(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Biodiversity Heritage Library | Children's Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Cosmos : ensayo de una descripciâon fâisica del mundo"

.-*.■* 



Jk 






*1 



% 



fi^ 






^ 



m 






'W.v'^hÍíJ^Í 
















'.—fi 



lítbrarg 




iri 




'^m 



COSMOS. 



í. - 



^i^uc^^.^.^rL^j.-iT^ -^-^•íVíu.-vA..4?<j^ g-x¿,.wAju^ 



OBRAS DE ALEJANDRO DE HUMBOLDT. 



COSMOS 



ENSAYO DE UNA 



DESORlPClOíí física DEL MUNDO 



ALEJANDRO DE HUMBOLDT 

VERTIDO AL CASTELLANO 

BERNARDO GINER 

Y 

JOSÉ DE FUENTES. 



«Natuiíc veio leruni vi? 
iitíiiic íiiíijcslas in ómnibus raomentis 
liile caret, si quis modrt partes ejus ac 
non lotam completat animo.» 

PlinioI, VII, c. 1. 



TOMO II. 



MADRID 



IMPRKNTA DE GASPAR Y ROIG. EDITORES. 

< \I-LE DtU PRÍNCirC, NÚM. 4. 

1874. 






/?7^ 



PRIMERA PARTE. 



fOMO IT. 



REFLEJO 

DEL MUNDO ESTERTOR 

EN LA IMAGINACIÓN DEL HOIMBIÍE. 



MEDIOS PROPIOS PARA DIFUNDIR EL ESTUDIO DE LA 
NATURALEZA. 

De la esfera de los objetos esteriores pasamos á la esfera 
de los sentimientos. En el primer tomo de esta obra hemos 
espuestOjbajo la forma de un vasto cuadro de la Naturaleza, 
cuanto nos ha dado á conocer la ciencia^ fundada en rigoro- 
sas observaciones y libre de falsas apariencias, acerca de los 
fenómenos j de las le jes del Universo. Pero semejante espec- 
táculo de la Naturaleza quedaria incompleto, si no conside- 
rásemos de qué manera se refleja en el pensamiento j en la 
imaginación, predispuesta á las impresiones poéticas, ün 
mundo interior se nos revela, que no esploraremos como 
hace la filosofía del arte, para distinguir en nuestras emo- 
ciones lo que pertenece á la acción de los objetos esteriores 
sobre los sentidos , de lo que emana de las facultades del 
alma ó se refiere á las nativas disposiciones de los diversos 
pueblos; pues basta con indicar la fuente de esta inteligen- 
te contemplación que nos eleva al sentimiento puro de la 
Naturaleza, é inquirir las causas que, despertando la ima- 



_ 4 — 

ginacion , han contribuido tan poderosamente á propagar 
el estudio de las ciencias naturales y la afición á los leja- 
nos viajes, sobre todo en los tiempos modernos. 

Los medios propios para difundir el estudio de la Na- 
turaleza, consisten, según ja tenemos dicho (1), en tres 
formas particulares bajo las cuales se manifiestan el pensa- 
miento j la imaginación creadora del hombre : 1 .' la 
descripción animada de las escenas v de las producciones 
naturales; 2/ la pintura de paisaje, desde el momento en 
que ha comenzado á espresar la fisonomía de los vegetales, 
su feraz abundancia j el carácter individual del suelo que 
los produce; 3/ el cultivo mas estendido de las plantas 
tropicales y las colecciones de especies exóticas en los jar- 
dines j estufas. Cada uno de estos procedimientos podria 
ser objeto de grandes desarrollos, si nos propusiéramos tra- 
zar su historia; pero conviene mas al espíritu j plan de 
esta obra, limitarnos á algunas ideas esenciales , v que 
estudiemos en general cuan diversamente ha obrado la Na- 
turaleza sobre el pensamiento y la imaginación del hom- 
bre, según las épocas y las razas, hasta que por el pro- 
greso de la inteligencia se unieron la ciencia y la poesía 
compenetrándose cada vez mas. Para abarcar el conjunto 
de la Naturaleza, no debemos detenernos en los fenómenos 
esteriores; sino que es necesario que al menos hagamos 
entrever algunas de esas analogías misteriosas y morales 
armonías que ligan al hombre con el mundo esterior, y de- 
mostrar cómo al reflejarse la Naturaleza en el hombre ha 
quedado envuelta á veces en un velo simbólico que deja- 
ba apercibir graciosas imágenes , haciendo otras veces que 
se desarrolle en él el noble germen de las artes. 

Al enumerar las causas que pueden llevarnos hacia el 
estudio científico de la Naturaleza, debemos recordar tam- 
bién que impresiones fortuitas y en apariencia pasajeras, 
de la juventud, han decidido en muchas ocasiones de 



toda la TÍda. El sencillo placer que causa ver en los ma- 
pas g-eográficos (2) la forma articulada de ciertos continen- 
tes ó de los mares interiores; la esperanza de contemplar 
esas hermosas constelaciones australes que jamás pre- 
senta á nuestra yista la bóveda de nuestro cielo (3); las 
imágenes de las palmeras de la Palestina ó de los cedros 
del Líbano que contienen las Sagradas Escrituras, pueden 
engendrar en el fondo del alma de un niño la afición á es- 
pediciones lejanas. Si me fuese permitido preguntar ahora 
á mis mas antiguos recuerdos de la juventud, y señalar el 
atractivo que me inspiró desde el principio el deseo irre- 
sistible de visitar las regiones tropicales, citaria las pinto- 
rescas descripciones de las islas del mar del Sud, por Jorge 
Forster ; los cuadros de Hodges que representan las orillas 
del Ganges , en la casa de Warren Hastings de Londres; 
j un drago colosal que vi en una antigua estufa del 
Jardin botánico de Berlin. Estos ejemplos se refieren á 
las tres clases anteriormente mencionadas, al género des- 
criptivo inspirado por la contemplación inteligente de la 
Naturaleza ; á la pintura de paisaje, j , finalmente, á la 
observación directa de las grandes formas del reino vege- 
tal. Preciso es no olvidar que la eficacia de estos medios de- 
pende en gran parte del estado de la cultura entre los mo- 
dernos , j de las predisposiciones del alma, mas ó menos 
sensible á las impresiones de la Naturaleza, según las ra- 
zas y los tiempos. 



LITE K A T r R A D E SC R I PT H' A 



J)EL SENTIMIENTO DE LA NATURALEZA SEulN LA DIFERENCIA DE L-\S 
RAZAS Y DE LOS TIEMPOS. 

Háse repetido con freeueDcia que el sentimiento de la 
Naturaleza, sin ser estraüo á los pueblos antiguos, se ha 
^spresado no obstante mas raramente v con menos energia 
en la antigüedad que en los tiempos modernos. vSi recorda- 
mos» dice Schiller en sus reflexiones d^'/^^/Y laj^o^sia sena/ia 
y/ sentimental \4)y ^la hermosa Naturaleza que rodeaba á los 
(xriegos; si pensamos en la libre intimidad en que vivían con 
ella bajo su purísimo cielo , v que en aquel pueblo el arte, 
-las ideas v las costumbres eran mas sencillos, vsu poesía 
fiel espresionde sus sentimientos, debe sorprendernos el en- 
contrar entre ellos bien poco de ese interés del corazón con 
que nosotros los modernos permanece mos absortos ante las 
escenas de la Naturaleza. Los Griegos llevaron á su mas 
alto grado la fidelidad v la exactitud en la pintura de los 
paisajes, entrando en minuciosos detalles, pero sin que su 
-alma tomase en ello mas parte que la que tomaria en la 
descripción de un trage, de un arma ó de un escudo. Pa- 
rece como que la Naturaleza hai>ia interesado mas su inte- 
ligencia que su sentimiento moral. Jamás se aficionaron á 
-^Ua con la simpática v dulce melancolía de los modernos.» 

Por verdadero quesea en cierto modo este juicio, no debe 
hacerse estén si vo á toda la antigüedad. Se forma por otra 
parte idea incompleta de las cesas, comprendiendo única- 



— 8 — 

mente bajo el nombre de antigüedad j por oposición á Ios- 
tiempos modernos, el mundo griego j el mundo romano. 
Profundo sentimiento de Ja Naturaleza se revela en las 
mas antiguas poesías de los Hebreos j de los Indios , es 
decir, en razas muj diferentes, como lo son las semíticas 
y las indo-germánicas. 

Solo podemos juzgar de la sensibilidad de los antiguos 
pueblos respecto á la Naturaleza, por los pasajes de su litera- 
tura en que está espresado aquel sentimiento. Debemos re- 
coger j apreciar estos testimonios con tanto major escrú- 
pulo, cuanto mas raramente se desprenden bajo las grandes 
formas de la poesía épica ó lírica. Encuéntrase indudable- 
mente en la antigüedad griega, en la flor de la edad del 
linaje humano, un sentimiento tierno y profundo de la 
Naturaleza, unido á la pintura de las pasiones y á las le- 
yendas fabulosas; pero el género propiamente descriptivo, 
no es nunca entre los Griegos sino un accesorio, apa- 
reciendo el paisaje como el fondo de un cuadro en cujo 
primer término se mueven formas humanas. La razón de 
esto es, que en Grecia todo se agita en el círculo de la hu- 
manidad. El desarrollo délas pasiones absorbía casi todo el 
interés, y los accidentes de la vida pública perturbaban 
bien pronto los silenciosos ensueños en que nos sumerje la 
contemplación de la Naturaleza; buscábanse hasta en los fe- 
nómenos físicos algunas relaciones con la naturaleza del 
hombre (5); todos ellos debian suministrar puntos de seme- 
janza con su forma esterioró su actividad moral. Casi siem- 
pre, merced á estas relaciones, y bajo la forma de compa- 
ración, fué como pudo el género descriptivo entrar en el 
dominio de la poesía, é introducir en él algunos cuadrosli- 
mitados, aunque llenos de vida. 

Cantábanse en Delfos himnos á la Primavera (6), con el 
yn sin duda de espresar la alegría del hombre libre ja de 
los rigores del Invierno. Las Oirás ij Días de Hesiodo 



— 9 — 

contienen también una descripción del invierno (7), in- 
troducida quizás mas tarde por algún rapsoda jónico. En 
este poema se dan preceptos sobre la agricultura y sobre 
otras profesiones, j se indican los deberes de una vida ho- 
nesta, todo ello en el tono de una noble sencillez, aunque 
con la sequedad didáctica. No se levanta Hesiodo á inspira- 
ción mas alta, sino para cubrir las miserias de la humani- 
dad con el velo del antropomorfismo en el bello mito ale- 
górico de Epimeteo y de Pandora. Así también en la Teo- 
gonia^ compuesta de elementos diversos y muj antiguos, 
los fenómenos del mar se personifican á menudo bajo nom- 
bres característicos, como por ejemplo, en la enumeración 
de las Nereidas (8). Esta tendencia á revestir de la forma 
humana los fenómenos de la Naturaleza fué común á la 
escuela de los aeclas de Beocia y á toda la poesía antigua. 
Hasta época muj cercana á la nuestra no han formada 
género de literatura distinto, los variados recursos del gé- 
nero descriptivo, es decir, de la poesía de la Naturaleza, 
bien sea que se limite á pintar el lujo de la vegetación 
tropical, ja que represente bajo una forma animada las 
costumbres de los animales. No debemos deducir de esto 
que allá donde todo respira tanta sensualidad, haja falta- 
do completamente la sensibilidad para las bellezas natura- 
les (9), ni que admirando tantas obras maestras inimitables 
creadas por la imaginación de los Griegos, no podamos ha- 
llar entre ellos algunos rasgos de poesía contemplativa. 
Si estos vestigios son bien raros en concepto de los moder- 
nos, no tanto depende esto de la falta de sensibilidad de 
los antiguos, como de que no esperimentaron la necesidad 
de espresar con palabras el sentimiento de la Naturaleza. 
Menos inclinados á la naturaleza inanimada que á la vida 
activa y al trabajo interior del pensamiento , adoptaron 
desde luego y conservaron la epopeja y la oda como las 
formas mas elevadas del genio poético. Esto supuesto, ]ns 



— 10 — 

^lescripciones de la Naturaleza no podían entrar en estos 
poemas sino accidentalmente, j no parece que la imagi- 
nación se hava detenido jamás en ellas como en un objeto 
á parte. Con posterioridad, v á medida que se borró la tra- 
dición del antio-uo mundo v sus flores se ao-ostaron , la 
retórica invadió el dominio de la poesía didáctica: poe- 
'sía severa, noble y sin adornos bajo la antigua forma fi- 
losófica V casi sacerdotal, que fué la del libro de Empedo- 
-cles sobre la Naturaleza; mas por la mezcla de la retórica 
perdió poco á poco su sencillez v dignidad primitivas. 

Séanos permitido citar algunos ejemplos con el fin de 
esclarecer las precedentes generalidades. Como lo exige 
Ja opopeva, las escenas de la Naturaleza no son nunca sino 
un accesorio en los poemas homéricos : «Regocíjase el pas- 
tor con la calma de la noclie, con la pureza del aire, con 
el resplandor de las estrellas que brillan en la bóveda ce- 
leste ; v ove á lo lejos el ruido del hinchado torrente que 
cae arrastrando en su negro fango las descuajadas enci- 
. ñas (10).» Los bosques solitarios del Parnaso , sus sombríos 
j frondosos valles contrastan con la alameda regada por 
un manantial, en la graciosa pintura que hace Homero de 
la isla de los Feacios (Scheria) , v sobre todo con el país 
■de los Cíclopes, «en el cual verdes praderas agitadas por 
■e\ viento rodean los collados, en donde la viña crece sin 
cultivo (11).» Píndaro, en un himno á la primavera com- 
puesto para las grandes Dionisíacas , celebra la tierra cu- 
bierta de nuevas flores, «mientras que entreabriendo la 
palmera sus primeros botones en la ciudad argiva de Ne- 
•mea, anuncia al adivino la proximidad de la embalsamada 
primavera.» En otra parte canta el Etna, «la columna del 
•cielo que sustenta perpetua nieve.» Pero se aparta bien 
pronto delanatliraleza inanimada j de sus sombríos aspec- 
tos^ para celebrar á Hieron de Siracusa y las victorias de 
los Griegos sobre les Persas. 



— 11 — 

Es preciso no olvidar que el paisaje g-riego ofrece el 
particular atractivo de una íntima armonía entre la tierra 
firme v el elemento líquido, entre las orillas coloreadas por 
el sol, tapizadas de plantas j de vegetales pintorescos, j 
el agitado mar, retumbante y resplandeciente con multi- 
tud de reflejos. Si, otros pueblos han debido mirar la tierra 
j el mar, la vida terrestre y la vida marítima, como dos 
mundos separados, los Griegos, no digamos únicamente 
los insulares, sino que también las tribus del continente 
meridional , podian casi desde cada punto de vista abrazar 
todos los fenómenos producidos por el contacto ó la acción 
recíproca de los elementos, que dan á las escenas de la Na 
turaleza, tanta riqueza v magnificencia. ¿Cómo pueblos 
tan felizmente dotados habían de permanecer indiferentes 
ante aquellas cadenas de rocas coronadas debosques_, que se- 
guían los profundos repliegues del mar Mediterráneo? ¿Có- 
mo en una edad en que el genio poético era la mas elevada 
de todas las vocaciones , al observar la distribución de las 
formas vegetales, j el cambio regular que se efectuaba 
según las estaciones del año y las horas del dia, entre la 
superficie del suelo y las capas inferiores de la atmósfera, 
semejante emoción nacida de los sentidos nohabia de trans- 
formarse en una contemplación ideal? Creian los Griegos 
en relaciones secretas entre el mundo de las plantas y los 
héroes ó los Dioses. Eran los mismos Dioses los que venga- 
ban los ultrajes hechos á los árboles ó alas plantas consagra- 
das. La imaginación animaba, por decirlo así, los vegetales; 
pero las formas poéticas áque debió limitarse la antigüedad 
griega por la índole propia de su genio , no dejaban á la 
descripción de la Naturaleza sino un desenvolvimiento 
incompleto. 

Alguna vez, sin embargo, aun entre los poetas trágicos, 
la espresion del dolor ó el desarrollo de las pasiones están 
interrumpidos por descripciones en que respira el entu- 



— 12 — 

siasmo_, j que revelan un profundo sentimiento de la Na- 
turaleza. Cuando Edipo se aproxima al bosque de las Eu- 
ménides, el coro canta ^(la tranquila j deliciosa mansión 
de Colona, los verdes zarzales que el ruiseñor visita con 
predilección , j que resuenan con su voz clara j melodio- 
sa, la oscuridad que esparce el enlazado follaje de la jedra, 
los narcisos húmedos por el rocío celeste, el dorado azafrán, 
j el imperecedero olivo que renace incesantemente de sí 
mismo (12).» Al propiotiempoque inmortaliza aquella villa 
de Colona que fué su cuna, Sófocles coloca de intento la gran 
fig'ura del rej errante j perseguido por la suerte cerca de 
las rápidas aguas del Cefiso, y le rodea de imágenes sere- 
nas. El reposo de la Naturaleza aumenta el dolor que cau- 
sa el aspecto augusto de aquel anciano ciego. Eurípides se 
complace también en describir de una manera pintoresca 
«las praderas de la Mesenia j de la Laconia que, bajo un 
cielo eternamente puro, son atravesadas por las hermosas 
aguas del Pamiso, jcuja fertilidad alimentan mil manan- 
tiales (13).» 

La poesía bucólica, especie de drama popular y cam- 
pestre, que tuvo su nacimiento en iasllanuras de la Sicilia, 
está reputada justamente como una forma intermediaria; 
siendo mas bien el hombre de la Naturaleza que el paisaje, 
lo que se representa en esa pequeña epopeja pastoril. Tal 
es al menos su carácter en Teócrito, poeta que le ha da- 
do la forma mas acabada. El elemento elegiaco ocupa 
también un lugar en el idilio, y parece que debe su orí- 
gen al pesar de un ideal perdido, y áque siempre vá mez- 
clado un fondo de tristeza en el corazón del hombre al ínti- 
mo sentimiento de la Naturaleza. 
' Cuando la verdadera poesía se estinguió en Grecia con 
la vida pública, la poesía didáctica y descriptiva se consa- 
gró á la trasmisión de la ciencia. La Astronomía, la Geo- 
grafía, la caza y la pesca vinieron á ser los asuntos favori- 



— 13 — 

tos de versificadores que desplegaron con frecuencia una 
flexibilidad maravillosa. Las formas v las costumbres de los 
animalesestán retratadas congracia, v con tal exactitud, que 
la ciencia moderna puede encontrar allí sus clasificaciones 
en géneros y hasta en especies; mas falta á todos aquellos 
poemas la vida interior, el arte de animar á la Naturale- 
za, V aquella emoción con cu jo auxilio el mundo físico se 
impone á la imaginación del poeta, aun sin que este tenga 
clara conciencia de ello. Hállase esta superabundancia del 
elemento descriptivo, unida ágran artificio poético, en los 
cuarenta v ocho cantos de las Dionisiacas áel¥,o;'i\)cio^on- 
no. El autor gusta de pintar las grandes catástrofes de la 
Naturaleza; describe un incendio alim.entado por el fuego 
del cielo en un bosque que costean las orillas del Idas- 
pes, y dice que se cocieron los peces en el fondo del rio. 
En otra parte , trata de esplicar meteorológicamente cómo 
se forman las tempestades y lluvias de tormenta de los va- 
pores que se levantan en la atmósfera. Nada mas desigual 
que la obra de Nonno: á un rasgo de inspiración sucede 
una estéril abundancia de palabras que produce bien pronto 
el hastío. 

Nótase un sentimiento mas vivo v delicado de laNatu- 
raleza en algunos trozos de la Antologia , restos preciosos 
de diversas épocas. Fra j Jacobos ha reunido en su bellí- 
sima edición, bajo un título aparte, todos los epigramas 
relativos á los animales j á las plantas : pequeños cuadros 
que por lo común no se refieren sino á objetos individuales. 
El plátano, «que alimenta con su verde follaje los hincha- 
dos granos de la uva», se repite quizás con demasiada fre- 
cuencia en aquellas composiciones. íls sabido que, .origina- 
rio del Asia menor, el plátano penetró primero en la isla 
de Diomedes, j no fué trasplantado á las orillas del Auapo, 
en Sicilia, hasta el tiempo de Dionisio el Viejo, Sin em- 
bargo, por lo general, parece que los poetas de la Antolo- 



— 14 ~ 

gííi se ocupan de los animales con preferencia á las plan- 
tas. El Idilio á la primavera de Meleagro de Gádara es una 
bella composición, j que pasa de las proporciones ordina- 
rias (14). 

La antigua celebridad del valle de Tempe nos obliga á 
mencionar aquí el cuadro que de este valle trazó Eliano, si- 
guiendo indudablemente á Dicearco (15)_, j que es la mas 
completa de cuantas descripciones nos han trasmitido los 
prosistas griegos. Cuidaen ella el autor de la exactitud to- 
pográfica, sin olvidar por esto lus detalles pintorescos, ani- 
mando el fresco valle con la presencia de una teoría que coge 
las ramas del laurel sagrado. Mas tarde, desde fines del si- 
glo IV, se multiplican los cuadros campestres en las novelas 
de los prosistas bizantinos, siendo tales cuadros uno de los 
atractivos principales de la novela pastoril de Longo (16), 
aunque las pinturas del amor naciente dejan todavía poco 
lugar al sentimiento mismo de la Naturaleza. 

Me propongo simplemente en estas páginas, esclarecer 
con algunos ejemplos tomados de la literatura descriptiva, 
consideraciones generales sobre la contemplación poéti- 
ca del mundo. Así, que habria ja abandonado el florido- 
campo de la antigüedad griega, si crejese posible en un 
libro que me he atrevido á intitular Cosmos ^ pasar en si- 
lencio el principio del tratado sobre el Mundo ^ falsamente 
atribuido á Aristóteles. El autor representa al globo «ador- 
nado con su lujosa vegetación, fertilizado por innumerables 
irrigaciones, y (cosa la mas maravillosa á su juicio) poblado 
de seres pensadores (17).» Tal abuso de la retórica, tan es- 
trañoal modo de esposicion, conciso j puramente científico, 
del filósofo de Estagira, esuno de les numerosos argumentos 
que se hacen valer en contra de la autenticidad de dicha 
obra, que puede considerarse como de Crisipo (1<^), ó de 
Apulejo (19)^ ó de otro cualquiera á quien plazca atribuir- 
la. Si bien no puede estimarse semejante descripción como 



propia de Aristóteles, en cambio Cicerón nos ha conserva- 
do un fragmento auténtico traducido literalmente de 
uu escrito perdido de aquel filósofo (20): «Si se co- 
nocieran seres que hubiesen vivido siempre en medio 
délas profundidades de la tierra, en habitaciones ador- 
nadas de cuadros, estatuas j de todo lo demás que po- 
seen abundantemente los dichosos del mundo ; si tales seres 
hubieran oido hablar vagamente de la existencia de omni- 
potentes Dioses , y entreabriéndose la tierra pudiesen ele- 
varse del fundo de sus moradas subterráneas hasta los lu- 
gares en que nosotros habitamos, al verla tierra, el mar y la 
bóveda celeste^ al reconocer la estension de las nubes y la 
fuerza de los vientos, al admirar la belleza del sol, su mag- 
nitud y sus torrentes de luz, y al contemplar, en fin, lue- 
go que llégasela noche con su manto de tinieblas, el estre- 
llado cielo_, las variaciones de la luna, la salida y la puesta 
de los astros, que desde toda la eternidad realizan su in- 
mutable carrera, sin duda alguna exclamarian : «Sí; Dio- 
ses ha j, y , estas grandes cosas son obra su ja ! » Háse di- 
cho, con razón, que en estas palabras se adivina el genio 
entusiasta de Platón, y que bastarian por sí solas á confir- 
mar el juicio de Cicerón acerca de «los raudales de oro del 
lenguaje aristotélico (-!)•» Argumento semejante en favor 
de la existencia de los poderes celestes, sacado de la belle- 
za y grandeza infinita de las obras de la Creación^ es un 
hecho muj raro entre los antiguos. 

Esta emoción que sentian los Griegos en el fondo del co- 
razón antelas bellezas naturales, por mas que no tratasen de 
e-ipresar'a bajo una forma literaria, se encuentra aun mas 
raramente entre los Romanos. Parece que debia esperarse 
otra cosa de una nación que fiel á las antiguas tradiciones 
de los Sículos se dedicó principalmente á la agricultura 
j á la vida del campo. Pero al lado de esta actividad de 
les Romanos dábase en ellos una gravedad austera , sobria 



— 16 — 

y mesurada razón quelos predisponía poco alas impresiones 
de los sentidos, llevándoles mas bien hacia las realidades de 
cada dia, que no hacia la contemplación poética é ideal de 
la Naturaleza. Estas oposiciones entre la vida interior de los 
Romanos j la de las tribus griegas se reñejan en la literatura, 
espresion inteligente y fiel del carácter de los pueblos. A 
pesar de su comunidad de origen, la estructura interna de 
nmbos idiomas formaba una nueva diferencia entre ellos. 
Convíenese en reconocer que la lengua del antiguo Lacio es 
menos rica en imágenes, menos variada en sus giros, vmas 
propia para espresar la verdad de las cosas que para ple- 
g-arse á las fantasías de la imajíínacion. Además, la imita- 
cion delosmodelos ofrieofos enelsio-lo de Auf]fusto. contribu- 
JÓ á desnaturalizar los ingenios, dificultando sus libres es- 
pansiones. Algunos genios superiores , sostenidos en su 
amor por la patria, supieron, no obstante, romper talestra- 
bas, merced á una fecunda orig-inalidad v á la elevación de 
las ideas traducidas en un lenguaje admirable. 

La poesía desplegó todas sus riquezas en el poema de 
Lucrecio sohr la Ncitiiraleza. El autor, discípulo de Em- 
pédocles j- de Parmenides, abraza en su obra el mundo en- 
tero realzando aun mas la magestad de su esposicionporlas 
formas arcaicas de su estilo. La poesía j la filosofía han con- 
fundido sus fuerzas en el libro de Lucrecio, sin que resulte 
nunca de su mezcla aquella frialdad que censuraba ja seve- 
ramente el retórico Meaandro, comparándola al brillante as- 
pecto bajo el cual se representaba Platonla Naturaleza (22). 
Mi hermano ha analizado con gran sagacidad los efectos 
análogos ó desemejantes producidos por la unión de la poe- 
sía j de las abstraciones filosóficas en los antiguos poemas 
didácticos de la Grecia, en el poema de Lucrecio j en el 
episodio ^úBagatad-Gila (23). Al considerar el gran cuadro 
déla Naturaleza trazado por el poeta romano, sorprende el 
contraste que constituven la aridez del sistema atomístico j 



— 17 — 

y sus estrañas yisiones sobre la formación de la tierra, con 
ia viva descripción de la i-aza humana saliendo del fondo 
de los bosques para labrar los campos, vencer las fuerzas 
naturales, cultivar su espíritu, perfeccionar su lenguaje j 
fundar la vida civil (24). 

Si no obstante la agitada vida que ocasionan las pasio- 
nes políticas , conservara un estadista en su corazón entu- 
siasta afición á la Naturaleza j el amor de la soledad, la 
fuente de estes sentimientos habría que buscarla en las 
profundidades de un carácter grande y noble. Los escri- 
tos de Cicerón prueban la verdad de este aserto. Sábese 
ciertamente que en su tratado de las Leyes y en el del Ora- 
dor Cicerón tomó mucho de la Phedra de Platón 1 25); pero 
la imitación no ha quitado nada de su propia individuali- 
dad á la pintura del suelo itálico. Platón pinta en algunos 
rasgos generales «la espesa sombra del alto plátano, los 
perfumes que exhala la flor del Agnus-castus (sauzga- 
tillo) y la brisa del estio, cuvo murmullo acompaña á lo& 
coros de las cigarras.» Por lo que respecta á la descrip- 
ción de Cicerón , tan fiel aparece, según ha notado recien- 
temente un ingenioso observador (26), que aun hov pue- 
den comprobarse todos sus rasgos en los mismos lugares. 
El Liris (Garellano) está todavía rodeado de elevados 
álamos; y si descendemos hacia la izquierda desde la altura 
que domina las ruinas de Arpiño, reconoceremos el soto de 
encinas á orillas del Fibrena , como también la isla llamada 
hoj Tsola di Camello, formada por la división del arrojo, 
V á la cual se retiraba Cicerón, según él mismo nos dice, 
para meditar^ leer y escribir. f]n\A.rpino, al pié de las 
montañas de los Volscos_, nació Cicerón, v el admirable 
paisaje que le rodeaba debió influir desde su edad primera 
en los gustos que conservó toda su vida. Frecuentemente, 
con efecto, y sin que el hombre se dé cuenta de ello, et 
reflejo de la naturaleza circunvecina, penetrando en lo 

l'OMO II. 2 



— 18 — 

nváá prüFundo de su ser, se asocia á sus iiá])osi ■cues na- 
tivas y al libre desenvolvimiento de sus fuerzas intelec- 
tuales j morales. 

ín medio de las terribles borrascas del año TOS^ encon- 
tró Cicerón algún consuelo en sus casas de campo, trasla- 
dándose alternativamente de Tusculano á Arpiño, v de los 
alrededores de Ancio á los de Cumas. «Xada mas agrada- 
ble, escribía á Ático [21 j, que esta soledad; nada mas bello 
que esta casa de campo (ziUa)^ la ribera inmetliata v la 
vista del mar.» También escribía lo siguiente desde la isla 
de Astura, á la embocadura del rio del mismo nomore en la 
costa del mar Tirreno: ^<Nadie me importuna aquí, v cuando 
desde por la mañana vo j á ocultarme en la espesura del salva- 
ge bosque, ja no salgo de allí antes de anochecer, líespues de 
mi queridísimo Ático , nada amo tanto como la soledad; 
en ella no me comunico sino con las letras, v sm embargo, 
el llanto viene á interrumpir con frecuencia mis estudios. 
Combato el dolor cuanto puedo; ])ero !a lucha es todavía 
superior á mis fuerzas.» Muchos crñicos han creído encon- 
trar en estas cartas, asi como en las de Plinio, una antici- 
pación del acento del sentimentalismo moderno: pero jo 
solo veo en ellas la espresion de una profunda sensibilidad 
que en todos los tiempos j de todos ios pueblos se escapa de 
los corazones dolorosamente conmovidos. 

El conocimiento délas obras de ^'irgilio j de Horacio se 
halla tan o-eneralmente estendido entre las nersonas un tan- 
to iniciadas en la literatura latma, que sena supérfíuo to- 
mar pasajes de ellas para comprobar el tierno j vivo senti- 
miento de la Naturaleza que anima á algunas de sus com- 
posiciones. En la epopeja nacional de Mrgilio, la descrip- 
ción del paisaje debia de ser, según la naturaleza misma de 
este género de poemas, un simple accesorio, j ocupar por 
consio'uiente luo-ar reducido. En loarte nino-una se advierte 
que el autor se ha va empeñado en -1 escribir I -terminados 



— 19 — 

parajes ('28); pero los armoniosos colores de sus cuadros re- 
velan un conocimiento profundo de la Naturaleza. ¿En don- 
de fueron pintadas con major belleza, la calma del mar v 
la tranquilidad déla noche? ¡Qué contraste entre estas imá- 
genes apacibles j las enérgicas descripciones de la tormen- 
ta, en el libro primerode las Geórgicas, déla tempestad que 
asalta á los Trojanos en medio délas Estrofadas, del derrum- 
bamiento de las rocas v de la Erupción del Etna, en la Enei- 
da (29)! Hubiera podido esperarse, de parte de Ovidio, como 
fruto de su larga estancia en Tomes, llanuras de la Mesia in- 
ferior, una descripción poética de aquellos desiertos sobre 
los cuales ha permanecido muda la antigüedad. Cierto es 
que el desterrado no vio aquella parte de las estepas que, 
cubierta en el verano de vigorosas plantas de cuatro á seis 
pies de altura, ofrece á cada ráfaga de viento la graciosa 
imagen de un agitado mar de flores; porque el lugar á que fué 
confinado Ovidio, era un páramo pantanoso. Abrumado por 
una desgracia superior á sus fuerzas , se hallaba mas pre- 
dispuesto á trasladarse en recuerdo á los goces del mundo 
j á los acontecimientos políticos de Roma, que á contem- 
plar los vastos desiertos que le rodeaban. En cambio, j aun 
sin contar las descripciones, quizás demasiadofrecuentes, de 
grutas, de manantiales, y claridad de la luna, este poeta, 
que en tan alto grado poseia el talento de pintar, nos 
ha dejado una narración singularmente exacta é inte- 
resante, aun para los geólogos, de una erupción volcánica 
que tuvo lugar cerca de Metona, entre Epidauro j Trezena. 
En el cuadro que hemos tenido ya ocasión de señalar en otra 
parte (30), Ovidio nos muestra al suelo levantándose en 
forma de colina por la fuerza de los vapores comprimidos in- 
teriormente, como una vegiga hinchada, ó como un odre 
-hecho de piel de cabrito. 

De sentir es sobre todo que Tíbulo no nos haya dejado 
nipguna gran composición descriptiva tomada del natural, 



ja que entre los poetas que ilustraron el reinado de Au- 
gusto es de los pocos que , felizmente estraños á la eru- 
dición alejandrina, j aficionados á la vida del campo, sen- 
sibles j sencillos por consiguiente, bebieron en sí mismos 
sus inspiraciones. Sus elegías deben considerarse, á la ver- 
dad , como cuadros de costumbres en los cuajes el pai- 
saje está relegado al último término; pero la consagracmi de 
los campos j la sesta composición del libro primero demues- 
tran lo que hubiera podido esperarse del amigo de Horacio 
j de Messala (31). 

Lucano, nieto del retórico M. Anneo Séneca , se ase- 
meja mucho á él por el adorno oratorio de su estilo; 
ha pintado , sin embargo, con rasgos admirables de sor- 
prendente verdad _, la destrucción del bosque de los Drui-. 
das en la ribera, hoj asolada, de Marsella (32). Las enci- 
ñas al caer se apojan entre sí j sostienen en equilibrio;, 
despojadas de sus hojas, dejan que penetre por vez primera 
un rajo de sol en aquella santa v sombría oscuridad. Cuan- 
tos hajan vivido por algún tiempo en los bosques del 
Nuevo-Mundo, comprenderán lo felizmente que ha pin- 
tado el poeta en pocas palabras el lujo de aquella poderosa 
vegetación, cu jos restos gigantescos se hallan aun sepul- 
tados en algunoshornagueros delaFrancia (33). Lucilio Jú- 
nior, amigo de Séneca el filósofo, ha representado también 
con exactitud la erupción de un volcan, en su poema didác- 
tico de el Etna y si bien ha prescindido de ciertos detalles 
circunstanciados, que son los que únicamente dan origina- 
lidad á semejantes descripciones. En este concepto , su 
poema es muj inferior al diálogo sobre el Etna de Bem- 
bo, obra de su juventud, j que ja hemos señalado en otro 
lugar (34). 

Cuando agotada al cabo la inspiración desde mediados 
del siglo VI, no puede ja sostener las grandiosas j no- 
bles formas de la poesía , el arte de los versos , despojado- 



— 21 — 

del encanto de la imaginación, ja se limita solo á descri- 
bir minuciosamente las áridas realidades de la ciencia, sin 
■que la ficticia elegancia del lenguaje pueda suplir al 
sentimiento de la Naturaleza ni al desvanecido entusias- 
mo. Como producción de aquellos tiempos estériles, du- 
rante los . cuales la forma poética no es sino un adorno 
prestado lanzado al acaso sobre el pensamiento, debemos 
citar el poema del Mosela de Ausonio. Nacido en Aquita- 
nia, Ausonio acompañó á Valentiniano en su espedicion 
contra los Alemanes. Su poema del Mosela, compuesto en 
]a antigua ciudad de Tréveris, celebra en mucbos pasajes, 
j no sin gracia , los viñedos que se elevan formando la- 
deras a orillas de uno de los mas bellos rios del suelo ger- 
mánico (35). Desgraciadamente los principales objetos de 
este poema_, esclusivamente didáctico en demasía, vienen 
á ser la topografía de la comarca, los arrojos que aflujen 
al Mosela, j las diversas especies de peces que le pueblan, 
con espresion de su forma, de sus colores j costumbres. 
No son menos raras las descripciones de la Naturaleza 
entre los prosistas romanos que entre los prosistas grie- 
gos. Hemos citado mas arriba algunos pasajes notables 
de Cicerón. Los o-randes bistori adores Julio César, Tito 
Livio j Tácito, apenas bacen otra cosa que describir inci- 
dentalmente un campo de batalla, el paso de un rio ó 
de desfiladeros impracticables en las montañas; no refi- 
riéndose á la Naturaleza sino en cuanto sienten la nece- 
sidad de representar al liombre lucliando con los obstácu- 
los que ella le opone. No puedo leer en los anales de Tá- 
cito, sin cierto placer, la travesía de Germánico por el 
Ems (Amisia), j la gran descripción geográfica de las 
cadenas de montañas que costean la Siria j la Palesti- 
na (36). Quinto Curcio ba pintado también muy feliz- 
mente la soledad de los bosques que debió atravesar el 
ejército macedónico, al Oeste de Hecatompjlos, en la pan- 



22 

V 

tanosa provincia de Mazenderan (37j. Icsistiria mas sobre 
esto, si pudiera distinguirse con seguridad la parte que 
en las descripciones de dicho escritor, á quien no se asigna 
época fija, se debe á su viva imaginación de aquella que 
las fuentes históricas le suministraron. 

Por ahora me limitaré á mencionar aquí, contan- 
do con volver á ocuparme de este asunto en el Ensajo 
histórico sobre el desarrollo de la idea del Universo , la 
grande obra enciclopédica de Plinio el Viejo, á la que no 
puede compararse ninguna otra de la antigüedad por la ri- 
queza de materiales; j libro que, como ha dicho su sobrino- 
Plinio el Joven, es tan variado como la misma Naturaleza, 
^tdivínase en esta obra un espíritu atormentado por el ir- 
resistible deseo de abarcar á la Naturaleza por completo, j 
que por lo común procede con demasiada precipitación.. 
Desigual en su estilo, unas veces se limita á simples nar- 
raciones^ otras abunda en pensamientos , se anima j no 
teme recurrir á las galas de la retórica. La Historia Na- 
tural de Plinio, según el plan que el autor se habia for- 
mado , no podia contener muchas descripciones indivi- 
duales de objetos determinados ; mas siempre que la 
atención del autor, se fija en el conjunto de las fuerzas 
naturales ó en el orden magestuoso que preside al Uni- 
verso (naturaí majestas), se observa en sus palabras un ver- 
dadero entusiasmo.. El libro de Plinio ha ejercido una 
gran influencia durante toda la edad media. 

Citariamos con gusto, como testimonio del sentimiento 
de la Naturaleza entre los Romanos, las casas de recreo gra- 
ciosamente situadas sobre las alturas delPincioenTuscula- 
no V en Tibur (Tívoli), j cerca del cabo Miseno, en Puzol 
yenBayas, si no estuvieren todas como las de Escauro j Me- 
cenas^ Lúculo j Adriano, obstruidas por edificios suntuosos. 
Los templos, los teatros j los hipódromos, alternan con las 
pajareras y otras construciones destinadas al entreteni- 

■A, «J %/ 



miento'á'j. Jimazas v lirones. La casa de campo de Escipion, 
enLiterEurü , aunque mas sencilla indudablemente, estaba 
guarnecida de torreones como una fortaleza. El nombre de 
Macio, amif.'-o de Augusto, lia llegado precisamente hasta 
nosotros, porque muv aficionado á todo lo que era artificial 
j contrario á la naturaleza, fué el primero que introdujo el 
uso de podar con simetría los árboles según formas tomadas 
de la arquitectura ó de las artes plásticas. Plinio el Joven, 
poseedor de numerosas casas de recreo, ha descrito en tér- 
minos encantadores las de Laurento j Toscana (38). Si eu 
ambas á dos , los edificios v caprichosos adornos de madera 
recortada, se veian esparcidos con una profusión que recha- 
zaría nuestro gusto moderno, sin embargo, las descripcio- 
nes quede ellas nos ha dejado Plinio, j el cuidado también 
que tuvo Adriano en hacer reproducir artificialmente la 
imagen del valle de Tempe, en su casa de recreo de Tí- 
voli, atestiguan que los Romanos, aun los que habitaban 
en las ciudades, sentían el encanto del paisaje, j no eran 
indiferentes al libre goce de la Naturaleza, á pesar de su 
gusto algo esclusivista por las artes, j del valor que da- 
ban alas comodidades de la vida, j aunque calculasen 
con esquisita solicitud ia situación de sus casas de campo, 
con relación al Sol v A los vientos. Podemos añadir feliz- 
mente 'ijue este goce no se turbó jamás en las propiedades 
de Plinio, con el aspecto aflictivo de la miseria de los es- 
clavos. El rico propietario no era solamente uno de los 
hombres mas sabios de su época ; poseia sentimientos hu- 
manitarios cu va espresion se encuentre rara vez, al menos 
entre los antiguos, sintiendo profunda compasión hacia 
las clases del puebl(' avasalladas por la pobreza. Puede 
decirse con verdad , que no existia la esclavitud en las 
casas de Plinio ; el esclavo que labraba en ellas la tierra 
trasmitía libremente lo que habia adquirido (39). 

Los í^ntiguos no nos han dejado descripción alguna de 



— 24 — 

las nieves perpetuas que coronan los Alpes, y se colo- 
ran de rojos reflejos á la salida y puesta del Sol ; ni fija- 
ron su atención en el estado de los azules ventisqueros, ni 
en la imponente naturaleza del paisaje suizo. Sin embargo 
la Helvecia se veia continuamente atravesada por estadistas 
ó generales que se dirig-ian á (jalia, j llevaban literatos en 
su compañía. Todos estos viajeros limítanse solo á quejarse 
del mal estado de los caminos, sin distraerse nunca con 
el romántico aspecto de las escenas de la Naturaleza. Sa- 
bido es que Julio César, cuando volvió á Galia en busca de 
sus legiones, aprovechó el tiempo componiendo, du- 
rante el paso de los Alpes, un tratado de gramática, de 
Analogía (40). Silio Itálico, que murió en tiempo de Tra- 
jano, en una época en que va la Suiza alcanzaba un estado 
floreciente de cultura (41), celebra con pasión todos los bar- 
rancos de Italia j las sombrías orillas del Liris, boj Gare- 
llano; pero representa la región de los Alpes como un hor- 
rible desierto falto de vegetación (42). No es menos sorpren- 
dente que el maravilloso aspecto de las rocas de basalto 
cortadas en columnas naturales, como las que se encuentran 
en el centro de Francia, á orillas del Rhin, y en la Lom- 
bardía, no decidiera á los Romanos á describirlas ni aun 
■á mencionarlas siquiera. 

Mientras se agotaban los sentimientos que habia ins- 
pirado la antigüedad clasica^ que separando los ánimos 
del estado pasivo del mundo inanimado los dirigia ha- 
cia la acción v manifestación de las fuerzas humanas, 
aparecía un nuevo espíritu , el cristianismo, que se estendia 
poco á poco llevando á todas las esferas su benéfica influen- 
cia. Ocupado , aun allí donde prevalecía como religión 
del Estado, en la emancipación civil de la raza humana j 
■en la rehabilitación de las clases inferioras, á la vez eman- 
cipaba á la Naturaleza ensanchando sus horizontes. Ya no 
-se fijaba la vista constantemente en las formas de lasdivini- 



— 25 — 

dades paganas. El Creador (así nos lo enseñan los Padres 
en su elegante lenguaje, frecuentemente adornado de bri- 
llantes imágenes j de poesía) se muestra tan grande en la 
naturaleza inanimada como en la viviente^ en la lucha des- 
ordenada de los elementos, como en el apacible curso de un 
desarrollo org-ánico-Desg-raciadamente la disolución sucesiva 
del imperio romano llevó también en pos de sí la corrupción 
del lenguaje; la imaginación perdió su poder creador: la 
sencillez j la pureza de la dicción se alteraron, primero en 
los paises latinos y mas tarde en el imperio grieg"o. El amor 
ala soledad^ la costumbre de sombrías meditaciones, el re- 
cogimiento interior, dejaron en todos los escritos de aquel 
tiempo buellas manifiestan; sufriendo con ello igualmente 
el lenguaje j el tono g/áneral del estilo. 

Cuando nuevos sentimientos vienen á desarrollarse en 
el mundo, es casi siempre posible encontrar aquí y allá 
algunos gérmenes precoces j profundamente sepultados. 
Háse esplicado generalmente la blanda languidez que se 
respira en Minnermo, por una predisposición sentimental 
del alma (43). El mundo nuevo no ha roto bruscamente 
con el antiguo : pero los cambios verificados en las aspira- 
ciones religiosas de la humanidad, en los mas tiernos sen- 
timientos morales, y aun en la vida esterior de los hombres 
que influyen en el ánimo de la muchedumbre, han puesto 
de manifiesto de repente lo que habia hasta entonces 
pasado desapercibido. El cristianismo preparó los espíritus 
para que buscasen en el orden del mundo jen las bellezas 
naturales, el testimonio de la grandeza y escelencia del 
Creador. Esta tendencia á glorificar la Divinidad en sus 
obras debió desarrollar el gusto por las descripciones. Las 
mas antiguas y mas completas se deben á un abogado de 
Roma, contemporáneo de Tertuliano y Filostrato^, es decir, 
de principios del siglo III, Minucio Félix, autor de un diá- 
logo religioso intitulado Octavius. Sigúesele con placer 



H\ 



4\ 



por las playas de Ostia, al rumper ei di;?., si bien es cierto 
que atribuje á aquel paraje uu aspecto pintoresco j spJu- 
dables efectos que ja no encontramos bov. En este diálogo, 
Minucio Félix defiende vivamente las nuevas creencias de 
los ataques de uno de sus amio-os, que liabia permanecido 
fiel al paganismo (44). 

Citaremos aquí parcialmeiite algunas descripciones de 
la Naturaleza tomadas délos Padres de la Iglesia griega, j 
menos conocidas indudablemente de nuestros lectores, que 
los pasajes en que espresarou los antiguos babitantes 
de Italia su afición á la vida campestre. Empezaré por una 
carta de San Basilio, por el cual tengo, desde hace muclio 
tiempo, una singular predilección. Nacido en Cesárea de 
Capadocia , Basilio renunció^ antes de haber cumplido trein- 
ta años, á la vida tranquila que llevaba en Atenas, visi- 
tando las tebaidas cristiarias de la Siria j del Egipto 
meridional. A imitación de los Esenios v Terapeutas, 
precursores del cristianismo, se retiró á un desierto á 
orillas del Iris en Armenia. Su segundo hermano Nau- 
cracio, se habia ahogado pescando en este rio, después de 
haber llevado por espacio de cinco años la dura vida de los 
anacoretas (45). Basilio escribía á Gregorio de Nacianzo: 
«Creo, en fin, haber hallado el término de mis errantes pe- 
regrinaciones. Renunciando con pena á la esperanza de 
volver á reunimos , mas exacto seria decir á mis sueños, 
porque estov conforme con el que llama á la esperanza el 
sueño de un hombre despierto, !ie salido para el Ponto en 
busca déla vida que m.e conviene. Dios me ha hecho en- 
contrar aquí un lugar á prop<5sito para mis gustos. Puedo 
ver en realidad todo lo que nos representaba la imagina- 
ción en nuestros juegos j en nuestros momentos de re- 
poso. Una alta montaña rodeada de frondoso bosque, se 
vé regada por su parte Norte de aguas límpidas j frescas. 
A sus pies se estiende una llanura inclinada que fecundizan 



- 27 — 

los húmedos vapores que se exhalan de las alturas. El bos- 
que que rodea ala montaña j en donde se apiñan árboles de 
formas j especies diferentes, parece establecer un muro de 
defensa á su alrededor... Dos barrancos profundos limitan 
mi soledad. De un lado, el rio que se lanza déla cimaopo- 
ne una barrera continua j difícil de franquear ; del otro, 
cierra su entrada un ancho pico de la montaña. La habita- 
ción está situada sóbrela cresta de otro pico, de manera que 
consiente abarcar la llanura en toda su estension , j con- 
templar desde lo alto la caida j el curso del iris, mas agra- 
dable para mí, que el Strjmon para los habitantes de 
Amphipolis. Este rio, el mas rápido que conozco, se rompe 
contra una roca próxima y se precipita arremolinado en un 
abismo^ ofreciéndome, como á todos los viajeros, un aspecto 
lleno de encanto; j es, además, para los habitantes de la 
comarca útil recurso, por el infinito número de peces 
que alimenta en sus espumosas ondas. ¿Debo describirte 
los vapores que se exhalan de la tierra ó las brisas que se 
levantan de la superficie de las aguas? Admire otro la abun- 
dancia délas flores j el canto de las aves; jo no tengo espa- 
cio de tiempo para aplicar mi espíritu á tales. objetos. Lo 
que me encanta sobre todo es la tranquilidad de la comarca; 
no la visitan sino algunos cazadores_, porque mi desierto da 
pasto á ciervos y rebaños de cabras monteses ; pero no á 
vuestros osos j leones. ¿Cómo podria jo cambiar este sitio 
por otro alguno? Cuando Alcmeon encontró las Echinades 
no quiso ir mas allá (46).» A pesar de la indiferencia que 
quiere oponer San Basilio á alguno de los encantos de su 
retiro, haj en esta sencilla pintura del paisaje j de la vida 
délos bosques, sentimientos mas en armonía con los senti- 
mientos modernos que todo lo que nos queda de la antigüe- 
dad griega j latina. De lo alto de la cabana solitaria en 
donde se ha refugiado el santo anacoreta, penetra la mira- 
da hasta la bóveda húmeda del bosque. Basilio encontró por 



— 28 — 

"fin el lugar de descanso por el que tan largo tiempo hal)ian 
suspirado él j su amigo Gregorio deNacianzo (47). La alu- 
sión mitológica con que termina la carta, resuena como una 
voz que salida del antiguo mundo encuentra un eco en el 
mundo cristiano. 

Las Homilias de San Basilio sobre el Hexameron reve- 
lan también el sentimiento déla Naturaleza que en él exis- 
tia. Pinta las dulzuras de las noches eternamente serenas 
del Asia Menor, en donde, según su espresion_, los astros, 
ñores inmortales del cielo, elevan el espíritu del hombre de 
lo visible á lo invisible (48). Si en la narración de la Crea- 
ción del mundo quiere celebrar las bellezas del mar v des- 
cribir los variados v cambiantes aspectos de esa llanura sin 
límites, muestra cómo dulcemente agitada «por el soplo 
de los vientos, refleja una luz va blanca, ja azulada, 
va roja; j cómo en sus apacibles juegos acaricia la pla- 
va.» Hállase el mismo tono de concordia melancólico con la 
NaturalezaenGregoriodeNiza, hermano de San Basilio. «Si 
veo, dice, la cresta de la roca, la cañada, la llanura, cubier- 
tas de naciente jerba ; si veo el rico adorno de los árboles, 
v á mis pies las lises á que ha dado la .Naturaleza el 
perfume j el brillo de sus colores á la vez ; si distingo el 
mar en lontananza hacia el cual lleva mis miradas la nube 
que pasa, apodérase de mi alma una tristeza que no carece 
de dulzura. Con el otoño desaparecen los frutos, caen las 
hojas, pierden de flexibilidad las ramas de los árboles, v 
nosotros mismos, abrumados de profunda melancolía al ver 
esas eternas y regulares transformaciones, nos identifica- 
mos con las misteriosas fuerzas de la Naturaleza. Cual- 
quiera que contemple este espectáculo con los ojos del alma, 
comprenderá la pequenez del hombre comparado con la 
grandeza del Universo (49).» 

La afición á las descripciones poéticas entre los cristia- 
nos, no es el solo efecto de esta glorificación de la Di- 



— 29 — 

T'icidad por la entusiasta contemplación de la Naturaleza; 
puede decirse también que en el primitivo fervor de lanueva 
fé , á la admiración acompañaba siempre el desprecio ha- 
cia las obras humanas. Crisóstomo repite en mil pasajes: 
«Cuando veas un magnífico monumento, j te encante el es- 
pectáculo de una larg-a columnata, dirige en seguida tu& 
miradas hacia la bóveda del cielo^já los campos libres don- 
de pacen los rebaños cerca de las orillas del mar. ¿Quién no 
despreciaria todas las obras del arte, cuando en la calma de 
su corazón admira lasalida del sol derramando sobre la tierra 
una luz dorada, cuando á la orilla de una fuente, recostado 
sobre la espesa jerba ó á la sombra de poblados árboles 
dilata á lo lejos su mirada que se pierde en la oscuri- 
dad (50)?» La ciudad de Antioquía estaba en aquella 
época rodeada de ermitas, y en una de ellas vi via Cri- 
sóstomo. Parecia que la elocuencia, vigorizada por la fuente 
de la Naturaleza, habia vuelto á encontrar su elemento, la 
libertad, en las feraces j montañosas comarcas de la Siria 
j del Asia menor. 

Cuando mas adelante, en tiempos opuestos á toda civi- 
lización, se estendió el cristianismo entre las razas germá- 
nicas j celtas^ que no conocían hasta entonces otra religión 
que la de la Naturaleza, honrando bajo símbolos groseros las 
fuerzas conservadoras ó destructoras del Universo, el íntimo 
comercio con la Naturaleza j el estudio de sus misteriosas 
lejes, llegaron fácilmente á hacerse sospechosos de bruje- 
ría. El conocimiento del mundo esterior pareció entonces tan 
peligroso, como lo fuera el cultivo de las artes plásticas en 
tiempo de Tertuliano, de Clemente dé Alejandría j de casi 
todos los antiguos Padres. En los siglos XII j XIII, los con- 
cilios de Tours (1169) j de París (1209) prohibieron á los 
frailes la culpable lectura de las obrasde física (51). Alberto 
el Grande y Rogerio Bacon fueron los primeros que rom- 
pieron con verdadero valor las trabas del entendimiento 



— 30 ~ 

humano, absolvieron á la Naturaleza, y la restablecieron 
en sus antig-uos derechos. 

Hemos señalado hasta aquí las oposiciones que se mani- 
festaron en las literaturas griega y latina, tan íntimamen- 
te unidas entre sí por otra parte , según la diferencia de 
los tiempos. Pero los contrastes que se producen en la ma- 
nera de sentir no son únicamente consecuencia del tiempo 
ó de las revoluciones en cuja virtud los gobiernos, las 
costumbres j las religiones se transforman irresistible- 
mente, pues aun sorprenden mas los que ocasionan la va- 
riedad de las razas v su carácter orimnario. Véase si no 
la oposición que se advierte en lo tocante al sentimien- 
to de la Naturaleza y al color poético de las descripciones, 
entre los Griegos, los Germanos del Norte, en las razas se- 
míticas, ios Persas j los Indios. Háse espresado muchas 
veces la opinión de que el amor de los pueblos del Norte 
á la Naturaleza , v el poderoso encanto que los atrae hacia 
las deliciosas campiñas de Grecia ó de Italia , v hacia las 
maravillosas riquezas de la vegetación tropical , deben atri- 
buirse principalmente á la privación que esperimentan du- 
rante un largo invierno de todos los goces de aquella mis- 
ma Naturaleza. No negamos que esta especie de ansia que 
lleva á los pueblos del Norte hacia el clima de las palmeras, 
no sedebiliteámedida que se acercan al Mediodía de Francia^ 
ó de la península Ibérica; pero la denominación comun- 
mente tan usada j confirmada por la ciencia, de raza indo- 
germánica, debe bastar por sí sola para guardarnos de atri - 
buir efectos demasiado generales ala influencia del invierno 
en las regiones del Septentrión. Las innumerables produc- 
ciones de lapoesía indianos enseñan que en el espacio com- 
prendido éntrelos trópicos v en las comarcas colindantes al 
Sudde la cadena del Himalaja, los bosques, siempre verdes 
j floridos, han escitado vivamente la imaginación de los pue- 
blos del Asia oriental , v que han sentido m.avor vocación 



aun nacía la poes.:a descriptiva que las razas puramente 
g-crmánicas , estendidas por los inhospitalarios países del 
Norte j hasta la Islandia. Aun en los climas mas afortu- 
nados del Asia meridional se alteran alg-unas veces los goces 
de la Naturaleza. La oposición de las estaciones se deter- 
mina aliíde unamaneraestremada^ pasándose bruscamente 
de las lluvias que fecundizan la tierra á una devoradora 
sequía. En Persia, sobre la meseta del Asia occidental , se 
encuentran á menudo desiertos de forma irre£>-ular y sin 
vegetación , que penetran á modo de golfos en las com.ar- 
cas mas fértiles; con frecuencia haj en los bosques estepas 
inmensas que asemejan un mar interior rodeado de sus ri- 
beras. Merced á estos accidentes, la superficie horizontal 
del suelo ofrece k los habitantes de aquellos cálidos climas 
iguales alternativas de tierras fértiles j áridas llanuras, 
que presentan en su altura las cadenas de montañas coro- 
nadas de nieve de la India y del Afo-hanistan. Ahora bien: 
las causas que escitan mas poderosamente la imaginación 
poética, son esos sorprendentes contrastes que ofrecen las 
diferentes estaciones del año , la fecundidad j la elevación 
del suelo , en aquellos pueblos predispuestos de sujo á la 
contemplación de la Naturaleza por el conjunto de su civi- 
lización y de sus creencias religiosas. 

Ese amor á la Naturaleza que es propio de las. razas 
contemplativas de laíiermania, manifiéstase en alto g-rádo 
en los mas antiguos poemas de la edad media; buena prue- 
ba de ello es la poesía caballeresca de los Miunesin^er, bajo 
el reinado de los Hohenstauffen. Cualesquiera que sean las 
relaciones históricas que e:?iistan entre esta poesía v la poe- 
sía romana de los Provenzales, no puede desconocerse en 
ella el elemento germánico puro. Las costumbres de las 
naciones germánicas, sus hábitos de vida_, su amor á la 
independencia, todo revela el sentimiento de la Naturaleza 
de que estaban í;.:t: mámente penetrados (52). Los Mínne- 



-. 32 ~ 

síng-er errantes, por mas que algunos descendieran de 
príncipes j todos fueran cortesanos^ permanecian siem- 
pre en asiduo comercio con la Naturaleza, manteniendo 
en toda su frescura la natural predisposición que en ellos 
se notaba hacia el Idilio, j también con frecuenciaála ele- 
jía. Con el fin de apreciar mejor los efectos de predis- 
posición semejante, me referiré á los dos sabios que mas 
profundamente conocieron la edad media alemana, á mis 
nobles amigos Jacobo j Guillermo (irimm. «Los poetas 
alemanes de esta época, dice el último, no se cuidaron ja- 
más de describir la Naturaleza de una manera abstracta, 
es decir, sin otro objeto que el de pintar con animados co- 
lores la impresión del paisaje. Y no faltaba seguramente á 
los antiguos maestros alemanes el sentimiento de la Natu- 
raleza, pero lo referian siempre á los acontecimientos que 
narraban ó á las mas vivas emociones que rebosaban en sus 
cantos líricos. Empezando por la epopeja nacional, por los 
mas antiguos j preciosos monumentos de la musa alema- 
na, no encontramos ni en los Niehehingen ni en el poema 
de Gndri'/ii descripción alguna de la Naturaleza, ni aun 
allí donde la ocasión se presentaba naturalmente (53). La 
narración, mu j circunstanciada por otra parte, de la caza 
en que fué muerto Sigfredo, contiene únicamente la men- 
ción de un brezal en flor j de un fresco manantial á la 
soiíibra de un tilo. En el poema de Gudrun, que supone 
costumbres algo mas cultas, se entrevé mejor el sentimiento 
de la Naturaleza. Cuando la bija del rej j sus compañe- 
ras, reducidas á la condición de esclavas, van á llevar á 
orillas del mar las ropas de sus señores , indica el poeta el 
instante del año en que el invierno toca á su fin , y empie- 
zan de nuevo los conciertos de los ruiseñores. La nieve cae 
todavía, jlacabellera délas doncellas se mira azotada por el 
viento de marzo. Cuando Gudrunsale del campo esperando 
la llegada de sus libertadores , las olas del mar brillan con 



33 — 



los primeros fueg-os de la mañana v distingue los oscuro? 
cascos V los escudos de sus amÍQ-os. Estas no son sino 

«y o 

algunas palabras; pero bastan para dar una imagen distinta 
de las cosas, v aumentar de este modo la espectativa del 
grande acontecimiento que se prepara. Homero hace esto 
mismo cuando describe la isla de los Cjclopes v los bien 
dispuestos jardines de Alcinoo; se propone linicament e dar á 
conocer la abundante fecundidad de la soledad en que vi- 
ven esos monstruosos gigantes, y la magnífica estancia de 
un rej poderoso. Ninguno de Ibs dos poetas se ha cuidado 
de describir la Naturaleza por la Naturaleza misma.» 

«A la epopeva sencilla pueden oponerse las largas j- 
curiosas narraciones délos poetas del siglo XIII, que culti- 
vaban el arte cuando ja tenia conciencia de sí mismo. Hart- 
mann de Ane, \A'olfram de Eschenbach v Godofredo de 
Estrasburgo (54)^ se distinguen de tal modo entre todos los 
demás^ que bien podemos llamarles los maestros j los au- 
tores clásicos de la poesía caballeresca. Fácil seria recoger 
del vasto conjunto de sus obras testimonios de la emoción 
que les causábala Naturaleza. Este sentimiento, sin embar- 
go, solo se revela por la elección de las comparaciones ; ni 
aun pensaron en delinearlos cuadros que seles presentaban 
á la vista, independientemente de la narración , ni detie- 
nen el curso de los acontecimientos para descansar en la 
contemplación de la Naturaleza y su apacible vida. ¡Cuan 
diferentes son las composiciones poéticas de los modernos! 
Bernardino de Saint- Fierre, por el contrario, no se vale 
de los acontecimientos, sino como para marco de sus cua- 
dros. Verdad es que cuando los poetas líricos del siglo XIII 
cantan el amor (die Minne) lo que tampoco hacen constan- 
temente, hablan del dulce mes de mavo, del canto del rui- 
señor, del rocío que brilla en las flores delbosquecillo: pero 
siempre con ocasión de los sentimientos que parecen reflejarse 
en estas imágenes. Si quiere espresar impresionesmelancóli - 



TOWO '!. 



— 34 — 

cas, el poeta nos hace pensar en las hojas que se marchitan, en 
las aves que enmudecen, en el sembrado oculto por la nieve. 
Los mismos recuerdos se repiten incesantemente, si bien es- 
presados, preciso es reconocerlo, con encanto j bajo formas 
mu j variadas. Walther de Vogelweide, lo mismo que Wol- 
fram de Eschenbach, délos cualesno tenemos por desg-racia 
sino mu j pocas poesías líricas, son dignos ambos de ser ci- 
tados el uno por su major sensibilidad _, y el otro por su pro- 
fundidad, como brillantesejemplosde'la poesía caballeresca.» 
«La cuestión de saber si el contacto con la Italia Meri- 
dional, ó con el Asia Menor, la Siria j la Palestina por las 
cruzadas, ha enriquecido la musa alemana con nuevas pin- 
turas, debe en general ser resuelta negativamente. No se 
advierte que el conocimiento del Oriente hajadadootra di- 
rección á la poesíade los Minnesinger. Los cruzados nunca 
se acercaron mucho á los Sarracenos , y no existieron rela- 
ciones activas ni aun entre los pueblos que combatían por 
la misma causa. Uno de los poetas líricos mas antiguos fué 
í'ederico de Hausen , que murió en el ejército de Barba- 
roja. Sus cantos recuerdan con frecuencia las cruzadas; 
no espresaban sin embargo mas que pensamientos religio- 
sos, y el pesar de hallarse separado de su amada. Así es 
que nunca encuentra ocasión de decir una palabra acerca 
de la Naturaleza que le rodeaba , como tampoco los demás 
que tomaron parte en la cruzada, tales como Reimar el 
anciano, Kubin, Reidhart j Ulrico de Lichtenstein. Parece 
que Reimar hizo la peregrinación de la Siria, acompañan- 
do al duque de Austria Leopoldo VL Quéjase de que 
el recuerdo de su patria no le deje momento de reposo y le 
separe del pensamiento de Dios. Alguna vez, únicamente, 
habla de las datileras , y siempre á propósito de las ra- 
mas de palmera que llevaban á la espalda los peregrinos. 
No recuerdo tampoco que la admirable naturaleza de Italia 
haya escitado la fantasía de los Minnesinger, que atravesa- 



-- 35 — 

ban los Alpes. Walther de Vogelweide, que había viajado 
mucho, no pasó en Italia mas allá de las orillas de Pó; pero 
Freidank llegó hasta Roma_, j no observó otra cosa mas sino 
que crecia la jerba en los palacios de los antig-uos señores 
de estos lugares (55).» 

La epopeja esópica, que elegia las bestias para sus hé- 
roes, no debe confundirse con el apólogo oriental ; aquella 
nació de un contacto habitual con el mundo délos animales, 
sin decidido propósito de pintar exactamente sus fisonomías. 
Este género de fábula, apreciado de una manera superior 
por Jacobo Grimm en el prefacio de su edición de Reinliart 
Fuchs, revela el placer que se sentia entonces por la Na- 
turaleza. Las bestias, no ja encadenadas al suelo, sino do- 
tadas de la palabra y accesibles á todas nuestras pasiones, 
contrastan con la vida tranquila j silenciosa de las plan- 
tas; forman un elemento siempre activo destinado á animar 
el paisaje. «La antigua poesía, dice Jacobo Grimm, con- 
sidera la vida de la Naturaleza bajo un punto de vista pu- 
ramente humano; guiada por los caprichos de su sencilla 
imaginación _, presta á los animales, j alguna vez también 
á las plantas, los sentimientos j las emociones de los hom- 
bres, dando un sentido ingenioso á todas las particularida- 
des de su forma ó de su instinto. Las plantas y las flores 
han tomado sus nombres délos Dioses ó de los héroes que 
las cogian ó gustaban de ellas. Parece como que se exhala 
el perfume de los bosques de los viejos apólogos de Alema- 
nia (56) » . 

Intenciones dan de unir á estos monumentos de la poesía 
descriptiva entre los Germanos, los restos de la poesía célti- 
ca v ersa, que han pasado de un pueblo á otro por espacia 
de medio siglo, bajo el nombre de Ossian, como nubes erran- 
tes en el cielo ; pero el encanto se ha roto cuando se ha re- 
conocido incontestablemente el fraude de Macpherson , en 
la publicación del testo gaélico evidentemente supuesto j 



— 30 — 

contrahecho sobre la obra inglesa. Existen en la antig-ua 
leng-ua ersa cantos en honor de Fingal , conocidos con 
el nombre de canfos de Fhinian. que fueron recogidos y 
escritos después de la introducción del cristianismo v no 
se remontan quizás al siglo Mil de nuestra era; pero estas 
poesías populares contienen muj pocas descripciones senti- 
mentales del género de aquellas que dan singular encanto 
al libro de Macpherson («^T). 

Hemos indicado va que si la predisposición ala contem- 
plación y á las fantasías no es estrañaálas razas indo-germá- 
nicas de laEuropa septentrional, sino que antes bien consti- 
tuyen uno de sus rasg'os distintivos, no debe atribuírsela ala 
influencia del clima_, es decir, al ardiente deseo de los go- 
ces de la Naturaleza acrecentado por la privación. Hemos 
recordado las deliciosas descripciones de la naturaleza or- 
gánica ó de la naturaleza inanimada, que ofrecen las lite- 
raturas india y persa, desarrolladas bajo los fuegos del sol 
del Mediodía. Tales son el paso de la sequía a las lluvias 
tropicales y la aparición de la primer nube que altera el 
profundo azul de un cielo puro, cuando los anhelados vien- 
tos eteriós empiezan á zumbar en las largas hojas que coro- 
nan la empenachada copa de las palmeras. 

Esta es la ocasión de penetrar algo mas en la literatura 
descriptiva déla india. «Representémonos, dice Lassen(58), 
á una parte de la raza ariana abandonando las regiones del 
Nor-oeste, su primitiva patria, y emigrando hacia la India. 
Debió admirar las riquezas de aquella naturaleza desconoci- 
da. La dulzura del clima , lo fértil del suelo, la liberalidad 
con que derramaba sus magníficos dones debieron prestar 
mas brillantes colores ala nueva vida de aquellos pueblos. 
Ademas de las preciosas cualidades propias de los Aria- 
nos, y del raro desarrollo de su entendimiento, que permi- 
te encontrar en ellos el o-érmen de cuanto o-rande v ele- 
vado realizaron los Indios mas tarde, el aspecto del mundo 



— 37 — 

esterior les condujo desde luego á refiexionar profunda- 
mente acerca de las le jes de la Naturaleza, y sus medi- 
taciones determinaron en ellos la tendencia contemplativa 
que constituje el fondo de la poesía mas antigua de los 
Indios. Esta impresión dominante que ejerce la Natura- 
leza sobre la conciencia de todo un pueblo^ se manifiesta 
especialmente en los sentimientos religiosos j en el home- 
naje tributado al principio divino de la Naturaleza. La 
indiferencia hacia todas las cosas de la vida aumentó tam- 
bién estas disposiciones soñadoras. ¿Quiénes se hallaban 
mas al ^brigo de toda distracción, quiénes podian ais- 
larse mejor en una profunda contemplación , j reHexionar 
acerca de la vida del hombre en este mundo, sobre su con- 
dición después de la muerte, sobre la esencia de la Divini- 
dad, que aquellos penitentes, aquellos bracmanes, que ha- 
bitaban en la soledad de los bosques, cujas antiguas escuelas 
son uno de los fenómenos mas característicos de la vida in- 
dia, j que han ejercido una influencia considerable sobre 
el desarrollo intelectual de toda la nación (59)?» 

Si me es permitido valerme de algunos ejemplos para 
hacer comprender el vivo sentimiento de la Naturaleza 
que con frecuencia brilla en la poesía descriptiva de los 
Indios, como ja lo intenté en mis lecciones públicas, 
aconsejado por mi hermano j otros indianistas , empezaré 
por los Vedas , el mas antiguo j mas sagrado de todos los 
monumentos que atestiguan la cultura de los pueblos del 
Asia oriental. El principal objeto de dicho libro es laglori- 
ficacion de la Naturaleza. Los himnos de Rifjrcda contie- 
nen bellísimas descripciones de los primeros albores del dia 
j del sol «de manos de oro.» Sin embargo, los autores 
de los Vedaii rara vez se cuidan de describir el aspec- 
to de los lugares que estasiaban á los sabios. En los 
poemas épicos del Ramayana j del M(fl)aharaia ,, pos- 
teriores á los Vedas j anteriores á los Puranas ^ los cua- 



— 38 — 

dros de la Naturaleza se hallan aun ligados con la narra- 
ción, como conviene á este género de composiciones; pero 
al menos retratan lugares determinados j son el fruto de 
impresiones personales. De aquí el movimiento que las ani- 
ma. El viaje de Rama que parte de Ajodhja para dirigir- 
se á la residencia de Dschanaka, su vida en medio de los 
bosques vírgenes^ j la existencia solitaria de los Pandui- 
das, son trozos del género descriptivo que brillan con viví- 
simo colorido. 

El nombre de Kalidasa se hizo célebre desde luego entre 
los pueblos occidentales. Este gran poeta florecia en la bri- 
llante corte de Vikramaditja, j era por consiguiente con- 
temporáneo de Virgilio j de Horacio. Las traducciones 
francesa, inglesa v alemana del Sahiiiíala han justifi- 
cado la estraordinaria admiración de que ha sido objeto 
Kalidasa (60). La ternura de los sentimientos jlafuerza de 
invención, le aseguran un lugar distinguido entre los poe- 
tas de todos los países. Puede juzgarse del atractivo de sus 
descripciones por el drama encantador de Vikrama y 
Urvasi , en el cual recorre el rej todos los recodos de las 
selvas en busca de la ninfa Urvasi, por el poema de las 
E s ¿aciones y ^ov \diNul>6 mensajera (Meghaduta). Kalida- 
sa ha pintado en esta composición con la verdad misma de 
la Naturaleza, los trasportes con que es saludada, tras una 
larga sequía, la primera nube que aparece en el cielo como 
nuncio de la estación de las lluvias. Las palabras de que 
me he valido «la verdad de la Naturaleza,» serán mi jus- 
tificación si, al lado de la Nube mensajera ^ me atrevo á re- 
cordar una descripción del mismo fenómeno hecha por mí 
en la América del Sud antes que conociera la Meghaduta 
de Kalidasa por la traducción de Chézj (61). Los síntomas 
misteriosos que se producen en la atmósfera, la exhalación 
de los vapores, la forma de las nubes, sus resplandores eléc- 
tricos quesurcan el aire, todos estos presagios son los mismos 



— 39 — 

enlas zonas tropicales de ambos continentes. El arte, cuja 
misión es la de fundir las realidades en una imagen armo- 
niosa, no pierde ninguno de sus atractivos porque el es- 
píritu observador v analítico de los siglos posteriores ha ja 
confirmado afortunadamente el testimonio de un poeta an- 
tiguo que se abandonaba irresistiblemente á la contempla- 
ción de la Naturaleza. 

De los Arianos orientales, es decir, de la familia indo- 
bramánica, maravillosamente predispuesta por su organi- 
zación al goce de las bellezas pintorescas de la Natu- 
raleza (62), pasemos á los Arianos del Occidente, ú ios 
Persas, que reunidos en otro tiempo á los pueblos de la 
misma raza en la resfion situada al norte de la Persia v de 
la India, se separaron mas tarde, j adoradores espiritualistas 
de la Naturaleza , concillaron este culto con la concepción 
maniquéa de Ariman j de Ormuzd. Lo que llamamos li- 
teratura persa no se remonta mas allá déla épocadelos Sa- 
sanidas. Los monumentos mas antiguos déla poesía de los 
Persas han desaparecido. Iónicamente después de la conquis- 
ta de los Árabes, cuando se renovóla fazdelpaís, refloreció 
una literatura nacional bajo las dinastías de los Samani- 
das, de los Gaznevidas v de los Seldjucidas. El desar- 
rollo de la. poesía desde Firdusi hasta Hafiz j Dschami 
duró apenas cuatrocientos á quinientos años, j casi no se 
prolongó mas que hasta la espedicion de Vasco de Gama. 
Al buscar la huella del sentimiento de la Naturaleza entre 
los Indios j los Persas^ no haj que olvidar que las civili- 
zaciones respectivas de estos dos pueblos han estado sepa- 
radas doblemente por el espacio j por el tiempo. La litera- 
tura persa pertenece á la edad media: la gran literatura 
india pertenece propiamente á la antigüedad. La Naturale- 
za no ofrece sobre la meseta del Irán los robustos árboles j 
la variedad de formas j de colores, que presenta á nuestros 
encantados ojos el suelo del Indostan. La cadena del 



— 40 — 

Viüdhja, que por largo tiempo lia determinado el lí- 
mite del Aria Oriental, está comprendida aun en la zona 
de los trópicos, en tanto que toda la Persia está situada 
mas allá del trópico de Cáncer , j aun parte de la poe- 
sía psrsa tuvo su origen en la región septentrional de 
Balkh j de Fergana. Los cuatro Paraisos (63) celebra- 
dos por los poetas persas eran el valle de Sogd , cerca 
de Samarcanda; el de Maschanud, junto á Hamadan; 
de Scha-abi-Bowan, no lejos de Kal''eh-Sofid en la provin- 
cia de Fars, j la llanura de Damasco, llamada Gute. Los 
reinos de Irán j de Turan están desprovistos de bosques; 
no baj por consiguiente sitio para aquella vida solitaria de 
las selvas que tan profundamente babia escitado la ima- 
ginación de los poetas indios. Jardines regados por sal- 
tadoras aguas, cuajados de botones de rosas v de árbo- 
les frutales, no pueden reemplazar la imponente j salvaje 
naturaleza del Indostan. Según esto no debe sorpren- 
dernos el que la poesía descriptiva de los Persas no tenga la 
misma savia, j sea con frecuencia artificial j fria. Si, en 
opinión de los indígenas , lo que llamamos ingenio j agu- 
deza son las cualidades mas preciosas, se comprende que no 
liaj otra cosa digna de admiración entre los poetas de 
aquel pais que el mérito de una invención fácil, j la infi- 
nidad de formas con que saben reproducir un mismo pen- 
samiento 64). Los sentimientos íntimos y profundos les 
son completamente estraños. 

La descripción del paisaje rara vez interrumpe la nar- 
ración en la epopeva nacional ó Lihro de los Hrroes de 
Firdusi. El elogio de las costas de Mazenderan, puesto en 
boca de un poeta viajero, me parece estremadamente gra- 
cioso, j que representa con verdad la dulzura del clima 
j la fuerza de la vegetación. Este elogio arrastra al rej 
Kei-Kawus á una espedicion bácia el mar Caspio j á una 
nueva conquista (65). Las poesías á la primavera^ de En- 



— 41 — 

wen, de Dschelaleddin, que pasa por el poeta místico mas 
notable del Oriente, de Adhad j de Feisi, semi-persa y 
semi-indio, tienen todas viva frescura, si bien el placer 
que causan se ve turbado con frecuencia por el deseo pue- 
ril de rebuscar comparaciones demasiado ingeniosas (66). 
Sadi en su novela Costan j Gulistan (El Jardin de los 
frutos j de las rosas), v Hafiz, cuja filosofía práctica se 
ha comparado á la de Horacio, señalan, valiéndonos de 
las espresiones de José de Hammer, la época de la ense- 
ñanza moral el primero, jel segundo, el mas elevado vuelo 
de la poesía lírica. Por desgracia la hinchazón y el re- 
buscamiento oscurecen á menudo en estos escritores las 
descripciones de la Naturaleza (67). El objeto favorito 
de la poesía persa , que es el amor del ruiseñor y 
de la rosa, reaparece de una manera fatigosa, y el ín- 
timo sentimienio de la Naturaleza , espira en Oriente 
con los refinamientos convencionales del lengxiaje de las 
¡lores. 

Si descendiendo de la meseta del Irán nos dirigimos 
hacia el Norte atravesando el reino de Turan fen lengua 
Zend , Tíñrja) (68) hasta la cadena del Ural , que separa 
la Europa del Asia , llegamos á los lugares que sirvieron 
de cuna á la raza finlandesa; porque los Finlandeses salie- 
ron en otro tiempo de la región de los montes Urales, 
como las hordas turcas del Altai. Entre estas razas fin- 
landesas- establecidas á gran distancia hacia el Occidente 
en las bajas llanuras del continente europeo, existian 
cantos que el doctor Pulías Lopnnrot ha recogido en gran 
número de boca de los Carelianos y de los campesi- 
nos de Olonetz. < Reina en estos cantos , dice Jacobo 
(jrimm(69j, un puro sentimiento de la Naturaleza que 
casino se encuentra sino en los poemas indios.» Una an- 
tigua epopeja^ compuesta do cerca de doce mil versos, tra- 
ta de la lucha de los Finlandeses y de los Lapones, v de 



— 42 — 

Jas aventuras de un héroe divino llamado Vaino; contiene 
descripciones de la vida rústica en Finlandia, estremada- 
mente graciosas, especialmente en el pasaje en que la mu- 
jer del forjador Ilmarineno envia sus rebaños á los bosques 
j pronuncia algunas palabras para protegerlos contra los 
ataques de las bestias feroces. Pocas razas existen cujas 
subdivisiones, á pesar de la comunidad del lenguaje, pre- 
senten oposiciones mas señaladas bajo el respecto de la 
cultura intelectual v de la dirección dada á los sentimien- 
tos. Estas oposiciones provienen por una parte de los tristes 
efectos de la servidumbre ; por otra , de la barbarie de 
la vida guerrera; j por último, de los perseverantes es- 
fuerzos hechos para conquistar la libertad política. Tales 
han sido , con efecto , los diversos modos de existir de 
los campesinos, hoj tan pacíficos, entre los cuales se ha 
recogido el Kaleivala: de los Hunos, que han trastornado 
el mundo, confundidos largo tiempo con los Mogoles ; v 
finalmente, de un pueblo noble j grande, de los Ma- 
giares. 

Para acabar de considerar lo que en el sentimiento de 
la Naturaleza j en la manifestación de este sentimiento 
puede provenir de la diferencia de las razas, de la confor- 
mación del suelo, de la constitución política j de las 
creencias religiosas , réstanos arrojar una mirada á esos 
pueblos del Asia que mas contrastan con las razas ana- 
nas é indo-germánicas de los Indios y los Persas. Las na- 
-ciones semíticas ó arameas nos ofrecen en los monumen- 
tos mas respetables v mas antiguos de su poesía , con 
una inspiración poderosa j una brillante imaginación, 
el testimonio de un sentimiento profundo de la Natura- 
leza; sentimiento espresado con grandeza j esplendor en 
las leyendas pastoriles, en los himnos sagrados, v en 
aquellos cantos líricos que hace resonar en tiempo de Da- 
vid la escuela de los videntes y de los profetas, cuja 



-- 43 — 

sublime inspiración, casi estraña al pasado, se torna llena 
de presentimientos hacia lo porvenir. 

La poesía hebrea, aparte de su elevación y profundidad^, 
ofrece á las naciones del Occidente el sino-ular atractivo de 
hallarse íntimamente ligada con recuerdos consagrados por 
tres grandes religiones: la religión mosaica, la cristiana y 
la mahometana. No son los pueblos de Europa los únicos 
cuja imaginación se siente atraída por los recuerdos de los 
Santos Lugares; pues las misiones, favorecidas por el espí- 
ritu comercial y conquistador de los pueblos navegantes, 
han llevado los nombres geográficos j las descripciones del 
Oriente, tal j como nos los ha conservado el Antiguo Tes- 
tamento, hasta el fondo de los bosques del Nuevo Mundo j 
á las islas del mar del Sud. 

Uno de los caracteres distintivos de la poesía de la Na- 
turaleza entre los hebreos, es que, reflejo del monoteísmo, 
abraza siempre al mundo en imponente unidad, compren- 
diendo á la vez el globo terrestre j los luminosos espacios 
del cielo. Rara vez se detiene en los fenómenos aislados, y 
se complace en contemplar las masas. La Naturaleza no está 
representada en ella como poseyendo existencia aparte y 
merecedora de homenajes en virtud de su propia belleza^ 
sino que siempre se aparece á los poetas hebreos en la rela- 
ción con el poder espiritual que la gobierna desde lo alto. 
La Naturaleza es para ellos una obra creada y ordenada, 
la espresion viviente de un Dios por todas partes presente 
en las maravillas del mundo sensible. Así, que á juzgar 
únicamente por su objeto, la poesía lírica de los hebreos de- 
bía ser imponente y magestuosa; pero cuando trata de la 
condición terrestre de la humanidad , es ademas sombría y 
melancólica. Es muy notable también que esta poesía, á pe- 
sar de su grandeza y aun en medio del encanto de la mú- 
sica, jamás cae en las desmesuradas proporciones de la poe- 
sía india. Consagrada á la pura contemplación de la divini- 



• — 44 — 

dad, figurada en su lenguaje, pero clara j sencilla en sus 
pensamientos, se complace en volver sobre las mismas com- 
paraciones con una regularidad casi rítmica. 

Los libros del Antiguo Testamento, considerados como 
obras de literatura descriptiva, reflejan fielmente la natu - 
raleza del país en donde vivian los Hebreos, representando 
las alternativas de desiertos, llanuras fértiles j bosques 
sombríos que ofrece el suelo de la Palestina, é indicando 
todos los cambios de temperatura por el orden en que se 
verifican, las costumbres de los pueblos pastores j su apar- 
tamiento hereditario de la agricultura. Las narraciones 
épicas ó históricas son de una estremada sencillez j quizás 
mas desnudas de adorno que las de Herodoto. Merced á la 
uniformidad que se ha conservado en las costumbres j en 
los hábitos de la vida nómada, los viajeros modernos han 
podido confirmar la verdad de aquellos cuadros. La poesía 
lírica está mas adornada y desarrolla la vida de la Natura- 
leza en toda su plenitud. Puede decirse que el salmo 103 
es por sí solo un bosquejo del mundo. «El Señor, revestido 
de luz, ha estendido el cielo como una alfombra j ha fun- 
dado la tierra sobre su propia solidez, de suerte que no va- 
cilase en toda la duración de los siglos. Corren las aguas 
de lo alto de las montañas á las cañadas hasta los parajes 
que les han sido asignados á fin de que nunca traspasen los 
límites prescritos, si bien apaguen la sed de todos los ani- 
males de los campos. Las aves del cielo cantan entre el fo- 
llaje. Los árboles del Eterno, los cedros que Dios mismo ha 
plantado, levántanse llenos de savia; los pájaros forman allí 
su nido, j el azor construje su habitación sobre los abetos.» 
En el mismo salmo está descrito el mar «donde se agita la 
vida de innumerables seres. Por él surcan las naves, y en 
él se mueven los monstruos que tú, oh Dios, has creado 
para que libremente sesolacen.» La siembra de los campos, 
el cultivo de la viña, que alegra el corazón del hombre, j el 



— 45 — 

del olivo j tienen también su lugar en e¿te cuadro de la Na- 
turaleza que completan los cuerpos celestes. «El Señor ha 
creado la luna para medir el tiempo, v el sol conoce el tér- 
mino de su carrera. Viene la noche, se esparcen los anima- 
les sobre la tierra, los leoncillos rugen cerca de su presa v 
piden su alimento á Dios. Aparece el sol, reúnense j se re- 
fuc-ian en sus cavernas los animales, v en tanto el hombre 
se entrega á su trabajo, j sigue su tarea hasta la tarde.» 
Es sorprendente, que en poema lírico de tan cortas dimen- 
siones, se describan á grandes rasgos el Universo entero, el 
cielo y la tierra. A la vida confusa de los elementos se opone 
la existencia tranquila j laboriosa del hombre desde el ama- 
necer hasta el momento en que la tarde pone término á sus 
trabajos. Este contraste, estas miras generales sobre la acción 
recíproca de los fenómenos, esta vuelta al poder invisible v 
presente que puede rejuvenecer la tierra ó reducirla á pol- 
vo , todo está impregnado de un carácter sublime , mas 
propio, menester es decirlo, para causar admiración que 
para conmover. 

Los salmos ofrecen con frecuencia consideraciones se- 
mejantes acerca del mundo (70); pero en ninguna parte 
de una manera mas completa que en el capítulo xxxmi del 
libro de Jo/j , antiquísimo seguramente, aun cuando no an- 
terior á Moisés. Nótase que los accidentes meteorológicos 
que se producen en la región de las nubes^ los vapores que 
se condensan ó se disipan según la dirección de los vien- 
tos, los caprichosos juegos de la luz, la formación del gra- 
nizo y del trueno, hablan sido observados antes de ser des- 
critos. Muchas otras cuestiones se han planteado también 
en aquel libro, que la física moderna puede, indudablemen- 
te, reducir á fórmulas mas científicas ; pero sin que todavía 
hajan encontrado para ellas solución satisfactoria. Repú- 
tase generalmente el libro de Job como la obra mas acaba- 
da de la poesía hebrea: en él se advierte el encanto pinto- 



— 46 — 

resco en la descripción de cada fenómeno, j el arte á la par 
en la composición didáctica del conjunto. En todos los pue- 
blos que poseen una versión del libro de Job, estos cuadros 
de la naturaleza oriental han producido impresión profun- 
da. «El Señor camina sobre las crestas del mar, sobre las 
olas que la tempestad levanta. La aurora abraza los con- 
tornos de la tierra j dá diferentes formas á las nubes, como 
la mano del hombre amasa la dócil arcilla». Hállanse tam- 
bién descritas en el libro de Job las costumbres de los ani- 
males, del asno montaraz j del caballo, del búfalo, del hi- 
popótamo j del cocodrilo, del águila y del avestruz. Ve- 
mos allí, «cuando soplan los vientos devoradores del Sud, 
el aire puro que se estiende como metal fundido por los 
perturbados desiertos (71).» Allí donde la Naturaleza es 
mas avara de sus dones, aguza los sentidos del hombre, á 
fin de que atento á todos los síntomas que se manifiestan 
en la atmósfera y en la región de las nubes, pueda prever, 
en medio de la soledad de los desiertos, ó sobre la inmen- 
sidad del Océano, todas las revoluciones que se preparan. 
La parte árida y montañosa de la Palestina se presta, sobre 
todo, á este género de observaciones ; tampoco falta varie- 
dad á la poesía de los Hebreos. Mientras que desde Josué 
hasta Samuel respira esta el ardor de los combates, el li- 
brito de Kuth la espigadora ofrece un cuadro de la mas 
ingenua sencillez j de indefinible encanto. ÍToethe llamaba 
á este libro, en la época de su entusiasmo por el Oriente, 
el poema más delicioso que nos ha trasmitido la musa de la 
epopeya j del idilio (72). 

En tiempos mas próximos de los nuestros , los primeros 
monumentos de la literatura de los Árabes conservaban to- 
davía un débil refiejo de aquella gran manera de contem- 
plar la Naturaleza, que fué en una época tan atrasada, 
rasgo distintivo de la raza semítica. Recordaré á este 
proposito la pintoresca descripción de la vida de los Bedui- 



• — 47 — 

nos en el desierto por el gramático Asmai, que lia unido 
este cuadro al nombre célebre de Antar formando una gran 
obra con otras lejendas caballerescas, anteriores al maho- 
metismo. El héroe de esta novela romántica es el mismo 
Antar, de la tribu de Abs, hijo del jefe Scheddad j de una 
esclava negra; sus versos (Iloal I ahí t) ipertenecen al nú- 
mero de los poemas laureados j puestos en la Kaaba. El sa- 
bio traductor inglés Terrick Hamilton, ha llamado la aten- 
ción sobre los acentos bíblicos, que resuenan como nn 
eco en los versos de Antar (73). Asmai hace viajar al hijo 
del desierto á Constantinopla; hallando en esto ocasión de 
oponer de una manera pintoresca la civilización griega á 
la rudeza de la vida nómada. Que la descripción del suelo 
ocupe , por otra parte , poco lugar en las poesías mas anti- 
guas de los Árabes, no debe admirarnos, teniendo en cuen- 
ta que, según ha hecho notar Freitag, orientalista de 
Bona muj versado en aquella literatura, el objeto prin- 
cipal de los poetas árabes es la narración de los hechos de 
armas^ el elogio de la hospitalidad y de la fidelidad en el 
amor, j que además , casi ninguno de ellos era originario 
de la x\rabia Feliz. Menester eran muj particulares j muj 
raras disposiciones de ánimopara que aquella triste unifor- 
midad de pastos j de desiertos arenosos pudiera inspirar 
el sentimiento de la Naturaleza. 

En las regiones desprovistas del ornamento de los bos- 
ques, los fenóijienos atmosféricos, la tormenta, la tempes- 
tad, la lluvia tras una larga sequía, se apoderan por lo 
mismo con mucha major fuerza de la imaginación. Bus- 
cando entre los poetas árabes descripciones animadas de 
estas escenas déla Naturaleza, debo especialmente recordar 
las llanuras fecundadas por la lluvia é invadidas por nu- 
bes deinsectos zumbadores, en el Moallxúat de Antar (74), 
el fiel j magnífico cuadro de la tormenta, por Amru'l Kais, 
j otro en el sétimo libro de la colección designada con el 



— 48 — 

nombre de Hamasa (75), j, por último, en el Nahcgha 
I)hobj/ani(lQ), la riada del Eufrates arrastrando islotes de 
cañas y árboles descuajados. El libro octavo d.ú Hamasa, 
intitulado Viaje y somnolencia^ debia naturalmente escitar 
mi curiosidad de viajero. Bien pronto reconocí rjue la 
somnolencia no se prolonga mas allá del primer fragmen- 
to, siendo tanto mas escusable, cuanto que el autor la es- 
plica por un viaje hecho sobre un camello v durante la no- 
che (77). 

Hasta aquí he procurado esponer , en parte al me- 
nos, de qué manera el mundo esterior, es decir el aspec- 
to de la Naturaleza animada é inanimada , ha podido 
obrar diversamente sobre el pensamiento j la imaginación, 
en diferentes épocas^ v entre razas distintas. He estrac- 
tado de la historia literaria ejemplos en que el sentimiento 
de la Naturaleza se manifiesta del modo mas perceptible. 
No era pertinente aquí, como tampoco en el resto de mi 
obra sobre el Cosmos, hacer una completa esposicion, sino 
presentar únicamente consideraciones generales escogiendo 
aquellos rasgos mas propios para pintar el carácter particu- 
lar de los pueblos j de los siglos. He seguido á los (rriegos 
y los Romanos hasta el momento mismo en que se agotan 
los sentimientos que han dado eterno lustre á las obras de 
que se compone la antigüedad clásica entre las naciones 
occidentales. He buscado en los escritos de los Padres déla 
Iglesia cristiana la espresion conmovedera de aquel amor á 
la Naturaleza que engendró la vida contemplativa de los 
anacoretas en la calma de la soledad. Al considerar á los 
pueblos indo-germánicos (doj aquí á esta denominación su 
sentido menos general) me he remontado de las poesías ale- 
manas de la edad media alas de los antiguos habitantes del 
Aria Oriental, losindios, vde los menos favorecidos del Aria 
Occidental que poblaban antes el Irán. Después de echar 
una ojeada á los cantos célticos ó gaélicos v á una epope va 



— 49 — 

finlandesa nuevamente descubierta, he pasado á una rama 
de la raza semítica ó aramea, v lie mostrado á la Natura- 
leza desplegando sus riquezas en los cantos sublimes de los 
Hebreos j en las poesías de los Árabes. De este modo ha 
podido verse el reflejo del mundo esterior sobre la imagi- 
nación de los pueblos estendidos por el Norte j por el 
Sud-este de Europa, por el Asia Menor, por las mesetas 
de la Persia j por las regiones tropicales de la India. Para 
abarcar toda la Naturaleza, he creido ser necesario contem- 
plarla bajo dos aspectos , j después de haber observado los 
fenómenos en su realidad objetiva, mostrarlos reflejándose 
en los sentimientos de la humanidad. 

Luego que hubieron desaparecido las dominaciones 
aramea, griega j romana^ pudiera decir, después que 
hubo espirado el antiguo mundo, el sublime Creador de 
un mundo nuevo, Dante Alighieri, revela de vez en cuan- 
do una profunda inteligencia de la vida de la tierra , apar- 
tándose entonces de sus pasiones j resentimientos místicos 
que pueblan de fantasmas el vasto círculo de sus ideas. La 
época de su vida sigue inmediatamente á aquella en que 
deja de oirse la voz de los Minnesinger de la Saabia. Dante 
junta de una manera inimitable en el primer libro del 
Purgatorio , los vapores de la mañana j la trémula luz del 
mar que aparece en lontananza dulcemente agitada (il tre- 
molar dellamarina) (78). En el canto 5.° presenta las nu- 
bes que se rompen y las olas que se hinchan en el momen- 
to en que el Arno arrastra el cadáver de Buonconte de 
Montefeltro después de la batalla de Campaldino (79). Al 
entraren los espesos bosques del paraiso terrenal^ recuerda 
el poeta el pinar que haj junto á Ravena (la pineta in 
sul lito di Chiassi), en el cual resuena el canto matinal de 
las aves sobre la copa de los árboles (80). Esta imagen 
natural contrasta con el rio de luz que corre por el paraiso 
terrenal^ «rio del cual saltan chispas que van á dar en 

TOMO U. 4 



— Bo- 
las flores de la ribera , j enseguida, como embriagadas 
por los perfumes, se sumerjen en el abismo, mientras apa- 
recen nuevas chispas (81).» Podría creerse que esta ficción 
es un recuerdo del raro j singular espectáculo que ofrece 
la fosforescencia del Océano , cuando del choque de sus 
nubes se desprenden puntos luminosos que se elevan sobre 
la superficie de las aguas, j forman de toda la llanura lí- 
quida un mar de movibles estrellas. La estremada con- 
cisión de estilo aumenta aun en la Divina comedia, la pro- 
fundidad j gravedad de la impresión. 

Para permanecer algún tiempo mas en el suelo de Ita- 
lia, si bien dejando á un lado el frió género pastoril, po- 
demos pasar de los poemas del Dante á los sonetos elegia- 
cos en que Petrarca describe el efecto que produjo en él, 
después de la muerte de Laura , el gracioso valle de Vau- 
cluse, á las poesías mas cortas de Bojardo, amigo de Hér- 
cules de Este , j á las estancias que compuso mas tarde 
Victoria Colonna (82). 

En el renacimiento de la literatura clásica, cuando vol- 
vió á florecer esta en todos los pueblos , merced á las nuevas 
relaciones que se establecieron con la Grecia, á pesar de 
su rebajamiento político, el cardenal Bembo, ilustrado pro- 
tector de las artes, amigo j consejero deEafael, es el pri- 
mero entre los prosistas que nos ha dejado atractivas des- 
cripciones de la Naturaleza, Su diálogo del Etna ofrece un 
cuadro animado de la distribución geográfica de las plan- 
tas en la pendiente de la montaña , desde las fértiles lla- 
nuras de la Sicilia hasta las nieves que coranan los bordes 
del cráter. En la Historicd Venetm , obra acabada en mas 
avanzada edad, el clima y la vegetación del nuevo conti- 
nente están caracterizados de una manera todavía mas pin- 
toresca. 

En el momento en que el mundo se encontraba súbita- 
mente engrandecido, todo se reunía para llenar el espíritu 



— 51 — 

-de magníficas imágenes, j darle una conciencia mas alta 
de las fuerzas humanas. Cuando la espedicion de Alejan- 
dro , los Macedonios trajeron de los sombríos valles del 
Indostan j de los montes Paropamisos , impresiones que se 
encuentran aun vivas muchos siglos después en las obras 
de los grandes escritores. El descubrimiento de América 
renovó el efecto producido por la conquista macedónica, j 
ejerció mas influencia aun que las cruzadas sobre los pue- 
blos occidentales. Por primera vez el mundo tropical ofre- 
cía reunidos á las miradas de los europeos , la magnificencia 
de sus fecundas llanuras, todas las variedades de la vida 
orgánica escalonadas en la pendiente de las cordilleras, y 
el aspecto de los climas del Norte que parecen reflejarse en 
las mesetas de Méjico, de la Nueva Granada v de Quito. 
El prestigio de la imaginación, sin la cual no puede haber 
obra humana verdaderamente grande , da singular atrac- 
tivo á las descripciones de Colon j de Vespucio. Vespucio 
al pintar las costas del Brasil, da pruebas de un conoci- 
miento exacto de los poetas antiguos v modernos. Las 
descripciones de Colon, cuando traza el dulce cielo de Paria 
j el vasto rio del Orinoco, que debe tener su nacimiento 
á lo que él cree , en el Paraíso , sin que por esto cambie el 
sitio de esta mansión, están impregnadas de un sentimiento 
grave j religioso. A medida que adelantó en edad, y que 
hubo menester luchar contra persecuciones injustas, esta 
predisposición degenera en él en melancolía j quimérica 
exaltación . 

En las épocas heroicas de su historia, no se dejaron 
guiar los Portugueses j Castellanos únicamente por la sed 
del oro, como se ha supuesto interpretando mal el espíritu 
de aquellos tiempos. Todo el mundo se sentía arrastrado 
hacia los azares de las espediciones lejanas. Los nombres 
de Haiti , de Cubagua y de Darien , habían seducido las 
imaginaciones á los comienzos del siglo XVI, como suce- 



— 52 — 

dio después de los viajes de Anson y de Cook, con los 
nombres de TÍDian y Otahiti. El deseo de visitar aparta- 
dos paises bastó para arrastrar á la juventud de la Penín- 
sula española, de Flandes, de Milán j delSadde Alemania,, 
hacia la cadena de los Andes y las llanuras abrasadoras de 
Urabaj de Coro, ÍDajo laenseña victoriosa de Carlos V. Mas 
tarde', cuando las costumbres se dulcificaron y todas las 
partes del mundo se abrieron á la vez, aquella inquieta cu- 
riosidad se entretuvo por otras causas, tomando una nueva 
dirección. Encendiéronse los ánimos con apasionado amor 
por la Naturaleza^ dando el ejemplo primero los pueblos 
del Norte; eleváronse las miras á medida que se ensan- 
chaba el círculo de la observación científica; j la tendencia 
sentimental y poética que existia ja en el fondo de los co~ 
razones tomó una forma mas determinada hacia fines del si- 
glo XV, dando nacimiento á obras literarias desconocidas 
de los tiempos anteriores. 

Si llevamos otra vez nuestras miradas á la época de los 
grandes descubrimientos que han preparado el nuevo tra- 
bajo de los espíritus, las descripciones de laNaturaleza que 
se nos presentan primeramente , son las que el mismo Co- 
lon nos ha legado. Hace muj poco tiempo que conoce- 
mos su Diario marítimo, sus cartas al tesorero Sánchez, á 
Juana de la Torre, nodriza del infante don Juan, j á la 
reina Isabel. Ya he procurado demostrar en la obra titulada 
Examen critirpie de IMúsioire de la fjéor/raphie a2(, XV^ et 
ate XVP sicde (83), el profundo sentimiento de la Natu- 
raleza que animaba al gran navegante, la nobleza y alta sen. 
cillez de espresion con que describia la vida de la tierra y 
el cielo desconocido hasta entonces , que descubria su mi- 
rada (viaje nuevo al nuevo cielo i mundo que fasta enton- 
ces estaba en oculto); solamente pueden apreciar tales 
pinturas aquellos que comprendan toda la energía de la 
antigua lengua española. 



— 53 ~ 

La fisonomía característica de las plantas; la impene- 
trable espesura de los bosques, «en los cuales puede ape- 
nas distinguirse qué flores y qué hojas pertenecen á cada 
tronco;» la feraz abundancia de las plantas que cubren las 
riberas pantanosas, los rojos flamencos que , ocupados en 
pescar desde por la mañana, animan la embocadura de los 
rios, llamaban alternativamente la atención del¡viejo marino 
al costear la isla de Cuba, entre las pequeñas islas Luca- 
jas j los Jardinillos, que jo mismo be visitado. Cada nue- 
vo país que descubre le parece mas bello que el que ba 
descrito anteriormente, y duélese de no encontrar palabras 
con que espresar las dulces sensaciones que esperimenta. 

Completamente estraño á la botánica, si bien habíase 
estendido ja por Europa el conocimiento superficial de los 
vegetales , merced á la influencia de los médicos árabes y 
judíos, el mero sentimiento de la Naturaleza le lleva á ob- 
servar atentamente todo lo que ofrece un aspecto descono- 
cido. En Cuba distingue siete ú ocho especies de palmeras 
mas bellas y mas altas que la que produce los dátiles (va- 
riedades de palmas superiores alas nuestras en su belleza y 
altura). Comunica á su inteligente amigo Anguieraque se 
ha maravillado de ver en una misma llanura palmeras y 
pinos (palmeta et pineta) agrupados y entremezclados. 
Examina los vegetales con mirada tan penetrante, que des- 
de luego observa en las montañas de Cibao pinos que, en 
vez de los frutos ordinarios , producen bajas semejantes á 
las aceitunas del Axarafe de Sevilla. Así Colon, como ja 
he dicho antes (84), distinguió á la primera ojeada el géne- 
ro Podocarpus en la familia de las abetinadas. 

«El atractivo de este nuevo pais, dice el gran nave- 
gante , es muj superior al de la campiña de Córdoba , con 
tanta diferencia como tiene el dia de la noche... Estaban 
todos los árboles verdes j llenos de frutos , j las jerbas to- 
das floridas j muj altas... Los aires eran como en abril en 



— 54 — 

Castilla; cantaba el ruiseñor j otros pajaritos como en el 
dicho mes en España^ que dicen que era la major dulzura 
del mundo. Las noches cantaban algunos pajaritos suave- 
mente : los g-rillos j ranas se oian muchas... Un dia llegué 
á una bahia profunda j cerrada por todas partes , en la 
cual vi lo que jamáshasta entonceshumanosojoshabian visto, 
j fué un singularísimo puerto j unas tierras hermosas á 
maravilla , así como una vega montuosa dentro en estas 
montañas... donde haj pinos j palmas j otros árboles de 
diversas formas todos cubiertos de flores ; y salen por ella 
muchas riberas de aguas que descienden de estas monta-^ 
ñas. Andando por ella, fué cosa maravillosa de ver las ar- 
boledas j frescura, j el agua clarísima, j las aves j ame- 
nidad, que me parecia que no quisiera salir de allí; j 
que para hacer relación á los rejes de las cosas que via na 
bastaran mil lenguas á referillo , ni la mano para lo escri- 
bir, que me parecia questaba encantado (8o).» 

Vemos aquí, por el Diario de un hombre falto de toda 
cultura literaria, cuánto poder ejercen sobre un alma sen- 
sible las bellezas características de la Naturaleza : la emo- 
ción ennoblece el lenguaje. Los escritos del Almirante, es- 
pecialmente los que compuso á la edad de sesenta j siete 
años al realizar su cuarto viaje j contar su maravillosa vi- 
sión en la costa de Veragua (86), son, no mas castizos, 
pero sí mas arrebatadores que la novela pastoral de Boca- 
cio , las dos Arcadias de Sannasar y de Sidnej, el Salicio 
y Nemoroso de Garcilaso , ó la Diana de Jorge de Monte- 
major. Desgraciadamente el género elegiaco y bucólico 
reinó durante largo tiempo en las literaturas italiana y 
española. Preciso era el interés admirable que supo dar 
Cervantes á las aventuras del héroe de la Mancha para ha-^ 
cer olvidar su Qalatea. La novela pastoral , aunque se la 
haja pretendido rehabilitar por la perfección del lenguaje 
y la delicadeza de los sentimientos, está condenada por su 



— 55 — 

misma naturaleza á ser fria y láng-uida^ como las sutile- 
zas alegóricas tan estimadas por los poetas de la edad me- 
dia. Para que una descripción respire verdad, es necesa- 
rio que verse sobre objetos determinados; por esto se ha 
creido reconocer en las mas bellas estancias descriptivas 
de la Jerusakn libertada , los vestigios de la impre- 
sión producida en el poeta por la naturaleza pintoresca 
que le rodeaba, v un recuerdo del gracioso valle de Sor- 
rento (87). 

Este carácter de verdad que nace de la observación 
inmediata j personal, brilla en su mas alto grado en la gran 
epopeja nacional de los Portugueses. Siéntese flotar como 
el perfume de las flores de la India al través de aquel 
poema escrito bajo el cielo de los trópicos en la gruta de 
Macao j en las islas Moluscas. Sin detenerme á discutir 
una opinión aventurada de Fr. Scblegel que considera 
las Ludadas de Camoens superiores con mucho al poema 
de Ariosto en cuanto al brillo j riqueza de la imagina- 
ción (88) _, puedo afirmar al menos, como observador de 
la Naturaleza, que en las partes descriptivas de las Lu- 
siadas jamás han alterado en nada la verdad de los fenó- 
menos , ni el entusiasmo del poeta, ni el encanto de sus 
versos, ni los dulces acentos de su melancolía. Al hacer 
el arte mas vivas las impresiones, ha añadido mas bien 
grandeza j fidehdad á las imágenes, como sucede siem- 
pre que bebe en una fuente pura. Camoens es inimi- 
table cuando pinta el cambio perpetuo que se verifica en- 
tre el aire y el mar, las armonías que reinan en la forma 
de las nubes, sus trasformaciones sucesivas y los diversos 
estados por que pasa la superficie del Océano. Prime- 
ramente nos muestra esta superficie rizada por el ligero 
soplo del viento; las olas, levantadas apenas, chispean ju- 
gando con el rajo de luz que se refleja en ellas; en otra 
parte, los buques de Coelho y de Pablo de Gama, asalta- 



— 56 — 

dos por una espantosa tempestad, lucKan contra todos 
los elementos desencadenados (89). Camoens es un gran 
pintor marítimo en el sentido propio de la palabra. HaLia 
guerreado al pie del Atlas en el imperio de Marruecos; 
Labia combatido en el mar Rojo j en el golfo Pérsico; 
Iiabia doblado dos veces el Cabo ; v durante diez j seis 
años, penetrado de un profundo sentimiento de la Natura- 
leza^ habia prestado atento oido en las playas de la India 
j de la China, á todos los fenómenos del Océano. Describe 
el fuego eléctrico de San Telmo que los antiguos personi- 
ficaban bajo los nombres de Castor j Polux, y le llama 
«la luz viviente sagrada para los navegantes (90);» pinta 
la formación sucesiva de las amenazadoras trombas, j 
muestra «cómo las nubes ligeras se condensan en un vapor 
espeso que se arrolla en espiral, j del cual desciende una 
columna que bebe ávidamente las aguas del mar ; cómo 
esta nube sombría atrae á sí al pie del embudo cuando está 
saturado, y hu jendo hacia el cielo, deja que vuelva á caer 
en el mar convertida en agua dulce la que le habia arre- 
batado la mugiente tromba (91).» En cuanto á la espu- 
tación de estos misterios maravillosos de la Naturaleza^ 
€osa es que pertenece, dice el poeta, cujas palabras pare- 
cen todavia la crítica del tiempo presente, á los escritores 
de profesión que , orgullosos de su entendiniento y de su 
ciencia, manifiestan tanto desdén á las narraciones reco- 
gidas de boca de los navegantes sin otro guia que la es- 
periencia. 

No se muestra Camoens gran pintor únicamente en 
la descripción de los fenómenos aislados , sobresale tam- 
bién en abarcar las grandes masas de un solo golpe de 
vista. El canto tercero de su poema reproduce á grandes 
rasgos la configuración de Europa, desde las mas frias re- 
giones del Norte hasta el reino lusitano, y hasta el estre- 
icho en que Hércules realizó su último trabajo (92). Por 



— 57 — 

todas partes hace alusión á las costumbres j á la civili- 
■zacion de los pueblos que habitan esta porción del mundo 
tan ricamente articulada. De la Prusia, la Moscovia j los 
paises «bañados por las frias aguas del Rhin» (que o Rheno 
frió lava), pasa rápidamente á las deliciosas llanuras de 
la Grecia «que crea los corazones elocuentes j los nobles 
juegos de la imaginación» (que creastes os peitos eloquen- 
tes, e os juizos de alta phantasia). En el canto décimo el 
horizonte se ensancha mas aun. Thetis conduce á Gama á 
una alta montaña para descubrirle los secretos de la es- 
tructura del mundo (machina do mundo) j el curso de los 
planetas según el sistema de Tolomeo (93). Es visión 
narrada en el estilo del Dante ; v como la tierra es el cen- 
tro de todo lo que se mueve con ella, el poeta toma oca- 
sión de aquí para esponer lo que se sabia de los paises 
recientemente descubiertos j de sus diversas produccio- 
nes (94). No se limita ja, como hace en el canto tercero, 
á representarla Europa; se ocupa de todas las partes de 
la tierra, aun del pais de la Santa Cruz (Brasil), j las cos- 
tas descubiertas por Magallanes, «hijo infiel de la Lusita- 
nia, que renegó de su madre.» 

Al elogiar á Camoens como pintor marítimo sobretodo, 
he querido decir que las escenas de la naturaleza terres- 
tre le habian atraído menos vivamente. Ya Sismondi ha 
indicado que nada atestigua en su poema que se ha ja de- 
tenido jamás á contemplar la vegetación tropical j sus 
formas características: no nombra sino los aromas j las 
producciones de que el comercio sacaba partido. El epi- 
sodio de la isla encantada ofrece , en verdad , el mas gra- 
cioso de todos los paisajes (95); pero la decoración se 
compone , cual conviene á una isla de Venas , de mirtos, 
cidra-limoneros, granados j limoneros de olor, arbustos 
todos propios del clima de la Europa meridional. Cristó- 
bal Colon , el major de los navegantes de su tiempo, sabe 



— 58 — 

gozar mejor de los bosques que las costas limitan , j 
presta mas atención á la fisonomía de las plantas. Pero 
Colon escribe un diario de viaje j traza en él las vivas 
impresiones de cada dia, mientras que la epopeja de Ca- 
moens celebra las hazañas de los pqrtugueses. El poeta, 
habituado á los sonidos armoniosos, no intentó siquiera 
tomar de la lengua de los indígenas nombres bárbaros 
para introducir las plantas exóticas en la descripción de 
un paisaje que no era, después de todo, sino el fondo del 
cuadro delante del cual se agitaban sus personajes. 

Háse comparado frecuentemente la figura caballersca 
de Camoens, con la figura no menos romántica del guerre- 
ro español Alonso de Ercilla^ que sirvió bajo el reinado 
de Carlos V. en el Perú j Chile^ j en esas lejanas latitudes 
cantó las acciones en que él habia tomado una parte glo- 
riosa; pero nada hace suponer en toda la epopeja de la 
Araucana que el poeta hubiese observado de cerca la Natu- 
raleza. Los volcanes cubiertos de perpetua nieve, los valles 
abrasadores á pesar de la sombra de los bosques, los brazos 
de mar que penetran á lo lejos en las tierras, no le han ins- 
pirado casi nada que pueda constituir una imagen. El elo- 
gio escesivo que Cervantes hace de Ercilla, cuando pasa 
revista graciosamente á la biblioteca de Don Quijote , casi 
no puede esplicarse sino por la ardiente rivalidad que exis- 
tia entonces entre la poesía española j la poesía italiana; 
j quizás sea este juicio el que ha engañado á Voltaire como 
á otros muchos críticos modernos. La Araucana es induda- 
blemente un libro en que se respira un noble sentimiento 
nacional; las costumbres de una tribu salvaje que combate 
por la libertad están en él descritas calurosamente; pero la 
dicción es lánguida , recargada de nombres propios j sin 
rasgo alguno de entusiasmo poético (96). 

Este entusiasmo brilla en cambio en muchas estrofas 
del Romancero cahaUeresco (97), en las poesías religiosas y 



-~ 56 — 

melancólicas de Fraj Luis de León , j en particular en la 
composición que lleva por título Noche serena y cuando canta 
los eternos resplandores del cielo ( resplandores eterna- 
les) (98), j por último en las g-randes creaciones de Cal- 
derón. «En la época mas floreciente de la comedia espa- 
ñola^» dice mi noble amigo Luis Tieck, crítico profundo 
mu j versado en el conocimiento general de la literatura 
dramática, «Hállanse con frecuencia, en Calderón j sus 
contemporáneos, descripciones deslumbradoras del mar, de 
las montañas , de los jardines , j de los valles cubiertos 
de bosques , compuestas en el metro de los romances v 
de las canzone; pero casi siempre están sembrados estos 
cuadros de rasgos alegóricos j cargados de colores ar- 
tificiales que nos impiden respirar el aire libre, ver las 
montañas j sentir la frescura de los valles. Sus versos 
armoniosos j sonoros nos ponen á la vista una descripción 
ingeniosa que se repite uniformemente con algún mati^ 
de mas ó menos, pero no la Naturaleza misma. En la co- 
media de Calderón titulada La vida es sueño, el príncipe 
Segismundo deplora su cautiverio, j le opone por medio 
de graciosos contrastes á la libertad de que goza toda la 
naturaleza orgánica. Pinta las costumbres de las aves, 
«que dirigen el vuelo rápido á través de los vastos espacios 
celestes;» los peces, «que apenas salidos de la freza j des- 
ligados del limo, buscan ja el mar cuja inmensidad pa- 
rece insuficiente á sus jiventuradas correrlas. Ni aun el 
arrojo cujas sinuosas revueltas serpentean á través de las 
flores, deja de encontrar en las llanuras fácil camino; j jó^ 
esclama Segismundo desolado, jo en quien la vida es 
mas activa, j el espíritu mas independiente, no puedo tener 
la misma libertad.» De esta manera j aun apelando con 
frecuencia en su ajuda á las antítesis, á las comparaciones 
sutiles j á todos los refinamientos de la escuela de Gongo ra,. 
se dirige Don Fernando al rej de Fez, en la comedia del 



— 60 — 

Principe constante (99). Citamos estos ejemplos porque de- 
muestran el por qué en la literatura dramática, que se ocu- 
pa especialmente de los acontecimientos, de las pasiones 
j los caracteres , las descripciones de la naturaleza no son 
nunca sino un reflejo esterior de los sentimientos j de la 
disposición de ánimo de los personajes. Shakspeare, arras- 
trado por el movimiento de la acción , no tiene nunca tiem- 
po para detenerse á describir la Naturaleza ; mas la pinta 
tan bien por un incidente , por un signo á través de la emo- 
ción de los héroes, que creemos tenerla á la vista y vivir en 
medio de ella. Asi es, que parece que respiramos en medio 
de los bosques al leer el Sueño de una noche de xerano. 
En las últimas escenas del Mercader de Venecia ^ vemos 
el claro del bosque iluminado por la luna en una tibia 
noche , sin que se hable en ellas ni de luna ni de bos- 
que. Haj, sin embargo, en el Rey Lear una verdadera 
descripción de la montaña de Douvres, cuando fingiéndose 
loco Edgardo j conduciendo á su padre ciego, el conde de 
Olocester, por la llanura^ le hace creer que suben por la 
montaña. La ojeada por medio de la cual mide desde lo 
alto la profundidad del abismo, es capaz de producir 
vértigo (100). 

Si en Shakspeare la fuerza interior de los sentimientos 
j la noble sencillez del lenguaje dan interés tan vivo á los 
pocos rasgos con que representa la Naturaleza sin descri- 
.birla_, en Milton, las escenas descriptivas tienen mas pompa 
que realidad. Y así debia de ser tratándose de un poema 
como el Paraíso i)erdido^ en el cual han sido prodigadas to- 
das las riquezas de la imaginación j de la poesía para fi- 
gurar la naturaleza encantadora del Paraiso terrenal ; pero 
en esta obra, como en el bellísimo poema de Thomson so- 
bre las Estaciones^ la vegetación no podia ser pintada sino 
en sus rasgos generales j con indecisos contornos. Según 
el juicio de los que mejor conocen la poesía india, Kalidasa 



— 61 — 

en un poema sobre el mismo asunto , intitulado Ritiisan^ 
liara j anterior en mas de quince sig-los al de Thomson^ 
ha hecho una descripción llena de vida de la poderosa na- 
turaleza de los trópicos; en cambio no haj que buscar en él 
aquella gracia que Thomson manifiesta en la variedad j 
contraste de las estaciones^ mas determinado siempre en las 
regiones septentrionales. El poeta inglés, con efecto, ha 
sacado partido felizmente del paso del fecundo otoño al in- 
vierno, j del invierno ala primavera, regeneradora de la 
Naturaleza. Ha pintado también con grande interés las 
diversas ocupaciones del hombre, mas reposadas ó mas acti- 
vas, según las diferentes épocas del año. 

Acercándonos álos tiempos presentes, notamos que, des- 
de la segunda mitad del siglo XVIII, la prosa descriptiva, 
especialmente , ha adquirido una fuerza j exactitud ente- 
ramente nuevas. Aunque el estudio de la Naturaleza au- 
mentado por todas partes haja puesto en circulación una 
masa enorme de conocimientos, la inteligente contempla- 
ción de los fenómenos no ha sido sofocada bajo el peso ma- 
terial de la ciencia, en el corto número de hombres suscep- 
tibles de entusiasmo ; sino que mas bien ha aumentado asi- 
mismo esa intuición espiritual , obra de la espontaneidad 
poética, á medida que el objeto de la observación ganaba en 
elevación j se estendia; es decir, desde que la mirada ha pe- 
netrado mas profundamente en la estructura de las monta- 
ñas, tumbas históricas délas organizaciones que pasaron, y 
abarcado la distribución geográfica de los animales j de 
las plantas, j el parentesco de las razas humanas. Los pri- 
meros que han dado un poderoso impulso al sentimiento 
de la Naturaleza por el atractivo que ofrecían á la imagi- 
nación, j que han puesto al hombre en contacto con la mis- 
ma Naturaleza, inclinándole, como consecuencia inevitable 
á remotos viajes, son : en Francia, J. J. Rousseau, Buffon, 
Bernardino de Saint-Pierre , mi antiguo amigo de Cha- 



— 62 — 

teaubriand , escritor que aun vive j que cito aquí por es- 
cepcion ; en las islas Británicas, el ingenioso Plajfair; j, 
por último, en Alemania, Forster, compañero de Cook en 
su segundo viaje de circunnavegación, escritor elocuente 
j dotado de cuantas facultades hacen apto á un hombre 
para popularizar la ciencia. 

No es de nuestro propósito el investigar aquí cuá- 
les son los caracteres distintivos de estos grandes inge- 
nios; que es lo que en sus obras, por doquiera estendidas, 
da tanta gracia j atractivo á la pintura del paisaje, ni tam- 
poco lo que perjudica la impresión que hubieran deseado 
producir. Pero permítase á un viajero que debe la major 
parte de su saber á la contemplación inmediata del mundo, 
reunir aquí algunas consideraciones sueltas acerca de una 
rama de la literatura muj nueva aun, j en general poco 
cultivada. Buffon, escritor grave j elevado, abarcando á 
la vez el mundo planetario j el org-anismo animal , los fe- 
nómenos de la luz j los del magnetismo, ha ido en sus es- 
periencias físicas al fondo de las cosas mucho mas de lo 
que sospechaban sus contemporáneos. Pero cuando desde 
las costumbres de los animales pasa á la descripción del 
paisaje, sus períodos hábilmente contrapuestos, tienen mas 
pompa oratoria que verdad pintoresca, j son mas á propósito 
para disponer al sentimiento de lo sublime que para em- 
bargar el alma por la imagen de la Naturaleza viviente j 
por el reflejo fiel de la realidad. Por mucho que admiren sus 
esfuerzos , adviértese que no abandonó nunca el centro 
de la Europa, j que no pudo ver por sí mismo el mundo 
de los trópicos, que ere jó pintar. Lo que sentimos no en- 
contrar, especialmente, en las obras de Buffon, es la re- 
lación armoniosa entre las escenas de la Naturaleza j el sen- 
timiento que deben engendrar. Esa analogía misteriosa 
que lígalas emociones del alma con los fenómenos del mun- 
do sensible, le fué enteramente desconocida. 



— 63 — 

Una major profundidad de sentimientos , una major 
frescura de impresiones se respira en las obras de J. J. 
EousseaUjdeBernardinodeSaint-Pierre j Chateaubriand. 
Si recuerdo aquí la seductora elocuencia de Rousseau, las 
pintorescas descripciones de Clarens j de la Meilleraie, 
á orillas del lago de Ginebra, es porque en los prin- 
cipales escritos de este herborizador, mas cuidadoso que 
instruido á decir verdad, escritos que aparecieron vein- 
te años antes que las Evoques de la naíiire de Buffon (1), 
el entusiasmo se desborda, lo mismo que en las inmortales 
poesías de Klopstock, de Schiller, Goethe j Bjron, j se 
manifiesta especialmente por la precisión j originalidad del 
lenguaje. Un escritor puede, sin tener á la vista los resul- 
tados directos de la ciencia^ inspirar afición estraordina- 
ria al estudio de la Naturaleza, por el atractivo de sus des- 
cripciones poéticas, aunque se refieran á lugares muj 
circunscritos j conocidos. 

Ya que hemos vuelto de nuevo á los prosistas, vamos á 
detenernos con gusto en la creación que ha valido á Ber- 
nardino de Saint-Pierre la mejor parte de su gloria. El li- 
bro de Paul et Virginie^ que no tiene igual en ninguna 
otra literatura, es simplemente el cuadro de una isla situa- 
da en el mar de los trópicos, en donde ja cubiertas bajo 
un cielo clemente, ja amenazadas por la lucha de los ele- 
mentos desencadenados^ dos graciosas figuras se destacan 
de enmedio de las plantas que tapizan el suelo del bosque, 
como de una rica alfombra de flores. En este libro _, así 
como en la Chaumiére Indienne j aun en los Etudes de la 
Natwve^ oscurecidos desgraciadamente por teorías aven- 
turadas j por graves errores de física, el aspecto del mar, 
las nubes que se amontonan, el viento que murmura entre 
las cañas de bambú , las altas palmeras que inclinan sus 
cabezas, están descritos con una verdad inimitable. Paid 
et Virginie ha ido conmigo á las comarcas en que se inspi- 



— Ga- 
ró Bernadino de Saint-Pierre, y durante miícLos años lo he 
repasado con mi compañero j amigo Bompland. Perdó- 
nenseme estas reminiscencias de impresiones puramente 
personales. AUí^ mientras que brillaba en todo su esplen- 
dor el cielo del medio dia, ó que en tiempo lluvioso á ori- 
llas del Orinoco resonaba el rajo iluminando el bosque, nos 
penetrábamos ambos de la admirable verdad con que está re- 
presentada, en tancortonúmerodepáginasjlapoderosa natu- 
raleza de los trópicos en todos sus rasgos originales. El mis- 
mo cuidado en los detalles, sin que se interrumpa nunca, 
la impresión del conjunto, sin que jamás se fatigue la ima- 
ginación del poeta, animando el asunto de que trata, carac- 
teriza al autor de Átala, de Rene, de los Mártires y délos 
Viajes á Grecia y Palestina. ¡En estas creaciones están reu- 
nidos j reproducidos con admirables colores todos los con- 
trastes quepusde presentar el paisaje, bajólas latitudes mas 
opuestas. Era necesario el serio interés que vá ligado á los 
recuerdos históricos, para dar á la vez tanta profundidad j 
calma á las impresiones que causaban al autor sus rápidas 
correrías por tan diferentes regiones. 

En Alemania, como en España y en Italia, no se ha ma- 
nifestado durante mucho tiempo el sentimiento de la Na- 
turaleza sino bajo la forma artificial del idilio, de la 
novela pastoral y de la poesía didáctica. Esta senda es la 
que han seguido largo tiempo Pablo Flemming en su viaje 
á Persia, Brockesj el tierno Evaldo de Kleist_, Hagedorn, 
Salomón Gessner y uno de los majores naturalistas del 
mundo, Haller^ cujas descripciones de lugares tienen 
cuando menos contornos mas determinados j colores mas 
distintos. El falso gusto del idilio j de la elegía reinaba en- 
tonces, j esparcia sobre las composiciones poéticas una 
melancolía monótona. En todas aquellas producciones la 
feliz perfección del lenguaje no bastaba á disimular la in- 
suficiencia del asunto, ni aun en el mismo Voss, dotado 



— 65 — 

sin embargo de un alto sentimiento j de un conocimiento 
exacto de la antigüedad. Solo pasado algún tiempo, ganó 
el estudio del globo en variedad y profundidad, j cuando 
las ciencias naturales no se limitaron ja á registrar las 
producciones curiosas, sino que se elevaron á mas altos 
liorizontes y á comparaciones generales entre las diferentes 
regiones, pudieron aprovecharse los recursos del lenguaje 
para reproducir en toda su frescura el animado aspecto de 
las lejanas zonas. 

Remontándonos á la edad media , los antiguos viajeros, 
tales como Juan Mande ville (1353) _, Hans Schiltberger de 
Munich (1425) y Bernardo de Brejtenbach(1486), nos en- 
cantan aun por su amable sencillez, por la libertad de su 
lenguaje, y por la seguridad con que se presentan ante 
un público poco dispuesto á escuchar sus narraciones, 
pero que las oia con tanta major curiosidad y confian- 
za, cuanto que aun no se avergonzaba de su admiración y 
íisombro. El interés que inspiraban entonces las narracio- 
nes de viajes, era casi de todo punto dramático. La fácil y 
necesaria introducción de lo maravilloso en ellas les ha dado 
un color casi épico. Las costumbres de los pueblos no están 
espuestas en tales narraciones bajo la forma descriptiva, 
sino presentadas de relieve por el contacto de los viajeros 
€on los indígenas. Los vegetales carecen aun de nombres y 
pasan desapercibidos, ano ser que de tiempo en tiempo se 
señale un fruto de sabor agradable ó de forma estraña, ó 
bien un árbol sorprendente por las dimensiones estraordina- 
rias de su tronco v de sus hojas. Entre los animales pín- 
tanse con preferencia los que se acercaban mas á la forma 
humana, los mas dóciles ó los mas peligrosos. Los contem- 
poráneos creian todavía en todos los peligros con que se les 
asustaba, v que muj pocos de entre ellos habian ido á 
afrontar. Lo largo de las travesías hacia que apareciesen 
los paises de la India (llamábase así á toda la zona de los 

TOMO II. í» 



— 66 — 

trópicos) como apartados á distancia incalculable. Colon 
no podia escribir aun fundadamente á la reina Isabel estas 
palabras: <La tierra no es inmensa; es mucho menor que 
lo que el vulgo se imagina (2).» 

Bajo el punto de vista de la composición, estas narracio- 
nes, olvidadas boj, ofrecian muchas ventajas sobre la ma- 
yor parte de las narraciones modernas; tenian la unidad 
necesaria á las obras de arte, j^ todo se referia á una acción; 
todo se subordinaba á los acontecimientos del viaje. El in- 
terés nacia de la sencilla j animada relación de las difi- 
cultades vencidas, que ordinariamente se aceptaban sin 
desconfianza. Los viajeros cristianos , ignorando cuanto 
habian hecho los Árabes antes que ellos, los judíos de Es- 
paña j los misioneros budistas , se vanagloriaban de haber 
sido los primeros en» ver j describirlo todo. Independiente- 
mente de la oscuridad que ocultaba el Oriente j el centro 
del Asia, todas las formas, por efecto de la distancia, to- 
maban proporciones exageradas. Esta unidad de composi- 
ción falta especialmente á los viajes modernos empren- 
didos con alguna mira científica, pues el interés de los 
acontecimientos desaparece bajo la multiplicidad de las 
observaciones. Ascensiones á las montañas que no recom- 
pensan siempre el trabajo que cuestan; travesías peligrosas,, 
viajes de descubrimientos por mares poco esplorados, vuna 
temporada en medio de los hielos y desiertos del polo, pue- 
den solamente ofrecer todavía alguna emoción dramática j 
suministrar materia para descripciones pintorescas. La so- 
ledad absoluta que rodea al navegante , el alejamiento en 
que está de todo socorro humano , aislan el cuadro , j por 
esto mismo producen en la imaginación una impresión mas 
profunda. 

No puede negarse, según las consideraciones que pre- 
ceden , que en los cuentos de los viajeros modernos el ele- 
mento dramático está relegado á segundo término, j que 



-^ 67 — 

en la major parte de ellos solo es un medio de ligar unas 
á otras , á medida que se presentan , observaciones acer- 
ca de la naturaleza del pais j de las costumbres de los ha- 
bitantes. Pero es justo añadir que esta inferioridad está 
compensada por la abundancia de las mismas observacio- 
nes, por lá grandeza de las ojeadas generales acerca 
del mundo, por los laudables esfuerzos intentados para 
restablecer la verdad de las descripciones , tomando los 
términos propios del idioma del pais que esplora el viajero. 
Al progreso de los tiempos debemos el engrandecimiento 
indefinido del horizonte , la abundancia siempre creciente 
de las emociones j de las ideas, j la eficaz influencia que 
ejercen recíprocamente las unas sobre las otras. Los mismos 
que no quieren abandonar el suelo de la patria , no se sa- 
tisfacen hoj ja con saber cómo está conformada la corteza 
terrestre en las zonas mas apartadas, j cuál es la figura de 
las plantas ó de los animales que las pueblan; es necesario 
que creen de todo una imagen viviente , y hacerles parti- 
cipar en algún modo de las impresiones que el hombre reci- 
be en cada región del mundo esterior. A la satisfacción de 
esta exigencia, á proporcionar á nuestro espíritu un goce 
desconocido de la antigüedad, tiende el tiempo presente. 
El trabajo adelanta porque es la obra común de todas las 
naciones civilizadas, porque la perfección de los medios de 
transporte, así marítimos como terrestres, hace mas accesible 
al mundo y facilita la comparación de las diferentes partes 
que le componen, á despecho délas distancias que las se- 
paran. 

He tratado de hacer entender en estas páginas, cómo 
el talento del observador, la vida que comunica al mun- 
do sensible , j la diversidad de miras que se han pra- 
ducido sucesivamente en el inmenso teatro en que se 
desarrollan las formas creadoras j destructoras del univer- 
so, han podido contribuir á estender el gusto de la Na- 



— 6S -^ 

turaleza j á ensanchar las ciencias de que es objeto. El 
escritor que ha trillado este camino con major poderío 
V mas felizmente es, en mi juicio, mi ilustre maestro j 
amigo Jorge Forster. De él data la nueva era de los viajes- 
científicos, j fué el primero que se propuso por objeto el 
estudio comparativo de los pueblos y de los paises. Dotado 
de un sentimiento esquisito hacia las bellezas natura- 
les, conservaba siempre frescas las imágenes que en Tahiti 
j en otras islas, entonces mas felices, del mar del Sud, ha- 
bian impreso en su pensamiento, como recientemente se- 
dujeron á Carlos Darwin (3). Jorge Forster describió el 
primero, con estilo encantador, la gradación de los vegeta- 
les, según la latitud ó elevación del suelo que los produce, 
la variedad de los climas j los efectos de la alimentación 
en las costumbres de los diferentes pueblos, teniendo en 
cuenta su patria originaria. Todo cuanto puede hacer mas 
verdadero el cuadro de una Naturaleza desconocida, mas 
individual j mas espresivo , está compendiado en sus 
obras. El germen de las grandes cualidades que maduró 
mas tarde el tiempo , se encuentra no solamente en su pin- 
toresca relación del segundo viaje de Cook , sino que tam- 
bién, todavía mas quizás, en sus obras diversas (4). Pero 
aquella vida tan noble ^ tan rica de emociones y siempre 
abierta á la esperanza, no debia ser feliz. 

Sise ha aplicado con frecuencia en mala parte el térmi- 
fio de «poesía descriptiva» alas reproducciones de laNatu- 
■raleza tan estimadas de los modernos, particularmente en- 
tre los Alemanes, los Franceses, los Ingleses y los America- 
nos del Norte , esta censura no puede recaer sino sobre el 
abuso que se ha hecho del género, crejendo de buena fe 
engrandecer el dominio del arte. A pesar del mérito de la 
versificación y del estilo, las descripciones délos productos 
de la Naturaleza_, á que consagró Delille el fin de su larga 
iiarrera^ y que fueron tan aplaudidas, no pueden confun- 



— 69 — 

(lirse con la poesía de la Naturaleza, apoco que se tomen 
estas palabras en un sentido elevado. Estrañas á toda 
inspiración , lo han de ser por consiguiente á toda poesía: 
son frias v secas como todo lo que brilla con un resplandor 
prestado. Censúrese, pues_, si se quiere, esta poesía descrip- 
tiva que tiende á aislarse j á formar un género á parte, 
pero no se confunda con ella el serio esfuerzo que han in- 
tentado en nuestros dias los observadores de la Naturaleza 
para hacer comprensibles por medio del lenguaje, es de- 
cir, por la fuerza inherente á la palabra pintoresca, los 
resultados de su fecunda contemplación. ¿Por qué despre- 
ciar un medio que pone á nuestra vista la imagen anima- 
da de las remotas regiones esploradas por otros, v nos hace 
esperimentar una parte del goce que causa á los viajeros 
la contemplación inmediata de la Naturaleza? Hay gran 
sentido en la espresion figurada de los Árabes : ^< La mejor 
descripción es la que convierte en ojos los oidos (5).» Una 
de las debilidades de nuestra época es que viajeros é his- 
toriadores de la Naturaleza , muj recomendables por otra 
parte, se ha jan dejado llevar al mismo tiempo en distin- 
tos paises del malhadado gusto hacia una prosa poética sin 
consistencia j á vanas declamaciones. Estos estravios son 
mas dolorosos aun cuando el narrador, falto de cultura 
literaria, y sobre todo desprovisto de verdadera emoción, 
tiene que reducirse al énfasis oratorio j á un vago senti- 
mentalismo. 

Repito aquí de intento, que pueden darse alas descrip- 
ciones de la Naturaleza contornos fijos j todo el rigor de 
la ciencia, sin despojarlas del soplo vivificador de la imagi- 
nación. Adivine el observador el lazo que une el mundo in- 
telectual al mundo sensible , abarque la vida universal 
de la Naturaleza y su vasta unidad mas allá de los objetos 
que mutuamente se limitan, que esta es la fuente de la poe- 
sía. Cuanto mas elevado es el asunto tanto mas cuidado debe 



— 70 ^ 

ponerse en evitar el adorno esterior del leng-uaje. El efecto 
que producen los cuadros de la Naturaleza corresponden 
á los elementos que los componen ; todo esfuerzo j toda 
aplicación de parte del que los traza no hará otra cosa que 
debilitar la impresión que debieran engendrar. Pero si el 
pintor se ha familiarizado con las grandes obras de la an- 
tigüedad, si posee con firmeza los recursos de su lengua, v 
sabe espresar con verdad y sencillez cuanto Ka esperimentado 
ante las escenas déla Naturaleza, el efecto no faltará enton- 
ces. Tanto mas seguro es el éxito si no analiza sus propias 
disposiciones en vez de describir la naturaleza esterior, v 
deja á los demás toda la libertad de- sus sentimientos. 

Los afortunados paises de la zona equinoccial, en los 
cuales la intensidad de la luz j el húmedo calor del aire 
desarrollan con tanta rapidez y fuerza todos los gérmenes 
org'ánicos, no son los únicos cujas animadas descripciones 
han proporcionado en nuestros dias un atractivo iresistible 
al estudio de la Naturaleza. El encanto que penetra j ani- 
ma á aquellos cuja mirada profundiza hondamente la vida 
orgánica, no se limita á las regiones tropicales. Cada re- 
gión de la tierra ofrece el maravilloso espectáculo de or- 
ganizaciones que se desarrollan según tipos uniformes ó 
separados por ligeros matices. Estiéndese por todas par- 
tes el poderoso imperio de las fuerzas naturales que apa- 
ciguaron la antigua discordia de los elementos, j los obli- 
gan á unirse en las regiones tempestuosas del cielo, 
como se unen para formar el delicado tejido de la sus- 
tancia animada. Del mismo modo, sobre todos los puntos 
perdidos en el círculo inmenso de la creación, desde el ecua- 
dor hasta la zona glacial, por donde quiera que la primave- 
ra hace brotar un botón, puede gloriarse la naturaleza de 
ejercer en nuestras almas un poder embriagador. Esta con- 
fianza es especialmente legítima en el suelo de Alemania. 
¿Qué pueblo meridional no ha de envidiarle el gran 



— 71 — 

maestro de la poesía cu vas obras todas respiran un senti- 
miento de la naturaleza tan profundo, los Siífrimientos del 
joven Werther, como los Recuerdos de Italia^ lo, Metamor- 
fosis de las Plantas como las Poesías varias'^. ¿Quién 
lia invitado con mas elocuencia á sus conciudadanos «á re- 
solver el enigma sagrado del universo, » á renovar la 
alianza que en la infancia déla humanidad reunia para una 
obra común á la filosofía', la física j la poesía? ¿Quién ha 
atraido mas poderosamente las imaginaciones hacia aquella 
región, su patria intelectual, en donde «el leve soplo del 
viento se agita bajo el cielo azul, donde vive tranquilo 
e\ mirto, j se levantan los altos troncos del laurel?» 



11. 

INFLUENCIA DE LA PINTURA DE PAISAJE 

EN EL ESTUDIO DE LA NATURALEZA. 

DEL ARTE DEL DIBUJO APLICADO Á LA FISONOMÍA DE LAS PLANTAS. 
FORMAS VARIADAS DE LOS VEGETALES EN LAS DIFERENTES LA- 
TITUDES. 

No es menos á propósito la pintura de paisaje que una 
descripción fresca j animada para difundir el estudio de 
la Naturaleza; pone también de manifiesto el mundo este- 
rior en la rica variedad de sus formas, j, según que abra- 
ce mas ó menos felizmente el objeto que reproduce , puede 
ligar el mundo visible al invisible , cuja unión es el últi- 
mo esfuerzo j el fin mas elevado de las artes de imitación. 
Mas para conservar el carácter científico de este libro, 
debo sujetarme á otro punto de vista. Si de la pintura de 
paisaje La de tratarse aquí, es únicamente en el sentido 
de que nos auxilia en la contemplación de la fisonomía de 
las plantas en los diferentes espacios de la tierra ; porque 
favorece la afición á los viajes lejanos, y nos invita de 
una manera tan instructiva como agradable á entrar en 
comunicación con la naturaleza libre. 

En la antigüedad llamada por escelencia antigüedad 
clásica, las predisposiciones de ánimo particulares á los 
Griegos y á los Romanos no consentian que la pintura de 
paisaje, como tampoco la poesía descriptiva, fuesen para el 
arte un objeto distinto ; y de aquí que se tratara á las dos 
como accesorios. Subordinada la pintura de paisaje á otros 
fines, no ha sido en mucho tiempo sino un fondo sobre el 
cual se destacaban las composiciones históricas, ó un ador- 



no accidental en las pinturas murales. No de otra manera 
el poeta épico hacia visible, por medio de una descripción, 
pintoresca, la escena en que se realizaban los aconteci- 
mientos , ó mejor aun , el fondo delante del cual se mo~ 
vian sus personajes. La historia del arte nos enseña el 
progreso en virtud del cual el accesorio ha llegado á 
ser poco á poco el principal objeto de la representación ^ 
cómo la pintura de paisaje, deslig'ada del elemento his- 
tórico, ha tomado importancia j llegado á formar un gé- 
nero á parte ; j cómo las figuras humanas no han servido 
desde entonces sino para animar una comarca cubierta 
de montañas ó de bosques, las calles de un jardin ó la 
orilla del mar. Así se ha preparado paulatinamente la 
separación de los cuadros de historia j de paisaje , cuja 
separación ha favorecido el progreso general del arte en las 
diferentes épocas de su desarrollo. 

Háse observado con razón que lo que principalmente 
faltó á los antiguos, dada la inferioridad de la pintura 
comparada con el arte plástico, fué el sentimiento del en- 
canto particular que vá unido á la reproducion de las esce- 
nas de la Naturaleza por medio del pincel : este goce estaba 
reservado á los modernos. 

Es indudable que debió haber en las mas antiguas 
pinturas de Grecia algunos rasgos destinados á carac- 
terizar los lugares, si es verdad que Mandrocles de Sa- 
mes, según refiere Herodoto, hizo pintar para el gran rej 
el paso de los Persas por el Bosforo (6), y que Pol jgnoto re- 
presentó la ruina de Troja sobre los muros de Lesché, tem- 
plo de Delfos (7). Entre los cuadros que describe Filostrato 
el viejo, cita un paisaje en el cual se veia salir el humo de 
la cima de un volcan , j torrentes de lava que iban á caer 
en el mar vecino. Según las congeturas de los mas recien- 
tes comentadores , otra composición muj complicada de- 
bió llegar á pintarse del natural; abrazaba siete islas, re- 



— 74 — 

presentando el grupo volcánico de las islas Eolicas ó de Li- 
pari, al norte de la Sicilia (8). Las decoraciones escénicas 
destinadas á realzar aun mas con nuevo prestigio las obras 
maestras de Esquilo j de Sófocles, debieron contribuir al 
•aumento paulatino de los límites del arte (9), haciendo sen- 
tir mas vivamente la necesidad de imitar, teniendo en 
cuenta la pespectiva j de una manera propia para repro- 
ducir la ilusión, ja un palacio, ya un bosque, rocas j ob- 
jetos de la misma naturaleza. 

Perfeccionada así, merced á las exigencias del arte 
■dramática, la pintura de paisaje pasó del teatro á las ha- 
bitaciones de los particulares, j mas tarde tomaron este 
lujo los Romanos, de los (friegos. Las columnas v las pin- 
turas decoraban á la vez los pórticos: anchos lienzos de pa- 
red estaban cubiertos de paisajes cujo horizonte , limitado 
al principio, se ensanchó rápidamente (10), hasta el punto 
de poder seguir en él las orillas del mar , abarcar ciudades 
enteras ó vastas llanuras en las que pacian rebaños de 
ovejas (11). Ludio, pintor del tiempo de Augusto, fué el 
que, no diré inventó, sino el que puso en moda estas pin- 
turas murales (12)^ dándoles nuevo interés con las figuras 
que en ellas introdujo (13). Casi por el mismo tiempo v 
aun quizás medio siglo antes, en la brillante época en que 
ñorecia Vikramaditja, un poeta indio alude á la pintura 
de paisaje como aun arte muj cultivado. En el hermoso 
drama de la SahmiaJa muéstrase al rej Duschmanta el 
retrato de su adorada : no queda satisfecho de él , j quiere 
que el pintor reproduzca los parajes de la predilección de 
su amante : el rio Malini con un banco de arena á donde 
van á posarse los purpúreos flamencos, una serie de coli- 
llas que se unen al Himalaja, y sobre esta colina, algunas 
gacelas. Era esto mucho pedir; j tales exigencias demues- 
tran una gran confianza en los medios de que el arte podia 
disponer por entonces. 



/o 



Desde César, la pintura de paisaje lleg-ó á ser en Roma 
im arte distinto ; pero según todas las muestras que se han 
obtenido de las escavaciones de Herculano , de Pompeva 
y de Stabies, las obras de este género apenas si ofrecían 
otra cosa que planos topográficos de la comarca. Mas bien 
habia el propósito de representar los puertos de mar, las 
casas de campo ó los jardines artificiales, que no pintarla 
naturaleza en toda su libertad. Los Griegos j los Romanos 
solo buscaban en el campo habitaciones cómodas, dejándose 
impresionar bien poco de las bellezas románticas j salvajes. 
La imitación podia ser fiel, en cuanto lo permitían, sin em- 
bargo, una indiferencia exajerada por lo común hacía las 
reglas de la perspectiva, v el empeño de sujetarlo todo á 
un orden convencional. 

Las composiciones en forma de arabescos, contra las 
cuales protestaba el gusto severo de Vitrubio, contenían 
plantas j animales dispuestos armónicamente manifestan- 
do alguna originalidad; mas, para valerme de las espresio- 
nes de Ofredo Muller, «no creveron los antiguos que el 
arte pudiese nunca producir la predisposición melancólica 
() la especie de presentimiento en que nos sumerje la vista 
de un paisaje ; al pintar la Naturaleza, mas bien se pro- 
pusieron esparcir el ánimo , que no inspirar una seria 
emoción (14).» 

Hemos hecho ver por qué progresos análogos los dos 
medios que posee el hombre de hacer revivir la Naturale- 
za, la palabra inspirada por un lado v por el otro el dibujo, 
pudieron en la antigüedad clásica cqnquistar una existencia 
independíente. Las muestras de paisaje al estilo de Ludio, 
halladas en las escavaciones de Herculano_, tan felizmente 
proseguidas en estos últimos tiempos, son todas verosímil- 
mente de la misma época, j pertenecen al muj corto es- 
pacio de tiempo que medía entre Nerón j Tito (15). La 
ciudad, en efecto, habia sido va completamente destruida 



— 70 — 

por un temblor de tierra diez j seis años antes de la famo- 
sa erupción del Vesubio. 

Si consideramos los procedimientos de ejecución, la pin- 
tura cristiana no cambió de carácter desde Constantino bas- 
ta principios de la edad media, j permaneció durante todo 
este período mu j próxima al antiguo arte de los Griegos y 
de los Romanos. Las miniaturas que adornan suntuosos ma- 
nuscritos, mucbas de las cuales nos ban llegado sin alte- 
ración, constituyen un tesoro de antiguos recuerdos, lo 
mismo que los mosaicos mas raros, que datan de la misma 
época (16). Rumobr cita un manuscrito de los Salmos, con- 
servado en el palacio Barberini , en Roma , donde liaj una 
miniatura que está representando á David tocando el arpa 
en medio de un bosquecillo gracioso , mientras salen las 
ninfas del follage para escucbarle. Esta personificación, 
añade Rumobr, demuestra que el pintor seguia aun las an- 
tiguas tradiciones. Desde mediados del siglo VI, cuando 
Italia cajó en el empobrecimiento j la anarquía , el arte 
bizantino conservó especialmente un reflejo de la pintura 
antigua j los tipos persistentes de una época mejor. Las 
producciones de la escuela bizantina nos conducen por una 
transición natural á las creaciones de la segunda mitad de 
la edad media, cuando el gusto por los manuscritos ilus- 
trados se estendió del Bajo-Imperio á las regiones del Oc- 
cidente j del Norte, á la monarquía de los Francos, á los 
Anglo-Sajones j á los babitantes de los Paises Bajos. No 
deja de interesar, con efecto, á la bistoria del arte moder- 
no observar, como dice Waagen, que los célebres bermanos 
Hubert j Juan Van Eyck se formaron principalmente en 
la escuela de los pintores de miniatura establecida en Flan- 
des, que, desde la segunda mitad del siglo XIV, se elevó 
á tan alto grado de perfección (17). 

En los cuadros bistóricos de los bermanos Van Ejck 
es donde se admira por vez primera el cuidado puesto en 



/ é 



los detalles del paisage. Ninguno de ellos visitó la Italia; 
pero el mas joven, Juan, pudo contemplar la vegetación del 
Mediodía de Europa, cuando en 1428 acompañó al emba- 
jador enviado á Lisboa por Felipe el Bueno, duque de Bor- 
dona, con motivo de su matrimonio con la hiia del rev 
Juan I de Portugal. El museo de Berlin posee dos ta- 
blas de una magnífica composición que los mismos artis- 
tas, verdaderos fundadores de la escuela Neerlandesa, pin- 
taron para la catedral de Gante, j que representan anaco- 
retas V peregrinos. Juan Van Ejck adornó el paisage con 
naranjos, palmeras j cipreses de maravillosa fidelidad, que 
destacándose de masas mas sombrías dan al conjunto de la 
composición un carácter grave j elevado. Adivínase, á la 
vista de estos cuadros, que el pintor habia recibido por sí 
mismo la impresión de la vigorosa vegetación acariciada por 
los vientos templados del Mediodia. 

Esta obra maestra de los hermanos Van Ejck data de 
la primera mitad del siglo XV. En esta época la pintura al 
óleo era todavía un descubrimiento reciente, v comenzaba 
únicamente á prevalecer sobre las pinturas al temple , por 
mas que sus procedimientos hubiesen adquirido desde lue- 
go gran perfección. Una nueva necesidad habíase desper- 
tado: tratábase de dar vida á las formas de la Naturaleza. 
Para seguir los progresos de este sentimiento debemos re- 
cordar de qué modo un discípulo de Van E jck , Antonello 
de Messina, introdujo en Venecia el gusto por la pintura 
do paisage, j qué influencia ejercieron los cuadros salidos 
de la misma escuela _, hasta sobre Dominico Ghirlandajo v 
otros maestros de Florencia (18). En esta época, los esfuer- 
zos se dirigían aun hacia una imitación minuciosa j servil 
en demasía. En las obras maestras de Ticiano es donde apa- 
rece la Naturaleza por vez primera ampliamente compren- 
dida y representada á grandes rasgos. Ticiano sin embargo 
habia podido va tomar por modelo á Giorgione. He tenido 



— 78 — 

la dicha de contemplar en París, durante muchos años, el: 
cuadro del Ticiano que representa la muerte de Pedro el 
mártir, asesinado en un bosque por un albigense, en pre- 
sencia de otro relig-ioso de la orden de los Dominicos (19). 
La forma j el follaje de los árboles, el azulado lontananza 
de las montañas , la armonía general de la sombra j de la 
luz, todo revela en esta composición perfectamente sencilla 
la profunda emoción del pintor^ dejando una impresión so- 
lemne de severidad j grandeza. El sentimiento de la Na- 
turaleza era tan vivo en Ticiano, que no solo en sus mas gra- 
ciosas composiciones, tales como la voluptuosa Venus que 
adorna la galería de Dresde , sino hasta en los cuadros de 
un género mas severo^ como por ejemplo, en el retrata 
de Pedro Aretino, parece que al pintar el cielo o el paisage 
que constitu je el fondo de los cuadros , tenia á la vista los 
objetos que reprodujo. Aunibal Carrache j el Dominiquino- 
en la escuela bolonesa han dado á sus obras el mismo carác- 
ter de elevación. Si bien A siglo XV fué la época ma& 
brillante de la pintura histórica, hasta el siglo XVII no Ho- 
recieron los grandes pintores de paisage. A medida que se 
conocían mejor j se observaban con mas atención las rique- 
zas déla Naturaleza, el dominio del arte iba ensanchándose; 
V por otra parte se perfeccionaban de dia en dia los procedi- 
mientos materiales. Poníase mas cuidado en dejar aparecer 
al esterior las disposiciones del alma, llegando á darse de esta 
manera á las bellezas naturales una espresion mas dulce v 
mas tierna, á medida que se iba aumentando la seguridad 
de la influencia que el mundo esterior ejerce sobre nuestros 
sentimientos. El efecto de esta escitacion es producir lo que 
constituye el fin de todas las artes, ó sea, la transformación 
de los objetos reales en imágenes ideales; j es engendrar 
en nuestro interior una calma armoniosa que sin embargo 
no carece de espresion. Nuestra alma no puede escapar á 
estas emociones, siempre que nuestras miradas penetran 



— 79 — 

en las profundidades de la Naturaleza y de la humanidad 
(20). Merced á una conciencia mas elevada del sentimien« 
to de la Naturaleza , el mismo sig-lo pudo reunir á Claudio 
Lorenés, el pintor de los efectos de luz j de los lejos vapo- 
rosos; á Rujsdael con sus bosques sombríos j sus amenaza- 
doras nubes ; á Gaspard y Nicolás Pussino que han dado ár 
los árboles un carácter tan imponente j gallardo; á Ever- 
dingen, Hobbema j á Cujp, cu jos paisages parecen la 
Naturaleza misma (21). 

En este periodo^ tan feliz para el arte, imitábanse há- 
bilmente los modelos que ofrecia la vegetación del Norte de 
Europa, de la Italia meridional j de la península Ibérica. 
Adornábase el paisage con naranjos,, laureles, pinos j pal- 
meras. Las palmeras de dátiles, única especie de esta noble 
familia que se conocia hasta entonces ademas de la llamada 
Chamserops, especie de palmera enana originaria de las 
costas de la Europa meridional^ eran representadas por lo 
común, de una manera convencional, con un tronco cu- 
bierto de escamas semejantes á las de las serpientes (22). 
Durante mucho tiempo fueron estos árboles los únicos tipos- 
de la vegetación tropical, como j según una creencia muj 
arraigada aun en nuestros dias, el Pínus jjinea representa 
por sí solo la vegetación de Italia. Estudiábanse poco Ios- 
contornos de las altas cadenas de montañas, pues las cimas 
coronadas de nieve que se elevan sobre las verdes praderas de 
los Alpes reputábanse como inaccesibles. Para que un pin- 
tor pensara en reproducir exactamente la fisonomía de las 
masas de rocas, era preciso que un espumoso torrente se 
abriese paso por ellas. Haj, sin embargo, un artista que 
debe distinguirse de todos los demás, por la variedad de- 
sús facultades j la libertad de su genio: Rubén s, que su- 
mido en el seno mismo de la Naturaleza, abraza todos sus 
aspectos, representando con una verdad inimitable, en sus 
grandes cazas, la naturaleza salvaje de los animales del 



— 80 — 

bosque, al mismo tiempo que Laci endose paisag-ista, repro- 
duce con raro acierto la meseta árida j enteramente desierta 
donde se destaca en medio de las rocas el palacio del Es- 
corial (23). 

Para que la representación de las formas individuales 
de la Naturaleza, en lo que se refiere al ramo del arte que 
nos ocupa, pudiese adquirir major variedad j exactitud, 
era preciso que se hubiera agrandado el círculo de los cono- 
cimientos geográficos; que se facilitaran los viajes á las re- 
giones lejanas, j que se ejercitase el sentimiento en com- 
prender las diferentes bellezas de los vegetales j caracteres 
comunes que los agrupan en familias naturales. Los descu- 
brimientos de Colon, de Vasco de Gama j de Alvarez Ca- 
bral en el centro de América, en el Asia meridional j en el 
Brasil; la estension dada al comercio de especies j sustan- 
cias medicinales, que hacían con las Indias los Españoles, los 
Portugueses, los Italianos v los Holandeses; el estableci- 
miento de jardines botánicos, en Pisa, Pádua j Bolonia 
desde 1544 á 1568, aunque sin el útil accesorio de las estu- 
fas, todas estas causas juntas familiarizaron á los pintores 
con las formas maravillosas de un gran número de produc- 
ciones exóticas, y les dieron alguna idea del mundo tropi- 
cal. Juan Breughel, célebre ja á fines del siglo XVI, ha re- 
presentado con una verdad encantadora ramas de árboles, 
flores j frutos estraños en Europa. Pero hasta mediados del 
siglo XVII, no se tienen paisajes pintados por el artista so- 
bre el terreno, que reproduzcan el carácter propio de la 
zona tórrida. El mérito de esta innovación pertenece, según 
sabemos por Waagen, á Francisco Post, de Harlem, que 
acompañó á Mauricio de Nassau al Brasil, cuando este jjrín- 
cipe^ ávido de conocer las producciones tropicales, fué nom- 
brado gobernador por la Holanda de las provincias conquis- 
tadas á los portugueses (1637-1644). Durante muchos 
años^ Post, hizo estudios del natural en el promontorio de 



— si- 
san Agustín, en la bahia de Todos Santón, á orillas del rio 
San Francisco j en los paises regados por el curso inferior 
del rio de las Amazonas (24). De estos estudios, han resul- 
tado acabadas pinturas los unos, j los otros grabados por el 
mismo Post de una manera muj original. A la misma época 
pertenece el gran cuadro al óleo de Eckhout, composición 
muj" notable que se conserva en Dinamarca en la galería del 
hermoso palacio de Frederiksl;)o.rg. Eckhout se encontraba 
también en 1641 con el príncipe Mauricio de Nassau, en las 
costas del Brasil. Las palmeras, los papa jos, los bananos 
j las heliconias, están representados en este paisage con 
sus rasgos característicos, asi como varios pájaros de pluma- 
je brillante^ j pequeños cuadrúpedos peculiares de aquellos 
paises. 

Solo algunos artistas felizmente inspirados han seguido 
estos ejemplos hasta el segundo viaje de Cook. Lo que hizo 
Hodges respecto de las islas occidentales del mar del Sud, 
y Fernando Baner relativamente á la Nueva Holanda j la 
tierra de Diemen, lo llevaron á cabo últimamente con un 
talento superior j un estilo mucho mas amplio, en las regio- 
nes tropicales de América, Mauricio Rugendas, el conde de 
Clarac , Fernando Bellermann j Eduardo Hildebrandt. 
Enrique de Kittlitz, que acompañó al almirante ruso Lutke 
en su espedicion alrededor del mundo,, prestó igual servicio 
describiendo otras muchas partes de la tierra (25). 

El hombre que sensible á las bellezas naturales de las 
comarcas cortadas por montañas, rios j bosques, ha recor- 
rido por sí mismo la zona tórrida, j contemplado la riqueza 
j variedad infinita de la vegetación, no solamente en las 
costas habitadas sino que también en los Andes cubiertos de 
nieve, en la pendiente del Himalaja j de los montes Nilg- 
herrj en el reino de Mjsore; el que haja recorrido los bos- 
ques vírgenes que se encierran en la cuenca comprendida 
entre el Orinoco j el rio de las Amazonas: ese solo puede 

lOMO II. h 



— 82 — 

comprender cuan ilimitado campo está abierto todavía a la 
pintura de paisage entre los trópicos de ambos continentes, 
en los archipiélagos de Sumatra, Borneo j las Filipinas, j 
cómo las admirables obras concluidas hasta hoj no pueden 
compararse con los tesoros que tiene reservados la Natura- 
leza para los que quieran hacerse dueños de ellos. 

¿Y por qué ha de ser vana nuestra esperanza? Creemos 
que la pintura de paisage debe resplandecer como no lo ha 
hecho hasta hoj, el dia que los artistas de genio salven con 
mas frecuencia los estrechos límites del Mediterráneo j pe- 
netren lejos de las costas, j les sea dable abrazar la misma 
variedad de la Naturaleza en los valles húmedos de los tró- 
picos, con la frescura nativa de un alma pura v joven. 

Hasta ahora solo han sido visitadas esas magníficas re- 
giones por algunos viajeros que carecian de una preciosa v 
larga esperiencia de las artes, j cujas ocupaciones cientí- 
ficas no les permitian espacio para perfeccionar su talento 
de paisagistas. Muj corto número de ellos, llevados por el 
interés que ofrecen á la botánica esas formas nuevas de fru- 
tos j flores, podian espresar la impresión general produ- 
cida por el aspecto de los trópicos. Los artistas encargados 
de acompañar á las grandes espediciones enviadas á esas 
comarcas á espensas del Estado, eran por lo común escogi- 
dos á la casualidad, y no se tardaba en reconocer su insu- 
ficiencia. Aproximábase el fin del viaje j los mas hábiles 
de entre ello^ á fuerza de contemplar las grandes escenas 
de la Naturaleza j de ensa jarse en su reproducción, empe- 
zaban entonces á adquirir algún talento de egecucion. Es 
preciso decirlo también, los viajes denominados de circun- 
navegación ofrecen á los artistas raras ocasiones de penetrar 
en los bosques, llegar al curso de los grandes rios j trepar 
á los vértices de las cadenas interiores de las montañas. 

El único medio de poder fijar el carácter de las comar- 
cas lejanas en paisages concluidos, á la vuelta de un viaje, 



— 83 — 

es bosquejar luego de observadas las escenas de la Natura- 
leza. Los esfuerzos del artista serán mas provechosos aun si 
poseido de emoción sobre los lugares mismos, hace un gran 
número de estudios parciales, si ha dibujado ó pintado al 
aire libre, copas de árboles, ramas frondosas cargadas de 
frutos j de flores, troncos derribados cubiertos de fotlios ó 
de orquídeas, rocas, un precipicio, cualquiera parte de un 
bosque en fin. Trajendo así imágenes exactas de las cosas 
podrá el pintor, de vuelta á su patria, dispensarse de acu- 
dir al triste recurso de las plantas conservadas en las estu- 
fas V de figuras reproducidas en las obras de botánica. 

Un gran acontecimiento, la emancipación de las pose- 
siones españolas j portuguesas de América, j el adelanto 
de la civilización en la India, en la Nueva-Holanda, islas 
de Sandwich j colonias meridionales de África , deben sin 
duda alguna, no solo facilitar los progresos de la meteorolo- 
gía j de todas las ciencias de que se compone el conocimien- 
to de la Naturaleza, sino que también dar á la pintura de 
paisage un carácter mas elevado j un vuelo que no hu- 
biera podido tomar sin los cambios sobrevenidos en estas re- 
giones. Existen en la América del Sud, ciudades populosas 
que se levantan á casi 13,000 pies sobre el nivel del mar. 
De semejantes alturas la vista percibe todas las variedades 
vegetales que se deben á la diversidad de los climas. ¡Qué 
no podremos esperar de los esfuerzos del arte aplicado á la 
Naturaleza, el dia en que las discordias terminadas_, j des- 
pués del establecimiento de instituciones libres, se despierte 
al fin el sentimiento del arte en esas altas regiones! 

Todo lo que en el arte toca á la espresion de las pasio- 
nes j á la belleza de las formas humanas, ha podido recibir 
su última realización en los paises mas próximos al Norte^ 
donde reina un clima templado, bajo el cielo de Grecia v de 
Italia. Penetrando en las profundidades de su ser, j con- 
templando en sus semejantes los rasgos comunes de la raza 



— 84 — 

humana, es como el artista, creador é imitador á la tcz^ 
evoca los tipos de sus composiciones históricas. La pintura 
de paisage no es tampoco puramente imitativa; tiene sin 
embargo un fundamento mas material j hay en ella algo 
mas terrestre. Exige de los sentidos una variedad infinita 
de observaciones inmediatas , que debe asimilarse el espí- 
ritu para fecundizarlas con su poder j darlas á los sentidos 
bajo la forma de una obra de arte. El gran estilo de la 
pintura de paisage es el fruto de una contemplación profun- 
da de la Naturaleza j de la transformación que se verifica 
en el interior del pensanqiento. 

Cada rincón del globo es, sin duda alguna, un rsfiejo 
de la Naturaleza entera. Las mismas formas orgánicas se 
reproducen sin cesar, j se combinan de mil maneras. Las 
regiones heladas del Norte se reaniman durante meses en- 
teros. Cúbrese la tierra de jerbas; despléganse las plantas 
como en ios Alpes; j el cielo aparece sereno j puro. Fami- 
liarizada únicamente con las formas simples de la flora euro- 
pea, y un pequeño número de plantas naturalizadas en 
nuestras comarcas, la pintura de paisage, merced á la pro- 
fundidad de los sentimientos j^ á la fuerza de la imaginación 
que animaba á los artistas, pudo desempeñar su graciosa 
tarea. En esta limitada carrera, pintores eminentes, tales 
como los Carrachios, Gaspar Pusino, Claudio Lorenés j 
Rujsdael, encontraron bastante espacio para producir las 
creaciones mas diversas j encantadoras, mezclando hábil- 
mente todas las formas de árboles conocidos y los efectos 
tan variados de la luz. Si el arte tiene todavía algo que es- 
perar, si he debido indicar una nueva senda para volver, 
al menos en pensamiento, á la antigua alianza de la ciencia, 
del arte, j de la poesía_, la gloria de esos grandes maestros 
no puede sufrir detrimento alguno con ello. En la pintura 
de paisage, como en las demás ramas del arte, hay que 
distinguir el elemento limitado que suministra la percepción 



— 85 — 

sensible y la ilimitada cosecha que fecundizan una profunda 
sensibilidad j una imaginación poderosa. Merced á esta 
fuerza creadora la pintura de paisage ha tomado un carác- 
ter que la convierte también en una especie de poesía de la 
Naturaleza. Si se estudia el desarrollo sucesivo de los árbo- 
les desde Anibal Carrachio v Pussino hasta Everdingen j 
Rujsdael, pasando por Claudio Lorenés_, se comprende que 
este arte á pesar de su objeto, no está encadenado al suelo. En 
estos grandes maestros no se aperciben los estrechos límites 
en que se hallaban encerrados; j sin embargo, preciso es re- 
conocerlo, el ensanchamiento del horizonte, el conocimiento 
deformas mas grandes j mas nobles, el sentimiento de la vida 
voluptuosa j fecunda que anima el mundo tropical, ofrecen 
la doble ventaja de suministrar á la pintura de paisage mas 
ricos materiales, y de escitar mas activamente la sensi- 
bilidad y la imaginación de artistas menos felizmente do- 
tados. 

Séame permitido recordar aquí las consideraciones que 
desenvolví, hace cerca de medio siglo en la obra titu- 
lada Cuadros de la naturaleza^ consideraciones que se rela- 
cionan estrechamente con el asunto de que trato en este mo- 
mento (26). El hombre que puede abarcar de una mirada 
la Naturaleza, hecha abstracción de los fenómenos parcia- 
les, reconoce los progresos en cuja virtud se desarrollan su 
vida y fuerza orgánica, á medida que el calor aumenta 
desde los polos al ecuador. Este progreso es menos sensible 
aun desde el Norte de Europa hasta las costas del Medi- 
terráneo, que desde la península Ibérica, la Italia meridio- 
nal y la Grecia al mundo de los trópicos. Flora ha estendi- 
do su tapiz sobre la tierra desigualmente tejido; mas espeso 
en aquellos parajes en que el sol domina á la tierra desde 
major altura y brilla en el profundo azul del cielo ó en 
medio de vapores trasparentes, lo es menos en las sombrías 
regiones del Norte, donde la repentina vuelta de los hie- 



— 86 — 

los no deja tiempo de brotar al botón, j sorprende á Ios- 
frutos antes de su madurez. £n el país de las palmeras j 
de los heléchos arborescentes, en vez de los tristes líquenes^ 
ó de los musgos que cubren la corteza de los árboles hacia 
las regiones glaciales, el cimbidio j la olorosa vainilla se 
suspenden al tronco de los anacardios j de higueras gigan- 
tescas. El fresco verdor del draconcio j las hojas profunda- 
mente cortadas áe\j)otkos, contrastan con las brillantes flo- 
res de las orquideas. Las bauhinia trepadoras, las pasiflo- 
ras j los banisteros de flores de oro enlazan á los árboles del 
bosque, j se lanzan á lo lejos por los aires; tiernas flores 
salen de las raices del teobroma j de la ruda corteza de los 
crescentia j de los gustavia. En medio de este lujo de ve- 
getación , en la confusión de estas plantas trepadoras , el 
observador reconoce difícilmente muchas veces á qué tron- 
co pertenecen las flores j las hojas. Un solo árbol entrela- 
zado de paulinia bignonia j de dendróbio ofrece reunidas en 
algunas ocasiones porción de plantas que, separadas unas 
de otras, bastarian para cubrir un considerable espacio de 
terreno. 

Cada parte de la tierra, sin embargo, tiene también 
sus bellezas propias. En los trópicos, la diversidad y la ele- 
vación de las formas vegetales; en el Norte, el aspecto de 
las praderas, j, después de una larga espera, el despertar 
de la Naturaleza al primer soplo de la primavera. Tanto 
como los plátanos, de la familia de las musáceas, el follaje 
se desplega j se desarrolla, otro tanto se contrae j aprie- 
ta en las casuarinas j en los árboles de hoja acicular. Los 
pinos, los tuja j los cipreses, forman una familia propia 
de los climas del Norte; rara vez se hallan formas análogas 
en las llanuras de los trópicos. El follage eternamente verde 
de estos árboles reanima las comarcas glaciales j desiertas, 
recordando á los pueblos septentrionales que si la nieve y 
los hielos cubren la superficie de la tierra, la vida interior 



— 87 — 

de la vegetación, como ei fuego de Prometeo, no puede 
estinguirse en nuestro planeta. 

Si consideramos el aspecto délas zonas vegetales, cada 
una de ellas, independientemente de las riquezas propias 
de tal ó cual región, ofrece un carácter distinto de donde na- 
cen impresiones diferentes. ¿Quién no se siente diversa- 
mente conmovido, ateniéndonos á las producciones que 
nos son familiares, bajo la espesa sombra de las bajas^ sobre 
colinas coronadas de claros pinos, y en aquellas estensas 
praderas en que murmura el viento á través del follage 
trémulo de los abedules? De la misma manera que cada 
familia de seres organizados ofrece caracteres especiales 
en que están fundadas las divisiones de la Botánica j de 
la Zoología, asi también existe una fisonomía de la Na- 
turaleza que se diversifica bajo todos los grados de latitud. 
La distinción que el artista espresa vagamente en las pala- 
bras de «la naturaleza de Suiza, el cielo de Italia,» descan- 
sa en un sentimiento confuso del carácter de la Naturale- 
za en los diferentes paises. El ¿izul del cielo, la figura de 
las nubes, los vapores que se forman alrededor de los ob- 
jetos lejanos, el brillo del follage j el contorno délas mon- 
tañas, son los elementos que constituyen el aspecto general 
de una comarca. Abarcar este aspecto y reproducirlo de 
una manera espresiva , tal es el objeto de la pintura de 
paisage. El artista tiene el poder de dividir los grupos; bajo 
su pincel, el gran encanto de la Naturaleza se descompo- 
ne en rasgos mas sencillos j en páginas sueltas , como las 
obras escritas por la mano de los hombres. 

A pesar del estado poco satisfactorio en que han per- 
manecido hasta ahora los grabados que acompañan j aun 
afean frecuentemente nuestras relaciones de viajes _, no 
han contribuido poco sin embargo á dar á conocer la fiso- 
nomía de las zonas lejanas, á estender la afición á los via- 
jes por las regiones tropicales , j á estimular activa- 



— 88 — 

mente el estudio de la Naturaleza. Las decoraciones de los 
teatros, los panoramas, los dioramas, neoramas j toda la 
pintura de grandes dimensiones, tan perfeccionada en nues- 
tros dias, han hecho mas general y mas fuerte la impresión 
producida por el paisage. Vitruvio j el gramático Julio 
Polux nos han descrito las decoraciones campestres que ser- 
vian para la representación de las piezas satíricas. Mucho 
tiempo después, hacia la mitad del siglo XVI, el estahleci- 
miento de los bastidores, dehido á Sérlio, favoreció mucho 
la ilusión; pero hoj después de los admirables perfecciona- 
mientos que Prévost j Daguerre han dado ala pintura cir- 
cular de Parker, puede uno casi dispensarse de viajar por 
lejanos climas. Los panoramas circulares prestan mas ser- 
vicios que las decoraciones de teatro; porque el especta- 
dor, encantado en medio de un círculo mágico j al abrigo 
de importunas distracciones, se cree rodeado por todas par- 
tes de una naturaleza desconocida, j conserva recuerdos 
que después de algunos años se confunden con la impre- 
sión de las escenas de la .Naturaleza que haja podido 
ver realmente. Hasta el presente, los panoramas, que no 
pueden producir ilusión, sino á condición detener un gran 
diámetro, mas bien han representado ciudades j lugares 
habitados, que las grandes escenas en que la Natura- 
leza desplega su salvaje abundancia j toda la plenitud 
de la vida. Estudios característicos hechos en las laderas 
escarpadas del Himalaja j de las Cordilleras, ó en medio 
de los rios que surcan las comarcas interiores de la India j 
de la América meridional, producirian un efecto mágico si 
se cuidase sobre todo de rectificarlos según imágenes sa- 
cadas al daguerreotipo, escelente para reproducir , no la 
espesura del follage , sino los troncos gigantescos de los 
árboles j la dirección de sus ramas. Todos estos me- 
dios, cuja enumeración no podemos omitir en un libro tal 
como el Cosmos^ son muj apropósito para propagar el 



— 89 — 

■estudio de la Naturaleza; é indudablemente se conocería 
y sentina mejor la grandeza sublime de la creación, si en 
las g-randes ciudades junto á los museos, se abriesen libre- 
mente á la población panoramas con cuadros circulares 
que representasen sucesivamente paisajes sacados en di- 
ferentes grados de longitud j latitud. Multiplicando los 
medios con cu jo auxilio se reproduce bajo imágenes es- 
presivas el conjunto de los fenómenos naturales, es como 
mejor se familiariza á los hombres con la unidad del mun- 
do, haciéndolos sentir mas vivamente el armonioso con- 
cierto de la Naturaleza. 



III 

DE LAS COLECCIONES DE VEGETALES 

EN LOS JARDINES Y EN LAS ESTUFAS. 

CULTIVO DE LAS PLANTAS TROPICALES. — FISONOMÍA CARACTERÍS- 
TICA DE ESTAS PLANTAS. — EFECTO DEL CONTRASTE PRODUCIDO 
POR LA APROXIMACIÓN DE LAS FORMAS VEGETALES. 

A pesar de ]a facilidad de reproducción que ofrece el 
grabado, y aun á pesar de los nuevos perfeccionamientos 
que alcanza la litografía, la pintura de paisaje es mas li- 
mitada en sus efectos, incita menos vivamente á los espí- 
ritus sensibles á las bellezas naturales, que la vista inme- 
diata de las colecciones de plantas reunidas en las estufas y 
en los jardines. Ya me he referido á la esperiencia de mi 
juventud, recordando cómo un drago colosal y una pal- 
mera de abanico, que vi en una antigua torre del jardin 
botánico de Berlin , depositó en mi alma el primer germen 
del inquieto ardor que me ha lanzado irresistiblemente á 
los viajes lejanos. Todo el que pueda remontarse en sus re- 
cuerdos hasta el primer accidente que ha decidido de la di- 
rección de toda su vida, comprenderá la fuerza de estas 
impresiones. 

Al hablar de las formas vegetales, pienso en la emo- 
ción que puede producir su aspecto , de ninguna manera 
en el auxilio que pueda obtenerse de ellas para el estudio de 
la Botánica. Es preciso evitar el confundir los grupos na- 
turales de vegetales que sorprenden por su elevación ó es- 
tension, tales como los plátanos j las heliconias, á los cua- 
les se unen las palmeras coripha, las araucaria y las 
mimosáceas, ó bien los troncos cubiertos de musgo de 



— 91 — 

donde salen las dragonteas, los heléchos de hoja ligera j 
las floridas orquídeas, con esas hileras de plantas sin vigor 
que se disponen porfamilias para facilitar las descripciones 6 
las clasificaciones de la Botánica. En esta naturaleza exhube- 
rante, lo que debe fijar nuestra atención, principalmente^ 
es la vegetación poderosa de los cecropes , de los carolí- 
neos j bambúes; la reunión pintoresca de las grandes j 
nobles formas vegetales que adornan la parte occidental 
del curso del Orinoco y las orillas agrestes del rio de las 
Amazonas j del Huallaga , descritas con tanta verdad por 
Marcio j Eduardo Poeppig; j por fin la impresión gene- 
ral de aquel espectáculo, en el cual no podemos pensar sin 
Que suspiremos por las regiones en que el manantial de la 
vida corre con mas abundancia, j de las cuales nuestras 
estufas , especie de hospitales en otro tiempo para las plan- 
tas enfermas, nos ofrecen hojun reflejo debilitado, aunque 
brillante todavía. 

La pintura de paisaje se halla indudablemente en esta- 
do de representar una imagen de la Naturaleza, mas rica 
y mas completa que la colección mas escogida de plantas cul- 
tivadas. La pintura de paisaje dispone soberanamente de la 
estension y de la forma de los objetos. Para ella, el espacio 
carece, por decirlo así, de límites; sigúelos linderos délos 
bosques hasta en los vapores de lontananza ; precipita de 
roca en roca el torrente que cae de lo alto de la montaña; 
y hace pesar el azul profundo del cielo de los trópicos 
sobre la cima de las palmeras, como sobre la pradera que 
ondea en el límite del horizonte. La claridad y el color que 
el cielo puro ó ligeramente velado del Ecuador , estiende 
sobre todos los objetos colocados en la superficie de la tier- 
ra, da 9I paisaje una especie de poder misterioso que única- 
mente puede reproducir la pintura cuando consigue imi- 
tar aquellos juegos tan dulces de la luz. Desde que la 
esencia de la tragedia griega se ha conocido mejor, háse 



— 92 — 

comparado ingeniosamente el papel misterioso del coro 
j la parte de acción que le corresponde al efecto del cielo 
en el paisaje (27). 

Así las estufas como todas las plantaciones artificiales 
están muj lejos de poder reunir la diversidad de medios de 
que dispone la pintura para escitar nuestra imaginación, y 
concentrar en un corto espacio los mas vastos fenómenos 
de la tierra j del Océano. Pero si allí disminuye la impre- 
sión general , esta inferioridad está compensada por el do- 
minio que la realidad ejerce por todas partes en nuestros 
sentidos. Si en la estufa donde se abrigan las palmeras de. 
Loddiges, ó en la que el noble monarca arrebatado á la 
Prusia bace algunos años mandó construir en la isla de los 
Pavos reales cerca de Potsdam , como testimonio de su 
amor á la sencilla naturaleza ; si en cualquiera de estas es- 
tufas, digo, en dia de sol brillante^ dirigimos la vista desde 
lo alto de la plataforma á aquellas innumerables palmeras 
que á la elevación de los árboles reúnen la flexibilidad de 
las cañas, llegamos á creernos trasportados por algunos 
momentos al clima de los trópicos, j que desde lo alto de una 
colina se contempla un matorral de palmeras. Nada puede 
en verdad reemplazar el azul profundo del cielo, ni el bri- 
llo de una luz mas intensa, j sin embargo , la imaginación 
se conmueve mas vivamente, j la ilusión es major que 
delante del cuadro mas perfecto. Pensamos en cada plan- 
ta las maravillas de una comarca lejana : oimos el susurro 
de las hojas de forma de abanico , j vémoslas cambiar de 
aspecto siguiendo los reflejos de la luz , cuando agitadas 
por ligeras brisas se inclinan j tocan entre sí las copas délas 
palmeras; ¡tan poderoso es el encanto que conserva la rea- 
lidad en nuestros sentidos, aun cuando el recuerdo de la 
estufa j del cultivo artificial perturben nuestra contem- 
plación! Las ideas de vigor j de libertad son inseparables 
también en las producciones de la Naturaleza : j en con- 



~ 93 — 

cepto del celoso botánico que ha recorrido el mundo^ plan- 
tas cogidas sobre las Cordilleras ó en las llanuras de la In- 
dia j secadas en el herbario, valen mas que las mismas 
especies vivientes que se han desarrollado en cualquiera de 
nuestras estufas de Europa. El cultivo borra algo del ca- 
rácter natural y originario; destruje en aquellas organiza- 
ciones oprimidas el libre desarrollo de las partes que las 
componen. 

La forma v la ñsonomía de los vegetales , los contrastes 
quenacen de su aproximación, no son únicamente un asunto 
de observación para el botánico j un medio de propagar 
el estudio de la Naturaleza; sino que pueden también ser 
de gran utilidad para el arreglo de los jardines , es decir,, 
para el arte de preparar en ellos paisajes pintorescos. Re- 
sisto á la tentación de hacer una escursion en este nuevo 
campo, aunque se encuentre casi en mi camino; me con- 
tentaré con hacer una observación , j es : que así como al 
principio de este libro tuvimos ocasión de indicar las innu- 
merables j profundas huellas que ha dejado el amor de la 
Naturaleza en la poesía de las razas semíticas , entre los 
pueblos de la India y del Irán , así también nos enseña la 
historia, desde la mas remota antigüedad, parques j jardi- 
nes que atestiguan el mismo sentimiento en las regiones 
centrales j meridionales del Asia. Semíramis mandó dis- 
poner al pie del monte Bagistano, jardines que ha descrito 
Diodoro (28), j cujo renombre era tal, que jendo de 
marcha Alejandro desde la ciudad de Celona á los prados 
de Nisa , ere jó deber apartarse de su camino para visitar- 
los. Los parques délos re jes persas^ estaban adornados de 
cipreses , cuja forma piramidal recordaba la de la llama, j 
por esta razón fueron plantados después del advenimiento 
de Zerduscht ó Zoroastro alrededor del santuario de los 
templos consagrados al fuego. Quizá también esta forma 
fué la que dio vida á la lejenda que suponia á los cipreses 



— 94 — 

originarios del Paraiso (29). Los paraísos terrenales del 
Asia {TtapaSscaoi) fueron célebres de antiguo en las regiones 
del Occidente (30). Y aun puede decirse con verdad que 
el culto de los árboles se remonta entre los habitantes del 
Irán hasta los preceptos de Hom , invocado en el Zend- 
Avesta como el profeta de la lej antigua. Sábese por He- 
rodoto el placer que esperimentó Jerjes á la vista del gran 
plátano que encontró en Lidia, hasta el punto de hacerlo 
adornar de collares j brazaletes de oro, confiando su guar- 
dia auno de sus diez mil inmortales (31). La veneración 
de los pueblos primitivos á los árboles guardaba relación 
con el culto de los manantiales sagrados, porque bajo su 
sombra se buscaba el descanso v la frescura. 

A este culto originario de la Naturaleza se refiere el re- 
nombre de la colosal palmera de Délos, j el de un antiguo 
plátano de la Aj'cadia. Los budistas reverencian en Cejlan 
la higuera colosal de Anurahdepura, que creen que es un 
retoño del tronco primitivo bajo el cual Buddha se sumer- 
gía en el aniquilamiento que era el último grado de la bea- 
titud (nirwána) (32), durante su permanencia en Ma- 
gudha. De igual manera que árboles aislados llegaban á 
ser por la belleza de su forma el objeto de un sentimiento 
religioso, honrábase á los grupos de árboles como si fueran 
los bosquecilios de las divinidades. Pausanias elogia el bos- 
que sagrado que rodeaba el templo de Apolo de Grj- 
nium en Eolide (33). El bosque de Colonia ha sido ce- 
lebrado en un admirable coro de Sófocles. 

Los antiguos pueblos no solo revelan su amor á la Natu- 
raleza, por el religioso respeto que consagraban á algu- 
nos objetos particulares del reino vegetal, y por el cui- 
dado severo que ponian en su cultivo: este sentimiento 
se manifestaba con mas fuerza j verdad aun , entre los pue- 
blos del Asia oriental, por la disposición general de los jar- 
dines. A. la estremidad del antiguo Continente, los jardines 



— 95 — . 

chinos se parecían extraordinariamente á los que llamamos 
hoj parques ingleses. Bajo la gloriosa dinastía de los Han, 
Labian invadido tal estension de terreno los jardines pin- 
torescos, que llegaron á ser un peligro para la agricultura j 
unacausa de sedición (34). «¿Cuál es, dice un escritor chino, 
Lieu-tscheu, la satisfacción que se busca sobretodo en los 
jardines de recreo? Se ha convenido siempre en que las plan- 
taciones tienen por objeto compensar á los hombres de la 
vida deliciosa que hubieran podido llevar en el seno de la 
naturaleza libre que es su verdadera morada. El arte de di- 
bujar los jardines consiste, pues, en reunir tanto como es 
posible el encanto de las perspectivas, la riqueza de la ve- 
getación, la sombra, la soledad j la calma, de modo que 
cause ilusión á los sentidos. La variedad es el mayor atrae- 
tivo del paisaje. Deberá escogerse con preferencia un suelo 
accidentado en donde alternen las colinas j los valles, que 
esté surcado de arrojos , j de lagos cubiertos de jerbas 
acuáticas. Toda simetría es fatigosa; el hastío j el fastidio 
nacen en seguida en un jardin donde todo es arte ó com- 
presión (35).» La descripción que nos ha dejado sir George 
Staunton del gran jardin imperial de Zhe-hol , al Norte 
de la muralla de la China, responde á estas prescripciones 
de Lieutscheu (36), prescripciones á las cuales sin duda 
no negaria su sufragio el príncipe que en nuestros dias ha 
dirigido por sí mismo la plantación del gracioso parque de 
Muskau (37). 

El poema descriptivo con que quiso celebrar el em- 
perador Kien-long hacia la mitad del úlimo siglo la ciu- 
dad de Mukden , antigua residencia de la dinastía Mand- 
chues, j las tumbas de sus antecesores, respira el amor 
mas profundo á la naturaleza libre, cuja sencillez ha 
alterado apenas el arte. El monarca poeta ha representado 
Ycrdadera j fehzmente la frescura de las praderas, las co- 
linas coronadas de bosques, las tranquilas habitaciones del 



— 96 — 
hombre , j á todas estas imágenes serenas , tía mezclado la 
sombría imagen délas tumbas, sin que por ello se interrum- 
pa jamás la armonía. El sacrificio que ofrece á sus antepa- 
sados, según los ritos instituidos por Confucio^ j el piadoso 
recuerdo que consagra á los re jes j guerreros que fueron, 
constitu jen el verdadero asunto de esta notable composición. 
La larga enumeración de las plantas salvajes j de los ani- 
males que pueblan la comarca, fatiga como todo lo que es 
didáctico; pero la mezcla de la impresión sensible produci- 
da por el paisaje, que casi no aparece sino como el fondo 
del cuadro, con los sublimes objetos tomados del mundo de 
las ideas, así como el cumplimiento de prácticas piadosas j 
la menciondegrandes acontecimientos históricos, dan á toda 
esta composición un carácter original. El respeto religioso á 
las montañas , tan profundamente arraigado en el corazón 
de los Chinos, conduce á Kien-long á pintar cuidadosamen- 
te la naturaleza inanimada, cu jo sentimiento estuvo vedada 
por completo álos Griegos j Romanos. La figura de los ár- 
boles, la dirección j laalturade las ramas, j laforma delfo- 
llaje, están descritas también con particular predilección (38) . 
Por lo mismo que no participo, como se vé, de las per- 
sistentes preocupaciones contra la literatura china, j porque 
quizás me he detenido demasiado tiempo en estas imágenes 
de la Naturaleza, trazadas por un contemporáneo del gran 
Federico, es un deber para mí mu j imperioso, el remontarme 
á época anterior j citar el Poema de los jardines^ compuesto 
hace siete siglos j medio por el célebre estadista See-ma- 
Kuang. La major parte de los lugares que describe el au- 
tor están algo recargados de construcciones , á la manera de 
las casas de campo de la antigua Italia; pero también elogia 
un paraje solitario situado en medio de las rocas j rodeado de 
altos abetos. Admira la perspectiva que se estiende libre- 
mente por el ancho rio de Kiang, en que se reúnen gran 
número de embarcaciones, sin olvidar por esto preocupa- 



— 1>7 — 

ciones de otro género. No teme, dice, las visitas de sus 
amigos, porque si estos vienen para leerle sus versos, oirán 
también los sujos (39). See-ma-Kuang escribia hacia el 
año de 1086, cuando la poesía estaba entregada en Alema- 
nia en manos de un clero bárbaro , j no habia entrado 
aun en posesión de la lengua nacional. . 

En esta época, j aun quizás cinco siglos antes, los habi* 
tantes de la China, de la india de allende el (langes, j del 
Japón, estaban ja familiarizados con un gran número de 
vegetales. Las estrechas relaciones que mantuvieron entre 
sí los monasterios délos budhistas, influyeron en estos preco- 
ces conocimientos. Al rededor de los templos, de los claustros 
j cementerios se estendian jardines adornados de árboles 
exóticos j en donde brillaba una alfombra de flores que 
encantaba la vista por la variedad de los colores y las for- 
mas. Las plantas de la India se esparcieron enseguida por 
la China, por el reino de Corea y por la isla de Nifon. 
Siebold, cuyos escritos abrazan todas las relaciones de los 
habitantes del Japón con los pueblos estranjeros, ha seña- 
lado el primero las causas que facilitaron la mezcla de los 
vegetales en todos los paises consagrados al culto de Bu- 
dha (40). Es rnuj de notar que en otra época los monaste- 
rios cristianos debian también reunir en torno suyo las 
primeras plantas exóticas introducidas en nuestros climas. 

La riqueza de las formas vegetales ofrecidas en nues- 
tros dias al sabio como objeto de estudio y al artista como 
modelo, debe estimularnos vivamente á la investigación de 
las causas que nos han predispuesto á conocer mejor la 
Naturaleza y á mejor disfrutar su^ goces. La enumera- 
ción de estas causas tendrá su lugar en la segunda parte de 
este tomo, consagrado á la historia de la Contemplación 
del Mundo. Debiamos aquí limitarnos, bosquejando el re- 
flejo de los objetos esteriores en el interior del hombre, é 
inquiriendo el efecto que el aspecto del mundo ha producido 

TOMO It. 'i 



— 98 — 

en su sensibilidad v su razón , á señalar los medios que 
han contribuido á estender j á vivificar el estudio de la 
Naturaleza á medida que se iba perfeccionando la cultura. 
Aunque se haja dejado cierta libertad al desarrollo de las 
diversas partes, la fuerza originaria de la organización 
sujeta necesariamente la conformación de los animales v 
de las ülantas á tipos determinados que se reproducen sin 
interrupción, é imprime á cada zona de la tierra un carác- 
ter pronio que puede denominarse fisommia de la Natura- 
leza. Uno de los mas hermosos frutos de la civilización eu- 
ropea es el de haber hecho hoj posible al hombre satisfacer, 
aun en las regiones menos favorecidas, j merced á las co- 
lecciones de plantas exóticas, á la magia de la pintura de 
paisaje v al poder de la espresion pintoresca, una parte de 
los goces que va á buscar el viajero, á costa de grandes pe- 
ligros muchas veces, en la contemplación inmediata de la 
Naturaleza. 



SEGUNDA PARTE. 



ENSAYO HISTÓRICO 



SOBRE EL 



DESARROLLO PROGRESIVO 

DE I, A IDEA DEL UNIVERSO. 

La historia de la Contemplación física del Mundo es la 
historia del conocimiento de la Naturaleza tomada en su 
conjunto: es el cuadro del trabajo de la humanidad que 
intenta abarcar la acción simultánea de las fuerzas que 
obran en la tierra j en lus espacios celestes. Tiene, pues, 
por objeto esta historia la descripción de los progresos suce- 
sivos, en cuja virtud las observaciones van tendiendo á ge- 
neraHzarse mas j mas. Ocupa también un lugar en la 
historia del mundo intelectual , en tanto que la inteligen- 
cia se aplique á los objetos sensibles, al desarrollo orgánico 
de la materia aglomerada v á las fuerzas que guarda en su 
seno. 

En la primera parte de esta obra , en el capítulo sobre 
los Lííiiitesy ¡a, Es¡)OSÍcion metódica de la Descripción física 
del Mundo, creo haber hecho ver claramente la relación que 
liga á las ciencias naturales entre sí, Concretadas á la des- 
cripción del Universo, es decir, ala doctrina del Cosmos; v 
-cómo esta doctrina no puede tomar otra cosa de los conoci- 
mientos especiales, sino los materiales en que descansa su 
existencia científica (1). La historia del conocimiento del 
.mundo, cujas ideas esenciales espongo aquí, j que lia- 



— 102 — 

maré, va Mstoria del Cosmos, ja historia de ia Contem- 
plación física del Mundo, no debe confundirse con lanis- 
toria de las ciencias naturales, tal como nos la presenta 
algunas de nuestras mejores obras de Física , de Botánica 
j de Zoología. 

El mejor medio de dar una idea de la naturaleza de las 
cosas que deben tener lugar en este cuadro, es citar al- 
gunos ejemplos. A la historia del mundo pertenecen los 
descubrimientos del microscopio compuesto, del telescopio 
j de la polarización de la luz, porque han suministra- 
do los medios de conocer lo que es común a todos los 
organismos, de penetrar en los mas remotos espacios del 
cielo, j de distinguir la luz propia déla luz reflejada, es de- 
cir, de reconocer si la luz solar emana de un cuerpo sólido ó 
de lina envuelta gaseosa. Por el contrario, la enumeración 
de los ensajos que desde Hujghens nos han conducido su- 
cesivamente al descubrimiento de Arago sobre la polari- 
zación coloreada , debe reservarse para la historia de la 
Óptica. Así mismo es preciso dejar á la historia de la fitog- 
nosía ó botánica el desarrollo de los principios según 
los cuales la innumerable masa de los vegetales puede di- 
vidirse en familias; mientras que la geografía de las plan- 
tas_, es decir, la distribución local j climatológica de los 
vegetales que cubren todo el globo, comprendiendo las al- 
gas que guarnecen la cuencade los mares, forma una divi- 
sión importante en un ensavo histórico sobre el desarrollo 
de la idea del Universo. 

La observación razonada de los progresos que han po- 
dido llevar al hombre á abarcar el cuerpo de la Natura- 
leza^ no es tampoco la historia general de la cultura de la 
humanidad _, como, según acabamos de decir, no puede ser 
la historia de las ciencias naturales. Esta ojeada dirigida al 
conjunto de las fuerzas vivas de la creación, debe induda- 
blemente ser considerada como el mas noble fruto de 



— 103 — 

la civilización humana , como el supremo esfuerzo de la 
inteligencia hacia ei ohjeto mas elevado que le está permi- 
tido esperar. Sin embarg-o, la ciencia cu va idea queremos 
dar aquí no ocupa mas que un lugar determinado en la 
historia de la civilización, la cual, en efecto, deberia abar- 
car simultáneamente álos diferentes pueblos j cuanto haja 
podido contribuir, en cualquier dirección que sea^ al mejora- 
miento de su moralidad j de su inteligencia. Colocados nos- 
otros en el punto de vista menos vasto de lafísica general, no 
consideramos mas que una fase en la historia del conoci- 
miento humano; fijándonos preferentemente en los esfuer- 
zos mediante los cuales nos hemos elevado sucesivamente 
de los hechos aislados á la idea del conjunto ; deteniéndo- 
nos menos en el desarrollo de cada ciencia , que en los 
resultados susceptibles de generalización , ó que han con- 
tribuido á hacer mas exactas las observaciones , suminis- 
trando á los observadores instrumentos enérgicos. 

Ante todo, es preciso distinguir cuidadosamente los pre- 
sentimientos que anteceden á la ciencia, de la ciencia mis- 
ma. A medida que la raza humana avanza en cultura, mu- 
chas cosas pasan del primer estado al segundo, j esta trans- 
formación oscurece la historia de los descubrimientos. Bas- 
ta, por lo común, que se liguen unaá otra en el espíritu, 
las investigaciones anteriores, para sentirse animado, sin 
darse perfecta cuenta de ello , de una fuerza que guia j 
fecundiza á la facultad adiviuatriz. ¡Cuántas esplicaciones 
no se aventuraron por los Indios, los Griegos j en la edad 
media acerca del conjunto de los fenómenos físicos, espli- 
caciones que presentadas al principio^ sin prueba j mezcladas 
alas mas gratuitas hipótesis,, han sido confirmadas mas tar- 
de por una esperiencia cierta , j comprobadas científica- 
mente! No es justo acusar á la imaginación adivinadora, á 
esa actividad vivificante del espíritu que animaba á Platón, 
á Colon, á Képlero, de no haber creado nada enei dominio 



— 104 — 

de la ciencia^, como si por la lej misma de la Naturaleza 
debiera permanecer siempre estraña á la realidad de las 
cosas. 

Puesto que la historia de la Contemplación física del 
mundo es^ seg-un la hemos definido, la historia de la idea 
de la unidad aplicada á los fenómenos j á las fuerzas 
simultáneas del Universo, el método de esposicion en un 
libro de este g-énero debe consistir en la enumeración de 
los medios en cuja virtud se ha revelado sucesivamente la 
•unidad de los fenómenos. Bajo este punto de vista distingui- 
mos: l.° el libre esfuerzo de la razón elevándose al conoci- 
miento de las le jes de la Naturaleza, es decir, la observación 
razonada de los fenómenos naturales ; 2.° los acontecimien- 
tos que han ensanchado súbitamente el campo de la obser- 
vación; 3.° el descubrimiento de instrumentos propios para 
facilitar la percepción sensible , esto es , el descubrimiento 
de órganos nuevos que ponen al hombre en relación direc- 
ta con las fuerzas terrestres j con los mas apartados espa- 
cios, j multiplican las formas de la observación haciéndola 
mas penetrante. Las fases esenciales de la historia del Cos- 
mos deben determinarse según esta triple consideración. 
Afin de hacernos comprender mejor, vamos á caracterizar 
de nuevo, auxiliándonos de algunos ejemplos, la diversidad 
de medios por los cuales ha llegado la humanidad progre- 
sivamente á la posesión intelectual de una gran parte del 
Universo. Citaremos ejemplos tomados de las tres clases que 
acabamos de distinguir. 

Remontándonos á la física mas antigua de los Helenos, 
el conocimiento de la Naturaleza estaba sacado de las pro- 
fundidades de la inteligencia, j resultaba mas bien de 
contemplaciones interiores , que de la percepción de los fe- 
nómenos. La filosofía natural de la escuela jónica, está fun- 
dada en la investigación del origen de las cosas j la trans- 
formación de una sustancia única. En el simbolismo mate- 



— 105 — 

mático de Pitágoras j de sus discípulos, en sus considera- 
ciones sobre el número v la forma, descúbrese, por el 
contrario, una filosofía de la medida j de la armonía. Apli- 
cada esta escuela á buscar por todas partes el elemento 
numérico tiene (por una especie de predilección hacia las 
relaciones matemáticas que lia podido recoger en el espacio 
j en el tiempo), fijó, por decirlo así, la base sobre que 
debian levantarse nuestras ciencias esperi mentales. La his- 
toria de la Contemplación del Mundo, tal como jo la com- 
prendo, no se detiene tanto en pintar las frecuentes oscila- 
ciones entre la verdad j el error, cuanto los pasos decisivos 
que se lian dado en la senda de la verdad, v los felices es- 
fuerzos intentados para considerar en su verdadera luz las 
fuerzas terrestres V el sistema planetario. Ella nos demues- 
tra que si Platón j Aristóteles se representaban la Tierra 
sin rotación ni revolución, y como suspendida en su inmo- 
vilidad en medio del mundo, la escuela de Pitágoras, se- 
gún Filolao de Crotona, aunque no sospechase la rotación 
de la tierra, enseñaba al menos el movimiento circular que 
describe en torno del foco del mundo ó fuego central (Hes- 
tia). Hicetasde Siracusa, que se remonta por lo menos mas 
allá de Teofrasto, Heraclides de Ponto, j Ecfanto, conocian 
la rotación de la tierra ; pero Aristarco de Samos, v sobre 
todo Seleuco de Babilonia, fueron los primeros que siglo v 
medio después de Alejandro combinaron el movimiento de 
la tierra sobre sí misma, con la órbita que traza alrededor 
del sol, como centro de todo el sistema planetario. Si la 
creencia en la inmovilidad del globo reapareció en los te- 
nebrosos tiempos de la edad media, merced al fanatismo 
cristiano j á la influencia dominante del sistema de Tolo- 
meo; j si ja en el siglo VI de nuestra era Cosmas Indo- 
pleustes habia recurrido al disco de Tales, para dar una 
idea de laforma de la tierra, es justo decir también que cerca 
<ie cien años antes de Copérnico, el cardenal alemán Nico- 



— 106 — 

las de Cusa tuvo bastante valor é independencia para pro- 
clamar de nuevo el doble movimiento de nuestro planeta. 
Después de Copérnico, el sistema de Tjcho fué indudable- 
mente un paso atrás, aunque no se detuvo la marcha por 
mucho tiempo. Desde que se hubo reunido una masa con- 
siderable de observaciones exactas, á lo que contribujó po- 
derosamente él mismo T vcho, no podia tardar la verdad en 
resplandecer. Por lo que precede se ve, que el período de 
las oscilaciones en el conocimiento del mundo ha sido prin- 
cipalmente el de la adivinación j de los delirios filosóficos 
sobre la Naturaleza. 

Después de la observación directa j del trabajo del pen- 
samiento, que debian tener por efecrto inmediato el de lle- 
gar al conocimiento mas exacto de la Naturaleza, hemos 
indicado, como segunda división, los grandes acontecimien- 
tos que han podido descubrir mas espacioso horizonte á ha- 
vista de los observadores. A este número pertenecen las emi- 
graciones de los pueblos, la navegación j las espediciones 
de los ejércitos. Estos viajes son los que han puesto á los 
hombres en disposición de esplorar la superficie de la tierra^ 
de reconocer la configuración de los continentes^ la direc- 
ción de las cadenas de montañas, la elevación relativa de 
las mesetas, j los que, abriéndoles vastas comarcas, les han 
suministrado los elementos necesarios para llegar á la in- 
vestigación de las lejes generales de la Naturaleza. No es 
j)reciso en estas consideraciones históricas presentar el en- 
cadenamiento de todos los hechos; basta para la historia 
del Cosmos recordar en cada época los acontecimientos que 
mas han influido en el trabajo intelectual de la humanidad_^ 
j han permitido abarcar mejor la Naturaleza. Bajo este 
punto de vista, los acontecimientos mas considerables para 
los pueblos situados alrededor de la cuenca del Mediterrá- 
neo, son: el viaje de Coheus de Samos al otro lado de las. 
columnas de Hércules; la espedicion de Alejandro á la pe- 



~ 107 — 

nínsula de la India del lado de acá del Gano-es; la domi- 
nación de los Romanos; los progresos de la civilización árabe^ 
j el descubrimiento del Nuevo Continente. Lo que importa 
en todos estos Kechos, menos es conocerlos en sus detalles^ 
que señalar la influencia que Kan ejercido en el desarrollo 
de la idea del Cosmos, ja se trate de un viaje de descubri- 
mientos^ ja de los progresos de una lengua que llega á 
hacerse dominante por un alto grado de cultura j por las 
numerosas obras maestras que produzca, ó ja del conoci- 
miento repentinamente estendido de los monzones del Áfri- 
ca j de la India. 

Puesto que al enumerar estas diversas causas de impul- 
sión he citado el ejemplo de las lenguas, haré que resalte 
de una manera general su importancia bajo des aspectos 
muj diferentes. Consideradas aisladamente, las lenguas es- 
tendidas por vastas regiones obran como medio de comuni- 
cación entre razas separadas por largas distancias. Si, por 
el contrario, las comparamos unas con otras, si observamos 
su organización interior j los diversos grados de afinidad 
que las unen, nos hacen penetrar mas profundamente en la 
historia de la humanidad. La lengua de los Griegos, j su 
nacionalidad, tan íntimamente unida á su lengua, han 
ejercido un prestigio mágico sobre todos los pueblos que han 
tenido algún contacto con ellos (2). La lenga griega, pro- 
tegida por el imperio de Bactriana, aparece en el Asia cen- 
tral como un vehículo de la ciencia helénica, que, mez- 
clada con la índica, fué llevada diez siglos mas tarde por los 
Árabes á las regiones mas occidentales de Europa. Merced 
á la antigua lengua de los Indios j á la de los Malajos^ 
hánse establecido relaciones comerciales entre los pueblos 
esparcidos por el archipiélago del Sud-este del Asia, por las 
costas orientales del África j por la isla de Madagascar; j 
aun puede decirse con verosimilitud que revelando aquellas 
lenguas la existencia de las factorías establecidas por los Ba- 



— 108 — 

nianos de la India, fueron motivo de la audaz espedicion de 
Yasco de Gama. Las lenguas que llegaron á ser dominantes 
han ejercido una benéfica influencia en la aproximación de 
la familia humana, del mismo modo que la estension del 
cristianismo j del budhismo; por desg-racia ahogaron pre- 
maturamente otros idiomas á cujas espensas se establecian. 
Comparadas entre sí j consideradas como objetos de 
aquella Ciencia de la Naturaleza que puede aplicarse tam- 
bién á las cosas del espíritu , las lenguas agrupadas en fa- 
milias según la analogía de su estructura interior han lle- 
gado á ser un manantial precioso de conocimientos histó- 
ricos, y aun una de las mas brillantes conquistas científicas 
de los sesenta ó setenta últimos años. Siendo las lenguas 
el producto espontáneo de la inteligencia humana, nos vemos 
conducidos, al investigar los rasgos principales de su orga- 
nismo, á ese oscuro lontananza que precede á toda tradición. 
La filología comparada nos muestra cómo razas separadas 
por vastos paises pueden, sin embargo^ estar unidas entre sí 
j ser originarias de una misma región; descubriéndonos la 
'dirección v el camino de las antiguas emigraciones. Si- 
guiendo la huella de las épocas críticas de la historia de las 
lenguas, el filólogo reconoce^ en la fisonomía mas ó menos 
alterada de esos idiomas, en la permanencia .deformas par- 
ticulares ó en la descomposición v disolución del sistema 
general de las formas, cual de las razas se ha mantenido mas 
fiel á la lengua usada antes en la patria común. Estas in- 
vestigaciones acerca de los primeros caracteres del lenguaje, 
«n las cuales la especie humana está considerada como un 
organismo viviente, encuentran ancho campo á que referir- 
se en la larga cadena de las lenguas indo-germánicas que 
se estiende desde el Ganges hasta la Península Ibérica, j 
desde la Sicilia hasta el cabo Norte. El estudio de las len- 
guas comparadas históricamente nos sirve también para 
•descubrir de qué regiones se obtuvieron en el origen ciertas 



— 109 — 

producciones que desde la antigüedad mas remota han sido 
objeto de importante comercio. De este modo sabemos que 
los nombres sánscritos de géneros esclusivamente indianos, 
tales como el arroz.^ el algodón, el nardo j el azúcar, lian 
pasado á la lengua griega, v en parte á las lenguas semí- 
ticas (3). 

Estas consideraciones, esclarecidas por medio de ejem- 
plos, demuestran que el estudio comparativo de las lenguas 
j las investigaciones puramente filológicas ofrecen un po- 
deroso auxilio á los que quieren abarcar desd-e un punto 
de vista g-eneral el parentesco de la raza humana j los ra- 
dios que esta ha seguido en su marcha^ partiendo verosí- 
milmente de muchos centros distintos. Los medios raciona- 
les á que se debe el desarrollo sucesivo de la idea del Cos- 
mos , son , según esto, de naturaleza mu j diferente, á saber: 
las investigación es sobre la estructura de las lenguas; la es- 
plicacion de los documentos históricos ocultos bajo los gero- 
glíficos j los caracteres cuneiformes; el perfeccionamiento 
de las matemáticas, j sobre todo^ del cálculo analítico, tan 
poderoso para la resolución de los problemas que presentan 
la forma de la tierra, el Hujo del Océano j los espacios ce- 
lestes. A estos descubrimientos científicos se agregan, final- 
mente , los inventos materiales que nos crean en cierto 
modo órganos nuevos, dan á nuestros sentidos mas pene- 
tración, j nos ponen en relación directa con las fuerzas ter- 
restres j con los mas apartados puntos del espacio. Para 
mencionar aquí simplemente los instrumentos que forman 
época en la historia de la civilización, citaremos el telesco- 
pio j la combinación que de él se ha hecho^ muj tarde 
por desgracia, con los instrumentos de medida; el micros- 
copio compuesto, que nos proporciona el medio de seguir 
los desarrollos de la materia orgánica^ y de observar en 
los cuerpos aquella actividad eficaz, que según espresion 
de Aristóteles, es el principio de sus transformaciones; la 



— lio — 

.l)rújula, j los diferentes mecanismos aplicados á la inves- 
tigación del magnetismo terrestre; el péndulo empleado 
como medida del tiempo; el barómetro, el termómetro, los 
aparatos higrométricos j electro métricos; jpor último, el 
polariscopo, destinado á la observación de los fenómenos de 
la polarización coloreada, ja sea que la luz irradie de los 
astros, ja que esté difundida por la atmósfera. 

La historia de la Contemplación del Mundo, fundada, 
como acabo de esplicar , en la observación reflexiva de los 
fenómenos naturales, en un encadenamiento de hechos 
considerables j en los inventos que han ensanchado el 
círculo de la percepción sensible , no puede presentarse 
aquí, aun limitándose anticipadamente álos rasgos princi- 
pales, sino de una manera rápida é incompleta. Sin em- 
bargo, me lisonjeo con la esperanza de que este ligero 
bosquejo, pondrá al lector en estado de comprender más 
fácilmente el espíritu con que podria llenarse algún dia un 
cuadro tan difícil de trazar. Aquí, como en el cuadro de la 
Naturaleza que ocupa el primer tomo del Cosmos , no me 
detendré en apurar los detalles, sino en desenvolver con 
claridad las ideas generales propias á hacer luz en algunas 
de las sendas que debe recorrer el observador de la Natu- 
raleza cuando desempeñad cargo de historiador. Supondré 
conocida la serie de los acontecimientos j de las causas que 
los han producido. No haj con efecto necesidad alguna de 
referir dichos acontecimientos; basta con citarlos v señalar 
su influencia en el conocimiento progresivo del mundo. En 
tal asunto sería imposible, me creo en el deber de repetirlo, 
ser completo; v no es este, por otra parte, el objeto de 
semejante empresa. Al hacer esta declaración con el fin 
de conservar á mi libro del Cosmos el carácter único que lo 
hace posible, comprendo que me espongo de nuevo á la 
censura de los críticos^ acostumbrados á juzgar un libro, 
no tanto por lo que contiene cuanto por lo que debiera 



— 111 — 

contener, bajo su punto de vista individual. He detallado 
de intento j mucho mas las épocas remotas , que los acon- 
tecimientos recientes. Allí donde las fuentes son menos 
abundantes, es mas difícil generalizar las apreciaciones, 
V necesario para justificarlas ^ citar testimonios que no 
nueden ser conocidos de todo el mundo. Me be permitido 
también distribuir los desarrollos de una manera desigual, 
cuando he creido dar major interés á la esposicion refirien- 
do algunas particularidades. 

De la misma manera que el conocimiento del Mundo 
ha comenzado por una especie de intuición adivinatriz y 
algunas observaciones positivas sobre partes aisladas del do- 
minio de la Naturaleza, asi también creemos deber tomar 
como punto de partida, en esta narración, un espacio limi- 
tado de la tierra. Escojeremos aquella cuenca á cujo alre- 
dedor se han agitado los pueblos cu jos conocimientos han 
sido el fundamento mas real de nuestra civilización occi- 
dental, la única quizás en que no ha jan sufrido interrup- 
ción los progresos. Seguirse pueden las grandes corrientes 
que han llevado al Oeste de Europa los elementos de la ci- 
vilización j de un conocimiento mas general de la Natura- 
leza; pero es imposible reconocer en la multiplicidad de es- 
tas corrientes una fuente primitiva. Las miras profundas 
sobre el conjunto de las fuerzas naturales j el sentimiento 
de su unidad, no son el privilegio de lo que se llama un 
pueblo primitivo , denominación dada, según los sistemas 
históricos que han dominado alternativamente, ja á una 
raza semítica situada en la parte septentrional de Caldea, 
en el país de Arpaxad, (la Arrapachitis de Tolomeo) (4), ja 
á la raza de los Indios j á la de ios Iranios encerrada en el 
paísdeZend, entre el Oxo j el laxarte (5). La historia, 
en cuanto se apo ja en testimonios humanos , no reconoce 
pueblos originarios ni asiento primordial de la civiHzacion; 
no admite esa física primitiva, ni esa ciencia revelada de 



— 112 — 

la Naturaleza, que fué sofocada mas tarde por las tinie- 
blas de la barbarie y del pecado. El historiador atraviesa^ 
las capas nebulosas amontonadas por los mitos simbólicos,, 
para'Jlegar á la tierra firme en que se han desarrollado se- 
gún lejes naturales los primeros gérmenes de la civiliza- 
ción humana. En una remota antigüedad, en el límite del 
horizonte que puede descubrir la verdadera ciencia histó- 
rica^ vénse ja brillar simultáneamente, como puntos lu- 
minosos, grandes centros de cultura irradiando los unos- 
hácia los otros: el Egipto, cu jo resplandor se remonta 
por lo menos á cincuenta siglos antes de nuestra era (6); 
Babilonia, Nínive, Cachemira^ el Irán j la China, desde la 
primera colonia que de la vertiente nor-oeste de Kuen- 
lun se transportó al valle regado por el curso inferior del 
Hoangho. Esos puntos centrales nos recuerdan involun- 
tariamente las grandes estrellas que fulguran en el firma- 
mento , soles eternos de los espacios celestes cuja fuerza 
luminosa conocemos , sin poder medir , escepto un pe- 
queño número de ellos , la distancia relativa que los 
separado nuestro planeta (7). 

La hipótesis de una física primitiva revelada á la prime- 
ra raza humana^ de una ciencia de la Naturaleza propia á 
los pueblos salvajes j que la civilización no hubiera hecho 
sino oscurecer, entra en una esfera de conocimientos, ó, mas 
bien, de creencias, que debe permanecer estraña al objeto 
de este libro. Sin embargo, se encuentra ja profundamen- 
te arraigada esta creencia en los dogmas mas antiguos de la 
India,, en la doctrina de Crischna: «Es probable que la 
verdad estuviese originariamente depositada entre los hom- 
bres; pero poco á poco se adormeció j fué olvidada. El co- 
nocimiento reaparece como un recuerdo (8).» Dejamos con 
gusto indecisa la cuestión de saber si todas las razas lla- 
madas hoj salvajes se hallan efectivamente en el estado de 
rudeza natural j originaria^ ó si un gran número de entre 



— 113 — 

^llas no son , como muchas veces se ha podido conjeturar 
por la estructura de su lengua , razas convertidas en sal- 
vajes, j como restos dispersos librados del naufragio en 
que acaso pereciera prematuramente una primera civiliza- 
ción. Observando mas de cerca lo que hemos convenido en 
llamar hombres de la Naturaleza, no se descubre en ellos 
nada de esa pretendida superioridad en el conocimiento de 
las fuerzas terrestres que por amor á lo maravilloso se atri- 
buje á los pueblos no civilizados. El sentimiento confuso 
de la unidad que une entre si á todos los poderes de la Na- 
turaleza, puede indudablemente espantar la imaginación 
en el estado salvaje, pero tal sentimiento no tiene nada 
de común con los esfuerzos intentados para llegar á una 
concepción clara del conjunto de los fenómenos. Los pun- 
tos de vista verdaderamente generales sobre el mundo no 
pueden resultar sino de la observación j de combinaciones 
intelectuales, jes preciso que estén preparadas por un largo 
contacto de la humanidad con el mundo esterior. No son 
tampoco la obra de una sola raza, sino el fruto de comunica- 
ciones recíprocas j del comercio que se establece entre 
todos los pueblos, ó al menos entre gran número de ellos« 
Al pintar en el principio de este tomo el reflejo del 
mundo esterior sobre la imaginación del hombre , hemos 
buscado en la historia general de la literatura los rasgos que 
mas vivamente espresan el sentimiento de la Naturaleza. 
Otro tanto haremos en la historia de la Contemplación del 
Mundo, entresacando de la historia de la civilización los 
progresos realizados en el conocimiento del Universo. Com- 
paradas estas dos partes, no á la casualidad, sino con cono- 
cimiento de causa, tienen entre sí las mismas relaciones 
que las ciencias de que están tomadas. La historia de la 
cultura humana encierra en sí la historia de las fuerzas 
fundamentales del espíritu humano, j también la de las 
obras literarias ó artísticas en que se han manifestado 

TOMO II. 8 



— 114 — 

aquellas fuerzas siguiendo diversas direcciones. Déla mis- 
ma manera , debemos reconocer en el sentimiento vivo y 
profundo de la Naturaleza , tal como le hemos pintado^ se- 
gún la diferencia de los tiempos j de las razas, un eficaz 
estímulo para observar mas atentamente los fenómenos j 
el mundo formado por su conjunto. 

Ya hemos observado que en razón de la misma multi- 
plicidad de las corrientes que han transportado los elemen- 
tos de la ciencia de la Naturaleza j en el transcurso de los 
siglos los han repartido desigualmente por la superficie 
del globo, conviene tomar por punto de partida en la his- 
toria de la Contemplación del Mundo un solo grupo de 
pueblos, v escoger aquel donde se encuentre el germen de 
toda nuestra civilización occidental. La cultura intelectual 
de los Griegos y de los Romanos puede parecer sin duda 
alguna muj reciente si se la compara con la del Egipto, 
la China j la India; pero á despecho de las revoluciones v 
de la mezcla de las naciones invasoras, los elementos estra- 
ños que les afluyeron del Oriente y del Mediodia se han 
reproducido sin interrupción en el suelo europeo , junta- 
mente con los resultados de su civilización indígena. En 
aquellos paises en que se habian estendido numerosos co- 
nocimientos muchos miles de años antes, ó bien la barba- 
rie lo arrojó todo en las tinieblas, ó bien, conservando las 
naciones las costumbres antiguas é instituciones políticas, 
complejas é invariables como en la China, se han detenido 
por completo en la senda de las ciencias y de las artes in- 
dustriales , llegando á ser estrañas á esas comunicaciones 
de pueblo á pueblo sin las cuales no se pueden formar las 
ideas generales. Merced al desarrollo inmenso de su nave- 
gación, los pueblos europeos, v los que originarios de la 
Europa han pasado á otros continentes, se hallan presentes, 
por decirlo asi , en todas partes , mostrándose á la vez en 
los mares y en las costas mas lejanas , pudiendo amenazar 



— 115 — 

al menos las regiones que no poseen. En su ciencia, cu jo pa- 
trimonio se ha trasmitido casi sin interrupción, y en su no- 
menclatura científica, hallamos las huellas de los numerosos 
caminos átravésdeloscualespenetraron en losmismos pueblos 
importantes inventos _, ó á lo menos sus gérmenes; huellas 
que son como otros tantos jalones en la historia de la huma- 
nidad. Asi han recibido de la estremidad oriental del Asia 
el conocimiento de la dirección y declinación de la aguja 
móvil imantada; del Egipto y de la Fenicia preparaciones 
químicas, tales como el vidrio, materias colorantes anima- 
les ó vegetales, y óxidos metálicos; de la India el uso de un 
pequeño número de cifras, con la facilidad [de darlas un 
valor mas elevado en virtud del principio de jjosicion. 

Después que la civilización abandonó sus mansiones 
primeras, situadas entre los trópicos ó en las zonas sub- 
tropicales , escogió esta parte del mundo cujas regiones 
septentrionales son menos friasque las del Asia ó América, 
colocadas á iguales latitudes. El continente de Europa es 
una península occidental del Asia , y jo he esplicado ja 
cómo debe la dulzura civilizadora de su clima á esta cir- 
cunstancia, á su forma dividida j articulada, que ja celebró 
Estrabon, á su situación en frente del África que se estiende 
á lo lejos bajo el Ecuador , j finalmente , á los vientos del 
Oeste, que en contacto con una vasta estension del Océano, 
son por esta razón mas calientes en invierno (9). Las condicio- 
nes físicas de Europa han opuesto á los progresos de la civi- 
lización menos obstáculos que Asia j África, en donde vastas 
cadenas de montañas paralelas, mesetas j mares de arena 
forman límites difíciles de franquear. Partiremos, pues, para 
esponer en sus fases principales la historia de la Contem- 
plación del Mundo, del rincón de la tierra que por sus 
relaciones topográficas j su sitio en el globo ha favorecido 
mas las comunicaciones entre los pueblos j el engrande- 
cimiento de las miras cósmicas que de ellas resultaron. 



CUENCA DEL MAR MEDITERRÁNEO. 



EL MAR MEDITERRÁNEO CONSIDERADO COMO PUNTO DE PARTIDA DE 
LAS RELACIONES QUE HAN PRODUCIDO EL SUCESIVO ENGRANDE- 
CIMIENTO DE LA IDEA DEL COSMOS. — LAZO QUE LIGA ESTE MO- 
VIMIENTO CON LA PRIMITIVA CULTURA DE LOS HELENOS. — EN- 
SAYOS DE NAVEGACIÓN LEJANA HACIA EL NORDíTSTE (eSPEDICION 
DE LOS argonautas), HACIA EL SÜD (VIAJE Á OFIr), Y HACIA EL 
OESTE (descubrimiento DE COL^O DE SAMOS). 

Platón deja entrever un profundo sentimiento de la 
grandeza del mundo cuando indica en los siguientes tér- 
minos en el Phedon los estrechos límites del mar Mediter- 
ráneo (10): «Nosotros todos, los que llenamos el espacio 
comprendido entre el Phasojlas columnas de Hércules_, no 
poseemos sino una parte de la tierra, agrupados alrededor 
del mar Mediterráneo como hormigas ó ranas alrededor de 
un pantano.» La estrecha cuenca en cujas orillas hicieron 
ñorecer una brillante civilización los Egipcios, los Fenicios y 
los Griegos, ha sido el punto de partida de los aconteci- 
mientos mas considerables. De allí salieron las colonias que 
han poblado vastas comarcas en África j Asia, y las espe- 
diciones marítimas por cujo medio se descubrió todo un 
nuevo continente occidental. 

El mar Mediterráneo ha conservado en su forma actual 
la huella de una división anterior en tres cuencas cerradas 
que se limitaban entre sí (11). La cuenca del mar Egeo está 
limitada al Sud por el arco de círculo que forman, á partir 



— 117 — 

de las costas de la Caria, las islas de Rodas, de Creta j de 
Citeres (Cerigo), y que viene á morir en el Peloponeso no 
lejos del promontorio Malea. Mas al Oeste se halla el mar 
Jónico ó la cuenca de las Sirtes, que encierra la isla de 
Malta. La punta occidental de la Sicilia no dista de las 
costas de África mas que 89 miriámetros; j la súbita apa- 
rición, aunque rápidamente desvanecida, de la isla volcá- 
nica Ferdinandea, que surgió del fondo del mar en 1831, 
al Sud-oeste de las rocas calcáreas de Sciacca, atestigua un 
esfuerzo de la Naturaleza para cerrar de nuevo la cuenca 
de las Sirtes entre el cabo Grantola, el banco de Aventura 
reconocido por el capitán Smith, la isla Pantellaria j el 
cabo Bon, y para separar esta cuenca de la tercera, formada 
por el mar Tirreno (12). La cuenca del mar Tirreno recibe 
las olas del Océano que penetra á través del estrecho de Gi- 
braltar, y comprende la Cerdeña, las islas Baleares y el 
pequeño grupo volcánico de las Columbradas españolas. 

Esta división del mar Mediterráneo en tres cuencas de- 
bió contener en un principio el vuelo de los viajes de descu- 
brimientos emprendidos por los Fenicios j los Griegos; mas 
tarde, por el contrario, los ha favorecido. Los Griegos perma- 
necieron largo tiempo encerrados en el mar Egeo y en el 
de las Sirtes. En los tiempos homéricos, el continente de 
Italia era todavía tina tierra desconocida. Los Focenses fueron 
los primeros que abrieron el mar Tirreno, al Oeste de Sici- 
lia; algunos navegantes que se dirigian á Tarteso tocaron 
en las columnas de Hércules. Es preciso no olvidar que Car- 
tago estaba situado en el límite del mar Tirreno y de la 
cuenca de las Sirtes. La disposición física de las costas in- 
flujo en la marcha de los acontecimientos, en la dirección 
de los viajes y en las vicisitudes de la supremacía marítima. 
A su vez, el desarrollo del poder marítimo contribuyó á 
ensanchar el círculo de las ideas. 

La ribera septentrional del mar Mediterráneo tiene la 



— 118 — 

ventaja, señalada ja por Eratóstenes, según cuenta Estra- 
Ijon, de estar mas dividida v mas ricamente articulada que 
la costa de África. Tres penínsulas se destacan de ella: Es- 
paña, Italia y Grecia, que, cortadas por gran número de 
golfos, forman con las islas j costas vecinas estrechas len- 
guas de mar j tierra (13). Esta disposición del continente 
V de las islas que han sido separadas de él violentamente, 
ó levantadas por la fuerza de los volcanes, á lo largo de las 
grietas de que está el gloho surcado, han engendrado desde 
luego consideraciones geológicas sobre el agrietamiento de 
los terrenos, los temblores de tierra jel trasvasamiento de las 
aguas mas altas del Océano á cuencas de nivel inferior. El 
Ponto, los Dardanelos, el estrecho de Gades j el Mediterrá- 
neo con sus innumerables islas, eran muv á propósito para 
llamar la atención acerca de este sistema de esclusas natu- 
rales. El poeta que bajo el nombre de Orfeo ha cantado la 
espedicion de los Argonautas, y que verosímilmente es 
posterior á la Era Cristiana, ha recogido antiguas leyendas. 
Habla de la división de la antigua Ljctonia en islas separa- 
das, j dice cómo «Neptuno, el de la negra cabellera, irri- 
tado contra su padre Saturno, hirió á la Ljctonia con su tri- 
dento de oro.» Las imaginaciones de esta clase, aunque cier 
tamente por lo común producidas por un conocimiento im- 
perfecto de las relaciones geográficas , fueron adoptadas v 
perfeccionadas en la tan erudita escuela de Alejandría, que 
con tanta complacencia buscaba los orígenes de las cosas. 
Que el desmembramiento de la Atlántide ha ja sido en Oc- 
cidente un reflejo lejano del mito de la Ljctonia, opinión 
que creo haber espuesto en otra parte con alguna verosimi- 
litud, ó que, según Ofredo Müller, la desaparición de la 
, Ljctonia (Leuconia) designe en las fábulas de la Samotra- 
cia una gran inundación que debió invadir aquella co- 
marca , es una cuestión que no creo necesario resolí^er 
aquí (14). 



— 119 — 

Lo que ha iiabido de mas eñcuz en la influencia ejerci- 
da por la situación geográfica del Mediterráneo sobre las 
relaciones de los pueblos j sobre esta conciencia de sí mis- 
mo á que se lia elevado sucesivamente el mundo, es la 
proximidad del continente oriental , projectándose hacia 
delante por la península del Asia Menor; es el gran núme- 
ro de islas que pueblan el mar Egeo y que han sido como 
un puente arrojado al paso de la civilización (15); es, en 
fin, el largo surco escavado entre la Arabia, el Egipto j 
la Abisinia, en el cual bajo el nombre de golfo Arábigo ó 
mar Rojo, penetra el Océano Indico, separado únicamente 
por un istmo estrecho del Delta del Nilo j de las costas 
que limitan el Mediterráneo al Sud-este. Estas relaciones 
topográficas facilitaron el desarrollo del poder fenicio , j 
mas tarde del helénico; apresuraron el vuelo de las ideas, 
viéndose los recursos que el mar cfrece como elemento de 
aproximación de los pueblos. En Egipto, en las orillas del 
Eufrates j del Tigris , en la Pentapotamia india y en la 
China, en todas las comarcas donde primitivamente apare- 
ció la civilización, la vemos que sigue al curso de los gran- 
des rios que las atravesaban; no sucedió lo mismo en la 
Fenicia ni la Grecia. La actividad de los Griegos, el instin- 
to que los llevaba á todos j particularmente á la raza jó- 
nica, á las empresas marítimas, pudo satisfacerse libre- 
mente, merced á la distribución maravillosa de la cuenca 
del Mediterráneo j á las comunicaciones de este mar con 
el Océano por el Sud j el Oeste. 

El origen del golfo arábig'o formado por la irrupción 
del Océano Indico á través del estrecho de Bab-el-Mandeb, 
pertenece á la clase de los grandes fenómenos físicos que ha 
descubierto la geología moderna. El eje principal del con- 
tinente europeo está dirigido del Nord-este al Sud-oeste; 
pero esta línea corta casi en ángulo recto otro sistema de 
hondonadas, de las cuales unas han sido llenadas por las 



— 120 — 

aguas del mar, j las otras están señaladas por el levanta- 
miento de cadenas de montañas paralelas. La línea que va 
del Sud-este al Ñor- oeste en sentido inverso de la primera, 
hasta la embocadura del Elba, tiene por punto de partida 
el mar Rojo, rodeado por una j otra parte de montañas vol- 
cánicas, j se prolonga por el golfo Pérsico _, el valle com- 
prendido entre el Eufrates y el Tigris , la cadena de los 
montes Zagros en el Luristan , las montañas de la Grecia, 
las hileras de islas que guarnecen el Archipiélago , el mar 
Adriático j los Alpes calcáreos de la Dalmacia. El cruza- 
miento de estos dos sistemas de líneas geodésicas, que in- 
dudablemente proviene de las sacudidas violentas que han 
quebrantado el interior del globo en una j otra dirección, 
y de cujas líneas la que va del Sud-este al Nord-este me 
parece de origen mas reciente^ ha iufluido de la manera 
mas eficaz en la suerte de la humanidad j en las comuni- 
caciones de los pueblos (16). La situación relativa del Áfri- 
ca oriental, de la Arabia j de la península Indica, j la 
temperatura de aquellas regiones, tan variable según la 
distancia del sol en las diferentes estaciones del año , pro- 
ducen una alternativa regular de corrientes aéreas , llama- 
das monzones, que facilitan los viajes hacia el país de los 
Adramitas (regio Mjrrhifera), situado en la Arabia meri- 
dional, hacia el golfo Pérsico, la India j la isla de Cei- 
lan (17). En efecto, desde el mes de abril ó de marzo hasta 
octubre, tiempo durante el cual se halla agitado el mar 
Rojo por los vientos del Norte , reina el monzón de Sud- 
oeste en el espacio comprendido entre el Este de África j 
las costas de Malabar; mientras que en el resto del año , el 
monzón del Nord-este, favorable para la vuelta, sopla si- 
multáneamente con los vientos del Sud , desde el estrecho 
de Bab-el-Mandeb hasta el istmo de Suez. 

Después de haber descrito el lugar de la escena, dis- 
puesta de tal manera que los elementos de que se formó 



— 121 — 

1 i civilización de los Griegos j su ciencia geográfica _, de- 
bian afluir allí naturalmente de todas partes , debemos sin 
demora caracterizar á los pueblos que, situados en las cos- 
tas del Mediterráneo, podian gloriarse de una antigua j bri- 
llante cultura, es decir, á los Egipcios, á los Fenicios con 
sus colonias estendidas por el Norte j Oeste del África, y 
á los Etruscos. Las emigraciones j el comercio son las cau- 
sas que mas han influido en el desarrollo de aquellos pue- 
blos. A medida que el descubrimiento de los monumentos- 
y de las inscripciones , como el estudio mas filosófico de las 
lenguas, han ensanchado en estos últimos tiempos nuestro 
horizonte histórico, se han comprendido mejor las influen- 
cias complejas j múltiples que ejercieron sobre los Griegos 
los pueblos del Asia hasta el Eufrates, j en particular los 
Licios j los Frigios, unidos por común origen con los habi- 
tantes de laTracia. 

Según Lepsius, cu jos últimos descubrimientos, resul- 
tado de la importante espedicion que tanta luz ha derra- 
mado sobre toda la ciencia de la antigüedad (18), el valle 
del Nilo, que ha jugado tan gran papel en la historia de la 
humanidad_, contiene figuras auténticas de re jes que se re- 
montan hasta el principio déla cuarta dinastía de Manotón. 
Esta dinastía , que comprende á los constructores de las 
grandes pirámides de Giseh, Chephren ó Schafra, Cheops- 
Chufu, y Menkera ó Mencheres, comienza mas de 3,400 
años antes de la Era cristiana, veinte y tres siglos antes de 
la invasión dórica de los Heráclidas en el Peloponeso (19). 
Lepsius considera las pirámides de piedra de Dahschur, si- 
tuadas un poco al Sud do Giseh y de Sakara, como obra de 
la tercera dinastía. «Los trozos de estas pirámides, dice, 
ostentan inscripciones talladas en la piedra, pero sin nom- 
bres de re jes. La última dinastía del Antiguo Imperio, que 
acabó con la invasión de los Hjcsos, 1,200 años á lo me- 
nos antes de Homero, era la duodécima según Maneton; á. 



— 122 — 

esta dinastía pertenece Amenemiía ÍII , que construyó ei 
laberinto, hizo escavar el lago Moeris j le rodeó de fuertes 
diques al Norte y al Oeste. Después de la espulsion délos 
Hvcsos, el Nuevo Imperio comenzó con la décima octava di- 
nastía. El gran Ramsés-Meiamun (Ramsés II), fue el se- 
gundo soberano de la décima nona. Sus victorias, inmorta- 
lizadas merced á la representación que de ellas se hizo en 
piedra, fueron' referidas á Germánico por los sacerdotes de 
Tebas (20). Herodoto le conoce con el nombre de Sesostris, 
confundiéndolo verosímilmente con su padre Seti (Setos), 
conquistador casi tan belicoso j tan fuerte como Ramsés.» 

Hemos creido deber detenernos en estos detalles crono- 
lógicos, con el fin de poder establecer aproximadamente, 
luego que lleguemos al verdadero terreno de la historia, 
sincronismos entre los grandes acontecimientos del Egipto, 
de la Fenicia j de la Grecia. Así como hemos bosquejado á 
grandes rasgos la posición relativa del Mediterráneo, debe- 
mos retroceder en la sucesión de los siglos j recordar el 
adelanto de muchos miles de años que en el camino de la ci- 
vilización tomó el Egipto sobre la Grecia. De tal suerte está 
organizada la inteligencia , que no puede sin estas dobles 
relaciones del tiempo v del espacio^ formar una idea clara 
y satisfactoria de los acontecimientos históricos. 

Despertada bien pronto la civihzacion á orillas del Nilo 
por las necesidades del espíritu, por la conformación parti- 
cular del país j por las instituciones sacerdotales j políti- 
cas, aunque contenida al mismo tiempo en su desarrollo, 
impulsó á los pueblos, allá como en todas partes, á ponerse 
en contacto con las naciones estranjeras, á emprender es- 
pediciones lejanas y á fundar ciudades. Sin embargo, las 
indicaciones que nos suministran la historia y los monu- 
mentos solo atestiguan conquistas pasajeras en el Conti- 
nente V una marina poco considerable , á lo menos sí nos 
concretamos á laque propiamente pertenecia al Egipto. Esta 



— 123 — 

antigua v poderosa nación no parece haber ejercido en el 
esterior una influencia tan duradera como otras razas me- 
nos numerosas, pero mas activas. El largo trabajo de su ci- 
vilización nacional , mas provechoso á las masas que á los 
individuos, fue circunscrito á determinados límites, v de- 
hió, por lo tanto, contribuir pocoal engrandecimiento de las 
miras generales sobre el mundo. Ramsés-Meiamun,que rei- 
nó de 1388 á 1322 antes de Jesucristo, seis siglos antes de 
la primera Olimpiada, emprendió lejanas espedi clones. Re- 
corrió, según Herodoto, la Etiopía, dejando allí monumen- 
tos de los cuales los mas apartados hacia el Mediodía se en- 
cuentran, según Lepsius, en el monte Barkal; atravesó la 
Palestina de Siria, j después, pasando del Asia Menor á 
Europa, visitó á los Escitas, á losTracios, j llegó hasta Cól- 
quida j las orillas del Phaso, en donde se detuvieron este- 
nuados parte de los soldados que le acompañaron en sumar- 
cha. En opinión de los sacerdotes, Ramsés va antes de esta 
campaña habia costeado en largas naves las riberas del mar 
Eritreo jsub jugado á los pueblos que las habitan, hasta que 
adelantando mas halló un mar que no era navegable á cau- 
sa de los bajíos (21). Diodoro afirma que Sesoosis (Ramsés 
el Grande) penetró en la India hasta mas allá del Ganges, j 
trajo prisioneros de Babilonia. «El único hecho averiguado, 
añade Lepsius, en lo que se refiere á la antigua navegación 
de los Egipcios, es que no se limitaron estos al Nilo, j re- 
corrieron el golfo Arábigo. Las célebres minas de cobre si- 
tuadas cerca de Uadi-Magara, en la península de Sinaí, 
estaban ja en esplotacion en tiempo de la cuarta dinastía, 
bajo Cheops-Chufu. Hasta la sesta dinastía, las inscrip- 
ciones se estendieron en el país comprendido entre Hama- 
met j el camino de Cosseir, que une al valle del Nilo con 
la costa occidental del mar Rojo. En la época de Ramsés II 
se intentó construir el canal de Suez (22), sin duda para fa- 
cilitar las comunicaciones con la parte'de la Arabia de donde 



— 124 — 

provenia el cobre.» Empresas mas vastas fueron confiadas 
á buques fenicios, tales como el viaje de circunnavegación 
verificado por Neko II alrededor del África (611-595 antes 
de Jesucristo), viaje con frecuencia puesto en duda, j que 
á mis ojos no tiene nada de inverosímil (23). Hacia el mismo 
tiempo, un poco antes, en la época del padre de Neko, 
Psammitico (Psemetek), j algo mas tarde , después de ter- 
minada la guerra civil que perturbó el reinado de Amasis 
(Aahmes), mercenarios griegos que se establecieron en Nan- 
cratis, asentaron las bases de un comercio duradero. Des- 
de aquel momento pudieron introducirse en el país pro- 
ductos estranjeros, j el helenismo penetró poco á poco en 
el Bajo Egipto. Las influencias locales disminujeron en 
preponderancia; tendió el espíritu á emanciparse, j aquel 
germen de felicidad se desarrolló rápida j enérgicamente 
en el período durante el cual la conquista macedónica cam- 
bió toda la faz del mundo. La apertura de los puertos egip- 
cios en tiempo de Psammitico señala una era tanto mas 
importante, cuanto que el país, al menos por las costas 
septentrionales, babia permanecido cerrado largo tiempo 
en absoluto á los estranjeros, como lo está aun el Ja- 
pon (24). 

En esta enumeración de los pueblos civilizados, distintos 
de los helénicos, que Habitaron la cuenca del Mediterráneo, 
el mas antiguo asiento j punto de partida de la ciencia 
cosmológica, los Fenicios suceden á los Egipcios_, j fueron 
los mas activos intermediarios de las relaciones que se esta- 
blecieron entre los pueblos, desde el Océano Indico hasta 
las regiones occidentales j septentrionales del antiguo con- 
tinente. Limitados bajo ciertos respectos en su cultura in- 
telectual, j menos familiarizados con las bellas artes que 
con las artes mecánicas, no llevaron á sus creaciones la 
misma grandeza que los habitantes del valle del Nilo, 
dotados de una organización mas sensible. Sin embargo, 



— 125 — 

por la actividad j osadía que desplegaron en sus empresas 
comerciales, j especialmente por el establecimiento de nu- 
merosas colonias, una de las cuales sobrepujó mucho en po- 
derío á la metrópoli, contribuyeron en mas alto grado que 
todas las demás razas que poblaron las orillas del Mediter- 
ráneo, á la circulación de las ideas, á la riqueza y variedad 
de miras de que fué objeto el mundo. Usaban los Fenicios 
las medidas y pesos empleados en Babilonia (25), j cono- 
cian ademas la moneda acuñada como medio de facilitar las 
transacciones, instrumento ignorado, cosa bastante singular, 
de los Egipcios , cuja educación artística llegó á tan gran 
perfeccionamiento. Pero lo que quizás contribuyó mas á 
aumentar la influencia de los Fenicios sobre la civilización 
de los pueblos con quienes estuvieron en contacto, fué el 
cuidado que tuvieron en comunicar y estender por todas 
partes la escritura alfabética de que se servian hacia ja 
mucho tiempo. Si la leyenda de una colonia llevada por 
Cadmo á la Beocia permanece aun en su conjunto envuelta 
en las nubes de la fábula_, no por ello es menos cierto que 
los Helenos debieron el conocimiento del alfabeto, que por 
mucho tiempo denominaron caracteres fenicios, á las rela- 
ciones comerciales de los Fenicios y de los Jonios (26). Se- 
gún consideraciones recientes sobre el desarrollo de los sig- 
nos alfabéticos en la antigüedad, consideraciones que desde 
el gran descubrimiento de Champollion se generalizan mas 
cada dia, los caracteres en uso entre los Fenicios, como 
también aquellos de que se servian todos los pueblos semí- 
ticos, deben considerarse como formando un alfabeto vocal 
que traia su origen de la escritura figurada, es decir, que 
habiendo perdido las figuras su significación intelectual, 
solo eran empleadas de una manera puramente fonética y 
como signos de sonidos. Este alfabeto vocal, que según su 
naturaleza y su forma esencial puede llamarse alfabeto si- 
lábico , estaba de tal modo compuesto que podia satisfacer 



— 126 — 

todas las necesidades de la escritura y representar gráfi- 
camente todo el sistema vocal de una lengua. «Cuando la 
escritura semítica , dice Lepsius en su disertación sobre los 
alfabetos, pasó á Europa entre los pueblos indo-germáni- 
cos, que muestran una tendencia mucho mas marcada á 
distinguir claramente las vocales y las consonantes, á cu jo 
resultado debia llevarlos necesariamente la preponderancia 
del vocalismo en sus lenguas, aquellos alfabetos silábicos 
sufrieron considerables modificaciones- que tuvieron graves 
consecuencias (27).» El esfuerzo de los Griegos para descom- 
poner las sílabas fué coronado de completo éxito. Así, pues, 
la importación de los caracteres fenicios en casi todas las 
costas del Mediterráneo, y hasta en la costa Noroeste del 
Africa_, no debia únicamente facilitar las transacciones co- 
merciales y establecer un lazo común entre muchos pue- 
blos civilizados. Estendiéndose rápidamente la escritura 
alfabética , merced á su flexibilidad gráfica , estaba llamada 
á mayores resultados: ella fué el vehículo de las mas no- 
bles conquistas á que pudieron elevarse los Griegos en la 
doble esfera de la inteligencia^^j del sentimiento, de la re- 
flexión y de la imaginación creadora, conquistas que lega- 
ron á la posteridad mas remota^ como un beneficio impere- 
cedero. 

No únicamente por su mediación y por el impulso que 
comunicaron han suministrado los Fenicios nuevos elemen- 
tos á la contemplación del mundo ; sino que también en- 
sancharon en algunas direcciones particulares el círculo de 
la ciencia con sus propios descubrimientos. Su prospe- 
ridad industrial, fundada en el desarrollo de su marina 
y en la actividad con que fabricaban los habitantes de Si- 
don objetos de cristal blanco y de color, teijian las telas y 
las teñian de púrpura, los condujo, como sucede siempre, 
á progresos en las ciencias matemáticas y químicas, y so- 
bre todo en las artes de aplicación. «Eepreséntase á los Si- 



— 127 — 

donioSj dice Estrabon , como laboriosos investigadores, asi 
en astronomía como en la ciencia de los números. Prepa- 
ráronse para estas ciencias por medio del arte de la nume- 
ración V las navegaciones nocturnas , porque ambas á dos 
son necesarias al comercio j á los viajes marítimos (28).» 
Si queremos medir la estension del país que abrieron por 
primera vez los buques j las caravanas de los Fenicios, 
basta indicar las colonias establecidas cerca del Ponto- 
Euxino, en las costas de Bitinia (Pronectus j Bitlijnium), 
colonias que se remontan verosímilmente á gran antigüe- 
dad ; las Cjcladas v muchas islas del mar Egeo que fueron 
reconocidas en tiempo de Homero ; la parte meridional de 
España _, rica en minas de plata (Tarteso y Gades); el Norte 
de África, al Oeste de la pequeña Sjrte (Utica_, Hadru- 
meto j Cartago) ; las regiones septentrionales de Europa 
que producian el estaño j el ámbar (29); j por último, dos 
factorías establecidas en el golfo Pérsico (Tvlos y Aradus, 
hov islas de Baharein) (30). 

El comercio del ámbar que se obtuvo verosímilmente en 
un principio del Quersoneso címbrico, j mas tarde de las 
orillas del mar Báltico habitadas por los Estios, debe su 
primer ensanche á la osadía j perseverancia de los Feni- 
cios que navegaban á lo largo de las costas (31). El desar- 
rollo que recibió ulteriormente este comercio no carece de 
interés para la historia de la contemplación del mundo; 
hecho digno de notarse , j que demuestra cuánto puede 
influir el gusto por una sola producción lejana para es- 
tablecer entre los pueblos comunicaciones frecuentes v 
dar á conocer vastas regiones. Del mismo modo que los 
Focios de Marsella trasportaban el estaño de la Bretaña, 
atravesando la Galia hasta el Ródano, asi también pasaba 
el ámbar amarillo (electrum) de pueblo en pueblo atrave- 
sando la Germania j el país de los Celtas hasta la doble 
vertiente de los Alpes , sobre las márgenes del Pó, ó hasta 



— 128 — 

el Borjstenes, á través de laPanonia. Este comercio fué ei 
que por primera vez puso en relación las costas del mar del 
Norte con el Ponto-Euxino j el mar Adriático. 

Partiendo de Cartago, j probablemente también deTar- 
teso j de Gades, fundadas dos siglos antes, los Fenicios es- 
ploraron una gran parte de las costas Nor-oeste del África, 
j fueron bastante mas allá del cabo Bojador, aun cuando el 
rio Cretes de Hannon no pueda ser ni el Cremetes mencio- 
nado por Aristóteles en su Metereologia^ ni Gambia el moder- 
no (32). En aquellas costas estaban situadas las numerosas 
ciudades de los Sirios, cu jo número eleva á300^ Estrabon, 
y que fueron destruidas por los Farusios j los Nigricia- 
nos (33). Entre ellas estaba Cerne (la Gaulea de Dicuil, 
según Letronne), que formaba la estación principal de 
los buques j el depósito mejor provisto de toda la costa. Al 
Oeste, las islas Canarias j las Azores, que don Fernando el 
hijo de Colon tomó por las Casitérides descubiertas en otro 
tiempo por los Cartagineses; j al Norte, las Oreadas, las islas 
Feroe j la Islandia Kan llegado á ser como estaciones inter- 
mediarias páralos buques que se dirigen al nuevo continen- 
te, á la vez que marcan los dos caminos por los cuales la 
raza europea se ha puesto en comunicación con la que pue- 
bla el Norte j el centro de América. Esta consideración 
da un gran interés al problema por resolver de si los Feni- 
cios de la metrópoli, ó los de las colonias estendidas por las 
costas de la Iberia j del África (Gadeira, Cartago j Cerne) 
conocieron á Porto-Santo, Madera j las Canarias, j en qué 
época las conocieron. Puede aun decirse que esta cuestión 
importa á la historia del mundo; que en una larga cadena de 
acontecimientos se llega de buen grado al primer anillo. Es 
verosímil que ha jan transcurrido por lo menos 2,000 años 
desde la fundación de Tartesoj de Uticaporlos Fenicioshasta 
el descubrimiento de la América por la via del Norte, es de- 
cir, hasta el paso de Erich Rauda ala Groenlandia, que fue 



— 129 — 

inmediatamente seguido de viajes marítimos prolongados 
hasta la Carolina del Norte. Es preciso contar 2,500 hasta 
la espedicion de Colon, que se dirigió á América por el Sud- 
oeste, partiendo de un punto próximo á la antigua ciudad 
fenicia deGadeira. 

Si deseando dar á las ideas el grado de generalidad que 
exige asunto semejante, he señalado el descubrimiento de 
un grupo de islas situado á 31 miriámetros de la costa de 
África, como formando el primer eslabón de una larga 
serie de esfuerzos regularmente dirigidos , no se trata 
aquí de una ficción imaginada por los pueblos para satisfa- 
cer el amor á lo maravilloso. No hablo del Elíseo ó de las 
islas de los Bienaventurados que, situadas en el Océano á 
la estremidad de la tierra, están calentadas por los últimos 
rajos del sol. Complacíase la imaginación en colocar en un 
lontananza indefinido todos los goces de la vida j las pro- 
ducciones mas preciosas de la tierra (34). Esta comarca 
ideal, este mito geográfico del Elíseo, fue retrocediendo 
hacia el Oeste mas allá de las columnas de Hércules, á me- 
dida que se estendió entre los griegos el conocimiento del 
Mediterráneo. Estas no son verosímilmente nociones exactas 
sobre el globo, ni los descubrimientos de los Fenicios, cuja 
época fija no podemos determinar, la ocasión de esta le- 
jenda ; no se hizo mas que aplicarla posteriormente á una 
región real. El descubrimiento geográfico sirvió únicamen- 
te para dar cuerpo á las imágenes de la fantasía, suminis- 
trándolas una especie de suhstratum. 

Con ocasión de estas islas deliciosas, que no son otras que 
las Canarias, los escritores posteriores, tales como el compi- 
lador desconocido que compuso la colección de Cuentos Ma- 
ravillosos atribuida á Aristóteles j utilizó el Timeo, ó mas 
bien Diodoro de Sicilia, mas esplícito en este asunto, refie- 
ren la tempestad que produjo accidentalmente el descubri- 
miento. «Buques fenicios j cartagineses, dice Diodoro, que 

TOMO II í) 



— 130 — 

se dirigían hacia los establecimientos fundados j-d en esta 
época en la costa de Libia, fueron arrastrados en plena mar.» 
Este accidente debió ocurrir en el primer periodo del po- 
derío marítimo de los Tirrenos, al principio de la lucha en- 
tre los Pelasgos de la Tirrenia j los Fenicios. Estacio Se- 
boso j el rej de Juba Numidia, fueron los primeros 
que dieron nombre á cada una de esas islas; pero por des- 
gracia los nombres no eran cartagineses, aun cuando se es- 
cogieron según noticias sacadas de libros cartagineses. De 
que Sertorio, arrojado de España después de la ruina de 
su flota, quiso refugiarse con los sujos «hacia un g-rupo 
compuesto únicamente de dos islas v situado en el Atlán- 
tico á 10,000 estadiosal Oeste de la embocadura del Betis,» 
háse congeturado que Plutarco alude en su narración 
á las dos islas de Porto-Santo y de Madera , que Plinio 
designa claramente bajo el nombre de Purjmraria (35). La 
violenta corriente que mas allá del estrecho de Gibraltar va 
del Nor-oeste al Sud-este, pudo impedir por mucho tiempo 
á los navegantes que costeaban el litoral el descubrimiento 
de estas islas, las mas apartadas del continente, j de las 
cuales la mas pequeña, Porto-Santo, no se halló poblada 
hasta el siglo XV. La redondez de la tierra se oponia á que 
pudiera ser vista de los buques fenicios que flanqueaban la 
costa, la cima del gran volcan de Tenerife, ni aun mediante 
una fuerte refracción; pero podia serlo, según mis propias 
observaciones, desde las alturas medias que rodean al cabo 
Bojador, especialmente durante las erupciones j merced al 
reflejo de los vapores suspendidos sobre el volcan (36). 
Asegúrase en Grecia, que en tiempos mas próximos á los 
nuestros han podido apercibirse las erupciones del Etna 
desde las alturas del Monte Taygetes (37). 

Al enumerar los elementos que contribujeron á ensan- 
char el conocimiento del mundo j afluyeron seguidamente á 
los Griegos de los diferentes puntos del mar Mediterrá- 



— 131 — 

neOj hemos seguido á los Fenicios j á los Cartagineses en 
sus relaciones con las comarcas del Norte de donde sa- 
caban el estaño y el ámbar, j en los establecimientos que 
formaron cerca de las regiones tropicales en las costas oc- 
cidentales de África. Réstanos recordar el viaje marítimo que 
hicieron los Fenicios hacia el Sud, j que terminó mas allá 
del trópico de Cáncer, en el mar Prasódico j el mar Indico, 
á 742 miriámetros de Cerne y del Cuerno occidental de 
Hannon. Permitido es conservar algunas dudas acerca de la 
situación de lospaises que producian el oro, de aquellas re- 
giones lejanasdesignadas con los nombres de Oíir v deSupa- 
ra; puede indistintamente suponerlas colocadas en la costa 
occidental de la península índica , ó en la costa oriental de 
África. Es incontestable por lo menos que la raza semítica, 
raza activa, esencialmente propia para el papel de interme- 
diaria, j desde luego en posesión del alfabeto, iba á buscar 
las producciones de los climas mas diversos, desde las islas 
Casitérides hasta el Sud del estrecho de Bab-el-Maudeb, j 
muj adentro en las regiones tropicales. El pabellón tirio flo- 
taba al mismo tiempo cerca de las costas de la Bretaña j en 
el Océano Indico. Los Fenicios tenían factorias en los puer- 
tos de P]lath j de Aziongaber, situados en la estremidad sep- 
tentrional del golfo Arábigo, asi como también en el golfo 
Pérsico en Aradus jenTjlos, donde, según Estrabon, 
existian templos cuja arquitectura recordaba la de los tem- 
plos edificados á orillas del Mediterráneo (38) Tampoco debe 
olvidarse el comercio de las caravanas que los Fenicios envia- 
ban para traer las especias j los perfumes , y que llegaban 
mas allá de Palmira, á la Arabia-Feliz j á la ciudad caldea 
ó nabatea de Gerrha, en la costa occidental del golfo Pérsico. 
Las espediciones emprendidas juntamente por los Is- 
raelitas y los Tirios bajo la dirección de Salomón y de Hi- 
ram, partieron de Aziongaber, pasando, á través del estre- 
cho de Bab-el-Mandeb, al país de Ofir (Opheir , Sonhir^ 



— 132 — 

Sophara, S apara, según la forma sánscrita dada por Tolo- 
meo) (39). Salomón, muj aficionado al lujo, hizo construir 
una flota en las orillas del Mar Rojo, á cujo objeto Hiram 
le dio hábiles marineros de la Fenicia , j buques tirios que 
hacian ordinariamente el viaje de Tarschich (40). Las mer- 
cancías traidas de Opr consistían en oro, plata, madera de 
sándalo (algummin) , piedras preciosas , marfil, monos 
(kophim) j pavos reales (thukkiim). Los nombres de estas 
mercancías no son hebreos sino indios. (41). Según las in- 
geniosas investigaciones de Gesenio, deBenfejjdeLassen, 
€s estremadamente verosímil que los Fenicios , familiariza- 
dos desde luego con los monzones periódicos , merced á las 
colonias que habian establecido en el golfo Pérsico j á sus re- 
laciones con los habitantes de Gerrha, visitaron la costa occi- 
dental de la península de la India . Cristóbal Colon estaba mu j 
persuadido de que la tierra deOfir(el Eldoradode Salomón) 
j el monte Sopora formaban parte del Asia oriental, del Cher- 
smiesus áurea de Tolomeo (42) . De tal manera parece difícil 
representarse la península de la India de la parte de acá del 
Oanges como una mina fecunda de oro, que en mi sentir 
no debemos preocuparnos nada de las hormigas huscadoras 
de oro , ni de la fragua descrita claramente por Ctesias, en 
la cual, según su narración, se fundiaálavez el oro v el hier- 
ro (43) . No es tampoco importante el determinar de una mane- 
ra exacta la comarca á que deben referirse aquellas observacio- 
nes. Basta para esplicar la confusión de Ctesias que nos fijemos 
en la pequeña distancia que existe entre la parte meridional 
de la Arabia j la isla de Dioscorides , habitada por colonos 
indios (entre los modernos Diu Zokotora , alteración del 
nombre sánscrito Dvipa Sukhatara), que recordemos tam- 
bién que cerca de allí, en la ribera oriental del África, está 
la costa de Sofala, adonde las olas depositan oro. La Arabia v 
la isla de Zokotora, al Sud-este del estrecho de Bab-el-Man- 
deb, formaban, para el comercio reunido de los Fenicios v 



— 133 — 

(le los Judíos, apostaderos intermediarios entre la india y 
el Este del África. Desde la mas remota antigüedad se esta- 
blecieron algunos Indios en esta región , tan cercana á las 
costas de su patria, j los navegantes que hacian el viaje 
de Ofir podian encontrar en la cuenca del Mar Rojo j del 
mar Indico otros manantiales de oro amas de la misma India. 

Menos apta que los Fenicios para el papel de mediado- 
ra entre los pueblos, la raza sombría j severa de los Etrnscos 
hizo también menos para ensanchar la esfera de los conoci- 
mientos geográficos. Bien pronto se mostró sometida ala in- 
fluencia griega de los Pelasgos de Tirrenia, que se babian 
estendido por todas las costas como un torrente desbordado. 
Los Etruscos hicieron muv considerable comercio con los 
paises que producian el ámbar; atravesaban el norte de Ita- 
lia, pasaban los Alpes por el camino Sagrado^ colocado bajo 
la protección común de todas las tribus que habitaban las 
cercanías, j llegaban de este modo hasta aquellas apartadas 
regiones (44). Los Rasenas de Retia, tronco originario de 
los Etruscos, descendieron casi por el mismo camino á las 
orillas del Pó, j aun mas lejos hacia elSud.Lo que nos im- 
porta sobretodo, según el punto de vista desde donde de- 
bemos colocarnos para abarcar los resultados mas generales 
j mas duraderos, es la influencia que la vida pública de 
los Etruscos ejerció sobre las mas antiguas instituciones de 
Roma jpor lo tanto sobre toda la vida romana. Puede decirse 
que esta influencia no ha cesado de obrar políticamente has- 
ta aquí, j que aun se trasluce en algunas manifestacio- 
nes secundarias j remotas. La Etruria ha acelerado, con 
efecto , por medio de la civilización" romana , la civilización 
de toda la humanidad , ó cuando menos le ha impreso du- 
rante una larga serie de siglos el sello de su carácter (45). 

Es un rasgo propio de la raza etrusca j que merece se- 
ñalarse de una manera especial, el de su disposición á fami- 
liarizarse íntimamente con ciertos fenómenos naturales. La 



— 134 — 

adivinación, de cu jo cuidado estaba encargada la casta sa- 
cerdotal elegida entre los caballeros, daba ocasión de estu- 
diar diariamente las variaciones metereológicas de la atmós- 
fera. Los Observadores de ¡os relmijiagos (fulguratores) se 
ocupaban en investigar su dirección , como también los 
medios de atraerlos ó alejarlos (46) . Distinguian escrupulo- 
samente los relámpagos que partían de ia alta región de las 
nubes de los Relrmijoagos terrcsires de Saturno^ es decir, 
de los que Saturno, divinidad de la tierra, lanzaba de aba- 
jo á arriba (47); diferencia que la física moderna no ba es- 
timado indigna de una particular atención (48). Merced á 
estas observaciones, se tenian noticias oficiales v diarias 
sobre las tormentas. El arte ejercida también por los 
Etruscos, de hacer caer la lluvia (aqu'tplicium) ó de hacer 
brotar manantiales ocultos, suponía en los Aquileges un 
profundo estudio de todos los indicios naturales que sirven 
para reconocer la estratificación de las rocas j las desigual- 
dades del suelo. Así, Diodoro alaba á los Etruscos por la cu- 
riosidad con que se entregaban á la investigación de las le- 
jes de la Naturaleza. A su elogio añadiremos, que la 
poderosa casta sacerdotal de los Tarquinios dio el raro ejem- 
plo de protejer las ciencias físicas. 

Antes de llegar á los Helenos, á esa raza tan felizmen- 
te dotada, en cuja cultura ha echado profundas raices la 
cultura moderna, j cujas tradiciones han contribuido en 
mucho á formar la idea que podemos tener de las prime- 
ras nociones difundidas sobre los pueblos j sobre el mundo, 
hemos indicado como asientos originarios de la civilización 
el Egipto, la Fenicia j la Etruria. Hemos considerado la 
cuenca del Mediterráneo en su configuración propia j en su 
situación relativa, investigando la influencia de estos acci- 
dentes j de estas ralaciones en el comercio que se estable- 
ció entre las costas occidentales del África, las regiones del 
Norte, el o-olfo Arábig-o y el Océano Indico. En níno-un lu£>-ar 



— 135 — 

de la tierra ha estado sometido el poder á mas alternativas, m 
sufrido mas cambios la vida real por los progresos de la inte- 
ligencia. El movimiento se propagó j mantuvo por los Grie- 
gos y los Romanos^ especialmente luego que los Romanos 
destruyeron en los Cartagineses los últimos restos del pode- 
río fenicio. Lo que se llama principio de la historia no es 
otra cosa que la conciencia de sí propias, que viene á des- 
arrollarse en las generaciones ulteriores. Ventaja es de nues- 
tro tiempo que el horizonte del historiador se ha ensanchado 
dediaen dia merced á los brillantes progresos de la filología 
comparada, aun estudio mas curioso j auna interpretación 
mas segura de los monumentos , j á que las capas super- 
puestas de los primeros siglos al fin se descubren á nuestra 
vista. Además de los pueblos cultos que habitaban las ori- 
llas del Mediterráneo, otros muchos dejaban ver también 
raso'os de una antio^ua civilización. Tales son, en el Asia 
Menor, los Frigios j los Licios ; j en la estremidad oc- 
cidental del globo, los Túrdulos j los Turdetanos (49). 
Estrabon dice de estos pueblos: «Son los mas civilizados de 
los Iberos; están familiarizados con la escritura j tienen 
libros que se remontan á una alta antigüedad. Poseen tam- 
bién poesías j lejes redactadas en verso, que datan, según 
ellos, de seis mil años.» Me he detenido en este ejemplo 
con el fin de indicar qué parte de la antigua civilización, 
aun entre las naciones europeas, ha desaparecido sin de- 
jar señal alguna: j cuan estrecho es el círculo en que per- 
manece encerrada para nosotros la historia antigua de la 
contemplación del mundo. 

Mas allá de los 48° de latitud, al Norte del mar de Azof 
V del mar Caspio, entre el Don, el Volga, que corre á poca 
distancia, y el Jaik, en el sitio en que este rio sale de la 
parte meridional del Ural , rico en minas de oro, la Eu- 
ropa V el Asia^ están por decirlo asi , confundidas la una 
en la otra por vastas laudas. Herodoto, v también Fuérides 



— 136 — 

de Sjros, consideran la Escitia, es decir, todo el Norte del 
Asia que hoj forma la Siberia , como dependiente de la 
Sarmacia de Europa, j como perteneciente á la Europa mis- 
ma (50). Verdad es que nuestro continente está separado al 
Sud del continente asiático por límites perfectamente marca- 
dos; pero la península del Asia Menor, gracias á su avanzada 
situación, j el archipiélago del mar Egeo, arrojado con sus 
mil articulaciones como un puente de pueblos entre dos 
partes del mundo, han abierto un fácil paso á las razas, alas 
lenguas j á la civilización. El Asia Menor ha sido en 
todo tiempo el gran camino militar de los pueblos que han 
emigrado del Oriente al Occidente ; como la parte nor-oeste 
de la Grecia era el délas razas invasoras de la Iliria. Las is- 
las del mar Egeo, cuja soberanía se repartían los Fenicios, 
los Persas y los Griegos, fueron el lazo que sirvió para unir 
el mundo griego con las regiones lejanas del Oriente. 

Cuando el imperio frigio fué incorporado al reino de Li- 
'dia, j la Lidiaá la Persia, las ideas de las poblaciones grie- 
gas del Asia j de la Europa se engradecieron al mezclar- 
se. A consecuencia de las espediciones de Cam bises j de 
Darío, hijo de Hjstaspes, la dominación de los Persas se 
estendió desde Cirene j el Nilo hasta las fértiles orillas del 
Eufrates j el Indo. Un griego, Scjlax de Carjanda, fue- 
encargado de esplorar el curso del Indo, partiendo de la 
ciudad de Caspapjra, en el antiguo reino de Cachemira, j 
siguiendo el rio hasta su embocadura (51). Las comunica- 
ciones de los Griegos con algunos puntos del Egipto, tales 
como Naucratis v el brazo pelusiaco del Nilo, eran ja ac- 
tivas antes de la conquista de los Persas, en los reinados de 
Psammitico j de Amasis (52). Estas diversas relaciones 
decidieron á un gran número de Griogos á abandonar el 
suelo natal, no solamente por el deseo de fundar colonias 
apartadas, sino que también para ir en calidad de mer- 
cenarios á formar el núcleo de ejércitos estranjeros en 



— 137 — 

Cartag-o, Egipto^ Baijilonia, Persia j Bactriana (53)» 
Mirando mas profundamente el carácter individual j 
nacional de las diferentes razas gTÍegas(54), se ha visto que 
si entre los Dorios, j en parte entre los Eolios, predomi- 
na un natural severo, algo de esclusivo j concentrado, 
en la raza mas espansiva de los Jónios se agitaba den- 
tro j fuera una vida movible, continuamente despierta 
por la necesidad de obrar j el deseo de conocer. Entregada 
á las impresiones de su sensibilidad^ alimentando su ima- 
ginación con el encanto de la poesía jde las bellas artes, la 
raza jónica llevó á todas las colonias por donde hubo de es- 
tenderse el germen bienhechor de un perfeccionamiento 
indefinido. 

El aspecto físico de la Grecia ofrece el atractivo parti- 
cular de una comarca continental j marítima á la vez. La 
riqueza de contornos en que se funda este doble beneficio 
debió engendrar desde muj temprano en los Griegos .la afi- 
ción á la navegación, á un comercio activo j á frecuente-s 
comunicaciones con los pueblos estranjeros. La preponde- 
rancia marítima de los Cretenses j de los Rodios fue se- 
guida de las espediciones emprendidas ante todo con miras 
de rapiña j de piratería , por los Samios , Focios , Tafios 
y Thesprotas. El alejamiento de la vida marítima que 
revelan los poemas de Hesiodo , ó arranca solo de una dis - 
posición personal, ó se esplica por la timidez j la inespe- 
riencia náuticas que debieron retener á los pueblos de la 
Grecia continental en el momento en que comenzaba la 
obra de su civilización. Por el contrario^ las primitivas le- 
yendas y los mas antiguos mitos hacen siempre referen- 
cia á viajes lejanos ó á alguna espedicion marítima, como 
si la imaginaci(m aun juvenil de la raza humana se com- 
placiera en la oposición de las creaciones ideales con una 
estrecha realidad. De aquí han nacido las espediciones de 
Baco v de Hércules , adorado en el templo de Gades bajo el 



— 138 ~ 

nombre de Melkarth, los viajes* de lo (So), las peregrina- 
ciones de Aristeas que seguian á sus resurrecciones suce- 
sivas, j lasde Arbaris, el taumaturgo de las regiones hi- 
perbóreas , que atravesaba el aire en una flecha, figura 
simbólica bajo la cual se ha creido reconocer una brúju- 
la (56). En los viajes de este género, los acontecimien- 
tos y las observaciones cosmológicas son un reflejo los 
unos de los otros; la historia legendaria de aquellos tiem- 
pos se amolda al progreso de las ideas. Si ha de creer;-;e 
á Aristónico , Menelao debió dar la vuelta al África regre- 
sando del sitio de Troja , 500 anos antes de Neko , v na- 
vegar desde Gades hasta las Indias (57). 

En el periodo que nos ocupa, es decir, en la historfá de 
la Grecia anterior á la conquista macedónica, tres aconteci- 
mientos han contribuido especialmente á engrandecer la idea 
que los Griegos se formaban del mundo; json: las tentati- 
vas hechas ¡mra penetrar al Este j al Oeste, partiendo del 
Mediterráneo, j el establecimiento de numerosas colonias 
desde el estrecho de Gades hasta las costas del Nord-este del 
Ponto-Euxino; colonias que por los variados resortes de su 
constitución política estaban mejor preparadas al desarrollo 
de la cultura intelectual que las de los Fenicios y Cartagi- 
neses , esparcidas por el mar Egeo, la Sicilia, la Iberia, 
por el Norte v Oeste del África. 

El esfuerzo hecho para penetrar hacia el Este , que data 
próximamente de doce siglos antes de nuestra era, 150 años 
después de Ramsés-Meiamun (Sésostris), esdesignada, his- 
tóricamente hablando , con el nombre de Esi^edicÁon de los 
Argonautas á Cólquida. Este acontecimiento real, pero en- 
vuelto en ficciones, es decir, mezclado de circunstancias 
ideales, nacidas en la imaginación de los pueblos, no es 
otra cosa, reducido á su significación mas sencilla , que la 
realización de una empresa nacional, destinada á abrirse paso 
en el inhospitalario Ponto-Euxino. La fábula de Prometeo 



— 139 — 

j- la libertad del Titán inventor del fueg-o, prediclia para 
la época en que Hércules habia de visitar el Oriente, la 
ascensión del Cáucaso por ia ninfa lo , partiendo del valle 
del Hjbristes (58), los mitos de Frixo j de Helle, todo 
indica esta dirección constante, y señala el deseo de pene- 
trar en el Ponto-Euxino , á donde ja se habian aventurado 
anteriormente algunos navegantes de la Fenicia. 

A.ntes de las emigraciones dórica y cólica, los Min- 
jos^ potencia marítima, tenian ja una rica metrópoli en ia 
ciudad beótica de Orcomeno, situada cerca de la estremi- 
dad septentrional del lago Copáis. Los Argonautas, sin em- 
bargo, partieron para su espedicion de lolcos, capital de los 
Minjos de la Tesalia, en el golfo Pagasético. La comarca 
que fue el término de la empresa se ha descrito diversa- 
mente, según las épocas. Cuando no se la quiso ja referir 
á la remota é indeterminada región de ^Ea , se liá fijado el 
lugar de la escena en la embocadora del Faso, hov el Rion, 
j en la Cólquida, asiento de una antigua civilización (59). 
Los viajes de los Milesios, j sus numerosas colonias es- 
parcidas por las costas del Ponto-Euxino, proporcionaron 
un conocimiento mas exacto de las riberas oriental j sep- 
tentrional de dicho mar. Merced á sus esploraciones, la 
parte geográfica de aqUv3llos mitos tomó contornos mas 
distintos , produciéndose al mismo tiempo una serie im- 
portante de nuevos descubrimientos. Durante mucho tiem- 
po_, no se habia conocido mas que la costa occidental del 
mar Caspio, considerada por Hecatea como la costa del gran 
mar que envuelve el mundo por el Oriente (60). El vene- 
rable padre de la Historia, Herodoto, fue el primero que 
enseñó que el mar Caspio es un estanque cerrado por todas 
partes; verdad que fué debatida aun 600 años después de 
él^ hasta el advenimiento de Tolomeo. 

Un vasto campo se abrió también á ia etnografía 
cuando se penetró en ia parte Nord-este del mar Negro. 



— 140 — 

Asombró la diversidad de las lenguas (61), j se sintió vi- 
vamente la necesidad de hábiles intérpretes, primer recur- 
so de la ignorancia, é instrumentos groseros aun de la filo- 
logia comparada. También por entonces los que bacian el 
comercio recíproco, partieron del Palus Meotides, cu ja es- 
tension se exageraba mucho , avanzando á la casualidad en 
las estepas habitadas hoy por los Khirguisos de la Horda 
Media ^ á través de una serie de tribus de Escitas Escolo - 
tos á quienes tengo por de la raza indogermánica (62), 
desde los Argipeos j los Isedones hasta los Arimaspes, po- 
seedores de ricas minas de oro en la verviente septentrio- 
nal del Altai (63). Allí era donde estaba situado el antiguo 
imperio de los Grifones , en el cual tuvo origen el mito 
metereológico de los Hiperbóreos que se estendió muj lejos 
hacia el Occidente, siguiendo la huella de Hércules (64). 
Es de suponer que la parte del Asia septentrional antes 
indicada, j nuevamente célebre en nuestros diasporlos la- 
vaderos de oro de la Siberia, llegó á ser para los Griegos, 
como el oro que en tiempos de Herodoto reunieron las razas 
góticas de los Mesagetas, manantial importante de riquezas 
V de lujo, debido á las relaciones establecidas con el Ponto- 
Euxino. Yo coloco estas minas entre los grados 53 j 55 de 
latitud. Respecto de la región de las arenas de oro, cu va 
existencia revelaron á los viajeros los Daranas_, Dardos ó 
Derdos mencionados en el Mahahharata y en los frag-men- 
tos de Megastenes, j á la cual se ha referido la fábula tan 
conocida de las hormigas gigantescas, por la casualidad 
del doble sentido que ofrece el nombre de estos anima- 
les (65) , debemos colocarla mas al Mediodía hacia los para ■ 
lelos 35 ó 37. Seg-un dos combinaciones igualmente po- 
sibles, coincide ó con la parte montañosa del Tibet, si- 
tuada al Este de la cadena de Bolor , entre el Himalaja y 
el Kuen-Lnn, y al Oeste de Iskardo, ó bien con la comar- 
ca que se estiende al Norte de Kuen-Lun , frente al de- 



— 141 — 

sierto de Gobi , donde también se encontraba aquel metal 
aurífero seg-un las observaciones exactisimas del viajero 
Chino Hiuen-Thsang , que vivia á principios del si- 
glo VII de nuestra era. ¡Cuánto mas accesible no debia 
ser á las colonias milesias de la costa Nord-este del Ponto- 
Euxino el país, igualmente rico bajo este aspecto , de los 
Arimaspes j de los Mesagetas ! He creido muj del caso, 
indicar en la Historia de la Contemplación del Mundo, 
todos los resultados importantes j duraderos que pudieron 
obtenerse de la apertura del mar Negro, v los primeros 
esfuerzos de los Griegos para penetrar en las regiones 
orientales . 

La emigración dórica j la vuelta de los Heraclidas al 
Peloponeso , grandes acontecimientos que renuevan la faz 
de la Grecia, caen próximamente siglo v medio después 
de la espedicion semi-histórica semi-fabulosa , de los Ar- 
gonautas, es decir, después que el Ponto-Euxino llegó 
á* ser accesible al comercio j á la navegación de los Grie- 
gos. Esta emigración , juntamente con el establecimien- 
to de nuevos Estados j de nuevas constituciones, fue 
ocasión j punto de partida del sistema colonial que señala 
un período importante de la vida helénica , j por favorecer 
la cultura intelectual, contribu jó mas que ninguna otra 
causa á agrandar la idea del mundo. Las colonias son las 
que^ propiamente hablando, han unido mas íntimamente el 
Asia j la Europa; las griegas formaban una cadena que 
se prolongaba desde Sinope, Dióscurias j Panticapea. en 
el Quersoneso Táurico, hasta Sagunto v Cjrene, que 
tenia por metrópoli á Thera , donde jamás la lluvia refres- 
caba la tierra. 

Ningún otro pueblo de la antigüedad presenta una 
reunión de tantas j por lo general tan poderosas colonias; 
cierto es, que desde la fundación de las primeras colonias 
cólicas, entre las cuales brillaron Mitilena v Esmirna, 



— 142 — 

hasta las de Siracusa, Cretona v Cjrene, no trascurrie- 
ron menos de cuatro á cinco siglos. Los Indios j los Mala- 
jos no hicieron sino ensajar la fundación de algunos mo- 
dernos establecimientos en la costa oriental del África, en 
Zokotora (Dioscorides), j en el Archipiélago del Asia me 
ridional. Es verdad que los Fenicios estendieron sus colo- 
nias sobre mas vasto espacio aun que los Griegos , puesto 
que se esparcían, aunque con grandes intervalos, desde el 
golfo Arábigo hasta Cerne, en la costa occidental del África; 
su sistema de colonización, era además muj perfecto. Ja- 
más metrópoli alguna dio nacimiento á una colonia que 
haja practicado á la vez con tanto poder j actividad como 
Cartago el comercio j la conquista. Cartago, sin embargo, 
á pesar de su grandeza, quedó siempre, en cuanto á cultu- 
ra intelectual j genio artístico, muj por bajo délas colo- 
nias griegas^ dedicadas á cultivar las mas nobles formas 
del arte, á que supieron dar eterno esplendor. 

No olvidemos que un gran número de ciudades grie- 
gas prosperaban al mismo tiempo en el Asia Menor, en 
el mar Egeo , en la Italia meridional j en la Sicilia ; que 
Mileto j Marsella fundaban, como Cartago, otras colonias 
á su vez; que Siracusa, en el apogeo del poder, combatía 
contra Atenas j contra los ejércitos de Annibaljdex\mil- 
car; que Mileto, después de Tiro j Cartago, fue mucho 
tiempo la ciudad comercial mas importante del mundo. 
Asi, un pueblo frecuentemente agitado por disturbios in- 
teriores, derramaba no obstante la vida , fuera de su seno, 
á fuerza de actividad, j merced á su prosperidad crecien- 
te, depositaba por do quiera los fecundos gérmenes de que 
debia renacer la civilización nacional. La comunidad de 
lengua j de religión enlazaba los miembros dispersos de 
aquel cuerpo , que formaban otros tantos intermedia- 
rios por donde la pequeña metrópoli helénica penetraba 
en los vastos círculos en que se agitaba la vida de los restan- 



— 143 ~ 

tes pueblos. El helenismo admitió asi eu su seno elementos 
estraños , sin sacrificar jamás la grandeza ni la originalidad 
de su carácter. No cabe duda, sin embargo, que un contac- 
to directo con el Oriente v con el Egipto, por mas de cien- 
años antes de que este imperio cajera bajo la dominación 
de los Persas, debió ejercer sobre Grecia una influencia 
mas duradera que las colonias tan debatidas j misteriosas 
llevadas de Sais por Cecrops, de la Fenicia por Cadmo j 
de Cbemmis por Danao. 

Lo que distingue á las colonias griegas de todas las 
demás, especialmente de las colonias inmóviles de la Fe- 
nicia_, y lo que ha impreso á su organización un se- 
llo propio, es la individualidad j las diferencias origina- 
rias de las razas de que se componia la nación. Habia en 
las colonias griegas, como en todo el mundo helénico, una 
mezcla de fuerzas, de las cuales las unas tendian á la sepa- 
ración j á la aproximación las otras. Esta oposición pro- 
dujo la diversidad en las ideas j en los sentimientos , oca- 
sionando diferencias en la poesía j en el arte rítmica, si 
bien mantuvo por todas partes aquella plenitud de vida en 
la que todo lo que parece enemigo se apacigua j recon- 
cilia, por virtud de una armonía mas general j elevada. 
Aunque las ciudades de Mileto , de Efeso j de Colo- 
fón fuesen jónicas, dóricas las de Cos, Rodas j Halicarna- 
so, j aquéaslas de Crotona j Libaris, en medio de aquella 
cultura tan variada, y aun en la Oran Grecia donde vivian 
reunidas colonias de tribus diferentes^ el poder de los 
poemas homéricos, de aquella palabra que respira un en- 
tusiasmo tan profundo j verdadero^ armonizaba todos los 
ánimos por el encanto que sobre ellos ejercía. A pesar de 
los contrastes sorprendentes que ofrecían las costumbres y 
las constituciones de los diversos Estados, y á pesar de la 
movilidad del espíritu griego, el helenismo se mantuvo 
constantemente en toda su integridad; pudieudo considerar- 



— 144 — 

se como propiedad de toda la nación , aquel vasto imperio 
de ideas j de tipos artísticos , en cuja creación había tra- 
bajado cada raza por su parte. 

Eéstame mencionar el tercer acontecimiento que ja he 
indicado, como influjendo particularmente en el progreso 
de la contemplación del mundo, juntamente con la aper- 
tura del Ponto-Euxino , j el establecimiento de las colo- 
nias en las costas del Mediterráneo; esto es, el paso por el 
estrecho de Gades. La fundación de Tarteso , la de Gades 
donde se habia consagrado un templo al dios viajero Mel- 
kartk, hijo de Baal, asi como la colonia de Utica, mas an- 
tigua que Cartago , prueban que los Fenicios ja navega- 
ban hacia muchos siglos por el Océano cuando se abrió por 
primera vez á los Griegos el camino que Píndaro llama 
'puerta de Qadeira (^^)- Del mismo modo que al Este, los 
Milesios, penetrando en el Ponto-Euxino (67), hablan 
establecido comunicaciones que activaron el comercio ter- 
restre con el Norte de Europa j del Asia, j mucho mas 
tarde con las comarcas regadas por el Oxo j el Indo , asi 
entre los Griegos fueron los Samios (68) j los Focios (69) 
los primeros que se abrieron camino al Occidente, partien- 
do del Mediterráneo. 

Coleo de Samos queria darse á la vela para Egipto en 
el momento en que venian á comenzar ó quizás solamente 
á renovarse, en el reinado de Psammitíco, las relaciones de 
este país con la Grecia. Vientos del Estele arrojaron hacia 
laislaPlatea, Y de allá fué empujado al Océano átravés del 
estrecho de Gades. Al referir Herodoto este hecho, añade 
con intención que una mano divina guiaba á Coleo de Sa- 
mos. No fue únicamente la importancia de los imprevis- 
tos beneficios que de aquí resultaron para la ciudad ibéri- 
ca de Tarteso, sino también el descubrimiento de espacios 
desconocidos j el acceso aun mundo nuevo, que apenas se 
entreveía por entre las nubes de la fábula, lo que dio fama 



— 145 — 

j esplendor á aquel acontecimiento por donde quiera que 
la lengua griega se hallaba estendida en el Mediterrá- 
neo. Veíanse por primera vez, del otro lado de las colum- 
nas de Hércules (llamadas en un principio columnas de 
Briareo, de Egeon j de Orónos), á la estremidad occidental 
de la tierra , en el camino del Eliseo j de las Hespérides, 
aquellas aguas primitivas del Océano que rodeaban la 
tierra (70) , j de las cuales se queria aun^ en esta época 
hacer provenir todos los rios. 

En las márgenes del Faso, habian encontrado los na- 
vegantes una ribera que cerraba el Ponto-Euxino, imagi- 
nando que mas allá solo existia el Estanque del Sol. Al Sud 
de Gales v de Tarteso , descansaba la vista libremente por 
el infinito; circunstancia que ha dado durante 1500 años 
una importancia particular á la 'puerta del mar Mediterrá- 
neo. Dispuestos siempre á urnas allá, los pueblos nave- 
gantes, tales como los Fenicios, los Griegos, los Árabes, 
los Catalanes , los Marllorquines , los Franceses de Dieppe 
j de la Rochela, los Genoveses, los Venecianos, los Por- 
tugueses j los Españoles , se esforzaron sucesivamente por 
avanzar en el Océano Atlántico, que por mucho tiempo 
se tuvo por un mar tenebroso (mare tenebrosum), lleno de 
limo V de bancos de arena , hasta que partiendo de las Ca- 
narias ó de las Azores^ tocaron de estación en estación, 
en el nuevo continente á que ja los Normandos habian lle- 
gado por otro camino. 

Mientras que Alejandro penetraba en las comarcas 
apartadas del Oriente , ciertas consideraciones sobre la 
forma de la tierra llevaron ja al filósofo de Estagira á 
sospechar la proximidad del estrecho de Gades y de las 
Indias (71). Estrabon llegó hasta suponer que en el 
hemisferio Norte, quizás bajo el paralelo del estrecho de 
(rades , de la isla de Rodas j del país de Tina , podían 
-existir, entre las costas occidentales de Europa y las orien- 

TOMO n lo 



— 14(5 — 

tales del Asia, otros muchos continentes Jiahitahles (72). La 
hipótesis de que el eje prolongado del mar Mediterráneo 
debia tocar en regiones nuevas, se hallaba de acuerdo con 
aquella gran idea de Eratóstenes, muj difundida en la 
antigüedad, de que el suelo del viejo continente, en su 
mas vasta estension , de Este á Oeste, es decir, hacia el 
grado 36 de latitud próximamente, presenta una línea de 
levantamiento sin interrupción alguna considerable (73),. 
Pero la espedicion de Coleo de Samos no sirvió única- 
mente para señalar la época en que se abrieron nuevos mer- 
cados á las razas griegas , ávidas de emprender largos- 
viajes marítimos, j á los pueblos herederos de su civiliza- 
ción, sino que ensanchó también inmediatamente la esfera 
de las ideas. Entonces fue cuando el gran fenómeno del 
flujo periódico del Mar que hac3 sensibles las relaciones de 
la Tierra con el Sol y con la Luna , llegó á ser objeto de 
una atención profunda j sostenida; fenómieno que hasta 
entonces no se habia manifestado á los Griegos en las sirtes- 
africanas sino de una manera irregular j aun espuesta á 
peligros. Posidonio estudió el flujo j reflujo en Hipa y en. 
Gades , comparando sus observaciones con lo que en los. 
mismos sitios podian enseñarle los Fenicios mas esperimen- 
tados sobre las influencias de la Luna (74). 



II. 

ESPEDICION DE ALEJANDRO MAGNO AL ASIA, 



NUEVAS RELACIONES ENTRE LAS DIVERSAS PARTES DEL 3IUND0. 

FUSIÓN DEL ORIENTE Y DEL OCCIDENTE. — MEZCLA DE LOS PUEBLOS 
DESDE EL NILO HASTA EL EUFRATES, EL lAXARTE Y EL INDO, 
BAJO LA INFLUENCIA DEL PRINCIPIO HELÉNICO. — SÚBITO ENGRAN- 
DECIMIENTO DE LA IDEA DEL COSMOS, 



Si al seguir la historia del género humano nos fijamos 
en la unión cada vez mas íntima que se estableció entre las 
poblaciones de la Europa occidental j las del Sud-Oeste del 
Asia, del valle del Nilo j de la Libia, la espedicion de los 
Macedonios dirigida por Alejandro, la caida de la monar- 
quía persa, las primeras relaciones con la península de la 
India j la influencia ejercida por el imperio griego de 
Bactriana durante 116 años, forman una de las épocas mas 
importantes de la vida común de los pueblos. La esfera en 
que se realizó este movimiento era inmensa; el conquista- 
dor, por sus esfuerzos infatigables para mezclar todas las 
razas y crear la unidad del mundo bajo la influencia civi- 
lizadora del helenismo (75), aumentó la grandeza moral de 
la empresa. La fundación de tantas ciudades en parajes 
cuja elección indica un pensamiento mas general j eleva- 
do; el celo por establecer en ellas una administración inde- 
pendiente^ sin oponerse á los usos nacionales ni al culto in- 
dígena; todo, nos demuestra que tendia á la realización de 
un plan bien determinado. Las consecuencias que primiti- 
vamente ha})ian escapado quizás ásus previsiones^ sedesar- 



— 148 — 

rollaron por sí mismas en virtud de las nuevas relaciones, 
como acontece siempre bajo la presión de acontecimientos 
graves v complicados. Cuando recordamos que desde la ba- 
talla del Granico hasta la invasión destructora de los Sacios 
y de los Tocaros en Bactriana, no trascurrieron mas que cin- 
cuenta v dos olimpiadas, nos admira la mágica seducción 
que ejerció la civilización griega importada del Occidente, 
y las profundas raices que echó en tan corto tiempo. Con- 
fundida esta civilización con la ciencia de los Árabes, de los 
Neo-Persas v de los Indios, ha prolongado su influencia 
hasta la edad media, de tal suerte, que por lo común no se 
puede distinguir con certeza lo que pertenece á la literatura 
griega, de lo que; habiendo quedado puro de toda mez- 
cla, debe referirse al genio propio de las poblaciones asiá- 
ticas. 

El principio de la centralización y de la unidad, ó, mas 
bien, el sentimiento délas saludables consecuencias de este 
principio aplicado al orden político, estaba profundamente 
impreso en el espíritu del atrevido conquistador, como lo 
prueban todas sus instituciones gubernamentales. Mucho 
tiempo hacia ja que su maestro le habia hecho penetrarse 
de la escelencia de aquel régimen, aun para la Grecia. En 
la Política de Aristóteles se lee lo siguiente: «Los pueblos 
asiáticos no carecen de actividad intelectual ni de habilidad 
para las artes, j sin embargo^ viven cobardemente en la 
dependencia j en la servidumbre, mientras que los Griegos, 
vivos j robustos, libres, y por lo mismo bien gobernados, con 
que estuvieran reunidos en un solo Estado, serian capaces 
de someter á todos los bárbaros (76).» El Estagirita escribía 
estas palabras antes que pasara Alejandro el Granico (77) 
Los preceptos del maestro, aunque fuesen mal interpretados 
al aplicarlos á la monarquía absoluta (n-aagaatAaa) que él 
Juzfvaba contraria á la naturaleza, causaron indudablemente 
una impresión mas viva al conquistador que las narraciones 



— 149 — 

fantásticas de Ctésias sobre la India, cu^a importancia La- 
bia exagerado tanto Guillermo de Scbelegel , y antes que 
él Sainte Croix (78). 

En el capítulo precedente hemos presentado el mar 
como un elemento de aproximación y enlace entre los pue- 
blos, y descrito en algunos rasgos la esteusion dada por los 
Fenicios y Cartagineses _, Tirrenos j Etruscos ala nave- 
o-acion. Hemos hecho ver cómo los Grieo'os fortificados en 
su poder marítimo por numerosas colonias, intentaron es- 
tenderse mas allá de la cuenca del Mediterráneo, penetran- 
do al Este y al Oeste por el intermedio de los Argonautas 
y de Coleo de Samosj y cómo hacia el Mediodía atravesaron 
el mar Rojo las flotas de Salomón y de Hiram para ganar 
la tierra de Ofir, y visitaron las apartadas comarcas llama- 
das j}aís (h'l oro. Este segundo capítulo va á llevarnos al 
interior de un vasto continente, por caminos que se abren 
por vez primera al comercio y á la navegación. En el corto 
espacio de doce años se realizan sucesivamente: la bajada 
de los Macedouios al Asia menor v á la Siria, con la bata- 
lla del (jranico y la de los desfiladeros de Iso; la toma de 
Tiro j la fácil ocupación del Egipto; la campana contra los 
Babilonios y los Persas _, en la cual fué destruida cerca de 
Arbeles, en medio de la llanura de (iaugamela, la omnipo- 
tencia de los iVquemenides ; la espedicion á Bactriana y á 
Sogdiana entre los montes Indo-Kho y el laxarte ó Sjr; v 
últimamente, la arraigada invasión de la comarca de los 
Cinco-Rios ó Pentapotamia, en la India septentrional. Ale- 
jandro fundó casi por todas partes establecimientos griegos. 
y estendió las costumbres del Occidente por la inmensa re- 
gión que va desde el templo de Ammon , edificado en 
medio de un oasis de la Libia, j la ciudad de Alejandría, si- 
tuada en la parte occidental del Delta formado por el Nilo, 
hasta la Alejandría del Norte, hoj ciudad de Khodjend, á, 
orillas del laxarte, en la provincia de Fergana. 



— 150 — 

Las causas principales que han contribuido á ensan- 
char el círculo de las ideas, porque Lajo este punto de vista 
debemos especialmente considerar las conquistas de Ale- 
jandro y el imperio menos efímero de la Bactriana , son á 
saber: la estension del país, j la diversidad de los climas 
comprendidos entre Cirópolis , situada en la margen del 
laxarte á ig-ual latitud que Tiflis j Roma, y el delta orien- 
tal del Indo, cerca de Tira, bajo el trópico de Cáncer. Po- 
demos añadir también á aquellas las siguientes : la maravi- 
llosa variedad del suelo, entrecortado por fértiles comarcas, 
desiertos y montañas cubiertas de nieve: las formas nuevas 
y tamaño gigantesco de los animales y de los vejetales; la 
distribución geográfica de las razas humanas en su diver- 
sidad de color; el contacto de los Griegos con las poblacio- 
nes del Oriente, dotadas en su mavor parte de cualidades 
brillantes y cuja civilización se perdia en el origen de los 
tiempos; y el conocimiento de los mitos religiosos de aque- 
llos pueblos, de sus delirios filosóficos, de sus observaciones 
astronómicas v supersticiones consiguientes. Jamás en 
época alguna^ escepto en aquella en que tuvo lugar el 
descubrimiento de la América tropical, ocurrido diez y ocho 
siglos y medio mas tarde^ ninguna porción del género hu- 
mano ha reunido á la vez cosecha mas rica de ideas nuevas 
acerca de la Naturaleza, ni jamás se ha- fundado sobre ma- 
teriales mas numerosos el conocimiento físico del globo y 
el estudio de la etnología comparada. Toda la literatura 
occidental nos revela la viva impresión que produjo este 
acrecentamiento de riquezas intelectuales. Buena prueba 
es de ello también la desconfianza de que fueron objeto 
entre los escritores griegos , v mas tarde entre los latinos, 
loscuentosde Megástenes, deNearco^ de Aristóbulo y délos 
demás compañeros de Alejandro; desconfianza á que por otra 
parte se esponen cuantos observadores sienten escitada su 
imaginación por las grandes escenas de la Naturaleza. So- 



— 151 — 

metidos aquellos narradores al gusto v la inñuencia de su 
tiempo, no distinguiendo siempre con bastante cuidado los 
hechos de las hipótesis, han esperiraentado las vicisitudes 
comunes á todos los viajeros, y sufrido las oscilaciones de 
la crítica, que comienza por la severa censura sin perjuicio 
de dulcificarla 6 rectificarla mas tarde. Haj en nuestros 
días tanta major inclinación hacia este último partido, 
cuanto que el estudio profundo del sánscrito, el conoci- 
miento de los nombres geográficos indígenas , las monedas 
encontradas en los iopes de la Bactriana, j mas que todo, 
el animado aspecto del país v de sus producciones orgáni- 
cas, han suministrado á la crítica elementos que habian 
permanecido estraños á la ciencia incompleta del escéptico 
Eratóstenes, de Estrabon j de Plinio (79). 

Si tomando por medida los grados de longitud, compa- 
ramos la major estension del mar Mediterráneo con el 
espacio que existe en dirección de Este á Oeste, j desde el 
Asia menor hasta las orillas del Hyphaso (Beas) y las Aras 
del Regreso^ reconoceremos que el mundo conocido de los 
Griegos se duplicó en algunos años. Para precisar mejor lo 
que entiendo por estos materiales de la geografía física y 
de la ciencia de la Naturaleza, acrecentados de tan notable 
manera por consecuencia de las marchas y de las funda- 
ciones de Alejandro, recordaré ante todo las observaciones 
reunidas en aquella época por primera vez, acerca de la 
configuración particular de la superficie terrestre. En las 
regiones que recorrió el ejército de los Macedonios, las 
tierras bajas, es decir, desiertos saliteros v desprovistos de 
vegetación , tales como los que están situados al Norte de 
la cadena de Asferah, una de las prolongaciones del Thian- 
chan, y las cuatro grandes cuencas cultivadas del Eufrates, 
del Indo, del Oxo v del laxarte, contrastan con montañas 
cubiertas de nieve j de 19.000 pies de elevación. El Indo- 
Kho ó Cáucaso índico de los Macedonios, que sirve de pro- 



— 152 — 

longacion á los montes Kuen-lun j está situado al Oeste de 
la cadena meridiana de Bolor que lo corta perpendicular- 
mente, se divide hacia Herat en dos grandes cadenas que 
limitan el Kafiristan, y de las cuales la mas meridional es la 
que tiene major altura (80). Alejandro, después de haber 
subido á la meseta de Bamian, ja de una altura de 8.000 
pies, donde sehacreido ver la roca dePrometeo (81), se elevó 
hasta la cresta del Kohibaba, con el fin de seguir á lo largo 
el Choes j pasar por la ciudad de Kabura, para ir á atravesar 
ellndo, un poco al Norte de la ciudad moderna de Altok. 
Comparando los Griegos la elevación menos considerable 
del Tauro^ al cual su vista estaba habituada, con las nieves- 
perpetuas que cubren el Indo-Kbo, j que junto á Bamian 
no comienzan, según opinión de Burnes, hasta los 12.200 
pies de altura, tuvieron ocasión de reconocer en mas vasta 
escala la superposición de los climas j de las zonas vegeta- 
les. Cuando la Naturaleza inanimada se despliega sin mis- 
terio á las miradas de los hombres, el espectáculo que ofrece 
deja en los ánimos ardientes una impresión profunda é in- 
deleble. Estrabon nos ha trasmitido una narración pinto- 
resca del paso del ejército átravés de la montañosa comarca 
de las Paropanisadas,en el sitio donde ja no se encuentran 
árboles j donde los soldados se vieron obligados á abrirse 
camino penosamente por medio de la nieve (82). 

Las producciones indias , así naturales como industria- 
les, eran conocidas imperfectamente por antiguas relacio- 
nes de comercio ó por las narraciones de Ctesias, que vi- 
vió diez y siete años en la corte de Persia , como médico 
de Artajerjes Mnémon. Sabíanse apenas los nombres de la 
major parte. Nociones mas exactas se esparcieron por el 
Occidente por el intermedio de los establecimientos macedó- 
nicos. Llegóse á conocer también los arrozales entrecortados 
por arrojos, á los cuales concedió Aristóbulo una mencioa 
particular; los algodoneros, lo mismo que las telas finas j 



— 153 — 

el papel cuja materia suministraban (83); las especias y ú 
opio; el vino heclio con arroz V jugo de las palmeras, cuja 
nombre sánscrito tala (84) se debe á Arriano que lo ha con- 
servado; el azúcar de caña (85)^ confundida con frecuencia 

^ con el tabaschir formado del jugo del bambú; la lana que 
crece en los grandes árboles de bombax (86); los chales te- 
jidos con la lana de las cabras del Tibet; ías telas de seda de 
Sérica (87); el aceite de sésamo blanco (en sánscrito tila); el 
aceite de rosa j de otros perfumes; la laca (en sánscrito ¡áks- 
rlul^ en la lengua vulgar lakkha {^%\ V por último el ace- 
ro batido llamado acero de Woutz. 

^ Ademas del conocimiento por decirlo así material deesto& 

productos, que llegaron bien pronto á ser objeto de un co- 
mercio estenso , j muchos de los cuales tomaron carta de 
naturaleza en Arabia por los Seleucidas, el magnífico as- 
pecto de la naturaleza tropical fué para los Griegos manan- 
tial de mas elevados goces (89) . Esas grandes formas de 
plantas j animales desconocidos llenaban su pensamiento 
de imágenes que le tenían siempre en acción. Escritores- 
ágenos á toda inspiración, j cujo estilo tiene por lo común 
la aridez didáctica, se elevan hasta la poesía cuando des- 
criben las costumbres de. los elefantes; «la altura de aque- 
llos árboles á cujas cimas no puede alcanzar la flecha, j 
cujas hojas son mas anchas que los escudos de los solda- 
dos de caballería;» los bambúes, gramíneas colosales de ho- 
jas ligeras, aque de un nudo á otro pueden formar un bar- 
co de muchos remeros;» la higuera india, cujo tronco 
tiene por lo menos *28 pies de diámetro, j que echando 
raices por la estremidad de sus ramas, ofrece á la vista, se- 
gún la descripción fiel de Onesicrito, un pabellón de follaje 
adornado de multitud de columnas. Sin embargo, los com- 
pañeros de Alejandro no mencionan jamás los grandes helé- 
chos arborescentes, que en mi sentir son el mas bello ador- 
no de las regiones tropicales (90). En cambio citan con 



— 154 — 

admiración las altas palmeras cujas hojas se desarrollan en 
abanico, j el follaje tierno j siempre verde de las plantacio- 
nes de bananeros (91). 

Solo á partir de este momento pudo en realidad el hom- 
bre vanagloriarse de conocer una gran parte de la Tierra. 
El mundo esterior.entróen parangón con el mundo subjetivo 
^e la imaginación, j no tardó en ser dominado por éste. Mien- 
tras que siguiendo el camino abierto por Alejandro la lengua 
j^la literatura griegas llevaban por doquier sus frutos, la ob- 
servación científica j la combinación sistemática de los ma- 
teriales de la ciencia habian llegado á ser, gracias á los 
preceptos j al ejemplo de Aristóteles, operaciones claras 
para el entendimiento (92j. Aquí se presenta un concurso 
feliz de circunstancias: precisamente en la época en que este 
rico tesoro se ofrecia al conocimiento humano, los trabajos 
<le Aristóteles facilitaban la obra de los materiales, hacién- 
dola mas variada, guiando las le jes de la esperimentacion 
física, fijando los espíritus en todos los ramos de la especu- 
lación, dando el modelo de una lengua verdaderamente cien- 
tífica, cuja precisión se acomodaba átodas las modificaciones 
del pensamiento. Así se esplica el que después de trascur- 
ridos tantos años, Aristóteles sea todavía según la bella es- 
presion del Dante, // maestro di color che sanno (93). 

Sin embargo^ investigaciones recientes j serias, si no han 
destruido completamente, cuando menos han quebrantado 
ia opinión de que Aristóteles habia sacado inmediatamente 
poderosos elementos para sus estudios zoológicos de la con- 
quista macedónica. La miserable composición donde se 
refiere la vida del filósofo de Estagira, atribuida durante 
mucho tiempo á Ammonio, hijo de Hermias, habia difun- 
dido entre otros muchoserrores(94)el de que el maestro ha- 
biaacompañado á su discípulo, al menos hasta las orillas del 
Nilo (95). La gran obra de Aristóteles sobre los Animales, 
parece haber seguido muj de cerca á la Meleorologia , que 



— 155 — 

según alg-unos indicios sacados del libro mismo , se eleva á 
la Olimpiada ciento seis ó cuando menos á la ciento once, 
es decir, que precedió en catorce años, la llegada de Aristó- 
teles á la corte de Filipo, ó al menos tres años antes del paso 
delGranico (96). Levántanse ala verdad algunas objeciones 
contra la opinión que tiende á retrasarla época en que fue- 
ron escritos los nueve libros de Aristóteles sobre los Anima- 
les, j se opone particularmente á ella el conocimiento exac- 
to que parece haber tenido del elefante, del ciervo caballo de 
luenga barba (Hippelapbos), del camellode doble giba de la 
Bactriana, del hippardion ó tigre cazador, tenido por el lobo- 
tigre, y del búfalo indio introducido por primera vez en 
Europa en la época de las Cruzadas. Sin embarg'o, la co- 
marca que designa Aristóteles como patria de esta especie 
de ciervo con melena, llamado Cerviis Aristotelis por Cu- 
vier, á quien en nuestros dias Üiard y Duvaucel lo lian en- 
viado de las Indias orientales, no es la Pentapotamia india 
que atravesó Alejandro, sino mas bien la Aracosia, país 
situado al Este del Candahar, y que formaba con la Gedro- 
sia una de las antiguas satrapías persas (97). ¿No habia po- 
dido Aristóteles, independientemente de la espedicion ma- 
cedónica, sacar de la Persia v de aquella ciudad de Babilo- 
nia, en relación con el mundo entero, datos tan insuficientes 
en la major parte de los casos acerca de la forma v cos- 
tumbres de aquellos animales? En un tiempo , por otra 
parte , en que la preparación del alcoliol era desconocida 
completamente, bien se podia enviar á Grecia desde las regio- 
nes apartadas del Asia pieles y huesos, pero nunca par- 
tes blandas v susceptibles de ser disecadas (98). Indudable- 
mente Aristóteles debió recibir una ajuda mu v generosa 
de Filipo y de Alejandro para todo lo que exigían sus es- 
tudios sobre la Naturaleza, para su vasta colección zoológica,, 
recogida en el continente y en los mares de Grecia , y para 
su biblioteca , única en su tiempo , que de sus manos 



— 156 — 

íle Teofrasto j Meleo de Scepsis. Pero tocante á los pre- 
sentes de 1,800 talentos, ó á los gastos que hubieran acar- 
reado tantos miles d.e proveedores y de hombres encar- 
gados de sostener los estanques j las pajareras, solo puede 
decirse que haj en esto exageraciones y falsas inteligencias 
en que cayeron después Plinio , Ateneo j Eliano (99). 

La espedicion macedónica, que abrió una p8,rte tan gran- 
de y tan bella de la tierra á la influencia de un pueblo lle- 
gado al mas alto grado de civilización , puede considerarse 
j ustamente como una espedicion científica; y aun es la pri- 
mera en que un conquistador se hace acompañar de hombres 
versados en todos los conocimientos humanos : naturalistas, 
geómetras, historiadores, filósofos y artistas. La acción 
ejercida por Aristóteles no se limitó á sus propios trabajos; 
se hizo sentir también por la intervención de los hombres 
eminentes que él habia formado j que seguían la espedicion. 
El que de todos ellos brilló mas fue unode sus parientes cer- 
canos, Oalistenes de Olinto, el cual habia va compuesto antes 
de abandonar la Grecia algunas obras de botánica y un bo- 
nito estudio anatómico sobre el órgano de la vista. La severi- 
dad de sus costumbres y la libertad desmedida de su len- 
guaje , le hicieron odioso al príncipe_, cujos sentimientos 
primitivos hablan ja degenerado mucho, como también á la 
turba de los aduladores. Oalistenes sacrificó sin debilidad su 
vida á su independencia; y cuando, á pesar de su inocen- 
cia, se vio complicado en Bactres en la conjuración de Her- 
molao V de la juventud macedónica, fue ocasión desgracia- 
da de la acritud que Alejandro manifestó después á su antiguo 
maestro. Teofrasto, condiscípulo j amigo sincero de Oaliste- 
nes, tuvo el valorde defenderlo después de su muerte. Solo 
sabemos de Aristóteles que habia recomendado la pruden- 
cia á su discípulo. Conocedor de la vida cortesana por su 
larga, permanencia cerca de Filipo , habia aconsejado á Oa- 
listenes «que hablara al rej lo menos posible, y cuaudo 



— 157 — 

fuere obligado á ello , que tuviera siempre cuidado de com - 
placerle (100).» 

Cuando familiarizado va por sus especulaciones filosó- 
ficas con el estudio de la Naturaleza, vio Calistenes abrir- 
se ante él aquellas vastas regiones , señaló un fin mas 
elevado á las investigaciones de los hombres que le secun- 
daban con sus esfuerzos, y que como él eran todos discípu- 
los del Estagirita. La abundancia de los vegetales, las 
poderosas organizaciones de animales desconocidos, la con- 
formación del suelo, y la hinchazón periódica de los gran- 
des rios, no podian por sí solos fijar su atención. La raza 
humana con todas sus variedades, con todos sus matices 
de civilización j de color, debia ofrecérseles, según la mis- 
ma espresion de Aristóteles, como el centro v objeto de 
toda la creación; «porque solamente en el hombre, añade 
este filósofo, el sentimiento del pensamiento divino llega al 
estado de conciencia (1).» Por lo poco que nos queda de las 
narraciones de Onésicrito, tan maltratado en la antigüedad, 
vemos qué impresión tan estraordinaria esperimentaron los 
Macedonios cuando al internarse en el Oriente encontra- 
ron las razas indias de fuerte color v semejantes á los Etío- 
pes, tal como las habia designado Herod oto, pero no los negros 
de crespos cabellos del África (2). Observóse cuidadosamen- 
te la influencia de la atmósfera sobre la coloración, v los di- 
versos efectos del calor seco v del calor húmedo. En los 
tiempos homéricos, y aun mucho tiempo después de las Ho- 
méridas, se habian desconocido completamente las relacio- 
nes del calor atmosférico con los grados de latitud v la 
distancia de los polos. Como medio de apreciar la tempe- 
ratura, la distinción entre el Oeste j el Este, constituía 
toda la ciencia meteorológica de los Helenos. Las comarcas 
situadas hacia el Oriente estaban consideradas como mas 
próximas al sol; llamábaselas Países del Sol. «Este Dios, 
decian , colora en su carrera la cabeza de los hombres con el 



— 1-58 — 

oscnro brillo del hollín , j riza sus cabellos con su calor 
desecante (3).» 

La espedicion de Alejandro suministró por primera vez 
la ocasión de comparar en una vasta escala las razas africa- 
nas^ que de todas partes afluian áEgipto, con las poblaciones 
del Aria del lado de allá del Tigris, j con las razas origina- 
rias de la India, que tenian la piel fuertemente coloreada, 
pero sin los cabellos crespos de los negros. La división déla 
especie humana en variedades, el lugar que estas variedades 
han ocupado sobre la tierra, masbien por consecuencia délos 
acontecimientos históricos que no por la influencia perseve- 
rante de los climas, al menos desde que los tipos estuvieron 
claramente determinados; la contradicción aparente que 
existia entre el color de las razas j su residencia, debieron 
escitar vivamente la curiosidad de los observadores reflexi- 
vos. Hállase todavía en el interior de la India una vasta es- 
tension de territorio habitada por poblaciones primitivas de 
color mu j subido j casi negro, completamente distintas de 
las razas arianas de tez mas clara, que penetraron poste- 
riormente en aquellas regiones : tales son , la raza Gonda, 
mezclada con las tribus que habitan las cercanías de los mon- 
tes Vindhja; la raza Bhilla, en las montañas frondosas de 
Malava j de Guzerate, j la raza Kola de Orisa. Un crítico 
muj profundo, Lassen , tiene por verosímil que en tiem- 
po de Herodoto, la raza negra del Asia, «los Etiopes de 
Levante,» semejantes á los pueblos de la Libia por el color 
de la piel, aunque no por lacabellera, se hallaba mucho mas 
esparcida que hoj en las regiones del Nor-oeste (4). Así 
también en el Antigiw Imperio egipcio, las razas negras 
de ordinario vencidas, los verdaderos negros de lanudos ca- 
bellos se estendian muj lejos en la Nubia Septentrional (5). 

A esta cosecha de ideas que habia hecho nacer el as- 
pecto de un gran número de fenómenos nuevos; el contac- 
to con diferentes razas de hombres, j ios contrastes de su 



— 159 — 

civilización, faltaron desgraciadamente los frutos del estu- 
dio comparativo de las lenguas; es decir, de un estudio- 
histórico ó filosófico que descansase en las relaciones esen- 
ciales del pensamiento humano (6) Las investigaciones de 
esta naturaleza eran estrañas á la antigüedad clásica. En 
cambio las conquistas de Alejandro suministraron á losGrrie- 
gos materiales científicos, robados á los tesoros que venian 
amontonando desde tan largo tiempo los pueblos que les ha- 
bian precedido en la senda de la civilización. Basta para for- 
marse idea de ello, pensar que, según investigaciones re- 
cientes j sólidas, ademas del conocimiento de la tierra y de 
sus producciones, el conocimiento del cielo fue también en- 
sanchado considerablemente por las relaciones establecidas 
con Babilonia. Desde la conquista de Ciro, el colegio as- 
tronómico de los sacerdotes establecido en aquella capital del 
mundo oriental , habia perdido mucho de su brillo. La pi- 
rámide con gradas de Bélo, que al propio tiempo era tem- 
plo, tumba j observatorio, destinada á señalar las horas de. 
la noche, habia sido abandonada por Jerjes á la destrucción; 
dicho monumento estaba ja ruinoso cuando la invasión 
macedónica. Pero precisamente porque la casta privilegiada 
de los sacerdotes se hallaba disuelta , y porque en su lugar 
se habia formado un gran número de escuelas astronómi- 
cas (7), habia sido posible á Calistenes, obrando en esto 
según los consejos de Aristóteles, como observa Simplicio, 
enviar á Grecia observaciones sobre el curso de los astros 
durante una larga serie de siglos. Según Porfirio se eleva- 
ban dichas observaciones á 1903 años antes de la entrada de 
Alejandro en Babilonia (Olimp. , 112, 2). Las primeras ob- 
servaciones de los Caldeos de que hace mención el Ahna- 
gesto, que según todas las apariencias son también las mas 
antiguas en que ha creido poder apocarse Tolomec^ no van 
mas allá del año 721 antes de nuestra era, es decir, de la 
primera guerra de Mesenia. Lo que haj de cierto en ello 



— 160 — 

«s, que los Caldeos conocian de una manera tan exacta los 
movimientos medios de la luna, que los astrónomos griegos 
pudieron tomar sus cálculos por base, cuando establecieron 
la teoría de aquel satélite '8). Parece también que los Grie- 
gos se aprovecharon, para la construcción de sus tablas as- 
tronómicas , de las observaciones sobre los planetas á que 
habian llegado los Caldeos por su gusto innato á la as- 
trología . 

En cuanto á conocer la parte que debe pertenecer á los 
Caldeos en las primeras nociones de la escuela pitagórica so- 
bre la estructura de la bóveda celeste, sobre el movimien- 
to de los planetas y la larga carrera que recorren regular- 
mente los cometas,, seg'un la opinión de Apolonio el Mindio, 
no son cuestiones para discutidas en este lugar (9). Es- 
trabon dice que el matemático Seleuco habia nacido 
en Babilonia, j parece distinguirlo así de Seleuco de 
Eritrea, que midió las alturas de las mareas (10). Basta 
notar que el zodiaco griego fue verosímilmente tomado de 
las dodecatemorias de los Caldeos, j que, según las im- 
portantes investigaciones de Letronne^ no se remonta mas 
allá del siglo VI antes de nuestra era (11). 

Es imposible distinguir, en medio de las tinieblas que 
las envuelven, las consecuencias inmediatas del contacto de 
los Griegos con los pueblos de origen indio en la época de 
la conquista macedónica. Probablemente la ciencia ganó 
poco en ello, puesto que Alejandro, después de haber atrave- 
sado el reino de Porus entre el Hvdaspes (Jelum), festonea- 
do por bosques de cedros (12), j el Acesines (Tschinab), no 
penetró en la Pentapotamia (Pantschanada), mas allá del 
Hjphaso ; sin embargo, llegó hasta un punto en donde ja 
este rio ha recibido las aguas de Satadru, llamado por Pli- 
nio Hesidro. El descontento de sus soldados v el temor de 
una revuelta general en las provincias de Persia j de Si- 
ria, redujeron al conquistador que queria adelantar hacia el 



— 16i — 

Este hasta el Ganges , á la gran catástrofe de la retirada. 
Las comarcas que atravesaron los Macedonios estaban habi- 
tadas por pueblos poco civilizados. El país comprendido en- 
tre el Satadru y el Yamuna , en la cuenca del Indo v del 
( fanges, contiene un rio poco considerable , pero sagrado 
para los habitantes , el Sarasvati . Este rio ha formado des- 
de la mas remota antigüedad una línea de demarcación tra- 
dicional entre los piadosos j puros adoradores de Brahma al 
Este, j las razas impuras del Oeste , que no se han dividi- 
do en castas ni tienen rej (13). Alejandro no llegó hasta 
el asiento de la verdadera civilización india. Seleuco Ni- 
cator, fundador del gran imperio de los Seleucidas, fue el 
primero que se adelantó desde Babilonia hasta el (janges^ 
j el que, merced á las embajadas repetidas de Megastenes 
á Pataliputra^ logró establecer relaciones políticas con el 
poderoso Sandracotto (Tschandragouptas) (14). 

De esta manera fué como pudo la Grecia empezar á sos- 
tener relaciones frecuentes j duraderas con la parte de la In- 
dia mas civilizada, el Madli ja-Desa ó comarca del centro. Es 
cierto que existian en la Pentapotamia sabios brahamanes 
j^ g jmnosofistas , que vivian como anacoretas; pero ¿cono- 
cian el admirable sistema de numeración de los Indios, se- 
gún el cual un pequeño número de cifras cambian indefi- 
nidamente de valor por el único hecho de su posición? Esto 
es lo que no podria decirse con seguridad ; j aun es lícito 
dudar, aunque sea muj verosímil , que en la comarca mas 
civilizada de la India hubiera sido ja inventado este siste- 
ma. ¡Qué revolución no se habria verificado en las ciencias 
matemfiticas! ¡Cuánto más rápido no hubiera sido su des- 
arrollo , j mas fácil su aplicación , si el brahaman Sphines,, 
que acompañaba al ejército de Alejandro, j cu jos soldados- 
le llamaban Galano, si mas tarde en tiempo de Augusto, el 
brahaman Sjramanatscharja, antes de subir á la hoguera 
como víctimas voluntarias en Susa v en Atenas, hubieran 

lOMO U. 41 



— 162 — 

podido revelar á los Griegos el sistema de la numeración in- 
dia de una manera bastante comprensible para que su uso 
se hubiera hecho universal! Indudablemente en las vastas 
é ingeniosas investigaciones de Charles se ha aprendido que 
el método del ahaco pitagórico ó el algorismo , según la de- 
signación empleada en la Geometría de Boecio, es casi 
idéntico al sistema dejaos icíon; pero este método fué estéril 
entre las manos délos Griegos j los Romanos; no se le apli- 
có generalmente sino en la edad media_, j sobre todo á par- 
tir del momento en que se llenó por un cero el espacio que 
se habia dejado en blanco hasta entonces. Los descubri- 
mientos mas felices necesitan por lo común mucHos siglos 
para ser comprendidos j completados. 



III 

ESCUELA DE ALEJANDRO. 



ENGRANDECIMIENTO DE LA ¡LEA DEL MUNDO EN TIEMPO DE LOS TO- 
LOMEOS. — MUSEO DE SERAPíO. — CARÁCTER ENCICLOPÉDICO DE LA 
CIENCIA ALEJANDRINA. — GRADO MAS ALTO DE GENERALIDAD EN 
LAS NOCIONES ADQUIRIDAS SOBRE LOS ESPACIOS DEL CIELO Y DE 
LA TIERRA. 



Después de la disolución del mundo macedónico, que 
abarcaba partes considerables de tres continentes, se des- 
arrollaron bajo formas muj diversas en verdad, los gérme- 
nes que el genio de Alejandro habia depositado en un sue - 
lo fértil, aproximando j uniendo los pueblos. A medida 
que se iba borrando cuanto habia de esclusivo en el espíri- 
tu j en la nacionalidad de los Griegos; á medida que la 
imaginación creadora perdia algo de su profundidad j de 
sil brillo, las relaciones entre los pueblos tomaban nuevo 
vuelo, los conocimientos de la Naturaleza adquirian su mas 
alto grado de generalidad _, j de este modo llegaban á ser 
mas fructuosos los esfuerzos intentados para comprender el 
conjunto de los fenómenos. En el imperio de Siria, entre los 
Attalos de Pérgamo , entre los Seleucidas j los Tolomeos, 
por todas partes j casi simultáneamente, estes progresos 
fueron favorecidos por soberanos de un raro mérito. El 
Egipto griego tuvo sobre los otros Estados la ventaja de la 
unidad política ; fué maravillosamente ajudado también 
por su posición geográfica. En efecto, merced á la larga 
hondonada que llenó el golfo Arábigo desde el estrecho de 
Bab el-Mandeb hasta Suez v Akabc, en la dirección de la 



— 164 — 

gran línea de lextinlamiento que surca el globo de Sud- 
sud-este á Nor-nor-oeste, los buques que navegan en el 
Océano índico no están separados mas que por algunas le- 
guas de tierra de aquellos que costean las riberas del Me- 
diterráneo (15)- 

El imperio de los Seleucidas no gozaba de ks ventajas 
comerciales que ofrecian á los Lagidios la forma j articu- 
lación de las costas vecinas. Su situación le esponia tam- 
bién á mas peligros. Compuesto de satrapias donde se con- 
servaban nacionalidades diferentes, estaba amenazado de 
un desmembramiento. El comercio en el imperio de los Se- 
leucidas era principalmente interior; no tenia otra salida que 
los rios jlos caminos de las caravanas abiertos á través de to- 
dos los obstáculos naturales que podian oponer las cadenas 
de montañas cubiertas de nieve, las mesetas j los desiertos. 
Los grandes convoyes de mercancías , cuja parte mas pre- 
ciosa era la seda, partían de la meseta de Seres en el in- 
terior de Asia, al Norte de Uttara-Kurú; pasaban por 
delante de la Torre de piedra , probablemente algún para- 
dor fortificado, situado al Sud de los manantiales del la- 
xarte (16)^ luego después de haber atravesado el valle del 
0x0 se dirigian al mar Caspio j al mar Negro. El comer- 
cio del Egipto, por el contrario, por activas que fuesen la 
navegación del Nilo j las comunicaciones entre las orillas 
de este rio jlas sendas trazadas á lo largo del mar Rojo, 
era esencialmente un comercio marítimo. Según los gran- 
des conocimientos de Alejandro , la ciudad nueva de Ale- 
jandría j la antigua Babilonia debían ser, al Este jal Oes- 
te^ las dos capitales del imperio macedónico. Babilonia, sin 
embargo, no respondió á estas esperanzas; la prosperidad 
de la ciudad de Seleucia , construida por Seleuco Nicator 
sobre el curso inferior del Tigris, j puesta en relación con 
el Eufrates por medio de canales, contribujó también á pre- 
cipitar su completa decadencia (17). 



^ 165 — 

Tres grandes monarcas amigos de la ciencia, los tres pri- 
meros Tolomeos, cujo reinado no comprende menos de un 
siglo, por los magníficos establecimientos que fundaron 
para favorecer el progreso de la inteligencia, v por sus no 
interrumpidos esfuerzos para engrandecer el comercio ma- 
rítimo, dieron al conocimiento de los paises v al conoci- 
miento mas general de la Naturaleza, un desarrollo al cual 
no liabia podido llegar liasta entonces ningún pueblo. Este 
tesoro científico pasó de los Griegos del Egipto á los Roma- 
nos. Ya en tiempo de Tolomeo Filadelfo, medio siglo ape- 
nas después de la muerte de Alejandro , y aun antes que la 
primera guerra púnica hubiera quebrantado la república 
aristocrática de Cartago , Alejandría era la mayor plaza 
comercial del mundo. Por Alejandría pasaba el camino mas 
corto y mas cómodo para llegar de la cuenca del Mediter- 
ráneo á la parte Sud-Este del África, á la Arabia v á las 
Indias. Los Lagidios aprovecharon con un éxito sin ejemplo 
el camino que la Naturaleza parecía haber indicado por sí 
misma al comercio del mundo por la dirección del golfo 
Arábigo (18,: camino que no podrá recobrar por completo 
su importancia y sus derechos sino cuando la civilización 
haya dulcificado las costumbres de los pueblos orientales, 
j las naciones del Occidente hayan abjurado de su recelosa 
envidia. Aun en el tiempo mismo en que llegó el Egipto á 
ser provincia romana, conservó toda su opulencia. El lujo 
que crecía en Roma bajo los Césares alcanzaba á la comar- 
ca del Nilo, V era preciso ir á pedir los medios de satisfa- 
cerlo, especialmente á Alejandría, como depósitoque era del 
mundo. 

Las causas que determinaron el crecimiento considerable 
que en tiempo de los Lagidios recibió el conocimiento de la 
geografía y de la Naturaleza, son : el comercio de las cara- 
vanas en el interior del África, por Cirene y los oasis; las 
conquistas hechas en Etiopía v en la Arabia Feliz, en la 



— \m — 

época de Tolomeo Evergetes; j por último^ las relaciones 
que el Egipto sostenía por mar con toda la Península oc- 
cidental de la India á lo largo de las costas de Cañara j 
de Malabar (Mala ja vara , territorio de Mala ja) , desde el 
golfo de Barjgaza (Guzerate j Cambaj) hasta los templos 
brahamánicos del cabo Comorino (Kumari) (19) j la isla 
de Cejlan, llamada Lanka en el Ramayana^ j Trapobana 
entre los contemporáneos de Alejandro, por corrupción del 
nombre indígena (*20). Ya la penosa travesía de Nearco, 
que invirtió lo menos cinco meses en costear las riberas de 
la Gedrósia j de la Caramania, desde Pattala cerca de la 
embocadura del Indo, hasta la embocadura del Eufrates, 
habia contribuido de una manera sensible á los progresos 
de la navegación. 

Los compañeros de Alejandro tenian conocimiento de 
los monzones que favorecían tan eficazmente las travesías 
entre las costas orientales del África de una parte, j de 
otra, las costas septentrionales j occidentales de la India. 
Después de haber pasado diez meses en reconocer la parte 
de este rio que se estiende desde Nicea sobre el Hidaspes 
hasta Pattala, con el fin de asegurar al comercio la libre 
navegación del Indo, Nearco se apresuró al principio del 
mes de Octubre (olimp. 113, 3) á darse á la vela cerca de 
Stura , porque sabia que el monzón de Nord-este j de 
Este soplando á lo largo de sus costas, que se estienden 
bajo un mismo paralelo,, le dirigiría hacia el golfo pérsico. 
Mas tarde , cuando se conoció mejor todavía la ley que re- 
gula los vientos particulares de aquellos sitios, los pilotos se 
animaron hasta el punto de llegar por la alta mar de Oce- 
, lis, en el estrecho de Bab-el-Mandeb, al gran depósito de la 
^ costa de Malabar hasta Muziris, situado al Sud de Mangalor. 
Las comunicaciones establecidas en el interior de las tierras 
hacían también afluir á Muziris las mercancías délas costas 
orientales de la Península de mas acá del Ganjes , j aun el 



- 167 — 

oro de la apartada Chrjse (quizás isla de Borneo). La gloria 
de haber facilitado esta vía hacia la India se atribuje á un 
marino desconocido llamado Hippalo. No puede determi- 
narse tampoco de una manera precisa la época en que este 
vivió (21). 

En la historia de la Contemplación del Mundo debe en- 
trar la enumeración de todos los medios que han facilitada 
la aproximación de los pueblos, hecho accesibles partes con- 
siderables de la tierra, y engrandecido la esfera de los cono- 
cimientos humanos. Entre todos estos medios uno de los 
mas notables fué la apertura material de una via fluvial 
que puso en comunicación el mar Rojo con el Mediterrá- 
neo por el Nilo. Ya Neko habia intentado la empresa de 
abrir un canal en el sitio donde los dos continentes , pro- 
fundamente escotados , se tocan solo por un itsmo estrecho; 
pero atemorizado por las respuestas de los sacerdotes aban- 
donó su projecto. Aristóteles j Estrabon van más allá, j 
atribujen la honra de este trabajo á Sésostris (Ramsés- 
Meiamun). Herodoto encontró j describió un canal cons- 
truido por Dario, hijo de Hjstaspes, que terminaba en el 
Nilo un poco mas arriba de Bubasto. Este canal cegada 
mas tarde por las arenas, fué restablecido defitiitivamente 
porTolomeo. Filadelfo, j puesto en un tal estado, que sin 
ser navegable todo el año (no habia sido posible obtener 
este resultado , á pesar de lo ingenioso del sistema de es- 
clusas puesto en uso) , activó el comercio de la Etiopía , de 
la Arabia j de la india hasta la dominación romana , hasta 
Marco- Aurelio j quizás hasta Séptimo Severo, es decir, 
durante mas de cuatro siglos y medio. Con el objeto tam- 
bién de multiplicar las relaciones de los pueblos á través 
del mar Rojo , se abrieron con gran diligencia .puertos en 
Mjos-Hormos y en Berenice, poniendo en relación á Bere- 
nice con Coptos por una magnífica calzada (22). 

Todas estas empresas, todos estos establecimientos de 



— ins — 

los Lagidios , sea que tuviesen por objeto el desarrollo del 
comercio ó el progreso de las ciencias, descansaban en un 
gran pensamiento , que era una aspiración incesante hacia 
lo remoto V lo universal, el deseo de reunir por un lazo co- 
mún todos los elementos esparcidos, de agrupar en gran- 
des masas las miras acerca del mundo j las relaciones que 
presentan los diversos aspectos de la Naturaleza. Esta ten- 
dencia tan fecunda del espíritu griego, preparada largo 
tiempo en silencio, habíase manifestado de una manera im- 
ponente por la espedicion de Alejandro j por sus esfuerzos 
para fundir en uno el Oriente y el Occidente. El nuevo 
desarrollo que dicha tendencia recibió en tiempo de los 
Lagidios, es también el rasgo mas característico de la épo- 
ca_, cu vo cuadro pretendo trazar. Con efecto, esta tendencia 
debe considerarse como un gran paso dado hacia el cono- 
cimiento del Universo. 

La riqueza y la abundancia de las observaciones eran 
sin duda alguna necesarias para llegar á abarcar el con- 
junto del mundo. Consideradas bajo este punto de vista, 
las relaciones del Egipto con las apartadas regiones; las 
escursiones emprendidas en Etiopía á espensas del Esta- 
do (23); las cazas lejanas en persecución de los avestruces 
j elefantes (24); las casas defieras establecidas en las habi- 
taciones reales de Bruchium, llenas de animales raros v 
salvajes^, debieron ser estímulos eficaces para el estudio de 
la historia natural, j satisfacer las exigencias de la ciencia 
esperimental (25). No obstante, no fué este el carácter 
propio de la época de los Tolomeos, así como tampoco de 
toda la escuela alejandrina que siguió fielmente la dirección 
que habia adoptado bástalos siglos III y IV. Proponíanse los 
sabios de entonces no tanto observar directamente los fenó- 
menos, como reunir con gran trabajo los materiales existen- 
tes, ponerlos en orden, compararlos v dar una aplicación 
¡inteligente á elementos acumulados por tanto tiempo. Du- 



— 109 — 

rante muchos siglos, hasta la aparición memorable de Aris- 
tóteles, los fenómenos no habían sido objeto de una observa- 
ción penetrante ; continuaban sometidos al arbitrio de las 
ideas ; al capricho de las adivinaciones confusas v de hipó- 
tesis contradictorias. Al presente, empiézase por lo menos 
á asignar mas consideración á las investigaciones esperi- 
mentales: se examina de cerca y se depuran los conoci- 
mientos adquiridos. La filosoiía déla Naturaleza, menos 
atrevida ^a en sus especulaciones, menos fantástica en las 
imágenes que se creaba de las cosas, aproximóse por fin á la 
esperiencia j adelantó con ella por la senda de la induc- 
ción. Por otra parte, los laboriosos esfuerzos intentados 
para aumentar el fondo de la ciencia, hacian necesaria una 
-cierta universalidad de conocimientos: v por mas que á ve- 
ces, en las obras de los pensadores eminentes, esta variada 
instrucción ha va producido frutos felicísimos, con mucha 
frecuencia, en una época en que la imaginación agotada 
no le prestaba su concurso , la erudición se mostró fria é 
ininteligente. El poco cuidado dado á la forma, la falta de 
vivacidad v de gracia en el lenguaje, importan algo en 
los juicios severos que la posteridad ha hecho de la ciencia 
alejandrina. 

Es nuestro principal propósito^ en estas páginas, poner 
en claro los progresos que han señalado el período de los 
Tolomeos, los resultados producidos por el concurso de to- 
das las relaciones esteriores , ])or la fundación y manteni- 
miento de grandes establecimientos, tales como el Museo 
de x\leiandría v las dos bibliotecas de Bruchium v de Rha- 
kotis, por la reunión colegiada de tantos hombres eminen- 
tes j animados todos de un amor práctico por la ciencia (26). 
Su erudición enciclopédica les hacia aptos para comparar 
las observaciones j generalizar los conocimientos sobre la 
Naturaleza. El gran Instituto científico , debido á los dos 
primeros Lagidios, conservó entre otras muchas, la ventaja 



— 170 — 

de que sus miembros trabajaban libremente en las direc- 
ciones mas opuestas. Establecidos en un país estranjero, 
rodeados de diferentes razas de hombres, g-uardaron siem- 
pre la originalidad del espíritu griego , j la penetración 
que es uno de sus caracteres (27). 

Según el espíritu j la forma de esta esposicion históri- 
ca, bastará un pequeño número de ejemplos para demostrar 
cómo, bajo la protección de los Tolomeos, la esperiencia j 
la observación se hicieron reconocer como las fuentes ver - 
daderas de donde debia salir la ciencia de la Tierra y de 
los espacios celestes : cómo por efecto de sus tendencias 
particulares, la escuela alejandrina, sin dejar de aplicarse 
á la reunión de materiales _, no debió por esto renunciar á 
generalizar las ideas en una cierta medida. Si las escuelas 
filosóficas de la Grecia, trasladadas al bajo Egipto, se ha- 
bian penetrado bien del espíritu oriental y hablan acre- 
ditado un gran número de interpretaciones simbólicas sobre 
la naturaleza de las cosas, en el Museo , al menos, las cien- 
cias matemáticas permanecieron siempre como el apojomas 
firme de las doctrinas platónicas (28) . Las matemáticas puras, 
la mecánica y la astronomía, marchaban casi de concierto. 
En la profunda estimación que daba Platón al desarrollo 
matemático del pensamiento, como en las miras fisiológicas 
que el filósofo de Estagira estendia á todos los organismos, 
estaban contenidos, por decirlo así, los gérmenes de todos 
los progresos que realizó mas tarde la ciencia de la Natu- 
raleza. Ambos á dos fueron la estrella conductora que 
guió seguramente el espíritu humano á través de las lo- 
cas imaginaciones délos siglos de tinieblas. A ellos se debe 
el que no ha jan perecido los principios de la ciencia y las 
fuerzas sanas del espíritu . 

El matemático astrónomo Eratóstenes de Cirene, el mas 
célebre en la lista de los Bibliotecarios de Alejandría, se apro- 
vechó de los tesoros que tenia á su disposición , y los hizo 



— 171 — 

entrar en el plan sistemático de una geografía universal. 
Separo la descripción de la Tierra de todas las leyendas fa- 
bulosas. Por lo mismo que era también muj versado en la 
cronología j en la historia, no se permitió la mezcla de los 
hechos históricos que con anterioridad á él daban vida é in- 
terés á la geografía. Esta desventaja fué compensada con 
observaciones matemáticas acerca de la forma articulada v 
estension de los continentes, por conjeturas geológicas so- 
bre la unión de las cadenas de montañas, sobre el efecto d& 
las corrientes j sobre las comarcas en otro tiempo cubier- 
tas de agua, que ofrecen aun hoj todas las apariencias de un 
lecho de mar seco. Participando de las opiniones de Estra- 
ton de Lampsaco sobre la teoría de las esclusas aplicada al 
Océano, firmemente convencido de que la hinchazón del 
Ponto-Euxino habia producido otras veces la rotura de los 
Dardanelos j ocasionado por consecuencia de ella la abertura 
del estrecho de Gades, el bibliotecario de Alejandría lle- 
gó en virtud de esta creencia á investigar el importante pro- 
blema de la igualdad de nivel entre todos los mares este-* 
ñores que envuelven los continentes (29); puede juzgarse del 
éxito que tuvo su intento de generalizar las ideas, obser- 
vando que toda el Asia está atravesada bajo el paralelo de 
Rodas, en el diafragma de Dicearco, por una cadena de 
montañas que forma de Oeste á Este una línea de demarca- 
ción no interrumpida (30). 

A la necesidad de generalizar las miras sobre la Na- 
turaleza , consecuencia del movimiento intelectual que se 
agitaba en esta época, débese también atribuir la pri- 
mera medida de grado ejecutada por un Griego. Me re- 
refiero al ensavo intentado por Eratóstenes para medir el 
espacio comprendido entre Sjena j Alejandría , con el 
ñn de determinar aproximadamente la circunferencia de 
la Tierra. Lo que debe escitar mas nuestro interés en esta 
empresa, no es el resultado obtenido según los datos imper- 



-^ 17-2 — 

fectos de los apeadores que contaban los pasos, sino la ten- 
tativa hecha para llegar á conocer , partiendo del estrecho 
espacio de su país natal, la magnitud de la esfera terrestre. 

Puede reconocerse la misma tendencia á la generaliza- 
ción en los progresos brillantes que hizo, en el siglo de los 
Tolomeos, el conocimiento científico de los espacios ce- 
lestes. A este propósito, recordaré los primeros astrónomos 
de Alejandría, Aristiles y Timocharis, que determinaron el 
sitio de las estrellas fijas; v Aristarco de Samos^ contempo- 
ráneo de Cleanto, que, familiarizado con las antiguas teorías 
de los pitagóricos^ intentó descorrer el velo déla estructura 
del mundo, j fué el primero que reconocióla inmensa dis- 
tancia que separa á las estrellas fijas de nuestro pequeño 
sistema planetario, v el que presintió el doble movimiento 
que efectúa la Tierra sobre sí misma v alrededor del Sol, 
como centro del mundo. Citaré también á Seleuco de Erv- 
trea ó de Babilonia (31), esforzándose un siglo mas tarde 
en apojar con nuevas pruebas la opinión de Aristarco , pre- 
cursor de Copérnico, que no habia encontrado eco hasta 
entonces, v á Hiparco, creador de la astronomía científica, 
que es de toda la antigüedad el que suministró á la ciencia 
el mavor número de observaciones personales. Hiparco fué 
propiamente el primer autor entre los Griegos de las ta- . 
blas astronómicas, j comprobó la precisión de los equinoc- 
cios (32): llegó á este descubrimiento por la comparación 
de las observaciones que él mismo habia hecho acerca de 
las estrellas fijas en Rodas , j no en Alejandría , como se 
ha dicho, con las de Timocharis v Aristilo, sin que proba- 
blemente sea necesario para ello suponer la aparición de 
una estrella nueva (33). Está fuera de toda duda que los 
Egipcios hubieran llegado al mismo resultado, á fuerza de 
considerar el nacimiento heliaco de Sirio (34). 

Los trabajos de Hiparco ofrecen además el carácter par- 
ticular de haber aprovechado los fenómenos observados en 



— 173 — 

las regiones celestes, para determinar la posición de los lu- 
gares geográficos. Este enlace del conocimiento del Cielo 
con el de la Tierra, este reflejo mutuo de ambas ciencias, 
da mas anidad j vida ala gran idea del Universo. El nue- 
vo mapa del mundo_, trazado por Hiparco según el de Era- 
tóstenes, descansa, en todos los casos en que esto era posible, 
en observaciones astronómicas : las longitudes y latitudes 
geográficas están determinadas en él según los eclipses de 
luna j la medida de las sombras. Por una parte el reloj hi- 
dráulico de Ctesibio, perfeccionamiento del clepsidro, podia 
procurar una división mas exacta del tiempo; por otra, los 
instrumentos que usaban entre los astrónomos de Alejandría 
]3ara determinar los diversos puntos del espacio j medir 
los ángulos , eran reemplazados incesantemente por otros 
mas perfectos, desde el antiguo y /¿o>y¿o;¿ j los escafos^ has- 
ta la invención de los astrolahios, de los armillos solsticia- 
'les j de los lineales diójjtricos. Servido así el hombre en 
cierta manera por órganos nuevos , llegó gradualmente á 
una noción mas exacta de todos los movimientos que se rea- 
lizan en el sistema planetario. El conocimiento de la mag- 
nitud absoluta de los cuerpos celestes, de su forma, de su 
densidad y de su constitución física, permaneció solo esta- 
cionaria durante miles de años. 

El número de los matemáticos eminentes no se limita á 
algunos astrónomos-observadores del museo de Alejandría. 
La edad de los Tolomeos fué principalmente el período mas 
brillante de las ciencias matemáticas. En el mismo siglo apa- 
reció Euclides, el primero que hizo de las matemáticas una 
ciencia; Apolonio de Perga, y Arquímedes, que visitó el 
Egipto y se enlaza por Conon ala escuela de Alejandría. El 
largo camino que conduce delaanálisis geométrica, tal como 
la entendía Platón, y de los triángulos de Menechmo (35), 
hasta la edad de Keplero y deTjcho, deEuler jdeClairaut, 
ded'Alembert vde Laplace, está señalado por una serie de 



— 174 — 

descubrimientos matemáticos, sin ios cuales las le jes que 
regulan los movimientos de los grandes cuerpos del mundo, 
j sus relaciones recíprocas en los espacios celestes , hubie- 
ran permanecido eternamente desconocidas para el género 
bumano. Ante todo, un instrumento material, el telescopio^ 
ha suprimido la distancia penetrando á través del espacio; 
ha llevado las matemáticas á las regiones apartadas del 
Cielo por la combinación de las ideas , j tomado posesión 
segura de una parte de aquel vasto dominio; v hé aquí 
que hoj, en estos tiempos tan fecundos en descubrimientos 
científicos, la mirada de la inteligencia , con el auxilio de 
todos los elementos de que permite disponer el estado ac- 
tual de la Astronomía, ha podido descubrir un planeta, 
determinar su lugar celeste, su órbita j su masa, aun an- 
tes de que el telescopio se ha va dirigido sobre él (36). 



IV 

PERIODO DE LA DOMINACIÓN ROMANA. 

INFLUENCIA DE UNA VASTA REUNIÓN DE ESTADOS EN LOS PROGRE- 
SOS DE LA IDEA DEL MUNDO. EL CONOCIMIENTO DE LA TIERRA 

FACILITADO POR LAS RELACIONES COMERCIALES. ESTRABON Y 

TOLOMEO. — ■ PRINCIPIO DE LA ÓPTICA MATEMÁTICA Y DE LA 

QUÍMICA. ENSAYO DE UNA DESCRIPCIÓN DEL MUNDO POR PLI- 

NIO. — EL CRISTIANISMO ENGENDRA Y DESARROLLA EL SENTI- 
xMIENTO DE LA UNIDAD DE LA RAZA IfüMANA. 

Cuando seguimos los progresos intelectuales de la hu- 
manidad j el desarrollo sucesivo de la idea del Universo, 
el período de la dominación romana se nos presenta como 
uno de los momentos mas importantes de esta historia. En- 
cuéntranse reunidas por primera vez en estrecha alianza 
todas las fértiles comarcas que circundan la cuenca del 
mar Mediterráneo , sin contar los vastos paises que se agre- 
garon después á aquel inmenso imperio, especialmente en 
el Oriente. 

Lugar es este para decir una vez mas cómo el cuadro de 
la historia del mundo, que intento bosquejará grandes ras- 
gos, adquiere con la aparición de tal reunión de Estados tan 
íntimamente ligados entre sí, un interés nuevo debido á la 
unidad de composición (37). Nuestra civilización, es decir, 
el desarrollo intelectual de todos los pueblos del continente 
europeo, puede considerarse que echó sus raices en la civi- 
lización de los pueblos esparcidos en las costas del Mediter- 



— 176 — 

raneo, siendo como un retoño directo de la de los Griegos 
j los Romanos. La denominación, demasiado esclusiva 
quizás, de literatura clásica, dada á las literaturas griega 
y latina, proviene de la conciencia que tenemos del origen 
de nuestros conocimientos mas antiguos, de que sabemos 
de dónde arranca el impulso primero que nos ha hecho en- 
trar en un círculo de ideas j de sentimientos relacionados 
íntimamente con la dignidadmoral j la elevación intelectual 
de una raza privilegiada (38). Aun considerando las cosas 
bajo este punto de vista , existe indudablemente un gran 
interés en investigar los elementos que partiendo del valle 
del Nilo j de la Fenicia , del Eufrates y del Indo , han ve- 
nido por diversas sendas , harto poco es ploradas hasta 
ahora, á refluir en el ancho rio de la civilización, griega y 
latina. Pero estos mismos elementos los debemos á los Grie- 
gos y á los Romanos , colocados estos últimos entre los pri- 
meros j los Etruscos. ¡Cuánto tiempo, con efecto, no ha 
trascurrido, antes de que los grandes monumentos de los 
pueblos que les hablan precedido en la carrera de la civili- 
zación, ha jan podido ser directamente observados, inter- 
pretados y clasificados según su antigfiedad; antes deque 
se haja llegado áleer esos geroglíficos v esos caracteres cu- 
neiformes ante los cuales tantas veces hablan pasado j re- 
pasado durante muchos siglos los ejércitos y las caravanas, 
sin sospechar siquiera su misterioso sentido! 

Las dos penínsulas cujas ricas articulaciones se desta- 
can en la parte septentrional del mar Mediterráneo , han 
sido , pues , el punto de partida de la cultura intelectual y 
de la educación política para los pueblos que poseen al pre- 
sente y aumentan cada dia el tesoro imperecedero (así lo es- 
peramos) de la ciencia y de las artes creadoras ; para los 
pueblos que á su vez han ido á difundir la civilización á 
otro hemisferio , y que vanagloriándose de llevarle la es- 
clavitud^ han acabado á pesar sujo por implantar en él 



— 177 — 

la libertad. Este origen común de la ciencia j de las ideas 
no impide, sin embargo, que, como por un favor de la suer- 
te, la unidad y la diversidad se mezclen felizmente aun en 
el continente en que vivimos. Los elementos que concur- 
rieron á fundar esta alianza no diferian menos en sí mis- 
mos, que por la apropiación j la trasformacion que su- 
frieron mas tarde , al adaptarse á los caracteres opuestos j 
á las disposiciones particulares de todas las razas de Euro- 
pa. El reflejo de esos contrastes se ha conservado, aun mas 
allá del Océano, en colonias j establecimientos que han lle- 
gado á ser grandes Estados libres, ó que trabajan por per- 
feccionar su organización para llegar al mismo objeto. 

El imperio romano, si se considera la estension del ter- 
ritorio que ocupaba en su forma monárquica bajo los Cé- 
sares, es sin duda, absolutamente hablando, menos vasto 
que el imperio chino bajo la dinastía de los Thsin j de los 
Han del Oriente (desde el año 30 antes de J. C. al 
año 116 de nuestra era), que la dominación de los Mogoles 
bajo Dschingischau, oque las comarcas que forman actual- 
mente el imperio ruso en Europa y en Asia (39). Pero á 
escepcion de la monarquía española, antes de la pérdida de 
sus posesiones en el nuevo Continente, jamás se reunieron 
bajo un mismo cetro, teniendo en cuenta á la vez los bene- 
ficios del clima, la fecundidad del suelo y la situación re- 
lativa del imperio romano, regiones mas vastas ni mas 
favorecidas que aquellas por donde se estendia la domina- 
ción romana desde Octavio hasta Constantino. 

Desde la estremidad occidental de la Europa hasta el 
Eufrates, desde la Bretaña y una parte de la Caledonia 
hasta la Getulia y el límite donde comienzan los desiertos 
de la Libia , no era solamente la variedad infinita de los 
aspectos que presentan la conformación del suelo, las pro- 
ducciones orgánicas y los fenómenos naturales, lo que lia-' 
maba la atención : la raza humana ofrecía también todos 

TOMO ir. 1- 



— 178 — 

los matices de la civilización y de la barbarie. Aquí se la 
veia en posesión de las artes j de las ciencias desde remota 
antigüedad ; mas allá se hallaba aun sumida en el primer 
crepúsculo donde nota la inteligencia cuando se despierta. 
Las lejanas espediciones dirigidas al Norte j al Mediodía 
hacia las costas que producen el ámbar, v las que condu- 
jeron Elio Galio V Balbo á la Arabia y al país de los Ga- 
ramantas , obtuvieron éxito desigual. Ya en tiempo de Cé- 
sar, y después en el de Augusto^ se comenzó á medir la 
superficie del Imperio; y á esta operación de que estaban 
encargados tres geómetras griegos , Teodoto , Zenodoto y 
Policletes, se unieron itinerarios y topografías especiales- 
que debian distribuirse á todos los gobernadores de pro- 
vincia (40). Justo es decir que una cosa análoga se habia 
practicado ja en China muchos siglos antes; pero respecto 
de Europa , son estos los primeros trabajos estadísticos de 
que puede vanagloriarse. Los caminos romanos, divididos 
en millas, atravesaban vastas prefecturas. Adriano, que 
recorrió todo su Imperio^ no empleó menos de once años 
en su viaje, si bien con interrupciones. Visitó todo el espa- 
cio comprendido desde la península Ibérica hasta la Judea, 
el Egipto y la Mauritania. De este modo se abrió é hizo 
practicable una parte considerable del mundo sometido á 
la dominación romana; perrms orhis, como dice con alguna 
menos razón el coro de la Mffhjt- de Séneca hablando de la 
tierra entera (41). 

Debió esperarse que, mediante el beneficio de una larga 
paz , la reunión en una sola monarquía de tantas y tan 
vastas comarcas y de climas tan diversos, que la facilidad 
con que atravesaban las provincias funcionarios escoltados 
por numeroso séquito de hombres de variada instrucción, 
hubieran aprovechado de una manera maravillosa, no sola- 
mente á la descripción de la tierra, sino á la ciencia misma 
de la Naturaleza, y dado origen á miras mas elevadas sobre- 



— 179 — 

el conjunto de los fenómenos. Semejantes esperanzas sin 
duda que eran demasiado ambiciosas, jno se lian visto sa- 
tisfechas. En todo el largo período en que el imperio romano 
conservó su integridad , durante un espacio de cuatro si- 
glos, no vemos aparecer como observadores de la Natura- 
leza sino á Dioscórides de Cilicia j á Galeno de Pérgamo. 
El primero aumentó notablemente el número de las espe- 
cies vegetales ja descritas; debe, sin embargo, colocarse 
después de Teofrasto , que ha sabido imprimir por todas 
partes el sello de su espíritu filosófico. Galeno estendió sus 
observaciones á gran número de especies animales_, j por la 
delicadeza de sus análisis, por la importancia de sus descu- 
brimientos anatómicos, mereció figurar después de x\ristó- 
teles, j muchas veces antes que él. Tal es al menos la 
opinión de Cuvier (42). 

Al lado de Dioscórides y de Galeno, haj aun otro nom- 
bre, pero uno solo , de cierto esplendor, y es el de Tolo- 
meo. No le citamos aquí como geógrafo, ó como inventor 
de un sistema nuevo de astronomía, sino que no vemos en 
él ahora mas que al físico que por sus esperimentos ha 
llegado á medir la refracción de la luz, j puede ser repu- 
tado como el fundador de una parte considerable de la Óp- 
tica. Sus derechos no se han reconocido hasta muj tarde, 
aunque indudablemente son incontrovertibles (43). En 
cuanto á nosotros, por importantes que ha jan sido los 
progresos realizados en la esfera de la vida orgánica j en 
las consideraciones generales que son del dominio de la 
anatomía comparada, no podemos, sin embargo, al estudiar 
un período anterior en quinientos años al de los árabes, 
dispensarnos de conceder atención particular á los esperi- 
mentos físicos que revelaron la marcha de los rajos lumi- 
nosos. Este es, con efecto, el primer paso en una car- 
reraque entonces se iniciaba, j cu jo término es la física 
matemática. 



— 180 — 

Los hombres eminentes que imprimieron el lustre á la 
eiencia al período imperial eran todos de origen griego. No 
hablo de Diol^nto , algebrista profundo , pero que falto de 
fórmulas suficientes se limitaba todavía á los procedimientos 
de la aritmética; porque este matemático pertenece á una 
época posterior (44). En la lucha de elementos que se 
observaba en la civilización de los tiempos del imperio 
romano, la victoria quedó de parte del elemento mas an- 
tií>*uo V mejor organizado, de la raza griega. Pero des- 
pués de la decadencia sucesiva de la escuela de Alejandría, 
las luces de la ciencia j de la filosofía se debilitaron v dis- 
persaron. Mas tarde se las ve renacer en Grecia j en el 
Asia Menor. El gobierno, como sucede en todas las monar- 
quías absolutas que ocupando inmensos espacios presen- 
tan la reunión de las partes mas heterogéneas , se cuidaba 
especialmente en conjurar la inminente ruptura de aque- 
lla ahanza facticia, por la disciplina militar j por la emu- 
lación que introducia en la administración, subdividién- 
dola ; en ocultar las discordias intestinas de la familia 
imperial, va dulce_, ja severamente, j en asegurar por fin 
á los pueblos por medio de gobernadores ilustres, aquel 
triste reposo que puede procurar temporalmente el despo- 
tismo aceptado sin resistencia. 

El establecimiento de la dominación romana fué sin 
duda efecto de la grandeza inherente al carácter romano. 
déla severidad que se mantuvo largo tiempo en las cos- 
tumbres, y de un patriotismo esclusivo unido al elevado 
sentimiento que de sí mismo tenian. Pero una vez obteni- 
do este resultado, debilitáronse poco á poco las nobles cua- 
lidades que le habian producido, desnaturalizándose bajo 
la inriuencia inevitable de nuevas relaciones. Con el espí- 
ritu nacional se estinguió el ardor común á todos los ciu- 
dadanos, y desaparecieron al mismo tiempo la publicidad 
j el principio de la individualidad, bases las mas firmes 



— ISI — 

de los Estados libres. La Ciudad eterna llegfj á ser el cen- 
tro de una circunferencia vasta en demasía. Faltó el espí- 
ritu que hubiera podido sin agotarse, animar aquella in- 
mensa corporación de Estados. La religión cristiana llegó á- 
ser la religión del imperio, cuando ja estaba profundamente 
quebrantado , y cuando los beneficiosos efectos de la nueva 
doctrina, se esterilizaban por cau.sa de las contiendas dog- 
máticas de las sectas enemigas. Así se vio desde enton- 
ces comenzar el doloroso combate de la ciencia j de la fé, 
que, renovándose sin cesar bajo formas diversas, se pro- 
longó á través de los siglos y fue un constante obstáculo 
para la investigación de la verdad. 

Si el Imperio romano á causa de su estension y de la 
constitución política que era consiguiente, fué impotente 
para sostener y vivificar las fuerzas intelectuales y creado- 
ras de la humanidad , lo contrario de lo que habia aconte- 
cido en las pequeñas repúblicas griegas aisladas é inde- 
pendientes, tenia en cambio otras ventajas que no deben 
olvidarse. La esperiencia y la multiplicidad de las obser- 
vaciones aportaron abundante cosecha de ideas. El mundo 
de los objetos esteriores se ensanchó considerablemente, y 
así se facilitó á los siglos venideros la contemplación reflexi- 
va de los fenómenos de la Naturaleza. Activáronse las re- 
laciones entre los pueblos por la dominación romana , la 
lengua latina se estendió por todo el Occidente y una 
parte del África Septentrional. El helenismo permane- 
ció naturalizado en Oriente mucho tiempo después de la 
ruina del imperio de Bactriana_, ocurrida en tiempo de 
Mitrídates I, trece años antes de la invasión de los Sacios d 
Escitas. 

Si comparamos la estension de los paises en que pene- 
traron respectivamente las lenguas griega y latina, la se- 
gunda aventajó á la primera aun antes de que la capital 
del imperio se hubiera trasladado á Bizancio. Los progre- 



— 182 — 

sos de estos dos idiomas tan perfeccionados y tan ricos en 
monumentos literarios^ contribuyeron también á mezclar 
y á fundir mas íntimamente tantas razas distintas, á civi- 
lizarlas j perfeccionarlas mas, «á hacer á los hombres mas 
.humanos^ como dice Plinio, j á crearles una patria co- 
mún (45).» Sin embargo, por grande que fuese el despre- 
cio que en general se profesaba á las lenguas bárbaras, á 
que sin temor se llamaba mudas (o^yianoi^^ según el testi- 
monio de Polux, no faltan ejemplos de haberse tradu- 
cido en Roma, á imitación de los Lagidios, alguna obra 
literaria del cartaginés al latin. Es notorio que el libro 
de Magon sobre agricultura se tradujo por orden del Se- 
nado. 

La dominación romana, que llegaba por el Oeste al pro- 
montorio Sagrado, siguiendo la costa septentrional del Me- 
diterráneo, es decir, hasta la mas apartada estremidad del 
continente europeo, no se estendia por el Este, ni aun en 
tiempo de Trajano, que navegó por el Tigris^ mas que hasta 
el meridiano del golfo Pérsico. Por este lado, j en el pe- 
ríodo cu JO cuadro bosquejamos, fué por donde hicieron 
progresos mas considerables las relaciones de los pueblos y 
el comercio terrestre tan importante para la geografía. 
Después de la caida del imperio griego de Bactriana se es- 
tablecieron ademas comunicaciones con los Seros, merced á 
la poderosa intervención de los Arsacidas. Pero estas no 
eran, sin embargo, mas que relaciones indirectas, insufi- 
cientes para compensar el perjuicio causado á las relaciones 
inmediatas de los Romanos con los pueblos del Asia interior 
por la actividad que los Partos desplegaron en su comer- 
cio de reventa. El resultado de los movimientos verificados 
en la estremidad de la China produjo una revolución rá- 
pida j completa,, aunque poco duradera, en el estado po- 
lítico de las inmensas comarcas comprendidas entre la cá- 
rdena volcánica de los montes celestes ó Thian-chan y la de 



— 183 — 

Kuen-luii que atraviesa el Tibet septentrional. Un ejército 
chino rechazó á los HiungnUj hizo tributarios álos peque- 
ños reinos de Khotan y de Kaschgar, y llevó sus victoriosas 
armas hasta las costas orientales del mar Caspio ; me refiero 
álagran espedicion del jefe Pantschab, realizada en tiempo 
del emperador Mingtí, de la dinastía de los Han, es decir, 
hacia el reinado de Vespasiano v de Domiciano. Los histo- 
riadores chinos atribujen todavía un plan mas vasto a este 
atrevido j feHz conquistador. Aseguran que se proponia 
nada menos que invadir el imperio romano (Tathsiu), 
pero que los Persas les habian separado de este pensa- 
miento (46). Así se establecieron relaciones entre las cos- 
tas del mar Pacífico, el Chensi v la cuenca del Oxo, en 
que desde largo tiempo se mantenia activo comercio con 
el mar Negro. 

Las grandes invasiones se dirigieron en xAsia del Este 
al Oeste, j en el nuevo continente del Norte al Sud. Siglo 
j medio antes de nuestra era, por el tiempo próximamente 
de la destrucción de Corinto j de Cartago, la raza turca de 
los Hiungnu, que de Guignes j Juan de Muller han con- 
fundido con los Hunos de raza finlandesa, invadiendo cerca 
de la muralla de la China el país de los Yuetas (quizás los 
(jetas) jlos Usunos, pueblos notables por su rubia cabellera 
j ojos azules, j probablemente de raza indo-germánica, 
dieron el primer impulso á aquellas emigraciones que no 
debían llegar á las fronteras de Europa sino quinientos 
años mas tarde (47). De este modo, oleadas de poblaciones, 
atraídas hacia el Occidente, se corrieron lentamente desde 
el valle superior del Huangho, liasta el Don j el Danu- 
bio, mientras que movimientos en sentido contrario mez- 
claban una parte de la raza humana con la otra, en el 
lado septentrional del antiguo continente , j daban lugar 
-á hostilidades que se trocaban después en relaciones de paz 
V de comercio. Estas grandes corrientes de pueblos que, 



— 184 — 

como las del Océano, siguen su marcha entre masas inmó- 
viles, son acontecimientos de gran trascendencia en la his- 
toria de la Contemplación del mundo. 

Durante el reinado del emperador Claudio, llegó á 
Roma atravesando el Egipto una embajada que envió el 
fíachia de la isla de Ceilan ; j en tiempo de Marco -Aurelio 
Antonino, llamado Antun por los historiadores de la dinas- 
tía de los Han , se presentaron en la corte de China emba- 
jadores romanos, después de haber llegado por mar hasta 
Tun-kin. Señalamos desde ahora los primeros vestigios de 
las relaciones que mantuvo el imperio romano con la China 
y con la India, porque muj verosímilmente se debe á estas 
relaciones el haberse difundido en estas dos comarcas j ha- 
cia los primeros siglos de nuestra era, el conocimiento de la 
esfera griega, del zodiaco griego j de la semana planetaria 
de los astrólogos (48). Los grandes matemáticos indios Wa- 
rahamihira, Brahmagupta y aun quizás Arjabhatta, son 
posteriores á la época que nos ocupa ahora (49); pero puede 
ser también que alguno de los descubrimientos pertenecien- 
tes originariamente á los Indios , j á los cuales llegaron 
aquellos pueblos por sendas solitarias v estraviadas , hajan 
penetrado en el Occidente antes del nacimiento de Diofanto, 
á consecuencia de las relaciones comerciales que hablan to- 
mado tan vastas proporciones en tiempo de los Lagidios j 
de los Césares. No es esta ocasión de depurar lo que perte- 
nece propiamente á cada raza j á cada períod.0 : basta re- 
cordar en general los caminos que estaban abiertos á la 
circulación de as ideas. 

Hasta qué punto se multiplicasen aquellos caminos, y 
cuan vasto desarrollo recibiesen por todas partes las comu- 
nicaciones de los pueblos_, lo demuestran de la manera mas 
decisiva las gigantescas obras de Estrabon y de Tolomeo. 
El ingenioso geógrafo de Amasea no manifiesta en sus me- 
didas la exactitud que haj en las de Hiparco, ni sabe apli- 



r^ 



/ 



— 185 — 

car como Tolomeo los principios matemáticos al conoci- 
miento de la tierra; pero por la variedad de los materiales 
^j la grandeza de su plan , es su obra superior á todos los 
trabajos geográficos de la antigüedad. Estrabon liabia visto 
por sí mismo una parte considerable del imperio romano j 
de ello se lisonjea, «desde la Armenia hasta las costas tir - 
renas, desde el Ponto-Euxino basta las fronteras de la Etio- 
pía.» Después de haber escrito cuarenta j tres libros de 
historia, para servir de continuación á la de Poljbio^ tuvo 
valor de empezar á los ochenta j tres años de edad la re- ^f^ 
daccion de su gran obra geográfica (50). El mismo observa 
que la dominación de los Romanos j la de los Partos con- 
tribujeron, cada una en su tiempo, á asegurar mas todavía ' ^ 
el libre tránsito por el mundo, que las conquistas de ^^ 
Alejandro, cu jos resultados confundian á Eratóstenes. El 
comercio de la India no estaba ja en manos de los árabes. 
Estrabon se admiraba en Egipto de ver tan aumentado el 
número de los buques que partian directamente de Mjjos- 
Hormos hacia los puertos de la India, j su imaginación le 
arrastraba mucho mas allá de aquella comarca, hacia las 
costas orientales del Asia (51). Bajo la misma latitud que el 
estrecho de Gádes ó la isla de Rodas , en el sitio en que, 
según su opinión^ una cadena no interrumpida de monta- 
ñas, prolongación del Tauro, divide el antiguo continente 
en su major anchura, sospecha la existencia de otro conti- 
nente, situado entre la Europa occidental j el Asia: «Es 
muj posible, dice, que siguiendo por el Océano atlántico 
el paralelo de Tinoe (ó de Atenas según una corrección pro- 
puesta por el último editor), se hallen aun en aquella zona 
templada _, uno ó muchos mundos , poblados por razas hu- 
manas distintas de la nuestra (52).» Sorprende verdadera- 
mente que tal aserto no haja llamado la atención de los 
escritores españoles que, á principios del siglo XVI, creian 
ver por doquiera entre los autores clásicos, la prueba de 



— 186 — 

que el Nuevo Mundo no era completamente desconocido 
-desde aquella época. 

Dice muj bien Estrabon, que en todas las obras de arte 
que tienden á representar cosas grandes, no se da la pre- 
ferencia á la perfección de los detalles : así es que él mismo, 
en el monumento colosal que trataba de levantar, quiere 
unte todo fijar la atención en la forma del conjunto. Esta 
predisposición á o-eneralizar las ideas no le impide admitir 
iin gran número de observaciones físicas, j especialmente 
geognósticas, todas muj dignas de interés (53). Como Posi- 
donio y Pol jbio, menciona sucesivamente la influencia que 
ejerce en el máximum del calor atmosférico en las regiones 
de los trópicos ó del Ecuador, el paso mas rápido ó mas lento 
del Sol por el zenit; las diversas causas que han producido 
los cambios esperimentados por la superficie de la Tierra; 
la abertura de los lagos que primitivamente noienian sa- 
lida: las corrientes oceánicas j el nivel igual de los mares, 
reconocido ja por Arquímedes; la erupción de los volcanes 
submarinos, las conchas fósiles j las huellas de peces; v 
señala por fin un hecho que debe sorprendernos sobre todo, 
por haber llegado á ser el germen de la geologia moderna; 
hablo de las oscilaciones periódicas de la corteza terrestre . 
Estrabon dice espresamente que los cambios sobrevenidos 
en los límites de la Tierra j del Mar, mas dependen del le- 
vantamiento ó depresión del suelo que de los aluviones, 
bien poco sensibles; «que no son únicamente masas aisladas 
de rocas é islas pequeñas ó grandes, sino continentes ente- 
ros los que pueden surgir del fraudo de los mares.» Como 
Herodoto, Estrabon se muestra atento á la descendencia 
de los pueblos j^ á la variedad de las razas. Da una defini 
cion notable del hombre al que llama «un animal terrestre 
j aéreo, que há menester mucha luz (54).» Sin embargo, 
Julio César en sus Comentarios, j Tácito en el bello monu- 
mento que levantó á la gloria de Agricola, son los histo- 



— 187 — 

riadores que han revelado major sagacidad respecto de la 
distinción de las razas humanas. 

Desgraciadamente la estensa j rica obra de Estrabon, 
cu vas miras sobre el conjunto del mundo compendiamos 
aquí, fué casi desconocida de la antigüedad romana hasta 
el siglo V. Plinio mismo no sacó partido de ella á pesar de 
todo su saber. Solo á fines de la edad media empezó este 
libro á inrtuir en la dirección de los espíritus; sin embargo, 
esta infiuencia fué menor que la de la Geografía de Tolo- 
meo, obra mas especialmente matemática, casi enteramen- 
te estraña á las ideas de la física general, y que no es otra 
cosa sino árida nomenclatura. La Geografía de Tolomeo 
sirvió de guia á todos los viajeros hasta en el siglo XVI. A 
cada descubrimiento creíase reconocer en aquel libro las 
nuevas regiones aunque designadas con otros nombres. Del 
mismo modo que los naturalistas durante mucho tiempo se 
obstinaron en ajustar forzosamente á las clasificaciones de 
Linneo todas las especies de plantas j animales últimamen- 
te descubiertas , así también los primeros mapas del nuevo 
continente aparecieron en el Atlas de Tolomeo, que pre- 
paró Agatodemon , en la época en que entre los Chinos ja 
estaban representadas las provincias occidentales del Impe- 
rio en cuarenta v cuatro divisiones (55). La (feografía uni- 
versal de Tolomeo tiene indudablemente la ventaja de re- 
producir á nuestra vista todo el antiguo mundo, no solo de 
una manera gráfica, trazando los contornos, sino que tam- 
bién numéricamente, determinando las posiciones por la 
longitud j la latitud, j por la duración de los dias. Pero 
aunque Tolomeo ha ja acreditado con frecuencia que pre- 
feria los resultados astronómicos á las enumeraciones de las 
distancias por tierra ó por mar, no se puede desgraciada- 
mente reconocer sobre qué base establecia él cada una de 
las determinaciones de lugares cujo conjunto escede del 
número de 2,500, ni qué verosimilitud relativa debe atri- 



— 188 — 

huírseles refiriéndolas á los itinerarios en uso por entonces. 
Los Griegos j los Romanos, por cuidado que en ello pusie- 
sen, nopodian formar exactos itinerarios, porque ignoraban 
completamente la dirección de la aguja imantada, carecien- 
do, por lo tanto, del recurso de la brújula, que mil doscien- 
tos cincuenta años antes de Tolomeo figuraba ja con otro 
instrumento destinado á medir los caminos, en la construc- 
ción del carro magnético del emperador chino Tschingwang. 
Así mismo desconocian la manera de determinar con exac- 
titud las direcciones de las líneas, es decir, el ángulo que 
forman con. el meridiano (56). 

A medida que en nuestros dias se han conocido mejor 
las lenguas de la India j el zend de la antigua Persia, háse 
visto con creciente sorpresa que una gran parte de la no- 
menclatura geográfica de Tolomeo es un monumento his- 
tórico de las relaciones comerciales establecidas en otro 
tiempo entre el Occidente j las comarcas mas apartadas del 
Sud j del centro del Asia (57). Entre los mas importantes 
resultados de estas relaciones puede contarse el de haber 
llegado al cabo á formar una idea exacta del mar Caspio, y 
comprobado que se halla cerrado por todas partes. Tolomeo 
restableció esta verdad , j echó por tierra definitivamente 
un error que habia durado cinco siglos j medio. Herodoto 
tuvo conocimiento de este hecho, como también Aristóteles, 
que, como felizmente sabemos, escribia su Meteorológica 
antes de la espedicion de Alejandro. Los habitantes de 01- 
bia, de cu jos labios recogía el padre de la historia sus nar- 
raciones, estaban familiarizados con la costa septentrional 
del mar Caspio, entre el Kuma, el Wolga ó Rha j el Jaik, 
llamado por otro nombre Ural. Nada podia hacer engen- 
drar en ellos la idea de una salida hacia el mar Gla- 
cial; existían, por el contrario, graves motivos de error 
para el ejército de Alejandro , que al descender á los valles 
húmedos de la provincia de Mazenderán , mas allá de He- 



— 189 — 

catompylos (Damaghan), encontraba el mar Caspio cerca 
de Zadrakarta , un poco al Oeste de la ciudad moderna de 
Asterabad, viéndola perderse hacia el Norte en lo infinito. 
Este aspecto hizo que los Macedonios conjeturasen , según 
refiere Plutarco en la Vida de Alejandro , que el mar que 
se ofrecia á su vista podria ser un golfo del Palus Meoti- 
des (58). La espedicion macedónica, de tan felices conse- 
cuencias en general para el conocimiento de la Tierra, dio 
también ocasión á algunos errores que se han conservado 
por largo tiempo. El Tañáis se confundió con el laxarte 
(el Araxes de Herodoto), j el Cáucaso con el Paropaniso 
(el Indo-Kho). Tolomeo, durante su permanencia en Ale- 
jandría, habia podido procurarse noticias exactas acerca de 
las comarcas limítrofes del mar Caspio, tales como la Alba- 
nia, la Atropatena y la Hircania, como también respecto de 
las espediciones comerciales de los Aorsos, cujos camellos 
llevaban las mercancías de la India j de Babilonia á orillas 
del Don j el mar Negro (59) . Si se representó el gran eje 
del mar Caspio en dirección de Oeste á Este, opuestamente 
á la imagen mas exacta que de él se habia formado Hero- 
doto, quizás dependiera su error de la vaga noción que tu- 
viese de la estension considerable que ocapó en otro tiempo 
el antiguo golfo de la Escitia, el Karabogas, j de la proxi- 
midad del lago del Aral, mencionado exactamente por vez 
primera por Menandro, escritor bizantino, continuador de 
Agatias (60). 

De lamentar es que Tolomeo, que nuevamente compro- 
bó la verdadera forma del mar Caspio, tenido mucho tiempo 
como mar abierto^ según la hipótesis de los cuatro golfos^ j 
según también los reflejos imaginados en la luna para es- 
plicar las manchas de que aparece sembrado su disco (61), 
no ha ja renunciado asimismo á la fábula de aquella región 
desconocida del medio día que debia juntar el Promontorio 
Praso con Cattigara v Thinre (Sinarum Metrópolis), j 



— 190 — 

unir por consiguiente el África oriental con el país de Tsin 
(la China). Esta fábula, que hace del Océano índico un mar 
interior^ tiene su origen en opiniones que se remontan, por 
medio de Marin de Tjro, á Hiparco, Seleuco de Babilonia 
j hasta Aristóteles (62) . Basta haber recordado por algunos 
ejemplos, en un ensajo histórico acerca del desenvolvimien- 
to de la idea del Universo , cómo largas oscilacianes en los 
descubrimientos y en la ciencia han oscurecido de nuevo j 
con frecuencia puntos esclarecidos ja algún tanto. A me- 
dida que por los progresos crecientes de la navegación 
j del comercio terrestre podíase creer- en la facilidad de 
abarcar toda la estension del globo, la imaginación siem- 
pre activa de los Griegos intentó cada vez mas, j par- 
ticularmente en la época alejandrina , en tiempo de los 
Lagidas j bajo la dominación romana, fundir por combi- 
naciones ingeniosas antiguas adivinaciones con los re- 
sultados positivos de la ciencia, j en completar con teda 
diligencia aquel mapa del mundo cujas bases estaban ape- 
nas echadas. 

Hemos recordado antes, de un modo incidental^ cómo 
llegó á ser Claudio Tolomeo, por su óptica que nos conser- 
varon los Árabes, aunque mu j incompletamente, el funda- 
dor de una parte de la física matemática. Cierto es que 
aquella parte, en lo que concierne á la refracción de la luz 
habia sido tratada ja en la Catóptrica de Arquimedes, si ha 
de creerse á Théon de Alejandría ((>3). La ciencia ha rea- 
lizado un progreso considerable, cuando los fenómenos fí- 
sicos, en vez de ser observados j comparados simplemente 
entre sí, como de ello nos ofrecen memorables ejemplos en- 
tre los (jriegos, los numerosos é interesantes Problemas del 
pseudo Aristóteles , j entre los Latinos los libros de Séneca, 
los provacaba de intento y evaluaba numéricamente en con- 
diciones que modifica el mismo observador (64). Este modo 
de esperimentacion caracteriza las investigaciones de To- 



— 191 — 

lomeo sobre la refracción de los rajos luminosos en el mo- 
mento de su paso á través de medios de desigual densidad. 
Tolomeo hacia pasar los rajos del aire al agua j al cristral 
ó del agua al cristal , bajo grados de incidencia diferentes: 
los resultados de estas esperiencias han sido reunidos por 
él en un cuadro. Esta apreciación numérica aplicada á 
hechos que suscita el esperimentador á su arbitrio, á 
fenómenos naturales que no pueden referirse al movi- 
miento de las ondas luminosas , es un acontecimiento 
único en la época de que tratamos en este momento. 
Aristóteles , para esplicar los efectos de la luz , habia 
supuesto que el medio se mueve entre el ojo j el ob- 
jeto sobre el cual se fija (65). El período de la domina- 
ción romana no nos ofrece mas después de esto, en el es- 
tudio de la naturaleza elemental, que algunas esperien- 
cias químicas de Dioscórides, j como va he esplicado en- 
otro lugar , el arte de recoger en verdaderos aparatos de 
destilación los vapores que se escapan j vuelven, á caer go- 
ta á gota (66). Como la química no pudo empezar á exis- 
tir sino desde el momento en que el hombre se procuró áci- 
dos capaces de producir la fusión j la disolución de las sus- 
tancias, la destilación del agua del mar, descrita por Ale- 
jandro de Afrodisias, en tiempo de Caracalla^ es un hecho 
de importancia que señala la marcha por donde se ha lle- 
gado sucesivamente al conocimiento de la hetereogeneidad 
de las sustancias, de su composición química j de su afini- 
dad recíprooa. 

Para el conocimiento de la naturaleza orgánica, después 
del anatómico Marin, después de Rufo de Efeso, que se de- 
dicó á disecar monos, j distinguió los nervios sensibles j 
los nervios motores, después de Galeno de Pérgamo, que 
eclipsó á todos sus rivales, no haj mas nombres que citar. 
La historia de los Animales por Elíano de Prénesto^ el poe- 
ma de Opiano sobre los peces, contienen datos esparcidos^ 



— 192 — 

pero no resultados positivos, fundados en observaciones 
personales. No se esplica fácilmente cómo se perdieroü 
completamente para la anatomía comparada el inmenso 
número de animales raros que durante cuatro siglos fue- 
ron degollados en los circos romanos; los elefantes , rinoce- 
rontes, hipopótamos, antes, leones, tigres, panteras, coco- 
drilos j avestruces (67). Hemos hablado ja de todo cuanto 
hizo Dioscórides por el conocimiento general de los vejeta- 
Íes; así es que ha ejercido una influencia poderosa j soste- 
nida sobre la botánica j la química farmacéutica de los 
Árabes. El jardin botánico que poseia en Roma Antonio 
Castor, médico que vivió mas de cien anos, j que quizás 
se habia dispuesto á imitación de los jardines botánicos de 
Teofrasto j de Mitrídates, no ha sido verosímilmente mas 
iitil al progreso de las ciencias que la colección de osamen- 
tos fósiles del emperador Augusto v las colecciones de obje- 
tos atribuida con poca razón al ingenioso Apuleyo de Ma- 
daura (68). 

Para acabar el cuadro de los progresos realizados en la 
ciencia del Universo durante el período de la dominación 
romana, nos queda por mencionar la gran empresa de Pli- 
nio el Viejo, que intentó abarcar una descripción general 
d^l mundo en los treinta j siete libros de su historia. No 
se hallaría en toda la antigüedad segundo ejemplo de 
tentativa semejante. La obra en vias de ejecución , acabó 
por ser una especie de enciclopedia de la Naturaleza v del 
arte. El autor, en su dedicatoria á Tito , no teme em- 
plear él mismo la espresion , mas noble entonces que 
hoj £>«x;Lo7iraiSí/a, quc cqulvalc á decir el círculo de todas 
las ciencias que sirven para formar el espíritu. Sin em- 
bargo; no podrá negarse que, á pesar de la falta de rela- 
ción entre las partes, el conjunto de esta obra presen- 
ta el verdadero bosquejo de una descripción física del 
mundo. . , 



-^ 193 — 

La Historia Natural de Plinio^ denominada Historia 
Mimdi en la tabla de materias que forma hoj loque pudié- 
ramos llamar primer libro, j con mas propiedad Naturce 
Historia en una carta de Plinio el Joven á su amigo Macer, 
comprende á la vez el Cielo j la Tierra, la posición j el cur- 
so de los planetas, los fenómenos meteorológicos de la atmós- 
fera , la configuración déla superficie terrestre y todo lo que 
se relaciona con ella, desde la capa de vegetales que la cubre 
j los moluscos del Océano, bástala especie bumana. Plinio 
considera las distinciones que crean las facultades de la in- 
teligencia entre las diferentes razas, j sigue la glorificación 
de la bumanidad basta en el desenvolvimiento de las artes 
plásticas. Trato de indicar aquí los elementos de esta cien- 
cia general de la Naturaleza, que están esparcidos casi sin 
orden en la gran obra de Plinio. «El camino que voj á re- 
correr, dice con noble confianza en sí mismo, no ba sido aun 
bollado (non trita auctoribus via) ; nadie entre nosotros, 
ninguno entre los Griegos se ba atrevido á tratar por sí 
solo de la universalidad del mundo (nemo apud Griecos 
qui unus omnia tractaverit). Si mi empresa se frustra, bella 
j grande cosa será, sin embargo, el baber osado intentarla 
(pulcbrum atque magnificum). 

Este bombre de espíritu tan penetrante, veia flotar de- 
lante de él una imagen grande; mas preocupado por los de- 
talles, no ba sabido retenerla fija ante sus ojos , por no ba- 
ber observado j vivificado por sí mismo la Naturaleza. 
La ejecución ba quedado incompleta, no solamente porque 
tenia un conocimiento mu j ligero de los objetos que se pro- 
ponia tratar, j basta los desconocía con frecuencia, sino 
que también por falta de plan j de orden, según podemos 
juzgar por las obras cu jos estractos bizo, y que ban llega- 
do basta nosotros. Reconocíase que Plinio el Viejo era un 
bombre eminente j distraído con gran número de ocupa- 
ciones^ á quien agradaba gloriarse de sus largas veladas j 

TOMO II. '13 



— 194 — 

de su trabajo nocturno, pero que, como gobernador de Es- 
uaña ó encarírado del mando de la flota en el mar Tirreno, 
abandonó con mucha frecuencia á subalternos poco instrui- 
dos el cuidado de llen,ar el cuadro de aquella compilación 
xsin fin. No por ello debe entenderse que sea cosa en sí vi- 
tuperable este trabajo de compilación, que consistia en re- 
coo-er con detenimiento observaciones j hechos aislados, 
tales como podia suministrarlos la ciencia en aquella épo- 
ca. Si el éxito no fué completo, debióse á la impotencia en 
que se hallaba Plinio de dominar los materiales reunidos, 
de subordinar el elemento descriptivo á concepciones mas 
elevadas j generales, j de mantenerse firmemente en el 
punto de vista de una ciencia comparada de la Naturaleza. 
Miras mas elevadas, no solo orográficas, sino verdadera- 
mente geognósticas , germinaban va en Eratóstenes j en 
Estrabon. Del primero se ha aprovechado Plinio una sola vez, 
del segundo nunca. Plinio no ha sabido tampoco tomar de 
la historia anatómica de los animales de Aristóteles, ni 
la división en grandes clases, fundada en las diferencias 
esenciales del organismo interior , ni la inteligencia de 
aquel método de inducción, único que se puede aplicar con 
seo-uridad á la í>eneralizacion de los resultados obtenidos. 
Plinio empieza por consideraciones panteísticas, j des- 
ciende en seguida del Cielo ala Tierra. Del mismo modo que 
reconoce la necesidad de presentar el poder v la grandeza 
de la Naturaleza (natunv visatque majestas) como un gran 
todo obrando simultáneamente, distingue al comienzo del 
libro iii un conocimiento general j otro especial de la tier- 
ra; pero esta distinción queda bien pronto á un lado, cuan- 
do se entretiene con una árida nomenclatura de comarcas, 
montañas v rios. La mavor parte de los libros, viii-xxvii, 
j XXXIII, xxxiv, XXXVI j xxxvii , está llena de descripcio- 
nes tomadas de los tres reinos de la Naturaleza. Plinio el Jo- 
ven caracteriza en una de sus cartas con mucha exactitud 



— 195 — 

el libro de su tio; llámale obra difusa j sabia, no meucs 
variada que la misma Naturaleza (opus diffusum, eruditum 
uec miuus varium quam ipsa natura;. Háse censurado á 
Piinio el liaber introducido en su historia muchas cosas que 
eran agenas á la obra , j que por mi parte estoj dispuesto á 
alabar. Lo que me encanta sobre todo, es que vuelve con 
frecuencia j siempre con predilección, á la influencia que 
la Naturaleza ha ejercido sobre la moralidad y el desarro- 
llo intelectual de la raza humana. Confieso, sin embargo, 
que las diversas partes no se relacionan entre sí felizmente. 
Podemos asegurarnos de ello recorriendo los pasajes si- 
guientes: MI, *24-47; XXV, '2; xxvi , 1 ; xxxv, '2; xxxvi, 
2-4; XXXVII, 1. Por ejemplo, después de haber analizado las 
sustancias minerales y vegetales , el autor pasa á un frag- 
mento histórico sobre las artes plásticas. Verdad es que este 
fragmento tiene en el estado actual de nuestros conocimien- 
tos, mas importancia que todo lo que nos puede ofrecer la 
obra de Piinio en cuanto á descripciones naturales. 

El estilo de Piinio tiene mas vida v animación que ver- 
dadera grandeza; pocas veces es pintoresco. Compréndese 
que el autor ha recogido sus impresiones en los libros, v 
no en la fuente de la libre Naturaleza , aunque ha ja po- 
dido contemplarla bajo zonas muv diferentes. Ha difundi- 
do por todas partes un color sombrío v monótono, mezclán- 
dose á esta disposición sentimental un tinte de amargura, 
cuando habla del estado v el destino de la raza humana. 
Casi igual entonces á Cicerón, aunque con menor sencillez 
de lenguaje, presenta como una esperanza j un consuelo 
el espectáculo ofrecido por el gran todo de la Naturaleza á 
ios que sondean sus profundidades (09^. 

La conclusión de la Historia Natural de Piinio, el mo- 
numento mas grande que la literatura latina ha legado á 
la literatura de la edad media, está dentro del espíritu que 
conviene á una descripción del mundo. Según podemos 



— 196 — 

juzgar por el descubrimiento del manuscrito encontrado 
en 1831 (70), contiene dicha parte una ojeada comparativa 
sobre la historia natural de las regiones situadas en zonas 
diferentes; el elogio de laEuropa meridional, comprendida 
entre los límites naturales del Mediterráneo j de la cadena 
de los Alpes ; j finalmente , el enaltecimiento del cielo de 
la Hesperia, «en donde, según un dogma de los primeros 
pitagóricos _, la dulzura de un clima templado ha debido 
ajudar desde luego á la raza humana á despojarse de la 
rudeza del estado salvaje.» 

Obrando sin cesar la influencia de la dominación roma- 
na^ como un elemento de aproximación j de fusión^ de- 
bía trazarse en la historia de la Contemplación del Mundo 
con tanta mayor fuerza é insistencia, cuanto que en una 
época en que se relajan los lazos y bien pronto se destru- 
jen completamente por la invasión de los bárbaros, se la 
puede aun seguir y reconocer en sus remotas consecuen- 
cias. Claudiano, á cujo nombre se une el recuerdo de un 
nuevo renacimiento poético, en un siglo desheredado com- 
pletamente de todo goce literario , el de Teodosio el Gran- 
de y sus hijos , se espresa en estos términos , demasiado 
lisonjeros en verdad, acerca de la dominación de los Roma- 
nos (71): 

Hijee ost ¡II grcmiuiii victos qu;c sola rccepit. 
Humaimmquc g^cnus communi nomine fovU 
Matris , non dominje rito; civesqui vocavit 
Quos (lomuit ncxuque pió long-ínqua revinxit. 
Huyuspaciíicis debemus moribas omnes 
Quod veluli patriis regionihiis lUitar hospi^s...,. 

Medios materiales de violencia; formas de gobierno 
hábilmente combinadas, juna larga costumbre del servilis- 
mo, podian indudablemente aproximar á los pueblos j ha- 
cerlos salir de su existencia aislada; pero el sentimiento del 



-- 197 — 

parentesco y de la unión de la raza humana , la conciencia 
de los derechos comunes á todas las familias que la compo- 
nen, tienen un origen mas noble; están fundadas en las 
relaciones íntimas del corazón v en las convicciones re- 
ligiosas. Al cristianismo, sobre todo, corresponde la gloria 
de haber hecho evidente la unidad del género humano , y 
de haber inculcado por este medio el sentimiento de la dig- 
nidad humana en las costumbres v en las instituciones de 
los pueblos. Aunque profundamente mezclada con los pri- 
meros dogmas cristianos , la idea de la humanidad preva^ 
leció mu j lentamente, porque en tiempo, en que por mo- 
tivos políticos , la nueva fé llegó á ser en Bizancio la 
religión del Estado, sus adeptos estaban ja empeñados en 
miserables querellas de partido , las comunicaciones leja- 
nas entre los pueblos suspendidas, y los fundamentos del 
imperio quebrantados por los ataques del esterior. Puede 
también decirse que la libertad personal de numerosas cla- 
ses no ha encontrado en los Estados cristianos durante mu- 
cho tiempo ningún apojo en los poseedores de bienes ecle- 
siásticos ni en las corporaciones religiosas. 

Estos impedimentos estraños, y muchos otros que difi- 
cultan el progreso intelectual de la humanidad y la digni- 
dad de la vida social, se desvanecen poco á poco. El princi- 
pio de la libertad individual v de la libertad política tiene 
sus raices en la inquebrantable convicción de una legiti- 
midad' igual entre todos los seres que componen la raza hu- 
mana. La humanidad, como lo he dicho antes de ahora (72), 
se presenta bajo la forma de un vasto tronco fraternal, como 
un todo constituido para llegar á un fin único , que es el 
libre desenvolvimiento de la fuerza interior. Esta conside- 
ración del destino humano y de los esfuerzos , ja estériles, 
ja triunfantes , por los cuales adelanta el hombre al cum- 
plimiento de este destino , es una de las cosas mas propias 
para elevar j espiritualizar ¡a vida del Universo, y no es de 



— 198 — 

níno-im modo descubrimiento de los tiempos modernos. Ai 
bosquejar una época considerable de la historia del mundo, 
el período en que el Imperio romano estendió su ley sobre 
la tierra j en que nació el cristianismo , con venia recordar 
sobre todo cómo se engrandecieron los liorizontes, oué in- 
iluencia dulce j perseverante, aunque lenta en sus efec- 
tos, predominó en la inteligencia y las costumbres. 



V, 
PERIODO DE LA DOMINACIÓN ÁRABE, 



INVASIÓN DE LOS ÁRABE?. — CULTURA INTELECTUAL DE ESTA PAR- 
TE DE LA RAZA SEAlÍTÍCA. — INFLUENCIA DE UN ELEMENTO ES- 
TRAÑO EN EL DESARROLLO DE LA CIVILIZACIÓN EUROPEA. — CA- 
RÁCTER NACIONAL DE LOS ÁRABES Y PROPENSIÓN Á FAMILIARIZARSE 
CON LAS FUERZAS DE LA NATURALEZA. — ESTUDIO DE LA QUÍMICA 
Y DE LAS SUSTANCIAS MEDICINALES. — PROGRESO DE LA GEOGF.A- 
FIA FÍSICA EN EL INTEROR DE LOS CONTINENTES , DE LA ASTRO- 
NOMÍA Y DE LAS CIENCIAS MATEMÁTICAS. 



Al bosquejar la historia de la Contemplación del Mun- 
do, es decir, al esponer el desarrollo sucesivo de la idea del 
Universo , hemos señalado hasta aquí cuatro fases princi- 
pales: primeramente, los esfuerzos intentados para pene- 
trar partiendo de la cuenca del Mediterráneo , por el Este 
hacia el Ponto j el Phaso^ por el Mediodía hacia la tierra 
de Ophir j los paises del oro situados bajo los trópicos, y por 
el Oeste en el Océano, que envuelve al mundo, á través de 
las columnas de Hércules. Mas tarde, vienen la espedicion 
Macedónica de Alejandro el Magno, él período de los Lagidas 
j el de la dominación romana. Ahora pasamos á la poderosa 
influencia que los Árabes, elemento estraüo felizmente mez- 
clado á la civilización europea, han ejercido en la ciencia 
física j matemática de la Naturaleza, en el conocimiento 
de los espacios de la Tierra j del Cielo , de su conformación 



— 200 — 

j de su estension , de las sustancias heterogéneas que los 
componen j fuerzas interiores que los ocultan. Nos propo- 
nemos en seguida estudiar el impulso dado en el mismo 
sentido, seis ó siete siglos mas tarde, por Jos descubrimien- 
tos marítimos de los Portugueses j de los Españoles. El 
descubrimiento j la esploracion del Nuevo C9ntinente, que 
permitió contemplar aquellas cordilleras en que resuenan 
tantos volcanes , aquellas mesetas en las cuales aparecen 
superpuestos unos á otros todos los climas, aquella capa ve- 
getal que se desarrolla por un espacio de 120 grados de la- 
titud, señalan sin contradicción el período en que se ofrece 
al espíritu humano, en el mas corto espacio de tiempo posi- 
ble, el mas rico tesoro de observaciones nuevas acerca de 
la Naturaleza. 

A partir de este momento, vanos serian los esfuerzos 
que se hicieran para enlazar los progresos de la ciencia del 
Mundo á ciertos hechos políticos cuja influencia está limi- 
tada necesariamente á un círculo determinado. En virtud 
de su propia fuerza es como producirá en adelante la inteli- 
gencia grandes cosas; ja no necesita estar solicitada por los 
acontecimientos esteriores para obrar á la vez en direccio- 
nes muj diversas. Guiada por una nueva asociación de 
ideas, créase órganos nuevos para analizar el delicado teji- 
do de la sustancia animal j vegetal, ó para penetrar en las 
vastas regiones del Cielo. Tal es el aspecto bajo el cual se 
nos presenta el siglo XVII. Dignamente inaugurado por la 
invención del telescopio j por las consecuencias inmediatas 
de esta invención^ desde el descubrimiento de los satélites de 
Júpiter, de los crecientes ó de las fases de Venus j de las 
manchas del Sol por Galileo, hasta la teoría de Isaac New- 
ton sobre la gravitación universal , aparece como el período 
mas brillante de una ciencia que sin embargo acababa ape- 
nas de nacer, de la Astronomía física. Esta comunidad de 
esfuerzos, la armonía entre la observación de los espacios 



— 201 — 

•celestes j los cálculos matemáticos, señalan una faz muj 
distinta en la historia del desarrollo intelectual, que des- 
pués ha seguido su curso sin interrupción. 

A medida que nos acercamos al tiempo presente , se ha- 
ce mas difícil aclarar los hechos aislados; lo cual depende de 
que la actividad humana se mueve en major número de 
direcciones, j de que un lazo mas estrecho une todas las 
ramas de la ciencia , al mismo tiempo que se establece un 
nuevo orden en las relaciones sociales j políticas. Si se 
tratase simplemente de esponer aquí lo que podemos llamar 
la historia de las ciencias físicas j naturales , si se tratara, 
por ejemplo de la Botánica j de la Química, seria posible 
proceder de la misma manera hasta nuestros dias, poniendo 
de relieve los períodos de mas considerables progresos j en 
que han aparecido súbitamente nuevos puntos de vista. Pero 
en lahistoriadela Contemplación del Mundo, que por razón 
de su naturaleza no puede pedir á cada ciencia mas que 
lo que importa directamente al desenvolvimiento de la idea 
del Cosmos, es peligroso v casi impracticable fijarse en 
épocas determinadas; porque el desarrollo intelectual de 
que hablábamos ha poco supone un progreso constante j si- 
multáneo en todas las esferas déla ciencia del Mundo. Lle- 
gados al período que sigue á la caida de la dominación ro- 
mana , á ese miomento solemne en que por la primera vez 
recibe directamente nuestro continente de las regiones tro- 
picales un nuevo elemento de civilización, me ha parecido 
útil echar una ojeada general y rápida sobre el camino que 
todavía queda por recorrer. 

Los Árabes, pueblo de raza semítica, hacen retroceder 
en parte la barbarie que habia va dos siglos se hallaba es- 
tendida por Europa quebrantada por las invasiones de los 
pueblos; remóntanse á las fuentes eternas de la filosofía 
griega , j no se limitan á salvar el tesoro de los conoci- 
mientos adquiridos, sino que lo engrandecen, j abren 



— 202 — 

nuevas, sendas al estudio de la Naturaleza. El quebranta- 
miento no se dejó sentir en nuestro continente sino cuando 
á fines del siglo IV, en tiempo- de Valentiniano I _, los Hu- 
nos, Finlandeses de origen, j no Mog-oles, avanzaron mas 
allá del Tañáis j rechazaron á los Alanos en un principio, 
mas tarde, á los Alanos j á los Godos del Oriente. En las 
comarcas orientales del Asia la oleada de los pueblos emi- 
grantes se Labia puesto en movimiento muchos siglos an- 
tes de nuestra era. El primer impulso fué dado, como ja 
antes lo hemos dicho, con la invasión de los Hingnu, pue- 
blo de origen turco , en el país de los Úsanos^ de blondos- 
cabellos j ojos azules, que pertenecían quizás á la raza 
indo-germánica j habitaban el valle superior del Huango, 
cercanos de los Yuetas, que se cree sean los mismos Ge- 
tas. Aquel torrente, que partiendo de la gran muralla 
levantada contra los Hingnu el año 214 antes de Jesucristo, 
debia llevar sus estragos hasta la estremidad occidental de 
la Europa, se dirigió á través del Asia central al Norte de 
la cadena de los montes Celestes. Ningún celo religioso in- 
ñamaba á aquellas hordas asiáticas antes de que tocasen en 
Europa, háse comprobado de una manera positiva que los 
Mogoles no eran aun budhistas cuando en son de vencedo- 
res avanzaron hasta Polonia j Silesia (73). La invasión de 
los Árabes que arrancó de las regiones meridionales, tuvo 
bajo este concepto otro carácter muj distinto. 

En el continente del Asia (74)^ poco articulado en ver- 
dad, la península de la Arabia, comprendida entre el mar 
E-ojo j el golfo Pérsico, entre el Eufrates y la porción 
del Mediterráneo que baña las costas de la Siria, llama la 
atención por su configuración j su aislamiento. Esta pe- 
nínsula es la mas occidental de las tres del Asia meridional 
j" próxima asi al Egipto j á la vez á las orillas de un mar 
europeo, le asegura esta situación grandes ventajas políti- 
cas j comerciales. En la parte central de la península ara- 



— 203 — 

]ji"ga vivia el pueblo del Hedschaz, raza noLle j robusta, ig- 
iiorante pero no grosera, dotada de una viva imaginación, 
j sin embargo, entregada á la atenta observación de todos 
los fenómenos de la Naturaleza , bien que se realizen en la 
superficie de la tierra ó bajo la bóveda eternamente serena 
del cielo. Estas poblaciones después de liaber permanecido 
muchos miles de años casi sin relación con el resto del mun- 
do, V de baber llevado en su major parte una vida nóma- 
da, salieron bruscamente de su oscuridad^ dulcificaron sus 
costumbres por medio de un comercio intelectual con los 
pueblos que ocupaban los centros primitivos de la civiliza- 
ción^ convirtieron j dominaron á todas las naciones com- 
prendidas entre las columnas de Hércules j la parte de la 
India por donde atraviesa el Indo-Kho al monte Bolor. Ya 
á mediados del siglo IX, mantenian á la vez relaciones co- 
merciales con el Norte de la Europa , la isla de Madagas- 
car, las costas orientales del África, la India j la China. Asi 
estendieron su lengua, sus monedas j las cifras indias, v 
formaron una aglomeración de Estados poderosos , de un 
seguro porvenir j unida por la comunidad de las creencias 
religiosas. En sus correrías aventureras se contentaban de 
ordinario con atravesar rápidamente tal cual provincia. 
Amenazados por los indígenas , acampaban sus enjambres 
vag-abundos, según dice su poesía nacional, «como nu- 
blados que el viento disipa prontamente.» En ningún 
tiempo han ofrecido un espectáculo mas animado los gran- 
des movimientos de los pueblos; v esta opresión de los 
espíritus que parece ser una consecuencia necesaria del 
islamismo, se hacia sentir de una manera menos enfadosa 
bajo la dominación de los Árabes que bajo la de las razas 
turcas. Aquí como en todas partes, j aun entre los pueblos 
cristianos, las persecuciones provinieron mas bien del es- 
ceso del despotismo, estraviándose en disputas dogmáticas, 
que del dogma mismo j de los sentimientos religiosos 



— 204 — 

de la nación (75). Las severidades del Koran se encami- 
nan especialmente contra las supersticiones j la idolatría 
de las tribus arameas. 

Después de la consideración de que la vida de los pueblos 
-está determinada, además de las disposiciones de su inteli- 
gencia, por un gran número de condiciones esteriores de- 
pendientes de la naturaleza del suelo, del clima, de la 
proximidad al mar, conviene ante todo tener presente la 
configuración irregular de la península arábiga. Aunque 
el primer impulso en los grandes cambios que han espar- 
cido á los Árabes en tres continentes , Lava partido de la 
comarca ismaelita del Hedschaz ; aunque la fuerza princi- 
pal que ha asegurado el éxito de la invasión sea debida á 
una raza particular de pastores, sin embargo las costas del 
resto de la Península no habian permanecido estacionarias 
durante miles de años, al movimiento comercial que aproxi- 
maba á todos los pueblos. A fin de comprender la conexión 
Y la posibilidad de acontecimientos tan estraordinarios es 
necesario remontarse á las causas que los han preparado 
poco á poco. 

Hacia el Sud-este , á lo largo del mar Eritreo , está 
situado el bello país de los Yoctanides, el Yemen, región 
fértil Y bien cultivada, j alli es donde florecía el antiguo 
reino deSaba(76). Esta región producia el incienso (elLe- 
bonahde los Hebreos, quizás el Boswellia turifera de Cole- 
brooke) (77), la mirra (una de las especies del género Amv- 
ris, descrito exactamente la primera vez por Ehrenberg), j 
el bálsamo de la Meca (Bálsamo dendron gileadense de 
Kunth); sustancias que formaban para los pueblos vecinos 
un importante objeto de comercio, j que se esportaban 
entre los Egipcios, Persas é Indios, así como también entre 
los Griegos j los Romanos. La denominación de Arah¡a 
Feliz está fundada en estas producciones, denominación 
que se encuentra por primera vez en Diódoro j Estrabon. 



— 205 — 

Al Sud-este de la península, en el golfo Pérsico, estaba si- 
tuada Gerrlia. Esta ciudad, colocada frente á frente de los 
establecimientos fenicios de Arados j de Tjlos formaba un 
depósito considerable para las mercancías indias. Aunque 
en general pueda decirse que todo el interior de la Arabia 
es un desierto arenoso j sin árboles, hállase sin embargo 
en el Ornan , entre los paises de Jailan j de Batna , toda 
una serie de oasis bien cultivados j regados por canales 
subterráneos. Merced á la actividad del muj distinguido 
viajero Wellsted (78), conocemos también al presente tres 
cadenas de montañas cujo vértice mas alto, el Dscbebel 
Akhdar, situado cerca de Maskat y cubierto de espesos 
bosques, se eleva á seis ó siete mil pies sobre el nivel del 
mar. Hállanse igualmente en la comarca montañosa del Ye- 
men, al Este de Loheia, y en la cadena que limita la costa 
del Hedschaz en el país de Asjr, como también cerca de 
Tajef, al Este de la Meca, mesetas cuja fria é invariable 
temperatura era ja conocida del geógrafo Edrisi (79). 

La variedad de aspectos que ofrecen las regiones mon- 
tañosas caracterizan también la península de Sinaí, llamada 
por los Egipcios del Antiguo Imperio q\ ¡jais- del cohre, já los 
valles pedregosos de Petra. Ya be mencionado las estaciones 
de comercio establecidas por los Fenicios á la estremidad 
septentrional del mar Rojo, y la travesía hecha desde Azion 
Gaber áOphirporlos buques deHiram y de Salomón (80). 
La Arabia y la isla de Sokotora (Dioscórides), habitada por 
colonos indios, servian de estaciones al comercio general, que 
desde allí se dirigia á las Indias y á las costas orientales 
del África. También los productos de la India y del África 
oriental se confundian habitualmente con las del Had- 
hramaut y del Yemen; «vendrán de Saba, dijo Isaias ha- 
blando de los dromedarios de Midian , y nos traerán oro 
é incienso (81).» Petra era el depósito de las mercancías 
preciosas destinadas á Tiro y á Sidón, y el asiento principal 



— 200 — 

fie los Nabateos , pueblo entregado al comercio , y mu v 
poderoso en otro tiempo^ al cual el sabio filólogo Quatremere 
asigna por residencia primitiva las montañas de Gerrba en 
el curso inferior del Eufrates. Esta parte septentrional de la 
Arabia estuvo en relación activa con otros Estados civiliza- 
dos, merced especialmente ala proximidad del Egipto, ala 
intervención de las razas árabes esparcidas por las montanas 
que costean la Siria j la Palestina, j los paises regados 
por el Eufrates; merced, en fin, ala célebre senda por donde 
se dirigían las caravanas de Damasco á Babilonia, atrave- 
sando Emesa jTadmor (Palmira). Maboma mismo, que des- 
cendía de una familia noble pero pobre , de la tribu de los 
Koreiscbitas, antes de su aparición como reformador v como 
profeta, liabia becbo el comercio j frecuentado la feria de 
Bosra en la frontera de Siria, la del Hadbramaut, país del 
incienso, v sobre todo la de Okadb, cerca de la Meca, que 
no duraba menos de veinte dias, v á donde algunos poetas, 
beduinos en su major parte, se reunían cada año para en- 
tregarse á combates líricos. Entramos en estos detalles so- 
bre las comunicaciones de los pueblos j las ocasiones á que 
ellas dieron lugar, áfin de bacer sentir con mas viveza las 
causas que preparaban grandes cambios en las relaciones 
del mundo. 

El becbo de las poblaciones árabes estendiéndose ha- 
cia el Norte despierta inmediatamente el recuerdo de dos 
acontecimientos, cu vas relaciones secretas es muj difícil 
separar aun boj, pero que atestiguan por lo menos que va 
miles de años antes de Maboma, los habitantes de la Pe- 
nínsula por sus correrías al Oeste j al Este, hacia el Egipto 
j hacia el Eufrates, hablan intervenido en los grandes ne- 
gocios del mundo. La descendencia semítica ó aramea de los 
Hjcsos, que en tiempo de la duodécima dinastía 2,200 años 
antes de nuestra era pusieron fin al Antif/no l7n])erioáe los 
Egipcios, háse reconocido hov casi universalmente. El 



— 207 — 

mismo Manétlion dice : «Alg-unos son de opinión de que 
aquellos pastores eran árabes.» En otras fuentes se les llama 
Fenicios, nombre que entre los antiguos se estendia á los 
habitantes del valle del Jordán j a todas las razas arábigas. 
Un crítico profundo, Ewald, designa en particular á los 
Amalecitas que habitaban originariamente el país del Ye- 
men, se esparcieron mas tarde hacia la tierra de Canaan j 
la Siria por la Meca v Medina, j tíguran en los documen- 
tos originales de los Árabes como gobernando el Egipto en 
tiempo de José (82). En todo caso, no se puede pensar sin 
asombro que la raza nómada de los Hvcsos ha ja llegado á 
someter un imperio tan poderoso j tan bien organizado como 
el Antiguo Imperio de los Egipcios. En verdad, hombres 
animados de pensamientos mas libres entraban en lucha con 
pueblos que tenian una larga costumbre de la esclavitud; 
pero los conquistadores árabes no sentian entonces como 
luego el aguijón del entusiasmo religioso. Los Hvcsos funda- 
ron la plaza de armas j la fortaleza de Avaris, en el brazo 
oriental del Nilo, por temor á las tribus asirias de Arpachs- 
chad. Esta circunstancia permite suponer que habian sido 
empujados adelante por poblaciones guerreras, v que un 
gran movimiento de emigración se dirig-ia hacia Oriente. 
El segundo hecho que he anunciado mas arriba j que se 
verificó por lo menos mil años mas tarde, lo refiere Diodoro 
bajo la autoridad de Ctésias (83). Ariffilo^ poderoso prín- 
cipe de losHjmiaritas, se asocia ala espedicion de Niño por 
el Tigris, combate con él á los Babilonios j entra cargado 
de un rico botin en la Arabia meridional, su patria (84). 

Si bien la vida libre de los pastores dominaba por lo 
general en el Hedschaz, j aunque faese este régimen el de 
una numerosa v fuerte población , citábanse, sin embargo, 
las ciudades de Medina j de lalSIeca como lugares conside- 
rables que venian á visitarse desde regiones estranjeras.El 
antiguo j misterioso templo de la Kaaba aumentaba el in- 



— 208 — 

teres que inspiraba la Meca. En parte ninguna los países 
que lindaban con las costas ó con las sendas de las carava- 
nas, no menos útiles á los paises que atraviesan ellas que 
los rios que riegan los valles , se encontraba ese estado de 
salvagismo, efecto natural del aislamiento. Ya Gibbon, ha- 
bituado á pintar con tanta claridad el estado de las socie- 
dades humanas (85), recuerda que en la península de la 
Arabia la vida nómada es esencialmente distinta de la que 
se hacia, según las descripciones de Herodoto j de Hipó- 
crates, en las comarcas designadas bajo el nombre de Esci- 
tia , porque en Escitia ninguna parte de la población pas- 
toril se habia establecido en las ciudades, en tanto que en 
Arabia el pueblo campesino sostiene todavía ho j relaciones 
con los habitantes de las ciudades, j los considera de su 
mismo origen . En el desierto de los Kirghuisos , que forma 
parte de las llanuras pobladas por los antiguos Escitas (los 
Escolotos j los Sacies), no ha habido jamás ciudad alguna 
desde miles de años , en un espacio que escede á la Alema- 
nia en estension (86); y sin embargo , en la época de mi 
viaje á Siberia, se contaban mas de cuatrocientas mil tien- 
das llamadas Yurtes ó Kibitkas , en las tres hordas nóma- 
das , lo cual supone una población errante de dos millones 
de hombres. Estas diferencias son talmente sensibles, que 
no es necesario desarrollar ampliamente el efecto que debió 
resultar para la cultura intelectual de cada uno de estos 
pueblos de la manera mas ó menos esclusiva con que ha- 
bian abrazado la vida pastoril, aun admitiendo que las dis- 
posiciones interiores fuesen las mismas en todos ellos. 

Si queremos investigar cómo la invasión de los Árabes- 
en Siria j en Palestina, j mas tarde la toma de posesión 
del Egipto, despertaron tan pronto en aquella noble raza 
el gusto de la ciencia j el deseo de acelerar por sí mismos 
sus progresos^ preciso es tener en cuenta sus disposiciones 
naturales para los goces del espíritu, la configuración par- 



— 209 — 

ticular del suelo y las antiguas relaciones de comercio que 
unian las costas de la Arabia con los Estados vecino?, llega- 
dos á un alto í^rado de civilización. Entraba sin duda en los 
maravillosos designios de la armonía del mundo, que la sec- 
ta cristiana de los Nestorianos, que lia contribuido tan efi- 
cazmenteá propagar muy lejos los conocimientos adquiridos, 
ilustrase también á los Árabes antes de su entrada en la sa- 
bia j sofística Alejandría, v que el nestorianismo cristiano 
-pudiese penetrar en las comarcas orientales del Asia , bajo 
la protección armada del islamismo. Los Árabes fueron, con 
efecto, iniciados por los Sirios, de raza semítica (87) como 
ellos, en la literatura e-rieo-a, cuvo conocimiento hablan ad- 
quirido ciento cincuenta años antes de los Nestorianos, per- 
seguidos por el crimen de herejía. Mahoma y Abubekr vi- 
vían ja en la Meca en relaciones de amistad con algunos 
jnédicos que se habian formado por las lecciones de los 
Griegos j en la célebre escuela de Edeso fundada en Meso- 
potamia por los Nestorianos. 

En esta escuela de Edeso, que parece haber servido 
de modelo á las de los Benedictinos del Monte Casino v 
de Salerno , fué donde nació el estudio científico de las 
sustancias medicinales obtenidas de minerales j vegetales. 
'Cuando este instituto fué destruido por el fanatismo cristia- 
no en tiempo de Zenon de Isauria , esparciéronse los Nes- 
torianos por la Persia , en donde bien pronto adquirieron 
importancia política, vfundaronáDschondisapur, delKhu- 
sistan, un nuevo instituto médico que se vio muy frecuen- 
tado. Hacia mediados del siglo VII, bajo la dinastía de los 
Thang, llegaron á propagar en China su creencia j su fé 
á los quinientos setenta v dos años después de haber pene- 
trado el budhismo indio en aquel reino. 

Las semillas de la civilización occidental, esparcidasen 
Persia por monjes instruidos j filósofos que habian deser- 
*tado de la última escuela platónica de Atenas por conse- 

TOMO U 14 



— 210 — 

ciiencia de las persecuciones de Justiniano, fueron recog-i- 
das j aprovechadas por los Araloes durante sus primeras 
incursiones al Asia. Por incompletos que fuesen los conoci- 
mientos de los sacerdotes nestorianos, su particular dispo- 
sición para los estudios médicos v farmacéuticos les permi- 
tia ejercer una gran influencia sobre una raza que por largo 
tiempo habia vivido en el pleno goce de la naturaleza libre 
j que conservaba un sentimiento mas vivo v verdadero de 
la contení placion del mundo esterior, en cualquiera forma 
que se les presentase, que los habitantes de las ciudades 
g-rieo-as é itálicas. Estos raso-os característicos de los Árabes 
son los que principalmente liacen importante para la histo- 
ria del Cosmos el período de su dominación. Debe conside- 
rarse á los Árabes, repito una vez mas, como los verdaderos 
fundadores de las ciencias físicas, tomando esta denomina- 
ción en el mismo sentido en que hoj se acostumbra. 

Es indudable que el encadenamiento íntimo de todas 
las ideas hace que sea muv difícil asignar en los dominios 
de la inteligencia la época exacta de su nacimiento. Desde- 
muj antiguo se ven brillar por todas partes algunos puntos, 
luminosos en la historia de la ciencia v de los procedimien- 
tos que á ella pueden conducir. ¡Cuánto tiempo no pasó 
desde Dioscórides, que estraia el mercurio del cinabrio,, 
hasta el químico árabe Dscheder, desde los descubrimien- 
tos ópticos de Tolomeo hasta los de Alhazen ! Pero no pue- 
den considerarse como fundadas las ciencias físicas, ó mas- 
o-eneralmente aun las ciencias naturales, sino desde el mó- 
mentó en que gran número de hombres marchan concerta- 
damente por las nuevas vias, aunque con desigual éxito. 
Después de la simple Contemplación de Ja Xainvf'¡f':a, des- 
pués de la observación de los fenómenos que accidentalmen- 
te se producen en los espacios del Cielo j de la Tierra, 
vienen la investigación y el análisis de estos fenómenos, la 
medida del movimiento j del espacio en que los mismos se 



— 211 — 

realizan. En la época de Aristóteles comenzó á usarse por 
primera vez esta manera de investigación , si bien todavía 
se limitaba por lo común álanaturaleza orgánica. Haj ade- 
mas en el conocimiento progresivo de los hechos físicos un 
tercer grado mas elevado que los otros dos, j es el estudio 
profundizado de las fuerzas de la naturaleza, de la trasfor- 
macion que operan estas fuerzas j de las sustancias pri- 
meras que la ciencia descompone para hacerlas entrar en 
combinaciones nuevas. El medio de realizar esta disolución 
es provocar uno mismo j á su arbitrio los fenómenos; en 
una palabra, es la esjferimentacmi. 

Los Árabes se elevaron á este tercer grado, casi desco- 
nocido por completo de los antiguos, y se fijaron principal- 
mente en los hechos generales. Habitaban un pais donde 
reina por todas partes el clima de las palmeras, y en la 
major porción de su superficie^ el de los trópicos; j es que 
el trópico de Cáncer atraviesa efectivamente la península 
aquella casi desde Maskat hasta la Meca. A mas, en dicha 
región, al mismo tiempo que los órganos están dotados de 
una fuerza vital mas intensa, suministra el reino vegetal 
en abundancia aromas , jugos balsámicos j sustancias be- 
neficiosas ó nocivas para el hombre: de aquí resultó que la 
atención de aquellos pueblos debió ser escitada desde lue- 
go por las producciones de su suelo y las de las costas de 
Malabar, de Cejlan j el África oriental, con las cuales 
sostenían relaciones comerciales. Las formas orgánicas afec- 
tan en aquellas partes de la zona tórrida caracteres singu- 
lares que se diversifican casi á cada paso. Cada rincón de 
tierra ofrece producciones especiales, y despertando conti- 
nuamente la atención, hace mas activo j variado el comer- 
cio del hombre con la Naturaleza. Era preciso distinguir 
cuidadosamente entre sí producciones tan preciosas para la 
medicina, la industria y el lujo de los templos y los pala- 
cios; era preciso inve.^tigar el país de que provenían^ que 



— 212 — 

Lomares ávidos j astutos ocultaban de ordinario. Numero- 
sas caravanas atravesaban toda la parte interior de la pe- 
nínsula arábiga, partiendo del depósito de Gerrlia^ en el 
Golfo Pérsico j del distrito del Yemen, hasta la Fenicia j 
la Siria, y esparciendo por doquiera los nombres de aque- 
llos agentes enérgicos les hacian mas preciosos cada dia. 

El conocimiento de las sustancias medicinales fundado 
por Dioscorides en la escuela de Alejandría, es, en su forma 
científica, una creación de los Árabes, que á su vez hablan 
podido tomar ellos mismos en una fuente mas abundante j 
la mas antigua de todas, en la de los médicos indios (88). 
La farmacia química ha sidoconstituidapor los Árabes^ j de 
ellos proceden las primeras prescripciones consagradas por 
la autoridad de los magistrados j análogas á las llamadas 
hoj recetarios^ quemastarde se estendieron de la escuela de 
Salermo á la Europa meridional. La Farmacia j la Materia 
médica, esas dos primeras necesidades del arte de curar, 
condujeron al mismo tiempo, por dos sendas diferentes, al 
estudio de la Botánica y al de la Química. Saliendo del 
círculo estrecho de la utilidad práctica j de las aplicaciones 
limitadas, el conocimiento de las plantas se difundió poco á 
poco por un campo mas vasto j mas libre. Los botánicos 
observaron la estructura del tejido orgánico, la relación de 
esta estructura con las fuerzas que en él se desarrollan, las 
lejes según las cuales se presentan las formas vegetales re- 
unidas en familias j se dividen geográficamente , según la 
diferencia de los climas y la elevación relativa del suelo. 

Los Árabes, después de las conquistas que hicieron en 
Asia, V que conservaron fundando mas tarde en Bagdad un 
punto central de poderío j de civilización, se esparcieron 
en el corto espacio de setenta años por todo el Norte de 
África, por Egipto, Cirene j Cartago, hasta la Península 
Ibérica, á la estremidad de Europa. Las costumbres, to- 
davía salvajes, del pueblo v de sus jefes, debian sin duda ha- 



— 213 — 

cer sospechar de su parte toda suerte de escesos j brutali- 
dades. Sin embargo, la violencia atribuida á Amrú, el 
incendio de la biblioteca de Alejandría , que hubiera basta^ 
do, según se dice, para calentar durante seis meses cuatro 
mil salas de baño , parece ser una fábula, sin otro funda- 
mento que el testimonio de dos escritores posteriores en 580 
años á la época en que se dice haberse realizado aquel acon- 
tecimiento (89). No es necesario entraren detalles de cómo 
en tiempos mas tranquilos, en la época brillante de Alman- 
zor, de Harón al-Raschid, de Mamón y de Motazem , aun- 
que la cultura intelectual de las masas no hubiese aun 
tomado libre vuelo, las cortes de los príncipes j los institu- 
tos públicos consagrados á las ciencias pudieron reunir un 
número considerable de hombres eminentes. No es esta la 
ocasión de trazar el cuadro de la literatura de los Árabes^ 
tan vasta j tan desigual en su diversidad, ni tampoco de 
distinguir lo que ha nacido en las profundidades secretas 
de su organización ó en el desenvolvimiento regular de sus 
facultades naturales, v lo que debe referirse á las solicita- 
ciones esteriores ó á las circunstancias fortuitas. La solución 
de este importante problema pertenece á otra esfera de ideas. 
Los datos históricos que aquí presento, han delimitarse á una 
narración parcial de los progresos que debe á los Árabes la 
contemplación general del Mundo, por sus descubrimientos 
en Matemáticas, en Astronomía y en las ciencias naturales. 
Verdad es que la Alquimia, la Mágia_, j todas las fanta- 
sías místicas, despojadas por la escolástica del encanto de la 
poesía, alteraron en aquella ocasión, como sucedió por do 
quiera en la edad media, los resultados positivos de la cien- 
cia; pero no es menos cierto que los Árabes, por las inves- 
tigaciones infatigables á que ellos mismos se entregaron, 
por el cuidado que tuvieron de apropiarse, por medio de 
traducciones, todos los frutos de las generaciones anterio- 
res, han engrandecido las miras sobre la Naturaleza, j do- 



— -214 — 

tado á la ciencia de un gran número de creaciones nuevas. 
Con razón se ha hecho resaltar la gran diferencia que pre- 
sentan, respecto de la historia de la cultura de los pueblos, 
las razas invasoras de la Germania j las razas árabes (90). 
Los Germanos no comenzaron á civilizarse sino después de 
sus emigraciones: los Árabes llevaban consigo de su patria, 
no solo su religión, sino también una lengua perfeccionada 
j las delicadas flores de una poesía que no fue perdida para 
los trovadores provenzales ni para los minnesinger. 

Los Árabes ostentaban maravillosas disposiciones para 
jugar el papel de mediadores é. influir sobre los pueblos 
comprendidos desde el Eufrates hasta el Guadalquivir j 
hasta la parte meridional del África central, llevando á un 
lado lo que habian adquirido en otro. Poseían una actividad 
sin ejemplo , que señala una época distinta en la historia 
del Mundo; una tendencia opuesta al espíritu intolerante 
de los Israelitas, que les incitaba á fundirse con los pueblos 
vencidos, sin abjurar, no obstante, á pesar del perpetuo 
cambio de regiones^ de su carácter nacional ni dolos recuer- 
dos tradicionales de su patria originaria. Ninguna otra raza 
puede citar ejemplos de mas largos viajes terrestres realiza- 
dos por individuos aislados, no siempre por interés comer- 
cial, sino para formar conocimientos. Los sacerdotes budhis- 
tas del Tibet j de la China, el mismo Marco Polo j los 
misioneros cristianos enviados á los príncipes mogoles, han 
limitado sus escursiouesá espacios menos vastos. Una par- 
te considerable de la ciencia de los pueblos asiáticos fue in- 
troducida en Europa por las numerosas relaciones de los 
Árabes con la India j con la China. Es sabido que ja á fines 
del siglo VII, bajo el califadodelos Omniadas, se estendian 
sus conquistas hasta el reino de Cabul, bástalas provincias 
de Kaschgar j de Pendjab (91). Las profundas investiga- 
ciones de Reinaud nos han demostrado cuánto haj que re- 
coger en las fuentes árabes para el conocimiento de la In- 



•dia. La iuvasion de los Mogoles en Cliiua, contuvo jr es 
-cierto , las comunicaciones con los paises situados á la pa?- 
te de allá del Oxo (-í^); pero los mismos Mogoles fueron bien 
pronto los intermediarios de los Árabes, que por esploracio- 
nes personales j laboriosas investigaciones habian arrojado 
ja gran luz sóbrela Geografía, desde las costas del Océano 
Pacifico liasta las del África Occidental , desde los Pirineos 
basta la comarca pantanosa de Wangarah, situada en el in- 
terior del África, V descrita por el clierif Edrisi. Según 
Fraebn, la Oeografía de Tolomeo fue traducida al árabe 
por los años de 813 á 833 por orden del kalifa Mamón; no 
es inverosímil que se aprovecharan para aquella traducción 
algunos fragmento?, perdidos boj, de Marin de Tiro (93). 

En la larga serie dé geógrafos eminentes que nos ofre- 
ce la literatura árabe ^ basta mencionar aquellos que abren 
j cierran la lista: El-Istacliri (94), j Albasan (Juan León 
el x\fricano). Xunca el conocimiento de la tierra recibió de 
una Sola vez acrecentamiento mas brillante, basta los descu- 
brimientos de los Portugueses j de los Españoles. Cincuen- 
taaños después de la muerte del Profeta, los Árabes habian 
lleo'ado va á la estremidad occidental de la costa africana, 
al puerto de Asfi. Mu v recientemente se ha puesto en duda 
de nuevo un hecho que confieso me habia parecido verosí- 
mil durante mucho tiempo, v es el de que mas tarde, en la 
época en que los aventureros conocidos bajo el nombre de 
Almagrurinos navegaban por el mar TenehrosOy las islas de 
los (ruanchos fueron visitadas por barcos árabes (95). La 
gran cantidad de monedas árabes que se han encontrado 
enterradas en las regiones situadas á orillas del mar Báltico. 
j^ en la parte de la Escandinavia mas próxima al polo, pro- 
vienen indudablemente , no de los viajes marítimos de los 
Árabes, sino de sus relaciones comerciales que se estendian 
muj á lo lejos en el interior de las tierras (96). 

La Oeografía no se limitó á fijar la situación relativa 



— 21íj — 

de los lugares , á suministrar indicaciones de longitud y de 
latitud, como ha hecho de ordinario Abul-Hasan, á descri- 
bir las cuencas de los rios j las cadenas de montañas (97); 
condujo también á aquel pueblo, amante de la Naturaleza, 
á ocuparse de las producciones orgánicas del suelo, j par- 
ticularmente de las sustancias vegetales. El horror que 
inspiraban á los sectarios del islamismo los estudios ana- 
tómicos, les impidió hacer progreso ninguno en la histo- 
ria natural de los animales. Se contentaron á este respecto 
con lo que pudieron sacar de las traducciones de Aristóteles 
j de Galeno (98). Sin embargo, la Historia de los Ani niales: 
de Avicena , que posee la Biblioteca real de París , difiere 
de la de Aristóteles (99). Ibn-Baithar de Málaga merece 
especial mención como botánico (100): sus viajes á Grecia, 
Persia, la India j el Egipto, permiten citarle como ejemplo 
de los esfuerzos emprendidos para comparar por observa- 
ciones personales las producciones de las opuestas zonas del 
Mediodía j del Norte. El^, punto de partida de esas tenta- 
tivas era siempre el conocimiento de las sustancias medici- 
nales, que aseguró largo tiempo á los Árabes el predomi- 
nio sobre las escuelas cristianas , v que perfeccionaron 
Ibn-Sina (x\vicena), nacido en Afschena, cerca de Bokhara, 
Ibn-Roschd de Córdoba (Averroes) , Serapion el Joven de 
Siria, jMesna de Maridin del Eufrates, aprovechando to- 
dos los materiales que les suministraba el comercio terres- 
tre y marítimo. íle escogido intencionadamente sabios na- 
cidos á grandes distancias unos de los otros, porque los 
nombres de los paises á que pertenecen, demuestran cla- 
ramente cómo por efecto de las tendencias intelectuales 
peculiares á la raza árabe , y merced á una actividad que 
se ejercia simultáneamente por todas partes, se estendió el 
conocimiento de la Naturaleza sobre una porción considera- 
ble de la tierra y engrandeció el círculo de las ideas. 

En este círculo entró también la ciencia de un puebla 



— 217 .- 

de civilización anterior á los Árabes: me refiero á los In- 
dios. Durante el califado de Haron-al-Raschid , se tradu- 
jeron del sánscrito al árabe muchas obras importante?, pro- 
bablemente las conocidas bajo el nombre semi-fabuloso de 
Tscharaka y de Ñiisruta (1). Avicena, hombre de pode- 
rosa inteligencia, al cual se ha comparado muchas veces 
con Alberto el Grande, da en su Materia médica una prue- 
ba evidente de esta influencia ejercida por la literatura in- 
dia. Conoce por su verdadero nombre sánscrito , según in- 
dica el sabio Rojle , el cedro Leodvara , que crece en los 
nevados alpes del Himalaja, adonde ciertamente que no se 
habia aventurado ningún Árabe en el siglo XI (2). Tiene á 
este árbol por una especie del género junípero que entra en 
la composición del aceite de trementina. Los hijos de Aver- 
roes vivian en la corte del gran Hohenstauffen Federico II, 
que debia sus nociones acerca de los animales j las plan- 
tas de la India á sus relaciones con sabios Árabes j con Ju- 
díos españoles versados en el conocimiento de las len- 
guas (3). El kalifa Abderrahman I llegó hasta á fundar un 
jardin botánico cerca de Córdoba, j envió á Siria v á las 
demás regiones del Asia viajeros encargados de recoger si- 
mientes raras (4). Plantó cerca del palacio de la Risafah 
la primera palmera , componiéndole un canto en verso^ en 
que recuerda melancólicamente la ciudad de Damasco, su 
país natal. 

La química fue principalmente la que mas aproveches 
los servicios prestados por los Árabes á la ciencia general 
de la Naturaleza, pues con los Árabes comenzó para la 
Química una nueva era; aunque indudablemente la alqui- 
mia j ¡as fantasías neoplatónicas se mezclasen íntimamente 
á esta ciencia, como la astrología al conocimiento de los as- 
tros. Las necesidades ig-ualmente urg-entes de la Farmacia 
V de las artes de aplicación , condujeron á descubrimientos 
también favorecidos por operaciones herméticas sobre los 



— 218 — 

metales, hechas á este propósito^ ó que á él concurrieran 
accidentalmente. Los trabajos de Oreber, ó mejor dicho, de 
Djaber (Abu-Mussah Dschafar-al-Kufi) ^ v los de Rasis 
(Abu-Bekr-Arrasi) , mucho mas posteriores, tuvieron 
mu V importantes consecuencias. Señálase esta época por la 
composición del ácido sulfúrico, del ácido nítrico (5) j del 
agua regia, por la preparación del mercurio j de otros óxi- 
>dos metálicos, v por último, por el conocimiento de la fer- 
mentación alcohólica (6). La primera organización científica 
de la (v^uímica y sus progresos importan tanto mas á la his- 
toria de la Contemplación del Mundo,, cuanto que entonces 
por la primera Tez, fue comprobada la heterogeneidad de 
las sustancias v la naturaleza de las fuerzas que no se ma- 
nifiestan por el movimiento, j cuanto que aliado de la es- 
•celencia ^^Jaforma^iú como la entendían Pitágoras j Pla- 
tón, introdujeron el principio de la cora posición v de la 
jite:cla. Sobre estas diferencias de la forma v de la mezcla 
descansa todo cuanto sabemos de la materia: y son las abs- 
tracciones bajólas cuales creemos poder abrazar el conjunto 
j el movimiento del Mundo, por la medida j por la análisis. 
Difícil es hoj determinar la utilidad que haja podido 
tener para los químicos árabes el conocimiento de la litera- 
tura india, j en particular de los escritos sobre el Rasaya- 
na (7); qué es lo que han tomado de las artes profesionales 
de los antiguos Egipcios; de las nuevas prescripciones del 
pseudo-Demócrito ó del sofista Sjnesios sobre los procedi- 
mientos de la alquimia; j por último , lo que han podido 
recoger de las fuentes chinas por el intermedio de los Mo- 
goles. Puede afirmarse al menos , según las nuevas j con- 
cienzudas investigaciones del eminente orientalista Rei- 
naud, que ni la invención de la pólvora, ni el uso que de 
€lla se hizo para lanzar projectiles huecos^ pertenecen á los 
Árabes (8). Hassan-al-Rammah, que escribía en los años 
de 1285 á 1295, no conocia esta aplicación : mientras que 



— 219 — 

ya en el sig*lo XÍI, es decir, cerca de doscientos años an- 
tes de Berthold Schwartz, se usaba de una especie de pól- 
vora para volar las rocas del Rammelsberg, una de las 
montañas que forman el grupo de Harz. Subsisten tam- 
bién muchas dudas acerca del descubrimiento de un ter- 
mómetro atmosférico atribuido á Avicena, según el testi- 
monio de Sanctorio. Lo que baj de cierto en ello es que 
trascurrieron todavía seis siglos enteros antes de que Gali- 
leo, Cornelio Drebbel y la Academia del Cimento llegaran 
á medir con exactitud la temperatura , v procurasen así 
un medio poderoso de penetrar en un mundo de fenómenos 
desconocidos, que nos asombran por su regularidad j perio- 
dicidad, j de comprender el encadenamiento universal de 
los efectos j de las causas en la atmósfera , en las capas 
superpuestas del mar j en el interior del globo. Entre los 
progresos que la física debe á los Árabes , preciso es limi- 
tarnos á citar los trabajos de Albazen sobre la refracción 
de los rajos , tomados quizás en parte de la Oj)¿Wff de 
Tolomeo, j el descubrimiento v la aplicación del péndulo 
como medida del tiempo por el gran astrónomo Ebn- 
■Jonis (9). 

La pureza j la trasparencia, rarísimamente turbada, 
del cielo de la Arabia, llamaron la atención de sus ba- 
bitantes_, en el tiempo mismo en que aun do se babian des- 
pojado de su rudeza primitiva, acerca del movimiento de 
los astros. Así es que al lado del culto astronómico de Jú- 
piter, en uso entre losLachmitas, encontramos también en- 
tre los Aseditas la consagración de un planeta próximo al 
Sol, j mas raramente visible, como Mercurio. Sin embargo, 
esto no impide que la actividad científica desplegada por 
los Árabes en todas las ramas de la astronomía práctica, 
deba atribuirse en gran parte á las influencias de la Cal- 
dea y de la India. Las condiciones de la atmósfera, por be- 
neficiosas que sean, en razas bien dotadas, no pueden me- 



— 220 — 

nos de favorecer las disposiciones naturales va desarrolladas 
por el contacto con pueblos mas adelantados en civilización. 
¡Cuántas comarcas no haj en la América tropical , tales 
como Pajta j las provincias de Cumaná v de Coro, en 
donde se desconoce la lluvia, donde el aire es aun mas tras- 
parente que en Egipto, en Arabia j en Bokhara! El clima 
de los trópicos , la eterna serenidad de la bóveda celeste 
sembrada de estrellas j nebulosas, influyen por do quiera 
en las disposiciones del alma; mas para que esas impre- 
siones sean eficaces, para que muevan el espíritu j le lle- 
ven á ideas fecundas j al desarrollo de los principios ma- 
temáticos , preciso es que en el interior j en el esterior se 
ejerzan otras influencias independientes por completo del 
clima; necesario, por ejemplo, que la satisfacción de las 
necesidades religiosas ó agronómicas haga de la división 
del tiempo una condición del estado social. En las naciones 
entregadas al comercio j al cálculo, como los Fenicios; en 
pueblos constructores j agrimensores, como los Caldeos j 
los Egipcios, las reglas prácticas de la aritmética j de la 
geometría se descubrieron bien pronto; mas esto no podia 
ser aun en ellos, sino una preparación para el desarrollo de 
la astronomía jde las matemáticas consideradas como cien- 
cias. Necesario es mas alto grado de cultura para que los 
fenómenos terrestres puedan aparecer como un reflejo de 
los cambios que se realizan en el Cielo según una lev in- 
variable, y que en medio de estos fenómenos se dirija el 
espíritu hacia el po/o fijo , según la espresion de un gran 
poeta alemán. La convicción de la regularidad que presi- 
de al movimiento de los planetas, es lo que mas ha contri- 
buido en todos los climas á la investigación del orden j la 
lej en las olas del mar atmosférico, en las oscilaciones del 
Océano, en la marcha periódica de la aguja imantada j en 
la distribución de los seres organizados sobre la superficie 
de la tierra. 



221 

Desde fines del siglo A'ÍII habían pasado de la India á 
la Arabia tablas planetarias (10). Hemos dicho antes que 
el Susruta , antiguo depósito de todos los conocimientos 
médicos de los Indios, fue traducido por algunos sabios de 
la corte del califa Haron-al-Raschid ; prueba palpable de la 
•acogida que encontró desde un principio la literatura sáns- 
crita. El matemático árabe Albjruni fué él mismo á la In- 
dia para estudiar la Astronomía. Sus escritos_, conocidos 
por primera vez hace mu j poco tiempo , acreditan cuan 
familiares leerán la comarca, las tradiciones j la ciencia 
compleja de los Indios (11). 

Cualesquiera que sean, por otra parte, las obligaciones 
de los Árabes para con los pueblos que les precedieron en 
civilización, particularmente para con las escuelas de la In- 
dia j de Alejandría, no puede negarse que han engrande- 
cido de una manera considerable el dominio de la Astrono- 
mía, gracias á su sentido práctico, al número j dirección 
de sus observaciones^ á la perfección de los instrumentos de 
medida, j finalmente, al celo con que corrigieron las anti- 
guas tablas comparándolas cuidadosamente con el Cielo. Sé- 
dillot ha reconocido en el libro Vil del Almagesio de Abul- 
Wefa, la importante perturbación á que está sometida la 
longitud de la Luna ; perturbación que desaparece en las 
sizigias j en los cuartos y toca su máximum en los ociantes. 
Este fenómeno es el mismo que bajo el nombre de 'cariacion 
se habia considerado hasta aquí como un descubrimiento de 
Ticho-Brahe (12). Las observaciones de Ebn-Junis en el 
Cairo han adquirido principalmeute importancia por las 
perturbaciones j las variaciones seculares comprobadas en 
las órbitas de los dos mavores planetas^ Júpiter j Satur- 
no (13). El cuidado que tuvo el califa Al-Mamon de hacer 
medir un grado terrestre en la gran llanura de Sindschar, 
entre Tadmor v Bakka por observadores cu vos nombres nos 
ha conservado Ebn-Junis, tiene menos importancia por los 



222 

resultados obtenidos, que por ser un testimonio de la cul- 
tura científica á que liabia llegado la raza árabe. 

El esplendor de esta cultura tuvo ciertos reflejos que de- 
bemos señalar y son: al Oeste, en la España cristiana, el 
congreso astronómico de Toledo reunido en tiempo de Al- 
fonso de Castilla, j en el cual el rabino Isaac Ebn-Sid-Hu- 
zan jugó el principal papel; en el fondo del Oriente, el 
observatorio provisto de un gran niimero de instrumentos- 
que IIschan-Holagu, nieto menor del gran invasor Dscbi- 
giscban , estableció sobre una montaña cerca de Meragha,. 
que Nasir-Eddin, de Fons, en la provincia de Korasan^ 
hizo centro de sus observaciones. Estos hecbos particulares 
merecen mencionarse en la historia de la Contemplación del 
Mundo, porque recuerdan de una manera evidente cómo la 
aparición de los Árabes, ejerciendo su mediación sobre vas- 
tos espacios, ha podido servir para propagar la ciencia j acu- 
mular los resultados numéricos _, que en la gran época de 
Képlero j de Ticho llegaron á ser la base de la astronomía 
teórica j valieron para rectificar las ideas sobre los movi- 
mientos de los cuerpos celestes. En el siglo XV la antorcha 
encendida en la parte del Asia que habitaban los pueblos 
tártaros, irradió en Occidente hasta Samarcanda, en donde 
Ülugh-Beig, descendiente de Timurlengk, estableció cerca 
del observatorio un gimnasio, á imitación del museo de Ale- 
jandría, y mandó formar un catálogo de las estrellas, fun- 
dado únicamente en observaciones recientes y perso- 
nales (14). 

Después de haber pagado el tributo de elogios que me- 
recen los servicios prestados por los Árabes á la ciencia de 
la Naturaleza en la doble esfera del Cielo y de la Tierra, 
réstanos todavía mencionar lo por ellos añadido al tesoro de^ 
las matemáticas puras, esplorando las sendas solitarias del 
pensamiento. Según los últimos trabajos emprendidos en 
Inglaterra, Francia y Alemania sobre la historia de las ma- 



— :>23 — 

temáticas, parece que el Algebra de los Árabes La tomado 
primitivamente su origen en «dos rios que seguían sepa- 
radamente su curso, indio el uno j griego el otro (15).» 
El Compendio de Algebra compuesto por el matemático 
Mohammed-Ben-Muza, de Chowarezm, de orden del califa 
Al-Mamon , tiene por base , como ha hecho ver mi sabio 
amigo Federico Eosen, arrebatado tan prematuramente á 
la ciencia , no los trabajos de Diofanto , sino los descubri- 
mientos de los Indios (16). También ja en tiempo de Al- 
manzor, afines del siglo VIII, fueron llamados varios 
astrónomos indios á la brillante corte de los Abasidas. La 
traducción de las obras de Diofanto al árabe por Abul- 
Wefa-Buzjani no se hizo hasta fines del siglo X según Ca- 
siri j Colebrooke. En cuanto al método que consiste en ir 
gradualmente v con reserva de lo conocido á lo desconoci- 
do, método que parece haber faltado á los antiguos alge- 
bristas de la India, los Árabes le habian tomado de las es- 
cuelas de Alejandría. Esta bella herencia, aumentada con 
nuevas adquisiciones, se estendió en la literatura europea 
de la edad media por mediación de Juan de Sevilla j de 
Gerardo de Crémona (17). «Los tratados de álgebra de los 
Indios contienen la resolución general de las ecuaciones in- 
determinadas de primer grado, j una discusión de las 
ecuaciones de segundo grado mucho mas completa que las 
de los escritos de los Alejandrinos que se han conservado 
hasta nosotros. No queda duda, por lo tanto, de que si es- 
tos trabajos de los Indios se hubiesen revelado á los Euro- 
peos dos siglos antes, y no en nuestro^ dias, habrian debido^ 
acelerar el desarrollo de la análisis moderna.» 

Por las mismas vias, j anudados de las relaciones que 
ja debian al Algebra, aprendieron los Árabes á conocer las 
cifras indias en Persia j en las orillas del Eufrates. Esta 
nueva adquisición data del siglo IX. Por entonces algunos 
Persas se hallaban establecidos como aduaneros á lo larga 



— 224 — 

de las orillas del Indo, j el uso de las cifras indias se haoia 
iiecho general en las factorías de aduana fundadas por los 
Árabes en las costas septentrionales de África, frente á las 
plajas de la Sicilia. Sin embargo, las importantes y sóli- 
das investigaciones á que se ha visto llevado el eminente 
matemático Chasles por su juiciosa interpretación de la ta- 
bla llamada de Pitágoras en la Geometría de Boecio (18), 
hacen mas que verosímil la opinión de que los cristianos de 
Occidente estaban familiarizados aun antes que los Árabes 
con las cifras indias, y que con el nombre de sistema dcJ 
Ahaco conocían el uso de las nueve cifras que cambiaban de 
valor según su posición relativa. 

No es esta la ocasión de entrar en más amplios detalles 
sobre este objeto, que he tratado ja en dos Memorias leidas 
«n 1819 j en 1829 á la Academia de las Inscripciones de 
París y á la Academia de Ciencias de Berlin (19). Pero k 
propósito de este problema histórico , en el cual queda 
mucho que descubrir, se presenta la siguiente cuestión: el 
ingenioso sistema de posición que figura ja en el abaco 
etrusco y en el Suanpan del Asia central ¿ha sido inven- 
tado dos distintas veces en Oriente v en Occidente : ó 
•siguiendo la senda abierta al comercio en tiempo de los La- 
gidas, ha sido trasportado de la península aquende el Gan- 
ges á Alejandría, y tomado, en la renovación de las fan- 
tasías pitagóricas, por invención del fundador del Instituto? 
En cuanto á la posibilidad de que antiguas comunicaciones 
existieran con anterioridad á la olimpiada 60 y que hubie- 
ran quedado completamente desconocidas, no es cosa que 
valo*a la pena de pensar en ella. ¿Por qué el sentimiento de 
necesidades análogas no ha de haber podido engendrar se- 
paradamente las mismas combinaciones de ideas en despue- 
blos de diferente raza, pero dotados uno y otro de faculta- 
des brillantes? 

Los Árabes prestaron así un doble servicio á las ciencias 



maíemáticas: su Algebra, á pesar de la iüsuficieucia de sus 
sig-nos j notaciones, Labia influido felizmente, tanto por lo 
que iiabian tomado de los Griegos v de los Indios, como 
por sus propios descubrimientos , en la época brillante de 
ios matemáticos italianos de la edad media. Ellos fueron 
también los que por sus escritos v por la estension de su 
comercio, difundieron el sistema de numeración india desde 
Bagdad basta Córdoba. Estos dos progresos, la propagación 
de la ciencia v la de los signos numéricos con su doble va- 
lor absoluto V relativo, influjeron de una manera diferente, 
pero igualmente eficaz, en el desarrollo matemático de la 
ciencia de la Naturaleza. Así se llegó en el dominio de la 
Astronomía, de la Óptica j de la Geografía física, en la 
teoría del calor y en la del magnetismo, á regiones que pa- 
recían colocadas fuera del alcance de los hombres . v que 
hubieran quedado sin este útil socorro inaccesibles. 

Háse agitado con frecuencia en la historia de los pue- 
blos la cuestión de saber qué hubiera sucedido si Cartago 
hubiese triunfado de Roma j sometido á la Europa occi- 
dental : «puede también preguntarse, dice Guillermo de 
Humboldt (20), cuál seria hov el estado de nuestra civili- 
zación, si los Árabes hubiesen conservado el monopolio de la 
ciencia que estuvo mucho tiempo entre sus manos v per- 
manecido en posesión del Occidente.» Me parece fuera de 
duda que no hubiera ganado nada la civilización en nin- 
guno de los dos casos. A la misma causa que produjo la 
dominación romana, es decir, al espíritu j al carácter ro- 
manos, mas bien que á acontecimientos fortuitos v esterio- 
res, somos deudores de la influencia ejercida por los Ro- 
manos en nuestras instituciones civiles, en nuestras leves, 
nuestra lengua j nuestra cultura intelectual. A consecuencia 
de esta benéfica influencia v de una especie de afinidad ínti- 
ma, hemos llegado á comprender el espíritu v la lengua de 
los Griegos, en tanto que los Árabes apenas se fijaron mas 

TO;nO I!. i'* 



— 226 — 

que en los resultados científicos de la erudición o-rieca e^ 
decir, en los descubrimientos que interesaban á las ciencias 
naturales j físicas, en la Astronomía j en las Matemáticas 
puras. Conservando cuidadosamente los Árabes la pureza 
de su idioma nacional j la agudeza de sus pensamientos 
metafóricos_, supieron dar á la espresion de sus sentimien- 
tos j á la forma de sus sentencias la gracia y los colores de 
la poesía. Pero á juzgar por lo que eran en tiempo de los 
Abasidas, por mas que bubieran trabajado sobre la anti- 
güedad con la cual los bailamos desde entonces en comer-^ 
ció , parece que jamás bubieran podido dar vida á esas- 
obras literarias y artísticas de tan elevada poesía j de un 
arte tan consumado que se glorifica de baber producido en 
su desarrollo nuestra civilización europea orgullosa con jus- 
ticia de la armonía que ha sabido establecer entre tantos 
elementos diversos. 



VI 

DESARROLLO DE LA IDEA DEL COSMOS 

EN LOS SIGLOS XV Y XVI. 



ÉPOCA DE LOS DESCUBRIMIENTOS EN EL OCÉANO. — ACONTECIMIENTOS 
QUE LOS DETERMINARON. — DESCUBRIMIENTO DEL HEMISFERIO OC- 
CIDENTAL. — COLON, SEBASTIAN CABOT Y GAMA. — LA AMERICA Y EL 
OCÉANO PACIFICO. — CARRILLO, SEBASTIAN VIZCAÍNO, MENDAÑA Y 
QUIRÓS — RICOS MATERIALES PUESTOS Á DISPOSICIÓN DE LAS 
NACIONES OCCIDENTALES DE LA EL ROPA. 



El siglo XV pertenece á esas épocas raras en que todos 
los esfuerzos intelectuales ofrecen el carácter común d& 
una tendencia invariable hacia un objeto determinado. La 
unidad de los esfuerzos, el éxito que los ha coronado, la 
actiya energía que manifestaron pueblos enteros, dan á 
la edad de Colon, de Sebastian Cabot j de Gama un es- 
plendor brillante y duradero. Colocado entre dos fases dife- 
rentes de la civilización, el siglo XV parece ser una época 
intermediaria con que acaba la edad media, j comienzan 
los tiempos modernos. Es esta la época de los descubri- 
mientos mas grandes realizados en el espacio. Todas las la- 
titudes, todas las alturas de la superficie terrestre fueron 
esploradas. Duplicando el siglo XV para los habitantes de 
Europa la obra de la creación, suministraba á la inteligen- 
cia nuevos j poderosos estímulos, que debian acelerar el 



progreso de las ciencias bajo el punto de vista matemático 
j físico (21). 

Gomo ja liabia acontecido en la espedicion macedónica, 
j con ma jor autoridad aun , el mundo esterior se imponía 
al espíritu, ó bajo formas individuales, ó como el conjunto 
de fuerzas vivasen acción simultáneamente. A pesar de su 
abundancia v su diversidad, las imágenes que herian ais- 
ladamente los sentidos, se fundieron poco á poco en una 
gTan síntesis , y la naturaleza terrestre pudo ser abarcada 
en su universalidad. Fué este el resultado de observaciones 
positivas , que no el efecto de meras adivinaciones vagas, 
cujas formas cambiantes flotaban ante la imaginación. La 
bóveda celeste descubrió á la vista , aun sin el auxilio de 
instrumentos, espacios nuevos, estrellas jamás apercibidas, 
y nebulosas que describían aisladamente su órbita. 

En uingun otro tiempo, va antes lo lie hecho notar, se 
vio una parte del género humano en posesión de mayor 
número de hechos, ni en estado de fundar sobre la compa- 
ración de materiales mas considerables la descripción física 
déla tierra. Nunca tampoco los descubrimientos realizados 
en el espacio v en el mundo material han llevado al orden 
moral cambios mas estraordinarios. El horizonte se ensan- 
chó: multiplicáronse las producciones con los medios de 
cambio; fundáronse colonias de tal estension, como jí^más 
se habia visto semejante , y por esto las costumbres espe- 
rimentaron también una revolución. Si dichos aconteci- 
mientos tuvieron como resultado primero el de arrojar v 
mantener en la esclavitud una parte de la raza humana, no 
por ello carecieron de influencia en su ulterior emanci- 
pación . 

Todos los hechos, que considerados aisladamente en .a 
vida de los pueblos, señalan un progreso considerable de la 
inteligencia, tienen raices profundas en la serie de lo3 siglos 
que les han precedido. No está en el destino de la especie 



229 

humana el que esta sufra un eclipse que la envuelva ente- 
ramente j de una manera uniforme. Un principio conserva- 
dor mantiene sin cesar la fuerza vital v progresiva de la 
razón. La época de Colon no hubiera llegado tan pronto al 
objeto á que tendia, si gérmenes fecundos no se hubieran 
sembrado de antemano por una sucesión de grandes hom- 
bres que atraviesa como rastro luminoso los tenebrosos si- 
glos de la edad media. Uno solo de esos siglos, el XIIL 
nos muestra reunidos á Rogerio Bacon, Nicolás Escoto^ 
Alberto el Grande y Vicente de Beauvais. Una vez despier- 
ta la actividad intelectual dio sus frutos, ensanchándola 
física del o-lobo. Cuando en 1525 volvió Dieg-o Rivero del 
Cono-reso g-eoo-ráfico- astronómico celebrado en la Puente de 

o DO 

Caja, cerca de Yelves, para dar fin á las diferencias j 
determinar las fronteras de las dos monarquías española j 
portuguesa, habíase ja trazado el contorno del Nuevo Con- 
tinente desde la Tierra de Fuego hasta Labrador. En la cos- 
ta occidental que mira al Asia, los progresos fueron natu- 
ralmente menos rápidos. Sin embargo, en 1543 Rodríguez 
Cabrillo habia avanzado hacia el Norte hasta mas allá de 
Monterej; j cuando este grande j atrevido navegante ha- 
lló la muerte en el canal de Santa- Bárbara, cerca de la 
Nueva California, el piloto Bartolomé Ferreto llevó el re- 
conocimiento hasta el grado 43 de latitud , junto al cabo 
Oxford de Vancouver. Tal era entonces la emulación con 
que los pueblos comerciantes, Españoles, Ingleses j Por- 
tugueses^ tendían hacia un solo j mismo fin, que bastó me- 
dio siglo para determinar la configuración esterior de los 
paises comprendidos en el hemisferio occidental , es decir, 
la dirección principal de las costas. 

El conocimiento del hemisferio occidental adquirido en 
el siglo XV por las naciones europeas, es el objeto prin- 
cipal de este capítulo. Fue, con efecto, un acontecimiento 
inmenso, cuyos resultados fecundos han contribuido de^ 



— 230 — 

mil maneras á rectificar v enfírrandecer las miras sobre el 
mundo. Sin embargo, debemos establecer desde luego una 
marcada distinción entre el primero é incontestable descu- 
brimiento de la América septentrional becho por los Nor- 
mandos, j las espediciones que mas tarde motivaron el co- 
nocimiento de las regiones tropicales del mismo Continente. 
En una época en que el califado de los Abasidas aun florecía 
en Bagdad, en que la Persia todavía estaba bajo la domi- 
nación de los Samanidas, tan favorable al cultivo de la 
poesía, hacia el año 1000 próximamente, la América fué 
reconocida por Leif, hijo de Erico el Rojo, desde la estre- 
midad septentrional basta el grado 41 ^/.j de latitud Nor- 
te (22). El impulso que produjo este acontecimiento, aun- 
que de un modo fortuito, partió de la Noruega. Queriendo 
Naddod en la segunda mitad del siglo IX , navegar hacia 
las islas Feroer, queja hablan visitado los Irlandeses, fue 
arrojado por la tempestad sobre las costas de Islandia. In- 
golf fundó en esta isla el año 875 el primer establecimiento 
normando. La Groenlandia^ península oriental de una re- 
gión que parece estar del todo separada por las olas de la 
América propiamente dicha^ fué señalada desde luego (23); 
pero solamente cien años después, en 983, recibió una 
colonia de la Islandia llamada en un principio por Naddod 
Snjoland ó país de la Nieve. A consecuencia de esta colo- 
nización islandesa fué como se llegó al Nuevo Continente 
sig'uiendo las costas de la Groenlandia en la dirección del 
Sud-Oeste. Las islas Feroer j la Islandia deben, pues, 
considerarse como estaciones intermedias j puntos de par- 
tida de las espediciones que condujeron á los Normandos 
hacia la Escandinavia americana. Así fué como el estable- 
-cimiemto de Cartago habia suministrado á los Tirios los 
medios de llegar hasta el estrecho de Gadeira v al puerto 
de Tarteso, desde cuvo puerto aquel pueblo emprende- 
dor se dirigió de estación en estación hasta Cerné_, llama- 



— 2'Si — 

•da por los Cartag-ineses Gaulea ó isla de los Buques (24). 

A pesar de la proximidad de las costas del Labrador 
(Helluland y Milka) situadas frente á la Groenlandia, se 
pasaron ciento veinticinco años entre el primer estableci- 
miento de los Normandos en la Islandia j el gran descu- 
brimiento de la América por Leif ; ¡tan insuficientes eran 
para las necesidades de la navegación los recursos que ofre- 
■ciaá una raza noble j vigorosa, pero pobre, aquel rincón de 
tierra aislado j desierto! Comparadas con la Islandia j la 
Groenlandia las costas de la Vinlandia, así llamada por el 
alemán Tvrker, á causa de las viñas silvestres que en ellas 
se encontraron, podian ofrecer algún atractivo por su fecun- 
didad j la dulzura del clima. Aquellas costas denominadas 
también por Leif el hieii jmis del riño (Vinland it goda), 
comprendian toda la estension del litoral situado entre Bos- 
ton y New- York, y por consiguiente, partes de los tres Es- 
tados modernos de Masacliusetts, de Rhode-Island v de 
Connecticut, colocados bajo los paralelos de Civita Vecliia 
y de Terracina, pero cujas temperaturas medias varian en- 
tre 8 grados y^^, j 11 grados -/^^ (^b). Allá tenian su es- 
tablecimiento principal los Normandos. Los colonos tuvie- 
ron con frecuencia que combatir contra la aguerrida raza 
de los Esquimales que en esta época llevaban el nombre 
de Skroelingues y se estendian mucho mas allá hacia el 
Sud. El primer obispo de Groenlandia, Erik-Upsi, islandés 
de nacimiento, emprendió en 1121 la propaganda del cris- 
tianismo en la Vinlandia, y ja se habla de esta colonia en 
las antiguas poesías nacionales cantadas por los indígenas, 
de las islas Feroer (26) . 

La actividad y el espíritu emprendedor de los aventure- 
ros islandeses j groenlandeses, están acreditados en la cir- 
cunstancia de haber levantado á mas de los establecimien- 
tos que fundaron hacia el Sud hasta el grado 41 y.¿ de 
latitud, tres monumentos, tres linderos, en la costa oriental 



— 232 — 

(le la Ijakia de Baffin, á los 7*2° 55' de latitud , en una de 
las islas de las Mujeres, al Nor-oeste de Upernavik, hoj la 
mas septentrional de las colonias danesas (27). La piedra 
rúnica descubierta en el otoño del año de 1824 por un groen- 
landés, llamado Pelinut, lleva la fecha de 1135, seo-un 
Rask j Finn Magnusen. Atraidos los colonos de la costa 
oriental de la bahía de Baffin por el incentivo de la pesca ^ 
visitaron periódicameate el estrecho de Lancaster, así como 
una parte del estrecho de Barrow, j esto mas de seis siglos 
antes d^ las atrevidas empresas de Parrj j de Hoss. Los 
puntos en donde se verificaba la pesca están claramente 
descritos en los Sagas, donde se dice que la primera espe- 
dicion se llevó á cabo en 126(i por sacerdotes groenlande- 
ses del obispado de (íardar. Llamábase á esta estación de 
estío, situada al Nor-oeste, hi lauda 'hj Ki'oJíSÍjardar. Ya 
se ha hecho mención de la madera flotante que venia segu- 
ramente de la Siberia j de que se recogia en estos parajes 
cachalotes, morsos v osos marinos que allí se encontraban 
en gran número '28 . 

Las noticias ciertas acerca de las relaciones que existian 
entre los paises situados en la estremidad septentrional de 
Europa, j de las que los (Groenlandeses j los Islandeses 
mantuvieron con la América propiamente dicha ^ se inter- 
rumpen á mediados del siglo XIV. Sábese^ sí, que en 1347 
fué enviado un buque al Markland (Nueva Escocia), para 
buscar allí maderas de construcción y otros objetos. A su 
vuelta fué asaltado por la tempestad j obligado á arribar 
en Straumfjiperd, en la costa occidental delalslandia. Esta 
es la última mención de la América normanda que nos han 
conservado las antiguas fuentes históricas de la Escandi- 
navia (29). 

Hasta aquí nos hemos mantenido cuidadosamente en ei 
terreno de la historia. Merced á las investigaciones críticas 
publicadas por Cristian Rafn j por la Real Sociedad de los 



- 233 — 

anticuarios del Norte, de Copsnliaofue , los Sagas j otros 
documentos relativos á los viajes de los Normandos á la 
Halljlandia (Neufúudland), á la Marklandia, que com- 
prende la. embocadura del rio San Lorenzo j la Nueva Es- 
cocia , j á la Vinlandia (Masachusetts) , han sido impresos 
separadamente j comentados de una manera satisfacto- 
ria (30). La longitud del camino, la dirección seguida por 
los navegantes, el momento en que sale ó pone el sol , están 
indicados allí con exactitud. 

Las jiuellas que se ha creido hallar de un descubri- 
miento de la América hecho por los Irlandeses con anterio- 
ridad al año de lOOj}, son mas inciertas. Los Skr(jelingues 
contaron á los Normandos establecidos en la Vinlandia, que 
alo lejos hacia el Sud, mas allá de la bahía de Chesapeak 
«habitaban hombres blancos que iban vestidos con larg-os 
trajes blancos, llevando delante de sí algunos palos de que 
colgaban pedazos de tela, j hablando en alta voz.» Los 
Normandos cristianos creyeron ver en esta descripción pro- 
cesiones con estandartes en que se cantaba. En los Sagas mas 
antis'uos, en las narraciones históricas de Thorfinn Karlsef- 
ne, v en el Landnatinxloli islandés, las costas meridionales 
comprendidas entre la Virginia j la Florida, llevan el nom- 
bre de ipah de hs homhres llamos. También son llamadas 
en las mismas fuentes Gran- Irlanda (írland it Mikla), j ase- 
gúrase que han sido pobladas por los Iros. Según testimo- 
nios que se remontan al año 1064, AriMarsson, de la pode- 
rosa familia •islandesa de Ulf el Bizco, haciendo rumbo hacia 
el Sud antes del descubrimiento de la Vinlandia por Leif, 
probablemente hacia el año 982, fué arrojado por la tem- 
pestad á la costa del país de los hombres blancos, allí 
Stt le bautizó, j no habiendo logrado obtener permiso para 
volverse, fué reconocido mas tarde por algunos habitantes 
de las islas de Orknej j por varios Islandeses (31). 

Es la opinión de algunos sabios familiarizados con las 



— -2.34 — 

íiutig-üedades del Norte_, la de que si los primeros liaVitan- 
tes de la Islandia son llamados en los mas antiguos docu- 
mentos de esta isla hombres del Oeste llerjados fOT mar^ pre- 
ciso es deducir que no ha sido poblada por colonias llega- 
das directamente de Europa, sino por Iros que hubieran 
pasado antig-uamente á América, y volvieran de la Virgi- 
nia j de la Carolina, es decir, por hombres que después de 
haber habitado la Gran Irlanda , la parte de América lla- 
mada y^rt/,? de los homlres hJancos^ vinieron á establecerse en 
la costa Sud-este de la Islandia, en Papjli y en la pequeña 
isla Papar, próxima á aquella costa. Pero la preciosa obra 
del monje irlandés Dicuil : De menswTd orhis terrre ^ com- 
puesta hacia el año 825, y por consiguiente' treinta j ocho 
años antes que Naddod hubiera dado á conocer la Islandia 
á los Normandos, no confirma esta opinión. 

En el Norte de Europa anacoretas cristianos, j en el 
interior del Asia piadosos monjes budhistas han esplorado 
lucrares inaccesibles, abriéndolos á la civilización. El ardor 
de la propaganda religiosa ha trazado el camino ja á em- 
presas militares, ja á ideas pacíficas j á relaciones comercia- 
les. El fervor particular de las religiones de la India, de la 
Palestina j de la Arabia, tan contrario á la indiferencia del 
politeismo griego j romano, ha acelerado singularmente los 
progresos de la ciencia geográfica en la primera mitad de 
la edad media. Letronne, comentador de Dicuil, demuestra 
ingeniosamente que los misioneros irlandeses arrojados de 
las islas Feroer por los Normandos, comenzaron á visitar 
la Islandia hacia el año 795. Cuando los Normandos lle- 
garon á Islandia encontraron alli libros irlandeses, campa- 
nas j otros objetos que habian dejado en ella los antiguos 
colonos llamados Papar. Esos Papar (papíe, padres) son los 
€lerici de Dicuil (32). Si como puede conjeturarse por el 
testimonio de este escritor, dichos objetospertenecian á mon- 
jes irlandeses venidos de las islas Feroer, ¿por qué los mon- 



— 235 — 

jes (Pa¡)ar) se llamaban según las tradiciones del país 
Jiomhres del 0^5/^(Vestmenn), «llegados del Oeste por mar» 
(Komnir til vestan um liafj? En cuanto al viaje heclio 
en 1170 por el príncipe galo Madoc, hijo de Owen Guinet, 
hacia un gran país situado al Oeste , v á la relación que 
pueda ofrecer este hecho con la Gran Irlanda de los Sagas 
islandeses, todo en este punto ha permanecido hasta aquí 
muj oscuro. Poco á poco también se desvaneció la preten- 
dida raza de los Celto -Americanos, que viajeros demasiado 
crédulos suponian haber encontrado en muchos paises de 
los Estados-Unidos. Esta quimera ha desaparecido desde 
que se introdujo el estudio comparativo de las lenguas fun- 
dado en su estructura orgánica j no en semejanzas acciden- 
tales de sonidos (33). 

Por lo demás, si este primer descubrimiento de la Amé- 
rica, hecho en el siglo XI ó quizás antes, no tuvo la grande 
j duradera influencia que ejerció en los progresos de la 
ciencia del mundo el mismo descubrimiento, renovado á 
fines del siglo XV por Cristóbal Colon, esplicase esto por la 
poca cultura de los pueblos primeros que descubrieron este 
continente j por la naturaleza de los lugares en que se 
encerró su esploracion. Ninguna educación científica habia 
preparado á los Escandinavos para estender sus investiga- 
ciones en el país que ocupaban , mas allá de lo que exigia 
la satisfacción de las necesidades mas apremiantes. Puede 
considerarse como la verdadera metrópoli de esas colonias 
la Groenlandia v la Islandia, comarcas en que el hombre 
tenia que luchar contra la inclemencia de un clima inhos- 
pitalario. Gracias, sin embargo, á su maravillosa organiza- 
ción la república islandesa conservó su independencia v su 
carácter propio durante 450 anos hasta la ruina de sus li- 
bertades municipales, y sumisión del país al rej de No- 
ruega Hakon VI. El desarrollo de la literatura islandesa, 
la redacción de los anales del país, la colección de los 



— 236 — 

Sagas y cantos del Edda datan de los siglos XII j XIIL 
Singular espectáculo es en la historia de la cultura 
de los pueblos ver que el tesoro de las tradiciones mas anti- 
guas de la Europa septentrional, comprometido por luchas 
intestinas en el suelo mismo en que aquellas hahian nacido^ 
pasa de allí á Islandia, y es conservado en ella cuidadosa- 
mente para la posteridad. Esta conservación, consecuencia 
lejana del primer establecimiento delngolf en Islandia (875), 
fué un grave acontecimiento en la esfera de la poesía v de 
ia imaginación, en el mundo vaporoso bosquejado por los 
mitos j las cosmogonias emblemáticas de las razas escandi- 
navas. La ciencia de la Xaturalezn, sin embargo, no ganó 
en ello nada. Cierto es que viajeros islandeses iban á visi- 
tar las escuelas de Alemania j de Italia, pero los descu- 
brimientos de los Groenlandeses en el Sud, el mezquino 
comercio que se estableció con la Vinlandia, cu va ves^eta- 
cion no ofrecía carácter alguno notable, atrajeron tan poco á, 
ios colonos v navegantes fuera del círculo de sus intereses 
esencialmente europeos, que no se esparció en los pueblos 
civilizados de la Europa merid'ional ninguna noticia de 
aquellas recientes colonias. Ni aun se ve que en Islandia 
baja llegado á oidos del gran navegante genovés el menor 
dato acerca de esas regiones. En efecto, la Islandia j la 
(xroenlandia estaban divorciadas hacia mas de dos siglos;, 
porque en 1261 la ( froenlandia Rabia perdido su constitu- 
ción republicana, j como á propiedad de la Corona de No- 
ruega, sufrió formal prohibición de todo comercio con los 
estranjeros j aun con los Islandeses. Cristóbal Colon, en 
su escrito, que tan raro llegó á ser, sobre ¡as ('¡iico :())ias Jia- 
hílahhs de ¡a Tierra^ dice que en el mes de febrero de 1477 
visitó la Islandia, «en donde por entonces no estaba cu- 
bierto de hielo aquel mar, que frecuentaban en gran nú- 
mero los comerciantes de Bristol (34).» Si alli hubiese oido 
hablar de la antigua colonización de un gran país situado 



-í'ii 



eiiírciitL de ]ii Isluiidia, el lle/h'land i I mUda^ de la Mar- 
klandia y do la h'/'itn ] ¿nlandia: si huLicra podido referir 
esta noción de un continente vecino á los proyectos que va 
le ocupaban en 1470 j en 1478 , no cabe duda de que en 
el célebre proceso no terminado hasta 1517, acerca déla rea- 
lidad de su descubrimiento, se hubiera tratado de su viaje á 
Thjlé, es decir, á íslandia; sobre todo si se considera que el 
suspicaz fiscal que instruyó este negocio cita hasta un mapa 
marino (mappa mundo) que ^íartin Alonso Pinzón habia 
visto en Roma, j en donde figuraba el Nuevo Continente. 
Si Colon hubiera querido buscar un país del cual hubiese 
oido hablar en Islandia, evidentemente que no hubiera 
marchado en su primer viaje de descubierta en dirección al 
Sud-oeste^ partiendo de las Canarias. De todos modos, 
siempre existieron relaciones comerciales entre Bergen v la 
(rroenlandia hasta 1484, es decir, seis años después del 
viaje de Colon á Islandia. 

Bien diferente, bajo este punto de vista del primer des- 
cubrimiento del Nuevo Continente en el siglo XI, la espe- 
dicion en que encontró Colon por segunda vez dicho con- 
tinente V descubrió las regiones tropicales de la América, 
tuvo graves consecuencias para la historia del Mundo, y 
ensanchó considerablemente la contemplación física del 
Universo. Aunque el navegante que a fines del siglo X\' 
dirigía empresa tan vasta, no tuviese de ningún modo in- 
tención de descubrir una nueva parte del Mundo, aunque 
sea cierto que Colon v Américo Vespucci muriesen en la 
persuasión de haber tocado solamente á una parte del Asia 
oriental , sin embargo , la espedicion x)frece en todo el ca- 
rácter de un plan científicamente concebido v realiza- 
do (35). Navegóse resueltamente al Oeste por las puertas 
que los Tirios v Coleo de Samos habian abierto, por el tjiar 
inmenso // Unelvoso (mare tenebrosum) de los geógrafos ára- 
bes; caminándose hacia un punto cuja distancia creia co- 



— 238 — 

nocerse. Los navegantes no fueron arrojados allá por la ca- 
sualidad de los vientos, como llegaron á Islandia, Naddod 
j Gardar, ó como Gunnbjoern, el hijo de Ulf-Kraka, tocó 
en la Groenlandia. Colon no pudo tampoco guiarse por es- 
taciones intermedias. Verdad es que el gran cosmógrafo de 
Nuremberga, Martin Behem, que acompañó al portugués 
Diego Cam en su importante espedicion á las costas occi • 
dentales del África, pasólos cuatro años de 1486 á 1490 
en las islas Azores; pero no fue descubierto el Continente 
americano partiendo de estas islas_, situadas á los ^/^ de la 
distancia entre las costas de España j las de Pensilvania. 
La premeditación de esta gran obra está ja celebrada de 
una manera poética en las estancias del Tasso. El poeta 
Habla de aquello á que no se atrevió el valor de Hércules: 

Non osó di tentar 1' alto Océano: 
Segno le mete, e'n troppo brevi chiostri 

L' ardir ristrinse dell' ing-egno umano 

Tempo verra che fian d'Ercole i segni 

Favola vile ai naviganti industri 

Un aora della Liguria avra ardirnento 
Air incógnito corso esporsi in prima 

Gerusalemme liberata , XV, estrofas 2o, 30 y 31, 

Y sin embargo^ el gran historiador portugués Juan Bar- 
ros (36) , cuja primera Década no apareció hasta 1 552^ 
nada tiene que decirnos acerca de aquel «uom della Ligu- 
ria y> sino que era un frivolo j estravagante charlatán (ho~ 
mem fallador, e glorioso em mostrar suas habilidades, e 
mais fantástico^ e de imaginacoes com sua Ilha Cjpango).. 
¡Tan cierto es que en todos los siglos v en todos los grados 
de civilización, los odios nacionales se han esforzado por os- 
curecer el brillo de los nombres ilustres ! 

El descubrimiento de las regiones tropicales de la Amé- 
rica por Cristóbal Colon, Alonso de Ojeda j Alvarez Cabral^. 



— 239 — 

no puede considerarse como un acontecimiento aislado er^ 
la historia de la Contemplación del mundo. La influencia 
de este hecho sobre el desarrollo délos conocimientos físicos 
y sobre el progreso de las ideas en general, no puede ser 
bien comprendida , sino á condición de dirigir una rápida 
ojeada á los siglos que separan el tiempo de las grandes em- 
presas marítimas, de aquel en que florecia la cultura cien- 
tífica de los Árabes. Si la época de Colon ostenta el carác- 
ter particular de una tendencia constante j siempre feliz 
á estender los descubrimientos en el espacio y á ensan- 
char el conocimiento del globo, lo debe á causas antiguas 
j diversas; al corto número de hombres atrevidos que ha- 
bian desarrollado á la vez en los espíritus la libertad ge- 
neral de pensar j el deseo de penetrar los fenómenos par- 
ticulares de la Naturaleza; á la influencia que ejercieron en 
las fuentes mas profundas de la vida intelectual el renaci- 
miento de la filología griega en Italia j la invención de aquel 
arte que daba alas al pensamiento j le aseguraba una larga 
existencia; y por último, á un conocimiento mas amplio de- 
Asia oriental, estendido por los monjes enviados como em- 
bajadores cerca de los príncipes mogoles , ó por mercade- 
res ambulantes, entre las naciones del Sud-oeste de la Eu- 
ropa que se hallaban en relaciones comerciales con el 
mundo entero j no tenian deseo mas vehemente que el de 
encontrar un camino mas corto para llegar al país de las es- 
pecias. Además de tantos móviles poderosos, debemos men- 
cionar lo que á fines del siglo XV facilitó sobre todo la rea- 
lización de aquellos votos, es decir, los progresos del arte 
náutica, el perfeccionamiento de los instrumentos de nave- 
gación, magnéticos ó astronómicos, la aplicación de méto- 
dos ciertos para determinar el lugar de un navio cuando se^ 
halla en el mar, v el uso mas g-eneral de las efemérides so- 
lares j lanares de Regiomontano. 

Sin entrar á referir en detalle la historia de las ciencias,. 



— 240 — 

lo cual nos separaría demasiado de nuestro asunto, nos con- 
tentaremos con escoger de entre los hombres que prepararon 
la época de ( 'olou v de ( rama, tres grandes nombres: Alberto 
el Grande, Rogerio Bacon v Vicente de Beauvais. Los colo- 
xiamos según el orden cronológico, porque el mas considera- 
ble, el que presenta mas elevadas facultades j una inteli- 
gencia mas Yasta_, es el franciscano Rogerio Bacon, natural 
de Ilchester, que formó su educación científica en Oxford v 
en París. Todos tres, sin embarí^o, se adelantaron á su sisrlo 
é influveron pederosamente en sus contemporáneos. En las 
largas luchas de la dialéctica , de ordinario estériles, que 
llenaron el reinado de aquella filosofía designada con el 
nombre complejo v mal definido de escolástica, no se puede 
desconocer la beneficiosa acción, y aun podria decir la in- 
fluencia postuma de los Árabes. Las particularidades de su 
-carácter nacional que hemos trazado en el capítulo prece- 
dente , su disposición á vivir en el comercio de la Natura- 
leza , hablan preparado la senda á los libros de Aristóteles 
recientemente traducidos por entonces, libros á cu va propa- 
gación debian contribuir también el establecimiento de las 
ciencias esperimentales j el favor de que gozaban. Hasta 
fines del siglo XII j principiosdel XIII dominaron en las 
escuelas los principios mal comprendidos de la filosofía pla- 
tónica. Ya los Padres de la Mesia creveron haber encon- 
trado el germen de sus dogmas religiosos (37). Un gran 
número de fantasías simbólicas del Timeo fueron adoptadas 
con entusiasmo, j la autoridad cristiana volvió á la vida 
algunas ideas erróneas sobre el mundo, cuja falsedad ha- 
bla establecido mucho tiempo antes la escuela matemática 
de los Alejandrinos. Así, desde San Agustín hasta Alcuí- 
no, Juan Escoto j Bernardo de Chartres, el platonismo ó 
mas bien el neoplatonismo , revistiendo formas nuevas, 
echó en la edad medía raices cada vez mas profundas (38). 
Cuando mas tarde la filosofía aristotélica destronó al 



241 

neoplatouismo_, j decidió soberanamente del movimiento de 
los espíritus, su influencia se ejerció en dos direcciones di- 
ferentes, aplicándose al mismo tiempo á las investigacio- 
nes de la filosofía especulativa v á la práctica de la ciencia 
esperimental. Aunque parezca que las meditaciones espe- 
culativas, van mas allá del objeto que me propongo en este 
libro, no pueden pasarse completamente en silencio, por- 
que á ellas se debe el que, aun en medio niismo de la es- 
colástica, algunos hombres de grande j noble inteligencia 
liiciesen triunfar en todos los ramos de la ciencia la inde- 
rpendencia del pensamiento. La contemplación del mundo y 
la generalización de las ideas no solo tienen necesidad de 
una gran masa de observaciones , les hace falta espíritus 
bastante fortificados de antemano para no retroceder en la 
eterna lucha de la ciencia y de la fé, ante esas imáo-enes 
amenazadoras que pueblan ciertas regiones de la ciencia 
esperimental como si quisieran cerrarnos sus puertas. No 
es posible separar dos cosas que han auxiliado poderosa- 
mente el desarrollo de la humanidad: la conciencia de la 
libertad intelectual^ v los esfuerzos para llegar á nuevos 
descubrimientos en los lejanos espacios. Los libre -pensa- 
dores han formado una serie que comienza en la edad me- 
dia con Duns Scott, Guillermo de Occam v Nicolás de ('usa 
j prosigue con Ramus , Campanella y Jiordano Bruno, 
hasta Descartes (39). 

Este intervalo infranqueable entre el pensamiento y el 
ser, las relaciones entre el alma que conoce v el objeto 
conocido, dividieron á los dialécticos en dos escuelas céle- 
bres^ los 7'ealfstas j los oiominalistas . Las luchas que de aquí 
se siguieron casi se han olvidado hoj; no puedo, sin embar- 
go, pasarlas en silencio, porque han tenido una influencia 
incontestable en el establecimiento definitivo de las ciencias 
esperimentales. Los nominalistas, que no concedian alas 
ideas generales mas que una existencia subjetiva . sin rea- 



242 

lidad fuera de la inteligencia humana , acabaron por ven- 
cer en los siglos XIV j XV, despueñ de muchas alternati- 
vas. En su antipatía por la vaguedad de la abstracción, 
insistieron ante todo en la necesidad de apelar á la espe- 
riencia , y de multiplicar los fundamentos sensibles del 
conocimiento. Semejante predisposición debió influir, indi- 
rectamente al menos, en la cultura de la ciencia esperi- 
mental; pero, aun en los tiempos en que los principios 
realistas todavía reinaban solos , la literatura árabe , esten- 
diéndose por los pueblos occidentales, babia engendrado» 
vivo gusto por el estudio de la Naturaleza, oponiéndola fe- 
lizmente como antagonista de la teología, que amenazaba 
invadirlo todo. Así vemos en los diversos períodos de la 
Edad media, á la cual se atribuje ordinariamente quizás 
demasiado carácter de unidad , prepararse poco á poco por 
las contrarias vias del idealismo puro j de la esperimenta- 
cion, la grande obra de descubrimientos en el espacio j 
su aplicación al engrandecimiento de las miras sobre el 
mundo. 

Entre los Árabes, la ciencia de la Naturaleza estaba ín- 
timamente enlazada á la Farmacologia j la Filosofía; en la 
Edad media cristiana se veia ligada^ como la misma filoso- 
fía, al dogmatismo teológico. Tendiendo la teología por la 
lej de su naturaleza á una dominación esclusiva, encer- 
raba las investigaciones esperimentales en el dominio de la 
Física, de la Morfología orgánica j de la Astronomía, es- 
trechamente relacionada con laAstrología. El estudio de los 
libros enciclopédicos de Aristóteles , importado por los Ara- 
bes V por los rabinos judíos, preparó los espíritus á una 
alianza filosófica de todas las ciencias (40). Así es como 
Ibn Sina (Avicena) é Ibn Roschd (Averroés), Alberto el 
Grande j Rogerio Bacon , pudieron ser considerados co- 
mo los representantes de toda la ciencia contemporánea. 
De esta creencia, generalmente estendida, nació la aureola 



— 243 — 

de gloria que rodeaba sus nombres en la Edad media. 
Alberto el Grande, de la familia de los condes de Bolls- 
taed, merece ser citado también por sus observaciones per- 
sonales en el dominio de la Química analítica. Verdad es 
que sus esperanzas iban dirigidas á la trasformacion de los 
metales ; mas para realizarlas no se entregaba únicamente 
á manipulaciones sobre las sustancias metálicas, profundi- 
zaba también los procedimientos generales en cuja virtud 
se ejercitan las fuerzas químicas de la Naturaleza. Sus es- 
critos contienen algunas consideraciones de estremada pene- 
tración sobre la estructura orgánica j sobre la fisiología 
délos vegetales. Conocia el sueño de las plantas, la regu- 
laridad con que se abren j cierran , la disminución de la 
savia por las emanaciones que se escapan de la superficie 
de las hojas , j la relación que existe entre las ramificacio- 
nes de los nervios j los recortes del limbo. Comentaba todas 
las obras físicas del filósofo de Estagira , j sin embarg-Oy 
para la Historia de los Animales se redujo á una traduc- 
ción latina hecha del árabe por Miguel Scott (41). El es- 
crito de Alberto el Grande que tiene por título : Zióer 
cosmographicus de natura locorum^ es una especie de Geo- 
grafía física, en la que he encontrado consideraciones sobre 
la doble dependencia en que están los climas con relación á 
hi latitud j á la altura del suelo, j sobre las consecuencias 
que por el calentamiento de la tierra tienen los diversos 
ángulos de incidencia formados por los rajos luminosos. Sin 
embargo, el honor de haber sido Alberto el Grande celebra- 
do por Dante, lo debe menos quizás animismo, que á su dis- 
cípuloquerido Santo TomásdeAquinOjá quien llevoen 1245 
de Colonia á París, volviendo con él á Alemania en 1248: 

Questi, che in'c a deslra piü vieino. 

Frate e maestro fummi ; ed esso Albor I j ^ 

E di Colügna , ed io Thoiiias d'Aquinu 
// ^araAÜQ, X, 97-91). 



— '^44 — 

Hogerio Bacon, contemporáneo de Alberto el Grande, 
puede ser considerado como la aparición mas importante de 
la Edad media_, en el sentido de que ha contribuido mas 
•directamente que nadie á engrandecer las ciencias natura- 
les, á establecerlas sobre la base de las matemáticas v á 
provocar los fenómenos por los procedimientos de la espe- 
rimentacion. Estos dos hombres llenan casi todo el si- 
glo XIII: pero Rogerio Bacon ofrece la particularidad de 
haber ejercido", por el método que aplicó al estudio de la 
Naturaleza, una influencia mas útil j duradera aun que la 
que con mas ó menos razón se ha atribuido á sus descubri- 
mientos. Apóstol de la libertad del pensamiento, atacó la fé 
ciega en la autoridad de la escuela: pero lejos también de 
desdeñar las cuestiones que habían preocupado ala anti- 
o'üedad griega, profesaba igual estimación al estudio pro- 
fundo de las lenguas (4*2), á la aplicación de las matemá- 
ticas j a la scientia experimental i s , á la que consagró un 
capítulo especial en su Opus majus (43). Protegido j favo- 
recido por el papa Clemente H , acusado después de magia 
V encarcelado por Nicolás III v Nicolás I\', esperimentó 
las vicisitudes de que han sido objeto los grandes espíritus 
<de todos los tiempos. Conocia la óptica de l'olomeo j el 
Almagesto (44). Como designa siempre á Hiparco por su 
nombre arábigo de Ahra.j'is, debe deducirse que solo se 
valdría de una traducción latina hecha del árabe. Los tra- 
bajos mas importantes de Bacon, son los que hizo sobre la 
teoría déla Óptica, sobre la perspectiva v sobre la posición 
del foco en los espejos cóncavos, juntamente con sus espe- 
riencias químicas sobre las mezclas inflamables v esplosi- 
bles. Su Opus majus es un libro rico en pensamientos; 
contiene proposiciones vprojectos susceptibles de ser reali- 
zados, aunque no vestigios manifiestos de descubrimientos 
definitivos en Óptica. Bacon parece falto de conocimientos 
profundos en Matemáticas. Lo que mas le caracteriza e3 



una cierta vivacidad de imaginación , cu jos estravíos son 
comunes á todos los monjes de la Edad media interesados 
en las cuestiones de la Filosofía natural. Su fantasía se lia- 
llaba febrilmente sobrescitada por la impresión de, tantos 
grandes fenómenos no esplicados, y por la impaciencia in- 
quieta con que procuraban la solución de problemas miste- 
riosos. 

Kl obstáculo que oponía antes de la invención de la 
imprenta la carestía de las copias al deseo de reunir gran 
número de manuscritos de obras sueltas, engendró en la 
Edad media el gusto por las obras enciclopédicas, luego 
que el círculo de las ideas empez(') á ensancharse, es decir^ 
á principios del siglo XIII. Estas obras merecen aquí una 
mención particular porque han contribuido á la generali- 
zación de las ideas. Así aparecieron sucesivamente, fun- 
dándose por lo común los unos en los otros, los veinte Y\- 
hro^ De renim J\ atura de Tomás *de Cambridge, profesor en 
Lovaina (1*230^; :S2)erulum naiuralp)^ que^ Ícente de Beau- 
vais escribió para San Luis j su mujer Margarita de Pro- 
venza en 1250; el Llhro de la naturaleza ^ de Conrado de 
Mejgenberg, sacerdote de Ratisbona , j la lináfjen del 
Mundo > Iinafjo mundl , del cardenal Pedro de Aill v Pe- 
trus de Alliaco), obispo de Cambra v (1410;. Estas enciclo- 
pedias no eran aun mas que las precursoras de la gran 
Margarita j)hilosóphica diOiV^idLVQ líeisch, que apareció por 
primera vez en 1486, v contribu vó maravillosamente du- 
rante medio siglo á la propagación de la ciencia. Es pre- 
ciso que nos detengamos en la descripción del mundo de 
Pedro de Aillj. En otro lugar he demostrado que el libro 
de la Imafjo mv.ndi tuvo mas influencia en el descubri- 
miento de América, que la correspondencia de Colon con el 
sabio florentino Toscanelli (45). Todo lo que Colon sabia de 
la antigüedad griega y latina; todos los pasajes de Aristó- 
teles, de Estrabon v de Séneca sobre la proximidad del 



— 246 — 

Asia oriental j délas columnas de Hércules, que, se^un la 
narración de don Fernando , despertaron en su padre mas 
que toda otra cosa , el deseo de ir en busca de las Indias 
(autoridad de los escritores para mover al Almirante á des- 
cubrir las Indias) las habia tomado el Almirante de los es- 
critos de Aillj, que llevaba consigo en sus viajes. En una 
carta dirigida desde la isla de Haití al rej de España con 
fecha del mes de Octubre de 1498, tradujo literalmente un 
pasaje del tratado De quantitate ierra hahitahilis , que le 
habia impresionado profundamente. Verosímil es que igno- 
rara que el mismo Aill v habia trascrito palabra por pala- 
bra un libro de fecha anterior, el Ojms majus de Rog-erio 
Bacon (46). ¡Tiempo singular aquel, en que testimonios 
sacados atropelladamente de Aristóteles v de Averroés 
(Avenrjz), de Esra y de Séneca, sobre la inferioridad de 
la superficie del mar comparada con la estension de la masa 
continental, podian convencer á los re jes del seguro resul- 
tado de empresas dispendiosas. 

Ya hemos recordado cómo á fines del siglo XIII, se 
manifestaron una predilección decidida por el estudio de las 
fuerzas de la Naturaleza , j una manera mas filosófica de 
concebir este estudio, constituido en adelante, según un 
método científico, sobre la base de la esperimentacion. Rés- 
tanos por bosquejar en algunos rasgos, la influencia que 
ejerció desde fines del siglo XIV el renacimiento de la lite- 
ratura clásica en las fuentes mas profundas de la vida in- 
telectual de los pueblos, j por consiguiente en la contem- 
plación general del Mundo. Algunos hombres de genio 
hablan aumentado también con sus esfuerzos individuales 
la riqueza del mundo de las ideas. Todo estaba dispuesto 
para un desarrollo mas libre del espíritu, cuando á favor de 
circunstancias que parecían fortuitas, la literatura griega, 
agostada en las comarcas donde mas habia florecido otras 
veces, halló un asilo mas seguro en Occidente. Al estudiar 



— 247 — 

üos Árabes la antigüedad, habían permanecido- siempre es- 
irauos á todo lo que depende de los efectos brillantes del 
lenguaje. No estaban familiarizados mas que con un corto 
número de escritores antiguos, v debieron escoger, según 
su predilección decidida por el estudio de la Naturaleza, los 
escritos físicos de Aristóteles, el Almagesto de Tolomeo, 
la Botánica j la Química de Dioscórides, j las fantasías cos- 
mológicas de Platón. La dialéctica aristotélica se unió fra- 
ternalmente á la Física entre los Árabes, como antes en la 
Edad media cristiana se habia asociado con la Teología. To- 
mábase de los antiguos todo cuanto pudiera prestarse á 
aplicaciones particulares; pero estábase mu v lejos de abarcar 
en su conjunto el helenismo, de penetrar en la estructura 
orgánica de la lengua griega, de sentir las creaciones poé- 
ticas j gozar de los maravillosos tesoros nacidos en el cam- 
po de la elocuencia j de la historia. 

Verdad es que cerca de dos siglos antes del Petrarca j 
de Boccacio_, Juan de Salisbur jj el platónico Abelardo ha- 
bian facilitado el conocimiento de algunas obras de la anti- 
güedad. Los dos apreciaban el mérito de escritos en que 
se unian armónicamente la libertad j la medida, la natu- 
raleza j el arte ; pero este sentimiento estético se estinguió 
con ellos sin dejar huella alguna. A Boccacio j Petrarca, 
dos poetas ligados por una profunda amistad, pertenece pro- 
piamente la gloria de haber preparado en Italia un seguro 
refugio á lasmusas desterradas de laGrecia, j de haber apre- 
surado el renacimiento de la literatura clásica. Barlaam, 
monge de Calabria , que habia vivido mucho tiempo en 
Grecia favorecido por el emperador Andronico, fue el maes- 
tro de los dos (47). Dieron ambos Cijemplo de recoger cui- 
dadosamente los manuscritos griegos j latinos. Petrarca; 
llegó hasta tener el sentimiento de la ciencia histórica j 
comparativa de laslenguas (48), utilizando su penetración-, 
filológica en engrandecer á su modo la Contemplación del 



— 24<S — 

mundo. Entre los promovedores de los estudios griegos debe 
citarse también á Manuel Chrjsoloras , que en 1391 fué en- 
viado como embajador de Grecia á Italia j á Inglaterra; 
al cardenal Besarion, de Trebizonda; á Gemisto Pléthon, 
j- al ateniense Demetrio Chalcondjlo, á quien se debe la 
primera edición impresa de Homero 49). Todas estas emi- 
graciones tuvieron lugar antes de la toma fatal de Cons- 
tantinopla (29 de Majo de 1453). Solo Constantino Las- 
caris, cujos antepasados liabian ocupado el trono, esperó la 
catástrofe j no llegó á Italia hasta mas tarde, llevando 
consigo una preciosa colección de manuscritos , que quedó 
amontonada inútilmente en la biblioteca del Escorial (50). 
El primer libro griego se imprimió catorce años no mas 
antes del descubrimiento de América, si bien la invención 
de la imprenta fué, según toda probabilidad, hecha siinul- 
táneamente dos veces v sin comunicación alíij-una entre los 
inventores, por (ruttemberg en Estrasburg-o j en Magun- 
cia, j por Lorenzo Jansson Koster en Harlen, v cae entre 
los años 1436 j 1439, j por consigaiente en la época feliz. 
en que los primeros sabios griegos llegaron á Italia (51). 
Dos siglos antes del momento en que las naciones de 
Occidente pudieran beber en todas las fuentes de la li- 
teratura griega, 25 años antes del nacimiento del Dante,, 
que señala uno de los períodos mas importantes de la his- 
toria literaria de la Europa meridional , se realizaron en el 
centro del Asia j en la parte oriental del África, aconteci- 
mientos que_, ensanchando las relaciones comerciales, apre- 
suraron la circunnavegación del África y la espedicion de 
Colon. En el espacio de 2() años, las hordas de los Mogoles 
que salieron de Pekin j de la muralla de la China , se ade- 
lantaron hasta Cracovia j Liegnitz , atemorizando á la 
cristiandad, que les envió monjes emprendedores como mi- 
.fiioneros j como embajadores, y fueron: Juan de Plano 
Carpini j Nicolás Ascelin para Bata Khan, j Rubruquis 



— :>4í) — 

(Rujsbroeck) para ^íang-u Khan en Karakorum. RuLru- 
quis nos ha dejado ingeniosas é importantes observacio- 
nes acerca de la distri])ucion o-eooTiíiica de las lenü'uas v 
de las razas á n:¡ediados del siglo XIIÍ. Reconoció el prime- 
ro que los Hunos, los Baschkires (habitantes de la ciudad 
de Paskatir^ llamada Baschg'ird por Ibn-Tozlan) v los Hún- 
garos son razas finlandesas, originarias de los montes Urales: 
encontrando también en los fuertes castillos de la Crimea 
hombres de raza gótica , que hablan conservado su lengua 
primitiva (5*2). Rubruquis despertó en el corazón de las dos^ 
grandes potencias marítimas de Italia, los A'enecianos v los- 
(jenoveses, el deseo de apropiarse las antiguas riquezas del 
Asia oriental. Aunque no nombra el rico depósito comercial 
de Quinsav fHangtscheufu) , tan céiebre '27) años después 
por las narraciones del mas ilustre de todos los viajeros por 
tierra, de Marco Polo(o.*3), conocía, sin embargo, los mu- 
ros de plata j las torres de oro que eran uno de los adorno^ 
de aquella ciudad. En las narraciones de Rubruquis que 
Rogerio Bacon nos La conservado , hállanse mezcladas de 
un modo singular á observaciones verdaderas simples equi- 
vocaciones. Cerca del Cataj, limitado, dice, por el mar 
oriental, nos describe un país afortunado «en el cual los es- 
tranjeros, nombres v mujeres, se conservan en la edad que 
tenian al entrar en él 54). > Mas crédulo aun que el mon- 
g-e de Brabante, el inglés Juan Mandeville encontró, por 
esta mism.a razón , muchos mas lectores para sus descrip- 
ciones de la India j de la China, de las islas de Ce vían v 
de Sumatra. La estension y la forma original de sus nar- 
raciones no han contribuido poco,-^ asi como los itinerarios 
de Balducci Peg-oletti v los viales de Ruvdonzalez de 
Clavijo, á aumentar en los pueblos la afición por el comer- 
cio j las grandes espediciones. 

Háse afirmado con frecuencia j con singular seguridad 
que la escelen te obra del verídico Marco Polo, particular- 



— 250 — 

mente las nociones que difundió acerca de los puertos de la 
India j el archipiélago indio, liabian impresionado viva- 
mente el ánimo de Colon , v que este habia llevado un 
ejemplar de la obra de Marco Polo al partir para su primer 
viaje de descubrimientos (55). He hecho ver que el gran 
navegante j su hijo don Fernando , citan la Geografía del 
Asia de Eneas Silvio (el papa Pió II) , pero nunca á Marco 
Polo ni á Mandeville. Lo que sabian de las comarcas de 
Qainsaj, de Zaitun, de Mango j de Cipango, lo podian 
haber aprendido sin haber conocido directamente los capí- 
lulos 68 j 77 del libro II de Marco Polo , en la célebre car- 
ta de Toscanelli escrita el año 1474, sobre la facilidad de 
llegar al Asia oriental , partiendo de España, ó en las nar- 
raciones de Nicolo de Conti , que durante veinticinco años 
recorrió las Indias j el Mediodía de la China. La edición 
impresa mas antigua de la relación de Polo, es una traduc- 
ción alemana de 1477, igualmente ininteligible para Co- 
lon que para Toscanelli. Sin duda que nada tiene de im- 
posible que Colon viera por los años de 1471 á 1492, 
cuando se ocupaba de su proyecto de buscar el Este por el 
Oeste (buscar el Levante por el Poniente, pasar á donde 
nacen las especerías, navegando al Occidente), un manus- 
crito del viajero veneciano (56); pero ¿por qué en la carta 
que dirigió desde la Jamaica á los soberanos españoles el 7 
de Junio de 1503, cuando representa la costa de Veragua 
como formando parte de la Ciguara de Asia en las cerca- 
nías del Ganges , j manifiesta la esperanza de encontrar 
allí caballos con arneses de oro, no refiere en dicha carta 
el Cipango de Marco Polo preferentemente al del Papa 
Pió II? 

En un tiempo en que la dominación de los Mogoles, es- 
tendiéndose desde el Océano Pacífico hasta el Volga, hacia 
accesible el centro del Asia, las misiones diplomáticas de 
los monges j algunas espediciones comerciales hábilmente 



— 251 — 

dirigidas, habian hecho conocer á las grandes naciones ma- 
rítimas los imperios del Catai y de Cipango (la China j el 
Japón); de igual manera la embajada de Pedro de Covil- 
ham j de Alonso de Pajva, enviada en 1487 por el rej 
Juan Upara buscar al sacerdote Juan de África, fue la que 
enseñó el camino, si no á Bartolomé Diaz, al menos á Vas- 
co de Gama. Fiándose Covilham de las narraciones que ha- 
bia recogido de los pilotos indios j árabes en Calicut , Goa 
j Aden, como también en el país de Sofalaen la costa orien- 
tal de África, envió dos judíos del Cairo al rej Juan II para 
hacerle saber que si los Portugueses avanzaban mas ha- 
cia el Mediodía, por la costa occidental , llegarían hasta la 
punta estrema del África, desde donde les seria fácil ha- 
cer rumbo hacia la isla de la Luna (la Magastar de Polo), 
la isla de Zanzíbar j la costa de Sofala que produce el oro. 
Por lo demás, antes que llegara este aviso á Lisboa, sabíase 
de mucho tiempo que Bartolomé Diaz habia no solo descu- 
bierto , sino doblado el cabo de Buena Esperanza (cabo 
Tormentoso), aunque no pasara mucho mas allá (57). Los 
Venecianos pudieron recibir desde luego por el Egipto, 
la Abisinia j la Arabia , noticias acerca de las factorías co- 
■comerciales establecidas por los Indios j los Árabes á lo 
largo de la costa oriental de África , J de la forma de la 
estremidad meridional del continente. En realidad, la con- 
figuración triangular del África está indicada claramente 
en el planisferio de Sanuto, publicado en 1306 (58) , en el 
PortvAano della Mediceo-Laurenzianay que data de 1351, j 
ha sido hallado por el conde Baldelli, así como también en 
el Mapa-mundi de Fra-Mauro. En la Historia déla contem- 
plación del Universo no puede sino indicarse rápidamen- 
te, sin insistir sobre ello, las épocas en que se empezó á for- 
mar idea aproximada de la configuración de las grandes 
masas continentales. 

A medida que se conoció mejor la situación relativa de 



— ¿52 — 

las diferentes partes del espacio, j que en su virtud se llega- 
ron á buscar los mediosjde abreviarlos viajes marítimos, el 
arte déla navegación se perfeccionó rápidamente .también por 
la aplicación de las Matemáticas v de la Astronomía, por el 
descubrimiento de nuevos instrumentos de medida j por 
un empleo mas liábil de las fuerzas magnéticas. La Eu- 
ropa debe con toda probabilidad el uso de la brújula á los 
Árabes, quienes á su vez la liabian tomado de los Chinos. 
En el S:icki de Szumthsian_, libro chino que data de la pri- 
mera mitad del siglo II antes de nuestra era, se menciona 
el carro magnético que el emperador Tsching'wang , de la 
antio-ua dinastía de los Tscheu, habia dado 900 años atrás 
á los embajadores de Tunkin j de la Cochinchina, para 
que no pudieran estraviarse al volver ásu país. En el dic- 
cionario de Sdiiieircn , de Hintschin, del siglo III de nues- 
tra era, está indicado el procedimiento en cuja virtud se 
puede comunicar á una lámina de hierro por medio de un 
frotamiento regularizado, la propiedad de dirigir una de 
sus puntas hacia el Sud. Cítase siempre con preferencia la 
dirección hacia el Sud^ porque era la que tomaban ordina- 
riamente los navegantes. Cien años mas tarde, bajo la di- 
nastía de los Tsin, los buques chinos se sirvieron de la agu- 
ja imantada para avanzar conseguridad en altamar. Fueron 
estos buques los que estendieron el conocimiento de la 
brújula entre los Indios, j después por la costa oriental 
de África. Los nombres árabes Zohron j Aphron (el Norte 
j ei Sud), que Vicente de Beauvais da en su Espejo de la 
]S[atitraIe:a á las dos estremidades de la aguja imanta- 
da (51)) , así como un gran número de palabras tomadas 
de la misma lengua_, y con las cuales aun designamos las 
estrellas, demuestran de qué lado y porqué camino ha lle- 
gado la luz áiluminar ei Occidente. Entre los pueblos cris- 
tianos de Europa no se encuentra obra alguna en que se 
cite la aguja imantada como cosa bien conocida, hasta la 



:^5:^ 



Biblia satírica de Guvot de Provins (llí)O), j la descrip- 
ción de la Palestina por el ( )bispo de Tolemaida . Santiago 
de Vitrj (de 1204 á 1215). Dante en el libro XII del Pa- 
raíso menciona en una comparación la ag-uja (ago) «que se 
dirige hacia el Polo.» 

Flavio Gioja, natural de Positano, cerca de Amalfi, ciu- 
dad célebre por su situación v por sus reglamentos marí- 
timos que se estendieron muy lejos, ha pasado mucho 
tiempo por el inventor de la brújula. Quizás que de algún. 
modo perfeccionara la forma de dicho instrumento , ha- 
cia el año -1302; pero que la brújula ha estado en uso en 
los mares de Europa mucho tiempo antes que comenzara 
el siglo XIV, lo prueba un trabajo sobre la Navegación 
del mallorquin Raimundo Lulio , hombre mu v ingenioso 
y escéntrico , cujas doctrinas entusiasmaban á Jordano 
Bruno desde su primera eJad (60) , j que. á la vez era filó- 
sofo de sistema, químico, misionero cristiano v navegante 
hábfl. En su libro titulado Fhii.r de Jas maravillas (Id Orle, 
escrito en 1286, dice LuHo que los navegantes de su tiem- 
po se servian «de instrumentos de medida, de cartas ma- 
rinas V de la aguja imantada (61).» Los primeros viajes 
de los catalanes hacia las costas septentrionales de Escocia 
j hacia las costas occidentales del África tropical, entre 
otros, el de don Jaime Ferrer, que arribó en agosto de 1346 
al Rio de Ouro, v el descubrimiento por los Normandos de 
las Azores, llamadas islas Bracir en el mapa-mundi de Pi- 
cigano que data de 1367, no permiten olvidar que mucho 
.tiempo antes de Colon se navegaba libremente por el Océa 
no occidental. Las travesías que se hacian en tiempo de la 
dominación romana entre Ocelis v la costa de Malabar , á 
merced de los vientos que soplan regularmente en dichos 
parajes, se realizaban va entonces bajo la dirección de la 
agui'a imantada (62). 

La aplicación de la Astronomía á la navegación había 



— 254 — 

sido preparada por la influencia que ejercieron del siglo XIII 
al XV en Italia Andelone del Ñero j el corrector de las Ta- 
blas Alfonsinas, Juan Bianchini , j en Alemania Nicolás 
de Cusa (63), Jorge de Penerbach v Regiomontano. Los 
astrolabios, destinados á marcar en un elemento siempre 
móvil, la medida del tiempo v la latitud geográfica por 
medio de las alturas meridianas^ sufrieron sucesivos mejo- 
ramientos desde el astrolabio de los pilotos de Mallorca, que 
Eaimundo Lulio describia en 1295 en su Arte de Nave- 
gar (64\ hasta el que Martin Behem estableció en Lisboa 
en 1484, j que quizás no era sino el metereóscopo de su 
amigo Regiomontano, reducido á una mas sencilla compo- 
sición. Cuando el infante Enrique, duque de Viseo, fundó 
en Sagres una academia de pilotos, fue nombrado su di- 
rector el maestro Santiago de Mallorca. Martin Behem ha- 
bía recibido del rej de Portugal, Juan II, la orden de 
calcular una tabla de las inclinaciones del Sol j enseñar á 
los pilotos á guiarse << según las alturas del Sol v de las 
estrellas.» No se sabe á punto fijo si ja á fines del siglo XV 
se conocia que la guindola proporciona los medios de pre- 
cisar la velocidad del buque _, como la brújula determina 
su dirección. Es cierto, sin embargo, que Pigafetta, com- 
pañero de Magallanes j habla de la guindola (la catena á 
poppa) como de un medio conocido desde mucho tiempo 
para medir la longitud del camino recorrido (65). 

No debemos pasar en silencio la influencia que la ci- 
vilización árabe y las escuelas astronómicas de Córdova, 
Sevilla j Granada tuvieron sobre el desarrollo de la ma- 
rina en España j en Portugal. Imitábanse en pequeño los^ 
grandes instrumentos de las escuelas de Bagdad y del 
Cairo, tomándose también sus antiguos nombres. El del 
astrolabio que Martin Behem fijaba en el palo major del 
buque, pertenece originariamente á Hiparco. Cuando Vas- 
co de Gama arribó á la costa oriental de África, encontró 



— 255 — 

en Melinda pilotos indios que conocian el uso de los astro- 
labios j de las balestrillas (66). De este modo, merced k 
las invenciones que los pueblos se comunicaban por conse- 
cuencia de relaciones mas estecsas j nuevos descubri- 
mientos, merced también á la fecunda alianza de las Ma- 
temáticas j de la Astronomía, todo estaba preparado para 
llegar al descubrimiento de la América tropical, j poner 
á los viajeros en estado de determinar rápidamente la con- 
figuración de aquella comarca , para facilitar la travesía á 
las Indias por el cabo de Buena Esperanza^ v el primer 
viaje de circunnavegación; es decir^ todo lo que en el es- 
pacio de treinta años, los de 1492 á 1522, se ha realizada 
de grande j de memorable relativamente al conocimiento 
del globo. La inteligencia bumana Labia llegado á ser 
también mas penetrante; el hombre se hallaba mejor pre- 
parado para recibir en su interior la infinita variedad de 
los fenómenos nuevos j elaborarlos, utilizándolos por me- 
dio de la aproximación para una contemplación mas gene- 
ral j mas elevada de la Naturaleza. 

Entre las causas que concurrieron á levantar las miras 
sobre la Naturaleza j permitieron al hombre comprender el 
conjunto de los fenómenos terrestres, solo pueden tener aquí 
cabida las mas importantes. Cuando se estudian seriamente 
las obras originales de los primeros historiadores de la Con- 
quista , sorpréndenos encontrar en los escritores españoles 
del siglo XVI el germen de tantas verdades importantes en 
el orden físico. Al aspecto de un continente que aparecia 
en las vastas soledades del Océano , aislado del resto de la 
creación, la curiosidad impaciente de los primeros viaje- 
ros j de los que recogian sus narraciones, originó desde 
luego la major parte de las graves cuestiones que aun en 
nuestros dias nos preocupan . Interrogáronse acerca de la 
unidad de la raza humana j sobre las alteraciones que ha 
sufrido el tipo común j originario; sobre las emigraciones 



— 25(3 — 

\le los pueblos^, j afinidades de las len^-uas mas desemejan- 
tes en sus radicales como en flexiones y formas gramatica- 
les; sobre la emigración de las especies animales j vegeta- 
les; sobre la causa de los vientos alisios y de las corrientes 
pelágicas : sobre el decrecimiento progresivo del calor, va 
( jue se ascienda por la pendiente de las cordilleras, ja que 
se sondeen las capas de agua superpuestas en las profundi- 
dades del Océano: v finalmente, sobre la acción recíproca de 
las cadenas de volcanes v su influencia relativamente á los" 
temblores de tierra v á la estension de los círculos de que- 
brantamiento. El fundamento de lo que hoj se llama lafísi- 
•oa del globo, prescindiendo de las consideraciones matemá- 
ticas, se halla contenido en la obra del jesuíta José Acosta, 
titulada: Historia natv/raJ ij moral de las Indias ^ así como 
■en la de (ionzalb Hernández de Oviedo, queapareció veinte 
años después de la muerte de ("olon. En ninguna otra 
época, desde la fundación de las sociedades, se ha ensan- 
chado tan repentina v maravillosamente el círculo de las 
ideas, en lo que se refiere al mundo esterior v á las rela- 
<2Íones del espacio. Jamás se sintió con tanta vehemencia la 
aiecesidad de observar la Naturaleza bajo latitudes diferen- 
tes v á diversos 2'rados de altura sobre el nivel del mar, 
ni de multiplicar los medios en cu va virtud puede obligár- 
sela á revelar sus secretos. 

Quizás podria sospecharse, como va he observado en otro 
lugar (67), que el alcance de estos grandes descubrimientos 
que recíprocamente se referían unos 'á otros, de esta doble 
conquista en el mundo físico j en el mundo intelectual, no 
ha sido comprendido hasta nuestros dias, desde que la histo- 
ria de la civilización humana se ha tratado de una manera 
filosófica. Semejante conjetura está desmentida por los con- 
temporáneos de Colon. Los mas eminentes de entre ellos 
sospechaban la influencia que debian ejercer en el desar- 
rollo de la humanidad los hechos que llenaron los últimos 



— 257 — 

años del siglo XV. «Cada dia, escribe Pedro Mártir de An- 
ghiera en sus cartas de los años 1493 j 1494 (68), nos 
trae nuevas maravillas de un Mundo nuevo , de esos an- 
típodas del Oeste que ha descubierto un cierto Genoxés 
(Christophorus quidam, vir Ligur), enviado á aquellos pa- 
rages por nuestros soberanos Fernando é Isabel. Obtuvo 
difícilmente tres barcos, visto que sus promesas se miraban 
como quimeras. Nuestro amigo Pomponio Leto (uno de 
los mas ilustres propagadores de la literatura clásica, per- 
seguido en Roma por sus opiniones religiosas) pudo apenas 
contener sus lágrimas de alegría, cuando le comuniqué 
la primer noticia de un acontecimiento tan inesperado.» 
Era Anghiera un bábil estadista que vivió en la corte 
de Fernando el Católico y de Carlos Quinto, fué como em- 
bajador á Egipto é hizo amistad con Colon, Amérigo Ves- 
puccio, Sebastian Cabot y Cortés. Su larga carrera abraza 
el descubrimiento de la isla mas occidental del grupo de las 
Azores, de Corvo, j las espediciones de Díaz, de Colon, de 
(rama y de Magallanes. El papa León X leia los Oceamcci 
de Anghiera á su hermana y á los cardenales, y prolon- 
gaba la lectura hasta muj avanzada la noche. Anghiera 
escribía también: «No abandonaré de buen grado á Espa- 
ña , hoj , porque estoj aquí en la fuente de las noti- 
cias que nos llegan de los paises recien descubiertos, v 
puedo esperar , constituyéndome en historiador de tan 
grandes acontecimientos, que mi nombre pase á la pos- 
teridad (69).» Tal era la idea que se tenia ja en los 
tiempos de (yolon de aquellas grandes cosas que se con- 
servarán siempre brillantes en la memoria de los mas re- 
motos siglos. 

Cuando Colon, se dirigió hacia el Oeste partiendo del 
meridiano de las Azores, y provisto del astrolabio nueva- 
mente perfeccionado, recorrió un mar que nadie habia es- 
plorado hasta entonces, no iba como aventurero á buscar 

TOMO II. 17 



— 258 — 

por el Oeste la costa oriental del Asia , sino que obraba 
en virtud de un plan firme j determinado. Xo cabe duda 
de que llevaba á bordo la carta de marear que le ha- 
bia dado en 1477 el médico j astrónomo florentino Paolo- 
Toscanelli , j que cincuenta j tres años después de su 
muerte poseía aun Bartolomé de las Casas. Por la his- 
toria manuscrita de las Casas, me he persuadido de que 
aquella carta no era otra que la Carta de marear que el 
Almirante enseñaba á Martin Alonso Pinzón el 25 de se- 
tiembre de 1492 , V en la cual estaban representadas mu- 
chas islas de mas allá de la Tierra Firme (70). Sin embar- 
go, si Colon hubiera seguido únicamente la carta de su 
consejero Toscanelli, habríase dirigido mas al Norte y 
detenido bajo el paralelo de Lisboa, siendo asi que en la es- 
peranza de llegar mas pronto á Cipango (el Japón), recor- 
rió la mitad de su camino á la altura de la isla de la Go- 
mera, una de las Azores, é inclinando en seguida hacia el 
Sud, se encontró el 7 de octubre de 1492 á los 25^ ^/., de 
latitud. Inquieto entonces por no descubrir las costas de Ci- 
pango, que según sus cálculos debió encontrar 216 leguas 
marinas mas hacia el Este , cedió tras una larga resisten- 
cia alas instancias del comandante de la carabela Pinta, 
Martin Alonso, (uno de los tres hermanos Pinzones, hom- 
bres ricos, de una alta consideración _, y que le eran poco 
adictos\ naveg-ando hacia el Sud-oeste. Este cambio de di- 
reccion ocasionó el descubrimiento de la isla (ruanahani, 
el 12 de octubre. 

Aquí debemos detenernos á considerar el encadena- 
miento maravilloso de ciertos acontecimientos de poca mon- 
ta, j la influencia indisputable que ejerció este concursa 
de circunstancias en los destinos del mundo. Washington 
Irvingha dicho con mucha razón, que si Colon, resistiendo 
al consejo de Martin Alonso Pinzón hubiera continuado na- 
vegando hacia e] Oeste, habria entrado en la corriente de 



— 259 — 

agua caliente ó GuJf stream, y vístose llevado hacia la Flo- 
rida, y de alli quizás al cabo Hatteras y á la Virginia; cir- 
cunstancia cu JO valor no seria fácil calcular^ puesto que 
hubiera podido dar á la región designada con el nombre do 
Estados-Unidos una población española y católica, en vez 
de la población inglesa y protestante , que se posesionó de 
ella mucho mas tarde. «Siento, decia Pinzón al Almirante, 
como una inspiración que me ilumina y me enseña el ca- 
mino que debemos seguir.» Asi pretendia , en el célebre 
proceso contra los herederos de Colon (1513-1515), que el 
descubrimiento de la América le pertenecía á él solo. Aque- 
lla revelación, «aquella voz del corazón,» la debió Martin 
Alonso á una bandada de papagayos que habia visto volar 
por la tarde hacia el Sud-oeste, y que él supuso irian á pa- 
sar la noche en las breñas de la costa. Jamás el vuelo de 
ningún pájaro tuvo mas graves consecuencias: pues bien 
puede decirse que éste decidió de las primeras colonias que 
se establecieron en el nuevo continente j de la distribución 
de las razas romanas y germánicas (71). 

La marcha de los grandes acontecimientos,, así como la 
sucesión de los fenómenos naturales, se halla encadenada á 
lejes eternas, de las cuales solo algunas nos son claramente 
conocidas. La flota mandada por Pedro Alvarez Cabral, en- 
viada por el rej Manuel de Portugal á las Indias orienta- 
les, por el camino que habia descubierto Gama, fué arro- 
jada hacia las costas del Brasil el 22 de abril de 1500_, sin 
que nadie pudiera sospecharlo. Si recordamos el celo que 
mostraban los Portugueses por doblar el cabo de Buena- 
Esperanza, desde la empresa de Diaz (1487), comprende- 
remos que accidentes análogos á los que hablan hecho su- 
frir á los barcos de Cabral , las corrientes del Océano, no 
podian dejar de reproducirse, y que por lo tanto los des- 
cubrimientos hechos en África debian traer los de las regio- 
nes de la América, situadas al Sud del Ecuador. Así parece 



— 260 — 

que, como ha diclio con razón Robertson, estaba en los des- 
tinos de laliumanidadqueel nuevo continente fuese conoci- 
do de los navegantes europeos antes de finalizar el siglo XV. 

Entre los rasgos característicos de Cristóbal Colon, me- 
recen señalarse sobre todos la penetración j la seguridad 
del golpe de vista con el cual, aunque falto de instrucción 
j estraño á la física j á las ciencias naturales , abarcó v 
combinó los fenómenos del mundo esterior. A su llegada 
«á un nuevo mundo j un nuevo cielo (72)» observó aten- 
tamente la configuración de las comarcas, la fisonomía 
de las formas vegetales, las costumbres de los animales, la 
distribución del calor j las variaciones del magnetismo ter- 
restre. Esforzándose sobre todo en descubrir las especias 
de la India y el ruibarbo (ruibarba), célebre ja por los mé- 
dicos árabes j judíos, por Rubruquis j los viajeros italia- 
nos^ j observando con un escrupuloso cuidado las raices, los 
frutos j las Hojas de las plantas. Llamados á consignar 
€uanto contribuyó la gran época de las espediciones marí- 
timas, á ensanchar las miras sobre la Naturaleza, nos con- 
sideramos felices con poder referir nuestra narración á la 
individualidad de un grande hombre, dándola con ello ma- 
jor vida. En el Diario marítimo de Colon j en sus relacio- 
nes de viaje publicadas por primera vez desde 1825 á 1829, 
se encuentran planteadas ja todas las cuestiones hacia las 
cuales se dirigió la actividad científica en la última mitad 
del siglo XV j durante todo el XVI. 

Basta recordar de un modo general lo que ganó la geo- 
grafía del hemisferio occidental con las conquistas realizadas 
en el espacio, desde el momento en que el infante don Enri- 
que el Navegante, retirado á su dominio de Terca naval en 
la bahía de Sagres, echaba sus primeros planes de descu- 
brimientos, hasta las espediciones de Gaetano j de Cabrillo 
en el mar del Sud. Las aventuradas empresas de los Portu- 
gueses, de los Españoles j de los Ingleses, acreditan que se 



— 261 — 

liabia revelado repentinamente como un sentido nuevo: el 
sentido de las grandes cosas j del infinito. Los progresos 
del arte náutica, y la aplicación de los métodos astronómicos 
á la corrección de los cálculos marítimos , favorecieron las 
tentativas que dieron á esta época un carácter tan particu- 
lar, completaron la imág-en de la tierra y manifestaron al 
hombre la armonía del mundo. El descubrimiento de la 
América tropical (1.° de agosto 1498) fué posterior en diez 
V siete meses á la espedicion que llevó á Cabot á las costas 
del Labrador, en la América septentrional. Colon vio por pri- 
mera vez la Tierra firme de la América del Sud, no por la 
costa montañosa de Paria como se ha creido hasta aquí, sino 
en el delta del Orinoco al Este del caño Macareo (73). Se- 
bastian Cabot arribaba el 24 de junio de 1497 á las costas 
del Labrador , entre los 56° j 58° de latitud (74). He 
espuesto ja de qué manera fué reconocida cinco siglos 
antes aquella región inhospitalaria por el Islandés Leif 
Ericson. 

Firmemente convencido Colon hasta su muerte, de que 
ja en noviembre de 1492, en su primer viaje habia tocado 
al arribar á Cuba una parte del continente asiático, conce- 
dia en sa tercer viaje mas precio á las perlas de las islas 
Margarita j Cubagua, que al descubrimiento de la Tierra 
firme (75). Según la narración de su hijo don Fernando j 
de su amigo el Ciira de los Palacios^ al abandonar á Cuba, 
hubiera querido, si lo hubiesen permitido las provisiones, 
continuar su camino hacia Oeste j volver á España por mar, 
tocando en la isla de Cejlan (Trapobana), y rodeando toda 
la tierra de los Negros^ ó por tierra- atravesando Jerusalem 
y Jaffa (76). El Almirante alimentaba estos projectos des- 
de 1494, cuatro años antes,, por consiguiente, que Vasco de 
Gama, y pensaba en un viaje alrededor del mundo veinti- 
siete años antes que Magallanes y Sebastian de Elcano. Los. 
preparativos del segundo viaje de Cabot, en el cual este na- 



veg-ante llegó á través délos hielos hasta los 67" ^/.^ de la- 
titud Norte , j huscó paso para dirigirse al reino de Catai 
(China) en la dirección Nor-oeste, dieron idea á Colon de 
hacer mas adelante un viaje hacia el polo Norte (á lo del 
polo ártico) (77). Cuando poco á poco se hubo adquirido la 
convicción de que todo el territorio descubierto desde el La- 
brador hasta Paria, como la región que se estiende mucho 
mas allá del Ecuador en la Península meridional dependen 
de un mismo continente, como lo prueba el mapa de Juan 
de la Cosa ignorado por mucho tiempo, se sintió mas vivo 
deseo de encontrar un paso al Norte ó al Mediodia. Des- 
pués del segundo descubrimiento de la América, después de 
la certeza adquirida de que el nuevo mundo se prolonga en 
dirección del Mediodia, desde la bahía de Hudson hasta el 
cabo de Hornos, visitado por primera vez por García Jofre 
de Loajsa, el conocimiento del mar del Sud que baña las 
€ostas occidentales de América , es en la época que traza- 
mos aquí el acontecimiento mas importante para la histo- 
ria del mundo (78). 

Diez años antes que Balboa apercibiese el mar del Sud 
desde las alturas de la Sierra Quarequa, en el istmo de Pana- 
má (2o de setiembre de 1513), sabia ja Colon de una ma- 
nera positiva, al estenderse por la costa oriental de Veragua, 
que al Oeste de ese país habia un mar <^que en menos de 
nueve dias podia conducir hacia el Ghersonesus áurea de 
Tolomeo y á la embocadura del Ganges.» En esta misma 
Carta rarissima^ que contiene la narración poética y atrac- 
tiva de un sueño, dice el Almirante que cerca del rio de 
Belén las costas opuestas de Veragua están en la misma 
posición relativa que Tortosa en el Mediterráneo v Fuen- 
terabía en Vizcaja, ó bien que Venecia j Pisa. El Gran 
Océano (mar del Sud) , no parecia ser entonces mas que 
una continuación del Sinus magnus (/^s^as xó^.tto.:) de To- 
lomeo, que tocaba por un lado al Chersonesns áurea ^ en 



— 263 — 

tanto que por el Oriente debia bañar á Cattig-ara v al país 
de los Sines (los Thinos). La hipótesis imaginaria de Hi- 
parco, de que se hallaban las costas orientales del Gran Golfo 
unidas á aquella parte del continente africano que se creia 
estendido lejos hacia el Este, hipótesis que hacia así del 
océano Indico un mar interior sin salida, tuvo poca acepta- 
ción felizmente en la edad media, á pesar del favor que 
alcanzaba el sistema de Tolomeo (79); hubiera tenido con 
seo-uridad una influencia funesta en la dirección de las 
grandes empresas marítimas. 

Si el descubrimiento j la travesía del mar del Sud mar- 
can una época considerable para el conocimiento de las re- 
laciones que unieron las diferentes partes del mundo . no 
es solamente porque gracias á esos acontecimientos puedan 
ser determinadas las costas occidentales del nuevo continen- 
te y las costas orientales del antiguo, sino que también es 
bajo el punto de vista meteorológico un hecho mas impor- 
tante , porque la comparación numérica entre el área de la 
tierra firme j la del elemento líquido empezó por primera 
vez, hace todo lo mas 350 años, k desprenderse de las hi- 
pótesis mas falsas. La estension de esas superficies, v la dis- 
tribución relativa de la tierra y del agua , tienen una 
influencia determinante en la humedad atmosférica, en la 
densidad de las diversas capas del aire , en la fuerza vege- 
tativa de Jas plantas , en la major ó menor estension de 
ciertas especies de animales, j en un gran número de otros 
fenómenos naturales. La parte concedida al elemento líqui- 
do, que está con la tierra en la proporción de 2 ''/.¡á 1, dis- 
minuje indudablemente el espacio abierto á los estableci- 
mientos de la raza humana , el campo en donde crece el 
alimento del major número de los mamíferos, de los pája- 
ros j los reptiles. Esta es, sin embargo, según las lejes 
que regulan el organismo general^ una condición necesa- 
ria de conservación, un acto benéfico de parte déla Natu- 



= 264 — 

raleza para todos los seres animados que pueblan el conti- 
nente. 

Cuando á fines del siglo XV todas las inteligencias se 
ocupaban ardientemente en descubrir el camino mas corto 
hacia el país de las especias ; cuando casi al mismo tiempo 
germinaba en el espíritu de dos hombres italianos eminen- 
tes, Cristóbal Colon j Pablo Toscanelli, la idea de llegar 
al Oriente navegando hacia el Oeste (80), la opiuion domi- 
2rante era la de Tolomeo en el Almagesio^ á saber, que el 
antiguo continente, desde la costa occidental de la penínsu- 
la Ibérica_, hasta el meridiano de los Sinos, situado en la 
estremidad oriental del mundo, comprendia un espacio 
de 180 grados ecuatoriales , es decir, la mitad de la esfera 
terrestre. Inducido á error Colon por una larga serie de 
deducciones equivocadas, elevó este espacio hasta 240 gra- 
dos. La costa oriental del Asia, por la cual suspiraba , le 
parecia que llegaba hasta la Nueva California, bajo el me- 
ridiano de San Diego. Esperaba, según esto, no tener que 
recorrer mas que 120 grados de longitud, en lugar de 231 
que separan en realidad el rico depósito chino de Quinsaj, 
por ejemplo , y la estremidad de la península Ibérica . Tos- 
canelli en su correspondencia con Colon restringía la es- 
íension del elemento líquido de una manera todavía mas 
sorprendente, y armonizaba así las cosas con sus projectos. 
Según él, el Océano desde Portugal á la China llenaba solo 
un intervalo de 52 grados de longitud ; de tal suerte que 
conforme á las palabras del profeta Esdras, los ^/-^ de la 
tierra estaban en seco. Una carta que Colon escribió desde 
Haití il la reina Isabel, á su vuelta del tercer viaje, prueba 
que se inclinó hacia esta opinión en los años siguientes. Y 
tanto mas se inclinaba, cuanto que participaba también de 
ella en su Cuadro del Mundo (imago mundi) (81) el carde- 
nal d^^jlli, que ásus ojos era la mas alta autoridad. 

Seis años después que Balboa, espada en mano, y 



— 265 — 

avanzando en las olas hasta las rodillas, creía tomar pose- 
sión para Castilla del mar del Sud, j dos años después de 
que cajese su cabeza al golpe del verdug-o, cuando el le- 
vantamiento contra el déspota Pedrarias Dávila (82), apa- 
reció Magallanes en el mismo mar (27 de Noviembre 
de 1520), atravesó el Gran Océano de Sud-esteá Nor-Oeste, 
en un espacio de 1850 miriámetros, j por una singular 
casualidad, antes de descubrir las islas Marianas, llamadas 
por él Jslas de los ladrones de las Velas Latinas ^ y las Fili- 
pinas, no vio mas que dos islas desiertas j de poca es- 
tension, las islas Desventuradas, una de las cuales está 
situada (si hemos de creer en su diario de á bordo), al Este 
de las islas bajas (Low Islands), y la otra á alguna distan- 
cia hacia el Sud-Oeste del archipiélago de Mendaña (83). 
Después del asesinato de Magallanes en la isla Zebú, Sebas- 
tian del Cano realizó el primer viaje alrededor del mundo 
en el navio Victoria^ y tomó por emblema un globo terres- 
tre con este magnífico mote: Primus círcum dedistime. Has- 
ta Setiembre de 1522 no arribó al puerto de San Lúcar, y 
no transcurrido aun un año , Carlos V , instruido por las 
lecciones de los cosmógrafos, insistia en una carta á Her- 
nán Cortés, en la posibilidad de descubrir un paso «que 
abreviase en dos tercios el viaje al país de las especias.» La 
espedicion de Alvaro de Saavedra parte de un puerto de la 
provincia de Zacatula, en la costa occidental de Méjico, y 
se dirige hacia las Molucas. Por último, Hernán Cortés si- 
gue correspondencia en 1527 desde Tenochtitlan , capital 
conquistada últimamente de Méjico, con los re jes de Zebú 
y de Tidor en el archipiélago asiático. Tales eran la rapi- 
dez con que se habia ensanchado el horizonte del mundo, 
y la actividad de las relaciones que aproximaban á sus 
diversas partes. 

Hernán Cortés tomó posteriormente la Nueva España 
como punto de partida para hacer otros descubrimientos en 



— '26Q — 

<el mar del Sud, j buscar atravesándolo un paso al Nord- 
este . Nadie se acababa de acostumbrar á la idea de que el 
continente se estendiese sin interrupción, desde latitudes 
tan próximas al polo Sud, hasta la estremidad del hemisfe- 
rio septentrional. Cuando llegó á las costas de la Califor- 
nia la nueva de que la espedicion de Cortés habia perecido, 
su mujer, la bella Juana de Ziiñiga, hija del conde de 
Aguilar, hizo fletar dos buques para ir á buscar noticias 
mas ciertas (84). Desde el año 1541 , la California era va 
conocida, por mas que se olvidara este hecho en el si- 
glo XVII ^ como una península árida j desprovista de ár- 
boles. Por lo demás, las hoj conocidas relaciones de viaje 
de Balboa, de Pedrarias Dávik y de Hernán Cortés, ma- 
nifiestan que el mar del Sud era considerado como una 
parte del Oeéano Indico, v que se esperaba encontrar en él 
grupos de islas ricas en oro, en piedras preciosas, en per- 
las j en especias. La imaginación sobreescitada empujaba 
á las grandes empresas, j de otra parte la osadía que se 
desplegaba, así en la próspera como en la suerte adversa^ 
influia á su vez sobre la imaginación, enardeciéndola mas 
vivamente. Así, pues, en esos tiempos maravillosos de la 
conquista, tiempos de esfuerzos v de violencia en que to- 
dos los espíritus estaban poseidos del vértigo de los descu- 
brimientos por tierra y por mar, reuníanse muchas cir- 
cunstancias que , á pesar de la falta de toda libertad 
política, favorecian el desarrollo de los caracteres indivi- 
duauales j ayudaban á algunos hombres superiores al 
cumplimiento de esas grandes ideas cu va fuente reside en 
las profundidades del alma. Es un error creer que los con- 
qídstadores fueron guiados iónicamente por el amor al oro ó 
por el fanatismo religioso. Los peligros elevan siempre la 
poesía de la vida, v ademas, la época vigorosa cuya influen- 
cia en el desarrollo de la idea del mundo buscamos ahora, 
prestaba á todas las empresas j á las impresiones de la Na- 



— 267 — 

turaleza á que dan lugar los viajes lejanos, un encanto que 
empieza á debilitarse en nuestra época erudita, en medio de 
las facilidades sin número que dan acceso á todas las regio- 
nes: es decir, el encanto de lanovedad v déla sorpresa. No se 
trataba solo de un hemisferio, cerca de dos tercios del globo 
formaban todavía un mundo nuevo é inesplorado, un mun- 
do que hasta entonces habia estado oculto h la vista ^ como 
aquella faz de la luna oculta eternamente á la vista de los 
habitantes de la tierra, en virtud de las leves de la gravita- 
ción. Nuestro siglo mas investigador, j dueño de mas rico 
caudal de ideas, ha encontrado una compensación á la pér- 
dida de los goces que proporcionaba en otro tiempo á los es- 
pectadores sorprendidos la imponente masa de los fenómenos 
de la Naturaleza; compensación vana, es cierto, parala 
muchedumbre, j de la cual durante aun mucho tiempo po- 
drá aprovecharse solo el pequeño número de hombres que 
están á la altura de los últimos descubrimientos físicos. 
Esta conquista de los tiempos modernos, se halla garantiza- 
da por la observación cada vez mas profunda que se aplica al 
juego regular de las fuerzas de la Naturaleza, ja se trate 
del electro-magnetismo , de la polarización de la luz , de los 
efectos producidos por las sustancias diatermas ó de los fe- 
nómenos £siológicos que presentan los organismos vivien- 
t>es. ¡Vasto conjunto de maravillas que se desarrollan ante 
nuestra vista como un mundo nuevo cu vo suelo apenas to- 
camos! 

A la primera mitad del siglo XVI también pertenece el 
descubrimiento de las islas Sandwich, del país de los Pa- 
púes, j de algunas partes de la Nueva Holanda(85). Estos 
descubrimientos prepararon los deCabrillo, Sebastian Viz- 
caíno, Mendaña (86), y por último de Quirós, cuja isla 
Sagitaria no es otra que Tahiti, v cu jo archipiélago del 
Espíritu Santo es el mismo de las Nuevas Hébridas del ca- 
pitán Cook. Quirós iba acompañado del atrevido navegante 



— 268 — 

que mas tarde dio su nombre al estrectio de Torres. El mar 
del Sud no era ja entonces aquel desierto que Labia crei- 
do contemplar Magallanes; aparecia animado por islas que, 
á la verdad , por falta de precisión en las determinaciones 
astronómicas parecian poco arraigadas j flotantes en los 
mapas. El mar del Sud fué largo tiempo el único teatro de 
las espediciones emprendidas por los Portugueses j los 
Españoles. El gran archipiélago de la Malasia, situado al 
Sud de la India y confusamente descrito por Tolomeo, 
por Cosmas j por Polo^ se presentaba con contornos mas 
determinados desde el establecimiento de Alburquerque en 
Malaca (1511) J la travesía de Antonio Abreu. El mérito 
particular del historiador portugués Barros, contemporá- 
neo de Magallanes j de Camoens, es el de haber distin- 
guido con tanta claridad el carácter físico j etnológico de 
aquellas islas, j fue el primero que propuso colocar separa- 
damente la Polinesia austral , como una quinta parte del 
mundo. Solo cuando el poder holandés llegó á su apogeo 
en las Molucas , fué cuando la Australia salió por primera 
vez de las tinieblas j tomó una forma distinta á los ojos de 
los geógrafos (87) . Entonces empezó la gran época, ilustra- 
da por Abel Tasman. No es nuestra intención hacer la his- 
toria particular de todos los descubrimientos geográficos; 
nos limitamos á recordar los hechos principales, resultados 
de una aspiración súbita hacia todo lo que es grande, des- 
conocido j lejano^ j cu jo íntimo enlace ha producido en 
un corto espacio de tiempo la revelación de las dos terceras 
partes de la superficie terrestre. 

A este dilatado conocimiento de los espacios de la tier- 
ra j del mar^ respondieron también miras mas elevadas 
sobre la existencia j las lejes de las fuerzas de la Natura- 
leza , sobre la distribución del calor en la superficie de la 
tierra, sobre la variedad de los organismos j ios límites de 
su propagación. Los progresos que habia hecho cada cien- 



•cía en particular, á fines de la edad media, juzgada con es- 
tremada severidad bajo el aspecto científico, apresuraron el 
momento en que los sentidos pudieron comparar, j el espí- 
ritu abarcar en su conjunto, una infinidad de fenómenos fí- 
sicos ofrecidos de repente á la observación. Las impresiones 
fueron tanto mas profundas, j provocaron tanto mejoría 
investigación de las lejes del Universo , cuanto que ja 
antes de la mitad del siglo XVI los pueblos occidentales 
de la Europa habian esplorado el nuevo continente , al 
menos en las partes próximas á las costas _, bajo las mas 
diversas latitudes de los dos hemisferios ; j que desde su 
llegada habian tomado posesión de la región ecuatorial pro- 
piamente dicha; j que gracias á la configuración particu- 
lar de las montañas que caracterizan aquellas regiones, las 
diferencias mas seductoras de los climas y formas vegeta- 
les se habian desplegado ante su vista en espacios muj re- 
ducidos. Si insisto nuevamente en hacer resaltar el atracti- 
vo que prestan á la imaginación los paises montañosos de 
la zona equinoccial , válgame de escusa la observación ja 
indicada muchas veces de que los habitantes de aquellas 
regiones son los únicos á quienes es dable contemplar to- 
dos los astros del firmamento ^ y casi todas las familias del 
reino vegetal; pero contemplar no es observar, es decir, 
comparar y combinar. 

Si en Colon , á pesar de la falta absoluta de conoci- 
mientos en historia natural , se desarrolló en distintas di- 
recciones el sentido observador, como creo haberlo demos- 
trado anteriormente, por el solo efecto del contacto con los 
grandes fenómenos de la Naturaleza, preciso es evitar que 
debe suponerse análogo desarrollo en la turba guerrera v 
poco civilizada de los conquistadores. No es á ellos á quienes 
pertenece la gloria de los progresos científicos que tienen 
incontestablemente su principio en el descubrimiento del 
nuevo continente, y han engrandecido los conocimientos de 



— 270 — 

los Europeos acerca de la composición de la atmósfera j sus 
relaciones con la organización humana ; sobre la distribu- 
ción de los climas en la pendiente de las cordilleras; sobre 
las nieves perpetuas, cuja altura varía en los dos hemisferios 
seg-un los diferentes grados de latitud ; sobre el mutuo en- 
lace de los volcanes ; sobre la circunscripción de las zonas 
de quebrantamiento en los temblores de tierra ; sobre las 
lejes del magnetismo , la dirección de las corrientes pelá- 
gicas, j la gradación ie formas nuevas animales y vegeta- 
les. Tales progresas son obra de viajeros mas pacíficos; se 
deben á un pequeño número de hombres , distinguidos 
funcionarios municipales, eclesiásticos j médicos, que vi- 
viendo en antiguas ciudades indias, algunas de las cuales 
estaban situadas á 12,000 pies sobre el mar, podian ob- 
servar por sí mismos la Naturaleza que los rodeaba , com- 
probar j combinar, durante una larga permanencia, lo 
que otros habian visto ó recogido de las producciones de la 
Natiiraleza , describirlas j enviarlas á sus amigos de Eu- 
ropa. Basta citar aquí á Gomara, Oviedo, Acosta j Her- 
nández. Ya Colon habia traido de su primer viaje es- 
plorador algunos objetos naturales , tales como frutos j 
pieles de bestias. En una carta escrita desde Segovia en 
el mes de agosto de 1494, la reina Isabel ruega al Almi- 
rante que continúe sus colecciones , y le pide sobre todo 
«los pájaros que pueblan los bosques j las costas en esos 
paises en donde reina otro clima j otras estaciones.» Háse 
fijado apenas la atención hasta ahora , en el hecho de que 
Cadamosto, amigo de Martin Behem , recogió para el in- 
fante D. Enrique el Navegante, pelos de elefante de pal- 
mo j medio de largo , de la misma costa occidental del 
África de donde dos mil años antes llevaba Hannon «pieles 
curtidas de mujeres salvajes,» que no son otras que los 
grandes monos Gorillas. Hernández , médico de Felipe 11^, 
CDviado por este monarca á Méjico para que reprodujera en 



magníficos dibujos todas las curiosidades vegetales j zooló- 
gicas del país , pudo enriquecer sus colecciones , copiando 
muchas pinturas que representaban objetos de historia na- 
tural j habian sido ejecutadas con mucho cuidado por Orden 
de Nezahualcojotl, rev de Tezcuco, medio siglo antes de la 
llegada de los Españoles (88) . Hernández aprovechó también 
una colección de plantas medicinales que habia encontrada 
vivas todavía en el antiguo jardin mejicano de Huartepec. 
Los conqiástadores no habian talado ese jardin respetando 
un hospital español que acababa de establecerse cerca (89).. 
Casi al mismo tiempo, se reunian j describian los esque- 
letos fósiles de los mastodontes hallados en las mesetas de 
Méjico, de la Nueva-Granada y del Perú , que mas tarde- 
adquirieron tan gran importancia para la teoría del levan- 
tamiento sucesivo de las cadenas de montañas. Las denomi- 
naciones de Ositúientas de los Gigantes y Carnj^o de ¡os Gi- 
(¡antes (Campos de Gigantes), demuestran la parte que- 
tomaba la imaginación en las primeras interpretaciones que 
se aventuraron en este asunto. 

Una cosa que contribuyó también de una manera nota- 
ble al progreso de los conocimientos acerca del mundo, en 
esta época agitada , fue el contacto inmediato de un núme^ 
ro considerable de europeos con la naturaleza exótica que 
desarrollaba libremente sus magnificencias en los dos he- 
misferios. El espectáculo que ofrecian las llanuras j las re- 
giones montañosas de América, pudo á seguida de la es- 
pedición de Vasco de Gama contemplarse en las costas- 
orientales del África j en la India meridional. Desde prin- 
cipios del siglo XVI, un médico portugués. García de 
Orta, habia establecido en esta región, con el apojo del 
noble Martin Alfonso de Sousa, sobre el terreno ocupada 
hoj por la ciudad de Bombaj, un jardin botánico en don- 
de cultivaba las plantas medicinales de los alrededores. La 
musa de Camoens le ha pagado tributo en un elogio pa- 



— 272 — 

triótico. El impulso estaba dado; cada cual desde entonces 
sintió el deseo de observar por sí mismo, mientras que las 
obras cosmográficas de la edad media eran menos el pro- 
ducto de una contemplación inmediata, que de compilacio- 
nes en donde reaparecían uniformemente las opiniones de 
los escritores clásicos de la antigüedad. Dos de los hombres 
mas grandes del siglo XVI , Conrado Gerner y Andrés Ce- 
salpino, abrieron gloriosamente una nueva senda en Zoo- 
logia y en Botánica. 

Para trazar de una manera mas comprensible los pro- 
g-resos físicos ó astronómicos que, por consecuencia de los 
descubrimientos hechos en el Océano ensancharon la cien- 
cia de la navegación, debo al final de este cuadro llamarla 
atención sobre algunos puntos luminosos que empiezan ja 
á brillar en las narraciones de Colon. Estos resplandores 
débiles aun, merecen tanto mas ser notados, cuanto que 
contienen el germen de miras generales sobre la Natura- 
leza. Omito las pruebas de los resultados que indico aquí, 
porque las he suministrado con abundancia en otra obra, en 
«1 Examen critico de la Historia de la (¡eografía del nucx') 
continente ^ ¡j de los jwogresos de la Astronomía ncmtica en 
¡os siglos XV y XVI, Para no incurrir, sin embargo, en 
la sospecha de cambiar el orden de los tiempos, y apojar 
las observaciones de Colon sobre los principios de la física 
moderna, traduciré literalmente algunas líneas de una car- 
ta que escribia el Almirante desde Haiti en el mes de Oc- 
tubre de 1498: «Cuando jo navego de España á las In- 
dias^ fallo luego en pasando 100 leguas á Poniente de los 
Azores grandísimo mutamiento en el Cielo é en las estre- 
llas, j en la temperancia del aire, j en las aguas de la 
mar; j en esto he tenido mucha diligencia en la esperien- 
cia. Fallo que de Setentrion en Austro, pasando las di- 
chas 100 leguas de las dichas islas, que luego en las agu- 
jas de marear, que fasta entonces nordesteaban, noruestean 



— 273 — 

una cuarta de viento todo entero, j esto es en allegando 
allí aquella línea, como quien traspone una cuesta, j asi 
mesmo fallo la mar toda llena de jerba de una calidad que 
parece ramitos de pino, j muj cargada de fruta como de 
lantisco, y es tan espesa que al primer viaje pensé que era 
bajo , y quedaria en seco con los navios, j basta llegar con 
esta raja no se falla un solo ramito. Fallo también en lle- 
gando allí , la mar muj suave j llana , y bien que ventee 
recio, nunca se levanta... Allegado á estar en derecho con 
el paralelo que pasa por la Sierra Leoa en Guinea, fallo 
tan grande ardor y los rajos del sol tan calientes, que 
pensaba de quemar. . . Después que jo emparejé á estar en 
derecho de esta raja^ luego fallé la temperancia del Cielo 
muj suave , j cuanto mas andaba adelante mas multipli- 
caba...» 

Esta carta ^ aclarada por otros muchos pasajes de los 
escritos de Colon , contiene observaciones sobre el conoci- 
miento físico de la tierra , sobre la declinación de la aguja 
imantada subordinada á la longitud geográfica, sobre la 
flexión de las líneas isotermas desde las costas occidentales 
del antiguo continente hasta las costas orientales del nue- 
vo, sobre la situación del gran banco de Sargaso en la 
cuenca del mar Atlántico, j por último, sobre las rela- 
ciones existentes entre aquella zona marítima j la parte 
correspondiente de la atmósfera. Poco familiarizado Colon 
con las matemáticas, llegó á creer desde su primer viaje, 
mediante falsas observaciones acerca del movimiento de la 
estrella polar (90) hechas en las cercanías de las Azores, 
que la esfera terrestre era irregular. Según él, el globo está 
mas elevado en el hemisferio occidental , j al aproximarse 
los buques á la línea marítima en que la aguja imantada se 
dirige exactamente hacia el Norte, «van. alzándose hacia el 
Cielo suavemente, j entonces se goza de mas suave tem- 
perancia.» El solemne recibimiento del Almirante en Bar- 

TOMO II IS 



— 274 — 

velona data del mes de abril de 1493 , j en el mes de 
majo del mismo año firmó el papa Alejandro VI la célebre 
bula que fija para toda la duración de los tiempos la línea 
de demarcación entre las posesiones españolas j portugue- 
sas, á la distancia de cien millas al Oeste de las Azores (91). 
Si consideramos, ademas, que Colon, al volver de su pri- 
mer viaje, tenia ja el projecto de ir á Roma, á fin de pre- 
sentar al papa , como él mismo dice , un estado de sus 
descubrimientos; si atendemos á la importancia que los 
contemporáneos de Colon daban al descubrimiento de la 
línea magnética sin declinación^ podrá creerse bien justifi- 
cada la aserción histórica que antes de ahora he aventura- 
do, de que el Almirante se esforzó en el apogeo de su favor 
por convertir una división natural en una ^y^xúom ])olitica . 
El mejor medio de comprender la influencia que el des- 
cubrimiento de América j las espediciones que tienen con 
él alguna relación, ejercieron tan pronto en el conjunto de 
los conocimientos físicos j astronómicos, es recordar las pri- 
meras impresiones de los contemporáneos, j el vasto con- 
junto de esfuerzos científicos, cuja major parte corres- 
ponde á la primera mitad del siglo XVI. Cristóbal Colon 
no tiene solamente el mérito incontestable de haber sido el 
primero en descubrir una linea magnética sin declinación^ 
sino también el de haber propagado en Europa el estudio 
del magnetismo terrestre , por sus consideraciones sobre el 
crecimiento progresivo de la declinación hacia el Oeste, á 
medida que se separaba de aquella línea. El hecho general 
de que casi en todas partes las estremidades de una aguja 
móvil imantada no se dirigen exactamente hacia los polos 
geográficos, hubiera podido, á pesar de la imperfección 
de los instrumentos, comprobarse fácilmente en el mar Me- 
diterráneo j en todos aq uellos puntos en que la declinación 
era por lo menos de 8 á 10 grados. Pero no es increíble 
que los Árabes ó los Cruzados que estuvieron en contacto 



— 275 — . 

-con el Oriente desde el año 1096 al 1270, al esteuder el 
,^so de la brújula china é india, Lavan señalado la decli- 
nación que esperimentó la aguja imantada hacia el Nord- 
este ó el Nor-oeste según los diferentes paises, como un fe- 
nómeno conocido mucho tiempo hacia. El Pentlisaoyim 
chino , compuesto bajo la dinastía de los Song, entre los 
años 1111 j 1117, nos dice con efecto de una manera po- 
sitiva que en aquella época se conocia jala manera de apre- 
ciar la declinación occidental (92) . Lo que se debe á Colon 
no es el haber observado el primero la existencia de esta de- 
<ílinacion, que está ja indicada, por ejemplo, en el mapa 
de Andrés Blanco, levantado en 1436; es haber notado el 13 
de setiembre de 1492 que á 2" ^/.^ hacia el Este de la isla 
-Corvo, la declinación magnética cambia j pasa de Nord- 
este á Nor-oeste. 

Este descubrimiento de %na linea magnética sin declina- 
cion, señala un punto memorable en la historia de la Astro- 
nomía náutica, j ha sido justamente celebrado por Oviedo, 
Las Casas j Herrera. Los que con Livio Sanuto atribujen 
este descubrimiento, á Sebastian Cabot, olvidan que el pri- 
mer viaje de este célebre navegante, emprendido á espen- 
sas de los comerciantes de Bristol , j coronado con la toma 
de posesión del continente americano , es cinco años poste- 
rior á la primera espedicion de Colon. Este, no ha descu- 
bierto solo en el Océano Atlántico una región en que el me- 
ridiano magnético coincide con el meridiano geográfico, ha 
hecho ademas la ingeniosa observación de que la declinación 
magnética puede servir para determinar el lugar en que un 
buque se halla con relación á la longitud. En el Diario de 
£u segundo viaje (abril de 1496), vemos orientarse al Al- 
mirante realmente según la declinación de la aguja iman- 
tada. Nadie sospechaba entonces verdaderamente las difi- 
cultades que ofrece la determinación de la longitud por 
este método, sobre todo en aquellos sitios en que las líneas 



magnéticas de declinación se desvian liasta tal punto, que 
durante espacios considerables no siguen la dirección del 
meridiano, sino la délos paralelos. Buscáronse, con in- 
quieto ardor métodos magnéticos y astronómicos para de- 
terminar por tierra y por mar los puntos por que pasaba la 
línea de demarcación imaginaria. El estado de la ciencia y 
la imperfección de todos los instrumentos que servian para 
medir en el mar el tiempo ó el espacio , no permitian aun 
en 1493 la solución práctica de un problema tan compli- 
cado. En este estado de cosas, el papa Alejando VI, abro- 
gándose el derecho de partir un hemisferio entre dos im- 
perios poderosos, prestó, sin saberlo, señalados servicios á la 
astronomía náutica j á la teoría física del magnetism.o ter- 
restre. Desde este momento también, las potencias maríti- 
mas viéronse asediadas de multitud de proyectos irrealiza- 
bles. Sebastian Cabot, según refiere su amigo Ricardo 
Edén, se vanagloriaba aun en su lecho de muerte de un 
método infalible para determinar la longitud geográfica^ 
que le habia sido inspirado por una revelación del cielo. El 
inétodo de Cabot descansaba en la convicción decidida de 
que la declinación magnética cambiaba regular y rápida- 
mente con los meridianos. El cosmógrafo Alonso de Santa 
Cruz^ uno de los maestros de Carlos V, acometió en el 
año 1530, siglo j medio antes por consiguiente que Hallej, 
la empresa de trazar el primer mapa general de las varia- 
ciones magnéticas (93). Haj que decir, en verdad, que no 
se fundaba todavía mas que en observaciones mu j incom- 
pletas. 

La desviación de las líneas magnéticas, cujo descubri- 
miento se atribuje de ordinario á Gasendo, era todavía un 
secreto para el mismo Guillermo Gilbert, mientras que an- 
tes de él, Acosta, instruido por marinos portugueses, reco- 
nocia en toda la superficie de la tierra cuatro líneas sin 
declinación (94). Apenas acababa de inventarse la brújula 



— 277 — 

de inclinación fué inventada en Inglaterra por Koberto Nor- 
man (1576), cuando Gilbert se vanagloriaba de poder de- 
terminar con este instrumento el lugar de un buque en 
medio de una noche sin estrellas {o^ere calif/inoso) (9'")j. A 
mi vuelta á Europa lie demostrado , apovándome en ob- 
servaciones mias personales, hechas en el mar del Sur, que 
en ciertas localidades particulares, como por ejemplo en las 
costas del Perú durante la estación de las nieblas continuas 
(garúa) se puede, por medio de la incUnacion, determi- 
nar la latitud, con una exactitud suficiente para las nece- 
sidades de la navegación. Me he detenido á propósito en 
estos detalles, con el fin de hacer ver, al profundizar un 
asunto importante para la historia del Cosmos, que en el si- 
glo XVI se agitaban ja todas las cuestiones que me ocupan 
lioj todavía á los físicos , á escepcion de la intensidad de la . 
fuerza magnética j las variaciones horarias déla declina- 
ción que por entonces no se pensaba en medir. En el no- 
table mapa de América que acompaña á la edición de la 
Geofjrccfía de Tolomeo, publicada en Roma en 1508, el polo 
magnético está representado por una isla volcánica situada 
al Norte de Gruenland (Groenlandia), indicada como una 
dependencia del Asia. Martin Cortés, en el Breve üom2)endio 
de la Sj)hera (1545), v después de él Livio Sanuto en la 
Geogniiúid di Tolomeo (1588) , colocan el polo magnético 
mas al Sud. Livio Sanuto alimentaba ja el pensamiento de 
que «si tuviéramos la suerte de poder llegar al mismo polo 
magnético (il calamítico), esperaríamos algún efecto mila- 
groso (alcun miracoloso stupendo effetto).>^ 

En lo concerniente á la distribución del calor v á la 
meteorología, habíase despertado ja la atención á fines del 
siglo XV j principios del XVI, en la minoración del calor 
que decrece con la longitud occidental, es decir, en las 
sinuosidades de las líneas isotermas (96) : en la lej de ro- 
tación de los vientos, generalizada por Bacon de Verula- 



— 278 — 

mío (97); en la disminución que produce la falta de arbo- 
lado en la humedad atmosférica; j en la cantidad anual de 
lluvia (98); en la depresión de la temperatura á medida 
que se sube sobre el nivel del mar; j por último , en el 
límite inferior de las nieves perpetuas. Pedro Mártir de 
Anghiera fué quien observó por primera vez, en 1510, que 
este límite es una función de la latitud geográfica. Alon- 
so de Ojeda j Américo Vespucio babian visto desde el 
año 1500 las nevadas montañas de Santa María (Tierras 
nevadas de Citarma). Eodrigo Bastidas j Juan de la Cosa 
las percibieron mas de cerca en 1501; pero únicamente des- 
pués de haber escrito el piloto Juan Vespucio, sobrino de 
Américo Vespucio, á su protector j amigo Anghiera, so- 
bre la espedicion de Colmenares, fué cuando la región de 
las nieves tropicales en las montañosas costas del mar de 
las Antillas adquirió una importancia que podríamos lla- 
mar cósmica. Entonces se relacionó el límite inferior de 
las nieves con las influencias generales de la temperatu- 
ra j de los climas. Tratando de esplicar Herodoto, en el 
capítulo 22 de su libro II, las inundaciones delNilo, niega 
de una manera absoluta que pueda haber nieve en las mon- 
tañas, al Sud del trópico de Cáncer. Verdad es que la es- 
pedicion de Alejandro llevó á los Griegos hasta los ne- 
vados picos del Indo-lvho(¿>»?'a7ár»ífa); pero estos picos están 
situados entre los 34 j 36° de latitud Norte. Una sola vez, 
que JO sepa^ se hace mención de nieves en la zona ecuato- 
rial, antes del descubrimiento de América y del año 1500; 
este detalle en que no pararon mientes los físicos, se en- 
cuentra en la célebre inscripción de Adulis, que Niebhur 
cree anterior á los tiempos de Juba j de Augusto. La certi- 
dumbre adquirida de que el límite inferior de las nieves 
depende de la distancia del lugar á los polos (99); la prime- 
ra noción de la lej en virtud de la cual el calor decrece 
verticalmente , de donde puede deducirse la existencia de 



— 279 — 

una capa de aire igualmente fria en todas sus partes, que va 
descendiendo del Ecuador liácia los polos , señalan en la 
historia de nuestros conocimientos físicos una época que no 
deja de tener importancia. 

Si el vuelo de estos conocimientos fué favorecido por 
esperimentos debidos á la casualidad que nada tuvieron 
originariamente de científicos, por otra parte, el siglo 
cu JO cuadro trazamos , vióse privado , á consecuencia 
de accidentes particulares, de un auxilio mas legítimo j 
de un impulso mas racional. El físico mas notable del si- 
glo XV^ hombre que á conocimientos mu j raros en mate- 
máticas unia en grado sorprendente la facultad de pene- 
trar con sus miradas en las profundidades de la Naturaleza, 
Leonardo de Vinci , era contemporáneo de Colon y murió' 
tres años después que él. El glorioso artista se habia dedi- 
cado al estudio de la Meteorología , como también al de la 
Hidráulica j de la Óptica. Ejerció durante su vida influen- 
cia por sus grandes creaciones artísticas j por el prestigio- 
de su palabra, aunque no por sus escritos. Si las ideas de 
Leonardo de Vinci sobre la Física no hubiesen quedado 
sepultadas en sus manuscritos, el campo de observación 
abierto por el Nuevo Mundo hubiera sido esplorado cien- 
tíficamente en muchas de sus partes antes de la gran- 
de época de Galileo, de Pascal j de Hujgens. Como Fran- 
cisco Bacon, j un siglo antes que él por lo menos, Leonardo 
de Vinci tenia á la inducción por el único método legítimo 
en la ciencia de la Naturaleza: «Dobbiamo cominciare 
dair esperienza, e per mezzo di questa scoprirne la ragio- 
ne (100).» 

Del mismo modo que, sin conocer todavía el uso de los 
instrumentos métricos , en las relaciones de los primeros 
viajes terrestres, se trataba ordinariamente de evaluar las 
condiciones climatológicas de los paises montañosos situa- 
dos bajo la zona tropical, guiándose por la distribución del 



— 280 — 

calor , por los grados estremos de sequedad atmosférica j 
por la frecuencia de las esplosiones eléctricas, así también 
los navegantes se formaron desde luego nociones exactas 
acerca de la dirección j rapidez de las corrientes que, 
como rios de muj irregular anchura, atraviesan el Océano 
atlántico. En cuanto á la corriente llamada propiamente 
ecuatorial^ es decir, al movimiento de las aguas entre los 
trópicos. Colon es quien la ha descrito primero, esplicán- 
dose sobre este asunto de una manera muj positiva j ge- 
neral á la vez en la relación de su tercer viaje : «Las aguas, 
dice, se mueven como la bóveda del cielo, (van con los 
cielos), del Este al Oeste.» La dirección de algunas masas 
flotantes de jerbas marinas daba fuerza también á esta 
creencia (1). Encontrando Colon en la Guadalupe una va- 
sija pequeña de hierro batido en manos de los habitantes, 
llegó á suponer que podia ser de origen europeo, j haber 
sido recogida de los restos de un buque que hubiera naufra- 
gado por la corriente ecuatorial desde las costas de la Iberia 
á las de América. En sus hipótesis geognósticas considera- 
ba Colon la hilera transversal de las pequeñas Antillas j 
la forma de las grandes Antillas, cujas costas son parale- 
las á los grados de latitud , como un efecto del movimiento 
de las olas que se mueven del Este al Oeste bajo los tró- 
picos. 

Cuando en su cuarto j último viaje reconoció el Almi- 
rante la dirección de las costas, jendo derechamente de 
Norte á Sud, desde el promontorio de Gracias á Dios hasta 
la laguna de Chiriqui , sintió los efectos de una violenta 
corriente dirigida hacia el Norte j el Nor-noroeste, y pro- 
ducida por el choque del rio ecuatorial que va de Este á 
Oeste, y se rompe contra la costa opuesta. Anghiera sobre- 
vivió á Colon el tiempo bastante para abarcar en su con- 
junto el movimiento de las aguas del Océano , para reco- 
nocer el remolino del g-olfo de Méjico, v la ao-itacion que se 



— 281 — 

prolonga hasta la Tierra de los Bacallaos (TerranoTa) y 
hasta la embocadura del rio San Lorenzo. He espuesto de- 
talladamente en otro lugar lo mucho que sirvió la espedi- 
cion de Ponce de León en 1512, para fijar j precisarlas 
ideas, j en esta ocasión he dicho que en un escrito de 
Humphrej Gilbert, compuesto entre los años de 1567 
á 1576, el movimiento de las aguas del mar Atlántico, des- 
de el cabo de Buena-Esperanza hasta el banco de Terrano- 
^va, se halla tratado según puntos de vista casi enteramente 
conformes á los de mi escelente amigo el difunto major 
Hennel. 

A la vez que el conocimiento de las corrientes, se es- 
tendió también el de los grandes bancos de jerbas marinas' 
(Fucus natans)^ praderas oceánicas que ofrecen el maravi- 
lloso espectáculo de un montón de plantas entrelazadas, de 
superficie casi siete veces igual á la de Francia. El gran 
banco de Fucus, propiamente llamado Mar de Sargaso, se 
estiende entre los 19 j 34° de latitud norte. Su eje prin- 
cipal pasa cerca de siete grados al Oeste de la isla Corvo. El 
pequeño banco de Fucus está mas cerca del continente , y 
situado en el espacio comprendido entre las islas Bermudas 
y las de Bahama. Los vientos y las corrientes parciales in- 
flujen irregularmente, según los años, en la posición y 
«1 contorno de estas praderas atlánticas. Ningún otro mar 
en ambos hemisferios ofrece en tan vasta estension esos 
grupos de plantas estrechamente unidas entre sí (2). 

El período de los descubrimientos en los espacios ter- 
restres, la súbita apertura de un continente desconocido, no 
solo han ensanchado el conocimiento del globo, han agran- 
dado el horizonte del mundo , ó con ma jor exactitud , han 
ensanchado los espacios visibles de la bóveda celeste. Puesto 
que al atravesar el hombre latitudes diferentes, vé cambiar 
al mismo tiempo «la tierra y los astros,» según la bella es- 
presión del poeta elegiaco Garcilaso de la Vega (3) , al pe- 



— ^82 — 

netrar los viajeros liácia el Ecuador^, á lo larg-o de las costas 
de África^ j hasta mas allá de la punta meridional del nue- 
vo mundo , contemplar con admiración el mag-nífico espec- 
táculo de las constelaciones meridionales. Erales permitido 
observarlo mas cómoda y frecuentemente que en tiempo 
de Hiram ó de los Tolomeos , bajo la dominación romana, 
bajo la de los Árabes, cuando tenian que limitarse al mar 
Rojo ó al océano Indico , es decir , al espacio comprendido 
entre el estrecho de Bal-el-Mandeb y la península occiden- 
tal de la India. A principios del siglo XVI, Américo Ves- 
pucio en sus cartas, Vicente Yañez Pinzón, Pigafetta, com- 
pañero de Magallanes y de Elcano, son los primeros que 
•han descrito, con los colores mas vivos , como Andrés Cor- 
sali, en su viaje á Cochin en las Indias orientales, el as- 
pecto del cielo de Mediodía , del otro lado de los pies del 
Centauro, y de ]a brillante constelación del navio Argos. 
Américo, mas instruido literariamente, pero también me- 
nos verídico que los otros, celebra con gracia la brillante 
luz, la disposición pintoresca y el aspecto estraño de las 
estrellas que se mueven alrededor del polo Sud, desprovisto 
también de estrellas. Afirma en su carta á Pedro Francisco 
de Médicis, que durante su tercer viaje se ocupó cuidado- 
samente de las constelaciones meridionales, que midió la 
distancia de las principales de entre ellas al polo, y que re- 
produjo su colocación. Los detalles en que entra con este 
motivo hacen sentir poco la pérdida de tales medidas. 

Las manchas enigmáticas, conocidas vulgarmente con 
el nombre de sacos de carhon (coalbags) , parece que fueron 
descritas por primera vez por Anghiera en 1510_, aunque va 
las hablan observado los compañeros de Vicente Yañez Pin- 
zón durante la espedicion que salió de Palos, y tomó pose- 
sión del cabo San Agustín en el Brasil (4). El Canopo fosco 
(Canopus niger) de Américo Vespucio es probablemente 
también uno de aquellos coalbags. El ingenioso Acosta los. 



283 



compara con la parte oscura del disco de la Luna, en los 
eclipses parciales, j parece atribuirlos á la ausencia de las 
estrellas y al vacío que dejan en la bóveda del Cielo. Ri- 
g-aud ha hecho ver cómo esas manchas, de las que dice cla- 
ramente Acosta que son visible s en el Perú j no en Euro- 
pa, y que se mueven como estrellas alrededor del polo Sud, 
han sido tomadas por un célebre astrónomo como el primer 
bosquejo de las manchas del Sol (5). El descubrimiento de 
las dos Nules Magallánicas se ha atribuido falsamente á 
Pigafetta. Hallo que Anghiera, fundándose en las observa- 
ciones de navegantes portugueses, habia hecho va mención 
de estas nubes, ocho años antes de terminar Magallanes su 
viaje de circunnavegación , y compara su doble brillo al de 
la via láctea. Es verosímil, por lo demás^ que la nube ma- 
jor (nubécula major) no se habia ocultado á la observación 
penetrante de los Árabes, siendo probablemente el Buej 
blanco, el Bakar, visible en la parte meridional de su cie- 
lo, es decir, la Mancha hlama, que según el astrónomo 
Abdurraman Sofí dice no puede apercibirse Bagdad ni en 
el Norte de la Arabia, pero que es visible en Tehama y en 
el paralelo del estrecho de Bab-el-Mandeb. Los Griegos j 
los Romanos recorrieron la misma senda en tiempo de los 
Lagidas, y mas tarde; pero no observaron nada, ó cuando 
menos ninguna señal han dejado en las obras conservadas 
hasta nosotros de esa nube luminosa, que á pesar de estar 
colocada entre los 11° j 12° de latitud Norte, se elevaba en 
tiempo de Tolomeo á 3 grados, y en el año 1000 en tiempo 
de Abderraman á mas de 4 grados sobre el horizonte (6). 
Hoj, la altura meridiana de la Nvjleoula major ^ tomada 
desde el medio, puede tener 5 grados cerca de Aden. Si 
los navegantes no comienzan de ordinario á distinguir cla- 
ramente las nubes magallánicas, sino en latitudes muj 
próximas al Mediodia, en el Ecuador, ó mas lejos aun, ha- 
cia el Sud, esto se esplica por el estado de la atmosfera y 



— 284 — 

por los vapores que reflejan una luz blanca en el horizonte. 
Penetrando en el interior de las tierras de la AraVia meri- 
dional, el azul profundo de la bóveda celeste j la gran 
sequedad del aire deben contribuir a que se divisen las nu- 
bes magallánicas. La facilidad con que se puede seguir dis- 
tintamente en los dias despejados, bajo los trópicos j lati- 
tudes muj meridionales el movimiento de los cometas, es 
un argumento en pro de esta conjetura. 

La distribución en constelaciones nuevas de las estrellas 
situadas cerca del polo antartico, pertenece al siglo XVII. 
El resultado de las observaciones hechas con instrumentos 
imperfectos por los navegantes holandeses Pedro llieodoro 
de Emden j Federico Houtmann , que vivió en Java j en 
Sumatra de 1596 á 1599, como prisionero del rej de Ban- 
tam y de Atschin, está consignado en los mapas celestes de 
Hondius Bleaw (Jansonio Cesio) y de Baver. 

La zona del cielo, situada entre 50'' y 80" de latitud 
Sud, donde se juntan en número tan grande las nebulo- 
sas y los grupos estrellados, debe á la distribución des- 
igual de las masas luminosas un carácter particular, un as- 
pecto que puede llamarse pintoresco , un encanto infinito 
debido alagrupamionto de las estrellas de primera y segun- 
da magnitud, já su separación por regiones que á la sim- 
ple vista parecen desiertas y sin luz. Estos contrastes sin- 
gulares, el resplandor mas vivo con que brilla lavia láctea 
en muchos puntos de su desarrollo, las nubes luminosas y 
redondeadas de Magallanes que describen aisladamente su 
órbita, y por último, aquellas manchas oscuras , de las 
cuales la major está tan próxima á una bella constelación, 
aumentan la variedad del cuadro de la Naturaleza, v en- 
cadenan la atención de los observadores conmovidos á las 
regiones estremas que limitan el hemisferio meridional de 
la bóveda celeste. Desde principios del siglo XM, una de 
aquellas regiones, en razón de las creencias religiosas. 



— -285 — 

tomó importancia á los ojos de los navegantes cristianos 
que recorren los mares situados entre los trópicos, ó mas 
allá de los trópicos, j de los .misioneros que predican el 
cristianismo en las dos penínsulas de la India : tal es la re- 
gión de la Gri(,z del Sucl. Las cuatro estrellas principales de 
que se compone esta constelación están confundidas en el 
Ahnac/esto^ j por tanto en la época de Adriano j Antonino 
Pió, con los pies posteriores del Centauro (7). Parece casi 
increible, al considerar la forma distinta de la Cruz que se 
aisla en su individualidad^ como también el grande j elpe- 
queñoCarro, Escorpión, Casiopca, el Águila j elDelfin,que 
dichas cuatro estrellas no hajan sido antes puestas aparte 
de la antigua j poderosa constelación del Centauro; confu- 
sión tanto mas singular, cuanto que el Persa Kazwini j otros 
astrónomos mahometanos se hahian compuesto con gran tra- 
hajo una Cruz particular con el Delfín j el Dragón. Háse 
dicho , sin demostrarlo , que la cortesana adulación de los 
sabios alejandrinos, que cambió la estrella Canopo en un 
Ptolo/ueo/if también para honrar á Augusto relacionaron 
las estrellas de que se compone la Cruz del Sud con un 
Casaris Th'onon^ constantemente invisible en Italia (8). 
En tiempo de Claudio Tolomeo, la bella estrella colocada 
al pié de la Cruz se elevaba aun en Alejandría á su paso 
por el meridiano, hasta 6*^ 10' de altura, en tanto que hoj, 
en el mismo lugar, su punto culminante queda muchos gra- 
dos por bajo del horizonte. Para divisar actualmente la 
Cruz á 6" 10' de altura, seria preciso, teniendo en cuenta 
la refracción de los rajos, colocarnos á 10" al Sud de Ale- 
jandría, á los 2P 43' de latitud norte. Los anacoretas cris- 
tianos del siglo IV podian ver todavía la Cruz á 10° de al- 
tura en los desiertos de la Tebaida. Sin embargo, no su- 
pongo que sean ellos los que ha jan dado su nombre á esta 
constelación, porque Dante no la cita en el célebre pasaje 
del Purgatorio: 



— 286 — 

lo mi volsi a man dcstra, e posi mente 
Air altro polo, e vid i quaítro stelle 
Non viste mai fuor cli' alia prima gente. 



Y el mismo Américo Vespucio, que en su tercer viaje se 
referia á estos versos contemplando el cielo estrellado de 
las regiones del Sud, j se gloriaba de haber visto «las cua- 
tro estrellas que solo la primera pareja humana habia podi- 
do apercibir,» no conociala denominación de Cruz del Sud. 
Américo dice simplemente que las cuatro estrellas forman 
una figura romboidal (una mandorla); j esta observación es 
del año 1501. Cuando se multiplicaron los viajes marítimos 
alrededor del cabo de Buena Esperanza j por el mar del 
Sud^ atravesando las vias abiertas por Gama j Magallanes: 
á medida que los misioneros cristianos pudieron penetrar, 
por consecuencia de los nuevos descubrimientos, en las re- 
giones tropicales de la América, aquella constelación se 
hizo mas célebre cada dia. La encuentro mencionada por 
primera vez como una cruz maravillosa (croce maraviglio- 
sa) «mas bella que todas las constelaciones que brillan en la 
bóveda del cielo,» por el Florentino Andrés Corsali en 1517, 
j algo mas tarde_, en 1520, por Pigafetta. Corsali, que ha- 
bia leido mas que Pigafetta , admira el espíritu profetice 
del Dante, sin conocer que aquel gran poeta daba pruebas 
en ello de tanta erudición como imaginación. Dante habia 
visto los globos celestes de los Árabes, j habia mantenido 
relaciones con gran número de Pisanos de los que tenian 
visitadas las regiones orientales (9). Acosta observa ja en 
su Historia natural y moral de las Indias, que los primeros 
colonos españoles establecidos en la América tropical se va- 
llan de la Cruz del Sud^ como se hace todavía hoj, á gui- 
sa de reloj celeste, según su posición vertical ó el grado 
de su inclinación (10). 

Por consecuencia de la retrogradacion de los puntos 



— 287 — 

equinocciales, el aspecto del cielo estrellado cambia en cada 
punto de la Tierra. La antigua raza humana pudo ver le- 
vantarse desde las altas regiones del Norte las magníficas 
constelaciones del Mediodía, que, por largo tiempo invisi- 
bles, reaparecieran después de miles de años. Ya en 
tiempo de Colon, Canopo estaba á 1° 20' sobre el horizonte 
de Toledo, ciudad situada á los 35° 54' de latitud: hov se 
eleva casi otro tanto sobre el horizonte de Cádiz. Para Ber- 
lín , j en general para las regiones del Norte , las estre- 
llas de la Cruz del Sud, lo mismo que ** j ^ del Centauro, 
se alejan mas j mas, mientras que las nubes magallánicas 
se aproximan poco á poco á nuestras latitudes. Canopo ha 
estado en los últimos diez siglos lo mas cerca posible del 
Norte, j en la actualidad se aleja hacia el Sud, aunque 
con estremada lentitud á causa de la poca distancia que le 
separa del polo Sud de la eclíptica. A los 52° ^/^ de latitud 
Norte, la Cruz empezó á ser invisible 2^900 años antes de 
nuestra era , al paso que habia podido elevarse antes, se- 
gún Galle, á mas de 10" sobre el horizonte. Cuando des- 
apareció para los observadores colocados en los alrededores 
del mar Báltico, hacia ja 500 anos que la gran pirámide 
de Cheops estaba construida en Egipto. Setecientos años 
después se verificó la invasión de los Hjcsos. La Antigüe- 
dad parece aproximarse á nosotros cuando le aplicamos la 
medida de los grandes acontecimientos. 

Al propio tiempo que se ensanchaba el conocimiento, 
mas contemplativo que científico, de los espacios celestes, 
realizábanse progresos en la Astronomía náutica, es decir, 
se perfeccionaban los métodos en cuja virtud se determina 
el lugar de un buque,, ó, en otros términos , su latitud v 
su longitud geográficas. Todo lo que en el trascurso del 
tiempo ha podido favorecer el desarrollo de la navegación, 
como la invención de la brújula j un estudio mas serio de 
la declinación magnética; la evaluación de la velocidad, 



— t288 — 

merced á una mejor disposición de la guindola, al uso de 
los cronómetros j á la medida de las distancias lunares; 
las mejoras introducidas en la construcción de los buques; 
la fuerza del viento sustituida por una fuerza nueva; j 
principalmente la feliz aplicación de la Astronomía al arte 
náutica : todo esto ha contribuido eficazmente al descubri- 
miento de los espacios terrestres, á la rapidez de las co- 
municaciones entre los pueblos, y al conocimiento de las 
relaciones que unen las diferentes partes del Mundo. A 
este respecto, debemos recordar, como ja hemos dicho, que 
desde mediados del siglo XIII , los marineros catalanes j 
mallorquines se valian de instrumentos náuticos para me- 
dir el tiempo según la altura de las estrellas, y que el as- 
trolabio descrito por Raimundo Lulio en su Arte de Navegar 
es casi dos siglos mas antiguo que el de Behem. Tan per- 
fectamente reconocida se hallaba en Portugal la importan- 
cia de los métodos astronómicos, que por los años de 1484 
fué nombrado Behem presidente de una Junta de matemá- 
ticos que debia calcular la tablas de la declinación del Sol^ 
j enseñar á los pilotos, según palabras de Barros , «la ma- 
neira de navegar por altura do sol (11).» Esta manera de 
navegar según la altura meridiana del Sol fué desde en- 
tonces perfectamente distinguida de la navegación «por la 
altura del Este-Oeste,» es decir, por la determinación de 
las longitudes (12). 

La necesidad de encontrar la posición real de la línea 
de demarcación indicada por el papa Alejandro VI, j de 
señalar en el Brasil _, nuevamente descubierto, j en las is- 
las próximas á las Indias meridionales, el límite legítimo 
entre las posesiones de las Coronas española j portuguesa, 
hizo, como ja hemos dicho, que se buscaran con mas ardor 
métodos prácticos para determinar la longitud; llegando 
á conocer cuan raras eran las ocasiones á que podia apli- 
carse el antiguo é imperfecto método de los eclipses de lu- 



— 289 — 

na, debido á Hiparco. El uso de las distaDcias lucares fué 
recomendado desde el año 1514, por el astrónomo nurem- 
berg-ués Juan Werner, j poco después por Oroncio Fineo v 
Gemma Frisio; mas por desg-racia este método debía ser por 
mucho tiempo estéril, basta que, después de numerosas 
tentativas inútilmente hechas con los instrumentos de Bie- 
newitz (Pedro Apiano) j de Alonso de Santa Cruz, inventó 
Nev7ton en 1700 el sestante de reflexión, cu jo uso fué ge- 
neralizado entre los marinos por Hadlej en 1731. 

La influencia de los astrónomos árabes se dejaba sentir 
también desde el centro de España, en los progresos de la 
Astronomía náutica, si bien es verdad, que se hicieron 
muchos ensa JOS infructuosos para llegar á la determinación 
de las longitudes; y muchas veces se ha preferido atribuir 
el mal éxito á faltas de impresión en las efemérides astro- 
nómicas de Regiomontano^ entonces en uso, que á la in- 
exactitud de las observaciones. Los Portugueses sospecha- 
ban de los resultados dados por los Españoles á quienes- 
acusaban de haber alterado las tablas por motivos políti- 
cos (13). La necesidad súbitamente manifestada de los so- 
corros que prometía, teóricamente al menos, la Astrono- 
mía náutica, está espresada con una vivacidad singular en 
las relaciones de Colon, de Américo Vespucio, de Piga- 
fetta^ j de Andrés de San Martín, célebre piloto que diri- 
gía la espedicion de Magallanes j poseía los métodos de 
longitud de Ruj Falero. Las oposiciones de los planetas, 
la ocultación de las estrellas, las diferencias de altura en- 
tre la Luna j Júpiter, las variacione^s de la declinación de 
la luna fueron estudiadas con mas ó menos éxito. Tenemos 
en nuestro poder observaciones de las conjunciones hechas 
por Colon en Haití durante la noche del 13 de enero 
de 1493. La necesidad de agregar á todas las grandes es- 
pediciones un hombre especialmente versado en la Astrono- 
mía estaba tan generalmente estendída, que la reina Isabel 

TOMO 11 19 



— 290 — 

escribía á Colon el 5 de setiembre de 1493 : «Nos parece 
que seria bien que llevásedes con vos un buen Estrólogo j 
«Qos parecía que seria bueno para estoFraj Antonio de Mar- 
chena , que es buen Estrólogo y siempre nos pareció que 
se conformaba con vuestro parecer.» Colon dice en la rela- 
ción de su cuarto viaje. «Solo haj un modo de cálculo in- 
falible para la navegación, y es el de los astrónomos; todo 
íiquel que lo conozca puede considerarse feliz. Los resul- 
tados que garantiza, equivalen á una visión profética (14). 
Los ignorantes pilotos no saben ja donde están desde que 
•dejan de ver por algunos dias las costas. Serian incapaces 
"de volver á encontrar el país descubierto por mí. Hace falta 
para navegar, compás y arte^ es decir, la brújula j la cien- 
•€Ía que es el arte de los astrónomos.» 

He mencionado estos detalles característicos, porque 
-ellos hacen ver cómo la Astronomía náutica, que Ka facilitado 
■el acceso á todas las partes de la Tierra ocurriendo á los pe- 
ligros de la navegación , ha recibido su primer desarrollo 
*en el período cu jo cuadro trazo ahora; como en el movi- 
miento general de los espíritus se comprendió desde luego 
ia posibilidad de m^étodos que no podían ser de una aplí- 
^lacion general sino después del perfeccionamiento de los 
cronómetros, instrumentos propios para medir los ángulos 
j tablas solares j lunares. Si es cierto,, como se ha dicho, 
que lo que determina el carácter de un siglo, es el progreso 
ínas ó menos rápido del entendimiento humano, en un 
<:ierto espacio de tiempo, el siglo de Colon j de los gran- 
'des descubrimientos marítimos, aumentando de una ma- 
nera inesperada los objetos de la ciencia j de la contem- 
plación, ha dado un impulso nuevo j mas poderoso á los 
•siglos que le siguieron. Propia cosa es de los descubri- 
mientos considerables el ensanchar el círculo de las con- 
quistas j el horizonte del campo que queda todavía por con- 
<|uistar. En cada época existen espíritus débiles dispuestos 



— 391 — 

á creer con complacencia que la humanidad ha llegado al 
apogeo de su desarrollo intelectual. Olvidan que por efecto 
de la íntima dependencia que une á todos los fenómenos de 
la Naturaleza, el campo se aumenta á medida que se avanza 
en él, y que el límite que lo rodea en el horizonte retro- 
cede incesantemente delante del observador. 

¿Dónde puede señalarnos la historia de los pueblos una 
época comparable á aquella en que acontecimientos de tan 
grandes consecuencias como el descubrimiento j coloniza- 
ción primera de la América ^ la travesía á las Indias orien- 
tales por el cabo de Buena P]speranza^ v el primer viaje 
de circunnavegación de Magallanes, se hallan asociados con 
el incremento del arte, el triunfo de la libertad intelectual 
V religiosa, v los imprevistos progresos en el conocimiento 
del Cielo y de la Tierra? No necesita semejante época para 
que su grandeza nos admire, del prestigio de la lejanía en 
que se nos aparece; pues debe poco á la circunstancia de 
presentársenos enlazada con recuerdos históricos y despren- 
dida de la realidad importuna del tiempo presente. Des- 
agraciadamente aquí, como en todos los negocios humanos, 
á la brillantez del éxito acompañan desastres deplorables. 
Los progresos de la ciencia del Mundo se han comprado al 
precio de todas las violencias y las crueldades que los con- 
quistadores que se llamaban civilizados han llevado de un 
punto á otro de la Tierra; pero es pretensión temeraria el 
querer establecer de una manera dogmática, paso á paso el 
desarrollo de la humanidad^ el balance del bien y del mal. 
No pertenece al hombre el juicio de los acontecimientos 
que interesan al mundo entero, y que, preparados antici- 
padamente en el seno fecundo del tiempo , tocan solo en 
parte al siglo en que los colocamos arbitrariamente. 

El primer descubrimiento de la parte central y meri- 
dional de los Estados-Unidos, hecho por los Escandinavos, 
coincide casi con la aparición misteriosa de Manco Capac en 



29*2 

la meseta del Perú , y es posterior en doscientos años á la 
llegada de los Aztecas al valle de Méjico. La capital de este 
reino, Tenochtitlan , fué fundada 325 años mas tarde. Si 
las colonizaciones normandas hubiesen tenido consecuencias 
mas duraderas; si las hubiese mantenido j protegido una 
metrópoli poderosa, que gozara de unidad política, las ra- 
zas germánicas al penetrar en estas regiones hubieran en- 
contrado aun hordas errantes de cazadores nómadas aquí y 
allá, en los lugares mismos en que los conquistadores espa- 
ñoles encontraron labradores apegados al suelo que culti- 
yaban (15). 

Los tiempos de la Conquista 6 sea el fin del siglo XV y 
principio del XVI, están señalados por una reunión prodi- 
giosa de grandes acontecimientos realizados en la yida po- 
lítica j moral de las naciones europeas. El mismo mes en 
que Hernán Cortés se acercaba á Méjico para establecer el 
sitio, después de la batalla de Otumba, quemaba Martin^ 
Luteró en Witemberg ]a bula del papa y fundaba aquella^ 
Reforma que prometía al espíritu la independencia j un 
nuevo vuelo, por horizontes enteramente desconocidos (16). 
Ya en ese momento hablan salido de sus tumbas las mas- 
brillantes obras maestras del arte o-rieoro: el Laocoon, el 
Tronco, el Apolo del Belvedere jla Venus de Médicis. En 
Italia ílorecian Miguel Ángel, Leonardo de Vinci, el Ti— 
ciano j Rafael , v en Alemania Holbein jAlberto Dürer. Ei 
sistema del Mundo, aunque no se divulgó hasta mas tarde,, 
habla sido hallado por Copernico, en ei mismo año en que 
murió Cristóbal Colon, catorce después del descubrimien- 
to del Nuevo Mundo. 

La importancia de este descubrimiento y de los prime- 
ros establecimientos fundados por losEuropeos, no se limita 
únicamente á las cuestiones que constitu jen la materia de 
este libro; estiéndese hasta las inÜuencias intelectuales v 
morales que el rápido engrandecimiento de la masa de las- 



— 293 — 

ideas adquiridas La ejercido en el mejoramiento del estado 
social. A partir de esta época crítica es desde cuando el es- 
píritu j el corazón han vivido una vida nueva v mas activa, 
V atrevidos deseos v tenaces esperanzas han penetrado poco 
á poco en todas las clases de la sociedad civil. También 
á seguida de este acontecimiento, la escasez de población 
estendida por una mitad de la Tierra, particularmente en las 
costas colocadas á espaldas de Europa, ha podido facilitar el 
establecimiento de colonias , cuja estension y situación las 
han llevado á transformarse en Estados independientes, v á 
no sufrir traba alguna en la libre elección de su constitu- 
ción política. Por último, debemos añadir la reforma reli- 
giosa, preludio de las grandes revoluciones políticas, que 
debia recorrer todas las fases de su desarrollo, en una región 
que habia llegado á ser el asilo de todas las creencias y de 
los sentimientos mas diferentes acerca de las cosas divinas. 
La audacia del navegante g*enovés es el primer anillo en la 
cadena sin fin de esos misteriosos acontecimientos ; j si la 
América no lleva su nombre , débese k la casualidad , pero 
no al fraude ni á la intriga (17). Aproximado á Europa 
desde medio siglo, por las relaciones comerciales de la na- 
vefífacion^ el Nuevo Mundo ha ejercido una influencia con- 
siderable en las instituciones políticas, en las ideas j las 
tendencias de los pueblos colocados en el límite oriental de 
aquel valle del Océano atlántico que parece estrecharse mas 
de di a en dia (18). 



VII. 

INFLUENCIA DEL PROGRESO DE LAS CIENCIAS 

EN DESAHKOIJ.O DE TA IDEA DEL COSMOS 
t)i;k.\nte los siglos xvh v xviii. 



GRANDES DESCUBRIMIENTOS EN LOS ESPACIOS CELESTES CON EL AUXI- 
LIO DEL TELESCOPIO. ÉPOCA BRILLANTE DE LA ASTRONOMÍA Y 

DE LAS MATEMÁTICA?, DESDE GALILLO Y KEPLERO HASTA NEW- 
TON Y LEIBNITZ. — LEYES DEL MOVIMIENTO DE LOS PLANETAS Y 
TEORÍA DE LA GRAVITACIÓN UNIVERSAL. — FÍSICA Y QUÍMICA. 



Al tratar de enumerar las fases principales en que se 
divide la historia de la contemplación del Mundo, hemos 
bosquejado en último término la época en que los pue- 
blos civilizados del antiguo mundo aprendieron á conocer 
el nuevo. Al siglo de los grandes descubrimientos realiza- 
dos en la superficie de nuestro planeta, sucede inmediata- 
mente la toma de posesión de una parte considerable del 
dominio celeste por medio del telescopio. La aplicación de 
un instrumento que tiene la fuerza de penetrar el espacio, 
podria decir la creación de un órgano nuevo, evoca todo un 
mundo de ideas desconocidas. A partir de este momento, se 
abre una era brillante para la Astronomía j las Matemáti- 
cas, y comienza esa serie de matemáticos profundos que se 
prolonga hasta Leonardo Eulero, quien como se ha dicho, 
transformó todas las cosas , j cu jo nacimiento, ocurrido 



— 295 — 

en 1707, coincide con la muerte de Jacobo Bernoulli, 
Un corto número de nombres bastará á recordar los 
gigantescos pasos que el espíritu humano, sin escitacion es- 
terior, dio en virtud de su propia fuerza en el siglo XVII^ 
sobre todo en el desarrollo de la idea matemática. Proclá- 
manse las lejes que presiden á la caida de los cuerpos y 
al movimiento de los planetas; la presión atmosférica, b^ 
propagación, la refracción j la polarización de la luz, vie- 
nen á ser objeto de profundas investigaciones; el estudia 
matemático de la Naturaleza se funda en bases sólidas; v 
por último, la invención del cálculo infinitesimal señala 
los últimos años del siglo. Provista de esta fuerza nueva,. 
la inteligencia humana puede ensa jarse con éxito, duran- 
te los ciento cincuenta años siguientes, en la solución de los 
problemas que presentan las perturbaciones de los cuer- 
pos celestes , la polarización j la interferencia de las ondas- 
luminosas, el calor radiante, la acción circular de las cor- 
rientes electro-magnéticas , la vibración de las cuerdas y 
del vidrio, la atracción capilar en los tubos estrechos, j 
tantos otros fenómenos naturales. 

Desde ese momento el trabajo se sigue sin interrupción 
en el mundo del pensamiento, y todas las fuerzas de la in- 
teligencia se prestan mutuo socorro. Ninguno de los gérme- 
nes ja vivos se marchita. El crecimiento de los materiales 
científicos, el rigor de los métodos j el perfeccionamiento 
de los instrumentos , todo marcha de concierto. Nos referi- 
mos aquí al siglo XVII, tan armonioso en su conjunto: a! 
siglo deKéplero, de Galileo j de Bacon, de Tjcho, de Des- 
cartes j de Hujghens, de Fermat, de Newton j deLeib- 
nitz. Son tan conocidos los servicios de tales hombres, que- 
bastan ligeras indicaciones para hacer resaltar la parte bri- 
llante que han tenido en el engrandecimiento de las mi- 
ras sobre el Mundo. 

Hemos demostrado ja (19), cómo el ojo, órgano de la 



— 296 — 

contemplación física , habia tomado de la segunda vista 
del telescopio un poder cujo límite está lejos de alcan- 
zarse, j que desde su principio, cuando el instrumento 
débil aun, apenas podia aumentar treinta j dos veces los 
objetos (20), penetraba, sin embargo, en el espacio profun- 
didades no sondeadas basta entonces. El conocimiento 
exacto de un gran número de cuerpos celestes, de que 
nuestro sistema solar está compuesto; la observación de las 
le jes eternas, según las cuales describen sus órbitas: todos 
los secretos déla estructura del Mundo descubiertos: tales 
son las mas brillantes conquistas de la época cu vos rasgos 
esenciales tratamos de reproducir. Los descubrimientos que 
datan de este período forman lo que podemos llamar ios 
contornos principales del gran cuadro de la Naturaleza, 
añaden á los espacios de la tierra nuevamente esplorados, 
el contenido ignorado hasta entonces de los espacios celes- 
tes, al menos en lo concerniente al orden admirable de 
nuestro sistema planetario. Por lo que hace á nosotros, 
siempre dedicados á la investigación de las ideas generales, 
nos contentaremos con señalar los mas importantes resul- 
tados de las observaciones astronómicas en el siglo XVII, 
teniendo cuidado de indicar de qué manera estos trabajos 
lian producido de improviso descubrimientos matemáticos 
de alta trascendencia, y cómo lian eno-randecido v elevado 
la contemplación del Mundo. 

Ya hemos hecho notar por qué dichosa fortuna tantos 
grandes acontecimientos, tales como el renacimiento de la 
libertad reliíriosa , el desarrollo de un sentimiento mas no- 
ble del arte , j la propagación del sistema de Copérnico, 
han distinguido juntamente con las grandes empresas ma- 
rítimas, al siglo de Colon, de Gama y de Magallanes. Ni- 
colás Copérnico ó Koppernik , como él mismo se llama en 
dos cartas que aun existen, á los veintiún años de edad ha- 
■cia observaciones en Cracovia con el astrónomo Alberto 



— 291 — 

Brudzewski. cuando Colon descubrió la América. Eu el año 
que siguió á la muerte del gran navegante lo volvemos á 
encontrar en Cracovia ocupado en trastornar todas las ideas 
admitidas en Astronomía , después de una estancia de seis 
años en las ciudades de Pádua, Bolonia v Roma'. Nombra- 
do en 1510 canónigo de Frauemburgo por la protección de 
su tio Lúeas Waisserolde de Allen^ obispo deErmeland (21), 
trabajó allí todavía treinta j tres años en acabar su obra 
De rexoJiittonihus orUum cmlestium. El primer ejemplar im- 
preso le fue entregado cuando , paralítico ja de cuerpo y 
de espíritu, se preparaba á morir. Yi6 el volumen, pudo has- 
ta tocarlo ; pero su pensamiento no estaba va en las cosas 
temporales. Murió, no como cuenta su biógrafo Gassendo, 
algunas boras, sino algunos dias mas tarde, el 24 de Ma vo 
•de 1543 (22). Dos años antes habíase ja estendido por el 
público una parte importante de su doctrina , «merced á la 
carta impresa que uno de sus mas ardientes discípulos, Joa- 
quín Rhüetico, dirigió á Juan Schoner, profesor de Nurem- 
berga. No son, sin embargo, el éxito del sistema de Copér- 
nico, ni la teoría renovada del Sol central j del doble 
movimiento que describe la Tierra, los que • produjeron 
poco mas de cincuenta años después los brillantes descu- 
brimientos astronómicos, con que empezó el siglo XVIÍ. 
Estos descubrimientos que completaron v engrandecieron 
el sistema de Copérnico, tienen por causa la invención ca- 
sual del telescopio. Pero los principios de Copérnico , ro- 
bustecidos j ampliados por los resultados de la Astronomía 
física, tales como las observaciones hechas en el sistema de 
los satélites de Júpiter j sobre las fases de Venus, abrieron 
á la Astronomía teórica caminos que debian conducir á un 
punto mas seguro , v provocar la investigación de proble- 
mas cuja solución exigia el perfeccionamiento del cálculo 
analítico. Así como Jorge Peurbach j Juan MuUer, que 
tomó de su ciudad natal, KoRniffsbersra. en Franconia, el 



— 298 — 

nombre de Regiomontano , tuvieron una feliz influencia 
sobre Copérnico y sus discípulos Rhíetico, Reinhold j 
Mffistlin , estos que á su vez obraron sobre los trabajos de 
Keplero,de (lalileoj de Newton, por mas que los separara 
un largo espacio de tiempo. De suerte que un lazo intelec- 
tual une al siglo XVII con el XVI, j no puede trazarse el 
engrandecimiento que la contemplación del Mundo debió 
en el siglo XVII á la Astronomía sin buscar el impulso que 
este período recibiera del precedente. 

Es una opinión equivocada, y por desgracia muj es- 
tendida aun en nuestros dias, la de que Copérnico, por de- 
bilidad, y para librarse de la persecución de los sacerdotes, 
presentó el movimiento planetario de la Tierra y la posi- 
ción del Sol en el centro del sistema como una pura hipó- 
tesis , cujo objeto era facilitar la aplicación del cálculo al 
movimiento de los cuerpos celestes, pero que «no era ne- 
cesariamente verdadera ni aun verosímil (23).» No puede 
negarse que estas estrañas palabras se leen en el prefacio 
anónimo colocado á la cabeza de la obra de Copérnico, que 
tiene por título de HyjMliesihus hujus 0])eris (24); pero esta 
declaración es completamente agena á Copérnico , y está 
en oposición abierta con la dedicatoria que dirigió al Papa 
Paulo III. El autor del prefacio es, según dice Gassendo 
del modo mas positivo en la Vida de Copérnico , Andrés 
Osiander, matemático que vivia por entonces en Nurem- 
berga, encargado de dirigir con Scboner la impresión del 
libro De rewluüonilns ^ y que, sin manifestar espresamente 
escrúpulos religiosos, juzgó prudente presentar las ideas 
nuevas como una hipótesis , y no como una verdad demos- 
trada, cual habia hecho Copérnico. 

El hombre á quien podemos llamar fundador del nuevo 
sistema del Mundo , porque á él pertenecen indisputable- 
mente ^las partes esenciales de este sistema y los mas gran- 
diosos rasgos del cuadro del Universo, escita nuestra admi- 



— 299 — 

ración, menos quizás por su ciencia, que por su valor j su 
confianza. Bien merecia el elogio que le tributa Keplero, 
cuando en su introducción á las Tablas Rudol finas le llama 
espíritu libre : «vir fuit máximo ingenio et quod m hoc 
exercitio (es decir , en la lucha contra las preocupaciones) 
magni momenti est, animo liber.» Cuando refiere Copérni- 
co en su dedicatoria ai papa la historia de su obra , no va- 
cila en tratar de cuento absurdo la creencia en la inmovili- 
dad j en la posición central de la Tierra, creencia estendida 
generalmente entre los teólogos, j ataca sin temor «la es- 
tupidez de los que se adhieren á opiniones tan falsas.» Dice^ 
que «si alguna vez insignificantes charlatanes, estraños á 
toda noción matemática, tuvieran la pretensión de juzgar 
de su obra , torturando de intento algún pasaje de las Sa- 
gradas Escrituras (propter aliquem locum Scripturre male 
ad suum propositum detortum) , despreciaria sus vanos 
ataques. Todo el mundo sabe, añade, que el célebre Lac- 
tancio, ha disertado de una manera pueril sobre la figura de^ 
la Tierra, j se ha burlado de los que la consideraban como 
un esferoide: pero cuando se trata de asuntos matemáticos, 
es preciso escribir para los matemáticos. A fin de probar 
que, por su parte, profundamente penetrado de la exacti- 
tud de sus resultados, no teme juicio alguno desde el rin- 
cón de la tierra á que se hallaba relegado , desde él apela 
al jefe de la Iglesia, pidiéndole protección contra las inju- 
rias de los calumniadores. Y lo hace con tanta major con- 
íianza^, cuanto que la misma Iglesia puede sacar ventajas de- 
sús investigaciones acerca de la duración del año, v sobre^ 
los movimientos déla Luna. La Astrología j la reforma del 
Calendario fueron largo tiempo las únicas protectoras de la 
Astronomía para con las potencias temporales j espiritua- 
les, lo mismo que la Química j la Botánica estuvieron en 
un principio al servicio de la Farmacologia. 

El varonil j libre lenguaje de Copérnico contradice os- 



— 300 — 

tensiblemente la antigua aserción de que él presentó el sis- 
tema á que va unido su nombre inmortal como una hipó- 
tesis propia para facilitar los cálculos de la Astronomía 
matemática, pero que podria muj bien carecer de funda- 
mento. «En ning-una otra combinación , esclama con entu- 
siasmo , he podido encontrar una simetría tan admirable en 
las diversas partes del gran todo , unión tan armoniosa en- 
tre los movimientos de los cuerpos celestes, como colocando 
la antorcha del Mundo (lucernam mundi)_, á ese Sol que 
«•obierna á toda la familia de los astros en sus evoluciones 
circulares (circum agentem gubernans astrorum familiam 
isobre un trono real, en medio del templo de la Naturale- 
za (25).» La idea de la gravitación universal ó de la atrac- 
ción (appetentia quíedam naturalis partibus indita) que 
ejerce el Sol como centro del Mundo (centrum mundi), pa- 
i*ece también haberse representado al entendimiento de 
<iquel grande hombre , como una aplicación de los efectos 
<le la pesantez en los cuerpos esféricos, como lo prueba un 
pasaje notable del tratado 2^^:' revoJutionihis , capítulo í)^ li- 
hm primero (26). 

Si recorremos las diversas fases de la contemplación del 
Mundo, veremos que la atracción de las grandes masas j la 
fuerza centrífuga han sido presentidas en los tiempos mas 
remotos. Jacobi, en sus investigaciones, manuscritas solo 
por desgracia , acerca de los conocimientos matemáticos de 
los Griegos , hace resaltar con razón «las miras profundas 
de Anaxágoras, en quien no podemos leer sin asombro que 
I-a Luna, si perdiese la velocidad adquirida, caerla sobre la 
Tierra como una piedra lanzada por la honda (27).» Ya en 
otro lugar, al hablar de la caida de los aereolitos, he men- 
cionado conjeturas análogas por parte del filósofo de Clazo- 
meno v de Diógenes de Apolonia, acerca de la brusca cesa- 
ción del movimiento circular (28). La atracción que ejerce 
•el centro de la Tierra sobre todas las masas pesadas que se 



— 301 — 

separan de ella, ofrecía ciertamente ai espíritu de Platón- 
ana noción mas clara que al de Aristóteles , quien verda- 
deramente conocía, lo mismo que Hiparco, la fuerza acele- 
ratriz que regula la caida de los cuerpos, aunque sin com- 
prender bien su principio. Sin embargo^ Platón como 
Demócrito, reduelan la atracción á la afinidad, es decir^ al 
esfuerzo que hacen para reunirse las sustancias molecula- 
res análogas (¿9). Solo el alejandrino Juan Pliilopon, dis- 
cípulo de Ammonio, hijo de Hermeas, que verosímilmente 
pertenece al siglo VI_, esplica el movimiento de las esferas 
celestes por un impulso primitivo, ligando esta idea con la 
de la caida de los cuerpos j con el esfuerzo por el cual to- 
das las sustancias, ligeras ó pesadas, tienden á aproximar- 
se á la Tierra (30). Las verdades que C'opérnico sospecha- 
ba, j que ha espresado con mas claridad Keplero en su 
admirable obra I)e /S'tella 3fari¿s, aplicándolas hasta al 
flujo j reflujo del Océano_, recibieron en 1666 j 1674 nue- 
va vida j fecundidad, merced á la penetración del ingeniosa 
Roberto Hooke (31). Después de estos preliminares es cuan- 
do viene la gran teoría de Newton sobre la gravitación 
universal á suministrar el medio de transformar la Astro- 
nomía física en una verdadera Mecánica celeste (32). 

Copérnico conocía bastante completamente, como se ve, 
no solo en su dedicatoria al papa, sino en diferentes pasajes 
de su libro, las imágenes bajo las cuales representaban los^ 
antiguos la estructura del Mundo. Sin embargo, respecto 
á los tiempos anteriores á Hiparco, no cita mas que á Hi- 
cetas de Siracusa, al que siempre llama Nicetas, á Filolao 
el Pitagórico, á Timeo (el que Platón hace hablar), á Ec- 
fanto, á Heraclides de Ponto j al gran geómetra Apolonío 
de Perga. De los dos matemáticos que mas se aproximan 
á su sistema. Aristarco de Samos j Seleuco de Babilonia, 
nombra al primero sin caracterizarle en manera alguna, j 
no cita para nada al segundo (33). Háse afirmado frecuen- 



— 302 — 

temente que no conoció la opinión de Aristarco de Sames 
sobre la posición central del Sol y sobre el movimiento de 
la Tierra, porque el Arenar ms y todas las obras de Arqui- 
mides no aparecieron hasta un año después de su muerte, 
es decir, un siglo entero después de la invención de la im- 
prenta; olvídase así, que Copérnico , en su dedicatoria al 
papa Paulo III, cita un largo pasaje tomado del Tratado de 
Plutarco f¡e Plací tis phihsojúorwn (libro III, cap. 13) sobre 
Filolao , Ecfanto v Heraclides de Ponto ^ y que en la mis- 
ma obra, capítulo 24 del libro II, pudo bien haber leido que 
Aristarco de Samos colocaba al Sol entre las estrellas fijas. 
De todos los testimonios déla antigüedad, los que parecen 
haber influido mas en la dirección v el desarrollo progre- 
sivo de las ideas de Copérnico, son, según Gasendo: un pa- 
saje de la Enciclopedia semi-bárbara de Marciano Mineo 
Capella, natural de Madaura, j el sistema del Mundo de 
Apolonio de Perga. Según el sentir de Marciano Mineo, que 
se ha atribuido con bastante seguridad va á los Egipcios, 
ja á los Caldeos, la Tierra permanece inmóvil en el centro 
del Mundo (34); pero el Sol describe su órbita rodeado de 
dos satélites. Mercurio j Venus. Semejante consideración 
sobre la estructura del Mundo, parece en verdad, prepara- 
ción á la idea de la fuerza centrípeta del Sol ; pero ni en 
el Ahnagesto ni en general en los escritos de los antiguos, 
ni en el Tratado de rerolutionihus de Copérnico, haj nada 
que autorice á Gasendo para afirmar tan absolutamente la 
•completa semejanza entre el sistema de Tjcho j aquel 
que se ha querido atribuir á Apolonio de Perga. En cuanto 
á la confusión que se ha pretendido establecer entre el sis- 
tema de Copérnico y el del pitagórico Filolao, según el cual 
la Tierra (porque lo que Filolao llama ¿-vzixOi^y no es un pla- 
neta distinto, sino mas bien un hemisferio del que habita- 
mos) privada de su movimiento de rotación gira, como el 
-Sol, alrededor del foco del Mundo ó fuego central, es decir, 



— 303 — 

alrededor de la llama que da vida á todo nuestro sistema 
planetario, es una conjetura de que no cabe ocuparse desde 
que Bifickh publicó sus conclujentes investigaciones sobre 
este asunto. 

La revolución científica que Nicolás Copérnico produjo, 
ba tenido la rara fortuna^ si esceptuamos la corta suspen- 
sión que ocasionó la bipótesis retrógrada de Tjcbo, de baber 
tendido constantemente al objeto, es decir^ bácia el des- 
cubrimiento de la verdadera estructura del Mundo. El rico 
conjunto de observaciones exactas que suministró el mismo 
Tjcbo, ardiente adversario de Copérnico , ba servido tam- 
bién para descubrir esas lejes eternas del sistema plane- 
tario que ban dado mas tarde al nombre de Keplero im- 
perecedero brillo , v que , interpretadas y demostradas por 
Newton, pasaron teóricamente, j como un resultado nece- 
sario, á la esfera luminosa del pensamiento, fundando el 
conocimiento racional de la Naturaleza. Háse dicbo inge- 
niosamente, aunque quizás sin bacer todavía bastante jus- 
ticia al libre genio que ba creado por sus propias fuerzas la 
teoría de la gravitación : << Keplero ba escrito un Código y 
Newton ^l EsjÁriki de las Leyes» (35). 

Las alegorías poéticas de que ban sembrado sus cuadros 
del Mundo Pitágoras y Platón, alegorías variables como la 
fantasía que las dio nacimiento (36), se reflejan en parte 
todavía en los escritos de Keplero, reanimando j dando 
major serenidad á su alma ordinariamente sombría, aun- 
que sin apartarle del objeto serio que perseguía j que lo- 
gró doce años antes de su muerte, en la memorable noche 
del 15 de majo' de 1618 (37). Copérnico babia dado, por 
medio de la rotación diurna de la Tierra , una esplicacion 
satisfactoria del movimiento aparente de las estrellas fijas; 
por la revolución anual de la Tierra alrededor del Sol, ba- 
bia resuelto también el problema de los movimientos apa- 
rentes mas notables de los planetas {estaciones y retroyra- 



— 304 — 

daciones) y encontrando de este modo el verdadero funda- 
mento de lo que se llama segimcla desigualdad de los plane- 
tas. En cuanto á la primera desigualdad ^ es decir, al 
movimiento no uniforme con que describen su órbita los pla- 
netas, Copérnico dejó sin esclarecer este punto. Fiel al an- 
tiguo principio pitagórico de la perfección inherente á los 
movimientos circulares, sentía también la necesidad de ha- 
cer entrar en la composición del Mundo círculos escéniricos^ 
cu JO centro no ocupaba ningún cuerpo , j algunos de los 
epiciclos de Apolonio de Perga. Por atrevida que fuese la 
senda que se comenzaba, no era posible desprenderse de^ 
una vez de todos los antiguos errores. 

La distancia siempre igual á que unas respecto de otras- 
quedan las estrellas, mientras que toda la bóveda celeste se 
mueve de Oriente á Occidente^ habia originado la hipótesis 
de un firmamento, de una esfera trasparente v sólida, en 
la cual, según Anaximenes, que no parece haber sido muj 
posterior á Pitágoras, las estrellas estaban como enclava- 
das (38). Gemino de Eodas, contemporáneo de Cicerón,, 
suponía á los astros fijos en una superficie plana, unos mas 
altos j otros mas bajos. Estendióse á los planetas lo que se- 
habia imaginado para las estrellas fijas, j así nació la teo^ 
ría de las esferas escéntricas enlazadas entre sí, teoría de- 
fendida por Eudoxio, Menechmo j Aristóteles^ que inventó, 
las esferas 7'es i sientes. La teoría de los epiciclos, cu jo meca- 
nismo se aplicaba mas fácilmente á la representación j al- 
cálculo de los movimientos planetarios^ echó por tierra un 
siglo después, j merced á la penetración de Apolonio, la- 
hipótesis de las esferas sólidas. En cuanto á saber si es cier- 
to, como creia Ideler, que solo desde la fundación del Museo 
de Alejandría se empezó á admitir como posible el libre mo- 
vimiento de los planetas en el espacio; ó si ja antes de esta 
época, se representaban en general las esferas trasparentes 
j entrelazadas, j que Eudoxio admitia en número de 27;. 



— 305 — 

j Aristóteles de 55, así como los epiciclos trasmitidos á 
la edad media por Hiparco j Tolomeo, no como esferas só- 
lidas j materialmente existentes, sino mas bien como con- 
cepciones imaginarias, es cuestión que no me atrevo á de- 
cidir por mí mismo, aunque me incline hacia el partido de 
las concepciones imaginarias. Lo mas cierto es que á me- 
diados del siglo XVI, cuando fué acogida la teoría de las 
77 esferas homocéntricas, propuesta por el sabio polígrafo 
Girolamo Fracastor, j cuando, mas tarde, los adversarios de 
Copérnico lo pusieron todo en juego para defender el sistema 
de Tolomeo, era aun mu j general la creencia en la realidad 
de las esferaS;, círculos j epiciclos, particularmente favore- 
cida por los Padres de la Iglesia. Tjclio-Brahe se jacta 
espresamente de haber sido el primero que demostró _, por 
sus consideraciones sobre las órbitas de los cometas , la im- 
posibilidad de las esferas sólidas j de haber así destruido 
aquel ingenioso andamiaje. Llenos de aire estaban para él los 
espacios del Cielo, pensando que este medio, quebrantado 
por el movimiento de los cuerpos celestes oponia cierta re- 
sistencia de que nacian armoniosos sonidos. Rothman, cuja 
organización era poco poética , ere jó necesario refutar esta 
renovación del mito de la armonía de Pitágoras. 

El gran descubrimiento de Keplero, fundado en que 
todos los planetas describen elipses alrededor del Sol, el 
cual ocupa uno de los focos de aquellas elipses, ha separado 
por fin del sistema de Copérnico los círculos escéntricos j 
todos los epiciclos que le constituían en su origen (39). La 
estructura del mundo planetario apareció entonces en su 
realidad objetiva j en su noble sencillez, como una obra de 
admirable arquitectura. Pero estaba reservado á Newton 
el descubrir el juego j la conexión de las fuerzas interiores 
que animan j conservan el sistema del Mundo. Los hombres 
que han perseguido el desenvolvimiento progresivo del co- 
nocimiento humano, han tenido frecuente ocasión de notar 

TOKO 11 20 



— 308 — 

que los grandes descubrimientos^ casuales en apariencia, 
se estrechan en un corto espacio de tiempo, j que los 
grandes espíritus gustan en cierto modo de presentarse 
de frente. Este fenómeno se reproduce de la manera mas 
sorprendente en los diez primeros años del siglo XVII. Tv- 
clio, fundador de la Astronomía matemática^ Keplero, Ga- 
lileo y Bacon de Verulamio, son contemporáneos; j todos, á 
escepcion de Tjclio , han podido conocer en la madurez de 
su edad los trabajos de Descartes y de Fermat. Los prin- 
cipios de Bacon, consignados en la Instauratio magna^ apa- 
recieron en inglés desde el año 1005, quince antes de la 
publicación del Noxum organon. La invención del telesco- 
pio y los mas grandes descubrimientos de la Astronomía 
física, tales como el de los satélites de Júpiter, el de las 
manchas del Sol, el de las fases de Venus j el de la figura 
singular de Saturno, caen hacia los años de 1609 á 1612. Las 
especulaciones de Keplero sobre la órbita elíptica de Marte, 
empiezan en 1601 , j llegan á ser el asunto de la Astrono- 
mía nova seu P/igsica ccelestis, obra acabada ocho años des- 
pués (40). «Estudiando la órbita de Marte , escribía Keple- 
ro, es como debemos profundizar los misterios de la Astro- 
nomía, ó de otro modo renunciar á conocerlos. Por un tra- 
bajo constante he podido jo al cabo someter á una lej na- 
tural las irregularidades que se notan en el movimiento 
-de aquel planeta.» Generalizando el mismo pensamiento es 
como este hombre de tan brillante imaginación log-ró adi- 
vinar las grandes verdades que espuso diez años después 
«n los cinco libros de su Armonía del 3£undo. En una carta 
al Astrónomo danés Longomontano , dice también con mu- 
<ího juicio: «Creo tan íntimamente unidas entre sí á la As- 
tronomía j la Física, que no podria la una ser perfecta sin 
la otra.» Los resultados de sus trabajos acerca de la estruc- 
tura del ojo, j sobre la teoría de la visión aparecieron tam- 
bién en 1604 en los ParaUjxhnénos á Vitelio: j hasta, la 



— 307 — 

misma Diopírkci fué publicada en 1611 (41). Así se esten- 
dia el conocimiento de los mas importantes fenómenos de 
los espacios celestes, con el arte de comprender á la vez que 
dichos fenómenos por la creación de nuevos órganos ; j to- 
do esto ocurria en los diez ó doce primeros años de un siglo 
que acababa de empezar con Galileo j Keplero, v que 
habia de concluir con Newton j Leibnitz. 

Verosímil es que el descubrimiento accidental del teles- 
copio fuese conocido por primera vez en Holanda á fines 
del ano 1608. Según las últimas investigaciones que se 
lian hecho en los archivos de la ciencia (42) , los hombres 
que pueden pretender la gloria de este invento^ son: 
Hans Lippershej, natural de Wesel, j fabricante de ante- 
ojos en Middleburgo; Jacobo Adriaansz , llamado Meció, 
quien también se atribuje el intento de sustituir por el cris- 
tal el metal en la composición de los espejos ustorios; j por 
último, Zacarías Jansen. Al primero se le designa siempre 
con el nombre de Laprej en la interesante carta del enviado 
holandés Boreel al médico Borelli , autor de la Memoria 
mro Tekscopii inrentore^ publicada en 165."). Si ha de re- 
solverse la cuestión de prioridad atendiendo á las épocas en 
que se hicieron las proposiciones á los Estados Generales, 
Hans Lippershej es el primero. El 2 de octubre de 1608 
sometió al dictamen de los magistrados tres instrumentos 
«con los cuales puede verse á lo lejos.» Meco no hizo va- 
ler sus derechos hasta el 17 de octubre del mismo año, aun- 
que dice espresamente en su súplica «que sus combinacio- 
nes j su constante trabajo le habian llevado dos años hacia 
á construir instrumentos semeijantes.» Zacarías Jansen, fa- 
bricante de anteojos como Lippershej, en Middleburgo, in- 
ventó probablemente hacia 1590, en unión con su padre 
Hans Jansen, el microscopio compuesto que tiene por ocu- 
lar un cristal divergente; pero según el testimonio de Bo- 
reel no descubrió el telescopio hasta el año 1610; j tanto 



— IIQH — 

él como sus amigos dirigían este instrumento hacia puntos 
de la tierra lejanos j no iiácia el Cielo. El auxilio que se 
encontró en el microscopio para profundizar la naturaleza 
de todos los cuerpos orgánicos , estudiando su forma v el 
m.ovimieato de sus partes, la influencia ejercida por el te- 
lescopio sobre la abertura súbita de los espacios del Mundo, 
lian ido en importancia mucho mas allá de lo que pudiera 
creerse, tanto que la historia de estos inventos sin duda 
merecía que se entrara en algunos detalles. 

Cuando el anuncio del descubrimiento hecho en Holan- 
da de una nueva vista por medio del telescopio, se estendió 
por Venecia en el mes de majo* de 1609, en cuja ciudad 
se hallaba casualmente (ialileo, adivinó todo lo que habia 
de esencial en la composición de dicho instrumento, j es- 
tableció él mismo uno en Padua (43). Al principio lo diri- 
gió hacia las montañas de la Luna, enseñó la manera de me- 
dir la altura de sus vértices, j esplicó, según lo hablan 
hecho ja Leonardo de Vinci j M(pstlin, el color ceniciento 
de la Luna por la luz que el Sol envia á la Tierra j que la 
Tierra envia á su satélite. Observó con instrumentos de- 
menos alcance, el grupo de las pié jadas, el conjunto este- 
la? que forma el Pesebre en Cáncer, la via láctea j el gru- 
po de estrellas de la cabeza de Orion . Desde entonces se su- 
cedieron con rapidez los grandes descubrimientos de los 
cuatro satélites de Júpiter, de las dos asas de Saturno, ó, en 
otros términos, del anillo que aun no se habia visto, sino 
confusamente j sin comprender bien su naturaleza , de las 
manchas del Sol j del creciente de Venus. 

Las lunas de Júpiter , primeros planetas secundarios 
que han sido descubiertos con ajuda del telescopio, fueron 
reconocidos casi simultáneamente j sin comunicación algu- 
na entre los observadores, el 29 de diciembre de 1(509, por 
Simón Mario en Ansbach, j el 7 de enero de 1610, por 
Galileo en Pádua. Galileo se adelantó al Mundus Jovia/is. 



— 300 — 

de Simón Mario , pul>licando el Nuncins Sirkrcus (1610), 
•en el cual está consignado aquel descubrimiento (44). Ma- 
rio liabia propuesto el nombre de Si^km Brandenhurgica 
para los satélites de Júpiter; Galileo prefirió los de /Sükra 
Cósmica 6 Medicea, el último de los cuales obtuvo natural- 
mente mas favor en la corte de Florencia. Pero este nombre 
colectivo no pareció todavía adulación bastante bumilde. 
En vez de designar cada uno de los satélites por cifras, 
como lo hacemos boj, Mario los llamaba, lo, Europa. Ga- 
nimedesjCalisto; ven lugar de esos seres mitológicos figura- 
ron en la nomenclatura de Galileo los diferentes miembros 
•de la familia de los Médicis, Catalina, María, Cosme el Ma- 
j'or j Cosme el Menor. 

El conocimiento de los satélites de Júpiter v de las fa- 
ses de A'enus fue de la major influencia para el estable- 
cimiento j propagación del sistema de Copérnico. El i^q- 
(ineño Hundo de Jvfiter (Mundus Joi-¡al¡s) ofrecía á la 
inteligencia una imagen completa del gran sistema plane- 
tario j solar. Observóse que los satélites obedecían á las le- 
ves descubiertas por Keplero, j ante todo, que los cuadrados 
de los tiempos necesarios para su revolución son propor- 
cionales á los cubos délas distancias medias que separan áios 
planetas secundarios del planeta principal. Por eso Keplero, 
€n su libro de Ib. Armonía de/ Hundo, esclama con esa firme 
confianza j esa seguridad que inspiran á un Alemán las li- 
bres especulaciones de la filosofía : «Ochenta años han pa- 
sado desde que puede leerse sin obstáculo la doctrina de Co- 
pérnico sobre el movimiento de la Tierra v la inmovilidad 
del Sol (45), porque al cabo se ha^creido lícito disputar so- 
bre las cosas naturales j esclarecer las obras de Dios: aho- 
ra que se han descubierto nuevos documentos , desconocidos 
á los juicios eclesiásticos, en apoyo de esta doctrina se os 
prohibe la propagación del verdadero sistema del Mundo!» 
Tiempo hacia cue aun en las regiones protestantes de Ale- 



— 310 — 

manía había podido Keplero observar esta proliibícíoDy 
consecuencia de la antigua lucha empeñada entre la Iglesia 
j la ciencia de la Naturaleza (46). 

El descubrimiento de los satélites de Júpiter señala una 
época siempre memorable para la historia j las vicisitudes 
de la Astronomía (47). Los eclipses de los satélites, su in- 
mersión en la sombra de Júpiter, nos han llevado á medir 
la velocidad de la luz (1675), y á esplicar por consiguiente 
el eclipse de aberración de las estrellas fijas (1727), por la 
cual se refleja, por decirlo así, el movimiento anual de la 
Tierra alrededor del Sol. Estos descubrimientos de Roemer 
j de Bradlej han sido llamados con razón la llave de la 
bóveda del sistema de Copérnico^ la demostración material 
del movimiento de traslación de la Tierra. 

Muy luego también , desde el mes de Setiembre- 
de 1(512^ reconoció Galileo de qué importancia podían ser 
los eclipses de los satélites de Júpiter para determinar las 
longitudes en la tierra firme. Primero presentó este méto- 
do á la corte de España, en 1616, y mas tarde á los Es- 
tados Generales de Holanda , aplicándolo esta vez á le- 
navegación (48), pero sin preocuparse mucho de las insu- 
perables dificultades que ofrece la práctica de un método 
semejante en un elemento tan movible. Proponíase cons- 
truir por sí propio cien telescopios j llevarlos á España , 6 
enviar con ellos á su hijo Vicencío ; pidiendo por recom- 
pensa «una croce di S. lago,» con el sueldo de 4,000 es- 
cudos, suma módica , según él , si se tiene en cuenta que 
le habían prometido en un principio, una renta de 6,000» 
ducados en la casa del cardenal Borgia. 

Después del descubrimiento de las lunas de Júpiter, 
observóse bien pronto la pretendida triplicidad de Saturna 
(planeta tergeminus). Desde el mes de noviembre de 1610^, 
Galileo comunicaba á Keplero que «Saturno se compone de 
tres estrellas que se tocan respectivamente.» En esta obser^ 



— 311 — 

vacion germinaba el descubrimiento del anillo de Saturno. 
Hevelio describía en 165(j las variaciones que esperimentó 
la forma de aquel planeta, la abertura desig-ual de las asas 
j su completa desaparición en ciertas épocas. Sin embar- 
go, el mérito de haber esplicado científicamente todas las 
apariencias del anillo de Saturno, pertenece á Hujgens 
(16.")5), el cual, participando de la desconfianza de su 
tiempo, ocultó su descubrimiento bajo un anagrama com- 
puesto de 88 letras. Domingo Cassini fué el primero que 
vio la línea negra que divide el anillo, j reconoció que se 
compone por lo menos de dos anillos concéntricos (1684). 
He reunido aquí todas las observaciones á que ba dado ma- 
teria, durante el intervalo de un siglo, aquel de los cuerpos 
celestes que ofrece la forma mas singular é inesperada, j 
cujo conocimiento ha podido llevar á ingeniosas conje- 
turas sobre la formación primitiva de los planetas j de sus 
satélites. Las manchas del Sol fueron observadas por pri- 
mera vez con ajud'a de telescopio, por Juan Fabricio, habi- 
tante de la Frisia oriental , j por Galileo, en Pádua ó en 
Venecia, según la narración mas acreditada. Fabricio tomó 
acta de su descubrimiento en el mes de junio de 1611 , y 
se adelantó ciertamente en un año á Galileo , que no dio á 
conocer el sujo hasta el 4 de majo de 1612, en una carta 
dirigida al burgomaestre Marcos Welser. Las primeras ob- 
servaciones de Fabricio datan, según un minucioso examen 
de Arago, del mes de marzo de 1611 (49); empezaron á fines 
de 1610, si ha de creerse á David Brewster. Cristóbal 
Scheiner hace remontar las su jas al mes de abril de 1611, 
por mas que no se entregase probablemente j de un modo 
serio á esta investigación hasta el mes de octubre del mis- 
mo año. Respecto de Galileo solo poseemos datos muj os- 
curos j poco contestes. Es probable que reconociese las 
manchas del Sol en el mes de abril de 1611 , porque las 
hizo ver públicamente en el monte Quirinal , en el jardin 



— 312 — 

del cardenal Bandiai,. los meses de abril y majo del diclio 
año. Harriot, que según el barón de Zach, habla descu- 
bierto las mancbas del Sol el 16 de enero del año preceden- 
te, es cierto que observó tres de esas mancbas el 23 de 
diciembre de 1610 , indicando su lugar en un registro de 
observaciones , pero sin pensar que babia visto las man- 
cbas del Sol , á la manera que Flamstead y Tobías Majer, 
el uno en 23 de diciembre de 1690, v el otro en 25 de se- 
tiembre de 1756, que no imaginaron tampoco quebabian visto 
un planeta cuando Urano pasaba por el campo de sus telesco- 
pios. Eli. °de diciembre de 1611 fué cuando por primera vez 
reconoció en realidad Harriot las mancbas del Sol, cinco meses 
después, por consiguiente, de baber publicado Fabricio su 
descubrimiento. Galileo advierte ja que las mancbas del 
Sol, «mucbas de las cuales esceden en estension al mar Me- 
diterráneo y aun al África v Asia,x> se presentan en una 
zona determinada del disco solar. Asimismo observa que á 
veces reaparecian dichas mancbas , convenciéndose de 
que pertenecían al cuerpo mismo del Sol. La diferencia de 
sus dimensiones en el centro de este astro, v cerca del bor- 
de donde desaparecen , fijó particularmente su atención. 
Sin embargo, vo no bailo nada en la notable carta que es- 
cribió á Marcos Welser el 14 de agosto de 1612_, por lo que 
pueda suponerse que ba va observado la desigualdad de la 
penumbra en los dos lados del núcleo oscuro. Esta preciosa 
observación estaba reservada á Alejandro AVilson , y data 
únicamente del año 1773. El canónigo Tarde en 1620, j 
Maupertuis, en 1633, atribulan todas las mancbas del Sol 
á pequeños cuerpos celestes que, moviéndose alrededor de 
él, interceptaban su luz, j á los cuales llamaron los astros 
de Borbon j de Austria (Borbonia et Austríaca sldera) (50). 
Fabricio admitía, como Galileo, que las mancbas pertene- 
cen al cuerpo mismo del Sol (51). Habla notado también 
que las que se velan en un principio desaparecían j volvían 



— 313 — 

á aparecer mas tarde. Esas alternativas le llevaron á cono- 
cer la rotación del Sol, supuesta ja por Keplero antes del 
descubrimiento de las manchas. Sin embargo, las determi- 
naciones mas exactas sobre la duración de la rotación per- 
tenecen á Scheiner. Desde que se ha reconocido que la sus- 
tancia, en el estado de ignición mas intensa que havan podi- 
do producir hasta aquí los hombres, la cal viva en ignición 
€n la lámpara de Drummond, aparece negra como una man- 
cha de tinta , cuando se projecta sobre el disco del Sol , no 
debemos estrañar que Galileo , que sin duda alguna ha sido 
el primero en describir las grandes fáculas del Sol, ha va 
tenido á la luz del foco formada en el centro de las manchas 
solares, por mas intensa que la de la Luna llena ó la de la at- 
mósfera que rodea el disco del Sol (52). Hállanse ja en ios 
escritos del cardenal Nicolás de Cusa, á mediados del si- 
glo XV, hipótesis sobre las atmósferas sucesivas del aire, 
de nubes j de luz que rodean el núcleo sólido j, por decirlo 
así, terrestre del Sol (53). 

Para cerrar el ciclo de estos admirables descubrimientos, 
ciclo que abarca apenas dos años_, jen cujo centro brilla 
el nombre inmortal del gran Florentino , debo mencionar 
también las fases de Venus. Desde el mes de Febrero de 1610 
vio Galileo á este planeta bajo la forma de media luna ; v 
de la manera que hemos indicado antes ocultó el 11 de di- 
ciembre de 1610 este importante descubrimiento bajo un 
anagrama del cual ha hablado Keplero en el principio de su 
Dióptrica. Cree también, á pesar de la insuficiencia de su 
telescopio, haber apercibido algo de las fases de Marte, se- 
gún lo que escribía á Benedicto Castelli el 30 de diciembre 
de 1610. El fenómeno de Venus,, apareciendo como la Luna 
bajo la forma de creciente, aseguró el triunfo de Copérnico. 
La necesidad de las fases no podia ciertamente ocultarse á 
■este gran astrónomo, que discute en detalle en el capítu- 
lo 10 de su primer libro las dudas que los modernos partí- 



— 314 — 

darios de las opiniones platónicas suscitaron con motivo dé 
las fases, contra los principios de Tolomeo acerca de la es- 
tructura del Mundo; pero en el desarrollo de su propio siste- 
ma, Copérnico no se esplica en particular sobre las fases de 
Venus, diga de ello lo que quiera Tomás Smith en su Óptica. 
Los progresos hechos en la ciencia del Mundo , cuja 
cuadro desgraciadamente no puede librarse por completo de 
enojosas controversias acerca de la propiedad de los descu- 
brimientos, j particularmente las conquistas de la Astrono- 
mía física, merecieron tanto major favor, cuanto que antes, 
de la invención del telescopio (1608) acababan de realizarse 
en el cielo g-randes acontecimientos, 36, 8 j 4 años antes, 
liabian escitado la atención j el asombro de los pueblos, 
la aparición j la estincion repentina de tres astros nuevos 
en Casiopea (1572), en el Cisne (1600), y en el pié del 
Serpentario (1604). Todos estos astros eran mas brillan- 
tes que las estrellas de primera magnitud^ y el que Ke- 
plero observó en el Cisne, resplandeció veintiún años en 
la bóveda del cielo durante todo el período de los descubri- 
mientos de Galileo. Cerca de trescientos cincuenta años han 
pasado después, y no ha aparecido ninguna nueva estrella 
de primera ó de segunda magnitud; porque el notable fenó- 
meno de que fué testigo Juan Herschel en 1837, en el he- 
misferio delSud, no era sino un desarrollo escesivo déla 
intensidad luminosa de la estrella de segunda magni- 
tud n de Argos, conocida de mucho tiempo aunque sin ha- 
ber observado que fuese cambiante (54). Con qué fuerza 
solicitaron la curiosidad, aumentaron el interés de los descu- 
brimientos astronómicos, y hasta provocaron combinaciones 
imaginarias el aspecto de los astros nuevos que aparecie- 
ron desde 1572 á 1604, es cosa que puede verse en los es- 
critos de Keplero, y de la que además podemos juzgar por 
los rumores á que dan lugar los cometas visibles á la sim- 
ple vista. Otro tanto sucede con los fenómenos que se pro- 



— 315 — 

ducen en la superficie del gloLo, como los temblores de 
tierra en las comarcas donde rara vez se sienten sus efec- 
tos, la erupción de volcanes inactivos desde muctios años. 
j el ruido de los aereolitos que surcan nuestra atmósfera 
inflamándose en ella: todos estos accidentes vienen á reno- 
var de tiempo en tiempo el interés que inspiran problemas 
todavía mas inesplicables para el vulgo que para los físicos 
sistemáticos. 

Si he citado á Keplero con preferencia en estas conside^ 
raciones sobre los efectos de la contemplación física , e& 
con el fin de recordar cuan unida se encontraba en este- 
grande hombre, dotado de tan maravillosas facultades, 
la tendencia hacia las combinaciones de la fantasía _, con un 
talento notable de observación, con un método de inducción 
severa, con una fuerza de cálculo casi sin ejemplo, j final- 
mente , con una ])rofundidad matemática tal como la ma- 
nifestada en la Stereometria doliofum^ que influjo felizmente 
sobre Fermat, j por medio de él en el descubrimiento dei 
cálculo infinitesimal (55). Por la riqueza j la rapidez de su& 
ideas, por lo atrevido de sus adivinaciones cosmológicas, un 
espíritu como el sujo estaba formado principalmente para 
esparcir la vida á su alrededor j para acelerar el movi- 
miento que empujaba sin descanso al siglo XVII hacia el 
noble objeto de la contemplación j engrandecimiento del 
Mundo (56). 

Los ocho cometas que llegaron á ser visibles á partir 
de 1577, hasta el de Hallej en 1607, así como la súbita 
aparición j la estincion de tres estrellas nuevas, ocurrida 
casi en el mismo período, llamaron la atención de los sabios 
respecto del origen de aquellos cuerpos, compuestos de una 
materia vaporosa j de la nebulosidad cósmica universal— 
mente estendida por el espacio. Keplero creia, como Tjcho^ 
que las nuevas estrellas se hablan formado por la condensa- 
ción de esta nebulosidad, j que se resolverían undiaen la 



— 316 — 

misma sustancia (57). En su discurso escrito en alemán, 
^ohi'e la naturaleza, el movimiento y la significación de los 
-cornetas (1008) estos cuerpos que él se representaba antes de 
haber demostrado el movimiento elíptico de los planetas 
como moviéndose en línea recta, sin volver sobre sí mismos 
ni describir una órbita cerrada, están engendrados ""por el 
aire celeste. Remontándose á las antiguas hipótesis sobre 
la producción sin madre, añade que los cometas nacen «co- 
mo crece la verba sin semilla en cada montón de tierra, 
€omo se producen los peces en el agua salada, en virtud 
de una generación espontánea.» 

Mas feliz Keplero en otras conjeturas, se aventuraba á 
íisentar los principios siguientes : todas las estrellas fijas son 
soles como el nuestro, v están rodeadas de sistemas plane- 
tarios: nuestro cielo se halla envuelto de una atmósfera que 
se manifiesta en los eclipses totales de sol , por una blanca 
corona de luz; nuestro sol está arrojado como una isla en el 
Océano de los mundos, formando el centro de la zona 
de estrellas agrupadas, que llamamos vía láctea (58)'. Ke- 
plero habiatambien conjeturado que el Sol, cujas manchas 
no se hablan reconocido aun, que los planetas v todas las es- 
trellas fijas realizan un movimiento de rotación alrededor 
de su eje. Llegarán á descubrirse, decia, en torno de Sa- 
turno (¿por qué no añadió también en torno de Marte?) sa- 
télites como los que Galileoha descubierto alrededor de Jú- 
piter. En el intervalo bastante considerable que separa á 
Marte de Júpiter, v en el cual conocemos hoj siete asteroi- 
des (59), habia presentido Keplero que debian moverse pla- 
netas invisibles por su estremada pequenez; cierto es que 
también dijo lo mismo respecto de la distancia entre Ve- 
nus y Mercurio. Estas adivinaciones, confirmada? mas 
tarde en gran parte ^ despertaron un interés universal, 
mientras que, por el contrario, el descubrimiento de las tres 
leves que desde Newton j la teoría de la gravitación , han 






inmortalizado el nombre de Keplero , no se menciona por 
ninguno de los contemporáneos, sin esceptuar al mismo 
Galileo con el tributo de elogios que merece (60). Enton- 
ces como sucede todavía boj frecuentemente meras consi- 
deraciones sobre el Mundo, fundadas, no en la observación 
sino en atrevidas analogías, llamaban mas vivamente la 
atención que los resultados mas importantes de la Astro- 
nomía matemática. 

Después de haber trazado el cuadro de los importantes 
descubrimientos que en tan corto número de años han 
engrandecido el conocimiento de los espacios celestes, no 
puedo olvidar tampoco los progresos realizados en la Astro- 
nomía física, que han ilustrado la segunda mitad del 
gran siglo. El perfeccionamiento del telescopio trajo el 
descubrimiento de los satélites de Saturno, el sesto de los 
cuales señaló por primera vez Hujgens^ el 25 de marzo 
de 1655, ajudado de un objetivo que él mismo fabricó, 
cuarenta j cinco años después de haberse reconocido la 
existencia de los satélites de Júpiter. Compartiendo con 
muchos astrónomos de su tiempo la preocupación de que el 
número de los satélites no puede esceder al de los planetas, 
no intentó ir mas allá en sus investigaciones (61). Las cua- 
tro lunas de Saturno, que recibieron el nombre de Sidera 
Ludovicea, fueron descubiertas por Domingo Cassini en el 
orden siguiente: en 1671 la 7.% es decir, la mas lejana, 
que ofrece grandes variaciones en la intensidad de su luz; 
en 1672, la 5.'; j la 4.' j la 3.' en 1684, con objetivos de 
Campani que no tenian menos de 100 á 136 pies de foco. 
Guillermo Herschel descubrió con er auxilio de su gigan- 
tesco telescopio, las dos mas interiores, es decir, la 1." y la 
2." mas de un siglo después, en 1788 j en 1789. Entre 
los satélites de Saturno, el último que acabamos de nom- 
brar ofrece el notable fenómieno de que describe su revolu- 
ción alrededor del planeta principal en menos de un dia. 



— 318 — 

Poco tiempo después de que Hu vgens hubiese descu- 
bierto uno de los satélites de Saturno , observó Childre j 
desde 1658 á 1661, la luz zodiacal; pero el primero que 
determinó su lugar j su estension fué Domingo Cassini, 
que no creia que esta luz formara parte de la atmósfera 
solar, mirándola como un anillo nebuloso que gira aislada- 
mente alrededor del Sol (62), cual lo pensaron después de 
.Schubert_, Laplace j Poisson. Después del descubrimiento 
de los planetas secundarios j del anillo concéntricamente 
dividido que envuelve á Saturno sin tocarle, las conjetu- 
ras sobre la existencia probable del anillo nebuloso del zo- 
diaco merecen contarse entre las causas que mas han con- 
tribuido á engrandecer las miras sobre el sistema planetario, 
tan sencillo en apariencia hasta allí. En nuestros dias, las 
órbitas entrelazadas de los pequeños planetas comprendidos 
entre Marte j Júpiter; los cometas interiores, cuja propie- 
dad característica señaló por primera vez Encke, v las llu- 
vias de estrellas errantes que caen en dias determinados 
'(si es que queremos considerarlas como pequeños cuerpos 
<ielestes que se mueven con una velocidad planetaria), han 
añadido nuevos objetos de observación, y juntado á esas 
miras cosmológicas el encanto de una maravillosa diver- 
sidad. 

Las ideas sobre la naturaleza de los espacios del Mundo, 
mas allá del círculo estremo de los planetas j de las órbitas 
de los cometas mas remotos_, j sobre la distribución de la 
materia de la Creación , como se acostumbra á llamar 
todo lo que es j se desarrolla, fueron también considera- 
blemente engrandecidas en el siglo de Keplero j de Galileo. 
En el período que se estiende de 1572 á 1604, durante el 
<iual aparecieron súbitamente tres estrellas nuevas de pri- 
mera magnitud en Casiopea, en el Cisne j en el Serpenta- 
rio, David Fabricio, pastor de Ostell en la Frisia oriental y 
padre del que descubrió las manchas del Sol, v Juan Baver 



— 319 — 

de Aug-sburgo observaron en el cuello de la Ballena, el 
primero en 1596, j el segundo en 1603, una estrella que 
desapareció mas tarde, v cujas variaciones han sido reco- 
nocidas por primera vez en 1638 j 1639 por Juan Pliocy- 
lides Holvarda, profesor de Franeker, según lo ha demos- 
trado Arago en una Memoria muj importante para la histo- 
ria de los descubrimientos astronómicos (63). Este fenómeno 
no se produjo aisladamente; descubriéronse también durante 
la segunda mitad del siglo XVII, estrellas sometidas á cam- 
bios periódicos _, en la cabeza de Medusa^ en el Serpetario 
y en el Cisne. Arago ha hecho ver así mismo de una manera 
muy ingeniosa, que observaciones exactas sobre las fases de 
Algol podrian llevarnos á determinar directamente la ve- 
locidad con que se mueve la luz de esta estrella. 

El uso del telescopio indujo también á los astrónomos á 
observar mas atentamente una clase de fenómenos, de los 
cuales algunos no podian ocultarse ni aun á la simple vista. 
Simón Mario describió en 161*2 la nebulosa de Andrómeda; 
y Huygens trazó en 1656 la imagen de la que se observa 
en la espada de Orion. Estas dos nubes podian mirarse como 
f^jemplos de una condensación mas ó menos adelantada de la 
.materia vaporosa y de la nebulosidad cósmica. Compa- 
-rando Mario la nebulosa de Andrómeda con la luz de una 
bujía que se ve á través de un cuerpo semi-transparente, 
indica muy bien la diferencia que existe entre las nebu- 
losas propiamente dichas y los conjuntos de estrellas mas 
ó menos distintas que observó Galileo, tales como las P'é- 
yadas y el Pesebre de Cáncer. Ya á principios del si- 
glo XVI, algunos navegantes españoles y portugueses ha- 
bian admirado sin el auxilio del telescopio las nubes Maga- 
llánicas que giran alrededor del polo Sud, y de las cuales 
es una como ya he dicho en otra parte, la Mancha llanca 
ó el Buey del astrónomo Abderraman Sofi , que vi vi a eu 
Persia á mediados del síq-Io X. En el Nimcms sidereus 



— 320 — 
aplica Galileo particularmente las denominaciones de Stella? 
nebulosíe, v de Nebulosa? á los grupos de estrellas que, 
según sus palabras, ut mireolce- s]jarsim joercethero. suh- 
ftiJgent. No juzgando que la nebulosa de Andrómeda, que 
en verdad se apercibe á la simple vista , pero en la cual no 
han podido hasta aquí descubrirse estrellas con los instru- 
mentos de mas alcance, merece una atención particular^ 
considera todo lo que tiene apariencias de nube , todas sus 
Nebulosíie- j la misma via láctea, como grupos luminosos 
de estrellas muj juntas unas con otras. No distingue lo 
que es nube de lo que es estrellas_, como hizo Hujgens en 
la nebulosa de Orion. Tales son los débiles principios de lo?> 
grandes trabajos sobre las nebulosas, que han ocupado glo- 
riosamente en ambos hemisferios á los primeros astrónomos- 
de nuestro tiempo. 

Aunque el siglo XVII haya debido la major parte de- 
su gloria, en primer lugar al engrandecimiento repentino 
que recibió de (ialileo y de Keplero el conocimiento de Ios- 
espacios celestes, v después á los progresos realizados en 
las matemáticas puras por Newton j Leibnitz^ no se dejó, 
sin embargo, de tratar j fecundizar, por decirlo así, por 
iin cultivo saludable, la major parte de los problemas de 
física que hoj nos ocupan. Para no quitar á la historia de 
la contemplación del Mundo el carácter que le pertenece,, 
me limito aquí á mencionar los trabajos que han tenido en 
la idea del Cosmos una influencia directa j general. Las- 
teorías del calórico, de la luz j del magnetismo nos traen 
á la memoria desde luego los nombres de Hujgens, de Ga- 
lileo j d3 Gilbert. Estudiando Hujgens en un cristal de 
Isiandia la doble refracción , es decir, la bifurcación de los- 
rajos luminosos, descubrió también en 1678 el modo de la 
polarización de la luz que ha recibido su nombre. Este 
descubrimiento que solo se limitaba á un fenómeno aisla- 
do, se hizo público en 1690, cinco años únicamente an— 



— 321 — 

tes de la muerte del autor; v trascurrió mas de un sig-lo 
antes de que fuera seguido de los £>-randes descubrimientos 
de Malus, de Arago j Fresnel, Brewster v Biot (64). Ma- 
lus encontró en 1808 la polarización por reflexión : v Ara- 
go la polarización cromática en 1811. Desde entonces la 
teoría de las ondas luminosas modificadas de mil maneras 
V enriquecidas con desconocidas propiedades, descubrió á 
las miradas de los físicos todo un mundo de maravillas. Un 
rajo de luz que, partiendo de las regiones mas remotas del 
cielo viene á herir nuestra vista después de un trayecto de 
muchos miles de leguas, anuncia como por sí mismo en el 
polaríscopo de Arago si es reflejado ó refractado, si emana 
de un cuerpo sólido, líquido ó gaseoso, y cuál es el grado de 
su intensidad (65). Siguiendo esta via abierta desde el si- 
glo XVII por Hujgens, aprendemos á conocer la constitu- 
ción del Sol j de su envuelta, á distinguir en las colas de 
los cometas j en la luz zodiacal la luz reflejada de la luz 
propia, á determinar las propiedades ópticas de nuestra at- 
mósfera y los cuatro puntos neutros de polarización des- 
cubiertos por Arago, Babinet y Brewster {^^iS). De este mo- 
do e] hombre se crea por sí mismo órganos que, aplicados 
con inteligencia y penetración, le abren nuevos horizontes 
en el Universo. 

Al'lado de la polarización de la luz es necesario men- 
cionar también el mas sorprendente de todos los fenómenos 
que nos presenta la óptica, las interferencias de que va en 
el siglo XVII Grimaldi y Hooke hablan señalado algunas 
débiles huellas, aunque sin comprender en qué condiciones 
se producían aquellas (67). El descubrimiento de estas 
condiciones, la clara inteligencia de las le jes según las 
cuales rajos de luz no polarizada se destrujen j produ- 
cen la oscuridad, cuando emanados de una misma fuente 
recorren distancias desiguales, es una conquista de los 
tiempos modernos, debida á la penetración de 7'omásYouDg. 

TOMO II. ^l 



— 322 — 

Las lejes de la interferencia aplicadas á la luz polarizada, 
fueron reconocidas en 1816 por x\rago v Fresnel. Merced 
á estos descubrimientos, la teoría de las ondulaciones, emi- 
tida por Hujgens j Hooke, j defendida por Euler, des- 
cansó al fin sobre un fundamento estable. 

Si la segunda mitad del siglo XVII , por haberse des- 
cubierto el secreto de la doble refracción de la luz, fué de 
importancia para los progresos de la óptica, mas vivo res- 
plandor debe aun á las investigaciones esperimentales de 
Newton j al descubrimiento de Olans Rípmer sobre la 
velocidad mensurable de la luz (1675). Medio siglo mas- 
tarde (1728), este descubrimiento permitió á Bradlej con- 
siderar las variaciones que babia comprobado en las posi- 
ciones aparentes délas estrellas, como un efecto. del movi- 
miento de la tierra combinado con la propagación sucesiva 
de la luz. La obra capital de Newton , su 0]Jtica, no apa- 
reció en inglés^ por causas particulares, basta 1704, dos años 
después de la muerte de Hooke; pero se asegura que desde 
los años de 1666 j 1667, aquel grande hombre poseía el 
mas importante de sus principios de óptica, de la teoría de 
la gravitación j del cálculo diferencial (Method of fin- 
xions) (68). 

Para no romper el lazo común que liga entre sí á todas 
las manifestaciones generales j primitivas de la materia, 
seguiremos después de esta mención sucinta de los descu- 
brimientos de Hujgens, de Grimaldi y de Newton en óp- 
tica, haciendo consideraciones acerca del magnetismo ter- 
restre j el calor atmosférico. Estas dos parte de la ciencia 
han sido fundadas efectivamente en el trascurso del siglo 
cu JO cuadro trazamos. La ingeniosa é importante obra de 
(juillermo Gilbert sobre las fuerzas magnéticas v eléctri- 
cas, Phjsiologia nota de magnete, apareció en 1600. Ya h& 
tenido frecuente ocasión de hablar de ella (69). El autor, 
cuja penetración maravillaba á Galileo^ adivinó gran par- 



— 323 — 

te de las cosas que hoj sabemos (70). Considera al magne- 
tismo j á la electricidad como manifestaciones de una sola 
fuerza inherente á toda materia; por lo que trata de ambas 
propiedades ala vez. Verdad es, debemos decirlo, que estos 
confusos presentimientos de los efectos que produce el imán 
sobre el hierro y de la atracción que ejerce el ámbar ani- 
mado^ como dice Plinio, por el calor j el frote sobre pajas 
secas^ pertenecen á todos los tiempos y á todas las razas. 
Los filósofos de la escuela jónica lo mismo que los físicos 
chinos los habian sentido por analogía (71). Lo que á 
Gilbert corresponde es el haber mirado á la Tierra mis- 
ma como un imán, j esplicado las curvaturas de las lí- 
neas de igual inclinación y de igual declinación por la 
distribución , la forma y la estension de los continentes y 
de ios mares que separan dichas masas sólidas. Los cam- 
bios periódicos que afectan á los tres sistemas de líneas por- 
que pueden repi'esentarse gráficamente los efectos magné- 
ticos, es decir, las líneas isoclinicas , las líneas i so g únicas y 
las líneas isodindmicas , se concillan difícilmente con una 
teoría que establece nna relación rigurosa entre la distri- 
bución de la fuerza magnética y la de las masas de tierra 
y de agua , si no se presenta la atracción de la materia 
como modificada también por cambios, igualmente perió- 
dicos, en la temperatura del globo terrestre. 

Gilbert , en su teoría , lo mismo que en la le j de la 
gravitación, tuvo en cuenta únicamente la cantidad de las 
partes materiales _, sin haber mirado á la heterogeneidad 
específica de las sustancias. Merced á esta particularidad^ 
su obra ha tomado aun en los mismos tiempos de Galileo 
V de Képlero un carácter de grandeza que forma época en 
la historia del Cosmos. El inesperado descubrimiento del 
magnetismo de rotación que hizo Arago en 1825, ha de- 
mostrado de hecho que indistintamente toda materia es ca- 
paz de fuerza magnética, j los últimos trabajos de Faradaj 






sol»re las sustancias diamagnéticas, iian venido á confir- 
mar este importante resultado, subordinándole sin embargo 
á ciertas condiciones, va en la dirección meridiana ó ecua- 
torial, ja en el estado sólido, líquido ó gaseoso de los cuer- 
pos. Gilbert tenia uua idea tan clara de la distribución del 
masfnetismo terrestre , que atribuia ja á esta influencia el 
estado magnético de las barras de hierro colocadas en for- 
ma de cruz sobre las antiguas torres de las iglesias (7*2). 

A. pesar de la creciente actividad de la navegación has- 
ta en las latitudes mas remotas , á pesar del perfecciona- 
miento de los instrumentos magnéticos, á que habia que 
añadir desde el año 1576 la aguja de inclinación {jnchnato- 
rium) construida por Roberto Norman de Ratcliffe , hasta 
entrado el siglo XVII no comenzó á generalizarse el cono- 
cimiento de la desviación regular de una parte de las cur- 
vas magnéticas , es decir, de las lineas sin declinación. La 
situación del ecuador magnético , largo tiempo tenido por 
del Ecuador geográfico , no fue objeto de investigación al- 
guna. En algunas ciudades solamente del Oeste j del Me- 
diodía de la Europa , hiciéronse observaciones sobre la 
inclinación. En cuanto ala intensidad del magnetismo ter- 
restre, igualmente variable según los lugares j los tiem- 
pos, Graham intentó, es cierto, medirla en Londres en 172í^ 
por las oscilaciones de la aguja imantada; pero esta espe- 
riencia era incompleta j fue seguida de otro no menos es- 
téril^ hecha por Dorda en 1776^ en su último viaje á las 
islas Canarias. En definitiva, á Lamanon pertenece el ho- 
nor de haber comparado el primero en la espedicion de la 
Perouse en 1785 la intensidad del magnetismo terrestre 
bajo zonas diferentes. 

Tomando por base la gran copia de observaciones sobre 
la declinación hechas ja por Baffiin , Hudson , James Hall 
y Schouten, aunque no todas tuvieran el mismo valor, Ed- 
laond Halle V echó en 1683 los cimientos de su teoría de 



los cuatro polos magnéticos ó puntos de convergencia,, y 
del cambio periódico de la línea magnética sin declinación. 
Para comprobar esta teoría v poner al autor en estado de 
completarla con observaciones nuevas j exactas, el go- 
bierno inglés le mandó hacer tres viajes en el Océano At- 
lántico, desde 1698 á 1702 en un navio que él mismo liabia 
de dirigir. Llegó Hallej en una de estas espediciones hasta 
los 52" de latitud meridional. Su empresa ha formado época 
en la historia del magnetismo terrestre, dando por resultado 
un mapa general de las variaciones en el cual estaban entre- 
lazados por líneas curvas los puntos en que habian recono- 
cido los navegantes iguales declinaciones. Hasta entonces 
creo que no hava mandado un gobierno una espedicion 
marítima^ cujo éxito de importancia indudablemente para 
la práctica de la navegación, tenia á decir verdad, otro 
objeto j debia ser considerado principalmente como un me- 
dio de adelantar el progreso do los conocimientos matemáti- 
cos j físicos. 

En virtud del principio de que un observador atento no 
puede estudiar fenómeno alguno sin considerarlo en sus 
relaciones con algún otro, Hallej de vuelta de sus viajes 
aventuró la conjetura de que la luz boreal es un efecto mag- 
nético. He advertido va en el Cuadro p-eneral de la Naturale- 
za, que el brillante descubrimiento de Faradaj sobre el 
desarrollo de la luz por la acción de las fuerzas magnéticas, 
ha dado á esta hipótesis, emitida en 1714, el valor de una 
certeza esperimental. 

Si queremos estudiar las lejes del magnetismo terres- 
tre con alguna profundidad, es decir, abarcando el vasto 
conjunto de las variaciones periódicas que se verifican en 
las tres clases de curvas magnéticas, no basta observar el 
giro diario j regular de la aguja imantada, j las pertur- 
baciones que puede esperimentar en los observatorios mag- 
néticos que desde 1828 comenzaron á cubrir una parte con- 



— 326 — 

siderable de la superficie del globo al Norte j al Medio- 
día (73); sino que seria preciso enviar cuatro veces por siglo 
una división de tres navios con el encargo de investigar el 
estado del magnetismo terrestre, en cuanto es permitido me- 
dirlo en las regiones del globo cubiertas de agua, j dejando 
entre los esperimentos el menor intervalo posible. Para de- 
terminar el ecuador magnético, es decir, la línea curva en 
la que la inclinación es nula, no deberla atenderse única- 
mente á la longitud geográfica de los nodos, 6 por decirlo de 
otro modo, de los puntos en que esta línea corta al ecuador 
geográfico ; sino que seria preciso cambiar incesantemente la 
dirección del buque j.no abandonar nunca el ecuador mag- 
nético, tal como entonces existiera. Seria necesario tam- 
bién combinar con semejante empresa, escursiones terres- 
tres; j cuando no se pudiera atravesar por completo un 
continente, determinar exactamente por qué punto del lito- 
ral pasan las curvas magnéticas, sobre todo las líneas sin de- 
clinación. Debería concederse una particular atención á dos 
sistemas aislados , cerrados por todas partes, de forma oval, 
compuestos de líneas de declinación casi concéntricas, cuja 
existencia se ha observado en el Asia oriental j en el mar 
del Sud^ bajo el meridiano de las islas Marquesas, con 
el fin de reconocer bien las variaciones de aquellos dos sis- 
temas j su disolución progresiva (74). Desde la célebre es- 
pedicion de sir James Clark Ross hacia las regiones antarti- 
cas (1839-1843), en la cual este viajero, provisto de esce- 
lentes instrumentos, tanta luz difundió sobre el hemisferio 
meridional hasta una corta distancia del polo, v determinó 
esperimentalmente el poloSud magnético; j desde los feli- 
ces esfuerzos de uno de los matemáticos mas grandes de nues- 
tro siglo, mi digno amigo Federico Gauss, para establecer al 
fin una teoría general del magnetismo terrestre , es lícito ja 
esperar que se pensará en satisfacer las numerosas necesida- 
des de la navegación j de la ciencia, v que llegará un dia 



— 327 — 

-en que el plan que tantas veces he propuesto se verá realiza- 
do. ¡Ojalá que pueda servir el año de 1850 de punto de parti- 
da á la colección de todos los materiales necesarios para un 
mapa magnético del mundo; j que los institutos científicos 
de existencia estable , estimen que es de le j para ellos el 
recordar cada veinticinco años á los gobiernos amantes de 
los progresos de la navegación, la importancia de una em- 
presa que solo podrá ser fecunda en resultados felices para 
el conocimiento del mundo, á condición de renovarse du- 
rante una larga serie de años! 

La invención de los instrumentos propios para medir el 
calor, engendró el pensamiento primero de estudiar las 
modificaciones de la atmósfera por una serie de observacio- 
nes metódicas j sucesivas. No hablo de los termóscopos 
construidos por Galileo en 1593 y 1602, que estaban á la 
vez subordinados á los cambios de temperatura j á la pre- 
sión esterior del aire (75). El Diario de la Accademia del 
(jimento^ que durante el corto tiempo de su influencia con- 
tribuyó tanto á aumentar el gusto á los esperimentos regu- 
lares, nos enseña que desde el año 1G41 , en gran número 
de establecimientos con el auxilio de termómetros de alco- 
hol semejantes á los nuestros , se hicieron observaciones 
sobre la temperatura que se renovaban cinco veces al 
■dia (76). Estos esperimentos se practicaban en Florencia, 
«n el convento deglí Angelí^ en las llanuras de la Lombar- 
•día V en las montanas que rodean á Pistoja, j últimamen- 
te en la meseta de Innspruk. El gran duque Fernando II 
encargó este trabajo á los frailes de muchos conventos es- 
parcidos por sus Estados (77). Determinóse también por la 
misma época la temperatura de las fuentes minerales, de 
donde surgieron inumerables cuestiones acerca de la tem- 
peratura de la tierra. Como todos los fenómenos de la Na- 
turaleza j todos los cambios de la materia terrestre están 
relacionados con las variaciones del calor, de la luz v de lu 



— 328- — 

electricidad estática ó dinámica; y como, por otra parte,, 
los fenómenos del calor, por obrar sobre las dimensiones de 
los cuerpos, son los que mas fácilmente se someten ala 
apreciación de los sentidos, resulta de aquí que los instru- 
mentos destinados á medir el calor habían de señalar, como 
ja lie dicho en otro lugar^ una época importante en el des- 
arrollo de la ciencia general de la Naturaleza. La aplicación 
del termómetro j las consecuencias racionales que pueden 
deducirse de las indicaciones que suministra, han abierto 
horizontes no menos vastos que el dominio mismo de las 
fuerzas de la Naturaleza, bien sea que obren estas fuerzas en 
el mar atmosférico, en la tierra firme ó en las capas super- 
puestas del Océano, en las materias inorgánicas ó en los ór- 
ganos vitales de los seres organizados. 

Los efectos del calórico radiante también fueron obser- 
vados con mas de un siíjlo de anterioridad á los o-randes tra- 
bajos de Sebéele , por los miembros ñorentinos de la Aca- 
deüiia del Cimento, empleando en estos esperimentos espe- 
jos esféricos, á cu jo foco se adaptaban cuerpos calientes,, 
aunque no inflamados, j trozos de hielo hasta de 500 libras 
de peso (78). A fines del siglo XVII, Mariotte buscó las pro- 
porciones del calórico radiante á su paso por entre láminas 
de cristal. No podemos omitir estos esperimentos aislados, 
porque la teoría de la irradiación del calor mas tarde es- 
clareció mucho las cuestiones relativas al enfriamiento del 
globo, formación del rocío, j multitud de otros fenómenos 
generales que modifican los climas; asi como también, por- 
que á la maravillosa penetración de Melloni , á reconocer 
el contraste que se observa entre la diatermaneidad de la 
.sal gemma j la del alumbre. 

A las investigaciones sobre el calor del aire, variable se- 
gún las estaciones , la latitud geográfica j la elevación del 
suelo, se unieron bien pronto otras sobre los cambios de la 
presión atmosférica, sobre los vapores contenidos en el aire,. 



— 329 — 

j sobre la sucesión periódica ó lej de rotación de los vien- 
tos ja tantas veces observada. Las juiciosas indicaciones 
deGalileo sobre la presión del aire, sirvieron de base áTor- 
riceili para construir un barómetro _, un año después de 
la muerte de su maestro. En cuanto al hecho de que el 
mercurio bajaba menos en el tubo de Torricelli , al pie de 
una montaña ó de una torre , que en el vértice , fue no- 
tado por primera vez en Pisa por Claudio Beriguardi (79), 
j cinco años mas tarde en Francia á invitación de Pas- 
cal, por su cuñado Perier, que subió al efecto hasta la 
cima del Puj-de-Dome, 840 pies mas alta que el Vesubio. 
Desde entonces nació como por sí misma la idea de aplicar 
el barómetro á la medida de las alturas, idea que quizás des- 
pertó también en el espíritu de Pascal la lectura de una car- 
ta de Descartes (80). No es necesario discutir aquí hasta 
qué punto ha contribuido el barómetro ai progreso del co- 
nocimiento físico de la Tierra j de la Meteorología, ja se 
le considere como instrumento hipsométrico j sirva pa- 
ra determinar parcialmente la configuración de la superfi- 
cie terrestre, ja se le utilice para investigar la influencia 
de las corrientes atmosféricas. La teoría de las corrientes 
atmosféricas 'se constitujó también en sus principios fun- 
damentales antes de finalizar el siglo XVIL Bacon, en su 
célebre obra titulada Historia naturlis et esjperimentalis de 
Venus (1664), ha tenido el mérito de considerar la direc- 
ción de los vientos en sus relaciones con la temperatura j 
loshidrometeoros (81); pero negando la legitimidad del sis- 
tema de Copérnico apojado en argumentos poco matemá- 
ticos, dijo que «nuestra atmósfera podia bien moverse dia- 
riamente al rededor de la Tierra, como el cielo , j dar vida 
así á los vientos del Este que soplan bajo los trópicos.» 

El genio universal de Hooke fue tamibien el que llevd 
á esta materia el orden j la luz (82), reconociendo la in- 
fluencia de la rotación del globo j distinguiendo las cor- 



— 330 — 

rientes de aire caliente j de aire frió, superior la una que 
•va del Ecuador á los polos, inferior la otra que viene de los 
polos al Ecuador. Verdad es que Galileo, en su último Diá- 
logo, habia ja considerado los vientos alisios como un efecto 
de la rotación de la tierra; pero esplicaba la inmovilidad de 
las partes de la atmósfera que resisten en el Ecuador al 
movimiento del globo, por la pureza del aire que no altera 
vapor alguno en las regiones intertropicales (83). Hasta el 
siglo XVIII no recojió Halle j los conocimientos mas razo- 
bles de Hooke, presentándolos de una manera mas detallada 
j satisfactoria, por referirlos á los efectos producidos por la 
velocidad de rotación peculiar á cada zona paralela. Halle j 
se habia ocupado de estas cuestiones con ocasión de su 
larga estancia en la Zona Tórrida, j ja en 1686 tenia 
publicado un escelente trabajo esperimental acerca de la 
propagación geográfica de los vientos alisios (tradewinds, 
monsoons). Es de admirar que en sus espediciones magné- 
ticas no haya mencionado jamás la lej de rotación de los 
vientos, tan importante para el conjunto de la ciencia me- 
teorológica , cuando ja la hablan fijado en sus rasgos ge- 
nerales Bacon j Juan Cristiano Stouren, de Hippolstein, 
que Brewster estima como el verdadero inventor del ter- 
mómetro diferencial (84). 

En la brillante época en que la Filosofía de la Naturaleza 
so fundaba sobre la base de las Matemáticas , no faltaron 
tampoco tentativas on el sentido de estudiar la humedad 
del aire en sus relaciones con les cambios de temperatura 
j con la dirección de los vientos. La Academia del Cimento 
habia tenido la feliz idea de determinar la cantidad de va- 
por contenida en el aire , por medio de la evaporación j de 
la precipitación. El mas antiguo higrómetro florentino fué 
de este modo un higrómetro condensador, en el cual se me- 
dia la cantidad de agua depositada en las paredes á conse- 
cuencia del enfriamiento (85). Además de este higrómetro 



— 331 — 

condensador que, modificado por le Roj, nos ha lleva- 
do insensiblemente á los métodos psicrométricos de Dalton, 
de Daniel j de Augusto, se conocian ja higrómetros ab- 
sorbentes compuestos de sustancias animales j vegetales, 
j construidos por Santori en 1625, por Torricelli en 164(5 
jpor Molineux, á imitación de aquel de que se servia ya 
Leonardo de Vinci (86). Casi al mismo tiempo se emplea- 
ron cuerdas de tripa j briznas de jerba. Estos instrumen_ 
tos, cu JO" principio se fundaba en la absorción de los vapo- 
rescontenidos enel aire por materias orgánicas, se hallaban 
provistos de agujas j de pequeñas pesas en equilibrio , j 
por la manera de estar construidos guardaban mucha se- 
mejanza con el higrómetro de cabellos , de Saussure, j con 
el higrómetro de ballena de Deluc. Pero faltaba á los ins- 
trumentos del siglo XVII puntos fijos de sequedad j de 
humedad, tan necesarios para la comparación j la inteli- 
gencia de los resultados, j que Regnault acabó por deter- 
minar. Otro inconveniente , aunque menos grave, tenian 
también dichos instrumentos, j era el temor de que las 
sustancias higrométricas perdiesen su sensibilidad con el 
tiempo. Pictet ha reconocido que un cabello de una momia 
guancha de Tenerife, de milanos quizás de antigüedad, 
era aun bastante sensible para funcionar en un higrómetro 
de Saussure (87). 

El fenómeno de la electricidad fué considerado por 
Guillermo Gilbert como el efecto de una fuerza particular, 
aunque muj análoga á la fuerza magnética. El libro en 
que está espresado este pensamiento , j en el cual encon- 
tramos por primera vez las palabras de fuerza eléctrica, flui- 
do eléctrico, atracción eléctrica, es una obra de la que hemos 
hablado con frecuencia, \2.Fisiolofjia del imán y delgloho ter- 
restre considerado como vm (/van imán (De magno magneto Te- 
llure), que apareció el año 1600 (88). «La propiedad de atraer 
materias ligeras ó reducidas á polvo, dice Gilbert, cualquie- 



— 332 — 

' ra que sea su naturaleza, no es peculiar del ámbar, que no 
es mas que un jugo mineral solidificado que arrastran las 
olas del mar, j en el que los insectos alados _, las hormigas 
y los gusanos están aprisionados como en sepulcros eternos 
(leternis sepulcris). Esta fuerza de atracción pertenece á 
una clase entera de sustancias mu j diferentes , tales como 
el vidrio, el azufre, el lacre j todas las resinas, el cristal de 
roca j todas las piedras preciosas, el alumbre y la sal gem- 
ma.» Gilbert mide la fuerza de la electricidad obtenida^ por 
medio de una pequeña aguja de una sustancia distinta del 
hierro, que se mueve librem.ente sobre un eje (versorium 
electricum) j en todo semejante al aparato de que se sirvie- 
ron Hauj V Bre^yster para hacer la prueba de la fuerza 
eléctrica en los minerales frotados j calentados. «El frota- 
miento, añade Gilbert, produce efectos mas sensibles en el 
aire seco que en el aire húmedo. El frotamiento en las telas 
de seda es mas eficaz que en ninguna otra sustancia. El glo- 
bo terrestre forma un todo cujas partes están unidas en 
virtud de una fuerza eléctrica (globus telluris per se electri- 
ce congregatur et cohseret) ; porque la electricidad tiende á 
amontonar já reunir la materia (motus electricusest motus 
coacervationis materiiie.j» En estos oscuros axiomas está es- 
presada la concepción de una eleciricidad terrestre^ de una 
fuerza que , como el magnetismo, pertenece á la materia 
en cuanto que es materia. Respecto de la fuerza repulsiva 
j de la diferencia de los cuerpos conductores ó no conduc- 
tores, nada se hablaba todavía. 

Otto de Guerike, inrgenioso inventor de la máquina neu- 
mática, no se limitó á observar simples fenómenos de atrac- 
ción; sino que haciendo esperimentoscon un bastón de azu- 
fre frotado, reconoció los efectos de la repulsión j algunos- 
otros que trajeron mas tarde el descubrimiento de las le- 
jes según las cuales obra j se distribuye la electrici- 
dad. Ojó el primer ruido j vio la primera chispa de una 



— 333 — 

detoDaciou eléctrica que él mismo Labia provocado. En un 
esperimento hecho en 1675 por Newton, se manifestaron 
las primeras señales de la carga eléctrica, en una superficie 
de vidrio frotado (89). Nos hemos contentado con investigar 
los gérmenes de donde ha salido la ciencia de la electri- 
cidad, que, en su vasto v tardío desarrollo, no ha llegado 
solo á ser una de las ramas mas importantes de la Meteoro- 
logia, sino que nos ha ilustrado acerca de los resortes in- 
teriores que ponen en juego las fuerzas de la Tierra^ desde 
el momento que se ha reconocido que el magnetismo es 
simplemente una de las formas múltiples de la electricidad. 

xlunque va Wall en 1708, Esteban Grav en 1734 v 
Nollet, hubiesen sospechado la identidad del relámpago y 
la electricidad producida por el frotamiento^ hasta me- 
diados del siglo XVIII no se pudo obtener sobre este punto 
una certeza esperimental , merced á los felices esfuerzos 
del insigne Benjamin Franklin. Desde ese momento, los 
fenómenos eléctricos salieron del dominio demasiado es- 
trecho de la Física especulativa para colocarse entre los 
objetos de la contemplación universal del Mundo ; aban- 
donaron el gabinete del sabio para producirse á la luz del 
dia. Con la electricidad ha sucedidolo que con la óptica v el 
magnetismo : largos períodos han trascurrido sin produ- 
cirse en ellas desarrollos sensibles, hasta que los trabajos de 
Franklin j de Volta, de Tomás Young, de Malus, de Oers- 
ted j de Faradaj escitaron en el ánimo de sus contempo- 
ráneos una actividad maravillosa respecto de aquellas tres 
ciencias. Los progresos del conocimiento humano están su- 
jetos á tales alternativas de letargo j de súbito despertar. 

Si como antes he esplicado, las condiciones relativas de 
la temperatura, las variaciones de la presión atmosférica y 
los vapores contenidos en el aire llegaron á ser objetos 
especiales de investigaciones directas , merced á la inven- 
ción de instrumentos apropiados á estos esperimentos, 



— 334 — 

aunque muj imperfectos todavía, j á la penetración de 
Galileo, de Torricelli y de los miembros de la Academia del 
Cimento^ todo lo que se refiere á la composición Química de 
la atmósfera quedó, por el contrario, envuelto entre tinie- 
blas. Cierto es que los principios de la química neumática 
habian sido asentados por Juan Bautista Van-Helmont j 
Juan Rej, de 1600 á 1650; por Hooke, Mavow, Bojle j 
el sistemático Becher, en la segunda mitad del siglo XVIL 
Habíase llegado á formar una idea exacta de fenómenos 
aislados j de sujo importantes, j este era ja un gran 
paso; pero faltaban aun puntos de vista sintéticos. Y era 
que la antigua creencia en la simplicidad elemental del aire, 
que obra á la vez sobre la combustión , la oxidación de los 
metales j la respiración, aparecia como obstáculo difícil de 
vencer. 

Los gases inflamables ó los que apagan los cuerpos en 
ignición en las grutas j escavaciones de las montañas 
(spíritus letales de Plinio) , la exhalación de estos gases en 
forma de burbujas, en los pantanos j en las fuentes mine- 
rales (Grubenwetter j Brunnengeister), babian fijado ja 
la atención de Basilio Valentin , Benedictino de Erfurdt, 
que según todas las probabilidades vivió á fines del si- 
glo XV, j de Liberio, admirador de Paracelso (1612). 
Comparábanse las observaciones que nabian podido hacerse 
por casualidad en los laboratorios de alquimia, con las mez- 
clas que se veian del todo preparadas en los grandes talleres 
de la Naturaleza, j especialmente en el interior de la Tier- 
ra. La esplotacion de las minas, principalmente de las de 
hierro sulfurado, calentadas por la oxidación j la electrici- 
dad directa, hizo presentir la afinidad química que se ma- 
anifiesta al contacto del aire esterior entre los metales j el 
oxígeno. Ya Paracelso, cu jos delirios coinciden con la pri- 
mera conquista de América^ observaba el desprendimiento 
de gases durante la disolución del hierro por el ácido sulfú- 



— ^35 — 
rico. Van HelmoDt, el primero que empleó la palabra y^í^ 
distingue los gases del aire atmosférico, j aun de los vapo- 
res, en razón de su no compresibilidad. Las nubes son para 
él vapores que pasan al estado de gas cuando el cielo está, 
sereno «por efecto del enfriamiento jde la influencia de los 
astros;» j los gases no podían fundirse en agua sino á con- 
dición de haber sido transformados en vapor previamente. 
Tal era el estado de los conocimientos sobre los fenómenos 
meteorológicos en la primera mitad del siglo XVII. Van 
Helmont no conocía aun el medio bien sencillo de recoe-er y 
poner aparte su j7¿í5 si/hesíre; nombre bajo el cual comprendía 
todos los gases no inflamables que no pueden alimentar ni la 
llama ni la respiración, j son distintos del aire atmosférico 
puro. Sin embargo, habiendo hecho arder una luz dentro de 
un vaso sumergido en agua, observó que cuando se apagaba 
la llama subia el agua en el vaso j disminuía el vohímeii 
(¡el aire. Van Helmont intentó también probar por determi- 
naciones de densidad, como sabemos que ja lo había he- 
cho Gerónimo Cardaño, que todas las partes sólidas de las 
sustancias vegetales están formadas por el agua. 

Las conjeturas propuestas por los alquimistas de la edad 
medía acerca de la composición de los metales y de la al- 
teración producida en su brillo por la combustión al con- 
tacto del aire, es decir, por la transformación en cenizas, en 
tierra ó en cales, dieron la idea de investigar las circunstan- 
cias que acompañan á este fenómeno, j los cambios que es- 
perimentan en ese caso los metales j el aire que se combina 
con ellos. Ya Gerónimo Cardaño habia observado en 1553 el 
aumento de peso que recibe el plomo al oxidarse, j penetra- 
do de la fabulosa teoría del jlogistico , lo atribujó al des- 
prendimiento de una materia ígnea j celeste que debería te- 
ner la propiedad de aligerar los cuerpos. Hasta ochenta años- 
mas tarde Juan Rej de Berguerac, esperímentador mu j há- 
bil, autor de observaciones muj exactas acerca del aumento. 



3i\ '» 

de peso que reciben, el plomo, el estaño y el antimonio me- 
tálicos, oxidados, no presentó el importante resultado de 
que este aumento era debido á la combinación del aire con 
el metal que se oxida. «Respondo j sostengo, decia, que 
este aumento de peso proviene del aire que ha ja estado con- 
tenido en el vaso (90).» 

Habíase entrado por fin en la senda que debia condu- 
cirnos á la química moderna, j por ella, al descubrimiento 
de un fenómeno importante para el conocimiento del Mundo, 
al descubrimiento de la relación que existe entre el oxíge- 
no contenido en el aire j la vida de las plantas. Pero el pro- 
blem.a se presentó al principio al entendimiento de los hom- 
bres eminentes en términos singularmente complicados. A 
fines del siglo XVII se abrió paso una creencia, confusamen- 
te indicada aun en la Microgra^hia de Hooke (1665), pero 
que se dibujó mas claramente en Majow (1669) v Willis 
(1671). Esta opinión consistía en admitir la existencia de 
partículas salitrosas en el aire (spiritus nitro-aereus, pabu- 
ium nitrosum) idénticas á las que forman la base del salitre, 
j que debian ser el elemento esencial en el fenómeno de la 
combustión. Entonces se comenzó á afirmar que la estinciou 
de la llama en un espacio cerrado no depende de que el ai- 
re esté saturado por los vapores que emanan del cuerpo 
inflamado, sino que resulta de la completa absorción del spi- 
ritns nitro oereus ó principio salitroso contenido originaria- 
mente en el aire. La inflamación repentina que se produce 
cuando se arroja salitre fundido sobre ascuas, en razón del 
oxígeno que de él se desprende _, v lo que se llama des- 
composición del salitre en el crisol arcilloso en contacto con 
la atmósfera, contribu veron á propagar aquella opinión. 
Según Ma vow, las partículas salitrosas del aire son el prin- 
cipio de la respiración de los animales, v tienen por efec- 
to la producción del calor animal v la purificación de la 
■sangre, que de negra pasa á roja, j son también las que 



— 337 — 

hacen posibles la combustión de todos los cuerpos y la cal- 
cinación de los metales; desempeñando por último^ el papel 
del oxígeno en la química antiflogística. El circunspecto 
Roberto Bojle confesaba verdades, que la combustión no 
puede tener lugar sin la presencia de uno de los elemen- 
tos que concurren á formar el aire atmosférico; pero no 
se atrevia á determinar si aquel principio depende ó no de 
la naturaleza del salitre. 

El oxígeno era para Hooke y Majow un objeto imagi- 
nario, una ficción del espíritu. Hales, profundo químico y 
versado al propio tiempo en la fisiología de las plantas, fué 
el primero que vio en el año 1727 desprenderse el oxíge- 
no en gran cantidad bajo la forma gaseosa, de una masa 
de plomo que babia calentado basta una temperatura muy 
elevada para transformarla en minio. Hales vio desprender- 
se el gas, sin investigar su naturaleza, y sin observar la 
influencia que podia tener sobre la llama; ni sospechó la 
importancia de la sustancia que habia preparado. Priest- 
lej, de 1772 á 1774, Sebéele, de 1774 á 1775, Lavoisier 
y Trudaine, en 1775 también fueron los primeros, que ob- 
servaron la major intensidad de la llama en el gas oxíge- 
no y las demás propiedades de este fluido. Muchos afirman 
que estos descubrimientos simultáneos se efectuaron con 
completa independencia unos de otros (91). 

Hemos trazado históricamente los principios de la quí- 
mica neumática, porque juntamente con los de la teoría 
de la electricidad, han preparado las grandes considera- 
ciones que se produjeron en el siglo siguiente sobre la 
constitución de la atmósfera y los fenómenos meteorológi- 
cos. La idea de gases específicamente distintos no fué nunca 
esclarecida hasta el siglo XVll ni aun para los químicos 
que los producian. Comenzóse de nuevo á atribuir la dife- 
rencia que existe entre el aire atmosférico y el aire no res- 
pirable é inflamable, á la acumulación de ciertos vapores. 

TOMO 11 22 



— 338 — 

Black j CavendisK demostraron en 1766, por primera vez, 
que el ácido carbónico, ó aire fijo, j el hidrógeno, ó aire 
inflamable, son fluidos aeriformes específicamente distin- 
tos; todo ese tiempo habia sido necesario para destruir e^ 
obstáculo que oponia á los progresos de la ciencia la anti- 
gua creencia en la simplicidad elemental de la atmósfera. 
La solución definitiva del problema concerniente á la com- 
Dosicion química del aire es uno de los mas brillantes des- 
cubrimientos de la Meteorología moderna, y á Boussingault 
V Dumas corresponde la gloria de haber determinado con 
la major exactitud la cantidad relativa de las diferentes 
partes de que se compone. 

Estos progresos de la Física j de la Química, que hemos 
trazado parcialmente, no podian menos de influir en el 
primer desarrollo de la Geognosia. Gran número de cues- 
tiones geognósticas, cuja solución aun hoj está pendiente, 
se suscitaron por el gran anatómico danés Stenson (Nic. 
Steno), hombre dotado de vastísimos conocimientos j á 
quien el gran duque de Toscana Fernando II llamó á su 
-servicio; por el médico inglés Martin Lister, j por el «digno 
■rival de Newton» Roberto Hooke (92). He tratado detalla- 
damente en otra obra los servicios prestados por Stenson á 
la (¡eognosia de "posición 6 de yacimiento (93). Verdad es 
que va en el siglo XV, Leonardo de Vinci , probable 
mente al tiempo que hacia construir en Lombardía canales 
que atravesaban terrenos de trasporte y de capas tercia- 
rias; que Fracastor en 1517, con motivo del descubrimien- 
to casual de rocas que contenian un gran número de peces 
en el monte Bolea, cerca de Verona ; j que Bernardo Pa- 
lissj, por último, en sus investigaciones de 1563 acerca de 
las aguas vivas , reconocieron las huellas , todavía subsis- 
tentes, de un mundo oceánico que habia dejado de existir. 
Leonardo de Vinci, que tenia el presentimiento de una di- 
visión mas filosófica de las formas animales, llama á las con- 



— 339 — 

chas «animali che hanDo Fossa di fuori.» En la obra de 
Stenson de 1669, acerca de las materias contenidas en las 
rocas [De Solido intra Solidnm naiiiralikr contentó)^ distin- 
gue «las capas primitivas que se solidificaron antes del 
nacimiento de los animales j de las plantas, j que por lo 
tanto no contienen nunca restos orgánicos , de las capas de 
sedimento superpuestas unas á otras (turbidi maris sedi- 
menta sibi invicem imposita), que cubren los restos de or- 
ganizaciones destruidas. Todas las capas que contenian fó- 
siles estaban en un principio dispuestas horizontalmente; 
su inclinación fué debida mas tarde , parte á la erupción 
<le los vapores subterráneos que produce el foco central de 
la Tierra (ignis in medio terne), parte al hundimiento de 
las capas inferiores, demasiado débiles para soportar se- 
mejante peso (94). Los valles son el resultado de este tras- 
torno. 

La teoría de Stenson sobre la formación de los valles, 
es la de Deluc; Leonardo de Vinci, por el contrario, de 
acuerdo en esto con Cuvier, piensa que los valles han sido 
escavados poco á poco por los torrentes (95). Stenson re- 
conocia en la constitución geognóstica del suelo de la Tos- 
cana, la señal de las revoluciones que deben referirse á 
seis grandes épocas de la Naturaleza (sex sunt distinctíe 
Etruriíe facies, ex pr^esenti facie Etruriíe collectie), es de- 
cir, que seis veces en épocas periódicas ha salido el mar de 
su lecho, j no se ha retirado á él sino después de una lar- 
ga permanencia en el interior de las tierras. No todas las 
petrificaciones, sin embargo, se deben al mar; Stenson dis- 
tingue las petrificaciones pelágicas, de las producidas por 
ol agua dulce. Scilla ha descrito en 1670 los fósiles de la 
Calabria j de la isla de Malta. Entre estos últimos ha re- 
conocido el gran anatómico j zoólogo Juan Müller la mas 
antigua representación de los dientes del gigantesco Hi- 
drarchus de Alabama (Zeuglodon cetoides de Owen), uno 



— 340 — 

de los mamíferos de la gran familia de los cetáceos. La co- 
rona de estos dientes está conformada como en las fo- 
cas (96). 

Listerliizo, desde el año 1678,1a importante observación- 
de que cada especie de rocas está caracterizada por fósiles 
diferentes, j que las especies de los géneros Murex, Te- 
llina, y Trochus , que se encuentran en las canteras del 
condado de Northampton, si bien es cierto que se parecen 
á las que habitan lioj los mares, observadas con mas de- 
tenimiento presentan diferencias específicas (97). El estado 
todavía imperfecto de la morfologia descriptiva, no permi- 
tía suministrar pruebas rigorosas en apojo de aquellas- 
magníficas adivinaciones. De esta suerte comenzó desde 
muj temprano á despuntar la luz que se extinguió á poco^, 
para resplandecer de nuevo en los grandes trabajos paleon- 
tológicos de Cuvier j Alejandro Brongniart: trabajos que 
renovaron la parte de la geognosia relativa á la formación 
de los sedimentos (98). Atento Lister á la superposición, 
regular de las capas, sintió primero que nadie la necesidad 
de mapas geognósticos. Pero si estos fenómenos j el lazo, 
que los liga á una ó muchas inundaciones escitaban el in- 
terés; si la ciencia j la fé, auxiliándose mutuamente, pro- 
ducían en Inglaterra los sistemas de Rej, de A^ oodward, 
de Burnet v de Whiston ; de otro lado la imposibili- 
dad absoluta de distinguir mineralógicamente las par- 
tes esenciales que entran en la formación de las rocas 
compuestas, hizo descuidar todo loque se refiere á las ma- 
terias cristalizadas j compactas arrojadas por las erupcio- 
nes, j á su manera de transformación. Aunque se admitía- 
un foco de calor en el centro del globo, no se consideraron-, 
los temblores de tierra, los manantiales de agua caliente, ni 
las erupciones volcánicas_, como producto de la reacción del 
planeta contra su corteza esterior, sino como accidentes lo- 
cales debidos, por ejemplo, á capas de hierro sulfurado que 



Ijll 

•36 inflamárau por sí mismas. Los pueriles esperimentos de 
Lemerv en 1700, tuvieron deso-raciadamente una gran 
influencia en las teorías volcánicas por mucho tiempo, aun- 
que estas teorías hubiesen podido ja elevarse á grado mas 
alto de generalidad, merced á la Protogoea de Leibnitz, 
obra en gran parte de imaginación, publicada en 1680. 

La Protogcea, mas poética á veces que las numerosas 
composiciones en verso del mismo filósofo recientemente 
dadas al público (99), ensena: «la escorificacion de la cor- 
teza terrestre, cavernosa, ardiente j brillante en otro tiem- 
po con luz propia; el enfriamiento sucesivo de la superficie 
•del globo, cu JO calórico se dispersa en medio de los vapo- 
res que le rodean; el depósito j la reducción de los vapores 
atmosféricos á ag-ua por un enfriamiento progresivo; el des- 
censo del nivel del mar á consecuencia de la invasión de 
las aguas en las cavidades interiores del globo: v finalmen- 
te el hundimiento de dichas cavidades, de que ha resulta- 
do la caida de las capas terrestres ó, en otros términos, su 
inclinación al horizonte.» La parte física de este cuadro 
fantástico j desordenado, ofrece, sin embargo, algunos ras- 
gos que no deben desdeñar los partidarios de las nuevas 
ideas sobre geognosia, á pesar de los progresos que esta 
ciencia ha hecho después en todas direcciones. De este nú- 
mero son: el movimiento de calor en el interior del cuerpo 
terrestre, j el enfriamiento de la tierra por consecuencia de 
la pérdida del calor irradiado á través de su superficie : la- 
existencia de una atmósfera de vapores; la presión que es- 
tos vapores ejercen sobre la superficie de la tierra mientras 
se opera la solidificación de las capas; j el doble origen de 
las masas fundidas j solidificadas, ó depositadas por las 
íiguas. En cuanto al carácter típico j á la distinción mi- 
neralógica de las diferentes especies de rocas, es decir, á la 
agregación de ciertas sustancias, particularmente de las 
sustancias cristalinas que reaparecen en las mas apartadas 



— 342 — 

regiones, en la Protoga^a, como tampoco en el sistema 
geognóstico de Hooke, se dice nada. En este o-eóloo-o tam- 
oien ocupan preferente lugar las especulaciones físicas so- 
bre la acción de las fuerzas subterráneas en los temblores 
de tierra, sobre el repentino levantamiento del lecbo j de 
las orillas del mar, j sobre la formación de las islas j la& 
montañas. Observando los restos orgánicos de un mundo 
desvanecido llegó á suponer que en los tiempos mas anti- 
guos debió gozar la zona templada del clima de los tró- 
picos. 

Réstame mencionar el major de todos los fenómenos 
geognósticos, esto es, el de la forma matemática de la tierra, 
en la cual se reflejan de una manera patente, el estado del 
globo en las épocas primitivas, es decir, la fluidez de la 
masa que desde entonces giraba sobre sí misma , j su so- 
lidificación como esferoide terrestre. A fines del sio'lo XVII 
se dibujó la imagen de la Tierra en su aspecto general, 
pero sin determinar con exactitud la relación numérica del 
eje de los polos con el ecuador. La medida de grado que 
ejecutó Picard en 1670 con instrumentos perfeccionados por 
él mismo, tuvo tanta major importancia, cuanto que al su- 
ministrar á Newton el medio de probar cómo la atracción de 
la Tierra retiene en su órbita á la Luna arrastrada por la 
fuerza centrífuga, dio ocasión á este profundo j feliz in- 
vestigador de volver con nuevo ardor á la teoría de la gra- 
vitación, descubierta desde el año 1666 j abandonada mas 
tarde. Supónese que el aplanamiento de Júpiter, conocido 
de mucho tiempo, habia inducido también á Newton á re- 
flexionar sobre las causas de esta derogación de la forma 
esférica (100). A las tentativas de Richer en Cajena el 1673, 
j de Varin en las costas occidentales de África, para medir 
la verdadera longitud del péndulo que marca el segundo^ 
hablan precedido otros ensavos menos conclujentes, he- 
chos en las ciudades de Londres , de Lion j de Bolo- 



— 343 — 

nía, es decir á 7" de intervalo (1). El decrecimiento de la 
pesantez desde el polo al ecuador, que Picard se obstinó en 
desconocer muclio tiempo todavía , se admitió entonces ge- 
neralmente. Newton comprobó el aplanamiento de los polos 
de la Tierra, vio en la forma esferoidal una consecuencia 
de la rotación, j aun se atrevió á evaluar numéricamente 
la depresión polar, en el supuesto de una masa homogénea» 
Era preciso esperar el resultado do la comparación entre 
las medidas de grado efectuadas en los siglos XVIII j XIX 
en el Ecuador , cerca de los polos j en las zonas templa- 
das de ambos hemisferios del Norte j del Mediodía , para 
determinar con exactitud el valor del aplanamiento, j por 
consiguiente la verdadera figura de la Tierra. La sola exis- 
tencia del aplanamiento nos revela, según ja he dicho en 
el primer tomo de esta obra (2), el mas antiguo de los dato? 
geognósticos, es decir, la fluidez primitiva j progresiva so- 
lidificación de nuestro planeta. 

Hemos comenzado el cuadro del gran siglo que ilustra- 
ron Galileo jKeplero, Newton jLeibnitz, por la historia de 
los descubrimientos realizados en los espacios celestes mer- 
ced á la reciente invención del telescopio; y lo terminamos 
haciendo ver cómo ha salido el conocimiento de la forma de 
la Tierra, por vía de deducción^ de razonamientos teóricos. 
«Newton, dice Bessel, ha podido alzar el velo que ocultaba 
el sistema del Mundo, porque acertó á descubrir la fuerza 
de que son consecuencia necesaria las lejes de Keplero , j 
porque debia estar en relación con los fenómenos como es- 
tas lejes mismas que, dando la fórmula de los hechos^ 
anunciaban con anticipación ^1 principio universal de donde 
se derivan (3).» El descubrimiento de la fuerza cuja esen- 
cia ha desarrollado Newton en su libro inmortal de los 
Prmcijnos, teoría general de la Naturaleza, ha coincidido 
casi con el nuevo vuelo que dio á las investigaciones mate- 
máticas el cálculo infinitesimal. El trabajo del espíritu s& 



— 344 — 

presenta en toda su elevación j grandeza, allí donde sin 
tener necesidad de medios esteriores j materiales, toma 
todo su brillo del desarrollo matemático del pensamiento^ de 
la pura abstracción. Haj un cierto encanto que cautiva y 
lia sido celebrado por toda la antigüedad, en la contem- 
plación de las verdades matemáticas, en las eternas rela- 
ciones del tiempo j del espacio, que se manifiestan en ios 
sonidos, en los números, en las líneas (4). Al perfeccionarse 
el instrumento puramente intelectual del Análisis, ha des- 
arrollado á su vez en las ideas una fecundidad no menos 
preciosa por sí misma que por las riquezas que produce. 
Merced á este instrumento, la contemplación física del 
Mundo ha podido poner de manifiesto las causas de las fluc- 
tuaciones periódicas que se producen en la superficie de 
los mares, como también las de las perturbaciones plane- 
tarias, y descubrir en las esferas de la Tierra j del Cielo 
nuevos horizontes sin medida ni límite. 



VIII. 

RESUMEN. 



OJEADA RETROSPECTIVA SOBRE LA SERIE DE LOS PERIODOS RE- 
CORRIDOS. — INFLUENCIA DE LOS ACONTECIMIENTOS ESTERIORES 
EN EL DESARROLLO DE LA IDEA DEL COSMOS. — DIVERSIDAD Y 
ENCADENAMIENTO DE LOS ESFUERZOS CIENTÍFICOS EN LOS TIEMPOS 
MODERNOS. — LA HISTORIA DE LAS CIENCIAS FÍSICAS SE CONFUNDE 
PAULATINAMENTE CON LA HISTORIA DEL COSMOS. 



Llego al fin de una empresa aventurada j que ofrecía 
grandes dificultades. Mas de dos mil años han sido revisa- 
dos, desde los primeros desarrollos de la civilización entre 
los pueblos que habitaban alrededor de la cuenca del Me- 
diterráneo j en las comarcas occidentales del Asia fecun- 
dadas por el curso de los rios, hasta principios del último 
siglo, hasta una época, por consiguiente, en cujos sen- 
timientos j cujas ideas se confunden va con los nuestros. 
Creo haber bosquejado en siete capítulos , que forman una 
serie de cuadros distintos, la Historlcí de lo. Contemjdacion 
física del Mimdo^ es decir, el desarrollo progresivo de la 
idea del Cosmos. Si he conseguido dominar tan vasto con- 
junto de materiales, comprender el carácter de las princi- 
pales fases y señalar las vias por donde han recibido los 
pueblos nuevas ideas j una moralidad mas elevada, cosa es 
que JO no me atrevo á decidir, desconfiando de las fuer- 
zas que me restan. Confesaré también que en medio del 



— 346 — 

vasto plan que me proponía seguir, solamente los rasgos^ 
generales aparecen claramente á mi espíritu. 

En la introducción al período de la dominación árabe^ 
cuando he comenzado á describir la poderosa influencia que 
ejerció este elemento estraño, mezclado á la civilización 
europea, traté de señalar los límites mas allá de los cuales 
la historia del Cosmos se confunde con la de las ciencias 
físicas. Los engrandecimientos sucesivos que ha recibido la 
ciencia de la Naturaleza, en la doble esfera de la Tierra y 
del Cielo, se dividen , en mi opinion_, en períodos distintos. 
El conocimiento histórico de estos progresos se une con 
acontecimientos determinados que, por las consecuencias- 
que han producido á la vez en el espacio y en la inteli- 
gencia humana, han dado á cada época un carácter y un 
color propios. Tales fueron las empresas que llevaron al Pon- 
to-Euxino los barcos de los Fenicios , é hicieron sospechar 
otra orilla mas allá del Faso; las espediciones alas regiones 
tropicales de donde se sacaba el oro y el iücienso, y el 
paso á través del estrecho occidental ó la abertura de aquel 
gran camino marítimo por el cual se descubrieron, conlar^ 
gos intervalos de tiempo , Cerne y las Hespérides, las islas 
septentrionales que producían el estaño j el ámbar, las a^oI- 
cánicas Azores y el Nuevo Contiente de Colon , al Sud dé- 
los antigaos establecimientos escandinavos. Después de los 
movimientos que partieron de la cuenca del Mediterráneo 
y de la estremidad septentrional del golfo Arábigo, después 
de los viajes al Ponto-Euxino j á la tierra de Ofir , siguen 
en este cuadro histórico el relato de la espedicion macedo- 
niaca y la tentativa de Alejandro para llegar á la fusión de 
Oriente y Occidente ; los beneficiosos efectos del comercio 
marítimo de los Indios y de los institutos científicos que 
florecieron en Alejandría en tiempo de los Lagidas; la domi- 
nación de los Romanos en la época de los Césares; latendencia 
fecunda de los Árabes á ponerse en comunicación con las 



— 347 — 

faeízas de la Naturaleza y sus disposiciones para la Astrono- 
mía, las Matemáticas y las aplicaciones de la Química. Con 
la toma de posesión de todo un continente, hasta entonces 
desconocido, j con los majores descubrimientos que los' 
hombres han podido realizar en el espacio, se cierra en 
mí sentir la serie de los acontecimientos que han engran- 
decido como por sacudidas el horizonte de las ideas, escitan- 
do á los espíritus á la investigación de las lej^es físicas y 
sosteniendo los esfuerzos intentados para abarcar definiti- 
vamente el conjunto del Mundo. De hoj mas, según ja 
queda dicho , la inteligencia no tendrá necesidad para 
realizar grandes cosas del estímulo de los acontecimientos; 
se desenvolverá en todas direcciones por el único efecto 
de la fuerza interior que la anima. 

Entre los instrumentos, ó si se quiere órganos nuevos 
qué el hombre se ha creado y que han multiplicado su 
fuerza de percepción sensible, haj uno, sin embargo, que ha 
tenido todas las consecuencias de un acontecimiento repen- 
tino. Merced á la propiedad que tiene el telescopio de pe- 
netrar en el espacio^ ha podido ser esplorada una parte con- 
siderable del cielo descubriéndose en ella nuevos cuerpos 
celestes, cuja forma j órbitas se ha intentado determinar; 
j todo ello casi de una sola vez. Entonces entró por primera 
vez la humanidad en posesión de la esfera celeste del Cosmos-.. 
He creido, por consiguiente, que para mostrar la importan- 
cia de estos descubrimientos j la unidad de los esfuerzos 
provocados por el uso del telescopio, debia establecerse una 
sétima división en la historia de la contemplación del Mun- 
do. Pero si al presente tratamos de comparar con aquel 
descubrimiento otro mas reciente, el de la pila de \olta; 
si buscamos la influencia que la pila ha ejercido en la inge- 
niosa teoría de la electro-química, en el conocimiento de los 
metales alcalinos j de los metales alcalino-terrosos , j por 
último, en el descubrimiento, largo tiempo esperado, del 



— 348 — 

«lectro-magnetismo , nos vemos llevados á un encadena- 
miento de fenómenos que nos es lícito evocar á merced, v 
que se ligan por muchos lados al desplegamiento general de 
las fuerzas de la Naturaleza, pero que sin embargo exigen 
un lugar mas bien en la historia de las Ciencias físicas, que 
en la de la Contemplación del Mundo. La variedad de la 
ciencia moderna j el encadenamiento de sus diversas par- 
tes , hacen además muj difícil la distinción j limitación 
de los hechos particulares. Muj recientemente aun hemos 
visto al electro-magnetismo obrar sobre la dirección de los 
rajos polarizados , j producir modificaciones análogas á 
las de las mezclas químicas. Cuando merced á la actividad 
del espíritu, que es el carácter de nuestro siglo, todo pare- 
ce en vias de progreso, seria tan peligroso oponer resisten- 
cia á este movimiento intelectual por representarse como 
definitivamente realizadas cosas que tienden todavía hacia 
un progreso incesante, como pronunciarse, con la concien- 
cia de nuestra insuficiencia personal , acerca de la impor- 
tancia relativa de los gloriosos esfuerzos intentados por 
hombres que aun forman parte de este mundo , ó que ape- 
nas acaban de abandonarlo. 

En las consideraciones históricas que presento, he indi- 
cado casi siempre, al investigar el germen de la ciencia de 
la Naturaleza , el grado de desarrollo á que ha llegado 
en nuestros dias en cada una de sus ramas. La tercera v 
última parte de mi obra contribuirá á esclarecer el cuadro 
general de la Naturaleza , suministrando los datos de ob- 
servación en que está fundado principalmente el estado 
actual de, las opiniones científicas. Muchas cosas, que 
estrañaran no hallar aquí, los que tengan formadas ideas 
diferentes á las mias, sobre la composición de un Z/- 
Jjro de la Naturaleza tendrán cabida en el dicho tercer to- 
mo. Deslumhrado por el resplandor de los nuevos descu- 
brimientos, alimentando esperanzas á que de ordinario no 



— 349 — 

se renuncia sino muy tarde_, cada siglo se lisonjea de haber 
llegado muj eerca del último término en el conocimiento y 
la inteligencia de la Naturaleza. Dudo si bien se piensa en 
ello que creencia semejante contribu ja á hacernos gozar 
mejor del tiempo presente, atendiendo á que es mas fecun- 
da j mas apropiada al destino humano, la convicción de 
que el campo conquistado es una pequeña parte del que la 
humanidad libre debe conquistar en los siglos futuros, por 
el progreso de su actividad j los beneficios, mas estendidos 
cada momento, de la civilización. Cada descubrimiento no 
es mas que un paso dado hacia algo mas elevado en el mis- 
terioso curso de las cosas. 

Lo que ha frecuentemente acelerado en el siglo XIX el 
progreso de la ciencia_, é impreso á esta época su carácter 
mas notable, es el celo con que cada cual se ha esforzado 
en someter á una prueba rigorosa las ideas anteriormen- 
te emitidas, midiendo su valor j precio sin limitarnos 
á las conquistas recientes, j la diligencia que ponemos en 
separar los resultados ciertos de lo que no se funda mas que 
en una dudosa analogía, j en someter á una crítica uni- 
forme j severa todas las partes de la ciencia, la Astronomía 
física, el estudio de las fuerzas terrestres de la Naturaleza, 
la Geología j el conocimiento del mundo antiguo. Estos 
procedimientos críticos han permitido especialmente deter- 
minar los límites respectivos de las diversas ciencias, re- 
velando la debilidad de algunas de ellas en que opiniones 
sin fundamento han ocupado el lugar de los hechos, ó en 
que mitos simbólicos^ consagrados por el tiempo, se repu- 
tan como teorías incontestables. La vaguedad del lenguaje^ 
la confusión de la nomenclatura trasladada de una á otra 
ciencia, han engendrado erróneas observaciones j falsas 
analogías. Así el progreso de la Zoología ha sido cuestio- 
nado por mucho tiempo, porque se creia que en las clases- 
inferiores del reino animal , como en las clases mas eleva- 



— 350 — 

¿as , las mismas fanciones vitales reclamaban siempre una 
conformación análoga en los órganos. La Botánica, sobre 
todo, se ha visto sujeta á tales preocupaciones. La historia 
■del desarrollo de los vejetales en la clase de los Gosmofitos 
Criptógamos, que comprende los musgos, las hepáticas, 
los heléchos j las licopodiáceas, ó en la clase menos elevada 
■aun de los Talófitos^ es decir, en las algas, los liqúenes j 
las setas, ha estado oscurecida por consecuencia de la ilu- 
sión que hacia ver por todas partes analogías con la gene- 
ración de los animales. 

El arte reside en medio del círculo mágico trazado por 
la imaginación, j tiene su fuente en lo mas íntimo del al- 
ma; en la ciencia, por el contrario, el principio del pro- 
greso está en el contacto con el mundo esterior. A medida 
que se estienden las relaciones de los pueblos , la ciencia 
gana á la par en variedad j en profundidad. La creación 
de nuevos órganos, porque así pueden llamarse los instru- 
mentos de observación, aumenta la fuerza intelectual del 
hombre j también á veces su fuerza física. Mas rápida 
que la luz^ la corriente eléctrica encerrada en un circuito 
lleva el pensamiento j la voluntad á las mas apartadas 
regiones. Diallegará en que fuerzas que se ejercen tran- 
quilamente en la naturaleza elemental, como en las celdas 
delicadas del tejido orgánico , sin que hasta ahora ha van 
podido descubrirlas nuestros sentidos, reconocidas por fin, 
■aprovechadas y llevadas al mas alto grado de actividad, 
tomarán puesto en la serie indefinida de los medios, en 
cuja virtud haciéndonos dueños de cada dominio particu- 
lar de el imperio de la Naturaleza, nos vamos elevando á 
un conocimiento mas inteligente j animado del conjunto 
.■del Mundo. 



OTAS. 



Hemos suprimido la cifra de las centenas en la indicación numérica de las Notas ; en 
vez de 115, por ejemplo, hemos puesto sencillamente 15. Esta supresión no puede oca- 
sionar confusiones ; porque al número de llamada va iiniflo el de la página correspon- 
diente. 



NOTAS 



DE LA PRIMERA PARTE. 



(1) Pag-. 4. — Cosmos, t. I,p. 40. 

(2) Pág-. 5.— Particularmente las costas de la Italia y de la Grecia y 
las orillas del mar Caspio y del mar Rojo. Véase A. de Humboldt, Re- 
.ation historique du Voyage aux régions équinoxiales, t. I, p. 208. 

(3) Pág-. 3. — Dante, Purgatorio, canto I, v. 20-28. 

Goder pareva il ciel di lor fiammelle : 

O settentrional vedovo sito , 

Poi che privato se' di mirar quelle ! 

(4) Pag. 3.— Schiller, ScBínmUiche Werke, 1826, t. XVllI, p. 231, ^73, 
480 y 486 ; Gervinus , Neuere Geschichte der poetischen Naiional-Litleraiur 
der Deutschen , 1840, t. I, p. l35; Adolfo Becker , Chancles , 1 .* parte , p. 
219, V. Ed. MüUer , Uebcr Sophokieische Naturanschauung und die tiefe 
Naturemplindung der Griechen , 1842, p. 10 y 26. 

(5) Pág. 8. Schnaase, Geschichte der bildenden Künste beidea Alten, 1843, 
t. II, p. 128-138. 

(6) Pag. 8. — Plutarco, de El apud Delphos, c. 9. V. lo que dice 
sobre un pasaje de Apolonio Dyscolo {Mirab., hist., c. 40j Ütíried Mü- 
11er en su última obra, Geschichte der griechischen Litteratur , 184o, t. I, 
p. 31. 

(7) Pág. 9.— Hesiodo, Obras y Días, v. 502-o6l. Véase Geettling, 
In Hesiodi Carmina, ISi^ , ]^. XXXYl ; Ulrici, Geschichte der hellenischtn' 

imo u -5 



— 354 — 

Dichtkunsl, 1,* parle, lS3o, p. 337; Beriiliardy, Grmdrissder griech. LiUe- 
ratur, 2.* parte, p. 176. Sin embarco, segfLm la opinión de Gottf. Her- 
mann {Opuscula, 1. VI, p. 239), la descripción pintoresca que hace Hesiodo 
del invierno tiene lodas las trazas de una errande antig-iiedad. 

(8) Pág-. 9. Hesiodo, Teogonia, V.233-2B4. Puede ser también que la Ne- 
reida M«ra (Odisea , i. XI, v. 326, lUada, XYIII, 48), desií-ne los res- 
plandores fosforescentes que brillan ou la superficie del mar, como ya 
este mismo nombre fxolpa sirve para es^ resar la constelación centelleante 
de Sirio. 

(9) Píig-. 9. — Véase Jacobs, Lehen nnd Kurint der Alien ^ t.í, Leparte, 
p. VII. 

(10) Pág. 10.— ///arfa, 1. VIH, V. 5oIi-559; IV, 4o2-4o5 : XI, 115-119. 

Véanse también las vivas pinturas , aunque un tanto acumuladas , que 
Homero ha hecho de diferentes especies de animales, al principio del 
catálogo de las naves , II, 458-47Í). 

(11) Pc%. n.— Odisea, 1. XIX, v. 431-445; VI, 290; IX, 115-119. 

Véase también la descripción de las verdes umbrías que rodeaban la gru- 
ta de Calipso, «bajo las cuales los Dioses mismos se detendrían ad- 
mirados y lleno su corazón de alegría,»» (v. 55-73); la pintura de los es- 
collos que cercan la isla de los Feacios (v. 400-442) ; y los jardines 
de Alcinóo (VII, 113-130). Sobre el ditirambo de la Primavera de Pin- 
daro, véase Bfeckh, Pindari Opera, t. IT. 2.^ parte, p. 575-579. 

(12) Pág. 12 — Edipo en Colana, v. 668-719. Entre las descripciones de 
paisajes que respiran un sentimiento profundo de la Naturaleza, deijc 
citar aquí, en las^acaíííesde Eurípides, v.l045 la pintura de Citeron que 
trepó el mensajero al abandonar el valle del Alopo (Véase Leake, North 
Greece, t. 11, p. 370); un cuadro de la puesta de Sol en el valle de Delfos. 
en el Ion del mismo poeta, v. 82: y una vista de la isla sagrada de Délos 
abatida por las olas tempestuosas, alrededor de la cual revolotean las 
gaviotas," en el Himno á Délos de Calimaco, v. 11. 

(13) Pág. 12. — Véase á Estrabon, que acusa á Eurípides de un erro- 
geográfico, con motivo de las fronteras de Elide (1. VIH, p. 366, edic. de 
Casaubon). Este bello pasaje está sacado del Cresfonte. El elogio de la 
Mésenla se referia naturalmente á la osposicion de las circunstancias j)o- 
iíticas, es decir, de la división del Peloponeso éntrelos Heráclidas. 
Aquí pues , todavía, según la observación ingeniosa de Bpeckh, la re- 
producción déla Naturaleza está íntimamente ligada á la acción iuimana. 

(15) Pág. lí. — Meleagris ReUqnixe, edic. Manso, p. 5., V. Jacobs, 



— 355 — 

Lehen und Kuiisl dcr Altcuyi. \, 1.'* parle, p. XV; 'IJ* parle, p. Io0-190. 
Zeuobetti (Meleagri Gadareni , ín ver IdyUion , p. ?>) creia haber descu- 
bierto el primero en 1739 el Himno á Ja Primavera de Mcléagro. Véase 
Briinck, Analecta, t. III, Lecl. et. Emend. p. lOí. Hay dos bellas composi- 
cloiies de Mariano sobre los bosques, en la Antología g-rieg-a, 1. II, 511 
y ríl2. Hállase en las Eclogce del sofista Himerio , maestro de retórica 
vn Atenas en el reinado de Juliano, un elogio déla Primavera que con- 
trasta con el poema de Méléagro : el estilo es en g-eneral frió y afectado; 
pero en alg"unos pasajes descriptivos, el autor se acerca mucho al senti- 
miento con que los modernos observan la Naturaleza (Himerii Sophis- 
tte Eclogoeet Declamationcs, edic. Wernsdorf, 1790, oral, lll, 3-6, y XXI, o). 
Es estraordinario que la admirable situación de Constantinopla no haya 
inspirado á Himerio entusiasmo alguno. Véase Orat. Vil, r>-7;XVí, 3-8. 
Los pasajes de Nonno indicados en el testo, se encuentran en la edición 
de Pedro Cuníeo (1610), 1. H, p. 70; VI, p. 199: XXIII , p. 16 y 619, 
XXVI, p. 694. Véase también Ouvaroff, Nonnoavon PanopoHs, der Dichíen 
1817, p, 3, 16 y 21. Disertación reimpresa en sus Ojimrulos de Filosofía y 
de Critica, San Petersíturgo, 18í3. 

(15) Pág. 14. — Eliano, Vari(e. Hiüor. et Eraym., 1. III, c. 1, p. 139, 
edic. Kühn. Véase también A. Buttmann, (Jucest. de Dictearcho ,^a.u.mb., 
1832, p. 32, y Geograpki grceci min., edic. Gail., t. II, p. líO-145. Nótase 
en el poeta trágico Choeremon, un gusto notahle por la Naturaleza, v 
sobre todo un amor por las flores que Guillermo .Iones ha comparado ya 
al mismo sentimiento de los poetas indios. Véase Welcker, Grieschische 
Tragcedien, 3.=* parte, p. 1088. 

{16) Pág. 14, — Longi Pastoralia {üaphniset Cliloe), 1. ], 9; Ifí, 12: IV, 
1-3; p. 92, 12:; y 137, edic. Seiler, 1843. Véase Villemain , Essai sur les 
Romans grecs, en sus Mélangea deLiitérature. 1827, t. II; y particularmente 
el pasaje en que compara á Longo con Rernarrlino Saint-Pierre (p. 
431-Í38). 

(17) Pág. 14. — Pseudo-Aristóteles, De Mundo, c. 3. {j 14-20, p. 392, 
edic. de Bekker. 

(18) Pag. 14. — ^Véase Osann. Beiínege zur griechischen und rmnischen 
JJtleraturgeschichte, 1835, t. I, p. 194-266. 

(19) Pág. 14.— Véase Stahr, Aristóteleshei denRwmern, lH',il, i)A'3-li:; 
Osann., BeitrtBge, etc. , p. 165-192. Stahr (p. 172), opina como Heii- 
mann, que el testo griego que poseemos hoy es una traducción del testo 
latino de Apuleyo. Pero Apuleyo (De 3Iundo , p. 250 , edic. de Deux 
Ponts) dice espresamente que ha tenido por guia en la composición de su 
-libro ú Aristóteles y Teofrasto. 



— 356 — 

(20) Pág-. 15. — De Natura Deorum , 1. II, c. 37. Un pasaje de Sexto 
Empírico en el cual está citado un desarrollo análogo de Aristóteles (Ad- 
versus Phycisos, 1. IX, 22, p. oo4, edición de Fabricio), es tanto mas dig-- 
na de atención, cuando que poco antes el escritor alude á otra obra de 
Aristóteles, perdida también para nosotros , sobre la Adivinación y los- 
Siieños. 

(21) Pág-. lo. — «Aristóteles flumen orationis aureum fandcns.« — 
(Cicerón, Acad. Qucest. 1. II, c. 38). Véase Stahr. Aristotelia , 2.^ parte, 
p. JG!; y en la misma obra el capítulo titulado Aristó teles iei den Riemern, 
p. o3. 

(22) Vág. 16. — Menandri Rhetoris, Comment. de Encomiis, cxrec. Hee- 
ren, 1783, sect. I, c. 5, p, 38 y 39. Seg'un este severo crítico, la poesía di- 
dáctica aplicada á la Naturaleza es un género frío ('d/vxpÓTspof), en el cual 
todas las fuerzas físicas están desnaturalizadas , donde Apolo representa la 
luz, Juno losfenómenos atmosféricos, Júpiter el calor. Plutarco (De Au~ 
diendispoetis, p. 27, edic. de H. Estienne), ridiculiza también esas preten- 
didas poesías déla naturaleza, que solo tienen de poesíalaforma. Ya Aris- 
tóteles [Poética, c. 1), habia dicho que Empédocles es mas físico que- 
poeta, y que no tiene nada de común con Homero, á no ser la medida 
de los versos. 

(23) Pág. 16. — «Puede parecer estraño , puesto que la poesía se com- 
place ante todo con la forma, el color y la variedad, el querer unirla con 
las ideas mas simples y abstractas; y sin embargo , esta asociación no es 
por ello menos legítima. En sí mismas y según su naturaleza , la poesía, 
la ciencia, la filosofía, la historia, no deben estar separadas. En aquella 
época de la civilización en que todas las facultades del hombre están 
confundidas, y cuando por efecto de una disposición verdaderamente poé- 
tica se inclina á esta unidad primera, dichas ramas del saber aparecen 
como un todo indivisible.» Guillermo de Humboldt, Gesammelte Werhe, 
t. I, p. 98-102. V. Bernhardy, Rcemische Litteratur, p. 215-218, y Federico- 
Schlegel, ScemmtUche TferAv, t. I, g. 108-HO. Cicerón en una carta á Quin- 
to (1. II, 11), se muestra muy severo, por no decir injusto, con Lucrecio,, 
á quien tanto elevaron Virgilio, Ovidio y Quintiliano, cuando reconoce 
en él mas arte que genio. «IVon multis luminibus ingenii, multa> tamen 
artis.» 

(24) Pág. 17.— Lucrecio, 1. V,v. 930-1555. 

(2o) Pág. 17.— Platón, Phédra,\). 230; Cicerón, De Legibus , 1. I, c. o: 
II, 1, V. Wagner, Comment. perp. in Ciceronis de Legibus, 1804, p. 6. Cice- 
rón, De Oratore, 1. I, c, 7. 



^ 357 — 

(26) Pág-. 17. — Véase el escelente escrito de Rodolfo Abekeii, rector 
del gimnasio de Osnabruck, publicado en 1835 bajo el título de Cicero in 
seinen Briefen,^. 431-434. Una interesante noticia sobre el lug-ar del na- 
cimiento de Cicerón, se debe á H, Abeken, sobrino del anterior, agreg-ado 
mucho tiempo como predicador á la embajada de Prusia en Roma , hoy 
asociado a la importante espedicion del profesor Lepsius á Eg-ipto. Véa- 
se también sobre el lugar donde nació Cicerón, Valery, Voyage historique 
enlfalie, t. III, p. 421. 

(27) Págr. 18. — -Cicerón, Epist. adAtticum, 1. XÍI, 9 y 15. 

(28) Pág-, 19. — -Los pasajes de Virgilio citados por Malte-Brun(innflf/e5 
4es Voyages, 1808, t. IIÍ, p. 235-266) como descripciones de localidades 
<listintas, prueban solamente que el poeta conocía las producciones de las 
diferentes ^comarcas, el azaíran del monte Tmolo, el incienso de los Sá- 
beos, los nombres de gran número de riachuelos , y también los vapo- 
res mefíticos que se levantan de una garganta de los Apeninos, cerca de 
Amsancío. 

(29) Pág. 19.— Virgilio Geórgicafi , 1. I, v. 356-392; III, 349-380; 
Eneida, III, 192-211, 570-580; IV, 522-528; XI], 684-689. 

(30) Pcág. 19.— Cosmos, t. I, p. 220 y 416. Véase en Ovidio la des- 
cripción de algunos fenómenos naturales: Metamorph. , 1. I, 568-576; IIÍ, 
155-164, 407-412; VII, 180-188; XV, 296-306; Tristium , 1. I, eieg. 3, 
V. 60; III eleg. 4. v. 49; elcg. 12, v. 15. Pont., 1. III, ep. 7-9. A esos 
raros ejemplos de descripciones individuales , que parecen tomadas del 
natural , es preciso añadir, como Ross ha hecho ver , la graciosa pintu- 
ra de una fuente sobre el monte Hynieto, que comienza por estos versos. 
«Est prope purpúreos colles florentis Hymetty,» etc. (De arte amandi, IIÍ, 
687). En ella describe el poeta el manantial que corre por el flanco occi- 
dental de la montaña poco regada en verdad. También estaba muy 
•considerada esta fuente entre los antiguos , que le dieron el nombre de 
Kallia, y la hablan consagrado á Venus. Véase Ross. Brief an Prof. Vu- 
rosin der griech. niedicin. Zeiíschrift, i\inio, 1837. 

(31) Pág. 20.— Tíbulo, edic. de Voss., 1811, 1. I, eleg. 6, v. 21-34 
^eleg. 3 en las cdic. de Heyne y de Golbéry);^ 1. II, eleg. 1, v. 37-66. 

(32) Pag. 20.— Lucano. Farsalia, 1. IIÍ, v. 400-452. 

(33) Pág. 20.— Cosmos, t. I,p. 262. 

(34) Pág. 20. — Cosmos, t. I, p. 418. El Etna de Lucillo, que formó 
parte probablemente de un poema mas considerable sobre las curiosida- 
des naturales de la Sicilia , ha sido atribuido por Wernsdorf á Cornelio 



— 358 — 

Severo. Los pasajes mas dignos de alencion son; un elogio general de las 
ciencias naturales , que llama el autor los frutos del alma (ilUe sunt animr 
frugcs), V. 270-280; el desbordamienlo déla lava, v. 360-370 y 47i-oOo; 
Ja formación de la piedra poni<;z , v. ílo-42'i. Véase p. XYí-XX, 32, 
Í2, 46, 'iO y .').') (MI la edición de Jacob de 1826. 

(33) Pag. 21. — Decii Magni Ausonii, Mosella, v. 189-109. p. lo y 4í, 
edic, Boecking. Consúltense taml)ien los detalles, interesantes bajo el 
punto de vista de la historia natural, que da el poeta sobre los peces del 
Mosela (v. 8'i-150), y délos que supo sacar partido hábilmente Valeu- 
ciennes. Es un poema semejante al <le Oppiano. (Véase Bernhardy, 
Griech. lüleratur, 2.^ parte, p. 1049). A este género tan trio de la poesía 
didáctica pertenecen dos obras que no han llegado hasta nosotros, la 
Ornithogonia Y los Theríaca de Emilio Macer, de Verona , que habia to- 
mado por modelo á Nicandro de Colophon. La descripción de las costas 
meridionales de la (ialia ', contenida en el poema De Reditu suo , de 
Claudio Rutilio Namaciano, era sin duda mas interesante que el Mose- 
la de Ausonio. Rutilio fué un estadista contemporáneo de Honorio, que 
obligado á abandonar á Roma cuando la invasión de los bárbaros, vol- 
vió á los bienes i|ue poseia en la Galia. Desgraciadamente solo se ha con- 
servado un l"rai;mento del segundo libro, que no nos lleva mas allá de las 
canteras de Carrara. Véase Rutilii Claudii Namatiani, de Reditu suo (e Ro- 
ma in GaUiam Xarbonensem), libri dúo ex rec. A. VV. Zampt, 18í0, p. J5^ 
31, y 219 (con unbonitomapa de Kíepert); W cmsilorí, Poeíce ¡at. mitu 

t. V. p. 12:>. 

(36) Pág. 21. — Tácito, Annalcs, 1. 11, c. 23-24; H¿s(orias.\, 6. El único 
fragmento que ha conservado Séneca el ret(3rico, de la epopeya en qufr 
Pedo Albinovaims , amigo do Ovidio, celebraba las hazañas de los Ger- 
jnanos, contiene también la descripción de la desgraciada navegación der 
Germánico por el Ems. Véase Séneca, Suasoria, I, p. 11. edic. de Deux- 
Ponts ; Pedo Albinovanus, Elegice, Amsterd., 1703, p. 172. Séneca tiene 
á esta descripción del mar tempestuoso por mas pintoresca que todo cuan- 
to habían escrito hasta entonces los poetas latinos. Es ver<lad que añader 
«Latini declamatores in Oceani descriptione nom nimis viguerunt; nam 
aut tumide scripeerunt aut curióse.» 

(37) Pág. 22. — (juinto Curcio , 1. VI, c. í. Véase también Droysen^ 
Geschichte Alexanders des Gi'ossen, 1833. p. 26o. En las Questiones naturales 
le Séneca, que pecan únicamente por el abuso que hace de la retórica, 

se encuentra una descripción notable de uno de los diluvios enviados á 
la raza humana para castigarla por haber perdido su pureza primitiva , 
sus palabras son éstas: Cum fatalis dies diluvii venerit..., hasta : peraeto 
exilio generis humani exstincti.sque pariler feris in quarum homines in- 



— 359 — 

g-enia transicrixnt... (1. ílí, e. 27-30]. Véase también la descripción de las 
revolaciones de la Tierra , al desenvolverse el caos, en el Bagavata- 
Parana , 1. 111 , c. 17 (t. I, p. ííl, odie, de Bnrnouf). 

(38) Páy. ¿3.— Plinio el Joven, 1. 11, ep. 17; V. (í ; IX, 7 ;;Plinio el 
Yiejo, 1. XIÍ, c. (J; Hirt. Geschichte der Baukunsthei den Alten, 1. 11, p. 211, 
291 y 37tí. La casa de campo que Plinio el Joven poseia en Laurento es- 
taba situada cerca del ]ui>ar llamado Torre di Paterno, á orillas del mar, 
onel valle llamado la Palombara, al Este de Ostia. Véase Viaggio da Os- 
tia a la Villa di Plinio, 1802, p. 9, y cllaureníino, por Haudelcourt, 1838, 
p. tí2. Un profundo sentimiento de la Naturaleza brilla en las siguientes 
lineas que Plinio escribía desde Laurento á Minucio Fundano. «Mecum 
lantum et cum libellis loquor; ¡Rectam sinceramque vitam! Dulce otium 
honestumque! O mare, o littus, verum secretumque ftovtráov! quam mul- 
ta invenitis, quam multa dictatis!» (1. I, ep. 9.) Hirt estaba convencido 
de que si el gusto de los jardines simétricos, llamados jardines franceses 
por oposición á los parques Ingleses que se acercan mas á lo natural, se 
estendia en Italia en los siglos xv y xvi, la razón de esta preferencia pre- 
coz por el género fastidioso, era preciso buscarla en el deseo de imitar 
las descripciones de Plinio el Joven. Véase Geschichte der Baukunü, etc., 
i2.^ parte, p. 366. 

(39) Pág. 23.— Plinio el J.'.veu , 1. UÍ, cp. 19; Vííl , 16. 

(40) Pág. 2í.— Suetonio, Y Ida de ./. César, c. o6. César, en un poema 
titulado Itev, que no ha llegado hasta nosotros, describía su viaje á Es- 
paña, cuando en veinticuatro dias, según Suetonio, y en veintisiete se- 
gún Estrabon y Apiano, conduela su ejército desde el- campo de Pvoma á 
Córdoba para destruir los restos del partido de Pompeyo que se habían 
rehecho en España. 

(il) Pág. 2í. — Silio Itálico. Pánica, 1. 111, v. ÍT7. 

(42) Pág. 24. -Sil. llaL, 1. IV, v. 348; VIH, 399. 

(43) Pág. 2"). — Véase sobre la poesía elegiaca, Nicolás Bach, Allge- 
meine Schulzeitung , 1829, núm. 134, p. 1097. 

(44) Pág. 26. — Minucius Félix, Oda&ius, ex recens, Gronovii, Rotter- 
dam, 17Í3, c. 2, 3, 16, 17 y 18. 

(4o) Pág. 'i6. — Sobre la muerte de Naucracio, ocurrida en el año 3o7, 
véase Basilii Magni, Opera omnia, edic. de París, 1730, t. III,p.XLV. Dos 
siglos antes de nuestra era, los judíos de la secta de los Esenios vivían 
ya como anacoretas en la costa occidental del mar Muerto. Plinio dice 



— 360 — 

muy bien con este motivo (1. V, c. lo): cMira gcns, soda palmarum.^' 
Los Terapeutas , que formaban una comunidad mas estrecha , habitaron 
orig-inariamente en una comarca encantadora junto al lago Meris. Véase 
Neander, Allgem. Geschichte der chrisfe. Religión und Kir che, 1842, t. I, 1.^ 
parte, p. 73-103. 

(46) Pág. 2'.— Basilii Magni, Epistolw, ep. XIV, p. 93; CCXXIII, 339. 
Sobre la bella carta dirigida á Greg-orio de Nacianzo y sobre el sen- 
timiento poético de San Basilio, véase Villemain , de VÉloquence chrétienne 

dans le IV siécle, en las Mélanges histnriques et littéraires, 1827, t. III, 
p. 320-325. El Iris, á cuyas orillas la famiUa de San Basilio po- 
seía desde larg-o tiempo un dominio patrimonial , toma su origen en la 
Armenia , riega los campos del Ponto y se esconde en el Mar Neg^ro, 
mezclado con las ag"Lias del Lico. 

(47) Pág-. 30. — Gregorio de Nacianzo no se dejó seducir, sin embarg-o, 
por la descripción que le hizo San Basilio de su ermita sobre el Iris; 
y prefirió á Arianzo en la Tiberina regio, aunque su amigo llamaba sin re- 
bozo á aquel lugar un impuro ^ápadpov. Véase Basilii, Epistolce , ep. II, 
p. 70, y Vita Sancti Basilii, p. xlvi y xux , t. III, edic. de 1730. 

(48) Vág. /iS.—Basúii, Homilice in Hexaemeron , hom. VI. c. 1 y IV, G 
(t. I, p. 54 y 70, edic. de las obras completas publicadas en 1839 por 
J. Garnier). Compárese con este pasaje una bella obra en verso de Gre- 
gorio de Nacianzo, De la naturaleza del hombre, que respira la melancolía 
mas profunda (t. II, v. 13, p. 86, edic. de Billy, París, 1630; p. 469, 
edic. de Caillau, París. 1840). 

(49) Pág. 28. — Los pasajes de Gregorio de Niza citados en el testo 
«stán fielmente traducidos de fragmentos tomados en varias fuentes. Vea- 
se Gregorii Nysseni, Opera, París, 161o, p. 49 C, 589 D, 210 C,780C; t. II, 
p. 860 B, 61.9 B y D, 324 D. «Sed dulcespara los movimientos déla me- 
lancolía,»» dice Talasio en sentencias que fueron admiración de sus con- 
temporáneos. (Bibliotheca Patrum, edic. de París, 1624, t. 11, p. 1180 C). 

(50) Pág. 29. — Véase Joannis Chrysostomi Opera omnia, edic. de Pa- 
rís, 1838, t. IX, p. 687 A; t. II, p. 821 A y 851 E; t. I, p. 79. Véase 
también Joannis Philoponi in cap. 1 Geneseos de Creatione mundi íibri sep- 
tem, Víena de Austria, 1630, p. 192, 236 y 272; así como Georgii Pisidfe 
Mundi oficium, edic. de 1596, v. 367-375, 560, 933 y 1248. 

(51) Pág. 29. — Piespecto al concilio ^deTours, en tiempo del papa Ale- 
jandro III, véase Ziegelbauer, Hist. rei lifter. Ordinis S. Benedicti, t. II 
jp. 248, edic. de 1754. Acerca del concilio de París (1209) y sobre la bula 
de Gregorio IX (1231), véase A Jourdain, Recherches critiques sur les tra~ 



— 361 — 

ductions d' Avistóte, 2.^ edic. publicada por C. Joiirdain, 1843, p. 188-192. 
La lectura de las obras de física de Aristóteles fué prohibida bajo penas 
severas. En el concilio de Letran (1139), solo se prohibió á los frailes el 
ejercicio de la Medicina. (Sacrorum Concil. nova Collectio, Venecia, 1776, 
t, XX!, p. 528). Véase también respecto de esto el ag-radable y sabio es- 
crito del joven Wolfg'ang' de Goethe : Der Mensch und die elementarische 
Natur, 1844, p. 10. 

(o2) Pag. 31. — Federico Schleg-el, ueber nordische Díchtkunst, en la co- 
lección de sus obras completas, t. X, p. 71 y 90. Sin salir de la época de 
Carlomagno puede citarse también en la Vida de este príncipe por Angi I 
berto, abad de Saint-Riquier, la descripción poética de un parque situado 
cerca de Aix-la-Chapelle, en quehabia bosques y praderas. Véase Pertz, 
Monumenfa, t. 11, p. 393-403. 

(53) Pág-. 32. — Véase en Gervinus, Geschichte der deutschen Liíter.,t. I, 
p. 354-381, la comparación de las dos epopeyas germánicas, de los Nie- 
belungen, donde se cuenta la venganza de Criemhilda, esposa de Sigifredo 
el de la córnea coraza, y del poema de Gudrun, Jiijo del rey Hetel. 

(54) Pág. 33. — Sobre la descripción romántica de la Cueva de los 
Enamorados en el Tristande Godofredo de Estrasburgo, véase Gervinus, 
Geschichte der deutschen Litter., t. I, p. 450. 

(55) Pág. 3^0 . —Vridankes Bescheidenheit, por Guillermo Grimm, 1834, 
p. L y cxxviii. Todo el juicio sobre la epopeya popular de los ^lemanes 
y sobre las canciones de amor espuesto en el Cosmos (p. 31-35) está es- 
tractado de una carta que me escribió Guillermo Grimm en el mes de 
Octubre de 1845. Tomo de un poema anglo-sajon muy antiguo sobre los 
nombres de los Runos, que Hickes ha hecho conocer y que no deja de te- 
ner relación con los cantos del Edda, una descripción característica del 
íiheá\il (Birke): «Las ramas del beorc son bellas; sus estromidades ador- 
nadas de hojas se agitan amorosamente al soplo de los aires." El sa- 
ludo dirigido al dia es de una espresion sencilla y noble. «El día es el 
mensajero del Señor, el amigo del hombre, la brillante luz de Dios, la 
alegría y la confianza de los ricos y de los pobres, un beneficio para to- 
dos!» Véase Guillermo Grimm, ueber deutschi Ruñen, 1821, p. 94, 225 
y 234. 

(56) Pág. 35. — Jacobo Grimm, en Reinhart Fuchs, 1834, p. ccxciv. 
Véase también Lassen, indische Alterthumskunde, t. I, 1843, p. 296. 

(57) Pág. 36. — Véase Die Uncechtheit der Lieder Ossians und des Macpher- 
son'schen Ossian's insbesondere, publicado en 1S40 bajo el nombre de Talvj, 



— 362 — 

seudónimo de la espiritual traductora de las poesías populares de la 
Servia. La primera publicación de Ossiam por Macpherson es de 1760. 
Los cantos de Finnian , resuenan , cierto, entre los Hig-hlanders de la 
Escocia, ig-ualmente que en Irlanda; pero según O'rcilly y Drummond, 
pasaron de Irlanda á Escocia. 

(08) Pág'. 30. — Véase Lassen, ¡ndische Alterthumskunde, t. í, p. 412-415'. 

(39) Pág". 37. — Sobre los anacoretas indios, los Vanaprastlies (syl- 
vicolíe) y los Sramanes, llamados también por corrupción Sarmanes y 
<jrarmanes, véase Lassen, de ?sominibus quibus veteribus appellantur Indo- 
rum phüosopki, en e\ Rheinisches Miiscum filr Philologie. 1833, p. 178-18(). 
Según Guillermo Grimm , la descripción de un bosque que el fraile Lam- 
brecht trazó ha ya mil doscientos años en su poema sobre Ale- 
jandro, imitado exactamente de un modelo francés , reproduce alg"o 
del colorido indio. El héroe llega ú un bosque maravilloso, en donde 
del cáliz de grandes flores nacen jóvenes de tamaño natural y adorna- 
das de todos los atractivos , y permanece en él hasta que las flores y 
mujeres se marchitan. Aféase Gervinus, Gesch. der deutchen Litter., t. T, 
p. 282, y Massmann, DcíJíma/er, 1. 1, p 16. Estas doncellas, que constituían 
una objeto de comercio, haliitaban la mas oriental de las islas encanta- 
das de Edrisi, llamada Vacvac; y son designadas en la traducción latina 
de Masudi-Cotb-eddin con el womhv&'puellm Vasvakienses. Véase Humboldt, 
Examen criUqne de la géographie , t. I, p. 33. 

(60) Pág. 38. — Kalidasa vivia en la corte de Vikramaditya próxima- 
mente cincuenta y seis años' antes de nuestra era. El Ramayana y el 3Ia' 
habarata, son probablemente muy anteriores, á la aparición de Buda^ 
os decir, á mediados del siglo vi antes de J. C. Véase E. Burnouf, edic. 
y traducción del Bhagavata-Purana, t. í. p. cxi y cxviii; Lassen, Indische 
AUerthumskunde, t. 1, p. 3')6 y i92. Jorge Forster, traduciendo el dra- 
ma de Sakuntala, ó mas bien vertiéndolo al alemán (1791) con esquisi- 
to g^usto déla traducción inglesa de William Jones, ha contribuido mu- 
cho al entusiasmo que hacia esta é-poca despertó en Alemania la 
poesía india. Recuerdo con gusto con este motivo, dos dísticos de Goíthe 
que aparecieron en 1792: «¿Quieres abarcar en un solo nombre las flores 
de la primavera y los frutos del otoño, todo lo que encanta y subyuga^ 
todo lo que satisface y alimenta, el cielo y la tierra? pues todo esto está 
resumido en una palal)ra, Sakuntala.v La última traducción alemana del 
drama indio, hecha según los testos originales descubiertos por Broc- 
khaus, es la de Otto Boehtling-k, Bona, 1842; ha sido traducido en fran- 
cés por Chézy, París, 1830. 

(61) Pág. 38. — Véase en mis Cuadroa de la naturaleza (Consideraciones 



~ 363 — 

sobre las estepas y los d(2sicrtos) t. I, p. 23-28 da' la nueva Iradaccioft 
francesa publicada por MM. Gide y Baudiy, ISol. 

(62) Pág-. 30. — Para complotac lo poco que he podido decir de la i- 
teratura india, é indicar cuando menos sus fuentes principales, como he 
hecho respecto de las literaturas grieg^a y romana, citare aquí algunas 
consideraciones generales, acerca del sentimiento de la Naturaleza éntre- 
los Indios» Débolas ú las comunicaciones manuscritas que me ha dirigido 
espontáneamente un sabio distinguido, muy versado en el conocimien- 
to filosófico de la poesía india, Teodoro Goldstucker, "De todas las in- 
fluencias que han ayudado el desarrollo intelectual de los Indios , la 
primera á mi entender, y la mas eficaz, es la que ha ejercido sobre esos^ 
pueblos la rica naturaleza del país que habitaban. Un sentimiento muy 
profundo de la naturaleza ha sido en todos los tiempos el rasgo caracte- 
rístico del genio indio. Tratando de reconocer las diferentes formas bajo 
las cuales se ha manifestado este sentimiento , pueden marcarse tres épo- 
cas distintas, cada una délas cuales presenta un carácter propio funda- 
do sobre la vida y sobre las tendencias de esos pueblos. Algunos ejemplos 
bastarán para comprender la actividad de la imaginación india, que 
no ha podido debilitar un trabajo de mas de tres mil años. La primera 
época está marcada por los Vedas. Podríamos citar las descripciones á la 
vez sencillas y magestuosas de la aurora y del sol «con sus manos de oro.« 
Véase ñigveda-Sanhita, edic. de Rosen, 1838, himno XXII, p. 31; XXXV 
p. 6:>;XLVI p 88; XLVIII , p. 92; XCII , p. 184; CXlíI, p. 233. Véase 
también Ha;fer, indische Gedichíe, 1841 , I.'* parte, p. 3. El homenaje tribu- 
tado á la Naturaleza por los Indios, fue coméenlos otros pueblos, la- 
primera forma del sentimiento religioso; pero este cuite tiene en los Ve- 
das un matiz particular, consecuencia de su íntima relación con el senti- 
miento de la vida esterior é interior del hombre. La segunda época es. 
muy diferente de la primera ; formóse una mitología popular que tiene 
por objeto desarrollarlos mitos de los Vedas , hacerlos mas seductores á 
los hombres que hablan ya perdido el sentimiento de su sencillez primiti- 
va, y combinarlos con acontecimientos histijricos transportados al do- 
minio de la fábula. A esta segunda época pertenecen las dos epopeyas 
indias. El Mahabarata , menos antiguo que el Ramayana , se propone 
también como ol)jeto secundario asegurar á la casta de los bramanes. 
una influencia dominante entre las cuatro castas estaljlecidas por la anti- 
gua Constitución de la India. Asi el Ramayana es mas bello , y el sen- 
timiento de la naturaleza es en él mas seductor; ha quedado en el 
verdadero suelo de la poesía, y no ha necesitado recibir elementos es- 
traños ú opuestos á la poesía. En esas composiciones épicas , la Na- 
turaleza no llena enteramente todo el cuadro como en los Vedas , sino 
que no constituye mas que una parte. Dos puntos esenciales distinguen 



— 364 — 

la concepción de la Naturaleza , en esa edad del poema heroico, y el sen- 
tiniiento del mundo esterior tal como se manifestaba en los Vedas, aun 
sin hablar de las diferencias inevitables entre el estilo de los himnos 
y el de la narración. En primer lugar el poeta épico se detiene en des- 
cribir sitios determinados. Puede leerse, por ejemplo, en la traducción 
del Ramayana de G. de Schlegel, el primer libro titulado Balakanda , y el 
segundo Ayodhyakanda. Véase también sobre la diferencia de las dos 
grandes épocas indias Lassen , Jndische AUerthumskunde, 1. I, p. 482. El 
segundo punto, que se une íntimamente al primero, consiste en los obje- 
tos nuevos á que se aplica el sentimiento de la Naturaleza. Era del 
carácter de la leyenda y sobre todo de la narración histórica, el intro- 
ducir descripciones individuales de la Naturaleza en lugar de cuadros in- 
determinados. Los creadores de las grandes formas épicas , ya sea Valmi- 
ki , que cinta las hazañas de Rama, ya sean los autores del Mahaharata, 
que la tradición ha confundido bajo el nombre colectivo de Vyasa, to- 
cios se muestran en sus narraciones como subyugados por un sentimien- 
to poderoso de la Naturaleza. El viaje de Rama desde Ayodhya a la re- 
sidencia real de Dschanaka, su vida en el bosque, su partida para 
Lanka (isla de Ceilan), donde habita el salvaje Ravana , el raptor de su 
mujer Sita ofrecen al poeta entusiasta , lo mismo que la vida solitaria de 
losPandavas, ocasión de seguir las inspiraciones del genio indio y 
unir las hazañas de sus héroes brillantes descripciones de la Naturaleza. 
Y. Ramayana, edic. de Schlegel , 1. I , c. 26, v. l3-1o; 1. II, c. 56, 
V. 6-11; Nalus, edic.de Bopp, 1832, canto XII, v. 1-10. Hay ademas otra 
diferencia, dependiente también del sentimiento déla Naturaleza esterior, 
entre esta segunda época y la de los Vedas; y es, que se ha engrande- 
cido la esfera misma de la poesía. El objeto de la poesía , no es 
como antes la aparición de los Poderes celestes; |abarca la Natura- 
leza entera, los espacios del cielo y de la tierra, el mundo de los ani- 
males y de las plantas , en su fecunda abundancia y en su influencia 
sobre el alma humana. Si se pasa á la tercera época de la literatura poé- 
tica de los Indios, dejando á un lado los Puranas, destinados á desar- 
rollar el elemento rehgioso bajo la forma del espíritu de secta, la Natura- 
leza ejerce un imperio soberano; pero la poesía descriptiva está fundada 
en una observación mas sabia y mas exacta. Entre los grandes poemas 
■de esta época, mencionaremos aquí el Bhatlikavya, es decir, el poema de 
Bhatti que, como el Ramayana, tiene por objeto las hazañas de Rama, y 
y en el cual se suceden cnadros imponentes de la vida de los bosques 
durante un destierro del héroe , y descripciones del mar , de sus cos- 
tas encantadoras y de la alborada en Lanka. Véase Bhattikavya, edic. de 
Calcuta, 1.^ parte, canto Vil, p. 432; canto X, p. 715; canto XI, p. 814: 
véase también Schütz, profesor de Bielefeld , Füng gesange des Bfialti- 
Kavya, 1837, p. 1-18. Mencionaremos también el poema de 5íSM])a/a&acía, por 



— 365 — 

Mag"ha, con una agradable descripción de las diferentes partes del dia; 
el del Naischada-tscharita, por Sri-Harscha, pero haciendo observar siem- 
pre, que en el episodio de Nalus y de Damayanti la cspresion del senti- 
miento de la Naturaleza pasa los justos límites. Este esceso hace com- 
prender mejor aun la noble sencillez del Ramayana en el pasaje en que 
Visvamitra conduce á su discípulo á los rios de Sona. Véase Sisupala- 
hada, edic. de Cale, p. 298 y 372, y v. Schiitz en la obra citada mas 
arriba, p. 23-28; Naischada-tscharita, edic. de Cale. , 1.^ parte, v. 77-129; 
iíaniaya/m, edic. de Schlegel , 1. I, c. 3o, v. 13-18. Kalidasa , el célebre 
autor de Sakuntala, fue un gran maestro en el arte de pintar la influen- 
cia de la Naturaleza en las almas enamoradas. La escena del bosque 
que ha dibujado en el drama de Vikrama y Urvasi , es una de las mas 
bellas producciones de la poesía de todos los tiempos. Véase Vikramorva- 
si, edic. de Cale, 1830, p. 71, y la traducción de ese poema por Wilson, 
Select specimens ofthe Theatre of the Hindus, Cale, 1827, t. lí, p. 63, y por 
Lan^lois, Chefs-d^ceuvre duTheatre indien, 1828, t. I , p, 183. En el poema 
de las Estaciones, particularmente en la estación de las lluvias y en la de la 
Primavera, como en la Nube mensajera, todas las creaciones de Kalidasa 
tienen por objeto principal la influencia de la Naturaleza en los senti- 
mientos del hombre. (Véase Ritusanhara, edic. de Bohlen, 1840, p. 11-18 
y 37-43, y la traducción alemana del mismo orientalista, p. 80-88 y 
107-114). La Nube Mensagera (Meghaduta), publicada por Wilson y Gil- 
demeister, y traducida por Wilson y Chezy , describe la tristeza de un 
desterrado en el monte Ramaa^iri. En el dolor que le causa la ausencia de 
su adorada, ruega á una nüije que pasa sobre su cabeza , que le Heve el 
testimonio de sus pesares. Marca á la nube la senda que debe tomar , y 
pinta el paisaje, tal y como se refleja en un alma profundamente agitada. 
Éntrelos tesoros que la poesía india en este tercer período debe al sen- 
timiento popular de la Naturaleza , la mención mas honorífica pertenece 
al Gitagovinda de Dchayadeva. Véase RLickcrt, Zeitschríft für die Kunde des 
Morgenlandes, 1. 1, 1837, p. 128-173; Gitagovinda Jayadevíe poetw indici drU' 
malyricum, edic. de Lassen, 1836. Ruckert ha hecho de este poema, uno 
de los mas graciosos , pero también mas difíciles de toda la literatura in- 
dia, una escelente traducción en verso , que traslada con una fidelidad 
admirable el espíritu del original, y la concepción íntima de la Naturale- 
za que vivifica todas sus partes.» 

(63) Pág. 40. — Journ. ofthe royalGeogr. Society of London, t. X, 18íl^ 
p. 2-3; Ruckert, Makamen Hariri^s, p. 261. 

(64) Pág. 40. — Goeethe. Commentar zum Wesí-osfHchen Diván, t. VI, 
p. 73-78 y 111 de sus Obras comptetas (1828). 



— 366 — 

(6o) Pág. 40.— Véase el Libro de los JR^ycs publicado por Julio Molil, 1. 1. 
1838, p. 487. 

(66) Pág-. 41. — Véase en José de Eninmcv, Geschichte üer schóncn Re- 
dcMnsle Persíens , 1S18, p. 96. ol pasaje consagrado á Ewhad-eddiii Eiiwe- 
ri, poeta del sig-lo XII, en el que se alude uolablemeiilc á la atracción 
recíproca de los cuerpos celestes. Se hallarán también citados (p. 1S3) el 
inístico Djelal-eddin Roumi;(p. 2ü9) Djelal-oddin Adhad, y (p. 403) Fei- 
si, que se presentó en la corte de Akhar como defensor de la relig-ion de 
Brahma, y cuyos cantos Gazal respiran toda la ter-iura de los sentimien- 
tos indios. 

(67) Pág. 41. — «La noche cae cuando se vuelca el tintero del cielo.»» 
Así se espresa en un poema insípido Chodschan Abdallah Wassaf, 
que tiene sin embarg-o el mérito de haber descrito el primero el g^ran 
"♦Observatorio de Meragha con su alto g-nomo. Hilali, de Astcrabad, dice 
que enrojece el calor al disco de la luna," y llama al rocío «el sudor de la 
'iuna." Véase José de Hammer, ibid, p. 2i7 y 371. 

(68) Pág. 41. — Tuirja ó Turan son denominaciones cuya etimología 
<no se ha decciibierto aun. Sin embargo, Eugenio Burnouf {Comment. sur 

le Yacna, t. I., p. 427-Í30), ha llamado ing-emosamenle la atención sobre 
una satrapía de la Bactriana llamada por Estrabon (1. XI p. 517 edic. de 
Casaubon) Tnriun ó Turiva; pero Du Thcil y Groskurd proponen que se 
.lea. Tapyria. 

(69) Pág'. 41, — Ueber ein /innisches Epoi., por Jacobo Grimm , 1845, 
jp. S. 

(70) Pág. 45. — El salmo CIII en las Biblias católicas , y el CIV en las 
Biblias protestantes. Véase también el salmo LXV, v.7-i4; LXXIV, 15-17. 
El autor y el traductor de este libro han seguido la escelente versión de 
Moisés Mendelsohn. A'éaset. VI desús obras, p. 220, 238 y 280. Hállan- 
se también en el siglo XI algunos nobles reflejos de la antigua poesía he- 
braica, en himnos compuestos para las sinagogas por un poeta español, 
Salomón bcn Gabirol (Avicébron). Dichos himnos son una paráfrasis poé- 
iica del libro de Mundo, falsamente atribuido á Aristóteles. Véase Miguel 
Sachs, Die religiose Poeaic der Juden in Spmiien , 18Í5, p. 7, 217 y 229. 
Mosé ben Jakob ben Esra ofrece también rasgos tomados de la vida de 
-la Naturaleza, que están llenos de fuerza y de grandeza. Véase en la 

o'jra anterior p. 69, 77 y 2S5. 

(71) Pág. 40. — Los pasajes sacados del libro de /o& /us íia lomado 
el autor del Cosmos de la traducción y comentario de llmbreit (1824, 
j). XXLX-XLII y ^90-314). V. Genesius , Geschichte der hebrceischen Spra- 



— 367 — 

chcund Schrift , p. 33, é Ilycn, rfe Jobi aníiquissimi carminü hebraici na- 
tura aíque virtuAibus, p. 28. La descripción mas estonsa y mas caracterís- 
tica que ofrece el libro de Job, es la del cocodrilo (véase c. XL y XLlj; 
y sin embargo, ese pasaje contiene uno de los indicios de los cuales 
puede deducirse que el autor del libro de Job habla nacido en la misma 
Palestina. (Véase Unibreit, p. XLI y o08). Pero como se encontraban 
otras veces los hipopótamos y cocodrilos en todo el Delta del Nilo , no 
debe eslrañarnos que el conocimiento de estos raros animales se estendie- 
ra hasta la Palestina. 

(72) Páu. í(). — Gadlie. i.^nmmeníar ziüit Wed-mtlichen Dican. p. 8. 

(73) Pág-. 47. — Antar,a bedoueen Romance translated [rom tlie Arabic , 
by Terrick Hamilton, t. I, p. XXVI. — Hamnier en los Wiener .Jahrbüchern 
der littcratur , t. VI, 1819, p. 229; RosenmuUer. Clinrakteren dervornchmftfen 
Dichter nlkr Nnfionem. t. Y, p. 21)1. 

(74) Páii-. Í7. — Anfara cum f<choL Zuzcnii. dáic. de Ménil, 1810, v. lo. 

(lli) Pág-. 48. — Amrulkeisi Moalkkai. cdic. de E, G. Henstenberg-, 182o: 
Hamasa. edic. de Frey^tag-, 1828. 1.^* parte, I. Vlf. p. 78o. Véase tam- 
bién la encantadora obra titulada: Amrilhaís. der Dichter und Kónig, ilber- 
setztvon Fr. Rüchert. 1843, p. 29 y 62. en donde se pintan dos veces las 
grandes lluvias meridionales con una verdad sorprendente. El rey poeta 
habia visitado muchos años antes del nacimiento de Mahoma, la curte 
del emperador Justiniano, para pedir auxilio contra sus enemig-os. Véase 
el Diván d'Amro'Uinia . con una traducción por Mac Guckin de Slane 
1837, p. ITI. 

(76) Pág. 4>i.—Nabe(jaDhobyani en Sylvestre de Sacy, Chresíomalhii' 
Árabe, 1826, 1. II, p. 404. V. sobre los principios de la literatura ára- 
be, Silvestre de Sacy en las Mémoirex de VAcadémie des Inscriptions, t. I.: 
Weil, Die poelische Litferatur der Araber vor Mohammed , 1837, p. lli y 90: 
Freytag-, Darstellundq der arabischen Yerxkunsf, 1830, p. 372-392 , mientras 
se publica la obra de Caussin de Perceval sobre el mismo asunto. El 
g-ran poeta Fr. Rückert acaba de publicar en Alemania una traducción de 
Jíamasa, donde se vé reproducido eon un raro acierto el antiguo senli- 
tuiento poé'lico ríe los árabes. 

(77)Pá,g.48. — Uamas(e Carmina , cdic. de Freytag- , 1.* parte, 1828, 
p. 788. «Aquí termina, se dice espresamentc, p. 796, el capítulo del Viaje 
-y de la Somnolencia." 

(7S) Pág. i9.—V>üntQ. Purgatorio, canto I, v. Iltí: 



— 368 — 

L' alba vinceva 1' oramattutina 
Che fug-g'ia innanzi, si che di lontano 
Conobbi il tremolar della marina... 

(79) Pág. l9.~-Purgat..Y., v. 109-127: 

Ben sai come nell' aer si raccoglie 
Quell' umido vapor, che in acquariede. 
Tostó che sale, dove'lfreddo ii coglie... 

(80) Pag. Í9.—Purgat., XX VIII, v. 1-24. 

(8i; Pág. 50.— Parad. , XXX, v. 61-69: 

E vidi lume in forma di ri viera 

Fulvido di fulgore intra dúo rive, 

Dipinte di mirabil primavera. 

Di tal fiumana uscian faville vive, 

E d' og-ni parte si mettean ne' fiori, 

Quasirubin, che oro circonscrive. 

Poi, come inebriate dagli odori, 

Riprofondavan se ncl miro gurge, 

E s' una entrava, un' altran- usciafuori. 

No cito nada de la Vita Nuova , porque las metáforas y las imágenes 
que contiene no entran del todo en el dominio de la Naturaleza y de la 
realidad. 

(82) pág. oO. — Estas líneas aluden al soneto de .Bojardo: «Ombrosa 
selva, che il mió duolo ascolti...» y á las admirables estrofas de Yittoria 
Colonna, que empiezan con estas palabras: 

Quando miro la ierra ornata e bella, 
Di mille vaghi et odorati fiori... 

Fracastor, célebre á la vez como médico, como matemático y cemo 
poeta, ha dejado en su Naugerius depoetica dialogus, una bella y exactísi- 
ma descripción de su casa de campo, situada sobre la colina de Incassi,. 
(mons Caphius), cerca de Verona. Véase en las Obras de Fracastor, 1591, 
l.^,parte,p. 321-326. Véase tambienp. 636, un pasaje encantador sobre el 
cultivo del limo-nero en Italia. Observo, por el contrario, con asombro, 
que no existe en las cartas de Petrarca ningún rasgo del sentimiento de 
]a Naturaleza, ni aun cuando en 13Í5, tres años antes de la muerte de 
Laura, salió de Vaucluse é intentó subir el monte Vcntoux, en la espe- 
ranza de que sus ardientes miradas podrían descubrir su patria, ó cuan- 
do visita ya las orillas delRin hasta Colonia, ya el golfo de Bahia. Pe- 



— 369 ~ 

trarca vivia mas bioii en los recuerdos clásicos de Cicerón y de los poe- 
tas latinos, ó en los delirios enUisiaslas de su ascética melancolía, que en 
el seno de la naturaleza que le rodeaba. Véase Petrarca, Epist. de rehus 
familiaribus, I.IV, ep. I, V, 3 j 4, p. llí), 156y 16l,edic.de Lyou, 1601. 
No hay en estas cartas nada verdaderamente pint>re>co como no sea la 
descripción de una g-ran tempestad (jue observó en Ñapóles en 1Í153. Véa- 
se 1. V, ep. 5, p. 16o. 

(83) Fíig. 52. — Riimholdt, Examen crílique deV Histoire déla Geonra- 
¡ihic du Nouveau Contincnt , t. 111, p. 227-248. 

(8í) ?ág. 53.— Véase Cosmos, t. í, p. 261 y 431. 

(8o) Pág-. 54, — Diario de Cristóbal Colon en su primer viaje; 20 de Oc- 
tubre : 25-29 Noviembre : 7-16 Diciembre y 21 Diciembre de 1492. Véase 
también su carta á doña María de Guzman , Aya del princijpc D. Juan, 
Diciembre, 1500, en Navarrete, Colección de los viajes que hicieron por mar 
los Españoles, t. I,p. 43, 65-72, 82,92, 100 y 266. 

(86) Pág-. 54. — Véase en la misma colección , p. 303-304, Carta del Al- 
mirantea los Reyes, escrita en Jamaica á 7 de. Julio, 1503; Humboldt, Examen 
critique, ele, t. líl,p. 231-236. 

(87) Pág. 55.— 7'asso, canto XVÍ, est. 11-16. 

(88) Pág. 55. — Véase Federico Schlegel , Sinmllichc Werlic, t. 11, p. US, 
y sobre la estraña mezcla de las fábulas antiguas con las creencias cris- 
tianas, t. X, p. 54. Camoens ha intentado justificar ese dualismo místico 
•en las estrofas 82-84, á las cuales no se ha prestado bastante atención. 
Téthys confiesa de una manera un tanto sencilla , pero con admirable 
transporte poético, <»que ella misma, Saturno, Júpiter y tolo el cortejo de 
los dioses, no son sino puras fábulas, nacidas de la ilusión de los mor- 
tales; todos sirven solo, dice, para dar encanto á los cantos del poeta." 
<.A sancta Providencia que em Júpiter «aquí se representa." 

(89) Pág. V)^.—Oslusiadas de Camoens, canto I , csl. 19 ; VI , 71-82. 
Véase también la comparación de que se sirve el poeta en la dcscripciorí 
4e la tormenta qne estalla en medio de un bosque, 1. 35. 

(90) Pág. 50. — El fuego de San Telnio. «Olumc vivo que a niaritima 
ícente tera por santo em tempode tormenta.» canto V, est. 18. Si brilla 
una sola llama , es la Elena de los marinos grieg-os , anuncia desgra- 
cia (Plinio, 1. 11, c. 37); dos llamas^ Cdsíor y Polux , apareciendo con 
ruido como pájaros que revolotean , son por el contrario número feliz. 
Véase Estobeo, Eclogw physiccü,]. I, p.514. Séneca, Natur Qucest, 1. I, c. 1. 
Para formarse una idea de la verdad seductora de que están imprcjna- 

TO.MO II. 21 



— 370 — 

das las deseripcioiios de la naturaleza en Camoens , paede verse en la 
gran edic. de París. 18í8, la Vida de Canioem , par Dorn José María de 
Souza, p. Clí. 

(91) Pag-. 06. — Cauto V, esL 19-22. La desciipeion de la tromba de 
agua , en Camoens, puede compararse á la pintura igualmente poética 

^ y muy verdadera de Lucrecio, 1. VI, v. 423-442. Acerca del aguadulce, 
que hacia clíln de la aparición cae visiblemente de la parte superior de 
la tromba, véase en Amer. Joiirn. of Sciences de Silliman, t. XXIX, p. 
234-260 una memoria de Ogden On Water Spouts , resultados de observa- 
ciones hechas en 1820 durante un viaje de la Habana á Norfolk. 

(92) Pág. 06. — Canto iíí, ost. 7-21. Sigo siempre para Camoens el tes- 
to do la edición de lo72, magníficamente reproducida en la escelente 
edición de Dom .José María de Souza-Botelho, París, 1818. Camoens se 
proponia ante todo en su poema la glorificación de su patria. ¿No seria 
digno de una gloria poética y tan grande y de una nación tal , hacer en 
Lisboa lo que se ha hecho en el gran castillo ducal de Weimar en las sa- 
las de Schiller y de Goethe, es decir, ejecutar al fresco en paredes bien 
iluminadas y en vastas dimensiones las doce composiciones debidas á un 
hombre, con cuya amistad me considero honrado, de Cerard, y que 
adornan la edición de Souza? El suetío del rey D. ^Manuel, en el que se le 
aparecían los ríos del hido y el Ganges, el gigante Adamastor cer- 
niéndose sobre el cabo de Buena Esperanza, (Eu sou aquello occulto e 
grande Cabo, a quem chamáis vos outros Tormentorio). la muerte d(; 
Inés de Castro y la isla graciosa de Venus producirían el efecto mas bri- 
llante. 

(83) Pág. 37. — Canto X est. 79-90, — Camoens como Vespucio dicen 
que la región del cíelo vecina del polo austral está desprovista de estre- 
llas: véase canto V, esl. lí. Conoce también los hielos délos mares an- 
tarticos; véase Y, 27. 

(94) Pág. :í7.— Canto X, ost. 91-141. 

(9o) Pág. 57. — Ganto IX, est. 5I-B3. — V. Luis Kriegk Schrifleu 
zur allgemeinen Erdkunde, 18i0, p. 338. Toda Li descripción de la isla de 
Venus es un mito alegórico, como se ha dicho espresamenleen la est. 89. 
Al principio del sueño de D. Manuel pinta solamente el poeta una co- 
marca de la India cubierta y montañosa. Véase canto IV , est. 70. 

(96) Pág. 58. — Por amor á la antigua literatura española, y por el 
cielo encantador bajo el cual compuso la Araucana el poeta Alonso de 
Ercillay Zúñíga, he leído concienzudamente y en dos veces esta epope- 
ya que no tiene menos de 22.000 versos. La primera vez la leí en el 



— 371 — ■ 

Perú ; la seg-unda vez Iiace muy poco en París , donde ¡gracias ú la defe- 
rencia de un sabio viajero, Ternaux-Compans, he podido comparar 
con el poema de Ercilla, un libro muy raro impreso eu 1596 en Lima, los 
diez y nueve cantos del Arauco domado , compuesto por el licenciado Pedro 
de Oña, natural de los Infantes de Engolen Chile. Los quince primeros libros 
deesla epopeya de Ercilla, en la cual Voltairc ve uxailliada, y Sismon- 
di una Gacetaen verso, han sido compuestos de looo y 1563, y publica- 
dos desde el año 1569; los últimos no se imprimieron hasta 1690, es de- 
cir, apenas seis años antes del malaventurado poema de Pedro de Oña, 
que lleva el mismo título que las obras maestras dramáticas de Lope de 
Veg-a, y en el cual el cacique Caupolican juega ig-ualmente el principal 
papel. Ercilla es sencillo y sincero , sobre todo en las parles de su poe- 
ma que escribió en campo raso, y con mucha frecuencia sobre cortezas 
de árboles y pieles de bestias, por carecer de papel. Produce una viva 
emoción cuando describe su indigencia y la ingratitud que sufrió tam- 
bién en la corte del rey Felipe. El fin del canto 37 es particularmente con- 
movedor: 

Climas pasé, mudé constelaciones, 
Golfos innavegables naveg'ando, 
Estendiendo, señor, vuestra corona 
Hasta la austral frígida zona... 

«Esto hice en la primavera de mi vida : instruido muy tarde , quiero 
dar el adiós á las cosas de la tierra , llorar y no cantar mas.» Pero las 
descripciones tales como el jardín del encantador, la tormenta que hace 
estallar Eponamon , la pintura del mar (l.'^ parte, p. 80j 133 y 173 , 2.^ 
parte, p. 130 y 161, edic. de 1733), están despojadas de todo sentimien- 
to de la Naturaleza ; las indicaciones g-eog^raficas (canto XXVK), están 
tan acumuladas, que hay en 8 versos 27 nombres propios que se siguen 
sin interrupción. La segunda parte de la Araucana no es de Ercilla ; es 
una continuación en 20 cantos hecha por Dieg"o de Santistéban Osorio, 
que se une á los 37 cantos de Ercilla. 

(97) Pág. o8. — Véase el Romancero de Romances caballerescos ¿históricos, 
ordenado por ü. Agustín Duran, Leparte, p. 189, y 2.^ parte, p. 237^ 
Especialmente he visto las bellas estrofas siguientes: 

Iba declinando el dia 

Su curso y lingeras horas... 

y la fuga del rey Rodrigo que empieza por estas palabras: 

Cuando las pintadas aves 
Mudas están, y la tierra 
Atenta escúchalos rios... 



— 372 — 

(98) Pág. í)9.— Fray Luis de León, Obras propias y traducciones, dedi- 
cadas á D. Pedro Portoearrero, p. 120: Noche serena. Un profundo senti- 
miento de La naturaleza se reveLa alg-una vez entre los antiguos poetas 
místicos españoles. Fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús, Malón 
de Chaide; pero esas imágenes de la naturaleza no son de ordinario mas 
que un velo simbólico, bajo el cual se ocultan concepciones ideales y 
religiosas. 

(99) Pág-. 60 — Véase Calderón en el Principe constante en el momento 
en que se aproxima la flota española, acto I, esc. 1.'^, y sobre la realidad 
*le las bestias salvajes en los bosques, acto 3.°, escena 2.^ 

(100) Pág. tíO. — ^Todo loque en el juicio de Calderón y Shakespeare 
■está entre comillas, está sacado cíe una carta inédita dirigida al autor 
por LuisThieck. 

(1) Pág. 63. — Véase el orden en que se han sucedido esas obras dis- 
tintas: Juan Jacobo Rousseau: NouvelleHéloise, 17o9; Buffon , Époques de 
la Nature, 1778; (la Histoire NatureUe habia aparecido de 1649 á 1767); 
Bernardino de Saint-Pierre , Études de la Nature, 178Í: Paul et Virgi- 
nie, 1788; laChaumiére indienne, 1791; Jorge Foster , Reise nach der Süd- 
see, 1777; kleine Schriften, 179i,. Mas de cincuenta años antes de la apari- 
ción de la 'Nouvelle Héloise, Mad. de Sevigné habia ya espresado en sus 
cartas el sentimiento de la Naturaleza, con una vivacidad que se encuen- 
tra rara vez en el siglo de Luis XIV. Pueden verse claramente admira- 
bles descripciones en las cartas de 20 de Abril , de 31 de Mayo , de lü de 
Agosto, de 16 de Setiembre y de 6 de Noviembre, 1671, de 20 de Octubre 
y del 28 de Diciembre, 1689. Véase también Aubenas, Histoire de Mad. de 
Sevigné, 1842, p. 201 y 427. Si un poco antes (p. 76) he recordado al vie- 
jo poeta alemán Pablo Flemming, que de 1633 á 1639 acompañó á 
Adam Olearias en su viaje á Moscovia y á Persia, ha sido porque según 
el testimonio de mi amigo Varnhagen de Ense (biographische Denhmaler, 
t. IV, p. 4, 7o y 129), sus poesías tienen la frescura de la santidad, y por 
que sus imágenes de la naturaleza son á la vez vivas y tiernas. 

(2) Pág. 66. — Carta del Almirante, escrita desde la Jamaica el 7 de Ju- 
lio de 1503: «El mundo es poco ; digo que el mundo no están grande 
•como dice el vulgo." (Navarrete. Colección de viajes españoles , t. L p. 300). 

^(3) Pág. 68. — Véase una muy bella descripción de Taiti por Carlos 
Darwin, Journal and Remarks, 1832-1830, en la obra t'úiúdíúa. Narrativc of 
the Voyages of the Adventure and Beagle, t. IH, p. Í79-Í90. 

(í) Pág. 68. — Sobre los méritos de Jorge Foster como hombre y como 



— 373 — 

escrilor, véase Gerviims, Geschichte dcr deutschcn Lilteratur, i. V, p. 
3í)0-392. 

i'ÍJ) Pag-. 69. — Freytag. DarslcUung der arahischen Fcrs/tiíJisí, 1830, p 402. 

(6) Pág-. 73.— Herodoto, 1. IX, c. 88. 

(7) Pági". 73. — Una parte de las obras de Polyg-iioto y de IMikon, por 
lo menos las pinturas cjue representan la batalla de Maratón en el Pé- 
cilo de Atenas, existían aun, seg-un el testimonio de Himerio , ú fínes 
del sig-lo IV de nuestra era; en cuya época tenian esas obras cerca de 
850 años. Véase Letronnc, Lettres sur la Peinture histnrique múrale, 1535, 
p. -202 y 4o3. 

(S) Pdg-. ~l.—Philostra(oruin Imagintís, edic. de Jacobs y Welc- 
kcr, 182.'), p. 79 y í8o. Estos dos sabios e litores defienden contra las 
sospechas de que lia sido objeto , la descripción de los cuadros que 
adornaban la antig-ua Pinacoteca de Ñapóles Véase Jacobs, p. xvii 
y xLví, y Welcker, p. lv y lxyi. Ofredo MuUcr supone que los cuadros 
de las Islas (II, 17), de los Pantanos (I, !)), del Bosforo y de los Pescado- 
res (I, 12 y 13), tenian mucha semejanza con el mosaico de Palestrina. 
Platón hace también mencionen la introducción delCrííias, p. 107, de la 
pintura aplicada a la reproducción de las monlañas, de los rios y de los 
bosques. 

(9) Pág-. 74. — Esta mejora fué introducida principalmente por Ag-a- 
tarco, ó al menos seg'un sus instrucciones. Véase Aristóteles, Poéti- 
que, e. 4, § IG; Vitrubio, 1. V, c. 7, y el prefacio del libro VIÍ, (t. 1, 
p. 292, y t. II, p. o6, edic. de Alois, Marini, l83fi). V. Lctronne, Leífrea 
xur la Peinture múrale, p. 271-280. 

(iO) Pág-. 7í. — Acerca de los objetos de la Rhopographia, véase Wclc, 
ker, Philostr. Imag., p. 397. 

(11) P%. 74.— Vitruvio, 1. VI!, c. o. (T. lí, p. 91.) 

Íl2) Pág. 74. — Hirt, Geschichte der hildeiiden Kütislc bei den Alten, 1833, 
p. 332, y Letronne, Lettres sur la Peinture múrale, p. 262 y 408. 

(13) Pág-. 74. — Ludius qui primus (?) instituí t amocnissimam paric- 
tum picturam. (Plmio, Historia natural, 1. XXXV, c. 37.) Las tojúaria 
opera de Piinio y las varietates topior um ácWúru\\o, eran pequeños paisa- 
jes que servían de decoraciones. El pasaje de Kalidasa citado en el testo, 
está sacado del Reconocimiento de Sacuntala, acto Vi, (p. 90 de la traduc- 
ción de Chezy, 1830). 



— 374 — 

(U) Pá(?. 75.— Ofredo :^Aü\\cr, Archeologie der Kunst, 1830, p. 609. Ha- 
biendo mencionado en el testo las pinturas descubiertas en Pompeya y 
Herculano, como las producciones de un arle poco natural, debo indicar 
aquí alg-unas raras escepcioncs, que son paisajes en el sentido moderno de 
la palabra. Véase Pilture d'Ercolano, t. If , lab. 45, y t. III, tab. S3. 
Véanse también en el t. IV, tab, 61. 62 y 63 , paisajes que sirven defon- 
do á encantadoras composiciones históricas. No hablo aquí de un nota- 
ble cuadro reproducido en los Monumcnfi dell' Instituto di Corrispondeuza 
archeologica , t. III, tab. 9, cuya antig-iiedad fué ya puesta en duda por el 
hábil arqueólog-o P»aul Rocheiíe. 

({")) Pág-. 73 — ^Ad. de Hoff. (Geschichfe der Veriinderungen der Erdober- 
flaclie, 1824, ^.^ parte, p. 195-199), rechaza la opinión de Du Theil , de 
que la ciudad de Pompeya estaba todavía en todo su brillo en tiempo 
de Adriano, y que no fué completamente destruida hasta fines del si' 

§•10 V. 

(16) Pág". 76. — ^Véasc Waag:en, Kunst werhe und Künslkr in England unp 
Paris, 1839, 3.=^ parte, p. 193-201, y sobre todo p. 217-224, donde se en- 
cuentra descrito el célebre salterio del sig-lo x, conservado en la Biblio- 
teca imperial de París ; ese libro prueba cuánto tiempo se conservó el 
§"usto antig-uo en Constantinopla. Cuando yo daba cursos públicos 
en 1828, debí á las comunicaciones amistosas del profesor Waag-en , di- 
rector de la g-alería de cuadros cu Berlín y profundamente versado en 
todas las cuestiones de esta naturaleza, interesantes noticias sóbrela 
historia del arte, después del período del imperio romano. Las indicacio- 
nes que tuve ocasión de recojer después sobre el desarrollo sucesivo de la 
pintura de paisaje, han sido sometidas en el invierno de 1S33 al célebre 
autor de las Italienische Forschungen. barón de Rumohr, muerto por des- 
g-racia prematuramente, que me suministró gran número de esplicacio- 
nes históricas, autorizándome á publicarlas ínteg-ras, si la forma de mi 
libro lo permitía. 

(17) Pág-. 76. — Waag"en, Kunstirerheund Kilnsíler, eic, 1.^ parte, 1837, 
ii. 39, y 3.^ parte, 1839, p. 332-359. 

(18) Pág. 77. — uEn el Belvedere del Vaticano pintaba ya Pinturicchio 
paisajes que formaban por sí solos todo el cuadro ; pinturas ricas y há- 
bilmente compuestas. Pinturicchio influyó sobre Rafael , en cuyos pal- 
eajes se notan muchas particularidades que no podian ser del Perugino. 
En Pinturicchio y sus amigos se encuentran ya esas notables montañas 
de picos, que en nuestras lecciones mirábamos como un recuerdo del 
Tirol, y los conos de dolomita, tan célebres merced á Leopoldo de Buch, 
■que habían podido impresionar á los artistas viajeros en el camino de 



— 375 — 

Alemania y de ÍUiü.i. Yo creo mas bien que las montañas de los aníi- 
t^uos paisajes italianos son imitaciones convencionales de relieves anti- 
i^-uos y esludios de fantasía, ó una reproducción truncada del Soracte y 
<[q alguna otra montana aislada en el campo de Roma. (Extracto de una 
carta dirigida á A. de llumboldt por Federico de Rumohr, octubre 1832). 
Para formarse idea de las montañas cónicas y de los picos agudos do 
que se habla aquí, no hay mas que recordar el admirable retrato de la 
31ona-Lisa, mujer de Francisco del (¡iocondo, de Leonardo de Vinci. En- 
tre los pintores que en la escuela holandesa han cultivado especialmente 
y con éxito el paisaje, es preciso citar también al sucesor de Patenier, 
Herry de Bles, llamado Civetta, y mas tarde dios hermanos Matthoeus y 
Pablo Bril, que durante su estancia en Roma pusieron en boga esta rama 
del arle. En Alemania, Albrecht Altdorfer, discípulo do Dürer, cultivo 
<?l paisaje poco antes que Patenier y con mayor i'xito. 

(1!)) Pág. "8. — Pintado para la iglesia de San Juan y San Pablo de 
Venccia. 

(20) Pág. 79. — (Juiliermo de Humboldt. GesammeUe Werke, t. IV, p. 37. 
Véase también sobre las diferentes fases de la vida de la naturaleza, y 
í>obre las disposiciones del alma producidas por la vista del paisaje , las 
■(jspirit nales carias de Caras, ucber dic Landschaffiíialerei, 1831, p. 45. 

(21) Pái;-. 79. — 'El gran siglo de la pintura de paisaje reunió: á Juan 
Breughel, 1569-1025; Rubcns, 1577-1640: el Dominiquino, 1581-1641; 
Felipe de Champaña. 1602-1674; ?<icolás Pusino, 1584-1653; Gaspar 
Pusino. (Dughct) 1613-1675; Claudio Lorenes, 1600-1682; Alberto Cuyp, 
1606-1672; Juan Boíh, 1610-1650; Salvador Rosa, 1615-1673; Evcrdin- 
s-on, 1621-1675; Nicolás Berghem , 1624-16S3 ; Swanevelt , 1620-1690: 
Kuysdacl, 1635-1681: Minderhoot Mobbema: Juan Winants ; Adriano 
Vr;n de VcMe, 1639-1C.72: Carlos Dujardin, 16Í4-1687. 

(22) Pág. 79. — Un cuadro antiguo de Cima de ConegJiano. de la es- 
cuela de Bellino, representa, bajo una forma sing-ularmcnte caprichosa, 
palmeras con un botón en medio de su corona de follaje. Véase Galería 
de J>resde, 1835. núm. 40. 

(23) Pág-. S(i.—Gakria de Dresde, 1835,. núm. 917. 

(24) Pág-. 81. — Francisco Postó Poost, nació cnHarlem en 1620 y mu- 
rió enl6S0. Su hermano acompañaba también al príncipe Mauricio de 
Nassau en calidad de arquitecto. Podían verse en la galería de Schleisheim 
íilg-unosde sus cuadros que representaban las orillas del rio de las Ama- 
zonas. Existen alg-unos otrosen Berlín, Hannover y Praga. Los g-rabados 
que adornan el Vícr/V d{^ I principe Mauricio de Nassau . por Barloeus, y los 




— 376 — 

que se cnCLiculran en la colección de Bcrliii, acreditan un scnlimicnto ver- 
dadero de la na^luraleza exótica. La forma de las costas, el aspecto del 
suelo y el de la vegetación están felizmente comprendidos. Vénse allí 
musáceas, cactos, palmeras é higueras, con las cscrecencias que adornan 
el pié del árbol chapeadas como láminas. Las vistas pintorescas del 
Brasil se terminan de un modo bastante raro (lám. oo)por un bosque de 
pinos alemanes que rodea el palacio de Dillenburgo. La observación he- 
cha en el testo (p. SO) sobre la influencia que puede haber ejercido hacia 
la mitad del siglo XVI en el conocimiento de las plantas tropicales y do 
su fisonomía característica , el establecimiento de jardines botánicos en 
el Norte de Italia, me proporciona ocasión de recordar un hecho proba- 
do, y es que en el siglo XIII, Alberto el Grande que era i g-ual mente apa- 
sionado por la filosofía de Aristóteles y por la ciencia de la Naturaleza, 
tenia una estufa caliente en Colonia en el convento délos Dominicos. Este 
hombre célebre, sospechoso de magia porsuautómata parlante, di('>el Cde 
Enero de 1249 una fiesta en honor de Guillermo de Holanda, que llegó á 
Colonia. La fiesta tuvo lugar en el gran jardín del convento , donde 
Alberto el Grande sostenía durante el invierno, en medio de un dulce 
calor, árboles frutales y plantas en fior. La relación, sin duda muy exa- 
gerada, de este banquete , está en la Chronica de Juan de Beka, qu»; 
data de mediados del siglo XIV. Véase Beka y Heda , de Episcopis Ultra- 
jectinis, recogn. ab Arn. Buchelio, 1643, p. 79; Jourdain, Recherches cri- 
tiques sur les TraducHones d'Arisfote, '^.^ edic, 18 Í3, p. 301 ; Buhle, Gcs- 
chiclite derPhilosophie, t. V, p. 296. Aunquelosantiguos conociesen, coma 
lo prueban algunos descubrimientos hechos en las escavaciones de Pom- 
peya, las vidrieras, nada prueba hasta hoy que las estufas callen tos y las 
de cristal estuviesen en uso en la antigua horticultura. La distribubucion 
del calor en los baños por las caldariá hubiera podido darles idea de ellas; 
2)ero lo corto del invierno en Grecia y en Italia impidió que se pensase 
ensemejantecosa. Los jardinesde Adonis (xñ^oi'' AS<únSoí),que indican tan 
bien el sentido de las fiestas celebradas en honor de este héroe, se com- 
ponían según Boeek , de plantaciones contenidas en pequeños tiestos en 
que representaban el jardín en que Venus se unió á Adonis, símbolo de la 
juventud prematuramente marchita, del crecimiento fecundo y de la des- 
trucción. Las Adonias eran por lo tanto una especie de fiesta fúnebre 
para uso de las mujeres; una de esas fiestas en las cuales la antigüedad 
lloraba el duelo de la naturaleza. Asi como nosotros oponemos las plan- 
tas nacidas en estufas calientes á las libres producciones do la Naturale- 
za, los antiguos se sirvieron de ordinario de la palabra Jardín de Adonis, 
para designar un desarrollo demasiado temprano, que no habia llegado 
á su madurez ni tenia probabilidad de vida. Y no eran flores de variados 
coloridos las que se mandaban traer rápidamente y á fuerza decuidados^ 
sino lechugas, hinojo, cebada y trigo: escogíase no el invierno, sino el 



— 377 — 

eslío, durando todo no mas que uclio días. Crcuzcr, en su Symholik umf 
Mijtiuilogie, t. lí, 1840, p. 427, 430, 579 y 481, creo, sin embargo, que in- 
dependientemente del calor natural, se adelantaba también el desarrolla 
de las plantas que componían los jardines de Adonis, en piezas arlificial- 
nicnte calentadas. El jardin del convento de los Dominicos en Colonia 
recuerda un convento de Santo Tomás, situado en la Groenlandia ó en 
Islandia , cuyo jardin estaba siempre desprovisto de nieve, gracias ú 
fuentes naturales de agua caliente ; así lo refieren los hermanos Zeni 
en la relación de los viajes que hicieron de 1388 á 1404, relación quo- 
apenas permite determinar las localidades que recorrieron. Véase Znrla,. 
Viaggiaíorivcneziani, t. II, p. 63-G9, y Humboldt, Examen critique de VHis- 
loire de la Geographie, t. II, p. 127. En nuestros jardines botánicos el es- 
tablecimiento de las estufas propiamente dichas, parece ser mucho mas 
reciente de lo que ordinariamente se cree. Solo á fines del siglo XVII se 
obtuvieron por primera vez ananas maduras. Véase Bcckmann, Geschichte 
(ler Erfmdungen , t. IV, p. 287. Lineo afirma en la MusaCliffortianaflorens 
Ilartecampi, que se vio florecer por primera vez un plátano en Europa en 
el jardin del príncipe Eugenio en Viena, el 1731. 

(25) Pág. 81. — Estas imágenes de la vegetación tropical, que dan una 
idea de lo que se entiende por ¡iaonomia de las plantas , forman en el 
Museo de Berlín, en la sección de las miniaturas, dibujos y grabados,. 
un tesoro con el que no puede compararse actualmente ninguna otra co- 
lección. Las hojas publicadas por el barón de Kittlitz, tienen por títulos 
uVegefalions Ausichten der Küstenlander und ínseln des stillen Oceans aufge- 
nommen 1827-1829 auf dcr Entdeckungsreise der hais. russ. CorveffeSenjawin^ 
Siegen, 1844. Obsérvase también una gran verdad en los dibujos de Car- 
los Bodmer que, grabados primorosamente, adornan el viaje del príncipe- 
Maximiliano de Wied al interior do la América septentrional. 

(21)) Pág. 8.'). — Véase Humboldt, Tableaux de la Nature, 1851, t. lí, 
p. 1-36, y dos obras muy instructivas: Fr. de Martius, Physiognomie des 
Pflanzenreiches in Brasiiien, IS24; y M. de Olfors, Allgemeine Uebersicht von 
Brasilien, en los viajes de Foldner, 182S, l.^ parte p. 18-23. 

(27) Pág. 92. — Guillermo de Humboldt, Brie fwechsel mit SchiUer, iS^O^ 
p. 470. 

(28) Pág. 93. — Diodoro, l.lí, c. 13. Este historiador no da al célebre 
jardin de Semíramis mas que 12 estadios de circuito Los desfiladeros del 
Bagistano se llaman todavía hoy el Arco ó la Circunferencia del Jardin 
(Tauki bostan). Véase Droysen , Geschichte Ale xanders des Grossen, 1833,. 
p, 533. 

(29) Pá^. 9tI. —Léese en el Schahnameh de Firdusi: «Zerduschl plañid 



— 378 — 

(¡«Lnitc del templo de Fucg-o, en Kischmer, en c-1 Khorasan, un ciprés 
■esbelto, nacido eii el Paraíso , y escribió en este alto ciprés : Guschtasp 
(Hyslaspe) se ha convertido á la verdadera doctrina, tomando por tes- 
•tÍ£;o al árbol esbelto; así distribnye Dios la justicia. Cuando trans- 
urricron muchos años, el alto ciprés se desarrollo y lleg-ó á ser tan 
grueso, que el cordón del g-uerrero no podía abarcar su contorno. 
Cuando se coronó de numerosas ramas, Guschtasp lo encerró en un pa- 
lacio de oro puro... y difundió estas palabras: «¿Dónde hay en la tier- 
ra un ciprés como el de Kischmer? Dios me ha enviado este árbol del 
Paraíso, diciéndome: Sal de aquí hacía el Paraíso." Cuando el kalífa 
Motewekkíl hizo cortar el ciprés venerado por los Magos , se le atri- 
buían 14S0 años de existencia. Véase Vullers. Fragm. ueber die Religión 
des Zoroaster, 1831, p. 71 y 114 (obra traducida de los frag-menlos 
publicados por J. Mohl en 1829); Rítter, Erdkunde von A sien , t. VI, 
sec. 1.*, 1831, p, 242. Mohl ha publicado hasta hoy tres volúmenes de 
la traducción de Schahnameh , 1808-1846. El ciprés (en árabe Arar, en 
persa Serw kohí), parece ser originario de las montañas de Busih al 
Oeste de Herat. Véase la Geografía de Edrisí traducida por Jaubert, 1836, 
t. I, p. 464. Se leerá también con interés una memoria de Lajard 
sobre el Culto del ciprés piramidal, inserta en los Annales de Vlastitut 
Archéologique, París, 1847. 

(30) Pág-. 94. — Aquiles Talius, 1. I, c. 25; Longus, Pastoralia, 1. IV, 
p. 63, edic. de Seiler. «Gesenio," Thesaurus iinguce hebraicce, t. II, 
p. 1124, estableció muy bien, dice Buschman, que la palabra Paraiso per- 
tenece en su origen á la antig-ua lengua persa. Ya hoy su uso se ha per- 
^lido en la leng-aa moderna. Fírdusi, aunque su nombre sea un derivado 
tJe esa palabra, no usa ordinariamente mas que la de Behischt; Pollux 
fOnomast., 1. IX, c. 3), y Jenofonte ((Econom., c. 4, § 13 y 21, Ana&as., 1. í, 
c. 2, § 7, 1, 4, 10; Cirop., I, 4, 5) afirman resueltamente que Paraiso per- 
tenece á la antig-ua leng-ua persa. En el sentido de jardín de recreo ó 
simplemente jardín , esta palabra ha pasado probablemente del persa al 
hebreo, Pardés (CanL, c 4, v. 18 ; Nehem., 2, 8, y Éreles., 2, 5), al árabe 
Firdaus, plur. farádis (Alcorán, s. 23, 11, y s. Luc., c. 23, v. 43), 
al sirio fardaiso (Cb.síc\U, Lexicón syriacum, 1788, p. 725), al armenio Par. 
fes (Ciakciak, Dizionario armeno, 1837, p. 1194, y Schrceder, Thes. ling. 
armen., 1711, pref. p. 56). Hásc querido derivar la palabra persa del 
sánscrito pradésa ó paradésa, círculo, comarca, región estranjera. Esta 
etimología, indicada ya por Benfey en su Griecht. WurzeMexikon,t. I, 1839, 
p. 138 por Bohlen y por Gesenio , puede parecer satisfactoria en cuanto 
a la forma de las palabras, pero lo es menos en cuanto al sentido. 

(31) Pág. 94. — Hcrodolo, 1. VIí, c. 31. Este plátano estaba situado 
entre Kallatebos y Sardes. 



— 379 — 

(32) Pág-. 9i.— Ritler, Erdkunde von Ásien , !. IV, soc. 2. l82í;,p. 237, 
2ol y 681; Lassen, Indische AlferthumshundCy t. I, p. '260. 

(33) Pág-. 94. — Pausanias, 1. I, c. 21 , § 9. Vúasc también Arhoreíum 
sacrum, en Mcursii Opera, c\ reccns. .loann. Lami, Florencia, IT1j3, t. X, 
p. 777-784. 

(34) Pág-. 9o, — Xoiice historique aur Jes jardins des Clvnois, ca las Mé- 
mnires concernant les Chinois, t. YÍII, p. 309. 

(35) Páff. 93.— /6¿rf., p. 318-320. 

(36) Pág-. Í)'J. — Sir Jorg-c Staunton, Account of Ihe Emhassij ofíhe Ear! 
of 3íacartney to China, i. II, p. 245. 

(37) Pag-. 95 — El príncipe de Puccldcr Muskau , Andeulungen uehcr 
Landschafísgártnerei, lS'¿i. Véanse también las descripciones pintorescas 
de los parques ingleses antig-uos y modernos y de losjardincs eg-ipcios de 
Schubra. 

(38) Pag-. 96. — Elogio de la ciudad de Mukden, poema compuesto por el 
^imperador Kien-Long-, y traducido por el P. Amiot , 1770, p. 18, 22-23, 
-n. 63-68, 70-87, 104 y 120. 

(39) Pág-. 97. — Mémoircs concernant les Chinois, i. lí, p. 643-650. 

(40) Pág-. 97.— Pli. Fr. de Slchold, Kruidkundige Naamlijst van japans- 
€he en chineeschc Planten, 1844, p. 4. ¡Qué diferencia entre la variedad de 
^sas plantas cultivadas desde hace tantos siglos en la parte oriental del 
Asia, y la colección enumerada por Columela en su pobre poema de Culfu 
Hortorum (v. 93-105, 174-176, 255-271, 295-306), que componía, sin em- 
barg-Q, todos los recursos de los mas célebres tejedores de coronas en 
Atenas! En tiempo de los Tolomeos en Eg-ipto , y especialmente en Ale- 
jandría, fué cuando por primera vez se buscó en los jardines la variedad 
de las plantas, y se realizaron los primeros esfuerzos para cultivarlas du- 
rante el invierno. Véase Atejiea, 1. V, p..196. 



NOTAS 

DE LA SEGUNDA PARTE. 

(1) Pág. 101.— Cosmos, 1. I, p. íO-46. 

(2) Pág. 1( 7. — Niebulir, Uistoria romana, traducida por Golbery, t. í, 

p 87 y 88; Droysen, Geschichte der Büdung des hellenistischen Staatensys- 
tems, 1843, p. 31-34, oG7-573; Fr. Cramer, De studiis quos veteres ad alia- 
rum gentium contulerunt linyuas, 184 í, p 2-13. 

(3) Pág. 109. — En sánscrito el arroz seilaina vrihi; el algodón karpa- 
sa; el azúcir 'sarkara ; el nardo nanartiia. Véase Lasseii , Indische Alier- 
thumskunde, t. I, 1843, p. 245, 2o0, 270, 289, o38. Acerca de las pala- 
bras 'sarkara y kanda, de donde viene nuestra azúcar candi (en alemán Zu- 
c'íerlíand), véase Hamboldt, Prolegomena de dütribuiione geographica Plan- 
íirum, 1817, p. 211. «Confundisse videntur veteres saccharum veruní 
c un tebaschiro Bambusa.', tum quia atraque in arundinibus inv^eniíintur, 
tum eliam quia vox sanseradana scharkara, quge hodie (ut pers. schalar, 
ctindost. sc/iM/iwr) pro saccharo nostro adhibetur, observante Boppio , ex 
auetoritate Amarasinhs, proprie nil dulce (madu) sig-nilieat, sed quicquid 
lapidosLin et arenaceum est, ac vcl calcalum vesic£e. Verisimilc igitur, 
vocem scliarkara iiiilio dantaxat tebaschiruin (saccar momhu) iudicasso, 
posterius in saccharum nostrum humilioris arundinis fikschu , kandekschu, 
kanda), ex similitudine aspectus translatam ese. Vox Bambusse ex mambur 
derivatur; ex kanda vox germánica Zuckerkand , gallica azúcar candi. In 
íe6asc/i¿ro agnoscitur Persaram schir, h. e, lac. sansc. kschiram.'^ El nom- 
bre sánscrito del tabaschiro es tvakkschirá , leche sacada de la corteza 
de los árboles (tvatschj. Véase Lassen, ibid, p. 271 274 ; Pott, Kurdische 
Studien, en el Zeitschrift für die Runde des Morgenlandes, t. Vil, p. "163-160, 
y la escelente disertación de Cari. Ritter, en Erdkunde von Asien, 1. VI > 
see. 2, 1840, p. 232-237. 



— 381 — 

( í ) Pág. 1 1 1 .— Ewalcl , Geschichte des Volkes Israel, t. 1, 1843, p. 332-334 ; 
Lassen, Indischc Alterthumskunde , t. I, p. 528. Véase también sobre los 
Caldeos y sóbrelos Kurdos , llamados por Eslrabon Kircios, Roeiiig'cr, 
Zeitschrift fiir die Kundc des Morgenlandes, t. lil, p. 4. 

Có) Pág-. 111. — El antiguo país del Zeml, llamado Bordj , ombligo délas 
aguas dadas por Onnuzd , está situado hacia el paraje en que la cslremidad 
ocidenlal de las montanas celestes (Thian chan), cruza casi en áugulo 
recto el sistema de Bolor (Belurtagh) , con el nombre de cadena de 
Asferach, al norte de la meseta de Pamer (Upa-meru, país situado so- 
bre Méruj. V. Burnouf, Commentaire sur le Yacna, t. [, p. 239 y Addil.. 
p. CLxxxv , con Humboldt, Asie céntrale , t. I, p. 163: t. II, p. 16, 377 
y 390. 

(6) Pág\ 112. — Indicaciones cronológicas relativas ala historia del 
Egipto: 3900 años antes de J. C, Manes (esta fecha no es demasiado re- 
mota y parece bastante exacta); 3430, advenimiento de la IV dinastía, 
([uc comprende á los constructores de las pirámides, Chephren-Schafra, 
Oheops-Chufu y Mycerinos ó Menkcra ; 2200, invasión de los Hyesos 
bajo la XII dinastía, á la cual pertenece Amcnemha III, fundador del 
primer laberinto. Antes de Manes (3900 antes de J. C), es preciso supo- 
ner aun mil años y quizás mas, para el desarrollo progresivo de aquella 
civilización que habia llegado á su madurez por lo menos 3430 años 
antes de nuestra era, y que desde dicha época quizás habia quedado in- 
móvil en algún punto. (Estractos de diferentes cartas dirigidas al autor 
por el profesor Lepsius . á la vuelta de su brillante espedicion á Egipto, 
marzo 18415). Véase también en la ingeniosa y sabia obra de Bunseu 
jEgyptens Stellcin der Weltgeschichle , 183Í), 1. 1, p. 11-13, el pasaje en qtic 
al distinguir los orígenes de la humanidad, los orígenes de los pueblos, y 
lo que ordinariamente se llama /ifsíorirt univei'sal. concluye asi : «Esta 
historia, rigorosamente hablando, no puede ser mas que la historia de 
la humanidad nuevfl ó la historia nueva de nuestra raza, suponiendo que 
pueda haber otra historia de aquellos orígenes misteriosos." La conciencia 
histórica y la cronología regular de los chinos , se remontan á 2,400 años 
y quizás á 2,700 antes de nuestra era , es decir, á tiempos muy anteriores 
á Ja y á los de Hoang-ti. Existen en el siglo Xlll antes de nuestra era mu- 
chos monumentos literarios; y en el siglo'XII fue cuando Tscheu-Kuiig, 
según el libro de Tscheu-li, midió la longitud de la sombra del sol en el 
solsticio, en la ciudad de Lo-yang, edificada al Sud del rio Amarillo con 
tal exactitud, que Laplacc ha encontrado esta longitud , de acuerdo coa 
la teoría del cambio de oblicuidad de la eclíptica , que fue establecida 
por primera vez á fines del último siglo. Ante un testimonio semejan- 
te, no puede sospecharse que se hayan fechado antes liechos verificados 
después. Véase Eduardo Biot, Constituíion foUtique de la Chine au Xllsieck, 



— 382 — 

nvant notreere, 184ii, p. 3 y 9, La fundación de Tiro y del antiguo tem- 
plo de Melkarth (el Hércules tirio), según el cálculo presentado á Herodoto 
por los sacerdotes (1. II, c. 44), debe remontarse á 2760 años antes de nues- 
tra era. Véase Heeren, De la Politique et du Commerce des peuples de Vanti- 
quité, t. II, p. 12 déla traducción francesa. Simplicio, según un testimonio 
de Porfirio , cree que las observaciones astronómicas de los Babilo- 
nios, que eran conocidas de Aristóteles, datan del año 1903 antes de 
Alejandro el Grande; é Ideler, que ha demostrado en el estudio de la cro- 
nología tanta penetración y profundidad , mira esta conjetura como 
muy inverosímil. Véase su Handbuch der Chronologie, t. I , p. 207; las 
Mémoirade la Academia deBerlin, año 1814, p. 217; y Bceckh, Metrologische 
üntersuchungen ueber die Masse des Alterthums , 1838, p. 36. No puede re- 
solverse todavía el problema de saber si en la India, la certidumbre his- 
sórica empieza mas de 1200 años antes de nuestra era. La crónica de 
Kachmiv (Radjataranyini, traducida al francés por Troyer, París , 1840), 
deja en pie algunas dudas, mientras que Megastenes en sus //id¿ca (edic. de 
Schwanbeck, 1846 , p- iJO), cuenta para 153 reyes de la dinastía de Ma- 
gadha, desde Manú hasta Tchandragoupta, 60 y ann 64 siglos, y que el 
astrónomo Aryabhatha hace retroceder la era indiana hasta el año 3102 
antes de J. C. YéasaLüssen, I ndische Álterthumskunde , t. I, p. 473, 503, 
507 y 5l0. Con objeto de hacer comprender mejor la alta influencia que 
las cifras reunidas en esta nota tienen para la historia de la civiliza- 
ción humana, recordaremos que entre los Griegos se coloca ordinaria- 
mente lamina de Troya en el año 1184¡ Homero hacia el año 1000Ó950; 
el historiador Cadmo de Mileto, hacia el año 524 antes de nuestra era. 
Esta aproximación demuestra, á qué largos intervalos y con qué irregu- 
laridad nació entre los pueblos mas susceptibles de cultura la necesidad 
de anotar de una manera exacta los hechos y las grandes empresas, ytrae^ 
involuntariamente á la memoria las palabras que Platón en el Timéo, 
(p. 22 B), hace decir á los sacerdotes de Sais: "¡Oh Solón , Solón! vos- 
otros los Helenos sois siempre niños ; no hay un viejo en Grecia ; vues- 
tras almas son siempre jóvenes; no tenéis noción alguna de la antigüe- 
dad, ninguna creencia rancia, ni ciencia alguna que el tiempo haya en- 
vejecido.» 

(7) Pág. 112.— Véase Cosmos, t. I, p. 75 y 139. 

(8) Pág. 112. — Guillermo de Humboldt, Werke, t. I, p. 73. 

(9) Pág. 113.— Cosmos, 1. 1, p. 272 y 311. Asie céntrale, t. III, p. 24 
y 143. 

(iO)— Pág. 116.-^Platon. Phedon, c. 58 (p. 109 B). V. Herodoto, 



— 383 — 

1. íí, c. 21. Clcomedes suponía escavada también la superficie de la tier- 
ra en parte central, para hacerla ocupar por el Mediterráneo. Véase Voss^ 
Krítisehe Blcetter, 1828, t. IJ, p. 144 y 150. 

(11) Pág'. 116. — He desarrollado esta idea pur primera vez en la Rc- 
lation historiqm du Voyageaux régions éguinoxiales , i. III, p. 236 , y en el 
Eifámm critique de Vhidoire de Ja Geographia , t I, p. 36-38. Véase tam- 
bién á OtfredoMuller, enlos Gosttingische gelehrte Anzeigen. 1838, t, í,p. 375. 
La cuenca mas occidental, que se llama g-eneralmente cuenca del mar 
Tyrreno, se compone, según Estrabon, de los mares de Iberia, de Liguria 
y de Cerdeña. La cuenca de las Sirtes, al Este de la Sicilia, compren- 
de el mar de Ausonia ó de Sicilia, el mar de Libia y el mar Jónico. La 
parte del mar Eg-eo situada al Oeste y al Sud, llevaba los nombres de mar 
do Creta, mar Sarónico y mar de Myrtos. El notable pasaje de Pseudo- 
Aristóteles, de Mundo, c. 3 (p. 393, odie, de Bekker), trata únicamente de 
la forma de las costas del Mediterráneo, costadas en golfos, y de los 
efectos que producen en el Océano que penetra en tales sinuosi- 
dades. 

(12) Pág. ni.—Comoa, i. í,p. 222 y 418. 

(13) Pág. 118. — Humboldt, 4s/e céntrale, t. I,p. 67. Los dos notables 
pasajes de Estrabon son los siguientes: 1.° (1. 11, p. 109): «Polibio distin- 
i;ue cinco promontorios que forman otras tantas prolongaciones en Europa. 
Eratostencs cuenta solo tres, uno de los cuales, terminando hacia las co- 
lumnas de Hércules, encierra la Iberia; mientras que el segundo, csten- 
diéndose hacia el estrecho de Sicilia, compone la Italia, y el terce- 
ro limitado por el cabo Malea, abraza todos los paises situados entre el 
mar Adriático, el Ponto-Euxino y el Tañáis.» 2.° (1, II , p. 126. «Empe- 
zaremos por la Europa porque esta parte de la tierra es la que tiene la 
mas variada forma, cuanto porque su clima es el mas favorable á la ci- 
vilización y á la dignidad moral de los ciudadanos. La Europa está ha- 
bitada por todas partes, escepto por algunas comarcas situadas á orillas 
de Tañáis y desiertas á causa del cscesivo frió en ellas reinante.» 

(14) Pág, 118. — Mease \Jkcvt, Geographie der Griechcn und Rcemer, 1.^ 
parte, sec. ^, p. 3ÍO-348, y 2,^ parte, sec. 1, p. 19í. Juan de MuUer, 

Werlic, t. I, p. 38; Humboldt , Examen critique, etc., t. I, p. 112 y 171,- 
Otfredo MuUer, Minyer, p. 64, y en los Gosttingische gelehrte Anzeingen^ 
1838, 1. 1, p. 372 y 383, en donde haciendo de mis ideas acerca de la 
Geografía mítica de los Griegos una crítica escesivamente benévola, ha 
mostrado sin embargo su desacuerdo. Hé aquí los términos en que yo 
me había espresaclo: .^Al promover cuestiones de importancia é inte" 



— 384 — 

res para los estudios filológicos , no he podido contenerme y pasar 
enteramente en silencio aquello que no pertenece tanto á la descrip- 
ción del mundo real como al ciclo de la g-eografía mítica. Sucedií 
en el espacio lo que en el tiempo; que no puede tratarse la historia bajo 
un punlo'de vista filosófico dejando en olvido absoluto a los tiempos he- 
roicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á la g-eog-ra- 
fía , no pertenecen por completo al mundo ideal. Si la vaguedad es uno 
de sus rasgos distintivos, si el símbolo cubre en ellos la realidad con un 
velo mas ó menos tupido, no por ello revelan menos los mitos, ínti- 
mamente ligados entre sí el tronco antiguo de los primeros conoci- 
mientos en cosmografía y física. Los hechos de la historia y de la geo- 
grafía primitivas no son únicamente ingeniosas ficciones, sino un reflejo 
de las opiniones que se han formado sobre elmundo real. El gran anti- 
cuario cuya perdida prematura ha sido dolorosamente sentida en todo el 
dominio de los estudios griegos, sondeado por él con profundidad tan 
grande y en distintas direcciones, cree por el contrario que no deben re- 
ferirse en manera alguna, como pudiera creerse en vista sobre todo de 
las leyendas marítimas de los Fenicios, á esperiencias reales que la cre- 
dulidad y el amor por lo maravilloso han revestido de una forma fabu- 
losa, la mayor parte de las relaciones sobre la configuración de la tierra 
tal como está representada en la poesía griega. Según él , esas imágenes 
traen su verdadero origen de hipótesis que el sentimiento sugirió á la in- 
teligencia, y que no recibieron sino muy tarde y poco á poco la influen- 
<íia de los conocimientos positivos: de donde resulta, que creaciones pu- 
ramente subjetivas, que lleva á la imaginación ciertas ideas, se fundie- 
ron casi insensiblemente con comarcas reales y olijetos claramente cono- 
cidos de la geografía científica. Puede deducirse de estas consideraciones, 
que todas las imágenes míticas ó que al menos se producen bajo formas 
míticas, pertenecen propiamente al mundo de las ideas, y no tuvieron 
nada de común en su origen con el engrandecimiento del conocimiento 
de la tierra y el progreso de la navegación mas allá de las columnas de 
Hércules. Las primeras impresiones de Otfredo Muller estaban mas de 
acuerdo con mi sentir ; decía con efecto espresamente en los Prolegome- 
nen zu einer wissunschafilichen Mythologie (p. 68 y 109), que en las leyen- 
das míticas se observa un estrecho enlace entre la ciencia y la imagina- 
ción , entre lo real y lo imaginario. Puede verse también á propósito de 
la Atlántida y de la Lyctoaia T. H. Martin, Eludes sur le Timée de Platón^ 
t. I.,p. 293-32G. 

(15) Pág. 119.— IN'axos, por Ernesto Curcio, 1846, p. 11; Droysen, 
Ceschichíe der Bildiing des hellenistischen Staatensystems, 1843, p. 4-9. 

(16) Pág. 120. — Leopoldo de Buch , neher die geognosHschen Sysleme 
von Deutschknd, p. XI; Humboldt, Asie céntrale, t. I, p. 2S4-286. 



— 385 — 

(17) Pág. nO.-^Cosmos, t. I,p. U\ y 442. 

(18) Pág-. 121. — Todo loque tiene relación con la cronología ó con la 
historia del Egipto, y está comprendido en el testo entre comillas, des- 
de la pág-. 121 hasta lapág-. 124, está sacado de comunicaciones manus- 
critas que me fueron hechas en el mes de Marzo de 1846 por mi amigo 
el profesor Lepsius. 

(19) Pág. 121. — Coloco, como Otfredo Muller {dorier, 2.^ parte, p. 436) 
la invasión dórica en el Peloponeso, 328 años antes de la primera Olim- 
piada. 

(20) Pág. 122. — Tácito, Annales, 1. ÍI, c. o9. Champollion ha encontra- 
do en el papirus de Sallier, donde se refieren las campañas de Sesostris, 
el nombre délos Javanos o Yunios, y el de los Luki (tal vez los Jónicos 
y los Licios). Véase Bunsen, .EgijptensStelle, etc., 1. 1, p. 60. 

(21) Pág. 123.— Véase Herodoto, 1. II, c. 102 y 103; Diodoro de Si- 
cilia, 1. I, c. 00 y o6. Herodoto (lí, 106) cita espresamente tres de los 
obeliscos que Ptamsés-Meiamon estableció para conservar el recuerdo de 
sus victorias en los paises que habia recorrido : «Uno en la Palestina do 
Siria, y dos en la Jonia, en el camino de Efeso á Fócea , y en el de 
Sardes áEsmyrna.» Ahora bien, hase encontrado en Siria, eu una roca 
situada á orillas del Lyco, no lejos de Beirut (Berytus) un bajo relieve 
en que aparece muchas veces el nombre de Ramsés, y otro mas tosco en. 
el valle de Karabel, cerca de Nymfio, en la senda que, según Lepsius^ 
conduela desde Efeso á Fócea. Véase Lepsius, en los Annali delV Insti- 
tuto archeológico, t. X, 1838, p. 12, y una carta del mismo escrita en Esmir- 
na el mes de Diciembre de 184o, é inserta en el Archceologische Zei~ 
tung, 1846, n° 41, p. 271-280, y Kiepert, ibid, 1843, n.° 3, p. 35. En 
cuanto á saber si el conquistador penetró hasta la Persia y la India, mas- 
acá del Ganges, lo que Heeren pone en duda {Manuel de Phistoire anciennc ^ 
traducido por Thurot, 1830, p. 72), «porque en aquella época la parte oc-^ 
cidental del Asia aun no con tenia imperio alguno poderoso, »> (no sube 
con efecto la fundación de Nínivemas allá del año 1230 antes de J. C), 
problema es este que no pueden menos de resolver un dia los arqueó- 
logos y los lingüistas, cuyos descubrimientos se suceden con tanta ra- 
pidez.» Estrabon (1. XVI, p. 769) cita un monumento de Sesostris situa- 
do cerca del estrecho de Deira , hoy Bab-el-Mandeb. Es, por otra parte, 
muy verosímil, que ya en el Antiguo Imperio, mas de 900 años antes de 
Ramsés-Meiamun , hablan hecho espediciones muy semejantes en Asia 
los reyes egipcios. La salida de Moisés del Egipto tuvo efecto en tiempo 
del segundo sucesor de Piamsés-Mciamun, Setos II de la XIX dinastía. 

TOMO JI '1-^ 



— 386 — 

Según las investigaciones de Lepsius , este íiecho ocurrió 1300 anos 
próximamente antes de nuestra era. 

(22) Pág. 123. — Según Aristóteles, Estrabon y Plinio , pero no según 
Herodoto. Véase Letronne, en lüiRevuedes I)eux\Mondes , 1841, t. XXVII, 
p. 219, y Droysen, Büdung des hellenist. Staatensystems , p. 733. 

(^3). Pág. 124. — A la autoridad de Rennell, de Heeren y de Sprengel, 
que admiten la circunnavegación de la Libia, es preciso añadir la del filó- 
Iqo'o consumado, Esteban Quatremere. Véase ilfemoíres de I' Académie dea 
Inscriptions, i. XV, 2.^ parte, 1843, p. 380-388. El argumento mas sólido 
en apoyo de la narración de Herodoto, es en mi juicio la siguiente obser- 
vación que Herodoto se niega á creer por su parte (1. IV, c. 42) : uque los 
navegantes , al dar la vuelta á la Libia de Este á Oeste, lenian el sol á 
su derecha;» en el Mediterráneo, yendo también de EstCcá Oeste, es de- 
cir, de Tyro á Gadcira, el sol del Mediodía estaba siempre á la izquier- 
da. Es preciso admitir, por otra parte, que aun antes de Neko se cono- 
cía en Egipto la posibilidad de dar la vuelta al África sin obstáculo, 
puesto que en Herodoto, Neko dice claramente á los Fenicios vque de- 
bían volver á Egipto por entre las columnas de Hércules.» Es siempre 
singular que Estrabon, después de haber discutido largamente la tentati- 
va de circunnavegación hecha en tiempo de Cleopatra por Eudoxio do 
Cyzica, y citado los restos del barco equipado en Gadeira, que hallaron 
■en las costas déla Etiopía, no vea en las empresas anteriores masque 
fábulas Bergianas (1. II p. 08 y 100). Sin embargo, esto no impide que re- 
conozca la posibilidad de la circunnavegación, y aunque afirme que tauto 
al Este como al Oeste no quedaba mas que unaparte muy pequeña del li- 
toral por costear (1. I, p. 3). Estrabon no era en modo alguno partidario 
de la singular hipótesis de Hiparco y Marin de Tyro, según la cual, las 
costas orientales del África se unian á la estremidad Sud-Este del Asia, 
de modo que el Océano ludico se convertía eu un mar Mediterráneo. Véa- 
se Humboldt, Examen crüique, etc.,t. I, p. 139-142, 143, 161 y 229; t. II. 
p. 370-373. Estrabon citaá Herodoto, pero sin nombrar á Neko, cuyaes- 
pedicion confunde con aquella en que los barcos de Darío dieron la vuel- 
ta ala Persia meridional y á toda la Arabia (Herodoto ,1. IV, c. 44); y 
tanto, que Gnsselin ha querido sin autorización suficiente, sustituir en 
el testo el nombre de Neko al de Darío. Como caso análogo al de la 
■cabeza de caballo que adornaba el navio de Gadeira, y que según se 
•dice, Eudoxio enseñó en una plaza pública de Egipto , puede citarse el 
■de los restos de otro navio que , navegando por el mar Rojo , fue 
arrojado por las corrientes occidentales á las costas de la isla de Cre- 
ta , según refiere un historiador árabe muy digno de fé , Masudi , en 
el Morndj-al-dzeheb. Véase Quatremere en la Memoria indicada mas ar- 



— 387 — 

riba, p. 3S9 , y Rehiaud, Relation des voijages dans l'Inde, 1845, t. I, 
p. XVI; 1. 11, p. 4G. 

(24) Pág. 124.-Diodoro, 1. I, c. G7, §. 10; Hcrodolo, 1. 11, c. 154, 178 
y 182. Acerca de la verosimilitud de un comercio entre el Egipto y la 
'jrccia anterior á Psammítico , véanse las observaciones ingeniosas de 
Luis Ross, Hdlenica, 1. 1, 1846, p, \ y X. «Los tiempos que preceden in- 
inediatameiite á Psammítico, fueron, dice, para ambos paises una época 
de perturbaciones interiores que debian llevar necesariamente cierta pa- 
ralización y parcial interrupción á las relaciones comerciales." 

(2o) Pág. 12o.— Boeckh , metrologische Unfersuchungen ueher Gewichk, 
Münzfüsse und Masse des Alíerthums inihrem Zusammenhang , 1838, p. 12 
y 273. 

(26) Pág. 125. — Véanse los pasajes recogidos por Otfredo Muller, 
'Minijer, p. lio, Doríer, 1.^ parte, p. 129, y por J. Franz , Elementa Efi' 
graphkes Groeccc , 1840, p. 13, 32 y 34, 

(27) Pág. 126. — Lepsius en su disertación, ueher dic Anordnung und 
Wenuandschaft des Semifischen, Indischen, Alt-Persischen j Alt-JEgyftischen 
und Mthio'pischen Alphabefs, 1836, p. 23, 28 y 57; Gesenio, Scripfuroe Phw- 
nicice Monumenta, 1837 , p. 17. 

(28) Pág. 127.— Estrabon, 1. XVí, p. 737. 

(29) Pág. 127. — Es mas fácil determinar la posición del País del Es- 
taño (Bretaña y las islas de Scilly) que no la de las costas del ámbar. Creo 
por lo menos muy inverosímil que la antigua palabra griega xao-trírepoc, 
estendida ya en tiempo de Homero se derive de cierto monte Casio , rico 
en estaño y situado en la parte Sud-Oeste de España , que Avieno, muy 
conocedor de esta comarca, coloca entre Gaddir y la embocadura de un 
pequeño rio meridional llamado Ibero. Véase Ukert, Geograj)hie der Grie- 
chenundRoemer, 2.^part., sec. 1, p. 479. Kassiteros es la antigua palabra 
sánscrita Kastira. El estaño (en islandés, en danés y en inglés, tin , en 
alemán zínn, en sueco lenn), se llama en las lenguas malaya y javanesa 
timah; concordancia de sonido que recuérdala déla antigua palabra ger- 
mana gf íessaw, nombre del sucino (ámbar amarillo)^ trasparente, con ia 
palabra moderna alemana Glas (vidrio). Las denominaciones de las mer- 
cancías y de los artículos de comercio (véase mas arriba p. 109 y nota 3), 
pasan de pueblo en pueblo hasta en las familias de lenguas mas diferen- 
tes. Gracias al comercio que unia las factorías de los Fenicios en el golfo 
Pérsico con la costa oriental de la India, la palabra sánscrita Kasfíra, que 
designaba un producto tan útil déla pem'nsula oriental de la India, y se 
encuentra aun hoy en uno de los antig'uos idiomas arómeos, en el 



— 388 — 

árabe, bajóla forma kasdir, pudo llegar á conocimiento de los Griegos 
aun antes que hubieran sido visitadas Albion y las Casitérides británi- 
cas. Ycase Guillermo de Shlegel, indische Bibliotheck, t. II p. 393 ; Ben- 
fey, //¿iíé'n, p. 307: Pott, etymologische Forschungen , 2.^ parte, p. 411;. 
Lassen, indische Alt erthumskundc, t. í, p. 239. Un nombre, llega con fre- 
cuencia á ser un monumento liisfúrico, y la investigación de las etimo- 
logías, el análisis filológico, aunque ridiculizado por los ignorantes, no 
da por ello menos frutos. Los antiguos conocían también el estaño que 
rccogian los Artabros y los Galaicos en la parte Nor-ooste de la Iberia, 
comarca mas próxima que las Casitérides (las Qístrymnidas de Avieno); 
para los navegantes que se aventuraban fuera del Mediterráneo. Véase 
Estrabon, 1. IIÍ, p. 147 ; Plinio, 1. XXXIV , c. Í7. Mientras yo estuve en 
Galicia antes de mi partida para las Canarias, en 1799, se esplotaba to- 
davía en montañas de granito una mina muy pobre de estaño. Véase 
mi Relaüon historique , t. I,p. 31 y 53. La presencia en aquella comarca 
estaño , uno de los metales mas raros do nuestro globo , tiene alguna im- 
portancia geognóstica,á causade la conexión que existió originariamente 
entre Galicia, la península de la Bretaña y el condado de Cornouailles. 

(30) Pág. 127. — Esteban Quatreniere, Mémoirex de l'Académie des Tns- 
criptions, t. XV, 2.^ parte, 1845, p. 363-370. 

(31) Pág. 127. — La opinión emitida hace ya mucho tiempo (véase 
Heinzensneues Kielisches Magazin, 1787, segunda parte, p> 339; Sprengel, 
Gcschichte der geographischen Entdeckunyen, 119'^, p. 51: Voss , hritische 
Blcctter , t. II, p. 392-403, de que el ámbar que llegaba por mar , y mas 
por la via del comercio interior, á las costas del ^Mediterráneo, pro- 
venia en totalidad de las costas occidentales del Quersoneso Címbrico,. 
obtiene cada vez mas favor. Una disertación de Ukert , inserta en el 
ZeitschriftfürdieAlterthumswissenschaft, 1838, núms. 52-'J5. p. 42.5-4ol, 
es lo que puede leerse como mas concluyente é ingenioso á la vez sobre 
este asunto. Véase también del mismo autor Geographie der Grieehen wul 
Rfxmcr, 1832, 2.^"- parte, sec. 2, p. 26-36; 1843, 3.^ parte, sec. 1 , p. 86, 
175, 182, 320 y 349. Los Masíllanos, que, según Heeren, penetraron des- 
pués de los Fenicios hasta el mar Báltico, rebasaron apenas la emboca- 
dura del Wesor y del Elba. (Plinio (1. IV, c. 27) coloca claramente la 
isla Glesaria, llamada también Austrania, al Oeste del promontorio de 
los Cimbros en el Océano Germánico; y el recuerdo de la espedicion de 
Germánico indica bastante que no se trata de una isla del mar Báltico. 
Los grandes efectos delflujoy reflujo que depositan elsucino en aquellos. 
(Bstuaria,ó según la espresion de Servio {ad JEneid., 1. XI, v. 627), «mare 
vicissim crescit ac decrescit," no pueden tampoco referirse mas que al li- 
toral comprendido entre el Helder y el Quersoneso Címbrico , y no al. 



— 389 — 

mar Bálüco. cu el cual por otra parte podía estar situada la isla Baltia 
ÚQ Timeo. Véase Plinio, 1. XXXVII, c. 11. Abalo, situado á una jornada 
de un a'stuarium , no puede, pues , ser la Kurisclie IXelirung-. Véase íam- 
l)ieu sobre el viaje de Pylheas hacia las costas occidentales de Jutlandia, 
y sobre el comercio del ámbar á lo larg-o de las costas que se cstienden 
desde Skagen hasta los Paises Bajos, Werlauff, Bidrag til den nordíske 
Ravhandels Historie, Copenhague, 1835. No fué Plinio, sino Tácito, el pri- 
mero que tuvo conocimiento del glessum, recogido en las costas del mar 
Báltico en el país de los Estíos y de los Venedos, de los cuales el gran 
filólogo Schafarich {slawische Álterthümer, 1." parte , p, 151-175) , no se 
atreve á decidir si pertenecen á la raza eslava ó germana. En un período 
mas avanzado del Imperio romano fue cuando se establecieron relacio- 
nes directas y mas frecuentes con las costas del Samland en el mar Bál- 
tico, y [con los Estíos, gracias á la senda que un caballero romano del 
tiempo de Nerón [habla hecho trazar á través de la Panonia, hasta mas 
allá de Carnuntum. Véase Voigt, Geschichte Preussens. t. I, p. S5. Mone- 
das acuñadas probablemente antes déla LXXXV olimpiada, y encontra- 
das recientemente en el distrito del Netze, acreditan las comunicacio- 
nes que existían entre las costas de Prusia y las colonias griegas espar- 
cidas por el mar Negro. Véase Lcvezow, Memoires de I' Académíe de Ber- 
lin, 1833, p. 181-224. En diferentes épocas, el electro depositado en las 
-costas ó desenterrado (Plinio, 1. XXXVII, c. 11 y 67), la fiedra del sol 
(tales el nombre del ámbar en el antiguo mito del Eridano), ha afluido 
hacia el medio diapor tierra y por mar, partiendo también de regiones 
■muy diferentes. El ámbar «que se estraia de la tierra en dos puntos de la 
Escitia, era, en parte al menos, de un color muy subido.»» Hoy todavía se 
recoge ámbar en el Ural, cerca de Kaltschedansk, á corta distancia de 
Kamensk. Véase Rose, Reise nach dem Ural, t. I, p. i81 , y sir Roderik 
Murchison , Geology of Russia , t. I, p. 366. La madera fósil en que está 
-contenido de ordinario el ámbar, había también llamado desde luego 
la atención de los antiguos. Esta resina, tan preciosa entonces, fue atri- 
buida ya al álamo negro, según Escimno de Chio (v. 396 p. 367, edi- 
ción de Letronne), ya á un árbol de la familia de los cedros ó de los pi- 
nos, según Mitrídates, en Plinio , 1. XXXVII, c. 11. Las nuevas y esce- 
lentes investigaciones del profesor Greppert de Breslau, han demostrado 
<[i\e la congetura del naturalista romano era lamasexacta. Véase sobre el 
árbol fósil del sucino restos de un mundo vegetal que ya no existe (Pini- 
tessuccinifer), Cosmos, t. I, p. 262, y Berendt , organische Roste in Berns- 
teinf ISí'i, t. I, sec. 1, p 85. 

(32) Pág. 128. — Véase sobre ei€remetes, Aristóteles, Meteorológica, 

1. I, p. 350, edic. de Bekker; y sobre los puntos mas meridionales de 

ue hace mención Ilannon en su Diario de viaje, Ilumboldl, Relation his- 



— 390 — 

iorique, etc., t. I, p. 1'2, y Examen critique, ele, t. I, p. 39, 180 y 288; 
i. III, p, I3o, V. Gosselin , Rechcrches sur la Geogr., systém. des anciens^ 
i. I,p. 94y 98; Ukert, Leparle, sec. I, p. 6Í-G6. 

(33) Pág. 128.— Estrabon, 1. XVII, p. 826. La destrucción délas colo- 
nias fenicias por los iSlgritas parece indicar una situación muy próxima 
al medio dia; y este indicio es mas seguro que el de los cocodrilos y ele- 
fantes mencionados por Hannon , porque esos animales se encontraban 
otras veces al Norte de Sahara, en la Mauritania y en toda la parte occi- 
dental del Atlas, como lo prueban algunos pasajes de Estrabon, 1. XVII, p. 
827; de Eliano, de Natura animal, 1. Vil, c. 2; de Plinio, V. i , y muchas 
circunstancias de las guerras entre Roma y Cartago, Véase acerca do este 
punto importante déla geografía de los animales, Cuvier, Ossements fossi- 
les, 2.* edición, t. I, p. 74, y Quatremere, Mémoiresde I' Acad. deslnscript., 
t. XV, a,"» parte, p. 391-39J. 

(34) Pag. 129.— Herodoto,lib. III, c. 106. 

(3o) Pág. 130. — He tratado detalladamente en otra obra (Examen crili- 
que, etc., t. I, p. 130, 139, t. II. p. 158 y 169; t. IIÍ, p. 137-140) de este- 
punto tan discutido , asi como de los pasajes de Diodoro, 1. V, c. 19 y 
20), y del Pseudo Aristóteles (3/ira6. Auscult. , c. 85 , p. 172, edic. de 
ÍJekker). La compilación de las Mirab, Auscult. parece ser anterior o I 
fin de la primera guerra púnica, puesto que el autor (c. 105, p. 211), 
cita la Cerdeña como en poder de los Cartagineses. Es de notar tam- 
bién que la isla de espesos bosques de que se habla en aquel libro está 
representada como inhabitada. Ahora bien: los Guauchos poblaban todo el 
grupo de las islas Canarias; pero en realidad no habitaban la isla de Ma- 
dera, en la cual ni Juan Gonzales ni Tristan Vaz en 1.j19, ni antes quo 
ellos Roberto Masham y AnnaDorsct, encontraron habitantes, supo- 
niendo que su robinsonada sea histórica. Heeren refiere la descripción 
de Diodoro solo á la isla de Madera; sin embargo, cree reconocer en Fes- 
to Avieno (v. 164), tan familiarizado con los escritos cartagineses la 
señal de numerosos temblores de tierra del pico de Tenerife. Véase de la 
Politique et du Commerce des 2)euples de V antiquité, t IV p. 114. Fijándoso 
en el conjunto de las relaciones geográficas, la descripción de Avieno 
se refiere en mi sentir á una comarca situada mas al Norte, quizás en el 
mismo mar Croniano (mar Glacial). Véase Examen critique, etc., t. IIL 
p. 138. Amiano Marcelino habla también (1. XXII, c. 14), de las fuentes- 
púnicas quo Juba aprovecha. Respecto ala cuestión de sabor hasta qu(V 
punto es verosímil que el nombre de islas Canarias (islas de los Perros, según 
Plinio, que vcia por do quiera etimologías latinas), tenga un origen se- 
mítico véase Credner, diebiblische Vorstellung vom Paradiese , en Illgen' s^ 
Zcitschrift für diehisiorischeTheologie,t. VI, 1836, p. 166-186. La co- 



— 391 — 

lección mas importante y mas completa, bajo el punto de vista literario, 
<le todo cuanto se ha escrito acerca de las Canarias desde los tiempos mas 
antig'uos hasta la edad media, es un trabajo de Joaquín José da Costa de 
-Macedo, intitulado: Memoria em que se pretende provar que os Árabes nao 
conhecerao as Canarias aufes dos Portuguezes, 1844. Cuando aliado de las le- 
yendas enmudece la historia, y entiendo por historia la que se funda en 
documentos ciertos y positivos, se llega á un mayor ó menor grado de 
verosimilitud; pero negarlo todo sistemáticamente porque no sean los 
testimonios bastante exactos, no parece ser de manera alguna acertada 
aplicación de la crítica filológica c histórica. Las numerosas noticias que 
nos han suministrado los antiguos, y los datos exactos de la geografía 
comparada, y particularmente la proximidad de las antiguas é incontes- 
tables colonias establecidas en las costas de África , me acreditan que el 
grupo de las Canarias era conocido de los Fenicios, de los Cartagineses, 
de los Griegos, de los Romanos y aun quizás de los Etruscos. 

(36) Pág. 130. — Véanse los cálculos en mi Relation historique , i. f,. 
p, 140 y 287. El Pico de Tenerife está á 2° 49' del punto mas próximo» 
de la costade África. Tomando como medio para la refracción de los ra- 
yos 0,08, el vértice del pico puede verse desde una altura de 202 toe- 
sas , por consiguiente desde las Montañas Negras situadas cerca del cabo 
Bojador. Hemos llegado á este resultado suponiendo al pico una ele- 
vación de 1,904 toesas. El capitán Yidal , ha hallado muy recien- 
temente 1,940 por el cálculo trigonométrico; Coupvent y Dumoulin 
1,900 solaments por medio del barómetro. Véase á Urville, Voyageau 
Pok Sud (Hist), t. I, 1842, p. 31 y 32. Pero Lancarote con su volcan de 
la Corona de 300 toesas de altura, y Fuerteventura están mucho más 
próximos á las costas que Tenerife. La primera de esas islas dista solo 1° 
15' ; la segunda 1^ 2'. 

(37) Pág. 130. — Ross ha referido este hecho en sus Hellénica , t. I,, 
p. XI, únicamente como de oidas. ¿No seria efecto de una ilusión? Fi- 
jando en 1704 toesas la altura del Etna sobre el nivel del mar (lat. 37*^ 45', 
long. 12'' 41' de París); en 1236 la del lugar en que está colocado el ob^ 
servador sobre el monte Taygetes, cerca del monte Elias, y evaluan- 
do en 6o miriámetros la distancia de esos dos puntos, resulta que para 
distinguir desde el monte Taygetes un rayo luminoso, que partiera del 
Etna, seria preciso que esta última montaña tuviera una altura de 7612 
toesas, es decir , cuatro veces y media mas de la verdadera. Si por el con- 
trario, según la observación de mi amigo el profesor Eucke, se supone 
entre el Etna y el Taygetes una superficie reflectante , es decir, el refleja 
de una nube colocada á 34 miriámetros del Etna y á 31 miriámetros del 



— 392 — 

Taygetes, bastaria que la superficie reñeclaute estuviese á 286 toesas 
sobre ei nivel del mar. 

(38) Pág-. 131. — Estrabon, 1. XVI, p. 766. Seg-un Polybio , podíase ver 
desde el monte Heemo el Ponto-Euxino y el mar Adriático , lo que pare- 
cía ya ridículo á Estrabon (1. VII, p. 313). V. Scymnus de Chio, p. 93, 
edic. de Letronne. 

(39) Pág-. 132. — Sobre la sinonimia de Ophir, véase Humboldt, Exa- 
men critique, etc., t. TI, p. 42. Tolomeo cita (1. VI, c. 7,p. 156) unaciu. 
dad llamada Sapphara como metrópoli de la Arabia; y en el 1. VII c. 1 
p. 168, una comarca aurífera con el nombre de Supara en el golfo de 
Camboya (Barjgazenussinus, seg"un Hesychius). Supara significa en in- 
dio rivera /icí^mosa. Véase Lassen, Pisserí. de Taprobane, p. 18, é indische 
Alíershumíkunde, 1. 1, p. 106; Kcil, iieber die Hiram-Salamonische Schifffahrt 
nash Ophir itnd Tarsis, p. 40-4o. 

(40) Pág. 132. — Sobre la inteligencia de si los navios de Tarsis eran 
jos que hacían el viaje del Octlano^ ó si, contra la opinión de Michaelis, 
deben su nombre á la ciudad fenicia de Tarso en Cilicia, véase Keil 
ibid., p. 7, 13-22 y 71-8i. 

(41) Pág. 132. — Gesenio, Thesaurus lingute hebr., t. í, p. 141 , y en la 
Encyclop. de Ersch et Gruber, 4.^ parte, sec. 3, p. 401; Lassen, indische Al- 
ierthumskunde , t. I, p. 538; Reinaud, Relation des voyages faits par les Ara- 
bes dansf Inde etcn Chine, t. 1, 1845, p. XXVIII. El sabio Quatremerc. que 
en una disertación ya citada (Memoires de V Acad. des Inscripl.,t. XV, 
^.^parte,1845, p. 349-402), vuelve á colocar, como lo habia hecho Ileeren, 
la tierra de Ofir en la costa oriental del África, esplica la palabra thuk- 
kiyyim, no ])ov pavo 7^eal, sino por papagayo ó pintada (p. 375). Sobre la 
isla de Sokotora, v. Bohlen, das alte Indien, 2.^ parte, p. 139, con 
Benfcy, Indien , p. 30-32. La costa de Sofala está descrita por Edrisi, 
(véase la traducción de Amedéo Jaubert , t. I, p. 67), y mas tarde des- 
pués del viaje de Gama, por los Portugueses, como una comarca rica en 
oro. Véase Barros, Dec. I. 1. X, c. 1, p. 375, y Kulb, Geschichte dcr Ende- 
ckungsreisen, Leparte, 1841, p. 236. He hecho notar en otra parle, que 
á mediados del siglo XII Edrisi habla del uso del mercurio en las lava- 
duras de oro de los negros, como de un método de amalgama introducido 
desde mucho tiempo en esta comarca. Si se piensa en la confusión fre- 
cuente de las letras r y /, hallaremos exactamente la costa africana de 
Sofala en la forma Sophara, una de las denominaciones con que está 
designada la tierra de Ofir, de Salomón y de Hiram , en la traduc- 
ción de los Setenta. Tolomeo conocía también, como ya he dicho, una 



-. 393 — 

comarca llamada Sapphara en Arabia (Ritler. Erdkunác von Asien, 1. VIII, 
scc. i, 1846, p. 252j, y otra cu la India llamada Supara. Eslo depende de 
que por lui efecto que se produce aun en nuestros días en las partes de la 
América en donde se habla el inglés y el español , las costas situadas en 
oposición o próximas á la India Iiabian recibido como un reflejo de la ma- 
dre patria las denominaciones espresivas del sánscrito. Asi, lo que se 
llamaba el comercio deOfir podia seg-un mi sentir, comprender tanto es- 
pacio cuanto recorrieran los barcos que hacian el viaje de Tarleso y to- 
caban en Cirene y en Cartago, Gadeira y Cerne, ó los que dirigiéndose 
á las Casitérides bajaban las costas de los Artabros, de la Brefaña y del 
Qersoneso Cínibrico al Este. Siempre admira que el incienso, las espe- 
cias , la seda y las telas de algodón no estén comprendidas entre las 
mercancías de Ofir, como el marfil, los monos y los pavos reales. Los 
pavos son esclusivamente de origen indio; y si han sido llamados con 
frecuencia por los Griegos aves de Persia ó de la Media , esto consis- 
te en que se propagaron insensiblemente hacia el Oeste. Los Samios, 
que veian pavos reales alimentados en los templos de Juno por los sa- 
cerdotes , los creian , sin otra razón , originarios de Sanios. Ha querido 
también deducirse de un pasaje de Eustates, sobre el culto tributado á los 
pavos en Libia. (Comment. in Iliad., t. IV, p. 225, cdic. de Leípsick, lS25j 
que esas aves pertenecían al África. 

(42) Pág. 132. — Véase sobre Ofir y el monte Sopera «que la flota de 
•Salomón no pudo tocar en menos de tres años." Colon, en Navarrete, 
Viajes y descubrimientos que hicieron los Españoles, t. í , p. 103. En otra 
parte dice el gran navegante , siempre en la esperanza de tocar la tierra 
•ele Ofir: ..El oro de Ofir tiene una virtud soberana de la que no puede 
4arse idea. Aquel que sea su poseedor puede hacer lo que quiera en este 
mundo; está en estado de hacer pasar las almas del Purgatorio al Pa- 
raíso.» Véase Carta del Almirante escrita en la Jamaica, 1503, en Navarre- 
te, t. I, p. 309. V. Humboldt, Examen critique, t. I, p. 70 y 109; t. fl 
p. 38 y 44; y sobre la duración del viaje de Tarschich , Keil , neber die 
Hiram-SalamonischeSchiffahrt, etc., p. 106. 

(43) Pág. 132.— Ctésias de Cnido, Operum^ reliquice, edic. de F. Bíehr, 
1824, c. 4 y 12, p. 2í8,27l y 300. En cuanto á las indicaciones que el 
médico de la corte de Persia recojió en las fuentes locales, y que por este 
motivo son dignas de consideración , se refieren á las comarcas septen- 
trionales de la India, de donde salia el oro de los Paradas, para diui- 
girse después de muchos rodeos á Abhira. á la embocadura del Indo y 
á la costa de Malabar. Véase Humboldt, Asie céntrale, t. I, p. loT, y 
Lassen, indiscke Alterthumshunde , t. I, p. fi. La maravillosa relación que 
hace Ctésias de una fuente situada en la India, y en cuyo fondo sa 



— 394 — 

encontraba hierro, y hierro muy maleable, después que había corrido el 
oro líquido, ¿no ocultarla en realidad una herrería? El brillo del hierro 
fundido haria que se le tomase por oro, y cuando el color amarillo hubie- 
se desaparecido por efecto del enfriamiento, que se encontrase el hierro 
negro. 

(44) Pág. 133.— Pseudo-Aristóles, Mirab. auscult , c. 86 y 111, p. 175 
y 225, edic. de Bekker. • 

(43) P.ág. 133.— Olfrcdo Mullcr, die Etrusker, sec. 2, p. 2o4. 

(46) Pág". 134. — Si en otro tiempo se decía en Alemania, siguiendo al 
Padre Angelo Cortenovis, que la tumba del héroe de Clusio, Lars Por- 
scna, adornada, según la narración de Varron, con un capitel de bronce 
y cadenas colgantes, también de bronce, era un condensador de elec- 
tricidad atmosférica, ó una especie depara-rayos, como ha pensado tam- 
bién Michaelis que lo eran las barras metálicas colocadas sobre el templo 
de Salomón , esta idea se estendió en un tiempo en que se atribuía do 
buen grado á los antiguos pueblos los restos de una física primitiva re- 
velada que no hubiera tardado en oscurecerse. La indicación mas im- 
portante acerca de la relación que e.xiste entre el rayo y los metales con- 
ductores, fácil por otra parte de descubrir, creo que es también la que da 
Ctésias en sus Indica (c. 4, p. 248, edic. de Bsehr) : «Tuvo, dice, en su 
poder dos espadas de hierro, presentes del rey Artajerjes Mnemon y de 
su madre Parisátidcs , que fijas en tierra alejaban las nubes, el granizo 
y los relámpagos ; vio en ellas por sí mismo los efectos asistiendo á dos 
esperimentos hechos delante de él por el rey." La religiosa atención que 
prestaban los Toscanos á los fenómenos metcreológicos y á todo lo que 
líe apartaba del curso ordinario de la naturaleza, hace muy sensible la 
pérdida de todos los libros fulgurales; pues sin duda alguna que la apari- 
ción de los grandes cometas, la caída de las piedras meteóricas y las llu- 
vias^de estrellas errantes, estarían allí notadas como en los anales chinos 
de una época masatrasada, aprovechados por Eduardo Bio I (Catalogue des 
étoiles filantes y des aulres météores observes en Chine, 1846). Creuzer (Relí- 
gions de Vantiquité, t. 11, p. 4S0 y siguientes, de la traducción de M. Guig- 
níaut) trató de demostrar cómo las condiciones naturales en que se ha- 
llaba la Etruria podían influir sobre la dirección del espíritu particular a 
sus habitantes. La tradición, según la cual Prometeo separó el rayo de 
las nubes , trae á la memoria los pretendidos esfuerzos de los fulgurado- 
res para atraer el trueno. La operación se limitaba á una especie de con- 
juro, y probablemente no era ni mas ni menos eficaz que la calavera de 
burro que en los ritos de la Etruria era tenida como recurso para preser- 
varse de las tormentas. 



— 395 — 

(47) Pá,^. 134.— Otri-edo iMuller, Elrusker, scc, 2, p. 162-178. Se^un la 
teoría augaral do los Etruscos , teoría muy complicada, distinguíansa los 
relámpagos que eran benignas amonestaciones que enviaba Júpiter esclu- 
sivamente por un acto de omnipotencia, de los castigos eléctricos mas vio- 
lentos, que según la constitución del Olimpo no podia imponer sino des- 
pués de haber deliberado con los doce dioses. Véase Séneca , (JucBst. 
oíalur., 1. 11, c. 41. 

(48) Pág. 134.— Job. Lydus, De Ostentis, edic. Mase, p. 18, in prcefat. 

(49) Pag. 13o.-Estrabon, 1. I!í, p. 139. V. Guillermo de Humboldt, 
ueher die Urbewohner Hispaniens, 1821 , p. 123 y 131-13G. Últimamente 
de Saulcy se ha ocupado con éxito en descifrar el alfabeto ibérico, como 
ol ingenioso intérprete de la escritura cuneiforme, Grotcfend, se ha dedi> 
cado á los caracteres frigios y sir Carlos Fellow a los caracteres licios. 
V. Ross, Hellenica, 1816, t. I, p. vyi. 

(30) Pág. 136. — Véase Herodoto, 1. IV, c. 42, y las notas de Schwei- 
ghaüscr, t. III, p. 398, edic. de Londres, 1830. V. Humboldt, Asie ceiu 
trale, t. I, p. 54 y o77. 

(51) Pág. 136.— Sobre la verdadera etimología del Caspapyrus de Ho- 
catea (Fragmenta, odie. Klausen, núm. 179), y del Caspatyrus de Hero- 
doto, (1. III, c, 102 y IV, 44) Véase Humboldt, Asie céntrale, t. 1,.. 
p. 101-104. 

(o2) Pág. 136.— Psemetek y Aahmos. Véase mas arriba Cosmos, t. !!> 
p. 124. 

(;J3) Pág. 137. — Droysen, Geschichte der Bildung des hellcmstichen Staaten^ 
sijsíms, 1843, p. 23. 

(j4) Pág. 137.— Cosmos, t. 11, p. 10. 

(oo) Pág. 138. — Voelker, mytliische Geograpliie der Griechenund Rosmer, 
1832, Leparte, p. I-IO; Klausen, ueher die Wanderungen der lo und des 
Herakles, en el Rheinisches Museum de Niebuhr y Brandis, 1829, p. 293-323. 

(o6) Pág. 138.— En el mito de Abaris (Herod., 1. IV, c. 36) el tauma- 
iargo no atraviesa por los aires sobre una flecha , pero lleva una flecha 
».que Pitágoras le ha dado para ayudarle á vencer los obstáculos de un 
largo viaje.'» (Jamblico, de Vita Pythag., c. 28, p. 194, edic. de Kiessling). 
Véase también Crevíier , Religions de l'Antiquité. i. II, p. 266 y siguientes, 
de la traducción de M. Guigniaut, con la nota correspondiente en las 
Aclaraciones.— Sobre el cantor de los Arimaspes, Aristeas de Proconeso, 
que desaparecía y reaparecía muchas veces, véaseHerodoto,l.lV ,c. 13-lo. 



— 396 — 

(Tí) Pág-. 138.— Estrabon, 1. I, p. ;]8. 

(58) Pág-. 139. — Probablemente el valle del Don ó de Kuban. Véase 
Hamboldt, Asie céntrale, t. II, p. IGí. Perecidas dice csprcsamcnte 
(írag-m. 37 ex scliol. Apollen, 1. 11, v. 1214) que el Caucaso se habla 
encendido, y que Tifón se habia refug'iado en Italia por esta razón; tra- 
dición de que dedujo Klausen, en la disertación citada mas arriba una 
velación alegórica entre Prometeo, el encendedor del fuego (Tcvpxaeí-i) , 
y la montaña cuyas dos primeras sílabas despiertan cada una de por sí 
la idea del fuego. Aunque la condición greognóslica del Cáucaso , es- 
tudiada recientemente por Abich con gran diligencia y la relación 
•!uya existencia creo haber enseñado eii otra parte, entre esta montaña 
y el Thian-chan volcánico del Asia central (los montes celestes), permi- 
tan creer que hubieran podido conservarse, en las tradiciones mas anti- 
ijuas de la raza humana recuerdos de los sagrados fenómenos volcá- 
nicos, es mejor suponer, sin embargo, que ios Griegos llegaron por ca- 
sualidades de la etimología a la hipótesis del Cáucaso encendido. Sobre 
«íl origen sánscrito de la palabra Graucasw^ (montaña resplandeciente), 
vi'anse las opiniones de Bohlen y de Burnouf espuestas en el Asie ^ntrale, 
t. I. p. 109, 

(59) Pág. 139.— Otfredo MuUer, Minycr, p. 217, 2oí y274. lionero no 
<2onocja ni el Faso, ni la Colquida, ni las columnas de Hércules; oero el 
b^aso es ya citado por Hesiodo. Las fabulosas leyendas sobre la Vuelta 
de los Argonautas por el Faso, el Océano oriental y la pretendida biíurca- 
v/ion del Ister, ó por el doble lago Tritón formado á consecuencia (le sa- 
cudidas volcánicas, tienen singular importancia para el conocimiento 
de las primeras observaciones de la configuración de los continentes. 
Véase Examen cHlique, t. I, p. 179 : t. III, p. 135-137 y Otfredo Mi^ler, 
Mlmjer, p. 357, Los delirios geográficos de Pisandro, de Timagétes y de 
Apolonio de Rodas se propagaron, por otra parte, hasta fines de la alad 
media, y llegaron á ser á las veces causas de confusión y de obstáculos 
desagradables, y á veces un estímulo para nuevos descubrimientos. 
Esta reacción de la anligiiedad sobre los tiempos posteriores, durante los 
»^uales dejábanse guiar los escritores mas por conjeturas que por observa- 
ciones reales, ha sido desgraciadamente muy descuidada hasta aquí en 
la historia de la geografía. Bueno es advertir, con este motivo, que no 
me propongo únicamente al escribir las notas del Cosmos, indicar como 
medio de esclarecer las opiniones espresadas en el testo las fuentes IVi- 
í)liográficas sacadas de las diferentes literaturas; he aprovechado de la 
mayor libertad que estas notas permitan para ofrecer á la reflexión ma- 
teriales tan abundantes como me lo han consentido n;i esperiencia y lar- 
jgos estudios literarios. 1 



\ 



— 397 — 

(60) Pág. 130. — •Hecattei, fragmenta, edic. Klausen, p. ¡JO, 92, 98 y 119. 
Véase también en el Ásie céntrale ^ t. II, p. 162-297, mis investig-aciones 
sol)re la Iiistoria de la g-eografía del mar Caspio, desde Ilerodoto hasta 
los Árabes El-ístachri , Edrisi é Ibii-el-Vardi , asi como sobre el mai* de 
Aral y la bifurcación del 0x6 y el Araxes. 

(61) Pág. 140. — Cranier, de Studiis qute Veteres ad aliarum gentium con- 
tukriiit linguas, 1844, p. 8 y 17. Los antiguos habitantes de la Colquida 
parecen la misma raza de los Lazos (Lazi gentes Colchorum, Plinio. 
1. Vi, c. 4; AaCct entre los escritores bizantinos). Véase Vater, dcr Ar- 
gonautenzug aas den Quellen dargestellt, 1845, sec. 1, p. 2í; sec. 2, p. 4."), 
'í7 y 103. Oyense aun resonar en el Cáucaso los nombres de los Alanos 
(Alanethí, país de lus Alanos), de los Osios y de los Asas. Según los tra- 
bajos de Jorge Rosen , empezados en los valles del Cáucaso con una in- 
tehg-encia verdaderamente filosófica de las lenguas, la de los Lazos, 
contiene restos del antiguo idioma de la Coluqida. La familia de las len- 
guas ibérica y grusica comprende el lazo , el g-eorgiano , el suano y eí 
mingreliano, idiomas todos pertenecientes á la familia de las lenguas 
indo-germánicas. La lengua de los Osetas es mas afin al g-ólico que ai 
lituano. 

(62) Pá^. 140. — Sobre la afinidad délos Escytas (Seolotes ó Sacios), 
de los Alanos, de los Godos, de los Masagetas y de los pueblos llamados 
Yueti por los escritores chinos, véase Klaproth en su comentario sobre 
el Voyage du córate PotocM, t. I, p. 129, y c\ Asie céntrale, t. I, p. 400. Pro- 
copio dice muy claramente (de bello Gothico, i. IV, c. o, t. II, p. 476, edic. 
(le Bonn), que los Godos, se hablan llamado en un principio Escytas. 
.í. Grimm ha demostrado la identidad de los Getas y de los Godos en su 
reciente disertación sobre Jornandés, 1846, p. 21; la opinión emitida 
en términos afirmativos por Niebuhr, en sus investigaciones sobre los 
(ietas y los Sarmatas (hleine liístor. undphilolog. Schriften, l.^ colección, 
1828, p. 362, 364 y 39o), de que los Escitas de Herodoto pertenecen á la 
familia de las tribus mogólicas tiene tanta menos verosimilitud, cuanto 
([ue estas tribus sometidas en parte á los Chinos, en parte á los Hakas 
ó á los Kirg-uizos (Xfpxís de Menandro), habitaban todavía á principios 
del s¡g:lo XIII muy adentro de las comarcas orientales del Asia alrededor 
del lago Baíkal. Herodoto distingue, por otra parte, de los Escitas los 
Arg-ipeosde cabeza calva (1. IV, c. 23). Los últimos tienen la nariz chata, 
tienen también la barba larga , lo que como he podido asegurarme do 
ello, no es ciertamente un signo característico de los Kalrnucos, ó de las 
otras razas mogólicas, sino distintivo de los Usunosy losTingling-es do 
cabellos rubios, que parecen g-uardar cierta relación con los Germanos, 
y á quien los escritores chinos dan «largas cabezas de caballo." 



— 398 — 

(63) Pag. 140. — Sobre la mansión de los Arimaspes y el comercio de 
'oro en la parte Nor-Oeste del Asia en tiempo de Herodoto, véase Asie 
■céntrale, t. I, p. 389-40". 

(64) Pág. 140.— «Los Hiperbóreos son un mito meteorológico. El viento 
i\c las montañas (B'Oreas) sale de los montes Ripeos. Mas allá de esos 
montes debe reinar mi aire blando, un clima feliz como sobre los vértices 
alpinos en la parte adonde no alcanzan las nubes. Tales son los primeros 
antecedentes de una física que esplica la distribución del calor, y la dife- 
rencia de los climas por las causas locales, por la dirección de los vientos 
que dominan, por la proximidad del sol y por la acción de un principio 
húmedo ó salino. La consecuencia de estas ideas sistemáticas era una 
cierta independencia que se suponía entre los climas y la latitud de los 
lugares; el mito de los Hiperbóreos, relacionado por su origen con el 
culto dórico y primitivamente boreal de Apolo, ha podido cambiar del 
Norte hacia Oeste, siguiendo á Hércules en sus correrías á las fuentes del 
Istcr, á la isla de Erytia y á los jardines de las Hesperides. Los Ripas 
ó montes Ripeos son también un nombre significativo meteorológico. De 
las montañas de la impulsión ó del viento helado (pini^) es de donde se des- 
encadenan las tempestades boreales." Asie céntrale, t. I, p. 392 y 403. 

(Go) Pág. 141. — Existen en Indostan, como ya ha notado Wilford, 
dos palabras que pueden ser fácilmente confundidas; y una de las cua- 
les tschiunta, designa una especie de hormiga gruesa y negra, de donde 
la pequeña hormiga , la hormiga ordinaria, ha tomado por nombre el di- 
minutivo tschiünti, tschinti; y la otra tschitá, espresa una pantera salpicada 
de manchas, el pequeño leopardo cazador (Felis jubata Schreb). La pa- 
labra t^chitá , es la misma que la sánscrita tschitra, abigarrado, mancha- 
do, como lo prueba el nombre bengalcs tschitábágh y tschitibágh, de bágk, 
en sánscrito wyúghra, tigre (Buschmann). En el Mahabharata (1. II, v. 1860) 
se ha descubierto recientemente un pasaje donde se habla de las hormigas 
buscadoras de oro: «Wiiso invenit mentionem fieri etiara in Indicis litteris 
besliariim aurum effodientium , quas, quum terram effodiant, eodem no- 
mine (pipilica) atque fórmicas Indi nuncupant.» Véase Journaal of íhe 
Asiat. Soc, 1843, t, Yíl, p. 143; y Schwanbeck, edic. de los Indica 
•de Megastenes , 1840, p. 73. Me ha sorprendido el ver en las comarcas 
elevadas de Méjico, donde abunda el basalto, llevar las hormigas lámi- 
nas de cuarzo hialino . del cual pude adquirir una cierta cantidad ío- 
inando un gran número do esas hormigas. 

(GG) Pág. 144.— Véase Eslrabon, 1. 111, p. 172; Ba' c\ú\ , Pindari frag- 
menta, V. loj. La travesía de Cokeo de Samos cae, según Olfredo Muller 
(Prolegomencnzu ei)ierwissenschaftlichen Mythologie), en la olimpiada xxxr; 



— 399 — 

según las investig-aciones de Lctronne [Essai sur les idees cosmographiques 
qui se rattachent au nom iV Atlao , p. 9J, en la Olimpiada xxxv, 1, 
es decir, el año 6í0. Esta época es independiente de la fundación de 
Cyrene que Otfredo Muller, (Minyer, p. 344, y Prolcgomenen, etc. , p. 63) 
coloca entre las olimpiadas xxxv y xxxvii, porque en tiempo de Colseo 
no se conocía aun el camino de Thera hacia la Libia. Según Zampt, la 
fundación de Cartago data del año 878 , la de Gades del año 1100 
íintes de J.-C. 

(67) Pág- 144. — Según el uso de los antigaos (Véase Estrabon, 1. 11, 
p. 126) refiero todo el Ponto-Euxino con el Palus Meotides á la cuenca 
del mar Interior, como por otra parte permiten consideraciones geognós- 
ticas y físicas. 

(68) Pcág. 144.— Herodüto, 1. lY. c. 152. 

(69) Pág. 144.— Herodoto, 1. I, c. 168. En este pasaje el descubri- 
miento de Tarteso se atribuye á losFócios; pero la empresa comercial 
de estos fué según Ukcvt (Geographie der Griechen und Romer, 1 .aparte, sec. 
1, p. 40) posterior en 70 años á Coireo de Samos. 

(70) Pág. 144. — Según un fragmento de Favorino , las palabras 
íoxtavóg, y ayY¡v por Consiguiente, no son griegas, sino tomadas de los bár- 
baros. Véase Spohn de Nicephori Bleinmidce duobm opuscuUs, 1818, p. 23. 
Mi hermano creía que se refieren á las raices sánscritas ogha y ogh., Exa~ 
men critique, t. I, p. 33 y 182. 

(71) Pág. 145. — AristiUeles, de Cocelo, 1. II, c. 14, p. 298, edic. de 
Bekker; 3íeteoroI. , 1. II , c. 5 , p. 362; V. Examen critique, t. I, p. 
12o-130. Séneca (Nafur. Qa(esi.,in prcefat., § 11) no teme decir: «Con- 
temnet curiosus spcctator domicilii (terree) angustias. Quantum enini est 
quod ab uUimislittoribus Hispaniai usquc ad Indos jacet? Paucissimorum 
dierum spatium, si navcni suus ventus implcvit.»? Véase Examen criti- 
que, t. I, p. lo8. 

(72) Pág. 14o. — Estrabon, 1. I, p. 65 y 11, p. 118 ; Examen critique^. 
L l,p. 152. 

(73) Pág. 146. — En el í/ia/ra^'ma de Dicearco que formaba una especie 
de línea equatorial, el levantamiento sigue el Tauro , las cadenas del De- 
mavendy dellndo-Kho, el Kuen-lum, que limita al Tibet por el Norte, y 
las montañas de las Nubes, cubiertas de una nieve perpetua, en las pro- 
vincias chinas de Sse-tschuan y de Kuang-si. Véanse mis investigacio- 
nes orográficas sobre esta línea de levantamiento, en el Asie centráis, 
i. l„ p. 104-114, 118-164, t. II, p. 413 y 438. 



— 400 — 

(74) Pág-. ii6. — Estrabon , 1. III , p. 173. Y , Examen critique, t. III, 
p. 98. 

(75) Pág-. 1Í7. — Droysen, Geschichte Alexanders des Grossen, p. 544, y 
Geschichte der Bildung des helknistischen Staatensystems , p. 23-34, 388-592, 

748-7 :J5. 

(76) Pa?. 148.— Aristóteles, Política, 1. VII, c. 7, p. 1327, edic. de 
Bekker. Véase también 1. III, c. 16, y el notable pasaje de Eratóstenes, 
en Estrabon, 1. 1, p. 66 ; II. p. 97. 

(77) Pág-. 148. — Stahr, Áristotelía, 2.^ parte, p. 114. 

(78) Pág". 149. — Sainte-Croix. Examen critique des historiens d^Alexan^ 
dre, p. 731; Schlegel, vndische Bihliotek, t. I, p. loO. 

(79) Pág-. 151. — V. Scliwanbeck, de ftde Megasthenis et pretio, en la 
edición que ha dado de este historiador, p. 59-77. Meg-astenes visitó 
con frecuencia á Palibothra, mansión del rey de Magadha; era muy ver- 
sado ea la cronolog-ía de los Indios , y cuenta «cómo en épocas ante- 
riores, el Universo habia vuelto tres veces á la libertad; cómo tres edades 
del mundo se habian cumplido, y cómo la cuarta habia empezado en 
su tiempo.» Véase Lassen, indische Alterthumskunde, 1. 1, p. 150. Las ideas 
de Hesiodo acerca de las cuatro edades del mundo, que se refieren á cua- 
tro grandes revoluciones de los elementos y abrazan un espacio de 
18,028 años, se encuentran también entre los Mejicanos. Véase Huni- 
boldt, Vues des Cordilléres et Monuments des peuples indigénes de VAmériquej 
t. II, p. 119-129. El estudio delfíí^-üéf/ay del Mahabharatalm suministrado 
recientemente una prueba notable de la exactitud de Meg-astenes. Basta 
para aseg-urarsc de ello comparar lo que dice acerca del Utara-kuru ó 
país de los Bienaventurados, y sobre la longevidad de este pueblo, si- 
tuado en la estremidad septentrional de la India (verosímilmente al 
Korte de Kaschmiren los alrededores de los montes Belurtag-h), refiriendo 
esta narración, como debía hacerlo naturalmente un Griego, al mito délos 
Hiperbóreos que no vivían menos de mil años. Véase Lassen, Zeitschrifé 
für die Kunde des Morgenhindes, t. II, p. 62. Ctésias despreciado durante 
mucho tiempo, refiere una leyenda que está de acuerdo con la narración 
de Megasténcs (Indica, c. 8, p. 249 y 285, edic. de Boehr). Ctésias ha 
citado, como animales realmente existentes, el Marticoras mencionado por 
Aristóteles (Hist. de Animal., 1. II, c. 3, § 10, í. I, p. 51 edic. de Schnci- 
der), los grifos mitad águilas y mitad leones, el Kartazonon de Eliano,y 
por último un asno salvaje con un cuerno en la frente. No hay que acu- 
sarle por ello de haberlos inventado; como observan ya Heeren y Cuvier, 
había visto representadas en monumentos persas , formas de animales 



— 401 — 

-simbólicos, y había lomado aquellas imágenes por la leprodiiccioii de 
monstruos exisícnles en el fondo de la India. Sin cmbarg^o , como liacc 
observar Guigniaut con su habitual penetración en las Notas y Acla- 
raciones de Crouzer sobre las Religiones de laAntigíledad, (t. I, 2.^ parte, 
p. 720) la identificación del Marticoras con ios símbolos pcrsepolilanos 
ofrece grandes dificultades. 

(80) Pág-, 152. — He esclarecido estas relaciones orográficas en mi Asie 
céntrale, i. II, p. Í29-434. 

(81) Pág. lo2. — Lassen, Zeitschrift fár die Runde des Morgenlandes , t. I, 
p. 230. 

(82) Pág. 'lo2. — El país entre Bamian y Ghori. Véase el escelenlc 
mapa de Afghanistan , por Carlos Zimmermann, 1842; y Eslrabon, 1. XV, 
p. 72o; Diodoro do Sicilia, 1. XVIÍ, c. 82; Mena, Meletem. histor., 1830. 
p. 2ü y 31; Ritter, ueber Akxanders Feldziig am Indischen Kauliasus , en 
las 3Iémoires de VAcadémie de Berlín, 1829, p. 150; Droysen, Bildung dex 
hellenisf. Staatensystems , p. 61 í. Yo escribo ParojKuiwo con todos los bue- 
nos manuscritos de Tolomeo y no Paropamiso. He espuesto las razones 
■de esta preferencia en el Asie céntrale, t. í, p. 114-118. Véase también 
Lassen , zur Geschichte der Griechischen und Indoskythischen KOnige , p. 128. 

(83) Pág. 153.— Estrabon,!. XV, p. 717. 

(84) Pág. 15o. — Arriano, en sus Indica (1. Vil. c. 3), representa bajo 
el nombre de Tala la palmera llamada Borassus flahelliformis , que Amara- 
sinha caracteriza de una manera muy espresiva denominándola el Rey de 
las yerbas. 

(8o) Pág. 133. — La palabra tabaschir 'se deriva de la sánscrita tvak- 
:kschirit, leche de corteza. Véase mas arriba p. 476, ftotaS. Ya desde 1817 
en las adiciones históricas á la obra de Distributione geographica Planíaruin 
secundiim caúi temperiem et altüudinem montium , p. 215 , he hecho notar 
que ademas del tabaschir, sacado del bambú , los compañeros de Ale- 
jandro tenian también conocimiento de la verdadera caña de azúcar de 
los ludios. Véase Estrabou, 1. XV, p. 693; y Periplus maris Erythrci, 
p. í). Moisés de Corona , que vivia á mediados del siglo V, fue el pri- 
mero que describió detalladamente la preparación del azúcar compuesta 
con la médula del Sacchanim officinarum, en la provincia de Corazau. 
'^^ éase.su Geografía, p. 3Gí déla edición de Whiston, 1736. 

(-Gj Pág. 153.— Eslrabon, 1. XV, pág. 694. 

■(87) Pág. 153. — Ritter, Erdkunde'vonAsien,t.lY, sec. 1, 1835, p. 437,- 

TOMO II. 26 



— 402 — 

t. VI, scc. 1, p. 698; Lasscn, ¡ndüche ÁUerthumsUunde, i. I, p. 317-325, 
El pasaje de Aristóteles, Hist. de Animal , 1. V. c. 17 (t. i, p. 20» edic. de 
Schneideij, sobre el hilado de una gran oruga i^oii cuenios, se refiere á la 
isla de Cos. 

(88) Pág. lo3. — Del mismo modo se encuentra A.á)tx«?- ^pa/ioÍTri jo; en 
el Peripliísmnrü EruthrTÍ, p. •>, V. Lassen, ¿ndiache Alteiiliumsliunde, 1. 11, 
p. 31G. 

(89) Pág. l.'io. — Plinio, i/¿.sí. aalav., 1. XVI, c. .'>9. Sobre la inlrodiic- 
cion por los Lagidas en Egipto de plantas raras originarias de Asia^ véa- 
se también Plinio, 1. XII, o. 31 y 37. 

(SO) Pág. lo3. — Humboldt, de Dlsfríbut. 'jcogr. Phudaruin , p. 178, 

(yi) Pág. 15Í. — Desde 1827 lie tenidu írecucnte oumunicacion con Las- 
sen acerca del importante pasaje de Plinio (1. Xlí , c. 12) : «Major alia 
(arbor) pomo et stiavitate pra'cellentior , (jao uipienies Indorum vivunl. 
Folium alas aviiim imitatur , longiludine trium cubitoram, latitudine 
duiím. Fnictum cortice mittit, admirabilem succi dulcedine ut uno qua- 
tcrnos saliet. Arbori )iomen palee, pomo ariptue.» He aquí las conclusio- 
nes que se desprenden de las investigaciones de mi sabio amigo: «Ama- 
rasinta coloca el árbol llamado iVwsa (plátano) á la cabeza de todas las- 
planlas nutritivas; y cita entre otros muchos nombres sánscritos, los de 
varanahuscka. bhanuphala (el IVulo del sol), y moJiO, de donde ha venido 
el nombre árabe wora. P/m/a (pala) significa fruto en general , y sola 
por una mala inteligencia se le ha tomado por el nombre de la planta. En 
sánscrito no se encuentra jamás mrana como nombre del plátano, sin la 
adición de busrha. Aquella forma puede ser, no obstante, una abrevia- 
ción popular; varana en este caso haria en griego ompfra, que seguramen- 
te no difiere mucho de ariena.» V. Lassen, indische Alterthumkunde, t. I, 
p. 262; Humboldt, Essai poliíitjue sur la ?i^ouvelle-Esparjne, 1827, t. íl,p. 3S2, 
j Relalion historiquc, etc., t. 1, p. 491. Prospero Alpino y Abd-Allatif 
casi adivináronla afinidad quunica que existe entre el nutritivo Amy- 
lum y la sustancia sacarina, tratando de esplicar el origen del Musa por- 
la caña de azúcar y el datilero ingerto en las raices del Colocasia. Véase 
Abd-Allatif, Relalion de I' Égnple, traducida por Silvestre de Sacy, p. 28. 

y lo:;. 

(92) Pág. !">í, — Véase sobreestá época. Guillermo de Humboldt, 
ueher die Kawi-Spradie und dle Vcrsrhicdenhi'it des memchiichen Sprachban"!!, 
t. I, ]). CCL y CCÍ.iV ; Droysen, Geschichk Akxanders des Groasen , p. ">Í7„ 
y hellenisíisches Staalensijstem , p. 2í. 

(93) Pág. l;ii.— Dante, Inferno, canto IV, v. 13U 



— 403 — 

(9í) Pág-. 154. — Véase en lABiographieunivenelle, 1811, t. II, p. i'68, 
las aserciones de Cavicr, que es de lamentarse encuentren en la ediciori 
de 1843, t. II, p. 219;y V.las Aristotelia de Stahr, 1/'^ parte, p. 15 y 108. 

(95) Pág". 154. — Cuando Cuvier escribía su Vidade Arktóíeles, ha dad» 
autoridad á ese viajehecho áEgiptocn compañía de Alejandro, «viaje de 
donde el Estagirita llevara á Atenas todos los materiales de su Histoire 
des animaux, á mas tardar en el año segundo de la CXlll olimpiada." 
Mas tarde, en 1830, el gran naturalista [abandonó esta opinión, porque 
vio mirando mas fijamente «que las descripciones de los animales egip- 
cios no hablan sido formadas del natural , sino por las indicaciones de 
Herodoto.» Yóase Cuvier, Hisíoire des Sciences naíurelles , publicada por 
Magdeleine deSaint-Ag-y, 1. 1, 1841, p. 136. 

(96) Pág. 155. — A estas pruebas, que pueden llamarse intrínsecas, per- 
tenecen: el aislamiento completo del mar Caspio, representado como un 
mar cerrado, la mención del gran cometa que apareció en tiempo del ar- 
conte Nicomacho, olimpiada CIX, 4, según Corsini , que no debe confun- 
dirse con el que Bogouslawski ha llamado muy recientemente el cometa 
de Aristóteles, que fue visto en tiempo del árcente Astesio, Olimpiada CI, 
4, y es quizá el mismo cometa de 1695 y de 1843. Véase Aristóteles, 
Meteorol., 1. I, c. 6, § 10 (t. í p. 395, edición de Ideler) , por último la 
mención del incenlio del templo de Efeso, y el de un arco iris formado 
por la luna que se observó dos veces en cincuenta años.. V. Schneider, 
ad Áristot.f Hist. de Animalibus, t. l,p. XL, XLll , CU y CXX ; Ideler, 
ad Aristot. MefeoroL, t. I, p. X; Humboldt, Asie Céntrale, t. 11, p. 168. 
Puede también verse que la Historia Animalibus es posterior á los Meteo- 
rológica, pues hay el antecedente que en los Meteorológica se alude á la 
Historia como asunto que debía seguirla muy de cerca. Véase Meteorol.^ 
11, c. I, §3,y 1. IV, c. 12, 13. 

(97) Pág. 155.— Las cinco especies de animales citados en el testo , y 
entre ellos particularmente el Hippclaphos (el ciervo caballo de larga bar- 
ba) , el Hippardion, el camello de la Bactriana y el búfalo , se mencionan 
por Cuvier como otras tantas pruebas de que la Historia délos Animales íwe 
escrita después déla Meteorología. \ésLse Histoire des Sciences naturelleSy 
t. 1 , p. 154. Cuvier distingue en el tomo IV de sus admirables iíe- 
cherches sur ks ossements fossiles (IS'io , p. 40-43 y 502), dos ciervos de 
Asia de crin , que llama Cervus Hlppelaphus y Cervus Arislotelis. En un 
principio tomó al primero, del cual había visto en Londres un ejemplar vivo 
y del que Diart le había enviado desde Sumatra pieles y cornamentas, 
por el Hippelaphos de Aristóteles, originario de Aracosia. Véase Hist. de 
Animal, 1. II, c. 2, §3 y 4; t. I,p. 43 y 44, edic. de Schneider. Mas tarde, 
una cabeza de ciervo enviada desde Bengala por Duvaueel, pareció á Cuvier 



— 404 — 

con el conjaiito del organismo qac un día dedujo, mas conforme con 
ia descripción de Aristóteles, y aquel animal que habita en Bengala, en la 
montaña de Sylhet , en el reino de Népaul y al Este del Indo, recibió des- 
de entonces el nombre de Cervus Aristótelis, Si es natural pensar que 
Aristóteles, en el capítulo en que trata de los animales de crin en gene- 
ral, ha debido citar al lado del ciervo caballo (Equicervus) , el tigre indio 
ó el tigre cazador (Felis juhata), debe preferirse como propone Schneider 
(t. 111, p. 66), la lección ivapSiov á la de tó ÍTVTtápSiov. Esta última deno- 
minación convendria mejor á la girafa, según la opinión espresada ya 
por Pallas (Spicikg. Zoolocj. , fase. I, p. 4). Si Aristóteles vio con sus 
propios ojos el tigre y no se atuvo á lo que se decia, ¿cómo no cítalas 
uüas retráctiles de un animal del género del gato? No es menos sor- 
prendente que Aristóteles siempre exacto, si había tenido efectivamente 
como afirma G. de Schlegel , un corral en Atenas cerca de su habitación, 
y si había disecado el mismo uno de los elefantes tomados en Arbela, no 
haya descrito la pequeña abertura colocada cerca de las sienes , que so- 
bre todo en el período del celo segrega una materia líquida que exhala 
un olor fuerte , y á la cual aluden frecuentemente los poetas indios. \é3L- 
se Schlegel, indische Bibliothecky t. 1, p. 163-166. Insisto en este detalle, 
frivolo en apariencia, porque la abertura de que acabo de hablar fue co- 
nocida por primera vez por las relaciones de Megastenes , al cual sin 
embargo nadie puede atribuir conocimientos anatómicos. No encuentro 
nada en los diferentes escritos zoológicos de Aristóteles conservados 
hasta nosotros , de donde se pueda deducir que haya observado por el 
mismo, los elefantes , ni sobre todo que los haya disecado. Sin embargo, 
no podría negarse que la Historia de los Animales , aunque probablemen- 
te acabada antes de la espedicíou de Alejandro al Asía Menor, se com- 
pletase como pretende Stahr (Aristotelia , 2.''^ parte, p. 98) , hasta la 
muerte del autor (olimpiada CXV I, 3), por consiguiente, tres años des- 
pués de la muerte del conquistador; pero faltan pruebas positivas acerca 
■de este punto. Todo lo que poseemos de la correspondencia de Aristóte- 
les es apócrifo. Véase Stahr, 1.^ parte, p. 194-208; 2.^ parte, p, 169-234. 
Schneider dice también con mucha seguridad (Hist. de Animal., t. í, 
p. XL: «Hoc enim tempore certissimum sumere mibí licebit scriptas co- 
mitum Alexandri notitiaspost mortem demum regís fuíssevulgatas.» 

(98) Pág. 155. — He demostrado en otra parle que aunque la descompo- 
rsicion del sulfuro de mercurio por la destilación esté ya descrita por 
:Dioscórídes (Materia medica, 1. V, lli), p. 667, ed. Saracenus), la primera 
descripción de la destilación de un líquido, el agua de mar, de donde se 
estraía el agua potable, se halla en el comentario de Alejandro de Afro- 
disías á las Meteorológica de Aristóteles. Véase Humboldt, Examen criti- 
que, t. II, p. 398-316; Joannís (Phíloponi) in libr. de General. Animal., 



— 405 — 

ct Alexandri Aphrodisiít' in Meteorolog. Commcnf. , \cncl, , 1527, p. 97, 
Alejandro de Aírodisias , sabio comentador de los Meteorológica de Aris- 
tóteles, vivia en tiempo de Séptimo Severo y Caracalla; y aunque los 
aparatos de química sean llamados por él ^c^ma upyava, un pasaje de Plu- 
tarco (de Isidc et Oúride, c. 33) prueba que la palabr;i química, aplicada 
por los Griegos al arte de los Eg-ipcios , no viene de x^^- Véase Hoefer, 
Histoire de la Chimie,t. 1, p. 91, 195 y 219; t. 11, p. 109. 

(99) Pág-. lotí. — Sainte-Croix , £^a;aíí?e/i des Historiens d'Alexandre,\Sli)y 
p 207, y Cuvier , Hist. des Sciences naiiirelles , t. I, p. 207; Schneider, 
ad Aristot. Hist. de Animal., t. I, p. xlii-xliv , y Sthar , Arístofelia , 1.* 
parte, p. 116-118. Si después de esto, las pretendidas remesas del 
Egipto y del Asia Menor son inverosímiles, en cambio los últimos tra- 
bajos del gran anatómico Juan Muller prueban la maravillosa delicade- 
za con que disecaba Aristóteles los peces que le suministraban los ma- 
res de la Grecia. Véase sobre la adherencia de los huevos al útero en 
una de las dos especies del g-énero Mustelus del mar Mediterráneo, la 
cual posee en estado de feto una placenta amniótica unida á la placenta 
uterina de la madre, la sabia disertación de Juan Muller y sus invesli- 
i,'aciones sobre el A,«y£oí yfío? de Aristóteles, en las Memoires deVAcadémie 
de Berlín, año 1840, p. 192-197, y v. Aristóteles, Hist. de Animal., 1. IV, 
c. 10, y de General. Animal., 1. III, c, 3. Puede citarse también como 
prueba del cuidado sumo que Aristóteles ponia en sus trabajos anató- 
micos, la distinción que ha establecido entre las diferentes especies de 
'jibias y la disección minuciosa de estos animales, la descripción de los 
dientes de los caracoles y de los órg-anos de otros g-asterópodos. V. Hist. 
de Animal., 1. IV, c. 1 y 4; Lebert, en Mulleras Archiv'. der Physiol., 18í6, 
p. 463 y 467. Yo mismo he llamado la atención de los naturalistas des- 
de 1797, sobre la forma de los dientes de los caracoles. Véase Versuche 
ueher die gereizte Muskel und Nervenfascr, t. I, p. 261. 

(100) Pág. lo7. — Valerio Máximo, 1. Vil, c. 2: «Ut curaregeaut raris- 
sime quamjucundissime loqueretur.» Esta palabra es por otra parte una 
repetición de Esopo, véase Plutarco, Vida de Solón (t. I, p. 381 de la. 
traducción de Amyot, 1801). 

(1) Pág-. 157.— Aristóteles, Polüíca, \. I, ^. 8, y Ethica a:l Eudemum^ 
1. Vil, c. 14. 

(2) Pág. lo7.— Estrabon, 1. XV, p. 690 y 69:j. 

(3) Pág-. lo8. — Así se espresa Teodecto de Phaselis. Véase Cosmos, 
t. I, p. 340 y 4iJl. Todo lo que estaba en el Norte se consideraba como 
mas cercano al Occidente, todo lo que estaba en el Mediodía como mas 
próximo al Oriente. Véase Voelker, ueber Homorische Gcographie u?id Welt- 



— 406 — 

hmdc, p. Í3 y 87. El vag-o sentido de ]a palabra Indias, que se aplicaba 
entonces arbitrariamente á ciertas condiciones de situación g-eográfica, 
de color y de producciones preciosas, contribuyó á estender estas hipóte- 
sis meteorológicas. Así es que la Arabia occidental, el país comprendido 
entre Ceylan y la embocadura del Indo, la Etiopía de los Trogloditas, y 
en África, el país de la mirra y de la ^canela, al Sud del cabo de Aróma- 
la, todo ello se llamaba ig-ualmcnte. indias. Yi-ase Humboldt, Examen 
critique^ etc., t. II, p. 35, 

(4) Pág-. 138.— Lassen, indischc AUeríhumskunde, t. I, p. 369, 372-375» 
379 y 389; Riíter, Erdhunde von Asien, t. lY, 183'i, sec. 1, p. 446. 

(5) Pág". 158. — No es posible determinar exactamente, según los grados 
de latitud, la propag-acion geog-ráfica de las razas humanas en continen- 
tes enteros, como tampoco la de las plantas y animales. El hecho asen- 
tado como axioma por Tolomco (1. I, c. 9), de que no hay al Norte del 
paralelo de Agysimba, elefantes, ni rinocerontes, ni negros, no está apo- 
yado en fundamento alg-uno. Véase Examen critique, t. I, p. 39. La doc- 
trina de la influencia general ejercida por el suelo y el clima en las dis- 
posiciones intelectuales y en la moralidad de las razas humanas, perte- 
nece á la escuela Alejandrina de Ammonio Sacsas , y fué sobre lodo 
representada por Long-ino. (Proclus, Comment. hi Timceum, p. 50). V. sin 
embarg-o en época muy anterior á Hipócrates, De Aeris. Jociseí aquisc. 12, 
í. lí, p. 53, edic. de Littré. París, 18í0. 

(0) Pág-. 159. — Yoasc Jorge Curlius, die Spraclivergleicliung in ihrem 
Yerhoeltniss zur ciassischen Plnlologie , 1845, p. 5-7, y Bildung der Témpora 
undModi, 1840, p. 3-9. Yéase también un artículo de Pott acerca déla 
íamilia de las lenguas indo-germánicas en la Encyclopedia de Ersch y Gru- 
ber, sec. 2.^, parte 18, p. 1-112. En Aristóteles se encuentran ya invesli- 
g-aciones sobre el lenguaje en general, en cuanto se refiere al fundamento 
de la idea . en los pasajes en que desarrolla el lazo que existe entre las 
categorías y las relaciones gramaticales. Yéase una esposicion luminosa 
de esta comparación en A. Trendelenburg, hisfor. Beifrcege zur Philoso- 
phie, 1846. 1.^'^ parte, p. 23-32. Yrase también Seguler, la Philosophie du 
Jangage d'aprés Aristoie. París, 1836. 

(7) Pág. 159. — Las escuelas de los Orquenios y de los Borsipenios, Véa- 
se EstraboUj 1. XYI, p. 739. En este pasaje, al lado de los astrónomos 
caldeos, se citan distintamente por sus nombres cuatro matemáticos de 
Caldea. Esta circunstancia tiene tanta mayor importancia para la histo- 
ria, cuanto que Tolomco designa todos los astrónomos bajo la denomina- 
ción genérica deXaASatoi, como si las observaciones se hubieran hecho 



— 407 — 

-üieinpre coleclivamcnlc en Babilonia. Véase [doler, Handbuch der Chro- 
nologie, 1. 1, 182o, p. lí>8. 

(S) l\ig-. IGÜ.— Idcler, //^í"</, 1. i, p. 202, 20Gy2lS. Sc^iin hace Delam- 
bre (Hisfoire de C Aslronomie andeiine, í. I, p. 308), cüai)do para poticr en 
duda las observaciones astronómicas enviadas de l>al»ilonia á Grecia por 
Calislencs, se utiliza el fundamento de que «en los escritos de Aristóteles 
no se encuentra rasgo alguno, de las observaciones hechas por la casta 
sacerdotal de la Caldea,» olvídase que Aristóteles i^r/e Ccp/o, 1. II, e. 12), 
en el pimío en que habla de 'una ocultación de Marte por la Luna, que 
Iiabia observado él mismo, añade espresamente : «Los Egipcios y Babi- 
lonios han hecho desde muclios años sobre los demás planetas observa- 
ciones semejaiiles, g-ran número de las cuales conocemos." Acerca del uso 
verdadero de las tablas astronómicas entre los Caldeos, véase Chasles en 
lo? Comptet rendns de rAradémie deif ¡triencies, t. XXIÍI, 1846, p. 852-854. 

(9) Pjg-. 1(>0.— Séneca, Nnlnr. quaist , 1. Vil. c. 17. 

(10) Pág-. n;o. —Véase Estrabon, 1. XVL p. 731): y 1. III, p. Hi. 

(11) Pág-. IfíO. — Estas investigaciones son del año 1821. Véase Guig-- 
Tiiaut, en sus Notas y Aclaraciones sobre las Religiones de la Antigüedad de 
Creuzer, t. I, 2 ^ parte, p. 1)28. Respecto délas adiciones mas recientes de 
Letronne, véase Journal des Suvants , 1831), p. 338 y 492, y también 
VAnalyse critique des represéntations zodiacales oí Egypte, 1810. p. 15 y 34. 
Ideler, ueber den I'rsprung des Thierlireises, en las Memorias de la Academia 
■de Ciencias de Berlin, año 1838. [». 21. 

(12) Pág". IBO. — Los mag-nííicos bosques de cedros beodwara (véflso 
Cosmos, t. I, p. 351) situados en la corriente superior del Ilydaspes 
(Behout). que atraviesa el lag-o de Waller, en el valle alpestre de Kasch- 
mir, y de 8 000 á 11.000 pies de elevación, por lo menos. ?iobre el nivel 
<lel mar, son ios que han producido los materiales parala construcción 
<le la flota de Nearco. Véase Burnes, Tracéis, i. I,p. 59. Seg'^un las obser- 
A'aciones del doctor Iloffmeister. compañero del príncipe Waldemar de 
Prusia, arrel)ataado por desg^racia á la ciencia en un campo de batalla, el 
íronco de esos árboles tiene de ordinario- ÍO pi<'!S de circunferencia. 

(13) Pág. 161. — Lassen. Penlapotamia indica, p. 25, 29^ 57-62 y 77, é 
indische Allerfliumslainde, t. I. p. 91. Entre el Sarasvati al Nor-oeste de 
Delhi y el pedregoso Drischadvati , se halla, según el líbr»» dí^ la ley de 
Manú, Brahmavarta, es decir, una comarca consagrada á Brahma por 
los mismos dioses. De otro lado, el Aryavarta (país de los nobles, de 
los Árlanos) ocupaba toda la región situada al Este del Indo,- finlíre el 



~ 408 — 

lii'.iialaya y la cadena del Yiiidliya , al Sud do la cual empezaba la po- 
blación primitiva no ariaua; aquí la palabra varía está tomada en su 
mas lata espresion. El Madhya-Desa ó país del centro, del que ya he ha- 
blado (Cosmos, t. I, p. 12), no era mas que una parte del Aryavarta. Véase 
Asie céntrale, t. I, p. 20í, y Lassen, indische Alterthumskunde, t. I, p. 5, 10 
y 93. Los antig-QOs estados libres de la India, los países de los pueblos sin 
reyes, malditos por los poetas ortodoxos, estaban situados entre el Hy- 
draote y el Hyphaso, es decir, entre el Beas y el Ravi moderno. 

(14) Pág. 161. — Megastenes, Indica, edic. Schwanbeck, 184G, p. 17- 

(lo) Pág-. 464. — Véase mas arriba Cosmos, t. If, p. 120. 

(16) Pág. 164. — Véase Humboldt, Asie céntrale, t. I, p. 145 y lol-l'i",, 
í. lí, p. 179. 

(17) Pág. lG4.~Plinio, 1. VI, c. 30, 

(18) Pág. 165. — Droysen , Geschichte des hcUenistichen Síaatensystems* 
p. 747. 

(19) Pág. 166. — Lassen, indische Alterthumskunde , t, 1, p. 107, 15Í? 

y 158. 

(20) Pág. 166.— Taprübana es una corrupción de Tumbapanni, forma 
pali, que se encuentra en el sánscrito Támraparni; el nombre griego está 
compuesto á la vez de la forma sánscrita (Támbra, tapro) y de la forma 
pali. Véase Lassen, indische Alterthumskunde, t. I, p. 201, y Disert. de Ta- 
■ irobane Ínsula, p. 19. Los Lakedivas (de lakke ^or lakscha , y dive por 
(Iwipa, es decir, un grupo de cien mil islas eran tan conocidas de los ma- 
rineros de Alejandría como las Maledivas (Malayadiva, es decir, islas de 
-Malabar), 

(21) Pág. 167. — Díccsc que Hippalo no es anterior al reinado de Clau- 
<lio ; pero esto es inverosímil, si se ha probado que aun en tiempo délos 
primeros Lagidas, una gran parte de las producciones de la India, no se 
compraban sino en los mercados árabes. Es conveniente hacer notar que 
el monzón de Sud-Oeste se designaba también con el nombre de Hippa- 
los, y que una parte del mar Eritreo ó del Océano Indicóse llamaba igual- 
mente mar de Hippalos. Véase Letronne,. /owniaí des Savants,[HlH,T^. 40.>; 
Reinaud, Rclation des voijages dans l'Inde, t. 1, p. xxx. 

(22) Pág. 167. — Véanselas investigaciones de Letronne sobre los tra- 
bajos del canal que une el Nilo y el mar Rojo desde Neko hasta el kalifa 
Ornar, durante un espacio mayor de 1300 ai'ios, en la Revue des Deux- 
Mondes, t. XXVíí, 18Í1, p. 2!ü-23o. Véase tambicli del mismo autor» 



— 409 — 

de lüCiviusation égijplieiinc dcpuis Psanimilichus jusqiCá laconqucte d'AlexanL. 
dre, 184:;, p. i 6-19. 

(23) Pág-. 1G8. — Algunas obsorvacioacs mctcorolúg'ieassobrc las causas- 
indirectas de crecimiento del Nilo dieron ocasión a parte de estos viajes; 
porque Filadelfo, seg-un maniíiesta Estrabon (1. XVII, p. 789), buscaba 
siempre distracciones nuevas para satisfacer su curiosidad y olvidar su 
debilidad corporal. 

(24) Pág". 168. — Dos inscripciones referentes á caza, una de las cuales, 
sobre todo recuerda las cacerías de elefantes de Tolomeo Filadelfo, fue- 
ron descubiertas y copiadas por Lepsius, en los colosos de Abusimbel 
(Ibsamboul). Véase Estrabon, I. XVI, p. 769 y 770 ; Eliano , de Natura 
Animal., 1. III, e. 3í y XVII, 3; Ateneo, 1. V, p. 196. Por mas que el 
marfil de la India se cite en el Periplus maris Erythrcei como artículo de 
<!sportacion de Baryg-aza, sin embarg-o, seg-un Cosmas, la Etiopía enviaba 
también marfil á la península occidental de la India. En todos los tiem- 
pos, los elefantes se han ida retirando mas y mas hacia el Sud, aun eu 
el África oriental. Según el testimonio de Polibio (1. V. c. 84), cuando 
los elefantes africanos c indios se hallaban en frente unos de otros en un 
combate, el aspecto, el olor, y el ruido de los elefantes indios mas gran, 
des y mas fuertes, derrotaban á los elefantes de África. Nunca lleg-aron 
estos á reunirse en tan gran número como en las espediciones al Asia^ 
<londe Tchandrag-upta habia reunido 9.000, el poderoso rey de los Pra- 
sios 6.000, y Akbar otros 6.000. Véase Lassen, indische Alferthumskunde- 
t. 1, p, 303-307. 

(2o) Pág-. 168.— Ateneo, 1. XlV, p. 6oí.. Parthey, das Alexandrinische- 
Museum, p. 35 y 171. 

(26) Pág-. 169. — La biblioteca de Bruchium era la mas antig-ua ; fué 
destruida cuando el incendio de la flotaen tiempo de Julio César. La bi- 
blioteca de Rhakolis llenaba una parte del Serapeum , donde estaba re- 
unida con el Mu.seo; la colección de libros de Perg-amo fué á enriquecer 
la biblioteca deRhakotis, merced á la liberalidad de Antonio. 

(27) Pág-. 170. — Vacherot , Hístoire ^critique de V École d'Alexan- 
drie, 1846, t. 1, p. v, y 103. Que el Instituto de Alejandro, como todas 
!as corporaciones científicas, haya tenido, aparte de losescelentes efectos 
producidos por el concurso de los esfuerzos, y la reunión de todos los ma- 
teriales, el inconveniente de ejercer soljre los espíritus una influencia 
cscesivamente dominante y esclusiva, es un hecho que la antig-iiedad 
misma ha reconocido frecuentemente. Antes que aquella ciudad, tan bri- 
llante en otro tiempo, fue.se teatro de estériles cuestiones sobre ia teología 



— 410 — 

;i-isliaiia, Adi-iano confirió á su preccploi' Veslino. la doble dig'nidad de 
^'laii sacerdote de Alejandría (como si so dijera ministro de los cultos) 
y director del .Musco ó presidente de la Academia. Yéase Letronne , Rc- 
:hercke- pour servir ¿i riüstotre de VÉgiipte pendant la domination des Grecs ét 
<k's Romaiiis, 1S23, p. 251. 

(28) Pás;. 170. — Fries, Geschichte der Philosophie, i. II, p. 5, y Lehrbuch 
'J.er 7\alurlehre. 1.^ parle, p, Í2. Véase también á propósito de la infiuen- 
cia que Platón ha ejercido sobre las ciencias esperimentales por la apli- 
cación de las ciencias matemáticas , Brandis, Geschichte der griechisch-ro?- 
mischen Philosophie. 2.'^ parte, secc. 1, p. 27(1. 

(21)] Pág-. 171. — Sobre las opiniones físicas y geog-nósticas de Eralós- 
tenes , véase Eslrabon, 1. I, p. 49-o6: 1. II. p. 108. 

(30) Pág-. 171. — Estrabon,l. Xí, p. .'ilíl; Agatemeroen las Geogfr. groe- 
■ri minor. de Hndson, t, 11 , p. -í. Sobre la exactitud de las grandes miras 
orográficas de Eratóstenes, véase Humboldt, Asie céntrale, 1. 1, p. lOí-loO, 
198, 208-227. íl3-41o: t. 11 p. 367 y ílí-43o: Examen critique, etc. , t. I 
p. 1 52-15 í. He llamado intencionadamente á la medida de grado de Era- 
íoslenes primera medida helénica, porrjue no es inverosímil que los Cal- 
•ieos determinasen primitivameute la longitud del grado , tomando pi»r 
término de comparación pasos de camello. Véase Chasles . Reeherches sur 
I- Asfronomie indienne et chaldéoine. en los Comptes rendús de V Acad. des 
.Sciences . I. XXXIII. 1816. p. 851. 

{oi) Pág. 172. — La úllima denominaiMiiii me parece la mas exacta. En 
«fecto, Estrabon(l. XVí p. 739j, cita entre otros muchos personajes de 
<ionsideracion á un Seleuco de Seleucia . versado en la ciencia de los as- 
tros; es probable que se trate aquí de Seleucia del Tigris, que era una 
'ñudad comercial ílorecienle. Cierto es que Estrabon , después de haber 
citado á un Seleuco de Babilonia (1. I. p. 6), que observó exactamente 
■ílllujo y reflujo., hace mención quizá ]vn- negligencia y á propósito del 
¡nismo asunto, de un Seleuca de Erítrea. Véase 1. 111 p. 174. Eslobeo, 
EclorjíB phisiqíue . p. UO. 

(32) P;ig. 172. — Idoler. Ilandbuch der Chronologie, I. f, p. 212 y 32Í), 

(33) Pág. 172. — Pelambre. Ilisloire de lAslronomic ancienne , 1. í, 
1>. 290. 

('3í) Pág. 172. — Biiíck, en su 'Philolaus, p. 118. examina si los Pila- 
bóricos pudieron conocer desde luego por las fuentes egipcias la precisión 
'.le los equinoccios, bajo el nombre de movimiento de las fijas. Letronne 
iObscrvations sur les representations zodiacales rjui, 7ioiis rcsíenf de /' antiqui- 



— 411 — 

líf, 1824, p. 63), é Idcleí-, Ilandbuch d^r Chronologie, 1. T, p. 192), reivin- 
dican csclusivameiitc este descubrimiento para Hiparco. 

(35) Pág. 1"3. — IdclcY , iieber Eudoxus. {). 23. 

(36) Pág-. 174.' — El planeta descubierto por Vcrrier. 

(37) Pág. 175. — Véase mas arriba Cosmos, t. íl, p. 103, 107, 114 

y 134. 

(38) Pág. 171». — Guillermo de Humboidt , ueber die Kawí-sprache, i. 1, 
p. XXXV] f. 

(39) Pág. 177. — La superiicie del imperio romano en tiempo de Au- 
ííusto , según la circunscripción que ha adoptado Heeren (Manual de His- 
toria antigua, p. 4o6-4Co), ha sido evaluada por Berghaus en poco nw.s 
de lOüjOOO millas geográficas cuadradas; esto es, próximamente en una 
cuarta parlo de mas que la medida propuesta como muy incierta , á la 
verdad, por G[bhon,Hisfoire de la chulé de /' Empire romain, t. I, o. I, p. 86 
y sig. de la edición de Guizot. 

(40) Pág. 178. — Végécio, De remilitari, 1. (II, c. 6; l''abricius , Notatio 
tcmporum Augusli, 1727, p. 208, y Egger, Examen crilique des Historiens 
anciens de la vie ef du regne r/' Augusle. París, 1844, p. 54 y siguientes. 

(41) Pág. 17S. — Acto lí, V. 371. en la célebre predicción que ha em- 
pezado desde el hijo de ('olon á aplicarse al descubrimiento de la 
América. 

(42) Pág. 17y.— Cuvier, Hisloire des Sciences nalurelles, t. I. 1841 , p. 
312-328. 

(43) Pág. 17!). — Véase, Liber Plholomei de ü¡jIícís sivc aspeclivus, precioso 
manuscrito de la Biblioteca nacional de París, n." 7310, que he compul- 
sado con motivo de un pasaje notable acerca de la refracción de la luz, 
<lcscubierto en Sexto Empírico (adcersus Astrólogos, 1. V, p. 351 , cdic. 
íabricius). Los estrados que he dado de este manuscrito en 1811 antes 
que Delambre y Venturí, se encuentran en la-inlroduccion de mi Recueil d' 
Observations astronomiques, t. 1, p. T,XV-LXX. El original griego no ha lle- 
ííado hasta nosotros. El manuscrito contiene solo una traducción latina 
de la Óptica de Tolomeo, hecha de dos manuscritos árabes. El traductor 
latinóse llama Amiraco Eugenio . Siculo. Veuturi. Commcnl. -sopra la 
sloriaelateorie dcW Ottica, Bolonia , 1814 , p. 227; Delambre , Ilixtoire de 
VAdronomie ancienne, 1817, t. I, p. LI, y 1. 11, p. 410-432. 

(44) Pág. 180» — Lclronne prueba por la muerte sangrienta de la liija 



— 412 — 

de Theon de Alejandría, víclima del fanatismo cristiano , que la época 
tan debatida de la vida de Diofanto.no puede ser posterior al aüo 389. 
Véase la memoria sur /' origine grerquc des Zodiaques prélendus egyp- 
iiens, 1837, p. 28. 

(Í3) Pág. 182. — Esta benéfica influencia de una leng-ua que al pro- 
pagarse moraliza á los pueblos, inspirándoles sentimientos mas humanos, 
ha sido bien caracterizada por Plinio en su elogio de la Italia (1. III, 
c. 6): «Omniun terrarum alumna eadem et parens , numine Deum electa, 
quse sparse congregaret imperia ritusque molliret et tot populorum dis- 
cordes ferasqne linguas sermonis commercio contraheret , colloquia et 
humanitatcm homiiii daret, breviterque una cunctarum gentium in toto 
orbe patria fieret." 

(46) Pag. 183. — Klaproth, Tahleaux hist. de V Asie, p. 65. 

(47) Pág. 183. — A estas razas indo-germánicas, góticas ó arianas del 
Asia oriental , notables por sus cabellos rubios y ojos azules , pertene- 
cen los Usunos , los Tinglingos, los Hutis y los Yuetas. Estos últimos 
son designados por los escritores chinos como una raza nómada del Ti- 
bet, que ya 300 aííos antes de nuestra era habia penetrado entre el curso 
superior del Huangho y el nevado Nauschan. Recuerdo este origen por- 
que los seres están caracterizados también de "rutilis comis et cseru- 
leisoculis.» (Plinio, 1. VI, c. 24). Ukert, Geographie der Griechen und 
ñccwer, 3.^ parte , sec. 2, 184o, p. 275. El conocimiento de estas razas 
rubias, que aparecen en las partes mas remotas del Asia hacia el Este , y 
dieron el primer impulso á la gran emigración de los pueblos, es debido 
á las investigaciones de Abel Remusat y de Klaproth ; y uno de los mas 
brillantes^ descubrimientos históricos de nuestra época. 

(48J Pág. 184. — Letronne, Observations critiques et archeológiques sur 
les represeniations zodiacales de Z' antiquité , 1824, p. 99 , y sur I'- origine 
grecque des Zodiaques prétendus egypciens, 1837, p. 27. 

(Í9) Pág. 184. — El sabio Colebrooke coloca á Warahamira en el si- 
glo V de nuestra era; á Brahmagupta á fines del VI , y deja el lugar de 
Aryabhatta incierto entre los años 200 y 400 d. de J. C. Holtzmann, 
Ueber den griechischen Ursprung des indischen Thierkreises, 1841, p. 23. 

(SO) Pág. i8o. — Sobre las razones que conforme al testimonio del mis- 
mo Estrabon prueban que su gran obra de geografía fue comenzada ya 
en avanzada edad, véase la traducción alemana de Groskurd , 1.^ parte, 
1831, p. XVlí. 

(ol) Pág. 185.— Estrabon , 1. I, p. 14; 11 p. 118; XVÍ , p. 781 ; XVlí, 
p. 798 y 815. 



4^*^ 



X«J 



(o2) Pag-. 18o. — V. los dos pasajes de Estrabon , 1. T, p, 65, y li, 
•p. 118, y Hiimboldt, Examen critique, etc. , 1. 1 , p. 1'J2-151. En la últi- 
ma ccHcion de Estrabon dada en 1844 por G. Kramcr, se lee (Lepar- 
te, p. 100): «El circulo de Atenas, en vez del circulo de Tince.'" Tiudc í'uc 
denominada por primera vez por el Pseudo-Arriano cncl Perl plus maris 
Erytlircei. Dodwell coloca ese périplo en ei reinado de los emperadores 
-Marco- Aurelio y Lucio Vero, mientras que según Lclronne no data sino 
del reinado de Séptimo Severo y Caracalla. Aunque todos los manuscri- 
tos de Estrabon dicen Thinoe en cinco lug"ares distintos , parece resultar 
de cuatro pasajes del libro II (p. 79, 82, 86 y 87), partlcularinente del sc- 
g-undo donde se cita á Eratóstenes, que debe leerse el círculo paralelo de 
Atenas y de Rodas. La costumbre de los antiguos g'eóg'rafos de colocarla 
península de la Ática muy retirada hacia el Sud , hizo confundir estas 
dos latitudes. Si la lección Oi%av xvkXo? fuese en efecto la verdadera , es 
muy estraño que se hubiera determinado un circulo paralelo distinto, e^ 
Diafragma de Dinarco , seg"un un lug-ar también poco conocido del país de 
los Sinos (Tsin). Sin embarg-o, Cosmas Indicopleustes coloca también la 
ciudad de Tzinitza (Thinse) en la cadena de montañas que divide en dos 
partes á la Persia y á los paises Románicos, asi como también á toda la 
tierra habitada, y ánade estas palabras notables: «seg-un la creencia de 
los filósofos indios y délos Brahamanes." Véase Cosmas en Montfaucon, 
Collectio 7iova Patrum , t. II, p. IB", y Humboldt , Asie céntrale , t. I, 
p. XXIII, 120-129, y 194-203; t. II, p. 413. El Pseudo-Arriano Ag-ate- 
mero , seg-un las sabias investig-aciones del profesor J. Franz y Cosmas, 
atribuyen a la metrópoli de los Sinas una latitud muy septentrional, y 
que cae casi en el paralelo de Rodas y de Atenas; mientras que Tolo- 
meo, eng-añado por las falsas relaciones de los naveg^antes no conocía 
mas que una ciudad de Thinse situada á los tres g-rados al Sud del 
Ecuador. Yo supong:o que Thinse no era mas que una denominación g-e- 
neralbajo la cual se desig-naba un depósito de comercio , un puerto del 
país de Tsin, y que ha podido citarse por consecuencia Thinjc ó Tzinitza 
al Norte y al Sud del Ecuador. 

(53) Pag. 18G.— Estrabon, 1, I, p. 49-GO; II p. 95 y 97 ; VI p. 277; 
XVII, p. 830. xVcerca del levantamiento de las islas y de la tierra firme, 
véase particularmente , 1. I, p. ül , 54 y o9. Ya el antiguo filósofo eleá- 
tico Jenofanes, sorprendido de la abundancia de las producciones mari- 
nas que se encontraban lejos de las costas en estado fósil , enseñaba qnc 
el suelo de la tierra, seco entonces, había surg-ido del fondo de los ma- 
res. Véase Orígenes, Philosophumrna , c. í. Apuleyo, en iiempodelosAn- 
toninos, recogia-petrificaciones en las montañas déla Getulia y las atri- 
bula al diluvio de Deucalion, .que, creía por este indicio tan general co- 
mo lo fué para los Hebreos el diluvio de Noé, y para los Aztecas de Mé- 



— 414 — 

jico el de Coxcox. El hecho afirmado por Beckmatin y por Ciivjer (Ges- 
chichte der Erfindungen, t. II, p. 370, é Histoire des Sciences naiurelles, t. í^ 
p. 3SI), de que Apuleyo poseyó una colección de objetos naturales, ha 
sido contradicho por el profesor Franz, á consecuencia de sus investi- 
gaciones profundas. 

I (üi) Pág. 186.— Estrahou, 1. XVII, p. 810. 

(oo) Pág. 187.— Ritter, Erdkunde van Asien, t. IV, scc. 1, 183o, p. o60. 

(o6) Pag-. 188. — He reunido los ejemplos mas notables de falsas di- 
recciones atribuidas á las cadenas de montañas por los Griegos y los 
Romanos en la introducción de /' Asie central, t. I, p. XXXVII-XL. Las 
investigaciones especiales mas satisfactorias sobre la incertidumbre de 
las bases imméricas adoptadas por Tolomeo , para las determinaciones 
(!c lugares, se hallan en una disertación de Ukert inserta en q\ Thelnisches. 
Maseum für Philologico, 1838, p. 31 í-32 í. 

(37) Púg. 188. — Véanse algunos ejemplos de las palabras zend y sáns- 
critas que nos ha legado la Geografía de Tolomeo, en Lassen, Dissertatio 
de Taprobane ínsula, p. 6 , 9 y 17 ; Bournof ; Comentaire sur le Yacna , t. I, 
p. XCIII-CXX y CLXXXI-CLXXXV; Humboldt, Examen critique, etc. , t. I^ 
p. 45-49. Alguna vez, pero raramente, Tolomeo da el nombre sánscrito 
con la traducción , como por ejemplo , respecto de la isla de Java ó isla 
de la Cebada, ^USaSlov 6 <jpY¡fxaLnl pid^g n¡(Toi; (1. VII, c. 2.) Guillermo de 
Humboldt, ueber die Kawi-Sprache , t. I, p. 60-63. Todavía hoy, según 
Baschmann, la cebada ladilla, hordeum distichon, se llama en las princi- 
pales lenguas indias, tales como el indostánico, el bengalés y el nepalés,, 
en las lenguas de Mahrah, de Guzerate y en la de los Cingaleses, y por 
fui, en persa y en malayo yava, dschau, ó dschav y yaa en el orisa. Véase 
cu las traducciones indias de la Biblia. Evangelio de San Juan, c. VI, y. 9 
y 13, y Ainslie. Materia medica of Hindoostan, Madras, 1813, p. 217. 

(58) Pág. 189. — Humboldt, Examen critique, i. II, p. 147-188. 

(39) Pág. 189.— Estrabon, 1. XT, p. 506. 

(60) Pág. 189. — Menandro, de Legationibus Barbarorum ad Romanos d 
Romanoram ad gentes e rerens. Bekkeri et Niebuhrü , 1829 , p. 300 , 61 i»,, 
623 y 628. 

(61) Pag. 189.— Plutarco , de facie in orbe LuncB , p. 921. Examen criti- 
que, etc., t. I, p. 143 y 19i. He tenido ocasión de ver reproducida en 
Persia entre hombres muy instruidos la hipótesis de Agesianax , según 
la cual las manchas de la Luna, que parecían á Plutarco especie de mon^ 



— 415 — 

tañas luminosas, probablemente inonlanas volcánicas, no eran mas que 
un reflejo producido por los continentes y los mares del globo que habi- 
tamos. "Lo que vemos, decian, con ayuda del telescopio en la superficie 
de la Luna, no es mas que la imág-en reflejada de nuestro propio país.»- 

(62) Pág. 100.— Tolomeo. 1. IV, e. 9; VIÍ , :i y .'i. Lclrone, 7own)«; 
dea Savants. 1831. p. 476-Í80 y .')4o-o5ÍJ: Humboldt, Examen critique, etc.. 
t. I, p. 144, 161 y 329; t. 11, p. 370-373. 

(63) Pág". 190. — ])e\i-imhYe , Hisfoire íle I' Astronomie ancicnue, 1. I^p. LIV; 
t. [í, p. 5jI. Theon no cita jamás la Óptica de Tolomeo, aunf|üe vivió 
ilos sig^los después de él. 

(64) Pág-, 190. — Es muy difícil de ordinario en la física de los anti- 
g'Lios decidir si un resultado obtenido es consecuencia de una espe- 
rimento hecho adrede ó de una observación casual. Eti el sitio en que 
Aristóteles trata de la pesantez del aire (de Ccelo, 1. IV, c. í), aunque Id'^- 
lor parece suponer que se trata de otra cosa (Metereologia veterum Grxco- 
rum et Romanorum, p. 23), dice espresamente: ^'Una odre hinchada pesa 
mas que otra vacia.» Admitiendo que el esperimento haya tenido real- 
mente lugar, es preciso suponer que se hizo con el aire condensado.. 
B. JuUien, de Pliisica Ariatotelis, París, 1836, p. 13 y ío. 

(6o) Pág-, 1!>1. — Aristóteles, de Anima, 1. íí, c. 7. Biese, die Pililos ophie 
des Aristotelefi, t. II, p. 147. 

(()6) Pág. 191. — Joannis (Philoponi) Grammaticiin liur. de generat. y- 
Alexandri Aphrodis. in Meteoro! . comment. Venet., 1.j27. p. 97. Examen 
critique, etc., t. II, p. 306-312. 

/ (67) Pag. 192. — Mételo Numidico hizo degollar 142 elefantes en me- 
dio del circo. En los juegos que dio Pompeyo, perecieron 600 leones y 
406 panteras. Augusto habia sacrificado 3,300 bestias para las fiestas pe— 
pulares; Plinio el joven habla en una de sus cartas (1. VI, ep. 34) de un- 
esposo sensible que se queja de no haber podido dar un combate de gla- 
diadores en Verona para celebrar los funerales de su esposa, «porque 

I vientos contrarios detuvier»» en el puerto las panteras que habia com- 

/ prado en África." 

(68) Pág. 192. — Véase mas arriba, nota 53, p. o22. Sin embargo, Apu- 
leyo ha descrito el primero con exactitud, como dice Cuvier (Ristoire des^ 
Sciences naturelles, t. I, p. 287), las especies de huesos en forma de col- 
millos que guarnecen el segundo y tercer estómago de las Aplysias i'i 
Ortigas de mar. 

(69) Pág. 195. — (tEst enim aniraorum ingeniorumque naturale quof!;- 



— 416 — 

ilam quasi pabaliim consideralio conlcmplatiomque natura. Erigiinnr 
claliores fieri videmur humana despicimus cog-ilantesque supera alf^uc- 
cfBlestia hoec nostra ut exig-ua et minima coutemnimus." (Cicerón, Aca- 
démica, 1. II, c. íl.) 

(70) Pág. 196.— Véase Plinio. 1. XXXYÍI. c. 77. (t. V, p. 320, edic. de 
Sillig".) Todas las ediciones anteriores acaban con las palabras "Hispaniam 
quocumque ambitar mari.» El fin de la obra fue descubierto en 1831, en 
un manuscrito de Bamberga, por Luis de Jan, profesor en Schweinfart. 

(71) Pag". 196. — Claudiano, in secundum consulatum Stilichonis,\\ l'iO- 
loo. 

(72) Pág. 197.— Cosmos, t. I, p. 344 y 4o3, t. II, p. 24. Guillermo de 
Humboldt, ueber die Kawi-Sprache. t. I, p. XXX VIII, 

(73) Pág-. 202. — Si Carlos Marte), como se ha repetido frecuentemente, 
libró por la victoria de Tours, al centro de Europa , de la invasión 
del islamismo, no podria decirse con igual razón que la retirada de los 
Mogoles, después de la batalla dada cerca de Lieg-nitz en la llanura de 
Wahlstatt, impidiera la irrupción del budismo en el Elba y en el Rhin. 
Este combate, en el cual el duque Enrique el Piadoso murió como un 
héroe, fue librado el 9 de abril de 1241 , cuatro años después de que el 
Kaptschak y la Rusia hubieran sido subyug-adas por las hordas asiáticas 
mandadas por Batu, nieto de Dschingischan. Pero la primera vez que 
vemos introducido el budismo entre los Mogoles, cae en el año 1247, 
cuando el príncipe Mogol Godan, sintiéndose enfermo en Leang-Tscheu, 
ciudad muy retirada hacia el Oriente , en la provincia china de Sehcnsi, 
hizo llamar á un gran sacerdote tibetano, Sakya Pandita , para que le 
curase y convirtiese. (Nota tomada de un frag-mento manuscrito de Kla- 
proth sobre la propag-acion del budismo en el Este y Norte del Asia.) Es 
preciso notar también que los Mogoles no se han ocupado jamás de g-a- 
nar á sus creencias á los pueblos que habian sometido. 

(74) Pág. 202.— Cosmos, b. I. p. 271 y 433. 

(7o) Pfig-. 20o. — De aquí el contraste entre las medidas tiránicas de 
Motewekkil, décimo kalifa de la familia de los Abasidas, contra los Ju- 
díos y los Cristianos fJosé de Hammer, ueher die LanderverwaUung unter 
dem Khalifate, 183o, p. 27, 85 y 117), y la tolerancia de que dieron prueba 
los mas prudentes dominadores de España. (Ant. Conde, Historia de la 
dominación de los Árabes en España, t. !. 1820. p. 67.) Conviene recordar 
también queOmar después de la tomade Jerusa.lem, no impidió á los ven- 
cidos la práctica de su religión, y que hizo con el patriarca un convenio 



— 417 — 

Tiiuy favorable para los cristianos. Véase Fundgrubcn des Orienis, I, V, 
p. (Í8. 

(76) Pág-. 20 í. — «Según la leyenda, un vigoroso vastago de la raza 
hebrea se habia retirado bajo el nombre de Yolcthan (Oachthan) á la 
Arabia meridional, mucho tiempo antes de Abraham, fundando allí im- 
perios florecientes.» (Ewald, Geschichte des Volkes Israel, t. I, p. 337 y 4o0j. 

(77) Pág. 20i. — El árbol que suministra á lus Árabes desde los tiem- 
pos mas remotos el célebre incienso de Hadhramant , y que falta com- 
pletamente en la isla de Socotora, no ha sido todavía clasificado ni des- 
cubierto por ningún botánico , ni aun por el infatigable Ehremberg. 
Hállase en las Indias orientales, principalmente en el distrito de Bun- 
delkhund , un producto análogo que forma un artículo importante de co- 
mercio entre Bombay y la China. Este incienso indio se estrae, según 
Colebrooke (Asiatic Researches, t. IX, p. 377) de una planta que Roxburgh 
ha dado á conocer, llamada boswellia thurifera, de la familia delasBur- 
seráceas de Kunth. Antes podia ponerse en duda á causa de las antiquísi- 
mas relaciones comerciales entre las costas déla Arabia meridional y las 
de la India occidental (Giidemeister , Scriptorum Arabum loci de rebus In- 
dicis, p. 35) si el Alvaro; de Teofrasto, el thus de los Romanos, pertenecía 
primitivamente á la península arábiga. Hoy se sabe gracias á la impor- 
tante observación de Lassen (indische Alterthumskunde, t. I, p. 286) que 
el incienso se llama en el mismo Amara-Koschayáwana, javanés, es decir, 
árabe, y que por lo tanto esta producción se esportaba de la Arabia ala 
India. «Turuschka' pindaka' silhó yáwanó" se dice en el Amara-Koscha; j 
las tres primeras palabras son diferentes denominaciones del incienso. 
Véase Amara-Rocha publicado por Loiseleur Deslonchamps , 1.'^ parto, 
1839. p. 136. Dioscorides distingue también el incienso de la Arabia del 
■de la India. Carlos Ritter, en su monografía de las diferentes especies de 
incienso (Erdkunde von Asien, X. Nll, sqc. \.\^i%,\}. 356-372), observa 
con mucha razón que la misma planta (Boswellia thurifera) , á causa de la 
semejanza del clima, pudo perfectamente estenderse de la India á la Ara- 
bia á través de la Persia meridional. El incienso americano, conocido en 
la farmacología con el nombre de Olibanum americanum, viene del Icica 
g^ujanensis de Aublet, y del Icica iacamahata que Bonpland y yo hemos 
encontrado abundantemente en las llanuras de Calabozo, en la América 
del Sud. La Icica es, como la Boswelia, de la familia de las Burseráceas. 
El incienso común que se quema en los templos se obtiene del pinusabii'n 
de Linneo. La planta que da la mirra, y que Bruce cree haber visto 
(Ainslie, Materia medica of Hindoostan , Madras, 1813, p. 29), ha sido 
descubierta por Ehremberg, cerca del El-Gisan , en Arabia , y descrita 
por Nees de Esembeck bajo el nombre de Balsamodendron myrrha , según 

TOMO u 127 



— 418 — 

las especies que había recogido Ehrcmberg. Durante mucho tiempo se ha 
tenido iVecuen teniente al Balsamodendron Kolaf de Kunth , una de las 
Amyris de Forskal, por el árbol de la mirra verdadera. 

(78) Pág-. 20o.— VVellsted, Traveh in Arahia, 1838. t. I, p. 272-289. 

(79) Pág-. 20o. — Jomard, Eíudes geogr. ethist. sur VArahle, 1839, p. 14 

y 32. 

(80) Pág. 20o.— Coswíos. t. II, p. 131. 

(81) Pág. 20o.— Isaías, e. GO, v. «. 

(82) Pág. 207.— Ewald, Geschiclite de-i Volkes Israel, í. í, p. 300-íoO; 
Bunsen, .Egyplens Stelle, etc., 1. líl, p. 10 y 32. Algunas narraciones, re- 
cordando la presencia de los Persas y de los Medas en el Xorte del Áfri- 
ca, son un testimonio en apoyo de antiguas emigraciones hacia el Oes- 
te. Estas leyendas han sido referidas al mito complejo de Hércules y del 
Melkarth fenicio. Véase en el Bellum Jugurtiunum de Salustio el c. 18, 
sacado délos escritos cartagineses de Hiempsal, y Plinio. 1. V, c. 8. Es- 
trabon llama á los Mornsios (habitantes de la Mauritania) Indios lleva- 
dos por Hércules. 

(83) Pág. 207.-Diodoro de Siedia. 1. II, c. 2 y 3. 

(8Í) Pág. 207. — Ctésice Cnidií, Operumreiiquioe, edic. Bojhr. Fragmenta 
assyriaca, p. 421, y Carlos MuUer en la edición de Ctésias publicada á 
continuación de la de Herodoto por Dindorf, Paris 184i, p. 13-15. 

(8o) Pág. 208. — Gibbon, Histoire de la chute de l'Empire romain, e. 50» 
t, X, p. 11. 

(86) Pág. 20S.— Humboldt. Asie céntrale, t. II, p. 128. 

(87) Pág. 209. — Jourdain, Recherches critiques sur les traducíiotis d^Aris- 
tote, 1843, p. 81 y 8G. 

(88) Pág. 212. — Sobre los conocimientos que los Árabes lomaron de la 
farmacología de los Indios, véanse las importantes investigaciones de 
Wilson, Oriental Magazine of Calcutta, febrero y marzo de 1823, y Royle, 
Essay on the antiquity of Hindoo medicine, 1837, p. 36-59, 64-66, 73 y 92. 
V. un catálogo de escritos farmacéuticos, traducido del indio al árabe 
en Ainslie, Materia médica, etc., 1813, p. 389. 

(89) Pág. 213.— (iibbon, t. X, p. 262; Heeren, Geschichle des Sludium 
der classischen Lideratur, t. I, 1797, p. 4i y 72; Abd-AUafif , Relation> dt- 



— 419 — 

l'Egypte, traducidas por de Sacy, p. 2í0; Favlhdj, das Alnandrínische Mu- 
seum, 1838, p. 106. 

(90) Pág-. 214. — Enrique Ritlcr, Geschichte der chrhüichen Philosophie, 3.^ 
parte, 1844, p. 6fi9-6'H. 

(91) Pág-. 214. — Véanse tres escritos recientes de P»einaud, que prue- 
ban cuánto hay que sacar aun de las fuentes chinas, ademas de las de la 
Arabia y de la Persia; 1.° Fragments árabes et ¡lersans inédits relaílfs á I' lu- 
de, anterieurement au XI siécle de Vére chrétiennc, 184a, p. xx-xxxiii; 2.° 
Relation des voyages faits par les Árabes et les Persans dans Vlnde et a la Chi- 
ne dans le IX siécle de notreere, 18Jü, t. I, p. xlvi; 3.° Memoire geographiquc 
et h'istorique sur l'Inde d^aprés les ecrivains Árabes, Persans et Chínois, ante- 
rieurement au milieu du XI siécle de l^ére chrétiennc, 1840, p, 6. El segundo 
escrito del sabio orientalista no es sino una refundición de la obra titula- 
da: Anciennes reíations des Lides et de la Chine de deux voijageurs niahometans, 
y publicada de una manera muy incompleta por el abate Benaudot en 
1718. El manuscrito árabe contiene solamente una relación de viaje es- 
crita por un mercader llamado Soleiman, que se embarcó en el g-olfo 
Pérsico el año 831. Únese á esta relación lo que Abu-Zeyd-Hassam, de 
Syraf, en Farsistan, habia aprendido de los comerciantes instruidos, sin 
que él hubiese estado nunca en la India ni en la China. 

(92) Pág- 21o. — Reinaud y Favé, du Feu grégeois, 18-lo, p. 200. 

(93) Pág-. 21o. — ükert, uder Marinus Tyrius und Ptolomaus, dic geo- 
graphen, en el Reinische Museum, 1839, p. 329-332; Gildemeister, (ttf robus 
índicis, 1.^ parte, 1838, p. 120; Humboldt, Asie céntrale, t. 11, p. 191. 

(94) Pág-. 2 1 o. — La Geografía oriental atribuida á Ebn-Haukal, y pu- 
blicada en Londres en 1800, por Guillermo Ouseley, es en realidad la 
de Abu-Ishak el-lstachri, y posterior en medio siglo á Ebn-Haukal, co- 
mo lo ha demostrado Froehn. (Ibn-Fozlan, p. rx, xxii y 256-263). Los 
mapas que acompañan al libro De los climas, del año 920, y del cual la 
biblioteca de Gotha posee un bello manuscrito, me lian sido muy útiles 
para mis trabajos sobre el mar Caspio y el lago de Aral. Véase Asie ceu' 
¿rale, t. II, p. 192-196. Existe desde hace poijo una edición y traducción 
alemana de Islachri, bajo los títulos de Liber climatum, ad simiiitudinem 
codicis Gothani delineandum cur. J. H. Moeller, Gotha, 1839, y í/as^wr/i 
der Lander, traducido del árabe por A. D. Mordtmann. Hamb., 1845. 

(9o) Pág. 215. — Joaquín José da Costa de Macedo, Memoria cm que se 
pretende provar que os árabes nao conhecerao as Canarias antes dos PortuguezeSy 
Lisboa, 1844, p. 86-99, 20:i-227; Humboldt, Examen critique, ele , t. lí, 
p. 137-141. 



— 220 — 

<96) Pá^. 21o, — Leopoldo de Ledebur, ueber die in den BaJtischen Lan- 
dern gefundenen zeugnisse eines Handel sverkehrs mit dem Orient zur zeü der 
araUschen Weltherrschaft, 1840, p. 8 y 75. 

(97) Pág. 216. — Las determinaciones de longitud que Abul-Hassan 
íistrónomo de Marruecos, del siglo xiii, ha hecho en su obra sobre los 
instrumentos astronómicos de los Árabes , están todas calculadas por el 
primer meridiano de Arin. Sedillot hijo es el que ha llamado la atención 
de los geógrafos sobre este meridiano. Yo tuve también, por mi parte, 
que hacerle objeto de investigaciones profundas ; porque guiándose Co- 
lon, como siempre , por la Imago mundi del cardenal Ailly, hace men- 
ción en sus conjeturas hipotéticas sobre la configuración desigual de los 
dos hemisferios del Este y del Oeste de una «Isla de Arin, centro del he- 
misferio, del cual habla Tolomeo y qués debaxo la linea equinoxial en- 
tre el Sino Arábico y aquel de Persia.» V. J.-J. Sedillot, Traite des Ins- 
truments astronomiques des Árales, publicado por L-Am-Sedillot, t. I, 1834, 
p. 312-318; t. II, 1833, prefacio; Humboldt, Examen critique, etc., t. lí, 
p. 64, y Ásie céntrale, t. líl, p. 593-596, donde se hallan reunidas las 
indicaciones que he recogido en el Mappa mundi de Pedro de Ailly 
(1410), en las TaUes Alfonsinas (ÍÍSS), y en el Itinerarium Portugallensium 
de Madrignano (1508). Es singular que Edrisi no supiese, al parecer, 
nada acerca de Khobbet Arin (Cancadora, propiamente Kankder). Sedillot 
hijo (Sur les systemes géographiques des Grecs et des Árabes, 1842, p. ^O-Soj 
'Coloca el meridiano de Arin en el grupo de las Azores, mientras que el 
sabio comentador de Abulfeda, Reinaud, en el escrito titulado Mémoirc 
sur I Inde antericurment au XI siécle de Veré ehéretionne d'aprés les les ecri- 
vains árabes et persans , p. 20-24, supone que «Arin se formó por la con- 
fusión de las palabras Az?/«, Ozein y Odjein, antiguo centro de civilización 
situado en el Malva, el 0¿,r¡vr¡ de Tolomeo, y el mismo de Udjijayani, se- 
gún la opinión de Burnouf; que este Ozena estaba situado en el meri- 
diano de Lanka, y que mas tarde Arin fue tomada por una isla situada 
en la costa de Zanguebar, quizá el Eaawov de Tolomeo.»» Véase tam- 
bién Am. Sedillot, Mémoire sur les instruments astronomiques des Árabes, 
1841, p. 7o. 

(98) Pág. 216. — El Kalifa Al-Mamon hizo comprar en Constantiao- 
pla , Armenia, Siria y Egipto gran copia de preciosos manuscritos, que 
fueron por su mandato inmediatamente traducidos al árabe, mientras que 
durante mucho tiempo las traducciones árabes se hablan hecho de tra- 
ducciones siriacas. Véase Jourdain, Recherches sur les traductions d^Aris- 
tote, 1843 , p. 84 , 80 y 209. Merced á los esfuerzos de Al-Mamon se sal- 
varon muchas obras que se hubieran perdido "sin los Árabes. Las tra- 
ducciones armenias han prestado igual servicio, como hace ver Ncu- 



— 421 — 

mann. Desgraciadamente , un pasaje del historiador Geiizi , de Bagdad, 
conservado por el célebre g'eóg'rafo León el Africano en un escrito titu- 
lado: de Viris inter Árabes illusíribus, hace suponer que en el mismo Bag- 
dad se quemaron g^ran número de orig'inales g"riegos que se miraban como 
inútiles; pero este pasaje, susceptible de diferentes interpretaciones, como 
lo ha demostrado Bernhardy (Grundiss der griechischen Litterafur, Lepar- 
te, p. 489), contrario a la opinión de Heeren (Geschíchíe der clasnchcn Lüte- 
ratur, i. I, p. 18aj, no se refiere probablemente á los manuscritos im- 
portantes que estaban ya traducidos. Las traducciones árabes de Aristó- 
teles han servido muchas veces para las traducciones latinas, por ejem- 
pío, para los ocho libros de la Física y de la Historia de los animales; pero 
sin embarg-o, la mejor y mayor parte de las traducciones latinas ha sida 
hecha directamente del griego. Véase Jourdain, Recherches sur les tra- 
ductions d'Aristoíe, p. 212-'217. Se reconoce esta doble fuente en la me- 
uiorable carta por la cual el emperador Federico 11 de Hohenstaufen, reco- 
mendó las traducciones de Aristóteles d sus universidades, particularmen- 
te á la de Bolonia; carta que espresa sentimientos elevados y prueba que 
no era solamente por afición á la Historia natural, por lo que Federico 11 
estimaba las obras filosóficas, las «compilationes varias qua; ab Arislotelc 
aliisque philosophis sub groecis arabicisque vocabulis antiquitus cdiíse 
sunt.» Siempre hemos tenido puesta la mira en la ciencia, añade, desde 
nuestros primeros años , por mas que los cuidados del imperio nos ha- 
yan separado de ella. Empleamos nuestro tiempo con una aplicación á 
la vez severa y apasionada en la lectura de obras escclentes, con el fin 
de que nuestra alma pueda regenerarse y fortificarse por adquisiciones,, 
sin las que la vida del hombre no se rije liberalmente (ut animse clarius 
vigeat instrumentum in acquisitione scientiaí sine qua mortalium vita 
non regitur liberaliter). «Libros ipsos tanquam prosmium amici Coesaris 
gratulantes accipite, et ipsos antiquis philosophorum operibus, qui vocis 
vestrse ministerio re viviscuntaggregantes in auditorio vestro... «(V. Jour- 
dain des Traduclions d' Aristote, etc., p. lo2-165, y la escelente obra de 
Federico de Raumer, Geschichte der Hohenstaufen, i. III, 1841, p. 413). Los 
Árabes se presentan comolos intermediarios entre la ciencia antigua y la 
moderna. Sin ellos y sin la afición que tenian a traducir, los siglos si- 
guientes hubiéranse visto privados de una gran parte de los descubri- 
mientos que habia hecho ó se habia apropiado la Grecia. Bajo este punto 
de vista, las relaciones de que acabamos de hablar aquí, no tienen in- 
terés solamente, como podia creerse en un principio, para la filología com- 
parada; importan también á la historia general del Mundo. 

(99) Pág. 216.— Sobre la traducción de la Hi'.toria de los animales de 
Aristóteles por Miguel Scot, y sobre un trabajo semejante de Avicena 
(Manuscrito de ia Biblioteca nacional de Paris, núm. 6493), véase Jour- 



nei 
m 



— 422 — 

dain, <íc.s' Tradudions d'\Arhtote, p. 129, 132, y Schncidcr, Adnoíat. ad 
Aristot. de Anim. Hist., 1. IX, c. lo. 

(100) P%. 21G. — Sobre Ibn-Bailhar, véase Sprcng-cl, Gescliichlo der Az- 
ykumdc, 2^ parte, 1823, p. 468; y Roylc, On Ihe antiquity of Hindoo 
edicinc, p. 28. Existe desde 18í0 una traducción alernaua do Ibii Bai- 
íliar, con este tíluio: Grosse Zmammenstellung ucber die Krafíe der hekann- 
ten einfachen Heillund Nahrungsmitfel, traducción del árabe de J. de Son- 
theimer. 

(1) Pág\ 217. — Royle, ibid, ]}, 35-63. Susrula, hijo de Visvamitra, 
es reputado, seg'un Wilson, por contemporáneo de Rama. Tenemos una 
odicion sánscrita de su obra: The sus'ruta, or sysiem of medicine ianrjhf hij 
Dhanwautura, aríd composef by bis disciple sus'ruta. Ed. by Sri Madhusuda- 
na Gupta, t. I y II, Calcuta, 1S3'J-183G, y una traducción latina: Sus'rnfns- 
Ayurvédas, id est Mediciim systeDia a venerabili D'hanvantarc dcmonstrafum , 
ü Sus'ruta discipulo compositum , nunc. pr. ex sanskrita in latinum sernio- 
nem vertit Franc. Hesslor, Erlangce, 1844-I84T, 2. vol. 

(2) Pág-. 217. — Aviccna dice: ..El De/uí/íir (deodar) déla familia del 
Abhel (Juniperus) es igual que el pino de la India que produce una resi- 
na particular, syr dciudar (trementina líquida)." 

(3) Páij. 217. — Judíos españoles de Córdoba llevaron la ciencia de A vi- 
cena á JMonlpellier, y tomaron una gran parte en la fundación de csLa cé- 
lebre escuela de Medicina que, constituida bajo elmodelo de las escuelas 
árabes, data del siglo XII. Yi-ase Cuvier Hisloire de<< Scicncics naínreílcs 
i. 1, p. 3S7. 

(í) Pág-. 217. — Acerca de los jardines que hizo plantar en su palacio 

de Rissafah Abdurraman Ibn-Moawijeh, véase History of the Mohammí- 

\ dan Dynasties inSpain, exíractcd from Ahmed-Ibn Mohammcd AI-Makka- 

\ ri b y Pascual de Gayang-os, t. I. 1840, p. 200-211. <.En su huerta plant<> 

I el rey Abdurraman una palma que era entonces (756) única, y de ella 

\ procedieron todas las rjne hay en España. La vista del árbol acrocentaba 

mas que templaba su mebincolía.-; Véase Antonio Conde, Historia de ¡a 

■ Dominación dt los Árabes en E'ipaña, t. I,p. 169. 

(5) Pág\ 218 — 'La preparación del ácido nítrico y del agua regia por 
Djabar (propiamente Abu-Mussah Drchafar) es anterior en 500 años io 
menos á Alberto el Grande y áRaimundo Lulio, y en 700 años al mongo 
de Erfurdt, Basilio Valentino. Sin embargo se ha atribuido mucho tiem- 
po á esos tres personajes el descubrimiento de aquellos dos disolventes 
qne forma época en la historia de la Química. 



— 423 — 

(6j Pag. ülS. — Acerca del mélod.o indicado poi' Rasís- jTara la fermcn- 
íaciüii del almidón y del azúcar, y para la deslilacioutlel alcohol, véase 
Hoeíer, Ilisí. de la Chimie, t. I, p. 32o, Alejandro de Afrodisias, aunque no 
describe delalladanicntc mas que la destilación del ag-ua de mar (Joannis 
Philoponi Gramatici, inUbr. de Generatione et Inlerilu Commait., Venol^ 
lo27, p. 97} añade sin embariio con este motivo que el vinO' puede tam- 
liien ser destilado: afirmación tanto mas notable, cuanto que Aristóteles 
tíspresa la opini >n equivocada de que la evaporación natural del vino, 
comola delag'ua de mai-. dan ñiraa áiúcc (Mr(co)'ologíca, I. 11, c- I»,p. 338, 
edic. de Bekker.) 

(7) Páy-. '118. — La química de los Indios, que comprende la x\lqui- 
mia, se llama rasajjOnu, de rasa, que quiere decir jugo, líquido, y espresa 
también el mercurio, y de ñyann, marcha. Forma, según Wilsson, la sép- 
tima parte del Ayurveda, ciencia de la vida, ó arfe de prolongar la vida. Yéa- 
■se Royle. Hindoo medicine, p. 3y-48. Los Indios conocian desde los tiem- 
pos mas antiguos (Royle. p. 131) la aplicación del agua regia á las 
<istampacione> sobre la indiai.a y sobre algodón, arte familiar á los 
Eg-ipcios, y que se encuentra claramente descrito en Plinio, 1. XXXY, 
c. 42. La palalira (¡uimica , en el sentido de descomposición , quiere decir 
á la letra a'i te egipcio, arte de la tierra negra, porijue Plutarco sabia ya (de 
hide et Oriside, c. 33) que los Egi} cios llamaban á su pais 'K.rifxla á causa 
de la negrura del suelo. La inscripción de Rosette lleva chmi. La pala- 
bra (juimica en la acepción de arfe de descomponer se encuentra por pri- 
mera vez, se^im lo que conozco , en el decreto de LHocleciano contra los 
antig-uos escritos de los Egipcios que trataban de la química del oro y 
de la \)\'j.t\. (Ts,ñxY¡:úa; ^apyvpov KCíl xp^ocrv). Examen crifique , etc. , t. lí, 
p. 31 í. 

(8) Pág. 21!). — Reinaud y Favo, du Feu grecjeois, des Feux de guerre, et 
des origines de la pondré á canon, en su Hisfoire de /' Artillerie, t. 1, lS4o> 
p. 8í).{}7, 2(11 y 211: Piobcrl, Traite d' Artillerie, 1S36, p. 2o; Beckmann 

Technoloíjlc. p. 3i2. 

(9) Pág. 21'.!. — Véase Laplace , Precia de /' histoirc de I' Asfronomie, 
1821. p. GO. y Aui. Sédillot, Memoire sur les intniments astronomiqv^s des 
Árabes. 184 1 . p. 44. Thomas Young (Lecfurc on Natural Philosophy and íhe 
mechanical Arts. 1807, t. 1. p. 191) tampoco\luda que á fines del si^o X 
Ebn-Jonis haya aplicado el péndulo á la determinación del tiempo;: pero 
atribuye |el honor de haber sometido el péndulo al juegro de una rueda 
úSanctorio (1612. por lo tanto 44 años antes de Huyg-hens.) En cuanto 
al maravilloso reloj que formaba parle de los reg-alos enviados á Persia 
on 807, dos siglos antes de Ebn-Jonis , al emperador Carloma^.no por 
Haron-al-Raschid, ó mas bien por Abdallah, dice Eginhard positivaíiientc: 



— 424 — 

qiíG estaba movido por ag-ua. (Horologium ex auriclialco arte mecliá- 
nica mirifice compositum, in quo duodecim horarum cursas ad clepsy- 
dran vertebatur). Véase Einhardi , Annales, en Pertz, Monum. Germa- 
nice histor., i. I, 182G , p. 194; H. Mutius, de Germán, origine , ges- 
tis, ele. •,Chronicon, 1. VIlI,p. 57, en Pistorius. Germanic, Script. etc. t. II, 
Francof, 1584, y Bouqaet, Recueil des Flisforiens des Gaules, t. V, p. 833 
y 354. Las horas estaban indicadas por pequeñas bolas y por el paso de 
irinetes á través de otras tantas puertas distintas, que se abrian á su apro- 
ximación. La manera de hacer entrar al agua en esos relojes era quizá 
nuiy diferente entre los Caldeos «que pesaban la hora" es decir, que la 
(leterminabon por el peso de ün líquido en movimiento, y en los elepsy- 
drosde los Grieg^os y de los Indios; porque el reloj hidráulico de Cte- 
sibio, contemporáneo deTolomeo Evergetes II, quedaba en un año entero 
la hora civil de Alejandría, no está citado nunca con el nombre g-ene- 
ral de clepsidro. Véase Ideler , Handbuchder Chronologie , 1825, t. I, 
P- 231. Según la descripción de Vitrubio (1. X, cap. 4) era un verdadero 
reloj astronómico, un horologium ex agua, una machina hydraulica muy 
compleja, que funcionaba por ruedas dentadas (versatilis tympani denti- 
culi sequales alius alium impelientes). No es pues inverosímil que los Ara- 
bes que conocian los perfeccionamientos introducidos bajo el imperio ro- 
mano en la construcción de las máquinas, llegasen al cabo á construir 
un reloj de ruedas : «tympana quíc nonnulli rotas apellant Grgeci au- 
lem Trí/>irpoxa» (Vitruvio 1. X, c. 4). Sin embargo, Leibnitz (Annales Im- 
perii occidenti Brunsvicenses, edic. Pertz, t. I, 1843, p. 247) espresa el 
asombro que le causó el reloj de Harom-al-Raschid. Véase Abd-Allatif. 
Relations de l'Egipte, trad. por de Sacy, p. 578. Una obra tadavía mas nota- 
ble es la que el sultán de Egipto envió en 1232 al emperador Federico IL 
Era un gran pabellón en donde el sol y la luna puestos en movimiento 
por hábiles mecanismos^ aparecían y desaparecían marcando con exacti- 
tud y regularidad las horas del dia y de la noche. Léese en los Afínalos 
Godefridi monachi S. Pantalioni apud Coloniam Agrippiriam: «Tentorium, ia 
quo imagines Solis et Luníe artificialiter motse cursum suum certis el de- 
bitis spatiis peregrant ct horas dlei et noclls infallibiliter indlcant.» (Fre- 
heri Rerum germanic, Script, t. I, Argentor., 1717, p. 398). El monge 
Godofredoó el autor, cualquiera que sea, que haya redactado los hechos del 
año 1232 en esta crónica, cscritaal uso del convento de San Pantaleon en 
Colonia, quizás por mas de un ingenio, vivia en el mismo tiempo que Fe- 
derico II. Véase Ba;hmer, Fontis rerum germanic^ t. II, 1845, p. 34-37. El 
emperador dejó valuada esta obra maestra en 20,000 marcos, en el tesoro 
de Venusa con otros objetos preciosos. Véase Federico de Raumer, Ges- 
chichte der Hohenslaufen, t. III, p. 430. Que se moviera todo el pabellón dé- 
oste reloj como la bóveda del cielo, cosa es que me parece muy inverosf- 
inil, aunque se haya afirmado por muchos. La Chrojiica Monasterii HirsaU'^ 



— 425 — 

fjiensis, publicada porTritcmo, reproduce casi tcstualmenlo el pasaje do 
los Anales de GodolVedo, siti enseñarnos nada mas acerca del mecanismo 
del instrumento (Juh. Trithemeii, Opera histórica, ^.^ parte, Francfort, 
HiOl, p. 180). Reinaud dice que el movimiento se realizaba «por resortes- 
ocultos. »' (Exíraüs des Historiens araha relatifs aux guerres des CroissadeSy. 
1829, p. Í35. 

(10) rVig-. 2^1. — Sobre las labias indianas que Alfazari y Alkoresmj' 
tradujeron al árabe, véase Chasles, Rechcrches sur /' Astronomic ¡ndienne, en 
los Comptes rendus etc., t. XXIII, 1846, p 8i(]-8o0. La sustitución de los 
senos á los arcos atribuida á Albateg-nio que vivia á principio del siglo 
X, pertenece primitivamente á los Indios. Encuéntransc ya tablas do se- 
nos en el Siirija Siddhantla. 

(11) Pág-. 221. — 'Reinaud, Fragmenís árabes rdatifsá I' Inde,\^. XIÍ-XVII,. 
íb'>-126, y sobre todo 135-lGO. El verdadero nombre de Albyruni era 
Abul-Ryhan. Era oriundo de Byrun en el valle del Indo , y amigo de 
Avicena, con el cual vivió en la academia árabe que se habia formado en 
Charezm. Su permanencia en la India , y la historia que ha escrito de 
este país, el Tarikhi-Hind , de la que Reinaud ha hecho conocer los frag- 
mentos mas notables, caen por los años de 1030-1032. 

(12) Pág. 221 . — Véase Sedillot , Maferiaux pour servir á I' Histoire com- 
parce des Sciences mathemátiques chez les Grecset les Orientaux, 1. 1, p. í)0-89,. 
y en los Comptes rendus de /' Áeademie des Sciences , t. H, 1836, p. 202; 
t. XVII, 1843, p. 163-173; t. XX, 184ü, p. 1308. En contra de esta opi- 
nión Biot afirma que el bello descubrimiento de Tycho no pertenece 
de ningún modo á Abul-Wéfa, y que éste no conocía la variación, sino 
solamente la segunda parte de Iheveccion. Y óasc Journal des Savants, ISiS^ 
p. 513-532, G09-626, 71 1)-:37; 184.') , p. 1Í6-16G, y Compíes rendus de 
/' Acad., i. XX, 18ÍÍ), p. 13r;t-1323. 

(13) Pág. 221. — Laplace , Exposition du Syslcrae du Monde, nota a, 
p, 407. 

(14) Pág. 222. — Sobre el observatorio de Meragha, véase Delambre^ 
Histoire del'- Astron. du Moyen Age, p. 198-203, y Am. Sedillot, Mcmoi- 
r es sur les Instrum. árabes, 1841, p. 201-206, donde está descrito el gno- 
mo de abertura circular. Sobre el carácter particular de las estrellas de 
Ulugh-Beig, véase J. Sedillot, Traite desinstrum. aslron. desArabes, 1834, 
p. 4. 

(15) Pág. 223.- — Colcbrooke, A/(;e6ra witk Arithmetic and Mensuratioriy 
[rom the sanscrit of Bramegupta and Bhascara. Londres, 1817; Chasles, 
Aperen historique sur I' Origine et le Developpement des Méthodes en GeometriSy 



— 426 — 

1X;>T. p. -llG-502; Nessclmann, Vcrsuch einer Krilhchcn Geschkhicáer Alge- 
bra , í. I. p. :}0-Gl , 273-27G, 302 , SOtí. 

(16) Pái;-. 223. — Akjehra of Mohamincd ben Musa , cdited and translaled hy 
J. Rosen, 1831, p. VíII, 72 y 196-199. Los conocimientos matemálicos 
da los Indios se estendieron también por la China hacia el año 720 ; pero 
on esla época muchos Árabes se habían establecido ya en Cantón y en 
otras ciudades chinas. Véase Reinaud, Rehiíion des voyagcs fails par /« 
Arahes dans /• ]nde el á la Chine, t. I, p. CIX: t. lí, p, 36, 

(17) Pág-. 223. — Cliasles, Histoire de V Algebre, o.n los Compíes rcit- 
díís.etc, t. XIIÍ, 18Í1, p. 497-524, 601-626. V. también Libri, Ihid., 
p, 'Jo9-5!33. 

(18) Pág-. 224. — Chasles, Aperen hislorique des Mcíhodes en Géomélricy 
•1S37, p. 464-472. y en los Compfes rendus de /' Academie , t. VIII, 1839, 
p.78: t. iX. 1839, p. 449; t. XVI. 1843, p. loí;-173 y 218-246 ; t. XVI], 
1843, p. lí3-loJ. 

(19) Pág-, 22i. — Hiimboldl, Ueber dic ¡>eí ccrscldedenen Vülkern üblichen 
Systeme ron Zahlzeichen und íiber den Ursprung des Síelteniuerthes in den in- 
■discken ZahUn, en Crelle's Journal ftir die reine und angeivandte Mathemaiil;* 
. IV. 1829. p. 205-23!. Véase también Examen critique, etc. , t. IV, p. 
27o. «La simple enumeración de los diferentes métodos que han empleado 
pueblos ([ue desconociau la aritmética india, llamada deposición, para es- 
plicar los múltiplos de los g-riipos fundamentales . esplica.ámi entender, 
la formación snccsiva del sistema indio. Si se espresa el número 3528 es- 
cribiéndole, vertical ú hori/ontalmente. por medio de índices que corrcs- 

.1 n r. s 
pondan á las diferentes divisiones del .\6í/fO. cuesta forma: M C X I. 

reconoceremos enseguida que lossignos délos grupos M. C..., etc. .pueden 
omitirse sin inconveniente. Ahora bien: nuestras cifras indias no son 
mas que esos índices; los multiplicadores de los diferentes grupos. 
La idea de estos índices se halla también en el Suanpan (máquina de con- 
tar, de invención asiática muy antig-ua que los Mogoles han llevado 
á Rusia, en la que series de cordones poco distantes entre sí, representan 
IOS millares , centenas , decenas y unidades. En el número citado mas 
arriba, por ejemplo, esos cordones presentarían: el primero 3 bolas; el se- 
■g-undo o : el tercero 6, y el cuarto 8. En el Siianpan no hay sig^no algru- 
110 escrito de. g-rupos, á no ser los cordones mismos, que son como co- 
lumnas vacías llenas por las unidades (3, 5 , 6 y 8), que fig-urau los 
multiplicadores ó índices. Por estos dos caminos, el de la aritmética figu- 
rada (signos escritos) ó el de la aritmética palpable , se llega á lo que se 
llama posición . valor relativo, y la numeración queda reducida á nueve 
^cifras. Cuando un cordón está vacío, queda su sitio en blanco en la es- 



— 427 — 

critura : cuando falla un grupo , es decir, un témiino de la prog-icsíoa . se 
llena el hueco por un procedimiento gráfico, por el gcrog-lífico del vacío 
(súnya, sifron , ízUphra). En el método de Eutocio . encuentro páralos 
grupos de las miríadas la primera señal del sistema gricg"o de los espc- 
nentcs, ó mejor dicho de los índices , sisicma que tuvo tanta importancia 
entre los orientales M.« M.^ M.^ designan 10,000, 20.000 , 30,000. Lo 
que aquí se aplica á las decenas de millar únicamente , se ha empleado 
para todos los múltiplos de los grupos entre los Chinos y los Japoneses, 
que recibieron la civilización china solo 200 años antes de nuestra era. 
En el Gobar (escritura sobre arena), descubierto por mi difunto amigo y 
maestro Silvestre de Sacy, en un manuscrito de la antig-ua biblioleea 
de Saint-Geimain-des-Prés, los sig'nos de los g"rupos son puntos . es de- 
cir, ceros; porque para los Indios , los Tibetanos y los Persas, ceros y 
puntos son idénticos. En el Gobar se escribe 3 • por 30; 4 • • por 400 : fi • • • 
por 6000. El uso de las cifras indias y do su valor relativo debe ser pos- 
terior á la separación de la raza india y ariana , porque el pueblo zon.í, 
<lescendiei)íc en línea recta de los árlanos, usaba del sistema muy incó- 
modo de las cifras pehlwís. Una nueva prueba en apoyo del perfeccio- 
namiento sucesivo del método indio, nos suministran las cifras de ios Ta- 
mules. En la escritura de este pueblo, í) signos de unidades y otros vaci!:ís 
para los grupos particulares de 10, 100. 1000, espresan todos los números 
por medio de multiplicadores colocados á su izquierda. Pueden citar>ie 
también las sing'ulares apLffuoi LrSiKot que se encuentra en un escolio del 
monge ]Xeophilos, descubierto en la biblioteca de París por el profesor 
Brandis, que tuvo la bondad de comunicármele autorizándome á publi- 
carle. Las nueve cifras de Neophitos son, á escepcion de la cuarta, seme- 
jantes en todo á las cifras persas actuales: pero las unidades que repre- 
sentan estas cifras pueden llegar á ser decenas, centenas v millares á con- 



dicion de escribir encima uno, dos ó tres ceros: así se tendrá : 2 por 20, 
O 00 00 

24 por 24 ; y yuslaponiendo ios ceros : 5 por oOO , 30 por 306. Supon- 
gamos ahora en lugar de ceros, puntos, y tendremos clGobar de los Ara- 
bes. Del mismo modo que el sánscrito, según ha observado en muchas 
ocasionesmi hermano G. de Ilumboldt, está designado con mucha vague- 
dad por las palabras lengua india, antigua lengua india (porque en la penín- 
sula de la India existen muchas lenguas^muy antiguas y muy esírañas al 
sánscrito); así también la espresion cifras inr'íus, antiguas cifras indias, es 
<le una generalidad harto vaga. La misma incertidumbrc reina en las 
ideas sobre la configuración de los signos numéricos y sobre el espiriti/ de 
Jos métodos, que unas veces eran espresados por la simple yvstaposicion, y 
otras por los coeficientes y los índices , ó ya por el valor de posición propia- 
mente dicho. La misma existencia del cero no es realmente en las cifras in- 
dias una condición necesaria para el sistema del valor relativo; esto es 



— 428 — 

]o que se desprende de la cita precedente de Neóphitos. Los indios que- 
hablan el tamul, tienen para la numeración signos diferentes en aparien- 
cia por su forma de los del alfabeto tamul , y catre los cuales las cifras 
2 y 8 ofrecen una ligera semejanza con los signos devanagaris del 2 y 
del o (véase Roberto Anderson , Rudiments of tamul Grammar, 1821, 
p. 13o); sin embargo, una comparación exacta prueba que las cifras ta- 
mules se derivan de la escritura alfabética de la misma lengua. Las ci- 
fras cingalesas, según Carey, difieren aun mas de las cifras devanagaris. 
Ahora bien: en los signos cingaleses, como en los signos tamules , no- 
hay ni valor relativo, ni cero, sino únicamente gerogiíficos páralos gru- 
pos de decenas, centenas y millares. Los Cingaleses proceden, como los 
Romanos, por yustaposicion; los Tamules por coeficiente. El verdadero 
signo del cero para designar una cantidad que falta, lo usa Tolomeo, tan- 
toen su Almagesto, como en su Geografía para los grados y los minutos 
que faltan en la escala descendente. Este signo es, por tanto, en Occi- 
dente mucho mas antiguo que la invasión de los árabes. Véase la Memo- 
ria citada mas arriba, en el Diario matemático de Crelle , p. 21o , 219, 22S 
y 227. Podrá consultarse también con interés una Memoria de A. J. H. Vin- 
cent, sobre el Origine de nos chiffres et sur l^Abacus des Pijthagoriciens, en el 
Journal de mathématiques, publicado por Liouville, t, IV , junio de 1839, 
[). 261; y una Noticia áe\ mismo autor, titulada: des Notations scienti fiques 
(í /' Ecole rf' Alexandrie , en la Revue archeologique , lo enero de 1846. 

(20) Pag. 22o.— G. de Humboldt, ueberdieKawi-Sprache, t. [,p.CCLXIL 
"Véase también el retrato de los Árabes tan hábilmente trazado por Her- 
der en sus Idees sur la philosophie d' list de /' humanité , 1, XIX, c. 4 y 5, 
p. 391-423 de la traducción francesa. 

(21) Pag. 228.— Humboldt, Examen critique , etc.. t. 1, p. VIH y XIX. 

f'22) Pág. 230. — Algunos puntos de ía América habíanse visto ya, aun 
que sin tocar en tierra 14 años antes de Leif Erikson, en la espedicion 
que Bjarne Herjulfsson emprendió hacia el Sud, partiendo do la Groen- 
landia (1986), Este navegante vio tierra por primera vez en la isla deNan- 
tucket, un grado al Sud de Boston, después en Nueva-Schottlandia, y 
últimamente en Nueva-Fundlandia (Terranova), que se llamó mas tarde 
Litla Helulandia, pero nunca Vínlandia. El golfo que separa á la Xueva- 
Funlandia de la embocadura del gran rio de San Lorenzo, era nombrado 
entre los colonos normandos de la Groenlandia y de la Islandia golfo del 
Marldand. Véase C. Cr. Rafa, Antiquitates Americance, 1845, p. 4, 421, 
423 y 463. 

(23) Pag. 230. — Gunnbjoern se perdió en 876 ú 877, en los escollos que 
aun hoy llevan su nombre , y que recientemente ha descubierto por se- 



— 429 — 

g-unda vez el capitán Graah. Gunnbjreni fue quien vio primeramente la 
costa oriental de la Groenlandia , aunque sin tocar en tierra. Véase 
Rafi), Antiquií. Americ, p. 11, 93 y 304. 

(2í) Pág-. 231. -Cosmos, t. U, p. 128. 

(i5) Pág-. 231.— Estas temperaturas medias de la costa oriental do 
América bajo los paralelos de Í2'' 2o' y 41° 15' corresponden en Europa 
á las las latitudas deBerlin y de París, es decir, á comarcas que están de S 
á lO'^mas al Norte. Además, en la costa occidental de la América sep- 
tentrional, el descenso de la temperatura media del Sur al Norte es tan 
rápido, que en el espacio de 2" 41. que separa Boston y Filadelfia, la 
diferencia de un grado corresponde á un descenso de dos grados del ter- 
mómetro centígrado en la temperatura media del año, mientras que en 
el sistema de las líneas isotermas de Europa, la misma distancia corres- 
ponde apenas, como yo mismo he observado, á un descenso de tempera- 
tura media de medio grado. Véase Asie céntrale, t. 111, p. 227. 

(26) Pág. 231. — Véase Carmen Faeroicum in quo Vinlandm mentio ¡i^ 
Rafn., Aniiquit. Americ, p. 320 y 332. 

(27) Pág. 232. — Colocábase la piedra rúnica en el punto mas elevado 
de ia isla Kingiktorsoak ucl sábado antes del dia del triunfo," es decir, 
antes del 21 do abril, gran fiesta del paganismo escandinavo, que después 
déla introducción del cristianismo se cambió en una fiesta cristiana. (Rafn, 
Antiquit. Americ, p. 347-3oo.) Sóbrelas dudasque Brynjulfsen, Mohnike 
y Klaproth han suscitado con motivo de las cifras rúnicas, véase Examen 
critique, etc., t. íl, p. 97-101. Sin embargo, Brynjulfsen y Graah, seguu 
otros indicios , reconocen como perteneciente con seguridad á los si- 
glos XI y xn, el precioso monumento de Womand-s Island'^, y osla fecha 
es también la de las inscripciones rúnicas descubiertas en Igalikko y en 
Egegeit, á los fiO" ol' y GO'^ (M de latitud, y la de las ruinas halladas eu 
Upernavik á los 72" oO.' 

(28) Pág. 232.— .Rafn, Antiquit. Americ, p. 20, 274 y 415-418. ( Wil- 
lielmi, ueber Island, Hvitramannaland, Greciana und Vinland, p. 117-121.) 
En 1194, según un antiguo saga, varios navegantes buscaron la es- 
tremidad Norte de la costa oriental de Groenlandia , designada bajo el 
nombre de Soalbard, en un país que corresponde al Coresby Land , cerca 
del punto donde mi amigo el capitán Sabin hizo sus observaciones so- 
bre el péndulo, y donde yo conozco á los -73° 1(>' un cabo bien poco 
abordable. Véase Rafn, Antiquit. Americ, p. 303, y mi Aperen d*a7icienne 
^Geographie des regions arctiques d'Amerique, 1847, p. 6. 

,(29) Pág, 232. — Wilhelnii, txber Islán, etc., p. 226. Rafn, Antiquit» 



— 430 — 

Amcric, p. 264 y 453. las coloaias de la costa occidental de la Groenlan- 
dia, que g-Qzaron de una g^ran prosperidad hasta mediados del siglo xiv, 
fueron sucesivamente arruinadas por la funesta influencia del monopolio 
comercial, por las invasiones de los Esquimales (Skroeling-ues), por la 
peste negra que, según Hecker , despobló el Norte, singularmente 
de 1317 á 1351; y finalmente , por el ataque de una flota enemiga que 
llegó á esta comarca, ignorándose de dónde. Hoy ya no se cree en las 
fábulas meteorológicas de un cambio súbito de clima, y formación de 
una mole de hielo que debia haber separado completamente de su me- 
trópoli á las colonias fundadas en la Groenlandia. Como estas colonias 
se hallan solo en hiparte templada de la costa occidental de la Groenlan- 
dia, era difícil que un obispo de Skalhot pudiera ver en 1340 sobre la 
costa oriental , mas allá del muro de hielo, .«pastores que hacían pacer 
sus rebaños.» Laacumulacion de los hiciesen la costa oriental déla Is- 
iandia que mira á la Groenlandia, es ocasionada por la constitución doí 
terreno, por la proximidad de una cadena de montañas coronada de ven- 
tisqueros, y paralela á la costa , y finalmente , por la corriente á que 
obedecen las aguas del mar en esos sitios. Este estado de cosas no perte- 
nece únicamente al fin del siglo XIV ó al principio del XY; ha estado 
sometido, como lo ha hecho ver muy bien sir John Barrow, á muchos 
cambios accidentales, sobre todo en los años 18lo-18l7. Véase Barrow, 
Voyagcs of discovenj Within íhe Áretic Regions, 184{J, p. 2-6. El papa Ni- 
colás V nombró aun en 1448 un obispo de Groenlandia. 

(30) Pág, 233. — Las fuentes principales son las narraciones históricas- 
dcErico elRojo, Thorfinn Karlseíue y Snorrc Thorbrandsson, parte de cu- 
yas narraciones fue escrita probablemente por descendientes de colonos- 
naturales de Vinlandia en la Groenlandia misma, y desde el siglo XIT. 
Los árboles genealógicos de estas familias se han conservado con un cui- 
dado tan grande, que se ha podido seguir desde 1007 hasta 1811 el de 
Thorfinn Karlsefue , cuyo hijo Snorre Thorbrandsson habia nacido en 
América. 

(31) Pág, 233. — lícitramannaland, tierra de tos hombres blancos. V. 
los documentos originales en Rafn , Antíquit. Americ. , p. 203-200, 211, 
4Í6-Í51, y Wilhelmi, ueher Islaad HvKramannaland, etc., p. 7o-81. 

(32) Pág. 234. — Letronne, Recherchcs (jeocjr. dcrit.surhlivre De mensu- 
ra or.cis terr-í;, compuesto en Irlanda por Dicuil, ISlí, p. 129-146. Exa- 
men critique, etc., 1. lí, p. 87-91. 

(3.>) Pág. 23o. — He reunido en un apéndice al noveno libro de mi viaje 
(Rclationhisíorique.t.lU, 182ií, p. 159), lodos los cuentos imaginados 



— 431 — 

desde Raleig-li, acerca del pretendido uso de la leng-ua céltica entre ios- 
indígenas de la Virg-inia. He referido cómo se creia haber oído en la 
Costa la fórmula de la salutación gaólica, liao, huí, iach; y de qué mane- 
ra iiei^ó á salvarse el capellán Owen , en 16tít) , de manos de los Tnsca- 
roras, que querian desollarle, Iiablándolcs su lengua materna, ol :j;aélico. 
Estos Tuscaroras de la Carolina del Norte son , por el contrario, como lo 
prueban claramente las invcslig'acioues lilológicas acerca de las lenguas 
americanas, una raza iroquesa. Véase Alberto Gallatin, On Lidian fribes, 
en lArchoeolofjia Americana, t. 11, 183G, p. 23 y 57. Catlin, uno de los me- 
jores observadores que habían vivido entre las poblaciones indígenas de 
l.i América, ha publicado una notable colección de palabras turcaroras, 
si bien se inclina á creer que la nación de los Turcaroras, :'t causa de su 
tez blanquecina y del gran número de individuos de ojos azules que allí 
se encuentran, son una mezcla de antiguos Galesesy de indígenas america- 
nos. Véase su obra titulada: Leters and Notes on ¿he manners, rustoms and con- 
dition af the North- American Indians , 18Í1 , t. 1 , p. 207; t. II, p. 2o9 y 
2ü2-28o. Otra colección de palabras turcaroras se encuentra en los manus- 
critos íilológicos de mi hermano hoy en la Biblioteca real de Berlín. Es- 
cribía yo en mí relación histórica (t. III, p. 160): «Como la estructura de 
los idiomas "americanos parece singularmente rara á los diferentes pue- 
blos que hablan las lenguas modernas de la Europa occidental, y se dejan 
engañar fácilmente por analogías casuales entre algunos sonidos, los teó- 
logos han creído generalmente ver allí el hebreo, los colonos españoles, 
el vascuence, los colonos ingleses ó franceses el gales, irlandés ó bajo- 
brcton. Hallé un día en las costas del Perú d un oficial de la marina es- 
pañola y un ballenero inglés, el prin)ero de los cuales pretendía haber 
oído hablar el vascuence en Tahitiyel otro galo-irlandes en Sandwich." 
Aunque hasta ahora no se liaya probado la existencia de correlación al- 
guna entre esas lenguas, no quiero sin embargo negar que los Véaseos 
y los pueblos de origen celta que vivían en el país de Gales y de Irían- 
da, dedicados desde antiguo á la pesca en las costas mas lejanas, hayan 
sido en la parle septentrional del Océano Atlántico los perpetuos rivales 
de los Escandinavos, ni que los Irlandeses se hayan adelantado á los Es- 
candinavos en la ocupación de las islas Feroer y la l^landia. Convenieníe 
seria que en estos tiempos, en que se hace crítica severa, sin que por es- 
to sea desdeñosa las antiguas investigaciones de Powel y de Ricardo 
Ilackluyt (Voyages and Navirjations, t. III, p. í), volvieran á perseguirse 
«•n el suelo mismo de Inglaterra y de Irlanda. ¿Es cierto que el atrevida 
viaje de Madoc fué alabado quince años antes del descubrimiento de Cj- 
lon en el poema del bardo gales Mereditho? No participo del espíritu cs- 
clusivo que ha dado con frecuencia al olvido las tradiciones populares. 
Tongo, por el contrario, la íntima convicción de que con un poco de 
aplicacio:i y de perseverancia se llegará un dia, por el descubrimiento 



— 432 — 

de hechos hasta aquí enteramente desconocidos, á resolver una multitud 
de problemas históricos que se refieren á los viajes marítimos realizados 
desde los primeros siglos de la edad media; á la singular semejanza que 
ofrecen las tradiciones religiosas, las divisiones del tiempo y las obras 
•de arte en la América y en el Asia oriental; á las emigraciones de las 
tribus mejicanas, y finalmente, á los centros primitivos de civilización 
que brillaron en Aztlan , en Quivira y en la Luisiana superior, y en las 
mesetas de Candinamarca y del Perú. Véase Examen critique, etc., t. H, 
p. 142-149. 

(34) Pág. 23G. — Mientras que de una parte se citaba la circunstancia 
<de la falta de hielo en febrero de 1477, como una prueba de que la isla 
Thyle de Colon no podia ser la Islandia, Finn Magnusen demostraba, se- 
gún antiguos documentos que, en 1477 el invierno en Islandia fue tan 
■dulce, que el Norte de la isla no presentaba ya nieve en el raes de mar- 
zo , y los puertos del Mediodía se manifestaban libres de hielo en febre- 
ro. V. Examen critique, etc., t. II, p. 10o; t. V, p. 213. Es muy notable 
que Colon en el mismo Tratado de las cinco zonas habitables, hable de una 
isla meridional llamada Frislanda, nombre que juega un gran papel en el 
viaje, tenido generalmente por fabuloso, de los hermanos Zeni (13S8- 
1404), pero que falta en los mapas de Andrés Bianco (1436), y en los de 
Fra-Mauro (1457-1470). V. Examen critique, etc., t. II, p. 114-126. Colon 
no pudo conocer las relaciones de los hermanos Zeni, puesto que queda- 
ron ignoradas de los mismos Venecianos hasta el año l.'ioS, en que las 
pmblicó MarcoUni, cincuenta y dos después de la muerte del gran Almi- 
rante. ¿Como conoció entonces la isla Frislanda? 

(8o) Pág. 237. —Véanse las pruebas que he recogido en documentos 
ciertos, en el Examen criiique etc. t. IV, p. 233, 2o0 y 261, respecto de 
Colon; y respecto Vespuci ibid 1. V, p. 182-lSo. De tal manera creia Co- 
lon que la isla de Cuba formaba parte del continente asiático, y que era 
elKhalay meridional (provincia de Mango), que hizo jurar el 12 de Ju- 
nio de 1494 á toda la tripulación de su escuadrilla, compuesta de unos 
ochenta marineros, «que estaban convencidos de la posibilidad de ir por 
tierra desde Cuba á España (que esta tierra de Cuba fuese la tierra firme 
al comienzo de las Indias y ñn á quien en estas partes quisiere venir de 
España por tierra); " añadiendo que «cualquiera que después de hecho 
el juramento, se atreviera algún dia á afirmar lo contrario, recibiría cien 
latigazos, y se le arrancaría la lengua en espiacion de su perjurio.» Véase 
Información del escribano público Fernando Pérez de Luna, en la colección de 
Kavarrete: Viajes y descubrimientos de los Españoles t. II, p. 143-149. Cuan- 
do Colon en su primera espedicion se acercó á Cuba, creía hallarse frente 
j^or frente de las ciudades comerciales de la China, Zaitun y Quinsay: «V 



— 433 — 

es cierto, dice el Almirante, que esta es la tierra firme y que estoy, dice 
él, ante Zaiío y Guinsay," Oaiere poner las cartas de los monarcas cató- 
licos en manos del gran Khan de los Mogoles en Khatay y luego de ha" 
ber cumplido asi su misión volver á España, pero por mar. Después hace 
saltar á tierra al judío bautizado, Luis de Torres, que sabia el hebreo, ej 
caldeo y el árabe, lenguas usadas todas en las factorías de Asia. Véase 
el Diario de Colon, enNavarrelc Viajes y descubrimientos, i. I, p. 37, 44 y 
46, En lo33 el astrónomo Schonner afirma aun que todo lo llamado 
Nuevo-Mundo no es mas que una parte del Asia, superioris Indite, y que 
la ciudad de Méjico (Temistitlan) tomada por Cortés, es Quinsay, ciudad 
comercial de la China, muy celebrada por Marco Polo. Véase Joannis- 
Schonori Carlostadii, 0¡iusculum geograhpicum. Norinbesgée, 1ü33, 2.^ par- 
e, c. 1-20. 

(3G) Pág. 238. — Joao de Barros é Diego de Couto, da Asia dec. 1. I 
líl, cap. 11 (parle 1.^, Lisboa, 1778, p. 2o0), 

(37) Pág. 2Í0. — Jourdain, Recher ches critiques sur les traductions d' Arís^ 
tote, 1843, p. 212-'21G y 377-380; Letronno, des opinions cosmographiques 
des Peres de I' Eglise, rapprochées des doctrines [ilosophiques áe la Gréce, en la 
Revue desDeux-Mondes, 1834, t. 1, p. 032, 

(38) Pág. 240. — Federico de Piaumer. Ueher die Philosophis des drei- 
zehnten JahrhunderlSy en su historiches Taschenbuch, 1840, p. 468. Sobre la 
inclinación de los espíritus al platonismo en la edad media, y sobre la 
luchado las escuelas, véase H. Rilter, Geschichte der chrisllichen Philoso- 
phie, 2.=^ parte, p. lo9; 3.^ parte, p. 131-160 y 381-Í17.. 

(39) Pág. 241. — Cousin, Cours d' hisfoire de laPhilosophie, t. 1,1829,. 
p, 360, y 389-436: Fragmenís de Pkilosophie cartessienne, p, 8-12 y 403. 
Véase también el reciente y espiritual escrito de Cristiano Bartoloméss, 
Jordano Bruno, 1847, 1. 1, p. 308: t. II, p. 409-416. 

(40) Pág. 2i2. — Jourdain, Recherches sur ks traductions d' Avistóte y 
p. 236; Miguel Sachs, die religiose Poesie der Judcn in Spanian, 1845, 
p. lSO-20,0. 

(41) Pág. 243. — Al emperador Federico 11 se debe la mayor parte del 
progreso delaZoología, juntamente con importantes observaciones perso. 
nales sobre la estructura interior de las aves. Véase Schneidcr, en el prefa- 
cio de la colección titulada: üe/í^M/i? Ubrorum Friderici II imperatoris de 
arte venandi cum avihus, t. 1. 1788. Cuvier llama también á este empera- 
dor "cl primer zoólogo de la edad media escolástica que trabajó por s 
mismo.» Para apreciar las sanas ideas de Alberto el Grande sobre la 
distribución del calor en h superficie del globo scgur\ las latitudes y las 

xoxo II. 2S 



— 434 — 

estaciones, véase su libro titulado: Líber cosmográphieus de natura Locorum, 
Argent., 1S15, p. 13 b, y 23 a, y comparase con mi Examen critique, 1. 1, 
p. 54-38. Por desgracia, al lado de observaciones persona les del autor, se 
encuentra de ordinario la falta de crítica que caracteriza toda su época. 
Creia saber que «el centeno en tierra buena se transforma en trigo; que 
de un bosque de hayas podado, nace por la putrefacción un bosque de 
abedules , y que ramas de encina plantadas en tierra producen cepas de 
viña." Compárese también á Ernesto Meyer Ucber , die Botanik desdrei- 
zehnten Jahrhunderts , en la colección titulada Linnoea, t. X, 1836, p. 719. 

(42) Pág. 244. — Tantos pasajes del Opus mojus atestiguan el respeto 
4e Rogerio Bacon para la antigüedad griega, que no puede atribuirse 
sino á malas traducciones hechas del árabe, como lo ha notado ya Jour- 
dain (des Traduct. d' Aristote, p. 326), el deseo expresado por él en una 
carta al papa Clemente IV, «de quemar los libros de Aristóteles, para 
impedir la propagación de errores entre los estudiantes." 

(43) Pág. 244. — «Sciencia experimentalis a vulgo studentium penitus 
agnorata; dúo tamen sunt modi cognoscendi, scilicet per argumentum et 
texperientiam (el método teórico y el método experimental). Sinc cxpe- 
vientia nihil sufficienter sciri potest. Argumentum concludit, sed non cer- 
tificat, ñeque removet dubitationem, ut quies cat animus in intuitu ve- 
ritatis, nisi eam inveniat via experientise." (Opus majus, pars Yí, c. 1.) Ho 
reunido todos los pasajes que se refieren á los conocimientos de Rogerio 
Bacon en física y á sus proyectos de invenciones, en mi Examen critique. 
t. II, p. 293-299. Véase también Whewell, the Philosophie of the induction 
Sciences, t. II, p. 323-337, y los artículos de Cousin acerca del manuscrito 
del Opus tertium , recientemente descubierto por el en la biblioteca de 
.©onai, en el Journal desSavanís, marzo 1848 y números siguientes. 

(44) Pág. 244. — Véase Cosmos, t. II. p. 190. Encuentro la Óptica deTo- 
lomeo citada en el Opus majus, p. 79, 288 y 404 (edic. de Jebb, Londres, 
1733); pero háse negado con razón que el conocimiento tomado en Al- 
haren de la virtud aumentativa de los segmentos de esfera indujese ver- 
daderamente á Rogerio Bacon á construir auteojos ó binóculos (véase 
Wilde, Geschichte der Optik, t. I, p. 92-96): Este invento debió producirse 
en 1299, ó pertenecer al Florentino Salvino degli Armati, que fué enter- 
.xado en 1317 en la iglesia de Santa Maria Mayor de Florencia. 

(15) Pág. 245. — Véase Humboldt, Examen critique, t. I, p. 61, 64-70. 
D6-108; t. II, p. 349: «Existen también cinco memorias de Pedro de Ailly 
llamado siempre Pedro de Helico por D. í'ernando Colon, de Concordantia 
Astronomiae cum Theologia. Traen á la memoria ciertos ensayos muy mo- 
dernos de Geologia hébraizánte, publicados 400 años después del cardenal." 



— 435 — 

(í6) Pág. 246.— V. la carta de Colon en Navarrete, Viajes y descubri- 
mientos, t. I, p. 2ÍÍ; la Imago mundi del Cardenal Ailly, c. 8, y el Opus 
majus de Rogerio Bacon p. 183. 

(Í7) Pág-. 447.— Heeren, Gescliichte dcr classichen Lilteratur, 1. 1, p. 284- 

.(48) Pág-.^í".— Klaproth, Memoires relatifs a I' Asic, t. III, p. 113. 

(49) Pág. 248. — La edición florentina de 1488. El primer libro g-riego 
Impreso fué la gramática de Constantino Lascaris, en 1476. 

(50). Pág. 248. — Villeniain, Melanges historiques el liíteraires, 1. II, 
i». 135. 

(31) Pág-. 248. — Esas indicaciones son el resultado de las investiga- 
ciones de Luis Vacliler, bibliotecario deBreslau, y están consignadas en 
«u Gcschichte der Lilteratur, 1833, 1.* parle, p. 12-23. La impresión sin ca- 
racteres movibles no se remonta tampoco en China mas allá del siglo X de 
■nuestra era. Los cuatro primeros libros de Confucio fueron impresos, se- 
Ijun Klaproth, en la provincia de Sziilschuen, de 890 á 925; y ya desde el 
año 1310 los Occidentales hablan podido leer en la historia de los Sobe- 
ranos de Katay, escrita en Persa por Raschid-cddlin los detalles técni- 
<2os relativos á la manipulación de la imprenta china. Según los últimos 
resultados debidos á las importantes investigaciones de Estanislao Ju- 
liano en la misma China, un herrero habla empleado por los años de 1041 
y 1048, cerca por consiguiente de 400 años antes de Guttenberg, tipos 
movibles en arcilla cocida. Este invento que quedó verdaderamente su 
-aplicación era obra de Pisching. 

(52) Pág. 249. — Véanse las pruebas de estos hechos en el Examen criti- 
que, t. II, p. 316-320. Josafát Bárbaro en 1436, y Ghisliu de Bousbek en 
1535, encontraron todavía entre Tana (Azow), Caffa y el Erdil (el Volga) 
Alanos y pueblos de raza gótica que hablaban alemán. Véase Ramusio, 
delle Navigatiohi et Viaggi, t. 11, p. 92, b. y 98 a. Rogerio Bacon designa 
si-empre áRubriquis con estas palabras: «Fralcr Willielmus quem dominus 
rex Francise misit ad Tártaros.» 

(53) Pág. 249. — La grande y magnífica obra de Marco Polo {il 3Iilione 
diMesser Marco Polo), tal como la poseemos en la correcta edición del con- 
de Baldelli, no deberla llevar el nombre de Viaje. Es esencialmente unu 
obra descriptiva, y aun podría decirse una obra de estadística, en la cual 
*ís difícil distinguir lo que el viajero ha visto por sus propios ojos, de lo 
que ha aprendido de otros ó por las descripciones topográficas que posee 
..en tan gran número la literatura china y que podían haberle sido inleli- 



~ 436 -^ 

gihles por medio de intérprolo» persas. La singular semejanza que se 
nota entre la relación del viaje de Hiuau-Tliisang-, peregrino budista do{ 
sig-lo VII, y lo que Mareo Polo habia aprendido, en 1277 de la meseta de 
Pamir, llamó desde luego mi atención. .Jacquet arrebatado prematura- 
mente al estudio de la§ lenguas asiáticas, y que, como Klaproth y yo, 
se habia ocupado mucho tiempo del viajero veneciano, me escribía poco 

antes de morir: «Eslrano la forma de redacción literaria del Milione. El 
fondo pertenece sin «luda ú la observación directa y personal del viajero^ 
pero ha empleado probablemente documentos que le han sido comunica- 
dos ya oficialmente, ya en particular. Muchas cosas parecen tomadas de^ 
libros chinos y mog'oles, aunque estas influencias sobre la composición 
del Milione sean difíciles de reconocer en las traducciones sucesivas, en 
las cuales habrá fiuidado Polo sus estrados.» Marco Polo ponia tanto 
cuidado en confundir sus propias observaciones con las numerosas noti- 
cias oficiales que podia recibir como gobernador de la ciudad de Yan- 
gui, como después los viajeros en ocuparse de su persona. Véase Asie 
céntrale, t. 11, p. 39.'>. El método de compilación seguido por el célebre 
viajero dá á conocer también , cómo estando prisionero en Genova 
el 129o, pudo sin embargo dictar su libro á su compañero de cautiverio 
messier Rustigielo de Pisa, cual si siempre tuviese sus documentos á la 
mano. Véase Marsdcn, Trnvelft of Marro Polo, p. 33. 

(o4) Pág. 249. — Purchas, Pilgrinm, 3.^ parte, c. 28 y 56, p. 23 y 34; 

(oo) Pág. 2o0. — Navarrete, Viajes y descubrimientos , etc. , t. I, p. 2G1. 
Washington Irving , History of the Ufe and voyages o/ Christofer Colom-- 
hus, 1828, t. IV, p. 297. 

('í6) Pág. 2'iO — Humboldt, Examen critique, t. í, p. »>3 y 215; t. II, • 
p. 3o0; Marsdeu, Travels of Marco Polo, p. lvii, ixx y lxxv. En vida de 
Colon aparecieron impresas la primera írailuccion alemana de Marco 
Polo, en^íuremberg, (das puch des edeln Ritters und landlfarers Marcho Polo, 
IÍ77), la primera traducción latina (1490), y las primeras traducciones 
italiana y portuguesa (1496 y I '¡02). 

(o7) Pág. 251. — Barros (dec. I, 1. 111, c. I, p. 190) dice cspresamente: 
"Bartholomeu Diaz , e os de sua companhia por causa ilos perigos é tor- 
mentas, que em o dobrar delle passáram Ihepuzeram no me Tormentoso. '» 
El mérito de haber doblado el primero el cabo de las Tempestades no 
pertenece, por consiguiente, á Vasco de Gama como generalmente se 
cree. Diaz estaba en la punta estrema del África por el mes de mayo 
de 18 Í7, casi al mismo tiempo que Pedro de Covilham y Alonso de Payva 
salian de Barcelona para su espclicion. Desde el mes de dicicm])re del 
mismo ano llevaba Diaz en persona á Portugal la nneva > sn imporlnnle- 
dcseubrimienlo. 



— 4:37 — 

(ü8; rá¿-. 251. — E! plaiibferio de Saiial'', «lue so lUiuia á sí mismo Ma- 
TÍuus Satuilo , diclas Turxellus de Yeueciis, rorma parle de la obra: Se- 
creta (¡de! ium Crucis, i.Mar¡¡)o predicó hdhilmeule una cruzada eu interés 
del comercio, queriendo destruir l;i prosperidad del Eg-ipto y dirigir todas 
las mercancías de la India por BaydadjBassora y Tauris (Tebriz). á Kaffa, 
áTana (Azow) y á las costas asiáticas del Mediterráneo. Contemporánei» 
y compatriota de Polo, cuyo MilionexM conoció Sanuto, se eleva agran- 
des miras en Política comercial. Es el Raynal de la Edad media sin la 
incredulidad de un cura filósofo del siglo XVIII.» Examen eriti(¡ue. etc., 
f. I, p. 231 y 333-848). El cabo <le Buena-Esperanza está dcsig-nado con 
el nombre de Capo di Diab, en el mapa de Fra Mauro , compuesto de 
14i)7 á Hoíl. Véase el sabio escrito del cardonal Zurla : ?/ Map't.nmon- 
(h, di Fra Mauro CamaJdolefie. 1801!,$ ">í. ' 

(o\)) Pág-. 2o2. — Avron 6 acr (aur) es una palabra empleada rara vez 
en lugar de schemül , para espresar el Norte. La palabra árabe zoh- 
ron 6 zohr , de la cual pretende equivocadamenie Klaproth derivarla 
española sur, y la portuguesa sul , que son probablemente como la 
palabra sud depuro origen gorman ieo, no sirve propiamente para la de- 
sigacion de las comarcas : no espresa mas que el momento del dia Cjue 
el sol pasa por el meridiano. El Sud se llama dsrhenüb. Sobre el conoci- 
miento que desde muy antiguo tuvieron los Chinos de la dirección déla 
aguja imantada hacia el Sud , véanse las importantes investigaciones de 
Klaproth, en su carta á A. do Humboldt, sur la Invención de ¡a Boussole, 
1834, p 41, 45, 50, 66, 7Í) y flO, y el escrito de Azuni de Niza, publica- 
do desde 1S05, Disfiertaíion sur ¡'Origine déla Boussole, p. 35 y 65-68. Na- 
varrete en su fíiscursc, histórico sobre los progresos del Arte de navegar cu 
España, 1802, p. 28, cita nn pasaje notable de las Leyes de Partida (1. II. 
íít. IX, ley 2S). que datan de mediados del siglo Xllí. «La aguja que 
guia al naveg-ante en medio do la oscuridad do la noche y le enseña en el 
bueno y mal tiempo á qué lado debo dirigir su curso es la intermediaria 
(medianera) i^ntre el imán (la piedra) y la estrella polar...» Vé-asc las 
^iete Partidas del sabio rey D. Alonso el IX (Alfonso X scgiin los cálenlos or- 
dinarios). Madrid, 1829, t. I. p. 473. 

(60) Pág-. 253. — Cristiano Bartholomess . Jnrdano Bruno, 1847, t. 11, 
p. 181-187. 

(61) Pág. 253. — «Tenian los mareantes instrumento, caria , compás y 
aguja." (Salazar, Discurro solire los progresos de Ja Hidrografía en Eí^pma, 
ISOÍ), p. 7.) 

. (62) Pág. 253.— Co.smo.s, t. II, p. 166. 

<63) Pág. 25Í.— Acerca de Nicolás do Cusa (Nicolás de Cuss, propia- 



— 438 — 

mente de Cues del Mosela), véase mas arriba Cosmos, i. II, p, 106, y Cíe- 
mens, ueher Giordano Bruno und Nicolaus de Cusa, p. 97, en donde se en- 
cuentra citado un pasaje importante hallado hace solo tres años y escrita- 
del mismo INicolás de Cuss , sobre un triple movimiento de la tierra. 
Véase también Chasles, Apercu sur ¡'Origine des Méthodes en Geamcírie^. 
1827, p. 529. 

(64) Pág, 254. — Navarrete, Bisertacion histórica sobre la parte que iuvie. 
ron los Españoles en las guerras de Ultramar ó de las Cruzadas^ 1816, p 100; y 
Ea:amen critique, etc., t. I, p. 274-277. Se atribuye al maestro de Regio- 
montano, Jorg-e de Peuerbach, una importante mejora en los medios de 
observación mediante el empleo de la plomada; pero hacia mucho tiem- 
po que esta especie de nivel se usaba entre los Árabes, como lo acredita 
la descripción de los instrumentos astronómicos compuesta en el siglo XII 
por Abul-Hassan-Ali. Véase Sedillot, Traite des Instruments astronomiques^ 
des Árabes, 183o, p. 379; 1841, p. 20o. 

(65) Pág. 254. — En todos los escritos sobre el arte de la navegacion- 
que he consultado , he visto reproducido el error de que la guindola no 
pudo aplicarse á la calcular la velocidad , antes de fines del siglo XV], 
ó principios del XVII. En la Enciclopedia británica , 7.^ edic. , 1882^ 
t. XIII, p. 416, se lee asimismo: «The aulhor ot the device for measuring^ 
the ship's way is not known and no menlion of it occurs till theyear 1607 
in anast India voyage published by Parchas.» En todos los diccionarios 
que han precedido ó seguido (véase Gehlcr , t. VI, l831, p. íoO), esta 
fecha está indicada también como el límite mas remoto. Solo Navar- 
rete en su Disertación sobre los progresos det arte de navegar, 1802, hace 
subir hasta el ario lo77 el uso de la guindola en los buques ingleses. 
Véase Duflot do Mofras, Noiice biographique sur Mendoza et Navarre- 
te, 1845, p. 64. Mas tarde Navarrete dice en otra obra (Viajes y descubri- 
mientos, i. IV, 1837, p. 97): «En tiempo de Magallanes, no se media la» 
velocidad de un navio sino á ojo, hasta que la corredera fue inventada 
en el siglo XVí.v Por mas que la corredera sea un medio imperíecto,. 
abbsolutamente hablando, para medir la distancia recorrida por el buque, 
tuvo sin embargo tales consecuencias para el conocimiento de la ra- 
pidez y la dirección de las corrientes oceánicas, que he debido entre- 
garme sobre este asunto á profundas investigaciones, cuyos resultados 
contenidos en el lomo VI aun inédito de mi Examen critique de /' histoir& 
de la Geographie ct desprogrés de /' Astronomie nautique aux XV y XVI siécles^ 
traslado aquí. Los Romanos del tiempo de la República tenian en sus 
naves instrumentos para medir la senda recorrida , que consistían en 
ruedas de cuatro pies de altura , provistas de paletas, que se adaptaban 
al flanco esterior del buque , absolutamente como en muchos vapo- 



~ 439 — 

res, y en las mecánicas que Blasco de Garay presento en lo43 al em- 
perador Carlos V para poner en movimiento los carros. Véase Arago^ 
Annuaire du Burean des longitudes, 1S29, p. 152. El antig^iio hodóme- 
tro de los Romanos (ratio á majoribus tradita, qua in rheda sedentes vel 
mari navig-antes scire possumus quot millia numero itineris fecerimus), 
ha sido descrito detalladamente por Vitrubio (1. X, c. 4) , en al cual no 
deberíamos reputar como contemporáneo de Augusto , en atención á las 
convincentes razones que se han hecho valer muy recientemente Schultz 
y Osann. El número de vueltas dadas por Jas ruedas esteriores qne 
se hunden en el mar, y el de las millas recorridas en un dia, estabart 
indicadas por tres ruedas dentadas, que eng-raban una en otra, y por 
la caída de pequeñas piedras redondas que salian de unacaja (locula?- 
mentum) que no tenia mas que una abertura. Esos hodómetros, que se- 
gún espresion de Vitrubio eran á la vez objeto de utilidad y de recreo, se 
usaron mucho en el Mediterráneo , cosa que no dice Vitrubio. En la 
biografía del emperador Pertinax Julio Capitolino (véase Historm Au- 
gustcB scriptores , c. 8, t. I, p. ooi. edic. de Leyde, 1671), se hace men- 
ción de una venta de bienes procedentes de la sucesión del emperador 
Cómodo , en la cual fué comprendido un coche de viaje provisto de 
un aparato semejante. Las ruedas daban al mismo tiempo la medida del 
camino recorrido y el número de horas que habia durado el viaje. He- 
ron de Alejandría , discípulo de Ctesibio, ha descrito en su obra sobre la 
dióptrica, que no se ha publicado todavía en griego, un hodómetro mu- 
cho mas perfeccionado , aplicable igualm ntc por la tierra y el mar. 
Véase Venturi, Comment. sopra la Sioria deWÜttica, Bolonia , 1814 , t. I,, 
p. 134-139. Nada encontramos en la literatura de la edad media que 
tenga relación con el asunto qne tratamos, hasta la época en que apare- 
cen gran número de obras técnicas subre la navegación , compuestas 
ó impresas á corta distancia unas de otras. A este número pertenecen: 
el Trattato di Navigazione , probablemente anterior al año 1500, por An- 
tonio Pigafetta ; otro en 1335 por Francisco Falero (hermano del as- 
trónomo Ruy Falero, que acompañó, según se dice, á Magallanes en su 
viaje de circunnavegación, y dejó un Regimiento para observar la longitud 
en el mar); el Arle de navegar (1345), por Pedro de Medina, sevillano; Bre- 
ve compendio de la Esfera de la arte denavegar (l5ol), por Martin Cortes, de 
Bujalaroz , y por último. Regimiento de^ navegación y hidrografía (1606)» 
por Andrés García de Céspedes. En todas estas obras, muchas de ellas 
hoy muy raras, como también en la Suma de Geografía publicada en 1519 
por Martin Fernandez de Enciso , se reconoce que el espacio recorrida 
por los buques españoles y portugueses no se media directamente, sino 
que se apreciaba á ojo , según algunos principios numéricos. Léese en 
Medina (1. líl, c. 11 y 12): «Para conocer la velocidad de un buque 
según el espacio que recorre , el piloto debe marcar de hora en hora 



— 440 — 

en su libro, sirviéiidüse de ia ampóllela (reloj de arena), ladislancla que 
haya salvado el buque. Para esto debe saber que la mayor distan- 
cia que puede recorrer un barco en una hora es de cuatro millas, que s¡ 
el viento es flojo no puede salvar mas que tres, y alyunas veces solo 
dos." Céspedes {Regimiento, ele, p. 90 y lo6), llama como Medi- 
na á esle procedimiento aechar punto por fanlasia." Es necesario, como 
observa Enciso, que esta fantasía descanse en un conocimiiento exac- 
íodela fuerza del buque; pero g-eneralmente hablando, el que haya 
viajado mucho tiempo por mar habrá notado con admiración cuánto se 
aproxima, siempre que la mar no esté demasiado ag-itada, la evaluación 
á ojo al resultado que se obtiene de la corredera. Alerunos pilotos espa- 
ñoles llaman á este antig-uo método de apreciación , cuya falta de exacti- 
tud no se puede neg"ar, pero que sin embarg"o no merece ser tratado tan 
lig'eramente , «corredera de los holandeses, corredera de los perezosos." 
En el Diario de Cr¡sté)I)al Colon , se refieren frecuentes disputas con 
Alonso Pinzón sobre la distancia recorrida desde la salida de Palos. Las 
ampolletas de que usaba Colon , eran de media hora, de suerte que el es- 
{oacio de un dia y de una noche estaba dividido en 48 ampolletas. Se lee 
en el mismo í)/rírú} de Colon, tan lleno de observaciones importantes, con 
fecha de 22 de enero do 1Í93: «Andaba 8 miUaspor hora hasta pasadas 5 
ampolletas , y 3 antes que comenzase la g-uardia, que era 8 ampolletas.»» 
Véase Navarrete. t. I. p. 143. La g-uíndola (corredera) no se nomltra ja- 
más. ¿Debe creerse que era conocida de Colon, (^ue se sirvió de ella, y 
aio quiso nombrarla como una cosa muy vulg^ar , así como Marco Polo 
no hace mención del té ni de la muralla de China? Tal suposición me 
parece inverosímil . aunque no sea por otra razón que la de que en los 
proyectos presentados en 1495 por el pilólo D. Jaime Fcrrer.para Ueg-ar 
á determinar la línea de demarcación papal , se trató de medirla distan- 
cia recorrida, á partir de un punto dado , y únicamente se apeló al juicio 
de veiüle marinos consumados (que apunten en su carta de 6 en 6 horas 
el camino que la nao fará según su juicio). Si hubiera estado en uso la 
corredera no hubiera dejado de decir Ferrer cuántas veces era preciso 
echarla. Encuentro mencionada la primera aplicación de la corredera en 
un pasaje del Diario de Viaje que llevaba Pigafelta durante la cir- 
cunnavegación de Magallanes, que durante mucho tiempo ha estado 
perdido con otros manuscritos en la biblioteca Ambrosiana de Milán. 
Léese en él, con fecha de enero de 1521 , cuando ya Magallanes había 
cintrado en el mar del Sud. «Secondo la misura quefacevamo del viagg-io 
colla catena á poppa, noi percorrevamo da 60 in70legheal giorno.» Véa- 
se Amoretti, Primo viaggioin torno al Globo terracqueo, ossia Navigatinne fal- 
ta dal Cavaliere Antonio Pigafctta sulla ag^iadra drl Cap. Magaglianes . \S00, 
p. 46. ¿Qué podiaser esta cadena atada á espaldas del buque, de que dice 
Pigafctta se sirvió durante todo el viaje, para medir la senda, si no es 



~ 441 — 

iir. apáralo muy parecido á iiucsUa corredera? Verdad es que no se habla 
de la cadena arrollada y dividida en nudos, ni de la harquilla . ni me- 
nos aun de la ampolleta que marca los medios miuulos ; pero este silen- 
cio no tiene nada de estraño , admitiendo que se tratase de un objeto 
conocido de mr.clio tiempo. En la parle del Traiatto di Navigazione de 
P¡§"afetta, citado por Amorelti , no se hace nueva mención de la «ca- 
tena della poppa;" verdad es que este indicado trozo no escede de diez 
j)ág-inas. 

(6(i) Pág-. ilio. — Barros, da Asia,dcc. I, 1. IV, p. 320. 

(GT) Pás". 2o(¡. — Examen critique, etc.. t. 1, p. 3-0 y 291). 

(U8) Pág-. 2o7. — Véase Opus Episfolarum, Petry Martyris AnglerüMc- 
rUoIanensis, 1670, ep. CXXX y CLII: «.Pra LcCtitia prosiliisse te, vixque 
íi lacrymisprcc gaudio temperasse, quando littcras adspexisti meas, qui- 
bus de Antipodum Orbe, latentihactenus, te certiorem feci, mi suavissi- 
nie Pomponi, insinusti. Ex tuis ipselitteris collig-o, quid senseris Sensisti 
auteni, tantique rem fecisti, quanti virumsumma doctrina insignitum de- 
cuit. Quis namque cibus sublimibus pra-stare potest ing-eniis islo sua- 
vior? ¿quod condimentum gratius? A me fació conjecturam. Beari sentio 
spiritus meos, quando accitos alloquor prudentes aliquos ex liis qui ab 
ea redeunt provincia (Hispaniola Ínsula)." La espresion Cliristophorus quí- 
dam Colonus recuerda, no diré al tan conocido mscio quis Plutarchus de. 
Aulo-Gelio (Noeles Atficiv , 1. Xf, c. 16), sino al quodam Cornelio scribente, 
<lc la carta que el rey Teodorico escribió en respuesta al príncipe de 
los Estios, indicándole, según el capítulo 4o de la Germania de Tácito, 
<*1 verdadero origen del sucino. 

. (69) Pág. 'IVÚ.—Opus Episíolanm, cp.. CCCCXXXVII y DLXII. El 
iluminado Jer. Cardano, que á pesar de los ostravíos de su imaginación 
íiie un matemático profundo , ha llamado también la atención en sus 
Prohlemata Phisica acerca de los progresos que el conocimiento de la tier- 
ra debe á los hechos cuya observación ha procurado un soló hombre. 
Léese en Cardano, t. 11. 1663, p. 630 y 6o9: .<At nunc quibus te laudibus 
í^'lferarn Cristophore Cohmibi, non familice tantum, non Genuensis urbis, 
non Italise provincia*, non Europa- partis orbis solum, sed humanis géne- 
vis decus!» Comparando los Problemas de Cardano con los que derivan de 
la escuela postuma de Aristóteles, me he convencido de que si la debilidad 
y la confusión de las demostraciones fís icas son la mismas de una y otra 
parte, las cuestionesde Cardano ofrecen la particularidad característica, pa- 
rala época en que vivii), de que todas se refieren ala meteorología compa- 
rada. Citaré sus consideraciones acerca del cuma de las islas, á propósito 
fie la temperatura elevada de la Inglaterra , contrapuesta al invierno en 



— 442 — 

Milán; sobre la relación del granizo y de las esplosiones cléclricas; so- 
bre las aguas y la dirección de las corrientes pelágicas; sobre el maxi- 
mun de ealor y de frió atmosféricos que se produce á continuación de 
los dos solsticios; sobre la altura de la región de las nieves en los trópi- 
cos ; sobre la temperatura dependiente del calor radiante que emana del 
sol y de todos los astros á la vez; sobre la intensidad mayor de la luz 
austral, etc. — El frío, dice Cardano, no?s masque la ausencia del calor. 
La luz y el calor no difieren mas que en el nombre , y son en sí mismas 
inseparables. Véase Cardani , Opera, t. I , de vita ¡Jropria, ^. 40; t. II, 
Problemata, p. 621, 630-G32, 653 y 7i3; t. III, de SuhUlUate, p. 417. 

(70) Pág. 258. — Véase Examen critique, etc., t. I, p. 210-249. Segurí 
la Historia general de las Indias, que quedó en manuscrito, (1. I, c. 12), «la 
carta de marear que el maestro Paulo Físico (Toscanelli) envió á Colon»» 
la tenia Bartolomé de las Casas cuando escribió su obra. El Diario de 
bordo de Colon, del que poseemos un estracto en Navarrete (t. I, p. 13), 
no está completamente de acuerdo con la narración del manuscrito de la* 
Casas, cuyo conocimiento debo á Ternaux-Compans. Dice el Diario de- 
Colon; «Iba hablando el Almirante (martes 23 de Setiembre, 1492), con 
Martin Alonso Pinzón, capitán de la otra carabela Pinta, sobre una carta 
que le habia enviado tres dias hacia á la carabela , donde, según parece, 
tenia pintadas el Almirante ciertas islas por aquella mar..." Léese, por el 
contrario, en el manuscrito de las Casas (1. I, c. 12): «La carta de ¡na- 
rear que envió ('Toscanelli al Almirante), yo que esta historia escrivo 
la tengo en mi poder. Creo que todo su viaje sobre esta carta fundó"; y 
1. I, c. 38. : <«Asi fue que el martes 2o de Setiembre llegóse Mártir». 
Alonso Pinzón con su caravela Pinta á hablar con Christóban Colon so- 
bre una carta de marear que Christóbal Colon le avia embiado... Esta 
carta es la que le embiú Paulo Fisieo el Floreniin , la cual yo tengo en mi po^ 
der, con otras cosas del Almirante y escrituras de su misma mano que 
traxéroná mi poder. En ella le pintó muchas islas..." ¿Será que el Almi- 
rante hubiese señalado en la carta de Toscanelli las islas qne esperaba 
encontrar, ó las palabras «tenia pintadas-' quieren decir solamente que 
el Almirante tenia un mapa en que estaban pintadas aquellas islas? 

(71) Pág. 259. — Navarrete, Documentos, núm. 69, en el t. lll de los 
Viajes y descubrimientos, p. 565-571; Examen critique, t. l,p. 234-249 y 232; 
t. 111, p. 158-165 y 224. Véase también sobre el debatido punto que se- 
descubrió primeramente en las Indias occidentales, t. IIÍ, p. 186-222. £1 
mapa mundi de Juan de la Cosa (seis años anterior á la muerte de 
Colon) que Walckenaer y yo hemos encontrado y reconocido en 1832, 
y que ha llegado á ser después tan célebre , ha arrojado mucha luz sobre 
estas controvertidas cuestiones. 



— 443 — 

(72) Púg-. 260. — Sobre el laicato con que describe Colon la Naturaleza^ 
elevándose con frecuencia hasta la poesía, véase Cosmos, t. II, p. 61-64. 

(73) Pág. 261. — Véanse los resultados de mis investigaciones en la 
Relation historique du voyage uus Regions equino xiales, 1. II, p "02, y Ej:a- 
men critique, t I, p. 309. 

(74) Pág. 261.— Biddle, Mcmoir of Sebastian Cahot, 1831, p. o2-61; Exa^ 
men critique, t. IV, p. 231. 

(75) Pág. 261. — Léese en un pa.saje poco notado del Diario de Colon,. 
con fecha de I.*' de noviembre de 1492: «Tengo enfrente de mí, y muy 
cerca, á Zayto y Guinsay del Gran Can (Zaitun y Quinsay de Marco 
Polo, II, 77).» Cuando Colon escribía estas palabras estaba en Cuba. Véase- 
Navarrete, Viajes y descubrimientos, t. I, p. 46, y Cosmos, i. II, nota 3o,. 
p. 237. La curvatura que dirigida hacia el Sud notó Colon en su segundo 
viaje á la costa occidental de la isla de Cuba, tuvo una importancia 
decisiva para el descubrimiento de la América meridional, del delta del 
Orinoco y del cabo Paria, como he demostrado en otra parte. Véase- 
Examen critique, t. IV, p. 246-230. «Putat Colonus, dice Anguiera 
(Epist. cLXViii, cdic. de Arnsterd., 1670, p. 96), regiones has (Parisc) esso 
Cubse contiguas et adhícrentes: ita qnod utríequc sint índice Gangclidis. 
continens ipsum..." 

(76) Pág. 261. — Véase el importante manuscrito de Bernaldez, «cura 
de la villa de los Palacios," en la Historia de los Reyes Católicos, c. 123. 
Esta historia comprende los años 1488 á 1513. Bernaldez había recibido 
en su casa á Colon, cuando este gran navegante volvió de su segundo via- 
je. Debo á la cortesía de Ternau.x-Compans, que ha ilustrado tanto la 
Historia de la Conquista, el haber podido consultar libremente en Paris, 
en 1838, este manuscrito que mi célebre amigo el historiador D. Juan 
Bautista Muñoz tuvo en su poder. Véase Fern. Colon, Vida del Almiran-^ 
te, c. 56. 

(77) Pág^. 2^1.— Examen critique, ele, t. III, p. 244-248. 

(78) Pág. 262. — El cabo de Hornos fue^ descubierto en el mes de le- 
brero de 1526 por Francisco de Hoces, en la espedicion del comendador 
García de Loaysa, que siguió á la de Magallanes, y tenia por destino las. 
Molucas. En tanto que Loaysa navegaba por el estrecho de Magallanes, 
Hoces se había separado de la flotilla con la caravela San Lesmes y fué 
arrastrado hasta los 55° de latitud meridional. «Dijeron los del buque 
que les parecía que era allí acabamiento de tierra.» Navarrete, Viajes ij 
descubrimientos, t. V, p. 28 y 404-48S. Fleurien afirma que Hoces vio so- 



— áU — 

!¿viiiGüle cl cabo del Buen Suceso al Oeste de la isla do los Estados. Las 
•nociones sobre la forma de aquellas costas, habían llegado ya á ser tan 
inciertas á fines del siglo XVí, que á los ojos del autor de la Ar'au- 
mna , el estrecho de jMagallanes se habia formado por un temblor de 
^icrra y por el levantamiento del lecho del mar (véase canto I, oet. 9), 
mientras que Acosta {Historia naiural y moral de las Indias, 1. 111, c. 1^) 
lomaba la Tierra de Fuego por el principio de la gran comarca que en su 
mentir seestendia hacia clpolo Sud. Cosmos, i. II, p. 58. 

(79) Pág. 2()3. — Sobre la cuestión relativa á si la hipótesis de los istmos, 
«cgun la cual cl promontorio Prasum , situado ea la costa oriental del 
África, debia estar unido á la Península de Tinhoe, debe atril:>uirse á 
3Iarin de Tiro, á Hiparco ó á Seleuco de Babilonia, ó si antes bien pue- 
de pertenecer con mas razón á Aristóteles (de Crelo, 1. II, c. 14j , véase 
una discusión detallada en mi Examen critique, t. I, p. 144, ifil y 829; 
í. II, p. 370-372. 

(80) Pág. 264. — Pablo Toscanelli era tan distinguido como astrónomo, 
que Regiomontano. maestro de Behem , le dedicó en 14G3 su ol)ra (íe 
^Juadrahira Circuli , dirigida contra el cardenal Nicolás de Cusa. Cons- 
truyó el gran guomon de la iglesia de Santa María de Novella en Floren- 
^3ia, y murió en 1482, á la edad de ochenta y cinco años, sin haber te- 
nido la alegría de ver descubierto el cabo de Buena Esperanza . por Diaz, 
m el de la parte tropical del Nuevo Continente por Colon. 

(SI) Pág. 264. — Como el antiguo continente cuenta próximamente 130 
4;rados de longitud, desde la estremidad occidental de la península il>érica 
hasta las costas de la China, quedaban á Colon por recorrer próxima- 
mente 230 , suponiendo que quisiera ir hasta el Catay (la China), y me- 
nos si se proponía solamente llegará Cipango (elJapon). Este intervalo 
de 230 grados está calculado según la situación del cabo de San Vicente 
(long. IV 20' Oeste de Paris^' y la de las costas' de la China á la altura 
'leí puerto de Quinsay, tan celebrado otras veces y nombrado con fre- 
cuencia por Colon y Toscanelli (lat. 30° 28' , long. 117" 47' Este de Pa- 
vis). Los otros nombres de Quinsay , en la provincia de Tsclielciang, son 
Kanfú, Hangtscheufu y Kingszu. El gran comercio del Asia oriental es- 
taba repartido en el siglo XIII entre Quinsay y Zaitun (Pingho óTscthung), 
que, situado en contraposición á la isla Formosa (Tungfan) estaba bajo 
]os 25° 5' de latitud Norte. Véase Klaproth, Tahleaiix historiquesde l-Asie, 
p. 227. Zipango (Niphon) está menos distante del cabo de San Vicente 
que Quinsay, en 22° de longitud , ó sean solo cerca de 209" , en vez 
de 230° o3'. Es notable que , merced á compensaciones accidentales, 
ios datos mas antiguos, los de Eratóslenes y 'de Estrabon (1. I , p. -64), 



— 445 — 

se aproximan en 10° al resultado que hemos indicado mas arriba , es de- 
cir, 129'^ para la estension meridiana de lo que los antiguos llama- 
ban oiKovfiéyri. Estríibon diecespresamente, hablando déla existencia po- 
sible de dos grandes continentes habitables en el hemisferio del Norte,, 
que la tierra habitada forma, bajo el paralelo doThinse(ó de Atenas, véa- 
se Cosmos, t. lí, p. 185) mas de la tercera parte de toda la circunferencia 
terrestre. Marín de Tiro, engañado por la duración de la travesía de Myos- 
Hormos á las Indias, como también por las falsas ideas acerca del mar 
Caspio, cuyo eje se creía dirigido de Oeste á Este , y por la longitud del 
camino que conducía por tierra al país de los Seros , no daba al antiguo 
continente menos de 225° en vez de los 129, retirando así las costas de 
la China hasta las islas Sandwich. Colon prefiere naturalmente este 
resultado al de Tolomeo, según el cual Quinsay caiaen la parte orien- 
tal del archipiélago de las Carolinas. Tolomeo, en efecto, en el Almagesto^ 
(1. 11, c. 1.), coloca las costas de los Sinos á 180°, y en su Geografía 
(1. I, c. 12) á 1770 i.j. Como Colon evaluaba en 120° la travesía de la 
Iberia al país de los Sinos, y Toscanelli en 52° solamente, asi el uno co- 
mo el otro, rebajando 10° próximamente por la longitud del Mediterrá- 
neo, podían llamar «brevísimo camino" á una empresa que parecía tan 
aventurada. Martin Behem, en su Manzana dd Mundo, globo célebre que 
concluyó en 1492 , y que se conserva todavía en la casa de Behem en 
Nuremberga, coloca también las costas de la China, ó como él dice , el 
trono del rey de Mango , de Cambalú y de Catay en 100° solamente al 
Oeste de las Azores, ó mas bien, á los ll9° 40' al 0. del Cabo de San Vi- 
cente , atendiendo á que Behem estaba establecido hacia cuatro años en 
Fayal, y tomaba sin duda á esta ciudad por punto de partida. Colon 
probablemente conoció á Martin Behem en Lisboa , donde estuvieron 
juntos de 1480 á 1484. Véase Examen crüique, etc., t. II, p. 357-369. 
La numeración inexacta que se encuentra por doquier relativamente al 
descubrimiento de la América, y la ostensión presunta del Asia oriental,. 
me han inducido á comparar con exactitud las opiniones de la Edad 
media con las de la antigüedad clásica. 

(82) Pág. 265. — La parte mas oriental del Océano Pacífico fue atrave- 
sada la primera vez por hombres blancos embarcados en un bote, cuan- 
do Alonso Martin de Don Benito, que el 25 de setiembre de 1513 había 
abarcado el horizonte del mar con Vasco Nuñez de Balboa desde las al- 
turas de la Quarequa , bajó algunos días después al istmo ó golfo de San. 
Miguel, antes de que Balboa realizase la estraña ceremonia de la toma 
de posesión. Siete meses antes, en enero de 1513, hacia saber a su acom_ 
pañamiento que oía la voz de los indígenas del mar del Sud , y que este 
mar era de muy fácil navegación: «Mar muy mansa y que nunca anda, 
brava como la mar de nuestra banda (de las Antillas)." Según refiere- 



— 446 — 

Pig-afalta, Mag-allanes fué el primero que denominó Océano Pacifico á la 
mar del Sud de Balboa. Ya antes de la espedicion de Magallanes (10 de 
agosto de 1519), el gobierno español, que no carecía de prudencia ni de 
actividad, habia trasmitido en noviembre de 15)14 órdenes secretas á Pe- 
drarias Dávila, gobernador de la provincia de Castilla del Oro , situada 
en la estremidad Nor-oeste de la América del Sud, y al gran navegante 
Juan Diaz de Solís. El primero debia hacer construir cuatro caravelas en 
el golfo de San Miguel, para ir á esplorar el mar del Sud, recientemente 
descubierto; el segundo debia buscar, partiendo de la costa oriental de 
la América, una abertura (abertura de la tierra) á fin de ganar por de- 
trás (á espaldas) el nuevo país , es decir , llegar á las riberas de Castilla 
<lel Oro. La espedicion de Solís, que duró desde el mes de octubre de 1315 
hasta el mes de agosto de 1516 , se adelantó mucho hacia el Sud y pro- 
dujo el descubrimiento del Rio de la Plata, que se llamó durante mucho 
tiempo Rio de Solís. Sobre este primer descubrimiento poco conocido 
<lel Océano Pacífico, Véase Petrus Martyr, ep. dxl, p. 296, y los docu- 
mentos de los años 1513-1515, en Navarrete, t. III, p. 134 y 357. Véa- 
se íambien Examen critique, t. I, p. 320 y 350. 

(83) Pág. 265. — Sobre la situación geográfica de las dos islas Desven- 
turadas (San Pablo, lat. W^ ^/\ Sud, long. 135° 7* ^este de Paris, é isla 
de los Tiburones, lat. 10° ^¡^ Sud, long. 145°). Véase Examen critique, 
i. I, p. 286, y Navarrete, t. IV, p. LIX, 52, 218 y 267. La gran época de 
los descubrimientos en el espacio suministró materia para numerosos 
emblemas heráldicos, tales como el de Sebastian de Elcano , que hemos 
€Ítado en el testo, y que representaba el globo terráqueo con esta ins- 
cripción : Primus circundedisli me. Los blasones otorgados á Colon en el 
ínes de mayo de 1493 para ilustrarlo á los ojos de la posteridad (para 
sublimarlo), se componían del primer mapa de la América y de una 
hilera de islas en un golfo. Véase Oviedo. Hist. general de las Indias, 
edic. de 1547. 1. II, c. 7,p. 10, a; Navarrete, t. II, p. 37; Examen critique, 
t. IV, p. 206. Carlos V dio por blasones á Diego de Ordaz, que habia su- 
bido al volcan de Orizaba , la imagen de esc pico ; y al historiador Ovie- 
do, que habia pasado treinta y cuatro años sin interrupción (1313-1547) 
en la América tropical , las cuatro magníficas estrellas de la Cruz del Sud. 
Véase Oviedo, 1. II, c. ll, p. 16, b. 

(8 i) Pág. 266. — Véase Humboldt, Essai politique sur le royanme de la 
HouvcUe Espagne, t. II, 1827, p. 259; y Prescott, History of the Conquest of 
México. Nueva-York, 1S43, t. III, p. 271 y 336. 

(85j Pág. 267.— Gaetano descubrió una de las islas de Sandwiich 
en 1542. Sobre los viajes de D. Jorge de Meneses y de Alvaro de Saave 



— 447 - 

■dra á las islas de los papúes (1526 y 1328), véase Barros, da Asia, etc.» 
dec. IV, 1. I, c. 16; y Navarretc, t. V, p, 12o. La Hidrografía de Juan de 
Rotz (1542), conservada en el Museo británico , y estudiada por el sabio 
Dalrymple, contiene, así como la colección de mapas de Juan Balard de 
Dieppe (1552) sobre la cual llamó la atención Coquebert Mombret, los 
contornos de la Nueva-Holanda. 

(85) Pág-. 26". — Después de la muerte de Mendaña, su mujer doña 
Isabel Baretos, igualmente disting-uida por su valor y las facultades del 
alma, tomó el mando de la espedicion, que se prolongó hasta 1596. Véase 
Uiimholdt, Essai politique sur la Nouvelle Espagne, t. IV, p. 111. Quirós 
efectuó en grande en sus buques la conversión del agua salada en agua 
dulce, cuyo ejemplo fue seguido después muchas veces. Véase Navarre- 
íe, t. I, p. LUÍ. El procedimiento era ya conocido, como lo he probado 
en otra ocasión por el testimonio de Alejandro de Afrodisias en el si- 
glo m de nuestra era , aunque no se haya puesto en uso en los buques. 

(87) Pág. 268, — Véase la escelentc obra del profesor Meinicke da 
Festland Australien , 1837, 1.* parte, p. 2-10. 

(88) Pág. 271. — Este rey poeta murió cuando reinaba en Méjico Axa- 
yacatel (1464-1477). El sabio historiador Fernando de Alvalxllilxochitl, 
del cual he visto en 1802 en el palacio del virey de Méjico, la crónica 
manuscrita de los Chichimccas, aprovechada tan felizmente por Prescotl 
(Conquest of México, t. I, p. 61, 173 y 206; t. III, p. 112), era un descen- 
diente de Nezahualcoyotl. El nombre azteca de Fernando de Alva signi- 
fica rostro de vainilla. Ternaux Compans ha publicado en París en 1840 
una traducción francesa de aquel manuscrito. La cita de los grandes pelos 
de los elefantes recogidos por Cadamosto está consignada en Ramusio, 
it. I, p. 109, y en Grynoco, c. 43, p. 33. 

(89) Pág. 271.— Clavigcro, Storiaantica delMessico, Cesena, 1780, t. II» 
;p. 153. No puede dudarse según los testimonios unánimes de Hernan- 
'Cortés en sus relaciones á Carlos V, de Bernal Diaz, de Gomara, de Ovie- 
do y de Hernández, que en la época en que fue conquistado el impcri:> 
■de Motezuma no había en parte alguna de la Europa casas de fieras y jar- 
dines botánicos comparables á los de Huaxtepec, de Chapoltepcc, de Izta- 
palapau y deTezcuco. Véase Prescott, Conquest of México, 1. 1, p. 178; t. II, 
,p. 66 y 117-121; t. lll, p. 42. Sobre los osamentos fósiles encontrados 
hace machos siglos en los campos de los Gigantes , véase Garcilaso, I. ÍX, 
-c. 9; Acosta, 1. IV, c. 30, y Hernández, t. I, c. 32, p. 105, edic. de 1556. 

(90) Pág. 273. — Véanse las observaciones de Cristóbal Colon sobre el 
paso le la polar por el meridiano, en mi Rclation historique, etc., t. I, 



— 448 — 

p. 306; y Examen critique, t. III, p. 17-20, íí-51 y 36-61. Véase también 
Navarrete en el diario de viaje de Colon (16-30 setiembre de 1492), p. 9, 
13y 2o4. 

(91) Pág-. 274.— Solii'e las sing-ulares diferencias que existen entre la 
í'bula de concesión á los Reyes Católicos de las Indias descubiertas y que 
se descubrieren," del 3 de mayo de 1493, y la «bula de Alejandro VI so. 
bre la partición del Océano,» de 4 de dichos mes y año, aclarada en la 
«bula de estension» de 23 de setiembre sig"uiente, véase Examen critique. 
t, III, p. 32-34 Muy diferente de esta línea de demarcación es la línea de 
separación fijada en la ^ capitulación de la partición del Mar Océano entre 
los Reyes Católicos y D. Juan, Rey de Portug-al,» del 7 de Junio de 1494, 
á 270 leg"uas (de 17 ^'^ al grado ecuatorial), al Oeste de las islas de Cabo 
Verde. V. de Navarrete, Viajes y descubrimientos, t. II, p. 28-33, 
116-143 y 404; t. IV, p. 33 y 232. Esta última repartición , que produjo 
la venta de las Molucas á Portug-al por la suma cíe 330,000 ducados de 
oro, no tenia relación alg-una con las hipótesis mag^néticas ó meteoroló- 
gicas. Las líneas papales de demarcación merecen ser citadas exactamen- 
te , porque , como he dicho en el testo , han tenido una gran influencia 
sóbrelos esfuerzos intentados para perfeccionar la Astronomía náutica y 
los métodos de longitud. Hay que notar también que la Capitulación de 
7 de Junio de 1494 suministró el primer ejemplo de la determinación 
exacta de un meridiano por medio de torres elevadas ó de signos graba- 
bados en las rocas. Se mandó «Que se haga alguna señal ó torre, '^ 
donde quiera que el meridiano, yendo de un polo á otro, atraviese una 
isla ó un continente en los dos hemisferios de Oeste y de Este. Enlos con- 
tinentes debia ser señalada la línea por una hilera de torres ó de signos 
colocados de distancia en distancia, lo que á decir verdad no hubiera 
sido pequeña empresa. 

(92) Pág. 273. — Me parece muy digno de notar que el primer escritor 
clásico que ha tratado del magnetismo, Guillermo Gilbert, en quien no 
puede suponerse el menor conocimiento de la literatura china, considera,, 
sin embargo, la brújala como una invención de los chinos, traída á Eu- 
ropa por Marco Polo. «Illa quidem pyxide nihil unquam humanis exco- 
gitatum artibus humano generi profuisse magis constat. Scientia nautic:c 
pyxidulse traducta videtur in Italiam per Paulum Venetum, qui circa an- 
nuní MCCLX apud Chinas artem pyxidis didicit,»» (GuiUelmi Gilberti 
Colcestrensis, de Magnete Physiologia nova. Lond. 1600, p. 4.) No puede sin 
embargo darse crédito alguno á la pretendida importación de la brú- 
jula por Marco Polo, cuyos viajes están comprendidos entre los años 1271 
y 1293, y por consiguiente que volvía á Italia , cuando Guyot de Pro- 
vius en su poema de la Brújula había hablado ya de este instrumento 



— 449 — 

como de una cosa conocida desde larg-o tiempo, como Jaime de Vitry y 
el Dante. Antes de ios viajes de Marco Polo, desde mitad del siglo XIII, 
los Catalanes y los Vascongados se servían déla brújula marina. Véase 
Raimundo Luiioerisu tratado de Coiitemplatione, escrito en 1272. 

(93) Pag. 276.— Este testimonio acerca de los últimos momentos re 
Sebastian Cabot, se halla coasignado en un escrito de Biddle, compuesto 
con sana crítica, bajo el título de Memoir of Sel. Cabot, p. 222. «No se 
sabe exactamente, dice Biddle, ni el aiío en que murió ese gran navegan- 
te, ni el lugar de su sepultura; y sin embargo la Gran Bretaña le debe 
casi un continente entero; sin él quizás, lo mismo que sin Walter Ra- 
leigh, no hablarian la lengua inglesa millones de Americanos.?- Sobre 
los materiales que sirvieron para el mapa de las variaciones de Alonso 
de Santa Cruz, y sobre la brújula de variación cuya disposición permitía 
ya medir la altura del Sol, véase Navarrete, Noticia biográfica del cosmó- 
grafo Alonso ds Santa Cruz,]). 3-8. La primera brújula de variación fué 
construida por un hombre muy industrioso, Felipe Guillen, farmacéutico 
de Sevilla. Deseo tan ardiente era el de conocer de una manera exacta 
la dirección de las curvas de declinación magnética, que en l'JSíí. Juan 
Jaime hizo con francisco Gali, la travesía de Manila á Acapuleo , sin 
otro objeto que probar en el mar del Sud, el instrumento que acababa 
de inventar para este uso. Véase Essai politique sur la NouveUe Espagne,, 
t. IV, p. 110, 

(94) Pág. 276. — Acosta, Hist. natural de las Indias, 1. I, c. 17. Estas 
son las cuatro lineas sin declinación, que con motivo de los debates sos- 
tenidos entre Enrique Bond y Beckborrow, condujeron á Halley á la teo- 
ría de los cuatro polos magnéticos. 

(9o) Pág. 277.— Gilbert, de Magncfe Phisiologia nova, 1. V. e. 8. p, íQíf^ 

(96) Pág. 277. — En la zona glacial, y en la zona templada, esta cur- 
vatura de las bandas isotermas es ciertamente un hecho general entre las^ 
costas occidentales de la Europa y las costas orientales de la America 
del Norte; pero en los trópicos las bandas isotermas corren casi parale- 
lamente al Ecuador, Colon, en las conclusiones precipitadas á que se- 
vio conducido, no miró á la diferencia de elimas en la tierra y en el mar,, 
á la distinción de las costas orientales y de las costas occidentales, como- 
tampoco á la influencia de la latitud y de los vientos que soplan en el 
África. Véanse las notables consideraciones sobre los climas, reunidas- 
en la Vida del Almirante, c. 66. La precoz conjetura de Colon acerca do' 
la flexión de las bandas isotermas en el Occéano Atlántico era verdadera,, 
si se la limita á la zona fria y á la zona templada, es decir, si se escep- 
túan las regiones tropicales. 

TOMO II. 29 



(97) Púg. 278. — Colon había observado ya este hecho. Véase Vida del 
Jilmirante, c. 5o; Examen critique, t. IV, p. 2o3, y Cosmos, t. I, p. 440. 

(9Sj Pág. 278. — El Almirante, dice Fernando Colon ( Vida del Almiran- 
te, c. 3S), atribula á la estensioii y al espesor de los bosques que cubrían 
la falda de las montañas , la abundancia de las lluvias refrescantes de 
que disfrutó todo el tiempo que costeó la Jamaica. Con esta ocasión, ob- 
serva en su Diario de viaje, «que otras veces las lluvias no eran me- 
nos abundantes en Madera, en las Canarias y en las Azores; pero que 
desde que se hablan cortado los árboles que proporcionaban sombra, las 
lluvias se hablan hecho mas raras en aquellas comarcas." No se ha pres- 
tado atención alg'una á esta advertencia durante tres siglos y medio. 

(99) Pág-. 278. — Cosmos, t. I, p. 316; Examen critique, cíe, t. IV, p,294: 
Asie céntrale, t. III, p. 235. La inscripción de Adulis, anterior cerca de 
J500 años á Anghiera, habla de las nieves de Abisinia, en las cuales se 
hunden los caminantes hasta las rodillas. Véase Ba-ckli y J. Franz, Cor^ 
^us Inscriptionum grcecarum, t. lU,n.° 5127. 

(100) Pág\ 279. — Leonardo de Vinel dice acertadamente respecto á este 
:método: «Questoé il méthodo daosservarsi n'ellaricercadefenomeni del- 
ia natura." Véase Venturi, Essai surtes ouvrages physico-matematiques de Leo- 
nard de Vinci, 1797, p. 31: Amoretti, Memorie storiche su la vita di Leonardo 
da Vinci, Milano, 1804, p. 143 (en su edición del Trattafo della Pittura. 
t. XXXIII de los Clásicos Italianos); Whewell, Philosof the inductive Scien- 
ces, 1840, L II. p. 368-370; Brewster , Life ob Newíon, p 332. Los trabajos 
físicos de Leonardo de Vinci datan en su mayor parte de 1498. 

(101) Pág. 280. — 'Obsérvase en las mas antiguas relaciones délos Espa- 
cióles que se despertó repentinamente la atención de los marinos sobre 
los fenómenos naturales. Diego de Lepe , por ejemplo , como sabemos 
por un testimonio que aparece en el proceso del fiscal contra los herede- 
ros de Colon, reconoció en 1499, por medio de una vasija de válvula, 
que no se abria sino en el fondo del mar, que á una distancia conside- 
rable de la embocadura del Orinoco el agua del mar está recubierta por 
una capa de agua dulce de seis brazas de espesor. Véase Xavarrele, 
Viajes y descubrimientos, t. 111, p. .'J49. Colon sacó al Sud de la isla de Ca- 

%a,agua blanca como leche, «blanca como si se la hubiera echado hari- 
na» con objeto de traerla á España en botellas (Fida del Almirante, p. 56). 
Yo he estado en los mismos lugares determinando longitudes, y me ha 
-sorprendido que el anciano Almirante haya podido, con su esperiencia, 
mirar como un fenómeno nuevo el color blanco del agua del mar, tan 
frecuentemente enturbiada en los bajíos. Por lo que toca al Gulf-Strcam, 



— 451 — 

'ó corriente de ag-ua calienlc, que debe] ser mirada como un feiiomcr>o 
considerable en el cuadro del Mundo, se habia tenido ya frecuente 
ocasión, aun antes del descubrimiento de la America , de observar sus 
diferentes efectos en las Canarias y en las Azores , ante el espectáculo 
del mar arrojando á las costas bambúes , troncos de pinos y cadáveres 
que por su fisonomía y por sus rasgos diferian enteramente de los Eu- 
ropeos , y viendo también arribar canoas llenas de estranjeros que 
se sentían arrastrados á su pesar «y nunca podian zozobrar.» Pero 
atribuíanse entonces esos efectos á la violencia de los huracanes que 
s'oplaban del Oeste , sin notar que el movimiento de las aguas era in- 
dependiente de la dirección de los vientos, y sin reconocer la flexión de 
la corriente pelágica hacia el Este y el Nordeste, es decir, la impulsión 
que lleva cada año los frutos de las Antillas sobre las costas de la Wan- 
da y de la Norueg-a. Véase Vida del Almirante, c, 8; Herrera, dec. I. I, 1. 
c. 2: 1. IX, c, i'i: la Memoria de sir Humphrey Gilbert, sobre la posibili- 
dad de un paso al Catay por el Nordeste, en Hakluyt, Navigatíons and 
Voyages, t. Til, p. 1i. y Examen critique etc. t. II, p. S-íT-'SoT; t. llf, 
,p. 09 108. 

(2) Pág-, ^Sl.— Examen critique, t. III, p. 26, y 66-99. Cosmof;, i. I, 
p. 289-292. 

(3) Pág". 281. — Alonso de Ercilla ha imitado el pensamiento de Garci- 
laso en el pasaje de la A mwca/ia "Climas pase mude constelaciones.» Véa- 
se Cosmos, t. II, p. 371, nota 96. 

(4) Pág-. 282.— Petri Martyris , Oceánica, dec. I, 1. IX, p. 96; Examen 
rrit¿que,\.li),v. 221-317. 

(o) Pág-. 283. — Acosta, Historia natural de las Indias, 1. 1, c. 2; Rig-aud, 
Account ofHarriofsastron. jmpers, 1 833, p. 37. 

(6) Pág-. 283. — Pigafetta, Primo viaggio intorno al Globo, terracciueo, 
publ. da C. Amoretti, 1800, p. 46; Ramusio, t. 1, p. 3í5,c, PetriMarlyris 
0:eanica, dec. III, 1. 1, p. 217. Según los acontecimientos que menciona 
Anghiera (dec. II, b. X, p. 294, y dec. III,^. X, p. 232), el pasaje de los 
Oceánica donde trata de las Nubes de Magallanes, debe haber sido escrito 
entre 1314 y 1316. Andrea Corsali (véase Ramusio, 1. 1, p: 177) describe 
también en una carta á Julián de Mediéis , el movimiento de traslación 
circular «de due nug-olette di ragio nevol g-randezza.» La estrella colo- 
cada entre la nubécula major y la nubécula mínor, cuyo dibujo ha dado 
Corsali, creo que es la 6 de la Hidra. Véase Examen critique, t. V, p. 234- 
^38. Acerca de Pedro Teodoro de Emden y Hontmann, discípulo de Fia- 



— 452 — 

neso, véase también un ensayo histórico de Olbcrs, en el Schumacker'si 
Jahrbuch, 1S40, p. 2í9. 

(7) Pag. 2S3. — A^éanse las investig-acioncs de Delanibre y de Encke; 
las de Idcler, Ursprung der Sternnamcr. p. XLiX, 263 y 277. Véase tam- 
bién Examen critique, etc. t.IV,p. 319-324; t. V, p. 17-19,30-230-234. 

(8) Pág. 2S5.— Plinio, 1 II, c. 71; Ideler Sternnamen, p. 260 y 29o. 

(9) Pág-. 286. — He tratado de resolver en otra parte las dudas que 
han suscítalo en nuestros días respecto de las '¿qaattro slellas» algunos 
célebres comentadores del Dante, Para comprender bien todos los términos 
de la cuestión, es preciso comparar los versos ¿^Yo mi volsi, eic.,( Purgat,. 
canto I, V. 22-24) con los pasajes siguientes: Purgat. I, 37; VíII, 8o-93r 
XXIX, 121; XXX, 97; XXXI, 106, e Inferno XXVI, 117 y 127. El astró- 
nomo milanos de Cesaris veia en las tres facelies »di che '1 polo di qua; 
tutto quanto arde,»yquesc ponen cuando se levantan las cuatro estrellas 
de la Cruz, eran Canopo, Achernar y Fomalhaut. Yo he intentado escla- 
recer el problema por las consideraciones siguientes: "El misticismo filo- 
sófico y religioso que penetra y vivifica la inmensa composición del Dante, 
asigna á todos los objetos al lado de su existencia real ó material, una 
existencia ideal, viniendo á ser como dos mundos, de los cuales uno es re- 
flejo del otro. £1 grupo de las cuatro estrellas representa en el orden moral 
las virtudes cardinales: la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templan- 
za; merecen por ello el nombre de luces santas, luci sanfe. Las tres estrellas^ 
^quc iluminan el polo» representau las virtudes teologales: la Fé, la Es- 
peranza y la Caridad. Los primeros de esos seres nos revelan por sí mis- 
mos su doble naturaleza; cantando: «aquí somos ninfas, en el cielo estre- 
llas, noi sem qui ninfe, é nel ciel semostelle.En\a Tierra de la verdad el \}avai- 
so terrenal se hallan reunidas siete ninfas, .. In cerchio le facebandi se 
claustro le sette Ninfe,» que aparecen como la reunión de las virtudes- 
cardinales y teologales. Bajo estas formas místicas, los objetos reales del 
firmamento, se, arados unos de otros según las leyes eternas de la .Vefá/i/ca 
celeste, apeníis se reconocen. El mando ideal es una libre creación del alma^ 
el producto de la inspiración poética." Examen critique j t. IV, p. 324-332 

(10) Pág. 286. — Acosta, 1. I , c. 5.; v. mi Relation historiqíie, etc., 
t. I, p. 209, Como las estrellas a y y de la Cruz del Sud tienen un movi- 
miento de ascensión directo casi uniforme , la Cruz parece vertical 
«uando pasa por el meridiano; pero los naturales olvidan con mucha fre- 
cuencia que este reloj celeste adelanta cada dia 3' .j6". Debo todos los 
cálculos referentes á la aparición de las estrellas australes en las latitudes 
del Norte, á las galantes comunicaciones del doctor Galle, primero que 
ha reconocido en el Cielo el planeta Leverrier. i<La incertidumbre de los. 



— 453 — 

cálculos, dice ol (ioclor Gallo , según los cuales a de la Cruz del Sud em- 
pieza á ser invisible hacia el año 2900. aalcs dcnuestra era á los 52" 2ÍJ, 
de latitud Norte , puede estribar en mas de 100 años . y no seria po- 
sible por exacias que fuesen las operaciones librarse de este error, 
porque el movimiento propio de las fijas no es uniforme por tan g-ran- 
dc espacio de tiempo. El movimiento de a de la Cruz se eleva á un terci<» 
de seg-undo por año, soi)re todo en el sentido de la ascensión directa. Es 
probable que la incertidumbre producida por esta causa de error n.o esce- 
da del límite que lie indicado mas arriba.» 

(11) Pág-. 28S.— Barros, da Asia, 1778, dcc. t. 1, IV. c 2, p. 282 

(12) Pdg-. 288. — Véase Noticia biográfica de Fernando de Magallanes, 
-en Navarrete, Viajes y descubrimientos, etc., t. IV, p. XXXII. 

(13) Pag-. 289.— Barros, da Asia, dec. III, 2.^ parle, 1777, p. 650 
y 658-662. 

(14) Pág". 290. — La reina escribía á Colon: «Nosotros mismos, i/ no 
vtro alguno, habemos vislo alg-o del libro que nos dejastes (un Diario de 
■viaje en el cual ol desconfiado naveg^ante habia suprimido todas las in- 
dicaciones numéricas do latitud y de distancia): quanto mas en esto pla- 
ticamos y vemos conocemos cuan gran cosa ha seido este negocio vuestro y 
><¡ue habéis sabido en ello mas que nunca se pen^ó que pudiera saber ninguno de 
los nacidos. Nos parece que seria bien que llevásedcs con vos un buen Estro- 
logo, y nos páresela que seria bueno para esto Fray Antonio de Marcheva. 
porque es un buen Estrolog^o y siempre nos pareció c¡ue se conformaba con 
iiuestr o parecer.» Acerca de este Marchena , que no es otro que Fray Juan 
Pérez, g-uardian del convento de la Ravida, donde en 1484 Colon se vio 
reducido á implorar de los frailes pan y ag-ua para su hijo , véase Navar- 
rete, t. lí, p. 110; t. III, p. 597 y 603; Muñoz. Historia del Nuevo Mundo, 
1. IV. § 24. Colon, en una carta escrita desde la Jamaica el 7 de julio 
de 1503 á los Cristianísimos Monarcas, llama á las Efemérides astronómi- 
cas una «visión profética " Véase Navarrcte, 1. I . p. 306. El astrónomo 
portug-ués Ruy Falero, oriundo de Cubilla, tomó una parte considerable 
en los preparativos de la circunnaveg^acion de Mag"allanes, con el cual 
habia sido nombrado por Carlos V ^caballero de la Orden de Santiago" 
(1519); habia compiiosto para Mag-allanes un tratado especial sobro los 
determinaciones de longitud, del cual el g-ran historiador Barros poseía 
alg-unos capítulos manuscritos, el mismo probablemente que se imprimii» 
<in Sevilla en 1535 por Juan Cromberg-er. Véase Examen critique, 1. I. 
p. 276 y 302; t. IV, p. 315. Navarrcte (obra postuma sobre la Historia de 
ía Náutica y de las ciencias matemáticas , 1846, p. 147), no ha podido en- 
contrar esc libro ni aun en España. Acerca de los cuatro métodos que sir- 



— 454 — 

Tcii para detcnniíiar las longitudes que Falero debia á las inspiraciüncs- 
úii su demonio fatiiiliar, véase Herrera, dec. Il, 1. H, c. 19; y Navarrele 
i. V, p. LXXVII. Mas tarde, Alonso de Santa Cruz, el mismo que in- 
tentó, como en 1325 el boticario de Sevilla Felipe Guillen, determinar 
las long-itndes por la variación de la aguja imantada, liizo proposiciones 
I nposibles de ejecutar para llegar á este resultado por [a. transposición del 
liempo. Sus cronómetros eran relojes de arena y clepsidros, rodages 
movidos por pesos colgantes y hasta mechas mojadas de aceite que se- 
consuniian exactamente en el mismo espacio de tiempo. Pigaffetta( Tran- 
stintodel tratfato di Navigazione,]).'il%),Yecom\cnúalas alturas de la Luna 
cu el meridiano. Américo Vespucio dice con mucha sencillez y verdad^ 
respecto de esos métodos lunares para la determinación de las longitu- 
des: «La ventaja que ofrecen vienen del corso piu leggier de la Luna.'^ 
Véase Canovai, Viaggi, p. 37. 

(13) Pag 292. — La raza americana, que se estiende igualmente por do- 
quiera desde los 63'' de latitud Norte hasta los 33*^ de latitud Sud, pasa di- 
rectamente de la vida cazadora a la vida agrícola, sin pasar por la vida 
pastoril. Esto es tanto mas notable, cuanto que los bisontes errantes por 
rebaños innumerables, y que pueden domesticarse, dan una gran canti- 
dad de leche. Se ha concedido poca atención á una particularidad citada 
por Gomara en su Historia general de las Indias, c. 214; y es que al Nor- 
ueste de Méjico, á los 40° de latitud, había todavía en el siglo XVI una 
población cuya mayor riqueza consistía en rebaños de bisontes domésli- 
Ci5S (bueyes con giba)". Esos animales suministraban á los naturales ves- 
tidos, alimentos, y ima bebida que era sin dúdala sangre; porque es uu 
rasgo que parece haber sido común, antes de la llegada de los Europeos, 
á todos los habitantes del Nuevo Mundo , así como también á los de la 
China y de la Cochinchina, la antipatía hacía la leche, ó al menos el no 
haber hecho uso de ella para nada. Véase Prescott , Conquest o f México,. 
t. IIÍ, p. 41(1. Es cierto también que en toda la parte montañosa de 
Uuito , del Perú y de Chile, hubo en todo tiempo rebaños de llamas do- 
mesticadas; pero esta riqueza pertenecía á poblaciones establecidas sobre 
el suelo y que vivían del cultivo. No se ha encontrado en las cordilleras 
de la América meridional ninguna huella de la vida pastoril. ¿Qué po- 
dían ser, pues, los ciervos domesticados que se sustentaban cerca de la 
Punta de Santa Elena , y cuya mención veo en Herrera, dec. II, 1. X, 
c. 6. , donde dice: ' osos ciervos que dan leche y queso , y se crian en 
casa?'» ¿De qué fuente ha tomado ese dato? No puede provenir de una 
confusión con las llamas sin cuernos y sin astas de la fría región de las 
montañas, de las que afirma Garcílaso en sus Comentarii reales (1.^ parte, . 
!■ V, c. 2, p. 133), que en el Perú, y particularmente en la meseta de 
CoUao, se las uncía al arado. V. Pedro de Cioza de León, Chronica del 



— 455 — 

Perú, Sevilla, {Vúi'S, c. 110, p. 2tí4. Esta aplicación de los animales á la 
labranza parece una escepcion muy rara, un uso puramente local ; por- 
que en general uno de los rasgos de la raza americana es la carencia de 
animales domésticos, carencia que influye profundamente en la vida de 
la familia. 

(16) Pág-. 292. — Véase en una carta fecha del mes de junio de 1518 
(Neander, de Vicelio, p. 1), testimonios notables de la esperanza que Lu- 
lero fundaba en la nueva generación, en la juventud alemana, para sos- 
tenerle en su obra de emancipación. 

(17) Pág-. 293.— He referido en otra parte, cúmo la época en que Ves- 
pucio fue nombrado gran piloto de la Armada Real, contradice ya sufi- 
cientemente la calumnia inventada por el astrónomo Schoner de Nu- 
reniberga, á saber: que las palabras «térra do AmerigO" hablan sido in- 
troducidas fraudulentamente por Vespuclo, en los mapas hidrográficos de 
cuya corrección estaba encargado. La alta estima que la corte de Espa- 
ña profesaba á los conocimientos de Vespuclo en Hidrografía y en As- 
tronomía, manifiestamente se acreditan por las instrucciones que le fue- 
ron dadas (real título con estensas facultades) , cuando fue nombrado 
«piloto mayor" el 22 de Marzo de 1508. Véase Navarrele, t. 111, p. 29^^ 
7-302. Se le encomendó la dirección de un verdadero ^depósito hidrográ- 
fico," encargándole trazar para la -Casa de contratación» de Sevilla, pun- 
to central de todas las empresas marítimas , un cuadro general de las 
costas y un registro de las situaciones geográficas (Padrón general), en 
el cual dobla añadir cada año los nuevos descubrimientos. Pero desde 
el año 1507, se aplicó el nombre de Amenci térra al Nuevo Continente 
l)or un hombre que seguramente no conocía Vespuclo, por el geógrafo 
Waldseemüller (Marti no Hylacomylo) de Friburgo, en Brlsgau , que ha- 
bla establecido una imprenta en San Deodato, al pie de los Vosgos, y pu- 
blicó una descripción del Mundo, titulada: Cosmographice Introductio, in- 
saper quator Americi Vespucii Navigationes (Imp. In oppldo S. Diodati, 1507). 
La mas intima amistad reinaba entre Ringmanno, profesor de cosmogra- 
fía en Basllea , mas conocido bajo el nombre de Filcslo, Hylacomylo^ 
y el padre Gregorio Relsch , editor de la Margarita pfiüosophica. En esta 
enciclopedia se encuentra un tratado de ^Hylacomylo , sobre la arqui- 
tectura y la perspectiva de 1509, (Véase Examen critique, t. IV, p. H2,) 
Lorenzo Frisio, que vivía en Metz, amigo de Hylacomylo, y protegido 
como este por Renato , duque de la Lorena, que sostenía corresponden- 
cia con Vespuclo, hablado Hylacomylo en la edición de Tolomeo que 
pül)Hcó en 1522 en Estrasburgo, como de quien ya no existe. El mapa 
del nuevo Continente trazado por Hylacomylo, y unido á esta edición, 
introdujo por primera vez en las ediciones de Tolomeo el nombre 



— 456 — 

de América. He descubierto, sin erabargo , que ya dos años antes 
habla aparecido un Mapamundi de Pedro Apiano , que se insertó en 
un principio en una edición de Solino publicada por Canier , y lueg-o 
en la edición de Mela . por Radiano , mapa que representa, como se 
ve en otros chinos mas modernos , cortado el istmo de Panamá. 
Véase Examen criíique , etc., t. lY, p. 99-124; t. V, p. 168-176. 
Hánse considerado equivocadamente el mapa de 1527, que después de 
haber formado parle de la biblioteca de Ebner en Nuremberg-a , se ha 
reunido hoy á la colección de Wcimar, y el mapa de Dieg-o Rivero 
en 1529 , grabado por Gustefeld, como los mapas mas antig-uos del nue- 
vo Contitiente. (Ibid., t. II, p. 184; t. llí, p. 191). En la espedicion de 
Alonso de Ojeda, un año después del tercer viaje de Colon (1497) , Ves- 
pucio habla visitado las costas de la América meridional , con Juan de 
la Cosa, cuyo mapa he he sido yo el primero que lo descubrí y dibujado 
en 1500 en el puerto de Santa María, seis años cumplidos antes de la muer- 
te del g-ran Almirante genovés. Yespucio no tenia razón alg-una para supo- 
ner un viaje hecho eu 1 497, puesto que lo mismo que Colon, llevó el con- 
vencimiento á su muerte de que solo hablan tocado á las costas del 
Asia oriental. Véase la carta de Colon al papa Alejandro YI del mes de 
febrero tie 1502 , y otra á la reina Isabel, en el mes de julio de 1503 , en 
Navarrete, t. I. p, 304; t. lí, p. 280 ; asi como también una carta de Yes- 
pucio á Pedro Francisco de Médicis, en Bandini, Vita c Lettere di Amerigo 
Vespucci, p. 66 y 83. Pedro de Ledesma, piloto de Colon durante su ter- 
cer viaje, dice también en 1513, en el proceso contra los herederos del Al- 
mirante, que se mira la costa de Paria como una parte del Asia. Yéase 
JVavarrete, t. III, p. 539. Las perífrasis frecuentemente empleadas de 
mondo nuovo, alter oi'bis, Colonus novi orbis rcperfor, no están en oposición 
con esta creencia, pues con ellas se deslg-nan únicamente comarcas des- 
conocidas, y están usadas en el mismo sentido por Estrabon , Mela, 
Tertuliano, Isidoro de Sevilla y Cadamosto. Yéase Examen critique, t. I, 
p. 118; t. V, p. 182-184. Mas de veinte años después de la muerte 
de Yespucio, que ocurrió en 1512 , y hasta las calumnias de Schoncr 
en el Opusculmn geographicum de 1533, y las de Sérvelo en la edición 
de Tolomeo publicada en Lyoncnl535, no se encuentra reclamación 
alg-una contra el navegante florentino. Un año antes de morir , Colon le 
desig-na como un «hombre del mas íntegro carácter (mucho hombre de 
bien) , digno de toda confianza, dispuesto siempre á servirle.»» V. Carta 
á m,i muy caro ¡ijo D. Diego, en Navarrete , t. I, p. 351. Fernando Colon, 
que escribió la vida de su padre en Sevilla, hacia 1535, cuatro años antes 
de morir, y que asistió en 1524 con Juan Yespuóio. sobrino de Amé- 
rico, á la junta astronómica de Badajoz, y á las negociaciones abiertas 
acerca de las Molucas ; Pedro Mártir de Anghiera, amigo personal del 
-Almirante, Oviedo, cuya correspon'Jencia llega hasta 1525, que procura 



— 457 — 

siempre todo lo que pueda disminuir la g-loria de Culón, Ramuslo y Guic- 
ciardini, todos maiiificslan la misma benevolencia para Américo. Si 
Américo hubiese falsificado de intento las lechas de sus viajes, las hu- 
h'ieva. hecho al menos concordar entre sí, y no hubiera colocado el fin 
del primero cinco meses después del principio del segundo. La confu- 
sión de cifras que se escaparon en las numerosas traducciones de sus via- 
jes, no deben serle imputadas , puesto que él no publicó por sí ning-una 
de esas relaciones. Semejantes errores son por olra parte muy habitua- 
les en las obras impresas en el siglo XVI. Oviedo, en calidad de paje de 
la Reina, había asistido á la audiencia en que Fernando é Isabel hicie- 
ron al Almirante un tan brillante recibimiento en la ciudad de Barce' 
lona (1493), después de su primer viaje. Tres veces ha escrito que la au- 
diencia había tenido lugar en 1496, y también que la América había sido 
descubierta en 1491. Gomara dice lo mismo, no en números, sino con to- 
das sus letras, y coloca el descubrimiento de Tierra firme de América 
en 1497; precisamente en el aíío cuya errónea indicación ha perjudicado 
la memoria de Vespucio. Véase Examen critique, t. V, p. 196-202. Por 
otra parte, el proceso sostenido por el fiscal desde 1508 á 1527, contra 
los herederos de Colon , para quitarles los privilegios y los derechos que 
se habían concedido al Almirante desde el año 1492 , manifiesta que no 
cabe reprochar la conducta del navegante florentino, que jamás pretendió 
dejar su nombre al nuevo Continente, pero que por la jactancia de que se 
dejó llevar en los informes que dirigió al gonfaloniero Pietro Soderini, 
á Pedro Francisco de Médicis y al duque Renato II de Lorena, atrajo des- 
graciadamente sobre él, mas que merecía, la atención de la posteridad. 
Américo entró á servir al Estado como piloto mayor, el mismo aiío en que 
comenzó el proceso; vivió cuatro arios aun en Sevilla durante la instrucción 
de ese proceso, en que se trataba de saber qué partcsdel nuevo Continente 
eran las que había descubierto Colon antes que nadie. Los mas misera- 
bles rumores tuvieron acceso y fueron un arma entre las manos del fis- 
cal. Buscáronse testigos en Santo Domingo y en todos los puertos españo- 
les, en Moguer, en Palos, en Sevilla, casi á la vista de Américo Vespu- 
cio y de su sobrino. ElMundiis novus; , impreso por Juan Otmar en Augs- 
burgo en 1504, así como la Colección de los Viajes de Vicenzio {Mondo 
Novo et paesi novamcnle retrovati da Alheríco Vespuzio Fiorentino 1507), 
atribuido ordinariamente á Fracanzio di Montalboddo, pero en realidad 
de Alejandro Zorzí , y [as Quator NavigaUones de Martin WaldseemüUer 
(Hylacomylo) habían aparecido ya; desde 1520 existían mapa-mundis en 
los cuales estaba inscrito el nombre de América, usado en 1507 la prime- 
ra vez por Hylacomylo, y aprobado por Joaquín Vadiano en una carta 
<íscrita desde Viena á Rodolfo Agrícola en 1512; y sin embargo , ese 
Américo á quien varías obras esparcidas por Alemania, Francia é Italia 
atribuían una arribada á Paria en 1497 , ni fué citado p^r el fiscal á 



— 458 — 

comparecer en el proceso comenzado el año 1508, y que se prolong-ó du- 
rante diez y nueve mas, ni aun siquiera nombrado como precursor ó coma 
contradictor de Colon. Y después de la muerte de Américo Vespucio» 
acaecida en Sevilla el '22 de Febrero de 1312, ¿por qué no se llamó á su 
sobrino Juan Vespucio, como se hizo con Martin Alonso y Vicente Yañez 
Pinzón, Juan de la Cosa y Alonso de Ojeda, para que declarase que ya 
antes de Colon, es decir, antes del 1.° de ag-osto de 1408, Américo ha- 
1)ia tocado en las costas de Paria, que tan grande importancia tenían, 
no como "tierra ílrme del Asia, sino por la pesca de perlas» que se ha- 
cia cerca de allá , y era tan productiva? IVo es posible comprender que 
se descuidara así el testimonio mas importante, si Américo Vespucio se- 
hubicse vanagloriado de haber hecho en 1497 un viaje de descubri- 
miento, y si se hubiese dado algún valor á las fechas erróneas y erratas 
de imprenta de las Quator ]Savif) aliones Sé por otra parte, que la gran obra,. 
inédita aun, (Historia general de las Indias) , de fray Bartolomé de las Ca- 
sas, amigo de Colon, se compone de partes distintas escritas en épocas- 
muy diferentes; fue comenzada en 1527, quince años después de la 
muerte de Américo Vespucio , y acabada en 15o9, siete años antes de la 
muerte del autor y á los nóvenla y dos de su edad. Mézclauseen esta obra 
de una manera eslraña el elogio con una amarga censura; echándo- 
se de ver que aumentaba el odio y la sospecha á medida que Gre- 
cia el renombre del navegante florentino. En el prólogo, que fué la 
j)arte del libro compuesta primeramente, léese lo que sigue: «Refierc^ 
Américo lo que ha hecho en sus dos viajes á las Indias; sin embargo,, 
parece que ha omitido muchos detalles importantes , sea a sabiendas, 
sea por descuido. De aquí ha resultado que algunas personas le han atri- 
buido lo que pertenece á otros, y que no debiera habérseles quitado.» No 
es menos mesiu'ado el juicio que se hace en el capítulo 140 del libro 1.°: 
í'Debo mencionar aquí la injusticia que Américo parece haber hecho al 
Almirante, ó quizás los que imprimieron sus Quator Navigationes. Atri- 
buyese á sí propio, sin nombrar á otra persona , el descubrimiento de la 
tierra firme ; y creeríase que ha escrito el nombre de Amértcacn las car- 
tas y mapas, faltando así gravemente al Almirante. Como Américo era lati- 
no y elocuente, se presenta en su carta al rey Renato de Lorena como el jefe 
dclaespedicion de Ojeda. No era, sin embargo, mas que uno de los pilotos, 
como hombre entendido en las cosas de la mar y docto en cosmografía. Es- 
tendióse por el mundo que él era el primero que habia abordado á la tierra 
firme y él mismo dice que partió para lanavegacion elaño de 7 (1497): cla- 
ra parece la falsedad; y si fue de industria hecha, maldad fue grande, y ya 
que no lo fuese , al menos parécelo. Los escritores estranjeros llaman al 
nuevo Continente América: debe ria llamarse Columba. ^^ Este pasaje de- 
muestra bastante que hasta entonces Bartolomé de las Casas no acu- 
sat)a á Américo de haber puesto él mismo en circulación el nombre 



— 459 — 

i](2 América, paos dice; ^'An tomado los cscriptores oslranjenis de iium- 
l»rar la nuestra Tierra lirnic América, como si Américo solo y no otro 
con él y antes que todos la ovicra descubierto.» Dondo demuestra vio- 
lentamente su (3dio, es oii el libro I c. 1GÍ-IG9 , y lib. II, c. ^: ya no- 
atribuye las cosas á una "quivocacion en el cómputo de l<"»s anos ó á la 
predilección do los estranjeros por Américo. Todo obedece á una false- 
dad premeditada, de la cual se hizo culpable el mismo Américo (de in- 
dustria lo lii/o .. persistió en el eng-año... de falsedad está claramente 
convencido). Bartolomé de las Casas la emprende con Américo en o'tros. 
dos pasajes, y se esfuerza en demostrarle que en las relaciones de esos 
dos primeros viajes, ha confundido la serie de los acontecimientos , re- 
liriendo al primer viaje , muchos hechos que pertenecen al segundo, y 
recíprocamente. El acusador parece que no echa <le ver, y esto es muy de 
notar, disminuía la fuerza de sus acusaciones , citando la opinión opuesta 
y la indiferencia del hombre que debía haber tenido mas interés en ata- 
car á Américo Vespucio, si le hubiera creido culpable de hostilidad y de 
mala te hcácia su padre. "No puedo menos de asombrarme, dice Las Casas 
(c. 16Í;, deque Fernando Colon, que era un hombre de mucha penetra- 
ción, y que tuvo en su poder, como lo sé sin duda alguna, las relaciones- 
de Américo, no haya reconocido su infidelidad y su injusticia para con el 
Almirante.» Habiendo tenido una nueva ocasión de consultar hace alg-u- 
nos meses, el raro manuscrito de Bartolomé de Las Casas, he querido in- 
tercalar cu esta larg-a nota acerca de un asunto tratado de un modo tan 
incompleto hasta aquí, lo que no habla podido aprovechar en mi Exa- 
men critique (1. V, p, 17S-217.) La convicción que entonces tenia 
(p. 217 y 224) no se ha quebrantado en nada. uCuando la denomina- 
ción de un g-ran Continente, g-eneralmente adopta !a y consag-rada por el 
uso de muchos siglos, se presenta como un monumento de la injusticia 
de los hombres, es natural atribuir desde luego la causa do esta injusti- 
cia al C[ue parecía mas intercsailo cu cometerla. £1 estudio de los docu- 
mentos ha probado que esta suposición no se apoya en niiigiin hecho 
cierto, y que el nombre de América ha nacido en un país apartado, en 
Francia y en Alemania , por un concurso de incidentes que parecen ale- 
jar hasta la suposición de una influencia por parte de Vespucio : aquí es: 
donde se detiene la crítica histórica. El campo sin límites de las causas- 
desconocidas ó de las combinaciones morales posibles , no es del dominio 
de la historia positiva. Un hombre que durante una larga carrera ha 
gozado de la estimación de sus mas ilustres contemporáneos, se elevó 
por sus conocimientos en astronomía náutica, distinguidos para el tiem- 
po en que vivia, á un empleo de consideración. Este concurso de circuns- 
tancias fortuitas le ha dado una celebridad , cuyo fundamento, durante 
tres siglos, ha pesado sobre su memoria, suministrando motivos para re- 
bajar su carácter. Una posición semejante es bien rara en la historia de los 



— 460 — 

infortunios huaianos ; es el ejemplo de un rebajamiento moral que crece 
con la ilustración de su nombre. Valia la pena de invcslig"ar , lo que en 
esta sucesión de feliz éxito y adversidades pertenece al mismo naveg^ante. 
ú las casualidades de la redacción precipitada de sus escritos ó á sus n;al 
intencionados y peligrosos amigos.» Copérnico mismo ha contribuido á 
este peligroso renombre ; atribuye también el descubrimiento del nuevo 
■continente á Vespucio ; después de una discusión sobre el centrum gravi- 
iatis y el centrum magnitud inü, añade: «Magis id crit clarum , si adden- 
tur insulac a?tatc nostra sub Hispaniarum Lusitaniceque principibus re- 
pertaí et praiserlim America ab inventure dcnominata navium prccfecto 
quem, ob in compertam ejus adhuc magnitudinem, alterum orbem torra- 
rum putant." .(Nicolai Copernici, De Revolutionibus orhium coolestium libn 
sea-, 1543, p. 2 a.) 

(18) Pág. id3.—\éAse Examen critique, t. IIÍ, p. l54-lo8 y 225-227. 

(19) Pág. 295.— Co.s))íOs, t. I, p. 70. 

(20) Pág. 296. — í'Los anteojos que construyó Galileo, que lesirvieron 
para descubrirlos satélites de Júpiter, las fases de Venus, y para observar 
las manchas del Sol, aumentaron cuatro, siete y treinta y dos veces las di- 
mensiones lineales de los astros. El ilustre astrónomo de Florencia no 
pasó de este último número.» (Arago, Annuaire duBur. dcsLong., 1842, 
p. 268.) 

(21) Pág. 297. — Weslpal, en la biografía de Copérnico, dedicada al 
g'ran asti ónomo de Koenigsberga, Bessel, como Gassendo, llama al obispo 
de Ermcland Lucas Wazrelrod de Alien. Según comunicaciones que me 
ha hecho recientemente el sabio historiador Voigt, director de los ar- 
chivos de Koenigsberga, la familia de la madre de Copérnico es nom- 
lirada en las actas Weiselrodt, Weisselrot, Weisebrodt, y con mas 
frecuencia Waisselrode. Su madre era. sin duda alguna^ de origen ale- 
mán, y la familia de los Weisselrode distinta en principio de la familia 
de los Alien, que florecía en Thorn desde principios del siglo XV, ha 
lomado probablemente el nombre de Alien á consecuencia de una adop- 
ción^ ó de otras relaciones de parentesco. Smadecki y Czynski (Kopernik 
■ct sics travaux, 1847, p. 26) llaman ala madre de Copérnico Bárbaí a Was- 
■seirode; según ellos casó en Thorn en 1464, con un hombre cuya familia 
era originaria de Bohemia. Westphal y Czynski llaman al astrónomo 
que Gassendo designa como prusiano, nacido en Thorn (Tornees Borus- 
sus) , Koepernik; Krzyzanowski escribe Kopirnig. En una carta escrita 
desde Heilsberga el 21 de noviembre de 1580 por el obispo de Ermeland, 
Martin Crumer, se lee: '<Cum Jo.(Nicolaus) Copernicus vivens ornamento 
fuerit atque etiam nunc post fata sit , non solum huic ccclesia;, venmi 



— 461 — 

etiam toti Prussise patrise suse, iiiiquiim csse puto, eum post obitum care- 
re honore sepulchri sive monumenti." 

(2í) Pag". 297. — Léese en la vida de Nicolás Copéniico por Gassendo»- 
agreg-ada á su biografía de Tycho (Tychonis Brahei vita, Hagoe-Comi- 
tuin, p. 320): «Eodern die et horis non multis priusqaain animan efflaret. n 
Schübert en su Astronomía, 1.^ parte, p. 115, y RobcTto Sniall en la sabia 
obra titulada Account of the aslron. discoveries of Kepler, 1804, p. 92, afir- 
man solos que Copérnico murió algunos dias después de la publicación de 
su obra: esta es también la opinión del director de los archivos de Kcenis, 
l)erga, Voigt, porque en una carta escrita al duque de Prusia después de 
la muerte de Copérnico, por el canónigo de Ermeland , Jorge Donner 
dice; «que el digno y respetable doctor Nicolás Koppernik publicó su 
obra algunos dias antes de abandonar el mundo, como el cisne canta 
momentos antes de morir.»» Según la tradición común (véase Wcstphal, 
ISkolusKopernicus, 1822, p. 73 y 82), el libro habia sido comenzado en 1307, 
y estaba en realidad tan adelantado en 1530, que el autor se contentó- 
con introducir en él mas tarde algunas mejoras. El cardenal Schomberg 
desea la publicación en una carta escrita desde Roma en noviembre 
de 1336, y quiere que se saque una copia por Teodoro de Reden, y qu& 
se la remitan. El mismo Copérnico en su dedicatoria al Papa Paulo llí, 
dice, que la completa terminación de la obraba invertido un espacio de 
cuatro veces nueve años (quartum novennium). Si se tiene en cuenta el 
tiempo preciso para imprimir un escrito de 400 páginas, es probable que la 
dedicatoria no se escribiese en el año de la muerte, acaecida en lo4o; 
de donde puede deducirse, rebajando de esta fecha treinta y seis años,. 
que Copérnico empezó su obra, no después, sino antes de 1307. Yoigl 
duda que el acueducto que existe en Frauenburgo, y que la opinión ge- 
neral atribuye á Copérnico, haya sido realmente construido según sus- 
planos;pues ha averiguado que solamente enl571 medió un contrato en- 
tre el cabildo y Maese Valentín Zeudol de Breslau para llevar el agua dé- 
los fosos de Frauenburgo á los edificios ocupados por los canónigos. 
Ahora bien, no se habla en parte alguna de un acueducto anterior al que 
existe hoy, y que fué construido como acabanv>s de v^r. vcÍMtiocha 
años después de la muerte de Copérnico. 

(23) Pág. 298.— Celambre, Hist. deVAslron. mod., t. 1, p. 140. 

(24) Pág. 298. — .íNeque enim necessc cst eas !iypothesí>es esse veras^ 
imo ne virisimiles quidem, sed sufficit hoc uiuim, si calcalurn observa- 
tionibus congruentem exhibeant," dice Osiander en su introducción. Por 
otra parte, léese en Gasendo, (Vita Copernici, p. 319): «El obispo de Culni 
Tidesmann Gise, oriundo do Dantzik, que durante muchos años insistid 



— 462 — 

€011 Copérnico para que apresurase la publicación de su obra, obtuvo 
por fin el manuscrito, con el encarg-o de hacerlo imprimir en la forma 
que quisiera. Lo recomendó primero á Rhatico, profesor en Wittenberg-a, 
que se habia alejado de su maestro poco tiempo antes, después de una 
larga estancia enFrauenburgo.Rha'tico supuso que la publicación se haría 
en Nurcuberga en condiciones mas favorables , y confió á su vez el cui- 
dado de la impresión al profesor Schoner y á Andrés Osiander, que vivian 
en aquella ciudad. De los elogios tri bulados á la obra de Copernico al final 
de la Introducción , hubiera podido deducirse ya, aun sin el testimonio 
espreso de Gasscndo, que aquella Introducción era de una mano estraña. 
En el título de la primera edición (Xuremberga,1543), Osiander se vale de 
las siguientes espresiones, cuidadosamente evitadas en todo lo que ha 
escrito Copernico: «Motus stellarum novis insuper ac admirabilibus 
hypothesibus ornali,»» y añade esta exhortación un poco libre; «Igitur' 
studiose lector, eme, lege, fruere." En la segunda edición (Basilea, 1566), 
que he comparado escrupulosamente con la primera, no se habla nada 
sobre el título de las admirables hipótesis; pero la Prcefatiuncula de hypothe- 
sibus hujus oper/s, términos con que designa Gassendo la Introducción 
puesta por Osiander al libro, ha sido conservada. Resulta además cla- 
ramente de la dedicatoria á Paulo III, titulada por Osiander Proefatio 
authoris, que este editor, sin nombrarse ha querido sin embargo indicar 
que la Prcefatiuncula era de mano estraña. La primera edición solo 
tiene 196 páginas; la segunda tiene 213, á causa de la narratio prima, 
larga carta dirigida á Schoner por el astrónomo Jorge Joaquín Rheeti- 
co, que da por primera vez al mundo sabio un conocimiento exacto del 
sistema de Copernico, carta impresa en Basilea, por la diligencia del ma- 
temático Gassaro, el año lo41. Rhsetico habia dimitido su cátedra de 
Wittenberga en lo39 para ir á Frauenburgo á escuchar las lecciones 
de Copernico. Véase Gassendo, p. 310-319. Gassendo esplica las res- 
tricciones, á que llevaron á O.siander sus tímidos escrúpulos. «Andreas 
porro Osiander fuit, qui non modo operarum inspector fuit, sed prjefa- 
liunculam quoque ad lectorem (tácito licet nomine) de Hypothesibus 
operís adhibuit. Ejus in ea consiliura fuit, ut, tametsi Copernicus Motuní 
Terra habuisset, non solum pro Hypothesi, sed pro vero etíam plácito; 
jpse tamen ad rem, ob illos qui hinc offenderentur, leniendam, excusa- 
íum eum faceret, quasi talem Motum non pro dogmate, sed pro Hipholhesi 
mera assumpsisset." 

(2o} Pág. 300. — Quis enim in hoc pulcherrimo templo lampadem hanc 
in alio vel mcliori loco poneret, quam unde totum simul possit iluminare? 
Si quidcm non inepte quídam lucernam mundi,alii mentem,alii rectorem 
vocant.]Trismegistus visibileni Deum, Sophoclis Electra intuentem omnia. 
Ita prefecto tanqnam in solio regali sol residens circumagentera guber- 



— 463 — 

«at aslrorum faniiliam: telliis quoqiie miiiime fraudatiir liinari ministerio, 
sed ut Arislúlelcs de animalibus ait, maximamLuna cum térra cognalio- 
ncm Iiabet. Concipit inlerea á Solé torra et impregnatur annuo j>arfii. 
lüvenimus igitur sub hac ordinatioiie admirandam mundi synimelriam 
íic certum liarmouiíe iiexum motus et inag-iiitudinis orbiiini, qualis alio 
modo rcperiri non polest. (Xicol. Copernicus, de Revolutionibus orhium 
roelcstium, 1. I, c. 10, p. 9b) En este pasaje, que no carece de g-racia y 
de elevación poética, se observan, como en todos los astrónomos del si- 
^•lo X»V1I, las señales de un larg'o comercio con la antigüedad clásica. 
Copérnico conocía los pasajes sig-uientcs: Cicerón, Somnium Scrpionis, 
€. í; PJinio, 1. 11, c. 3, y Mercurio Trismeg-isto,l. V (p. 195 y 201, edic. de 
Cracovia, 1586;. La alusión á la Electra de Sófocles, es oscura; porque no 
es en esta obra donde se llama al Sol ¡<omnia intuens," sino en la Iliada 
y en la Odisea, como también en los Chnephros de Esquilo fv. 080), que 
Copérnico no ha podido tomar por la Electra. Seg^un una conjetura de 
Boeckh, la alusión es consecuencia de una falta de memoria. Copérnico 
recordarla de una manera incompleta el verso 800 del Edipo en Colona de 
Sófocles. Es también muy sing-ular que en un libro recién publicado, 
por otra parte muy instructivo, (Czynski, Koperniket ses fravaux, 1847, 
p. 102) la Electra del trág-ico giieg-o, se haya confundido con las corrien- 
tes eléctricas. El autor ha traducido de la manera sig-uionte el pasaje de 
Copérnico citado mas arriba: "Si se toma al sol por la antorcha del uni- 
verso, por su alma, por su g"uia;sl Trismegisto le llama Dios; si Sófocles 
le cree un poder eléctrico que anima y contempla el conjunto de la crea- 
ción... etc." 

(26) Pág". 300. — .íPluribus erg-o existeutibus centris, de centro queque 
mundi non temeré quis dubitabit an videlicet fuerit istud gravitatis ter- 
rencc, an aliud. Equidem existimo gravitatem non aüud essc quam appe- 
tenciam quamdara naturalem partibus inditam a divina providentia opí- 
cifis universorum, ut in unitatem integ'ritatem que suamscse conferant iii 
formam globi coeuntes. Quam affeclioncm credibile est eliam Soli, Lu- 
na? ceterisque errantium fulgoribus inesse, ut ejus efficacia in ea qua se 
representant rotunditate permaneant, qiuc nihilominus multis modis suos 
efñciunt circuitus. Si ig-itur et térra facial alios, utpote secundumcentruní 
(mundi), necesse erit eos essequi similiter exlrinsecusin multis apparenl, 
in quibusinvenimus annuum circuitum. Ipse denique Sol médium mun- 
di putabilur possidore, quíe omnia ratio ordinis, quo illa sibi invicemsuc- 
•cedunt, et mundi totius harmonía nos decet, simodoromipsam ambobus 
(ut aiunt) oculis inspiciamus.'-' (Copernicus, í/r-fícro/'/i. orhium coclest., 1. I, 
c. 9, p. 7, b.) 

(27) Pág-. 300. --Plutarco, de Vacie in orbe lunw, p. 923, c. V. Idelcr, 



— 464 — 

Meteorología veterum Grcecorum d RomaiUjrum, i832, p. 6. Plutarco no 
nombra á Anaxagoras on el pasaje citado; pero no puede dudarse que 
este filósofo aplicaba la misma teoría de la calda de los cuerpos por la 
falta de movimiento giratorio á todos los aereolitos, leyendo áDiógenes 
Laércio, 1. II, c. 12, y las numerosas citas que he reunido en el Cosinosr 
t. I, p. 120, 369, 377 y 378. Véase también Aristóteles rfe Ccelo, 1. II, c. i^ 
p. 224, y un pasaje notable de los escolios de Simplicio fp. 491, edic. de 
Brandis), en donde se habla .'<del equilibrio de los cuerpos celestes cuau" 
do el movimiento de rotación supera ú la pesantez ó á la atracción que 
impulsa su caida.» A estas ideas, que en parte pertenecen también á Em- 
pédocles y á Demócrito, no menos que á Anaxagoras, se refiere el ejem- 
plo citado por Simplicio en el pasaje antes indicado, «de que el agua de 
una botella sometida al movimiento de rotación, no puede derramarse 
mientras que la rotación sea mas rápida que el movimiento del agua de 

alto á abajo rij^ «tí to Karo Tov vSarog opo.i,y> 

(28) Pág. 200. — Cosmos, 1. 1, p. 109 y 378. Véase Letronne, des Opinions 
cosmographique des Peres de V Eglíse, en la Revue de Deux-Mondes, 1834, t. I, 
p. 621. 

(29) Pag. 301. — Los pasajes de que puede obtenerse alguna conse- 
cuencia de la antigüedad, respecto á la atracción, á la pesantez y ala cai- 
da de los cuerpos, han sido recogidos con mucho cuidado y sagacidad por 
T.-H Martin, Eludes sur le Timée de Plafón, 1841, t. II, p. 272-280 y 341. 

(30) Pág 301.— Juan Philopon, deCreatione Mundi, 1. I, c. 12. 

(31) Pág. 301.— Mas tarde abandonó la opinión verdadera. Véase 
Brewster. Martyrs o f Science, 1846, p 211. En cuanto al hecho de que 
hay en el Sol, centro del sistema planetario, una fuerza que gobierna los 
movimientos de los planetas, y que esta fuerza disminuye ya directa- 
mente á medida que la lejanía aumenta, ya sigue el cuadrado de las dis- 
tancias, está espresado ya por Keplero en su Harmonias Mundi, conclui- 
da en 1618. 

(3?) Pág. 301.— Cosmos, t. I, p. 28 y 49. 

(33) Pág. 301 —Cosmos, t. II, p. 105 y 172. Los pasajes de la obra de- 
Copérnico, respecto de los sistemas del mundo anteriores á Hiparco- 
están esparcidos fuera de la dedicatoria: 1, 1, c. 5 y 10; 1. V, c. 1 y 3 (p. 3, 
b, 7 b, 8 h, 133 b, 141, 179 y 181 b, edic. princ.) Copérnico demues- 
tra especial predilección por los pitagóricos y un conocimiento exacto de 
sus doctrinas, ó para espresarme con mas circunspección, de las ideas 
atribuidas álos mas antiguos de entre ellos. Conocia, por ejemplo, como 



— 465 — 

lo acredita el priucipio de la dedicatoria, la caria de Lysis á líiparco, en la 
que se revela la afición que la anlig-ua escuela itálica tenia por el miste- 
rio, y el cuidado que ponia en ocultar sus opiniones á lodos los que no 
eran sus amig-os, que fué en un principio el proyecto de Copérnico. La 
-edad de Lysis es bastante incierta: unas veces se le cita como discípulo 
inmediato de Pitág-oras, otras y esto es lo mas verosímil, como maestro 
de Epaminondas. Véase BoE^ckh. Philolans, p. 8-lo. La carta de Lysis á 
Hiparco, antiguo pitagórico que habiadivulgado los secretos de la Asocia- 
ción, ha sido como muchos escritos del mismo género, escrita posterior- 
mente por un falsario. Copérnico tomó sin duda conocimiento de ella en 
la colección de Alde-Manucio, Epistolc(í diversorum Philosophoru7n , Roma. 
1494, ó en una traducción latina del cardenal Bessarion (Venecia, 1516). 
El decreto célebre de la «Congreg'azione de 11' Índice" de o de marzo do 
1616, que lanza el entredicho contra el libro de Copérnico, de Revolutíc- 
nibus, designa el nuevo sistema en los términos siguientes: «Falsa il'a 
«loctrina Pythag-o rica Divinse Scripturre omino adversans.»» El pasaje 
importante acerca de Aristarco de Sanios, de que he hablado en el testo, 
iorma parte del Arenarius (p. 449 de la edic. de Arfjuimedes, publicada 
en Paris en 1615 por David Piivaltus.) La primera edición del mismo 
autor apareció en Basilea en 1544, en la imprenta de J. Hervagio. Se 
dice espresamente en el Arenarius que «Aristarco ha contradicho á los fi- 
lósofos que se representan la Tierra como inmóvil en medio del Mundu 
afirmando que el Sol ocupa el punto central y está inmóvil como las de • 
mas estrellas, mientras la tierra g-ira á su alrededor." Aristarco es citado 
-tíos veces en la obra de Copérnico (69 b. y 79), sin decir nada C|ue se 
refiera á su sistema. Ideler se preg^unta si Copérnico conoció el tratado 
de Nicolás de Cusa de docta Ignorantia. Véase el Museum der Alterthums 
wissenschaft, publicado por Wolf y Buttmann, t. II, 1808, p. 452. La pri- 
mera edición del de docta Ignorantia es ciertamente de 1514; y las pala- 
bras: «jam nobis manifestum est terram in veritate moveris" hubiesen 
debido, en labios de un cardenal platónico, hacer alg-una impresión en el 
canónigo de Frauemburgo. Véase Whewell, Pliüosopluj of the inductive 
Sciences, t. II, p. 343. Pero un fragmento de mano de Cusa, recientemente 
•encontrado por Clemens en 1843, en la biblioteca del hospital de Cues, 
prueba claramente, como el capitulo 28 del tratado de Venaíione sapientios, 
que Cusa se representaba la Tierra, no girando alrededor del Sol, sino 
girando con él, aunque mas lentamente, alrededor del polo del Mundo 
incesantemente variable. Véase Clemens, Giordano Bruno und Nical. von 
Cusa, 181", p. 97-100. 

(34) Pág. 302. — Véase sobre este asunto una profunda discusión 
€n Th. H. Martin, Etudes sur le Timée, t. II, p. 111. {Cosmogmphie des Egip- 
tiens), y p. 129-133 {Aníecedenís du Systeme de Copernic.) La opinión de este 

TOMO U 30 



— 466 — 

sabio filólogo, de que el verdalero sistema de Pitág-oras diferia del de Fi- 
lolao y representaba á la Tierra como inmóvil en medio del Mundo, no- 
me parece muy convincente (V. t, II, p. 103 y 107), Permítaseme espli- 
carme mas claramente, sobre la afirmación singular de Gass:ndo acerca 
de la pretendida semejanza entre el sistema de Apolonio dePerga y el de 
Tico-Brahe, de que ya he dicho algo en el testo. Gassendo se espresa asi. 
en sus biografías: Magnam imprimís rationem habuit Copernicus duarum. 
opinionum affinium, quarum unam Martiano Capellse, alteram ApoUonio 
Pergaeo atribuit. Apollonins Solem delegit, circa quem, utcentrum, non 
modo Mercurius et Venus, verum etiam Mars, Júpiter, Saturnussuas obi- 
rent periodos, dum Sol interim uti et Luna, circa terram, ut circa cen- 
trum, quod foret Afñxarum mundique cenlrum, moverentur; quaedein- 
ceps quoque Tychonis propemo dum fait. Rationem auteni magnam ha- 
rum opinionum Copernicus habuit, quod utraque eximie Mercurii ac 
Veneris circuitiones repreesentaret, eximieque causam retrogradation, di— 
rectionum, stationum in iis apparentium exprimeret et postecior (Pergsei)^ 
quoque in tribus Planetis superioribus prsestaret.» Mi amigo el astrónomo 
Galle, con cuya opinión he querido ilustrarme, no encuentra nada, como- 
yo, que justifique esta afirmación tan categórica de Gassendo. «Los pasa- 
jes, me escribe, que me habéis señalado en el Almagesto, al principio del 
libro XII y en la obra de Copérnico, 1. V. c. 3, p. 141 a; c. 35, p. na 
a y b; c, 36, p. 181 b, no tienen otro objeto que esplicar las estacionea-y, 
retrogradaciones de los planetas; de donde puede deducirse que Apalo— 
nio admitía el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Por lo que 
respecta á la fuente de donde tomara Copérnico sus conjeturas sobre Apo- 
lonio, es cosa que no puede determinarse. Asi que la suposición de un 
sistema de Apolonio de Perga análogo al de Tico, parece solo descansar 
en una autoridad de fecha reciente, aunque, á decir verdad, no encuentro- 
ni en Copérnico ni en otros, una esposicion clara de este sistema , ni aun. 
citas hechas según testos mas antiguos. Si el libro XII del Almagesto es la. 
única fuente según la cual se han atribuido a Apolonio todas las niiras. 
de Tico, es verosímil que Gassendo haya ido muy lejos en sus conjeturas,, 
y que haya obrado en esta ocasión como con las fases de Mercurio y de 
Venus, de que ha hablado Copárnico (1. 1, c. 10, p. 7 b. y 8 a.), sin po- 
nerlas exactamente en relación con su sistema. Asi también es posible 
que Apolonio haya tratado matemáticamente de las retrogradaciones de-, 
los planetas en la suposición de un movimiento descrito por ellos alrede- 
dor del Sol, sin haber añadido nada general ni determinado acerca de la 
verdad de esta suposición. Por lo demás, la diferencia entre el sistema de 
Apolonio, tal como lo describe Gassendo, y el de Tico, consistiría en eL 
solo punto de que el de Tico esplica también las desigualdades en los mo- 
vimientos. La observación de Roberto Small de que la idea que sirve d&- 
l¡3^se á U docírina de Tico no fué extraña á Copérnico, sino que le sir- 



— 467 — 

vio de transición para lleg'ar á su propio sistema, tne parece furidada.» 

(35) Pág-. 303.— Schubert, Astronomie, Leparte, p. 124. Whcwel ha 
dado en su Philosophy of tlie inductive sciences , t. II, p. 282, un cuadro 
completo y muy bien ordenado de todos los aspectos bajo los cuales los 
astrónomos han considerado la estructura del Mundo, desde los primeros 
tiempos de la humanidad hasta el sistema de g-ravitacion de Newton. 

(36) Pág. 303. — Platón se muestra en el Phédro, discípulo de Filolao; 
pero en el Timéo, por el contrario, se manifiesta convertido al sistema de la 
inmovilidad de la Tierra en el centro del Mundo, sistema que se ha desig- 
nado mas tarde con los nombres de Hiparco y de Tolomeo. Véase Bceckh, 
de Platónico syUemaíe ccelestium glohorum et de vera Índole astronomüe Philo- 
lai quce, p. xxvi-xxxii ; Philolaos, p. 104-108; y véase Fríes, Geschichfe der 
philosophie, t. I, p. 325-347; H. Martin , Eludes sur le Timée, t. If, p* 
64-92. La especie de sueño astronómico bajo el eual se oculta la estruc- 
tura del Mundo al final de la República, nos recuerda el sistema de las 
esferas entrelazadas de los planetas y la armonía do los tonos considera- 
dos como las voces de las sirenas que siguen en su movimiento cada una 
de las esferas. Véase sobre el descubrimiento del verdadero sistema del 
Mundo, la bella obra de Apelt, Epochen der Geschichte der Menschhñf , t. I^ 
1845, p. 205-305, y 379-445. 

(37) Pág. 303. — Keplero, Harmonices Mundi lihri quinqué, 1C19, p. 189, 
El 8 de marzo de 1618, se ocurrió á Keplero después de muchas tentativas 
inútiles la idea de comparar los cuadrados délos tiempos durante los cua- 
les realizan los planetas su revolución, con los cubos de las distancias me- 
dias; pero se engañó en sus cálculos y desechó esta idea. El 15 de mayo 
de 1618 volvió a la tarea, y su cálculo llegó á ser exacto : la tercera ley de- 
Keplero estaba hallada. Este descubrimiento y los que á él se reñeren caen 
precisamente en la época deplorable en que este grande hombre, espuesto 
desde sus mas tiernos años á los mas rudos golpes de la suerte, trabaja 
durante seis años en salvar del suplicio y de la hoguera a su madre sep- 
tuagenaria, acusada de envenenamiento y sortilegio. Las sospechas esta- 
ban robustecidas por las circunstancias de que la desgraciada mujer tenia 
por acusador á su propio hijo el alfarero Cristóbal Keplero, y la de haber- 
sido educada en casa de una tia suya, que había sido quemada en Weil 
como hechicera. Véase respecto de este asunto un escrito del Barón de- 
Breitschwert, poco conocido fuera de Alemania, aunque muy interesante 
y compuesto según manuscritos recientemente descubiertos; Johann Kep- 
plefs Lehen und Wirken, 1831, p. 12 , 97-147 y 196. Según esta obra, Ke- 
plero, que firma Keppler cuando escribe en alemán, no habia nacido, como 
se cree vulgarmente, el 21 de diciembre de 1571 , en la ciudad imperial de 
Weil, sino en un lugar do Wurlemberg llamado Magstatf, el 27 de diciem- 



— 468 — 

t>rc de 1571. En cuanto á Copérnico , no so sabe si nació el 19 de enero 
de 1472, ó el 19 de febrero de 1473, como dice Msestlin, ó seg-un Czyns- 
ki, el 12 de febrero del mismo año. La fecha del nacimiento de Colon 
ha oscilado muclio tiempo en un intervalo de 19 años. Ramusio la co- 
loca en 1430; Bernaldez, amigo de Colon, en 1Í36; y por último, el 
célebre historiador Muñoz en 144G. 

(38) Pág. 304. — Plutarco, de Placüis Philosoph, 1. II, c. 14; Aristóte- 
les, Meteoro!., 1. XI, c. 8; de Ccelo, 1, ÍI, c. 8. Acerca de la teoría de las 
«sferas en g-eneral, y en particular sobre las esferas resistentes de Aris- 
tóteles, véase la lección de Ideler sobre Eudoxas, 1828, p. 49-60, y la 
¿análisis que ha publicado Letronne en el Journal des Savants, dicicmltre de 
1S40, febrero y setiembre de 1841. 

(39) Pág-. 30o. — Miras mas exactas sobre el movimiento de los cuer- 
pos, y sobre la carencia de toda relación entre la dirección una vez 
dada al eje ile la Tierra por una parte, y de la otra la rotación y la re- 
volución del Globo, desembarazaron también al sistema de Copérnico de 
ta hipótesis de un movimiento de declinación ó del pretendido tercer 
iTiOvimicnto de la Tierra. Véase de Revolut. orhium ccclest , 1. I, c. II. El 
paralelismo del eje se conserva en la revolución anual alrededor del Sol. 
isegun la ley de inercia, sin que sea necesario un epiciclo para restable- 
cerlo . 

(40) Púg-. 30G.— Delambre, Hist. de V Astronomie ancienne , t. lí, p. 3S1. 

(41) Pág-. 307. — Véase el juicio de sir David Brewster en los Martyrs 
^fSciencie, 1846, p. 179-182, y Wilde, Geschichte der Optik . 183S, 1.^ par- 
te , p. 182-210. Si la ley de la refracción de los rayos pertenece á un pro- 
fesor de Leyde, Willebrord Snellio, que la dejó sepultada entre sus pape- 
les, Descartes tuvo lag-loria de estcnderla liajo una forma trig-onométri- 
«ca. Véase Brewster, en la North-Britüh Remeto, t. VII , p. 207; Wilde, 
€esch. der Optik, 1.^ parte, p. 227. 

(42) Pág\ 307. — 'Véanse dos escclentes disertaciones sobre la invención 
4el telescopio, la una del profesor Molí , de Utrech, en el Journal of tlie 
Royal Institution, 1831, t. I, p. 319; la otra de Wilde, Geschichte dei^ Optil;, 
1838, l.^ parte, p. 138-172. La obra de Molí, escrita en holandés, tiene 
f>0f título: Geschiedkundig Onderzcock naar de eerste Uitfinders der Vernkykers, 
■ uil&eAaate keningcnvanwyleden Hoogl. vanSioindenzamengestcld doorG. Molí 
;^Amsterdam, 1831). Olbers ha insertado un estrado de esta interesante 
Memoria en el Schumacher'' s Jahrbuch, 1813, p. 06-60. Los instrumentos de 
«üptica entreg-ados por Jansen al príncipe Moritz de Nassau y al gran 
«iuque Alberto (este ultimo regaló el suyo a Cornelio Drcbbel), eran, 



— 469 — 

como resulta de la carta del enviado Boreel , que en su infancia había 
frecuentado la casa del fabricante de anteojos Jansen , y vio mas tarde 
los instrumentos eu su tienda, microscopios de diez y ocho pulg-adas de 
longitud, por medio de los cuales los objetos pequeños agrandaban de 
una manera sorprendente cuando se los miraba de alto á abajo. La con- 
fusión del microscopio con el telescopio arroja cierta oscuridad en la inven- 
ción de estos dos instrumentos. La carta de Boreel que acabamos de citar 
hace inverosímil, á pesar de la autoridad de Tiraboschi, la opinión que 
atribuye á Galileo la invención del microscopio compuesto. Véase acerca 
de esta difícil historia de las invenciones ópticas. Vincenzio Antinori, 
en los Saggi di Naturali Esperienze falte nelV Academia del Cimento, 1841, 
p. 22-26. Huyg-ens, que nació veinticinco años después de la época gene- 
ralmente asignada al descubrimiento del telescopio, no se atrevía á 
pronunciarse sobre el nombre del primer inventor (Véase Opera re~ 
Jiqua, 1728, t. II, p. 125). Según las investigaciones hechas en los 
archivos por Sivenden y Molí, Lippershey, no era el único que poseía 
telescopios construidos por él mismo el 2 de octubre de 1608. El en- 
viado francés , presidente Jeannin, escribía el 28 de diciembre a SuUy 
«que estaba para tratar con el fabricante de anteojos de Middleburgo res- 
pecto de un telescopio destinado al rey Enrique IV.» Simón Mario 
(Mayer de Gunzenhausen), que tuvo también su parte en el descubri- 
miento de los satélites de Júpiter, cuenta que, en Francfort del Mein, en 
el otoño del año 1608, un Belga ofreció un telescopio á su amigo Fuchs 
de Beinbach, consejero privado del margrave de Ansbach. Fabricábanse 
telescopios en Londres por el mes de Febrero de 1610, por consiguiente, 
un año después de haber acabado el suyo Galileo. Véase Rigaud, On 
//a/Tiors papers, 1833 , p. 23 , 26 y 46. Esos instrumentos se llamaron 
en un principio cilindros. Porta, el inventor de la cámara obscura, ha ha- 
blado como lo habían hecho antes de el Fracastor , contemporáneo de 
Colon, Copérnico y Cardano , déla posibilidad de agrandar y acercar 
los objetos con ayuda de cristales convexos ó cóncavos, colocados unos 
sobre otros: «Dúo specíUa ocularia alterum alteri superposita;» pero el 
descubrimiento del telescopio no puede serles atribuido. Véase Tirabos- 
chi , 5íorm rfc/k leííer. ital., i. XI, p. 467; Wílde, Geschichte der Optik, 
1.^ parte, p. 121. Los anteojos eran conocidos de Harlem desde el prínci- 
cipio del siglo XVÍ, y una inscripción sepulcral del templo de María 
Maggiore, en Florencia, designa como inventor de esos instrumentos (in- 
ventore degli occhiali) á Salvino degli Armati. fallecido en 1317. Tam- 
bién se tienen algunos datos que parecen ciertos acerca del empleo de los 
anteojos por los viejos en los años 130o y 1299. Los pasajes de Rogerio 
Racon tratan de la fuerza anipliñcante de los segmentos tallados en 
globos de cristal. Véase Wílde, Gesch '{der Optik, 1.^ parte, pág. 93-96. 
(43) Pág. 308. — Parece que , según la descripción hecha por Fuchs de 



— 470 — 

Beiabach de los efectos de un telescopio holandés, el médico y matemá- 
tico Simón alario, de quien se ha hablado antes, lleg-ó también á cons- 
truir uno por sí mismo. Respecto de la primera observación por Galileo 
de las montañas de la Luna, véase Nelli , Vita di Galilei, t. I, p, 
200-20G ; Galileo , Opere, 17Í4, t. II, p. 60, 403; y Letlera al Padre Cri- 
sfoforo Grienberger , in materia delle Montuosita della Luna, p. 409-424, 
Galileo observó alg-unos paisajes de forma circular y rodeados por todas 
partes de montañas, semejantes á los paisajes de la Bohemia: « Eundem 
facit aspectum Lunse locus quidam, ac feceret in terris reg-io consimilis 
Boemise, si montibus altissimis, inque peripheriam perfecti circuli dispo- 
sitisoccludereturundique (t. II, p. 8) " Las montañas fueron medidas se- 
g^un el método trigonométrico. Galileo calculó la distancia délos vértices 
al borde luminoso en el momento en que estos vértices se velan heridos 
por los rayos solares, como lo hizo mas tarde Hevelio. No encuentro 
observación alguna sobre la longitud de las sombras proyectadas por 
las montañas. Galileo observó que la altura de las montañas de la Luna 
es próximamente de «qualro mig-lias," y que estaban mucho mas altas 
que las montañas de la Tierra. Esta comparación es notable, puesto que 
Riccioli habia estendido en esta época ideas muy exag'eradas acerca de 
la elevación de nuestras cimas montañosas, y que una de las que fue- 
ron mas nombradas lueg"o, el pico de Tenerife, fue medido por primera 
vez con alg-una exactitud por Feuilléc en 1724. Galileo creia también 
en la existencia de muchos mares y de una atmósfera en la Luna; opi- 
nión, por lo demás, que fue la de todos los observadores hasta fines del 
sig"lo XVIII. 

(44) Pág-. 309. — Hallo de nuevo ocasión de citar aquí el principio 
fijado por Arag-o: «No hay mas que una manera racional y exacta de es- 
cribir la historia de las ciencias, y es la de apoyarse esclusivamente en 
publicaciones de fecha cierta; fuera de esto, todo esconfusion y oscuridad.» 
Astronomie populaire, t. II p. 109; OEuvres completes, t. III, p. 272; t. XII, 
p. 6. El sing-ular retraso dado á la publicación del Calendario franconiano 
ó de la Prácíica (1612), y á la del uMundus jovialis, anuo 1619 detectus ope 
perspicilli Belgici,^^ que no apareció hasta febrero de 1614, podia segura- 
mente dar lugar á la sospecha de que Mario hubiese tomado mucho del 
Nuncius sidereus de Galileo, cuya dedicatoria es del mes de marzo de 1610, 
ó de que se hubiese aprovechado cuando menos de comunicaciones epis- 
tolares. Galileo, que no habia olvidado el proceso intentado con motivo 
del círculo proporcional contra Baltasar Capra, uno de los discípulos de 
Mario, llama á este ultimo: «usurpatore del sistema del Giove," y objeta 
también al astrónomo protestante de Gunzcnhauzcn, que su observación 
anterior descansa en una confusión del calendario: «Tace 11 M rio di far 
cauto il leltore, como essendo egli separato della Chiessa nostra, ne aven- 



— 471 — 

■^0 a ccllato l'cmLMiíiatione grcg"oriana, il g-iunio 7 di gennaio del 1610 
di noi catlolici (día en que descubrió los satélites, Galilco), c l'istesso, chcí 
il di 28 di deeenibre del 1609 di loro eretici, e questa e tutta la preceden- 
za delle sue finte osservationi." Véase Veuturi, Memorie ó Lettcre di Gali- 
leo Galilei, 1818, 1.^ parte, p. 279, y Delambre, Hisl. del'Astron. moderne, 
-(. I. p. 696. Galileo, en una carta que escribió en 1614 á la Accademiadei 
Lincei espresaba el deseo poco filusófico de producir su queja contra Ma- 
rio ante el marqués de Brandeburg-o.Sin embargo, generalmente Galileo 
da pruebas de benevolencia á los astrónomos alemanes. Escribia en el 
mes de marzo de 1611. ««Gling-egni singolari, che in gran numero fioris- 
cono nell'Allemagna, mi hanno lungo tempo tenuto in desiderio di veder- 
la." (Opere, t. lí, p. 4.3). Siempre me ha estrañado que Keplero, que, 
en un Diálogo con Mario es citado como apadrinador de las denomina- 
ciones mitológicas de lo y de Calisto, no haga mención alguna de su 
■coiiipatriota Mario, ni en su Comentario publicado en Praga en abril 
<\q. 1610, al uNwicim sidéreas nuper ad mortales a Galiloeo missus,» ni en 
las cartas que escribió á Galilco y al emperador Rodolfo en el Otoño 
del mismo año; y que por todas partes hable del glorioso descubrimien- 
to de los Sidera Medicea, hecho por Galileo. Con motivo de los descubri- 
mientos que el mismo Keplero hizo sobre estos satélites del 4 al 9 de se- 
tiembre de 1610, publicó en Francfort en 1511, un folleto titulado uKe- 
pleri narratio de observatis a se quator Jovis satellitibus erronibus quos Gali- 
leus Matliematicus Florentinus jure inventionis Medicea Sidera nuncupavit. En 
una carta de Praga que escribió á Galileo el 2S de octubre de 1610 ter- 
minó con estas palabras: MNeminem habes quem metuas oemulum." Véase 
Venturi, Memorie é Lettere, etc., l.^ parte, p. 100, 117, 144 y 149. Eaga- 
ñado el barón de Zach, por un examen poco detenido de los manuscritos 
preciosos conservados en Petworth, en la tierra de lord Egremont , afir- 
ma que el celebre astrónomo Thomas Harriot, que viajó por la Virginia, 
había descubierto los satélites de Júpiter al mismo tiempo que Galileo y 
quizás antes que él. \]x\ estudio mas detenido de los manuscritos de 
Harriot hecho por Rigaud , ha demostrado que aquel astrónomo co- 
menzó sus observaciones no el 16 de enero , sino el 17 de octubre 
de 1610, nueve meses después que Galileo y Mario. Véase Zach, 
Corresp. astron., t. VII, p. 103: Rigaud, Account of Harriot's astron. papers, 
Oxford, 1833, p. 37; Brewsler, Martyrs ofSciencie, 1845, p. 32. Hasta ha- 
ce dos años no se ha tenido conocimiento de las primeras observaciones 
originales hechas por Galileo y su discípulo Renieri en los satélites de 
Júpiter. 

(4S) Pág. 309. — Hubiera debido decir setenta y tres años; porque la 
ánterdiccion lanzada contra el sistema de Copérnico por la Congregación 
■del índice, es del 5 de marzo de 1616. 



^ 412 — 

(46) Pág. 310. — El conde de Brcitschvvert, Kepl€r''s Uhcn, p. 3o. 

(47) Pág. 310. — Sir John Horschel, Traite d' Astronomic , § W6, p. 35^. 
de la traducción de Cournot, 2.^ edic, 1836. 

(Í8) P.%. 310. — Galilei, Opere, t. II, (Longiíudine per via de Pianeti Me- 
diceij, p. 435-506; Nelli, Vita di Galilei, t. IJ, p. 656-638; Venturi, Memorie 
é Lettere di G. Galilei, 1.^ parte, p. 177. Desde 1612, dos años apenas des- 
pués del descubrimiento de los satélites de Júpiter, Galileo se vanaglo- 
riaba, quizás alg-o prematuramente, de haber determinado las tablas de 
esos satélites con un minuto á lo mas de diferencia. Una larga correspon- 
dencia diplomática se entabló en 1616 con los enviados españoles, y en 
1636 con los de la Holanda. Los telescopios, se dccia, aumentan los ob- 
jetos hasta cuarenta y cincuenta veces. Con el fin de encontrar mas fá- 
cilmente los satélites, á pesar de las oscilaciones de los buques, y de rete- 
nerlos con mas seguridad, asi alo menos secreia, en el campo del anteojo,. 
Galileo inventó en 1617 el telescopio binocular, que se atribuye ordina- 
riamente al capuchino Schyrleus de Rheita,muy versado en la Óptica, y 
que intentaba la construcción de telescopios capaces de aumentar hasta 
cuatro mil veces los objetos. Véase Nclli, Vita, t. II, p- 663. Galileo hizo 
esperimentos con su binóculo, que llama también celatone ó testiera, en el 
puerto de Liorna, con un viento violento que imprimía fuertes sacudi- 
das al buque. Mandó construir también en el arsenal de Pisa un vasto 
aparato, por medio de la cual, sentado el observador sobre una especie de 
barca que flotaba libremente dentro de otra barca llena de agua y aceite, 
estaba .al abrigo de todos los movimientos bruscos. Véase Lettera al Pie- 
chenadel^ de marzo de 1617, en Nelli, t. I, p. 281, y Galilei, Opere, i. II, 
p. 473. Letlera á Lorenzo Realio del o giugno 1637. El pasaje en que Galileo 
hace resaltar las ventojas de su método de observaciones marítimas, so- 
bre el método de las distancias lunares de Morin, es de una lectura muy 
curiosa. Véase Opere, t. II, p. 434. 

(49) Pág. 311. — Véase Arago, Astronomie populaire, t. II, p. 106-113. 
Brewster (Marhjrs of Sciencie, p. 36 y 39j, coloca la primera observación 
de Galileo en el mes de octubre ó de noviembre de 1610. V. Nclli, Vita 
di Galilei, t. I, p. 324-384; Galilei, Opere, t. I, p. LIX; t. II, p. 83-200; 
1. IV, p. 33. Sobre las observaciones de Harriot, véase Rigaud, p. 32 
y 38. Se ha censurado al jesuíta Scheiner, que fué llamado desde Gratz á 
Roma, el haber insinuado al papa Urbano VIH, por medio del jesuita 
Grnssi, y con el ñn de vengarse de sus cuestiones con Galileo respecto al 
descubrimiento de las manchas del Sol, que Su Santidad figuraba en los. 
célebres "Dtaloghi delle Scienze nuove<f bajo la figura del tonto é ignorante? 
Simjicio. Véase XcUi, t. II, p. 31o. 



— 473 — 

(fiO) Pág. 3! 2. — Dolambrc. Uiüolre de V Ástronomie moikrne, -i. 1^ 
y. 690. 

(51) Pag. 312. — La misma opinión se espresa en la carta de Galiloo at 
príncipe deCcsi en 25 dj mayo de 1612. Véase Venluvi, Memnrie é letters, 
ote, 1.* parte, p. 172. 

(52) Pág-. 313. — Véanse las ingeniosas observaciones de Arago sobre 
este asunto, en la Astronomie popidaire, i. II, p, lo2-lo7. Sir John Hers- 
chel menciona en su Tratadod' Astronomia, (§334, p. 250 de la traducción 
francesa), el esperimcnto liecho con la cal viva en ignición, en la lámpara 
de Drummond, proyectada sobre el disco del Sol. 

(o3) Pág-. 313.— .1. Clemens, Giordano Bruno und Nicol. von Cusa, ISil ^. 
p. 101. Acerca de las fases de Venus, véase Galilei Opere, t. II, p. 33,. 
y Nelli, Vita di Galilei, t. í , p. 213 21o. 

(54) Pág. 31Í.— Véase Cosmos, t. I, p. 139 y 384, 

(5b) Pág-. 315. — Laplace dice á propósito de la teoria de Keplero sobre 
el aforo de los toneles {Slereomeiria doliorum, 1615), teoria que t.lo mismo- 
quc el cálculo de las arenas de Arquímedes, desarrolla las ideas mas ele- 
vadas con ocasión de un objeto poco importante en sí mismo;?' «Keplero 
presenta en esta obra miras sobre lo infinito que han influido en la revo- 
lución que la g-eometría ha cspcrimentado á fines del siglo XVII : y Fer- 
mat, á quien debe reputarse como el verdadero inventor del cálculo di- 
ferencial, ha fundado sobre ellas su mag-nífico método de maximis et mi- 
nimis.» {Precis de /' Histoire de I' Astronomie, 1^21, p. 95). Sobre la pene-- 
tracion deque dá pruebas Keplero en los cinco libros de su Armonía det 
Mundo, véase Chasles , Aperen histor. des Metliodes en Geometrie , 1837> 
p. 482- Í87. 

(56) Pág-. 315. — Sir David Brevvster dice muy bien en su obra titulada: 
Ácconntof Kepler's Method of investigaíing Gruth: «The influence of imag-i- 
nation as an instrument of research has been much ocrlooked by those-. 
whohave venturedtogive lawtto philosophy. This faculty is of g-reated 
valué en physical inquiries. 11 we use it as a guide and conlide in its in» 
dications; it will infallibly deceive uss: but if we employ it as an auxilia- 
ry, it will afford us the mosl invaluable aid." {Martyrs of Science, p. 215). 

(87) Pag. 316. — Arago, Astronomie populairc , t. I, p. 520-522. 

(58) Pág. 316. — Véanse las ideas de sir John Herschel sobre la situa- 
ción de nuestro sistema planetario, en el Cosmos, 1. 1, p. 135 y 38i, y véase 
Struve, Eludes d' Astronomie stellaire, 1847, p. 4. 



— 474 — 

(o9) .Pág-. 316. — Léese en Apelt, Epochen der Geschichte der Menschheif^ 
t. I, 1845, p. 223: "La notable ley de las distancias planetarias que lleva 
ordinariamente el nombre de Bode (ó de Ticio) es un descubrimiento de 
Kcplero, el cual, después de muchos años de esperiencia la dedujo de las 
observaciones de TicoBrahe. »» Véase Harmonices Mundi libriquinqucy 
c, 3; Cournot, en sus adiciones al Tratao de Astronomía de sir John Hérs- 
«hel, 1836, § 434, p. 328, y Fries, Vorlesungen ueber die Sternkunde, 1813, 
p. 32o, Los pasag-es de Platón, de Plinio , de Censorino y de Aquiles 
Tacio en sus Proleg-ómeiios sobre Arato , han sido recogidos cuidadosa- 
mente por Yñes Geschichte der Philosophie, t. 1,1837, p. 146-130. Véase 
también Th. H. Martin, Eludes sur le Timée de Platón t. II, p. 38, y Brati 
dis, Geschichte der griechischrcemichen Philosophie, 2.^ parte, sect. 1.*, 1844, 
p. 364. 

(60) Pág-. 317. — Delambre. Histoire de V Astronomie moderne, t. I, 
p. 360. 

(61) Pág-. 317. — Arag-o, Astronomie populaire, t. IV, p. 462-466, Cos- 
mos, 1. 1, p. 83. 

(62) Pág. 318.— Véase Cosmos, t.I, p. 123-128 y 381. 

(63) Pág. 319. — Astronomie populaire, t. I, p. 386-426. Reconociéronse 
también como variables en el siglo XVII, s demás de Mira Ceti (Hol- 
warda, 1638), a de la Hydra (Montanari 1672), € de Perseo ó de Algol 
y X del Cisne (Kirch, 1686). Acerca de lo que Galileo llama nebulosas, 
véanse sus Opere, t. II, p. lo, y Nelli, Vita di Galilei, t. II, p. 208. Huy- 
§ens designa manifiestamente en su Systema Saturninum la nebulosa que 
■existe en la Espada de Orion, cuando habla en general de las nebulosas: 
«Cui certe símile aliud nusquam apud eliquas fixas potui animadvertere. 
IVam cetcrfe nebulosse olim existimatae atque ipsa via láctea, perspicillis 
inspectae, nullas nébulas habere comperiuntur, ñeque aliud esse quam plu- 
rium stcllarum congeries et frecuentia.»» Resulta de este pasage que la ne- 
bulosa de Andrómeda, no habia sido observada atentamente por Huy- 
§ens, como tampoco por Galileo. 

(64) Pág. 321 . — Acerca de la ley descubierta por Brewster de la rela- 
ción que existe entre el ángulo de polarización y el Índice de refracción, 
véase Philosophical Transactions of the Royal Society, for ihe year 1815 
p. 125-159. 

(65) Pág. 321.— Véase Cosmos, t. 1, p. 34 y 355. 

(66j Pág. 321. — Véase Brewster, en Berghaus y Johnson, Phisieal At- 
las, 1847, 7.'* parte, p. 5 (Polarization of the Atmosphere), 



— 475 — 

(67) Pág-, 32i. — Sobre Giimaldi y sobre la tentativa de Hooke para 
«splicar la polarización de las burbnjas de jabón por la interferencia de 
los rayos luminosos, véase Arago en el Ánnuaire de 1831, p. 164. Brews- 
ter, the Ufe of sir Isaac Newton, p. 53. 

(68) Pág-. 322. — Brewster, Life of Newton, p. 17. Háse adoptado el 
íiño 166o como época del descubrimiento del «method of fluxions,» que 
seg-un la declaración oficial hecha el 2i de abril de 1712 por la comisión 
úe la Sociedad real de Londres, es «one and the same with the differential 
method, excepting- the ñame and mode of notation.» Sobre todas las fases 
de la lucha que Newton sostuvo abiertamente contra Leibnitz respecto 
de la prioridad de este descubrimiento, y en la cual no podemos ver sin 
asombro mezcladas las sospechas contra la lealtad del inventor de la gra- 
vitación, véase Brewster, p. 189-218. De la Chambre, en su Traite de la 
Lumiere (París, 1657), é Isaac Vossio, que mas tarde fué canónigo en 
Windsor, en un notable escrito titulado: De Lucís natura et proprietate 
(Amsterdam 1662) cuyo conocimiento en París debo á Arag-o, afirman 
ya que la luz blanca contiene todos los colores. Puede verse el juicio de 
Brandes sobre esta obra de Isaac Vossio, en la nueva edición del Physika- 
lisches Wo'-terbuch de Gehler, t. IV, 1827, p. 43, y una análisis detallada 
del mismo escrito, en Wilde Geschidite der Optik, 1.^ parte, 1838, p. 223, 
228 y 317. Isaac Vossio mira, sin embarg-o, como base de todos los colores 
el azufre que según él se encuentra mezclado con todos los cuerpos, 
(c. 25, p. 60). Léese en Vossio, Responsum ab objéisa Joh, de Bruyn, pro- 
fessoris Trajectini et Peíris Petiti 1663, p. 69. «Nec lumen ullum estabsque 
calore, nec calor uUus absque umine. Lux, sonus, anima (!), odor, vis 
mag-netica, quamvis incorpórea, sunt tamen aliquid. Véase de Lucir natu- 
ra, c. 13,p.29. 

(69) Pág. 322.— Cosmos, t. I, p. 394.: t. lí, p. 419, nota 92. 

(70) Pág. 323. — Por esto menos se esplica la injusticia que demostró ha- 
cia Gilbert Bacon de Verulamio , cuyas ideas estensas y metódicas no 
acompañaban desgraciadamente sino conocimientos muy medianos , aun 
para su tiempo, en Matemáticas y en Física. «Bacon, showed is inferior 
aptitude for physical research in rejecting the Copernican doctrine, which 
William Gilbert adopted." (Whewell , Philos. ofthe inductive Sciences, t. II» 
página 378). 

(71) Pág. 323.— Cosmos, t. I , pág. 168 y 401-402 , notas 61 y 62. 

(72) Pág. 324. Las primeras observaciones de este género fueron he- 
chas en 1590 sobre la torre de San Agustín de Mantua. Grimaldi y Gas- 

e-ívdo conocían ya ejemplos análogos , ocurridos todos bajo latitudes en 



— 476 — 

• ;uc la inclinación de la aguja imantada es muy considerable. En cuanto a 
lasprimeras medidas de la intensidad magnética por la oscilación de una 
aguja, véase Hamboldt, Relation historique, t. I, p. 260-26Í , y CosmoHy. 
t. 1, p. 399-401, nota o9. 

(73) Pág 326.— Cosmo.9, t. I, p. 402-404, nota GG. 

(74) Pág. 326.— Cosmos, t. 1, pág. 164. 

(7o) Pág. 327. — Acerca de los termómetros mas antiguos, véase Nelli, 
Vittaé commercio letterario di Galilei (Lausana, 1793), t. I, p. 68-94; Ofero 
di Gatilei (Padua, 1744) t. I, p. LV ; L[hYÍ,Histoiredes Scienjesmaíhém. en 
Jtalie, t IV, 1841, p. 185-197. Con respecto á las primeras observacio- 
nes comparadas acerca de la temperatura, pueden consultarse las cartas de 
Gianfrancesco Sagredo, y de Benedetto Castelli (1613, 1613 y 1633). en 
Venturi, Memorie e lettere inedite di Galilei, Leparte, 1818, p. 20. 

(76) Pág. 327. — A^incenzio Antinori, en los Saggi di Naturali Espe- 
rienze faite neW Academia del Cimento, 1841, p. 30-44. 

(77) Pág. 327. — Acerca de la determinación de la escala del termóme- 
tro de la Academia del Cimento , y sobre las observaciones meteorológi- 
cas continuadas durante diez y seis años por el P. Rainieri, discípulo de 
(ialileo , véase Libri , en los Annales de Chimie et de Physique, i. XL\, 
1830, p. 331, y un trabajo análogo compuesto posteriormente por Schou> 
Tahleau du climat et de la vegetation de l'Itatie, 1839, p. 09-106. 

(78) Pág, 328. — Antinori, en los Saggi dell A cadem. del Cimento, \Hil^ 
p. 114, y en el apéndice colocado al fin del tomo , p. LXXYÍ. 

(79) Pág. 329.— Antinori. Saggi, etc. p. 29. 

(80) Pág. 329.— Ren. Cartesu, Epistohe, Amstel, 1682, 3.''' parte, ep. 67. 

(81) Pág. 329.— Bacoíi's Works hy Shaw, 1733, í. 11!, p. 441. Cos- 
mos, t. I, p. 299 y 442, nota 88. 

(82) Pág. 329.— iíoofct¿'orAs, Postumousworhs, p. 364. Véase mi Relation 
Ustorigue, t. í, p. 199. — Hooke admite, desgraciadamente, como Galileo, 
una diferencia de velocidad entre la rotación de la tierra y la de la at- 
mósfera. Véase Posthum worJis, p. 88 y 363. 

(83) Pág. 330. — Aunque en la esplicacion que da Galileo délos vien- 
tos alisios, habla de las partes de la atmósfera que resisten al movi- 
miento del globo , sus ideas en este punto no deben ser confundidas, co- 



— 477 — 

mo ha sucedido recientemente , con las de Hooke y de Hadley. Galileo 
hace decir á Salviali en sa Diálog-o IV (Opere, t. IV, p. 311) «Dicevarno 
pLir'ora che l'aria, come corpo tenue, ct fluido, c non saldamente con- 
^iiuito alia térra pareva que non avessc ncccssilá d'obbedire al