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Full text of "Cosmos : ensayo de una descripciâon fâisica del mundo"

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COSMOS. 



OBRAS DE ALEJANDRO DE HUMBOLDT. 



COSMOS 



ENSAYO DE UNA 

DESCRIPCIÓN FÍSICA DEL MUNDO 

POR 

ALEJANDRO DE HUMBOLDT. 

VERTIDO AL CASTELLANO 
POR 

BERNARDO GINER 

Y 

JOSÉ DE FUENTES. 

((^■atur3e vero reriim vis 
atijae majeslas in ómnibus niomentis 
lide caret, si quis modo partes ejus ac 
non tetara compietat animo.» * 

PlimoI, vil, c. 1. 



TOMO IV. 



MADRID 

IMPRENTA DF: GASPAR T ROIG , EDITOF-IES. 

CALLE DEL PKÍNClrC , M'M. i. 

1875. 









Se ha cumplido con las condiciones que marca la ley para los derechos de propiedad. 



\f 



7^ 



INTRODUCCIÓN DEL AUTOR 



PAlíA EL TOMO CUAlíTO. 



En una obra que abraza muchas cosas, que lia de estar 
■al alcance de todas las inteligencias , j en ]a que nada debe 
turbar la impresión del conjunto, casi puede decirse que 
el trabajo de la composición, la división v la subordina- 
ción de las partes^ importan mas aún que la riqueza de 
los materiales. Esta necesidad se hace sentir tanto mas res- 
pecto del Cosmos . es decir, respecto del Lihro de la iSaiu- 
vale:a . cuanto que las miras generales, bien se consideren 
objetivamente los fenómenos esteriores, ja se busque el re- 
flejo de la Naturaleza en la imaginación j en los sentimien- 
tos del Hombre, deben tratarse con entera independencia 
de los resultados particulares. Esas miras generales, cuvo 
objeto es nada menos que el conjunto de la Naturaleza, se 
bailan bosquejadas en los dos primeros tomos del Cosmos^ 
donde también se vé, cómo la humanidad á través de los 
siglos J bajo las zonas mas diferentes, lia^ procurado paso á 
paso llegar íi conocer el concurso de las fuerzas que ani- 
man el Universo. Aunque para hacer comprender el enca- 
denamiento de las causas y de los efectos, ha va sido necesario 
citar considerable número de fenómenos, no es menos cier- 
to que un cuadro general de la Naturaleza careceria de fres- 
cura j de vida, si no estuviese contenido en estrechos lí- 



TOMO IV, 



^ '^ /C^, 



\\o 



rniteSj j si la acumulación de los hechos imposibilitara 
abarcarlo de un solo golpe de vista. 

Así como en los Atlas geográficos,, los mapas de tal ó 
ó de cual país, siguen á los mapas que representan la su- 
perficie toda del globo ó la estructura interior de la cor- 
teza terrestre , así también nada me ha parecido mas pro- 
pio para una descripción física del Mundo _, y mas natural 
para facilitar su inteligencia, que colocar á continuación de 
las altas generalidades sobre el conjunto de ese mismo Mun- 
do los hechos particulares cu jo conocimiento constitu je el 
estado actual de la Ciencia. Los dos últimos tomos del Cos- 
rnos deben, pues, considerarse, según he dicho ja (1), 
como una repetición mas completa j acabada del Cuadro 
general de la Naturaleza (2). De las dos esferas que forman 
el Mundo, la esfera celeste únicamente ha suministrado la 
materia del tercer tomo ; quedando la esfera terrestre reser- 
vada para el cuarto. Háse conservado así la antigua divi- 
sión del universo creado en Cielo j Tierra, división tan 
sencilla , tan natural , que en todos los pueblos se halla , en 
los primeros monumentos en que se manifiesta el despertar 
de la conciencia humana. 

Pasar de la inmensidad del firmamento, en donde bri- 
llan innumerables soles , ja aislados , ja unidos entre sí por 
el lazo de una gravitación recíproca, j de lejanas nebulosi- 
dades, á nuestro sistema planetario, es descender de lo uní- 
versal á lo particular j á un orden de ideas relativamente 
pequeño. ¡Cuánto no se reduce todavía el campo de la ob- 
servación , cuando del conjunto de ese sistema j de los di- 
ferentes cuerpos que le componen, se pasa al esferoide ter- 
restre , es decir, á uno solo de entre los planetas que verifi- 
can su revolución alrededor del Sol ! Evaluando el paralaje 
de la estrella mas próxima, a del Centauro, en O", 9187, se 
observa que la distancia de dicha estrella es 26'3 veces major 
que el diámetro de nuestro sistema solar, medido hasta el 



afelio del cometa de 1(580, y este punto está á su vez á una 
distancia 853 veces major que la de la Tierra al Sol (.*3). 
Esos números nos dan la distancia que separa una de las re- 
giones mas próximas del firmamento^ y lo que se tiene por 
el límite estremo del sistema solar, así como la distancia de 
este límite al lugar de la Tierra. 

La Uranología_, que se aplica á todo lo que llena los es- 
pacios mas apartados de la creación, conserva siempre su an- 
tiguo privilegio de trasportar la imaginación del hombre y 
de imprimirle la idea mas sorprendente de lo sublime, mer- 
ced á la imposibilidad de abrazar las relaciones de espacio 
y de número que nos suministra , al orden j regularidad 
que presiden el movimiento de los cuerpos celestes, merced 
también á la admiración que escitan en nosotros los resul- 
tados de la observación astronómica y los esfuerzos del en- 
tendimiento humano. Ese sentimiento de regularidad y de 
periodicidad se ha impuesto al hombre desde luego, y 
frecuentamente se refleja en las formas de lenguaje que se 
relacionan con el curso armonioso de ios astros. Pero lo que 
quizá da á las lejes cuja existencia en la esfera celeste se 
ha comprobado el carácter mas maravilloso, es su sencillez : 
solo se aplican con efecto, á las dimensiones de los astros, á 
la distribución de la materia ponderable de que están for- 
mados j á su fuerza de atracción. Esta impresión de gran- 
deza material con que admiramos un objeto incomensurable 
se trasforma , en virtud del lazo misterioso que une e} 
mundo sobrenatural al mundo sensible , y nos hace pasar, 
casi inconscientemente , á una esfera de ideas mas eleva- 
das. Haj en la imagen del infinito, de todo lo que no tiene 
medida y carece de límite , una fuerza que escita en nos- 
otros cierta disposición grave y solemne, algo parecido á 
la emoción que causan siempre la grandeza intelectual y la 
elevación moral. 

El efecto que produce simultáneamente, en pueblos en- 



teros , la vista de fenómenos celestes estraordinarios , de- 
muestra perfectamente la fuerza de esas asociaciones de sen- 
timientos. La impresión que reciben las imaginaciones yí- 
vas al solo aspecto de la bóveda estrellada , auméntase por 
la Ciencia j por el uso de los instrumentos que lia descu- 
bierto el bombre para acrecentar su fuerza visual j estender 
su borizonte. A la sensación que causa la inmensidad del 
Cielo , agrégase también la de la paz que parece reinar en 
él. La idea de la paz se liga naturalmente con las de regu- 
laridad j de armonía, librando á las profundidades del es- 
pacio v del tiempo de esa especie de horror que les presta la 
imaginación. El hombre, bajo todas las zonas, se siente in- 
genuamente conmovido al contemplar la calma de una no- 
che de verano iluminada por las estrellas. 

Si las impresiones de masa j de ostensión pertenecen 
especialmente á la parte sideral de la descripción del Mun- 
do , si el órgano solo de la vista basta para llegar al cono- 
cimiento de la esfera celeste, la parte terrestre tiene en cam- 
bio la ventaja decisiva de ofrecer en los diferentes elemen- 
tos que la componen una variedad susceptible de divisiones 
científicas. Todos nuestros sentidos nos ponen en contacto 
con la naturaleza terrestre. Cierto es que la Astronomía, 
mas asequible que ninguna otra ciencia á las combinaciones 
matemáticas, en cuanto es el conocimiento de los cuerpos 
luminosos en movimiento, ha dado al alto análisis un nuevo 
brillo, j ensanchado de una manera sorprendente el vasto 
dominio de la Óptica; pero la esfera terrestre, merced á la 
variedad de las sustancias que la componen j á la compli- 
cación de las fuerzas que esas sustancias ponen en juego, 
ha fundado por sí sola la Química j todas las ramas de la 
Física que tratan de fenómenos considerados hasta el dia 
como estranos á las ondulaciones del calor v de la luz. Así, 
cada esfera^ por la naturaleza de los problemas que propone 
á nuestra curiosidad, egerce una influencia diferente en el 



trabajo de la inteligencia y el acrecentamiento del tesoro 
científico de la humanidad. 

Todos los cuerpos celestes , á escepcion de nuestro pla- 
neta j aereolitos que atrae hacia sí, no son, en lo que nos 
permiten juzgar los límites de la ciencia humana , sino una 
materia homogénea, gobernada por las le jes de la gravita- 
ción , sin ninguna diferencia específica ó elemental de sus- 
tancia. Pero esta manera tan sencilla de representarlos no 
resulta de la naturaleza interior j constitución de esos cuer- 
pos; fúndase únicamente en la simplicidad de las condicio- 
nes que bastan para esclarecer j determinar de antemano 
sus movimientos en el espacio. Como he tenido ja ocasión 
de recordar muchas veces (4), háse llegado á este punto de 
vista por la imposibilidad de percibir la heterogeneidad de 
la materia. Así es como se ha resuelto el gran problema de 
una mecánica celeste, subordinando todos los cambios que se 
realizan en la esfera sideral á la sola lej de la teoría del 
movimiento. 

Los cambios periódicos de las manchas luminosas que se 
observan en la superficie de Marte, indican ciertamente que 
la sucesión de las estaciones es causa de distintos fenóme- 
nos meteorológicos en la atmósfera de dicho planeta , y que 
existen en los polos depósitos producidos por el frió (5). La 
analogía y relación de las ideas nos llevan á deducir de aquí 
la presencia del hielo ó de la nieve , y por consiguiente del 
oxígeno y del hidrógeno, como las masas eruptivas de la 
Luna 6 sus valles circulares nos autorizan á admitir la di- 
versidad de las rocas; pero la observación inmediata nada 
nos suministra respecto de este asunto. Newton únicamente 
se permitia hipótesis respecto de la constitución elemental 
de los planetas pertenecientes á un mismo sistema solar; lo 
sabemos por cierta conferencia que tuvo con Conduit (6), en 
Kensington. La imagen uniforme de una materia homogé- 
nea obediente á las lejes de la gravitación y condensada en 



cuerpos celestes ocupa diferentemente la imag-macíon pen- 
sadora del hombre: el mito es el que presta á los desiertos 
silenciosos de los espacios celestes el poderoso atractivo de 
la armonía (7). 

Testigo de la riqueza infinita de sustancias químicamen- 
te distintas y de la variedad de los fenómenos por los cua- 
les se manifiestan sus fuerzas, colocado en medio de todas las 
formas que crea la actividad de la naturaleza orgánica v de 
gran número de sustancias inorgánicas, entre las trasfor- 
maciones constantes que presentan alternativamente la apa- 
riencia del aniquilamiento j de la reproducción, el espí- 
ritu organizador se esfuerza , desesperando á veces de su 
trabajo, en referir el movimiento á lejes simples. Léese va 
en la Física ^lq Aristóteles (8) : «Los principios fundamen- 
tales de la Naturaleza entera son el cambio j el movimien- 
to. El que no lia reconocido esos principios no conoce la Na- 
turaleza. )) En otra parte ^9), al tratar Aristóteles de la be- 
terogeneidad de la materia ó, según sus palabras, de la dife- 
rencia de esencia, llama ¿.xioiaaig ^ es decir, trasformacion, 
al movimiento considerado como componente en la categoría 
de la cualidad , v distingue esta trasformacion de la sim- 
ple mezcla ^dhi , v de la penetración , que no esclu ve la se- 
paración. 

La desigual ascensión de los líquidos en los tubos capi- 
lares: la endosmosis, tan activa en todas la células orgáni- 
cas, V que probablemente es una consecuencia de la capila- 
ridad; la condensación de los gases en los cuerpos porosos_, 
como por ejemplo, del oxígeno en cierta preparación de pla- 
tino, con una presión superior ala de700 atmósferas, j de^ 
ácido carbónico en los poros del ca rbon de boj , donde mas 
de una tercera parte del gas se condensa en gotas sobre las 
paredes de las células; el efecto químico de las sustancias de 
contacto que , por su presencia determinante ó su fuerza ca- 
talítica, destrujen ó producen combinaciones, sin participar 



ellas mismas del resultado que causan, todos esos fenómenos, 
demuestran que á distancias infinitamente pequeñas, las 
sustancias ejercen , unas sobre otras , cierta atracción depen- 
diente de su naturaleza específica. Tales atracciones serian 
inesplicables si no se admitieran movimientos que se esca- 
pan á nuestra vista. 

¿Qué relación existe entre la atracción recíproca de las 
moléculas , considerada como una causa de movimiento per- 
petuo en la superficie j muj probablemente en el interior 
de la Tierra , v la gravitación que pone también en movi- 
miento perpetuo los planetas y sus soles? La solución siquie- 
ra sea parcial de este problema puramente físico sería la 
mas gloriosa conquista que pudieran intentar, en este orden 
de beclios, los esfuerzos reunidos de la esperimentacion j de 
la reflexión. En la relación que indicaba mas arriba, he te- 
nido cierto reparo en designar únicamente bajo el nombre de 
atracción ne^vtoniana la atracción que reina en los espacios 
celestes^ j obra en razón inversa del cuadrado de las distan- 
cias. Esta denominación esclusiva me parecería una injusti- 
cia á la memoria del gran hombre que , sin distinguirlas 
claramente una de otra, había sin embargo reconocido la 
existencia de esas dos fuerzas, j que, presintiendo los descu- 
brimientos venideros, procuraba, en sus adiciones á la Ópti- 
ca, referir la capilaridad j cuanto se conocía entonces de 
la afinidad química á la gravitación universal (10). 

Así como en el mundo de los sentidos, especialmente 
en el horizonte del mar, imágenes engañosas burlan durante 
mucho tiempo la esperanza del navegante que se cree en 
en el momento de entrar en posesión de una tierra descono- 
cida, así también, en este horizonte ideal que limita las 
mas apartadas regiones del mundo del pensamiento, el 
investigador de la naturaleza siente nacer j desaparecer 
multitud de ilusiones mentirosas. Preciso es confesar, sin 
embargo, que los descubrimientos de estos últimos tiempos 



son á propósito para exaltar la confianza. Citaré la electri- 
cidad de contacto; el magnetismo de rotación^ obtenido 
por fluidos liqueíactados ó congelados; la feliz idea de con- 
siderar toda afinidad química como la consecuencia de las 
relaciones eléctricas de los átomos con una fuerza polar 
predominante; la teoría de las sustancias isomórficas apli- 
cada a la formación de los cristales; los fenómenos produ- 
cidos por el estado eléctrico de las fibras musculares ani- 
madas; V por último, la influencia comprobada de la posi- 
ción del Solj es decir, de la irradiación solar que eleva la 
temperatura, en el mas ó menos de sensibilidad y espansion 
magnéticas de uno de los elementos que entran en la com- 
posición de la atmósfera, del oxígeno. Cuando se vé apa- 
recer en el mundo físico algún fenómeno nuevo, descono- 
cido basta entonces, podemos creernos tanto mas cerca de 
descubrimientos nuevos también cuanto que las relaciones 
del fenómeno con los hechos va conocidos son confusas j 
aun contradictorias. 

He elegido con especialidad los ejemplos en que efec- 
tos dinámicos de fuerzas atractivas parecen abrir la via por- 
que puede esperarse llegar á la solución de estos dos pro- 
blemas : comprobar la heterogeneidad originaria , invaria- 
ble, j por consiguiente elemental , de las sustancias , ta- 
les como el oxígeno, el hidrógeno, el azufre , el potasio, el 
fósforo, el estaño, j medir los esfuerzos que hacen esos 
cuerpos para reunirse, es decir, su afinidad química. Pero, 
lo repito^ todo lo que sabemos de la materia descansa en 
diferencias de forma j de mezcla. Tales son las abstrac- 
ciones bajo las cuales creemos abarcar el movimiento uni- 
versal de la creación por medidas v análisis. La detonación 
de los fulminantes bajo una ligera presión mecánica, la 
esplosion acompañada de fuego j aun mas pavorosa del 
cloruro de ázoe, contrastan con la unión del cloro y del 
hidrógeno^ que se inflama en el momento mismo en que 



recibe un rajo directo del Sol , particularmente un rajo 
violado. La trasformacion de la materia, la composición v 
la descomposición trazan el círculo donde se mueven eter- 
namente los elementos, en la naturaleza inorgánica, como 
en las células animadas de los animales y las plantas. Esto 
no es obstáculo para que la cantidad de materia existente 
permanezca siempre la misma : los elementos cambian solo 
de lugar. 

Así se ve confirmado el antiguo principio de Anaxágo- 
ras , de que lo que existe en el Universo no aumenta ni 
disminuje; j que lo llamado por los Griegos aniquila- 
miento no es otra cosa que el cesar de combinaciones ante- 
riores. Indudablemente la esfera terrestre, asiento del 
mundo orgánico , único accesible á nuestra observación, 
parece ser un obrador de- muerte j de disolución, pero el 
gran fenómeno de la combustión lenta que llamamos diso- 
lución, no lleva en pos de sí el aniquilamiento. Las sus- 
tancias vueltas á su ser se reúnen con otras sustancias, y 
merced á las fuerzas de que están animadas , germina y 
surje del seno de la Tierra una nueva vida. 



RESULTADOS PARTICULARES 



ME LA OPíEnVAriOM EN KL DOMINK» 



DE LOS FENÓMENOS TERRESTRES, 



Si en una obra en que se dispone de un material in- 
menso formado de los mas diversos objetos se quieren 
dominar esos materiales, es decir, poner en orden los fenó- 
menos de tal manera que se pueda conocer fácilmente su 
dependencia, el único medio de hacer laminosa la esposi- 
cion es subordinar las nociones especiales, particularmente 
en el campo tanto tiempo abierto de la observación, al 
punto de vista mas elevado de la unidad del Mundo. La 
esfera terrestre, opuesta á la celeste, se divide en dos 
partes : la naturaleza inorgánica , v la naturaleza or- 
p-ánica. (/omnrende la primera, la mao-nitud, la forma v 
la densidad de la Tierra : su calor interno, su actividad 
electro-magnética, la constitución mineralógica de su cor- 
teza , la reacción del interior sobre la superficie , que se 
produce dinámicamente por vía de quebrantamiento, quí- 
micamente por Jos fenómenos que forman v trasforman las 
rocas, la invasión parcial de la superficie sólida por el ele- 
mento líquido ó el mar; el contorno v las articulaciones de 
la parte sólida que se levanta sobre las olas, es decir, con- 
tinentes é islas: por último, la envuelta gaseosa que cubre 



ji — 



el g"louo por todas partes, ó en otros términos, ia atmós- 
fera. El dominio de la naturaleza orgánica comprende, no 
las formas particulares de la vida , cuja descripción es pro- 
piamente el objeto de la Historia natural, sino las relacio- 
nes de localidad que existen entre los seres v las partes 
sólidas ó líquidas de la superficie terrestre, es decir, la 
(reografía de las plantas y de los animales, y las gradacio- 
nes de la especie humana en razas v en tribus, á pesar de 
su unidad específica. 

Esta división pertenece en cierto modo á la antigüe- 
dad. Distinguíanse ja por entonces los dos órdenes de 
hechos: de una parte, los fenómenos elementales j la tras- 
formacion de las sustancias ; de otra, la vida de las plantas 
y de los animales. A falta de medios para aumentar la 
fuerza visual de que se carecía casi en absoluto (11), la dis- 
tinción entre los vegetales j los animales era puramente 
intuitiva ó descansaba únicamente en el poder que tienen 
los animales de alimentarse por sí mismos j en el meca- 
nismo interior que los permite moverse (12). La especie de 
concepción intelectual que llamo intuición . j mas aun la 
asociación de las ideas^ tan penetrante v tan fecunda en 
Aristóteles, le revelaron el tránsito aparente de lo animado 
á lo inanimado, de la sustancia elemental á la planta, j le 
llevaron á ver que. tendiendo siempre la vida á elevarse en 
la escala de los seres , existen gradaciones insensibles de 
las plantas á los animales inferiores (13). La historia de 
los organismos, tomando la palabra historia en su sentido 
primitivo . es decir , trasportándonos á la época de los 
Faunos j de las Floras antiguas, está tan íntimamente 
unida á la Geología , con la superposición de las capas ter- 
restres j edad de los levantamientos, ja de paises enteros, 
ja simplemente de montañas, que no he creido en una 
obra como el Cosmos^ deber tomar por punto de partida la 
división, muj natural por otra parte, de la naturaleza or- 



gánica v de la naturaleza inorgánica, y hacer de ella un 
elemento principal de mi clasificación. La gran división 
que lie seguido me parece mas adecuada al objeto que me 
propongo, puesto que representa mejor el encadenamiento 
de vastos fenómenos, que ocupan un lugar considerable en 
el Universo. Con efecto, no me es posible sujetarme aquí 
á un punto de vista morfológico. De lo que se trata espe- 
cialmente, es de trazar un cuadro general de la Naturale- 
za, que permita abrazar el coniunto de todas las fuerzas 
que concurren á animarla. 



PRIMERA PARTE. 



MAGNITUD Y FORMA DE LA TIERRA. 



OJEADA GENERAL , 



Lo que todas las lenguas, aunque adoptando formas 
simbólicas diferentes, designan con la palabra Naturaleza, 
y aun puede decirse lo que todas las lenguas designan con 
las palabras de Naturaleza terrestre, puesto que el hombre 
lo refiere todo gustoso á la mansión que babita, es el resul- 
tado de un sistema de fuerzas que obran con calma j jun- 
tamente, cuja existencia conocemos solo por los cuerpos 
que ponen en movimiento, que componen ó descomponen, j 
que forman una parte de los organismos vivientes destina- 
dos á reproducirse de igual manera. El sentimiento de la 
naturaleza es la emoción confusa, pero generosa j fecun- 
da, que la acción de estas fuerzas produce en el alma del 
bombre. El primer objeto que cautiva nuestra curiosidad, 
es el concepto de las dimensiones de nuestro planeta : pe- 
queño conjunto de materia condensada, perdido en la in- 
mensidad del Mundo. Un sistema de fuerzas obrando de 
acuerdo para unir 6 para separar, por. efecto de la actividad 
polar, supone la dependencia recíproca de cada una de las 
partes de que se compone la naturaleza , va sea en los fe- 
nómenos elementales de la formación inorgánica, ó en la 



— 14 — 

producción j en la conservación de la vida. De una parte 
]a magnitud j la figura del esferoide terrestre, de la otra 
su masa, es decir, la cantidad de partes materiales de que 
está constituida, y que, comparada al volumen, dá la medi- 
da de su densidad, j revela, con ciertas reservas, su cons- 
titución interior j el grado de atracción que ejerce , están 
entre sí en una subordinación mas patente y mas fácil de 
calcular matemáticamente, que la subordinación compro- 
bada basta aquí entre los fenómenos vitales, las corrientes 
de calórico,, los estados terrestres del electro-magnetismo y 
las trasformaciones químicas. Relaciones que la compli- 
cación de los fenómenos no ba Dermitido todavía formular 

j. 

pueden ser reales sin embargo , y llegar á ser probables 
por inducción. 

Si en el estado actual de nuestros conocimientos, no se 
está todavía en condiciones de reducir á una sola y misma 
lej las dos especies de fuerzas atractivas : la que obra á dis- 
tancias apreciables, como el peso y la gravitación, y 
la que no obra sino á distancias incomensurables por su pe- 
quenez, como la atracción molecular ó atracción de contac- 
to , lo estamos , sin embargo , para creer que la capilaridad 

V la endosmosis, tan importante para la ascensión de la savia 

V para la fisiología de los animales y de las plantas , no se 
bailan menos subordinadas al peso y su distribución lo- 
cal, que los fenómenos electro-magnéticos y las trasfor- 
maciones químicas. Es preciso reconocer que si nuestro 
planeta, estremando las cosas, no tuviera una masa supe- 
rior á la de la Luna, lo que equivale á decir que la inten- 
sidad del peso seria seis veces menor de lo que lo es en 
realidad, los fenómenos meteorológicos, el clima, las rela- 
ciones bipsométricas de las cadenas de montañas producidas 
por via de levantamiento, la fisonomía de la vegetación, todo 
se encontraría completamente cambiado. La magnitud abso- 
luta de la Tierra es importante para la economía general de 



~ 15 — 

Ja Naturaleza solo eu razou á las relaciones del volumen, á 
la masa j á la rotación : porque si las dimensiones de los 
planetas, sus masas, sus velocidades y sus distancias recí- 
procas, aumentasen ó disminuyesen seg-un una misma pro- 
porción , tendríamos un mundo major ó menor, del que 
puede representarse la imaginación, y en el cual los fe- 
nómenos que dependen de la gravitación no esperimenta- 
rian cambio alguno (14). 



— 16 



.MAGMTID. FIítUEA Y DENSIDAD DE LA TIEEIíA 



!])c;in'ri)¡lo (It'l Cuadro líciieral de l;i >'aturniL7.;i. — Véase ('.('Sino- . .j . ií7-lo3y 

ÓSS-Ó93; notas "26-37.) 



El cuerpo de la Tierra Ha sido medido j pesado, por me- 
dio de su fig'ura, de su densidad j de su masa. La preci- 
sión que siempre se ha procurado en estas determinacio- 
nes terrestres ha contribuido tanto como la solución de los 
problemas astronómicos al perfeccionamiento de los ins- 
trumentos de medida v al de los métodos analíticos. Lna 
parte esencial de la medida del grado es en sí misma, ade- 
más, un trabajo astronómico. Las alturas de las estrellas 
forman el arco de círculo cuja longitud da la resolu- 
ción de "una red trigonométrica. Las matemáticas ele- 
vadas han tenido la fortuna de vencer todas las dificultades 
y de determinar, por datos numéricos preexistentes, la 
forma de la Tierra j la figura que ha tomado, al equi- 
librarse, la masa líquida j homogénea, ó sólida y for- 
mada de capas heterogéneas, que la compone. Después de 
Newton j Hujgens, los geómetras mas célebres del si- 
glo xYiii han hecho esfuerzos para procurarse la solución 
de este problema. Jamás se recordará bastante que todos 
los grandes descubrimientos producto de combinaciones 
matemáticas, realizadas por un poderoso esfuerzo de la in- 
teligencia, toman su valor no solo del resultado adquirido 
de la Ciencia, sino especialmente de los recursos que esos 



descubrimientos pueden suministrar al perfeccionamiento 
y fuerza del instrumento analítico. 

La figura geométrica de la Tierra, en oposición con su 
figura física, está determinada por la superficie del agua 
que la surcaria j la envolveria completamente, si se supo- 
ne un inmenso sistema de canales en comunicación con el 
Océano (15;. La sujjerficie geométrica corta perpendicular- 
mente las direcciones de las fuerzas resultantes de todas las 
atracciones que parten de cada punto de la Tierra j se 
combinan con la fuerza centrífuga, que se halla en una rela- 
ción determinada con la velocidad de la rotación. El con- 
junto del cuerpo terrestre no puede considerarse sino como 
aproximándose en mucho á un elipsoide de revolución (16) : 
porque las irregularidades que presenta la distribución de 
la masa en el interior de la Tierra, produciendo cambios lo- 
cales en la densidad, ocasionan también irregularidad en la 
superficie geométrica, que está indicada por la acción co- 
mún de elementos desigualmente repartidos. La superficie 
física de la Tierra no es otra cosa que la superficie del ele- 
mento sólido y el elemento líquido , tales como existen real- 
mente en el límite de la corteza terrestre. En virtud de 
principios geológicos^ es probable que las alteraciones acci- 
dentales que se operan en el interior de la Tierra, por el 
cambio de lugar de las masas en fusión, masas fáciles de 
mover á pesar de la presión que soportan^ modifiquen, en 
períodos largos de tiempo, la misma superficie geométrica, 
inclinando en espacios de poca estension , los meridianos y 
los paralelos; por su parte, la superficie física está directa- 
mente sometida, en la región oceánica^ á un cambio regular 
de las masas, producido por el movimiento periódico del 
finjo y del refiujo. La pequenez de los efectos de la gravita- 
ción^ en las masas continentales, puede ocultar á la observa- 
ción real un cambio que sigue una progresión muj lenta. 
Según los cálculos de Bessel, el aumento de un solo se- 



_ IS — 

gundo en la altura polar de un lugar implica, en el inte- 
rior de la Tierra , el cambio de una masa igual á 1 14 mi- 
llas geográficas cúbicas, suponiendo que la densidad de 
esta masa es igual á la densidad media de la Tierra (17). 
Por sorprendente que aparezca á primera vista el volumen 
de esta masa fuera de su lugar, si se le compara al del Mont- 
Blanc. al del Chimborazo, ó al del Kintschindjinga, la 
sorpresa acaba desde el momento en que se recuerda que 
el esferoide terrestre contiene mas de 2/)50 millones de 
esas millas cúbicas. 

El problema de la figura de la Tierra, cu va relación 
con el problema geológico á que lia dado lugar el antiguo 
estado líquido de los cuerpos planetarios, habíase ja recono- 
cido en la gran época de Newton, de Hujgens j de Hoo- 
ke (l<^o ba sido tratado de tres maneras diferentes j con 
éxito desigual : por las medidas de grado, operación geo- 
désica j astronómica á la vez: por las esperiencias del pén- 
dulo j por las desigualdades lunares ó perturbaciones del 
movimiento de la Luna en longitud j en latitud. El pri- 
mero de estos métodos se divide en dos procedimientos dis- 
tintos : la medida de la latitud bajo un arco del meridiano 
V la medida de la longitud bajo diversos paralelos. 

Han trascurrido ja siete años desde que coloqué en el 
Cuadro general de la Naturaleza el gran trabajo de Bessel 
acerca de las dimensiones del cuerpo terrestre; y basta aquí 
no lia sido reemplazado dicbo trabajo por otro mas comple- 
to, que descanse en nuevas medidas de grado. Haj que es- 
perar, no obstante, que se perfeccionará j recibirá im- 
portantes adiciones cuando se haja becbo pública la medi- 
da del grado que debe terminarse muv pronto en Ru- 
sia, V que comprende casi todo el espacio desde el cabo 
Norte al mar Negro. Las consecuencias de la operación lle- 
vada á cabo en las Indias gozarán de majores garantías 
cuando por una detenida comparación se llegue á saber 



— 19 — 

exactamente cuál medida ha sido la usada en esta región. 
Según las determinaciones que Bessel Ka publicado en 1841 , 
las dimensiones medias de nuestro planeta, obtenidas por una 
combinación hecha cuidadosamente de diez medidas de gra- 
do (1-)), son las siguientes : el semi-eje m^avor del elipsoide 
de revolución, al cual se aproxima mas la figura irregu- 
lar de la Tierra, es de 3 272077', 14 (í) 377 398 'M); el 
semi-eje menor de 3 261139',33 (6 356 071)»s9) ; la lon- 
gitud del cuarto de círculo terrestre es de 5 131 179', 8 1 
(1 000 857'", 2 ; la longitud del grado medio de un meridia- 
no de 57013', 109 (111 120'»,64); la longitud de un grado 
paralelo por O" de latitud, es decir, de un grado ecuato- 
rial, de 57 1081,520 (111 306«\59): la longitud de un gra- 
do paralelo por 45^^ de latitud de 40 449', 371 (78 838">,18). 
El aplanamiento es igual a V.í9í)m;;2 5 ^^ longitud de una 
milla geográfica de 15 al grado ecuatorial es de 3 807', 23 
(7 420 '",43). El cuadro que sigue demuestra la longitud 
creciente de los grados de un meridiano, desde el ecuador 
hasta los polos, tal como la suministra la observación, es 
decir, modificada por las perturbacionos de las atracciones 
locales. 



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La determinación de la figura de la Tierra por la medi- 
da de un grado del meridiano, bajo diferentes paralelos, 
exige una gran precisión en la indicación de las longitudes. 
Ya, en 1740, Cassini de Thurj y Lacaille se valian como 
señal para medir una perpendicular al meridiano de París, 
de la inflamación de la pólvora. Después, desde la gran 
triangulación de Inglaterra, fueron determinadas las lon- 
gitudes de los arcos de paralelos y las diferencias de los 
meridianos, de Beachy fíead á Dannose j de Douvres á 
Falmoutb. (20) , con medios de ejecución mas seguros v 
major exactitud, pero entre longitudes distantes solamente 
Y 26^ j 6° 22'. La mas brillante de esas operaciones es la 
que ha abarcado un espacio de L5^ 32' 27", entre el meri- 
diano de Marennes, en la costa occidental de Francia, v el 
de Fiume, á través de la cadena mas occidental de los Al- 
pes V las llanuras de Milán y de Padua. La operación 
se hizo por completo bajo lo que se ha convenido en llamar 
el paralelo m.edio de 45°, por Brousseaud y Largeteau, 
Plana y Carlini. Las numerosas esperiencias del péndulo, 
ejecutadas con este motivo en la proximidad de las cadenas 
de montaña, han comprobado de nuevo y de una manera 
notable las atracciones locales, reveladas ja por la compa- 
ración de las latitudes astronómicas con los resultados de 
las medidas geodésicas (21). 

Además de este doble procedimiento de medida directa: 
la medida por el arco de meridiano y la medida por el 
arco de paralelo, debemos citar también otro modo pura- 
mente astronómico de determinar la figura de la Tierra. 
El principio de este método es la influencia que la Tierra 
ejerce sobre el movimiento de la Luna, es decir, las des- 
iofualdades de los movimientos lunares en long-itud v en 
latitud. Laplace, primero que ha descubierto la causa de 
estas desigualdades, ha enseñado también la aplicación 
que puede hacerse de ella, demostrando de una manera 



22 

rnuv ingeniosa la ventaja considerable que presenta este 
método que no pueden ofrecer las medidas de grado 
calculadas aisladamente ni las esperiencias del péndulo, á 
saber : la ventaja de determinar por un resultado sencillo 
j único la figura media, es decir^ la forma general de la 
Tierra. Léese con placer, el pasaje donde el autor del des- 
cubrimiento dice en términos tan felices que un astrónomo, 
sin salir de su observatorio, puede reconocer en los movi- 
mientos de un cuerpo celeste la forma particular del pla- 
neta que habita (22). Después de una últina revisión de 
las dos desigualdades del movimiento de la Luna en longitud 
j en latitud^ y aprovechándose de muchos miles de ob- 
servaciones, debidas á Bürg^ á Bouvard j á Burckardt (23), 
La demostrado Laplace_, por su método lunar, un aplana- 
miento de '/30a j resultado muj aproximado al obtenido 
por las medidas de grado paralelo, que es V-ioo- 

Las oscilaciones del péndulo suministran un tercer me- 
dio de determinar la figura de la Tierra, es decir, supo- 
niendo que la Tierra tiene la forma de un elipsoide, re- 
conocer la relación del eje major con el menor medio 
fundado en la lej en cuja virtud la pesantez au- 
menta del ecuador á los polos. Ya hacia fines del siglo x, 
durante el brillante período de los Kalifas Abasidas (24), 
los astrónomos árabes, j particularmente Ebn Junis, se 
habian servido del péndulo para medir el tiempo. Después 
de una interrupción de (500 años , Galileo y el padre Ric- 
cioli en Bolonia pusieron en práctica el mismo método (25). 
Combinando un sistema de ruedas con el péndulo para re- 
gularizar la marcha del relq]\ como se habia ja intentado 
por primera vez en 1612, en Pádua, en los imperfectos en- 
sajos de Sanctorius, j mas tarde, en 1656, en el bello 
trabajo de Hujgens, j comparando la marcha del reloj 
astronómico en Paris j Cajenne, Richer, en 1672 dio la pri- 
mera prueba material de los diferentes grados de intensi- 



dad del peso bajo diversas latitudes. Picard vigiló, cier- 
tamente, los preparativos de esta importante espedicion, 
pero no se atribuje el mérito de la iniciativa. Richer aban- 
donó á Paris en el mes de Octubre de 1671 , j Picard, en la 
descripción de la medida de grado que apareció el mismo 
año, habla simplemente de la hipótesis espuesta en una se- 
sión de la A^cademia, por uno de sus miembros, conjetura 
según la cual, en razón de la rotación de la Tierra, las pe~ 
sas del reloj se movian mas ligeramente bajo el ecuador que 
hacia los polos (2(5). Añade en términos dubitativos que, se- 
gún algunas observaciones hechas en Londres, en Ljon y 
en Bolonia, parecia que el péndulo de segundos debia acor- 
tarse, á medida que se aproximaba al ecuador, pero que, por 
otra parte, no tenia entera confianza en los resultados obte- 
nidos, porque en La Haja, á pesar de la situación mas sep- 
tentrional de esta ciudad , la longitud del péndulo era la 
misma que en Paris. Está acreditado que Newton tuvo 
conocimiento de la medida del grado ejecutada por Picard, 
bastante tarde, pero desgraciadamente ignoramos completa- 
mente en que época le fueron revelados los resultados tan 
importantes para el de las esperiencias de Richer sobre el 
péndulo, que datan^ como se ha visto, de 1(372, pero que no- 
fueron del dominio público hasta 1679; ig-ual duda existe 
respecto d la fecha en que conoció Newton el descubri- 
miento del aplanamiento de Júpiter, hecho por ( assini 
anteriormente á 1()66. Es de gran interés para la histo- 
ria de una astronomía física, fundada en principios mate- 
máticos, distinguir cuidadosamente las fechas, sobre todo 
en una época en que las miras teóricas prestaban poderosa 
atractivo á las observaciones, j en que por una feliz ri- 
validad, las observaciones influían sobre las teorías. 

Las medidas directas de arcos del meridiano ó de arcos 
paralelos, sobre todo si nos fijamos, para la primera de esas> 
operaciones, en la medida del grado ejecutada en Francia-,, 



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entre 44" 4*2' j 47" .30' de latitud !*27), v si se comparan, 
para la segunda, los puntos situados al Este j Oeste de los 
Alpes griegos. (28), prueban ja que la forma real de 
la Tierra se separa sensiblemente de la forma elipsoidal 
geométrica. El desacuerdo entre los diversos valores del 
aplanamiento, que dan las diferentes longitudes del pén- 
dulo, y la distribución de los lugares en donde estas 
diferencias se manifiestan , son todavía mucho mas sor- 
prendentes. La determinación de la figura de la Tier- 
ra po reí aumento ó disminución del peso, es decir, por 
la intensidad de la atracción local, supone que el peso 
ba quedado, en la superficie del esferoide terrestre, tal 
cual era, cuando el paso del estado líquido al estado 
sólido, j que después no se ha producido cambio alguno 
en la densidad (29). A pesar de los perfeccionamientos lle- 
vados á los instrumentos v á los métodos por Borda, Kater 
j Bessel , no pueden citarse actualmente en los dos hemis- 
ferios, desde las islas Maluinas. en donde Frejcinet, Du- 
perrej j Ross. establecieron sucesivamente sus observacio- 
nes^ hasta el Spitzberg, por lo tanto desde 51" 85' de latitud 
austral , hasta 79° 50' de latitud boreal , no pueden citarse, 
repito . mas que de 65 á 70 puntos distribuidos irregular- 
mente, sobre los cuales la longitud del péndulo simple 
ha ja sido determinada con igual precisión que la posición 
de los lugares en latitud, longitud y altura sobre el nivel 
del mar (30). 

Se ha comprobado por las esperiencias del péndulo en 
la parte de un arco del meridiano medido por los astróno- 
mos franceses, así como por las observaciones del capitán 
Kater en la triangulación de la Gran Bretaña, que los 
resultados no pueden representarse aisladamente por una 
variación del peso en relación con el cuadrado del seno 
de la latitud. También el gobierno inglés se decidió, 
ante la opinión del vicepresidente de la Sociedad Real, 



— 25 — 

Gilbert, á organizar una espedicion científica cu va direc- 
ción fué confiada á mi amigo Sabine, que Labia acompa- 
ñado , en calidad de astrónomo , al capitán Parr v en su 
viaje de descubrimiento al polo Norte. En 1822 j 1H23. esta 
espedicion habia llevado á Sabine á lo largo de las costas 
occidentales de África . desde Sierra-Leona hasta la isla de 
Santo Tomás^ próxima al ecuador ; de allí subió por la isla 
de la Ascensión hacia las costas de la América del Sud, 
desde Bahía hasta la embocadura del Orinoco, después 
hacia las Indias occidentales y la Nueva Bretaña ; pene- 
trando, finalmente, en las regiones polares árticas, hasta 
Spitzberg y en una parte de la Groenlandia oriental cu- 
bierta de montañas de hielo, y que ningún navegante 
habia visitado todavía (lat. 74° 32'). Esta brillante empre- 
sa, realizada tan gloriosamente, tuvo la ventaja de ser diri- 
gida hacia un objeto único, j de abarcar puntos distan- 
tes entre sí 93 grados de latitud. 

El campo esplotado por los astrónomos franceses se ha- 
llaba mas apartado á la vez de la zona equinoccial j de la 
zona ártica; en cambio, los lugares de observación, dispues- 
tos en línea recta, podian compararse directamente con el 
arco parcial determinado por las operaciones astronómicas v 
geodésicas. Biot continuó, en 1826, la serie de las espe- 
riencias sobre el péndulo^, desde Formentera , á los 38" 39' 
56", en donde anteriormente habia hecho observaciones con 
Arao-o y Chaix, hasta la isla de Unst, la mas setentrional 
de las islas Schetland, renovando sus esperiencias en major 
escala, de acuerdo con Mathieu, bajo los paralelos de Bor- 
deaux, de Figeac y de Pádua, hasta Fiume (31). Los resul- 
tados que obtuvo, combinados con los de Sabine, dan, para 
todo el cuarto de círculo del hemisferio setentrional , un 
aplanamiento de V200 5 P^i'o, si se divide el hemisferio en 
dos zonas se encuentra desde el ecuador hasta los 45" V-27(5 5 
y desde los 45° hasta el polo ^300 (*^~)' La mavor parte de 



las esperiencias han demostrado, en ambos hemisferios, la 
inñuencia de las masas compactas de basalto, de grunstein, 
de diorita j de m-elaíiro, por oposición con las rocas es- 
pecíficamente mas ligeras de las formaciones terciarias y 
de los terrenos estratificados; ha podido apreciarse en 
particular el aumento del peso en las islas volcáni- 
cas (33). Hanse observado también, sin embargo, g-ran 
número de anomalías que no se esplicarian por lo que 
podemos conocer de la constitución g-eológica del suelo. 

Para el hemisferio meridional, contamos con una serie 
de observaciones escelentes , aunque poco numerosas v es- 
parcidas por vastos espacios , cu jos autores son Fre vcinet, 
Duperrej_, Fallows, Lutke, Brisbane j Rumker. Esas ob- 
servaciones confirman lo que es tan sorprendente en el he- 
misferio del I^orte, que la intensidad de la pesantez varía 
bajo la misma latitud, y también rjue el aumento de la pe- 
santez, del ecuador al polo, no parece seguir las mismas le- 
jes bajo meridianos diferentes. Las esperiencias de Lacaille 
en el cabo de Buena-Esperanza , j las de Malaspina en el 
viaje de circunnaveg-acion que hicieronlos españoles, hablan 
estendido la opinión de que el hemisferio del Sud está nota- 
blemente menos aplanado que el hemisferio del Norte ; pero^ 
como he dicho en otra parte (34), la comparación de las 
islas Maluinas j de la Nueva- Holanda con New- York, 
Dunkerque j Barcelona, dieron resultados mas exactos, que 
han demostrado lo contrario. 

De todo lo que precede resulta que el péndulo, especie 
de sonda arrojada á las capas invisibles de la Tierra, es 
sin embargo, para la figura de nuestro planeta, manan- 
tial de informaciones menos seguras que las medidas de 
grado j los movimientos de la Luna. Las capas concéntri- 
cas V elípticas de la Tierra, homogéneas, si se las considera 
aisladamente . pero que reciben de la superficie al centro, 
un aumento de densidad en cierta relación con las dis- 



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tandas, y difieren en alg-unas partes por su naturaleza, 
su disposición y la sucesión de las densidades, pueden 
nroducir irregularidades locales en la intensidad del peso. 
Si las condiciones que lian dado lug-ar á esas irregula- 
ridades son mucho mas recientes que la solidificación 
de la corteza esterior, nada impide representarse la figura 
de la superficie terrestre como libre de las modificaciones 
locales que hubiera debido causar el movimiento interior 
de las masas en fusión. Las diferencias de los resultados en 
las medidas del péndulo son por otra parte demasiado sensi- 
ble para que sea permitido hoj aun atribuirlas á errores de 
observación. En los lugares donde, agrupando y combinan- 
do diferentemente las estaciones, se ha podido llegar á resul- 
tados concordantes, ó cuando menos á comprobar una mar- 
cha regular, los péndulos dan siempre un aplanamiento 
comprendido próximamente entre V-ít;; J V-290 > ^^^^ con- 
siderable por consiguiente que el que se deduce de las 
medidas de grado. 

Si nos atenemos al resultado que dan las medidas 
de grado, el mas generalmente adoptado hoj, según los úl- 
timos cálculos de Bessel, ó sea V-299'i:j2í ^^ preciso admitir 
que el hinchamiento de la Tierra llega, bajo el Ecuador, á 
una altura de 10,9.18 toesas (3272077 ' — 32611:39 ' ), ó 
en millas geográficas 2 ''/.^, y con mas exactitud 2,(S73 (35). 
Como desde hace mucho tiempo se ha tenido la costum- 
bre de comparar ese hinchamiento con macizos de mon- 
tañas cujas dimensiones son conocidas^ elegiré por punto 
de comparación , la mas alta de entre todas las cimas del 
Himalaja medidas hasta el dia, el Kintschindjinga , de 
4,40() ^ de altura^ según el coronel Waugh, y la parte de 
la meseta del Tibet, más próxima á los lagos sagrados de 
Rakas-Tal y de Manassarovar^ que, según los cálculos del 
teniente Strachej tiene 2,400 ^ por altura media. Por 
consiguiente, el hinchamiento convexo de la Tierra, bajo la 



zona ecuatorial , uo es de hecho triple del levantamiento de 
la montaña mas alta sobre el nivel del mar. Es próxima- 
mente quíntuplo del de la meseta oriental del Tibet. 

Debemos observar aquí que los diferentes valores del 
aplanamiento, suministrados por las solas medidas de 
g-rado y por la combinación de esas medidas con las espe- 
riencias del péndulo, no dan^ para el hinchamiento equi- 
noccial, resultados tan diversos como podrian hacer creer 
las fracciones á primera vista (36). La diferencia entre Vaio 
V ^/28o: límites estremos del aplanamiento, no produce 
apenas entre el eje major j menor de la Tierra sino una 
diferencia de 6,600 pies, que no es el doble del Brockon 
ó del A'esubio, sino la décima parte próximamente del va- 
lor que da para el hinchamiento terrestre el aplanamiento 
representado por ^299- 

Tan pronto como ciertas medidas de grado exactísim.as, 
ejecutadas bajo latitudes muj diferentes, dieron á conocer 
que la Tierra no puede tener, en el interior, una densidad 
uniforme , puesto que está comprobado que el valor del 
aplanamiento es muj inferior á la fracción adoptada por 
Newton (^230)? J muj superior á aquella en que se fijó 
Hujgens (VoTs)^ ^^ ^^ ^^^^ ^® V^^ ^^^^ ^^ atracción se 
hallaba reunida en el centro de la Tierra . la relación en- 
tre el valor del aplanamiento j la lej de la densidad en 
el interior del globo llegó á ser uno de los objetos impor- 
tantes del cálculo analítico. Las especulaciones teóricas re- 
ferentes al peso hicieron que desde luego se tuviera 
en cuenta la atracción ejercida por los grandes macizos de 
montañas, que se levantan como escollos sobre el lecho 
desecado del mar atmosférico. Desde el año 17:28, Newton, 
en su libro titulado Treatlse qf the System qf the World in 
u 2)opnlar wai/ , trataba de averiguar cuanto haria desviar 
el péndulo de la dirección vertical una montaña de 2,500 
pies de altura y un diámetro de 5,000. Este problema 



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fue probablemente el que suscitó las esperiencias poco con- 
clujentes Je Bouguer en el Chimborazo (37) , las de Mas- 
keljne y de Hutton en el monte Schehallien en el Perth- 
shire, cerca de Blair Athol ; el que dio la idea de comparar 
las long'itudes del péndulo obtenidas por Carlini en el hos- 
picio del monte Genis, sobre una meseta de (>, 000' pies, con 
las observaciones hechas por Biot j Mathieu á nivel del 
mar, cerca de Bordeaux; el que ha dado oríg-en por último 
á las bellas esperiencias á que se entregaron Reich j Bailj, 
con el ingenioso instrumento de la balanza de torsión, in- 
ventada en su origen por Mitchell , j que Wollaston tras- 
mitió á Cavendish (38). He hablado ja detalladamente, en 
la descripción general de la Naturaleza (39), de los tres mé- 
todos que pueden servir para determinar la densidad de 
nuestro planeta : la desviación de la plomada, las oscilacio- 
nes del péndulo j la balanza de torsión. Solo me resta citar 
aquí las esperiencias á que se consagró de nuevo Reich, 
en 1847 j 1850^ con su infatigable celo, j que ha dejado 
consignadas en una obra reciente (40). Pueden resumirse 
como sigue los resultados obtenidos basta el dia : 

Pío ¡na (la. 
Monto Schehallien. — Término medio entre el máximum (4,8(57), 

y el mínimum (í,.")íj9) observados por Playfair í,7l;i 

Priululo. 

Monte-CVniís. —Observaciones de Carlini con las correcciones de 

(Jiiilío í,!)cO 

lialüHza de íorsion. 

Observaciones de Cavendish , calculadas por líaüy 5,448 

de Reich, 18:}8 o,440 

deBaily, l84i :iM() 

• le Reich, 1SÍ7-IS5(J '. 5,577 

El término medio de los dos últimos resultados da para 
la densidad de la Tierra 5,6"2, tomando por unidad la del 
agua. Esta densidad es muj superior á la de los basal- 



ios mas finos v compactos, qne, según las numerosas es- 
periencias de Leonliard . está comprendida entre 2,95 
V 3,67 5 escede también á la de las piedras de imán, que 
varía entre 4,9 j 5,2; es algo inferior á la del arsénico 
nativo de Marienberg v de JoacKimstlial (41). Hemos vis- 
to en otra parte (42) que , según la vasta estension de las 
capas estratificadas , de las formaciones terciarias v de los 
terrenos de aluvión que forman boj la parte continental de 
la superficie terrestre, j entre las cuales se destacan como 
islas en medio délos mares, los peque-ños intervalos ocupa- 
dos por los levantamientos plutonianos j volcánicos, las ro- 
cas que componen la parte superior de la corteza terrestre 
alcanzan apenas una densidad de 2,4 á 2,6. No obstante, 
si se admite con Rigaud que el elemento sólido está con el 
elemento líquido en la relación de 10 á 27, j si se tiene 
en cuenta la profundidad de las aguas, que, segnn las es- 
perie.ncias de la sonda, pasa de 26,000 pies, resulta que 
la densidad de las capas de nuestro planeta colocadas in- 
mediatamente después de la superficie sólida j de la su- 
perficie oceánica, es apenas de 1.5. Un célebre geómetra, 
riana , observa cuan infundadamente atribu ve el autor de 
la Mecánica celeste á las capas superiores de la Tierra la 
densidad del g-ranito , exagerando además un poco esta 
densidad, que representa por 3. sin que por esto adopte 
para la densidad del centro de la Tierra mas de 10,047 (43). 
Esta densidad es, según Plana, de 16,27, el cual no 
evalúa sin embargo la de las capas superiores mas que 
en 1,83, alejándose poco del resultado qué da, para la 
densidad media de la corteza terrestre. 1,5 ó 1,6. El pén- 
dulo vertical, como el péndulo borizontal, llamado tam- 
bién balanza de torsión, merece el nombre de instru- 
mento geognóstico; pero la geología de los espacios sub- 
terráneos é inaccesibles de nuestro planeta, asi como tam- 
bién la astronomía de los cuerpos celestes opacos, debe tra- 



— 31 — 

tarse con estremada circunspección. Me propong-o además, 
en la parte de esta obra consagrada á los volcanes, abor- 
dar cuestiones presentadas antes que por mí por otros, acer- 
ca de las corrientes que se mueven á través de la fluidez 
general del interior de la Tierra; sobre la verosimilitud 
ó inverosimilitud del flujo j del reflujo que pueden produ- 
cirse en cuencas aisladas é incompletamente ocupadas, so- 
bre la existencia de espacios vacíos bajo las cadenas de 
montañas (44j. En un libro que tiene por objeto represen- 
tar el conjunto de la Naturaleza, no debe permitirse la 
omisión de ning-una de las consideraciones á que pueden 
llevarnos las observaciones positivas v aun las analog'ías 
próximas á la verdad. 



— 32 



CALOR IMERNO DL LA TIERHA V UISTKIBUÍ.ION DE ESTE CALOR. 

(D^mifíillo del cuinlra gcnrral de la yaturaleza. — Véase El Cofiíitoa , t. I, 
[>. lo.'í-lGO y notas :{7-'íO). 



Las consideracioues soLre el calor subterráneo; cuja 
importancia ha crecido tanto desde que generalmente se ha 
reconocido el lazo que le une á los fenómenos de levanta- 
miento y de erupción , fúndanse en parte en las medidas 
directas , j por consiguiente incontestables, de la tempera- 
tura en las fuentes, los pozos horadados j las minas, j en 
los cálculos analíticos á que pueden dar lugar el enfria- 
miento progresivo de la Tierra y la consecuencia que de él 
ha debido resultar primitivamente para la velocidad de la 
rotación j la dirección de las corrientes subterráneas de 
calórico (45). A su vez, la depresión polar depende del de- 
crecimiento de la densidad eu las capas concéntricas y he- 
terogéneas que se han superpuesto unas á otras. La prime- 
ra parte de estas investigaciones, la parte esperimental, la 
mas segura por consiguiente j á la cual debemos limitar- 
nos aquí, no puede difundir la luz sino en un espesor in- 
significante de la corteza terrestre^, y la segunda , la parte 
matemática, en razón de su naturaleza misma, proporciona 
resultados mas bien negativos que positivos. Ella es laque 
ofreciendo al espíritu la asociación atractiva de ideas inge- 
niosas, ha sentado problemas que no pueden pasarse eu 
silencio, cuando se buscan las conjeturas á que han dado 
materia el origen de las fuerzas volcánicas y la reacción 



— 33 — 

(le las masas en estado de ebullición sobre la corteza del 
globo (46). El mito geognóstico del Piriñegeton , con 
que trataba Platón de esplicar el origen de las fuentes 
termales j las erupciones de los volcanes, nació de la nece- 
sidad , sentida desde luego j de un modo tan general , de 
asignar una causa común á un vasto conjunto de fenóme- 
nos misteriosos (47). 

En medio de las múltiples combinaciones que crean, en 
la superficie de la Tierra, los efectos de la insolación j la 
irradiación del calórico , entre esa variedad de rocas que, 
difiriendo entre sí de composición j de densidad , conducen 
muj desigualmente el calor, lia j motivo para sorprenderse 
deque las mas de las veces, siempre que bajan sido be- 
cbas las observaciones con cuidado j en favorables circuns- 
tancias , el crecimiento de la temperatura en razón de la 
profundidad dé, en localidades muj diferentes, resulta- 
dos tan concordantes. Los pozos artesianos muj profun- 
dos son los que mas se prestan á las observaciones, es- 
pecialmente cuando estáu llenos de aguas turbias, algo 
espesas por la arcilla, menos propias, por lo tanto, para for- 
mar corrientes subterráneas, j cuando en ellos no se infil- 
tran muchas aguas estrañas, penetrando á diversas alturas 
por las grietas laterales. Empezaremos, pues, atendiendo 
á su profundidad, por los dos pozos artesianos, estimados 
como los mas dignos de observación : los pozos de Gren^lle 
j de Neu-Salzwerk , en los baños salados de (Ejnhausen, 
cerca de Minden, pudiendo garantizar la exactitud de las 
informaciones que siguen : 

Según Walferdin (48), autor de todo un sistema de 
aparatos rauj ingeniosos para medir la temperatura en 
las profundidades de las fuentes j en las del mar, el sue- 
lo del pozo de Grenelle está á 3{)'" :24 sobre el nivel del 
mar, elevándose el agua á 33"^ 33 sobre el suelo. La suma 
de esas dos alturas, 69"' T)?, es inferior en ()0 metrOv=í próxi- 

TvíJIO !V. * 7, 



- 34 — 

mámente á la superficie inferior de la capa de asperón 
verde que forma la colina de Lusignj, al Sud-este de 
París, j cujas filtraciones suministran probablemente las 
aguas del pozo de Grenelle. La abertura de sonda se halla 
abierta á una profundidad de 547™ bajo el suelo, ó 510'" 7G 
bajo el nivel del mar. La ascensión total de las aguas es_, 
pues, de 580" 33 , j la temperatura déla fuente de 27*^ 75 
del termómetro centígrado (22" 2 Reaumur): de donde re- 
sulta que la temperatura se eleva 1 grado del termómetro 
centígrado por cada 32''^ 3. 

El orificio del pozo de Neu-Salzwerk, cerca de Rehme^ 
estáá 217 pies sobre el nivel del mar/ vsu profundidad ab- 
soluta, á partir del punto en que se La empezado á cavar el 
suelo, tiene 2.144 pies. Las aguas salinas, que brotan 
cargadas de gran cantidad de ácido carbónico , se bailan 
por consiguiente á 1.926 pies bajo el nivel del Océano; 
la raajor profundidad relativa quizá á que ban llegado los 
hombres en el interior de la Tierra. La fuente de Neu~ 
Salzwerk, conocida con el nombre de baño de (Ejnhausen, 
tiene una temperatura de 32" 8 (26° 3 Reaumur), y como 
el término medio de la temperatura anual es^ en este sitio, 
algo major que 9", 6 (7" 7 Reaumur), puede deducirse que 
la temperatura aumenta 1 grado centígrado por cada 30 
metros. Comparado con el pozo de Grenelle, el de Neu- 
Salzwerk está, absolutamente hablando^ 4í)l pies mas pro- 
fundo ; penetra 354 pies mas hondo bajo el nivel del mar, 
j la temperatura de sus aguas es S**,! mas elevada (49). 
Un aumento de calor de 1 grado centígrado exige, en 
París, 7'^ P* mas de profundidad: la progresión es por 
consiguiente ^/j-^ mas lenta. He hecho notar en otra par- 
te (50) que La Rive j Marcet comprobaron un resultado 
idéntico en el pozo artesiano de Bregnj, cerca de Ginebra, 
cuj^a profundidad es solo de 22 P^ , por mas que esté á 
mas de 1,500 pies sobre el mar Mediterráneo. 



o o 



Si, á esos tres pozos^ cu vas profundidades son i'especti- 
vamente 547,()80 j 221 metros, se agreg-a un tercero,- el 
de Monk Wearmouth, cerca de Newcastle_, cujas aguas 
llenau el fondo de una hullera, y en donde ios trabajos, se- 
gún los cálculos de Philiphs, se han seguido hasta una pro- 
fundidad de 456"^ bajo el nivel del mar, hállase el notable 
resultado de que , en cuatro localidades tan distantes unas 
de otras, la profundidad correspondiente á 1 grado centí- 
grado no varía mas que de 91 á 99 pies (51). Sin embargo, 
según los medios que se emplean para medir el calor sub- 
terráneo á profundidades determinadas, no podemos lison- 
jearnos de hallar siempre la misma conformidad. Si se ad- 
mite, además, que las aguas pluviales, que se filtran sobre 
las alturas y se equilibran como en sifones, pueden, en ra- 
zón de la presión hidrostática que ejercen, señalarla ascen- 
sión de las fuentes á ma jores profundidades , j que las aguas 
subterráneas adquieren la temperatura de las capas con que 
están en contacto, sigúese de aquí que, en ciertos casos, las 
aguas de los pozos, en comunicación con las aberturas ver- 
ticales, deben recibir nuevo aumento de calor de profun- 
didades desconocidas. Esta influencia, que es preciso no 
confundir con la conductibilidad, variable según las rocas, 
puede hacerse sentir en puntos muj apartados de los po- 
zos. Es probable que las aguas subterráneas tan pronto se 
muevan en espacios reducidos, como arrojos que corren por 
medio de barrancos, lo que es causa de queen muchos en- 
sajos de pozos artesianos, aun mu j aproximados, solo al- 
gunos lleguen á lograrse, j como llenen cuencas estensas 
cavadas horizontalmente , circunstancia que favorece el 
trabajo. Las anguilas, las conchas j los restos vegetales 
que se encuentran, muv rara vez por lo demás, mez- 
clados á esas a^ruas, son indicio de una comunicación entre 
la superficie del globo j las regiones subterráneas. Si, por 
las razones precedentes, las fuentes ascendentes pueden al- 



— 36 — 

gima Tez ser mas calientes de lo que haría presumir la poca 
profundidad de los pozos, en cambio, aguas mas frías, in- 
troduciéndose por las hendiduras trasversales , logran en 
ocasiones hacer descender su temperatura. 

Háse observado ja que los puntos situados en una 
misma línea vertical, á muj pequeña distancia bajo la su- 
perficie de la Tierra , sienten , en épocas mu j diferentes, el 
máximun j el mínimun que la posición del Sol j el cambio- 
de estaciones producen en la temperatura atmosférica. Se- 
gún las observaciones siempre exactas de (^uételet (52) ^ 
las variaciones diurnas no son sensibles ja á una profundi- 
dad de 3 pies j '^/-. En Bruselas, termómetros colocados, 
á 24 pies bajo el suelo señalaron la temperatura mas ele- 
vada el 10 de Diciembre, j la mas baja el 15 de Junio. 
Cuando los jDrecíosos esperímentos á que se dedicó Forbes 
en las cercanías de Edimburgo, sobre la conductibilidad de 
diferentes rocas, el máximum de calor se produjo el S de 
Enero en las combinaciones basálticas de Calton-Hil, á 23 
pies de profundidad (53). Según las esperiencias hechas 
por Arago durante muchos años en el jardín del Observa- 
torio de París, en uno de ellos no tuvieron lugar sino mu j 
pequeñas diferencias de tem})eratura á 28 pies bajo el suelo. 
A 26 pies ^/.,, Bravaís halló^, cerca de Bossekop^, en el Fín- 
marck, á los 69"5(S', que la temperatura variaba aun un 
grado. A medida que se desciende, la diferencia entre las 
mas altas j las mas bajas temperaturas desaparece poco á 
poco. Según Fourier, cuando la profundidad crece en pro- 
porción aritmética, las diferencias entre las temperaturas, 
forman una proporción geométrica decreciente. 

La profundidad de la capa de temperatura invariable 
depende á la vez de la altura polar, de la conductibilidad 
délas rocas j de la diferencia termométrica entre la estación 
mas cálida j la mas fría. Bajo la latitud de París (48^50') 
es de tradición tomar la profundidad de las cuevas del Ob- 



scrvaíorio (86 pies) y su temperatura (ir'5S34) como pro- 
fundidad V temperatura de la capa invariable. Desde el 
año 1783, en que Cassini j Le Gentil colocaron en esos 
subterráneos, que formaban parte en otro tiempo de ciertas 
canteras, un termómetro de gran precisión, el mercurio 
subió O", 22 ,54), Esta elevación, ¿debe atribuirse á un ac- 
cidente ocurrido en la escala termométrica que Arago habia 
rectificado en 1817, con su exactitud acostumbrada, ó pro- 
viene en realidad de un aumento de temperatura? cosa es 
esta que no se sabe todavía positivamente. La temperatura 
media del aire en París es de 10", 822. Bravais piensa que 
el termómetro de las cuevas del Observatorio está ja colo- 
cado bajo la capa de temperatura invariable, aunque (>as- 
sini haya creido encontrar una diferencia de O", 02 entre 
la temperatura del verano j la del invierno : cierto es que 
la temperatura mas elevada correspondia al invierno (55). 
Si se toma el término medio entre gran número de obser- 
vaciones sobre el calor del suelo, recojidas entre los parale- 
los de Zuricb (47%22) y de Upsala (5Í)%51) , se nota el 
aumento de un grado para una profundidad de (M ^/^ pies. 
La profundidad correspondiente á un grado de temperatu- 
ra no varía, entre esos paralelos, mas que de doce á quince 
pies, j ni aun esta variación se produce regularmente de 
Norte a Sud, porque la influencia de la latitud, imposible 
de nefí-ar, se combina, entre límites mu v reducidos, con la 
influencia déla conductibilidad del suelo v las inexactitu- 
des de las observaciones. 

Según la teoría de la distribución del calor, la capa en 
que cesan de ser sensibles durante todo el año las dife- 
rencias de temperatura , está tanto menos distante de la su- 
perficie del suelo cuanto menor es el intervalo entre el má- 
ximum j el mínimum de la temperatura anual. Esta con- 
sideración ha llevado á mi amigo Boussingault al método 
ingenioso y fácil de determinar la temperatura media de 



38 



las regiones tropicales con un termómetro hundido en tier- 
ra, á una profundidad de 8 á 12 pulgadas, en un sitio abri- 
gado. De esta manera lia medido particularmente la tempe- 
ratura de las regiones comprendidas entre lO'^ de latitud 
boreal y 10*^ de latitud austral. A lioras muj diferentes, j 
aun en meses distintos, como lo prueban las esperiencias 
del coronel Hall, cerca del litoral de Choco, en Tumaco, las 
de Salaza en Quito, las de Boussingault en la Vega de Zu- 
pia, en Marmato j en Anserma Nuevo, en el valle de Cau- 
ca, la temperatura no ha variado en dos décimos de grado^ 
Y apenas si se ha encontrado mas diferencia entre esta tem- 
peratura V la temperatura media atmosférica, en los lugares 
en que la temperatura atmosférica ha sido determinada por 
observaciones horarias. Es particularmente notable, que esta 
identidad, comprobada por sondas termométricas, si pue- 
den llamarse así esperiencias hechas á menos de un pie de 
profundidad, ha ja subsistido siempre, lomismoen lasorillas 
ardientes del mar del Sud , en Guajaquil j en Pajta, como 
en un pueblecillo indio, situado en la vertiente del volcan 
de Puraz, á 2643'", 2 sobre el nivel del mar, según mis me- 
didas barométricas. Entre las temperaturas medias de esos 
lugares, colocados á alturas tan desiguales, no habia menos 
de 14^^ de diferencia (56). 

Creo de justicia, conceder particular atención á dos ob- 
servaciones que he hecho en las montañas del Perú j de Mé- 
jico, en minas mas altas que el vértice del pico de Teneri- 
fe, mas altas que todos los lugares á donde hasta entonces 
se habia llevado un termómetro. A mas de 12,000 pies so- 
bre el nivel del mar, he encontrado el aire subterráneo 14 
grados mas caliente que el aire esterior. La pequeña ciudad 
peruana de Micuipampa está situada^ según mis cálculos 
astronómicos é hipsométricos, á 6° 43' de latitud boreal, en 
una altura de 1,857 toesas, al pie del Cerro de Gualgajoc, 
célebre por sus minas de plata j el vértice de esta montaña 



— :39 — 

pintoresca, que se levanta aisladamente como un fuerte cas- 
tillo, está 240 toesas mas elevado que el suelo de la ciu- 
dad (57). A distancia de la entrada de las galerías de la 
Mina del Purgatorio, la temperatura del aire esterior era 
de 5"^, 7, pero en el interior de los trabajos, á una altura 
de 2 057 toesas (123421^) sobre el nivel del mar, el termó- 
metro señaló siempre de una manera uniforme 19^,8 : dife- 
rencia M'^j,!. La roca calcárea estaba perfectamente seca 
y allí presentes un pequeño número de mineros. En la Mina 
de Guadalupe, situada á la misma altura, la temperatura 
del aire interior era de 14",4, lo que reduce la diferencia 
á 8", 7. Las aguas que sallan de galerías muj húmedas es- 
taban á 11", 3. Es probable que la temperatura media anual 
de Micuipampa no esceda de 7^,5. En una de las hermosas 
minas de plata de Guanaxuato, en Méjico, llamada la Mina 
de Valenciana (58) , mientras que jo hallaba para la tem- 
peratura del aire esterior, cerca del nuevo pozo de tiro , si- 
tuado á 7,122 pies sobre el mar_, 2P,2, eltermómetro seña- 
laba 27^ en el fondo de los pozos, en las llanuras de San Ber- 
nardo, á 1,530 pies debajo de la abertura del Tiro Nuevo. 
Temperatura que es próximamente la media de las orillas 
del golfo de Méjico. A 138 pies sobre la altura del suelo de 
las llanuras de San Bernardo, se vé brotar de la roca tras- 
versal un manantial á la temperatura de 29", 3. La latitud 
austral de la ciudad de Guanaxuato, que he determinado 
JO mismo , es de 21", O' ; la temperatura media cae próxi- 
mamente entre 15", 8 y 16^,2. Estarla fuera de propósito 
aventurar aquí hipótesis acerca de las causas, puramente lo- 
cales quizás, que elevan la temperatura subterránea^ á altu- 
ras de 6,000 á 12,000 pies. 

El suelo de hielo que se encuentra en las regiones mas 
setentrionales del Asia forma notable contraste con ese fe- 
nómeno. Aun cuando Gmelin j Palias hablaran de él ha 
mucho tiempo, habíase puesto en duda hasta su existencia; 



— 40 ~ 

las hábiles investigaciones recientemente hechas por Er- 
man, Baer j Middendorff, han permitido formar idea exac- 
ta de la estension y de la profundidad de esas capas subter- 
ráneas de hielo. Seg-un las descripciones de la Groenlandia 
por Cranz, del Spitzberg por Martens y Phipps, de las cos- 
tas del mar de Caria por Sujew, j generalizando impruden- 
temente sus resultados, representóse toda la parte seten- 
trional de la Siberia desprovista de vegetación , constante- 
mente helada en la superficie^ j cubierta hasta en la llanu- 
ra, de perpetua nieve. No es, como se ha supuesto, el gra- 
do (H de latitud el que señala en el Norte del Asia, el lí- 
mite estremo de la vegetación de los grandes árboles, aun- 
que los vientos del mar j la proximidad del golfo del Obi 
la impidan crecer cerca de Obdorsk. El valle de Lena pro- 
duce grandes árboles hasta el paralelo 71. En las islas de- 
siertas de la nueva Siberia. numerosos rebaños de renos j 
otros animales hallan donde nutrirse suficientemente (50). 
Los dos viajes de Middendorff á la Siberia^ que revelan su 
espíritu de observación , su atrevimiento j su perseveran- 
cia, se dirigieron, de 1843 á 184(), hacia el Norte, en el país 
de Tajmir, hasta los 75*^,45' de latitud: al Sud-Este, hasta 
la corriente superior del Amor j el mar de Okhotsk. La 
primera de esas peligrosas espediciones habia llevado al sa- 
bio viajero á una región completamente inesplorada hasta 
entonces, v que ofrecía gran interés por estar á igual dis- 
tancia de las costas orientales j occidentales del antiguo 
continente. En el programa dispuesto por la Academia de 
Ciencias de San Petersburgo, la medida exacta de la tem- 
peratura del suelo v del espesor de las capas subterráneas 
de hielo ocupaba el primer lugar, con la distribución de 
los orofanismos, considerada sobre todo como consecuen- 
cia de las condiciones climatológicas. Las esperiencias se 
institujeron en agujeros de sonda j pozos de 20 á 57 pies 
de profundidad, en mas de doce puntos distintos, particu- 



— i] — 

larmente en Turucbansk, en el Jenisei j en Lena, á distan- 
cias relativas de 400 ó 500 millas geográficas. 

De estas observaciones, las mas importantes fueron he- 
chas en el pozo de Schergin, situado en lakutsk, á f)2%2'de 
latitud (()0). Había sido preciso romper, para sondearlo, 
una capa subterránea de hielo de 358 pies de espesor. El 
trabajo se terminó en 1S37. Dispusiéronse termómetros á lo 
Jargo de las paredes, en once puntos colocados unos debajo 
de otros, desde la boca hasta el fondo del pozo. 

La serie de las observaciones, cu vos errores no están 
evaluados por término medio mas que en 0*^.25, abarca el 
intervalo que media desde el mes de Abril de 1844 al mos 
de Junio de 1840. Si se consideran los resultados parcia- 
les, la disminución del frió no es proporcional á la profun- 
didad, pero, en suma, la temperatura se eleva mas v mas, 
como puede verse por el cuadro siguiente: 



rROlTMVDAD. 


TEMPEr.ATURA. 


50 pies JiiQ-lescs. 


, 


&m Reamur 


100 


— 


;jri 2 2 


130 


. — 


406Í 


200 


• — 


:io8S 


2:ío 


— 


H^3í 


;í82 


— 


2040 



Después de una discusión mu v profunda de todas las 
observaciones, Middendorff adopta por término medio, como 
correspondiente á una elevación termométrica de 1 gra- 
do centígrado, una profundidad de 100 á 117 pies ingle- 
ses, ((U). Este resultado acredita, en el pozo de Schergin, 
un aumento de temperatura mas rápido que el dado, en la 
Europa central^ por muchos pozos artesianos perfectamente 
correspondientes entre sí (02). La diferencia está compren- 
dida entre ^/^ y ^/^. Háse comprobado que la temperatura 



media anual de íakutsk es de — i0%15 del termómetro 
centígrado ( — 8% 13 Eeaiimur). Según las observaciones 
llevadas á cabo durante quince años, de 1829 á 1844, por 
Newerow, la temperatura del verano y del invierno con- 
trastan de tal manera que algunas veces, en el mes de Ju- 
lio j de Agosto, la temperatura del aire se eleva en quince 
dias consecutivos nasta 25*^ j aun hasta 29*^^3 del termó- 
metro centígrado (20', v23'^,4 Reamur), mientras que, en 
invierno, durante los cuatro meses de Noviembre, Diciem- 
bre, Enero j Febrero, el termómetro varía de 4P,2á 55'\9 
centígrado (33" j 44% 8 Eeamur) bajo cero. Puede deter- 
minarse, guiándose por el crecimiento de la temperatura 
comprobado en la operación del aforamiento, á qué profun- 
didad se encuentra la capa de hielo mas próxima á O'' , en 
otros términos; cuál es el límite inferior del hielo subterrá- 
neo. Según los cálculos de Middendorff, completamente en 
armonía con los que Erman habia hecho con mucha ante- 
rioridad, es preciso ir á buscar este límite á una profundi- 
dad de 612 á 642 pies. Por otra parte, la elevación de tem- 
• peratura observada en los pozos de Mangan, de Schilow y 
de Dawidow , colocados en medio de las colinas que costean 
la orilla izquierda de Lena, á una milla todo lo mas de 
íakutsk, autorizaría á creer que la capa normal de O" se en - 
cuentra á 300 pies del suelo , y aun quizás á menor pro- 
fundidad (63). Cierto es que esos pozos no han alcanzado 
todavía una profundidad de 60 pies. ¿Debe deducirse de 
aquí que esta desigualdad de nivel es solo aparente, porque 
una determinación numérica, calculada á profundidad de 
tan poca importancia, no presenta garantía alguna, y que, 
por otra parte, el crecimiento de la temperatura no está 
sometido siempre á la misma lej? Según esto seria posi- 
ble dudar de que si, por la estremidad del pozo de Scher- 
gin, se hiciese pasar un plano horizontal en una estension 
de muchos cientos de toesas, este plano cortase en todas 



— 43 — 

direcciones las capas subterráneas de hielo, y que esas capas 
estuvieran todas igualmente á la temperatura de *2'',5 bajo 
cero. 

Schrenk ba examinado el hielo subterráneo en el pais 
de los Samojedas, á los ^Vfi de latitud. En Pustojenskov 
Gorodok, el aforamiento del pozo se precipitó por medio del 
fuego. En verano, base encontrado la capa de hielo á 5 
pies de profundidad, j habíasela seguido hasta ()3 pies 
cuando se destrujó repentinamente el trabajo. A poca dis-. 
tancia de allí, en las costas de- Ustje, pudo correrse en 
narria por el verano de 1813 (64). Durante mi viaje á la 
Siberiü; con Ebrenberg j Rose, hicimos cavar el suelo en 
el Ural^ cerca de Bogoslowsk (lat. 59^ ^1')? ®^ ^^ camino 
que conduce á los pozos de Turjin (65). El suelo era hor- 
naguero; á 5 pies de profundidad halláronse ja tímpanos 
de hielo mezclados como brechas á la tierra helada ; des- 
pués empezaba una capa compacta de hielo cu jo término 
no habia podido hallarse aun á 10 pies. 

Según Middendorff , que ha generalizado de una ma- 
nera muj ingeniosa los resultados de la observación, para 
determinar la estension geográfica del suelo de hielo , es 
decir, la circunscripción en que se encuentra, á una cierta 
profundidad, hielo j tierra helada, desde las regiones mas 
setentrionales de la Escandinavia hasta las costas orien- 
tales del Asia, deben tenerse en cuenta las influencias lo- 
cales todavía mas que la temperatura del aire. Puede de- 
cirse de un modo general que la influencia atmosférica es 
la mas sensible de todas; sin embargo, como observa 
Kupffer, las curvaturas convexas ó cóncavas de las líneas 
isogeo-térmicas no son paralelas á las líneas isotérmicas 
que señalan las temperaturas medias de la atmósfera. Los 
vapores del aire que se precipitan en el suelo j penetran 
en el interior, la ascensión de las fuentes de aguas calien- 
tes, la major ó menor conductibilidad del suelo, son cir- 



— 44 — 

cuiistaucias particularmente determinantes (OB). Léese en 
el libro de Middendorff : «En la estremidad mas setentric- 
nal del continente europeo, en el Finmark, á los 70 v 7P^ 
de latitud, no haj aun suelo de hielo continuo; pero liácia 
el Este, entrando en el valle del Obi. se encuentra un ver- 
dadero suelo de hielo en Ohdorsk y en Beresow, 5 grados 
al Sud del cabo Norte. Hacia el Este v Sud-Este, el suelo 
es menos frió, á escepcion de Tobolsk sobre el Irtisch, en 
donde la temperatura del suelo es mas fria que en Wi- 
timsk, un grado mas aproximado al Norte. El suelo de 
Turuchansk sobre el Jenisei, á los 65° 54'. no está helado, 
pero toca en el límite de las capas de hielo. En Amginsk, 
al Sud-p]ste de lakutsk , el suelo es tan frió como en Oh- 
dorsk. situado 5° mas lejos hacia el polo. Lo mismo su- 
cede en Oleminsk sobre el Jenisei. Desde el Obi al Jenisei, 
la curva que señala el límite del suelo de hielo parece su- 
bir '2" hacia el Norte, para inclinarse de nuevo hacia el Me- 
diodía, y atravesar el valle de Lena, 8" mas meridional que 
el Jenisei. Mas lejos aun hacia el Este^, la línea vuelve á 
tomar la dirección del Norte (67).» Kupffer, que ha visi- 
tado los pozos de Nertschinsk , da á entender que , inde- 
pendientemente de la masa de hielo que forma por decirlo 
así un continente hacia el Norte, debe presentarse el mis- 
mo fenómeno, bajo la forma de islas, en regiones mas me- 
ridionales. En general, esta línea isogeo-térmica es inde- 
pendiente de las que marcan el límite de los grandes ár- 
boles V de la veg-etacion. 

'Es un punto importante para la física del globo, haber 
llegado gradualmente á abarcar,, bajo una ojeada general 
y cosmológica , todas las relaciones de temperatura que 
puede presentar la corteza terrestre, en la parte setentrio- 
nal del antiguo continente, y haber reconocido que, bajo 
meridianos diferentes, el límite del suelo de hielo pasa por 
latitudes muy diversas, lo mismo que la línea de igual 



— 45 — 

temperatura anual, j la del crecimiento de los árlioles, lo 
cual debe mantener en el interior de la Tierra perpetuas 
corrientes de calórico. En la parte Nor-Oeste de la Amé- 
rica , en el mes de Agosto, Franklin encontró el suelo he- 
lado á una profundidad de 16 pulgadas. En un punto de 
las costas mas próximo al Este, á 71" 12' de latitud, Ri- 
cliardson vio, en el mes de Julio, la capa de hielo fundida 
hasta tres pies debajo de un suelo cubierto de vegetación. 
¡Puedan pronto iluminarnos sabios viajeros acerca del con- 
junto de las relaciones que presenta el calor subterráneo 
en ambos hemisferios ! Las miras generales , abarcando el 
encadenamiento de los fenómenos, son la senda mas segura 
para descubrir las causas de esas anomalías misteriosas 
llamadas con sobrada precipitación infracciones de las le- 
ves de la Naturaleza. 



ACTIVIDAD MAGNÉTICA DEL CUERPO TERRESTRE CONSIDERADA EN 
SU TRIPLE MODO DE ACCIÓN! LA INTENSIDAD, LA INCLINACIÓN Y 
LA DECLINACIÓN. — PUNTOS EN LOS CUALES LA INCLINACIÓN ES 
IGUAL Á 90° (polos magnéticos). — CURVA DE LOS PUNTOS 
DONDE NO SE OBSERVA INCLINACIÓN ALGUNA. — (ECUADOR MAG- 
NÉTICO). — CUATRO PUNTOS DE LA MAYOR INTENSIDAD, AUNQUE 
DE INTENSIDAD DESIGUAL. — CURVA DE LA MENOR INTENSIDAD. — 
PERTURBACIONES ESTRAORDINARIAS DE LA DECLINACIÓN (TEM- 
PESTADES MAGNÉTICA?); LUZ POLAR. 



■ Dr.surniIIo (hi CiifiiIi'iJ ;/t'¡ic)'í/f dr ¡ii i\(i/ura/c:'i.— \caic Cosmos, t. I,|i. ^líiO-lSÍ y 
r,í)-i-407, iioUls il-TO; t. II, )). r.2-2-rr2T y IT-'i-iTO , notas (JD-TÍ. 



No puede conocerse la coustitucion magnética de nues- 
tro planeta sino de una manera indirecta, por las manifesta- 
ciones de la fuerza terrestre , j á condición de que revelen 
relaciones apreciables en el espacio ó en el tiempo. La 
fuerza magnética de la Tierra se señala por efectos ince- 
santemente varialjles ; bajo este punto de vista no pue- 
den compararse á ella, ni la temperatura, ni las acumu- 
laciones de vapores, ni la tensión eléctrica de las capas 
inferiores de la atmósfera. Esta perpetua instabilidad en 
los estados .magnéticos v eléctricos de la materia . tan ín- 
íimamente unidos entre sí , distiní^-ue muv esencialmente 
los fenómenos del electro- magnetismo de los que produce 
á distancias siempre iguales, la fuerza elemental de la 
materia, á saber, la atracción de las masas j la atracción 



4> 



molecular. Aliora bien, la investigación del elemento re- 
gular en los fenómenos variables es el primer objeto á que 
debe atenderse al estudiar las fuerzas de la Naturaleza. Si 
los trabajos de Coulomb j de Arago lian probado que la ac- 
tividad electro-magnética puede desarrollarse en las sus- 
tancias mas diversas. Faradaj ha demostrado , con su bri- 
llante descubrimiento del diamagnetismo . la influencia, 
cum^pletamente estraña á la gravitación, de la heterogenei- 
dad de las sustancias^ en las diferencias de los dos ejes que 
se dirigen de Norte á Sud, v de Este á Oeste. Bajo la acción 
de un imán, el oxío-eno encerrado en un tubo de delg-ado 
cristal se mueve paramagnéticamente, como el hierro, es 
decir, de Norte á Sud. El ázoe, el hidrógeno j el ácido car- 
bónico permanecen inmóviles. El fósforo toma la dirección 
diamagnética, es decir, paralela al ecuador, lo mismo que 
el cobre y la madera. 

En la antigüedad griega ó romana, se conocia la ad- 
hesión del hierro al imán ; la atracción j la repulsión ; la 
propagación de la fuerza atractiva á través de los vasos de 
bronce j de los eslabones de las cadenas , siempre que uno 
de los anillos esté en contacto con el imán (68); j por 
último, la falta de afinidad para el imán de la madera, v 
de los demás metales distintos al hierro. Respecto de la 
propiedad directriz que el imán puede trasmitir á los cuer- 
pos movibles, sensibles á su influencia, nada se sabia en 
los pueblos occidentales, Fenicios v Etruscos, asi como 
tampoco entre los Griegos y Romanos. Hasta los siglos xi 
j xir, no vemos estendido entre las naciones del Occi- 
dente el conocimiento de la virtud que ha contribuido 
de una manera tan poderosa á los progresos de la na- 
vegación, y que después, en razón á los servicios materia- 
les que podia prestar, ha interesado constantemente al es- 
píritu en el estudio de una fuerza natural esparcida sobre 
toda la Tierra , y sin embargo, tan poco observada hasta 



— 4S — 

entonces. Al enumerar las fases principales que merecen 
indicarse en la historia de la Contemplación del Mundo, 
hemos tenido ja ocasión de dar á conocer algunos detalles 
que reunimos aquí en una sola ojeada (69). 

Entre los Chinos, la propiedad inherente al imán de 
señalar el Norte y el Mediodía se halla aplicada, por medio 
de una ag-uja imantada nadando sohre el agua , en un 
tiempo que precede quizás á la invasión dórica j á la 
vuelta de los Heráclidas al Peloponeso. Pero es digno de 
observarse que^ en las naciones orientales del Asia, la aguja 
imantada se usó en los viajes por tierra antes de utilizarla 
en la navegación. En la parte anterior de los carros magné- 
ticos, una aguja, nadando libremente sobre el agua, hacia 
mover el brazo de una pequeña figura que señalaba el 
Sud. Uno de esos aparatos llamados Fse-nan (indicadores 
del Sud) fué dado como presente 1100 años antes de nues- 
tra era, bajo la dinastía de los Tscheu , á embajadores del 
Tunkin y de la Cochinchina que tenian que atravesar es- 
tensas llanuras para regresar á su pais. Los carros magné- 
ticos se usaban todavía en el siglo xv después de Jesu- 
cristo (^70). Conservábanse muchos en el palacio del empe- 
rador , que servian para orientar las caras del edificio, 
cuando se construian claustros budistas. La frecuente apli- 
cación de la aguja imantada trajo poco á poco á los mas 
ilustrados de entre los Chinos, á consideraciones físicas so- 
bre la naturaleza de los fenómenos magnéticos. El autor 
chino de un Elogio del imán, Kuofo, que vivia en la época 
de Constantino, compara la fuerza atractiva del imán con la 
del ámbar frotado. «Parece_, dice, que una ráfaga de viento 
atraviesa misteriosamente esas dos sustancias, y se comu- 
nica con la rapidez de la Hecha.» Esa ráfaga simbólica re- 
cuerda el alma no menos simbólica que el fundador de la 
escuela jónica, Tales, atribuia á las dos sustancias atrac- 
tivas (71). P]s evidente que. por alma, es preciso entender 



— 49 — 

aquí el principio interior de la actividad y del movimiento. 
Como, en razón de la escesiva movilidad de sus agujas 
nadantes ó brújulas acuáticas, los Chinos podian difícil- 
mente medir sus indicaciones, á principios del siglo xii 
después de Jesucristo, fueron reemplazadas por agujas que 
se movian libremente en el aire, aunque suspendidas de un 
hilo de algodón ó de seda muj tirante, según el procedi- 
miento llamado hoj suspensión á lo Coulomb, j que usó pri- 
mero que nadie Gilbert en la Europa occidental. Los Chinos 
empezaron en la misma época á determinar con este mismo 
aparato perfeccionado, la declinación occidental que, en 
esta parte del Asia, parece esperimentar solo variaciones 
lentas j casi insensibles (72). Pero mucho tiempo antes la 
brújula, que únicamente habia servido al principio para los 
viajes de tierra, se aprovechó para la navegación. Bajo la 
misma dinastía de los Tsin , en el siglo iv de nuestra era, 
juncos chinos guiados por la brújula visitaron los puertos 
de la India j las costas orientales del África. Ya doscientos 
años antes, bajo el reinado de Marco-Aurelio Antonino; 
llamado An-Tun por los historiadores chinos de la dinas- 
tía de los Han, diputados romanos habían llegado por agua 
al reino de Tunkin, j de allí á China. Pero no era esta rela- 
ción pasajera la que podia hacer que entrase la brújula en la 
práctica de la navegación europea ; debíase esperar á que 
el uso se hiciera general en todo el Océano Indico, en las 
costas de la Persia j de la Arabia , j esto no sucedió has- 
ta el siglo XII. Rigorosamente no se sabe si la importación 
de la brújula proviene de la inñuencia directa de los Ara- 
bes ó de los cruzados que_, desde el año 1096, comercia- 
ron con el Egipto j el Oriente propiamente dicho. En las 
investigaciones cronológicas de este género, apenas si se 
puede pretender determinar con certeza el límite estremo 
á partir del cual se han realizado los hechos. La sátira po- 
lítica de Gujot de Provins (1199) cita la brújula como ins- 



— 50 — 

trumento conocido de muj antiguo en el mundo cristiano. 
También se habla de ella en la descripción de la Palestina 
del obispo de Tolemaida, Santiago de Vitry, que debió 
terminarse en 1204 j 1215. Dirigidos por la brújula fué 
como los catalanes navegaron bácia las islas del norte de la 
Escocia , los vascos iban á pescar la ballena en las costas 
occidentales del África tropical , j los Normandos visitaron 
las Azores, y las islas Bracir de Picigano. Las Leyes de ¡as 
Partidas del sáhio Rey don Alonso el nono, que datan de la 
primera mitad del siglo xiii. celebran la aguja como el in- 
termediario fiel entre la piedra íman j la estrella polar. Gil- 
bert, en su notable obra de Maynete PJiysiologia nova, reco- 
noce que la brújula es una invención china, pero añade 
imprudentemente que fué importada á Italia por Marco 
Polo, «qui apud Chinas artem pjxidis didicit.» Ahora bien, 
Marco Polo no empezó hasta 1271 los viajes que terminó 
en 1295^ v los testimonios de Gujot de Provins j de San- 
tiago de Vitrj prueban que se navegó con la brújula en 
los mares de Europa 60 ó 70 años antes de su partida. Los 
nombres de Zohron j de Aphron que Beauvais (1224) da 
á las dos estremidades de la aguja imantada, en su Esjtejo 
de la Naturaleza, suponen la intervención de pilotos árabes 
que debieron importar á Europa la brújula china. Todavía 
volvemos á encontrar aquí á esos pueblos laboriosos j sa- 
bios de la península arábiga, cuja lengua está con fre- 
cuencia muj desfigurada en nuestros mapas del Cielo. 

Según lo que acabo de recordar, no puede haber duda 
alguna de que la aplicación de la aguja imantada á la na- 
vegación europea proceda de la cuenca del mar Mediter- 
ráneo, en un tiempo que no es posterior ai siglo xii, y aun 
de que los primeros ensajos son anteriores á esta fecha. Los 
pueblos que tuvieron la ma jor parte en esta novedad , fue- 
ron los pilotos moriscos, los Genoveses, los Venecianos^ los 
Mallorquines j los Catalanes. En 1346, los Catalanes, con- 



— 51 — 

ducidos por su célebre naveg-ante, don Jaime Ferrer, habían 
llegado, en la costa occidental del África, hasta la emboca- 
dura del Rio de Ouro^ á 23'' 40' de latitud boreal, j según 
el testimonio de Kaimundo Lulio. en su libro titulado Fé- 
nix de las Mar aulles del Orle (1286), los habitantes de 
Barcelona se servian ja mucho antes de Jaime Ferrer de 
mapas marinos, astrolabios v brújulas. 

El conocimiento de la declinación magnética que los 
navegantes indios, malajos j árabes, habian adquirido si- 
multáneamente de la China j que se llamó en un princi- 
pio simplemente variación^ sin especificar nada, se esten- 
dió también naturalmente por la cuenca del mar Mediter- 
ráneo. Este elemento tan indispensable para la corrección 
de los cálculos náuticos estaba entonces determinado me- 
nos por la, salida j postura del Sol que por la estrella po- 
lar, j siempre de una manera muj incierta. Indicábase va 
sin embargo en los mapas marinos, j particularmente en 
el mapa tan estraordinario de x\ndrea Bianco, que fué tra- 
zado el año 1436. Colon que, en un principio, no tenia 
como Sebastian Cabot, conocimiento de la declinación mag- 
nética, prestó no obstante á la ciencia el 13 de Setiembre 
de 1492, el servicio de determinar una línea sin declina- 
ción magnética situada dos grados j medio al Este de la 
isla Corvo, una de las Azores. Al penetrar en la parte oc- 
cidental del Océano Atlántico, se apercibió de que la varia- 
cmi pasaba insensiblemente del Ñor- Este al Nor-Oeste. Esta 
observación le inspiró la idea que tanto ha preocupado des- 
pués á los navegantes, de encontrar la longitud por medio 
de las curbas de 'variaciones, que suponía también paralelas 
al meridiano. En su Diario de bordo se ve que en su segun- 
do viaje, en 1496, dudando del sitio donde se encontraba, 
trató efectivamente de orientarse por las observaciones de 
declinación. El método indicado por Colon era, á no dudar- 
lo, el secreto infalible que Sebastian Cabot, en su lecho de 



— 5-2 — 

muerte, se vanagloriaba de poseer por revelación divina. 

A la línea sin declinación se referían, en la aventu- 
rera imaginación de Colon, otras miras algo quiméricas so- 
bre los cambios de clima, sobre la forma anormal de la 
Tierra j los movimientos irregulares de los cuerpos celes- 
tes. Esto fué lo que le determinó á cambiar una línea física 
de demarcación en una línea política. La raja sobre la 
cual se vuelven las agujas de marear hacia la estrella polar 
llegó á ser así el límite de las posesiones portuguesas y es- 
pañolas; pero era necesario fijar de una manera precisa, por 
los métodos astronómicos, la longitud geográfica de esta lí- 
nea de demarcación, j seguirla en ambos hemisferios;, sobre 
toda la superficie terrestre. Así, un abuso de la autoridad 
papal tuvo para el desarrollo de la navegación j el perfec- 
cionamiento de los instrumentos magnéticos, las conse- 
cuencias mas imprevistas y felices (73). Felipe Guillen de 
Sevilla (1525), y probablem.ente antes de él el cosmógrafo 
Alonso de Santa Cruz, que habia dado lecciones de matemá- 
ticas al joven emperador Carlos V, construyeron nuevas brú- 
julas de variación, con las cuales se podian medir las alturas 
del Sol. Alonso de Santa Cruz dibujó, en 1530, por lo tanto 
siglo y medio antes que Hallej, el primer mapa general de 
las xariaciones. trazado verdaderamente con materiales mu v 
incompletos. Puede juzgarse de la curiosidad que escitó el 
magnetismo terrestre en el siglo xvi , después de la muerte 
de Colon, y las discusiones á que dio lugar la línea de de- 
marcación papal, por el viaje de Juan Jaime, que, en 15S5, 
fué de las Filipinas á Acapulco con Francisco Gali, con el 
único objeto de probar, durante una larga travesía por el 
mar del Sud, un nuevo instrumento de declinación inven- 
tado por él. 

Con la tendencia á la observación se manifestó el gusto 
por las especulaciones teóricas, que siempre la acompañan 
jaun la^preceden con frecuencia. Entre los Indios y entre 



~ r)3 — 

]os Araljes, gran número de tradiciones marítimas lia- 
l>]an de islas cubiertas de rocas funestas para los navegan- 
tes, porque su poder magnético atraía hacia ellas el hierro 
que servia para unir la armadura del navio , ó liacian que 
éste permaneciera inmóvil. Bajo la influencia de esas fanta- 
sías, se pensó en un principio en representar el punto en 
donde dehian reunirse todas las líneas de declinación mag- 
nética, por la imagen material de una montana de imán, 
próxima al polo terrestre. En el mapa del nuevo Continente 
que acompaña á la edición de la geografía de Tolomeo pu- 
l)licada en Roma, en 1508, el polo Norte magnético está 
figurado por una isla montañosa, situada al Norte de la 
Groenlandia (Gruentlant), que á su vez se halla indicada 
como una. dependencia del Asia oriental. El polo Norte 
magnético se acerca insensiblemente al Mediodía, en el 
Brere Comjiendio de la Esfera de Martin Cortés (1545) j 
en la Geografía de Tolomeo de Livio Sanuto (1588). Este 
punto, al cual se designaba con el nombre de ^/ Calarjiitico. 
merecia una gran atención de los que pretendían llegar á 
él. Habia la convicción de que no se podiaver el polo magné- 
tico sin presenciar ahv.n miraculoso stiq^endo effetto , j fué 
preciso mucho tiempo para triunfar de esta superstición. 
Hasta cerca de fines del siglo xvi, la atención se habia 
fijado esclusivamente en el fenómeno de la declinación, que 
es en efecto de la major importancia para los cálculos de bor- 
do y la determinación del lugar marítimo. En vez de una 
línea única sin declinación; descubierta por Colon en 1492, 
el sabio jesuíta Acosta que, en 1589, habia recibido leccio- 
nes de pilotos portugueses, creia poder trazar, en su es- 
celente Historia natural de las Indias, cuatro líneas sin de- 
clinación, que debian dividir toda la superficie de la Tierra. 
Como los cálculos de bordo exigen, además de la indicación 
precisa de la dirección, es decir, además de la medida del 
ángulo tomada con la brújula rectificada, la longitad del 



— 54 — 

camino recorrido, la introducción de la corredera, por im- 
perfectas que sean aun hojlas indicaciones de este aparato,, 
marca sin embargo una época importante en la historia de 
la navegación. Creo haber probado en otra parte (74), en 
oposición á la opinión dominante , que la primera señal 
cierta de la aplicación de la corredera (la cadena de la 
popa ' está en el Diario de Viaje que i'igaffeta escribió durante 
la travesía de Magallanes, en el mes de Junio de 1521. Ni 
Colon, ni Juan de Cosa, ni Sebastian Cabot, ni Vasco de 
Gama, tuvieron conocimiento de la corredera: evaluaban á 
simple vista la velocidad del navio, j median la longitud 
del camino recorrido por medio de ampolletas. Por último, 
después de no haber contado durante mucho tiempo mas 
que con la declinación, es decir, con la distancia angular 
de la aguja horizontal al polo Norte geográfico, se decidió 
la medida de otro elemento de la fuerza magnética, la in- 
clinación. Normann determinó, en Londres, esta propie- 
dad de la aguja imantada, por medio de un incHuatorium 
inventado por el mismo, j con bastante precisión. Era pre- 
ciso esperar aun dos siglos para que se tratara de medir 
el tercer elemento del magnetismo terrestre, a saber, la in- 
tensidad misma de esta fuerza. 

Un hombre admirado por Galileo, j cu jos servicios 
desconoció Bacon completamente, Gilbert, había trazado, á 
fines del siglo xvi el primer bosquejo grandioso del magne- 
tismo terrestre (75). Antes que nadie distinguió claramen- 
te por sus efectos el magnetismo j la electricidad, aunque 
consideró á ambos como emanaciones de una fuerza única 
inherente á la materia, como materia. Pequeñas analogías 
bastaron para hacer nacer en él felices presentimientos, pro- 
pios del genio. Guiado por esta convicción clara del mag- 
netismo terrestre (de magno magnete tellure), reconoció 
desde luego que la formación de los polos en las barras de 
hierro verticales que forman los montantes de las cruces 



o o 



sobre las viejas medias naranjas de las iglesias, es un efecto 
de la fuerza terrestre. Fué el primero que enseñó en Euro- 
pa á comunicar la virtud magnética al hierro por el frote 
de un imán, cosa que sabian hacer los Chinos verdadera- 
mente liacia ja cerca de cinco siglos (76). Desde aquel mo- 
mento también Gilbert dio la preferencia al acero sobre el 
hierro dulce, como pudiendo asimilarse de una manera mas 
duradera las propiedades magnéticas . 

Durante el siglo xvir, la navegación que, entre los Ho- 
landeses_, los Ingleses, los Españoles j los Franceses, habia 
tomado ja una inmensa estension , debida al perfecciona- 
miento de la brújula y k la determinación mas exacta de 
las longitudes, recibió todavía un nuevo desarrollo, por 
el conocimiento de las líneas de declinación, que el jesuíta 
Acosta, según acaba de verse , habia tratado de com- 
binar en sistema (77). Hacia el año 1616, Schouten se- 
ñaló, en medio del mar del Sud, al Este de las islas Mar- 
quesas, puntos sobre los cuales la variación es nula. En esta 
región también está colocado hoj el notable sistema isogó- 
nico, cerrado sobre sí mismo, en el que cada grupo de cur- 
vas concéntricas presenta una declinación menor que el 
grupo que le envuelve (78). El deseo de determinar las 
longitudes, no solo por la declinación, si que también 
por la inclinación magnética, en un cielo cubierto y falto 
de estrellas, resultado tan importante que no tenia precio, 
decia Wright (79), trajo la construcción de gran número 
de aparatos magnéticos^ j escitó una viva emulación entre 
los observadores. El jesuíta Cabeus de Ferrara, Ridlej, 
Lieutaud (1668) j Bond (1 676), se distinguieron en este 
camino. La discusión que se empeñó entre Bond y Beck- 
borrow no dejó quizás de influir, como las cuatro líneas sin 
declinación, en la teoría de Halle j, concebida desde el 
año 1683, según la cual existen cuatro polos ó puntos de 



convergencias magnéticas, 



— 56 — 

Halle j señala una época importante en la historia del 
magnetismo terrestre. Admitia para cada hemisferio dos 
polos , uno mas fuerte j mas déhil el otro , en total cuatro 
puntos donde la inclinación de la aguja imantada iguala á 
90°, lo mismo que hoj, sobre cada hemisferio, se comprue- 
ba, entre los cuatro puntos de la major intensidad magné- 
tica, una diferencia en el máximum de intensidad, es de- 
cir, en el número de las oscilaciones de la aguja colocada 
paralelamente á la dirección del meridiano magnético. El 
mas considerable de los cuatro polos de Hallej se suponia 
situado á los 70° de latitud austral, 120° al Este de Green 
Avich, casi bajo el meridiano que atraviesa el King-Georges 
sound. en la parte de la Nueva-Holanda llamada tierra 
de Nujts (80). Los tres viajes marítimos que hizo Hallej 
en 1698. 1699 j 1702, son posteriores á la primera con- 
cepción de una teoría que descansaba entonces únicamente 
en un viaje anterior á Santa Elena v en observaciones de 
declinaciones incompletas, debidas á Baffin, á Hudson v á 
Schouten. Estas son las primeras espediciones dirigidas ha- 
cia un gran objeto científico, á saber, el estudio de uno de 
los elementos de la fuerza terrestre necesaria para la seguri- 
dad de la navegación, que han sido emprendidas bajo los aus- 
picios j con la iniciativa de un gobierno. Halle v adelan- 
tó hasta 52" mas allá del Ecuador, j pudo antes que nadie 
construir el primer mapa de las rariaciones abarcando es- 
pacios considerables. Este mapa asegura á la ciencia teórica 
del siglo XIX un punto de comparación instructivo, que, 
aunque algo aproximado á nosotros , permite ya probar el 
movimiento progresivo de las curvas de declinación. 

La idea de Hallej de ligar gráficamente por líneas los 
puntos de igual declinación, j de presentar así con clari- 
dad, j en una sola ojeada el conjunto de los resultados 
adquiridos, fue mu j feliz (81). Nuestras líneas isotermas ó 
de igual temperatura (temperaturas medias del año, del 



o/ 



verano y del invierno], que desde luego fueron favorable- 
mente acogidas por los físicos, han sido trazadas por un pro- 
cedimiento análogo al de las curvas isogó nicas do Halle j. 
Su objeto es . sobre todo desde el desarrollo j perfecciona- 
miento que recibieron con los trabajos de Dove, hacer re- 
saltar la distribución del calor en la superficie de la Tierra, 
y el lazo de dependencia que con esta distribución relaciona 
la configuración del elemento líquido j del elemento sólido, 
en otros términos, con la situación respectiva de los mares j 
de las masas continentales. Los viajes puramente científicos 
de Halle y se destacan tanto mas de los que se emprendieron 
mas adelante á espensas de los gobiernos, cuanto que no 
fueron como la major parte de los otros, viajes de descubri- 
mientos geográficos. Además de los hechos relativos al mag- 
netismo terrestre, la permanencia de Halle j en Santa Ele- 
na, en 1677 j 167<S, produjo un catálogo importante de 
constelaciones meridionales, j aun puede decirse que el 
primer catálogo general que se conoce, desde que á ejem- 
plo de Morin j de Gascoigne se combinaron los anteojos con 
los instrumentos de medida (82). 

En el siglo XVII se tenia un conocimiento mas profun- 
do de las líneas de declinación, j hubo de intentarse por 
primera vez la determinación teórica de los puntos de con- 
vergencia ó polos magnéticos; al siglo XVIII estaba reserva- 
do el descubrimiento de las variaciones horarias de la de- 
clinación. Graham, en Londres, tuvo la gloria incontestable 
de ser el primero en observar esas variaciones horarias con 
precisión j continuadamente (17,22). En Upsala, Celsius 
j Cinerter dieron nuevos datos, en la correspondencia que 
sostuvieron con Graham (83); pero los que penetraron ver- 
daderamente en la esencia del magnetismo terrestre fueron 
Brugmans, j Coulomb (1784-1788), dotado de mas sentido 
matemático que Brugmans. Sus ingeniosas esperiencias 
comprendieron la atracción de toda especie de sustancia, la 



— Ó8 — 

distriljucion de la fuerza magnética en una barra imantada 
de determinada forma, j la lev de su acción á distancia. 
Con el fin de obtener resultados mas exactos, se utilizaron 
ja oscilaciones de una aguja horizontal, suspendida de un 
hilo, ja la desviación por la balanza de torsión. 

La idea de estudiar las diferencias de intensidad mag- 
nética en los diversos puntos de la superficie terrestre, j de 
medirlos por medio de las oscilaciones de una aguja coloca- 
da verticalmente en el meridiano magnético, se debe ente- 
ramente á la penetración de Borda. Obtuvo este resultado, 
no por sus esperiencias personales, sino por el razonamien- 
to y por sus instancias perseverantes cerca de los viajeros 
que se preparaban á lejanas espediciones. Sus hipótesis lar- 
go tiempo maduradas se vieron confirmadas desde luego por 
las observaciones queLamanon, el compaüerode La Perouse, 
hizo desde 1785 á 1787, j que quedaron ignoradas j ma- 
nuscritas mucho tiempo, aunque el secretario de la x\cade- 
mia de Ciencias, Condorcet, conociera los resultados desde 
el verano de 1787. La importante lej de la intensidad, va- 
riable con la latitud magnética, fue reconocida por vez pri- 
mera en la desgraciada espedicion de La Perouse^, cuvos 
preparativos hacian esperar tan prósperos resultados (84), 
aunque de una manera incompleta, j quizás me sea permi- 
tido afirmar que verdaderamente no ha recibido una exis- 
tencia científica, hasta el dia en que se publicaron las 
observaciones que he podido hacer , desde 1798 á 1804, 
en la Francia meridional, en España, en las islas Canarias, 
en la América tropical, en el Océano Atlántico y en el mar 
del Sud. En cuanto á la inclinación, los sabios viajes de Le 
(ientil, Feuillée y Lacaille, el primer ensajo de un mapa 
de la inclinación por Wilke (1768), los memorables viajes de 
circunnavegación de Bougainville, Cook j Vancouver, han 
esclarecido mucho este elemento tan importante de una 
teoría del magnetismo tan olvidado no obstante hasta en- 



— 59 — 

tonces: sin embargo todos los instrumentos no tenian la 
misma precisión, las observaciones no eran simultáneas y 
habían sido recogidas en las costas j en el mar mas bien que 
en el interior de los continentes. Por último, á fines del si- 
glo xviii, las observaciones de declinación hechas por Cassi- 
ni, Gilpin j Beaufoj, en estaciones magnéticas j con ins- 
trumentos mas perfectos (1784-1790), demostraron de una 
manera mas rigorosa la influencia periódica de las horas j 
de las estaciones. Desde esta época se dio nuevo impulso 
á las investigaciones magnéticas. 

Esta emulación ha tomado en la primera mitad del si- 
glo XIX, un carácter singular. No solo ha sido casi simul- 
táneo el progreso en todas las ramas de la teoría del magne- 
tismo terrestre, la intensidad, la inclinación j la declina- 
ción, sino que se ha revelado también por nuevos descubri- 
mientos sobre la producción del magnetismo j sobre la 
manera de medir su distribución, j por el primero j bri- 
llante ensajo, debido á Gauss^ de una teoría del magne- 
tismo terrestre rigorosamente fundada en el razonamiento 
matemático. Los medios usados para llegar á estos resul- 
tados son: el perfeccionamiento de los instrumentos y de 
los métodos; las espediciones marítimas emprendidas con 
objetos científicos, las cuales esceden á cuanto se conociíi 
hasta aquí, por el número j grandeza, j en las que todo 
ha concurrido, el cuidado de los preparativos, la generosa 
solicitud de los gobiernos, la elección de los jefes, v de los 
observadores encargados de acompañarlos; algunos viajes 
terrestres por los que se ha penetrado profundamente en el 
interior de las regiones continentales, por último el estable- 
cimiento de gran número de estaciones fijas^ estendidas en 
parte por ambos hemisferios, bajo latitudes correspondientes 
j á veces casi antípodas una de otra. Esos observatorios mag- 
néticos j meteorológicos á la vez forman como una red en la 
superficie déla Tierra. Merced á una combinación inteli- 



— ()0 ~ 

íTcnte de las observaciones publicadas á espensas del Estado 
en Rusia j en Inglaterra, se lian obtenido resultados im- 
portantes é inesperados. Un punto que deberia ser el prin- 
cipio j no el fin de toda investigación, á saber, el de que 
tal ó cual fuerza de la naturaleza obra con arreglo á una lej, 
lia sido ja establecido suficientemente en muchas fases dis- 
tintas del magnetismo terrestre. Loque basta aquí ha podi- 
do descubrirse de las relaciones del magnetismo con la elec- 
tricidad en movimiento, el calor radiante y la luz, lo que se 
sabe de los fenómenos tardíamente observados del diamag- 
netismo v de la propiedad específica que posee el oxígeno 
atmosférico de adquirir la polaridad, nos ofrece la animada 
perspectiva de poder mirar un dia mas de cerca la natura- 
leza misma de la fuerza magnética. 

Con el fin de justificar el elogio que he hecho en gene- 
ral de los trabajos magnéticos pertenecientes á la primera 
parte del siglo xix, doj aquí un cuadro sumario, tal como 
lo permiten la forma y asunto del Cosmos^ de los principales 
esfuerzos encaminados á este objeto. Como los trabajos han 
nacido unos de otros, los colocaré va seg-un el orden crono- 
lógico, va por grupos (85). 

ISOo-lSOO. — Viaje do Kruseusterii (KrusemlenVíi Rei^^e irm die Well, 
1812. traducido al fiancés por Eyries, 1821). Véanse t. ]II, p. 217, las 
partes aslronúmica y raag-nética, que son obra de Hornor, y no rstáu 
comprendidas en la edición francesa. 

1804.— ínveslig-acion de la ley que rcg-ula la inlonsidad creciente de la 
fuerza terrestre á partir del ecuador mag-nélico, hacia el Norte y hacia el 
Sud, scgiiii observaciones hechas desde 1799 á I80Í. Véase Iluiiiboldt, 
Viaje á las regione.^ equinocciales del nuevo Continente, t. III, p, ()l'j-623; 
Diario de Física de Delamétherie, t. LíX, 180Í, p. Í33. Aeonipaña á este 
trabajo el primer ensayo de un cuadro de la intensidad mag-nética ; véa- 
se también el Cosmos, t. I, p. 309. nota 59. Observaciones mas recientes 
han probado que el míniuium de intensidad corresponde al ecuador 
)nag-netico, pero que. en ambos hemisferios, la intensidad no va cre- 
ciendo hasta los polos mag-néticos. 

IS0.j-I80{l. — (¡ay-Lussac y liumbojilt: Observaciones d»' intensidad eri 



— 61 — 

el mediodía de Francia, lmi Italia, en Suiza y en Alemania. Véanse las 
Memorias de la Sociedad de Arcueií, t. I, p. 1-22 : las observacienes hechas 
pur Qiietclet en 1830 y iS3"J, así como el mapa de la intensidad magné- 
tica iiorizontal entre París y Capoles, que publÍLÓ en las Memorias de la 
Academia de Bruselas, t. XíV; las observaciones de Forbes en Alemania, 
Flandes é Italia (1832 y 1S37), en las Transüctions of ihe royal Society of 
Edinburgli, t. XV, p. 27; las observaciones estremadamente exactas de 
Hudberg-, en Francia, en Alemania y en Suecia (1832); por último, las 
i.Itservaciones recogidas en 1837 y 18i0 por el Dr. Baclie, director of tlie 
Coast-Surveij of Ihe United States, en veintiuna estaciones diferentes, y que 
tratan á la vez de la inclinación y la intensidad. 

1S0G-1S07. — Larga serie de observaciones sobre las variaciones hora- 
rias de la declinación y vuelta de las tempestades mag'néticas, hechas en 
Berlín por Hamboldt y Oltmanns. Esas observaciones, que se refieren 
preferentemente álos solsticios y los equinoccios, han sido recogidas en 
intervalos de o, (J y algunas veces de í) dias con sus noches correspon- 
dientes, con un anteojo magnético de Prony, que permitía ilistinguir un 
arco de 7 á 8 segundas. 

1812. — Morichini, en lioma^ pretende que agujas de acero no imanta- 
do, S(í imán tan al contacto ile la luz violeta. Acerca de la larga discu- 
sión á que «lierun lu'^ar esta aserción y las ingeniosas esperiencías de 
Mary Somorville, liasla los resultados completamente negativos de Piii^s.s 
y de .Moser, véase Bre^Ysler, Treatise of Magnctism, 1837, p. 48. 

I8I0-I8I8 y 1823-1820. — Dos viajes de circunnavegación emprendidos» 
por Kotzebue: el primero en el Roarik, el segundo, cinco años mas tar- 
de en el Predprijatie. 

1S17-18Í8. — Larga serie de espediciones marítimas cienlílicas, empren_ 
didas bajo los auspicios del gobierno francés y que tuvieren tan felices 
consecuencias para los progresos del magnetismo terrestre : viajes d^', 
Freycinet en la corbeta Uranie, 1817-1820; de Duperrey, en la fragata la 
Coquille, 1822-lS2o: de BougainviUe, en la fragata Tlictis, Í82Í-182G; de 
i)umonld'Urville,eneLl.9Í/'o/a5e, 182(»-1S29; del mismo, viaje al polo Sud, 
en la Zelée, 1837-18Í0; de Blosseville, viaje alas Indias, 1828 (véase 
Herbert, en las Asiat. Researclies, t. XVIII, p. í , y Humboldt, Asia cea 
tral, t. III, p. 468); del mismo, viaje á íslaudia (véase Lottin, Viaje de la 
Investigación, 183(5, p. 37(J-í09): de Du-Petít-Thouars y de Tessan , en la 
Venus, 1837-1839; de Le Vaíllant, en /a iío?i¿7?, 183(5-1837; de la Comisión 
científica del Xorte (Lottin, Bravais, Martins, Síljeslro^m), viaje á Es- 
caudínavia, Laponia, islas Feroes y Spitzberg, en la corbeta la Rechevche, 
183O-18Í0; de Bcrard, al golfo de Méjico y á la América del Xorto, 1838; 
del mismo, al Cabo de Buena Esperanza y á Santa Elena, 18Í2 y 18Í6 
(véase SabiiiiO en las P/íí/o.so])^. Trawd'tions Un- 18íl), 2.^ parte, p. 17.'>); 



— 62 ~ 

de Castelnau , viaje alas reg-iones centrales de la América del Sud, 
1847-I8o0. 

1818-1851. — Serie de atrevidas espedicioues emprendidas en los mares 
polares árticos , bajo los auspicios del gobierno británico, y cuyo ini- 
ciador fue Barrow : observaciones magnéticas y astronómicas de Sabi- 
na, en el viaje de Ross al estrecho de Davy, en la bahia de Baffin y al 
estrecho de Lancastre (1818), y en el viaje de Parry á las islas de 
Melville , por en medio del estrecho de Barrow, en el Hccla y el Gri- 
jier (1819-1820); viaje de Franklin , del Ür. Uichardson y de Back 
(1819-1822); otro viaje de los mismos (1823-1827) ; viaje de Back solo 
(1833-1835); (un liquen, el Gyrophora pustulata, desig-nado por los caza- 
dores del Canadá bajo el nombre de tripa de roca fue, durante muchas 
semanas, casi el único alimento de la tripulación. Puede verse el análi- 
sis químico de esta planta, por Stenhouse, en las Philos. Transad, for 
1849, 2.''^ parte, p. 393); segunda espedicion de Parry con Lyon, en el 
Fury y el Hecla (1821-1823); tercer viaje de Parry con Clark Ross 
(182í-lS2oj; cuarto viaje de Parry, tentativa hecha juntamente con los 
tenientes Foster y Crozier, para penetrar, en el hielo, al Norte del 
Spitzberg-, en la cual se Ueg-ó hasta los 82° 45' de latitud (1827); segun- 
do viaje de Ross, en compañía de su sabio sobrino, Clark Ross. y á es- 
pensas de Booth, una de las espedicioues mas largas y peUg-rosas 
(1829-1833); viaje de Deaser y de Simpson, de la Hud^on's Bay Com- 
pany. Es necesario citar también los viajes emprendidos recientemenle 
en busca de Franklin por los capitanes Omraaney, Austin, Penny, 
Ross y Phillips (1850 y 1851). La espedicion que há avanzado mas hacia 
ol jNorte es la del capitán Penny, el cual penetró en el canal Victoria, 
en donde desemboca el canal VVelhngton, á 77° 6' de latitud. 

1819-1821. — Viaje de Bellinghausen por el Océano glacial an- 
tartico. 

1819. — Aparición de la gran obra de Hansleen, Magnetismus dcr Erde, 
terminada ya desde 1813. Es incontestable que este libro há contribuido 
á realzar los estudios magnéticos y los há dado una dirección mejor. A 
continuación de este bello trabajo, Hansteen ha publicado mapas g-cnt- 
rales de las curvas isodinámicas ó isoclínicas en una parle considerable 
de la superficie terrestre. 

1819.-— Observaciones del almirante Roussin y de Givry en las costas 
del Brasil, entre las embocaduras del Marañon y de la Plata. 

1819-1820. — (Erstcd descubre que un conductor, atravesado por una 
corriente eléctrica que forma un circuito no interrumpido, ejerce , por 
toda la duración de la corriente, sóbrela dirección de la aguja imantada, 
una acción determinada dependiente de la posición relativa de esta aguja. 
Este descubrimiento es, con el de los metales alcalinos y el doble modo 



— 63 — 

do polarización de la luz, uno de los mas brillaules del siglo xix (86), El 
primer desarrollo que recibió fue la observación de Arag-o de que el hilo 
conjuntivo de latón ó de platino, atravesado por una corriente eléctrica, 
atrae la limadura de hierro y la retiene como un imán; y la de que, si se 
colocan agujas en el interior de un hilo galvánico arrollado en h(''lice, 
hay variación en los polos cuando se cambia la dirección de las corricn- 
Ics (véanse los Anales de Química y de Física, i. XV, 1820, p. 93-102. y 
las Obras de Arago. t. lY, p. 409-418). El descubrimiento de estos fenó- 
menos, renovados en circunstancias diferentes, fue seguido délas bellas 
combinaciones de Ampere respecto de los efectos electro-magnéticos 
que producen unas sobre otras las moléculas de los cuerpos ponderables. 
Esas combinaciones teóricas se vieron confirmadas por una serie de apara- 
tos nuevos é ingeniosos, y permitieron reconocer leyes en medio de lo>i 
niuncrosos fenómenos magnéticos que frecuentemente parecían contra- 
dictorios. 

1820-182Í. — Viajes de Wrangel y de Anjou (el Norte de la Siberia, 
Viaje entre las tribus de la Rusia asiática y al Mar Glacial, traducido del 
Huso por el príncipe Galitzin. Paris, 1843). Véanse importantes apari- 
ciones de luz polar, t. II, p. 371. 

1820. — Viaje de Scoresby, Account of the Arctic Rcgions. Véanselas 
cspcricncias sobre la intensidad, t. II, p. 537-5o4. 

1821. — Descubrimiento del termo-magnetismo y de la electricidad tér- 
mica por Seebeck. Este sabio reconoció que el contacto de dos metales 
desigualmente calientes, como, por ejemplo, el bismuto y el cobre, o las 
diferencias de temperatura en las diversas parles de un anillo metálico 
homogéneo, son un manantial de corrientes electro-magnéticas. 

1 822-1823. — Dos importantes espediciones de Sabine, con objeto de 
determinar la intensidad magnética y la longitud del péndulo, bajo di- 
ferentes latitudes. Sabine visitó las costas orientales de África hasta el 
ecuador, el Brasil, la Habana, la Groenlandia hasta 7í° 23 de latitud, la 
iS'oruega y el Spitzberg, á 79'' 50'. Los resultados de esos viajes, inte- 
resantes bajo el punto de vista del magnetismo, están consignados en el 
libro titulado: Account of Experimejits io determine the figure of the Earth, 
1824, p. 4G0-ü09. 

1822-1824. — Viaje de Wcddell por el mar polar antartico hasta los 
74^ i'i) (A Voyarje towards the south Pole performed in the years, 1822-2 i, 
Londres, 1825). 

182Í. — Observaciones magnéticas de Erikson, á lo largo de las orillas 
del mar Báltico. 

1825. — Arago descubre el magnetismo de rotación. Arago tuvo la pri- 
mera revelación de este descubrimiento inesperado, en la pendiente de la 
colina de Grecnwich, notando que la proximidad de sustancias no raag- 



— 64 — 

iKÍticas Iiiieia mas rápidas las oscilaciones de una aguja de inclinación. 
Las sustancias c[ue obran solire las oscilaciones de la ag-uja, en las es- 
periencias de Arag"o, son el agua, el hielo, el cristal, el carbón y el nier- 
oiu'io (87). 

I82.'i-1827. — Uljservaciones niagnélieas de Boussingault, en cUfereníes 
partes de la América meridional, especialmente en .Marmato y en Quito. 
A^'anse los Anales de Quimicu y de Física, t, XXXIV, p. 25!j y Í08. 

1827-182S. — Observaciones acerca de la intensidad, recogidas por 
Keilhau en veinte estaciones, en el Finmark, en Spitzberg' y en la isla 
de los Usos. [Reiss i ost og vest Fhimarken samt til Beeren Eiland oy Spitz- 
hcrrjen); por Keilhau y Boeck, en la Alemania meridional y en Italia. 
Véanse las Asíronom. Nachrichten de Schumacher, n." 14G. 

182G-Í829. — Viaje del almirante Lütke alrededor del mundu. Lo con- 
cerniente al magnetismo, en la narración de este viaje, ha sido publicado 
con gran cuidado por Lenz, en 1834. La parte náutica apareció en 18Ütí. 
El viaje de Li'itke fue traducido del ruso al francés por Boy(''. Pa- 
ris, 18;}5. 

182tí-lS30. — Observaciones del capitán Parker King-, en las partes me- 
ridionales de las costas orientales y occidentales de la América del Sud, 
en el Brasil, en Montevideo, en el estrecho do ^tlagrallanes, en Chiloe y 
•>n Valparaíso, (2.^ edic, IS.jO). 

1S27-1S2!). — Estado del magnetismo terrestre durante doce años (Bruse- 
las), por (Juetelet. Observaciones de g-ran exactitud consignadas en una 
serie de Memorias en i.*^ 

1827. — Investig'acioues acerca de ki intensidad relativa del magne- 
tismo, en París y en Londres, por Sabiue. Hansteen habia hecho en 1825 
y en 1828 una comparación análoga entre París y Cristiania (véase 
Meeting of the hritish Association at LiDerpool , 1837 , p. 19-23). Merced á 
esas comparaciones , las observaciones de intensidad recogidas por los 
viajeros en Francia, en Inglaterra y en los paises del Norte, han sumi- 
nistrado, sobre las oscilaciones de la ag-uja imantada en las tres ciudades 
citadas, las relaciones imméricas siguientes: para París 1,3Í8 ; para 
Londres, 1,372; para Cristiania, 1,423; el primer número lo determine yo, 
el seg'undo Sabine , y elterccro Hansteen. Todos han sido calculados to- 
mando por unidad la intensidad de un punto situado en el Ecuador mag- 
nético, es decir, en la línea sin inclinación que atraviesa las cordilleras del 
Perú , entre Micuipampa y Caxamorca, á 7" 2^ de latitud y 8P 8 de lon- 
gitud occidental. La intensidad de ese punto , que yo misuio he repre- 
sentado por 1,000 , ha servido do común medida para las reducciones en 
todas las tablas de intensidad que se han trazado durante cuarenta años 
(véase Humboldt, Colección de observaciones astronómicas, t. II, p, 382-38o> 
y Viaje á las regiones equinocciales, l. IIT p. 022: Gay-Lus'^ac.. en las Memo- 



— ()5 — 

rim de luSocieiIad de Arcueil , t. I , iSOT, p. 21; Hansli-eii, lU'her den Mag- 
nelismus der Erde, 1819, p. 71 : Sabine, en Repoit of the hrilish Association 
at Liverjiuol, p. í3-o8). Pero liase objetado rcciiíntemente con razoii que 
la linca sin inclinación no liga entre sí los puntos de la menor nitensi- 
dad (S8). Véase Sabine , en las P/i//os. Transactions for 1846, 3/^ parte, 
p. '25Í , y en el Manual ofScicnt. Enquirij for thc nspofthe IhiHshNavy, 18í9^ 
p. 17. 

1828-1829. — Viaje de Hansteen y observaciones de Dne {Magnetüche 
Beobachtungen im Europoeischen Russland und dem wstlicheu Sibirien bis Ir- 
hulsk). 

182S-1S30 — Erinan , viaje alrededor del mundo por elAsiaseten- 
trional y los dos Océanos, en la IVagata rusa Krntkoi. La identidad de 
los instrumentos y de los métodos y la precisión con que han sido de- 
terminados los lugares astronómicos aseg-uran un renombre duradero á 
esta empresa, dirigida por un observador muy esperimenlado y lle- 
vada á cabo a sus espensas. Véase el mapa general de la declinación se- 
gún las observaciones de Erman , en Rpport of the Committee relat. tn 
Ihe, ardic Expediíioíi , 18-40 , lam. Ili. 

1828-1829. — Humboldt prosig-uió, en una casa magnética construida 
espresamente en Berlín , y con una brújula de (iaudjey , las observacio- 
nes acerca de las variacione,'? horarias y las épucas de las grandes per- 
turbaciones mag'ni'ticas, (jue empezara en 1800 y en 1807, durante los 
snlsticios y los •}quinoccios. Medidas correspondientes , tomadas en San 
l'etersburgo, en XicolaeilT y en las minas de Freiberg, d 216 pies bíijo la 
superlicie del suelo. Esas últimas medidas se deben al profesor Reich. Do ve 
y Riess continuaron hasta el mes 'le Noviembre de 1830 las observa- 
ciones acerca de la declinación y la intensidad de la fuerza mag-nética 
horizontal. Véanse los Anales de Poggendorff , t. XV , p. 318-836 
t. XIX, p. 37.">-39l (con 16 tablas); t. XX, p. :)4:)-:J5o. 

1829-1834. — Mag-niñca serie de oiiservaciones sobre la declinación y la 
intensidad, hechas á lo larg-o de las costas Nor-Oeste de la América y en 
las islas Sandwich, hasta el borde del cráter deKiraueah , por el botáni- 
co Doug-las, que murió en Owhyhée , cayendo en un pozo á donde ya 
se habia precipitado un toro salvaje. Véase Sabine, Meetting a Liverpool ^ 
p. 27-32. 

1829. — Kupffer, Viaje al monte Elbruz en el Cáucaso {yarracion 
hecha á ¡a Academia de Ciencias de un viaje á los alrededores del monte El- 
bruz. en 4.°, p. 6S y llíí. 

lS29.— Flumboldt, observaciones sobre el mag-netismo terrestre, re- 
cog-idas simultáneamente con determinaciones de lugares astronómicos, 
durante un viaje eje -utado por orden del i;mperador Nicjlás al Asia se- 
lentrional, entre 11° 3' y 80'' 12' de longitud Este del meridiano de Pa- 

TOIO'V. ,-» 



— 6(5 — 

lis. es decir , liasla cerca del lago Dzaisaii , y entre 43" Í3' y 08*^ 52' de 
lalilud; en otios términos, desde la isla Birutschicassa, en el mar Cas- 
pio . hasta Werclioturia , en la parte sctcntrional del Ural. Véase el 
Asia Central, t. 111, p. 4i0-i78. 

1829. — La Academia imperial de Ciencias de San Petersburgo aprue- 
ba la proposición hecha por Humboldt para la fundación de estaciones 
maguó ticas y meteorolúgicas en las mas diferentes zonas de la Rusia Eu- 
ropea y de la Rusia Asiática, y para construir en la capital del Imperio 
un observatorio físico central , bajo la activa y sabia dirección del pro- 
fesor Kupffer. Véase elCosmos, t. I, p. 401 , nota 66 y sig-uientes, y Kup- 
ífer, Memoria dirigida ala Academia de San Pclersburgo, relativa al Observatorio 
Físico central, fundado por el cuerpo de Minas, en las Astronomische Nachrich- 
tcn de Schumacher, n.° 726 ; véanse también los Anales magnéticos, p. XI. 
Gracias á la simpatía constante del ministro de Hacienda , conde de 
Caacrin, por todas las grandes empresas científicas, pudo darse comienzo, 
desde el año 1832, á observaciones correspondientes y simultáneas entre 
€1 mar Blanco y la Crimea, entre el golfo de Finlandia y las costas de la 
América rusa, bañadas por el mar del Sud (89). Una estación magnética 
permanente fue establecida en Pekin , en un viejo claustro que, desde 
Pedro el Grande, está habitado, á intervalos periódicos, por monjes grie- 
gos. El sabio astrónomo Fuss , autor de las principales medidas que han 
servido para determinar la diferencia de nivel entre el mar Caspio y el 
mar Negro, fue nombrado para ir á señalar en China el lugar de los pri- 
meros establecimientos magnéticos. Mas tarde, Kupffer, en uua visita 
de inspección , comparó entre sí y con instrumentos modelos todos los 
ompleados en las estaciones magnéticas y meteorológicas situadas al 
Este hasta Nertschinsk (long., 117" 16'). Las observaciones, escelentes 
sin duda alguna , que Fedorow recogió en la Siberia, no han sido pu- 
blicadas todavía. 

1830-1843. — Observaciones de intensidad hechas en la frontera meri- 
dional del Canadá, por el coronel Graham , uno de los ingenieros topó- 
grafos de los Estados-Unidos. (Véase Philosoph. Transacíions , for 1S46, 
;>. aparte, p. 242). 

1830. — Fuss, observaciones magnéticas , astronómicas é ip ométricas, 
recogidas en el viaje del lago Baikal á Pekin , á través de Ergi Ude, 
Durma y la meseta de Gobi, de 2,400 pies de altura solamente, por esta 
parle. El objeto del viaje era ir á fundaren Pekin uo observatorio mag- 
nético y meteorológico, que sirvió durante diez años para las observacio- 
nes de Koranko. Véase Rcport of the seventh Meeting of thehritish Association, 
1837, p. 497-499, y Humboldt, Asia Central, i. í, p. 8: t. II , p. líl , y 
t. 111, p. 468 y 477. 

1831-1836. — Observaciones hechas por el capitán Fitzroy en su viaje 



alrededor del inundo, en el Bcaglc. y en las costas de la cslremidad meri 
dional de la América , con un inclinaloriuiii de Gambey y ag-ujos oscila, 
torias que le habían sido remitidas por Hansleen. 

1831. — Dunlop , director del Observatorio de Paramalta , observacio- 
nes recogidas en un viaje ala Australia. Véanse las Philos. Transactions 
for 18i0, l,a parte, p. 133-140. 

1S3I. — Corrientes de inducción de Faraday, cuya teoría ha sido des- 
arrollada por Nobili y Antinori. Gran descubrimiento de la producción 
de la chispa eléctrica por los imanes. Véanse ios Anales de Física y de Quí- 
mica . t. XLVIII,p. 402. 

1833-1839 — Épocas importantes por la primera revelación de las mi- 
ras teóricas de Gauss. En 1S33 aparece el libro denominado Intensitas Vis 
Magnéticos terrestris ad Mensuram ahsoJufam revócala. Léese en la pág". 3: 
«Elementum tertÍLmi intensitas usque ad témpora recentiura penitus ne- 
g'lcctum mansit » En 1839, la inmortal obra conocida con el título de 
Allgemcine Theorie des Erdmognetismus , fué publicada por Gauss y Weber, 
en los resultados délas observaciones del Magnetischen Vereins de 1838, 
(p. l-o7). 

lSo3. — Tra1)ajos de Barlow sobre la atracción ejercida por el hierro 
de los navios , y sobre el medio de determinar la desviación de la brú- 
jula que resulta de esta atracción, hivestig-acion de las corrientes electro- 
magnéticas en las pequeñas esferas de imán conocidas bajo el nombre 
de terrellce. Mapas g-enerales de las curvas isogonicas. Puede compararse 
á Barlow , Essay on magnetic Aítracíion , 1833, p. 89 , con Poisson , Sobre 
las desviaciones de la brújula producidas por el hierro de los navios, en las 
Memorias del Instituto , t. XVI , p. 481-5;jí>. Véase también Airy , en las 
Philos. Transactions iov ISdQ , 1.^ parte, p. 167, y for 1843 , 2.^ parte, 
p..lí6, y Ross, en las Philos. Transad, for 18í9, 2.^ parle , p. 177-19'j. 
1833. — Moser, Método para reconocer lá situación y la fuerza de los 
jpolos magnéticos variables, en los Annalen de Pog-gendorfí , t. XXVIlf, 
p. í 9-2 96. 

1833. — Christie, Qn the arclic Observafions of Cap. Bach , en las Philos. 
Transactions for 1836, 2.^ parte, p. 377, Véase ademas una importante 
Memoria de Christie, publicada anteriormente en las Philos. Transactions 
for 1825, 1.^ parte, p. 23. 

1834. — Parrot , Reise nach dem Ararat. Véase la parte magnélicn, 
1. 11. p. 53-6Í. 

1836. — Observaciones del mayor Etscourt, en la espedicion del coro- 
nel Chesney al Eufrates. Una parle de las observaciones de intensidad se 
perdió en el naufragio del vapor Tigris, pérdida tanto mas sensible cuan- 
to que se carece completamente de observaciones exactas respecto de 
esta parle del Asia Menor y región que se estiende al Sud del mar Caspio. 



— H8 — 

1836.— («río de HumbohU á S. Á. R. el duque de Sussex , presidente de 
la Sociedad Real de Londres, sobre los medios propios para perfeccionar el co- 
nocimiento del magnetismo terrestre por el establecimiento de estaciones magné- 
ticas y de observaciones correspondientes, abril de 183G. Pueden verse las 
felices consecuencias de este paso, y la influencia que tuvo en la gran es- 
pedicion antartica de Ross, en el Cosmos, i. 1, p. 402, nota 66, y en el 
Voijage to the Southern and Antarctic Regions de Ross, j8i7 , 1. 1, p. XII. 

1837. — Sabine, On ilie variations of the rnagneiic Intensity of the Eartli, 
en el Seventh Meeting of the british Association at Liverpool, p, l-8'>. Este 
trabajo es el mas completo en su g-énero. 

1837-1S38. — El profesor Humphrey Lloyd levanta un ubservatorii» 
magnético en Dublin. Véanse, sobre las observaciones recogidas en este 
estí^blecimiento , de 1840 á 1846, las Transactions of the Royal hish Acá- 
demy, t. XXlí, 1. 'aparte, p. 74-96. 

1837. — Brewster, a Treathcon Magnelism, p. 18o-263. 
1837-1842. — Viajes de Belcher, al Singapore, al mar de la China y á 
las costas occidentales de América. Véanse Philos. Transactions for 1843, 
2.^ parte, p. 113 y 140-142. Las observaciones de Belcher, comparadas 
con las que yo mismo he recog-ido en una época anterior, indican un 
camhio muy irreg^ular en las curvas. Yo he hallado, por ejemplo, que las 
inclinaciones eran , en 1803, en Acapulco , en Guayaquil y en Callao 
de Lima , de -f 38" 48', -f 10" Í2', — 9" U . Belcher observó + 37»^ ?i7', 
-)- 9" 1 ', y — 90 54'. ¿Dependerá esto de que los temblores de tierra, 
tan frecuentes a lo largo déla costa del Perú, ejercen una influencia 
local en los fenómenos que dependen de la fuerza mag"iiética? 

1838-1842. — Wilkes, Narrative of the United States exploring Expedition, 

t. í, p XXI. 

1838, — Viaje del teniente Sulivan, de Kalmouth á las islas Falkland. 
Véanse las Philos. Transactions for 1840, I .^ parte, p. 129, 140 y H3. 

1838 y 1839. — Establecimiento de estaciones magnéticas en ambos 
hemisferios, á espensas del gobierno británico y bajo la escelente direc- 
ción del coronel Sabine. Los instrumentos fueron enviados en 1839. Las 
observaciones empezaron en Toronto, en el Canadá, y en la Tierra de 
Van Diemen, en 1840, en el cabo de Buena-Esperanza en 18íl, Véase 
Juan Herschel, en el Quarterly Rcview, t. LXVÍ, 1850, p. 297; Becquerel, 
Tratado de Electricidad y de magnetismo, t. VI, p. 173. Merced al cuidado 
perseverante con que el coronel Sabine, en calidad de Superintendent of 
the colonial OZ/scruaíorics, ha utilizado ese rico tesoro de materiales que com- 
prende todas las variaciones de la actividad mag^nética, ha descubierto 
leyes hasta entonces desconocidas y abierto á la ciencia nuevos horizon- 
tes. Los resultados de sus investigaciones han sido consignados por él en 
una larg-a serie de Memorias insertas en las Philosophical Transactions 



— 69 — 

de la Sociedad Real de Londres, bajo el líliüo de Contributions to íerrcs- 
tríal Magneíism, iiúiiis. 1-9, y en muchos escritos separados que sirven de 
fundamento á esta parte del Cosmos. Citaremos aquí simplemente al- 
gunas de las mas escelentes de esas obras: 1 " Observations on days of 
umisual magnetic disíurbances , t I, 1810-1844, y como continuación de 
este trabajo, una Memoria acerca de las tempestades magnéticas, en las 
Philos. Transaclions for 1851, 1.^ parte, p. 123-139; 2.° Observations made 
ni the magnetical Observatory at Toronto (lat. bor. 43" 39', long. occid. 81" 
41'}, t. I, 1840-1842, y t. 11, 1843-1845; §." Una memoria sobre la mar- 
clia irregular de la declinación magnética, observada durante las dos 
mitades del año en Santa Elena, en el castillo de Longwood (latitud, 
austr. 15" 55', long. occid. 8" 3'), en las Philos. TransacHons íoy ÍS^I , 
Leparte, p. 54; 4." Observations made at the magnet. and meteorol. Olserva- 
fnry, at the Cape of Good Hope, 1841-1846, t. I; 5." Observations made at 
the magnet. and meteorol. Observatory at Hobarton (lat. austr. 42" 52', lon- 
gitud oriental 14o" 7') in Van Diemen Island and on the Antarctic Expedi- 
fion, t. I, II yin, 1841-1852 (Véase sobre la línea de demarcación de las 
perturbaciones orientales y occidentales, t. II, p. ix-xxx-vi); 6," Fenóm^'- 
nos magnéticos en el interior del círculo polar antartico, en Kerguelen y 
en Van Diemen, en las P/i?7os. Tramad, for 1843, 2.^ parte, p. 145-231; 7" 
Estado de las líneas isoclínicas é isodinámicas en el Océano Atlántico 
en 1837, en las Philos. Transadions for 1840, 1.^ parte, p. 129-155; 
8." Fundamentos de un mapa del Océano Atlántico, representando, para 
el año 1840, las líneas de declinación magnética, entre 60° de latitud 
boreal y 60" de latitud austral , en las Philos. Transadions for 1849, 
2.^ parte, p. 173-233; 9." Sobre los medios en uso en los observatorios 
de las colonias inglesas para medir los valores absolutos de la fuerza 
magnética, su cambio secular y su variación anual (absolute valúes, se- 
cular cliange and annual variation of the magnetic form), en las Philos. 
Transadions for 1850, 1.^ parte, p. 201-219. Véase en particular la coin- 
cidencia de la mayor proximidad del Sol con la mayor intensidad de la 
fuerza magnética en ambos hemisferios y el crecimiento de la inclina- 
ción ?r/., p. 206; 10." Sobre las líneas isoclínicas é isodinámicas en la 
estremidad setentrional del nuevo continente, y sobre la posición geo- 
gráfica del punto de la mayor intensidad (lat. 52" 19'), deducida de las 
observaciones del capitán Lefroy , en las Philos. Transadions for 18i6, 
3.^ parte, p. 237-336; 11." Leyes periódicas délas perturbaciones déla 
declinación ó de las tempestados magnéticas en Toronto, en el Canadá, y 
en Hobarton, en la tierra de Van Diemen, y relación del período decenal 
de las variaciones magnéticas con el período, igualmente decenal, de la 
frecuencia de las manchas del Sol, descubierta en Dessau por Schwabe, 
en las Philos. Transadions for 1852, 1.^ parte, p. 121-121. 



— 70 - 

I839.— Cuadro de las líneas de ig-aal inclinación y de ig-ual inlciisidad 
en las islas Británicas {Magneiic isoclinal and isodynamic Unes, from Obser- 
i-ations of Humphrey Lloyd, John Phillipps, Rohert Were Fox, Jamen Ross and 
Edivard Sabine). En 1833, la British Association decidifj en Canibridg-e, 
que se determinaran en muchas partes del reino la' inclinación y la inten- 
sidad. Desde el verano del año siguiente, fue cumplido este deseo por el 
profesor Llody y el coronel Sabine. En 1835 y 183G, secstendió el tra- 
bajo al país de Gales y á Escocia, y en 1838, pudieron unirse al Report of, 
the Meeíing at Newcastle, mapas isoclínicos é isodinámicos de la Gran Bre- 
taña, p. 49-196. En esos mapas, se ha tomado por unidad la intensidad 
magnética de Londres. 

183S-18Í3. — Clark Ross verificó su gran vioje de descubrimiento al 
polo Sud, no menos admirable en sus resultados, puesto que confirmó la 
existencia, hasta entonces controvertida, de las regiones polares, cuanto 
por lo mucho que ha esclarecido las condiciones magnéticas de una parte 
considerable de la superficie terrestre. Esta espedicioii, en la que han sida 
determinados numéricamente los tres elementos del magnetismo terrestre, 
alu'aza casi las dos terceras partes de la superficie que forma las altas la- 
titudes del hemisferio meridional. Las observaciones magnéticas de Ross, 
han sido arreg-ladasy editadas por el coronel Sabine en las Philosophica!> 
Transactíons for 18Í3, art. x, y forlSíí, art. vii. Queda todavía una par- 
te por publicar. 

1839-18ol.— Observaciones de Kreil sobre las variaciones de todos Ios- 
elementos de la fuerza terrestre y sobre las influencias presumibles del 
Sol y de la Luna, estudiadas durante mas de doce años en el observatorio 
de Praga. 

18i0. — Observaciones magnéticas horarias, hechas por Gay con una 
brújula de declinación deGambey, durante una estancia de diez años en 
Chile. Véase la obra de este sabio titulada : Historia física y política de 
Chile, 18 í 7. 

18i0-18ol.— Resultados de las observaciones magnéticas de Laniont, 
director del observatorio de Munich, comparadas con las de Goettingue, 
<[ue se remontan hasta 1835. Descubrimiento de la importante ley regu- 
ladora de la vuelta periódica decenal de los cambios de declinación (a). 
Véase Lamont en los Annalen de Poggendorff, 1831, t. LXXXIV, p. oli- 
382, y Reslhuber, id., 1832, t. LXXXV, p. 179-18Í La hipótesis de una 
relación entre los crecimientos ñ las disminuciones periódicas de los térmi- 
nos medios anuales, formados con las variaciones diurnas de la declina- 
ción, y la frecuencia periódica délas manchas del Sol, fue espuesla por vez 
primera por el coronel Sabine en las Philos. Transactíons Hoy 1832, y cuatro 

(o) Véanse las Observaciones complementarias de este tomo. 



— 7] — 

ó cinco meses despaos por elsáhio direclor del observatorio do Berna, Wolf, 
que desconocía el primer trabajo, en las Memorias de los Schweizerischen 
Naturforsclier(^O). La obra de Lamont, Jlandbuch des Erdmarjneíismus, 1848, 
conliene la indicación de los medios de observación mas reciontcs, así 
cumo una esplicacion detallada de los métodos. 

1840-184:].— Bache (Director of the Coast Sarvoy of Ihc United 
States), Observaiions made ad (he marjnetícal and meleorological Ohaervaiorij 
at Giradla College, Filadelfia, 1847. 

18Í0-1842. — Teniente Gilliss, Magiietical and meleorological Observaiions 
made al Washington, ISi", p. 2-319 {Magnelic Slorms, p. 330), 

1841-1843. — Observaciones de declinación hechas por Schomburgk en 
los bosques de la Guyana, entre el monte Roraima y el pequeño puebla 
de Fizara, desde 3° 39' hasta 4" o'' do latitud. Véanse las Philos. Trnn- 
sactions for 1849, 2.* parte, p. 217. 

1841-1843. — Magnetical and meleorological Observaiions made at Madras,. 
en 4.0 

1843-1844. — Observaciones magnéticas hechas en el observatorio as- 
tronómico de Makerstun , en el condado de Roxburgh en Escocia, 
(lat. 5o" 34 0» por Brisbanc. Véase Transacíions of the royal Society of 
Edinburgh, t. XVII, 2.'^^ parto, p. 188 y t. XVIll, p. 4G. 

18Í3-1849. — Kreil busca la inñucncia de los Alpes en la manifesta- 
ción de la fuerza mag-nética. Véanse las Aslronom. Xachrichten de 
Sehumachor, núm. 602. 

I84Í-184.'). — Espedicion de )a Pagoda á las altas reg'iones antarticas,, 
bajo el mando deHeniente de la marina real Moor, que habla ya tomada 
parte, en el Terror, en la espedicion del Polo iXorte, y del teniente de ar- 
tillería Clerk, antes director del oliservatorio mag-nético del cabo de Bue- 
ña-Esperanza. Esta espedicion, cjuc ha abarcado los tres elementos del 
magnetismo terrestre, entre 64 y 67 grados de latitud austral y desde 4 
liasta 117 grados de long-itud oriental, es dig-no complemento de los 
trabajos de Clark Uoss en el Polo Sud. 

1845. — Proceedings of the magnetical and meleorological Conference held ai 
Cambridge. 

I8ÍO. — Obsermtionsmade at the magnetical and meleorological Observalorij 
at Bombay under the Superintendency of Arthur Bedfort Orlebar. El Observa- 
torio fue edificado en 1841, en la peiiueñaisla de Colaba. 

18Í5-1850. — iíesií/í.s of the magnet. and meteorol. Observaiions mude al ths 
royal Observntory at Greenwich. Estas observaciones han producido seis 
tomos: el observatorio magnético dala de 1838. 

1845. — Simonoff, profesor en Kasan, ínresligaciones sobre la acción mag- 
nética de la Tierra. 

1846-1849.— -.Vaf//ii?/¿V Sirn-c¡i nf the Easlern archipelago, por el capitán de 



— 72 — 

ingenieros Elliot, del ejercito ele Madras. Elliot ha descausado en diez 
y seis estaciones diferentes, y muchos meses en coda una. Ha. visiiatlo 
también Borneo. Célebes, Sumatra, lasNicobar y las islas Keeling-, todo 
el espacio comprendido entre 16" de latitud boreal y 12° de latitud aus- 
tral, entre 78 y 123 grados de longitud oriental. Ha comparado las obser- 
vaciones recogidas en esos lugares con las de Madras. \éa.se Pililos. Trun- 
^acHons for 1851, 1.'^ parte, p. 287-331, y p. i-clvii. Hánse unido á esta 
Memoria mapas que representan las líneas de igual inclinación y de igual 
declinación, así como la fuerza magnética horizontal y la fuerza total. El 
trabajo del capitán Elliot, que indica á la vez la situación del ecuador 
magnético y de la línea sin declinación, es uno de los mas grandes y mas 
distinguidos que han aparecido en estos últimos tiempos. 

1845-1850.— Brillantes descubrimientos de Faraday (91): 1 .'"• Sobre la 
dirección paramagnética, es decir en sentido del eje de la Tierra, y dia- 
magnética, es decir paralela al ecuador, que toman los cuerpos que osci- 
lan libremente bajo la influencia csterior del imán ("véase Pililos. Transac- 
fions for 1846, § 2420, yfor 1851. l.'*^ parte, §§ 2718-2796); 2." de la in- 
fluencia ejercida por el eleclro-magnctismo sobre un rayo de luz polari- 
zada, y del movimiento circular impreso á este rayo por efecto del cam- 
bio en el estado molecular de la materia á través de la cual pasan el rayo 
polarizado y la corriente magnética /'véase Philos. Transactions for 1846. 
I.'' parte, §§ 2i;);> y 2215-2221): 3.° sobre la notable propiedad que lle- 
ne el oxígeno, único gas paramagnético, de ejercer en los elementos 
del magnetismo terrestre una influencia tal que, como el hierro dulce, 
aunque en un grado infinitamente mas pequeño, toma de la virtud co- 
municativa de la Tierra la polaridad de un iman, obrando de una manera 
permanente y recíproca. Véase Philosoph. Transartions for 1851, ] ^ par- 
te, §§ 2297-2967 (92). 

1849. — Emory, Magncfical Ohservaiiom made ni ihc híhmus o[ Dnrien nnd 
at the City o f Panamá, Cambridge (U. s.), 1850. 

1849. — Thomson, profesor en Glasgow, á Maihematical Theory of Mag- 
netism, en las Philos. Transaciions for 1851, 1.-'^ parte, p. 243-285. En )o 
•concerniente á la distribución de la fuerza magnética, puede compararse 
esta disertación con la de Poisson, en las Memorias del ínstllulo, 1811, 
1.^ parte, p. 1, y 2.'' parte, p. 163. 

1850. — Airy, on the present State and prospects of the Science of Ierres- 
trial Magnetism, fragmento de una obra que llama la atención del mundo 
sabio". 

1852. — Kreil, investigaciones sobre las variaciones de la declinación 
magnética en Praga, causadas por la influencia de la Luna, en lósanos 
1839-1849. {Magnetische und meteorologisclie Beobachlungen zit Prag). Acer- 
ca de los trabajos anteriores de este concienzudo observador, pulqueadas 



— 73 — 

<Icsdo 1830 á IS.'IS, véanse, Ossercazioni sulV inlensilá e sulla direzfúni 
(lella [orza magnctica úíiíuite ner/li onni IH'M-lSSS, alV I. R. Osaervaiorío 

di Milano, p. 171. 

18'i3. — Faraday, 0« Lines of magnetic [orce and their defnilc cha' 
racler. 

l8o3. — Sabine, iiivcstig'acioiies sobre las variaciones diurnas produ- 
cidas por la Luna en la declinación magnética en Toronto, en Sania Elena 
ven Hobarton; véanse las Philosoph. TransacUons for 18'>3. 

18o3-18oí. — Nuevas pruebas sacadas por Sabine de las observaciones 
de Toronto, de Hobarton, de Santa Elena, y del cabo de Buena-Espe- 
ranza (1841-lSol), que confirman la variación anual que se agrega á la 
variación diurna media déla declinación, y la correspondencia de sus épo- 
cas semestrales con las del paso del Sol por el ecuador. Véanse Observa- 
tions made at Toronto, t. 11, p. xxii, y Proceedíngs of the Royal Society of 
London, mayo 18o í. 

El cuadro cronológico de los trabajos j descuLrimieu- 
tos cujo objeto ba sido el magnetismo terrestre, en la 
primera mitad del siglo xix, durante la cual, he tomado un 
ardiente interés por esta rama de nuestros conocimientos, es 
testimonio de un doble esfuerzo coronado por el éxito. La 
major parte de los trabajos se ba consagrado á la obser- 
vación de la actividad magnética de la Tierra, á la deter- 
minación numérica de todo lo que puede ser medido en el 
tiempo ó en el espacio. La segunda parte, menos considera- 
ble, pertenece á laesperimentacion, lo que equivale á decir 
que el físico ba suscitado por sí mismo los fenómenos que 
podían hacerle penetrar en la esencia déla actividad terres- 
tre, j permitirle profundizar la naturaleza interior de la 
fuerza magnética. Dos procedimientos diferentes: de un 
lado, la observación v el cálculo aplicados á la dirección j 
á la intensidad de los fenómenos magnéticos; de otro, la es- 
perimentacion aplicada ala fuerza magnética en general, se 
han prestado mutuo auxilio que ba redundado en prove- 
cho de la ciencia. La observación pura, independiente^ de 
toda hipótesis sobre la causa común de los fenómenos j so- 
bre la acción recíproca de las moléculas en el interior de 
las sustancias, que hasta aquí está fuera de nuestras percep- 



ciones j de nuestras medidas, nos ha heclio descubrir leyes 
numéricas de gran interés. La penetración maravillosa 
que han desplegado los físicos esperimentadores les ha 
revelado, en los cuerpos sólidos j gaseosos, propiedades de 
la polarización que nadie habia sospechado hasta entonces, 
j que están en íntima relación con la temperatura j la 
presión atmosférica. Por importantes é incontestables que 
sean esos descubrimientos, no pueden considerarse sin em- 
bargo, teniendo en cuenta el estado actual de nuestros cono- 
cimientos, como la esplicacion j el principio de las lejes 
que han podido comprobarse hasta aquí en el movimiento 
de la aguja imantada. El medio mas seguro de llegar á 
agotar todo lo que en el espacio está sometido á medidas 
variables, y al mismo tiempo, de estender j acabar la teoría 
matemática del magnetismo terrestre, trazada ja á gran- 
des rasgos por Gauss, es continuar simultáneamente, j en 
puntos bien elegidos de la superficie terrestre, la observa- 
ción de los tres elementos de la actividad magnética. He 
indicado ja en otra parte (93) j hecho comprender por me- 
dio de ejemplos los grandes resultados que me prometo de 
la alianza de la esperimentacion con las combinaciones ma- 
temáticas. 

No puede representarse nada de lo que pasa en nuestro 
planeta sin referirlo al conjunto del Mundo. El solo nombre 
de Planeta despierta ja en nosotros la idea de dependencia 
con relación á un cuerpo central, de unión con un grupo de 
cuerpos celestes que, aunque muj diferentes en estension, 
tienen probablemente un mismo origen. La influencia de la 
posición del Sol en la manifestación del magnetismo ter- 
restre se reconoció bien pronto Esta influencia fue com- 
probada con gran claridad por el descubrimiento de la de- 
clinación horaria; ja lo habia sido confusamente un siglo 
antes, cuando Keplero sospechaba que una fuerza magné- 
tica dirigía todos los ejes de los planetas hacia una misma 



/.) 



región del Cielo. Keplero dice terminantemente que el Sol es 
un cuerpo magnético, y que en él reside la fuerza que mueve 
los planetas (94). La atracción de los astros j la gravitación 
se presentaban entonces hajo el símbolo de la atracción mag- 
nética. Horrebow. que no confundía la gravitación con el 
magnetismo, ha definido la luz como una aurora boreal per- 
petua, producida por las fuerzas magnéticas en la atmósfe- 
ra vaporosa del Sol (95). Después se han presentado, acerca 
del modo de acción del Sol, opiniones cujas divergencias 
son dignas de observación. 

Háse creido, ó bien que el Sol, sin ser por sí mismo un 
cuerpo magnético, obra sobre el magnetismo terrestre por 
los cambios de temperatura que produce, y esta es la opinión 
de Cantón, de Ampere, de Christie, de Llojd j de Airv; ó 
se piensa, con C^oulomb, que el Sol está rodeado de una at- 
mósfera magnética (96) que obra sobre el magnetismo ter- 
restre, comunicándole algo de su poder. El magnífico des- 
cubrimiento de Faradaj, de las propiedades paramagnéti- 
cas del oxígeno, ha orillado la grave dificultad que impedia 
admitir, con Cantón, que el paso del Sol á través del me- 
ridiano del lugar produce, como efecto inmediato, un au- 
mento rápido j sensible en la temperatura de la Tierra v 
de los mares. Sin embargo, la unión de todas las observacio- 
nes calculables j la ingeniosa discusión que de ellas ha he- 
cho el coronel Sabine dieron por resultado el de afirmar 
que las variaciones periódicas, comprobadas hasta hoj en 
la actividad magnética de la Tierra , no provienen de los 
cambios periódicos por que pasa la temperatura de la región 
atmosférica asequible á nuestras esperiencias. Las épocas 
principales de las variaciones diurnas de la-declinacion, ni 
las de las variaciones anuales que Sabine pudo determinar 
exactamente primero que nadie, después de un número 
inmenso de observaciones, como tampoco los períodos de la 
intensidad media, están de acuerdo con las épocas en que 



-~ 7(3 -- 

se producen los máximos j los mínimos termométricos de 
la atmósfera ó de la corteza superior de la Tierra (97). Los 
cambios de período para los fenómenos magnéticos mas im- 
portantes son los solsticios j los equinoccios. La época de la 
major intensidad magnética, aquella en donde, la aguja de 
inclinación se aproxima mas á la vertical, en ambos hemis- 
ferios, es la época de la mayor proximidad del Sol (98)^ 
aquella en que el movimiento de traslación de la Tierra 
ofrece la major rapidez posible. Ahora bisn , en el perihe- 
lio, es decir en los meses de diciembre, de enero j de fe- 
brero, j en el afelio, es decir, en los meses de majo, de 
junio j de julio, las temperaturas de las zonas situadas al 
Xorte j al Sud del ecuador están en oposición directa. No 
podrían pues atribuirse al Sol , considerado como principio 
de calor, los períodos crecientes ó decrecientes de la inten- 
sidad, de la declinación v de la inclinación. 

Los términos medios anuales, formados con las observa- 
ciones recogidas en Munich y en Gwttingue, revelaron al 
laborioso director del Observatorio real de Baviera, el profesor 
Lamont, la notable le)' de un período de 10 años j ^/;^, que 
reaparece regularmente en las variaciones de la declina- 
ción (99). Durante el período de 1841 á 1850, el término 
medio de las variaciones mensuales de la declinación llegó 
k su mínimum precisamente á la mitad de 1844, y ásu máxi- 
mum á mediados de 1849. Antes de conocer los resultados 
adquiridos en Europa, el coronel Sabine habia comparado 
'os términos medios mensuales, sacadosde observaciones re- 
cogidas en lugares situados casi en las dos estremidades del 
eje terrestre, en Toronto, en el Canadá v en Hobartou, en la 
tierra de Van Diemen, durante lósanos 1843-1848, y habia 
llegado á reconocer la existencia de una causa periódica de 
perturbaciones. Esta causa verdaderamente cósmica se de- 
be á los cambios que la atmósfera del Sol esperimenta 
igualmente por períodos de 10 años (100). Como en otra 



— 77 — 

parte he espuesto (!)_, de toáoslos astrónomos hoy vivientes 
el que con mas asiduidad ha observado las manchas del Sol, 
Schewabe, ha descubierto, durante una larga serie de 
años (1826-1850), que el número de las manchas del Sol 
está sometido á variaciones periódicas, de tal suerte que el 
máximum cajó en lósanos 1828, 1837 j 1848, j el mí- 
nimum en 1833 j 1843. «No he tenido ocasión, dice, de 
examinar una serie no interrumpida de observaciones mas 
antiguas, pero me inclino de buen grado á creer que este 
período mismo puede cambiar.» Los fenómenos luminosos 
que se presentan en otros soles, dotados de luz propia, 
ofrecen con efecto algo análogo á esta variación, es decir, 
períodos en los períodos. A este propósito recordaré los 
cambios tan complejos de intensidad que Goodricke y Ar- 
gelander han estudiado de un modo curioso en ^ de la Lira 
jMira Ceti (2). 

Si, conforme á la opinión de Sabine, el magnetismo del 
cuerpo solarse manifiesta por el crecimiento del magnetismo 
terrestre, cuando la Tierra se aproxima al Sol, haj motivo 
para asombrarse de que, según las profundas investigacio- 
nes de Kreil, la inñuencia magnética de la Luna no se ha- 
ga sentir ni en sus diferentes fases^ ni en su major ó me- 
nor alejamiento de la Tierra. Parece que, relativamente al 
Sol, la proximidad de la Luna no compensa la debilidad de 
su masa (b). El principal resultado de las investigaciones 
sobre la influencia magnética de la Luna, que, según Me- 
lloni, no produce mas que una señal de calor, es el de que. 
sobre el esferoide terrestre, la declinación magnética esperi- 
menta, durante un dia lunar, cierto cambio regular, que 
consiste en alcanzar un doble máximum y un doble míni- 
mum (3). «Si la Luna, dice juiciosamente Kreil, no causa 
en la superficie terrestre un cambio de temperatura sensible 
páralos aparatos termométricos, no puede modificar por la 
(bj Véanse las Observaciones compl'.'inpnlarias de '.'slc '.orno. 



— 78 — ' . 

inñuencia del calor la fuerza mag-nética de la Tierra, y, si 
se reconoce sin embargo, el efecto magnético de la Luna, 
es preciso admitir que este efecto se produce por otro me- 
dio.» Todo lo que no parece resultado de una fuerza única 
no puede considerarse como existiendo por sí mismo sino des- 
pués que se han eliminado gran número de causas de per- 
turbaciones estrañas; este es el caso de las influencias lu- 
nares. 

Aunque basta ahora las variaciones mas considerables 
V mas sensibles en las manifestaciones del maf^-netismo 
terrestre no pueden esplicarse de un modo satisfactorio por 
los máximos y los mínimos de los cambios de temperatura, 
no puede dudarse sin embargo de que. antes de mucho 
tiempo, cuando se bajan abarcado mejor y profundizado mas 
los fenómenos de la actividad magnética, el gran descubri- 
miento de la propiedad polar inherente al oxígeno atmosfé- 
rico, contribuirá á dar nueva luz sobre la generación mis- 
ma de esos fenómenos. El concierto armonioso de todas las 
fuerzas que animan el Universo se opone á creer que esta 
propiedad del oxígeno y las modificaciones que introduce 
en q\ crecimiento de la temperatura no tengan influencia 
alguna en la producción de los fenómenos magnéticos. 

Es muj probable, como ha declarado Newton, que las 
sustancias pertenecientes á un mismo grupo de cuerpos ce- 
lesteS;, es decir, al mismo sistema planetario, son en gran 
parte las mismas (4). De aquí puede deducirse que no es 
solo en nuestro planeta donde la materia sometida á la gra- 
vitación está dotada también de una actividad electro-mag- 
nética. La opinión contraria reduciría arbitrariamente el ho- 
rizonte de las grandes miras cosmológicas. La hipótesis de 
Coulomb sobre la influencia ejercida por el Sol magnético, 
y recibida por la Tierra magnética no está por el contrario 
en contradicción con ninguno de los resultados obtenidos 
hasta aquí. 



— 79 — 

Si pasamos ahora á la representación puramente objeti- 
va de los fenómenos magnéticos, tales como se producen en 
diferentes partes de la superficie de la Tierra j según las 
diversas posiciones de nuestro planeta con relación al cuer- 
po central, debemos, en los resultados numéricos, distin- 
guir claramente las variaciones que se representan en cor- 
tos intervalos de las que se renuevan solo después de 
períodos muj largos. Todas se subordinan, unas á otras, j 
se robustecen recíprocamente ó se suspenden jse destrujen 
en parte, como los círculos que se cortan, al alargase, en la 
superficie de las aguas agitadas. Doce objetos diferentes 
llaman especialmente la atención: 

Dos polos magnéticos, situados uno en el hemisferio 
austral, el otro en el hemisferio boreal, á distancias des- 
iguales de los polos de rotación. Llámanse polos magnéti- 
cos los puntos en que la inclinación iguala á 90", donde por 
consiguiente la fuerza horizontal es nula; 

El ecuador magnético, es decir la curva sobre la cual 
la inclinación es igual á O; 

Las líneas de igual declinación j aquellas sobre las 
que la declinación es igual áO, en otros términos, las líneas 
isogónicas j las líneas sin declinación; 

Las líneas de igual inclinación ó líneas isoclínicas; 

Los cuatro puntos de major intensidad magnética. Dos 
de esos puntos, de fuerza desigual, están situados en cada 
hemisferio; 

Las líneas de igual intensidad ó isodinámicas; 

La línea de las ondulaciones magnéticas que liga, en 
cada meridiano, los puntos de la menor intensidad (5). Esta 
línea se llama alguna vez también ecuador dinámico; no 
coincide ni con el ecuador geográfico ni con el ecuador 
magnético; 

El límite de la zona, de una intensidad magnética mu j 
pequeña en general, que juega, por decirlo asi, el papel 



— so — 

de intermediaria, y en la cual las variaciones liorariaspar- 
ticipan alternativamente, según las estaciones, de las pro- 
piedades de los dos hemisferios (6). 

He cuidado de aplicar la palabra polo únicamente á los 
dos puntos de la Tierra en donde la fuerza horizontal des- 
aparece, porque, en nuestros dias^ como ja he observa- 
do, esos puntos, que son verdaderamente los polos magné- 
ticos, han sido frecuente j torpemente confundidos con 
los puntos de la major intensidad (7). Gauss ha probado 
también que no es conveniente designar bajo el nombre de 
eje magnético de la Tierra la cuerda que une los dos pun- 
tos de la superficie terrestre en donde la inclinación de la 
aguja es igual á 90° (8). El íntimo lazo que relaciona en- 
tre sí todos los fenómenos debidos á la acción de una sola y 
misma fuerza permite felizmente reunir, distinguiéndolas 
bajo los tres puntos de vista de la intensidad, de la inclina- 
ción y de la declinación, todas las manifestaciones del mag- 
netismo terrestre. 

INTENSIDAD. 

El conocimiento del elemento mas importante del mag- 
netismo, es decir, la determinación directa de la fuerza to- 
tal de la Tierra^ ha seguido, tras un largo intervalo, al 
conocimiento de la dirección horizontal y vertical de esta 
fuerza. Las oscilaciones, cuja duración es la medida de la 
intensidad magnética, llegaron á ser por vez primera, ha- 
cia fines del siglo xviii , objeto de esperimentacion , y solo 
en la primera mitad del siglo xix lo fueron de investiga- 
ciones serias j perseverantes. En 1723, Graham midió las 
oscilaciones de su aguja de inclinación, con el fin de asegla- 
rarse de si eran constantes, j de descubrir la relación de la 
fuerza que las produce con el peso ¡I)). La primera ten- 
tativa para evaluarla intensidad del magnetismo en puntos 



— 81 — 

muj (listantes de la superficie terrestre _, según el número 
de oscilaciones verificadas en un tiempo dado, fué hecha por 
Mallet en 176^). Encontró, con aparatos muj imperfectos, 
que el número de las oscilaciones era exactamente el mis- 
mo en San Petersburgo á 59 "" 56' de latitud, j en París 
á 67*^ 4' (10): de donde nació el prejuicio, que se propagó 
hasta Cavendish, de que la intensidad de la fuerza terres- 
tre es igual bajo todas las zonas. Según me ha contado con 
frecuencia el mismo Borda, guiado por consideraciones teó- 
ricas, se habia preservado de este error, que evitó tam- 
bién Le Monnier . Pero el frotamiento de la aguja de in- 
clinación empleado por Borda sobre el eje que la sostenia, 
le impidió reconocer^ en su viaje á las islas Canarias, en 
1776, las diferencias de intensidad entre París, Tolón, Santa 
Cruz de Tenerife j Gorea en Senegambia, es decir, en un 
espacio de 35 grados de latitud (11). Lamanon, fué el pri- 
mero en comprobar esas diferencias con instrumentos per- 
feccionados, durante la desg-raciada espedicion de La Perou- 
se (1785 V 1787 . Pero, enviadas de Macao al secretario per- 
petuo déla Academia de Ciencias de París, sus observaciones 
permanecieron, como he dicho antes (1*2), escondidas en 
los archivos de la Academia con otros muchos documentos» 
Las primeras observaciones de intensidad que se han 
publicado, son las que recogí durante mi viaje á las regio- 
nes equinocciales del nuevo Continente, desde 1798 ál804. 
Las esperiencias hechas anteriormente, 1791 á 1794, por 
mi amigo Rossel en los mares de la India, se imprimieron 
cuatro años después solamente de mi vuelta de Méjico. 
En 1829, tuve la satisfacción de poder continuar mis inves- 
tigaciones relativas á la intensidad j á la inclinación mag- 
néticas, en una estension de 188 grados de longitud, des- 
de el mar del Sud hasta la Dzungaria china, es decir, en 
las dos terceras partes del hemisferio oriental j á través de 
los continentes no interrumpidos. En latitud, llevo esplo- 

TOMO I Y. O 



— 82 — 

rado un espacio de 72". desde los 60" de latitud boreal Las- 
ta los 12** de latitud austral. 

Cuando se sigue atentamente la dirección de las líneas 
isodinámicas 6 curvas de igual intensidad, que se envuel- 
ven unas á otras, j se pasa de las líneas esteriores, que 
son las mas débiles , á las líneas interiores , cuja fuerza 
aumenta gradualmente, se reconocen en cada liemisferio, 
á distancias muv desiguales de los polos de rotación j 
de los polos magnéticos , dos puntos ó focos de la major 
intensidad, el uno mas fuerte j el otro mas débil. De esos 
cuatro puntos, el mas fuerte, el foco americano, está si- 
tuado en el hemisferio del Norte á los 52^* 19' de latitud 
j-94°20' de longitud occidental (13); colócase general- 
mente el mas débil^ llamado también comunmente foco 
siberico, á los 70° de latitud j 117" 40' de longitud orien- 
tal, pero tal vez deba de estarlo algunos grados mas 
bácia el Oeste. En el viaje de Parscbinsk á lakutsk, 
en 1829, Erman ha encontrado la curva de major inten- 
sidad (1,742) cerca de Beresowski Ostrow, á los lio*' 31' 
de longitud oriental, 59" 44' de latitud boreal (14). De las 
dos determinaciones que preceden, la del foco americano 
es la mas segura, cuando menos en lo concerniente á la 
latitud; la longitud es probablemente demasiado occiden- 
tal. El óvalo que contiene el foco setentrional mas fuerte 
está situado, según esto, en el meridiano del límite occi- 
dentar del Lago Superior, entre la estremidad meridional 
de la babía de Hudson j el lago canadino Winnipeg. Esas 
medidas son el fruto de la importante espedicion, becba 
en 1843 en el interior de las tierras, por el capitán de ar- 
tillería Lefroy. antis^uo director de la estación mao^nética 
de Santa Elena. El medio de la Lemniscate que une los 
dos focos del hemisferio setentrional parece estar situado 
al Nordeste del estrecho de Behring, mas cerca del foco 
asiático que del foco americano. 



— 83 — 

Cuando, en 1802, atravesando la cadena de los Andes, 
en el hemisferio meridional , cortaba jo el ecuador mag- 
nético, es decir, la línea sin inclinación, entre Micuipam- 
pa j Caxamarca, á los 7** 2' de latitud austral j 81° 8' de 
longitud occidental , j á partir de esta línea vi crecer la 
intensidad hacia el Norte j hacia el Sud, generalicé esta 
observación. Sin puntos de comparación, que faltaban en 
esta época j faltaron mucho tiempo después, supuse que 
la intensidad aumentaba sin interrupción desde el ecuador 
magnético hasta los dos polos magnéticos, y que el máxi- 
mum de intensidad estaba en esos polos, es decir, en los 
puntos donde la inclinación es igual á 90°. Cuando, por 
primera vez, se observa la huella de una gran lej de la na- 
turaleza, los cálculos que se forman precipitadamente tie- 
nen las mas de las veces que rectificarse. Sabine, apo- 
cándose en las observaciones que él mismo habia hecho 
desde 1818 á 1822, en zonas muj diferentes, j compa- 
rando con sagacidad los resultados cada vez mas numerosos 
que le fueron suministrados por otra parte, ha probado que 
la intensidad j la inclinación se conducen j se modifican 
muj diversamente, de tal modo, que en muchos puntos 
el máximum de intensidad está alejado del ecuador mag- 
nético, j que en las regiones mas setentrionales del Canadá 
V del territorio próximo á la bahía Hudson, desde 52" ^/^ 
de latitud hasta el polo magnético, bajo el meridiano de 94 
á 95 grados de longitud occidental, la intensidad, en vez 
de aumentar, disminuje (15). En 1845, en el foco de la 
major intensidad, descubierto en el Canadá por Lefroj, la 
inclinación era solo de 73'' 7', v en ambos hemisferios, se 
hallan máximos de intensidad con inclinaciones relativa- 
mente poco considerable (16). 

Por abundantes j preciosas que sean las observaciones 
de intensidad, debidas á las espediciones de Ross, de Moore 
j de Clerk, en los mares Antarticos, quedan aun muchas 



— 84 — 

dudas respecto de la posición de los dos focos del hemisferio 
meridional. Ross ha atravesado varias veces las líneas iso- 
dinámicas de la major intensidad, v recogido observa- 
ciones según las cuales Sabino, después de un detenido 
examen, ha colocado uno de los focos á los 64" de latitud, 
135" 10' de loDgitud oriental. Ross mismo, en la Relación 
de su gran viaje (17), suponia situado este punto cerca de 
la tierra de Adelia, descubierta por Dumont d'Urville, es 
decir, á los 67" de latitud y 137** 40' de longitud oriental 
próximamente. Creia acercarse al otro foco recorriendo los 
parajes situados á los 60" de latitud y 127" 20' de longi- 
tud Oeste. Sin embargo, considerado todo, inclinábase á co- 
locarlo mucho mas al Sud, bajo un meridiano mas oriental 
y no lejos del polo magnético (18). 

Después de haber fijado la situación de los cuatro má- 
ximos de intensidad, conviene determinar las relaciones de 
sus fuerzas. Ese cálculo puede hacerse de dos maneras : ó 
según el método antiguo, es decir, de una manera relativa, 
tomando por unidad la intensidad que he medido en un 
punto del ecuador magnético, en el lugar donde corta la 
cadena de los Andes á los 7" 2' de latitud austral v 81" 8' 
de longitud Oeste, ó bieo, tomando valores absolutos, como 
han propuesto Poisson y Gauss (19 . Según la escala propor- 
cional, la intensidad de París v la de Londres fueron recono- 
cidas, en 1827, y estaban en la relación de 1,348 á 1^372, 
(20). Si se traducen estos números en valores absolutos, se 
obtiene próximamente 10,20 y 10,38. Como consecuencia 
de la misma trasformacion, la intensidad del Perú, que he 
representado por 1,000, se convierte en 7,57; es major 
que la de Santa Elena, igual á 6,4. Todos esos núme- 
ros deben ser aun modificados, en razón á los años tras- 
curridos entre las comparaciones. Es preciso considerarlos 
no mas que como provisionales, en la escala relativa , lo 
mismo que en la escala absoluta , aunque esta merece la 



— 85 — 

preferencia. Pero hoy mismo, por poco precisos que sean, 
arrojan g-ran luz sobre la distribución del mag-netismo ter- 
restre, de este elemento respecto del cual se estaba todavía, 
hace menos de cincuenta años en la mas profunda ignoran- 
cia. Proporcionan, j esto es de gran importancia cosmoló- 
gica, puntos históricos de partida para los cambios que re- 
velarán los siglos venideros, y cuyo secreto puede estar en 
la dependencia de la Tierra con relación á la fuerza mag- 
nética del Sol. 

En el hemisferio del Norte, Lefroj ha determinado de 
la manera mas satisfactoria la intensidad del foco canadi- 
no, el mas poderoso de los dos_, situado á los 52" 19' de la- 
titud, 94° 20' de longitud occidental. En la escala propor- 
cional, si la intensidad de Londres es igual á 1,372, la del 
foco canadino es de 1,878: en la escala absoluta , es de 
14,21 (21). Ya en Ne^Y-York, á los 40° 42' de latitud, Sa- 
bine habia hallado una intensidad casi tan grande (1,803). 
La intensidad del foco siberico, que se supone situado á 
los 70" de latitud, 147° 40' de longitud oriental, ha sido 
evaluada por la escala relativa, en 1,74, por Erman, y en 
1,7() por Hansteen, lo que equivale á 13,3 en valor abso- 
luto. La espedicion antartica de Ross da lugar á creer que 
la diferencia de los dos focos es menor en el hemisferio del 
Sud que en el hemisferio del Norte, pero que cada uno de 
los dos focos australes supera á los dos focos boreales. La 
intensidad del foco austral mas fuerte (lat. 64 °_, long. orient. 
135° 10') es, por lo menos, en la escala proporcional, 2,06, 
y en la escala absoluta, 15,60 (22); la del mas débil (lat. 
60'', long. occid. 127^20'?) está representada, según Ross, 
por 1,96 y 14,90 (23). La major ó menor distancia entre 
los dos focos de un mismo hemisferio es un elemento impor- 
tante de su poder individual y de la repartición general del 
magnetismo. Si los focos del hemisferio meridional presen- 
tan una intensidad sensiblemente major (valor absoluto 



-^ 86 — 

15,(30 j 14,90) que los focos del hemisferio setentrional 
(14,21 j 13,30), no puede deducirse de aquí que la fuerza 
total de uno de los tiemisferios sea superior á la del otro. 

Las cosas tomarán otro aspecto, si, en vez de dividir el 
esferoide terrestre por el Ecuador, se hace pasar un plano 
por los meridianos de 100 v 280 grados, contados de Oeste 
á Este, á partir del observatorio de Grenwich. De esta ma- 
nera, el hemisferio oriental, el mas continental de los dos, 
comprende la América del Sud, el océano Atlántico, la Eu- 
ropa, el África j el Asia casi hasta Baikal; el hemisferio 
occidental, compuesto especialmente de islas j de mares^ 
casi toda la América del Norte, el mar del Sud, la Nueva- 
Holanda j una parte del Asia oriental. El meridiano de 100'' 
está situado próximamente á 4" al Oeste de Sing-apore , v 
el de 280° á 13*^ al Oeste del cabo de Hornos , pasando 
por Guajaquil. En la Tierra así dividida, los cuatro pun- 
tos de major intensidad j los dos polos magnéticos perte- 
necen al hemisferio occidental (24). 

Lia importante observación de Erman sobre el mínimum 
de intensidad observado en el océano Atlántico , al Este de 
la provincia brasileña de Espíritu Santo, á los 20'- de lati- 
tud , 37^ 24' de longitud occidental , ha sido citada va en 
el primer tomo de esta obra (25). Erman halló como valor re- 
lativo 0,7062, como valor absoluto 5,35. Esta zona de la 
mas pequeña intensidad ha sido atravesada dos veces en 
laespedicion antartica de Eoss, entre 19 j21 grados de lati- 
tud (26) ; lo ha sido también por los tenientes Sulivan j 
Dunlop. en su viaje á las islas Falkland (27). En el mapa 
isodinámico del océano Atlántico, ha trazado Sabine de una 
orilla á otra la curva de menor intensidad que Ross llama 
tke ^gííator of less ¡ntensiUj . Corta la costa de Benguela^ 
por la orilla occidental del África, cerca de la colonia por- 
tuguesa de Mossamedes, á los 15*^ de latitud austral. Su 
vértice cóncavo, en medio del Océano, pasa álos 20*^ 20^ de 



— 87 — 

longitud Oeste ,- desde donde se levanta hacia la costa del 
Brasil hasta 20" de latitud austral. Es posible que al Norte 
del Equador, 20'* próximamente al Este de las Filipinas, se 
encuentre también otra zona de pequeña intensidad, en que 
el valor relativo de la fuerza magnética no esceda de 0,97; 
investigaciones ulteriores esclarecerán este hecho. 

Los materiales recientemente recogidos no autorizan á 
modificar mucho la relación que he indicado en el primer 
tomo de esta obra entre la menor j la major intensidad 
conocida hasta aquí. Están entre sí como 1 es á 2 ^/o , 6 
mas bien como 1 es á 3. Las diferencias provienen del cam- 
bio mas ó menos caprichoso de los máximos solamente , ó de 
los mínimos j los máximos (28). A Sabine corresponde el 
mérito de haber sido el primero en llamar la atención sobre 
la importancia del ecuador dinámico (29'-. -x Esta curva, 
dice, liga en todos los meridianos geográficos los puntos en 
donde la fuerza magnética es menos sensible, describiendo 
alrededor de la esfera terrestre gran número de ondula- 
ciones. Por ambos lados, la fuerza magnética aumenta, á 
medida que se sube hacia las altas latitudes: así, esta cur- 
va marca el límite entre los dos hemisferios magnéticos 
mejor que el ecuador magnético^ sobre el cual , la dirección 
de la aguja imantada es perpendicular á la de la gravedad. 
Todo lo que concierne directamente á la intensidad misma 
de la fuerza terrestre es todavía de major consecuencia 
para la teoría del magnetismo que lo que se refiere á la di- 
rección horizontal ó vertical de la aguja imantada. El ecua- 
dor dinámico describe gran número de sinuosidades, cosa 
que es fácil de comprender, puesto que esas sinuosidades 
dependen de fuerzas cujo foco está en los cuatro puntos 
de la major intensidad magnética _, situados irregular- 
mente y dotados de una potencia desigual. Lo que haj mas 
de notable en esas ondulaciones, es la gran convexidad, di- 
rigida hacia el polo austral, y situada en el océano Atlán- 



— 88 — 

tico, entre las costas del Brasil y el cabo de Buena-Espe- 
ranza.» 

¿Disminuje sensiblemente en las alturas á que po- 
demos llegar, la intensidad de la fuerza terrestre? ¿Aumen- 
ta en el interior del globo? La solución de este problema 
exige observaciones muj complicadas en la superficie del 
suelo ó en las profundidades de la Tierra. Cuando, con efec- 
to, en las ascensiones de montañas, se trata de comparar 
los efectos producidos por alturas considerables, los sólidos 
montañosos no permiten aproximar bastante á las estaciones 
superiores y las estaciones inferiores. La naturaleza de las 
rocas j los filones invisibles de los minerales que las atra- 
viesan pueden modificar los resultados; además, el conoci- 
miento incompleto de las variaciones horarias j accidenta- 
les de la intensidad es una causa de error para las observa- 
ciones que no son rigorosamente simultáneas. Por todas 
estas razones, sucede, que se atribuyen á la altura j á la 
profundidad efectos independientes de esas circunstancias. 
En las numerosas minas á que he bajado á profundidades 
muj considerables, en Europa, en el Perú, en Méjico, en 
Siberia. jamás he hallado localidades de naturaleza capaz 
de inspirar confianza alguna (30). Es necesario también 
indicar si las profundidades, cualesquiera que seau, están 
tomadas superior 6 inferiormente al horizonte del mar que 
representa la superficie media del esferoide terrestre. Los 
pozos de Joachimsthal, en Bohemia, tienen cerca de 2,000 
pies de profundidad absoluta, j sin embargo, no terminan 
sino en una capa situada á *i5() pies sobre el nivel del 
mar (31). Las ascensiones aereostáticas ofrecen muy distin- 
tas condiciones j mucho mas favorables. Gaj-Lussac se 
elevó á 21,600 pies sobre París. La major profundidad re- 
lativa á que se ha llegado en Europa, con los pozos ar- 
tesianos, es apenas la IV parte de esta altura. Las obser- 
vaciones que JO mismo he hecho en las montañas, des- 



— 89 — 

de 1799 á 1806. me ¡nclinau á creer que, en resumen, la 
fuerza terrestre disminuje á medida que aumenta la altura, 
aunque muchos resultados contradigan esta opinión, indu- 
dablemente á consecuencia de las influencias estrañas que 
he indicado antes. He elegido y reunido en una nota los 
casos mas notables que me han suministrado las 125 medi- 
das de intensidad tomadas por mi en la cadena de los An- 
des, los Alpes suizos. Italia j Alemania (32). Las observa- 
ciones comprenden todas las alturas, desde el nivel del mar 
hasta 14 960 pies v el límite de las nieves perpetuas; pero 
no son las alturas majores las que me han dado los resul- 
tados mas seguros. Háse hallado que los lugares mas favo- 
rables son un punto de la Silla de Caracas, situado muj 
cerca de la costa de la Guajra, á 8 105 pies de altura; el 
santuario de Nuestra Señora de Guaduh/¡)e que, construido 
en el vértice de un muro escarpado de calcáreo, parece 
flotar sobre la ciudad de Bogotá, á una altura de cerca 
de 2,000 pies; por último, el volcan de Puraz de 8,200 
pies de elevación sobre la plaza major de la ciudad de Popa- 
jan. Kupffer en el Cáucaso (33), Forbes en diferentes 
partes de Europa, Laugier j Mauvais en el Canigu, Bra- 
vais j Martins en el Faulhorn j durante su permanencia 
valerosa cerca de la cumbre del Mont-Blanc, han compro- 
bado que la intensidad disminu je á medida que la altura 
aumenta. Resulta también de la discusión general de Bra- 
vais que el decrecimiento de la intensidad es mas. rápido 
en los Pirineos que en los Alpes (34). 

Los resultados completamente opuestos á que ha llega- 
do Quetelet, en un viaje de Ginebra á la garganta de Bal- 
me j al gran San Bernardo, hacen desear doblemente, si 
quiere resolverse la cuestión de un modo decisivo, que nos 
aislemos completamente de la superficie terrestre, j que 
volvamos al medio que Gaj-Lussac empleaba desde el año 
de 1804, en compañía de Biot, el 24 de Agosto, otra 



— 90 — 

vez sólo el 16 de Setiembre, es decir, que se empren- 
da una serie de ascensiones aereostáticas. Aun oscilaciones 
medidas á mas de 18,000 pies de altura no pueden enseñar- 
nos nada nuevo de una manera cierta acerca de la fuerza 
magnética que se propaga en la atmósfera si no á condi- 
ción de corregir con gran exactitud la temperatura de las 
agujas, antes j después de la ascensión. Por no haber to- 
mado esta precaución, se liabia deducido de las esperiencias 
de Gaj-Lussac la consecuencia equivocada de que la fuer- 
za terrestre permanecia la misma hasta la altura de 21,600 
pies (35); mientras que por el contrario, teniendo en cuenta 
la disminución producida en la longitud de la aguja por la 
temperatura de las regiones superiores del aire, la espe- 
riencia comprobaba el decrecimiento de esta fuerza (36). El 
brillante descubrimiento^ debido á Faradaj, de la propie- 
dad paramagnética del oxígeno no es de despreciar tam- 
poco respecto del asunto que nos ocupa. Ese gran físico 
hace observar que en las altas capas de la atmósfera , la 
disminución de la intensidad no se esplica únicamente por 
la distancia que separa esas capas del foco magnético , es 
decir, del cuerpo de la Tierra, sino que la rarefacción del 
aire puede ser parte en este efecto, atendiendo á que la can- 
tidad absoluta de oxígeno contenida en un pie cúbico de 
aire atmosférico varía con las diferentes capas del aire. Pro- 
visionalmente, creo que todo lo que puede decirse con fun- 
damento, es que la propiedad paramagnética del oxígeno 
atmosférico va disminuyendo en razón de la altura y de la 
rarefacion del aire, j esta disminución es una de las causas 
que concurren á modificar la intensidad magnética. Por 
otra parte, determinando los cambios de temperatura j de 
densidad, corrientes de aire ascendentes, debilitan la in- 
fluencia ejercida por la rarefacción del aire (37). Esas per- 
turbaciones tienen un carácter variable j esencialmente lo- 
cal ; obran en la atmosfera como las rocas en la superficie del 



— 91 — 

suelo. Cada vez que podemos congratularnos de un nuevo 
progreso en el análisis de la atmósfera j de sus propiedades 
físicas, reconocemos que la acción común y variable de las 
fuerzas de la naturaleza está sometida á mas aventuras aun 
de las que habíamos supuesto , j esas aventuras nos acon- 
sejan que seamos cada vez mas circunspectos en las conclu- 
siones que deducimos de nuestras esperiencias. 

La intensidad de la fuerza terrestre^ medida en puntos 
determinados del globo ^ ofrece, como todos los fenómenos 
del magnetismo, variaciones horarias j variaciones secula- 
res. Las variaciones horarias fueron claramente reconocidas 
en Port Bowen, en 1825^ en el tercer viaje de Parr j, por este 
hábil navegante j por el teniente Foster. El aumento de 
la intensidad, de la mañana á la tarde, ha sido, en las lati- 
tudes medias, objeto de las mas minuciosas investigaciones 
por parte de Christie, de Arago, de Hansteen, de Gauss y de 
Kupffer (38). Como las oscilaciones horizontales son prefe- 
ribles á las de la aguja de inclinación, á pesar del perfec- 
cionamiento que este instrumento ha recibido^ no puede 
esperarse que se obtengan las variaciones horarias de la in- 
tensidad total sin el mas exacto conocimiento de las varia- 
ciones horarias de la inclinación. Las estaciones magnéti- 
cas levantadas en ambos hemisferios del Norte j del Sud 
tienen la ventaja considerable de proporcionar una inmensa 
cantidad de materiales al abrigo de toda sospecha. Basta, 
para dar una idea de esto, escoger dos pun-tos situados fue- 
ra de los trópicos, de ambos lados del ecuador j casi á 
igual distancia (39) : Toronto, en el Canadá, á los 43^ 39' 
de latitud boreal, j Hobarton^ en la Tierra de Diemen , á 
los 42'^ 53' de latitud austral : la diferencia de los dos me- 
ridianos es próximamente de 15 horas. Las observaciones 
simultáneas, hechas en una de esas dos estaciones durante 
los meses de invierno, caen en la otra en los meses de ve- 
rano. Las medidas tomadas en una parte, durante el dia, 



— 92 — 

pertenecen generalmente en la otra á la nocke. La declina- 
ción en Toronto es occidental j de P 33' ; en Hobarton es 
oriental y de 9'' 57'. La inclinación en Toronto se dirio-e 
Jiácia el Norte j es ig-ual á 75'^ 15'; en Hobarton se dirig-e 
nácia el Sud j es igual á 70^^ 34'. La intensidad absoluta 
de Toronto es de 13« 90'; la de Hobarton de 13» 56'. De 
esas dos estaciones tan felizmente escogidas (40), la del Ca- 
nadá presenta, según las investigaciones de Sabine, cuatro 
cambios de período; la de la Tierra de Diemen solamente 
dos. Con efecto^ en Toronto, la variación de intensidad tiene 
su principal máximum á las seis de la tarde j su mínimum 
principal á las dos de la mañana; un segundo máximo mas 
pequeño á las ocho de la mañana, y un mínimo mas pe- 
queño dos horas después; en Hobarton, por el contrario, 
no haj mas que una sola progresión decreciente de la inten- 
sidad, desde el máximo, que cae entre cinco j seis de la tar- 
de, hasta el mínimum, que se produce de ocho á nueve de la 
mañana, aunque la inclinación tenga como en Toronto, cua- 
tro cambios de período (41). Comparando los cambios de la 
inclinación con los de la fuerza horizontal se ha comprobado 
que, en el Canadá, la fuerza total de la Tierra es major du- 
rante los meses de in\xerno, cuando el Sol está en los signos 
australes, que en los meses de verano. Así también, en la 
Tierra de Diemen , desde Octubre hasta Febrero, es decir, 
durante el verano del hemisferio austral , la intensidad es- 
cede del término medio anual; j es menor que este, por el 
contrario, desde el mes de Abril hasta el mes de Agosto. 
Según Sabine, no son las diferencias de temperatura las que 
dan fuerza al magnetismo terrestre; este resultado se debe á 
que la Tierra, en esta parte de su órbita, está mas cerca del 
Sol, obrando como cuerpo magnético (42). En Hobarton, la 
intensidad absoluta es durante el verano del hemisferio aus- 
tral, de 13,574, j durante el invierno, de 13,543. Lo que 
se sabe de las variaciones seculares de la intensidad no se 



— 93 — 

funda hasta aquí mas que en un pequeño número de obser- 
vaciones. Parece que esta fuerza ha esperimentado alguna 
disminución en Toronto. desde 1845 á 1849. La compara- 
ción de las observaciones que hice en 1 806 con las que ha 
recogido Rudberg en 1832 da para Berlin el mismo re- 
sultado (43). 

INCLINACIÓN. 

El conocimiento de las curvas isoclínicas , en otros tér- 
minos, el conocimiento del crecimiento mas ó menos rápido 
de la inclinación, á partir del ecuador magnético, en donde 
la inclinación es igual á 0^ hasta los polos magnéticos del 
Norte j del Mediodía, en donde desaparece la fuerza hori- 
zontal , ha adquirido en estos últimos tiempos nueva im- 
portancia, merced á que la fuerza total de la Tierra no pue- 
de ser deducida de la intensidad horizontal, por exactas que 
'sean las medidas, por otra parte, sin poseer la certeza 
acerca del valor de la inclinación. Las nociones fijas que 
se tienen sobre la situación de los dos polos magnéticos se 
deben al atrevimiento y actividad científica de un solo na- 
vegante. Ross ha determinado el lugar del polo Norte^ 
durante la segundaespedicion desutio JuanRoss^ de 1829 
á 1833 (44) ; el del polo Sud, en la espedicion antartica que 
dirigía él mismo de 1839 á 1843. El polo Norte magnético, 
situado á los 70^ 5' de latitud, 99^ W de longitud occiden- 
tal, está 5 grados mas alejado del polo de rotación de la 
Tierra, que el polo Sud magnético, situado á los 75^ 5^ de 
latitud j 151*^ 48' de longitud oriental. La diferencia de las 
longitudes entre los dos polos magnéticos es de 109 grados. 
El polo Norte pertenece á la gran isla Boothia Félix, próxi- 
ma al continente americano, j que forma parte del país de- 
nominado desde un principio por el capitán Parrj, North- 
Somerset ; está situado á poca distancia de la costa occiden- 



— 94 — 

tal de la isla, no lejos del promontorio Adelaida que se ade- 
lanta entre King William"s Sea j Victoria Strait (45). No 
ha sido posible tocar directamente en el polo Sud, como se 
Labia tocado en el polo Norte. El 17 de Febrero de 1841. el 
Erebus se encontraba á los 1Í3^ 12' de latitul austral j 
16P40' de longitud oriental. La inclinación no era aun 
mas que de 88^ 40°, de donde se dedujo que se estaba á 160 
millas marinas inglesas del polo magnético austral (46). 
Numerosas observaciones de declinación, hechas con el ma- 
jor cuidado y destinadas á determinar la intersección de 
los meridianos magnéticos, hacen suponer con gran verosi- 
militud que el polo austral se halla en la gran región polar 
antartica South Victoria Land, al Oeste de los Albert Moun- 
tains, que se unen al volcan activo del Erebus, de mas 
de 11^600 pies de altura. 

He espuesto de un modo completo, en el primer tomo del 
Cosmos (47), la situación del ecuador mag-nético v los cam- 
bios seculares que ha sufrido su forma. Sabine, fue el pri- 
mero que determinó el nudo africano, es decir, el punto 
en donde el ecuador magnético corta al ecuador geográfico 
en esta parte del mundo, en 1822, al principio de la espe- 
dicion que emprendió relativa alas esperiencias del péndu- 
lo (48). Mas tarde, en 1840, el mismo sabio, comparando 
las observaciones de Duperrej, de Alien . de Dunlop j de 
Sulivan, trazó un mapa del ecuador magnético, que par- 
tiendo de Biafra, en la costa occidental del África, á los 4" 
de latitud boreal j 7^ 10' de longitud oriental, atravesaba 
el océano Atlántico j la parte del Brasil situada bajo el 
paralelo 16, entre Porto-Seguro j el Rio Grande, para vol- 
ver á unir el punto de las Cordilleras en donde jo habia sor- 
prendido, cerca del mar del Sud, el paso de la inclinación 
setentrional á la inclinación meridional (49). En 1837, el 
nudo africano se encontraba situado á los 0*^ 40' de longitud 
oriental; en 1825, se habia comprobado su existencia á los 



~ 95 — 

4^35'. Así, pues, el nudo, cambiando de Este á Oeste, sé 
Labia alejado de la isla basáltica de Santo Tornas^ de 7,000 
pies de altura, con una velocidad algo menor que la de me- 
dio grado por año. Resulta de este movimiento que la línea 
sin inclinación se encaminaba hacia el Norte, en la costa afri- 
cana, mientras que, en la costa del Brasil, se inclinaba hacia 
el Sud. La salida convexa del ecuador magnético permane- 
ce en dirección hacia el polo Sud. j, en el Océano, deja en 
el máximum un intervalo de 16 grados entre ella j el ecua- 
dor geográfico. En el interior de la América meridional, en 
la térra incógnita de M.2itto-Grosso , entre los grandes rios 
Xingu, Madera j Uca jal , las observaciones de inclinación 
faltan completamente, hasta la cadena de los Andes. En esta 
cadena, 17 millas geográficas al Este del mar del Sud, entre 
Montan, Micuipampa y Caxamarca, he determinado astro- 
nómicamente, á los 7^2' de latitud austral, 8P 8' de lon- 
gitud occidental_, la posición del ecuador magnético que to- 
ma, en ese sitio, la dirección del Noroeste (50). 

El trabajo mas completo que poseemos acerca de la si- 
tuación del ecuador magnético es el que hizo mi antiguo 
amigo Duperrej, para los años de 1823 j 1825. Atravesó 
seis veces este ecuador en sus viajes de circunnavegación, 
j pudo, según sus propias observaciones, trazar su desar- 
rollo sobre una estension de mas de 220 grados (51). Los 
dos nudos están situados, según el mapa de Duperrej, uno 
en el océano Atlántico, á los 3- 30' de longitud oriental, el 
otro en el mar del Sud, entre los meridianos de las islas 
Viti j Gilbert, á los 175^ de longitud oriental. Cuando el 
ecuador magnético ha abandonado las costas occidentales 
de la América del Sud, probablemente entre la Punta de 
la Aguja j Pajta, se aproxima mas j mas, en la dirección 
Oeste, al ecuador geográfico, del cual queda á 2 grados, 
bajo el meridiano de las islas Mendaña (52). 10 grados mas 
al Oeste próxmimamente , bajo el meridiano que atravie- 



— 96 — 

sa la parte mas occidental de las islas Paumotu (Low Ar- 
chipelago), álos 15P 30', el capitán Wilkes encontró, en 
1840, que la distancia entre los ecuadores era todavía 
de 2 grados de latitud (53). El segundo nudo no está^ como 
se ha dicho, separado del nudo atlántico 180 grados, ni 
situado á 176^ 30' de longitud occidental^ sino bajo el me- 
ridiano del grupo Viti_, á 175^ de longitud oriental próxi- 
mamente, ó lo que es igual, á 185^ de longitud occidental. 
Si, por consiguiente, partiendo de las costas occidentales del 
África, se toma la dirección Oeste, á través de la América 
del Sud, hállase la distancia indicada entre los dos nudos 
major de 8 grados j medio ; lo que prueba que la curva 
del ecuador magnético no es de lasmajores circunferencias 
de la esfera terrestre. 

Según las numerosas y escelentes determinaciones del 
capitán Elliot (1846-1849) que, entre los meridianos de 
Batavia y de Ceilan^ se corresponden de un modo maravi- 
lloso con las de Blossevilíe, el ecuador magnético atravie- 
sa la estremidad setentrional de Borneo^ y corriendo casi 
exactamente de Este á Oeste , toca la punta Norte de Cei- 
lan , á los 9^ 45' de latitud. En esta parte de su curso, 
la línea de menor intensidad total es casi paralela al ecua- 
dor magnético (54) ; pero mas lejos , el ecuador penetra en 
la parte oriental del continente africano, al Sud del cabo 
Guardafui. Ese importante punto ha sido determinado con 
gran precisión por los cálculos de Rochet d'Hericourt. 
en su segundo viaje á la Abisinia (1842-1845), y por la 
ingeniosa discusión de que han sido objeto sus observacio- 
nes magnéticas (55). Vuélvese á encontrar el ecuador mag_ 
nético al Sud de Gaubada, entre Angolola y Angobar, la 
ciudad principal del reino de Schoa, á los 10*^ 7' de latitud, 
38^ 51' de longitud oriental. El curso del ecuador magné- 
tico, en el interior del continente africano , desde Angobar 
hasta el golfo de Biafra, es por otra parte tan poco conocido 



— 97 — 

como en el interior de la América del Sud, al Este de la ca- 
dena de los Andes, j al Sud del ecuador geográfico. Esas 
dos regiones continentales^ medidas de Este á Oeste, presen- 
tan casi la misma estension, j tomadas juntamente no ocu- 
pan menos de 80 grados de longitud; de donde resulta que 
cerca de una cuarta parte de la esfera terrestre se pierde para 
la observación magnética. Las observaciones de inclinación 
jde intensidad que jo mismo he hecho en el interior de la 
América meridional, desde Cumana hasta el Rio Negro, j 
desde Cartagena de Indias hasta Quito, comprenden sola- 
mente la zona tropical situada al Norte del ecuador geo- 
gráfico; las que he recogido en el hemisferio del Sud, des- 
de Quito hasta Lima^ se limitan á la región vecina de la 
costa occidental. 

La traslación del nudo africano de Este á Oeste , en- 
tre los años 1825 j 1837, está confirmada por las ob- 
servaciones de inclinación de Panton de 1776, en la ribera 
oriental de África^ comparadas con las de Rochet d'He- 
ricourt. Encontró éste el ecuador magnético, mucho mas 
cerca del estrecho de Bab-el-Mandeb , un grado al Sud de 
la isla Socotora, á los 8^^ 40' de latitud boreal. No ha habido > 
por consiguiente, en 49 años, mas que un cambio de 1" 27^ 
en latitud; pero en la misma época^ Duperrej j Arago ha- 
bian evaluado en 10'^ de longitud la traslación de los nudos 
hacia el Oeste. La variación secular de los nudos del ecua- 
dor magnético se ha producido , en la costa oriental del 
África que da frente al mar de las Indias , exactamente en 
la misma dirección que en la costa occidental; la cantidad 
del movimiento está aun por determinar. 

Habíanse señalado ja los caml)ios periódicos de la in- 
clinación, pero solo desde hace doce años, á partir del mo- 
mento en que se establecieron estaciones magnéticas en 
ambos hemisferios, merced al gobierno inglés, es cuando 
se ha fijado con certeza la duración de los períodos» 

TOMO lY. T 



— 98 — 

Arago, á quien tanto debe la teoría del magnetismo, había 
reconocido ciertamente, desde el otoño del año 1827, que 
la inclinación es ma jor á las nueve de la mañana que á las 
seis de la tarde, mientras que la intensidad, medida por 
las oscilaciones de una aguja horizontal, tiene su máximum 
á las seis de la tarde j su mínimum á las nueve de la ma- 
ñana (56). En las estaciones magnéticas inglesas, ha que- 
dado resuelta esta cuestión, así como la vuelta periódica de 
las variaciones horarias de la inclinación, después de mu- 
chos miles de esperiencias hechas j laboriosamente discu- 
tidas desde el año 1840. Esta es la ocasión de presentar 
reunidos los resultados que han llegado á ser los funda- 
mentos de una teoría general del magnetismo terrestre; 
pero es preciso ante todo h acer notar que si se quieren co- 
nocer bien las oscilaciones, a preciables en el espacio, de los 
tres elementos del magnetismo terrestre, es preciso, con Sa- 
bine, distinguir en los cambios de período (turning hours) 
que determinan el máximum j el mínimum, las grandes 
oscilaciones de donde nacen las desviaciones estremas, j las 
pequeñas oscilaciones, especie de intermediarios que la 
major parte de las veces no son menos regulares que las 
otras. Los movimientos periódicos de la inclinación jde la 
declinación, así como las variaciones en la intensidad de la 
fuerza total , ofrecen , por consiguiente , máximos j míni- 
mos principales j máximos j mínimos secundarios, que 
están reunidos ordinariamente, es decir, que en los casos mas 
ordinarios, hay, por una parte, una doble progresión con 
cuatro cambios de período, j por la otra, una progresión 
simple con dos cambios de período ; en otros términos, 
un solo máximo j un solo mínimo. Así es en Hobarton, 
en la Tierra de Diemen, la intensidad de la fuerza total 
sigue una progresión simple^ mientras que haj doble pro- 
gresión en la inclinación, y en un punto del hemisfe- 
rio boreal que corresponde á la situación de Hobarton, en 



— 99 — 

Toronto, ambos elementos, la intensidad j la inclinación, 
siguen una progresión doble (57). En el cabo de Buena- 
Esperanza tampoco hav mas que un solo máximum j un 
solo mínimum de inclinación. A continuación doy el cua- 
dro de los cambios periódicos horarios de la inclinación 
magnética. 

HEMISFERIO DEL NORTE. 

Greenwich: — máximum, 9 de la mañana); mínimun, á las 3 de la 
tarde (véase Airy, Observaciones en 1845, p. 21; 1846, p. 113; 1847, 
p. 247). En 1847, el término medio de la inclinación era, á las 9 de la 
mañana, 68° o9', 3, á las 3 de la tarde, 68° 58', 6. Sise considera no ya 
la variación horaria, sino la variación mensual, el máximun cae en los 
meses de abril, de mayo y de junio; el mínimum, on octubre, noviembrey 
diciembre. 

Paris: — máx., 9 de la mañana; mín,, 6 de la tarde. La prog-resion 
simple de Paris y de Greenwich se reproduce en el cabo de Buena-Es- 
peranza. 

Petersburg-o: — máx., 8 de la mañana; mín., 10 de la noche. Como en 
Paris, en Greenwich y en Pekin, la variación déla inclinación es menor 
en los meses frios. El máximum vuelve con mas reg'uiaridad á la hora 
indicada que el mínimum. 

Toronto, (Canadá):— máx., principal, 9 déla mañana; mín. princ, 4 
de la tarde; 2.° máx., 10 de la noche; 2.<> mín., 6 de la mañana» Véase 
Sabine, Toronto, 1840-1842, t. I, p. lxi. 

HEMISFERIO DEL SUD. 

Hobarton (isla de Diemen): — mín., princ, 6 de la mañana; máximum 
princ, 11 y li2 de la mañana; 2.° mín., S de la tarde; 2.° máx., 10 de 
\a noche, (véase Sabine, Hobarton, t. 1, p. lxvii). La inclinación es, en 
verano, cuando el Sol está en los sig^nos australes, de 70° 36', 74; y en 
invierno, cuando el Sol se detiene en los signos boreales, de 70° 34', 66. El 
término medio anual, resultante de seis años de observación es de 70 g-ra- 
dos 36', 01. La intensidad es mayor también en Hobarton, desde el mes 
de octubre al mes de febrero que desde el mes de abril al de ag-osto. 
(Véase Sabine, Hobarton, t. II, p. xliv y xlvi. 

Cabo de Buena-Esperanza: — progresión simple, mín., 34' medio dia, 
máx., 8 y 34' de la tarde, con muy pequeñas oscilaciones intermedias en- 
tre 7 y 9 déla mañana. Véase Sabine, Cape Observat., 1841-1850, p. luí. 



— 100 — 

Según los resultados manifestados en este cuadro y 
espresados en tiempos de cada lugar, los máximos de las 
inclinaciones concuerdan maravillosamente, sobre todo en 
el hemisferio del Norte: en Toronto, en París, en Green- 
wich, en Petersburgo; todos caen entre ocho y diez de la 
mañana. Los mínimos, aunque haja. entre ellos mas des- 
viación , se reproducen siempre después del medio dia ó 
por la tarde á las cuatro, seis v diez. Causa esto tanta 
major sorpresa, cuanto que en uno de los cinco años, 
durante los cuales se recogieron en Greenwich, en 1845, 
observaciones muj precisas, el máximum j el mínimum 
estuvieron invertidos. El término medio anual de la incli- 
nación era, á las 9 de la mañana, 68° 56', 8, j á las 3 de la 
tarde, 68° 58', 1. 

Si se comparan las dos estaciones correspondientes de 
acá j allá del ecuador , Toronto j Hobarton , se nota un 
gran intervalo entre los cambios de período del mínimum 
principal de la inclinación (4 de la tarde j 6 de la maña- 
na); pero haj uno muj pequeño por el contrario entre los 
cambios de período del máximum principal (10 y 11 ^/^ 
de la mañana). La hora del mínimum principal, en Hobar- 
ton (6 de la mañana), es la del mínimum secundario en 
Toronto. En ambas localidades^ los dos máximos ocurren á 
las mismas horas (10 y 11 '/^ de la mañana, y 10 de la 
noche). Los cuatro cambios de período de la inclinación 
son, pues, casi exactamente los mismos en Toronto j en 
Hobarton (4 ó 5 de la tarde, 10 de la noche, i) y 10 ú 
11 ^/^¿de la mañana). Este juego complicado de las fuerzas 
interiores de la Tierra es digno de seria atención. Si 
comparamos ahora Hobarton y Toronto, bajo la doble rela- 
ción de los cambios de período de la intensidad y de la in- 
clinación, se nota que en Hobarton, en el hemisferio del 
Sud, el mínimum de la intensidad total es posterior solo 
en dos horas al mínimum principal de la inclinación , míen- 



— 101 — 

iras que el intervalo de los máximos es de seis lioras , y que 
por el contrario, en Toronto, en el hemisferio del Norte , el 
mínimum de la intensidad precede ocho horas al máximum 
principal de la inclinación, mientras que el máximum de 
la intensidad está separado del mínimum de inclinación 
por dos horas solamente (58) . 

La periodicidad de la inclinación en el caho de Buena- 
Esperanza no está conforme ni con la de Hobarton situado 
en el mismo hemisferio, ni con la de punto alguno del he- 
misferio setentrional. El mínimum de la inclinación se 
produce en esta región á la hora en que la aguja llega al 
máximum en Hobarton. 

Para determinar la variación secular} de la inclinación, 
es necesario disponer de una larga serie de observaciones, 
todas igualmente exactas. No se podria, por ejemplo, remon- 
tarse confiadamente hasta los viajes de circunnavegación 
de Cook, aunque en su última espedicion^ haja invertido 
constantemente los polos , porque haj frecuentemente en- 
tre sus evaluaciones j las de Bajley, en el mar del Sud, 
diferencias de 40 á 54 minutos, que dependen probable- 
mente de la imperfección de los aparatos j de la dificultad 
con que se movia la aguja. Para Londres, no se va apenas 
mas allá de las observaciones recogidas por Sabine , en el 
mes de Agosto de 1821, observaciones que^ comparadas á 
las escelentes determinaciones colectivas de Majo de 1838, 
de Ross, Sabine j Fox, dan una disminución anual de 
2', 78. Llojd, con instrumentos no menos exactos, pero en 
un espacio de tiempo mas breve, habia hallado,, en Dublin, 
2'38, resultado que se acomoda mucho -al primero (59). En 
París, donde la disminución anual de la inclinación está 
en descenso, esta disminución es major aun que en Lon- 
dres. Los muj ingeniosos métodos, imaginados por Cou- 
lomb para determinar la inclinación , habian . sin embar- 
go, llevado al autor á resultados erróneos. La primera 



— 102 — 

esperiencia, hecha en el Observatorio de París con un es- 
celente instrumento de Lenoir, data de 1798. Entonces 
encontré con Borda, después de observaciones muchas veces 
repetidas, 69' or,0; en 1810, con Arago, hallé 68° 50', 2; 
en 1826, con Mathieu, 67° 56', 7; en 1841, Arago contó 
67^ 9'^0; en 1851, Laugier j Mauvais obtuvieron 66° 35'^ 
siempre por el mismo método y con instrumentos de 
igual precisión. Este período que escede de medio siglo 
(1798-1851), da para París una disminución media anual 
de 3'69. Las épocas intermedias producen los resultados 
siguientes : 

1798-1810 5',0tí 

1810-1826 :V,37 

1826-1841. .... 3',13 

18Í1-1851 3', 40 

El decrecimiento de la inclinación disminujó mucho 
de 1810 á 1826, aunque de una manera progresiva. Ob- 
servaciones hechas con el major cuidado por Gaj Lus- 
sac, en 1806, á su regreso de Berlin, á donde me habia 
acompañado de vuelta de nuestro viaje á Italia, dieron 
69'' 12', lo que supone desde 1798 á 1806, una disminución 
anual de 4', 87. A medida que el nudo del ecuador magné- 
tico se aproxima al meridiano de París, en su movimiento 
secular de Este á Oeste, la disminución parece irse debili- 
tando. Háse producido este efecto, en medio siglo, en la 
proporción de 5', 08 á 3', 40. Poco tiempo antes de mi es- 
pedicion á la Siberia, en el mes de Abril de 1829, habia 
reunido j comparado, en una Memoria presentada á la 
Academia de Berlin , los diferentes puntos sobre los cuales 
hice yo mismo observaciones, siempre, puedo decirlo, con 
la propia exactitud (60). Sabine ha medido la inclinación 
j la intensidad en la Habana , 25 años después que jo, 
Jo cual, para esta región tropical ;, es ja un intervalo de 



— 103 — 

tiempo considerable, y ha determinado la variación de esos 
dos importantes elementos del magnetismo terrestre. Por 
último, en 1S31, ílansteen ha investigado y discutido la 
variación anual de la inclinación en ambos hemisferios, en 
un trabajo digno de elogio, mas completo que el mió ¡61). 
Mientras que las observaciones del capitán Belcher. 1838, 
comparadas con las recogidas por mí en 1803 (62, revela- 
ban cambios considerables de la inclinación , á lo largo de 
las costas occidentales de la América , entre Lima, Gua va- 
quil j Acapulco^ y daban resultados tanto mas preciososi 
cuanto que era major el espacio de tiempo que abarcaban, 
reconocíase que, en otros puntos del mar del Sud^ ese cam- 
bio secular de la inclinación habia sido de una lentitud sor- 
prendente. En Otahiti, Bajlej ha encontrado, en 1773, 
29M3'; Fitzroj, en 1835,30° 14'; Belcher, en 1840, 
30" 17'. Por lo tanto, en 67 años, la variación media anual 
ha sido apenas de O', 51 (63). El concienzudo observa- 
dor Sawelieff, recorriendo el Norte del Asia , desde Casan 
á las orillas del mar Caspio , 22 años después de mi es- 
tancia en esas regiones, ha encontrado la inclinación mu v 
desigualmente cambiada al Norte y al Sud del paralelo 
50 (64). Véase el cuadro comparativo de sus resultados v 
de los mios : 

Humbüklt. Sawelieff. 

1829. 1851. 



Casan 68'^36',7 GS^SO^.S 

Saratow. . . . 64O-í0^9 64^48', 7 

Sarepta. . . . 62°lo',9 C2''39',6 

Astrakan .... 59":>8',8 60O27',9 

Respecto del cabo de Buena-Esperanza, se tiene una 
larga serie de observaciones, y de observaciones mu j satis- 
factorias, limitándose al período de cincuenta años que me- 
dia desde la espedicion de Vancouber, en 1791, hasta la& 
de Ross j de Dupetit-Thouars^ en 1840 (65). 



— 104 — 

El problema de si la elevación del suelo, puede por sí 
misma, influir de una manera sensible y cierta sobre la in- 
clinación j la intensidad magnéticas lia sido para mí obje- 
to de muj detenido examen, en mi esploracion por la 
cadena de los Andes, el I ral j el Atlas (66). Antes he he- 
cho observar, al ocuparme de la intensidad, que desgracia- 
damente pocas localidades están en las condiciones necesa- 
rias para suministrar un elemento seguro para la solución 
de este problema. Rara vez con efecto, la distancia de los 
puntos que se co ñiparan es bastantemente poco considera- 
ble para no dar lugar á sospechar que la diferencia de la 
inclinación puede provenir, no de la elevación del suelo, 
sino de la curvatura de las líneas isodiiiámicas é isoclínicas, 
ó de una gran diferencia en la naturaleza de las rocas. Me 
limitaré pues á indicar cuatro resultados principales que, 
en los lugares mismos donde los he recogido, me han pare- 
cido demostrar la influencia de la altura sobre la inclina- 
ción de la aguja imantada de una manera mas convincente 
que pueden hacerlo las observaciones de intensidad. 

Silla de Caracas, elevada casi perpencliculanBenle 8,100 pies sobre las 
costas de laGuayra, al Sud y á una muy pequeña distancia de la ribera, 
al Norte de la ciudad de Caracas: altura 8,100 pies, inclinación; 41*^, 90; la 
Guayra: altura 10 pies, inclinación, i^°,20; Caracas: altura en las orillas 
del Rio-Guayra, 2,í84pics, inclinación, Í2^,95. Véase Humboldt, Viaje á 
las regiones equinocciales, t. í, p. 612. 

Santa Fé de Bogotá: altura, 8,196 pies, inclinación i'",V''): Capilla de 
^Vuestra Señora de Guadalupe, colocada encima de la ciudad en una roca; 
altura, 10,128 pies, inclinación, 2{j",80. 

Popayan: altura, o, 466 pies, inclinación, "23", 2o; pueblo de Puraz en 
la pendiente del volcan; altura , 8,136 pies, inclinación, 21°,80; vértice del 
volcan de Puraz: altura. 13,650 pies, inclinación, 20", 30. 

Quito: altura, 8,952 pies, inclinación 14'^, 8o: valle de San Antonio de 
Lulumbamba, atravesado por el ecuador geográfico: altura, 7,650 pies, in- 
clinación ,16*^02, (las inclinaciones están espresadas aquí en grados cenle- 
si males). 

Apenas me atrevo á mencionar las observaciones que he 



— 105 — 

recogido en el iiospiciode Saint-Gotliard (altura (3,650 pies, 
inclinación, 6if 12'). j la comparación que he hecho con 
Airólo ^altura 3,502 pies, inclinación, 66" 54'), j con Altorf 
(inclinación , 66" 55 ') ; como tampoco los resultados siguientes 
que parecen contradecir á los primeros: Lansle Bourg (in- 
clinación. 66° 9'), hospicio del Mont-Cenis (altura. 6,358 
pies, inclinación, 66^22'', vTurin (altura, 707 pies, inclina- 
ción, 66°3'); ó los que he recogido^ tanto en Ñapóles, en 
Portici V en el cráter del Vesubio, como en Bohemia en el 
vértice del gran Milischarer, formado de fonolita (inclina- 
ción, 67"^ 53' 5") que he comparado con Teplitz (inclina- 
nación. 67" 19', 5), y con Praga (inclinación, 66" 47', 6). 
Esas espariencias pueden parecer poco conclujentes , en 
razón á las distancias relativas y á la influencia de las 
montañas vecinas (67). En 1844, Bravais , Martins j Le- 
pileur, que hacian observaciones acerca de la* intensidad 
horizontal, las cuales se publicaron después acompaña- 
das de gran número de detalles, v comparaban entre sí, 
treinta v cinco estaciones, entre las cuales están el ver- 
tice del Mont-Blanc ( 14,809 1»), el del gran San Ber- 
nardo {7,848;,r) V el de Faulhorn (8,175p), se dedi- 
caron también á esperiencias de inclinación, en la gran me- 
seta del Mont-Blanc ( 12,097 1' ) y en el valle de Chamou- 
nix (3,201 1' ). Si la comparación de esos resultados probaba 
en definitiva, la influencia de la elevación del suelo sobre 
el decrecimiento de la inclinación magnética, habia sin em- 
bargo, entre aquellas observaciones algunas, tales como las 
de Faulhorn y de Brienz (1,754^' ) que presentaban á la in- 
clinación creciendo con la altura. Asi que_, ni para la in- 
tensidad horizontal ni para la inclinación, se habia obtenido 
solución satisfactoria del problema (68) . En una Memuria 
manuscrita de Borda, sobre su espedicion de 1776 á las is- 
las Canarias, que se conserva en París en el Depósito de 
Marina, v cuvo conocimiento debo á la atención del almi- 



— 106 — 

rante Rosilj, Ke encontrado la prueba de que Borda había 
sido el primero en buscar la influencia de una elevación 
considerable, en la inclinación magnética. Halló que la 
inclinación es en el pico de Tenerife 1" 15' major que en el 
puerto de Santa Cruz. Esta diferencia dependía ciertamen- 
te de la atracción local de las lavas, que he observado con 
frecuencia en el Vesubio j en los volcanes de la Amé- 
rica (69). 

Con el fin de reconocer si, como las alturas, influyen las 
profundidades en la inclinación, hice un ensajo durante mí 
permanencia en Freiberg, en el mes de julio de 1828, con 
todo el cuidado de que soj capaz, é invirtiendo á cada es- 
periencia los polos. Escogí el pozo de Churprinz, después de 
haberme asegurado, por un detenido examen, que la roca 
formada de gneis, no ejercía influencia alguna sobre la 
aguja imantada. A una profundidad de 802 pies bajo de 
tierra, encontré que la diferencia entre la inclinación sub- 
terránea j la de un punto situado directamente encima, en 
la superficie del suelo, no escedia de 2', 06. Tal fue sin em- 
bargo el cuidado con que la esperiencia fue hecha que creo 
poder deducir de los resultados de cada aguja, consignados 
mas adelante en una nota (70), que la inclinación es major 
en el pozo de Churprinz que en la superficie de la montaña. 
De desear es que se presente ocasión para renovar esas espe- 
riencias en minas respecto de las cuales exista el convenci- 
miento de que las rocas próximas no pueden tener acción 
alguna local, j á profundidades suficientes para que los re- 
sultados sean decisivos; citaré por ejemplo, los pozos de mi- 
nas de Valenciana, cerca de Guanaxuato_, en Méjico, que 
están abiertos á 1 582 pies debajo de tierra, las hulleras in- 
glesas que tienen mas de 1 ,800 pies, j el pozo del Asno hoj 
abandonado, cerca de Kuttenberg en Bohemia, que pene- 
tra en la tierra á una profundidad de 3 545 pies (71). 

Cuando el violento temblor de tierra de Cumana, el 4 



— 107 — 

de Noviembre de 1799, hallé disminuida la inclinación 
en 90 minutos centesimales, cerca de un grado. Las cir- 
cunstancias en que comprobé este resultado, y cujo de- 
talle exacto he dado, no permiten en equidad sospecha 
de error (72). Poco tiempo después de mi llegada á Cu- 
mana, habia comprobado que la inclinación era de 43°, 53 
de la división centesimal. Algunos dias antes del temblor 
de tierra, habia visto por casualidad espresada, en una obra 
española, preciosa por otra parte, el Tratado de Navegación 
de Mendoza (73), la opinión equivocada de que las varia- 
ciones horarias y mensuales de la inclinación eran mas fuer- 
tes que las de la declinación; y esto me dio motivo para insti- 
tuir una larga serie de esperienciasenel puerto deCumana. 
Del 1 ." al 2 de Noviembre, el término medio de la inclinación 
se mantuvo constantemente á 43^,65. El instrumento, con- 
venientemente nivelado, permaneció en el mismo lugar, sin 
que lo tocase nadie. El 7 de Noviembre, tres dias después 
de las grandes sacudidas, el instrumento nivelado de nue- 
vo, dio 42^*, 75. La intensidad magnética, medida por las 
oscilaciones verticales, no habia cambiado. Esperaba que la 
nclinacion volveria insensiblemente á su primitivo estado; 
pero permaneció constantemente la misma. En el mes de 
setiembre de 1800, después de haber seguido por agua v 
tierra el curso del Orinoco y del Rio Negro, en una estension 
major de 500 millas geográficas, el instrumento de Borda, 
que llevaba conmigo en esta espedicion, marcó 42", 80; 
igual resultado que antes de mi viaje. Como los movimien- 
tos mecánicos y las descargas eléctricas comunican la pro- 
piedad polar al hierro dulce, cambiando su estado molecu- 
lar, podrían suponerse ligadas entre sí, la dirección de las 
corrientes magnéticas y las de los quebrantamientos terres- 
tres. Pero habiendo prestado gran atención al sitio de esos 
fenómenos^ cuja realidad no tenia motivo de sospechar 
en 1799, no he vuelto á ver jamás, en los innumerables 



— 108 — 

temblores de tierra de que he sido testigo, durante una es- 
tancia de tres años en la América del Sud, un cambio re- 
pentino de la inclinación, imputable á esas sacudidas, cual- 
quiera que fuese la dirección de las ondulaciones terres- 
tres. Unobservader muj exacto j de gran saber, Erman. 
no ba hallado tampoco, después de un temblor de tierra en 
las orillas del lago Baikal (8 de Marzo de 1828) ninguna 
perturbación en la declinación magnética ni en el curso de 
sus variaciones periódicas (74). 

DECIJNACION. 

El tercer elemento del magnetismo terrestre, la declina- 
nación, es el que se conoce de mas antiguo. Hánse visto prece- 
dentemente los orígenes históricosde este descubrimiento. En 
el siglo xu de nuestra era, los Chinos sabian no solo que una 
aguja magnética horizontal, suspendida de un hilo de algo- 
don, forma ángulo con el meridiano geográfico, sino que sa- 
bian también medir la amplitud de esta declinación. Desde 
el año 1436, cuando, merced á las relaciones de los pilotos 
chinos con los Malajos j los Indios, j de estos con los Ara- 
bes y los Moros, el uso de la brújula se hubo estendido por 
la cuenca del Mediterráneo, entre los Mallorquines j los 
Catalanes, en la costa occidental del África y en las altas 
regiones del Norte, las indicaciones de la variación magné- 
tica fueron trazadas en los mapas marinos, para diferentes 
partes de los mares (75). En 1492, el 13 de Setiembre, 
Colon reconoció una línea sin declinación, es decir, en la 
que la aguja imantada se dirigía hacia el verdadero Norte, 
llamado de otro modo el polo de rotación, j desde esta épo- 
ca comprendió que el conocimiento de la declinación podia 
servir para determinar las longitudes geográficas. He pro- 
bado en otra parte con el Diario del Almirante que, en el 
segundo viaje que emprendió en el mes de Abril de 1496, 



— 109 — 

cuando era dudosa la dirección de, su navio, trató de orien^ 
tarse por observaciones de declinación (76). Las variaciones 
horarias de la declinación fueron observadas en Luvo, en 
el reino de Siam, por Hellibrand y el Padre Tachard, pero 
simplemente como hechos materiales; Graham las estudió 
primero que nadie en 1722, detalladamente y de una ma- 
nera casi satisfactoria. Por último, Celsius las utilizó para 
medir en común y de una vez la distancia de dos puntos 
separados considerablemente (77\ 

Pasando á los fenómenos mismos de la declinación, exa- 
minaremos primero las variaciones que en ellos producen 
las diferentes horas del dia y de la noche, asi como las es- 
taciones del año, y el término medio anual que de aquí re- 
sulta; después trataremos de la influencia que eiercen en 
estos cambios las perturbaciones estraordinarias, aunque 
periódicas, v la posición de los lugares al Norte ó al Sud 
del ecuador magnético; y por último, estudiaremos las rela- 
ciones lineales que unen entre sí los puntos de la superficie 
terrestre en que la declinación es nula, ó que tienen la mis- 
ma declinación. Estas relaciones lineales son, bajo el pun- 
to de vista de la aplicación práctica , el elemento mas 
útil para los cálculos de bordo y para la navegación en ge- 
neral; pero todos los fenómenos del magnetismo están tan 
íntimamente relacionados entre sí, incluso los mas misterio- 
sos, las perturbaciones estraordinarias* ó tempestades mag- 
néticas que con frecuencia se producen simultáneamente á 
inmensas distancias, que, para completar gradualmente la 
teoría matemática del magnetismo terrestre, es preciso no 
despreciar absolutamente ninguno. 

En las latitudes medias del hemisferio magnético boreal, 
la estremidad Norte de la aguja imantada se aproxima mas 
á la dirección Norte, á las 8 j ^ / ^ de la mañana. Desde 
las 8 y ^ / ^ bástala 1 y '^ / ,^ de la tarde, la aguja se mueve 
de Este á Oeste, hasta que alcanza su punto mas occidental. 



— lio — 

Este movimiento hacia Qeste es universal en todas las r^~ 
giones del hemisferio setentrional, ja sea occidental la de- 
clinación, como en Europa, en Pekin, en Nertschinsk j en 
Toronto en el Canadá, ja sea oriental, como en Kasan. en 
Sitka en la América rusa, en Washington, en Marmato en 
la Nueva Granada, j en Pajta en la costa del Perú (78). A 
partir de la 1 ^/ ^ j del punto mas occidental , la aguja 
prosigue su marcha hacia el Este durante la tarde j una 
parte de la noche hasta las 12 ó la 1 de la mañana_, 
haciendo generalmente una pequeña pausa hacia las 6 de 
la tarde. Por la noche, retrograda la aguja débilmente ha- 
cia el Oeste, hasta que alcanza su mínimum de desviación, 
ó en otros términos su punto de parada oriental, á las 8 ^/^ 
de la mañana. En otro tiempo , este período de la noche 
pasaba completamente desapercibido; j solo se habia ob- 
servado, en el intervalo de la 1 ^/^ á las 8 '^/ r^ de la ma- 
ñana, una vuelta progresiva j no interrumpida de Oeste 
á Este. En Roma me he ocupado mucho de esos movi- 
mientos casi imperceptibles, haciendo con Gaj-Lussac un 
trabajo sobre las variaciones horarias de la declinación, con 
el telescopio magnético de Pronj. Gomóla aguja es en ge- 
neral mas movible, mientras que el Sol está debajo del ho- 
rizonte, es mas difícil conocer el pequeño movimiento noc- 
turno hacia el Oeste. Cuando se destaca con claridad, no 
le he visto acompañado de ninguna oscilación instable. Al 
contrario de lo que sucede en las tempestades magnéticas, 
la aguja, al aproximarse al Oeste, procede por ciertos in- 
tervalos, exactamente lo mismo que en el período diurno de 
las 8 ^/4 á la 1 ^/ r^. Es de notar que cuando la aguja, 
después de haberse adelantado regularmente hacia Oeste, 
vuelve de nuevo al Este ó vice-versa, no ha j intervalo algu- 
no entre los dos movimientos, cambiando súbitamente de 
dirección, especialmente en el período diurno de las 8 ^/ ¡^ 
ala 1 '-/j. Generalmente, el pequeño movimiento hacia el 



— 111 — 

Oeste empieza después de media noche; ha sido, sin embargo, 
observado en Berlín j en las minas de Freiberg^ asi como 
en Greenwich, en Makerstoun en Escocia, en Washington 
j en Toronto, desde las 10 j 11 de la noche. 

Después de muchos miles de observaciones horarias, 
los cuatro movimientos de la aguja que he comprobado 
en 1805 (79) han sido referidos, en la bella colección de las 
observaciones de Greenwich (1845-1847). á los cuatro cam- 
bios de período siguientes (80): 1.*^'' mínimum de desvia- 
ción, 8 de la mañana; 1.^'' máximum, "2 de la tarde; 2.' 
mínimum, medio dia; 2.° máximum, 2 ó 4 de la tarde. De- 
bo limitarme aquí á indicar los estados medios, j á llamar 
la atención hacia la circunstancia de que el mínimum prin- 
cipal (8 de la mañana) no está modificado en modo alguno, 
en nuestra zona setentrional, por la salida mas ó menos tardía 
del Sol. Observando con Oltmanns las variaciones horarias 
durante dos solsticios j tres equinoccios, j prolongando las 
esperiencias á cada repetición durante cinco ó seis dias v 
otras tantas noches, he encontrado que la major declinación 
oriental estaba fija invariablemente entre las 7 ^/ r^ y las 
8 ^/4 de la mañana, en verano como en invierno, j que la 
salida mas matinal del Sol no adelantaba este momento sino 
de una manera apenas sensible (81). 

En las altas latitudes setentrionales, próximas al círcu- 
lo polar , j entre este círculo j el polo de rotación , no ha 
sido posible comprobar hasta aquí de una manera satisfac- 
toria la regularidad de la declinación horaria, aunque se 
hajan hecho un cierto número de observaciones mu y exac- 
tas. La acción local de las rocas v la frecuencia de las au- 
roras boreales, que de cerca ó de lejos, perturban la marcha 
de la aguja imantada, inspiraron escrúpulos á Lottin, du- 
rante la espedicion científica francesa de /a Lilloise (1836); 
temiendo sacar de sus propias j laboriosas investigaciones_, 
como del trabajo del sabio Loewenoern^ que data de 1786, 



— 112 — 

consecuencias formales sobre los camoios de período. En 
general sin embargo, según las observaciones del misionero 
Genge, el mínimum de la declinación occidental caia en 
Reikjavik en Islandia (lat. ()4° 8') j en Godthaab, en la 
costa de la Groenlandia, casi como en las latitudes medias, 
hacia las 9 <) las 10 de la mañana; pero el máximum parecia 
no producirse hasta las 9 o las 10 de la noche (82). Mas al 
Norte, en Hammerfest, en el Finmark (lat. 70° 40'), Sa- 
bine ha comprobado que la aguja señalaba con bastante re- 
g-ularidad su mínimum de desviación occidental á las ^) de 
la mañana, su máximum occidental á la 1 '/^ de la tarde, 
como en el medio dia de la Noruega y en Alemania ,83); 
pero halló en Spitzberg (lat. 79" oO') un resultado muj 
diferente: el mínimum occidental caia en las 6 de la ma- 
ñana, el máximum occidental en las 7 ^/^ de la tarde, lies- 
pecto de las islas del polo ártico, tenemos una bella serie de 
observaciones, recogidas durante 5 meses en Port-Bowen, 
en la costa oriental de la isla del Príncipe-Regente, por los 
tenientes Foster j Ross, durante el tercer viaje del capitán 
Parrj ^1825''; pero aunque en 24 horas pasase la aguja dos 
veces por el meridiano , considerado como el meridiano 
magnético medio del lugar, y durante dos meses enteros, 
Abril y Majo, no se haja visto aurora boreal, la duración 
de. las elongaciones principales variaban de 4 á 6 horas , y 
desde Enero hasta Majo no habia por término medio mas 
que una hora de intervalo entre los máximos j mínimos de 
la declinación occidental. Dias se vieron en que la amplitud 
de la declinación se elevó de 1" ^/.^ hasta 6 ó 7 grados, 
mientras que, bajo los trópicos, alcanza apenas el mismo 
número de minutos ^84). La complicación que existe, jun- 
to al círculo polar , en las variaciones horarias de la decli- 
nación magnética, se encuentra también cerca del Ecua- 
dor. En Bombaj por ejemplo, á 18*^ 56' de latitud boreal, 
las variaciones horarias se dividen en dos clases muj di Te- 



— 113 — 

rentes, desde Abril á Octubre, y de Octubre á Diciembre; 
cada una de esas clases se subdivide en dos períodos cuya 
fijación aun está por hacer (^5). 

Solo á partir de la seg-unda mitad del siglo xv, y mer- 
ced á los atrevidos viajes de Diego Cam y de Martin Be- 
hain , de Bartolomé Diaz y de Vasco de Gama , pudieron 
los Europeos adquirir por sí mismos un conocimiento in- 
completo todavía de la dirección de la aguja imantada, en 
el hemisferio austral . Pero desde el siglo iii de la era cris- 
tiana, los Chinos, como los habitantes de Corea v de las is- 
las del Japón, se guiaron, aun en el mar, por la brújula. La 
importancia que , según las narraciones de sus escritores 
mas antiguos, concedian al polo Sud, se fundaba principal- 
mente en la circunstancia de que su navegación se dirio-ia 
especialmente hacia el Sud y el Sud -oeste. Hablan obser- 
vado en sus viajes, que la estremidad de la aguja que Íes 
servia de guia no estaba exactamente dirigida hacia el polo 
Sud, y hasta habian medido la amplitud de la variación 
hacia el Sud-Este. Conocemos una de esas determinaciones 
que data del siglo xii (86). La aplicación v estension de 
este recurso tan útil á las empresas marítimas favorecieron 
las relaciones muj antiguas de la China con la India y 
con Java, como las travesías mas lejanas de los Malajos y 
su establecimiento en Madagascar i87). 

Aunque á juzgar por la situación actualmente muj 
setentrional del ecuador magnético , sea probable que la 
ciudad de Luvo, en el reino de Siam, estuviese muj pró- 
xima del límite del hemisferio magnético boreal, cuan- 
do en 1682 el misionero Guj Tachard observaba allí las 
variaciones horarias de la declinación, es preciso sin em- 
bargo reconocer que ese fenómeno no fué conocido con 
exactitud en el hemisferio magnético austral hasta un si- 
glo después. Macdonald siguió la marcha de la aguja iman- 
tada durante los anos de 1794 j 1795, en el fuerte Marl- 

TOMO IV. fi 



— 114 — 

borough, en la costa Sud-Oeste de Sumatra j en Santa 
Elena (88]. Los resultados que obtuvo llamaron la atención 
de los físicos hacia la amplitud decreciente de las variacio- 
nes diurnas en las bajas latitudes. La elong-acion no esce- 
dia de 3 á 4 minutos. Las espediciones científicas de Frej- 
cinet V de Duperrev han permitido abarcar un número 
mas considerable de hechos j profundizar mejor esos fenó- 
menos; pero no se ha llegado á estar verdaderamente en 
posesión de datos generales j completos, sino por el estable- 
cimiento de estaciones magnéticas en tres puntos importan- 
tes del hemisferio austral, en Hobarton en la Tierra de 
Van-Diemen, en Santa Elena v en el cabo de Buena-Es- 
peranza, en donde hace diez años se observan de hora en 
hora, j según métodos uniformes, las variaciones de los 
tres elementos del magnetismo terrestre. La aguja imanta- 
da tiene, en las latitudes medias del hemisferio magnético 
austral, una marcha precisamente opuesta á la que sigue en 
las zonas correspondientes del hemisferio boreal. Marchando 
la estremidad Sud de la aguja de Este á Oeste, desde la 
mañana hasta el medio día, resulta evidentemente que la 
estremidad Norte verifica un movimiento de Oeste áEste. 
Sabine, á quien debemos una discusión ingeniosa de 
todas esas variaciones, ha reunido las observaciones hechas 
de hora en hora durante cinco años en Hobarton (lat. aust. 
42" 53^- decKn. orient. 9° 57') j en Toronto (lat. bor. 43*^ 
3í)': declin, occid. 1" 33'), de tal manera, que se distin- 
guen con claridad los dos períodos del mes de Octubre al 
mes de Febrero, v del mes de Abril al mes de Agosto. Los 
meses intermedios. Marzo j Setiembre^ presentan, por de- 
cirlo así, fenómenos de transición. En Hobarton. la estremi- 
dad Norte de la aguja señala dos máximos de elongación 
oriental j dos máximos de elongación occidental (89;. De 
Octubre á Febrero, se dirige hacia el Este, entre 8 ó 9 de la 
mañana y 2 de la tarde, para retrogradar un poco hacia el 



~ 115 — 

Oeste desde las 2 hasta las 11; de 11 de la noche á 3 de la 
mañaDa, recobra su marcha hacia el Este j vuelve nueva- 
mente al Oeste desde las 3 á las 8 de la mañana. En el pe- 
ríodo que media desde el mes de Abril al mes de Agosto, 
los puntos orientales de regreso se retrasan hasta las 3 de 
la tarde j 4 de la mañana ; los puntos occidentales de re- 
greso se adelantan por el contrario, v se producen á las 10 
de la mañana j á las 11 de la noche. En el hemisferio 
magnético boreal, el movimiento hacia el Oeste, que se 
verifica de 8 de la mañana á 1 de la tarde, es mas sensible 
en verano que en invierno; en el hemisferio austral^ don- 
de, entre los cambios de período indicados antes, los movi- 
mientos se ejecutan en sentido contrario, se ha reconocido 
que la amplitud de la elongación es major , cuando el Sol 
está en los signos meridionales que cuando atraviesa los 
signos setentrionales. 

La cuestión que hace siete años presenté en el Cuadro 
general de la Naturaleza (90), de si existe sobre la Tier- 
ra una región , intermedia quizás entre el ecuador ter- 
restre j el ecuador magnético, en donde la variación 
horaria de la declinación sea nula, antes de que la estre- 
midad Norte de la aguja pase á la dirección opuesta, 
parece deberse resolver negativamente según esperien- 
cias mas recientes, j sobre todo después de las ingenio- 
sas discusiones de Sabine, respecto de las observaciones 
recogidas en Singapore (lat. bor. 1*^ l^'j) ®^ Santa Elena 
(lat. austr. 15*^ 56') j en el cabo de Buena-Esperanza 
(lat. austr. 33** 56'). No se ha reconocido hasta ahora pun- 
to alguno sin variación horaria de la declinación, y las con- 
tinuas observaciones de las estaciones magnéticas han pro- 
ducido el descubrimiento, tan importante como inespera- 
do, de que haj dos lugares en el hemisferio magnético 
austral en donde las oscilaciones horarias de la declinación 
participan alternativamente de los fenómenos distintivos 



— 116 — 

de los dos hemisferios. La isla de Santa Elena está situada 
muj cerca de la línea de menor intensidad magnética que, 
en esos sitios, se aleja considerablemente del ecuador ter- 
restre Y de la línea sin inclinación. En esta isla, la marcha 
de la estremidad JNorte de la aguja imantada está exacta- 
mente opuesta, desde el mes de Majo hasta el mes de Se- 
tiembre, á la que sigue, á las mismas horas, de Octubre á 
Febrero. Según cinco años de observaciones horarias, desde 
Majo á Setiembre, que son los meses de invierno del he- 
misferio austral, es decir, cuando el Sol está en los signos 
setentrionales, la estremidad Norte de la aguja señala la 
major declinación oriental, á las 7 de la mañana, k. partir 
de este momento^ recobra su marcha hacia el Oeste hasta 
las 10, de la mañana, como en las latitudes medias de la 
Europa j de la América del Norte , j se estaciona en esta 
dirección hasta las 2 de la tarde. Por el contrario, durante 
los meses de Octubre á Febrero, que constituyen la esta- 
ción de verano, cuando el Sol está en los signos meridiona- 
les, j lo mas cerca posible de la Tierra, la menor elongación 
occidental tiene lugar á las 8 de la mañana^ j va acompa- 
ñada hasta el medio dia de un movimiento de Oeste á Este, 
exactamente como en Hobarton ^ lat. austr. 42° 53' j, j en 
otras regiones pertenecientes á las latitudes medias del he- 
misferio austral. En la época de los equinoccios ó poco tiem- 
po después, en los meses de Marzo j Abril, como en los de 
Setiembre j Octubre, las oscilaciones de la aguja señalan, 
en ciertos dias, períodos de transición, j pasan del tipo del 
hemisferio boreal al tipo del hemisferio austral (91). 

Singapore está algo al Norte del ecuador geográfico, 
entre esta línea j el ecuador magnético que, según Eliot, 
casi coincide con la curva de la menor intensidad. Según 
las observaciones hechas en Singapore de dos en dos ho- 
ras, durante los años de 1841 j 1842, Sabine halló que 
los dos tipos opuestos, cuja existencia ha sido comprobada 



— 117 — 

en Santa Elena , desde el mes de Majo al mes de Agosto, 
j desde el mes de Noviembre al mes de Febrero, se en- 
cuentran igualmente reunidos en el cabo de Buena-Es- 
peranza, por mas que esté situado á 34° del ecuador ter- 
restre j mas alejado aun del ecuador magnético , por mas 
que la inclinación de la aguja imantada sea de 50*^, j el 
Sol no se presente allí jamás en el cénit (92;. Hánse pu- 
blicado ja observaciones horarias recogidas en el cabo du- 
rante seis años; de ellas resulta que, en este punto estre- 
mo del x\frica_, como en Santa Elena, la aguja, que llega 
á su major declinación oriental, se aleja de allí á las 7 ^/í, 
de la mañana j se dirige hacia el Oeste hasta las 11 ^/.,, 
desde el mes de Majo hasta el mes de Setiembre, j que por 
el contrario, desde el mes de Octubre hasta el mes de Mar- 
zo, se dirige hacia el Este desde las 8 ^/^ de la mañana 
hasta la 1 ^/^ 6 las 2. El descubrimiento de este fenómeno 
tan bien comprobado, pero cujo origen está envuelto aun 
entre espesas tinieblas, ha puesto fuera de duda la impor- 
tancia de las observaciones hechas sin interrupción de hora 
en hora. Las perturbaciones que, como se verá bien pron- 
to, hacen desviar con tanta frecuencia la aguja imantada, 
ja hacia el Este, ja hacia el Oeste, darian poca seguridad 
á las esperiencias aisladas del viajero. 

A consecuencia de la estension dada á la navegación j 
de la aplicación de la brújula á los cálculos geodésicos, no- 
táronse desde luego perturbaciones estraordinarias en la 
dirección de la aguja imantada, acompañadas de oscilacio- 
nes, de temblores j de estremecimientos. Este fenómeno se 
esplicó por un estado particular de la aguja , que se de- 
signó de una manera muj característica, en el lenguaje 
marítimo francés, diciendo que estaba loca. Para remediar 
esta locura, era conveniente magnetizar la aguja de nuevo 
j con mas fuerza. Halle j fué sin contradicción el primero 
que declaró fenómeno eléctrico á la luz polar (93). Invitado 



— 118 -- 

por la Sociedad Real de Londres para esplicar el gran me- 
teoro de 6 de Marzo de 1716, visible en toda Inglaterra, 
respondió que este meteoro era análogo al que Gassendi 
habia designado, antes que nadie, bajo el nombre de Au- 
rora horealis. x\unque en los viajes marítimos que empren- 
dió para determinar la línea sin declinación, llegase hasta 
los 52° de latitud austral, sábese sin embargo, por confesión 
propia que, antes de 1716, no habia nunca visto la luz 
polar en el hemisferio del Sud ni en el del Norte; y no 
obstante, las auroras australes son ciertamente visibles 
hasta en la zona tropical del Perú. Halle j no observó tam- 
poco, á lo que parece , nada de la instabilidad de la aguja 
y de las desordenadas oscilaciones por que pasa, bajo la in- 
fluencia de las auroras boreales y australes, visibles ó in- 
visibles. Olav Hiorter y Celsius de Upsala fueron los pri- 
meros en confirmar, por medio de una larga serie de me- 
didas, la relación supuesta solamente por Hallej, entre la 
aparición de la luz polar y la perturbación impresa á la 
marcha normal de la aguja. Esta meritoria empresa que 
Hiorter y Celsius llevaron á cabo en 1741 , antes de la 
muerte de Hallej, les dio motivo para instituir, de acuerdo 
con Graham^ las primeras observaciones simultáneas. Las 
perturbaciones estraordinarias de la declinación magnética, 
correspondientes á la aparición de la luz polar, fueron es- 
pecialmente profundizadas por Wargentin, Cantón y 
Wilke. 

En 1805, tuve ocasión de hacer en Roma, en el monte 
Pincio, en compañía de Gaj-Lussac, algunas observaciones 
que fueron objeto de un largo trabajo, al cual me dediqué 
con Oltmanns á mi vuelta á Berlin , durante los equinoc- 
cios y los solsticios de los años 1806 y 1807, en un estenso 
jardin situado en apartado lugar, con el telescopio mag- 
nético de Pronj y una señal colocada á distancia y bien 
iluminada por una lámpara. Aprendí de este modo que la 



— 119 — 

parte de la actividad magnética de la Tierra^ designada 
con el nombre general de perturbaciones magnéticas es- 
traordinarias_, que obra tan poderosamente en ciertas épo- 
cas, y no ejerce solo una influencia local , merece atención 
decidida en razón de su complicación. El mecanismo de la 
señal j de los hilos cruzados en el telescopio, suspendido 
ja de un hilo de seda, ja de un hilo de metal, j encerrado 
en una caja de cristal, permitía leer arcos de cS segundos. 
Como, según este método de observación , la pieza en que 
se encontraba el telescopio, gobernado por una barra de 
hierro imantado, debia quedar oscura, no habia que temer 
la corriente de aire que puede ocasionar la iluminación de 
la escala en declinatorios de microscopio, que son, por otra 
parte, escelentes. Convencidos de lo que jo habia dicho^ de 
que una serie no interrumpida de observaciones estudiadas 
de hora en hora, ó de media en media hora, durante un 
número igual de dias j de noches (ohservatio ¡)er])eltfAi), es 
preferible en sumo grado á observaciones recogidas sin su- 
cesión durante muchos meses , hicimos en las épocas de 
los equinoccios j de los solsticios , cuja importancia han 
acreditado todos los trabajos recientes , observaciones con- 
secutivas, prolongadas noche j dia durante o, 7 j 11 de 
estos (94). Reconocimos bien pronto que, para apreciar el 
verdadero carácter físico de esas perturbaciones anuales, no 
bastaba determinar su amplitud, sino que era preciso, en 
cada observación, unir en números el grado de instabi- 
lidad de la aguja, midiendo la separación de las oscilacio- 
nes. Cuando la aguja seguia regularmente su marcha ho- 
raria, estaba tan poco agitada que, de 1,500 resultados 
deducidos de (5,000 observaciones, desde mitad de Majo 
de ISOo hasta fines de Junio de 1807, la oscilación no 
comprendía las mas de las veces sina una semi-division, es 
decir, 1' 12". En algunos casos particulares, j frecuen- 
temente en tiempo muj tormentoso , la aguja parecía 



— 120 — 

completamente estacionaria, ó solo oscilaba de 24 á 28''; 
pero cuando estallaba la tempestad magnética, cuja se- 
gunda y mas fuerte manifestación es la luz polar, las os- 
cilaciones eran unas veces de 14', otras de 18', j no dura- 
ban nunca mas de 1 segundo ^/.¿ a 3 segundos. Frecuen- 
temente, la amplitud j la desigualdad de las oscilaciones 
que escedian en mucho las divisiones de la señal, bien de 
un lado, bien de los dos^ hacian imposible toda observa- 
ción (95). Esto es lo que, por ejemplo, aconteció sin inter- 
rupción en la noche del 24 de Setiembre de 1806, desde 
las 2 V 40 minutos hasta las 3 j 82 minutos de la ma- 
ñana, j desde las 3 y 57 hasta las 5 y 4 minutos. 

Ordinariamente , en las violentas tempestades magné- 
ticas (íiimsual or larfjer magnetic Disturhances , mar/netic 
Storms)^ el término medio de los arcos de círculo recorri- 
dos por las oscilaciones de la aguja aumentaba de un lado 
ó del otro, aunque con una velocidad desigual; pero en 
casos poco usuales, notáronse también oscilaciones estraor- 
dinarias, sin que la declinación aumentara ó disminuyera 
irregularmente , es decir, sin que el término medio de las 
oscilaciones se alejase de la división de la señal que perte- 
necia en dicho momento á la marcha normal de la aguja. 
Hemos visto sucederse á un largo reposo relativo movi- 
mientos repentinos, de fuerza muj desigual, describiendo 
arcos de (i á 15 minutos, que se correspondian alternativa- 
mente, ó se confundían los unos con los otros. Lo mas sor- 
prendente fué ver por la noche una mezcla de reposo absoluto 
y de oscilaciones violentas, sin que la aguja avanzara de nin- 
gún lado (90). (.Veo deber citar también, aunque sea muj 
raro, otro movimiento, especie de movimiento de báscula, 
que se produce en sentido vertical, y modifica la inclinación 
de la aguja durante 15 ó 20 minutos, mientras que las os- 
cilaciones horizontales se verifican muj moderadamente ó 
no se producen. Entre todas las circuntancias particulares, 



— 121 — 

consig-nadas con tanta atención en los registros de las esta-'- 
ciones inglesas, encuentro ese movimiento y erticBl (cousiant 
vertical motlon, the needle oscillating xerücalhj) indicado 
solo tres veces para la isla de Diemen (97). 

Según las observaciones de Berlin_, creo que por tér- 
mino medio se producen las grandes tempestades magné- 
ticas á las 3 de la mañana; cesando por término medio tam- 
bién, hacia las 5. Muchas veces observamos pequeñas tem- 
pestades magnéticas de 5 á 7 de la tarde, en los mismos dias 
del mes de Setiembre en que debian estallar, 8 ó 10 horas 
después, tempestades tan violentas, que la amplitud j la 
rapidez de las oscilaciones no permitian leer ni apreciar el 
término medio de las elongaciones. Desde el principio, tuve 
tal convencimiento de que las tempestades mag*néticas de- 
bian producirse por grupo, durante muchas noches segui- 
das, que anuncié á la Academia de Berlin las particulari- 
dades de esas perturbaciones estraordinarias, é invité á mis 
amigos á que vinieran á verlas á hora determinada para 
darles el placer de este espectáculo (98). Kupffer, durante 
su viaje al Cáucaso, en 1829. v mas tarde Kreil, á conse- 
cuencia de las preciosas observaciones que hizo en Praga, 
comprobaron^ como vo, la vuelta periódica de las tempes- 
tades magnéticas á horas determinadas ^99!. 

La hipótesis que habia podido espresar solo de una ma- 
nera general^ cuando las observaciones que hice durante 
los equinoccios j los solsticios del año 1806, llegó á ser, 
después del establecimiento de las estaciones magnéticas 
€n las posesiones inglesas (1838-1840 1, j merced á los ri- 
cos materiales puestos en acción tan felizmente por el co- 
ronel Sabine, uno de los mas importantes descubrimientos 
de la teoría del magnetismo terrestre. Sabine ha compa- 
rado todos los resultados obtenidos en ambos hemisferios, 
j clasificado las perturbaciones según las estaciones^ las 
horas del dia v de la noche , y se^run las desviaciones orien- 



•tales ú occidentales. En Toronto v en Hobarton, las per- 
turbaciones ban sido dos veces mas frecuentes j mas fuer- 
tes en la nocbe que por el dia (100 ,• las primeras observa- 
ciones becbas en Berlín babian dado el mismo resultado. 
Lo contrario aparece de las profundas investigaciones á 
que se dedicó el capitán Youug-busband acerca de 2,600 
ó 3,000 perturbaciones observadas en el cabo de Buena - 
Esperanza, j sobre todo en la isla de Santa Elena. En To- 
ronto, las principales perturbaciones se produjeron por tér- 
mino medio desde las 1*2 de la nocbe á las 5 de la mañana; 
solo algunas se ban observado antes, entre las 10 j las 12 
de la nocbe. Haj, por consiguiente, en Toronto como en 
Hobarton, predominio de perturbaciones nocturnas. Según 
la larga é ingeniosa prueba á que sometió Sabino 3,940 
perturbaciones observadas en Toronto j 3,470 fenómenos 
de igual naturaleza observados en Hobarton durante los 
seis años de 1843 á 1848, j que representaban la novena 
j la décima parte de todas las observaciones de declina- 
ción, pudo sacar en conse3uencia que las perturbaciones 
forman una clase particular de variaciones periódicas , so- 
metidas á le jes susceptibles de ser comprobadas, v que 
dependen de la posición del Sol en la eclíptica j de la ro- 
tación de la Tierra; que esos movimientos no deben, por 
lo tanto, ser llamados irregulares, y que baj motivo para 
reconocer en esos fenómenos, con un carácter local par- 
ticular, efectos generales que afectan á todo el conjunto 
del cuerpo terrestre (1). En los mismos años en que las 
perturbaciones fueron en Toronto mas frecuentes que de 
ordinario, sucedió lo mismo y casi en igual medida en Ho- 
barton. Aparecieron doblemente numerosas en Hobarton en 
los meses de verano, desde Abril á Setiembre, que en los de 
invierno, desde Octubre á Marzo; pero el mas fecundo de 
todos los meses fué Setiembre. Este es también el resultado 
de las observaciones que bice vo en Berlin, en 1806. en 



— 123 — 

el equinoccio de otoño (*2). Por todas partes, sou mas raras 
en invierno, es decir, desde el mes de Noviembre al mes de 
Febrero, en Toronto : desde el mes de Majo al de Agosto, 
en Hobarton. En Santa Elena y en el cabo de Buena- 
Esperanza, los pasos del Sol á través del ecuador están se- 
ñalados por una abundancia grande de perturbaciones. 

El hecho capital, cu jo descubrimiento se debe también 
á Sabine, es la regularidad con que en ambos hemis- 
ferios, aumentan las perturbaciones la declinación oriental 
ú occidental. En Toronto donde la declinación occidental 
es pequeña j no escede de 1° 33', el número de las per- 
turbaciones que hacian declinar la aguja hacia el Este du- 
rante el verano, es decir, desde el mes de Junio al mes 
de Setiembre , era superior al de las perturbaciones que 
producían un movimiento hacia el Oeste en invierno, es 
decir^ desde el mes de Diciembre al de Abril; la relación 
era de 411 á 290. Obsérvase lo mismo en la isla de Van- 
Diemen, teniendo en cuenta las estaciones locales. Las tem- 
pestades magnéticas son también allí mucho mas raras en 
el invierno, que dura desde el mes de Majo al mes de Agos- 
to (3). El examen de seis años de esperiencias , en las dos 
estaciones opuestas de Toronto j de Hobarton, condujo á 
Sabine al resultado admirable de que no solo el número de 
las perturbaciones habia ido creciendo, en ambos hemisfe- 
rios, de 1843 á 1848, sino que también, si para obtener el 
término medio anual normal de la declinación diurna, no 
se tomaba en cuenta una serie de 3,469 tempestades, la 
declinación total se había elevado insensiblemente, durante 
cinco años, de 7', 65 á 10', 58: por último, que el mismo 
aumento se hacia sentir en la inclinación j en la intensidad 
de la fuerza terrestre. Este resultado adquirió una importan- 
cia considerable , cuando se generalizó j confirmó por el 
notable trabajo publicado por Lamont en 1851 , acerca de 
un período de 10 años en el movimiento diurno de la aguja 



— 124 — 

magnética. Según observaciones hechas en Goettingue, en 
Munich, j en Kremsmünster, la amplitud media de la de- 
clinación diurna habia llegado a su mínimum desde 1843 
á 1844, j á su máximum de 1848 á 1849 (4). Luego que la 
declinación ha aumentado así durante cinco años, dismi- 
nuje el mismo espacio de tiempo, como lo prueba una serie 
de observaciones horarias muj exactas, que llegan hasta 
un máximum que cae a mediados de 1787 (5). Con el fin 
de esplicar por una causa general esta periodicidad común 
á los tres elementos del masfuetismo terrestre . háse inten- 
tado recurrir á la conexión de los fenómenos cosmológicos. 
Esta conexión nos ha sido suministrada, según la conjetura 
de Sabine, por los cambios que se producen en la fotosfera 
del Sol, es decir, en la envuelta gaseosa v brillante del 
cuerpo solar opaco (6). Según las investigaciones prosegui- 
das por Schwabe durante largos años, los períodos de la ma- 
jor j de la menor frecuencia de las manchas solares con- 
cuerdan perfectamente con los de las variaciones magnéti- 
cas. Sabine indicó, por primera vez esta coincidencia, en una 
Memoria presentada en 1852 á la Sociedad Real de Lon- 
dres. No haj duda alguna, dice Schw^abe, en un trabajo 
con el cual me ha permitido enriquecer anticipadamente 
la parte astronómica del Cosmos, de que, por lo menos, para 
la época comprendida entre 1826 v 1850, las variaciones 
en el número de las manchas solares se reproducen por 
período de diez años próximamente, de suerte que el máxi- 
mum cae en los años 1828, 1837, 1848, v el mínimum 
en 1833, j 1843 (7). Sabine ha robustecido también la 
hipótesis de la influencia solar en el magnetismo terrestre, 
por la ingeniosa observación de que el momento en que , en 
ambos hemisferios, la intensidad de la fuerza magnética es 
mas considerable, j aquel en que la dirección de la aguja se 
aproxima mas hacia la vertical, cae entre los meses de Oc- 
tubre j de Febrero, en la época en que la Tierra está muv 



— 125 — 

próxima al Sol j en que su revolución es mas rápida (S). 
He indicado ja en el Cuadro general de la Naturale- 
za (9) la simultaneidad de numerosas tempestades magné- 
ticas, j he diclio cómo se propagan las mismas tempesta- 
des á distancias de muchos miles de leguas j recorren todo 
el esferoide terrestre , como sucedió el 25 de Setiembre 
de 1841, en que una tempestad magnética fue observada 
en el Canadá, en Bohemia, en el cabo de Buena-Esperan- 
za, en la Tierra de Diemen j en Macao. He citado tam- 
bién ejemplos de perturbaciones mas locales^ como la que, 
desde Sicilia, se estendió hasta Upsala, pero no salvó este 
límite, j no se hizo sentir ni en Alten ni en la Laponia. 
Cuando las observaciones simultáneas de declinación, que 
combinamos Arago j jo, en 1829, en Berlin, en París, en 
Freiberg, en San Petersburgo, en Kasan j en Nicola'ieff, 
con instrumentos uniformes de Gambej, algunas fuertes 
perturbaciones no pudieron propagarse desde Berlin hasta 
París, ni aun hasta un pozo de Freiberg, en donde Reich 
hacia sus observaciones sobre el magnetismo subterráneo. 
Las declinaciones j oscilaciones considerables de la aguja, 
que acompañaron, en Toronto, á las auroras boreales, coinci- 
dieron con las tempestades magnéticas que estallaron en las 
islas Kerguéles del hemisferio austral, pero no fueron sen- 
sibles en Hobarton. Según la propiedad de penetración que 
la fuerza magnética, como la gravitación, presenta á través 
de toda especie de sustancias, es ciertamente difícil formar- 
se idea clara de los obstáculos que se oponen á su propaga- 
ción en el interior de la tierra, obstáculos análogos á los 
que detienen las ondas sonoras j las ondas de quebranta- 
miento, j que hacen que en los terremotos, lugares próxi- 
mos entre sí, no sientan jamás las mismas sacudidas (10). 
¿Consistirá esto en que líneas magnéticas, dirigidas en di- 
ferentes sentidos, interceptan por su cruzamiento la propa- 
gación de la fuerza magnética? 



— 126 — 

He descrito los movimientos regalares j los movimien- 
tos en apariencia irregulares que ejecuta una aguja sus- 
pendida liorizontalmente . Cuando observando la marcha 
normal de la aguja que vuelve sobre sí misma , j compo- 
niendo un término medio con los estremos de las variacio- 
nes horarias, se ha determinado la dirección del meridiano 
magnético^ sobre el cual, de un solsticio á otro, la declina- 
ción oriental iguala en suma á la declinación occidental, 
es natural comparar los ángulos que forma sobre diferentes 
paralelos, la intersección de los meridianos magnéticos con 
el meridiano geográfico: j de aquí resultan dos cosas : llé- 
gase primero al conocimiento de las líneas de variaciones j 
que Andrea Blanco, en 1436. j el cosmógrafo del Empe- 
rador Carlos V, Alonso de Santa Cruz , trataban ja de re- 
presentar gráficamente, v después al intento feliz de gene- 
ralizar las curvas isogónicas ó líneas de igual declinación, 
á las cuales dieron los marinos ingleses mucho tiempo, en 
justo reconocimiento, el nombre histórico de Halleyan Unes. 
Entre esas curvas isogónicas diversamente contorneadas, á 
veces casi paralelas, j que en raras ocasiones vuelven sobre 
sí mismas componiendo sistemas cerrados de forma oval, 
las mas interesantes, bajo el punto de vista de la física del 
globo, son las líneas sin declinación, de una j otra parte de 
las cuales se producen las declinaciones en sentido opuesto v 
aumentan desigualmente con las distancias (11). He hecho 
ver en otro lugar cómo el primer descubrimiento de una lí- 
nea sin declinación, hecho por Colon en el Océano Atlánti- 
co, el 13 de Setiembre de 1492, habia dado un impulso po-- 
dereso al estudio del magnetismo terrestre, que, durante dos 
siglos j medio^ parecía destinado únicamente á perfeccionar 
los cálculos náuticos. 

Por mucho que ha va aumentado en nuestros dias el co- 
nocimiento parcial de las líneas sin variación en el Norte del 
Asia, en el archipiélago Indio j en el Océano Atlántico, mer- 



ced á un grado mas alto de instrucción científica ^ntre los 
marinos j al mejoramiento de los instrumentos y de los mé- 
todos, es muj de sentir, sin embargo, en esta rama de la 
ciencia en que liaj necesidad de miras cosmológ-icas, la len- 
titud de los progresos v la carencia de resultados genera- 
les. Débese, no lo ignoro , á la casualidad , que hacia que las 
embarcaciones atravesasen las líneas sin declinación , un 
mí mero inmenso de observaciones consignadas en los Dia- 
rios de bordo ; lo que falta, es la unión y comparación de los 
materiales. Esos materiales no podrán en realidad adqui- 
rir la importancia que han de tener para el conocimiento 
mismo de las líneas sin declinación v para determinar la 
situación actual del ecuador magnético, en tanto que no se 
envien á los diferentes mares navios sin otro objeto que se- 
guir sin interrupción esas líneas. Merced únicamente á la 
simultaneidad de las observaciones , puede el magnetismo 
terrestre ofrecernos una historia : al decir esto, repito lo que 
he dicho ja mas de una vez (12). 

Por lo que sabemos hasta hoj acerca de la posición de 
las líneas sin declinación, existen probablemente, en el lu- 
gar de las cuatro líneas meridianas que se suponia unian á 
los polos, hacia fines del siglo xvi (13), tres sistemas muy 
distintos en su conformación, si es que pueden llamar- 
se sistemas esos grupos de líneas isogónicas^ que contienen 
una línea sin declinación que no está unida directamente 
con ninguna otra línea de igual especie, y no puede, en el 
estado actual de nuestros conocimientos, considerarse como 
su prolongación. De esos tres sistemas que describiremos 
separadamente mu j pronto, el sistema intermedio ó sistema 
atlántico está limitado á una simple línea sin declinación 
que se estiende en la dirección de Sud-Sud-Este al Nor-No- 
roeste, entre los 65^' de latitud austral y 67^' de latitud bo- 
real. El segundo, mas aproximado en 150 grados al Este, es- 
timulando solo los puntos de intersección de los dos sistemas 



— 128 — 

con el ecuador geográfico, ocupa toda el Asia j toda la Aus- 
tralia. Es de todos el mas estenso y el mas complicado; sube 
y vuelve á bajar de manera singular, presentando una 
punta al Norte y otra al Mediodía. En la estremidad Nord- 
Este, su curvatura es tal que la línea cero, volviendo sobre 
sí misma en forma de elipse, contiene líneas cuja declina- 
ción aumenta en una proporción rápida de fuera á adentro. 
La parte mas occidental v la parte mas oriental de esta 
curva están, como la línea cero del Océano Atlántico, diri- 
gidas de Sud á Norte , y se inclinan del Sud-Sud-Este al 
Nor-Noroeste, en el espacio comprendido desde el mar Cas- 
pio á la Laponia. El tercer sistema,' el del mar del Sud, es 
el menos esplorado y el mas pequeño de los tres. Situado 
casi por completo al Sud del ecuador geográfico, forma un 
óvalo cerrado, compuesto de líneas concéntricas sobre las 
cuales la declinación, al contrario de lo que se ha notado 
para la parte Nordeste del sistema asiático, disminuje de 
afuera á adentro. En África no se conocen otras líneas que 
aquellas cuja declinación occidental varía de 6 á *29 grados 
(14),- es cierto que hasta aquí las observaciones se han limi- 
tado á las costas. Sábese, cuando menos, por Purchas que la 
línea atlántica sin declinación ha abandonado desde el ^ño 
de 1605 el cabo de Buena-Esperanza, retirándose en la di- 
rección de Este á Oeste.— ;,Existe en el África central otro 
grupo ovalado, formado de líneas concéntricas en las cua- 
les disminuje la declinación hasta O? igual razón existe 
para afirmarlo que para negarlo. 

La parte atlántica de la curva americana sin declina- 
ción fue determinada por el coronel Sabine, que ha repre- 
sentado con una exactitud maravillosa el estado de la decli- 
nación magnética en ambos hemisferios para el año 1840, 
después de una suma de 1,480 observaciones, j teniendo 
en cuenta las variaciones seculares. Esta línea que se en- 
contró próximamente á los TO'' de latitud austral j 2Pde 



— l-i9 — 

longitud occidental (15)_, corre hacia el Nor-Noroeste, pasa 
tres grados al Este del archipiélago Sandwich, 9 grados j 
medio al Este de la Georgia meridional, se aproxima á las 
costas del Brasil, en el cual entra por el cabo Frió, deja á 2 
grados al Oeste á Rio Janeiro, atraviesa el nuevo continen- 
te hasta 0° 36' de latitud austral , se separa algo de él al 
Este de Para, cerca del cabo Tigioca, y del Rio-Para, una 
de las bocas del de las Amazonas, para cortar por prime- 
ra vez al ecuador geográfico á los 5'' 6' de longitud occiden- 
tal. Desde allí, sigue las costas de la Gujana, á una distan- 
cia de 22 millas geográficas, hasta los 5° de latitud boreal, 
costea el arco descrito por las pequeñas Antillas hasta el 
paralelo 18,. para ir á tocar al litoral de la (.'arolina del 
Norte , cerca del cabo Lookut, al Sud-Oeste del cabo Hat- 
taras, á los 34° 50' de latitud j 76'' 30' de longitud. En el 
interior de la América del Norte , la línea sin declinación 
continúa su marcha hacia el Nor-Oeste hasta Pittsburghj 
Meadville j el lago Erie, á los 41° 30' de latitud j 80"" de 
longitud; es de suponer que desde 1840 ha adelantado ya 
hacia el Oeste medio grado próximamente. 

La curva sin declinación, que puede llamarse aus- 
tralocaspia, si se considera con Erman , la línea que sube 
repentinamente de Kasan á Arcángel j á la Laponia rusa 
como prolongación de la que atraviesa el mar de las Molu- 
cas j del Japón, no podria seguirse en el hemisferio aus- 
tral mas que hasta el paralelo (52. La parte meridional de 
esta línea está situada mas al Oeste de la Tierra de Die- 
men de lo que en un principio se habia supuesto , v los 
tres puntos en que Ross cortó la línea sin declinación (16) 
en su viaje de descubrimiento al polo antartico (1 840-1 <S41), 
se encuentran todos á los 62°, 54" 30' j 46° de latitud, 
entre 131° j 133° 20' de longitud oriental. La mavor par- 
te de la línea sigue, pues, la dirección meridiana de Sud á 

Norte. En su estenso desarrollo, esta curva atraviésala. 

T01I0 lY. y 



— 130 — 

parte occidental de la Australia, de Norte á Sud, desde 
la costa meridional del país de Nujts, 10 grados próxi- 
mamente al Oeste de la isla Adelaida, hasta cerca del rio 
Van Sittart j del monte CockLurn, para entrar desde allí 
en el mar del archipiélago indio, en sitios donde la incli- 
nación, la declinación j la intensidad total, así como el má- 
ximum V el mínimum de la intensidad horizontal, fueron 
observados por el capitán Eliot, desde 1846 á 1848, con 
mas exactitud que en ninguna otra parte. La línea continúa 
ense2*uida su dirección recta hasta el Este, desde los 118" 
hasta 91 grados de longitud occidental, pasando al Sud de 
Flores, y atravesando la pequeña isla de Sandalwood (17). 
Diez y seis años antes, Barlow, habia indicado esta direc- 
ción con gran precisión. A partir de los 91° de longitud occi- 
dental, la curva australo-asiática asciende hacia el Noroeste 
hasta 9°, 70' de latitud austral, á juzgar por la situación 
de la línea que marca 1° de declinación oriental, que Eliot 
siguió hasta Madras. La línea sin declinación, cu jo curso 
trazamos, ¿corta al ecuador hacia el meridiano de Cejlan, 
j penetra en el continente asiático, entre el golfo de Cam 
baj jGuzurata. ó mas al Oeste, porel golfodeMascata(18), 
siendo de esta suerte idéntica á la curva sin declinación 
que, partiendo de la cuenca del mar Caspio, parece correr 
hacia el Sud (19). ó mas bien, como pretende Erman , incli- 
nándose al Este, antes de cortar al ecuador, j remontándose 
hacia el Norte, entre Borneo y Malaca, atraviesa el mar del 
Japón v penetra en el Asia oriental por el golfo de Okhotsk 
(20)? Cosa es esta imposible de resolver. Es muj de sentir 
que las frecuentes comunicaciones que sostiene la navega- 
ción europea con las Indias, la Australia, las islas Filipinas 
y las costas del Noroeste del Asia queden estériles para la 
ciencia, v que innumerables materiales que deberían ser- 
vir para generalizar las ideas sobre el conjunto del globo, 
uniendo el Asia meridional á las regiones mejor esploradas 



— 131 — 

del Asia setentrional , no salgan de los Diarios de bordo; 
cuestiones pendientes desde 1840 j que carecen aun de so- 
lución por estos motitos. Para no mezclar lo cierto con lo 
dudoso, me limito ala parte sibérica del continente asiático, 
que conocemos hasta el paralelo 45, por los trabajos de Er- 
man, de Hansteen, de Due, de Kupffer, de Fus v por mis 
propias observaciones. En ninguna otra parte del globo, ha 
podido seguirse por tierra tan largo desarrollo de las líneas 
magnéticas. La importancia que, bajo este punto de vista, 
tiene la inmensa estension de la Rusia en Europa j en Asia 
habia sido presentida va por el genio de Leibnitz (21). 

Con el fin de seguir de Este á Oeste la dirección de las 
espediciones europeas á la Siberia, empezaremos por la par- 
te setentrional del mar Caspio ; j desde luego encontra- 
mos que en la pequeña isla Birutschikessa , en Astrakan, 
sobre el lago Elton , en la Estepa de los Kirguisos , j en 
Uralsk sobre el Jaik, entre 45^ 43' j 51° 12' de latitud, 
44*^ 51' j 49° 2' de longitud, la aguja oscila de O" 10' de 
declinación oriental á O" 37' de declinación occidental (22). 
Hacia al Norte , la curva sin declinación tiende un poco 
mas al Noroeste j vá por los alrededores de Nishnej- 
Nowogorod (23). En 1828, corria entre Osablikowo v 
Doskino, á los 56*^ de latitud j 40'^ 40' de longitud. Dirí- 
gese luego hacia la Laponia rusa, j pasa entre Arcángel v 
Kola, ó con mas exactitud, según Hansteen (1830), entre 
Umba j Ponoi (24). Solo después de haber recorrido cerca 
de los dos tercios del Asia setentrional, entre los parale- 
los 50 j 60, es decir, en el lugar de su major latitud, v 
de haber atravesado un espacio en que es hoj la declina- 
ción decididamente oriental, es como vuelve á unirse la 
línea sin declinación, que, pasando cerca de la parte Nord- 
Este del lago Baikal, al Oeste de Wiluisk^ j, subiendo 
hacia el Norte, alcanza un punto situado en el meridiano 
de lakutsk (127'' 30') j paralelo 68, para formar allá la 



— VS'2 — 

envuelta esterior del grupo ovalado , compuesto de lí- 
neas concéntricas de declinación , de que tanto se lia ha- 
blado. Esta curva, en fin, vuelve abajar hacia Okbotsk, 
á los 140° 50' de longitud, corta el arco de las islas Ku- 
riles , j, continuando su marcha hacia el Sud , penetra en 
el mar del Japón. Las curvas de 5 á 15 grados de decli- 
nación oriental, que llenan el espacio comprendido en- 
tre la parte occidental j la parte oriental de la línea asiá- 
tica sin declinación , tienen todas una cima cóncava diri- 
gida hacia el Norte. El máximum de su curvatura, cae, 
según Erman, á los 77° 40' de longitud, en un meridiano 
casi intermedio entre Omsk j Tomsk, j muj próximo del 
que atraviesa la estremidad meridional del Indostan. Ese 
grupo, plegado en sí mismo en óvalo cerrado _, se estiende, 
en su eje longitudinal, por un espacio de 28 grados de la- 
titud, hasta la península de Corea. 

Una configuración análoga, pero de dimensiones mas 
considerables aun, existe en el mar del Sud. Las líneas iso- 
gónicas , volviendo sobre sí mismas , forman allí un óvalo 
comprendido entre 20° de latitud austral j 42° de latitud 
boreal, cu jo eje principal está situado á los 132° 20' de 
longitud. Lo que distingue sobre todo este á grupo singular, 
cuja major parte pertenece al hemisferio del Sud j sola- 
mente á la región oceánica, del grupo del Asia oriental, es 
el orden en que se suceden las curvas de declinación que 
le componen. En el primer grupo, la declinación es orien- 
tal , j disminuje á medida que se penetra en el interior 
del óvalo; en el segundo, la declinación occidental va au- 
mentando desde fuera á adentro. No existen sin embargo 
en el interior del grupo austral, mas que declinaciones 
comprendidas entre 8 j 5 grados. ¿Consistirá esto en que 
después de haber atravesado un anillo de declinación orien- 
tal, se encuentre mas allá de la línea cero, la declinación 
occidental? 



— 1:^3 — 

Las curvas sin declinacioD, como todas las líneas mag- 
néticas, tienen su historia. Por desgracia, esta historia no 
puede remontarse mas allá de doscientos años. Encuén- 
transe de ella, sin embargo^ algunas huellas hasta en los 
siglos XV j XVI. Débese también á Hansteen la recopilación 
j comparación de esos documentos , hecha con su penetra- 
ción ordinaria. Parece como que el polo Norte magnético 
se mueve de Oeste á Este , j el polo Sud de Este á Oeste: 
pero observaciones exactas demuestran que las diferentes par- 
tes de las curvas isogónicas se cambian de una manera mu v 
irregular, que esas líneas, en los sitios donde eran parale- 
las se separan del paralelismo, v que las regiones en que 
reinaba esclusivamente una de las dos declinaciones se en- 
sanchan ó se restringen en muj distintas direcciones. Las 
líneas sin declinación del Asia occidental j del Océano At- 
lántico se adelantan de Este á Oeste. La primera de esas 
líneas pasaba por Tobolsk hacia 1716; en 1761, en tiempo 
de Chappe, atravesaba Katherinenburg; después, cortó á 
Kasan ; por último , en 18*29 corria entre Osablikowo j 
Doskino, á corta distancia de Nishnei-Nowogorod. De este 
modo, en 113 años, adelantó hacia el Oeste 24° 45'. Si la 
línea de las Azores, que determinó Cristóbal Colon el l'S 
de Setiembre de 1492, es la misma que, en 1607 , según 
las observaciones de Da vis v de Keeling, atravesaba el 
cabo de Buena Esperanza (25), la misma que vemos hoy 

dirio-irse desde la embocadura del rio de las Amazonas ha- 
to 

cia el litoral de la Carolina del Norte , pregúntase qué ha 
sido de la línea sin declinación que pasaba por Koenigs- 
berg en 1.600_, por . Copenhague probablemente en 1620, 
por Londres desde 1657 á 1662, que en 1666 se inclinaba 
mas al Este y cortaba á París , j que por último atra- 
vesaba á Lisboa poco antes de 1668 (26). Deben mirarse 
con sorpresa justamente los puntos de la Tierra donde, du- 
rante largos períodos de tiempo, no ha podido notarse cam- 



— 134 — 

bio secular alguno. Juan Herschell ha llamado ja la aten- 
ción acerca de la larga fijeza de la brújula en la Jamai- 
ca (*27); Euler (28) y Barlow (29) han señalado la misma 
constancia de fenómenos en la Australia meridional. 



LUZ POLAR, 



Hemos tratado detalladamente los tres modos principa- 
les por qué se manifiesta el magnetismo terrestre: inten- 
sidad, inclinación j declinación, j hemos estudiado las va- 
riaciones, dependientes de la situación geográfica, que 
esos tres modos esperimentan, según las estaciones y las 
horas. Las perturbaciones estraordinarias , cu jos efectos 
se revelaron por vez primera en los cambios de la decli- 
nación, anuncian en parte, j en parte acompañan á la luz 
polar magnética, como habia presentido Hallej, j compro- 
baron Hiorter j Du Fav. He descrito también con bastan- 
te estension, en el Cuadro general de la Naturaleza, los 
fenómenos, tan brillantes por lo común, que acompañan 
á la producción de la luz terrestre , y observaciones mas 
recientes han confirmado en general las ideas que espuse 
en aquella época. «La aurora boreal no debe considerarse 
como la causa de la perturbación que interrumpe el equi- 
librio del magnetismo terrestre, sino como el resultado de 
la actividad del globo, exaltada hasta la producción de fe- 
nómenos luminosos^ j que se manifiesta, de una parte, por 
la iluminación polar de la bóveda celeste , de otra , por las 
desordenadas oscilaciones de la aguja imantada.» Según 
esto, se ve que la luz polar es una especie de descarga sin 
detonación, el acto que da fin á la tempestad magnética, lo 
mismo que, en las tempestades eléctricas, el equilibrio des- 
truido se restablece por otro fenómeno luminoso, el relám- 



1 '^"^ 



pago, acompañado del trueno. No debe temerse el repetir, á 
propósito de una aparición tan comple^ja y misteriosa, una 
liipótesis claramente formulada ,30); los esfuerzos mismos 
que se hagan para rebatirla no pueden sino favorecer la ob- 
servación, que llegará á ser de esta manera mas escrupulo- 
sa y mas asidua. 

Al empezar la descripción puramente objetiva de esos 
fenómenos, respecto de los cuales aprovecharé la magnífica 
serie de observaciones, proseguidas sin interrupción duran- 
te ocho meses (1838-1839), por físicos distinguidos, en 
laestremidad setentrional de la Escandinavia (31), consi- 
deraremos primeramente el velo nebuloso que gradualmen- 
te se levanta en el horizonte, v se denomina seo-mento os- 
curo de la aurora boreal (32). Como observó Argelander, 
el color oscuro no es un efecto de contraste; algunas veces, 
en verdad, la niebla es visible antes de estar adornada por 
el arco luminoso. Esto depende de alguna operación que 
debe realizarse en una parte de la atmósfera , porque nada 
hace sospechar hasta aquí una mezcla material, de que pue- 
da resultar el oscurecimiento. El telescopio reconoce las es- 
trellas mas pequeñas en el segmento oscuro, como en las 
partes coloreadas j luminosas de la aurora en su completo 
desarrollo. En las altas latitudes, el segmento oscuro pare- 
ce ser mucho mas raro que en las latitudes medias. En los 
meses de Febrero j Marzo, en una época en que las auroras 
boreales eran frecuentes j el cielo muj puro, no ha apare- 
cido el segmento. Keilhau pasó todo un invierno, en Talwig 
de la Laponia, sin observar ninguno. Argelander ha demos- 
trado, al determinar con mucha exactitud alturas de estre- 
llas, que ninguna parte de la luz polar tiene influencia á 
tales alturas. Fuera de los segmentos, fórmanse también, 
aunque esto acontece rara vez, rajos negros ó estrías, que 
Hansteen j jo hemos visto subir en muchas ocasiones (33).. 
Aparecian al mismo tiempo manchas negras de forma re- 



— 136 — 

dondeada y como encerradas en espacios luminosos, de las 
que ha tratado singularmente Siljestroem (34). La parte 
central de la corona que se observa por otra parte tan rara 
vez, y cu JO vértice, por un efecto de perspectiva, se con- 
funde en cada lugar, con la prolongación de la aguja de 
inclinación, también es ordinariamente de un negro subi- 
do. Bravais estima que este efecto, como el color negro de 
los rayos, son ilusiones de óptica producidas por el contraste 
de los colores. Vénse á menudo subir paralelamente hacia 
el cénit muchos arcos luminosos, llegando algunas veces á 
siete y hasta nueve, pero esto es raro, j haj también oca- 
siones en que faltan por completo. Los haces de rajos j 
las columnas luminosas afectan las formas mas variadas; 
pudiendo observarse en ellas pliegues ondulosos, guirnal- 
das dentadas, corchetes, lenguas de fuego ó velas hincha- 
das de navios (35). 

En las altas latitudes, el color que domina ordinaria- 
mente en las auroras boreales es el blanco; blanco de leche^ 
cuando la luz es poco intensa, que se convierte en amari- 
llo, cuando la luz es mas brillante. Entonces el centro de 
!«, ancha faja de rajos oscurece este color amarillo, vién- 
dose en los dos bordes indistintamente rojo j verde. Si 
los rajos se desenvuelven en forma de cintas largas j es- 
trechas^ el rojo se apercibe encima j el verde debajo. Bien 
sea que el movimiento se efectúe de izquierda á derecha ó 
de derecha á izquierda, el rojo se ve siempre del lado hacia 
el cual se dirige el movimiento, quedando detrás el verde. 
Acontece rara vez que en los rajos verdes ó rojos, se observe 
uno solo de los colores complementarios. Jamás se ve azul; 
un rojo subido, semejante al reflejo de un incendio, es tam- 
bién tan raro en el Norte, que Siljestroem solo lo ha perci- 
bido una vez (36). La intensidad luminosa de la aurora bo- 
real no llega nunca, aun en el Finmark, á la de la Luna 
llena. 



-^ 137 — 

La opinión que tengo espresada hace mucho tiempo 
sobre la probable conexión de la luz polar con la formación 
de las nubes mas pequeñas v desligadas, es decir los cirros, 
designados por los campesinos con el nombre de nubes 
ensortijadas, cujos rastros paralelos, á iguales distancias 
unos de otros, siguen generalmente la dirección del meri- 
diano magnético, ha tenido en estos últimos tiempos muchos 
partidarios. Si es preciso deducir de aquí, como aseguran 
el almirante \^ rangel y Thienemann, el esplorador délas 
regiones setentrionales, que esas nubes son el substratum 
de la luz polar, ó mas bien, como he supuesto de acuerdo 
con el capitán Franklin j el doctor Richardson, un fenó- 
meno meteorológico que acompaña a la tempestad mag- 
nética y que ella produce , cosa es que todavía no está re- 
suelta (37). Además de la disposición regular de las fajas 
polares, formadas por esos ligeros rastros de cirros, j de su 
dirección relacionada con la declinación magnética, he exa- 
minado con mucho detenimiento, en 1803 en la meseta de 
Méjico, j en 1829 en la parte setentrional del Asia, el mo- 
vimiento circular de los puntos de convergencia. Cuando 
el fenómeno se realiza de una manera completa , los dos 
puntos aparentes de convergencia, en lugar de permanecer 
fijos, uno al Nordeste j el otro al Sudoeste^ en la dirección 
de la línea que une los puntos culminantes de los arcos 
nocturnos de la aurora, se mueven gradualmente hacia el 
Este j hacia el Oeste (38) . Háse observado muchas veces v 
con mucha exactitud, en el Finmark , un movimiento 
análogo de traslación, de la línea que sirve para unir, en 
las verdaderas auroras boreales, lo vértices de los arcos lu- 
minosos, mientras que los pies de esos arcos, es decir, 
sus puntos de apojo en el horizonte, abandonan la direc- 
ción de Este á Oeste, para tomar la de Norte á'Sud (31)). 
Según esos cálculos, la situación de las nubes ensortijadas, 
dispuestas en fajas polares, corresponde á las columnas lu- 



~ 1:38 — 

miñosas ó haces de rajos que parten de los arcos , dirigi- 
dos ordinariamente de Este á Oeste, j que elevándose ha- 
cia el cénit no pueden confundirse con los arcos observa- 
dos por Parrj, que permanecen visibles durante un dia 
claro, después de una noche ocupada por una aurora bo- 
real. El mismo fenómeno se reprodujo en lug-laterra , el 
3 de Setiembre de 18*27 ; durante el dia viéronse escapar 
del arco luminoso brillantes columnas (40). 

Háse afirmado muchas veces que alrededor del polo Nor- 
te magnético reina una aurora boreal perpetua. Bravais, 
que pasó en observación 200 noches consecutivas , durante 
las cuales contempló y describió exactamente 152 auroras 
boreales, declara, con efecto, que las noches sin aparicio- 
nes luminosas son escepcionales. Acontecíale, sin embar- 
go, en alguna ocasión, estando el cielo sereno j cuando nada 
reducia el horizonte, no descubrir ninguna señal de luz 
polar, ó esperar cuando menos la tempestad magnética du- 
rante una parte considerable de la noche. A fines de Setiem- 
bre es cuando las auroras boreales, absolutamente hablando, 
son mas numerosas, j como el mes de Marzo parece tener, 
bajo este respecto, una superioridad relativa sobre los me- 
ses de Febrero j de Abril , puede sospecharse que este 
fenómeno, como otros magnéticos, está en relación con los 
equinoccios. A los ejemplos de auroras boreales visibles en 
el Perú, y de auroras australes visibles en Escocia, conviene 
añadir un fenómeno de luz polar coloreada^ observado 
durante dos horas enteras, el 14 de Enero de 1831, por el 
capitán Lafont, en Candida, al Sud de la Nueva Holanda^ 
bajo el paralelo 45 (41). 

Después de las esperiencias de Bossekop, los físicos 
franceses j Siljestrosm negaron la producción del ruido 
tan formalmente como Thienemann, Parrj, Franklin_, Ri- 
chardson, Wrangel j Anjou (42). Bravais ha dado, como 
medida de la altura del fenómeno, por lo menos 100,000 



— 139 — 
metros, que componen mas de 13 millas geográficas. Es 
verdad que, por otra parte, el distinguido observador Far- 
quliarson evalúa esta altura en menos de 4,000 pies. Los 
fundamentos de esas medidas son poco ciertos. Los efectos 
de perspectiva y la supuesta identidad de dos arcos lumi- 
nosos, percibidos simultáneamente en dos puntos alejados 
del horizonte, pueden inducir fácilmente á error. No cabe 
poner en duda, antes al contrario , la influencia de la 
luz polar en la declinación , la inclinación j la intensidad 
horizontal ó total. Pero aunque esta influencia se deje sen- 
tir en todos los elementos del magnetismo terrestre , obra 
desigualmente en cada uno de ellos , j en diferentes fa- 
ses. Las investigaciones mas completas respecto de este 
punto, son aquellas á que se dedicaron en Laponia (1838- 
1839) los distinguidos observadores Siljestroem y Bra- 
vais (43) , j las que se han recogido en Toronto , en el 
Canadá (1840-1841), discutidas de una manera tan in- 
geniosa por Sabine (44). Las observaciones instituidas 
de acuerdo j simultáneamente , en el jardin de Men- 
delsohn-Bartholdj en Berlin, en las minas de Freiberg^ 
en Petersburgo, en Kasan j en Nicolaíeff, han confir- 
mado que la aurora boreal visible en Alford, en el condado 
de Aberdeen, á hT 15' de latitud, el 19 j el 20 de Di- 
ciembre de 1829^ habia influido en esos diferentes sitios, 
sobre la declinación, j que, en otras||regiones donde se 
observaron también los demás elementos del magnetis- 
mo terrestre, la declinación, la inclinación y la intensidad 
la habian sentido igualmente y al mismo tiempo (45). Du- 
rante la hermosa aurora boreal que estudió el profesor 
Forbes, el 21 de marzo de 1833, en Edimburgo, la incli- 
nación fue estremadamente pequeña, y la aguja de decli- 
nación tan agitada que apenas podian hacerse las lecturas 
angulares. Un fenómeno, que parece merecer particular 
atención, es la disminución de la intensidad total, durante 



— 140 — 

el período mas activo de la aurora boreal. Las medidas que 
tomé en Berlín con Oltmanns, durante una preciosa aurora 
boreal, visible el 20 de Diciembre de 1806 (46), que se im- 
primieron en las Investigaciones de Hansteen acerca del 
magnetismo terrestre, han sido confirmadas por Sabine y 
por la comisión francesa enviada al Norte en 1838 (47). 

Al esponer con todo el cuidado de que soy capaz el es- 
tado actual de nuestros conocimientos positivos respecto de 
los fenómenos del mao-netismo terrestre, he debido limi- 
tarme á describir de una manera puramente objetiva hechos 
que no tienen todavía esplicacion teórica, ni aun fundada 
únicamente en la inducción j la analogía. Por igual razón, 
me he abstenido, en este trabajo, de hipótesis geonósticas. v 
no he estimado deber señalar las relaciones que se han crei- 
do reconocer entre la dirección de las grandes cadenas de 
montañas ó de masas pétreas estratificadas v la de las lí- 
neas magnéticas, particularmente las isoclínicas é isodiná- 
micas. Estoj muj lejos de negar la influencia de todas las 
fuerzas elementales de la naturaleza que obran dinámica v 
químicamente, como tampoco la influencia de las corrien- 
tes magnéticas j eléctricas en la formación de las rocas cris- 
talinas j el relleno de los filones (48); pero si se considera 
el cambio de todas las líneas magnéticas, j las variaciones 
de forma que acompañan á este movimiento, es difícil que 
su situación actual nos enseñe algo de las direcciones rela- 
tivas de las cadenas de montañas levantadas en épocas mu v 
diferentes,' j de las contracciones que ha adquirido la cor- 
teza terrestre al solidificarse, por la pérdida de su calor. 

Los fenómenos geognósticos que pueden designarse con 
el nombre de magnetismo de las montañas, son fenóme- 
nos parciales j locales de especie distinta, j que no po- 
drían entrar en el magnetismo terrestre en general (49). 
En 1796, antes de mi partida á América, me ocupé mucho 
de ellos, cuando estudiaba la serpentina magnética del 



— 141 — 

Haidberg, en Franconia. Respecto de esto hubo en Alema- 
nia un gran certamen que, verdaderamente, no disgustó á 
nadie j fue puramente literario. Esos fenómenos dan ma- 
teria á una serie de problemas muj accesibles, pero imper- 
fectamente resueltos j muj descuidados hoj. Puede ensa- 
jarse el poder del magnetismo de las montañas en algunos 
fragmentos esquistosos de anfibol j de clorita, de serpen- 
tina, de sienita, de dolerita, basalto, melafiro, j de traqui- 
ta, según la desviación déla aguja, j, en lo concerniente 
al crecimiento de intensidad, según el número de las os- 
cilaciones. Es fácil, comparando el peso específico, lavando 
la roca reducida á polvo y haciendo aplicación del micros- 
copio, decidir si ordinariamente la fuerza de la polari- 
dad depende menos de la cantidad de las partículas de 
hierro mag-nético ó de óxido de hierro contenidas en la 
roca que de la disposición relativa de esas partículas. Una 
cuestión mucho mas importante, bajo el punto de vista 
cosmológico , es la que propuse hace tiempo , respecto 
del Haidberg : ¿Existen montañas en que las vertientes 
opuestas tengan polos opuestos (&0)? Habria gran interés 
en determinar con exactitud la orientación astronómica del 
eje magnético de una montaña, ja hubiera de encontrarse 
después de largos períodos de tiempo, un cambio en la di- 
rección del eje, ja hubiera de reconocerse la independencia 
al menos aparente de este pequeño sistema de fuerzas mag- 
néticas, con relación á los tres elementos variables del mag- 
netismo terrestre. 



SEGUNDA PARTE. 



EEACCION DEL INTEEIOK DE LA TIERRA SOBRE SU SUPERFICIE. 



ESPOSICION GENERAL. 

Háse visto que esta parte del Cosmos se destina espe- 
cialmente á presentar el encadenamiento de los fencSme- 
nos terrestres y el conjunto de fuerzas activas que compo- 
nen un solo j mismo sistema. Para cumplir fielmente 
este plan , necesario es recordar aquí como , tomando por 
punto de partida las propiedades generales de la naturaleza 
■y las tres direcciones principales de su actividad : la atrac- 
ción, las vibraciones del calor j de la luz. los fenómenos 
electro-magnéticos , he considerado en la primera parte de 
este tomo , las dimensiones , la forma y la densidad de nues- 
tro planeta , la distribución de su calor interior j su ten- 
sión magnética, que se ejerce por los diferentes efectos á la 
vez variables j regulares de la intensidad, de la inclina- 
ción y de la declinación. Las distintas direcciones de la ac- 
tividad terrestre son manifestaciones íntimamente unidas 
de una sola y misma fuerza primordial (1). En la gravita- 
ción y en la atracción molecular es donde se muestran es- 
pecialmente estas manifestaciones independientemente de 



— 144 — 

la diversidad de las sustancias. Hemos presentado también 
á nuestro planeta en su relación cósmica con el cuerpo ce- 
leste, centro del sistema á que pertenece;, porque el calor 
original, que reina en el interior del cuerpo terrestre, debi- 
do probablemente á la condensación de un anillo nebuloso 
que gira sobre sí mismo , está modificada por la influencia 
del Sol ó insolación. Igual causa reconoce, según las mas 
recientes hipótesis, la influencia periódica que ejercen so- 
bre el magnetismo terrestre las manchas solares, es decir, 
las aberturas que se muestran con mas ó menos frecuencia 
en las envueltas del Sol. 

La segunda parte de este tomo tratará de los fenó- 
menos complejos que deben atribuirse á la reacción per- 
manente del interior de la Tierra sobre su superficie (2). 
Designo este conjunto de fenómenos con el nombre gene- 
ral de vulcanismo , estimando que es ventajoso no separar 
lo que tiene una causa común, j difiere solo en que la 
fuerza agente se manifiesta con intensidades diversas j por 
procedimientos físicos distintamente complicados. Conside- 
rados bajo este punto de vista general, fenómenos, indife- 
rentes en apariencia , adquieren una ma jor significación . 
El viajero que, sin estar preparado por estudios científicos, 
se acerca por primera vez al borde de un estanque que llena 
un manantial de agua caliente, j de él ve salir gases que 
apagan la llama de una bujía; el que marcha entre dos filas 
de volcanes cenagosos de conos variables que apenas sobre- 
salen de su cabeza, no sospecha que , en esos espacios hoj 
apacibles, han sido lanzadas llamas á muchos miles de pies 
de altura_, que la misma fuerza interior a que se deben es- 
tos fenómenos , produce indiferentemente los cráteres gi- 
gantescos de levantamiento , los volcanes devastadores del 
Etna j del pico de Te jde , que arrojan olas de lava , los del 
Cotopaxi y del Tunguragua, que despiden montones de 
escorias. 



— 145 — 

En esta escala de fenómenos , producidos por la reacción 
del interior de la Tierra sobre su corteza esterior, elijo en 
primer lugar los puramente dinámicos, es decir, aquellos 
cu JO carácter esencial es el movimiento ondulatorio que se 
propaga á través de las capas sólidas de la Tierra. En este 
caso, la actividad volcánica no va necesariamente acompa- 
ñada de trasformacion química , de la producción ó de la 
ejeccion de una materia cualquiera. Por el contrario, en 
los demás fenómenos debidos á la reacción del interior al 
esterior de la Tierra, en los volcanes de gas j de cieno , los 
fuegos de nafta y las salsas , como en las grandes montañas 
ignívomas, únicas que desde el principio j por mucho tiem- 
po, se han denominado volcanes, no deja nunca de produ- 
cirse alguna sustancia_, gas elástico ó cuerpo sólido. Siempre 
haj allí descomposición , desprendimiento de gas y forma- 
ción de rocas nuevas por efecto de la cristalización. Tales son, 
en su major generalidad, los signos distintivos de ía vida 
volcánica de la Tierra. En tanto que esta actividad resulte 
en su major parte de la elevada temperatura de las capas 
inferiores del globo, es probable que todos los cuerpos ce- 
lestes que han sido redondeados por un inmenso despren- 
dimiento de calor , j han pasado del estado de vapor al es- 
tado sólido, deben presentar fenómenos análogos. Lo poco 
que sabemos de la configuración de la Luna es una presun- 
ción mas (3) en favor de esta opinión; nada impide el que 
se admita, aun en un cuerpo celeste privado de aire j de 
agua, el levantamiento de las montañas j esa actividad que 
trasforma una masa liquefactada en rocas cristalinas. 

Que las diferentes clases de fenómenos volcánicos pre- 
cedentem^ente enumerados están unidos entre sí por un 
mismo origen, demuéstranlo numerosas señales que acre- 
ditan también su simultaneidad, j el paso común de efec- 
tos mas simples j mas pequeños á efectos mas fuertes j mas 
complejos. Esta consideración justifica el orden en que he 



— 146 — 

-colocado las diferentes materias. La tensión del magnetismo 
terrestre , cujo fundamento es preciso no buscar en las ma- 
terias en fusión que llenan el interior del globo , por mas que 
según Lenz j Riess, el hierro fundido tenga la facultad de 
conducir una corriente eléctrica ó galvánica , produce un 
desarrollo en los polos magnéticos, ó cuando menos en su 
proximidad. He terminado el primer capítulo del tomo con- 
sagrado á la pa rte terrestre del Cosmos con la iluminación 
de la Tierra. Ese fenómeno de la producción de la luz , re- 
sultante de las vibraciones del aire puesto en movimiento 
por las fuerzas magnéticas , será seguido de los fenómenos 
volcánicos que , en virtud de su propia naturaleza , no obran 
tampoco sino de una manera puramente dinámica , es decir, 
determinando oscilaciones en la corteza de la Tierra, pero 
sin producir ni trasformar sustancia alguna. Los fenóme- 
nos secundarios que no resultan necesariamente de la acti- 
vidad volcánica , tales como las llamas que se elevan duran- 
te los temblores de tierra , las e jecciones de agua j el des- 
envolvimiento de gas que son su consecuencia, recuerdan 
los efectos de las fuentes termales j de las salsas. (4). Las 
salsas vomitan también llamas , lanzando á veces trozos de 
rocas que surjen de las profundidades de la Tierra (5), pre« 
parando en algún modo los fenómenos grandiosos de los vol- 
canes propiamente dichos, que se limitan, á su vez, en los 
intervalos de las erupciones, como las salsas, á dejar esca- 
par por las grietas vapores acuosos y gases. Tales son las 
<ionocidas analogías que ofrece , en sus diferentes grados, 
la actividad volcánica de la Tierra : tales las lecciones que 
de aquí pueden deducirse. 



TEMBLORES DE TIERRA. 



(Desarrollo del Cuadro general de la fiaturaleza.—yé¿se Cosmos, t. í, p. 183-19G/ 



Desde que he trazado en el primer tomo de esta 
obra (1845), un cuadro general de los fenómenos diná- 
micos, debidos á la actividad volcánica de la Tierra, no 
na disminuido de una manera sensible la oscuridad que 
envolvia el fundamento j las causas de esos fenómenos. Sin 
embargo, los escelentes trabajos de Mallet (1846) j de 
Hopkins (1847), han arrojado alguna luz sobre la natura- 
leza del quebrantamiento, sobre la conexión de efectos di-, 
ferentes en apariencia, j sobre la independencia de los fe- 
nómenos físicos ó químicos que acompañan á los temblores 
de tierra ose producen al mismo tiempo que ellos (6). Como 
ha demostrado Poisson, el razonamiento matemático puede 
servir aquí como en todas partes de gran auxilio. Las ana- 
logías entre las vibraciones de los cuerpos sólidos j las on- 
das sonoras del aire, que Young habia va indicado, son 
particularmente propias para engendrar ideas teóricas mas 
satisfactorias j mas sencillas acerca de la dinámica de los 
temblores de tierra (7). 

El cambio^ la conmoción, el levantamiento, el resque- 
brajamiento, constitu ven el carácter esencial del fenómeno 
de que hablamos. Debemos distinguir, de una parte, la 



— 148 — 

fuerza activa cujo impulso determiDa las vibraciones; de 
otra , la naturaleza la propagación j la major ó menor 
intensidad de las ondas de quebrantamiento. He descrito, 
en el primer tomo del Cosmos, lo que hiere desde lueg-o 
nuestros sentidos, lo que jo mismo tuve ocasión de obser- 
var durante tantos años en el mar, sobre el lecho seco de los 
Llanos j á alturas de ocho á quince mil pies; al borde de 
los cráteres de volcanes inflamados, j en regiones de gra- 
nito j de esquisto micáceo, situadas á trescientas millas 
geográficas de todas las erupciones de llamas; en regiones 
donde, en ciertas épocas, los habitantes cuentan las sacu- 
didas subterráneas como contamos en Europa los chaparro- 
nes, donde un dia nos vimos obligados Boupland j jo, 
por la inquietud de nuestros mulos á echar pie á tierra en 
medio de un bosque, porque el suelo habia temblado por 
espacio de quince ó diez j ocho minutos. Esta larga cos- 
tumbre, que adquirió después Boussingault en major gra- 
do todavía, predispone á observar con mas calma j aten- 
ción. El espíritu se siente en estos lugares, en situación de 
recofí-er con una sang-re fria crítica los indicios diverofentes, 
de examinar en qué condiciones han podido producirse en 
la superficie de la Tierra los grandes cambios cujas huellas 
se encuentran frescas todavía. Aunque ja habían tras- 
currido cinco años desde el espantoso temblor de tierra 
de E-iobamba que, en algunos minutos, el 4 de Febrero 
de 1797 (8j, ocasionó la muerte de mas de 30,000 hombres, 
encontramos de nuevo los conos de Moja que habian salido 
de la Tierra en aquel momento (9), j los Indios se servían 
aun, en sus chozas, de esta sustancia combustible para la 
cocción de sus alimentos. He podido describir los trastor- 
nos producidos en el suelo por esta catástrofe que renovó, 
en major escala, los fenómenos que habia presentado el cé- 
lebre temblor de tierra de Calabria, en el mes de Febrero 
de 17cSl, j que sp consideró mucho tiempo como fantasía 



*^^>^. 



— 149 — 

¡niiiginariaj por que no era fácil esplicarlo por teorías for- 
madas ala casualidad. 

Separando, como antes se ha convenido, las considera- 
ciones sobre la fuerza que produce el quebrantamiento, de 
las consideraciones sobre la naturaleza y la propagación de 
las ondas, se han llegado á distinguir dos clases de proble- 
mas cuja solución presenta dificultades muj diferentes. La 
primera clase no podria en el estado actual de la ciencia, su- 
ministrar resultados satisfactorios; esto es precisamente lo 
que debe esperarse en aquellas cosas en que se tiene la pre- 
tensión de conocer basta las últimas causas. Es sin embargo, 
de gran interés para la contemplación del Mundo, buscan- 
do las lejes reales de los fenómenos sujetos á la observa- 
ción positiva, no perder nunca de vista las diversas y atre- 
vidas esplicaciones sobre las causas de esos fenómenos, con- 
sideradas como plausibles. Respecto de todo lo que concierne 
á los efectos volcánicos, la major parte de las hipótesis se 
debe á la alta temperatura j á la constitución química, di- 
ferentemente modificadas de las materias incandescentes que 
están en ebullición en el interior de la Tierra. Una sola de 
esas hipótesis, la mas reciente, trata de esplicar los tem- 
blores de tierra en las regiones traquíticas por la falta de 
cohesión de las masas roquizas que ha levantado la acción 
volcánica. El pasaje siguiente indica con exactitud y ver- 
dad las diferentes consideraciones presentadas sobre la na- 
turaleza de la primera impulsión que determina el que- 
brantamiento: 

«1 .° El núcleo de la Tierra se supone en estado de fu- 
sión; este estado es, con efecto, la consecuencia del modo 
de formación de todo cuerpo planetario que, compuesto pri- 
mitivamente de una materia gaseosa, desprende calor, á 
medida que pasa del estado líquido al estado sólido. Las ca- 
pas esteriores fueron enfriadas en un principio por la irra- 
diación y se modificaron las primeras. Un desprendimiento 



— 150 — 

desigual de vapores elásticos, formados en el límite del es- 
tado líquido j del estado sólido, ja únicamente por la masa 
en fusión, ja también por el agua de mar que penetra en 
el interior; fallas que se abren de repente, dando paso á lo& 
vapores mas profundos, dotadas por tanto de un calor y de 
una tensión mas intensos, que se elevan bruscamente hacia 
las capas mas próximas á la superficie de la tierra: tales son 
las causas del quebrantamiento. Como causa accesoria, in- 
dependiente de la Tierra , admítese también la atracción 
que ejercen el Sol j la Luna en la superficie liquefactada 
del núcleo terrestre (10), de donde resulta una presión mas 
fuerte, inmediatamente dirigida contra la bóveda roquiza 
que descansa en el núcleo de la Tierra , ó comunicándose 
mediatamente á los sitios en que, en los estanques subter- 
ráneos_, la masa sólida está separada de la masa líquida por 
vapores elásticos. 

2.° Háse supuesto que el núcleo de nuestro planeta 
consistía en masas no oxidadas, en combinaciones de meta- 
loides con metales alcalinos j térreos. En esta hipótesis, el 
aire j el agua penetrando en el núcleo de la Tierra, serian 
los que pondrían en movimiento su actividad volcánica. Es 
mu j cierto que los volcanes arrojan á la atmósfera una gran 
cantidad de vapor acuoso, pero la filtración del agua en el 
foco volcánico presenta muchas dificultades, en razón á la 
doble presión que ejercen en sentido contrario la columna 
de agua esterior j la lava interior (11). La carencia, du- 
rante la erupción, ó cuando menos la estremada rareza del 
gas hidrógeno inflamable, que no pueden suplir suficiente- 
mente las formaciones de ácido clorídrico (12), de amoniaco 
j de hidrógeno sulfurado^ ha obligado al autor de esta hi- 
pótesis á abandonarla espontáneamente (13). 

3.'' Según un tercer sistema, que es el del eminente 
esplorador de la América meridional, Boussingault, la falta 
de coherencia en las masas de traquito ó de dolerita, que 



constitu jen los volcanes levantados de la cadena de lo& 
Andes, debe considerarse como la causa principal de g-ran 
número de quebrantamientos que se han hecho sentir á 
g-randes distancias. Según esta congetura no se admite 
que los conos gigantestos j los vértices en forma de cúpu- 
las délas Cordilleras, se ha jan levantado, cuando su sus- 
tancia era todavía pastosa j se hallaba en un estado de 
semi-fluidez; sino que son inmensos fragmentos angulares, 
amontonados unos sobre otros^ después de haber llegado á 
estado de solidez completa. Este hacinamiento ha debi- 
do necesariamente dejar subsistir intervalos j cavernas, pro- 
fundas. Cuando esas bóvedas se hunden súbitamente^ cuan- 
do falta bajo esas masas sólidas un punto de apojo muy 
pequeño^ entonces es cuando se producen los quebranta- 
mientos (14). 

Es mas fácil referir á teorías mecánicas sencillas velaras 
las ondas de quebrantamiento producidas por la primera im- 
pulsión, que esplicar la naturaleza de esta impulsión, que 
puede ser por otra parte de especies diferentes. Como he 
hecho observar antes, esta rama de la ciencia geognóstica 
ha adelantado en los últimos tiempos considerablemente. 
Háse representado la marcha j la estension de las ondula- 
ciones terrestres á través de las rocas de densidad j de elas- 
ticidad distintas (15). Hánse estudiado matemáticamente 
las causas de la velocidad con que se propagan^ j su dismi- 
nución producida por la ruptura, el reflejo j la interferen- 
cia de las oscilaciones (16). Háse tratado de referir á la 
línea recta las conmociones que parecen giratorias^ j cujos 
obeliscos colocados delante del claustro de San Bruno, en la 
pequeña ciudad Stephano del Bosco, en Calabria, dieron 
en 1783 un ejemplo frecuentemente citado (17). Es cierto 
que las ondulaciones de la atmósfera, del agua j de la tier- 
ra siguen en el espacio las mismas lejes, comprobadas por 
la teoría del movimiento; pero los efectos devastadores de 



— i:)2 — 

las ondas terrestres van acompañados de fenómenos cuja 
naturaleza les condena á permanecer desconocidos, v que 
entran en el dominio de la física. Entre esos efectos, con- 
viene citar las emanaciones de vapores elásticos y de gas, ó 
como en los pequeños conos movibles de arcilla que se en- 
cuentran en Pelileo^ la mezcla arenosa de cristales de piro- 
geno, de carbón j de infusorios de concha silícea. Esos co- 
nos movibles han derribado gran número de chozas habita- 
das por los Indios (18). 

En el Cuadro general de la Naturaleza, he referido, con 
ocasión de la gran catástrofe acaecida en Rio bamba, el 4 
de Febrero de 1797, detalles recogidos de los mismos su- 
per-vivientes, en el lugar de la desgracia, con un formal 
deseo de distinguir la verdad histórica. Algunos eran análo- 
gos á los fenómenos que se habian presentado ja cuando el 
gran temblor de tierra de la Calabria, en 1783; otros 
nuevos , j tenian por principal carácter el de dirigirse de 
abajo á arriba, como en la esplosion de una mina. El tem- 
blor de tierra no fue anunciado ni acompañado de ruido al- 
guno subterráneo. Una inmensa detonación, designada aun 
hoj por las únicas palabra: el (jran ruido, se produjo du- 
rante 18 ó 20 minutos después, en las dos ciudades de 
Quito j de Ibarra, j no se ojó ni en Tacunga, ni en Ham- 
bato, ni en el teatro mismo de la catástrofe. En las tristes 
calamidades ^á que está espuesta la raza humana _, no hav 
ninguna que pueda en menos minutos en un pais poco po- 
blado, herir tantos miles de hombres, como la producción j 
la propagación de algunas ondas terrestres, acompañadas de 
resquebrajamientos. 

Cuando la catástrofe de Riobamba, cujos primeros de- 
talles dio el célebre botánico de Valencia D. José Cava- 
nillas, se produjeron otros hechos que merecen atención 
particular. Abriéronse j se cerraron de tal manera las 
hendiduras, que los hombres pudieron salvarse estendien- 



— 17)3 ~ 

do los brazos. Cabalgatas ó mulos cargados desaparecieron 
en las grietas que se formaron á su paso, en tanto que otros 
huyeron el peligro cebándose atrás. La superficie del suelo 
fue sucesivamente levantada y hundida por oscilaciones ir- 
regulares, que depositaron sin sacudida sobre el pavimen- 
to de la calle personas colocadas á mas de 12 pies de al- 
tura, en el coro de la iglesia ; grandes casas vinieron á tier- 
ra, con tan poco detrimento , que los habitantes pudieron 
abrir las puertas del interior sanos j salvos , j esperaron 
dos días á que se los sacara de ellas. Fueron de un cuarto 
á otro, encendieron antorchas, se alimentaron con provi- 
siones que tenian por casualidad, ocupándose de las pro- 
babilidades de salvación que les quedaban (19). Una cosa 
no menos sorprendente . es la desaparición de masas enor- 
mes de piedras y materiales de construcción. El Viejo-Rio- 
bamba tenia iglesias v conventos rodeados de casas de mu- 
chos pisos, j, sin embargo, no encontré en las ruinas, 
cuando levanté el plano de la ciudad destruida, mas que 
montones de piedras de 8 á diez pies de altura. En la parte 
Sud-Oeste del Viejo Riobamba. antigumente Barrio de 
SigcJmpmim^ pudo reconocerse claramente una fuerza en 
dirección de abajo arriba, que produjo el efecto de la espío - 
sion de una mina. Sobre el cerro de la Cuica, de algunos 
centenares de pies de altura, y que domina el Cerro de 
Cumbicarca, situado algo mas al Norte, existen escombro? 
mezclados con huesos humanos. En Quito , como en Cala- 
bria, hubo muchos ejemplos de traslaciones horizontales, 
que cambiaron paseos de árboles sin desgajarlos é hicieron 
resbalar unos sobre otros campos cubiertos de diferentes 
cultivos. Un hecho mas sorprendente aun y mas complejo, 
es el de haber encontrado en los escombros de una casa el 
mobiliario de otra, muy distante de la primera; descubri- 
miento que dio ocasión á un proceso. Esta confusión ¿pro- 
venia, como suponían los habitantes del país, de un hun- 



— 154 — 

ílimiento del suelo á seguida del cual, los objetos se hubie- 
ran precipitado, ó es preciso creer, á pesar de la distancia, 
en una simple superposición"? Como en la naturaleza todo 
se renueva, cuando se presentan las mismas circunstancias 
no debe temerse llamar la atención de los observadores fu- 
turos sobre fenómenos particulares , señalando los hechos 
mismos que todavía no han sido suficientemente obser- 
vados - 

Según las esperiencias á que me he dedicado, es preci- 
so no olvidar que además del quebrantamiento de las par- 
tes sólidas por las ondulaciones terrestres, fuerzas de muy 
distinta índole, aunque igualmente físicas, tales como las 
emanaciones de gas j de vapores, concurren mu y frecuen- 
temente á la formación de las fallas. Cuando, en las ondula- 
ciones, se pasa el límite estremo de la elasticidad de la ma- 
teria en movimiento^ límite variable según la diferen- 
cia de las rocas j de los terrenos estratificados, j se veri- 
fica la ruptura, las aberturas pueden dar paso á vapores 
elásticos que llevan del interior á la superficie diversas 
sustancias, j cujas emanaciones llegan á ser á su vez la 
causa de movimientos traslatorios. A esos fenómenos que 
acompañan la conmoción primitiva, pero que no forman ne- 
cesariamente parte de ella, pertenece el levantamiento de 
los conos de arcilla cuja naturaleza errante no se puede 
negar, j probablemente también el trasporte de distintos 
objetos á la superficie de la Tierra (20). ^Cuando grandes 
grietas se cierran solo en la parte superior , dejan subsistir 
cavernas subterráneas, que no solamente producen nuevos 
temblores de tierra, á consecuencia de las masas mal soste- 
nidas que se separan con el tiempo , según la conjetura de 
Boussingault^ v determinan una conmoción subterránea'; 
sino que pueden también agrandar los círculos de quebran- 
tamiento, permitiendo en adelante obrar á los vapores elás- 
ticos, en sitios á donde nunca habían llegado. Es pues un- 



— 155 — 

fenómeno accesorio el que produce el aumento sucesivo, y 
muj poco observado liasta aquí del círculo de quebranta- 
miento; no es la fuerza misma de la onda de quebranta- 
miento la que atraviesa una vez por todas las partes só- 
lidas de la Tierra {'21). 

Casi siempre las manifestaciones de la actividad volcá- 
nica, uno de cujos menores efectos son los temblores de 
tierra, comprenden simultáneamente fenómenos dinámicos 
j fenómenos físicos, dando vida á nuevas sustancias. He 
recordado muchas voces en el Cuadro general de la Natu- 
raleza, como, lejos de todo volcán, simples fallas arrojan 
agua j vapores calientes, ácido carbónico y otros gases, 
un humo negro, semejante al que se vio durante varios 
dias en las rocas de Alvidras, cuando el temblor de tierra 
de Lisboa (1." de Noviembre de 1755)_, llamas, arena, cie- 
no y arcilla mezclada con carbón. Un geognosta de espíri- 
tu penetrante, Abich , ha demostrado el lazo que existe en 
el Ghilan persa, entre las fuentes termales de Sarcin, si- 
tuadas á una altura de 5,050 pies, en el camino de Ardebil 
á Tabriz, y los temblores de tierra que quebrantan con fre- 
cuencia la meseta, de dos en dos anos. En el mes de Octubre 
de 1848, una sacudida ondulatoria, que duró una hora ente- 
ra, obligó á los habitantes de Ardebil á abandonar la ciudad, 
y enseguida las fuentes, cuja temperatura varía ordinaria 
mente entre 44 j 46 grados centígrados, llegaron á ser es- 
tremadamente abrasadoras y permanecieron en este estado 
todo un mes (22). Quizás en parte alguna, dice Abich, ha 
sido mejor determinada, ni mas patente la relación de los 
temblores de tierra que hienden el suelo con los fenómenos 
de los volcanes de cieno, salsas, gases inflamables, que pe- 
netran a través de las grietas de la Tierra, y fuentes de pe- 
tróleo, como en la estremidad Sud-Este del Cáucaso, entre 
Schemacha, Bakú y Salliam ; esto es, la parte de la gran 
depresión aralo-caspia, en la que ha sido con masfrecuen- 



fia removido el suelo por los temblores de tierra (23). Yo 
mismo me sorprendí de notar, en el Norte del Asia, que el 
círculo de conmoción cujo centro parece ser la región del 
lag-o Baikal, no se estienda, al Oeste, liasta la cadena del 
Ural, sino únicamente hasta el límite mas oriental del 
Altai ruso, es decir, á las minas de plata de Riddersk, á ia 
roca traquítica de la Kruglaja Sopka, j á las fuentes ter- 
males de Rachmanowka j de Aracan. Mas lejos, hacia el 
Sud, mas allá del paralelo 45, existe en la cadena del 
Thian-chan ó Montes Celestes , una zona de actividad vol- 
cánica, dirigida de Este á Oeste, cuja fuerza se revela por 
todos los modos de manifestación. No solo se estieude esta 
zona á través de la pequeña cadena de Asferah ^ desde el 
distrito del Fuego (Ho-tscheu) hasta Bakú, j de allí hasta 
el Asia menor, cortando ai monte Ararat, sino que se cree 
posible seguirla, en sus oscilaciones entre los paralelos SH 
j 40, hasta cerca de Lisboa j las Azores, á través de la 
cuenca volcánica del Mediterráneo. He tratado en otra parte 
detalladamente de este punto interesante de geografía vol- 
cánica (24). También en la Grecia, que parece haber su- 
frido mas temblores de tierra que ninguna otra comarca de 
Europa (25), infinito número de fuentes termales, ó agota- 
das, ó aun corrientes, nacieron en medio jde los quebran- 
tamientos terrestres. Esta conexión entre fenómenos inde- 
pendientes en apariencia ha sido ja señalada en el notable 
libro de Ljdus, de Ostentís (26). Con ocasión del gran 
acontecimiento que produjo en la Achala el año 373 antes 
de Jesucristo la destrucción de Hélice y de Bara, se pre- 
sentaron especialmente las hipótesis sobre el origen común 
de todos los fenómenos volcánicos (27). Aristóteles propone 
á este respecto la singular teoría de los vientos que pene- 
tran con violencia en las profundas cavernas de la Tier- 
ra (28). La funesta frecuencia de las conmociones subterrá- 
neas en Grecia y en la Italia inferior, al destruir bien pron- 



— 157 — 

to los monumentos de la mas brillante época del arte, fue 
de tristes consecuencias para el estudio de los diversos pe- 
ríodos de la cultura griega j latina. Los monumentos 
egipcios sufrieron también temblores de tierra, menos ra- 
ros de lo que se ba pensado en el valle del Nilo, como ba 
hecbo ver Letronne. El coloso de Memnon , roto el año '¿1 
de la era cristiana, es ejemplo de esas mutilaciones (*29). 

Después de todos los cambios físicos producidos por los 
temblores de tierra , y mas directamente por el resquebra- 
jamiento del suelo , sorprende que tantas fuentes termales 
bajan conservado exactamente durante mucbos siglos los 
mismos elementos y la misma temperatura. Es preciso su- 
poner que brotan de bendiduras cu jo fondo j cujas pare- 
des no ban esperimentado alteración alguna. Nuevas co- 
municaciones con las capas mas elevadas bubieran ocasio- 
nado una disminución de calor, aumentando por el contra- 
rio este, si se bubiesen establecido dicbas comunicaciones 
con capas mas profundas. 

Cuando el volcan de Conseguina, en el Estado de Ni- 
caragua, tuvo su gran erupción el 23 de Enero de 1835, los 
ruidos subterráneos se ojeron almismo tiempo en la isla de la 
Jamaica j en la meseta de Bogotá, á 8,200 pies sobre el 
nivel del mar (30); la distancia es major que la de Argel 
á Londres. He becbo notar en otra parte que , cuando la 
erupción del volcan de la isla de San Vicente, el 30 de 
Abril de 1812, á las dos de la mañana, un ruido seme- 
jante á una descarga de artillería se percibió en el espacio 
de 10,000 millas geográficas cuadradas, sin ningún que- 
brantamiento sensible (31). Es singular que^, cuando el 
temblor de tierra va acompañado de detonación , lo que no 
sucede en todos los casos , la intensidad del ruido no au- 
mente con la de la conmoción. El fenómeno de detonación 
subterránea mas raro j mas difícil de esplicar es siempre 
el de los hra,mdos de Guanaxuato que, dieron principio el 7 



— 158 ^ 

de Enero de 1784, v duraron hasta la mediados del mes si- 
guiente. He podido recoger de los mismos testigos oculares 
j entre las piezas conservadas en los archivos las primeras 
noticias ciertas acerca de este estraño acontecimiento (32). 
La velocidad con que se propaga un temblor de tierra 
varía necesariamente según las densidades de las capas 
sólidas que atraviesa , capas de granito j de gneis, de ba- 
salto j de porfiro traquítico, de calcáreo jurásico j de jeso, 
j según las de los terrenos movibles. Sería, sin embargo^ 
de desear que pudieran llegar á conocerse con seguridad los 
límites en que oscila dicha velocidad. Es probable que las 
sacudidas mas violentas no sean las que se propaguen con 
mas rapidez. Las medidas, por otra parte, no se han apli- 
cado siempre á la dirección que toman las ondas de quebran- 
tamiento. Forestas razones, fáltannos las determinaciones 
matemáticas, j solo hace mu j poco, j por primera vez, Sch- 
midt, astrónomo agregado al observatorio de Bonn, obtuvo 
un resultado exacto j cierto acerca del temblor de tierra 
que se sintió en la cuenca del Rin, el 29 de Julio de 1846. 
Sábese que la velocidad de propagación es de 3,739 millas 
geográficas por minuto, lo que equivale á 1,376 pies por 
segundo ; esta velocidad escede á la de las ondas sonoras at- 
mosféricas. Si se considera, por el contrario, la velocidad 
del sonido en el agua que, según Colladon j Sturm, es 
de 4,706 pies, ó la velocidad del sonido en tubos de fundi- 
ción que, según Biot, llega hasta 10,690 pies^ este resul- 
tado parecerá relativamente muj poco considerable. Para 
el temblor de tierra de Lisboa (1.° de Noviembre de 1755), 
Schmidt reconoció, guiándose por los pocos datos exactos 
que pudo adquirir, que la velocidad habia sido cinco veces 
major entre las costas de Portugal j las de Holstein, que 
á lo largo del Rin; observando que desde Lisboa á Glucks- 
tadt, separadas por una distancia de 295 millas geográfi- 
cas, el quebrantamiento recorrió 1,916 millas por minuto. 



— 159 — 

ó 7,464 pies por segundo; 3, 220 pies menos aun de los 
que el sonido tarda en recorrerla en un tubo de fundi- 
ción (33) . 

Las conmociones terrestres j las erupciones ígneas que 
rompen bruscamente un largo reposo, ja arrojen los vol- 
canes simplemente escorias, ja que, semejantes á fuentes 
intermitentes, bagan correr tierras en fusión en torrentes 
de lava, tienen todas, es cierto, por causa común v única, 
. la elevada temperatura que reina en el interior de nuestro 
planeta; pero estos fenómenos se presentan las mas de las 
veces independientes entre sí. En la cadena de los Andes, 
por ejemplo , violentos temblores de tierra, propagándose 
en línea recta, quebrantan regiones que contienen volca- 
nes todavía no apagados, cuja actividad se manifiesta aun 
con frecuencia, sin ejercer sobre ellos ninguna influencia 
sensible. Cuando la gran catástrofe de Riobamba, el vol- 
can de Tunguragua, situado á poca distancia, j el Coto- 
paxi algo mas distante, no salieron de su reposo. Así tam~ 
bien , largas j formidables erupciones ban tenido lugar, 
sin ir precedidas ni acompañadas de temblores de tierra. 
Los quebrantamientos que ban causado majores estra- 
gos j recorrido espacios mas considerables, aquellos cuvo 
recuerdo conserva la bistoria, son precisamente los que, á 
juzgar por las observaciones que pueden bacerse en la su- 
perficie del suelo, no tienen relación alguna con la activi- 
dad de los volcanes. Esos quebrantamientos ban sido lla- 
mados recientemente plutónicos, en oposición á los que- 
brantamientos volcánicos propiamente dicbos, que están 
reducidos ordinariamente á un espacio mas pequeño. Mi- 
rando bajo un punto de vista general los fenómenos volcá- 
nicos, no se puede aprobar esta nomenclatura ; seria preciso 
entonces llamar plutónicos á mas de la mitad de los tem- 
blores de tierra. 

La causa rjue produce los volcanes está estendida por 



— 1()0 — 

do quíer bajo nuestros pies. La consideración de que el 
mar que cubre las tres cuartas partes de la superficie ter- 
restre, no mantiene si no es por alg-unas islas esporádicas, 
ning-una comunicación entre la atmósfera v el interior del 
globo, es decir, que no tiene volcanes activos, refuta el 
prejuicio muj general, de que todos los temblores de tier- 
ra deben atribuirse á la erupción de algún volcan lejano. 
Los quebrantamientos de lo§ continentes pueden cierta- 
mente propagarse bajo el lecho de los mares, salvando sus- 
costas, j producir esos levantamientos de olas formida- 
bles de que han dado memorable ejemplo los temblores de 
tierra de Lisboa, del Callao, de Lima j de Chile. Si por el 
contrario, los quebrantamientos salen del lecho mismo del 
mar j nacen en el imperio del gran agitador de la Tierra, 
Neptuno (aítoí^eior xi*>jai^0(ov ) , pucdcu notarse también, aun 
cuando no va van acompañados del levantamiento de una 
isla, como la efímera de Sabrina ó Julia, un ruido j una 
hinchazón inusitada de lasólas, en los lugares mismos don- 
de el navegante no sentí ria sacudida alguna. Los habitan- 
tes de las incultas riberas del Perú llamaron mi atención 
frecuentemente acerca de los fenómenos de ese género. En 
el puerto del Callao j cerca de la isla de San Lorenzo, si- 
tuada enfrente del puerto, en esos sitios tranquilos del 
Océano Pacífico, vi, en noches en que el viento no inter- 
rumpia su calma, amontonarse las olas, durante algunas 
horas, á 10 ó 14 pies de altura. La suposición de que tal 
fenómeno fué consecuencia de una tempestad desencadena- 
da á lo lejos en alta mar, no es admisible bajo estas lati- 
tudes. 

Para empezar por los quebrantamientos que están en- 
cerrados en un pequeño espacio, j deben su origen evi- 
dentemente á la actividad de un volcan, recordaré primero, 
como, después del gran temblor de tierra de Ñapóles (16 
de Julio de 1805) j después de la erupción de lava que 



— 1(51 — 

siguió 17 dias mas tarde, sentado sobre el cráter del Vesu- 
]>io, con un cronómetro en la mano por la noche, al pie de 
un pequeño cono de erupción, sentí con gran regulari- 
dad, cada 20 ó 25 minutos, una conmoción en el suelo del 
cráter, inmediatamente antes de cada ejeccion de escorias 
incandescentes. Una parte de esas escorias elevadas á 50 
ó 60 pies de altura, volvían á caer en la abertura mis- 
ma que daba paso á la erupción ; las demás cubrian las 
paredes del cono. La regularidad de los fenómenos hace 
que la observación no sea peligrosa. Esas ligeras sacudi- 
das no se sentían en ;iiodo alguno fuera del cráter, ni en 
el Atrio del Caballo, ni tampoco en la ermita del Salva- 
tore. Los intervalos iguales en que se sucedían las sacu- 
didas prueban que eran independientes del grado deter- 
minado de tensión que deben alcanzar los vapores, para 
atravesar la masa liquefactada en el interior del cono de 
escorias. En la vertiente del cono de cenizas, no se sentia 
conmoción alguna; lo mismo sucedió después, en un fe- 
nómeno análogo, aunque de proporciones muj diferentes. 
Un observador mu j distinguido _, AVisse , no ha notado 
ninofun temblor de tierra en el cono de cenizas del vol- 
can de Sangai, situado á 15,894 pies de altura, al Sud- 
Este de la ciudad de Quito, cuando, en el mes de Di- 
ciembre de 1847, se aproximó al vértice j al cráter, á una 
distancia de 1,000 pies i/34). Sin embargo, en el espacio 
de una hora, no contó menos de 267 esploáiones ó erupcio- 
nes de escorias. 

Una segunda especie de temblor de tierra, muj nu- 
merosa é infinitamente mas importante, es la que suele 
acompañar ó preceder á las grandes erupciones volcánicas, 
ja viertan los volcanes torrentes de lava, como sucede en 
Europa, ja arrojen solo masas escorificadas, cenizas j va- 
pores, como el Cotopaxi, el Pichincha j el Tunguragua 
de la cadena de los Andes. Les volcanes que determi- 

auMo:Y. 11 



— 162 — 

nan conmociones de esta naturaleza deben considerarse es- 
pecialmente como válvulas de seguridad, según decia ja 
Strabon respecto de la hendidura que esparcía lavas cerca 
de Leíante, en Eubea. Los temblores de tierra cesan inme- 
diatamente después de la gran erupción. 

Pero las ondas de quebrantamiento cujos estragos se 
estienden por grandes espacios (35) son las que se propa- 
xran en reo-iones faltas de masas traquíticas y de volcanes, 
ó que atravesando, por el contrario, regiones traquíti- 
cas j volcánicas, como las cordilleras de la América me- 
ridional y de Méjico, no ejercen por lo menos influencia 
alo-una en los volcanes á que se aproximan. Esas espe- 
cies de conmociones componen un tercer grupo de fenóme- 
nos, el mas propio para el convencimiento de la existencia 
de una causa general , que no es otra que la constitución 
térmica del interior de la Tierra. A este tercer grupo per- 
tenece el caso, muj raro por otra parte, de las conmociones 
que, en países* poco volcánicos j poco visitados por los tem- 
blores de tierra, quebrantan el suelo sin interrupción, du- 
rante meses enteros , en un espacio estremadamente estre- 
cho, v hacen temer la formación de un volcan activo. Esto 
aconteció en el Piamonte, en los valles de Clusson j de 
Pélis, j cerca de Pignerol, en los meses de abril v de majo 
de 1808, en Murcia, entre Orihuela j la ribera del mar, 
en un espacio que tenia apenas una milla cuadrada, en la 
.primavera de 1829. Cuando, en el interior de Méjico_, en la 
vertiente occidental de la meseta de Mechoacan, la llanura 
cultivada de Jorullo fué agitada por un temblor de tierra 
que duró sin interrupción 90 dias, el volcan se elevó, ro- 
deado de muchos millares de conos, de 5 á 7 pies de altura 
(los hornitos), j esparció un torrente de lava que se agotó 
• pronto pero mu j abundante. En el Piamonte j en España, 
por el contrario, cesaron las conmociones insensiblemente, 
sin que ocurriese ningún otro acontecimiento natural. 



— 163 — 

He creído necesario distinguir las diferentes especies 
de fenómenos por que se manifiesta una sola j misma 
fuerza, la actividad volcánica, es decir, la reacción del cen- 
tro de la Tierra contra su superficie ; y lo lie hecho con el 
fin de o'uiar al observador, v de acumular materiales que 
puedan llevar á cálculos fecundos sobre el origen común de 
esos fenómenos. A veces, la actividad volcánica abarca, va 
simultáneamente, ja en cortos intervalos, una parte tan 
considerable del cuerpo terrestre, que los quebrantamien- 
tos que produce pueden atribuirse á muchas causas que 
obran al mismo tiempo j están unidas entre sí por un lazo 
común. Los años 1796 j 1811 particularmente ofrecen me- 
morables ejemplos de ese concurso de fenómenos (36). 



FUENTES TERMALES. 



Bi'snn'olio del Ouuíro (¡eneral de la yaluralezu..— [Yi'nsc el Cosmom, í. 1, p. 195-'20!.)' 



Hemos representado los temblores de tierra como una 
consecuencia de la actividad vital que anima el interior del 
cuerpo terrestre, y se manifiesta por fenómenos irregulares 
y con mucha frecuencia desastrosos. Los temblores de tier- 
ra están regidos por una fuerza volcánica; pero esta fuerza, 
considerada en sí misma, se limita á darle impulso v á que- 
brantar el suelo, obrando dinámicamente. Es preciso que 
esté favorecida en ciertos puntos por circunstancias acceso- 
rias, para que llegue á ser capaz, no diré de producir sus- 
tancias, como sucede en los volcanes propiamente dichos, 
sino de atraer sustancias á la superficie de la Tierra. Si , en 
los temblores de tierra . acontece alguna vez , que sean ar- 
rojadas á través de las grietas abiertas súbitamente, agua, 
vapores, petróleo, mezclas de diferentes gases ó masas se- 
mi-líquidas de cieno y de arcilla, durante un corto tiempo, 
por otra parte, se escapan fluidos líquidos j gaseosos, de 
una manera permanente, del seno de la Tierra, á través de 
la red de grietas que la envuelve. Al lado de los cortos y 
violentos fenómenos de erupción , colocamos el estenso y 
tranquilo sistema de las fuentes, cuja bienhechora acción 
reanima y sostiene la vida orgánica. Durante miles de años 
las fuentes devuelven á la creación organizada, lo que las 
lluvias han quitado de humedad á la atmósfera. Los fenó- 
menos análogos se esplican uno por otro en la eterna eco- 



— 165 — 

nomía de la naturaleza; j cuando se tiende á generalizar 
las consideraciones, es jDreciso no despreciar el íntimo en- 
cadenamiento que une los hechos, cuja afinidad ha sido 
comprobada. 

La división de las fuentes en fuentes calientes j fuen- 
tes frias, división tan estendida y que parece tan natural 
en la práctica del lenguaje, es de un fundamento inseguro 
cuando se la quiere referir á evaluaciones termométricas. 
Si se compara el calor de las fuentes con el calor interno 
del hombre, que Bréchet v Becquerel, por medio de apa- 
ratos termo-eléctricos, han encontrado que está compren- 
dido entre 36°, 7 j 37°, el grado del termómetro á que un 
líquido puesto en contacto con el cuerpo humano, se consi- 
dera como frioj caliente ó abrasador varía según las impre- 
siones individuales. No puede haber una temperatura fija 
mas allá de aquella en que una fuente está reputada como 
caliente. Háse propuesto llamar fria, en cada zona de clima, 
á una fuente cuja temperatura media anual no esceda de 
la temperatura media anual de la atmósfera ; esta combina- 
ción ofrece gran exactitud científica, permitiendo comparar 
números determinados. Tiene además la ventaja de inducir 
á consideraciones acerca de los diferentes orígenes de las 
fuentes, en atención á que la igualdad entre la temperatura 
del agua V la temperatura anual del aire se reconoce inme- 
diatamente por las fuentes invariables ; mas para las f uen - 
tes variables es necesario, según ha demostrado Wahlen- 
berg j Erman padre, tomar los términos medios de los me- 
ses de invierno j de los meses de verano. Desgraciadamen- 
te, según este criterio, haj una zona tal donde deberla re- 
putarse como cálida una fuente, que alcanzarla apenas la 
sétima ó la octava parte de la temperatura de una fuente 
reputada como fria en una zona mas próxima al ecuador. 
Basta recordar la diferencia entre la temperatura media de 
Petersburgo (3°, 4) v la de las orillas del Orinoco. Las fuen- 



— ]66 — 

tes mas puras, cujas aguas he proljado en la región cer- 
cana á las cataratas de Atures j de Maipures (37) ó en los 
bosques del Atabapo, tenían una temperatura de mas de 26°. 
La temperatura de los grandes ríos de la América tropical 
corresponde al estado termométrico de esas fuentes repu- 
tadas por frias (38) . 

La emergencia de las fuentes, debida á diferentes efec- 
tos de presión j á un sistema de hendiduras llenas de agua, 
que se comunican entre sí, es un fenómeno tan general- 
mente ostendido en la superficie de la Tierra que, en algu- 
nos puntos, brotan de las capas mas elevadas de las monta- 
ñas, j en otros salen del fondo del mar. En los veinticinco 
primeros años de este siglo, Buch, Wahlenberg j yo hi- 
cimos numerosas esperiencias sobre la temperatura de las 
fuentes j la distribución del calor en el interior de la 
Tierra, desde 12*^ de latitud austral hasta 71° de latitud 
boreal (39). Las fuentes cuja temperatura es invariable 
fueron cuidadosamente distinguidas de aquellas cuja tem- 
peratura cambia con las estaciones, j Buch reconoció la 
poderosa influencia de la distribución de las lluvias en el 
trascurso del año^ ó en otros términos, la influencia de la 
relación entre las lluvias de invierno j las lluvias de ve- 
rano, sobre la temperatura de las fuentes variables, que 
son las mas numerosas. Las aproximaciones ingeniosísi- 
mas de Gasparin , de Schouw j de Thurmann han arro- 
jado, en los últimos tiempos, nueva luz sobre dicha in- 
fluencia considerada bajo este punto de vista geográfico é 
hipsométrico , es decir , según las . latitudes j las altu- 
ras (40). Wahlenberg ha pretendido que, en las latitudes 
muj altas, la temperatura media de las fuentes variables es 
superior en poco á la temperatura media de la atmósfera; 
ha buscado las causas de esta diferencia, no en la sequedad 
de un aire muj frió j en la rareza de las aguas pluviales 
que es su consecuencia, sino en la cubierta de nieve que 



— 167 — 

proteje el suelo y disminuye la irradiación del calor. Eb 
las llanuras del Asia setentrional , donde se halla, á algu- 
nos píes de profundidad , una capa de hielo perpetuo , ó 
cuando menos un suelo movihle superficial mezclado de 
pedazos de hielo (41), no puede aplicarse sino con mucha 
prudencia la temperatura de las fuentes á la esplicacion de 
la importante teoría de Kupffer sobre las líneas isogeoter- 
mas. Se efectúa, en estos lugares^ en la capa superior de la 
corteza terrestre, una doble irradiación: la dirigida de 
abajo á arriba hacia la atmósfera, j la que va de arriba ti 
abajo hacia la capa de hielo. Una larga serie de observa- 
ciones preciosas, que mi compañero j amigo Rose recogió, 
en un verano abrasador, en fuentes que aun estaban cu- 
biertas de hielo, entre Irtjsch, el Obi j el mar ('aspio, ha 
mostrado una gran complicación de perturbaciones locales. 
Semejantes perturbaciones se producen , por otras cau- 
sas, en la zona de los trópicos , en los sitios en donde bro- 
tan fuentes alpinas, bien de me setas situadas á ocho ó diea 
mil pies sobre el nivel del mar , como en Micuipampa_, eu 
Quito, en Bogotá, bien de las cimas agudas de montañas 
aisladas que se elevan á muchos miles de pies sobre esas 
mesetas; j no solo influjen esos fenómenos en una parte 
mucho mas considerable de la superficie terrestre, sino que 
son también para el físico razón para considerar las re- 
laciones termométricas análogas, á que dan lugar los países 
montañosos de la zona templada. 

Ante todo, es necesario, en asunto semejante^ distin- 
guir las observaciones reales de las consecuencias teóricas. 
El resultado que buscamos, espresado de la manera mas ge- 
neral, comprende la distribución del calor en la parte acce- 
sible déla corteza terrestre, en el Océano y en la atmósfera. 
Las dos envueltas de la Tierra _, las capas superpuestas de 
la envuelta líquida y las de la envuelta gaseosa, están so- 
metidas, siguiendo la dirección vertical , á cambios de tem- 



— 168 - 

peratura en sentido contrario. En las partes sólidas de Ja 
Tierra, la temperatura crece con la profundidad_, el cambio 
se opera con proporciones diferentes , pero en el mismo 
sentido que en el Océano atmosférico, cujos bajíos j es- 
collos están formados por las mesetas v las cimas de las 
montañas diversamente configuradas. Conocemos exacta- 
mente, por esperiencias directas, el calor de la atmósfe- 
ra : geográficamente según las determinaciones de lugares 
en longitud j latitud, hipsométricamente por la medida de 
las alturas verticales sobre el nivel del mar; pero, en los dos 
casos, no percibimos mas que la temperatura de las capas 
del aire casi en contacto inmediato con la parte sólida v la 
parte líquida de la superficie terrestre. Sin contar el efecto 
debido á la gran proximidad de la Tierra, las investigacio- 
nes científicas V sistemáticamente ordenadas, hechas con 
los aereostáticos en pleno mar atmosférico, han sido hasta 
aquí mu j raras para permitir determinar, como es tan ne- 
cesario, las evaluaciones numéricas de los estados medios. 
Para la disminución del calor en las profundidades del 
Océano, no faltan las observaciones; pero las corientes que 
traen de latitudes j profundidades diferentes aguas de des- 
igual densidad se oponen mas aun quizá que las corrientes 
atmosféricas á que se obtengan resultados generales. Senci- 
llamente he indicado, de pasada, las condiciones termométri- 
cas de las dos envueltas de nuestro planeta; me reservo vol- 
ver á ocuparme de cada una de ellas; pero he querido no mi- 
rar separadamente, como un hecho aislado, la influencia de 
la distribución vertical del calor en la corteza de la Tierra, 
es decir, del sistema de las líneas isogeotermas. He creido 
que convenia considerar esta distribución como una parte 
del movimiento del calor que lo penetra todo, j efecto de 
una fuerza verdaderamente a)smica. 

Por instructivas que puedan ser. bajo muchos conceptos, 
las observaciones sobre la temperatura de las fuentes inva- 



— 1<)9 — 

rJaWes. que eslá en razón inversa de la altura de su punto 
de emergencia^ esta relación no está regida mas que por 
lejes locales, que no haj fundamento para considerar, aun- 
que se hace con mucha frecuencia, como una de las leves 
generales que presiden el calor interno de la Tierra. Si 
fuese cierto que el agua pudiera recorrer un espacio consi- 
derable sobre una capa horizontal , sin sufrir mezcla, sería 
muv sencillo creer que ha tomado poco á poco la tempera- 
tura de las rocas con que está en contacto. Pei*o en la es- 
tensa red de grietas que surcan las masas levantadas, este 
caso no puede producirse sino rara vez; aguas mas frias, 
porque son mas altas ^ se mezclan con las aguas inferiores. 
Nuestras minas, aunque ocupan poco espacio en profundi- 
dad, son muv instructivas bajo este respecto. Pero para 
llegar inmediatamente al conocimiento de las líneas isogeo- 
termas, no haj mas que recurrir al método de Boussin- 
e-ault V enterrar termómetros á alturas muv diferentes so- 
bre el nivel del mar, j debajo del punto donde se hace sen- 
tir aun la influencia de las variaciones de temperatura que 
se verifican en las capas inferiores de la atmósfera (42). 
Desde el paralelo 45 hasta las regiones próximas al ecua- 
dor, la profundidad á que empieza la capa de temperatura 
invariable decrece de 60 pies hasta 'pie v medio ó dos pies. 
Solo, pues, en los trópicos ó en la zona subtropical es de 
fácil ejecución el procedimiento de Boussingault. Hasta 
aquí . los físicos no han podido aprovechar sino en locali- 
dades cujas alturas esceden apenas de 1,500 pies sobre 
el nivel del mar el escelente recurso de los pozos artesia- 
nos que, en profundidades absolutas de 700 á 2,200 pies, 
dan un descenso de 91 á 99 pies para un grado del termó- 
metro centígrado (43). He visitado en la cadena de los An- 
des, á 6° 45 de latitud austral , pozos cavados por el hom- 
bre en minas de plata, á una altura de cerca de 2,400 pies: 
la temperatura del agua que filtraba á través de las hendi- 



— 170 — 

duras del calcáreo era de 11 \3 (44). Las aguas que se ha- 
cian calentar para los baños del Inca Tupac-Yupanqui en la 
falda de los A.ndes, en el Paso del Assiiay ^ provienen pro- 
bablemente de las fuentes de la Ladera de Cadhul , donde 
encontré el emplazamiento de la antig-ua senda peruana, á 
una elevación de 14,568 pies, según las indicaciones del 
termómetro, casi á la altura del Mont-Blanc (45). Estos son 
los puntos mas elevados donde he podido examinar fuentes 
en la América del Sud. En Europa, los hermanos Schla- 
gintweit midieron en los Alpes orientales, j á 8,860 pies 
de altura, la temperatura de las aguas que llenaban el fon- 
do de las galerías, en una mina de oro llamada Goldzecha, 
j la de pequeñas fuentes próximas á la abertura de los 
pozos. Encontraron solo, á distancia de la nieve j de los 
hielos, O", 8 (46). Los límites superiores de las fuentes va- 
rían mucho seofun las latitudes e:eoo¡-ráficas , la altura de 
la línea de las nieves j la relación de las cimas mas eleva- 
das en las mesetas j en la cresta de las montañas. 

Si se supone aumentado el radio de la tierra en la al- 
tura del Kintschindjunga, una de las montañas mas ele- 
vadas de la cadena del Himalaja^ es decir, en una longi- 
tud de 26,000 pies, esa prolongación, igual á Vsoo sola- 
mente del radio terrestre, dejará subsistir, según la teoría 
de Fourier, la temperatura de la superficie terrestre casi 
como hoj está. Pero si sobre puntos aislados de la Tierra se 
levantan cadenas de montañas, dominadas por cimas estre- 
chas, que son como los escollos del Océano atmosférico, se 
producirá, de abajo á arriba, en el interior de esas masas 
levantadas, un descenso de temperatura, modificado por su 
contacto con capas de aire de diferentes temperaturas, por 
la capacidad para el calórico j la conductibilidad de 'ro- 
cas heterogéneas, por la insolación de los vértices v de las 
vertientes, j por la irradiación del calor, que depende 
del relieve de las montañas, de su poderosa masa, ó de 



— 171 — 

su forma cónica ó piramidal. La elevación particular de 
la región de las nubes, la cubierta de nieve j de hielo 
cuvo nivel varía con el límite de las nieves perpetuas, la 
frecuencia de las corrientes que, á ciertas horas del dia, 
bajan las pendientes escarpadas de las montañas j refres- 
can la atmósfera, cambian el efecto de la irradiación terres- 
tre. A medida que se enfria la cresta dentada de las mon- 
tañas, se forma de abajo á arriba_, en el interior_, una cor- 
riente de calórico que se esfuerza, sin poder conseguirlo, 
en restablecer el equilibrio. Reconociendo que la reparti- 
ción vertical del calor es función de tantas causas diferen- 
tes, se llega, por la complicación j la conexión de esos fe- 
nómenos locales, á conjeturas fundadas, pero no á determi- 
naciones numéricas directas. Pueden mezclarse con fre- 
cuencia á las fuentes de montañas, de las cuales las mas 
altas son especial y cuidadosamente buscadas por los caza- 
dores de gamuzas, aguas estrañas, que caen de major al- 
tura j traen consigo la temperatura mas baja de las capas 
superiores, ó que viniendo, por el contrario, de mas bajo, 
comunican á la fuente una temperatura mas elevada. De 
las observaciones hechas por Wahlenberg sobre esas fuen- 
tes, deduce Kaemtz que es preciso elevarse en los Alpes 
900 ó 960 pies para ver bajar un grado la temperatura de 
las fuentes. Las esperiencias mas numerosas j mas cir- 
cunspectas que Hermann j Schlagintweit hicieron en los 
Alpes Karínticos orientales j en los Alpes suizos occiden- 
tales, sobre el Monte-Rose, dan únicamente 7*20 pies. Se- 
gún el gran trabajo de esos escelentes observadores (47), 
el descenso de la temperatura de las fuentes, es en to- 
dos los casos, mas lento que el de la temperatura media 
anual del aire, que, en loSx\lpes, es de 1° para 540 pies. A 
igual nivel, las fuentes son, en estas montañas, mas calien- 
tes que la temperatura atmosférica media, j esta dife- 
rencia crece con la altura. La temperatura del suelo no 



- 172 — 

€S la misma, á idéntica altura, en toda la cadena de los x\lpesr 
las líneas isotermas que unen los puntos de igual tempe- 
ratura de las fuentes se levantan tanto mas sobre el nivel 
del mar, abstracción hecha de la latitud geográfica, cuanto 
mas considerable es el hinchamiento medio del suelo cir- 
cundante. Todo ello, por lo demás_, está conforme con las le- 
ves de la distribución del calor en un cuerpo sólido, cujas 
partes difieren entre sí en altura j en espesor; así es como 
se puede comparar el relieve de los Alpes. 

En la cadena de los Andes , j precisamente en la parte 
volcánica que presenta las elevaciones mas considerables, 
los termómetros enterrados debajo de la superficie del 
suelo pueden en ciertos casos producir resultados erróneos, 
por la influencia de circunstancias locales. Yo creí en un 
principio que las crestas de rocas que atraviesan la región 
de las nieves, j que se creen destacar en negro desde lejos, 
no deben siempre su completa desnudez solo á su configu- 
ración j á su escarpadura. Convencido de que este fenó- 
meno reconocía otras causas, también hundí un termóme- 
tro á tres pulgadas en la arena que llenaba una grieta de 
una de esas crestas de rocas. Estaba en el Chimborazo 
á 17,160 pies de altura, 8,350 pies sobre la cima del 
Mont-Blanc; el termómetro marcó constantemente 5°, 8, 
mientras que el aire era solo de *i*^,7. El resultado de esta 
observación tiene alguna importancia; porque ja_, 2,400 
pies mas abajo, en el volcan de Quito, en el límite inferior 
de las nieves perpetuas, Boussingault j jo encontramos, 
después de gran número de esperiencias , que el calor 
medio de la atmósfera no escede de F,6. La temperatura 
terrestre indicada antes, 5", 8, debe, pues, atribuirse al ca- 
lor alimentado en la montaña formada de dolerita, no por 
la masa misma de la montaña, sino por las corrientes de 
aire que suben del interior. Existe, además, cerca del pue- 
blo de Calpi, al pie del Chimborazo, á 8,900 pies de altu- 



— 173 — 

ra, un pequeño cráter de erupción, el Yana-Urcu, que pa~ 
rece haber estado en actividad hacia mediados del siglo xv^ 
como lo acredita su roca negra y escorificada (pórfiro au- 
gítico) (48). 

La aridez de lú llanura en medio de la cual se levanta 
el Chimborazo^ y el arroyo subterráneo cuyo murmurio 
se oye debajo de la colina volcánica del Yana-Urcu , nos 
inspiraron, á Bonssingault y á mí, en épocas muy diferen- 
tes, la idea de que las aguas producidas cada dia por el 
derretimiento de las nieves, cerca del límite inferior de 
las perpetuas, se filtran en las profundidades del suelo 
por las grietas y las cavernas de los volcanes (49). Esas 
aguas enfrian incesantemente las capas á través de las cua- 
les se precipitan. Sin ellas, las montañas de dolerita y de 
traquito, aunque nada haga temer una erupción próxima, 
sacarían de su. foco volcánico , situado quizá á profundida- 
des desiguales, bajo diversas latitudes, pero siempre en 
actividad, una temperatura interior todavía mas elevada. 
Así, merced á esas influencias alternativas de calor y de 
enfriamiento, reina continuamente un flujo de calor, de 
arriba abajo, y de abajo arriba, sobre todo en los sitios 
donde las montañas elevan sus picos agudos en medio de 
los aires. 

Pero el área de las montañas y de las altas cimas que las 
dominan ocupa muy poco sitio, comparada con el relieve de 
los continentes, y además es sabido que el fondo de los ma- 
res forma las dos terceras partes de toda la superficie ter- 
restre. Según el estado actual de los descubrimientos g*eo- 
gráficos en ambos hemisferios , el mar está con la tierra en 
la relación de 8 á 3. El fondo del mar se halla en contacto 
inmediato con las capas de agua que, poco saladas y super- 
poniéndose en el orden de las densidades, cuyo máximum 
es de 3°, 94, tienen una temperatura casi glacial. Las ob- 
servaciones exactas de Lenz y Du Petit-Thouars han demos- 



— 174 — 

irado que en medio de los trópicos, en los lugares del Océa- 
no en donde el termómetro señala, en la superficie, 26 ó 27 
g-rados de calor, lia podido sacarse de una profundidad de 7 
á 800 brazas, agaa á 2" ^/^r ¿e donde debe deducirse la 
existencia de las corrientes sub-marinas que llevan el agua 
fria desde los polos al ecuador. Este enfriamiento continuo 
de las regiones inferiores del Océano, que se manifiesta en 
la major parte de la superficie terrestre, tiene consecuen- 
cias mas dignas de observación que lo que se ha creidc 
hasta aquí. Los escollos j las islas poco estensas que salen 
del lecho del mar j se elevan hasta la superficie de las 
aguas, las estrechas lenguas de tierra que, como el itsmo 
de Panamá j de Darie, están bañadas por los grandes 
mares, deben ofrecer, en las capas superpuestas de que se 
componen _, otra distribución del calor que las regiones de 
igual estension j de masa igual^ situadas en el interior de 
los continentes. En una isla montañosa muj elevada, la 
parte submarina está en contacto con el elemento líquido 
cuja temperatura va creciendo de abajo arriba, pero desde 
el momento en que las capas terrestres cesan de estar ba- 
ñadas por las olas v entran en la atmósfera, están someti- 
das á la influencia de la insolación y de la libre irradiación 
del calórico latente , v se hallan en contacto con un fluido 
gaseoso cuja temperatura decrece con la altura. Las mismas 
relaciones de temperatura creciente j decreciente siguiendo 
la dirección vertical se vuelven á presentar en el estrecho 
Ust-Urt que separa dos grandes mares mediterráneos, el 
mar Caspio j el lago de Aral. Para esclarecer esos fenó- 
menos complicados, es necesario emplear esclusivamente 
los medios que nos hacen conocer directamente el calor 
interno de la Tierra, tales como los pozos artesianos cava- 
dos á gran profundidad. Seria peligroso limitarse á me- 
dir la temperatura de las fuentes ó la del aire en las caver- 
nas; esto daria resultados tan poco seguros como la tempe- 



— 175 .« 

ratura del aire encerrado en las galerías y en los cuartos 
de las minas. 

Cuando se comparan llanuras bajas con una meseta 
montañosa ó crestas de montañas escarpadas, de muchos 
miles de pies de altura, se reconoce que la lej del calor 
creciente ó decreciente no depende solo de las alturas ver- 
ticales relativas. Si en la hipótesis de un camhio determi- 
nado de temperatura para un cierto número de pies, se 
midiese la distancia en altura que separa la llanura v el 
vértice de la montaña, ja partiendo de la llanura, ya par- 
tiendo del vértice, se encontrarla, en el primer caso, el 
vértice demasiado frió; en el seg-undo caso, la capa que, en 
el interior de la montaña, está á nivel con la superficie de 
la llanura, mucho mas caliente. La distribución del calor 
en las ondulaciones de la superficie terrestre depende, 
como se ha visto antes, de la fuerza, de la masa j de la 
conductibilidad, de la insolación v de la irradiación del 
calor hacia capas de aire trasparentes ó carg-adas de nubes, 
del contacto j del juego de las corrientes ascendentes y 
descendentes de aire. Según estas conjeturas, deberla ha- 
ber, á alturas de 4 ó 5,000 pies solamente, gran nú- 
mero de fuentes cuja temperatura escederia en 40 ó 50 
grados la temperatura media de la llanura. ¿Cuánto mas 
verdadero no seria esto en los trópicos, al pie de las mon- 
tañas, que, á 14j000 pies de altura, están aun libres de la? 
nieves perpetuas j no presentan roca alguna volcánica, sino 
solamente gneis j esquisto micáceo? (50). El gran matemá- 
tico Fourier, vivamente interesado en la descripción de la 
llanura donde tuvo su erupción el Jorullo, j en la cual era 
imposible descubrir, á muchos centenares de millas cua- 
dradas á la redonda, ninguna señal estraordinaria de calor 
terrestre, se ocupó, á instancia mia, en el mismo año que 
precedió á su muerte, de resolver la segunda cuestión: 
¿cómo en los levantamientos de montaña j cambios que 



— 176 — 

sobrevienen en la superficie de la Tierra, se equilibran las 
fajas isotermas con la nueva forma del suelo? la irradiación 
lateral de capas situadas al mismo nivel, aunque desigual- 
mente cubiertas, es mas importante para la distribución 
del calor que lo es, en lugares donde se distingue fácil- 
mente la superposición de las capas, la inclinación de las 
superficies que las separan . 

He dicho ja en otro lugar que las fuentes termales 
situadas en los alrededores de la antigua Cartago, proba- 
blemente las fuentes de Pertusa, las aquce calidce de Ham- 
mam el Enf, indujeron á San Patricio, obispo y mártir, 
á discernir las verdaderas causas de la diferencia de tem- 
peratura en las aguas saltadoras (51). x^ la cuestión pro- 
puesta en son de burla por el procónsul Julio: quM auctore 
fervens hcec agua tantmii ehdliat'l Patricio contestó des- 
envolviendo la teoría del calor central «que produce las 
erupciones del Etna j del Vesubio^ y calienta las fuentes, 
tanto mas, cuanto de mas bajo vienen.» El Piriflegeton de 
Platón era el infierno para el santo obispo ; mas como si 
hubiera querido recordar uno de aquellos infiernos frios de 
los Budistas, á pesar de las le jes de la Física, admite sin 
gran esfuerzo, como eterno suplicio de los impíos, aqíiam 
fjelidissimam concrescentertí in (jlaciem. 

Las fuentes termales que se aproximan al punto de 
ebullición del agua j se elevan á la temperatura de 90 
o-rados, son mucho mas raras de lo que generalmente se 
cree, fundándose en inexactos esperimentos ; por lómenos, 
puede asegurarse que únicamente se encuentran en los al- 
rededores de los volcanes en actividad. He tenido la suerte 
de examinar dos de las fuentes mas importantes de esta 
clase cuando mi viaje á América, j ambas situadas bajo 
los trópicos. Las aguas de comang illas brotan de una mon- 
taña de basalto que haj en Méjico, cerca de Chimequillo 
j de las minas de plata de Guanaxuato, á 21° de latitud 



— 177 — 

boreal (52). En Setiembre de 1803 era su temperatura de 
96°,4. Aquella masa basáltica ha roto, formando filón, un 
pórfido columnario que descansa sobre un depósito de sie- 
nita blanca, rica en cuarzo. A major elevación, aunque 
á poca distancia de esta fuente casi en ebullición , cerca de 
los Joares j al Morte de Santa Rosa de la Sierra, cae la 
nieve á la altura de 8,160 pies, desde el mes de Diciembre 
al de Abril , j los indígenas hacen hielo todo el año por 
efecto de la irradiación , en estanques preparados a este 
objeto. En el camino de Nueva-Valencia, en los talles de 
Aragiia, en Portocabello, á lO'^lo' próximamente de lati- 
tud, he visto saltar de un granito estratificado^ que no 
pasa al gneiss y en la vertiente setentrional de la cordi- 
llera costera de Venezuela, las agitas calientes de las Trin- 
cheras. La temperatura de esta fuente era en el mes de Fe- 
brero de 1800, 90°, 3 (53), mientras que los lafios de Ma- 
nara y que también están situados en los talles de Aragna, 
aunque en medio del gneiss, señalaban 59*^,3. Veintitrés 
años mas tarde , en el mes de Febrero asimismo , hallaron 
Boussingault y Rivero para los baños de Mariara, 64"*, O, 
j para las Trincheras de Portocabello , á pequeña altura so- 
bre el mar de las Antillas, 92", *2 en uno de los estan- 
ques, 97^,0 en el otro (54). Habíase, pues, elevado la tem- 
peratura de dichas fuentes , durante el intervalo de los dos 
viajes, la de Mariara 4'\7 , j 6", 7 la de las Trincheras. 
Boussingault ha hecho observar fundadamente que en este 
mismo intervalo, v el *20 de Marzo de 1812, tuvo luo-ar 
el espantoso terremoto que destrujó á Caracas. Indudable- 
mente la conmoción fue menos violenta en la superficie del 
suelo á los alrededores del lago de Tacasigua, donde Nueva- 
Valencia se halla situada; mas no es creible que en el in- 
terior de la Tierra, donde vapores elásticos obran sobre las^ 
grietas, baja podido un movimiento^ que tan lejos se pro- 
paga j con tal violencia, cambiar fácilmente la red de las. 



— 178 — 

fallas y abrir canales que arrastran las aguas de mas abajo. 
Las termales de las Trincheras , que brotan de una forma- 
ción granítica, casi son puras, puesto que no contienen 
sino una pequeña cantidad de sílice en disolución j gas 
ácido hidrosulfúrico (hidrógeno sulfurado), con algo de 
ázoe. De estas aguas, j después de infinitas cascadas pin- 
torescas, de vegetación lujuriosa rodeadas, nace el Pico de 
Aguas calientes, poblado de cocodrilos que el calor atrae. 
También sale del granito , en la parte mas setentrional de 
la India, la abrasadora fuente de Jumnotri, que cuenta 
90*^; como situada á 10,180 pies de altura en que la presión 
atmosférica disminuye, su temperatura viene á ser, con 
corta diferencia, el punto de ebullición del agua (55). 

Entre los manantiales calientes intermitentes, los que 
sirven en Islandia para cocer los alimentos , sobre todo el 
gran Gejser j el Strokkr, son justamente célebres. Según 
las delicadas investigaciones á que se dedicaron en los úl- 
timos tiempos, Bunsen_, Sartorios de Waltershausen j Des- 
cloiseaux, la temperatura de esos dos surtidores de agua 
disminuje de una manera notable durante su ascensión. El 
Gejser tiene un cono truncado de 25 á 30 pies de altura, 
formado de capas horizontales de sílice concrecionada. En 
ese cono está cavado un estanque de 52 pies de diámetro, 
^n medio del cual , el tubo , de un diámetro tres veces me- 
nor, que dá paso á la fuente, se hunde entre paredes ver- 
ticales, á una profundidad de 70 pies. La temperatura 
^el agua que llena continuamente el estanque es de 82". 
A intervalos muj regulares de una hora y veinte minutos 
ó de hora j media, un ruido semejante al trueno indica, 
.en el fondo de la fuente, el principio de la erupción. Los 
>surtidores de agua, de un espesor de nueve pies, tres de los 
cuales majores que los otros, se suceden inmediatamente,* 
se elevan hasta 100 j á veces hasta 140 pies. A 68 de 
profundidad, muj poco antes de la erupción, la temperatu- 



— 179 — 

ra del agua , va en el tubo_, se ha encontrado á 127": du- 
rante la erupción era de 124'' /i. Casi inmediatamente des- 
pués caia á 122'', j en la superficie del estanque no era 
mas que de 84 ú 85. El Strokkr, situado igualmente al 
pié del Bjarnafell, tiene una masa de agua menor que el 
Gejser. Las concreciones que forman las orillas del estan- 
que miden solo algunas pulgadas de altura v ancho. Las 
erupciones son más frecuentes que en el Gejser, pero no 
se anuncian pctr detonaciones subterráneas. En el Strokkr, 
la temperatura es, á 40 pies de profundidad, é inmediata- 
mente antes de la erupción, de 113 ó 115 grados; en la su- 
perficie del suelo solo de 100°. El salto de esas fuentes 
intermitentes j las ligeras modificaciones que pueden veri- 
ficarse en el carácter de los fenómenos, son en un todo inde- 
pendientes de las erupciones del Hécla; las de 1845 y 1846 
no produjeron suspensión ni interrupción alguna (56). 
Bunsen, con la sagacidad que lleva siempre á la observa- 
ción j discusión de los hechos naturales, ha rebatido las 
hipótesis anteriores acerca de las erupciones periódicas de 
los Gejsers_, que se disponían, decíase, en fuentes subter- 
ráneas, grandes recipientes alternativamente llenos de va- 
por j de agua. Según Bunsen, las erupciones provienen 
de que cierta parte de una columna de agua situada muv 
abajo, y que, por la presión de vapores acumulados, ha 
adquirido un alto grado de temperatura, es impelida ha- 
cia adelante, y no sufre mas que una presión que no cor- 
responde á esta temperatura. Así los Gejsers son colectores 
naturales de fuerzas elásticas. 

Entre los manantiales calientes, solamente algunos se 
acercan á la pureza absoluta; conteniendo otros en disolu- 
ción de 8 á 12 partes de materias sólidas ó gaseosas. A los 
primeros pertenecen las fuentes medicinales de Luxeuill de 
Pfeffers y de Gastein . cu jo modo de acción en razón mis- 
ma de su pureza, es muj difícil de definir (57). Como las 



— 180 — 

fuentes están alimentadas principalmente por las aguas 
pluviales, todas contienen ázoe, según lo ha demostrado 
Boussingault, en la fuente purísima llamada las Trinche- 
ras de Portocahello, que corre por rocas graníticas (58), j 
Bunsen en la fuente de Cornelio en Aquisgran, y en el 
Gejser de Islandia (59). Las materias orgánicas que están 
en disolución en muchas fuentes, contienen también ázoe j 
aun algunas betún. Hasta que no se supo por las esperien- 
cias de Gaj-Lussac j por las mias, que los gases disueltos 
en el agua pluvial j en la nieve derretida contienen , el 
diez por ciento el uno, ocho por ciento el otro de oxígeno, mas 
por consiguiente del que haj en el aire atmosférico, causa- 
ba gran sorpresa encontrar, al analizar las fuentes de No- 
cera, en los Apeninos, una mezcla de gas rico en oxígeno. 
Los análisis hechos por Gav-Lussac, durante el tiempo que 
pasamos cerca de esta fuente alpina, han demostrado que 
no encierran mas oxígeno que el que le han podido comu- 
nicar las aguas pluviales (60). Si sorprende ver los depósi- 
tos silíceos hechos por la Naturaleza , como materiales de 
construcción , para componer los aparatos de los Gejsers, 
que podrian tomarse por objetos de arte, el asombro dismi- 
nuye cuando se recuerda que la sílice está estendida tam- 
bién un gran número de fuentes frias, que contienen una 
cantidad muj pequeña de ácido carbónico. 

Las fuentes acídulas y las emisiones de gas carbónico, 
atribuidas mucho tiempo á depósitos de hulla j de lignito, 
parecen mas bien el producto de la actividad volcánica, ac- 
tividad estendida por doquier , y que no se manifiesta solo 
en los lugares donde las rocas volcánicas señalan el sitio de 
antiguas erupciones ígneas. Las emisiones de gas carbóni- 
co son, en verdad _, el fenómeno que sobrevivió más, en los 
volcanes apagados , á las catástrofes plutónicas; sucediendo 
á la fase de actividad de las solfataras, v produciéndose á 
la vez con erupciones abundantes de aguas cargadas de 



~ 181 — 

ácido carbónico, que salen á temperaturas mu j diferentes, 
del g-neis j de las montañas de aluvión , antiguas ó recien- 
tes. Las fuentes acídulas se saturan de carbonatos alcalinos, 
especialmente de carbonato de sosa , en todos los lugares 
donde aguas cargadas de ácido carbónico obran sobre rocas 
que contienen silicatos alcalinos (61). En la Alemania del 
Norte, gran número de fuentes acuosas y gaseosas de áci- 
do carbónico presentan la particularidad sorprendente, de 
que las aguas ó los gases salen de capas dislocadas , j apa- 
recen en valles circulares como en Pvrmont, en Driburg, et- 
cétera. Hoffmann y Buckland dieron, cada uno de por 
sí^ j casi al mismo tiempo, á esas depresiones del suelo el 
nombre característico de valles de levantamiento ó eleva- 
ción (valle js of elevation). 

En las fuentes comunmente llamadas fuentes sulfuro- 
sas, el azufre no se combina siempre de la misma manera. 
Gran número de entre ellas en que no existe carbonato de 
sosa, contienen probablemente bidrógeno sulfurado en di- 
solución. En otras^ por el contrario, como las fuentes 
del Emperador, de Cornelio, de la Rosa y de Quirino, en 
Aquisgran, los gases que se obtienen, privando las aguas 
de aire por ebullición, no ofrecen rastro alguno de oxíge- 
no sulfurado, según las investigaciones de Bunsen y de 
Liebig; y en cuanto á las burbujas de gas que se elevan 
sobre el agua, la fuente del Emperador es la única en que 
esas burbujas contienen 31 partes de cada 100 de oxígeno 
sulfurado (62). 

Hé sido el primero en hacer conocer el notable fenó- 
meno de una fuente termal que da vida á todo un rio car- 
gado de ácido sulfúrico, al rio Vinagre, llamado por los 
indígenas Pusambio. El rio Vinagre brota á 10,000 pies 
de altura alrededor de la vertiente Noroeste del volcan 
Puraz, al pié del cual está construida la ciudad de Popa- 
van. Forma tres pintorescas cascadas (6'3), una de las cua- 



— 182 — 

les tengo representada, que cae verticalmente de 300 pies 
de altura, á lo largo de un muro escarpado de traquito. 
Desde el punto en que recibe este pequeño rio hasta las 
embocaduras del Pindamon j del Palacé, es decir en una 
distancia de dos á tres millas^ el rio Cauca no alimenta pez 
alguno, gran inconveniente para los habitantes de Popa- 
jan, que practican severamente las abstinencias religiosas. 
Según el análisis hecho por Boussingaultj con posteriori- 
dad á mi viaje, las aguas del Pusambio contienen gran 
cantidad de hidrógeno sulfurado j de ácido carbónico , con 
algo de sulfato de sosa. Cerca de la fuente, Boussingault 
halló 72°, 8. La parte superior del Pusambio es subterránea. 
En el páramo de Ruiz , sobre la pendiente del volcan del 
mismo nombre , cerca de las fuentes del rio Guali , Degen- 
hardt, de Clausthal en el Harz, cuja muerte prematura 
deploran los geólogos, descubrió en 1846, á 11,400 pies 
de altura, una fuente termal, en la cual Boussingault en- 
contró tres veces más ácido sulfúrico que en el rio Vinagre. 
La constancia de la temperatura y de la composición 
química de las fuentes, que en general no está desmenti- 
da, según las observaciones mas antiguas dignas de con- 
fianza, es un hecho mucho más notable aun que los* cam- 
bios que hajan podido comprobarse en algunos puntos (64). 
Las fuentes de aguas calientes que, en su larga j compli- 
cada corriente, toman de las rocas con que están en con- 
tacto tantos elementos diversos , para llevarlos frecuen- 
temente á otras rocas que carecen de ellos, tienen además 
la eficacia de trasformar y crear. Bajo este punto de vis- 
ta, son de gran importancia geológica. Senarmont há de- 
mostrado con su maravillosa sagacidad, hasta qué punto es 
verosímil que gran número de fallas que dieron en otro 
tiempo paso á las aguas termales, se ha jan llenado de aba- 
jo á arriba por el depósito de los elementos que dichas aguas 
tenian en disolución. Los cambios de presión j de tempe- 



— 183 — 

ratura, las influencias electro- químicas interiores j la atrac- 
ción específica de las paredes laterales, han producido en 
las aberturas j cavidades atravesadas por los fluidos , y ai 
divisiones laminares^ ja formaciones concrecionadas. Dru- 
sas en forma de filones j amigdaloides porosas parecían de- 
l)er su oríg'en en parte á aquellas causas. En los sitios en 
que las diferentes capas están superpuestas en zonas para- 
lelas, dichas zonasse hallan constituidas^ ordinariamente, de 
tal modo, que se corresponden simétricamente , cuando se 
comparan los techos j los muros de dos salhandas (piedra 
ó pared que se encuentra entre el filón y la roca). Senar- 
mont^ que ha llevado á la Química una facultad de inven- 
ción maravillosa, logró componer artificialmente un núme- 
ro considerable de minerales, por medio de síntesis análogos 
á los procedimientos de la Naturaleza (65). 

Un observador distinguido, que es muj querido, pu- 
blicará TCíMy pronto, según creo, un trabajo nuevo é im- 
portante sobre las relaciones termométricas de las fuentes, 
donde esclarece con gran sagacidad , y de la manera mas 
general, el fenómeno complejo de las perturbaciones, por 
el método de inducción fundado en numerosas esperiencias. 
En las observaciones que tiene hechas, desde 1845 á 1853, 
sobre la temperatura de las fuentes _, en Alemania, cerca 
de las orillas del Rin , y en Italia , en los alrededores de 
Roma, sobre el monte Albano y en los Apeninos, Hallmann 
distingue: 1." las fuentes puramente meteorológicas, cuja 
temperatura media no se aumenta por el calor interno de 
la Tierra; 2.° las fuentes meteorológico-geológicas que, 
independientes de la distribución de la lluvia , y mas ca- 
lientes que el aire , no esperimentan mas variaciones de 
temperatura que las que provienen de las capas del suelo 
que atraviesan; 3.° las fuentes frias anormales, que traen 
su baja temperatura de alturas considerables {^^)' A me- 
dida que, en estos últimos tiempos, se ha podido, por una 



— 184 — 

feliz apiicacion de la Química, penetrar algo mas en ei co- 
nocimiento geogQÓstico de la formación v de la metamor- 
fosis de las rocas, ha debido darse mas importancia á la ob- 
servación de las fuentes cargadas de sales j de gas, que 
circulan en el interior de la Tierra, j que^ cuando estien- 
den en la superficie sus aguas termales, han ejercido ja, 
creando, trasformando y destru yendo, la major parte de su 
actividad. 



FUENTES DE VAPOR Y DE GAS.— SALSAS. VOLCANES 

DE LODO, FUEGOS DE NAFTA. 



Desarrollo del Cuadro general de la Naturaleza. (Véase el Cosmos , 1. 1 r>. 20-2-204, 415, 

nota 25.) 



En el primer tomo del Cosenos he demostrado . con 
ejemplos de fenómenos poco observados basta aqní, pero 
cuvos caracteres esenciales se conocen, sin embargo, cómo 
las salsas . si se silguen las diferentes fases de su actividad, 
desde las erupciones acompañadas de llamas basta el período 
de calma de la emisión de los lodos, son una especie de in- 
termediario entre las fuentes calientes j los volcanes pro- 
piamente dichos, que arrojan tierras en fusión bajo la for- 
ma de escorias disgregadas ó de rocas nuevas, superpuestas 
muchas veces sobre sí mismas. Como todo lo que sirve de 
intermediario j de transición en la naturaleza orgánica ó 
inorgánica . las salsas j los volcanes de lodo merecen par- 
ticular atención , j mas seria de la que le concedieron los 
antiguos geognostas, faltos de conocimiento bastante de 
esos fenómenos. 

Algunas veces las salsas j las fuentes de nafta están 
reunidas ea grupos apretados v aislados, como las Mala- 
cubi, en Sicilia, cerca de Girgenti, mencionadas ja por 
Solin, ó como las que se ven cerca de Pietra Mala, en Bari- 
gazo, V en el Monte Zibio. situado no lejos de Sassuolo. en 



— . 186 — 

el norte de Italia, ó en Turbaco, en la América del Sud. En 
ocasiones, están colocadas unas á continuación de las otras 
en filas estrechas; siendo las mas importantes j curiosas. 
Conocíanse de antiguo, en las estremidades de la Cadena del 
Cáucaso : al Noroeste los volcanes de lodo de Taman , al 
Sud-Este las fuentes de nafta j los fuegos de nafta de 
Bakú j de la península caspiana de Apscheron (()7). 
Abich , tan versado en el conocimiento de la parte caucásica 
del Asia menor, fué el primero que comprendió la gran- 
deza j unión de esos fenómenos. Según él, los volcanes 
de lodo j los fuegos de nafta del Caúcaso están dispuestos 
en líneas determinadas , fáciles de reconocer , j que se ba- 
ilan en una relación incontestable con los ejes de levanta- 
miento de los estratos j el sentido de su dislocación. Los 
volcanes de lodo , las emanaciones de nafta j los pozos sa- 
lados, ocupan, en la región Sud-Este de la cadena, el espa- 
cio de 240 millas cuadradas, representando un triángulo 
isósceles , cuja base viene á ser el litoral del mar Caspio, 
desde Balacbani, al norte de Baku^, hasta una de las em- 
bocaduras del Kur (antiguo Araxes) , próxima á las fuen- 
tes termales de Sallian. El vértice de ese triángulo está si- 
tuado cerca de Schag-dao-h, en el elevado valle de Kina- 
lughi. En el límite de una formación de dolomita y de 
esquisto, á 7,834 pies de altura sobre el mar Caspio, cerca 
del pueblo mismo de Kinalughi, rompen en erupción los 
fuegos perpetuos de Schagdagh, que ningún aconteci- 
miento meteorológico apagó jamás. El eje medio de ese 
triángulo corresponde á la dirección que siguen constante- 
mente los temblores de tierra, tan frecuentes en Schamacha_, 
sobre la orilla del Pjrsagat. Si se entra mas adelante hacia 
el Noroeste, encuéntranse las fuentes sulfo rosas termales 
de Akti, en una línea que se confunde con la cresta prin- 
cipal del Caúcaso , en el sitio donde esta cadena se levanta 
para dar lugar al Kasbegk j sirve de límite al Daghestan 



— 1S7 — 

occidental. Las salsas de las tierras bajas ^ colocadas comun- 
mente de manera regular unas á continuación de otras, 
aumentan poco á poco en número , á medida que se está 
mas cerca del litoral del mar Caspio , entre Sallian , la em- 
bocadura del Pjrsagat, próximo á la isla Swinoi, y á la pe- 
nínsula ApscheroD ; presentando huellas de erupciones su- 
cesivas de lodo, j mostrando en su vértice pequeños conos 
semejantes en la forma á los del Jorullo en Méjico, de 
donde sale un gas inflamable, en general espontáneamente. 
Considerables erupciones Ígneas se produjeron en gran nú- 
mero, sobretodo, entre 1844 j 1849, en el Udplidagh, 
el Nabalath y el Turandagh. Muj cerca de la emboca- 
dura del Pjrsagat, en el volcan cenagoso llamado Topra- 
chali, se hallan trozos de marga negra, que á primera vista 
podria tomarse por basalto compacto ó por dol.erita de grano 
muj fino, que son el indicio de un crecimiento anormal y 
muj considerable en la intensidad del calor subterráneo. 
En otros puntos, en la península Apscheron , Lenz halló 
restos escorificados, que parecian haber sido arrojados por 
volcanes, j el 7 de Febrero de 1839, cuando la gran erup- 
ción ígnea del Baklichli , los vientos llevaron á gran dis- 
tancia pequeñas bolas huecas^ semejantes á las materias 
llamadas cenizas, en los volcanes propiamente dichos (68), 
En la estremidad Noroeste, hacia el bósforo Cimeriano, 
están situados los volcanes cenagosos de la península Ta- 
man , que forman , cerca de Kertsch , un mismo grupo con 
los de Aklanisowka y de lenikalé. Una de las salsas de 
Tamandió, el 27 de Febrero de 1793, el espectáculo de una 
erupción de cieno y de gas, en la cual, después de muchas 
detonaciones subterráneas, se elevó á muchos cientos de 
pies , una columna de fuego semioculta por una negra 
niebla, formada quizás por un espeso vapor de agua. Un 
hecho notable , y bastante para dar alguna luz respecto de 
la naturaleza de hs jvolcanc/' ios de Turbaco, es el de que el 



— 188 — 

gas analizado en 1811 por Parrot j por Eng-elliardt no era 
inflamable, mientras que el recogido por GoeLel en el mis- 
mo sitio 5 23 años después, arrojaba por la estremidad de 
un tubo de cristal, una llama azulada, como todos los 
gases que se escapan de las salsas en la parte Sud-Este del 
Caúcaso, dando^ á consecuencia de un análisis exacto, 92,8 
por ciento de hidrógeno carbonizado j 5 por ciento de ácido 
carbónico (69). 

Las erupciones de vapor cargadas de ácido bórico, que 
iienen luo^ar en la Toscana. Possara, Castel-Nuovo, Monte 
Cerboli, j forman lo que se llama lagoni. fimimarole. soffio- 
ni. Tolcani, son fenómenos diferentes de las erupciones de 
salsas por los efectos que producen , pero ciertamente de 
origen análogo. Los vapores tienen por término medio una 
temperatura de 96 á 100 grados, que, segan Pella, se eleva 
en ciertos puntos á 175*^. Una parte se escapa directamente 
de las o-rietas de las rocas , otra de charcas de donde hacen 
surgir pequeños conos de arcilla líquida; viéndoselas en el 
aire en forma de torbellinos blanquecinos. Es imposible re- 
coger el ácido bórico que se escapa del seno de la Tierra con 
el vapor de agua, haciendo pasar por grandes tubos los va- 
pores de los 8offioni\ su volatilidad es tal que se disipa en 
la atmósfera. Solo puede obtenerse en los hermosos esta- 
blecimientos del conde de Larderel^ cubriendo inmediata- 
mente los orificios de los sofjioní con arcas de agua que 
absorben los vapores (70). Según el escelente análisis de 
Pajen_, las emanaciones gaseosas contienen 0.57 de ácido 
carbónico, 0,35 de ázoe, 0,07 únicamente de oxígeno j 0, 001 
de ácido sulfúrico. En el sitio por donde pasan los vapores 
de ácido bórico á través de las hendiduras de la roca, depo- 
sitan azufre. Las investigaciones de Murchison han demos- 
trado que la roca es en parte cretácea , en parte una forma- 
ción eocena que contiene nunmulitas, un Macigno ^ cujas 
capas quebradas por un levantamiento de serpentina, se ven 



— 189 — 

en los alrededores de Monte Rotondo (71). Es posible que 
.suceda aquí , dice Bischof^ como en el cráter de Vulcano, 
que vapores de agua obren, á gran profundidad por la des- 
composición , sobre minerales boratados y sobre rocas ri- 
cas en datolita, en arinita j en turmalina (7*2) , 

El sistema de la sofJionidiQ la Islandia escede, por el nú- 
mero j magnitud de los fenómenos, á todo lo que conoce- 
mos en el continente. En medio del campo de emisiones 
de Krisuvek y de Rejkjalidh verdaderas fuentes de lodo se 
abren paso á través de una arcilla de azul ceniciento , j se 
lanzan del fondo de pequeños estanques , rodeados de bor- 
des semejantes á los de los cráteres (73). Aquí todavía pue- 
den seguirse las fallas que dan paso á las fuentes en direc- 
ciones determinadas (74). Merced á la sagacidad j á los 
esfuerzos perseverantes de Bunsen, la Islandia es de todos 
los paises que poseen fuentes termales, salsas y erupciones 
de gas, aquel en que los análisis químicos son mas seguros 
y mas completos. En parte alguna existe estension tan 
grande de país que ofrezca muj cerca de la superficie del 
suelo, un juego tan complejo de descomposiciones quí- 
micas, de trasformaciones y de producciones nuevas. 

Si de Islandia pasamos al continente americano que 
está de ella poco apartado, encontramos en el Estado de 
New- York, á corta distancia de Fredonia y del lago Erié, 
en una cuenca de capas de asperón devoniano, infinito nú- 
mero de fuentes de gas inflamable formado de hidróo-eno 
carbonado, que salen de las hendiduras de la Tierra y que 
se utilizan en parte para la iluminación. Cerca de Rush- 
ville, otras fuentes de gas inflamable afectan la forma de 
conos cenagosos; otras, por último, en el valle del Ohio, 
en la Virginia y en el rio Kentuckj contienen sal marina, 
hallándose así en relación con pequeñas fuentes de nafta. 
Mas allá del golfo de las Antillas, en la costa Norte de la 
América meridional , á '2 millas y media al Sud-Sudeste 



— 190 — 

del puerto de Cartagena de Indias . se presenta , cerca del 
pueblo encantador de Turbaco , un notable grupo de sal- 
sas ó volcanes cenagosos, cuja primera descripción be dado 
yo. Los xolcancitos ^ en número de 18 ó 20, se levantan en 
una llanura desierta, situada en medio de un antiguo bos- 
que, desde el cual abarca la mirada, en toda su magnifi- 
cencia, el nevado coloso de Santa Marta. Los majores de 
esos conos, formados de tierra arcillosa de gris negro, tienen 
de 18 á 22 pies de altura, j 80 pies lo menos de diámetro en 
la base. En el vértice, baj un orificio circular de 5 á 7 pies 
de circunferencia, rodeado de un pequeño muro de cieno. 
El gas sale con violencia , como en Taman , bajo la forma 
de burbujas, de las que cada una. como me be asegurado 
midiéndolas en vasos graduados, tiene una capacidad de 10 
á 12 pulgadas cúbicas. La parte superior del embudo está 
llena de agua que reposa en una espesa capa de fango. 
Las ejecciones de los conos próximos no tienen lugar si- 
multáneamente; en todos sin embargo se nota una cierta 
regularidad. Permaneciendo, Bonpland j jo, en las dos es- 
tremidades del grupo , contamos con bastante exactitud 
cinco erupciones cada dos minutos. Inclinándose bácia la 
abertura de las hendiduras, se oje. 20 minutos antes 
de cada erupción , ordinariamente , una sorda detonación 
en el interior de la tierra., á gran profundidad debajo del 
suelo. El gas que se escapaba del cráter, j que era re- 
cogido mu j cuidadosamente en dos veces , apagó instantá- 
neamente una vela mu y delgada , y también un tizón de 
Bombax Ceiba. El gas no era inflamable: el agua de cal 
no se turbó j no se verificó absorción alguna. Tratado 
por el bióxido de ázoe, el gas de los xolcanciios no presentó 
en la primera esperiencia ninguna señal de oxígeno: en un 
seo'undo ensavo se encontró alp*o mas de 0,01 de oxío-eno: 
pero el gas habia permanecido encerrado muchas boras con 
-agua debajo de una campana de cristal , v probablemente 



— 191 ^ 

el oxígeno desprendido por el agua se mezcló accidental- 
mente al gas recogido. 

Según los resultados de esos análisis, declaré, en aque- 
lla época, que el gas de los xolcancitos de Turbaco era ázoe, 
al que podia mezclarse una pequeña cantidad de hidró- 
geno, en lo cual no me engañaba. Al mismo tiempo es- 
presaba en mi Diario el pesar de que la Química, en el es- 
tado que tenia en el mes de Abril de 1801, no suminis- 
trase medio alguno de determinar numéricamente en una 
mezcla de ázoe y de hidrógeno, la relación de cada parte. El 
procedimiento que permite reconocer en una mezcla de gas, 
la presencia de 0,003 de hidrógeno, no se halló hasta cua- 
tro años mas tarde por Gaj-Lussac (75). Después de medio 
siglo que hace que abandoné á Turbaco, j determiné as- 
tronómicamente el rio de la Magdalena, ningún viajero es- 
tudió los volcanes que antes he descrito , á no ser á fines de 
Diciembre de 1850, uno de mis amigos conocedor de todos 
los descubrimientos recientes en Geognosia y en Química, 
Joaquín Acosta (76), al cual se deben las observaciones dig- 
nas de atención , de que al presente los conos esparcen un 
olor bituminoso , que algo de petróleo nada en la superficie 
del agua encerrada en las pequeñas aberturas, j que el gas 
que se eleva de todos los montículos cenagosos es inflama- 
ble. Nada que á esto asemejara habia jo encontrado, j 
Acosta pregunta si debe deducirse de aquí que el fenóme- 
no ha sido modificado á consecuencia de un trabajo interior^ 
ó si ha habido error en las primeras esperiencias. Recono- 
cerla de buen grado que me equivoqué si no conservara la 
hoja del Diario en la que tengo consignados todos los de- 
talles de las esperiencias, en la mañana misma en que las 
hiciera (77); nada encuentro en él que pueda hacerme du- 
dar. Si por otra parte se piensa en que según la narración 
de Parrot, el gas de los volcanes cenagosos de la península 
de Taman apagaba en 1811 un tizón ardiendo, y en que no 



podían inñamarse las burbujas de un pie de espesor, que 
salían de los orificios, en el momento en que reventaban; 
si se comparan esas esperiencias con las de Gíebel, que 
en 1834, vio en el mismo lugar encenderse fácilmente el 
gas y arrojar una llama clara j azulada, nada se opone á 
que admitamos que las emanaciones gaseosas pueden en 
diferentes épocas esperimentar cambios químicos. Muj re- 
cientemente, Mitscherlich determinó, á instancias mias, el 
límite en el cual dejan de ser inflamables mezclas de ázoe 
j de hidrógeno compuestas artificialmente. Comprobó que 
la mezcla de una parte de hidrógeno j de tres partes de 
ázoe, no solo se inflama á la aproximación de una luz, sino 
que continúa quemándose. Si se aumenta la cantidad de 
ázoe, de modo que los dos gases estén en la relación de 1 
á 3 ^/.2, la mezcla se inflama todavía, pero cesa de que- 
marse. Es necesario que el hidrógeno esté con el ázoe como 
1 es á 4, para que sea imposible la inflamación. Las emisio- 
nes de gas que, en razón á su facilidad en inflamarse j 
de su claro color, llámanse ordinariamente corrientes de 
hidrógeno puro ó carbonatado, no necesitan por lo tanto 
contener mas que un tercio de cualquiera de los dos gases. 
En cuanto á las mezclas mas raras de ácido carbónico j de 
hidrógeno , la capacidad del ácido carbónico para el calor 
cambia el límite donde dejan de ser inflamables. Acosta ha 
dicho juiciosamente: «existe una tradición estendida entre 
los indígenas de Turbaco, que descienden de los Indios de 
Tartcaco , según la cual todos los volcancitos ardieron en 
otro tiempo, y los xolcanes de Fuego se trasformaron en xol- 
canes de Agua por los exorcismos de un fraile. Esta fábula 
no pudiera aludir á un estado que pasara y haja reapare- 
cido (78)?>> Las grandes erupciones de llamas vomitadas 
por volcanes de cieno, que han vuelto á ser después tan 
pacíficos como antes, suministran ejemplos de revoluciones 
análogas, como se vio en Taraan en 1793; en las orillas 



del mar Caspio, en Jokmali, en 1827; enB akliclili, en 1839, 
y por último, en 1840, cerca de Kutsclitschj, situado en 
el Cáucaso ig-ualmente. 

El fenómeno tan humilde en apariencia de las salsas 
de Turbaco ganó nueva importancia geológica con la 
poderosa erupción de llamas v trastorno del suelo que 
se produjeron en 1839, á mas de 8 millas geográficas al 
nor-nord-este de Cartagena de Indias, entre este puerto j 
el de Sabanilla, cerca de la embocadura del gran rio de la 
Magdalena. El punto central del fenómeno era^ propia- 
mente hablando, el cabo Galera-Zamba que entra milla j 
media ó dos millas en el mar, j form^a una estrecha 
península; el conocimiento de este suceso se debe tam- 
bién al coronel A costa, arrebatado desgraciadamente á 
las ciencias por una muerte prematura. En medio de esta 
lengua de tierra habia una colina en forma de cono , cu jo 
cráter daba paso de tiempo en tiempo al humo producido 
por los vapores, j á gases que se escapaban con bastante 
violencia para arrojar lejos tablas y grandes pedazos de ma- 
madera. En 1839, hizo desaparecer el cono una erupción 
considerable de llamas, y la península de Galera-Zamba 
llegó á ser una isla separada del continente por un canal 
de 30 pies de profundidad. Las cosas permanecieron en este 
estado hasta el mies de Octubre de 1848, en cu jo ano, sin 
que hubiese en los alrededores quebrantamiento sensible, 
se produjo nuevamente una erupción ígnea formidable, 
visible, á 10 ó 1*2 millas de distancia, en el mismo sitio de 
la ruptura, que se prolongó durante muchos dias (79). La 
salsa no arrojó mas que gases sin objeto sólido alguno. 
Cuando se apagaron las llamas, hallóse que el suelo del 
mar habíase levantado j formado una pequeña isla de are- 
na que desapareció á poco. Mas de 50 xolcanciios , es decir^ 
mas de 50 conos semejantes á los de Turbaco, rodean ahora, 
en un radio de 4 á 5 millas, el volcan submarino de gas de 

TIMO IV. 13 



— 194 — 

Galera-Zamba. Bajo el punto de vista geológico, debe con- 
siderarse este volcan como el principal fundamento de la 
actividad volcánica que , en todas las tierras bajas compren- 
didas desde Turbaco hasta mas allá del Delta del Rio 
Grande de la Magdalena, intenta poner el interior del glo- 
bo en contacto con la atmósfera. 

Los fenómenos, análogos entre sí, que presentan en las 
diferentes fases de su actividad, las salsas, los volcanes de 
cieno j las fuentes de gas^ en Italia, en el Cáucaso j en 
la América del Sud, se reproducen en el imperio chino, en 
inmensa estension del país. Desde los tiempos mas anti- 
guos, la industria del hombre ha sabido utilizar el tesoro 
que le ofrecían esas comarcas. De allí vinieron los ingenio- 
sos procedimientos de taladro peculiares de los Chinos , j 
que han sido conocidos muj tarde por los Europeos. Los 
pozos artesianos están, cavados á muchos miles de pies de 
profundidad, por la mas sencilla aplicación de la fuerza 
humana, 6 mas bien por el solo peso del hombre. He trata- 
do ja de este invento detalladamente (^0), como de las 
fuentes de fuego (Ho-tsing y de las montañas ardientes 
(Ho-schan) del Asia oriental. Desde las provincias Yun- 
nan. Kuang-si j Szu-tchuan^ situadas en la estremidad 
Sud-Oeste del imperio , en el límite del Tibet, hasta la pro- 
vincia setentrional de Schan-si, se cava el suelo para ob- 
tener á la vez ag-ua pura, agua salina v gas inflamable. 
Ese gas da una luz rojiza, y esparce frecuentemente un 
olor bituminoso. Traspórtasele á distancias, en tubos de 
bambú portátiles ó fijos, v se utiliza en hacer sal, en 
calentar las casas j alumbrar las calles. En algunos ca- 
sos, poco frecuentes^ el hidrógeno carbonatado se agota 
donde se interrumpe la emisión por temblores de tier- 
ra. Así, se sabe que un célebre Ho-tsing, situado al Sud- 
Oeste de Khiung-tscheu , á los 50" *21' de latitud bo- 
real, lOP 6' de loníritud oriental, cuvo tiro inflamado 



— 195 — 

iba acompañado de ruido, se apagó en el siglo xiii, des- 
pués de haber iluminado toda la comarca, desde el siMo ii 
de nuestra era. En la provincia de Schansi, donde abun- 
dan las hulleras,, hállanse algunas inflamadas: las monta- 
ñas ardientes (Ho-schan) se estienden por una gran parte 
de la China. En muchos sitios, por ejemplo en la roca del 
Pv-kia-schan , al pie de una montaña cubierta de nieves 
perpetuas, á los 31^ 40' de latitud, se lanzan las llamas de 
largas aberturas inaccesibles j suben á grandes alturas. 
Este fenómeno recuerda los fuegos perpetuos del monte 
Schag-dao-h, en el Cáucaso. 

En Java , en la provincia Samarang, existen á tres mi- 
llas de la costa setentrional , salsas semejantes á las de 
Turbaco v de Galera-Zamba. Altas colinas de 25 á 30 pies, 
cuja posición cambia con frecuencia^ arrojan cieno, agua 
salina y una mezcla poco común de hidrógeno v de ácido 
carbónico (Hli, emisión que es preciso no confundir con los 
grandes torrentes de cieno que devastan la región en las 
raras erupciones de los verdaderos volcanes de Java, las 
gigantescas montañas de Gunong-Kelut j de Gunong- 
Idjen. En Java, algunas grutas, en que fuentes de ácido 
carbónico ocasionan la asfixia, gozan también de celebri- 
dad que deben, en gran parte ciertamente, á las exagera- 
das narraciones de los viajeros j á presentarlas unidas á 
las fabulosas historias del Upas, confusión contra la cual 
han protestado ja Sjkes j Loudon. La mas notable de las 
seis grutas cuja descripción científica ha dado Junghuhn. 
es la que se denomina por lo común el valle de los Muertos 
de la Isla (Pakaraman) en los montes Dieng^ cerca deBatur: 
viene á ser una esca vacien en formade embudo, sobre la pen- 
diente de una montaña, una hondonada, en la cual la capa 
de ácido carbónico que se escapa del suelo alcanza, según la 
estación, muj distinto nivel. Encuéntranse en ella con fre- 
cuencia esqueletos de jabalíes, de tigres v de pájaros (^'i). 



— 196 — 

Las emanaciones inofensivas del árbol venenoso, el ¡johon- 
C^pas 6 me\ov pífJín upas de los Mala vos, el Antaris toxica- 
ria del viajero Leschenault de La Tour, son completamente 
estraños á esos efectos de asfixia (83). 

Doj fin al capítulo consagrado á las salsas j á las fuen- 
tes de vapores ó gas, con la narración de una erupción de 
vapores calientes de azufre, que en razón á la naturaleza 
particular de la roca de donde se desprenden; merecen lla- 
mar la atención de los geognostas. Cuando esploré la cor- 
dillera central de Quindiu, empleé 14 ó 15 dias en salvar 
la cresta de la montaña, de 10,788 pies de elevación, j tras- 
ladarme del valle del Rio-Magdalena al valle del Cauca. En 
esta penosa ascensión, aunque fecunda en goces, durante la 
cual me fué preciso marchar constantemente á pie, v pa- 
sar todas las noches al aire libre, visité, á la altura de 
6,390 pies, el Azufral situado al Este de la estación el Mo- 
ral. En el estrecho valle del Azufral (quebrada del Azu- 
fral) vi salir vapores calientes de las aberturas de un es- 
quisto micáceo algo oscuro, que descansa en una capa de 
o^neis granatífero, j rodea, juntamente con esta roca, la 
alta cúpula granítica de la Ceja y de Ja Garita del Páramo. 
Como esos vapores están mezclados de hidrógeno sulfurado 
V de gran cantidad de ácido carbónico, esperiméntanse 
violentos vértigos, al inclinarse para medir la temperatura, 
y si se permanece demasiado tiempo en las cercanías. Latem- 
peraturadelvapordeazufreerade47°,6,-ladel aire, de 20°, 6;. 
la del pequeño arrojo sulfuroso, enfriado quizás en la cor- 
riente superior por la nieve fundida que corre á lo largo del 
volcan de Tolima,de 29°,2-El esquisto micáceoque contiene 
algo de pirita, está atravesado por muchos restos de azufre. 
Esta sustancia, cuando se prepara para el comercio, está sacada 
en gran parte de una tierra arcillosa de amarillo ocre, mez- 
clada con azufre natural v esquisto micáceo en descomposi- 
ción . Los mestizos que se emplean en este trabajo esperimen- 



— 197 — 

tan males de ojos j parálisis musculares. Cuando Boussin- 
gault visitó en 1831 , es decir, 30 años después que vo, e^ 
Azufra! de Quindm^ la temperatura de los vapores cu jo aná- 
lisis químico dio, era inferior á la del aire libre, de 22" en- 
tonces, j no llegaba mas que á 19 ó 20 grados (84). El mismo 
observador vio , en la Quebrada de Agitas Calientes^ la roca 
traquítica del volcan de Tolima hiriendo al esquisto micá- 
ceo, según habia jo observado con toda claridad, cerca 
del puente de cuerda de Penipe, al traquito negro del vol- 
can de Tunguragua, cubrir igualmente á consecuencia de 
erupción, un micasquisto verdoso granatífero. Como hasta 
el dia no se ha encontrado azufre en Europa en lo que se 
llamó en un tiempo terrenos primitivos, sino solamente 
en el calcáreo terciario, el jeso, los conglomerados j las 
rocas puramente volcánicas, el fenómeno que presenta el 
Aznfral de Qnindiu, á los 4° 30' de latitud boreal, es tanto 
mas notable cuanto que se reproduce al Sud del Ecuador, 
entre Quito j Cuenca, sobre la vertiente setentrional del 
Paramo del Assuag. En el Azufral del Cerro Cuello, á 
los 2" 13' de latitud meridional, encontré á 7,488 pies de 
altura, siempre en el esquisto micáceo^ un gran depósito 
de cuarzo, donde el azufre, inyectado en cantidad consi- 
derable, parece formar nidos de pájaros (85). En la época 
de mi viaje, los fragmentos de azufre solo tenian de 6 á 
8 pulgadas de espesor; mas adelante hánse encontrado 
de un diámetro de 3 j 4 pies. Vése también en el golfo de 
Cariaco, cerca de Cumana, brotar una fuente de nafta 
^ol fondo del mar, en medio del esquisto micáceo. La 
nafta colora de amarillo la superficie del mar en una lon- 
gitud de mas de 1,000 pies, j tengo la seguridad de que 
el olor se estiende hasta el interior de la península Ara- 
ya (86). 

Si dirigimos una última ojeada al modo de actividad 
volcánica que se manifiesta por la emanación de vapores v 



— 198 — 

de gas, con ó sin fenómenos luminosos, encontramos, ja uua 
gran analogía, ja una diferencia sorprendente entre las 
materias que se escapan del suelo , según que la alta tem- 
peratura interior , modificando el juego de las afinidades, 
obre sobre sustancias similares ó muj complejas. Las ma- 
terias que este pequeño grado de actividad volcánica puede 
arrojar á la superficie de la Tierra son : el vapor de agua 
en gran cantidad, el cloruro de sodio, el azufre, el hidró- 
geno carbonatado ó sulfurado, el ácido carbónico j el 
azoe^ la nafta incolora, amarillenta, ó bajo la forma de pe- 
tróleo oscuro, el ácido bórico j la arcilla de los volcanes 
cenagosos. Las diferencias profundas que caracterizan esas 
materias, algunas de las cuales sin embargo, como la sal 
marina^ el gas hidrógeno sulfurado j el petróleo, están casi 
siempre reunidas, prueban cuan impropia es la denomina- 
ción de salsas , importada de los Estados de Módena. donde 
Spallanzani tuvo la gloria de ser el primero en llamar la 
atención de los geognostas acerca de un fenómeno por lar*- 
go tiempo despreciado. El nombre de fuentes de vapo- 
res j de gas espresa mejor el carácter común de esas ema- 
naciones. Si gran número de salsas en emisión, se refieren 
indudablemente á los volcanes apagados, j como fuentes de 
ácido carbónico, representan una última fase de esos volca- 
nes, otras, como las fuentes de nafta, parecen completa- 
mente estrañas á las verdaderas montañas ignívomas, que 
arrojan tierras en fusión. Las salsas, en este caso, segua 
hizo ver Abich para el Cáucaso, se escapan de las grie- 
tas del suelo, siguiendo direcciones trazadas por la Natu- 
raleza, j esas largas fallas surcan las bajas llanuras j 
también la cuenca profundamente deprimida del mar Cas- 
pio, lo mismo que las montañas de 8000 pies de altura. 
Como los volcanes propiamente dichos, las salsas manifies- 
tan de tiempo en tiempo el súbito despertar de su actividad, 
lanzando á los aires columnas de fuego que llevan muj^ 



— 199 — 

allá el espanto. En ambos continentes, en regiones sepa- 
radas por intervalos inmensos^ pasan por los mismos esta- 
dos sucesivos: pero nada autoriza hasta aquí á creer que 
sean mensao-eras encarí>-adas de anunciar el nacimiento de 
verdaderos volcanes, que arrojen lavas j escorias. Su acti- 
vidad es de otra naturaleza; quizás germina á profundidad 
menor, j es resultado de otras combinaciones químicas. 



VDLG.VNES CONSIDERADOS SECxIN SU FORMA Y LOS DIFERENTES 

GRADOS DE SU ACTIVIDAD. EFECTOS DE LOS VOLCANES Á 

TRAVÉS DE LAS GRIETAS Y LOS CRÁTERES DE ESPLOSION. 
EECINT08 DE LOS CRÁTERES DE LEVANTAMIENTO. VOL- 
CANES EN FORMA DE CONOS Y DE CAMPANAS, CON () SIN 
ABERTURA EN EL VÉRTICE. DIFERENTES ESPECIES DE RO- 
CAS Á TRAVÉS DE LAS CUALES OBRAN LOS VOIA'ANES. 

Desarrollo del Cuadro general de la >'aiiruili'z;i (Vóa c el Cosmos \. 1. ¡i. 20i-2'2o.) 

Entre los diversoss modos con que se manifiesta la 
reacción del interior de nuestro planeta contra las capas 
superiores, el mas poderoso es el que pertenece á los 
volcanes propiamente dichos . á las aberturas que dan 
paso, no solo á diferentes especies de gases, sino á masas 
inflamadas, específicamente diferentes, lanzadas desde una 
profundidad inmensa á la superficie de la Tierra Lajo la 
forma de corrientes de lava, escorias j materias pulveriza- 
das , á las cuales se ha convenido en llamar cenizas. La 
confusión, de antiguo consagrada por el uso, de los nombres 
de volcan j de montaña ignívoma, supone que , según un 
prejuicio muj esparcido, representase siempre á los volca- 
nes bajo la imagen de montaña cónica aislada, con una 
abertura circular ú ovalada en el vértice; pero estas ideas, 
pierden mucho de su generalidad, cuando el observador 
ha tenido ocasión de atravesar regiones volcánicas, que se 
estienden por espacios de muchos miles de millas cuadra- 



— 201 — 

das . como por ejemplo toda la parte media de la meseta 
mejicana, entre el pico de Orizaba, el Jorullo y las costas 
del mar del Sud, ó la América central, ó bien las cordille- 
ras de la Nueva Granada v de Quito, entre el volcan de 
Puraz, cerca de Popajan, el de Pasto j el Chimborazo, ó, 
finalmente, el istmo montañoso del Cáucaso, entre el Kas- 
begk, el Elbruz j el Ararat. En la Italia inferior, entre los 
campos Flefí-raneos de la Campania, la Sicilia, las islas Lipa- 
ri j las islas Ponza, como en las islas de la Grecia, una parte 
del suelo que debia unir las islas al continente no ba sido 
levantada^ j otra parte ba sido absorbida por el mar. 

En esas grandes regiones volcánicas de la América y 
del Cáucaso, ballánse masas eruptivas, formadas de verda- 
dero traquito que es preciso no confundir con los conglo- 
merados traquíticos, corrientes de obsidiana j fragmentos 
de piedra pómez, no galetas de pómez arrastradas j depo- 
sitadas por las aguas. Esas rocas parecen independientes 
de las montañas, de las cuales están separadas por una dis- 
tancia considerable. ¿Por qué cuando el enfriamiento pro- 
gresivo producido poí la irradiación de las capas superiores 
del globo, no se abriria la superficie terrestre en diferentes 
sentidos , antes del levantamiento de las montañas aisla- 
das ó de las cadenas de montañas? Porque desde esas grie- 
tas, la fuerza volcánica no babria lanzado materias incan- 
descentes que bubieran formado al solidificarse rocas erup- 
tivas, como el traquito, la dolerita, el melafiro, la perlita, la 
obsidiana j la pómez. Una parte de esas capas de traquito 
ó de dolerita. dispuestas primitivamente en pisos borizon- 
tales, j que parecen baber salido de las fuentes de la Tierra 
en el estado de reblandecimiento , se ban bundido j ban 
tomado una situación inclinada, cuando el levantamiento 
de las montañas en forma de cono ó de campana (87 ) . Asi , j 
como primer ejemplo en Europa, en la escavacion del Etna, 
muj conocida por el nombre de J^al del Bote ^ que forma 



— 202 — 

una escotadura profunda en el interior de la montaña^ la in- 
clinación de las corrientes de lava, alternando muy regu- 
larmente con grupos de guijarros , es de 25 á 30 grados 
mientras que la lava que cubre la superficie del Etna , j 
que no puede subir mas allá del levantamiento de la mon- 
taña, no presenta, según las determinaciones exactísimas de 
Beaumont, mas que una pendiente de 30 á 50 grados , to- 
mando como término medio el número de 30 corrientes su- 
cesivas. Esas relaciones prueban claramente la existencia de 
formaciones volcánicas muj remotas, arrojadas desde el in- 
terior del suelo á través de las fallas que le surcan antes del 
nacimiento del volcan^ como montaña ignívoma. La anti- 
güedad nos presenta un fenómeno análogo, tanto mas nota- 
blecuanto que se produce en medio de una estensa llanura, 
en una región apartada de toda especie de volcanes activos 
ó apagados, en la isla de Eubea, la antigua Negreponto: 
«Los violentos temblores de tierra , dice Strabon , que han 
quebrantado parte de la isla, no cesaron basta el momen- 
to en que la Tierra, entreabriéndose en la llanura de Lé- 
lanto, dio paso á un torrente de fango inflamado.» Por fango 
inflamado debe entenderse, lava (88). 

Si, como desde bace mucho tiempo estoj dispuesto á 
creer, es preciso atribuir á un primer rompimiento del sue- 
lo, quebrantado en sus profundidades, las formaciones mas 
antiguas de rocas eruptivas , que se presentan algunas 
veces también como filones, y cuja composición minera- 
lógica está conforme en un todo con la de las lavas mas 
recientes, esas aberturas no deben considerarse, como 
tampoco los cráteres de levantamiento que han llegado 
después , y que tienen va una estructura menos sencilla, 
sino como aberturas eruptivas, j no como volcanes propia- 
mente dichos. El carácter esencial de los volcanes consiste 
en una comunicación permanente entre la atmósfera j el 
foco interior del globo. Los volcanes tienen por consiguien- 



— 20.3 — 

te una estructura particular _, porque como dice muj bien 
Séneca en una carta á Lucilio (89): «ig-nis in ipso monte 
non alimentum habet sed viam». Así^ la actividad vol- 
cánica obra dando al suelo, por el levantamiento, una 
nueva configuración; no obra, como se ha creido mucho 
tiempo de una manera esclusiva , comoforma construc- 
tora , acumulando las escorias j las capas de lava. La 
resistencia que las masas incandescentes , al apretarse 
en demasiada cantidad contra la superficie de la Tier- 
ra, encuentran en el canal de erupción, aumenta la fuer- 
za del levantamiento. Entonces se hincJia el suelo como 
lina vejiga , según lo indica la inclinación regular de las 
capas levantadas de dentro afuera. Una esplosion semejante 
á la de una mina, haciendo saltar la parte media j culmi- 
nante de esa hinchazón, no produce á veces mas que lo que 
Buch ha llamado cráter de Jevantariüento (90), es decir^» 
"una cavidad redonda ú oval, rodeada de un cerco de levan- 
tamiento, especie de muralla circular desmantelada á tre- 
chos; pero á veces también la esplosion hace salir del centro 
del cráter una montaña en forma de cono ó de cúpula j 
solo entonces es cuando el relieve del cono está completo, 
(leneralmente la cima de la montana está abierta, v en el 
fondo de esta abertura, que forma el cráter del volcan, se 
levantan eminencias no permanentes de escorias v de ma- 
terias volcánicas, conos de erupción pequeños j grandes, 
de los cuales muchos esceden bastante de los bordes del 
cráter de levantamiento, especialmente en el Vesubio. Pero 
los testigos de la primera erupción, los antiguos andamios, 
no se conservan siempre en el estado en que los he descrito. 
En gran número de los volcanes mas poderosos j mas 
activos, es imposible reconocer la alta muralla de roca que 
rodea el cráter de levantamiento, en los pocos restos que 
subsisten. 

Progreso reciente y considerable de los tiempos moder- 



— 204 — 

nos, es no solo haber llegado , comparando volcanes separa- 
dos por grandes intervalos, á observar de una manera exac- 
ta los detalles de sus configuraciones relativas, sino también 
haber introducido en el lenguaje espresiones mas propias 
para distinguir las particularidades de su relieve y las. dife- 
rencias que pueden existir en las manifestaciones de su ac- 
tividad. Los que no son enemigos decididos de las clasifica- 
ciones, so pretesto de que para llegar mas pronto á ideas de 
conjunte/^ no haj siempre necesidad de fundar las clasifi- 
caciones en inducciones muj completas, pueden represen- 
tarse de diferentes maneras la erupción de masas incandes- 
centes y de materias sólidas, con desprendimiento de vapo- 
res j de gas. Para ir délos fenómenos simples á los fenómenos 
compuestos , colocaré en primera línea las erupciones que se 
producen á través de las fallas de la Tierra, y no forman hi- 
leras de conos determinados, pero que arrojan masas volcá- 
nicas líquidas ó simplemente reblandecidas, que se superpo- 
nen por capas. De aquí pasaré á las erupciones á través de 
los conos de conglomerados que, sin estar cercados, vomi- 
tan sin embargo lavas, como se ha visto durante cinco años, 
cuando fue desvastada la isla de Lanzarote, en la primera 
mitad del siglo xviii. En tercer lugar, estudiaremos los crá- 
teres de levantamiento formados de capas levantadas^ sin 
cono central_, que no dan paso á las corrientes de lava sino 
á través de las paredes de las murallas que los rodean, y no 
á través del conducto interior, obstruido en seguida por al- 
gún hundimiento; llegando, por último, á las montañas en 
forma de campana sin abertura, ó á los conos de levanta- 
miento abiertos en el vértice, ja que esas montañas ó esos 
conos estén rodeados de un cerco subsistente en parte al 
menos, como se vé en el pico de Tenerife, en la isla de 
Fuego (Fogo) y en Rocca Monfina_, ó que carezcan en abso- 
luto de muralla y de cráter de levantamiento, como en Is- 
landia, en las Cordilleras de Quito y en la región central de 



— -205 — 

Méjico (91\ Los CODOS de levantamiento abiertos de esta 
cuarta clase sostienen entre la atmósfera y el foco central 
de la Tierra una comunicación, mas ó menos activa en épo- 
cas indeterminadas, pero permanente. Según mis propias 
observaciones creo, que las montañas de traquito j de do- 
lerita en forma de cúpulas j de campanas, cujo vértice está 
cerrado, son mas numerosas que los conos, activos ó inacti- 
vos, que tienen un orificio en el vértice, y mucho mas nu- 
merosas sobre todo que los volcanes propiamente dichos. 
Las montañas que presentan la forma redondeada de una 
cúpula ó de una campana, como el Chimborazo, elPuj-de- 
Dome, el Sarcouj, el Rocca Monfina j el Vultur, contras- 
tan felizmente con las puntas agudas del esquisto ó las for- 
mas recortadas del calcáreo, y comunican al paisaje un ca- 
rácter que solo ellas pueden darle. 

En la narración pintoresca que Ovidio nos ha dejado de 
la tradición relativa al gran acontecimiento volcánico de 
que fue teatro la península de Metona, la formación de una 
de esas eminencias á modo de campana, sin abertura en el 
vértice, está descrita con metódica claridad: «La violen 
cia de los vientos encerrados en cavernas oscuras, que bus- 
can en vano salida_, tiende é hincha la superficie de la Tier- 
ra, como se acostumbra á hinchar, llenándola de aire, uua 
vejiga ó una piel de cabrito: (extentam tumefecit liumun). 
Con el tiempo, el suelo levantado se endurece v conserva la 
figura de una colina.» He hecho ja ver en otra parte (9*2), 
en qué se confórmala descripción del poeta romano con la 
narración que ha dejado Aristóteles de lo que aconteció en 
una de las islas de formación nueva que componen el grupo 
de Lipari, en Hiera, j en lo que aquella descripción di- 
fiere de esta narración. «El poderoso viento, desencadenado 
en las regiones subterráneas, levanta también una colina, 
pero después la rompe, para lanzar uia lluvia de ceni- 
zas inflamadas.» Vése claramente aquí que el levanta- 



— 20(5 — 

miento precede á la erupción. En Metona, según Strabon, 
la colina^ levantada en forma de cúpula, se abrió para 
dar paso á una erupción ígnea, después de la' cual se 
estendió por la noche un olor agradable. Es muj de 
notar que este olor se reprodujo en circunstancias muv 
análogas, en la erupción de Santorin, en el otoño de 1G50, 
V que poco tiempo después, en un sermón sobre la peniten- 
cia, cuja copiae xiste, un monje, lo llamaba signo consolador, 
que probaba que Dios no queria la muerte de su rebaño (93). 
Este buen olor, ¿no indicaria la presencia de la nafta? Kot- 
zebue cita también esta particularidad en la lielacion de su 
viaje áliusia. con motivo déla isla volcánica de Umnack, 
recientemente salida del mar, en el archipiélago de las islas 
Aleouticas, v que arrojó llamas en 1(S04. Cuando la gran 
erupción del Vesubio^ el 12 de Agosto de LSOo, Gaj-Lus- 
sac. que la observaba conmigo, comprobó que el cráter in- 
flamado exhalaba de tiempo en tiempo fuerte olor bitumi- 
noso. I no esos hechos, á los cuales no se ha concedido aten- 
ción hasta aquí, porque pueden servir para poner en claro 
el encadenamiento que liga todas las manifestaciones de la 
actividad volcánica _, desde las salsas j las fuentes de nafta 
hasta los volcanes propiamente dichos. 

Cercos, análogos á los que rodean los ci^áteres de levan- 
tamiento, existen también en rocas que difieren mucho de 
el traquito, del basalto j del esquisto porfírico. Beaumont 
los ha hallado en el granito de los Alpes franceses. El ma- 
cizo de Oisans. al cual pertenece la mas alta cima de mon- 
taña que hay en Francia, el monte Pelvoux, próximo al 
Briancon, y de 12,10.") pies de altura 94), forma un cir- 
co, cu va circunferencia no es menor de ocho millas geo- 
gráficas, j en medio del cual está colocado el pequeño pue- 
blo de la Berarde. Los muros del circo se elevan á pico á 
mas de 9,000 pies de altura. La muralla es de gneis; todo 
el interior de granito (95' , En los Alpes de la Suiza y de la 



— 207 — 

Saboj^a, se vuelve á encontrarla misma conformación, en pro- 
porciones menores. La gran meseta del Mont-BIanc, sobre 
la cual acamparon durante muclios dias Bravais y Martins, 
es un circo cerrado, cuvo suelo casi liso está situado á 
12,020 pies de altura, y en medio del cual se levanta la pi- 
rámide colosal queí^jrma el vértice de la montaña (•)6). Las 
mismas fuerzas intestinas producen formas semejantes, aun- 
que modificadas por la composición de las rocas. Asi, los 
valles circulares ó en forma de cubas, producidos por le- 
vantamientos (^vallejs of elevation), que se encuentran en 
los terrenos sedimentarios de la Alemania setentrional , en 
el condado de Hereford, en la parte de las montañas del 
Jura donde está situada Porentruj, descritas por Hoffman, 
Buckiand y Murchison^ pertenecen á la misma clase de 
los fenómenos precedentes. Puede decirse otro tanto, aun- 
que la analogía sea menos sorprendente , de las mesetas de 
las Cordilleras , cerradas por todas partes por macizos de 
montaña, sobre los cuales, están construidas las ciudades de 
Caxamarca (8.784 pies de altura), Bogotá (8,190 pies de 
altura), Méjico (7,008 pies- de altura), como el valle de 
Cachemira está encajado en el Himalaja, á 5,460 pies de 
altura. 

Los cráteres de esplosion estendidos en gran número en 
los volcanes apagados del Eifel tienen menos semejanza con 
los cráteres de levantamiento que con el modo mas elemen- 
tal de la actividad volcánica, es decir, las ejecciones que 
se producen á través de simples aberturas. Llámanse cráte- 
res de esplosion las depresiones en forma de cubas prac- 
ticadas en un terreno no volcánico, el esquisto devoniano, 
y rodeadas de muros poco elevados formados por sí mis- 
mos: embudos análogos á los pozos de minas, que han sido 
testigos de esplosiones muj parecidas á las de las minas. 
y recuerdan la de huesos humanos que tuvo lugar en la 
colina de Cuica, el 4 de Febrero de 1797, cuando el tem- 



— 208 — 

blor de tierra de Riobamba, cuja descripción be dado (97). 
Cuando cráteres de esplosion aislados, situados á medianas 
alturas están llenos de ag-ua, como se ven en el Eifel, 
en Auvernia j en la isla de Java, pueden también lla- 
marse cráteres-lagos; pero no se podria tomar de una 
manera general esta denomioacion como sinónima de la 
de cráteres de esplosion, en atención á que Abich j jo be- 
mos encontrado pequeños lagos en el vértice de los volca- 
nes mas altos, sobre verdaderos conos de levantamiento, j 
en cráteres apagados, por ejemplo en el volcan mejicano de 
Toluca, á 11,490 pies de altura, j en el Cáucaso, en el 
Elbruz, á 18,500 pies. Es preciso distinguir cuidadosamen- 
te, en los volcanes del Eifel, dos productos de la actividad 
volcánica de edades muj diferentes: los volcanes propia- 
mente dicbos, que vomitan corrientes de lava, j los cráte- 
res de esplosion, cu jos fenómenos eruptivos tienen un ca- 
rácter menos grandioso. A la primera clase pertenecen: la 
corriente de lava basáltica, rica en divina, j dividida en co- 
lumnas verticales, que reviste el valle de Uesbacb cerca de 
Bertricbs (98); el volcan de Gerolstein, que sale de un cal- 
cáreo que contiene dolomia j se baila ligado en grauwa- 
cas esquistosas de origen devoniano , j el Mosenberg de 
espalda alargada, á 1,645 pies de elevación sobre el nivel 
del mar, cerca de Bettenfeld, al Oeste de Manderscbeid. El 
Mosenberg tiene tres cráteres : los dos mas próximos al 
Norte, ofrecen una forma perfectamente circular, j el sue- 
lo que constituje su fondo está cubierto de bornagueras, 
mientras que del tercero , situado bácia el Sud , se escapa 
abundante corriente de lava, de un rojo oscuro, que se di- 
vide en columnas^ bundiéndose en el valle de la pequeña 
Kjll (99) El Mosenberg, el Gerolstein j los demás volcanes 
propiamente dicbos del Eifel, presentan un fenómeno nota- 
ble, contrario al que se observa en general en los volcanes 
que vomitan lavas, á saber : que las lavas, á su salida del 



— -209 — ■ 

cráter^ no parecen rodeadas de las rocas traquíticas, sino que 
brotan inmediatamente de las capas devonianas, tan lejos como 
puede llevarse la observación. La superficie del Mosenber^ 
no revela lo que oculta en sus profundidades. Las escorias 
auo-íticas, que pasan en masa á las corrientes de basalto, 
contienen pequeños fragmentos calcinados de esquisto, pero 
no manifiestan señal alguna de traquito. El traquito no se 
encuentra tampoco en el cráter de Rodderberg, tan próximo 
sin embargo de la major masa traquítica de las orillas del 
Rin, los Siebengebirge. 

Según la ingeniosa observación del Director general de 
Minas, Decben, «la formación de los cráteres de esplosion 
parece pertenecer á la misma época, ó poco menos, que las 
erupciones de lava de los volcanes propiamente diclios. Los 
cráteres de esplosion j las corrientes de lava se encuentran 
en las cercanías de los valles profundamente cortados. En 
la época indudablemente originaria de la actividad de los 
volcanes que dan lava, los valles teuian ja una forma muj 
parecida á la actual ; vése también que, en esta región, las 
corrientes mas antiguas de lava se han precipitado en los 
valles.» Los cráteres de esplosion están rodeados de frag- 
mentos de esquisto devoniano, montones de arena gris j un 
cerco de toba. ElLaacher See, que puede considerarse como 
un gran cráter de esplosion, ó, según la opinión de mi an- 
tiguo amigo Oejnhausen, como parte de un gran valle 
abierto en el esquisto arcilloso, como el estanque de Wehr, 
muestra en sus estremos algunas erupciones de escorias. Lo 
mismo sucede en el Krufter Ofen, en el Weitskopf v en el 
Laacher Kopf. Pero lo que distingue á los cráteres de es- 
plosion de los cráteres de levantamiento, no es solo la ca- 
rencia absoluta de las escorias de lava, que se observa en las 
islas Canarias, en el borde esterior de los cráteres de le- 
vantamiento, ó cuando menos á mu j pequeña distancia_, ni 
tampoco la altura insignificante de la corona que rodéalos 



— 210 — 

cráteres de esplosioD; la diferencia esencial está en que falta 
en los bordes de los cráteres de esplosion lo que es conse- 
cuencia del levantamiento, capas regularmente estratifica- 
das é inclinadas. Los cráteres de esplosion que se hunden en 
el esquisto devoniano ofrecen como he notado antes, la apa- 
riencia, de los embudos de minas^ en los cuales cae la ma- 
yor parte de las masas disgregadas de rapilis , después de 
una esplosion violenta de gas v vapores cenagosos. Me li- 
mitaré á citar aquí como ejemplo, los cráteres de esplosion 
del Immerath. de Pulver j deMeerfeld. En medio del pri- 
mero^, cujo suelo, que no tiene menos de 200 pies de pro- 
fundidad, está seco j cultivado, se bailan situados los 
dos pueblos del Ober Immeratb , v Unter Immerath. 
Eu la toba volcánica de los alrededores, se encuentran, 
como en el borde del Laacher See, mezclas de feldes- 
pato j augita, de forma esférica, en las cuales están dise- 
minados pequeños fragmentos de cristal negro j verde. La 
toba que rodea el cráter de esplosion de Pulver, cerca de 
Giilenfeld, trasformado actualmente en un lago profun- 
do, contiene también pedazos esféricos de mica, de hor- 
blenda j de augita llenos de vitrificaciones. El cráter de es- 
plosion de Meerfeld. cu jos bordes afectan una circunferen- 
cia regular, j que está lleno en parte de agua, en parte de 
turba, se distingue, bajo el punto de vista geognóstico, por 
su proximidad á los tres cráteres del gran Mosenberg, de 
los cuales, el mas meridional ha producido corriente de 
lava. El cráter de esplosion está sin embargo á 600 pies de- 
bajo de la falda prolongada del volcan j cerca de su es- 
"tremidad oriental, no sobre el eje de los cráteres, v se in- 
clina mas hacia el Noroeste. La altura media sobre el nivel 
del mar de los cráteres de esplosion del Eifel. varia en- 
tre 865 pies, que parece sor la altura del Laacher See, 
\ 1,470, que es la del cráter de esplosion de Mosbruch. 
Lugar es este de indicar hasta qué punto la actividad 



— 211 — 

volcánica se encuentra semejante á sí misma , como poten- 
cia productora, por diferentes que sean por otra parte los 
andamios esteriores á través de los cuales se manifiesta, 
j ja se la considere por lo tanto en los cráteres de esplo- 
sion, en los cráteres de levantamiento rodeados de un cerco 
natural, ó en las montañas cónicas de vértice abierto. Puedo 
pues señalar la singular abundancia de minerales cristali- 
zados que han arrojado los cráteres desde su primera es- 
plosion, una parte de los cuales está hoj liundida en las 
tobas. Los alrededores del Laacher See son los mas ricos en 
minerales de este género; pero otros cráteres de esplosion. 
como el de Immerath , ó el de Meerfeld , rico en gra- 
nos redondos de olivina. contienen también masas crista- 
linas muj bellas. Citaremos: el circón, la hauyna, la leu- 
cita, (100), la apatita, la nosiana. la olivina, la angita, la 
riakolita, el feldespato común ú ortoclase, el feldspato vitreo 
ó sanidina, la mica, la sodalita, el granate, j el hierro titá- 
nico. Si estas sustancias son muj inferiores en número á los 
hermosos minerales cristalizados del Vesuvio, de los cuales 
enumera Scacchi 43, preciso es no olvidar que una pequeña 
parte de ellos han sido en realidad arrojados por el Vesuvio, 
y que los mas pertenecen á lo que sollaman e jecciones del 
Vesuvio, completamente estrañas á esta montaña^ según la 
opinión de Buch (1), v que deben siempre referirse^ según 
la misma autoridad, «á una capa superficial de toba, que 
se estiende mas allá de Gápua, j que, levantada por el cono 
del Vesuvio , á medida que él mismo se levantaba, es pro- 
ducto probablemente de una acción volcánica submarina, 
profundamente oculta en el interior de la Tierra.» 

Tampoco pueden dejar de conocerse en el Eifel ciertas 
direcciones determinadas, que siguen las diversas manifes- 
taciones de la actividad volcánica. Los volcanes de corrien- 
tes de lava de las altas regiones del Eifel están todos dis- 
puestos sobre una falla de 7 millas de longitud próxima- 



— 212 — 

mente , que se estiende en la dirección del Sud-Este al Ñor- 
Oeste , desde Bertrich hasta Goldberg-, cerca de Ormond. 
Por el contrario, los cráteres de esplosion, desde el de Meer- 
feld hasta Moshruch j el Laacher See, siguen la dirección 
del Sud-Oeste al Nor-este. Esas dos líneas se cortan en los 
tres caracteres de Daun. En ning-una parte se ve traquito 
en la superficie del suelo cerca de Laacher See; los únicos 
indicios que hacen sospechar la presencia de esta roca en el 
interior son la naturaleza particular de la pómez del Laa- 
cher See, que es enteramente feldespática, jlas bombas de 
augita y de feldespato arrojadas por el cráter. Todo el tra- 
quito visible que haj en el Eifel, compuesto de feldespato j 
de g-randes cristales de horblenda, está esclusivamente di- 
TÍdido entre las montañas balsáticas. Así se encuentra en 
el Sellberg, de l,77(í pies de elevación, cerca de Quiddei- 
bach; en la altura de Struth, cerca de Kelberg, j en la 
cadena fortificada de Reimerath cerca de Boos. 

A escepcion de las islas Lipari y las islas Ponza, son 
muv pocos los paises de Europa que hajan producido una 
cantidad major de pómez que esta región de Alemania 
que_, en un levantamiento relativamente poco considerable, 
ofrece formas tan diferentes de la actividad volcánica : crá- 
teres de esplosion , montañas basálticas , volcanes de cor- 
rientes de lava. La masa major de pómez está entre Xie- 
der-Mendig y Sorge, entre Andernach y Rubenach. La 
major masa de trass, conglomerado de formación muj 
reciente depositado por las aguas , se encuentra en el valle- 
del Brohl , desde el sitio en que este rio se precipita en el 
Rin hasta Burgbrohl , cerca de Plaidt y de Kruft. El trass 
del valle del Brohl contiene^ además de los fragmentos de 
grauwacas esquitosas y de madera, pedazos de piedra pó- 
mez que en nada difieren de la que se estiende por la 
superficie de la región, v que cubre al mismo trass. A pe- 
sar de ciertas analogías que parecen suministrar las Cor- 



dilleras, be dudado siempre de que el trass del Eifel pu- 
diera atribuirse á las ejecciones cenagosas de los volcanes 
de corrientes de lava. Supongo mas bien, con Decben, que 
la pómez ba sido arrojada seca, j que el trass se ba formado 
á la manera de los demás conglomerados. La pómez es es- 
trana á los Siebengebirge. v, según conjeturas fundadas en 
la disposición de los lugares, es posible que la pómez del 
Eifel , cu va masa principal se baila también encima 
del loess, v en algunos sitios alterna con este depósito, 
provenga de una erupción que debió tener lugar en el vaJle 
delRin. en el gran estanque de Neuwied, sobre la ciudad 
de ese nombre, quizás cerca de Ourmits. en la orilla 
izquierda del rio. Esta sustancia , con efecto , es tan de- 
leznable, que la acción de las aguas del Rin, obrando des- 
pués, ba podido borrar sin dejar señal el sitio de la erup- 
ción. En todo el espacio ocupado en el Eifel por los crá- 
teres de esplosion , como en la región volcánica del Eifel 
que se estiende de Bertricb á Ormond. no bav pómez: la 
del Laacber See no pasa de las montañas que le rodean, y 
en los demás cráteres de esplosion , los pequeños fragmen- 
tos de feldespato empastados en la arena volcánica y la toba 
no pasan de la piedra pómez. 

He bablado ja de la edad de los cráteres de esplosion j 
de la de los volcanes que vomitan lavas, relativamente á la 
formación de los valles. El traquito de los Siebengebirge 
parece muv anterior á dicba formación, j aun ba prece- 
dido á la bulla del Rin. Su aparición ba sido estraña á la 
rotura del valle regado por este rio, aun suponiendo que 
proceda de una falla. El nacimiento de los valles es cier- 
tamente mas reciente que la bulla j la mavor parte del ba- 
salto del Rin , j es por el contrario mas antiguo que la 
gran erupción de pómez v el trass. Las formaciones de ba- 
salto se prolongan sin duda alguna basta una época mas 
moderna que la formación del traquito, y. por consi- 



— 214 — 

o-uiente, la masa principal del basalto debe considerarse 
como mas nueva que el traquito. En las pendientes actua- 
les del valle del Rin, en la cantera de Unkel, en Rolan- 
dseck , en Godesberg, g-ran número de grupos basálticos 
encerrados probablemente hasta entonces en macizos de 
grauwacas devonianas quedaron al descubierto por la aber- 
tura del valle. 

Los infusorios , estendidos en tan gran número por los 
continentes, en el fondo de los mares, en las altas capas de 
la atmósfera, j cuja inmensa espansion, demostrada por 
Ebrenberg , es uno de los mas brillantes descubrimientos 
de nuestro siglo^ tienen, en elEifel, su asiento principal 
en medio de las capas de traquito j de los conglomerados 
de piedra pómez. Esos organismos silíceos ocupan el valle 
del Brohl v las masas eruptivas de Hochsimmern; algu- 
nas veces están mezclados en el trass con ramas de conife- 
ras no carbonizadas. Toda esta vida microscópica es, se- 
gún Ebrenberg, una formación de agua dulce, y solo 
por escepcion se presentan los politalamos de mar en la 
capa superior del loess deleznable j amarillento que cubre 
el pie j las vertientes de los Siebengebirge, j que recuerda 
la naturaleza de una costa en cujas cercanías existieron 
antiguamente aguas salobres (2). 

El fenómeno de los cráteres de esplosion ¿se limita á la 
Alemania occidental? El conde de Montlosier que esploró 
el Eifel en 1819, y que considera al Mosenberg como uno 
de los mas hermosos volcanes que conoce, coloca, como Ro- 
zet, el abismo de Tazenat , el lago Pavin y el lago de la 
Godivel, en la Auvernia, entre los cráteres de esplosion. 
Esos lagos están cortados en rocas de muj distinta natura- 
leza: en el granito, el basalto y la domita, roca de los ter- 
renos traquíticos. Sus bordes están rodeados de esco- 
rias (3). 

Las andamiadas, que los volcanes construjen como 



— 215 — 

elevada manifestaciou de su poder, levantando el suelo" 
y vomitando lavas, revisten cuando menos seis formas di- 
ferentes, j se reproducen con esta variedad bajo las zonas 
mas distantes de la Tierra. El que lia nacido en regiones 
volcánicas , entre montañas de basalto v de traquito, se en- 
cuentra como en su patria allí donde se le presentan las 
mismas formas. La config-uracion de las montañas es uno 
de los elementos mas importantes que componen la fisono- 
mía de la Naturaleza. Las montañas, según que estén re- 
vestidas de vejetacion, ó presenten á la vista su estéril des- 
nudez, comunican á la región aspecto atractivo ó ca- 
rácter severo j grandioso. Esto es lo que me obligó á 
reunir en un Atlas, vistas de las Cordilleras de Quita 
y de Méjico, grabadas según mis propios dibujos. El ba- 
salto se presenta unas veces en cúpulas cónicas _, algo re- 
dondeadas por el vértice, otras en montañas gemelas de 
altura desigual, colocadas entre sí á poca distancia, algu- 
nas finalmente, bajo la forma de una larga cima liori- 
zontal , terminada en cada estremo por una cúpula mas 
elevada. Eln el traquito, se disting-ue especialmente la forma 
majestuosa de la media naranja, que es la del Cliimborazo^ 
de 20,100 pies de altura (4) , v que no debe confundirse 
con la figura de campana que afectan montañas igualmente 
cerradas en el vértice, pero mas lanzadas. El Cotopaxi, de 
17,712 pies de altura (5), presenta el ejemplo de un cono 
perfecto. Después de él viene el Popocatepetl (de 16,632 
pies de altura) , cuja magnificencia puede contemplarse 
desde el humoso lago de Tezcuco ó desde las alturas de la pi- 
rámide de gradas de Cholula (6), v el volcan de Orizaba 
(de 16. .'^02 pies de altura, ó de 16,776 según Ferrer) (7). 
El Nevado de Cavamba Urcu (de 18,170 pies de altura), 
que atraviesa el ecuador, muestra el aspecto de cono muy 
truncado (8), como. el volcande Tolima (17,010 pies), que 
se distingue al pie del Páramo de Quindiu, cerca de la pe- 



— '216 — 

•quena ciudad de Ibaga, sobre un autig-uo bosque ^9). El 
volcan del Pichinclia (de 14,910 pies de altura) ofrece á la 
mirada asombrada del g-eognosta una prolongada cima , á 
cuja estremidad y en el lado mas elevado se halla el estenso 
cráter, que lanza todavía llamas (10.) 

El hundimiento v rompimiento de los muros de los crá- 
teres, causados por las grandes catástrofes de la Naturale/a 
V por las esplosiones salidas de las entrañas del globo , de- 
terminan singulares contrastes en las formas de las monta- 
üas cónicas. De aquí resultó la división en dos pirámides, 
más ó menos regulares, que se produjo en el Cargairazo 
(14,700 pies de altura), cuando el súbito ahondamiento que 
se verificó en la noche del 19 de Julio de 1698 (11), v la 
que dividió también el Ilinissa (12): de aquí la figura den- 
tada de las paredes superiores, en el cráter del Capac ür- 
€U, el Cerro fiel Altar, que solo tiene hov 16,380 pies de 
altura, v cu vas dos cimas, muv regulares é inclinadas 
una hacia la qtra, dejan presumir la forma primitiva. Es 
tradición generalmente estendida entre los indígenas de la 
meseta de Quito_, que habitan entre Chambo y Lican, entre 
las montañas de Coudorasto j de Cuvillan. que, después 
de las erupciones que duraron sin interrupción siete ú ocho 
años, la cima del Capac Urcu se hundió, catorce años antes 
de la caida de Haavna Capac, hijo del IncaTupac Yupan- 
qui, V que toda la meseta en que está situada la nueva ciu- 
dad de Riobamba se cubrió de pómez v de cenizas volcá- 
nicas. El Cerro del Aliar, primitivamente mas elevado que 
el Chimborazo. se llamó en la leno-ua de los lucas ó len- 
guü fjuechia, el rejó el príncipe de las montañas, de Cffpac, 
rej j llr^f montaña, porque los indígenas veian elevarse el 
vértice de este volcán, sobre la línea inferior de las nieves 
perpetuas, á mucha major altura que ninguna otra mon- 
taña de la comarca (l»^). El gran Ararat_, á cuya cima 
de 16,026 pies de altura , llegó Parrot, en 1829, Abich j 



— 217 — 

Cliodzko^, en 1845 y 1850^ es, como el Cliimljorazo, una 
cúpula cerrada. Las poderosas corrientes de lava que ha 
arrojado, salieron por debajo del límite de las nieves. Un 
rasgo característico de la config-uracion del Ararat es una 
caverna lateral, una escotadura profunda, conocida con el 
noniLre de Valle de Jacob , que puede compararse con el 
Val fiel Boxe del Etna. Solo en esta caverna, según ob- 
servación de Abich^ puede realmente reconocerse la estruc- 
tura interior del núcleo de la campana traquítica , en 
atención á que ese núcleo j el levantamiento del Ararat 
por completo son mucho más antiguos que las corriente 
de lava (14). El Kasbegk v el Tschegem, que. como el 
colosal Elbruz, de 18,500 pies de altura, hicieron erup- 
ción en la cima principal del Cáucaso que se dirige de 
Este Sud-Este a Oest-Noroeste , son también conos sin crá- 
teres en el vértice, mientras que el Elbruz ostenta en su 
vértice un cráter-lago. 

En todas las comarcas, las montañas de forma de cono 
<5 de cúpula son las mas, numerosas; la larga cima del Pi- 
chincha, aislado en medio de los volcanes de Quito, es 
muv digna de atención. Hé estudiado mucho j cuidadosa- 
mente la configuración de esta montaña, j publicado, ade- 
más de un perfil , dibujado con sujeción á gran número de 
medidas angulares, un diseño topográfico de los valles tras- 
versales que la surcan (15 . El Pichincha forma un muro de 
traquito negro ^ mezclado con augita j oligo clase , de una 
estension de mas de dos millas geográficas, á lo largo de una 
falla practicada en la parte más occidental de la cordillera 
próxima al mar del Sud. sin que el eje de la montaña sea 
sin embargo paralelo al de la cordillera. 

En el Pichincha se suceden en dirección del Sud-Oeste 
á Nordeste, tres cúpulas, asentadas como fortalezas: el 
Ccntuv-Gnacliana. el Quapta-Píchincha, el hijo del vie- 
jo volcan, y el Picacho de los Ladrillos. El volcan propia- 



— '2]S — 

mente dicho lleva el nombre de Padre ó AntJguo_, Rum- 
Piclunc]ia\ es la única parte de esta estensa cima que se 
eleva hasta la región de las nieves perpetuas, j pasa de la 
cúpula del Guagua-Pichincha 180 pies próximamente. El 
cráter oval, algo inclinado hacia el Sud Oeste, fuera por 
consiguiente deleje de la muralla que se eleva por término 
medio á 14706 pies, está rodeado de tres rocas en forma de 
torres. En la primavera del año 1802, subí acompañado del 
Indio Felipe x\ldas, á la más oriental de lastres rocas. Per- 
manecimos en el borde estremo del cráter, á 2^300 pies 
próximamente sobre el fondo del abismo inflamado. AYisse, 
que aprovechó su larga estancia en Quito, para enriquecer 
las ciencias físicas con tan gran número de observaciones 
interesantes, no temió pasar, en 1845, muchas noches en 
el cráter mismo del Rucu-Pichincha, donde el termómetro 
llegó á 2° bajo cero, durante la puesta del Sol. El cráter 
está dividido en dos partes por la arista de una roca cubierta 
de escorias vitrificadas. La oriental, de forma circular, pare- 
ce más profunda que la otra, j es en la actualidad la ver- 
dadera base de la actividad volcánica. Contiene un cono de 
erupción, de 250 pies j rodeado de mas de 70 aberturas in- 
flamadas^ de las que se exhala un vapor de azufre (16). 
Probablemente de este cráter, cubierto, en los sitios menos 
calientes, de mazorcas de gramíneas semejantes á las cañas, 
j de una especie de arbustos de morera de hojas de Bro- 
melia, surgieron las erupciones ígneas de escorias, pómez 
j cenizas que ocurrieron en 1539, 1560, 1566, 1577, 1580, 
j 1660. Durante esas erupciones, la ciudad de Quito que- 
daba todo un dia sumida en completa oscuridad, causada 
por el polvo de los rapilis. 

A esta clase más rara de volcanes, cuja cima se pro- 
longa en gran estension, pertenecen en el Antiguo Mun- 
do: el Galungung, ])rovisto de un vasto cráter, en la 
parte occidental de la* isla de Java (17), la masa doleríti- 



— 219 — 

ca del ScKiwelutsch, cadena de montañas situada en el 
Kamtschatka, cuja arista está cuajada de cúpulas que se 
elevan hasta 9,540 pies (18); j el Hécla que, mirado 
desde el Noroeste , en la dirección de la falla longitudi- 
nal sobre la cual se levanta , parece una gran cadena 
de montañas , en que se destacan muchos pequeños picos. 
Desde las últimas erupciones de 1845 j 1846, en las 
cuales arrojó el Hécla corrientes de lava de 2 millas geo- 
gráficas en longitud j de ancho en algunos sitios de me- 
dia milla, semejantes alas que vomitó el Etna en 1669, la 
montaña tiene una hilera de cinco cráteres en forma de cu- 
bas. Como la falla principal se dirige al Norte 65° Este, 
el volcan visto desde Selsundsf jall , es decir, por la parte 
del Sud-Oeste, v por lo tanto según un corte trasversal, 
presenta el aspecto de cono agudo (19). 

Las formas de las montañas ignívomas pueden mos- 
trar diferencias sorprendentes, como por ejemplo el Cotopa- 
xi j el Pichincha, sin que las materias que arrojan, j las 
combinaciones químicas que se operan en las profundidades 
de la Tierra varien; pero la situación relativa del cono 
de levantamiento ofrece particularidades mas singulares 
aun. En Luzon, grupo de las Filipinas, se levanta, en 
medio de un gran lago poblado de cocodrilos, en la laguna 
de Bomhon , el volcan todavía activo de Taal, cuja erupción 
mas funesta fué la de 1754. El cono, á que se subió en el 
viage de descubrimiento de Kotzebue, tiene un cráter-lago, 
del cual surge otro cono de erupción provisto de otro crá- 
ter (20). Esta descripción recuerda áüannon, en donde se 
cita una isla que contiene un pequeño lago, en el centro del 
cual se levanta otra isla. Este fenómeno, á lo que parece, se 
produjo dos veces: una en el golfo del Pico occidental, otra, en 
la bahía de los Monos Gorilas en la costa occidental del Áfri- 
ca. Descripciones en las que se marca un carácter tan indivi- 
dual, no pueden estimarsedesde luego como verdaderas (21). 



— '2'20 — 

La consideración hipsométrica de ios puntos mas ele- 
Tados j más bajos en que se manifiesta la actividad vol- 
cánica de la Tierra de una manera permanente ofrece, 
parala descripción física del Mundo, el interés que va uni- 
do á todo lo que concierne á la reacción del interior de la 
Tierra contra su corteza esterior. La altura de los conos 
volcánicos puede indudablemente darla medida déla fuerza 
que los ha levantado {'2'2). La inñuencia de la altura en la 
fuerza v forma de las erupciones, son relaciones que con- 
viene apreciar con g-ran reserva. Algunos efectos semejan- 
tes por la frecuencia j la intensidad, producidos escepcio- 
nalmente por volcanes cu vas alturas contrastan, no resolve- 
rían la cuestión, j de centenares de volcanes activos _, cu va 
existencia en los continentes j en las islas se supone^ es muy 
pequeño el número de los conocidos hasta hoj para que pueda 
aplicarse el único método cierto, el de los términos medios. 
Si estos permitieran reconocer á qué altura de los conos 
de levantamiento corresponde una repetición mas frecuente 
de las erupciones, darian aun lugar á la duda de que ade- 
mas de la altura, es decir el alejamiento del foco volcánico, 
obran en la red de las fallas, mas ó menos fáciles de obs- 
truir, accidentes que no pueden ser tenidos en cuenta. Bajo 
el punto de vista de las causas que concurren á formarlos, 
ios fenómenos volcánicos son, por consiguiente, un proble- 
ma indeterminado. 

Encerrándome pues prudentemente en el dominio de los 
hechos, puesto que la complicación de los fenómenos v la 
falta de documentos históricos acerca de las erupciones ve- 
rificadas durante el curso de los siglos no permite aun descu- 
brir la lej de las manifestaciones volcánicas, me limitaré, 
■en la hipsometria comparada de los volcanes, á disponer 
cinco grupos en los cuales cada clase de altura está caracte- 
rizada por ejemplos poco numerosos, pero incontestables. 
Ouento en esos cinco grupos las montañas cónicas, provistas 



- '2'2l — 

en su vértice de cráteres inflamados, esto es, los volcanes pro- 
píamente dichos, cuja actividad no está agotada, pero na 
las montañas de forma de campana, como el Chimborazo. To- 
dos los conos de erupción que dependen de un volcan próxi- 
mo, ó que lejos de todo volcan, como en la isla de Lanzarote 
j en Isquia, en el Arso del Epomeo, no han sostenido comu- 
nicación permanente entre la atmósfera j el interior del glo- 
bo, están también escluidos de ese cuadro. Según el testimo- 
nio del observador que ha estudiado con mas celo los fenó- 
menos volcánicos del Etna , Sartorius de Waltershausen , ese 
volcan se halla rodeado de cerca de 700 conos de erupción, 
grandes j pequeños. Como las medidas de alturas tienen por 
punto de partida el nivel del mar, es decir, la superficie lí- 
quida de la Tierra, tal como hoj existe, importa recordar 
que los volcanes de las islas, algunos de los cuales no se 
elevan á 1000 pies sobre el Océano, como el volcan japo- 
nes de Cosima (23), situado á la entrada del estrecho de 
Tsougar y descrito por Horner j Tilesius, j otros, como el 
pico de Tenerife (24), tienen mas de 11,500 pies de al- 
tura, han sido levantados por las fuerzas volcánicas sobre 
el lecho del mar, que actualmente tiene 20,000 pies, al- 
gunas veces mas de 43,000 pies de profundidad bajo su 
superficie. Con el fin de evitar las ilusiones que podian 
causar esas relaciones numéricas conviene añadir también 
que, si, para los volcanes continentales, la diferencia de 
la primera á la cuarta clase, es decir de 1,000 pies á 
18,000, parece muv considerable, el efecto de esta rela- 
ción cambia completamente, cuando, conforme á las es- 
periencias de Mitscherlich acerca del grado de fusión del 
granito, j según la hipótesis algo aventurada , en ver- 
dad, del calor creciente con la profundidad en proporción 
aritmética , se admite que el límite superior de las capas 
incandescentes de la Tierra está á 119,000 pies bajo el ni- 
vel actual del mar. Al considerar la fuerza que la obstruc- 



222 

cion de las fallas volcánicas añade á la tensión de los vapo- 
res, es preciso reconocer que las diferencias de altura de 
los volcanes medidos hasta el dia no son bastante conside- 
rables para impedir á la lava v otras masas compactas 
elevarse á la altura de los cráteres. 

HIPSOMETRIA DE LOS VOLCA^'ES. 

Primer grupo, de 700 á 4,000 ¡des de aliara. 

El vo'can de la isla Cosima, en el Japón, al Sud de la isla Jezo, 'UO 
pies de altura, seg-iin Horner. 

El volean de la isla Vulcano, en el archipiélag-o de las islas Lipari, 
1,224 pies de altura, seg-un Hoffman (25). 

El Gunung- Api, es decir, en leng-ua malaya, Montaña de Fuego, eu 
la isla Bonda, 1,828 pies. 

El volcan de Izalco, en el Estado de San Salvador (América central) , 
volcan casi continuamente en erupción, á cuyo vértice se Ueg-ó por pri- 
mera vez en 1770, 2,000 pies de altura, seg-un Squier (26). 

El Gunung- Ring-g-it, el menos elevado de los volcanes de Java, 2,200 
pies de altura, seg-un Jung-huhn (27). 

El Slromboli, 2,775 pies de altura, seg'un Hoffmann. 

El Vesubio: altura media de la parte culminante de los lados de\. 
cráter, sobre la Roca del Palo, 3,7o0 pies, según las dos medidas baro- 
mé ricas tomadas por Humboldt, en ISOo y 1S22 (28). 

El Jornllo, levantado sobre la meseta mejicana, el 29 de Setiembre 
de 1759, 4,002 pies de altara (20). 

Segundo grupo, de 4,000 á 8,000 pies. 

El monte Pelé de la Martinica, 4,416 pies de altura, seg-un Dupug-et 
(medida poco seg-ura). 

La Mina de Azufre de la Guadalupe, 1,567 pies de altura, según 
Deville. 

El Gunung- Lamongan, en la parte mas oriental de la isla de Java, 
5,010 pies de altura, según Junghuhn. 

El Gunung Tcngger, el de mayor cráter de todos los volcanes de 
Java: altura tomada sobre el cono de erupción el Bromo, 7,080 pies se- 
gún Junghuhn (30). 

El volcan de Osorr.o, en Chile. 7,0S3 pies de altura, según Filzroy. 



223 

El volcan do la isla Pico, on las Azores, 7,1 Í3 pies de altura, seírun 
el capitán Yidal (31). 

El volcan de la isla Borbon, 7,o07 pies Je altura, según Bertli. 

Tercer fjrupo, de 8,000 á 12,000 pies. 

El Volcan de Awatscha, en la península del Kamstschalka, que es 
preciso no contundir con el Strjeloschnaja Sopka, situado algo mas al 
IVorte, y al cual llaman también los marinos ing-leses volcan de Awats- 
cha, 8.360 pies de altura, seg^un Erman (32). 

El volcan de Antuco o Antoio, en Chile, 8,3C8 pies de allura, según 
Dómcyko (33). 

El volcan de la isla Fogo, en el archipiélago del cabo Verde, 8,'J87 
pies de altura, según De vi lie (34). 

El Schiwclulsch , en el Kanitscliatka, altura de la cima JN'oreste» 
í),8í)8 pies, según Erman (3o). 

El Etna, 10,200 pies de altura, según Smylh (30). 

El pico de Tenerife, 1 1,408 pies de altura, según Deville (37). 

La Gunung Semeru, la mas elevada de todas las montañas de la isla 
.lava, 11,480 pies de altura, seüun las medidas barométricas de Jung- 
hulm. 

El Erebus, situndo á los 77" 32 de latitud, el volcan mas próximo al 
polo Sud, 11,003 pies de altura, según Ross (38). 

El Argfeus, en Capadocia, hoy Erdschich l'agli, al sud sud-este ái' 
Keisarieh. 1 1,823 pies de altura, según Tchihatchcff (39). 

Cuarto grupo, de 12,000 á 16,000 jneR. 

El volcan de Tuqueras, en las altas tierras de la provincia de los 
Fastos, 12,030 pies de altura, según Boussingaull (40), 

El volcan de Pasto, 1*2,620 pies d(! altura, según Boussingault (41). 

El Mauna Roa, 12,909 pies de altura, según Wilkes (42). 

El volcan de Cumbal, en la provincia de los Pastos, 14,463 pies de 
altura, según Boussingault (43). 

El Kliutschewsk, en el Kamtscliaika. 15,790 pies de allura, según 
Erman (íí). 

El Rucu Pichincha, 14,9íO pies de allura. según las medidas baro- 
métricas de llumboldt. 

El Tungurahua, 1.j,473 pies de altura, según las medidas trigonomé- 
tricas de llumboldt (4o). 

El volcan de Puraz, cr-rca de Popayan, 1ü,9.'>7 pies, según José 
:Caldas (Í6). 



224 



Quiulo grupo, de Hi.OOO a 'iO.OOO f/Vs. 

El Saiigay, al sad-oste de Uuüo. 16,008 pies de allnra, segiin Bou- 
guer y La Cundamiiie (ÍT). 

£1 Popocatepctl, l(í,Gí]2 pj(,'s de altara, soi^mi 'a< aie«lidas lri;!^ono- 
métricas de'Humboldl (Í8). 

El volcan de Orizaba, 1(I,77(> pies de altura, sei;aii Ferrer (4í)). 

El Eliasbevg. en las costas occidentales de la América del Norte, 
16,7o0 pies de altura, según las medidas de Cuadra y de Gaicano (iiO). 

El volcan de Tolima, 17,010 pies de altura, scgnn la«; medidas trigo- 
nométricas de Humboldt (51). 

El volcan de Arequipa, 17.7lí.pios de altura, según las medidas 
trigonométricas de Dollcy (medida poco segura) (o2). 

El Cotopaxi, 17,712 pies de altura, según Bouguer (5.'iJ. 

El Sahama, en la Bolivia, 20.970 pies de altura, según Peaí- 
land (oi). 

El Sahama, que cierra la lista, tiene mas de dos veces la 
elevación del Etna, y es cinco veces y media mas alto que 
el Vesubio. La gradación que lie establecido entre los volca- 
nes, á partir de los pequeños cráteres de esplosion, especies 
de embudos sin andamiada de donde salen las bombas de 
olivina, rodeadas de trozos de esquisto casi fundidos, hasta 
el volcan activo de Sahama, de 21,000 pies de altura, ha- 
ce ver que no haj ningún lazo necesario entre el máximun 
de elevación, la disminución de la actividad volcánica j la 
naturaleza de las rocas visibles. Observaciones circunscritas 
á algunos paises pueden inducir fácilmente á consecuen- 
cias equivocadas. Por ejemplo, en la parte de Méjico, situa- 
da en la zona tórrida, todas las montañas cubiertas de nie- 
vesperpétuas, esdecir, lospuntosculminantes de lacomarca,. 
son volcanes. Casi lo mismo sucede en las Cordilleras de 
Quito, si se coloca entre los volcanes á las montañas de tra- 
quito de forma de campana, sin abertura en el vértice, 
como el Chimborazo j el Corazón. Por el contrario, en la 
parte oriental de los Andes de la Bolivia, los máximos de 



')J 



^4.) 



altura carecen completamente de actividad volcánica. El 
Nevado de Sorata, de 19,974 pies, jel de Illimani, que tiene 
19,843, están formados de grauwacas esquistosas, que- 
bradas por masas de porfiro, y en medio de los cuales se 
hallan fragmentos de esquisto, testigos de la ruptura de 
las capas (55). En la Cordillera oriental de Quito, al sud 
del paralelo de V 35', las altas cimas del Condorasto, del 
Cuvillan y del Altar de los Collanes, situadas enfren- 
te de los traquitos j que se elevan también en la re- 
gión de las nieves perpetuas, están compuestas de esquisto 
micáceo j de (/esiellstein. Según los conocimientos que te- 
nemos lioj acerca de la composición mineralógica de las 
majores alturas del Himalava, merced á los escelentes 
trabajos de Brjan, de Hodgson, Jacquemont, Dalton Hoo- 
ker, Thomson j Strachej, parece que las rocas reputadas 
en otro tiempo como primitivas, el granito, el gneiss 
j el esquisto micáceo, se ven también en esas monta- 
ñas; pero que no se descubre en ellas formación alguna 
detraquito. Pentland, encontró conchas fósiles en Bolivia, 
en medio de los esquistos silúricos del Nevado de Anta- 
caua, á 10,400 pies sobre el nivel del mar, entre la Paz y 
Potosi. La escesiva altura de la formación cretácea, que re- 
velan los fósiles traidos por Abich del Daghestan , y los 
que JO mismo he recogido en las Cordilleras del Perú, entre 
Guambos y Montan, recuerdan de una manera sorpren- 
dente que capas sedimentarias , no volcánicas y llenas de 
despojos orgánicos, capas que no deben confundirse con le- 
chos volcánicos de toba, se presentan en lugares alrededor 
de los cuales, á una gran distancia, el melafiro, el traquito, 
la dolerita y otras rocas pirojénicas, á que se atribuje 
la fuerza que hunde y que levanta, permanecen ocultas en 
las profundidades de la Tierra. En una inmensa estén sien 
de las Cordilleras y de la región próxima al Este, no existe 

señal alguna visible de toda la formación granítica. 

ioMo IV. ::; 



— 226 — 

Como muclias veces lie observado , la frecuencia de las 
erupciones de un volcan parece depender de causas múlti- 
ples y muv complicadas. Tampoco es posible espresar se- 
l^uramente por una lev general , la relación de la altura 
absoluta con el número v fuerza de las erupciones volcáni- 
cas. Si, limitándose á un grupo poco considerable, la com- 
paración del Stromboli, del Vesubio j del Etna puede ha- 
cer creer que el número de las erupciones está en ra- 
zón inversa de la altura de los volcanes, otros hechos se 
hallan en oposición directa con esta fórmula. Sartorius de 
AYaltersliausen 5 tan conocedor del Etna, observa que_, 
según el término medio délos últimos siglos, puede espe- 
rarse una erupción cada seis años . mientras que en Islan- 
dia, donde ningunaparte del suelo está alabrigo de la com- 
bustión submarina, las erupciones no se repiten en elHécla, 
inferior al Etna en 5.400 pies, sino cada 70 ú 80 años (56). 
El grupo de los volcanes de Quito presenta un contraste 
<xun más sorprendente. El volcan de Sanga\\, de más de 
iHjOOO pies de altura, es mucho más activo que el cono 
del Stromboli , que solo tiene 2,775. El Sangav es de todos 
los volcanes conocidos^ aquel en el que se suceden en el es- 
pacio de un cuarto de hora, con la mayor rapidez las erup- 
ciones de escorias inflamadas que iluminan á lo lejos el ho- 
rizonte. En vez de engolfarnos en hipótesis sobre las causas 
cujo concurso produce fenómenos inaccesibles á nuestras 
investigaciones, prefiero detenerme en seispuntosde la su- 
perficie del globo que , en la historia de la actividad volcá- 
nica, son particularmente instructivos y curiosos. Estos 
puntos son: el Stromboli , la Quimera de Licia, el antiguo 
Tolcan de Masa va, el moderno de Izalco, el de Fogo en las 
islas de Cabo Verde , j el colosal Sangaj. 

La (i)uimera j el Stromboli (antiguo Strongilo) son las 
dos montañas ignívomas cuja permanencia, fundada en do- 
cumentos ciertos es mas antigua en la historia. La eminen- 



-cía cónica del Stromboli. formada de dolerita, es dos veces 
más alta que la montaña ignívoma de la isla de Vulcano, 
conocida de los antiguos bajo los nombres de Hiera j de 
Thermessa, cuya última gran erupción data del año 1775. 
La incesante actividad del Stromboli se compara con la de 
la isla Lipari (antigua Meligunis). por Strabon y porPli- 
nio. que atribuyen á sus llamas, es decir, á sus escorias, 
una pureza j claridad mayores, con un calor menos inten- 
so (57). El número y la forma de sus pequeñas bocas de 
fuego son muy variables. La descripción del suelo del crá- 
ter dada por Spallanzani, y que se ha tenido mucbo tiem- 
po por una exageración, ha sido plenamente confirmada por 
-Hoffmann, geognosta consumado, y últimamente por el 
ingenioso físico (v^uatrefages. Una de dichas bocas encen- 
didas hasta el rojo no tiene mus que 20 pies de diámetro, 
asemejándose á la abertura de un gran hornillo. Cuando, 
desde los bordes del cráter se mira esta abertura, vese á 
toda hora, subir y desbordarse la lava en fusión. Todavía 
hoy se orientan los marinos por las erupciones del Strom- 
boli , que no se han interrumpido nunca desde las edades 
mas atrasadas. La dirección de las llamas y de las columnas 
de vapores que se escapan del cráter sirven , como actual- 
mente á los Griegos y Romanos, para pronosticar los vientos 
con más ó menos acierto. Polybio, cuya descripción revela 
un conocimiento singularmente exacto del estado del cráter, 
refiere á la antigua estancia de Eolo en la isla de Strongilo, 
Y aun mas á observaciones sobre los fuegos de Volcano, la 
isla sagrada de Vulcano, que, en la época del historiador 
griego, se escapaban con violencia del cráter, los di versos sig- 
nosqueeranpresagiodel cambio de vientos. La repetición de 
las erupciones ígneas se ha verificado, en los últimos tiem- 
pos, á intervalos algo irregulares. El período durante el cual 
despliega el Stromboli la mayor actividad es el del mes de No- 
viembre y la estación de invierno. Seo-un Sartorius de Wal- 



— '22H — 

tersKausen. sucede lo mismo al Etna. Por otra parte, la ac- 
tividad del Stromboli no se interrumpe sino por cortos mo- 
mentos de calma, como acredita la esperiencia de muchos 
siü-los. 

La Quimera de Licia, tan bien descrita por el almirante 
Beaufort, j de la cual lié hecho mención dos veces (08), 
no es un volcan , sino un foco perpetuo, una fuente de gas^ 
constantemente inflamado por un efecto de la actividad vol- 
cánica de la Tierra. Hace algunos meses, un artista de ta- 
lento, Alberto Berg, fué á visitar la Quimera, para tomar 
vistas pintorescas de ese lugar, va célebre en los tiempos de 
Ctésias j de Scjlax de Carjanda, j recoger fragmentos de 
todas las rocas de donde salen las erupciones ígneas. Las 
descripciones de Beaufort, del profesor Forbes j del te- 
niente Sprat, en los Trarels ¡nLicya^ han sido justificadas 
por completo. Una masa eruptiva de serpentina atraviesa 
el espeso calcáreo , en una garganta que pasa del Sudeste 
al Noroeste. En la estremidad Noroeste de esta g-arg-aiita, la 
serpentina está cortada ó quizás cubierta verticalmente por 
una arista de calcáreo redondeado en forma de arco. Los 
fragmentos que se han traido son, los unos verdes é inal- 
terables, los otros oscuros j en estado de descomposición. 
Fácilmente se reconoce en los dos depósitos de serpentina la 
presencia del diálaga. 

El volcan de Masaja (59), el Injierno de Mascuja^ 
cu va reputación se habia estendido mucho á principios del 
del siglo XVI, bajo esta denominación de Infierno, j que ha 
sido objeto de Memorias dirigidas al emperador Carlos 
Quinto, está situado entre los dos lagos de Nicaragua y de 
Managua , al Sud- Oeste del Nindiri, pueblo encantador de 
la India. Durante siglos, presentó el raro fenómeno que he- 
mos descrito á propósito del volcan de Stromboli. Veíase 
desde los bordes del cráter, y á través de una abertura in- 
flamada, subir V precipitarse las olas de lava agitadas por 



•;•;( 



los vapores. El historiador español Fernando González de 
Oviedo, que visitó el Vesuvio en 1501 con la reina de Ña- 
póles, á la cual acompañaba en calidad de jefe de Giuir- 
(laro2)a^ fue el primero que subió al Masaja, en el mes de 
Julio de 1529 , é hizo comparaciones entre los dos volca- 
nes. El nombre de Masaja pertenece á la lengua chorote- 
ga, en uso en el Estado de Nicaragua, j significa montaña 
inflamada. El volcan _, rodeado de un campo estenso de la- 
va (mal -país; . formado indudablemente por el mismo, era 
considerado en esta época como perteneciente al grupo de 
los nuevos Maribios inflamados. «En el estado ordinario, 
dice Oviedo, la superficie de la lava, en medio de la cual 
nadan escorias negras, se encuentra á muchos cientos de 
pies bajo los bordes del cráter . pero á veces se produce re- 
pentinamente tal hervor , que la lava casi alcanza el 
borde mas elevado.» La perpetua iluminación del Masava 
procede, según el ingenioso v preciso lenguaje de Oviedo, 
no de una llama propiamente dicha, sino de vapores ilumi- 
nados por la parte inferior (60). Este fenómeno, añade , tie- 
ne tan grande intensidad que , en una senda de más de tres 
leguas de estension , que conduce desde el volcan á la ciu- 
dad de Granada_, la comarca estaba iluminada casi como en 
la época del plenilunio. 

Ocho años después de la ascensión de Oviedo, hizo otra 
al volcan un fraile dominicano, Fraj Blas del Castillo, el 
mismo personaje que, en las obras de Gomara _, de Benzoni 
y de Herrera, es llamado Fraj Blas de Iñesta. Convencido 
de que la lava en fusión en el cráter era oro líquido, Frav 
Blas se asoció á un relio-ioso flamenco de la Orden de 
San Francisco, no menos avaro que él, Fraj Juan de Gan- 
da vo, y los dos, abusando de la credulidad de los Españoles 
recien venidos , fundaron una sociedad por acciones , para 
esplotar esta mina á espensas comunes. Ellos, dice bur- 
lescamente Oviedo, estaban eximidos de toda contribu- 



— m) — 

cion pecuniaria por su calidad de eclesiásticos. La rela- 
ción que Fraj Blas del Castillo dirigió al obispo de Cas- 
tilla del Oro, Tomás de Verlenga^, sobre los medios de 
ejecución de esta aventurada empresa, no fué conocida 
hasta 1840, por el descubrimiento de la obra de Oviedo so- 
bre Nicaragua. Fraj Blas, que habia servido anteriormen- 
te como marinero, quiso imitar el método por medio del 
cual los habitantes de las islas Canarias, suspendidos por 
cuerdas sobre el mar, recogen de los escarpados flancos de 
las rocas, la materia colorante llamada orchilla (Lidien 
Roccella). Meses enteros se emplearon en disponer j reno- 
var los aparatos , para hacer subir sobre el abismo una viga 
de mas de 30 pies de larga, por medio de una grúa j una 
polea. El fraile , cubierta la cabeza con un casco de hierra 
j un crucifijo en la mano , fue bajado con otros tres miem- 
bros de la asociación ; permanecieron toda una noche sobre- 
la parte sólida del suelo de cráter, en donde hicieron esfuerzos 
inútiles para coger el pretendido oro , con vasos de tierra 
cubiertos con una envuelta de hierro. Temerosos de asustar 
á los interesados, convinieron en decir, si sallan de allí, que 
hablan hallado grandes riquezas, j que el Infierno de Ma~ 
saija merecía llamarse en adelante Paraíso de Masa- 
ya (61). Renovóse la operación muchas veces hasta que el 
Gobernador de Granada , ja porque recelara el fraude , ja 
cuidadoso de que no se perjudicara al fisco, prohibió el des- 
censo al cráter con cuerdas. Tomóse esta medida en el vera- 
no de 1538; pero en 1551, el deán del Cabildo de León, 
Juan Alvarez, obtuvo de la Corte de Madrid la candida au- 
torización «de abrir el volcán j tomar todo el oro que con- 
tuviera,» ¡tan firmes eran en el siglo xvi las creencias po- 
pulares! En 1822, Monticelli j Covelli debieron probar 
también en Ñapóles, por análisis químicos, que no habia 
oro en las cenizas arrojadas por el Vesuvio el 28 de Octu- 
bre (62). 



— -^31 — 

El volcan de Izalco, eu la costa occidental de la Amé- 
rica central, á 8 millas al Norte de San Salvador, j al 
Este del puerto de Sonsonata, fué levantado once años 
después que el volcan del .lorullo, muj interior en Mé- 
jico. Las dos apariciones tuvieron lugar en medio de 
una llanura cultivada, á continuación de temblores de 
tierra j de bramidos subterráneos prolongados durante 
muchos meses. Una colina en forma de cono salió de tierra 
en el Llano de Izalco^ é inmediatamente, el 23 de Febrero 
de 1770, brotó un torrente de lava del vértice de esta emi- 
nencia. Todavía no lia podido determinarse lo que en el 
rápido crecimiento de la colina proviene del levantamiento 
del suelo, y lo que depende de la acumulación de las es- 
corias, cenizas j masas tobáceas; lo único cierto es que 
después de su primera erupción, el nuevo volcan, lejos de 
apagarse casi en seguida, como el Jorullo, no ha suspen- 
dido su actividad , y que frecuentemente sirve de faro á los 
marinos que recalan en la bahía de Acajú tía. Cuéntanse allí 
cuatro erupciones ígneas por hora. La regularidad de ese 
fenómeno ha sorprendido á los pocos viajeros que lo han 
observado exactamente (03). La fuerza de las erupciones 
era variable, pero no la duración de los intervalos. La al- 
tura que alcanzó el volcan de Izalco después de su última 
erupción de 18*25, está evaluada en 1,500 pies próxima- 
mente; altura casi igual á la del volcan de Jorullo sobre la 
llanura que le abrió paso; j cuatro veces la del cráter de 
levantamiento de Monte Nuovo, en los campos Flégraneos, 
que , según las medidas exactas de Sccachi , es de 405 
pies ((14). La actividad permanente del volcan de Izalco, 
considerado mucho tiempo como una válvula de seguridad 
para la comarca vecina á San Salvador, no conjuró sin em- 
bargo la catástrofe que destruvó completamente la ciudad^ 
en la noche de Pascua de 1854. 

Una de las islas de Cabo-Verde, que se levanta entre 



— 23-2 — 

San lag-o y Brava, ha sido llamada por los Portugueses la 
Isla de Fuego, Ilha do Fogo^ porque, como Stromboli, 
lanzó llamas sin interrupción desde 1680 á 1713. Después 
de un largo descanso . el volcan de esta isla se reanimó en 
el verano de 1798. poco tiempo después de la última erup- 
ción lateral del pico de Tenerife, que salió á través del crá- 
ter de Chahorra. llamado sin razoD el volcan de Chaborra, 
como si formase una montaña distinta. 

El mas activo de todos los volcanes de la América me- 
ridional es el Sanga j, y aun escede en actividad á todos los 
volcanes ja citados. Llámasele también volcan de Macas, 
porque los restos de esta autigua ciudad , muj populosa al 
principio de la Conquista, están situados en el Rio-Upauo, 
á 7 millas geográficas al Sud de Sangay. Esta montaña 
colosal, de 16,068 pies de altura, surgió en la vertiente 
Este de la Cordillera oriental, entre dos sistemas de afluen- 
tes que van á eug-rosar el rio de las Amazonas, el del Pas- 
taza j el del Upano. El grande, el incomparable fenómeno 
que presenta en la actualidad el Sangay, parece que no 
empezó hasta 17*28. Cuando la medida astronómica del 
grado, tomada por Bouguer y La Condamine desde 1738 
á 1740, esta montaña hizo los oficios de una señal de fue- 
go perpetuo (65). Yo mismo oí durante muchos meses, 
en 1802, en Chillo cerca de Quito, en la deliciosa casa 
de campo del Marqués de Selvalegre , los bramidos del San- 
gay, que medio siglo antes habia oido Don Jorge Juao, 
algo mas al Nord-Este, cerca de Pintac, al pie del Anti- 
sana {'o^). En 1842 y 1843, las erupciones fueron acom- 
pañadas de ruidos mas violentos que nunca, que se oyeron 
distintamente, no solo en el puerto de Guayaquil, sino 
hasta en Payta y San Buenaventura, á lo largo de las cos- 
tas del mar del Sud, es decir, que salvaron una distancia 
igual á la que separa á Basilea de Berlin, los Pirineos de 
Fontainebleau, (> Londres de Aberdeeu. Desde principios 



— 233 — 

de sií»*lo, muchos geognostas visitaron los volcanes de Mé- 
jico, de Nueva-Granada, de Quito, de la Bolivia j de Chi- 
le; por desgracia la situación solitaria del Sangaj, colocado 
fuera de todas las vías de comunicación , ha sido causa de 
que se le olvide. Solo en el mes de Diciemhre de 1849 
subió á él un sahio j atrevido viajero, Wisse, después 
de una estancia de cinco años en la cadena de los An- 
des, y llegó hasta la estremidad de la cima cubierta de 
nieve. A la vez que determinaba exactamente por medio 
del cronómetro la frecuencia estraordinaria de las erupcio- 
nes, estudió la composición del traquito, encerrado en 
un reducido espacio, de donde salia á través del gneiss. 
Wisse contó 267 erupciones por hora (67); cada una 
duraba, por término medio, 13", 4. Lo que haj en esto 
de sorprendente es que dichas erupciones no iban acompa- 
ñadas de sacudida alguna sensible, aun en el cono mismo 
de cenizas. Las materias arrojadas por el volcan en medio 
de una humareda abundante, de color ja gris ja naran- 
jado, son en su major parte una mezcla de cenizas negras 
j de rapilis; pero lanza también verticalmente escorias de 
forma esférica, que no tienen menos de 15 á 16 pulgadas 
de diámetro. En una de las erupciones mus fuertes, Wisse 
no pudo contar mas que 50 ó 60 piedras incandescentes, 
arrojadas simultáneamente. El major número de esas pie- 
dras vuelve á caer eu el abismo ; algunas veces cubren el 
borde superior del cráter ó se deslizan á lo largo del cono^ 
V despiden por la noche un brillo que visto á gran distancia 
por La Condamine, le produjo el efecto de una ejeccion de 
azufre j de asfalto inflamados. Las piedras suben aislada 
y sucesivamente de modo que las unas vuelven á caer ja 
cuando las otras apenas han abandonado el cráter. Según 
una medida exacta del tiempo , el espacio que recorren en 
la parte de su caida posible de ver, es decir, hasta el bor- 
de superior del cráter, parece, por término medio^ de 737 



~ 234 — 

pies. Las piedras lanzadas por el Etna llegan, según las 
medidas de Sartorius Waltershausen y del astrónomo Chris- 
tian Peters, á una altura de '2, 500 pies sobre los bordes del 
cráter; las evaluaciones de Gemellaro, durante la erupción 
de 1832, dan un resultado tres veces mas considerable. La 
ceniza negra forma, en la pendiente del Sangav j en un 
radio de 3 millas, capas de 300 á 400 pies de espesor. El 
color de esas cenizas j el de los rapilis da d la parte supe- 
rior del cono un aspecto terrible. Antes de terminar esta 
reseña , será bueno indicar las proporciones gigantescas del 
Sangaj, seis veces mas elevado que el Stromboli , tenien- 
do en cuenta que esta comparación desmiente de una ma- 
nera formal la creencia, demasiado absoluta, de que las mon- 
tañas ignívomas menos elevadas son las que siempre pro- 
ducen erupciones mas frecuentes. 

La agrupación de los volcanes importa mas aun quizás 
que su configuración j su altura , porque conduce al gran 
fenómeno geológico del levantamiento del suelo sobre las fa- 
llas de que está surcada la corteza terrestre. Esos grupos sea 
que, según la división de Buch, estén formados alrededor 
de un volcan central^ ó dispuestos en hileras^ indican las 
partes del suelo en que la erupción de las materias lique- 
factadas ha encontrado menos resistencia, á consecuencia 
del menor espesor de las capas roquizas, ó en razón á su 
conformación natural j de su ruptura primitiva. El espa- 
cio sobre el cual se ejerce la actividad volcánica de una ma- 
nera formidable, en el Etna, las islas Eolicas, el Vesubio 
y los campos Flegranéos , desde Puteoli (Dicearco) , basta 
Cumas j basta Isquia , la isla tirrena de los Monos (.Ena- 
ria), en donde el Epopeus arroja llamas, comprende tres 
o-rados de latitud. Reunión tal de fenómenos análoo-os no 
podia pasar desapercibida para los Griegos. Léese en Stra- 
bon : «Toda la parte de mar que empieza en Cumas j llega 
basta Sicilia, está encendida, j contiene en sus profundi- 



dades cavernas que comunican entre sí v con el continen- 
te (68 \ Esta naturaleza es no solo la del Etna, seg-un el 
testimonio de todos los que la han visto, sino también de 
las islas Liparis j de toda la región que rodea á Dicearco, 
Ncapolis, Baja j Pitecasa.» De aquí nacióla fábula de que 
Tifón estaba acostado en Sicilia, v cuantas veces se mo- 
via hacia brotar llamas j ag-uas, j de que en ocasiones tam- 
bién surg-ian islotes de en medio de las ondas de ebullición. 
«Frecuentemente, dice además Strabon, viéronse apare- 
cer llamas en la superficie del mar, en el g-rande espacio 
comprendido entre Strong-ilo v Lipara. El fueg-o encerra- 
do en las cavernas profundas sale violentamente de dentra 
á afuera.» En Pindaro (69), el cuerpo de Tifón ocupa tal 
espacio, que la Sicilia j alturas rodeadas por el mar, que 
se estienden sobre Cumas, es decir, los campos Flegra- 
néos, descansan en el pecho velludo del coloso. 

Así Tifón, ó Encelada que se ha confundido con él, 
era en la imaginación de los Griegos la personificación mí- 
tica de la causa desconocida j oculta en las profundidades 
de la Tierra, de donde nacian los fenómenos volcánicos. El 
lugar que se le asigna y el espacio que ocupa espresan la 
delimitación j acción común de muchos sistemas volcá- 
nicos. En el gran cuadro del mundo que coloca Platón al 
fin de su Fédon, bajo esta imagen geológica del interior- 
de la Tierra, que acredita una fantasía tan poderosa, aque- 
lla acción común se atribuje mas atrevidamente aun, 
al conjunto de todos los sistemas. Todas las corrientes de 
lava se alimentan en el Piriflegeton , que después de haber 
dado muchas vueltas debajo de la Tierra se hunde en el 
Tártaro. Platón dice formalmente que los volcanes^ cual- 
quiera que sea el lugar donde se encuentren, hacen ascen- 
der, por la fuerza de su soplo, las materias violentamente 
arrancadas al Piriflegeton (70). La espresion ¿Tro<T7ruaa«ra que 
usa Platón, espresa bastante bien la fuerza de impulsión del 



— 236 — 

viento que_, encadenado hasta entonces, se abre salida sú- 
bitamente, fuerza sobre la cual fundó después x^ristóteles" 
su teoría de los volcanes. 

Según esos antiguos cálculos, las hileras' de volcanes 
tienen aun, para el observador que abarca el conjunto del 
cuerpo terrestre, un carácter mejor determinado que los 
volcanes centrales. Esta disposición de los volcanes es sor- 
prendente, sobre todo cuando siguen grandes fallas, para- 
lelas entre sí de ordinario, que atraviesan en línea recta es- 
tensas comarcas^ como las Cordilleras. Para obedecer á esas 
condiciones, j citar solo las cadenas importantes que con- 
tienen los volcanes mas próximos unos de otros, encontra- 
mos, en el Nuevo Continente, la cadena volcánica de la 
América central j de Méjico, las de Nueva-Granada 
j Quito, del Perú, de la Bolivia j de Chile; en el Anti- 
guo Continente, las islas de la Sonda, en particular Java, 
la península de Kamtschatka j su prolongación en las Ku- 
riles, por último _, las islas illeuticas, límite meridional 
del mar casi cerrado de Bering. Vamos á detenernos en 
algunos de esos prupos principales, porque reuniendo los 
detalles es como puede llegarse á descubrir los fundamen- 
tos de los fenómenos. 

La cadena de la América central, que une los' volcanes 
designados antiguamente con el nombre de Costa Rica^. 
Nicaragua, San Salvador y Guatemala, se estiende desde 
el volcan Turrialva, cerca de Cartago, hasta el de Soco- 
nusco, por un espacio de seis grados de latitud, entre 
10" 9' j 16° 2'. Dirigida generalmente de Sudeste á Nor- 
oeste, j describiendo además algunas ligeras curvaturas, 
no tiene menos de 135 millas geográficas; casi la distan- 
cia del Vesubio á Praga. Entre la laf/mia de Managua j 
la bahía de Fonseca, entre el volcan de Momotombo j el 
de Conseguina, cu jo ruido subterráneo, oido en 1835 
en la Jamaica y en la meseta del Bogotá, producia el efecto 



— -237 — 

de detonaciones de artillería , están situados ocho voIcanes^ 
mas, miij- próximos unos de otros, j que parecen levan- 
tados en una sola y misma falla, de líi millas geográficas 
de longitud. En la América central y en toda la parte me- 
ridional del Nuevo Continente, y aun puede decirse que 
desde el archipiélago de los Chonos, al Sud de Chile, 
hasta el volcan setentrional de Edgecomba, en la pequeña 
isla próxima á Sitka (71), y al del monte Elias, en el 
Prince WilUaM'S Snnd, en una estension de 1,600 millas 
geográficas, las fallas volcánicas están abiertas por do quier 
en la parte occidental que es la mas cercana al mar del Sud. 
En el lugar donde la cadena volcánica de la x\mérica cen- 
tral entra en el estado de San Salvador, al Norte del golfo 
de Fonseca, cerca del volcan de Conchagua, á los 13° 30' de 
latitud boreal, cambia su eje con el de las costas, y toma la 
dirección del Este-Sud-Este á Oeste Noroeste, y aun pasa 
casi decididamente de Este á Oeste, en el sitio donde se 
encuentran tan próximas unas de otras las montañas igní- 
vomas, que pueden contarse cinco, mas ó menos activas, en 
el pequeño espacio de 30 millas. A esta desviación corres- 
ponde un hinchamiento considerable del continente, en la 
península de Honduras,- en donde la costa oriental se in- 
clina bruscamente de Este á Oeste, desde el cabo de Gracias 
d Dios hasta el golfo de Amatico, es decir en una estension 
de 75 millas, después de haber recorrido un espacio igual 
paralelamente al meridiano. En el grupo de los altos vol- 
canes del Guatemala, á los 14° 10' de latitud, la cadena 
vuelve á tomar su antigua dirección N. 45" O., y continúa 
asi hasta la frontera de Méjico, del lado de Chiapa y del 
istmo de Huasacualco. Al Noroeste del volcan deSoconusko 
y hasta el de Tuxtla , no se ha encontrado un solo cono de 
traquito apagado. Domina en esta región el granito rico 
en cuarzo y el esquisto micáceo. 

Los volcanes de la iVmérica central no coronan las ca- 



— 238 — 

deuas de montañas; se levantan á su pie, j la major parte 
completamente separados de las mismas. Las alturas mas 
considerables están en los dos estremos de la línea. Hacia 
el Sud, en Costa Rica, se descubren los dos mares sobre la 
cima del volcan de Cartago, el Irasu: es cierto que. además 
de la altura, la posición mas central de la montaña concur- 
re á ensanchar el horizonte. Al Sud-Este de Cartago se 
«levan montañas de 10 á 11,000 pies: el Chiriqui (10,567), 
V el Pico Blanco (11,013.) Ignórase de qué rocas se com- 
ponen; probablemente son conos traquíticos cerrados. Mas 
lejos, hacia el Sud-Este^ en Veragua, las alturas disminu- 
yen j no pasan de 5 ó G.OOOpies. Esta elevación parece 
ser también la elevación media de los volcanes de Nicara- 
gua y de San Salvador; pero en la estremidad Noroeste de 
toda la cadena volcánica, no lejos de la nueva ciudad de 
Guatemala, existen dos volcanes que se levantan á la al- 
tura de 12,000 pies. Los máximos caen asi, según la cla- 
sificación hipsométrica que he dado antes, en el tercer 
grupo, con el Etna y el Pico de Tenerife , mientras que la 
major parte de las alturas situadas entre las dos estremi- 
dades esceden apenas en 2,000 pies la altura del Vesubio. 
Los volcanes de Méjico, Nueva Granada y Quito pertene- 
cen al quinto grupo, y se elevan en su majoría á mas de 
16,000 pies. 

Aunque, á partir del istmo de Panamá, y atravesando 
las provincias de Veragua, Costa Kica y Nicaragua, 
hasta loslP 30' de latitud boreal, se nota ja un ensancha- 
miento sensible en el continente de la América central, la 
estensa superficie del lago de Nicaragua, que escede solo en 
120 pies el nivel de los mares (72), produce tal depresión 
del suelo, que desde el mar de las Antillas al mar del Sud_, 
se forma una gran corriente de aire funesta por lo general 
á los navegantes que atraviesan el Océano llamado pacífico. 
Las tempestades causadas ¡^or estos vientos del Nord-Este 



— :¿39 — 

reciben el nombre de Papagayos ^ y subsisten á veces cua- 
tro ó cinco dias sin interrupción. Tienen de notable que, 
mientras duran, despejan ordinariamente de nubes el 
cielo. El nombre de Papagayos está tomado del golfo de 
Papagayo, es decir de la parte de las costas occidentales 
del Estado de Nicaragua comprendida entre Brito ó Cabo 
Desolado j Punta S. Elena, entre IT 32' y W 50', 
que encierra, al Sud del Puerto de Sun Juan del Sw\ las 
pequeñas bahías de Salinas j de S. Elena. En una travesía 
que hice de Guayaquil á Acapulco, pude comprender, du- 
rante los dos dias 9 y 1 1 de Marzo de 1803, toda la violen- 
cia de los Papagayos, y observar los caracteres particulares 
de esas tempestades. Habia ya sin embargo pasado de los 
parajes indicados antes, y me encontraba al Sud á 9" 3' 
de latitud. Las olas eran tan altas como jamás habia visto, 
y el Sol, que constantemente se distinguía en un cielo azul, 
me permitió medir la altura de aquellas, por un método que 
no se habia aun esperimentado, por las alturas del Sol mis- 
mo sobre dichas olas y las profundidades que abrían . Todos 
los marinos españoles, ingleses y americanos atribuyen á 
los vientos alíseos del Nord-Este, que nacen en el Océano 
Atlántico, los Papagayos del mar del Sud (73). 

En un nuevo trabajo sobre las cadenas volcánicas de la 
América central á que me dedico con gran aplicación, y 
que se compondrá en parte de los materiales publicados, en 
parte de noticias manuscritas (74), enumero 29 volcanes, 
cuya actividad pasada ó presente puede ser estimada con 
exactitud. Los habitantes de esas regiones cuentan un tercio 
mas, pero comprenden antiguos estanques de erupción, que 
quizás no hicieron mas que dar paso á muchas erupciones la- 
terales, procedentes de un solo y mismo volcan. Entre los co- 
nos y las campanas aisladas que los indígenas llaman volca- 
nes, es posible que muchosesten formados de traquito y de do- 
lerita; pero constantemente cerrados desde su levantamiento, 



— 240 - 

jamás han dado señales de actividad. En la actualidad 
solo pueden considerarse como infamados 18 volcanes. Siete 
han arrojado llamas, escorias j corrientes de lava en este 
siglo, en 1825. 1835, 1848 y 1850, dos han presentado los 
mismos fenómenos á fines del sig-lo pasado, en 1775 j 
1799 (75). Fundándose en la falta de corrientes de lava en 
los poderosos volcanes de las Cordilleras de Quito, los geó- 
logos han afirmado últimamente repetidas veces, que esta 
carencia era general en los volcanes de la América cen- 
tral. Verdaderamente, las erupciones de escorias v de 
cenizas se producen ordinariamente sin corrientes de la- 
va, que es lo que sucede en este momento al volcan de 
Izalco; pero las emisiones de lava, de los cuatro volcanes 
Nindiri , el Nuevo, Conseguina, San Miguel de Bo- 
sotlan , descritas por testigos oculares . contradicen esta 
aserción (76 ^ 

Me he detenido de intento en todos los detalles relativos 
á la situación de los volcanes dispuestos en apretada fila, 
que forman las cadenas volcánicas de la América central, 
con la esperanza de que un geognosta que hubiera estudia- 
do anticipadamente los volcanes activos de la Europa v los 
apagados de la Auvernia, del Vivarais ó del Eifel, v que 
fuera capaz, cosa que es de la major importancia, de 
describir la composición de las rocas según las exigencias 
de la mineralogía moderna, sintiese por fin el deseo de vi- 
sitar esta comarca, tan accesible ahora, j aun puede decirse 
que tan próxima á nosotros. Quedará todavia mucho que 
hacer, aun cuando ese viajero se consagrase esclusivamente 
á investigaciones geognósticas , v se propusiese sobre todo 
determinar, bajo el punto de vista de la orictognosia, las ro- 
cas traquíticas, doleríticas j melafíricas, clasificar el levan- 
tamiento primitivo j las partes cubiertas por erupciones 
posteriores, distinguir finalmente las verdaderas lavas, que 
se estienden en corrientes estrechas v contínuns. de las es- 



— 241 — 

corias amontonadas 5 que se confunden frecuentemente con 
ellas. Importa también separar claramente las montañas 
cónicas que se levantan en forma de cúpulas ó de campa- 
nas, y que están siempre cerradas, de los volcanes aun ac- 
tivos^ ó que lo lian sido, y que vomitan escorias y corrien- 
tes de lavas, como el Vesubio y el Etna, ó escorias y cenizas 
sin lavas, como el Pichincha y el Cotopaxi. Nada, que jo 
sepa, puede dar un impulso mas rápido al conocimiento de 
la actividad volcánica, que tanto deja aun que desear^ por 
falta de suficiente número de observaciones acerca de las 
grandes masas continentales. Si además, como resultado 
material de este vasto trabajo, se examinasen colecciones 
de rocas_, recogidas de gran número de volcanes propia- 
mente dichos y conos traquíticos cerrados, teniendo cuidado 
de añadir á ellas fragmentos de las capas no volcánicas, ro- 
tas por el levantamiento de esta doble especie de montañas, 
habríase abierto al análisis químico y k las deducciones 
geológicas V químicas cu jo análisis seria el punto de parti- 
da un campo tan vasto como fecundo. La América central 
j Java tienen, sobre Méjico, el reino de Quito y Chile, la 
incontestable ventaja de ofrecer en un espacio mas estenso, 
y con menos intervalos, los mas diversos modelos de las an- 
damiadas á través de las cuales se manifiesta la actividad 
volcánica. 

Con el volcan de Soconusko, situado á los 16" 2' de la- 
titud boreal, acaba cerca de la frontera de la provincia de 
Chiapa, la cadena volcánica de la América central , y em- 
pieza un sistema completamente distinto, el sistema meji- 
cano. Los istmos de Huasacualco y de Tehuantepec^ tan 
importantes para el comercio con el mar del Sud , están, 
como el estado de Caraca al Nor-Oeste, completamente des- 
provistos de volcanes, y quizás también de conos traquíticos 
cerrados. A 40 millas del volcan de Soconusko se levan- 
ta, cerca de la costa de Al varado, á los 18" 28' de latitud, 

TO.vo ;v. 10 



24*2 

sobre la vertiente oriental de la Sierra de San Martin . el 
pequeño volcan de Tuxtla . de donde salió, el 2 de Marzo 
de 1793, una gran erupción de llamas j de cenizas. Yo 
habia determinado exactamente, en el interior de Méjico, 
en el antio-uo Analiuac, el lugar astronómico de los volca- 
nes y de los colosos nevados; á mi vuelta á Europa, en el 
momento en que insertaba los máximos de altura en mi 
frran mapa de la Nueva-España, el examen de esas deter- 
minaciones me llevó á reconocer que , de un mar á otro, 
existe un paralelo de volcanes v de puntos culminantes, que 
oscila solo algunos minutos alrededor del paralelo geográ- 
fico de I-)". Los únicos volcanes j al mismo tiempo las 
únicas montañas cubiertas de nieves perpetuas que en- 
cierra el país, lo que supone en esta comarca una eleva- 
ción major de lió l'i,000 pies, el volcan de Orizaba, el 
Popocatepetl, los de Toluca j de Colima, están situados en- 
tre 18'' 59' j 19" -O', y parecen señalar la dirección de 
una falla volcánica, lo menos de 90 millas de larga, que 
va de Este á Oeste (77). En dicha dirección, á los 19" 9', 
entre los volcanes de Toluca y de Colima _, á 29 millas del 
uno y 32 millas del otro, en una estensa meseta de 2.424 
pies de elevación^ surgió el volcan de JoruUo, el 14 de Se- 
tiembre de 17.")9. á 4,002 pies de altura. El lugar de este 
fenómeno, comparado con la situación de los demás vol- 
canes mejicanos, v la circunstancia de que la falla dirigi- 
da de Este á Oeste, corta casi en ángulo recto la gran 
cadena de montañas que corre del Sud-Sud-Este al Nor- 
Nor-Este, son hechos geológicos no menos importantes que 
la distancia del Jorullo al mar, las huellas que ha dejado 
-SU levantamiento y de las cuales he dado un detallado di- 
Ijujo, los innumerables J/ornilos que exhalan vapores alre- 
dedor de la montaña, v los pedazos de granito que encon- 
tré empastados en la corriente de lava, vomitada por el 
Tolcan principal. 



— -243 — 

Ei cuadro siguiente contiene las determinaciones de 
lugar j las alturas de los volcanes que forman la cadena 
volcánica de A.nahuac, sobre una falla que corta, de un mar 
á otro, la de la gran cadena de montañas. 



ORDEN 

DE LOS VOLCANES 

Este ú ()esu\ 


LATITID 

G E G K .\ F I C A . 


ALTURAS 

SOBRE EL MAR- 


Volcan (le Orizal)a 


ir 2> 17 


-7!H> loesas. 


Nevado íztaccihuall 


ir 10' :v' 


•2 5:>() 


j Popocatepf'll 

1 


18" i)9 57" 


2772 


Volcan de Tokica 

1 
1 


19" 11 / '.]?y" 


2372 


1 

i .Tonillo 


111" D' 0" 


Ü67 


1 

1 


Volcan do Colima 

i 


ir iw {)'i 


1S77 

1 



A lio millas hacia el Oeste de las costas del mar del 
Sud, el paralelo de actividad volcánica que atraviesa la 
región tropical de Méjico encuentra al grupo de las islas 
Revillao-io*edo . en cu vas cercanías Collnet ha visto- nadar 
piedra pómez. Quizás puede prolongarse este paralelo has- 
ta la distancia de 840 millas, donde se reúne al gran vol- 
can Mauna Roa, á los 19° 28' de latitud, aunque en el in- 
tervalo no exista ningún levantamiento de islas. 

Las cadenas volcánicas de Quito v de Nueva-Granada 
comprenden una zona en la que se manifiesta en la actua- 
lidad la reacción del interior de la Tierra sohre su super- 



— 244 — 

ficie, Y que se estiende desde 2'* de latitud austral hasta 
cerca de 5*^ de latitud boreal. Las dos estremidades de esta 
zona están ocupadas por el Sangaj. cu va actividad no ha 
cesado nunca, j por el Páramo j el volcan de Ruiz , cu va 
última sacudida tuvo lugar en 1829, j que vio echar hu- 
mo Degenhardt en 1831, desde la 3iina de Pantana, en la 
provincia de Mariquita, v en 1833 desde Marmato. A par- 
tir del volcan de Ruiz, los que han conservado señales mas 
notables de grandes fenómenos eruptivos son , en la direc- 
ción del Norte al Sud: el cono truncado del volcan de To- 
lima (17_,010 pies de altura), que debe su celebridad al 
recuerdo que dejó su espantosa erupción del 12 de Marzo 
de 1575; los volcanes de Puraz (15,950 pies de altura)^ j 
de Sotara, cerca de Popajan ; el volcan de Pasto (12,620 
pies), cerca de la ciudad del mismo nombre; los de Monte 
(le Azufre (12,030 pies de altura\ cerca de Tuquerras, de 
Cumbal (14,654 pies), j por último de Chiles, en la pro- 
vincia de los Pastos. Siguen después volcanes de major re- 
nombre histórico, situados sobre la meseta de Quito pro- 
piamente dicho, al Sud del Ecuador, j entre los cuales 
pueden ciertamente considerarse como no apagados, el i'i- 
chincha, el Cotopaxi , el Tungurahua j el Sangav. Al 
norte del nudo de montañas de Robles, cerca de Popajan, 
de entre las tres cordilleras que componen la cadena de los 
Andes, la del centro , j no la occidental, mas próxima al 
mar del Sud, es la que, como demostraré muj pronto, da 
signos de actividad volcánica; pero al Sud de este mismo 
nudo de montañas, en el sitio donde los Andes no forman 
mas que dos cadenas paralelas , citadas con tanta frecuen- 
cia en los escritos de Bouguer j de la Condamine, las mon- 
tañas ignívomas por el contrario , están repartidas igual- 
mente. Así, los cuatro volcanes de los Pastos, como el 
Cotocachi , el Pichincha, el Iliniza, el Carguairazo v el 
Jana-Urcu_, se hallan situados al pie del Chimborazo, en la 



— 245 — 

cadena occidental, mas próxima al mar, pero el Imbabura, 
el Ca jambo, el Antisana. el Cotopaxi, el TuDgurahua que 
se levanta en frente del Cotopaxi, casi en medio de la es- 
trecha meseta que separa las dos cadenas paralelas, el Aliar 
de los Collanes^ llamado también el Capac-Urcu, y el San- 
g-aj pertenecen á la cordillera oriental. Cuando se abraza 
de una ojeada el grupo mas setentrional de las cadenas vol- 
cánicas de la América meridional , la opinión tantas veces 
espresada en Quito, y á cu jo favor pueden invocarse he- 
chos históricos, á saber, que la actividad "volcánica cambia 
j gana en intensidad de Norte á Sud, adquiere un cierto 
grado de verosimilitud. Es cierto que, del lado del Sud, 
cerca del gigantesco Sangaj, que no cede en actividad al 
Stromboli, encontramos las ruinas del Príncipe de las Mon- 
tañas ;, del Capac-Urcu , que ha sobrepujado seguramente 
la altura de Chimborazo, pero que á fines del siglo xv j 14 
años antes de la conquista de Quito por el hijo del Inca 
Tupac Yupanqui, se apagó desplomándose, j no ha vuelto 
á encenderse después. 

El espacio que en la cadena de los Andes no está cu- 
bierto por grupos de volcanes, es mucho major de lo que 
ordinariamente se cree. En la parte setentrional de la 
América del Sud^ desde el volcan de Ruiz j el cono de 
Tolima , que forman la estremidad setentrional de la ca- 
dena volcánica de Nueva-Granada j de Quito, hasta Costa 
Rica, mas allá del istmo de Panamá, donde empieza la 
cadena de la América central, existe una comarca fre- 
cuente j violentamente quebrantada por temblores de 
tierra, en la cual se conocen sakas que vomitan llamas, 
pero en donde no se han encontrado huellas de volcanes 
propiamente dichos. Estopáis tiene 157 millas geográficas 
de longitud, j forma una laguna que no es mas que la mi- 
tad del espacio falto de volcanes, comprendido entre el 
Sangaj, estremidad meridional del grupo de Nueva-Gra- 



— 2i(5 — 

nada y de Quito , y el Chacani , cerca de Arequipa,, 
punto donde comienza la cadena volcánica del Perú j la 
Bolivia; tan diferentes y complicadas son , en una misma 
cadena de montañas, las circunstancias cujo concurso es 
necesario para formar fallas permanentes, j asegurar la li- 
bre comunicación del interior del globo con la atmósfera. 
Entre los grupos de traquito j de dolerita, á través de los 
cuales actúan las fuerzas volcánicas, encuéntranse espa- 
cios menos estensos, donde domina el granito , la sienita, 
el esquisto micáceo, el esquisto arcilloso, el pórfiro cuarcí- 
fero , conglomerados silíceos^ y por último rocas calcáreas, 
una parte considerable de las cuales pertenece, según el 
análisis que hizo Buch de los restos orgánicos traídos 
por üegenhardt y por mí, á la formación cretácea. Como 
be hecho ver en otra parte , la aparición cada vez mas fre- 
cuente de las rocas labradoricas , ricas en pirójeno y en 
oligoclase, anuncia al viajero observador el paso de una 
zona cerrada hasta allí por sí misma, no volcánica, de por- 
íiros desprovistos de cuarzo, abundantes en feldespato vi- 
treo y muv ricos en plata amenudo, á regiones volcánicas 
que comunican aun libremente con el interior del cuerpo 
terrestre. 

El conocimiento mas exacto que últimamente hemos 
adquirido de la posición y de los límites de los cinco gru- 
pos volcánicos pertenecientes á las regiones tropicales de 
Méjico, á la América central, á las repúblicas de Nueva- 
Granada y de Quito, á las del Perú j la Bolivia, y á Chile, 
ha permitido observar que, en la parte de las Cordilleras 
comprendida entre U)'' 15' de latitud boreal y 46° de la- 
titud austral, que, con las inflexiones causadas por las des- 
viaciones del eje, no tiene menos de 1 ,300 millas geográ- 
ficas, casi la mitad de esta estension está cubierta de volca- 
nes; el cálculo da 637 millas contra ()07 (7(S). Si en seguida 
se trata de repartir el espacio falto de volcanes entre los 



— 247 — 

cinco grupos citado? ja, nótase que la mavor distancia 
es la que separa la cadena de (^uito j la del Perú; dis- 
tancia que es de 240 millas. Por el contrario, los grupos 
mas aproximados son los dos primeros; es decir, el grupo 
de Méjico j el de la América central. Los intervalos que 
separan los cinco grupos están entre sí comu los números 
75, 157, 240, 185. La gran distancia del volcan mas me- 
ridional de Quito al volcan mas setentrional del Perú pa- 
rece al principio tanto mas sorprendente cuanto que, se- 
gún aatiguo uso , se lia acostumbrado á llamar la medida 
de grado tomada en la meseta de (^aito, la medida perua- 
na. La parte meridional de los Andes del Perú, que es la 
menos considerable, es la sola volcánica. El cuadro si- 
guiente indica el número de los volcanes contenidos en cada 
grupo; ha sido trazado después de una profunda discusión 
de los mas recientes materiales. 



GRUPOS 

DE CADENAS VOLCÁNICAS 

comprendidas 

entre 19" '2;i' de laliíu.! Norte 

y 

ifl" 8' de latitud Sud. 



Grupo de M'-jico ("9). 



Gnipo de la Ami'rica central (SO). 



.NUMERO 

r»E LOS VOLCANES 

oontejiidos 
en cada grupo. 



I NUMERO 

' DE LOS VOLCA >-ES 

que pueden 

considerarse 

todavía 

como activos. 



I Grupo do iNueva Granada y Qui- ' 
lo(8Ij ■. . . . I 

Grupo del Perú y de la Boli- 1 
viaf82) 

trapo de Chile (8o) 



20 



18 



2í 



lí 



18 



[O 



13 



— 248 — 

Así, los cinco grupos americanos dan un total de 91 
volcanes, de los cuales 56 pertenecen al continente de la 
América meridional. Comprendo bajo la denominación de 
volcanes, además de los inflamados aun, las andamiadas cu- 
jas erupciones corresponden á los tiempos históricos, 6 cu- 
va estructura j masas eruptivas, j entiendo por esto los crá- 
teres de levantamiento j de ejeccion ^ las lavas, las esco- 
rias, las pómez j las obsidianas los designan, sobre toda 
tradición^ como volcanes apagados hace mucbo tiempo. Los 
conos j las cúpulas de traquito sin abertura, ó las largas 
cimas de traquito igualmente cerradas, no entran en esta 
categoría. Este es el sentido que Buch, Darwin j Naumann 
han dado á la palabra volcan , en sus enumeraciones geo- 
gráficas. Llamo volcanes inflamados, á los que, considerados 
mu V de cerca, dan aun signos de actividad, en majoró me- 
nor grado, V una parte de los cuales ha abierto, paso en 
tiempos próximos á nosotros, á erupciones comprobadas 
históricamente. La condición, espresada perlas palabras 
«considerados muv de cerca», es importante^ porque, vistos 
desde la llanura , pueden pasar desapercibidos los vapores 
ligeros que se escapan del cráter á una gran altura. ¿No se 
• ha negado , en la época de mi viaje á América, que el 
Pichincha v el gran volcan de Méjico, el Popocatepelt, es- 
tuviesen aun inflamados? Después, un atrevido viajero, 
Wisse (84), contó, en el cráter del Pichincha, alrededor del 
gran cono de erupción todavía activo, 70 bocas inflamadas; 
j JO mismo he sido testigo ocular de una erupción de ce- 
nizas perfectamente manifiesta, al pie del Popocatepetl, en 
el MaJjmis (hl Llano de Tetimjm, donde media una base 
trigonométrica (85). 

La cadena volcánica de la Nueva Granada y de Quito, 
que, de 18 volcanes, posee todavia 10 inflamados, v tiene 
una longitud próximamente doble de la de los Pirineos, 
puede subdivirse en cuatro grupos menos considerables, á 



— '249 — 

saber: el Páramo de Raiz j el volcan de Tolima, situado 
á poca distancia, á los 4" 55' de latitud Norte, según 
Acosta; el Puraz j el Sotara, cerca de Popa jan, á '2'\ 15'; 
los volcanes de Tuquerras j de Cumbal, en la provincia de 
los Pastos, entre 2°. 20' j 0°. 50', por último, la hilera de 
volcanes que se estiende desde el Pichincha, próximo á la 
ciudad de Quito, hasta el Sangaj, cuja actividad no ha 
cesado jamás, es decir, desde el ecuador hasta 2" de latitud 
austral. Esta última subdivisión, no se distingue, entre las 
cadenas volcánicas del Nuevo Mundo, ni por su longitud 
ni por la aproximación de los volcanes que la componen. 
Sábese hoj que tampoco comprende las cimas mas eleva- 
das; porque el Aconcagua, situado en Chile, á los 32" 39' 
(21,584 pies de altura según Kellet, 22,434 según Fitz- 
Hoj V Pentland), los Nevados de Sahama (20,970 pies de 
altura), el Parinacota (20,670 pies de altura), el Gualateiri 
(20,604 pies de altura) j el Pomarapo (20,360 pies de al- 
tura), comprendidos todos entre 18" 7' j 18" 25' de latitud 
austral, están decididamente considerados como mas eleva- 
dos que el Chimborazo, que solo tiene 20,100 pies. No 
obstante , los volcanes de Quito son los de mas renom1»ire 
entre todos los del Nuevo Mundo. Esta celebridad precede 
de que á la meseta de Quito va unido el recuerdo de tra- 
bajos astronómicos, geodésicos, ópticos, barométricos, tra- 
bajos importantes por los esfuerzos que han costado como 
por el objeto á que tendian , j que han inmortalizado los 
nombres de Bouguer j La Condamine. En lascomarcas de 
que se ha posesionado la inteligencia, donde se han agitado 
numerosas ideas que han contribuido al desenvolvimiento 
científico, queda como atributo local, por mucho tiempo, la 
gloria. Por esto en los Alpes suizos, la celebridad va unida 
preferentemente al Mont-Blanc, no en razón á su altura, 
que no escede en 523 pies á la del Mont-Ftose, no á causa 
de los peligros que es necesario afrontar en su ascensión. 



— 250 — ' 

sino en recuerdo de las g-randes miras físicas y geológicas 
rpie ilustran el nombre de Saussure y el teatro de su in- 
fatigable actividad. La Naturaleza se presenta grande so- 
bre todo cuando , obrando sobre los sentidos , se refleja en 
las profundidades del pensamiento. 

La cadena volcánica del Perú y de la Bolivia. que per- 
tenece todavía por entero á la zona equinoccial, v sobre 
la cual, según Pentland, el límite de las nieves perpetuas 
no empieza sino á partir de lo, 1)00 pies, alcanza el máxi- 
mun de su altura^ á igual distancia pnJxi mámente de sus 
dos estremidades, en el grupo de Sahama, entre IH'^ 7' y 
18° 25' de latitud austral. En este sitio_, cerca de Arica, la 
costa forma una inflexión redondeada y muj sensible, á la 
cual corresponde un cambio súbito de dirección en el eje de 
de la cadena de los Andes y en la línea volcánica que cor- 
re paralelamente al Oeste. De allí, la costa 'j la falla volcá- 
nica vuelven á tomar la dirección del Sud , no la del Su- 
deste al Noroeste, sino la misma del meridiano, que con- 
servan hasta la entrada occidental del estrecho de Magallanes, 
en una estension de mas de 500 millas o-eog-ráficas. Al re- 
correr el mapa de las ramificaciones y de los nudos de la 
cadena de los Andes, que he publicado en 1841, causan sor- 
presa otras muchas aproximaciones del mismo género, en- 
tre el contorno del Nuevo Continente y la dirección de la 
('ordillera^ mas ó menos cercana á la costa. Asi, desde 
el promontorio Aguja hasta San Lorenzo, es decir desde 5" 
30' á F de latitud austral, la costa del Océano Pacíñco y 
la Cordillera corren directamente del Sud al Norte, después 
de haberse inclinado ambas á dos, durante tanto tiempo de 
Sudeste á Noroeste, entre los paralelos de Arica y de Ca- 
xamarca; asi también la costa y la Cordillera toman franca- 
mente la dirección del Sudoeste al Nordeste, desde el nudo 
de montañas de Imbaburu , cerca de Quito, hasta el de los 
Robles, cerca de Popa van (86\ Parece difícil separar las 



— 251 — 

causas geológicas cuja acción común determinan la ar- 
monía entre los contornos de los continentes j la dirección 
de las cadenas de montañas vecinas , armonía manifestada 
con tanta frecuencia en las Cordilleras de la América del 
Sud , en los Alleghanjs de la América del Norte, en las 
montañas de la Noruega y los Apeninos. 

Aunque en la actualidad sea la rama occidental de la 
cadena de los Andes, es decir, la mas próxima al mar del 
Sud , la que da ma jores testi monios de su acti vidad volcánica , 
un observador muj esperimentado, Pentland, ha encontra- 
do , al pie de la cadena oriental , á mas de 45 millas geo- 
gráficas de la costa, un cráter perfectamente conservado, 
aunque apagado, con corrientes de lava imposibles de des- 
conocer. Este cráter forma el coronamiento de un cono si- 
tuado no lejos de San Pedro de Cacha, en el valle de Yucaj 
de 11,300 pies de altura, (lat. austr., 14° 8', long.; 73° 40') 
al Sudeste de Curzo , donde la cadena nevada oriental de 
Apolobamba, de Caraba ja j de Vilcanoto se inclina en la 
dirección del Sudeste al Noroeste. Este punto, digno de la 
atención de los viajeros, está señalado por las ruinas de un 
templo célebre, debido al Inca Viracocha (87). El antiguo 
volcan , indicado por Pentland , está mucho mas apartado 
'del mar que el Sangaj , que pertenece igualmente á una 
rama oriental de la Cordillera; j mas también que el Dri- 
zaba j el Jorullo. 

Un intervalo sin volcanes, de 135 millas de longitud^ 
separa la cadena volcánica del Perú j de la Bolivia de la 
de Chile : no hav , con efecto , menor distancia entre la 
erupción producida en el desierto de Atacama j el volcan 
de Coquimbo. 2'' 34' mas al Sud, el grupo de Chile alcan- 
za su máximun de altura en el volcan de Aconcagua . de 
' 21, 584 pies de elevación, que, según el estado actual de nues- 
tros conocimientos, es también el punto culminante de todas 
las cimas del Nuevo Mundo. La altura media del grupo de 



— 25-2 ~ 

"Saliama, en la Bolivia, es de 'Í0,()o0 pies; escede también 
por lo tanto en 550 pies la altura del Chimborazo. Siguen 
luego, descendiendo rápidamente, el Cotopaxi, el Arequipa 
{?) y el Tolima, cu vas alturas están comprendidas entre 
17,712 j 17,010 pies. Doj, con aparente exactitud v sin 
corrección, los resultados de medidas compuestas por des- 
gracia de determinaciones trigonométricas j barométricas, 
porque esta es, á mi juicio, la mejor manera de provocar 
medidas nuevas, y de llegar á nociones mas seguras. Es de 
sentir que. en la cadena de Chile, en la cual he citado 
veinticuatro volcanes, solo se ha jan determinado hipsomé- 
tricamente unos cuantos. Hanse medido los menos elevados 
. V mas meridionales, los que están comprendidos entre los 
paralelos de 37^ 20' y 43*^ 40', desde Antuco hasta Yánta- 
les, y se ha hallado que la altura de esos volcanes no pasa 
de seis á ocha mil pies. En medio mismo de la Tierra del 
Fuego, se levántala cima perpetuamente cubierta de nieve 
del Sarmiento que, según Fitz-Roj, po tiene de elevación 
mas de 6,400 pies. Desde el volcan da Coquimbo al volcan 
San Clemente, haj 242 millas. 

Acerca de la actividad de los volcanes chilenos^ tenemos 
«1 importante testimonio de Darwin (88), que cita formal- 
mente^, como inflamados todavía, el Osorno, el Corco- 
vabo y el Aconcagua, los testimonios de Mejen, de Po'ppig 
y de Gaj, que subieron al Ma vpo, al Antuco y al Peteroa, 
por último los de Domej^ko, el astrónomo Gilliz y del Ma- 
vor Filipi. Según estas autoridades, debe fijarse en trece 
el número de los volcanes inflamados; cinco menos única- 
mente que en el grupo de la América central. 

De los cinco grupos que componen las cadenas volcáni- 
<ias del nuevo continente, v cuja situación v altura 
pueden indicarse según determinaciones de lugares astro- 
nómicos, y también lo mas frecuentemente según me- 
didas ipsométricas, pasamos á las cadenas del antiguo mun- 



do, en el cual, al contrario de lo que acabamos de ver^ 
las filas mas apretadas de volcanes pertenecen no álos con- 
tinentes, sino á las islas. El major número de los volcanes 
europeos, incluso el gran cráter situado entre Tera, Tera- 
sia y iVspronisi, que ha dado muchas j sucesivas pruebas 
de su actividad_, se encuentran reunidos en el Mediterrá- 
neo, y aun en la parte de este mar designado con el nombre 
de mar Tirreno y mar Eo-eo. En Asia, los volcanes mas 
poderosos estnn repartidos en las grandes j pequeñas islas 
de la Sonda, las Molucas j las Filipinas, en los archipiéla- 
gos del Japón, de las Kuriles v de las islas x\leuticas, al 
Sud j al Este del continente. 

En ninguna región de la superficie terrestre se mani- 
fiestan señales tan recientes de una comunicación activa 
entre el interior j el esterior de nuestro planeta como en 
el reducido espacio, que tiene apenas una estension de SOO 
millas cuadradas, y se estiende entre 10" de latitud aus- 
tral y 14*^ de latitud boreal, j entre los meridianos que 
pasan por la estremidad meridional de la península Malaca, 
j por la punta occidental de la península de los Papuas, en 
Nueva Guinea. Este archipiélago volcánico iguala casi en 
estension á la Suiza, y está bañado por los mares de la 
Sonda, de Banda, de Solo j de Mindoro. La única isla de 
Java , aunque solo mide 136 millas geográficas de Este á 
Oeste, contiene aun hoj major número de volcanes infla- 
mados que toda la América del Sud, que ofrece una lon- 
gitud siete veces major. Después de una larga espera, un 
sabio naturalista, tan atrevido como incansable, Junghuhn, 
abrió nuevos horizontes á la constitución ofeoo^nóstica de 
Java, utilizando trabajos muj meritorios aunque incomple- 
tos, de Horsfield, Stamford Rafles v Rein^vardt. Después de 
una estancia de mas de doce años, abarcó toda la historia na- 
tural del pais, en una interesante obra acerca de Java, su 
forma. su vpfretacion v su estructura interior. Han sido me- 



254 



didas barométricamente por él mas de 4,000 alturas con el 
major cuidado. Los conos v las campanas volcánicas, en 
número de 40 . las representó en perfil , subiendo á ellas 
Junghuhn dos ó tres veces (89). Se ha asegurado que mas 
de la mitad de esos volcanes, 28 por lo menos, están aun 
en actividad v vomitan llamas. Sus relieves, tan notables j 
tan diversos, han sido descritos con una maravillosa clari- 
dad ; el autor se ha remontado, en la historia de sus erup- 
ciones, tan lejos como era posible. La isla de Java no 
-ofrece menos interés por sus capas sedimentarias de for- 
mación terciaria que por sus fenómenos volcánicos. Esos 
terrenos que, antes de los trabajos de Junghuhn, eran 
completamente desconocidos, cubren los "^ / ..^ de la isla, so- 
bre todo la parte meridional. En muchos sitios de Java, 
fragmentos de troncos de árboles petrificados, de tres á siete 
pies de altura _, j pertenecientes todos á la clase de los di- 
cotiledones , son los últimos restos de antiguos j dilatados 
bosques. Esto es tanto mas sorprendente, en un pais donde 
crecen en la actualidad abundantemente las palmeras v los 
heléchos, cuanto que se encuentran con mucha frecuencia 
en Europa, en los terrenos terciarios de la formación hullera, 
donde no pueden crecer los monocotiledones arborescentes, 
palmeras fósiles. (90). Merced al cuidado que tuvo Jun- 
ghuhn de recojer hojas de árboles fósiles j troncos petri- 
ficados, pudo Cheppert, trabajando á su vez, publicar la Ho- 
ra antidiluviana de Java, como la primera muestra déla' 
ñora fósil de una comarca verdaderamente tropical. 

Bajo el respecto de la altura, los volcanes de Java son 
inferiores en mucho á los tres grupos de Chile, de la So- 
livia j del Perú . j aun á los de Quito j de Nueva Gra- 
nada j las regiones tropicales de Méjico. Los máximos 
de los grupos americanos están comprendidos, para Chi- 
le, la BoHvia v Quito, entre 20.000 v 21,600 pies; j 
en Méjico son de 17,000. Esos números esceden , en mas 



•^oo 



de lOjOOO pies, es decir próximameüte en la altura del 
Etna, la major de los volcanes de Sumatra j de Java. 
.Tungliulin subió, en el mes de Setiembre de 1844. al 
colosal (lunung'-Semeru, aun en actividad, j punto cul- 
minante de toda la cadena volcánica de Java. El término 
medio de sus medidas barométricas dio 11,480 pies sobre 
el nivel del mar, es decir, 1,()40 pies sobre el vértice del 
Etna. Durante la noche, el termómetro bajó á menos de 
6°, 'i. Kl (runung- Semeru era conocido antiguamente con 
el nombre de Maha Me-ru, el o-pan Meru; esta palabra sáns- 
crita recuerda el tiempo en que los Mala vos recibieron la 
civilización india, v también la montaña setentrional del 
Mundo que, en el 3Ia /kiIi karata . es el fundamento mítico 
de Brama, de Wiscbnu y de los siete Devarschis ó siete 
Sabios divinos (-U). Ha sido causa de asombro el que los 
indígenas de la alta llanura de Quito supieran, con anterio- 
rioridadá toda medida, que el Chimborazo sobrepuja a todas 
las montañas nevadas de la comarca: y no lia sorprendido 
menos que los Javaneses ha van conocido que la montaña 
sagrada del Maha Méru, poco distante delGunung-Ardjuno, 
que se eleva á lO^.^oO pies, alcanza el máximun de altura 
en la isla de Java. Sin embargo, en un pais sin nieve, no 
podía servir de guia la distancia del vértice al límite infe- 
rior de las nieves perpetuas ni la altura de la nieve acci- 
dental ó temporal (92). 

Después del Gunung-Semeru, de mas de 11_,000 pies 
de elevación . siguen cuatro volcanes cuja altura varia se- 
gún las medidas ipsométricas. entre 10,000 jli,000pies, 
son estos: el Gunung-Slamat (93 ó montaña de Tegal 
(I0,4:i0 pies): el Gunung-Ardjuno JO^:i')0 pies;; el Gu- 
nung-Sumbing (10^348 pies), jel Gunung-Lawu (10,065 
pies de altura). Hov es sabido que existen en Java siete 
volcanes comprendidos entre 9,000 v 10.000 pies; esos 
resultados son importantes , por cuanto no se suponia en 



otro tiempo que hubiera en ia isla una sola montana su- 
perior á 6,000 pies (94\ Entre los cinco g-rupos de los 
volcanes americanos hay uno^ cuja altura media es infe- 
rior á la del grupo de Java. Con efecto^ aunque muj cer- 
ca de la antigua ciudad de Guatemala, el volcan de Fue- 
go tenga^ según ' el cálculo j la reducción de Poggen- 
dorff, 12,300 pies, 820 mas que el Gunung-Semeru, lo 
demás déla cadena volcánica está comprendido entre 5,000 
V 7,000 pies, mientras que la de Java varía de 7,000 á 
11,000. Por otra parte, no es en el archipiélago de la Son- 
da, sino en el continente, donde es necesario buscar el vol- 
can mas elevado del Asia; elKlutschewsk, en la península 
del Kamtschatka, se eleva á 14,790 pies, casi á la altura 
del Rucu-Picliincha, en la Cordillera de Quito. 

La cadena de Java, que contiene mas de 45 volcaneSj, 
sigue en su eje principal la dirección del Oeste-Noroeste al 
Este-Sud-Este, exactamente O. 12"^ N. (95); es, en la ma- 
vor parte de su curso , paralela á la cadena volcánica del 
oriente de Sumatra, j no al eje longitudinal de Java. Esta 
dirección general de la cadena volcánica no escluje el fe- 
nómeno señalado también últimamente en la gran cadena 
del Himalaja, de que á trechos se encuentran tres ó cua- 
tro vértices separados de los demás, y colocados de tal 
manera que los ejes secundarios de esas cadenas parciales 
cortan oblicuamente el eje principal de la gran cadena. Esos 
accidentes de las fallas , q ue Hodgson , Hooker j Stra- 
chej observaron y representaron en parte, tienen un gran 
interés (96). A veces , los pequeños ejes de las fallas acce- 
sorias se unen á la falla principal bajo un ángulo casi recto 
y generalmente, aun en las cadenas volcánicas, los máxi- 
mos de altura son los que están fuera del eje major. Como 
en la major parte de las hileras de volcanes, no se obser- 
va en Java relación determinada éntrela alturadela mon- 
taña v la magnitud del cráter que corona su vértice. Los 



'¿')é 



dos tráteres majores pertenecen al Gunuug-Tengger y al 
Gunung-Raon. El Gunung-Tengger es una montaña de ter- 
cera clase, de 8,16o pies de elevación solamente; sin em- 
Largo, su cráter, de forma circular, tiene un diámetro de 
mas de 20,000 pies, es decir de una milla geográfica próxi- 
mamente. La llanura que constituje el suelo del cráter es 
un mar de arena, cuja superficie está á 1,750 pies por l)ajo 
del punto culminante del cerco, j de donde se elevan á tre- 
chos masas de lavas escorificadas , á través de una capa de 
rapilis en polvo. Según el dato trigonométrico tan exacto 
del capitán Wilkes j las escelentes observaciones de Dana, 
el inmenso cráter de Kirauea en la isla de Hawaii, que 
está lleno de lavas abrasadoras, no llega á las dimensiones 
del cráter del Gunung-Tengger. En medio de este último 
se levantan cuatro pequeños conos de erupcion_, verdaderos 
abismos en forma de embudo j rodeados de un cerco, uno 
solo de los cuales, el Bromo, ha dejado de arrojar llamas. La 
palabra Bromo que procede del nombre mitológico Brahma 
tiene, en los diccionarios de la lengua Kawi, el sentido de 
fuego, que no significa Brahma en sánscrito. El Bromo pre- 
senta el notable fenómeno de que, desde 1838 á 1842_, se 
formó en su embudo un lago, que, como ha demostrado Jun- 
ghulin, debe su origen á la infiuencia de las aguas atmos- 
féricas, calentadas y aciduladas por la filtración de vapo- 
res sulfurosos (97). Después del cráter del Gunung-Tengger. 
el mas grande es el Gunung-Raon, que tiene sin embargo 
un diámetro mitad menor, pero una profundidad que pro- 
duce el vértigo, que se evalúa en mas de 2,250 pies. No 
obstante, este notable volcan de 9, 550 pies de altura, al cual 
ascendió y describió minuciosamente Junghuhn (98) , no 
consta en el mapa, escelente por otra parte, deRafles. 

Un fenómeno importante _, común á los volcanes de 

Java, V á casi todas las cadenas volcánicas, es el deque la 

• simultaneidad délas grandes erupciones se presenta con 

T.'iMO IV. 17 



— -258 — 

mas rareza en los conos próximos entre sí que en los que es- 
tán separados por distancias considerables. En la noche del 
11 al 12 de Agosto de 1772, durante la erupción inflamada 
del Gunung-Pependajan , de 6,000 pies de altura, la erup- 
ción mas violenta que lia asolado la isla desde los tiempos 
históricos, otros dos volcanes, el Gunung'-Tjerimaí j el Gu- 
nung-Slamat, situados en línea recta, á 46 j á 88 millas 
geográficas del Pependajan, se inflamaron también (99). 
Aunque todos los volcanes de una misma cadena se levan- 
tan sobre el mismo foco, es lo cierto que la red de las fallas 
por donde se comunican entre sí es de tal manera compli- 
cada, que la obstrucción de los antiguos canales ó las aber- 
turas temporales que se practican en el curso de los siglos, 
esplican erupciones simultáneas en puntos muy distantes. 
Con este motivo recordaré la columna de humo que salia 
del volcan de Pasto j que desapareció súbitamente en la 
madrugada del 4 de Febrero de 1797. en el momento en 
que el espantoso temblor de tierra de Riobamba quebrantó 
la elevada llanura de Q)üito, entre el Tunguragua j el 
Cotopaxi (100). 

Atribújese generalmente á los volcanes javaneses una 
forma acanalada de la que no he visto ejemplo ni en las 
islas Canarias, ni en Méjico^ ni en las Cordilleras de Qui- 
to. El viajero á quien debemos tan preciosas observaciones 
sobre la estructura de los volcanes de Java, la geografía de 
las plantas, j sus relaciones termométricas é higrométri- 
cas, Junghuhn , Jia descrito con tal claridad el carácter dis- 
tintivo de los volcanes javaneses que el mejor medio para 
dar impulso á nuevas investigaciones, es sin duda alguna 
lijarse en el párrafo en que habla de esta configuración si- 
métrica. «Aunque la superficie del Gunung-Sumbing, 
<ie 10,300 pies de altura, dice, no presenta, cuando se ve 
á alguna distancia, mas que una pendiente no interrumpida 
j uniformemente inclinada, de mas cerca se observa com- 



— -259 — 

puesta de emÍDencias longitudinales ó costas estrechas que, 
al descender, se apartan j alargan mas j mas. Su punto de 
partida se halla en el Tértice del volcan, ó mas general- 
mente sobre una eminencia colocada á algunos cientos de 
pies bajo el Tértice : desde allí , irradian á todos lados casi 
como las ballenas de un paraguas.» Algunas veces esas cos- 
tas longitudinales describen cortas sinuosidades, pero siem- 
pre tienen de común el estar formadas por surcos de 300 á 
400 pies de profundidad, unos al lado de los otros, dirigi- 
dos en el mismo sentido, j que se alargan á medida que se 
alejan del vértice. Esossurcos se encuentran en las pendien- 
tes de todos los volcanes javaneses; pero, de uno áotro cono, 
sus profundidades medias varían sensiblemente, como tam- 
bién los intervalos que separan los bordes del cráter ó el vér- 
tice cerrado del lugar de donde toman nacimiento. El Gu- 
nung-Sumbing^ de 10,348 pies de altura, es uno de los vol- 
canes que presentan las mas bellas j regulares estrías, lo que 
depende quizás de que esta montaña fué despojada de sus 
bosques, vsolo está cubierta de una capa de verbas. Según 
las medidas publicadasporJunghuhn, las costas se multipli- 
can j ramifican á medida que disminuje el ángulo de in- 
clinación del suelo 1). Sobre la zona de 9,000 pies, haj ape- 
nasen el Gunung-Sumbingdiezsurcoó; á 8,500 pies haj 32; 
á 5,500, 72, v á 3,000. mas de 95: al mismo tiempo ha dis- 
minuido el ángulo de inclinación desde 37 á 25 grados j 
luego á 10° ^/g. Los surcos del (iunung-Tengger, de 8,165 
pies de altura, son también casi regulares. No sucede lo 
mismo en el Gunung-Ringgit, á consecuencia de las erup- 
ciones formidables que los han colmado j destruido (2). 
Junghuhn estima que la formación de esas costas longitu- 
dinales ó de los barrancos que las separan , cu jos dibu- 
jos ha publicado, se debe á la corrosión de las aguas cor^ 
rientes. 

Esplícase esto, si se piensa que las aguas pluviales son 



— -260 — 

por término medio tres ó cuatro veces mas abundantes en 
esta comarca tropical que en la zona templada. Las nubes, 
al abrirse, vierten verdaderos torrentes. Aunque general- 
mente la humedad disminuje con la altura de las capas 
atmosféricas, las grandes montañas cónicas ejercen sobre 
las nubes una tracción particular , j las erupciones volcá- 
nicas son , como he observado en otra parte , causas deter- 
minantes de tempestades. La formación de los barrancos v 
de los valles, descritos frecuentemente por Buch j por 
mí ,3), j cu JO encuentro en los volcanes de las islas Ca- 
narias j en las Cordilleras de la América meridional gus- 
ta estraordinariamente al viajero, porque le revelan el 
interior de la montaña j le llevan mas cerca de la cum- 
bre ó hasta el muro de un cráter de levantamiento, tie- 
nen analogía con las cavidades que surcan los volcanes 
de Java; pero aunque en ciertas estaciones sirvan esos bar- 
rancos de conductos á las aguas pluviales que se reúnen 
en ellos, no debe atribuirse á la acción de las aguas el orí- 
gen primitivo de los Barrancos (4). Las grietas, resul- 
tado del plegamiento que se ha verificado en la masa 
traquítica levantada al estado pastoso , j que no se ha soli- 
dificado hasta después, son, según toda probabilidad, an- 
teriores á los efectos de corrosión j al choque de las aguas. 
En todas las regiones volcánicas donde he podido ver Bar- 
rancos profundamente hundidos sobre la pendiente de las 
montañas de forma de cono ó de campana (en las faldas de 
los cerros barrancosos) no he reconocido señal alguna de 
irradiación regular y de las ramificaciones que presen- 
tan los relieves singulares de los volcanes de Java, tales 
como nos los han dado á conocer las obras de Junghuhn (5\ 
La major analogía entre esos dos fenómenos consiste en el 
hecho, señalado por Buch jpor el ingenioso observador de 
los volcanes, Poulett-Scrope, de que las grandes hendiduras 
siguen casi siempre la dirección normal de las pendientes, 



— 261 — 

irradiando^ sin ramificarse^ desde el centro de la montaña, 
V no forman con las vertientes ángulos rectos ni agudos. 

La creencia de la carencia completa de corrientes de 
lava^ en la isla de Java, á que parecia inclinarse Buch, 
según las observaciones del sabio Reinvv'ardt, ha ido per- 
diendo terreno en los últimos tiempos (6). Jungbubn indi- 
ca que el poderoso volcan Gunung-Merapi , en el período 
histórico de sus erupciones, no ha formado corrientes de lavas 
continuas j compactas, arrojando solo restos de lava ó pe- 
dazos desprendidos de piedra, aunque en 1837 se ha jan 
visto durante nueve dias seguidos bajar por la noche á lo lar- 
go del cono de erupción fajas de fuego (7). Pero el mismo 
viajero, tan atento á todos los fenómenos de la Naturaleza, 
ha descrito claramente v de la manera mas circunstanciada 
tres corrientes de lava negra, basáltica, en tres volcanes, el 
Gunung-Tengger, el Gunung-Idgen v el Slamat (8). En el 
Slamat, la corriente de lava se prolonga, después de haber 
ocasionado una caidade agua, hasta los terrenos terciarios (9). 
Al pintar la erupción del Gunung-Lamongan^ producida 
el í) de Julio de 1838 (10), Junghuhn distingue con gran 
precisión las corrientes de lava propiamente dichas^ forman- 
do masas continuas, j lo que él llama torrentes de piedras, 
que consisten en restos inflamados , la ma vor parte angu- 
losos, arrojados sin interrupción por el volcan. «Oíase, 
dice, el ruido de las piedras que chocaban, j que, seme- 
jantes á puntos inflamados, rodaban al fondo á la desfilada 
ó en revuelta confusión.» Señalo intencionadamente las 
diferentes apariencias que pueden tomar las masas incan- 
descentes, al rodar por la pendiente de un volcan, porque 
en las discusiones á que ha dado lugar el máximum del 
ángulo que forma la caida de la lava, han podido confundir- 
se alguna vez con estas corrientes continuas masas de esco- 
rias que se precipitan unas tras otras j forman con efec- 
to verdaderos torrentes de piedras. 



R'> 



Como en estos últimos tiempos, con motivo de los vol- 
canes de Java, se lia suscitado con frecuencia, aunque sin 
pararse mucho en ella, la cuestión de la rareza j completa 
carencia de las corrientes de lava, cuestión importante j 
que afecta á la constitución interior de los volcanes, creo 
oportuno tratarla aquí bajo un punto de vista mas general. 
Aunque, según toda probabilidad, en un grupo de volcanes 
ó en una cadena volcánica, todas las montañas tengan cier- 
tas relaciones con el foco universal, es decir, con las masas 
en fusión que llenan el centro de la Tierra, sin embargo 
cada una de ellas se distingue de las demás por caracteres 
físicos j químicos, de donde dependen la fuerza j fre- 
cuencia de sus manifestaciones volcánicas, la naturaleza de 
sus productos, el grado j la forma de su fluidez. Esas par- 
ticularidades no pueden esplicarse ni por la diferencia de 
las configuraciones ni por la de las alturas sobre el nivel 
actual del mar. El colosal Sangaj tiene erupciones ince- 
santes, lo mismo que el humilde Stromboli. De dos vol- 
canes, próximos entre sí, el uno arroja pómez sin obsidia- 
na despidiendo el otro estas dos sustancias á la vez; del uno 
no salen mas que escorias disgregadas , el otro vomita lavas 
que corren en estrechos torrentes. Gran número de vol- 
canes no han presentado los mismos sig-nos característicos 
en todas las épocas de su actividad. Tampoco puede atri- 
buirse á un continente mas que á otro la rareza ó la falta 
de las corrientes de lava. Diferencias sorprendentes se ma- 
nifiestan ja en ciertos grupos, aunque sea preciso limitarse 
respecto de ellos á períodos históricos determinados j próxi- 
mos á nosotros. El hecho de haber desconocido las corrientes 
de lava depende de muchas circunstancias á la vez. Entre 
otras causas, proviene de las capas espesas de toba, de ra- 
pilis j de pómez que cubren el suelo, de la confluencia 
de muchas corrientes simultáneas ó sucesivas que forman 
un vasto campo de lavas ó de conglomerados ; por último, 



— 2o3 — ' 

de que en una llanura de gran estension han podido des- 
aparecer desde mucho tiempo los pequeños conos de erup- 
ción que componian en algún modo la andamiada Yolcánica, 
de donde se escapaba la lava á torrentes como sucede enLan- 
zarote. Me parece muj probable que, en los estados primor- 
diales por que ha pasado nuestro planeta, cuando sus diferen- 
tes partes se enfriaban desigualmente, jsu superficie empe- 
zaba solo á arrugarse^ un derramamiento abundante de rocas 
traquíticas j" doleríticas, de masas de piedras pómez j de 
perlitas ricas en obsidiana, en el estado pastoso, se ha pro- 
ducido á través de una estensa red de fallas, encima de la 
cual no ha sido levantado ni construido ningún andamiaje 
volcánico. El problema de esas emisiones, que salen direc- 
tamente de las fallas, es digno de fijar la atención de los 
geólogos. 

En la cadena volcánica de Méjico, el fenómeno mas im- 
p'ortante v que ha hecho mas impresión después de mi 
viaje á América , es el del levantamiento del volcan de Jo- 
rullo j lava que arrojó. La existencia de ese volcan, cuja 
topografía he sido el primero en dar á conocer, fundada 
sobre medidas ciertas 11, por su posición entre los dos 
volcanes de Toluca j de Colima, y por su aparición repen- 
tina en la gran falla que va del océano Atlántico hasta el 
mar del Sud , es un hecho de gran interés geognósti- 
co (12), por lo que ha sido objeto de numerosas discu- 
siones. Siguiendo la poderosa corriente de lava arrojada por 
el JoruUo, llegué á penetrar en el interior del cráter, v á 
establecer allí mis instrumentos. El levantamiento se produ- 
jo durante la noche del 28 al 29 de Setiembre de 1759, en 
medio de una estensa llanura de la antigua provincia de 
Michuacan, separada del volcan mas próximo por 30 mi- 
llas geográficas, v fué ^precedido de un ruido subterrá- 
neo que se dejó oir desde el 29 de Junio, es decir, duran- 
te dos meses enteros. Este ruido di feria de los singulares. 



— 264 — 

bramidos que se disting-uieron en Guanaxato, en el mes de 
Enero de 1784, j que he descrito en esta obra (1'3). en que, 
j este es además el caso mas habitual, iba acompañado de 
temblores de tierra, que no se sintieron en la ciudad de las 
ricas minas de plata. El levantamiento del nuevo volcan 
tuvo lug-ar á las tres de la mañana, j se anunció la víspera 
por un fenómeno que ordinariamente indica el fin j no el 
principio de las erupciones. En el lugar donde se levanta 
hoy dia elJorullo. existia en otro tiempo un espeso bosque 
de guajabos (Psidium pjriferum), muj estimado de los 
indígenas por la dulzura de sus frutos. Hombres que tra- 
bajaban en los cañaverales de la Hacienda de San Pedro 
Jorullo, propiedad de D. Andrés Pimentel, iban á recoger 
^ua vahas; cuando volvian á la granja, se observaba con sor- 
presa que sus anchos sombreros de paja venian cubiertos de 
cenizas volcánicas. Habíanse abierto va hendiduras en lo 
que se llama hov el Malpais. probablemente al pie de la 
alta cúpula de basalto llamada el Quiche, y habia va arro- 
jado cenizas ó rapilis antes que nada hubiera cambiado en 
la llanura. Resulta de una carta escrita tres semanas antes 
del principio de la erupción por el Padre Joaquín de An- 
sogorri , V encontrada en los archivos episcopales de Valla- 
dolid, que el Padre Isidro Molina, enviado por el colegio 
de los Jesuitas establecido en Patzcuaro, para prestar con- 
suelos espirituales á los habitantes de las Plajas de Jorullo, 
á quienes causaban un vivo terror los ruidos v quebranta- 
mientos subterráneos, fué el primero en reconocer lo inmi- 
nente del peligro, v salvó, dando aviso de él, á toda esta 
pequeña población. 

En las primeras horas de la noche, la ceniza ne^j-ra for- 
maba yii una capa de un pie de elevación. Todo el mundo se 
refugió en las alturas de Aguasarco, pequeño pueblo indio, 
situado á 2,160 pies sobre la meseta del Jorullo. Desde allí, 
yióse, tal es al menos la tradición, una gran estension del 



"-. 265 — 

país, presa de espantosa erupción de llamas, j aparecer en 
medio de ellas, como nn castillo negro, un cerro in- 
menso V sin forma (bulto grande}, según la espresion de tes- 
tigos oculares. En esta época, en que el añil j el algodón 
eran cultivados en pequeña escala, la comarca apenas estaLa 
poblada: asi es que no hubo ningún hombre muerto, á pe- 
sar de la violencia j duración del temblor de tierra, mien- 
tras que cerca de las minas de cobre de Inguaran, en la pe- 
queña ciudad de Patzcuarro, en Santiago de Ario, j mu- 
chas millas aun mas lejos, pero no tanto sin embargo como 
San Pedro Churumuco, derrujéronse algunas casas, según 
he visto en Relaciones manuscritas (14). Al huir precipita- 
damente en medio de la oscuridad, los habitantes de la Ifa- 
cienda de Jorullo olvidáronse de un esclavo sordo-mudo. Un 
mestizo tuvo la humanidad de volver, j pudo salvarle antes 
que se desplomase la habitación. Todavía se cuenta hoj que 
se halló á este hombre, con un cirio bendito en la mano, ar- 
rodillado delante de la imagen de Nuestra Señora de Gua- 
dahipe. 

Según una tradición mu j estendida entre los indígenas, 
j que no ha sido negada por nadie, á los grandes pedazos 
de roca, á las escorias, á la arena j á las cenizas arrojadas 
por el aire, iba unida constantemente durante los primeros 
dias_, una emisión de agua cenagosa. En la curiosa Relación 
del 19 de Octubre de 1759, que he citado antes, j cu jo 
autor describía, con un conocimiento exacto de los luo-a- 
res, el acontecimiento que acababa de verificarse, se dice es- 
presamente, que esiJcle el dicho zolcan, arena, ceniza y agua. 
Según otra Relación, que el Intendente de la Provincia, 
coronel Riaño, j un alemán al servicio de España, el Comi- 
sario de Minas Franz Fischer^ publicaron el 10 de Mar- 
zo de 1789 , sobre el estado del volcan de Jorullo , todos 
los testigos oculares contaban que antes de reventar y 
ciparecerse este terrihle Cerro, las sacudidas v ruidos sub- 



\ 



— 2QG 



terráneos eran mas frecuentes, j que el dia mismo en que, 
se produjo el gran fenómeno, se ohserw gue el plan de la- 
Tierra se levántala ■perpendicidarmente . Toda la llanura se 
hinchó j formó vejigas, de las cuales la major es hoj el 
Cerro del Volcan. Esas ampollas, de diferentes dimensiones 
j en general de una forma cónica bastante regalar, reven- 
taron después, v arrojaron tierras hervidas j calientes j 
piedras cocidas v fundidas, que todavía se encuentran á in- 
mensas distancias, cubiertas de masas de piedras negras. 

Estos detalles históricos, poco completos, concuerdan per- 
fectamente con los recogidos per mí de boca de los indíge- 
nas, catorce años después de la ascensión de Antonio de 
Riauo. Las investigaciones que hice para saber si se había 
visto la montaña en forma de fortaleza, hacerse mayor de 
mes en mes ó de año en año, ó si habia aparecido desde los 
primeros dias en toda su altura, no tuvieron éxito. La aser- 
ción de Riaño de que las erupciones se habian renovado 
durante diez v seis ó diez j siete años por lo tanto hasta 1776^ 
ha sido desmentida. Las pequeñas ejecciones de agua j 
de cieno que, en los primeros dias, se observaron simultá- 
neamente con las escorias inflamadas, deben atribuirse, se- 
gún la tradición , al agotamiento de los dos arrojos que, 
brotando sobre la vertiente occidental de la montaña de 
Santa Inés, al Este del Cerro de Cuiche, regaban abundan- 
temente los cañaverales de la antigua Hacienda de San Pe- 
dro de Jorullo, v, continuando su curso al Oeste, corrían 
hasta la Hacienda de la Presentación. Enséñase todavía, 
cerca de su fuente, el punto en que sus aguas frías, enton- 
ces, desaparecieron en una hendidura, en el momento en que 
se levantó el lado oriental del Malpais. Después de ha 
ber corrido por debajo de los Hornos ú hornitos, vuelven 
á aparecer en el estado de fuentes . termales; esta es al 
menos la opinión de los habitantes. Como en este lugar el 
Malpais está cortado casi á pico, los arroyos forman dos 



— 267 — 

caídas de ag-ua que lie visto y dibujado. Los dos han con- 
servado su antiguo nombre de Rio de San Pedro j de Rio 
de Cuitimba. En este punto be encontrado que la tempera- 
tura de las ag-uas humeantes era de 52'',7. Al calentarse en 
su largo curso , no contrajeron sabor ácido v no hicieron es- 
perimentar alteración á los papeles reactivos que acostum- 
braba á llevar conmigo; pero mas lejos, cerca de la Hacien- 
da de la Presentación, frente á la Sierra de las Canoas, una 
fuente saturada de o-as hidróofeno sulfurado forma un estan- 
que de veinte pies de ancho. 

Para representar con claridad el relieve complicado del 
suelo que ha sido teatro de levantamientos tan notables, 
preciso es distinguir, por la altura j configuración : 1 .^ la 
situación del sistema volcánico del Jorullo, relativamente á 
la elevación media déla meseta mejicana; 2.° la convexidad 
del Malpaís, cubierto de millares de Hornitos; 3.'' las fallas 
sobre las cuales se han levantado seis grandes montañas 
volcánicas. 

En la pendiente occidental de la cadena central de Mé- 
jico, la llanura de las Playas de Jondlo de 2,400 pies de 
elevación solamente sobre el nivel del Océano Pacífico, for- 
ma uno de esos asientos horizontales que en las Cordilleras, 
interrumpen por do quiera la inclinación de la pendiente v 
hacen mas ó menos lento el descenso de la temperatura en 
las capas superpuestas de la atmósfera. Si desde la meseta 
central de Méjico, es decir de una altura media de 7,000 
pies, descendemos hacia los campos de arroz de Valladolid 
de Michuacan^ hacia el gracioso lago de Patzcuaro, y á las 
praderas de Santiago de Ario, donde hallamos Bonpland j 
vo^ hermosas plantas del género de las Georginas Dahlia 
Cav.) que han estado tan en voga después, solo se han ba- 
jado 900 ó 1,000 pies; pero partiendo de Ario, construida 
sobre una pendiente escarpada, j pasando por Aguasar- 
00, es necesario, para volverse á hallar á la altura de la 



— 268 — 

antigua llanura de Jorullo, descender 3,G00 \ó 4,000 pies, 
repartidos en una distancia muj pequeña (15\ La especie 
de circunferencia que rodea la parte de la llanura que hizo 
convexa el levantamiento tiene próximamente 12,000 pies 
de diámetro; lo cual dá, para la superficie, mas del tercio de 
una milla geográfica cuadrada. El volcan del Jorullo j las 
otras cinco montañas mas que han surgido al propio tiempo 
y en la misma falla están situados de tal modo que solo tie- 
nen al Este una pequeña parte del Malpais. Asi el número 
de los Hornitos es mucho mas considerable al Oeste: v 
cuando por la mañana temprano salia de la casa india en 
que pasaba la noche, 6 cuando subia al Cerro del Mirador^ 
veia destacarse el volcan negro de un modo mu j pintoresco 
sobre innumerables columnas de humo blanco que se eleva- 
ban de los Hornitos. Las habitaciones de las Plajas, como 
el cono basáltico del Mirador, están situadas al nivel del 
antiguo suelo no volcánico, ó, para hablar con mas circuns- 
pección, de la parte no levantada del suelo. La hermosa 
vegetación de esta llanura, cubierta de innumerables sal- 
vias, que crecen á la sombra de una nueva especie de pal- 
mera deforma de abanico (Corjpha pumos) j del Alnus 
jorullensis, contrasta con el estéril j desolado aspecto del 
Malpais. La comparación de los barómetros, en el sitio en 
que empieza la hinchazón de las Flavas v en otro punto 
que se tome al pie del volcan , dá una diferencia de 444 
pies de altura vertical (16). La casa que habitábamos es 
taba á 500 toesas nada mas del borde del Malpais. Habia 
allí un pequeño declivio vertical de 1'2 pies escasos de 
altura, de donde caen en forma de cascada las aguas 
abrasadoras del Rio de San Pedro. La estructura interior 
del suelo, según lo que pude reconocer desde dicho decli- 
vio estaba compuesta de capas horizontales de arcilla ne- 
gra, mezcladas de arena ó rapilis. En otros puntos que no 
lie visto, situados en el sitio donde el suelo hinchado se 



— -269 — 

alza perpendicularmente sobre el que no lo está, j presenta 
grandes dificultades para la ascensión, Burkart observó un 
basalto gris claro, poco compacto j descompuesto, que con- 
tenia muclios granos de olivina (17). Este hábil observador 
adoptó también como jo, en el sitio mismo, la hipótesis de 
una hinchazón del suelo producida por los vapores elásti- 
cos (18), opinión contraria á la de célebres geognostas, que 
consideran únicamente la convexidad cuja medida he dado 
como consecuencia de una corriente de lava, que es mas es- 
pesa al pie del volcan (19). 

Miles de pequeños conos de erupción, diseminados con 
bastante regularidad por la superficie del Malpais, j que 
semejan á hornos de panaderos, unos mas redondeados, mas 
alargados otros, tienen, por término medio, una altura de 4 
á 9 pies. Casi todos están situados al Oeste del gran volcan; 
cosa que no tiene nada de estraña, puesto que la región orien- 
tal, al lado del Cerro de -Quiche, es apenas la vigé- 
sima quinta parte del espacio levantado en las Pía jas. Cada 
uno de esos innumerables Hornitos está formado de esferas 
basálticas descompuestas, de donde se destacan escamas 
concéntricas. Generalmente he podido contar 24 j hasta 28 
de dichas escamas. Los globos son algo aplanados á modo de 
esforoides. En su major parte cuentan de 15 á 18 pulgadas 
de diámetro,- haj algunos, sin embargo, cu jo diámetro es 
de solo un pie, j otros que tienen tres. La masa negra basál- 
tica se ve atravesada por vapores calientes j reducida atier- 
ra; el núcleo sin embargo os mas denso, j cuando se separan 
las escamas obsérvanse manchas amarillas de hierro oxidado. 
La arcilla blanda que contienen las esferas basálticas está 
dividida de una manera muj^ particular en láminas encor- 
vadas, que se aperciben á través de todos los intersticios de 
las esferas. A primera vista, dudé de si el conjunto presen- 
taba en vez de esferas basálticas, con algunos granos de oli- 
vina, masas en via de formación aunque interrumpidas en 



— 270 — 

medio de este trabajo. Esta hipótesis está rebatida por la 
analog-ía de colinas ordinariamente muj pequeñas j real- 
mente formadas de esferas basálticas _, mezcladas de capas 
de arcilla y de marga, que se encuentran amenudo en Bo- 
liemia en los Mittelgebirge , donde á veces están aisladas, j 
coronando aveces las dos estremidades de grandes faldas de 
montañas basálticas. Algunos Hornitos se hallan de tal ma- 
nera descompuestos, j contienen cavernas tan considerables 
que generalmente las caballerias se hunden á bastante 
profundidad, cuando se las obliga á poner las manos sobre 
los menos elevados. 

En la masa basáltica de los Hornitos , no he encontrado- 
escorias ni fragmentos de rocas antiguas j rotas, como en 
las lavas del Jorullo. Lo que justifica sobre todo la deno- 
minación de Hornos ú Hormtos, es la circunstancia de que 
■en todos ellos las columnas de humo no salen del vértice, 
sino de aberturas laterales; esto sucedia al menos en la 
época en que visité las Flavas del Jorullo , donde consigné 
mis observaciones en mi Diario el 18 de Setiembre de 1803. 
En 1780, podíase aun encender cigarros, atándolos al es- 
tremo de un palo, j con solo hundirlos 2 ó 3 pulgadas; en 
algunos sitios, tan caliente era el aire por la proximidad de 
los Hornitos, que habia necesidad de dar algunos rodeos 
para venir al punto á que se queria llegar. A pesar del en- 
friamiento que. según el testimonio de los Indios, ha es- 
perimentado la comarca hace veinte años, he encontrado 
las mas veces en las hendiduras de los Hornitos 93 j 9r) 
orados centígrados. A 20 pies de algunas de esas eminen- 
cias, en sitio donde ningún vapor podia alcanzarme, el aire 
circundante era aun de 42^,5 y 46^,8, mientras que la 
verdadera temperatura délas Plajas tocaba escasamente en 
los 25°. Los vapores, débilmente impregnados de ácido 
sulfúrico , despojaban de sus colores á las fajas de papel 
reactivo, v algunas horas después de amanecer, se ele- 



— 271 — 

vaban hasta 60 pies de altura. En las primeras horas de 
la mañana es el aspecto de las columnas de vapor mas 
notable. Hacia el medio dia, y aun á las once, han per- 
dido mucho de su elevación, y no son visibles sino á muy 
pequeña distancia. En el interior de muchos Hornitos, 
oimos cierto ruido que parecía producido por una caida 
de agua. Estos pequeños hornos basálticos son, como ja he 
indicado, construcciones fáciles de destruir. Cuando Bur- 
kart visitó el Malpais, veinticuatro años después que jo, 
ninguno de ellos exhalaba humo ya; la major parte tenian 
por temperatura la del aire circundante ; muchos también 
hablan perdido su forma, á consecuencia de las lluvias j 
de las influencias meteóricas. Cerca del volcan principal, 
Burkart halló pequeños conos compuestos de conglomera- 
dos de un rojo oscuro , á su vez formados de fragmentos de 
lava redondos ó angulosos, v muv poco coherentes. En me- 
dio de la llanura levantada y cubierta de Hornitos , vénse 
todavía restos de la antigua eminencia en que se apoyaban 
las casas de la granja de San Pedro. Esta colina, ja seña- 
lada en mi mapa , constitu je una cima en dirección de 
Este á Oeste. Sorprende que aun subsista al pié del vol- 
can; solo una parte está cubierta de arena compacta de ra- 
pilis calcinados. Una roca aguda de basalto, que contiene 
viejos troncos de Ficus índica y de Psidium, debe conside- 
rarse sin género de duda como anterior á la catástrofe, lo 
mismo que la del Cerro del Mirador, j las que se destacan 
de las altas masas de montañas cuya redondeada línea li- 
mita la llanura por el Este. 

Réstame describir la poderosa falla cuj'o eje general 
sigue la dirección del Sud-Sud-Oeste al Nor-Nord-Este, 
y sobre la cual se levanta la hilera de los seis volcanes. La 
dirección parcial de los tres primeros, menos elevados j mas 
próximos al Sud, es de Sud-Oeste á Nord-Este; los tres úl- 
timos casi van de Sud á Norte. Así que la falla, en su desar- 



— 272 — 

rollo total de 1,700 toesas, ha esperimentado una inflexión 
que modifica ligeramente su eje. Esta cadena, en donde los 
volcanes se siguen sin tocarse, corta casi en ángulo recta 
la línea sobre la cual , como ja he indicado , se suceden 
los volcanes mejicanos de un mar á otro. Semejantes diver- 
gencias sorprenden menos , cuándo se piensa que no debe 
confundirse un gran fenómeno geognostico , tal como la 
dirección de las masas principales á través de un conti- 
nente, con las circunstancias locales de la orientación en 
el interior de un grupo aislado. La larga cima del volcan 
de Pichincha no sigue tampoco igual dirección que la ca- 
dena volcánica de Quito; y he indicado ya el hecho, de que 
en las cadenas no volcánicas, por ejemplo en el Himalava. 
los puntos culminantes están frecuentemente alejados de la 
línea o-eneral de levantamiento. En este caso están coloca- 
dos en cimas nevadas separadas unas de otras, v que for- 
man con dicha línea un ángulo casi recto. 

De las seis colinas volcánicas, levantadas sobre la falla 
cuja forma acabo de describir, las tres primeras, es decir, 
las mas meridionales, entre las cuales pasa el camino que 
conduce á las minas de cobre de Juguaran, son, en su estado 
actual, las menos interesantes. Se han cerrado, j entera- 
mente cubierto de arena volcánica de un blanco gris, que 
no es pómez, puesto que no he visto en esta comarca ni 
pómez ni obsidiana. La capa de ceniza blanca parece ser la 
última que ha cubierto el Jorullo , como Buch j Monti- 
celii afirman respecto del Vesubio. La cuarta montaña, 
situada mas al Norte es el grande , el verdadero Joru- 
llo, á cujo vértice apenas pudimos llegar, Bonpland, Car- 
los Montufar j jo_, el 19 de Setiembre de 1803, aunque 
esté solamente á 667 toesas sobre el Malpais , contando á 
partir del pié mismo de la montaña, 263 toesas sobre el an- 
tiguo suelo de las Pía jas. Supusimos que el medio mas se- 
guro para subir al cráter lleno todavía en aquella época de 



— 278 — 

vapores cálidos sulforosos, era el de trepar por la escarpada 
de la poderosa corriente de lava, que sale del vértice mismo 
de la moutaña. Pisábamos soLre una lava arrugada, escori- 
ficada, que producia un sonido claro, y presentaba, en las 
partes hincliadas, el aspecto.,del coke, ó mas bien de coliño- 
res. AJo-unos trozos tenian un brillo metálico ; otras seme- 
jaban al basalto, j estaban llenos de pequeños granos de olí - 
vina. Cuando llegamos á la mesetasuperior de la corriente, 
á 667 pies de altura vertical, nos dirig-imos hacia el cono de 
cenizas blancas, cu va escarpada pendiente , ocasionaba fre- 
cuentes y rápidas caldas que producían dolorosas heridas 
en las asperezas de las lavas. Habíamos dispuesto nuestros 
instrumentos en la parte Sud-Oeste del borde superior del 
cráter, que forma un recinto circular de alg-unos pies de 
ancho, y desde allí llevamos el barómetro al cráter oval 
del cono truncado. Una abertura daba salida al aire á 
93*^,7. Estábamos entonces directamente debajo del borde 
del cráter, 140 pies, y probablemente no nos quedaba ape- 
nas camino que recorrer para tocar en el punto mas pro- 
fundo del abismo, al cual no llegamos por impedirlo un 
vapor sulfuroso muy denso. Nuestro hallazgo geológico 
mas interesante fué el de pedazos de rocas blancas, clara- 
mente terminadas y ricas en feldespato, de tres á cuatro 
pulgadas de diámetro, que descubrimos entre la lava ne- 
gra basáltica. En un principio tuve esta roca por sienita (*iO). 
pero después del detenido examen hecho por Rose de un 
fragmento que jo traje , parecía pertenecer mas bien á la 
formación granítica que el Consejero de las Minas Bur- 
kart vio también combinada con la sienita del Rio de las 
Balsas. «La sustancia contenida en la lava, dice Rose, es 
una mezcla de cuarzo y feldespato. Las manchas, de un 
verde negro, parecen ser no anfíbol, sino mica, fundida 
con algunas porciones de feldespato. Los fragmentos blan- 
cos incrustados en esta pasta fueron resquebrajados por el 

T0>10 IV. 18 



— 274 — 

<culor volcánico j, al abrirse, unieron los dos estremos fibras 
blancas dentadas y fundidas. » 

Mas al Norte que el gran volcan de Jorullo j la mon- 
taña de lava escorificada que arrojó en dirección del anti- 
cuo basalto del Cerro del Mortero, se encuentran las dos 
iiltimas colinas producidas por el mismo levantamiento. 
Estas colinas fueron en un principio muv activas, porque 
el pueblo designa aun á la mas distante con el nombre de 
■el Volcancito. Una grieta ancba , abierta por el lado del 
Oeste, muestra las huellas de un cráter destruido. El gran 
volcan parece . como el Epómeo de Isquia. no haber arro- 
jado mas que ana sola corriente considerable de lava; 
cuando menos no está probado históricamente que esta pro- 
piedad de arrojar lavas se ha va conservado mas allá de la 
primera erupción, porque la carta del padre Joaquin de 
Ansogorri, escrita veinte días apenas después del aconteci- 
miento v descubierta por una casualidad de la que por 
desgracia pocos han podido aprovecharse, habla casi esclu- 
sivamente de las medidas que hal)ia que tomar para asegu- 
rar á las personas que se dispersaron antes de la catástrofe, 
los cuidados espirituales que reclaman. Carecemos de de- 
talles respecto de los treinta años siguientes. De los fuegos 
que una tradición general representa como cubriendo una 
gTan ostensión del país, puede deducirse que las seis co- 
cinas V aun una parte del Malpais, de donde salieron los 
Hornitos se habian inflamado simultáneamente. La elevada 
temperatura del ambiente, que aun pude comprobar, per- 
mite suponer lo que debia ser cuarenta v tres años antes. 
Según esto , puede formarse una idea del estado primor- 
dial de nuestro planeta, durante el cual la temperatura de 
la atmósfera, v por consiguiente la distribución de la vida 
orgánica , pudieron ser modificadas por la influencia del 
calor interno, en comunicación con el aire eeterior á través 
-de fallas profundas. 



Ztf) 



Después de haber descrito los Horoitos que rodean el 
volcan deJorullo, hánse comparado con esas pequeñas emi- 
nencias, semejantes á hornos, muchas andamiadas análogas 
que existen en diferentes comarcas. Las de Méjico, á juzgar 
por su composición interior, me parecen un fenómeno 
aislado hasta el dia , j que solo presenta con los demás 
relaciones de contraste. Si se da el nombre de conos de 
erupción á todas las eminencias de donde salen vapores, 
este nombre pertenece seguramente á los Hornitos, que son 
verdaderas formaciones subterráneas de gases. Pero la de- 
nominación de conos de erupción tendria el inconveniente 
de hacer suponer la presencia de indicios que probasen que 
los Hornitos han arrojado escorias ó vertido lavas, como 
muchos conos de erupción. Todo lo contrario sucede en 
el Asia Menor, recordando el fenómeno mas importante 
de los tres abismos situados sobre el antiguo límite de 
la Mvsia v de la Frigia^ en el país del fuego (xaraxe«at;/*í'.}v)^ 
en donde la permanencia, según Strabon, era muj peli- 
grosa por los temblores de tierra. Esos abismos, llamados 
^íoai ^fuelles) por el geógrafo , han sido hallados nueva- 
mente por el sabio viajero Hamilton (21). Del mismo 
modo, los conos de erupción de la isla Lanzarote , cerca 
de Tinguaton , los de la baja Italia, ó los que se levan- 
tan escasamente á 20 pies de altura sobre la pendiente 
•del gran volcan del Kamtschatka, el Awatscha (22), que 
visitó en el mes de Julio de 1824 mi amigo j compañero 
de viaje á la Siberia, Hoffmann , están formados de escorias 
j cenizas que han cerrado el pequeño cráter por donde sa- 
lian. Ahora bien, nada hav en los Hornitos que se pa- 
rezca á un cráter. Su carácter distintivo es el de ofrecer 
iinicamente esferas basálticas de donde se desprenden es- 
camas, sin mezcla de escorias angulosas j disgregadas. 
Cuando la potente erupción de 1794, se produjeron alpiedel 
\ esubio pequeños conos de erupción (bocche nuove), como 



— -276 — 

iiabia sucedido en épocas anteriores. Esos conos parásitos 
de erupción (así se los ha llamado) alineados en número de 
ocho en una falla longitudinal, lanzaban llamas, circuns- 
tancia que basta para separarlos completamente de los Hor- 
nitos del JoruUo. «Los Hornitos, me escribia Buch, no son 
conos formados por el amontonamiento de materias erupti- 
vas; han sido levantados inmediatamente del centro de la 
Tierra.» El nacimiento del mismo volcan de JoruUo ha sido 
comparado por este g-ran g-eólogo con el del Monte Nuovo, 
en los campos FJegráneos. De todas las hipótesis áque han 
podido dar lugar las seis montañas volcánicas, la del le- 
vantamiento sobre una falla longitudinal, ha sido adoptada 
como mas verosímil por el coronel Riauo j el Comisario 
de Minas Fischer, en 1789, por mí en 1808, cuando 
pude examinar los lugares, j por Burkart en 1827. Idén- 
ticas cuestiones se reprodujeron con motivo de las dos mon- 
tañas que surgieron en 1538 v en 1759. Respecto del Monte 
Nuovo de la Italia Meridional, los testimonios de Falconi, 
de Pietro Giacomo di Toledo, de Francisco del Ñero j de 
Porzio tienen la ventaja de ser mas circunstanciados , de 
estar mas próximos al acontecimiento v de proceder de ob- 
servadores mas instruidos. El célebre Porzio, el mas com- 
petente de todos, se espresa como sigue: «Magnus terrn' 
tractus, qui inter radices montis quem barbarum iucol.p 
appellant, et mare juxta Avernum jacet , sese erigere vi- 
debatur et montis súbito nascentis figuram imitari. Iste 
terra^ cumulus aperto veluti ore magnos ignes evomuit, 
pumicesque et lapides cineresque (23).» 

Del volcan de Jorullo, cuja completa descripción he 
dado, paso á las regiones orientales del Méjico central, 
llamado antiguamente Anahuac. Según las últimas é in- 
teresantes investigaciones de Pieschel , que no pasan mas 
allá del mes de Marzo de 1854 (24), j cu jos resultados 
están conformes con las conclusiones de Saussure , el pico 



^/ / 



de Orizaba lia arrojado corrientes de lavas que no pueden 
desconocerse, j cuja base es esencialmente basáltica. La 
roca del pico de Orizaba, como la del gran volcan de Toluca 
(25), cuja ascensión he hecho, se compone de anfibol, oli- 
goclase j algo de obsidiana, mientras que la masa consti- 
tutiva del PopocatepetU lo mismo que la del Chimborazo, 
está formada de cristales muj pequeños de oligoclase y de 
augita. Al pie de la vertiente oriental del Popocatepelt , al 
Oeste de la ciudad la Puella de los Angeles, en el Llano de 
Tetimpa, en donde he medido una base trigonométrica 
para determinar las alturas de los dos grandes Nevados que 
costean el valle de Méjico, el Popocatepetl y el Izta.cci- 
huatl, encontré, á 7,000 pies sobre el mar, un campo es- 
tenso de lavas cu vo origen es difícil de esplicar. A una al- 
tura de ()0 á 80 pies sobre la llanura limítrofe , se dirije de 
Este á Oeste, y corta por consiguiente al volcan en ángulo 
recto. Llámasele el MaJpais del Atlachajacatl: el Atlacha- 
vacatl. es una cúpula de traquito poco elevada, sobre cuja 
vertiente brota el Rio Atlaco. Desde el pueblo indio San Ni- 
colás de ¡os Ranchos ^ hasta /fe¿ Buenaventura, he calculado 
que la longitud del Malpais es casi de 18,000 pies , y su 
anchura de 6,000. Trozos de lava negra, puestos en pie á 
veces, y sembrados á trechos de algunos liqúenes secos, 
presentan un aspecto horriblemente salvaje, j contrastan con 
la pómez, de un blanco pajizo, que lo cubre todo en un ra- 
dio considerable. Esta pómez está compuesta de fragmentos 
de fibras espesas, de tres á cuatro pulgadas de diámetro, en 
medio de los cuales hajá veces cristales de anfibol. La grue- 
sa arena que produce no se parece á la arena de grano muj 
fino que, cuando rueda por las escarpadas pendientes de 
la montaña, hace tan peligrosa la ascensión del Popocatepetl, 
cerca de la Roca el Fray Je y del límite de las nieves perpe- 
tuas, j amenaza arrastrarlo todo bajo su activa masa. No 
puedo decidir si ese campo de lavas escoriáceas, que los 



— 278 — 

Españoles denominan Malpaís, v cu jos análogos llevan en^ 
Sicilia el nombre de Sciarra riva, en Islandia el de Odoada- 
Hraun. se debe á la superposición de las antiguas erupcio- 
ciones laterales del Popocatepetl, ó si procede del cono algo 
truncado de Tetljiolo . llamado .por los Españoles Cerro del 
Corazón de Piedra, Un hecbo interesante para la Geognosia 
es el de que, mas báeia el Este, en el camino de la pequeña 
fortaleza de Perote, el antiguo Pinabuizapan de los Azte- 
cas, se levanta, entre Ojo de Agua, Venta de Soto j el Por- 
tachuelo^ la formación volcánica de perlita blanco, de fibras 
gruesas v deleznables (26), que se acerca á un calcáreo 
probablemente terciario (Marmol de la Puebla). Este per- 
lita es muj semejante al que constituve la colina cónica de 
Zinapecuaro . entre Méjico v Valladolid , v contiene en su 
pasta, ademas de las pequeñas ojas de mica y de los peda- 
zos de obsidiana, fajas vitreas de un gris azulado, algunas 
veces, rojo, que tienen la apariencia del jaspe. Este gran de- 
pósito de perlita esta aquí cubierto por una arena fina, for- 
mada por él mismo al descomponerse^, y que á primera vista 
se tomaria por arena de granito. A pesar de su analogía de 
origen con la verdadera arena de pómez, de un blanco que 
tira al gris, la arena de perlita se distingue sin embargo 
de esta sin dificultad. La arena de pómez pertenece mas 
bien que á la comarca mas próxima de Perote, á la meseta 
de 7,000 pies de altura, que se estiende entre las dos ca- 
denas volcánicas meridianas del Popocatepetl , v del Dri- 
zaba. 

Cuando empieza á bajarse de las alturas de Vigas, 
formadas de un pórfiro traquítico sin cuarzo, bácia Canoas 
j Jalapa, en el camino de Méjico á Veracruz, se atraviesan 
otros dos campos de lava escorificada: el primero , situado 
entre la estación Parage de Cabios j Canoas ó Tocbtlacua- 
ja, toma el nombre de Zoma de Tablas, en razón á los 
numerosos pedazos de lava basáltica j ric?i en olivina . que 



-^ 279 — 

están levantados como taLlas; el segundo, mucho mas 
grande, que se estiende entre Canoas j la estación Casas 
de la Haya, lleva simplemente la denominación de el Mal- 
j)ais. Una pequeña cumbre de este mismo porfiro traquítico, 
lleno de feldespato vitreo, que sirve de límite al Este, cerca 
de la Cruz Blanca j del Rio Frió, en la pendiente occi- 
dental de las alturas de Las Vigas, á los campos de perlita 
arenosa, denominados el Arenal^ separa la Loma de Tablas 
j el Malpais. Aquellos habitantes del campo que conocen 
bien la región afirman que esta faja de escorias se prolonga 
hacia el Sud-Sud-Oeste, es decir, en la dirección del Cofre 
de Perote. Como jo he ascendido al Cofre de Perote y he 
tomado en él gran número de medidas (27 , no me in- 
clino á deducir de la prolongación , mu v probable por 
otra parte, de la corriente de lava, porque asi es como he 
representado este fenómeno en mis perfiles números 9 jll, 
j en mi Nhelacion haroi/iélrica ^ que ha va salido de esta 
montaña tan si nodular mente confiq-urada. El Cofre de Pe- 
rote, que escede en 1.300 pies al pico de Tenerife, pero que 
es tan insignificante como éste , comparado con los colosos 
del Popocatepetl jdel Orizaba, forma, como el Pichincha, 
una larfí-a cima de rocas, en cu va estremidad meridional 
se levanta la pequeña roca cúbica llamada la Peña, cuvo 
aspecto ha dado luo-ar á la anti'o-ua denominación azteca 
Nauhcampatepetl. Cuando subí al Cofre de Perote, no en- 
contré señal alguna de cráter hundido, ni de bocas erup- 
tivas laterales: tampoco vi masas escorificadas, ni obsidia- 
na, perlita ó pómez que pertenecieran á la montaña. La 
roca, de un gris negro, está compuesta uniformemente de 
gran cantidad de anfibol , v de una especie de feldespato, 
que no es el feldespato vitreo conocido con el nombre de 
Sanidina, sino oligoclase. Esos caracteres corresponden á 
toda la roca que no es porosa como un traquito diorítico. 
Describo las impresiones que he sentido, v me detengo de 



— 280 ~ 

inteuto en el Malpais , con el íin de comlratir la opinión es- 
cesivamente esclusiva , según la cual . todas las manifes- 
taciones de la fuerza volcánica salen del centro de la Tier^ 
ra. Es fácil que este negro j estenso campo de escombros 
no ha va surgido de una abertura lateral del Cofre de Pe- 
rote, V que sin embargo lia ja sido formado con motivo del 
levantamiento de esta montaña, de 1*2,714 pies de altura. 
Puede suceder también que en un levantamiento asi, el 
plegamiento del suelo produjera, en una gran estension, 
fallas longitudinales v redes de fallas de donde salie- 
ran directamente m.aterias en fusión, ja en masas com- 
pactas, ja en lavas escorificadas, sin que se formaran 
andamiadas de montañas , es decir , conos abiertos ó crá- 
teres de levantamiento. No se buscan en vano, en las ca- 
denas de montañas de basalto j de pcrfíro esquistoso, pun- 
tos centrales ó montañas de cráteres^ ó bien aberturas mas 
bajas, circulares j rodeadas de cerco, á que atribuir la 
aparición de ese doble fenómeno. Es de gran provecho para 
la Ciencia el distinguir cuidadosamente las diferencias de 
origen entre los hechos naturales, á saber: la formación de 
las montañas cónicas, provistas, en el vértice, de un cráter 
que no se ha cerrado j de aberturas laterales; la de los crá- 
teres de levantamiento j de esplosion rodeados de murallas; 
el levantamiento de las montañas cerradas en figura de cam- 
pana 6 de los conos abiertos; por último el derramamiento 
directo de las sustancias á través de un sistema de fallas que 
las acompañen. La diversidad de los cálculos á que da lugar 
un horizonte mas ancho, abierto á la observación, es es- 
timulante enérgico que provoca comparación severa en- 
tre la realidad de los hechos j la hipótesis de donde se ha 
partido: todos estos fenómenos tienen un solo j mismo orí- 
gen. En el mismo suelo de la Europa, en la isla Eubea^ 
rica en fuentes termales, ha salido una poderosa corriente 
Áe lava, de una hendidura única, por medio de la gran lia- 



— 2Hl — 

ijura de Lelantus. á distancia de toda montaña; esto ocur- 
rió cu los tiempos históricos (28). 

En el grupo volcánico de la América central, que sigue 
inmediatamente, hacia el Sud, al grupo Mejicano, j contie- 
ne diez j ocho campanas ó conos , que pueden conside- 
rarse como inflamados, las cuatro del Nindiri, el Nuevo, 
Conseguina j San Miguel de Bosotlan , han arrojado la- 
vas (21)). Las montañas del tercer grupo volcánico, el de 
Popajan v de Quito, están reputadas hace mas de un si- 
glo como incapaces de producir corrientes de lava, sino 
únicamente masas de escorias ígneas j disgregadas, sa- 
liendo todas del cráter colocado en el vértice de la monta- 
ña y rodando con frecuencia en largas fajas. Esta era ja la 
opinión de La Condamine, cuando abandonó, en la prima- 
vera de 1743,lameseta de Quito j de Cuenca (30). Catorce 
años después, el 4 de Junio de 1755, tuvo ocasión, al vol- 
ver de una ascensión al Vesubio, á donde liahia acompaña- 
do á la hermana del gran Federico , la Margrave de Bai- 
reuth, de espresarse de un modo muj elocuente, en la 
Academia, acerca de la falta de hu as corrientes por tórren- 
les de materias liquefactadas , en los volcanes de Quito. El 
Diario de un tiaje á Italia • que le jó algún tiempo des- 
pués^ el 20 de abril de 1757. no se insertó en las Memo- 
rias de la Academia de ciencias, hasta 1762. Este Diario 
tiene alguna importancia para la historia del conocimiento 
délos volcanes apagados en Francia^, porque, ignorando to- 
davía las aserciones anteriores de Guettard, La Condamine, 
con su habitual penetración, asegura formalmente la exis- 
tencia de cráteres-lagos j volcanes apagados en la Francia 
Meridional, como en las regions centrales j setentrionales 
de Italia (31). 

Después de haber reconocido desde luego j de una ma- 
nera incontestable la presencia de estrechas corrientes de 
lava en Auvernia , se ha negado obstinadamente que las hu" 



Mera en las Cordilleras. Durante toda nuestra espedicioa 
me preocupó seriamente este sin<>ular contraste. Mis Dia- 
rios están llenos de consideraciones acerca de este problema, 
cuja solución he buscado en la altura absoluta de los vér- 
tices y en la fuerza de la circunvalación , es decir, en el 
hundimiento de conos traquíticos en medio de grandes me- 
setas de 8 á 9,000 pies de altura. Pero sabemos hoj que 
uno de los volcanes de Quito, que arroja escorias , el San— 
g-aj ó volcan de Macas, de mas de 16,000, pies de altura, 
despliega constantemente una actividad mucho ma vor que 
los volcanes tan poco elevados el de Izalco j Stromboli. 
Conocemos que, entre los volcanes de la Cordillera oriental, 
las montañas, en forma de cúpula v de campana, de Anti- 
sana y de Sangaj, tienen pendientes libres del lado de la 
llanura del Ñapo y del Pastaza, y que entre los volcanes 
de la Cordillera occidental, el Pichincha, el Ilinisa v el 
Chimborazo, presentan la misma particularidad, del lado de 
los afluentes del Océano Pacífico. En muchas de esas mon-- 
tañas, la parte superior se eleva también á 8 ó 9,000 pies so- 
bre la meseta sin estar rodeada de cercos. Por último, pue- 
de añadirse que todas las alturas, calculadas á partir de la 
superficie del mar , superficie estimada algo arbitrariamen- 
te como representando la altura media de la corteza terres- 
tre, son insignificantes en comparación de la profundidad 
á que es preciso suponer el asiento de la actividad volcáni- 
ca y la temperatura necesaria para la fusión de las masas 
roquizas. 

Los únicos fenómenos semejantes . aunque en menores 
dimensiones, á las corrientes de lava que hallé en las Cordi- 
lleras de Quito, son los que presenta la masa colosal del 
Antisana, cuja altura de 17952 pies ó 5,833 metros me 
han dado las medidas trigonométricas. Como para el asunto 
que nos ocupa, la forma es la que suministra el criterio mai 
importante, separaré desde luego la denominación de lava, 



— 283 — 

que tiene el inconveniente de ser muj sistemática j de su- 
poner un origen mu j especial^ j emplearé preferentemente 
la espresion puramente objetiva de rastros de masas volcá- 
nicas. La poderosa montaña del An tisana presenta, á la 
altura de 12,625 pies, una estensa llanura casi ovalada, que 
tiene en su mayor dimensión, mas de I2_,300 pies, de donde 
se levanta como una isla, la parte del volcan cubierta de 
nieves perpetuas. La cima es redonda en forma de cúpula: 
esta cúpula está unida por una cumbre de montaña corta j 
dentada á un cono truncado que mira al Norte. La llanura, 
en parte estéril j arenosa, en parte cubierta de jerbas, está 
poblada por una raza de toros muj valientes que, en razón 
ala débil presión atmosférica, echan con frecuencia sangre 
por boca v narices, cuando se ven obligados á grandes es- 
fuerzos musculares. En medio está situada una pequeña Ha- 
cienda, compuesta de una casa aislada, en la cual pasamos 
cuatro dias, á una temperatura de 3°^ 7 á 9^ centígrados. La 
llanura que no está, como los cráteres de levantamiento, ro- 
deada de cerco alguno, tiene señales que acreditan que sir- 
vió en otro tiempo de lecho á un lago. La La/juna Mica; 
colocada al Oeste de los Altos de la Mo¡ja , es el testimonio 
que queda del agua que cubrió esos lugares. En el límite de 
las nieves perpetuas, brotó el Eio Tinajillas, que llegó á ser 
mas tarde, bajo el nombre del Rio de Quixos^ un afluente del 
Maspa, del Ñapo v finalmente del rio de las Amazonas. Dos 
cercos de piedra, formados por estrechas eminencias semejan» 
tesa muros, parten, como cintas, del pie de la montaña, al lí- 
mite inferior de las nieves perpetuas, del lado de la pendiente 
Sudoeste j de la pendiente setentrional , j descendiendo 
con una inclinación muj suave, parece como que se es- 
tienden á mas de 2,000 toesas de distancia^ en la dirección 
del Noroeste al Sudeste. Esas murallas que he representa- 
do como corrientes de lava, en mi plano del Antisana, j 
que los indígenas llaman volcán de la Hacienda ó Yana- 



— 284 — 

Volcan, que en lengua Qqueccliua, significa volcan ne^ 
gro ú oscuro, tienen, con una ancliura muj pequeña, una 
altura de 180 á 200 pies sobre el suelo de los Llanos de la 
Hacienda, de Santa Lucía j del Cuvillan. Sus pendientes 
son mu j escarpadas, y están cortadas á pico, aun en las estre- 
midades. En su estado actual consisten en restos de rocas es_ 
carnosas v generalmente de aristas agudas-, procedentes de 
una roca basáltica negra , sin olivina j sin aufibol . pero 
que contiene en corta cantidad pequeños cristales blancos 
de feldespato. La masa principal ofrece con frecuencia el bri- 
llo del pechstein y cuenta algunas partes de obsidiana, roca 
particularmente abundante v fácil de reconocer en la Cuera 
(h Ántisana^ que hemos encontrado á una altura de 14,958 
pies. La llamada Cueva de Antisana no es, propiamente 
hablando, una caverna, sino una especie de abrigo, forma- 
do por la caida de las rocas acumuladas, donde los pastores 
buscan refugio, j que nos protegió á nosotros mismos contra 
una granizada espantosa. La Cueva está situada algo al Nor- 
te del Volcan de la Hacienda. En las dos murallas de rocas 
que tienen el aspecto de una corriente de lava enfriada, las 
tablas j pedazos de piedra están unas veces escorificados en 
los bordes y reducidos casi al estado de esponja, otras des- 
compuestos por el aire y mezclados con despojos terreos. 

Otro depósito de piedras rodadas, que se desarrolla tam- 
bién como una faja, presenta fenómenos análogos, aunque 
mas complejos. En la pendiente oriental del Antisana, exis- 
ten, á 1,200 pies de profundidad vertical bajo la llanura del 
mismo nombre, en la dirección de Pinantura y de Pintac, 
dos pequeños lagos de forma circular, uno de los cuales, 
colocado mas al Norte, lleva por nombre Ansango, el otro 
Lecbejacu. En el lago de Ansango, haj una isla de roca, 
y lo que es decisivo , el lago está rodeado de fragmentos ro- 
dados de piedra pómez. Los dos lagos señalan el principio 
de dos valles, que se confunden y cu va prolongación alar- 



— 285 — 

irada se conoce con el nombre de Volcan de Ansango , por- 
rjiie desde el borde de los dos lao*os salen corrientes estre- 
chas de restos volcánicos , semejantes en un todo á las dos 
defensas de piedra de la alta llanura, j que no llenan los va- 
lles, sino que se alzan en medio de ellos como diques, Íle- 
o-ando á la altura de 200 ó 250 pies. Una ojeada arrojada 
al plano que publiqué en el Atlas geográfico y físico 
de mi viaje al nuevo Continente, esclarecerá estas relacio- 
nes. Aquí también los trozos de roca se hallan en parte li- 
mitados por agudas aristas , en parte escorificados en los es- 
tremos, j calcinados como coke. La ^asa principal es negra, 
semejante al basalto, j está sembrada de feldespato vitreo. 
Hav también fragmentos separados de un negro oscuro, que 
tienen el brillo mate del pechstein. Aunque la masa presente 
alguna semejanza con el basalto^ falta aquí completamente 
laolivina, que se encuentra tan abundantemente en el Rio 
Pisque, V cerca de Guallabamba, donde be visto columnas 
basálticas, de 68 pies de altura j 3 de espesor, que conte- 
nian á la vez partes de olivina j anfibol. En la muralla de 
piedra de Ansango, gran número de tablas descompues- 
tas j rajadas por la acción del aire, denotan el pórfiro es- 
quistoso. Todos los pedazos de piedra tienen una costra, de 
gris amarillento, producida igualmente por la descom- 
posición. Como puede seguirse la corriente de masas volcá- 
nicas, llamada por los indígenas familiarizados con la len- 
gua española Jos derruml amiento s , la rexentazon, desde el Rio 
del Molino, cerca de la granja del Pintac, bástalos peque- 
ños cráteres-lagos rodeados de piedra pómez , se ha llegado 
naturalmente á pensar que estos lagos son las aberturas por 
donde han sido arrojados á la superficie los pedazos de roca. 
Pocos años antes de mi llegada al país, esta corriente volcá- 
nica habia resbalado durante muchas semanas por un plano 
inclinado, sin que hubiera precedido á este movimiento que- 
brantamiento alguno sensible, y habian sido derribadas mu- 



-chas casas cerca de Pintac, por el choque y la presión de los 
pedazos de roca. El campo de escombros de Ansango no 
tiene aun señales de vog-etacion. Hállanse algunas , aunque 
muj raras , en las dos corrientes volcánicas de la meseta de 
Antisana, que son verdaderamente mas antiguas v ofrecen 
un estado mas adelantado de descomposición. 

¿Cómo llamar al modo de manifestación volcánica cu jos 
•efectos acabo de describir (32)? Tenemos aquí corrientes de 
lava, ó solo masas ardientes medio escorificadas, sin cohe- 
sión entre sí. aunque arrojadas en bandas cerradas como 
sucedió en el Cotopaxi en épocas muy próximas á la nues- 
tra. Las murallas de piedra del Yana- Volcan de Ansango, 
no son masas fraírmentarias sólidas , acumuladas otras 
veces sin cohesión , que han salido sin fijeza Áe\ interior 
de un cerro volcánico , que quebrantadas por temblores 
de tierra, produciendo ellas mismas sacudidas locales, 
han sido arrojadas fuera por la fuerza de los choques ó de 
las caldas, sin necesidad de un nuevo crecimiento de ca- 
lor. Pero puede ser también que ninguna de estas tres 
manifestaciones de la actividad volcánica , tan diferentes en- 
tre sí, halle aquí lugar. Esta acumulación de escombros 
alineados ha debido levantarse sobre fallas, en los mis- 
mos lugares donde existen hoj. es decir, al pie j en 
las cercanías de un volcan. Las dos murallas que si- 
guen la pendiente tan suave del volcan de la Hacienda j 
del Yana-Volcan, de que he hablado antes de ahora, aun- 
que teniendo cuidado de espresarme de una manera pura- 
mente hipotética, ofrecen, á mi juicio, como las corrientes 
enfriadas de lava , j á la distancia en que me las imagino, 
pocos indicios propios para justificar la última hipótesis. En 
el Volcan de Ansango, cujo rastro volcánico puede seguir- 
se sin interrupción , semejante al lecho de un rio , hasta la 
piedra pómez que rodea los dos pequeños lagos . la pendien- 
te que conduce desde Leche yacu á Pinantura, es decir, la 



■diferencia de nivel entre 1900 y 1482 toesas, ó sea 418 toe- 
sas repartidas en un espacio de 7,700, no contradice en ma- 
nera alguna lo que creemos saber hoy respecto de los pe- 
queñisimos ángulos de inclinación que dan por término 
medio las corrientes de lava. En el caso presente, la incli- 
nación es de S'^yC)' . Un crecimiento parcial del suelo en me- 
dio del valle, no seria tampoco obstáculo, después de lo que 
se ha observado en el reflujo de las masas líquidas que su- 
ben á los valles, por ejemplo, en la erupción del Scaptar Ja- 
kul, en Islandia, en el año 1783 (33). 

La palabra lava no significa combinación mineral par- 
ticular. Buch dice que todo lo que corre en un volcan y 
toma una nueva situación en razón de su fluidez, es lava, 
á lo cual añado yo que no es necesario , para cambiar de 
sitio, que las materias sean fluidas, y que todo lo que está 
contenido en el interior de un cono volcánico, es sus- 
-ceptible de formar nuevos depósitos. La primera narra- 
ción de mi ascensión al Chimborazo, publicada solamente 
en 1837. en el Anuario astronómico de Schumacher lleva 
va la esposicion de esta opinión :34). Entonces la emití 
con motivo de los fragmentos de pórfiro augítico, de 12 á 14 
pulgadas de diámetro, que habia recogido á 18^000 pies de 
altura, el 23 de Junio de 1802, en la estrecha arista de 
roca que conduce á la cumbre de la montaña. «Esos no- 
tables fragmentos, decia vo. tienen celdas pequeñas y 
brillantes; porosos v de color rojo, los mas negros son 
á veces ligeros como la pómez, y parece que han es- 
tado sometidos recientemente á la acción del fuego. Nunca, 
sin embargo , se han estendido en corrientes como la lava; 
pero probablemente han sido arrojados á través de las fallas 
que surcan la vertiente de la montaña en forma de campa- 
na, levantada en una época anterior.» Esta esplicacion po- 
dria dar iitil apojo á las hipótesis de mi querido y antiguo 
-amigo Boussingault , que considera los conos volcánicos 



en sí mismos com.o montones de restos traqiiíticos angu- 
losos, levantados en el estado sólido j acumulados sin or- 
den. «Como después de su amontonamiento, decía, esas 
masas quebradas ocupan mas espacio que en la época en 
que estaban enteras , formanse grandes cavernas entre 
los fragmentos, cuando se ponen en movimiento por efectos 
de choque v de presión , sin contar los de la elasticidad 
volcánica.» Muy lejos estoy de dudar que existen en cier- 
tos sitios semejantes fragmentos y cavidades que, en los 
Nevados, se llenan de agua, aunque creo que las hermosas 
columnas de traquito que se elevan con regularidad, v de 
ordinario perpendicularmente, sobre el Pico de los Ladrillos, 
sobre el Tablahama del Pinchincha, y en particular sobre 
el Chimborazo, sobre el pequeño lago de Yanacocha, han 
sido formadas en los lugares mismos.» Boussingault^ cujas 
miras en cuestiones de Química aplicada á la Geognosia, lo 
mismo que sus opiniones meteorológicas, me complazco en 
compartir, estima que lo que se llama el volcan de Ansan- 
go, j que por mi parte considero como una erupción do 
escombros salidos de dos pequeños cráteres laterales , es un 
levantamiento de pedazos de rocas sobre largas fallas (."35 . 
Como esploró esta comarca treinta años después que yo, se 
apoja en la analogía de las relaciones geognósticas que 
se dan entre la erupción de Ansango y el Antisana, con 
las de Yana-Urcu, cu jo plano detallado, lo mismo que el 
del Chimborazo, he trazado. Lo que no me ha permitido 
admitir un levantamiento sobre fallas, que en tal caso segui- 
ria en toda su ostensión la corriente volcánica de Ansane^o, 
es que, según he recordado ja muchas veces, su estremi- 
dad superior parece indicar , como punto de partida^ hs 
dos aberturas actualmente llenas de ag^ua. No io-noro tam- 
poco la existencia de esos muelles de estension considerable 
j de dirección regular; los he visto j descrito, pero no 
están compuestos de rocas fragmentarias, en nuestro he- 



— 289 — 

misferio^ en la Mongolia china, en medio de bancos de 
granito dispuestos en hileras horizontales (36). 

El Antisana tuvo en 1590 una erupción inflamada \Sl)y 
jotra, hacia principios del último siglo, probablemente 
en 172S. Cerca de la cumbre, por la parte del Nor-Nord- 
Este, se observa una masa de roca negra , sobre la cual no 
puede sostenerse la nieve ni aun recientemente caida. En 
la primavera de 1801, en un momento en que el vértice de 
la montaña estaba completamente limpio de nubes, se vio, 
durante muchos dias , sobre este punto , una columna de 
humo negro. El 16 de Marzo de 1802, Bonpland, Carlos 
Mon tufar j jOj llegamos á una arista de roca cubierta de 
pómez j de escorias que parecian basalto. Estábamos en la 
región délas nieves perpetuas, á 2,837 toesasde altura, por 
consiguiente á 2,213 toesas sobre el Mont-Blanc; la nieve 
era bastante sólida para sostenernos sobre muchos puntos 
próximos á la arista de la roca, cosa que acontece rara vez 
en los trópicos. La temperatura del aire estaba comprendida 
entre — ^,8 j -f F,4 del termómetro centígrado. Sobre 
la vertiente meridional, á la cual no ascendimos, en la 
Piedra de Azufre , donde se separan escamas algunas veces 
de las rocas á consecuencia de la descomposición , se en- 
cuentran masas de azufre puro, de 10 á 12 pulgadas de 
longitud por cada 2 de espesor; no se conocen en los alre- 
dedores fuentes sulfurosas. 

Aunque, en la Cordillera oriental^ el volcan de Antisa- 
na , V sobre todo la vertiente occidental , desde Ansango j 
Pinantura hasta el pequeño pueblo de Pedregal , estén se- 
parados del Cotopaxi por el volcan estinguido de Passu- 
choa (38), cu JO cráter, conocido con el nombre de la Peila, 
se ve desde lejos, por el Nevado Sinchulahua, y otro de 
menor altura, el Rumiñaui, haj, sin embargo, cierta ana- 
logía entre las rocas de esas dos montañas colosales. Desde 
el Quincha, toda la cadena oriental de los Andes lia produ- 

TOÍIO IV. lU 



— 2tj0 — 

cido obsidiana; sin embargo . el Quincha, el x\n tisana v el 
Passucboa pertenecen á la cuenca donde está situada la 
ciudad de Quito, mientras que el Cotopaxi limita las 
de Lactacunga, Hambato j Riobamba. El pequeño nudo 
de los Altos de Cliisincba, forma una especie de cal- 
zada que separa las dos cuencas, v, cosa que verdadera- 
mente sorprende en razón á la poca altura de las colinas, 
las aguas de la vertiente setentrional del Chisincha, se 
dirigen por los Rios de San Pedro, de Pita j de Gualla- 
bamba al mar del Sud , mientras que las de la vertiente 
meridional se precipitan en el rio de las Amazonas j en el 
Océano Atlántico , por el Rio Alaques j el Rio de San Fe- 
lipe. Los nudos de montañas j las calzadas, ja de pequeña 
elevación, como los altos de que acabamos de hablar, ja 
iguales al Mont-Blanc. como en la senda que atraviesa el 
Paso del Assiiay , forman con las cordilleras ramificaciones 
que parecen un fenómeno mas reciente j de menor impor- 
tancia que el levantamiento de las grandes cadenas para- 
lelas. Háse visto ja que la roca traquítica del Cotopaxi, el 
mas poderoso de los volcanes de Quito, ofrece mucha ana- 
logía con ]a del Antisana; hállanse también sobre las pen- 
dientes del Cotopaxi, j en major número, las corrientes 
■de masas volcánicas, sobre las cuales nos hemos estendido 
largamente antes de ahora. 

Interesaba mucho seguir esas corrientes volcánicas hasta 
■SU origen, ó mas bien hasta el punto en que se ocultan bajo 
las nieves perpetuas. Ascendimos la vertiente Sudoeste del 
^volcan de Muíalo ó Mulahalo, á lo largo del Rio Alaques, 
¿formado por la reunión del Rio de los Baños j del Rio Bar- 
Tancas, j tocamos en el Pansacha. situado á 11,3*2*2 pies 
"de altura, donde descansamos bajo la espaciosa Casa del 
Pdrarao ^ en la llanura herbosa llamada el Pajonal. Aun- 
que, durante la noche, cajú hasta el punto donde nos ha- 
llábamos una gran cantidad de nieve esporádica, llegamos, 



— 21)1 — 

3ÍD embargo, al este de la célebre Caheza del Inga , en la 
Qíiehraday el Reventazón de las Minas ^ v después, incli- 
nando mas al Este , salvamos el Alto de Suniguaicii hasta 
la garganta de la montaña del León óPuma-Urcu, donde, 
por primera vez, indico el barómetro una altura de 2,263 
toesas. Otro rastro de restos Yolcánicos, que vimos á alguna 
distancia, se deslizó desde la parte oriental del cono de 
cenizas . cubierto de nieve , hacia el Rio Negro , afluen- 
tes del de las Amazonas^ y hacia el Valle ^^icioso. Esos 
pedazos , va angulosos , ya redondeados , rara vez esca- 
mosos como los del Antisana , v de un diámetro de 6 á 8 
pies? fueron arrojados á grandes alturas del cráter que co- 
rona el Cotopaxi, bajo la forma de escorias ardientes, li- 
quefactadas únicamente en los bordes, v volvieron á caer á 
lo largo de la montaña , acelerados en su carrera por el der- 
retimiento de las nieves; ó salieron directamente de las fa- 
llas laterales del volcan sin atravesar el aire? Esas cuestiones 
no han sido resueltas todavía. Solviendo sobre nuestros pa- 
sos á partir de Suniguaicu v de la Qnehrada del Mestizo, 
visitamos la estensa y larga cumbre , que se dirige de No- 
roeste á Sudeste^ v une el (/otopaxi con el Nevado de 
Quelenda7ia. Allí, no se encuentran pedazos de piedras ali- 
neados; sino una especie de calzada, sobre cuja espalda 
están colocados el pequeño cono el Morro , v, mas cerca de 
(^uelendaña semejante á una herradura, muchos pantanos 
j dos pequeños lagos, las lagunas de Yauricocha y de Ver- 
decocha. La roca del Morro j de toda esta línea volcánica 
es un pórfiro esquistoso, de gris verdoso, dividido en capas 
de 8 pulgadas de espesor, é inclinadas muy regularmen- 
te 60^ hacia el Este. En parte alguna vimos señales de cor- 
rientes de lava propiamente dichas ;39). 

En la isla de Lipari, rica en piedra pómez, al norte de 
Caneto, una corriente de lava, formada de pómez j de ob- 
sidiana, parte del cráter estinguido aunque bien conservado 



— 292 — 

del Monte di Camjjo Bianco^ j se dirig-e hacia el mar, con 
la notable particularidad de que las fibras de la primera 
sustancia son paralelas á la corriente (40). Según el estu- 
dio que be becbo de todas esas relaciones locales, las can- 
teras de pómez que cubren un espacio considerable, á una 
milla de Lactacunga, tienen analogía con lo que se ve en 
Lipari. Esas canteras en que está dividida la pómez en 
bancos horizontales , j tienen toda la apariencia de una 
roca m siiu, en 1737 causaban ja admiración á Bou- 
guer (41): «No se encuentran, dice, en las montañas volcá- 
nicas mas que simples fragmentos de piedra pómez de un 
cierto grosor; pero á siete leguas al sud de Cotopaxi, en 
un punto que corresponde á nuestro décimo triángulo, la 
piedra pómez forma rocas enteras; bancos paralelos de cin- 
co á seis pies de espesor, en un espacio de mas de una le- 
gua cuadrada. Ignórase su profundidad. Imagínese qué 
fuego ba sido necesario para poner en fusión esta masa 
enorme, j en el sitio mismo donde se encuentra boj: por- 
que se reconoce fácilmente que no se ba movido, j que se 
ba enfriado en el lugar donde se ba liquefactado. En 
los alrededores bánse aprovechado de la proximidad de esta 
inmensa cantera: porque la pequeña ciudad de Lactacun- 
ga, con hermosos edificios, está construida por completo, 
de piedra pómez , desde el temblor de tierra que la derribó 
en 1698.» 

Esas canteras de pómez están situadas cerca del pueblo 
indio de San Felipe, en las colinas de Guapulo j de Zum- 
balica, á 480 pies de elevación sobre la llanura que las ro- 
dea_, j á 9,372 sobre la superficie del mar. Las capas 
superiores esceden por consiguiente en 500 á 600 pies el 
nivel de Muíalo j de la bella casa del Marqués de Maenza, 
construida conpedruscos de piedra pómez, al pie del Coto- 
paxi, j notable en otro tiempo por su arquitectura, pero 
completamente destruida boj por temblores de tierra. Los 



— 203 — 

depósitos subterráneos están desigualmente alejados de los 
dos volcanes activos, el Tungarahua j ei Cotopaxi : á ocho 
millas geográficas del primero j á cuatro millas del segun- 
do. Llégase allí por una galería. Los canteros aseguran que 
las capas compactas horizontales, algunas de las cuales es- 
tán rodeadas de restos de pómez arcillosa, podrian sumi- 
nistrar pedruscos cuadrangulares de 20 pies, sin ninguna 
grieta vertical. Esta pómez, en parte blanca j en parte de 
un gris azulado, tiene un brillo sedoso j fibras muj finas 
j muj prolongadas. Las fibras paralelas tienen á veces 
una apariencia nudosa , j presentan en ese caso una nota- 
ble estructura. Los nudos están formados por fragmentos 
redondos de pómez delicadamente porosa, de una línea ó lí- 
nea j media de ancho, j alrededor de los cuales se arrollan 
grandes filamentos. Encuéntranse allí en corta cantidad 
pequeñas tablas exágonas de mica, de un negro oscuro; 
cristales blancos de oligoclase y anfibol negro; pero en 
cambio haj carencia completa de feldespato vitreo , que or- 
dinariamente se mezcla bien á la pómez, como en Camaldoli 
cerca de Ñapóles. La pómez del Cotopaxi difiere entera- 
mente de la de las canteras de Zumbalica (42). Sus fila- 
mentos son cortos , j no paralelos , estando enredados 
unos con otros. Sin embargo, no se halla esclusivamente 
empastada en la piedra pómez, la mica magnética, se la 
vuelve á encontrar en la masa constitutiva del Cotopa- 
xi (43). En el volcan de Tungurahua, situado mas al Sud, 
falta la pómez completamente. No hav señal de obsidiana 
en los alrededores de las canteras de Zumbalica; pero en 
los pedruscos arrojados por el Cotopaxi j esparcidos cer- 
ca de Muíalo, vi grandes masas de obsidiana negra de 
fractura concoide, empastadas en la perlita descompues- 
ta, de un gris azul. Consérvanse fragmentos de esta 
roca en la Colección mineralógica de Berlin. Las canteras 
de pómez colocadas á 4 millas del pie del Cotopaxi , pare- 



— :2U4 — 

cen, según su constitución mineralógica, completamente- 
estrañas á esta montaña, j que no tienen con ella otra re- 
lación que la que presentan todos los volcanes de Pasto j 
de Quito con el foco volcánico de las cordilleras ecuatoria- 
les, que abraza muchos cientos de millas cuadradas. ¿Esas 
pómez han formado el interior v el centro de un cráter de 
levantamiento particular, cuja circunvalación esterior ha 
sido destruida por los numerosos trastornos que asola- 
ran esas regiones, ó son un banco horizontal,, depositado 
tranquilamente en las fallas, en una época que llega hasta 
las primeras arrugas de la corteza terrestre? En cuanto á 
la hipótesis de sedimentos acuosos, producidos por los alu- 
viones^ como se presentan frecuentemente en las masas de 
toba volcánica, mezcladas de conchas j restos vegetales, es 
mas difícil aun de admitir. 

La gran masa de pómez que encontré en el Rio Majo, 
en la cordillera de Pasto, entre Mamendoj j el Cerro del 
Palpito y lejos de toda andamiada volcánica, J á 9 millas 
geográficas del volcan activo de Pasto, suministra materia 
á las mismas cuestiones. Buch ha llamado también la aten- 
ción sobre una erupción de piedra pómez, igualmente aisla- 
da, que describió Mejer, y cujos fragmentos forman en 
Chile, al Este de Valparaíso, cerca del pueblo de Tollo, 
una colina de ^^,000 pies de altura. El volcan de Majpo, 
que, al pronunciarse, levantó capas jurásicas, está á dos 
jornadas de este depósito de piedra pómez (44). El enviado 
prusiano en A\^ashington , Gerolt, al cual debemos los pri- 
meros mapas geog nósticos iluminados de Méjico, hace men- 
ción de un depósito de pómez cerca de Huichapa, á 8 mi- 
llas geográficas al Sud-Este de (^)uerétaro y lejos de toda 
clase de volcan , de donde se sacan materiales de construc- 
ción (45). Abich, el esplorador del Cáucaso, se inclina á 
creer, según sus propias observaciones_, que el poderoso de- 
pósito de piedra pómez que se abrió salida á través de las 



— 295 — 

fallas, sobre la pendiente setentrional de la cadena central 
del Elbruz , cerca del pueblo de Tschgem , en la pequeña 
Kabarda, es mucKo mas antiguo que el levantamiento de la 
montaña cónica. 

Después de lo que procede, se ve que la actividad vol- 
cánica del cuerpo terrestre produce fracturas j arrugas, 
merced al descenso de la temperatura primitiva causado 
por la irradiación del calórico en el espacio, ja á conse- 
cuencia de la contracción debida al enfriamiento de las ca- 
pas superiores^ ocasionándose de esta suerte y simultánea- 
mente la depresión de las partes elevadas y el levantamien- 
to de las partes mas bajas (40. Es pues natural tomar como 
medida jcomo testimonio de esta actividad, en las diferen- 
tes regiones de la Tierra, el número de las andamiadas 
volcánicas, es decir, de los conos abiertos por el vértice y 
levantados sobre las grietas, que lian podido reconocerse 
en nuestros dias. Háse tratado mucbas veces de contarlos, 
pero casi siempre se ha Lecho la operación de una manera 
muj incompleta. Hánse tomado por volcanes distintos, 
colinas de erupción y solfataras, pertenecientes á un solo 
y mismo sistema. La estension de los espacios que han 
permanecido cerrados hasta aquí á toda investigación 
científica, es sin embargo, para la terminación de este 
trabajo un obstáculo menos grave de lo que generalmente 
se supone , en atención á que la major parte de los volca- 
nes tienen su base en las islas y regiones próximas á las 
costas. Por otra parte, en una investigación numérica que 
el estado actual de nuestros conocimientos no permite com- 
pletar_, es ja mucho obtener un resultado que puede con- 
siderarse como límite inferior , y determinar con gran 
probabilidad en cuantos puntos ha permanecido en libre 
comunicación con la atmósfera el centro liquefactado de la 
Tierra, en los tiempos históricos. De ordinario, esta co- 
municación se manifiesta simultáneamente por las erup- 



— 296 — 

xiones á que dan salida las armaduras volcánicas de las 
montañas de forma de cono, por el crecimiento del calor j 
la inflamabilidad de las fuentes termales j de nafta, j 
por último, por la major estension de los círculos de 
quebrantamiento, fenómenos íntimamente unidos j de 
recíproca dependencia entre sí (47). También aquí se en- 
tíuentra la huella de Buch , que en sus apéndices á la 
Descripción física de las islas Canarias , intentó , prime- 
ro que nadie, abarcar bajo un mismo punto de vista cos- 
mológico todos los sistemas volcánicos de la Tierra, di- 
vididos en volcanes centrales j en cadenas volcánicas. El 
desmembramiento mas reciente, v por tanto mas comple- 
to^ emprendido por mí, seg-un los principios antes espues- 
tos (48), es decir, esclujendo las campanas cerradas j los 
simples conos de erupción, da con cierta probabilidad, como 
número límite inferior, un resultado muj distinto de los 
precedentes. Al componer esta lista, me he esforzado en 
comprender en ella todos los volcanes que han entrado en 
el período histórico, en posesión de su actividad. 

Háse tratado muchas veces de averiguar si en las par- 
tes del globo en que se cu entra reunido el major número 
de volcanes, j donde se manifiesta de la manera mas ac- 
tiva la reacción del interior sobre la corteza sólida de la 
Tierra , están mas cerca de la superficie las materias lique- 
factadas. Cualquiera que sea el medio que se emplee para 
determinar en su máximum el espesor medio de la corteza 
terrestre _, ya se elija el camino de las matemáticas puras 
que nos abre la astronomía teórica (49), ja la senda mas 
sencilla que descansa en hi lej del calor creciente en razón 
á la profundidad j sobre las diversas temperaturas en que 
entran en fusión las rocas (50), quedan en este problema 
gran número de cantidades indeterminadas. Tales son la 
influencia de una inmensa presión sobre la fusibilidad; la 
conductibilidad, quo varía según las diferentes rocas, el 



— 297 — 

singular descenso que hace esperimentar á esta propiedad 
una elevación considerable de temperatura, como ha de- 
mostrado Forbes; la desigual profundidad de la cuenca 
oceánica; por último, los accidentes locales que se pro- 
ducen en la combinación y estructura de las fallas que ter- 
minan en la parte liquefactada del globo. Si, en algunos 
puntos de la Tierra , la major ó menor proximidad de la 
capa que señala el límite superior de las materias en fu- 
sión esplica la abundancia de los volcanes y las comunica- 
ciones mas frecuentes entre la atmósfera y las profundida- 
des del globo, esta proximidad puede á su vez depender de 
la diferencia media de los niveles entre el suelo del mar y 
de los continentes , ó de la profundidad á que empieza la 
masa liquefactada, bajo los distintos meridianos y los di- 
ferentes paralelos; ¿pero cómo determinar el punto donde 
empieza esta superficie? ¿No haj grados intermedios entre 
una solidez completa y una entera fluidez? ¿No se obser- 
van transiciones , como las que tanto preocuparon cuando 
las discusiones sobre el estado pastoso de algunas formacio- 
nes plutónicas y volcánicas levantadas en la superficie de 
la Tierra y sobre el movimiento de los ventisqueros? Esos 
estados transitorios están fuera de toda determinación ma- 
temática, como lo que se ha llamado la liquefacción del 
interior de la Tierra, bajo la enorme presión que resis- 
ten esas regiones. No solo es poco probable por sí que el 
calor continúe creciendo con la profundidad en proporción 
aritmética^ sino que pueden también intervenir perturba- 
ciones locales debidas por ejemplo á cuencas subterráneas: 
doj este nombre á las cavernas abiertas en la masa sólida 
de la Tierra, que de tiempo en tiempo se llenan parcial- 
mente de abajo á arriba por lavas en fusión y por los vapo- 
res que descansan en la superficie de esas lavas (51). Ya el 
inmortal autor de la Protogcea da un papel á esas cavida- 
des en la teoría del decrecimiento del calor central: «Pos- 



— 298 — 

tremo credibile est contrahentem se refrigeratione crustam 
Ijullas reliquisse, ingentes pro rei magnitu(line_, id est sub 
vastis fornicibus cavitates (.")2).» Menos probable es que el 
espesor de la costra terrestre enfriada en la actualidad sea 
igual en toda la superficie del globo; pero es importante 
determinar el número j la situación geográfica de los vol- 
canes que lian permanecido abiertos en los tiempos histó- 
ricos. La teoría geográfica de los volcanes podrá completar- 
se solo por medio de tentativas renovadas frecuentemente. 

I. KIKOPA. 

El Etna. 

El Vulcano de las islas Lipari. 

ElStromboli. 

El volcan de Isquia. 

El Vesubio. 

El volcan de la isla Santorin. 

El volcan de la isla de Lemnos. 

Estos siete volcanes pertenecen á la gran cuenca del 
Mediterráneo j á la costa de Europa. Todos han dado testi- 
monios de su actividad en los tiempos históricos. La mon- 
taña ignívoma del Mosjchlos en la isla de Lemnos, llama- 
da por Homero mansión favorita de Vulcano, fue destruida 
como la isla Chrvsé, con posterioridad ala época de Alejan- 
dro, por temblores de tierra, hundiéndose en las ondas (r).3). 
El gran levantamiento v la desaparición de las tres Caime- 
nas, en medio del golfo de Santorin, encerrado entre las islas 
de Tera. de Terasia j de Aspronisi, fenómeno que se re- 
novó muchas veces desde el año 186 antes de Jesu-Cristo, 
hasta el año 1712 de nuestra era, ofrece sorprendente 
analogía con otro fenómeno mucho menos importante á la 
verdad, con la isla que surgió del mar, entre Sciacca j 
Pantellaria, conocida con el nombre de Graham, de Julia j 



— )¿d9 — 

de Ferdinand^a. En la península de Metona, que Lemos 
mencionado ja muclias veces (54), existen señales visibles 
de erupciones volcánicas, en medio de un traquito de rojo 
oscuro, que sale del calcáreo, cerca de Kaimenocliari j de 
Kaimeno (55 . 

hosvolcaines jj'/'eki.stóricos que conservan aun frescas hue- 
llas de corrientes de lava, vertidas por cráteres, son, jen- 
do de Norte á Sud: el MosenLerg j el Geroldstein, en el 
Eisel; en Hungría, el gran cráter de levantamiento en 
que está construido el Schemnitz; en la Auvernia, la ca- 
dena de Pujás ó de los Monts Domes, el cono del Cantal, 
los Monts-Dore ; en el Vivarais, donde las antiguas lavas 
se abren paso á través del gneis, la sección de Ajsac j 
el cono de Montpezat. El Velaj presenta erupciones de 
escorias sin corrientes de lavas; siguen después los montes 
Engáñeos, las colinas de Albano, Rocca Monfina j el Vul- 
tur, cerca de Teano j deMelfi. En Cataluña se encuentran 
los volcanes que están próximos áOlot y Castell-Follit (56), 
j mas al Sud todavía, el grupo de las Columbretas, cerca 
de las costas de Valencia, de las cuales la major que ostenta 
la forma de un creciente, la antigua Colubraria de los Roma- 
nos, contiene el Montcolibre, lleno de obsidiana jde traquito 
celular, v situado, según el capitán Smjth, á los 39" 54' de 
latitud. Puede citarse también la isla griega de Nisjros una 
de las Esporades carpáticas, de exacta figura circular, 
en medio de la cual j ^-k una altura de 2,130 pies, se- 
gún los cálculos de Ross^, se halla una hondonada profunda 
j rodeada de un cerco, que encierra una solfatara en que 
se ojen violentas ¿ detonaciones j de donde irradian cor- 
rientes de lava. Esas lavas se precipitaban en otro tiempo 
en el mar, j producían aun en tiempo de Strabon muelas 
volcánicas; hoy constitujen pequeños promontorios (57). 
Debemos mencionar también, en razón á su edad, los volca- 
nes submarinos de las islas Británicas , y los notables efec- 



— 300 — 

tos que producen en las capas de la formación silúrica in- 
ferior, ó formación de Llandeilo^ en la cual se hallan 
empastados fragmentos celulares volcáuicos. Según la im- 
portante observación de Murchison, las capas silúricas in- 
feriores de las montañas de Corndon , en los condados de 
Schrop j de Montgomerv, tienen también masas erupti- 
vas de trapp (58). Terminaremos por los notables filones de 
la isla Arran, j quedarán todavía otros puntos por los cua- 
les ha pasado evidentemente la actividad volcánica, sin que 
pueda descubrirse señal alguna de las andamiadas porque 
se ha abierto paso. 

II. ISLAS DEL OCÉANO ATLÁNTICO. 

El volcan de Esk, en la isla Juan Majen, ha tomado su 
nombre del navio de Scoresbj, que verificó su ascensión. 
Llega apenas á 1,500 pies de altura, y presenta en el vértice 
un cráter abierto, aunque no inflamado. Su composición 
es de basalto rico en pirojeno j detrass. 

Al Sudoeste del Esk, cerca del cabo Norte de la isla de 
los Huevos, existe otro volcan que, á partir del mes de 
Abril de 1818, ha arrojado, de cuatro en cuatro meses, can- 
tidades considerables de cenizas. 

El Beerenberg , de 6,648 pies de altura, situado en la 
parte Nordeste de la isla Juan Majen, á los 71° 4' de lati- 
tud, no es conocido hasta ahora como volcan f'59). 

Los volcanes de la Islandia : el Qíroefa, el Hécla , el 
Rauda-Kamba, etc. 

El volcan de la isla Pico, una de las Azores, tuvo gran 
erupción de lava desde 1.° de Majo al 5 de Junio de 
1800 (60). 

El pico de Tenerife. 

El volcan de Fogo, una de las islas del cabo Ver- 
de (61\ 



— 301 — 

Difícil es referir en Islandia la actividad volcánica ante- 
rior á los tieriipos históricos á centros determinados. Se pue- 
den dividir sin embargo con Sartorius de Waltershauseu, 
los volcanes de esta isla en dos clases: en volcanes que solo 
han tenido una erupción, y volcanes que han arrojado cor- 
rientes de lava en muchas ocasiones , por una misma fa- 
lla principal. Ala primera categoría pertenecen el Rauda- 
Kamba, el Scaptar , el Ellidavatan , situado al Sud-este 
de Rejkjavik y quizás otros; la segunda categoría, que 
acredita una individualidad perseverante, comprende los 
dos volcanes mas altos de la Islandia: el QEroefa, que pasa 
de 6,000 pies, y el Snoefiall, luego el Hecla etc. De tiempo 
inmemorial, aparece el Snoefiall sin señal alguna de activi- 
dad, el (Eroefa por el contrario, es célebre por las formida- 
bles erupciones de 1362 j de 1727 (62). En la isla de Ma- 
dera (63), las dos montañas mas altas, el PicoRuivo, de for- 
ma cónica que tiene 8,685 pies, y el Pico de Torres, de 
igual elevación , y cujas escarpadas pendientes están cu- 
biertas de lavas escorificadas, no pueden considerarse como 
centros de la actividad volcánica, en atención á que en mu- 
chos sitios, especialmente cerca de las costas, se han encon- 
trado aberturas eruptivas, j también el gran cráter, de la 
Lagoa cerca de Machico. Es imposible seguir las diferentes 
corrientes de lava que se han confundido superponiéndose- 
Restos de antiguas dicotiledóneas y heléchos, cuidadosamen- 
xe estudiados por Bumburj, se hallan enterrados en le- 
vantamientos volcánicos de toba y de tierra arcillosa, cu- 
biertos á veces de un basalto mas reciente. El grupo Fer- 
nando de Noronha, situado á 2" 27' al Este de Pernambuco, 
á 3* 50' de latitud austral , se compone de muj pequeñas 
islas que consisten en rocas de fonolita, que contienen an- 
fibol. No existen aquí cráteres^ sino únicamente aberturas 
de forma de filones, llenas de traquito y de amigdaloide ba- 
sáltica , que atraviesan capas de toba blanco (64). En la isla 



:]0^ 



«de la Ascensión, la mayor altura es de 2,690 pies. Las la- 
vas basálticas ofrecen mas feldespato vitreo que olivina, y 
constituyen corrientes muy distintas, que pueden seguirse 
fácilmente hasta el cono de erupción, formado de traquito. 
Esta última roca, de color brillante v frecuentemente des- 
compuesta como toba, domina en el interior v en la parte 
Sudeste de la isla. En las masas de escorias arrojadas por el 
Green-Mountain , están empastados fragmentos angulosos, 
que contienen sienita y granito, v recuerdan las lavas del 
Jorullo(65). Al Oeste de la misma montaña, se encuentra 
un estenso cráter abierto. Bombas volcánicas que no tienen 
menos de 10 pulgadas de diámetro, se dispersan por las in- 
mediaciones, en cantidad innumerable, como también gran- 
des masas de obsidiana. Toda la isla de Santa Elena es vol- 
cánica. En el interior, dominan capas feldespáticas de lava; 
cerca de las costas, reina un basalto cruzado por innumera- 
bles filones (diques), como en Flagstaff-Hill . Entre Diana - 
Peak jNest-Lodge, en la cadena central, existe un preci- 
picio abierto á pico j en forma de medialuna, resto de un 
gran cráter destruido, en donde se amontonan escorias y 
lava celular (the mere wreck one great cráter is left {6d). 
Las capas de lava no están claramente limitadas, j no pue- 
de seo-uirse su curso con tanta facilidad como el de las cor- 
rientes propiamente dichas, que tienen menor estension. 
Tristan de Cunha, situada á los 37° 3' de latitud aus- 
tral, 13° 48' de longitud, descubierta desde el año 1506 
por los Portugueses, es una pequeña isla circular, que 
solo tiene miPa y media de diámetro, en cu jo centro 
se levanta una montaña cónica de 7,800 pies de altura 
próximamente, según la relación del capitán Denham, y 
formada , según el mismo testimonio . de rocas volcáni- 
cas (67). Al Sudeste, á los 53° de latitud austral, se halla 
la isla de Thompson, también volcánica, v entre las dos, 
en la misma dirección, la isla (íouírh. llamada también 



— :]03 ~ 

DIcgo-Alvarez. Siguen después la isla de la Decepción, de 
figura de anillo estrecho (lat. aust. 62° 55') ^ j la isla 
Bridgman. que pertenecen al grupo South -Schetland. 
Esas dos islas volcánicas presentan capas de hielo, de pie- 
dra pómez, de ceniza negra, de obsidiana, j producen 
emisiones perpetuas de vapores calientes (68). En el mes de 
Febrero de 1842, se vio arrojar llamas á la isla de la Decep- 
ción, por trece puntos distintos, dispuestos en forma de cír- 
culo. Sorprende verdaderamente que, teniendo el Océano 
Atlántico aun tantas otras islas volcánicas, ni la pequeña 
isla completamente plana de San Pablo (Peñedo de San 
Pedro), situada un grado al Norte del Ecuador, de un 
grunsten esquistoso ligeramente laminar, que pasa á la 
serpentina (60), ni las Maluinas con su esquisto arcilloso 
cuarzífero, ni la Georgia del Sud, ni las islas Sandwich, 
contengan rocas volcánicas. Por el contrario , una región 
-del Océano Atlántico situada á los ()° 20' al Sud del Ecua- 
dor j ;'i los 22'' de longitud occidental , está considerada 
como asiento de un volcan submarino (70). El 19 de Majo 
de 180(), en esos sitios vio Krusenstern elevarse del fondo 
del mar columnas de humo negro, j se presentaron en 1836 
á la Sociedad asiática de Calcuta, cenizas volcánicas, reco- 
gidas en dos ocasiones en el mismo punto, al Sudeste de la 
roca de San Pablo. Los edificios han sentido con frecuencia 
estrañas sacudidas, v el mar se ha hinchado desmesurada- 
mente en la Volcanic Región \ nombre que se dá á estos 
hermosos sitios en el mapa de América del teniente Lee 
titulado: Track of thr svrteijing Brig Dolfhin^ 1854. Se- 
gún las exactísimas investi^raciones de Daussv, este fe- 
nómeno. atribuido á las sacudidas subterráneas que que- 
brantaban el lecho del mar, se reprodujo cinco veces desde 
el año 1747. hasta el viaje de circunnavegación de Kru- 
senstern, V siete veces en el intervalo de 1806 á 1836. 
Xada de particular se ha comprobado sin embargo en el mes 



— 304 — 

de Enero de 1852, en la espedicion del brik el Delfín^ que 
en memoria del Krusenstern's Vulcano , recibió instruc- 
ciones para practicar sondas entre el Ecuador j 7*^ de la- 
titud austral, j entre 18° j 27' de longitud; la misma ob- 
servación se aplica á la Exploring Expeclition de Wilkes, 
que se hizo en 1838. 

III. ÁFRICA. 

El volcan Mongo-ma Leba, situado en la cadena de los 
montes Cameroun , á 4" 12' de latitud boreal , al Oeste del 
punto en que el rio del mismo nombre se precipita en la 
babía de Biafra j al Este del delta formado por el Kowara 
ó Niger, tuvo, según el capitán Alian, una erupción de lava 
en 1838. La falla que corre deSud-Sud-Oeste áNor-Nord- 
este, sobre la cual están dispuestas en línea recta las cua- 
tro islas volcánicas de Anobon, de Santo Tomás, de los 
Príncipes j de San Fernando Pó, se dirige bácia el Came- 
roun que, según las medidas del capitán Owen j del te- 
niente Boteler, llega á 12.000 pies de altura (71). 

En el África oriental , algo al Oeste de la montaña ne- 
vada Kignea, á 1° 20' próximamente de latitud meridional, 
descubrió el misionero Krapf en 1849, una montaña próxi- 
ma á las fuentes del Dana , j á 20 millas geográficas al 
Noroeste de las costas de Mombas, que se supone un 
volcan. Bajo un paralelo en dos grados próximamente mas 
meridional que el de Kignea, fue descubierta en 1847 por 
el misionero Rebmann otra montaña nevada, el Kilimand- 
jaro, que está alejada del mismo litoral poco mas de 50 
millas geográficas. Algo mas al Oeste, se encuentra una ter- 
cera montaña nevada, el Doengo-Engaj, señalada por el 
capitán Sbort. La existencia de esos Nevados ba sido reco- 
nocida después de mucbos esfuerzos j peligros. 

La actividad volcánica de que dá pruebas este vasto 



— 305 — 
continente, tan poco esplorado en el interior, entre 7" de 
latitud boreal y 12° de latitud austral, es decir entre el pa- 
ralelo de Adamaua j el del monte Lubalo, que divide las 
aguas, está atestiguada, según Ruppell, por los alrededores 
del lago Tzana, en el reino de Gondar, j, según RocKet 
d'Hericourt, por las lavas basálticas y capas de traquito 
y obsidiana de Schoa. Las muestras traidas por d'Heri- 
court, muy análogas á las rocas del Cantal y del Mont- 
Dore, fueron analizadas por Dufrenoj (72). Aunque en el 
Kordofan, la montaña cónica de Koldghi no arroja llama 
ni humo, parece probado sin embargo que se encuentran 
en ella rocas negras porosas y vitrificadas (73). 

En Adamaua, al Sud del gran rio Benua, se levantan 
las montañas aisladas de Bagel j de Alantika, que, la una 
por su forma cónica, y la otra por su forma de cúpula, se 
presentaron al doctor Barth, en su viaje de Kuka á Jola, 
como montañas traquíticas. Un naturalista arrebatado muj 
pronto á la ciencia, Overweg, halló al Oeste del lago Tsad, 
en la comarca de Gudscheba, conos de basalto, columnarios 
y ricos en olivina , que han penetrado en capas de asperón 
rojo arcilloso, y en capas de granito cuarzífero ; hecho 
que está confirmado en las noticias que Petermann estractó 
de los Diarios de Overweg^ de Barth y de Vogel. 

La rareza de los volcanes activos en ese continente 
poco articulado, cu jo litoral se conoce bastante, constituye 
un fenómeno singular. Preciso es pues suponer que exis- 
ten , en las regiones ignoradas del África central , especial- 
mente al Sud del Ecuador _, estensas cuencas, análogas al 
lago Uniamesi, llamado anteriormente Njassi por el doc- 
tor Coolej, en cu jos bordes se levantan volcanes como el 
de Demavend , cerca del mar Caspio. Ninguna Relación 
procedente de los indígenas, que tanta afición tienen sin 
embargo por los viajes, nos ha suministrado hasta aquí no- 
ticia alguna respecto de este asunto. 

TOMO :v. ' 20 



— 306 — 

IV, ASIA. 

1 .° Partf occiden tal 1/ centra/ del Asia, 

El volcan de JJemaveud (74', aunque activo todavía, 
solo deja salir un poco deliumo, y por intervalos, según han 
comprobado Olivier. Morier j Tajlor. Thomson en 1837. 

El volcan de Medina; erupción de lava en 1276. 

El volcan Djebel el Tir (Tair ó Ther), de 840 pies de 
altura, que forma una isla en el mar Rojo entre Loheia j 
Massaua . 

El volcan Pe-schan , situado en la gran cadena del 
Thian-schan. ó montaña Celeste, al Norte de Kutscha, tu- 
vo erupciones de lava sucesivas, durante un período muj 
conocido históricamente, desde el año 89 de nuestra era 
hasta comienzos del siglo vii. 

El volcan Hotscheu, llamado también volcan de Tur- 
fan en las geografías chinas, tan ricas en detalles, está 
á 30 millas de la gran sulfatara de Orumtsi, cerca de la 
estremidad oriental del Thian-schan , j frente á la her- 
mosa j fértil comarca de Hami. 

El volcan de Demavend , de mas de 18,000 pies de al- 
tura, se halla á í) millas geográficas próximamente de la 
costa meridional del mar Caspio, en el Mazenderan . casi á 
igual distancia de Rescht y de Asterabad, en la cadena del 
Yndo-Kho que disminuje rápidamente al Oeste hacia 
Herat vMeschid. He hecho probable en otra obra (75), la 
opinión de que el Yndo-Kho , á partir de Chitral y del 
Cafiristan , es prolongación occidental de la gran cadena 
del Kuen-Lun que limita el Tibet al Norte, y corta, en el 
Tsungling . la cadena meridiana de Bolor. El Demavend 
pertenece al Elbruz pérsico ó caspio, sistema de montaña 



— noT — 

que no debe confundirse con el Elbruz situado 7" ^/o mas 
al Norte y 10" mas al Oeste. La palabra Elbruz es cor- 
rupción de Albordj . que significa Montaña del Mundo y 
se refiere á la antigua cosmogonia del pueblo Zend. 

Al considerar, desde un punto de vista general, la forma 
de las cadenas montañosas del Asia central . se reconoce 
que el volcan de Demavend limita la gran cadena del 
Kuen-Lun, cerca de su estremidad occidental. También 
hay en la opuesta otra montaña ignívoma, cuja existen- 
cia he sido el primero en dar á conocer, j que merece par- 
ticular atención (76). Por el trabajo á que se dedicó, á 
instancia mia , mi amig'o y coleo-a en el Instituto, Julien. 
para buscar en las fuentes tan abundantes de la antigua 
geografía china, detalles relativos- al Bolor, al Kuen- 
Lun y al mar de Estrellas, este erudito profundo encontró, 
en el gran Diccionario publicado á principios del siglo xviii 
por el emperador Yongtsching. la descripción de la llama 
eterna que surge de una caverna abierta en la colina Schin- 
khieu, en la pendiente de la cadena oriental del Kuen- 
Lun. La colina de donde sale este fenómeno luminoso, 
cualquiera que sea la profundidad á que nazca, puede 
llamarse difícilmente volcan: mas bien recuerda á mi pa- 
recer la Quimera de Lie va, situada cerca de Deliktasch 
y de Yanartasch . conocida de los Griegos, j que es una 
fuente de fuego, de gas inflamado, alimentada constante- 
mente por la actividad volcánica de la Tierra (77). 

Escritores árabes enseñan, aunque las mas de las veces 
sin citar fechas precisas, que en la edad media tuvieron lu- 
gar también erupciones de lava, en la costa Sudoeste de la 
Arabia , en la cadena de las islas de Zobajr . en el estrecho 
de Bab-el-Mandeb y en el de Aden, en el Adhramaut , en 
el estrecho de Ormuz j en la parte occidental del golfo pér- 
sico, es decir en puntos pertenecientes todos á un suelo que, 
desde tiempo inmemorial, ha sido foco de actividad volcáni- 



— 308 — 

ca (78). Burckhardt lia hallado en la crónica de Samhudj^ 
que contiene la historia de la célebre ciudad del mismo 
nomhre, situada en el Hedschaz, la época de una erupción 
volcánica que estalló cerca de Medina, 12*^ 30' al Norte del 
estrecho de Bab-el-Mandeh. La fecha indicada corresponde 
al 2 de Noviembre de 1276_, pero Abulmahasen dice, según 
Seetzen, que en el mismo sitio se habia producido ^''a una 
erupción ígnea, 22 años antes, en 1254(79). La isla volcá- 
nica Djebel-Tair, en la que reconoció Vincent la isla apa-- 
gadadel Peñplus onaris Erythroei, es todavía activa según 
narración de Botta, conforme con los datos recogidos por 
Ehrenberg j Russegger (80). Si se desean mas amplios de- 
talles sobre toda la comarca que rodea el estrecho de Bab-el- 
Mandeb j la isla basáltica de Perim; respecto del recinto de 
forma de cráter en medio del cual está situada la ciudad de 
Aden; sobre la isla de Seerah j sus corrientes de obsidiana, 
cubiertas de piedra pómez; por último sobre losgruposde is- 
las deZobavr v de Farsan, cuja naturaleza volcánica des- 
cubrió Ehremberg en 1825, se hallarán en el bello libro de 
Ritter (81). 

El sistema volcánico del Thian-schan, que atraviesa el 
Asia central de Este á Oeste, entre el Altai j el Kuen-Lun^ 
fue durante algún tiempo objeto particular de mis investi- 
gaciones (82). A lo poco que Remusat habia tomado de 
la Enciclopedia jajm^iesa, he podido añadir los fragmen- 
tos mas importantes recogidos por Klaproth, Neumann y 
Julien. Si al Thian-schan se agrega el Asferach, que, 
empezando mas allá de la cadena meridional de Kos- 
vurt-Bolor. se prolonga, al Oeste,, hasta el meridiano 
de Samarcanda, en el cual Ibn-Haukal y Ibn-al-Vardi 
han señalado y descrito como en el Thian-schan, pozos de 
fuego j aberturas que arrojaban sal amoniaca, j quizás lla- 
mas, la longitud total de la cadena es ocho veces superior á 
la de los Pirineos (83). En la historia de la dinastía de los 



— 309 — 

Thang se dice espresamente que «en una de las pendientes 
del Pes-chan, que arroja continuamente llamas j humo, 
las piedras se inflaman, funden j corren en una estension 
de muchas Zz, como grasa líquida; esta masa blanda se en- 
durece al enfriarse.» No podria caracterizarse mejor una 
corriente de lava. En el libro xlix de la gran Geografía del 
Imperio chino, impresa á espensas del Estado, en Pekin, de 
1789 á 1804, las montañas ignívomas del Thian-schan es- 
tán señaladas como todavía activas. Su situación es de tal 
modo central , que se hallan separadas de las costas del mar 
glacial j de las embocaduras mas próximas, las del Gan- 
ges V el Indo , á una distancia casi igual ^ de 380 millas 
geográficas; del lago de Aral, á 255 millas; de los lagos sa- 
grados de Issikal j deBalkash, á 43 j 52 millas. Peregri- 
nos de la Meca, que sufrieron enBombaj, en 1835, un in- 
terrogatorio oficial . dieron también noticias acerca de las 
llamas que se elevan de la montaña de Turfan ó Hots- 
cheu (84). ¿Cuándo pues, se decidirá por fin, algún viajero 
preparado para esta esploracion, á visitar los volcanes de 
Pes-chan j de Turfan, de Barkul j de Hami, saliendo de 
la ciudad de Guldja sobre el Ili , que es de tan fácil 
acceso? 

La situación mejor definida hoj de la cadena volcánica 
del Thian-schan _, ha dado lugar naturalmente á pregun- 
tar si la tradición , según la cual , arden fuegos eter- 
nos en el fondo del rio el-3Iacker, en la comarca fa- 
bulosa de Gog j de Magog , no reconocia como origen las 
erupciones del Pes-chan ó del volcan de Turfan. Ese mito 
oriental estendido en un principio por la costa occidental 
del mar Caspio , cerca de las puertas de hierro de Derbend 
(Pjlse Albaniíe), ha viajado como casi todos los mitos, j 
caminado en dirección del Este. Edrisi hace salir de 
Bagdad hacia el pais de las Tinieblas, en la primera mi- 
tad del siglo IX, á Salam-El Terdjeman, intérprete de 



— :^10 — 

uno cielos califas abasidas. El viajero atraviesa la estepa de 
los Bascbkiros, j llega á la montaña nevada de Cocaía, ro- 
deada por el gran muro de Magog ó Madjudj. Jaubert, 
á quien debemos los complementos de la obra del geó- 
grafo nubio , ha demostrado que las llamas que arden en 
la pendiente del Cocaia, no tienen nada de volcáni- 
cas (8o). Mas lejos, hacia el Sud, coloca Edrisi el lago Te- 
hama. Creo que he llegado casi á probar que el Tehama es el 
gran lago Balkasch, en el cual se precipita el riolli, j que 
solo se halla á 45 millas mas al Sud que el Cocaia. Siglo y 
medio después que Edrisi, colocaba Marco Polo los muros de 
Magog en las montañas del In-schan, al Este de la meseta de 
Gobi, frente al rio Hoang-ho v de las murallas de la Chi- 
na, de las cuales, cosa muj singular, habla el viajero ve- 
neciano tan poco como del uso del té. El In-schan, que 
limita las posesiones del Preste Juan , puede considerar- 
se como prolongación oriental de la cadena del Thian- 
schan (HH). 

Durante mucho tiempo se han representado errónea- 
mente dos montañas cónicas, que arrojaban antes lavas , el 
volcan de Pe-schan y el Hots-cheu de Tarfan , separados, 
en una longitud de lOó millas geográficas, por el fuerte 
nudo de Bogdo-Oola, cubierto constantemente de nieve j 
de hielo, como formando un grupo volcánico aislado. Creo 
haber probado que al Sud j al Norte de la larga cadena del 
Thian-schan, lo mismo que en el (yáucaso, existe una co- 
nexión g-eolóo-ica muv íntima entre la actividad volcánica y 
los límites de los círculos de quebrantamiento, las fuentes 
calientes, las sulfataras, las fallas de donde se escapa el 
amoniaco, y los depósitos de salgemma. 

Como he espresado repetidas veces , y hoy es también 
opinión del célebre esplorador del sistema caucásico, Abich, 
el Cáucaso, no es mas que la prolongación de la falla del 
Thian-schan y del Asferah, delante de la gran depresión 



— 311 — 

aralo-caspía (87), conviene citar á continuación del Thian- 
sellan, cuatro volcanes apagados, cuja actividad se ele- 
va á los tiempos pre-históricos : el Elbruz (17,85*^ pies de 
altura\ el Ararat(16,056 pies), el Kasbegk (15,512 pies), 
j el Savalan (14,787 pies de altura) :88). Por su eleva- 
ción son esos volcanes intermedios entre el Cotopaxi v el 
Mont-BIanc. El gran Ararat ó Agri-dagh , á cu jo vértice 
subió por primera vez Parrot, el 27 de Setiembre de 1829, 
j repetidas ocasiones en 1844 j 1845 , Abicli^ y por últi- 
mo, en 1850 el coronel Cliodzko, tiene, como el Chimbora- 
zo, la forma de una cúpula con dos prominencias de poca 
consideración en el borde del vértice , pero sin cráter. Las 
majores j probablemente las últimas erupciones de lava 
que arrojó el Ararat en los tiempos pre-históricos, se abrie- 
ron paso por bajo del límite de las nieves. Dichas erupcio- 
nes son de dos especies: ó traquíticas, con feldespato vitreo, 
j abundantes en pirita sulfurosa, de fácil descomposición; á 
doleríticas j compuestas en su mavor parte de labrador y 
augita, como las lavas del Etna. Abicli estímalas erupciones 
doleríticas del Ararat como mas recientes que las traquíticas . 
Los sitios de que han salido las corrientes de lava, colocados- 
todos debajo del límite de las nieves perpetuas, están indi- 
cados generalmente por conos de erupción v por pequeños 
cráteres, rodeados de escorias. Esto se vé claramente, en la 
gran llanura herbosa de Kip-Gh ioll, en la vertiente Noroes- 
te de la montaña. El profundo valle de Santiago, especie de 
garganta que sube hasta el vértice de Ararat, j, visto aun 
á gran distancia, dáá lamuntañaun carácter particular, ofre- 
ce mucha semejanza con el Val del Bote del Etna, j permite 
también contemplar la estructura interior de la cúpula; haj 
sin embargo una diferencia notable; la de que en el valle 
de Santiago se han encontrado masas traquíticas aunque 
no corrientes de lava, ni capas de escorias y rapilis (89). El 
grande y el pequeño Ararat , el primero de los cuales, se- 



— 312 — 

gwu los escelentes trabajos geodésicos de Wassili Fedorow, 
está situado 3' 4" al Norte, 6' 42'' al Oeste del segundo, se 
elevan sobre el lado meridional de la estensa llanura que 
atraviesa una gran sinuosidad del Arajes. Ambos se ha- 
llan en una meseta volcánica, de forma elíptica, cuvo 
eje major se dirige del Sudeste al Noroeste. El Kasbegk j 
el Tschegem tampoco tienen cráter en el vértice, aunque, 
según Wladikaukas, haja arrojado el primero por el lado 
del Norte fuertes erupciones. El major de todos esos vol- 
canes apagados j el cono traquítico del Elbruz, que sale de 
las montañas de esquisto talcoso j diorítico que dominan el 
valle del Backsan, cuenta un cráter-lago. Cráteres seme- 
jantes existen en la áspera meseta de Kelv, de donde se 
escapan corrientes de lava, que se abren camino por medio 
de conos de erupción. Por otra parte, aquí como en las 
Cordilleras de Quito, los basaltos están muj distantes del 
sistema traquítico; empiezan á 6 ú 8 millas al Sud de la 
cadena del Elbruz v del Tschegem , en el valle superior 
del Faso ó Rion. 

2." Parte nordeste del Asia , feninsida del Kamtsckatka. 

La península del Kamtschatka, desde el cabo de Lopat- 
ka, situado, según Krusenstern, á 5F 3', hasta el cabo 
Ukinsk, pertenece, como la isla de Java, Chile j América 
central^ á las regiones en donde están reunidos en menor es- 
pacio mavor número de volcanes^ los mas todavia activos. 
Cuentanse 14 en Kamtschatka, en una estension de 105 mi- 
llas o-eoo-ráficas. En la América central, entre el volcan de 
Soconusko Y Turrialva, de la provincia de Costa Rica, dos 
puntos separados por un intervalo de 170 millas, encuen- 
tro 29 volcanes, de los cuales 18 aun arden. En el Perú y 
la Bolivia, las 105 millas que haj desde el volcan de Cha- 
cani al de fSan Pedro de Atacama, contienen 14, de los cua- 



— 31.3 — 

les solo 3 han conservado su actividad. En Chile, desde el 
volcan de Coquimbo al de San Clemente, se cuentan 240 
millas V 24 volcanes, 13 de los cuales han dado pruebas de 
su actividad en los tiempos históricos. El conocimiento de 
los volcanes del Kamtschatka, considerados bajo el punto de 
vista de la forma, de la altura j del lugar artronómico, ha 
sido grandemente aumentado en estos últimos tiempos por 
Krusenstern, Horner^ Hofmann, Lenz, Lütke, Postéis, el 
capitán Beechej j especialmente por Erman. Atraviesan á 
la península en su longitud dos cadenas paralelas. Los vol- 
canes están acumulados en la mas oriental , v los mas ele- 
vados llegan á una altura de 10,500 á 14,800 pies, suce- 
diéndose en el orden siguiente, de Sud á Norte : 

El volcan de Opalinks, ó sea el pico Koscheleff del al- 
mirante Krusenstern. situado á los 51° 21' de latitud, según 
el capitán Chwostow, tiene casi la altura del pico de Tene- 
rife j era mu j activo á fines del siglo xviii. 

El Hodutka Sopka (51° 35'); entre este volcan j el 
precedente, se hallaá los 51° 32'^ un cono volcánico inno- 
minado, que, según el testimonio de Postéis, parece apa- 
gado como el Hodutka. 

El Poworotnaja Sopka (52" 22') que, según el capitán 
Beechej, mide 7,442 pies de altura (90). 

El Assatschinskaja Sopka (52° 2') tuvo grandes erup- 
ciones de cenizas, especialmente en 1828. 

El Wiljutschinsker (52° 52'), de 6,918 pies de altura se- 
gún el capitán Beechej, de 6,330 según el almirante 
Lütke, situado al otro lado de la bahía de Torinsk, á 5 mi- 
llas geográficas solamente del puerto de San Pedro j San 
Pablo. 

El Awatschinskaja ó Gorelaja-Sopka (53° 17') , de 8,360 
pies de altura, según Erman, al cual subieron por primera 
vez Mongez j Bernizet en la espedicion de La Perouse; 
después mi amigo j compañero de viaje á la Siberia, 



— 314 — 

Hofmann, en el viaje de circunnavegación de KotzeLue, en 
el mes de Julio de 18*24; Postéis y Lenz, en la espedicion 
del almirante Liitke, en 18*28, y por último Erman, en 
Setiembre de 12*29. Erman hizo la importante observación 
geognóstica de que el traquito rompi(3, al levantarse, capas 
silúricas de esquisto v de grauwaca. El Awatschinskaja, 
de donde continuamente sale humo, dio, en Octubre de 1837, 
el espectáculo de una espantosa erupción ; habia tenido otra 
pequeña en el mes de Abril de 18*28 (91). 

Muj cerca del volcan de Awatscha se levanta el Ko- 
riatskaja (3 Strjeloschnaja Sopka, á 53" 19', de 10,518 
pies de altura, según las medidas de Liltke (92). Los 
habitantes utilizaban todavía en el último siglo la obsi- 
diana que producia esta montaña abundantemente, para 
adornar la estremidad de sus flechas, como hicieron tam- 
bién los Mejicanos, y mas antiguamente los Helenos. 

El Jupano^va Sopka, situado, según las determinaciones 
de Erman, á los 53" 32' (93). Su vértice es sensiblemente 
aplanado, j Erman dice, que esta montaña, en razón al 
humo que exhala j á su ruido subterráneo, ha sido com- 
párala en todo tiempo al poderoso Schiwelutsch, y colo- 
cada entre el número de las montanas ignívomas de cuyas 
propiedades volcánicas no puede dudarse. Su altura, medi- 
da desde el mar por Lütke, se ha evaluado en 8,496 pies. 

El Kronotskaja Sopka, de 9,954 pies de altura j situado 
en el lago de su nombre, á los 54*^ 8'. La montaña, de for- 
ma cónica y terminada por una punta muy aguda, tiene 
en su vértice un cráter humeante (94). 

El volcan Schiwelutsch, á 5 millas al Sud-Este de Je- 
lowka. Esta montaña era casi desconocida antes del viaje 
de Erman, al cual di(5 materia para un trabajo importante 
j muj notable (95). Latitud de la punta setentrional, 
56^40'; altura, 9,894 pies. Latitud de la punta meridio- 
nal, 56*^ 39'; altura, 8,250 pies. Cuando Erman verificó la 



— :nb — 

ascensión del ScKiwelutsch. lo halló exhalando una canti- 
dad considerable de humo. En 1739, se produjeron grandes 
erupciones j también en el intervalo de 1790 á 1810. En 
las últimas no hubo corrientes de lava, sino ejecciones de 
rocas volcánicas disgregadas. Según Dittmar, se hundió 
el vértice setentrional , en la noche del 17 al 18 de Fe- 
brero de 1854, j este accidente fué acompañado de una 
erupción de verdaderas corrientes de lava, que no cesó 
después. 

El Tolbatschinskaja Sopka, que esparce humo abun- 
dante, j ofrecía en otro tiempo la particularidad de cambiar 
con frecuencia las aberturas por donde se escapaban las 
ejecciones de cenizas. Según Erman, el Tolbatschinskaja 
Sopka está á 55" 51 '; su altura es de 7,800 pies. 

El Uschinskaja Sopka , en íntima comunicación con el 
volcan de Kliutschewsk. Latitud 56** O'; altura 11,000 
pies (96). 

El Kliutchewskaja Sopka (la tit. b6%'), el mas alto j 
activo de todos los volcanes de la península del Kamts- 
chatka, fué esplorado á fondo por Erman, bajo el pun- 
to de vista de la geología j de la hipsometría. Según Kras- 
chenikoff, el Kliutschewsk, tuvo grandes erupciones ígneas 
de 1727 á 17.31 j de 1767 á 1795. El 11 de Setiembre 
de 1829, Erman durante una ascensión peligrosa, vio lan- 
zar al vértice del volcan piedras encendidas, cenizas j va- 
pores, mientras que mucho mas abajo, salia una gran cor- 
riente de lava de una falla abierta en la vertiente occidental . 
La lava del Kliutschewsk es también rica en obsidiana. 
Según Erman, esta montaña se halla á los oiV 4' de 
latitud, j su altura era en Setiembre de 1829, exactamen- 
te igual á 14,790 pies (97). En el mes de agosto de 18*28, 
el almirante Lütke encontró, por alturas angulares to- 
madas en el mar á 40 millas marinas de distancia^ 15,480 
pies (98). Teniendo en cuenta esta medida, j comparando 



~ 316 — 

los escelentes planos del barón de Kittlitz, que acompañó al 
almirante Lütke en su espedicion al Seniawin . con sus pro- 
pias observaciones de 1829, Erman llegó á deducir que, 
en el corto espacio de 13 meses, la forma v la altura del 
vértice, esperimentaron grandes cambios. Creo, dice Erman 
(99), que se puede admitir sin temor de equivocarse, que 
en el mes de agosto de 1828^ el vértice estaba 250 pies mas 
elevado que en el mes de setiembre de 1823, durante mi 
permanencia en la comarca de Kliutschi, y adoptar para la 
primera época el número de 15,040 pies. En el Vesubio, 
tomando por punto de partida de mis medidas, la altura de 
la Rocca del Palo, punto culminante de la parte setentrio- 
nal del cráter , tal como la evaluó en 1773 Saussure por 
medio del barómetro, llegué á conocer que, desde 1773 á 
1805_, es decir, en 32 años, el borde setentrional del cráter 
disminujó36 pies; pero que, desde 1773 á 1822, es decir 
en 49 años, parece haberse levantado 96 pies (100). Monti- 
celli j Covelli, hallaron en 1822, 624 toesas para la Rocca 
del Palo: jo encontré 629, j adopté por último el número 
de 625 como • la evaluación mas probable. Treinta y tres 
años después, en la primavera de 1855, las medidas baro- 
métricas del astrónomo de Olmütz, Schmidt, dieron nueva- 
mente 624 toesas (1). ¿Que parte corresponde en esas diver- 
gencias á la imperfección de las medidas j de la fórmula 
barométrica? Podrían multiplicarse útilmente las compara- 
ciones de este género j llegar á resultados mas seguros, si 
en vez de hacer siempre de nuevo todo un conjunto de ope- 
raciones trigonométricas , ó de medidas barométricas , que 
son un procedimiento mas fácilmente aplicable, aunque 
menos satisfactorio , cuando pueden abordarse los vértices, 
se determinara solo , para períodos de 25 ó de 50 , años la 
imica altura angular del vértice, siempre desde un mismo 
punto j elegido de modo que fuera sencillo de encontrar, 
calculando hasta las fracciones de segundos. Teniendo pre- 



— 317 — 

senté el efecto de la refracción terrestre, aconsejaría jo que 
se buscara, en cada una de las épocas normales, un término 
medio entre gran número de observaciones borarias, repe- 
tidas durante tres dias. Para no tener únicamente el resul- 
tado general de un aumento ó de una disminución en la 
altura angular , sino para obtener también en pies la can- 
tidad absoluta del cambio producido, bastaria determinar 
una vez la distancia. ¡Qué manantial tan rico de datos nos 
suministrarían para los colosos volcánicos de las Cordille- 
ras de Quito ^ los trabajos suficientemente exactos de Bou- 
guer j de La Condamine, si esos bombres eminentes bu- 
bieran podido, cuando menos en algunos puntos, señalar de 
una manera fija las estaciones desde donde median los án- 
gulos de alturas! Según Dittmar, el Kliutscbewsk quedó 
completamente en reposo, después de la erupción de 1841, 
basta 1843, que despertó de su sueño vomitando lavas. El 
bundimiento del vértice del Scbiwelutscb interrumpió nue- 
vamente este periodo de actividad (2). 

No be citado, por falta de determinaciones bastante 
exactas, otros cuatro volcanes indicados en parte por el al- 
mirante Lutke y en parte por Postéis, j son: el Apalsk, 
al Sud-Este del pueblo de Bolscberetski ; el Scbiscbapins- 
kaja Sopka, á los 55° IT de latitud; el cono de Krestowsk^ 
á los 56*^4' cerca del grupo de Kliutscbewsk, j el Us- 
cbowsk. La cadena central del Kamtscbatka, particular- 
mente en la llanura de las Baidares, á los 57*^20' de lati- 
tud, al Este de Sedanka, ofrece erupciones de lava j escorias 
que salen de una roca volcánica con frecuencia de un rojo 
de ladrillo, que ba surgido á su vez de las fallas de la Tier- 
ra. Este fenómeno notable, que baceque se asemeje la lla- 
nura al suelo de un antiguo cráter, cujo diámetro bubiera 
tenido por lo menos una legua, está muj lejos de todo le- 
vantamiento de montaña cónica (3). Haj sorprendente 
analogía entre esta comarca j el Malpais de la meseta me- 



— 318 — 

jicana, estenso v misterioso campo de restos rugosos que Le 
descrito detalladamente (4). 

V. ISLAS DEL ASIA OllIENTAL. 

Desde el estrecho de Torres, que separa la Nueva-Gui- 
nea de la Australia, á 10*^ de latitud austral, t desde los 
volcanes humosos de Flores , hasta los mas setentrionalos 
de las Aleuticas, situadas á los 55° de latitud Norte, se 
estiende un mundo de islas, volcánicas en su ma vor parte, 
que, en la región del Mediodía, ganan mucho en estension, 
Y consideradas, desde un punto de vista general, son. en 
razón de su conexión primitiva, difíciles de clasificar en 
grupos distintos. Para empezar por el Norte . veamos pri- 
mero el arco de círculo formado por las islas Aleuticas (5), 
que partiendo de la península americana de Alaska, y 
uniéndose á la isla Attu, próxima á la de Cobre y Behcr 
ring, unen el nuevo continente al antiguo, al mismo 
tiempo que cierran al Sud el mar de Behering. Mas 
allá del caho Lopatka, punta eS'trema de la península del 
Kamtschatka, se siguen en dirección Norte á Sud, el ar- 
chipiélago de las islas Kuriles , que limitan al Este , el 
mar de Saghalin, ó mar de Okhotsk, célebre por La Pe- 
rouse; Jézo, que quizás formaba parte en otro tiempo de la 
isla Karafto, llamada también isla Saghalin ó Tchoka (6), 
j mas allá del estrecho de Tsugar, las tres islas que com- 
ponen el imperio del Japón: Nifon_, Sikok j Kiu-siu, 
comprendidas según el escelente mapa de Siebold , entre 
41 "3*2' V 30" 18'. Desde el volcan Kliutschewsk. el mas 
setentrional de los que rodean la costa oriental del Kamts- 
chatka, hasta la isla volcánica de Iwogasima. situada en la 
estremidad Sud del Japón, en el estrecho de Diemen, esplo- 
rado por Krusenstern, la actividad volcánica de la. Tierra 
se manifiesta á través de su corteza resquebrajada, siguien-: 



do regularmente ia dirección del Nord-Kste al Sud-Oeste. 
Esta dirección se prolonga por la isla Jakuno-sima, que 
separa los dos estrechos de Van Diémen j de Colnet , j 
contiene una montana cónica de 1,780 metros de altura 
(5478 pies); por el archipiélago designado por Siebold con 
el nombre de Linschote ; por la isla de Azufre del capitán 
Basil Hall, llamada también Lung-Huang-Schan; por el 
pequeño grupo de Lieu-Khieu y el de Madjikosima. que 
se aproxima hasta la distancia de *23 millas geográficas á 
la costa oriental de la isla Formosa (Tha'i-wan), á lo largo 
de la ribera de la China. 

La isla china Formosa, situada entre 25 j 26 grados de 
latitud Norte, es el punto en donde las líneas de levanta- 
miento dejan de seguir la dirección del Nord-Este al Sud- 
Oeste^ para tomar la del Norte a Sud, que conservan hasta 
5 ó O grados de latitud austral. Esas líneas de levantamiento 
son fáciles de reconocer en la isla Formosa v enlasdos gran- 
des Filipinas, Luzon j Mindanao, donde, en una esten- 
sion de cerca de 20 grados, cortan, en sentido del me- 
ridiano, va una sola costa, ja las dos costas opuestas. 
Hállaselas también en la costa oriental de la gran isla Bor- 
neo, que se une á Mindanao por el archipiélago Sulu, 
j á Mindoro por la estrecha v larga isla de Palawan; en la 
parte occidental de las islas tan ricamente articuladas de Cé- 
lebes j de Gilolo ; por último, lo que es particularmente 
digno de observación, en el archipiélago volcánico j heri- 
zado de corales, de las islas Marianas ó de los Ladrones, le- 
vantadas en una falla meridiana que se estiende á 350 mi- 
llas geográficas del grupo de las Filipinas v bajo la misma 
latitud, siguiendo una dirección general N. 10" O (7\ 

Así como hemos señalado en el paralelo de la isla For- 
mosa, rica en hulleras, el punto desde donde la dirección 
meridiana sucede á la dirección oblicua de las Kuriles, un 
nuevo sistema de fallas empieza al Sud de Célebes j de 



— 320 — 

las costas meridionales de Borneo, cortado va por cade- 
nas de montañas trasversales. Las grandes y pequeñas 
islas de la Sonda , desde Timor-laut hasta la estremi- 
dad occidental de la isla Bali, sig-uen en general, durante 
el espacio de 18° de longitud, la dirección media del 8"^ 
paralelo austral. En la parte occidental de Java, el eje 
declina ja algo mas hacia el Norte, y va casi del Este- 
Sud-Este al Oeste-No r-Oeste. Desde el estrecho de la 
Sonda hasta la mas setentrional de las islas Nicobar, la 
falla toma francamente la dirección del Sud-Este al Nor- 
Oeste. El conjunto del levantamiento volcánico que corre 
de Este á Oeste y del Sud-Este al Nor-Oeste tiene, según 
esto, una estension de 675 millas geográficas próxima- 
mente, lo que representa once veces la longitud de los Pi- 
rineos. De este número, no contando la pequeña inclina- 
ción de la isla de Java hacia el Norte , siguen la dirección 
de Este á Oeste 405 millas, v la del Sud-Este al Nor-Oes- 
te 270. 

Así, las consideraciones generales á que dan lugar la 
forma y disposición de las islas que rodean las costas 
orientales del Asia pueden aplicarse sin interrupción á tra- 
vés de esta inmensa comarca de la Oceanía , que com- 
prende 68 grados de latitud, desde las islas Aleuticas y el 
mar de Behering, hasta las Molucas é islas de la Sonda. 
Donde especialmente se despliegan las formas mas varia- 
das, es en la zona que se estiende 5 grados al Norte j 10 
grados al Sud del ecuador. La dirección en que han sido 
levantadas las grandes islas, se reproduce por una m.ara- 
villosa coincidencia en grupos próximos de menor esten- 
sion. Así, cerca délas costas meridionales de Sumatra, 
está colocada paralelamente una larga hilera de islas. El 
mismo fenómeno se presenta en pequeño en los filones 
metálicos; y en grande . en las cadenas de montañas que 
atraviesan continentes enteros. Generalmente cadenas acom- 



— 321 — 

pañantes , desmembramiento de la principal , corren á 
grandes distancias unas de otras , revelando las idén- 
ticas causas que las han producido, j una dirección co- 
mún , que imprime á las arrugas de la Tierra la actividad 
volcánica. El conflicto de las fuerzas desencadenadas á través 
de las fallas abiertas simultáneamente en sentido inverso^ 
narece haber originado á veces configuraciones estravagan- 
tes, que se han hecho mas notables por su aproximación; 
tales son_, entre las Molucas, las de Célebes j de Gilolo^ 

Después de haber manifestado el íntimo lazo que^ geo- 
lógicamente hablando, une los sistemas insulares del Este 
j del Sud de Asia, señalaremos en la isla Formosa, á 24" de 
latitud boreal, el límite meridional del sistema del Asia 
oriental , ó en otros términos el punto en que el eje, 
abandonando la dirección de Nord-Este á Sud-Oeste, 
toma la de Norte á Sud. Esta división j nomenclatura 
geográfica, aunque algo arbitrarias, se hallan consagradas 
por el uso. Vamos á ocuparnos de nuevo mas detallada- 
mente de los diferentes grupos enumerados antes, em- 
pezando por las mas orientales de las islas Aleuticas, 
que pertenecen al continente de América mas que al de 
Asia. 

Las islas Aleuticas, ricas en volcanes , comprenden de 
Este á Oeste : las islas de los Zorros, entre las cuales están 
las majores de todo el archipiélago : Unimak^ Una- 
lasckha j Umnak ; las Islas Andrejanowski , de las que 
la mas célebres son : Atcha con tres volcanes humosos, y el 
poderoso volcan de Tanaga, cuja figura ha dado ja 
Sauer; las islas Ratas j las islas Bljnia, situadas á alguna 
distancia. A este grupo pertenece la isla Attu, que, como 
he dicho antes, une las islas Aleuticas al grupo del Comen- 
dador , es decir á las islas de Cobre j de Behering, próximas 
á las costas del Asia. La opinión frecuentemente repetida, 
de que las cadenas volcánicas dirigidas del Nor-Nordeste 

TOMO IT. 21 



— 322 — 

al Sud-Sud-Oeste empiezan , en la península del Kamts- 
chatka, en el lugar en que la falla sobre la cual están le- 
vantadas las islas Aleuticas forma una intersección sub- 
marina con la península á que parece preparar el camino, 
es poco fundada. Según el mapa del mar de Behering, del 
almirante Lütke, la isla Attu, estremidad occidental del 
arco descrito por las Aleuticas, está situada bajo el pa- 
ralelo de 52^ 46'. La isla de Cobre j la de Bebering, 
ambas desprovistas de volcanes , se estienden entre 
54° 30' j 55" 20', v la cadena volcánica del Kamts- 
cbatka comiénzala bajo el paralelo de 56° 40'^ con el gran 
volcan de Scbiwelutscb, al Oeste del cabo Stolbowoj. La 
dirección de las fallas eruptivas es también muj diferente 
V casi opuesta. En la isla de Unimak es donde existe el 
volcan mas alto de las islas Aleuticas, j cuenta, según Lüt- 
ke, 7,578 pies. Cerca de la estremidad setentrional de 
Umnak, la isla de Agascbagokb ó de Sanctus theologus 
JoJiannes , que permaneció cerca de ocbo años encendida, 
se levantó sobre el mar. en el mes de majo de 1796, con 
circunstancias muv notables, bien descritas en el Viaje 
de Descubrimiento de Kotzebue. (8). Según narración 
de Krusenstern , el perímetro de esta isla era de 4 millas 
.o-eográficas, j tenia aun 2^ 100 pies de altura. En la isla de 
Unalascbka, es donde especialmente un sabio, familiari- 
zado con el estado actual de la Geología, j capaz de anali- 
zar seguramente la composición de las rocas, podria estu- 
diar las relaciones señaladas por el ingenioso Cbamisso, 
entre el traquito rico en anfibol del volcan Matuscbkin, de 
5,136 pies de altura, lo que parece pórfiro negro, j el 
granito, próximo al pórfiro. La isla de San Pablo, una de 
las dos que componen el grupo Pribjtow, situado aislada- 
mente en el mar dé Bebring, es volcánica en alto grado ; la 
lava j la piedra pómez abundan en ella. Por el contrario la 
isla de San Jorge, solo contiene granito v gneis. 



— 323 — 

Según el censo mas completo que tenemos hasta ahora, 
las 240 millas geográficas porque se estiende la larga fila 
de las islas Aleuticas, contienen mas de 34 volcanes, que 
han dado pruebas de su actividad en épocas relativamente 
recientes. Asi, de 54 á 60 grados de latitud j de 162 á 198 
grados de longitud occidental_, el suelo del mar forma en- 
tre dos grandes continentes , una eminencia cu va energía 
volcánica se ocupa incesantemente en crear ó destruir. 
¡Cuantas islas han desaparecido inmediatamente después 
de su aparición sobre la superficie del mar _, en el trascur- 
so de los siglos, como por ejemplo, las Azores! ¡Cuantas 
otras, levantadas de mucho tiempo sobre las olas, han des- 
aparecido totalmente ó en parte, sin que las observara na- 
die! La estensa fila de las islas Aleuticas ofrece, para la 
mezcla de pueblos j emigraciones de razas, una senda de 
13 á 14 grados mas meridional que el estrecho de Behering; 
este camino es el que parece que atravesaron los Tchuktchi, 
cuando emigraron de América al Asia, j penetraron mas 
allá del rio Añadir. 

El archipiélago de las Kuriles, desde la estremidad del 
Kamtschatka hasta el cabo Brughton , en la punta Nord- 
Este de la isla Jezo, presenta, en una longitud de 180 mi- 
llas geográficas, 8 ó 10 volcanes, délos que la major parte 
están todavía en actividad. El mas setentrional, situado en 
la isla Alaid. j célebre por las grandes erupciones de 
1770 j de 1793, merece que por fin sea medido con exac- 
titud, puesto que se evalúa su altura en 12 ó 14,000 pies. 
La isla Mataua, á que pertenece el pico Sarjtschew, mu- 
cho menos elevado, j que no tiene, según Horner, mas 
que 4,227 pies, ha dado pruebas también de gran ener- 
gía volcánica, como las Kuriles japonesas: Urup, Itorup 
j Kunachir. 

Después de las Kuriles, sigue la isla Jezo j las tres 
grandes del Japón, acerca de las cuales puso á mi disposi- 



— 324 — . 

cion el célebre viajero Siebold, un importante trabajo, que- 
me permitió rectificar lo que pude aventurar inexactamen- 
te en mis Fragmentos de Geología y de Climatología asiáti- 
cas, j en el Asia central, apojado en la E enciclopedia ja- 
ponesa (9). 

La gran isla Jezo, situada entre 4:V 30' y 45° 30' de 
latitud , de forma mu j rectangular en su parte setentrio- 
nal , j separada de la isla Nifon por el estrecho de Sangar 
ó Tsugar, de la isla Karafto (Karafu-to) por el estrecho de 
La Perouse^ cierra con su cabo Nord-Este el archipiélago 
de las Kuriles. Pero á poca distancia del cabo Romanzow, 
que es la estremidad Nor-Oeste de la isla, j se adelanta 
grado j medio mas hacia al Norte en el estrecho de La Pe- 
rouse, se encuentra, álos 45*^ 11', una montaña volcánica 
que pertenece á la pequeña isla Risiri , el pico de Langle^ 
de 5^020 pies de altura. Jezo misma parece atravesada 
por una cadena volcánica, desde la bahía deBrughton hasta 
el cabo Norte; hecho tanto mas notable cuanto que en 
la estrecha isla de Krafto , que es la prolongación de Jezo, 
los naturalistas agregados á la espedicion de La Perouse 
hallaron la bahía de Castries cubierta de lavas rojas po- 
rosas j escorias. Siebold cuenta, en la isla Jezo, diez j 
siete montañas cónicas , que en su major parte son vol- 
canes apagados. El Kiaka^ llamado por los Japoneses 
Usuga-take, es decir. Montaña del Mortero, á causa déla 
profunda depresión del cráter, parece estar aun inflamada, 
como el Kajo-hori ; por lo menos Perr j vio desde la ba- 
hía de los Volcanes, dos montañas volcánicas cerca del 
puerto Endermo, á los 42° 17' de latitud. La alta monta- 
ña de Man je , designada por Krusenstern con el nombre 
de Palas, está en medio de la isla Jezo, á los 44° de latitud 
próximamente, algo al Este -Nord-Este déla bahía Stro- 
gonow. 

Los historiadores del Japón no citan mas que seis vol- 



— 3*25 — 

canes activos, antes ó después de la era cristiana: dos en 
la isla Nifon j cuatro en la isla Kiu-Siu. Los volcanes de 
la isla Kiu-Siu, la mas próxima á la península de Corea, 
son, subiendo de Sud á Norte, el volcan Mitake, que se 
levanta sobre el islote de Sajura-sima, en la bahía de Ka- 
gosima , abierta al medio dia , j forma parte de la provin- 
cia de Satsuma (lat. SV 33', long. 128" 21'); el volcan 
Kiorisima, en el distrito Naka, de la provincia Fuga 
(lat. 31° 4o'); el volcan Aso-jama, en el distrito Aso, de 
la provincia Figo (lat. 32° 45'); el volcan Wunzen, en la 
península Simabara j en el distrito Takaku (lat. 32'^ 45'). 
Según una medida barométrica, el Wunzen no tiene mas 
-de 1,253 metros ó 3,856 pies; es superior en 100 pies 
escasamente al punto culminante del Vesubio, la Rocca del 
Palo. La mas violenta de las erupciones del Wunzen, cu jo 
recuerdo ha conservado la historia, es la del mes de Febre- 
ro de 1793. Wunzen j Aso-jama están ambos al Este-Sud- 
Este de Nangasaki. 

El mas setentrional de los volcanes de la gran isla 
Nifon es el Fusi-jama, á cuatro millas geográficas á lo 
mas de la costa meridional , en la provincia Suruga j 
el distrito Fusi (lat. 35° 18', long. 136" 15'). La altura 
de ese volcan, medida, como la de Wunzen, por jóve- 
nes japoneses, discípulos de Siebold, tiene 3,793 me- 
tros ú 11,675 pies; pues cerca de 300 pies mas elevado que 
el pico de Tenerife , con el cual Ksempfer lo habia compa- 
rado ja (10). El levantamiento de esta montaña cónica, 
que se refiere al quinto año del reinado de Mikado VI (286 
antes pe nuestra era), se describe en los términos siguientes, 
notables bajoel punto de vista geológico: «Una vasta estension 
de terreno desciende hacia la comarca de Omi; formase un 
lago, jel volcan Fusi aparece.» Las erupciones mas carac- 
terísticas que se han producido á partir de la era cristiana, 
son las de los años 799, 800, 863, 937, 1032, 1083 j 1707. 



— 826 — 

Desde esta última época descansa el volcan. Mas al Norte 
está el Asama-jama , el mas central de los volcanes activos 
del interior del país. El Asama-jama^ en el distrito de 
Saku, de la provincia Sinano , á los 3(5° 32' de latitud, 
136"* 18' de longitud, es decir, entre los meridianos de las 
dos ciudades principales Mijako j Jedo , está á 20 millas 
geográficas de la costa Sud-Sud-Este , á 13 millas de la 
costa Nor-Nor-Oeste. En 864, el Asama-jama tuvo una 
erupción al mismo tiempo que el Fusi-jama. La del mes 
de Julio de 1783 fué mas violenta j funesta que ninguna 
otra. Después, no ha vuelto á interrumpirse la actividad 
del Asama-jama. 

Además de esos volcanes , los navegantes europeos han 
observado dos pequeñas islas con cráteres humeantes : la 
primera es la de Iwoga-sima ó R\osima , esto es , la 
isla de Azufre : sima significa isla, i/co azufre; ^a es sim- 
plemente un afijo del nominativo. Krusenstern la llama isla 
del Volcan. Iwosima, situada al Sud de Kiu-siu, en el es- 
trecho de Diemen, á los 30° 43 ' de latitud boreal, 127° 58' de 
longitud occidental , no dista mas de 54 millas inglesas del 
volcan de Mitake; su altura es de 2.220 pies (715 metros). 
Linschoten la menciona ja en 1596. «La isla Iwo-sima, 
dice, contiene un volcan que es una montaña de azufre ó 
de fuego.» Esta isla está indicada también en los mas an- 
tiguos mapas marinos de los Holandeses, Ijajo el nombre 
de Vukamís(l 1) . Krusenstern la vio arrojar humo, en 1804." 
El capitán Blake gozó de igual espectáculo en 1838; j 
Guerin j de la Roche Poncié, en 1846. Según este último 
navegante, la altura del cono es de 2^218 pies (715 me- 
tros). Este islote de roca, citado como volcan por Landgre- 
be, en su Historia natural de ¡os xokaneSy según el testi- 
monio de Krempfer (12), que lo coloca cerca de Firato ó 
Firando, es indudablemente Iwo-sima; porque el gru- 
po á que Iwo-sima pertenece , se llama Kiu-siu-ku-sima, 



— 827 — 

que significa las 9 islas de Kiu-siu , y no las 99 como se 
La dicho ; no existe semejante archipiélago cerca de Fi- 
rato, al Norte de Nagasaki, ni en ninguna otra parte del 
Japón. Por último, sigue en cuarto lugar la isla Ohosima 
ó de Barneveld (isla de Vries de Krusenstern); forma 
parte de la provincia Idsu_, en la isla Nifon, y está situa- 
da delante de la bahía de Wodawara , á los 34" 42' de lati- 
tud boreal y 137^^ 4^ de longitud oriental. Broughton vio 
salir humo del cráter en 1797; poco tiempo antes había te- 
nido lugar una erupción muj considerable. Ohosima es el 
punto de partida de una hilera de islotes, agrupados en la 
dirección del Sud hasta Fatri-sjo , á los 33° 6' de latitud 
Norte, cu JO eje se prolonga hasta las islas Bonin , también 
á los 26" 30' de latitud Norte, y 139° 45' de longitud Este. 
Esas islas , según Postéis , son asimismo volcánicas , y se 
han quebrantado por violentos temblores de Tierra (13). 
Tales son los ocho volcanes que dieron pruebas de su 
actividad en los tiempos históricos, pertenecientes al Japón 
propiamente dicho, ó situados en las islas Kiu-siu y Nifon, 
ó en las cercanías de estas islas. Aparte de esos volcanes, 
puede también citarse una fila de montañas cónicas, de las 
cuales algunas , caracterizadas de una manera manifiesta 
por cráteres abiertos á gran profundidad , parecen volca- 
nes apagados há mucho tiempo. Tal es el cono Kaimon, el 
pico Horner de Krusenster , en la parte mas meridional de 
la isla Kiusiu , en la provincia Satsum , en la costa del es- 
trecho de Diemen (lat. 31" 9'). Seis millas geográficas se- 
paran apenas esta montaña del volcan activo de Mitake, 
que se levanta al Nor-Nord-Este . Tal es también en la isla 
de Sikok, el Kofusi ó pequeño Fusi, en el islote de 
Kutsuna-sima^ de la provincia deijo, á los 33" 45' en 
la costa oriental del gran estrecho Suwo-Nada ó Van der 
Oapellen^ que divide las tres grandes partes del imperio 
japonés: Kiu-siu, Sikok y Nifon. La mas importantes 



— 328 — 

de esas islas, Nifon, contiene nueve conos, probablemente 
traquíticos, que siguen la dirección Sud-Oeste áNord-Este, 
j de los que son los mas notables : Sira-jama', 6 Montaña 
Blanca , en la provincia Kaga , á los 36° 5' , que , com.o el 
Tsjo-kaisan de la provincia Dewa (latitud 39° 10'), está 
considerado como superior al Fusi-jama meridional _, que 
se eleva ja á mas de 11,600 pies. Entre el Sira-jama j 
el Tsjo-kaisan se encuentra, en la provincia Jetsigo, á 
36° 53', el Jaki-jama, ó Montaña de las Llamas. Las dos 
montañas cónicas mas setentrionales que se levantan sobre 
los lados del estrecho de Tsugar , en frente de la gran isla 
Jezo, son : el Iwaki-jama, á los 40° 42' de latitud, el pico 
Tilesius de Krusenstern, que ha merecido inmortal reco- 
nocimiento de los sabios por sus estudios sobre la geogra- 
fía del Japón, y el Jake-jama, ó Montaña ardiente, á los 
41° 20', en la punta Nord- Este de Nifon , en la provincia 
de Nambu. Esta montaña ba arrojado llamas desde los 
tiempos mas antiguos. 

A pesar de la analogía de configuración que se nota en- 
tre la península del Kamtscbatka j la de Corea ó Corai, que 
se une casi con la isla de Kiu-siu, por las de Tsu-sima j 
de Iki_, bajo los paralelos de 34*^ j de 34° 30', no se ha 
descubierto hasta aquí volcan alguno en la parte occiden- 
tal de esta península. La actividad volcánica de la comarca 
parece estar circunscrita á las islas vecinas. Así, en 1007, 
se vio surgir del fondo del mar el volcan Tsinmura, lla- 
mado por los chinos Tanlo. Un sabio , Tienkong-tschi , fué 
enviado para describir el fenómeno j dibujar su figura (14). 
Donde las montañas afectan generalmente la forma cónica, 
es sobre todo, en la isla Sehe-sure (el Qiielpaerts de los 
Holandeses). Según La Perouse j Broughton, la montaña 
central tiene una altura de 6,000 pies. Faltan muchos 
elementos volcánicos por descubrir en este archipiélago 
occidental, cujo jefe, que es al mismo tiempo rej de la 



— 329 — 

península de Corea, se llama soberano de 10,000 islas. 
Del pico Horner (Kaimon-ga-take)^ situado en la costa 
Sud-Oeste de la isla Kiu-siu , en el reino insular del Ja- 
pon , parte un arco de círculo descrito por una hilera de 
pequeñas islas volcánicas , cuja abertura está dirigida ha- 
cia el Oeste y que contiene : entre los estrechos de Diémen 
j de Colnett, á Jakuno-sima j Tanega-sima; al Suddel es- 
trecho de Colnett , en el grupo de las Linschoten de Sie- 
bold (el archipiélago Cecilio del capitán Guérin), que se es- 
tiende hasta el paralelo 29°, la isla Suwase-sima (la isla 
del Volcan del capitán Becher), á los 29° 39' de lati- 
tud_, 127° 21' de longitud, j que se eleva, según la Roche 
Poncié, á 2,630 pies ú 855 metros de altura (15); después, 
la isla de Azufre de Basil-Hall (Sulfur-Island) , llamada 
Tori-sima ó isla de los Pájaros por los Japoneses , Lung- 
Hoang-schan, por el Padre Gaubil, á los 27° 51' de lati- 
tud, 125'' 54' de longitud, según las medidas astronómi- 
cas del capitán de la Roche Poncié (1848). Como esta isla 
lleva también el nombre de Iwo-sima, es preciso no con- 
fundirla con su homónima, situada mas al Norte, en el 
estrecho de Diémen. La isla de Azufre fue muj bien des- 
crita por Basil Hall. Adelantando hacia el Sud, entre 
los paralelos, 26 j 27 se encuentra el grupo de Lieu- 
khieu ó Lew-Chew, denominado Loo-Choo por los in- 
dígenas , del cual publicó un mapa especial Klaproth , en 
el año 1824. Por último, hacia el Sud-Oeste, está el 
pequeño archipiélago de Madschiko-sima , que se es- 
tiende hasta la gran isla Formosa^ j que consideraria jo 
como estremidad de las islas del Asia oriental. Cerca de 
la costa oriental de Formosa, álos 24° de latitud, el teniente 
Bojle observó, desde el mar, una gran erupción volcánica 
en el mes de Octubre de 1853. En las islas Bonin, llama- 
das Buna-sima por los Japoneses, j situadas entre 26° 30' 
j 27M5' de latitud, bajo el meridiano de 139' 55', la isla 



— 030 — 

de Peel tiene lioj muclios cráteres^ rodeados de gran can- 
tidad de azufre j escorias , que parecen apagadas ha poco 
tiempo (16). 

VI. ISLAS DEL ASIA MERIDIONAL. 

Comprendemos bajo esta denominación la isla Formo- 
sa (Tha'í-wan) , las Filipinas , las de la Sonda j las Mo- 
lucaa. Klaproth, Ka sido el primero que ha dado á conocer 
los volcanes de Formosa, según las fuentes chinas, siem- 
pre tan abundantes en minuciosas descripciones de la Na- 
turaleza (17). Formosa contiene cuatro volcanes, entre 
ellos el Tschjkang , ó Montaña Roja, que tuvo grandes 
erupciones inflamadas, j en el cual existe un cráter-lago 
lleno de aguas abrasadoras. Las pequeñas islas Baschi j 
las Babujanas, que, según el testimonio de Me jen, dieron 
aun en 1831 una violenta erupción de llamas^ establecen 
relaciones entre Formosa j las islas Filipinas, de las cuales 
las mas pequeñas j mas profundamente escotadas son las 
mas ricas en volcanes. Buch cuenta 19 montañas cónicas 
de altura considerable, llamadas en el país Volcanes, una 
parte de las cuales solo está compuesta probablemente de 
cúpulas traquíticas cerradas. Dana cree que no quedan ja 
en la región meridional de la isla do Luzon, mas que dos 
volcanes inflamados: el Taal^que se levanta en la Jagiina de 
Bonglong , j tiene en su cumbre un circo que á su vez 
contiene otra laguna (18); j en la parte Sud de la penín- 
sula Camarines, el volcan Albaj ó Majon, denominado por 
los indígenas Isaroe. ElAlbaj,de 3,000 pies dealtura, pre- 
sentó grandes erupciones en 1800 j 1814. En la parte seten- 
trional de Luzon , encuéntrase granito en abundancia, es- 
quisto micáceo, j también formaciones sedimentarias j 
hulla (19;. 



— 331 — 

La larga fila de las islas Sulu ó Solo, que por lo me- 
nos comprende cien islas, j une á Mindanao con Borneo, 
está surcada en parte por arrecifes de corales, ves en parte 
volcánica; pero conviene no olvidar que los picos aislados, 
traquíticos y de forma de conos, son conocidos por los Es- 
pañoles con el nombre de Volcanes aunque estén cerrados^ 
en el vértice. 

Si, tomando por guia el gran trabajo del doctor Jung- 
buhn , se traza la exacta enumeración de todos los ele- 
mentos volcánicos comprendidos á partir de la estremidad 
meridional de las Filipinas ó del 5.° grado de latitud boreal_, 
entre el meridiano de las islas Nicobares y el que atraviesa 
la costa occidental de la Nueva-Guinea, es decir^ en el es- 
pacio ocupado por las grandes j pequeñas islas de la Sonda 
V perlas Molucas, hallase que, en |esta guirnalda de islas 
que rodean la casi continental de Borneo, existen 109 mon- 
tañas ignívomas, j 10 volcanes de cieno; no siendo esta 
aproximada evaluación sino resultado de cálculos rigorosos. 

Hasta ahora ignoramos á qué atenernos sobre la exis- 
tencia de volcanes activos en la isla Borneo_, la Qiaza Mag- 
giore de Marco Polo (20). Cierto es que solo se conocen 
todavía zonas estrechas d^^l litoral. Al Nor-Oeste, se ha 
esplorado únicamente la comarca que se estiende hasta la 
pequeña isla costera de Labuan j cabo Balambangan; al 
Oeste , háse visitado la embocadura del Pontianak , j en la 
estremidad Sud-Este^ el distrito Banjermas-sing, á donde 
se llegó por el atractivo de las lavaduras de oro , diamante 
j platino que allí se suponen. No es creible que la monta- 
ña mas alta de Borneo , y quizá de toda la región insular 
que se despliega al 8ud del Asia , el Kina-Bailu , cuja 
doble cumbre se levanta cerca de la punta setentrional de 
la isla , á 8 millas geográficas solamente de la costa de los 
Piratas, deba considerarse como volcan. El capitán Belcher 
evalúa la altura del Kina-Bailu en 12,850 pies; 4,000 mas 



— 332 — 

que el Gunung" Pasamán (Ofir), de Sumatra (21). Por otra 
parte, Rajah Brooke cita, en la provincia Sarawak , una 
montaña muclio menos alta_, cu jo nombre malajo^ Gunung 
Api, es decir, Montaña de Fuego, acredita, como las es- 
corias esparcidas en los alrededores, que en otro tiempo fue 
volcan activo. Grandes depósitos de arenas de oro , com- 
prendidos entre fragmentos de filones de cuarzo , las lava- 
duras de estaño que se encuentran en las dos orillas opuestas 
de los rios, j el pórfiro rico en feldespato de las montañas de 
Sarambo, indican una estension considerable de lo que 
se lia convenido en llamar rocas primitivas j rocas de tran- 
sición (22). Según las observaciones del doctor Horner, 
liijo del sabio astrónomo de ZuricK , únicas que emanan de 
un geólogo j á que podremos prestar fé , muchas lavadu- 
ras, esplotadas con éxito en la parte Sud-Este de Borneo, 
presentan también , como en el Ural sibérico, oro, dia- 
mantes, platino, osmium é iridium; sin embargo, hasta 
ahora no se ha encontrado en ellas paladium. Muj cerca de 
allí^ en la cadena de los Eatuhs, de 3,200 pies de altura, 
existen formaciones de serpentina , gabbro j sienita (23). 
De las otras tres grandes islas de la Sonda, Sumatra, 
Java j Célebes, la primera posee, según Junghuhn , seis ó 
siete volcanes aun en actividad ; Java de veinte á veinti- 
trés, j Célebes once ,* en la isla menos importante de Flo- 
res se cuentan seis. Hemos tratado ya detalladamente de 
los volcanes de Java (24). En la isla de Sumatra, que to- 
davía no ha sido esplorada por completo , de diez j nueve 
montañas de forma de cono j apariencia volcánica, seis 
han conservado positivamente su actividad (25) , j son: el 
Gunung-Indrapura, de 11,500 pies de elevación próxima- 
mente, según alturas angulares tomadas sobre el Océano, 
cifra que la iguala á la del Semeru ó Maha-Meru de Java, 
dequese tienen medidas mas exactas; el Gunung-Pasaman, 
llamado también Ofir, que tiene 9,010 pies de altura j un 



— 333 — 

cráter casi apagado, al cual subió el doctor Horner ; el Gu- 
nung--Salasi j rico en azufre, que arrojó escorias en 1833 
j 1845; el Gunung-Merapi. el mas activo de todos los vol- 
canes de Sumatra, de 8.980 pies de altura, á cuja cima 
llegó también el doctor Horner en 1834, con el doctor Kor- 
thals. Este volcan, no debe confundirse con otros dos del 
mismo nombre, pertenecientes á la isla de Java (26); el 
Gunung-Ipu, montaña que arroja bumo, y tiene la forma 
de cono truncado ; por último , en el distrito interior de 
Benkulen , el Gunung-Dempo , cuja altura se evalúa 
en 10,000 pies. 

Cuatro islotes compuestos de conos traquíticus de los 
cuales los mas elevados son , el pico Rekata j el Panahi- 
tam, en la isla de los Príncipes, unen la cadena volcánica 
de Sumatra á la apretada fila de los volcanes javaneses: de 
igual modo, en la estremidad opuesta. Java j su volcan de 
Idjen se juntan á la larga cadena de las pequeñas islas déla 
Sonda, por el Gunung-Batur j el Gunung-Agung , vol- 
canes activos de la isla Bali. Después vienen, al Este de 
Bali : la montaña Humeante de Rindjani, situada en la isla 
Lombok , que , según la medida trigométrica de Melvi— 
lie de Carnbe, tiene 11,600 pies; j el Temboro, en la 
isla Sumbawa ó Sambawa, que cuenta 5,500. En el mes 
de Abril de 1815, oscurecióse la atmósfera alrededor del 
Sambawa por una erupción de cenizas j de pómez, de las 
mas considerables que recuerda la Historia (27). La isla 
Flores contiene seis volcanes^ muchos de los cuales arrojan 
aun bumo. 

La gran isla Célebes, que estiende por todas partes sus 
largos brazos, comprende también volcanes algunos de los 
cuales se hallan aun en actividad. Todos están reunidos en la 
estrecha península de Menado, que forma la parte Nord-Este 
déla isla. Cerca de esos volcanes, brotan fuentes sulfurosas 
en ebullición. En una de estas fuentes, situada en el camino 



— 334 — 

de Sonder á Lamovang, cajóse un infatigable viajero, li- 
bre observador de la Naturaleza , mi amigo el conde pia- 
montés Cario Vidua, cujas quemaduras le produjeron la 
muerte. Así como en las Molucas, la pequeña isla Banda 
está formada únicamente del volcan Gunung-Api, de 1.700 
pies de altara escasamente, cuja actividad se sostuvo des- 
de 1586 á 1824, la isla Ternata, aunque major, se com- 
pone también de una montaña cónica «de 5,400 pies de al- 
tura^ el Gunung- Gama-Lama, cujas violentas erupciones 
se sucedieron de 1838 á 1849, después de una calma com- 
pleta de mas de ciento cincuenta años, jhan sido descritas 
en épocas muj diferentes. Según Jungbubn, en la erupción 
del 3 de Febrero de 1840 , salió una corriente de lava por 
medio de una falla, cerca del fuerte Toluko, j continuó su 
curso hasta el rio (28j , «ja se formara la lava de una masa 
coherente j enteramente liquefactada, ó de fragmentos in- 
flamados, precipitados á través de la llanura por la presión 
de la masas que les seguian». Si á las montañas cónicas que 
hemos citado por razón de su importancia se unen los nu- 
merosos j muj pequeños islotes volcánicos que no pue- 
den menos de mencionarse aquí, se halla que el número 
de todas las motañas ignívomos situadas al Sud del paralelo 
del cabo Serangani, en la isla de Mindanao, una de las Fi- 
lipinas, entre el meridiano del cabo Nor-Oeste de la Nue- 
va-Guinea, j el que atraviesa los grupos de las islas Nico- 
bar j Andanian, se eleva, como ja he indicado antes, á 
109 (29). De esa cifra corresponden á la isla de Java , 45 
volcanes , en su major parte cónicos j provistos de cráte- 
res; pero de estos 45, solo 21 , j del total 109, solo 42 
ó 45, puede decirse que han dado en nuestros tiempos, ó 
en los históricos, pruebas de actividad. El poderoso pico 
de Timor, servia antiguamente de faro á los navegantes, 
como Stromboli. En la pequeña isla de Pulu-Batu^ llama- 
da también Pulu-Komba, algo al Norte de Flores, vióse un 



— 335 — 

volcan arrojar lavas inflamadas hasta la superficie del mar, 
en 1850. Ya en 1812, el Pico de la isla Sangir, mas estensa 
que Pulu-Batu, j situada entre Magindanao j Célebes, 
habia dado el mismo espectáculo, que se renovó últimamen- 
te en la primavera de 1856. JunghuKn duda que el célebre 
cono Wawan ó Ateti, en la isla Amboina , arrojara en 1674 
otra cosa que lavas encendidas, j actualmente coloca la isla 
entre las sulfataras. El gran grupo de las islas del Asia me- 
ridional se une, por la parte occidental de las islas de la 
Sonda, á las de Nicobar v Andaman del Océano Indico; 
por las Molucas j las Filipinas, á .las islas Papuas, á las 
Pelew j Carolinas del mar del Sud. Examinaremos pri- 
mero los grupos menos numerosos v mas diseminados del 
Océano Indico. 



VIL ISLAS DEL OCÉANO INDICO. 

Bajo el nombre de Océano Indico , desígnase el espacio 
que existe entre las costas occidentales de la península Ma- 
laca ó de las Birmanes, j las costas orientales del África. 
Este mar comprende por tanto, en su parte setentrional, el 
golfo del Bengala, el Arábigo j el mar de Etiopía. Segui- 
remos la actividad volcánica del Océano Indico, jendo del 
Nord-Este al Sud-Oeste. 

Barren Island, isla Desierta, situada en el golfo de Ben- 
gala, algo al Este de la gran isla de Andaman, á los 12° 15' 
de latitud, puede citarse con justicia como cono activo de 
erupción ; alzándose este de en medio de un cráter de le- 
vantamiento. El mar penetra por una pequeña abertura j 
llena un estanque interior. Este islote, descubierto en 1791 
por Horsbourgh, ofrece un espectáculo en estremo instruc- 
tivo para la teoría de la formación de las andamiadas vol- 
cánicas. Se ve allí en estado completo v permanente, lo que 



— 336 — 

en la isla Santorín j en otros puntos del globo , presenta 
pasajeramente la Naturaleza (30). En el mes de Noviembre 
de 1803, las erupciones se mostraban regularmente perió- 
dicas, como la del Sangaj, en las Cordilleras de Quito; 
siendo los intervalos de diez minutos (31). 

La igla Narcondam,á los 13° 24' de latitud, al Norte de 
Barren-Island^ ba dado pruebas también en otro tiempo de 
su actividad volcánica, lo mismo que el cono de la isla 
Cbeduba, mas sefcentrional aun j situada cerca de la costa 
de Arracan, á los 10*^ 52' (32). 

A juzgar por la acumulación de las corrientes de lava, 
el volcan mas activo , no solo del océano Indico , sino tam- 
bién de casi de todo el hemisferio austral, comprendido en- 
tre los meridianos de las costas occidentales de la Nueva 
Holanda y de las orientales de la América , es el volcan de 
la isla Borbon, en el grupo de las Mascarinas. La major 
parte déla comarca, sobre todo la que se estienda al Oeste j 
en el interior de la isla^ es basáltica. Filones de basalto mas 
recientes j pobres enolivina atraviesan la roca mas antigua, 
donde abunda por el contrario la olivina. El basalto contie- 
ne también capas de lignito. Los puntos culminantes de la 
isla son el Gran Marne j las tres Salazas , cuja altura eva- 
luaba Lacaille en 10,000 pies. Actualmente la actividad 
volcánica se halla concentrada en la parte Sud-Este, lla- 
mada el Gran Pais quemado. Según el testimonio de Hu- 
bert , el volcan de Borbon arroja cada año dos corrientes de 
lava, que generalmente se juntan en el mar. La cumbre 
de la montaña tiene, según las medidas de Berth, 7,507 
pies de altura (33). y presenta muchos conos, que llevan 
nombres particulares y entran en erupción por turno. Las 
emisiones son raras en el vértice. Las lavas contienen fel- 
despato vitreo, siendo por consiguiente mas traquíticas que 
basálticas. Las lluvias de cenizas dan con frecuencia olivi- 
na en largos j separados hilos, fenómeno que vuelve á pre- 



— 337 — 

sentarse en el volcan de Owaihi. En 1821 se produjo una 
gran erupción de esos Kilos vitreos, que cubrió toda la su- 
perficie de la isla Borbon. 

Cerca de allí, está situada la gran Terra incógnita de 
Madagascar, de la que solo se conocen dos cosas: la exis- 
tencia de un gran depósito de piedra pómez junto á Tin- 
tinga, frente á la isla francesa de Santa María, j la pre- 
sencia del basalto en del granito j el gneiss, al Sud de 
la [bahía de Diego Suarez, cerca del cabo de Ámbar, si- 
tuado en la estremidad setentrional de la isla. La paifte 
ñieridional de la cumbre central de los montes Ambostime- 
nos, tiene á lo que se cree, una altura de 10,000 pies, pero 
esta apreciación es cierta. Al Oeste de Madagascar , en la 
estremidad del canal de Mozambique, la major de las islas 
Comoras contiene un volcan encendido (34). 

La pequeña isla volcánica de San Pablo, al Sud de" la 
de Amsterdam , á los 38*^ 38', está reputada como volcá- 
nica, no solo á causa de su configuración , que recuerda 
por rasgos característicos las de Santorin, Barrene! Islancl j 
Deceptio7i Islancl en el Grupo del Scbetland austral, sino 
también perlas erupciones de llamas j vapores que se han 
observado allí muchas veces en los tiempos modernos. El pin- 
toresco dibujo que de dicha isladió Valentjn en su obra sobre 
las islas Banda, con motivode la espedicion de Vlaming (no- 
viembre 1696), concuerda perfectamente, como la determi- 
nación de las latitudes, con las representaciones gráficas que 
contiene Atlas de la espedicion de Macartne v, j con el tra- 
zado del capitán Blackwood (^1842). La bahía, redondeadti 
en forma de cráter y de una milla inglesa próximamente de 
estension, está rodeada por todas partes de rocas abiertas á 
pico interiormente , á escepcion de una pequeña grieta 
que da paso á la marea ascendente. Las rocas que consti— 
tujen los lados del cráter , bajan por una pendiente poco 
sensible casi hasta el nivel de la isla (35). 

TOMO !Y. 22 



— 338 — 

La isla de Amsterdam^ situada 50 minutos mas al Norte 
(37° 48'), consiste, según los dibujos de Valentjn, en una 
montaña separada, muj cubierta j algo redonda, cuja 
cima mas alta soporta una pequeña roca cúbica , casi igual 
al Cofre de Perote_,de la meseta mejicana. En la espedicion 
de Entrecasteaux (Marzo de 1792), se vio durante dos dias 
envuelta la isla en llamas j humo. El olor que de allí se 
exhalaba hizo creer en el incendio de un bosque v en un 
abrasamiento subterráneo. Parecia también que cerca de la 
costa se veian salir de uno y otro lado del suelo columnas de 
vapor. Sin embargo, los sabios que ibanenla espedicion opi- 
naron resueltamente que este misterioso fenómeno no debia 
referirse á la actividad volcánica de la montaña (36). Es 
mas seguro remontarse mas^ j citar como testimonio de la 
energía volcánica, en la isla de Amsterdam, las capas de 
piedra pómez que Valentjn cita ja, según el Diario de 
bordo de Vlaming, fechado en 1696, 

Al Sud-Este de la estremidad del África se hallan la 
isla de Marión ó del príncipe Eduardo (lat. 47° 2') j 
Possession Island (lat. 46° 28', long. 49° 36'), que forman 
parte del grupo Crozet. Ambas á dos tienen como rasgos de 
una actividad volcánica agotada, pequeñas montañas de 
figura de conos, con cráteres de erupción rodeados de co- 
lumnatas basálticas (37). 

Mas al Este, casi bajo la misma latitud, se encuentra 
la isla de Kerguelen, la Island of desolation del capitán 
Cook , cuja primera descripción geológica se debe á la fe- 
liz j fecunda espedicion de Ross. En el sitio llamado por 
Cook Christmas Harbour (lat. 48Mr, long. 66° 42'), es- 
tán resueltos con lavas basálticas troncos de árboles fósi- 
les, de muchos pies de diámetro. Admírase también en el 
mismo lugar el pintoresco Arched Rock, que abre paso 
natural en un estrecho muro de basalto. Cerca de allí 
existen montañas cónicas, con cráteres apagados, de las 



— 339 — 

cuales , las mas altas, miden 2,o00 pies, masas de gruns- 
tein j de porfiro atravesadas por filones de basalto , j 
cerca de Cumherland Bay mandelstein con incrustaciones 
de cuarzo. Son allí lo mas notable , las numerosas capas 
de carbón cubiertas de rocas de trapp , quizá de dolerita^ 
como en Meissner en el ducado de Hesse , j que , partien- 
do de un espesor de algunas pulgadas, alcanzan una fuerza 
de cuatro pies (38). 

Si se dirige una ojeada general á las islas del Océano 
Indico, vese la larga fila de las islas de la Sonda, después 
de inclinarse hacia el Nor-Oeste , en el nacimiento de 
la isla de Sumatra, prolongarse por las Nicobar j por las 
grandes j pequeñas Andamans, al mismo tiempo que los 
volcanes de Barren Island, Narcondam j Cheduba corren 
casi paralelamente á las costas de Malaca j deTanasserim, 
V penetran en la parte oriental del golfo de Bengala. No 
baj isla alguna en la región occidental del golfo que se es- 
tiende á lo largo de las costas de Orissa j de Coromandel; 
porque Cejlan, como Madagascar , tiene un carácter mas 
continental que insular. En frente de la ribera que guarnece 
la Oeste la península de la parte de acá del Ganges, la lar- 
ga hilera que forman de Norte á Sud, desde 14° de latitud 
boreal hasta 80° de latitud austral^ los tres archipiélagos 
de las Lakedivas, Maldivas j Chagos, se une por los ban- 
cos de Sabia, de Malha j de Cargados, al grupo volcánico 
délas Mascarinas j á Madagascar. Esos bancos, en cuanto 
puede formarse juicio de ellos, se componen de edificios 
construidos por pólipos madrepóricos _, ^ de verdaderas ro- 
cas de corales que contienen lagunas. De esta suerte se 
confirma la ingeniosa hipótesis de Darwin, según la cual, 
una vasta estension del lecho del mar es en esos sitios, no 
una superficie de levantamiento , sino una superficie de 
depresión (área of subsidence). 



— 340 — 



VIII. MAR DEL SUD, 



Si se compara la parte de la superficie terrestre , actual- 
mente cubierta por las aguas j el área del elemento sólido, 
que se sabe están próximamente en la relación de 2,7 
ál (39), sorprende ver el pequeño número de volcanes 
todavía activos comprendidos en la región oceánica. El mar 
del Sud, cuja superficie escede próximamente en ^/g 
á la de las partes sólidas, j que en la región equi- 
noccial, desde el archipiélago de los Galápagos hasta 
las islas Peleví,', ocupa casi los ^/j. de un gran círcu- 
lo de la Tierra, contiene menos montañas humosas, menos 
aberturas que establezcan comunicación activa entre el 
interior de la Tierra j su envuelta atmosférica, que la 
sola isla de Java. Al geólogo de la gran Esjploring Exfedi- 
tion^ que recorrió la América desde 1838 á 1842, bajo la 
dirección de Wilkes, el ingenioso Dana, corresponde la 
gloria incontestable de haber dado nueva luz respecto de 
todos los archipiélagos del mar del Sud, generalizando las 
ideas sobre la configuración j la distribución de los gru- 
pos de islas, sobre la dirección de sus ejes, sobre el carác- 
ter de las rocas , sobre los períodos de levantamiento ó de 
depresión porque pasan vastas estensiones del suelo sub- 
marino; felices resultados que se deben tanto á sus pro- 
pias investigaciones cuanto á la detenida combinación que 
hizo de todas las observaciones anteriores. Si tomo algo de 
su libro , como de la escelente obra de Darwin , el geólogo 
de la espedicion del capitán Fitz Roj (1832-1836), sin ci- 
tarlos algunas veces , espero que no se parecerá mal esta 
libertad, porque he acreditado suficientemente hace mu- 
chos años la alta estima en que tengo sus trabajos. 

Sin entrar en las caprichosas divisiones de Polinesia j 



— 341 — 

Micronesia , de Melanesia j Malasia (40) , fundadas en el 
número j la estension de las islas, 6 en el color y el origen 
de los habitantes, empezaré la enumeración de los volcanes 
todavía activos del océano Pacífico por los que están situa- 
dos al Norte del Ecuador. Dejo para mas adelante ir en la 
dirección de Este á Oeste , hasta las islas que existen entre 
elEcuador y el grado 30 de latitud austral. No puede decir- 
se con seguridad que tantos islotes de basalto y de traqui- 
to, provistos de innumerables cráteres, de donde han salido 
erupciones en diferentes épocas , bajan sido colocados des- 
ordenadamente aquí y allá (41). Reconócese en efecto que 
la major parte se han levantado sobre fallas de una vas- 
ta estension y sobre cadenas de montañas sub-marinas, 
que se dividen en grupos y en regiones según direcciones 
determinadas, y pertenecen á diferentes sistemas, en un 
todo como las cadenas continentales del Asia central y 
del Cáucaso. Pero la distribución de las raras aberturas que 
han dado en ciertas épocas testimonios simultáneos de acti- 
vidad volcánica depende, casi seguramente, de las pertur- 
baciones puramente locales que han esperimentado las fa- 
llas que concurren á esas aberturas. Las líneas quepodria 
intentarse hacer pasar por tres vol vanes todavía activos, si- 
tuados á distancias respectivas de 600 á 650 millas geográ- 
ficas , y que no están separados por ningún volcan interme- 
dio, á saber: el Mauna-Loa con el estanque de Kilauea en su 
vertiente oriental; el cono de Tanna, en las Nuevas-Hébri- 
das, jla Asunción, en el grupo setentrional de los Ladro- 
nes, nada enseñarian de las le jes generales que han 
presidido á la formación de los volcanes en la cuenca del 
mar del Sud. Lo contrario sucede si no se trata mas que de 
grupos aislados, j si nos trasportamos á las épocas verda- 
deramente pre-históricas en que los numerosos volcanes, 
apagados ja, de los Ladrones, de las islas Marianas, de las 
Nuevas-Hébridas j de las islas Salomón , estaban aun en 



— 342 — 

posesión de su actividad. Es cierto que esos volcanes, colo- 
cados unos á continuación de los otros, no han desapareci- 
do sucesivamente en una dirección determinada, por ejem- 
plo en la dirección del Sud-Este al Ñor- Oeste ó del Norte 
al Sud. Cito aquí las filas de islas volcánicas que surcan la 
alta mar, pero las islas Aleuticas j otras de la costa sumi- 
nistrarían las mismas observaciones. Conclusiones g-enera- 
les sobre la dirección que ba debido seguir el enfriamiento 
son fácil causa de error, porque no se pueden tener en cuen- 
ta las influencias pasajeras de la conductibilidad, según 
que se ejerza ó no libremente. 

El Mauna-Loa, MaunaLoa escriben los Ingleses, de 
12,909 pies de altura^ según la exacta medida del capitán 
Wilkes, en la Exiüoring Ex¡)edit¿on (42) , 1,500 pies mas 
elevado por consiguiente que el pico de Tenerife , es el vol- 
can mas poderoso del océano Pacífico j el único que ba 
conservado toda su actividad en el archipiélago, enter- 
amente volcánico, de las islas Hawaii ó Sandwich. Los 
cráteres del vértice, el major de los cuales tiene 12,000 
pies de diámetro , dejan ver en su estado habitual un 
suelo firme, compuesto de lava enfriada j de escorias, 
de donde se elevan pequeños conos humosos de erup- 
ción. Las aberturas superiores son en general poco acti- 
vas; sin embargo, en el mes de Junio de 1832 j en el mes 
de Febrero de 1843, estuvieron en erupción durante mu- 
chas semanas , j vertieron corrientes de lava de 5 á 7 mi- 
llas geográficas de estension, que llegaban al pie del Mauna- 
Kea. La inclinación que seguia la corriente, sin solución 
de continuidad, era ordinariamente de 6^, amenudo de 10 
á 15, j algunas veces también de 25° (43). La configura- 
ción del Mauna-Loa tiene de particular que no posee cono 
de cenizas^ como el pico de Tenerife, el Cotopaxi j tan- 
tos otros volcanes, y que no haj rastro en él de piedra pó- 
mez. Sin embargo, las lavas del vértice, de un gris ne— 



— 343 — 

gruzco j mas traquíticas que basálticas , son ricas en fes- 
despato (44). La fluidez estraordinaria de las lavas del 
Mauna-Loa, ja sean arrojadas por el cráter del vértice 
(Mokua-weo-weo) ó por el lago de lava situado en la ver- 
tiente oriental del volcan, á 3,724 pies únicamente sobre el 
nivel del mar, se revela por los hilos de cristal, ja lisos ja 
rizados, que dispersa el viento por toda la superficie de la 
isla. Este cristal capilar, que se escapa también del volcan 
Borbon , se conoce en Hawaii con el nombre de cahello de 
Pele. Pele es la diosa protectora de la comarca. 

Dana ha demostrado de una manera ingeniosa que 
Mauna-Loa no es en las islas Sandwich un volcan cen- 
tral, j que el lago de lava designado con el nombre de 
Kilauea no es una sulfatara (45). El diámetro major de la 
cuenca de Kilauea tiene 15,000 pies, cerca de '^/g de 
una milla geográfica; el diámetro menor cuenta 7,000 
pies. En el estado ordinario, la lava propiamente dicha no 
llena toda esta cavidad, sino únicamente un espacio que 
mide 13,000piesde longitud j 4,800 deestension. Súbese 
á los bordes del cráter por una especie de gradería. El es- 
pectáculo que allí se admira deja una impresión solemne de 
calma j tranquilidad. La aproximación de una erupción no 
se anuncia por temblores de tierra ni por ruidos subterráneos, 
sino por la señal de que la lava se levanta j desciende re- 
pentinamente , cuando son necesarios á veces de 300 á 400 
pies para que llegue al borde superior del gran estanque. 
Para comparar el estanque gigantesco de Kilauea con los 
pequeños cráteres laterales indicados por primera vez por 
Spallanzani en la pendiente del Stromboli , á los ^/g de 
esta montaña cerrada en el vértice, es decir, con estanques 
de lava en ebullición, el mas ancho de los cuales tiene 200 
pies de diámetro, j el mas pequeño solamente 30, aparte 
de que esto seria aproximar las grandes cosas á las pe- 
queñas, se necesitaria olvidar que las alturas ignívomas 



— 344 — 

de la pendiente del Stromboli arrojan escorias á gran al- 
tura j vomitan también lavas. Si el gran estanque del 
Kilauea, que forma el cráter inferior j secundario del 
volcan activo de Mauna-Loa, amenaza á veces desbordar- 
se , nunca sin embargo se ha desbordado realmente hasta 
producir una verdadera corriente de lava. Hace el efec- 
to de corrientes , la lava que desciende á través de los 
canales subterráneos, v se escapa por nuevas aberturas 
eruptivas que se forman á la distancia de 4 á 5 millas geo- 
gráficas, j por consiguiente sobre puntos mucho menos 
elevados. El nivel desciende en el estanque de Kilauea, 
inmediatamente después de esas erupciones, determinadas 
por la enorme presión que la lava que ejerce (46). 

Hawaii tiene todavía dos altas montañas, Mauna-Kea 
j Mauna-Hualalai, la primera de las cuales escede en 180 
pies al Mauna-Loa, según los cálculos del capitán Wilkes. 
Mauna-Kea es una montaña cónica, sobre cu jo vértice se 
encuentra, no un cráter, sino solamente eminencias de es- 
corias, desde hace mucho tiempo apagadas, Mauna-Huala- 
lai ^ mide próximamente 9,400 pies de altura, j está toda 
vía en ignición: en 1801 presentó una erupción en que la 
lava se estendió por el lado del Oeste, hasta el mar. Toda la 
isla de Hawaii debe su existencia al levantamiento de las tres 
montañas colosales, Loa, Kea jHualalai, que surgieron del 
fondo del mar. En las narraciones de las numerosas ascen- 
siones del Mauna-Loa , entre las cuales la de la espedicion 
del capitán \Yilkes es fruto de 28 dias de investigaciones, 
se habla de nieve caida con un frió de 5 á8 grados del ter- 
mómetro centesimal , v también de manchas de nieve ais- 
ladas que podian distinguirse desde lejos por medio del 
telescopio en el vértice del volcan; pero en ninguna parte 
se hace mención de las nieves perpetuas (47). He recor- 
dado ja que, según las medidas de altura consideradas 
lioj como mas exactas, el Mauna-Loa. de 12,909 pies, j el 



— 345 — 

Mauna-Kea que tiene 13,089, son inferiores en 950 j 770- 
pies al límite inferior de las nieves perpetuas en las mon- 
tañas continentales de Méjico, á los 19" 30' de latitud. 
Verdad es que, en una pequeña isla, la línea de las nieves 
perpetuas debe estar algo menos elevada, porque las capas 
inferiores del aire son allí menos calientes durante la es- 
tación abrasadora, j las superiores contienen major canti- 
dad de agua. 

Los volcanes de Tafoa* j de Amargura , en el grupo 
Tonga, son activos ambos j el segundo tuvo, el 9 de Julio 
de 1847, una erupción considerable de lava (48). Es cir- 
cunstancia digna de notarse j que concuerda con la ob- 
servación de que los animalillos de los corales evitan la 
proximidad de los volcanes activos ó que acaban de dejar de 
serlo, que en el archipiélago Tonga donde abundan las rocas 
madrepóricas, Tafoa j el cono de Cao carecen completa- 
mente de ellas (49). 

Siguen después los volcanes de Tanna* jde Ambrjm*, 
el último de los cuales está situado al Oeste de Mallicollo, 
en el arcliipiélago de las Nuevas Hébridas. El Tanna, des- 
crito por primera vez por Eorster, se mostraba en plena 
erupción, cuando Cook descubrió la isla del mismo nom- 
bre (1774). Luego, no lia cesado su actividad. Llega es- 
casamente ala altura de 400 pies, j es por consiguiente, 
con el volcan Mendaña, de que hablaremos mas adelante, 
j el japonés de Cosima, uno de los conos ignívomos menos 
elevados. En Mallicollo se encuentra gran cantidad de pie- 
dra pómez. 

El Maihews-Rock* , pequeña isla humosa, de 1,110 pies 
de altura próximamente, una de cu vas erupciones fue ob- 
servada por d'Urville en el mes de Enero de 1828, se halla 
al Este de la estremidad meridional de la Nueva Caledonia. 

El volcan de Tinakoro*, en el grupo de Vanikoro ó de 
Santa Cruz. 



— 346 — 

Eu el mismo archipiélago de Santa Cruz, á 20 millas 
geográficas Nor-Noroeste de Tinakoro, se levanta del fonda 
del mar, á los 10" 23' de latitud austral, la isla propiamen- 
te llamada Volcan*. Las erupciones ígneas de ese volcan^ 
apenas de 200 pies de altura, que Mendaña reconociera ja 
en 1595, se renovaron á veces por intervalos periódicos de 
10 minutos; á veces también, j este caso ocurrió cuando 
la espedicion de Entrecasteaux', la columna de vapor ha 
servido de cráter. 

En el grupo de Salomón , la isla Sesarga* tiene un vol- 
can activo , j no lejos de allí^ hacia la estremidad Sud- 
Este de esta larga fila de islas, en la dirección del archi- 
piélago de Santa Cruz, se han comprobado ja en la costa de- 
la isla Guadalcañar, señales de erupciones volcánicas. . 

Entre las islas Marianas ó de los Ladrones, en la parte 
setentrional de esta hilera de islas que parece haberse le- 
vantado sobre una falla meridiana , se citan como todavía en 
actividad, el volcan de la isla Guguan* j de la isla Pa- 
gon*, j el Volcano Grande de Asunción^ las costas orientales 
del pequeño continente de la Nueva Holanda, especial- 
mente á partir del sitio donde cambian de forma, es decir, 
hacia los 25° de latitud austral^ entre la bahía de Hervej 
j la bahía Moretón _, parecen reflejarse en la zona de las 
vecinas islas. La meridional de la Nueva-Zelandia j los 
grupos Kermadec j Tonga, se dirigen de Sudoeste á Nord- 
este, mientras que las costas setentrionales de la parte de la 
Nueva-Zelandia situada al Norte del estrecho de Cook, 
desde la bahía de Plentj hasta el cabo Otón , la Nueva- 
Caledonia, la Nueva- Guinea, las Nuevas-Hébridas, las 
islas Salomón , la Nueva-Irlanda j la Nueva-Bretaña , se 
inclinan de Sudeste á Noroeste , j siguen generalmente la 
dirección Norte 48° Oeste. Buch^ fue el primero que hizo 
resaltar esa relación que se observa entre las masas conti- 
nentales j las islas de las cercanías, en el archipiélago de 



— 347 — 

la Grecia j en el mar de Corail (50). Las islas del mar d& 
Corail, como indicó Forster, compañero de Cook, j La Bi- 
llardiere, no carecen de rocas abundantes en cuarzo, llama- 
das en otro tiempo rocas primitivas, es decir de granito v^ 
de micasquisto. Dana lia recogido también muestras de esas 
rocas en la isla setentrional de la Nueva-Zelandia, al Oeste- 
de Tipunah, en la Bay of Islands (51). 

La Nueva-Holanda presenta señales aun recientes de 
una antigua actividad volcánica solo en su extremidad me- 
ridional, en la comarca llamada Australia Feliz, al pie j ai 
Sudde los Montes Grampian. Según el testimonio de Dana, 
liállanse en muchos sitios, al Noroeste de Puerto-Felipe, j 
en los alrededores del rio Murraj, conos volcánicos j capas 
de lava (52). 

Existen en la Nueva-Bretaña, tanto en la costa oriental 
cuanto en la occidental , tres conos por lo menos que en 
los tiempos históricos han sido observados por Tasman, 
Dampier , Carteret j La Billardiere , j colocados entre Ios- 
volcanes encendidos con corrientes de lava. 

En la costa Nord-este de la Nueva-Guinea, se encuen- 
tran dos volcanes activos, frente á la Nueva-Bretaña é islas 
del Almirantazgo, ricas en obsidiana. 

En la Nueva-Zelandia, cuja geología ha sido esclare- 
cida, cuando menos en lo concerniente á la isla setentrio- 
nal , por la importante obra de Dieffenbach j las inves- 
tigaciones de Dana , la roca basáltica o traquítica se abre 
paso en muchos puntos, á través de las rocas plutonicas 
j sedimentarias, que están estendidas generalmente allí. 
Esto es lo que se vé, por ejemplo, en un espacio muj pe- 
queño próximo á la bahía de las Islas (lat. 35° 2'), don- 
de se levantan dos conos de cenizas, Turoto j Poerua, 
coronados de cráteres apagados; j mas al Sud, entre 37° 30" 
j 39° 15' de latitud, donde una zona de terreno volcánico- 
atraviesa el medio de la isla, de Nordeste á Sudeste, en una 



— 348 — 

longitud de mas de 40 millas geográficas, desde la bahía de 
Plentj al Este hasta el caho Egmont al Oeste. Vuélvese á 
encontrar aquí, lo que se ha visto en el continente mejica- 
no en major escala: una falla trasversal que vá de un 
mar á otro, en la dirección de Sudeste á Sudoeste, j que 
corta la cadena longitudinal que determina la forma de toda 
la isla. Sobre esta abertura volcánica j probablemente en 
los puntos de intersección , se levantan el cono de Tongari- 
ro*, de 5,816 pies de altura, á cujocráter subió Bidwill, lle- 
gando hasta el cono de cenizas^ j algo mas al Sud, el cono 
de Ruapahu, que no tiene menos de 8,450 pies. La estre- 
midad Nordeste de la zona que toca en la bahía de Plentj 
está compuesta de una sulfatara siempre humosa , el islote 
volcánico Puhia-i-wakati ó Whitelsland, á los 38" 30' (53). 
Volviendo hacia el Sudoeste, se encuenta, en la orilla mis- 
ma, el volcan apagado de Putawaki (Mount Ebgecombe), 
-de 9,066 pies de altura, la montaña nevada de mas eleva- 
ción probablemente de la Nueva -Zelandia. En el interior, 
lagos, algunos de los cuales están llenos de aguas en ebu- 
llicion_, forman una larga cadena, entre el monte Edgecom- 
be j el Tongariro*, asiento principal de la actividad volcáni- 
ca que ha dado salida á algunas corrientes de lava j que 
arroja aun vapores j cenizas de piedra pómez. EllagoTau- 
po, rodeado de arena brillante de leucita j de sanidina v 
colinas de piedra pómez, mide una longitud de cerca de 
seis millas geográficas, j está situado en medio de la isla 
setentrional de la Nueva-Zelandia, á 1,255 pies, según 
Dieffenbach, sobre el nivel del mar. En los alrededores, en 
una estension de dos millas inglesas cuadradas^ se halla 
cubierto el suelo de sulfataras, de columnas de vapor, j de 
fuentes termales, que como los Geisers de la Islandia, cons- 
tituyen diferentes depósitos de silicato (54). Al Oeste de Ton- 
gariro, j á cuatro millas solamente de la ribera occidental, 
se encuentra el volcan Taranaki (Mount-Egmont)^ de 8,293 



— 349 — 

pies de altura , al cual subió midiéndolo por primera vez. 
Dieffenbach, el mes de Noviembre de 1840. La cima del co- 
no, cujo contorno recuerda elTolima mas bien que el Coto- 
paxi, termina por una meseta^ sobre la cual se levanta un- 
cono de cenizas muj escarpado. Nada prueba, como en el 
volcan de la isla Blanca j Tongariro, que la actividad del 
Taranaki ha ja durado hasta nosotros: no se han observado 
tampoco lavas en corrientes no interrumpidas. Las ma- 
sas sonoras j de láminas delgadas, que, en medio de las es- 
corias se destacan, como aristas, sobre el cono de cenizas, j 
recuerdan lo que se vé en una de las caras del pico de Te- 
nerife, guardan analogía con el esquisto porfírico ó fo— 
nolito. 

Muchos grupos de islas acumuladas en una línea larga 
j estrecha que sigue sin interrupción la dirección del 
Noroeste, á saber la Nueva-Caledonia j la Nueva-Guinea, 
las Nuevas-Hébridas j las islas Salomón, Pitcairn, Tahiti 
j las islas Paumotu cortan el Gran Océano, entre 12 j 27 
grados de latitud austral, en una estension de 1,350 mi- 
llas geográficas^ desde el meridiano de las costas orientales 
de la Australia hasta la isla de Pascuas j la roca Sala-j- 
Gomez. Las partes occidentales de esos conjuntos de islas, la 
Nueva-Bretaña*, las Nuevas-Hébridas, Vanikoro, j el gru- 
po de las Tonga* , dan actualmente, en medio del siglo 
XIX, pruebas de actividad ígnea. La Nueva-Caledonia, aun- 
que rodeada de islas basálticas ó de otros caracteres volcáni- 
cos, no contiene mas que rocas plutónicas (55), como Santa 
María de las Azores, según el testimonio de Buch (56), 
j las islas Flores j Graciosa, según el conde Bedemar. A 
esta falta de actividad volcánica en la" Nueva-Caledonia, 
donde se han descubierto recientemente formaciones sedi- 
mentarias j lechos de hulla, se atribuje la vasta estension 
de los bancos de corales vivos de que están erizados esos pa- 
rajes. El archipiélago Vi ti ó Fidschi es basáltico y traquí- 



~ 350 — 

tico á la vez; no presenta sin embargo otro signo caracte- 
rístico que las fuentes termales de la bahía de Savu, en la 
isla Vanua Lebu (57). La misma condición basáltica se en- 
-cuentra en el grupo deSamoa (Navigators Islands), al Nor- 
deste de las islas Viti j casi directamente al Norte del ar- 
chipiélago Tonga, que ha conservado su actividad volcáni- 
ca. Además, se observan allí cráteres de erupción, en nú- 
mero infinito,, j rodeados de capas de toba en las cuales se 
hallan empastados fragmentos de corales. El objeto mas 
notable, bajo el punto de vista geognóstico, es el pico 
Tafua en la isla Upolu del grupo Samoa, que es preciso 
. no confundir con el pico Tafoa, situado en el archipiélago 
Tonga, al Sud de Amargura, que todavía está en actividad. 
El pico Tafua, de 2,006 pies de altura, al cual subió midién- 
dolo por vez primera Dana, tiene un cono de cenizas regu- 
larmente redondeado, que corona un vasto cráter: no haj 
allí señal alguna de corrientes de lava; pero en la montaña 
cónica de Apia^ de 2,417 pies de altura, que está igual- 
mente en la isla Upolu, como también sobre el pico Fao, 
que tiene 3,000 pies de altura, se encuentran campos de 
lavas escorificadas, cuja superficie es rizosa j generalmente 
reticular, que los españoles llaman Malpais. Existen en el 
campo de lavas de Apia vastas cavidades subterráneas. 

Tahiti, situada en medio de las islas de la Sociedad, es 
mucho mas traquítica que basáltica, j solo muestra ja 
propiamente hablando, las ruinas de su antiguo anda- 
mio volcánico. Es difícil de reconstruir la forma primi- 
tiva de los volcanes, según las circunvalaciones poderosas^ 
erizadas de asperezas agudas, é interrumpidas por precipi- 
cios abiertos verticalmente á muchos miles de pies de pro- 
fundidad. De las dos majores cimas, el Aorai j elOrohena, 
el Aorai, ha sido estudiado por el eminente geólogo Dana, 
que fue el primero que subió á él (58); la montaña tra- 
quítica de Orohena parece tener la altura del Etna. Asi, 



— 351 — 

-después del grupo activo de las islas Sandwich, la de 
Tahiti es la que posee la roca eruptiva mas alta de toda la 
región oceánica comprendida entre América j Asia. Una 
roca feldespática que se encuentra en las pequeñas islas 
Borabora j Maurua, cerca de Tahiti, roca que Ellis, en su 
Polynesian Eesearches, presenta como un agregado graní- 
tico de feldespato j cuarzo, y que los viajeros han descrito 
últimamente, con el nombre de sienita, merece un análisis 
mucho mas exacto, en consideración al basalto poroso j es- 
corificado que se observa muj cerca de allí. En la actuali- 
dad no podrían hallarse cráteres apagados ni corrientes de 
lava en las islas de la Sociedad. Pregúntase si los cráteres 
han sido destruidos en las cimas de las montañas, ó si las 
antiguas andamiadas, hoj grieteadas j trastornadas, no 
tuvieron en otro tiempo la forma de cúpula cerrada, j si 
el basalto j las capas de traquito no han salido inmedia- 
tamente de las fallas del globo, como aconteció probable- 
mente en otros muchos puntos del suelo oceánico levanta- 
do. Los diferentes grados de viscosidad ó de fluidez de las 
materias, la major ó menor anchura de las fallas á través 
de las cuales son arrojadas, influjen en la configuración de 
las capas volcánicas, á medida que se forman; j en los lu- 
gares en donde la trituración no deja subsistir sino muj 
pequeños fragmentos^, lo que se ha convenido en llamar 
cenizas, resultan conos de erupción efímeros, que no deben 
confundirse con los grandes conos de cenizas^ del vértice de 
las andamiadas permanentes. 

Muj cerca de las islas de la Sociedad, encuéntranse, 
en dirección del Este, las islas Bajas é islas Paumotu; 
islas de corales _, escepcion hecha del notable grupo basál- 
tico de las pequeñas islas Gambier y Pitcairn (59). Una 
roca volcánica semejante á la que forma este último gru- 
po, existe también en la isla de Pascuas ó Waihu, situa- 
da hacia el Este, á una distancia de 315 millas geográfi- 



— 352 — 

cas, pero bajo el mismo paralelo, es decir entre 25 j 27 
grados de latitud austral. Es probable también que esté 60 
millas mas lejos aun, en las rocas de Sala-j-Gomez. El ca- 
pitán Beechej ha observado en la isla de Pascuas, donde los 
conos mas elevados llegan apenas á 1,000 pies de altura, 
toda una bilera de cráteres, de los cuales ninguno le pare- 
ció encendido. 

Mas al Este todavía, j cerca del Nuevo Continente, el 
archipiélago de los Galápagos, uno de los grupos volcánicos 
mas activos^ en el cual se destacan cinco islas como mas im- 
portantes que las demás, señala el límite de las del Océana 
Pacífico. Puede casi decirse que en ninguna parte, j en tan 
reducido espacio, porque el diámetro del grupo de las islas 
Galápagos tiene apenas 30 ó 35 millas geográficas, ha sub- 
sistido semejante número de montañas cónicas j de cráteres 
apagados, rasgos visibles déla antigua comunicación entre 
el interior del globo j su envuelta atmosférica. Darwin 
evalúa el número de esos cráteres en 2,000. Cuando este in- 
genioso viajero visitó los Galápagos, en la espedicion del 
Beagle dirigida por el capitán Fitzroj, dos cráteres mos- 
traban á la vez erupciones ígneas. En todas esas islas, 
se ven corrientes de una lava muj fluida , que se di- 
viden j generalmente van á parar en el mar. Casi todas 
son también ricas en augita j en olivina. Algunas mastra- 
quíticas, dícese que contienen grandes cristales de albita (60) . 
Convendria á los progresos modernos de la Mineralogia, 
investigar si esos traquitos porfirices tienen oligoclase, 
como sucede en el pico de Tenerife, en el Popocatepetl j el 
Chimborazo , ó labrador, como en el Etna j el Stromboli. 
La pómez falta completamente en las islas Galápagos, lo 
mismo que en el Vesubio, cuando menos como producto de 
este volcan. En ninguna parte se menciona tampoco el an- 
fibol. No domina en estos lugares la formación traquítica 
del Toluca ó del Orizaba, ni tampoco la de algunos volcanes 



— oo3 — 

de Java , de donde me envió el doctor Junghulin frag- 
mentos de lava solidificada para someterlos al análisis de 
Eose. En la isla mas occidental é importante del grupo de 
los Galápagos , en iVlbemarle , las montañas cónicas están 
dispuestas en línea recta, lo que indica que están levanta- 
das sobre fallas. Su major altura no escede sin embargo 
de 4350, pies. El golfo situado al Oeste, en el cual se 
eleva, como una isla, el pico Narborugb , que dio salida 
en 1825 á una violenta erupción , fue descrito por Buch 
como un cráter de levantamiento, j comparado con San- 
torin (61). Los bordes de los cráteres están formados ge- 
neralmente , en las islas de bs Galápagos, de capas tobá- 
ceas que se desploman por todas partes. Un hecho nota- 
ble j que revela la acción general j simultánea de una gran 
catástrofe , es el de que todos los bordes de los cráteres es- 
tán rotos ó enteramente destruidos por el lado del Sud. Una 
parte de lo que se llama toba en las antiguas descripciones 
está compuesta de capas de palagonita, semejantes en un 
todoá las de Islandia é Italia; Bunsen lo demostró despu.es 
de análisis exactos, en las tobas de la isla Chatam (62), 
la mas oriental de todo el grupo, cuja posición astronómica 
fijó Beechej cuidadosamente, j que está aun á 134 millas 
geográficas de la Punta de San Francisco, en el con-ti- 
nente americano. He tenido ocasión de calcular esta dis- 
tancia al determinar la langitud de Quito (81° 4' 38''); se 
halla indicada también en el 3Ia])a de h Niiex" Oranada 
que publicó Acosta en 1849. 

IX. CO^'TINEXTE AMEEICAXO. 

V. Méjico. 

Los seis volcanes mejicanos, el Tuxtla*, el Oriz^ba, cl 
Popocatepetr, el Toluca. el Jorullo* j el Colima*, cuatro de 
los cuales tuvieron ervpciones en los tiempos históricos, han 



— 354 — 

sido ya enumerados, é indicadas las particularidades, nota- 
bles bajo el punto de vista geognóstico_, que ofrece su posi- 
ción respectiva (63). Según las recientes investigaciones 
de Rose , la formación del Chimborazo se encuentra re- 
producida en la roca del gran volcan mejicano, el Po- 
pocatepelt; esta roca consiste en oligoclase j en augita. 
Aun en las capas traquíticas casi negras, que se aseme- 
jan al pestein, se reconocen también pequeños cristales de 
oligoclase de ángulos agudos. Esta misma composición del 
Chimborazo j del pico de Tenerife es la del volcan de Co- 
lima, hacia el Oeste, j próximo á las costas del Océano Pa- 
cífico. Mo he visitado este volcan; pero desde la primavera 
de 1855, debemos á Pieschel una revista muj instruc- 
tiva de las rocas de que ha tratado , é interesantes no- 
ticias geológicas sobre todos los volcanes de la meseta me- 
jicana, que estudió sin escepcion (64). El volcan deToluca, 
al cual he subido medido barométricamente su mas alto 
vértice, el estrecho j difícil jííz'co del Fraile ^ de 14,202 pies 
de elevación (29 de setiembre de 1833), tiene una construc- 
ción geológica muj diferente á la del Popocatepetl j la 
montaña ignívoma de Colima, que es preciso no confundir 
con otra montaña nevada del mismo nombre j de ma vor al- 
tura. El volcan de Toluca consiste, como el pico de Orizaba, 
el Puj-de-Chaumont, en Auvernia, j el volcan de Egino, 
en una asociación de oligoclase janfibol. Según esta peque- 
ña indicación, se vé, j es digno de observar, que en la 
larga hilera de volcanes que se estiende de un mar á otro,, 
no haj dos, inmediatamente sucesivos^ que ofrezcan igual- 
composicion mineralógica. 

2°. Parte Noroeste de la A^nérica. — Región del 
Norte del paralelo del Rio-Gila. 

Al ocuparme de la actividad volcánica de las islas que 
rodean las costas orientales del Asia (65), he señalado, como 



— .355 — 

digno de particular atención , el arco descrito por la falla 
de levantamiento de donde han salido las islas Aleuticas, 
j que hace sensible el lazo directo que une el conti- 
nente asiático al continente americano, entre las dos pe- 
nínsulas volcánicas del Kamtschatka j Alaska. Este ar- 
co es el límite setentrional de una gran bahia formada 
en el. Océano Pacífico, que después de haber ocupado de 
Este Oeste, en la altura de la línea equinoccial, un espa- 
cio de 150 grados de longitud, se redujo hasta el estremo 
de no llenar mas que 37, entre las estremidades de las dos 
penínsulas. Los navegantes habian reconocido ja hacia se- 
tenta ú ochenta años, gran número de volcanes, mas ó me- 
nos activos, en la costa occidental del continente americano; 
pero este grupo estaba por decirlo asi aislado, sin relación 
alguna con la hilera de los volcanes mejicanos ó de los que 
se suponia existir en la península de California. Al señalar 
una serie de conos traquíticos apagados, en la laguna que 
aparecia en un espacio de 28 grados de latitud , entre Du- 
rango j el nuevo ^\ ashington-Territorj, al Norte del Ore- 
gon occidental, se ha hecho sensible el lazo geognóstico de 
esos volcanes. La descripción física de la Tierra es deu- 
dora de este importante progreso á las espediciones cien- 
tíficas que el gobierno de k)s Estados-Unidos preparó tan 
felizmente, con objeto de descubrir el camino mas fácil j 
mas coito para poner en comunicación las llanuras del 
Misisipi y las costas del Océano Pacífico. Todas las ramas 
de la historia natural se han aprovechado de estas investi- 
gaciones. En esta térra incógnita^ que se estiende desde 
la vertiente oriental de las Rocky -Mountains hasta una 
gran distancia de la vertiente occidental, se han hallado 
vastas estensiones, cubiertas de productos que prueban 
la existencia de volcanes aT3ao'ados ó todavía activos. Este 
último caso es el de las montañas de las Cascadas. Asi, 
partiendo de la Nueva Zelandia^ j subiendo al Noroeste, á 



— 356 — . 

través de la Nueva Guinea, las islas de la Sonda, las Fili- 
pinas V el Asia Oriental hasta las islas Aleuticas. para 
volver á bajar hacia el Sud, por la parte Noroeste de la 
América, Méjico v la América central y meridional, hasta 
la estremidad de Chile^, abarcamos, en su inmenso períme- 
tro de 6,600 millas geográficas, toda la cuenca del mar del 
Sud, con los monumentos que ha llevado, allí de todas par- 
tes la actividad volcánica. No era posible llegar á esas ideas 
de conjunto, sin entraren los detalles de la orientación geo- 
gráfica V sin una exacta clasificación. 

Después de haber señalado los contornos del golfo in- 
men-so formado ñor el mar del Sud , deberla decir los con- 
tornos de la mayor de las partes en que se divide la masa 
única que penetra á través de los continentes , puesto que 
en realidad no hav sobre la Tierra mas que una masa lí- 
quida, cujas partes comunican todas entre sí (Q'o), résta- 
nos describir las c-í)marca3 que se estienden desde el Rio- 
Gila hasta los estrechos de Norton j de Kotzebue. Fal- 
sas analogías sacadas de los Pirineos, de los Alpes y de 
las Cordilleras, desde el Chile meridional hasta los 5 gra- 
dos de latitud Norte, v alimentadas por mapas fantásticos, 
han acreditado la opinión de que pueden seguirse como un 
muro del Sudeste al Koroeste, las altas montañas de Méjico ó 
cuando menos la cresta de esas montañas, que constitujen 
lo que se llama una S ierra -3f adre. En realidad^ la región 
montañosa de Méjico es un ancho v poderoso levantamien- 
to, que sigue, sin interrupción, entre los dos mares, la di- 
rección indicada arriba , á la altura de cinco ó siete mil 
pies, pero sobre el cual como sobre el Cáucaso v el Asia 
central, se producen en diferentes sentidos, á 14,000 v 
16,700 pies, sistemas parciales de montañas. La orienta- 
ción de esos grupos parciales . levantados sobre fallas no 
paralelas, es generalmente independiente del eje imagina- 
rio que puede hacerse pasar á través de las ondulaciones 






formadas por el dorso aplanado del levantamiento general. 
La ilusión que causan esas notables relaciones del suelo 
aumenta la impresión pintoresca de esta bella comarca. 
Las montañas gigantescas, cubiertas de nieves perpetuas, 
parecen surgir de enmedio de una llanura. La superficie 
del suelo ligeramente ondulado, en otros términos , la alta 
llanura, se confunde con las llanuras de las tierras bajas. 
Solo el cambio de temperatura bajo la misma latitud , acusa 
]as alturas á que se ha llegado. La falla del levantamiento 
de los volcanes de Anabuac, que sigue, entre 19** j 19"* L5 
de latitud, la dirección de Este á Oeste, corta casi en án- 
gulo recto el eje de la onducion general (67). 

Esta configuración de una parte considerable de la su- 
perficie terrestre, de la cual no se ha tenido idea completa 
por medidas exactas hasta después de 1803, no podria 
confundirse con los crecimientos encerrados entre dos ca- 
denas de montañas como entre dos paredes , de que se 
ven ejemplos en la Bolivia, alrededor del lago Titicaca, 
j en el x\sia central, entre el Himalaya j el Kuen- 
Lun. El primero de esos hinchamientos_, que parece for- 
mar el lecho de un valle, tiene por término medio, 
según Pentland, 12,054 pies de altura sobre el nivel del 
mar; el segundo, el del Tibet_, cuenta mas de 14,070, 
según los cálculos del capitán Strachev, de Hooker v de 
Thomson. El deseo que espresaba, hace medio siglo, en mi 
Análisis del Atlas geográjico y físico del reino de la Ntiexa 
Esjpaña^ de que mi perfil de la meseta comprendida entre 
Méjico j Guanaxuato, pudiera ser continuado hasta Santa 
Fe del Nuevo Méjico, por enmedio de Du rango j Chihua- 
hua, se ha visto plenamente satisfecho. La distancia total es 
actualmente de mucho mas de 300 millas geográficas, de las 
que la cuarta parte pertenece únicamente á las sinuosidades. 
Cabe tener idea de esta configuración singular del suelo j de 
la pendientecasi insensible de un levantamiento que, en cier- 



— 358 — 

tos puntos, no mide menos de 60 á 70 millas geográficas 
de estension , por el hecho de que la distancia de Méjico á 
Santa Fé, que comprende 16 grados 20 minutos de latitud, 
casi la distancia de Stokolmo á Florencia, puede franquearse 
con coches de cuatro ruedas, sin que ha ja sendas de hu- 
mana mano. La posibilidad de esas comunicaciones era ja 
conocida de los Españoles á fines del siglo XVI , cuando el 
viréj conde de Monterej, preparaba los primeros estable- 
cimientos que partieron de Zacatecas (68). 

A fin de hacer mas comprensible lo que he dicho de una 
manera general de las relaciones hipsométricas entre Mé- 
jico j Santa Fe del Nuevo Méjico, inscribo á continuación 
los principales elementos de la nivelación barométrica lle- 
vada á cabo de 1803. á 1847. Sigo la dirección de Norte á 
Sud, con objeto de que los puntos mas setentrionales, ha- 
llándose sobre los demás, correspondan mas fácilmente á la 
orientación ordinaria délos mapas geográficos (69). 

Santa Fé del ]Vuevo Méjico (lat. 3o° 41'), altura 6,611 pies, seg-un 
Wislizenus. 

Alburquerque (lat. 33° 8 O, altura 4,3o0 p., W. (70). 

Paso-clel-Norte, sobre el Rio-Grande-del-Nortc (lat. 29° 48'), altu- 
ra 3,oo7,p., W. (71). 

Chihuahua (lat. 28° 32 ), altura 4,8o2 p., W. 

Cosiquiriachi, altura o. 880 p., W. 

Mapimi, en el Bolsón de Mapimi (lat. 25° 54'), altura 4,4S7 p., W. 

Parras (lal. 2ü° 32'), altura 4,67S p., W. 

Saltillo (lat. 230 iq/)^ altura 4,917 p., W. 

Durang-o (lat. 24*^ 2o'), altura 6,426 p., según Oteiza. 

Fresnillo (lat. 28° 100, altura 6,797 p., seg-un Burkart. 

Zacatecas (lat. 22° 50'), altura 8,436 p., B. 

San-Luis-Potosí (lat. 22° 8'), altura 3,714 p., B. 

Aguas-Caliontcs (lat. 21° 33'), altura 3,873 p., B. 

Lagos (lat. 21° 20'), altura 5,983 p, B. 

Villa de León (lat. 21° 7'), altura 3.733 p., B. 

Silao, altura 3,546 p., B. 

Guanaxuato (lat. 21° O' 15"), altura 6,414 p., seg-un Huiuboldt. 

Salamanca (lat. 20° 40'), altura 3.406 p., H. 



— 359 — 

Celaya (iat. 20° 380, altura 0.646 p., H. 

Queretaro (Iat. 20° 36' 39''), aliara o,970p., H. 

San-Juan-del-Rio, en el Estado de Queretaro (lal. 20° 30 ), altu- 
ra 6,000 p., H. 

Tula (Iat. 19° liV), altura 6,318 p., H. 

Pacbuca, altura 7,638 p., H. 

Moran, cerca de Real-del-Monte, altura 7,986 p., H. 

Huehuctoca , estremidad setentrional de la gran llanura de Méjico 
(Iat. 19° 48'), altura 7,06S p., H. 

Méjico (Iat. 19° 23' 45"), altura 7,008 p., H. 

Toluca (Iat. 19° 16'), altura 8,280 p., H. 

Venta de Chalco, estremidad Sud-E^te de la llanura de Méjico (la- 
titud 19° 16'), altura 7,236 p., H. 

Sau-Francisco-Ocotlan, estremidad Oeste de la gran llanura de Pue- 
bla, altura 7,206 p., H. 

Cholula, al pie de la antigua pirámide de gradas (Iat. i 9° 2'), altu- 
ra 6,480 p., H. 

La Puebla de los Angeles (Iat. 19° O' líi"), altura 6,736 p., H. 

El Pueblo de las Vigas, estremidad oriental de la meseta de Aua- 
iiuac (Iat. 19° 37'), altura 7,332 p., H. 

A principios del siglo xix, no Labia sido medida baro- 
métricamente ninguna altura distinta, en toda la estension 
de la Nueva-España; hoj lia llegado á ser posible reunir, 
en la sola dirección de Norte á Sud , entre Santa Fé v Mé- 
jico, en el espacio de 16° ^/^ que separa dictas ciuda- 
dades, 32 puntos determinados Kipsométricamente, j ge- 
neralmente también astronómicamente. Vemos, por el cua- 
dro precedente, que la superficie de la gran meseta mejicana 
fluctúa entre 5,500 j 7,000 pies. La parte mas baja del 
camino de Parras á Alburquerque escede en 1,000 pies á 
la cumbre del Vesubio. 

La meseta, cu jo punto culminante acabamos de consi- 
derar, se ensancha de tal modo, en la dirección de Este á 
Oeste, desde la zona tropical basta los paralelos 42 v 44, 
que el Great Basin, situado al Oeste del gran Lago Salado 
de los Hormones^ y á 4,000 pies de elevación, por térmi- 
no medio, tiene mas de 85 millas geográficas de diámetro 



— 360 — 

pero este crecimiento del suelo que, á pesar de su poten- 
cia_, sigue una pendiente poco sensible, no debe confun- 
dirse con las cadenas de montañas que le dominan (72). El 
conocimiento de la configuración de esta comarca se debe 
al coronel Fremont; este es uno de los principales resulta- 
dos de los grandes trabnjos hipsométricos que realizó en 1842 
y 1844. La alta llanura pertenece á una época anterior á la 
formación de las cadenas de montañas j de los sistemas que 
irradian en diferentes direcciones. Bajo el paralelo 32 pró- 
ximamente , en el sitio donde , según la delimitación actual, 
entran en el territorio occidental de los Estados-Unidos, 
compuesto de las provincias que pertenecian á Méjico, las 
montañas de Chihuahua llevan va el nombre alo-o vag-o de 
Sierra- Madre \ no obstante la bifurcación no se determina 
hasta la región próxima de Alburquerque (73). Desde en- 
tonces la denominación general de Sierra-Madre correspon- 
de ala cadena occidental; la oriental, á partir de 36° 10' de 
latitud , algo al Nord-Este de Santa Fé , recibió de los via- 
jeros americanos é ingleses el nombre hoj universalmen- 
te adoptado, aunque mal elegido, de Montañas -Roquizas 
(Eockj-Mo untáis). Las dos cadenas constituj'en un valle 
longitudinal, que comprende las ciudades de Alburquerque, 
de Santa Fé j de Taos, regado por el Rio Grande del Norte. 
A los 38° 30', cierra el valle una cadena que sigue de Este 
á Oeste, una estension de 22 millas geográficas; pero á 
partir de este punto hasta les 4F, las Rocky-Mountains con- 
tinúan su curso paralelamente al meridiano, sin nueva in- 
terrupción. En este intervalo, se levantan, algo al Este, los 
picos Españoles, el pico de Pike, de 5,440 pies de al- 
tura, del cual ha dado un precioso dibujo Fremont, el pico 
James, de 10,728 pies, j los tres Park-Moun tains, ¡que 
contienen tres altos valles en forma de cubas, cujas defen- 
sas laterales llegan, sobre el pico de Largo ó Big-Horn^ la 
mas oriental de esas tres montañas, hasta 8,500 j 10^500 



— 361 — 

pies de altura 74). Al tocar en el límite oriental que separa 
el Middle-Park j el North-Park, la cadena cambia de 
dirección y corre de Sud Este á Nor-Oeste, en una esten- 
sion próximamente de 65 millas geográficas, entre 40° 15' 
y 44° de latitud. En este espacio, están situados el SoiUh- 
Parky de 7,028 pies de altura, j los célebres V/mcl-River- 
Mowitains, en medio de los cuales se levanta, á los 43° 8', 
€l pico de Fremont^ de 12,730 pies. Bajo el paralelo 
de .44°, jcerca de los Tres-Pechos, las Montañas-Ro-qui- 
zas dejan su jinclinacion hacia el Nor-Oeste , para volver 
á tomar la dirección meridiana, que conservan hasta el 
Leivis-and-CIarke s-Pass ^ á los 47° 2' de latitud, 114° 30' 
de lono-itud. La cadena tiene todavía en este sitio la al- 

o 

tura de 5,608 pies; pero los lechos profundamente sur- 
cados de los numerosos rios que aflujen al Flathead-Rixer 
6 Clarkes-Fork hacen que pierda en seguida su sencillez 
j su regularidad. El ClarkesFork j el Lewis- Rives ó 
SnaJie-River concurren á formar el gran rio Columbia, que 
debe abrir algún dia importante camino al comercio del 
mundo (75). 

Así como en la Bolivia^ la rama de las Cordilleras mas 
alejada de Ja plaja, la del Sorata (19,974 pies de altura) 
j del Ilimani (19,843 pies), no ofrecen va un solo vol- 
can activo; de la misma manera en los Estados-Unidos está 
circunscrita la actividad volcánica á las regiones mas oc- 
cidentales, en las cadenas de la costa de la California j del 
Oregon. La larga cadena de las Montañas-Roquizas, sepa- 
rada del mar del Sud por una distancia que varía de 120 
á 200 millas geográficas, aunque no presente señal alguna 
de erupción ígnea subsistente todavía en nuestros dias, 
muestra en sus dos vertientes, como la cadena oriental 
de la Bolivia, en el valle de Yucaj (76), rocas volcá- 
nicas, cráteres apagados, lavas que contienen obsidiana 
j campos de escorias. En esta cadena de las Mvmtañas-Ro- 



— 362 — 

quizas, cuja geografía es tan bien conocida, merced á las 
escelentes investigaciones de Fremont, D'Emorj, d'Abbot, 
de AVizlizenus, de Dana j de Marcou, cuenta, éste últi- 
mo, geólogo muv distinguido en las dos vertientes, tres 
grupos de rocas volcánicas antiguas. Las primeras pruebas 
de la actividad volcánica en esta comarca se revelaron tam- 
bién por el espíritu de observación que demostró el coro- 
nel Fremont desde 1842 j 1843 (77). 

En la pendiente oriental de las Montañas-Roquizas , en 
el camino del Sud-Oeste, que conduce de Benfsfort. ba- 
ñado por el Arkansas, á ¡Santa Fé del Nuevo- Méjico , están 
situados dos volcanes apagados : los Raton-Mountains ^ sobre 
los cuales se eleva el Fischers-PeaJí y la colina Cerrito, en- 
tre Galisteo j Peüa-BIanca (78). Las lavas arrojadas por 
los Raton-Mountains cubren toda la comarca que se estiende 
desde el curso superior del Arkansas basta el Canadian- 
River. La peperina j escorias volcánicas, que se empie- 
piezan á bailar en las praderas , á medida que se entra en 
la dirección Oeste j en la proximidad de las Rockj-Moun- 
tains, pertenecen quizás á las antiguas erupciones del Cer- 
rito ó de los grandes picos Españoles, á los 37° 32'. Esta 
comarca volcánica, que rodea, al Este, las montañas se- 
paradas, conocidas con el nombre de Raton-Mountains. 
forma una superficie cujo diámetro tiene 20 millas geo- 
gráficas de;'longitud, j cu jo centro se encuentra próxi- 
mamente á los 36° 50' de latitud. 

La vertiente occidental ofrece las pruebas mas incontes- 
tables de una actividad volcánica que ba dejado de mani- 
festarse, pero que se desplegaba antes en un espacio mas 
considerable, que fué atravesado en toda su estension de 
Este á Oeste , cuando la importante espedicion del teniente 
Wbipple. Este espacio, de contornos irregulares, que está 
además interrumpido, al Norte, por la Sierra de Mogojon. 
en una longitud de 30 millas geográficas, se baila com- 



— 363 — 

prendido, siempre según el mapa geológico de Marcou , en- 
tre 33° 48' j 35° 40' de latitud. Las erupciones que ha 
producido son por consiguiente mas meridionales que las 
de los Ratón- Mouniains ] su centro cae casi bajo el paralelo 
de Alburquerque. Esta comarca se divide en dos partes: 
una, que puede designarse con el nombre de MounUTaij" 
lor ^ mas próxima á la cresta de las Rochj -Moirntains , aca- 
ba cerca de la Sierra de Zuñí (79); la otra, situada al Oes- 
te, lleva el nombre de Síerra-de- San-Francisco . El monte 
Tajlor, de forma cónica j de 11,500 pies de altura, está 
rodeado de corrientes de lava que irradian por todas partes, 
despojadas boj todavía de vejetacion, como el Malpais, j 
cubiertas de escorias j de pómez, que serpentean á muchas 
millas de distancias, j presentan absolutamente el mismo 
aspecto que los alrededores del Hecla. Al Oeste, j á 18 mi- 
llas próximamente del Puehlo actual de Zuñi , se levantan 
las altas montañas volcánicas de San Francisco, que corren 
al Sud del Rio-Colorado-Chiquito, j cu jo vértice culmi- 
nante tiene, según se dice, mas de 15,000 pies. Después 
siguen, en dirección Oeste, el Bill- WiUiam-Mov/iitain ^ el 
Aztec-Pass (5,892 pies de altura) j los Aqiiarms-Moim- 
^a¿V¿5 (8,000 pies). La roca volcánica no se detiene en 
la confluencia de Bill- William-Forli j del Colorado- Gran- 
de , cerca del pueblo de los Indios Mohave (latitud 34° 15'; 
long. 116° 20'); porque vuelven á encontrarse mas allá 
del Rio-Colorado, cerca del lago Soda, muchos cráteres 
de erupciones, abiertos todavía, aunque apagados (80). 
Así vemos, en lo que boj compone el nuevo Méjico, en 
medio del grupo volcánico de la Sierra-de-San-Francisco 
hasta un poco al Oeste del Rio-Colorado- Qr ande ó del Oc- 
cidente^ que aumenta con las aguas del Rio-Gila, reprodu- 
cido, en una estension de 45 millas, el antiguo dominio 
volcánico de la Auvernia j del Vivarais, j abrirse de esta 
suerte nuevo campo á los estudios geológicos. 



— 364 — 

En la vertiente occidental de las Rockj-Mountains, 
pero mas al Norte j á 135 millas de distancia, se en- 
cuentra también el tercer grupo que presenta señales 
de una antigua actividad volcánica. Este grupo se compone 
del pico Fremont, de los Tres-Pechos j de otras tres mon- 
tañas, los Tres Cerros (81), muj semejantes á las primeras 
por su forma cónica j su denominación, pero mas al Este, 
por consiguiente mas cerca de la gran cadena. Esta región 
ofrece bancos de lava negra, mu j estensos j rotos en mu- 
chos sitios, cuja superficie está escorificada (8*2). 

Muchas cadenas costeras, ja sencillas, ja dobles, j cuja 
parte setentrional ha permanecido, á partir de 46° 12' de 
latitud, como foco de actividad volcánica, corren paralela- 
mente á la cadena de los Rockj-Mountains. Tenemos pri- 
meramente, desde San Diego hasta Monterej, es decir^ 
de 32° 15' á 36° 45', lo que se llama especialmente Coast- 
Rang , que es la prolongación de las altas tierras de la 
antigua California ó California inferior; después la Sier- 
ra Nevada de alta California ^ que se despliega entre 36" 
j40°45', generalmente separada de las costas del mar del 
Sud por una distancia de 20 millas geográficas; por últi- 
mo, la cadena de las Cascadas (Cascade-Range), que con- 
tiene las cimas mas altas inflamadas todavía, j que empe- 
zando en las altas Shasti/-Moiintains , bajo el paralelo de la 
bahía de la Trinidad (41° 10')^ se desarrolla de Sud á Nor- 
te, á 26 millas de las costas, j escede en mucho al para- 
lelo del estrecho de Fuca. En la misma dirección , pero á 70 
millas de la plaja, corren, entre 43 j 46 grados, las Blue- 
3Ioi0itains, de 6 á 7,000 pies de altura próximamente (83). 
Finalmente, en la parte central de la antigua California, algo 
al Norte sin embargo, cerca de la costa occidental del golfo, 
se encuentran los volcanes apagados ó el volcan de las Vír- 
genes, cujo sitio he marcado en mi mapa de Méjico^ j 
quetuvo su última erupción en 1746. Faltan datos ciertos 



.^ 365 — 

tanto de la montaña como de la comarca que la ro- 
dea (84). 

Ya en la Coast-Rmige , cerca del puerto de San Fran- 
cisco, sobre el Monte-delDíahlo ^ esplorado por el doctor 
Trask (3,446 pies de altura), j en el Talle longitudinal, 
rico en oro, del Río -delSacr amento ^ hánse encontrado ro- 
cas volcánicas antiguas, en medio de un cráter de traquito 
desplomado, que lleva el nombre de Sacramento-Butt ^ y 
cu JO dibujo hizo Dana. Mas lejos hacia el Norte, los Shasty- 
Mountains ó Tshashtl-Moiintains contienen lavas basálti- 
cas, obsidiana, con la cual hacen los naturales puntas á 
sus flechas, j serpentinas calcáreas que, en muchos pun- 
ios del globo, se ven íntimamente ligadas á las formacio- 
nes volcánicas. Pero el verdadero asiento de una actividad 
ío-nea hov todavía en acción, es la cadena de las Cascadas, 
en la cual muchos picos, cubiertos de nieves perpetuas, 
se elevan hasta 15,000 pies de altura. A continuación los 
enumero en dirección de Sud á Norte, señalando con un 
asterisco, los volcanes mas ó menos activos, pero todavía en- 
cendidos (85). Las altas montañas cónicas que no llevan es- 
te signo, son probablemente volcanes apagados ó montañas 
traquíticas, de forma de campanas, sin abertura en el vér- 
tice. 

El monte Pítt ó ñí Laughlin ^ algo al Oeste del lago 
Tlamat (lat. 42'^ 30'), 8,960 pies de altura. 

El monte Jefferson ó Vancouzer ^ montaña cónica (lati- 
tud 44^ 35'). 

El monte ^ooí/ (lat. 45" 10'). Esta montaña es real- 
mente un volcan apagado, cubierto de lava celular. Según 
Dana, su altura está comprendida entre 14,000 j 15,000 
pies, como la del Mouni ~ Saint ~ Helen s , algo mas elevado 
sm embargo, j que ocupa, en la hilera volcánica, un lu- 
gar mas setentrional. El monte Hood (86) fue trepado e^ 
mes de Agosto de 1853 por Láke, Travaillot v Heller. 



— 366 — 

El monte Swalalahos ó Saddle-HiU^ al Sud-sudeste de 
Astoria, con un cráter apagado j hundido (87). 

El monte Saint-Helen s* ^ al Norte del Río-Columbia 
(lat. 46*" 12'). Seg*un Dana, este volcan no tiene menos de 
14,100 pies de altura (88). Es todavía activo, j presenta 
en su vértice un cráter de donde sale continuamente humo. 
Está cubierto de nieves perpetuas, j su aspecto es el de un 
hermoso cono regular. El 23 de Noviembre de 1842, tuvo 
^ugar una gran erupción que , según Frémont , arrojó en 
derredor, á distancia considerable, una inmensa cantidad 
de cenizas j piedra pómez. 

El monte Aclams (lat. 46° 18'), situado casi exactamente 
al Este del volcan Saint-Helen's, pero separado de la costa 
por mas de 28 millas geográficas , mientras que el monte 
Saint-Helen's está apartado de ella solo 19 millas. 

El monte Reignier ^ que también se escribe Raínier (la- 
titud 46*^ 48^), al Este-Sudeste del fuerte Nisquallj, en el 
estrecho de Puget, que se comunica con el estrecho de San- 
Jiian-de-Fuca^ mucho tiempo [célebre en la historia de los 
descubrimientos del Océano Pacífico. Según el mapa der- 
rotero publicado por Johnson en 1854, este volcan cuen- 
ta 11,567 pies de altura (12^330 pies ingleses), j tuvo vio- 
lentas erupciones en 1841 j 1843. 

El monte Olympus (lat. 47° 50'), á 6 millas geográficas 
al Sud del estrecho San-Juan-de-Fuca. 

El monte Baker ^ vasto volcan activo, situado en el ter- 
ritorio de Washington (lat. 48° 48^); su altura, que parece 
no se ha medido, es considerable , v su forma exactamente 
la de un cono. 

El monte BrowniXh^^^^ pies de altura?), j_, algo al 
Este, el monte Hookes (de 15,700 pies?), están señalados 
por Johnson como altas montanas de traquito, dotadas en 
otro tiempo de actividad volcánica, j situadas en la Nueva - 
Caledonia, á los 52° 15' de latitud, 120 v 122 o-rados de 



— 367 — 

longitud, es decir, (hecKo notable), á 75 millas geográ- 
ficas del mar. 

El monte Edgecomle ^ en la pequeña isla Lázaro, cerca 
de Sitka (lat. 57° 3'). He citado ja la violenta erupción 
ígnea que tuvo lugar en 1796 (^89). El capitán Lisianskj, 
que trepó al monte Edgecombe en los primeros años de 
este siglo, no lo halló encendido. Su altura es, según 
Hoffmann, de 2,852 pies, según Lisiansky, de 2,628 (90). 
A poca distancia, haj fuentes calientes que brotan del gra- 
nito , como en el camino de los Valles de Aragua en Porto- 
Cabello. 

El monte Fainveather , ó Cerro-de-Buen- Tiempo , de 
13,802 pies de altura^ según Malaspina (4,489 metros), j 
situado á los 58° 45' (91). Esta montaña está cubierta de 
pómez. Es probable que bá poco tiempo se hallase aun en- 
cendida, lo mismo que el monte Elias. 

El volcan de CooKs-Inlet (lat. 60° 8'), de 11,320 pies 
de elevación, según el almirante Wrangelj^ que, como Van- 
couver, lo consideró volcan activo (92). 

El monte Elias (lat. 60° 17'; long. 138° 30'). Según los 
manuscritos de Malaspina, que he hallado en los archivos de 
Méjico, su altura es de 16,749 pies (5,441 metros), pero el 
mapa del capitán Denham, trazado desde 1853 á 1856^ no le 
atribuje mas que 14,044 pies. 

Lo que M'Clure^ en su viaje en la Investí jation en busca 
del paso Noroeste, ha señalado hacia el Este de la emboca- 
dura del rio Mackensia, á los 69° 57' de latitud, 129' 20' de 
loQgitud, j que ha llamado los volcanes de la hahía de 
Franklin^ parece ser el fenómeno que se ha denominado al- 
gunas Yeces Juegos terrestres, ó simplemente vapores sulfu- 
rosos que exhalan salsas ardientes. Un testigo ocular, el mi- 
sionero Miertsching, intérprete de la Espedicion, vio treinta 
ó cuarenta columnas de'vapores que salian de las fallas de 
la Tierra ó de pequeñas eminencias cónicas, formadas de 



— 368 — 

arcilla de diferente color. El olor del azufre era tan faerte 
que apenas podia llegarse á las columnas de vapor á 
doce pasos de distancia. En ninguna parte habia rocas in 
sítu ó masas sólidas. Durante la noclie, veíanse desde el 
barco apariciones luminosas; no se notaban ejecciones de 
cieno, pero sí nn calor intenso en el fondo del mar v 
pequeños estanques de agua que tenían en disolución ácido 
sulfúrico. Esta región merece ser esplorada detenidamente. 
El fenómeno que acabamos de describir no guarda relación 
alguna con la actividad volcánica del Cerro-del-Buen- Tiern- 
^Oy en la cadena californiana de las Cascadas, ó con la del 
monte Elias (93). 

He puesto de manifiesto hasta aquí, en su íntima co- 
nexión^ todos los signos que dan á conocer la vida volcáni- 
ca de nuestro planeta, y enseñado la gradación del grande v 
misterioso fenómeno que produce la reacción del interior de 
la Tierra contra su superficie cubierta de vegetales j de or- 
ganismos vivientes. A los efectos dinámicos de los temblores 
de tierra v de los quebrantamientos han seg'uido las fuentes 
termales j las salsas^ es decir, los fenómenos que determi- 
nan , con ó sin inflamación espontánea, la elevación persisten- 
te de temperatura comunicada á las fuentes de agua ó á las 
emanaciones gaseosas^ y la diversidad de las combinaciones 
químicas. La reacción de dentro á fuera tiene su mas alta 
V compleja espresion en los volcanes, que*produce por la via 
seca los grandes j diferentes efectos de la formación cris- 
talina. Y para esto,, no se limitan á disolver v á destruir; 
se presentan también como agentes creadores, j someten 
las sustancias á nuevas combinaciones. Una parte conside- 
rable de rocas muj modernas, si es que no son las mas re- 
cientes, aparece como la obra de la actividad volcánica, va 
que, como sucede todavía en mucbos puntos de la Tierra^ 
las masas liquefactadas se lanzen de las andamiadas á ma- 
nera de cono ó de cúpula, dispuestas por la naturaleza para 



— 369 — 

este uso, ja que, en la infancia de nuestro planeta, las ro- 
cas basálticas y traquíticas se Lajan abierto paso directa- 
mente j sin andamiada, cerca de las capas sedimentarias,. 
á través de una red de fallas abiertas en la superficie de la 
Tierra. 

He puesto gran cuidado en determinar exactamente los 
puntos en donde se lian conservado por mucho tiempo las 
comunicaciones entre la atmósfera j el interior del globo; 
réstame anotar estos puntos, separar numerosos volcanes que 
lian sido activos en épocas históricas_, pero muj atrasadas, 
de los que boj lo son , j dividir los últimos én dos clases, 
según pertenezcan á los continentes ó á las islas. Si todos los 
volcanes que creo deber comprender en esta recapitula- 
ción, para construir lo que se llama el número límite ó el lí- 
mite inferior de los volcanes activos, ejerciesen simultánea- 
mente su actividad, tendrian ciertamente una influencia 
notable en la composición de la atmósfera, en sus condicio- 
nes climatológicas j sobre todo eléctricas. Pero los interva- 
los de las erupciones disminujen su efecto , j lo encierran 
por lo general en localidades circunscritas. En las grandes 
erupciones se forman alrededor de los cráteres, á consecuen- 
cia de la evaporación , tempestades volcánicas acompañadas 
de relámpagos j violentas lluvias, que devastan frecuente- 
mente las cercanías; pero este fenómeno atmosférico no tiene 
consecuencias generales. La notable oscuridad que en 1783 
cubrió durante muchos meses, desde Majo á Agosto, una 
parte considerable de la Europa , del Asia j del África se- 
tentrional, mientras que el cielo permanecia puro j sin nu- 
bes en las altas montañas de Suiza, se atribu jó j aun se atri- 
bu je, á la gran actividad volcánica de la Islandia j á los tem- 
blores de tierra de la Calabria, pero la estension de dicho fe- 
nómeno hace que este origen sea muj inverosímil para mí. 
Debe reconocerse sin embargo que los temblores de tierra, 
cuando abarcan un gran espacio, pueden tener una influen- 

TOMO IV. 21 



— 370 -. 

cía mas probable que el hecho aislado de una erupción vol- 
cánica en el adelanto de la estación de las lluvias, v esto es 
lo que se vio en la meseta de Quito y en Riobamba en Fe- 
brero de 1797, en la parte Sudeste de la Europa y en el 
Asia menor, durante la primavera de 1856. 

En el Cuadro siguiente, la primer cifra de la última co- 
lumna, indica el número de los volcanes precedentemente 
citados; la segunda cifra, colocada entre paréntesis, señala 
cuantos de entre ellos, han dado pruebas recientes de acti- 
vidad volcánica. 



— 371 — 

NÚMERO DE LOS VOLCANES REPARTIDOS 
EN LA. SUPERFICIE DEL GLOBO. 



LUGARES 



í. Europa 

II, Islas del Ucéano Atlántico 

III. África 

IV. Asia continental 

L Asia occidental y central , . . 
2. Península del Kamtschatka. . . 

V. Islas del Asia oriental 

VI. Islas del Asia meridional 

VII, Océano Indico 

VIII. Mar del Sud 

IX. América continental 

1. América del Sud 

Chile 

Perú y Bolivia 

Quito y Nueva Granada 

2. América central 

3. Méjico, al sud del rio Gila. . , 

4. Parte noroeste de la América, 

al Norte del Gila 

Antillas (9í) 



NUMERO. 




- f4) 

U (8) 

8 (1) 

2:; (15) 

11 (G) 

14 (9) 

G9 (54) 

120 (56) 

9 (5) 
40 (26) 

115 (,Ó3) 

56 (26) 

24 (13) 

14 (3) 

18 (10) 

29 (18) 

■ 6 (í) 

2 i (.5) 

•> (3) 

íOT (225) 



298 
300 
304 

306 
312 
318 
330 
335 
340 



247-252 
247-251 
247-248 
236-240 
241-253 

y 353 

354 
nota 94, 



-^ 372 — 

Este largo traliajo, para cuja realización he creido deber 
remontarme á las fuentes, es decir á las relaciones de viajes 
de los geólogos j geógrafos, prueba que_, de 407 volcanes, 
225 han dado pruebas de actividad en los tiempos modernos. 
Las listas anteriores de los volcanes activos contenian las 
unas 30, las otras 50 de menos (95), porque estaban com- 
puestas según principios diferentes. No he incluido sin em- 
bargo en esta categoría sino los volcanes que han exhalado 
vapores ó que tuvieron, en el siglo xix ó en la segunda mi- 
tad delxviii, erupciones históricamente comprobadas. Cierto 
que existen volcanes cuja actividad se ha despertado des- 
pués de cuatrocientos años j mas de intervalo; pero estos 
fenómenos son en estremo raros. Puede seguirse la larga 
serie de las grandes erupciones del Vesubio, en los años 
79, 203, 512, 652, 983, 1138 j 1500. Respecto del Epo- 
meo de Isquia^ no se conocian, con anterioridad á la gran 
erupción de 1302, mas que las de los años 36 j 45 antes de 
la era cristiana. 

Strabon_, que murió en tiempo de Tiberio, á la edad de 
90 años^ 99 después que Espartaco se habia retirado [al Ve- 
subio, j que no tenia conocimiento histórico alguno de 
erupciones anteriores, declara sin embargo que esta monta- 
ña es un antiguo volcan apagado hacia mucho tiempo. 
«Estos lugares, dice hablandodeHerculano j de Pompeja, 
están dominados por el Vesubio, rodeado de ricos campos, 
escepto en su vértice, cuja major parte presenta una su- 
perficie plana, completamente estéril que ofrece el aspecto 
de un montón de cenizas. En medio de rocas de color oscu- 
ro, que parecen consumidas por el fuego, se ven capas 
grieteadas. Podríase creer que esos lugares ardieron en 
otro tiempo^ j que contenian cráteres de fuego, en donde 
se apagó el incendio por falta de alimento (96).» Esta des- 
cripción no cita ni el cono de cenizas ni la depresión en 
forma de cráter del antiguo vértice, cujas murallas pudie- 



ron servir de refugio á Espartaco y á sus gladiadores (97). 
Diodoro de Sicilia, contemporáneo de César j de Augus- 
-to, refiriendo los viajes de Hércules y sus combates con los 
gigantes en los campos Flegráneos, pinta lo que, dice, se 
llama liov el Vesubio, como una eminencia (kó^o,;) semejante 
-al Etna de la Sicilia, que en otro tiempo vomitó llamas 
abundantemente y conserva todavía señales de su antiguo 
abrasamiento (98), y designa todo el espacio comjírendido 
entre Cumes y Neápolis con el nombre de campos Flegrá- 
neos. Polibio hizo estensivo este nombre al espacio aun 
mas vasto que va de Capua á Ñola (99). Por su parte, 
3trabo:i, que describe con tanta verdad local la comarca pró- 
cKÍma de Puteoli (Dicíparquia), en la cual está situada la gran 
sulfatara, la llama Híf-aíarou ¿yopá (100); áesta comarca se limi- 
tó mas adelante la denominación de fA-ey/j^iaTTí^ta, y aun hoj 
oponen los geognostas, bajo el respecto de la composición 
mineralógica, las lavas que cubren los campos Flegráneos á 
las que rodean el Vesubio. Esta misma opinión que tuvo, 
en una época lejana, del fuego bajo el Vesubio, j la de que 
esta montaña estuvo en otro tiempo en erupción, se vuel- 
ve á hallar espresada seriamente en un pasaje de la Ar- 
quitectura de Vitrubio. al cual no se ha atendido hasta 
hoj (1): «Non minus etiam memoratur antiquitus crevisse 
ardores et abunda visse sub Vesubio monte , et inde evo- 
muisse circa agros flammam. Ideo que nunc qui spongia 
sive pumex Pompeianus vocatur, excoctus ex alio genere 
lapidis, in hanc redactus esse videtur generis qualitatem. 
Id autem genus spongire, quod inde eximitur , non in óm- 
nibus locis nascitur, nisi circum ^tnam et coUibus M jsiío 
■qui á Grípcis Ka-caxi^vuéyoi nominantur.» Las investigaciones 
de Boeckh v de Hirt han puesto fuera de duda que Vitru- 
bio vivió en tiempo de Augusto (2), es decir por lo menos 
un siglo antes de la erupción del Vesubio que costó la vida 
"k Plinio el Viejo. La adquisición de este hecho dá un gran 



— 374 — 

interesal pasaje que acabo de citar, y en particular ala es- 
^TQÚonpumex Pompejanus^ que liga la idea de piedra pómez 
á la d^ Pompeja; con esto puede esclarecerse la cuestión de 
sij según la ingeniosa hipótesis de Buch, Pompeva se cu- 
brió solo de toba de pómez, de formación sub-marina, levan- 
tada al mismo tiempo que el vértice, j cujas capas hori- 
zontales se estienden por toda la superficie del pais^ entre 
la cadena de los Apeninos j la costa occidental_, desde Cá- 
pua hasta Sorrento, desde Ñola hasta mas allá de Ñapóles, 
ó si el Vesubio, contrariamente á sus costumbres actuales, 
arrojó pómez de su propio fondo. 

Carmine Lippi (3), que, en I81(i, atribuia á una inun- 
dación la toba bajo la cual quedó sepultada Pompeja , lo 
mismo que su ingenioso adversario Archangelo Scacchi, eu 
la carta que dirigió al caballero Avellino en 1843, lla- 
man la atención sobre el notable fenómeno de que una 
parte de las piedras pómez de Pompeja j la Somma 
contienen pequeños trozos de calcáreo que no han perdido 
su ácido carbónico, lo cual, á decir verdad, no debe causar 
gran sorpresa, si esos trozos de calcáreo estaban sometidos 
á una gran presión durante el tiempo de su formación íg- 
nea. Tuve ocasión de ver ejemplares de esas pómez , en la 
interesante colección geológica de mi sabio amigo j colega 
el doctor Ewald. La semejanza de la composición minera- 
lógica, en dos puntos opuestos, puede dar lugar á pregun- 
tar si, en la erupción del año 79, la capa que cubrió á 
Pompeja fué precipitada á lo largo de la pendiente de la 
Somma, como dice Buch_, ó si_, como afirma Scacchi, el 
cráter del Vesubio nuevamente abierto arrojó simultánea- 
mente piedra pómez del lado de Pompeja j sobre la 
Somma. La sustancia designada en tiempo de Vitru- 
bio, es decir de Augusto, con el nombre de jpwmex Ponr 
peianus ^ nos lleva á las erupciones anteriores á Plinio. 
Lo que sabemos de los cambios que han sufrido las for~ 



— 375 — 

maciones^ en las diferentes edades y según los diversos 
estados de la actividad volcánica, apenas nos autoriza á 
negar rotundamente que el Vesubio, desde su nacimiento^ 
no ha producido nunca pómez, como tampoco para admitir 
de una manera absoluta que la pómez, es decir , un mine- 
ral piróxeno en el estado fibroso ó poroso , solo puede for- 
marse allí do*nde la obsidiana ó el traquito existen junta- 
mente con el feldespato vitreo ó sanidina. 

Si después de los ejemplos que hé citado de los largos 
intervalos según los cuales puede despertarse la actividad 
aletargada de los volcanes, queda mucha incertidumbre so- 
bre el porvenir de los que parecen apagados , no es por ello 
menos importante comprobar, en una época determinada, la 
distribución geográfica de los volcanes activos. De los 225 
abismos que en pleno siglo XIX ponen en comunicación el 
interior liquefactado del globo, con la atmósfera, 70, es de- 
cir 5 poco menos de un tercio pertenece á los continentes, j 
155 á las islas. De los 70 volcanes continentales^, 53, ó sean 
las tres cuartas partes, están situados en América _, 15 en 
en Asia, 1 ó 2 en la región del África que nos es conocida; 
no haj mas que uno solo en Europa. Donde se encuentran 
reunidos en un menor espacio, major número de volcanes 
insulares es, en las islas del Asia meridional, en los archi- 
piélagos de la Sonda j de las Molucas, y en las islas Aleu- 
ticas y Kuriles que se unen al Asia. En toda la superficie 
terrestre, la zona dirigida de Sudeste á Noroeste, entre 75 
de longitud occidental y 125° de longitud oriental, en- 
tre 47" de latitud austral y QQ,'' de latitud boreal, que com- 
prende la parte occidental del Océano Pacífico , es la mas 
rica en volcanes. 

Si concretándonos siempre á un punto de vista cosmoló- 
gico, nos representamos el golfo inmenso que se acostum- 
bra á llamar mar del Sud ó el Océano Pacífico, limitado 
al Norte por el paralelo del estrecho de Bering, al Sud por 



— 376 — 

el de la Nueva Zelandia que separa á Chile de la Patago- 
nia, hállase el notable resultado de que la cuenca así for- 
mada, uniendo á ella las costas de Asia j de América que 
dibujan su contorno, contiene "^/^^ de los volcanes activos, 
es decir 198 de 225. Los volcanes mas próximos á los polos 
son , según el estado actual de los conocimientos geográfi- 
cos : en el hemisferio boreal, el volcan Esk, de la pequeña 
isla Jan Majen (lat. 71'^ 1', long. 9*^ bV Oeste de París); 
en el hemisferio austral, el monte Erebus que vomita llamas 
rojizas, visibles aun en pleno dia (lat. 77° 33', long. 164" 
38' Este de París). En 1841, Ross, en su gran viaje de 
descubrimientos á las regiones australes, halló el Erebus de 
11,633 pies de altura, es decir de una elevación mavor en 
225 pies que la del pico de Tenerife (4). 

La abundancia relativa de los volcanes estendidos por 
las islas y las costas de los continentes debió llamar desde 
luego la atención de los geognostas. He citado ja en otra 
parte la complicada teoría de un historiador contemporáneo 
de Augusto, Trogue Pompe jo, según el cual el fuego vol- 
cánico se reanima por el agua del mar. Los efectos quí- 
micos j mecánicos, producidos por la proximidad del mar, 
han tenido defensores hasta nuestros dias , j la antigua 
hipótesis de la filtración de las aguas en el foco volcánico 
pareció descansar en un fundamento mas sólido, cuando 
Davj descubrió las bases metálicas de las tierras: pero el 
mismo Davj abandonó bien pronto esta hipótesis, hacia la 
cual se inclinaba Gaj-Lussac á pesar de la rareza ó caren- 
cia completa del hidrógeno (5). Yo atribuiria mas certeza 
á las causas mecánicas ó mas bien dinámicas , va se las 
busque en el levantamiento de los continentes j en las ar- 
rugas ó desigual espesor de la corteza terrestre. Puede ad- 
mitirse, con efecto, que las depresiones producidas en el 
fondo del mar cuando el levantamiento de los continentes, 
hajan determinado en las costas, que elevan sobre el mar 



— 377 — 

sus pendientes, mas ó menos escarpadas, algunas fallas 
que establecieran comunicación entre el esterior j el inte- 
rior del globo. En el interior de los continentes, lejos de 
las depresiones formadas por la cuenca oceánica, no exis- 
ten las mismas causas de ruptura. Los volcanes siguen la 
dirección de las plajas, ja en una sola línea, ja en dos y 
aun en tres líneas paralelas. Estas líneas están ligadas en- 
tre sí por pequeñas cadenas trasversales, levantadas sobre 
fallas igualmente trasversales j que constitujen los nudos 
de montañas. Frecuentemente, aunque no siempre, la ca- 
dena mas próxima al mar es la mas activa, mientras que 
las cadenas mas interiores parecen apagadas ó próximas á 
apagarse. A veces cree notarse que, en una misma hilera de 
volcanes, aumenta ó disminuje la frecuencia de las erup - 
ciones, según una dirección determinada. Pero al desper- 
tar de la actividad volcánica desmiente, después de largos 
intervalos, estas conjeturas. 

Como, á causa de no haber determinado con certeza la 
posición de los volcanes y los puntos de la costa á los cuales 
se aproximan mas, ó por no haber tenido bastante presen- 
tes estos cálculos, se han estendido nociones muj inexactas 
sobre los intervalos que existen entre las orillas del mar j 
los sitios en donde se manifiesta la actividad volcánica, doj 
^quí esas distancias en millas geográficas de 15 al grado. 
En las Cordilleras de Quito, el Sangaj, cujas erupciones 
no cesan , es el mas oriental de todos los volcanes ; sin em- 
bargo dista solo 28 millas del mar. Frailes muj instruidos, 
agregados á las misiones de los Indios Andaqides que habí- 
tan el Alto Putumajo , me han asegurado haber visto hu- 
mear una montaña cónica de pequeña altura, en la corrien- 
te superior del Rio de la Fragua , uno de los afluentes del 
•Caqueta, al Este de la Ceja (6); la distancia de este volcan 
á las costas, seria en tal caso de 40 millas. El volcan meji- 
«cano el JoruUo, levantado en Setiembre de 1759, está á 21 



— 378 — 

milias del punto mas próximo á la pía ja; el Popocatepetl á 
33 millas ; un volcan apagado, situado sobre la cordillera 
oriental de la Bolivia, en el valle de Yucai, cerca de San Pe- 
dro de Cacha, está á mas de 45 millas (7). Los volcanes del 
Siebengebirge, cerca de Bonn, y los del Eifel, se hallan se- 
parados del mar por distancias de 33 y de 38 millas (8). En 
cuanto á los de la Auvernia, del Velaj y del Vivarais (9), 
que pueden considerarse como formando tres grupos inde- 
pendientes , el grupo del Puj-de-Dóme , comprendiéndose 
en él los montes Dore, el del Cantal j eldelPuj-et-Mezenc," 
sus distancias respectivas son de 37, 29 y 21 millas. Los 
volcanes apagados de Olot, al Sud de los Pirineos, al Oeste 
de Gerona, de donde han salido corrientes de lava fáciles de 
reconocer y á veces divididas , están solo á 7 millas de las 
costas de Cataluña. Por el contrario, lo menos haj de 150 
á 170 millas entre los volcanes reconocidos de las Rockj- 
Mountains que, según todas las apariencias, se apagaron 
muj recientemente, y el litoral del océano Pacífico.. 

Un fenómeno muj anormal en la distribución geográ- 
fica de los volcanes es la presencia en medio de la cadena 
del Thian-schan ó Montañas Celestes, entre las dos cadenas 
paralelas del Altai y del Kuen-un , de volcanes que han 
dado pruebas históricamente ciertas de su actividad, y que 
quizas arden todavía. Guiado por las ingeniosas y sabias 
investigaciones del eminente sinólogo Julien, he podido tra- 
tar detalladamente en el Asia Central^ de esos volcanes 
cuja existencia fue reconocida primeramente por Remusat 
j Klaproth (10). El Pe-schan, ó Montaña-Blanca, que ar- 
rojó corrientes de lava, j el volcan todavía encendido de 
Turfan , ú Hotscheu , están á distancias casi iguales de las 
costas del mar Glacial v de las del mar de las Indias, á 370 
millas de las primeras j 380 de las segundas. Haj que aña- 
dir que el Pe-schan, cu j-as erupciones de lava se hallan enu- 
meradas distintamente en las obras chinas . desde el año 89 



— 379 — 

de nuestra era hasta principios del siglo vii, no se halla se-- 
parado del lago alpino Yssikul, en la pendiente del Temur- 
tutagh , ó parte occidental de Thian-schan, mas que 43 mi- 
llas j o2 del lago Balkasch, situado mas al Norte, j que 
no tiene menos de 37 millas de longitud (11). El gran lago 
Dsaisang, en la Dsungaria china^ cerca del cual me en- 
contraba en 1829, está á 90 millas de los volcanes del Thian- 
schan. Así que no faltan las aguas interiores; pero mas 
apartadas de lo que lo está el mar Caspio del volcan activo 
todavía de Demavend, en el Mazenderan pérsico. 

Si las masas de agua, ja oceánicas, ja interiores, no son 
necesarias al sostenimiento de la actividad volcánica, es ve- 
rosímil, como me inclino á creer, que las islas j las costas son 
mas ricas en volcanes porque á los levantamientos causa- 
dos por las fuerzas elásticas interiores corresponde un des- 
censo en el fondo de los mares (12). De aquí resulta que los 
crecimientos j las depresiones son limítrofes, j que se pro- 
ducen fallas profundas j grandes aberturas en el límite 
que los separa. Nada impide pues admitir que, en la zona 
del Asia central que se estiende de 41 á 48 grados de lati- 
tud, la gran depresión Áralo -Caspia j el número con- 
siderable de lagos colocados en fila ó esparcidos entre el 
Thian-schau j el Altai-Kurtschum han podido dar origen 
á los mismos fenómenos que la proximidad de las costas del 
mar. Sábese por tradición que todos esos pequeños lagos, á 
los cuales se ha dado el nombre de la//os de rosario^ no for- 
maban en otro tiempo mas que una estensa cuenca. Vese 
todavia cómo se dividen grandes lagos, por la desproporción 
de las aguas que reciben y de la que les roba la evaporación . 
Un viajero que ha estudiado mucho tiempo la estepa de los 
Kirgisos, el general Genz, suponía una comunicación hi- 
dráulica entije el lago Aral, el Aksakal, el Sarj-Kupa j 
el Tschagli. Nótase, en dirección Sud-Oeste al Nordeste,, 
un gran surco que se puede seguir mas allá de Omsk^». 



■entre el Irtjscli y el Obi, al principio, á través de la este- 
pa de los Barabintskj, sembrada de numerosos lagos, j des- 
pués por en medio de las llanuras pantanosas de los Samo- 
jedas, hasta Beresow j las costas del mar Glacial. A este 
surco se refiere quizás una antigua tradición muj estendida, 
según la cual debió haber existido al Este j al Sud de 
Hami, un gran lago amargo, llamado también Mar-Seco. 
(Hanhai). Cuéntase que de en medio de ese lago salió, co- 
mo una isla, una parte del Gobi, cu jo centro cubierto de 
lagos salados j de pantanos solo se eleva, según las medi- 
das barométricas bastante exactas del doctor de Bunge^ 
2,400 pies sobre el nivel del Océano. Un hecho geológico 
que hasta hoj no ha llamado suficientemente la atención, 
es el de que, vacas marinas, parecidas en un todo á las que 
habitan en rebaños en el mar Caspio jel Baikal (13), vuel- 
ven á hallarse á 100 millas geográficas, en el pequeño lago de 
Orón, lleno de agua dulce, y que solo tiene algunas millas 
de circunferencia, mientras que no existen en la Lena, 
aunque el rio Witim, uno de sus afluentes , esté en comu- 
nicación con el lago de Orón (14). El aislamiento en que 
viven ho j esos animales , la distancia que los separa de la 
embocadura del Volga , distancia de 900 millas geo- 
gráficas, es también fenómeno geológico notable^ que re- 
vela un antiguo sistema de comunicación entre las aguas. 
Las inmensas j numerosas depresiones que ha esperimen- 
tado el suelo del Asia central ¿habrán tenido, por escepcion, 
la misma influencia sobre el crecimiento continental , v 
creado las mismas relaciones que produce , en las plavas, en 
los bordes de las fallas de levantamiento, el descenso del 
lecho de los mares? 

Relaciones dignas de confianza _, dirigidas al emperador 
Kanghi, han demostrado la existencia de un volcan apa- 
gado, á gran distancia hacia el Este^ en la parte Nor- 
Oeste de la Mandchuria^ en los alrededores de Mergen, 



— 381 — 

probablemente á 48*" 50' de latitud j 120 de longitud Este 
de París. El monte Bo-schan ó Ujun-Holdongi (las nueve 
colinas), situado al Sud-Oeste j á tres ó cuatro leguas de 
Mergen, vomitó escorias j lavas en el mes de Enero de 
1721. Las colinas formadas por el hacinamiento de las es- 
corias tenian, según los personajes encargados por el em- 
perador Kanghi de la esploracion de los lugares^ un perí- 
metro de seis millas geográficas. Dícese también en la Re- 
lación que una corriente de lava habia dado origen á un 
lago, deteniendo el curso del rio Udelin. Según Rela- 
ciones chinas menos circunstanciadas, el Bo-schan tuvo 
una erupción de llamas en el siglo vii de nuestra era. Esta 
montaña está próximamente á 105 millas geográficas del 
mar ; mas de tres veces la distancia del Jorullo á las costas 
mas próximas, j casi la del Himalaja (15). Estos datos 
geognósticos sobre la Mandchuria se deben á las investiga- 
ciones de Wassiljew (16) y de Semenow, el sabio traduc- 
tor de la gran obra de Ritter, que insertó una Memoria 
sobre este asunto en el tomo xvii de la Colección publicada 
por la Sociedad imperial de Geografía. 

A propósito de la distribución geográfica de los vol- 
canes, repartidos en major número por las islas y las 
costas, ó lo que es lo mismo, á propósito de las eminencias 
que rodean el levantamiento de los continentes, se ha tenido 
presente una desigualdad probable en el espesor de la cor- 
teza terrestre. Es general la creencia de que la superficie 
de la masa en fusión está mas cerca de la superficie terres- 
tre en los puntos donde han surgido los volcanes. Pero 
como pueden admitirse muchos grados de consistencia en 
la materia que tiende á solidificarse, es difícil represen- 
tarse con bastante claridad esta superficie de la masa en 
fusión , para tener derecho á considerar como la causa prin- 
cipal de todas las erupciones, fallas, levantamientos, de- 
presiones, un cambio local de capacidad en la corteza ter- 



— 382 — 

Testre ja en estado sólido. Si estuviéramos autorizados para 
determinar lo que se llama el espesor de la corteza terrestre, 
según de las observaciones hechas en los pozos artesianos 
j seg-an la temperatura de fusión del granito, suponiendo 
que la temperatura interior del globo sigue una proporción 
aritmética (17\ hallaríase que el espesor de la corteza ter- 
restre es igual á 5 millas geográficas v V^q, es decir, 
á ^/g^g del diámetro polar (18). Pero los efectos de la pre- 
sión y de la conductibilidad, variable según las rocas, ha- 
cen pensar que. á medida que la profundidad aumenta, 
el crecimiento del calor llega á ser menos rápido. 

A pesar del reducido número de puntos por los cua- 
les está actualmente el interior del globo en comunicación 
activa con la atmósfera, interesa buscar de qué manera v 
en qué medida obran las exhalaciones gaseosas sobre la 
composición química del aire, v por consiguiente sobre la 
vida orgánica que se desarrolla en la superficie del suelo. 
Ante todo, es preciso tener presente el hecho de que los ga- 
ses salen menos de los cráteres colocados en el vértice de 
las montañas que de los pequeños conos de erupción v de 
grietas que rodean un número tan grande de volcanes, v 
cubren espacios considerables. Comarcas enteras en Islau- 
dia, en el Cáucaso, en la meseta de la Armenia, en Java, 
en las islas Galápagos, en las de Sandwich, j en la Nue- 
va-Zelandia, manifiestan sin interrupción su actividad por 
sulfataras, fuentes de nafta j salsas. Las regiones volcá- 
nicas estimadas como apagadas pueden considerarse tam- 
bién como fuentes de gas, v aunque continúen emitiendo 
durante años enteros vapores visibles é invisibles, los cam- 
pos de lavas arrojadas de los volcanes, es probable que el 
juego silencioso de las fuerzas subterráneas que compo- 
nen j descomponen es mas productivo, bajo la relación de 
lacantidadj que las erupciones, fenómenos mas grandiosos 
■ seguramente, pero mas raros. Si se cree deber despreciar 



— 383 — 

'€Sos pequeños fenómenos químicos, porque la agregación 
de partes insignificantes , relativamente al inmenso volu- 
men de la atmósfera, agitada continuamente por corrien- 
tes^ no podria alterar sensiblemente su constitución primi- 
tiva (19), recordaremos la inmensa influencia que, según 
las delicadas investigaciones de Percival, deSaussure, de 
Boussingault j de Liebig, pueden ejercer tres ó cuatro diez 
milésimas de ácido carbónico estendidas por la atmósfera, 
sobre la existencia del organismo vegetal. Sábese, por las 
investigaciones^ igualmente bellas, de Bunsen sobre los 
gases volcánicos, que las emisiones de las fallas varían se- 
gún los diferentes períodos de su actividad v las circuns- 
"tancias locales. Las del Hecla, por ejemplo, dan 0,81 á 0.83 
de ázoe, j las corrientes de lava de esta montaña desprenden 
0,78, con corta cantidad de ácido carbónico (0,01 á 0,02). 
Otras, situadas también en Islandia , cerca de Krisu- 
TÍk, cuentan de 0,86 á 0,87 de ácido carbónico, con 0,01 
escasamente de ázoe (20). Según el importante trabajo de 
Sainte-Claire-Deville j Bornemann , sobre las emanaciones 
gaseosas en la Italia meridional v en Sicilia, las exhalacio- 
nes de una falla profundamente abierta en el cráter de Vul- 
cano, contienen gran cantidad de ázoe (0,98), pero hállanse 
también allí vapores sulfurosos, con una mezcla de 74,7 de 
ázoe j 18,5 de oxígeno. Esta mezcla no difiere mucho de 
la atmosférica. El gas que se escapa de la fuente Acqua- 
Santa, cerca de Catana (21) , es por el contrario ázoe puro, 
semejante en un todo al gas que exhalaban los volcancitos 
de Turbaco, en la época de mi viaje á América (22). 

Toda la cantidad de ázoe que arroja la actividad vol- 
cánica en la atmósfera, ¿es introducida en los volcanes por 
las lluvias meteóricas, ó existen fuentes de ázoe ocultas en 
las profundidades de la Tierra? Conviene recordar á este 
respecto que, según mis propias esperiencias, el aire con- 
tenido en el agua de lluvia encierra solo 0.69 de ázoe, j 



— 384 ' - 

no 0,79 como el aire respirable. El ázoe es un manantial 
fecundo de producción para la sal de amoniaco _, por medio 
de las descargas eléctricas , casi diarias en las regiones tro- 
picales (23). La influencia del ázoe sobre la vegetación es 
semejante á la del substratum del ácido carbónico de la at- 
mósfera. 

Al analizar Boussingault los gases de los volcanes pró- 
ximos al Ecuador, del Tolima, del Puraz, los volcanes de 
Pasto, de Tuqueras j de Cumbal, encontró ácido carbó- 
nico v gas hidrógeno sulfurado, con una gran cantidad de 
vapor de agua, pero no bailó ácido muriático, ni ázoe ó hi- 
drógeno en libertad (24). La influencia que el interior del 
globo ejerce aun en la actualidad sobre .la composición 
química de la atmósfera, por sustancias que ha tomada 
de ella para devolvérselas bajo otra forma, no es real- 
mente mas que una parte insignificante de las revo- 
luciones químicas que debe haber sufrido la atmósfera, en 
los tiempos primitivos, á consecuencia del levantamiento de 
grandes masas roquizas sobre fallas terrestres. Comparando 
la profundidad de las hulleras con la capa de carbón que 
los bosques mas espesos de la zona templada podrian añadir 
al suelo en cien años, j que, según el cálculo de Chevan- 
dier, no escede de siete líneas, puede admitirse la hipóte- 
sis probable en sí misma de que la envuelta gaseosa de Ja 
Tierra debió contener en otro tiempo una gran cantidad de 
ácido carbónico (25). 

En la infancia de la Geognosia, antes de las ingeniosas, 
hipótesis de Dolomieu, no se colocaba la fuente de la acti- 
vidad volcánica en las formaciones mas antiguas, que se 
creia fueran el granito y el gneiss. x\lgunas analogías de 
inflamabilidad, indujeron á pensar durante algún tiempo en 
que la fuente de las erupciones volcánicas y las emanacio- 
nes gaseosas que son su consecuencia hace muchos siglos. 
debe buscarse en las capas sedimentarias de formación mas. 



— 385 — 

reciente que contienen materias combustibles j pertenece- 
cen al grupo silúrico superior. Un conocimiento mas gene- 
ral de la superficie terrestre, investigaciones mejor hechas 
j mas profundas, j especialmente los servicios prestados 
á la Geología por los descubrimientos de la Química moder- 
na, han esclarecido mucho estas cuestiones. Sábese hoj que 
los tres grandes grupos de rocas volcánicas ó eruptivas^ el 
traquito , el fonolito j el basalto , aunque de edad diferente 
y separados uno de otro con gran frecuencia, como gran- 
des masas, han salido á la superficie de la Tierra después 
de las formaciones plutónicas, tales como el granito, la 
diorita j el pórfiro cuarzoso, j después de todas las forma- 
ciones silúricas, terciarias j cuaternarias ó ¡jleistoceneSj 
sábese también que á menudo atraviesan los lechos dis- 
gregados de conglomerados diluvianos j brechas óseas. 
Todas estas especies de aberturas distintas se encuentran 
reunidas en Auvernia, en un espacio circunscrito, según 
ha hecho notar Rozet ("26); porque aunque las grandes 
masas traquíticas del Cantal, del Mont-Doré j del Puj- 
de-Dome atraviesen el granito mismo , j contengan á tre- 
chos, por ejemplo entre Vic j Aurillac j sobre el Giou- 
de-Mamon^ grandes fragmentos de gneiss j de calcáreo (27), 
vése sin embargo también al traquito y al basalto abrir ve- 
tas á través del gneiss j las rocas carboníferas de capas 
terciarias j diluvianas. El basalto j el fonolito, íntima- 
mente unidos entre sí, como lo prueban los Mittel-Gebirge 
de Bohemia j las montañas de Auvernia, son de forma- 
ción mas moderna que los traquitos, que generalmente es- 
tán cruzados de vetas de basalto (28). Pero á su vez el fo- 
nolito es mas antiguo que el basalto , en el cual es probable 
que no existan vetas, mientras que por el contrario vetas 
de basalto existen frecuentemente en el porfiro esquistoso ó 
fonolito. En los Andes de Quito, apenas he encontrado la 
formación basáltica lejos de los traquitos que dominan en 

TO>.io I Y. -:>;; 



— 386 — 

€sas montañas,, á no ser en el Rio-Pisque j en el valle de 
Guaillabamba (29). 

Como en la meseta volcánica de Quito se Kalla todo cu- 
bierto de traquito, de conglomerados traquíticos jde tobas, 
me dediqué con ardor á buscar un punto desde donde pu- 
diera reconocerse sobre cual de las rocas mas antiguas es- 
tán colocadas las poderosas montañas en forma de conos j 
de campanas^ (5, hablando con mas claridad, qué rocas 
rompieron. Satisfice mi deseo^ el mes de Junio de 1802, 
cuando, saliendo de Riobamba Nuevo, de 8,898 pies de al- 
tura sobre el océano Pacífico, intenté subir al Tunguragua 
por la parte de la Cuchilla-de- Gttandisava. Salí del pueblo 
encantador de Penipe por el puente de maroma del Hio- 
Puela , j me dirigia hacia la Hacienda de Gtiansce , situada 
solitariamente á 7,440 pies de altura, frente á la unión de 
Rio-Blanco y de Rio-Chambo, cerca del lugar donde se 
levanta por Ja parte Sud-Este, una magnífica columnata 
de traquito negro semejante al pestein. De lejos, creia es- 
tar viendo las canteras basálticas de Unkel. En el Chimbo- 
razo^ algo mas arriba del estanque de Jana-Cocha , vi co- 
lumnas de traquito agrupadas de la misma manera, aun- 
que mas altas j menos regulares. Al Sud-Este de Penipe, 
la major parte de las columnas tienen cinco caras; su diá- 
metro es de 14 pulgadas; generalmente presentan inflexio- 
nes j son divergentes. Al pie de los traquitos negros de 
Penipe, cerca de la embocadura del Rio-Blanco, se ob- 
serva un fenómeno inesperado en este punto de las Cordille- 
ras: el esquisto micáceo de un blanco verdoso, conteniendo 
granates , y mas lejos , al otro lado del pequeño rio panta- 
noso de Bascaguan, cerca del Rio-Puela y de la Hacienda 
de Guansce, granito de grano medio, con feldespato de un 
rojo claro, algo de mica de un verde negruzco, y mucho 
cuarzo de un blanco gris, confudiendo probableamente con 
el esquisto micáceo. No haj anfibol ni sienita. Los traquitos 



— 387 — 

^e Tunguragua, semejantes á los del Cliimborazo por su 
constitución mineralógica, lian penetrado también el gra- 
nito j el esquisto micáceo. Mas lejos, hacia el Sud, algo 
al Este del camino que conduce de Riobamba-Nuevo á Gua- 
monta j á Ticsan^ j hacia el lugar en donde la Cordillera 
se separa de la costa, aparecen por doquiera al pie del Al- 
tar de los Collanes, del Cuvillan j del Páramo del Hatillo, 
las rocas tenidas como primitivas en tiempos anteriores, es 
decir, el esquisto micáceo j el gneiss. Antes de la llegada 
de los Españoles, j antes también que la dominación de los 
Incas se estendiese tanto hacia el Norte , dícese que los na- 
turales hablan esplotado algunos depósitos metalíferos en 
las cercanías de los volcanes. Obsérvanse, algo al Sud de 
San Luis, numerosas vetas de cuarzo que atraviesan un es- 
quisto arcilloso verdoso. Cerca de Guamota, á la entrada 
de la llanura herbosa de Tiocaxa, encontramos grandes 
masas de gestellstein ó cuarzito muj pobre de mica, cuja 
estructura muestra líneas paralelas bien determinadas, j 
de una inclinación de 70° hacia el Norte por lo regular. Mas 
lejos, del lado del Sud, muj cerca de Ticsan, j á poca 
distancia de Alausi, el Cerro Cíiello de Ticsan presenta 
masas considerables de azufre encajadas en un lecho de 
cuarzo, el cual está subordinado á capas adjacentes de es- 
quisto micáceo. A primera vista en esta espansion de cuarzo 
en la proximidad de volcanes traquíticos haj algo que 
desorienta. Pero los escelentes trabajos que ha hecho sobre 
el Sangaj el geólogo francés, Wisse, confirmaron. 47 años 
después , las observaciones que hice en el Tunguragua , so- 
bre la superposición ó mas bien sobre la erupción del tra- 
quito á través del esquisto micáceo j el granito, fenómeno 
tan raro en las Cordilleras j tan común en Auvernia. 

El Sangaj, 1,260 pies mas alto que el Mont-Blanc. j 
completamente falto de corrientes de lava, carácter común 
al Stromboli, según Deville, pero que arroja sin interrup- 



— 388 — 

cion, por lo menos desde 1728, piedras negras inflamadas 
por lo común , forma en medio de las capas de granito j 
de gneiss, una isla traquítica^ que tiene á lo mas dos mi- 
llas geográficas de diámetro (30;. Los jacimientos del Eifel 
presentan, como he notado ja, relaciones completamente 
opuestas tanto con respecto á los cráteres de esplosion ó em- 
budos de minas del esquisto devoniano, como á las an- 
damiadas de donde salen las lavas, según es de ver en la 
larga cumbre del Moselberg v del Gerolstein. La superficie 
no deja adivinar lo que oculta el interior. La carencia de 
traquito en volcanes tan activos , Lá miles de años , es un 
fenómeno aun mas sorprendente. Las escorias del Mosen- 
berg, que contienen augita^ j acompañan en mucbos pun- 
tos á corrientes de lava basáltica , comprenden también pe- 
queños trozos calcinados de esquisto, pero no fragmentos 
de traquito. En los alrededores faltan los traquitos. Esta 
roca se presenta aisladamente en el Eifel , lejos de los crá- 
teres de esplosion j de los volcanes de corrientes de lava (31), 
como por ejemplo, en Sellberg, cerca de Quiddelbacb, j 
en la cadena de Reimerath. La variedad de las formaciones 
que se descubren en los volcanes, para ejercer su acción 
poderosa en la superficie de la corteza terrestre, importa, 
tanto á la Geognosia como las sustancias mismas arrojadas 
por ellos. 

Las configuraciones relativas de las andamiadas á tra- 
vés de las cuales se manifiesta ó pugna por manifestarse la 
actividad volcánica han sido también, en estos últimos tiem^ 
pos, profundizadas y representadas con mas exactitud que 
en el siglo precedente. En esta época, la morfología de los 
volcanes se limitaba á las montañas en forma de cono ó de 
campana; hoj comprende todas las variedades, generalmen- 
te muj complicadas, que pueden ofecerse bajo las mas le- 
janas zonas. Conócese de. una manera muj satisfactoria la 
estructura, hipsometría j agrupación de gran número de 



volcanes, todo lo que el penetrante geólogo Naumaun llama 
Geoteg tónica (32), mientras se lia permanecido en una com- 
pleta ignorancia de los detalles relativos á la composición 
de las rocas y á la asociación de las especies minerales que 
caracterizan los traquitos, j llegan á reconocerse cuando es- 
tán separadas de la masa principal. Sin embargo, estas dos 
ramas de conocimientos . la que se aplica á la configuración 
de las armaduras roquizas, j la que tiene por objeto su com- 
posición mineralógica , en otros términos la Morfologia v la 
Origtognosia de los volcanes, son igualmente necesarias para 
abarcar el conjunto de la actividad volcánica. Quizá la úl- 
tima, fundada en la cristalización j el análisis químico debe 
considerarse como la mas importante, en razón de sus re- 
laciones con las rocas plutónicas, á saber, el pórfiro cuarzí- 
fero, el grünstein j la serpentina. Lo que creemos conocer 
del vulcanismo de la Tierra se baila limitado á la configu- 
ración de los volcanes (33). 

Si , como espero . las ideas que aquí espreso acerca de la 
clasificación de las rocas volcánicas, ó para bablar de una 
manera mas precisa, sobre la división de los traquitos se- 
gún su composición, despiertan algún interés, la gloria del 
éxito corresponde por completo á mi antiguo amigo Rose. 
Las observaciones que tiene hechas en vastas comarcas, j, 
por decirlo asi, en el seno de la naturaleza libre, como 
la feliz alianza de conocimientos químicos^ cristalográficos, 
mineralógicos j geológicos, le destinaban á propagar nue- 
vas miras sobre el conjunto de los minerales, cuja asocia- 
ción, freí^uentemente reproducida aunque diferentemente 
combinada, es el resultado de la actividad volcánica. Par- 
ticularmente desde el año de 1834, ha analizado muchas 
veces á instancias mias j para complacerme, los fragmen- 
tos que había jo recogido en los volcanes de Nueva-Gra- 
nada, de los Pastos, de Quito, j de la meseta mejicana, j 
los ha comparado con ejemplares de otras comarcas, con- 



— 390 — 

servados en el rico gabinete mineralógico de Berlin. En es- 
ta época (1810-1811), en que mis colecciones no estaban 
todavia separadas de las de mi compañero Bonpland, Buch, 
que se encontraba en París, de vuelta de la Noruega y dis- 
poniendo su viaje Hacia Tenerife , habia estudiado esos frag- 
mentos al microscopio con una atención estremada. Ya tam- 
bién antes, durante su estancia en Roma con Gaj-Lussac, 
en 1805, y mas tarde, en Francia, conocia lo que, frente 
afrente de los volcanes (Julio 1802), escribí jo en mi 
Diario , sobre algunas montañas , j en general sobre la afi- 
nidad entre los volcanes j ciertos pórfiros faltos de cuar- 
zo (34). Conservo^ como un precioso recuerdo, algunas ho- 
jas llenas de notas referentes á los productos volcánicos de 
las altas llanuras de Quito j de Méjico, que me fueron en- 
tregadas por este gran geognosta. Hace cerca de 50 años. 
Por otra parte , he tenido ocasión de desarrollar la idea de 
que los viajeros no pueden mas que trasportar de una co- 
marca á otra la ciencia incompleta de su tiempo (35). Fal- 
tan á sus observaciones ideas generales porque guiarse , es 
decir, el conocimiento de caracteres distintivos que puede 
traer el progreso de la ciencia; las colecciones ordenadas 
o-eo2*ráficamente son las únicas que encierran un valor du- 
radero. 

Restringir , como se hace muchas veces , la denomina- 
ción de traquito á las rocas volcánicas que contienen feldes- 
pato, particularmente el feldespato vitreo de Werner, la 
sanidina de Rose y de Abich, en memoria de las rocas de 
la Auvernia j del Siebengebirge de Bonn , á las cuales- 
se aplicó por vez primera ese nombre, es romper inútil- 
mente el encadenamiento de las rocas volcánicas, j sacri- 
ficar las miras elevadas á que conduce este encadenamien- 
to. Esta acepción muy limitada de la palabra traquito au- 
torizaria para decir que el Etna, rico en labrador, no posee 
absolutamente traquito; en caso de necesidad mis coleccio- 



— 391 — 

nes demostrarían que esta roca no existe casi en ninguno de 
los innumerables volcanes esparcidos en las Cordilleras , j 
que su masa está compuesta de albita. Ahora bien, como 
en esta época (1835), todo olig-oclase era tenido por albita, 
resultaria de aquí, que todas las rocas volcánicas deberían 
confundirse en el nombre g-eneral de andesita, con que se 
designa la albita mezclada con algo de anfibol (36). A imi- 
tación mia j según habia becho bajo la impresión que me 
causaron en mis viajes los caracteres comunes á todos los 
volcanes, á pesar de las diferencias que puede presentar su 
composición mineralógica, Rose , colocándose bajo un punto 
de vista general, ba considerado en su clasificación, á los 
traquitos, ortoclase. la sanidina, la anortita de la Somma, la 
albita, el labrador j el oligoclase como la parte feldespática 
de las rocas volcánicas. Esto por otra parte estaba conforme 
con la teoría espuesta por él en su bella Memoria sobre el 
grupo de los feldespatos (37). Las denominaciones que tie- 
nen la pretensión de ser definiciones introducen mucha os- 
curidad en el estudio de las rocas, como también en la Quí- 
mica. Yo mismo me he sentido inclinado algún tiempo, á 
emplear las espresiones traquito-ortoclase, ó traquito-labra- 
dor, ó traquito-oligoclase, jpor consiguiente á comprender 
el feldespato vitreo Q sanidina en el género ortoclase ó feldes- 
pato común, en razón á su composición química. Es cierto 
que esos nombres eran sencillos j sonoros ; pero su simpli- 
cidad misma era causa de error ; porque si la denominación 
traquito-labrador tiene la ventaja de representarnos al mis- 
mo tiempo el Etna j el Stromboli , la de traquito-oligoclase 
en su doble é importante relación con la augita j el anfibol, 
tiene el inconveniente de establecer una falsa conexión en- 
tre las vastas formaciones del Chimborazo j del volcan de 
Toluca. La asociación de un elemento feldespático con uno 
ú otros dos, es la que en este caso, como en ciertos rellenos^ 
de filones, determina el carácter distintivo de las rocas. 



— 392 — 

Dov aquí una clasificación de los traquitos, tal como la 
estableció Rose, desde el invierno de 1852, según los cris- 
tales que contienen esas rocas, j que se reconocen cuan- 
do se los separa. Las conclusiones esenciales de este tra- 
bajo, en el cual jamás se confunde al oligoclase con la albi- 
ta, son en diez en años anteriores. En esta época Rose babia 
descubierto, en sus estudios geognósticos sobre los Riesen- 
gebirge , que el oligoclase es una parte esencial del granito, 
tratando de averiguar si esta sustancia no desempeña el 
mismo papel en otras rocas (38). El trabajo de Rose dio por 
resultado el importante descubrimiento de que la albita 
no es nunca parte constitutiva de ninguna roca (39). 

Primera división: — «La masa principal solo contiene 
cristales de feldespato vitreo, dispuestos en tablas j de gran 
dimensión. El anfibol j la mica_, ó faltan en absoluto, ó en- 
tran en muj pequeña cantidad j como partes puramente 
accesorias. Pertenecen á esta división: el traquito de ios 
campos Flegráneos , de que está formado el Monte Olíba- 
no, cerca de Pozzuoli; el traquito de Isquia j j de la Tol- 
fa, juna región del Mont-Doré, conocido con el nombre 
de gran Cascada. Preséntase algunas veces la augita en ios 
traquitos del Mont-Doré , en pequeños cristales, pero esto 
acontece rara vez (40) . En los campos Flegráneos no se la 
encuentra nunca con el anfibol, ni con la leucita, de la cual 
Hoffmann j jo recojimos algunos fragmentos, Hoffmann 
sobre el Lago-Averno ^ cerca del camino de Cumas, j yo, 
en la pendiente del 3Ionte-Nuoto ^ durante el otoño de 
1822 (41). Hállanse en major j mas grande abundancia 
fragmentos disgregados de leucitofiro en la isla Prócida j 
en újScogliO'di-S.-Marüno^ que está cerca de ella.» 

Segunda división. — «La masa principal contiene algu- 
nos cristales de feldespato vitreo, j cierta cantidad de 
pequeños cristales de oligoclase, blancos como la nieve. 
Estos cristales de oligoclase están mezclados con regulari- 



— 393 — 

dad con el feldespato vitreo , j forman una caverna alre- 
dedor del feldespato, como se ve con tanta frecuencia en el 
granitito de Rose, especie de granito mezclado con feldes- 
pato rojo, j sobre todo rico en oligoclase j en mica mag- 
nésica, pero sin huella alguna de mica potásica blanca, 
que constituje la masa principal del Eiesengebirge v de 
las montañas del Iser. A veces se encuentran juntos en pe- 
queña cantidad el anfibol j la mica; algunas variedades 
contienen también augita. Esta división comprende: los 
traquitos del Drachenfels j de la Perlenbardt en los Sieben- 
gebirge de Bonn (42); muchas variedades del Mont-Dore 
j del Cantal, así como también traquitos del Asia Menor, 
cujo conocimiento se debe á la actividad del viajero Tcbi- 
batchef; los de Afiun Karahisar, renombrado por el cultivo 
de la adormidera; de Mehammed-Kjoé, en Frigia; de Ka- 
jadscjbk j de Donanlar, en Mjsia. En esos traquitos, el 
feldespato vitreo se mezcla con mucho oligoclase v un poco 
de anfibol j de mica oscura.» 

Tercera división. — «La masa principal de esos traqui- 
tos dioríticos contiene muchos pequeños cristales de oligo- 
clase, con alfibol j mica magnésica oscura. En esta divi- 
sión entran los traquitos de Egina (43); del valle de Koz- 
lenik, cerca de Schemnitz (44); de Nagvag, en Transil- 
vania; de Montabaur, en el ducado de Nassau; del Sten— 
zelberg j del Wolkenburg , en el Siebengebirge de Bonn; 
del Puj de Chaumont, cerca de Clermont en Auvernia, j 
del Liorant en el Cantal. Es necesario añadir aun el Kas- 
begk en el Cáucaso , los volcanes mejicanos de Toluca v de 
Orizaba (45), el volcan dePuraz jlas magníficas columnas 
de Pisoja, .cerca de Popa jan, aunque la naturaleza traquíti- 
ca de esas columnas pueda sériam.ente ponerse en duda (46) . 
Las domitasdeBuch pertenecen también á esta división. En 
el traquito blanco de granos finos que forma la masa del Puj- 
de-Dome, están empastados cristales vitreos, á los cuales se 



— 394 — 

ha considerado siempre como feldespato, pero que muestran 
estrías én todas ocasiones en las caras de mas fácil esfolia- 
cion , j que son en realidad olig-oclase ; cerca existe el an- 
fibol j un poco de [mica. Según las rocas volcánicas que 
la colección real de Berlin debe á Moelhausen , agregado 
en calidad de dibujante j de topógrafo á la Ex]¡)hTmg 
ÍExj)eclition del teniente Wbipple, es preciso referir tam- 
bién á la tercera división, es decir, á los traquitos dioríti- 
cos de Toluca , los traquitos del Mont-Ta jlor , entre Santa 
Fé del Nuevo-Méjico j Alburquerque , así como los de Cie- 
neguilla, en la pendiente occidental de las Montañas Ro- 
quizas, en el sitio donde, según las delicadas observacio- 
nes de Marcou, cubren la formación jurásica corrientes de 
lava negra.» Las mismas mezclas de oligoclase j de anfibol, 
que vi sobre la meseta de los Aztecas, en la comarca lla- 
mada propiamente AnaKuac, aunque no en las Cordilleras 
de la América meridional, se vuelven á hallar al Oeste, 
j á gran distancia de las Montañas Roquizas j de Zuñi, 
cerca del rio Mohave , uno de los afluentes del Eio-Colora- 
do (47). Entre las muestras de los traquitos de Java que 
debo á la amistad del doctor JuDghuhn , hemos reconocido 
los caracteres de la tercera división en tres regiones volcá- 
nicas: las del Burung-Agung, de Tjinas j del Gunung- 
Parang, en el distrito de Batugangi. 

Cuarta división. — «La masa principal contiene augita 
j oligoclase. A esta clase pertenecen: en África, el pico- 
de Tenerife (48); en Méjico, el Popocatepetl j el Coli- 
ma (49); en la América del Sud^ el volcan de Tolima, con 
el Páramo de liuiz ; el volcan de Puraz , cerca de Popa- 
jan; los de Pasto y de Cumbal, á juzgar por los fragmen- 
tos recogidos por Boussingault ; el Rucu-Pichincha , el An- 
tisana, el Cotopaxi, el Chimborazo (50), el Tunguragua, 
así como las rocas de traquito que cubren las ruinas del 
antio-uo Riobamba. Sobre el Tune-uras'ua se encuentran» 



— 395 ^ 

al lado de augitas, cristales de uralita de un verde negro, 
j de media á cinco líneas de largos, de forma augítica per- 
fecta y los planos de esfoliacion del anfibol (51). >> Traje del 
Tunguragua uno de esos fragmentos con cristales distintos 
de uralita que recogí á la altura de 12,480 pies. Rose re- 
conoció una diferencia sorprendente entre ese fragmento j 
los siete de traquito de mi colección ; estimando que este 
ejemplar recuerda la combinación del esquisto verde ó pór- 
firo augítico esquistoso, que hemos visto tan estendido 'en 
la vertiente asiática del Ural. 

Quinta división. — «Mezcla de labrador (52) j de augi- 
ta (53); traquito dolerítico. El Etna, el Stromboli, j se- 
gún los escelentes trabajos de Sainte-Claire Deville sobre 
los traquitos de las Antillas, la mina de azufre de la Gua- 
dalupe, entran en esta categoría, así como los tres circos 
que, en la isla Borbon, rodean el pico de Salazu.» 

Sesta división. — «Masa principal gris, que contiene 
cristales de leucita y de augita, con muj poca olivina. El 
Vesubio j la Somma , los volcanes apagados de Vultur j 
de Eocca-Monfina, las montañas de Albano j de Borglietto- 
pueden servir de ejemplo. En la masa mas antigua que fór- 
malos muros j el suelo de Pompeja, los cristales de leucita 
son mas gruesos j mas abundantes que la augita. Por el 
contrario, en las lavas actuales dominan las augitas, j en 
general es muj rara la leucita. La corriente del 22 de Abril 
de 1845 suministró, sin embargo, una gran cantidad de 
la última (54). En las Tobas del Monte-Somma están em- 
pasta dos fragmentos de traquito pertenecientes á la pri- 
mera división , y que contienen feldespato vitreo , que son 
los traquitos propiamente dichos de Buch. Hállanse tam- 
bién algunos en la capa de pómez que cubre á Pompeja. 
Los traquitos-leucitófiros de la sesta división distínguen- 
se con mucho cuidado de los traquitos de la primera, aun- 
que la leucita se presente también en la parte occidental de 



— 396 — 

los campos Flegráneos j en la isla de Prócida , como se ha 
visto anteriormente.» 

El ingenioso autor de esta clasificación de los volcanes, 
fundada en la asociación de los minerales simples, no pre- 
tende liaber agotado las combinaciones que puede ofrecer 
la superficie de la Tierra, esplorada hasta hoj de una ma- 
nera tan incompleta, bajo el punto de vista de la Geología 
j de la Química. De esperar es que lleguen á modificarse 
las denominaciones de los minerales asociados, y que se 
aumente también el número de las formaciones traquíticas. 
Dos caminos parecen conducir á este resultado : los progre- 
sos de la Mineralogía, en tanto se aplique á distinguir es- 
pecíficamente los minerales, según su forma j composición 
química, j el aumento de las colecciones tan imperfectas 
ordinariamente v recogidas sin objeto las mas de las veces. 
Aquí, como en todos los casos en que las consideraciones 
cosmológicas no pueden elevarse á lejes generales sino á 
condición de comparar un vasto conjunto de fenómenos, es 
necesario partir del principio de que, lo que creemos saber, 
según el estado actual de las ciencias, no es mas que una 
parte muj insignificante de lo que nos tiene reservado el si- 
glo venidero. No faltan medios de acelerar la adquisición 
de esos conocimientos; lo que esencialmente necesitamos 
para esplorar la parte traquítica levantada deprimida ó 
grietada de la superficie terrestre que no cubre el Océano, 
es la aplicación de métodos propios para agotar tal asunto. 

Volcanes muj próximos entre sí j que presentan la 
misma forma v las mismas andamiadas , parecidos en fin 
bajo todas las relaciones geotectónicas, roban Frecuente- 
mente á la composición j á la asociación de los minerales 
agregados un carácter individual muj diferente. A lo largo 
de la falla trasversal que une los dos mares, de Este á 
Oeste, j corta la cadena de montañas^ ó mejor dicho, el 
levantamiento montañoso, que sigue sin interrupción la 



— 397 — 

dirección de Sud-Este á Nor-Oeste, se suceden en el or- 
den siguiente: el Colima ^11,262 pies de altura), el Joru- 
11o (4,002 pies), el Toluca (14,232 pies), el Popocatepetl 
^16,632 pies) j el Orizaba (16,776 pies de altura). Los vol- 
canes que se siguen inmediatamente no presentan la misma 
composición característica; los mismos traquitos se repro- 
ducen alternativamente. El Colima j el Popocatepetl están 
formados de augita mezclada con oligoclase, v muestran 
por consiguiente el traquito del Chimborazo j de Tenerife. 
El Toluca j el Orizaba están compuestos de una mezcla de 
oligoclase j de anfibol, que es la roca de Egina j de Ko- 
zelnik. El último de los volcanes conocidos, el Jorullo, que 
es apenas una gran colina de erupción , consiste casi úni- 
camente en lavas que se asemejan al basalío j al pestein, 
la major parte de las cuales están escorificadas. El traquito 
que lo constituje, se asemeja mas al traquito de Toluca 
que al del Colima. Estas consideraciones sobre los caracteres 
individuales que presentan, bajo el punto de vista de la 
composición mineralógica, volcanes próximos entre sí, im- 
plica la desaprobación de la desgraciada invención con que 
se ha intentado designar una especie de traquito bajo un 
nombre tomado á una cadena de montañas, en parte volcáni- 
ca, que no tiene menos de 1,800 millas geográficas de lon- 
gitud. El nombre de calcáreo jurásico, que he sido el primero 
en introducir (55), no presenta inconvenientes, porque está 
sacado de una roca simple y sin mezcla , j de una cadena 
de montañas cuja edad se halla indicada por la superposi- 
zion de los restos orgánicos. No pueden hacerse tampoco 
objeciones á los nombres de montañas aplicados á formacio- 
nes traquíticas. Nada impide por ejemplo llamar traquitos 
de Tenerife ó del Etna á combinaciones determinadas de 
oligoclase ó de labrador. Mientras se ere jó deber reconocer 
albita en las muj diferentes especies de feldespato que ca- 
racterizan los traquitos de los Andes, cada roca de aquellas 



-< 398 — 

en que se suponía existir albita, recibia el nombre de an- 
desita. Hallo por vez primera, en una importante Memo- 
ria publicada por Bucli á principios de 1835, sobre los crá- 
teres de levantamiento y los volcanes , el nombre de ande- 
sita, con la siguiente precisa definición: la andesita está 
formada por el predominio de la albita, con algo de anfi- 
bol (56). La manía de ver por doquiera albita duró cinco 
ó seis años, basta el momento en que, á consecuencia de 
esperiencias mas profundas j renovadas sin prevención, vió- 
se que las albitas traquíticas eran oligoclase (57). Rose llegó 
á dudar que se presente la albita en esas rocas como parte 
esencial, de donde resultaría que la andesita, aun después 
de la idea que de ella se tenia en otro tiempo , faltaría en 
la cadena de los Andes. , 

La composición mineralógica de los traquitos se cono- 
cerá imperfectamente siempre que los cristales empastados 
á la manera de los pórfiros no se separen de la masa prin- 
cipal , para estudiarlos y medirlos aisladamente , j mien- 
tras estemos reducidos á las relaciones numéricas de las 
tierras , álcalis j óxidos de metales . tales como los revela 
el análisis, j al peso específico de la masa por analizar, 
que en apariencia es amorfa. Para obtener un resultado 
seguro j convincente, es necesario examinar independien- 
temente la masa principal_, j los elementos esenciales, bajo 
el doble punto de vista de la Orictognosia j de la Química. 
Esto es lo que se lia liecho con los traquitos del pico de Te- 
nerife j los del Etna. La hipótesis de que la masa princi- 
pal está compuesta de las mismas partes imperceptibles por 
su pequenez que reconocemos en los grandes cristales, pa- 
rece de gran fundamento, porque, como antes hemos vis- 
to en el ingenioso trabajo de Deville, la masa principal 
que parece amorfa presenta ordinariamente mas ácido sili- 
ce del que deberia suponerse, dada la naturaleza del fel- 
despato j de las demás partes visibles. En los leucitófiros. 



— 399 ~ 

existe, como observa Rose, un contraste sorprendente en 
cuanto á la naturaleza del álcali dominante , entre las leu- 
citas diseminadas con potasa por base, y la pasta misma que 
apenas contiene más que sosa (58). 

Pero al lado de estas asociaciones de aug-ita j de oli- 
goclase, de augita j de labrador, de anfibol y de oligo- 
clase, introducidas en la clasificación de los traquitos que 
hemos adoptado, j que forman sus principales caracteres^ 
baj todavía en cada volcan, otras partes fáciles de recono- 
cer, que no son esenciales, j cuja presencia ó ausencia 
constante en montañas volcánicas, muj aproximadas por 
lo general, es un fenómeno sorprendente. La aparición rara 
ó frecuente , en el mismo laboratorio, de un elemento par- 
ticular, depende probablemente de diferentes condiciones: 
de la profundidad á que nace la sustancia, de la tempe- 
ratura , de los grados de fluidez j del enfriamiento mas 
lento ó mas rápido. La asociación específica 6 la falta de 
elementos determinados está en contradicción con ciertas 
teorías, por ejemplo, con el origen supuesto de la pómez 
proviniente del feldespato vitreo ó de la obsidiana. Estas 
consideraciones que no datan de hoj j que se iniciaron á 
fines del siglo xviii, cuando se comparaban los traquitos 
de Hungría con los del pico de Tenerife, fueron objeto 
de mi atención durante muchos años en Méjico j en las 
Cordilleras de los Andes, como lo acreditan mis Diarios. 
Merced á los nuevos é incontestables progresos de la Litolo- 
gía, las especies minerales que habia determinado de un 
modo incompleto durante mi viaje , han podido serlo de una 
manera mas profunda j mas cierta , á consecuencia de las 
investigaciones orictognósticas á que se dedicó Rose du- 
rante muchos años, sobre mis colecciones. 



400 



MICA . 



La mica magnésica negra ó verde subido abunda mu- 
cho en los traquitos del Cotopaxi, á 2,263 toesas de altura, 
entre Suniguaicu y Quelendaña, como también en las can- 
teras de Guapulo y, de Zumbalica, situadas al pié del Co- 
topaxi^ j sin embargo,, á cuatro millas de la montaña (59). 
Los traquitos del volcan de Toluca son ricos también en 
mica magnésica, que falta en el Chimborazo (60). Hanse 
presentado las micas en gran cantidad en nuestro conti- 
nente: en el Vesubio, en las erupciones de 1821 á 1823, 
según testimonio de Monticelli j de Covelli; en el Eifel, 
en las antiguas bocas volcánicas del Laacher-See (61); en 
el basalto de Meronitz , de la montaña margosa de Kau- 
sawer, j sobre todo del Gama ja, uno de los vértices del 
Mittelgebirge de la Bohemia (62). Son mas raras en el fo- 
nolito j en la dolerita del Kaiserstuhl, cerca de Fribur- 
go (63). Es de notar que no solo la mica potásica blanca, que 
generalmente tiene dos ejes, no se forma jamás en los tra- 
quitos j las lavas de los dos continentes , sino que la única 
mica que contienen esas rocas es la magnésica, de color pro- 
nunciado, j generalmente de un solo eje. Esta producción 
esclusiva sé estiende á otras muchas rocas eruptivas j plu- 
tónicas: al basalto, al fonolito, á la sienita j también al 
granitito ; el granito propiamente dicho, contiene al mis- 
mo tiempo la mica potásica blanca j la mica magnésica ne- 
gra ó blanca (64). 



FELDESPATO VITREO. 



Esta especie de feldespato, que juega un papel tan im- 
portante en k actividad de los volcanes europeos, entre los 



— 401 — 

traquitos de ia 1/ j de la 2/ divisioD , por ejemplo, en Is- 
quia, en los campos Flegraneos y el Siebengebirge de Bonn, 
parece faltar absolutamente en el nuevo continente , á los 
traquitos de los volcanes activos. Esta particularidad es 
tanto mas notable , cuanto que el feldespato vitreo ó sani- 
dina pertenece esencialmente á los pórfiros mejicanos de 
Moran, de Pachuca_, de Villalpando y de Acaguisotla , los 
cuales son ricos en plata j carecen de cuarzo: los primeros 
de entre estos traquitos se refieren á las obsidianas del Ja- 
cal (65). 

a:\fibol y augita. 

Al caracterizar las seis divisiones de los traquitos , he- 
mos indicado antes que las mismas especies minerales que 
son partes esenciales en ciertas rocas , por ejemplo , el anfi- 
bol en la roca de Toluca, de la S."" división, no aparecen en 
otras, en la roca del Picbincliaó del Etna, por ejemplo_, qu© 
pertenecen á la 4.^ j á la 5.^* división, sino aisladamente y 
de una manera esporádica. He encontrado, aunque en pe- 
queña cantidad, anfiboi, en los traquitos del Cotopaxi , del 
Rucu-Pichincba, del Tunguragua y del Antisana al lada 
de la augita y del oliglocase , pero apenas si le hallé 
unido á esas dos rocas en el Chimborazo, hasta la altura de 
18,000 pies. Entre los numerosos fragmentos que he traido 
del Chimborazo, solo en dos he reconocido el anfibol, v tam- 
bién en muj pequeña cantidad. Cuando las erupciones del 
Vesubio de 1822 y 1850 , formáronse simultáneamente^ 
por efecto de los vapores que sallan de las grietas, augita 
y cristales de anfibol, de 9 líneas de largos próximamen- 
te ((36). En el Etna, el anfibol pertenece especialmente á 
las lavas antiguas, según ha hecho observar Sartorius de 
A\ altershausen. Como el notable mineral muj estendido 
por el x\sia occidental j muchos puntos de Europa, que llama 



TOMO IV, 



— 402 ~ 

líose uralita, se aproxima mucho, por su estructura j 
cristalización al anfibol v á la augita (67), indicaré aquí 
que la presencia de los cristales de uralita ha sido compro- 
bada por primera vez en el nuevo continente por Rose, en 
Tin frag-mento de traquito que vo arranqué á 3,000 pies 
bajo la cumbre del Tungurag-ua. 

LEUCITA. 

Las leucitas, que, en Europa, corresponden esclusiva- 
mente al Vesubio, á la Rocca Monfina, a las colinas de Al- 
bano cerca de Roma . al Kaiserstuhl en Brisí>-au y al Ei- 
fel, donde se presentan, al Oeste del Laacher-See. bajo la 
forma de pedruscos v no de rocas in siin , como en el Burg- 
berg cerca de Rieden . no han sido halladas hasta aquí en 
ninguna de las montañas volcánicas del nuevo continente, 
ni en Asia. Buch reconooió en 1798 , que dicha roca se 
muestra generalmente alrededor de los cristales de augita, 
jlaha descrito en unaescelente Memoria (68). Los crista- 
les de augita alrededor de los cuales se forma la leucita, 
según observa este gran geólogo, rara vez faltan; sin 
embargo en ocasiones, parece que están reemplazados 
por un pequeño núcleo ó un fragmento de traquito. La 
desigual fusibilidad del núcleo v de la leucita que le rodea 
es verdadera objeción contra la esplicacion que se ha dado 
de la manera como se forma la envuelta. Según Scacchi, 
las leucitas disgregadas ó mezcladas á las lavas abundaban 
mucho en las recientes erupciones del Vesubio de 1822, 
1828, 1832, 1845 j 1847. 



OLIVINA 



Preséntase la oiivina en p-ran cantidad en las antij^uas 
lavas del Vesubio , particularmente en el leucitoíiro de la 



-^ 403 — 

Somma (69). El Arso de Isqiiia, en la erupción de 1301, 
arrojó considerable masa de olivina mezclada con feldespato 
vitreo, mica oscura, auo-ita verde v hierro mag-nético. Di- 
cha roca abunda también mucho en los volcanes de cor- 
rientes de lava del Eifel, como por ejemplo, en el Mosen- 
berg, al Oeste de Manderscheid (70), j en la parte Sud- 
Este de la isla de Tenerife , después de la erupción de lava 
de 1704. Pero vo la he buscado activa aunque inútilmente, 
en los traquitos de los volcanes de Méjico , de la Nueva- 
(rranada v de Quito. Las colecciones de Berlin poseen, co- 
mo muestras de 4 volcanes solamente (el Tungurag-ua , el 
Antisana. el Chimborazo j el Pichincha), 68 fragmentos 
de traquito, de los cuales 48 fueron traídos por mí j 20 por 
Boussingault (71). En los basaltos del Nuevo-Mundo, se 
encuentra la olivina unida á la augita, casi con tanta fre- 
cuencia como en Europa; pero los traquitos negros basál- 
ticos del Yana-Urcu , que se levanta cerca de Calpi . al pie 
•del Chimborazo (72). así como los misteriosos escombros 
llamados /a Terenta:oii del xolcan de Ansango (73), no con- 
tienen olivina. Solo en la gran corriente de lava de color 
negruzco, cu va superficie arrugada, escorificada é hin- 
chada presenta el aspecto de coliflores, v que seguimos 
para llegar al cráter del volcan del Jorullo, es donde he- 
mos encontrado algunos granos pequeños de olivina (74). 
Su rareza tan í^-eneral en las lavas recientes v la mayor 
parte de los traquitos sorprende menos, cuando se recuerda 
que, por esencial que pueda ser esta sustancia para la 
formación de las masas basálticas. Nidda v Sartorius de 
Waltershausen afirman que no siempre es fácil distinguir 
el basalto sin olivina del basalto rico en olivina, en Islandia 
jen el Rbfpngebirge bávaro. En otro tiempo se acostum- 
braba á designar al primero con el nombre de trapp y de 
wacka: despues.se le ha llamado anemasita (75). Las oli- 
vinas llegan á tener alo-unas veces en los basaltos de Ren- 



— 404 — 

tieres^ en Auvernia, el grueso de la cabeza de un hom- 
bre ; hállaselas también en las canteras de Unkel , objeto 
de los primeros estudios de mi juventud , que tienen por lo 
menos 6 pulgadas de diámetro. La hermosa roca de Elfda- 
len en Suecia, cujos fragmentos, mezcla granular de hi- 
persteno j de labrador , se pulen con frecuencia j describió 
Bercelius como sienita, contienen igualmente algo de oli- 
vina (76). Encuéntrase también, aunque en menor canti- 
dad, en el fonolito del Pico de Griou (77). Según Stroma- 
jer, la divina va constantemente acompañada de nickel; 
Rumler ha encontrado también en ella arsénico , metal que, 
según los últimos descubrimientos, existe en tan gran nú- 
mero de fuentes minerales j aun en el agua del mar ^78j, 
En otra parte he señalado la presencia de la olivina en las 
])iedras meteóricas (79; j en las escorias artificiales ana- 
lizadas por Sefstroem (80). 

OBSIDIANA. 

Cuando en la primavera j el verano de 1799, disponía 
en España mi viaje á las islas Canarias, la opinión domi- 
nante entre los mineralogistas de Madrid, Hergen, don 
José Clavijo y otros, era la de que la piedra pómez está 
compuesta únicamente de obsidiana. Fundábase esta hipó- 
tesis en el estudio de las magníficas colecciones geognósti- 
cas procedentes del pico de Tenerife , y en la comparación 
que se habia hecho de dichas colecciones con los fenómenos 
observados en Hungría, por mas que estos fenómenos se 
interpretaran por lo general en aquella época según las mi- 
ras newtonianas de la escuela de Freiberg. Las dudas que 
produjeron mis observaciones en las islas Canarias, en las 
Cordilleras de Quito j en los volcanes mejicanos, sobre la 
insuficiencia de dicha teoría (81), me inspiraron la idea de 
someter al mas serio examen dos grupos de fenómenos: de 



-- 405 — 

una parte, ]a diferencia general de las sustancias contenidas 
en las obsidianas j en las piedras pómez; de otra, la asocia- 
ción mas ó menos frecuente ó completa separación de esas 
dos rocas, en las andamiadas de volcanes activos j cuidado- 
samente analizados. Mi Diario está lleno de datos sobre este 
asunto; j en cuanto á la determinación específica que ten- 
go hecha de las especies minerales que entran en la com- 
posición de la obsidiana j de la piedra pómez, confirmada 
está por las últimas y repetidas investigaciones de mi labo- 
rioso j benévolo amigo Rose. 

En la obsidiana, como en la piedra pómez, preséntase 
el feldespato vitreo j el oligoclase; j aun muchas veces van 
ambos unidos. Pueden citarse como ejemplos, poruña parte, 
las obsidianas de Méjico, recogidas por mí en el Cerro de 
las JVcii'djas, en la vertiente oriental del Jacal; las de Chico, 
que contienen gran número de cristales de mica; las de Zi- 
mapan, al Sud-sudeste de Méjico, donde se ven mezcladas 
con distintos pequeños cristales de cuarzo; por otra parte las 
piedras pómez del Rio-Mavo, en el camino que conduce de 
Popajan á Pasto^, j las del volcan apagado de Sorata, cerca 
de Popa van, pueden igualmente servir de muestra. Las can- 
teras subterráneas de piedra pómez, próximas al Llatacun- 
ga, contienen mucha mica, oligoclase v anfibol, cosaquees 
muj rara en la pómez v en la obsidiana (82). Háse vistu 
sin embargo anfibol en la pómez del volcan de Arequipa. 
El feldespato común ú ortoclase no se presenta jamás en la 
pómez juntamente con la sanidina; tampoco va acompañado 
de augita. Existe en laSomma, aunque no en el cono mis- 
mo del Vesubio, pómez que contieno masas terrosas de car- 
bonato de cal. Pompe ja está sepultada bajo esta notable va- 
riedad de pómez (83). Las obsidianas son raras en las ver- 
daderas corrientes de lava; apenas si se hallan mas que en 
el pico de Tenerife, en los volcanes de Lípari v de Vul- 
cano. 



■ — 40(5 — 

Si pasamos ahora á examinar la asociación de la obsi- 
diana j de la piedra pómez en un mismo volcan, losheclios 
que se han observado son los sig'uieutes: el Pichincha, tie- 
ne g-randes campos de piedra pómez j carece dé obsidiana; 
el Chimborazo no presenta ni obsidiana ni piedra pómez; 
tampoco el Etna, cu jos traquitos están sin embarg-o com- 
puestos de diverso modo, j contienen labrador en vez de oli- 
g-oclase. He observado también la carencia de piedra pómez. 
y de obsidiana en la ascensión al Tunguragua, El volcan 
de Puraz, cerca de Popajan, tiene mucha obsidiana, mez- 
clada con sus traquitos, j jamás ha producido pómez. Las 
inmensas llanuras en que se levantan el Ilinissa, el Car- 
g-uairazo j el Altar están cubiertas de piedra pómez. Las 
canteras de Llactacuug-a, las de Huichapa al Sudoeste de 
Querétaro, como también los montones de pómez que cos- 
tean el Rio Majo (84), los de Tschegem en el Cáucaso (cS,"3j 
j de Tollo en Chile (86), situados todos á distancia de ar- 
mazones volcánicas en actividad, pertenecen á mi modo de 
ver á los fenómenos eruptivos que la superficie plana de 
la Tierra produce á través de las aberturas que la sur- 
can. Otro volcan chileno, xlntuco (87), del cual ha dado 
Poeppig una preciosa j sabia descripción, arroja también, 
como el Vesubio^ cenizas j rapilis muy finos, pero no pie- 
dras pómez, ni rocas vitreas semejantes á la obsidiana. 
Vemos formarse la piedra pómez en traquitos compuestos 
muj diversamente sin obsidiana ni feldespato vitreo. El in- 
genioso Darwin ha notado que no existe señal alguna de 
piedra pómez en todo el archipiélago de los Galápagos. 
Además hemos ja hecho observar que el poderoso volcan 
de Mauna-Loa, en las islas Sandwich, y los volcanes del 
Eifel, que arrojaron en otro tiempo corrientes de lava, ca- 
recían de conos de cenizas (88). Aunque la isla de Java 
contiene una hilera de mas de 40 volcanes, 23 de los cuales 
permanecen aun activos, Junghuhn no pudo descubrir mas 



— 407 ~ 

que dos puntos^ situados sobre el Guuuug-G untar cerca de 
Bandoug v de la gran montaña de Tengger, en donde se 
bajan formado masas de obsidiana (89). No es probable- 
que esta obsidiana llegara á ser origen de una combina- 
ción de piedra pómez. Los mares de arena (Dasar) que es- 
tán á una altura media de 6,500 pies sobre el Océano, no 
se bailan cubiertos de pómez, sino de una capa de rapilis 
que se ban descrito como fragmentos de basalto semi- vitri- 
ficado j semejantes á la obsidiana. El cono del Vesubio, que 
jamás ba producido pómez, arrojó, del '24 al '28 de Octubre 
de 1822, una capa, de 18 pulgadas de espesor, de cenizas 
arenosas j de rapilis traquíticos pulverizados, que nunca se 
confundieron con la pómez. 

Las cavernas j las cavidades vesiculares de la obsidia- 
na, en las cuales se ban formado cristales de olivina, debi- 
dos probablemente á la precipitación de los vapores, como 
sucede en Méjico, por ejemplo, en el Cerro delJacaí, con- 
tienen frecuentemente, en ambos bemisferios, otras sustan- 
cias, que parecen indicar su origen y sus modos de forma- 
ción. En los puntos de major ancnura de esas cavernas 
prolongadas j por lo general mu j regularmente paralelas, 
existen fragmentos de traquito terroso semi-descompuestos. 
El vacío se prolonga al reducirse, como una especie de cola^ 
cual si el calor volcánico bubiera desarrollado, en la masa 
todavía pastosa, un fluido elástico gaseoso. Este fenómeno 
babia llamado poderosamente la atención de Bucb en 1805 > 
cuando este sabio geólogo visitó en Ñapóles con Gaj-Lussac 
j conmigo, la colección mineralógica de Tbomson (90). El 
crecimiento de la obsidiana por el fuego que babia sido jsl 
observado en la antigüedad griega (91), tiene ciertamente 
por causa un desarrollo de gas análogo. Según Abicb , las 
obsidianas se trasforman tanto mas fácilmente por la fusión 
en piedras pómez celulares , de bebras no paralelas , cuanto 
mas pobres son en ácido silíceo v mas ricas en álcalis. Si el 



crecimiento debe atribuirse únicamente á la volatilización 
de la potasa ó del ácido clorídrico . cosa es que no se sabe 
ciertamente según los trabajes de Rammelsberg (92 . Fenó- 
menos de crecimiento que presenten las mismas apariencias 
que los traquitos ricos en obsidiana j en sanidina, los ba- 
saltos porosos j los amigdaloides, el pestein, la turmalina y 
la piedra de chispa, que pierde su color oscuro, pueden re- 
conocer causas muy diferentes, seg-un las sustancias. Es- 
periencias exactas j limitadas á los fluidos gaseosos, espe- 
riencias esperadas por tanto tiempo j tan en vano, llegarán 
á dar por resultado un engrandecimiento inapreciable en la 
geología química de los volcanes , á condición de tomar en 
consideración el efecto del asfua de mar en las formaciones 
submarinas j la cantidad de hidrógeno carburado conteni- 
do en las sustancias orgánicas con aquella mezcladas. 

Los hechos que he reunido al final de este tomo, á saber: 
la enumeración de los volcanes en que existe piedra pómez 
sin obsidiana, ó mucha obsidiana sin piedra pómez, j la 
asociación muj notable pero inconstante v muj variada, de 
la obsidiana j la pómez con algunos otros minerales, me 
han convencido durante mi estancia en las Cordilleras de 
Quito, de que la formación de la pómez resulta de un fenó - 
líieno químico que puede producirse en traquitos diversa- 
mente compuestos, j que no supone necesariamente la in- 
tervención ó la preexistencia de la obsidiana en grandes 
masas. Las condiciones en que puede verificarse un fenó- 
meno semejante, en vasta escala^ dependen menos, lo repi- 
to, de la diferencia de las sustancias que de la gradación 
del calor, de la presión determinada por la profundidad, de 
la fluidez v déla duración de la solidificación. 

Los raros j memorables fenómenos que presentan las 
inmensas canteras de piedra pómez, aisladas, bajo la super- 
ficie de la Tierra, de toda andamiada volcánica, es decir de 
montañas de figura de cono ó de camipana, rae icdncen á 



— 409 — 

congeturar que una parte considerable de las rocas volcá- 
nicas^ quizá también la mas voluminosa, no se ba abierto 
camino á través de esas andamiadas, sino á través de la red 
de fallas de que está surcada la superficie terrestre^ de don- 
de se han estendido en capas por espacios de muchas millas 
cuadradas (93). A estas rocas pertenecen también probable- 
mente las masas antiguas de trapp, de la formación silúrica 
inferior, que cubren la parte Sudoeste de Inglaterra, j de 
las cuales mi noble amigo Murchisson, ha dado una deter- 
minación cronológica muj exacta; trabajo que ha con- 
tribuido notablemente al conocimiento de la estructura geo- 
lógica del globo V dado á este estudio un carácter mas 
elevado. 



NOTAS 



Hemos suprimido la cifra de las centenas en la indicación numérica de las notas; en 
vez de 115, por ejemplo, hemos puesto sencillamente lo. Esta supresión no puede oca- 
sionar confusión, toda vez que al numero de llamada está unido el de la página corres- 
pondiente. 



NOTAS. 

(1) Pág. 2.— Véase El Cosmos, t. íll, p. 4-9. 

(2) Pág-. 2.— Id., t. I, p. (i6-i6o. 
(3j Pág. 3.— í(/., t. III, p. o79, 

(4) Pág. l).—Id., t. I, p. 46-52; t. III, p. 1, 11, 20-24,480 y :m. 
(o) Pag. o.— 7í/.,t. IIÍ, p. 437. 

(6) Pág. :í— /í/., t. 1, p. 117 y 377. 

(7) Pág. a.— Id., 1. líl, p. 38S y 38!). 

(8) Pág. 6. — Aristóteles, Pliysicce AuscultaUones, 1. 111, c. 1, p. 20ft,. 
ed. de Bekker. 

(9) Pág. 6. — Arist(')teles, de Generatione et Corruptione , 1. I, c. }, 
p. 314, Bekker. 

(10) Pág. 7. — Laplace, Esposicio7i del Sistema del Mundo, ]}. 3S4; Cos-. 
mos, t. HI,p. 20 y 221. 

fll) Pág. 11.— Cosmos, t. III, p. 230; véase también í. 11, p. 433 y 
407-569. 

(12) Pág. 11. — Aristóteles, de Anima, 1. 11, c. i, p. 412, A 14, Bekker. 

(13) Pág. 11. — Aristóteles, de Partibus Animalium, 1. IV, c. o, p. 681, 
A 12, é Historia Animalium, 1. VIII, c. 1, p. .588, A 4, Eekker. 

(14) Pág. 15. — «La ley de la atracción recíproca al cuadrado de la. 
distancia es la de las emanaciones que parten de un centro ; ley que pa- 
rece regular todas las fuerzas cuya acción se percibe á distancias sen- 
sibles, como se ha reconocido en las fuerzas eléctricas y magnéticas. 
Una de las propiedades notables de esta ley es que, si las dimensiones 
<le todos los cuerpos del Universo, sus distancias mutuas y sus veloci- 
dades llegaran á crecer ó á disminuir proporcionalmcnte, 'Icscribirian 



— 414 — 

<:urvas ciitciamcntc semcjanlcs á las que describen: de siieiie que el 
Universo , reducido asi sacesivamcntc hasta el mas pequeño espacio 
iniaginablc, ofreceria siempre las mismas apariencias á los observadores, 
fislas apariencias son por lanío independientes de las dimensiones del 
Tniverso, como, en virtud de la ley de la proporcionalidad de la fuerza 
.i la velocidad, son independientes del movimiento absoluto que puerlf 
haber en el espacio." Laplace , Expnxírinn drl Sñtema rhl Mundo, ñ.^ ed., 
p. :}8o. 

(15) Pdíi. IT — Gauss, Bestimrnung des Breitenunterschicdcs zwischcn den 
Sternwarten von Gcsltingen und Aliona, 1828. p. 73. Por un singular efecto 
de la casualidad, es necesario menos de la anchura de una mano para 
que los dos Observatorios estén exactamonlo colocados en el mismi> 
nioridiano. 

(16) Pag-. 17. — Bessel, uebcr den Ein/luss der Vnrcgcimwssigkeüen dcr 
Fignr der Erd^ auf geodcBtische Arheiten und ihre Vergleicliung mil aslrono- 
mischen Beslimmungen, en las Astronomische Nnchrichfen de Schumacher, 
í. XIY, n." 329, p. 270. Véase tamliien j^esscl y RíRyer. Gradmeasung in 
Oídpreussen. i 838, p. 427-442. 

(IT) Pág-. 18. — Bessel, ueher den Emfluss der Vermnderungm dea Erd- 
hferpers auf die Polhoehen, en la Colección de Lindenau y de Bohnenber- 
iícr, iiiu\vii]í\ Zeilfirhrifl für A filronomie,t.'V, 1818, p. 2í». El peso de la 
Tierra csprosado en libras = 1).093 x ^^^-^- «^'l de la masa = ÍIH x If*'"*. 

(18) Páa. 18. — Después de las indagaciones teóricas de este tiempo 
vinieron las de Maclaurin, Clairaut y Alembert, Legendre y Laplace. 
A los trabajos de esla última época debe añadirse el teorema formulado 
por Jacobi en 1834. de que los elipsoides de tres ejes desig-uales pueden 
ser, bajo ciertas condiciones, figuras de equilibrio, lo mismo que los 
dos elipsoides de revolución propuestos anteriormente. Léase la Memo- 
ria del autor, arrebatado tan prematuramente á sus admiradores y ami- 
g-os, en la Colección de Poggendorff. Annalen der Phyfn'h und Cliemie, 
t. XXXíIi. 1834, p. 220-233. 

(l'Jj Pág. lí) — La primera comparación exacta de muchas medidas 
<le grado dala del siglo XIX. y fue ejecutada en Abo por Walbek, qm- 
comprendió en este trabajóla medida de grado tomada sobre la meseta de 
Quito, dos recogidas en las indias Orientales, una en Francia, otra en 
Inglaterra y otra mas reciente en Lnponia. Dicho sabio halló como valor 
medio del aplanamiento ^ s.^u-tm ' Y V^'^'^ ^^ grado de un meridia- 
no 57, 009t ,758. Desgraciadamenlc su Memoria De forma d magnitudine 
Tellnri^ no lia aparecido completa. Animado por la respetable invitación 



— 415 — 

<lc Gauss, Sclunidl ha empezado de nuevo y mejorado el trabajo do 
Walbek, atendiendo á las potencias mas elevadas del aplanamiento, 
tanto conío á las alturas polares observadas en los puntos intermedios, . 
y haciendo entrar en su comparación la medida de grado ejecutada 
^^n Hannovor, y la que Biot y Arago han prolongado liasta la isla de 
Tormentera. Los resultados de estas investigaciones, perfeccionados poco 
á poco, han aparecido bajo tres formas diferentes: en el libro de Gauss, 
Bestimmung der Breitenunterschiede von Gcettingen und Aliona, 182S. (p. 82); 
<Mi el de Schmidl, Lehrhuch der mathemalischen vnd physischen Geographir- 
1829 (1.^ parte, p. 183 y 49Í-19Í)): y, en fin, en la Introducción de esta 
obra (p. v). El último resnllado da para el grado de un meridia- 
no o7,(l08t .655. para el aplanamiento \29T'.í7;i- ^^ primer trabajo de 
Bessel fue inmediatamente precedido del importante escrito de Airy: 
Figure o f the Earth, YinhYícaáo en IS^i) en la Ency¡lop(rdia weíropolilana 
(p. 220 y 239 de la ed. de 18i9), y que da para la mitad del eje po- 
lar 20. 853, 810 pies ingleses = 3.261,163, 7 toesas: para la mitad del 
eje ecuatorial 20.923,713 pies ingleses = 3.272,095, i toesas; para un 
<'uarto de círculo de un meridiano 32. SI 1,980 pies ingleses = 5.131,208 
toesas: para el aplanamiento polar \'.2n^u- -^^ '^^^n astrónomo de Koe- 
Jiigsberg se ocupó desde 1836 hasta 1842, sin interrupción, de cálculos 
sobre la figura de la Tierra, y como su primer trabajo ha sido mejorada 
por el que le siguió, los resultados (|ue datan de épocas diferentes, han 
llegado á ser en muchas obras causa de confusión. Los inconvenienles 
de esta mezcla, sensible sobre todo para números que dependen natu- 
ralmente unos de otros, se han aumentado aun con jnexactitu<les en 
las conversiones de las diferentes medidas: toesas, metros, pies ingleses, 
millas de 60 ó 69 al grado ecuotorial, y ofrecen el mas desventajoso 
<le los trabajos que, por otra parle, ha costado grandes esfuerzos y tiem- 
po. Durante el estío de 1837, Hessel publicó dos jNL-'morias: en launa, 
esponia la influencia de las irregularidades de la forma terrestre en los 
trabajos geodésicos y en la comparación de estos trabajos con las de- 
terminaciones astronómicas; en la otra, discutíalos ejes del elipsoide de 
revolución (jue corresponden mejor á las medidas del arco de meridiano 
ejecutadas hasta el dia. Véanso las Aafronomische Nachrichten de Schu- 
macher, t. XIV, n.» 329. p. 269, y n." 333, p. 3í5. Los resultados de 
sus cálculos eran: para la mitad del e'je mayor, 3.271,953t ,854; para la 
mitad del eje menor, 3.261,072t ,900; para la longitud del -rado medio 
<le un meridiano, es decir, para el Yao ^^^ '^'^ cuarto de eírcalo do la 
Tierra, medido en el plano perpendicular al ecuador, 57.01 It ,453. Un 
error de 68 toesas, que Puissant ha señalado en los cálculos ojocutados 
en 1808 por una Comisión del Instituto, para determinar la distancia 
entre los paralelos de Monljnich, cerca de Barcelona, y el de Mola, en 
la isla de Kormentera, fue para Bessel la ocasión de someter á una nue- 



— 415 — 

va revisión su primer trabajo sobre las dimeusiones de los cuerpos ter- 
restres. Véanse las Astron. Nachrichtcn de Schumaclier, t. XIX, n.°i3S, 
p. 97-116. La longitud del cuarto de círculo terrestre se fijo entonces- 
en 5.13I,l79t ,81, en vez de o. 130, 740t , que se hablan adoptado cou 
arreglo á la primera determinación del metro, y la longitud del grado 
medio de un meridiano en o7,0l3t ,109: esto es (Jt ,611 mas que para el 
grado de un meridiano situado bojo el paralelo ío. Los números in- 
dicados en el testo son los que resultan de las últimas investigaciones 
de Bessel. Las 3.131,180 toesas espresan, bajo reserva de un error me- 
dio de 255t ,63, la longitud del cuarto de círculo de un meridiano y equi- 
valen á 10.000,856 metros. La circumfercncia total de la Tierra, es, pues, 
de 40.003,123 metros ó o, 390 ,98 millas geogrcáficas. Entre esta evalua- 
ción y la primera, adoptada por la Comisión de pesos y medidas, según 
la cual el metro era considerado como Vío-oooiooo c^g la circumíerencia 
terrestre, existe, para la circumíerencia total, una diferencia de 3,423'ii , 
ó l,7o6t,27, lo que equivale á cerca de una media níilla geográfica 
(exactamente "^Vioo)- Según la primera, determinación, que os actual- 
mente todavía la medida legal, la longitud del metro habia sido fijada 
-en Ot ,5.130,740. Según los últimos cálculos de Bessel, la verdadera 
longitud del metro es de Ot ,5.131,180. Se puede consultar sobre esta 
medida de una unidad natural, á Faye, Lecciones; de Cosmografía. 18o2',. 
p. 93. 

(20) Pág. 21. — Airy, Figure of the Earth, en la Encijdopccdia Metropol., 
1847, p. 214-216. 

(21) Pag. 21.' — Biot, Asfroiwmía física, t. 11, p. 4S2, y t. III, p. 344. 
Una medida de grado paralelo, tanto mas importante cuanto que ha lle- 
vado á la comparación de los niveles del mar jMediterráneo y del 
Océano Atlántico, ha sido ejecutada con mucha exactitud en los círculos 
paralelos de la cordillera Pirenaica, por Corabceui", Delcros y Peytier. 

(22) Pág. 22. — Cosmos, i. I, p. lo2. í.Es muy notable que un astróno- 
mo, sin salir de su observatorio, comparando solo sus observaciones con 
el análisis, hubiese podido determinar exactamente la magnitud y el 
aplanamiento de la Tierra y su distancia al Sol y á la Luna, elementos 
cuyo conocimiento ha sido el fruto de largos y penosos viajes por am- 
i)os hemisferios. Asi la Luna, por la observación de sus movimientos, 
hace sensible á la astronomía perfeccionada la elipticidad de la Tierra, 
cuya redondez reconocieron los primeros astrónomos por los eclip- 
ses.» (Laplace, Esposicion del Sistema del Mundo, p. 230). — He mencionado 
ya en el tomo III de esta obra (p. 424 y 360) un cálculo óptico de Ara- 
go casi análogo, y fundado en la observación de que la intensidad del 
color ceniciento, es decir de la luz terrestre en la Luna , puede revelar- 



— 417 — 

nos el estado medio de trasparencia de nuestra atmósfera. (Véase Arag-o, 
Memorias cieníificas, i. I, p. 571 (tomo X de las Obras), Se deberá con- 
sultar también á Airy sobre la determinación del aplanamiento terres- 
tre por los movimientos de la Luna (Encyclop. Meiropolit., p. 189 y 236), 
y sobre las consecuencias que han de deducirse respecto de la forma de 
la Tierra, de la precesión y nutación (Id., p, 231-235). Scg-un las investi- 
g^aciones de Biot, la determinación del aplanamiento terrestre por los mo- 
vimientos de laLuna no podria dar masque los números límites V304 
y Va^g, entre los cuales se ve que existe una diferencia considerable. {As- 
tronomía física, 3.^ ed., t. lí, 1S44, p. 463). 

(23) Pág-. 22.— Laplacc, Mecánica celeste, cd., de 1846, t. Y. p. 16 y 53, 

(24) Pá^. 22.— Cosmos, t. II, p. 219 y 423, nota 9. El primero que ha 
señalado, en las obras astronómicas de los Árabes, la indicación de la 
utilidad que puede obtenerse de la igual duración de las oscilaciones 
del péndulo es Bernard. Se puede leer en las Philosoph. Transaciions 
(t. XII, p. 567), la carta que escribía de Oxford (abril 1683) al doctor 
Hanting-lon de Dublin. 

(25) Pag-. 22. — Freret, del Estudio de la Filosofía antigua, en las Me- 
morias de la Academia de Inscripciones, i. XYIII, 1753, p. 100. 

(26) Pág-. 23 — Picard, Medida de la Tierra, 1671, art. 4. Es apenas 
verosmiil que la hipótesis espresada en la Academia de Ciencias de 
París, desde antes del año 1671, sobre las diferencias de la gravedad se- 
gún las diversas latitudes, pertenezca al gran Huygens. Es cierto que 
Huygens presentó en 1669 á la Academia su Discurso sobre la causa de la 
Gravedad; pero no es en el discurso mismo, sino en los additamenta. uno 
de los cuales fue evidentemente terminado después de la aparición de 
ios Principios de Newton, pues que este libro está allí citado, y por con- 
secuencia después de 1687, donde habla de la contracción del péndulo 
que marca los segundos. El mismo dice: «Máxima pars hujus líbelli scri- 
pta est cum Lutelííe degerem, ad eum usque locum ubi de alteratione 
quíe pendulis accidit e motu Terrai." Ahora bien, Huygens no abandonó 
á París hasta 1681. Véase Lalande, Astronomía, t. Ilf, p. 20, § 2668, y 
la aclaración que yo mismo he dado en el tomo II del Cosmos (p. 480, 
nota 2). Las observaciones de Richer en Cayenne no fueron publicadas, 
como se ha visto en el testo, hasta 1679, y por consecuencia seis años 
después de su vuelta. Lo mas sorprendente, es que en los registros de 
la Academia de Inscripciones no hay mención alguna, durante este lar- 
go espacio de tiempo, de las importantes observaciones que Richer había 
hecho á la vez sobre el reloj de péndulo y sobre el péndulo de segundos. 
No sabemos en que momento tuvo noticia Xewton, cuyas primeras es- 

TOMO IV 27 



-^ 418 -^ 

peciilaciones teóricas sobre la figura de ia Tierra se remonlan mucho 
mas allá del 1663, de los resultados de Richer. Parece que no cono- 
ció sino hasta muy tarde, en 1682, y por la casualidad de una con» 
versación que oyó en cierta sesión de la Royaí Society, la medida del 
^rado de Picard, publicada sin embarg-o desde el año 1671, medida que, 
según demostró Brewster (Life o f Newton, p. 152), tuvo decisiva influen- 
cia en la determinación del diámetro terrestre y de la relación entre la 
caida de los cuerpos á la superficie de la Tierra y la fuerza que imprime 
á la Luna su movimiento de revolución. Se puede suponer que el cono- 
cimiento de la forma elíptica de Júpiter, que Cassini habia comprobado 
desde antes de 1666, pero que describrió por primera vez en 1691 en 
las Memorias de la Academia de Ciencias (t. II, p. 108) no ejerció menor 
influencia en las ideas de Newton. Tal vez Newton supo algo de ello 
por hojas impresas mucho tiempo antes, y que Lalande declara haber 
visto en manos de Maraldi. (Véase Lalande, Astronomía, t. IIT, p. 333, 
§ 3345; Brewster, Life of Newton, p. 162, y Humboldt^ Cosmos, t. J, 
p. 389, nota 29). Los trabajos simultáneos de Newton, de Huygens, de 
Picard y de Gassini hacen sumamente difícil el poder distinguir la parte 
que á cada uno de ellos corresponde en el cambio cienlíñco de las ideas 
que tuvo lugar en esta época, sobre todo si se considera que era costum- 
bre retardar la publicación de los descubrimientos y que circunstancias 
fortuitas solian aplazarlos á veces mas aun. 

(27) Pág. 2i — Delambre, Base del sistema métrico, t. ÍII, p. 548. 

(28) Pág. 'ii.— Cosmos, t. I, p. 391, nota 33; Plana.. Operaciones geo- 
désicas y astronómicas -para la medida de un arco del paralelo medio, t. ÍI, 
p, 847; Carlini, en las Effemeridi astronomiche di Milano per l'anno 1842, 
p. 57. 

(29) Pág. 24. — Biot, Astronomía física, t. 11, 1844, p. 464; Cosmos, 
t. I,p. 391, nota 33, y t. III, p. 384, donde he indicado las dificultades 
que presenta la relación entre la velocidad de rotación de los planetas y 
el aplanamiento determinado por la observación. Schubert (Astronomía, 
3.^ parte, p. 316) ha señalado ya estas dificultades. Bessel , en su Me- 
moria üher Maass und Gewicht , dice terminantemente que recientes espc- 
riencias sobre el levantamiento insensible de estensas partes de la su- 
perficie de la Tierra han disminuido, en cierto modo, la confianza en la 
constancia de la gravedad sobre un punto dado. 

(30) Pág. 24. — Airy , en su escelente trabajo on tlie Figure ofthe Earth 
(véase Encyclop. metropoL, 1849, p. 229), enumeraba, en 1830, 50 esta- 
ciones diferentes, en las cuales se hablan obtenido resultados ciertos, y 
otras 14, en donde estudiaron Bouguer, Le Gentil, Lacaille, Maupertuis, 



— 419 — 

'La Croyere, que, bajo el respecto de la exaclitud, no podiiau compararse 
con las precedentes. 

(31) Pág-. 2'). — Biot y Arago, Colección de Observaciones geodésicas y 
■astronómi<;as, 1821, p. 326-540, y Biot, Tratado de Astronomía física, t. II, 

1844, p. 463-473. 

(32) Pág-. 25. — Biot, Astronomia física, t. II, p. 488, Sabine (Exper. 
for determining the variation in the kngth of íhe pendulum vibrating seconds , 
1823, p. 35'2j deduce do las 13 estaciones establecidas por él, en la es- 
pedicion que emprendió con objeto de observar los movimientos del 
péndulo, aunque estas estaciones estuviesen muy dispersas en el hemis- 
ferio sclentrional , \28S'3 5 Y-> comparando estas estaciones con todas las 
del Brilish Survey y de la Comisión francesa encargada de ejecutar una 
medida de grado de Formenlera á Dunkerque, obtuvo ^''ogs'g- -^^^^ ^^ 
mas admirable que hacia el Oeste, á g-ran distancia de la región Atlán- 
tica, bajo los meridianos de Pelropawlowsk y de Nowo Archangelsk, 
las long-itudes del péndulo revelen un aplanamiento mucho mas consi- 
derable, a saber ^/267- Bessol, con la claridad que sabe dar á todos sus 
análisis, ha hecho ver, en el libro titulado Untersuchungen übcr die Lcenge 
des einfachen Secuudenpendeh (p. 32, 03 y 126-129), cómo la opinión, g-e- 
neralmente adoptada hasta entonces, de la influencia que ejerce el aire 

• que rodea al péndulo induce á error de cálculo, que depende de la dife- 
rencia de peso que pierden los cuerpos sólidos sumerg-idos en un fluido, 
según que estén en reposo ó en movimiento, y cómo este error hace ne- 
cesaria una corrección indicada desde el año 1786, aunque de una ma- 
nera algo oscura, por Buat. «Si un cuerpo, dice Bessel, se mueve en un 
ifluido, este entra también por ello en el sistema puesto en movimiento, 
y la fuerza que comunica el impulso debe dividirse no solo entre to- 
das las partes del cuerpo sólido , sino también entre todas las de la 
masa fluida.» Sobre las esperiencias hechas por Sabine y por Baily, con 
ocasión de la corrección, importante bajo el punto de vista práctica, cuya 
necesidad ha demostrado Bessel, es decir, de la reducción al espacio 
vacío, véase Herschcll, Memoir ofFrancis Baily, 1843, p. 17-21. 

(33) Pág. 26.— Cosmoí, t. I, p. 131 y 390, nota 32. Se pueden consultar 
también sobre los fenómenos particulares á las islas volcánicas, Sabine, 
Pend. expcr., 1823, p. 237, y Lutke, Observaciones del ¡Péndulo invariable 
ejecutadas desde 1826 á 1829, p. 241. Esta obra contiene (p. 239) un cua- 
dro notable que indica la naturaleza de las rocas en 16 estaciones de 
.péndulo, desde la isla de Melville, á los 79'' 50' de latitud boreal, hasta 
"Valparaíso, á 32° 2' de latitud austral. 

(34) Pág. 26. -Co;?nos, t. I, p. 392, nota 33. Schmidt (Müthemalisch( 



— 420 — 

und physische Geographie, 1.^ parte, p. 394), ha separado en el gran nú- 
mero de observaciones de péndulo que se han hecho en las corbe- 
tas Descubierta y Atrevida, al mando de Malaspina. las 13 estaciones 
que pertenecen al hemisferio meridional , y hallado el aplanamiento 
de V280-34- Mathieu dedujo de las observaciones de Lacaille en el cabo 
de Baena-Esperanza y en la isla de Francia, comparadas con las de Pa-- 
ris, */m^. Pero los aparatos de medida no ofrecían en esta época las 
mismas garantías que presentan los de Borda y de Kater y los nuevos 
métodos de observación. Lugar es este de mencionar la preciosa espe- 
riencia de Foucault, que da, con el auxilio del péndulo, la prueba mate- 
rial de la rotación de la Tierra, haciendo ver cómo el plano de las os- 
cilaciones se mueve lentamente de E. a 0. Memorias de ¡a Academia 
de Ciencias, sesión del 3 de febrero de 18ol, t. XXXII, p. 13o. En las 
esperiencias de Bcnzenbcrg y de Reich , para hacer sensible la desvia- 
ción hacia el E. de los cuerpos arrojados al fondo de un pozo ó de lt>' 
alto de un campanario, es preciso una elevación ó una profundidad con- 
siderable, mientras que con el aparato de Foucault, un péndulo de 6 píes 
de longitud basta para comprobar la rotación de la Tierra. Los fenóme- 
nos que se esplican por la rotación, como la marcha del reloj de Richer 
en Cayenne, la aberración diurna, la desviación de los proyectiles y los 
vientos alisios, no podrían confundirse con la demostración sugerida 
por el aparato de Foucault, del que los miembros de la Academia del 
Cimento parecen haber tenido alguna noticia. Yéase Antinori, en las- 
émonos, t. XXXII, p. 63o. 

(3o) Pág. 27. — En la antigüedad griega, la opinión dominante seña- 
laba dos comarcas, la estremidad setentrional del Asia y la región del 
ecuador, como formadas por una notable enlumecencia del suelo. Las- 
altas llanuras del Asia, dice Hipócrates (de Aere et Aquis, § 19, p. "2^. 
ed. de Littré), sin estar coronadas de montañas se prolongan y se eleváis 
hasta los polos; Plutarco (de Placitis Philosophorum, 1. II, c. 8), atribuye 
la misma creencia á Empedocles. Aristóteles dice (Meteorológica, 1. II,. 
c. 1, § 15, p. 66, ed. de Ideler) que los meteorólogos anteriores, que 
hacían pasar al Sol no por debajo, sino alrededor de la Tierra, conside- 
raban el hinchamiento del suelo hacia el N. como la causa de la des- 
aparición del Sol y de la venida de la noche. En la compilación de los 
Problemas (1. XXVI, § 15, p. 9il, ed. de Bekker), el frió del viento N. 
se atribuye también á la altura del suelo en las regiones de donde so- 
pla. En todos estos pasajes, no se trata de montañas, sino de altas lla- 
nuras producidas por hinchamienlos del suelo. Ya he hecho ver en otra^ 
parle (Asia central, i. I, p. o8) que Strabon, único que ha empleado el 
nombre tan característico de ¿po-nsSia, para designar la Armenia, la Li- 
caonia, habitada por asnos salvajes, y la parte superior de la India, en. 



— 421 — 

el pais rico en minas de oro de los Dcrdas (1. XI, p. 522, XIÍ, p. 568, y 
XV, p. 706, ed. de Casaubon), disting-ue en toda ocasión la diferencia 
de climas debida á la diversidad de latitudes, de la que es resultado de 
la elevación sobre el mar. Aun en las comarcas del Sur, dice el geó- 
grafo de Amasia, las partes elevadas, llanuras ó montanas, son frias (1. II, 
<;. 1, p. 73). Para esplicar el calor templado que reina bajo el ecuador, 
Eratóstenes y Polibio no solo señalan el paso mas rápido del Sol (véase 
Geminus, Elementa Astronomice, c. 13; Cleomedes, Cycl. theor., 1. I, c. 6), 
sino especialmente el hinchamiento del suelo (véase Humboldt, Examen 
critico de la Geografía del Nuevo Continente, t. III, p. I'JO-IS'S. Según el 
testimonio de Strabon (1. II, c. 3, p. 97), Eratóstenes y Polibio afirman 
que la región situada bajo el ecuador es la mas elevada de todas, lo 
que esplica que la abundancia de la lluvia allí, atendido á que los 
vientos estesinnos que cambian con las estaciones , llevan del N. á 
dichas alturas una enorme cantidad de nubes. De estas dos opiniones 
sobre los liinchamientos del suelo en el N. de Asia (la Europa escí- 
íica de Herodoto) y la zona ecuatorial, la primera, con aquella fuerza 
que pertenece propiamente al error , se ha sostenido ecrca de dos mil 
años , y ha suministrado materia al mito geológico de la mésela de 
Tartaria, que se prolongaba sin interrupción al N. del Himalaya ; la 
otra no tenia necesidad mas que de ser rectificada y aplicada á una 
comarca del Asia situada fuera de los trópicos, a la inmensa meseta ce- 
lebrada bajo el nombre de Meru en los mas antiguos y nobles monu- 
mentos de la poesía india. Véase el Diccionario sánscrito-ingles de Wil- 
son (1832, p 674), donde la palabra meru se traduce por llanura eleva- 
da. He creído deber entrar en estos detalles, á fin de tener ocasión de 
refutar la hipótesis de Fréret que, sin citar los pasajes de los escritores 
griegos, y haciendo alusión á un testo único sobre la lluvia de las re- 
giones tropicales, aplica estas entumecencias locales de la superficie ter- 
•restre, ya al aplanamiento, ya al alargamiento de los polos. «Para es- 
plicar las lluvias, dice Fréret (Memorias de la Academia de Inscripciones, 
ít. XVÍII, 1753, p. 111), en las regiones equinocciales que las conquistas 
de Alejandro dieron á conocer, se imaginaron corrientes que empujaban 
á las nubes de los polos hacia el ecuador, donde, á falta de montañas ca- 
paces de detenerlas, las nubes lo eran por la altura general de la Tierra, 
cuya superficie, bajo el ecuador, se hallaba mas alejada del centro que 
bajo los polos. Algunos físicos atribuyeron al globo la figura de un esfe- 
roide ensanchado bajo el ecuador y aplanado hacia los polos. Por el con- 
■ Irario, según la opinión de aquellos antiguos que creían á la Tierra alar- 
. gada por los polos, el pais situado cerca de estos se hallaba mas alejado 
del centro que bajo el ecuador.» No he podido encontrar ningún testi- 
•• inonioenla antigüedad que justifique estos asertos. Léese en Strabon 
'(1. I, c. 3, p. iS): «Eratóstenes, después de haber dicho que la Tierra es 



— 422 — 

esférica, pero no como si estuviera hecha a torno (espresion tomada de- 
Herodoto, 1. IV, c. 36), y que su forma presenta irregularidades, nos- 
cita un g-ran número de estas producidas por el ag-ua, el fueg-o, los ter- 
remotos, los movimientos de los vientos subterráneos (indudablemente 
las exhalaciones de los vapores elásticos), y otras causas análog-as; 
pero en esto tampoco tiene en cuenta lo bastante el orden general, por 
que la figura esférica de la Tierra resulta de la disposición del conjunto,. 
y tales irreg'ularidades no pueden cambiar nada en definitiva de dicha 
forma : las cosas pequeñas se pierden en las g-randes. » Mas adelan- 
te (1. II, p. 112) dice; «El conjunto de la Tierra y el agua es es- 
férico, y la Tierra no tiene con los mares mas que una sola superficie. 
La elevación de la tierra firme , que es insig^nificante y debe pasar 
desapercibida, se pierde en estas vastas dimensiones. En tales casos, no 
ha de pretenderse determinar la forma de la Tierra como si estuviera 
hecha á torno ó como la entenderla un geómetra; creo que es necesario 
contentarse con una aproximación algo grosera, y tal como los sentidos 
pueden suministrarla.»» En otra parte se lee también (1. XVIÍ, p. 809): 
«El mundo es obra á la vez de la Naturaleza y de la Providencia; obra 
de la Naturaleza, porque todo converge hacia un punto y se redondea al- 
rededor del centro; el elemento menos denso, que es el agua, envolviendo' 
al elemento mas denso, que es la Tierra." Cuando los Grieg^os hablan 
de la fig-ura déla Tierra, vienen siempre á compararla con un disco pla- 
no ó hueco en medio , con un cilindro , como habia propuesto Ana- 
ximandro, con un cubo, con una pirámide, y mas generalmente con una 
esfera, á pesar de la grande oposición de los Epicúreos, que neg"aban la 
atracción ejercida por el centro de la Tierra. (Véase Cleomedes, Cycl. 
Theor., 1. I, c. 8, p. 51.) La idea del aplanamiento no se ha presentado 
á la imaginación. La forma alarg-ada, con que Demócrito se figuraba la 
Tierra, no era otra cosa que el disco de Tales, prolong^ado en una sola 
dirección. La forma de tambor (vb o^y^fi-a TvfjiTcavociSrs), cuya idea se atri- 
buye sobre todo á Leucipo (véase Plutarco, de Placitis philosoph., 1. 111, 
c. 10; Galiano, Historia philosophice , c. 21; Aristóteles, de Coelo, 1. II, 
c. 13, p. 293, ed. de Bekker), tenia ya un punto de partida en otra fi- 
gura, compuesta de una semi^esfera y de una base plana, la cual repre- 
sentaba quizá el ecuador , y la curva la parte de la tierra habita- 
da, cÍKovfjiérti. Un pasaje de Plinio sobre las perlas (1. JX, c. o4), esplica 
esta config-uracion. Aristóteles al contrario (MeteoroL, 1. II, c. o, § 10, 
t. I, p. 97, ed. de Ideler), se limita á comparar el seg-mento de esfera 
con un tambor, seg^un lo que resulta del Comentario de Olimpiodoro 
(t. I, p. 301, ed. de Ideler). He omitido de intento en esta revista un 
pasaje de Agatemeres (de Geographia, 1. I, c. 1, p. 2, ed. de Hudson), y 
otro de Eusebio (Evangélica prmparalio, t. IV, p. 125, ed. de Gaisford, 
1843), porque no pueden servir mas que para demostrar con que ine- 



— 423 — 

xactitud atribuyen frecuentemente los escritores posteriores a los anti- 
guos opiniones que les eran completamente estrañas. Resullaria de estos 
testimonios que Eudoxio habria dado al disco de la Tierra una longitud 
y una anchura en la relación de 1 a 2_ lo mismo que Dicearco, discípulo 
de Aristóteles, que ha suministrado sin embargo nuevas pruebas en 
apoyo de la forma esférica de la Tierra (véase Marciano Capella, 1. VI, 
p. 192). Hiparco habria dado á la Tierra, según ellos, la forma de un tra- 
pecio, y Talesla de una esfera! 

(36) Pag 28.. — Bessel me escribia en diciembre de 1828: «Me ha pa- 
recido observar frecuentemente que consideramos cosa dudosa el apla- 
namiento terrestre precisamente porque tratamos de demostrar demasia- 
da exactitud. Según que se suponga el aplanamiento igual á ^/gjQ, Vsoo» 
V'290' \280' ^° obtiene, como diferencia de los dos diámetros, 10,354, 
10,905, ll,2S2, y 11,684 toesas. Asi, pues, una diferencia de 30 unida- 
des en el denominador no produce en el diámetro polar sino otra dife- 
rencia que, si se la compara con las desigualdades visibles de la super- 
ficie terrestre, parece de tan poca importancia que me admiro de la gran 
conformidad de las esperiencias. Observaciones aisladas , esparcidas por 
vastos paises, nos enseñan ciertamente menos de lo que sabemos ya en 
este punto; pero seria interesante relacionar las medidas tomadas en la 
superficie entera de Europa, y hacer entrar en esta operación todos los 
puntos determinados astronómicamente." Desgraciadamente, según esta 
proposición^ no se sabria de la configuración de la Tierra mas de lo 
que se podria conocer por la península que forma la prolongación occi- 
dental del gran continente asiático, en un espacio que cuenta apenas 
66 grados y medio de longitud. Los estepas del Asia setentrional, y aun 
la estepa media de los Kirgisos, de la que he visitado una parte con- 
siderable, están frecuentemente cortadas por colinas, y, bajo el respecto 
de la estension horizontal, estos llanos no tienen comparación con las 
Pampas de Buenos-Aires y los Llanos de Venezuela. Los Llanos, situa- 
dos á gran distancia de las cordilleras, y cubiertos, en la superficie del 
terreno, de formaciones sedimentarias y de capas terciarias de densidad 
igualmente débil en todas partes, podrían suministrar, por las anomalías 
producidas en las oscilaciones del péndulo, resultados puros de toda in- 
fluencia y enteramente decisivos, sobre la constitución local de las capas 
situadas á gran profundidad de la Tierra. Véanse sobre este asunto mis 
Cuadros de la Naturaleza, t. I, p. 2, 9, y 42-45 de la traducción francesa 
publicada por Gide. 

(37) Pág. 29. — Bouguer, que invitó á La Condamine á observar la 
dirección de la plomada sobre el Chimborazo, no menciona en su Teoría 
de la figura de la Tierra (p. 364-394), las investigaciones de Newton. 
Desgraciadamente, el mejor preparado de los dos viajeros no llevó sus 



— 424 — 

observaciones á las dos vertientes opuestas de la gigaatesca montaña^ 
al E. y al 0. Las dos estaciones en que estableció sus esperimentos, en 
el mes de diciembre de 1738, estaban situadas al mismo lado; la una, 
en la dirección S. á 61° 30' 0., á 4,572 toesas del centro de la montaña; 
la otra, en la dirección S. á 1G° 0., á una distancia de l,7o3 toesas. La 
primera estación se fijó en una reg-ion que conozco bastante, proba- 
blemente bajo la altura en que se halla el pequeño iag-o alpino de Yana- 
Cocha; la seg-unda, en el llano de piedra pómez del Arenal (véase 
La Condamine , Viaje al Ecuador, p. 68-70). La desviación, calculada 
con el auxilio de las alturas de estrellas, no fue , contra toda esperanza, 
mas que de 7", 5, cosa que los observadores mismos atribuyeron á la 
proximidad de las nieves perpetuas que hacia los esperimentos mas difí- 
ciles, por falta de precisión de los instrumentos, y sobre todo á las vastas 
cavernas cuya existencia sospechaban en la inmensa cúpula traquitico 
del Chimborazo. He espresado, con motivo de estas cavernas y de la 
pequeña masa dada por consecuencia á esta montaña, muchos dudas 
fundadas en principios g-eoióg-icos. Al S. S. E. del Chimborazo, cerca 
del lug-ar indio de Calpi, se encuentra el cono de erupción del Yana- 
Urcu, que he examinado cuidadosamente con Bonpland, y que es cier- 
tamente de oríg-en mas reciente que el coloso de traquito en forma de 
campana. Boussing-ault y yo no hallamos nada sobre la g-ran montaña 
que se asemejara á un cráter. Véase en mis Misceláneas de Física general y 
de Geología (t. I, p. 150, de la traducción francesa), la Ascensión al Chim- 
horazo. 

(38) Pág-. 29. — Baily, Exper. with the torsión Rod for determining the 
mean density of the Earth, 18í3, p. 6; J. Herschel, Memoir of Francis 
Baily, 184o, p. 24. 

(39) Pág. ^9.— Cosmos, t. I, p. 153-155 y 392, nota 36. 

(40) Pág-. 29. — Reich. Nene Versuche mil der Drehwage, en los Abhand- 
lungen der mathem. physischen Classe der Kcenigl. Swchsíschen Gesellschafl 
der Wisenschaften zu Leipzig, 1852. t. I, p. 405 y 418. Las últimas in- 
vestigaciones de mi escelente amig-o el profesor Reich se aproximan 
alg-o mas al precioso trabajo de Baily. Yo he deducido el término me- 
dio 5,5712 de muchas series de observaciones hechas: 1.° con una es- 
fera de estaño y un hilo de cobre larg-o y g-rueso, que dieron por resul- 
tado 5,5712; siendo el error probable de 0,0113; 2.° con la esfera de 
estaño y un hilo de cobre mas corto y mas delg-ado, que he sustituido 
con un hilo doble de hierro; el resultado fue de 5,5S32; error proba- 
ble 0,0149. Teniendo en cuenta estas dos series de esperiencias se halla 
por término medio 5,5756. El resultado de Baily, obtenido en verdad 
después de esperiencias mas numerosas, quizás sea demasiado alto sin 



— 425 — 

embargo, porque la densidad ha podido aparecer aumentada en razón 
de la ligereza de las esferas de vidrio ó de marfil que se han empleado. 
Véase Reich, en ios Annalen de Poggendorff, t. LXXXV, p. 190, y Whi- 
leheadHearn, enlasPA¿/oso])/i. Transactions for 1S4T, p. 217-21Í). A ejem- 
plo de Reich, Baily observo el movimiento de la balanza de torsión so- 
bre la imagen de una escala reflejada por un espejo fijado en medio del 
fiel, como en las observaciones magnéticas de Gauss. Las ventajas de 
este espejo, que permite ver con mas exactitud los resultados, se han 
señalado en los Annalen de Poggendorff, desde el año 1826 (t. Vil, pá- 
gina 121). 

(41) Pág. 30. — Las esperiencias que Airy acaba de hacer sobre el 
péndulo, en 1854, en las minas de Hartón, con una precisión maravi- 
llosa, suministran, sobre la densidad de la Tierra, un resultado mucho 
■mas importante aun que las de Baily y de Reich. Según Airy, la densi- 
dad es de 6,566, con un error probable de 0,182. Véanse las Philosoph. 
Transactions for 1856, p. 342. Una ligera modificación de este valor nu- 
mérico hecha por el profesor Stocke, en razón del efecto de la rotación 
y de la elipticidad terrestre, reduce la densidad, para Hartón, situado 
á 54° 48' de latitud N., á 6,565 ; para el ecuador,á 6,489. 

(42) Pág. 30.— Cosmos, 1. I, p. 153. 

(43) Pág. 30. — Laplace, Mecánica celeste, ed. de 1846, 1. V, p. 57, El 
peso específico medio del granito debe evaluarse á lo mas en 2,7, aten- 
diendo á que la densidad de la mica blanca con base de potasa y de dos 
ejes, y de la mica verde magnésica de un solo eje varia de 2,85 á 3,1, y 
«que la de las otras partes constituyentes del granito, del cuarzo y del 
feldespato, es de 2,56 y 2,65. El peso específico del oligoclase mismo 
no escede de 2,68. Si el peso específico del amfibol se eleva hasta 
^,17, el de la sienila, en que el feldespato predomina siempre , queda 
mucho mas bajo que 2,8. Como por otra parte el esquisto arcilloso os- 
'Cila entre 2_,69 y 2,78, y entre las rocas calcáreas, solo la dolomía pura 

llega á 2,88, el peso de la creta es de 2,72, el del yeso y de la sal ge- 
ma 2,3, resulta que la densidad do la parte continental de la corteza 
terrestre, accesible á nuestras observaciones ¿stá mas cerca de 2,6 que 
de 2,4. Suponiendo Laplace que la densidad aumenta de la superficie al 
.centro en progresión aritmética, y partiendo de la creencia, ciertamente 
errónea, de que la densidad de la capa superior es igual á 3, halló como 
densidad media del globo terrestre 4,7647, número que se separa del 
resultado de Reich, 5,577, y del de Baily, 5,660, mucho mas de lo que 
.corresponde álos errores probables de la observación. Después de haber 
discutido de nuevo la hipótesis de Laplace, en una interesante Memoria 
«que debe publicar muy pronto el editor de las Astronomische Nachrichten, 



— 426 — 

Plana deduce que rehaciendo esta hipótesis, se Ueg-a á conocer que la 
densidad media asignada por Reich á la Tierra puede considerarse como- 
muy aproximada á la verdadera, como el número 1,6, en que yo he 
evaluado la densidad de la superficie sólida y de la superficie líquida de 
la Tierra, y que la elipticidad se halla comprendida entre hmitcs determi- 
nados probablemente por estas últimas cantidades. «Si la compresibi- 
lidad de las sustancias de que la Tierra se compone , dice el geómetra 
de Turin , ha sido la causa que ha dado á esas capas formas regula- 
res, casi elípticas, con una densidad creciente desde la superficie hasta 
el centro, puede creerse que estas capas, al consolidarse, han sufrido- 
modificaciones en verdad muy pequeñas, aunque bastante grandes para 
impedirnos poder derivar con toda la exactitud deseada, el estado de la 
Tierra sólida de su estado anterior de fluidez. Esta reflexiun me ha 
hecho apreciar mas la primera hipótesis propuesta por el autor de la 
Mecánica celeste, decidiéndome á someterla á nueva discusión.» 

(44) Pag. 31.— Petit, sobre la latitud del Observatario de Toulouse, la 
densidad media de la cordillera délos Pirineos, y la probabilidad de que exista 
un vacio bajo esta cordillera, en las Memorias de la Academia de Ciencias ^^ 
t. XXIX, 1849, p. 730. 

(45) Pág. n.— Cosmos, t. í, p. 159 y 3í)í, nota 40. 

(46) Pág. 33. — Hopkins, cu el Report o f tlie British Association íor ISZ'íí^ 
p. 92 (Physical Geology); Philosoph. Transactions, 1839, 2.^ parle, p. 381, 
y 1840, 1.^ parte, p. 193; Hennessey, en las Philosoph. Transactions^ 
18S1, 2." parte, p. 504 y 52o cTerrestrial Physics). 

(47) Pág. '¿Z.— Cosmos, t. F, p. 218 y ílo, nota 25. 

(48) Pág. 33. — Las observaciones de Walferdin datan del otoño de 
1847, y se apartan poco de los resultados obtenidos por Arago, en 1840, 
con el aparato mismo de Walferdin, cuando la sonda llegó á 305 metros 
de profundidad, y comenzó á penetrar en el golt, después de haber 
atravesado la greda. Véase Cosmos, t. I, p. 157 y 393 (nota 38j; Memo- 
rias de' la Academia de Ciencias, t. XI, 1840, p. 707, y en las Obras de 
Arago, Noticias científicas, t. III, p. 385. 

(49) Pág. 34. — Estos números están sacados de las notas manuscritas- 
del Director general de Minas, Ocynhausen. Véase Cosmos, t. I, p. 380, 
nota 24, y 393, nota 38, y Bischof, Lehrbuch der chemischen und physis- 
chen Geologie, t. I, 1.^ parle, p. 154-163. Por orden de profundidad ab- 
soluta, el pozo artesiano de Mondorf, en el gran ducado de Luxembur- 
go, viene inmediatamente después del de Neu-Salzwerk; tiene 2,066- 
pies. 



— 427 — 

(SO) Pág. 34. — Véase Cosmos, t. I, p. 393, y Memorias de la Sociedad 
de historia natural da Ginebra, i. VI, 1833, p. 243. La comparación de gran 
número ilc pozos artesianos situados á los alrededores de Lille con los 
de Saint Ouen y Ginebra permitiría atribuir mayor influencia á la con- 
ductibilidad de las rocas y de las capas terrestres, si se pudiera tener 
igual confianza en la exactitud de todos los resultados. Véase Poisson, 
Teoría matemálica del Calor, p. 421. 

(oí) Pág". 3o.— De 14 pozos artesianos, de mas de 100 metros de 
profundidad, y repartidos por los punios mas distantes de Francia, Bra- 
vais, en la instructiva enciclopedia que lleva por título Patria (1847, 
p. 145), cita 9 para los cuales la profundidad correspondiente al au- 
mento de temperatura de un g^rado oscila entre 27 y 39 metros, y por 
consiguiente, se aparta del término medio dado en el testo (32 metros) 
en 5 ó 6 metros mas ó menos. Véase también Magnus, en los Annaleii 
de Poggendorff, t. XXII, 1831, p. 146. En g-eneral, el aumento de la 
temperatura parece mas rápido en los pozos artesianos de pequeña pro- 
fundidad. Sin embarg-o, los pozos profundísimos de Monte-Massi, en 
Toscana, y de Neuffen, en la parte N. 0. de los Alpes, constituyen no- 
tables escepciones. 

(02) Pág. 36. — Qneielet, en c\ Boletin déla Academia de Bruselas, 1836,, 
p. 7o. 

(03) Püg. 36. — Forbes, Exper. on the temperature of the Earth at diffe- 
rent depths, en las Transactions of the Roijal Socieiy of Edinburgh, t. XVI,. 
1849, 2.>arte,p. 189. 

(34) Pag-. 37, — Todos los números concernientes á la temperatura de 
las cuevas del Observatorio están tomados de la Teoría matemática del 
Calor de Poisson (p. 413 y 462). Por olra parte , el Anuario meteorológico 
de Francia, publicado por Martins y Híeghens (1849, p. 88), contiene 
las correcciones hechas por Gay-Lussac al termómetro subterráneo de 
Lavoisier, que se separan de dicho resultado. El termómetro de Lavoisier 
ha dado como término medio de 3 meses, de junio á agosto, 12°, 193, 
mientras que Gay-Lussac hallaba 11°, 843: diferencia 0°,3o0. Véase en 
.las Obras de Arag-o, Noticias científicas, t. V, p. 644. 

(33) Pág-. 37. — Cassini , en las Memorias de la Academia de Ciencias, 
1786, p. olí. 

(36) Pág-. 38 — Boussing-ault, sobre la profundidad áque en la zona tór- 
rida se halla la capa de temperatura invariable , en los Anales de Química y de 
Física, t. Lili, 1833, p. 223-247. Caldecott, astrónomo del Rajah de Tra- 
vancorc , y el capitán Newbold han presentado objeciones contra el 



— 42S — 

método recomendado en esta Memoria y consagrado por sinnúmero 
■de observaciones exactas en la América del Sur. Caldecott halló en 
Trevandrum que á 3 pies en el suelo y bajo él, mas bajo por consiguien- 
te de lo que prescribe Boussingault, el termómetro de Fahrenheit marca- 
ha 8o y 86 g-rados, siendo la temperatura media del aire 82°,02. Véase 
Edinb. Transadions, 1. XVI, 3.^ parte, p. 379-393. Los esperimentos de 
Newbold, en Bellary, en las Indias, á 15°^ de latitud, dieron también, 
á 1 pie de profundidad, desde la salida del Sol hasta las 2 de la tarde, un 
íiumento de 4° del termómetro de Fahrenheit; pero en Cassargoda, á 12°,29 ', 
con im cielo carg-ado de nubes, el aumento solo era de 1° Y2- ¿instaban cu- 
Ijierlos los termómetros como debian , y al abrig-o de la insolación? 
Véase también sobre este asunto Forbes, Exper. on the temperature of 
the Earth at different depths, en las Edinb. Transactions, t. XVI, 2.^ parte, 
p. 189. El coronel Acosta, sabio historiador de la Nueva-Granada, ha 
un año practicó en Guaduas, sobre la pendiente S. 0. del llano de 
Bog-otá, en donde la temperatura media anual es de 23°, 8, una larg-a 
serie de observaciones con un termómetro introducido á 1 pie bajo tier- 
ra y en un espacio cubierto. Estos esperimentos confirman plenamente 
los asertos de Boussingault. <'Las observaciones del coronel Acosta, cu- 
ya previsión en todo lo que concierne á la Mcteorolog-ía es conocida, 
prueban (me escribió Boussing-ault), que, en condiciones de abrig-o, la 
temperatura permanece constante entre los trópicos á muy pequeña 
profundidad. » 

(o7) Pág-. 39. — Sobre Gualcayoc, llamado también Minas de Chota, 
y sobre Micuipampa, véase Humboldt, Colección de observaciones astronó- 
micas, t. I, p. 324. 

(38) Pág-. 39. — Humboldt, Ensayo poUtico sobre el reino de Nueva-Es- 
paña, 2.* edición, t. III, p. 201. 

(o9) Pág-. 40. — Véase Beer, en el Reise in Sibirien de Middendorff. 
t. I, p. 7. 

(60) Pág-. 41. — Schergin, director de la Compañía ruso-americana, 
mandó comenzar en 1828 el aforamiento de un pozo en el patio de cierta 
casa perteneciente á la Compañía. En 1830, se lleg-ó á la profundidad 
de 9 pies. Viendo que no se habia hallado aun mas que hielo y no ag-ua. 
Scherg-in abandonó la empresa. El almirante Wrangel, que de vuelta á 
Sitcha, se detuvo en lakutsk, comprendió el g-ran interés científico del 
aforamiento de esta capa de hielo subterráneo, é invitó á Schergin á 
que prosigruiera los trabajos hasta el fin. En 183", se llegó á 382 pies 
ing-leses de profundidad, v aun no se habia pasado del hielo. 



— 429 — 

(61) Pág. 41.— Middcndorfr, Reise in Sibirien, t, I, p. 125-133. «Es- 
clayamos primeramente, dice Middendorff, las profundidades que no 
alcanzan 100 pies, porque resulta de los esperimentos hechos hasta 
hoy en Siberia que estas profundidades están sometidas á las variacio- 
nes anuales de la temperatura, y aun quedarán, para las profundidades- 
mas considerables, anomalías parciales: así, de 150 á 200 pies, un au- 
mento de calor de 1° Reaumur corresponde á 66 pies ing"leses; la pro- 
porción es de 217 pies ingleses por cada grado Reaumur de 250 á 300 
pies. Estamos, pues, autorizados para decir que los hechos revelados 
hasta aquí por el examen del pozo de Schergin no bastan para de- 
terminar con certeza la progresión de la temperatura, y que sin em- 
bargo, á pesar de los importantes errores producidos quizá por las dife- 
rencias de conductibilidad en las diversas capas terrestres, por las in- 
fluencias perturbadoras del aire esterior ó de la lluvia que penetra al 
interior, se puede afirmar que el aumento de temperatura no es de- 
mas de 100 á 117 pies ingleses por cada grado Reaumur.» El núme- 
ro 117 es un término medio entre seis aumentos parciales de temperatu- 
ra observadas de 50 en 50 pies, desde 100 hasta 382 de profundidad. 
Si comparo la temperatura anual del aire en lakutsk ( — 8°, 13 R.) coa 
la temperatura media del hielo, á la profundidad de 382 pies ingleses, 
hallo que á 1° Reaumur corresponden 66 ^/^. Se contarían 100 pies com- 
parando la temperatura de la parte mas baja con la que reina á 100 pies 
de profundidad. Délas investigaciones numéricas que hicieron con gran 
sagacidad Middendorff y Peters, sobre la velocidad con que se propa- 
gan las variaciones de la temperatura atmosférica y sobre los máximos- 
del frió y del calor, resulla que « en los pozos artesianos, á la profun- 
didad de 7 á 20 pies solamente, la temperatura se eleva del mes de 
marzo al de octubre, y desciende de noviembre á abril, porque la pri- 
mavera y el otoño son las estaciones en que la temperatura atmosférica 
sufre los cambios mas sensibles.» Véase Middendorff, Reise in Sibirien^ 
p. 133-157 y 168-175. Los pozos aun cuidadosamente recubiertos se en- 
frian poco á poco, en el norte de la Siberia, por el contacto, prolongada 
durante muchos años, del aire con las paredes del pozo. Sin embargo, 
en el de Schergin, este contacto ha producido apenas en 18 años un des- 
censo de temperatura de medio grado. Un fenómeno notable é inesplica- 
ble hasta aqui, se presentó también en dicho pozo de Schergin; el delcalen- 
taraiento que se notó en invierno solamente, y algunas veces en las 
capas mas profundas, sin que se pudiera reconocer ninguna influencia 
esterior (véase Id., p. 156 y 178). Me parece mucho mas sorprendente 
todavía que en el pozo artesiano de Wedensk, en la Psesina, á una tem- 
peratura atmosférica de 28*' Reaumur, se encontrara, á la profundi- 
dad de 5 á 8 pies, que la temperatura ora igual á — 2°, o. Las lí- 
neas isogeotermas, sobre cuya dirección nos han dado las primeras noli- 



— 430 — 

•cias las ingeniosas investigaciones de Kupffcr (véase el Cosmos, t. I, 
p. 198 y 411, nota 1) ofrecerán por mucho tiempo aun problemas in- 
solubles. La tarea es sobre todo difícil en las comarcas donde el afora- 
miento completo de la capa de hielo exige un trabajo largo y penoso. 
El suelo de hielo que se halla en lakutsk no puede hoy considerarse 
como un fenómeno local, debido, como suponía el Director general de 
las Usines Slobin, á capas de tierra precipitadas por la acción de las 
aguas. Véase Middendorff, id., p. 167. 

(62) Pág- 41.— Véase Cosmos, t. IV, p. 3o. 

(63) Pág.. 42— Véase Middendorff, Reise in ¿ibirien, t I,p. 160, 164 
y 179. En estas conjeturas numéricas sobre el espesor del suelo de hielo, 
se supone que la temperatura aumenta con la profundidad siguiendo una 
progresión aritmética. El saber si á profundidades mas considerables el 
calor continua creciendo, es teóricamente inexacto, y por consiguiente 
necesario desconfiar de cálculos fantásticos sobre las masas de rocas 
heterogéneas en fusión, cuyos movimientos desordenados modificarían 
la temperatura central de la Tierra. 

(64) Pág. 43. — Schrenk, Reise durch die Twndern der Samojedcn, 1848, 
1.=^ parte, p. 597. 

(65) Pág. 43. — Rose, Reise nach dem Vral,i. I, p. 428. 

(66) Pág. 44. — Véanse los csperimentos de mi amigo Helmerscn so- 
bre la conductibilidad relativa de las diferentes rocas, en las Memorias 
de la Academia de San Peíersburgo (Misceláneas físicas y químicas, 1851, 
p. 32). 

(67) Pág. 44. — Véase Middendorf, Reise in Sibirien, t. I, p. 66, y otro 
pasaje, p. 179: «La línea que señala el principio del suelo de hielo pa- 
rece formar, en el N. del Asia, dos salidas cuya convexidad se dirige 
hacia elS.: launa, cuya curvatura es poco sensible, en las márgenes 
del Obi; la otra, fuertemente acentuada, en los bordes de Lena. Este lí- 
mite corro de Beresow, sobre el Obi, hacia Turuchansk, sobre el Jenisei; 
(le aUí pasa entre Witimsk y Olekminsk, costea la margen derecha de 
Lena, y después de subir hacia el N., vuelve á tomar su dirección ha- 
cia el E.» 

(68) Pág. 47. --El pasaje mas importante sobre la cadena magnética 
■formada de anillos está en el Ion de Platón (p. S33, D, E, ed. de Estien- 
iie). Mas tarde, esta propagación de la fuerza atractiva se halla mencio- 
nada en Plinio (1. XXXIV, c. 14); en Lucrecio (1. Vi, v. 910); en San 



— 431 — 

Ag'ustin (de Civitate Dei, 1. XX, c. 4) , y en Filón (de 0¡)ificio Munii, 
p. 32, D, ed. de 1691). 

(69) Pág-. 48.— Cosmos, t. I, p. 168 y 401-402 (notas 61 y 62); t. 11, 
ip. 251-253, 273-277, 437 (n. 59) y 448, 449 (n. 91-93) 

(70) Pág". 48. — Hnmboldt, Asia central, t. I, p. 40-42. Escamen critico 
4e la Historia de la Geografía del Nuevo Continente, t. III, p. 35. Biot que, 
ya solo, ya con el auxilio de mi amig^o Julien, ha confirmado y aumen- 
tado las investigaciones de Klaproth, sobre la época á que se remonta 
•el uso de la aguja imantada en China, cita una tradición que está refe- 
rida por primera vez en los escritores de los primeros siglos del cristia- 
nismo; pero que dala de tiempos anteriores. Según esta tradición, los 
•carros magnéticos ya se conocían en el reinado del célebre Hoang-ti, 
que parece haber vivido 2,000 años antes de nuestra era, es decir 1,000 
^ntes de la época en que los Hycsos fueron espulsados del Egipto. 
Véase Biot, sobre la dirección de la aguja imantada en China, en las Memo- 
rias de la Academia de Ciencias, t. XIX, 1844, p. 362. 

(71) Pág. 48.— Véase Cosmos, t. í, p. 168 y 401, nota 61. Aristóteles 
mismo (de Anima, 1. I, c. 2) no menciona el alma del imán sino como 
opinión de Tales. Diógenes Laercio estiende formalmente esta creencia 
■al ámbar, cuando dice: «Aristóteles é Hippias afirman, con motivo de 
la teoría de Tales, etc.» El sofista Ripias de Elis, que se vanagloriaba 
■de saberlo todo, se ocupaba en el estudio de la Naturaleza y de las mas 
.antiguas tradiciones que tomaron su origen en la escuela fisiológica. 
El soplo atractivo del viento que , según el físico chino Kuofo , pasa á 
■través del imán y del ámbar, recuerda el nombre azteca del imán: tlai- 
hioanani tetl, es decir, según las investigaciones de Buschmann sobre las 
lenguas mejicanas, la piedra que atrae á sí por el soplo, de ihicth, soplo. 
respiración , y ana, atraer. 

(72) Pág. 49. — Háse vuelto á encontrar en elMung-khi-pi-than, y mas 
■detalladamente, lo que Klaproth ha sacado del Penthsaoijan, respecto (ie 
este notable aparato. Véanse las Memorias, t. XIX, p. 3G5. H-ase dicho 
■en la Memoria de Klaproth, y en un libro de botánica chino, que el 
ciprés indica la dirección del 0., y mas generalmente que la aguja iman- 
tada indica la dirección del S. ¿Depende esto de que se supone un des- 
■arrollo de Tas ramas en dirección de la pesicion del Sol ó la dominante 
•del viento? 

(73) Pág. 52. — Humboldt, Examen critico de la Historia de la Geografía 
del Nuevo Continente, t. IIÍ, p. 5í. 



— 432 — 

(74) Pág. oí.— Véase Cosmos, t. 11, p. 437-ííO. Bajo el reinado de 
Eduardo III de Inglaterra, en una época en que, como ha demostrado- 
Harris Nicolás {History of the royal Navigation, 1847, t. II, p. 180), la 
navegación se regulaba siempre por la brújula, entonces llamada saih- 
tone dial, sailing needie ó adamante. Se hizo traer, en 1345, para el King''s 
.ship the George, diez y seis relojes (hour-glasses) comprados en Flandes 
y que figuran en el registro de gastos; pero esto no prueba de ningún 
modo el uso de la guindola. Resulta del testimonio de Enciso, citado 
por Céspedes, que mucho tiempo antes de servirse de este aparato, ser 
habia sentido la necesidad del reloj de arena, para corregir lo que po- 
dria haber allí de muy aventurado en las evaluaciones, echando punto 
por fantasía en la coreadera de los perezosos. 

(75) Pág. o4.— Véase Cosmos, t. I, p. 394, nota 4l, y p. 395, nota 44; 
t. lí, p. 322-324, 473, notas 70-72, y 477, nota 88. El polo N. magnético 
era llamado Calamitico, á causa de la forma de rana que se dio á las pri- 
meras agujas de las brújulas. 

(76) Pág. 35. — Véase Gilbert, Physiologia nova deMagnete, 1. III, c. 8, 
p. 124. Plinio dijo ya de una manera general que la propiedad magné- 
tica puede con el tiempo comunicarse al hierro, pero sin hablar del fro- 
tamiento. Véase Cosmos, t. I, p. 397, nota 49. Es singular ver á Gilbert 
tratar desdeñosamente la opinión vulgar, dice: «de montibus magneticis 
aut rupa aliqua magnética, de polo phantastico a polo mundi distante». {ídem, 
p. 42 y 98j. Los cambios de la declinación y la mutación de las líneas 
magnéticas le eran completamente desconocidas: «Varietas uniuscujus- 
que loci constans est.» (Id., p. 42,98, Io2 y 153). 

(77) Pág. 00. — Historia natural de las Indias, 1. I, c. 17. 

(78) Pág. 00.— Cosmos, t. I, p. 165. 

(79) Pág. o5. — Citando las observaciones de inclinación que he re- 
cogido en el mar del Sud con todo el cuidado deseable, he hecho ver 
la utilidad práctica que puede ofrecer la inclinación para determinar las 
latitudes, en la época en que reina en las costas del Perú la niebla lla- 
mada garúa que oscurece el Sol y las estrellas (véase Cosmos, t. I, p. 161 
y 39o, nota 44). El jesuíta Cabeo, autor de la ?hilosophia. magnética (in 
qua nova quaedam pyxis explicatur, quse poli elevalionem ubique de- 
monstrat), ha llamado también la atención sobre este objeto , en la pri- 
mera mitad del siglo XVll. 

(80) Pág. 56.— Halley, en las Philosoph. Transaclions, for 1683, t. XIÍ 
n.« 148, p 216. 



— 433 — 

(81) Pág-. 56.— El Padre Burras de Lisboa habia trazado también lí- 
neas semejantes, llamadas por él tractus chalyboeliticoH, en un mapa que 
ofreció al rey de España por un considerable precio, como medio de re- 
conocer y determinar las longitudes en el mar. Este hecho está referido 
en el Maznes de Kircher (2.^ edición, p. 443). He mencionado ya [Cos- 
mos, t. IV, p. 52) el mas antig-uo mapa do variaciones, que data del 
año 1530. 

(82) Pág-. 57. — Veinte años después que Halley hubo trazado eri 
Santa Elena su catálogo de estrellas del S., que desgraciadamente no 
contiene ninguna inferior á la 6.^ magniíud, Hevelius se vanagloriaba 
también en el Firmamentum Sobescianum, de no emplear anteojo y obser- 
var con dioptras. Cuando Halley visitó á Dantzig, asistió á estas obser- 
vaciones, cuya exactitud por otra parte ha aplaudido demasiado. Véase 
Cosmos, t. Jll, p. 42, 229, 302 y 511), (nota 71). 

(83) Pág. o7. — Hellibrand, y el padre Tachard hablan reconocido ya, 
el primero en Londres, en 1634, el segundo en Siam, en 1682, indicios de 
las variaciones diurnas y horarias de la declinación magnética. 

(84) Pág. 58.— Véase Cosmos, t. I, p. 399-401 (nota 59). La escelénte 
disposición de la brújula de inclinación construida por Lenoir, sobre las- 
indicaciones de Borda, es la que ha hecho posible la exacta medida de 
la fuerza terrestre bajo las diferentes latitudes, permitiendo á la aguja 
oscilar libremente y describir arcos de círcuio mayores, disminuyendo 
de una manera notable el frotamiento de los ejes, y merced al cuidado 
que se ha tenido de adaptar pínulas al aparato. 

(85) Pág. 60.— Los números colocados á la cabeza de cada párrafo 
indican la época de las observaciones. Los comprendidos entre parén- 
tesis y juntos al título de una obra señalan el año de la publicación, que 
frecuentemente es muy posterior á los esperimentos. 

(86) Pág. 63.— Malus descubrió la polarización por reflexión en 1808), 
Arago la polarización cromática en 1811. Véase Cosmos, t. II, p. 320. 

(87) Pág. 64.— Véase Cosmos, t. I, p. 162 y 396 (nota 47). 

(88) Pág. 63. — Before the practique was adopted of determining o6- 
solute valúes, the most generally used scale (and which still continúes to 
be very frequently referred to) was founded on the time of vibration 
observed by Mr. de Humboldt, about the commencement of the present 
century, at a station in the Andes of South America, whero the direc- 
tion of the dipping-needle was horizontal, a condition which was for 
some time erroneously supposed to be an indication of the mínimum of 

TOMO IV. , Si 



— 434 — 

magnetic forcé at the Earth's surface. From a comparison of the times 
of vibralion of M. de Humboldt's needle iii South America and in Paris, 
the ratio of the magnetic forcé at Paris towhat wassupposed to be ils mi- 
iiimum was inferred (1,348), and from the results so obtained, combined 
with a similar comparison made by myself between Paris and London 
in 1827, with several magnals, the ratio of the forcé in London to that 
<of Mr. de Humboldt's original staíion in South America has been infer- 
red to be 1,372 to 1,000. This is the origin of the number 1,372 which 
has been generally employed by British observers. By absolute measu- 
rements we are not only enabled to compare numerically with one ano- 
ther the results of experiments made in the most distant parts of the 
giobe, with apparatus not previously compared, but we also furnish 
the means of comparing hereafter the intensity which exists at the pre- 
sent epoch, with that which may be found at future periods.» (Sabine, 
Manual for the use of the British Navy, 1849, p. 17). 

(89) Pág. 66. — Celsius es el primero que ha sentido la necesidad de 
observaciones magnéticas concordantes y simultáneas. Sin mencionar 
aun la influencia de la luz polar en la declinación, influencia descubier- 
ta, y lo que es mas, medida en marzo de 1741 por su colaborador 
Hiorter, propuso á Graham, en el estío del mismo año, asociarse á sus 
investigaciones y ver si ciei'tas perturbaciones estraordinarias, que la 
marcha horaria de la aguja sufria de tiempo en tiempo en Upsal, se pro- 
ducían á la vez en Londres. La simultaneidad de las perturbaciones, 
decia, probaria que la influencia que las causaba se estendia por vastos 
paises, y no se limitaba á efectos fortuitos y locales. Véase Celsius, en 
Svenjha Vetcnskaps Ahademiens Handlingar for 1740, p. 44; Hiorter, idem, 
1747, p. 27. Cuando Arago hubo reconocido que las perturbaciones 
magnéticas producidaspor Jaluz polar se estienden á comarcas en que el 
fenómeno luminoso de la tempestad magnética no es visible, concertó con 
nuestro común amigo Kupffer, observaciones horarias, hechas simultá- 
neamente en Paris yenKasan, alejado de Paris 47° próximamente. He 
organizado también, en 1828, con Arago y Reich, observaciones si- 
multáneas sobre la declinación, en Paris, enFrciberg y en Berlin. Véan- 
se los Annalen de Poggendorff, t. XIX, p. 337. 

(90) Pág. 71.— La Memoria de Wolf, citada en el testo, contiene 
observaciones diarias sobre las manchas del Sol, hechas por él mismo 
del 1.° al 30 de junio de 1852, y una comparación de los esperi- 
mentos de Lamont sobre los cambios periódicos de la declinación, con 
los resultados de Schwabe sobre la frecuencia de las manchas solares, 
comparación que comprende los años de 183o-1850. Esta Memoria fue 
presentada á la Sociedad de Ciencias naturales, en una sesión celebrada 



— 435 — 

i3n Berna el 31 de jalio de 1852, y la Memoria mas completa del coronel 
Sabine se sometió, á principios del mes de marzo de 1832, ala Sociedad 
real de Londres, en la que fue leida en los primeros dias del mes de 
mayo del mismo año. Véase Philosoph. TransacUons for 1S52, Leparte, 
p. 116-121. Según las investigaciones mas recientes sobre las observa- 
ciones de las manchas solares, Wolf ha hallado que de 1600 á 18o'2, el 
período medio ha sido de 11,11 años. 

(91) Pág-. 72. — El bismuto, el antimonio, la plata, el fósforo, la 
sal gema, el marfil, la madera, las ruedas de manzana y el cuero 
sienten, en contacto con un imán enérgico, una repulsión diamag- 
nética, y toman una dirección ecuatorial, es decir de E. á 0. El 
oxígeno al contrario, bien puro, ó mezclado con otros gases ó con- 
densado en los intersticios del carbón, es paramagnético. Para los 
cuerpos cristalizados , se puede ver en los Annalen de Poggendorff 
(t. LXXIII, p. 178), y Philosoph. TransacUons for 18ol (§,2,836- 
2,842), lo que el ingenioso Plucker ha encontrado según la posición de 
ciertos ejes. El efecto de repulsión producido por el bismuto ha sido 
reconocido por primera vez, por Brugmans (1778), y estudiado mas á 
fondo por Le Baillif (1827) y por Seebeck (1828). Faraday mismo, Reich 
y Weber, que ha desplegado un celo tan constante por los progresos 
del magnetismo terrestre, han puesto á la vista la conexión de los fenó- 
menos diamagnéticos con los de la inducción. Véase Philosoph. Tran- 
sacUons for 1851, § 2429-2431; Poggendorff's Annalen, t. LXXIIÍ, p. 241 
y 2o3. Weber se ha esforzado también en demostrar que el diamagne- 
tismo tiene su origen en las corrientes moleculares de Ampére, Véase 
"Weber, Al'iandlungen ueber eleclro-dynamische Maassbestimmungen, 1852, 
p. 545-570. 

(92) Pág. 72.— Para crear esta propiedad polar, es necesario que, en 
cada molécula de gas oxígeno, la acción á distancia del cuerpo terrestre 
establezca entre los fluidos magnéticos ciertos intervalos, en una direc-- 
cion y con una fuerza determinadas. Cada molécula de oxígeno repre- 
senta asi un pequeño imán, y todos estos pequeños imanes reaccionan 
los unos sobre los otros, como sobre el cuerpo terrestre, y conjun- 
tamente con él para obrar en ñn sobre una aguja que se supone co- 
locada dentro ó fuera de la atmósfera. El oxígeno que envuelve á la 
Tierra puede compararse á una armadura de hierro dulce adaptada á un 
imán natural ó á un trozo de hierro imantado, suponiendo á este imán 
natural ó artificial la forma esférica de la Tierra, y á la armazón la figura 
de una esfera hueca, como la de la cubierta atmosférica. El límite'hasta 
el cual cada molécula de oxígeno puede ser magnetizada por la fuerza 
constante de la Tierra (magnelic powerj desciende con la temperatura, 



— 436 — 

y á medida que el oxíg-eno se enrarece. Como un acrecentamiento de 
temperatura y de dilatación sigue constantemente al movimiento que el 
Sol parece efectuar de E. á 0. alrededor de la Tierra, resultan de aquí 
naturalmente modificaciones en las relaciones mag-néticas de la Tierra, 
y del oxíg-eno que la envuelve, que son, según Faraday , fuente de 
una parte de las .variaciones porque pasan los elementos del magnetis- 
mo terrestre. Plucker opina que, en razón de la proporción que existe 
entre la fuerza con que el imán obra sobre el gas oxígeno y la densidad 
de éste, el imán ofrece un medio eudiométrico bien sencillo para recono- 
cer, en 1 ó 2 céntimos próximamente, la presencia del oxígeno en una 
mezcla de gas. 
(93) Pág-. 74, — Véase Cosmos, t. IV, p. 7 y 8. 

(9í) Pag-. 7f).— Kepler, Stella Mariis, p. 32 y 34. Véase también su 
Mysteriumcosmographicum, c. 20, p. 71. 

(95) Pag-. 75. — Véase el Cosmos, t. 111, p. 53G (nota 78), donde, en 
lugar de la palabra Bassis AstronomicB de Horrebow, debe leerse Clavis 
Astronomice. El pasaje de este libro (§ 226), en que a la luz solar se le 
da el nombre de aurora boreal perpetua, no se halla en la primera edi- 
ción (Havn,, 1730) pero si en la segunda, agregada al primer tomo de 
la colección de las Opera mathematico-physica de Horrebow (Havn., 1740, 
p. 317). Pueden compararse con las ideas de Horrebow los conocimien- 
tos completamente análogos de J. Herschel. Véase Cosmos, i. 111, p. 35 
y 172. 

(96) Pág. 75. — Memorias de Matemática y de Física presentadas á la Real 
Academia de Ciencias, t. IX, 1780, p. 262. 

(97) Pág. 76. — «So far as these four slations, Toronto, Hobarton, 
St-Helena and the Cape, so widely separated from each other and so 
diversely situated, justify a gcneralisation, w^e may arrive to the con- 
clusión that, at the hour of 7 to 8 a. m., the magnetic declination is 
everywhere subject to a variation of which the period is a year, and 
which is everywhere similar in character and amount, consisting of a 
movement of the norlh and of the magnet from east to west between the 
northern and the southern solstice, and á return from west toeast betwen 
the southern and the northern solstice the amplitude being about 5 
minutes of are. The turning periods of the year are not, as many might be 
disposed to anticípate, those months, in tvhich the temperature at the sur- 
face of our planet, or of the subsoil, or of the atmosphere (as far as we possess 
the means of judging of the temperature of the atmosphere) attains 
its máximum and mínimum. Stations so diversely situated would indced 
present in these respects thermic conditions oí great variety: whereas uni— 
formity in the epoch of the turning periods is a not less conspicuous fea- 



- 437 — 

tare in the annual variation than similarity of character and numerical 
■valne. At all the stations the solsiices are the turning- pcfiods of the an- 
nucl variation at the hour of which we are treating, — the only periods 
of the year in which the diurnal or horary variation at that hour does 
actually disappear ara at the equinoxes, when the Sun is passing froni 
the one hemisphere to the other, and when the mag-nelic direction, in 
the course of its annual variation from east to west, or vice versa, coin- 
cides with the direction which is the mean declination of all the months 
and of all the hours — the annual variation is obviously connected with 
and dependent on the Earth's position in its orbit relatively to the Sun, 
around which is revolves; as the diurnal variation is connected with and 
dependent on the relation of the Eartli on its axis, by which each meri- 
dian succesively passes through every ang-le of inclination to the San 
in the round of 24 hours.» (Sabine, on the annual and diurnal Variaiions, 
en el 2.'' tomo aun idédito de Observations at Toronto, p. xvii-xx. Véase 
también la Memoria del mismo sabio on the annual Variation of the mag- 
netic Declination at dtfferenf periods o f the Day, en las Philos. Transactions 
fnr 1851, 2.^ parle, p. 63o, y la introducción á las Observations at Hobar- 
íon, t. I, p. xxxiv-xxxvi. 

(98) Pág-. 76.— Sabine, on the means adopted for determining the abso- 
luta valúes, secular change and annual variation of the terrestrial magnetic 
Forcé, en las Philosoph. Transactions for 18o0, 1.* parte, p. 216. Se lee 
ademas en el Discurso de apertura pronunciado por Sabine en la Asam- 
blea de BoMdiSi {Meeting of the British Association in 1832): «It is a rcmar- 
kable fact which has been established, that the magnetic forcé is grea - 
ter, in both the northern and southern liemispheres, in the months of 
December, January and February, when the Sun is nearest to the Earth, 
than in those of May, June and July, when he is most distant from it: 
whereas, if the effects were due to íemperature, the two hemisphercs 
should be oppositely instead of similarly affected in each of the two 
periods referred to.» 

(99) Pág. 76. — Lamont, en los Annalen de Poggendorff, t. LXXXIV, 
p.S79. 

(100) Pag. 76. — Sabine, on periodical laws discoverable in the mean ef- 
fects of the larger magnetic Disturbances, en las Philosoph. Transactions for 
1852, 1.a parte, p. 121. Véase también Cosmos, t IV, p. 69, n.'' 9. 

(1) Pág. 77. -Cosmos, t. líl, p. 869. 

(2) Pág. 77. — Cosmos, t. III, p. 157 

(3) Pág. 77. — Kreil, Einfluss des Mondes auf diemagnetische Declination, 
Í8r>2,p. 27, 29 y 46. 



— 438 — 

(i) Pág-. 78.— Cosmos, t. I, p. 3"~ (nota So), y en lo que concierne á 
los aereolitos, p. 108 y 109. Véase también t. III, p. 4S0. 

(5) Pag-. 79.— Véase Mary Soraerville, en su breve pero luminosa 
esposicion del magnetismo terrestre, hecha seg-un los trabajos de Sabine 
(Physical Geography, t. lí, p. 102). Ross, que, en su gran espedicion an- 
tartica, corló en el mes do diciembre de lS39, la curva de la menor 
intensidad, á 19° de latitud austral, 310,33' de long-itud occidental, y 
que ostenta la g-loria de haber determinado antes que nadie la situación 
de esta línea en el hemisferio Sud, le llama Equator of less intensUy (Vo- 
yage to thesouthern and antardic Regions, t. I, p. 22). 

(6) Pag. 80. — i^Síations of an intermediaíe c/mracíer, situated between 
the northern and southern mag"netic hemispheres, partaking-, although 
in opposite seasons, of those contrary fealures which separatcly prevalí 
(in the two hemispheres) throughout the year.» (Sabine, en las Philo- 
soph. Transadions for 1847, 1.^ parte, p. 53 y 57. 

(7) Pág-. 80. — «El polo of intensUy no es el polo ofverticity. Véanse 
Philos. Transadions for 1846, 3.^ parte, p. 235. 

(8) Pág. 80. — Gauss, Allgemeine Theorie des Erdmagnetñmus, § 31. 

(9) Pág. SO.—Philosoph. Transadions for 1724, t. XXXIII, 1723, pá- 
gina 332: «To íry, if the dip and vibralions were constant and regular.» 

(10) Pág, 81. — Noti Commentarii Academ. Scient. Petropolit., pro anno 
1769, t. XIV, 2.^ parte, p. 33. Véase también Lemonnier, Leyes del Mag- 
netismo comparadas con las Observaciones, 1776, p. 50. 

(11) Pág. SI. — Viaje de la Perouse, t. I, p. 162. 

(12) Pág. Sl.~Cosmos, t IV, p. 38. 

(13) Pág. 82. — Debe recordarse que, en las determinaciones de luga- 
res astronómicos, el signo -h colocado delante del número indica las 
latitudes boreales, el signo — las latitudes australes, y que las longitu- 
des orientales y occidentales están calculadas, no según el meridiano de 
Greenwich, sino según el de Paris, á no ser que se especifique lo con- 
trario. Los pasajes que, en la parte de este tomo consagrada al magne- 
tismo terrestre (p. 71-134), se hallan comprendidos entre comillas, sin que 
título alguno de obra se indique en las notas correspondientes, están to- 
mados de los manuscritos que ha tenido la bondad de ensenarme mi ami- 
go el coronel Sabine. 



— 439 — 

(lí) Pag'. 82. — Erman, Magneíische Beohachtungen, p. 172 y 540; Sa- 
bine, en las Phüosoph. Transadions for 1850, 1.^ parte, p. 218. 

(15) Pág-. 83. — Fifth Report of the Briiish Ássociation, p. "2; Seventh 
Report, p. G4 y 68; Contribulions to ierrestrial Magnetism, n^ vii, en las 
Phüosoph. Transadions for 1846, 3.^ parte, p..254. 

(16) Pág". 83. — Sabine, en e\ Seventh Report of the British Assodation, 
p. 77. 

(17) Pag. 8í. — Ross, Voyage in the soulhern and antarctic Regions, t. I, 
p. 322. Este gran navegante cortó por dos veces la línea de la mayor 
intensidad, entre Kerguelen y Yan Diemen, la primera, á 46° 44 ' de lati- 
tud austral y 126° 6' de longitud oriental, punto en que la intensidad se 
elevaba hasta 2,034, para descender al E., en dirección de Hobarton) 
hasta 1,824 (idem, t. 103 y 104); la segunda, un año mas tarde, del 1." de 
junio al 3 de abril de 1841, Ros halló, según el diario de bordo del 
Erebus, que desde la latitud de — 77° 47' (long. 173° 41' E.) hasta la 
de — 51° 16 / (long. 134° 30''E ), la intensidad era sin interrupción su- 
perior á 2,00 y aun se elevaba hasta 2,07 (véase Phiios. Transadions for 
1843^ 2.^ parte, p. 211-215). El resultado á que llegó Sabine para uno 
de los focos del hemisferio meridional (lat. — 64°, long. 135° 10 'E.), y 
que he indicado en el testo, está sacado de las observaciones recogidas 
por Ross del 19 al 27 de marzo de 1841 (crossing the southern isodyna- 
mic ellipse of 2,00 about midway betwcen Ihe extremities of its princi- 
pal axis), entre — 58° y —64° 26' de latitud, 126° 20' y 146° O' de lon- 
gitud oriental. Véase Contribut. to terrestr. Magnetism, en las Phiios. Tran- 
sadions for 1846, 3.^ parte, p. 252. 

(18) Pág. 84. — Ross, Voyage, etc., t. II, p. 224. Según las instruccio- 
nes dadas al partir, suponíanse los dos focos meridionales de la mayor 
intensidad situados á — 47° de latitud, 140° de long. oriental, y 
— 60° de lat., 235° de long. oriental, contados desde el meridiano de 
Greenwich. 

(19) Pág. 81.— Phiios. Transadions for 1850, 1.» parte, p. 201; Ad- 
miralty Manual, 1849, p. 16; Erman, Magnetische Beohachtungen, pági- 
nas 437-454. 

(20) Pág. U.^Cosmos, t. IV, p. 64. 

(21) Pág. 85. — En el mapa de las líneas isodinámicas de la América 
setentrionai que acompaña á la Memoria de Sabine: Contributions ío 
terresirial Magnetism, n.° vii, debe leerse 14,21 en lugar de 14,88; el ver- 
dadero número se halla en el testo de la disertación, p. 252. En la adi- 



— 440 — 

cion á la nota 1 38, hecha por Sabine en el primer lomo de la traducción 
ing-lesa del Cosmos, se ha impreso también 13,9 en vez de 14,21. 

(22) Pág-. 83. — He dado el número 13,00 seg-un las indicaciones de 
Sabine. (Contribuíions, etc., n.^ vii, p. 232.) Se ve por el Diario mag^- 
nético del Erebus (Philos. Transactions for 1843, 2.^ parte, p. 169 y 172) 
que el 8 de febrero de 1841, á — 77"47' de latitud, 113° 2' de lon- 
gitud occidental, observaciones aisladas sobre el hielo, dieron has- 
ta 2,124. El valor de la intensidad era 13,60 de la escala absoluta; esto 
supone á priori para Hobarton una intensidad ig-ual á 13,31 (véase Mag- 
netic and meteorol. Observations made af Hoharton, 1. 1, p. lxxv). La inten- 
sidad de Hobarton ha aumentado alg-o recientemente elevándose á 13,36 
(Ídem, t. 11, p. 46). En el Admiralty Manual, p. 17^ que hallo el número 
que representa el foco meridional mas cambiado es 13,8. 

(23) Pág-, 85 — Véase Sabine, en la traducción inglesa del Cosmos, 
t. I, p. 414. 

(24) Pág-. 86.— Véase en los Proceedings of the British Associalion at 
Liverpool, 1837, p. 72-74, el interesante mapa titulado Map of the World, 
divided into hemispheres by a plañe coinciding witli ihe meridians of 100 and 
280 E. of Greenwich, exhibiting ihe unequal distribution of the magnelic In- 
iensity in the two hemispheres, plana v. Tomando por punto de partida el 
meridiano de Paris, este plano pasa por los 97° 40^ de long-itud oriental, 
y 28° 20' de long-itud occidental. Erman halló en la zona meridional 
que se estiende en latitud de— 24" 23 á — 13" 18', entre 37° 10' y 35° 
4' de longitud 0., la intensidad de la fuerza mag-nética casi sin interrup- 
ción bajo 0,76, es decir muy pequeña. 

(25) Pág. 86.~Véase el Cosmos, t. I, p. 168 y 401 (nota 60). 

(26) Pág-. SC).— Voyage in the southern Seas. t. I p. 22 y 27. 

(27) Pág-. S6. — Véa'^e el Diario marítimo de Sulivan y Dunlop, en las 
Philosoph. Transactions for ISiQ, 1.* parte, p. 143; sin embarg-o no han 
hallado para el mínimum, mas que 0,800. 

(28) Pág-. 87. — Se obtiene la relación de 1 : 2,44, comparando la in- 
tensidad absoluta de Santa Elena (6,4) con el foco mas enérg-ico del he- 
misferio meridional. La relación es de I á 2,47, si se compara Santa 
Elena con el máximum meridional, que es, seg-un el Admiralty Manual 
(p. 17), de 13,8; y de 1 á 2,91, si se compara el valor relativo de las 
observaciones hechas por Erman en el Océano Atlántico (0,706), con el 
foco meridional (2,06). Llégase por último á la relación de 1 á 2^93, 
comparando la menor evaluación de este viajero eminente, tomada de 



— 441 — 

una manera absoluta (5,35), con el mayor de los números que represen- 
tan el foco meridional (15,8). La relación media seria 1: 2,69. Véase so- 
bre, la intensidad de Santa Elena (valor absoluto 6,4; valor relati- 
vo 0,845), las últimas observaciones de Fitz-Roy (0,836), en las Philo- 
soph. Transactions for 1847, 1.* parte, p. 52, y Procecdings ofthe Meeling a 
Liverpool, p. 56. 

(29) Pág. 8". — Véase la 'traducción inglesa del Cosmos, t. I. p. 413, 
y Coníributions to the terrestrial Magnetism, n.° vii, p. 256. 

(30) Pág-. 88. — Sobre la ilusión que ha podido producir, en las hulle- 
ras de Flenou, el resultado de que la intensidad horizontal crece 0,001, 
a una profundidad de 83 pies bajo tierra, véase el Diario del Instituto, 
abril de 1855, p. 146. En una honda mina inglesa, Henwood no halló 
ningún aumento de intensidad magnética á 950 pies bnjo el nivel del 
mar. Véase Brewster, Treatise on Magnetism, p. 275. 

(31) Pág. 88.— Cosmos, t. I,p. 386 y 387; t. IV, p. 33. 

(32) Pág. 89. — La disminución de la intensidad magnética por la 
altura resulla de la comparación de las observaciones que he he- 
cho en la Villa de Caracas (á 8,105 pies sobre el nivel del mar, in- 
tensidad l,lS8); con las que he recogido en el puerto de la Guayra 
(de O pies de elevación, intensidad 1,262), y en la ciudad de Caracas 
;(de 2,484 pies de altura é intensidad 1,209); en Santa Fe de Bogotá (altu- 
ra 8,190 pies, intensidad 1,147), y en la capilla de Nuestra Señora de 
Guadalupe, situada precisamente sobre la ciudad, y suspendida como 
nido de golondrinas en el flanco escarpado de una roca (altura 10,128 
fies, int. 1,127); en el volcan de Puraz (altura 13,650 p-, int. 1,077), 
en el pequeño lugar de Puraz (altura 8,136 p., int. 1,087), y en la ciu- 
dad de Popayan (altura 5,466 p., int. 1,117); en la ciudad de Quito (al- 
tura 8,952 p., int. 1,067) y en el pueblo de S. Antonio de Lulumbamba, 
situado en la grieta de una roca cercana, inmediatamente debajo del 
•ecuador geográfico (altura 7,650 p., int. 1,087). En los lugares mas ele- 
vados donde observé las oscilaciones de la aguja, en la pendiente del 
Antisana, volcan apagado desde hace mucho tiempo, en frente del Chus- 
sulongo, obtuve, á 14,960 pies de altura, resultados distintos de los que 
preceden. Las observaciones debieron hacerse en una vasta cavidad, y 
el crecimiento considerable que yo comprobé en la intensidad magnética 
procedía ciertamente de una atracción local ejercida por la masa traquí- 
tica que nos cercaba, según se ve por los esperimentos liechos con 
Gay-Lussac en los bordes del cráter del Vesubio y en el cráter mismo. 
Hallé que la intensidad se elevaba en el hueco de Antisana á 1,188, 
-mientras que era apenas de 1,068 en las mesetas de alrededor, que no 



— 442 — 

tenían la misma altura. La intensidad se observó mayor en el hospicio 
de Saint-Gothard (1,313) que en Airólo (1,309); pero era allí menor que 
en Altorf (1,322), La intensidad de Airólo, porel contrario, sobrepujaba 
á la del Urfern-lochs (1,307). Gay Lussac y yo hemos comprobado ade- 
más que en el hospicio del monte Genis la intensidad era de 1 ,344, mien- 
tras que solo llegaba á 1 ,323 en Lens le-Bourg-, al pie del dicho monte, 
y á 1,336 en Turin. Según he indicado mas arriba, el Vesubio, volcan 
aun en actividad, fue naturalmente el que nos ofreció las mayores con- 
tradicciones. En 1803, mientras que la intensidad magnética era en Ña- 
póles de 1,274, y en Portici de 1,288, en la ermita de S. Salvador llegaba 
á 1,302 para descender á 1,193 en el cráter del Vesubio, inferior la que 
se observaba en toda la comarca de alrededor. El hierro contenido en la 
lava, la proximidad de los polos magnéticos formados en fragmentos se- 
parados, y el calentamiento del suelo que es en general una causa de dis- 
minución, produce las perturbaciones locales mas opuestas. Véase Hum- 
boldt, Viaje á las regiones equinocciales, t. III, p. 619-626, y Memorias de ¡a 
Sociedad de Arcueil, 1. 1, 1807, p. 17-19. 

(33) Pág. 89. — Las observaciones de Kupffcr no se refieren á la cima 
del Elbruz, sino á la diferencia de altura de las dos estaciones: el puerto 
de Malva y la pendiente del Kharbis, muy alojadas entre sí desgraciada- 
mente en longitud y en latitud; esta diferencia es de 4,500 pies. Sobre 
las dudas que jXccker y Forbcs han suscitado con motivo de éste resul- 
tado, véase Tramactions of ihe Roya! Sociefy of Edinhurgh, t. XIV, 1840, 
p. 23-23. 

(34) Pág. 89.— Laugier y Mauvais, en las Memorias, t. XVI, 1843, 
p. 1173; Bravais, Observaciones de la iníensidod del Magnetismo terrestre en 
Francia, en Suiza y en Saboya, en los Anales de Química y de Física, 3.* se- 
rie, t. XVIII, 1846, p. 214, y Kreil, EinfJuss der Alpen auf die Intensildt^ 
en las Denkschriften der Wiener Akademie der Wisse?ischaften (Mathemat. 
Tíaturwiss., t. I, 1850, p. 265, 279 y 290). Es muy sorprendente que 
Quetelet, observador bastante exacto, haya visto en 1830 aumentar la 
intensidad horizontal con la altura, desde Ginebra (1,080) al desfila- 
dero deBalme (1,091) y hasta el hospicio de S. Bernardo (1,096). Véa- 
se también Brewster, Treatise onMagnetism, p. 2 ¿5. 

(33) Pág. 90.— Í7ia/es de Química, t. LII, 1805, p. 86 y 87. 

(36) Pág. 90. — Arago, Noticias científicas, t. I, p. 319 (t. IV de las 
Obras); Forbes, en las Edinb. Transacfions, t. XIV, 1840, p. 22. 

(37) Pág. 90. — Faraday, Exper. Researches in Electricity, 1831, p. 33: 
y 77, §2881 y 2961. 



— 443 — 

(3S) Pc%. 9L— Chi-istie, en ias Philosoph. Transactions for 1825, p. 49-. 

(39) Pág-. 91. — Sabiiie, on periodical laws of the ¡arger magnelic dislur- 
lances. en las Philosoph. Transactions for 18ol, Leparte, p. 126, y on the 
annual variation of the magnetic Declination, en las Philosoph. Transaclions 
/or 1851, 2.=* parte, p. 636. 

(40) Pcág-. 92. — Observations made at the magnetic and meteorologic 05- 
scrvatory at Toronto, t. I, 18íO-J8i2, p. lxii. 

(41) Pá^. 92.— Sabine, en las Magnet. and meteorol. Observat. at Ho- 
barton, t. í, p. lxviii; «There is also a correspondence in the rang-e and 
tiirning hours of the diurnal variation of the total forcé at Hobarton and 
at Toronto, although the progression is a double one at Toronto and a 
single one at Hobarton.» Elmáximiun de la intensidad cae en Hobarton 
entre las 8 y las 9 de la mañana, y en Toronto el mínimum secun- 
dario á las 10 de la mañana. Asi, pues, reñriéndose al tiempo del 
lugar, el crecimiento y disminución de la intensidad se producen á las 
mismas horas, no en horas opuestas, como acontece respecto de la incli- 
nación y declinación. Véase sobre las causas de este fenómeno, Observat. 
at Hobarton, p. lxix. Se puede también consultar a Faraday, Atmospheric 
Magnet ism, § 2027-3034. 

(42) Pág.92 .—Philosoph. Transact. for 18o0, Leparte, p. 21o 217; 
Magnetic observations at Hobarton, t. lí, 18t>2, p. 46. En el cabo de Bue- 
ña-Esperanza, la intensidad (fuerza total) esperimenta, en las estaciones 
opuestas, cambios menos considerables que la inclinación. Yéase Magnet. 
Observations at the capeof Good Hope, t. 1, 18o I, p. lv. 

(43) Pág-. 93. — Véase la parte magnética de mi Asia central, t. II'I^ 
p. 442. 

(44) Pág'. 93. — Barrow , Arctic Voyages of Discovery, 1846, p. o2l 
y 829. 

(43) Pág-. 94. — No se ha observado hasta ahora en Siberia inclinación 
superior á 82° 16'. Esta indicación es de Middendorf hecha en el rio 
Taimyr, á los 74° 17' de latitud boreal y 93° 20' de longitud E. deParis. 
Véase Middendorf, Reise in Sibiricn, 1.^ parte, p. 194. 

(46) Pág. 94. — Ross, Voyage to the Ántarctic Regions, t. I, p. 246: «I 
had so long cherished the ambitious hope to plant the flag- of my coun- 
try on both the magnetic poles of our globe; but the obstacles which 



— 444 — 

presented Ihcmselves being- of so insurmounlablc a character, was some 
degree of consolation, as il left us no grounds for self-reproach". 

(47) Pág. 9i.— Cosmos, t. I, p. 165-167 y 398. 

(48) Pág-. 94.— Sabine, Pendulwn Experiments, 1825, p. 426. 

(49) Pág". 94. — Sabine, en las iVu7osoj5/i. rra?ísocítons/"or 1840, Lepar- 
te, p. 137, 139 y 146. Sig^o, respecto del movimiento^de los nudos afri- 
canos, el mapa que acompaña á esta Memoria. 

(50) Pá^. 95. — Siguiendo mi costumbre constante, doy aquí los ele- 
mentos de esta determinación que no carece de importancia: Micuipam- 
pa, pequeña ciudad peruana, al pie del Cerro de Gualg-ayoc, célebre por 
la riqueza de sus minas de plata : latitud austral 6° 44' 25", long-itud 
80° 53' 3"; altura sobrp el nivel del mar del Sur 11,140 pies, incli- 
nación mag"nética 0°,42 hacia el Norte (el círculo llevaba la división 
centesimal). — Caxamarca, situada en un llano de 8,784 pies de altura: 
lat. austral 7° 8' 38", long. 5h 23m 42 s ; inclinación 0M5 S.— Mon- 
tan, hacienda que se halla en medio de la montaña y poblada de reba- 
ños de llamas: lat. austral 6*^ 33' 9", long-. 51i 26m 51 s ; altura 8,042 
pies, inclinación 0°,70 N. — Tomependa , en la provincia de Jaén de 
Bracamoros, en la confluencia de Chinchipe y del rio de las Amazonas: 
lat. austral 5° 31' 28", long-, 80° 57/ 30/'; altura 1,242 pies, incUnacion 
3°, 55 N. — Trujillo, ciudad peruana de las costas del mar del Sur: lati- 
tud austral 8^ o' 40?', long. 810 23/ 37."; inclinación 2o,15 S. Véase 
Humboldt, Colección de Observaciones astronómicas (nivelación barométrica 
y geodésica), t. I, p. 316, n.os 242 y 244-254. Respecto de los principios 
en que descansan las determinaciones astronómicas por las alturas de 
las estrellas y el cronómetro, véase la misma obra, t. II, p. 379-391. Es 
efecto singular de la casualidad que el resultado de mis observaciones 
sobre la inclinación, hechas en 1802, á los 7° 2' de latitud austral, 81° 8' 
de longitud occidental, concucrdencon las conjeturas de Lemonnier, fun- 
dadas en cálculos teóricos. «Al N. de Lima, dice Lemonnier, el ecuador 
magnético debe hallarse, en 1876, á los 7° 1/3, todo lo mas á los 6° V, 
de latitud austral! j» Véase Leyes del magnetismo comparadas con las Obser- 
vaciones, 2.^ parte, p. 39. 

(51) Pág. 95.— Saigcy, Memoria sobre el Ecuador magnético, según las 
observaciones del capitán Duperrey, en los Anales marítimos y coloniales. 
1833, t. IV, p. 5. En esta Memoria Saigey observa ya que el ecuador 
magnético no es una curva de igual intensidad, y que en diferentes par- 
tes de este ecuador la intensidad varia de 1 á 0,867. 



— 445 — 

(52) Pág. 9o.— Esta porción del ecuador magnético ha sido determi- 
nada por Erman en l830. Volviendo de Kamtschatka á Europa, halló 
Erman la inclinación casi nula en los lugares cuya indicación es la si- 
guiente: lat. austral 1° 30', long. occidental 134° 57'; lat. austral 1° 52/, 
long. occidental 137° 30'; lat. boreal i° 54^, long. occidental 136° 5'; 
lat. austral 2° 1', long. occidental 141" 28'. Véase Erman, Magnetische 
Beohachtungen, 1841, p. 536. 

(53) Pág. 96. — Wilkes, United States Exploring Expedüion , t. IV, 
p. 263. 

(54) Pág. 96. — Elliot, en las Philosoph. Transaclions for 1851, l.^ par- 
te, p. 287-331. 

(5o) Pág. 96.— Duperrey, en ]^s Memorias, t, XXII, l846, p. 804-806. 

(56) Pág. 98. — Arago me escribía desde Melz, el 13 de diciembre 
de 1827; «He comprobado perfectamente, durante las auroras boreales 
que se han presentado en París últimamente, que la aparición de este fe- 
nómeno va siempre acompañada de una variación en la posición délas 
agujas horizontales y de inclinación, y en la intensidad. Los cambios de 
inclinación han sido de 7 á 8 minutos. Por esto solo, la aguja horizontal, 
abstracción hecha de todo cambio de intensidad, debia oscilar mas ó me- 
nos vivamente, según la época en que se hacia la observación, pero cor- 
rigiendo sus resultados por el cálculo de los efectos inmediatos de la in- 
clinación, aun me ha quedado una variación sensible de intensidad. 
Prosiguiendo por un nuevo método las observaciones diurnas de incli- 
nación en que me has visto ocupado durante tu última estancia en Paris, 
he hallado no términos medios, sino cada dia una variación regular : la 
inclinación es mayor á las 9 de la mañana que á las 6 de la tarde. Ya 
eabes que la intensidad medida con una aguja horizontal está por el con- 
trario en su minimum en la primera época, y que llega á su máximum 
entre 6 y 7 de la tarde. Siendo la variación total muy pequeña, podía 
suponerse que se debia únicamente al cambio de inclinación; y, en efecto, 
la mayor porción de la variación aparente de intensidad depende de la al- 
teración diurna de la componente horizontal; pero hechas las necesarias 
correcciones, queda sin embargo una pequeña cantidad, como indicio 
de una variación real de intensidad.^' Además, en una carta que recibí de 
Arago el 20 de marzo de 1829, poco tiempo antes de mi viaje á la Sibe- 
ria, se lee: «No me admira que reconozcas con trabajo en los meses de 
invierno la variación diurna de inclinación de que te he hablado; solo 
en los meses cálidos es esta variación bastante sensible para que pueda 
observarse con un anteojo. Persisto siempre en sostener que los cambios 
de inclinación no bastan para esplicar el cambio de intensidad deducida 



— 446 — 

de la observación de una aguja horizontal. Un aumento de temperatura 
disminuye las oscilaciones de la aguja, permaneciendo las mismas las 
demás circunstancias. Por la tarde, la temperatura de mi aguja horizon- 
tal es siempre superior á la temperatura de la mañana; luego la aguja 
deberla, por esta causa, sentir por la tarde en un tiempo dado, menos 
oscilaciones que por la mañana; pero sufre mas de lo que el cambio de 
inclinación permite; luego de la mañana á la tarde hay un aumento real 
de intensidad en el magnetismo terrestre.» Observaciones posteriores y 
mucho mas numerosas, hechas en Greenwich, Berlin, San Petersburgo, 
Toronto (Canadá) y en Hobarton (Van-Diemen), han confirmado la opi- 
nión de Arago, espresada en 1827, sobre el acrecentamiento que se pro- 
duce por la larde en la intensidad horizontal. En Greenwich, el máximum 
principal de la fuerza horizontal se señala en las 6, el mínimum princi- 
pal á las 10 de la mañana ó á medio dia; en Schulzendorf, cerca de 
Berlin, el máximum es alas 8, el mínimum á las 9 de la mañana; en 
Petersburgo, el máximum corresponde á las 8, el mínimum á las 11 20' 
de la mañana, en Toronto el máximum es á las 4, el mínimum á las H 
de la mañana, calculando siempre el tiempo del lugar. Véase Airy, 
Magnelic OhservaUons af Greenivi ch for iSi^, p. 13; /"or 1846, p. 102; for 
1847, p. 241; Riess y Moser, enlos AíinaZendePoggendorf, t. XIX, 1830, 
p. 173; Kupffer, Memoria anual del Observatorio central magnético de San 
Petersburgo, 1852, p. 28, y Sabine, Magnetic Observations at Toronto, t. I, 
18Í0-.1842, p. xLii. En el cabo de Buena-Esperanza y en Santa Elena, 
las horas de los cambios de período son muy diferentes y casi opuestas; 
por la tarde es cuando la fuerza horizontal se muestra mas débil. Véase 
Sabine, Magnetic Observations at the cape of Good Hope, p. xl, at St. Helena, 
p. 40. Pero no sucede esto en todo el hemisferio del Sud; el cambio se 
apercibe á medida que se observa hacia el E. «The principal feature in 
the diurnal chauge of the horizontal forcé at Hobarton is the decrease 
of forcé in the forenoon and ils subsequent increase in the afternoon." 
(Sabine, Magnetic Observat. at Hobarton, t. I, p. 44; t. II, p. 43). 

(57) Pág. 99.- — Sabine, Observ. at Hobarton, t. I, p. 47 y 49. 

(58) Pág. 101.' — Intensidad total en Hobarton: máximum 5 Yg- ii'iíni- 
mum 8 Y2 ^^ '^ mañana; en Toronto, máximum principal á las 6, míni- 
mum principal 2 de la mañana, segundo máximum 8 déla mañana, se- 
gundo mínimum 10 de la mañana. Sabine, Observ. at Toronto, t. I, p. lxi 
y Lxn, y Observ. al Hobarton, t. I, p. G8. 

(59) Pág. 101. — Sabine, Report on the isocUnal and isodynamiclines in 
the Brilish Jslands, 1839, p. 61-63. 

(60) Pág. 102. — Véase Humboldt , en los Annalen de Poggendorff, 



— 447 — 

t. XV, p. 319-336, t. XIX, p. 337-391, y en el Viaje á ¡as regiones equinoc- 
ciales, i. IIJ, p. 616 y 625. 

(61) Pág-. 103. — Uansteen, über jahrliche Veranderung der IncUnation, 
en los Annalen de Poggendorff, t, XXI, p. 403-429. Véase también sobre 
el efecto producido por el movimiento de los nudos del ecuador magnéti- 
co, Brewster, Treatise on Magnetism, p. 247. Desde que, merced al esta- 
blecimiento délas estaciones mag^néticas , se ha abierto a las observa- 
ciones especiales un campo casi infinito, descúbrense cada dia, al buscar 
la ley de es'os fenómenos, nuevas complicacionas. Vcse, por ejemplo, á 
medida que corren los años, crecer la inclinación en lugar de disminuir, 
partiendo del cambio de período del máximun , mientras que siguen su 
disminución progresiva anual á partir del mínimun. En Greenwich, por 
ejemplo, la inclinación mag-nética ha dismiimido á la hora del máximun 
en 1844 y 184o, y aumentado á la misma hora en los años 1845 y 1846, 
continuando la disminución de 1844 á 1846 á la hora del cambio de pe- 
riodo del mínimun. Véase Airy, Magnetic Observations at Greenwich, 1846, 
p. 113. 

(62) Pag-. 103.— Humboldt, Cosmos, t. IV, p. 68. 

(63) Pág. l03.~Philos. Transad, for 1841, l.^part., p. 35. 

(64) Pág-. 103. — Sawelieif en el Boletín físico-matemático de la Academia 
Imperial de San Petersburgo, t. X, n.° 219, y Humboldt, Asía central, t. Il> 
p. 440. 

(65) Pág-. 103. — Sabine, Magnetic Observations ai the cape of Good Hope, 
t. I, p. 63. Si podemos ñar en las observaciones hechas en 1751 por La- 
caille, que tuvo cuidado de invertir cada vez los polos, pero que usaba 
una aguja poco movible , la inclinación ha debido aumentar en el 
Cabo 3°,08 en 89 años! 

(66) Pág-. 104. — Arag-o, Narraciones de los Viajes científicos p. 281-289 
(t. IX de las Obras). 

(67) Pág-. 105. — Creo deber repetir también que todas las observacio- 
nes de inclinación, recog-idas en Europa y citadas en el pasag-c del testo 
que se refiere á esta nota, se relacionan a su vez con la división del círcu- 
lo en 360 partes, y que las observaciones que yo hice en el mes de ju- 
nio de 1804, en el nuevo continente, están solo calculadas seg-un la divi- 
sión centesimal. Véase mi Viaje á las regiones oquinocciales , t. 111, 
p. 615-623. 

(68) Pág. 105, — BvavsL\s , sobre la intensidad del Magnetismo terrestre en 



— 448 — 

Francia, en Suiza y en Saboya, en los Anales de Química y de Fisiea 3.*, se- 
rie, t. XVIÍI, 1846, p. 225. 

(69) Pág-. 106. — Humboldt, Viaje á las Regiones equinocciales, 1. 1, p. 116, 
227 y 288. 

(70) Pág-. 106. — El pozo del Khiirprinz está situado cerca de Freiberg-, 
en el Erzg'ebirg-e sajón. El punto subterráneo estaba en la sétima galena 
del filón Ludwig, á 80 IcBchter al £. del pozo de estraccion , 40 loechier 
al 0. de la fosa de agotamiento, y á 133 1/2 Icechter de profundidad. Las 
observaciones hechas con Freiesleben y Reich á las 21/2 de la tarde, sien- 
do la temperatura del pozo 15°, 6 del termómetro centígrado, dieron los 
resultados siguientes: inclinación de la aguja A, 67° 37', 4; inclinación 
de la aguja B, 67° 32', 7; término medio de las dos agujas en el interior 
del pozo 67° 35?, 03. Al aire libre, en un punto de la superficie , coloca- 
da, á juzgar por el plano trazado por el ingeniero de la mina , directa- 
mente sobre el que habia servido para los esperimentos subterráneos, la 
aguja A, marcaba, alas 11 déla mañana, 67° 33', 87, laagujaB 67° 32', 12; 
término medio de las dos agujas, en la estación superior, 67° 32', 99, 
siéndola temperatura del aire 15°, 8 centígrados; diferencia de los dos 
términos medios, 2', 06. La aguja A, que era la que me inspiraba mas 
confianza y la mas fuerte, acusaba una diferencia de 3', 33, de donde se 
puede deducir que la influencia de la profundidad sobre la aguja B, con- 
siderada aisladamente, era casi insensible. Véase Humboldt, en los An- 
nalen de Poggendorff, t. XV, p. 326. He descrito detalladamente y acla- 
rado con ejemplos, en el Asia central (i. lll, p. 463-467), el método que he 
seguido constantemente, y que consiste en leer sobre el círculo azimu- 
tal, á fin de hallar el meridiano magnético por las inclinaciones corres- 
pondientes de la aguja en dos planos perpendiculares, y en leer la in- 
clinación misma sobre el círculo vertical, haciendo girar las agujas sobre 
los ejes, y observando las dos estremidades antes y después de la inver- 
sión de los polos. He observado diez y seis veces el estado de cada una 
de las dos agujas, para deducir el término medio de estas observacio- 
nes. Si sólo se quieren determinar con verosimilitud tan pequeñas can- 
tidades , no hay temor de entrar en los mas minuciosos detalles. 

(71) Pág. 106.— Cosmos, t. I, p. 384. 

(72) Pág. 107. — Humboldt, Viaje á las Regiones equinocciales , t, I, pá- 
ginas 315-517. 

(73) Pág. 107.— Mendoza , Tratado de Navegación, t. II , p. 72. 

(74) Pág. 108.— Erman , Reise um die Erde , t. II , p, 180. 



— 449 — 

("5) Pág-. 108.— Cosmos, t. IV, p. 49. Petras Pere^rini escribía á uno 
de sus amigos (jue, en el año 1269, la aguja imantada marcaba, en Ita- 
lia , ¿»° de variación oriental. 

(7G) Pág-. 109. — Humboldt, Examen critico de la historia y la geografía 
del Nuevo Continente, t. III, p. 29 , o6, 3S y 44-ol. Aunque en la narra- 
ción de Herrera (déc. 1 , p. 23) , haya observado Colon que la variación 
magnética no era la misma en el dia que en la noche , esto no autoriza á 
deducir que el gran naveg^ante tuviese conocimiento de las variaciones 
horarias de la declinación. Su Diario de bordo , publicado en toda su 
integridad por Navarrete, nos enseña, en la fecha del 17 y del 30 de se- 
tiembre de 1492, que Colon lo referia todo á un movimiento desigual de 
la estrella polar y del Bootes o Guardian de la Osa. Véase el Examen criti- 
co , t.lll, p. 56-59. 

(77) Pág-. 109.— Cos?nos, t. IV, p. o8 Las mas antiguas observacio- 
nes hechas en Londres , é impresas , son las de Graham , publicadas en 
las Philosoph. Transactions for 1724 (172o , t. XXXIII , p. 96-107), con este 
ííívlIo: an account of Observations made of the horizontal needle at London^ 
1722-1723, byMr. George Graham. El cambio de la declinación no se 
funda, se dice allí , «neilhcr upon heat ñor cold, dry or moist air. The 
varlation is g'reat-est between 12 and 4 in the afternoon , and the least at 
6 or 7 in the evening-.» Las horas indicadas aqilí no son aquellas en que 
tienen realmente lug^ar los cambios de período. 

(78) Pág. 110 — Este hecho está acreditado por numerosas observa- 
ciones , á saber : en el observatorio del claustro griego en Pekín , por los 
esperimentos de Fuss y de Kowanko ; en Nertschinsk por el de Anikin; 
en Toronto , en el Canadá , por los de Buchanan Riddell. En todas estas 
comarcas, la declinación es occidental. También contamos con observa- 
ciones respecto de los lug^ares siguientes , en que la declinación es orien- 
tal : en Casan, las de Kupffer y Simonoff ; en Sitka, en la costa N. 0. de 
América , las de Wrangel , aunque interrumpidas por numerosas apari- 
ciones de luz polar ; en Washington , las de Gillis ; en Marmato , en la 
America del Sur, las de Boussingault; en Payta, en la Costa peruana del 
mar del Sur , las de Duperrey . Recuerdo que la declinación media era : en 
Pekín (diciembre delSSl), 2° 15' 42" Oeste (Pog-g-endorff s inna/e?», t. 34, 
p. 54); en Nerstchínsk (setiembre de 1832), 4° 7' 44" Oeste (Poggend. Ana- 
¡en, id. p. 61) ; en Toronto (noviembre de 1847), 1° 33' Oeste (Observations 
at the magnetical and meteorologieal Observatory at Toronto, t. 1, p. II, y Sa- 
bine, en las Philos. Transactions for 1851, 2.^ parte, p. 636) ; en Kasan 
(agosto de 1828) , 2° 21 / Este (Kupffer y Simonoff; véase también Erman. 
Reise umdie Erde , t. II , p. 532) ; en Sitka (noviembre de 1829) , 28° 16/ 
Este (Erman id., p. 546); en Marmato (agosto de 1828), 6° 33' Este 

TOMO lY. 29 



— 450 — 

(Humboldt, en los Annalen de Poggendorff, 1. XV, p, 331); en Payta 
(agosto de 1823), 8*^ 56 'Este (üuperrey, ene\Co7iocmiento de los tiempos 
para 1828 , p. 252). — En Tiflis, la marcha de la aguja hacia el 0. tiene 
lugar desde las 7 de la mañana á las 2. Aféase Parrot, Reise zum Ararat, 
1834, 2.^ parte, p. 58. 

(79) Pág. 111. — Véase en Hansteen , Magnetismus der Erde (1819, pá- 
gina 459), estractos de la carta que escribí de Roma á Karstcn , el 22 de 
junio de 1805, acerca de cuatro movimientos de la aguja imantada, aná- 
logos á los períodos del barómetro, y que vienen á ser flujos y reflujos 
magnéticos. Sobre las variaciones nocturnas de la declinación, descuida- 
das por tanto tiempo, puede consultarse á Faraday . on the night Episode, 
§ 3012-3024. 

(80) Pág. 111.— Airy, 3/a^weí. and meteorol. Observationsmadeat Green- 
wich, 1845 (Ptesults), p. 0; 1846, p. 94; 1847, p. 236. Hasta qué punto 
los primeros cálculos sobre las horas de los cambios de períodos del dia y 
de la noche se conforman con los resultados obtenidos cuatro años mas 
tarde en los ricos observatorios magnéticos de Greenwich y del Canadá, 
se deduce de la discusión á que se ha dedicado mi antiguo amigo Encke, 
sabio director del Observatorio de Berlin, sobre las observaciones corres- 
pondientes, recogidas en Berlin y Breslau. Encke escribía el H de Octu- 
bre de 1836: «En lo concerniente al máximun de noche ó inflexión de la 
curba que señálalas variaciones horarias déla declinación, no creo que 
pueda en general suscitarse duda alguna, según Dove ha deducido, en 
1830 , de las observaciones hechas en Freiberg (Poggendorff's Annalen, 
t. 19, p. 373). Las representaciones gráficas son, para la inteligencia de 
este fenómeno, mucho mas preferibles que los cuadros numéricos. En los 
trazados, las grandes irregularidades saltan á la vista desde luego , y 
permiten tirar una línea media , mientras que, en los números , el ojo se 
engaña frecuentemente y se está espueslo á tomar una irregularidad muy 
notable por un máximun ó \\n mínimun verdadero. Los períodos parecen 
fijados como sigue: 

La mayor declinación oriental 20h. l.er máximun E. 

La mayor declinación occidental Ih. l.er mínimun E. 

Segundo máximun oriental ó pequeño máximun. lOh. 2.° máximun E. 
Segundo mínimun occidental ó pequeño mínimun. 16h. 2.0 mínimun E. 
El segundo mínimun, ó elongación occidental nocturna , cae propia- 
mente entre 15 y 17 horas, unas veces mas cerca de 15, y otras mas de 
17. Apenas es útil recordar que las declinaciones que Encke y yo llama- 
mos mínimos hacia el E. (ili y 16h) son, para las estaciones inglesas y 
americanas, fundadas en 1840, máximos hacia el 0., y que, recíproca- 
mente, nuestros máximos hacia el E. (20h y lOh), se transforman en mí- 
nimos hacia el 0. Para representar, por consiguiente, de la manera mas 



— 451 — 

T^eneral y mas regular, la marcha de la a^aja imanUtda en el Iiemisferio 
meridional, elijo las denominaciones adoptadas por Sabino, empezando 
por la época de la mayor elongación hacia el 0., calculada según el 
tiempo medio de cada lugar. 

Freiberg Breslau Greenwich Makerstown Toronto Washington. 

18S9 1836 1846-47 1842-43 184o-47 1840-42 

Máximun. Ih Ih 2h 0h40m Ih 2h 

Mínimun. 13 10 , 12 10 10 10 

Máximun. 16 16 16 14hl5m 14 14 

Mínimun. 20 20 20 19hl5m 20 20 

Considerando cada estación separadamente, se han comprobado en 
Greenwich algunas particularidades notables. En 1847 , no hubo , en in- 
vierno, mas que un solo máximun, á las 2, y un solo mínimun á las 12 
de la noche ; en estío , fué doble la progresión , pero el segundo mí- 
nimun cayó á 14h en lugar de 16h. La mayor elongación hacia 
«I 0., es decir, el primer máximun, quedó fijado en estío, como en in- 
vierno , á 2h. La menor , es decir, el segundo mínimun , fué , en el estío 
de 1846, á 201i, como de ordinario, y á 12h en el invierno. Du- 
rante el invierno del mismo año de 1846, el aumento medio de la elon- 
gación occidental se produjo sin interrupción desde 12h hasta 2h. (Véase 
también para el año de 1845, p. 5). En Makerstown, situado en Escocia, 
en el condado de Roxburgh, está el Observatorio que acredita el celo de 
Brisbane por la ciencia (véase Alian Broun, Observations in Magnetism and 
Meteorology made at Makerstown in 1843, p. 221-227). Respecto de las ob- 
servaciones horarias hechas dia y noche en San Pctersburgo, puede con- 
sultarse á Kupffer, Memoria meteorológica y magnética en 1831, p. 17. Sa- 
bine, en el trazado ingeniosamente combinado, conque representóla 
€urva de la declinación horaria en Toronto (Pililos. Transad, for 1831, 
2.^ parte), indica un reposo muy notable de dos horas, de 9 á 11, como 
precediendo al pequeño movimiento hacia el E. que se produjo por la 
noche á partir de las 11 hasta las 3 de la mañana. Sabine dice: «We fin 
altérnate progression and retrogression at Toronto twice in the 24 hours. 
In 2 of the 8 quarters (1841 and 1842) the inferior degree of regularity 
during the night occasions the occurence of a triple máximum and mini- 
mum-, in the remaining quarters the turning hours are the same as those 
of the mean of the 2 ycars" (Observations made at themagnet. and meteorol. 
Observatory at Toronto in Canadá, t. 1.", p. 14 y 24, 183-191 y 228, and 
JJnusual magnet. Disturbances, 1.^ parte, p. 6). Respecto de las observacio- 
nes muy completas Jiechas en Washington, véase Gilliss, Magnet. and 
meteorol. Observations made at Washington, p. 32o (general Law), y Bache. 
Observat. at the magnet. and meteorol. Observatory al the Girar d Collegr 
(Philadelphia), made in the yearx 1840 lo 1843 (tres volúmenes de 3212 



— 452 — 

paginas), t. l.^ p. 709; t. 2.", p. 12S:J: t. n.o, p. 2167 y 2702, A pesar de 
la proximidad de Washington y Filadelfia, puesto que el intervalo entre 
estas dosciudades es únicamente de lo 7í' de lat. y 0°7' 83" en longitud, 
liallo cierta diferencia entre los pequeños períodos del segundo máximnn 
occidental y del segundo mínimun occidental: el máximun adelanta en 
Filadellia hora y media, el mínimun dos horas y cuarto. 

(81) Pág. 111. — Gilliss, en sus Magnet. Observations of Washington (pá- 
gina 328j, cita ejemplos de estos pequeños adelantos de tiempo. En el 
N. de Escocia, en Makerstown, á los oo° 35' de latitud , se han compro- 
bado también oscilaciones en el pequeño mínimun que, durante los tres 
primeros y los cuatro últimos meses del año, llega á 21h, y, durante los 
otros cinco, de abril á agosto, adelanta dos horas. Lo contrario pasa en 
Greenwich y en Berlín (véase Broun, Observat. mude at Makerstown, pá- 
gina 22o), Aunque el mínimun cae, por la mañana, casi al mismo tiempo 
que el mínimun de la temperatura, y el máximun coincide también con 
corta diferencia con el máximun de calor, el segundo máximun y el se- 
gundo mínimun, que se producen durante la noche, desmienten la parte 
que se podría atribuir al calor en los cambios regulares de la declinación 
horaria. «Hoy, dice Reslhuber (Poggendorff's Annalen, t. 8o, 18o2, pá- 
gina 416), dos máximos y dos mínimos de la declinación cada 24 horas, 
y solo un máximun y un solo mínimun de temperatura." Sobre la mar- 
cha normal de la aguja imantada en la Alemania del N. , puede leerse la 
descripción fidelísima de Rose (Poggendorff's Annalen, t. 19, p. 364-374), 

(82) Pág. 112. — Viage á IsJandia y Groenlandia en 1835 y 1836, d bordo 
de la corbeta Recherche (Física), 1838, p. 2l4-22o y 338-367. 

(83) Pág. 112.- — Sabine, Account of íhe Pendulum Experimenís, 182o, 
p. oOO, 

(84) Pág. í 12. — Barlow , Bericht über die Beobachtungen con Port- 
, Bowen, en Edinb. aew Philos. Journal, t. 2.o. 1827, p. 3í7, 

(8o) Pág, 113. — El profesor Orlebar de Oxford, en otro tiempo Su- 
perintendente del Observatorio magnético construido en la isla de Colaba, 
á espensas de la Compañía de las Indias, ha procurado aclnrarlas leyes 
an complejas de los cambios de la declinación en los períodos secunda- 
rios. Véase Observations made at the magnet. and meteorol. Observatory at 
Bombay in 1845 (Results, p, 2-7). Estoy admirado de ver la marcha de la 
aguja, durante el primer período de al)ril á octubre (mínimun occidental 
19hl/2, máximun Oh 1/2, mínimun 5hl 2, máximun 7h), convenir tan 
exactamente con lo que se ha observado en la Europa central. El mes 
mismo de Octubre es un período de transición, porque, en noviembre y 



— 453 — 

¿en diciembre, la cuola de la variación diurna alcanza apenas á 2 minutos. 
Aunque Bombay esté á 8° de distancia del ecuadorniagnético, es ya difí- 
cil de reconocer allí cambios regulares de período. Siempre que obran en 
la naturaleza, causas diversas de perturbación sobre un fenómeno de mo- 
vimiento, durante períodos cuya dirección nos es desconocida^ el ele- 
mento reg-ular queda por mucho tiempo perdido en medio de estas accio- 
nes contrarias, oque, si concurren al mismo objeto, no pueden hacerlo 
uniformemente. 

(86) Pag-. 113. — Véanse las pruebas de este hecho en mi Examen cri- 
tico de la historia de la Geografía del Nuevo Continente, t. 3.°, p. 34-37, La 
mas antigua indicación de declinación mag-nética, debida áKeutsoung-chy 
escritor de principios del sig^lo XII, era E. o/6 S. Véase la carta de 
Klaproth xohre la invención de la brújula, p. 08. 

(87) Pág-. 113.— Sobre las antig-uas relaciones comerciales de los Chi- 
•nos con Java, de que trata Fabián , en el Fo-kue-ki , véase G. de Hum- 

boldt, über die Kawi-Sprachc, 1. 1.". p. 16. 

(88) Pag. lli.— Pililos. Transücíions for 1795, p. 3Í0-349 : /br 1798, 
p. 397. Se me ofrece alguna duda respecto del resultado que Macdonald 
mismo ha cstractado de sus observaciones en el fuerte de Marlborug^h, 
situado en la isla de Sumatra, sobre la ciudad de Bencoolen, á 3° Í7' 
de latitud austral. Seg-un Macdonald, la elong-acion oriental crece desde 
19h hasta 5h. A partir del medio dia, las observaciones no se han hecho 
continuadamente mas que a las 3, á las 4 ó á las o, y observaciones ais- 
ladas, recogidas fuera de las horas reg-ularcs, hacen verosímil que, en la 
isla de Sumatra, el paso de la elong-acion oriental á la occidental, tenga lu- 
gar á las 2, exactamente Como en Hobarton. Macdonald ha reunido una 
serie de observaciones sobre la declinación C[ue abraza veintitrés meses, 
de junio de 1794 á junio de 1796, y veo en ellas que en todas las estacio- 
nes el movimiento de la aguja de 0. á E se prolonga, y crece, desde las 
7 1/2 de la mañana hasta el medio dia , la declinación oriental Nada re- 
cuerda aquí el tipo del hemisferio setcntrionalque representa Toronto, y 
que reina en Singapoore del mes de mayo al mes de setiembre; sin em- 
bargo el fuerte de Marlborugh está situado casi bajo el mismo meridiano 
que Singapoore, y solo se halla separado de este o" i' de latitud; pero 
el ecuador geográfico pasa por entre dichos puntos. 

(89) Pág. 114. — Sabino, Magnet. Ohservations hade at Hobarton, t. 1.*^, 
1841 y 18Í2, p. 35, 2 y 148; t. 2.% 1843-18Í5, p. .'^35 y 172-344; y Ob- 
servat. madeat SI Helena. Véase taml/ien el mismo, en las Philos. Transac- 
tionsfor 1847, 1.^ parte, p 55; for 1851, 2.^^ parte, p. 636. 



— 454 — 

(90) Pdg. lio. -Cornos, t. 1.^ p. 195 

(91) Pág. 116. — Sabiiie, Observations made at Ihe magnet. andmeíeor. Ob- 
servatory at St-Eelena in 1840-1845, t. l.'p. 30, y en las Philos. Transac- 
tions for 1847, 1.* parte, p. 51-56. Para representarnos bien, en lo quer 
tiene de sorprendente, la oposición reg'ular que existe entre dos partes del 
año: de mayo á setiembre, tipo de latitudes medias del hemisferio seten- 
trional; de octubre á febrero, tipo de las latitudes medias del hemisferio- 
meridional, es necesario, al considerar la curva de la declinación horaria, 
comparar entre sí las inflexiones que corresponden á las tres partes del 
dia, de 14h á 22h, de 22h a 4h, y de 4h á 14h. Cada curvatura colocada- 
sobre la línea que espresa la declinación media se refiere á otra curvatura 
casi igual colocada debajo (véase id. t., 1.° las curvas A A y BB). Aun 
en el período de la noche, la oposición es sensible; pero es aun mas no- 
table, que, en los mismos meses en que Santa Elena y el Cabo de Buena- 
Esperanza ofrecen el tipo del hemisferio setentrional, ios cambios de pe- 
ríodo adelantan bajo estas latitudes tan meridionales como en Toronto en 
el Canadá. Véase Sabine, Observations at Hobarton. 1. l.°p. 36. 

(92j Pág. tll.—Philos. Transactions for 1847, 1 .» parte, p. 52 y 57; 
Sabine, Observations made at tlie magnet. and meteorol. Observaíory at the 
capeofGood Hope, 1841-1846, t. 1.° p. 12 y 13, Faraday ha espuesto sus 
ingeniosas ideas sobre las causas de estos fenómenos subordinados a la 
sucesión de las estaciones, en su libro titulado: Expcriments on atmospheric 
Magjietism, § 3027-3068. Véase también sobre las analogías con Peters- 
burgo, el § 3017. Parece que Abbadie, observador muy asiduo, ha en- 
contrado en las costas meridionales del mar Rojo el tipo raro, variable 
según las estaciones, del Cabo de Buena Esperanza, de Santa Elena y el 
Singapoore (véase Airy, On ihe present state ofthe science of terrestrial Mag- 
netism, 1850, p. 2). Según o^jservacion de Sabine en los Proceedings ofthe 
royal Society (1849, p. 821), «la situación actual de los cuatro focos déla 
mayor intensidad magnética lleva probablemente por consecuencia que la 
importante curva que representa la menor intensidad relativa (no se trata 
de la intensidad absoluta) corre en la parte meridional del Océano Atlán- 
tico, desde las cercanías de Santa Elena á la estremidad meridional del 
África. La situación astronómica y geográfica de la punta africana, donde 
el sol está todo el año al N. del zenit, suministra un argumento decisivo 
contra la esplicacion de La Rivc (Anales de Química y de Física, t. 25, 
1849, p. 310), respecto del fenómeno de Santa Elena, que puede parecer 
anómalo á primera vista, pero que no es por esto menos regular y se re- 
produce en otros puntos.» 

(93) Pág. 117. — Halley , Account nf the late surprising appearance of 
Lighis in the Air, en las Philos. Transactions, t. XXIX , 1714-1716, nu- 



— 455 — 

mero 347, p. 422-428. La esplicacion de la luz boreal que da Halley, 
tiene desgraciadamente muchas relaciones con la hipótesis de fantasía 
que habia espuesto veinticinco años antes (véase Philos. Transaciions 
for 1693, t. 17 n.° 195, p. 563). Seg-un esta hipótesis, en el interior del 
g-lobo terrestre , entre la cubierta esterior en que habitamos y el núcleo 
sólida de la Tierra igualmente habitado por hombres, se halla un fluido 
luminoso, para la comodidad de las relaciones á que da lug-ar esta vida 
subterránea. «In order to make that inner g-lobe capable of being inhabi- 
ted, there might not improbably be contained some luminous médium 
between the balls, so as to make a perpetual Day below.» Como en las 
cercanías de los polos de rotación, la corteza terrestre debe ser, en razón 
del aplanamiento, mucho menos espesa que en el Ecuador, parece natu- 
ral que en ciertas épocas, sobre todo en los equinocios, el fluido lumi- 
noso interior, por otro nombre el fluido magnético, se busque un camino 
en la región polar al través de las quiebras de las rocas; el derramamiento 
de este fluido es, según Halley, el que produce el fenóneno de las auro- 
ras boreales. Los esperimentos hechos con las limaduras de hierro, espar- 
cidas sobre un imán de forma esferoidal , indica la posición de los rayos 
coloreados y luminosos de la luz polar. ^De la misma manera que cada 
uno percibe un arco iris que no es visible mas que para él, así también la 
corona está colocada en un punto diferente para cada observador» {id., 
p. 424). Sobre el desvarío geognóstico de un observador ingenioso que, 
en sus trabajos magnéticos y astronómicos, ha ido por otra parte tan a^ 
fondo de las cosíls, véase el Cosmos, t. I, p. 153 y 392 (nota 36). 

(94) Pág. 119. — El profesor Oltmanns y yo, hemos sido varias veces 
aliviados de la fatiga que nos causaban las observaciones prolongadas du- 
rante varias noches consecutivas, por observadores muy atentos: Maem- 
pel, arquitecto; Friesen, geógrafo ; un mecánico muy instruido. Na han 
Mendelsohn y nuestro gran geognóstico Buch. En este libro , como en 
mis precedentes escritos, puedo afortunadamente citar todos los que han 
querido compartir mis trabajos. 

(95) Pág. 120. — El mes de setiembre de 1806, ha sido singularmente 
rico en grandes tempestades magnéticas. Estracto de mi Diario, las notas 
siguientes: 

21 

— setiembre de 1806 de i6h 36' á I7h 43' 
22 

22 

— — de 16h 40' á i9h V 
23 



— 456 — 

23 

— setiembre de 1806 do 161i 40' á I91i 2' 
24 



ILi 



25 

25 



de loh V á ISli 2' 



de 14h 22' á ifih 30' 



del4h 12' á 161i 3' 



de 13h55' á 17h i'i' 



26 
26 

27 

27 

28 

28 

— — de 1211 3' á 13h 22 

29 

■Esta última tempestad fue menos violenta que las otras, y la noche 
se terminó en un profundo reposo. 

En !a noche del 29 al 30 empezó también una pequeña tempestad que 
duró desde lOh 20' hasta lUi y 32', á la que reemplazó un reposo com- 
pleto hasta 17h y 6'. 

En fin, en la noche del 30 de setiembre al 1.° de octubre, estalló, á 
14h y 46', una tempestad violenta, pero corla. La calma se restableció 
en seg-uida, pero á 16h 30' estalló una seg'unda tempestad, no menos 
fuerte que la primera. 

La violenta tempestad del 25 al 26 de setiembre habia sido precedida 
de otra, que duró de 7h 8' á 9h 11', con mas fuerza todavía. En los me- 
ses siguientes, las grandes perturbaciones magnéticas fueron mucho me- 
nos numerosas y pueden compararse con las del equinoccio de otoño. 
Llamo gran tempestad aquella en la cual la aguja realiza oscilaciones de 20 
á 38 minutos, ó adelanta todas las disposiciones del seg^mento , ó hace 
por fin que la observación sea imposible. En las pequeñas tempestades , las 
oscilaciones de la ag"uja son irrcg"ulares y varían de o á 8 minutos. 

(96) Pág-. 120. — En diez años de observaciones asiduas, Arag^o íio ha 
podido ver en París oscilaciones sin cambio en la declinación. En 
1829 escribía: «líe comunicado á la Academia los resultados de nues- 
tras observaciones simultáneas. He admirado las oscilaciones que esperi- 
menta a veces la aguja de declinación en Berlin en las observaciones 
de 1806, 1807, 1828 y 1829, aun cuando la declinación media no se ha alte- 
rado. En París, no hallamos nunca nada semejante. Si la aguja esperimenta 



— 457 — 

fuerles oscilaciones, solo en tiempo de aurora boreal y cuando la di- 
rección absoluta ha sido notablemente desordenada acontece esto; y aun 
generalmente los desórdenes en la dirección no van acompañados 
de movimiento oscilatorio.» Los renomenos comprobados en 1840 y 
1841 en Toronto, á los 43" 39' lat. boreal, son completamente opuestos 
a la descripción de Arag-o, y convienen perfectamente con los esperimen- 
tos de Berlin. Los observadores de Toronto eran tan atentos á toda es- 
pecie de movimiento que indican las vibraciones Tuertes o débiles, los 
choques y toda especie de perturbaciones scg-un las subdivisiones de la 
escala, y no se apartan jamás de esta nomenclatura. Véase Sabine , Days 
ofunusual magnet. Disturbances , t. I, 1.^ parte, p. 46. En los dos años 1840 
y 1841 , se citan, en el Canadá, g-rupos de días consecutivos formando un 
total de 146, en los cuales oscilaciones muy íuerlós se han producida 
(wilh strong- sliocks) , sin alteración sensible de la declinación horaria 
(id. p. 47, 54, 74 88, 95 y 101). Estos g-rupos están indicados de la ma- 
nera sig-uiente : «Times of observations at Toronto, at which the mag- 
ue tometers were disturbed , but the mean reading-s were not materially 
chang-ed.» Casi siempre también, durante estas frecuentes apariciones de 
''uz polar, los cambios de declinación iban acompañados en Toronto de 
fuertes oscilaciones que á menudo imposibilitaban ver el resultado. 
Estos esperimentos, que debieran renovarse, nos enseñan que si los 
cambios de declinación que perturban momentáneamente á la ag-uja 
imantada, producen frecuentemente como consecuencia cambios conside- 
rables y definitivos en la variación (véase Younghusband, ünusual Dislur- 
ha7ices, 2.^ parte, p. 10); en suma , sin embarg-o , la amplitud de las osci- 
laciones está lejos de responder al valor del cambio producido en la de- 
clinación ; que las oscilaciones pueden ser considerables, con cambios de 
declinación insensibles, y la marcha de la a^uja al E. o al 0. rápida y 
muy marcada, sin movimiento oscilatorio : y que estos efectos de la ac- 
tividad mag-nética pueden tomar, seg^un los lug^ares, un carácter dis- 
tinto y especial. 

(97) Pág-. r2L — Sabine, ünusual Disturbances , t. I, l.'^ part. , p. 69 
y 101. 

(98) Pág. 121.— Estos esperimentos tuvieron lugar afines de setiembre 
de 1800. Su resultado se publicó en los Annalen de Pog-g'endorf (t, XY. 
Abril, 1829, p. 330). Se leen allí estas palabras: «Mis antig-uas observa- 
ciones horarias, hedías en unión de Oltmanns , ofrecieron la ventaja de 
que en la época en que tuvieron lug-ar, en 180G y 1807, no se habian prac- 
ticado aun semejantes ni en Francia ni en Inglaterra. Daban los máximos 
y mínimos nocturnos , y á conocer esas sing-ulares tempestades mag- 



— 458 — 

Héticas que, por la fuerza de las oscilaciones que imprimen á la agu- 
ja , hacen imposible toda observación renovándose á la misma hora 
varias noches seguidas, sin que se haya podido reconocer hasta aquí á 
qué concurso de circunstancias meteorológicas deben atribuirse estos 
fenómenos.» ]Vo es, pues, en 1839 cuando se ha comprobado por primera 
vez cierta periodicidad en las grandes perturbaciones magnéticas. Véase 
Reporí of the fifleenth Meeting of ihe British Associaiion at Cambridge, 1843, 
á.^part., p. 12. 

(99) Pág. 121. — Kupfler, Viaje al monte Elbruz en el Cáucaso , 1829, 
p. lOS: uLas desviaciones irregulares se repiten frecuentemente a la mis- 
ma hora y durante varios dias consecutivos.» 

(100) Pág. 122.— Y. Sabine , ünusual Disturbances , t. I, 1." parle, 
p. XXI, y Younghusband, on periodical Laws in the largor magnetic Distur- 
bances, en las Philos. Transactions, for 18o3, 1.^ part , p. 173. 

(1) Pág. 122. — Sabine, en \sls Philos. Transactions for 1851, Leparte, 
p. 125-127 : <.The diurnal varíation observed is in fact constituted by two 
variations superposed upon each other, having different laws and bea- 
ring different proportions to each other in differents parts of the globe. 
At tropical stations the influence of what have been hitherto called the 
irregular disturbances (magnetic storms) is comparatively feeble ; but if: 
is otherwise at stations situated as are Toronto (Canadá) and Hobartoii 
(Van Diemen Island) where their influence is botli really and proporlio- 
nally greater and amounts to a clearly recognizable part of the whole 
diurnal variation.» Pasa aquí, en la influencia compleja, producida por 
causas de movimientos simultáneos aunque diferentes^ lo mismo que 
tan bien espresa Poisson en su teoría de las ondas (Anales de Química y 
Física , t. VII , 1817 , p. 293) : «Varias clases de ondas pueden cruzarse. 
En el agua como en el aire, los pequeños movimientos se superponen. 'r 
Véanse también las conjeturas de Lamont , sobre el efecto complejo de 
una onda polar y de una onda ecuatorial, en los Annalen de Poggendorff». 
t. 84, p. 583. 

(2) Pág. 123.— Véase Cosmos, t. ÍV., p. i20. 

(3) Pág. 123.— Sabine en las Philos. Transactions for W6% , 2.^ part., 
p. 110; Younghusband, id., p. 169. 

(4) Pág. 124.— Según Lamont y Reslhuber, el período magnético es 
de 10 años Va» de tal manera que el término medio del movimiento 
diurno aumenta durante cinco años, y disminuye durante otros cinco, con 
la circunstancia de que la amplitud de la declinación es siempre casi do- 



— 459 — 

"ble en estioquc en invierno (vcasc Lamont , Jahresbericht der Sternwaríe 
zu Mtínchen fíir 1852, p. 34-60). El director del Observatorio de Berna, 
Wolf , ha hallado por medio de un trabajo mucho mas completo, que el 
período de coincidencia de la declinación mag'nética y de la frecuencia 
de las manchas solares puede evaluarse en 11 años y */,o. 

(5) Pág-. 124. — Véase el Cosmos, t. IV, p. "O, 71, 73, 7o y 76. 

(6) Pag-. 124. — Sabine , en [as P hilos. Transaciions for 1852 , 1.^ part. , 
p. 103 y 121. — Véase también , además de la Memoria deWolff, ya cita- 
da, que data del mes de julio de 1852 (Cosmos, t. IV, p. 71), otras hipó- 
tesis de Gautier, publicadas casi al mismo tiempo en ]a Biblioteca üniversal- 
de Ginebra, t. XXI, p. 189. 

(7) Pág. 124.— Véase Cosmos, t. III, p. 368-372. 

(8) Pág. 12o. — Sabine, en las Philos. Transactions for 1830, 1.^ part.,. 
p. 216. Véase también Faraday, Exper. Researches on Electricity , 1851,. 
p. 56 , 73 y 76 , § 2891, 2949 y 2938. 

(9) Pág-, 123.— Véase el Cosmos, t. I, p. 168 ; Poggendorff's A nna/e»^ 
t. XV, pág-. 334 y 335, y Sabine, Unusxial Dislurhances , t. I, l.^parte,^ 
p. xiv-xviir , donde se encuentran tablas de tempestades que han esta- 
llado simultáneamente en Toronto , en Praga y la Tierra de Van Dio- 
men. Durante los dias en que han sido mas violentas en el Canadá las 
tempestades magnéticas, el 22 de marzo , el 10 de mayo , el (5 de agosto, 
y el 25 de setiembre de 1831, se observáronlos mismos fenómenos en 
el hemisferio meridional en Australia, véase también Belcher, en las> 
Philos. Transactions for 1843, p. 133. 

(10) Pág. 123.— Véase el Cosmos, 1. 1, p. 190. 

(11) Pá^. 126.— Véase el Cosmos, t. I, p. 163, 164 y 397. (nota 50)- 
t. II, p. 275 y 449 (notas 93 y 94) ; t. íV, p. 4, 7-57. 

(12) Pág. 127. — He hecho resaltar, en épocas muy diferentes , la im- 
portancia de esta proposición : una vez, en 1809, en mi Colección de Ob- 
servaciones astronómicas (t. I, p. 368); otra, en 1839, pocos dias después de 
la partida de Ross para su espedicion al polo S., en una carta al conde 
Minto, entonces primer Lord del Almirantazgo (véase Report of the Com- 
mittee of Physics and MeteoroL of the Royal Society relative to the Antarctic 
Expedition, 18í0, p. 88-91), que dice así: «Seguir las huellas del 
ecuador magnético ó la de las líneas sin declinación, es gobernar (dirigir 
el derrotero del buque) de manera que se corten las líneas cero en los in- 
érvalos mas pequeños , cambiando de rumbo cada vez que las observa- 

<^iones de inclinación ó de declinación prueben que hay desviación. 
JNo ignoro que s?gun las grandes ideas de Gauss sobre los verdaderos. 



— 460 — 

íundamenlos de una Teoría g-cneral del Magnetismo terrestre , el co. 
nocimiento profundo de la intensidad horizontal, la elección de los 
puntos en que los tres elementos do declinación , inclinación é intcn- 
-sidad total han siJo medidos sinuiUáneamente , Imstan para hallar 

V 
el valor de — (Gauss, § 4 y á'), y que estos son alli los puntos vitales 

R 
de las inveslig'acioncs futuras ; pero la suma de las pequeñas atracciones 
locales, las necesidades delpilotag-e, las correcciones habituales del Rum- 
bo y la seguridad de los caminos continúan dando una importancia espe- 
cial al conocimiento de la posición y de los movimientos periódicos de 
traslación de las lineas sin declinación. Sosteng-o aquí su causa, que está 
lig-ada á los intereses de la geografía física." Aun pasarán bastantes años 
antes de que los mapas de variaciones construidos seg^un la teoría del 
mag-netismo terrestre puedan servir de guia á los navegantes (véase Sa- 
hine en las Philos. Tramacíions for l849, 2/^ part., p, 204), y las ideas 
puramente objetivas, y dirig-idas hacia la observación real, que defiendo 
•aquí, si se realizasen por determinaciones periódicas y espediciones si- 
multáneas por tierra y mar, y se emprendieran con un objeto fijado de an- 
temano, ofrecerían la ventaja de una aplicación práctica inmediata; ase- 
gurarían un conocimiento exacto de la mutación secular de las líneas, 
suministrando por último á la teoría de Gauss gran número de datos 
nuevos, susceptibles de ser sometidos al calculo (véase Gauss, § 25). Para 
hacer mas fácil la exacta determinación de la traslación de las dos li- 
neas sin declinación y sin inclinación, seria importante sobre todo esta- 
blecer jalones cada veinticinco años, en los sitios donde estas líneas en- 
tran y salen de los continentes. En estas espediciones, semejantes á las 
antiguas de Halley, se cortarían necesariamente otras muchas líneas iso- 
clínicas é isogónicas, y podría medirse en las costas la intensidad hori- 
zontal y total, en términos de poder satisfacer á la vez varios objetos. Ei 
deseo que aquí espreso lo apoyó Ross, gran autoridad marítima , á la 
que me reñero siempre con gusto, {Voijage in fhe southern and antarctic 
Regions, t. I, p. 10o. 

(13) Pág. 127.— Acosta, Historia de las Indias, 1590, 1, I, c. 17. He 
tratado ya la cuestión de saber si la creencia de los marinos holandeses 
en la existencia de cuatro líneas sin declinación, al dar motivo al de. 
bate entre Bond y Beckborrow, tuvo ó no influencia en la teoría de los 
cuatro polos magnéticos de Halley. Véase el Cosmos , t. 2.° p. 276 y 44í). 
(nota Oí). 

(14) Pág. 128. — En el interior del África, la línea isogonica de 22° Vi 
■Oeste, merece particular atención bajo el punto de vista de la física del 



— 461 — 

globo, como línea intermediaria entre sistemas muy diferentes, y 
porque, seg-un la construcción teórica de Gauss , junta la parte oriental 
del océano Indico con la tierra de Newfundland , á través del continente 
africano. La ostensión que el g-obierno de la Gran Bretaña acaba de dar 
generosamente á la espedicion africana de Richardson, Barlli y Over- 
wegh, apresurará quizcá la solución de estos problemas mafi;"néticos. 

(lo) Pág-. 129. — Ross atravesó la curva sin declinación, á los 61° 30' 
de lat. austral y 24° 50' de long-. 0. de París {Voyage to the Southern Seas, 
t. 2.° p. 337). A los 70° 43' de lat. austral y 19° 8' de long-. occidental, 
el capitán Crozier halló, en el mes de marzo de 1843, la declinación igual 
á 1°38'; estaba por consig-uiente muy cerca de la línea cero. Sabine, on 
the magnef. declination inthe Atlantic Ocean for 1840, en las Philos. Transar- 
lions for 1849, 2.^ part., p. 233. 

(16) Pág-. 129.— Ross, Voyage to the Southern Seas, t. I, p. 104, 310 
y 317. 

(17) Pág-. 130. — EUiot, en las Philos. Transactions for 18ol , 1.* parte, 
p. 331. Sandalawood es una pequeña isla de forma alarg-ada, en la que se 
recoge la madera de sándalo (en malayo y javanés tschendana, en sáns- 
crito tschandana, en árabe ssandel). 

(18) Pág. 130. — Esta es la opinión de Barlow, y de este modo se halla 
la linea trazada en el mapa que acompaña al Report of the Committce for 
the antartic Expedition, 1840, bajo el título de Linesof magneíic Declinatíons 
computed according to the Theory'of. Mr. Gauss. Según Barlow, la línea sin 
declinación que viene de la Australia entra en el continente asiático por 
el golfo de Cambay,pero se replega inmediatamente hacia el N. E., y ter- 
mina en el mar del Japón, cerca de Thaiwan ó Formosa, sobre el Tibet y 
la China. Según Gauss, la línea australiana sube simplemente á Laponia 
á través de laPersia y Nishnel Nowgorod. Este gran geómetra conside- 
ra la línea cero del mar del Japón y del archipiélago filipino, como la 
que envuelve el grupo oval cerrado del Asia oriental , sin ninguna rela- 
ción con la de la Australia, la del océano Indico, la del Asia occidental y 
la de Laponia. 

(19) Pág. 130.— Retratado en otra parte (is¿ace«írfl/,t. III, p. 438-461), 
de la identidad que establecen mis propias observaciones en el mar Cas- 
pio, en elUralsk, á orillas del Jaik, y en la estepa que rodea el laga 
Elton. 

(20) Pag. 130. — Véase Erman, Map of the magnetic Declination, 1827- 



— 462 — 

1830. Pero el mapa de EUiot prueba positivamente que la línea australia- 
«na sin declinación no atraviesa a Java. Esta línea corre paralelamente al 
litoral meridional, á distancia de 1° '/^ de lat. Como, según Erman, 
pero no según Gauss,ia línea australiana sin declinación, después de 
haber atravesado el mar del Japón entre Malaca y Borneo, vuelve a unir 
«1 continente con la costa setentrional del g-olfo Ochotsk, cerca del 
grupo oval cerrado del Asia oriental, á los 59° 30' de latitud, y nueva- 
mente sale de allí por la península de Malaca, el intervalo entre la línea 
■ascendente y la descendente no seria mas que de 11°, y, según este tra- 
zado, la curva sin declinación del Asia occidental , que une el mar 
<^aspio con la Laponia rusa , seria la prolongación directa y mas pró- 
xima de la parte de la línea que desciende de N. á S. 



(21) Pág. 131. — Desde 1843, he dado á conocer documentos conserva- 
dos en los archivos de Moskou y de Hannover (Asia central, í. 3.°, p. 469- 
476), de los que resulta que Lcibnitz, que trazó el primer plan de una es- 
pedicion francesa á Egipto, pensó también utilizar, antes que nadie, 
ias relaciones que se establecieron en 171 'i entre Alemania y Pedro 
•el Grande, para hacer determinar regularmente, en épocas perió- 
-dicas, la posición de las curvas de inclinación y de declinación, en 
todo el imperio ruso , cuya estension escede la superficie de la Luna visi- 
ble á los habitantes de la Tierra. En una carta dirigida al Czar y hallada 
por Pertz , habla Leibniíz de un pequeño globo terrestre (lerrella) que se 
conserva aun en Hannover, y sobre el cual habia trazado la línea sin de- 
clinación, linea magnética primaria. Afirma que no existe mas que una 
sola línea sin declinación, que divide á la Tierra en dos partes casi igua- 
ÍG5, y qwe presenta cuatro sinuosidades, puncta flexus contrarii, en las cua- 
les pasa de la convexidad á la concavidad; que del cabo Verde, corre 
osta línea hacia las costas orientales de la América del IVoríe, á los 36° de 
latitud, yendo desde allí á buscar, á través del mar del Sud. las costas 
orientales del Asia y la Nueva-Holanda. Añade por último, que esta línea 
se vuelve á cerrar sobre sí misma, y pasa cerca de los dos polos, pero 
deteniéndose mas lejos del polo K., bajo el cual la declinación es de 25° 0., 
que del polo S., bajo el cual la declinación no es mas que de 5°. De 0° á 
15°, la declinación oriental domina en una gran parle del océano Atlán- 
tico, en todo el mar del Sur, en el Japón, en una parte de la China y de 
la Nueva Holanda. «Puesto que el médico Donelli ha muerto, dice Leib- 
nitz, es necesario reemplazarle con otro , que administre pocos medica- 
mentos, pero que pueda dar muchos consejos científicos sobre los esperi- 
mentos de declinación é inclinación. >» Es precisa reconocer que ningún 
•conocimiento teórico especial resulta de estos documentos, completamente 
olvidados hasta 1843. 



— 463 — 

(22) Pág^. 131. — Véanse mis Observaciones magnéticas en el Asia central, 
i. III, p. 460. 

(23) Pág". 131. — Erman, Astronom. and magnet. Beobachtungen, en el li- 
bro titulado Reise um die Erde, 2* part., t. II , p. 532. 

(24) Pág^. 131. — Hansteen , en los Annalen de Poggendorff , t. XXÍ, 
p. 371. 

(2o) Pág-. 133. — Sabine, Magnet. wid meteoro!. Observations at the cape 
of Good Hope, t. I, "p. lx. 

(26) Pág. 133. — Para apreciar los movimientos déla línea sin decli- 
nación, en intervalos tan próximos, y poder juzgar del orden en que se 
efectúan, es necesario no olvidar que los instrumentos y los métodos en- 
tonces en uso pueden ocasionar el error de 1°. 

(27) Pág. 134.— Véase el Cosmos, t. I, p. 397 (nota SO). 

(2S) Pág. 134.— Euler, en las Memorias de la Academia de Berlín, 1757, 
p. 176. 

(29) Pág. 134.— -Barlow, en las Philos. Transacíions for 1833, 2.* par- 
te, p. 671. Reina gran incertidumbre sobre las observaciones magnéticas 
hechas en San Pelersburgo, en la primera mitad del siglo xviii. De ellas 
resultarla que, de 1726 á 1772 , la declinación habría sido constante- 
mente de 3° lo' ó 3° 30'! Véase Hapsleen , Magnetism . der Erde, p. 7 
y 143. 

(30) Pág. 135.— Véase el Cosmos, t. I, p. 172-283, y Dove, en los 
Annakn de Poggendorff, t. XIX, p. 3S8. 

(31) Pág. 13o. — El escclcntc trabajo de Lottin , Bravais, Lilliehook y 
Siljestrom, que, del 17 de setiembre de 1838 al 8 de abril de 1839, obser- 
varon las apariciones de la luz polar en el Finnemark, en Bossekop 
(lat. 69° 58'j, y en Jupvig (lat. 70° 6'), se ha publicado en la cuarta par- 
le de los Viages á Escandinavia, Laponia, Sspitzberg y las Feroes , á bordo 
de la Corbeta líRecherche» (Auroras boreales). Hánse agregado á estas obser- 
vaciones (p. 401-435) los resultados importantes obtenidos de 1837 á 1840 
por los inspectores ingleses de las minas de cobre de Kalfiord (lati- 
tud 69° 56'). 

(32) Pág-. 13o. — Puede verse, sobre el Segmento oscuro de la aurora 
Jioreal, la obra citada en la nota precedente, p. 437-444. 

(33) Pág. 135.— Schweigger's, Jahrbuch der Chemic und Physik , 1826, 



— 464 — 

i. XVI, p. 198, y í. XVJII, p. 3G4. El segmento oscuro y la ascensión iii- 
contestablc de rayos negros ó de estrías, en que el desprendimiento 
de luz es nulo, quizá por efecto déla interferencia, recuerdan las investi- 
gaciones de Quet sobre la Electroquifnica en el vacio y los preciosos esperi- 
mentos de Ruhmkorf, en los cuales, en medio de un aire rarificado , las 
liólas metálicas positivas brillaban con luz roja y las bolas negativas con 
luz violeta, de tal manera que las fajas luminosas paralelas se hallaban 
separadas regularmente por capas completamente oscuras. «La luz espar- 
cida entre las bolas terminales de dos conductores eléctricos se reparte 
en trozos numerosos y paralelos, separados por capas oscuras alternantes 
y regularmente distintas." (Memorias de la Academia de Ciencias, i. XXXV^ 
1852, p. 949). 

(34) Pag. 136. — Viaje á Escandinavia , etc. (Auroras boreales), p. 5o8r 
sobre las coronas y los pabellones de las auroras boreales, véanselas es- 
celentes investigaciones de Bravais, id. , p. o0o-ol4. 

(3o) Pág. 136. — «Colgadura ondulante, gallardete de un buque de 
guerra desplegado horizontalmente y agitado por el viento, corchetes, 
fragmentos de arcos y de guirnaldas.» (Id. p. 3o, 37, 4S, 67 y 481.) 
Una interesante colección de estos aspectos ha sido dibujada por Bevalet, 
artista distinguido, agregado á la espedicion. 

(36) Pág. 136. — Viaje á Escandinavia, etc. (Auroras boreales) , p. S27¡> 
S28ySo7. 

(37) Pág. 137. ^Coswios, t. I , p. 17o y 406 (nota 74). Véase también 
Franklin , Narrative of ajourneij to theshores ofthe Polar Sea, in Í819-1S22, 
p. 397 ; Kcemtz , Lehrbuch der Meteorologie , t. 111 , 1836, p. 488-490. Las 
mas antiguas hipótesis sobre la relación entre la luz polar y la formación 
de las nubes son las que espresó Frobesius en el libro titulado : Auroroí 
borealis Spectacula , Helmst., 1739 , p. 139. 

(38) Pág. 137. — A continuación estrado de mi Diario de viaje áSíbc- 
ria un ejemplo notable : «He pasado , separado de mi compañero y al des- 
cubierto, toda la noche del S al 6 de Agosto de 1829 , en un puesto avan- 
zado de Cosacos, en Krasnaja Jarki. Este puesto se halla cerca del Irtysch, 
en la estremidad oriental del país , á lo largo de la frontera de la Dzun- 
garia china; es, por consecuencia, de alguna importancia la determinación 
astronómica de este lugar.' — Noche serena — en la parte oriental del cielo 
se formaron súbitamente, y antes de media noche, hneas de cirrus , por 
igual esparcidos , y distribuidos en forma de fajas paralelas y polares. La 
mayor altura es de 35°. El punto de convergencia setentrional se mueve 
1 enlámenle hacia el E. Disípanse estas nubes sin llegar al zenit, y algunos 



— 465 — 

minutos después, nacen en la región Nord-Este del cielo fajas polares de 
cirrus semejantes á las primeras, moviéndose con gran regularidad du- 
rante una parte de la noche, casi hasta la salida del Sol, momento en que 
1 legan á la posición N. 70^ E. — Estrellas errantes en número escesivo; 
anillos coloreados alrededor de la Luna. — Ningún indicio de luz polar. — 
Nubes frangeadas, algo de lluvia. El 6 de Agosto, antes del mediodía, 
el cielo vuelve á mostrarse sereno ; y nuevas fajas polares se forman, 
inmóviles, dirigidas de N. N. E. á S. S. O. , y que no cambian de azi- 
mut, como he visto tan frecuentemente en Quito y en xMéjico.» La decli- 
nación magnética es oriental en el Altai. 

(39) Pág. 137. — Bravais que , opuestamente á lo que tengo observa- 
do, halló en Bossekop las líneas de cirrus cortando casi siempre en án- 
gulo recto al meridiano magnético (Viajes á Escandinavia , etc. (Fenómeno 
de traslación á los pies del arco de las auroras boreales , p. 534-537) , describe 
con su ordinaria exactitud las conversiones de los verdaderos arcos auró- 
rales (véase id. , p. 27, 92, 122 y 487). Ross ha visto y pintado tam- 
bién , en auroras australes , estos cambios progresivos de los arcos , que 
pasan del O. N. 0. al N. N. E. (Voyage in the Southern and Antartic Re- 
gions, t. I, p. 3.11). La falta de coloración parece carácter frecuente de 
las auroras australes (Id. , t. I , p. 266 , t. II , p. 209). Respecto de las no- 
ches sin aurora boreal de la Laponia , véase Bravais , Viajes á Escandi- 
navia , etc. , p. 545. 

(40) Pág. 138.— Cosmos, t. 1, p. 363 (nota 43) y 406 (nota 73). Los 
arcos aurórales vistos en pleno dia recuerdan la intensidad luminosa de 
los núcleos y de las colas de los cometas que , en 1843 y 1847 , pudieron 
observarse en el Norte de América , en Parma y en Londres, muy cer- 
ca del Sol. 

(41) Pág. 138.— 3/emoms de la Academia de Ciencias, 1. IV, 1837, 
p. o89. 

(42) Pág. 138. — Viajes á Escandinavia, Laponia, etc. (Auroras borea- 
les), p. o59, y Martins , en la traducción de la Meteorología de Kíemtz, 
p. 460. Sobre la altura presunta de la luz polar, véase Bravais, Viajes 
á Escandinavia , etc., p, 349 y u39. 

(43) Pág. \39.— Viajes a Escandinavia, etc. , p. 462. 

(44) Pág. \d%.~S3ihine,unusualmagneticDislurhanccs, Leparte, p.xviii,. 
XXII , 3 y 4. 

(4o) Pág. 139.— Véase Dove , en los Annalenáe Poggendorff, t. XX, 
p. 333-341. El efecto desigual que una aurora boreal produce en la decli- 

TOMO lY. 50 



— 466 — 

nación de la ag"uja imantada , en puntos situados en meridianos muy 
próximos , puede , en bastantes casos , servir de mucho para reconocer el 
lugar déla causa eficiente , atendido áque es indispensable que las tem- 
pestades mag-néticas partan siempre del polo mag-nético, y porque , seg^un 
aserto de Arg-elander , confirmado por Bravais , la cumbre del arco lu- 
minoso se aparta á veces del meridiano mas de 11°. 

(46) Pág-. 140. — «20 de diciembre de 1806 : cielo azulado, sin indicio 
de nubes. Hacia las diez de la noche apareció al ]N. N. 0. , un arco lumi" 
noso de amarillo rojizo , á través del cual reconocí , con un anteojo de no- 
che , estrellas de 7,^ mag-nitud. Por medio de la constelación Yég-a, que 
se hallaba casi encima del punto culminante del arco , pude determinar 
el azimut de este punto , que era algo mas occidental que el plano verti- 
cal llevado en el sentido de la declinación magnética. La luz polar, que 
iluminaba la región del N. N 0., rechazó la estremidad N. de la aguja, 
porque , en lugar de continuar su moviento hacia el 0. , como el azi- 
mut del arco , la aguja retrocedió hacia el E. Los cambios de declina- 
ción que , en este mes , eran ordinariamente , por la noche , de 2' 27" 
á 3' , se elevaron progresivamente durante la aurora boreal , y |sin gran- 
eles oscilaciones, á 26' 28". La menor declinación se observó en el mo- 
mento en que el fenómeno luminoso fue mas intenso , es decir , á las 
9h 12m . Notamos también que , durante la aurora boreal , la intensidad 
horizontal era de I' 37," 73 por cada 21 oscilaciones. A 21h 60ra , mucho 
tiempo después, por consecuencia, déla desaparición déla aurora, que se 
estinguió completamente a 14h IQm , la intensidad era todavía de 1' 37", 
1 7 para el mismo número de oscilaciones. La temperatura de la habi- 
tación desde donde medimos las oscilaciones de la pequeña aguja era, 
durante la aurora, de 3°, 2 del termómetro centígrado; á 21h 50m , de 2o, 8- 
La intensidad, por consiguiente, habia disminuido algo durante la au- 
rora. La Luna no ofrecia ningún anillo colorado. Véase también Hans_ 
icen, Magnetismus der Erde , p. 439. 

(47) Pag. 140. — Sabine , o?i Days of unusual magnetic Disturbances , 1.* 
parte, p. 18. Véase también Martins, en la Meteorología de Ka3mtz, pá- 
gina 461 : «Bravais deduce , de las observaciones de Laponia , que la in- 
tensidad horizontal disminuye durante el período mas activo del fenóme- 
no de la aurora boreal." 

(48) Pag. 140.— Delesse , sobre la asociación de los Minerales en las Racas 
que tienen potencia magnética elevada (Mein, de la Acad. de Ciencias , t. XXXI, 
1850, p. S06). Véase también Anales de Minos , 4.* serie, t. XV, 1849, 
p. 130. 



— 467 — 

(49) Pag-. 140. — Reich, ueber Gehirg^-und Gcücins-Maqneiismus , en los 
■ Annalen de Poggendorff, t. LXXYII, p. 3.'i. 

(50) Pág-. 141. — Esta cuestión se ag-itó principalmente en 1796. cuan- 
do yo desempeñaba las funciones de Director g'eneral de Minas en Fran- 
conia , y señalaba en el Fichtelg-ebirge , cerca de Gefress, las notables 
propiedades polares de la montaña de serpentina llamada Haidberg' que^ 
en ciertos puntos, influye en la declinación de la aguja , á la distancia 
de 22 pies. (Véase Intelligenz-Blattder allgemeinen Jenaer Litteratur'Zeitung 
diciembre de 1796 , núm. 169 , p. 1447, y marzo de 1797 , núm. 38 , pa- 
gina 323-326 ; Gren' s neues Journal der Physik , t. IV , 1797 , p 136; Ana- 
les de Química, t. XXII, p. 47). Tenia yo crcido que los polos magnéticos 
de la montaña estaban en sentido inverso de los polos terrestres , pero las 
investigaciones de Bischoff y de Goldfuss (Beschreibung des Fichtelgebirges, 
t. I , p. 196) , al confirmar para el año de 1816 la existencia de ejes mag. 
néticos que atraviesan el Haidberg y presentan polos contrarios en las 
vertientes opu estas de la montaña , probaron que la orientación de los 
ejes era diferente de la que yo habia indicado. El Haidberg está formado 
de serpentina de un verde de puerro , una de cuyas partes se trasforma 
en clorita y anfíbol esquistosos. Nosotros hallamos cerca de la aldea de 
Voysaco , en los Andes de Pasto , guijarros de pórfiro arcilloso , y sobre 
el Chimborazo , grupos de traquito de figura de columnata, que, á 3 
pies de distancia, ponían en movimiento á la aguja. Me sorprendió en- 
contrar, en las obsidianas negras y rojas de Quincho , al norte de Quito 
como en las obsidianas verdes del Cerro de las Navajas , en Méjico, grue- 
sos fragmentos con polos claramente determinados. Todas las grandes 
montañas magnéticas del Ural , como elBlagodat, cerca de Kuschwa ,1a 
Missokaja Gora,juntoá Nishne Tagilsk , el Katschkanar , próximo á 
Nishne Turinsk, han surgido del medio de un pórfiro augítico , ó mas 
bien uralitico. En la gran montaña magnética de Blagodat , que he vi- 
sitado en 1829 con Rose, la acción común de las diversas partes polari- 
zantes no han producido al parecer eje magnético determinado. Los polos 
magnéticos están confusamente esparcidos , unos aliado de otros. Ya 
Erman habia hecho la misma observación. (Reise um díe Erde, t. I , pá- 
gina 362). Sóbrela intensidad de la fuerza polar en la serpentina , el ba- 
salto y el traquito , comparada con la cantidad de las partes de hierro 
magnético y de óxido de hierro mezcladas á estas rocas , como también 
sobre el desarrollo de la polaridad por el contacto del aire , fenómeno ya 
observado por Gmelin y Gibbs, pueden consultarse los numerosos é im- 
portantes esperimentos de Zaddach , en sus Beohachiungen über die magne- 
íische PolaHtat des Basaltes und der trachytischen Gesteine , 18ol , p. 56, 65-78 
y 95, Después de haber comparado , en gran número de fragmentos ba- 
sálticos , la polaridad de columnas mucho tiempo aisladas y de pare- 



— 468 — 

des de columnas puestas por primera vez en contacto con la atmós. 
íera , y de haber despojado á alg-unas masas roquizas de la tierra que 
}es rodeaba , empezando por las partes superiores , el Doctor Zaddach 
cree poder deducir (id. p. "i y 80) c^ue la propiedad polar, que 
parece siempre mas intensa al libre contacto de la atmósfera y en una 
roca surcada de quebraduras . se propaga habitualmentc de fuera á den- 
tro y de alto á bajo. Gmelin dice de la gran montaña magnética Ulu-utas- 
se-Tau , en el país de los Baskiros, cerca del Jaik , que las parles espues- 
tas á la luz tienen la mas fuerte intensidad magnética , y que las que 
están prendidas al suelo , ofrecen una fuerza mucho menor (Reise durch Si- 
birien, 1740-1743, t. IV, p. 343). Mi ilustre maestro Werner también se in- 
clinó ala afirmativa, en sus lecciones, á propósito del hierro magnético 
de la Suecia, respecto de la influencia del contacto del aire , que segura- 
mente hace mayor la polaridad y la atracción por un procedimiento dife- 
rente del aumento de oxidación. El coronel Gibbs se espresa en los 
términos siguientes, al tratar de la mina de imán situada cerca de Sucas- 
suny en New- Jersey : «The ore raised from the bottom of Ihe mine has 
no magnetism at first, but acquires it after it has been some time exposed 
to the infiuence of the atmosphére« (on the Connexion o f Magnetism and 
Light , en el American Journal of Science de Silliman, t. I, 1819, p. 89). 
Semejante afirmación engendra el deseo de comprobarla por medio de 
esperimentos exactos. Cuando he señalado el hecho de que no es sola- 
mente la calidad de las pequeñas partos de hierro mezcladas á las rocas, 
sino también su distribución relativa la que obra como resultante , y de- 
termina la intensidad de la fuerza polar, he considerado estas pequeñas 
partes como otros tantos pequeños imanes. Puede consultarse sobre este 
asunto las nuevas ideas espuestas en una Memoria de Melloni, que este 
gran fisico leyó en el mes de Enero de 18o3, ante la Academia real de 
Ñapóles (Esperienze intorno al magnetismoa delle Rocche, Mem. 1, sulla pola- 
rita). La preocupación por tanto tiempo esparcida , particularmente por el 
mar Mediterráneo, de que el frotamiento de una barra de hierro imanta- 
da con una cebolla , ó con solo el aliento del que haya comido cebolla 
basta para debilitar la propiedad directriz del imán, y para desorientar 
al piloto, se encuentra ya mencionada en el comentario de Proclo sobre 
Tolomeo : Procli Diadochi paraphrüsis Ptolem. libri IV de Siderum affectio- 
iiibus , 163;J , p. 20. Véase también Delambre , Historia de la Astronoynía 
antigua, t. II, p. o4o. Es difícil de adivinar el origen de esta preocupa- 
ción popular. 

(1) Pág. 143.— Cosmos, t. 111, p. 34. 

(2) Pág. 144.— /í/., t. I, p. 181-1S3. 

(3) Pág. lín~Td. , t. Iir , p. 38 . 383 y Í28. 



— 469 — 
(4) Pág. 146.— /(/.. 1. 1, p. vn. 

(5) Pág-. U6. — Id. , p. 202 Véase Bertraud-Gesliii , sobre Iü^ rocas lan- 
zadas ¡wr el volcan de cieno del Monte libio , cerca de Sassuolo , en Humboldt, 
Retacion histórica del Viage á las regiones equinociales del Nuevo- Continente, 
1. IIÍ, p. 56«. 

(6) Pág-. 147. — Mallet, en las Transactions of the Royal Irish Academy, 
i. XXÍ , 1818, p. ol-M3; véase también del mismo : First Report on the 
facís of Eartliquake Phcenomena , en el Report of the Meeting oftheBritishAsso- 
ciation for the advancement of Science, held in ISüO, p. 1-89, Manual of scien- 
tific Enquiry for the use of the British Navy , 18 Í9, p. 196-223. Se puede 
también consultar á Hopkins,o/i the geological theories of Elevation and 
Earthquakes , en el Report of the British Assoc. for 1847, p. 33-92. He utili- 
zado iiccuenlemente la crítica severa áque Mallet ha sometido mi trabajo 
anterior en sus preciosas Memorias f/rís/i Transad. , p. 99-101 , y Meeting 
of the British Assoc. held at Edinb., p. 209). 

(7) Pág-. 14".— Young-, Lectures on Natural Philosophy , 1S07, t. I, 
p. 717. 

(8) Pág-. ! 48.— Me reliero en esto á la estadística de que elCorregidor 
de Tacung-a me dio conocimiento en 1802. Seg-un estos datos, la pérdida 
se elevaba á 30 ó 34,000 hombres. Sinembarg-o, veinte años después, 
poco mas ó menos , la ciíra de las víctimas muertas en el acto se redujo á 
una tercera parte. 

(9) Pág. 148— Cos/íí Os-, t. í, p. 193. 

(10*/ Pág. loO. — Hopkins, en el Report of the Meeting o f the British As. 
soc. in 1847 , p. 57 , espresa alg-unas dudas relativamente al efecto pro. 
ducido en el «molten subjacent fluid confined into infernal lakes,» como 
Mallet las ha suscitado sobre: «the subteraneous lava tidal wave, movmg- 
the solid crustabove it.»» (Meeting , in 1850, p. 20). Poisson , con el cual 
he tratado frecuentemente de la hipótesis del flujo y reflujo subterráneos, 
considerados como efecto del Sol y la Luna, no neg-aba esta influencia, 
pero sí la juzg:aba insig-nificante , porque la diferencia del nivel no es en 
plena mar mas que de 14 pulg-adas. Ampere decia por el contrario : «Los 
que admiten la liquidez del núcleo interior de la Tierra parece que no 
han pensado bastante en la acción que ejercería la Luna en esta enorme 
masa líquida : acción de que resultarían mareas análog-as á las de nues- 
tros mares . aunque mucho mas terribles, tanto por su estensioncomo por 
la densidad del líquido. Es difícil de concebir, c<'mio la envuelta de la 
Tierra podria resistir, incesantemente batida por una especie de ariete hi- 
dráulico (?) de 1 ,Í00 leg-uas de long-iíud fAmpere, Teoría de la Tierra, en la 



— 470 — 

Revista de Ambos- Mundos, JLiiio de 1833 , p. 148). No puede dudarse deque 
el interior de la Tierra sea líquido , puesto que las moléculas pernianec en 
móviles, á pesar de la presi'on enorme que soportan ; pero entonces las 
mismas condiciones que producen el flujo y reflujo del Océano en la su- 
perficie de la Tierra se vuelven á encontrar en el interior, y la fuerza 
que causa el flujo , debe disminuir, á medida que se aproxima al centro, 
porque la diferencia de las distancias entre dos puntos opuestos, consi- 
derados con relación á los astros que los atraen , disminuye á medida que 
la profundidad aumenta; lueg-o la fuerza depende únicamente de la dife- 
rencia de las distancias. Si la corteza sólida déla Tierra resiste á la muta- 
ción de la masa líquida , esta masa se limitarcá á ejercer cierta presión 
contra puntos determinados de la corteza terrestre. No habrá, según las 
espresiones de mi amigo el astrónomo Brunnow, mas marea que si el 
Océano tuviera una cubierta de hielo que ningún esfuerzo pudiera rom- 
per. Se calcula el espesor de la corteza sólida de la Tierra según el punto 
de fusión de las diversas especies de rocas y según la ley que regula el, 
aumento del calor , de la superficie en el interior del globo. He establecido 
ya en el primer tomo del Cosmos (p. 25 y 3f)o), la probabilidad de 
que , á una profundidad de poco mas de o millas geográficas (o */io) / se' 
halle un calor capaz de fundir el granito. Beaumont, en su Geologi a T^ubW- 
cada porVogt (1846 , 1. I, p. 32) , representa con corta diferencia por el 
mismo número , 45,000 metros ó 6 millas geográficas , á 7,419 metros por 
milla, el espesor de la corteza sólida de la Tierra. Según los ingeniosos 
esperimentos , tan importantes para el progreso de la Geología, á que se 
hedicó Bischof , sobre la fusión de diferentes minerales, el espesor de las 
capas de la Tierra, no fundidas, seria de 115 á 128,000 pies ó, por término 
medio, de 3 '/g millas geográficas (véase Bischof, Warmelehre des Innern 
unseres Erdkcerpers , p. 286 y 217). Mucho me admira que Hopkins, que 
adopta un límite determinado , y no una transición gradual entre la parte 
sólida de la Tierra y las materias en fusión, llegue á la siguiente conse- 
cuencia; «The thickness of Ihe solid shell cannot be less than about one 
fourth or one fifth (?) of the radius of its external surface.» (Meeting ofthe 
Brit. Asocc. held at Oxford , in 1847 , p. 31). La primera suposición de Cor- 
dier no pasaba , sin embargo , de 14 millas geográficas , sin la corrección 
necesaria por la presión de las capas que aumentan con la profundidad, 
y por las desigualdades hipsométricas de la superficie terrestre. El espesor 
déla parte sólida de la Tierra está probablemente lejos de ser siempre el 
mismo. 

(11) Pág. loO. — Véase Gay-Lussac , Reflexiones sobre los Volcanes, en los 
Anales de Química y de Física, t. 2%, 1823 , p. 418 y 426. El autor , que 
ha observado con Buch y conmigo la gran erupción de lava del Vesubio» 
en Setiembre de 180o, ha sometido las hipótesis químicas á una severa. 



— 471 — 

crítica. Busca la causa de los fenómenos volcánicos en una «afinidad muy 
enérgica y no satisfecha aun entre las sustancias, á la que un contacto 
fortuito les permitía obedecer» ; se muestra en general favorable á la aban- 
donada hipótesis de Davy y de Ampere : «suponiendo que las radicales 
de la sílice , aluminio , cal y hierro estén unidas al cloro en el interior de 
la Tierra," Admite también que , bajo ciertas condiciones , el agua del mar 
penetre en el interior del globo (p. 419 , 420, 423 y 426). Se puede ver, 
respecto de las dificultades de una teoría fundada en la filtración del agua, 
á Hopkins, en el Meeting o/" 1847 , p. 38. 

(12) Pág. 150.— Según los análisis de Boussingault , en los bordes de 
cinco cráteres (Tolima , Puraz , Pasto , Tuqueras y Cumbal) , las vapores 
que exhalan los volcanes de la América del Sur están completamente des- 
provistos de ácido hidroclórico , mientras que este existe en los vapores 
de los volcanes do Italia. Véase Anales de Química, t. 32 , 1833 , p. V y 23. 

(13) Pág. lo'd.— Cosmos , t. I, p. 216. Davy, aun abandonando de la 
manera mas formal la opinión de que las erupcionesjvolcánicas son causa- 
das por el contacto de los metales alcalinos con el aire y el agua , admite, 
sin embargo , que la presencia de metaloides oxidables en el interior de la 
Tierra puede concurrir á determinar los fenómenos volcánicos que han. 
comenzado ya á producirse. 

(14) Pág. 131. — «Atribuyo, dice Boussingault , la mayor parte de los 
temblores de tierra en la Cordillera de los Andes á hundimientos que 
tienen lugar en el interior de estas montañas por el amontonamiento que 
se opera como consecuencia de su levantamiento. El espesor que constitu- 
ye estas cimas gigantescas no ge ha levantado en el estado pastoso , sina 
que dicho levantamiento ha tenido lugar después de la solidificación de 
las rocas. Admito , por consecuencia , que el relieve de los Andes se com- 
pone de fragmentos de todas dimensiones , encajados unos en otros. 
La consolidación de los fragmentos no ha podido ser de tal manera esta- 
ble, desde el principio , que no haya en ellos amontonamientos después 
del levantamiento , que no haya allí movimientos interiores en las masas 
fragmentarias.» (sobre los Temblores de tierra de los Andes, en los Anales de 
Química y de Física , t. o8 , 1833 , p. 84-86). En la narración de su memo- 
rable ascensión al Chimborazo (16 de Diciembre de 1831) , se leen estas 
palabras : «Como el Cotopaxi , el Antisana , el Tunguragua , y en general 
ios volcanes que erizan las mesetas de los Andes, la masa del Chimbora- 
zo está formada por la acumulación de restos traquíticos , amontonados 
sin orden alguno. Estos fragmentos , de un volumen frecuentemente 
enorme, han sido levantados en el estado sólido por fluidos elásticos que 
se han abierto paso en los puntos de menor resistencia; sus ángulos son 
siempre cortantes. >> {Id., p. 176; véase también Humboldt, Misceláneas 



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de Geología y de Física general, t. I, 1834, p. 2 12). La causa de los temblo- 
res de tierra indicada aquí es la que Hopkins, en su teoría analítica de 
ios fenómenos volcánicos, llama: «A shock produced by the falling- of 
the roof of a subterranean cavity " {Meeting of the Brit. Assoc. ai Oxford, 
1S47, p. 82). 

(15) Pág-. 15L— Mallel, Dynamics of Earthquakes,^. 74, 80 y 82; Hop- 
kins, en Meeting at Oxford, p. 74-82. Todo lo que sabemos de las ondas 
de quebrantamiento y de las vibraciones en los cuerpos sólidos demues- 
tra la imposibilidad de sostener las antiguas teorías sobre la propaga- 
ción del movimiento á través de una serie de cavidades. Estas no pue- 
den obrar sino de una manera secundaria en los temblores de tierra, es 
decir, como depósitos abiertos á los vapores y á los g"ases condensados. 
Gay-Lusac dice muy bien (Anales de Química y de Física, t. XXlí, 1823, 
p, 428): « La Tierra, con tantos siglos de antigüedad, conserva aun una 
fuerza intestina, que levanta montañas (en la corteza oxidada), derriba 
ciudades, y agita la masa entera. La mayor parte de las montañas, al 
salir del seno de la Tierra, han debido dejar en ella vastas cavidades, 
que han quedado vacías, á menos que hayan sido ocupadas por el agua 
(y fluidos gaseosos). Sin razón Deluc y muchos geólogos se sirven 
de estos vacíos que imaginan prolongados en largas galerías, para pro- 
pagar á lo lejos los temblores de tierra. Estos fenómenos , tan gran- 
des y tan terribles, son efecto de ondas sonoras muy fuertes, escitadas 
en la masa sólida de la Tierra por una cierta conmo3Íon, que se propaga 
allí con la misma velocidad que el sonido se propagarla. El movimiento 
de un carruaje sobre el empedrado conmueve los mas vastos edificios, 
y se comunica á través de masas considerables, como sucede en las can- 
teras profundas bajo Paris." 

(16) Pág. 151. — Sobre los fenómenos de interferencia en las ondas 
de la Tierra, análogos á los que se producen en las ondas sonoras, véase 
Humboldt, Cosmos, t. f, p. 184, y Misceláneas de Geología y de Física gene- 
ral, t. [, 1854, p. 435. 

(17) Pág. 151. — Mallet, on vorticose shocks and cases of twisting, en 
Meeting of the Brit. Assoc. in 1850, p. 33 y 49, y en el Admiralty Manual, 
p. 213. Véase también el Cosmos, t. I, p. 185. 

(18) Pág. 152.— Boussingault ha visitado los conos de Moya, 19años 
después que yo. «Rara vez acontece que residiendo algunos años en 
los Andes, no se vean erupciones cenagosas, seguidas de temblores de 
tierra, como las de la Moya de Pelileo, que han sepultado aldeas ente- 
ras.» Anales de Química y de Física, i. LVilI, p. 81. Véase también Cosmos, 
t. I, p. 193. 



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(19) Pág-. lo3.— Puede consultarse, sobre Iraslacion de los edificios y 
plantaciones, que fué la consecuencia del temblor de tierra de la Calabria, 
áLyell, Principies ofGeology, t. I, p. 484-Í91. Respecto del medio de sal- 
vación que han suministrado las quiebras en el g-ran temblor de tierra 
de Riobamba, véase Humboldt, Relación histórica, t. II, p. 642. La cer- 
radura de las quiebras está acreditada por el hecho de que, cuando el 
célebre temblor de tierra que tuvo lugar durante el estío de 18oi, en la 
provincia napolitana de la Basilicata, cerca de Melfí, se halló, según 
Ja narración de Sacchi, una gallina cuyas dos patas estaban metidas en 
el suelo. 

(20) Pág. 154.— Cosmos, t. i, p. 184 Hopkins ha demostrado recien- 
temente que las quiebras producidas por los temblores de Tierra son un 
gran auxilio para el estudio de la formación de los filones, y el fenó- 
meno de la renovación de un filón por otro de formación mas reciente. 
Werner, en su Theorie der Gange, publicada en 1791, ha establecido, mu- 
cho tiempo antes de Philips, las relaciones de edad entre la vena cam- 
biada y la que la atraviesa. Véase también Reporl of Ihe Meeling of ihe Brit- 
Assoc. at Oxford, 1847, p. 62. 

(21) Pág. loo, — Véase sobre el sacudimiento simultáneo del calizo 
terciario de Cumana y de Maniquarez, después del gran temblor de 
tierra que destruyó á Cumana, el 14 de diciembre de 1796, á Humboldt, 
Relación histórica, t. I, p. 314; Cosmos, i. I, p, 191, y Mallet, anMeeting of 
íheBrit. Assoc. in 18o0, p. 28. 

(22) Pág, 15o.--Abich, ílher Daghestan, Schagdaghund Gliilan, en Pog- 
gendorff's Annalen, t. LXXVí, 1849, p. 137. Por consecuencia del temblor 
de tierra del 29 de julio de 1846, cuyo círculo de conmoción, que par- 
tió, á lo que se cree, de Saint Goar en el Rin. se sintió á grandes distan- 
cias, el agua salada quellevalfa el fondo de un pozo artesiano situado cer- 
ca de Sassendorfen Westfalia, se aumentó, según medida exacta, uno y 
medio por ciento, probablemente, porque se hablan abierto nuevas fallas 
que dejaron paso á las aguas. Véase Noeggerath, das Erdbehen im Rhein- 
gebiete voia 29 juU 1846, p. 14. Según observación de Charpentier, la 
temperatura de la fuente sulfurosa de Lavey, sobre San Mauricio, á ori- 
llas del Ródano, subió de 31° á 36", 3, durante el temblor de tierra su- 
frido en Suiza, el 2o tle agosto de 18S1. 

(23) Pág. lo6 — En Schemacha, situada á la altura de 2,245 pies, una 
de las estaciones meteorológicas que el príncipe Woronzow ha hecho 
establecer en el Cáucaso bajo la dirección de Abich. el observador ha 
consignado en su Diario diez y ocho temblores de tierra, solo durante el 
año de 1858. 



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(24) Pag:. 136.— Véase Asia central, t. I, p. 324-329; t. lí, p. 108-120, 
y sobre todo mi mapa de las Montañas y Volcanes del Asia, comparado 
con los mapas geognósticos del Cáucaso y de la meseta de Armenia,, 
publicados por Abich, y con el mapa del Asia menor de Tchihatchef, 
1853. Véase también á Rose, Reise nach dem Ural, Altai und liaspischen 
Meere, t. lí, p, 576 y SO?. En otro tiempo escribí en el Asia central: «Del 
Turfan, situado en la pendiente meridional del Thian-schan, hasta el 
archipiélag"o de las Azores, hay 120° de long-itnd; probablemente la faja 
de reacciones volcánicas mas larg-a y mas regular, que oscilando débil- 
mente entre 38 y 40 g-rados de latitud, existe en la Tierra; sobrepuja con 
mucho en estension á la faja volcánica de la Cordillera de los Andes en la 
América meridional. Insisto tanto mas sobre este singular alineamiento de 
aristas, de levantamientos, de quiebras y de propagaciones de conmo- 
ciones, que comprende una tercera parte de la circunferencia de un pa- 
ralelo al ecuador, cuanto que pequeños accidentes de la superficie, la des- 
igual altura y la estension de las arrugas ó agitaciones lineales, como la 
interrupción causada por las cuencas de los mares (concavidad Áralo 
Caspiana, Mediterránea y Atlántica), tienden á señalar los grandes ras- 
gos de la constitución geológica del globo. Este arriesgado trazo de una 
línea de conmoción regularmente prolongada no escluye en ningún 
modo otras líneas según las cuales los movimientos pueden propagarse^ 
igualmente.» Como la ciudad de Khotan y el pais que se halla al S. de 
Thian-schan han sido los mas antiguos y los mas célebres centros del 
budhismo, la literatura búdhica se ha ocupado desde luegooy muy séria- 
?Tiente de las causas de los temblores de tierra (véase Foe-kue-ki ó Rela- 
ción de los reinos hudhicos, trad. de Rémusat, p. 217), Los partidarios de! 
Sákhyamuni señalan ocho, entre las cuales una rueda de acero, de la 
que están suspendidas unas reliquias (s^arira, palabra sánscrita que sig- 
nifica cuerpo), juega el principal papel. — Una esplicacion mecánica para 
un fenómeno dinámico no es mas falta de razón que varios de nuestros 
mitos geológicos y magnéticos á que no se ha renunciado hasta bien 
tarde. Según observación de Klaproth, los Religiosos, y principalmente 
los monjes mendicantes (Bhikchus) han debido tener poder para hacer 
que tiemble la Tierra y poner en movimiento la rueda subterránea. Los 
viajes de Fahian, autor del Foe-kuc-lii, datan de principios del siglo 
quinto. 

(25) Pág. 156.— Curtius, Peloponnesos, 1. 1, p. 42-46. 

(26) Pág. 156. — Lydus, de Osténtis,c. 54, p. 189, ed. Hase. 

(27) Pág. 156.— Cosmos, t. III, p. 578, 

(28) Pág. 156.— Aristóteles, Meteorológica, t. 11, p. 368. 



~ 475 — 

(29) Pág-. lo7. — Leti'onne, la Estatua vocal de Memnon, 1833, p. 23-27 
y 235, 

(30) P%. 157. — Véase Acosta, Viajes científicos á los Andes ecuatoriales^ 
1849, p. 56. 

(31) Pág. 157.— Véase Huinboldt, Cosmos, t. í, p. 186-188 y 407 y 
Relación histórica, t. IV, c. \i, p. 31-38. Hállanse en Report of the Mee- 
ting of the British Assoc. in 1850, p. 41-46, y en Admiralty Manual, 1849, 
p. 201 y 217_, consideraciones teóricas muy profundas de Mallet sobre 
las ondas sonoras á través de la tierra y sobre las ondas sonoras en el 
aire. Ciertos animales, bajo los trópicos, sienten antes que el hombre las 
mas ligeras conmociones del suelo; son estos, seg-un yo mismo he visto: 
las g-allinas, los cochinos, los perros, los asnos y los cocodrilos (Cai- 
manes). Los cocodrilos abandonan instáneamente el lecho do los rios. 

(32) Pág. 158.— Cosmos, t. í, p.l88 y 407. 

(33) Pág-. 159. — Véase Schmidt, en Nceggerrath, ueber das Erdbeben 
vom 29 Juli 1846, p. 28-37. Con la velocidad del temblor de tierra de 
Lisboa, tal como está indicado en el testo, podria darse la vuelta al ecua- 
dor en 45 horas próximamente. Michell (Philos. Transad., t. LI, 2.^ par-^ 
te, p. 572), solo halló para el temblor de tierra del 1.° de noviembre 
de 1755, 50 millas inglesas por minuto, es decir 4,170 pies de París por 
segundo, en lugar de 7,464. Es probable que estas diferencias dependan, 
de la inexactitud de las observaciones antiguas y de la diferencia de las 
vías porque se ha propagado la conmoción. Un pasaje de Proclo, en su 
Comentario sobre el Cratilo de Platón, aclara de una manera notable la^ 
relación que se suponía existir entre Keptuno y los sacudimientos sub- 
terráneos (Cosmos, t. IV, p. 159): "Entre las tres divinidades, la di- 
vinidad intermediaria, Poseidon, es causa de movimiento para todo, 
aun para lo que es inmóvil. Como principio de movimiento, se lla- 
ma Évtoalyaiog. A él lia Correspondido el medio, es decir la mar movible, 
cuando los dioses sortearon el imperio de Kronos. Véase Creuzer, Sym- 
bolik una Mythologie, t. III, 1842, p. 260. La Atlántida de Solón y la 
Lictonia que, según conjeturo, tiene gran relación con esta comarca, no 
representa sino mitos geológicos; además estos dos p-iises, aniquilados 
por los temblores de tierra, se consideran como sometidos á la domina- 
ción de Neptuno y opuestos á los continentes de Saturno. Según Hero- 
doto (1. II, c. 43 y 50), IXeptuno era una divinidad de la Libia, descono- 
cida en Egipto. Sobre estas relaciones diversas, sobre la desaparición 
del lago Tritonis en la Libia, destruido por un temblor de tierra , y so- 
bre la creencia en la rareza en los sacudimientos subterráneos en el 



— 47G — 

valle del Nilo, véase mi Examen rritico de la Geografía del Xuevo Conti- 
nente, t. í, p. 171 y 179. 

(34) Piig". 161. — Las csplosiones del Sangay ó volcaa de Macas se 
sucedían por término medio cada 13'' ,4 (véase Wisse, en las Memoriasde 
la Academia de Ciencias, t. XXXIV, 1853, p. 720). Habria podido citar 
también como ejemplo de conmociones circunscritas á un pequeño espa- 
cio, la ÚXarracion del conde Larderel sobre los Lagoni de Toscana. Los 
vapores que contienen boro ó ácido bórico anuncian su presencia y su 
inminente erupción á través de las quebraduras, sacudiendo las rocas 
cercanas. Véase la Memoria de Larderel, sobre los Establecimientos indus- 
triales de la producción de ácido borácico en Toscana, 1852, p. 15. 

(35) Pág-. 162. — Me felicito de poder citar, en apoyo délo que he tra- 
tado de desenvolver en el testo, una autoridad respetable. «En los An- 
des, dice Boussing-ault (Anales de Química y de Física, t. LVIIl, 1835, 
p. 83), la oscilación del suelo, debida á inia erupción de volcanes, es, por 
decirlo así, local, mientras que el temblor de tierra, que en apariencia 
al menos, no está lig-ado á erupción alg-una volcánica, se propag^a á 
distancias increíbles. En este caso, háse observado que las sacudidas se- 
guían con preferencia la dirección de las cordilleras, y se han sentido 
principalmente en los terrenos alpinos. La frecuencia de los movimien- 
tos en el suelo de los Andes, y la poca coincidencia que se nota entre 
estos movimientos y las erupciones volcánicas, deben necesariamente 
hacer presumir que en la mayor parte de los casos, los produce una causa 
independiente de los volcanes. n 

(36) Pág-. 163. — La serie de los g^randes acontecimientos naturales que 
han tenido lug-ar en los años de 1796 y 1797, 1811 y 1812, es la sig-uiente: 

27 de setiembre de 1796: Erupción del volcan de la Guadalupe, en 
las pequeñas Antillas, después de un reposo de muchos años. 

Noviembre de 1796: £1 volcan situado en la meseta de Pasto, entre 
los rios Guaytara y Juanambu, se enciende y comienza á humear sin 
interrupción. 

14 de diciembre de* 1796: Temblor de tierra y destrucción de la ciu- 
dad de Cu mana. 

4 de febrero de 1797: Temblor de tierra y destrucción de Riobamba. 
En la misma mañana, desapareció para siempre la columna de humo del 
volcan de Pasto, situado á 48 millas g-eog-ráficas de Riobamba, sin que 
ninguna conmoción se sintiera en los alrededores del volcan. 

30 de enero de 1811: Primera aparición de la isla Sabrina en el gru- 
po de las Azores, cerca de la isla de San Miguel. El levantamiento de 
esta isla, como el de la isleta Kameni (Santorin) y el del volcan del Jo- 
rullo, precedió á la erupción inflamada. Después de una erupción de 



— 477 — 

escorias que duró 6 dias, la isla se elevó á 300 pies sobre el mar. Era 
esta la tercera vez que reaparecía á intervalos de 91 á 92 años, y siempre; 
cerca del mismo lug'ar. 

Mayo de 1811: Mas de 200 sacudidas subterráneas en la isla de San 
Vicente, hasta oí mes de abril de 1812. 

Diciembre de 1811: Innumerables sacudidas subterráneas en los va- 
lles del Ohio, del Misisipí y del Arcansas hasta 1813. Entre Neu-Madrid, 
Little-Prairie y la Salina al N. de Cincinati, los temblores de tierra se 
sucedieron casi á cada hora, durante muchos meses. 

Diciembre de 1811: Sacudida aislada en Caracas. 

26 de marzo de 1812: Temblor de tierra y destrucción de la ciudad 
de Caracas. El círculo de conmoción se estendió hasta mas allá de Santa 
Marta, de la ciudad de Honda y de la alta llanura de Bog-otá, á 135 mi- 
llas de Caracas. El movimiento duró hasta mediados del año 1813. 

30 de abril de 1812 : Erupción del volcan de S. Álcente. El mismo 
dia, á las 2 de la mañana, se sintió gran ruido subterráneo, semejante á 
una descarga de artillería, que resonó con la misma intensidad en las. 
costas de Caracas, en los Llanos de Calabozo y del Rio Apures, sin ir 
acompañado de ningún sacudimiento subterráneo Este ruido se oyó 
igualmente en la isla de San Vicente; siendo muy notable que pareciera 
mas fuerte á alguna distancia sobre el mar. 

(37) Pág. 166. — Humboldt, Viaje á las regiones equinocciales , t. ÍI, 
p. 376. 

(38) Pag. 166. — A ñn de que se pueda comparar la temperatura de 
las fuentes, bajo los trópicos, en el momento en que surjen de las capas 
de la Tierra, con la de los rios que corren á cielo descubierto, extracto 
de mis Diarios de Viaje los números medios que siguen: 

Rio Apures: latitud 7°, 4o,'; temperatura 27^,2. 

Orinoco: latitud entre 4 y 8grados; temperatura 27", 3 á 29°, 6. 

Fuentes que en el bosque surjen de rocas de granito, cerca de la ca- 
tarata de Maypures, 27°, 8, 

Cassiquiara, brazo del Orinoco superior que forma la unión con el 
rio de las Amazonas: 24^,3 solamente. 

Rio Negro, sobre San Carlos: latitud boreal 1*^,53/ todo lo mas; tem- 
peratura 23°, 8 solamente. 

Rio Atabapo: latitud 3°,50'; temperatura 26°,2. 

Orinoco , cerca del sitio donde recibe el Atabapo: 27", 8. 

Rio Grande de la Magdalena: latitud de 5°,12' á 9°, 56', temperatu- 
ra 26°,6. 

Rio de las Amazonas, en frente del Pongo de Rentema, en la pro- 
vincia de Jaén de Bracamoros : latitud austral , S° 31^ ; altura sobre el 
mar del Sur. unos 1 200 pies; temparalara , 22°, o solamente. 



- 478 — 

La temperatura de la g-ran masa de agua del Orinoco se aproxima por 
consecuencia ala temperatura media del aire circundante. Al inundar á 
lo lejos las sábanas, sus aguas amarillentas, que exhalan el olor del 
liidrógeno sulfurado, se calientan hasta 38°,8; esta temperatura es la que 
li alié en la Lagartera, llena de cocodrilos, que se encuentra al E. de 
Guayaquil. El suelo , cubierto por las aguas , recibe^ como en los rios 
poco profundos, el calor que irradia del Sol. — Sobre las diversas causas 
que mantienen la temperatura mas baja en las aguas del Rio Negro , co- 
loreadas, al reflejo de la luz, del tinte oscuro del café, y en las aguas 
blancas del Cassiquiara , cuyas causas son : un cielo siempre cubierto, 
lluvias abundantes , los vapores que exhalan espesos bosques , la falta de 
llanuras de arena ardiente en las orillas, véase mi Relación histórica, 
t. II, p. 463 y 509. He observado que la temperatura del Rio Guanea- 
bamba ó Chamaya, que deseaiboca en el de las Amazonas, cerca de*^ 
Pongo de Rentema , no pasaba de 19°, 8 , lo cual proviene de que las 
aguas descienden con grandísima rapidez del lago de Simicocha , si- 
tuado á gran altura sobre la Cordillera. Durante los 52 dias que he em- 
.pleado en subir el rio de la Magdalena , desde Mahates hasta Honda , he 
reconocido claramente, después de observaciones reiteradas, que la ele- 
vación de la superficie del agua se anuncia muchas horas antes por el 
descenso de la temperatura del rio. El enfriamiento se opera antes que 
las aguas frias de las montañas bajen de los Páramos vecinos. El calor y 
el agua se mueven , por decirlo. así , en sentido opuesto , y con velocidad 
muy desigual. Cuando vimos cerca de Badillas , subir el nivel de las 
-aguas de improviso , la temperatura habia descendido mucho tiempo 
antes de 27° á 23°^5. Durante la noche , cuando se ha acampado con los 
bagajes en una isla de arena poco elevada , ó á orillas del rio , una crecida 
súbita (avenida) puede ser peligrosa; conviene estar prevenid© á tiempo 
por algún signo precursor. — Creo deber recordar que siempre que lo con- 
trario no se especifique , los grados de temperatura indicados en esta obra 
son los del termómetro centígrado. 

(39) Pág. 166. — Véase Buch , Physicalische Beschreibüng der Canaris- 
chen Iiiseln , p. 8 ; Poggendorff's^, Annalen , t. XII , p. 403 ; Biblioteca bri- 
Mnica (ciencias y artes), t. XIX, 1802, p. 263; Wahlenberg, de Veget. et 
Clim. in Helvetia septentrionali observatis , p. lxxviii et lxxxiv , y Flora 
Carpathica , p. xciv , y en Gilbert's Annalen , t. XLI , p. lio ; Humboldt, 
en las Memorias de la Sociedad de Arcueil , t. 111, 1817, p. o09; véase 
también Misceláneas de Geología y de Física general, t. I, p. 305 y si- 
guientes. 

(40) Pág. 166. — Véase de Gasparin , en la Biblioteca universal (cien- 
cias y artes), t. XXXVill . 1828, p. 54, 113 y 264; Memorias de la So- 



— 479 — 

cicdad central de Agricultura , 1S26, p, 178; Schouw, Cuadro del clima y de 
la vegetación de Italia, t. I, 1839 . p. l33-19o; Thurmann , sobre la Tem- 
peratura de las fuentes del Jura , comparada con la de las fuentes de la llanura 
suiza de los Alpes y los Vosgos , en el Anuario meteorológ. de Francia, 1830, 
p. 258-268. — Gasparin divide la Europa , bajo el respecto de la frecuen- 
cia de las lluvias de estío y de otoño , en dos reg-iones. Se hallarán nn- 
jiierosos materiales sobre este asunto en Kaemtz , Lehrbuch der Mefeorolo- 
gie, t. I , p. 448-506 y en el cap. IIl de la traduc. franc. Según Dove 
{Pog-g-endorff* s Annalen , t. XXXV, p. 376) , los máximos de las curvas 
de la mayor cantidad de lluvia mensual caen , en Italia , en los meses de 
marzo y de noviembre en los lugares resguardados al N. por una cordi- 
llera; en abril y en octubre en los que tienen por el contrario las monta- 
rías al S. Puede resumirse asi, de una manera general, el conjunto délas 
relaciones meteorológicas concernientes á la lluvia en la zona templada. 
El período de las lluvias de invierno en la región intertropical se separa 
mas y mas , á medida que nos alejamos de esta zona , en dos máximos li- 
gados entre sí por lluvias menos abundantes , y que se reúnen de nuevo 
en Alemania , para formar un máximum de estío , de donde resulta que 
en esta comarca el período sin lluvia cesa completamente de existir. Véa- 
se á este respecto el capítulo Geothermik , en la escalente obra de Naumann: 
Lehrbuch der Geognosie , t. 1 , 1850 , p, 41-73. 

(41) Pág. 167.— Cosmos, t. IV, p. 42. 

(42) Pág. 169.— Cosmos, 1. 1 , p. 158 y 394 (39) , t. IV, p. 38. 

(43) Pág. 169.— Cosmos, t. IV, p. 33. 

(44) Pag. 170.— Mina de Guadalupe , una de las Minas de Chota , idem, 
pág. 47. 

(45) Pág. 170. — Humboldt , Cuadros de la naturaleza , t. II, p. 213, de 
la traducción francesa publicada por Gide. 

(46) Pág. 170.— Esta mina se halla situada sobre el gran Fleuss, en el 
IVÍoU-Thal de los montes Tauern. Véase Hermann y Schlagintweit : Un^ 
tersuch uéber die physicalische Geographieder Alpen , 1850 , p. 242-273. 

(47) Pág. 171. — Hermann y Schlagintweit : ilfoníe-Bosa , 1853, c. VI, 
p. 212-225. 

(48) Pág. l73. — Humboldt , iWisce/óneas de Geolog. y de Física general f 
t. I , p. 156 y siguientes de la traducción francesa. 

(49) Pág. 173.— Jd.,p. 159y215, 

(50) Pág. 175. — No puedo participar en este punto de la opinión de un 



— 480 — 

físico amigo mió , autor de escelentes trabajos sobre la distribacioii del 
calor terrestre. Véase sobre las causas que producen los manantiales ca- 
lientes de Louéche y de Warmbrunn, Bischof , Lehrbuch der chemischen 
und physicalischen Geologie, t, I , p. |127-133. 

(51) Pág-, 176. — Scrbre este pasaje hallado porDareaude laMalle, véase 
♦.•I Cosmos, t. I, p.*20l, 202 y íl3(nota9) : «Est autem,dice san Patricio, 
et supra íirmamentum coeli et subter terram ignis atque aqua , el quce sii- 
praterram est aqua , coacta in unum , appellationem marium ; quíe vero 
intra, abyssorum suscepit : ex quibus ad generis humani usus in terram 
velut siphones quídam emittuntur et scalnriunt. Ex iisdem quoque et 
thernicB existunt; quarum qute ab igne absuut longius, provida boni Dci 
erga nos mente , frigidiores ; quic vevo propius admodum , ferüentesñ\i\int. 
Tn quibusdam ctiam locis et tepidrc aquse reperiuntur , prout majore ab 
jgne intervallo sunt disjunctíe.» (Ada primor um Martiyrum , opera et stu- 
dio Theodorici Ruinart , Amslelodami , 1713, p. 3o5. Según otra narra- 
ción (A. S, Mazochii in mtus marmoreum sancke NeapoUtatuv Eclesice Kalen- 
darium Commentarius , t. lí , Neapolí, 1744, p. 3So) , S. Patricio desen- 
volvía con corta diferencia la misma teoría del calor de la Tierra delante 
de Julius Consularis ; pero al fin del discurso, el infierno frío está con mas 
claridad designado : uNam quee longius ab igne subterráneo absunt , Del 
optimi providentia , frigidiores erumpunt. At quse propiores igni su»t, ab 
eo fervefactse , inlolerabili calore prseditce promuntur foras. Suntet alicubi 
tepidcC, quippe non parum sed longiascnleab eo igiicremolse, Atqui lile 
infernus ignis impiarum est animarum carnificina ; non secus ac subter- 
raneus frigidissimus gurges , inglaciei glebas concretas, qui Tartarus 
nuncupatur." El nombre árabe hammán eZ-en/" significa "baños de nariz,» y 
está sacado , como Temple hizo ya observar , de la forma de un promon- 
torio cercano , no del influjo sanitario que sus aguas termales ejercen en 
las enfermedades de la nariz. Las palabras árabes han sido alteradas di- 
versamente ; indistintamente se las ha interpretado de este modo: ham- 
mam el Enfú Lif, Eínmame/í/" (Peyssonel) ; /í(iíame/^■/"(Desfontaines). Gum- 
precht, die Míneralqueilen auf dem Festlande van África , 1851 ,p. 140-144, 

(52) Pág. 177. — Humbolát , Ensayo politico sobre la Nueva-España , se- 
gunda edic, t. III . 1827, p. 190. 

(53) Pág. 177. — Relación histórica del viaje á las regiones equinocciales, 
t. 11 , p. 98 ; Cosmos , t. I , p. 199 y 200. Los manantiales calientes de Carls- 
bad deben igualmente su origen al granito. Véase Buch, en Poggen- 
d.orff' s Annalen, t. XII, p. 416. Exactamente sucede en dichos manan- 
tiales lo que en los de Momay que surgen de cerca de Changokhang , en 
el Tibet', á 15 000 pies sobre el nivel del mar , con una temperatura de 
46°, y que ha visitado Uooker (Himalayan Journah, t. II, p. 133. 



— 481 — 

(54) Pag-. 177. — B ouss'mg a.\i\l , Consideraciones sobre las Aguas termales 
de las Cordilleras, en los Anales de Química y de Física , t. 52 , 1833 , pa- 
ginas 188-190. 

(55) Pág-. 178. — Newbold , onthe temperaiure of íhe wclls and rivers in 
india and Egypt. en las Philosoph. Transactions for 1845 , l/''part. p. 127, 

(56) Pág. 179. — Véase Sartorius von Waltershauscn , Physisch-geo' 
graphische Skizze von Island , mié besonderer Rucksicht auf vulhanische Ers- 
eheinungen , 1847 , p. 128-132 : Bunsen y üescloiscaux ^ en las Memorias 
déla Academia de Ciencias, t. XXIII, 1846, p. 935; Bunsen, en los 
Annalen der Chemie und Pharmacie, i. LXII, 1847 , p. 27-45. Lottin y Ro- 
bert habían observado ya que la temperatura del sallador de agua del 
Geyser disminuye de abajo arriba. Uno de los cuarenta manantiales silí- 
ceos que surgen del suelo, en los alrededores del gran Geyser y deStrokkr, 
se llama el pequeño Geyser. Su saltador no se eleva mas de 20 á 30 pies. 
La palabra kochbrunnen (fuente abrasadora) está formada por analogía de 
la palabra geyser , que probablemente se refiere á la palabra giosa (cocer). 
Seg-un la narración de Csoma de Karoes, hállase también en la meseta 
del Tibet, cerca del lago alpino Mapham , un geyser, cuyo saltador es de 
12 pies. 

(57) Pág-. 179. — De 1 000 partes de agua de las fuentes de Gastein, 
Trommsdorf no halló mas que 0,303 de residuo; Loewig-, en las dé 
Pfcffers, 0,291 : Longchamp , en las de Luxeuil , solo 0,236; mientras 
que en 1 000 partes del agua de fuente ordinaria de Berna, se cuen- 
ta 0,478; en las aguas do Carlsbad , 5,459, en Wiesbade , hasta 
7,454. Véase Sluder , Plnjsikal Geographie und Geologie , 2.^ edición , 1847, 
c. I,p. 92. 

(58) Pág-. 180. — Las aguas calientes que brotan del granito de la Cor- 
dillera del litoral de Venezuela son casi puras, y no encierran mas que 
nna pequeña cantidad de sílice en disolución , [y g-as ácido hidrosulfúri- 
co , mezclado con un poco de gas ázoe. Su composición ^es idéntica á la 
que resultarla de la acción del agua sobre el sulfato de silicio (Anales de 
Química y de Física , t. Lil , 1833 , p. 189). Sobre la gran cantidad de ázoe 
mezclado en el manantial caliente de Orense , que señala 68° , véase Ma- 
ría Rubio , Tratado de las fuentes minerales de España , 1853 , p. 331. 

(59) Pág. ISO.— Sartorius de Waltershauscn, Skizze von Island, pá- 
gina 125. 

(60) Pag. 180. — £1 sabio químico Morecliini , de Roma, habla eva- 
luado en 0,40 el oxígeno contenido en el manantial de Nocera, situado á 



— 482 — 

2 100 pies sobre el nivel de^ mar; Gay-Lussac no hailó el 20 de setiem- 
bre de 180a, sino 0,299. Junios encontramos, en las aguas pluviales, 
0,31 de oxígeno. Sobre el ázoe, mezclado con las aguas aciduladas de 
Tíéris y de Bourbon-1' Archambault , pueden consultarse los trabajos 
de Ang-lade y de Longchamp (1834) ; y sobre las exhalaciones de ácido 
carbónico en general , las escelentes investigaciones de Bischof, en su 
€hemische Geologie, t. I , p. 243-350. 

(61) Pág. 181. — Véase Bunsen, en Poggendorff's i mia/e«, t. LXXXIIl, 
p. 257 ; Biscliof , Geología, t. I, p. 271. 

(62) Pág. 181. — Véase el Examen de las Fuentes sulfurosas de Aquis- 
g-ram , por Liebig y Bunsen , inserto en los Annalen der Chemie und Phar- 
■macie (t. 79 , 1851 , p. 101). En los análisis químicos de fuentes minerales 
que contienen sulfuro de sodio , se denuncia frecuentemente carbonato 
de sosa é hidrógeno sulfurado , cuando en realidad se encuentra allí un 
escedente de ácido carbónico. 

(63) Pág. 181. — Una de estas cascadas se halla representada en mis 
Vistas de las Cordilleras (lám. 30). Sobre el análisis de las aguas del Rio 
Vinagre , véase Boussingault, en los Anales de Química y de Física , 2. ^se- 
rie , t. LlI , 1833 , p. 397 , y Dumas , id. , 3.» serie , t. XVÍÍI , 1846, p. 303. 
Se encontrarán detalles sobre la fuente que sale del Páramo de Ruiz . en 
Joaquín Acosta , Viajes científicos á los Andes ecuatoriales , 18í9 , p. 89. 

(64) Pág. 182. — Los ejemplos de cambios de temperatura sobreveve- 
nidos en las termas de Mariara y de las Trincheras motivan el problema 
de si las aguas del Styx, cuya fuente casi inaccesible está escondida en 
Arcadia, en la comarca salvaje de los montes Aroanianos , cerca de No- 
nakris, en el territorio de Feneos , han perdido algo de su propiedad 
nociva por cambios sobrevenidos en las quiebras subterráneas que les 
.•servían de conductos , ó si eran funestas á los viajeros únicamente de 
tiempo en tiempo , y por razón de su frío glacial. Quizá no deben su 
mala reputación , conservada hasta entre los actuales habitantes de la 
Arcadia, sino á la horrible soledad del país, y al mito según el cual 
íraian dichas aguas origen del Tártaro. El joven y sabio filólogo Schwab, 
ha llegado con mucho trabajo, hace algunos años, hasta la roca á pico 
de donde la fuente cae gota á gota , absolutamente igual hoy á como la 
representan Homero , Hesiodo y Herodoto, habiendo bebido de esta agua 
«scesivamente fría , pero de gusto muy puro , sin sentir el menor males- 
tar. Véase Schwab , Arkadien, seine Nafur und Geschichte , 1832 . p. lo-20. 
Asegurábase , en la antigüedad, que el frió de las aguas del Styx que- 
braba todos los vasos, y que no podían estar contenidas mas que en cascos 
de asno. Cierto es que las leyendas del Styx se remontan á una 



— 483 — 

gran antigüedad ; pero el rumor de sus cualidades venenosas solo en 
íiempo de Aristóleles aparece esparcido generalmente. Seg-un el testimo- 
MÍo de Antíg-ono de Carysto (Hisl. Mtrab. § ITí) , fueron descritas 
detalladamente en un libro de Teofrasto , que no ha llegado hasta nos- 
otros. Plutarco y Arriano han refutado la calumnia del envenena- 
miento de Alejandro con agua de Styx , que Aristóleles habia hecho lle- 
gar á Casandro por- medio de Antipater, fábula esparcida por Vitruvio, 
Justino y Quinto-Curcio , sin que el Estagirita aparezca nombrado. Véase 
Stahr, Aristofelia, l.^ parte, 1830, p. 137-1 40. Plinio (1. XXX, c. 53) dice 
en términos algo ambiguos: «Magna Aristolelis infamia escogitum.» Véa- 
se Curtius; Peloponnesos , 1851 , t. I , p. 194-196 y 212 ; Saint-Croix , Exa- 
men critico de los antiguos historiadores de Alejandro, p. 496. La obra de 
■Fiedler ('Be¿se durch Griechenland, t. I, p. 400) contiene un dibujo que re- 
presenta la cascada del Styx , vista á lo lejos. 

(65) Pág. 183. — «Parajes metalíferos muy importantes, los mas nu- 
merosos quizá, se han formado al parecer por via de disolución , y los 
filones concrecionados no son sino inmensas canales mas ó menos obs- 
truidas , recorridas en otro tiempo por aguas termales incrustantes. La 
composición de muchos minerales que se encuentran en aquellos sitios, 
210 supone siempre condiciones ó agentes distintos de las causas actuales. 
Los dos elementos principales de las fuentes termales mas estendidas , los 
súlfuros y los carbonatos alcalinos , me han bastado para reproducir ar- 
tificialmente , por medio de síntesis muy simples, veinte y nueve especies 
minerales distintas, casi todas cristalizadas, pertenecientes á los metales 
nativos (plata, cobre y arsénico nativos) ; al cuarzo, al hierro oligisto, 
al hierro , níquel , zinc y manganeso carbonatado ; al sulfato de barita, 
á la pirita , malaquita , pirita cobriza ; al cobre sulfurado , á la plata roja, 
arsenical y antimonial... Xos aproximamos lo mas posible á los procedi- 
mientos de la naturaleza , cuando llegamos á reproducir los minerales 
en sus condiciones de natural asociación , por medio de los agentes quí- 
micos mas esparcidos , é imitando los fenómenos que vemos todavía 
realizarse en los focos donde la creación mineral ha concentrado los 
restos de la actividad que desplegaba otras veces con mayor ener- 
gía.» (Senarmont, so6re /a formación délos minerales for la via húmeda. 
€n \os Anales de Química y de Física, 3.^ serie, t. XXXIl, l851, p. 234). 
Véase también Beaumont, sobre las emanaciones volcánicas y metaliferas, en 
^\ Boletín de la Sociedad geológica de Francia , 2.^ serie , t. XV , p. 1 29. 

(66) Pág. 183. — Para determinar la diferencia que existe entre la tem- 
peratura media de las fuentes y la del aire , el doctor Hallmann ha obser- 
vado en Marienberg , cerca de Boppard . sobre el Rin, la temperatura 
del aire, la altura de las lluvias y la temperatura de siete fuentes distin- 



— 484 — 

tas. Sus observaciones, que duraron cinco años, desde 1.'' de diciembre 
de 1845 al 30 de noviembre de 1S50, han venido á serla base de un nue- 
vo trabajo sobre las relaciones termométricas délas fuentes. .tLas fuentes 
cuya temperatura es absoloíamente constante , es decir , las fuentes 
puramente geológ-icas , no están comprendidas en él, solo abraza todas 
aquellas que esperimenlan al^un cambio de temperatura en el curso 
del año. 

Las fuentes de temperatura variable se dividen en dos grupos natu- 
rales: 

1.° Las fuentes puramente meteorológicas , es decir , aquellas en que 
puede probarse que la temperatura media no se aumenta por el calor de 
la Tierra. La diferencia de la temperatura media de estas fuentes con la 
del aire depende del modo con que están repartidas las lluvias en los 
doce meses del año. Si la lluvia que cae durante los cuatro meses frios, 
desde diciembre hasta marzo, escede un tercio (33 Vs Por ^00) de la can- 
tidad de lluvia anual , la temperatura media de las fuentes meteorológicas 
es menos elevada que la del aire. Si . por el contrario , cae en los cuatro 
meses cálidos . de julio á octubre , mas de un tercio de la lluvia anual, la 
temperatura media de estas fuentes será superior á la del aire. La dife- 
rencia en mas ó en menos entre la temperatura media de las t uentes y la del 
aire será tanto mayor cuanto mayor también sea el escedente de lluvia en 
los cuatro meses de calor ó en los cuatro meses de frió. Se llaman fuentes 
meteorológicas áe media ej:ada aquellas cuya temperatura media, coni-- 
parada con la del aire, da una diferencia normal, es decir, la mayor po- 
sible , según la cantidad de lluvia anual; aquellas , por el contrario, en 
que esta diferencia se aminora por la influencia perturbadora de la tem- 
peratura atmosférica, durante las partes del año que pasan sin lluvia, se 
denominan puramente meteorológicas de media aproximada. La operación, 
por la cual se mide la temperatura de las aguas á la estremidad del con- 
ducto que las lleva, ó el espacio que recorren por la superficie de la tier- 
ra y la delgadez desús hilos son las circunstancias en cuya virtud la 
temperatura media de las fuentes y la del aire se aproxim.an. La dife- 
rencia entre esta temperatura de las fuentes y del aire es la- misma en el 
curso de un año para todas las puramente meteorológicas, pero m¿- 
nor en las fuentes demedia aproximada que en las fuentes de media 
exacta; siendo tanto menor cuanto mayor ha sido la influencia per- 
turbadora del calor atmosférico. Entre las fuentes de Marienberg, cua- 
tro pertenecen al grupo de las fuentes puramente meteorológicas : una de 
ellas tiene una temperatura media exacta; las otras tres tienen tempera- 
turas medias aproximadas en diversos grados. Durante los doce primeros 
meses de observaciones, hubo esceso do lluvia en el tercio frió del año, y 
las cuatro fuentes fueron por término medio mas frías que el aire. Por el 
contrario, en todos los siguientes, las lluvias se presentaron reía- 



— 48.-) — 

livaiiicnle mas aban laníos en el tercio mas cálido del año , y las tempe- 
raturas medias anuales do las cuatro fuentes se hallaron mas elevadas 
que la del aire. La diferencia en mas era tanto mayor cuanto mayor era 
también el osccso délas lluvias. 

La cxaclilud de la opinión emitida por Bucli en 1852 , de que La dife- 
rencia entre la temperatura media de las fuentes y la del aire depende 
de la distribución de las lluvias en el curso del año , se demostró por las 
observaciones de Hallmann, al menos por las que hizo en Marienberg en 
Li g-rauwaca del Rin. Las fuentes puramente meteorológ-icas de tempe- 
ratura media exacta solo tienen valor para la climatologia científica. 
Interesa buscar estas fuentes por todas partes, y disting-uir las de un lado, 
délas fuentes puramente meteorológ-icas de temperatura media aproxi- 
mada; do otro, de las fuentes meteorológ-ico-sreológicas. 

2.° Fuentes nietoorológ-ico-geológicas , es decir , fuentes en cuya tem- 
peratura se puedo reconocer la influencia que produce el calor de la Tier- 
ra. La temperatura media anual de estas fuentes es siempre nvas elevada 
que la del aire, sea cual fuere la distribución de las lluvias. Los cambios 
de temperatura que esperimenlau en el curso de un año los causa el ter- 
reno que atraviesan. La cantidad en que la temperatura media de una 
fuente meteorológ-ico-g-eológica escede ala del aire depende de la profun- 
didad á que han descendido las aguas meteorológicas en el interior siem- 
pre templado de la tierra, antes de reaparecer bajo la formado fuente. Esta 
diferencia carece, por consiguiente, de todo interés climatológ'ico. Es 
importante, sin embargo, para el meteorólog"o conocer estas fuentes, 
para no confundirlas con las puramente meteorológ-icas. La temperatura 
de las fuentes meleorologico-geológicas puede también aproximarse á la 
media del aire por los conductos que la llevan al punto en que su calor está 
medido. Las fuentes han sido examinadas en dias fijos, cuatro ó cinco ve- 
ces por mes, y se ha tomado cuidadosamente en consideración la altura 
sobre el nivel del mar del paraje donde se medía la temperatura atmosfé- 
rica, y la altura de cada una do las fuentes." 

Después de haber comparado y discutido sus observaciones sobre las 
fuentes de Marienberg, el doctor Hallmann fue á pasar el invierno de 1852 
á 1853 en Italia , donde halló en los Apeninos, al lado de las luentes or- 
dinarias , fuentes de un frió anormal, como llama á las que traen mani- 
fiestamente el frió de los puntos mas elevados. Estas fuentes pueden con- 
siderarse como derramamientos subterráneos de lag-os situados en alto y 
espuestos al aire libre , ó bien como grandes masas de agua subterráneas 
que se precipitan con g-ran velocidad, á través de las fisuras y las quie- 
bras, para salir violentamente bajo la forma do fuente del pie de las mon- 
tañas. Es necesario, pues, entender por fuentes de frió anormal , las de- 
masiado frias para la altura á que se abren paso , ó , si se quiere' precisar 
mas estas relacione? , las que i)rotan d»^ un sitio de la montaña muy 



— 486 — 

poco elevado , en atención á su baja temperatura. Estas ideas, espresa- 
das eu el primer lomo de la obra de Hallmann , titulada ; Tempera-- 
iurverkaltnisse der Quellen , han sido modificadas por el autor en el 2 ° to- 
mo , p. 181-183 , porque todas las fuentes meleorológ-ieas , por aproxima- 
das que estén a la superficie de la tierra , contienen una parte de calor 
terrestre. 

(67) Pág-. 186,— Humboldt , Asia Central, t. II , p. 58. Sobre la proba- 
bilidad de la conjetura de que el Cáucaso , que, en ¡as cinco sétimas par- 
tes de su longitud , corre entre el Kasbeg-h y el Elburuz , del E. S. E. al 
O. N. 0., bajo el paralelo medio de 42° 50', es la continuación de la falla: 
volcánica del Asferah (Aktag-h), y del Tian-schan, véase id., p. o 4-61. Las 
doscadenas del Asferah y del Thian-schan oscilan entre los paralelos de 
40°60' y 43°. La gran depresión aralo-caspia , cuya superficie , según los 
exactos cálculos de Struve, escede en 1680 millas geográficas cuadradas 
al área de toda la Francia {id. p. 309-312) , es , á mi ver , mas antigua 
que los levantamientos del Altai y del Thian-schan. La falla de levanta- 
miento de esta última cordillera no se ha prolongado á través de esta 
vasta depresión ; únicamente se encuentra al 0. del mar Caspio, con al- 
gún cambio de dirección y bajo el nombre de Cordillera del Cáucaso,. 
pero con los mismos fenómenos volcánicos y traquíticos. Esta conexión, 
geognóstica ha sido reconocida por Abich y confirmada por observacio- 
nes muy importantes. En un trabajo sobre la relación del Tian-schan y 
del Cáucaso, que me envió aquel gran gegnosla, se dice terminantemente: 
«La frecuencia y el predominio decidido de un sistema de líneas para- 
lelas de dislocación y de levantamiento , repartido por toda la comarca 
comprendida entre el Ponto-Euxino y el mar Caspio . casi en la dirección 
de E. á O. , determina del modo mas sorprendente el eje medio de las 
grandes cordilleras latitudinales del Asia central , entre los sistemas del 
Kosynrt y del Bolor y el istmo Caucásico. El Cáucaso, cuya dirección 
media va de S. E. á N, E. , pasa , en la parte central de la Cordillera, del 
E. S.E. al 0. N. 0. ; y aun algunas veces toma libremente la dirección 
de E. á O , como el Thian-schan. Las líneas de levantamiento que unen 
el Ararat con las montañas traquíticas de Dzerlydagh y de Kargabasar, 
cerca de Erzerum , y cuyas partes meridionales llevan al Argaeo , el 
Sepandagh y el Sabalan sobre un mismo paralelo , confirman de la ma- 
nera mas seria la existencia de un eje volcánico medio , es decir , de la 
prolongación occidental del Thian-schan por el Cáucaso. Otras muchas- 
cordilleras , que parlen del Asia Central, se reúnen en esta notable co- 
marca , y confundiendo sus masas , forman fuertes nudos de montañas y 
máximos de levantamientos terrestres. 

Plinio dice (1. VI , c. 17): "Persse apeliavere Caucasum monteni 
Graucasim (var. Graucasum , Groucasim, Grocasum) hoc estnive candi- 



— 487 — 

dum." En este nombre , creía Bohlen reconocer los sánscritos Ms , brillar, 
y gravan, roca, (véase mi Asia Central, t. I , p. 109). Si la palabra Cauca- 
sus es, con efecto, una alteración de Graucasus, podria suceder, como 
dice Clausen en sus investig-aciones sobre ios viajes de lo {Rheinisches Mu-' 
seum fur Philologie , 3.° año, 184o, p. 298), que ilicho nombre, cada 
una de cuyas dos primeras sílabas recordaba á los Griegos la idea de 
quemar, significase un monte ardiente, á cuya denominación se ligarla 
naturalmente, y como por sí misma, la poética leyenda del alum- 
brador ó inventor del fuego (TcvpxaBVi). No puede negarse que muchos mi- 
tos traen su origen de un nombre ; pero no se debe hacer derivar un 
mito tan grande é importante como el del Tyfon Caucásico de una 
semejanza accidental de sonido con un nombre mal comprendido. 
Hay argumentos mas serios , uno de los cuales menciona también 
Clausen. Resulta de la aproximación del Tyfon y del Cáucaso , y del 
formal testimonio de Ferecides de Syros, que vivia en tiempo de la 
LViii^ olimpiada, que la estremidad oriental del mundo pasaba por montaña 
volcánica. Según el escoliasta de Apolonio de Rodas (Schoiiw in Apollonium 
ed. Schaefferi, 1813, v. 1210 , p. o24) Ferecides decia, en su Teogonia, 
«que Tyfon perseguido huyó al Cáucaso , que la montaña se inflamó, 
refugiándose Tyfon en Italia , en la isla Pitecusa.» Esta isla es la Ae- 
naria, hoy Ischia , en que el Epomeus (Epopon) arrojó llamas y lava, 95 
años antes de nuestra era, según Obsequens, y mas tarde, en tiem- 
po de Tito y Diocleciano, en el año 1302 , según el exacto testimonio de 
Tolomeo Fiadoni de Lucca, entonces prior de Santa María Novella. 
Boeckh, profundo conocedor de la antigüedad, me escribiólo que sigue: 
«Es cstraño que Ferecides represente á Tyfon huyendo del Cáucaso por- 
que ardia, cuando él mismo es el autor del incendio. Pero también á mí 
me parece indudable que su estancia en el Cáucaso es un recuerdo de las 
erupciones volcánicas de esta montaña.» Apoionio de Rodas, en el pa- 
saje donde relata el nacimiento del dragón de Q,o\c\\os {Árgonautica, t. II, 
v. 1312-1217 , ed. Keck), coloca igualmente en el Cáucaso la roca de Ty- 
fon, sobre la cual este gigante fue herido del rayo por Júpiter, hijo de 
Kronos. Es posible que los torrentes de lava y los cráteres-lagos de la 
meseta de Kely , las erupciones del Ararat y del Elburuz , ó las corrien- 
tes de piedra pómez y de obsidiana , salidas de los antiguos cráteres del 
Riotandagh, correspondan á los tiempos prehistóricos; pero las llamas que, 
aun hoy , brotan por centenares á través de las quiebras del Cáucaso, 
sobre montañas de 7 á 8,000 pies, lo mismo que en vastas llanuras, in- 
ducen fácilmente á tomar la región montañosa del Cáucaso por un foco 
afónico. 

(68) Pág. 187.— Humboldt, Asia central, t. lí, p. 511 y 513. He hecho 
ya notar (t. II, p. 16S) que Edrlsi no habla de los fuegos de Bakú; dos- 



— 4S8 — 

cíenlos años anlcs que él, en elsig-lo X, Massadi Cothbeddia los descri- 
be con muchos detalles como un país ele Nefata, es decir rico eti fuentes 
ardientes de nafta. Véase Fraelin, Ibn Fozlan, p. 245; y, sobre la etimo- 
log-ía del nombre médico Nafta, el Diario asiático, t. XIII, p. 12i. 

(69) Pág. 188. — Engelhardt y Parrot, Reise in die Knjm und den Kau~ 
kasus, 1815, Leparle, p. 11; Gtebel, Reise in die steppen der audlichcn 
Musslands, 1838, 1.^ parte, p. 259-253: 2.=» parte, p. 138-lii. 

(70) Pág-. 188. — Payen, del ácido bórico de los Suffoni de la Toscana , en 
los Anales de Química y de Física, 3.^ serie, t. I, 18Í1, p. 245-255; Bis- 
chof, Chemische und physikalische Geologie, t. I, p. 669-691; Establecimientos 
industriales para la estraccion del ácido bórico en Toscana, por el conde de 
Larderel, p. 8. 

(71) Pag-. 189. — Murchison, on the venís oflwt Vapourin Tuscany, 1850, 
p. 7. Véanse también en la Co'eccion de Karsteny deDechen, Archiv fíir 
Mineralogie (t. XIII, 1839, p. 19), las observaciones g-eog-nósticas de 
Hoffman anteriores a los trabajos de Murchisson. Targ-ioni Tozzetti afir- 
ma, seg-un tradiciones antiguas pero dignas de fe, que alg^unas de estas 
fuentes borácicas que no han cesado de brotar, ya de un lado, ya de 
otro, habian sido vistas en otro tiempo durante la noche, brillantes, es 
decir, inflamadas A fin de aumentar el interés g'eog'nóstico de las re- 
flexiones de Murchison y de Pareto sobre la naturaleza volcánica de las 
formaciones de serpentina en Italia, recordaré que en el Asia Menor, 
«erca de la ciudad de üeliktasch, la antig"ua Faselis, sobre la costa occi- 
dental del golfo de Adalia, la llama de la Quimera que arde desde hace 
muchos miles de años, se eleva ig"ualmente de una colina situada sobre 
la vertiente del Solimandagh, donde se han hallado serpentinas ¿w siY» 
y pedruscos calizos. Algo mas al S., enla pequeña isla de Grambusa, se 
disling-ue el calizo superpuesto á la serpentina de color oscuro. Véase el 
trabajo rico en materiales del almirante Beaufort (Surveyof the coasts of 
Karamania, 1818, p. ÍO y 48), cuyos resultadoshan sido plenamente con- 
firmados por las rocas que trajo en el mes de mayo de 1854, Berg-, ar- 
tista de g-randes dotes. Véase Tchihatcheff, Asia Menor, 1853, t. I, p. 407. 

(72) Pág-. 189. — Bischof,. Chemische ttnd physikalische Geologie, p. 682. 

(73) Pág-. 189. — Waltershausen, Physisch-geographische Skizze von Is-" 
land, 1847, p. 123; Bunsen, ueber die Processe der vulkanischen Gesteins-* 
bildungen Islands, en Pog-gendorff's Annalen, t. LXXXlIf. p. 257. 

'{74) P%. 189.— -Waltershausen, id., p. 118. 



— 489 — 

(75) Pcág-. 191. — Humboldt y Gay-Lussac. Memoria sobre el análisis del 
aire atmosférico, en el Diario de Física de Lametherie, t. LX, año xin, 
p. ISl (reimpreso en las Misceláneas de Geología y de Física general, 1. I, 
p. 372). 

(76) Páy. 191. — «Acabo de visilar con emoción un lugar que liabeis 
hecho conocer hace cincuenta años. El aspecto de los pequeños volcanes 
■de Turbaco es tal como lo habéis descrito: el mismo lujo de vegetación, 
ol mismo número y la misma forma de los conos de arcilla, la misma 
eyección de materia líquida y cenagosa; solo está cambiada la naturale- 
za del iras que de allí se desprende. Llevaba conmigo, según los con- 
sejos de nuestro común amigo Boussingaull , lodo lo necesario para el 
análisis químico de las emanaciones gaseosas, aun para hacer una mez- 
cla frigorífica con el objeto de condensar el vapor de agua, pues que se 
me espresó la duda de que con este vapor había podido confundirse el 
íizoe, Pero no necesité este aparato para nada. Desde mi llegada á los 
Volcancitos el olor pronunciado de belun me puso en la senda , y co- 
mencé por encender el gas sobre el orificio mismo de cada pequeño crá- 
ter. Apercíbese hoy aun en la superficie del líquido que se eleva 
por intermitencia , una película delgada de petróleo. El gas recogido 
arde todo sin residuo de ázoe (?) y sin depositar azufre (al contacto de la 
íitniósfera). Así, la naturaleza del fenómeno ha cambiado completamente des- 
de vuestro viaje, á menos de admitir un error de observación , justificado por 
e[ estado menos adelantado de la química esperimental en aquella épo- 
ca. No dudo ya ahora de que la gran erupción de Galera Zamba, que ilu- 
minó el pais en un radio de 100 kilómetros , es un fenómeno de Salsas 
desenvuelto en grande escala, pues que existen allí centenares de peque- 
ños conos que vomitan arcilla salada, sobre una superficie de mas de 
400 leguas cuadradas. Me propongo examinar los productos gaseosos de 
los conos de Tubará . que son las salsas mas alejadas de vuestros 
Volcancitos de Turbaco. Según las manifestacienes poderosas que han 
hecho desaparecer una parte de la península de Galera Zamba, con- 
vertida en isla, y después de la aparición de otra isla nueva salida del 
fondo del cercano mar en 1S48 y otra vez sumerjida, he llegado á creer 
que cerca de Galera Zamba, al 0. del delta del Rio ^lagdalena, es donde 
se halla el principal foco del fenómeno de las salsas de la provincia de 
Cartagena." (Estrado de una carta que me escribió desde Turbaco el 
ceronel Acosta, el 21 de diciembre de 1850). — Véase también Mosquera, 
Memoria política sobre la Nueva Granada. 1852, p. 7.3, y Gisborne, the Isth- 
mus of Darien, p. 48. 

(77) Pág. 191. — Durante el tiempo de mi espedicion á América, he 
seguido religiosamente el consejo de Vauquelin, con el que he trabajado 



• — 490 — 

alg"un tiempo antes de partir para mis viajes, cuyos consejos consistiaii 
en escribir el mismo dia de la observación y conservar el detalle de cada 
esperiencia. Estracto lo que sigue de mi Diario, fecha del 17 y del 18 de- 
abril de 1801; .«Puesto que el gas tratado por el fósforo y el gas nitrosa 
no ha dado mas que 1 por 100 de oxígeno, y con el agua de cal solo- 
2 por loo de ácido carbónico, me pregunto lo que son las otras 97 par- 
tes. Primeramente supuse la existencia del hidrógeno carbonado é hi- 
drógeno sulfurado; pero no se deposita azufre al contacto de la atmós- 
ra, en los pequeños bordes del cráter, y el olfato no rcvel&ba ninguii 
indicio de hidrógeno sulfurado. Podia creerse que esta parte desconoci- 
da era ázoe puro, porque como se ha dicho antes, una bujía encendida no- 
causaha inflamación. Pero los análisis que he hecho en otro tiempo de los 
fuegos grisus me han ensenado que el hidrógeno ligero y puro de todo 
ácido carbónico, que se encontraba en la parte superior de una galería, 
lejos de encenderse, apagaba la luz del minero, mientras que esta luz era. 
clara en las parles bajas, donde el aire se hallaba cargado de una can- 
tidad considerable de ázoe. Puede pues deducirse de aqui que el resto 
del gas de los Volcancitos es ázoe, con cierta cantidad de hidrógeno, que 
no podemos hasta el presente determinar. ¿Existirá bajo los Volcancitos- 
el misma esquisto bituminoso que he visto mas al 0., á orillas del Rio 
Sinu? ¿ó bien hay allí marga y aluminio? ¿Puede el aire penetrar por 
sitios resquebrajados en cavernas formadas por las aguas, y descompo- 
nerse por el contacto con la tierra arcillosa de gris negro, como en las. 
minas abiertas en medio de la arcilia bituminosa de Hallein y de Bercht- 
holdsgaden, donde las escavaciones se llenan de gas que apagan las 
luces? ¿ó la tensión de los gases elásticos que salen con impetuosidad 
cerrarían el acceso al aire atmosférico?» Tales son las cuestiones que rae 
propuse en Turbaco hace cincuenta y tres años. Según las últimas ob-> 
servaciones de Vauvert de Mean (1834), el gas que se escapa ha conser- 
vado completamente su propiedad inflamable. El viajero ha traído mues- 
tras del agua que llena los pequeños cráteres de los Volcancitos. Bous- 
singault ha observado en ellas, que por cada litro existen 6,ü9 gramos de- 
sal ordinaria, 0,31 de carbonato de sosa, 0,20 de sulfato de sosa. El aná- 
lisis ha revelado también indicios de borato de sosa y de yodo. Después, 
de un examen con el microscopio del yodo despedido por el volcan,. 
Ehrenberg no ha hallado en él ninguna partícula de cal ni ninguna es- 
corificacion, sino granos de cuarzo mezclados con pequeñas hojas de 
mica y menudos prismas cristalizados de verde mar negro, como se en- 
cuentran frecuentemente en la toba volcánica. Tampoco se ha visto ves- 
tigio alguno de esponjas de sílice ni de infusorios poligástricos, nada en 
fin que anuncíase la proximidad del mar ; sino bastantes restos de 
dicotiledóneas, yerbas y liqúenes que recordaban las partes constitutivas 
de la Moya de Pelileo. Saínte-Claire Deville y Borncmann, en sus pre- 



— 491 — 

ciosos análisis de la Macalube di Tcrrapilata hallaron que el gas arrojado 
al esterior contiene 0,99 de hidróg-eno carbonado; mientras que el que 
se eleva en el Agua Sania di Limositia, cerca de Catana, lia suministrado, 
como otras veces Turbaco, 0,98 de ázoe, sin ningún vestigio de oxígeno. 
Véanse las Memorias de la Academia de Ciencias, t. XLllI, 1856, p. 361. 
y 366. 

(78) Pág. 192. — Humboldl, Vislas de las Cordilleras y Monumentos de 
los pueblos indígenas de la América, p. '239. El magnífico dibujo de los 
Volcancitos de Turbaco, que ha servido de modelo al grabado, es de 
mi compañero de viaje Rieux. Sobre el antiguo Taruaco de ios primeros 
tiempos de la Conquista española, véase Herrera, t. 1, p. 2ol. 

("9) Pág. 193. — Carta de Joaquin Acosta á Beaumont, en las Memo- 
rias de la Academia de Ciencias, t. XXIX, 1749, p. o30-o3í. 

(80) Pág. 194.— Eu el Asia central, (t. 11, p. 319-:JíO), ordinariamente 
según estrados de obras chinas hechos por Klaproth y Julien. El anti- 
guo método chino de aforamiento por medio de una cuerda, que se ha 
puesto en práctica muchas veces de 1830 á 1842, y algunas de ellas con. 
éxito en las hulleras de Bélgica y Alemania, fue ya descrito en el si- 
glo XVII, en la Narración del embajador holandés van Hoorn, como ha 
hecho ver Jobard. El misionero francés Imbert, que ha residido tantos 
años en Kia-tingfu, es, sin embargo, el que ha dado los mas exactos 
detalles sobre el método de aforamiento aplicado á las fuentes de fuego 
(Hotsing). Véanse los Anales de la Asociación de la Propagación de la fe, 1829, 
p. 269-381. 

(81) Pág. 193. — Según el análisis de Diard (\'é3Lse Asia central, t. II, 
p. 51o). A mas de los volcanes cenagosos de Damak y de Suiabaya, há- 
llánse en otras islas del Archipiélago indio los de Pulu-Semao, Pulu- 
Kanlbing y Pulu-Roti. Véase Junghuhn, Java, seine Gestalt und Pflanzen- 
decke, 1832, 3.» parte, p. 830. 

(82) Pág. 19o. — Junghuhn, ¿íZ., Leparte, p. 201; 3.^ parte, p. 854-838. 
Las grutas del Perro de la isla de Java, que producen menor efecto, se 
designan con los nombres de Gua-Upas y de Gua-Galan. Gua es la palabra 
sánscrita guhá^ que significa gruta. No puede haber duda sobre la iden- 
tidad déla grotta del Cañe, cerca del lago di Agnano, con la que Plinio ha 
descrito (1. II, c. 93), hace diez y ocho siglos: «In agro Puteóla no, 
Charonea scrobis mortiferum spiritu exhalans.» Puede , pues, estrañarse 
con Scacchi (Mem. geolog. sulla Campania, 1849, p. 48) que un fenómeno 
tan mínimo como el depósito renovado de una pequeña cantidad de ga& 
carbónico haya podido mantenerse sin cambio y sin perturbación en un, 



— 492 — 

Icfreno móvil, lan l'i-ecuenienionle removido por temblores de tierra. 

(83) Pág. 196. — B]üme, RumpMa rívc Commrnfationes botanicce , t. I, 
183ü, p. Í7-50. 

(Sí) Pág-. 197. — Humboldt , Ensayo fjcorjnóstico sobre el yacimiento de las 
xocasen ambos hemisferios, 1S23. p. 76; BoussingauU , en los Anales de Quí- 
mica y Física , t. o2 , 1833 , p. M. 

(8o) Pág-. 197. — Véanse sobre la altura de Alausi , en el Cerro Cuello, 
cerca de Tiesan , mis Observaciones astronómicas, t. I, p. 311 ( nivelación 
barométrica núm. 206). 

(86) Pág-. 197. — uLa existencia de una fuente de nafta saliendo del 
fondo del mar de un micasquisto g-ranatífero , y esparciendo , según es- 
prcsion de Oviedo, historiador de la Conquista, cierto líquido resinoso, 
aromático y medicinal, es un hecho en estremo notable. Todas las que 
se conocen liasla aquí pertenecen á las montañas secundarias, y este 
yacimientu parecía confirmar la idea de que todos los betunes minerales 
se deben á la destrucción de las materias veg-etales y animales, ó á la 
combustión délas hullas (véase Hatchelt, en las Transad, of the Linnaean 
Society , 1789, p. 129). El fenómeno del g-olfo de Cariaco adquiere ma- 
yor importancia, al recordar que el mismo ten*eno llamado primitivo en- 
cierra fueg^os subterráneos ; que , en el borde de los cráteres en erupción, 
el olor de petróleo se deja sentir de tiempo en tiempo (por ejemplo en la 
erupción del Vesubio, en 180o, cuando el volcan lanzaba escorias) , y 
que la mayor parte de las fuentes cálidas de la América meridional sa- 
len del granito (las Trincheras, cerca de Portocabello) del g-neis y es- 
quisto-micáceo. Mas al Este del meridiano de Cumana, descendiendo de 
la Sierra de Meapire , se encuentra primeramente la tierra hueca que, 
durante los grandes terremotos de 1766, ha despedido asfalto envuelto 
en petróleo viscoso; y mas allá de este terreno, infinidad de fuentes 
cálidas hidrosulfurosas.» (Humboldt , Relación histórica del viaje á las re- 
■(/iones equinocciales , 1. I , p. 136, 3i4, 3í7 y H7 ) 

(87) Pág. iOi.— Cosmos, i. I, p. 213. 

(88) Pág-. 202. — Strabon, 1. 1, p. 58, edición de Casaubon. El epí- 
teto Siá-rcvpo; prueba que no se trata aquí de volcanes de lodo. En el pa- 
saje donde Platón alude á estos volcanes, en sus fantasías g-eognósticas. 
mezcla de milos y observaciones reales, dice terminantemente, en oposi- 
ción al fenómeno que Strabon ha descrito, v/pov ■jcy¡?^ov -Trurafiol. He ha- 
blado en otra ocasión de las palabras -rr/Á-óg y púa| aplicadas á las erup- 
ciones volcánicas /'Cosrrtos, 1. I, p. íl5 nota 25). Me litnitaré á recordar 



— 493 — 

aquí otro pasaje de Slrabon (!. VI, p. 269), donde caracteriza con toda 
claridad la lava qnc se endurece , con las espresiones de ■w^üb; ^íXaq. Léese 
en su descripción del Etna : «El torrente inflamado (púa^), al solidifi- 
carse; petrifica la superficie de la Tierra hasta una profundidad bastanto 
considerable para que aquel que quiera descubrirla teng-a que hacer uu 
trabajo de cantero. Pues que las rocas están fundidas en los cráteres an- 
tes de ser espulsadas de ellos, es natural que la materia en fusión que se 
escapa de la cumbre y corre alo largo de la montaña sea una masa ne- 
gra y pastosa (7r>}A,ós) que, al endurecerse, se convierte en piedra molar 
y guarda su color primitivo." 

(89) Pág. 20;í.— Cosmos, t. I . p. íl7 nota 2S. 

(90) Pág. 203. — Buch, ueber basaltische Inselu und Erhebungshrafer, cu 
los Abhandlungen der Kcenigl. Akademie der W issenschaften zu Berlín, años 
1818 y 1819, p. oí. Véase también del mismo: PhysicaUsche Beschreibunf/ 
der Canarischen Inseln , 1825, p. 2i3, 262 , 284, 313, 323 y 341. Esta obra 
que ha señalado en la historia del conocimiento fenómenos volcáni- 
cos, es el fruto del viaje que Buch hizo á Madera y á Tenerife, desd(i 
principios de abril hasta fin de octubre de 18lo; pero Naumann , en su 
Lehrbuch der Geognosie , recuerda con razón que la teoría de los cráteres de 
levantamiento y la diferencia esencial que los distingue de los volcanes 
propiamente dichos fueron ya enunciados en cartas escritas desde Au- 
vernia en 180*2 por Buch, con ocasión de la descripción del Mont-Dore 
(Geognostiche Beobachtungen auf Reisen durch Deutschland und [tallen, t. II,. 

j). 282). Las Azores forman con los tres cráteres de levantamiento de 
las islas Canarias, Gran Canaria, Tenerife y Palma, materia para com- 
paraciones muy instructivas. Los escelentes mapas del capitán Vidal, 
cuya publicación debemos al Almirantazgo inglés , dan á conocerla sin- 
gular constitución geológica de estas islas. En la de San Miguel está 
situada la inmensa Caldeira das sete Cidades , cráter de levantamiento qu(í 
encierra, á una altura de 812 pies , dos lagos : la Lagoa grande y la Lagoa 
azul, y se ha formado casi á la vista de Cabral e