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Full text of "Cosas añejas: Tradiciones y episodios de Santo Domingo..."

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S^AL S^L.á2,\0ó 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 
CUBAN COLLECTION 




BOÜGHT FROM THE FUND 
POR A 

PROFESSORSHIP OF 

LATÍN AMERICAN HISTORY 

AND ECONOMICS 



FROM THE LIBRARY OF 

JOSÉ AUGUSTO ESCOTO 

OF MATANZAS. CUBA 










:^ 








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CÍiSAR MCOUS PÉNSOS. 



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rOX UN PROLOGO DE DOX MAXIEI. DE J. OiLVAX. 



IH^ÍSXJÍ-VCIO^Í 



C'S jruejoi^ec aj%is':as na^yionccs. 



ENTREGAS 1 y 2. 

PRECIO: 
15 ceiitaTos mejicanos. 



r»6— COMERCIO— 56 

1891. 



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COSAS ANEJAS. 



BIBLIOTECA QUISQUEYANA. 



COSAS ANEJAS 

TEA!I!C10HIS Y mmiU U S'AHTQ MM1I9 



CÉSAR NICOLÁS PÉNSON. 



ILUSTRACIOK DE 



LOS MEJORES ARTISTAS NACIONALES. 



1). TOMO PRIMERO ^ 



SANTO DOMINGO, 

IMPRENTA QUISQUEYA 

56-COMSBCIO-56 
1891. 






HARVARD COU'-r iiGflARY 

latín . Ai'^.t. AN 

P«0r':SSO.:-.:ii: r.iNO 

ESCOTO CCLLtCllOH 

KJHUASY6, 19191 

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Ei; PBOPIEDÁD, 



AL 

BELLO SEXd QtJISQUEYÁNO. 



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qAJL 

jONOZCO del librojiarracíoTies íntegras, lo que acaso sea poco 

»^para formar juicio sobre el mérito intrínseco de la obra. Y se 
me ha comprometido á escribir sobre ella nada menos que un pró- 
lo^o, que es, como si dijéramos, á predisponer el ánimo del lector 
con un juicio sintético de lo que son, 6 deben ser, las Tradiciones 
y Episodios de Santo Domingo, narrados por el estudioso y entusias- 
ta dominicano Don César Ntcolás Pénson^ que, aunque muy joven to- 
davía, hace anos que cultiva con cariño las letras^ y ha sabido con- 
quistarse mei*ecidos aplausos por sus esfuerzos generosos y honra-» 
dos, allí donde todo coticurre á elieí-var el ánimo, y á amortiguar ba- 
jo las nieblas de la indiferencia los mas benéficos y puros destellos 
de la vida intelectual. 

Y la verdad es que se escribe tanto, y tan á roso y velloso, en 
nuestros diaa, es tan cerrado el aluvión de impresos y libros de to- 
do género que vomitan las prensas de todos los países civilizados^ 
en la exigente necesidad de dar empleo incesante á Ja actividad de 
sus perfeccionamientos mecánicos, qtie no debemos extrañar el des- 
vío y el hastío, producto del cansancio 6 de la desconfianza, con 
que los lectores de esperiencia miran Comunmente la aparición de 
un nuevo libro. Ya apenas se oye hablar de bibliófilos, y los bi- 
bliómanos han desaparecido del todo, transformados en nihilistas 
del pensamiento escrito, si nó en huéspedes de los manicomios. 

Este cambio se esplicas la intemperancia en la lectura está su* 



11 PUOLOGOí 

jeta ñ Ifts niiifímns leyos que la intemperafícia vií el comer: hay gas- 
tralgia iiitelet-tuai C(nno hay ;;;astralgiíí ímicaí con fi-ecuentía lus doB 
está;) conjuiitamonfce en un mismo sujefcaí De aquí la jjerversion 
del íipetito, y la preferencia de alimentos raros, aunque nocivos, 
UiJÍ })ara la intelio-eufia como para el estómago. 

Nuestro siglo se (íara efe riza por una gran intetriperancia en 
todo: en el iliventar, en el in•l0^ar, en el revolver; y no digo eh el 
c-ennM-, poroue estas líneas tiatan (le ser un prologo, literarjo en la 
intención, y los que viven de la3 letras en todas partes, con raras 
escepciones, darian testimonio de su forzosa parsimonia; lo que no 
obsta para qut* en nuestro siglo se coma excesivamente* Pero loa 
que viven de Ida letras en su inmensa mayoría han sido intenlpe- 
rantes en el afán de crear, y de decir cosas nuevas y Originales, 6 
que lo parecen; y ayudados por los progresos de la. imprenta^ had 
fihrumado literalmente á la humaiiidad con innúmeras obras tras- 
Ccndentalcs^ reformistas y transformistas, cuya trascendencia ha du- 
rado lo que dura una seiisacion, 6 un capricho; un dia^ un mes, un 
áüo á lo sumo4 

Cierto que el gusto inspirador de esas obras efímeras ha tras- 
cendido á las costumbres y á las artesi Hasta el santuario de las 
ciencias ha penetrado con planta invasot-a el prurito de trillar sen- 
das desconocidas, especie de intemperar.cia d*»l espíritu de induc- 
ción. A todos nos agriada ser descubi'idores de mundos, como Cío- 
Ion, y dol)lar cabos tempestuorios, couio Vasco de Gama, sin sa- 
lir del gabinete de estudio, ó de la cátedra docente, y sin arrostrar 
otros peligros que loa de vei* caer en ^1 desden ó en el ridículo 
iíuestras estrcvf al arias invenciones. Felizmentc'j á nadie persigue la 
policía por creer en sí mismo y forjar disparatéSi Pero hay un 
grandísimo escollo pata estos apóstoles intemperantes del espíritu 
del siglo, y es la facilidad con que el mismo espíritu del siglo dis- 
tingue el oropel, del ofo fino: su vivacid/íd y su instinto investiga- 
dor lo obligan ¿ mirar con interés todo lo que sale á luz como 
producto del genio ó de la inteligencia del hombre; se logrará dtí^- 
íumbrarlo á veces y aun h«cerlo extraviar por momentos, dando 
algunos pasos precipitados en pos de un farol de forma rara, que 
he ofrezca al mundo con^o insigne manifestación dt? progreso; pero 
pronto se da cuenta déla verdad; que para eso es examinador, y 
analizador y razonador por excelencia: los noveleros siguen al fa- 
rol de papel ó al fuego fatuo hasta que se extingiie} pero al espíri- 
tu del siglo le basta un somero examen pr.rj. no sacrificar en arafe 
de ninguna falsa teoría la uííís insignificante verdad de las qutí 
iliaii nan con lúa iíicroadn O inmanente la condííncifl dé 1{* huf- 
Inanidád.* 



PBOLOGtíí m 

Y la estética es una de estas verdades etertiáSj inmortales. En 
Vano sobrevendrá el bizantisoio^ lá noche de los siglos liiédios para 
el sentimiento en todas sus manifestaciones, morales^ cientiBcas, 
artísticas. De la oscundbd y dé las minas surgirá un día, más ó 
menos pronto^ el feliaisimientd dtí todo lo que en sí tiene el ger- 
men y las condiciones vitales de botidad, verdad y belleza, trinidad 
que ha recibido el culto de los hombres superiores, donde quiera 
que ha existido una civilización constiénte. 

Me va llevando demasiado léjoS el asunto de este prólogo, al 
cual quiero aplicar las precedentes reflexiones. Es porque Pénson, 
buen hijo dé fc»ste siglo, se muestra apasionado de la originalidad, 
tras de la cuál torren, como en pos dé tiüéva Atalanta de pies lige- 
ros, muchos litertitos americano^ y eüfópeos en nuestros dias; pero 
tiene Pénson á la vez el bueil gustó dé buscar U originalidad para 
sus obras etí doiide éoñ seguridad puede hallarla, qiie es vivificau- 
do la inexhausta fuente de las tradiciones, episodios, cuentos y 
consejas de está bendita tierra que Dios nos di(5 por cuna, y que, 
rica en peripecias y desdichas, ofrece, como pocos países, abun- 
dante caudal de sucesos verdaderos^ que han exaltado la fan- 
tasía popular^ siempre iiiclihádá á ornamentar con pintorescas exa- 
geraciones y mentiras de gt*uesó calibre^ los hechos históricos de 
suyo interesantes y en mas de uri punto sorprendentes. 

Debo declarar francamente qué tuahdo sé trata de enseñar^ 
prefiero la verdad por dürá y mortificante qué sea, á la ficción en- 
galanada y lisonjera* Si escribimos historia^ debemos ser veraces, 
y no vestirlos hechos al antojo de nuesti*a prOpiá fantasía, 6 guián- 
donos por narraciones improbables é inverosíhiiles. Si en Palo 
Hincado, verbi-^gratia, vencieron nuestros abuelos, ayudados por 
dos regimientos de Puerto Rico, h. los seiscienioé soldados france- 
ses de Ferraiidj no se extravíe él patriotismo hasta pi^égonar que 
aquellos mal armados calupesinos, bajo el mando de nuestro Don 
Juan Sánchez fiámirez, vencieron á campo raso y por s) solos á 
cinco mil veteranos dé Napoleón {*)* Esto es simplemente falso, 
y el patriotismo, virtud santa y excelsa, jamás debe nutrirse de 
cosa tan baja y fea como es lá mentira^ 

Pero í)on César escribe tradicioíieeí y episodios nacionales; y 
habrá c[Ué estudiar su valot* litérarid eil las galas de su estilo, en 
lasdescripcionesj en lo castizo del lenguaje^ Por lo demás, hay 
que prepararse a leer cosas estupendas j uo sé si hablará del mi-^ 



[l] ITastá qué Doú José O. García publicó sri rera¿ ConipendUf hi$tó'» 
i'icOj torría válida tamaña exageración; 



lastro de hs ccMQrej't'tMj qrie, con el escarceo de sns pataa ea I» 
liojara*» sec* de Najavo^ al decir de la venerable tradición^ pa- 
aieron en fb^a al ejército inglés de Veruiblei»: cuando lo cierto es 
que Venables se estrelló en la bravura de Ioí* capitanes Torra t 
Cas»tiílOy con la» milicias domímcana.^: t, si tnvo que ver con Icm 
«an^rejoft de Najajo^ sería para C!>mér9elos como baen iao^íés ca- 
da vez que sn cocinero se los jruísAnu Pero la tra4líc:on no se tle- 
tíene ante el absanío, j cómplice machas vec^s de la envitil;i, p^r 
negar las can-ias reales de las cosas^ magnifica pequeneces; á la ma- 
fiera que Don Quijote veía convertirse en cabezas de gibantes ios 
pellejos de vino: todo lo arregla del mol» que mas satisface a la 
imaopnaeíaB íngenna del vulgo, j al fin del caento, siempre se casa 
el príncipe con la princesa. 

Por eso mismo la tradición, qne es la mas descosida, la mas 
Superficial, la mas extravagante de las formas literarias ereaiias ó 
aceptadas en cada pueblo, sobrevive v reaparece, siempre reno- 
vada y siempre fresca, en ledas partes, como porción integrante 
de la literatura de cada pais, qne en su edad adulta la guarda 
con ínteres y cariño, porqne es grata reminiscencia de sn infancia, 
y busca en ella asuntos que, como los romances del Cid, 6 las le- 
yendas del Khín, ó las sagas escandinavas, dan materia á los gran- 
des inspirados para cautivar la admiración de los hombres con el 
encanto de sus creaciones inmortales^ 

De todos los libros que han salido á luz en este siglo con 
pretensiones de originalidad revolucionaria, ninguno tan nuevo, 
tan original y revolucionario como el qne Gcethe escribió tomando 
por asunto la vieja leyenda de Fausto. 

Toda resurrección consuela y agrada al e»pfritn del pobre 
mortal. Después de haberse proscrito en nuestro siglo los asun- 
tos sagrados qne divinizaron el pincel de Eafael y el de Mnrillo; 
después de proclamado el imperio del materialismo en el arte, 
creándose la escuela naturalista, que ha repleto los museos de car- 
nazas y de orgías, ¿qnién hubiera pensado qne Munckazi conquis- 
tara el primer puesto de gran pintor en nuestros dias, pintando al 
Cribto, ni qne el mayor precio que ha alcanzado una obra de ar- 
te, en estos tiempos de prosaico descreimiento, lo obtuviera un cua- 
dro de asnnto religioso, el Ángelus de Milletf 

La dvilizacion moderna tiene veleidades, y hace sn bagaje de 
todo lo bueno, como de todo lo malo; pero aunque tantas veces \\\\ 
renegado del cristianismo, como cosa vi<*ja, se líi ve de continuo 
volver al Cristo, de donde procede, y sin el cual experiiMenta \i\ 
tertiginosa sensación (!el vacio# 



PROLOGO* V 

Tal vez esa sea la verdadera causa del misterioso placer con 
que oimos hablar de las preocupaciones y de las supersticiones de 
nuestros abuelos. La falta de creencias propias nos hace estimar 
las creencias, y aun la ciega credulidad de las generaciones pasa- 
das, como signo de una fé cuya ausencia sentimos, por cuya pose- 
sión acaso suspiramos secretamente. De aquí que la tradición en- 
cante, y atraiga el interés de toda persona que no tenga el cora- 
zón empedernido. 

Esta es la clase de estética que debe buscar el lector en el li- 
bro de Don César N. Pénson: su mérito literario, según dejamos 
dicho, lo hallará el crítico en el esmerado pulimento del lenguaje, 
que denota desde luego un amigo de las musas, enamorado de los 
primorea del materno idioma. Pénson sueña con una literatura 
nacional dominicana, pero procura contribuir á su creación por bue- 
nos medios; esto es, no sacrificando á formas novísimas y extrava- 
gantes las únicas formas posibles del habla castellana, con la ab- 
surda pretensión de crear una literatura original; hipo de que ya, 
gracias al Cielo, se han curado todos los buenos escritores y poetas 
de la América latina independiente, desde que pasó la moda de 
buscar los éxitos literarios tomando por tema el odio ¿ España. 
La reacción, que se acentúa en contrario sentido, no puede menos 
de favorecer el feliz desenvolvimiento de la literatura hispano- 
americana. 

Que así inspirado, lleve Don César á buen término su simpá- 
tica labor; y de las caseras, supersticiosas y triviales tradiciones de 
nuestras abuelas, logre hacer un libro interesante, en cuyo criterio 
se refleje el criterio de los buenos pensadores de nuestros dias, 
exento de exageraciones sectarias, como de los partidarismos é 
ideas sistemáticas que suelen afear la moderna crítica; y de ese mo- 
do, ganando con justicia el puesto honroso que le deseo en la re- 
pública de las letras, habrá merecido bien de cuantos saben apre- 
ciar las saludables manifestaciones del ingenio humano. 

Santo Domingo, Noviembre de 1890 
Manuel deJ. Calvan. 








JQ es afán inmoderado de ser autor lo qno nos mue^e Iioi A 
idar al juicio público, eu forma de libro, una serie de los cu- 
)rioso8 apuntjBS que por afici<5p laudable y por amor á las co- 
sas de la Patria hemos venido reuniendo con vario objeto desde ha- 
ce algunos años! las tradiciones y los episodios que hemos arre- 
glado bajo la denominación de Cos^s Añejas. 

Corren de boca en boca las tradiciones, y todos pueden oir- 
ías referir; pero desfiguradas luego por la fantasía popular, y de 
ahi las mil versiones scfbre cada una, que hemos tratado de anno- 
nisar, poniendo en claro la que resultaba mha verosímil; y aun 
así, nunca habrán de quedar completas! estas leyendas por falta de 
datos y documentos* 

preciso es distinguir entre tradiciones y episodios, si bien pue- 
den confundirse en una misma denominación, segün ha hecho en el 
Perú e} diligente tradicior.ista Sr^. Ricardo Palmo» Tradición, 
pues, llamo á la que, aun siendo suceso particular y de que pocos 
tengan quizá noticia, está revestido por el tiempo, ó en fuerza de 
BU propia importancia, de cierto prestigioso encanto de que care- 
cen otros sucesos particulares, modernos . sobre todo; y episodio ü 
éstos últimos, por ser recvjerdos personales de actores o testigos 
de vista, que acaso no iperpcerán conservarse en la memoria de 
las gentes como las tradiciones propiamenjie dichas; aunque unos 
j otros SOI) fugaces remini.spencias que (íop el tiempo en su ma- 
jor parte podrían 6 desfigurarse grandemente <J perderse sin reme- 
{lio, á no darles humilde hospedaje en estas mal compuestas pagináis. 



IX 

La fatiga que ha ocasionado el rebuscamiento acucioso de 
noticias sobre cada narración, sólo es comparable al deseo de ofre- 
cer á la pública curiosidad el conjunto de las tradiciones naciona- 
les á la par de ciertos episodios notables del mejor modo posible. Me- 
diante la adquisición de nuevos datos, se tratará de perfeccionar- 
los, y será obra meritoria de quien allegue datos para hacerlo. 

Tienen las cosas pasadas, acaso por mirarse á la distancia, un 
especial encanto con que se complace el espírtu reflexivo; y una 
vez oídas, ya no se quisiera que dejasen de formar parte de la ínti- 
ma vida del sentimiento. Con ssto queda dicho el principal motivo 
de esta colección. 

01 ro motivo, y para nosotros, el más poderoso y decisivo, es 
que las letras nacionales claman ya por caudal propio, y hemos de 
procurárselo á retazos, mal zurcidos y todo, como son estas mues- 
tras, pero en que pongamos algo y aun algos de nuestra existencia 
é íntimo ser, con el colorido, el sabor y la fisonomía que nos sean 
característicos. Entendemos que así hai que ir disponiendo los ma- 
teriales para nuestra particular Iteratura; que no porque encauce 
en la que es común á los pueblos de habla española, dejará jamás 
de tener en el nuesliro ni en ningún otro ese fondo de originalidad 
propia que hace su literatura antes que todo y eminentemente na- 
cional. 

Sirva pues esta obra de ensayo á uu alto propósito, para aco- 
metido, no hai duda, por singularísimos ingenios, nunca por quien, 
como nosotros, está siempre en la sombra, aunque sintiendo, pen- 
sando y queriendo con demasiado empeño y aguijado por un dolo^ 
roso optimismo. 

A formar este libro han contribuido ya de un modo, ya de 
otro, los que en su memoria conservaban muchos de esos hechos, ó 
bien los han buscado solícitamente y arrancado del olvido en que 
yacían, por lo cual se les debe gratitud: á nosotros nos ha tocado 
en suerte recojerlos y darles forma, aunque modesta, para que con- 
tinúen viviendo más gratamente en las historias populares. 

En nada se ha alterado la verdad en que descansan tradiciones 
y episodios, aunque no podemos responder de la certeza de algunos 
de estos últimos, que damos como se nos han dado, y al romancear- 
los, han debido crearse situaciones indispensables para la armonía 
del conjunto.. En cuanto á nuestro procedimiento, ha consistido y 
consistirá en lo que dice de Daud«t su hermano Ernesto: ^'En no 
escribir sino lo que ha visto, en no contar sino lo que ha sucedido, 
en tomarlo todo del natural, fábula, descripciones y personajes.'' 



No pido indulgencia; pues siempre deseo que se me juzgue con 
inflexible y sana criticf»; sino advierto que la presente colección, 
aunque ha sido retocada en parte, lo ha sido de prisa y con el em- 
peño exclusivo de completar las narraciones que la constituyen y de 
atender al más insignificante pormenor; por lo que pueden abundar 
en ella los errores y descuidos, sobre todo en la forma. 

Agradezco el concurso eficaz de la persona a quien se debe en 
gran parte la publicación de este trabajo, y el mui valioso del Sr. 
í). José Gabriel García, historiógrafo nacional, deD. Manuel de Je- 
sús Galván y de D. Carlos Nouel, como asimismo el inmerecido fa- 
vor qne se ha dispensado á mi primera obra literaria, lo que ha de 
servir de estímulo para disponer otras esencialmente nacionales; y 
cuento con que se acojan las Cosas Añejas como lo que son, mo- 
desta ofrenda á las letras patrias. 



mjívitoi 

Santo Domingo, enero de 1891# 



DMMA HORRENDO 

6 

LA MANCHA BE SANGRE. 

Xvsuii#ioix. 




DRAMA HORRENDO- 




^AJO el arco de la histórica puerta del Conde, hoi del 

?27 de Febrero j pasaba en espléndido día de primavera, 
una de aquellas pesadas y macizas volantas, especie de ca- 
rromato, elevado, de dos ruedas y sin muelles, tiradas por 
briosa muía, que en aquella época llamaban, como á todo 
carruaje, según queda dicho, y rodaba con rumor sordo por 
el enlodado camino de Güibia ó San Gerónimo. 

El coche iba bien cubierto, y el personaje que condu- 
cía no iba menos recatado de las indiscretas miradas. 

Paróse en la rustica entrada de una de las quintas que 
de lado y lado del camino se extienden hasta más de dos 
leguas en dirección. del celebrado Haina. 



4 COSAS AÑEJASv 



Cuatro palos y cosíeando la liude exterior filas de eri- 
zadas mayas (1) eran puerta y cerca de tales posesiones; 
y de la puerta á la entonces rarísima casa de madera á la 
europea ó norte-americana, ó al bohío, que era lo común, 
partía una alameda de altísimos y jorobados cocos, que des- 
figuraban la perspectiva saliendo acá un codo retorcido, 
allá el tronco recto y sesgado hacia arriba disparado con- 
tra el follaje de los de en frente. 

Ese rumor de flecos de palma, chirridos de chicha- 
rras, modulaciones y gritos de aves, olor de hrios y piñales 
en formación delante de la casa, junto con el fresquecillo dé 
la mañana, formaban un ambiente que huele á vida y á poe- 
sía meridional, y es el propio de nuestras estancias. (2) 

Por la alameda echó la volanta, que al pasar con difi- 
cultad bajo el marco de leños en estado natural, por poco 
no lo derriba y fué á parar de un tirón á la casaquinta 
de forma indiana. 

Se apeó el auriga, no el señor, y fué allá con una al 
parecer orden terminante; porque á poco salió una joven 
agraciada á la puerta vizca del bohío, y tras ella la familia 
habitante de la estancia, en traje aligerado todos, y la jo- 
ven suelto el rubio cabello que el aire sutil y suavísimo de 
las selvas antillanas impregnado de su acre perfume hacía 
flotar con galano error. 

— Papal dijo alegremente la joven. 

El personaje sacó la cabeza por un segundo, y casi 
gruñó un **buenos días, hija", "salve, señores", que fué 
contestado de expresivo modo por toda^^aquella gente, que a- 
caso eran parientes suyos ó amigos, y no rustica y campesi- 
na, como pudiera parecerlo. 

— Qué es eso? Viene Ud. ya por la niña, Don N, se atre- 
vió á decir uno de ellos. 

— Si tal, Paquita, ya e? tiempo, contestó secamente el 
mantuano. (3) 

Movimiento y arreglo de líos y maletas adentro; y de 
allí á poco la interesante joven, de frente limpia y ojos bri- 
llantes con reflejos de inocencia, pisaba el casquijo de la 



DRAMA HORRENDO. 5 

entrada de la habitación. En seguida, dichos los adioses 
efusivos, la pesada volanta arrancó penosamente dé donde 
había echado raíces, y desandando el corto trayecto, repasó 
el arco del baluarte inmortal, tomó calle Separación aba- 
jo, deteniéndose en la de Las Damas ó de Colón (4), ante 
una casa solariega de antaño, tan azotada como todas por el 
salvajismo haitiano, con aspecto señorial y de las que por 
ahí respalda al río. 

La joven subió la escalera y se entró á su alcoba. 

Veámosla de más cerca. 

Un tinte de melancolía bañaba sus facciones delica- 
das, cierta pesadez moral empezó á abatir aquel espíritu, 
bien como al acercarse la noche, va doblándose sobre sí 
misma el tallo de una flor gallarda. Sin saber por qué es- 
taba agitada y sin saber por qué fué ^ arrodillarse delante 
de una imagen que estaba en su reclinatorio, asaz empol- 
vado por la ausencia de meses de la dueña. 

La pobre joven estaba en cinta. 

Crujió entonces el maderamen de la escalera, y figura 
sombría de Comendador ó de rei Hamlet atravesó la sala á 
grandes pasos, volvió sobre ellos, la midió muchas veces, 
miró con tristeza á su hija reclinada en el mueble y con la 
frente entre las manos como presa de un cruel presenti- 
miento, y avanzó fieramente hasta la puerta. 
— Hija, dijo turbada la voz. 

Volvióse ésta con ojos espantados, y aún mayor es- 
panto debió de infundirle la faz contraída y surcada de 
tempestades de su padre. 

— Sabe, hija, y no te apenes, continuó si'i dejar sus pa- 
seos que 

El seno de la pobre niña se alzó hirviendo en angus- 
tias, como al pié del patio de la casa violentas olas hincha- 
ban las aguas del Ozama y las del mar, que reventaba en 
los vecinos peñascos del Homenaje y de la costa que ciñe 
la ciudad por el Sur. (5) 

— Pues aquel malvado. . .tu seductor ha huido, 

embarcándose ayer, concluyó entre rugidos el mantuano. 



6 COSAS ANEJAS. 

La joven miró al cielo, brotaron lágrimas reprimidas 
de sus ojos, y volvió á bajar la cabeza. 
— Sea como Dios quiera, murmuró. 
— ¡Como Dios quiera?-- .gruñó el personaje con un tono 
y un gesto de espantosa rabia. Si, hija, continuó; ya no hai 
remedio: pero lo que te suplico es que no te abatas ¡por 
quien soi! 

I miró a su hija de un modo firme. 

La joven dio un suspiro. 

El mantuano apretó los puños, sin moverse de su si- 
tio y continuó: 

— Ese miserable se ha burlado de ti; está bien: la justi- 
cia algún día se encargará de arreglarle las cuentas yo 

haré lo que me competa. Solamente espero que seas fuer- 
te, y me ayudes á eucubrir nuestra honra 

No pudo continuar. Un rugido parecido a un sollo- 
zo rodó por su garganta, y se alejó. 

Una como atmósfera de sangre y de horror se exten- 
dió sobre aquellos lugares. 

La joven se dominó, trató de serenarse, y quiso ser 
más fuerte que su desgracia, como le había insinuado su 
' padre, pues harto lo conocía. 

II. 

En la calle que parte de una capillita, la de Los Re- 
medios, y va á terminar, pasando por el antiguo edificio que 
ocupó el Hospital militar, antes morada particular, hoi Ca- 
sa de Salud, al nuevo mercado '*XXVII de Febrero", si- 
tio en donde se alzaba aquel sólido arsenal abovedado y de 
estrecha cúpula conocido por El Polvorín, hacia el extre- 
mo Oeste y distante tres cuadras de este último punto, se 
levanta majestuosamente el templo de Nuestra Señora de 
Las Mercedes, con su altísima torre cuadrángulas Esta 
iglesia es de las más vistosas y sólidas, y como casi todas, 
no pertenece á ningún orden: es uno de los bellos edificios 
de la Ciudad Antigua. 

Corría el año de- 1823 ó 24. 

Noche oscurísima envolvía aquellas siempre desiertas 



DRAMA HORRENDO. 7 

calles^ que la imaginación popular poblaba de errantes áni- 
mas en pena y de malhechores. 

El silencio de la media era, con todos esos medrosos 
atavíos, profundo, solemne, pavoroso. 

Quien por acaso despertaba entonces a esas horas, ó 
á la primera del siguiente día, la una, creía escuchar ayes y 
ver luces fosfóricas y misteriosas rebrillar por debajo de 
las puertas ó reflejarse en las paredes; con lo que sepulta- 
ba la cabeza en las sábanas y almohadas transido de inevi- 
table pavor. Era necesario tener pelo en pecho ó estar 
mui bien confesado para no temblar á tal hora, trancado á 
piedra y lodo, ó aventurarse por esas calles con esgrima 
de cinco cuartas y capa. 

Frente al templo dicho, vivía en una pobre casa de 
vetusto aspecto, como son todavía las más de la villa, una 
mujer del pueblo, comadrona, con títulos profesionales y 
condecorada, la cual era conocida bajo el nombre de Seña 
Petronila la partera. (6) Esta señora y las de su oficio eran 
los únicos seres que compartían con los guapos el privile- 
gio de desafiar las tinieblas, los muertos y los fantasmas 
de las históricas calles, obligadas por su profesión. 

Y aunque acostumbrados ella, su familia y convecinos 
á las llamadas tiocturnas, esto no obstante, no oían golpes 
á esa puerta sin que temblasen de espanto los pacíficos 
moradores; porque antes que seres vivientes por precisión 
y lógica consecuencia antojábanseles los señores difuntos 
que á manadas se holgaban por esas calles y á montones de- 
bían salir del vecino templo, por supuesto con sudarios 
y otros arreos mortuorios ¡y eso quién osaba ponerlo en 
duda! y aun nada tenía de extraño que fuera el mismísimo 
Perro patojo (7) en persona provisto de una medianilla can- 
tidad de azufre. Por ende, el miedo era insuperable oí- 
do que fuera el menor ruido del otro lado de la puerta de 
la calle. 

Aconteció que una noche, entre doce y una, fuertes 
golpes resonaron en el barrio, que aplicaba á la puerta de 
Ñá Petronila una mano de hierro, tan vigorosa era, y pare* 



8 COSAS AÑEJAS. 

ce que aquel cuya era la tal mano tenía prisa, porque los 
golpes menudeaban. 

Espanto, chillidos, temblor de mandíbulas, rezos "en- 
trecortados, de todo eso habría en las moradas de los dig- 
nos ciudadanos á semejante estruendosa llamada, que no 
era la de costumbre. 

La Seña Petronila se levantó apresuradamente, no sin 
los recelos de siempre, y entre desnuda y vestida, sin en- 
cender luz, se acercó á la puerta con precaución, porque 
ella también había temido que la llamda proviniese de fa- 
lanjes y falanjetas despojadas de carne, eñ fin, que no fue- 
se cosa de este mundo, según las creencias de entonces, y 
asi, en vez de preguntar ''¿Quién vá?" dijo, como luego se 
solía en casos espeluznantes para tales conjuros, con voz de 
sochantre semi-solemne: 

— Si eres alma en pena, conjuróte 

— jQué alma de Cristo! refunfuñó una voz bronca. Abra 
usted, Ná Petronila: que la vengo á solicitar para una se- 
ñora. 

La comadrona respiró, y vestida ya, y abrigada en una 
manta negra mui ancha de grandes flecos, y de aquella se- 
da magnífica que no ha vuelto á aparecer por acá, abrió y 
se puso á disposición del desconocido que venia en busca 
de los auxilios de su ciencia y de su arte. 

Mujer al fin. Seña Petronila trató de ver con quién se 
las había, y escudriñó á su hombre. 

Pero el hombre estaba perfectamente embozado, y só- 
lo pudo distinguir á la vacilante luz de las estrellas, que 
tenía la tez blanca y era cerrado de barbas. Única señal 
que ha quedado del horrendo drama de esa noche. 

— Vamos, murmuró el desconocido echando á andar, 
mientras la comadrona acababa de cerrar su puerta. 

Y reunión dosele ést&, el desconocido se colocó á su la- 
do con cierta obsequiosa cortesanía que se veía era hábito 
en él, y empezaron á atravesar las densas sombras de la no- 
che, tropezando con los guijarros y pedruzcos de las incul- 
tas calles nuestras. 



DRAMA HORRENIX)i ' 9 

Tomaron por la de Regina derecho, y embocaron por 
la estrechísima plazuela del templo de ose nombre, con- 
vertida al presente en pequeño y bonito parque merced á 
los cuidados del finado Pbro. Don Francisco Xavier Bilhni, 
y que está á la derecha saliendo de él. 

En el fondo de la plazuela y pegado a los estribos y 
parte posterior de la esbelta capilla, corre paralelo á las ta- 
pias del ex-convento del mismo nombre, un angcísto y tor- 
tuoso callejón que ni siquiera estaba enteramente poblado 
como ahora; sino con <los ó tres ranchos que hacían frente 
á las tapias del aludido patio. 

La hora, el embozado personaje, el templo que entre 
la espesa sombra destacaba su mole confusa, envuelta en 
los miedos con que aquellos tiempos circundaban las igle- 
sias y los lugares sombríos ó ruinosos, la estrecha plazue- 
la que sólo mide algunos pasos de largo y ancho, semejan- 
te al vestíbulo de un sepulcro cuadrado y el torvo callejón, 
largo, negro, horrible en que parecían fulgurar luces si- 
niestras y oírse crujidos de dientes, al monótono chirrido 
de las sonoras elictras de los grillos y al cruzar de las opa- 
cas animitas [8] ó sean luciérnagas; todo contribuía á infun- 
dir un temor espantoso en cualquier bien templado espíritu. 

Seíiá Petronila avanzó con resolución no acostumbra- 
da en ella, hasta la misma entrada de la plazuela; pero una 
vez allí comenzó a extrañar el que se la llevase por aque- 
llos sitios casi deshabitados y su valor concluyó por de- 
caer súbitamente, flaqueáronle las piernas, y luchando con- 
tra la rectitud de la disciplina que le imponía el deber de 
la profesión, al fin no pudo mas, y se detuvo. 

Estaban casi entre los estribos de la puerta lateral de 
la iglesia. 

— Pero, dijo tímidamente á su misterioso acompañante 
¿por estos lugares, señor? 

— ¿Y qué? replicó a media voz el guía ^tiene Ud. mie- 
do? No tenga cuidado, señora: se pagará bien; adelante. 

Dio la Seña Petronila unos cuantos pasos más, pero 
el negrísimo callejón le hizo una guiñada tal, que la pobre 
se negó resueltamente á continuar. 



10 COSAS AÑEJAS. 

— Hola! señora ¿pero qué demonios tiene üd? exclamó 
impaciente el desconocido. 

Seña Petronila meneó desoladamente la cabeza. 
— No doi un paso más, murmuró con desaliento. 

Entre aquellas dos personas y á la entrada, del calle- 
jón tenebroso se entabló una verdadera lucha, en la que 
tenía que sucumbir el más débil. 

— ¡Que no da Ud. un paso más? recalcó enfixdado el des- 
conocido. ¡Vive Dios! señora, que ha de ir Ud. á donde 
la conduzco, quiera ó no quiera. 

A tales palabras, el desconocido puso á un lado toda 
cortesanía, y se plantó, temblándole la espesa barba delan- 
te de la consternada Seña Petronila, como disponiéndose 
á hacer uso de cualquier violento argumento para conven- 
cerla de que debía decidirse á navegar por aquel callHJón y 
por el enmarañado y espeso bosque lleno de alimañas y 
duendes que detrás de él quedaba sobre la misma ribera 
del mar. 

— Pero señor se atrevió á implorar la comadrona 

dando diente con diente, no tanlo por temor á los fantas- 
mas, sino por inspirarle ya suma desconfianza el desco- 
nocido. 
" — Nada! gruñó éste: ó sigue Ud, ó 

Y díjolo con tal apretura de mandíbulas y con ademán 
de buscar un arma debajo de la capa, que Seña Petronila, 
sola, á media noche, en aquellos abandonados parajes, no 
tuvo más remedio que encomendarse á todos los santos del 
cielo, y echar adelante, como quien camina al patíbulo, 
por aquel maldito callejón que helaba la, sangre de cual- 
quier Tenorio. 

Además, por vía de precaución, el desconocido, advir- 
tiéndole á la buena mujer que iba á vendarla para que ig- 
norase á donde se la conducía, lo hizo así, echando tm n^i- 
do bien apretado, sin que la paciente protestase. 

Estaba pues á merced de aquel diablo. 

Horrible era, efectivamente, el aspecto de semejantes 
lugares. 



* DRAMA HORRENDO. 11 

Pasados los dos ó trefe ranchos que daban frente á las 
tapias de la iglesia, el terreno que seguía estaba cubierto 
de raquítica y enmarañada vegetación que se abría en dos 
dejando un estrecho paso, lo que es hoi el callejón, hasta 
concluir frente á una casa de manipostería que se ve en su 
fondo; y al remate de dicho callejón pasaba por delante 
de la casa de mamposteria un camino que formaba con él 
una perpendicular, extendiéndose de Oeste a Este; es de- 
cir, como bajando del vetusto Cuartel de Milicias que está 
sobre la misma orilla del mar y yendo á concluir por la 
vecindad de La Fuerza y Santa Clara, A la derecha, vi- 
niendo del Poniente, y edificados sobre las escarpadas ro- 
cas de la abrupta ribera, quedaban los fuertes de San Gil, 
Santa Gatalinay San José, donde hoi se levanta la farola, y 
San Fernando, Desde el Matadero, que queda un pouo 
más acá de San Gil, parte la extensa linea de almenas ba- 
jas conocidas por Los Guatiportes, que son dos baterías, de 
San Carlos y San Fernando, las cuales llegan hasta el fuer- 
te de Santa Catalina. Dichas baterías forman dos ángulos, 
recto el uno cuyo vértice mira al mar, y el otro lo mismo, 
sólo que es entrante, y haciendo frente á éstos, uno obtu- 
so entrante también. 

Entre el camino que había que 'seguir y el mar, ó 
sea, la cadena de baluartes y almenas que. defienden esa 
parte, el terreno estaba cubierto de guayabales, guanába- 
nos, cardos, bruscales, cadillos, piñones, tunales (cactus), en- 
tretejidos por enredaderas de cundeamor (9), que formaban 
grutas bajas para albergue de insectos y lagartos, lo que 
completaba la selva en miniatura, raquítica y revuelta que 
cubría toda aquella extensa zona que ocupan hoi las calles 
de La Misericordia y San Pedro. (10) 

D^ este lado, igual ornamentación. 

El camino se hundía entre aquellas plantas mezquinas 
y rastreras. 

Preciso es completar, para cualquier lector semi-ro- 
mántico, la descripción de estos sitios, que aun de día 
eran huraños y desagradables, con la escasa luz de las 
estrellas. 



12 COSAS aSejas. 

En toda tiqucUa área de terreno no liabb más edifi- 
cios que el sólido Cuartel de Milicias^ extenso cuadrado de 
muros gruesisimos, como hechos á prueba de bala, que da- 
ta de la antigua Espaíia (la colonial), y dos de raampos- 
tería construidos para casasquin¡:iis ó de recreo, en aque- 
llas soled ides amorosamente acariciadas por el ru^jido del 
mar y refrescadas por sus calidas brisas. Una es la que 
sirve de fondo al callejón, ya mencionada, y la otra, la co- 
lindante, habitaciones levantadas por familias pudientes 
para pasar temporadas, seducidas por lo fresco é higiéni- 
co de esos sitios. Mas moradas no existían por allí que 
tres ó cuatro bohíos ó ranchones aislados provistos de ex- 
tensos patios. 

Avanzaron Sena Petronila y su misterioso acompañan- 
te hasta el extremo del callejón, y entrando en el camino 
de travesía^ siguieron en dirección de la desembocadura 
del Ozama, dejando atrás los fuertes de San José y Santa Ca- 
talina: así se internaron poco después por una trilla practica- 
da éntrela maleza y llegaron' al pié del baluarte de San 
Fernando, Esta fortaleza, que es la primera, comenzan- 
do por el Este, de esa linea de ya inútiles fortificaciones, 
está, á diferencia de las demás, ceñida por el lado que mi- 
ra á la ciudad, de altas almenas. 

El mar roncaba lúgubremente eutre las negras rocas 
de la alta ribera, y de vez en cuando bufaba y silvaba el 
agua al escaparse acompañada de viento, por debajo de 
las grietas abiertas en algunas planas má^ próximas. Sal- 
taba en vaporosas nubes la espuma á cada recia acometida 
del oleaje, y caía luego sobre la dura grama (11) de la ri- 
bera y por sobre los fuertes una como lluvia finísima. 

El temor de la pobre Ná Petronila redoblaba. ¿A 
dónde se la conducía? (12) 

Pasado este ultimo fuerte, y costeando el parapeto que 
lo une al extremo del costado de la histórica Fuerza por 
el lado del septentrión, desembocaron ahí mismo en la ca- 
lle de las Damas ó Colón á cuyo largo se extiende por es- 
pacio de tres cuadras, aquel sólido edificio que tiene cu-- 



DRAMA HORRENDO 13 

bierto el respaldo (hoi fachada principal^ d« ventanas con 
rejas. 

Así llegaron al fin, conduciendo el desconocido á la 
comadrona, á la casa indicada en la ])riniera parte. 

En ese momento, un hombre, embozado taml)icn, a- 
somó en la entrada del zaguán con una linterna en la ma- 
no. Parecía ser de inferior condición al desconocido, y 
hombre de su confianza. 

Guió delante. 

El desconocido, que no era otro que el mantuano de 
marras, empezó á subir la escaiera, diciendo á la espanta- 
da Seña Petronila: 

— Aquí es: suba Ud. señora. Y le ofreció nuevamente 
una mano aristocrática para encaminarla. 

Na Petronila se santiguó, no sin murmurar para su co- 
leto ó para su manta: 

— Este hombre debe de ser el mismito Belzebú. 

Atravesó, guiada de la mano, corredores y pasadizos 
y llegó a un patio que se comunicaba con la casa por una 
puerta pequeña, patio que caía al Camino de ronda [13], ó 
era el mismo camino de ronda, comunicación que pocas 
casas tenían. 

Desde allí se dominaba el río, á tiro de pistola de su 
desembocadura, y del mismo modo se descubría el sesgo cur- 
so del Ozama que doblaba el ángulo rocalloso más próxi- 
mo de la opuesta margen y los manglares de ésta; asi co- 
mo los dos fuertes que desde aquel sitio corren hasta cer- 
ca de la puerta de San Diego, las naves en el puerto, la 
ceiba añosa y el astillero. 

Una ráfaga de aire frío dio en el rostro á la comadro- 
na, que le causó mala impresión, al mismo tiempo que una 
mano le arrancaba la venda. 

Miró á todos lados, y la profunda oscuridad, aquella 
altura, el monte en frente, el río culebreando y rebrillando 
en lo hondo, le hicieron darse cuenta de su situación. 

Allí, á la luz de las estrellas, vio rígidos y sombríos dos 
hombres, y cerca de ella á su parturiente: era una mujer 
completamente embozada. 



14 COSAS AÑEJAS. 

— ^Ahí tiene Ud. á esa señora, díjole el desconocido con 
tono seco é imperiosa voz: cumpla Ud. con su deber. 

I con su a latere se retiró al rincón más oscuro, ha- 
ciendo que éste pusiese su linterna á disposición de la par- 
tera. 

Seña Petronila creía que soñaba. 

Aquella sucesión de excenas violentas, los sitios agres- 
tes y solitarios que habían atravesado, el lugar aquel ce- 
rrado á la espalda por los altos paredones déla casa, las ceñu- 
das y negras rocas cubiertas de ondulante vegetación, y los a- 
bismos que se abrian bajo el parapeto del dicho pasadizo, 
en frente la masa confusa de árboles y rocas de la orilla de- 
recha, el todo envuelto en la lobreguez de la noche: las 
ráfagas que zumbaban por sobre los frentes y tejados de la 
casa, entre sus ángulos y estribos y por sus ventanas abier- 
tas, los grillos que chirriaban entre las yerbas del declive 
empinado y profundo sobre el rio, debajo éste, que sonaba 
blandamente al abrazar las olas amargas de la embocadura 
las arenas, y más allá el mar sordo y rugiente; el* mismo 
cielo que empezaba á encapotarse y la pesada atmósfera; 
todo iba apoderándose de los sentidos de la atribulada co- 
madrona, y sentía pesada la cabeza, torpes las frias manos, 
y correr en ritmo apresurado su sangre- que abandonaba 
las extremidades. 

Ni siquiera osó preguntar el porque de la elección de 
tal sitio, y hasta temió no fuera ella misma esa noche á ser 
pasto de los peces. 

Una nube pasó por su vista. 

¿Que significaba aquello? ¿A qué bueno el misterio 
de que se rodeaba á esa mujer embozada, y quiénes eran 
aquellos hombres mudos, rígidos y amenazadores? 

¿Qué iba á suceder allí? 

Y después pensaba con esa reserva y ese convenci- 
miento egoísta de todo ser sociable, qué clase de respon- 
sabilidad seria la suya, caso qué el pastel llegara á descu- 
brirse? Por ultimo, ése otro ¿era un simple criado ó 
servidor, instrumento pasivo ó cómplice del que la habia 
arrastrado hasta aquel sitio? 



—j,^..^ '^j-' 



DRAMA HORRENDO 15 

Pero en fin, séase lo que se fuere, la triste necesidad 
de cumplir con su deber acalló sus recelos. 

El mismo temor que ni articular palabra le permitía, 
hizo á la comadrona desempeñar su oficio con destreza 
y habilidad. 

Pasado un buen rato, durante el cual fúnebre silencio 
envolvía á los extraños actores de tan singular excena, que- 
dó cumplido el delicado y penoso encargo, y tan feliz a- 
Inimbramiento dio ánimo á la pobre Seña Petronila, que 
creyó con esta muestra de su incontestable habilidad, ha- 
cerse propicio al temible y para ella desconocido personaje. 

Pero ¡horror! 

Toma la criaturita, que. lloraba débilmente, y la en- 
trega sonriendo á aquel hombre, esperando que esto fuese 

de su agrado, y ¡la pluma se resiste á relatarlo! el 

monstruo arrebata al recién-nacido por los pies, y antes que 
nadie se dé cuenta de su acción, sin proferir una sílaba, 
sin mirarle, hácele girar sobre su cabeza y lo arroja al río. 

Eldiiño exhaló en el aire al caer un gemido, y las olas 
se abrieron con estruendo, tornando á cerrarse sobre la lí- 
quida tumba del inocente. 

¡Dios! Píntese excena igual! Pónganse de repen- 
te á la vista en noche de horrible insomnio los horrores 
del Circo romano, los ojos llameantes de las fieras, sus zar- 
pas agudas hendiendo el pecho y escarbando furiosas las 
entrañas, la sangre saltando en chorros como de surtidores 
de una fuente, y cayendo hirvientes en la arena, la muer- 
te pálida y fría corriendo amarillos velos sobre las gracias 
juveniles de los mártires cristianos. . . .y no será tan es- 
pantablemente horrible como ese monstruo lanzando al 
seno de las aguas tenebrosas á una criatura que, salida 
apenas del maternal, espera los acariciadores brazos, el 
beso delirante del amor de los amores, la ablución de lá- 
grimas regocijadas de la madre que le dio vida ! 

Y esa madre, no tuvo ni una protesta, ni un grito, ni 
una voz, ni una súplica para su hijo asesinado á su vista y 
que le acababa de rasgar las entrañas. 



16 COSAS AÑEJAS. 

A dejarse llevar por la indignación, cualquiera excla- 
maría: ¡Hiena! La naturaleza inventó para ti inútilmente 
los dolores de la mateniidad, que preparan á la inefable 

IVuición del amor de madre! 

¿No es de presumir que la infeliz joven estuviese bajo 
la presión del indómito carácter de aquel hombre, y de ahí 
su resignación inconcebible, ó imbécil conformidad? Aca- 
so le comunicó á ella el crimen que meditaba y la obligó 
á consumarlo; y pasivamente tendría que sujetarse alo que 
quisiera su padre. ¡Como que se trataba de casos de hon- 
ra, de negra honrrilla, de míseros respetos humanos! O tal 
vez sería su cómplice infame. 

Todo es suponer en estos relatos. 

Sin embargo de lo dicho, la naturaleza se resiste; aun- 
que ha habido madres capaces de ahogar con sus propias 
manos y enterrar á sus hijos recien-nacidos. Si el padre 
había cumplido fríamente su propósito de encubrir la des- 
gracia de su hija con hecho tan insólito, y ella se vio com- 
pelida á secandarle, ¿cómo no consintió esa macare morir 
antes que su hijo ó junto con él á manos de su airada for- 
tuna? ¿Cómo tuvo límites tanta resignación imposible de 
concebir? Una madre en tales extremos muere con su 
honra y su hijo en un punto; pero no ve en silencio pere- 
cer al inocente. 

La pobre comadrona se sintió desfallecer, y un aro de 
hierro oprimió sus sienes: creyó volverse loca la infeliz. 

Ella sola era persona humana en medio á aquella ca- 
terva de demonios. 

Apretóse la frente entre las manos, y giró como ebria 
sobre sí misma poseída de todo el horror de la salvaje trage- 
dia. Quiso gritar, trató de huir 

• El hombre sacó del gabán un largo bolsón de dinero 
que dejó en las manos de la Seña Petronila, quien no sa- 
bia lo que le pasaba. 

— Oiga Ud, buena mujer, le dijo en voz baja, sombría y 
amenazadora, mirándola con ojos feroces en que brilla- 
ban los reflejos de infierno de su inicuo espíritu, cuida- 



DEAMA HORRENDO. 17 

do con revelar uada de lo que ha visto. Yo la alcanzaré 
donde quiera que Ud. se meta, y ¡ai de Ud. entonces!. -^. . 
Vaya Ud. con Dios! 

Dijo, y conduciendo, ó más bien, cargando en peso 
á la tapada, se perdió en la oscuridad del interior de la ca- 
sa, no sin antes hacer una seña de inteligencia al servidor, 
quien vendió de nuevo á la comadrona. 

Todo esto pasó en n>enos tiempo del en que se cuenta. 

Acto continuo, el servidor arrebató á Seña Petronila, 
y la condujo por los corredores y escaleras. 

¿Porqué no lo haría siguiendo el Camino de ronda pa- 
ra salir por detrás de La Capilla á la misma calle de Mer- 
cedes? Acaso temía que viniese una ronda en ese momen- 
to y los atrapase, ó algún indiscreto, que es lo más seguro, 
estuviese por alli, viese de donde salía la partera y hus- 
mease el busilis. 

Al llegar á la puerta, lo que advirtió Ñá Petronila por 
el frío relente de la noche, una idea luminosa atravesó el 
caos de ífts tristes y espantosas que se revolvían en su ca- 
beza calenturienta, al sentirse húmeda aun la mano déla 
sangre proviniente de la operación practicada. 

Hizo como que tropezaba y tanteó la maciza hojn de 
caoba del portal, finjiendo apoyarse en ella, é imprimió 
allí con fuerza su mano. 

La mancha de sangre quedó allí fija, como marca in- 
fame que la honradez estampaba en la casa maldita. 

El sabueso que la acompañaba le hizo dar vueltas y 
más vueltas en esa calle, y por fin la puso en camino, sin 
abandonarla durante un krgo trecho; quitándole entonces 
la venda. 

La pobre Ñá Petronila fuese dando tumbos como ebria 
por esas calles, guiada por el instinto, y cuando llegó á 
6u casa, cayó al abrir la puerta cuan larga era, como si un 
superior aliento la hubiese sostenido hasta entonces sobre 
sus pies, y el oro que le habían dado se esparramó por la 
estancia, haciéndola estremecer el para ella lúgubre soni- 
do que despedía. 



18 COSAS ANEJAS. 

El horror de la espantable exccna parábasele delante, 
la. ensordecía y trastornaba su mente. 

Seña Petronila no durmió esa noche. 

Pesaba sobre su espíritu la sombra de tan increíble 
crimen, y estaba resuelta á denunciarlo, sin hacer caso de 
amenazas. 

Las del misterio continuaron envolviendo el drama de 
la calle de Las Damas. 

Al siguiente día mui temprano, Seña Petronila, sin de- 
cir palabra á nadie, se puso en march?, anhelosa por descu- 
brir en dónde se ocultaba tan horrendo suceso. 

Tejió la ciudad toda en un momento, y yendo por la 
misma calle, distinguió confusamente á lo lejos una man- 
cha extraña que marcaba los cinco dedos de una mano. 

Era la mancha de sangre. 

Experimentó un escalofrío agudo, y se acercó, quedán- 
dose parada delante de la cerrada puerta, transida de pavor. 

La puerta estaba denunciando el crimen. Y asombro 
imposible de describir paralizó los movimientos de su 
corazón. 

¡Aquel mantuano había sido el autor de tamaña ini- 
quidad! 

Cabizbaja y triste volvió a su casa. 

A nadie reveló el secreto, ni menos denunció el cri- 
men como se proponía. 

• Mas cobró tal temor a las tinieblas, que no volvió a 
salir de noche, s-ino cuando la iba á solicitar gente de ella 
conocida, y esto previa inspección, lanza en mano, que ha- 
cía un su deudo anciano con quien desde entonces se acom- 
pañaba, y también dicen que un gendarme [recuérdese que 
era época haitiana] la escoltaba, y el cual había de llevar 
un farol para alumbrar el camino. 



Febrero de 1889. 



BAJO CABELLO 

6 

UN BASGO AUDAZ. 



^ i^ c^ i^lCi i^js v^ «^ bí ^ bs i^ ti í^ ti i^fci V 



BAJO CABEUO. 




Iba el año de gracia de 1844, época en que hervía lá 

^guerra contra Haití, y estaba de plácemes el patrio- 
tismo por gustar de peleas, que eran siempre triunfos, y 
humillaciones para el intruso invasor de ultra-fronteras. 

Finalizaba el mes de diciembre. 

Las revueltas olas del ancho y obstruido puerto de la 
ciudad que se asienta á las faldas de Isabel de Torres, 
sonaban por sobre la arena de la playa, ó ya era el ruido 
del oleaje el que se oía estrellándose contra las negras ro- 
cas de la punta peñascosa de barlovento en que estriba la 
sombría fortaleza y prisión de ^*San Felipe " 



22 COSAS AÑEJAS. 

En J?u rada, veíase un bergantín-goleta de más que 
mediano porte y de vetusto aspecto y harto mal trecho que, 
á juzgar por el largo gallardete tricolor que ondeaba arro- 
gantemente en uno de sus encorvados masteleros, la vieja 
y raída bandera de cruz y cuarteles en la cangreja de po- 
pa, durmiendo con indolencia entre sus pliegues, la boca 
de sus carroñadas de babor y estribor que asomaban ceñu- 
damente por las portas, y una larga y pesada coliza tendida 
perezosamente sobre el puente, envuelta en su abrigo de 
lona curtida y que apenas dejaba ver la convexidad de su 
lomo por sobre la obra muerta, se venía en cuenta de que 
aquel era un buque de guerra nacional que formaba parte 
de la flota organizada con tanto primor por el Almirante 
Cambiaso. 

Manteníase á la vista del puerto, bordeando á veces, 
y en expectativa de los acontecimientos del Cibao que que- 
ría proclamar al grande y noble Duarte Presidente de la 
República, por efecto de los trabajos revolucionarios del 
procer Ramón Mella. La flota había estado allí por lo que 
pudiera suceder, y en su ausencia, el bergantín hnbía per- 
manecido vigilando. 

Pero llegó un día en que se levantó al acbo sobre las ri- 
zadas ondas del puerto, viró lentamente y puso no sin cier- 
ta gallardía la proa al Norte. 

A par que las órdenes se multiplicaban, los ágiles ma- 
rineros trepaban á las jarcias á soltar velas, crujía el ancla 
con pausado son y un ligerisimo terral iba impeliendo la 

nave. 

Llamábase el bergantín El San José, recue:^do de la 
batalla del Id de marzo y de Amia y San José, la primera li- 
brada y ganada al invasor con soldados improvisados, y que 
es como se ve, una trinidad de apelativos, sin duda por que 
, fuese más gloriosa. (1) 

Montaba dos cañones por banda y una coliza, con o- 
chenta y cinco hombres de dotación por aquellos días, pues 
nuestras tripulaciones no eran fijas sino las que las circuns- 
tancias requerían; y en cuanto á los jefes y oficiales eran 



BAJO CABELLO. 23- 

una heterogeneidad de nacionalidades reunidos bajp el uni- 
forme y el pabellón de la última recién creada. 

El Comandante era portugués y tenia por nombre Ka- 
mSn González, diciéndosele el Portugués: hombre como de 
cuarenta años, moreno y además requemado por el sol, de 
regular estatura, y que usaba, bigote^. 

El segundo Comandante se llamaba Cayetano Bárba- 
ro, italiano; rechoncho, bajetón, poblado el rostro de bar- 
bas. El oficial que seguía se llamaba José Echavarría (a) 
El Encantador, vizcaíno; de regular estatura, rechoncho, 
que unas veces usaba barbas y otras bigotes (2), y por no 
nombrar otros, el jefe deinfimtería de marina Matías O- 
sorio. 

Vestían el uniforme que usaban los oficiales superio- 
res de marina, consistente en casaca con cuello, vueltas y 
vivos azules, áncora bordada de hilo de oro en el cuello, las 
faldillas y en la pala de la charretera, botón de áncora do- 
rado y calzón blanco. 

Después de varios días de navegación lenta y enfadosa, 
llegó la noche del 24 de diciembre. 

Noche de diciembre, y fría, aunque hermosa, como 
que á las doce debí¿£ cantar el gallo de pascuas; lo que quie- 
re decir que era noche buena. 

Clarísima luna tendía sus suaves rnyos sobre las cres- 
tas blancas de las olas azuladas y aun tibias con el sol de 
los trópicos. 

Calma, esa calma llena de rumores extraños de la Na- 
turaleza cerca de la media noche, calma meditativa, dire- 
mos, ni siquiera dejaba á la brisa cálida del mar holgaza- 
near silvando entre las vergas viejísimas del carcomido 
navio. 

Era la hora en que había ruido y algazara en las ciu- 
dades en donde se preparaban para la fiesta tradicional ex- 
pansiva de esa noche de universal regocijo y francachela, 
fiesta de hogares, y habíala también ¿y por qué no! á bor- 
do de El San José. 

Cuatro pasajeros hacían la travesía hasta la Capital; y 



COSAS AÑEJAS 

: : ' ndante, su oficialidad y tripulación no que- 

! /. »8 que nadie, preparábanse á celebrar digna- 

1 I . • ' le buena, tan dignamente como era de espe- 

r^;^v. «oUio %A puente de un navio de la República y de 

tan dignos comensales. 

Con decir que el Comandante era portugués, el otro 
italiano y el otro natural de Vizcaya, ya se supondrá si re- 
solvería tan latina gente celebrar la noche buena con re- 
solución heroica. 

Los preparativos del zafarrancho de combate para se- 
mejante empresa habían principiado á bordo desde muí 
temprano. Grandes postas de carne del Norte, con adita- 
mento de patatas con profusión, galletas, arroz, queso, y 
los criollos y sacramentales pastelitos de harina y cati- 
bia (3) que se oían armoniosamente chirriar en lagos de 
manteca, estaban pasando por las manos de grumetes y co- 
cineros, para ser remojado todo con mucho aguardiente; 
sin que por eso faltaran los vinos generosos que mal podían 
faltar donde estuviesen reunidos un portugués, un español 
y un hijo de los Alpes. 

El tambor, repicado incesantemente, no dejaba al fin 
y al cabo de ser música grata, á falta de otra mejor, para 
aquellos hombres; mientras que en larga mesa, cubierta de 
tosco y grueso mantel de lino, iban tomando puesto los man- 
jares, la añeja ginebra, el Oporto, el Burdeos, el Pedro Ji- 
ménez, el Jerez de la Frontera, y otros añejos licores. 

Con la sosegada marcha del buque, parece que aumen- 
taba la alegría de sus tripulantes y también el apetito, es- 
timulado por las copas que comenzaban á paladearse en ca- 
lidad de preludio de la opípara cena; sin acordarse para na- 
da, atentos sólo á meterse de hoz y de coz, como decía 
Cervantes, en su orgía de Navidad, de los dos elementos 
de destrucción que tenían delante: el mar, á que no basta- 
rían las viejas tablas del bergantín, que comenzó á hacer 
agua desde la salida del puerto, tanto que se veía cómo en- 
traba en la sentina y había que estar mudando guardias en 
las bombas, y las velas haitianas para las que sobraban ca- 
ñones y valor. 



BAJO CABELLO. 25 

¡Asi es el hombre! 

Con luna hermosísima, con prematura borrachera de 
franca alegría, mediante la cual se las prometían felices 
los que tripulaban El San José^ no esperaban más que 
una noche buena rumbosa. Ni era parte a que se mez- 
clase ninguna importuna pena á tanta satisfacción, el mo- 
nótono ruido de las bombas extrayendo el agua que caía lú- 
gubremente al mar. 

Un centinela á proa vigilaba el horizonte, y á su pesa- 
do paso quebraba la luna sus rayos sobre la bayoneta de su 
carabina. 

El bergantín, como si un nuevo hálito de vida hubiese 
corrido por su vieja arboladura, parecía animarse á influjo 
del regocijo de los tripulantes. 

El tambor seguía tocando alegremente, agotado ya el 
repertorio de sus dianas melancólicas. 

La mesa estaba llamando: destapábanse las botellas, 
alineábanse banquetas; el Comandante invitaba con su e- 
jemplo á sentarse y esgrimir tenedores; y los convidados 
se relamían de gusto, habiendo ya quien empezara á atacar, 
como en más felices noches buenas pasadas al calor del 
hogar, los olorosos incitantes pastelitos; cuando un grito vi- 
goroso, estridente, alarmante, pero firme y varonil, como 
salido al fin de pecho que el deber anima, hirió los oídos, 
suspendió el aliento de todos, y heló de espanto á no pocos. 

El centinela había lanzado aquel grito: 
—¡Tierra á proa! ^ 

¿Pero quién podía entender bien en aquel momento 
esa voz de alarma? 

Todo el mundo creyó que cuando menos una flota hai- 
tiana estaba á 'a vista. 

Instantáneamente los artilleros corrieron á las piezas 
y brillaron las mechas de azufre, y los oficiales acudieron 
á ocupar sus puestos de combate. 

— ¡Tierra á babor! gritó otra vez el centinela. 
— ¡Tierra á estribor! volvió á gritar, como si no le diese 
tregua aquello que parecía una visión del infierno, ó un en- 
canto de Circe. 



2G COSA» AÑEJAS 

Aquellos tres destemplados gritos fueron coronados 
por otros más terribles aiíii salidos de todos los pechos 
consternados: 



'¡Bajo Cabello! ¡Bajo Cabello! 



Semejante exclamación hizo el efecto de un ^'¡sálvese 
el que pueda!'* 

Decir Bajo Cabello era decir el Maelstrom. 

La confusión fué espantosa. 

En un instante brillaron cien puñales y pistolas en las 
manos de oficiales, soldados, marineros y pasajeros, dis- 
puestos á disputar los botes y con ellos la vida; porque co- 
mo en un naufragio inminente ó como en un incendio a 
bordo, la salvación parecía imposible. 

El brutal pero consiguiente instinto de conservación, 
iba á convertir el antes alegre y tranquilo puente de JEl San 
José en un teatro de trágicas luchas 

Pero ¿qué era aquello? 

El mar seguía en calma, la luna rielaba más clara que 
nunca. Ah! es ^jue al frente, alrededor, á popa, por todas 
partes, hervía el oleaje sobre las pérfidas rompientes, á 
veinte ó treinta varas unas de. otras, y parecían querer aso- 
mar sus negras cabezas á flor de agua horribles escolios, 
semejantes por el terror que inspiraban á los peñascos de 
la isla en que la encantadora Circe tenía encadenados á in- 
cautos navegantes atraídos allí con su magia y por ella con- 
vertidos en fieras montaraces. 

En efecto, descuidado el buque, había entrado en a- 
quel laberinto de arrecifes en que las olas irritadas estre- 
llan las embarcaciones, y dé donde no se tenía noticia que 
hubiese escapado nave alguna. El terror debió por con- 
signiente ser á bordo de El San José mui parecido al que 
experimenta el marino arrastrado lentamente á segura muer- 
te por el remolino hirviente del vórtice tremendo de las is- 
las de Loffoden en las costas de Noruega. 

Una voz de mando enérgica y amenazadora dominó la 
confusión y el espanto que reinaban sobre cubierta. 

Silencio de muerte siiíuió. 



BAJO CABELLO. 27 

» 

Los ánimos se sintieron avasallados por la energía de 
aquella voz. 

Era la del Comandante del bergantín, quien, por un 
rasgo audaz poco comiin acudió a conjurar ])rimero la tem- 
pestad humana próxima á desatarse en olas de sangre, pa- 
ra después, si se podía, conjurar las sirtes. 

Trepó ágilmente por el palo de trinquete hasta la co- 
fa, y apuntó dos pistolas sobre las cabezas agitadas por la 
fiebre del miedo y del delirio que ondulaban sobre el puen- 
te, más amenazadoras que los escollos mismos, aferradas 
las manos á las bordas con la crispación de la agonía. 
— ¡Quieto todo el mundo! gritó el audaz Comandante, ó 

abro la cabeza de un tiro al primero que se mueva! 

La voz que caia de lo alto, como del cielo, contuvo é 
intimidó á todos. 

-r-¡Yo respondo del buque! gritó do nuevo. Muchachos, 
á la maniobra! ¡Firme al timón! seguía mandando desde 

la cofa: ¡orza! ¡derriba! ¡orza! ¡derriba! . . 

Esto diez, veinte veces repetido por la enérgica voz de 
mando, vibraba en los atribulados espíritus como un cla- 
rín de guerra que alentase su valor, y quizás también si 
como el eco de la trompeta del juicio final, que al último 
¡derriba! sería para ir derecho á abrirse el inseguro navio 
sobre la roca más próxima. 

El buque, metido literalmente en un tejido de amena- 
zantes rocas y combatido por las olas, haciendo más agua, 
mucha más que de ordinario, amenazaba con dejar en aquel 
lugar sus tablas á la primera caricia de los escollos. 
La muerte estaba allí divagando, muda y fría. • 
¿Quién podía arrebatar ya su presa á las sirtes? 
Y mientras tanto, la luna iluminaba tranquilamente las 
aguas que espumeaban sobre los arrecifes, y tranquilo, sua- 
ve y perfumado terral bañaba los rostros fríos de angustia 
y sudorosos como con las ultimas ansias de la agonía. 

• Mas como si algo estuviese emj)eñado en an'ancar a- 
quellas tablas ))odridas á la común suerte de cuanta embar- 
cación había sido arrojada allí por las corrientes impetuo- 



28 COSAS AÑEJAS. 

sas que corren por esas costas, nn chubasco de adentro (co- 
mo dicen nuestros marinos para significar que viene de tie- 
rra), se desato en ese instante, lo cual favorecía la atrevida 
maniobra que se estaba ejecutando. 

El bergantín, vigorosamente impulsado y dirigido por 
serenidad de héroe, obedecía á su pesar, como si le plu- 
giese acabar allí de una vez, y hasta las sirtes parecían 
respetar la indomable fuerza de voluntad del que les 
arrancaba tan fácil presa. 

Destejiendo pues rocas, esquivando unas, enderezan- 
do recto sobre otras y ladeándolas rápidamente en aque- 
lla incesante maniobra de orza y derriba, salió El San José 
de aqael devoradero ileso, gracias en primer lugar á la cla- 
ridad de la luna, sin la cual la ruina era inevitable, y lue- 
go á la firmeza del Comandante; aunque las bombas se a- 
gitaban vivamente y arrojaban furiosas gruesos chorros de 
agua por el mal estado de las tablas bajo la línea de flo- 
tación. 

Un grito de alegría resonó sobre cubierta 
— ¡Nos hemos salvado! ¡Viva la Virgen! (4) 

Volvió á renacer la calma, tornó la confianza, pero na- 
die pensó ya en comer. 

La noche buena había terminado, sin comenzar, har- 
to tristemente para los antes alegres tripulantes del navio 
de la República El San José. 

Hai cierta complacencia en considerar el peligro de 
que se ha librado bien; y así fué que, al intenso brillo de 
la luna, gracias al cual, según ya dijimos, logró salir por un 
prodigio sano y salvo el buque del temible Bajo Cabello^ 
pudieron sus tripulantes mirar á su sabor aquel sitio, tum- 
ba de tantos ^navegadores. 

¿Cómo habían sido arrojados allí tan sin sentirlo? Por la 
fuerza extraordinaria de las corrientes que hai al Sur de 
nuestra Antilla y Puerto Rico, y que toman mayor impulso 
al doblar á Cabo Engaño. Así es que una embarcación que 
venga del Norte por ejemplo, como El San José, tiene que 
bajar hasta el Desecheo, llamado por algunos geógrafos Zo- 



BAJO CABELLiO. 29 

queOj islote próximo á Puerto Rico, y derribar en direccióu 
de Cabo Engaño (5) que no en balde llevará tal nombre, 
con ía precaución necesaria para no ser arrastrado por las 
corrientes é ir á dar derecho «obre los arrecifes del bajío 
temible; todo lo cual, á la verdad, semeja en pequeño el 
Maehtromy aunque parezca atrevida comparación, hasta 
por la circunstancia de que ningún buque, ó rarísimo, al 
decir de las gentes, como El San José, ha escapado da a- 
quel peligro. Tal es la razón porque no hai en la isla cos- 
tas más de temer que las vecinas á la Saona y las de ésta 
misma. (6) 

Al dia siguiente (estaba escrito que no habían de go- 
zar de un momento de reposo, ni en día de fiesta clásico, 
los tripulantes de JEl San José)j pescóse á bordo una her- 
mosísima picúa (7), con cuyas tiernas carnes pensaban 
resarcirse de la malograda cena de la pasada noche mala. 

Pero el diablo tenía dispuestas las cosas á su modo. 

Vio el pescado un pasajero prudente y notó que vertía 
demasiada sangre al cortársele la cabeza. 

— ¡Verá Ud! decía á éste alegremente el Comandante 
y frotándose las manos, qué opípara comida vamos á tener 
hoi! 

— Unh! respondió el prudente pasajero torciendo el ges- 
to y meneando la cabeza, ese pez está malo, hará daño. 
Yo no cato de él. 
— ¡Qué, hombre! 

— ¿Qué? picúa que echa tanta sangre, no puede menos 
que estar aciguatada. ( 8) 

Arreglóse admirablemente el pescado, y sentáronse á 
comerlo con tanto mayor gusto cuanto grande había sido el 
desagrado de la noche pasada. 

Todos, menos el precavido pasajero que pronosticara 
él daño que el pescado haría, sufrieron las consecuencias 
de su imprudencia. Yacían tendidos aquí y allá, queján- 
dose del malestar que experimentaban, 

Y omítese lo demás, como aquello de disputarse cier- 
to puesto y tener que arrojarse fuera de la borda agarrados 



30 COl<AS AÑEJAS. 

á los obenques ó á un caritativo cabo que mantenía sujeto 
algún pacienzudo marinero. 

No faltó tampoco alguna broma pesada que viniera á 
dar al traste con la salud de uii miedoso. 

Conocido por algunos oficiales que uno de los pasaje- 
ros -.S, no era hombre de pelo en pecho, hicieron co- 
rrer la voz de que un aburrido había colocado por maligno 
-gusto un paquete pe fósforos, de aquellos fósforos que eran 
todo azufre, en la mismísima santabárbara que estaba 
repleta de municiones. Como el miedoso pasajero dormía 
junto con los demás en la cámara sobre la dicha santabár- 
bara, se espantó de un modo tal que, refujiado en proa y 
trémulo como un azogado, decía á otro: 

— Compañero, volamos, volamos sin remedio. .Si ya me 
da el olor á pólvora! .. Los fósforos deben estar encendién- 
dose . . ¿No sientes? 

Y de resultas, cayó enfermo el pobre hombre con fuer- 
tes calenturas. 

Por fin, avistóse la Cuidad Antigua y, tras de tantos 
malos días y peores noches, no faltaron más sustos á los 
desventurados viajeros. 

Hacía el condenado San José agua á más andar, y el 
entusiasmo repentino del Comandante por poco da con sus 
huesos en el fondo á vista del puerto. 

Notáronse muchas señales de gran movimiento y al- 
gazara en la ciudad, cosa que extrañó á todos, sin saber 
á qué atenerse, y temiendo un percance, dados los vuelcos 
y caprichos de una antojadiza señora que diz que política 
llaman unos pueblos en infiíncia política del Nuevo Mundo, 
y que nos trae a mal traer va ya para medio siglo. 

— ¿Qué diablos ocurre en la Capital? preguntaí'on al 
práctico que acababa de subir á bordo. 

-^Que hai fiestas por la proclamación del General San- 
tana, respondió indiferentemente el curtido práctico, cual 
si se le diese un comino de todo lo que no fuese cosas de 
mar. 

El entusiasmo del lusitano Comandante no reconoció 
límites. 



BAJO CABELLO. 31 

— ¡Ctirtuchos sobre cubierta! ordenó coii voz estentórea. 

lomediatamente los servidores de las piezas pusieron 
éstas en batería, los oficiales del arma desenvainaron sus sa- 
bles, mientras los grumetes arrojaban de mano en mano 
desde la santabárbara una nube de garbusos. (9) 

Las cuatro carroñadas enviaron al espacio alternativas 
andanadas, y la colisa asomó por sobre la borda su largo 
cuello y aulló alegremente en obsequio de la proclamación 
del Napoleón Dominicano, como llegó á llamarse á Santana. 

El pobre San José se estremecía como hombre ataca- 
do de un paroxismo, bajo el Ibrmidable retemblido de sus 
cinco cañones; y a cada detonación, esperaban los tripulan- 
tes ver abrirse aquellas mal seguras tablas y bajar el buque 
con el peso de su artillería y armamentos al profundo 
abismo. 

Caro hubiera podido costar á los viajeros el entusias- 
mo del Comandante, á fuer de buen parcial, cerrado é in- 
transigente, de aquel caudillo. 

Entró pues el buque en la rada disparando andanadas 
sobre andanadas, y el ultimo cañonazo más acá de la embo- 
cadura del rio, fbndeamlo á eso de las diez y media de la 
mañana en medio de él. 

No bien habia caído el ancla, llegó un ayudante del 
Presidente de la República al muelle. 

— Que ningiín pasajero desembarque, dijo. Es la orden 
que traigo. 

Miráronse asombrados ios cuatro que allí venían con 
el temor consiguiente de haber incurrido en el enojo del 
Supremo, 

Serían las tres de la tarde, cuando los consternados 
viajeros vieron aparecer por la escultural puerta de San 
Diego, uno de los recuerdos históricos que dejó D. Diego, 
el primogénito de Colón, al mi>;mo oficial ayudante, irre- 
prochablemente uniformado, mui tieso y contoneándose, co- 
mo todo el que gasto de remirarse: llamábase el capitán 
Polito. 

Hizo bnjar á los cuatro pasajeros, y condiíjolos por la 



32 C06ÁS AÍEJAg. 

euefta de San Diego hasta la eztmsa plaza de la Catedral 
ó de Armas, al palacio de Gobierno ea ella situado. Llegaron 
por la escalera principal hasta la reducida antesala y sentá- 
ronse allí en on escaño qne había, á esperar que se digna- 
sen echarlos en una mazmorra, víctimas al fin propiciato- 
rias de la ^'política^ banderiza y despótica de entonces. 

Tres de ellos desfilaron para la negra y cuadrada Bíis- 
UOa oue se levanta á orillas del mar, sobre la embocadura 
del no, y es el celebérrimo torreón del Homenaje, entre 
un destacamento que había venido á buscarles. 

Este fué pues el viaje de aventuras del bergantín de 
guerra JEl San José^ que á pesar de su mal estado, conti- 
nuó haciendo útiles servicios. 



Noviembre de 1888 




BARRIGA YERDE. 




BAKIÜGA VERDE. 



^^^ fines del siglo pasado, vagaba por las calles de esta 
^>^^ histórica y *'mui noble" ciudad de Santo Domingo, 
un pobre mucliacho que parecía ser peninsular, sin parade- 
ro fijo y sin alma cristiana que por él fuese. 

No se sabía cuándo ni cómo ni de dónde liabia arribado 
á estas hospitalarias playas. Solamente se aseguraba que 
había sido robado en España y traído aquí, no se sabe por 
qué motivos, en algún buque de los que por rareza se apa- 
recían por estos puertos. 



36 C08AS AÑEJAS. 

t 

Su edad dicen que no pasaría de cinco ó seis añop, 
aunque acaso llegaría á diez. El inclemente clima de la 
isla había hecho fácil presa en el abandonado nifio; y las 
fuertes calenturas qu€ le consumían, relajando su organis- 
mo, le liabian proporcionado protuberante vientre y moii:al 
color a su fisonomía. 

Y, ó porque estaba cubierto con camisa hecha girones 
que dejaban ver sus venas azuladas verdeando sobre el 
blanquísimo cutis de su vientre, según opiniones, ó, lo que 
es más corriente, porque vestía un viejo y raído chaleco de 
paño verde; el caso es que los ociosos muchachos de la 
época, con su habitual malignidad de gamins, bautizaron á 
su indiano colega con el ridiculo y expresivo mote de Ba- 
rriga Verde y con el calificativo de barriga de tamhorí (1), 
nombres por los cuales era generalmente conocido. (2) 

Un día, un pacífico habitante de la Ciudad Antigua, 
hombre de color, y de los que para entonces llevaban hol- 
gada vida aun estando en concepto de pobre, pero de los 
sanos y piadosos ejemplos de hombría de bien tradicional 
que en esos tiempos no escaseaban, trabajaba activa- 
mente en su taller de zapatería en que se hacían aquellas 
chanclas de cordobán que usaban ricos y pobres como el 
mejor calzado, los últimos singularmente. Otros dicen que 
era sastre. 

Junto al taller, tenía un tenducho ó pulpería, y hai 
quien diga que era hombre acomodado. Moraba por el hoi 
llamado callejón de la Esperanza, en una de esas casitas te- 
rreras vetustas que aun forman la mayor parte del caserío 
de la Capital, y que se ve todavía pasadas dos casas de una 
esquina, en la calle del Comercio, á la entrada del dicho 
callejón y á mano izquierda» 

ün día, decimos, en que estaba entregado á sus ordi- 
narios quehaceres el artesano, su mujer, que había salido 
por casualidad á la puerta de la calle, entró mui compun- 
gida y llena de esa caritativa conmiseración que inspiraba 
el prójimo en tiempos en que el prójimo era aún persona 
humana. 



BARRIGA VERDK. 37 

Entró pues la buena mujer, y suspendieudo el viejo 
su ruda tarea, oyó que ésta le decía: 

— Ai! taita PolancOj que así le denominaban, y como 
llamaban entonces á padres y abuelos, mira que ahí, en la 
calzada, está un pobre muchacho blanco, enfermito, enfer- 
mito ¡el pobre! Está tiritando de calentura. 

Era el dicho habitante del temperamento que aquí so- 
mos todos, es decir, generoso y hospitalario á carta cabal 
Así fué que dejando sus herramientas, se llegó al mucha- 
cho compasivamente, y reconociéndole, movióle con suavi- 
dad y le dijo: 

— Eh, Barriga Verde ¿qué tienes, estás malo? 

El niño apenas respondió con un débil gemido, y con- 
tinuó temblando de frío. 

— ¡Pobre muchacho !# murmuró el taita Polanco. 

Y ayudado de su mujer, tomó por debajo de los bra- 
zos al abandonado muchacho y lo entraron en su morada, 
en que ya le había hecho preparar en un aposento cómoda 
cama con una estera de juncos y pieles. 

Allí se rebujó en una vieja frazada el chicuelo dando 
diente con diente. 

— ¡Pobre muchacho! repetía el honrado taita Polanco á 
quien hacia coro en su compasiva exclamación toda su digna 
familia, mientras mandaba disponer ciertas pócimas caseras 
con que se proponía medicinar á su protegido. 

Y tal fué la virtud de las pócimas, y tales los cuidados 
que con el pobre chico se tuvieron en aquella humilde y 
bendita casa, que en breve Barriga Verde se restableció, y 
se quedó á vivir bajo tan hospitalario techo; prodigando 
su afecto á toda la familia y apellidando papá al buen 
hombre. 

Dicen que la señora se encariñó con él y que des- 
de el primer momento, mandó hacerle á una vecina de 
unas poyeras suyas, un sayón como de muerto, cuenta 
uno de los que refieren esta verídica historia, á fin de tro- 
carle por el pronto al chico sus harapos y callejero traje, 
por algo más decente. Laváronle y peináronle esmerada- 



38 COSAS ANKJAS. 

mente, y como que tenía perdiíía la cabeza de piojos, y en 
vano habían {)r()bado a meter el peine eii lo que fueron gue- 
dejas de rubio cabello, optn el honrado taita Polaueo por 
üev.ii'lí' .í :-i hurbería <le en f» ;.'nte en la cual le rasuraron. 

LnA;;o satisficieron su hambre con buenas comidas de 
aíjiiellits sa!)n)í!as dp la é})oc:i, rf^mojadas con suculento cho- 
colatín y .'^"Piri'->re Cic lo ii'^rrn. 

Ei\i, c] iiirn), u] df'v\v i\c ^!:ios deudos sobrevivientes 
del honrado menestral, lo que se llama un botón de rosa: 
mui ])lafico, sonrosado, de ojos azules, pelo rubio, nariz perfi- 
lada, cara redonda, y lleno de carnes. Parecía inteligente- 

Razón de más eran tales prendas para acrecentar el 
afecto de la flimilia y singularmente del digno viejo hacíala 
abandonada criatura. 

¿Quién era csia? 

Ni él contó nada dé su vida, porque ni siquiera sabía 
cómo lo habían traído de í^spaíia ni qué tierra era ésta ni 
menos p3rsona alguna podía dar informes de él. 

La familia le rodeaba de atenciones y cuidados, tra- 
tándole como á uii príncipe. 

El viejo taita Polanco se hacía acompañar de su niño pa- 
ra ir al mercado, le puso á la escuiela,'y mañana y tarde le 
llevaba y le traía, como temeroso de que le arrebataran su 
])renda, educándole él por su parte en los rígidos principios 
de buena moral conforme á las costumbres de aquellos 
venturosos tiempos. No se apartaba un instante de sn 
protegido, pero ni su protegido de su bienhechor, siendo 
el uno la sombra del otro; y así se les veía ir á misa, asistir 
á las fiestas religiosas de barrio y en todas partes. 

No hai que decir que la anciana señora estaba clueco, 
y que en las veladas se lo ponía junto a sí mientras ella hi- 
laba ó repasaba el rosario, enseñándole á mascullar larguí- 
simos rezos. 

La gente se había acostumbrado á ver al honrado me- 
nestral taita Polanco y su postizo liijo, y admiraba también 
el aspecto distinguido del ultiiuo y su preciosa carita. 

Falta hiU'or notar que tieuipo después de estar aquí el 



BARRIGA VERDE. 39 

desamparado niño, llegaron unos papeles, como dicen los 
antiguos, que sin duda eran reales provisiones ó requisito- 
rias para que se buscase á un niño mui principal que había 
desaparecido de la corte de España, requisitorias que, di- 
cen, se dirigieron á todos los dominios españoles," perdida 
ya, parece, la esperanza de encontrársele en la península. 

¿Pero se fijarían los sencillos habitantes de Santo Do* 
mingo, y mui singularmente los postizos padres del niño 
en tal ceincidencia? 

No es probable. 

Y aquí entra nuevamente el misterio. 

Llegado era el momento de la cruel separación, en que 
debía restituirse al niño a su hogar y su patria. 

* El cómo sucedió, nadie lo sabe. Quién conjetura que, 
naturalmente, las autoridades reclamarían al chico, y es lo 
más seguro, ó clandestinamente lo arrebatarían al calor 
del pobre techo que le daba abrígo, cuál dice que des- 
apareció tan misteríosamente como habla aparecido: el caso 
es que, cuando ya estaba hecho un mocito, y cuando más 
encariñados vivían uno con otro él y su generoso protector, 
el mejor día aquel hogar feliz todo fué confusión y llanto. 

Como quiera que sea, el pájaro había volado, tal vez 
para siempre! (3) 

Y así hemos de hallar al buen menestral, y á su digna 
compañera, olvidados del vivir, tirados sobre sus butacas de 
cuero, llorando á lágrima viva, y con unos gemidos capaces 
de partir los callaos (4), como si se les acabase de morir 
un hijo único. 

Así las cosas, ocurrió un incidente que vino á libarse 
por extraño modo á éste que parece cuento de Las Mil y 
una noches, y no es sino historia pura. 

Habían pasado ya muchos años. 

Vivía en la Ciudad Antigua un señor respetable que 
era Escribano y de cuyo nombre nadie se acuerda, aunque 
mientan el noble apellido Caro al hablarse de éL Tenia en- 
tre manos un asunto que había de resolverse en la metró- 
poli, y parece que no era mui bueno ó en 61 estaba harto co n- 
prometido el Escribano. 



40 COSAS AÑEJAS. 

El hecho es que el tal Escribano debía pasar á Espa- 
ña forzosamente, debido á esta circunstancia. 

Y meditando en ello, sintió la necesidad que tenía de 
una persona de su confianza que le acompañase en tan lar- 
go viaje. 

Fijóse naturalmente en el hombre más honrado de la 
ciudad, en el viejo menestral taita Polanco. 

Madurólo bastante, porque era difícil que un hombre 
como aquel se resolviese á dejar su país, arriesgándose á 
las molestias de semejante viaje, y al fin se decidió á ha- 
blarle del asunto. 

Estimaba mucho al buen viejo, y era de él respetado 
y querido. 

Señó Polanco era mui apreciado, y los más encopeta- 
dos señores se complacían en visitar su casa. 

Dicen que obispos y gobernadores, entre ellos, tenían 
placer en formar su tertulia en la puerta de la modesta ca^ 
sa todas las tardes: ¡tan sencillas eran las costumbres en- 
tonces! Naturalmente, el Escribano no podía faltar. (5) 

Una tarde dijo al digno artesano, tomándole aparte: 
— Tengo un grandísimo empeño contigo, mi querido tai- 
ta Polanco; pero no me has de decir que nó. 

— Mande su mercé, señor Escribano, lo que guste; que 
en todo lo que pueda ser servido, y en no siendo con dine- 
ro, porque no lo tengo, le serviré de buena gana. . 

— Has de saber que no tengo persona de más confianza 
que tu y 

El digno menestral hizo una mueca expresiva como 
hombre que está, confuso é impaciente. 

— Gracias sean dadas á su mercé, que tanto honra á ^ ^es- 
te negro", dijo con humildad, conforme al buen natural de 
aquella gente, y al fraseo que gastaba. 

— Sabrás, pues, que debo irme á España á asunto urgen- 
te, y necesito una persona de confianza y de bien que haga 
conmigo el viaje. He pensado en tí, ])orque creo que eres 
el hombre más honrado que tiene Santo Domingo. 

Taita Polanco dio un brinco de pu]*o asombrado. 



BARRIGA VERDE. 41 

— Señor, '^este pobre negro" ir á España? Habla su se- 
ñoría de veras? (6) 

— Como lo oyes. 

— Me confunde su señoría, balbuceó el digno anciano 
haciendo una humilde reverencia. ¿Yo ir á España, señor? 

Piense su mercé que eso es imposible, añadió confun- • 

diendo y menudeando tratamientos. 

— ¿De qué te asombras, buen taita Polanco? Vamos! 
¿Te decides ó nó? Te advierto que me harías un gran ser- 
vicio. 

Maese Polanco se rascó la cabeza, y quedó pensativo. 
Después de todo, estaba satisfecho de que un prínci- 
pal caballero como aquel hubiese puesto su atención en su 
humilde persona, y le retozaba allá en lo más recóndito el 
deseo de ver aquella madre España, que tan mal nos gober- 
naba, pero que tenían eii tan felices tiempos sobre el co- 
razón los indomables hijos de esta heroica tierra. 

— Mire su señoría, dijo al cabo de un rato de reflexión, 
esto de viajes es asunto mui grave, y, con perdón de su se- 
ñoría, á mi edad no deja de ser una locura. No debiera 
su mercé contar con este viejo para cosas así 

— Piénsalo bien, mi querido taita Polanco, replicó bon- 
dadosamente el Escribano, poniendo una mano, sobre el 
fornido hombro del menestral. Sentiría que no me pudie- 
ras acompañar, por quien soi. 

— Pues bien. Si su señoría se empeña dijo aquel 

con visible turbación y encogiéndose de hombros como re- 
signado y temiendo, si insistía en sus vacilaciones, dar qué 
sentir á su amigo. Yo lo consultaré con mi mujer, si lo 

parece á su señoría . 

Hai que entender que el honrado viejo era hombre 
que debía consultarlo todo con su cara mitad, y sabido es 
que antaño las mujeres tenían de verdad el gobierno de su 
casa y cualquier marído no hacía lo que le daba la gana. 

— Perfectamente, contestó el señor Escribano. Conque 
([ueda con Dios, añadió tomando su sombrero y su bastón 
y estrechando la mano al buen viejo. 



42 COSAS ANEJAS 

— ^El sea con su mercé, caballero, dijo maese PolaHca 
acompañándole hasta la calle. 

Y traspuesto que hubo el Escribano el umbral, el buen # 
taita Polanco sé persignó como cien veces en el colmo del 
asombro, con no poca satisfacción sin embargo. 

La excelente. señora era discreta; y en honor de la ver- 
dad, no le pareció nada buena la ocurrencia de su señoría 
el Escribano; aunque para ella era tan principal caballero 
y consecuente amigo y todo. 

Asi fué que dijo a su marido con mucha calma: 

—Bueno está que honre el caballero N. á su mercé to- 
mándole por hombre de toda su confianza; pero su mercé 
debe entender que su mercé no está para viajes ni nada de 
eso* ¡Jesús, ave María purísima! añadió persignándose ¡un 
viaje á la corte! y luego dejarme sólita 

-^Bah! replicaba taita Polanco, á quien no faltaban bue- 
nas ganas de ver eso, con que ni siquiera se había permiti- 
do soñar por más de un motivo; verdad es que estoi algo 
viejo, pero aun no chocheo, mujer. Sentirías! que su mer- 
cé sufriese alguna desazón por mi ausencia. '¿Pero qué di- 
go al caballero? 

— Que no puede su mercé arriesgarse á pasar la mar á 
su edad ¿no le parece á su mercé? dijo con cierta tristeza 
y disgusto la buena mujer. 

Maese Polanco se encojió de hombros; juntó y abultó 
los labios y abrió los ojos como quien se halla cojido y no 
sabe qué replicar. 

El señor Escribano volvió á los pocos días, y departió 
largo con los dos esposos. 

La buena mujer insistía en que no estaba en el orden 
que el viejo se metiese en semejantes aventuras; aunque 
mucha pudiera ser la honra que se le siguiese. 

— Mire su señoría, exclamaba con filosófica resignación 
dirigiéndose al Escribano ¿y qué papel irá á hacer su mer- 
cé Señó Polanco entre esa realezaf Sería mejor que se 
quedara en su casa quietecito ¿nó? 

Por fin, vencidos los escrúpulos de la excelente señora, 



BARRIGA VERDE. 43 

jqué iba a oponer a aquel buen amigo siendo tan principal 
persona? se resolvió el viaje. 

— Señor caballero de mi alma, dijo suspirando aquella, 
que vaya enhorabuena con su señoría mi marido, pero le 
ruego que me lo deje volver pronto. 

Llegó el día de la partida, que en aquellos tiempos se 
temían los que viajaban que fuese eterna, pues hacían tes- 
tamento y confesaban y comulgaban antes de embarcarse; y 
hubo pucheros de parte de la pobre anciana que se resol- 
vía á i^ual sacrificio, á su edad. 

El Escribano y taita Polanco salieron de aquella casa 
para irse a embarcar, con las lágrimas en los ojos y dobla- 
ron la esquina de la calleja; no sin que el último se volvie- 
se a mirar con tristeza el hogar que dejaba. 

Tras de muchos meses de navegación, tocó al fin el 
buque- en la clásica tierra de Sagunto y Numancia, acae- 
ciendo esto acaso á principios del presente siglo. 

En aquel bullicioso Madrid, en medio del que no se 
reconocería sin duda el pacífico ciudadano de la mui noble 
Ciudad Primada de las Indias, vivía éste tranquilamente^ en 
la misma casa en que se hospedaba el señor Escribano; cuan- 
do hete aquí qué el día menos pensado, yendo distraídamen- 
te por una calle adelante, bien rebujado en una vieja capa 
verde con la cual había tenido la atención de obsequiarle 
aquel, encontróse de manos á boca con un coche ricamen- 
te enjaezado y con las armas de una gran casa. 

Tal vez el cochero iría áatropellar brutalmente á aquel 
americano, que juzgaría algiín esclavo manumitido ó esca- 
pado, cuando del coche se arroja un personaje, joven de 
distinción y vestido con suma elegancia, quien al verle, y 
sin poderse contener, lanzó esta exclamación: 

— ¡Papá! 

— ¡Papá! tornó a exclamar el desconocido bajando del 
carruaje y precipitándose en sus brazos, mi querido papá 
¿que va no me conoce su mercó? Yo soi ¡¡Barriga Ver- 
de!! \l) 

El polVrc taita Polanco creía que soñaba y no pod!a 



44 COSA» aSejas. 

darse cuenta de lo que estaba viendo y oyendo. 

Separó un poco á su extraño hijo^ que le caía como del 
cielo, y con profunda emoción reconoce á su protegido, el 
muchacho abandonado y enfermo ,de las calles de Santo 
Domingo, á aquel Barriga Verde mentado, á quien una ca- 
sualidad afortunada había puesto en sn camino, llevándole 
á él como de la mano á la misma corte. 

Correspondió pues á los abrazos y caricias que éste le 
prodigaba, pero aun absorto y «jonfuso, cuan humilde y 
respetuosamente podía; hasta que el reconocido personaje 
le conduce a su coche, esforzándose en vano para que se 
decida el digno menestral a acompañarle. 

Créese el viejo Polanco bajo el influjo de una pesadi- 
lla, y no se atreve á aceptar semejante honra, al compren- 
der por las armas del carruaje, la librea del lacayo que iba 
en la trasera y el aspecto distinguido del joven que éste de- 
bía ser un gran personaje. 

Por fin, entre éste y el lacayo le persuaden, le empujan, 
y dan con él sobre los cojines del lujoso carruaje. 
\ El coche arrancó, y taita Polanco se quedó lelo. 

Aquel pobre muchacho de marras amenazaba por lo 
visto con resultar ser cuando menos un grande de España. 

Abrumaba al buen viejo á preguntas acerca de ma fu- 
lana (la mujer de éste), y de los demás miembros de la fa- 
milia, asi como de Santo Domingo y de cuanto constituía 
los recuerdos dichosos de su infancia allí transcurrida. 

Con las manos del taita Polanco gruesas y callosas en- 
tre las suyas finas y aristocráticas, le decía: 

— ¡Qué inesperado suceso! ¿verdad, papá? ¡Cuándo iba 
ni yo ni nadie á figurarse que debía tener hoi tan feliz en- 
cuentro! ¿Y cómo ha venido su mercé á la corte? vaya, 
cuéntemelo. 

El viejo Polanco, que no volvía de su asombro, se res- 
tregó los ojos como quien despierta de un sueño y contestó: 
— Sabrá Vuestra Excelencia que esto' ha sido obra de la 
casualidad, de la pura casualidad. Yo me estaba mui tran- 
quilo en mi rancho (8), y su señoría el Escribano D. N. se 



BARRIGA TERDE, 45 

empeñó tanto con mi mujer y conmigo, que aquí, con el 

favor de Dios y la Virgen, tiene Vuecelencia á este negro 

á los pies de Vuecelencia como su más humilde esclavo. 

El generoso joven abrazó nuevamente á su bienhechor. 

— Nó, mi querido papá, entienda su mercé que para su 
merce no soi ningún Excelencia, ni nada, sino el mismo 
Barriga Verde de otro tiempo, el niño abandonado y reco- 
gido por su mercé; ni su mercé es para mí más que un pa- 
dre, un verdadero padre. No vuelva su mercé á hablar- 
me en esos términos. si no quiere que me enoje. 

El viejo se enjugó un lagrimón con la punta de su ca- 
pa, de lo conmovido que lo tenían tales sorpresas. 

— Ea, pues que así lo quieres, dijo de allí á un rato, aquí 
me tienes sano y salvo, mi querido hijo, alegrándome el co- 
razón con tu presencia y llenándome los ojos con tanta co- 
sa nunca vista como hai en la realeza. 

— Bien, así me gusta, papá; que sea su mercé conmigo 
francote, y quiero que en lo adelante se halle su mercé más 
satisfecho de haber venido á la corte; y así pueda yo pagar- 
le lo mucho que le debo. 

— ¿A mí, hijo? á mí no me debes nada! replicó el viejo 
con sencillez. Cumplí con los mandamientos, y san se 
acabó. 

Y para mejor ocultar su emoción echó un rapé enorme. 

— No diga su mercé eso, pues que la vida le debo; y va 
su mercé á ver cómo sabrá agradecérselo mi familia y la 
nobleza dé España y 

— ¡Jesús, muchacho! exclamó espantado el viejo, lleván- 
dose las manos á la cabeza envuelta en anchuroso pañuelo 
de madras. Y después, como avergonzado de haber llega- 
do á tal extremo de familiaridad, aunque en un arrebato, 
Corrigió: 

— Perdone Vuestra Excelencia, caballero. . - . 

— Vuelta á los títulos - . . . 

— Se me olvidaba, se me olvidaba, replicó turbado el po- 
bre viejo Polanco. Pero. . . .sin que eso sea contrariarte, 
mi querido hijo, yo creo que no es bueno mezclar á la au- 



46 COSAS AÑEJAH. 

íjusta persona del rei nuestro señor (y al decir esto se qui- 
tó el casco del pañuelo á guisa de sombrero, porque el som- 
brero lo tenía inadvertidamente pisado) en estos asuntos. Si 
te empeñas tíi en agradecerme lo que por lei cristiana 
hice, no te lo impido; pero no hables de munificencias rea- 
les, hijo, por Dios; que ni soi un héroe ni valgo nada, .ea. - 

Y en estos y otros interesantes coloquios se recorrió 
el trayecto. 

Llegados al palacio que ocupaba el agradecido joven y 
su familia, la numerosa servidumbre cuajada de bordados y 
galones se agolpó al sitio en que paraba el carruaje, y se a- 
brió respetuosamente en dos alas. 

Por el tratamiento que le dieron al amo de Excelentí- 
simo señor, el honrado taita Polanco vino en cuenta de 
que no se había equivocado, que se trataba de grandezas 
tamañas, y quiso caerse del carruaje abajo, sofocado portan- 
tas emociones. 

El joven noble dio el brazo cariñosamente a su bien- 
hechor, y entraron así en el palacio con estupefacción de 
cuantos presenciaban tan singular excena. 

En efecto, el pobre muchacho abandonado de las ca- 
lles de Santo Domingo, el recogido por caridad, era nada 
menos que el heredero de una de las casas mas encopeta- 
das de grandes de España de primera clase y tal vez mui 
allegada á la real familia; y esto explica porque, escapado ó 
robado del hogar paterno sabe Dios por cuáles circunstan- 
cias, se le había buscado por todas las partes del mundo, 
interviniendo en ello reales recomendaciones ó mandatos. 

El joven era como se ha dicho, grande de España de 
primera clase, caballero cubierto y del Toisón de Oro, a- 
ñaden. 

Era, además, según dicen, casado y jefe de una fami- 
lia encumbradísima. 

Presentóle luego con orgullo á su esposa y amigos, y 
pasó á ser el humilde menestral desde aquel momento el 
señor de la casa y el ídolo de la familia, á pesar de su co- 
lor y de su modestia. 



.u^ 



BARRÍGA VERDE. . 47 

Al ruido de semejante acontecimiento, que se dilató 
por toda la corte despertando el interés y la admiración, 
acudió su señoría el Escribano al palacio del joven noble, 
lleno ya de curiosos, dando el parabién á su buen amigo 
taita Polanco y se unió al regocijo de aquel. 

A su vez, informado el joven del objetivo del viaje del 
Escribano por él mismo, y de que era asunto grave y que 
difícilmente se podría arreglar satisfactoriamente sin algún 
valimiento, dijo a su bienhechor: 

— Papá (porque no quería ni- podía llamarle de otrama- 
neraj; lié aquí que su mercé vino á España bajo el patro- 
cinio de ese señor Escribano; y ahora va a tener que 
agradecerle a su mercé lo que desea obtener, y que sólo 
que su mercé influya, podrá lograrlo, porque es negocio di- 
fícil de arreglar. 

El buen viejo sonrió afablemente. 

— Lo cree asi Vuecelencia? dijo. 

—Papá, repuso mal enojado el caballero, ya he dicho á 
su mercé que aquí no hai Señor ni Excelentísimo. Su mer- 
cé es mi padre y debe tratarme como tal: le prohibo toda 
ceremonia, añadió dándole palmaditas en el hombro. 

— Bueno, hijo, si te parece; pero 

—Pero qué^ 
. — Que yo debo guardar las distancias, y ¡qué dirán estos 
señorones si me oyen tutear á Vuece tutearte, hijo, tu- 
tearte? 

— Pero es qué ya su mercé no me quiere? 

^¡Cómo me dices eso, mi querido hijo! replicaba taita 
Polanco enternecido, del mismo mcdo que allá, lo mismo. 
Esta excena se repetía cada rato porque al honrado 
menestral lo abrumaba su propia humildad. 

Informado el Soberano de su noble proceder, y mer- 
ced á la significación que para el trono tenía la linajuda ca- 
sa de que era jefe el antiguo protegido de taita Polanco, 
resolvió ser con él tan soberanamente espléndido cuanto 
generoso se había mostrado el digno habitante de la privi- 
legiada Ciudad Antigua, y como poquísimas veces había 



48 • COSAS añí;ja». 

sido recompensado benefactor alguno en este pícaní ploaeta 

Podía pues alcanzar del trono cuanto quisiese. 

Según parece, se dispuso una recepción ó audiencia 
para presentar al favorecido. 

Vestía éste un magnífico traje con el cual no sabía qué 
hacerse, y le había dado el joven noble; y lleno de en- 
contrados pensamientos, confuso y mohíno, hubiera desea- 
do estar cien leguas de allí 

Brillaba el palacio con la multitud de elegantes damas 
y apuestos caballeros: bordados y uniformes, cintas y flores, 
ostentación y riqueza llenaban los cgos y causaban no poca 
admiración al sencillo taita Polanco. 

Tantos como allí habia llenos de cascabeles y colorines 
que con sus picudas narices le querían sircar los ojos á pu- 
ros cumplidos, le mareaban y trastornaban. 

El honrado menestral con noble y reposado continen- 
te se acercó temblando al verse ante la real persona. 

Silencio profundo, atención viva, ansiedad general. 

Ibase á recompensar la virtud como tal vez nunca lo 
había sido. Además se suponía que todo sería pedir el 
negro viejo y concedérsele, lo que excitaba la curiosidad 
en alto grado 

Dícese . que ante todo, el rei le hizo caballero gran cruz 
de una orden. (9) 

— Don N. Polanco, dijo el monarca con grave acento: te 
hacemos noble á ti y a tus descendientes, quienes gozarán 
de hoi en adelante del privilegio de ser oficiales de nues- 
tros ejércitos, desde su nacimiento, y á tí te hacemos capi- 
tán de las milicias de Santo Domingo. Tienes por tanto 
el derecho de ceñir espada, calzar espuelas y usar guan- 
tes, así como tus sucesores. Además, se ha solicitado pa- 
ra tí una gracia especial, ¿qué deseas pues? le preguntó 
el monarca. 

Todos abrieron desmesuradamente los ojos. 

El dignísimo habitante de la Primada no sabía qué ha- 
cerse ni responder, abrumado con tantas mercedes; aun- 
que imaginó sin embargo que podría satisfacer cierto vani- 



BAUKK^A VEIÍDK. ' 49 

<l()rúll() cl(\soo, ([w 110 tH'vUi co<vd dv ])Yü\cvhoj pero (jue de 
otro modo liiil)ií^ra sido locura aiübieioiiiu'. 
Hubo una í)reve pausa. 

— Si S. M. me permite, balí)uceó el nuevo caballero. 

— Habla, habla, buen taita Polanco, y })ide lo que (púe- 
ras, dijole el monarca con afable sonrisa. 

— Pues bien ^.. pero parecerá excesiva mi demanda, 
tartamudeó otra vez. 

Su antiguo protegido estaba presente, y le animó con 
una mirada. 

— Nada temas, papá, dijole. 

El buen viejo no podía ya con sus nuevos títulos y 
con la emoción cpie tales. excenas le producían; pero el ges- 
to y el dulce nombre que le daba el joven noble, y que en 
su humildad el honrado ciudadano de la Primada no creía 
ya merecer, le dieron aliento. Así fué que exclamó: 

— En primer lugar, deseo tener el privilegio de «asistir 
con espada ceñida á comulgar el jueves santo en compañía 
íiel Gobernador de Santo Domingo. (10) 

— Concedido, dijo el monarca. 

— Asimismo quiero (|ue se me otorgue una gracia quizás 
mui grande . . . , 

—Cual? 

— Que se le conceda á la ^^Hermandad de San Juan", en 
mi país, el derelio de usar el pendón de la Cruz bUmca 
<le Malta. 

— Concedido. 

— ítem. Yo pido ciertas preeminencias para mi y mis 
sucesores en las cofradías de San Juan, Jesiís en la Colum- 
na y la Santa Reliquia, también de allá de mi país. (11) 

— Concedido. ¿I nada más? preguntó el rei, admira- 
do de la simplicidad de aquel excelente sujeto que se con- 
formaba con tan poco y honras sin provecho á cambio de ha- 
ber salvado de segura muerte á un elevado personaje del 
reino y cuando podía alcanzar selañadas mercedes; sin em- 
])argo de que lo primero que pedia no era una bicoca, y lo 
do usar el pendón de la Cruz blanca de Malta era tamaña 



50 COSAS AÑEJAS. 

ílistinción en aquellos tiempos, porque sólo la nobleza po- 
día gozar de semejante privilegio. 
— Nada más, señor. 

¡Lo que era la sencillez de las costumbres de aquellos 
nuestros tiempos! 

— Concedido, pues, cuanto pide, dijo el monarca. Extién- 
dansele sus pergaminos; y ríndase pleilü homenaje como 
quien es al caballero Don N. Polanco, capitán de nuestros 
ejércitos. (12) 

Los cortesanos se apresuraron á rodearle y á hacerle 
sus cumplidos con grandes reverencias. 

Y por lo que hace á su protegido, cargcS con él y Uevó- 
selo como en triunfo, seguido de brillante séquito de su ser- 
vidumbre y de algunos caballeros sus amigos. 

El tiempo que allí pasó, tres meses, según verdiones, 
fué de fiestas y expansiva alegría. Mucho se holgaba el 
joveií noble, el antiguo Barriga Verde, en retribuir de al- 
gún modo al buen anciano el servicio inapreciable que 
le había hecho, y se enorgullecía de dar delante de todos 
el nombre de padre á aquel hombre de color y liumiíde ar- 
tesano. Demás está decir que la despedida, eterna, como 
tenía que resultar, fué tiemísima y dolorosa, no acertan- 
do el joven noble á desprenderse de los brazos del viejo. 

Lloraban los dos abrazados y confundidos en uno. 

¡Y qué pruebas las de la generosidad del caballero! 

Trajes magníficos, uniforme mui rico, dedicó para el 
nuevo capitán, y vestidos y alhajas de gran valor para la 
esposa de éste, así como otros regalos primorosos para los 
demás miembros de la familia. Y de recuerdos para to- 
dos, un mundo. 

El caso es que la tradición afirma que el flamante Don 
N. Polanco, antes taita Polanco, capitán de los ejércitos de 
S. M. el Rei de España, caballero Gran Cruz y ennobleci- 
do hasta la médula de los huesos, desembarcó osten- 
- tando un magnífico uniforme, ceñida rica espada, calza- 
das espuelas de labrada plata, con enpolvada cabellera, 
luciendo gregorillo de finísimo encaje en la camisa, casa- 



BARRIGA VERDE. 51 

ca gi'aiia de ancho galón de oro, medias de seda relucien- 
tes, botas de ante, al cuello espléndida gola de oro labra- 
da, cubierta la cabeza con el elegante tricornio, y puesta al 
pecho nobilísima placa. 

También aseveran que fué grande el equipaje que tra- 
jo y en que se contenía un Perú de los espléndidos regalos 
del antiguo Barriga Verde. (13) 

Desde entonces, vióse al antiguo y humilde maestro 
zapatero de la capital de la Primada, condecorado con el 
noble título de Do^i^ asistir, resplandeciente de oro y 
pedrería, ceñida espada, calzadas sus espuelas de caballe- 
ro, y cubiertas las toscas manos con los guantes, distintivo 
de gente principal, á la ceremonia de jueves santo en la Ca- 
tedral y comulgar ese día con S. E. el Señor Gobernador; 
siendo el -único en la colonia que compartía con el represen- 
tante del monarca honra tan grande. 

Y desde entonces también, la **Hermandad de San 
Juan" ó de los SanjuaneroSj ostentaba en sus bulliciosas fes- 
tividades el rico pendón de la Cruz blanca de Malta, están 
darte de raso blanco con cruz de galón de oro en el centro, 
insignia que, como se ha dicho, sólo podía usar la nobleza, 
y raro privilegio con el cual se adornaba y enorgullecía la 
**Hermandad", cosa que dio motivo á aquella coplilla que, 
entre otras, cantaban los Sanjuaneros durante sus fiestas y 
procesiones: 

El pisar de los Malteses 
nadie lo puede imitar; 
porque pisan menudíto, 
menudito y al compás. (14) 

De entonces, finalmente, la familia de Señó Polanco ó 
taita Polanco, se realzó con los títulos concedidos á su jefe, 
siendo conocida únicamente y hasta hoi por el nombre que 
le dieron de Guante derivado del uso de guantes que cons- 
tituía una dignidad para él. 

Y en virtud de los privilegios que sobre las tres comu- 
nidades religiosa» tenía, las mujeres de la familia, sobre 
todo una sobrina llamada Altagracia Guante, ejercían actos 



52 COSAS AiÍEJAS 

de soberano en ciertas festividades religiosas relativas á la 
Reliquia, San Juan y la Columna, y singularmente hacían 
y deshacían en la Catedral en cuanto á los pasos que se po- 
nían de dichos símbolos. 

Pero lo raro es que gran señor y todo, continuó el hon- 
rado menestral taita Polanco viviendo donde le hemos co- 
nocido, con su mismo oficio y en el mismo estado. Sí fué 
más afortunado que Colón, porque le cumplieron cuanto le 
habían ofrecide. 

Por más señas la sobrina del Don N, Guante, capitán de 
los ejércitos de S. M. el Rei de España y Caballero Grran 
cruz érala. Capitana áe]eL ^'Hermandad de San Juan", y 
la única que tenía la honra de llevar el nobilísimo pendón 
de la Cruz blanca de Malta. (15) 



Diciembre de 1888. 




.Li MUERTE DEL PADRE CANALES- 



(Ti*adicion.) 




LA MUERTE DEL PADRE CANALES, 



I. 



PEDRO EL SANTO. 



^uiÉN era Pedro el Santo f 

^Por esas calles iba, hacia los años de 1836, un hom- 
bre de regular estatura, más bien bajo, y entrado en edad, 
cuyo aspecto revelaba uno de esos tipos raros que luego se 
dan; y lejos de ser éste un ente ridículo, señalábansele to- 
dos como digno del mayor respeto. En esa época no era 
cosa extraña hallarse á cada paso con personas entregadas 
á devoción en publico, tuvieran ó no motivo para ello, que 
frecuentaban sacramentos, que hacían del templo su ha- 




56 C nSAS AÑEJAS. 

bitual moradíí, que vestían silicio y oiisaj^aban todo lina- 
je de penitencias, (|ue iban entre la ninltitnd como seres 
fuera (leí contacto impuro de 1í) niumlano; especie de 
santos escapados, á quienes el pueblo sin mala, intención, 
apellidaba beatos. Con rarísima excepción, eran devotos 
realment^i, aunque en ello entrase algo de monomanía res- 
pecto de alguno. 

Pedro el Sanio era entonces el prototipo de estas bue- 
nas almas. 

Era tal su aspecto humilde y de veras beíitífico, y tal 
el tinte de profunda tristeza que en él se a<lvertía, que ins- 
pimba además de respeto, grande interés. Delgado en 
extremo, cídor blanco mate, sin duda por la fuerza de las 
duras penitencias y ayunos, imberbe, rostro ovalado y alar- 
gado, nariz perfilada, labios finos y fisonomía bonachona, 
cuya expresión era como do quien está resignado y soriie- 
tido á dura expiación. Conocíase que no era hombre vulgar 
ni tonto. 

Su verdadero nombre era Pedro Aybar. 

Vestía de blanco, con la honrada y tradicional chaque- 
ta; andaba con la cabeza i¡iclinada hacia el diostro lado y 
recogía sus escasos cabellos grises con la coleta, tocado a- 
ristocrático del siírlo pasado. Se sabía que llevaba sobre 
su cuerpo duro cilicio; no hablaba con persona nacida; oía 
misa diariamente; se arrodillaba en el templo con los bra- 
zos en cruz; y no hai que decir que en todos los actos reli- 
giosos públicos, especialmente en estaciones, había de en- 
contrársele en ])rimera línea. Tal era su paciencia, que 
luego, cuando los muchachos le importunaban en las pro- 
cesiones, se volvía, dicicndoles dulcemente: 
— Por Dios, hijos 

Pedro el Santo era lo que podía llamarse con toda pro- 
piedad un asceta; aunque anduviese entre la gente y no ha- 
l)itase un desiíírto. De ahí lo raro de su modo de vivir y 
la especie de respetuosa conüiiseración y aún veneración 
que insi)iraba. 

Pero aun no se ha diclio lo mis ¡iolal»Ie de su vida. 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 57 

Había sido maestro de escuela por el barrio de Santa 
Bárbara, y vivía por el retirado y miserable de San Antón, 
qiie enantes sería espantosa soledad, digna de tal eremita. 
Su comercio estaba reducido á una panadería, y toda su 
familia era un antiguo y fiel esclavo, á quien habría manu- 
mitido él 6 los suyos y jamás quiso desampararlo, y entre 
ambos trabajaban el pan de huevo entonces mui en boga, 
chocolate y otras fruslerías; todo lo cual daba largamente 
de limosna; y tan caritívtivo, que era el primero en soco- 
rrer á todo el mundo ea cunlquier accidente que ocurriese 

Un rasgo solo pinta virtud tan extremada. * 

Dejaba la puerta de su casa constantemente abierta de 
noche, por si cualquier ])eregrino, como entonces decían 
de viajeros y gente sin albergue (y aun hoi dicen los vie- 
jos), tuviese necesidad de un hogar. 

Pedro el Santo descendía de las más encopetadas fa- 
milias de esta Capital; y como nnas con otras estas fami- 
lias, que podríamos llamar nobiliarias (mantuanas se de- 
cían), porque en esos tiempos tenían mayorazgos y disfru- 
taban de riquezas y de los cargos principales de la colonia, 
estaban ligadas 3^ emparentadas, el andante anacoreta de 
marras venía á ser deudo de las casas más distinguidas: el 
asunto es que la mayor parte de los individuos de aquellas 
familias no tenían á monos titularle de pariente y como tal 
solicitarle. Pero él, empeñado en ser humilde hasta no po- 
der más, y en rebajarse á sus propios ojos, no por otro mo- 
tivo, declinaba la honra de ser pariente de sus parientes; ó 
acaso seria por figurarse ente despreciable debido á la des- 
dichada circunstancia de ser sobrino del protagonista .de es- 
ta verdíica historia, ó sea del tristemente célebre en las cró- 
nicas locales de la Ciudad Antigua, el asesino del Padre 
Canales, Don Juan Rincón. 

— Yo no tengo parientes, solía decir cuando por tal le 
llamaban. 

Avivada la pública curiosidad con el extraño género de 
vida que se había impuesto, no desperdiciaban ocasión pa- 
ra preguntarle por qué causa se había sometido á semejan- 
tes mortificaciones, y él respondía: 



58 COSAS ANEJAS. 

— Mí vida es expiatoria por el crimen cometido por mí 
tío Juan Rincón. 

En efecto, Pedro el Santo expiaba algo. (1) 
Tan singular era su vida, y tan ejemplar su peniten- 
cia, que el andante anacoreta acabó por ser llamado asi, 
Pedro el Santo. 

11. 



^ profecía. 

Acaso más de una vez habremos de llevar al lector cu- 
rioso á la cumbre de ese cerrito que en lo alto de la calle 
de San Francisco se levanta y que domina la cuesta de San 
Diego, al extremo de la calle, y desde cuya altura se des- 
cubre la escarpada y montuosa orilla derecha del Ozama, 
el cual se adivina, pues no se puede ver, por sobre la de- 
rruida muralla que ciñe por de lado sus márgenes. 

Subida la cuesta, está la puerta de la iglesia conven- 
tual, oblicuamente inclinada por la posición del monasterio. 

Figurémosnolo reconstruido, y penetremos en él. 

En las postrimerías del siglo pasado, los venerables 
franciscanos concedieron libre entrada á un fraile que ve- 
nía de la Metrópoli, ó que aquí tomó el hábito. 

El tal fraile era un ente singular. 

Revelaba en su aspecto varonil, el desenfado de un 
hombre de mundo que cubre con el sayal algún pecado 
grande de que sin embargo no da muestras de estar arre- 
pentido. De aire desembarazado, de gesto duro, de des- 
pejada frente, hombre de respetabilidad y mucha instruc- 
ción, el reciénllegado fraile se halló mui bien desde luego 
en el convento histórico. 

Llamábase el Padre Perozo. (2) 

Era peninsular y antiguo capitán de los tercios de Man- 
des, y de familia aristocrática. 

En su país hubo de tener reyertas con su coronel, á 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 59 

quien regaló buemas estocadas, porque era excelente espa- 
dachín, y de resultas y apesarado, segiín dicen, se metió 
fraile y vino á América. 

Sabido es que en esa época, de todos los conTeatos 
existentes aquí, sólo el de Dominicos y el de Jesuítas te- 
nían magisterio, es decir, que eran aulas donde se formaba 
la juventud. Pero aunque San Francisco no tuviese tal 
privilegio, el Padre Perozo que era, como dijimos, hombre 
de letras, se había hecho cargo de dar por su cuenta la ins- 
trucción que era de rigor entonces á algunos jóvenes; y a- 
sistian á sus bancos, entre otros, el Dr. D. José Nuñez de 
Cáceres, el primero en la verdadera independencia de Santo 
Domingo, alta gloria nuestra, el Dr. Faura, aquel Asseor 
general que protestó contra la entrega de Ogé y Chavan- 
ne y el Sr. José Joaquín Del Monte, padre del distinguido 
literato Sr. D. Félix M? Del Monte. 

Hai que saber que el ultimo d« estos dos alumnos era 
para el Padre Perozo más que eso, casi un hijo, pues que le 
habia sido entregado como tal, y él hacía su oficio de pa- 
dre mui digna y decorosamente. De él son los datos de 
esta segunda parte. 

El niño dormía en la misma celda del fraile. 

La tradición señala como tal una que queda frente á 
una capilla que conserva parte de su techumbre y está ha- 
cia el fondo. 

El discípulo no quena menos á su mentor, y un dia 
hubo de probárselo asistiéndole de un súbito accidente pro- 
ducido por el ahoguío, que postró al reverendo, y con tan- 
to amor y celo lo efectuó, que el mutuo afecto que se pro- 
fesaban se acrecentó con tal motivo. Y como grande era 
el cariño del fraile, habíase propuesto sacar de él un hom- 
bre, y trataba de infundirle valor, desterrando de él la pu- 
silanimidad propia del niño por el temor que tienen á la os- 
curidad y á los fantasmas, flaqueza que precisamente au- 
mentan las criadas indiscretas con cuentos de brujas y apa- 
recidos. 

El Padre Perozo ponía á prueba al valiente niño Del 



60 COSAS AÑEJAS. 

Monte de un modo terrible. 

Que se ofrecía un entierro. El Padre Perozo aparen- 
taba haberse dejado olvidados los anteojos nada menos que 
sobre el mismísimo tiímulo, en el centro de la iglesia, mue- 
ble aun caliente con el féretro que había descansado allí »o 
hacía media hora. Exclamaba pues haciéndose que bus- 
caba algo: 

— Adiós, mis espejuelos; ¿si los habré botado? Pepito, 
hijo, que así le llamaba, mira a ver si los dejé sobre el 
túmulo. 

El muchacho sentía un frío de muerte. 

Con el Padre Perozo no había vacilaciones. Cuando 
semejante antojo sobrevenía al reverendo, y era casi diairio, 
al muchacho no quedaba más recurso que bajar la cabeza 
y lanzarse á la misteriosa oscuridad de la iglesia, como el 
soldado bisoño que se mete en el fuego y arrostra la me- 
tralla Í3orque asi lo manda la disciplina y lo quiere el jefe, 
y andar á tientas buscando las malditas gafas y tropezan- 
do su mano con calaveras y canillas que caían al suelo pro- 
duciendo un sonido hueco y lúgubre sobre las losas del pa- 
vimento. 

Nada más de lo dicho se sabía del fraile. 

Lo que sí se sabía bien era que no había olvidado sus 
aficiones militares; y así era que su habilidad y su amor ex- 
tremado por la esgrima estaban fuera de discusión; y para que 
así constase á la Orden y á la posteridad, se había encom- 
pinchado con un señor D. Tomás de la O, maestro si los 
había en el arte de los tajos y reveses, con el cual maestro 
pasaba los fastidiosos ratos del domingo y dias feriados, flo- 
rete en mano, en lugar de cojer la camándula y el brevia- 
rio .Tiraba admirablemente el reverendo, y D. Tomás de la 
O. estaba mui satisfecho de habérselas con tal émulo. 

Vamos á nuestra historia. 

Tenía el Padre Perozo un carbunclo, no se sabe dón- 
de, que esto no lo ha llegado á registrar la diligente cróni- 
ca, y venía diariamente al convento á curarle el divieso un 
individuo del Hospital militar, que dicen era practicante 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 61 

Ó cuando menos aficionado y otros que ropero, el cual era 
el héroe de esta leyenda en persona, Juan Rincón. 

El niño Del Monte disponía en la Cí^trecha celda del 
fraile todo lo necesario para la cura, ponchera, toalla, 
hilas, bálsamos y demás adminículos, antes de llegar el 
practicante ó lo que fuera; pero no bien asomaba, el niño 
se retiraba inmediatamente no sin cierto disgusto y repug- 
nancia instintiva. 

Hubo de notarlo el reverendo, y por lo mismo que le 
tenía educado á su manera, es decir, varonilmente, creyó 
sin duda que el chico tenía miedo de ver atenazar carnes 
enfermas y meter mechas de ^^hilas, y le preguntó el mejor 
día que por qué razón no le acompañaba como en todas 
ocasiones. 

Hostigado el buen discípulo, contestó: 
— Padre, temo la presencia de Rincón, porque me tiene 
cara de ahorcado (3) 

Corrió el tiempo, y sucedió lo que se verá. Estaba 
el Padre Perozo en la isla de Puerto Rico ó en España, y 
al saber el desdichado fin de Rincón, escribió á su querido 
discípulo, entre otras cosas, estas palabras: 

— * ^¡Pepito, hijo. Dios me libre de tu boca!" (4) 



HL 



LA CATÁSTROFE. 

A veinticinco de mayo, 
víspera de la Ascensión, 
mataron al Padre Canales 
el picaro de Rincón. 

Estrofas que compuso la indignación popular, y que 
así, faltas de sintaxis y todo, son el sangriento epitafio de 
{),quel inaudito acontecimiento. 



62 C0 5A8 AÑEJAS. 

Proceso célebre convertido en tradición conmovedora, 
en la cual resulta un asesino y no vulgar, con una celebri- 
dad originalísima por su condición, hechos y dichos ante 
los jueces que le condenaron. Todavía receje el oido con 
espanto aquellas palabras audaces y aquella terrible acu- 
sación y á la par protesta que contra sí mismodirige el vic- 
timario con tal de enrostrarlas á la venalidad y culpabte 
condescendencia de la justicia humana, que no es igual pa- 
ra todos; tremendo dicho que anales jurídicos ningunos re- 
gistran ni es posible que registren jamás. 

Era el tiempo de la antigua España, como llamaban 
aquí á la colonial, y el año de gracia de 1785 ó 1786, época 
de dolcefar niente y de beatífico quietismo, en que era cos- 
tumbre patriarcal echarse a dormir todo el mundo, hasta 
que las campanas de la Catedral anunciaban la hora de la 
merienda, las tres, al grado que la solitaria ciudad parecía 
un cabal cementerio y no se veía ni un perro siquiera por 
la calle, famosos tiempos de monjíos y aventuras de capa y 
espada. 

Distinguíanse entonces los hombres de iglesia por su 
saber y fama; y entre otros, había uno que por sus virtudes 
y grandes conocimientos era querido y generalmente es- 
timado. 

Conócele la tradición con el nombre de El Padre Ca- 
nales; pero su nombre era elDr. D. Juan José Canales. 

Era un hombre de regular estatura, grueso, de tez ex- 
tremadamente blanca, cara redonda, con el pelo canuco, y 
que contaba poco mas ó menos de cincuenta y seis á cin- 
cuenta y ocho años de edad. 

Son todas las señales que han quedado de él. 

Además, sabemos que era cumanés, y vino aquí á es- 
tudiar para graduarse. Asi lo hizo y se quedó en el país. 

Era de carácter, si no díscolo, al menos bastante ma- 
lo, por lo cual tenía siempre sus disputas y se grangeó no 
pocas dificultades. 

Una circunstancia notable le singulariza. I fué que 
en 1782, se instruyó contra él un expediente á causa de 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 63 

haber desagradado á los señores del Real Acuerdo algunas 
frases del sermón que predicó en celebridad de la victoria 
obtenida contra los ingleses por las armas españolas en 
1655. (5) . 

Parece que la carencia ó escasez de personas enten- 
didas en materia legal, para ser defensores, ponía en el ca- 
sera los hombres de letras de postular en favor de algún 
cliente; y una ocasión el Padre Canales, que dicen había 
sido abogado antes de ordenarse, ejerció de tal en un asun- 
to contrario á los intereses de Don Juan Rincón, usando 
de cierta virulencia de lenguaje. Sea de ello lo que fuere, 
no hai rastro de otros motivos que dieran lugar á un suce- 
so asíiz increíble como el que es objeto de este relato. 

Don Juan Rincón era un ente raro. 

Arrancaba su origen de familias mui distinguidas, las 
primeras de esta Capital, del mismo tronco que el de Pe- 
dro el Santo, su sobrino. (6) 

Era también un heato^ y como tal, hombre de austeras 
costumbres, de esa religiosidad aparente más bien que rea! 
(lo de real en el mundo es rara avis) y que casi siempre 
oculta malignidad congénita y perversión moral. Dicen 
que se hacía notar por su religiosidad y por ser no mal pa- 
recido y de no común educación. 

No hai noticias para hacer su retrato. 

Era un gran espadachín. Refieren que un caballero 
Garmona jugaba el florete con él; y todas las tardes iba a la 
Universidad á dar lecciones de esgrima á los estudiantes. 

Entregado á la más completa reserva, no frecuentaba 
el trato de los hombres, no obstante contar con buenas 
amistades. 

Difícilmente se veía el rostro de D. Juan animado por 
uno de esos destellos de íntima satisfacción que de vez en 
cuando iluminan las tenebrosidades del alma más endureci- 
da. Se cree, y asi se asegura,* que evitaba el contacto de 
sus amigos porque sentía sed de sangre, y temía matar á 
aquellos de sus (toinpííucros que más quisiese. No sería 
temerario este juicio si se tiene en cuéntala instintiva re- 



64 COSAS ANEJAS. 

pulsa que hacia él experimentaba el discípulo del Padre 
Perozo, y su extraña profecía. 

Acaso padeció lo que se llama la manía de sangre. 
En resumidas cuentas, D. Juan Rincón era un mons- 
truo en quien el sentimiento humano y la razón habían es- 
tado librando sus últimas batallas, bajo la capa de beatitud 
y los paternóster; y que ya dejado de la mano de Dios, ha- 
bíase manifestado lo que era, un gran criminal, si no por 
hábito por instinto, con el asesinato inicuo de.su primera 
esposa en cinta. 

. . Esta primera hazaña, que ejecutó fría y deliberada- 
mente, llevándose á la infeliz á una quinta cercana, situada 
en Arroye hondo y propiedad suya, porque antes nadie vi- 
vía en fincas alquiladas, quedó impune, merced acaso á lo 
distinguido de su familia y á las influencias que hizo ó no 
hizo valer en su favor su tío el Dean. Ya antes diz que ha- 
bía metido á una hija suya en un sótano. 

El caso es qfué pudo pasar libremente á Puerto Rico, 
y casó allí en segundas nupcias. 

^ Trabó una noche un altercado con la mujer y la ame- 
nazó con hacerle lo que á la otra, diciéndole: 

— Hum! y te hago lo que á mi primera mujer (7) 

— Qu4 le hiciste á tu primera mujer? preguntóle ella 
azorada. 

— Oh I que lámate, respondió Juan Rincón. 

El tal dormía con un cuchillo bajo la almohada. 

La esposa se escamó. Tenia por compañero á un be- 
bedor de sangre, anda maiSy prebendado por la señora jus- 
ticia y autorizado por ella para continuar despachando á su 
sabor indefensas mujeres; y naturalmente, no daba desde 
ese momento un ochavo por su número uno, como acá de- 
cimos. Quiso pues probar si la justicia de Borinquen ten- 
dría también fueros y privilegios en sus códigos para los 
asesinos; y corrió á denunciar al lobo^ cuando el lobo salió 
á dar tranquilamente su paseo. 

Dejaron á la mujer en palacio, moviéronse los cor- 
chetes en busca del bebedor de sangre; y bajo partida de 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 65 

registro le despacharon para aquí. Entonces aquí le deja- 
ron libre ¿cómo no? por respetos de su tío el Deán. 

Tuvo por conveniente asilarse en San Nicolás, que go- 
zaba en esa época del privilegio de ser iglesia caliente, y 
como ahí quedaba el Hospital, se empleó en él (8). 

Su sed de sangre le impulsaba á buscar víctimas. 

Según después se vio, ó supo, hizo una larga lista de 
ellas, poniendo á su cabeza al Padre Canales, parece que 
agraviado por haber cumplido su deber profesional. Otros 
dicen que se proponía empezar la degollina por un sacer- 
dote de nombre el Padre Palomino; y parece ser cierto 
cuando hai quien asevere que de público se dijo entonces 
y lo contaba éste. Sin duda sus antojos santurrones le ha- 
bían aficionado á la inocente sangre de los siervos de Dios, 
y se preparaba á derramarla en grande. 

El ensayo empezó por otros menos notables. Según 
dice la tradición tres eran los que debían desfilar en prime- 
ra línea. Ujia famiUa acomodada, que vivía en la esquina 
de la plaza de la Catedral y calle de Plateros ó Consisto- 
rial, frente al palacio dePAyuntamiento, ó Vivac como aiín 
le dicen (9), y de nombre Ortiz (a) las Coco, por poco su- 
fre la pérdida de su jefe. Juan Rincón, al anochecer, bus- 
có a éste para matarle, sin motivo, y afortunadamente no 
le encontró. 

La misma noche, y horas antes de la catástrofe qne 
conmovió tanto esta culta ciudad, un embozado se intro- 
dujo en el zaguán de la casa del Padre Palomino, al oscu- 
recer. Esta es una casa que se ve aún en la calle de la 
Separación, al lado de la que forma esquina con la calle 
del Estudio y es hoi propiedad del Sr. Francisco Bona. 
Era y es alta con dos balcones, y en la meseta tenía un 
fresco mui bueno que representaba la muerte de San'^,José, 
pinturas que se hallaban en la morada de casi todos los sa- 
cerdotes, y en algunas casas de familia por^ especial pri- 
vilegio. 

El sacerdote había ido esa tarde, como acostumbraba, 
á jugar el solo á casa de los señores D. Manuel de Peralta 



66 COSAS ANEJAS. 

y D. José Oaray, y volvía tranquilaiuente para su hoo^an 
Por fortuna para él, disgustado con tan lóbrega oscuridad 
como reinaba en el zaguán, llamó desde la puerta á su 
esclavo. 

— Vicente, hombre, trae una luz, que este zaguán está 
mui oscuro, y á cualquiera le dan una puñalada. 

Hízolo así el esclavo á toda prisa, y un bulto que so 
escurría hacia la puerta, pasó rozando el traje del sacerdo- 
te. Este no pudo contener una exclamación al reconocerle. 
— Oh! ¿eres tií, Juan Rincón? Tú estás aquí? 
— Qué es, mi amo? preguntó asustado el servidor. 
— Ese que nie ha pasado por delante al traer tú la lus, 
es Juan Rincón. 

— ¡Juan Rincón! repitió con espanto el ¡esclavo. 
— El mismo Juan Rincón! (lU) 

Hombre ya temible por el doble carácter de asesino 
y asesino impune, el susto que se llevaron sacerdote y es- 
clavo fué tremendo. En cuanto al primero, tomó tanto ho- 
rror á la casa debido á esta circunstancia y á la muerte del 
Padre Canales, ocurrida horas después, que se mudó al 
día siguiente. 

Caía la noche. 

En la calle del Estudio, frente á una que allí termina 
y se conoce con el nombre de callejón de la Cruz, hai una 
casa de las de un piso, espaciosa y fresca. Goza de un dis- 
tintivo particular que pocas tienen aquí, privilegio que le 
dejó la anexión española, por haberse establecido en ella 
un fondín: JEl café de la lieina, nombre que hasta 1888 
era visible bajo el revoque de almagre. 

Las siete ó las ocho de la noche serían del 24 de ma- 
yo de 1785 u 86. 

Ün hombre, que acabal)a de salir^ poco después del 
toque de oraciones, de rezar el rosario en San Nicolás, la 
iglesia edificada por Ovando y á dos pasos de allí, rebuja- 
do en su capa de las que entonces se usaban, cubierta la 
cabeza con un gorro de seda y puesta bajo el brazo la tra- 
dicional espada de cinco cuartas, rondaba el frente de la 
casa. 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 67 

Hallábase el que la habitaba, el buen Padre Canaleg, 
estudiando .un sermón para la fiesta del siguiente día. 

Un viejo esclavo que le servía, y desempeñaba oficios 
de portero, había recibido esa noche orden de no dejar pa- 
sar á nadie. 

El Padre estaba solo, y sentado en una butaca de cue- 
ro de las de orejas, en la sala y á la salida de la escalera, 
envuelto en su ancha harrnesa. 

La butaca estaba junto ¿i la pared medianera. 
Don Juan Rincón, que era el que rondaba la casa, co- 
mo si tomase una súbita resolución, se lanza cual si al oído 
le soplase un hálito infernal, franquea la puerto., dice al 
portero que va a ver al Padre Canales ó á confesarse con 
él, y sube rápidamente la escalera. 

Aunque nada sospecha el esclavo se opone, pero al fin 
le cuesta dejarlo pasar. 

Arrojóse con verdadero vértigo de sangre sobre su 
víctima con la espada desnuda. 

Ni tiempo tuvo de reparar el Padre Canales en suin-» 
tempestiva presencia. 

Se halló de pronto con aquel demonio, y vio brillar 
ante sus atónitos ojos la punta de la espada que le amagaba. 
Quiso reparar el golpe, y con las manos asió el arma, pero 
sus dedos cayeron al suelo trozados como mieses por la se- 
gur cortante. 

Cada estocada encontraba las manos mutiladas del sa- 
cerdote que trataban inútilmente de defender su pecho. 
— ¡Que me matan! gritó. 

Luego dobló con desfallecimiento la cabeza, y D. Juan 
Rincón, que se ensañaba en su víctima, le dio tajos morta- 
les en ella, deshaciéndole casi el cráneo. 

La sangre que saltó de las heridas manchó la pared, y 
fué marca que se enseñó durante algún tiempo. 

Es fama que era hombre de bríos el Padre Canales, y 
sp. hubiera defendido á no habérsele sorprendido cobarde- 
mente. 

Lanzó algunos lamentos en su dolorosa agonía. 



68 COSAS ANEJAS. 

Semejante excena, á la escasa y vacilante luz de una 
vela de cera en su guardabrisa, que envolvía en dudosa 
claridad la sala, era de un efecto singularmente horrible. 

El sacerdote, tendido en su butaca, con más de medio 
cuerpo fuera de ella, las piernes estiradas, en desorden el 
traje, bañado en sangre, mutiladas sus manos, la cabeza 
hecha añicos tirada hacia atrás, y el asesino delante de él, 
azorado, descompuesto el rostro, hinchadas las narices co- 
mo el tigre al olor de la sangre, revolviendo los cárdenos 
ojos á todos lados. 

Como vuelto en sí, limpió la espada en la bata de 
la víctima, y se precipitó por las escaleras abajo cual si fue- 
se perseguido por las furias. 

Cayóséle el gorro que dejó olvidado. 

El fiel esclavo había oido los gritos de su amo, y sa- 
bía corriendo cuando el asesino bajaba. 

Don Juan Rincón lo echó á un lado de un empujón. 

Pero por su mal, un viejecito que habitaba un cuarto 
bajo en la casa, de nombré el Sr. Javier Sterling, salió, al- 
btfrotó el barrio, gritó que lo cojieran, y echó á correr tras 
él. 

No fué esto sólo. Al lado vivk otro señor de apelli- 
do Del Monte, hermano de una Doña Carmen Del Monte, 
y al primer grito del Padre Canales parece, ó al del vie- 
jo Sterling, sospechando algo siniestro, salta de su ha- 
maca, empuña su fuerte tizona y se lanza también esca- 
leras abajo en el momento en que lo hacia el asesino en la 
otra casa; porque justamente cuando trasponía el umbral 
de su puerta, salía Rincón de la del sacerdote con la espa- 
da en alto. 

Don Juan Rincón corrió en dirección del Hospital mi- 
litar en que era ropero ó practicante y donde estaba asila- 
do, porque el establecimiento quedaba en la parte alta de 
la iglesia de San Nicolás, á fin de ampararse en ella. 

Del Monte, adivinando el sangriento drama que aca- 
baba de verificarse, echó también á correr con brío tras 
el alevoso matador. 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES 69 

— ¡Favor al Reil ¡Date á la justicia! ¡Al asesino! ¡Al a- 
sesino! gritaba Del Monte con furia. 

Don Juan Rincón trasponía ya la esquina frontera á 
las tapias del patio de San Nicolás, é iba ya tal vez á que- 
dar impune aquel otro crimen; por lo cual Del Monte re- 
dobló sus esfuerzos para alcanzarle con un vigorozo cinta- 
razo. El viejo Sterling corría á la par de Del Monte. 

A los gritos, la guardia del Hospital acudió así como 
otros soldados, sin duda de la guardia de un coronel Ca- 
brera que vivía en la casa conocida por la Joven República 
enla callejuela de la Esperanza y la cual desemboca en la 
calle del Estudio. La casa está á dos pasos de esta última. 

Entre ellos había un joven que no hacía cuatro días 
que había sentado plaza para sostener á su abuela, y por 
consejo que á esta dieron buenas almas. 

Precipitáronse al paso del assino y le opusieron sus ba- 
yonetas cuando iba ya á ganar el asilo. 

Pero Rincón, esgrimidor consumado, y como el jabalí 
que acosa nua trailla, nohizo caso de los que venían tras él y 
cruzó su acero con las puntas que amenazaban su pecho 
defendiéndose en retirada con admirable serenidad. Y se 
hubiera salido con la suya, á no templarle el joven soldado 
dicho un tremendo culatazo en la cabeza que le hizo caer 
de bruces cuan largo era, y volviendo luego, el arma, púso- 
le la bayoneta al pecho. Esta acción le valió ser ascendido 
á sargento primero (11). 

Entonces se echaron sobre él los soldados, y ayudados 
por Del Monte le ataron. 

Esto pasó en un santiamén; porque la distancia de la 
casa á la iglesia es de una cuadra y media, y como todas 
lasde la ciudad sólo medirá la cuadra dicha unos treinta 
pasos. 

Mientras tanto, el esclavo del Padre Canales, viéndo- 
le nadando en su sangre, salió despavorido diciendo: 
— ;¡Han matado á mi amo! ¡han matado a mi amo! 

En un instante voló la noticia como un reguero de 
pólvora por toda la ciudad, y el pueblo en masa acudió al 



70 COSAS AÑEJAS. 

lugar de la catástrofe, dando muestras de dolor inmenso y 
aturdidos todos con el gravísimo escándalo. ^ 

jCoga nunca vista en la Ciudad Antigua! Primera ca- 
tástrofe en Santo Domingo, como dicen I09 ancianos, en 
que era además raro y que causaba verdadera consterna- 
ción un homicidio cualquiera. 

¡Figuraos el efecto de semejante ocurrencia! 

En tanto que la multitud se amontonaba en la casa y 
en las calles, y contemplaba con asombro imposible de des- 
cribir á la mutilada víctima, y todo era gemir y lamentar 
por tan inaudito acontecimiento que deshonraba la histó- 
rica villa, puso el colmo al espanto que embargaba los áni- 
mos el repentino toque lúgubre, solemne y pavoroso de la 
campana mayor de la Catedral y de las de los otros tem- 
plos, toque de excomunión, casi nunca oído. 

Serian en ese momento las ocho y media de la noche. 

En efecto, el Arzobispo D. Isidoro Rodríguez se diri- 
gió con el Cabildo á la iglesia metropolitana desde que su- 
po tan funesta nueva, y hacía excomulgar al miserable ase- 
sino. Las ceremonias de tal acto tuvieron lugar al día si- 
guiente por la mañana, en que se encendieron velas verdes 
y se hizo todo lo demás que se estila en iguales casos. 

Inmediatamente acudieron facultativos al lugar del su- 
ceso, aunque inútilmente. De tal modo quedó la desdicha- 
da víctima, que al tiempo de vestirla, tuvieron que sujetar- 
le el dedo índice con una faja, pues lo tenía desprendido, 
y con una cinta atarle el cáliz. En cuanto á los gorros de 
matador y víctima, el del Padre Canales fué recogido y 
puesto con respeto sobre una cómoda por los primeros que 
allí llegaron, y con el de Rincón jugaban á la pelota los 
muchachos al día siguiente, diciendo: 

— Miren el gorro de Rincón, el que mató al Padre Ca- 
nales. (12) 

La confusión fué espantosa: no lo habría sido menos, 
si uno de aquellos terribles terremotos que ya nos eran fli- 
miliares',^ hubiera sacudido convulsivamente la tierra. 

Condujeron al malvado á lus anexidades del Hospit^, 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 71 

y allí se constituye) el Juez del Crimen con sus ministriles 
á fin (le sustanciar Ih sumaria. 

En ese momento era que tocaban la excomunión. 
Aquí es que se ve la índole perversa de aquel hombre. 
El Juez del Crimen, con voz grave y solemne pregun- 
ta al ])revenido, después de las formalidades de lei: 
— Diga Ud. ¿quien mató al Padre Canales? (13) 
— ¡La justicia de Santo Domingo! respondió D. Juan 
Rincón impasible y con tono fiero. 

Miráronse todos atónitos, y el magistrado se quedó tu- 
rulato. 

— Conteste Ud. con respeto á la justicia, replicó éste con 
voz severa. ¿Quién mató al Padre Canales? 

— He dicho, insi.^tió el asesino, que la justicia de Santo 
Domingo. Porque si cuando yo, agregó con tono sentencio- 
so é insolente, maté á mi primera mujer embarazada, me 
hubieran quitado la vida, no habría podido matar al Padre 
Canales. 

Jamás inculpación más grave ni más sangrienta se a- 
rrojó ala íaz de los hombres déla lei. Era un cargo que con- 
tra sí Rincón hacía, pero con el fin de apostrofiír á la justi- 
cia humana por su culpable lenidad dejando impune un cri- 
men atroz por atender á mezquinas consideraciones sociales 
y á influencias malsansjs de valedores poderosos, que logra- 
ron hacer irrisorianibnte nula la acción de la lei. ¡Lección 
tremenda para quienes pierden el respeto á ésta y á la so- 
ciedad, vulnerando los fueros de la una y burlando á la otra 
para burlar á entrambas; haciéndose realmente con seme- 
jante lenidad más criminales que el criminal que preten- 
den sustraer á la acción reparadora de la justicia! 

Don Juan Rincón, con aquellas espantosas palabras 
que se han hecho célebres entre nosotros, vengó á la socie- 
dad y á la lei. 

Por ello sólo merecía la absolución. 
Allí se vino en conocimiento de que tan premeditado 
fué el hecho, que el asesino confieso y comulgó antes, para 
alejar toda sospecha. I dicen que se le encontró en el bol- 



72 COSAS AÑEJAS. 



sillo una lista de treinta personas á quienes debía matar, en 
la que figuraba aquel Padre Palomino, y la cual estaba en- 
cabezada con el nombre del Padre Gímales. 



IV. 



LA EJECUCIÓN. 



Indudablemente, D. Juan Rincón sería juzgado en el 
tribunal del Alcalde Mayor, cuando consta que apeló de la 
sentencia. Dicen que en aquella vista repitió sus audaces 
palabras y no negó que quisiera matar al Padre Palomino. 

En el extremo de la calle de Las Damas ó Colón, con- 
tiguo al que fué gran palacio de los gobernadores y es hoi 
de gobierno, aunque medio en ruinas, se ve, formando es- 
quina el que es hoi palacio de la Suprema Corte de Justi- 
cia y en los bajos Administración General de Correos. Es 
pequeño y de construcción tosca. Tiene un regular patio 
embaldosado al medio, arriba una galería de arcada que 
forman columnas dobles de piedra, y se comunica por el pa- 
tio y por los altos con el antiguo palacio de los goberna- 
dores. La sala es estrecha. Tiene al frente y á espaldas de 
esta dos pequeñas habitaciones, y detrás de la segunda un 
saloncito. Llamábase también palacio de los Contado- 
res- (14) 

Condujeron pues al reo ante la Real Audiencia, reu- 
nida en ese edificio. 

Muí de mañana, la gente se agolpaba en la puerta de 
la cárcel para verle salir, y luego en todo el trayecto, por 
la calle dicha. 

El reo se mantenía fieramente sereno, porque es sa- 
bido que era el tal D. Juan Rincón hombre de pelo en pe- 
cho; y así arrostró las furiosas miradas de la multitud que 
deseaba s.u sangre. 

Cuando desapareció bajo el dintel de la puerta, llenó- 
se de gente el palacio. 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 73 

!La Real Audiencia! ¿En quién no despierta eco ese 
nombre, cuando es su creación una gloria de nuestra tierra? 
Por rivalidad con el Almirante D. Diego el suspicaz rei 
Fernando quiso quitarle esa parte de sus preeminencias 
cual era administrar justicia, bien como le disputó siempre 
los títulos ganados por su padre, y para ello eligió perso- 
nas hábiles á fin de intervenir además en los asuntos de la 
colonia; de modo que hasta cierto punto representaba 
ese Cuerpo así formado que se llamó Beál Audiencia 
la persona del monarca, y de ahí el uso del Real Se- 
llo que tenía. Fué la primera establecida, en América, 
porque hasta entonces no las hubo en ella, y sirvió de modelo 
para todas las que se crearon, y por su excelente organiza- 
ción, aun á las colonias americanas de otras naciones. Ade- 
más, el recuerdo de la de Santo Domingo está ligado con 
las grandes conquistas y descubrimientos en el continente 
colombiano. (15) 

Severo y magestuoso era el aspecto de aquel tribunal 
augusto, que, como hemos dicho, representaba la persona 
del monarca y su justicia. Cubría á los ancianos magistra- 
dos la toga y el birrete; los maceros con sus dalmáticas ro- 
jas galoneadas de oro, detrás de los sillones de aquellos, al 
hombro las barreadas mazas de plata; el Alguacil mayor 
vestido de negro, con calzón corto, ferreruelo y golilla á lo 
Felipe III, zapatos bajos con hebillas y estoque de Toledo 
al cinto, colocado debajo del estrado, á la derecha; el otro 
Alguacil, que anuncia á los magistrados y abogados, junto 
á la puerta, con pantalón corto, zapatos con hebillas, frac 
azul galoneado de oro y botones de lo mismo, tricornio y 
espada. 

Veíase al Promotor fiscal en su tribuna de la derecha, 
al abogado enfrente, al Relator por bajo del sitial del Pro- 
motor, y al Escribano de Cámara en su mesa, frente al 
Relator. 

La fatal espada estaba allí sobre un mueble despidien- 
do brillo siniestro. Era una magnífica pieza de Toledo con 
gavilanes y adornos de plata. 



74 COSA-S AÑEJAS. 

El reo entró con desenfado y ocu)>ó el banquillo; mién- | 

tras las escaleras y las puertas se custodiaban por guardias 
de ugieres. I 

Comenzó el juicio. i 

jQué sabemos de eso? Hasta ahí no ha podido He- | 

gar la investigación curiosa, porque faltan archivos; aunque 
hubiéramos querido dar á esta tradición el carácter de un 
proceso célebre. Sí sabemos que la sumaria se instruyó i 

en pocos dias. I 

Baste saber que el Relator dio lectura de los autos; se I 

hizo la inquisitiva al reo; se oyeron testigos, de los cuales 
seguramente no hubo uno á descargo; acusó el Promotor i 

Fiscal, defendió el abogado; replicaron y contrareplicaron; 
y aquí, fin fdel juicio. I 

Solamente la tradición llegó á recojer unos cuantos da- | 

tos, entre ellos el que conocemos, lo que era ya como fór- j 

muía en este acontecimiento. 

— Acusado Rincón, le interrogó el Presidente ¿quién | 

mató al Padre Canales? , 

— ¡La justicia de Santo Domingo! repitió Rincón por la | 

centésima vez imperturbable y con voz segura, como si i 

fuesen sus palabras tremendo fallo de la historia, eco lúgu- I 

bre de acusación terrible aunque justiciera del criminal 
contra la sociedad que ahora le castigaba tardíamente. 

¿Qué obsecación ó terquedad era ésta? ¿Acaso había 
cedido á una idea fija? Es fama que en los interrogatorios 
declaraba que una voz interior le decía: mata! mata! (16) 
Por fin, aparecieron nuevamente los Oidores después 
de breve deliberación, y el Escribano de Cámara leyó la 
terrible sentencia. 

Esta fué la que podía esperarse á pesar de los valimien- 
tos que antes tuvo. D. Juan Rincón fué condenado á pena 
de horca, á ser descuartizado y frito en alquitrán, confor- 
me á la usanza de la época. 

Grande «atisfacción en el público. 
En la cárcel, D. Juan Rincón dio muestras de arrepen- 
timiento y confesó y comulgó devotamente, esta vez no pa- 



LA MUERTE DEL PADRE CANALES. 75 

m 

ra desorientar & la justicia como en dias anteriores; por lo 
cuaT se le levantó la excomunión. 

Pero en capilla, en que estuvo tres eternos días, solía de- 
clamar con profunda convicción y gesto trágico su tema fa- 
vorito: 

— ¡Padre Canales! ¿Quién te mato'! La justicia de 

Santo Domingo; porque si desde que yo matéá mi mujer ^ me 
hubieran dado mi merecido , yo no habría vuelto á tener la 
tentación de matar! (11) 

El pueblo estaba agitado é impaciente. 
Llegó por fin el día de la salvaje expiación de aquel y 
todos sus crímenes. 

Las tropas formaban, y mncliedumbre inmensa aguar- 
daba al reo, ocupando la calle de las Damas ó Colón, fren- 
te al vasto edificio, antes coronado, dicen, por una estatua de 
Mr.rte, y construido por Ovando de orden expresa de los 
reyes para ser cindadela ó castillo, en cuyo recinto se halla 
el famoso torreón del Homenaje, ó sea la que en las historias 
se Mama.- fortaleza, (1 8) 

Redobló lúgubremente el tambor, y el infeliz D. Juan 
Hincón apareció á la entrada de la alta puerta de estrecho 
arco y arquitectura rígida y sobria, como siniestra evoca- 
ción de genios maléficos, tíobre ei rostro llevaba encajado un 
capuz ó caperuza negra salpicada de calaveras y canillas y 
llamas rojas, sin abertura ])ara los ojos, que terminaba en 
cucurucho, y le acompañaban dos sacerdotes con sendos 
crucifijos. 

La costumljre pedia que. el reo fuese montado en bu- 
rro, como signo de oprobio acaí;o, y llegaron las considera- 
ciones por su familiia ¡siempre el favor indigno! hasta omi- 
tir tan sacramental requisito. D. Juan Rincón empendió 
pues a pié la via-crucis, el para un reo largo trayecto de la 
Fuerza á la plaza del i\ratadero. 

El clarín iba repitiendo modulaciones estridentes. 
Don Juan Rincón marchó al suplicio, con valor, dicen 
las crónicas, y repitiendo aquellas sangrientas palabras: 

— ¡Padre Canales! Quien te matóf La justicia de Santo 
Domingo! 



76 COSAS A^EJAS- 

La horca se levantaba en el logar nombrado la plaza 
del 3Iatadero, cerca del faerte de San Gil, á la orilla del 
mar, por el Sur. (19) 

AHÍ llegó la fúnebre procesión. Las tropas formaron 
el cuadro. 

Los brazos del ominoso instrumento se levantaban 
sombríos y rígidos en el espacio. 

Junto á la horca, dos negras y grandes pailas colma- 
das de alquitrán, las cuales se traían del cuartel déla Fuer- 
za para el caso, estaban preparadas ya y hervían con sor- 
do rumor despidiendo nubes de espesísimo humo, ])ara la 
ultima brutal operación que exigían las ideas absurdas que 
sobre las penas y sus efectos se tenían entonces en el mun- 
do, y de las que realmente difieren poco las de hoi. 

Don Juan Rincón subió al tablado que para las ejecu- 
ciones se levantaban. 

Sonó el clarín, anunciando que el momento era lle- 
gado. 

Los sacerdotes le exhortaron por ultima vez,- dándole 
á besar el crucifijo, y se despidió de él quien quiso. ¿Ha- 
bló? Sí habló en el patíbulo sería sin duda para hacer oír sus 
fatídicas palabras, protesta del mal contra el orden social 
desquiciado por sí mismo; ó también pudieron ser palabras 
de arrepentimiento y contrición, porque es positivo que se 
arrepintió. 

• Los verdugos echaron el dogal al cuello de la víctima, 
y le hicieron subir al banquillo. 

A poco, el cuerpo del matador del Padre Canales era 
lanzado al espaeio donde oscilaba siniestramente; y un ayu- 
dante del verdugo, encaramado en sus hombros, le aligeraba 
la muerte. 

Clamor inmenso saludó aquel triste espectáculo. 

¿Estaba satisfecha la vindicta publica? 

Serviría la muerte infame de un hombre inicuo para 
escarmiento de los demás? 

Como la calentura no está en la sábana, los raalos ins- 
tintos, faltos de toda otra educación que esa del patíbulo, 
campantes y sueltos se encojen de hombros, y dicen: 



LA MUERTE DEL PADBE CANALES. 77 

Que haya un ahorcado más jqué importa al mundol 

Sin duda, D. Juan Rincón, que empezó por ser me- 
dio asceta y allá en sus adentros querría refrenarse acaso 
con ayunos, rezos y mortificaciones, tenía según hemos di- 
cho, la monomanía sangrienta; y si hubiera encontrado den- 
tro de sí otras fuerzas más eficaces, como por ejemplo, las 
de la educación, 6 sea, saludable inspiración que deben dar 
el hogar y la sociedad, puede que habría éalido victorioso 
de la lucha que contra sí habia emprendido. 

Muclioá Rincones habrá mientras no haya en el mun- 
do suficiente educación moral; y pasen estas digresiones 
en gracia de la oportunidad. 

Que esto y más sintetiza la célebre frase justiciera, 
cortante como un cuchillo, de Rincón: 

— ¡Padre Canales! ¿Quién te mató? La justicia de Santo 
Domingo! 

Ejecutado el reo, los ayudantes del verdugo lo descen- 
dieron palpitante del suplicio y le tendieron en el suelo. 

. Entonces empezó el verdugo la cruel operación de des- 
cuartizar el cadáver. 

Auxiliado de sus mozos y valido de grandes cuchillos, 
dividió la cabeza, destrozó los ligamentos y rompió articu- 
laciones; oyéndose entre el pavoroso silencio de la multitud 
estallar los huesos y chirriar las carnes. 

Una vez separados los miembros del tronco, echában- 
los en las negrísimas pailas. 

El pueblo presenciaba esto con curiosa tristeza. Lds 
niños bien en alto, los ancianos en primera fila. 

Mientras tanto, el maestro herrero que forjaba loa gar- 
fios para casos como aquel, esperaba, provisto de una boni- 
ta colección de ellos y de cadenillas. 

Trájose un pequeño atai|d que el Estado suministraba, 
y el verdugo recogió con sus manazas las humeantes entra- 
ñas de la víctima que se habían derramado en parte, y las 
metió en el féretro, así como la espina dorsal y costillas, lo 
que restaba de aquel cuerpo que la lei tajaba y mutilaba 
sm piedad. Cargaron luego unos hombres con el ataúd, y 



78 VOaXH AÑEJAS. 

fueron á depositarlo en los bajos del Cabildo, plaza de la 
Catedral. 

Ya estriban prevenidos los '^Hermanos de la Miseri- 
cordia", y tomando aquellos despojos sangrientos, y for- 
mándole lúgubre cortejo, emprendieron su acostumbrada 
triste procesión por la calle de Plateros hacia Santa Bárba- 
la, eu el patio de cuya iglesia les dieron sepultura, pues era 
el cementerio de los ajusticiados. Entonces todos los pa- 
tios y naves de las iglesias eran cementerio general. (20) 

Maese el forjador se acercó é hizo sonar sus herrajes 
mortuorios. En el un garfio clavaron la cabeza medio en- 
negrecida y quemada del reo, en otro las piernas, y en otros 
dos cada brazo y mano. 

Para el acto final, el pueblo se puso en marcha siguien- 
do al verdugo y sus ayudantes, para ir á dejar cumplida la 
justicia del rei. Era lo más espantable del mundo mirar 
tanto miembro humano pendiente de negros garfios pa- 
sear las calles, asidos por los arremangados brazos de los 
ejecutores, para clavarlos en los lugares designados. 

Colocóse la cabeza, segiin una de las versiones, en la 
puerta de la Atarazana, las piernas en el Conde, una mano 
en la puerta de la cárcel, y la derecha, con que cometió el 
homicidio en la misma casa del Padre Canales, sobre la ho- 
ja de la puerta, pendientes todos los miembros de cade- 
nillas. (21) 

El alquitrán que destilaba la mano cubrió la acera y 
quQíló allí para recuerdo. A los cuarenta días justos des- 
colgaron los expuestos miembros y les dieron sepultura. 

Así acabó el drama sangriento.^ 

Todavía se repite, á guisa de adagio, por sentencioso 
estilo el elocuente y tremendo apostrofe: 

¿Quién mató al padre canalesI ¡La justicia de san- 
to domingo! 



Mayo de 1890. 



PfiOFMÁCION! 



episodio. 



* -.^E^i ^¡^^^^ ^ ^ -lí- l^to ^'i^ ''Ür '^11^ ^1^- ^ r. »íl^ ¡^ ^'■Jí \4íc' 'J^^ 1^ wir : '^^M^ ^^. '^^ 



¡PROFAMCM! 




I AS once de una noche de luna daban en el palacio del 
¡[Consejo de Notables, como se denominaba entonces 
ei Ilustre Cabildo y Regimiento de la Ciudad Antigua. 

Era el mes de febrero de 1840. 

Cuatro hombres, á lento paso, cojidos del brazo y ta- 
rareando la Marsellesa, turbaban el silencio de lía solitaria 
ciudad. 

Iban por una calle surcada de zanjones, esmaltada de 
charquitos, empolvada á trechos, y provista de pedruscos 
de todos tamaños. 



83 COSAS AÑEJAS, 

Claridad diáfana dibujaba los negros contornos de laa 
casas vetustas, y de cuando en cuando un airecillo frío ve- 
nía corriendo del Norte y barría la voluminosa capa del 
cernido polvo que ordinariamente cubre nuestras calles en 
tiempo de seca. ' 

Los susodichos marchaban al compás de las estrofas 
arrogantes y sublimes de Ruger de lisie. 

Lus cuatro eran jóvenes. Dos de ellos haitianos; el o- 
tro, francés. 

Llamábanse por orden de edad y gerarquía: Alcius 
Ponthieux, Altidor Ponthieux, Monsieur C. y Joseph Sal- 
vador. 

Alcius Ponthieux era apuesto mozo, mesti?:o de color 
claro, de rostro ovalado, escasa barba, ojos verdes y vivos, 
y de estatura mediana. Era hopibre de indisputable talen- 
to, y medio poeta. 

Altidor era su hermano. Altidor, bello joven, "oriun- 
do de las costas africanas", como dijo un poeta quisqueya- 
no en parecido retrato de mujer, bello cuanto puede serlo 
un hombre y magnífico ejemplar de su raza. Tinte de é- 
bano puro y cutis suave, de perfecto óvalo, nariz perfilada, 
ojos expresivos, bo^o naciente y talla igual á la de su 
Jiermano: tal era la interesante figura del menor de los 
Ponthieux. 

Ambos, mui simpáticos y populares, inteligentes é ins- 
truidos, educados como todo haitiano de recursos, en Fran- 
cia; y por más senas, poseían una excelente biblioteca quft 
dejaron al ausentarse de la libre tierra dominicana. 

El padre de estos jóvenes haitianos era en aquella é- 
poca seBior de vara alta, un tutumpoten (1), como donosa- 
mente califica nuestro vulgo. Era el Administrador Gene- 
ral, y habitaba, para tíienguade los Joaquín García, los Kin- 
deláa y los Urrutia^ el mismísiu^o palacio de los antiguos 
gobernadores de la Española. Los bajos estaban destina- 
dos á, oficinas publicas como la Administración de Hacien- 
da y otras. 

El francés era un joveí) elegante, y tarubién tipo dQ 



Íproi^áñacion! 8ñ 

Varonil belleza cáücásicia. Dé cara tii*an(ío á ffedondai ojoá 
negros y decidores, nariz aguileña, boca regular, bigote y 
cabello negros, sonrosado cutis y buena estatura. 

Había tenido el raro privilegio de dar su nombre auna 
moda que ii)trodujo en el país: }fis> pantalones estrechos y 
aflautados que era necesario ajustar mediante papelillos y 
bregas y sudores dignos de mejor causa, y los cuales soliarí 
teirse en plena iglesia ó calle de la extravagancia de sus 
dueños. En honra de su inventor se decían ala .Jal. 

El cuarto y más humilde era un artesano, zapatero^ 
individuo de color que nada de particular ofrecería, sino a- 
Caso que, por el contraste^ debía de ser un gringo demasia- 
damente de feo. (2) 

Los Ponthieux eran jóvenes presumidos y elegantes^ 
los dandys de aquella -época. Por tanto vestían irreprocha-^ 
blemente, de casaca según el corte parisiense, pantahSn de 
lanilla ajustado y con estriberas (Alcius los usaba de go- 
ma siendo el primero que los introdujo aquí), camisa dé 
cuello alto y gregorillo, y corbatín de color con ün luzito al 
medio; cubriendo su cabeza con uu vjoier-proof^ sombrero 
alto que tenía la honñi de ser así llamado y el cual iba an^ 
gostando hacia arriba. Calzaban magníficas botas |X)r den- 
tro del pantalón; y en cuanto al artesano, vestía de dril 
blanco. 

Llegaron á la mitad de la calle de Plateros, y donde 
desemboca la calle de San Francisco; es decir, que la sua^ 
Ve cuesta del mismo nombre se abría ante ellos. 
—•Allons enfants de la Patrie, .e. .e. .e 

Lanzaron en coro, con voz vibrante; y el eco alegré 
rodó hasta el extremo del barrio y de la villa, hasta el rid 
cercano, y se estrelló en la mole grave y sombría del mo- 
nasterio que en lo alto de la cuesta se alza. 

r.— Eh! interrumpió Alcius, dirigiéndose a una especie dé 
chimpanzé que Venía detrás de ellos cargado con un pesa-^ 
do canasto, ch, Planchot! 

Maldito si merecía el cuadrumano aquel el honrd^d 
tlombre de guerra del criado de iV Artagnan; pefó liabíd^ 
ííido rasgo humorístico ds Alcius el dársele* 



84 COSAS áSejas. 

El criado no, el plantóa 6 especie de asisíeilte, porque 
como en tiempos de la Revolución francesa, ningún maüó po- 
día ser criado de otro ?72a>¿¿, el plantón subió el declive y 
entró en las ruinas de la iglesia del monasterio con su ca- 
iiastü en la cabeza. 

Sobre la lometa, ó cuesta según la denominan, de San 
Francisco, Ins magostuosas ruinas di;I monasterio de su 
nombre, primero que se edificó en América, se yerguen 
como un venerable símbolo de grandezas pasadas, tajado á 
treclios, que no derruido, por el tiempo, como gi^jante (fe 
viva piedra que desafiara sus iras, euncírrecido, ceñudo, con 
revueltas raices legendarias de copeyes é Jíiíjos, arraigadas 
y enlreiazadas entre sus poderosas niasns como arlerias ó 
miísciilos de ?ecular'.s lefios: y ensefíando aún con cierto 
desdeñoso gesto, el arco solidísimo de su puerta de seve- 
ra anjuitectura, intarto. 

Parece, al mirársele por el lado oriental, ó sea, desde 
el p!6 de la cuesla, u\] coloso á quien se hubiesen sacado 
los ojos y divididí) los hombros, con los es¡».acios vacíos de 
su campanario y con la parte superior de sus estribos rígi- 
dí>$ y cu^il hechos de una S')]a ¡óeZi^. 

Ese edificio, semí?jant.e á un ('astillo señorial como ni- j 

do de á'iuila sns¡iendjdo en la |)rqntña loma, tiene razón \ 

de ser orgulióoamente magcstuoso en su misma decrépita 
vejez. 

Creería uno oír voces que dicen que en su seno encienra 
los recuerdos de aquel Frai Antonio del Espinar, Prior de 
los franciscanos, los primeros venidos al Nuevo Mundo, y 
celebre, no por sí mismo, sinoá causa de las disputas sus- 
citadas en la colonia j>or el indómito Padre Afontesiuo; de 
aquel hormazo del rei de R.'>'.'o::ia, hecho fran^'iscano sabe 
Dios por qué misterios, y roiicMi dice la liistoria que bajo 
el tosco sayal r{)nserva.ba sr.s; íMúueras arist(»c^*;nicas; delí)s 
Padres G'''rnninios, nir* allí se hospedaron al venir á go- 
b'^rnar la isla, enviíii'h)S ¡)or el ennleyírd J^menn:' d'^ Qjcjup- 
ro', hasta que fueron áocu!)ar la Casa de la iiíoneda ó de 
Contratació:!, a dos pasos de aquel lu^ar (3), y de un frai- 



¡profanación! 85 

• 
le, el Padre Perozo, maestro de nuestro Nuñez de Cáce- 
les, del Dr. Faura y otros. También encierra la tumba, 
ya desconocida, del Adelantado de las Indias D. Bartolo- 
mé Colón y probablemente de Francisco Garay, explora- 
dor con Miguel Díaz de esta comarca, para fundar la ciu- 
dad Capital, quien disfrutaba- el patronato del monasterio 
cuya iglesia tiene puesto el pié sobre las cenizas del sober- 
bio Alonso de Ojeda, el osado aventurero y aprisionador de 
Caonabó. 

A la izquierda del templo, entrando, quedan los vas- 
tos edificios del monasterio, celdas, crujías, pasadizos y ga- 
lenas, la pequeña capilla llamada de la Tercera Orden y 
los grandes patios. Las profanaciones de los hombres en 
tiempos de Haití sobre todo, hicieron allí destrozog; y es 
constante que las columnas de piedra del palacio de Go- 
bierno pertenecían á las galerías del monasterio, que utili- 
zó el gobernador haitiano Borgela, constructor de ese pa- 
lacio. En el patio principal existen las paredes de un gran 
cuadrado que servia para bañadero de los frailes. 

Cantaron de nuevo al atravesar el arco de la puerta 
pisando en los umbrales sus plantas de extraños profanado- 
res la tumba del tremendo espadón de la conquista: 
— AUons enfants de la Patrie, .e. .e. .e 

Al ruido que hicieron, los murciélagos y lechuzas que 
poblaban las desiertas ruinas de la iglesia conventual, chi- 
llando y rebotando en vuelo torpe por los ojos de las clara- 
bayas y los rotos arquitrabes, hicieron coro á los ecos inso- 
lentes de las marciales voces que retumbaron por aquellos 
muros. 

¡Venerable San Francisco! 

¡Quién á tu aspecto no siente sobre el espíritu el peso 
de tus moles rebosantes de históricas reminiscencias! ¡Có- 
!Tio no perderse la mente en lo que traes á la memorial 
¡Grandezas legitimas, glorias mui altas son que publicas, las 
conmovedoras paginas de la conquista, y del nacimiento 
pasmoso de» la primera ciudaíi del Nuevo Mundo, surgien- 
do de una vez talhula en gig-uitesca piedra, con magestuo- 



86 COSAS AÑEJAS. 

sas cúpulas y fachadas, con palacios vastísimos, con man- 
siones orientales, con templos magnificosl 

El aspecto de las ruinas era solemne é imponente. 

Confusa oscuridad, medio desvanecida por la nacien- 
te luna, daba á muros y capillas un tinte de soñolienta poe- 
sía y romántico arrobamiento. 

Se tropezaba, al 9,ndar, con las altas yerbas en que 
chirriaban los grillos, y los revueltos trozos de la bóveda, 
completamente desplomada. En el ábside, sin restos de te- 
chumbre, hai un gran enterramiento oculto en aue la tradi- 
ción dice que yacen los despojos de Don Bartolomé Colón, 
los cuales, sin ninguna duda, no han sido removidos de 
allí. 

A esta mano, entrando, y entre muros perpendicula- 
res á los costados se abren dos capillas bajas de hendida 
bóveda y cuyos aristones amenazan caerse hechos peda- 
zos, ostentándose en la más próxima al presbiterio un es- 
cudo de armas con casco de caballero. Ciertas pinturas 
al temple se conservan todavía; y aún se ve en uno de los 
muros una puerta que parece dar paso á algún subterráneo. 

La pared interior de la fachada con dos huecos como 
dos ojos en lo alto, y sobre el borde de la misma, la desgre- 
ñada cabellera, entre verde y seca, de los copeyes^ en que 
el viento registraba tonos extraños y silvantes notas. 

El compére había improvisado una mesa, con una gran 
piedra desprendida de la bóveda, y en ella brillaban, mer- 
ced á la luna que había empezado á invadir aquel recinto, 
sobre el fondo blanco del mantel, las latas abiertas y per- 
fumadas de las conservas alimenticias, las ostras y langos- 
tas en ríos de pi mentado caldo, sobre fuentes de porcelana, 
pasteles incitadores, pollos fiambres, el jamón con su trin- 
chante clavado y panes blanquísimos. Reservados queda- 
ban en el canasto milagroso las compotas y demás capri- 
chosas confituras aparejadas para el caso. 

Como columnas entre destrozados frontispicios y co- 
rintios chapiteles rotos de templo olímpico, alzaban arrogan 
teniente el erguido cuello las botellas acá y acullá, entre 
los manjares multiformes. 



¡profanación! 87 

Aun hervía en ellas rabioso por salir el generoso Ti-' 
quido bajo su cubierta de corcho y los cerrojos de alambre 
retorcido. 

jQué era aquello? 

Orgia singular y provocadora en medio de unas ruinas 
sagradas por la historia y el arte. 

Calaverada insigne, a modo de reto á las eminentes 
memorias que significaba semejante sitio, lanzado por do- 
minadores del suelo patrio en desdoro . de sus envidiables 
timbres, y á todo lo que era recuerdo del pasado poderío 
español que era el de nuestra raza en la América latina. 

I esto, entre dos monumentos, las tumbas célebres de 
Alonso de Ojeda y Don Bartolomé Colón. 

Los jóvenes recorrieron el recinto del templo, y apo- 
derándose de unos envoltorios que habían venido á guisa 
de tapa sobre el canasto de víveres y licores, procedieron 
rápidamente á la más extraña de las operaciones. 

Encajáronse largas vestes azules por la cabeza, y cu- 
brieron ésta de amplio capuchón. 

Los cuatro se habían transformado en un instante en 
otros tantos frailes franciscanos. 

Sin esta toma de hábitos parece que no podía quedar 
completo «1 festín misterioso. 

Era de ver el efecto tremebundo de esta excena pe- 
regrina. Sobre el fondo oscuro de las ruinosas celdas que 
quedaban á la izquierda y medio dísfuminados en la penum- 
bta que producía la luz de la luna bajando desde la cresta 
áspera de los muros cenicientos, los frailes redivivos apare- 
cían como verdaderas evocaciones de los franciscanos. 

Cualquiera que los hubiera visto, habría jurado que 
eran recién salidos de sus sepulcros. 

El mismo compére no dejó de mirarlos con ojos en que 
se confundían la curiosidad y una regular dosis de miedo. 

Sentáronse buUicipsamente en el suelo, sobre la gra- 
ma amarillenta que aun brotaba y las duras escóbitas (A)f 
después de probar Alcius Ponthieux si las dos magníficas 
pistolas compradas por él en París, estaban bien cebadas. 



88 COSAS aSejas. 

Salieron á relucir bruñidos cubiertos, y empezó un 
ataque en forma de los esponjados pasteles y las conservas. 

I mientras comían y charlaban, el compére hacia saltar 
el corcho de los añejos vinos de Francia, las ardientes cos- 
tas de Sicilia y las vegas españolas, y a cada estallido, se- 
guía un ¡hurral frenético de los comensales. 

Borbotaba el espumante aljófar liquido con amoroso 
ruido en las henchidas copas, incitando. 

Los sentidos, entre vapores de vino y voluptuosidad 
báquica, se iban á pique á ojos vistas. 

Los opalinos néctares de tierras latinas se escancia- 
ban abundantemente. 

Risas y frases beodas revoloteaban sobre aquel que fué 
trozo escultural de bóveda rellena de ecos de salmodias y 
teñida del humo del incienso, ahora transformada en mesa 
de imprudente orgía. 

El solemne silencio de las ruinas de la iglesia conven- 
tual, roto por los alegres cantares, era escándalo al mundo. 

Cuando se caían los manjares de la boca, el cuchillo 
de las manos, y los párpados en fuerza del magnetismo al- 
cohólico, agotado ya el más que el licor, chispeante reperto- 
rio de amorosas aventuras con salsa de risas de sátiro, Al- 
cius Ponthieux rompió: 

— I bien, compañeros ¿no tenéis miedo á los muertos? 

Una carcajada acojíó estas palabras. 
— ^Ved ahí sus tumbas cómo blanquean á los rayos de la 
luna, dijo señalando con su inseguro tenedor las losas se- 
pulcrales de agrietado mármol á medio cubrir por la yerba 
y ennegrecidas á trechos que esmaltaban aquellos sitios. 
Vedlas. bien! añadió con gesto elocuente y animándose por 
grados, accionando con viveza sin soltar su tenedor, cetro 
orgiástico: esas son las últimas grandezas de los orgullosos 

nobles que dominaban esta tierra nuestra 

— Sí, sí, sí, aclamaron los otros cabeceando de puro bo- 
rrachos. 

— Esta tierra nuestra, recalcó Alclus. L1e!^(V ])or fin el 
día en qne viniera nuestra raza á dominar la isla, reina del 



¡profanación! 89 

mar Caribe, echando por delante las gerarquías monárqui- 
cas de Europa. Señores! agregó Alcius con la exaltación 
política de los neo-repuÍDJicanos de Occidente, mezclada á 
su habitual fatuidad y con un tanto de acento profético, Hai- 
tí, uno é indivisible^ dueño de la grande isla, dominará 
siempre en ella, os lo aseguro! 

¡Como al ün la Jauja vuestra! hubiera podido comen- 
tar cualquiera. 

— Por Haití uno é inclivisihlef gritaron los postizos frai- 
les llenando sus copas y levantándolas con temblorosa mano. 

— Dormid, pues, grandeza.s pasadas del orgulloso con- 
quistador, concluyó Alcius, alzando á su vez con nervioso 
impulso su brazo armado de la copa, y dirigiéndose á las 
tumbas visibles é invisibles donde reposaba tanto magna- 
te y cí*lebridacles tantas. 

Choque de vasos y nueva algazara. 
El compere estaba .tendido entre las yerbas más altas 
y dos piedras que le servían de panteón, muerto ya pdr el 
vino para las efusiones de la borrachera. 

— Pero en fin, dijo otra vez Alcius, poniéndose de pié. 
liemos veiiido á la mansión de los frailes franciscanos 
á presentarles nuestros cumplimientos, y aun no los hemos 
saludado, íifiadió con tono solemne. Voi á leer los versos 
que he compuesto exprofeso. 

— Bien! C'est vraic, c'est vraie, moncher. Comencez done! 
contestaron en coro los compañeros. * 

Era motivo de semejante orgía, ademas de las natu- 
rales ganas de divertirse de ?iqnella guisa original, profanar 
el eterno reposo de los franciscanos, y ya hemos visto el 
preludio hecho por el impetuoso haitiano con el lenguaje 
exagerado que es propio díí los franceses de ultra-montes. 
Al efecto, al medio ])oota Alcius habían enrarííado que es- 
cribiese una Mjimante invocación ó apostrofe en buenos y 
acicalado?; versos ro/imcnses. 

Llenáronse las copas; y como escasease el vino, Alcius 



n¡en! cierto, cierto, qn(íi-i't \ E.'iipuz.ul! 



90 C0 3AS AÑEJAS. 

dí6 un puntapié al compére que se levantó despavoricío dé 
un salto, imaginándose que algún muerto le hacía tal 
caricia. 

. — Du vin, du vin, animal, le vociferai'on á dúo Altidoí 
Ponthieux y el francés. * 

Corrió el campére al canasto^ destapó las ultimas bo- 
tellas, y espumearon las hirvientes copas conlegítimo Vete- 
vé Cliquot 

Todos se pusieron también de pié, tambaleando y em-» 
puñando las copas. 

Alcius, con aire de inspirado alzó la suya, chispeaü- 
tes los verdes ojos, firme y sonora la robusta voz. 

Recitó: 

Fonr tin instant dortez de la ponssiérd 
Momies qüi dormez eñ ees lieux, 
La nuit plañe sur ce vieux monastére 
Venez vous meler á nos jeux. 
Ces murs brunis, ees arcades gotiques, 
Virent vos plaisirs le plus doux; 
Sortez, sortez de ces caveaux antiques, 
Franciscains, nous buvons á veas* 

¡Ah! dites nous que des foiá ces celluleá 
Ont elles caché vos amours: 
Que des beautes candides et crédule» 
De vos loisirs cbarmaient le cours- 
Ah oui, sans doute^ et Id choc de Vos verres^ 
De cent flagous le glou glou 
Charmaient Pecho de ce lieu solitaire; 
Franciscains, nous buvons á vous. (5) 

-^Franciscains^ nous hwúons á 7)0Us! repitieroil, al clio-' 
que y retintín estrepitoso de sus vasos los calaveras. 

Vibrante el eco del audaz apostrofe, retumbó sor- 
damente por los agrietados muros de la iglesia, y fuese ro- 
dando por las antiguas celdas, las crujías y los ruinosos 
testos del monasterio de un modo datánicameriteí liísrubre. 



• Vino, vino, animal í 



[píiofanacion! 91 

Los compañeros de Alcius sintieron allá en el fondo 
del espíritu algo extraño que parecía como reprobarles a- 
quello; más aplaudieron á rabiar al digno poeta. 

La luna vaciaba toda su luz en la ruinosa nave del 
templo. 

Los gruesos muros renegridos semejaban tener en lo 
^Ito de su caballete una faja de nieve. 

No se movía una hoja: el viento había cesado de ge- 
poiir entre las piedras musgosas j el ropaje raquítico de los 
copeyes é higos. 

En momento así, en que el silencio había seguido á la 
alborozada orgía hubiera podido fingir la mente toque de 
ánimas, voces lejanas que salmodiaban el Dies iraiBj humo 
de incienso é inciertos resplandores de cirios, y esqueletos 
que se levantaban en sus viejos sarcófagos á curiosear. 

Algo inexplicable é invencible tenían en el hondo de 
su alma aquellos cuatro calaveras que, después de los aplau- 
sos descoyuntados que habían prodigado al poeta apostre- 
fador, quedaban con los labios pegados y los ojos fijos. 

seria la fuerza del vino que embotaba sus facul- 
tades. 

Sin embargo, por ultima vez, Iqs cuatro, apurando las 
copas, exclamaron en coro: 

— FranciscainSy notts buvons á vousl 

1 arrojando desdeñosamente aquellas que se rompie- 
ron en escalas de chasquidos argentinos, contra el muro in- 
terior de la fachada, á modo de caballeresca despedida, ca- 
yeron al suelo sus largos hábitos frailescos. 

Luego cojidos nuevamente del brazo, y entonando o-~ 
tra vez la Marsellesa, traspusieron los umbrales del anti-» 
guo monasterio, perdiéndose á pocosu voz á lo lejos. 

Asi agabó la sarcástica orgía en las ruinas de Sa» 
Francisco. 



Diciembre de 1890, 



ENTRE DOS MIEDOS- 



I£plsodio. 




ENTRE DOS MIEDOS- 




^UADRO temeroso aquel! 

iFigiirate que había tiros por un lado y cólera por otro. 

Semejante época, por estas especialidades, merecería 
ser calificada así: la del cólera, el sitio y el cambalache. 

Porque de todo eso había, con el favor de Dios. 

Temamos, además, un hambre macha; y se dieron 
casos en que por comer yuca amarga (1) unas mujeres, y 
no advertirlo, se las llevó el demonche, esto es, que se en- 
venenaron. 



9G . CU8A.S ANEJAS. 

Era hacia 1868, en mi tiempo, y puedo coníarlo 
sin consultar oráculos ochentañales, y una de Jas tantas 
revueltas que como decoraciones de teatro dábamos al 
mundo en espectáculo casi diariamente, había venido á si- 
tiar la Capital heroica en cañonazos chísicos. 

Corre que te cojen. Limpia que te limpia los fuertes 
de yerbajos y otras menudencias no mui bien olientes, y le- 
vanta que te levanta rancherías, y á la carrera rueda que 
rueda cañones de todos tamaños, calibres, metales, épocas 
y nacionalidades para apuntar en las almenas á los guaya- 
bos de Galindo, á los bohíos de San Carlos y á las montuo- 
sas rocas de Pajarito, enemigos obligados de la artillería 
de la muralla desde que había moros en la corte, y no otros 
que ellos pagaban la jaba que el burro se comió, (2) 

Naturalmente, los adversarios del desgobierno reinan- 
te estaban mal hipotecados (3), y tenían que recatarse mu- 
cho, ó meterse en un consulado (asilarse) ó estar bien o- 
cultos cerca de las paredes de algiín patio que fueran do- 
mables, para volar. 

Uno de éstos, coimótado rojo baecista (4) estaba en 
peligro de ser cojido, aunque no hacía mucho que acaba- 
ban de soltarle de la cárcel y de aliviarle de ks .grilka. 
¡Vaya! ¿Quería salir mejor librado un íacineroso político? 

Aconsejáronle que por las noches prudentemente se 
arrimase á cierta casa en que había un largo palo de ban- 
dera y un escudo de armas, esto es, un consulado, el nor- 
te—americano por más senas. 

I asi lo hacía. ¡Hem! ¡pues nó! 

El cólera causaba estragos, las carretas de muertos 
cruzábanla ciudad, y los gritos de los dolientes se confun- 
dían con las balas de fusil (por dicha que eran de fui^il) 
(¡ue silvaban ya como una serpiente, ya conio un moscardón. 

A esta música hacía coro el cañoneo de los fuertes, y 
la miseria que se comía á la gente. 

Esa administración, la del General Cabral, había sido 
señalada por dos mil calamidades; y de ahí que los agüe- 
ristas creyesen fatales gobiernos los en que ocurríiin elkis, 



ENTRE L>0."-' MIEi;0.^ 97 

y p4)r desgracia, porque cu el inuiulo ha do andar-todo al 
revés, eran siempre los azules los que tales loterías se saca- 
ban^ parece que por burlas de la suerte ó sabe Dios qyé; 
pues erao ellos los que en el tejemaneje de la politiquilla 
ésta representaban nada menos que los principios, como li- 
berales y progresistas, lo que no les impedía inventar sa- 
brosas ruedas de^iiresos^ siempre opuestos al personalismo y 
banderías que de aníaño nos venían con las rotulatas de 
santanismo, haecismOj jmenismo^ et sic de coeteris. 

En la colección nada faltaba: el sitio, el han^bre, una 
tormenta mayúscula, el cólera ¡hasta el cólera, señor! y. . . . 
el cambalache. 

Las papelcías habían traído la ruina y la ruina el cam- 
balache, el cambalache. . . .saÍ)eDios lo que traería. Pero 
siempre con los andesan el gobierno había esperanzas de 
algo! Sé que fui mui azul^ y á mucha honra. 

Antes del sitio habla empezado el cambalache. 

Traían los campesinos sus vituallas, y pedían por e- 
llas plata ó cambalache; como quieii dice oro ó su equi- 
valente 

Tan escasa andaba la carne, que no se permitía ven- 
der mas que una libra por cabeza; y había quien con esta 
ración tuviese en su casa, demás de larga frfmilia, unos 
dieciocho (diecioclio contados, sin exageración) dieciocho 
gatitos que una joven de la casa tenía la humorada de ali- 
mentar en pleno sitio. I que no había medio de disuadir- 
la de tan costosa aiición. 

— ^*Que mira, que la carne está lasada, que es una des- 
consideración de tu parte, cpie esos gatos importunan de- 
masiado, que esto, que el otro". 

Nada. 

Venia un campuno con gallinas para trocarlas por ga- 
tos, buen comercio que se ha hecho siempre aquí, pues la 
gente del campo busca esos animalitos para limpiar de ra- 
tones las heredades, ó sean conucos; y la dama gatesca de- 
cía con aire desdeñoso que ¡cuándo iba cllaá cambiar sus 
gatos ])or gallinas! que sus gatos eran de mui buena estir- 



98 COSAS aSejas. 

pe, con otras gallardías por el estilo. I cata ahí al amo 
de casa hipando tras los bofes y las asaduras que conseguía 
en la pldza para que comieran los señores felinos; y dice él 
con mucha gracia que se nublaba el corredor de los suso- 
dichos con una música wagneriana. 

Al toque de oraciones, nuestro hombre, candidato del 
Indio ó del Cuarto delpañuelo (5), separábase con pena de 
su familia, temiendo a la epidemia, á las balas y á un atro- 
pello, y se dirigía á casa del señor Cónsul. 

El señor Cónsul se llamaba Mister Smith. 
Era un viejecito de elevada talla, de faz coloradota y 
arrugada, poblado lo que quedaba de cráneo cubierto, de 
largos cabellos blancos; risueño, amable, conversador, y al- 
go cariñoso con la botella. 

Vivía en los altos de una casa grande, calle de Las 
Mercedes, cerca de la capilla de Los Remedios, á la iz- 
quierda viniendo de ella, ó sea del Este. 

Le acompañaba un hijo, de nombre Jaime. 
(El pobre Jaime! ' Era mi amigóte cuindo yo niño. 
Por el estilo de su padre, su bondadoso carácter, algo bo- 
nachón, hacíale querer de cualquiera. 

Cara redonda, ojitos vivos, pelo entrerubio, nariz roja, 
bajo de talle y regordete: taler.i Jim. 

Pereció en el mar, por efecto de un f^olpe de viento 
que impulsó á un lado la botavara la cual le alcanzó aiTO- 
jándole magullado al agua. 

Nuestro político en salmuera, como diz que han sido 
los de por acá, salía con recelo de su casa; inspirándole mie- 
do la pesada atmósfera que al decir de él podía partirse 
con cuchillo, el cruce de las carretas llenas de muertos del 
cólera, los gritos, los tiros y las patrullas. 

Iba pues con espantados ojos esquivándolo todo, has- 
ta su sombra, y llegaba al consulado á cumplir au peniten- 
cia, poniéndose ew salvito. (6) 

Mister Smith, que siempre reía mucho y bonachona- 
mente, salía al pié de la escalera á recibir, frotándose las 
manos, á su amigo el asilado nocturno, y contra la formali- 



ENTRE DOS MIEDOS. 99 

datl sajona, le echaba el brazo por el cuello para conducir- 
le ala sala. 

Cerca del Capitolio la roca Tarpeya. 

Cerca de la escalera, la botella, 

habría que decir en prosa rimada y mala, como son los más 
de los versos latino-americanos. 

Esto era lo común; lo extraordinario ahora vendrá. 

Sentábase en la sala, cerca de una de las puertas del 
largo balcón, que tíinto afean nuestras casas, y allí empeza- 
ba la retahihi. 

Entre mascullar frases, por^e á Mr. Smith le falta; 
han los dientes, y mascar la cola del tabaco, podían impu - 
nemente transcurrir para el buen viejo Cónsul las , noches 
de claro en claro y aún los dias de turbio en turbio. 

Pero Mister Smith no conversaba solamente con el in- 
terlocutor que tuviera. 

A lo mejor llamaba á Jim, le decía algo, le interpela- 
í)a y le despedía luego. IJim se iba otra vez á leer las sá- 
banas del Éeraldy el World ó el Sun al cuarto frontero á la 
escalera que servia de refectorio, santuario del alcohol. 

En semejantes pavorosas circunstancias, Mister SmitV 
estaba fuera de su centro. 

No se reconocía. 

Había perdido la mitad de su alegría, su boca estaba 
algo contraída y sobre su calva posaba una á modo de man- 
cha, cual importuna mosca, que era constante preocupa- 
ción y pesadilla. 

Por el espíritu del viejo Cónsul, siempre bonancible 
é igual, pasaba una cosa extraña. 

El miedo, un miedo cerval acongojaba á Mister Smith 
— A great dreaat, * habría podido responder á quien le 
preguntase con interés qué tenía. 

El demonio del cólera y aquellas malditas balas no de- 
jaban un instante de tranquilidad á Mister Smith. 

♦ !Jíucbísiiño temor. 



100 co.^'As a5ejas. 

I era una kístima. 

Porque Mister Smith comía bien, sobre todo los^j/a;»- 
tmg (guineos) á.que es aficionada la gente del Norte, como 
al azúcar las moscas, y no pocos apuros les han causado eti 
estas latitudes. Antes falta el pan en mesa de un hijo de 
Únele Sara que los guineos, y por las calles de sus enjam- 
bradas ciudades cómenlos corriendo, iloreando de cascaras 
las aceras para que se despatarre el que ande mirando 
las nubes. 

Los jjJantingj pues, que Mister Smith saboreaba con 
delicia, hubieron al íin de acarreaile en casa del mismo 
Presidente de la República, Sr. D, B. Baez, un incidente 
mui chusco que no se puede referir aquí. 

I desde que se le ocurrió haber sitio y cólera, adiós 
apetito y adiós plantinrj, los cuales se podrían colgados en 
sus racimos que el refectorio ornaban. 

Entonces lo que menudeaba era el aguardiente, á va- 
sos, no á tragos, porque diz que era contra la epidemia, y 
por el uso y el abuso, que rara vez tiran por opuestos ca- 
minos, hasta panacea universal era. 

I cou esto no hai que decir, que los alambiques andan- 
tes se habían ellos solos convertido por sí y ante sí en bo- 
ticas bien provistas de tal remedio de patente. 

Que llegaba nuestro asilado. 

Sentábanse tempranito á departir sabrosamente en in- 
glés, porque Mister Smith chapurraba el español, olvidados 
por un momento de lo que los rodeaba; sin embargo de que 
la primera pregunta del viejo Cónsul era: 
— Muchos muertos, eh? 
— Muchos muertos, contestaba el otro. 

Pero daban por ejemplo las ocho, y empezaba el ti- 
roteo. 

De Pajarito rociaban balas como habichuelas. 

Díganme! La casa que estaba allí pegadita á v-einte 
pasos justos de la orilla del río 

Pin, pun, shiSj shiSj fleen I refrendaba acto conti- 
nuo un cañonazo de á folio como para ti que sx)ltaba la pie- 



e>:the i;os mikdos. 101 

za (le á veinticuatro del fuerte del Almirante, en que se al- 
za el alcázar de D. Diego Colón, y el obús de San Diego. 
Ambos baluartes quedaban sobre esta margen del Ozama. 

A eso se unían los gritos de la familia de un colérico, 
allá, en lontananza. 

Mister Smith temblaba. 

Interrumpía la conversación, y agachaba la cabeza y 
aun se agazapaba cuando un proyectil pasaba por la calle, 
que a él le parecía venir recto por entre los hierros del bal- 
cón; y cuando el susto iba decreciendo, gritaba: 

— Jim! Trae dos vasos de aguardiente: uno para Mister 
D . . - . ; otro para mí y otro for yon too^ anadia al ca- 
bo de una pausa y por vía de apéndice. * 

Pedia el aguardiente como Antídoto contra el miedo á 
las balas y á la vez contra el cólera, y así es que al tomarlo 
él, recomendaba ásqhijo que también lo tomase, dándole 
para ello su permiso; aunque esto sería por la presencia de 
un extraño, pues bien debían refocilarse padre é~ hijo á so- 
las y á dúo en el solemne silencio del comedor de la espa- 
ciosa casa, y esto medio que nos consta. 

I naturalmente, debía considerar que el pobre Jim se 
estaría muriendo con aquellos silvidosy aquellos gritos de 
muerte, que formaban una miísica extraordinariamente lú- 
gubre. Con todo, no debía ser así por cuanto el muchacho 
era guapo, como lo probó una vez que se iba a invadir el 
consulado, y Mister Smith armó de rifles á un centenar de 
asilados porque tenía sus aficiones por los cabralistas; y 
Jim tendió la bandera en el suelo y alzó las greñas á su ri 
fle retando á los asaltantes. 

Traía Jim el aguardiente. 

Dos vasos llenos «n una bandeja. ¡Pero qué aguar- 
diente! Mosto puro, lo cual constituía un verdadero breva- 
je, como para el caso. 

Trasegaba Mister Smith el suyo con mano trémula, 

*. . . .para tí tanibiéii.-Se ha conservado esa frase así porque 
tiene mucha gracia y así lo cuenta el visitante forzado de Mister 
Smit^. 



103 COSAS AÑEJAS. 

chasqueaba la lengua, se limpiaba la boca con la manga de 
la camisa, pues siempre recibía al fresco en mangas de 
Ídem, y hacía esfuerzos por serenarse. 

Daba luego dos ó tres fumadas, mas apenas reanuda- 
ba la conversación, cuando 

Pin, pun, bum, hura, shis, shis 

¿Para qué te quiero, cabeza? Mister Smith tocaba 
con la frente al suelo, y se agazapaba como maese Pedro 
cuando Don Quijote descargaba tajos y reveses sobre el 
retablo de los títeres. 

El otro se quedaba entre pensativo y burlón. 
— Jim! gritaba de nuevo Mister Smith, 

Aparecía Jim sonreído y sereno. 
— Jim, decía Mister Smith con voz angustiada; trae dos 
vasos de aguardiente: uno para Mister D. .; otro para mí- . 
y otro f(yr you two. 

I decía esto ultimo casi con desaliento. 

Tomaba la bandeja, y tomaba á apurar Mister Smith 
con precipitación su vaso, mientras el otro se lo echaba al 
coleto con ascos y repugnancias y haciendo visajes como 
un condenado; porque era aquel aguardiente un purgante 
peor que el aceite de higuerefei. 

Entonces sonaban gritos desgarradores que en el silen- 
cio de la noche y en tales circunstancias tenían allá á lo le- 
jos no sé qué de fantásticamente pavoroso. Era el cólera 
que había asomado la nariz por algún barrio pobre. 

Oíalos Mister Smith con espanto, levantaba la mano 
en que tenía el vaso, y con tamaños ojos abiertos, decía a 
su compañero: 
— Hear^ hearf * 

— Ya oigo, respondía éste con flema y á la par con dis- 
gusto, pensando en su familia abandonada. 

Seguía la conversación, y parece que al compás del 
miedo de Mister Smith los fuertes y los perversos tirado- 
res de Pajarito pactaban una tregüita de algunos minutos; 

• Oiga, Oiga! No especian tiarao tanto inglesear, sino queaM 
se ha referido el cuento (que es la pura verdad segiin el refirente.) 



ENTRE DOS MIEDOS. 103 

durante la cual, cruzaban el río los denuestos más choca- 
rreros y las más peregrinas vulgaridades: y cuando, ya 
agotado el repertorio de las personalidades dirigidas coa- 
tra uno y otro caudillo, el Presidente de la plaza sitiada y 
el aspirante á Presidente de la bandería que sitiaba, se les 
iatigaba el gaznate á puro gritar indecencias, y sa enfure- 
cían, mano otra vez á las carabinas y aí cañón, sin tocarse 
naturalmente al pelo déla ropa, y fastidiando la paciencia á 
los hambrientos moradores, atacados de cólera por partida 
doble: la epidemia y la ira. 

Vuelta á silvar balas por esas calles, vuelta á cruzar 
carretas de muertos y vuelta á los gritos. 

Vuelta, por ende, á agazaparse Mister Smith, y vuel- 
ta al aguardiente enmostado. 

Una bala atrevida pasó tan cerca del balcón, que Mis- 
ter Smith se dio por muerto. 

Estuvo diez minutos agachado y con los ojos cerrados. 

El compañero Mister D no pudo menos que reír- 
se á carcajada tendida. 

Mister Smith lo miró estupefacto. Parecía preguntarle: 
— ¡Qué! |y tu también no te has muerto? 
—Jim! Un vaso de aguardiente para Mister D. .; otro 
para mi. .. .y otro for yon üvo. 

— No, gracias, dijo el huésped con voz desfallecida de los 

íiscos que sentía; ya no más. Amigo Jaime excvse 

me *, añadió angustiado por el mosto que había tenido 
que trasegar, y temeroso de la declina edición. 

Asi pasaron la noche, entre sus dos miedos el pobre 
Mister Smith, 

Acaso más fatídico t^ue los gritos de los dolientes por 
la muerte de un colérico y que el silvar de las balas, era ya 
el cussi-lamento de Mister Smith: 

— ^Jim! Un vaso de aguardiente para Mister D. .; otro 
para mí. y otro for you 



Diciembre de 1890. 
Dispénseme. 



ELMÁETIRIOPORLrHONRA. 



I. 



SEÑA SIMONA. 




A anciana aquella era un tipo que llamaba la aten- 
^ciÓQ: lo que se llama un buen tipo, y aun dicen que 
tenía algo de israelita. 

Lo que sí es verdad es qué por sobre el pelo déla ro- 
pa se conocía que era vastago de familia distinguida; y quo 
ten sus mocedades habiasido bella. 



108 COSAS AÑEJAS. 

Blanquísimo el color de su tez, ovalo perfecto el de su 
rostro, ojos negros é insinuantcLí, nariz perfilada, y con el 
cabello que probablemente sería ''el oro fino" que celebra- 
ron tanto y acerca de lo que lanío donoso disparate ensar- 
taron los poetas del siglo de oro de la literatura castellana, 
ya blanco en la ejujca que aqai abrimos ahora. 

Tendría entonces unos setenta anos. 

Daba la desgracia que era coja, y así tenía que soste- 
nerse en muletas. 

Muí aseada en su persona, usaba las clásicas poyeras 
humildes como cualquier mujer del pueblo, y un mantón 
blanco cubría su cabeza y hombros. 

Había sido expósita. 

Vivía casa de la scíiora Altagracia Guante, morena po- 
bre y nieta acaso del proiagonisla de nuestra historia de 
Barriga Verde, siendo contemporánea de ella, lo que hace 
suponer que su madre fuese quien la recogiera. 

Transcurría su existtjücia tranquilamente, porque el 
carácter de aquella mujer era mui apacible, y la desgracia 
la había, por decirlo asi, moldeado en su turquesa. 

Era su condición la de mendiga vei^onzante; sino que 
sólo ocurría á la caridad, nunca desmentida, de nuestras 
familias; y se cuidaba mueho de no pedir más que á una 
que otra de su confianza y eso contadas veces. 

Su mansedumbre hacíala querer de lodos. 

Un día, un cabalíero invitaba á su hija primogénita, 
nina de seis á ocho años, á que diese la limosna á la buena 
señora á la sazón que llegaba á su casa. 

Tomó desde entunce:^ gríin carino á la chiquitína; y 
con este motivo, y por el gran interés que inspitabá á los 
de la casa, instóla el dueño á que se quedase á comer coa 
ellos una que otra vez, á lo cual accedió con gusto. 

Mayor era el de aquellas "caritativas personas en reci- 
birla; y pasaba las mucrtaíü horas entretenida con la niña, 
á quien prodigaba sus carinóos.' 

Alzados los manteles, una hermosa tarde de primave- 
ra, tomaban el fresco en la g.ilcfíll'del patio, y la pobre an- 



EL MARTIUIO POR LA HONRA. 109 

ciana se mostraba más afable que nunca con la yivaracha 
chicuela que, sentada en sus rodillas, acariciaba sus bucles 
de nieve y respondía á sus frases cariñosas con mucho mi- 
mo y genial travesura. 

Los naranjos y granados en flor despedían perfumes 
sábeos por la penetrantes y suaves, cubriendo el recién ba- 
rrido suelo de un alfombrado de blanquísimo nácar los 
])rimeros. 

Era la hora de la tranquila calma y la poesía meridio- 
nal con que se regala nuestra oriental naturaleza y con lo 
que aduerme sentidos y despierta el espíritu. 

Renuevos de árboles que se vestían otra vez á toda 
prisa para esperar á que el abrazo del calor del trópico des- 
arrollara sus flores y engendrara sus frutos; sarmientos a- 
marillos que se iban retorciendo como hilos de oro según 
salian de la cepa de la vid, agarrándose tímidamente á los 
fustes de los pilares de la galería; píos de poUuelos escapa- 
dos del cascarón, revoloteo de zumbadores (1) y canto de al- 
gún antes prisionero ruiseñor; el todo sazonado y embelle- 
cido con cambiantes de luz vivos y moderado calórico por 
el sol de tierras antillanas, era dulce solaz y excena grata 
para ojos y almas de los que gozaban de eso que se encuen- 
tra en todas las estaciones en los más de nuestros patios, es- 
pecie de parques á la inglesa pero que tienen luego la- rus- 
tiquez maravillosa, exhuberante, de las selvas del Nuevo 
Mundo. 

La luz se detenía á una vara dé la solana y permitía 
una ancha faja de sombra refrescante, la cual determinaba 
una temperatura agradable. La nina jugaba allí, y de allí, 
vuelta á importunar á la anciana, y vuelta á bailar su mu- 
nequiHa sobre el terrazo bruñido á escoba. 

El dueño de la casa, así como los demás, ardían en de- 
seos de preguntar á la l)uena mujer algo de su vida, que 
barruntaban envuelta en misterios. 

Así fué que alo mejor preguntóle: 
— ]3igame, sefiá Simona, ¿hace mucho tiempo que vive 
Ud. con seña Alt::gracia? 



lio COSAS AÑEJAS. 

— Muchps, desde que sé acordarme. 

— ¿I no sabe Ud. nada de su fanailia? 

— ^Nó, señor caballero, respondió con sonrisa bondadosa 
la anciana, nunca he sabido quienes fueron mis padres. 

— ¿Pero no tuvo Ud. algún íindicío? ¿No ha oído Ud. 
decir á seña Altagracia que á lii.'la' expusieron en su casa, 
ó la madre de ella ú otra persona la recogiera con alguna 
prenda, señales, algún papel ó algo así que denunciara su 
nacimiento? 

— ^Nada, señor caballero, nada, replicaba riendo candida- 
mente la buena mujer. 

El interlocutor bajaba la cabeza y se rascaba la nariz, 
como queriendo hallar im rayo de luz para indagar, coa a- 
yuda de Simona, su misterioso origen. 

— Siempre viví con la familia Gruante, respondía á las 
reiteradas elcuubraciones de aquel señor. 

Pero lo que es éste no se daba por vencido. 
Varias veces hubo de repetirse igual interi'ogatorio, 
después de comer, en el mismo sitio, y por delante la mi- 
niatura de bosque americano. 

Entonces, curioso por demás, y dado a averiguar an- 
tiguallas, como dirán de nosotros los que le hacemos este 
servicio á la arqueología y á la historia, el señor dicho em- 
pe '-Ó á indagar. 

I en la tertulia de una señora anciana mui locuaz, dis- 
creta y sabedora de infinitas cosas, tuvo al fin noticias del 
origen de la buena Simona conjuntamente con la tristísima 
historia de su nacimiento. (2) 



II. 



ALB^. 

Ruinas eran de casa solariega y rica que se veían por 
uno de esos barrios cercanos á la marina, mansio-^^i de familia 
mui principal, acaso de noble alcurnia. 



EL MARTIRIO POR LA líONRA. 111 

FiíializalKi el sipflo pasíido. 

Rí3(liicíaso la ftímilia moradora déla gran casa á una 
seiíora de edad rcgulnr, fresca aún, do maneras arislocráti- 
C'is, cuyas facciones conservaban rasjxos de notable hermo- 
sura, y de una su hija, encantadora joven de quince, deli- 
cada como ilor nacida en tiesto bajo cuidadosa mano, y cu- 
ya belleza, no bien caracterizada todavía, era extremada, 
como al íin retoño de laniilia en quien se reunían hermo- 
sura,- teneres y modales escojidos. 

La joven aquella era hoja de rosa. De cutis con el 
color y la tersura del melocotón, de húmedos y brillantes 
ojos, labios de flor de granado, nariz de forma escultórica 
como d(3 estatua griega, y frente de curva suave sobre la 
cuarposaban amorosamente rizos cabellos castaños. Su 
talle erguíase airoso como brote de palma nueva en movi- 
miento blando y como osla, llena de majestad. (3) 

La niña no necesitaba, para adobar sus gracias, demás 
que de un sencillo flotante túnico de muselina que, con 
la prusiana, hacía las veces del mejor gros y la mejor seda. 

¡Venturosos tiem})os de riqueza sólida y no vana os- 
tentación! Corto el vestido, dejaba asomar los redondos 
tobillos, opreso el pie pcqueñuelo y provocativo en deli- 
cada zapatilla de seda color amarillo mamei^ y velada la bien 
torneada pierna por la media calada y sedeña, envolvíanse 
en ella delgadas cintas de colores del mismo género. 

Tal traje, como de zagala, y sueltas las trenzas de los 
cabellos á la espalda, en que el sol de la mañana quebraba 
fugitivas vislumbres haciendo resaltar los tonos pálidos del 
color castaño, d.iba á la joven una apariencia de heroína de 
idilio, envuelta como en espiritual amt)iente. 

Una sortija bella alianza de manecillas brillaba en sus 
dedos. 

Tampoco habla olvi<lado la señora sus gustos, y con 
esmero se cuidaba y vestía. 

Podemos verla al venir de misa y entrar por el ancho 
portal, con su elegante traje de sarga negra provisto de rue- 
do d^ magnífico terciopelo, abrochado á la espalda y cerra- 



112 coí>As añ¡:jas. 

fio hcií^ta la barbilla, de estrecha manga ajiiístada á la niuíie- 
i-a y levantada y abombada en el antebrazo por armadores 
de tela engomada. Cubría su pié calzado de negra seda; 
y era su peinado altísimo, sujeto con peineta de concha des- 
comunal claveteada de puntitas de oro. La tradicional 
mantilla rebujaba no sin gracia los contornos desu espalila. 
Aquel trasunto de monasterio, tras de cuyas altas y grue- 
sas puertas cerradas siempre se ocultaban las dos mujeres, 
servía como de concha ostentosa á la perla que habría codi- 
ciado un sultán. No se veía de vez en cuando más que al- 
gún criado, y religioso silencio reinaba en la casa y por to- 
dos aquellos contornos. 

Ganas daban de curiosear cuando entornada la puerta 
al pasar alguien, se descubría el oscuro zagíian, el arranque 
de la ancha escalera y el palio cubierto de espeso l>esque. 

El interior era tosco, amplio, de enrevesada distribu- 
ción con muchas puertecitas, arcos, claraboyas, ventanejos 
y cuartucos. Las gruesas vigas al aire, las •i)aredes blan- 
queadas con cal, altó arco en la entrada de la pared maes- 
tra provisto de formidables puertas; el friso ])or mitad de 
los muros, al oleo, de color oscuro, piso ladril lesea, canta- 
deras en la sala con libros, y muchos |>rí¿(95 de hamaca (4) 
incrustados en las paredes. En fin, fortaleza |>()r fuera 
y claustro por dentro: tales eran estas grandes casas y ca- 
si todas las de esta histórica villa. 

El mobiHario original y recargado de la época, en que 
descollaban los tures, especie de sillones de ca(;l)a con a- 
siento y respaldo de cordobán asegurado con tachuelas de 
cobre adornaba ])rofusaniente la sala, en la cual se abrían 
unos balconcillos reclionchos. 

En grandes vasos de cristal rebosaban recién cortados 
ramos de azucenas, rosas de Castilla, albahaca y claveles. 

Patriarcal vida la de madre é hija. 

El jefe de aquelhi familia había muerto hacía algún 
tiempo. 

No rica mesa, aunque abundante, mucho dulce, mucho 
merendar y mucho dormir siestas: así nos manejábamos ri- 



i:l MAUTJiao ron la iiqxra. 113 

eos y pobres allá en los buenos *^fel¡cí.suno:s y ventiiroso.s 
tiempoe" de antaño. 

Habla en aquella eaáa aire de bendición. Tranquilidad 
religiosa, salud y bienestar. Flores por todas partes, cana- 
rios y ruiseñores parleros por todas partes, y el clásico lo- 
ro encaramado en los hierros de la ventana de comunica- 
ción de la sala y el comedor ó del balcón, rumiando un A- 
lahadOj Alabado que á la par le enseñaban madre é hija y 
un I)eo gratias (5) inacaba!)le que oía diariamente á quien 
venia á la casa, ó el consabido Lorito real, para España y 
vo para Portugal, que es cartilla obligada de cuanto loi'o 
se cria en tierra de gnrbanzcs. 

Costura poca, como de quien no tiene necesidad; y se 
bacía tal labor porque era como símbolo del trabajo que an- 
taño santificaban de alguna manera y se enseñaba en pri- 
mera línea, y tejido y guariqueña otro poco, con unas cuan- 
tas vueltas en el huso de pabilo ó hilo grueso, lo cual era 
reglamentario en toda anciana, y aun lo es en una que otra, 
y que no desdeñaba la señorona que nos ocupa, ni aun por 
serlo. Des])ues, rezos por almudes. 

¿Qué hacía la interesante doncella? 

Fabricar macetas de flores de trapo para los altares, 
hojear libros de devoción, ver santos (6) de librotes con fo- 
rro de pergamino olvidados en un arcón, hacer hablar el lo- 
ro, oír á los pájaros horas enteras junto á sus jaulas, embro- 
mar un tantico á los sirvientes pulquérrimos que hacíanla 
limpieza, y aburrirse soberanamente. 

Entonces la ociosidad era casi precepto; y por eso ha- 
bría que encomendar tanto el almaá Dios, para que por su 
ancha puerta no entrase Belzebií. 

Pero Belzebú entró allí, pese á quien pese, acaso por 
ser aquella ociosidad, santamente establecida y todo, délas 
mayúsculas que se gastaban. 

Madre é hija una mañanita ultimaban un paño de al- 
tar de caprichoso tejido y recamado de obras hechas con 
hilo de plata y oro, con buen numero de brilladoras lente- 
juelas e impertinentes canutillos. Pero el §anto, cuyo era 



114 * (osas ankja.^'. 

ti panotc, nN[:LM*íii osi) y aiui diaiTiaritoís de (jrv)ltu)iitlu: tal 
era la devoción ([iie por él tenían en, la casa, a laque habría 
de librar i»atiiruhiHMite de troj)iezos \ pestes. 

A lo mejor de la. faena, unos pasas e:i la escalera anun- 
ciaron una visita, y un hombre entró de rondón, aun cou 
el sombrero calado, por la anchurosa puerta de la sala, cu- 
yas hojas altísimas no se cerraban nunca, si/j^no de per[>etua 
paz y de esterilidad de ingenio en los cacos. 

Entró, apretó cordialmente la niano a la señora, aca- 
rició la mejilla de la doncella y sentóse entre ambas, previo 
el descubrir una calva naciente, quitáiulosí^ la enoiine bom- 
ba, lo que no había hecho por higiene y conservando su 
caña de Indias en las manos. 

Era médico. 

Medio entrado en edad, frescote, con signos de ener- 
gía é inteligencia clara: así era. 

Tenía trazas de hombre de buena sociedad y rico, por- 
que en su persona brillaban el oro y las piedras y su traje 
era de lo mejor de la época; aunque era estralalaria vesti- 
menta la que se echaban al cuerjx) aípiellos sarstos varones. 
El galeno lucía unos pantalones ue sariga de los que tenían 
adheridas his medias poniéndose ambas piezas de un \.yji\; 
cargaba levitón tle Ídem con laldonc\s mui largos y el cue- 
llo formidable |)or las orejas. ¡Su camisa de guarandol (7) 
estaba adornada del sacramental ^legmillo, obra de la ni- 
ña de la casa, porque entonces las que bien querían, por 
cualquier motivo, hacían estas laborts })ara los que !)ien 
querían, hermano, amante ó amiíro; chaleco cur-iirado de 
ancha solapa, y por ultimo, el rebajtido cuello de la comisa 
dejaba ver el coUarcito de la ndiqíiia que a(|ueHa gent»3 
traía siempre consigo, aunque de eUos hubiese que lucran 
más malos que (^ain. 

La bombe, que puso á descansar sobre un ture era '*yn 
trozQ de historia antigua'', como dijo con gracia un ya fiímo- 
so poeta nuestro, bien que mui joven, pues era desmesurada- 
mente ancho arriba, angosto al medio y otra vez ar.chuioso 
hacia abajo ccn desplegadas ahis vuf^itas p:u-a arriba. Todo 



KL MAiíTiRIO ron LA HONRA. 115 

traje nnsct.iliíit) tenía e;i a (u?l ti.' n;y) e.s) dj JhJÍubie: que 
era (^xa;:er:i.l() y ridículo en ^vuh) sumo. 

Er.lu')se Inicia atrás eou aire de satisfacción, cruzo una 
picr.Ki sobre otra y se njeció en su balancín de madera y 
como líoclio de una sola |)4ezu que entonces se usaban, pro- • 
guíitando con voz algo hueca y aire di? importancia: 
— Vamos bien, eh? 

La señora le miró con beatifica sonrisa. 
. — Sí, señor Doctor, perfectamente, se apresuró á rcspon 
der la joven, sin levantar los ojos déla labor. 

No pudo, por tanto, notar la expresión extraña y ful- 
gurante' brillo de los del apellidado Doctor que devoraban 
uno á uno sus encantos. 

I parece que tal sensación era cosa nueva en él; por- 
que tras el rayo que fulminó su ser todo por los cóncavos 
ojos, vino una mirada tenue y severa qu© velaba aquella 
otra, como ' especie de reconvención interior de U con- 
ciencia. 

En su calva frente se dibujaba una sombra de algo en 
el desacostumbrado. 

El demonio tentador que empezaba á atosigar al mé- 
dico, se le había entrado de sopetón más de media iegua 
adentro eh el corazón y le había envasado allí un fuego 
que nunca estuvo hecho a sentir; porque parecía rígido y 
austero. 

Hai que saber quién era ese hombre para la familia. 

Muerto el padre del que sin duda era amigo grande, 
quedó haciendo sus veces par los cuidados que prodigaba 
a la niña y las atenciones que gastaba con la señora. 

Se supone que era tutor do la primera. 

Madre é hija le estimaban altamente; y la niña se ha- 
bía acostumbrado á ver en él un padre, dispensándole con- 
fianzas de tal. La madre no se la tenía menor. 

Usaba por tanto el Doctor de^ gran familiaridad en la 
casa. Entraba y salía cómo y cuándo se le antojaba; aun- 
que guardando ciertas reservas por los miramientos sociales. 

r^a gente le tenía naturalmente en el concepto de fiel 



llfi COSAS ANEJAD. 

amigo que velaba síí])rc la suerte y la ])uena fama de aqiio 
lia familia, como lo hubiera podido hacer tú muerto, y a?l- 
miraba su cous-ecuente amistad. 

Siempr^í le habían visto salir con la niíia de la mano á 
paseo, ó en volanta, y con los* mimos propios de un padre. 

La amistad era«antigua, y se reputaba, mediante tales 
pruebas, por la señora y por todo el mundo, «olida y leal 
hasta la pared de enfrente. (8) 

Era casado. 

Hasta entonces el Doctor no había sentido por la jo- 
ven más que grandísimo afecto paternal; pero hacía meses 
que germinaba en él un malaventurado pensamiento, que 
si no era amor satánico, se le parecía. 

Luchó, se mortificó, indudablemente; y en vano el pre- 
dominio de la conciencia se sobreponía á sus apasionados 
intentos. 

J3ien hubiera hecho apelando al recurso' extremo en 
tales casos: poner tierra por medio; mas lejos de hacerlo 
as], dejóse vencer. 

En aquella mañana, su pasión había alcanzado á su 
mayor período. ¡Maldito aquel á quien no sujetan las triples 
ataduras del deber! 

La conversación giró sobre cesas indiferentes. 

A poco el criado anunciaba el almuerzo. 

El Doctor tomó de la mano á la joven; mientras la ma- 
dre corría á prevenir las menores atenciones del servicio, 
porque sabido es que los sirvientes dejan siempre esas co- 
sas á medio hacer, y la señora, tan principal como era, gus- 
taba que el Doctor, ó cualquier extraño, hallase en su me- 
sa todo en regla. 

El almuerzo perfumaba con los olores de los criolles- 
cos guisos. Allí caprichos de adobos y de frutas de sartén; 
allí cuanto podía regalar el gusto; allí pirámides de dulces 
de todas clases, y esmaltando el centro de la mesa sobre 
bandejas de antigua plalta profusión de pinas, zapotes, gui- 
neos y guayabas de la tórrida zonn. 

Vinos generosos tiñeron los anchos vasos poligonales 
do fdete dorado. 



1:L MALITIRIO rOPw L\ Ilí>NRA. 117 

Tomi) a.sientí) el Doctor al latió de la niña, y lo servín 
coa GSí[aisiteCv?s acaso más refinadas que en otro tiempo, 
y con (uimpíidos algo galantes que excedían la medida dfí 
ios cariñosos extremos que solía gastar cuando procedía do 
•otra suerte, 

Pero ¿quien iba á fijarse en .esto? 

A los postres, el Doctor echó su cigarro, y dijo: 
— iVhora María, que este nombre daremos á la joven, nos 
entretendrá un rato, antes de la siesta, con su habilidad en 
ol harpa y algún caníarcillo nuevo que sepa. 

La joven ruborizada bajó la cabeza. 
— ?,Yo? balbuceó. 

— Sí, niña, dijole la madre con tono de dulce reconven- 
ción. JjVas ahora á hacerte de rogar? ¡No fidtaba más! 

La joven se encojió do hombros haciendo una mueca 
deliciosa. 

— ¿Como que ya no quieres á tu padrinii^o, picarona! le di- 
jo el Doctor inclinándose hacia ella, hasta pegar casi su ros- 
tro con el de la niña. 

Padrinito le llamaba alguna que otra vez. 
— Oh! contestó mirándole sonreída con su genial candi- 
dez ¿por qué dice Ud. esof 

— Porque no me quieres complacer, segiin veo, repuso 
aquel lanzando una mirada ardiente que hizo en las pupi- 
las de la joven el efecto de una punzada; tanto le extrañó 
su expresión, que nunca había visto en los ojos de su amigo. 

El Doctor retiró su cara, y apuró de un sorbo una co- 
pa para ocultar su emoción. 

La joven sintió un estremecimiento singular que reco- 
rrió sus fibras: algo como miedo inexplicable. 

Kntre despierta y dormida estaba la señora, modio^ re- 
clinada en su sillón de baqueta, sobre el hombro la cabeza 
peleándose el pañolón de Madras y las roscas del peinad». 

Sacudió pronto su letargo, de na apretón de su aristo- 
crática mano metió en paz los chismes (le su tocado, y man- 
dó a!/nr los mantelos. 

Lue2;o, diri<riendose ásu liija: 



118 CUSAS A Ni: JAS. 

— María; anda, (l¡s});'):i tu harpa, querubín. El señor Doc- 
tor quiere cantos lioi y hai que complacerle. 

í (lió el brazo al «galeno, eru^auíinándos/^ todos á ladilla. 

María, es¡?ecie de éxtas^is de un niístic;) hecho plástica 
figura de carne, ideal madona de inspir¿idos maestro.^ del 
pincel, de esas que hacían bajar con sus celestes fulgores al 
lienzo milagroso, fugitiva evocación de algún inaí^fo ence- 
rrada en una redoma, ondina ó walí de los misteriosos bos- 
ques románticos del Norte, puesta al harpa resonadora, 
adquiría un encanto indescriplible y como que se desvane- 
cía en luces inefables; y asi arrancó notas que semejaban 
arrullos de tórtola. 

Su voz débil y dulcísima era filtro que embriagaba. 

Asi aquel Fausto acabó de sentirse inij/clido por el 
diablo; y aquella Margarita ¡uoccute se vendía, se entre- 
gaba sin remedio al exhalar en su cajit.n como aquella en su 
aria de las joyas, el secreto misterioso de los sueños de un 
alma virgen. 

E^l Doctor se turbó, palideció cien veces, levantóse, 
fue hacia la joven, la contempló con arrobamiento, midió la 
sala á grandes pasos. 

Luchaba con la fascinación. 

La señora dormía. 

El Doctor arrebató una mano de María, interrumjrlén- 
dola en un arpegio conmovedor, y quitándole el har¡)a, 1:^ 
levantó en vilo por la cintura, sin saber lo que se hacía, y 
la besó en los labios. 

El tábano picaba á la cervatilla. 

María retiró su rostro vivamente, dando un grito sofo- 
cado, y miró con espanto al Doctor, quien Unún el suyo 
descompuesto por las furias de la pasión. 

La joven empezó á comprender; y la angustia subió á 
su garganta. 

Pero el maldito médico la estrechó en sus brazos y la 
cubrió de besos, no menos emponzoñados por ser silen- 
ciosos. 

María desfalleció á tiempo que despertaba la madre. 



EL MARTIKÍO VOli LA IIOXRA. 119 

El Doctor se alejo -ráuidameiiic. 
— María ¡,c\nc es eso, que to ]msa? exclamó arpiella clan- 
do un salto hacia su hija, al despertar con el ruido que se 
produjo. 

— Nada, mamá, contestó la aní^elical criatura, mancha- 
da al contacto de las impuras caricias del que hasta en- 
tonces había considerado como padi'c, nada. 

I se pasó una manopequoílita y torneada por su fren- 
te calenturienta. 

— ¡Cosa rara! murmuró la buena señora, dando unos pa- 
sos por hi sala. María, dijo de allí a im rato, vamos á rezar. 
I abrazándola, I madre e hija fueron á íirrodillarse ante 
un grande altar cuajado de luces, do ramos recien cortados 
y de braserillos en que ardía el incienso. 

La mujer, bruscamente de^^pertada•, se levantó herida 
en el espíritu de María; y el infierno se abrió en aquella 
antes tranquila mansión. 



IIl. 



CREPÚSCULO. 

Pasaron días y días. 

¿Queréis volver a la casa solariega! 

No haríais tal, si yo os dijese que está trúncala vida 
en ella; que hai sombras de muerte por toda ella; que. . . 

Pero si <|uereis, subamos. 

No han cesado los chillidos del loro; mas mirad si hai 
por ahí flores del campo acabadas de cojer; si los canarios 
y jilgueros saltan alegres en sus jaulas; si en los tiestos no 
se han resecado las rosas de Alejandría 

Un taciturno criado os detic^ne en mitad de la escale- 
ra. Preguntáis por el ama, y mueve la cabeza con desalien- 



120 COSAS ANEJAS. 

to: preguntáis por la hiña, y contrae ^olorosamente los 
labios. 

Si acaso os hace una sena triste con los ojos para que 
subáis, si tenéis valor. 

Desierto el corredor, la sala como tumba cerrada. No 
discurre el vientecillo del Norte cargado con los perfumes 
acres de nuestros montes vírgenes por los abiertos balco- 
nes; no entra lleno de fiestas el sol á guisa de amigo anti- 
guo, como enantes á dorar los sólidos sillones de caoba y los 
grandes cuadros de linajudos antecesores. 

El harpa de María está allí, en aquel rincón entretejido 
de telarañas, tal^ como la puso el Doctor al arrancársela de 
las manos á la nueva Margarita. 

Silencio lúgubre. 

¿Pero qué es eso? 

La antigua casa solariega es prísión, es tumba, es ho- 
rror ya. 

¿En dónde estás, angelical María? 

Ai! nadie responde. Si acaso un gruñido, una espe- 
cie de sollozo que se escapa á pesar de quien lo exhald, y 
que desgarra un alma. 

Sale de allí. 

De la vasta pieza cuajada de armarios de caoba suntuo- 
samente labrados, con cilindros de cobre por Insagrae y 
llave de lo mismo, donde hai dos camas altísimas de eleva- 
dos espaldares rellenas de colchones descomedidos, cuyas 
ricas cubiertas de badana deslustra espesa capa de polvo 
cual si en ellos hubiera tiempo que nadie durmiese. 

Allí también el oratorio con dos ó tres soñolientas 
luces. 

Alli por fin una mujer. 

Está sentada en un taburete de badana, con la mano 
entre los revueltos cabellos. Su faz desencajada muestra 
lo que ha debido sufrir: brillantes, febriles, desmesurada- 
mente abiertos los ojos divagan con espanto y desolación 
indefinibles por todos los rincones y muebles del aposento. 

Oyese, como el mar en vísperas de tempestad, roncar 



EL MARTIRIO POR LA HONRA. 121 

SU pecho, levantarse hirviendo eli amarguras, y desfogarse 
en un suspiro ahogado y violento como ruido de fuelle de 
fragua. 

No es posible reconocer en ella á la gran señora, apa- 
cible y dichosa en otro tiempo. 

Hasta sus vestidos están en desorden, y surcados de 
mugre. Mojados en lágrimas rabiosas, pero que esconde 
cuidadosamente, y en sudor de agonía, el polvo sutil de los 
rojos ladrillos que la escoba no castiga /íomo solía, viene á 
solicitarla humedad para manchárselos. 

Aquella mujer podía decir: ¡*^No hai dolor como mi do- 
lor!" ' 

¿No os dais cuenta de semejante transformaci(5n? 
Es que la desgracia *Sásitó sobre sus males", según 
dice el profeta. 

Aquel Doctor infame, prevalido del ascendiente que 
tenía sobre María, y más que eso, la especie de fascinación 
que ejerció en ella, ó lo que sea, y merced á su candidez é 
inocencia ó debilidad culpable, se introdujo como un la- 
drón en su estancia, y sorprendiéndola alli como el buitre 
al ave implume en el caliente nido, la sacrificó á sus bru- 
tales antojaos. 

El espanto de la pobre niña fué profundo. 
La profanación de aquellos santos afectos y deberes; 
el ver convertirse en seductor al amigo leal, y quedar así 
su inocencia atropellada en un instante; hallarse, en fin, 
niña candida ayer, trocada en mujer impura ahora; y lue- 
go aparecer en tal guisa ante su madre y ser escándalo á 
los viv'entes; todo eso hizo palidecer las rosas en las meji- 
llas de la joven y que perdiese para siempre su tranqui- 
lidad. 

Nada dijo. 

El Doctor seguía como siempre prostituyendo aquel 
hogar santo con su presencia asesina; y disminuyendo su 
franqueza y campechano modo de ser y aumentando el re- 
celo de sus ojos al paso de la palidez y el ^desmejoramien- 
to de la niña, la madre experimentó cierta desazón que no 



122 • COSAS ANEJAS. 

acertaba a explicarse. 

' Asedió á preguntas á su hija sobre su quebranto y al 
galeno sobre lo mismo; y á las esquivas contestaciones dv 
una y otro, mordieron por primera vez las crueles sospe- 
chas en su corazón, y se sublevó aquel altivo carácter á la 
sola idea de ver deshonrada su estirpe, y en tiempos co- 
mo aquellos, cuando los casos de honra y los respetos hu- 
manos conculcados eran cosa terrible entre familias hidal- 
gas sobre todo. 

Sin embargo, bien distante se creía de la terrible rea- 
lidad. 

Llegó á figurarse que, dado qué la niña hubiese cubierto 
de ignominia su nombre y sus timbres, acaso el médico se- 
ría cómplice de ella, jamás fautor de tan horrendo delito. 

Desatinábase porque nadie pretendía á su hija, que 
ella supiese. No podía tampoco resolverse á dar entero cré- 
dito á lo que el infierno le sugería. 

¿Su hija tan candida, tan llena de virtudes y religiosa! 
¡Imposible! 

Sin embargo, como mujer de experiencia, supuso que su 
sexo no estaba nunca exento de grandes debilidades, y que 
cualquier patán podía mui bien h^iber abusado de su hija 
sin mayor culpabilidad de parte de ella. 

Mas como quiera que fuese, era necesario hacer un 
ejemplar. 

Dispúsose á castigar la infamia, que creía ella que el 
médico trataba de encubrir, si resultaban ciertos sus temo- 
res, y encerróse con la pobre María en el oratorio, sin más 
testigos que las imágenes del altarito y las velas que es- 
pléndidamente ardían en él. 

Juez y reo estaban el uno en presencia del otro. 

Ocupó la señora su cómodo sillón de badana, y María 
permaneció de pié, con la mejilla sobre la palma de la ma- 
no, tristemente entornados sus ojos, fría, lívida, trémula. 

— Hija, vamos, empezó con afectada dulzura la madre, 
¿por qué estás así, desmejorada, triste, confusa y apesarada! 
Algo te pasa que debes confiar á tu madre 



KL MAirriRlO POR LA HONRA. 123 

La joven dio un sus[)iro ahogado. 
— ¿SuíVes? Ya lo sé, continuóla seílora moderándose con 
trabaja Pero ^qué te ])asa? insistió con firme acento. 

Aíaría tembló de pies á cabeza. 
—lie quieres decir ¿nó? gruñó la madre. I dime ¿en dón- 
de está tu cómplice que ya no parece por la casa, tu pa- 
drinitol 

En efecto, cuando el Doctor vio el nublado en la fren- 
te de la noble matrona, tuvo á bien largarse y desaparecer 
para siempre antes que estallara el turbión, porque ya sa- 
bía él cjue la joven estaba en cinta, y dicen que se . refugió 
en Puerto Rico. 

La pobre niña quedó sola, y expuesta á los rigores de 
la cólera materna, que entonces podía temerse en circuns- 
tancias iguales, no ahora, que algunas madres, si viene al 
caso, son cóm})Jicós de la deshonra de sus hijas. 

— ¡Habla! exclamó irguiéndose cuan alta era la gran se- 
ñora, y encimándose á María. Has faltado! Te has burla- 
do de mis canas, te has. . . .deshonrado; yo lo adivino. .. . . 

y^ ^ 

I a esa sola idea, se comprimió las sienes con las ma- 
nos, y se desplomó de nuevo en su sillón. 

— Mamá, gritó sollozando la pobre víctima: yo no soí 
culpable, nó. . . . 

I aquí se detuvo, porque su garganta se negaba á emi- 
tir los sonidos. 

— Sí eres culpable, mala hija! rompió la señora alzándo- 
se otra vez de su asiento. Se ve; se está mirando. I ¡pron- 
to! confiesa tu delito, para castigar al culpable con todo el 
l>eso (le mi indignación; y en ctlanto á tí, á ti . . . . 

La joven cnyó de rodillas alzando hacia su madre las 
suplicantes manes, é inundados de lágrimas los ojos be- 
llísimos. 

— Mamá, por piedad! Mamá. . .perdón!. . . .perdón!. . . . 

— ¿Conque al fin declaras, eh? dijo la airada madre e- 
chando chispas, con voz afectadamente tranquila, lenta é 
incisiva, pues cada sílaba era como una gota de plomo.^ |.I 



124 



C08AS AÑEJAS. 



quién fué el seductor? ¡Habla! ¡pronto! añadió mudando 
de tono y con agrio y destemplado acento. 

María tembló, y sus sollozos fueron los que por breves 
instantes turbaron solamente la espantosa tranquilidad del 
oratorio. 

Confesó la inicua conducta del Doctor. 

¡Cuitada! que no lo hiciera antes! 

El rayo de improviso desatado sobre el inadvertido 
vieyador, no causa el horroroso, el indescriptible efecto que 
tal confesión sobre el ánimo y el orgullo y los irritables 
nervios de la noble matrona. 

Sofocó un ¡ai! desgarrador, y nada dijo. Pantera he- 
rida en mitad del pecho cuando encogiéndose y sacando 
las unas se dispone alanzarse sobre el cazador, gruñe y cae 
.inerte, así aquella mujer. 

Levantóse como impulsada j^or un re^rt^ altiva é ira- 
cunda, lanzando centellas por todos sus poros, y volvió la 
espalda desdeñosamente á la infeliz criatura. 

Pensó la hija que se moría. 

Salió del aposento vacilante, mientras la madre se en- 
cerraba en él. 

Retorcióse, gimió; mas al peso del dolor quedó al fin 
rendida la pobrecilla, y comenzó al paso que su via-crucis 
horrible su resignación de mártir. 

Desde aquel momentc, la vida entera huyó de aquella 
casa. 

La señora llamó á un criado de confianza, hombre re- 
suelto y de robustos puños. 

Fría y calculadamente había trazado su plan inhuma- 
no, el que creía necesario para encubrir su hoiira; y dio 
prolijas y terminantes instrucciones a su servidor, amena- 
zándole con su enojo si no cumplía como se le mindaba. 

El criado juró por su patrón obsdecer ciegam3nte, 
aunque no imaginaba dónde iría á parar aquello. 

Así fué que al amanecer de un día espléndido, cuando 
lí^ naturaleza toda se regocijaba, preséntase el fiel servidor 
en la estancia de la consternada María, y casi sin miramien- 



EL MARTIRIO POR LA HONRA. 125 

tos la iutiiila á que baje al zaguán porque una volanta la 
espera en la puerta de la casa. 

— ¿Dónde me llevas, Gabriel? ^le preguntó la joven en- 
jugándose las lágrimas y temiendo la saña de su madre. 
— La señorita va al campo, á una quinta. 

La pobre niña bajó la cabeza sin preguntar má^, y le- 
vantándose con trabajo, sin mudarse de vestido, bajó apo- 
yada en el hombro de Gabriel, que allá en lo hondo iba la- 
mentando semejante desgracia, y compadeciendo ásu seño- 
rita, sobre cuya cabeza caerían las iras de su madre como 
una tromba; aunque él sólo sabía que estaba poseída de te- 
rrífica indignación contra la joven. 

Todavía no se echaba de ver su estado. 

Ya en la volanta se atrevió a preguntar: 
— ¿I mi madre? 

Gabriel por toda respuesta azotó las muías, que arran- 
caron por la estrecha calle que cae al barrio de San Mi- 
guel, para seguir al pié de las murallas hasta las afueras del 
Conde. 

Ya en la quinta, el fiel sabueso se constituyó en guar- 
dián de la joven, á la que acompañaban unas mujeres cono- 
cidas ó arrendatarias de la señora, y que nada sospecharon. 

Aquello fué reclusión en regla: no tenía con quien co- 
municar, y el tedio se desplomó sobre su espíritu con su 
cortejo de melancolías. Fué decayendo tristemente, presa 
a sus remordimientos y dolor agudo. 

Pero ni una maldición, ni un deseo de venganza para 
su seductor. Dolíale sí como es de suponer que hubiese 
hecho de ella su víctima, trocando su carino en infame tor- 
peza. 

En sus largos paseos por la orilla del mar, .entre dos 
filas de cocos enanos, el ruido de sus pies que levantaban 
la arena hacía correr los cangrejitos colorados, ó bermejos, 
que salen á tomar el sol después de la lluvia, y que pueblan 
j>or marzo los caminos cerca del mar, y como necesaria con- 
secuencia, las ollas de los habitantes de las ciudades. (9) 

Sola iba y doblada sobreel pechóla frente gentil lain- 



126 COSAS AÑEJAS. 

lortuinuln: y lasl>i¡si;s cálidiis, c\\ cojisorcio con las auras 
del trópico, veiunn i)or las iníulanas á descojer y acariciar 
PUS cabellos descuidados, como ültiyios lisonjeros galaotea- 
dorcs que la habían de admirar. 

¡Pobre niíia! 

Ni un recuerdo de su madre, ni una línea, nada. 

Sabia la joven lo qiin eríi la idea de la honra entonces, 
y juzgó que su madre sería ca[)az de sacrificar todos los im- 
jndsos de la naturaleza para ericubrir tal falta y castigarla. 

Pero no dejó de esperar en la misericordia del amor. 

¡Vana esperanza! 

|;No la abandonaba allí á su sídedady ásus tormentos? 

Cuando hubo pasado un tiempo, y antes que se mani- 
festase el embarazo, Gabriel le comunicó una tarde que esa 
noche debían partir. A todo esto no le decía nada de la 
señora. 

Mria tembló. Tenía crueles presentimientos. 

Llegó la noche al fin; pero ¡que noche! 

Silbosos vientos hura(\iaados azotaban con violenta ga- 
rra la airosa melena de los cocales, y hacíanles doblar la 
dura cerviz, que erguían al pniito con furioso- empuje, sa- 
cudiendo sus pencas entj-e cha.^'([uidüs, tal como desgarra- 
mientos de la seda, de sus sir*mj)ie susurrantes flecos. Co- 
rría el hálito temj)estuos() en solicitud de estragos por so- 
b-re las cabezas de los fuortí\s mameyes, tamarindos sono- 
ros y graníticos caobos, y entríí!>ase en torbellinos por entre 
el seno indefenso de los guayabales y los cafetos en flor re- 
torciéndoles los brazos y (pacbrándoles los ramillos más tier- 
nos entre sus gemebuiulos ayos. Volaban las hojas por las 
nubes, graznaban los ánades, gritaban horrendamente las 
guineas (IQ) y la casa rústica padecía periódicos -sacudi- 
mientos, como el que tiene calenturas accesos intermi- 
tentes. 

Lluvia fuerte, graneada, repentina, caía como metralla 
sobre los árboles, producicíhdo un ruido sordo que empe- 
zando á lo lejos redoblaba al llegar, arrebatada á intervalos 
y suspendida por racha furiosa, que so amoscaba porque 



.^^ 



EL MARTIRIO POR LA HÓ^^RA, 127 

sólo ella se permitía dar semejante música sin dejarla espa- 
cio á sus bramidos. 

Había que proceder con el mayor sigilo, porque el in- 
tento de la señora era sacar de allí á su hija de un modo o- 
culto, á fin de que se creyese que permanecería en el cam- 
po mucho tiempo, por mero placer; mientras la condenaba 
á duro encierro, para que nada pudiese traslucirse de' tal 
suceso. 

La noche tempestuosa venía pues a pedir de boca, y 
Gabriel, envolviendo á la pobre joven en su gruesa capa, 
la cargó en brazos trasladándola al carruaje. 

El chasquido del látigo anunció la partida, y haciendo 
saltar el lodo con los poderosos cascos las cabalgaduras^ lle- 
varon de un tirón á la desventura personificada á la ciudad 
desierta y tenebrosa. 



IV. 



LA MÁRTIR. 

La calleja donde quedaba la casa tenia un aspecto lú- 
gubre, y sin eso, nadie se atrevía á pasar por allí á boca de 
noche que fuera, por temor alas apariciones. 

Abrióse la anchurosa puerta sin hacer ruido, y la jo- 
ven, apoyada en el brazo de Gabriel, subió las escaleras. 

Arriba aguardaba su madre con una luz. 

La pobre niña, al verla, quiso dar un grito de alegría 
y dolor, quiso abalanzarse hacia ella, y exclamó con acento 
desgarrador: 

— Madre mia! 

Pero la señora no hizo un gesto, no despegó sus labios, 
y haciendo una señal imperipsa al criado, indicó al servidor 
un aposentillo que daba sobre el patio, estrecho y de alta 
ventana con rejas, diciéndole secamente: 
—Allí! 



128 COSAS ANEJAS. 

María volvió los ojos desencajados á su madre, implo- 
rándole, dio Uii largo gemido y se retorció como negándose 
á avanzar; pero á otra señal de aquella esfiuge humana, Ga- 
briel la impelió dulcemente, bastante más enternecido que 
la madre, y el calabozo, porque no era más que un calabo- 
zo, ó bien tumba aníicipada, i>e cerró tras la infortunada ni- 
íla con siniestro ruido de llaves y cerrojos. 

La señora, impasible en tanto, sólo dejó escapar un ru- 
gido, y luego giró sobre sus talones y fuese vacilando como 
ebria hasta su cuarto. 

No rezó: ya no se acordaba de hacerlo. Tampoco se 
acostó, porque el insomnio había reemplazado las horas del 
descanso, como tampoco se alimentaba apenas, devorada, 
más por el dolor de la afrenta que por el dolor de la 
hija. 

I no es de extraíiar esta exageración, cuenta habida 
de lo que significaba en aquellos tiempos el puntillo de la 
honra de una casa principal, puntillo que exigía mayor se- 
veridad en el castigo de una falta, al tratarse de un nom- 
bre ó de un blasón, ahogando para ello como lo hacía esta 
madre terrible, la voz dt;l corazón, que si se tratara de ple- 
beyos. Los plebeyos bien podían excusarse de tener li ju- 
ras ¡qué diablos! 

Por eso aquella mujer, que quizás no era de aviesa ín- 
dole, creía cumplir con un deber, negando desapiadadamen- 
te á su hija hasta el consuelo de llanvnla madre! . 

¿No es cierto que infundía espanto entrar en aquella 
casa, lector amigo, después de haberla conocido llena de 
los encantos del hogar venturoso? 

Así transcurrieron 'ueses. 

Si por acaso preguntaban por la niña, decía la madre 
ó los criados que estaba pasando una larga temporada en el 
campo. 

Mientras tanto, la joven, reclusa ea su estrecha celda, 
desfigurada completamente, p jrque ni dormía ni comía, pa- 
saba sus crueles- días doblada sobre sí misma, hilo á hilo sa- 
liendo el ardiente llanto que por sus flácidos dedos con que 
ocultaba su rostro corría lentamente. 



EL MARTIKIO TOR LA KONRA. 129 

Todo había acabmio para ella. Era un cadáver, era 
una sombra, era un remordimiento en carnes. 

¿Qué sería de su hijol pensaba. Acaso se lo iban á 
njatar. . . . 

El criado de confianza, Gabriel, le suministraba el a- 
limento. 

Nadie más'"se presentaba á sus ojos. 

I con ellos desencajados y llenos del fuego de la fie- 
bre y el delirio, porque creía á las veces volverse loca la 
infeliz, le preguntaba muda á Gabriel algo: qué 'era de su 
madre; que cuándo moriría, por ejemplo. 

Dio a luz al fin una hermosa niña en su espantosa so- 
ledad. Si la asistió comadrona, debió de ser persona de 
absoluta confianza. 

El criado corrió á participarlo á la señora; y en ese 
momento el débil grito de lacriaturita vino á herir su oído. 

Por un instante se puso lívida, tembló, vaciló. Mas no 
duró mucho tiempo su indecisión. ¿Quién capitulaba con la 
honra ultrajada? 

Se irguió trémula. La naturaleza había librado en a- 
quel fortísimo pecho su ultima batalla, y estaba ya cerrado 
á toda conmiseración. 

La suerte estaba echada. 

Gabriel esperaba mirando al suelo, y visiblemente 
conmovido. ¡Era tan. lindica la criatura, y había padecido 
tanto la pobre María! . - . 

— Gabriel, dijo sordamente la señora, hai que borrar 
hasta la últinia huella de ese nefando crimen. . . .que es 

mi deshonra 

I tuvo aquí que ahogar un rugido y un sollozo de terri- 
ble ira. 

— Oye. Tomarás á esa niña, continuó, la envolverás en 
pañales ricos sin ' iniciales, pondrás esta bolsa junto á e- 

lia, y .^ 

— I — .repitió Gabriel tartamudo de pura emoción. 
— I la llevarás esta noche á un lugar en que vivan per- 
sonas buenas cristianas y puedan recojerla mañana y criar- 



130 . COSAS AÑEJAS. 

la, sin que logre nadie saber jamás, ni ella misma, de los 
padres que le han dado el ser Anda! 

A esta terrible sentencia, un nudo se le atragantó al 
pobre Gabriel, que al fin era hombre y tenía gran lástima 
de su señorita. 

Así fué que revolvió en su cabeza algiin desesperado 
recurso para conjurar semejante fallo, y no se movió. ¡Qué! 
¿ni la inocencia podía mover á piedad á aquella mujer en- 
diablada? 

Empezó á balbucir frases de conmiseración, de perdón, 

— Gabriel!. gritó la señora con voz ahogada por mil 

encontrados pensamientos y pasiones. 

— Quiero creer que aun eres digno de mi confianza, aña- 
dió luego. Obedece y calla. Vete; déjame sola. 

I dio febriles paseos por el cuarto. Chisporrotearon 
las luces del altarito, se apagaron, y ella no lo notó. Qui- 
zás la imagen aquella, indignada sin duda, no quería más 
adoraciones en tan nefando lugar, en que se habían conju- 
rado todos los infortunios. 

Gabriel fué por la noche á cumplir su encargo miste- 
rioso. 

Daban las doce en el gran reloj clavado en la pared 
como mudo testigo de estas excenas. 

El pobre y leal servidor, como quien va á co'meter un 
asesinato, llega al cuarto de la mártir. 

Ella, medio dormitando y un si es no reanimada por 
las fruiciones del amor maternal, daba el pecho á la erial u- 
rita, que dormía con el sueño de los ángeles, sonriendo de 
un modo inefable. 

Gabriel se acercó hasta el pié del lecho c(m su linter- 
na sorda en la mano y contempló por un inístante á la ma- 
dre y á la hija. 

María despertó sobresaltada. I por un instinto que a- 
caso las madres sólo tengan, adivinó que querían arreba- 
tarle á su hija. 

Dio un gemido, y con sus cabellos destrenzados y sus 
manos descarnadas trató de ocultar á la niña, mirando con 
faz desencajada al servidor. 



EL MARTIRIO POR LA HOKRA. 131 

— Señorita- . . -balbuceó éste conmovido; es preciso. . . 
•— N¡Qué? exclamó con espanto Marui. ¿Tratan de quitar- 
me á mi hija? ¡Nunca, jamás! Que mi madre me asesine, 
tiene derecho á ello . - - . pero quitarme á mi hija, quitarme 
á mi hija! Ai Dios mío! .... sollozó la infeliz apretando, 
contra su seno á la criatura que despertó entonces. 

Gabriel enjugó disimuladamente un lagrimón. 

— ¡Qué quiere la señorita! Mi ama lo manda así 

— Nó, nó, nó, aulló la infeliz tratando de defender á su 
hija. 

Pero Gabriel, por abreviar semejante agoniia en que 
él también no dejaba de ser un Cristu, Gabriel arrebató rá- 
pidamiente á la niña de los brazos de la joven y huyó. 

— Gabriel, Gabriel! gritó ésta lanzándose tras él y aho- 
gándola los sollozos mi hija mi hija dame 

mi hija! 

I cayó rendida al peso de su descoyuntado cuerpo, y 
se dobló sobre sí misma como el junco que racha bravia re- 
tuerce al pasar, y rebotó su frente contra la puerta que ha- 
bía cerrado tras sí el criado, y sobre el suelo se golpeó la 
cabeza, aquella cabeza de ideal madona, quedando los ca- 
bellos esparcidos por el suelo. 

Habíase desmayado. 

El pobre Gabriel envolvió á la criatura en sus pañales, 
y luego en su capa, y como un criminal, espantado de sí 
mismo, salió de la casa, y á trancos grandes salvó la calle 
de Hateros y en el primer callejón que encontró, depositó 
su carga en el ancho umbral de una puerta, poniendo junto 
á ella la bolsa de dinero en crecida cantidad que su ama le 
había entregado. 

Si ésta le había indicado la casa de la familia Guante, 
ya sabemos que quedaba en ese callejón, á la izquierda vi- 
niendo de San Francisco. 

Luego, dando una triste mirada al bulto que hacía el 
angelito que parecía dormido, se enjugó la segunda lágri- 
ma con la áspera manga de su capa y se alejó. 

Ya era tiempo. Una ronda venía por esa calle, ^ 



132 COSAS AÑEJAS. 

La hija del crimen quedo allí abandonada para siem- 
pre á la oscuridad de la noche y á la caridad de las gentes. 

Faltaba empero lo más cruel. 

Madre é hija iban acabando á manos de su negra suerte. 

María quedó medio trastornada cuando, á favor de la 
frialdad de los ladrillos y del aire que entraba por la ven- 
tana, recobro los sentidos. 

Gritó, lloró, llamó, se mesó los cabellos de desespe- 
ración; más ni el eco respondió á sus quejas. 

¡Si alguien hubiera .podido oiría y salvarla^y salvar á 
su hija! 

Después cayó en profunda atonía. 

Hacía ya algún tiempo que el enclaustramiento y el 
pesar minaban su existencia, y la tisis se había declarado. 

Aquel último golpe la hirió dé muerte. 

No se levantó ya más. 
• Hondos suspiros eran cuantas señales de vida queda- 
ban en aquel cuerpo. Formas, facciones, todo era ya un 
montón de angulosas protuberancias bajo el sudario de una 
sábana. 

Estertor de agonía se oyó. 

Gabriel, alarmadlo, corrió á su ama. 
— Señora, '^señora, gritóle: la señorita se muere! 

Esta se encrespó á modo de animal dañino, sin duda 
por los esfuerzos que hacía en su inflexible espíritu la na- 
turale2sa ofendida por recobrar su imperio; volvió la cara á 
la pared y no contestó. 

Tenía empeño en ocultar sus menores emociones, pa- 
ra que su papel de vengador, ó verdugo, no desmereciese 
ni en un ápice. 

— Señora!. . .insistió Gabriel. 

Pero la señora estaba sorda y rígida en su asiento co- 
mo estatua de sal. 

Dominándose al fin y con fingida calma, díjole: 
— Enciende á mi hija mui indigna la vela del alma, sí 
está expirando como dices; rézale si sabes hacerlo, y aleja 
de q^tos sitios á los criados. . . .anda! 

I volvió á su anterior posición. 



Ty-T* _.^ 



EL MAIÍTIRIO POR LA HONRA» 133 

'Gabriel pcniíaneció mudo, iiiQióvil y frío ante cruel- 
fiad, seniejaii-te, 

— Pero . se atrevuS á balbucear, ¿es que no se busca 

un médico, ni se confesará la niña, ni t 

La señora se volvió á él sombría., 
— ¿Qué has dicho, mal servidor? exclamó sordamente. 
Médicos ni sacerdotes aquí? Ya te he dicho que alma hu- 
mana no debe pisar esta casa, ni saber jamás que ella vive 
ni que ha muerto, si muere: nada! 

— Señora volvió a decir Gabriel con las manos jun- 
tas y suplicante. 

Mí^s ésta, sin volver la cabeza: 
— ¡Márchate, déjame en paz! gruñó. Ni una palabra más! 

El fiel servidor bajó la cabeza confuso, mohíno y des- 
esperado. 

¡Sí; ni viva ni muerta, nadie debía saber más de María! 

¡Su hija mui indigna! Digno epitafio escrito por una 
madre desnaturalizada! 

Ya ella no necesitaba de «ada. 

Mana había muerto. . 

Gabriel encendió piadosamente la vela del alma, dio 
un beso en la descarnada mano de la muerta, limpió su fren- 
te con cariño, le arregló los cabellos, la envolvió en su pro- 
pia sábana como en un sudario, y se retiró afligidísimo, ce- 
rrando tras sí la puerta. 

La mártir quedó sola, como en vida. 

¡Quién dijera que aun ante la' muerte fué inexorable 
esa madre! 

La antigua casa solariega, nido enantes de tranquila 
felicidad, vedla ahora, más sombría que nunca. 

En toda ella ni el viento se atreve á causar el menor 
ruido. 

En un rincón del oratorio, en cuyo altar no arden ci- 
rios y yacen resecas las últimas flores puestas por María, y 
no perfuma el incienso en los braserilíos, allí está la gran 
señora como fiera acosada. No la miremos: su aspecto hos- 
co y descompuesto, sus ojos fosforescentes no dan idea de 
que aquello es un ser humano. 



134 COSAS ANEJAS. 

En el cuartuco, en el calabozo, el cadáver de la már- 
tir enterrada en vida, puede decirse, tendido. en un catre 
de tijera está alumbrado por la mortecina claridad de la 
vela. 

Soledad en torno suyo: ni lágrimíis, ni flores ni ora- 
ciones 

El mundo entero debía ignorar que había cesado de 
vivir, pai-a que fuese asaz desagraviada la honra de la fa- 
milia. 

Tampoco ministros ni fiínerario» toques ni salmos con- 
movedores debían acompañarla al último asilo. 

Ni corona de blancas flores, ni féretro de niveo rKso 
debían contener sus despojos. Ni la compasión de los tran- 
seúntes seguirla al pasar. Ni el canto de las vírgenes rego- 
cijar su alma. Ni tumba conocida señalarla al afecto de los 
que la amaron, ni perpetuar la memoria de sus desdichas. 

La que en la florescencia de sus años no tuvo del a- 
raor más que la cruz, sin que jamás latiese su corazón al 
dulce recuerdo del amado, ó al ruido de sus pasos, ó al a- 
divinarle entre la muchedumbre, ó separada de él por la 
fatalidad, aun en ágenos brazos fijo en él estuviese su pen- 
samiento; á la que no tuvo del amor más que la cruz, fué- 
le negada hasta una humilde para su tumba. 

El mundo debía ignorarla también, como ignoró su 
falta, como ignoró su suplicio y muerte! 

I así fué. 

Se amortajó el cuerpo de la pobre niña por disposi- 
ción de la señora de especial manera. 

I cuando la densa noche, que parece luego cómplice 
de infamias, cayó pesadamente sobre la Ciudad Antigua^ 
cuando zumbaba el viento entre los estribos de las ruinas 
del cercano monasterio, cuando las lechuzas despedían chi- 
rridos agoreros, cuando las luces fosfóricas brillaban entre 
las yerbas y sobre los escombros de alguna abandonada vi- 
vienda, un hombre, sin sombrero, envuelto en una capa, 
erizado el cabello, inseguro el paso, sofocando en su gar- 
ganta una especie de gemido, con un bulto á la espnlda, a- 



r 



EL MARTIRIO POR LA HONRA. 135 

pareció por el gran portón de cincelados relieves en piedra 
viva y coronado por escudo de armas de la casa maldita. 

Nubarrones negrísimos y espesos corrían al Sudeste; 
el viento barría el polvo y registraba sinfonías lúgubres en 
las tejas de los techos y el alero de los balcones. 

Era media noche. 

Aquel hombre era Gabriel que llevaba á enterrar clan- 
destinamente el cuerpo de la pobre María. 

Su madre lo había dispuesto así. ¡Que ni una huella 
quedase de la causante de su deshonra! 

Cargado con el cadáver de la víctima, tomó calle de 
Plateros arriba hasta la iglesia de Santa Bárbara. 

Desembocó en la plazuela de ésta que envolvían hura- 
ñas sombras y cuyo aspecto infundía terror, porque además 
detqdo, á lo largo del templo se extendían las tapian del 
patio que era un cementerio bien removido en esa época: 
allí enterraban Jtambien á los ajusticiados. 

La mole del templo se desvanecía en la oscuridad, los 
gachos bohíos que quedaban á la derecha de él parecían 
agazapados monstruos prontos á lanzarse a la plazuela, so- 
bre las tapias del cementerio las animitas contorneaban sus 
líneas, y dentro había ruido de mandíbulas y tierra escar- 
bada. 

El leal servidor no tenía miedo á los fantasmas; pero 
sus nervios sí estaban en desorden á causa de las terribles 
emociones que en breves días había experimentado. 

Escudriñó los rincones de la plazuela con penetrantes 
ojos, puso una mano sobre el caballete, pues la tapia no se 
eleva á más de una vara y media del suelo por el lado de 
atrás debido á la elevación del terreno en esa dirección, y a- 
firmando en él una rodilla, trepó saltando al otro lado. 

Los animales que escarbaban, huyeron ásu presencia. 

Depositó cuidadosamente entonces el cuerpo de su se- 
ñorita sobre una antigua losa, y buscó á tientas el azadón 
y la pala 

Empezó á cavar donde la tierra parecía más blanda, y 
no fué penosa para él semejante tarea, porque tenía bue- 
nos puños y el terreno estaba flojo. 



13G COSAS ANEJAS. 

Suspendiéndola á ratos, se acercaba á mirar por cima 
de las tapias; pero á buen seguro que aun cuando hubiesen 
notado algo los vecinos, nadie se arriesgase á averiguar que 
era aquello. 

Cuando estuvo la fosa un tanto profunda, Gabriel tomó 
en sus brazos el frío cadáver y besando la frente de la po- 
bre niña con una postrera lágrima en los caldeados ojos, 
depositólo en su lecho de tierra. 

Aprisa echó ésta, la apisonó con los pies en concien- 
cia para evitar profanaciones de hombres ó animales, y 
cuando jadeante sus músculos se aflojaron, desparramó la 
restante, y trató, á la luz de las estrellas, de hacer desapa- 
recer los vestigios de aquella tumba clandestina que debía 
estar oculta para todos. 

El crimen ó el desagravio quedaba completo y entre 
las sombras del misterio. 

El pobre Gabriel dio una última mirada al sitio don- 
de quedaba la desdichada María, y saltó á la plazuela. 

¡Fué el único que la acompañó en su infortunio sin 
ejemplo! 

La calle le vio desaparecer vacilante sobre sus pies 
entre la oscuridad de la noche. 

Cuando llegó á presencia de la señora, ésta no quiso 
verle; pero él se limitó á balbucir: . 
— ^Ya todo está cumplido! 

En cuanto á la niña expósita ya la habréis reconocido 
en la anciana Simona. 

¿Qué se hizo semejante madre? Nadie lo sabe. 

Las ruinas de la casa solariega han publicado acaso 
en el hondo silencio de las noches, los nombres de los már- 
tires y verdugos de esta ciertisima historia. (11) 

I al detenerse el curioso que pase a contemplarlas en- 
vueltas en tenebrosa oscuridad ó bañadas en luz de luna, 
dirá tristemente: 

¡Pobre niña! 



Diciembre de 1890. 



'IOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL POZO. 



*3?radÍGÍón. 



..«.■i—^ ,«»^*'{- 



LOS TRES QUE ECHAROíí A PEDRO ENTRE EL POZO. 




Íarrio de San Lázaro adentro, cuesta arriba, por don- 
;de es cerro todo el terreno, derramado en callejue- 
las, bostezando por unas cuantas antiguas canteras, y mas 
allá limitado por la muralla y los patios de las casas de la 
calle de Mercedes; extendiéndose entre San Lázaro y el 
barrio de San Miguel, abierto, inculto, semi -salvaje, con 
desgreñados y raquíticos matorrales y mucha brusca y 
piñón en la revuelta haz desigual con tanto montículo y si- 
nuosidades como tiene, y enseñando las desmesuradas bocas 
délas cuevas (1) ó canteras: tal es elexcenario de esta le- 
yenda, aunque ya un poco modificado, no mui limpio, y pe- 
ligroso para las vidas y los pies. 



140 COSAS ANEJAS 

En lo alto de la cuesta, á la subida, se levanta la igle- 
sita de San Lázaro, tosca pero como salida de la tierra por 
lo sólida, y á dos pasos de ella la muralla. Al frente se a- 
bre la plazuela, al lado queda materaalmente cobijado el 
hospital refugio de los atacados de la horrible elefancía; 
y desde esa altura esparcen los vientos sobre la ciudad sus 
malsanas emanaciones. 

Era cuando el gobierno del mariscal de campo D. Car- 
los de Urrutia y Matos, esto es, entre los años de 1812 y 
16. No dejaba de ser, á raíz de la heroica reconquista, la 
administración de aquel '^anciano de carácter acre y des- 
templado" nota discordante en la efusión del entusiasmo 
que había impulsado á los dominicanos, aunque con ayuda 
de ingleses y españoles, á reponer con las armas en la ma- 
no el pabellón de Castilla sobre nuestras fortalezas, ven- 
ciendo en campo raso á los soldados de Napoleón, caso ú- 
nico en la historia americana. 

Urrutia no era más que un soldadote indigno de go- 
bernarnos. 

Siendo '*la arbitrariedad la norma de sus actos", en 
todo se ingería, "sin más lei que su voluntad ó su capricho", 
por lo que era generalmente detestado y temido. 

Sobre todo, Urrutia era el terror de vagos y ladrones. 
Había establecido una labranza en la otra orilla del 
Ozama, y los frutos se vendían; para su exclusivo provecho, 
en el ex-con vento de Jesuítas, que hoi ocupa el único tea- 
tro de la Capital. Allí enviaba á los condenados y sin ofi- 
cio á sudar la gota gorda, para producirle los ñames y los 
plátanos al señor mariscal; razón por la que se le puso el 
apodo de D. Carlos Conuco. (2) 

Perseguía de firme á los jugadores (por lo cual se pue- 
de sentir que no hubiera ahora muchos Urrutias) quienes 
iban luego á acabar de poner sus paradas, azadón y trilla 
en mano, entre calabazas y boniatos, coles y habas. Se ju- 
gaba ¡ya lo creo! pero más ocultamente que en las profun- 
didades de la tierra. 

En una de esas callejas inmundas del barrio aludido, de 



LOS TRE3 QUE ECHÁRO^ A PEDRO ENTRE EL POZO. 141 

hondo lodazal amasado al paso de las cabalgaduras y ca- 
rros, con verduzcos matices de lama hedionda, merced al ' 
agua estancada á trechos en los zanjones del chaparral, por 
lo común adorno de nuestras calles, y entre rotas filas de 
bohíos renegridos por la interperie y la vetustez cou que 
no podían ya, aplanados y borrachos que se reían^ como 
vieja por las hendiduras de la boca, por las desvencijadas 
puertas, rotos setos y desdentado alero, había en el más 
Aiin de ellos un templo del vicio, garito reservado, porque 
todavía no era el juego profesión que diese lustre y mérito 
á las personas. 

En el susodicho veíase una mesa paticoja, achacosa y 
bien comida de comején, rodeada de bancos torcidos, mu- 
grientos y remendados que habían olvidado sin remedio la 
lei del equilil)rio, y sabe Dios por cuántas evoluciones pa- 
saron hasta llegar á ser semi-inútiles muebles del garito. 

Al rededor de la mesilla estaban amorosamente congre- 
gados, una rueda de sacrificadores del dado, asistidos de 
botellas, vasos sucios y hendidos y pipas mcotmizadas á 
fuerza del uso diurno y nocturno que de ellas hacían. 

La tanda aquella de ínclitos contaba con una que otra 
persona de mejor pelaje y aspecto que ellos, la cual perso- 
na, cuando la había, en eso de los juramentos redondos, 
puñetazos sobre el doliente pino y ojos avariciosos no le 
iba en zaga á los cargadores, barrenderos, horriqueros (3) 
y demás gente del bronce allí reunida. 

Había entre ellos un individuo de mala catadura que 
no era de mui aquietante fisonomía. Miraba torcido, es- 
cupía por el colmillo, tenía las greñas vírgenes e "izadas, 
duras y amarillentas del desa-^eo de su cabeza, sin con- 
tar los huéspedes de aquella selva, y sobre las greñas una 
gorra asomada; la nariz gruesa y roma padecía conges- 
tiones merced áhis dosis que gastaba; y era, en fin, de hom- 
bros fornidos, musculatura como red de cables y estatura 
sansoniana. 

Su puño redondo, áspero, de encrespadas coyunturas 
y velludo como mano de oso, podía apostárselas á la cabeza 



142 COSAS AÑEJAS. 

de un recién nacido, y habría podido servir de martillo de 
forja en caso de necesidad. 

La mayor parte de los contertulios no eran menos 
feroches. 

Desarapados y sucios, cual tenía descubierto el nudo- 
so pecho, enrollados á un lado y otro los bordes de la ca- 
misa de lienzo crudo á rayas azules; cuál remangaba las 
mangas de la idem hasta el codo; cuál envolvía la cabeza 
en un pañolote de indefinible tela y color, medio terciado 
sobre una oreja, lo que hacía más fiero, de los dos, un ojo 
saltón y ensangrentado, pues el otro teníalo hundido; quien 
cobijado bajo sombrero de vieja paja y alas enormes, asom- 
braba media mesa y á una parte de los jugadores. 

El uniforme de algunos militares resaltaba entre la 
variedad de aquella asquerosa ropería. 

Repugnante era la excena, á la agonizante lucecillade 
un candil escapado de alguna colección de antigüedades, 
abollado, roto y lacrimando aceite que iba desarrollando 
un regular mapa en el suelo de hormigón (4) lleno de ho- 
yos. Pero si repugnante, curiosa por el guirigai ó especie 
de germama del juego, y los gestos y contorsiones de los 
que se ven abandonados de la suerte. 

Naturalmente, allí había individuos que no jugaban, 
más del doble de los que hacían y á quienes se les daba en- 
trada con reserva, viniendo á hacer el oficio de mirones (5) 
de las tres ó más clases en que se clasifican éstos. 

Apareció una figura de los amarrados albures entre 
los mugrientes dedos del tallador; y la voz de un mirón se 
oyó: 

— ^Asesino Juan Rincón (el as). 

Luego otra y otra. 
— Sin casco son los rabones el (cinco); cuatro árboles 
de galera (el cuatro). 

— El trisagio de Isaías; los siete pares de Francia, saltó 
otro mirón. (El tres y el siete.) 

— Sotana mea Domine (sota en puerta), chilló un gurú- 
pié (6) mui solícito, mientras ayudaba al banquero á pagtir. 



LOS TRES QUE ECHARON A F'EDRO ENTRE EL POZO. 143 

Acá y acullá se oían coreadas extrañas expresiones. 
— ¿Quién me da un esclavof (7) 
— ¿Quién me da diez pesos á mato mi cochino? (8) 

Eühombrón que hemos pintado acababa de jugar su 
iiltimo real sin éxito ninguno. 

— ¿Quién me da un burro? (9) exclamó. 

El que tenía al lado se apresuró á proveerle. 

El hombrón jugaba y perdía mascullando frases inin- 
teligibles, y al fin reventó: 

— ¡Estoide cañuela! Parece que me robo hs cuartos! (10) 

Luego añadía: 
— Cada vez que me pongo este pantalón, pierdo: voi á 
quemarlo. (11) 

•A estaí??mí?a, (12) corriente entre jugadores, pero ex- 
presada con ridículos gestos, los que tenia enfrente solta- 
ron una carcajada. 

El hombrón los miró oblicuamente, cual si su mirada 
fuese cucliillo capaz de dividir á cercén el pescuezo de los 
burladores. 

— Paciencia, maese Pedro, decíale el banquero, bara- 
jando con cacjiaza. 

En r.>fo momento, entró como parroquiano viejo en la 
sala del sucucho (13) un mozalvete que vestía uniforme de 
miliciano. 

Se llamaba Pablo. 

Era un joven mulato, de regular estatura y no mala 
fisonomía; gran guitarrista y jugador afortunado. 

Era hijo de una morena rica de nombre María Geró- 
nima Koba que emigró y no hacía mucho que había re- 
gresado de la Habana. 

Gozaba esa señora de cuantas comodidades podían a- 
petecerse entonces: habitaba buena casa situada en una de 
las esquinas del lado norte de la plaza del ex-convento do- 
minico, echaba mucho lujo y tenía una cohorte de criados. 

Tomó asiento el Pablo, y la emprendió en regla, por- 
que la fortuna empezó á soplarle que era un contento. 

Montones de reluciente plata y alguna calderilla que 



144 COSAS ANEJAS. 

el joven ponía destleíiosameníe u u\\ lado, caían en su bol- 
sillo sin ibndo, en que había no pocas onzejas que no tenía:! 
para qué salir a luz. 

Comenzó á llamar la atención la suerte del mudiaclio. 

Dos militai'cs que entallan próximos ai hoiiibrón ho 
codearon maliciosainenre y miraroií .-íI ]\:1;1;) de \ra\ci}. 

Por su parte, niaese I^edro seguía cinrej^i^lo ásisv^í í- 
ciilas y preocupaciones j)ropias del ar-^í; y dá íué que em- 
pezó á atribuir su mala, fortuna ú un |í'^l>ríí (Üji)!;», más <:- 
Trancado (14) que él, á quien tenía a! L-.uo. 

— ¡Que ojo! murmuraba con furia ¡que pébcú! ¡Ah mal- 
dito, seca un papayo! (M^ 

Por fin bramó: • 
— iQuién cambia de lugar? (IC) 

Los dos militares que le qiiodal}an al lado le eptnija- 
ron en ese momento un pie y l(i dicroü un re; üLlo tal que 
el jayán ibft á soltar una blasí'unia 1 ::•.•. i.na C(>nL() su Cc:;>eza; 
pero notó que sus amables vecinos L.' Ii.u^'n yrxúic^ harfo 
significativos, mostrándole dir,inia!a^\.ri. uto á iVolo el nio- 
zalvete. 

Maese Pedro, que había iu-'-iio n: ^:)';s ca:^o de quien 
ganaba que de su continua pénlidrí, miró iihora oíi tr. reí- 
dos ojos al afortunado; y los dos niili!a/e3 se inclinaron j 
su oído y le dijeron alí^o. 

Mientras por un lado se perdía, por otro esíallabr.r. 
risotadas reveladoras de suerle l>i!Oíia, iei del contrarNiO, y 
que uno decía al que se sentabíi jiínto á él: 

— No se quite Ud. de mi lado. Ud. tiene vista de ángel: 
es Ud. el niño de Atocha! (17) 

I así seguía aquello. 

Perdidoso y mollino el homhrón, y lleno ya de la tris- 
teza del bien ageno de que le liabían C(Mita.(iado sus dos 
compinches, no cabía en el Ijanco, y desgreñado y descom- 
puesto se levantó al fin gruñendo y dio la cara de lleno á 
la mendicante luz del candil. 

De una puííada se hundió lii gorra sobre las greñas 
que se resistieron como resortes ()[)rinii.los, de un jaJóu so 



LOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL TOZO. 145 

eclió la pretÍEa de los jmntalones á su lugar, y de uu par 
de tirones abrió la ])uerta, salió y cerróla Iras sí. 

Los dos inilitares liC eí.'Currieron en pos do él, después 
qiiG entro ainhí.\s coni/crtaron mi plan dia'oólico. 

Detrás do la ca ,a se extoiuiía la llanr.ra en que se a- 
])rían h.s cnevas de San Lázaro, y nein-a oscuridad perfila- 
ba en el ne.;>'ro fondo ccrn nc,>>;risunos contornos los grupos 
de matorrales e.^íparcidíís ya en la lioca díalas canteras, ya 
en las. siiiuoN;d-:.c:os del 1(\-fcno, ora sobre los montículos de 
tierra que jui.to á l:;s ciieÑ'a.s quedaban, tierra que liabíau 
sacado al excavar!: ¡í para extraer las piedras con que están 
construidos los olemos moinnnent(>s de la Ciudad Antifjua. 
Los tre;^; bandidt^s se reuriieron y fueronse á perder en 
aquella selváíica soledad, no sin calcular el tiempo que po- 
dría emplear l'ablo en acabar de despojar á sus com- 
pañeros. 

— Oye, Perecno, dijeron los dos militares al hombrón, 
que. hervía de rabia por la perdida que lialíía experimenta- 
do ¿te gustaría desquitarte los do])loMes ([ue has perdido] 
El gibante dio un biirido. 
— l^ues ya lo creo! 

— Ei'taríjs dispuesto 6 aeompañarnos en cierta emprcf^a? 
— lleui! liizoiiKicse Ledro acaricíándoíe los braz^^Us 
desnudos con una smriíáta íl-ka. ¿Se puede saber que es: 
Los d:)s írii'raies í-e c^uisultaron con una mirada. 

— Te creemo;s liomljrc t^e^'uro y valiente. 

Maese Pedro suspiró ruidosaníente con cierta satis- 
faccií^fn. 

Bueno; pues se tnnta. ... 
— Se trata, repitió el hombrón. 

— Ya ha]):^'^ v^sto lo afortunado que estuvo, y todavía 
lo estará, en el juego el mocito ese que entró el último. 

— Ah sí, Paiilo. Ceino es rico, la fortuna va donde están 
los cuartov-^í, cLimarás. ¡I yo tanto que he perdido! gruñó con 
desco]iicnto el gigante. ¡Mal rayo me parta! 

— No hai que apurarse, hoirit)re, no hai que apurarse. 
Si íii'ieres pí)dr:is echar un alburcito tal con nosotros que 
toda la fortuna de Pablo pasará á los tres. 



146 COSAS AÑEJAS 

Maese Pedro abrió. tamaño ojd. 

— ¿Eh! preguntó estúpidamente. 

— Paes eso cabalmente fué lo que te quisimos indicar 
allí en la mesa, hombre de Dios. ¿No entendiste? 

— Pues ¿cómo iba á adivinar vuestro pensamiento, ca- 
balleritos? Pues á mí se me habla pan pan, vino vino; y se 
acabó. 

— ^No te enfades chico; y di de una vez si convienes en 
que entre los tres desvalijemos á Pal>lo. 

— Con toda el alma, contestó maese Pedro. 

Los dos militares recapacitaron por breves instantes. 

— Entonces, dijo uno de ellos, nos apostaremos a distan- 
cia de la casa, ála bajada de la cuesta, y allí esperaremos. 

— ¿I si se va la liebre por otro sendero? objetó el otro. 

— No haya miedo, repuso el qne hablaba; sé que ese es 
su camino cuando se retira para su casa. 

— Bueno ¿y qué haremos! preguntó impaciente maese 
Pedro. 

— Le cojemos al paso, continuó el militar que llevaba la 
palabra, cuyo nombre era Francisco, porque después se a- 
veriguQ en triste ocasión para el, y la bolsa ó la vida! 

— Sí; la bolsa ó la vida! exclamó el gigante restregándose 
las manos de gusto. Me voi á desquitar, voto á ! 
Sin embargo de su arrebato de alegría, pensó: 

— I si se resiste, si hace armas, si chilla ¡adiós ini dinero! 

— Qué demonios! ¿Tienes miedo, Perico? exclamó Fran- 
cisco. 

— ¿Por quién lo dices, mocoso? prorrumpió éste encarán- 
domele fieramente. ¿Crees que porque no viste uno colgajos 
y botones de cobre, valgo menos que tú, mandria? 

— Al diablo con tu humor, zopenco, replicó el Francisco 
ya incomodado. ¿Crees, te digo yo ahora, que necesitamos 
de tí? 

—Pues buenas noches, caballeritos. 

I maese Pedro dio las espaldas magestuosamente á sus 
compinches. 

El militar le agarró por el cogote y le hií:o volverse. 



LOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL POZO. 147 

— Mira, Ilijo, no hagamos disparates. Déjate de tontunas 
por un quítame allá esas pajas, y á la obra, que es lo que 
nos conviene. 

— Sí, hombre, sí, dijo el otro. O es que no quieres ve- 
nir con nosotros? 

— No es eso, replicó el gigante; sino que este señor tiene 
unos modales 

— Haya paz, pues, replicó el Francisco, y vengan esos 
cinco, anadió apretando una manaza del hombrón. I an- 
dando, que se. hace tarde. 

— ¿Pero si se resiste? insistió maese Pedro mientras se en- 
caminaban cuesta abajo dando un rodeo para no ser senti- 
dos en la casa del juego. 

— ¿Si se resiste? preguntó el militar compañero del Fran- 
cisco. Sise resiste ¡pshé! allá veremos 

Maese Pedro se rascó la cabeza, y nada más dijo. 
A poco, Pablo salía del garito llevándose un caudal 
en los bolsillos, y alegremente; mas sin ningún género de 
precauciones, tomó el camino de su casa dirigiéndose cues- 
ta abajo. 

Antes de llegar al pie de ella, tres bultos se atravesa- 
ron, bien embozados en sus capas. 

El afortunado mancebo se detuvo, vaciló, y con voz 
firme; 

— ¿Quién va? 

— ¡Alto ahí! dijo uno de los asaltantes, avanzando sobre 
Pablo. Una palabra, señor mío. 

Pablo buscó un arma bajo su capa, y se preparó á la 
defensa. 

— Sosiégúese su mercé, caballerito; que aquí .hai hom- 
bres con quienes se puede tratar, repuso el Francisco con 
meloso tono. 

— ¿Qué quieren Uds? dijo Pablo con amenazador acento. 

— Un favorcito, nada más que un favorcito, señor Pablo. 
No queremos hacerle ningiín mal; y guárdese esa navaja. 

— ¿Quiénes son ustedds. pues? 
. ' — Eso .es diíícil de contestar, señor nuestro. Somos 



148 Cw A.s M.^o.^S. 

unos ({lie suneii ([iic üd. va i. "i rico y esperan de Ud. 

luai^fuc sea uíííi liiüosnit}!, r ís^";:;i'r.(> Irtirloiiaraeiite Fran- 
cisco. 

— Paso, p:iso; mañana iK^.-iiaeLiios, 'repu.ío el mozo ade- 
lantándose rcsucll afílente. 

Pero maesc T^'dro y el i..M\) se ec'jaron sobre él, y en 
u:i s:iíiti:iinr:i fpi-' lo ;i[)rifio:5'-l.) lí.iío ji üjrrc.a «^arra del 
hombróa, c iniuilizatlo p'.ira hacer iis) «1;^ jii arma. 

— Ya lo ve Uil., ño Pu'/lilo, úy) c:.a sorna Francisco. 
Hablemos pues ahora, si Uíl. í.;í: v:a. 
El joven rr..^-"ió d^i ira. 

— Se trata, pies, eontinaó ea^'h r^^ü.jamente Francisco, }' 
como había tenido la boura de ini'ieL'.rle, de que Ud. ncs 
preste rA^o de lo iiraelio fjiK^ a!n llova. 

— ¡Vayanse al inlierno! fué la coiAtri-^íación del impetuoso 
mancebo. 

— ¡Hola, lióla! el mocito es arr. );./), dijo el hércules a- 
preí AuJole como í"i e.n torn'y/tteíe el br.izo por donde le fe- 
nía sujeto, lo que 1 3 hizo exíular un i'-rifo de dolor. 

— Ya lo ves, P.iSb a:id:;'). coi-liuvo Francisco. Estás 
bien coj'do, y á menos .jie r-a-'iU^s la pjlo'a 

— ;Soii: r yo? nnnc:»! 

— jlira, hijo, es iiiátil que d''::is ná ¡-md rayo me parta! 
Miren el mocoso. . . .A ver. sin4t*-s :sl 6 no? 

— S'. hombre, sueltas, repitió Ficmclsco perdida la cal- 
ma, ó io , iis:'s mal. 

— Ai:!ora verán cómo tie revuelca un novillo, exclamó di- 
ciendo y haciendo el hércules derribando de una sacudida 
al poi)rc mozo; mientras los mihtares le desvalijaban por 
completo. 

Dejóle libre luéj;) maese Pedro; pero el joven, á quien 
sin duda alguna no h:;oían querido hacer daño los bandidos, 
pues en su mano estaba, cometió li inipru<lcncia de pedir 
auxilio á grito herido, corriendo o ;:'ft.i abajo. 

Mas apenas había abic^rto h l-r.ca, cnyó la maza de car- 
ne V acerados músculos delhonibrón sobre su cabeza, y si 
antes le d':rri))ara á :r'úsi de novillo, esta vez vino.á tierra 



LOS TRL.^i OXTK r.CüAROX A I'EDÍÍO ILNTKK KL rOliO. 149 

convj uii oiiei p(3si:LyiUí3:il(í a n-ojtuiAv) sangro j):)rlas narices 
y la l^^>ra. 

No contentos, le (li(3ron (1(3 palos y le pasearon las cos- 
tillas muí á su sa'hcr; de modo que el iníeliz Pablo quedó 
hecho una alheña. 

Verificado el dí^spojo, contados y repartidos religiosa- 
mente los mal íxana(!'\s dineros á la Inz de una pajuela que 
(aicendieron, delibí^raron lo (jne harían con el a[)orreado. 
/vcercóseáei Ki'an:;isco, y dijo en voz baja: 

— ?so mCíKa pi;; \ú paía, cairiamdas. 

— 7.^'i\vá m'-.'-ro, ))or(jiie mi puño no j,)er(lona, observó 
el iK^'^Mr'v'n.- ¡Vá:ia)aas! 

Yicii.c'k^iíí ir:Oí!í'ó la ('abí3za. 

— i'^- [)ereu^'/s, dijo. A e^io hai que darle un corte. 

— ¡Qué corte ni (jue caria, hombre de Dios! jsaltó el otro. 
{Ve propones jngar con D. Carlos de Urrati¿i? J¿n marcha, 
y jn'fuito! 

— Si, lan^rtcmoHos, rtípitió maese Pedro. ¡Mal rayóme 
paita! No quiero nada con chirona. 
Francioco los detuvo de nuevo. 

— iíi^jte machaí.du), ukutío ó vivo, dijo señalándole y con 
?lo:::6íico touí), liai que ocultarlo ahora mismo. 
Los com pañeros se rascaron la cabeza. 

— ¡"Una! ::!al rav!) nK3 parta! cámara. ¿Está ostéensu 
cabal juicio: inter;) :ió el gigante. 

— líaeno; ¡y para <;ue? agregó el otro militar. Nadie nos 
ha vibío; y pua:!on suponer que cualquiera habrá hecho lo 
(pie nosotros acu;/: aios de hacer. 

— Señores, poc) á poco, insistió Francisco. Muerto ó vi- 
vo, ese iiovii:)i-e puede ser nuestra perdición, si le dejamos 
en iucdio de la calle. 

— Cómo! 

— Si no está muerto, hablará, añadió Francisco. O bien, 
])astará el que mañana encuentren ahí un hombre con vi- 
da, ó sin ella, para f¡u(3 revuelvan citólo y tierra hasta dar con 
los autores del lu!<.'iu>, porqiU3 todo puede ser; y entonces. . . 
E Í:izo uilíuián de cortarse la cabeza con los dos de- 
dos, ra: io si:;;iiíií'ativo por lo temeroso y universal. 



150 COSAS AÑEJAS. 

— ¡Diablo! exclamó el hércules todo confuso y empezan- 
do á perder el pesquis. 

— Pronto! refunfuñó el otro militar visiblemente contra- 
riado ¡voto á Cristo! ¿qué hacemos entonces? Decídete, Fran- 
cisco! 

— Lo que hai que hacer, repito, es ocultarlo bien, suceda 
lo que quiera, para que mientras tanto aparezca que se ha 
marchado sin decir esta boca es mía. Esperen aquí. 

I Francisco se dirigió á una casucha de aspecto humil- 
de que cerca se alzaba, y tocó á ella con mucho tiento; 
mientras los otros se quedaban temblando, pues el solo 
nombre de Urrutia les había metido en lar aja (18) 

Una mujer sé levantó, preguntó, se convenció de que 
el que la solicitaba á esas horas era amigo y algo serio ten- 
dría entre manos, encendió .luz, y cerró la puerta tras el 
militar. 

Este le refirió lo ocurrido, encargándole la reserva so 
pena de su enojo, y le propuso, casi le exigió que deposi- 
tase allí á Pablo, aunque barruntaba no estar muerto, 
no le parecía fácil que viviese; le indicó lo que íle])ía ha- 
cer; acalló los escrúpulos de aquella comadre acaso á fuer- 
za de dinero; y mientras la comadre disponía su propio le- 
cho como Dios le ayudó para acostar al aporren Jo, los tres 
jayanes cojieron al aporreado,que gimió dolori)SJineute, sin 
hacer ningún movimiento, y cargaron con ól, condaciéndo- 
le al bohío de la mujer, el cual bohío sin duda quedótría al- 
go apartado de los demás del vecindario; pue.s en aquella 
época el barrio debía estar casi desliabitudo, y es mas que 
probable que así fuese. 

Luego, como alma que lleva el diablo, los tres rufia- 
nes desaparecieron, no sin recomendarse mutuauíente el 
majTor sigilo, puesto que con D. Carlos de Urrutia su ca- 
beza estaba ya oliendo á cabuya. 



^ 



LOS TRES QUE ECHARON Á PEDRO ENTRE EL POZO. 151 

II. 
ENTRE EL POZO. 

Pasaron dos días. 

La buena mujer ocultó á su hombre, y le asistió en re- 
gla; pero el pobre Pablo no dio más señales de vida. 

La tunda había sido soberana; y la "comadre, viendo 
que se le moría entre las manos, urgió á los desalmados 
jugadores acerca de que debían tomar una determinación. 

La policía husmeaba en tanto con áílín, pues la seña 
María Gerónima Noba, madre de Pablo, revolvía cielo y 
tierra. 

La infeliz madre, desolada y llorosa buscaba a su hijo. 
Lástima daba verla recorriendo los vericuetos y campos 
circunvecinos á pie, preguntando á cuantos encontraba si 
le habían visto ir de viaje, y derramando el oro á manos lle- 
nas para poner en movimiento á todo el mundo. 

Muchos le declan que su liijo habría emprendido al- 
guna jomada para volver pronto, y por encime no lo había 
anunciado, ó cosa así: otros pensaban, sin decirlo por su- 
puesto, que se habría caldo al mar ó arrojádose en él, co- 
miéndoselo alguna de esas voraces tintoreras que bordean 
cerca de las Cuevas ^e las golondrinas^ en la costa del Sur, 
en espera de lo que caiga. 

¿Qué hacían en tanto Francisco, maese Pedro y el 
compañero de Francisco? 

Reunidos en la noche del segundo día en la casucha 
de la comadre, presenciaron la agonía de su infeliz victi- 
ma, y luego que expiró, introdujose el temor y la confusión 
entre ellos. 

Miráronse unos a otros. 

La comadre estaba trémula y desconcertada, y hubie- 
ra sido mui capaz de comprometerles sin quererlo. 

— No hai que perder tiempo, muchachos, dijo Francis 



152 COSAS ANEJAS. 

co. Ya resultó lo que resultó, y no hal á quií^i] quejarse* 
Ahora lo que imporla es salvarnos nosotros ¡voto á! 

—¿I ([ué liacoinos? preguntaron los oíros. 

— Uai que tratar de que desaparozca esto, dijo Francis- 
co dando un puntapié al nuierío que luduau colocado en el 
santo suelo, por no inficionar el lim})¡o locho de la compla- 
ciente comadre. 

— ¿I cómof 

Francisco se encogió de liozí^bros, se [miso el dedo en 
la frente y empezó á reiíexioiiirr. 

Uü velón de sebo, encajado en una do las tablas del 
seto chisporroteaba y despedía á ratos unas llamaradas lú- 
gubres que dejaban en una semi-üscurldad á los jugadores 
y al cadáver. 

— Despachemos, seííores, dijo angustiada la comadre con 
voz de miedo y quejumbrosa. 

— ¡Echémoslo al pozo! exclamó con repentina inspira- 
ción maese Pedro. 

I como si esto hubiese estado en la mente de todos, y 
no hubiera otra solución para resolver la dificultad, ningu- 
no vaciló ni objetó, ni reflexionó, sino que cojiendoal muer- 
to por los pies y por la cabeza, dispu:';óron:>e a llevárselo; 
mientras la comadre abría la puerta y guiaba á los enterra- 
dores explorando con ojos de lince el c- moo. 

Cerca de allí, en un ángulo ó recodo veíase campean- 
do en medio de un limpio una noria antigua, de brocal de- 
rruido, negro, terroso y saturado de huincdiid, con un palo 
relumbrante por el desgaste sujoto con deshechas filásticas 
de soga de majagua (19), y atado en el centro un enorme 
carrillazo en que iba ensartada larga cuerda del mismo ma- 
terial con dos como cubos que pugnaban con sus aros para 
entreabrirse, y en efecto, por los intersticios, al subírseles 
á fuerza de puños, llegaban sudando á chorros el enturbia- 
do líquido. 

La procesión se encaminó á la noria. Allí descansaron 
el cadáver en el pretil, y lo empujaron cabeza abajf). 



Lo^ tkl:- (¿ui: echak''^:; a rEDiio i:xTi!i: el rozo. 153 

El peso de k víctima 8o llevó un trozo de la antigua 
Tnampostcría, y los c^cliprros ív-it-doa violentamsute le to- 
caron al paso una scrc^-rii, en ['-lilo que el chapuzón que 
daba en el fondo prod.:::ía u'i y\w\(í sordo. 

Concluida la ]r¡i:lí;ra í)'v--,:;ón, cadií uno de aquellos 
malvados se escurrió cium l:;;íTdíncnte pudo, sin que se su- 
piese más de elloo, excepto de uno, roj'iüi después se dirá, 
dejando la responsal)ilidad al [^ozo y al vecino más cercano. 



A la m:!Íiaíni e,i:"nIorilo, h;r-í inujerucas de r)or esos, lados 

vinieron mui tcínpr.-:?í^^ c > ::;) ^;:;'ían, á í?acar agua á la noria. 

Empezaron poriiot-v: (:'ie los cacharros ñola cojían. 

— Vecina, decía una h k oira ¿qué demonio tendrá hoi 
la norial 

—I es vcrdá, v':ci:^a, ro^-):)r-dia una vicjccita que arma- 
ha su arrugada hoca c:)u u!\ caonne cachimbo; no húfres- 
co (20) de que los cii;:üá ci«*:;a ajr^aa. 
Menea que menea la r-.'-r.; y nada. 

— ¡UíTJu! eXí^iMiió iai : iciJíiía-'a ia que tenía la prioridad 
en el sacar del P'^aa. Y;?;::. a, d'lí) áotra que conversaba 
de cosas indilbrv^iitcs con uiías Cuantas ailí cerca, mire á ver 
si Ud. puede. 

. I le paí^ó el cetro, c:to rSj fa ripiosa majagua. 

Tomóla la alu:laía, rna^'ar (!a bnoncs rejos, sacudió de 
firme la soga, hacL':d() q::e el cacharro que estaba de tur- 
no allá abajo se incliiuasa ;.:ara Leñarlo; pero el cubo al caer 
sobre el cuerpo del pobre Pablo, produjo un ruido seco, 
y quedó vado. 

— Vecina, aquí liai aleo, díio la mujer. 

— Hombre! que di^.iura, chilló la ^^ieja -quitándose su 
cachimbo do la boca y lan::Lmíh) una fxlosóüca bocanada de 
fétido humo; y yo que íji/:a iy^y:- lavar temprano para plan- 
char á la noche. 

— I yo, dijo otra. 

— I vo. 

—I yo. 



154 COSAS ANEJAS. 

Pusiéronse nuevamente á la obra, pero en vano; hasta 
que al fin, la que meneaba la soga, subió el cacharro vacio, 
para probar fortuna con el otro cubo. 

El cacharro trajo una miseria de agua, y la vecina se 
quedó mirándola con extrañeza. 

— ¿Qué es estol exclamó espantada. ^ 

La viejecita se acercó, santiguándose y salió gritando: 
— ¡Sangre! ¡Virgen de la Caridad! El agua está ensan- 
grentada! 

— ^No puede ser, dijo otra aproximándose á examinar a- 
quella agua. Eso será algún trapo colorado que se ha caído 

y desteñido, ó almagre, ó 

Algunas menearon la cabeza. 
Hubo quien opinara en pro y quien en contra. 
— ^Pero Ig que hai abajo ¿es trapo? indicó otra mujer más 
observadora que las demás, inclinando medio cuerpo den- 
tro del pozo. I como todas se apresurasen á hacer lo mis- 
mo, la mujer las apartó diciéndoles: 
— Quítense de ahi, dejen luz para ver. 

Ai cabo de un buen rato, la observadora alzó la cabe- 
za, arrugadas las cejas gravemente, y con misterio dijo en 
voz mui baja á sus compañeras: 

— Señoras lo que hai ahí dentro es un nauerto! 

— ¡Jesús, ave Maria purísima! clamó la vieja santiguán- 
dose de nuevo, alzando los pies como si se le hubiesen pren- 
dido cien avispas y alejándose al trote con horror de la noria. 
— ¡Un muerto! corearon las sacadoras de agua. 

Precipitáronse al desbocado pretil, apartáronse unas á 
otras, empujándose, febrilmente dominadas a la par por la 
curiosidad femenil y por el miedo, y una tras otra fué no- 
tando, á la media luz que entraba en el pozo, un poco fuer- 
te ya el sol, que aquello que en el fondo descansaba iba 
tomando las formas de un ser humano. 

Retiráronse confusas y mollinas; haciendo gestos y 
persignándose las menos, y las más silenciosas como di- 
funtos. 

A veinte pasos del pozo pusiéronse á deliberar. 



LOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL POZO. 155 

En eso acertaron á pasar unos vecinos que iban al río 
á hacer sus compras á los campesinos que traen por las tar- 
des en sus canoas las cañas de azúcar, la yerba, el carbón, 
víveres, cazabe, conservas y otros dulces y productos así " 
para el abastecimiento de la ciudad. 
Llamáronlos las mujeres. 

Inspeccionaron éstos el pozo, y convencidos, fueron de 
parecer que se diese parte inmediatamente, para no echar- 
se encima todo el barrio la responsabilidad de lo que bien 
podía ser un crimen atroz que allí se había tratado de 
ocultar. 

— Pues ustedes se quedan aquí, dijeron los hombres, 
hasta que venga la policía. 
I partieron á escape. 

Mientras tanto, la algazara que se armó entre aquellas 
buenas vecinas comentando el suceso, es de dejarse á la a- 
preciación del pío lector. 

I como luego las mujeres tienen un instinto infalible, 
empezó una que otra á sospechar de ciertos y determina- 
dos tipos, á hilvanar circunstancias é incidentes y á deducir 
consecuencias. 

— Si es un asesinato, decía la más lista, ha debido ser 
por aquí cerca. 

— I mui cerca, añadió otra. 

— I es gente de mala vida la que íja hecho eso. 

— Perdóneme Dios, observaba otra, y no me lo tome 

en cuenta; pero 

I guiñó un ojo. 

— ¿Pero qué, Susana? acaba. 

— Yo creo que los jugadores que luego se reúnen por es- 
tos contornos á jugar escondido 

^-Sí, sí; los jugadores esos deben andar en la danza. 

— Chist! chist! hijas; no tan recio, dijo la vieja haciendo 
aspavientos. La policía de D. Carlos Cómico todavía no ha 
aparecido por aquí, y si huele que ustedes saben que por 
aquí hai juego escondido ustedes saben bien cómo persi- 
gue á los ladrones y jugadores y las llamará á declarar. 



156 co^'As AxrjAS. 

Las (lernas iniraron con recelo á t-xlas partes; menos 
una que con desriir;:: ] y ^~[\\] h aA^í :..:(!a. 
— Biior::*:; cu:;]';í;/. le (!.•.! v. '• ;• ^' i !:\:nes! 

üoít;o ia sn:/:;[ .:■ -. :_v:' - ;• \<: . : ciiKíad. 

Eí L:' ¡1 av¡;x) ür^'v/) ;•'.:• \_, \ ;/, I;,;.: («e Li pobre madre. 

Eche:jLí á \i\ ca.le : .. ^ '. \ ^ v.>ló al sitio, en que 
se agitaba ya coii:^;ee'.i !••-:. i;- .:u:.J):e y reinaba la policía 
como en t¡r ira c^-'e'^* . ■ .. 

El jeíb inñn;ló C\:\ c^t^.r i( !'; l'i necesario para la ex- 
tracción dfd cad iver. 

Un lienibrc se btibía m^í; lo d<::i;ro del pozo provista 
de buenas caerdaí:., y al (•.. ^:l) (':■ \v: r;.'0 se izaba el cuerpo 
del mal aéon:>f^jalo P.;!:: ; ¿ ■■':'' \\.\:: v raa. 

Sobrecííiiéronse Ls jn •■>...;. '^^;: *: ;-e volv^.ó lamentar. 
~^¡E1 pobre F^blo! ¡Caijn ^v^ le '-:M--a dicho! 
— Por e.>o, decian otr?.-:, iio en •- i'.íe mi pobre madre an- 
da des[;aruada (21) en sn La^ea.:La ¡obre seííá Gerónima! 
¡cuando lo scjya! 

— Ali piiCi! no lo han vilido sn^; cuartos para librarla de 
tan gran desgríicia. 

ObservaciíSn filoeóñco-sociali¿ta que siempre hace el 
vulgO; no se por qué. 

En e.'^je instante se predujo wn movimiento en la mul- 
titud, y voces se oyeren de ^^;Aj/i está! ¡ahí está!" 

Llegíiba allí en efí*cio h sef?á Gerónima y todos abrie- 
ron respetiiosnnente p:i:>o al dolor. 

— ¡Mi hijo! ¡mi hijo! ¿l'óadc está mi hijo? 

Tres eternes días ha!"ia estado buscándole. 

Viole tendi'lo sobre la yerba, hinchado, desfigurado y 
transido de humedad. 

Como loca se arrojó s.ey)re el catláver, y sus exclama- 
ciones entrvMiiezehalas'del rabioso llanto partían las eutra- 
ílas de cu:;ntos presencia()an semei-nte cxcena. 

Iniítil es agotar colores pintaiulo ese dolor maternal 
que es siempre sublime. 

Con ella lloral;an los expectadores. 

Por uIlÍhio, sobrecojióla un desmayo, y de encima del 



LOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL POZO. 157 

cuerpo del hijo la levantaron para prodigarle prontos auxilios. 

El jefe de policía, sabueso refinado, andaba ya regis- 
trando el suelo, y a medida que encontraba uiui huella ó 
cosa que a huella se pareciese, iba brujuleando á ver si conse- 
guía descubrir rastros del asesinato. 

Pero las huellas se penlían en los yerbazos que por 
allí híibía, y no fue posible orientarse. 

El susodicho tuvo en sus manos él primer cabo del hi- 
lo, segiín él; y cuando llegó el Juez del Crimen, empeza- 
ron ambos a deliberar misteriosamente. 

Después interrogó el Juez á las vecinas, mandó llamar 
á otros habitadores del barrio, y les tomó declaración; y 
naturalmente, convinieron todos los circunstantes en que 
podían ser jugadores los del hecho, ó que por causa del 
juego ha!)ía ocurrido. Abrióse la correspondiente sumaria, 
pero sin resultado. 

Por entonces, y no obstante las dihgencias practicadas, 
impenetrable misterio rodeó tan extraordinario suceso. 



III. 

REVELACIÓN. 

I\ i rastros de los tres que echaron a Pablo enftje el 
pozo. 

Transcurrieron años. 

Un día, en mezquino zaquizamí y más mezquino jer- 
gón expiraba un moribundo, víctima de las viruelas, en la 
ciudad de la Habana. Era un individuo natural de este 
país y había sido militar ó aun ejercía esa profesión. 

Pobre luz iluminábala estancia. 

El enfermo deliraba y hondos suspiros salían de su 
pecho. 

"Parecía esperar á alguno, porque sus ojos desencaja- 
dos se fijaban con anhelo en la puerta de la habitación. 



158 COSAS AÑEJAS. 

Por fin ruido fuerte de pasos anunció la presencia del 
que tardaba ya en venir, y entró un sacerdote. 

Sentóse á la cabecera del enfermo, y comenzó á au- 
xiliarle. 

Después que se confesó, hizo un esfuerzo como si al- 
go gravitase sobre su fatigado espíritu, y dijo al ministro: 
— Todavía no se lo be dicho todo, Padre. 
— ¿Cómo es eso, hermano mío? preguntó asombrado és- 
te con voz dulce. 

— Es un secreto horrible que me 

Hízose más fatigosa la respiración del enfermo y no 
pudo continuar. 

— Acaba, hijo, acaba, díjole el sacerdote al cabo de una 
pausa, y temiendo que se fuese al otro barrio sin desembu- 
char aquello que tanto remordía, al parecer, la conciencia 
del moribundo. 

Abrió los ojos desmesuradamente, cobró ánimo, y acer- 
cando el oído el sacerdote, desahogó su pecho de lo que le 
atormentaba. 

Durante tal confeiión, el cura fruncía el entrecejo y 
mudaba de colores. Era hombre sensible, y aquella cosa 
estupenda que le relataban hacía singular efecto en sus 
nervios. 

Cuando concluyó el moribundo, dijo tartamudeando. 
— Padre, el último favor. 
— Di, hijo; y haré cuanto quieras. 
— Que si le es permitido corra Ud. cuando. . .cuan- 
do yo mué. .e. .ra á casa del señor Alcalde, .y. .y 

— I le releve tu secreto ¿no es esol 

El muribundo hizo un signo afirmativo con la cabeza. 
El sacerdote vaciló. Pero el enfermoje miraba con 
tales ojos, que se lo prometió, aun cuando, verbigracia, tu- 
viese que faltar á la disciplina. 

El moribundo sonrió, rindiendo el postrer aliento. 
Parecía que su vida estaba pendiente de aquella reve- 
lación, que debió ser horrible. 

Cumplido el deber, alejóse de aquel sitio el .sacerdo- 



LOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL ROZO. 159 

te, y era noclie cerrada cnaiido hacía pasnr recado al señor 
Alcalde (1:) qw- ívaÚíi q'-^', verlo para un asunto urgente. 

Ununió el /{rave riíagistrado que le introdujeran, en 
atencioiiá (|ue v(56lía tn-je tillar y que decía no venir en 
nombre suyo. 

liecibióle l)esánd()}(? las iiuinos, y después de una pausa: 

— Dice el Padre que no viene en nombre suyo á estas 
lloras ¿pues en homl)re de quien viene? preguntó. 

— De un muerto. 

— ¿De un muerto? re[)licó el ■\Iagistrado con extraueza. 
¿De que se trata entoncíis, Fadre mío? 

— De un horrible secireü^ 

El scílor Alcalde frunció el entrecejo. 

— ¿Secretos? dijo. 

— Si, seüor Alcalde, de un horrendo crimen — . 

— Ah! ya eso es otra cosa, exclamó el buen Magistrado 
con voz algíf hueca y pasa'rulo lentamente sus manos por 
sus rodillas, como si le hubieran hablado en siflengua 
propia. 

El sacerdote, á quien parecia*oprimir el peso de aque- 
lla revelación, respiró y tomó alientos para continuar. 

— Sí, señor ^Vicalde, de un horrendo crimen. Un mori- 
bundo acaba de confesarme que fué él uno de sus desalma- 
dos fautores. 

El Magistrado escuchaba con atención, con el índice 
aplicado a una oreja y la mano cerrada sobre la mejilla. 

— Me suplicó pues ese inl'eliz que acaba de morir, y san- 
ta paz haya, añadió alzando beal''icamciite los ojos al cielo, 
que viniese a poner en conocimiento del señor Alcalde in- 
. mediatamente el secreto que ni aun en coníesión ordina- 
ria me confió, sino después. 

— ¿Pero qué crimen es esc? Padre mío, dijo un si es no 
impaciente el Slagistrado. 

— Uno que hace años se cometió. . . . 

— ¿Aquí? interrumpió vivamente el Alcalde. 

T-No; en la isla de Santo Dom.ingo, en la parte española. 

— Ahí bien: eso es otra cosa, dijo aquel, como si le com- 



KJÜ CO.'^AH AÑKJA.S. 

placiese que el hecho no tuviese nada que ver con su ju- 
risdicción. ¿Coiique en Santo Domingo? 

— !¿i, señor Alcalde. 

— ¿1 cómo fue eso? preguntó este con curiosidad pro- 
fesional, diremoi?. 

— Unanociie, coidcetó el sacerdote ])erturLado visible- 
mente, jugaban unos cuanto^ perdidos y *miiitares en mi 
garito del barrio. . . .del l)arrio, no recuerdo bien. Había 
entre ellos un joven de color, militar, perteneciente parece 
á las milicias del liei, y estuvo afortunado en el juego. Con 
esto despertóse la codicia de í res que en la mesa asistían, y 
llenos de envidia combinaron el inicuo proyecto de despo- 
jar de su dinero al joven dicho, aunque para ello tuviesen 
que arrí^ncarle con el dinero la existencia. 

— ¿1 asi lo iiicieron? preguntó con interés el Magistrado. 

— Espere C¿ía, señor. Se apestaron al pie de una cues- 
ta que ha])ía que bajar, y cuando llegó el •joven, mi- 
litar y valiente al fin, le asaltaron. Bien que con buenas ra- 
zones quisieron persuadirle á ({ue dle?e la bolsa para es- 
capar la vida, según acaba de (iecir el muerto, él temera- 
riamente resistió; y entonces le derribaron, le robaron, y. . 

— I le asesinaron pío es eso? 

— No: corrió, quiso pedir socorro ¡en mal hora! pues le 
acogotaron y molieron á gí)lj)es, Á acaiso no le hirieron. 

— ¡Diantre! hizo el Ma;;rislrado. 

— Fueron tales los porrazos que el pobre joven no mo- 
vió pie ni mano. 

— ¡Ya lo creo! 

— Estuvo así dos días, continuó el sacerdote cobrando 
aliento, y al tercero murió. 

El señor Alcalde se rascó la calva varias veces, y dijo: 

— Continúe, Padre, continúe. 

— Esa noche misma le ocuUaron en casa de una mujer, 
y luego después que murió, i)ues ellos esperaban ese des- 
enlace, le arrojaron en un pozo. 

— ¿En un pozo? exclamó el Magistrado estupefacto. 

— Como lo oye Usía, sejlor Alcalde. Arrojáronle en ua 
pozo, y desaparecieron los asesinos. 



LOS TRES QUE ECHARON A PEDRO ENTRE EL POZO. 161 

— ¿lia justicia que hizo? 

— Se quedó burlada. 

— Luego sü penitente de hoi es uno de ellos, ¡no, Padre? 

— Cabal. lveíiigiósb>-n la Habana; y después supo que 
se sacó á la víctima y que acaso la madre moriría del peitir. 

— ¿Cómo se llamó esc? 

— Francisco, respondió el sacerdote. I aquí agregó los 
nombres de los otros dos que la tradición no ha revelado. 

— Bien. ¿1 que desea ahora el Padre? preguntó el Al- 
calde. 

— El deseo del muerto, señor Alcalde, es que, como to- 
do quedó en el misterio, haga Usía saber á las autoridades 
de la antigua Española, y que allí sea del dominio público, 
quiénes fueron los perpetradores de tan horrible crimen. 
El Magistrado reflexionó un instante. 

• — Si bien se mira, no vale la pena; pero en fin, se hará; 
y eso servirá para cerrar el sumario ¿no es eso? 

— Si, señor Alcalde. 

— Pues puede Ud. descansar, Padre mío. 

— Gracias, señor Alcalde ... .El ahna de ese infeliz ten- 
drá más descanso. 

— Amén, respondió el Magistrado. 

I con esto despidiéronse, besando otra vez la mano la 
autoridad al reverendo. 

Cumplió con exactitud el buen Alcalde; y fuese por la 
vía oficial ó por la oficiosa (dicen que por oficio lo comu- 
nií^ó), regóse la noticia, al cabo de tanto tiempo, y d Ape- 
jóse la incógnita, qnediaido satisfechos todos de que^res 
fueron los que echaron á Pablo entre el pozo (no á Pedro 
como reza el dicho popular, sin duda por haber equivoca- 
do el nombre desde un principio), y de cómo se llamaban, 
con tocios los demás pormenores del suceso, que pasó á tra- 
dición y mereció la honra de dar origen al dicho vulgar de 
que se trata. (22) 

I como en el lenguaje huniíino las voces toman en se- 
guida cierto color y fisonomía, ó extendiendo por analogia 



162 COSAS AÑEJAS. 

SU significado, ó pasando al amplio, rico, variado y espiri- 
tual dominio de la metáfora, el tal dicho, que tan socorri- 
do fué, aplicóse á todo el que resultaba sospechoso de al- 
gún hecho, cualquiera que fuese, y así se decía de los 
notados. 

— Esos fueron los tres que echaron á Pedro entre él 
pozo! ' « 

Tratábase, por ejemplo, de una bellaquería, ó barbari- 
dad, al momento se designaba á los que fuesen ó suponían 
ser sus autores, con la frase popular. 

Aun se oyehoi, en tono bromista, y vulgarmente, de- 
cir de tres personas, señalándolas con malicia: 

— ¡Esos fueron los tres que echaron á Pedro entre el pozo! 



Abril de 1891. 



4 




MUERTE POR MüERTff. 



Timdición. 




MUERTE POR MUERTE. 
I. 

DON TOMAS RAMÍREZ. 



r^^^La A del anochecer era, y por toda la ciudad oíanse ru- 
1^^^ mores de agonizantes fiestas que la habían traído to- 
do el día embullada. 

1 como las impresiones y emociones fuertes después 
que han sacudido cerebro y teclado nervioso, se reconcen- 
tran al corazón, así las alegrías populares que el suceso a- 
quel promovía, refluían por la noche á la gran plaza de la 
Catedral. 



166 COSAS ANEJAS. 

Ilamiluibanla profusión de luces: brillaban el Cabildo 
y las casas particulares, hachones humeabna por todas par- 
tes, conmovidos los ecos del amplio cuadrilongo con tan- 
ta música, gritos y aclamaciones. 

En la plaza hervía la multitud. 

Por el rfía la miisica estuvo recorriendo las calles y 
unas jóvenes de apellido Galván iban cantando por ellas; 
pero ^'- compás recios aguaceros se dieron. gusto (1) esatar- 
de ahogando el regocijo público, como las más de las veces 
acontece acpii no se por qué rara casualidad. 

Tuvieron su ¡^u^'sío en el programa mui buenas come- 
dias que se iieiíresentaron en una casa de la calle del Ar- 
quillo ó Sant') Tomás, la cuarta, á contar de la esquina de- 
recha, plazuela del Carmen, viniendo del Oeste. 

¿Qué era lo que así se celebra1)a? ♦ 

La promulgación déla Constitución de 1812 aproba- 
da por las Cortes de Cádiz el 23 de enero de eso año. Pro- 
mulgóse en el mismo; pero se les antojó á los liberales 
de Espaíía reaccionar como a cada rato hacen unas cuantas 
cosas ellos y ios de la conserva; y así fué que en el año de 
gracia de 1820 iiubo segunda edición, y fué mandada jurar 
de nuevo, ])orque do fijo que no lo fué bastante católicamen- 
te la \ez primera. 

Por '^acuerdo habido entre el Capitán General y el mui 
Ilustre Ayuntamiento'', se de*;ignó el 4 de julio para la nue- 
va promulgación y jura, lo que se hizo con regia pompa, 
Tedeum, srdvas y todo lo demás. 

El día 10 debía colocarse la lápida conmemorativa, 
por lo que las fiestas empezadas el 4 debieron terminar con 
semejante acto ese día. (2) 

Un caballero, militar, porque gastaba lujoso uniforme 
de comandante de caballería, y cuyo sable sonaba sobre los 
ladrillos de las altísimas aceras que entonces por todas par- 
tes había, llevaba del brazo dos hermosas damas hijas suyas. 

Como su casa ([uedaba en la calle de Los Mártires 
(hoi Duarte) desembocó en la del Conde, y pasando por 
entre el gentío apiñado en la plaza de la Catedral, entró 



MUERTE POR MUERTE. 167 

con SUS parejas en una casa alta ie ancho frente que que- 
da muclio mjfe ítlhi dol punto céntrico de la línea de las 
que por el Norlo limitan la plaza. 

Más que las otras, estaba espléndidamente iluminarla, 
porque era la morada de una dignidad de la iglesia, del Sr. 
Deán D. José Gabriel de Aybar. 

El caballero y las dos damas fueron recibidos con bu- 
llicioso regocijo por el Sr. Deán y una su ahijaJ^i^ la famo- 
sa Doña Manuela Rodríguez conocida por la Deana^ mujer de 
notable fealdad é inteligencia, política é intrigante que en 
estos tiempos hubo de asilarse en un Qsmsulado perseguida 
encarnizadamente por los que gobernaban. 

Llamábase el caballero Don Tomás Ramírez y era, co- 
mo dijimos, comandante de caballería. 

Bien parecidb, de elevada estatura, de carnes bien pro- 
porcionadas y sin pelo de barl)a, porque entonces no las 
usaban. Estaba aun bastante joven. 

Era este un personaje cuya importancia requiere unas 
cuantas breves pinceladas. 

La infausta reconquista, que .tan desairado papel ha 
hecho en nuestra historia, fué obra, como se sabe, de aque- 
lla poderosa voluntad, de aquel escribano del Cotuí, el de 
la famosa arenga en el campo raso de Palo-Hincado, frente 
por frente de los fieros soldados imperiales de Francia. 

Ferrand había salido de la capital con un ejército do- 
minico-francés. D. Tomas Ramírez mandaba la caballería 
compuesta de doscientos ginetes nuestros escojidos. Palo- 
Hincado es lugar estratégico, un descampado que limitan 
montes y á la bajada de una altura; así fiié que al asomar 
en la cresta los franceses, rompióse el fuego, y D. Tomás 
Ramírez con sus ginetes se pasó al enemigo en el acto. La 
rota fué tremenda: cazaban franchutes como conejos, y Fe- 
rrand, perseguido por Don Diego Mercedes se quitó la vi- 
da internándose en el monte. 

En esa acción D. Tomás Ramírez hizo prisionero al 
coronel Pañis 

Vencieron los indomables quisqueyanof ¡cuando no 



168 COSAS AÍCKJAí?. 

lian vencido ellos siernpreUy al mismo tiempo que luclia^ 
ban los españoles del 2 do Inayo contra fmjiiieses, se ba- 
tían contra ellos los dominicanfg día por dia alrededor de 
la Ciudad Antigua [yvoú^wmvÁo (x Fernando Vil ó la muer- 
te-^ es verdad que con ayuda de ingleses,* espadóles y aun 
de haitianos, éstos con anxiüo de armas y municiones, du- 
rando la fiesta nueve meses cabales, y comiéndose en la 
plaza caballos y los cueros de los 'oaúles. La Catedral tie- 
ne clavada en sus fortísimas bóvedas una bomba inglesa, 
que ahí ha quedado como recuerdo de esos días. 

Celebraron graiylemente el triunfo los dominicanos; 
pero sejes fue el gozo al pozo, pues se convencieron de que 
la dichosa reconquista no lenia pies ni cabeza. 

Volvió el régimen absolutista; la Suprema Junta Cen- 
tral recibió fríamente la singular nueva; j^los soldados del 
ejercito reconquistador ^^no obtuvieron recompensa alguna"; 
lo que dio margen al descontento y á las ideas separatistas, 
porque tales eran los vientos que soplaban del continente. 

Revoluciones las hubo, y los hombres sensatos, entre 
ellos D. José Kúnez de,.Cáceres, aconsejaron á D. Juan 
Sánchez que se dejara de cuentos y proclamara la indepen- 
dencia de la colonia. Pero ¡quiíi! mui español era el cotui- 
sano para eso. 

Naturalmente, D. Tomás se ouedó siendo humilde co- 
mandante de caballería, y por lo menos sin sueldo, porque 
muchos reconquistadores tuvieron que vivir del sudor de 
su frente. 

Don Tomás era casado con Doña Bárbara Aybar, her- 
mana del Señor Deán. 

Eráoste un hombrón, de grueso regular, nada agracia- 
do, de nariz de pico de águila, mui rico, como que era due- 
ño de la capilla de San Antón, í¡oi en ruinas. 

— I bien! comandante, decíale á D. Tomás Ramírez, re- 
pantingado en su l)utacón de badana, constituciones van y 
contituciones vienen y vosotros siempre olvidados. 

Precisamente era esta la llaga que dolía al militar 
reconquistador. 



MUERTE POR MUERTE. 169 

— Qué quiere su merced, Padre?** exclamo con un sus- 
piro mui hondo. ílasta me arrepiento 

— Nó vayas á hablar disparates, hijo. ¿De qué puede a- 
rrepentirse un caballero espaíiol que se debe a su rci y á 
sus banderas? Batiste á los herejazos franceses en hora 
buena, porque infestaban esta gloriosa tierra de la vieja Es- 
'páiiola, insultando los manes de Colón y de Fernando é 
Isabel. No, no hai que arrepentirse de las buenas obras, 
porque en este valle de lágrimas no se recompensen. 

D. Tomás Ramírez mordióse los labios y se encojió 
de hombros, porque maldito lo que estoa interminables ser- 
mones del Deán le edificaban. 

— Pues mira, continuó el Deán, yo me daría por mui sa- 
tisfecho con llamarme D.' Tomás Ramírez, comandante de 
caballería, que en 'Palo-IIincado segó laureles contribu- 
yendo tan decisivamente al triunfo de la buena causa 

— No basta, Padre, no basta eso, interrumpió algo inco- 
modado D. Tomás del romanticismo de su cuñado. 

Sonrióse el reverendo, y tomó un polvo más que regu- 
lar, pasando la embutida caja de labrado oro al militar. 

— Hombre! dijo con satisfacción dándose palmaditas en 
el abdomen, pues no sois vosotros los señores militares des- 
contentadizos — . 

— Cuando se es rico, replicó ei caballero con nervioso 
ademán, como por ejemplo su merced, ya se puede hablar 
con esa gallardía. 

Miróle el Deán con ojazos mui abiertos. 
— -Pues mira, hijo: yo te creía de algunas caballerescas 
ideas; porque, la verdad, entiendo que al militar le basta 
la gloria. 

— Como el incienso á los curas, iba á replicar sin duda 
pero para su sayo el irrascible D. Tomás, á no venir del ex- 
tremo de la plaza una ruidosa murga que pasó bajo los bal- 
cones de la casa, en uno de los cuales departió n los cuñados, 
y que atrajo como dos mariposas á las alegres hijas del co- 
mandante que se precipitaron al balcón ocupado por su pa- 
dre y tío, cortando así el hilo de las enfadosas reflexiones 
del ultimo. 



170 COSAS ANEJAS 

— Ah picaronas! muflfco OS gusta la música ¿eh? dijo el 
reverencio acariciando las mejillas de la jnás pequeña de 
sus sobrinas. A ver, pronto vais á divertiros con los cohe- 
tes. Ali! ya empezaron Mui bonito, mui bonito; mirad, 

niuas, que lágrimas de colores más bellas 

Don Tomás se había levantado, disponiéndose á mar- 
charse, aprovechando el embobamiento del buen Deán 
Pero éste le gritó: 
— ¿Te vas, mala cabeza? 

— Sí, Padre: voi á dar una vuelta, y estaré luego aquí. 
Pienso pasar por la confitería del Comercio para comprar- 
les algunas cosillas á las niñas. 

El Deán guiñó un ojo maliciosamente. 
— Cuidado con la clase de dulces que te vas á buscí 
Tomás. Ya sé que te gustan las mozas, y por San Máxima 
que está enterrado en la capilla donde digo misa, que eres 
tan temible galán como valiente militar. 

El glorioso reconquistador de Palo-Hincado frunció 
el entrecejo, y se acercó de nuevo á su cuñado. 

— ¿,Por qué dice su merced eso? He yo escandalizado 
acaso? ' 

El Deán lanzó una estrepitosa carcajada. 

■r— Miren el Tenorio, dijo. No tanto, hijo, no tanto; pero 

sé que ¡bah! que no le pones mala cara alas muchachas 

¡hombre! y como tienes ese palmito y eres joven y bien 

puesto y eres vencedor de los tercios de Napoleón ya. .ya. - 

Rió otra vez el sacerdote. 
• D. Tomás Ramírez se encojió de hombros, y respiró. 
— Creía, dijo para sí. 

— Conque adiós |,no? repuso haciéndole Con la mano un 
signo amistoso, mientras el comandante se alejaba. ¿Vuel- 
ves pronto? 

— Dentro de un momento. Créame su merced, Padre, 
voi á buscarles unos dulcesitos á estas niñas. 

— Ah! bueno, bueno, papá! exclamó alegremente la más 
pequeña. Pero ven pronto. 

— Al momento, repitió el caballero, cuyo sable empezó 
á repicar en la escalera, bajan<io con febril impaciencia. 



MUERTE POR MUERTE. 171 

La puerta y la acera estaban obstruidas con la gente 
que se había agolpado allí para tomar cómodo asiento y go- 
zar por entero de los fuegos de artificio que cruzaban eí 
espacio en todas direcciones. Así fué que no pogo trabajó 
costó á D. Tomás franquearse el paso, bien que ásu pre- 
sencia, respetable por la calidad de su persona y el chafa- 
rrote que pendía de su cinto, se empujaban mozos de cor* 
del y verduleras para abrir camino. 

Contrariado el comandante, salió de aquel oleaje para 
engolfarse en otro mayor, y cuando pudo ganar la esquina 
de la calle entre Conde (hoi Separación) y Comercio, se 
halló otra vez en posesión de «i mismo, y [cosa rara! en vez 
de comenzar á andar de prisa, según era su impaciencia, 
íí|^ echando lentamente un paso tras otro, y esto después 
de haber pasado á la acera de enfrente, opuesta á la en que 
quedaba la confitería. ' 

Los dulces que iba á solicitar D. Tomás no estaban in-* 
dudablemente en aquella confitería, y probablemente en 
parte alguna, porque el galante reconquistador tacía diva- 
gar sus ojos ardientes mui por lo alto, á la latitud de los bal- 
cones y ventanas de la calzada, en cuyap segunda esquina la 
confitería mentada esparcía torrentes de viva y desacostum- 
brada luz. 

Detúvose D. Tomás mincho antes de llegar frente á una . 
casa pequeña de dos venlanucas que estaba ubicada, como 
dicen los notarios, al lado mismo de la confitería. 

Latíale el corazón con fuerza, y no despegaba los ojos 
de las dos ventanas. 

AUi había algo como la silhueta de una mujer que, 
merced á los reflejos de los imumeros velones de la confi- 
tería, medio se dibujaba en aquel sitio. 

¿Le esperaría aquella mujer? No ha sido posible ave- 
riguarlo. 

Sea lo que fuere, D. Tomás, apretándose el pecho con 
una mano y descansando la otra maquinalmente en el po- 
mo de su sable, se dispuso á avanzar. 

Por la acera pasaban grupos de gente bulliciosa que se 
dirigían á la plaza cantando, chillando y alborotando. 



172 COSAS AÑEJAS. 

Daban las oclio en la campana del Palacio Consistorial. 
Un hombre, que subía por la calle viniendo pof la mis- 
ma acera, y que habla csíado dando bordadas . por frente á 
la misma casa que era en e.sc momento el íliro de la espe- 
ranza de 1). Tomás, advirtió la presencia de éste y la es- 
pecie de éxtasis en que sa hallaba. 

Con horrible ceno y trágico ademán miró al coman- 
dante por entre el tejer y destejer déla mucliedumbre, y 
como quien toma sul^ita resolución, nublándole la frente 
siniestra sombra, desenvainó un largo estoque que en su 
bastón llevaba y poniéndolo en ristre á la altura del cin- 
to, cuidadosamente oculto, fue al encuentro del galante re- 
conquistador, cuando éste, más ensimismado que nunca,, 
venía paso á paso fijos los ojos en las ventanas de la casa. 
De repente sintió una aguda punzada por el empeine, 
y vio frente á él á un hombre que lanzaba rekimpagos por 
los ojos. 

Nada más. Mortalmcrite herido, llevóse las manos 
donde sentía dolor fiero, vaciló, y calló como ave herida en 
el aire que viene al suelo girando sobre sí misma. 

Aquello pasó ei>un aijiir y cerrar de ojos. Nadie ad- 
virtió la acción del asesino, ni le conoció, ni le vio desapa- 
recer; sino que con asombro miraron los que pasaban de- 
rribarse al comandaate, y acudieron en su socorro, figu- 
rándose acaso que sería algún accidente que le había so- 
brevenido. 

— ¡Me. .muero! balbuceó el infeliz D. Tomás, estrujan- 
do con crispada mano el uniforme en la parte de la mortal 
herida. 

Los circunstantes, inclinados sobre él, le preguntaljan 
con ansia, pero él si acaso logró decir que traidoramente 1^ 
habían dado. 

Arremolinóse la gente; corrieron clamando muchos 
que habían matado á D. Tomás liamírez, el comandante de 
caballería, y el mar ^le cabezas que ocujíaba la plaza hir- 
vió, se agitó y precipitó sus olas sobre la estrecha calle del 
Comercio. 



MrKIlTK POR MUEKTE. 173 

Don Tomás estalla tendido junio al cauo que sirve pa- 
ra el desagüe de la calle en la acera de la derecíia viniendo 
del Sur, y ni una gota de san<2[re mai¡cha¡)a su ropa ni el 
suelo. 

Había muerto. 

Iniiiiles pues fueron cuantos auxilios quisieron pro- 
digarle. 

La mujer de la ventana, sin saber lo que pasaba, se 
retiró de ella. 

Acudieron la policía y los oficiales de la guarnición, se 
dio parta al Capitán General brigadier Don Juan Sánchez 
Ramírez, cuyo secretario había sido el comandante duran- 
te lii campaña, y se dis[)ü5o todo lo necesario para trasla- 
»dar elcadáver ai Cabildo. 

Mientra^^ tanto, en casa del Deán estallan alarmados 
con aquella ebuüición repentina de la multitud que llena- 
ba la })laza y no sabían á qué podría atribuirse. 

Los gritos, las voces cruzaban en todas direcciones, y 
la gente corría atravesando la plaza y la calle. 6 

Las mujeres empezaron á afiigirse: el Deán á desa- 
tinarse. 

Oían entre aquella algazara decir confusamente que 
habían muerto á uno. 

El Deán golpeaba la barar.dilla ^lel balcón. 
— ¿Que hará Tomás, reíiftifuilaba, que no viene á sacar- 
nos de esta confusión? 

Luego decía á s*^ celebérrima ahijada: 
— [No oyes, mujer? Parece que dicen que han matado 
á uno. ¡Dios sea por él! ¿Pero qué hará Tomás? con- 
cluía impacienic. 

— ¡Ai Dios mío! clamaban afligidas las mujeres ¡qué des- 
gracia! ¿A quién habrá sido? iSo, tal vez se eipiivoquen 

Alguien pasó mui cerca déla casa gritando: 
— ¡lícin muerío á D Touir.s hamírcz! 

Aunque indi.-«{iníamente escuchada la nueva fatal, el 
Deán echó todo el cuerpo fuera del balcón, anheloso, y á 
gritos también preguntó al que pasaba, pero la voz se per- 
dió en la vasta extensión de la plaza. 



174 COSAS AÑEJAS. 

Ya venía un grupo numerosísimo conduciendo el ca- 
dáver del malaventurado y enamorado comandante. 

La policía y los compañeros de armas que habían a- 
cudido corriendo al sitio andaban desalados en busca del 
criminal; pero aquello, por el carácter que revistió, había 
sido como el efecto del rayo qu% no deja huellas de por 
donde vino. 

El Deán y su familia, por las confusas voces que oye- 
ran, estaban afligidísimos y fuera de ú. 

El grupo se iba haciendo más compacto y atravesaba 
en silencio aterrador la plaza con dirección al CaWldo, (3) 

El Deán oyó entonces perfectamente, y con él cuan- 
tos le rodeaban, preguntar á los que acudían: 
— ^¿Quicn es el muertol 

1 respondérseles: 
— El comandante D. Tomás Ramírez. 

Cayó como herido de centella el buen Deán sobre su 
butacón y empezó á sollozar, mientras la familia y las po- 
bres lújsm se mesaban los cabellos unos y se desmayaban 
otros. 

— Ai! papá mío! clamaban las pobres niñas con inmensa 
desesperación |por qué te fuiste! No, es imposible! 

I querían lanzarse escaleras abajo, pero los que subían 
á acompañar en su duelo al sacerdote y á las dos niñas que 
se sabía estaban allí, detuvieron á éstas. 

Depositaron el cuerpo de D. Tomás Ramírez en una 
sala baja del Cabildo, y la muchedumbre invadió el edifi- 
cio, instalándose allí el Juez. 

Todo lamentaciones y protestas furiosas se volvió la 
antes alegre plaza de la Catedral, 



MUERTE POR MUERTE. 175 

II. 

QUID PRO QÜO. 

¡Singular encadenamiento de sucesos! 

Eq el punto que entraban el cuerpo del coman- 
dante de caballería en el Cabildo, tenía lugar nn tumulto 
en la calle de Plateros (hoi Consistorial) que desemboca 
en la plaza y sigue la misma paralela que aquel histórico 
y desaparecido edificio. 

Lucas Coronado llamábase un zapatero que por allí 
vivía. 

Parece que un soldado del Fijo (4) le debía alguna 
obra ó se propasó con él, es el caso que en medio de la ca- 
lle se agarraron como dos canes, saliendo á relucir en ma- 
nos del zapatero una cuchilla afiladísima con que rebana- 
ba la suela. 

El Lucas estaba ciego de furor, y su mocho- (b) apa- 
recía y desaparecía en el revuelto maridaje de tirantes 
miembros de ambos contendientes; cuando sonaron por to- 
das partes las siniestras voces de "¡Lo mataron! ¡lo mataron!" 

Entonces se sintió herido el soldado, y Coronado oyó 
otro formidable *'¡Lo mataron!'' que hi¿o en su tímpano el 
efecto de la trompeta del juicio final. 

Figuróse, en su aturdimiento, y por una desdichada 
casualidad, pues acababa de dar tremenda cuchillada á su 
enemigo, que aquellos gritos significaban que él le había 
muerto; y dominado por la idea de la salvación, emprendió 
la fuga desatentadamente. 

La multitud que llenaba el tránsito entre la plaza y el 
Cabildo, vio pasar cual un cohete á aquel hombre huyendo, 
y como se estaba mirando en cada ciudadano al asesino de 
D. Tomás Ramírez, alarmáronse todos y cundió la voz de 
que el propio era quien corría buscando donde se salvase. 

— ¡Al asesino! ¡al asesino! Ahí va! .. gritaron cien bocas 
lanzándose todos en pos del zapatero. 



178 COSAS AÑEJAS. 

— Para sacar del atrio de la puerta del Bautismo á un 
criminal que se ha refugiado en él. 

— -¡Cómo! ¿un criminal? ¿Qué desgraciado pecador es ese, 
y qué ha hecho? exclamó el Arzobispo escandalizado, pues 
en aquellos tiempos un crimen conmovía hondamente, 
medio incorporándose con trabajo en su hamaca, y apoyan- 
do la barba en la mano y el codo en la tela. 

— Sí, señor. Un foragido que acaba de asesinar á 

— ¿A quién? ¡santo Dios! 

— A Don Tomás Ramírez, el comandante de caballería. 
No oyó lo ultimo el Arzobispo. Levantóse tambalean- 
do y se puso las manos en la cabeza. 

— ¿Es posible? ¡santo Dios! exclamó de allí á un rato. 
¡A Don Tomás Ramírez! el compañero de D. Juan Sán- 
chez, el bravo capitán de Palo-Hincado, el cuñado del 
Deán ¿Has oído bien, no te equivocas? dijo vol- 
viéndose con anhelo al familiar. 

— He oído perfectamente, sí, señor Arzobispo, repuso 
éste. 

Su Señoría Ilustrísima se quedó lelo por algunt s ins- 
tantes. 

— Bien ¿y qué se pide? exclamó. ¿Sacar del lugar donde 
se ha refugiado á ese mal. . . .¡perdóneme Dios! á ese in- 
feliz y descarriado pecador? Pues que lo saquen. 

El Secretario del Arzobispo escribió rápidamente unos 
cuantos indescifrables signos, y firmó él mismo, sellando el 
papel, que presentó luego al Prelado. 

— ¿La orden? dijo. Está bien: muchacho, llévasela tú 
mismo al cura de Catedral, añadió dirigiéndose al familiar 
que esperaba. 

Bajó el diácono, y abiertas las puertas, salió enseñan- 
do el papel por arriba de su cabeza. 
Una explosión de gritos estalló. . 

— jLa orden! la orden! 

I en tropel confuso pueblo, soldados y policía siguie- 
ron al familiar del Arzobispo. 

La muchedumbre que ocupaba el estrecho cuadrilón* 



MUERTE POR MUERTE. 179 

go interrumpido por el ángulo saliente de la casita en la en- 
trada del callejón y el saliente y entrante del templo en el 
otro extremo, palmoteo de júbilo al llegar la orden que el 
cura, encajados los anteojos, leyó y releyó á la luz de un 
velón que trajo el sacristán. 

Fijas estaban con ansiedad en él las miradas. 

— Carísimos hermanos, dijo como si empezase una de las 
indigestas homilías que gastan estos oradores sagrados de 
tres al cuarto, Su Señoría Ilustrísima permite que se ex^ 
traiga al reo. Podéis hacerlo! 

I majestuosamente dio la espalda yéndose á meter en 
su casuca. 

No agarra en sus tentáculos el pólipo ó en sus fauces 
un tiburón la presa como los soldados de guardia al pobre 
Lucas Coronado, quien no habia cesado de clamar: 

— ¡Iglesia me llamo! ¡Iglesia me llamo! 

— ¡Ah picaro! díjole el jefe de policía dándole un sobe- 
rano empujón, ahora te llamarás grillete. ¡Mal haya el ban- 
dido! 

— ¡Ese! ¡ese fué! gritaba señalándoselo la multitud, ¡Tií 
fuiste que mataste á D Tomás Ramírez! 

Oír el fiero apostrofe, pararse, abrir desmesuradamen- 
te los ojos, y quedarse aturdido como quien recibe un gol- 
pe en la nuca, fué todo uno. 

— ¿A quién mataron? ¿á quién mataron? preguntó azora- 
do y con afán el preso. 

— ¡I pregunta el maldito! dijo un soldado de la escolta 

— ¡Asesino de D. Tomás Ramírez! aulló un centenar de 
fieras que lo rodeaba. 

—¿De quién? ¿De de Don Tomás Ramírez? 

exclamó fuera de sí el prisionero. ¿Han matado á D. Tomás 
Ramírez mi padrino? ¡Oh Dios mío! rugió el zapa- 
tero desasiéndose de las manos que le sujetaban y arroján- 
dose al suelo con grande llanto y gemidos. 

— ¿Su padrino? dijeron varios. 

— Así dice; pero es treta seguramente, contestaban otros. 

-r-Háganlo levantar á culatazos, saltó el jefe de los es- 
birros 



180 COSAS AÑEJAS. 

Los soldados le asestaron uno ó dos. 

Lucas Coronado se levantó furioso. 
— ¡Mi padrino! ¡Conque han muerto á mi padrino! ¿Quién 
fué que mató á mi padrino? Decidme, pronto u os ma- 
to á todos 

I apretando los puños y echando los brazos adelante 
revolvía los ojos de un modo siniestro en los cóncavos ojos, 
y se mesaba el pelo y se mordía, estallando luego en una 
salvaje - carcajada. 

Estaba loco. 

La escolta y la muchedumbre rodeaban al infeliz Lu- 
cas mirándole con asombro, 'y sin saber en qué pararía a- 
quello que creyeron una comedia hábilmente representada, 

Pero no podía ser mas triste la realidad de aquel in- 
creíble suceso. 

Todos se convencieron al fin de ello, y además hubo 
quien aseverara el parentesco espiritual del zapatero y el 
malaventurado reconquistador. 

Lucas Coronado era en efecto ahijado de D. Tomás 
Ramírez, y casualmente ese día había estado atusándole y 
disponiéndole unos gallos de pelea, si la crónica no mien- 
te, y sin duda era grande el afecto que tenía al padrino el 
cual acaso sería también su protector. 

La noticia de su muerte fué como un rayo caído sobre 
su cabeza. Desconcertó cosa tan inesperada su al parecer 
débil cerebro, y perdió de súbito y para siempre el jui- 
cio, lo que está perfectamente comprobado. 

Su organismo estaría también predispuesto, pues aquel 
fatal quid pro quo, de que fué víctima, debióle ocasionar 
una conmoción extraordinaria. 

Sea ló que fuere, es el caso que el zapateroJLucas Co- 
ronado quedó loco de resultas de la nueva que en tan sin- 
gulares circunstancias oyó acerca del funesto acaecimien- 
to de esa noche. 

Desde luego la furia popular se convirtió en lástima, 
siendo conducido á la cárcel el presunto reo. 

Con la cabeza baja, iba por el camino murmurando 



MÜEKTE POR MUERRE 181 

frases ininteligibles, y de vez en cuando lanzaba alaridos 
furiosos, mentando á su padrino. 

Sin embargo, aun podía quedar alguna duda. 
El Alcalde Don Francisco de Castro acudió inmedia- 
tamente á la cárcel para interrogar al preso. 

Respondió el pobre Lucas algo inoherente, de lo que 
nada se sacó. 

Quedóle al Magistrado el escrúpulo de que acaso no 
tenía culpabilidad en el asesinato de que se le acusaba, y 
se dirigió de la cárcel al Cabildo para comprobar la mortal 
herida que había recibido D. Tomás Ramírez. 
El Cabildo era un campo de confusión. 
Hasta allí había llegado el Deán á ver á su cuñado, ^ 
acompañándole su ahijada Doña Manuela, y hacía extremos 
de dolor. 

Por su parte, todos comentaban el suceso á voces, y 
la ocurrencia del asesino que se acojió á sagrado, el permi- 
so del Arzobispo para sacarle del atrio de la iglesia, con 
otras circunstancias; pero lo que no sabían era el extraordi- 
nario desenlace del quid pto quo que había hecho se con- 
denase á si mismo el pobre Lucas Coronado. 

Estuvo el Magistrado examinando la herida del cadá- 
ver, y cuando concluyó; 

— Señores, dijo á los que estaban próximos, esta herida 
no ha sido hecha con arma cortante. Es pequeña y causada 
por puñal ó más bien por verduguillo. 

Los presentes se miraron con asombro. 
— Sí señores, me afirmo en que la herida es como digo, 
y es imposible, por tanto, que la cuchilla de que dicen 
los que presenciaron la riña en la calle de Plateros que es- 
taba armado el zapatero Lucas Coronado la haya inferido. 
— ¿Pues quién fué el asesino? le preguntaron. 
— Sábelo Dios, señores. Cuanto sé es que Lucas Coro- 
nado es ahijado de la víctima. 
—Oh! 

— I que de resultas de la muerte de su padrino, Lucas 
Coronado se ha vuelto loco. 
— Ah! 



182 COSAS AÑEJAS. 

— Loco, así como lo oís. 

I f andado en aquellas consideraciones mui justas que 
había hecho, pues el muerto no derramó una gota de san- 
gre, declaró el Magistrado que no había lugar á la perse- 
cución ejercida contra el presunto reo Lucas Coronado, y 
le absolvió de toda culpabilidad. 

Soltaron al loco; y ni por indicios se pudo saber en- 
tonces quién había sido el matador del comandante de ca* 
ballería D. Tomás Bamirez. 



m. 



MÜEBTE POB MUERTE. 

Ella era hija de la Galia, linda mujer, más bien de 
elevada que de baja talla, bien formada, en alto grado visto- 
sa y elegante. 

En una palabra, madame Nicolás, como la llamaban, 
era seductora sin pizca de exageración. 

Bien puesta siempre, vestía con esmero y sabía lucir 
con garbo y arte sumo sus naturales gracias. 

Con sus ojos rasgados, vivos y picarescos, había produ- 
cido incendios y dejado más de un alma enganchada en sus 
melindres y coqueterías; y con su boquita de rosa, aunque 
cerrada estuviese, decía más cosas 

Si tenia esprit 6 nó, eso averigüelo Vargas; cuanto sé 
es que al marido le daba soberbios dolores de cabeza. 

Bueno era verla, arropado el busto escultural en tur- 
gente seda, calzadas zapatillas que á una muñeca habrían ser- 
vido, llevarse por delante esas calles, como produciendo en 
tomo ambiente de hermosura, de belleza ideal y sensuali- 
dad voluptuosa, á escojer. 

Volaban los amores por el rosado apuesto cuello, según 
decía Herrera el Divino, y en sus oscuras hebras había más 
misterios y reverberaciones de luz que en los crepúsculos. 



MUERTE POR MUERTE 183 

Monsieur Nicolás, con semejante' mujer, estaba ya 
de desecho, pues que era un hombrezuelo de mediana 
edad, apergaminado, achacoso, y rebujado en un prosaico 
chaquetón, temblequeándole las manos como perlático; y 
metido siempre en su aposento. 

Mal cancerbero para tal ninfa. 

En misa de Catedral estaba un día la dama, y ojos de 
enamorado [galán, arrimado á la barandilla de caoba que 
aislaba la nave principal de las otras dos, desde el coro gó- 
tico en mal hora destruido al presbiterio, no perdían uno 
de los estudiados movimientos de la que llamaremos Alice. 

Una que otra mirada de inteligencia, una que otra son- 
risita disimulada partía del uno al otro hasta que acabada 
la ceremonia, mui larga, salmodiada é incensada, la dama 
elegantísima salió con su morillo detrás que la silla le lle- 
vaba y tomó el camino de su casa, pero lentamente, como 
dando lugar á que se le acercara el galán. 

Hízolo este así, afectando suma naturalidad, y del mo- 
do que un caballero amigo para hacer compañía á la amiga. 

Para dar más color de naturalidad y cortesía al encuen- 
tro, cayósele el fino pañuelo de batista á la señora, que el 
galán se apresuró á recojer. 

Una encantadora sonrisa pagó su atención. 

Envolvióla en cambio una larga, intensa mirada de él. 
— Ah! que vous etes aimable! díjole ella con una risita 
que sonaba a gloria. 

I entablóse el coloquio en francés; porque han de sa- 
ber mis lectores que el tal galán era compatriota de ma- 
dame Nicolás, residente en la Capital desde hacía algún 
tiempo. 

— Mi bella Alice, suspiró el francés galán, ¡qué inte- 
resante estás hoi! 

— Bah! hizo ella con un mohín mui gracioso y agitando 
su abanico. 

— Como siempre. I, añadió el francés acercándose más 
al oído de la dama ¿me amas mucho, mucho, mi Alice? 

Sonrióse ella jugando con los cordones de su saya. 

El francés se acercó más. 



j 



r 



184 COSAS AÑXJAS. 

^Me vas á comprometer, hijo mío, dijo al fia con cierto 

disgusto y mirando con recelo á todas i>artes. Retírate! 
El galán insistió. 

^Necesito saber si. .han de tener algún merecimiento 

para ti mis amantes desvelos, si es qué me amas como yo 
á ti. Necesito que seas franca conmigo de una vez. 

.Dios mío! murmuró la dama con cierto rubor. Eres 

temerario, amigo mío, y 

Aquí quedó el diálogo, porque una oleada de gente 
que pasaba ios envolvió, momento que el galán aprovechó 
para apretar los aristocráticos dedos de madame Nicolás 
presos en su sedeña cárcel. 

Sonrióle ésta de inefable manera. 
Continuaron hablando en voz mui baja, y con viveza, 
pero tan disimuladamente, que ella iba arregla que te arre- 
gla los pliegues del rechinante gros de la saya y él al des- 
cuido cortando con su varita las cabezas diminutas da las 
florecicas de las yerbas que circundaban los límites de la 
gran plaza entonces vacía y rustica. 

— Ah! dijo de pronto la dama ¿tú estabas allí? 

Había llegado la conversación al período en que se con- 
taba el asesinato del desdichado D. Tomás Ramírez. 
Nublóse la frente del francés. 

Sí, yo estaba allí, - .en la misma acera, y por tí hacía el 

plantón, mi dulce Alice. Debiste verme, porque saliste á 
la ventana. 

— Sí, salí, por ver pasarla gente. 

— ^I entre esa gente ¿á ningún otro, Alice? preguntó brus 
camente el francés. 

Miróle con extrañeza la joven. 

— ¿No había uno, continuó aquel con ciertsa agitación y 
no mui firme voz, arreglándose el nudo de la corbata, que 
te pretendía? . ^ , ^ 

— ¿A mí? ¿Estás loco, 'pobre ^amigo? exclamó la dama 
entornando los ojos, como si algo guardase en el fondo de 
su alma. 

—Sí, á tí, Alice. Oh! exclamó el francés. Eres dema- 



, MUERTE POR MUERTE. 186 

mado hermosa para no admirarte. ¿Pero no es cierto 

que te pretendia aquel. . . J 

— ¿Quién? 

— El militar que aquella noche 

— ^Ahf ¡pobre D. Tomás! hizo la dama con adorable com- 
punción. 

— Don Tomás, sí, Don Tomás Ramírez, el comandante 
de caballeria, balbuceó viva cuanto agriamente el francés, 
celoso como un diablo. 

La joven se mordió los labios. 

— ¡I bien! dijo de alli á un rato ¿qué habia con eso? No 
soi libre? Sólo á mi marido debo dar cuenta de mis ac- 
ciones. 

Francesa al fin, pronto asomó la raza. 
Es rasgo característico de las adulteras el acordarse 
del deber sólo para ser altivas con los amantes. 

— ^No es eso, mi querida Alice, dijo dominándose el ga- 
lán; es que como te amo tanto 

— Chico, buena la harías si te fueras á encelar de todo 
el mundo, interrumpió la impetuosa dama abriendo y ce- 
rrando el abanico violentamente. Me mira un hombre, le 
gusto, y ¿va por eso á tener cabida en mi pecho? 

— Es verdad, pero D. Tomás no era un hombre vulgar; 
sino mui apuesto, joven, valiente, gran personaje. Cual- 
quiera mujer podría preciarse de haber hecho su conquista. 

— Bien está; y confieso que el pobre D. Tomás era sim- 
pático, amigo mió. Pero no obstante, qne á las mujeres nos 
agrada ser admiradas, yo te había entregado ya mi corazón, 
aunque no lo mereces, añadió la joven haciendo un gesto 
encantador y volviendo el rostro. 

— ¿Verdad que me amas, Alice mía? Dímelo otra vez. 

— ¡Ah mon Dieu! dijo ella recordando la impresión que 
le habia causa^ la tremenda catástrofe, en vez de otntes- 
tar á suamante¡ qué noche! No me quisiera acordar ¿Esta- 
bas allí, dices? 

Al francés le disgustaba el tema. 

— Sí, Alice, sí, contestó en voz apagada. 



186 . COSAS AÍflEJAS. 

— ¡Cómo cayó el pobre D. Tomásl |Qué ruido hizo su 
sable! ¡Cuánta gente se agolpó en un momento alK! ¿Quién 
le mataría así tan cobardemente? 

El francés mudó de colores. 
— Bahl qué sé yo! dijo con turbación. Algún enemigo. 
Yo estaba cerca, y nada vi Lo que reparé fué que mi- 
raba mucho á tus ventanas, estando tú en ellas, recalcó el 
galán despidiendo por sus ojos de gato montes una mirada 
de odio, 

— ¿A mis ventanas? ah! ¿Pero estás tu seguro que seria 
para verme á mí? preguntó con curiosidad Alice. 

— ¡Qué sé yol contestó secamente el galán. Miraba, y 
pronto hubiera yo tenido un rival formidable en él, te lo 
aseguro, si la casualidad 

La joven bajó la cabeza. 

¿Qué pensaba? 

Acaso recordó entonces que D. Tomás pasaba por la . 
calle más de lo regular, y que había encontrado sus mira- 
das más de una vez, yendo él por la acera de enfrente; que 
era gallardo militar; y que seguramente la amaba; y ¿qué 
mujer no se lisonjea de ser admirada y aun amada aunque 
se burle de las simpatías que inspira? 

Mas de allí á un rato, Alice, en apasionado coloquio 
con el francés, ya no ee acordaba de D. Tomás ni de nadie, 

Sues habia bebido en los ojos de su amante todo el veneno 
el amor, aunque infame, y la embriaguez comenzaba. 

Despidiéronse en la esquina de la plaza, ella con mi- 
radas llenas de promesas. 

El le ofreció ir al dia siguiente por la mañana, pues se 
vendía por amigo de su esposo, y tomaba el cafe allí casi 
diariamente. 

¡Qué contraste el del rendido amador y aquel medio 
ancílino, enfermizo y majadero! ^ 

¿Para que unirá el cielo seres tan completamente o- 
puestos, y sobre todo dando á hombre honrado mujer flaca 
de virtud? 

Monsieur Nicolás i no saUa de su aposento, pero ni 



MUERTE POB MUERTE. 187 

la madama iba á hacerle compañía, sino contada vez, 
cuando de puio aburrido la invitaba a que le leyese ó refi- 
riese algo. 

El crimen de la calle del Comercio, que había sido co- 
mentado en regla por Monsieur Nicolás, no había de- 
jado de impresionarle bastante y sacudir sus nervios y su 
espíritu. 

El hombre se paseaba caviloso pensando naturalmente 
en tan misterioso suceso, no precisamente por el hecho, sino 
por lo del misterio. 

Así pasaba su vida en lucha con los achaques, y rele- 
gado al olvido conyugal; de modo que cuando algo impre- 
visto sobrevenía que rompiera lo monptono de su vivir, 
Monsieur Nicolás se preocupaba algo más de la cuenta, 
aunque no fuese cosa que le impresionase. 

Sí había algo que tanto se le metió por los ojos que al 
fin tuvo que reparar en ello. 

Su mujer estaba más contenta que de costumbre, no 
un día, una ocasión, sino easi siempre; gastaba más esmero 
que de ordinario en su tocado y vestido; salía más á menu- 
do; fatigaba el alféizar de su ventana con frecuencia; y ha- 
bía un no sé qué de resplandeciente cómo nimbo de jfelici- 
dad ó de gloria en torno de sus facciones que realzaba la 
hermosura de la bella francesa, sin contar con el brillo in- 
tenso, fulgurante de sus rasgados ojos y á par la mirada de- 
jativa, melancólica, de misteriosas profundidades que en 
ellos pone el alma en alas cuando la solicita amor ó el infi- 
nito del sentimiento. 

Tanta sonrisa se abría en sus labios, y aun en sus ojos 
brilladores á cada mañana y á cada tarde; tan locuaz, lige- 
ra y vivaracha andaba, que no pudo menos de decir para 
sí un día su ^larido: 
— Madame es mui feliz! 

I suspiró hondamente, porque se contemplaba entre 
tanto él achacoso y viejo. 

Miseria humanal Que siempre haya de medírsenos an- 
tes '*por la estampa que por el corazón!" 



1 88 COSAS aSejas. 

— ^Madame es mui feliz! repetía Monsieur Nicolás coa 
tono amargo, cada vez que veía á su linda mujer revolo- 
tear como paloma torcaz en el soto fresco y dorado por la 
luz, en la estrecha sala, leer apenas, hablar con él dos pa- 
labras insulsas, entrecorfcadus, rápidas, y asomarse á la 
ventana. 

El aislamiento del esposo acabó de ser completo; y 
la curiosidad, ó el espíritu satánico que hai en el hombre, 
acechó una vez como al descuido en un repliegue del alma 
esa asesina felicidad de la joven Alice, y de la dicha pasó 
á husmear el móvil de ella; y empezó aquel diablillo inte- 
rior á fruncir el entrecejo y á hacer muecas tales, que el 
recelo llamó al fin á la puerta del pensamiento de Monsieur 
Nicolás. 

Así indudablemente sucede siempre, no sé por qué fa- 
talidad. 

El marido vio entonces que su mujer era demasiado 
hermosa, que sus ojos eran libro entreabierto el cual deja- 
ba entrever líneas confusas pero que algo elocuentísimo 
encerraban; y que el resplandor no ya de su frente suave 
y nacarada sobre la cual el esculpido ébano de sus cabellos 
servíale de marco adulador,^ sino de toda ella, irradiaba ver- 
dadera luz, extraña, de otras esferas, es verdad, pero no por 
eso menos significativa. 

— ^Ah! ah! ah! dijese para si otra vez el buen hombre. 
Tiene razón Madame de ser mui feliz! 

— ¡Feliz! ¿y por qué tanto? seguía el diálogo interior; 
mientras que el diablillo aquel, envasado en el alma y ocul- 
to tras la cortina, le hacía guiños perversos. 

— ¿A quién querrá agradar? pensó por fin Monsieur Nico- 
lás, con lo que el diablillo dio por terminada su misión y de- 
jó que desplegasen alas negras la desconfianza, el dolor y los 
calos en el alma asaz enferma, acaso tanto como el cuerpo, del 
francés. 

Dióse entonces por muerto, y ni la marmota cae en 
mayor inmovilidad que este marido, para dar campo entero 
á sus sospechas. 



MUERTE POR MUERTE. 189 

Cuidóse de no lanzar las furtivas escrutadoras miradas 
que solía tras la luminosa estela que dejaba el cuerpo 
de la bellísima esposa, y entornó más sus párpados, se en- 
volvió más en su chaquetón, y empezó á dejar asomar en 
su rostro signos de cierta estupidez precursora de decrepi- 
tud; bien que su edad no era para eso. 

La mala mujer notó que su marido decrecía, y se 
alegró. 

La imprudencia empezó á tormarla por su cuenta. 

Dejado el libro por Alice, iba él á mirar si había en- 
tre líneas algo que hubiese puesto allí ó allí leído la infiel; 
examinaba las plumas del escritorio con que trabajaba él 
luego, á ver si estaban mojadas de fresco, rasgo de un ce- 
loso de estas latitudes, ^egún cuentan; y preguntaba á las 
huellas de sus pisadas qué infame secreto guardaría su mu- 
jer, salvo error. 

¡Triste estado de los celos! Odiosa y fatal 'inquisición 
del alma y pensamiento sacados de quicio! ¡I si es verdad! 

Arte supremo ya para Monsieur ^Nicolás el del espio- 
naje de los celos, al que por grados había llegado, mayor 
fué el de la disimulación; y un día que Alice se quitó de 
la ventana para irse al interior de la casa, asomóse rápi- 
damente, y vio un hombre á quien no conocía que acababa 
de pasar por la acera de enfrente, en lo que riada había de 
particular. 

Expió á Madarae Nicolás tras una cortinilla de su apo- 
sento para sorprender la huella, la ultima ráfaga de las im- 
presiones que pudieran dejarle los sentimientos sublevados 
en su ánimo al paso, al saludo, ala mirada del que fuese ob- 
jeto de ellos, si existía alguno con tales títulos, y si real-* 
mente se proponía descender á la categoría infame de adúl-. 
lera la esposa honrada. 

Monsieur Nicolás, como el cazador que espera que la 
pieza haga el movimiento que ha de poner su paletilla en- 
frente del- arma que la acecha, esperaba que Alice levanta- 
se la cabeza y se retirase de la ventana. 

Irguióla ella y vio con espanto el pobre hombre re- 



190 COSAS AÑEJAS 

verberar el nimbo de luz que envolvía su cabeza, aquel al- 
go singular cuanto misterioso, aquel sello espiritual que 
impreso deja el sentimiento en la torpe materia, aquello, 
aquello que él adivinaba más bien que veía y no se expli- 
caba; y como Alice, en el espacio de un relámpago volvie- 
se un poco hacia el interior de la casa sus ojos, observó 
perfectamente en ellos el celoso mayor fuego y electri- 
cidad, viéndolos cargados de sueños, melancolías y arro- 
bamientos. 

Fuese la joven y el, como un ladrón, se acefcó á la 
ventana; más nada vio, y reconcentróse en si mismo con 
mayor resolución y disimulo. 

Hemos dicho que el galán aquel, Monsieur X. .com- 
patriota de nuestros personajes, visitaba la casa de éstos y 
allí tomaba el café por las mañanas. 

Se vendía, naturalmente, por grande amigo del seSor 
Pilati, y fingía admirablemente, no pasando, en presencia 
de éste con la señora de fríos cumplimientos. 

Sin embargo, como el celoso, aunque vea visiones, ve 
mucho y penetra más, Monsieur NicoláS; no hallando obje- 
to a SUS recelos, se fijó en su amigo por ser el que más fie- 
cuentaba el trato de ellos, sin motivo, y como por la nece- 
sidad de fijarse en alguno, á ver si por acaso sacaba algo 
en limpio; y^ cuando ya iba á desistir de su temerario em- 
peño y a justificar á su amigo y aun á su mujer, por creer- 
se bajo el influjo de una pesadilla, llegó una de aquellas 
mañanitas á notar una miradíC^ue decía algo, mui al des- 
cuido lanzada por aquel, y deliciosamente contestada por 
la joven. 

El principio de algo, que es la base de las grandes co- 
sas, inició en la desconfianza de Monsieur Nicolás el pro- 
ceso de los celos respecto al amigo de confianza. 

Devorábalos á los dos por bajo de sus gafas, aunque 
disimuladamente, sosteniendo con ellos largas y animadas 
conversaciones. I como quien toma distancias para mejor 
observar, el taimado francés se retiraba más pronto que de 
costumbre, pretextando quebrantos, y por la rendija de una 



MUERTE POR MUERTE. 191 

puerta, por cualquier parte poníase á escuchar si entre los 
finos, " artificiales y ceremoniosos cumplidos del señor se 
deslizaba alguna palabrilla, algún acento que estuviesen 
puestos en el diapasón del apasionado sentimiento. Sus 
sentidos, como acontece á todo el que desconfía, se habían 
aguzado. 

Este principio de algo le dio el cabo del hilo; y esta- 
bleció en seguida su plan de ataque. 

Así pues, ya no fué marmota; «no que ese mismo día 
estuvo un tanto alegre, y se chanceó con su mujer; á lo 
que añadió por vía de apéndice en la mesa un poco de lo 
añejo, haciéndolo tomar á la joven. 

En lo adelante, el viejo Monsieur Nicolás continuó el 
ojeo más activamente y con mayor disimulo. 

Pero nada le confirmaba en sus fiosi)echas. 

¿Se decidiría á dar por infiel á Alice? ¿Era realmente 
aquel hombre un seductor? 

Los celos vuelven loco, y lo sabía el hijo de la Galia; 
pero tenía mucha energía y gran dominio sobre sí mismo, 
y por sí ó por no dormía con un ojo abierto y otro cerrado, 
y había tomado sus precauciones. Era incapaz de ofender 
á su mujer; pero acaso no se engañaría él. ¡Quién sabe lo 
que aconsejaban á la juventud y á la hermosura el estado y 
la reclusión del marido achacoso! 

I ¡qué diantres! los viejos y los que van para viejos tie- 
nen cierto derecho á ser celosos como á ser majadero?; y 
esto justificaba un tanto la ^confianza de Monsieur Ni- 
colas, según él pensaba. 

Pues, según se ha hecho notar, la imprudencia había 
empezado su obra por parte de Alice, ésta comenzó a apar- 
tar disimulos y el otro siguió la corriente; por lo cual, ido 
el enfadoso cónyugue, se aventuraba bajo bajo á dirigir re- 
quiebros á la bellísima dama, que pagaba con usura en son- 
risas enmieladas. 

Un día, dospues del café, y ausentado Monsieur Nico- 
lás, que había pretextado fuerte indisposición desde la vis- 
pára, para hacerla ahora más rebelde y Cruda, un día, el fran- 



192 COSAS AÑEJAS. 

ees galán cojio la mano de la joven y la llevó á sus labios. 

Violo el marido. 

I no paró ahí la imprudencia, sino que el francés acer- 
có mucho su cabeza á la de Alice; y aunque de espaldas 
ella y él al sitio que ocupaba el marido, pudo notar perfec- 
tamente la víctima que en la fisonomía del amigo traidor, 
iluminada suficientemente por la media luz del comedor, 
había escrito lo que él podia leer cou exactitud: amor, an- 
sias, inquietud, esperanza. su deshonrat 

Además, la delectación de ella era inequívoca; los i»- 
yos de sus ojos, como efluvios se escapaban por sus entor- 
nadas pestañas, y divina sonrisa veíase entallada en su sem- 
blante, cual el rasgo olímpicamente bello de cincel griego 
en mármol pentélico. 

Si los ojos de ambos hablaban con elocuencia, los la- 
bios se movían febrilmente sin donido alguno ¡pero cómo 
se movianl 

No quedó ya duda á Monsieur Nicolás, aunque tardía- 
mente, de la traición del amigo y de la mujer. 

Mordió en su alma un monstruo, y se contuvo por no 
exhalar un grito de sofocada ira y dolor. 

Así las cosas, el burlado marido, que se hacía el sue- 
co, y que vigilaba como un diablo, notó á deshoras una ma- 
ñana ruido en la escalera, y atisbando vio que Monsieur X. . 
se disponía á bajar con cautela, salido sabe Dios de dónde; 
y trastornado por la cólera Monsieur Nicolás corrió á su 
cuarto, tomó un par de pistolas y se apersonó sin recatarse 
en lo más alto de la escalera, á tiempo que bajaba el ami- 
go infame. 

— ¡Traitre! bramó el hijo de la Galia. 

Sonó un tiro violento que estremeció la casa, y •ayo 
rodando hasta el zaguán el malaventurado amante. 

Envolvía aán el humo al iracundo Monsieur Nicolás, 
quien en la penumbra de la entrada de la escalera, diri- 
giendo todavía su pistola con el brazo extei^ido y trémula 
mano hacia abajo, envuelto en su chaquetón, con las gafas 
sobre la frente y los revueltos cabellos como puntas de lan^ 



MUERTE POR MUERTE. 193 

zas levantándose por encima de la calva, echando llamas 
por los ojillos, parecía Ta estatua de la venganza. 

La esposa asomó entonces toda espantada, en desarre- 
glado traje y sueltas las negras y abundantes crenchas, 
más hermosa en tal descompostura que con sus ordinarios 
afeites. 

— Míralo! le gritó furioso el francés, enseñándole con el 
largo índice al herido galán. 

Al ice se puso las manos en la cabeza y dio un grito 
indescriptible que no pudo contener, y huyó; mientras ma- 
quinalmente su marido amartillaba la otra pistola acaso pa- 
ra hacer más sangriento el drama. 

Invadió la gente la casa; y acudió la justicia. 

Monsieur Nicolás se encerró en su cuarto como loco, 
bramando y pateando. 

El zaguán era teatro de espantos. Los concurrentes 
no podían concebir aquello; y los que sabían la amistad que 
ligaba á Monsieur X. .con los dos esposos, se desatinaban. 

Este nuevo crimen del Comercio, á dos pasos del si- 
lio de la tragedia anterior, produjo como era natural enton- 
ces un desconcierto general. 

Los buenos vecinos. creyeron que el mundo se iba á 
acabar con tanta catástrofe, y que habría que concluir por 
hacer penitencia. ^ 

El nuevo incidente del dramático acontecimiento del 
asesinato de D. Tomás Ramírez era ya demasiado, pues se 
habían multiplicado á cual más espantable, ¡dando por 
finiquito dos muertos, un loco y un escándalo número uno 
y 7nedio, (7) 

El desdichado francés había sido herido por bajo de la 
espalda, y acaso la bala le interesaría las ingles; el caso es 
que estaba mui mal herido y se quejaba mucho. 

Hechas las primeras actuaciones, levantáronlo y pues- 
to en una canjilla ó silla de manos, le condujeron así por 
donde antes al infeliz D. Tomás; sólo que en vez de atra- 
vesar la plaza al salir de la calle del Comercio, se encami- 
naron la camilla, el gentío y los corchetes por el extremo 



194 COSA» AÑEJAS. 

<le la del Conde ha«ta la esquina sur de la calle de las Da- 
iiri8, frente i la hoi Gobernación, que era donde ^ivla Mon- 
sieur X- - 

Mientra!? lanto desde el ensangrentado xaguán seoian 
los sollozos ahogados de la adúltera. 



IV. 



ALGO COMO EPILOGO. 



¡A hi cárcel todo Cristo! 

Este hubiera sido el parecer de un Alcahlc de casa y 
corte, en virtud de tantísimo escándalo como se había vis- 
to en pocos días; pero la señora justicia cortó por lo sano, 
y cargó de paños solamente con la causante de todas las 
desgracias hribidas. 

Los corcljete» y alguaciles se apersonaron el día del su- 
ceso casa de Monsieur Nicolás y notificaron á la madama 
que iban por ella. 

— ¡A San Andrés (8) habían dicho secamente los eje- 
cutores de jui^ticia. 

— ¿Yo i la cárcel? ¡Mon Dieu! exclamó Alice deses]>era- 
da y no atrevícndose á dar crédito á cosa igual, que era su 
deshonra* 

Ni valió llantos ni suplicas. Dolíale á su marido seme- 
jante castigo, pero se resignó. Eso sí, no quiso oír ruegos 
de ella para que interceiliese ni i)uso reparoh^. 

La esbelta y hermosa dama desconsolada se echó un 
traje, mal se arregló ios cabellos, dispuso su ajuar de pri- 
sionera,. y dijo á lo8 fieros ministros de la justicia: 
— Estoi pronta, señores. 

Su marido la vio entrar en un carruaje escoltada por 
](m alguaciles, y se cncojió de hombros filosóficamente. 

¡Deshonra por deshonra! Este justiciero fallo de la au- 



MUERTE PORMÜERTfi 195 

toridad se parecía á*los de D. Pedro el Cruel, quien con- 
denó al hijo de un zapatero de Sevilla que había vengado á 
su padre dando muerte á un aristocrático canónigo porque 
le había dejado huérfano, á no hacer zapatos durante un 
año, por cuanto el Consejo ó Tribunal había condenado al 
canónigo á no decir misa durante un año. 

I así fué la bella francesa á hacer compañía en San 
Andrés á las mujeres perdidas y á las acusadas de faltas 
más ó menos grares. 

Su desesperación no tuvo •límites; aunque no parecía 
arrepentirse por tener á cargo dos muertes, amén de lo 
demás. 

Ahí la dejaremos para asistir á la agonía de su último 
amante. 

Meses pasaron y el infeliz Monsieur X . . , entre atro- 
ces dolores, rió acercarse su ultima hora. 

Rodeaban su lecho sus amigos y familia; y confesó y 
comulgó, dándosele la extrema-unción. 

Cuando estuvieron cumplidos estos deberes de con- 
ciencia, llamó á ella fuertemente el arrepentimiento. 

Dirijióse á los <jue cerca estaban, y en tartajosa y apa- 
gada voz les dijo: 

— Perdóneme Dios, como creo que ustedes me perdona- 
reis 

Los circunstantes espantados, le miraban con ansiedad. 
— Si, continuó el enfermo haciéndose violencia á sí mis- 
mo, descansando sobre un costado en la orilla de la cama, 
y dejando caer con desfallecimiento su frente en la palma 
de la mano; yo soi un criminal, un gran criminal. 

Oyéronse exclamaciones sordas y sollozos comprimidos. 

Hubo un momento de silencio. 

— Nadie sabe, continuó el arrepentido Monsieur X 

quien mató á Don Tomás Ramírez . . . -pues fui yol sabedlo! 

Silencio aterrador. 

La respiración del enfermo se oía agitada, y su pecho 
' subía y bajaba como la marea. 

— r Yo maté á Don Tomás Ramírez^, siguió, porque.,.. 



196 COSAS AÑEJAS. 

estaba celoso de él y me robaba el amor de esa 

mujer. Yo la amaba mucho; él la iba á rendir porque 

después sospeché que era lijera y veleidosa. . .En fin, Dios 
mió! gritó él enfermo, no puedo más, rae ahogo! 

I se tendió boca arriba cerrando los ojos. 

Aplicáronle sales, y volvió en sí. 

Cuantos le escuchaban, fríos y trémulo», hasta duda- 
ban si sería delirio del enfermo tan horrenda revelación; 
más de allí á poco, tomó su anterior posición, y llamó al 
amigo de más confianza. 

—Querido, le dijo; voi á morir, y el íiempo pasa. Yo ne- 
cesito para poder cerrar los ojos tranquilo que me per- 
donen. 

Momento de pausa.' 
— Quiero, continuó el herido, que te presentes ahora 

mismo en casa de la viuda, de la viuda de Don Tomás, 

y 

El enfermo tomó alientos. 
— I que le ruegues de mi parte á ésa señora que me per- 
done por el crimen que cometí. ¡Pronto, pronto! 

I una contracción dolorosa desfigi^ró su fisonomía, ce- 
rrando los ojos y volviéndose hacia la pared. 

Miráronse estupefactos los circunstantes. 

El encargado de la ardua comisión, mohino y confuso, 
no vaciló mucho rato, y salió á toda prisa. 

Transcurrieron largas horas. 

La impaciencia devoraba á los presentes; porque Mon- 
sieur X. -abría los ojos con desesperación, miraba hacia la 
puerta, mirábalos á todos, y esforzándose por hablar, no 
podía sino balbucir algunas sílabas. 

Por fin llegó el mensajero. 

La emoción que sobrecojía á todos es indecible. 
— Aquí está! aqui está! exclamó la familia. 

Ansioso y cual movido por un resorte, el enfermo se 
volvió con trabajo y sus desencajados ojos se fijaron en el 
recienvenido, pareciendo interrogarle. 

— ¡Que te perdona! como buena cristiana que es, dijo el" 



MUERTE POR MUERTE. 197 

mensajero. 

Óyósele al herido un largo suspiro y un como ronqui- 
do que debió significar ''¡gracias!" 

Poco después agonizaba. 

¿Querrán creer mis lectores que Monsieur y Madame 
Nicolás solvieron á vivir en buena armonía? 

Si la tradición no miente, asi fué, y es punto que ha si- 
do objeto de no pocas investigaciones. 

Al cabo de un tiempo más ó menos largo, tuvieron á 
bien soltar á la liviana hija de las Galias, y parece que a- 
chacoso y enfermo su marido no quiso dejar de tenerla jun- 
to á si, ni promover otro escándalo, repudiándola como ella 
se merecía. 

Dicen que ella tenía una hija casada con un señor Piiat 
ó Pilati, y que al retirarse del país estos cónyugues, fuese 
con ellos para su patria. 

En cuanto ¿ Monsieur Nicolás, ipaurió al poco tiempo. 

Posteriores noticias aseveran que D. Tomás Ramírez 
era hombre acorntodado, y que en su propia casa los amigos 
le aconsejaban acerca de su» veleidades con la bella france- 
sa, por lo que parece que eran cierto^i los toros, y había de por 
medio su cosilla, cuando ciego por los celos y viendo esca- 
pársele de las manos la presa, el endiablado Monsieur X. . 
(que dicen era de acre genio y no mui buenas maneras) 
vengó en él á Ferrand y la rota de Palo-Hincado. 

El dicho favorito del malaventurado comandante de 
caballería, cuando le observaban sus amoríos, era: 
— A torres tan altas no se puede llegar. 

Con esto quería significar que la malidecencia no se 
atrevería á él por su alta posición social ó lo que fuere. Pe- 
ro los que veían las cosas que pasaban, entre ellos un viejo 
que yo me sé, murmuraba: 

— Díganmelo á mi que lo estoi mirando! 

¡Loca pretensión! I cayó como una torre! 



Mayo de 1891. 



El SANTO Y U COLMENA. 

npiaodio. 



lt@l^l@i^iiSI@!@i@I@l@l@ 




El SANTO Y LA COLMENA. 



ÍL caso fué curioso, de primera. 

^Tomaron pié de ahí los pacificq^ ciudadanos para de- 
ducir castigos providenciales y vaticinar en contra de la usur- 
pación del territorio de la antigua Española por las engreí- 
das huestes del afortunado sucesor del que auxilió é BoBvan 

Se había cometido una profanación, y el cielo había 
fulminado los rayos de su ira sobre el osado perpetrador de 
tamaño sacrilegio. 

Así lo aseguraban, juraban y perjuraban los habi- 
tantes de la ciudad capital de la Primada, y los comenta-* 
ríos llovían en los corrillos que era un contento. 



i 



202 cosui áSzjjlm. 

Veían en aquel suceso una seSal cierta de que el pa- 
triotismo humillado de los altivos y valientes quisqueyanos 
podía lisonjearse; á saber: que asi como el santo de piedra 
aquel indignado se había lanzado de su nicho haciéndose 
añicos, para dar muerte al salvaje perpetrador de semejan- 
te atentado, del mismo modo se revolvería el país contra 
sus extraños dominadores j se harían pedazoi ambos, que- 
dando incólume el principio de la libertad y la autonomía 
del pueblo dominicano. 

En fin, que todo era mirar aquello, considerar, santi- 
guarse y vaticinar la multitud reunida la mañana de aquel 
día en el atrio de la esbelta y preciosa capilla de Eegina 
Angelorum. 

Afio funesto ol año 22, había visto del vetusto régimen 
colonial surgir en una noche, la del primero de diciembre, 
una nacionalidad, el flamante Estado libre de Haití español 
que había sido i la voz de un hombre ilustre, pero en mal 
hora inspirado, y á los setenta días justos, desaparecer bajo 
los cascos de los caballos de Occidente, para dar lugar á 
una grande heguemonía de esclavos, que se extendía del 
cabo Tiburón á punt.a Engaño. 

Nánez de Cácere», por su ligereza ó por el despecho 
de no haber alcanzado una gracia que pedia, según versio- 
nes, nos entregó maniatados al absorvénte vecino, el cual 
ha sido siempre calamidad y pesadilla que no sabemos cuán- 
do querrá Dios, 6 el tiempo, ó el progreso, ó el machete 
quitárnosla de encima. 

Pues así, como m engulle un buñuelo nos sorbieron, 
sólo que del 44 para abajo se les atragantó la espina; pero 
cuanto á Niíñez de Cáceres, no tiene justificación, y eso se 
dirá en otro lugar cuan largamente se contiene. 

Adueñado Jean Fierre Boy'er, Presidente de Haití uno 
é indivisible (!) del territorio de la inmaculada Española, 
sus tropas ocuparon algunas iglesias como fueron por ejem- 
pío las del ex-convento dominico y Regina Angelorum; 
mientras las familias azoradas se disponían á emigrar, y 
cerraba sus gloriosas puertas la imperial y pontificia TJni- 



EL SANTO T LA COLMENA. 203 

versidad de Santo Tomás de Aquino que granjeó á Quis- 
queya el titulo de Atenas del Nuevo Mundo; el cual ha pa- 
sado, con el cetro de la primacía del saber, á la espiritual 
ciudad norte-americana. 

La capilla de Regina Angelorum es uno de los más 
famosos y mejor construidos templos de la Ciudad Antiguaj 
y da frente á la calle del mismo nombre, hacia el Norte. 

Su construcción^ á juzgar por su estilo, data del siglo 
XVII: no obedece á ningún, orden. 

La fachada es sencilla sin tener nada que admirar en 
ella. Dividida en dos cuerpos, abajo se abren tres arcos ro- 
manos, y en el del medio, la puerta; arrilm dos ventanas, 
á los lados, casi encima de cada ventana, una cabeza de 
santo, y el centro ocúpanlo dos pequeños estribos entre los 
cuales liai un nicho con dos columnitas talladas en relieve 
que sostienen un frontis y sobre el frontis un medio óvalo. 
En la base de éste se destaca un busto de mujer coronado 
de laurel, encima un águila con las alas desplegadas; y á 
un lado y otro del busto hai más esculturas. En lo alto 
una cruz, á un lado y otro dos ángeles y á la derecha el cam- 
panario. 

El interiores claro, bien ventilado y de agradable as- 
pecto. Tiene imágenes no malas venidas de Méjico y el 
Perú en el siglo pasaílo, y una Santa Lucía, costeada por 
los primeros africanos Uegíidos á este suelo. 

Allí están dejwsitados los restos del Libertador-mar- 
qués y del noble procer Pedeo Alej^andeino Pina, aquel 
vaciado en molde antiguo. 

Hacia el Oeste se prolonga un edificio vastísimo pro- 
visto de ventanas y coronado tle un repecho, el cual edifi- 
cio constituía el convento de monjas de Regina. Tiene es- 
paciosos salones y patios, y se comunica con el templo. Las 
monjas abandonaron esos edificios cuando la cesión j^e la 
itila, y en 1818 las señoras DoíHa Francisca Perpiñán y Do- 
ña Clara Gronzález de Hernández los repararon. 

Pero lo que faifa en la fachada de la iglesia para com- 
pletar su adorno, y en que acaso poquísimos se hayan fija- 



204 COSAS AÑEJAS. 

do, es un santo de piedra que estuvo en el mencionado ni- 
cho hasta 1822, imagen que por extraño modo vino á su- 
frir la misma suerte que el águila de piedra que estaba so- 
bre la puerta de San Pedro, en la Catedral, que el 
escudo de armas del Adelantado D. Rodrigo de Bastidas 
sobre la capilla del Obispo de piedra^ el de Rui Fernández 
de Fuenmayor, sobre la capilla de las Animas, los de Dávila, 
Landeche, Oviedo y otros que estaban en casas particula- 
res, y por jíltimo, que las armas reales que adornaban la 
puerta de la Fuerza, Cuartel de Milicias, Matadero y otros 
sitios. 

La salvaje cruzada contra lo que representaba nues- 
tros claros origeQcs é ilustre abolengo no perdonó símbolo 
ninguno; y milagro fué que escaparan los tantos grandio- 
sos monumentos que hacen de la ciudad toda de Santo Do- 
mingo un monumento y el primero de América, por haber 
sido la primera ciudad fundada en ella. 

Oían siempre los militares que ocupaban á Regina nn 
rumor sordo que no sabían á qué atribuir, y el mejor día 
vieron revolotear unas abejas pues ¿dónde cree el pío lec- 
tor? detrás del santo en persona que estaba presidiendo en 
la fachada de la iglesia. 

¡Vaya unas abejas antojadizas! 

Ocultáronse allí los laboriosos animalucos y labraron 
calladitos su panal, seguros de gozar de inmunidad á la 
sombra de la venerable efigie. 

No contaron con la gula de los hijos del Massacre. 

Vistas las abejas por unos cuantos de ellos se les vol- 
vió la boca agua; mas contentándose con mirarlas un día y 
otro día, sin saber cómo andaría ese panal ni como pillarle 
á esa altura y detrás del santo que parecía protejer á las 
artífices de él con su aspecto grave y beatífico. 

Seguramente **no estaban maduras". 

Pero como el diablo sugiere siempre medios al que se 
deja tentar, hubo al fin un mam más emprender ú osado 
que los otros, que no se conformase con estarse mirando 
embobado las abejitas desde la mañana hasta la noche, co- 



^L SANTO Y LA COLME5A. 2Ü5 

mo un pastor de bucólicas, y ofreció por los manes de Des- 
salines y Biassou, cojer la colmena ó perecer. 

Celebráronle la resolución, heroica por cierto, los com- 
pañeros, y esperaron á la siguiente mañana. 

Había que vencer la altura, poner profana y sacrilega 
mano sobre el santo de piedra violando su dominio secular 
y registrarle atrevidamente las espaldas para ver dónde se 
ocultaban las buenas abejillas y hurtarles su codiciado fruto. 

Ni siquiera pararía mientes el tuno en aquello de 

Por catar nna colmena 
cierto goloso ladrón 
del venenoso aguijón 
tuvo que sufrir la pena. / 

La mi«l (dice) está mui buena: 
es un bocado exquisito; 
por el aguijón maldito 
no volveré al colmenar. 
¡Lo que tiene el encontrar 
la pena tras el delito! 

Pero él quiso probar fortuna a todo trance, sin cuidar- 
se de la pena amarga con tal de saborearse el dulce delito, 
que es precisamente en lo que neciamente, y aun abdican- 
do la razón, incurrimos todos los días. 

Armóse con una escalenta, y se dispuso á escalar el 
segundo cuerpo de la simplotá fachada. 

Debajo se agruparon los compagnon$ curiosos por ver 
cómo saldría con la suya el ^^goloso ladrón'^ y alguno que 
otro transeúnte se quedó parado á mirar qué diablo de em- 
presa era aquella que entre manos traían los mañeses de 
Eegina, 

El castrador de la colmena trepó.por su escalera sin 
ninguna dificultad y se agarró á la cornisa del primer cuer- 
po, bregando por afirmar allí los pies, y buscando inútil- 
mente asidero. 

Sudó y se afanó en vano. 

Los otros le armaron una algazara infernal. 



206 C08U AfTEJAS. 

Reanimado por la gritería, el goloso descastrador re- 
dobló esfuerzos, y llegó á asomar medio cuerpo sobre el 
nicho de la imagen, extcnílieiulo la mano á ver si podía al- 
canzar el oculto tesoro que se empeñaba en defender y en- 
cubrir el testarudo santo de piedra. 

No había medio de llegar á la colmena. 

Nueva algazara de los de abajo. 

Por fia, aburrida y desesperado, y anda mais, proban- 
do ya la pena sin consumar el delito, pues las alarmadas 
moradoras del nidio revueltas empezaban á zumbar ron- 
cas y amenazantes en torno del ladrón, echó el resto, jugó 
el todo por el todo y con fuerza empuñó el ropaje del san- 
to, que no pestañeó siquiera. 

Creyó el insensato que la pesantez de la imagen ó las^ 
raíces que había echado en su secular asiento serian parte 
a prestarle un aiK)yo suficiente para invadir el nicho y re- 
ducir á las iracundas abejas a su ultima trinchera; y así fué 
que no se cuidó primero de pensar en leyes de equilibrio 
ni nada de eso, sino que resueltamente se encaramó al ni- 
cho y dio un apretado y místico abrazo al impasible santo 
¿e piedra. 

¡Noramala! 

El santo de piedra (y es fama que lo vieron demu- 
darse y echar chispas por los apagados ojos) se indig- 
nó tanto de verse así sobado y proíanado por un salvaje? in- 
vasor hereje, que, sin encomendarse á Dios ni al diablo, se 
arrojó de lo altx> del nicho a la calle, llevándose en su tre- 
mebunda caída al infeliz haitiano. 

Viéronle venir los de abajo y se desbandaron. 

La irritada efigie cayó en la calzada del atrio y se hi- 
zo pedazos, y bajo su peso aplastó al sacrilego y osado pro- 
fanador de abejas sajitas y santas imágenes. 

Se oyó angustiado gemido, y un río de sangre brotó en- 
tre los despedazados miembros del santo de piedra. 

La muchedumbre se agolpó allí estupefacta. 

Es imposible pintar los gestos trágicos y las cómicas 
morisquetas y voces lamentables de las comadres. 



EL SANTO T LA COLMENA. 207 

— ¿Lo ve Üd? jcastigo de Dios! ¡Jesús avemaria purí- 
sima! Profanar esos bárbaros las iglesias, y después poner 

la mano en los santos! 

— ¡Bueriisinioí juraba un energúmeno hembra, haciendo 
bailar en el aire unos dedos ílacuchos con uñas como ba- 
yonetas/ 

Los del sexo varón se compungían y encojían de hom- 
bros; y todos admitían que aquello tenía que resultar infa- 
liblemente; porque Dios no podía mirar con ojo quieto que 
le ocupasen así no más sus casasj y de ñapa que le so- 
basen sus santos, aunque estuviesen encaramados en las 
nubes. 

De ahí, como dijimos, se extendió la consideración 
hasta juzgar y creer que aquella usurpación inicua de nues- 
tro territorio tenía también que acabar mal, exactamente 
como el ladrón de la colmena y el santo de piedra. 

El nicho en que estuvo este, se ve hoi vacío. 

Muchos como yo, se habrán preguntado acaso más de 
una vez, por qué está ese nicho vacío. 

Ahí ha quedado como señal de aquella nefasta época. 



Abril de 1891 




Á 



LAS vírgenes de GALINDO. 

Tiradicion. 



J 



liÍi^ia»<<iiiHiiMii:!iiHí:B 



^ 



US YIRGENES DE GALINDO. 



PRELUDIOS. 




or el portal, ancho, bien barrido, provisto de esca- 
ños, iluminado con un farol de vela de cera, y por el 

balcón y las altas ventanas de la casa^salian raudales de luz, 
y poblaban el aire rumores gratos de conversación chis- 
peante y ruidosa. Entraba y salía mucha gente de todas 
condiciones, y una que otra volanta se detenía á la puerta. 
La casa, tan señalada, era la de una señora empinoro- 



212 COSAS AÑEJAS. 

tada de entonces, solterona rica y amable en extremo. 

Llamábase Doña Jacinta Cabral. 

El barrio de las Mercedes, en donde quedaba la ca- 
sa, estaba acostumbrado á vería por Navidad vestirse de 
fiesta; y así como en las más de la ciu4ad^ ponerse en ella 
nacimiento. 

Época: la luctuosa dominión haitiana. 

Dona Jacinta era vastago de buena familia. Blanca, 
gruesa, alta, y aunque algo entrada en edad, quedábanle 
buenas señales de que había sido real moza. Señora de 
costumbres á la. antigua, misa diaria, rezo 'al alba, trisagio, 
novena y tercios y ayuno en cuaresma además de las vigi- 
lias, era su trato ameno, y de genio alegre. 

Vestía como ama de casa al fin, modesto traje de mu- 
selina suelto y pañolón morado de rico Madras en la ca- 
beza. 

Su casa era el rendez-^vous de la buena sociedad; y to- 
das las prima-noches allí se charlaba en regla, se jugaba á 
la brisca y al burro, se ponían juegos de prendaSy se discu- 
rría todo género de pasatiempos, se gastaban buenos refres- 
cos, enredábanse aventuras amorosas, se conspiraba, llovían 
las finezas, y el gracejo y el salero se derrochaban allí co- 
mo en la tierra de María Santísima. 

La espiritual y bonachona juventud de la época tenía 
allí su centro, bien como lo más selecto , de la sociedad. 

Doña Jacinta descoMaba porque iba y venía de un gru- 
po al otro, animándolos á todos con sonrisas sacadas de sus 
más finos estuches y dando pareceres, que ya sobre un tra- 
je, ó un tocado, que ya sobre una jugada, ora en una discu- 
sión, cuándo acerca del estado del país y el desear con a- 
Compañamiento de bien condimentadas maldiciones que car- 
gará el diablo con los mañeses, cuándo acerca del buen gus- 
to en el arreglo de una cuadrilla ó de su nacimiento fastuo- 
so, et sic de cceteñs. 

Su morada era de gente principal, y había por tanto 
finos tureSy canapés de crin y badana y mesas de caoba de 
onduladas y torneadas patas con respaldo, especie de vela- 



LAS vírgenes de'galindo. 213 

dores y llenas de vajilla de porcelana de la China. Por los 
tarritos de barro con adornos de varias pinturas ó bien do- 
rados y los vasazos de cristal se desbordaban ramos de 
azahares, rosas de Castilla, albahaca de clavo, cortesanos 
mui en favor entonces, pues aun no habían hecho irrup- 
ción ios exóticos y artificiosos productos de la jardinería 
francesa y norte-americana. Transparentes guardabrisas, 
lujo entonces, con bus velas de cera perfumando el ambien- 
te y alguna bomba de cristal para la esperma privilegiada 
y de colores colgada de las desnudas y formidables vigas 
de caoba, esterillas restallantes de Mompox por los suelos, 
y aire de bienestar por todas partes. 

Entonces vivía uno á sus anchas en esta bendita tie- 
rra en que no se conocían pobres. 

Todo el lujo de la época, que no era ostentador ni in- 
solente, se echaba allí. 

Las mujeres lucían sus talles altos, escotado corpino 
y estrecha falda, no faltando una que otra poyera de rica 
sarga mui ribeteada y adornada con breteles de oro, y al 
aire la delgadísima camisa de olán batista que recubría ó el 
pañolón de seda ó. el de hilo de profusos bordados que se 
echaba por los > hombros y cuyas puntas se cruzaban por 
delante en la cintura. Mucho anillo en todos los dedos, 
mucho topacio y más esmeraldas y granates á los cuales to- 
maba por pretexto el oro para andar cuajado en constela- 
ciones de enormes zarcillos, de alfilerones que podían con- 
fundirse con algún insecto raro, y en collares y cadenas. 

Vamos! ¿y el sexo feol Su vestimenta tenía que ver. 
Estrechos pantalones de casimir, casacas largas y puntia- 
gudas, de altísimo talle y escasa tela por delante y ridicu- 
las si Dios manda j con cuello de pana amparando las 
orejas íbanse riendo unas de otras; y esto, por más que lel 
chaleco ombliguero y cuadrado, sobre el cual descansaba 
la gruesa cadena de oro del reloj, pugnaba por guardar cier- 
ta gravedad y parecía decir a las piezas sus vecinusr^' quie- 
tos, señores!" Arriba, la camisa de lino, de cuello levanta- 
do más alto que la barbilla y como un istmo que la unía al 



214 COSAS AÑEJA», 

pantalón, el ampuloso, revuelto y rumboso gregorillo en- 
tre cuyos vuelos relucían como ojo de gato en la oscuridad, 
varios botonazos de oro como soles ó algunas esmeraldas. 
La corbata, ancha, de olán batista, bien podía servir de pa- 
ñales para un caso ocurrente; y elegantes botas crujían por 
dentro del pantalón, ó si no eran los zapatos bajos de bece- 
rro en íntimo coloquio con medias negras de seda; y no se 
quedaban en zaga los pañuelos de batíate bordados que a- 
guantaban el ímpetu de las descargas de las narices ataru- 
gadas de rapé, mui bueno es verdad, como de la tierra. 

Dejemos álos tertulianos holgarse y divertirse, y diri- 
jámonos á aquel ángulo del corredor, junto á la galería, en 
que, no por estar en una dulce penumbra y alejada de las 
demás mujeres, brilla y luce menos una doncella apuesta 
y delicada, como recién abierta campanilla silvestre húme- 
da de rocío y con el encanto seductor que acaban de dejar- 
le impresos los misteriosos arrobos del alba. 

Conversa animadamente con la Cabral. 

¡Cuánta gracia derramada por toda ella! ¡Qué tersa 
frente, y mejillas en que exprimió jugo grana aduladora! 
¡Qué ojos que mandan rayos aunque sin saberlo, que tan 
tímidamente quieren esconderse siempre bajo las franjas 
de pestañas, luceros que no quieren alumbrar metidos tras 
brumas ligeras y brillan sin querer al través de ellas. Así 
diremos que irradiaban luz esos ojos tras los párpados y 
pestañas: teníalos pardos. 

Muí blanca, redondeado el óvalo de su rostro, de fiso- 
nomía insinuante, fresca y simpática, de estatura suficien- 
te á darle esbeltez y elegancia, ni gruesa ni delgada, esto 
es, envuelta en carnes, llena, eso sí, de garbo y gracia. 

En la cabecita de ángel fina hebra voladora c<;l(>r cas- 
taño oscuro forma rizos juguetones; y talle, que en mode- 
larlo gastó sus artes y primores naturaleza: lo cojió, lo con- 
torneó y puso al fin en vez de talle recto y escultural talle 
de flor de Mayo volcada. 

Rodéanla dos niñitas de siete años, sus hermanitas, 
que van levantándose ricas en gallarda hermosura, como 



LAS vírgenes de galindo. 215 

la mayor. La primera se llama Águeda, y los dos angelitos 
Ana y Marcela, las tres vírgenes que por su martirio han 
sido llamadas Las VírgenejH de GaUndo. 

Envolvían el cuerpo de Águeda, hecho á cin»cl, ropas 
modestísimas de muselina, el talle por las espaldas, esca- 
timado corpino montado sobre los faldones, que ponía en 
descubierto el arqueado pecho, escorzando de pronunciado 
modo el nacimient») de las gracias de éste. La manga cor- 
ta, de dos dedos, dejaba que los torneados brazos anduvie- 
sen como Dios los hizo y se enseñasen por sí mismos pro- 
vocadores y sonrosados en actitud plástica y con movimien- 
tos artísticos, así, naturalmente. Cintas anchas contornea- 
ban los bordes del corpino, y un sencillo cinturón se abra- 
zaba amorosamente á la cintura mas que si fuese el mismí- 
simo ceñidor de Venus. No necesitaba su torneado cuello 
que viniese á besarlo el collar de engarzados y anchos gra- 
nates que lo estaba ciñendo, y por fin, para remate de ador- 
no simplote y gracioso, el cabello echado de atrás hacia 
adelante y hecho un cilindro sobre la frente, y cual sulta- 
na en su diván, regia peineta de las pequeñas llamadas á la 
homhée asomando detrás. Coronando los cabellos ramos de 
flores naturales, todo un jardín. Oro en los más de los de- 
dos, zarcillos macizos en las orejas, y esmeraldas en alguna 
parte. I el pie, ¡válgate Lios! remonísimo y pequeñuelo 
con medias blancas caladas y calzado con zapatitos de raso 
blanco, bajos, que no había más qué ver. Un inmenso aba- 
nico completaba el traje. 

Nuevos tertulianos iban reemplazando á los que cansa- 
dos se retiraban. 

Iban aproximándose las nueve, es decir, la hora en 
que, según la patriarcal usanza debía disolverse la reunión. 

Doña Jacinta, mujer de genio* alegre y divertido, pro- 
puso una cuadrilla. I como que no había entonces el re- 
curso del piano, pues no se conocía, la clásica harpa, el vio- 
lín y la flauta salieron hablando con harto sonora elocuen- 
cia; y en efecto, forman una música expresiva y delicada. 

La cuadrilla se armó, y empezó con la agilidad, com- 



216 COSAS AÑEJAS. 

pás de pies y garbo propios de aquéllos lioQes y aquellas da 
miselas, que eran tremendos cuadrilleroSj y si no, que lo 
digan los que aun conservan las tradiciones de los bailes 
de antaño. 

Gusto daba ver aquellas niñas, con sus ceñidos trajes 
y descubierta redonda pantorrilla tejida de cintillas de co- 
loras sobre la calada media, y el zapatito de seda sencillo 
y sin copete ultramarino ni nada de ese, cómo giraban do- 
blando cual junco tierno su tornátil busto, y movian al aireí 
los blandos y marmóreos brazos, encendida la faz amorosí- 
sima y candida en el ardor, la fatiga y las emociones vivas 
del placentero ejercicio. 

Creo, y así debió de ser, que la Águeda descollaba 
por su resplandeciente hermosura que cuantos vieron cele- 
bran todavía con admiración, y quizás por su esbeltez. 

Terminada la cuadrilla, que alli era cosa corriente y 
moliente las más de las prima-noches, se sirvió un chocola- 
te ó una s;angria y el que tuvo á quien arrimarse, se 
arrimó. 

Un joven, que hasta allí había estado en acecho de o- 
casiones, se acercó con franqueza á Águeda y entre los dos 
se entabló un diálogo, más de miradas tiernas, de dulces 
sonrisas y otros mimos, que como son los diálogos de esta 
laya. 

— Aguedita, hermosa mía, al fin creí no poderte hablar 
esta noche ni jota. 

— Por qué? 

— Porque no te dejaba tu amiga D? Jacinta. ¡Diantre de 
mujer! que cuando empieza á soltar la taravilla, no hai a- 
guantarla 

— Rafael, no seas maldiciente, dijo Águeda sonriendo 
tras de su enorme abanico. 

— Muchas gracias. ¿I tu papá? preguntó el joven cam- 
biando de tono. 

— ¿El? No se da por entendido de nuestros amores; y si 
se da, no los mira con malos ojos. ¿No somos parientebl 

— Bueno! vida mía, prorrumpió el joven cojiendo al des- 



LAS vírgenes de galinbo. 217 

cuido y con efusióa oprimiendo dulcemente una mano de la 
agreste hermosura; entonces quiere decir 

— Que pódennos querernos sin recelo, balbuceó Águeda 
trémulo el timbre de su voz, por vergüenza de haber dicho 
demasiado. 

— Repítemelo otra vez, Águeda mía. 

Esta miró á su amante con los ojos entornados y hú- 
medos y de un modo furtivo, y bajó luego la frente en que 
había reverberaciones de soles y reflejos de incendio, po- 
niéndose á jugar con los pliegues de su vestido. 

— Sabes que estás lindísima, lindísima esta noche, Águe- 
da, susurraba á su oido el joven. 

Se miraron entonces mucho, se sonrieron mucho, y el 
diálogo quedó allí cortado sin remedio; porque en amor, si 
es amor que valga un pito, más son, como dijimos, los sus- 
piros y otras señales del lenguaje mudo que las frases in- 
coherentes y entrecortadas. 

Dona Jacinta despedía en ese momento, al tan de 
las fatídicas nueve (toque de ánimas) á sus tertulianos, y 
las dos hermanitas de Águeda, las dos mariposas aquellas, 
que tal parecían con sus cuerpecitos y vestes blancas, vi- 
nieron escoltando á D? Jacinta hasta doiule se hallaba A- 
gueda, cuyo amante se habla eclipsado. 

— ^Vamos, muchachas, decía D? Jacinta alas tres jóve- 
nes, á casa, que no quiero que su papá diga que después 
de las nueve están ustedes fuera, ehf 

I echaba al decir esto, mantones de seda maravillosa 
y chales y mis chales de lana picantes y pesados sóbrelos 
mórbidos hombros.de Águeda, arropando hasta sufocarlas 
á las dos chiquitínas. 

Despidiéronse, besáronse vieja y jóvenes y bajáronlas 
escaleras acompañadas de una persona de confianza.. 



318 COSAS AffEJAS. 

II. 
X.Á FAMILIA. 



— No seas temerario, Andrés, no seas temerario. ¡Jesús 
avemaria purísima con el hombre! 

El llamado Andrés se encojia de hombros como re- 
signado á que cayese sobre él todo el chaparrón que esta- 
ba prevenido siempre que se presentase ante aquellas 
venerables matronas, sus parientes. 

— Las ninas están bien aquí, déjalas aquí, saltaba la se- 
gunda de las dos señoras, que estaba dormitando en una 
butaca de cuero. 

— Ya es tiempo de que vengan e;i mi compañía, parien- 
tita, dijo al fin ol Andrés con mucha calma y un medio me- 
loso tono. 

— ¿Para qué? ¿Para meterlas en ese monte? ¿A dónde 
se te ha ido el juicio, Andrés de mis culpas, repuso la pri- 
mera interlocutora, á quien llamaremos Candelaria, avan- 
zando hacia aquel y moviendo las manos á guisa de aspas 
de molino, en las cuales manos iban caballeras unas lar- 
guísimas y afiladas uñas que amagaban los ojos del interpe- 
lado. Sí ¿á dónde se te ha ido el juicio, hombre de Dios? 

—Pero...... 

; — Pues nó señor y nó señor, chilló la Candelaria. Aquí 
han vivido ellas con nosotras mucho tiempo y en nuestra 
pobre escuelita le hemos dado la instrucción que hemos 
podido, porque siempre salías con que no tenías para edu- 
carlas como dos señoritas de ringorango. 

— ¡Como que es tan cicatero! rompía la segunda, la dur- 
miente-despierta de la butaca. 

A este metrallazo D. Andrés agazapaba la cabeza, ha- 
ciendo una mueca, pues el argumento no tenía réplica, si 
era la pura verdad. 



LAS TIRGXNfiS D£ GALINDO. 219 

— ^Aqui han vivido, aquí se han educado, continuaba Can- 
delaria empuñando la costura que había dejado sobre el po- 
yo de una ventaiHi, dando dos ó tres largas, disparatadas y 
nerviosas 'puntadas, y caminando de nuevo sobre Andrés, 
como plaza que importaba asediar y rendir; pues aquí de- 
ben quedarse. 

— Arregla las cosas á tu acomodo, hijja, eso es, replicó 
D. Andrés con tono socarrón y vocesita atiplada. 

•^Mira, Andrés, dijole Candelaria soltaodo otra vez la 
costura, y mirándole de reojo al través de los opacos vidrios 
de sus gafas ¡tengamos la fiesta en paz! Por tu bien y el 
de esas niñas de mis ojos que queremos como hijas, te de- 
cimos y aun encarecidamente te suplicamos que dejes aquí 
á las muchachas, y no seas mal agradecido, que de mal a- 
gradecidos está el infierno lleno. Niñas son y maldita la ca- 
ra buena que tiene el monte para doncellas tan bonitas co- 
mo es Aguedita, sin contar con los riesgos que puede ha- 
ber alli para ellas.j Díganme! |en aquella soledad! ¡pobres! 
¿Con quién las dejarás cuando vengas á tus diligencias? . . . 

— I andes en tus malos pasos, gruñó la de la butaca dan- 
do una cabezada. 

D. Andrés, espantado, dio un respingo en su silla de 
palo y miró á la que así le motejaba un si es no amoscado. 

— Bueno! continuó Candelaria, sin fijarse en los inciden- 
tes cómico-satíricos que promovía á cada paso su herma- 
na. Advierte, Andrés, que quien á solas se aconseja, á so- 
las se remesa. Esto es para pensarse, Andrés. No lleves 
esas niñas allá. 

— ¡Qué sabes tu, mujer! saltó el D. Andrés enfadado más 
por los porrazos de la dormilona que por la polémica que 
tenia la otra entablada. Déjame á mi, que yo sé lo que me 
hago! 

— Sí, sé lo que hago, sé lo que hago! remedó Candela- 
ria haciendo gestos burlones. Pues yo sé más lo que me 
digo. ¿Qué te parece, fulana? añadió dirigiéndose á la otra. 
Esta respondió con un ronquido en si bemol á dúo con 
una gretn cabezada. 



220 COSAS iVÑEJAS. 

— ^Yo quiero mucho á mis hijas, parlen tita, y naturalmen- 
te deseo tenerlas á mi lado. Tú sabes que soi hombre so- 
lo, y que aquella muda y su hijo mi esclavb Goyo no me 
pueden servir de gran cosa. Vamos! que las ninas deben 

ir á atender á su casa. Falta la madre; y se acabó 

I D. Andrés s<^ levantó para evitar réplicas y largarse. 

— ^Ven acá, Amares; y reflexiona, hijo, reflexiona, le de- 
cía la buena señora con un tono sosegado y grave. Que las 
niñas son hoi las amas de casa, es decijr, Águeda, que Ins 

otras dos bien está: que te hacen falta^ bueno; y pata. 

Pero ¿por qué no te vienes á vivir aquí, encomendando tu 
finca á un mayordomo? Nó, tú mismo la manejas, porque 
está ahí cerquita; pero el asunto es no verte obligado á vi - 
vir en aquella soledad con esas pobres niñas, exponiéndo- 
las en cuanto das la espalda. Tus recursos te lo permi- 
ten y 

— ^Andrés es mui cicatero,' no te canses, Candelaria, re- 
bentó la de la butaca dando^ un formidable bostezo. 

El aludido se mordió los labios y echó chispas por los 
ojos. 

— ^No seas tonta, mujer, díjole ásperamente Candelaria. 
El asunto es que Andrés piense que ha de ser buen padre 
para sus hijas 

— ¿I que soi mal padre, chica? 

—No, no quiero decir sino que tú debes comprender 

que esas niñas en esa soledad de]^Galindo 

La pobre mujer estaba fatigada y descorazonada ante 
la terquedad de su pariente, y barruntaba que todo cuanto 
se hiciera sería inútil, que se las llevaría á la condenada fin- 
ca, y arriaba la bandera. 

Acaso habrían sido más convincentes las^rutalidades, 
merecidas, de la durmiente-despierta. 
^ — Pues me las Uevo^ Candelaria; y no hai más que hablar. 

— Dios quiera que no te arrepientas, Andrés; que luego 
h que hace el loco á la derrería hace el sabio á la primeria. . 

— Hombre! me tienes tú con tus refranes 

— Déjalo, Candelaria, dijo la otra, deja á ese demonio. 



LAS vírgenes de galindo. 221 

Por áicha para él, D. Andrés Andújar, padre de las 
tres niñas Águeda, Ana y Marcela, había salido ya y no 
oyó él piropo. 

Esto pasaba en una casa terrera de la calle de Regi- 
na que hace ángulo con el callejón de la Cruz, de alta ace- 
ra como hai muchas todavía, y que habitaba la familia A- 
cebedo, de quien era pariente el D. Andrés Andujar, ó de 
su mujer Doña Manuela de Lara, madre de las niñas, am- 
bos naturales del encantador y salubérrimo Baní. 

Tenían aquellas señoras en su casa, una escuela de 
párvulos en que cursaron las tres niñas Andújar primeras 
letras; y en aquella bendita casa, conforme le había dicho 
la Candelaria, había transcurrido la infancia de Águeda, 
Ana y Marcela. En cuanto á D. Andrés era así como se 
ha oído: durillo para gastar, pretextó siempre que nada te- 
nía, y que no podía dar educación más esmerada á sus hijas, 
sino aquella que pobremente alcanzaban á proporcionarle 
las señoras Acebedo, sus madrinas 

Lo de llevárselas para su estancia de Galindo, ocurri- 
ría sin duda cuando estuvo formada la mayor de las tres, 
Águeda; y en el momento en que las presentamos, estaban 
de visita en casa de las mismas señoras Acebedo, pues los 
domingos y días feriados venían a pasarlos allí, excepto una, 
que según cuentan, quedaba acompañando á su padre. 

I allí las vieron algunos que aun viven y dan testimo- 
nio de que Águeda era extremadamente bella. 

D. Andrés Andújar vivía pues en su estancia con las 
tres hijas, huérfanas de madre, y sólo tenían por compañe- 
ra á una esclava sordo-muda que las había criado, según 
dicen, la cual tenía un hijo, también siervo de la casa, lla- 
mado Gregorio ó Goyo y con el apellido de la familia. 

Sus diligencias le traían á la ciudad continuamente, y 
tenía que dejar solas á las pobres niñas en aquel desierto; 
pues la estancia quedaba enclavada en el corazón del bos- 
que, á la derecha del camino que principia cerca de la ori- 
lla del Ozama, pasado el último fuerte y ángulo de la mu- 
ralla por ese lado, y que ctnduce al llamado Alto de Galin- 



222 COSAS A9£JÁ8. 

dOy lugar en que se tiran palomas en los meses del hicaco, 
I acaso más que sus diligencias, el fatal vicio que le do- 
minaba. Así es que días y más días y aun noches lóbregas 
pasaba la familia de D. Andrés Andujar aislada en medio 
de la selva; mientras él tiraba de la oreja al burro -en indig- 
nos garitos de la ciudad, ó echaba una fortuna á los pies de 
un gallo en las galleras. 

De aquí que la desazón y el disgusto de las personas 
que tenían afecto á las niñas Andujar fuese grande y en 
aumento. 

Llegó en esto el trascendental suceso histórico de la 
Independencia de la colonia de la Metrópoli, que en 1? de 
diciembre de 1821 proclamó el Auditor de guerra D. José 
Núñez de Cacares, sin efusión de sangre y con sólo un pro- 
nunciamiento en regla de las personas notables y los jefes 
de la guarnición. Independencia en fin de la noche á la 
mañana, único caso en los anales americanos y quizás en 
las de emancipaciones políticas, duró lo que duran las rosas 

"L' espaee d' un matin;" 

y el déspota de Occidente, General Juan Pedro Boyer, in- 
dudablemente buen político, nos ocupó con sus hordas el 
territorio entrando como Pedro por su casa, merced, á la 
desdichada imprevisión del caudillo de la Independencia y 
á la infame conducta de muchísimos malos dominicanos 
despechados, parece, porque se les había desuncido del 
blando yugo de la madre España, ó porque no se contó con 
ellos. Ellos mismos fueron á abrirles las puertas al ene- 
migo: que su memoria sea execrada! 

Determinado el comienzo de la fuga de las principa- 
les familias y la clausura de la Universidad y abandono de 
las comunidades religiosas &; la cruzada que tenían ya em- 
prendida D? Jacinta Cabral, las señoras Acebedo y otras 
personas contra el terco D. Andrés para que sacase á sus 
niñas (antes era para que no se las llevara) del monte de 
Galindo, que lo era de verdad entonces, pues aun es lugar 
bien selvático, la cruzada, decimos, arreció con semejantes 
circunstancias políticas. 



LAS VIKGENKS DE G ALINDO. 223 

Nadie sabía lo que podría suceder, ni a dónde iría á 
parar el pobre Santo Dotniíigo, cojido así de atrás p a alan- 
te por sus eternos enemigos! 

Calle de las Mercedes adelante venia una tarde ca- 
ballero en un brioso alazán nuestro D. Andrés Andujar; y 
echó pie á tierra en la puerta de la casa de D^ Jacinta 
Cabral. 

Traía recados, regalitos y afectuosas anemonas de sus 
hijas para aquella señora. 

I)? Jacinta, escojido un palito de guano del voliiminc- 
so hacecillo que le mandaban, lo que acaso estimaba más 
que las memorias mismas, y mascado un extremo, hecho 
el escobillón 3^ empezados á restregar los dientes, D? Ja- 
cinta, decimos, recibió a D. Andrés con una descarga ce- 
rrada. 

— ¡Hombre de Dios! dljole, avanzando hacia él con las 
manos en alto, hombre de Dios! |,hasta cuándo piensas te- 
ner á esas pobres muchachas ahí reclnsas? Ahora más que 
nunca debes apresurarte á sacarlas de ese Galindo de mis pe- 
cados, pues no sabemos si habremos al fin de emigrar como 
nuestros antecesores en tiem])os de la cesión y de Toussaint. 
¿Qué esperas, desdichado? %Qué te detiene, 'padre sin en- 
trañas? 

No difería mucho ésta, á la verdad, de las anteriores 
filípicas. 

Pero el bueno de D. Andrés no chistaba por respetos 
á D? Jacinta, y porque con chistar habría podido ser ven- 
cida su terquedad. 

Ese día el aguacero fué de corbata. 

Cuando se despedía, díjole la señora con un tono en- 
tre melancólico y de tristes pronósticos: 

— ^Andrés, Andrés, no dejes esas niñas solas. 

Que llegaba otro día casa de las Acebedo. 

No tenía derecho á respirar. 
— Cuando te digo, Andrés de mis pecados, le decía la 
Candelaria, que no debes dejar por más tiempo á esas ni- 
ñas en el campo. I ahora ¡Dios mió! y ahora ¿No te 



224 co:SA5 a.ñkjas. 

acuerdas de la degallaciou de Myca y de los males que Ic 
baii causado lor^ haitianos á esta tierra ¡infeliz! para que es- 
tén así expuestos íil y tuá hijos en esa soledad? 
El porfiado Aiuliíjar se encojía de hombros. 
— No puedo liacer otra cosn, rcs[)oiidia al bulto cuando 
se halhibii bien liosiígado. 

— ¿Que no puedes hacer otra cosa! tú, hombre de posi- 
bles, cuando se trata quizás de la vida y la honra de tus 

hijas! 

A lo que seguía un desolador meneo de cabeza de la 
pobre mujer, que se sentaba en una butaca con las manos 
sujetándose Icis rodillas, y entre coníVisa, mohína y furiosa. 
— ¡Es un cicatero! gruñía desde allá la otra liermana, se- 
ilahmdo fatídicamente con un largo y flacucho dedo á D. 
Aníh'és. ¡Déjalo! 

Con lo cual éste se iba más que al trote. 
Cerca de un año ha])itaron las jóvenes Águeda, Ana 
y Marcela en su estancia ó desierto de Galindo. 

^Qué vida hacía allí la hermosísima criolla y sus dos 
tiernas hermanitas? 

Regar unas cuantas flores, recojer las frutas de los ár- 
boles que estaban al rededor deda casa, la cual era de ta- 
blas de palma y yaguas, pero bien construic^la, y rodeada de 
galerías, mirar el sol salir por detrás de los altos montes 
vecinos, dar unas vueltas noinpañadas [)or la muda entro 
los guayabos y bajo los manuyes y nísperos, corriendo y 
triscando como locas las dos chiquitínas Ana y Marcela tras 
los cabritos blancos, sacar agua d:jl pozo la Águeda con 
sus manecitas para sus flores, y rezar mucho por la noche 
antes de acostarse, encomendándose grandemente al ángel 
de su guarda. 

Ocíisiones había en qne hondo pesar se dibujaba en 
el rostro alegre de Águeda, y una sombra importuna se afa- 
naba por empañar la tersa blancura de su frente y desco- 
lorar sus rosadas mejillas. 

A veces, al montará caballo D. Andrés, sus hijas le 
miraban con tristeza desde la galería: lo uno, porque en- 



LAS VIKGEXKS DE GALINDO. • 225 

vidiaban el verle irse á la ciudad, y lo otro porque empe- 
zaban á temer á la soledad más de la cuenta. 

—Águeda, hijn, decíale alguna que otra vez su padre al 
partir con cariñoso acento jqué tienes! ¿I tu, Ana? A ver, 
chiquiilas, afíiidia tiránrlolesj de las orejas, no hai que enfu- 
ruüarsc. ¡Qué diablos! Verdad es que se quedan ustedes so- 
las, pero ¿quién va á comérselas? Goyo es buena compa- 
ñía; y además yo tengo que salir. Vaya! Mañana les 

traeré algunas cositas. 

I lleno con esto el expediente, ibase el buen señor pa- 
ra la ciudad. 

Tan insoportable vida llegó á cansar la paciencia de 
Águeda y rogó también á su padre que las sacara de allí. 
I hasta se avanza que algunns personas (y aun ellas mis- 
mas, lo que no es creíble) intluyeron con el Alcalde ó Juez 
de Paz, D. José M? Baralt, á fin de que de Galindo se las 
sacase. 

Mas todo fué inútil. La terquedad de aquel hombre 
era incfmprensible, y terminó por ser funesta. 



ni. 



EN ACECHO. 



Al hacer su irinipción las hoyeristas huestes,de Occi- 
dente, Imbo el c(msiguiente pánico, y quedaron vacíos los 
conventos; y las tropas se aposentaron en el imperial del 
de la Orden Dominica, así como en el de San Francisco. 

Cuartel haitiano es madriguera, ya se sabe. 

Era, lo que el poema del mismo nombre que esta le- 
yenda, trata en los siguientes octosílabos: 

El Kan inminKlo de varios 
Oficiales y otros jefes 



228 COSAS AÍiEJAi. 

\ 

y el Goyo, esclavo ya Vibre gracias a Haití uno 6 inrlivisi- 
ble y al General Boycr que Bien profcfje, y al decir esto 
se sacó el morrionazo con la mano zurda, no será un estor- 
bo á nuestros intentos; al contrario 

— Dios lo quiera, murmuró el sr.rpento. 

— ^O el diablo, dijo una voz de súbito que pertenecía á 
un individuo el cual pegado á los muros laterales del templo 
había venido acercándose á nuestros conferenciante?. Este 
era natural de aquí y se llamaba como después se dirá. 

No volvieron la vista porque sabían quien era, y lo es- 
peraban. 

Apretó la mano ún los dos haitianos con mucha fami- 
liaridad, pues eran antiguos compinches, y preguntó con 
interés: ' 

— ¿Qué hai? Cavabien,eh? 

El sargento y compañero movieron afirmativamente 
la cabeza, y miraron con recelo á todas partes. 

— ¿I no se pueden dar noticias? repuso. 

— Sí, sí, de eso hablál>amos. La cosa no se presenta mal. 
Ayer, indicó el s?.rgento, éste (indicando al compañero) y 
otros fueron á inarotear por Galindo, y éste (vuelta á se- 
ñalar) tiene bien estudiado ya todo. 

El recién venido hizo una espantosa inueca de satis- 
facción. 

— Magnifique, magnifique, mon brave! dijo apretando 
la mano aljzorro con cara de sátiro. I, añadió guiñando un 
ojo, ¿la bonita está allí, la has visto? 

El haitiano se relamió los labios, y asomó fuego á sus 
ojos. 

— Pero el padre, caballeros, observó entonces el sargen- 
to, ¿vendrá á la ciudad? ¿anda siempre solo? 

— Psché, insistió el otro: viene todos los días, se retira 
casi á la misma hora, y nadie lo acompaña nunca. 

— Bueno. Pero es necesario no perderle de vista desde 
que se sepa que ha llegado. ¿I los otros camaradas? 

— Nos aguardarán allá fuera. 

— Bien. Elntonces todo queda arreglado ¿no es eso? 



LAS VÍRGENES DE GALIXDO. 229 

—Todo, 

I Siguieron liablando de cosas indiferentes con gran 
tranquilidad, como quien tiene seguro lo que pretende y 
sabe que ha de saborearlo. 

Resonó en esto el tambor llamando al rancho, 
—Hasta la noche, dijo el sargento, haciendo una señal 
de inteligencia al indigno dominicano. 
— Hasta la noche, respondió éste. 

El compañero se limitó a mirarle alzando las ralas ce- 
jas en forma de media luna y abriendo los ojitos, como di- 
ciendo: '^¡Ya sabes!'' 

Con lo cual separáronse los compadres que algo si- 
niestro acababan de tramar. 

El dominicano tomó á buen paso el camino para irse 
á husmear por donde andaba á esas lioras D. Andrés An- 
dújar, pues no le quedaba duda de que se hallaba en la 
ciudad. 

De una sentina de vicios, como es un cuartel, se pasa 
fácilmente a otra, lo que puede hacer fácilmente aun el lec- 
tor más remilgado. 

En la calle del Estudio hai una casa alta que hoce es- 
quina, en la banda opuesta á San Nicolás, cerca de ese 
templo y frontera, diagonalmente, á las tapias de su patio. 

Es que no era menos templo la susodicha casa, ó ins- 
tituto de buenas letras, por ser famosa gallera la que allí 
tenía su asiento. 

A leguas oíase la algazara de los que, sentados en an- 
fiteatro én el interior de la valla y en torno suyo, acompa- 
ñaban con su gritería, términos técnicos del arte gallero, 
dicharachos y buena dosis de maldiciones, los brincos, ale- 
teos, picadas y espolazos de dos animaluchos macilentos de 
pura hambre, nacidos, criados, adobados, tusados y pela- 
dos desdé la cresta hasta la rabadilla y arreglados confor- 
me á la práctica y aun á los manuales que hai sobre ello 
escritos, ]>ara matarse aguisa de gladiadores romanos, dán- 
dose el gusto de que sus patas decidiesen de fortunas y 
pérdidas no despreciables en ocasiones, 



230 COSAS AXEJAS. 

Un ginete que venia, por el callejón de la Esperanza 
que desemboca Cii Ins mencionadas esquina y casón, j que 
segiínel porte y í razas, traía aire de hombre devsazonado y 
disgustado, arrendó para una de las enrejadas ventanas de 
la casa-gallera y allí ató su caballo, entrando luego por el 
ancho portal y zaguán, camino de hi academia que se reu- 
nía en el gran patio el cual tiene una larga tapia que da al 
callejón. 

Un individuo de aspecto sospeclio.so que le seguía alo 
lejos, quedóse un buen rato parado en la puerta anchurosa 
de. la esquina cortada oblicuamente que forman las dos ta- 
pias del patio de la iglesia que ñunló Ovando, y después 
entró también en la gallera. 

El ginete era nuestro D. Andrés Andújar, que tras de 
una fuerte rociada que recibiera esa mañana de sus parien- 
tfs, había tenido la tentación de probar fortuna en un garito 
mui soez y mui escondido que sabia él quedaba por una ba- 
rriada laberíntica de j>or ahí y donde iba luego á echar su 
cuarto a espadas con gente non sancta. I esa ocasión casual- 
mente íe desbalijaron en un uo.s por tres: tomando entonces 
bastante incomodado el camino de la gallera, ya mui cerca 
de las cuatro do la farde. 
El otro le espiaba. 

Sentóse pues el sénior Andújar, tomó el pulso al tono 
más ó menos nervioso y trÍTinfal de las estentóreas voces 
de un bando que apostaba á ua r/iro, vio que las muecas de 
los contrarios eran significativas de derrota y en gran ma- 
nera feas, y puso al ffiro unos doblones que le quedaban. 

— ¡Pica gallo, pica! gritaban los que iban triunfimdo. 

— Voi al malatoho! decían desgañitándose los contrarios. 

— ¡Al giro! 

— ¡Al malatobo! 

— ¡Échale! cantaban á dúo los dos bandos á cada tiro del 
uno y del otro animal. 

I lo demás pjr el estilo. 

Perdidoso, aturdido con los gritos y dado al diablo por 
entero, salió D. Andrés de la gallera, y requiriendo su ca- 



LAS vírgenes de galindo. 231 

balgadura, montó, tomando á buen paso la dirección de la 
marina. 

Caía la tarde. I al recular paso del animal, que que- 
ría apretarlo porque sabía que se acercaba al i)esebre, im- 
pulsos que con la rienda reprimía el ginete, dábala suelta 
éste á su mal humor y á sus encoiítrcidos pensamientos. 

Un perro color barroso que le acompañaba siempre 
iba á su lado. 

Don Andrés se había retardado^ mucho ese día en sus 
diligencias, y además no lo había empleado mui santamen- 
te; y así fué que, pasado el primer momento de sus negras 
preocupaciones, apuró el paso de su cabalgadura, traspues- 
to que hubo la puerta de San Diego ó la de la Atarazana, y 
ginete y caballo desaparecieron en las vueltas del camino 
pedregoso que se interna en las fragosidades de Grali^do y 
conduce á liis ciénegas del Alto, á una legua ó más de la. 
ciudad. 

Momentos antes, salían por la puerta del Conde unos 
cuatro hombres, que se veía eran desarapados vagabundos 
y alguno que otro de mala catadura, y tomaron el sendera 
arcilloso que costea las murallas y va á terminar al río, y 
que serpenteaba como una línea blancuzca en las tinieblas 
que empezaban á envolver la naturaleza. 

Próximos al río, por frente al baluarte de Santa Bár- 
bara, que es el segundo ])ov esa parte, sentáronse en la 
fresca grama de la orilla del monteciUo que borda el sen- 
dero en la banda opuesta á las murallas. Esperaban a otros. 

Estos últimos no se hicieron desear mucho, porque vi-^ 
niendo de la parte de la marina, columbrólos uno de los va- 
gabundos desde lejos, y. todos fueron aprisa á encontrarse 
con lelios. De los recién llegados había dos que calaban 
morrión y llevaban sables cortos al cinto, señal de que eran 
militares haitianos. 

El uno tenía graduación de sargento. 

Internáronse en el bosque, y ya bajo los débiles, ba- 
jos y entretejidos ramos de los guayabales silvestres que 
inundan esa porción de tierra pedreg^osa y estéril llamada 



232 COSAS aSkjas. 

Galiiiflo, sentáronse a conferenciar en el suelo, aplacando 
las O'inyujas de que esíán cri^i^Ttos los es])acios que dejan 
los árbolc-í y niatorrp.los en aue>ti\)s ino!iíc5, libres allí de 
todo indiscrelí) ojo ú oído. 

Ya liabíim recihiilo los dos maí¿es-3 en la marina la no- 
ticia que el (jue espiaba á D. Andrés Andiíjar les había ve- 
nido a dar de que éste se encaminaba ya hacia aquellos 
sitios. 

En voz baja y con misterio acabaron de entenderse, y 
se metieron luéro monte adentro. 

Poco después, los ojos de tÍ2fre de do!^ de ellos brilla- 
ron poi un momento en la oscuridad del bosque y por en- 
tre la trama de los guayabos de la misma orilla del camino 
pedregoso y purverulento. 

Aiíechaban. 



rv\ 



LA TRAGEDIA. 



Torva y huraña oscuridad iba cayendo más y más espe- 
sa, al cerrar de aquella noche, como paños de gasa negra 
que fuese esparciendo gigantesca mano sóbrelos raquíticos 
árboles y la lozana perspectiva de los montes más lejanos. 

La luna empezó á salir y á pintar con luz indecisa el 
paisaje. 

'D¡(S el toque de oraciones Ir. ciudad, y los metálicos 
ecos vinieron á mezclarle como alados mensajeros de la,no- 
che á los rumores del bosque tenido por las ultimas rever- 
beraciones del crepúsculo. 
V^uave terral soplaba. 

♦íp^a masa negra é impenetrable de los árboles y mato- 
rrales de la linde del descampa.lo en que la casa se asenta- 
ba, ceñíala como un cinturóu de moles íantásticas y 
oscuras. 



LAS vírgenes de galindo. 233 

Allí, casi en el corazón del bosque, en ancha esplana- 
<la que asombran zajiotes, mayyieyes y naranjos, y matizan 
con otros árboles frutales menores, algunas matas de flore?, 
se ve la casa rustica de D. Andrés Aiidujary cerca el pozo 
con su hanibú encaramado sobre el carrillo, arrastrado allí 
por el peso del otro en el fondo. A distancia, franjas de 
verdes y robustas arboledas, limitan el espacio en que la 
casa se eleva. 

La entrada de la quinta cae sobre el camino ya men- 
cionado, y una trilla va desde un lado de éste hasta la puer- 
ta tranquera, formada con cuatro ó cinco redondos y fuer 
tes troncos de guano que corren hacia uno u otro lado por 
entre dos maderos atados con bejucos. 

La puerta de la casa está alncrta de par en par como 
para que el libre airecilln fresco entre y retoco á su gusto, 
irapresfnando el bendito hogar de las emanaciones suavísi- 
mas del tibio vapor que la tierra y el bosque exhalan y es- 
parce el viento. 

Dentro, en la sala, estaban las tres inocentes hijas de 
D. Andrés Andujar, la interesante Águeda, Ana y Marce- 
la, las cuales reposaban, acabada su frugal y castiza cena. 
Aquí y allí había restos de frutas cojidas por la maña- 
na, unas rebanatlas por el cuchillo, otras intactas, y con- 
servas y cristales de niamei y ,i;uayaba. 

Hacíales compañía la esclava sordo-muda llamada Isa- 
bel, quien, aun cuando podía gozar de entera libertad con 
el nuevo orden de cosas reinante, había preferido perma- 
necer con el niño^ como decía á D* Andrés, y con sus niña^y 
]nií^s había criado ó poco menos á las tres doncellas, singu- 
larmente á la última. 

Perfumada luz de blanca cera iluminaba la salita. 
Lastres, como grupo de ángeles, ó formas de pentéli- 
co animado mármol, juntas, aproximadas sus cabezas, con 
las manos cruzadas y los ojos entornados bajo las largas pes- 
tañas, solicitados por el sueño, rezaron con la muda las ora- 
ciones. 

Departieron un rato, entreteniéndose con los gestos 



234 COSAS ANEJAS. 

de la muda, y Águeda con la charla infantil de las dos chi- 
quitínas. Después, como perietniíias por la triste quietud 
de.a([uellas soledades, fué apoderándose de ellas cierta de- 
jadez y somnolencia que agravaban los vagos pensamien- 
tos de cada una de las que allí era capaz de reflexionar. 

Águeda, que sentía las voces interiores de su pasión 
, hablándole, era la que más despierto tenía el espíritu. 

Reclinada la cabellera descuidada en una mano fina y 
trasparente, y el codo en la mesa rústica, porque no había 
adornos en aquella casa, entreabierta la finísima camisa que 
dejaba desnudos su cuello y redondos brazos y el arqueado 
y terso pecho, pues el calor le habla hecho abandonar todo 
otro vestido, y estaba como una Venus cuyas formas contor- 
neaba con gracia, dejándolas adivinar, el blaindo lino; en a- 
quel la noche de inmolación de inocentes victimas, medita- 
ba ¿en qué? ni ella mistieía lo sabia. Era un abandono lángui- 
do y romántico el suyo. 

De las dos chiquitas, vestidas de blanco, Marcela dor- 
mía reclinada en las rodillas de la doméstica Isabel que, 
como dijimos, la había criado, y Ana andaba revolviendo 
la casa y cantando con voz infantil una tonada de la época 

En cuanto á Águeda, leía en una mesita, y aun del li- 
bro que leía conserva la tradición el título: La Voz de la 
Naturaleza^ que todos conocen. 

Chirriaban. á toda orquesta los grillos en las yerbas, y 
un ruiseñor cantaba en las ramas del más cercano y robus- 
to zapote] y el vientccillo adulador metía la nariz por los in- 
tersticios de la puerta y enredaba la pita con la vela a la 
que hacia balancear ó extender irritada hacia un lado su 
lengua de llama y humo oleoso por el espacio; y no confor- 
me, traía y metía á bocanadas grandes por allí los elíseos 
perfumes de las poniarosas en flor. 

Al lejos, rumor sordo y acompasado se distinguía cuan- 
do la onda sonora encontraba campo para hacerlo llegar á 
las orejas de quien lo oyere: era el ruido délas aguas del 
río, distante de allí corto trecho. 

De vez en cuando, Águeda sacudía sus rizos castaños 



LAS vírgenes de G ALINDO. 235 

desmelenados y los soñolientos párpados y prestaba el oí- 
do de inquieto modo; dejaba de leer, y apoyando las meji- 
llas en las manos y los codos sobre la mesa se desatinaba 
pensando en que su padre tardaba mucho. 

En efecto, nunca había tardado tanto D. Andrés. 

Actitud plástica é interesante era en ese momento la 
dé la joven. Chispeantes é inquisidores sus ojos, abiertas 
las ventanas de la nariz y como granado caído desde el ár- 
bol y hendido los labios despegados y algo pálidos, palpi- 
tante el seno que sin trabas se mostraba casi en su escultu- 
ral desnudez, reflejándose de lleno en su redondeado, an- 
gelical y hermosísimo semblante la claridad de la vela, ¡por 
Dios! que hubiera tentado á uno á doblar sin sentirlo la ro- 
dilla ante ella como ante ideal aparición. 

Algunas veces hablaba la estatua aquella, como es se- 
guro que deben hablar las de piedra, en esas en que ha va- 
ciado un alma entera el artista, en la dulce intimidad del 
misterio. 

— Es extraño, decía. J^Que papá no haya venido aun? 
— ¡Ah pnes! parecía responder la sordo-muda dando un 
suspiro, porque ya un temorcillo invencible estaba hacien- 
do presa de ella. 

— Pero es singular, replicaba Águeda levantándose, yen- 
do hacia la puerta, abriéndola, tendiendo i)or el campo os- 
curo en dirección de la tranquera sus vivos ojos que hacía 
abrir más la inquietud, volviendo á cerrarla y á sentarse. 

En cuanto á las chicuelas, estaban simplemente impa- 
cientes de ver á su papá y recibir los regalitos y golosinas 
que les mandaban las buenas de las señoras Acebedo. 

— 1^0 has mandado á Goyo á ver si viene papá? pregun- 
tó Águeda en su lenguaje de signos que iban siendo cada 
vez más nerviosos y desesperados. 

La muda dijo que sí con la cabeza. 

Iba cerrando la noche. 

¡Noche larga y triste, á fe! 

De repente turbó el silencio y á lo lejos se oyó un la- 
drido agudo, estridente, rabioso. 



236 COSAS AÑEJAS. 

Venía por el lado del camino. 
— ¡Papá, papá! gritaron con jubilo las dos pequeñuelas 
saltando y paliuotcando, porque supusieron que sería el pe- 
rro de la casa que, como vimos, acompañaba siempre á D 
Andrés cada vez que iban á la ciudad. 

Mas, incontinenti, al ladrido siguió un aterradcr au- 
llido. 

— Chist! ¡Dios mío! exclamó Águeda, en quien apenas 
había empezado á alborear el gozo de la vuelta del padre 
cuando la angustia y el presentimiento le sucedieron, exten- 
diendo el redondo y desnudo brazo en dirección del ruido. 
¿Qué es eso? 

I las tres permanecieron de pié, frías, agitado el pe- 
cho ppr la angustia y el temor, atento el oído. 
La muda hacía aspavientos de horror. 
Nuevos aullidos y ladridos siguieron al primero. 
A las pobres niñas no les quedaba duda de qu(í era el 
perro de su padre el que aullaba y ladraba ¡pero cómo^ 
Luego se conoce, sobre todo en ciertas circunstancias, el 
grito de cualquier animal que nos es fbmiliar, aun á dis- 
tancias. 

Dudaron, vacilaron. Presentían una desgracia, y no 
se atrevían á creer en ella. Iban y venían; entrecortados 
rezos subían á sus labios y allí expiraban sin voz; y sin a- 
liento; solicitábanlas sus flacas rodillas á dar con ellas en 
el áspero suelo de hormigón; querían abrir la puerta y co- 
rrer á la entrada de la finca ¡qué sé yo! 

Águeda habia perdido ei tino. La muda estaba tré- 
mula; y atrancó más la puerta. 
¿Qué había sucedido? 

Al caer la noche D. Andrés Andiíjar galopaba por la 
•orilla de la munilla frontera al rio, y precedido por su pe- 
rro, se internó en el camino del Alto de Galindo que con- 
ducía á su casa. 

El animal meneaba la cola alegremente por estar 
próximo el hogar. 

Al encontrarse el jinete á corta distmcia de su casia, 



LAS vírgenes de galindo. 237 

las hojas secas del suelo cnijieron y las ramas de los arbus- 
tos se agitaron como si diesen pasoá un ser viviente. 

Brillaron unos ojos y la hoja de un sable entre el ra- 
maje, y un hombre se lanzó á la brida del caballo de D. 
Andrés. 

El perro lanzó un ladrido formidable. 

D. Andrés no pudo dart^e cuenta de la agresión; y an- 
tes que pensase en defenderse, y de que llegase otro ban- 
dido que saHó del lado opuesto del camino, oyó un taco re- 
dondo y sintió penetrar en su pecho el acero de un arma 
alevosa. 

Abrió los brazos y cayó del caballo, rematándole en- 
tre los dos bandidos. 

Entonces el fiel mastín quiso arrojarse sobre los ase- 
sinos enseñándoles los aguzados colmillos; mas el reflejo de 
los cuchillos y los sables que lo amenazaban le hicieron re- 
troceder gruñendo de rabia. 

El caballo quedó junto a su amo, y los agresores co- 
rrieron como demonios por el camino adelante hasta des- 
cubrir la casa. 

Habían ¡quitado de en medio el estorbo, y fueron á 
sorprender las indefensas palomas en su nido. 

El perro, mientras tanto, había empezado á aullar y 
á lamer la sangre que fluía en abundancia de las heridas. 

Antes de llegar los asesinos a la puerta tranquera, una 
sombra les salió ai pas'o. 

Era Goyo, el hijo de la muda, siervo manumitido co- 
mo su madre, y á quien la tradición acusa de complici- 
dad en la salvaje tragedia de esa noche. 

El mismo corrió los leños, y pasaron los beduinos. 

Anhelantes, lascivos, relamiéndose por tan fácil triun- 
fo como les ofrecia su insólito atrevimiento, aquellas hidras 
ávidas de sangre y llenas de estímulos monstruosos, llega- 
ron á la cerrada puerta é hicieron que el Goyo llamara^ 
á ella. 

Una voz trémula preguntó: 
— ¿Quién es? 



238 COSAS AÑEJAS. 

— ^Yo, tu padre, contesto el mismo Goyo ó alga no de los 
bandidos desfigurando la suya. 

— ¡Paj)á! es papá! exclaMaroa alborozadas las dos chicas. 

Sin embargo, Aguada estaba rcrolosa; y es que en mo- 
mentos críticos hablan mas alto que nada las preocupacio- 
nes y los presentimientos. 

Una de ellas corrió á franquear la puerta. 
— ¡No abras! gritó maquinalmente Águeda: voi á cercio- 
rarme. 

La muda iba á oponerse también, pero la viveza de la 
muchacha la impulsó á descorrer el cerrojo. 

Nunca tal hiciera! 

Por la entreabieita hoja que acababa de franquearse, 
torvo el ceno y horribles aparecieron las negras y feas es- 
tampas de los haitianos' primero y después de los demás, 
quedándose allí plantados y como cmbebiilos en la resplan- 
deciente hermosura de aquella Águeda medio desnuda. 

Sus dos hermanitas corrieron á aferrarse de ella; y las 
tres retrocedieron asombradas y mudas de terror. 

La domestica Isabel miraba á los asesinos con desen- 
cajados ojos. 

El sargento, seguido de los otros, avanzó hasta el me- 
dio de la sala, devorando todos á la desventurada Águeda 
con ojos ardientes y ensangrentados. 

Silencio pavoroso. 

El grupo de las tres vírgenes desamparadas, se des- 
tacaba allí en la penumbra, en el fondo de la habitación, 
estrechadas unas con otras y como si las hubiese petrifica- 
do un hálito infernal. 

El sargento tendió hacia ellas la mano. 
— ^Vamos, señorretas, dijo en mal español ¿tienen miedo 

de nosotros! Pues se les va á quitar ahora í. . . 

— ¿Qué esperamos? profirió arrojando una blasfema el 
más bestial de ellos, el otro haitiano cara de sátiro compa- 
ñero de cuartel del sargento. 

— Sí, despachemos, repuso el más resuelto de los domi- 
nicanos, supuesto fautor también del crimen de Galindo, 
que ya conocemos. 



LAS vírgenes de galindo. 239 

I los tres y Inégo los más de ellos se arrojaron como 
fieras sobre el interesante inerme grupo en el que desco- 
llaba la lindísima Águeda como tallo de azucena entre o- 
tras plantas. 

Un ¡ai! como no se ha oído jamás desgarró el temido 
silencio de aquellas soledades. 

Era el grito supremo de las víctimas abandonadas de 
Dios mismo. 

Lucha! pero qué lucha! se entabló. El pudor se ar- 
maba de fuerzas d^titán|jr disputaba las^delicadas y escul- 
turales formas de la mujer sin defensa á la brutalidad de la 
carne. 

Oíase el aliento sofocado de las niñas, puestas manos 
gruesas y velludas sobre sus bocas angelicales; los brazos 
de las tres agitábanse en el aire |con desesperación buscan- 
do apoyo; los ojos de las tres salían de las órbitas en el 
colmo del espanto y la desolación; los vestidos de las tres 
yacían rotos, y en toda su belleza virginal se mostraba el 
seno de Águeda. 

La luz de la vela, combatida reciamente por el aire, 
iluminaba con siniestros fulgores esta excena. 

Bufaban y pateaban los verdugos. No esperaban en- 
contrar semejante resistencia en cuerpos que medio habían 
descoyuntado ya, y se irritaban, Uameándoles los ojos en 
impaciente ferocidad. 

Así fué que hubo para aquellas infelices una como tre- 
gua durante la cual corrieron á refugiarse en un rincón.y 
aun se cubrieron con las manos su semi-desnudez, en tan- 
to que los asesinos se consultaban con una mirada, nada 
más que con una mirada. 

Embistieron después. De una manotada echaron por 
tierra los endebles cuerpos de las vírgenes, revolviendo sus 
manazas en las sueltas y abundosas crenchas de rubios ca- 
bellos, por los cuales las arrastraron como reses hasta la en- 
trada de la casa, al campo abierto. 

— jPiedad! ¡piedad! imploraban las inocentes. 

Devolvieron los ecos tristemente sus inútiles lamentos. 



24ü COSAS aSejas. 

Sus gritos debieron oírse por aquellos contornos, y aun 
aseguran que se percibieron en el vecino pueblo de San 
Carlos. 

Cielo y tierra estaban sordos para las infelices vícti- 
mas. ¿Quién iba á socorrerlasf 

I hubo un instante en que Águeda, resplandeciente 
de aquella belleza tropical que la hacía parecer reina, se 
puso de hinojos ante uno de los verdu^j^os, implorando más 
por su honor que por su vida, derribándola al suelo por to- 
da contestación. 

Pero ni aun Wi 

Desenvainaron por fin sus sables y cuchillos los mal- 
ditos. 

Una punta fiera di v ;: • [\ :rai guata de Águeda, aque- 
lla garganta en que huí !• : *. ^ ^¡lido á anidar los amores, y 
otra estocada partía el cor.i^óa de una de las pequenuelas. 

Dicen que Marcela logró huir; pero la alcanzó un ja- 
yán fiero y la desjarretó de un sablazo, 

¡Dios! ¡Qué horror de horrores! 

Sus cuerpos palpitantes. . . .¿mas cómo decirlo! 

sirvieron de pasto á la lubricidad de aquellos monstruos. 
A lo menos así se afirma. 

Cae de las manos la pluma impotente para seguir mo- 
jando en semejantes atrocidades. 

¡Ved á los tigres, saciado su nauseabundo apetito y su 
sed de sangre, revolcándose en la inocente d^ las pobres 
niñas, frías ya por la muerte, vedlos consumando su obra 
inicua! 

¿Qué falta por hacer? 

Ocultar el crimen. ¿Dónde? Ahi, en el cercano pozo. 

La ceguera del consumado hecho los ofusca: no ven 
que es más seguro sudar cavando fosas, pero el temor es- 
polea, y cada árbol parece avanzar sobre ellos como ejecu- 
tores de justicia armados de garfios y desmelenados. 

Vieron pasar huyendo hacia los montes una fantasma 
dando aullidos: era la muda que corría como loca á ampa» 
rarse en ellos. 



LAS vírgenes dí; galindo. 241 

Su azoraniiente creció; y empezaron á menudear ta- 
jos sobre aquellos hechiceros despojos de Águeda y los in- 
fantiles corpezuelos de sus hernianitas, restos de las que fue- 
ron Las Vírgenes de Galindo, 

Arrancaron miembros y empezaron á arrojarlos en el 
pozo. 

Los cuerpos, al caer en el hondísimo cilindro de pie- 
dra hicieron un ruido lúgubremente sordo, que debió que- 
dar por mucho tiempo vibrando en los oídos de aquellos mi- 
serables. 

Las sombras de la noche habían espesado. Negras nu- 
bes corrían con violencia unas sobre otra$ como desa- 
tentadas visiones. 

En medrosa calma estaba todo. 

I como huyendo de sí mismos, los asesinos empren- 
dieron la fuga por el camino, saltando por encima del ca- 
dáver del padre de las víctimas. 

El perro, que no lo desamparaba, gruñó sordamente 
lanzando luego aullidos espantosos. 



V. 



MCNSIEl'R SORAPUR. 



Síganos ahora el lector sufrido á una calle conocida 
de él. 

En la de las Damas ó Colón hai una casa de las an- 
tiguas solariegas fundadas por Ovando ó más tarde por al- 
gún potentado de los primeros tiempos de la colonia, que 
está situada en mitad de la segunda cuadra poco más ó me- 
nos, y frente al ex-convento de Jesuítas, hoi único teatro 
de esta ciudad. 

Se la conoce con el nombre de Gasa de los dos cañones) 
porque los tiene en su puerta clavados, sabe Dios por quiéu 
' ^'^'^ndo. 



242 COSAS AÑKJAS. 

Vivía en ella un anciano, francés, que escapó á las ma- 
tanzas de la colonia de los Pointis y d' Ogeron, en la par- 
te occidental de la isla, dichas luego ^4as matanzas de San- 
to Domingo", malamente sin duda, porque no ocurrieron 
en toda ella, sino en la parte francesa y obra de esclavos 
sublevados de los franceses eu sn colonia, después Repú- 
blica de Haití ¡y allá se te las haya! y déjennos en paz los que 
confunden y barajan á cada paso, por pura ignorancia de la 
geografía y la historia, las dos porciones de la ii*la esencial- 
mente distintas en raza, idioma, costumbres, civilización, 
historia, orden social, constitución política, aspiraciones, 
carácter nacional y cuanto hai. 

Pues este francés, colono, que habitaba en el antes o- 
pulento &uarico (Cabo Haitiano), vino huyendo aquí p«r 
las fronteras, como fueron á Cuba los más de los antiguos 
colonos franceses, logrando salvar un resto de fortuna. Re- 
tirado á aquella tranquila mansión, antes casi señorial de 
los Coca, hacía vida de solitario filósofo; y su morada era 
un como museo lleno de escopetas de todas clases, mo- 
rrales, frascos de pólvora, estopa y una selecta colección de 
señuelos colgados del techo, cuidadosamente, para que ni 
las plumas se les arrugasen. 

Para él, su mayor placer consistía en echarse el pesa- 
do escopetón de chispa al ya caduco y fatigado hombro, 
cruzarse el morral, colmarse las espaldas de plúmbeog es- 
queletos de machos de paloma, que tales eran los señuelos, 
y calzadas unas botas de ante salir con sus perros por de- 
lante, ó sólo, con un su hijo ó bien con un sobrino ó con al- 
gún amigo ó con todos ellos juntos, filosóficamente provista 
la alforja de panecillos tiernos y carne ahumada, amén de 
un gran frasco de aguardiente, á trepar por sierras y veri- 
cuetos y á hundirse en la espesura de nuestras selvas en 
pos de la castiza paloma 'silvestre de cabeza blanca de tan 
sabrosas carnes cuanto abundante. 

Era pues un gran cazador, para quien no había fati- 
gas. El Alto de Gattndo y la Ciénega, que son casi una co- 
sa misma para el caso, los lados de San Carlos como Mer- 



LAS VIROENE8 DE GALINDO. 243 

gara y la ffesperíllaj y Honduras, los Bajos de Haina, Si- 
monicOy la Caleta y cuanto lugarejo es frecuenttdo por la 
pródiga paloma en estos contornos, tanto recorría el ancia- 
no colono francés, disparando perdigonazos, y á trueque 
de arañazos, contusiones y picadas de envenenados ^'^ewe^, 
buenas hambres y peores sedes, traía ensartas de palomas 
rollizas, que tenía el guato soberano de repartir entre sus 
vecinos, reservando los machos para sus señuelos y algunas 
piezas para sus ollas. 

La casualidad hizo que en esos meses la corrida fuese 
por el lado de Galindo, y esto no es nada novela. 

Llamábase nuestro cazador Monsieur Sorapur. 

Al día siguiente del suceso, esto es, el 30 de mayo de 
1822 el cazador salía por la puerta de San Diego con su 
hijo, su sobrino Limval y su amigo el Señor Lovelace. 

Era pasado mediodía, y parece que quería aprovechar 
la corrida de por la tarde, cuando á esas horas emprendía 
el camino. 

La tarde empapaba en tintes melancólicos los veci- 
nos montes que en el fondo claro recortaban vigorosamen- 
te sus crestas robustas; 

Columpiábanse las campanillas silvestres á orillas del 
camino, encaramadas sobre los arbustos y zarzales, como 
enseñando al pagante su cara de recién desarrugados péta- 
los que manos de hadas parecían haber abierto, y el húme- 
do fondo de su cáliz, para decirle mui monas: * 'buenos 
días". Soltaba besos armoniosos el ruiseñor enamorado del 
sol, del euro que corría, de la pompa agreste de sus oteros 
antillanos; lanzaba sus chillidos en escueto árbol seco y al- 
tísimo elpitirre astuto y osado; saltaba el pájaro-boho por 
las ramas bajas torpemente como el tonto de la corte ala- 
da, con aire imbécil mostrando sus inútiles plumas largas 
y pintorreteadas; bullían en la flecha aguda de la palma 
enjambres de ciguas escandalosas; y en bandadas judíos ne- 
grísimos invadían ora este árbol, ya el otro en amasijo 
confuso y de tropel, metiendo ruido, y acaso diciendo que 
ellos eran las almas condenadas ^aros hijos de Israel en 



244 COSA» AÑEJAS. 

forma de pajarracos, porque tanto repugnan á los cazadores 
y á los machadlos, á pesar de su manifiesta] bonhomie. 

Los arrullos de la paloma se oían á distancia en el hon- 
do del monte y cruzaban el aire ya bandadas de ellas, tan 
bajas que podían distinguirse sus picos y patas rojas. 

Aroma de cortezas y raíces y florescencia nueva del 
bosque impregnaba el aire haciéndolo aspirar con delicia. 

De repente sonó un tircTque no era de escopeta en el 
lindero del camino, entre los guayabales; y Monsieur So- 
rapur y su gente se miraren con extrañeza. 

A poco vieron cerca de allí á un hombre que por su 
aspecto debía ser haitiano y militar, aunque cubría su ca- 
beza la gorra de cuartel y con graduación de sargento, 
quien armado de un verdadero fusil de munición dispara- 
ba de cuando en cuando haciendo que cazaba. 

— ^iQu' est ce que gal refunfuñó Mr. Sorapur, colando 
en uno de los cañones de su escopetón tremendo una bala 
de á onza, y amartillándola con firme pulso. 

Los demás se colocaron detrás del viejo colono. 

Pasaron de largo, y notaron que el fingido cazador, 
porque tenia que ser tal desde que no usaba escopeta, co- 
mo manda la lei palomera^ se recataba turbado y con rece- 
lo tras el espeso cortinaje de los matorrales. 

En el ánimo de los cuatro cazadores prendió una idea 
vaga y sombría. No se hallaban tranquilos; y avanzando, 
cierto vapor asfixiante dábales en el olfato, y un no sé qué 
extraño pesaba sobre su espíritu, que no era miedo. 

Los perros de Monsieur Sorapur, ^que se habían ade- 
lantado buen espacio, ladraron entonces en un recodo del 
camino. 

Apresuraron el paso. 

Monsieur Sorapur y los suyos vieron que los perros 
describían giros, que avanzaban y retrocedían espeluzna- 
dos, y mostraban azoramiento. 

Los perros habían olfateado la smgre del desdichado 
D. Andrés Andujar y se espantaron al tropezar con su ca- 
dáver. 



LAS vírgenes de galindo. 245 

El olor de la san^fre hacíase más pronunciado. 
— ¡Un muerto! gritó Monsieur Sorapur corriendo al si- 
tio en qye yacía la víctima. 

— ¿Un muerto! repitiéronlos otijps. 

Monsieur Sorapur clavó en tierra una rodilla soltando 
su escopeta. 

¿Cual no sería su sorpresa? 

Reconoció á su amigo el Signor Andujar, y llamó ho- 
rrorizado á su gente. 

Monsieur Sorapur se quedó aterrado; y frío sudor inun- 
*dó su rostro. Extraviados sus ojos iban del cadáver á sus 
acompañantes y de éstos al cadáver. 

El mutismo del horror sellaba los labios de todos. 

El cuerpo del infeliz y desaconsejado Andujar yacía 
en un charco de negra sangre, cuyos contornos dibujaba 
un encrespado horníiguero, y en el cual pastaban y zumba- 
ban esos moscones de alas con visos metálicos que acuden 
donde quiera que hai podredumbre, y que no bien oaída la 
paloma al tiro del cazador la invaden depositando en sus 
heridas su larva, cuando no se albergan entre sus plumas 
viviendo con ellas. 

El muerto tenia acribillados pecho y cara por efecto 
de arma cortante y punzante; y la mucha sangre vertida le 
desfiguraba el rostro. 

No lejos, el caballo, ensillado de la victima pastaba 
tranquilamente. 

¿I el perro fiel? Ya no estaba allí. 

Le encontraremos después, porque este mastín hace 
un gran papel en este célebre crimen. 

Por fin, Monsieur Sorapur se levantó moviendo triste- 
mente la cabeza y desahogándose^ i^ =1 an fuerte resoplido. 
— Mon Dieu! exclamó. |,Qní''n 'ü i i biera imaginado? 
El pobre amigo Andujar hn s.;i ? íl i ladu anoche mismo 
sin duda alguna, pero ¿quiénes p;: len ser sus matado- 
res? ¡Es extraño! Pero ¡bon Dieu! y sus hijas ¿qué será 

de sus pobres hijas ahora? Estarán desesperadas, ¿y 

qué extremos de dolor no harán cuando sepan que hian 
muerto á su padre? Ah! ah! ah! 



246 CO«A« AÑEJAS. 

I el buen hijo de las Gallas ne frotaba las manos con 
desesperación y daba vueltas y más vueltas; mientras los 
compañeros con la barba en la mano contemplaban el des- 
figurado cadáver. 

— ^Bien! dijo de allí á un rato el viejo colono. No hai que 
perder tiempo, mis amigos. Después de todo, mis amigos, 

estamos haciéndonos sospechosos: pueden vemos, y 

Pero aquel sargento haitiano, mis amigos, que pensez-vous 
de tout cela? 

I guiñó los ojos maliciosamente. 
— Yo me figuro, continuó, que es^ diablo d' haitien de- 
be andar en la danza. Estaba mui azorado ¿no es verdad? 
y tiraba con fiísil de munición, sin embargo de que la pa- 
loma no se echa por ese lado. jEh? 

Hijo, sobrino y amigo hicieron con la cabeza un signo 
afirmativo. 

— ^Pues andando, hijos, continuó. Apresurémonos á dar 
parte á la justicia, antes que nos echen el muerto á noso- 
tros ¿eh? Tú, Limval, corre, avisa al Sr. Juez de Paz y al 
Prefecto de policía, y díles lo que has visto: acompáñale, 
amigo Lovekce. Nosotros esperaremos en la casa de esas 

jíobres niñas que corro á consolar A! ah! ah! añadió 

dando ese chasquido con la lengua significativo de un gran 
pesar esas pobres niñas, bon Dieu! 

I el viejo Sorapur, con la cabeza entre las manos y su 
escopeta á la espalda que enganchó en el brazo sin ver que 
torcía el pescuezo y deformaba un par de señuelos, fuese 
camino adelante, seguido de su hijo. 

Desembocaron, pasando por la franqueada puertr 
tranquera, en el limpio ó espacio rodeado de arboledas 
eo que estaba la casaquinta. Todo aquello respirab? 
profunda paz, poesía pura: alborotaban en torno las aveci- 
cas, se abanicaban coquetamente con su follaje el zapote 
que estaba junto al pozo y los mameyes del fondo; y en el 
corral el averio gritaba que se las pelaba parece que por 
faltarles el grano que la blanca mano de las niñas solía su- 
ministrarles; huérfanas palomas domésticas ^saltaban y re- 



LAS TÍRGENBfS DE GALINDO. 247 

voloteaban impacientes de ver á sus bellas amitas y aun de 
comer en la palma de sus manos el arroz y el maíz picado 
con que tenían costumbre de regalarlas. 

Grato sitio a fe aquel, mas en medio á pavorosa sole- 
dad de muerte. 

La puerta de la casa había quedado entornada. 

Por el camino iba Monsieur Sorapur recapacitando el 
modo que tendría para dar la cruel noticia á las jóvenes; y 
aun allá en sus adentros se proponía llevárselas consigo, 
porque era caritativo por demás. Afirmábase en su reso- 
lución, cuando hete aquí que los perros olfatean nueva san- 
gre, la que teñía la grama cerca de la casa, y ladran furio- 
samente. 

Acercóse el antiguo colono francés, y vio aquello. Li- 
rios trcmchados yacían á uno y otro lado, la grama esta- 
ba surcada como por cuerpos que son arrastrados, y man- 
chas extensas de sangre se dibujaban sobre el fondo verde 
como siniestra aviso de algo terrible acabado de acontecer. 
Acá y allá girones de ensangrentadas telas, cabellos arran- 
cados de cuajo. Sigue el francés la huella de tanta devas- 
tación y nota que va á dar al pozo. Examina el brocal y 
ve tintas en sangre sus piedras, así como los heléchos que 
crecen en su boca, en los cuales ha quedado sujeto y flotan- 
te un pedazo de tela blanca ó algiín pañuelo. 

Monsieur Sorapur permaneció inmóvil y con la boca 
abierta. Pasóse una mano por la calva frente, y apenas si 
podia dar crédito á lo que presentía en vista de tales elo- 
cuentes señales. 

Su hijo corrió á la casa y volvió trémulo. 
— ^No hai nadie, dijo. 

El viejo colono se plantó de un salto en ella y quedóse 
como petrificado en el umbral. 

Lo que allí se veía eran las recientes huellas de la lu- 
cha que con sus verdugos habían sostenido las Vírgenes de 
Galindo: muebles derribados, vasos rotos: tan solo queda- 
ba en pie la mesita en que leia Águeda con el libro abierto 
aun en la página en que se hallaba cuando se alarmaron 



250 CC^AS AfÍEJAS. 

que irían donde el Señor Arzobispo á proponerle tocar ro- 
gativas en desagravio de la inocencia ofendida. 

En el seno de las familias habla llantos y pavorosa 
consternación. 

Los parientes de las victimas gritaban sin consuelo. 

Como á las dos de la tarde, momento después de ha- 
ber traído las nuevas los mensajeros de Mr. Sorapur, una 
vecina de por la Merced conversa&a en la puerta de su mo- 
rada con un individuo de su amistad, quien le daba noti- 
cias del suceso, y parece que estaba escaso de ellas, ase- 
gurando á su interlocutora que habían encontrado \\n hom- 
bre muerto' en el camino de Galindo y se ignoraba quién 
era; lo que demuestra que fué realmente el vido colono 
francés el primero que encontró con el cadáver, le recono- 
ció y dio parte. 

— ^Pero, decía el hombre, es más que probable que los 
fautores de ese horrendo crimen hayan sido franceses (fran- 
ceses les decían y dicen aún á los de allá ábajOj esto es, el 
Occidente.) 

— ¡Júrelo Ud! reponía la vecina con calor y gesticulan- 
do. ¿Quién puede aquí cometer hechos así, en un camino 
público? Nosotros no estamos acostumbrados a ver 6ar- 
harismos iguales. Pero desde que llegaron ésos 

A la sazón, un haitiano que vivía enfrente, y habla re- 
sidido largo tiempo en San Juan de la Maguana, llamó la 
atención de la vecina, pues oyó algunas frases de la con- 
versación. 

— ^Vecina, vecina, díjole un tanto amoscado, ¿qué cree 
Ud? Como pueden ser franceses Ioj» asesinos de ese hom- 
bre, pueden también ser españoles ¿está Ud? (Españoles ó 
blancs pagnols llaman los de Haití á los dominicanos). 

La vecina hizo una mueca desdeñosa y de duda. 

El que hablaba con ella se quedó mirando al intruso 
y dijo sentenciosamente meneando la cabeza con malicia: 
— r¡Ya empiezan, ya empiezan á hacer de las suyas! 

El fiel mastín de D. Andrés Andújar había permane- 
cido toda la noche al lado del cadáver de su amo, gimiendo, 



■ muji" 



LAS vírgenes de O^LINDO. 251 

lamiéndole las heridas, y alejándose un poco en dirección 
<le la casa, volvía á su amo con el pelo grizado y el rabo 
entre las piernas. 

Amaneció Dios, subió el día, abrasó el sol, y fatigado 
y hambriento el animal, su infalible instinto le sugirió que 
su amo no se levantaría ya más de allí, porque la frialdad 
y rigidez de sus miembros le decían que estaba muerto y 
bien muerto; mientras que las niñas estarían aguardándole 
con impaciencia y acaso habrían pereci<lo también á manos 
de aquellos salvajes. 

Todo esto pensamos nosotros que discurriría el perro, 
porque dígase lo que se quiera, los animales han de tener 
su poquillo de entendimiento, así, embrionario y todo. Es 
el caso que, dando el noble animal una ultima mirada tris- 
te y larga á su pobre amo, bebiéndose los vientos arrancó 
camino adelante, voló, saltó por sobre los derribados palos 
de la puerta tranquera, llegó á la casa, dio vueltas por ella, 
olfateó la sangre y el ambiente de sus amitas, y fué y puso 
las patas delanteras en el brocal del pozo, empezando a la-» 
drar mucho con modulaciones como gemidos y sollozos, ' 
pasándosele horas en esto; y luego, dejando caer sus patasí 
al suelo con lentitud y desaliento, fuese con la cabeza baja, 
cual si hubiese sufrido las emociones mismas que una per- 
sona en presencia del cuadro desolador de seres queridos 
que han desaparecido súbita y trágicamente. 

El perro tomó con tristeza el camino de la ciudad con 
la cola entre las piernas y el azoramiento en la cara. 

Era un perro de raza, grande y de color rojo ó ba- 
rroso. 

Parece que acompañaba siempre á las niñas á la ciu- 
dad, según apuntamos, cuando no estaba el padre en la po- 
blación. 

Llegó á la puerta de las señoras Acevedo, acaso en el 
momento mismo en que Monsieur Sorapur subía á Galin- 
do y descubría las huellas del asesinato de D. Andrés An- 
dújar y sus hija% y como la puerta estaba cerrada por ser 
aún hora de siesta, púsose á gemir y á arañarla. 



252 COSAS AÑEJAS. 

Acababa la familia de hacer su castiza y abundante 
. comida de las doce, y según la costumbre sacramental, dis- 
poníase á acostarse á dormir la siesta, después de haber re- 
posado aquella más de una hora, y aun ya había quien de 
ellos estuviese recogido, cuando llegó á sug oídos el extra- 
ño ruido. 

Asomóse á la ventana Candelaria, pues era ella; y cuál 
no fué su sorpresa al reconocer el perro de D. Andrés An- 
diíjar! 

¡El perro solo cuando no venía á la casa sino acompa- 
ñando á las tres jóvenes! ¡No podía aquello menos de ser 
un mal augurio! 

— ¡Dios mío! el perro ! exclamó la buena mujer yen- 
do precipitadamente á abrir. ¿I las muchachas? añadió- 
dirigiéndose al animal como si pudiese comprenderle ¿no 
han venido contigo las muchacliasl decía doblando hacia 
adelante el cuerpo é interrogando con inquietos ojos al 
mastín. 

Este miró tristemente ala anciana, metió otra vez el 
rabo entre las piernas y fué á f^azaparse miedosq.-tlebajo 
de una silla. 

— ^Vida, gritó Candelaria con angustiada yoz. Ven, oiira 

al perro de las muchachas. Pero ellas no vienen y ese 

animalito de Dios parece que tiene algo. Está azorado. 
Tampoco ha podido venir en pos de Andrés, porque según 
parece él no ha venido hoi á la ciudad, cuando no ha pasa- 
do por aquí ¡Ai Dios mió! exclamó la buena mujer 

poniéndose las manos en la cabeza y dando vueltas por la 
sala, presa de cruel presentimiento. ¿Si habrá sucedido al- 
guna desgracia? 

— ¿Qué desgracia va a ser esa, mujer? decía la hermana, 
la de los apostrofes crudos á D. Andrés, que acudió en el 
acto. Ven acá, dijo llamando al animal castañeteando los 
dedos. 

El perro la miró con igual tristeza que á la otra seño- 
ra y dio un gemido agudo y prolongado, una especie de 
aullido. Luego salió de donde se había metido, divagó por 
toda la casa, y tornó á asilarse debajo de otro muebel. 



LAS VÍRGENES DE GALINDO. 253 

— ¡Misericordia! exclamaron entonces á dúo las dos her- 
manas, tirándose de los pocos mechones grises de pelo que 
les quedaban. Efectivamente algo ha pasado, algo ha pa- 
sado, gritó la llamada Vida con angustia Rafael, Juan 

de la Cruz, Diego! prorrumpió llamando a los hombres de 
la casa, que se esperezaban en sus hamacas. 

La casa se volvió una babel á partir de aquel momento 

Oyéronse luego llantos reprimidos y gritos ahogados. 

¡Ni imaginar podían aquellas mujeres que cupiese des- 
gracia alguna á sus queridas niñas Águeda, Anita y Mar- 
celina! 

Sin embargo, el presentimiento cruel de inmensa des- 
gracia no las dejaba sosegar. 

Los rumores de haberse encontrado un hombre asesi- 
nado en el camino de Galindo y que débilmente habían co- 
menzado á esparcirse desde las dos de la tarde, ó poco an- 
tes, debido á las primeras noticias traídas por los compa- 
ñeros del cazador francés, esos rumores, digo, fueron toman- 
do cuerpo y acabaron de adquirir, con el testimonio de Mon- 
sieur Sorapur y compañeros, las proporciones desoladoras 
de la terrible realidad. Así llegaron y penetraron con im- 
placable saña bajo el tranquilo techo que abrigó la infan- 
cia de las Vírgenes de Galindo, allí en aquella casa que to- 
dos podemos contemplar aiín y que no ha sufrido mutación 



Entonces los llamados Rafael y Juan de la Cruz Ace- 
bedo y Diego Quero se acompañaron con quien quiso se- 
guirles y pusiéronse en marcha para Galindo, pasadas las 
dos de la tarde, cuando Monsieur Sorapur y los suyos se 
hallaban todavía en la quinta. 

En el camino tropezaron con el cadáver del padre que 
rodeaban algunos curiosos, pero que nadie osaba mover, 
porque la señora justicia de ultra-fronteras aun^ no había 
creído conveniente amanecer por allí. 

Siguieron desolados para la estancia^ atestado ya 
el sendero por personas que hacían esa peregrinación con 
los ojos húmedos y los cabellos erizados, en religioso si- 
lencio. 



254 COSAS Aft£JA9. 

Vieron los surcos en la grama, la sangre ennegrecida 
en ellos, las hormigas chupándola, los lirios tronchados, los 
girones de vestidos, los cabellos enredados en las yerbas, 
el pozo barreteado de rojo color, el flotante pedazo de tela 
blanca, y los bultos de los cadáveres de las pobres niñas 
allá en el fondo. 

Jadeantes entraron en la habitación. ¿Qué vieron? 
Las mismas señales de la lucha impresas allí que vio 
el anciano Monsieur Sorapur, y la mesita, el libro, el 
tintero, la pluma y el billetito principiado; todo lo cual re- 
cojieron con respeto, como miembros que eran de la fami- 
lia, pues esas reliquias servirían de triste recuerdo de las 
que fueron las Vírgenes de Galindo. 

Además, uno de ellos, recojió á la entrada un rizo de 
pelo y una peinetita de las que se usaban eiltonces llama- 
das á la honibée^ y que debió desprenderse del peinado de 
Águeda. 

Imposible pintar el dolor de las buenas mujeres á la 
vista de aquellas reliquias, y cuando se les confirmó la vio- 
lenta muerte que sufrieron sus queridas niñas. 

¡I allí fué el comparar su martirio con el d& Santa 
Justina y con el de Santa Filomena y otras mujeres de 
la historia, y allí el maldecir, lamentándola, de la temeri- 
dad de D. Andrés Andujar por no haber sacado á sus hijas 
de aquel monte, y renegar de la hora de la infausta inva- 
sión haitiana, y el arrojarse por los suelos, y el llamar la 
muerte, y el clamar venganza á los justos cielos! 

Luto hubo y desolación también en casa de Doña Ja- 
cinta Cabral, quien quería á esas niñas como hijas de sus 
entrañas. 

Fué, en suma, un día de juicio para la ciudad entera. 

Desde entonces, el fiel mastín se quedó eu la casa de 
las Acebedo y recibió el nombre asaz expresivo de Te escch 
pastCj por haber salido bien librado y en memoria del tris- 
te suceso. 

Los comentarios en tanto menudeaban y las sospe- 
chas recaían naturalmente sobre haitianos. 



LAfl TIBOEKES DE OALINDO. Í5Í 

VII. 
DE TRISTIBUS 



Eran la» seis de la mañana del día 31 de mayo de 1822 

El cadáver de D. Andrés Andujar, yacía tendido aun 
en medio del sendero, y allá, en el fondo del pozo de la 
quinta los despedazados troncos de sus tiernas infortuna- 
das hijas. 

Multitud de pueblo hervía en derredor de los tardos 
ministros de la lei qué con lentitud de tortuga se dignaban 
moverse entonces en demanda de las huellas de tan insóli- 
to crimen. , 

Era una como procesión que, saliendo por la puerta 
de San Diego, cubrió el camino del Alto de Galindo. 

Iban en la comitiva hombres forzudos provistos de grúas 
y cordajes. 

^ Instalados los jueces y autoridades en el lugar del si- • 
niestro, después que de paso examinaron y recojieron el 
desfigurado cadáver del padre de las niñas, reconocieron 
las manchas de sangre, asi como las señales del homicidio 
sobre el brocal y dentro del pozo, reunieron los pedazos 
de tela y los cabellos que había esparcidos, levantando el 
acta correspondiente; y por último, ordenaron que se pro- 
cediese á la extracción de los cuerpos de la húmeda y hon- 
da sepultura que les dieron los desalmados verdugos. 

Ya era tiempo, porque las emanaciones pútridas se 
empezaban á notar, y zumbaban los moscones formando 
asqueroso enjambre. 

La ansiedad y el horror se apoderaron de los circuns- 
tantes. 

Atáronse las poleas, dispusiéronse las grúas, enjareta- 
ron los fuertes cables, y un hombre, atado por la cintura, 
se balanceó en la oscura boca del hondo cilindro y des- 



236 COSAS AÑEJAS. 

apareció, mientras otros iban arriando soga. 

Diez, veinte, treinta minutos de anhelante espectati- 
va. El cable se movía convulsivamente como si debajo a- 
tasen con fuerza alguno de los cadáveres, y por fin se dio 
desde el profundo la voz de ¡hala! 

Vigorosamente tiraron de la cuerda los de arriba. 

Sobre la boca del pozo apareció una cosa informe ata- 
da al extremo. 

Un grito de horror se escapó de todos los pechos. 

Depositaron aquello en el suelo. 

Era un tronco humano envuelto en desgarradas ves- 
tiduras interiores femeniles á trechos tintas en sangre. A- 
cercáronse todos y vieron con espanto que faltaba una pier- 
na á aquel cuerpo, y que la sangre y los revueltos, largos 
y castaños cabellos cubrían el rostro. 

Separaron los cabellos y limpiaron la sangre, y la faz 
cadavérica de una joven bellísima apareció á las atónitas 
miradas. 

Casualmente el operario había acertado á enviar el ca- 
dáver de la mayor de las tres ninas. 

Aquellos informes despojos, mutilados por la barba- 
rie, profanados después, según se afirma, por la brutalidad 
de unos monstruos, era lo que restaba de la interesantísima 
Águeda Andújar. 

De los que estaban más próximos, y limpiaba con 
febril emoción con su propio pañuelo el rostro inconocible 
de ia infortunada niña, era uuo aquel Rafael Acebedo, que 
era su prometido, y en la noche de la tertulia de Doña Ja- 
cinta Cabral en que le vimos, le hablaba de amor con en- 
tusiasmo. 

Al descubrirse la faz agraciada de Águeda en la cual 
parecía que un sol acababa de eclipsarse, Rafael hizo abun- 
doso llanto, y se inclinó á besar la mustia frente, extremos 
de dolor en que hubieran querido acompañarle los presen- 
tes: tan conmovidos se hallaban! 

Continuaron sacándose informes cuerpos, y cada vez 
que salía uno y se balanceaba en el espacio, mirando que 



LAS vírgenes de galindo. 257 

eran de criaturitas, desencajábanse los ojos, crispábanse los 
puños y murmullo de horror se esparcía como hálito enve- 
nenado por todas partes. 

La emoción producida en los circunstantes no es fácil 
de describir. 

A la natural compasión uníase sorda ira reconcentra- 
da, creídos como estaban de que los perpetradores eran 
haitianos, porque el instinto infalible del pueblo había se- 
ñalado uno, dos ó más entre ellos,, ira que era fermento 
del odio de una raza hacia la raza eneiniga eterna del nom- 
bre quisqueyano, y á la vista de aqtiellos cuerpos medio 
corrompidos ya, hirvió en los pechos de los circunstantes 
la hiél con que amasó tal levadura el patriotismo sublevado 
igual espectáculo que recordaba la degollación de Moca 
y de millares de hermanos nuestros inmolados por los ván- 
dalos de Occidente; y que desde aquel momento mismo se 
sintió hondamente herido en la persona de aquellas tres 
inocentes víctimas. 

Nadie sospechó entonces que semejante iniquidad con- 
llevase primero la ruina de la sociedad dominicana con la 
emigración de nuestras más distinguidas familias y precla- 
ros ingenios, que apresuró, si no determinó enteramente 
aquel hecho, pues nadie se creyó seguro, y después la lu- 
cha de los dos pueblos de la isla, titánica, secular, á muerte. 

Tanto es así, que no hai episodio más conmovedor, 
página más elocuente, leyenda más popular, testimonio más 
vivo y símbolo más caracterizado de la línea moral diviso- 
ria y del abismo que separa á este pueblo del de Haití, asi 
como del odio intenso que por Haití apacientan los domi- 
nicanos. 

En lo que verificaban la extracción de los cuerpos, la 
muda, que se había refugiado desde la aciaga hora del cri- 
men en los montes, subida en un mamei copudo, se prer 
sentó allí, causando nuevo y extraño efecto en los que pre- 
senciaban estas escenas, y con gestos desesperados indicó 
al Juez que, uno de los asesinos llevaba galón al brazo y 
dando además á entender el ultraje hecho al pudor da las 
víctimas. 



258 COSAS AÑEJA». 

Terminada la triste operación, recojidos los miem- 
bros y puestos los mutilados cadáveres de la** infelices ni- 
ñas junto con el del padre ¡tan inútilmente esperado por 
ellas la infausta víspera! sellóse por el Juez de Paz la casa 
y se emprendió la fúnebre marcha en religioso silencio, no 
interrumpido á veces sino por las furiosas protestas de los 
exaltados. 

¡Primeros ímpetus patrióticos del pueblo recién inde- 
pendizado de sus mayores y ^recién pisoteado por una se- 
diciente nación bárbara! 

La muda iba delante de las andas retorciéndose los 
brazos de dolor. 

La comitiva echó por la atarazana y entró por la puer- 
ta de este nombre, encaminándose hacia la iglesia de Santa 
Bárbara. 

Salían á ventanas y puertas las ^desoladas mujeres, cu- 
briéndose el rostro horrorizadas al pasar los sangrientos 
despojos de toda una familia. 

Las campanas del templo empezaron á doblar. 

Grita inmensa y clamoreo se levantó por toda? partes: 
los sollozos estallaban y corrían las lágrimas de un pueblo 
entero. 

¡Oh día terrible! 

A la puerta de la iglesia, el venerable Padre Euíz es- 
peraba revestido, rodeado de acólitos, y con cruz alzada. 

El fúnebre tañido de las campanas vibraba en el es- 
pacio; dentro del templo rompía el canto solemne del Dies 
ircB; caía el agua lustral sobre los cuerpos de las víctimas; 
y el incienso en espirales densas envolvía los sangrientos 
girones de sus vestidos. 

Descubiertas las cabezas, lloraban los hombres y so- 
llozaban las mujeres; y las maldiciones brotaban del fondo 
de los corazones como lavas reprimidas de volcán hirviente. 

Señalábanse allí el amante de Águeda, que se deses- 
peraba, y las señoras Acebedo y D^ Jacinta Cabral, las 
cuales sufrieron vértigos y desmayos. 

• Abierta estaba la amplia fosa que debía recibir los res- 



LAS vírgenes de galindo. 259 

tos de las Vírgenes de Galindo y de su infeliz cnanto cul* 
pable padre, en el mismo patio de la iglesia, que se recor- 
dará era cementerio. Uno después de otro allí cayeron, y 
todos se disputaron el triste deber de arrojar una palotada 
de tierra sobre ellos. 

Cuando se echó la última, la muda se sentó sobre el 
montículo que íormaba la tumba, y metiendo la cabeza en 
las rodillas empezó a sollozar. 

No faltaba allí más que el fiel mastín para completar 
el cuadro. 



VIII. 



el juicio. 

A raíz de la ocupación haitiana, mayor gravedad reves- 
tía el suceso inaudito de Galindo, máxime señalando la o- 
pinión, como señalaba, á haitianos por principales fau- 
tores. 

Así es que el gobierno intruso trató de echar tierra al 
asunto, según dicen, y tarda anduvo la justicia en averiguar 
semejante crimen. 

Pero existia un testigo ocular, que aunque privado del 
habla, clamaba tenazmente en su lenguaje por venganza y 
reparación. 

Corre válido que para satisfacerla, el gobierno ordenó 
una parada de las tropas de la guarnición en la plaza de •la 
Catedral, á fin de que designase á los culpables, y que la 
muda aulló al ver al sargento que había encontrado Mon- 
sieur Sorapur fingiendo que cazaba en el camino de Galindo. 

Condujéronla, dicen otros, al tribunal del Juez de Paz, 
que residía en una casa cita en la esquina Sudeste entre las 
calles del Arquillo y del Estudio á una cuadra de la Ca- 
tedral. 



260 COSAS AÑEJAS. 

Era el Juez aquel Meso Javier Cruz, uno de nuestros 
tipos populares más notables. 

Allí diz que le presentaban uno á uno los militares de 
la guarnición haitiana, parece que pertenecientes á las tro- 
pas acantonadas en el ex-convento dominico, y ella, aullando 
como desesperado can, señaló a un sargento que más ade- 
lante conoceremos y á otro soldado. 

Mas sea esto ó no verosímil, la justicia obró mui de 
otra manera. 

Estamos en pleno tribunal. 

Va á tener lugar la vista de la causa de los presuntos 
reos del crimen de Gralindo, y la multitud se agolpa desde 
temprano en aquel lugar. 

Los graves Magistrados, en sus cúrales, el Comisario 
de Q-obierno, que hace veces de ministerio publico en la 
suya, y el greffier^ ó Secretario, aguardan á los acusados. 

Allí está ya la muda, la doméstica Isabel, como reza 
el único documento que existe de esa ruidosa causa. 

Está vestida de luto, llorosa, impaciente, y gesticula 
con furor. 

— ¡Ya vienen! ¡ya vienen! claman cíen voces fuera del 
recinto del tribunal. 

I en efecto, con lujo de fuerte escolta preséntanse cua- 
tro hombres, algunos de faz patibularia, y ocupan el ban- 
quillo de los acusados. 

Todas las miradas se fijaron curiosamente en ellos; y 
siguió un murmullo poco satisfactorio. 

No estaban allí los que la opinión señalaba, pues 
ninguno de los reos era haitiano. 

^ Sin embargo, esperaron á ver en qué paraba aquello 
que juzgaban miserable engañifa y rain comedia. 

Llamábanse los reos Pedro Todos Santos Cobial, Ma- 
nuel de la Cruz, Julián Mateo y Alejandro Gómez. 

Empezó el juicio. 

El proceso, que era voluminoso, fué leído a los reos 
de vtT%o ad verhi en medio del religioso silencio. 

Luego se les interrogó; pero nada se sacó en limpio. 



LAS vírgenes de galindo. 261 

El Presidente indicó á la muda que si reconocía en 
ellos á los asesinos de la familia Andujar, y con gestos de 
horror y movimientos afirmativos de cabeza reiterados, "de 
un modo claro y perceptible", dio á entender que ellos 
eran. 

Recuérdese que la muda estaba dentro de la casa, que 
había luna clara, que se subió á un mamei cercano desde 
donde pudo distinguir bien lo que pasó, y que los asesinos 
se eotretuvieron bastante en la operación de desmembrar los 
cuerpos de las víctimas y arrojarlos al pozo. Por eso, no 
era fácil que se equivocase la muda al señalar á aquellos 
miserables como fautores, y es lo probable que así fuese; 
pero ella también había señalado ya desde el principio, y 
continuó señalando á un individuo militar (indicando que 
llevaba galón al brazo) y á otro más; y consta que en los 
primeros días de la ocupación no había otros militares en 
servicio que haitianos. 

¿Por qué pues no estaban entre los presuntos reos a- 
quellos dos? 

Para todos era evidente que el gobierno intruso, por 
no convenir á su política, alejaba la culpabilidad de sus na- 
cionales: asi es que el tribunal, obrase como obrase, en 
tanto que tenía cuidado de hacer notar que la muda acusa- 
ba a Cobial y comparsa de un modo claro y perceptible^ no 
hacia caso ni poco ni mucho de las indicaciones de la mu- 
da respecto de otros^ no obstante sus reiterados gestos. 

El público no estaba por consiguiente satisfecho, y 
por su parte los reos negaron en regla. 

Seguidamente los defensores leyeron sus conclusiones^ 
y los acusados se defendieron también como pudieron. 

Pasaron los jueces á deliberar; haciendo antes que con- 
dujesen los reos a su prisión. 

Digamos algo de estos miserables. El Cobial y el 
Cruz tenían malísima fama: eran compañeros inseparables, 
de condición relajada y "notados de ladrones", según la sen- 
tencia. Del primero se decía que había sido ya homicida, 
é instigador para una revolución contra el bárbaro domifiía* 



262 COSAS AÑEJAS. 

dor; y en cuanto al Craz, amaneció con la camisa llena de 
sangre después del líltímo día de pascua, en que se supo- 
nía cometido el necho; lo que disculpó él diciendo que era 
efecto de una pequeña herida en un dedo. 

Consta que Cobial, Cruz y Gómez se reunieron en la 
noche del ultimo día de pascua en la calle del Conde y sa- 
lieron así afuera; y apremiados para que dijesen dónde ha- 
bían pasado las últimas noches de los días de Pentecostés, 
en que se suponían verificados los múltiples crímenes de 
Galindo, incurrieron en manifiestas y maliciosas contra- 
dicciones. 

Había en la danza un caballo robado en la misma quin- 
ta teatro de semejantes acontecimientos, que ^^amaneció en 
casa de Cobial", y que aparecía ya en poder de uno, ya de o- 
tro de los culpables, y que por fin se dijo que un José María 
(que debió un ser un tal E — que después conoceremos) 
era el que lo había vendido á Pedro Todos Santos Cobial- 

Pudo ser, porque, según se verá al fin, el tal E 

era de los principales de la partida, y a quien hemos pre- 
sentado caprichosamente en el conciliábulo del cuartel. 

Faltaba saber si ese caballo era el mismo que monta- 
ba D. Andrés Andújar, lo cual no es difícil. 

Además, Cobial, Cruz y otro se presentaron en la casa 
deunseñor Manuel Alonso Abreuá quien acecharon para 
matarle á fin de que ^'nolo descubriese" (á Cobial) arma- 
dos de sables, cuchillos y pistolas, como ellos mismos lo de^ 
clararon. 

Con tales dudas, vacilaciones y ^'ansiedades", y á pe- 
sar de ellas, aunque no aparecía 'aprobado de un modo le- 
gal que ellos han sido los autores del asesinato de Andujar 
y su familia, los indicios y circunstancias que obran en su 
contra son tales que persuaden^' leyóse la tan esperada sen- 
tencia. 

Por ella se condenaba á Pedro Todos Santos Cobial y 
Manuel de la Cruz á diez años de reclusión, y á Alejandro 
Gómez á cinco años de trabajos pil'oücos, y que el proceso 
siguiese su c^irso contra el ausente José María en rebeldía 



LA8 VIBGENES TfB OALINDO. 263 

y contumacia; y en cuanto al í^ulián Mateo, que era parien- 
te político de D. Andrés Andujar, y gracias á que la muda 
ó la doméstica Isabel (que era la brújula en este asunto 
siempre que de haitianos no se tratase), manifestó en el jui- 
cio clara y terminantemente que no tuvo parte en el hecho, 
se le condenó á dos años de trabajos públicos. Púsose a- 
demás en libertad á una María Josefa que vivía en casa del 
Cobial, y contra quien se presumía complicidad. 

Cualquiera ve que el tribunal obró desacertadamente. 
Si como jueces de derecho, ellos mismos declaran que no 
estaba probado "de un modo legal", y entonces, si acaso, 
no procedía aplicar más que penas correccionales; si como 
Jurado, ó jueces de hecho, que era, según las trazas, del 
modo que estaba constituido ese tribunal, no había la con- 
vicción suficiente aunque un solo testigo depusiese (que le- 
galmente no era tal testigo), para condenar á rigurosas pe- 
nas criminales á lo menos á Julián Mateo, á quien á pesar 
de salvarle la muda y de todo, se le aplica pena aflictiva é 
infamante, cuando en el hecho y en derecho procedía su 
absolución 

En resumidas cuentas, es el caso que no hubo prue- 
bas, ni siquiera el conjunto, de indicios vehementes que 
pueden llevar la convicción al ánimo del juez y constituir 
asi una prueba legal, conforme á la doctrina jurídica, á pe- 
sar de "los indicios y circunstancias que persuaden" invo- 
cados por el tribunal; y por tanto, el pueblo no hizo gran 
caso de estos presuntos reos y se quedó firme en sus trece 
creyendo que, si no todos, haitianos tenían que ser los prin- 
cipales fautores de la tragedia de Galindo, y en este su- 
puesto y general creencia se basa la tradición de las Vír- 
genes de Galindo, que ha servido, según ya significamos, 
de tema y medida del odio de nuestra raza hacia la que 
ocupa los límites occidentales de la isla. 

Algo ó mucho de eso habrá. 

I de que hubo indignos hijos de este suelo, asesinos 
vulgares, en el negocio, los hubo indudablemente. 

Acaso se quiso envolver en sombras semejante crimne 



264 COSAS AfiEJÁS. 

por los interesados en ello; y así es que el misterio encubre 
aun á los verdaderos perpetradores de él. 

Mas el instinto del pueblo es infalible; y puede que no 
se equivoque. 



IX. 



EPILOGO. 



Una tarde iba á caballo por la calle del Tapado (hoi 
San José) un hombre de color, negro pur sang^ grueso y 
bajetón. 

Era haitiano y vestía uniforme de capitán de artillería. 

Distraído andaba; y al bruto se le antojó encabritar- 
se en mitad de la calle que parece un barranco por las al- 
tas aceras, socavado piso y mucha y removida arena, obra 
de los torrentes que cuando llueve bajan por ahí al mar. 

Era ginete sin duda el mané; pero el diablo del ani- 
mal se había propuesto ese día hacer una de las suyas, y 
el hombre, parece, estaba de mala] es el caso que, cabrio- 
las van y cabriolas vienen ¡paf! arrojó á su amo de un bote 
formidable contra las paredes de las casas. Mas él, lejos 
de quedar hecho una masa inerte, se levantó por sí mismo 
con bastante ligereza limpiándose el uniforme. 

Acudieron en su socorro los vecino», aunque mané y 
todo, y una señora le ofreció agua; pero el capitán, con la 
jarodiada cortesía francesa que han heredado los seudo- 
laitianos, aseguró que aquello no era nada, y para probar- 
o, agarró al caballo por la brida y le dio xm^ fuetiza en re- 
gla, después de lo cual, montó de un salto, y saludando á 
los embobados vecinos, castigó también con la espuela al 
animal que arrancó calle arriba. 

Pero esto no era más que un alarde. 

El capitán volvió en seguida á casa, mas sin poderse 
mover de la silla, siendo menester apearle. 



LAS VÍRGENES DE GALINDO. 265 

Este tal se llamaba L- . . .y era conocido por el capi- 
tán L 

Vivía en el extremo de la calle dicha, á la izquierda, 
viniendo del norte, que antes era un yermo frente al mar, 
y donde había un pequeño bohío, lugar conocido entonces 
por El jardín de Laferrier^ y más tarde por El jardín. 

Asaltó pues á nuestro capitán grave quebranto, y em- 
peoró de tal suerte, que pronto se desesperó de galvarle. 

Padecía horribles delirios; y hacía gestos angustiosos 
como si apartase de sí algo. 

— ¡Quítenme de ahí esas niñas! {quítenmelas! balbu- 
ceaba el enfermo. 

Su esposa, buena mujer, creía que aludía á la Virgen, 
y naturalmente llegó á figurarse que su esposo moriría 
cuando menos en olor de santidad con tan beatífica visita. 
Referíalo así; pero el pueblo empezó á sospechar fuer- 
temente que lo que perseguía al haitiano era las sombras 
de las inmoladas Vírgenes de GalindOj cuyo principal verdu- 
go había sido él, según los rumores que desde un princi- 
pio habían corrido. 

Hízose pues general la sospecha, y todo el mundo a- 
cudía al Jardín. 

— ¡Son las Vírgenes de Galindo que se le aparecen! co- 
mentaban todos. ¡Gran pecador será él para que Nuestra 
Señora vaya á visitarle, segiín dice su mujer! añadían con 
visible disgusto. 

No hai que decir que el digno capitán L , sargen- 
to en la época del asesinato, murió en pocos días, llevando, 
se el secreto de su crimen, si como indicaba la vox populi- 
él había sido el principal fautor, el mismo que hemos in- 
dicado en la narración. 

Se cree que todo el que la hace la paga, y que aun es- 
tando en este bajo suelo, que dicen los poetas, comienza la 
expiación, lo cual, á la verdad, no sería mala justicia si to- 
cara á tanto barba, y no se limitase luego á los más mansos 
y pobretes, asi como á los más útiles. 

Sea de ello lo qu^ fuere, había otro individuo haitiano, 



266 C0SA8 iiÍEJAS. 

sargento también cuando el suceio aquel, y en la época á 
que aludimos teniente de artillería, el cual tuTo desastro- 
so fin. 

Reuníanse una tarde para el ejercicio en los cuarteles 
de la Fuerza. 

El teniente, á quien llamaban según algunos, Conde, 
se encaminó al segundo patio, ó sea el del Arsenal, y se 
sentó confiadamente en el pretil, quizás para disfrutar me- 
jor del fresco que allí hacia. 

Por mal de sus pecados parece que se durmió, porque 
sin saber cómo se cayó de espaldas. 

Acudieron, le sacaron, y vieron que, á más de una 
grande herida, tenía partido el coxis. 

Condujéronlo al hospital más muerto que vivo. 

En el hospital muríó comido de gusanos el infeliz te- 
niente. 

A este otro también le había señalado el pueblo con: o 
asesino de las Vírgenes de Oalindo. 
— ¡Justo castigo! decían. 

I ya iban dos. 

Algo de cierto envolverían tales acusaciones, porque 
varios testimonios hai de que al menos dos haitianos esta- 
ban en la danza, aun cuando se afirma de igual manera que 
la mayor parte era gente mala del pías, de los alrededores 
de Galindo ó bien de esta ciudad. 

Sólo que, mientras fué por un lado empeño del gobier- 
no intruso echar toda la culpabilidad á los nuestros, por o- 
tro el pueblo señalaba únicamente á los haitianos, mui en 
singular á esos dos militares, trágicamente muertos. 

Hai versiones de que no fué en la Fuerza donde pe- 
reció el segundo de estos, sino en su morada que quedaba 
en un gran edificio frontero á la puerta de esos cuarteles, 
^esquina Este, ayer en ruinas, y donde hoi reside la logia 
''LaFé n? 7". Dícese que entró ebrio, y encaminándose ha- 
cia un lugar, se encaramó en el brocal del pozo, y cayó. 

Pero en el uno ú el otro pozo, pozo fué el qne se tragó 
al segundo de los señalados, y comido de gusanos murió. Hai 



LAfl vírgenes de galindo. 267 

quien diga que se volvió loco, y se golpeaba contra el 
cepo. 

Corría el año de 1855. 

Dos jefes de alta graduación, D. José Joaquín Pue^ 
Hoy D. Juan E. Aybar, general el primero y coronel el se- 
gundo, iban un día camino de Moca, en el Cibao. 

Llevaban orden de reorganizar el ejército. 

Una vez en la villa, que se distingue por su mucha cul- 
tura y espíritu progresista, procedióse á revistar tropas. 

Entre los revistados, ó que se presentaron, habla uu 
hombre que sin saberse por qué, se recataba un poco, ba- 
jando hasta los ojos el sombrero de anchas alas que lle- 
vaba. 

En la lista militar, aquel hombre respondía por el 
nombre de Rodríguez. 

En una de las revistas, paróse por delante de él D. 
Juan E. Aybar y le 'preguntó del mismo modo que á los 
demás: 

— ¿Cómo se llama Ud? 
— Rodríguez. 

— Oh! exclamó asombrado el coronel ¿Ud. no se llama E? 
— No señor, contestó en tono resuelto el interpelado, pa- 
lideciendo intensamente. 

E hizole una señal de inteligencia, suplicándole al mis* 
mí) tiempo en voz baja que no lo descubriese. 

No sabemos si dina el motivo; y parece que el coronel 
Aybar quiso ser mui condescendiente, ó alguna razón ten- 
dría para no comprometer á aquel hombre, quizás ignoran- 
do sus hechos. 

¿Quién era el supuesto Rodríguez? 

No era natural de Moca, y allí se había aparecido á 
raíz del desdichado drama de Galindo. 

Su verdadero nombre era José María E , á quien 

señalamo^mui particularmente en la entrevista del cuartel 
de ex-convento dominico. 

Pocos años después, se consumaba el cobarde atenta- 
do de la anexión á España, condenada por los mismos es- 
pañoles. 



268 C0SÁ8 AÑEJAS. 

Era.á principios de mayo de 1861. 

El descontento publico se advertía ya; y así fué que 
los patriotas, restauradores en agraz, se dispusieron á pro- 
clamar resueltamente la República en aquella villa. 

El general Suero, el Cid dominicano^ como le tituló 
creemos que La Gándara por su valor increíble, mandaba 
allí, y había que pasar por encima de su cadáver para arran- 
car el pabellón extrangero de donde le puso traidora mano 
el infausto 18 de marzo. 

Presentóse audazmente entre los conspiradores, ma- 
chete en mano, sorprendió sus planes, y se trabó una tre- 
menda lucha cuerpo á cuerpo. 

Sangre dominicana fué la que primero corrió en bre- 
ga tenaz y porfiada por sostener ^unos y destruir otros la a- 
nexión española. 

El general Suero salió herido de gravedad, pero los 
patriotas tuvieron que abandonar el pueblo. 

Santana recojió tropas del Seybo, se dirigió á Moca, 
y empezó "á practicar pesquisas é indagaciones sobre el ori- 
gen y alcance de la fracasada insurrección". 

Santana, *'cediendoásus anejas preocupaciones de dic- 
tador americano, creyó que aquella manifestación del espí- 
ritu publico podía ahogarse en sangre", y decretó fusila- 
mientos despiadados. 

Entre los infelices destinados al sacrificio estaba nin 
hombre que parecía más abatido que los otros, pero sin du- 
da más bien á causa de angustias morales que por miedo. 

Noche cruel halló a los reos en capilla. 

El que hemos singularizado, yacía á la vacilante luz 
que iluminaba aquel estrecho liigar con la cabeza entre las 
manos, y como presa de remordimientos. 

Hubo de notarlo uno de sus compañeros, y le dijo un 
tanto disgustado: 

— ^¿Tienes miedo, E ? ^ 

Hizo éste un signo negativo con la cabeza, y no con- 
testó. 

— ^¿Pues qué tienes entonces? repuso el otro. Acuérdate 



LAS vírgenes de galindo. 269 

ele que somos dominicanos y vamos á morir por la Patria. 

— ¿Yo?, -balbuceó el reo ¡sabe Dios lo que me a- 

quejal 

— ¿Tienes familia, tienes hijos que dejar? le pregunta- 
ron otros. 

— Psché! tal vea, murmuró E contrariado. Pero lo 

que más me duele es algo que aquí tengo. 

I se levantó al decir esto, poniéndose una mano en el 
pecho, y comprimiéndoselo con angustia. 
Los demás se miraron curiosamente. 
De súbito, volviéndose E . . . • á sus compañeros de in- 
fortunio, y como quien toma una resolución: 

— Voi á morir, dijo, y no debo aguardar secretos crimi- 
nales. Sepan ustedes 

Los otros abrieron los ojos volviéndose todo oídos. 

— Pues sepan ustedes que yo fui de los que de los 

que mataron á las Vírgenes de Galindo 

— ¿Tú, tú! exclamaron casi con horror los demás, seña- 
lándolo con el dedo. 

¡Tanto había impresionado a todos el insólito hecho. 
— Sí, yo, señores! Hice^mal; y me arrepiento ahora. 
Acercóse luego al altarito levantado para los reos en 
el cual ardían cirios delante de un crucifijo, y allí con la 
faz torva y las manos crispadas y convulsivamente enlaza- 
das, pensó acaso en rezar por la primera vez de su vida. 

Los reos se alejaron maquinalmente de él cual si hu- 
biesen tenido á la vista un animal dañino. 

Después, vencidos sus primeros escrúpulos, reunié- 
ronse á él nuevamente para preguntarle los pormenores del 
infausto suceso, y cuando terminó, díjole uno con cierta so- 
lemnidad: 

— E , vamos á morir por la causa de la Patria, y tú 

la deshonras con tu muerte, porque expiarás un crimen. 
Pero E . . « . ¡Dios te perdone! 

— ¡Dios te perdone! murmuraron los demás. 

Al día siguiente cmn con gloria las primeras víctimas 
dé la Restauración de la República. 



270 



COSAS AÑEJAS. 



Entre ellos había sucumbido el tercero de los verdu- 
gos de las Vírgenes de Galindo, si no mienten las crónicas; 
sin embargo de que ei pueblo no le señalaba á él cómo tal, 
siendo acaso el más culpable. 

I asi dio fin el sangriento drama de Galindo. 




NOTAS, 



DRAMA HOKRKXDO O LA ÜIANOHA DE SAInGKE. 



Suministraron los datos de esta tradición los señores 
D. A. L. y D. J. A. B. La señora madre del primero la 
oyó referir á la suya, y ésta á la misma protagonist^i; y 
cuaiito al segundo, fué á su señor padre, á quien lo dijo la 
partera con todos sus pormenores, que omitió al comuni- 
carlo á otras mujeres. 

I. D. Esteban Pichardo y Tapia, dominicano nacido 
en Santiago de ios Cahalleros el 26 de diciembre de 1799, 
emigrado á Cuba de edad de año y medio, fué abogado, fi- 
lólogo y geógrafo. Escribió poesías, poéticas, novelas, in- 
formes, memorias, una obra sobre caminos de la isla de 
Cuba, un plano topográfico de la nnsma, notas cronológicas 
Ídem, un itinerario general de la isla, una geografía de la 
misma, una gran carta geo-topográfica de Cuba, aprobada 
por todas las entidades científicas y motivo de honrosas ma- 
nifestaciones del gobierno, unos Autos acordados de la Au- 
diencia de Puerto Príncipe, artículos de historia natural &, 
y trazó los planos de la bahía y ciudad de Matanzas. Desem- 
peñó comisiones técnicas, fué secretario de la Comisión pro- 
vincial del censo, y mereció un premio de la Academia de 
Ciencias de la Habana. En el íiño 36 dio á luz la prime- 
ra edición áelDicciQ^tario provincial casi razonado de voces 
cubanas del cual se hizo 2? edición en 1849, o?" en 1860 y 
4? en 1875; obra que tiene el mérito de haber sido la pri- 
mera de su género escrita en América, y útilísima. Nos 
ha parecido conveniente dar estos apuntes sobre tan céle- 
^bre dominicano por no ser bien conocido como escogida 
gloria nuestra, y haber sido el precursor de los Cuervo, 
Zorobabel Rodríguez, Pedro Paz Soldán y Unánue, (Juan 
de Arona), B. Rivodó, José D. Medrano, Rafael Uribe U. y 
otros en materia de americanismos, y citado por todos. — El 
referido autor, (Dice, 4? edición, Habana, 1875, pág. 250),^ 
dice lo siguiente: 'Tlanta perenne comunísima 



ir 

y en Baracoa piñuela; por él estilo del magüeí 6 de la zdbUa^ 
desde el suelo despide en macolla sus pencas á hojas correo^ 
sasy largas como espadas de una á dos varas y anchas de 
tres pulgadas, mas ó menos, desde su base angostando in- 
sensiblemente hasta terminar en punta, con espinas corvas 
en sus dos bordes á manera de sierras de dientes mui sepa- 
rados: cada mata echa del centro un racimo erecto, cónico, 
de frutos apiñados, tamaño del huevo de paloma, que tie- 
nen la cascara áspera y amarilla cuando maduros y dentro 
la médula blanca, agridulce, sumamente acida, que sirve 
para las lombrices. lAhmsBe pina de ratón;,, . .efectiva^ 
mente es preferida de ese animalillo que se guarece y cun- 
de en las mayas. Donde quiera que se arroja una, prende 
y se propaga, cerrando tanto y tan pronto, que por esta ra- 
EÓn y por sus cenizas se emplea para cercas ó vallados. . 
(Bomélia Pinguin), Sauvalle distingue la piñuela (Nidur 
larium karatas^ hemj. Hai otra, Morinda royoc, L, que Des* 
courtilz describe con el nombre Boioc rhubarhe.^^ 

II. Llamamos estancia á nuestras quintas de recreo 
y sitios que por lo regular dan á un camino, cerca de po- 
blado, y en que se cultivan frutales, frutos menores, y hor- 
talizas, se crían aves, se tienen algunas vacas de leche &. 
Las hai valiosas y de mucho tono entre la Capital y San 
Gerónimo, camino real. También en Cuba se da este 
nombre á haciendas pequeñas por el estilo de las nuestras. 
(V. PiCHARDO, obr. cit. pág. 143.) 

III. El mantíjLanismo era, como si dijéramos, nuestra 
antigua nobleza; y lo constituían las familias distinguidas 
y linajudas. Hoi podría decirse de las familias principales, 
sobre todo aquellas cuyos ascendientes son de buen origen* 
A tal grado de importancia llegó, qiie como dice D* Anto- 
nio DelMonte y Tejada, nuestro historiador (Hist de Sto. 
Dgo.y II, cap. IV, págs. 75-7 6(, orgullosos los mantuanos con 
el simple titulo de Señor Don, desdeñaban los títulos de Cas- 
tilla, de que sólo hubo uno, D. José Güzman, Barón de 
la Atalaya, natural de la isla, y que á consecuencia de la 
cesión de ésta, de riquísimo propietario que era, fué á Cuba 



T. 



á cortar leña para subsistir. A propósito de este vocablo, 
dice D. Aristides Rojas, citado por D. Baldomero Rivodó 
(Voces ntíevas déla lengua castellana^ París 1889, parte 
sexta, págs. 253-54): "El vocablo mantuano (j de éste 
inantuanismó)j trae su origen de los, mantos que acostum^ 
braban llevar los caciques indígenas y las hijas de éstos. . 
Hai otro origen y viene de que las señoras de Caracas que 
pertenecían al mantuanisrao, se cubrían la cabeza con la 
doble falda del camisón trayéndola de atrás hacia adelante. 
Hasta ahora cuarenta ó cincuenta años, se veía en las calles 
de Caracas una que otra señora asi cubierta." 

IV. Trae su nombre esta calle del gobierno del Almi* 
rante Virei Don Diego Colón, quien llegó aquí recién casa- 
do con Doña María de Toledo, con una numerosa escuadra, 
y gran boato. Le acompañaba un cuerpo de alabarderos 
para su guardia, y un sinnúmero de hidalgos y ricashem- 
bras de las principales casas de Castilla. Estas últimas 
esperaban encontrar matrimonio ventajoso en la florecien- 
te colonia Primada de las Indias y cuna de América. El 
lujo y la pompa desplegados, las maneras aristocráticas y 
el ceremonial de corte hicieron que se apellidase al gobier- 
no de D. Diego la Pequeña Corte. Como el Virei Almi- 
rante vivía con su casi regia consorte (la poderosa casa de 
Toledo estaba emparentada con los Reyes Católicos) en 
la torre del Homenaje^ y la nobleza en esa calle, por lo 
cual todas esas casas-palacios tenían escudos de ar- 
mas que destruyó el salvajismo haitiano, tornó de ahí el 
nombre de las Damas, hasta el 21 de marzo de 1859 en 
que el Ayuntamiento le dio el nombre de Colón en honor 
del Almirante viejo. Sin embargo, conócesela con ambos 
nombres indistintamente. ^ 

V. Las casas avecindadas á la orilla del río, cerca de 
su embocadura, parten desde la que era, según se presu- 
me, y es más que probable, mansión de Ovando, por él edi- 
ficada como otras muchas y famosas en esa calle, casa que 
hoi ocupa la Gobernación y donde estuvo hasta julio de es- 
te año dé 91 la Comandancia de Aranas. La margen del 



VI. 



río en esa parte, hasta la Capillita de Los Remedios, pro- 
piedad de la familia Coca, emparentada con la de Rocha, 
que está en esa línea, es mui escarpada y casi cortada á pi- 
co, no habiendo más parte de playa que el lugar que lla- 
man El Tanque (corruptela de estanque) el cual queda al 
bajarse el terraplén que es la salina ai río de la antigua ca- 
sa ó palacio del Comendador de Ale ¡Vi lííira. Como esas ca- 
sas están á toca penóles con la Fuerza, en una misma pa- 
ralela, domínase desde algunas de di is parte del mar ó sea 
JEl Placer de los Estudios, ensenada auchurosa que éntrelas 
puntas de Caucedo y Nizao forma la ría ó puerto de la 
Capital, y el Ozama hasta el ángulo que hacen las altas ro- 
cas cubiertas de vegetación de la derecha. 

VI. Termino que no se hallará en los diccionarios. Lo 
usamos, porque, en primer lugar, es voz de nuestra habla 
vulgar, popular, provincial ó jurisdiccional, según quiere B. 
Rivodó que se diga; usada por el vulgo ínfimo y sobre todo 
por los campesinos (que son en su mayoría descendientes 
de losantiguos esclavos), pero acentuado en la primera sílaba; 
y en segundo lugar, porque D. Pedro de Alarcón, escritor 
autorizado, en su novela El Niño de la Bola dice Señáj la 
Seña y Ñá fulana. ¿Por qué no también Señóy refiriéndo- 
se á hombres, cuando una y otra voz son como abreviacio- 
nes de la gente vulgar para dar un tratamiento á las, perso- 
nas de igual clase y sobre todo de edad? Van á hablar au- 
toridades de nuestra América, ([uc son las que deciden en 
esta materia. ^*En Chile, y probablemente en toda la Amé- 
rica, señor es tratamiento que se da á las personas de res- 
peto por su posición social, sean ó no de avanzada edad, y 
ñd ó ñor y ñá se anteponen por lo común al nombre de a- 
quellas personas que, siendo pobres ó plebeyas, merezcan 
por sus años ó estado algo más que el insolente íu de quien 
les dirige la palabra." (Zorobabel Rodríguez, Dice, de 
Chilenismos f pág. 331). ''Ño, ña^ tratamiento que el vul- 
go ínfimo, la gente <le color y algunos muchachos dan 
como síncopa de señor, ra, ó quizá apócope áe Ñoño k 
las personas de la misma ralea, por razón de su mayor 



VII. 

edad ó superioridad relativa u otro respecto, v. g.: ÑoJuan^ 

Na Bernarda, También dicen señó y seña elevándose 

algo más la consideración hasta servir de vocativo á las 
personas visibles". (E. Pichardo, obr. cit. pág. 269). 
En cuanto al wo, dice Z. Rodríguez, que tiene gran 
semejanza con el tío de los españoles, y cita este lugar de 
Ricardo Palma: ^^Ño Ambrosio el inglés llamaban las 
limeñas al mercachifle." *^Una abreviatura criadil áe se- 
ñora es seña: al ama dicen mi seña, y á una mujer que no 
les es mui superior seña lisamente: éste de ordinario 
aparece mutilado de su primera sílaba: ña Micaela". (Rufi- 
no J Cuervo, Apuntaciones crit. sobre el lenguaje hogota- 
no 4? éd. Chartres, 1885, pág. 459). ^'Señá^ señora. Seo, 
seor, seora; sincopa de señor y señora". (Rafael Uribe U. 
Dice, abrev. de galic,, prov. y correcciones de lenguaje^ pág. 
256^. — ^Aquí, y parece que en Cuba también, no cria- 
dos, sino la gente del vulgo, por edad ó estado, por edad 
sobre tx)do, ha dicho siempre, en los casos que cita Z. Ro- 
dríguez de ñor y wá. Seño fulano. Seña zutana (con el acen- 
to en la e), por no tratar á sus iguales de señor ni de tü. 
Naturalmente, la gente de superior clase y educación, pa- 
ra hablar con esas personas y aun de ellas, por lo regular 
sigue el tratamiento debido a no poder llamar, ó no que- 
rerlo, á una de esas humildes personas de señor y don. Hé 
aquí por que, siguiendo el ejemplo de Alarcón, hemos usa- 
do y podríamos poner señó y seña, ó seño y seña á nuestra u- 
sanza, en boca de personajes, si á cuento nos viene, superio- 
res en clase á quienes se da este título; y que no hai para qué 
conste en diccionarios de la lengua, como ha sido desacier- 
to notorio incluir en ellos voces americanas, mal traídas, 
peor definidas y disparatadamente explicadas y hasta co- 
rruptelas. 

VII. Satanás. 

VIH. De la voz animita envía Pichardo á la aguace- 
ro (obr. cit. pág. 6) y dice: '*N. ep. m. Insecto de dos luces 
fosfóricas traseras, y una dividida por una línea sutil, 
á manera de luciérnaga mucho más pequeñas y débiles que 



Tin. 

las del cocuyo; su tamaño poco mayor que una mosca; sus 
alitas y cuerpo tan tiernos que parece un gusanillo volante; 
aunque por lo regular se ve inmóvil En la Vueltabajo le 
llaman animita por alma en pena. El Dr. Gundlacli dice 
que hai muchas especies mayores y menores con luz ama- 
rilla ó rojiza, constante é intermitente. (Lamj^ris Lin.^ 
vel. PhoturiSj Photinus éy\ — Aquí no lo llamamos más que 
animitay por alma en pena, y abunda en los cementerios y 
lugares húmedos; asi es que entre el vulgo hai la supersti- 
ción de que su presencia es representación de cosa del otro 
Inundo y la temen, sobre todo, á puerta cerrada y en la 
alcoba, espantando ó matando el insectillo, aunque algunos 
se eximen de extirparlos. 

IX. Nuestro Pichardo (obr. cit, pág. 378) descri- 
be asi la brusca: ^^ Yerba hedionda. Planta silvestre, 
comunísima, leguminosa, de raíz amarga, tallo herbáceo 
de tres á cuatro pies, gris-verdoso, con varías ramillas; 
hojuela» pareadas, puntiagudas, verde-renegridas por su 
haz, pálidas por el dorso, de gusto y olor desagradables y 
nauseabundo; flores amarillas de figura clitórica; vaina de 
cinco á seis pulgadas de largo, algún tanto encorvadas, 
brunas, que contienen unas semillas, las cuales tostadas y 
preparadas suelen tomarse como el café; sus hojas se ple- 
gan al ocultarse el sol y reviven al nacer el astro. Es pur- 
gante y remedio eficacísimo para la disentería de sangre, 
bebiéndose el zumo de las hojas; pero, .eficaz untado en 

las quemaduras En Santo Domingo, Caracas y otros 

parajes de esta misma isla (Cuba) la llaman brusca (Cas- 
sia occidentaliSy L.)'.' — Acerca del piñófij tenemos del 
mismo autor (pág. 296): "N. s m. Se distinguen va- 
rias especies Piñónr-botijay arbusto a semejanza .de la 

higuera europea, que llega á cinco ó seis varas de altu- 
ra y un pie de grueso en todo terreáo: contiene en abun- 
dancia un jugo blanco, acre, lechoso, astringente, de olor 
nauseabundo; el tallo agrisado, cilindrico, que termina en 
ramas con hojas á su extremidad solamente; lo demás se 
ve marcado con cicatrices de las anticuas: son cordiformecr, 



apuntadas hendidas, verde amarillosas por encima^ de cinco 
pulgadas, sobre largos peciolos; muchas flores agrupadas, 
chicas de cinco pétalos blancos; el fruto en racimitos, casi 
del tamaño y forma de la nuez, verde, luego amarillo y des- 
pués negruzco, que contiene tres piñones 6 almendras blan- 
cas y tan oleosas que con la presión de los dedos pro- 
porciona aceite — cura la hidropesía untado en el vientre, 
emétit'.o y purgante mui activo* .siendo fatal cualquiera ex- 
ceso por los vómitos violentos que ocasiona y que cesan 
bebiendo agua fría: con la resina curan el sapillo y el es- 
corbuto El Sr. Michelena dice que el piñon-botijay de 

la familia de las euforbiáceas^ es el GroUmtiglmn de Cuba, 
y fué analizado en 1818 por Pelletier y Cabenton bajo el 
nombre Jatropha curcas é^. — ^I por ultimo, de cundeamor 
(dic. pág. 113): "N. s. m. Bejuco ó enredadera apre- 
ciada por las propiedades vulnerarias de su fruto; que 
ha merecido también el nombre de balsamina: tiene és- 
te un palmo corteza aberrugada, color amarillo^naran- 

jado precioso y por dentro rosado viscoso, con. ...gra- 
nos blandos mui dulces Las hojas se parecen á las 

de la parra, de siete lóbulos, y las flores amarillas de azu- 
fre. Hai otra variedad más fina y balsámica. Aquella, Jfo- 
mordica charantia, L. Esta. Mom. balsamina^ L/* 

X. En su acuerdo de 26 de mayo de ¿J 859, el I. A- 
yuntamiento determinó, en vista de que muchas calles no 
tenían nombre y á otras se daban distintos, establecer "los 
nombres de las calles de la ciudad, aprovechando esta oca- 
sión para conservar ciertos recuerdos históricos ^De 

esa época data la mayor parte de los nombres con que son 
aquellas conocidas, y una es la de la Misericordia, que co- 
rre de Santa Clara á la puerta Grande cerrada por los fran- 
ceses, y acabada de abrirpara comunicar con calle de la 
llamada Ciudad nueva. Hai que advertir que calles llama- 
ba el acuerdo á grandes espacios abiertos que si acaso te- 
nian por uno de sus lados una hilera de casas y al opuesto 
la muralla como la que se denominó entonces de Palo Hin- 
cado, ó el mar y las fortificaciones como la de la Miseri- 



CQrdia. Esta calle tenía por este lado las ruinas del céle- 
bre convento dominico que hawta ahí llegaban, casi al me- 
dio de ella, y convertidas luego en casas, y por el lado o- 
puesto (el del mar) las dos de raampost/ería que eran an- 
tiguas casíis de recreo. Por cierto que una de ellas, la per- 
teneciente á la familia Logroño está invertida, teniendo- 
vuelto su frente al mar. No existía para entonces la calle de 
S. Pedro, parte de la extensa área cubierta de malezas á que 
aquí aludimos, y que sólo en 1859 empezó á desmontarse 
y poblarse, llamándose así en honor del General Santana; 
pero sólo hubo casas con frente al mar desde la Ciíeva de 
las golondrinas, donde desemboca el callejón del Convento, 
hasta la batería de San Carlos, entre ellas algunas muí sal- 
teadas. En tiempo de la anexión á España aumentó la po- 
blación y llegó hasta la vecindad del Matadero. 

XI. A esta grama de la ribera del mar, que brota 
en puntas durísimas, llaman vinagrillo. 

XIL La primera versión, sobre la cual escribimos 
esta leyenda cuando se publicó no es la genuina. La co- 
madrona Seña Petronila la refirió así á unas amigas de su 
confianza, mas no quiso ser indiscreta, y señaló el fuerte 
de San Femando como teatro de ella; lo que fes improba- 
ble, disponiendo el que cometió el hecho de sitio á propó- 
sito en su cas^ y porque en esos tiempos los fuertes po- 
dían ser visitados por rondas ó patrullas, ó pasar mui cer- 
ca. La protagonista tuvo lugar de contarlo tal como era 
á un señor distinguido que fué en su busca una noche, cu- 
yos descendientes nos lo comunicaron. En cuanto á la man- 
cha de sangre, es incidente que se refiere como efecto de 
otra aventura de la comadrona, y aun señalando la llamada 
casa de los tres altos, entonces ya en ruinas, según dicen, 
pero esta averiguado que corresponde a este relato; y en 
atención a todo esto hémoslo ampliado con ese y otros por- 
menores verídicos, omitiendo todavía algo, 

XIIL Desde la Fuerza partía un camino ó callejón 
que tenía por el lado del río un parapeto, y que pasando 
por detrás de todas las casas de ese vecindario, al nivel de 



ellas y por ua fuerte pequeño llamado el Invencible, hoi 
conuco y patio de casa particular, á unos cuantos metros 
más abajo, iba á terminar á espaldas de la capilla de Coca, 
hoi de Los Remedios. La salida, que queda del lado de 
la Fuerza, tiene doble puerta, de las cuales la exterior se 
ve mirando al Norte mientras la fortaleza está al E. En- 
tonces no tenían salida todas esas casas por sus patios al 
camino de ronda ó eaUejuela sin salida. 



BATO CABELLO Ó UN EASGfO AUDAZ. 

Los datos son del Sr. D. A. B, uno de los pasajeros 
de El San José. 

I. Este buque es célebre en nuestros anales, por ser 
el primero que arboró nuestro pabellón y lo enseñó al 
mundo y por relacionarse:^ oí :)^ri )os hechos notables de 
la historia de la Sépame "'jii ' Fnndacióa de la República. 
Llamóse primeramente .C .9/ or. En alguna parte hablare- 
mos en su oportunidail Lir júnente de ese bu([ue. 

II. Cuéntase un caso curioso y raro de este indivi- 
duo. Había una mujer por la calle del Estudio, de quien 
estaba enamorado, y a quiei\ cierto día diz que miró sabe 
Dios cómo; y de resultas se quedó esta inmóvil y emboba-' 
da, al grado de no comer ni dormir en varios días, y fué 
caso público y notorio. Aseguran que el fenómeno- se re- 
petía siempre que el vizcaíno la miraba. Pusiéronle pues 
a ella La Encantada y á él El Encantador. Lo que había en 
plata era que la mujor, n.itural de Azua, padecía de cata- 
lepsia ó cosa así; y tan en serio se tomó el encantamiento 
¡oh témpora/ que fué juzgado por un tribunal en el edificio 
llamado el Cabildo. Por cierto que durante la vista ocu- 
rrió un incidente mui cuco que pasó de castaño oscuro Al 
rectificar un testigo su declaración, hízolo en verde lengua- 
je; porque el abogado que promovió el incidente empleó el 
mismo verde lenguaje, y se mandó por ende, desalojar álos 



XII. 

niños, uoo de los cuales refiere esto. Salió absuelto. Don 
José Echavarria, cuya esposa aun vive, prestó útiles servi- 
cios al paisy y después á la revolución que combatía al go- 
bierno de Baez en 69 y 72, época en que mandaba un ba- 
landro que le confió el General Luperón en Samaná cuan- 
do éste andaba en el vapor Telégrc^Oj y no se sabe dónde 
murió. Tiene el mérito de que, siendo segundo de Fa- 
galde en la primera expedición á las costas de Haití, fué 
el único oficial de El VeimUisiete de Febrero que protestó 
contra el inicuo fusilamiento en Barahona del marino Ale- 
jandro Calisat. 

III. La yuca^ guayada ó rayada y exprimida el agua 
en que se lava, sirve para preparar la pasta de que se ha- 
cen pasteles redondos mui sabrosos, de mucho mejor gus- 
to que los de harina de trigo. Voz indigena, dice Pichar- 
do (obr. cit pág. 82), y que exprimida la naiboa ó 
jugo sale el almidón ó harina; siendo el residuo de la 
yuca rayada la catibía de que en Cuba se hacen las ros- 
quilas y matahambres é. £1 diccionario d^ Nemesio Fer- 
nández Cuesta llama manioc al almidón ó fécula de yuca 

VI. Este era el grito más entusiasta de nuestros sol- 
dados durante los combates con el haitiano. La ^virgen no 
era cualquiera, sino la de las Mercedes, patrona de la Re- 
pública, según decreto del gobierno colonial ó del I. Regi- 
miento de la ciudad, y por la cual se tenia entonces gran 
devoción. 

V. AcCTca de cabo Engaño hai que tener en cuen- 
ta lo que observa Sir Robert H. Schomburgk (Beseña de 
losprinc. puertas ff puntos de anclaje de la Rep. Dom. eá. 
oficial, 8to. Dgo., 1881, pág. 12). Que los pilotos confun- 
den á cabo ó punta Engaño con punta Espada, y lo mismo 
hace la generalidad, tomando ésta última por la primera. 
Punta Espada "está situada cerca de diez millas de la pun- 
ta E. de la Saona", lo que quiere decir que es la más próxi- 
ma á esta isla; mientras que cabo Engaño, "la verdadera 
punta E. de la isla de Santo Domingo, es una punta baja 
que se extiende mui puntiaguda al E", y por consiguien- 



XÍÍI 

te, la más distante de la Saona. — Ilustra más este punto 
lo que asevera el Sr D. José R Abad (La JBep. Dow. 
Res. gen, geográfico-estadistica. Redactada de orden del 
Señor Ministro de Fomento y Obras Publicas C. Pedro 
T. Garrido, Sto. Dgo., 1889, pág. 9). ^*E1 territorio de la 
República tiene una figura irregular, que ocupa algo más 
de los dos tercios de la total superficie de la isla, y es co- 
mo un triangulo, cuya base descansa sobre la línea diviso- 
ria de Haití y el ápice lo forma la extremidad oriental que 
termina en el cabo Engaño". I en nota ahí mismo: "En 
algunos mapas, entre ellos el de Gabb, se hallan equi- 
vocadamente sustituidos los puntos que corresponden al 
cabo Engaño y al cabo Espada. Este último es el que se 
encuentra en el extremo S. E. de la isla, próximo á la de- 
sembocadura del rio Yuma, y cabo Engaño es el que sobre- 
sale algo más al N., fi^ruiando un extremo más oriental. 
La verdadera situación es: Latitud 18° 35' N, Longitud, 
68° 20' O. del meridiano de Greenv^rich, La longitud por 
el meridiano de París es: 70° 39'^ 

VI. "Al O. de la punta S. E. de la isja Saona, enfrente 
de una playa de arena llamada bahía Cabello háiun buen fon- 
deadero; pero de una y tres cuartas á dos millas al S. déla 
bahía, en donde acaba la playa de arena y principian las 
peñas, hai un bajío mui peligroso, sobre el cual se han per- 
dido varios buques y en agosto de 1850 la barca ingle- 
sa Alert. En la parte más baja sólo tiene cuatro pies de 
agua, sobre la cual revienta la mar cuando hai marejada", 
(Sir. R. H. ScHOMBüRGK, obr. cit, pág. 15). "He llamado 
la atención sob^e las fuertes corrientes que existen al S. 
de Pto. Rico y de Sto. Dgo He propuesto que el ba- 
jío sea llamado en las futuras cartas hajio Alert^. (Ibidem, 
nota). — A este peligroso lugar, situado hacia el S. de la 
Saona, ó sea casi en la mitad de la costa que mira al N. 
de nuestra Antilla, es al que llaman nuestros marinos Bajo 
CábellOj y al que nos hemos referido. Deberíase, según 
opinión de nuestros marinos más autorizados, rectificar lo 
de bahía Cabello, que no es tal, sino una especie de pe- 



XIT. 

quemsima ensenada, ó más bien un caletón. La fuerza 
de las corrientes, cuando hai calma, va impeliendo insensi- 
blemente al buque en dirección de la Saona, y puede ver- 
se, ó estrellado contra la isleta Catalinita que está entre el 
litoral y la costa de aquella, ó arrojado á la ensenada ó ca- 
letón en que se halla el bajío ó sea Bajo Cabello, ó Bajos 
de Cabello, según otros, en donde naufraga sobre las rom- 
pientes. Sin embargo, buques de poco calado, como son 
los norte-americanos, pueden arricvSgarse á pasar, sonda 
en mano, por delante del bajío temible, por un canal de 
seis brazas que se abre entre unos arrecifes en forma de 
herradura á que dicen nuestros marinos La media lunay y 
se extiende de la isleta á la Saona. Así es que, habiendo 
calma, y estando descuidado un buque, se explica, como 
ocurrió á El San José, que sea arrojado al bajío cuando me- 
nos lo espere. Para la buena inteligencia de este episo- 
dio, ha sido necesario entrar en todas estas explicaciones 
que acaso para algo sirvan. 

VII. PiCHARDO (obr. cit. pág. 292), dice: "N.ep. 
f. Pez abdominal (sistema de Cuvier) perteneciente á 
la familia de las agujas, abundante en estos mares; el 
cuerno torneado y mui aguzado por ambos extremos; 
su longitud común más de media vara; la mandíbula 
inferior sobresaliente á la superior, ambas con fuertes dien- 
tes, plateado; escamas chicas; cola ahorquillada; dos aletas 
dorsales, una al medio del cuerpo y otra entre ésta y la an- 
tecola; las dos ventrales y la anal en la misma posición; o- 
jos grandes negros con cerco plateado {Sphyraena picudi- 
¿la Foey). La picuda, así llamada por el pico ú hocico lar- 
go y agudo, es más grande y propensa á la siguatera (Sph. 
picuda Bl) Esta incuda de Parra no es la becuna de Cu- 
vier, dicePoey, después de distinguir las tres especies de 
este género, conocidas vulgarmente en la Habana con los 
nombres de picuda, picudiUa y guaguanché\ 

Vin. Aciguatado llaman al pez, cualquiera que sea 
su especie, que por cualquier motivo, verbigracia, por ha- 
ber comido animales envenenados ó flor de mamanillo á 



otras cosas dañinas, aj^egiiran, por revolverse las aguas del. 
río en que viven algunas especies, dicen, ó bien por en- 
fermedad, se hace impropio para la mesa y su carne daña- 
da indispone, ó envenena al que la come. — Vayan ahora 
noticias curiosas. ^^Aciyuatarsej voz mejicana, admitida en 
el diccionario, es contraer ictericia por comer de un pesca- 
do llamado ciguato cuando no está fresco y sano" (Monlau. 
Dice, etimol pág.145), de modo que, según esto, nciguatado 
será el que está enfermo de resultas de comer el ciguato no 
sano. Ciguatera es la enfermedad que contraen los que 
comen el pescado que está ciguato". (Picatoste, Dice, de 
la leng. castéll.j Barcelona, pág. 241.^ '^Ciguatera es enfer- 
medad que contraen los que comen el pescado ciguato ó a- 
ciguatado" (Campano Dice, París, pág. 177). Un diccio- 
nario de la Academia que envía de aqm para allí sin con- 
cierto> dice que ciguatera es enfermedad que contraen los 
que comen el pescado que está ciguato ó aciguMado^ y por 
toda explicación de este adjetivo pone: "Lo que está páli- 
do ó amarillo á semejanza de los que padecen la enferme- 
dad de ciguatera". Domínguez (Comp. del Dice. Nacional^ 
Madrid, pág. 43) estampa que aciguatarse es ponerse ic- 
térico por comer el pescado aciguatado. De forma que, 
en general, nuestro término conviene con esas definiciones, 
esto es, que el pez aciguatado no está sano, sean cuales fue- 
ren las causas, que es en lo que difiere de ellas: y en vista 
de esto, parece que nuestro vocablo vendría de Méjico, si 
hemos de creer á Monlau, y se aplicaría sin hacer diferen- 
cias, á toda clase de peces . que por estar en malas condi- 
ciones no son buenos de comer. Con esto nos quedába- 
mos casi en ayunas, á no venir tiempo después de escrito 
lo que antecede á mis manos el diccionario de Pichardo, 
donde encuentro (pág. 334, voc. siguatera con 5): '*N. s. 
f Voz indígena. Enfermedad que contraen algunos peces 
y cangrejos, por haber comido cosas venenosas para su es- 
pecie como las hojas del manzanillo^ caídas al agua, según 
opiniones: la del cangrejo se conoce por el color demasia- 
do azuloso y carencia de pelo; el colorado siempre estése- 



:guato; pero el cerdo le come impimemente: la de los peces 
propensos á ella, como la picuda^ el jacú é se conoce en las 
agallas. La siguatera en el hombre es un verdadero enve- 
nenamiento que se contrae por haber comido pez ó can- 
grejo siguatos: en el primer caso además de los vómitos y 
evacuaciones, el cuerpo se cubre de manchas rojizas, cuan- 
do es de cangrejo, también se hincha el vientre. En uno 
y otro caso regularmente una muerte violenta pone fin a 

los padecimientos" £1 vocablo es pues americano puro; 

y á la verdad, no alcanzamos qué han querido significarlos 
diccionarios al hablar de la ictericia cuando explican á ci- 
guato^ ciguatera y aciguatarsei y hasta peregrina es la de- 
finición de la ictericia que dan la Academia y Domínguez, 
y á no verse, no se creena que en léxicos de la lengua pu- 
dieran estamparse disparates semejantes. La una define: 
'lEnfermedad que causa una amarillez extraña, ocasionada 
de derramarse la colera por el cuerpo"; y el otro: "A- 
marillez del rostro"! Yo creo, en resolución, que, siendo 
el vocablo americano, se ha entendido mal desde un prin- 
cipio, y de aquí que algunos de los diccionarios citados, y 
quizás otros muchos, desbarren según mi humilde en- 
tender. Acaso la voz mejicana designe no un pez, sino 
cualquier pez que contrae la enfermedad ó ciguatera; y es- 
to se ve confi«mado por el uso de tales voces en Cuba y 
Santo Domingo y puede que en otros países de América; 
aunque hasta ahora nada hemos encontrado en los tratados 
de americanismos. 

JX. £1 cartucho del cañón. Lo damos por qutsque- 
yanismOj ó sea, voz propia nuestra^ si acaso no Correspon- 
de á algún otro país ae América; porque lo que es en los 
diccionarios populares de Cuba, Chile, Colombia y Ve- 
nezuela no aparece. O acaso sea voz castellana omitida en 
los léxicos. 

BABIGA VERDE. 

Suministraron estos datos los señores D. J. P. S., D. 
P. V. y L., D. C. N. y las señoras D? M. F. de C. D., Df 



XTII. 



V. G, D^S. C. yD?D. Z. 

I. ^Tez de estos mares, de un palmo de longitud 

Cuando le cojen se avienta mucho en términos de merecer 
este nombre comparativo". (Pichardo, obra cit. pág. 344.) 
En nuestro lenguaje popular ó i)rovincial dicen tamborl 
al mismo pez, y de ahí barriga de tamboríó de mero al 
que tiene vientre protuberante. 

II. Esta tradición pocos la saben como es, y las ver- 
siones abundan, algunas mui exageradas en cuanfa) á por- 
menores, precisamente las suministradas por deudos del 
protagonista. Registraremos todas esas versiones en este 
lugar. Conste que ha quedado patente que el nombre de 
dicho protagonista no fué Manso Guante, como general- 
mente se supone, y por el mismo apellido se echa de ver, 
porque el de la familia era Polanco, dicha también Cam- 
puzano; y además una nieta de Manso Guante niega aque- 
lla circunstancia. O tal vez sea que hubo dos individuos 
del mismo nombre. El verdadero del protagonista no se 
sabe, y ha habido que contentarse con el de taita Polanco, 
y ni siquiera de ése se está seguro. Asevera uno de sus 
descendientes que se llamaba Silvestre Maldonado; pero 
los más de los deudos no reconocen semejante apellido en, 
su familia. Por lo que hace á nosotros, ninguna leyenda 
de las del presente volumen ha costado más fetigosa inves- 
tigación, dudas y vacilaciones. La primera forma (van tres 
con ésta) en que se escribió fué según se publicó en El Te- 
léfono de esta ciudad n? 325, junio de 1889 y reproducida 
en La Familia de Méjico; y en cuanto á la que damos creé- 
mosla la más verosímil y aceptable, aunque pueda quedar 
incompleta, porque es el resumen de las versiones que es- 
tán más de acuerdo, y cada punto de ella se halla confirma- 
do por la mayor parte de los datos recibidos. Uno solo de 
los deudos de esa familia está contexte con esta versión, y 
dice que así le fué referida por ancianos verídicos de su tiem- 
po. Nada se puede aquí afirmar; y hasta que no se 
practiquen diligencias para buscar datos y documentos 
en Madrid (lo que se hará mui en breve), no será posible 



XTIII. 

perfeccionar este relato. Las versiones aludidas arriba, 
son: 1? Que el buque que trajo al niño lo dejó aqm y fué 
recos^ido i)or la familia Campuzano, basta que el chico, ya 
griiiiátí, ise embarcó para España con el viejo Campuzancí 
ó Polunco; regresando éste solo, y desde entonces le pu- 
sienm el apodo de Guante, por lo que se verá más adelan- 
te. 2? Que una fragata de guerra que se perdió cerca de 
la barra del Ozama trajo al niño, el cual fué robado en Es- 
paña: que tenía siete años: que estuvo durmiendo tres días 
á la interperie: que vestía una camisa hecha girones y es- 
taba descalzo, y por ser tan blanco y vérsele azulear las ve- 
nas, le llamaron Barriga VerdCj lo que no parece probable: 
que bajó el viejo Polanco una mañana al río á comprar 
unos puercos y viendo á ese muchacho abandonado le pre- 
guntó '*¿De qué familia eres?" *'Yo soi de la corte". "¿De 
qué corte?" "De España; el capitán de la fragata me ro- 
bó": que estaba mui abatido, y le dijo que tenía hambre, y 
entonces le propuso llevárselo á su casa y él aceptó: dié- 
ronle buena cena y le pusieron forro á un catre para 
él: que al saber la familia que el viejo Polanco había en- 
contrado un niño perteneciente á la corte, allegándose alli 
le preguntaron lo mismo que el viejo, y entonces comenzó 
á despepitar cuanto sabía: que lo trataron bien, le enseñó 
el viejo algo, lo llevaba á misa y á las fiestas de barrio: que 
no le dijeron nada á nadie: que al cabo de un año^ resol- 
vió comunicarlo al Gobernador General, y éste ofició á 
la corte: que el viejo llevó el niño á palacio, y el Goberna- 
dor le dijo: "quédese Ud. con él", yendo á verle este fun- 
cionario frecuentemente:' que vino una fragata con dos "de- 
canos" (agentes reales) y oficialidad á buscarlo, yendo á 
casa del viejo Polanco á quien trajeron cartas, invitándole 
á ir á España, quien no aceptó: que al cabo de algunos 
años, vino D. Francisco Javier Caro y entre sus encargos 
trajo el de llevarse al viejo Polanco; y aunque se resistía 
á ello, siempre se marchó con él: que determinó usar guan- 
tes estando en la corte, para dar la mano, por el color de 
su piel: que al desembarcar hubo salvas y fiestas, recibién- 



XIX. 

dosele regiamente: que duró la navegación tres meses: que 
le condujeron á palacio y el mozo estaba en el cortejo que 
lo esperaba: que le llamó ¡papá! y el viejo no lo conoció, 
dejándose abrazar por su antiguo protegido y diciéndole 
el mozo: "Oh! ¿Ud. no conoce á su hijo, á Barriga VerdeV\ 
3? La más aventurada, y asevera: Que taita Polanco halló 
al chico al salir de misa una mañana, en San Francisco. 
Que le pidió limosna, dándole él un ochavo podrido (pare- 
ce que sería moneda de aquel tiempo) y que por fin le d- 
jo que quería irse con él á su casa; lo cual consultó con la 
señora, y ésta se opuso, pero que en resolución cargó con 
el chico. Que un escribano ordinario de esta ciudad de 
apellido Caro, y hermano de D. Francisco Javier Ca- 
ro, por cierto acto ilícito que cometió fué destituido y 
para rehabilitarse en su empleo se le ocurrió hacer 
que el protagonista le acompañase á Puerto Rico, y des- 
pués fué mañosamente llevándoselo de colonia en colonia 
hasta España, con el fin de trasportar á la corte al miste- 
rioso niño junto con su viejo bienhechor, suponiendo que el 
que por requisitorias se pedía de España era hijo de algún 
grande, á fin de prevalerse de la ocasión, y hacer que el 
viejo, al ser recompensado, pudiera obtener para él dicha 
rehabilitación. Que el niño resultó ser nada menos que un 
infante. Que al arribar á un puerto ó á Sevilla, su presen- 
taron comisionados reales y\n)v un lunar que el niño tenía 
en la espalda fué reconocido, haciéndose salvas, disponién- 
dose regocijos públicos y conduciéndose en triunfo ala corte 
á taita Polanco y compañerí)3. Que al llegar á palacio en- 
vió el rei una bandeja de plata para recibir el sombrero y 
el bastón del escribano; lo cual es absurdo á todas luces. 
Que éste recomendó al viejo que lo primero que pidiese 
fuera su roluibilitación; que asi lo hizo taita Polanco y el 
rei accedió. Que el niño no quería separarse de su bienhe- 
chor en palacio, y hubo que ponerle mesa aparte a uno y 
otro, y acompañar el viejo al chico á dormir en su real cá- 
mara. Todo este tejido no pasa de ser una buena fábula 
que l.i tradición no confirma. ^} Dase por seguro, y es 



IX. 

lo que corre más válido, que fué D. Francisco Javier Caro, 
dominicano, Consejero de Indias, albacea testamentario del 
rei Fernando VII, y nombrado por el mismo para conseje- 
ro de la reina viuda, quien se llevó al viejo Polanco; y si 
esto ocurrió después de 1809, época en que vino aquel 
señor de comisario regio, pudo ser cierto. En lo que 
sí está contexte la tradición es en que fué un escribano, 
señor principal y amigo del viejo Polanco quien, tenien- 
do precisión de ir á España, dicen que á arreglar asuntos 
de su profesión, convidó á aquel para que le acompañase 
No se sabe si fué un Caro el de esto, aunque la tradición 
mienta siempre un Caro. 

III Unos dicen que las autoridades reclamaron al 
niño, otros, que desapareció como había aparecido, y son 
los más. ¿Cómo explicar esto? ¿Podría arrebatarse al ni- 
ño á taita Polanco cuando no se separaba de éll Acaso se- 
dujeron al chico para q^ue huyese de aquella casa? Lo más 
probable es que fuese entregado. Refería una señora á una 
joven que conoció á una Caridad, octogenaria y mujer de 
un Guante (acaso del mismo protagonista), quién ya decré- 
pita solía irse á los peñascos de la ribera del mar, por la 
Farola, y gritaba allí diciendo que le devolvieran á su hijo 
ó á su niño; y ésto no una vez sola. Esta circunstancia 
probará también la verdad detesta leyenda. 

IV. CallaOj que sólo en un diccionario hemos visto 
(Domínguez, Compendio) con la significación de zahorra ó 
lastré, llamamos acá á toda piedra de pedernal redondeada 
y lisa, de color blancuzco que se halla en el cauce de los 
ríos, siendo algunas enormes y otras pequeñitas, las cuales 
en este caso vendrán á ser lo que en castellano se llama chi- 
na ó chinita. Estos calinos sirven para lastrar como lo más 
á propósito que encuentran las embarcaciones en los ríos 
y playas; y en nuestras calles abundan, por cuanto las hai 
adoquinadas con ellos, y no ha muchos años que se cons- 
truían aceras de ese modo. Pichardo habla de chinas en el 
sentido de peladillas, y no menciona el callao. 

V. Esto aseguran; y la verdad es que en aquellos 



XXI 

tiempos había ciertos hombres de color y de la clase media 
que gozaban de grande estimación por parte de los mag- 
nates. Guante era, dicen, uno de ellos, y nada de extra- 
ño tenía que tertuliaran en su casa como lo hacían en la 
del maestro Firpo ó Filpo, un negro viejo, zapatero según 
creemos* 

VI. Esta|frase que emplea taita Polanco diz que es 
textual, y las que van entre comillas eran de las que usa- 
ba aquella clase de gente como demostración de su humil- 
dad y de su buen natural, por lo sinceras. 

VII. Dudase, á pe.sar de que muchas versiones lo 
dan por cierto, que el niño abandonado fuese realmente un 
príncipe de la sangre y mucho menos hijo del soberano 
reinante, que no podía ser otro que Carlos IV, si taita Po- 
lanco llegó á España antes de 1808. No pocos sostienen, 
entre los cuales personas mui sesudas y competentes, que 
sería acaso hijo de un grande de España de 1? clase, mui 
allegado al trono, como otras tantas versiones aseguran; 
porqut según nos dice nuestro ilustrado amigo el Sr. D. 
Manuel de J. Gal van en carta confidencial **es tan fácil a- 
veriguar que Garles IV no tuvo hijo alguno que fuera de- 
saparecido y recobrado en su infancia, que esa hipótesis ma- 
taría el grano de sal en su preciosa leyendita". I desde 
luego que tampoco pudo ser hijo de Fernando VII. Cual- 
quiera saldría diciendo que ¿cómo se podrían explicar tan- 
tos honores y privilegios concedidos á un pobre artesano 
como debidos á quien da albergue y salva á un miembro 
de cualquier ilustre familia de segura muerte? Que sólo 
tratándose de un principe de la sangre es que un rei da tí- 
tulos nobiliarios á un plebeyo para sí y sus descendientes. 
Porque á ser hijo de Grande de España habría bastado dar 
al protector cualquier cosa, el título de Bon^ por ejemplo, 
atributo entonces de nobleza, y era mucho; pero ennoble- 
cerlo, condecorarlo, otorgarle todo lo que pedía, igualarlo 
al mismo Gobernador de la colonia en día de jueves santo, 
lo que tal vez ño se registra en anales de ninguna otra co- 
lonia, y por el estilo se le hubiera hecho par, duque ó mar- 



XXII. 

qués si se le hubiese antojado al viejo artesano, 6 darlo un 
mando superior en la colonia; todo esto es demasiado no 
tratándose de un infante. Misterios serán. Ni siquiera hi- 
jo bastardo de un rei es probable que pueda ser sustraí- 
do ni fácilmente escaparse. 

VIH. Rancho por chacra ó choza es perfectamente 

castellano: usáronlo entre otros Cervantes y Valbuena 1 

'Tareco, dice Z. Rodríguez (obr. cit. pág. 407) que en len- 
gua gitanesca rancho equivalía á barraca, choza ó habita- 
ción rustica, que es lo mismo que significa entre nosotros.'^ 
Pichardo lo trae como cubanismo, por la forma de ran- 
chos que allí usan, entre los cuales el más miserable es co- 
mo las vertientes de un techo puesto á raíz del suelo. La 
forma no creo que haga al caso ni la' cobija ni el uso: ran- 
chos son todos, y es voz castiza. Nosotros sí tenemos una 
acepción propia, que el uso vulgar ha establecido; y es es- 
ta: Cuando una persona del vulgo ó que quiere imitar su 
lenguaje alude á su casa, así sea un bohío de tablas y ya- 
guas ó de paredes, situado en la ciudad, ó una casa que 
parece una fortaleza, como son todas las de Ja Capital por 
ejemplo, dice mi rancho como si hablase en tono humil- 
doso ó despectivo y por extensión de una cabana ó cha- 
cra. Conocemos á quien llama á un su verdadero palacio 
mi rancho. Nuestros indígenas llamaban al rancho ó cho- 
za en su dulcísimo idioma eracra, 

IX. Afirma uno de los deudos que se condecoró al 
protector de Barriga Verde con la gran cruz de San Fer- 
nando; y como es persona, aunque anciana, que no está al 
cabo de estas cosas, debe de haber algo de ello cuando 
mienta la más valiosa condecoración española. Sí asegura 
haber visto la gola de oro que formaba parte del uniforme 
del caballero Guante, que heredaban sus descendientes, y 
haber oído hablar á su madre y tías del traje y la espada. 
Cuanto á los documentos del flamante capitán de ejército, 
guardábalos el Sr. Juan E. Salazar, padre de los actuales 
miembros deesa .familia que aun existen (D. Manuel y 
D. José María), y descendiente de esa familia, los cuales 



xxin. 



papeles perecieron dentro de un baúl cuando la tormenta 
grande, ó del oadre Ruiz, en octubre de 1834. Por lo que 
hace al privilegio de ceñir espada y calzar espuelas, hai 
quien hoi asegure haber visto á todos los sanjuaneros usar 
una y otras; pero como todos estos no eran de la familia, 
parece improbable. 

X. unos dicen que pidió esta gracia, lo que no pare- 
ce; otros que se la otorgaron. Todo puede ser, pero es in- 
compatible la modestia del viejo Polanco con tamaña so- 
licitud. 

XI. No se ha podido averiguar esto: hai quien diga 
que solamente pidió privilegios sobre la Reliquia. 

XII. Fué hecho capitán del regimiento de Morenos 
libres, en que militaron Biassou, Jean Frangois, Toussaint 
L'üuverture y otros, y de que fué coronel aquel Alí de céle- 
bre recordación. Esto consta, porque muchos están bien se- 
guros de ello. Una señora que aun vive dice que conoció 
á Manso y Félix Guante, hermanos y sobrinos (si es que 
no tuvo hijos como dicenj del viejo Polanco, quieoes eran 
capitanes del dicho regimiento, lo que hace suponer que la 
capitanía dada por el rei al protagonista era para sus des- 
cendientes también; y dice aiemás esa señora que los je- 
fes de este regimiento tenían el título de Don y eran per- 
sonas de mucho mérito. Ya £8 sabe lo que era este re- 
gimiento para el rei de España, y el ingreso en él d al vie- 
jo Polanco, mísero artesano y el grado de capitanes nada 
menos que tenían en él sus descendientes, prueban que 
realmente se le ennobleció á aquel con tal titulo, y que es 
ciertísima la historia de Barriga Verde, 

XIII. Se hace clara memoria de que se vio desem- 
barcar al viejo menestral uniformado espléndidamente y 
con las charreteras de capitán, y de los baúles de buenos 
vestidos y objetos de valor que trajo. 

XIV. Marqueses fierminó por decir el vulgo, corrom- 
piendo el apelativo. Estas coplas parece que eran largas. 
Dicen que á las casas que iban llevaban su estandarte los 
sajunaneros. 



XXYI 



genarias, personas inui verídicas y tle excelente memoria; 
y la primera, demás de ser verídica posee una memoria 
clarísima. La señora madre de ésta tenía entonces siete 
años y presenció muchas excenas de tan sangriento drama, 
la ejecución del homicida con todos sus pormenores, y fué 
de las primeras que, con sus padres, asistió á la casa del 
Padre Canales. Complacíase en contarlo á sus hijas, re- 
petidas veces, para si algún día querían referir la trágica 
historia á jóvenes que pudiesen conservar la tradición de 
tal suceso, y trasmitirla á la posteridad, lo hiciesen de un 
modo satisfactorio; deseo que ha venido á cumplirse al fin. 
Podemos pues decir que ésta, con ser de las más compli- 
cadas y extensas, es una de las más completas y exactas. 

I. El Cónsul de S M- B., el ilustrado Sir Robert H. 
Schomburk hizo sacar su retrato y se lo llevó. El que da- 
mos ahora está comprobado por cuantos le conocieron. 
Hai que agregar estos datos que se omitieron en el texto. 
Era de mediana estatura, encorvado hacia adelante, nariz 
perfilada, boca fina y ojos negros y mirada mortecina sin 
duda efecto de las maceraciones. 

II. No se podido averiguar el nombre del Padre Pe- 
rozo. El Sr. Bonilla y España, en su bonito articulo de 
fantasía titulado Profecía le dio el convencional nombre de 
Fraí Fulgencio. 

III. Estas palabras aseguran que son textuales. 

IV. Histórico. A¿í lo refiere el Sr. D. Félix M? Del- 
Monte, quien dice que poseía esa carta. 

V. Véase Compendio de la Historia de Santo Bomin^ 
qo por D. José Gabriel García, I, Lib. III, Cap. III, 
pág. 154, 2? ed. 

VI. Los ascendientes de D. Juan Rincón remontan 
á los primeros tiempos de la colonia, y es tronco de que 
han derivado las más principales familias de esta Capital, 
en que se han improvisado aristocracias mui peregrinas. 
Tomamos estos ascendientes desde mayo de 1667, época 
len que casó el Alférez D. Gerónimo Nuñez de Cáceres 
con D? María Rincón, hermana de Frai Francisco Rincón, 



Arzobispo de esta Diócesis (a). De eslc D. Gerónimo 
descendía D. Diego Núñez de Cáceres, quien casó con Df 
María Simona de Villanueva, parienta suya en 2? ó 3? gra- 
do. Los hijos de éstos fueron D. Diego Niinez de Cáce- 
res de Villanueva y el que fué Deán D. Joseph, el mismo 
que dio testimonio iicerca déla tumba del Descubridor del 
Nuevo Mundo. Nuestro Nuñez de Cáceres, el pioclama- 
dor de la independencia de España en 1821, la verdadera, 
**el tristemente célebre", como dice apasionadamente La 
Gándara, era hijo de este D Diego. Los Aybar y Nuñez, 
los Correa Cruzado, los Bonilla, Echavarria, Vilaseca & 
son ramas de este tronco distinguido. D Juan Rincón y 
su sobrino Pedro Aybar ó el Santo eran deudos de aque- 
llos. — (a). La fé de matrimonio de D? María Rincón y D. 
Gerónimo Nuñez Cáceies, que hemos tenido á la vista, y 
de la cual se han sacado estos datos, dice que ésta era na- 
tural de esta ciudad y hermana de Frai Francisco Rincón; 
lo cual demuestra evidentemente que él pudo muí bien ser 
el primer prelado dominicano, puesto que si D? María era 
de aquí debió serlo también Frai Francisco. 

VII. Textual. Hai versiones de que lo enviaron á 
Puerto Rico, á las bóvedas, por 10 años, pero están con- 
tradichas por la especie, comprobada, de que le dejaron li- 
bre por respetos de su tío el Deán, quien aseguran que no 
interj^uso su valimiento para salvarlo; y cuando acaeció lo 
del Padre Canales significó á las autoridades que "por él 
no se detuvieran". También hai otra versión respecto de 
su segunda mujer, y es que dicen que tuvo la debilidad de 
contarle lo que había hecho con la primera. Más probable 
es que por el altercado entre ambos saliera aquello á luz. 
Llegado aquí dicen que lo dejaron otra vez libre y enton- 
ces fué que se asiló. 

VIII. En términos canónicos se llama iglesia calien- 
te la que tiene privilegio para amparar al que se refugia en 
ella estando perseguido. El proceso histórico del derecho 
de asilo concedido á San Nicolás es digno de conocerse. 
Siempre las iglesias pudieron amparar á los delincuentes, 



XXTIII 

aunque meramente para poder librarse éstos de la última 
pena, siendo después eiitre gados. Naturalmente se abu- 
saba de ese amparo. D. Carlos I y luego D. Felipe IV di- 
rigieron cartas suplicatorias á los prelados y priores de los 
monasterios de las Indias á fin de que no admitiesen á los 
delincuentes que no debían gozar del beneficio de asilo, ni 
consintieran por mucho tiempo en las iglesias y monaste- 
rios á los que tuvieran derecho á él. {Leyes de Indias, 
Recop. II, tít. 5? üb. I). No bastando, D Carlos III su- 
J)licó á la Santidad de Clemente XIV que decretase la re- 
ducción de ese derecho; y éste expidió un breve por el 
cual reducía á una, y á lo sumo á dos iglesias en cada po- 
blación el asilo eclesiástico. Comunicóse con real cédula 
á los prelados del reino en 2 de noviembre de 1773, y se 
recibió aquí en enero de 1774. El Arzobispo estaba en 
Santiago de los Caballeros, y desde allí dio un edicto fe- 
chado en 12 de agosto del siguiente año,' en el cual se leía 
lo que aquí se copia: 

"I por cuanto en nuestra capital de Santo Domingo, de las 
dos Parroquiales, la una, que es la de la Catedral, está inmediata 
á la Keal Cárcel; la otra que es la de Santa Bárbara tan retirada 
del comercio de la ciudad que linda con las murallas: Por tanto en 
dicha capital de Santo Domingo señalamos por Iglesia Única de 
Refugio la del Real Hospital de San Nicolás por hallarse más en el 
centro de la ciudad. I declaramos que, desde el día de la publi- 
cación de este nuestro Edicto, ninguna otra Iglesia, Convento^ Er- 
mita ú Oratorio, lugar pío ó sagrado, ya sea en población 6 en 
campo, goza de inmunidad para lo que es Refugio y Asilo de male- 

chores Mandamos que este nuestro Edicto se publique y fije 

en nuestro Santa Iglesia Metropolitana :que en las puertas 

de la iglesia del sobre dicho Real Hospital de San Nicolás en Santo 
Domingo y en las de las Parroquiales de los otros pueblos se ponga 
de modo que permanezca, esta inscripción: Iglesia de Refugio 
SOLA &'^ (BoUtin Eclesiástico^ núm. 70 del 15 de junio de 1889. 
Santo Domingo.) • 

• Documento sacado del archivo de la Catedral. Libro de Acuerdos. 



XIIX. 

El Hospital, funíjacióa de Ovando, conjuntamente con 
la iglesia de San Nicolás en / quedaba dentro del re- 
cinto de ésta, arriba, en grandes galones correspondientes 
á las tres naves del templo. De la iglesia, a mano dere- 
cha, hacia el N., seguían las dependencias del hospital: al- 
macén, guardaropía, cocinas (hasta este ano en escombros 
y reedificados por los cuidados del Sr. Dr. D. Santiago 
Ponce de León) y la esquina que forma la capilUta de la 
Altagracia era, cu lo alto, salón de oficiales y en lo bajo 
(hoi agregado á la capilla como extensión de su nave) la 
botica, Al lado de San Nicolás, en ^sas dependencias di- 
chas, estaba el cuerpo de guardia. Desde la misma capi- 
lla, hacia la parte del santuario, seguían piezas bajas que 
eran la sala de caridad (hoi transformadas, de tapias toscas 
y ventanitas con rejas empotradas en elegante construc- 
ción, por el mismo Dr mencionado). La gran casa que 
hasta el ano 82 ú 83 constituía el principal edificio del hos- 
pital, era ca^a solariega perteneciente al Sr. D. Felipe Dá- 
vila Fernandez de Castro, Tesorero Real que fué en la épo- 
ca colonial, y que el haitiano General Desgrotte se apro- 
pió (ó se la dieron) pasando en 1844 á|K)der del Estado. 
Hoi está restituida a su primitivo uso de morada particu- 
lar y en los bajos hai varios establecimientos y residen fa- 
milias. Ilai versiones de que Rincón no estuvo asilado 
en San Nicolás. Como es probable que nada le hicieren 
al mandársele de Puerto l^co, no se concibe que se asila- 
ra; y si tal hizo, ¿podía ser indefinidamente, cuando esta- 
btin recientes las disposiciones del Arzobispo de la Dióce- 
sis? Acaso pudo estarlo por breve tiempo al cometer su pri- 
mer hecho; mas como seguidamente lo prebendai*on como 
asesino impune, ya no tendría para qué buscar más refu- 
gios. Sin embargo, así lo dejamos asentada; y juzgue ca- 
da quien. 

IX. De la época haitiana data el llamarle así al Pa- 
lacio Consistorial, porque había en él una guardia; del mis- 
rao modo que se llamó hastn ayer, y aun llaman á la Capi- 
tanía del puerto Buró (biró pronuncian). Son de las 'ra- 
rísimas corruptelas mañcsas que nos quedan. 



XXX. 



X. Diálogo textual, afirman;, y ni una palabra se le 
ha añadido. Una versión da por seguro que D. Juan Rin- 
cón entró allí y se escondió tras de la puerta, pero disgus- 
tado con tanta lobreguez dijo: ¡**Jesus, que oscuro!" y sa- 
lió. Si la casa es la que se indica tieae en efecto un za- 
guán bien oscuro auu de día, y esademis mui estrecho. 

XI. Hai la versión de que un coronel Cabrera, de la 
familia Coca, y Rocha vivía en la casa mencionada y man- 
dó á su guardia que cojierau vivo ó muerto á Rincón. Lo 
que avanzamos acerca del joven soldado, es creíble por la 
circunstancia de que el abuelo de la señora D? Margarita 
Dcívila Fernandez de Castro lo trató, y él sin duda se lo 
referiría, quedando la especie así en la familia de esa se- 
riora. Hai mil versiones relativas al acto de la muer- 
te del Padre Canales. Son éstas, que registramos pa- 
ra que el lector juzgue: 1? Que esa misma tarde, al caer 
la noche, estando el Padre Canales confesando en Su. Nico- 
lás, quiso matarlo allí mismo, y no lo hizo por una anciana 
que estaba próxima; 2^ Que Rincón se confesaba con el 
P. Canales, y eso fué lo que hizo valer coa el esclavo para 
que le franquease el paso: lo que es inadmisible si tenía, 
como asegura la mayoría, contra él viejos enconos; 3? li- 
nos dicen que rezaba el rosario la víctima, otros que dor- 
mitaba, y otros que tomaba chocolate: lo creíble es que es- 
tudiaba el sermón, pues era víspera de gran solemnidad y 
los datos de dos señoras octogenarias lo aseveran así; aun- 
que es verdad que de nada de eso pudo haber indicios, sal- 
vo que se encoutrase el papel en el momento de la catás- 
trofe; 4?" Corre válida la especie de que en su desespera- 
ción levantó una mano y la apoyó contra la pared, quedan- 
do allí la mancha de los cinco dedos. Pudo ser; pero no 
es presumible por razón de que él atendió á defenderse, 
aunque tenía mutiladas las manos, hasta desfallecer, por- 
que no se concibe esfuerzo semejante, aun cuando estuvie- 
se pegada la butaca á la pared, pora apoyar la palma ó el 
dorso de la mano en ella al grado que se imprimiese allí la 
marca de los dedos, y porque tal alisurda versión debe de 



XXXI. 



confundir la huella quo dejó el alquitrán en la hoja de la 
puerta (V. en nota más adelante) con esa otra imaginaria; 
5?- Que Hincón dio pnuuladiiíí: consta, y está fuera de toda 
duda, que u^^ó de su magnífica espada toledana; 6? Que 
cometido el hecho se oculto en la covacha, y que el escla- 
vo, encaramado en la puerta de la calle, decía á los solda- 
dados: **En la covaclia está, en la covacha está!'' Esto no 
se halla comprobado; y en cambio varios testimonios haí que 
aseguren que le corrieron. Añaden que soldados del Hos- 
pital y de la Fuerza lo capturaron; y no es posible que Rin- 
cón diera tiempo á que ni llegasen los primeros á la casa, 
cuanto menos los otros, pues tendría ya pensado asilarse; 
salvo que asi lo hiciese primero y luego rompiese por en- 
tre sus perseguidores, lo que tampoco es factible que su- 
cediese. 

XII. Sobre este particular hai la versión de que el 
asesino tomó equivocadamente el gorro del P. Canales por 
el suyo, y por esta circunstancia lo reconocieron al pren- 
derle. Pero esto sobre improbable es trivial, y lo más se- 
guro acerca del particular es lo que se ha referido, por ser 
testimonio de quien vio cuanto pasó en la casa de la víc- 
tima esa noche. 

XIII. Desde la primera pregunta del interrogatorio 
hasta la ultima, son textuales. Así se oye todos los días 
en boca de todo el mundo y á propósito de algo. 

XIV. Contextos están to<los en que este edificio es 
parte del palacio viejo, ó de los gobernadores. Dicen que 
Fe llamaba esa parte de los ContadoreSy porque ahí resi- 
dirían ó se reunirían los Contadores mayores que interve- 
nían en la real Hacienda. Pero acerca de todo lo que se 
llama palacio viejo ocurre la objeción de si sería tal desde 
su principio, porque se sabe que Francisco de Graray edi- 
ficó por esos sitios, y mui probablemente ahí mismo (en 
esa zona tienen sus descendientes restos de su mayorazgo) 
su magnífica casa solariega que dio hospedaje á D. Diego 
Colón cuando fué poco menos que lanzado de la Fortaleza, 
y por lo cual acometió la construcción de su famoso alca- 



XXXII. 

zar en el fuerte del Almirante, y que es conocido con el 
nombre de Casa de Colón. 

XV. Véase Historia de Santo Domingo por D. An- 
tonio Del Monte y Tejada, II, cap. VII, págs. 126 y bí- 
guientes. 

XVI. Textual. A lo menos así lo refiere la señora D? 
Concepción Troncoso. 

XVII. Rigurfisamente histórico. Está comprcbado por 
todo el mundo aquí. 

XVIIL De la fortaleza del Homenaje fué primer 
Alcaide Cristóbal de Tapia, quien no llegó á tomar pose- 
sión porque Ovando habla nombrado á su sobrino Diego 
López de Salcedo que por cierto no estaba en la fortaleza 
cuando llegó D. Diego Colón á la colonia yj)udo así hacer- 
se dueño de aquella, mortificando al Comendador no poco 
la ausencia del sobrino, |X)r lo que pidió excusas á D. Die- 
go. Fué luego Alcaide el mismo Almirante Virei y des- 
pués el historiador de Indias Oviedo, émulo acérrimo del 
Descubridor, y por cierto que murió en ella, según el 
documento autentico que acaba de darse á luz y trae 
la **Historia de Santo Domingo" por Del Monte y Te- 
jada. Albergaron torre y ciudadala á D. Diego Colón, 
á su interesante esposa y a su escogido séquito. Puede 
darse por seguro que la cárcel civil quedaba en la fortale- 
za en el siglo pasado. Primero, porque no se ha oído de- 
cir que la hubiera entonces en otra parte; aun cuando se- 
ñalan el recién restaurado edificio de estilo griego puro 
que existe en la plaza de la Catedral llamado Cárcel Vieja, 
pero consta que se construyó en 1812, dirigiendo la fábri- 
ca el abuelo del sentido Sr, D. José de Jesús Castro, D. 
Domingo Alvarez, Segundo, porque en la torre hai una 
capilla que tiene nicho para disponer allí altar. Ter- 
cero, porque se sabe que la prisión de los oficiales que- 
daba arriba, y la de los reos ordinarios abajo. Cuarto, por- 
que en esa planta baja, que tiene un patio interior, quedan 
los calabozos llamados Él Mulato y El Indio, calificativos 
de dos desalmados y temibles foragidos que allí estuvieron, 



XXXilI. 

el uno mestizo y el otro indígena, diz que. I cuando no 
hubiera otros indicios bastaría el dato del Edicto del Ar- 
zobispo. (V. nota VIII). 

XIX. El lugar de ejecuciones era étíte, sabana ó pla- 
za del Matadero, Allí estaba i)ermanentemente la horca. 
En 1842 cuando el gran terremoto, se levantó una ermi- 
ta rustica donde mismo se alzaba aquella, y aüi se deposi 
tó el Sacramento, á causa de la resquebradura (única) que 
sufrió la Catedral. Llamóse por esta circunstancia barrio 
de lá Misericordia, de que ha tomado nombre la calle. El 
Sr. D. Manuel Del Monte compuso un soneto sobre ^sto. 
Dícese que en ese mismo lu^ar se estableció una guilloti- 
na que no se estrenó, salvo con un corderiío para probar 
sus efectos. 

XX. Los ^^Hermanos de la Misericordia" era una 
cofradía que radicaba en San Nicolás, y que se había im- 
puesto estos tristes deberes. 

XXI. Un seíior asevera que en el año de 48 vio la 
mancha del alquitrán, ya mui debilitada por los años, que 
la mano de Rincón había dejado impresa; y consta que la 
casa no se alteró hasta que en tiempos de la anexión á Es- 
paña fué restaurada ó arreglada para jEÍ café de la Beina, 



¡profanación! 

El Sr. D. F. m D. facilitó estos datos al Sr. J. A. B. 
y E. aficionado á tradiciones, quien escribió este episodio 
bajo el título de Frofeclüy dándole una forma caprichosa 
con un fin patriótico- El mismo nos autorizó á escribirlo 
tal como es, 

I. Es un tiitiimpoten decimos acá al magnate que la 
Riqueza ó el poder elevan: un señor de campanitas, un al- 
to funcionario; y también, por extensión,. á quien alcanza 
valimiento ó influencia con gobernantes. Naturalmente, 
es aplicable también á los caciques de provincia. Corrup- 



XXXIV. 

tela sin duda de una voz latina expresa perfectamente el 
poderoso^ el señorote, el que hace lo que quiere é. Es voz 
que uo existe éii los vocabularios de americanismos, y que 
nos parece haber vi^to en autor español. 

II. Gringo es lenguaje ininteligible, hablar en grie- 
go, y en Chile se da esta significación á los ingleses, vul- 
garmente. Así esta copla: 

Bernardo se Ihima el tren, 
Diz que corre mui ligero 
1 que mató 4 un caballero 
Que no se supo hacer 
A un ladito del camino. 
Porque lo llevaba el gringo 
Con mucha velocidad; 
I el autor de esta deidad 
Señor Matídas Cousim. 

(Z Rodríguez, obr. cit. pág. 233.) 

Como me va pareciendo que nuestro vocabulario provin- 
cial ó jurisdiccional es el más rico de América, y si no, lo 
hemos de ver cuando Dios nos ayude á terminar cierto en- 
sayo que hacemos, habíamos de tener esta voz como acep- 
ción distinta de las que le dan en los demás países de Amé- 
rica; y por tanto, declarémosla quisqueyanismo. Prueba al 
canto. Se aplica á las personas de color, feas y rusticas so- 
bre todo: así se dice un gringo^ una gringa^ ito^ ita. En cuan- 
to al ''demasiadamente de feo'" es expresión vulgar en que 
la preposición es de uso expletivo, y se compone con cua- 
lesquiera palabras. 

III. De que hubo aquí casa de moneda, la hubo: tes- 
tifícalo Del Monte y Tejada (obr. cit., II, cap. IX, pág. 
162) y allí se alojaron los Padres Gerónimos cuando sahe- 
ron de San- Francisco, hasta que se embarcaron. Está en 
la calle de Plateros (hoi Consistorial), en medio de la ter- 
cera cuadra á partir de la Catedral y á unos treinta o 
más pasos de la cuesta del monasterio. Su construcción 



XXXV 

estaba indicando (acaba de convertirse en casa particular 
este ano) que á algún uso especial se había dedicado ese edi- 
ficio, el cual hasta hace pocos meses era dos en uno, con 
vastas y sólidas bóvedas bajas en lo que formaba el corre- 
dor ó segundas piezas. ¡Lástima que ese otro monumento 
desaparezca, ya que tales recuerdos históricos tiene! 

IV. Yerba de hojas menuditas y florecillas pequeñí- 
simas, color blanco sucio que cubre nuestras calles y pla- 
zas y abunda en patios y lugares ruinosos: cómenla los ani- 
males. Estoi seguro de que es la artemisilla de Cuba, que 
Pichardo define así (ob cit., pág. 24): ^Tlanta silvestre, a- 
bundantísima y amarga en extcejaio, especie de artemisa 
algo más pequeña; flor de un blanco sucio, chica, que pa- 
rece un confitillo; por lo cual la denominan así en Cuba; en 
Holguín artemisiUa ó altamisilla^ y en la Habana escoba a- 
marga. Es en efecto sumamente amarga, excelente reso- 
lutivo en cataplasma, remedio exterior para la sarna &. (Ar- 
gyroheta hipinnatijida). Sauvalle trae para la escoba amar- 
ga, Farthenium hyoterophorus. 

V. Traducción casi literal: '^Salid del polvo por un 
instante — Monjes que dormís en estos sitios. — La noche 
envuelve, el antiguo monasterio — Venida tomar parte en 
el festín. — Estos cenicientos muros y góticas arquerías — 
Testigos fueron de vuestros dulces placeres. — Salid, salid 
de vuestros vetustos sarcófagos. — Franciscanos, á vuestra 
salud! — Decidnos cuántas veces estas celdas — Velaron vues- 
tros amores. — Cuántas bellas . candidas — Os agradaron en 
esos deliciosos ratos. — Oh! que sin duda al choque de vues- 
tros vasos — I de cien frascos al armonioso glú glü — Res- 
pondía lisonjero el eco de estos sitios abandonados. — Fran- 
ciscanos, á vuestra salud!" 



XXIVI 



KL MARTIRIO POR LA HONRA. 



Única persona que sabía ya de esta tradición conmo 
vedora es el Sr. D. J, M? B. 

I. En materia de fauna y flora, ya se sabe que hai 
que explicarlo todo, porque triste es confesar que ni por 
afición siquiera haya quien, atiborrado y todo de historia na- 
tural, quisiera describir un pajarillo ni una florecica; y por 
tanto, hai que emprestar a Pichardo las -definiciones de 
plantas y animales comunes á Cuba y nuestra Antilla. Allí sí 
que han estudiado bien todo eso. El referido autor (ob 
cit. pág. 386, voc. ^um-ziim) dice: **N. ep. m. Pajarito es- 
pecie de colibrí, el más chico y precioso de toda la isla, 
que á no ser por su cola y piquito, apenas tendría dos pul- 
gadas de longitud: no es posible describir ni retratar con 
exactitud los contornos de su exiguo y aguzado cuerpo, la 
belleza y brillo metálico de sus colores cambiantes en sus 
finísimas plumas, sus alitas infatigables, sus rápidos y con- 
tinuos movimientos, su graciosa volubilidad; nuestros mis- 
mos ojos no tienen bastante perspicacia para admirarle; 
porque jamás se fija: siempre en el aire expresando unsil- 
bito tenue como cuando se desprende la punta de la len- 
gua de los dientes cerrados, entreabierta la boca, ya atra- 
viesa con la rapidez del rayo, ya se cierne sin percibirse 
(tasi su veloz aleteo (cuyo zumbido originó su nombre) H- 
bando miel de los aguinaldos j de los dictamos ó de las rosas, 
sin dignarse posar en parte alguna: tan silvestre, libre y 
fugaz no puede existir dos dias en jaula sin morir: yo he 
tenido una vez la fortuna de mirarle tranquilo, inmóvil en 
una ramita á distancia de tres varas por pocos minutos. 
Asi su color verde -dorodo que tornasola de rojizo; las alas 
más oscuras ©orno la cola, que es larguita, ahorquillada, 
con reflejos violados; piquito delgado, prolongado, rosado, 
rosado en la mandíbula inferior y negro en la superior, co- 
mo la punta toda. La hembra tiene las tintas ma^ sombrías; 



XXXTII, 

garganta y bajo-vientre agrisados y una mancha blanca de- 
trás de cada ojo Algunas veces cuando rlíion, chillan, ó 

dan un gruñido como las ratas (Orthorynchns ricordi) 

Otra especie aun más pequeña explica una obra con la 
garganta cubierta de plumas color rojo de fuego, la cual 
viene de la América Septentrional á pasar los fríois (Ortho- 
rhynchus coluhris). El Dr. Gundlach me dice: **la especie 
más chica de la isla es la que yo descubrí en Cárdenas y 
además observe en Santiago de Cuba (en estos dos lugares 
exclusivos). La nombré OrthorlifjHchiis helenaé) La es- 
pecie intermedia es el Orthorhyncus coluhris. El tamaño 
de la especie mayor desde la punta del pico á la de su lar- 
ga cola es cuatro y media pulgadas (midiendo el pico ocho 
líneas y la cola una pulgada ocho líneas); la especie menor 
tiene el total de dos pulgadas diez líneas (midiendo el pico 
cinco y cuarto líneas y la cola diez y media) . _ . .En el de- 
partamento occidental se llama zum-zum; en el central re- 
zumbador^ y en el oriental 'zumbete 6 zumbador, ¿Mas por 
qué valerse de nombres todos derivados del verbo zumbar^ 
poco significante y feo, ni del de colibrí genérico y exótico, 
cuando tiene el suyo propio indígena, guaníj tan suave, y 
alegiSrico al brillante y más precioso de los metales?" 

IL Doña Dionisia Rodríguez era una señora inteli- 
gente, y aunque del pueblo, era culta por su roce con per- 
sonas distinguidas. Disponía de excelente memoria y ha- 
blaba bien; así es que en sus tertulias, á que asistían algu- 
nos caballero.^, contaba maravillas, tradiciones, casos curio- 
sos, ocurrencias, sucesos históricos &. A ella oyó el Sr. 
dicho esta leyenda, y ella le comunicó que la anciana Simo- 
na era la expósita. Dice que lamenta no haber preguntado al- 
go á seña Altagracia Guante que hubiera podido hacer luz so- 
bre el caso de la exposición déla niña. 

IIL Nadie, parece, excepto esa señora Rodríguez sa- 
bía de esta tradición. I excusando ella el dar señas acaso 
por discreción, pues no ignoraba quiénes eran los persona- 
jes, resulta que ha sido necesario apelar á esta pintura ar- 
bitraria pero verosímil, pues la seña Simona, como dijimos, 



XXX VUI 

debió ser mui bella en sus mocedarles y así sería su infor- 
tunada madre. Del mismo modo, los nombres de María y 
Gabriel son supuestos, porque era necesario disponer de 
nombres propios para la acción. 

. IV. Los zoquetes ó zoquetillos cortos, como de dos 
pulgadas cuadradas de diámetro, vaciados en medio y re- 
dondeados por la punta que ha de quedar visible, incrus- 
tados en el muro á unas tres varas de altura, se usaron pro- 
fusamente en nuestras casas, tanto que hasta en la sala los 
había y hai para colgar hamacas. En una de mediano fren- 
te y no más de trece varas de fondo, con cinco habitacio- 
nes y el corredor se han contado diejs: y seis (! ); probable- 
mente en la sala los habría también. En la susodicha ca- 
sa hailos por pares en unas habitaciones, en otras tres y en 
el corredor, cinco; é indudat)lemente que son útiles Llá- 
manse palos de hamaca, I como todo es uno, aquí encaja 
la explicación del chinchorro, hamaca de cuerda ó c.iñamo, 
parecida á la red que usan los pescadores, que dicen ser 
mui cómoda, y de que gustan los viejos sobre todo. El chin- 
chorro ¡quien los oye! para un octogenario, cuando dicen 
"mi chinchorro, me voi á mi chinchoyro^\ es como el opio 
para los asiáticos ó el diván para el turco. Tiene cierto 
privilegio sobre la hamaca propiamente dicha, por más li- 
gero, fresco y castizo; y viene á ser el símbolo del dolcefar 
niente de nuestro pueblo. 

V. La oración benedictoria ésa es conocida aquí con 
el nombre de el bendito, y, sin el artículo, lo mismo en Chi- 
le (V. Z. Rodríguez, ob cit. pág. 20), extrañándonos no 
haberlo encontrado en otro país de América, auuvque debe 
existir el término. Tampoco sabemos si se lo ensenan á 
los loros como era costumbre aquí, tanto que lo han he- 
cho lenguaje oficial de esos animaütos: da gusto oírlos ru- 
miar su alabado. En cuanto al Deo granas todavía hai 
viejos que no saludan de otro modo al entrar en las casas, 
y tengo un amigo venezolano que así lo hace luego. 

VI. Los niños y los ignorantes llaman santos á toda 
ilustración ó lámina de un libro. 



XXXIX 

VII. D. Baldomebo Rívodó, (ob. cit. parte sexta, pág, 
25) dice: ^^Garantido, Tela de lino semejante á la hreta- 
ña. Dicho nombre proviene de que las piezas traen como 
rótulo la voz garantido^ para indicar que se garantiza que 
son de lino puro. Mas ahora, por una extensión absurda, 
llaman garantido de algodón á una tela que en la aparien- 
cia se asemeja á la primera; pero que es de algodón puro. 
Cosa análoga pasa con otras telas que en su origen solo se 
fabricaban de lino, como la holanda, la irlanda, el rúan, el 
warandol ó guarandol; de suerte que tenemos todas estas 
telas también de algodón, pero en esto no hai absurdo co- 
mo en la expresión garantido de algodón é'\ 

VIII. No sé si esta frase familiar y expresiva es quis- 
queyanismo: por ninguna parte he encontrado de ella ves- 
tigios, aunque me parece haberla visto en autor peninsu- 
lar. Significa, hasta que no más, hasta un grado óptimo, 

IX. PicHARDO (ob. cit pág. 68) explica las especies 
de Cuba, y la que hallamos conforme con la que aquí tra- 
tamos es esta: "Aquí se dá este nombre al de la tierra que 
habita en cuevas y nunca ó rara vez visita las aguas; aun- 
que viven en las costas, salen y se esparcen en tiempo de 
lluvias; jamás los he visto tierra adentro más allá de tres^ 
leguas del litoral. Este crustáceo es comida favorita, sin- 
gularmente cocinado con funche ó quimbonibó; aunque suele 
estar ciguato, lo cual (dicen) se conoce en que carece de 
pelos en las patas. Algunos aficionados los conservan en 
corrales donde los engordan con palmiche &". Son exac- 
tamente los mismos hasta por la circunstancia de no vivir 
tierra adentro. Nosotros aeá los cojemos con un palito y 
los embalamos en macutos por toneladas, y luego se les sal- 
cocha simplemente y así son mui sabrosos, bien que no los 
hemos catado en la vida de Dios. 

X. Aunque la define el Diccionario, no se da una 
idea completa de ella; y además, bien que ave exótica, tanto 
se ha generalizado en estas tierras que ya es de ellas. Pi- 
chardo dice (obr. cit. pág. 185) que \a 2nntada, aunque do- 
méstica, es propensa a hacerse montaraz; que se propaga 



XL. 



macho pues cubre más de veinte huevos que pone en ho- 
yos. ''Se juntan por parejas, enamorando la hembra al ma- 
cho, al cual hai quien llame guweo, aunque es epiceno. Des- 
pués de la época de la incubación, a ndan en bandadas por 
el suelo; perseguidas vuelan á corta distancia esperando 
torpemente en el árbol donde posan. Si consideran que 
no hai peligro clamorean con voz nasal, recia y i)enetran- 
te, ya con monótono cacareo, ya con dos notas, más általa 
última y más detenida que repiten mesurada y continua- 
mente, que atrae al cazador. Cuvier dice que fné conoci- 
da de los antiguos b»ijo el nombre de gallina de Mdeagro y 
que es originaria de África." 

XI Como esta tradición sólo la sabía ya una perso- 
na, y sin pormenores, ha debido escribirse de un modo ve- 
rosímil. Acaso la madre visitaba á la hija en su calabozo, 
acaso la asistió de parto, acaso le cerró los ojos al inorir, a- 
caso no se mostraría tan feroz con ella; pero es indudable 
que pudo pasar como decimos por el hecho de tener en- 
cerrada ala hija aun después del alumbramiento y enterrar- 
la como un perro clandestinamente. j|,A qué csol I no in- 
dica, por el contrario, semejante refinamiento de crueldad 
que fué capaz de ser tan desnaturalizada como se pinta? 
En cuanto á los datos son positivos. Para dar más interés 
á la narración, pinto al servidor humano; lo reUitivo á indu- 
mentaria y mobiliario está escrupulosamente arreoflado con- 
forme a las noticias de personas verídicas y alü^n ñas octo- 
genarias; y por lo que hace a la casa, la tradición señala las 
ruinas de la llamada casa de la Guillen, al pié de la c lesta 
de San Francisco, y así lo dijo D? Dionisia; pero, averi- 
guando bien, se sabe que esa fué casa nobiliaria con escu- 
do de armas, perteneciente desde tiempo inmemorial á una 
familia riquísima, y se vino abcijo en poder todavía de la 
ultima descendiente, D? Josefa Guillen. No es pues posi- 
ble que á fines del siglo pasado ocurriese en ella lo que he- 
mos relatado, ni aun suponiendo que habitasen madre é 
hija en los bajos de esa casa; pues era familia principal, y 
no hubiera sido fácil tener oculta á la niña en donde vivie- 



XLf 



sea extraños. Además, los bajos de las casas antiguas eran 
estrechos, incómodos é impropios para vivir decentemente 
.. familia como aquella. Por eso hemog debido' suponer una 
casa por ese barrio. 



ENTRE DOS MIEDOS. 



Los datos de este episodio son de D. F. M? D. 
I. Es bastante conocida la yuca y no habrá para qué 
describirla. Pichardo (ob. cit. pág. 380) dice: *^Se dis- 
tinguen la yuca dulce ó blanca^ la agria^ la Cartagena y la 
amarilla: parece que las (Jos ultimas son exóticas: la hoja 
de la agria es más grande y moraduzca con el cangre (el 
tallo de la yuca) ligeramente veteado de oscuro; su raíz ho- 
rizontal ó yuca suele tener una longitud excesiva; pero lo 
regular es menos de una vara y por estas ventajas de ren- 
dimiento y precocidad es* que se prefier/C para sacar la ha- 
rina' ó almidóny catibía, y hacer el casabe; aunque también 
puedan emplearse las otras para los mismos objetos; pero 
es sorprendente que el agua del almidón cuando se decan- 
ta sea venenosa en términos de morir las aves y otros ani- 
males que la beben, mientras que el casabe y otros manja- 
res que se hacen de la catibía y naiboa de Ja yuca agria son 
tan sanos como el mismo almidón con otra agua y el baga- 
zo ó yuca que comen los cerdos, curándolos y precaviéndo- 
los del ahogo El dictado dulce se aplica á todas para 

distinguirlas de la agria.^^ A ésta llamamos aquí yuca amar- 
ga, con más propielad acaso, y del residuo, exprimida el 
agua, que es un veneno activo, se saca el casabe y tal vez la 
catibía para hacer pastelillos. El peligro de esta yuca con- 
siste en confundirla con la dulce y salcocharlas con otras 
raíces y víveres, para hacer nuestro castizo sancocho, por lo 
que han resultado ya en esta Capital casos de envenena- 
miento de familias enteras. En circunstancias especiales 
como en la época del sitio á que nos referimos, se ha queri- 



XLII. 

do utilizar dicha yuca, sin el cuidado necesario para ex- 
traerte toda la parte liquida, y de ahí la ocurrencia funesta 
del envenenamiento y muerte de esas mujeres durante el 
sitio. 

II. Expresión viügar que significa lo que es pagar 
justos por pecado] es, lo que otro hace sin tener en ello cul- 
pa. Es quisqueyanismo. 

III. Quijsqueyanismo. Expresión familiar y vulgar 
que da á entender que uno está mal visto, amenazado, con 
motivo ó sin él, y por consiguiente expuesto k un peligro, á 
un atropello, en inminente riesgo; y se aplica aun al reo. 
También se dice de una persona que hace un daño ó debe 
responder de algo en justicia ó ante alguna autoridad, y de 
donde puede seguírsele pago de costas ó multas ó apre- 
mio; ó bien que ha hecho algo f está expuesto a la ven- 
ganza de alguno &. En una palabra, el sentido de la fra- 
se es siempre el de estar uno en inminente riesgo^ por cual- 
quiera causa, aunque sea inocente, aunque haya renegado 
del politiqueo y viva como marmota sin quitar ni poner rei. 
Ejemplos: *^Ese individuo engañó á una doncella, y está 
mal hipotecadó'\ "El acusado ó el reo está mal hipoteeadó'\' 
esto es, en peligro de ser severamente castigado, ó con- 
denado á la ultima barbaridad, y si á esto, de ser asesina- 
do legalmente con todas las formalidades de estilo. 

IV. Antes de la Separación principiaron á diviiirse 
los dominicanos an partidos ó banderías. Primero fueron 
los haitianos y separatistas ófebreristas, más un grupo de 
afrancesados. Desapareciendo con la expulsión de la Jun- 
ta Central Gubernativa de la excena política los separatis- 
tas que representaban la Patria libre é inmaculada (que no 
ha vuelto á levantarse desde entonces) las instituciones y 
el régimen de la democracia representativa, surgieron en su 
lugar el personalismo y el despotismo cifrados en el solda- 
do de fortuna, Santana, instrumento ciego y brutal de una 
camarilla sin conciencia ni aun vergüenza. Después del 
12 de julio hubo ya santanistas y filorios, entre los prime- 
ros mezclados los afrancesados^ enemigos netos de la Re- 



xLrir 

publica autonómica, y por tanto, anexionistas y traidores. 
Lo áefilorio inventáronlo ellos para aplicárselo á los febre- 
vistas^ en sentido despectivo. Hubo luego un mandatario 
simpático y popular, D. Manuel Jiménez, que tuvo pocos 
parciales llamados jimenistas. Hechura D. Buenaventura 
Baez de Santana, y enfrentado aquel á éste, vino el baecis- 
mo y el santanismo añejo, más la fracción jimenista refundi- 
da en la primera denominación por odio á Santana. Llegó 
la anexión; y naturalmente hubo desde luego españoles ó 
españolizados j restauradores. Después del triunfo de la 
República y del abandono se creó un pedido nacional para 
que cuantos estimasen la restaurada Patria cupiesen en él, 
única agrupación á la verdad qne ha tenido condiciones de 
partido político hasta ayer, que proclamaba el reinado de 
las instituciones y era enemigo de todo caudillaje ó perso- 
nalism o: él dio oiigen al partido azul^ ó mejor, se transfor- 
mó así. El 29 de de 1866 se creó en Santiago 
la dictadura de los tres generales Pimentel, Luperon y Fe- 
derico Grarcía titulada el triunvirato y ellos triunviros, de- 
nominación esta última que pasó á todos los nacionalistas ^ 
ó del partido nacional; y así por algún tiempo los azules se 
llamaron triunviros. Cuantos habían sido restauradores ó 
estaban identificados con esa causa santa fueron llamados 
despreciativamente capotilleros; inspiración de un pobre 
hombre que creyó ser siempre político notable y fué ane- 
xionista aguijado por anexionistas. ¡A mucha honra! 
Con el gobierno del Protector General I). José M?' Cabral, 
los del partido nacional, restauradores, triunviros ó capotille- 
ros tomaron la denominación (ó mejor se la dieron, porque 
no eran personalistas) de cabralistas ó azules. También se 
les dijo luperonistas y pimentelistas; pero impropiamente, 
sin duda para significar á los jefes del partido ó distinguir 
mejor, segiín las circunstancias, de los baecistas que eran 
personalistas netos, los cuales empezaron desde esa época 
á llamarse rojos. Sin duda los azules tomaron ese califica- 
tivo por oposición á los rojos, ó vice-versa. Los azules aun- 
que siguiesen la bandera de un caudillo, por necesidad 



XLIV. 

eran siempre los patriotas liberales y hombres de prin- 
cipios, opuestos á todo personalismo. Azul era ijyso fado 
todo el que se sentía capaz de combatir éste y á los ene- 
migos de la Patria por amor á ella, y de querer el reinado 
de los principios; por lo cual, aunque en embrión, los azu- 
hs eran levadura de verdadero partido político, y no pasó 
de ahí por falta de progreso en las ideas. Esto no quitaba 
que, aunque en menor escala, devolvieran á los haecistas 
crueldad por crueldad, pues ambos 'partidos se perseguían 
á muerte. El movimiento del 25 de noviembre de 1873 
produjo una escisión en la bandería rq/a que fué la que pro- 
movió la saludable reacción contra Baez. Confraterniza- 
ron con los reaccionarios los azules que estuvieron seis años 
combatiendo el personalismo en las fronteras; y como el 
caudillo, Sr. D. Ignacio M? González fué elevado al po- 
der, los reaccionarios y una fracción azul constituyeron lo 
que se llamó partido verde ó verdes, que no prosperó. A los 
azules tránsfugas se les colgó el anatema de azules desteñi- 
dos y los demás se dijeron genuinos, esto es, castizos, rigo- 
ristas, intransigentes; y siguieron combatiendo por io^ual al 
Sr. Baez y al Sr. González. Apareció luego el General 
Sr. Cesáreo Guillermo, y los azules se dividieron otra vez 
Uamándqse contados cesaristas; lo mismo se dijeron algu- 
nos ro/o^. La revolución de octubre de 18.78 provocó otra 
escisición, esta vez entre azides para combatir la adminis- 
tración del General Guillermo; lo que remató á los dos ca- 
racterizados partidos^ de los cuales, el rojo, había ya perse- 
guido y casi anulado el General Cesáreo Guillermo. 
Y^L no ]iú azules m rojos m verdes (desde 1879) que han 
pasado á la historia, lo mismo que pasaron el santanismo 
(que aun vive en el corazón de muchos) el baecismo puro, 
los triunviros y el partido nacional. 

V. Ei Cuarto del pañuelo es un calabozo de la planta 
baja de la torre del Homenaje, en el patio interior: afec- 
ta la forma de un pañuelo doblado al través ó sea de un 
ángulo rectángulo. Por lo demás, V. nota XVIII ^^Muerte 
del Padre Canales". 



XLT. 

VI. Equivale á la expresión ó frase prepositiva, dicha 
modo adverbial á salvo^ que es en seguridad. Parece quis- 
queyanismo, y es término de juego de muchachos, que 
cuando juegan al toro escojen un sitio para librarse de las 
cabezadas del que hace cíe tal, que es lo que el burladero 
en los circos, y dicen en salvito, estoi en salvito. De aquí 
ha pasado á la seudo-politica que es de toda hispano-Amé- 
rica, y al ocultarse ó huir alguno de persecuciones, se di- 
ce que está en salvito ó se pone en salvito. No consta en 
vocabularios de americanismos. 



LOS TKES QUE ECHARON Á PEDRO EN^E EL POZO. 



Los datos fueron suministrados por las señoras D? 
D. Z., de 90 años, D? F. B. vda. V. de 80 y M. F. de 100. 

I. Las cuevas de San Lázaro son unas excavaciones, 
bastante profundas algunas de ellas, que quedan en un 
grande espacio vacio que había entre el barrio de ese nom- 
bre y el de San Miguel, flanqueado al O. por la muralla y 
al E. por los patios de las casas de la calle de Mercedes. 
Hai dos que están unidas por una estrecha fiíja -de terreno 
como de una vara y que forma un verdadero puente. Pa- 
rece que fueron primitivamente las canteras que suminis- 
traron las piedras para construir ó las iglesias de San Lá- 
zaro y San Miguel, que se ven en ambos extremos del es- 
pacio dicho, ó para muchos otros edificios de los que pri- 
meramente se construyeron, entre ellos acaso la Catedral 
y alcázar de D. Diego Colón. Esas canteras han sido con- 
vertidas en depósitos de inmundicias; y bailas igualmente 
por ese mismo lado fuera de la muralla. Me es grato su 
recuerdo porque fué teatro de nuestros juegos de la in- 
fancia. 

II. Había una anciana algo terca que pronunciaba 
de no mui conveniente modo el apodo ese, porque creía 
que así debía pronunciarlo; y como no tenia empa<^.ho en 



XLTI. 



llamar así al viejito Urrutia, le advirtieron que podía pe- 
sarle. Pero ella decía que á él mismo se lo cantaba; y en 
efecto, fué á su casa no recordamos con qué motivo y D. 
Carlos Conuco le dijo en sus barbas no una vez sola. 

III. Borriquero y mejor burriquero es entre nosotros 
el que montado en su asno se emplea en la carga de efec- 
tos de poco bulto y peso, y más principalmente en la con- 
ducción de ciertos productos del país como carbón, cañas 
de azúcar, plátanos, cañas de Castilla, horconadura, ta- 
blas &., llevándose las tablas de pino ó palma arrastre, lo 
cual es mui curioso de ver por nuestras calles. Hai que 
saber que los bvrriqueros han bajado de su categoría, pues 
ellos solos tenían ahora 30 y pico ó 40 años el privilegio de 
cargar mercancías y todo: ¡para lo que había que conducir! 
Su puesto era la esquina norte de una casa mui alta que 
pertenece á D. Luis Cambiado, Comercio, y que aun hoi lla- 
man esquina de los bwrriqueros. No consta en los voc. de amer. 

IV. Pichardo (ob. cit. pág. 338) dice: '^Así se lla- 
ma principalmente en las casas ó fabricas rurales ó de po- 
blaciones nuevas, el hormigón ordinario, basto, hecho coa 
mezcla menos fina, sin betún ni bruñido, sino emparejado 
en bruto con el pisón". Igual es el que usamos aquí, que 
difiere del que rezan los diccionarios autorizados. 

V. Aunque jamás hemos tocado una baraja, tenemos 
á nuestra disposición un vocabulario nacional del juego que 
hemos formado para instrucción de la juventud; y de él sa- 
camos los datos que aquí damos. En la mesa del juego 
hai algunas veces ó casi siempre más individuos que no 
juegan que los que juegan, regularmente más del doble. 
A esos los llaman mirones y los distribuyen en tres clases: 
mirones que cantan el ave marta; éstos son los que sin te- 
ner con qué jugar se mantienen cantando el juego que de- 
be darse. Mirón que puja es el que sin estar jugando ob- 
serva y ve todas las pillerías del juego y cuando ve una 
da un pujido. Mirón que va en busca de la peseta; á ese le 
llaman mirón des. .castrador, 

VI. Se llama así el que no tiene qué jugar y se cons- 



XLVII. 



tituye en atender y ayudar al banquero á pagar y los haí 
de dos especies. Gimqné capador es el que al pagar ó co- 
brar se mete una ficha en el bolsillo ó por el cuello de la 
camisa fingiendo que va á rascarse la cabeza. Gumpieper- 
petuo es el que pelea por ser quien atienda a todos los ban- 
.cos: llámasele también giirupíe á mano armada, 

VII. El jugador arrancado pide una suma para dar 
como interés, mientras la deb^ un tanto de cada parada 
que gane. Ese es el esclavo, 

VIII. Un jugador perdidoso ó arrancado pide una 
suma á mato mi cochino. Esta [denominación se asemeja 
al capá de nuestros muchachos,, el cual consiste en poner- 
se á capüy y por tanto, tener cada uno el derecho de tum- 
barle de un manoplazo el objeto que tenga y apoderarse 
de él, estando el otro descuidado. El jugador dicho reci- 
be la suma que pide con tal condición, sin retribución nin- 
guna ni obligación a pagar interés; pero el que presta que- 
da ipsofacto autorizado para que, cuando llegue á una me- 
sa y vea jugando a su deudor, pueda apoderarse de la pa- 
rada de éste, así sea la suma triple ó quíntuplo de la que 
dio. Regularmente el que asi presta, tiene sus espías que 
le avisan cuando está jugando su deudor, para entrar con 
precaución y sin ser visto, á fin de sorprender una buena 
parada, y echarse sobre ella con la sacramental fórmula: 
mato mi cochino. Estos pactos se observan con más escru- 
pulosidad que un contrato notarial entre personas honradas. 

IX. Exclamación que emplea el jugador arruinado 
que le pide á otro dinero para jugárselo. 

X. Dice el jugador cuando está perdiendo. 

XI. Había antes la creencia ó preocupación de atribuir 
el jugador perdidoso su mala suerte al pantalón ó chaque- 
ta que se ponía más frequentemente; y en efecto, quema- 
ba esas piezas para ahuyentar el genio maléfico que le ha- 
cía perder. Acaso las ideas modernas hayan influido como 
en religión, eu política y en todo para que cesen estos pe- 
legrinos autos de fé. 

XII. Es disimulación, engaño, malicia, y asi se di- 



XLVIIL 

ce: "fulano tiene muchas máculas", reza el Diccionario en- 
ciclopédico dirijido por D. Nemesio Fernández Cuesta; pe- 
ro entre nuestros jugadores es supersticiosa creencia, preo- 
cupación falsa acerca de determinada cosa. 

XIII. Sucucho (en Méjico y Cuba socucho) por rin- 
cón se registra en el Dic. gallego de Cuveiro Pinol, dice 
Cuervo (obra citada, pág 534). "Rincón, tendajo, chiribi- 
til", traduce Rafael Uribe U. (obr. cit. pág. 265). Extra- 
ño es que el diligente, erudito y distinguido cibaeño, D. 
Esteban Pichardo, no registre esta voz en su ya famoso 
diccionario de voces cubanas. Parece, según las obras con- 
sultadas en vano, cfue sólo es comuna Colombia, Cuba, 
Méjico y la República Dominicana. 

XIV. Acepción expresiva que familiar y vulgarmen- 
te usamos para significar que no se tiene blanca. Así se 
dice reflexivamente: ^Marranearse los cuartos á uno", **se 
me arranca' , '*se le arramó'\ haciendo el verbo neutro. 
Arrancado^ a, es adjetivo aplicado á quien está arruinado, 
es un pobrete ó que siiiii 1 bínente se halla sin ^blanca. En 
Colombia priva, según dice Cuervo. El vulgo encanalla 
el vocablo diciendo arrancucharj arrancuchársele á uno, sin 
extender este uso al adjetivo. 

XV. El jugador perdidoso achaca luego su mala 
suerte al que tiene al lado; y exclama: ¡Que ojo! ¡qué pé- ' 
hen! ¡qué maldito obenque! ¡seca un papayo! Lo de oben- 
que, que es término náutico, vino de un individuo natural 
del Seybo que era parroquiano de una casa de juego ahora 
años, y tenia un ojo menos. Co'i este tal se encapricha- 
ron los que jugaban que acaraba ó fatalizaba á quien mirara, 
y estábanse saludándole de ese modo mientras hacía de 
mirón. De ahí el singular terminacho cuyo origen pocos tal 
vez sepan. 

XVI. Cuando el jugador va perdiendo, le molesta 
todo. Así dice: **Amigo, no me pise la silla", si alguien 
lo hace, y cuando le embroma el vecino ó le parece á él 
que le molestan, grita: /'¿quién cambia de lugar?" ¡Infelices! 

XVII. Por el contrario, el que gana todo se le vuel- 



XLIX 

ve reírse, y como atribuye su ganancia al que tiene al lado, 
dícele: *^No se quite de Rii lado". ^*Ud. tiene vista de án- 
gel". **Es Ud. el niño de Atocha" &. Muchas de estas ex- 
presiones parece que son antiguas. 

XVm. Sin duda es quisqueyanismo, pues en parte al- 
guna se encuentra esta frase expresiva, equivalente á la otra 
meterse en cintura^ meter á uno en cintura, y á la castiza me- 
ter entre un puno. 

XIX. V. PicHARDO, (obr. cit. pág. 234). Majagua se 
dice en Colombia al árbol y á la corteza majagua. ''Especie 
de cintas fibrosas que sirven pora envolver los andullos de 
tabaco, para hacer cuerdas, cables, mochilas y otros artícu- 
los" (Uribe U,, obr. cii, pág, 176.) 

XX. Equivale á no hai raedio, manera, ^^No hai fres- 
co de que quiera venir", ^^no hai fresco de que lo haga". No 
consta en los voc. de americanismos.. Es de uso familiar 
y vulgar. 

XXI. ^^ Garete, Irse o estarse al garete. Frase toma- 
da de la marítima en la significación metafórica de perder- 
se, trastornarse, desordenarse Ó extraviarse alguna cosa, á 
la cual fiíltó el rumbo, gobierno ó cuidado. De aquí el ver- 
bo desgaritar ó desgaritarse, ai cual se da en esta isla el 
mismo significado". (Pichaudo, obr. cit , pág. 159) Del 
mismo modo decimos nosotro^i de una persona que anda 
sin rumbo cierto; y hacer huir, perseguir á uno decimos 
también desgaritar á uno. 

XXII. Esta tradición, que, como queda dicho, ha 
dado origen á un dicho popular nuestro, de absurda cons- 
trucción gr.miatici!, esUbici!;! p3r.lidi. Pjr fortuna, una 
señora de 90 irnos tenía los datos, que posteriormente otras 
ancianas han enriquecido, y conoció á la víctima, que ase- 
gura llamarse Pablo y no Pedro, á su madre seña María 
Gerónima Noba y á uno de los victimarios de nombre Fran- 
cisco, que fué quien en artículo mortis declaró en la Ha- 
bana el hecho, y dice que supone que el Alcalde de aque- 
lla ciudad por oficio lo comunicó á las autoridades de la an- 
tigua Española. De modo que el dicho popular está equi- 



vocado, pero como tal, debe conservarse así. Los dates de 
la dicha señora son fidedignos, y ella mui verídica y de ex- 
celente memoria. I como se trata de tres y de que el he- 
cho fué por causa de juego y ocurrió en un barrio de esos, 
vínica cosa que se saina ya, e:^ seguro que la tradición á que 
se refiere esa scfiora sea la misma que hemos relatado. Los 
precedentes datos se hallan confirmados por otra señora, res- 
petable viuda de un distinguido caballero, quien da el mis- 
mo nombre de la víctima, añadiendo que era gran guitarris- 
ta, y el de su madre. No deja por eso de haber encontra- 
das versiones. Consultando á una señora que cuenta de edad 
un siglo justo, y en el pleno uso de sus facultades, da razón 
de que el suceso se refería de distinto modo, (aunque en lo 
esencial es uno mismo) y recitó unas cuantas décimas de 
las varias que se escribieron con ese motivo. La versión que 
da es la siguiente: Era un joven mulato, militar, buen 
guitarrista y mejor hijo: llamábase Pablo, y su madre 
Tomasa. Estaba en el fuerte de Santa Bárbara, y el cabo 
llamado D. Manuel Batista le prestó para un piquete, y 
no volvió; aunque también dice que le envió á buscar 
la cena, y no pareció más. Parece que se metió en 
mal lugar^ y tres le acecharon y le arrojaron al pozo, 
sin duda después de asesinarle. A los 15 días su ma- 
dre le encontró allí y le sacaron ya con un brazo comi- 
do. Que el pozo quedaba en La Negreta, sita en el ba- 
riio de Santa Bárbara, así llamada por haber existido alli 
un edificio que servía de depósito de esclavos y cuyos ci- 
mientos en parte se ven. Está el pozo en el fuerte del Án- 
gulo, extremo norte de las murallas y en la misma calle, que 
por allí está á nivel de ellas, midiendo unos 40 pies. Hai 
personas que aseguran que el suceso ocurrió en ese pozo, 
pero en el pueblo corre válida la especie de que fué por 
San Lázaro, y aun señalan el lugar. Naturalmente la versión 
que dimos es la más comprobada y lamas rica en porme- 
nores. Por lo demás, todos están de acuerdo en que 'fue- 
ron tres y jugadores los verdugos y que la víctima se llama- 
ba Pablo y no Pedro, que era de color y militar &. Cuanto 



LI 



á esas décimas, no creo que valgan por un documento au- 
téntico. 



MUERTE POR MUERTE. 



Suministraron estos datos las scíioras D? M. D.'F. de 
C, Df F. B. vda. V., D? R. del O., D? D. Z \ D? 
M. S. y los señores D. J. M? B. y D. A. B. lie aprovecha- 
do también el ^^Conqxindio de la Historia de Siuito Do- 
mingo" por D. José G. García, tomo II, 2? edición. 

I. Es expresión nuestra, quiscpieyanismo, pues no se 
halla en parte alguna de America, que sepamos. No ne- 
cesita explicaciones, porque, como se ve, significa compla- 
cerse uno en una cosa, satisfacerse^ é. De las cosas inani- 
madas se dice lo mismo en lo que á ellas se refiere. Así 
se explica la frase ^'los aguaceros se dieron gusto"; es 
decir, se complacieron en aguar la fiesta, se hartaron 
de ello. 

II. La 1? edición del Compendio del Sr. D. José G 
García trae que del 3 al 4 de junio de 1820 ocurrióla muer- 
te de D. Tomás Ramírez, pero ese dato ha de rectificarlo 
en la d^ que prepara, más rica, corregida, aumentada y li- 
bre de la pesada forma int^Trogativa.* El autor nos ha di- 
cho que las fiestas empezaron el 4 de julio y el 10 pusie- 
ron las lápidas conmemorativas de que no han quedado 
huellas, porque con la vuelta del régimen absolutista indu- 
dablemente las quitaron. Es más que probable que se pu- 
siese alguna en la plaza de la Catedral, y como . no había 
en ella entonces mis edificios piiblicos que la Catedral, el 
Cabildo y la Cárcel civil, acaso no querrían colocarki en los 
dos primeros y eligieron la ultima, ó bien sería en el Cabil- 
do y la Cárcel. Por eso afirma persona mui verídica, ^'que 
no dice sino lo que vio", que la muerte de D. Tomás Ramí- 
rez ocurrió cuando la inauguración de ese edificio con mu- 
chos festejos públicos, dice ella. El edificio se construyó 



LII 



en 1812, y manifiesta unas veces la referida señora que al 
poner la primera piedra fué que tuvieron lugar esos feste- 
jos, y otras que al colocar una lápida, asegurando la misma 
que fué restaurado en algún tiempo. Con lo primero nada 
tenemos qué hacer. Si lápida se puso allí en el año 20, 
pudo ser la que consagraba el edificio, pero es probable 
que fuese más bien la conmemorativa de la segunda jura 
de la Constitución, que allí se pusiese por ser lugar más á 
propósito, visible y publico y edificio del Estado. Acaso 
se aprovechasen aquellas circunstancias para inaugurar el 
edificio ó poner en él lápida, cuyas señales no se han en- 
contrado; y esto será lo que haga afirmar á la señora que 
la muerte de D. Tomás Ramírez ocurriera cuando la inau- 
guración del edificio en que *4mbo muchas fiestas''. Mien- 
tras tanto, cinco testimonios hai hasta ahora, incluso el del 
historiógrafo Sr. García, y el de un hijo de la víctima que 
lo refirió en Puerto Ricu al Sr. D. Alejandro Bonilla, los 
cuales todos aseveran que ocurrió el hecho durante las fies- 
tas de la segunda jura de la Constitución, ó sea, en el mes 
de julio de 1820. A ello es fuerza que nos atengamos, aun- 
que sentimos no acomodarnos al parecer de aquella señora. 
III. Llamaban el Fijo á la guarnición permanente, y 
esto parece que desde el siglo pasado ó acaso antes. D. 
Antonio Delmonte y Tejada (obr. cit. III, cap.,V pág. 
67) habla de una compañía del Fijo que fué á aprehender al 
capitán Santiago Morid de Santa Cruz y parciales que ha- 
bian levantado bandera contra el gobierno colonial, porque 
éste prohibió el tráfico de ganado por las fronteras. Eran 
hacendados, y la rebelión se llamó la JRevuelta de los capita- 
nes y ocurriópor los años de mil setecientos setenta y pico. 
El mismo autor (obr. cit. III, cap IX, pág. 141) trae un 
documento suscrito por D. Joaquín García, Capitán Gene- 
ral de esta parte, en que habla de que *'el batallón fijo es- 
tá en ella bien distribuido", y en la página antericr y luego 
en el capítulo x habla el predicho autor del Fijo de la Ha- 
bana, Méjico, Caracas, Puerto Rico & que se mandaron 
buscar cuando el rei de E>-paña declaró la guerra á la re- 



Lni 

pública francesa. Luego es una determinación técnica, di- 
remos, para significar guarnición permanente de tropa de 
línea. Metáfora ó término técnico, debía constar en los dic- 
cionarios, si hasta pertenecía al lenguaje oficial, al menos 
aquí. 

IV. Este edificio ocupaba el frente occidental de la 
plaza de la Catedral, y fué en el gobierno de D. Diego Co- 
lón que se edificó, porque dice Delmonte y Tejada (obr 
cit, II, cap. VI, pág 109) que el Virey Almirante "pro- 
movió igualmente que el cuerpo municipal levantase con 
igual magnificencia (que su alcázar, el cual empezó á fa- 
bricar entonces) la casa de Cabildo &". El llegó aquí el 
11 de julio de 1509, según el mismo autor, y á su arribo 
un hiiracán dernbó las casas de madera y paja. En qué 
ano se fabricó el Cabildo? Sería del 509 al 520 ó 21. Sin 
embargo, en otra parte de la misma obra (III, I, pág. 12) 
sienta que "se fundaron la iglesia parroquial, convento dé 
religiosos franciscanos, casa de Cabildo y cárcel." Esto 
debió ser en 1502, y acaso en el mismo lugar en que des- 
pués se levantó con magnificencia. Era, dice el mismo au- 
tor que lo vió^ de arquitectura gótica; y en efecto, «tal fué 
hasta el año de 1876 en que le derribaron para levantaren 
su lugar la pesada construcción moderna de ladrillos fofos, 
Y adornos de madera y hierro colado, que hoi se llama Pa- 
lacio consistorial. Era sencilla y algo tosca, de un piso y 
con balcón corrido mal hecho. Su sala principal, que 
era pequeña, tenía artesonado de madera y una inscripción 
que aludía á la equidad de los jueces. 

V. Quisqueyanismo. El vulgo llama mocho á todo 
pedazo de cuchillo ó el mismo despojado de su cacha ó con 
algiín otro deterioro, ó bien simplemente porque es viejo. 
Del mismo modo llaman, por extensión, mocho á cualquier 
cuchillo que use uno. *^Sacó su m^clio y le dio ó lo hirió". 
**Tenía fulano un mocho^\ así se trate de un magnífico colin 
flamante. **Amigo, présteme su mocho para picar mi ta- 
baco", sea cuchillo nuevo ó viejo, roto ó uó, cuchillo de 
marino (samheta)^ navaja é. 



LIV. 



VI. Texliiul. 

VII. Es un terminar;lio vulgar que denota uu grado 
óptimo en las cuvsas. ^^Vn dii^ciiTi^o número uno y mediOj 
que es mui bueno; '^un escándalo número uno y medio'\ ma- 
yúsculo; y también número uno y tres cuartas. No existe 
en dice, de americ. 

VIII. El sólido edificio, anticuo templo de San An- 
drés, que está en la calle del Arquillo y cuyo lado y ángu- 
lo Este cae sobre la plazuela del Carmen, tres veces céle- 
bre (llamada de San Andrés por el historiador Del Mon- 
te Y Tejada, obr. cit., III, cap. V pág- 59). Nunca tu- 
vo otro destino después que dejó de ser templo, parece, 
que el de casa de corrección de mujeres perdidas enfer- 
mas; y se sabe que Doña Concepción de Mueses era de las 
que iba semanalmente con sus criadas á asistirlas. ¡Ejem- 
plar caridad la de aquellos tiempos! 



Para rematar las notas de esta leyenda, hemos de a- 
gregar las versiones que hai acerca de ella. El sitio en 
que fué kerido D. Tomás Ramírez lo fijan unos en la es- 
quina de la calle dal Comercio, sin dimiiguir, otros en k 
más próxima á la plaza, casa de D. Alexí Licairac, éstos 
en la acera del lado Este, frente al caño y casa de D. Mar- 
tín Puche, esotros en la opuesta acera. Lo probable es 
que fuese en la del lado Este, porque el hijo ó nieto de D. 
Tomás así lo asevera, ^^sobre el mismo caño", y siendo el 
suceso tradición de familia, ella es la más autorizada opi- 
nión en este caso. Además la dama del cuento vivía en al 
opuesta calzada, la del Oeste, y es natural que tratándose 
de casas altas, para verla, D Tomás siguiese la frontera á 
la morada de aquella. Otras versiones desfiguran el suce- 
so. Hai quien diga que un soldado del Fijo llamado Cor- 
bata armó un desorden en una de las dos esquinas, y al fa- 
vor de él, él francés mató á D Tomás Ramírez; y que sos- 
pechando del pobre diablo, 1í) hicieron preso, porque salía 



LV. 

en ese momento de la casa frente á la cual ocurrió el ase- 
sinato. Relativo al presunto reo, refiere un señor anciano 
que ''era un moreno y andaba con un garabato en el pes- 
cuezo en castigo;" pero se sabe bien que fué Lucas Coro- 
nado el presunto reo, y exacto cuanto se refiere á él porque 
hai tres ó más testimonios acerca de ese punto. Por lo que 
hace al amante de la madame Nicolás dicen algunos que 
era un relojero francés; pero de este no queda duda da quién 
era. Omitióse decir que el arma con que fué herido D. 
Tomás le atravesó los hígados^ dato que es de la familia. 
Ahora una señora que conoció á los esposos afirma que ella 
se llamaba Marie-Louise, y tenía una hija de nombre Alice 
que casó con un señor Pilati. Hágase pues la debida rec- 
tificación. Lo más curioso es que afirman que, 'habiéndo- 
se empobrecido los esposos protagonistas de esta leyenda, 
la culpable hacía dulces para vender, y un día cayó dentro 
de la olla próxima á la pared la capa de cal desprendida 
por la, calcinación de la misma, descubriéndose una cajita 
de lata que contenía un entierro, A consecuencia de tal 
dichoso hallazgo, ambos se retiraron á su país; pero esto 
necesita comprobación. 



EL SANTO Y LA COLMENA. 



Los datos los suministró el Sr. D. P. T. G. 

I. Fué curioso^ de primera, — ^No sé si será castellano; 
de lo que estoi cierto es de que ni en diccionarios de la len- 
gua ni de americanismos parece la locución. Lidica lo que 
ésta significa: notable, escojido, mui bueno; así, caso, he- 
cho, suceso; discurso, dicho (&, Estos matices se hallarán 
al pormenor en mi Vocabulario de Quisqueyanismos^ en 
preparación. 

II. I de ñapa, — Es la voz sagrada de nuestros infan- 
tes, y por eso sólo valía la pena de hacer una disertación 
sobre ella. Ante todo, es del dominio de nuestra América, 



LTI. 

como que es voz quichua. D. (Rafael lÍERCHANy Estu- 
dios Críticos^ art? Estalagmitas del lenguaje, Bogotá, pág, 
122) dice ^^ñapa^ adehala". I nuestm Pichardo (obr. cit. 
pág. 99, adonde envía de la 269) dice: ''La corta dádiva ó 
barato, que hace el vendedor por menor al comprac^pr en 
reconocimiento de haberle preferido. Dícese también ña- 
pa, singularmente en la parte orientar. Adehala, ribete, 
refacción, trae Uribe U. en su obra citada. I por líftimo, 
Cuervo en sus Apuntaciones (págs. 479 y 80) nos dirá cuan- 
to hai que decirse acerca de esa voz. "Entre la Uy la w pa- 
rece haber la misma afinidad que entre la í y la w, de don- 
de proviene que en vez del llapa que como voz de minería 
da la Academia con el significado de *'el aumento de azo- 
gue que se echa al metal al tiempo que se trabaja en el bui- 
trón", digamoj nosotros ñapa, en el sentido de añadidura ó 
adehala". ^^Ñapa se usa también en Cuba, i^eifún Veláz- 
quez, que traduce el inglés to hoot por d^. ñcfpa^ Es voz qui- 
chua, según veremos". I en la pág. 530: ^^Ñapa, adehala, 
añadidura; quichua yapana, añadidura; yapanij añadir; de 
aquí llc^y pues en esta lengua se cambian también la Z? y 
la y, cqmo en yantacumi y llanhcuni, hacer leña". El uso 
nuestro ni está limitado á sólo los niños porque no hai cria- 
da que no pida ñapas en las pulperías, ni al simple voca* 
blo. También formamos una locu<^ión ó frase prepositiva 
que significa y además, por añadidura, &in duda bien for- 
mada. '^I de ñapa sobar sus santos." 



LAS VÍRGENES DE GALINDO. 



Suministraron estos datos las señoras M. D. F. de 

C, D. Z., C. T , A. Q., y señores Dn. F. M? D. y Cang? 

D. C. N. HemDs aprovechado algunos pasajes dol posma del 
mismo nombre del Sr. D. Félix M? Delmonte. 

I. Ponerse en ella nacimiento. — Esta representación 
del de Cristo se disponía en muchas casas, sobre todo en 



LVII. 

las principales, con gran lujo, en el corredor, en alguna 
pieza ó en los bajos de la casa. Ya va siendo rara esta 
costumbre. 

II. I ridículos si Dios manda, — Expresión familiar y 
vulgar que denota en grado sumo. 

III. Un chocolate ó una sangría, — Se hace esta de 
agua de limón y vino tinto, que es la castiza; pero aquí la 
fabricamos (yo no sé si será á la inglesa) con cerveza, agua 
y azúcar, a que llamamos también bul. Era hasta 10 ó 
más años requisito indispensable en bailes: hoi es raro su 
uso en tales reuniones, reemplazándosela con agua pura, 
orchata ó algiín licorcito. En otra clase de reuniones se 
hace todavía el bul^ que en buen castellano puede, por ex- 
tensión, llamarse sangría, 

IV. Al tan de las fatídicas nueve, — Creeré que esta 
locución es americanismo, y si no, quisqueyanismo. Tan en 
los diccionarios autorizados es sonido del golpe, según 
unos, y según otros el sonido ó eco que resulta del tambor 
ú otro instrumento semejante tocado á golpes. Pruébase á 
cada paso que no valen nada los léxicos castellanos: sonido 6 
eco no es lo mismo, y galicismo lo segundo; y ¿de qué otro 
modo iba el tambor á sonar sino tocado á golpes^ En cuanto 
» lo de semejante^ es ocasionado á dudas. ¿Qué instrumen- 
to es semejante al tambor? Nuestra locución habrá sido 
formada por analogía al sonido que da el tambor golpeado, 
al ver que campanas, tablas, jofainas, hierros, planchas ó 
láminas metálicas & despedían un sonido que onomatópi- 
camente se podría explicar por el tan. Así hemos dicho 
acá al tan de las nueve, ú otra hora, esto es, al mismo sonar 
ellas. Es voz expresiva, porque denota bien esta circuns- 
tancia. 

V. Señorítas de ringorango, — Esta curiosa acepción 
nuestra (exclusivamente hasta ahora) es sacada sin duda 
de la extensión de significado que tiene lo que en castellaa 
no representa, que es el rasgo pomposo é impertineijte que 
se hace con la pluma en la escritura, y también por ex- 
tensión se dice de cualquier adorno superfino ó sobresalien- 



LVIII. 

te. Corno nueátro puoblo Jispaiio Jo tan viva imaijlnaciün 
y una fuerza de percepcióa extraordinaria, de ahí esa acep- 
ción como tantas otras verJcideras riquezas de nuestra ha- 
bla vulgar, popular o regional. Señorita, caballero, fami- 
lia de ringoranjo^ es de copete, de distinción. 

VI. Águeda era extremadamente bella. — Cuantos oye- 
ron pequeñuelos este lamentable suceso, ó conocieron á los 
que en él figuran, están contextes en decir que Águeda era 
bellísima. Interesados en hacer su retrato, agotamos los 
recursos con los que siquiera un día tuvieron ocasión de 
verla; pero no han podido recordar su fisonomía, sino aca- 
so los rasgos más sobresalientes que damos, lo mismo que 
de su figura. Le encuentran parecido con una señora de 
esta ciudad. 

VIL JSn los meses del hicaco, — Las palomas silves- 
tres de cabeza blanca, que tan agradables carnes nos pro- 
porcionan en los ocho meses del año, poco más ó menos, 
salen de sus criaderos ó nidales (á) y en bandadas espesa- 
cruzan siempre de E. á O., por sobre la ciudad en dis 
lección de los sitios en que abunda el café cimarrón, el hi- 
caco y la cigua. Regularmente en cada región hai sitios 
que de tiempo inmemorial están acostumbradas á frecuen- 
tar, porque en ellos no ha faltado imnca el aumento que» 
llevar á sus pichones. En las cercanías de la Capital te- 
nemos los lugares que se citan en un capitulo de esta le- 
yenda, y donde se echan las palomas y se les da caza. 

(a) En esta provincia los tienen en las isletas Jlamaias André- 
y la Caleta y acaso en algán otro higSLv: la última está cubierta de bos- 
ques, yéndose á ella con el agua á la rodilla 6 nadanio. Es tal el des- 
cuido, que se permite ir á esos sitios á matar las madres en cantidad de 
mil y tantas, y á palos los pichones criados, y los que están en el ni 
do sacudiendo los árboles. Siendo la paloma un recurso para esta ciu- 
tlad parece mentira que la despreocupación, cierto desenfado y el de- 
sorden, no obstante una que otra tardía prohibición de la Gobernación 
que no se cumple, rayen á tal altara que permitan destruir la fuente de 
ese recurso. 

VIII. Tiraba de la oreja al burro. — En castellano se 
dice: tirar déla oreja á Jorje, ])tira significar el vicio del 
juego. Nosotros, así como lo estampamos. 



IX. Un las (jaUeras, — Eii ningún diccionario, excepto 
el de Barcia, hasta ahora, se halla esta voz; y si por allá no 
gastan esta mercancía, que lo dudamos, hacen bien con no 
recargar los in-íblios lexicográficos en que siempre **es más 
el papel que la razón", con este término como con los de- 
más de América, que ni pueden ni sabrán jamás definir en 
la Península, porque no; y lo mejor es que no se registren 
más en ellos. Apelamos al buen juicio de los señores lexi- 
cógrafos. En América es círculo ó valla con un anfitea- 
tro en el interior el cual ocupan los asistentes, y en el es- 
pacio que deja libre el anfiteatro pelean los gallos. En ese 
palenque sólo se vea los dueños ó encargados de echar al 
saco al animal, levantarlo té, y asistirlo en una palabra. 
Cuando hai uno mal herido ó moribundo se arfoja á veces 
todo el mundo á la arena. El que quiera más explicacio- 
nes vaya á ese Liceo. 

X. Cojieron de atrás pa alante, — Expresión vulgar que 
vale metafóricamente cojer a uno en callejón sin salida, de 
súbito, sin defensa, llamarle á capitulo, autoritativamente &. 

XI. Escojido un palito de guano. Es costumbre aquí 
cortar el astil ó palillo tierno de la hoja del guano, que es 
como de media vara, y dividirlo en trozos de cuatro ó cinco 
pulgadas álos cuales se hace un escobillón con los dientes 
para limpiar estos. Hai quien no pueda pasarle sin el pa- 
lito (como elípticamente le llaman) y todo el día lo tienen 
en la boca. 

XII. JEl aguacero fué de corhata. — Fuerte, grande &. 
XIII* No dejes esas niñas solas, — Textual. 

XIV. Donde se ejercitó su pluma. — No recuerdo si se 
dice en la misma '^Historia Creneral de Indias" del P. Las 
Casas, pero se da por cierto que en el convento de Santo 
Domingo ó ex-convento dominico, como decimos al templo 
y á las ruinas del monasterio, memorables hoi, empezó á 
escribir esa obra el protector de los indígenas de América. 
Sí es positivo que la escribió en esta ciuciad; y como era 
fraile de ese convento, la deducción es lógica. Es fáci[ 
comprobar este dato. Aquí debiera consagrársele un re- 



LX. 

I 

cuerdo grande á ese hombre, cuya personalidad está tan li- 
gada á esta tierra casi como la de Colón y su familia. Su 
primera misa la cantó en la derruíila Concepción de la Ve- 
ga; muí joven vino al país y desde que llegó á Isabela em- 
pezó á recojer en sus Memoriales apuntes verídicos de la 
primera época de la colonización, sin contar con que po 
seía todos los papeles del Almirante, y por eso pud . 
cribir el comienzo de la Historia de Santo Domingo, que 
sólo á él deberá tener esas primeras páginas que son la tra- 
ma fidelísima délos sucesos posteriores. El fué, p)r con- 
siguiente, quien destruyó las apasionadas y erróneas suposi- 
ciones de Oviedo, enemigo acérrimo de Colón, que vicia- 
ban y han viciado el origen de nuestra historia nacional; 
tales como la sublevación en el mar, hecho hoi descabala- 
do por la crítica como imposible y absurdo, si ha de seguir- 
se, como es natural, el Diario de] Descubridor, y aquella 
otra fábula dramático-novelesca de Migiieí Díaz y la india 
Ozema, pues ni hubo tales carneros ni jamás se halló tal 
india Ozema. (a)El contribuyó á educar á Gaarocuya, nues- 
tro antiguo Leónidas, é intervino en la paz que propuso en 
carta particular el poderoso Emperador de dos mundos, 
Carlos V, al oscuro y altivo quisqueyano, uitirno derensor 
de su raza; él era el celoso patrocinador de los indígenas y 
ardiente acusador del más mínimo acto de' los gobiernos 
coloniales que afectase la libertad ó el bienestar de los in- 
dios; él fué á España á abogar con calor ante el Rei por los 
indígenas de América y sobre todo de Santo Domingo^ y 
-por ello sostuvo valientes y harto científicas polémicas en 
el seno del Consejo de Indias. Su vida se .gastó en esa 
noble causa; y de cuanto le pueden acusar los mismos es- 
pañoles es de su vehemencia de carácter y estilo, porque 
no perdonó las iniquidades de los colonizadores, aunque 
fuese realmente un tanto exagerado. A él, por ultimo, no 
le cae la mancha que irreflexivos historiadores le echan en- 
cima de que introdujo la trata de esclavos africanos en Amé- 
rica, pues que bien demostrado está que fueron los portu- 
gueses. De sus palabras, si acaso algo de eso dijo, no »e 



LII. 

debe deducir un hecho tamaño. Puede que pocas bio- 
grafías sean más interesantes que la del Obispo de Chiapa, 
ni pocas obras más instructivas y que se dejen leer^ entre 
los in-folios de aquella gente, como ese monumento que se 
llama ^'Historia General de Indias" y el otro, la "Apolo-, 
gética Historia" (que dicen contiene la natural de esta An- 
tilla), todavía inédita en los archivos de la Academia de la 
Historia, psro de que sé han sacado copias. Es preciso 
cerrar los ojos para atreverse a negar que la alta persona- 
lidad del Padre Las Casas es para nosotros casi una gloria 
nacional, como si no significase más que la de cualquier 
aventurero de los que piáaron estas Indias en busca de 
fortuna. 

(a) Ho(}ama\\am\b&xí los españoles este río, sabe Dios si oyendo O'Sá- 
ma ú 0-samá^ porque los natu'-ales dijerun del mismo modo Bamaná 
{Xamana escrihía el Dr. Ghaocay Xamaná el P. Las Casas, **la úl- 
tima sílaba aguda", advertía él); aunque sostiene D. Juan L de Ar- 
mas {Orígenes del lenguaje criollo j xv, pág. 76) "que todos loa nom- 
bres dados 4 las primeras islas y provincias, cuando no conste su pro- 
cedencia castelUiua, son nombres arbitrarios, casi todos de sonido ará- 
bijgo (!) é hijos de Ja creenoia que tenían los descubridores de hallarse 
en países orientales y de la imperfecta percepción de los órganos audi- 
tivos"; lo cual es ingeniosamente peregrino, así como el decir que Ana- 
caona es vascuence, porque en esa lengua ana es bueno y la reina indíge- 
na ei a una mujer buena Del nombre Hoqama, pues, vino el otro,^ 

corruptela ó nó, de Ozania y Ozeina exc'usivo del río, como Jo testifica 
l^as Casas, y que no parece posible le dieran los españoles. Por analo- 
gía á qué, recordando qué, por cuál reminiscencia eufónica arábiga, se- 
gún d.3 Armas? La tal india, cuyo cacicato se extendía desde este río, 
en la margen occidental, hasta Haina ó el lugar frontero á la isla Bea- 
ta, siguiíjndo el litoral, si no eítamo.-* equivocados, era llamada por los 
españoles Catalina: así Lrs Casa?, Jrving, nuestro Del Monte y Te- 
jada y otros. El Sr. D. Javier Yugula Guridi, en su Geografía físico* 
histórica de Santo DamwgOy erró al situar el cacicato de esa indígena 
á ijíiien llama Inés, nombre que jamás tuvo, en la opuesta orilla del 
Ozama. Ko hubo pues nunca india llamada Ozema (lo cual es de sen- 
tarse por las niñas bonitas que lo llevan); y en cuanto á Miguel Díaz, 
criado del Alfuirante, puede seguií^e paso á paso su vida. Biea pudo 
ser que tuviera esas riñas en Isabela (lo cual no está comprobado); pe- 
ro consta de un modo cierto que quien indicó el oro de Haina "á lo*^ 
onstianos^' fué el cacique Guarionex, deseoso de quitarse de encima el 
tributo del medio cascabel de oro en polvo que á los indígenas cibaeaos * 
tenía impuesto Colón; y astniismo consta que éste ordenó á su birmano 



LXII. 

D. Bartoloraé que explorase aquel la.3 regiones y erigiese fortaleza cu 
ol lugar de las minas, que vino á ser después el pueblo de San Cristó- 
bal. Para ese íin, no recuerdo si ' el Almirante ó su hermano envió com j 
exploradores á 3íiguel Díaz y Franciáco de Garay, los cuales, haciéndo- 
se BLCompaXiSbT por guias (¡para los que aun crean que el primero fué á pa- 
rar fugitivo y sJo al Ozama!) so dirií^ierondesde Isabela hasta el Haina, 
■exploración de que habla lariraiuente Larí Casas. Esta eg la' decantada 
historia erótioo-políLica del origen y fundación de las dos ciu^Iades en las 
márgenes del Ozama. [Donosa fábula de (Jviedo que sin detenerse 
han repetido todos! Pero la crítica histórica est4 ahí. Pues qué! ^,no nos 
ha demostrado, aunque nos sea duro creerlo, que es falso que Isabel em- 
peñó Busjoyas para armar la expedición descul)ridora? ¿TsTo es evidente 
asimismo, Cvm ella en la mano, que el nombre de Quisqueya no es indí- 
gena ni jamás existió, y que quienes primero lo escribieron fueron Herre- 
ra y Gomara, siguiendo ad i:iedem literw la ilusión del Almirante de ha- 
llarse en el extremo Oriente, y andar bascanilo la ciud^xd del cielo de Mar- 
co Polo, su Gídsay^ Gttinsay 6 Quisay, de donde, corrompiendo el vo- 
cablo, alguien dijo Quisqueia^ según la piosodia antigua, convirtiéndose 
después la ¿ en ?^ según la moder«a? De ahí tomaron el nombre los his- 
toriadores de Indias, que han repetido los demás sin la debida crítica, 
así como que esta isla se llamó Haití ó Quisqueya, Baheque ó Bohío, 
El segundo no es d© formación ni terminacióa lucaya; y cuanto á los otros 
dos, ya se sabe que el primero era el nombre (pie daban los indios de 
C;uba á Costa-fírme, á la cual llamaban Carítaha. ^STamás este habe- 
que páreselo'', dice Las Casas. Ni hohío tampoco, término con el cual 
ellos signiñcaban caserío ó chozas. ^^Consta qte fué un nombre infun- 
dadamente atribuido por Colón á la isla de Santo Domingo, limitado 

luego por el Dr. Chanca á una sola de las provin ?ias y adoptado por 

los conquistadores para expresar la idea de casa''. (Jií. I. ]>E Arma^S, 
obr. cit. cap. ir, pág. 11). I ya que sin quererlo nos hemos venido tan 
lejos, conste que, aunque nos duela, la isla no se llamó siempre más que 
Haití] pues Quisqueya jamá# existió, bien i.omo tampoco Ozema y lo 
demás. Sin emlía^go, soi de los que sostengo ese bello nombre, .consa- 
grado por los historiadores de Indias, para nuestro girón de isla. ¡Oja- 
lá sustitu^'aun día la liepública de Quisqueya al pesado y ambiguo títu- 
lo de Bepública Dominicana. Otras razones más pueden verse en El 
Teléfono n? 445 del 8 de noviembre de 1891. 

XV. Anduviese listo el coco macaco. — Es un palo del 
África nudoso como el tronco de la palma y torcido, por lo 
regular. Ningún neo-ciudadano de la africana república 
de Haití (que ocupa la parte occidental de la isla de San- 
to Domingo, antes colonia francesa) puede estar sin su co- 
co macaco (coq, macac,]}roimiicm\\) y es el bastón del go- 
bernante, del jefe militar, del capataz de presos, del pre- 
fecto y agentes de policía y de todos los cituayenes, como 



LXIII 

por acá les decimos, i'^s de rigor el mucho palo con tal 
instrumento a soldados y prisioneros; fortuna que el haitia- 
no ó mañe^ según les decimos, está ya familiarizado con el 
coco macaco. Los vinjcros compran allí por cm'iosidad co- 
lecciones de ellos. 

XVI. Los rudos y sanguinarios toqiiesch la ciiyaya. — 
Las siguientes sextinas del poema de D. Félix M? Del 
Monte, que tiene el mismo nombre que esta leyenda pin- 
tarán al vivo lo que es: 

''Esa histórica daaza 
Por el monstruo Cristóbal inventada, 
Un grito 03 de venganza: 
i)el deleito del crimen pincelada; 
Pues pinta una manía, 
I del dolor convulso la agonía. 

Cuando de pies ahorcados 
Mil victimas de asfixia perecían; 
1 de luchar cansadas 
Los crispados miembros removían, 
Con espasmos violentos 
Anunciando sus últimos momentos* 

El tirano gozoso 
Al tambor ordenaba que mezclase 
Su sonido enojoso, 
A fin que el movimiento remedase 

Del hombre casi inerte 

¡Esa es la horrible danza de la muerte!!!" 

XVII. Apóstala á un giro, * 'Entre nosotros giro es 
un adjetivo que denota color y se aplica á gallos y gallinas; 
pero no á las pintadas de blanco y negro, sino á los mati- 
zados de colorado y amarillo . — Ir ouatro al giro y cuatro al 
colorado, es frase con que se moteja á los políticos murcié- 
lagos, que hacen á pluma y á pelo, y que llevan los princi- 
pios en la barriga. — (Z. Kodriguez, obr. cit. pág 270)" 
— Dice Cuervo que se aplica á ciertos gallos lo mismo 
que en Cuba; y Pichardo, que allí (Cuba) es el que tiene la 



LXIV 

golilla y plumas de las alas amarillas con los troncos y pe- 
chuga negros. Nuestro gallo giro es de varias clases. Gi- 
ro blanco: de color crema, con las plumas del buche blan- 
cas y el resto del cuerpo. Giro prieto: lo mismo que le 
anterior, con las plumas del buche y las puntas de las alas 
negras. Giro pinto: el mismo color, con el buche y las ca- 
bezas de las alas salpicadas de blanco. Giro cenizo: el mis- 
mo color con el resto del cuerpo color ceniza. Giro ama- 
rillo: tiene las cabezas de las alas matizadas de amarillo os- 
curo, y otros de amarillo claro, la golilla amarillo claro, el 
lomo matizado de rojo oscuro y amarillo idem, y las pun- 
tas de las alas con algunas plumas blancas ó de otro color; 
y algunos tienen el buche negro. Son los giros en general 
los más vistosos gallos, y «in duda se les llama asi por el 
antiquismo que vale galán, hermoso; y ha quedado en Amé- 
rica para designar esa clase de gallos. 

XVIII. ¡Almalatóbo! — "El gallo color almagrado-cla- 
ro, las alas algo más oscuras y algunas plumas negras en)a 
pechuga, otros dicen ma!atobó'\ Pichardo (obr cit. pág. 
246). Es el gallo indio raui lüaro que regularmente tiene 
los ojos completamente negros; y también tenemos un ma- 
latoho amarillo-maraei. 

XIX. Aplastando las guáyigas, — "Planta de una va- 
ra de altura con hojas lucientes y raíces semejantes á las 
de la yuca y con la cual se hace almidón y tortas con que 
se alimentaron los sitiados en el asedio de D. Juan Sánchez 
Ramírez". D. Antonio Del Monte y Tejada, i obr. cit. III, 
VII, pág. 98, nota). Pichardo, en la voz yuquilla, (obr. 
cit. pág. 381) dice: "Planta silvestre, perteneciente al gé- 
nero zamia más común en las sabanas, que á manera de 
una palmita sin astil y. -de dos pies,^ echa de la raíz unas 
penquitas, cuyos tallos ó nervios, á imitación en miniatura 
de las áeldL palma real, lleva aludamente en gran parte de 
su longitud las hojas oblongas de un verde oscuro, á modo 
de pluma; el tubérculo ó yuca^xieXe crecer extraordinaria- 
mente, algunas hasta tres palmos, por ser perenne; pero la 
mayor que yo he sacado, .ha medido un pié. .Rayada apa- 



LXV 

rece prietuzca 6 sucia como el ^agú^ sin embargo asenta- 
da la harina ó almidón después de lavada y seca, queda 

blanquísima, lustrosa, suave y la mejor para almidonar 

Frita en pedazos se echa á los ratones para matarlos. En la 
Vuelta abajo conserva su nombre indígena guayara; en ^ 
Santo Domingo gúayiga; en esta parte occidental yuquiUa 
de ratón é^\ 

XX. Que asombran zapotes. — En primer lugar, se- 
gún observa Pichardo (obr. cit prólogo XV) casi todos los 
americanos pronuncian sy b en lugar de ce, cí, K, v y z^y 
de aqui deduce que las voces indígenas no se pronuncian 
ni deben escribirse con esas letras, y que si algunos escri- 
tores peninsulares dijeron ceiba^ ciguapa^ zapote^ llana, lia- 
gruma, vivijagua, Havana & no fueron exactos en la repre- 
sentación de la prosodia americana, confundiéndola con la 
nativa suya. Es observación que, además de acertada, de- 
biera tenerse en cuanta siempre en materia de americanis-. 
mos. Nemesio Fernandez Cuesta (Dice, enciclopédico de 
la leng. esp, II, pág. 1^82) trae la definición del zapote a- 
mericano que, dicen este y varios otros lexicógrafos, se cría 
vigoroso en Sevilla, pero que acaso no sea el mismo, por la 
circunstancia de que: "su fruto es de unas tres líneas de lar- 
go, redondo, chato, rojo oscuro, blando, aguanoso y dul- 
ce; contiene una semilla en figura de riñon, negra y lisa". 
Contra esto protesta Pichardo, á quien emprestaremos la 
verdadera definición del zapote ó sapote. "Voz indígena 
mej. En Méjico se comprenden varios frutales bajo el nom- 
bre tsapotl, que corrompieron los españoles con el defecto 
de la, z A esta isla emigró por su parte occidental la pa- 
labra sapote Cuando en la Vueltaabajo se dice sapote, 

se entiende el níspero de la Vueltariba; sin embargo de que 
algunos agregan níspero-zapote (chictsapotl de los mejica- 
nos). Es árbol aquí común, de madera blanca, mediana al- 
tura; hojas alternas, ovales lanceoladas, de cuatro á cinco 
pulgadas de longitud sobre la mitad de anchura; flores blan- 
cas ó rosadas, inodoras; el fruto de su nombre de diferen- 
tes tamaños y figuras, según sus clases; aunque ló regular 



LXVI 



es casi redondo ó acorazonado; lechoso, y cuando madaro 
la telilla exterior es firris y la pulpa amarillosa que tira á 
tabaco claro ó de cedro por el centro, mui dulce-azucara- 
da, con seraillas negras lustrosas y duras Morales dice 

-que de su jugo lácteo se puede imitar la gutapercha. (Sa- 
pota achraSj iíiller^." 

XKL, Fd pozo con su hambu. — ^Los diccionarios auto- 
rizados dan junco de las Indias, la mayor de las gramíneas 
que se eleva hasta sesenta pies, que es originario de las In- 
dias ó islas de la Sonda, que comprende doce especies, y su 
tallo se emplea en bastones y otros usos: llamante tam- 
bién bambuc. Rafael Uribe U. (obr. cit. pág. 317, notas, 
45) expone que la definición de la Acad., y de los demás 
también como vemos, corresponde con la de la guadua^ 
gramínea colombiana. Don Jaan L de Armas dice á la gua- 
dua, caña brava (Orígenes del lenguaje criollo, X, pág. 53) 
y guadubas las llama Juan de Castellanos. I Pichardo 
(obr. cit. pág. 33): * ^Especie de caña la más grande y grue- 
sa que se conoce de sus raíces parten y se renuevan 

constantemenle sus tallos elevadísimos, cilindricos, huecos, 

aunque interrumpidos por nudos van adelgazando hacia 

la cima por donde se encorvan á manera de plumajes. . .: 
de los nudos salen las ramas ó junquillos con hojas largas, 

perennes, puntiagudas, pasto perenne de los animales 

Propaga mucho, se eterniza y aun perjudica el crecimien- 
to de su tenaz raíz que á veces ni el fuego la destruye en- 
teramente. Las cañas sirven de varas y sus cañutos de 

envases. En la parte occidental la llaman caña brava 
y en la central pito. . .(Arundo donax Bambusa ó arundina- 
cea.y^ Aquí le decimos más caña brava que bambú; dejan- 
do este ultimo para uso poético y para los canutos, los cua- 
les sirven para sacar agua del pozo atados á los cabos de 
una majagua y traspoitar leche cortada ó cuajada que lla- 
mamos boruga. 

XXII. Fuertes troncos de guano. — ^No es árbol ni yer- 
ba el guanOy como estampan diccionarios castellanos, sino 
arbusto. Pichardo (obr. cit. pág. 177) dice q^e en toda 



LXVIL 



la isla se entiende esta palabra sola en sentido lato por cual- 
quiera especie de la familia de las palmas, sise exceptúan 
la palma realy coco ^cor ojo y dátil; que los indios en su con- 
cepto aplicaban la voz gitano designando toda la familia, sin 
dejar de distinguir las especiéis; que hai guano Naneo, gua- 
no prieto y de monte, guano de eosta y guano espinoso^ que 
' todas estas especies son silvestres, abundantes, parecidas y 
por el estilo de la palma, á cuya familia pertenecen; y que 
su existencia en mucho numero no es señal de buen terreno. 

XXIII. Las pomarrosas en flor. — Dice Pichardo (obr. 
cit. pág. 302): '^Arbusto que está cubierto de flores y fru- 
tos casi todo el año las hojas opuestas, lanceoladas, mui 

puntiagudas,. . . .flores blancas -con visos rosados, agrupa- 
das en las extremidades de las ramas; el fruto de su nombre 
es esférico, amarillo, con coronilla, olor de bolón de rosa, 
cuya carnosidad es dulce, sabrosa y de un aroma agradabi- 
lísimo, hueco por dentro con una servilla limpia y suelta y 
que como las hojas se presume venenosa {Eugenia jambos). 
Morales (Jambosa vuJgaris D. .C.) 

XXIV. Hicieron que el Goyo llamara á fila. — |Quién 
sabe eso? ¿Lo declaró alguno de los supuestos reos? Sea 
ó no cierta esta suposición, no es sencillamente más que la 
acusación de complicidad con los asesinos que atribuyen al 
esclavo. Así el poema de D. Félix M? Delmonte. 

XXV. Sahe Dios por quién y cuándo. — Esa casa era 
una de las del mayorazgo de los Coca, familia noble y pu- 
diente del antiguo Santo Domingo, aunque no titulada. De 
ellos había xino,P^-AjPít .CaciLyXandeck^que era Alférez 
Real cuyo retrato, de uniforme, se ve en la sala de D? Mer- 
cedes de la Rocha y Coca, última descendiente deiesta fa-- 
milia poderosísima. El escudo de armas está enema dgl, 
retrato. Poseía el Alférez Real la^. jíív\Árk\l^ . . paiéi^ 
de la isla, según dice la familia; y eran tkles sus preemi- 
nencias que tenia un cañón en su casa, y cuando había un 
reo de muerte, si él mandaba disparar aquel, debía hacér- 
sele gracia de la vida. Como la casa cae al río, y queda en 
alto, por lo escarpado del terreno, pasa por debajo á algu- 



LXVIII. 

nos níetras el fuerte que se llamó Invencible, del cual se 
ha hablado ya (V. Drama Horrendo)^ y al que se descen- 
día desde la casa por una escalinata. Acaso después se sa- 
brá el por qué de esta circunstancia. 

XXVI. Selecta colección de señuelos. — Para la caza de 
nuestras palomas silvestres se emplean señuelos, los cuales 
se colocan en el palo ó árbol que se escoja, con las alas a- 
biertas en actitud de posarse; y para acabar de atraer el a- 
ve, arrulla y canta cohao ella el cazador. Han de ser 
machos; se les saca la parte carnosa y se montan en un pa- 
lito que va desde la rabadilla hasta el cuello ó el pico, mien- 
tras con otro palito transversal se sostienen las alas. El 
homo completa la operación. Estos señuelos se conser- 
Tan durante meses. 

XXVII. Paloma silvestre de cabeza llanca.* — ^Pichar- 
do describe entre las especies silvestres de Cuba una me- 
dio parecida á la nuestra común llamada como arriba, á que 
altí dicen paloma torcaza cabeza blanca. Su descripción 
•conviene con la de la nuestra, sólo que la cubana tiene to- 
do el cuerpo azuladov mide 15 ó 16 pulgadas. Anda co- 
mo la nuestra en bandadas numerosas. La nuestra tiene 
la cabeza blanca y el contorno de los ojos, la parte poste- 
rior y mejillas de purpura cambiante; las plumas del cue- 
llo verde tornasol, ojos amarillos y patas rojas. Tendrá tal 
vez el mismo largo que la cubana; come hicacos, cc^e cima- 
rrón y un grano que llaman cigua, que amarga su carne en 
la época en que se alimentan con éL Para más porme- 
nores véase la nota VII. 

XXVIII. Envenenados jejenes. — El Dice, tociclopé- 
dico de D. Nemesio Fernández Cuesta trae que el jején es 
un mosquito común en toda la América, sobre todo en los 
países cálidos y en los ríos; que es mui pequeño y tan in- 
cómodo por su picadura como por el ruido que hace. I. 
Pichardo, que no es tan común en las poblaciones grandes, 
y en las costas y cajos, cuando hai calma, divagan en pelo- 
tones atacando hombres y animales, sintiéndose su picada 
muchas veces antes de hjaberse visto. Que Poey creó una 



Lxir 

nueva familia cuyo único género y especie es este díptero 
microscópico temible, y á la cual llamó Oecacta fwrens. A- 
severa D. Juan I. de Armas (obr cit. V. pág. 27) que los 
conquistadores le pusieron el nombre á este insecto, como 
dice él que a muchos otros por negar el indígena. 

^'Mas daban pesadísimos desdenes 
Mosquitos redadores y jqjenesJ^ 
Juan de Castelulnos. (R. Cabo déla Vela) 

XXIX Qiie én esos meses la corrida fuese. — Quis- 
queyanismo. Se dice en^término técnico de cazadores de 
palomas, cuando estas aves comienzan á atravesar de una 
región a otra en busca de alimentos en ciertas épocas del 
año, y regularmente después de haber formado sus crías en 
determinados puntob. Asi se dice: ya principió la corrida y 
la corrida de Galindo ú otros lugares. 

XKX. , El pitirre astuto y osado. — Pttirriopitirre lla- 
man en Cuba esta avecica, cuyo nombre avanza temeraria- 
mente J. I. DE Armas (obr. cit. V. pág. 29) que también se 
lo dieron los españoles por onomatopeya; y buen provecho. 
Pichardo dice que, según una obra del Sr. la Sagra, existen 
tres especies de la isla y una que va de los EE. üü. en 
invierno. La primera denominan pitirre reál^ las otras dos 
guatíbere. La otra^ la que viene del Norte-América es la 
que parece explicar el autor, pues así se entiende de la re- 
dacción del artículo. Sea como fuere, el pájaro que explica 
es el que se asemeja al nuestro. Por la mañana pronuncia pi- 

tirrrry caza moscas, abejas <& que pasan, volviendo á su 

observatorio, aunque el Padre Paz y Morejón ha probado 
que no come abejas sino zánganos; persigue y ataca á la au- 
ra y otras aves que quieren sus nido^, y revolotea sobre la 
cabeza de quien les roba sus hijuelos. Es más visible en 
tiempo de las lluvias. Que dice él Sr. Gunlach que vie- 
nen, además de esta, otras especies de los EE. üü. Aquí 
generalmente le dicen petíguere, y metafóricamente á los 
que importunan ó sean moscones. Su nombre onomatópi- 
co ie viene de que parece decir copí toda claridad pe-tt-gue- 



LXX. 



re ó pi-ii-rre, correspondieíido cada sílaba á una vibración 
agudísima, que puede pintarse fonéticamente según va es- 
crito. Cuando asoma el ave de rapiña llamada en el paíá 
guaraguao f para él peligrosa, júntanse dos petígusres ó piti- 
rreSj y remontándose altísimos para de ese modo quedar so- 
bre el guaraguao^ se precipitan sobre él y le acosan á pico- 
tazos, lanzando á cada acometida su estridente grito que vi- 
bra en la extensión de las sabanas. El ave de rapiña huye 
desesperada y aturdida sin que le valgun sus garras contra 
sus diminutos enemigos. 

XXXI. Saltaba el pájaro hóbo. El Dice, enciclopédi- 
co de Fernández Cuesta llama así á un pájaro del género 
colimbo, de pico y lomo negros, pecho y vientre blancos 
así como la extremidad de las remeras, que árida en las 
costas y se deja cojer y matar fácilmente. Pichardo habla 
también de una gabiota haba ó pájaro bobo {Sterna stolida) 
que es marina, y se deja cojer fácilmente, pero esto es por 
estar alejada xie la costa, no por simplicidad, según obser- 
va el autor. '¿Habrá venido de ahí su designación á nues- 
tro pájaro-bobo que de acuático ni marino nada tiene? Es- 
te se alimenta de sabandijas, insectos y huevos de otras a- 
ves; es pesado, tardo en sus movimientos, volando de un 
tirón y no por alto, y salta torpameiite de rama en rama, 
regularmente prefiriendo la» bajas. Es casi rastrero. Mide 
unas ocho pulgadas, con plumas rojizas negras y amarillas y 
pecho blanco, si mal no recordamos, disponiendo de una 
larga cola de plumas pintorreadas. Entre el coro de las 
demás aves se le distingue por su torpeza y desabridos mo- 
vimientos. Se le coje y mata fácilmente; siendo pasto de 
las pedradas de los muchachos y de los tiros del que ma- 
neja por primera vez una escopeta. 

XXXII. Enjambre de ciguas escandalosas. — Es un pa- 
jarito de color verde sucio que anida en las palmas y está 
constantemente en ellas; donde se reúnen en gran núme- 
ro, posándose las más en sus penachos. Alborotan y 
chillan bulliciosamente. Cuando se derriba una herida, 
se la hace chillar, y acuden otra vez á la palma las demás 



LXXI 

que habían huido así como las que anden cerca, y de ese 
modo se las diezma: pueden comerse en locrio. Dáseles 
el calificativo de mamoneras. No nos es posible ofrecer de la 
ciguaó sigua (como queraíaPichardo) la más somera des- 
cripción, porque ni esta ave siquiera ha tenido la curiosi- 
dad de examinar un naturalista ó aficionado. Nuestra lau- 
na y flora la han descrito extrangeros; y solo ellos podrán, 
parece, hacernos el favor de clasificar por completo tanta 
riqueza como en este orden tenemos. 

XXXIII. / en bandadas judíos. — Dice Pichardo [ob. 
cit. pág. 216] que es pájaro comunísimo en Cuba, y Ijhai 
en otras partes de América, todo negro con reflejos azula- 
dos, de un pié y algo más incluso la larga cola. Que an- 
dan en bandadas cerca de las habitaciones posando en ar- 
bustos y matorrales; algunas veces dan un vuelo álos in- 
mediatos ó á tierra ó sobre el ganado para limpiarlo de ga- 
rrapatas. Que son familiares, y siguen al labrador cuando 
ara para alimentarse de los insectos; se alegran con la llu- 
via; siempre están unidos y mui juntos; anidan en mayo y 
agosto, poniendo sus huevos los unos sobre los de los otros. 
Que no es caza de valor, y su canto es Jm-ir-o, de donde 
le vino el nombre corrompido judio, y otro á modo de gor- 
jeo desagradable, parecido al que le da nación Cayubaba: 
utu{ (Crotophaga ani). El nuestro es igual. 

XXXIV. La paloma no se echa por ese lado. — Quis- 
queyanismo. Esto, porque en parte alguna consta. Aplí- 
case solamente como término técnico de caza de palomas, 
á estas; ve rbi -gracia la frase transcrita arriba. Echarse la 
paloma es dirigirse hacia algún punto determinado, porque 
está comiendo allí el hicaco, la cigua, ó el café cimarrón. 
Proviene sin duda de la acepción echarse los animales^ que 
estenderse ó acostarse. 

XXXV. En dirección del camino de Galindo, — No 
queda duda, según fidedignos testimonios, [y era circuns- 
tancia preciosa que importaba esclarecer] que fué Mr. So- 
rapur quien primero encontró las huellas del crimen de Ga- 
lludo, porque en tertulias él mismo lo refería. Acaso figu- 



LXXII. 

rana en el proceso, aunque no hai indicio de sus testimo- 
nio en la sentencia *Me los reos de Galindo.'' 

XXXVI. Ya entpiezan á hacer de las suyasl — ^Todo es- 
to es histórico y la última frase rigurosamente textual; co- 
mo que la señora ahi aludida es la misma que nos suminis- 
tró esos datos, D? D. Z. 

XXXVII. Entonces Uamadas á la hombre. — Consta que 
fué así; porque una sobrina de las Acebedo, Sra. Alt. Que- 
ro, de las que han suministrado datos para esta leyenda y 
la cual existe, asevera que su señora madre, mujer de mu- 
cha memoria, repetía siempre esta circunstancia al contar 
la tragedia de Q-alindo; asi como la que se refiere al perro 
color barroso (a) y al nombre que en su casa recibió &. 
Qfte ella estaba ya crecidita, y se acuerda perfectamente 
de cuando se hacían en su casa estos relatos. Muchos años 
conservaron la mesita, el tintero, pluma, billetito y peine- 
ta que recogieron sus deudos en el teatro del crimen. 

(a) Gomo otras muchas voces y acepciones de nuestra cosecha he- 
mos aplicado este adjetivo á un perro, pues según los tísicos dicciona- 
rios de la lengua, sólo se dice del buei. iPor qnó no del perro ú otro 
animal qne tengtk igaal 6 parecido color? La metáfora que representa ba- 
rroso me parece que con ignal derecho es aplicable á objetos capaces de 
admitirla. Lo mismo hemos hecho con terraao (''Martirio por la Hon- 
ra"); y del mismo modo hemos restaurado antiquismos que no son tales, 
sino voces caídas en desuso, por incuria, desidia 6 ignorancia, á que pu- 
sieron la Academia y copiantes tal nota, confundiendo lastimosamente 
ambas denominaciones, y hemos formado voces nuevas conforme á las 
leyes de la analogía y eufonía castellanas; todo lo cual sostendremos con 
robustísiiiias razones en alguna parte. 

XXXVni. Mientras ctros iban arriando soga. — ^Al- 
guien que visitó en estos dias el lugar donde existió el fun- 
do de la familia Andiíjar, me dice que el pozo no tiene ya 
brocal y es profundísimo. Otros aseguran que aun se vén 
árboles frutalescomo zapotes y mameyes cerca de este 
pozo. 



ERRATAS I CORRECCIONES. 



Pág. IX línea 6,-**Dice, de quien allegue datoe. Léase, de quien lo6 
allane. 

Pág. 5 línea 8, — Dice, respalda al río. Léase, respalda el río. 
Pág. & líneas 11-12 — Dioe,8U8 facciones delicadas, cierta pesadez. 
Léase sus facciones delicadas y cierta pesadez. 

Pág. 11 líneas 6-7-8. — Dice, y al remate do dicho callejón pasaba 
por delante de la casa de manipostería un camino que formaba 
con él nna perpendicular. Léase, y al remate de dicho callejón pa- 
saba por delante de la casa de mampostería un camino, formando 
el callejón con él una perpendicular. 

Pág. 14 línea 25. — Dice, preguntar el porque. Léase, preguntar el 
por qué. 

Págl 15 línea 13. — Dice, toma la criaturita. Léase, toma á la cria- 
tunta. 

Pág. 17 línea 7.-Dice, quien vendió de nuevo. Léese, quien vendó de 
nuevo. 

Pág. 19. Falsa portada.— (Falta Episodio debajo del título.) 

Pág. 23 línea 23. Dice, noche baena. — Léase, Noche buena. 

Pág. 27 líneas 25-26. — Dice, en un tejido de amenazantes rocas * 
Léftse, en un tejido de temibles rocas. 

Pág. 32 línea 6, — Dice, "política." Lóase, política. 

Págv 32 línea 10. — Dice, qae había venido á buscarles. Léase que 
habia venido á buscarlos. 

Pág. 33. Falsa portada. — (Falta Tradición debajo del título). 

Pág, 39 línea 33- — Dice, Ciudad Antigua. Léase, Ciudad Antigua, 

Pág. 48 línea 1* — Dice, picarn ploaeta. Léase picaro planeta. 

Pág. 48 líneas 23-24. — Dice, Caballero Gran Crua de una orden. 
Léase Caballero Gran Cruz de una Orden. 

Pág, 50 líneas 4-5. — Dice, ¡Lo que era la sencillez de las costum- 
bres de aquellos nuestros tiempoSl Léase, ¡Lo que érala senci- 
llez de nuestras costumbres en aquellos tiempos! 

Pág. 58 línea 14. — Dice, que ciñe por de lado sus márgenes. Léase^ 
que ciñe por ese lado sus márgenes. 

Pág. 63 línea 26. —Dice, jugaba el florete. Léase, jugaba al florete. 

Pág. 69 líneas 31-32 — Dice, la cuadra dicha unos treinta pasos* 
Léase, la cuadra dicha unoa diez metros. 

Pág. 74 línea 3.*— Dice, por guardias de ugieres Léase, por ugieres, 

Pág. 39 línea 31. — Dice, A great draaat. Léase, A great diead. 

Pág. 102 línea 16. — Dice, foi^you two. Léase, for you too. 

Pág. 103 líneas 23-34. — Dice, lo mismo. Léaso^ lo mismo* 



Pá<y. 110 linea 16* — Dice, elcuuhracionea. Léase, elocabraciones. 

Pá^. 110 línea 29, — Dice, Alra.. Léase, Alba. — 

Páo". 134 línea 17. — Dice, La que en la florescencia. Léase. A la qne 

en la florescencia. 
Pág 139. Faltaesto:— (I ¡L\ BOLSA o LA vida!) 
Pág- 142 línea 24. —Dice, más del doble de los que hacían. Léase, 

más del doble de !os que lo hacían. 
Pag. 150 líneas 18-19. — Dice, depositase allí á Pablo, annque ba- 
rruntaba no estar muerto. Léase, depositase allí á Pablo, quien 
aupque barruntaba no estar muerto &. 
Pág. 151 línea IVDice, entre el pozo. Léase, dentro del pozo. 
Pág. 151 línea 31 — Dice, capaz de comprometerles. Léase, capaz de 

comprometerlos. 
Pág. 157 línea 20. — Dice, echaron á Pablo entre el pozo. Léase, 

echaron á Pablo en el pozo. 
Pá<y. 161 línea 29. — ^Dice, los que echaron á Pablo entre el pozo! 

Léase, los que echaron á Pablo en el pozo. 
Pág' 211 línea 8 — p¡ce, señora empinorotada. Léase, señora empin- 
gorotada. 
TÁg. 216 línea 18 — Dice, s; angría. Léase, sangría. 
Pág. 243 línea 6. — Dice, ensartas de palomas. Léase, sartas de pa- 
lomas. 
Pág. 243 línea 33 — ^Dice, plumas, .pintorreteadas. Léase. plumas. . 

pintorreadas. 
Pág. 243 línea 37. — Dice, almas condenadas avaros hijos &, Léase, 

almas condenadas de avaros hijos &. 
Pá<y, 257 línea 14.-Dice, sublevado igual espectáculo. Léase, suble- 
vado ante igual espectáculo. 
Pág. 26Ü línea 1* — Dice, Meso Javier Cruz. Léase, Maestro Cruz. 

NOTAS. 

Pág. XI líneas 31-32. — Dice, hízolo eu verde lenguaje. Léase, hizo- 
lo en verde lenguaje, 

Pág. XVI. La nota IX debe modificarse así; "El cartucho del ca- 
ñón. Lo damos por quisqueyanismo, ó sea, voz propia nues- 
tra, puesto que es corruptela ([ue hemos hecho de la voz firan, 
cesa aarb<yusse, que puede provenir ó del tiempo de los franceses 
ó def de Haití.'' 

Pág. xxin línea 26- — Dice, el grado de capitanes. Léase, el grado 
de capitán. 

Pág. xxiii línea 37. — Dice y sajunaner os. Lésise^sanjuaneros. 

Pág. xxxii línea 14- — Dice, y pudo así hacerse dueño. Léase, y pu, 
do éste así hacerse dueño. 

Pág. xLViil línea última.— Dice, Por el contrario, el que gana. Láa - 
83 Por el contrario, al que gana. 

Pág. lAii línea 28--Dice, equidad. Léase, eiüidid. 



índice. 



Prólogo L 

Prefacio viii 

Dnima Horrendo ó La Mancha de Sangre 3 

Bajo Cabello ó Un Rasgo Audaz 21 

Barriga Verde 35 

La Muerte del Padre Canales 55 

¡Profanación! 81 

Entre dos miedos 95 

El Martirio por la Honra 107 

Los tres que echaron á Pedro entre el pozo 1S9 

Muerte por Muerte 165 

El Santo y la Colmena 201 

Las Vírgenes de Galindo 211 

Notas. 



COPLAS 

BILATIYAS "a LOS TRES QUE ECHABOX A PEDRO ENTRE 
EL pozo". 



Al punto dd mediodía 
vide un caso lastimoso; 
sacar á Pablo del pozo 
al cabo de quince dios. 



Cumplida estaba 'au suerte 
como el tiempo lo declara; 
pues el cabo de la guardia 
lo prestó para el piquete. 

Faltó á la hora competente 
del permiso que tenia. 
Su madre lo perseguía, 
viendo que no lo encontraba 
amargamente lloraba, 
al punto del mediodía. 

Su madre suplica al cabo 
que por Dios no diera parte, 
porque él. en alguna parte 
dormido se habría quedado. 

Usted no tenga cuidado: 
sin saber que hai alevosos 
que siempre están rencorosos 
y poseídos del diablo. 
En esta muerte de Pablo 
vide un caso lastimoso. 



¡Qué desconsolada madre! 
cuando esta noticia ojó 
que ya Pablo pareció, 
daba suspiros y ayes. 

Gritando salió á la calle 
con un dolor extremoso 
juntando todos los mozos 
y les dice con anhelo, 
ayúdenme porque quiero 
sacoA- á Pablo del pozo. 



Madres las que tienen ¡lijos, 
mirad lo que por mí pasa; 
que en cuanto salió de casa 
el vivir le han consumido. 

Le dice ¡oh hijo querido! 
¿quién te hizo esa otomíat 
¿quién te ha quitado la vida? 
¿quién te arrojó en el brocal? 
¡que te he venido á encontrar 
aleaba de quince días!. ... 

NOTA.— Recitadas pi»r la señora D? Manuela Franco (de San Carlos^ 
qne cuenta hoi cien aüos justos de edad. 



SENTENCIA 

DE LOS REOS DE GALINDO. 



En la Ciudad de Santo Domingo á 6 de noviembre de este año de 
1822, y 19 de la Independencia, siendo como la? ocho de la mañana, se 
reunieron en la Sala de Justicia los magistrados de que se compo- 
ne el Tral. civil do este departamento, á saber el Juez Decano Ledo. 
José Joaquín Del Mí«nte, Jueses Leonardo Pichardo, Vicente d,3l Rosa- 
rio Hermoso, Vicente Mancebo y Raimundo Sepulveda, suplente por la 
vanante del Doctor Juan Vicente Moscoso, y el Comisario de Gobierno, 
con el objeto de ver y determinar la causa seguula contra Pedro Cobial, 
Manuel de la Cruz, Julián i\Jateo y Alexandro Gómez pr indicios qe 
contra ellos resaltan en la muerte violenta executada en la persona de 
Andrés Andujar y sus tres hijas nombradas Águeda, Ana 'Francisca y 
Marcela, qe aparecieron muertos, en la tarde del dia 30 de Mayo ultimo, 
el primero, y las tres ultimas en la mañana del biguiente dia, en que se 
extrageron sus cadáveres del j ozo sito en la hacienda de Galindo, qe 
era do la propiedad del difunto, reconociéndose en los cadáveres de las 
ultimas, según el atesta<lo de los facultativos las señales de estupro in- 
ternature eu las ultimus por tener solo la eda'^ de siete años abajo, y la 
mayor de quince 4 diez y peis, después de leído el proceso de bervo ad 
berbuin (?) a presencia de los reos qe fueron conducidos á la Sala del 
Tribunal con la custodia suficiente, y las defenzas por escrito hechas 
por los defenzores nombrados, y de haber hecho los Jueces á los reos 
las preguntas que estimaron necesarias para su perfecta instrucción, y de 
haber expuesto verbalmente quanto creyeron conbenir á sus defenzas, 
mandados restituir los reos á su arresto con la misma custod'a con que 
vinieron quedaron los dichos Jueces en acuerdo con asistencia del Comi- 
sario de Gobierno, y meditando detenidamente las graves circunstancias^ 
be concurren en esta causa, reducida á haberse estinguido una familia 



sin haber quedado de ella sino una criada qe se explica con dificultad, y 
que ó pr efecto de la trágica exsena de qe fué testigo y en qe vio su 
existencia comprometida, añadiendo«íe el haber consumado el sacrificio 
en una niña tierna á quien habia criado á sus pechos y por causas ante- 
cedentes parece insensata, de suerte qe ásu declaración no puede darse 
otro asenso que el de un oiedio de instrucción; qe por la misma razón no 
pueden conocerse aunque se encuentren en poder de alguno, las alajas 
prendas ni otias cosas que existieran en la casa de lo« interfectos, ha- 
biendo dado lugar estas circunstancias extraordinarias á que los indicia- 
dos las ocultasen de un modo qe no se han encontrado en su poder ni 
en sus habitaciones ni qe haya un conocimiento de las personas que pu- 
dieron contribuir á la multitud de criroenes que se cometieron en este 
horroroso sacrificio y qe apareciendo en Pedro Todos Santos Cobial un 
caballo color bailo que pastaba en aquella hacienda desapareciendo de 
ella en los dias inmediatos al hecho no se sabe á punto fixo qual fué el 
dia en qe faltó de ella, y como este delinquente pr si solo merece un 
castigo determinado por la ley, aunque sus declaraciones confeciones ca- 
reos y confrontaciones y las de los demás reos enbuelven las con tradi- 
ciones mas manifiestas y maliciosas sobro donde pasaron las noches de 
los dias de Pentecostés en qe se creen perpetrados los homicidios qe 
ha motivado este prosedimiento, no puede decirse indubitablemente qe es- 
tas negativas se dirijan á ocultar las muertes violentas quando hay otro 
delito que es el del robo del caballo, á cuya esousacion (?) debian diri- 
jirse también sus exfuerzos, circunstanciaj todas qe hacen detener el jui- 
cio en una causa en qe no hay otia prueva qe la de ind'oios por no ha- 
berse logrado la aprelienoion de José Maria que es el qe dicen vendió 
á Pedro Oobial el caballo de que se trata en cuyo caso con su convic- 
ción en esta parte se poudria la materia fuera de las dudas y anoiedados 
qe presenta en su actual estado: pero coucidera^do qe á el hecho de aj a- 
recer el caballo qe se expresa en poder de Cobial concurren las cir uns- 
tanoias de qe con íanuol de la Cruz y Alexandro Gómez se reunieron 
en la noche del ultimo dia de pasqua ea que se supone cometido el ase- 
sinato en la calle del Conde y salieron asi afu'#ra y según se expl.ca el 
mismo .Cruz en su declaración del folio quarenta y seis al dia siguiente 
amaneció el caballo en la^cat-a de Cobial aunque' después han querido 
decir uno y otro qe no fué asi sino en dias mui posteriores y de modos 
tan diversos que desde luego se conose la rnalioia con qe proseden:/con- 
siderando también que Cobial y Cruz han sido siempre corapaüeros in- 
separables uno y otro de la conducta mas relajada y escandalosa, nota- 
dos de ladrones y perversos, y que Gómez los frecuentaba y aun meref».¡a 
su coaíianza como qe en su po'ler puso Cobial á cuidar el caballo y otras 
vestías mal habidas; — Que la domestica Isabel único residuo de la fa- 
milia de Audujar á todos tres los h i acu.^ado y acusa de un modo claro 
y perceptible como autores de los asesinatos cuyas sospechas se agra- 
van con las circunstancias mencionadas, y pr la presunción qe tienen 
contra si, especialmente el Cobial á quien ya se imputó en t.smpo del 
Gobierno Español con bastante fundamento la muerte de un nombrado 
Gabriel, y en la época del primer cambio político de esta parte del Es- 
te, so le tubo preso por andar incitando los ánimos para una rebolucion 
qse la hubiera enbuelto en los desastres y muertes, incendios y otros 



dee^rdenes de la mayor trasceadencia publica, de mo4o qe bí no apare- 
ce provado de un modo legal qe ellos han sido los autores del asesinato 
de Andujar y su familia, los indicios y circnnstanoias qe obran en su con- 
tra son t&les qe persuaden^ y masa vista del becbo jnstíñc%io de qe 
Manuel de la Cruz después del ultimo dia de pasqua amaneció con li 
camisa llena de sangre, Ict que discalpa con qae era de una pequeña 
cortadura qe tenia en el dedo pulgar de la mano izquierda, y asi se pre- 
sentó en la casa de Manuel Alonzo Abren á qui<*n asecbava después pa- 
ra quitarle la vida junto can Cobial, por que no lo descubriese, armados 
ambos de sables cuchillos y pistolas como el mismo y otros lo han de- 
clarado: teniendo presente que ningún crimen ó delito puede ser escusa- 
do, ni mitigarse su pena sino en los casos en qe las circunstancias ó la 
ley declaren el hecho escusable, ó permiten qe se aplique una pena me- 
nos ríguEjOsa como sucede en el presente caso en qe no hay la prae va ne- 
sesaria para la imposición de la pena de muerte á qe de otro modo se» 
rian acrehedores: administrando justicia en nombre de la República por 
ahora y sin perjuicio de aplicar á los acosados Cobial, Cruz y Gómez la 
pena ordinaria en caso de que resulten mejores pruevas, debia de con- 
denar y conde&a, á Pedro Cobial y Manuel de la Cruz á diez a&os 
de reclucion en conformidad de lo dispuesto en el artículo 21, tit? 1? del 
código penaly y Alexandro Gómez á cinco años de trabajos públi- 
cos en los detesta plaza, quedando contra ellos abierto el prose- 
dimiento p^ los efectos indicados, siguiendo su curso igualmente contra 
el ausente José Mana en rebeldía y contumacia por los tramites qe 
prescribe la ley, y respecto á que la domestica Isabel en la secion de es- 
te dia ha manifestado clara y terminantemente que Julián Mateo no tu- 
bo parte en las muertes sobre que rueda este proseso, qe lo que quiso 
decir fué qe su muger era parienta del difunto andujar, atendiendo á qe 
contra el no aparecía sino la acusación de aquella sin ningún otro admi- 
niculo: quedando reducido su delito al robo qe cometió en la casa de Ni- 
colás Navarro en el qe esta plenamente oonbito y confeso sin concurrir 
circunstancia agravante, se le condena á dos años de trabajos públicos en 
los de esta plaza á contar desde el dia de la notiñcacion de esta senten- 
cia: póngase inmediatamente en libertad á Maria Josefa, que fué arres- 
tada como vividora en la casa de Cobial y contra quien se presumía 
complicidad, Ja que no ha podido justificarse hasta ahora, condenándo- 
se á los tres dichos Cobial Cruz y Gómez en las costas principales de 
mancomún et insolidum. I por esta sentencia qe definitivamente juz- 
garon asi lo mandaron y firmaron los Jueces de que certifico. — José 
Joaquín Del Monte— -Leonardo Pichardo y Zereseda — Vicente del Ro- 
sario Hermoso — Vicente Mancebo — Raimundo Sepulveda — Antonio 
Madrigal, Greflier — Es copia conforme: Del Monto — Antonio Madrigal, 
Grefíier. 

NOTA. — Las dos últimas firmas son autógrafas. — ^Traslado fidelísi- 
mo de su original, á que me remito, sacado de un asiento d«5 sentencias 
que lleva el siguiente membrete: Libro de registro 'de eat^as crimina- 
les para el uso del Tribunal del resorte de este departamento compuesto de 
1S9 fojas rubricadas por él Juez Decano en virtud de lo dispuesto por el 
Gran Jue£f de la Eepúblioa. Santo Domingo, 6 de Novvoynbre de 1822 y 
19 (Hai un daro) José Joachin Del Monte. 



CoN'rKNllM) l»|{Ol{AHLK 

i>;ex. tomo ^miMsmo, 



Di ama Iioiií'imIo »> la luanclm «le sanfi^re. (tidiliciún.) 
r>ajo cahello ó Un razü^o aiulaz. (ep'sodro ) 
Harriga Verde, (tratliciiín.) 
Muerte del Padre Canales, (tradieiiin.) 
jV roían ación! (episodio.) 
If in a liour time, (episodio.) 
iia.s vírgenes de Galindo. (tradici«'>n) 
Kntre dos miedos, (tradición) 

^Catire é Irja «í El martirio por la lioina. (tradición.) 
Los tres que echaron á Pedro entre el pozo, (tradición.) 
De presidiario á señor (tradicJ<>n.) 
La apoteosis del pwdor. (tiadJtíión.) 
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