular os nombra, 
Sobre las álas de celeste biisa 



Levantada veréis su augusta soml)ra 
Bendeciros con plácida sonrisa. 

De su boca lo supe : No mas breve 
La lluvia matinal riega el arbusto 
Que se evapora leve 
Toda la magia del poder humano. 
Ageno siente de cobarde susto 
Extinguirse su aliento soberano: 
Mansión de eterna vida goza el justo 
Que muere en el Señor, clama cristiano: 
Bríndale el cielo floreciente palma, 
Y , al quererla coger su débil mano , 
Del triste mundo se despide en calma. 

¡Oh amado Lista! devorante duda 
No me atormenta impía; 
Solo mi fé contra el pesar me escuda, 
Si eco de las ideas es el sueño , 

Y la noche en sus cuadros copia el dia , 
Yo te he visto risueño 

En la región excelsa, á que ascendía 

Tu minien poderoso. 

Entonando con bíblica armonía 

Del Góigota afrentoso 

El solemne y magnánimo suplicio , 

Del Tabor el milagro esplendoroso , 

O de la casta Esposa el sacrificio , 

O el blando afecto del amante Esposo. 

Allí la grey aumentas del Eterno : 
Osculo dulce de inefable encanto 
Isidoro en tu faz imprime tierno; 
Te cubre el estandarte del rey santo, 

Y orna tus sienes de ostentoso brillo : 
Suena otra vez la trompa de Lepanto: 
A tu lado aparece el gran Murillo ; 

Y el corazón del amoroso vate , 
De quien émulo fuiste, se apasiona 
De tu laurel, su inspiración lo abona 
Viéndolo suyo , de alborozo late , 

Y á ambos ciñe de hoy mas una corona. 

Has recibido el premio. Y de mis ojos 
Brota copioso llanto: blancas flores 
Contemplo en rededor de tus despojos; 
De lágrimas se nuti en sus verdores. 
Viértelas el anciano, que en su infancia 
Del saber eminente 
Junto á tí respiraba la fragmcia; 
El grato joven , que tu cana frente 
Vió adornada de cándida aureola. 
Prenda de la virtud; el bello niño. 



i 




Qiio, cual IVosca amapola 

Abre ild aura al vivido cariño 

La cnceudida corola, 

Su alma inoeculc á lu enseñanza abria; 

Y en unión de la madre, triste y sola 
Hoy sin el liijo de quien lucras guia , 
Las \ierle el sabio que de ti aprendia. 

Si en aciai;a foi'tuna 
Admirar no pudiste el Sol de España , 
Alegre el Hélis arrulló tu cuna. 
Con turbias ondas tu sepulcro baña , 

Y al mar juntando su corriente altiva 
De confín en confín lleva tu nombre. 
¡Oh bienhadado el hondjre 

En bondades, no en crimcnes, fecundo. 
Que desde hogar modesto honor alcanza . 

Y con sus altos hechos llena el mundo , 
Sin otras armas que la verde oliva 

Y la ciencia por únicos blasones, 

Y aplauso interminable y bendiciones 
Deja en pos de su huella y alabanza 
En la natal ribera , 

Donde asomára su ilusión primera, 



Donde fallece su última esperanza ! 

Disfrutas de quietud , y no refrena 
Mi funesta congoja tu ventura ; 
No es hipócrita, no, mi ruda pena: 
Corre mi vida en horas de amargura. 
Desabrimiento atroz mi alma devora, 
Y no me abale el llanto; me tortura 
Mustio llorar, sin que á mi lado llores, 
O temples mi dolor. ¿Qué es la verdura 
Del fresco valle, el nácar de la aurora , 
Ni el Austro enamorado , 
Que alhaga el blando seno de las flores , 
Si á gozarlo sin ti soy condenado! 

Ignoro, si me alivia ó desconsuela, 
Si mi sangre conforta ó bien la hiela 
Hoy recordarte en mi áspero camino ; 
Sé que á despecho del voraz deslino , 
Robándome sañoso 
Tu consejo amoroso , 
Ilesa guardo tu feliz memoria. 
Tú á sentir me enseñaste; tú el divino 
Canto y el sentimiento generoso : 
Tuyos mis versos son , y esa es mi gloria. 



i 



Antonio Ferreb del Rio. 



m 



|1 Imposible cantar! En la garganta 
S^lij Mis acentos se anudan: 

Enmudece el laúd, rolas sus cuerdas; 
" V Y al crudo golpe comprimido el pecho, 
.^jy Palpita el corazón casi deshecho. 

Las lágrimas invoco en mi amargura, 

Y seca está su fuente: 
' r< Sangre mas bien derramarán los ojos, 

En ([ue, punzante harpon, siento clavada 
, - Del dulce An friso la postrer mirada, 

^3 El astro de las bélicas orillas 



Mens inmola nianel, lacrimrp volviinlur inanes. 

ViRGiurs. 



Ay! se escondió en su ocaso; 

Y la tierra y el mar y el claro cielo, 
De tristeza cubriéndose y de luto, 
Le dán conmigo de dolor tributo. 

El padre Rétis de su sien arranca 
La espléndida corona 
De olivas, de jazmines y amaranto, 

Y el cetro de niariil airado agita, 

Y su mansa corriente precipita. 

Su ornamento finó, finó su gloria: 
Los can los divinales 



55 



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V 



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9P 



Ya no repite del canoro cisne 
Plácido el eco en la natal ribera, 
Ni el vibrar de su citara hecliicera. 

¿Y por qué no segó mi inútil cuello 
Ántes que el tuyo ¡oh Licio! 
Con su férrea segur la muerte impia; 

Y ántes que el roble, honor de la montaña, 
Á su sombra se hundió la frágil caña? 

Huérfano yo desde mi aciaga aurora 
Buscaba un fiel amigo, 
Buscaba en mi desgracia un padre tierno: 
Todo en tí lo encontré... ¡Ay! al perderte, 
Mi único bien me arrebató la suerte! 

Ángel consolador en mis pesares 
Fuiste, y mi clara antorcha: 
Del preciado saber ansiosa el alma, 
Nunca en su noble ardor imploró en vano 
La lumbre de tu genio sobrehumano. 

¿Y hácia quién sns albores no esparciste, 
Yá de las árduas ciencias 
Venciendo los recónditos espacios. 
Cual águila caudal con presto vuelo; 
Yá con tus himnos alegrando el suelo? 

¿Á quién de las virtudes no inflamaste 
Con la vivida llama. 
Que te escudó feliz, y al soplo helado 
De la traidora edad ci ecer se via. 
Como inmenso volcan en noche undjria? 

Así, muda la envidia, todos lloian 
De tu sepulcro en tornu; 

Y á Dios elevan su plegaria ardiente, 
Que al penetrar en las marmóreas losas. 
Turba el hondo silencio en que reposas. 

Contempla ¡oh Licio! desde el cerco aéreo, 
En que con firme planta 
Huellas, velado en luz, ignotos mundos, 
Cuanto dolor infunde tu memoria 
Dó brota ufano el ái bol de tu gloria. 

Los que surcaron con afán la senda 
De NcAvton y Descartes, 
de Keplero y Leibnitz, perdido el rumbo. 
En su espantable soledad le llaman, 

Y enti e sollozos mil tristes exclaman: 

«De la natura las eternas leyes 

Y el insondable arcano 

Mostró al hombre su vasta inteligencia, 
Y, ánie su vista la creación patente. 



Fué de doctrina inagotable fuente.» 

«Por él pudimos la distancia inmensa 
Calcular de los órbes, 
De sus masas la enorme pesadumbre; 

Y allá subiendo á la encumbrada esfera, 
Seguir al Astro en su veloz carrera.» 

Otros evocan los augustos manes 
De Tácito y de Livio, 
De Mendoza y Solis y Mariana, 

Y del deber á los impulsos fieles 
Rinden al sábio mirtos y laureles. 

«¡Honor, claman, á Licio! Las edades 
Por él su sombra obscura 
Arrojaron al báratro profundo, 

Y para siempre de esplendor se visten, 

Y á los errores sórdidos resisten.» 

«Ved cual renacen por su docta pluma, 
Como en cuadro Vistoso, 
Los paisages de incógnitas regiones, 
Y, solo revelada á su memoria. 
De pueblos remotísimos la historia.» 

«Miradlo contemplar en los escombros 
De Nínive y Corinto, 
De Babel en el polvo, en las cenizas 
De la incendiada Sárdes, cuan liviano 
Se extingue el brillo del poder humano.» 

«¡Oh! cuántos héroes, que con cien cadenas 
Aherrojaba el olvido. 
Levantaron por él su altiva frente, 

Y de la fama en el grandioso templo 
Dan de civismo y de valor ejemplo!» 

«Descubrimos por él la densa nube. 
Que del griego y romano 
Eclipsára sañuda el sol radiante, 

Y que ocultó cual ominoso velo 

De polo á polo la extensión del cielo.» 

«Seguid, seguid su victoriosa tea. 
Si patentes los senos 
Del doble corazón hallar os place, 
O el ántro de los rudos aquilones, 
Que derrocan imperios y naciones.» 

«¡Aun vive aquella luz! Son inmortales 
Sus ráfagas divinas; 
Porque son del Señor el almo aliento ; 

Y ante el foco eternal, que las cnvia. 
Sombra es el astro que preside al dia.» 

«Tal vez las mueve lánguido el suspiro, 
lo 



V 

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I 

I 



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Qiio miosüü amor exhala, 

Y oiiiliilan á los llchiK^s acíMitos 

Sobro ol iiiái'iiiol ¡a\ \\'us->\ (¡ui-á Licio esconde, 

Y á imiiiJaiiales voins respondo.» 

Knti'olanU) mil ecos do armonía, 
{)no dó quior so dilatan , 
Las all ¡simas sierras traspasando, 
Á los (lol r>('tis une Manzanares, 

Y los repiten los inmensos mares. 

Yuelveii atrás sus ondas espantados 
\\\\ espumante curso 
l'^J Adnr, y el ¿Vnivey el Gai'ona; 

Y su eánce rompiendo el turbio Sena, 
'i'oi'renlc aselador o! vallo atruena. 

No es la canción de AnIViso, cnamlo llora 
La pérdida de Aristo, 
De la |)atria los males, ó el destierro, 
ÍMi que probó el furor de odios impíos, 
]^a que conmueve los estraños rios. 

Son de iberia los liijos, (juc hora vierten 
Lágrimas á raudales 
Sobre la tumba, que modesta guarda 
Al que oyeran con férvido entusiasmo. 
De Europa envidia y de los mundos pasmo: 

Los que no pierden su lumbrosa huella. 
Por ascender seguros 
De Apolo y de J^linerva al santuario, 

Y la Furia extirpar, do sangre avara. 
Que Ángeios y Lucrecias abortára (1) : 

«¿Á dónde es ¡do el vate, que dichoso 
Del T¡ber y el Enrolas 
Renovó aqu¡ los bonancibles d¡as; 

Y aun de Sion pulsando e! harpa de oro, 
Ensayó el himno del ceicste coro?» 

«La excelsa sombra del anciano Homero 
Le acarició en la cuna: 
Píndaro su horizonte iluminaba, 

Y entre llores abrieron su cam¡no 
Marón y ílorac¡o y Ezequ¡el d¡v¡i!o.)) 

«As¡ pudo robar al grande Herrera 
El fuego y la osadía, 
Las delicadas tintas á Púoja, 
Áx\.rgu¡jo el estro, y con sn llama pura 
Al dulcísimo Laso la ternura.» 

"Así al morir el sin igual Batilo (2) 
La cítara sonante. 

Manda ¡)reciosa, colocó en sus manos; 



Y en ósculo suave le infundía 

Vivaz centella que en su pecho ardía.» 

«Su fúlgido pincel prestó á los seres 
Encantos y grandeza, 
Luz y calor al sol, brillo á Lucina, 
Cuando de tiernas almas confideníe. 
Alza en trono de nácares su frente.» 

«La inocencia, el placer y los amores 
Por él con nudo estrecho. 
Cual en los áureos siglos se hermanaron; 

Y en el seno de cándida hermosura 
Buscó el hombre halagado su ventura.» 

«Fué de sacra amistad perenne trono 
Su corazón sensible. 

Fileno, Arjonio hablad... ¡Ilustre Albino! 
¿Suspiras por las playas españolas? 
Yélo cruzar del Támesis las olas (3).» 

«Ensalzó la virtud, sus gratos dones, 
La alma beneficencia. 
El heróico valor, el patriotismo, 
Que de infame traición rasgó la venda, 

Y humilló al galo en desigual contienda.» 

«¡La caridad su lema idolatrado! 
Su mágico estandarte 
La inmaculada fé de sus mayores: 
La Relig¡on el numen sacrosanto. 
Que hasta los cielos sublimó su canto.» 

«Hasta los cielos, sí; que allá volaron 
El clamor de la Esposa, 
De la madi e del Yerbo los loores, 
Y, émulo del cantor de Godofredo, 
Del cristianismo el triunfo en Recaredo.» 

«A su voz el Calvario se estremece. 
Se estremece la tierra. 
El firmamento rápido se inclina; 
Mientras esgrime el ángel de la muerte 
Su terrífica espada en el Diosfuerte.« 

(¡Cantemos sin cesar al que, ceñido 
De gentil aureola. 
Del alto Olimpo la mansión habita! 
¡Un s¡glo al otro sus virtudes cuente, 

Y al universo la española gente!» 

Con tan sentidas voces agitada. 
Gemido lastimero 
Iberia fan/a, descogiendo el manto, 

Y una lagrima ardiente en su megilla 
De la IVinobro antorcha al ravo brilla. 



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En su mano se ostenta una corona 
De adelfa y siemprevivas: 
Entre pesares mil, un pesar nuevo 
La palidez de su semblante anuncia, 

Y ¡Licio! ¡Licio!! con fervor pronuncia: 

«Su vida entera consagró en mis aras, 

Y de su docto labio 

Altos consejos escuclié sumisa: 
La vil calumnia denostarme pudo; 
Mas tuve en él impenetrable escudo.» 

«De la codicia y la ambición insana 
Á los pérfidos tiros 
Un muro de diamante fué su pecho: 
Su invocación la paz y la justicia; 
Inquirir y enseñar, ved su delicia.» 

«Murió, murió; pero al morir presenta 
De su incansable zelo 
En la florida juventud el fruto.... 
¡Ay! entretanto que su gloria crece, 
Mi espíritu de pena desfallece.» 

«Aunque modesto fué, por siempre sea 
En mis claros anales 

Nombre de bendición de Licio el nombre; 



— í>7 — 



Y grábelo en sus atrios á mi ruego 

La eternidad con su buril de fuego...!» 

¡Por siempie lucirá! ¿Pero qué importa 
¡Oh mi Licio adorado! 
Á la angustia letal que el alma oprime, 
Si ya no miran los inquietos ojos, 
Sino en luimildc tumba tus despojos? 

¿Qué inqiorta á mi aflicción tanta alabanza, 
Si en toi'no del gran rio. 
En las cumbres de Osseth (4), en los collados 

Y en las tei mas de Itálica sombría 

La voz no escucho que escuchar solía? 

Sin tu presencia es|)arcirá tan solo 
En la convulsa mano 
Tibios sones la lira que me diste.... 
Así, disueltos de tu ser los lazos. 
Sobre este mármol saltará en pedazos. 

Aquí también mi lánguida existencia 
Que tu soplo animaba. 
Se apagará, desnuda de ilusiones.... 
¡Perdona! Es mi dolor... ¡oh tierno amigo! 
¡Quiero morir por alentar contigo! 

Francisco Rodríguez Zapata, 



I 

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C) 



ELEGIA 



Orla mustio ciprés la lira de oro, 
que engalanaba ayer florido acanto 
y dulce plectro reanimó sonoro. 

Tus megillas inunda acerbo llanto, 
y conturbado el lastimoso acento 
entre ahogados suspiros muere el canto. 

¿Qué insólito dolor asi el contento 
turba y la paz de tus modestos lares, 
que exhalan tristes mísero lamento?... 

Lo sé... ¡Lo sé!... suspenso Manzanares 
del sacro Bétis respondió al gemido, 
que resonó de Mantua en los hogares. 



De amarga pena el corazón henchido, 
consuelo en vano demandé á la duda, 
que huyó falaz del pecho dolorido. 

Se alzó la tempestad, bramó sañuda 
y arrebató la antorcha peregrina, 
vivido luminar de edad tan ruda. 

Licio no es ya!... cual cisne que adivina 
su fin y halaga, al espirar, la muerte, 
voló su espírtu á la región divina. 

¡Oh quién pudiera á la materia inerte 
volver la luz que iluminó radiante 
del egregio varón el pecho fuerte!.... 



? 

i? 



(*) Esla composición eslá dedicada por el autor 



I 



su amigo el Sr. D. Francisco Rodrigue/. Zapala. 



De sus labios manar viera ineesanto 
(le verdad y do aiiu)r raudal lecundo, 
lÜMe la ciencia v la virtud trinnlanle. 

Tu, (jue abalido, en el dolor prolundo 
l>iiscas alivio á lu angustiosa pena, 
le vieras otra vez pasmo del mundo. 

Ay! ¡cuántas veces cu la patria arena 
ledo escuclu; su venci'ablc acento 
que grato en mis oidos aun lesuena!... 

Ora allí, contemplando el firmamento, 
de los brillantes astros sorprendía 
alegre el ignorado movimiento. 

Ora cuando de aljófares cubría 
el cáliz do la flor la dulce aurora, 
de Dios la mano próvida veia. 

¿Y olvidas tú la magia seductora 
de su inspirada voz?.. ¿Tu mente acaso 
tan preciadas lecciones no atesora?... 

Las guarda, sí. — Con vacilante paso 
seguimos ambos sus lucientes huellas 
por la dií'ícil senda del Parnaso. 

Fueron por él á nuestros ojos bellas 
de Píndaro y de Safo las creaciones, 
de Páris y de Atrida las querellas. 

Sembrando el exterminio sus legiones, 
vimos correr contra el dardanio suelo 
de la irritada Grecia los varones. 

Ya nos pintó de Priamo el anhelo, 
ya de Andrómaca triste la ternura 
y el amoroso y cándido desvelo. 

De Néstor la elocuencia y la dulzura, 
del ingenioso Ulises la osadía, 
de Oiléo y de Diomedes la bravura. 

Tal vez, triunfando en la fatal porfía, 
Ibktor aterra al rencoroso griego, 
que al mar apenas sus escuadras fía. 

Tal vez corre el troyano de ira ciego 
de Agamenón contra las altas proras, 
la diestra armada de vorace fuego. 

Mas arden ya las furias vengadoras 
de A([uiles en el pecho, y noche horrenda 
de Troya son las fúlgidas auroras. 

Héctor sucumbe en la feroz contienda 
y de Patroclo, con glacial espanto, 
los frigios miran la expiación lremend;i. 



j Su faz cubre Ilion de luto y llanto 

j y roto el cauce, anega la llanura, 

f henchido de cadáveres, el Xanto. — 

^ Hurtando el rostro á tanta desventura 

I invoca Licio al cisne venusino 

I y su raudo volar seguir procura. — 

I Al piélago lanzado en frágil pino 

í su dedo al triste Eneas nos mostraba, 

I envuelto en espantable torbellino. 

i Pendiente al hombro la sonante aljaba, 

$ de Citéres la diosa aparecía 

i que de Cartago al puerto le guiaba. 

I La hermosa Dido allí resplandecía, 

t que á los héroes venciendo en gentileza, 

i al africano mar freno ponía. 

I Mas su ingénito aliento y su braveza 

l de amor postrados á la ardiente llama, 

1 su fé rindió al troyano y su belleza. 

j Inestinguible afán su pecho inflama 

I y sumergida en dulce desvarío, 

I olvida su virtud y heroica fama. 

j Falaz é ingrato el extrangero impío 

j vierte en su corazón letal veneno, 

^ y corre al mar con desusado brío. 

i ¡Dido infeliz!... en su turgente seno 

i el perjurio castiga del troyano, 

? y ruge al espirar, cual sordo trueno. — 

¿ La dulce voz del vate mantuano 

l Licio acallaba y el terrible acento 

i mudos oímos del cantor toscano. 

'i Suspensa el alma, el pecho sin aliento, 

^ fuimos tras él á la ciudad doliente 

i (\o e\ eternal dolor fijó su asiento. 

< 

i Apagada del sol la lumbre ardiente, 

j allí solo el veneno se respira 

>' que vida infunde á la perdida gente. 

< Palabras de impiedad, acentos de ira 

i do qaier el aire empozoñado atruenan, 

i mil lenguas agitando la mentira. 

í Las precitas gargantas encadenan 

'i punzantes hierros y á los turbios ojos 

\ sombras sin fin á oscuridad condenan. 

¡ 

^ De infanda llama míseros despojos 

^ de Rímini encontramos los amantes, 

l sus dichas recordando y sus enojos. — 



□ 



- 39 



I" 

□ 



Entre las fieras turbas blasfemantes, 
cebado en la venganza y de contíno 
renaciendo sus ansias devorantes; 

Llenos de asombro hallamos á Ugolino 
que, al contar de su muerte los horrores, 
brama, como irritado torbellino. — 

De Reggio y de Sorrento á los cantores 
Licio con noble aCan ledo seguia, 



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Radiante de entusiasmo y de alegría, 
los altos himnos repitió de Herrera, 
y el son marcial el pecho estremecía. 

Fulguró de Lepante la bandera 
y á nuestra vista alzóse la victoria, 
tragando el mar á la moi'isma fiera. 

Mas ¡ay! de aciago dia la memoria 
el corazón helaba, contemplando 
de Lusitania la sangrienta historia. 

La faz serena al cielo levantando, 
del vate celestial la dulce huella 
nos iba Licio con placer mostrando. 

Ora de eterna paz la imagen bella, 
ora del campo ameno la frescura, 
do libre y pura la virtud destella. 

Bañado en melancólica dulzura, 
vió del sacro pastor la faz divina, 
entre nubes velada su hermosura. 

De Itálica al llorar la gran ruina 
emuló de Rioja el ardimieni© 
y envidiamos su magia peregrina. 

Cobrando Licio desusado aliento, 
al modular sus himnos seductores, 
así excl.amaba con sublime acento: 

« — Bajo el nítido cáliz de sus flores 
no encontrareis jamas sierpe escondida, 
ni el néctar mundanal de los amores. 

«Brota en sus labios bálsamo de vida: 
solo de la verdad rinde en las aras 
sencilla ofrenda á la virtud debida. 

«Seguid las que trazó sendas preclaras, 
y en modesto vivir vuestra alma alumbre 
la pura antorcha de sus luces raras.» 

Decía y de sus ojos viva lumbre 
brotaba, y del Parnaso en la pendiente, 
su dedo nos mostró la excelsa cumbre. 



Wüa ú ti n nn-ú'únWtmW. 

I 



Después volviendo la sagrada frente, 
«Mirad!..» exclama y descubrió su mano 
coronas mil de lauro floreciente. 

Allí de Lope el genio sobrehumano, 
del fácil Tirso la picante vena, 
de Calderón el estro soberano. — 

Entre aplausos sin fin su voz resuena, 
y altiva raza de la tumba evoca, 
que entrandjos mundos con sus glorias llena. 

Lope el valor y la lealtad invoca, 
y acaso Tirso en tan heroico empeño 
ilustres sombras con valor convoca. 

Genio inmortal de los espacios dueño, 
se eleva Calderón á la alta esfera 
y enseña al hombre que la vida es sueño. 

Rojas tandjíen en la triunfal carrera, 
ya el coturno tomando, ya el pellico, 
aka su frente, con el láuro fiera. 

De estrañas galas y preseas rico, 
dice, al tcger Moreto su corona, 
«La agena gloria en mi loor duplico.» 

El modesto Alarcon gozoso entona 
himnos de amor á la virtud sencilla 
y sus callados triunfos ambiciona. 

Ora al procaz y al mentiroso humilla, 
ora premia al leal y al esforzado, 
sembrando alegre la feraz semilla. — 

De tan pura doctrina adverso el hado 
secó ¡ay dolor! la deleitosa fuente 
y fué silencio su murmurio amado. 

Licio no es ya!., ni de su labio ardiente 
saber y amor para nosotros mana... 
murió la luz de nuestro claro oriente. 

¿Á dónde ya como en la edad temprana 
nuestra tímida ofrenda llevaremos, 
ni quién la acogerá?... ¡Quimera vana!... 

Ni altar ni sacerdote encontraremos; 
y del mar en las olas furibundas 
nuestra pobre barquilla irá sin remos. 

No el rostro en valde con el llanto inundas; 
de mis ojos también amargo biota; 
lágrimas de dolor, siempre infecundas. 

Mas ¡ay! al cabo el manantial se agota 
y, en estupor profundo sumergido, 
la fiera angustia el corazón embota. 

16 



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Mi aun me fué por el ciclo concedido 
su íVento coronar de liernas flores, 
ni ol posti inier adiós darle afligido. 

Tú mas feliz, los últimos albores 
gozaste de la luz que el mundo admira, 
aun muertos ya sus vividos l'nlgores. 

Cual tierno padre que tranquilo espira, 
dando á sus liijos sin igual tesoro, 
puso en tus manos la envidiada lira. 

Sagrada herencia!... Ni de Oíir el oro, 
ni la ambición, ni el vano poderlo 



conquistarla podrán, en su desdoro. 

Guárdala tú del huracán impío, 
que ruge en derredor de nuestra frente 
y los robles al par troncha bravio. 

Guárdala, amigo!... y al rayar fulgente 
del alma paz el dia venturoso, 
corónala de mirto floreciente!.. 

Y cuando llegues triste y respetoso 
del gran Licio á la tumba solitaria, 
teje una flor á su laurel frondoso 
y tributa en mi nombre una plegaria. 



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José Amador de los Ríos. '/P^ 

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Y en lágrimas dolientes el tributo 
Pagad de hoy más á la región de Tétis. 

Llorad: que ya no os es dado con enjuto 
Rostro pulsar la cítara sonora 
Que la parca cruel vistió-de luto. 

No sus galas de ayer pidáis á Flora: 
De amai'ga adelíit y triste cipariso 
Coronad vuestra sien. ¡Híspalis llora! 

Huérfana llora del anciano Anfriso, 
De ciencia y de virtud rico tesoro 
Que á la tierra envidiaba el Paraíso. 

Vosotros los que un dia en almo coro 
Le invocábais sin fin cual númen vuestro. 
Desolados romped el arpa de oro. 

¿De dó el sacro furor, de donde el estro 
Vendi'á que os inflamaba al nombre caro 
Del que os era á la vez padre y maestro? 

¿Qué liareis en soledoso desamparo 
Los que en su frente cándida y serena 
Visteis lucir tan apacible faro? 

¿Qué hará en el hondo mar frágil antena. 
Perdido el gobernalle, errado el i)olo, 
Cuando ruge Aquilón y el Cielo truena? 



¡Ay! no al imperio de Neptunosolo 
Mueven guerra infernal nubes y vientos: 
También invaden el altar de Apolo. 

Tal vez turbando armónicos concentos 
Graznan, entre amorosos ruiseñores, 
Cuervos procaces, buhos soñolientos. 

Tal vez al grato aroma de las floi'es 
Piefieren el hedor de las tabernas 
Rudos y mal nacidos trovadores. 

Y no en las fuentes del saber eternas 
Gustan beber; que solo les conviene 
Las pitias lequerir en sus cavernas. 

Atropellando fueros de Hipocrene, 
Sellan tu labio ¡oh plácida Talía!.. 

Y visten de gitana á Melpomene. 

Indocta, insulsa y torpe algarabía 
Que hace bueno al vetusto gongorismo 
Suplanta á la celeste poesía. 

Despreciada con sórdido cinismo 
La lira de León y de Rioja, 
La ignorancia es su dogma y su bautismo. 

Y el veleidoso vulgo no se enoja: 
Antes prefiere el pámpano al racimo 

Y á la santa verdad la paradoja. 



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Ni ya á las gracias con su blando mimo, 
Sino al tirso de impúdica Bacante 
Se dá el aplauso y el despojo opimo. 

Aun la risa ha de ser horripilante, 
Risa que bañe el labio de cicuta 

Y á fiera contorsión fuerce el semblante. 

Así el bárbaro gozo que le inmuta 
Cuando á un precito con sus garras prende 
Muestra Satán en su espantosa gruta. 

Y ¿qué frase es feliz si no es de allende? 
¿Cómo no hará furor una charada 
Si no se estima ya.... lo que se entiendel 

¡Cuántas veces metáfora rimada 
Encierra una heregia, una blasfemia! 
¡Cuántas su girigay no dice nada! 

¡Y la plebe con vítores la premia! 

Y exclama: ¿Cómo un vate tan sublime 
No ocupa ya un sillón de la Academia? 

¡Ah! Bajo el férreo yugo que lo oprime 
¿Qué será del buen-guslo, Alberto amigo, 



5 Si un genio tutelar no lo redime? 

^ Tu docta escuela al ménos luz y abrigo 

^ Brindó á la juventud contra la peste 

j Que á nuestras culpas dá recio castigo. — 

j 3Ias no será que perdurable infeste 

? Al Parnaso español si se rehace 

j de tus adeptos la dispersa hueste. 

¡í Tal vez el fuego que latente yace 

$ Si propicio Favonio le fomenta 

í Mas vivo y mas espléndido renace. — 

< En tanto que, aplacada la tormenta, 

l Sobre el fecundo cielo de Castilla 
Su risueño fulgor Iris ostenta; 

j Y bajo el astro que en tu losa brilla 

j De tu doctrina, Anfriso, y de tu egemplo 

l Brota y crece la próvida semilla. 

I Yo, que allá entre los justos te contemplo, 

^ Si lágrimas prodigo á tu memoria, 

j ¡No las vierto por tí!.. La tumba es templo 

j Para quien muere en brazos de la Gloria. 

Manuel Bretón de los Herreros. 




Hermosas ninftis del sonante rio, 
Faunos del bosque, céfiro suave 
Dormido agora entre el ramage umbrío. 

Venid, y acompañad mi canto y grave 
Pena, y tú. Eco, en soledad gimiendo, 
Haz que el ¡ay! hondo del dolor no acabe; 

Que acaso el cielo rígido rompiendo 
La inecsorable ley, el ímpio hado 
Que en luengo afán nos sume y llanto horrendo, 

Torne á honrar la ribera y monte y prado 
Restituyendo al canqw y los pastores 
El bien que su rigor les há robado. 

En tanto, entre estos árboles y flores 
Llorad, Faunos, y vos, ninfas del rio. 
Olvidad un instante los amores; 



Y asomando la frente, que el rocío 
De perlas salpicó, trocad en lloro 
La risa blanda, y en dolor sombrío; 

Soltad al viento los cabellos de oro 
Y al himno funeral que en torno suena 
Unid de vuestro canto el dulce coro. 

Anfriso, aquel pastor, cuya serena 
Faz, de un alma sin hiél espejo claro, 
Era en nuestras cabañas vista apena. 

Cuando con gloria y con respeto raro 
La frente le inclinábamos, tostada 
Al vivo fuego del estío avaro, 

Hoy ya es despojo de la muerte airada; 
Hoy ya la sombra anubla el limpio cielo 
Que con lan puia luz brilló sagrada. 




Tristo el Bólis clescionde, en son de uiiclo 
I.as cristalinas ondas arrasliando, 

Y todo es soledad y desconsuelo. 

Ya de las aves el canoro bando 
No eiieanla de las selvas la espesura; 
Deshojadas las llores van rodando. 

¿Asi, Aufiiso, en tamaña desventura 
Nos dejas?... ¿Nunca mas de tus canciones 
Alegrará estos campos la dulzura?... 

Los árboles de verdes pabellones, 
Á cuya sombra ayer tu canto oimos, 
Hoy se mecen sin ti con tristes sones. 

Huertos mas florecidos y mas ledas 
Campiñas tiene allí, fuentes mas puras, 

Y verdes siempre umbrosas alamedas. 

Allí no han de llagar las amarguras 
Su corazón de la mundana vida, 
Ni de otros llorará las desventuras- 
Una suave música, perdida 
Por el espacio aquel tan encantado. 
No escuchada jamás, nunca aprendida, 

El sueño le traerá cuando apagado 
El sol deje lugar á la tiniebla 
Fria con su nocturno horror callado. 



g ¡Ay! si el suspiro que los aires puebla 
Hasta él llegára ¡oh míseros! rompiendo 
Esta que nos en.vuelve espesa niebla! 

Pero jamás el terrenal estruendo 
Sonó tal vez del cielo en la alta cumbre; 
Por eso. el triste aquí muere gimiendo. 

Por eso del dolor la pesadumbre 
Abruma los humanos corazones 
Sin que el alba de paz les dé su lumbre; 

^ Por eso, esclavo ruin de sus pasiones, 
Corre el hombre detrás de un desengaño 
Con ciego error y locas ilusiones; 



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i! 



Y por eso, afanándose en su daño, 
Vive, y por eso en íln á nuestro duelo 
Límite no hay, que el cielo le es estraño. 

De ramas de cipi'és cubrid el suelo 

Y de hojas de los sauces desprendidas. 
Pastores, en tan hondo desconsuelo. — 

Del monte allá en las grutas escondidas. 
En la mas rota y bárbara aspereza 
Derramad esas lágrimas sentidas. 

Yo escribiré en la rústica corteza 
De estos robles su nombre, y su memoria 
Vencerá así del tiempo la fiereza. 

Bétis, corriendo al mar irá su gloria 
Esparciendo dó quier, y en otros rios 
Resonará su nombre con victoria. 

Y lloraránle allí, pastores mios. 
Otras ninfas de Cándida hermosura 
Abandonando sus palacios frios. 

Bellísimas zagalas con voz pura 
Al céfiro darán tristes cantares 
En las riberas ricas de verdura. 

Así del perezoso Manzanares, 
Del Tajo y Ebro y Bétis celebrado. 
Su gloria irá estendiéndose á los mares 

Remotos, para honor del desolado 

Y mústio campo, que dejó muriendo 
Anfriso, el tierno Anfi iso venerado. 



Tírsis calló, y en su aflicción rompiendo 
En un amargo llanto, al cielo crudo 
Alzó las pahuas con dolor horrendo. 

La noche entónces sobre el monte rudo 
Compadecida desplegó su manto 
Y, entre el silencio de la noche mudo. 
Levantó el rio su ruüior en tamo. 



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í V 

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Francisco Zea. 




«¿Que fúnebres clamores 

En confuso tropel hieren el viento 

Y vienen á mezclarse á mis dolores?» 

Quintana. 



«¡Tuyo el mundo será!,...» Así enojado, 
Cuando el hombre, á su voz inobediente, 
Del árbol del dolor el fruto insano. 
En su ambición ardiente. 
Osó tocar con temeraria mano. 
Dijo á la Muerte Dios. Así imponente, 
Con mirada fatídica y sombría, 
Del mal entonces desgarró el secreto; 

Y en su dolor profundo. 

Ya para siempre sometido el mundo 
Al eternal decreto. 
Cuanto en su seno desdichado habia 
De su diestra al poder quedó sujeto. 

Pobre raza de Adán!... Súbito herida 
Del rayo vengador, con torpe planta 
Errante vivirá, sin que ya el yugo 
Que oprime su garganta 
Logre romper; que cual feroz verdugo 
La Muerte sobre el mundo se levanta, 

Y en su enlutado, inexpugnable trono, 
Al impotente, lúgubre gemido 

Que exhala en su agonía: 

«¡Tiembla, tiembla, infeliz!.... Tu vida es mia» 

Con eco desabrido. 

Respóndele cruel. «No te perdono, 

Que en mí siempre halla fin cuanto ha nacido! i 

«Tuyo el mundo será!...» Justo anatema 
Lanzado sin piedad sobre el que ingrato, 
Al falso alhago del amor rendido. 
En mísero arrebato 
Sucumbió á su ilusión, y sometido 
Del infierno al poder, osó insensato 
Contra su Dios pecar!... ¡Oh cuan pesada, 
A la terrible maldición funesta 
Del labio omnipotente. 



La vida se tornó!.... En vano siente, 

Y esquiva y contra resta 

De la Muerte el l igor, que despiadada 
Dó quiera á herir con su segur se apresta- 
Llora raza de Adán!... Ese el destino 
De tus afanes es!.... Ni de esperanza 
Débil destello el corazón sustenta. 
Ni de su pecho alcanza 
El hombre compasión. Cruda y sangrienta 
Con breve paso en su carrera avanza 

Y cenizas, y lágrimas y escombros 
Siempre sus huellas son.... ¡Ay desdichado. 
Desdichado el que nace; 

Porque en tanto que en polvo se deshace, 
Sobre el mundo arrojado, 
Solo en sus ti istes, combatidos hombros 
La cruz llevar para morir le es dado! 

Ni el oro, ni el valor, ni la nobleza 
Escudo son... ni la virtud exime 
Al que en mísero seno concebido 
Entre dolores jinie! 
Ni aun el saber al infeliz nacido 
De tan horrenda esclavitud redime! 
Para nadie hay piedad!... La tierra entera 
Ante sus aras por dó quier se humilla, 

Y en hórridos lamentos 
Sucumben á su voz los elementos; 

Y hasta ese sol que brilla 

En la azulada, transparente esfera, 
Víctima será al fin de su cuchilla! 

No es, no, el saber contra su saña escudo 
Ni ampaio la virtud!... Bajo esc manto 
Que alzarse ves de negro terciopelo 
Al i)ié del altar sanio 

17 



i 



Del Dios que rijo podei-oso el cielo, 

Regados yacen con amargo llanto 

Saber, gloria y virliul... Por eso ufana 

Sobre el sagrado lúnnilo su dicsira, 

Con imperiosa visla, 

La ¡Muerle tiende, y del preclaro Usía, 

(En su ambición siniestra 

Nuevo trofeo de su segur insana) 

La yerta frente á sus esclavos muestra. 

Pálida empero, con mirar sombrío. 
Torpe y convulsa su giiadaña ajita 

Y la verde aureola, que impaciente 
De sus sienes le quita, 

En vano al soplo de su labio ardiente 
Quiere á sus plantas ver rota y marchita. 
Lleva, pues, lleva, en tu furor profundo, 
Hacia otros seres tu funesto vnelo, 

Y mas y mas apura 

Del hombre el padecer y la tristura; 
Que en tanto desconsuelo. 
Si le dijo el Señor: «Tuyo es el mundo» 
Sobre él al genio levantó hasta el ciclo. 

Torna, oh muerte, el laurel que le arrebatas 
A su sien otra vez! En valde hiere, 

Y en sangre siempre tu segur se tiñe 

Y siempre vencer quiere; 

Que esa diadema que su frente ciñe 
Don es de Dios y lo de Dios no muere! 
Prenda feliz que de su eterna gloria 
Con sus querubes al talento envía 
Resplandeciente y bella: 
Alta de honor esplendorosa estrella 

Y de simpar valia, 

Que hace brillar del sabio la memoria. 
Cual brilla el sol en la mitad del dia. 

Huye infeliz del lecho donde yace 
El vate insigne, cuyo nombi-e á España 
Eterno lustre dió; que harto, en mal hora. 
Hoy tu implacable saña 
rs'os ruba sin piedad hera y traidora 
Á un golpe nada mas de tu guadaña ! 
Bastante triunfo para tí es su vida! 
Bien á tu orgullo, bien, su cuerpo inerte 
De lúgubre ti'ofeo 

Sirve puesto á tus pies! Bien tu deseo 
Cumplido queda, oh Muerte, 
Las lágrimas al vei- que conmovida 
l'or ('i su páti ia en su scpidcro vierte! 



Mira en (orno de tí! Mira y contempla 
De Itálica el dolor, á cuyo acento, 
Que penetrante y pavoroso suena, 
Con fúnebre lamento. 
De Iberia toda, en su profunda pena, 
Los ayes lleva hasta su tumba el viento. 
Ese que ves del Bétis sacrosanto 
Turbio raudal, que el ábrego alborota, 

Y espumoso se ajita, 

Y en el seno del mar se precipita 

Y no su curso agota. 
Hinchado vá con el copioso llanto, 

Que en tanto mal de nuestros ojos brota. 

Mira ese inmenso, unánime gentío 
Que en el templo de Dios omnipotente 
Del ara en derredor yace postrado, 

Y en ademan doliente. 

Pálido el rostro, el corazón turbado. 
La pena exhala que abatido siente. 
Oye del bronce el fúnebre tañido 

Y la santa plegaria que hasta el cielo 
Su augusto nombre lleva: 

Oye, entre el himno que el incienso eleva, 

Como, en rápido vuelo. 

Mezclado sube el funeral gemido 

Que lanza el alma en tan amargo duelo. 

Mas no es á mí ¡desventurado y triste! 
A quien del genio que su patria admira 
El nombre ilustre celebrar le es dado: 
Que de mi pobre lira 
Al ronco son, confuso y destemplado. 
Débil mi voz ante su tumba expira. 
Otros habrá que en cántico sonoro, 
Con plectro mas feliz, himnos de gloria 

Y de virtud entonen; 

Otros también que su saber pregonen, 

Y del mundo en la historia. 
Brillante y pura, con buriles de oro. 
Grabada dejen su inmortal memoria. 

Otros habrá que sobre el mármol frió 
Que vá á guardar sus pálidos despojos 
Verde guirnalda de fragancia llena, 
Puestos ante él de hinojos, 
Coloquen en su honor; que yo, en mi pena, 
No encuentro mas que el llanto de mis ojos. 
Ay! Ni mi labio, aunque á cantar probára. 
Ni mi laúd, aunque ensayar quisiera 
Sus ásperos sonidos, 



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2> 



Dar pudieran de sí mas que jcmidos! 
Por eso lastimera, 

Con lágrimas no mas, al pié del ara, 
Hoy mi musa rendida los venera. 



G5 



Aparta, oh muerte, ya; que en vano intentas | 

Al hálito infernal que exhala ardiente í 

Tu labio destructor, secar el llanto l 

Que trémula y doliente l 



España vierte en funeral quebranto. 

Ni el laurel marchitar que orna su frente! 

Lleva en buen hora con rigor profundo 

Hacia otros seres tu puñal sangriento, 

Y mas y mas apura 

Del hombre el padecer y la tristura; 

Que en tanto descontento, 

Si te dijo el Señor: «Tuyo es el mundo» 

Eterna gloria reservó al talento. 



Manuel Azcutia. 



SOL, ARBOL. BRtoA 7 fmiL 



(En estilo Calderoniano). 



Precedido de la aurora, 
que con sus dedos de grana 
las puertas de la mañana 
abre y de flores decora; 
y en tanto que la canora 
tropa discanta á porfía; 
nace el sol; y al mediodía 
de la luz padre y monarca, 
el confín del mundo abarca, 
dando vida y alegría. 

Mas llega al cénit, y luego 
desciende con lento paso, 
hasta tocar á su ocaso 
falto de luz y de fuego. 
El mundo se mira ciego 
y entre tinieblas, de suerte 
que produce espanto.... ¡Oh muerte! 

¡alcanzas al mismo sol, 

que apesar de su arrebol 

destruyes con mano fuerte! 
Competidora del ave, 

el mar torna en blancas plumas, 

dejando atrás las espumas, 

en su carrera la nave: 

corre y se mece suave 

con burla del bravo noto, 

pues mientra el hábil piloto 

la vista tenga clavada 



en la brújula imantada, 
no hay sirte ni bajo ignoto. 

Mas de pronto el huracán 
sopla y las olas levanta, 
arrasando en furia tanta 
palos, lonas y el imán: 
sin brújula no hay afán 
que baste, pues la derrota 
perdida, la nave rota 

se vé sobre piedra dura 

Pobre nave! fiel figura 

de aquel que el destino azota!! 

Árbol frondoso y lozano 
que te elevas á las nubes, 
y eres por lo bien que subes 
de los otros soberano: 
de hojas y flores ufano, 
formando dosel divino, 
en el medio del camino 
das regalado tributo, 
con tu sombra y con tu fruto, 
al cansado peregrino. 

Mas de súbito te priva 
de tu vida hacha cruel, 
que tu elevado dosel 
del cielo al suelo derriba: 
V contra el calor estiva 



g res» ^^ SSS^ Í^$ SS^ s^ m¥S ^^ t>s:(»¿ ^^ a9Sia> a^^ ña^ t^^ ^^^ t^ m'i»<s9 ¿ 



V ("1 hambre devoiadoia 
lio lias sombra bioiiliccliora, 
no das l i li lo al hombre gralo. 
Arbol irisie! íiel retrato 
del mal (iiie mi pecho llora!! 

Y li'i clarísima riienle 
Que saltando sobre piedras, 
á los olmos y á las yedras 
jugo das con tu corriente; 
sacia en tí su sed vehemente 
el harpado ruiseñor, 
y luego de flor en flor, 
merced al agua que diste, 
alegre canta y del triste 
ahuyenta pena y dolor. 

Mas ¡ay! con rigor impío 
de tu límpido raudal, 
seca el curso de cristal 
mas larde el ardiente estío: 
seca tú, sécase el rio 
y de la sed al quebranto 
el ave cesa en su canto 



— G6 — 



primero y después es muerta... 
¡Pobre fuente! imagen ciarla 
del motivo de mi llanto!! 

¡Oh Lista! En tu sepultura 
escucha mi voz: «Moriste 
y el mundo quedó en muy triste 
soledad de noche escura. 
Perdió sustento y frescura 
en su senda el peregrino: 
se vio sin guia el marino 
contra las furias del mar, 
y vino el ave á quedar, 
de sed, muerta en el camino. 

Porque tú ¡tormento grave! 
con tu saber tan profundo 
el sol has sido del mundo, 
la brújula de la nave; 
la fuente en que goza el ave 
y el árbol de altiva frente... 
¿Qué mucho que en son doliente 
suspire el pecho abatido, 
al ver que en tí se ha perdido 
sol, árbol, brújula y fuente? 



II 

!l! 



Francisco Sánchez del Arco. 



ík H. itlfonso el ISáliio en la muerte >tlel Elista. 



Muere el gran Lista, y de gemido un canto 
oye el décimo Alfonso de Castilla: 
deja el sepulcro que le dió Sevilla, 
y busca el cetro de su padre el Santo. 

;Ay! lo perdí también! dice; y el llanto 
corre por vez primera en su megilla; 
mas, luego avergonzado, á Dios se humilla, 
y el i'ostro cubre con el i'égio manto. 

¿Donde está el sábio que al olvido tema? 
La fama al mundo tu virtud pregona, 
¡oh ilustre autor de soberanas leyes! 

Lista ciñe, cual tú, mejor diadema; 
y pues tienes de sabios la corona, 
¿á qué buscas el cetro de los reyes? 

Adolfo pe Castro. 



Mi 



- G7 — 



Klcriiidad del Cíénio. 



w. 
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Adiós, Anfriso, pues te vas del suelo, 
Campo de sangre y de sañuda guerra; 
Aplausos te reciben en el cielo , 
Si lloros te despiden en la tierra. 
Mas ¿de qué sirve nuestro estéril duelo. 
Cuando la puerta del vivir te cierra 
El destino, si anuncia tu memoria 
Que el sepulcro es la cuna de la gloria? 

Como tú Garcilaso halló en la muerte 
La playa de la mar que atravesamos; 
De Lope y Calderón con igual suerte 
El paso de este mundo recordamos. 
La tierra devoró á la tierra inerte. 
Mas sus nombres queridos no olvidamos; 
Pues dice , y dice bien , alguna historia 
Que el sepulcro es la cuna de la gloria. 

Aquí á los hombres asombró tu lira, 
Engalanada con perpétuas flores; 
Allá en sonido celestial suspira 
De Dios ante los vivos resplandores. 



No tiene el ángel que tu voz admira 
Mas dulzura en sus ecos seductores; 
Así, ignora quien gime á tu memoria 
Que el sepulcro es la cuna de la gloria. 

Tú serás, mientras haya una garganta 
Para cantar tus versos inmortales, 
En el templo del génio imagen santa , 
Orgullo de las musas nacionales. 
Si España un monumento no levanta 
Á sus mejores hijos y leales , 
La juventud lo erigirá en tu historia (1); 
Que el sepulcro es la cuna de la gloria. 

Grande, inmortal ¡oh Anfriso! te venero, 
Grande, inmortal te aclama el pueblo hispano; 
Mientras nosotros, entre abrojo fiero, 
Vamos del mundo por el triste llano. 
Como la hormiga vá por el sendero 
Expuesta á que la pise algún villano: 
¿Quién mañana dirá á nuestra memoria : 
El sepulcro es la cuna de la glorial 



Ventura Ruiz Aguilera. 



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Deten, oh Píétis, de tus ondas puras 
La sosegada y plácida corriente: 
Llora, que el hado impío. 
Para que ciñas hoy tu régia frente. 
Del árbol de las tumbas 
Te ofrece una corona funeraria. 
¡Lista murió! Los ecos en tu orilla 
Ya no repiten su armonioso canto; 



j Ya su génio en tus márgenes no brilla; 
^ Ya solo escucho en la inmortal Sevilla 
i Plegaria triste y doloroso llanto. 



^ Ay! un tiempo felice 
^ Alzábase la Iberia prepotente 



Y desde el mundo por Colon hallado 



( 1 ) Alude á la CunoNA fiínebue, que los discípulos y admiradores del Sr. Lisia, uniendo sus votos á los de 
la Academia Sevillana de Buenas Letras, le dedican. 




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ílasia (M Vírica anrionto 
nosoiiabaii las liras de sus valos. 
El liorno (larcilaso 
El dulce lamentar de los pastores 
Eu sus versos dulcísimos caulaba; 

Y de Grauada el cisue peregrino, 
En éxtasis divino. 

Las delicias del Cielo 

Con la voz de un arcángel ensalzaba. 

E.rcilla, que el acero 

Victorioso blandía. 

Pulsó la lira que pulsara ilonicro; 

Y Herrera, al ver de la gloriosa España 
La victoria, y del árabe el espanto, 
Cantó sublime la inmorlal hazaña 

Del vencedor invicto de Lepanto. 

Todo cía gloi'ia y esplendor. Las musas 
Del parnaso dejaron los vergeles. 
Do nacen los laureles, 

Y á la Iberia volaron. 
Prendadas de la orilla encantadora 
Del manso Bétis. Las ilustres soudjras 
De los antiguos vales, de sus tumbas 
l'^s fama que se alzaron, 

Y gozosas riendo, 

A los vates de Iberia saludaron. 

]\Ias ¡ay! que del deslino 

El Tallo inexorable, 

Á tanta prez y gloria 

Guardaba triste suerte y lamentable. 

Noche oscura al hermoso y claro día 

Sucedió, de pavor y horrores llena; 

Noche de mas de un siglo, que extendía 

Su densa sombra á la región amena 

De las divinas Arles.... 

De tinieblas cubrióse 

El ibero Parnaso; 

I^as musas de él huyeron, 

Y del olvido en la mansión se hundieron 
Los cánticos de Herrera y Garcilaso. 

¿Y así la ilustre España, 
La bella Andalucía, 
La pátria del amor y la poesía. 
Que el claro Bétis con sus ondas baña. 
Sin cantores que al viento 
Dieran el son de sus acordes liras. 
En silencio profundo, para siempre 
Yacer pudiera? No: de las orillas 
Del líéiis caudaloso 



Nacer debia un astro esplendoroso 
Que el claro Sol del inmortal Piioja 
Reflejára,.... y nació. ¡Lista! Las musas, 
Al despuntar tu aurora, 
Alegres sonrieron, 

Y las densas tinieblas, 

Heridas por tu luz, se deshicieron. 

Tal cuando noche umbría 
Llena al mundo de espanto. 
Cuando no ostentan su color las flores, 
Cuando no entonan su armonioso canto 
Los tiernos ruiseñores, 

Y tan solo se escucha 

De ave funesta el áspero graznido. 

Por la doliente Eco 

Allá entre los peñascos repetido; 

Huye la obscuridad, nace la aurora, 

Tiñe el vivido sol al horizonte 

De divino matiz, brilla su lumbre, 

Que del lejano monte 

Dora la verde y empinada cumbre: 

Entónces á porfía 

Las aves, con sus trinos melodiosos, 
Cantan por saludar al rey del dia; 
Las flores mil balsámicos aromas 
Exhalan de sus cálices pintados. 
Cubiertos de rocío; 

Y con sus ondas de cristal el rio 
Baña rielante los amenos prados. 

Así Lista nació. Su antigua gloria 
La Iberia recordando, 
Escuchó de cien liras 
De dulcísimo son el eco blando; 
Cien liras que templadas 
Fueron por Lista en su saber profundo.... 
Oh! por qué mas brillar su gloria pueda, 
Que lo digan al mundo 
Los manes desgraciados de Espronceda. 
Lista! ¿por qué á la tumba 
Bajaste para siempi'e? Los cantares 
Que otro tiempo entonabas, 
¿Por qué no llenan la región del viento 
De mágica armonía? 
La ansiosa juventud en su ardimiento, 
¿Dónde segura guia 

Hallará que, cual tú, clara le muestre 
La oculta senda que al Parnaso guia? 
Ay! triste llanto brota 
De mis dolientes ojos: 



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-69- 



Tu lira yace para siempre rola; 

Ya no quedan de tí mas que despojos! 

Mas ¿adonde me lleva el desvarío 
De mi dolor acerbo? ¿por ventura 
Puede la muerte fiera 
Oscurecer del sol la lumbre pura? 
¿Y del genio la luz, que resplandece 
Como el sol en el cielo, en el olvido 
Se hunde acaso jamás, ni se oscurece?... 
No, Lista; tú no mueres, porque ardía 
Del genio en tí la inspiración, y el geuio 
Un destello es de Dios. Tu augusta sombra 
Se alzará de esplendor y gloria llena; 
Tu lira armoniosa. 

Que aun en los aires suspendida suena, 
Será por mil naciones escuchada; 
Y tu fama gloriosa 



^. En las alas del tiempo 

{ L edades remotísimas llevada. 



Si, Lista; tu memoria 
No morirá jamás. Ilustres vates 
Alzan su voz para ensalzar tu gloria. 
Perdona si mi lira. 
En son desapacible. 
Osa tu nombre profanar: suspira 
Mi pecho de dolor, y en su tormento. 
Quiso un ay exhalar que tú escucháras, 

Y yo no supe contener su aliento 

Llorad, vates de Iberia; 
Llorad, musas, también! Eco doliente 
Repita vuestra fúnebre plegaria; 



l Y «¡Lista!!, murmurando tristemente; 



Ornad ceñida de ciprés la frente, 
Con laureles su tumba solitaria. 



José Benavides. 



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Á ALBANO ( * ) EN EL ANIVERSARIO DE LIGIO. 



a@[K]iiT©. 



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¿Por qué en lóbrega noche me despierta 
Insólito rumor, que el aura hiende, 
Y un nombre caro por dó quier extiende; 
Nombre que el labio á pronunciar no acierta? 

¡Ay Albano! conmigo á la desierta 
Tumba de Licio en tu dolor desciende; 
Qué présago mi pecho ya comprende 
Esa undísona voz, que vaga incierta. 

La del Bétis será, que el patrio duelo 
Renueva por el vate esclarecido; 
Orgullo de sus márgenes un dia. 

Ven, pues, y suban al benigno cielo, 
Á par que nuestro lúgubre gemido. 
Los tiernos votos que mi amor le envía. 

Francisco Rodríguez Zapata. 



(•) 



querido amigo el Sr. D. José María de Álava y Urbina. 



ELEGIA, 



Lulo on mi corazón, llanto en mis ojos, 
Dpsalicnto irisiisinio on mi alma, 
Dulces recuerdos, del dolor abrojos, 

Hay, mientras gozas apacible calma: 
l'Vesco el laurel sobre tu helada frente, 
^'crde del triunfo la guerrera palma. 

Brilló tu genio en su rosado oriente. 
Sin menguar sus hermosos resplandores 
Hasta claro morir en occidente. 

Festivo y animado en sus albores; 
Grave en la edad de la razón severa, 
Faro de cien ilustres trovadores. 

Como al rayar la libia primavera 
Con su manto de flores se engalana, 
Señora de los campos, la pradera; 

Así al rayar tu fúlgida mañana, 
Fn los campos del genio y la poesía 
Brotó soberbia juventud lozana. 

Vió tu luz y, tomándola por guia, 
Al parnaso marchó, siempre en la senda 
Que tu genio fulgente descubría. 

Tú de conciliación fuiste la prenda 
Entre el vate fogoso, que á los cielos 



Quiso subir sin brújula ni rienda, 

Y el que, cano de estudios y desvelos. 
Nunca intentó mover su torpe planta 
Del polvo que pisaron sus abuelos. 

Tú con afán continuo, con fé santa, 
Al niño condujiste de la mano 
Que con triste laúd tu gloria canta. 

Y báculo otras veces del anciano, 
Sus últimas lecciones á tu mente 
Iban como el arroyo al Occeano. 

Y en ellas fecundadas de repente, 
Brotaban de tus labios en raudales 
De pura y hermosísima corriente. 

Pisando del sepulcro los umbrales 
Á felices discípulos tu herencia 
Repartiste de bienes inmortales. 

Á uno tu virtud, á otro tu ciencia, 

Y á todos, rica página de historia. 
El tesoro oriental de tu experiencia. 

Lista descansa en paz: palmas de gloria 

Y laureles ocultan tus despojos; 
Mas deja para siempre tu memoria 
«Luto en el corazón, llanto en los ojos». 



i 



Juan de Ariza. 



No dura, no, la gloria que la espada 
Conquista del estúpido guerrero, 
Gloria de sangre y llanto lastimero 
Y de fúnebre lulo acompañada. 

Tributa, si, la plebe fascinada 
Víctima siendo, aplauso lisongoro 
Al sanguinario triunfador, empero 
Será al fin su memoria detestada. 

No de la ciencia así muere la gloria 
Cual la que, oh Licio, á tí te circuía, 
De que lumbre benéfica dimana. 

Que ha de vivir unida tu memoria 
Á los ilustres nombres siempre, fia, 
De Herrera, de Leibnilz y Mariana. 



Luis María Iíamirüz v las Casas-Deza. 



I 



El bueno, el que dilata 
su corazón con el ageno medro, 
cual su ramage el cedro 
con el arroyo de luciente plata 
que el pié le besa con murmurio leve; 
aquel en cuya frente augusta nieve 
colocaron los años sin desdoro, 
ráudos pasando y viéndole tranquilo 
de ciencia y de virtud rico tesoro; 
aquel que en salmodiar con arpa de oro 
fué en Iberia maestro 
tan sublime y tan diestro; 
aquel del sumo Dios ministro digno 
que su palabra por do quier envía 
ora en solaz benigno, 
ora tronando contra el vicio osado, — 
ya ha perdido la luz del claro dia 
y en tinieblas de muerte está sentado. 

Los hijos de la hispánica armonía, 
con lágrimas los ojos, 
endechas dan al viento 
junto al noble sarcófago que guarda 
de Lista los despojos: 
voz suena de quebranto 
cuando extiende la noche el negro manto, 
y cuando el orbe de fulgor se viste; 
que Alberto ya no existe. 
Mas no mi acento al cántico de luto 
de la tierra unir quiero: ¿fuera gloria 
en sollozos rendir pobre tributo 
al justo, en el gran dia 
de su mayor victoria? 
Prorumpe en son de triunfo, lira mia. 
No hay olvido ni encono 
para el sábio en su huesa 
que hasta la envidia besa, 
y el que miráis sepulcro ved que es trono. 

Por entre campos de genial verdura, 
soberbio resbalando, 
con pompa magestoso 
corre espumante el Bétis caudaloso 
hácia la mar, que dominar procura 
con su altiveza, cuando 



del divo Ferdinando 

la ciudad al bañar, el curso tiene 

súbito oyendo un eco 

que entre cadencias sube 

por el espacio hueco, 

como de incienso vaporosa nube. 

La sombra de Rioja y la de Herrera 

de Lista el nombre por do quier difunden, 

y sus encomios cunden 

para alto honor de la región ibera. 

Ya el coro de los vates castellanos 

la hostia de alabanza 

mándale hermosa y pura, 

resonando cien arpas en sus manos 

ora desde el Arlanza, 

ora desde el Segura, 

desde el Turia, ó el Ebro, ú el Henares, 

desde el Tajo famoso, 

desde el envanecido Jlanzanares. 

¡O triunfo glorioso 

que á la virtud, con el saber profundo 
en consorcio fecundo 
y rarísimo unida, 
niega tal vez en vida 

pero en muerte le otorga el débil mundo! 

Tornad hora la mente 
á la región serena 
de eterna beatitud y soberana; 
tornadla, hijos de hombre, 
y remitid la inconsolable pena. 
Conmuévense los cielos de contento, 
siete veces los ángeles «ihosanal» 
en dulcido concento 
repiten cabe el solio del Cordero; 
que de Alberto el espíritu brillante 
mas que la luz del matinal lucero, 
en la Sion triunfante 
se regocija, y el querube ufano 
bate las palmas y lo llama hermano. 
¡Oh! no en el mundo solo, 
ya explende Lista en el excelso polo. 
Juan de la Cruz, el Sacerdote Santo, 
el cantor de la mística terneza, 
19 



la ("sK.la (1(> l)(«ll(v,a 

alli lo oiili'Ojía en iiiclalilc imk auto: 

(li'aiuula, el de cliih ilociios ací.'nlos, 

lo imiostra los poi lcnlos, 

y ol solü visto alli rico lesoro 

de la ciencia divina: 

Teresa peregrina 

dale su pluma de oro: 

León y Valdivieso 

paz en el rosti'o con fraterno beso; 

y Lope y Calderón, en los vergeles 

de la villa cternal recien cogidos 

mil ínclitos laureles, 

de soles mil en el fulgor teñidos. 

Asi avanza al altar de los perfumes 

el nuevo morador del almo cielo, 

y al punto en sus oidos 

la voz de la elección retumba pura 

con indecible armónica dulzura. 

'< — ¡O bendito del Padre Omnipotente! 



«ven el premio á gozar que conquistaste: 

«lloré, y me consolaste; 

«hambre tuve, y el pan me diste humano; 

«gemí con sed ardiente, 

«y el hidria ansiada me alargó tu mano; 

«por tinieblas de errores discurría, 

«y tú alumbraste la insipiencia mia.» 

¿Qué mas para tu gloria aquí en la tierra 
ni allá en la eternidad, sereno y puro 
espíritu fjue encierra 
la beatitud del inmortal seguro? 
Permite que entre cánticos te implore: 
otro habrá que te llore 
si no repara tu envidiable suerte, 
si no recuerda tu virtud constante, 
si no avalora la tu ciencia estraña 
con férvido alborozo, 
¿Qué hizo contigo el ángel de la muerte? 
Dejar tu nombre por blasón á España, 
y irasladarte á la mansión de gozo. 



Joaquín José Cervino. 



El Destilo á la Muekte un sabio entrega, 
y ella, de acero y de rigor armada, 
abandona su lóbrega morada, 
y al triste lecho de un anciano llega. 
Lánzale de desprecio una mirada: 
alza la fuerte mano, 
y con el hierro insano 
la cerviz quebrantar quiso de Lista; 
mas luego aparta con horror la vista. 
Vacila, tiembla, acometer no puede: 
á herirle vá de nuevo, y retrocede. 

«¿Ya tus negi'os rencores se apagaron? 
«¿ya se perdieron tus feroces bríos? 
«Para no obedecer decretos míos 
«en ese angosto lecho ¿qué encontraron? 
«¿vuelven atrás las aguas de los ríos? 
«cúmplase al fin la suerte: 
«arma tu diestra ¡oh Muerte! 
«cobra al instante la virtud perdida, 
«y de un golpe no mas corta una vida. 



^ «ó sierpes enroscadas y terribles 

j «oprimirán tus brazos invencibles." 

^ Dice el Destino en temeroso acento: 

l su pecho cerca de implacable saña: 

l el rostro, ya caduco, en ira baña: 

j huella las nubes, donde fué su asiento. 

l El cetro erguido vuelve contra España; 

l y con fiero semblante 

l y mirada arrogante 

^ á la Muerte señala el sabio mismo. 

j Las furias espantosas del abismo, 

¿ al escuchar su voz se estremecieron, 

> y los genios del mal se sonrieron. 

j La Muerte que en las luchas y matanzas 

j no perdona á los héroes afamados, 

^. é introduce en los pechos esforzados 

^ la punta azul de las ardientes lanzas, 

j los ojos torna en lágrimas bañados: 

j obedecer no quiere, 



-73 — 



y al lin á Lista Iñere. 
Huye al cumplir la saña del Destino, 
y el arma arroja en su veloz camino. 
Á su gruía sombrosa se retira; 
y en ella ruge y con furor delira. 

Llorando perlas y vertiendo flores, 
la Fama entonces su carroza mueve: 
igual su vestidura es á la nieve, 
al relámpago igual en los fulgores. 
Surca las auras con murmurio leve, 
y deja atrás las lomas. 
Mil doradas palomas 
la siguen para ver qué nombre aclama. 
Las trompas cien se escuchan de la Fama: 
llena su son los ámbitos del mundo; 
y aun las negras entrañas del profundo. 

¡Ya Lista es inmortal! dicen los montes, 
¡Lista inmortal! los ecos resonantes: 
¡Gloria á Lista! con letras de diamantes 



y en nubes de coral los horizontes. 
¡Gloria á Lista! los pueblos mas distantes, 
¡Lista! las blandas rosas, 
las aves cariñosas, 
y el cedro sobre riscos levantado. 
De esmeraldas lucientes coronado, 
Guadalquivir lo aclama en su ribera; 
y hasta en su tumba lo repite Herrera. 

¡Lista inmortal, en cuanto abarca el cielo! 
por tí la niuei'te, de dolor ceñida, 
su diadema de estrellas guarnecida, 
trueca en ciprés, como en señal de duelo. 
Ignora que en la fama tienes vida, 
que un laurel te corona, 
y Sevilla pregona 
al orbe entero tu virtud y ciencia. 
¿Quién opondrá á tus glorias resistencia? 
Para un alto renombre esclarecido, 
¿(jué valen ya las aguas del olvido? 



Adolfo de Castro. 



9 



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f 



Tú que ciñendo en el divino monte 
délfico lauro, egemplos diste al arte, 
reglas al gusto, afectos al poeta 

con que obligado amarte. 

De la española juventud bizarra 
maestro, amigo, y émulo glorioso; 
en olímpicas justas fuerte atleta, 
y siempre victorioso. 

Moriste al mundo como el justo muere: 
moriste al mundo como muere el vate: 
cual puro lilio al tramontar del dia; 

cual héroe en el combate. 

¿Qué á mi dolor que para siempre vivas 
en los anales de la eterna historia, 
y de la patria á quien sirvió tu ingenio 
en la dulce memoria; — > 



si al tierno pecho tu recuerdo grato 
constante aflige, y amistad y amores 
mi pena colman, y el divino Bétis 
con lúgubres clamores? 

¡Cuál se difunden hasta el alto olimpo, 
cuál del poniente á la rosada aurora, 
cuál por los valles con tu voz alegres, 
huérfanos, ay! , ahora! 

¿Será consuelo en el terrible caso 
pensar que nunca tu virtud sencilla 
olvido encuentre en la que fué tu cuna 
olivífera orilla? 

¡Débil consuelo! Cuando mas tu amigo 
repara absorto que llegó á perderte, 
mas abundantes de los turbios ojos 
tristes lágrimas vierte. 



AuRELiANO Fernandez-Guerra y Orbe. 



_ 74 — 



1't 



^rPor quó al ceñir la aurora 
Su (liadoina de fúlgidos corales 
Con el preciado aljófar penas llora, 
Por qué en el Bélis que su lumbre dora 
Guarda el cisne sus plumas virginales? 

¿Por qué la brisa leda 
no repite el rumor de la alborada, 
placentero sonando en la arboleda, 
por qué la palma en el jazmin se enreda 
sin erguir su cabeza coronada? 

La luz febea, el rio, 
espejo de la reina de las flores, 
y las aves y el verde praderío, 
como al rayo del Sol albo rocío 
perdieron al cantor de los cantores: 

Al que nació á la sombra 
de la gentil Giralda y sus vergeles, 
y en ovación, que al universo asombra, 
llevó hasta su sepulcro por alfombra 
de los vates de España los laureles. 

Todos, todos un dia 
buscaron con ardor la fuente pura, 
donde su excelsa inspiración bebia, 
y mas amó por él la patria mia 
el valor, la virtud y la hermosura. 

Que si su lira al suelo 
revelaba las dichas eternales 
en himnos de esperanza y de consuelo, 
se descorría el pabellón del cielo, 
por acoger sus cantos inmortales. 

Y cuando la grandeza 
cantaba altivo de la patria historia, 
respondían cíen sones de entereza; 



y ensalzando feliz tanta proeza, 
era su gloria la española gloria. 

De Rioja los acentos 
por él volvió á escuchar el mediodía, 
y suspirando á su canción los vientos, 
volaron por los rotos monumentos 
de Itálica en rumor que estremecía. 

Y bosques y jardines 
ofrecieron prodigios á millares 

de Híspalis en los fértiles confines, 
y se alzaron, rizándose los mares 
sobre la blanca sien de los delfines. 

Y el ancho prado ameno, 

la dilatada vega, el monte oscuro, 
el fresco arroyo límpido y sereno 
y el cielo azul, de resplandores lleno, 
dieron auras por él al aire puro. 

Por él, que en soberana 
feliz inspiración y amor profundo 
y magnífica pompa y fé cristiana, 
bendecía, extasíándose en su Iwsana, 
resucitado al Salvador del mundo. 

De pesares rendido 
el pecho, que acongoja el sentimiento, 
quiere pasar al plectro mal herido 
su dolor y su lúgubre gemido, 
y el plectro salta con furor violento. 

Recibe tú mi llanto, amiga sombra, 
y al mirar de Sevilla los vergeles 
desde tu gloria, que á la tierra asombra, 
contempla en tu sepulcro por alfombra 
de los vates de España los laureles. 



José Makía de Albuerm;. 



Salid sin duelo, lágrimas, coi riendo 
(Garcilaso). 



Arpa de los dolores, lanza al viento 
tus lúgubres sonidos, 
y revela en suave melodía 
que bien puedes gemir pues eres miá. 
La delicada flor del sentimiento 
el mundo no respeta, 
y no tiene esa flor otro rocío 
que el abrasado llanto del poeta!... 

Arpa querida, entre tus cuerdas de oro 
las auras de la noche suspirando, 
un ay! te arranijuen de dulzura henchido 
del címbalo sonoro 
al funeral tañido. 
Ese bronce sagrado, 
nuncio de muerte, ¿por ventura cuenta 
la postrimer victoria de un soldado? 
Fué tal vez ese cuerpo inanimado 
de audaz guerrero que en combate rudo, 
sediento de matanza, 
arrojó con desden el ancho escudo 
el asta enrojeciendo de su lanza? 

Nó, que á Belona impía 
rechaza el alma del varón sublime, 
que en la modesta vida de los sabios 
y en retii o profundo 
la paz disfruta que nos niega el mundo. 
El padre Bétis adornara un día 
de espigas de oro y pámpanos y flores 
el divino laúd con que solía 
cantar el dulce Anfriso sus amores. 
Híspalis bella le ciñó de lauros, 
mas nunca entre el fragor de las batallas 
ostigó con el látigo estallante 
de Mavorte al bramido 
los caballos del carro resonante; 
que no envidia de César y Alejandro 
el victorioso acero, 
sino la santa inspiración que hervía 
en las almas de Píndaro y Homero. 



¡ — Anfriso! tierno vate, 

< que allá en un tiempo, cuando Dios quería, 
{ del Bétis en la mágica ribera 

$ y al escondei' el Sol su fi-ente roja 

í en cítara imitabas placentera 

;> los inspirados cantos de Rioja; 

^ ¿quién me dijera la apacible tarde, 

i en que suspenso de tu labio oia 

l el dulce lamentar de Garcilaso 

j y del divino Herrera la armonía, 

J; al ver tus ojos animarse ardientes 

^ de nuestra antigua escena 

j la gloria al recordar que el orbe llena; 

j que el Sol al sexto día 

j la losa de tu tumba 

l con moribundo rayo bañaría? 

i 

í Tú el génio me pintabas del gigante 

l que de su númen poderoso en alas 

} y entre el aplauso y estupor del mundo 

$ al Pindó supo remontarse un dia, 

í disputándole allí su estro fecundo 

í laureles á Talía. 

i Divino Calderón! Sombra sagrada, 

j águila ardiente, cuyo ráudo vuelo 

j la humanidad contempla entusiasmada, 

> tu ingenio soberano, 

i; tu rica fantasía 

> 

t al describir el hombre y la natura 

^ la obra misma de Dios embellecía. 

5 La clara luz de tu divina mente 

j al anciano sublime electrizaba 

< que exclamar ha podido: 

l Calderón! Calderón! te he comprendido! 

<. — Todo pasó!... y el hombre 

i que raudales de ciencia derramaba 

j ya de Newton siguiendo el alto vuelo, 

> ya anhelando ganar con firme paso 
^ el sendero que guia 

< á la escabrosa cumbre del Parnaso, 
20 



(loscoiiilio (le la nada al hoiitlit alúsiiio! 
i>las ^^(ilic iiiipcu la, si el a!ii;cl ísc la i^loiia 

su M)/. iniiiorlal lus aii'cs llena 
\ salva del olvido su memoria? 

3Iirad cual maiclia silencioso y Irislo, 
uu j)uel)lo lodo en i'nneraria pompa, 
no al poder adulaado y la Ibruina, 
(Dioses que adora en su ambición el hombre). 
Todos «n mismo nombre 
murmuran afligidos 

y liermanos de dolor son sus gemidos!... 

Qué importa en blando lecho, 
teñido con el múrice de Tiro, 
mirar al indolente poderoso 
que entre lujo y honores 
oye lisonjas aspirando flores? 
Qué vale una corona, 
metal candente que la sien abrasa, 
carga que al rey bajo su peso oprime, 
ante el laurel divino 
que alcanza con sus cantos el poeta 
burlándose del tiempo y del destino?.... 

No en cuna de marfil el primer sueño 
mece del tierno infante la fortuna, 



1(> - 

l ni de siervos cercado 

;í la ley de sus pasiones y capricho 

^ en juvenil edad impone osado. 

^ No le sorprende en vergonzoso lecho 

j de torpe cortesana 

j el perezoso albor de la mañana; 

i ni en copas de oro fino, 

'¡ coronadas de flores, saborea 

l los néctares de Chipre y de Salerno, 

l vogando siempre ansioso 

i del placer en el mar tempestuoso; 

'$ que en perpétua \igilia 

j recorre oscuros y remotos siglos 

i y atesora la ciencia, 

$ y cubriéndo su sien blancos cabellos, 

} 

j clama con voz potente: 

j "lauros me dad para ceñir mi frente". 

i 

El mundo te los dió! Tu claro nombre 

¿ será, Anfriso, blanson de nuestra historia; 

$ el sueño de la gloria 

i duerme, pues, para siempre, anciano ilustre, 

j bajo la augusta bóveda del templo 

j que guarda al par ufano 

j las cenizas de Arguijo y de Montano! 

Eugenio Sánchez de Fuentes. 



No ])idais, nobilísimos despojos, 
Á mi pobre laúd la voz del canto! 
Pedid al hombre fervoioso llanto, 

Y llanto os rendirá, puesto de hinojos. 

¡Sábio! ¿Por qué dormir veo tus ojos 
Que tanto vian y alcanzaban tanto? - 
¡Vate! ¿Por qué tu voz en esli'o santo 
Ya entusiasmo no inspira ó calma enojos? 

Lista responde: ^( En cantos perenales 
Mi labio loa á Dioa, y veo pió 
Mas que antes vía ¿y me //oráis, mortalef<T' 

Y yo digo: "¡Es verdad!" Y me sonrío, 

Y adoro los decretos eternales, 

Y en consuelo se trueca el llanto mió. 



3Íi(;uEr, Ac.iisTiiv Príncipe. 



«Gloria á li, Señor Dios de !as alturas. 5 

Gloria á tu nombre, si nos das consuelos. > 

Gloria á ti, si amarguras. i- 

A tu divina planta i 

Alfombra son los estendidos cielos: > 

Sobre estrellas tu trono se levanta: > 

Tu diestra abarca el anchuroso mundo. i 

Alábente á porfía i 

Tus criaturas. Señor, en la alegría, g 

Cual hoy te alaban en dolor profundo.» ^ 

«¿Y qué, no fué bastante > 

Á suspender el fallo soberano > 

Del pueblo tuyo la plegaria amante? i 

¿No bastó al sabio, al venerable anciano, l 

Al varón eminente ^ 

Esa ciencia inmortal que tú le diste ^ 

Y que, cual sol, de tu esplendor se viste? ^ 

¿Cómo tu amor consiente \ 

Que segur homicida í- 

El hilo corte á tan preciosa vida?» ), 

xVsí exclamaba envuelta en triste luto ^ 

La gran ciudad que el Bétis Reina acata ^ 

Dándole por tributo ^ 

Oro á su frente, á su coturno plata. ^ 

Contempládla ora allí: cruda saeta \ 

Lacera el alma con dolor tremendo. \ 

Oidla allí los aves repitiendo \ 

Que en boca de Sión lanzó el profeta, \ 

Cuando en eco doliente \ 

Á estraños pueblos, á ignorada gente l 

Vosotros que pasáis (triste decía) l 

Mirad si hay pena cual la pena inia. ? 

Vedla, mustio el color, la faz llorosa, l 

Postiada ante la losa i 

Que guarda de un mortal caros despojos, í 

Regándola con llanto de sus ojos. j 

¿Qué mucho, si aquel nombre allí esculpido j 

Se alzó sobre las alas de su gloria ? 

Grande do quier, do quiera enaltecido? \ 

¿Qué, si en tanta victoria > 
Dióle el saber pacífica conquista? 
¿Qué mucho, si aquel nombre era el de Lista? i 



Mas — ¿cuál célico son, cuál suave encanto 
El alma entre dulzuras enagena 

Y dá vado al dolor, treguas al llanto? 
¿Cuya es la voz que sobre la alta cima 
Do los collados y los montes suena? 

¿El arpa es de David que á Dios sublima 

Y en nueva inspiración, férvida y sania, 
Dei gran ieliová las maiavillas canta? 
¿Poi' qué al mágico acento 

Su curso enfrena el rio, 
Abandona la fiera el ántro umbrío, 
Las aves callau y enmudece el viento? 

Mirad: un ángel es: su vestidura 
Sobre la luz del sol nítida esplende: 
Ampo de nieve no igualó su albura: 
Cual meteoro los espacios hiende: 
Ya el pié á la tierra toca. 
Escuchad las palabras de su boca: 

«Pía ciudad, en cuya fuerte almena 
Levantó de la cruz el estandarte 
Un Rey, cristiano Marte, 
Que fué por su virtud y por su acero 
Gran Santo, gran Monarca y gran guerrero; 
Yo, nuncio del Señor que oye tu pena. 
Yo la paz vengo á darte. 
Voz del Eterno por mi labio suena.» 

"Nace el hombre á morir: breve es la vida; 
Mas allá, eternidad. Ante ella un velo 
Pende, porque del mundo la divida. 
¡Guai si osa levantarlo humano anhelo! 
Empero si el destino 
Fijó al mortal inevitable suerte. 
Si Dios del hombre puso en el camino. 
Para que vuelva á su Hacedor los ojos. 
Por término la muerte 
Y en vez de flores ásperos abrojos. 
En cambio iluminó su entendimiento 
Con luz que al bruto veda. 
Porque en remota edad viva su aliento. 
Porque en su fama eternizarse pueda.» 

«Feliz quien lo alcanzó: dichoso el labio 



('.uva palabra liiuut'a dol olvido: 
Feliz ol (jut" la tioi ra llauió sabio. 
No será niaUlecitlo 

Eii los siglos jamás su hermoso nombre, 
Como el (lo aquellos que en su fi'iria alzaron 
Sobre la humana sangre su renombre, 
Porque la humana sangre dci-ramaron.» 

iPaz á la tierra: la eternal clemencia 
Abomina el rencor, la impía saña. 
Gloria á li, luz de Dios, gloria á tí, ó ciencia. 
Cíloria taml)icn á tí, vergel de España, 
(aiyo (ecundo suelo 
Dió el ser á tanto ingenio peregrino. 
Ellos tendieron hasta el sol su vuelo: 
Si Rioja grande. Herrera fué divino.» 

«Cual ellos eminenie 



j Otro hijo pierdes; mas esplendorosa 

^ Su fama queda á la remota gente. 

^ Cubra sacro laurel su humilde losa, 

j Y al Dios omnipotente 

ií Entonando loores 

l No des llanto á su tumba, sino flores.» 

l 

< Tal dijo; y dando al viento 

l Sus alas de zafir, de nácar y oro, 

< Raudo se eleva hasta el celeste asiento, 
l Do eterno canta de ángeles el coro. 

^ Ya cual arista leve 

j Que el huracán ai-rastra en su bravura 

^ Débil su luz riela allá en la altura, 

i Y ya, cual punto en los espacios breve, 

l El divino querube 

> Desparece en los senos de la nube. 



Francisco F^lores Arenas. 



Debió Eicio al influjo de los cielos 
espíritu inmortal, do relucía 
de profundo saber la llama pía, 
aún de caduca edad bajo los hielos. 

En su acento amoroso halló consuelos 
El anciano infeliz; el mozo, guia; 
y á la niñez, como Jesús decia: 
«dejad llegar á mí los pequeñuelos.» 

Rindió á la tierra el cuerpo: al aire lanza 
la fama el eco de su voz robusta, 
los ámbitos llenando en su alabanza; 

y mas allá, sobre la rueda augusta, 
del Hacedor la eterna bien-andanza 
dá á sus virtudes recompensa justa. 



Emilio Oi.loqui. 



Bendita sombra del que amé de hinojos 
en el silencio de mi hogar lejano: 
sombra qne brillas á los rayos rojos 

del sol de España ¡Venerable anciano! 

Jamás bese tu consagrada mano; 
jamás te vieron mis oscuros ojos.... 
Mas yo te am,aba, porque el cielo quiso 
que amaran todos al modesto An friso. 

Todos, si: todos á tu hermoso oriente 
la mirada anhelante dirigían, 
y con la luz de tu radiosa frente 
de virtudes y ciencia se nutrían: 
ay!.... mientras todos el saber bebian 
en la mas pura, cristalina íuente, 
solitario en la tierra que moraba 
de ciencia á mi la sed me devoraba! 

Y tu fuente busqué.... mas la insegura 
planta infantil do quiera tropezando, 
erró sin norte por la tierra impura 
hora tras hora el manantial buscando: 
su murmurio una vez con eco blando 



llegó á mi oido entre la niebla oscura, 
y al lanzarme á su límpida corriente 
la mano del Señor secó la fuente. 



Y conmigo en lamentos dolorosos 
rompió la juventud, que en él perdía 
maestro, sus ejemplos portentosos: 
caballero, su mística hidalguía: 
filósofo, su gran sabiduría: 
amigo, sus consuelos cariñosos: 
poeta, sus bellísimas canciones: 
ministro del altar, sus bendiciones. 

Ay!.... solo nos quedó de tantos bienes 
de tantas glorias y de orgullo tanto, 
el supremo laurel que ornó sus sienes, 
y el eco dulce de su puro canto. 
¡Riegue su tumba nuestro amargo llanto.... 
y mientras en el Pindó haya ílipocrenes 
himnos se entonen á su limpia gloria 
que al mundo leguen su inmortal memoria! 



Tomás Rodríguez Rubí. 



ELEGIA 



Jamás el cielo altera 
Déla parca voraz el fallo triste: 
Pasa la dicha cual fugaz quimera; 
Pasan las flores en que Abril se viste; 
Pasan las ilusiones ¡ay! la suerte 
Nos muestra hasta en el sueño 
La imágen viva de la horrible muerte. 

Mirad: la tumba encierra 
Del caro Licio el corazón, que amores 

Y virtud esparció sobre la tierra , 

Y de la ciencia las preciadas flores : 

Que á la patria, al gimnasio y mi ternura. 

Le arrebató inclemente 

El hado avaro de su lund)re pura. 



Siint Iachryni?e rcrum. 

(ViRC. Fnei. lid. prim.) 



Sus cánticos suaves. 
Que poblaban las béticas riberas 
De luz, de bosques, de pintadas aves, 
De pastores y ninfas placenteras. 
Breves pasaron como el blando aliento 
De modesta azucena, 

Que trunca y aja en su furor el viento. 

También cual humo leve 
Pasó la edad, en que enseñó inspirado 
El giro lento de la casta Febe 
De luces tibias y zafir cercado. 
Y cómo anuncia la naciente aurora 
Del rojo sol la llama , 
Antes que asome por la mar sonora. 

21 



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('oiiio a su lii/ l adiaiue 

50 colora la Jlor, y el manso rio 
En su irémula linfa de diamante 
Retraía el cielo y el ramage umbrío: 

Y la creación se anima, y desparece 
La noche, y sale el dia, 

Y canta el ave y el pensil florece. 
Cómo espira su lumbre 

Y al orbe envuelve funeral desmayo, 

51 el trueno agita la celeste cumbre 

Y el aire enciende el fulgurante rayo. 

Y cómo el Ponto con fragor resuena 

Y en raudos torbellinos 

Rompe sus olas en la blanda arena. 

Cómo en su alegre vuelo 
El toldo escuro desvanece el aura; 

Y en qué regiones se eterniza el liielo, 

Y en diales Febo su vigor restaura. 

Y dial dá el Cáncer el dorado grano, 

Y el otoño racimos, 

Y bellas pomas el Abril lozano. 
Cómo el deleile impuro 

Cegó en su orgullo á Babilonia altiva, 

Y atrajo á^^ro á su soberbio muro, 
Para postrarse ante sus pies cautiva. 
Que no á los pueblos el poder y el fausto. 
Si en torpes vicios yacen. 

Libraron nunca de destino infausto. 

Mirad, nos dijo, á Grecia 
Sublime en Maratón y en Salamina, 
La inmensa Roma y la inmortal Venecia 
Emulando á su gloria su ruina. 
Mirad cúal paga su arrogancia loca 
El héroe de Marengo 
En escarpada y solitaria roca. 

Él esplicó la llama, 
Que nuestra frágil existencia anima, 
Que el pensamiento en nuestro ser derrama 

Y al hombre solo en la creación sublima: 
Que virtudes, amor, saber y anhelo 

De dicha nos inspira: 

Que á Dios conoce, que nos guia al cielo. 

Mas ¡ay! pesares solo 
Dejó en mi pecho su postrer suspiro. 
Él cuya fama desde polo á polo 
Llevó el Favonio en susurrante siró: 



El orgullo de Hesperia, el vale, el sabio 

Que enalteció su historia, 

Cerró por siempre su divino labio. > 

¡Ay! sí; dolor y abrojos 
En el desierto de mi triste vida 
Dejó al mirarme con errantes ojos. 
Signo terrible de elernal partida. ' 
Su lumbre se extinguió. Fiero el destino 
Ni la virtud respeta: 

¡La vida de la nuierte es el camino! j 

Siempre el placer es breve; 
Siempre es largo el pesar, siempre el recelo 
De que espire la dicha lurba aleve 
El bien presente que nos manda el cielo: 

Y siempre ¡ay triste! con algún gemido 
Fijamos el recuerdo. 
Que al alma queda tras el bien perdido. 

Tal es la vida humana. 
Rica d-e sueños en la edad florida. 
Inquieta en la viril , triste en la anciana. 
Pasa cúal sombra de la luz herida: 

Y en pos del desengaño le aparece 
La muerte despiadada, 

Y en la insondable eternidad perece. 
Mas si al hombre el destino 

Torna en cenizas en la tumba oscura. 
Destello el genio del poder divino. 
El mundo llena y por los siglos dura. 

Y de envidias exento, su memoria 
La tumba purifica, 

Y en ella crece su brillante gloria. 
Así entre aplausos suena 

Del almo Licio el divinal renombre, 

Y admirados el Rhin, el Pó y el Sena, 
También repiten su glorioso nombre. 

Y el sacro Bélis que guió su planta 
De la cuna al ocaso, 
Si llora al sabio, sus virtudes canta. 

Así el aura, que un dia 
En sus playas amenas de hoja en hoja 
Al murmui io del agua repelia 
Los puros cantos del sin par Rioja; 
Hoy ante Licio silenciosa gira; 

Y ver mudo al gran vate 
Aves arranca de su dulce lira. 

Así Arguijo y Montano ( 1 ) 



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( i ) Esíá enterrado Lisia en el mismo templo qiio ios dos insignes varónos ciliidos. 



Cuando á sii lado reposar le vieron, 
Respetosos en himnos sobrehumanos 
Solemne culto á su saber rindieron. 
Uno le muestra con alegre anhelo 
El templo de la fama; 
Otro los triunfos que le guarda el cielo. 



Luego en sus alas de oro 
En raudo vuelo que ahuyentó la niebla, 
Al sabio ascienden al radiante coro. 
Que las mansiones celestiales puebla. 
«Mira, le dicen desde el reino augusto, 
Cúal te aclama la tierra; 
Mira aquí el premio que recibe el justo. 



JosK María Fernandez-Espino. 



ELEGIA 



Oh glorioso spirto. 



Di: quella íiamma che t' accese, é spenla? 
(G. Leopardi, sopra il monumento di Dante). 



En la feraz ribera 
del caudaloso Bétis, 
que en rápida carrera 
rinde tributo á la orgullosa Tétis; 
cuando el ardiente rayo 
del padre sol, en lánguido desmayo, 
por el erguido monte 
que limita el confín del horizonte 
se oculta y desfallece; 
cuando la sombra crece 
y en la región del cielo 
tiende la noche el funerario velo, — 
á la luz de los tibios luminares 
cuya lumbre refleja y se dilata 
en la undísona plata 
envidia de los cisnes del Henáres, 
vertiendo amargo llanto, 
mustia la faz y desceñido el manto 
vagan por entre espesos olivares 
la de inmortal renombre 
sublime Poesía; 

la que codicia, sin lograrla, el hombre 
alma Sabiduría. 

De la helénica playa, 
que les brindó sus flores 
de mas gratos perfumes y colores, 
vienen á Hesperia, el corazón bañado 
en acerbo pesar, sobre la huesa 
lágrimas á verter del inspirado. 



Y de la Parca aviesa 

lamentando el rigor, y del destino 

la bárbara impiedad, en son medroso, 

arabas sacras deidades 

gloria del padre de Faetón divino, 

entre el común reposo, 

del campo en las desiertas soledades 

alzan la voz para llorar su cuita 

y al murmurio del onda que se aleja 

mezclan el son de su doliente queja. 

"¿Por qué, clama la Diosa 
que de natura hermosa 
vence los ricos dones, 
mas rica en delicadas perfecciones; 
por qué yace en el polvo 
la citara sonora 

que de Virgilio y de Petrarca un dia 

emnhba la plácida armonía? 

¿En qué regiones mora 

el egregio cantor por quien la lira 

de León y de Herrera 

volvió á sonar en la nación ibera, 

como blando favonio que suspira 

entre las rosas del vergel orgullo, 

cúal cariñoso arrullo 

de tórtola inocente 

que la llegada de su amor presiente, 

como fragor de trueno, 

cúal rayo que desgarra 



(le oscura iuiIh' el lormoiiloso sonoi* |; 

"¿Qué fiu' (lo aquella yo/ enardecida 

que en la pomposa lengua do Cervantes >; 

naturaleza y vida \ 

dio á los versos brillantes ji 

del Urico del Lacio, > 

honor de la i-omaua poesía. \ 

padre del gusto, iniuiilal)lo Horacio? ^ 

¡Ay que la tundxi IVia, i; 
niuerla la luz que lo animaba, encierra 

el mísero u ibulo 'I 

que Licio (I) rinde á la cansada tierra! ;'; 

¡Ay que en funéreo Uno ¡i 

vestido el corazón inerte yace! 'l 

¡Ay que bajó ú la nada, \ 

en humo su existencia disipada, ,< 

y en polvo vil su cuerpo se deshace! » \ 

Dijo y calló: de los hinchados ojos, \ 

alivio de sus males, ^ 

corren anchos raudales; »^ 

y los claveles rojos í 

de sus frescas megillas ^ 

convertidos en rosas amarillas ^ 
señales dan de su profunda pena. — 

Ora cárdeno lirio, ^ 

ora blanca azucena ^ 

la diosa del saber alza la frente, ^ 

y al rayo transparente \ 

de la modesta luna, \ 

cuya trémula luz brilla en los aires \ 
sin que enturbie su albor niebla inq^ortuna, \ 

así también en lasliiuero acento l 

prorunq^e al fin; y el lúgubre gemido '< 

que brota de su pecho dolorido í 

su afán publica y su crüel tormento. ^ 

"¿De qué sirvió para tu dicha, exclama, \ 

mísero Licio, por el árdiia senda ¿ 

que al almo templo de mi culto guia '¡ 

la juventud encaminar, la llama \ 

difundir del saber, rasgar la venda \ 

del estúpido error, el puro gí'rmen \ 

del gusto y la virtud con mano pía < 

desparcir en la tierra, y en el claro ^ 

fructífero raudal de tus lecciones, i 

nunca de ciencia avaro, > 



nutrir los corazones, 

el alma despertar de cuantos seres 

orgullo de la patria han producido 

cuatro generaciones? 

En el hispano lido 

¿qui(''n como tú pudiera 

con esacto compás medir la esfera? 

¿Quién, remontado al cielo, 

la causa investigar que forma el rayo 

y la que engendra el hielo? 

¿Quién descubrir la hoguera 

do nace el Sol, y del alegre mayo 

analizar los jugos creadores 

que dan vida á las fuentes y á las flores? 

"¿Y qué para tu gloria, 
qué valió tu saber, émulo digno 
de Pindaro y de Euclides? 
¿De quién fué la victoria 
en las eternas lides 
del ser y del no scrl ¿Te dió la suerte, 
dióte la inspiración, te dió la ciencia, 
el triunfo conseguir sobre la muerte? 
¿Qué ha sido tu existencia? 
¿Qué ha sido sino hojuela deleznable 
que arrebató del tronco 
el ábrego iiuplacable, 
y, en invisibles átomos partida, 
el torbellino bronco 
dejó en la vasta inmensidad perdida?" 

El labio sella: y, como dócil suele 
doblar la caña su penacho altivo 
al fi'émito del austro que la impele, 
así también al sentimiento vivo 
doblada la cerviz, en ancha vena 
llanto deriama, sin hallar consuelo 
al último dolor que la enagena. 
31as súbito aparece 
por el tendido cielo 
Cándida luz de inmarcesible aurora 
que el brillo de los astros oscurece, 
V monte, y llano, v rio 
en visos mil cxplcndida colora. 
Jamás albo rocío, 
á los fuegos del sol mintiendo soies, 
en pluvia aljofarada 
pudo copiar tan bellos arreboles. 



( I ) El Sr. Fjista ha sido generalmente conocido bnjo los ds iiscndominos de JAcio y Aiifrisn. liemos prefe- 
riili) aplicarle en esta ocasión el primero, por acercarse mi>s que i l sí^yundo á sn verdadero nombre. 



En éxtasis divino arrebatada, 
jamas el alma pura 
vió luz tan celestial, tanta hermosura; 
y en la nítida llama 

que tierra y mar y firmamento inflama, 
nuncio de paz y de ventura, brilla 
la Religión sencilla, 

tal como un dia se ostentó en la cumbre 
do el cetro de Luzbel rompió en pedazos, 
donde elevó la humanidad sus brazos 
libre de ignominiosa servidumbre! 

«¿Por qué, dice amorosa, 
por qué bañados vuestros ojos miro 
en tan acerbas lágrimas, y el pecho 
exhala hondo suspiro? 
¿Qué áspero nudo estrecho 
así os oprime el corazón, que late 
con presura cruel? ¿Por qué del labio 
no cesa el lamentar? ¿Quién pone susto 
á vuestros nobles Ímpetus?... — El vate 
no perece jamas: no muere el sabio: 
no hay muerte para el justo!" 

¡Cuánto, cuán verdadera 
tu voz es, Religión! Cese la fiera, 



8r, 



congoja que oprinua 

mi atribulado espíritu, y en sombras, 

cual de noche sin astros, me envolvía. 

Licio no ha muerto! El virginal perfume 

que derramó en la tierra 

su casta inspiración no se consume, 

ni en destructora guerra 

podrá extinguir la estéril ignorancia, 

con envidiosa mano, 

del árbol de su ciencia soberano 

la que al suelo esparció dulce fragancia. 

Licio no ha muerto! En la región divina, 
donde jamás declina 
de mil solos y mil la lumbre clara; 
donde nace el Amor, donde florecen 
la amante Caridad, la Virtud rara, 
la Esperanza feliz, allí le ofrecen 
cien ángeles y cien puerto abrigado 
de inextinguible dicha circundado. 
Entre falange hermosa 
de espíritus de luz, allí reposa 
por edades sin fin; y enseña al hombre, 
desde su asiento puro, 
cómo se alcanza perenal renombre, 
cómo se llega al inmortal seguro! 




Q) 



I 



-2 
')) 



4^ 



Manuel Cañete. 




Vuelve otra vez á mis manos, 
pobre lira abandonada, 
de entre el polvo del olvido 
en que dormir le dejaba. 

No busques yá, lira mia, 
en tus cuerdas destempladas 
los regalados sonidos 
que en el coi azon vibraban : 

Ni tiernos recuerdos busco 
de aquellas glorias pasadas, 
que en sordo tropel aun ruedan 
en lo mas hondo del alma: 

Ni flores vengo á pedirte 
de esas, que frescas, galanas, 
el limpio arroyo guarnecen 
ó el tendido prado esmaltan : 



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Ya sé, pobre lira mia, 
que las flores que tu guardas 
ni color ni aroma tienen, 
como regadas con lágrimas; 

Mas hoy que de los ci preses 
á la sombra solitaria 
á cantar tristes endechas 
entre sepulcros nos llaman. 

No importa, no, que tu canto 
ronco y destemplado salga, 
ni dirán mal á una tumba 
flores con llanto regadas. — 

¡Héla allí; tumba modesta, 
los restos mortales guarda 
del noble varón que un dia 
supo ¡lustrar á su patria! 

22 



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¡Clara y brillante lumbrera, 
eiiya poderosa llama 
su resplandor dirmidiondo 
nuestros ojos alumbraba! 

¡Tranquilo faro y seguro, 
que á las juveniles barcas 
por entro revueltas olas 
el rumbo cierto marcaba! 

¡Todo pasó! ¡Ya no queda 
mas que aquella tumba helada!.... 
¡Y en su triste y breve espacio 
se esconden glorias tan altas! 

¡Y allí la noble cabeza, 
cuyas venerables canas 
de poeta y sacerdote 
las coronas ostentaban! 

Venid, venid á esta tumba, 
ó amigos, y al saludarla, 
cada cual su flor le deje, 
tierno recuerdo del alma. 

Y una corona pongamos 
sobre aquella losa blanca 
de candidas siemprevivas 
y verde laurel formada. 

Pero ¿lloráis?..., ¡Si, lloremos, 
y con lágrimas amargas; 
mas no por él, por nosotros, 
por qué nuestra es la desgracia! 

¡Llorar por él, que dichoso 
el torpe lazo desala, 



tpie á la materia le unia 
y su vuelo al cielo lanza!! 

¡Feliz él, que al despedirse 
de una vida buena y santa, 
de la eternidad las puertas 
con fé y sin zozobras pasa! 

Era un justo, desterrado 
en este valle de lágrimas, 
y al cielo vuelve, que el cielo 
es de los justos la patria. 

Otro ilustre desteri-ado 
en el cielo le esperaba, 
del cual fuera en otro tiempo 
guia cariñoso y guarda. 

¡Espronced'j! ¡Hermano mió! 
^•No es verdad que á la llegada 
del venerable maestro 
se regocijó tu alma? 

¡Oh, si! ¡Felices vosotros 
que desde esta pobre estancia 
al trono de Dios subisteis 
de vuestro espíritu en alas! 

Y á nosotros ¿qué nos queda? 
¡dos ricas fuentes sin agua! 
¡dos limpios ástros de ménos! 
¡dos antorchas apagadas! 

¡Ay! Vosotros, desterrados 
en este valle de lágrimas, 
al cielo volvéis, que el cielo 
es de los justos la patria. 



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Julián Romea. 



Levanta de la tumba ¡oh de la hispana 
ilustre juventud, émulo y guia; 
tú, á cuya voz absorto detenia 
Bétis sagrado el onda soberana: 

Tú, á quien Minerva de su oliva, ufana 
la augusta frente coronaba un dia, 
y el rubio Apolo del laurel ceñía 
que en la pompa circense el vate gana! 



Vives, si, vives: de esplendor vestido 
templo el mundo á tu lama es dilatado, 
y altar divino la marmórea losa. 

Alze otra vez tu plectro el gran sonido; 
y en hombros de las Musas levantado, 
sube triunfante á la mansión gloriosa. 



II. 



^•Por qué, tristes, gemis, y en desconsuelo 
amargo el corazón, brotan los ojos 
ardiente llanto de dolor y enojos, 
vestida el alma en funerario velo? 

¿Impia querella enderezáis al cielo? 
¿La escala de Jacob cubris de abrojos; 
y ante míseros restos y despojos 
por ella á Dios no levantáis el vuelo? 

¡Oh ciegos, que no veis cómo en profundo 
gozo bañada el ánima del vate 
sube, y radiante á la mansión de gloria! 

Su patria es ella; su prisión el mundo: 
aquí, en la vida desigual combate: 
allí, en la muerte, sin igual victoria. 

Rafael María Baralt. 




Yo también te admiré. Sabias lecciones 
de otros labios bebí, cuando mi mano 
con audacia pueril moduló en vano 
de balbuciente cítara los sones; 
cuando la mente mia, 
antes que el pecho en amorosa llama, 
en varonil afán se consumía, 
y en el hervor de prematura fama. 

«No mas temor. Á la inmortal, sonora 
«margen del Bélis llevaré mi anhelo, 
«donde los lauros de la sacra Délo, 
«hijo de su deidad, Anfriso adora; 
«donde el sublime vate, 
«su voz alzando á la suprema esfera, 
"del misterioso fuego que en él late 
«con centella vivaz mi seno hiera». 



Lustros de execración, ya sois pasados, 
aunque de encono, y de exterminio y luto 
guarden aún el tosigado fruto 
en sus urnas letíferas los hados. 
Mas ¡ay! del dulce Anfriso 
¿quién tornó la existencia al polvo inerte? 
¿Quién en quebranto tal gozarse quiso? 
— La mano del dolor, mas que la muerte. 

Vió revueltas al hondo Trasimeno 
las patrias haces desbocarse un dia, 
y, ministro de Dios, con saña impía 
su solio profanar á otro agareno: 
vió en el error perenes 
á degradados Césares, que ajaron 
el antiguo esplendor de augustas sienes, 
y sus pupilas, de llorar, cegaron. 



La sania libei tuil escarnecida, 
yeria el alma á la te de los mayores, 

iVoiiéiicos miiad, mitad traidores 

¿Viste otra cosa en tu infelice vida? 
Y ¿aun puedes, vulgo insano, 
su meinoi ia amenguar?.., Alenguado sea 
quien de ajena conciencia en el arcano 
osa encender escrutadora tea! 

Su nombre vivirá sagrado, puro, 
mas que la envidia eterno, que no alcanza 
de terrenales dardos la venganza 
el limile ú salvar del mundo oscuro; 
que quien á la árdua cima 
del humano saber encumbra el vuelo, 
goza, en el lampo que su ser anima, 
anticipado el galardón del cielo. 

Esa es su tumba. Cabe el mármol frió, 
de mirto y lauro y otoñales vides 
ornan coronas el compás de Euclides 
y la trompa grandisona de Clio. 
Cubre de mustias flores 
el Padre de la luz su plectro de oro, 
y al contristado Dios de los amores 
las Musas cercan en doliente coro. 



Sus quejas escuchad cuando la ira 
de punzadoies celos le embravece: 
ay! de inmortal amor luego iállece, 
y encendido en pasión, cania á Celmira; 
y ai par en eco gravo 
el don de celcslial boiiclicencia, 
y la virtud, y la amistad suave, 
y el inexhausto néctar de la ciencia. 

O si á celeste inspiración cediendo, 
(1 arpa de David súbito hiere, 
^•Cuál será el corazón donde no impere? 
^•Cuál, apegado al mundanal estruendo, 
que en el Edén no crea, 
y en el que al hombre su salud envía 
con el astro que nace en Galilea 
del cristalino seno de María? 

¡Oh recuei'do tristísimo! Otro canto 
no exhálala su labio, ni un suspiro. 
Cuanto en esta morada escucho y miro, 
gemido es de dolor, signo de espanto. 
Timbres que el mundo aclama 
guarda en angosto espacio oscura losa. 
Vates, la voz de la verdad os llama: 
el que Anfriso vivió, polvo reposa. 



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Númenes ya sin vida, en la memoria 
de la presente edad! Qué! ¿Tanto pudo 
de feudal trovador el arle rudo 
para dar al olvido vuestra gloria? 
Sus rayos el tonante 
Jove perdió, cual su beldad Citéres, 
la ponderosa mole el fuerte Atlante, 
Palas su égida, y sus espigas Céres. 

Al tierno vate oid cuando enamora 
las orillas del Bétis con su acento, 
y bajo el techo rústico contento 
saluda el triunfo de la nueva aurora; 
cuando de la alta esfera 
vuela la Luna á la encubierta falda 
del Latmo donde «su Endimion la esper; 
" sobre lechos de rosa v esmeralda.» 



Ah! no; no entero gozará la muerte 
esta vez el triunfo; aquí los ojos 
de su efímero ser ven los despojos; 
mas su espíritu allá logra otra suene. 
Los que por él guiados 
subir ansiabais de la gloria al templo, 
no importunéis quejosos á los hados, 
que si falta su voz, queda su ejemplo. 

Y el grato numen que vertió en su cuna 
présago rayo de espleiulor divino, 
(lióle ingenio y virtud, sumo destino 
(|ue al oro vence de la infiel fortuna; 
pacifico trofeo 

(|ue enlazando á su nombre alma corona 
inspira á un pueblo generoso empleo, 
cuando himnos mil en sn loor entona, 

Cavktano HOSFI.I.. 



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Vosotros, los alumnos que algún dia 
Escuchásteis sus férvidos cantares, 
Poetas del sediento Manzanares, 
Vates de la risueña Andalucía: 

Juntos volad hacia la tumba fria, 
Donde en el seno de los patrios lares 
Duerme, atrayendo palmas á millares, 
El que otro tiempo os fué tan claro guia: 

Volad, y escuchen vuestra pia ofrenda 
Las náyades del Bétis caudaloso, 
Que viven con su ausencia en llanto y luto. 

No el canto mió de amistad es prenda; 
Extrangero cantor, ménos dichoso. 
Solo de admiración es mi tributo. 



J. Heriberto García de Quevedo. 



Ese, á quien guarda la callada losa, 
varón justo y sincero, 
gloria del Bétis, su esplendor un dia, 
era el astro de llama misteriosa 
cuyo brillo hechicero 
desde niño adoraba el alma mia! 

Recuerdo que solia 
los infantiles candidos enojos 
mi madre, al fin, desvanecei- serena, 
poniendo ante mis ojos 
un libro de conceptos delicados, 
en el que en fácil y abundante vena, 
suave como el olor de los collados, 
consuelo el docto vate me ofrecía 
en raudales de amor y de armonía. 

Dejó de ser!.... Al inmortal seguro, 
desde este hondo, escuro 
valle de eternas lágrimas regado, 



Cúai es lu victoria, oii muerte, 
si aun esa ceniza mústia 
en que te cebas, es fuerza 

que el sepulcro restituya. gig 

(Lista). ^ 

entre angélicas huestes sustentado ^ 

su espíritu se alzó radiante y puro! ^ 

Yo aun sueño que su voz amortiguada ^ 

penetra en mi retiro; ^ 

y en la hojosa floresta engalanada, ^ 

del bosqixe opaco en el rumor incierto, ^ 

de la brisa de oriente en el suspiro, ^ 

sus alas al plegar sobre el capullo ^ 

de las flores bellísimas del huerto; ^ 

del manso arroyo en el fugaz murmullo, ^ 

en el sonoro bramador torrente ^ 

mi corazón la siente, ^ 

y el eco dulce mi dolor mitiga, ^ 
y aun dobla el sueño mi cansada frente 

al vago aliento de la sombra amiga. ^ 

Genio inmortal, á quien del sol la lumbre ^ 

alfombra es de tus plantas: ^ 
Til que hoy dominas la región del trueno, ^ 



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libi t-, t'i'li/, sort'iio; 

y (lo laiirol ceñido, le levantas 

hasia ai raiioai" para sus hojas bollas 

la loiiihladoi-a lii/ á las cslrellas; 

lio mi honda pesadumbro 

lioi;iion liasia ui liono mis querellas! 

Y si a til iioblo ospirilu le es dado 
su alteza reveslii- ton forma humana, 
deja á mis ojos vislumbrar tranquila 
la llauu» soberana 

que el genio hizo radiar en tu pupila, 
y llegaré á pensai' que reverbera 
por tu fuego i n llamado, 
mas vivo el Sol en su inmortal hoguera. 

No, no lloréis, alumnos inspirados, 
al preclaro varón á quien sepulta 
en polvo vil la inexorable suerte. 
Ya ti'iunfa del influjo de los Hados: 
libi'e (lo olvido vencerá á la muerte; 
la luz no muere aunque la luz se oculta! 

Y así cual de la noche tenebrosa 
nace el alba serena, 

la esperanza tranquila y religiosa 

nazca del fondo de la amarga pena. 

Se horada el bronce, el mármol se deshace, 

pero el que muere en el Señor, renace! 

¡Ah! no temáis que la virtud sucumba: 
Venid, sacros cantores, 

V cid, al par que la adornáis do íloi es, 
la enseñadora voz que alza su tumba. 

— 'í Haced bien, instruid: la digna empresa, 
ardua y mayor de un corazón sublime, 
es consolar la humanidad que gime! 
vuestia misión €s esa.» 

«No á la torpe codicia 
abráis el noble pecho generoso; 
n¡ en pró de la malicia, 
neguéis á la justicia 
culto leal v obsequio rPS|)etuoso.» 

«No envidiéis en la tierra 
al avariento Procer el tesoro 
que en sus senos recónditos cnciera, 
mientras que al pobre de sus atrios de oio 
con impiedad y con baldón destierra.» 

«Con genio vencedor el hondo arcano 
robad á la natura misteriosa, 
logrando en doctas lides 
unir la yedra de Helicón hermosa 
á las coronas ínclitas de Alcides, 



(■) á las (jue dispensí) con sacra mano 
Minerva poderosa 

Al grave Newton y al scveio Euclides.» 

«Dejad de sangre y llanto ya saciado 
el suelo esttíril que fecundo brote; 
y no ya el duro hierro ensangrentado, 
sino el benigno ai-ado 
las productoras márgenes azote.» 

«Respetad la inocencia y la hermosura, 
frágiles azucenas 
cuya tenue blancura 
agostan, del placer aun las serenas 
auras sonoras de mayor frescura.» 

«Rendid, en lin. á la virtud oscura 
tributo merecido: 
extended sus principios eternales, 
y en mutuo amor, feliz, correspondido 
unid á los mortales; 
hasta que el alma sienta, 
di'l bien común sedienta, 
los sublimes placeres 
que Dios inspira al que con fé se ostenta 
celoso cumplidor de sus deberes.» 

«Hacedlo así, y confío 
que pronto en mil hidalgos corazones 
producirán su fruto estas lecciones; 
hasta que en nuestra patria lastimosa 
la virtud generosa 
extendiendo su inmenso poderío, 
pueda sola exclamar: «J?/ hombre esmio!y> 

Esto, me finjo yo, que en la callada 
noche de sombras llena, 
dirá la voz profética y sagrada 
que allá, en el centro de su tumba helada 
se dejaiá sentir vaga y serena. 
Tiei'uo consejo y cariñoso aviso 
que en un eterno adiós, el alma envía 
del ya dichoso An friso 
á los alumnos ¡ay! á (juienes quiso 
con paternal y ciega idolatría. 

No le lloréis: de Itálica sombría 
esos un tienqio alcázares suntuosos, 
hoy yermo desohtdo, 
ántes se borrarán de la memoria, 
y sus luíroes famosos, 
V tanta insigne y prodigiosa hazaña, 
que del cantor del Golgola inspirado 
se llegue un punto á oscurecer la gloria, 
con cuvos ravos se enaltece España. 



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Y pciriiero serán páramo uml)río 
del Btítis las laui íferas riberas, 

ó quedará sin movimiento el rio, 

á en mar trocado, con furor bravio 

sepultará las vándalas praderas, 

que en cada flor de la eni amada hojosa 

no recordi'is del vate un pensamiento: 

Ya á su Celia afanosa 

con voces de dolor poblando el viento, 

de Alexis tras la sombra cariñosa. 

Ya á Emilia apasionada, 

en el caliente nido acariciando 

á la sentida tórtola, abrasada 

de un vivo amor por el que muere amando. 

Y aun la sombra indecisa, 
presumiréis desciende á la ladera, 
entre el vapor de la sonante brisa, 
de aquella ingrata Elisa 

por quien brotaba luz la negra esfera. 



flores la selva, y hasta el cielo risa. 

Serán recuerdo el valle y la cabaña, 
la fuente, el rio, el bosque temeroso, 
el llano y la montaña, 
la tierra y el espacio vaporoso, 
del sagrado cantor. Fuera preciso, 
si esto posible fuera, 
que Sevilla inmortal despareciera, 
para que de ella desparezca Anfriso! 



También eterno en la memoria mia 
será su ejemplo de virtud! En tanto, 
del eco al valle de su pátria envía 
mi tierna voz su lastimero canto. 
Orle cual mustia flor su tumba fria, 
si llega allí, una gota de mi llanto, 
que á mares brota del doliente seno! 
¡Ay, no es el mundo el porvenir del bueno! 

Grrgorio Romero Larrañaga, 



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IN TUMULUM CLARISS. D. ALBERTI LISTA, JOANNES MARIA CAPITAN GEGINIT. 



Hic iacet exiguus pulvis, pretiosior auro, 

Quem sua deplorans Hispalis alma tegit. 
Hic extincta cinis, qua^ iam fulgentior astris 

Per Baetim atque Tagum, flumina tanta, micat. 
Hic levis umbra silens, quae non modo tangit Iberum, 

Sed Rhodano et Thaniesi pervolat usque Tibrim. 
Hic clarus vates, cui mens divinior olim, 

Osque sonaturum máxima qiueque, fuit. 
Hic rerum scriptor, censor, rethorque, sophusque, 

Qui Hesperios Inter suslulit inde caput. 
Hic ille Albertus, quo non sapientior alter. 

¿Quando viro compar Artibus ullus erit? 
Hic ¡lie Amphrysus, nobis qui dulcia púber, 

Nomine Apollineo, carmina prima dedil. 
En querulam ripam, i\ux non vacat segra dolore, 

Quin vocet ad planctus Arcadas orba suos. 
En Arbos anliqua Silentí, nuda comaruni; 

Quíeque feras mulsit saxaque, fracta lyra. 
Qui legitis flores, túmulo pia dona ferentes, 

Dum vale supremum dicei e quisque dolet: 
Spargite cum fletu, Latiis quas niunus ab oris 

Molpomene insólitas fert quoque mnesfa rosas. 



- 00 - 

VERSION DEL EPli MIO ANTERIOR. 



Aquí descansa el rocliicido polvo, 
De mas valía que el de Ofir i)rcciado; 

Y llora la patria de su amor, Sevilla, 

Guarda llorosa. 
Aquí apagada la mortal ceniza, 
Que ya en fulgores á los astros vence; 

Y en Tajo y Bétis, caudalosos rios, 

Nítida luce. 
Aquí la leve, silenciosa sombra, 
Que al Ebro avanza, y hasta el almo Tíber 
Desde el undoso Ródano y el Támesis 
Rápida vuela. 
Aquí el ¡lustre, el hispalense vate. 
Que un tiempo tuvo por natura el mimen 
Muy mas divino, y para egregios cantos 
Éco sonoro. 
Aquí en las ciencias la inmortal lumbrera, 
Censor, maestro, historiador profundo. 
Que en los Iberos levantar erguida 
Pudo su frente. 
Aquí el Alberto, sin segundo, solo; 
Á quien el sabio en su saber no alcanza. 



¿Cuándo á las Artes nacerá de un Lista 
Émulo digno? 
Aquí el Anfriso; juvenil renombre, 
Que allá le plugo renovar de Apolo 
Al que primicias de su dulce vena 
Supo legarnos. 
Hé cual suspira su natal ribera, 
Que, sin dar treguas al dolor, á cuantos 
Árcadcs suyos las endechas canten, 
Huérfana llama, 
ílé, pues, el árbol del Silé, desnudo 
El tronco añoso de la verde pompa; 
Y, la que riscos halagaba y fieras. 
Rota su lira. 
Los que á su tumba, recogiendo flores- 
Vais á llevarlas en ofrenda pia, 
Al dar por siempre cada cual el triste. 
Último vale: 
Con tierno llanto desparcid las rosas, 
Que desde el Lacio, como don insólito. 
También os lleva la del sacro Pindó 
Musa doliente. 



Juan María CAPITA^. 



4 loa cantores de Inicio. 



SONETO. 

Los que al Olimpo en tiernas ilusiones 
Alzáis á Licio con laúd sonoro. 
Para él pidiendo á las edades de oro 
Los lauros de sus ínclitos varones: 

Contempladlo en las célicas mansiones, 
Dó atento á vuestra voz y al patrio lloro. 
Feliz os paga desde el almo coro 
Con sonrisa tan lúgubres canciones. 

¿Qué valen en eterna primavera 
(boronas de la tieria fementida 
Al que ciñe topacios en la esfera? 

Sirvan solo de ofrenda merecida 
Al émulo que fué del grande Herrera. 
Y á cantos inmortales nos convida. 

Francisco Rodriouez Zapata. 



En la EI.EGIA del Sr. D. Juan María Capitán, 



(i). Alusión 
Caramuel. 



la sabida quiiUilla del sapientísimo 



(2) . Chateaubriand: sus obras y sus viages. 

(3) . Las Memorias de Ultra-Tumba del mismo, y 
su sepulcro mandado labrar en vida en la punta occiden- 
tal del Grand Bey en la villa de Saint-Maló su patria. 

(4) . Balmes: sus obras religiosas y fdosóficas; y su 
temprana muerte á la edad de 57 años en Vich (Ausoita) 
su patria. 

(5) . En efecto, á mas de los dos anteriores, ha muerto 
en este año el célebre traductor de Horacio Don Javier de 
Burgos. Suecia cuenta también en este número á su Ber- 
zelius, y á un historiador y á un poeta muy eminentes. 

(6) . Por los años de 1789 el maestro en Artes Don 
Manuel María de Arjona y Cubas tenia en la biblioteca de 
San Acasio de Sevilla una Academia de Poesia, procurando 
con Don Justino Matute y otros des()ertar á la Academia de 
Buenas Letras del sueño en que por entonces yacía. Doc- 
torado en leyes en su patria Osuna, para vencer la repug- 
nancia de aquel claustro á los estudios amenos, ideó una 
Academia secreta, que llamó Si/e, inaugurada en la hacien- 
da del Ciprés á una legua del espresado pueblo, propia del 
Gobernador Aillon, cuyo sobrino, prebendado de aquella 
Iglesia, era uno de los alumnos. Grabóse el nombre Silé 
en un grueso árbol inmediato á dicha hacienda (que aun 
lo conservaba pocos años hace), cantándose á la despedida 
este gracioso himno: 

Prospera, árbol dichoso, 
del cielo tan amado, 
que del Silé en tí ha puesto 
el nombre sacrosanto. 

Aquel dichoso nombre, 
que durará entre tanto 
que el Sol nazca al Oriente 
y espire en el ocaso. 

Del Sena, el Pó y el Bétis, 
del Támesis nublado 
vendrán (¡n gruesas tropas 
los moradores sabios. 

Dejará sus arenas 
el árabe tostado 
por quemar en tus hojas 
sus aromas preciados, etc. 



Siendo ya el Señor Arjona colegial mayor en Maese Ro- 
drigo de Sevilla en 1791, estableció en su mismo aposento 
una Academia de Humanidades, que después pasó á las ca- 
sas de Don Francisco Tolezano y de Don José María Blanco, 
siendo sus primeros discípulos Don Eduardo Vacquer, Dou 
Alberto Lista, Don José de Mora, el mismo Blanco, Don Fé- 
lix José Reinoso, y otros varios; cuya reunión fué objeto de 
invectivas en los primeros años, de lástima y desprecio de 
muchos llamados sábios, y que incorporados después en la 
Real Academia Sevillana, han prestado á su patria los bene- 
ficios, que de ellos esperaba su Maestro y Mentor, como co- 
lonia del Silé. Cuando todavía formaban Academia privada, 
al fin de la reunión en los días de San Juan Crisóstomo, su 
patrono, y en algunos otros, se daba á cada individuo una 
empanada y una taza de ponche, cantándose este himno de 
despedida: 

De oscura y densa liniebla 
cubre á España infame velo, 
y á su sombra la ignorancia 
esliendo su hórrido cetro: 



Mas las luces triunfadoras 
brillan ya del claro Febo, 
y la turba desdichada 
se precipita al Averno. 

Barbarie augusta, 
tu trono excelso 
en vil escoria 
vá á ser desecho. 



Tímido el coro sagrado 
pasó el alto Pirineo, 
y .solo la cruda egíde 
dió Minerva á nuestro imperio. 

Mas volved, amables Musas; 
que ya el Silesiano esfuerzo 
las cadenas quebrantando, 
triunfo os prepara soberbio. 

Barbarie augusta, etc. 



Solo sobrevive á cuantos formaron aquella primitiva y 
venturosa Academia, el Doctor Don Francisco Rodriguez 
García, gran latino, profundo humanista, y bien conocido 
por sus oposiciones á cátedras de Filosofía y de Latinidad, 
especialmente la que hizo á la de Lebrija; y actual Director 
del Instituto de Jerez de la Frontera. 

(7) . Los académicos Lista, Reinoso y Blanco, dados á 
conocer desde sus primeras poesías bajo los respectivos nom- 
bres de Anfriso, Fileno y Albino, formaron verdaderamente 
un triunvirato lírico; pues el jóven Pastoriza falleció en me- 
dio délas esperanzas que daba á la Academia con la dulzura 
de su numen. 

(8) . Bilbao, donde obtuvo, de vuelta de Francia en 
1817, por oposición la cátedra de matemáticas erigida por 
el consulado. — Desde este punto seguimos en las principa- 
les circunstancias la sentida y elegante noticia biográfica del 
Señor Lista por uno de sus mas esclarecidos discípulos el 
Sr. Don Eugenio de Ochoa. 

(9) . Su venida á Madrid en 1820: recuerdos de Me- 
lendez: colegio de San Mateo, de donde salieron tantos jó- 
venes ilustres. 

(10) . El Censor, periódico el mas templado, docto y 
améno de aquella época. 

(M). Sabido es que Ralbo el amigo de Cicerón, y 
todos los de aquella ilustre familia eran oriundos de Cádiz. 

(12). Sus preciosos artículos sobre nuestra literatura, 
impresos después en Sevilla en 1844 con el título de Ensa- 
yos literarios y críticos. 

(15). Doña Cristobalina Fernandez de Alarcon, lla- 
mada Sibila de Antequera por Lope de Vega en su Laurel 
de Apolo; y la Décima Musa por sus conterráneos. Allí 
florecieron también Catalina Trillo, las dos Narvacz herma- 
nas. Espinosa, Martin de la Plaza, Tejada Pacz, Calvez de 
Montalvo, Aguijar, Vilchez, Mesa, Carvajal y Robles, Porras, 
y otros varones insignes en todo género de letras, como Ania- 
ya y los dos Padillas hermanos. La Fábula del Genil por 
Espinosa prueba la sublime altura á que llegó la escuela an- 
tequerana, con la desgracia de no haber tenido un Lista que 
la hubiere hecho florecer en nuestros tiempos. Nosotros al 
ménos meditamos una colección de las composiciones que 
han podido salvarse, esparcidas ó inéditas, de aquellos ilus- 
tres Ingenios. 



Kn la Od.% ilel Sr. ». I.iiiü «teguntlo lliiidobro, 

> 

(1) . El edificio (le la Universidad Literaria, que fué i 
anleriormenle convento do Jcsnitas, y donde gracias á los l 
esfuerzos de algunos aniaulcs do las glorias de sn ]);Uria, se l 
lia reunido una csiici ic de panU-on de iiondjrcs cclobres, l 
que ahora ha rccihido imevo lustre con la tumba del gran ? 
Lista. > 

(2) . Entre los nombres gloriosos que so enlazan al l 
de Lisia con l.i noble liliacion de discípulos, ninguno que í 
abrigue algún entusiasmo por la poesía, desconoce los de i 
Kspronceda y llartzenbusch. ? 



Kn la I'^LKUiA del Sr. U. jtiigcl Muría Uacarrcte, ^ 

(1) . Aquel combate pertinaz etc. — Por dos veces \ 
fueron administrados los SS. Sacramentos al Sr. D. Alberto ¡i 
Lista. Los anteriores versos aluden á la primera después l 
de la cual experimentó una benéfica reacción en su enfer- í 
medad. ^ 

(2) . Su mano entre mis manos elc.—E[ autor se < 
encontraba en Cádiz cuando ocurrió la muerte de su ilustre >, 
Maestro, < 



En la composición del Sr. D. Jnan Be4za, 

(1) . Oda á la victoiia de Bailen del Sr. Lista. 

(2) . El sueño del desgraciado del mismo Sr. 

(3) . Alusión á los elementos de historia antigua, 
obra del mismo Sr. 



En la Od.v del Sr. D. 



Francisco Rodrignez Zapata, 

Lista, 



(1). Sabido es, que el Sr. Lista, amante siempre de ^ 
los principios de buen-gusto, que bebió como uno de sus ¿ 
mas aventajados socios en la célebre Academia de Letras ?' 
humanas de Sevilla, no solo contribuyó eficazmente á per- t 
feccionar la obra de nuestra regeneración literaria, inau- i 
gurada en Salamanca á mediados del siglo XVIll, sino que ^ 
conjurando á la par que los desafueros de la revolución ^ 
los deplorables errores del Romanticismo; há sido entre nos- $ 
otros con sus doctrinas y con sus egemplos, uno de los ^ 
mas ardientes defensores de la escuela clásica. No por esto { 
rechazó nunca sistemáticamente las saludables reformas, que ^ 
el espíritu del siglo, las profundas investigaciones filosó- ^ 
ficas, vías necesidades ó exigcnciasde los adelantos actuales $ 

1- 1 u • . 1 j I • • I 1-. ¿ sus amigí 

pudieron haber introducido en las ciencias y en la lite- ^ g^f ^ j^^^ María 

ratura. De anuí su crítica eminente, en que se descul " ' 



vate del Tórmes, el feliz restaurador de nuestra poesía, á 
su elogiado Anfriso. 

Mi lira inútil yace: 
Ni entre su horror sombrío 
El genio de la noche 
Desciende ya propicio, 

Cual antes me inspirara. 
Trepando hasta el empíreo 
En alas de la Gloria 
Mi espíritu atrevido. 

La calma y el silencio 
En blanda paz, conmigo 
Me aduermen en los brazos 
Del ocio y el retiro. 

Gimiendo escarmentado, 
Si con pesar tardío. 
Del hado y de los hombres 
Los criminales tiros. 

Tal navegante cnerdo 
Trás riesgos inünitos 
Ganar dichoso alcanza 
Del puerto el fausto asilo. 

Tú en tanto, á quien los años 

Y el claro Dios del Pindó 
Adulan, y en sus redes 
Prendió el alado Niño, 

Feliz mis huellas sigue; 

Y en don bien merecido 
Recibe, Anfriso amado, 
La lira de Batilo. 

La lira, que á los cisnes 
De nuestros sacros rios 
Fué egemplo á que cantasen 
Con mas acorde estilo. 

Yo en tus aplausos loco. 
Mientras que al negro olvido 
Me robas tú en tus versos, 
Del mismo Apolo dignos; 

Diré gozoso á todos: 
Si en tan excelso giro 
Sobre los astros vaga. 
Yo le mostré el camino. 

(5). El Sr. Lista fué tan consecuente y tan tierno con 
que solo por ver y estrechar entre sus bra- 
nco, también escritor profundo y 



ratura. Ue aquí su critica eminente, en que se ttesculire < . . . j ■ i o -n l- • j j 

• , . , ' ■ . 1 -j 1 1 • < excelente poeta de la Lscuela Sevil ana, hizo un víase desde 
unida a la mas insta y provechosa severidad la mas sabia V 5 -.r j j • A r j r\ . i j «o-. j ° i 
1,1. :.,.i.,r„ :„ í Madrid a üxiord en Octubre delSol, arrostrando con los 

j peligros de la navegación las trabas, que tal vez le oponía la 



razonable indulgencia 

(2). Alude á una composición, que el Sr. D. Juan Me 



j maledicencia 



dicó con este epígrafe: «que ni la voz, ni la lira son ya ^ (4). San Juan de Aznalfarache, sitio muy pintoresco 
por mis años apropósito para la poesía». Nos abstenemos ^ á una legua de Sevilla, siempre admirado y celebrado por el 
de copiarla integra; porque habiéndose publicado entre \ Sr. Lista, y en el que se lisongeaba de haber escrito en dias 
las obras de aquel ingenio, es muy conocida de lodos los í de solaz algunas de sus mas notables composiciones, señala- 
amantes de las musas castellanas. Bastará reproducir al- i damente sus magníficas Odas nA la Amistad» y «.A la Ve- 
gunas estrofas, para recordar cuanto apreciaba el dulcísimo ^ getacion». 



m m u íimmL 




3 



inpreiUü y libreiia de su edilur, calle 
del Correo iiúm. 2: en la de Monier, 
medio de una libraiua 



Se halla de venia en Sevilla al precio de l'J rs. en 
de Olaviile núms. 4 y 5, frente á la de la Muela. 

En Madrid al precio de 20 rs. librería de la Publicidad 
Carrera de S. Gerónimo, y en la de Bailly Bailliei-e, calle del Principe. 

Kn los demás punios, en casa de los corresponsales de la empresa ó por 
sobre correos á la orden del editor, y se remi¡ rá al momenlo franco de porte. 

En'i«sa del mismo se hallan de venia las obras siyuicnles: 
ESCRICUE, Diccionario ra/.onado de .Jurispi luliiu ia y Li'jihlacion, 2 tomos: suplemento al mismo I 
tomo: Febrero novísimo por Goyeua 1 1 lomos: Patlicco código penal esplicado y comeniado 5 tomos: 
código penal, edicinn oficial \ tomo: Aranceles ó nueva ley de Aduanas, 1 tomo: Ortiz de Zúñiga, loáas 
sus obras de legislación: Villoslada clave del código penal y todas las obras pid)licadas por la biblioteca 
de Jurisprudencio y Legislación. Los 12 tomos de la Biblioteca de ALitores Españoles por Ariban, que 
contienen las publicaciones siguientes: 



Obras de Miguel de Cervantes Saavedra. 

Oblas de D. Nicolás y D. Leandro Fernandez de Moratin. 

Novelistas anteriores á Cervantes. 

Elegías de varoiii-s ilustres de Indias, por Juan de Castellanos. 
Comedias escogitias de Fr. Gabriel Tellez (el Maestro Tirso de 
Obras del V. P. M. Fr. Luis de Granada, tomo primero. 
Comedias de D.. Pedro Calderón de la Barca, tomo primero. 
Obras del Y. P. M. Fr. Luis de Granada, lomo segundo. 
Comedias de D. Pedro Calderón de la Barca, lomo segundo 
Romancero General, de D, Agustín Duran, tomo primero. 
Obras de Fr. Luis de Granada, lomo tercero y último. 
Comedias de D. Pedro Calderón de la Barca, lomo tercero. 



Moii 



GRAMATICAS y diccionarios españoles, italianos, ingleses y franceses, y variedad de obras de filo- 
sofía, legislación, economía política, de agricultura, del jardinero, viages, novelas, pintorescas y oirás 
muchas de instrucción y recreo. 



Una correspondencia activa con las principales casas de Madrid, Londres, Paris y Bruselas, permi- 
ten á este establecimiento atender en un corlo plazo cuantos encargos se. le hagan de libros, que no se 
encuenlren en Sevilla.