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CRISTÓBAL COLON
SU VIDA
SUS VIAJES— SUS DESCUBRIMIENTOS
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EDICIÓN MONUMENTAL
CRISTÓBAL COLÓN
SU VIDA
SUS VIAJES — SUS DESCUBRIMIENTOS
POR
D. JOSÉ MARÍA ASENSIO
ú.u¿ t
DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS: CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA
ESPLENDIDA EDICIÓN
ILUSTRADA CON MAGNIFICAS OLEOGRAFÍAS , COPIA DE FAMOSOS CUADROS DE ARTISTAS ESPAÑOLES
TALES COMO
BALACA, CANO, JO VER, MADRAZO, MUÑOZ DEGRAIN,
ORTEGO, PUEBLA, ROSALES, SOLER
ENRIQUECIDA EN" TODAS SUS PÁGINAS CON ORLAS, CABECERAS V VIÑETAS ALEGÓRICAS
Y ACOMPAÑADA
DE UNA PRIMOROSA CARTA GEOGRÁFICA
QUE DETALLA MINUCIOSAMENTE LOS VIAJES Y DESCUBRIMIENTOS LLEVADOS Á CABO
POR EL GRAN ALMIRANTE
TOMO I
BARCELONA
ESPASA Y COMPAÑÍA, EDITORES
221, CALLE DE CORTES, 223
é
i
,.\
La propiedad de esta obra, así en lo que se refiere á
la parte literaria como á la artística, pertenece á los
Sres. Espasa y Comp.", Editores, quienes se reservan
todos los derechos.
Queda hecho el depósito que previene la ley.
fspasa y Comp' 3 editores.
AL EXCMO. SR.
D. ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO
DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
Mi querido amigo:
La dedicatoria de esta obra no significa otra cosa en mí,
al hacerla, que la admiración á su talento y á su saber pro-
fundo; y en usted, al admitirla, nueva muestra del buen
acogimiento que dispensa á toda clase de trabajos literarios.
Nunca, siendo mía, podría tener mayores méritos; pero
escrita en las tristes circunstancias que usted conoce, y con
tiempo relativamente limitado, necesita de toda su indul-
gencia, para que no se juzgue atrevimiento el darla á luz
bajo el amparo de su ilustre nombre.
Recíbala usted, pues, únicamente, como público testimo-
nio de la buena voluntad y afecto que le profesa su amigo
Q. b. s. M.
JOSÉ MARÍA ASENSIO
p-
INTRODUCCIÓN
PARTE PRIMERA
wá
Hubo un genio de intuicio'n bastante poderosa para adi-
vinar el secreto del Occéano, y de heroísmo suficiente para
arrostrar los peligros; vencer las preocupaciones; triunfar
de la ignorancia , superar el terror que infunde lo descono-
cido, y poner en contacto los hombres que vivían á uno y
otro lado de los mares , produciendo con ello la revolución
más trascendental que registra la historia de la humanidad,
á la cual hizo dar un paso de gigante en la senda del
progreso y de la civilizacio'n.
El desarrollo de aquel proyecto, y la historia del
hombre que concibió' tan extraordinario pensamiento y con
admirable fe lo llevo á término, salvando toda clase de
obstáculos; venciendo todo género de contrariedades; dando
sublime ejemplo de perseverancia y de conviccio'n; transfor-
mando en un día, por el poder de su inteligencia, la faz de
todas las naciones, es lo que me propongo escribir con
cuanta claridad sea posible, aprovechando los muchos datos
que la ciencia pone hoy al alcance de los estudiosos , y los
documentos que la crítica acepta como indiscutibles.
Mas no parece que se deba tratar la historia del descu-
brimiento, sin dar alguna idea, aunque somera, del origen y
VIII
CRISTÓBAL COLON
S
existencia de aquellos pueblos numerosísimos que por el
espacio de tantos siglos permanecieron aislados y descono-
cidos: de aquella gran porcio'n de la humanidad, que por
oculto designio de la Providencia, y j)or circunstancias
inconcebibles, vivía ignorada de la otra mitad de sus herma-
nos. Con ello, dejamos consignado un antecedente necesario,
que se completará, para aumentar el interés, con el cono-
cimiento de las muestras de gratitud que las naciones cultas
han consagrado al revelador de un mundo, elevando á su
gloria imperecederos monumentos; y con el estudio de las
principales fuentes históricas, que, con ser muy numerosas,
ni todas son igualmente puras y dignas de atencio'n, ni
pueden beberse sus aguas sin el debido análisis.
La noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo sor-
prendió á los pueblos de Europa : las brillantes descripciones
de los países nuevamente hallados circularon inmediatamente,
deslumhrándolos á todos. Asombrados los sabios, turbados
los pensadores al comprender el grave trastorno que aquel
suceso extraordinario causaba en todas las teorías admitidas;
la amplitud de horizontes que repentinamente se abría á
todas las ciencias, presentando nuevos aspectos-^ Gestiones
trascendentales , dedicaron toda la atencio'n al conocimiento
de aquellos hechos maravillosos que ante su vista pasaban,
sucediéndose con tal rapidez que apenas era posible seguir*
su curso, y menos adivinar sus consecuencias.
En los primeros momentos de asombro, de preocupa-
ción universal, los hombres más juiciosos cuidaban única-
mente de ir adquiriendo noticias claras , precisas , verídicas
y exactas de los sucesos de los conquistadores, y de los
países que eran teatro de sus increíbles hazañas.
INTRODUCCIÓN
IX
Parecían legendarios los nombres de Cristóbal Colón
y de Alonso de Ojeda; de Martín Alonso Pinzo'n y de Vicente
Yáñez, y se presentaban rodeados de maravillosa aureola
Hernán Cortés y Vasco Núñez de Balboa; Pedro de Alva-
rado, Francisco Pizarro y Hernando de Magallanes, con
otros ciento cuyos heroicos hechos y portentosos descubri-
mientos se narraban casi como fabulosos; así como también
era necesario relegar á los dominios de las creaciones fantás-
ticas las grandezas de Motezuma, los tesoros de Atahualpa y
los prodigios que sus ciudades encerraban. Preciso era, sin
embargo, dar crédito á lo inverosímil, en vista de la abun-
dancia de oro nativo, de los extraños productos, de las aves
hermosísimas y de tantos interesantes objetos como de
aquellas lejanas tierras comenzaron á venir á España, dando
muestras de climas raros, y de civilizaciones tan grandiosas
como desconocidas.
Ante tamañas novedades crecía el interés y se aumen-
taba la curiosidad. El mundo antiguo se encontraba frente á
frente con un mundo nuevo é ignorado hasta entonces; pero
los acontecimientos eran tan importantes, tan extraordina-
rios, que apenas si bastaba la atencio'n para abarcarlos, ni la
memoria para retenerlos.
Así se explica que para los españoles, para todos los
europeos, la Historia de las Indias Occidentales empezara con
el descubrimiento. El deseo de saber las vidas de los
hombres extraordinarios que lo llevaron á cabo ; el ansia de
adquirir noticias de los pueblos de tan apartadas regiones,
de sus habitantes, producciones y riquezas, llenaba por
completo el pensamiento de las generaciones que asistieron
al descubrimiento y á la conquista. Nadie se preocupo por
el momento de investigar el principio y origen de aquellos
sencillos isleños que, al ser visitados por vez primera por los
españoles, conservaban tal simplicidad de costumbres; tanto
candor en su trato, y hasta tal punto desconocían la noción
del bien y del mal, de lo tuyo y lo mío, que pareció no
Cristóbal Colón t. i. — n *
CRISTÓBAL COLON
„% Taañminr t'rinimiíniíiiiiiiiiiililig
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habían perdido el estado de inocencia en que fueron criados
nuestros primeros padres. Ni se pensó', sino de una manera
muy secundaria, en averiguar la procedencia .y desarrollo de
aquellas espléndidas civilizaciones; ni los siglos que contaban
de existencia los dilatados imperios rendidos por las armas
de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro; ni las leyes porque
se regían ; ni la religio'n que profesaban ; ni su constitución
política; ni su manera de ser en la familia; ni sus costum-
bres públicas o' privadas; ni, en una palabra, la forma de
aquella sociedad.
Menos se pensó' aún en dedicar estudios y vigilias á
profundas meditaciones antropolo'gicas y etnográficas enca-
minadas á averiguar con cuál de las razas conocidas tenían
o podían tener afinidades aquellos seres tan diferentes de
los del viejo mundo, con quienes empezaban á relacionar-
se, y cuyo estado primitivo, perfectamente descrito por
Colón, que fué el primero en tratarlos, y por fray Barto-
lomé de las Casas, distaba tanto del estado de los pueblos de
Europa.
La magnitud de los sucesos absorbía entonces toda la
atención. No había filósofos, ni investigadores: todos eran
cronistas que deseaban saber el mayor número posible de
hechos, de los cuales formaban sumarios, apuntamientos y
aun relaciones históricas; pero sin cuidarse de otra cosa que
de narrar los grandes actos de los heroicos españoles, la
grandeza de los imperios que descubrían al otro lado del
Océano, y las crueles batallas que reñían para apoderarse de
sus magníficas y espléndidas ciudades.
La historia del mundo de Colón daba principio en
12 de Octubre de 1492. De las épocas precolombianas no
había entonces para qué ocuparse: y no se crea que seme-
jante abandono arguya desdén, olvido ni ignorancia. Harto
tenían en que entender los historiadores averiguando hechos,
coordinando sucesos, cuando los medios de comunicación
eran tan difíciles y tan deficientes las relaciones. Se estu-
INTRODUCCIÓN
XI
diaba el presente, y hasta comprenderlo bien, abarcándolo
en toda su extensio'n . no era posible volver la vista al
pasado.
Durante mucho tiempo se redujeron las cro'nicas á
consignar los descubrimientos y conquistas de los españoles
en las islas y tierra firme nuevamente conocidas, y á cantar
la epopeya de los hombres que obraron tales maravillas; y
so'lo por acaso y como de pasada, se hace en aquellos libros
alguna ligera mencio'n del origen del pueblo á quien se
combatía, de sus costumbres por demás extrañas, o' de tal o'
cual monumento que por su grandiosidad o' rareza llamaba
la atención y se consideraba digno de consagrar un momento
á mencionarlo.
A lo que ma}'or importancia se concedió, generalmente,
fué á los ritos y ceremonias religiosas; pero aun así, en su
exposicio'n se incurría en flagrantes errores, hijos de la falta
de conocimiento de sus teogonias, y con la intencio'n plausi-
ble de describir sus abominaciones, sacrificios y prácticas
idolátricas, hacíase resaltar la necesidad de instruir á los
indios en la religión cristiana, sin reparar en los medios,
poniendo de relieve los beneficios que de ello resultarían á la
humanidad.
Natural era que pasado aquel primer período de desva-
necimiento, imprimiera la ciencia direccio'n distinta al estu-
dio de los países nuevamente conquistados: que á la contem-
placio'n de aquellos bosques seculares, de aquellos ríos
extraordinarios, en cuya comparacio'n podían tenerse como
arroyos los más caudalosos de España; de aquella vegetacio'n
exuberante, riquísima, especial y variada hasta el extremo,
y que en nada se parecía á la del antiguo mundo, sucediera
la reflexio'n detenida y se pusieran mientes en analizar las
producciones de aquella naturaleza verdaderamente esplén-
dida, y se establecieran relaciones y comparaciones con las
del viejo continente, de manera que por el conocimiento del
país, y por la clasificacio'n de su fauna, de su flora y de su
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XII
CRISTÓBAL COLON
OT
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suelo, del cual procedían los preciados metales que, objeto
de tanta codicia, llegaban á Europa, pudiese concluirse por
completar poco á poco el conocimiento de aquellas apartadas
regiones.
En pos del análisis de la flora y de la fauna de las
llamadas Indias Occidentales, y por consecuencia lógica del
estudio de la naturaleza, vino el estudio del hombre, y con
él cuestiones complejas de índole muy diferente, que en el
orden social y en el religioso tuvieron gran resonancia, y
todavía se sostienen con ardor en las obras de muchos
pensadores. — « ¿ Co'mo se había poblado la América? ¿Fué
el extravío de algún bajel hebreo, el que, dejándose arrastrar
de los vientos o' de la corriente de las aguas, arrojó á
nuestras playas á los descendientes de Noé? ¿Hubo un
tiempo en que, el ahora llamado estrecho de Behering, fuese
un istmo que uniendo al Asia con América brindara ese paso
para la propagacio'n del género humano? ¿Hubo un tiempo
en que , los Cabos Verde y San Roque se extendiesen
por el Atlántico, hasta el término de proporcionar rumbo
fácil del África para América , por medio de algunas
islas o' siquiera farallones interpuestos entre estos dos conti-
nentes x ?»
La historia del hombre que pobló' las islas descubiertas
por Cristóbal Colon; la sucesión de civilizaciones que
habían antecedido á la cultura de los grandes imperios de
Méjico y del Perú; las razas que habían ocupado aquellos
países en épocas remotas, dejando monumentos de extraño
carácter y de singular grandeza ; y las noticias de otras razas
perdidas y que podremos llamar pre-histdricas, inspiraron
gran interés, no solamente por lo que tenían de antropológi-
cas, por su curiosidad en la sucesio'n de las emigraciones y
1 Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1843, por
Pedro Fermín Ceballos. — Guayaquil. — Imprenta de la Nación, 1886. — Tomo J.
pág. 70.
INTRODUCCIÓN
XIII
desaparición de ellas, sino también por lo que afectaban á
las creencias religiosas, cuyas luchas son tan graves é impor-
tantes en todo tiempo para la humanidad *,
Desde el momento en que apareció la idea de que los
monumentos del Yucatán y de Méjico contaban antigüedad
mucho mayor que la reconocida al mundo por la religio'n
cristiana ; que la civilizacio'n azteca daba en sus jeroglíficos
miles de miles de años de existencia á aquellos pueblos;
desde el punto y hora en que se creyó que la existencia del
hombre en los países de Occidente podía oponerse como
argumento á las tradiciones mosaicas, y se envolvió con la
religio'n el estudio de la antigüedad, tomo grandísima impor-
tancia toda cuestión que á ellos se refería, y la pasio'n vino
á mezclarse en el estudio de las antigüedades precolom-
bianas.
Kntonces }^a se elevo la historia de las Indias desde el
árido campo de la cro'nica, á la regio'n de teoría social; desde
el carácter de narradora de los hechos de los héroes, á
profundo tratado de discusio'n filoso'fica, y entrándose por
los dominios de la religio'n, se quiso convertir en arma
poderosa de destruccio'n , sacando de ella argumentos para
combatir las doctrinas antiguas más veneradas.
Con Maquiavelo, Vico y Montesquieu se propendía á
buscar apoyo en los estudios histo'ricos para toda clase de
controversias y luchas intelectuales, generalizando sus ense-
ñanzas y abrazando dentro de ellas todos los elementos de la
vida social; pero la exageracio'n nloso'fico-racionalista de
fines del siglo xvm llevo' al extremo aquella tendencia, y la
historia del Nuevo Mundo fué mirada con especial predilec-
ción, como ariete poderoso contra las creencias y tradiciones
cato'licas. Llamando ra^ci nueva á los indígenas, y haciendo
y
'•f
1 Llegó á suponerse que el esqueleto encontrado en los terrenos de aluvión
sobre que está fundada Nueva Orleans contaba más de 50 000 años de anti-
güedad.
XIV
CRISTÓBAL COLON
resaltar diferencias físicas, que no existen, procuraban
quebrantar el dogma de la unidad de la especie humana,
base de la religio'n que proclama la fraternidad universal ; y
á la antigüedad de la creacio'n, según los libros de Moisés,
oponían la interpretacio'n de los cuatro soles o' edades de los
pueblos americanos, dando á nuestro planeta existencia
mucho más remota que la que el Génesis le atribuye.
La amplitud que fueron adquiriendo las ciencias expe-
rimentales, y su rápido adelanto hasta llegar al grado de
importancia que hoy alcanzan; los progresos de la geología
en el conocimiento de la formación de las capas terrestres,
cuyo examen y caracteres ofrecen -tan concluyentes resul-
tados, y, sobre todo, la evolución filosófica contemporánea,
que partiendo de la duda de Descartes, ha venido á producir
las últimas manifestaciones positivistas, deterministas o' neo-
materialistas, han dado como consecuencia que sometidas á
nuevo y especial análisis muchas cuestiones de las que divi-
dían á los pensadores, á la luz de principios universalmente
reconocidos, y de otros antes ignorados, fueran cediendo las
exageraciones enciclopédicas, que aun vivían en el enten-
dimiento de muchos hombres de nuestro siglo, y de la
discusio'n resultaran con nuevo aspecto aquellas graves cues-
tiones.
La narración de Moisés ha adquirido gran fuerza y
prestigio con los adelantos de la geología; el más incrédulo
habrá de reconocer con un ilustre sabio, que si el legislador
del pueblo hebreo no estuvo inspirado por Dios, fué tan
poderosa su inteligencia, su sabor tan portentoso y profundo,
que dejo consignadas en sus libros verdades cuya exactitud
comprueba la ciencia después de cuarenta siglos.
Otra rama de la ciencia moderna detenida en el curso
de sus adelantos y estudios antropológicos , por la dificultad
de encontrar el origen de los primitivos pobladores de
América, así como de los de Australia y Nueva Zelanda,
vuelve la vista á los más discutidos predicados de la ciencia
INTRODUCCIÓN
XV
esta investigación.
La AÜántida existió. Debió' estar situada entre la costa
occidental de la península Ibérica y lo que llamamos seno o
golfo mejicano. En la misma fecha, tal vez, se encontraba
unida la costa del Brasil al continente africano, o' mucho
más aproximada de lo que lo está actualmente; y esta,
también por el opuesto lado, formaba un todo con la Austra-
lia , que á su vez se acercaba á la América por islas inter-
puestas hacia la península de California. El examen y
antigua, buscando la explicacio'n natural de la unidad o' y
diversidad de razas, en los más tenues reflejos del recuerdo
de las edades prehistóricas que pudieran conservarse entre
los pueblos que nos antecedieron. Entre esos recuerdos,
entre esas vislumbres de claridad, ninguna tan notable como
la de Plato'n.
La idea de la AÜántida, de que escribió' en sus Diálogos
nombrados Timeo y Critias, ha venido juzgándose, durante
muchos siglos, como fantástica creacio'n del poeta, o' como
sueño del filo'sofo y medio para exponer teorías ; pero el
adelanto constante de las investigaciones geolo'gicas, poniendo
de manifiesto, según ya indicamos, las sucesivas transforma-
ciones que ha sufrido nuestro planeta en el largo período de
su formacio'n , y dando á conocer muchas verdades de antes
ignoradas ú oscurecidas, hace que se medite seriamente
sobre la verdad que pueden encerrar los Diálogos del filo'sofo
griego, y que nuestros sabios crean en la existencia real y
positiva de un gran continente que desapareció', pero cu}^os
restos pueden ser apreciados y comprobados en varias mani-
festaciones, y daría una solucio'n lo'gica, segura, al problema
de la poblacio'n de las islas del Occéano y del continente
occidental y al origen de sus variadas especies.
La unio'n de los continentes en una época relativamente
no muy lejana de los tiempos histo'ricos, proporciona expli-
caciones para muy graves dudas, y de ella se aducen
pruebas de que no es juicioso prescindir ho}' en el estado de
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XVI
CRISTÓBAL COLON
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análisis comparativo de los terrenos cuaternario y terciario
de esas regiones; la relacio'n de su fauna y de su flora,
suministran pruebas para fundar la hipótesis, y aun para
robustecerla según la opinio'n de doctos naturalistas.
En época que no es posible señalar con precisio'n, la
capa terrestre sufrió' grandísimas conmociones: se produjo
una variacio'n completa en toda la superficie del globo. Los
movimientos volcánicos levantaron el fondo de los mares, y
las aguas se precipitaron sobre los puntos más bajos de los
primitivos continentes. Entonces quedaron aislados muchos
trozos que no cubrió' el nivel del mar, y surgieron también
nuevos terrenos volcánicos; quedo' enjuto el mar de Libia, y
el Mediterráneo, abriéndose paso por entre Calpe y Abila, se
precipito' en el anchuroso Occéano.
De este inmenso cataclismo conservaban tal vez memo-
ria o' recuerdo fidedigno, los sabios y sacerdotes del antiguo
Egipto, transmitido en símbolos que dejaran los que, salva-
dos de sus estragos, pudieran consignarlos de una manera
durable; o' por la tradicio'n oral de los mismos, religiosa-
mente guardada de generacio'n en generacio'n; y de aquellos
sacerdotes lo escucho con tanto asombro como increduli-
dad Solo'n, y lo refirió' al filo'sofo griego que consigno' la
desaparicio'n de la Atlántida en sus Diálogos citados; pero
dando razo'n de la procedencia de las tradiciones que
refería.
Así explican los modernos filo'sofos el fondo de verdad
que puedan encontrar en los Diálogos de Plato'n ; y ven en
ellos el medio de dar solucio'n satisfactoria á los más arduos
problemas de la poblacio'n americana, que de otro modo
resultan inexplicables.
No alcanzan nuestros conocimientos* antropolo'gicos,
etnográficos ni prehistóricos á entrar con bastantes datos en
la cuestio'n, hoy muy debatida, de las huellas que haya
podido dejar en el continente colombiano el hombre negro,
ni á decidir si una raza etiope fué con efecto la primitiva
INTRODUCCIÓN
XVI i
pobladora de aquellas extensas regiones; ni á negar en
absoluto que naves fenicias o' cartaginesas arribaran un día
á las costas del Brasil *. Mayas, otomíes y nahoas han
dejado muy marcadas las huellas de su paso; etnógrafos
muy distinguidos afirman que todavía se conservan vestigios
de esos tres grupos, que pueden distinguirse por las raíces
monosilábicas de su lenguaje, por el color de su piel y por
otros muchos signos de habitacio'n y de costumbres en las
comarcas que cada cual ocupara muchos siglos antes de lo
que alcanzan memorias histo'ricas; pero todos convienen, con
mayores o' menores restricciones, en que ninguno de esos
pueblos, ninguno de aquellos hombres era de los aborígenes,
sino que todos habían llegado en emigraciones, explicables,
si se acepta la teoría de la antigua unio'n de los continentes,
imposibles, si no se acude á ella, ni se admite, á pesar de las
muchas razones de probabilidad que la justifican.
En la segunda parte de la tercera sesión del congreso
de americanistas, reunido en Berlín en los primeros días del
mes de Octubre del año pasado 1888, el ilustre doctor
Virchow hizo magistral exposicio'n de sus estudios en el
examen de los cráneos que en gran número tiene reunidos,
formando colección importantísima, de individuos pertene-
cientes á las razas precolombianas de América. En su diser-
tacio'n se ocupa de la Clasificación antropológica de los pueblos
salvajes antiguos y modernos de América, y demuestra que hay
grandes diferencias entre las muchas razas salvajes que
poblaron aquel extenso continente, bien patentes en la con-
figuracio'n de sus cráneos; pero sin decidir todavía sobre su
antigüedad, ni cuáles pudieran ser sus procedencias genea-
lógicas. Los estudios del doctor Virchow están llamados
á robustecer las conclusiones en este punto de tanto in-
terés.
Los hombres de ciencia aceptan hoy casi en general,
Véase^en las Aclaraciones y documentos del libro I. (a)
Cristóbal Colón, t. i. — m*
XVIII
CRISTÓBAL COLON
-
y*.
pues son muy señaladas las excepciones, la existencia é
inmersión de la Atlántida, y encuentran pruebas muy apre-
ciables, según lo expuesto, en muchos feno'menos que se
estudian en la inmensa extensio'n del Occéano. Las islas
Canarias con las de Madera y Porto Santo, y las Azores con
las Antillas parecen ser restos aislados de ese gran conti-
nente sumergido; y la prueba adquiere mayor fuerza con el
estudio de muchas de las producciones de estas, hoy apar-
tadas tierras, que conservan entre sí cierta igualdad á veces,
y en otras grandes analogías.
El mar de sargado, aquella inmensa cantidad de hierbas
ficoideas que cubre en grandes espacios la superficie de las
aguas, y que tantos temores produjo en el ánimo de los
marineros de Colón, indica también, en el concepto de repu-
tados naturalistas, la inmersión de grandes extensiones de
tierras llenas de vegetación, cuyas semillas, reproduciéndose
á aquella profundidad y cayendo constantemente sobre el
fondo, dan en períodos fijos aquel producto herbáceo tan
extraordinario. El fondo del mar volcánico, pedregoso, duro
por naturaleza, es generalmente estéril y no permite que
arraiguen en su seno las simientes que el aire deposita en la
superficie y que no bajan á gran profundidad sin haber
perdido todas sus condiciones reproductivas. El sargado,
verdadero fucus más o' menos degenerado, según los enten-
didos naturalistas de que hablamos, se reproduce en las
mismas tierras vegetales en que vivía al aire libre antes de
ser planta submarina.
Hasta esa gran corriente marítima que con tanta fijeza
y seguridad se marca en el Occéano y se conoce con el
nombre de Gulf-stream (Corriente del Golfo), parece probar
la menor profundidad de las aguas en los puntos donde
se sumergieron tierras, y su mayor volumen donde aquéllas
no dificultan la corriente, produciendo ese extraordinario
feno'meno, con tanta precisión estudiado, y de importancia
tan capital para la navegacio'n trasatlántica.
INTRODUCCIÓN
XIX
«Pero la ciencia, que nunca se detiene en el camino de
sus investigaciones, como dice un docto escritor mejicano *,
ha pretendido fijar la época de esa Atlántida. Nuestro sabio
amigo Mr. Hamy, estudiando la cuestión, sostiene que los
trabajos más recientes de los paleontologistas y de los geólo-
gos revelan una Atlántida terciaria. Las conchas terciarias
•
de los Estados Unidos... son idénticas á las conchas de las
capas francesas correspondientes. El examen comparativo
de los insectos ha probado que gran número de especies
viven todavía hoy sobre las dos riberas del Atlántico, y
presentan apenas ligeras variaciones de Inglaterra á Ala-
bama. Sorprendente es también la analogía de la fauna
terciaria de ambos continentes, analogía que se extiende
también á la flora de la misma época. Pero la más notable
prueba ha sido el estudio de los tres inmensos depo'sitos
terciarios lacustres de la península ibérica...»
Antes de alcanzar estos puntos de vista generales, ni de
llegar á las pruebas de esas conclusiones, falto el historiador
de datos atendibles, buscaba tan so'lo en lo probable razo-
nes que expusieran el origen de los pobladores del gran
continente occidental y de las islas que lo rodean. De la
religio'n y ritos aztecas dejaron incompletas noticias los
misioneros Bernardino de Sahagún y fray Toribio de Bena-
vente, por no citar muchos más; y aunque en alguna parte
consignaron datos del origen de los mexica, y su pere-
grinación, como los obtenían de las narraciones de los
mismos indígenas y los extractaban de jeroglíficos no bien
interpretados ni entendidos, estaban llenos de errores y de
símbolos y mitos cuya significacio'n no se comprendía.
Sobre sus indicaciones , aunque tomándolas á la ligera y de
una manera harto descuidada, trataron de explicar el cro-
nista Antonio de Herrera y el P. Torquemada cómo fueron
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1 D. Alfredo Chavero. — México á través de los siglos, tomo I. Barcelona,
Espasa y C. a
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XX
CRISTÓBAL COLON
pobladas las Indias; pero su intento no era más que concordar
la primitiva poblacio'n de aquella parte del mundo con la
narracio'n bíblica, haciendo ver que en el culto idolátrico
que allí se encontró establecido, se conservaban recuerdos
del paraíso 3^ del diluvio, del arca de Noé y de la torre de
Babel.
Apoyándose en tradiciones mucho menos atendibles, 3^
asentando por base la absoluta falta de noticias de las diez
tribus cuyo regreso del cautiverio de Salmanasar se ignora,
pretendieron también los judíos dar por primeros pobladores
á sus ascendientes, revistiendo la peregrinacio'n de aquéllos
hasta la Groenlandia y el estrecho de Behering con cuentos
maravillosos, y buscando analogías que pudieran recordar
en el lenguaje, en las costumbres, en las ceremonias, algo
de las costumbres, de las ceremonias y del lenguaje del
pueblo hebreo *.
De tales hipo'tesis ninguna satisface á la inteligencia ni
cuenta con argumentos so'lidos en que fundamentar sus
conclusiones. La unión de los continentes ofrece explicacio'n
mucho más cumplida; en admitiéndola, caen por tierra
graves dificultades y se da satisfactoriamente razo'n de las
analogías que parecen más extrañas.
Los descubrimientos geológicos más recientes han ve-
nido á robustecer la opinión de los que sostienen la gran
antigüedad del hombre en el continente colombiano ; pero
al mismo tiempo se va desvaneciendo la idea de que alguna
de aquellas razas, de cuya existencia se conservan noticias
ciertas, fuesen auto'ctonas, o' puedan conceptuarse como de
los aborígenes del suelo. Según Virchow, cu3 r os profundos
estudios son tan apreciados en el mundo científico, los
primitivos hombres que poblaron el continente procedían
del Asia, y llegaron por inmigración en época remotísima,
¿¿>f
Esperanza de Israel. — Origen de los americanos , por Menasseh Ben
Israel. Amsterdam 14 10. — (1650). Madrid. — Junquera, 1881.
INTRODUCCIÓN
xxi
que por la falta absoluta de datos puede llamarse pre-
histórica l . La huella más antigua del hombre en América
es, en nuestro sentir, la que ofrecen las construcciones hoy
denominadas mounds. Los mounds-builders representan una
época primitiva, cuya fecha no es posible precisar, mas á
pesar de ser remotísima, no lo es tanto que en ella pueda
fundarse la exagerada opinio'n de autores que llegan al
extremo de suponer más antiguo al hombre en América que
en Asia, ni aventurar que los chinos y los caucasianos y
tártaros pueden ser descendientes de los primitivos aborí-
genes de la parte norte del continente colombiano. Por el
contrario, parece indudable que la raza caucásica debió'
llegar á éste por emigracio'n al estrecho paso que separa
ambas en las cercanías del polo, al paso que en la parte
meridional pudo importarse fácilmente la civilizacio'n egipcia
y tener trato frecuente con toda el África, bien fuese por
unio'n completa , bien por comunicacio'n entre grandes islas
que se encontrasen muy cercanas. En tanto por la Atlántida
fué posible la llegada al centro de los pelasgos con los cuales
se encuentra analogía á los apellidados allí mound-builders
que desaparecieron después empujados por los nahoa y por
los otomíes; pero cuyas costumbres sencillas y patriarcales
se conservaron en las islas donde por vez primera sentaron
el pie los españoles.
El descubrimiento de Colón estableció' definitivamente
la relacio'n y comercio entre toda la familia humana; mas el
estudio no pudo empezar en aquellos momentos en que la
atencio'n estaba encadenada por la magnitud de los aconte-
cimientos que tenían lugar al otro lado del Occéano, y el
interés movía en primer' término á aprovechar las conse-
cuencias buscando riquezas por las nuevas vías abiertas á la
«iuc
0ÍCMH
i. r
mi
1 Ancient America, in notes on American Archcelogi. — By John B. Bal-
dwin, A. M.— New- York. — Harper and brothers. — 1872.
Pre-historic races of the United States of America. — ¥>y J. W. Forster,
S. C. D— Chicago.— Griggs and C.°— 1873.
XXII
CRISTÓBAL COLON
actividad, impidiendo que se fijara la atención en teorías
que no eran de resultado inmediato.
II
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Cristóbal Colón fué el primer hombre que fran-
queando el espacio inmenso de los mares , dio' á conocer á la
asombrada Europa aquellos países misteriosos señalados por
los profetas, adivinados por los filo'sofos, uniendo para
siempre con indisolubles vínculos á toda la humanidad.
Es la mayor figura histo'rica; la personificacio'n del nave-
gante sabio y valeroso; y crece su renombre y se acrecienta
su fama, porque en todas sus acciones, en sus escritos y en
sus palabras se encuentran valor, fe, amor ardiente á la
ciencia, á la naturaleza y á la humanidad, que nunca enti-
biaron los infortunios, las ingratitudes ni el abandono.
Presto' un inmenso servicio ensanchando el campo de
la actividad humana, dilatando la esfera del comercio y
haciendo progresar, á la vez que la masa de conocimientos
útiles, los límites del mundo de la inteligencia. Extendiendo
de repente tan nuevos horizontes, abrió' suficientes caminos
á todo linaje de conquistas... La humanidad ha colocado su
nombre en la más alta columna del templo de la inmor-
talidad y hace muy cerca de cuatro siglos que las gene-
raciones le ensalzan, le aplauden y le aman. Mármoles y
pinturas, poesías y bronces, la ciencia y el arte, parecen
insuficientes para repetir sus alabanzas... Imposible sería dar
noticia completa de todos los monumentos que á su gloria
se consagran; pero tampoco podemos dejar de consignar en
este lugar alguno de los principales, como muestra de culto
que la posteridad rinde á su memoria en todos los pueblos y
en todas las edades, reconociendo cada vez con mayor con-
viccio'n la trascendental importancia del descubrimiento.
INTRODUCCIÓN
XXIII
No seguiremos, porque sería dificultosa tarea, el orden
cronológico. Señalaremos sus monumentos según sus condi-
ciones artísticas lo traigan á la memoria, y á manera de
álbum en que figuren con variedad las diferentes inspira-
ciones de los maestros en el arte.
Genova, la ciudad que vio nacer al inmortal navegante,
levanto' en el año 1821 un monumento á su nombre muy
digno de llamar la atención , aunque por estar colocado en el
salón donde celebra sus sesiones el Consejo de Senadores casi
no puede decirse que sea un monumento público. Se cons-
truyo' por acuerdo de ambos consejos de 31 de Julio y 16 de
Agosto de aquel año, para encerrar el inapreciable co'dice
original que el mismo Cristóbal Colón había enviado desde
Sevilla en el año 1502 á su amigo Nicolás Oderigo, conte-
niendo copias de todos los privilegios, cédulas y cartas de
los Reyes Cato'licos, que el Almirante conservaba en un
cofre de hierro custodiado en el monasterio de la Cartuja de
las Cuevas, con el deseo de que aquel traslado se guardase
en su patria.
Perdido el libro durante largo tiempo, y recobrado
después de muchas vicisitudes, se acordó encerrarlo en el
monumento de mármol que dibujo el arquitecto Carlos
Barrabbino, y ejecuto el escultor Peschiera.
Sobre sencillísimo zócalo, se levanta una robusta co-
lumna, truncada á conveniente altura para servir de des-
canso á la urna que guarda el preciado manuscrito, la cual
es formada por gruesas tablas de mármol , siendo de bronce
las puertas de la misma. El busto del héroe termina el
monumento; es de tamaño natural, pero no se tomo de
ninguno de los retratos hasta entonces conocidos, sino de la
descripcio'n que del rostro del grande hombre hicieron en
sus escritos su hijo don Hernando y el P. Las Casas,
cuidando el artista más que del parecido, de hacer una
valiente cabeza de correctas líneas y buen efecto.
En el centro de la columna, rodeada de corona de
XXIV
CRISTÓBAL COLON
follajes, hay una inscripción latina en letras de bronce
dorado, que consigna la importancia del monumento, en
estos términos:
QUiE. HEIC. SUNT. MEMBRANAS
EPÍSTOLAS. Q. EXPEND1TO.
HIS. PATRIAM. IPSE. NEMPE. SUAM.
COLUMBUS. APERIT
EN. QUID. MIHI. CREDITUM. THESAVRI. SIET.
DECRET. DECURIONUM. GENUENS.
M. DCCC. XXI.
Durante mucho tiempo esta sencilla inscripcio'n fué el
único recuerdo que al inmortal navegante consagrara su
patria. Pero movido el espíritu público por las crecientes
discusiones que sobre esta cualidad se promovían, queriendo
muchos pueblos de Italia disputarle la gloria de tan ilustre
hijo, determino' la municipalidad construir en la plaza
nombrada de Acquaverde, otro monumento de ma}^or
importancia, como emblema de su derecho, expuesto públi-
camente á la consideración de todos los pueblos. Por eso se
eligió' aquella plaza, muy cercana á la estacio'n del camino
de hierro, lugar de la mayor concurrencia para italianos y
extranjeros.
Se compone de un elevado pedestal de hermosísimo
mármol blanco, sin más adorno que una gran inscripcio'n,
declarando el objeto del monumento:
A CHRISTOPHORO COLOMBO
LA PATRIA
Sobre el pedestal se levanta un segundo cuerpo, ador-
nado con cuatro grandes estatuas, representando la Religión,
la Sabiduría, la Fuerza y la Inteligencia. Ocupan los planos
otros cuatro relieves, que figuran á Colón ante el consejo de
Salamanca, el desembarco en el Nuevo Mundo, la entrada
INTRODUCCIÓN
xxv
triunfal en Barcelona y la prisión por Bobadilla. En este
cuerpo descansa el plinto formando columna rostral para
base de la estatua, que es bella y airosa. Colón se apoya
sobre un áncora, emblema á un tiempo de su profesio'n y de
sus esperanzas, y tiene á sus pies arrodillada una joven india,
en representacio'n de los países descubiertos por su genio.
MONUMENTO DE GENOVA
Mucho menos conocido, aunque tan importante como el
de Genova por los recuerdos que despierta 3' por el lugar
en que se ha levantado, es el que se consagro', á corta
distancia de la ciudad de Salamanca, á perpetuar la memoria
de las conferencias que allí se celebraron, } r la mansio'n del
genovés ilustre en aquellos tranquilos campos, bajo el
amparo del ilustrado obispo don fray Diego Deza, y los
monjes del convento de San Esteban.
Cristóbal Colón, t. i. — iv*
¿>í":
XXVI
CRISTÓBAL COLÓN
Poco más de una legua de aquel célebre emporio de la
sabiduría, de la Salmantina alma mater, en direccio'n á
poniente, se conserva todavía la granja llamada de Valcuebo,
fundacio'n y propiedad de los frailes de la orden de Santo
Domingo, donde se hospedo' Colón durante los primeros
meses del año 1487. Viviendo en aquel retiro, lejos del
bullicio de la ciudad, tan propio para la meditacib'n y el
estudio, recibía frecuentes visitas de doctísimos profesores
de la célebre Universidad y de graves religiosos dominicos,
y es tradicio'n constante que en una altura pro'xima, en el
sitio que todavía conserva entre las gentes del país el
GRANJA DE VALCUEBO, CERCA DE SALAMANCA
nombre de tero de Colón, pasaba el grande hombre largas
horas entregado al estudio de las Sagradas Escrituras y de
los Santos Padres, y en conferencias con los sabios que con
frecuencia iban á visitarle.
El señor don Mariano de Solís, propietario de la granja
de Valcuebo en el año 1866, tuvo el feliz pensamiento de
levantar un monumento sencillo que recordara á las genera-
ciones episodio de tan capital interés.
Sobre ancho basamento de orden do'rico, con cuatro
frentes resaltados, descansa esbelto plinto en proporciones
convenientes, sirviendo de apoyo á una elegante pirámide
que termina en un globo terráqueo. Rodea el monumento
una robusta verja de hierro, sostenida sobre cuatro colum-
INTRODUCCIÓN
XXVII
ñas que forman los ángulos, presentando un conjunto de la
ma3'or sencillez y severidad, muy propio del lugar en que
se ha colocado.
Natural era que el Nuevo Mundo no permaneciera
indiferente ni fuera descuidado en consagrar recuerdos al
genio que le puso en comunicación con el antiguo y le abrid
las puertas para que entrase en el movimiento y concurso de
toda la humanidad. Muchas ciudades de América ostentan
MONUMENTO DE VALCUEBO
monumentos á la gloria de Cristóbal Colón; y en la
imposibilidad de detallarlos, mencionaremos los que se le-
vantan en las ciudades de la isla de Cuba; en la Habana
y en Cárdenas, donde lucen en los sitios más preferentes las
estatuas del descubridor. En Filadelfia se inauguro' á media-
dos del año 1875 un precioso monumento de mármol en el
paseo de Fairmount-Park. Méjico también ha tributado
este honor al ilustre navegante . y en la plaza de la Reforma
se levanto' uno de los más bellos que hasta hoy se han
construido con tal objeto. Mide catorce metros de alto, y
XXVIII
CRISTÓBAL COLON
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m á
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-
consta de un zócalo liso, sobre el que descansa el segundo
cuerpo, en cuyos planos entrantes se han esculpido, en
relieve en dos de sus caras, escenas del desembarco de Colón
en las primeras islas descubiertas, y en las otras dos, el
nombre del Almirante y una de sus cartas á la Reina Cato'-
MONUMENTO DE MÉJICO
lica. Sobre los ángulos salientes de este cuerpo, hay cuatro
figuras de bronce , de tres metros de altura , que representan
á fray Juan Pérez y fray Bartolomé de Las Casas, al obispo
don Diego Deza y fray Bernardo Boil. Entre estas cuatro
figuras destaca esbelto pedestal , sobre el que luce la estatua
de Cristóbal Colón desgarrando el velo que ocultaba la
mitad de nuestro globo.
INTRODUCCIÓN
XXIX
Tiene la estatua tres metros setenta centímetros de alto,
y fué obra del escultor Mr. Charles Cordier, que la modelo'
en París.
Extraño era, en verdad, que en la capital de la monar-
quía no se encontrase recuerdo alguno del inmortal descu-
bridor de las Indias Occidentales, y en más de una ocasión
MONUMENTO DE MADRID
habían acusado la falta literatos nacionales y extranjeros.
Al cabo, en el glorioso reinado de don Alfonso XII, de
que tan gratos, 3^ al propio tiempo tan doloroso recuerdo
conservará la generacio'n presente, se ha levantado, costeada
por la nobleza de Castilla, delante de la nueva fábrica de
Moneda, en la plaza que hoy ya se nombra de Colón, una
esbeltísima y hermosa columna de honor, de diez y siete
metros de alto, sobre la cual destaca majestuosamente la
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At H — -
■' ¿v*vv\.'S5"*'.:--
XXX
CRISTÓBAL COLÓN
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n:
figura del gran Almirante abrazado á la bandera de Es-
paña.
Todo el monumento está primorosamente labrado con
piedra de Fons, á excepción de la estatua que es mármol
de Carrara; bastando para su mayor alabanza decir que es
obra de Arturo Ai elida, y que con justicia la aplauden los
miles de extranjeros ilustres que diariamente visitan la
capital de España L
«El señor Mélida, con talento de verdadero artista, ha
sabido hacer gallardo y original monumento de estilo go'tico
florido, coronado por la estatua de Cristóbal Colón, una
de las mejores del escultor Suñol. Representa esta hermosa
estatua al inmortal navegante con la bandera de Castilla,
que tiene en la diestra mano, apoyada en la región del globo
que ha descubierto para los reyes de España, y en actitud
reposada al par que digna, con la mirada fija en el cielo, da
gracias al Todopoderoso por haber llevado á feliz término su
empresa.»
«Tiene (el monumento) diez y siete metros de altura
hasta la base de la estatua, la cual, según ya queda indi-
cado, es de más de tres metros de alto. Adornan los cuatro
frentes del primer cuerpo de este monumento, en cu3 t os
ángulos y bajo airosos doseletes hay cuatro heraldos, her-
mosos altos-relieves, labrados en la piedra misma de Fons.
El del frente del mediodía es alegórico; representa una
carabela con un globo, y en vez de inscripción , en él se ha
puesto el lema de las armas del gran Almirante, que
recuerda su maravilloso descubrimiento. A Castilla y á León,
nuevo mundo dio Colón. En el de oriente, la Reina Católica
ofrece sus joyas al navegante insigne para costear los gastos
'TzZtofc.
1 Monumento d Cristóbal Colón, erigido en Madrid por iniciativa de títu-
los del reino. — Madrid, Fortanet, 1886. 16 páginas en 4. con seis fotografías
del monumento, estatuas y detalles.
INTRODUCCIÓN
XXXI
de su viaje á desconocidas regiones. En el de occidente ex-
pone sus pro} T ectos Colón á su constante protector y amigo
íray Diego Deza. En el del norte, ocupa la parte superior
la Virgen del Pilar, cuya fiesta se celebra el 12 de Octubre,
día del feliz descubrimiento de América: debajo se leen los
nombres de las tres carabelas, Santa María, Niña y Pinta,
que llevo Colón en su primer viaje, comenzado el viernes
3 de Agosto de 1492, y en la parte inferior se han puesto,
por oportuna indicacio'n del arquitecto Mélida, los nombres
de Martín Alonso Pinzo'n, de Vicente Yáñez Pinzo'n, del
piloto Juan de la Cosa, y los de otros ochenta y un compa-
ñeros de Colón en ese viaje, que por dicha se han conser-
vado. Es esta la vez primera que en un monumento al
descubridor de América, se honra la memoria de los que le
acompañaron y asistieron en su arriesgada empresa. En la
parte baja de este frente hay la siguiente inscripción
en caracteres góticos:
REINANDO ALFONSO XII
SE ERIGIÓ ESTE MONUMENTO
POR INICIATIVA DE TÍTULOS DEL REINO. »
La ciudad de los condes, el emporio de la industria
nacional, que es al mismo tiempo una de las poblaciones
más cultas de España, nunca ha perdido la memoria de
haber sido la que presencio' el recibimiento hecho á Colón
por los Reyes Católicos , fasto glorioso que puede ostentar al
lado de los mejores timbres de su historia. En Barcelona
presento' oficialmente el Almirante la relacio'n y las muestras
de su asombroso descubrimiento : en su recinto corrieron los
días de su mayor felicidad, siendo objeto déla admiracio'n
y de los aplausos de todo un pueblo lleno de entusiasmo por
su genio.
La capital del antiguo Principado ha querido perpe-
tuar, pues, por medio de un magnífico monumento, el
XXXII
CRISTÓBAL COLON
recuerdo de semejante hecho y la grandeza del suceso que lo
motivara, y lo ha llevado á cabo de un modo digno, empla-
zándolo en uno de los sitios más importantes de la misma,
es decir, á orillas del mar, cerca del desembarcadero, en el
punto de interseccio'n del característico cuanto renombrado
paseo de «la Rambla,» y del que, con el nombre del perso-
naje á cuya honra se ha erigido, formado de gallardas y
cimbreantes palmeras, y flanqueado de rientes jardincillos,
construyóse en el área que ocupaba hace pocos años la
«Muralla de Mar *.»
Sobre un basamento circular de un metro de altura,
interrumpido por cuatro escaleras de seis metros de ampli-
tud, que dan acceso á la plataforma, levántase majestuoso,
arrogante, atrevido el grandioso monumento, que, en el
sentido de su elevación, se compone de tres cuerpos, comple-
tamente distintos.
Digamos antes de describirlos, que las escaleras de que
se ha hecho mérito, se hallan flanqueadas por ocho robustos
leones, cuatro sentados, de pie los restantes, que al par
decoran y dan carácter al basamento. De desmedrados y
poco feroces han sido tachados por algunos , acaso porque no
están sus melenas erizadas, ni es su actitud amenazadora;
mas de seguro no se ha tenido en cuenta que destinados por
el artista que proyecto' el monumento á que sirvieran de
guardianes del mismo, estuvo por demás acertado el escultor
que los modelo', comunicándoles la calma que es propia de
tales fieras , muy distinta del furor que en ellas excitan el
látigo y las voces del domador.
El primer cuerpo, que constituye el zo'calo, es una
circunferencia, cuyo diámetro superior mide diez y siete
metros. El paramento, que afecta la forma co'nica, se subdi-
Para la descripción nos valemos de la «Memoria» que con el título de
Monumento d Cristóbal Colón escribió el autor del proyecto, el arquitecto don
Cayetano Buhigas y Monrabá, impresa en 1882.
INTRODUCCIÓN
XXXIII
MONUMENTO DE BARCELONA
Cristóbal Colón, t. i. — \ *.
XXXIV
CRISTÓBAL COLÓN
wtk
vide en ocho partes, por igual número de escudos de armas,
surmontados de coronas murales, de los más importantes
estados españoles, flanqueado por doble número de escudos
de las provincias de España, dispuestos de modo que semejan
grandes clavos destinados á romper la continuidad del mol-
duraje superior. En los espacios d vacíos comprendidos entre
los mismos, hállanse representados en sendos bajo relieves
los actos más importantes de la vida de Colón, relacionados
con el hecho del descubrimiento del Nuevo Mundo, tales
como: su llegada á Santa María de la Rábida, acompañado
de su hijo, pidiendo socorro y hospitalidad; — su conferencia
con fray Juan Pérez, fray Antonio de Marchena y otros
padres del convento; — su presentacio'n en la corte de los
reyes don Fernando y doña Isabel, en la ciudad de Co'rdoba;
— las conferencias del convento de San Esteban de Sala-
manca; — su entrevista con los Reyes en el real de Santa Fe;
— el embarque en el puerto de Palos; — el descubrimiento
del Nuevo Mundo, y — su llegada á Barcelona de regreso de
su viaje. Son estos bajo relieves notabilísimos por la compo-
sicio'n y ejecucio'n, y por lo mismo que están al alcance del
que visita el monumento, que puede examinarlos en sus
detalles más insignificantes, esmeráronse en la obra los
escultores que los ejecutaron, haciendo de ellos una de las
partes más acabadas del mismo.
El cuerpo segundo, que mide diez metros treinta centí-
metros de elevación, es un polígono de ocho lados, cuatro
de los cuales se desarrollan en forma de contrafuertes , que
al par que de principal apoyo al mismo, sirven de sostén á
cuatro robustas matronas en las cuales se ven representados
los antiguos reinos de Ledn, Castilla, Aragón y Cataluña.
Son dichas esculturas muy dignas de encomio por su carác-
ter severo y majestuoso, y por la armonía que entre las
mismas existe, tanto que más bien que hijas de diferentes
artistas, parecen más bien obra de una sola mano. No
sucede lo propio con las estatuas o' grupos que , en el prome-
INTRODUCCIÓN
XXXV
dio de los contrafuertes, y adosados á los cuatro lados del
polígono, — cuya seccio'n, en su conjunto, afecta la forma de
una cruz, símbolo del cristianismo, fuente de inspiracio'n , y
principal estímulo del gran descubridor, — tienen por objeto
expresar el triunfo de la civilizacio'n sobre la barbarie , y el
apoyo moral y material dispensado por España á Colón.
Representan dichos grupos al P. Bo}^l dispensando protec-
ción á un indio que adora la cruz: al capitán Margarit con
un caudillo salvaje que humilde reconoce su superioridad: á
Ferrer de Blanes que traza un derrotero sobre la esfera que
sostiene en sus manos un pajecillo, y á Santangel, tesorero
del rey Fernando, y uno de los más entusiastas y constantes
protectores del marino genovés. En la parte superior de los
contrafuertes, campean sendos grupos constituidos por la
proa de una carabela entre dos grifos que sostienen el
escudo de la ciudad de los condes, y son digno remate
de esta parte del monumento.
El tercer cuerpo se compone á su vez de tres partes
distintas: la columna; el remate y la estatua. De orden
corintio aquélla, álzase sobre robusto y muy bien proporcio-
nado zócalo, del cual aparecen desprenderse cuatro genios
elegantemente modelados , que apoyándose en robustos
hemisferios, pregonan la fama de Colón á los cuatro
vientos, y le tienden las coronas de la inmortalidad. En el
tercio inferior del estriado fuste, un emblema, constituido
por una áncora y unas palmas, vése ceñido por un anillo en
cuyo escudo se lee Barcelona á Colón , y en su parte supe-
rior, al arranque del capitel, en un elegante collarín, en
letras de oro. Gloria á Colón. En el capitel, obra maestra
xle dibujo y ejecucio'n, que llama justamente la atencio'n por
su elegancia y lo bien hallado de sus proporciones, se distin-
guen cuatro genios, que representando á Europa, Asia,
África y América, unidas entre sí, al par cobijan el nombre
inmortal del descubridor del Nuevo Continente, y sostienen
el remate de la obra en cuva cima se ostenta la estatua de
~U-iJ~
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XXXVI
CRISTÓBAL COLÓN
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aquel á quien el mundo entero debe eterna gratitud por los
inmensos beneficios que de su iniciativa reporto' y reportará
en la sucesio'n de los siglos.
Constituye el remate una bellísima corona que descansa
sobre elegante peana, en cuyo plano campea el escudo nobi-
liario con que los Reyes quisieron galardonar al gran Almi-
rante, y que formando crestería abraza la esfera represen-
tativa del mundo, completado, si así cabe decirlo, por el
descubrimiento, y que sirve de digno pedestal al famoso
descubridor.
La estatua de éste, en actitud tranquila, reposada,
serena, como de quien no se sorprende de que los hechos
hayan venido á confirmar lo que constituía en su alma un
convencimiento profundo, le representa en aquel sublime
momejnto en que señala la tierra prometida á los absortos y
desconfiados españoles que le acompañaron en aquel su
portentoso viaje.
Tal es el magnífico monumento de sesenta metros de
altura, erigido por la ciudad de Barcelona á la gloria del
inmortal genovés, á la perfecta realizacio'n del cual han
contribuido, además del arquitecto que lo proyecto', escul-
tores catalanes de tanta nombradla como Alentorn, Atché,
Carbonell, Carcasso', Foxá, Gamot, Llimona, Nobas, Pagés,
Pastor, Vallmitjana Abarca, y Vilanova; dibujantes como
José Luis Pellicer, á quien son debidos los detalles del
monumento, é ingenieros tan entendidos como los que dan
crédito á los talleres de Construccio'n y fundicio'n de la casa
Wohlguemuth.
Designada por S. M. la Reina Regente en nombre de su
augusto hijo el rey don Alfonso XIII la tarde del día i.° de
Junio de 1888 para la inaguracio'n de dicho monumento,
en presencia de la corte de España , y de una muchedumbre
inmensa, que llenaba por completo todas las calles y espa-
ciosas avenidas, las azoteas todas desde las cuales se
distingue tan atrevida, construcción, descorriéronse las
INTRODUCCIÓN
XXXVII
cortinas que ocultaban á las miradas la estatua del Almi-
rante, y las salvas de artillería del castillo de Montjuich,
y las de las escuadras nacionales y extranjeras surtas en
el puerto de Barcelona con motivo de la visita de SS. MM. á
la Exposicióri Universal realizada en la capital del antiguo
Principado, saludaron al descubridor del Nuevo Mundo,
pregonando una vez más la imperecedera é indiscutible
gloria de Cristóbal Colón.
No son estos los únicos monumentos que recuerdan á
las generaciones el genio y la gloria del inmortal genovés,
según antes hemos dicho, ni una pequeña parte de ellos,
pero son los principales por su importancia, o por los
lugares en que están levantados; y si bien dignos todos, y
alguno magnífico, como el que acabamos de describir, no
corresponde ninguno á la grandeza , importancia y trascen-
dencia del hecho que con ellos se pretende perpetuar. Ese
deber incumbe indudablemente á España, puesta al frente y
unida á todos los pueblos hispano-americanos , y ninguna
ocasio'n más propicia para cumplirlo que la pro'xima celebra-
ción del cuarto centenario del descubrimiento.
Dos proyectos colosales , de gran significación artística
y filoso'fica, se han estudiado en poco tiempo rjor ingenios
españoles; hijos ambos del ardiente entusiasmo que el
recuerdo de Colón despierta en todas las almas nobles, y de
la inspiración de un alto sentimiento del arte.
Grande y propio el primero, fué ideado por el señor
don José de Manj arres hace ya muchos años: por las visici-
tudes de la época no pudo llevarse á ejecución, y desgra-
ciadamente falleció' el autor sin haber logrado otra satisfac-
cio'n que el aplauso de muchos doctos, tanto artistas como
literatos y hombres de ciencia, á su feliz pensamiento.
Deseaba vfanjarrés que su monumento se levantara en
la barra de Saltes, en la confluencia de los ríos Tinto y
Odiel , en aquel lugar memorable desde donde partieron las
pobres carabelas que habían de traer á la asombrada Europa
ñmu:..
XXXVIII
CRISTÓBAL COLÓN
las primeras muestras de la existencia y riquezas de un
mundo nuevo.
Allí había de formarse, de so'lidos sillares, un globo
colosal sobre el cual se destacaría la gran figura de Cristó-
bal Colón en actitud arrogante señalando con la mano
hacia el mar en direccio'n á Occidente. La sola enunciacio'n
del pensamiento revela desde luego al artista de corazo'n, y
de concepciones originales... Dejemos que él propio nos
describa su obra; o mejor dicho veamos la descripción y los
datos preciosos que sobre la misma consigno' su amigo
don A. Roca, tomando en cuenta las últimas modificaciones
que hizo en ella el autor x :
«Según una excelente fotografía del tamaño de placa
entera, sacada de la estatua en yeso modelada por el señor
Vallmitjana, bajo la direccio'n del señor Manjarrés, foto-
grafía que tenemos á la vista, el monumento en proyecto
que se ha de elevar á Cristóbal Colón, medirá, según la
última reforma que el inventor ha hecho en su primitivo
pensamiento, de setenta á ochenta metros de altura.
»La base la constituye una colosal esfera de piedra
rodeada de un relieve eri espiral que lleva grabada una
leyenda que dice Plus ultra. Este relieve sirve de rampa para
ascender hasta la cabeza de la estatua.
»La rampa arranca en la parte posterior de la esfera,
apoyándose en una meseta de quince metros cuadrados,
la cual está flanqueada por dos ménsulas que sostienen
grandes leones de bronce.
«Empotrados en la esfera á una altura conveniente, y
correspondiendo al centro de la meseta, se leerá en una
lápida de mármol, en letras de bronce dorado, la siguiente
inscripción :
Se insertó en La Publicidad, diario ilustrado, etc.— Barcelona, martes,
1 6 de Enero de 1883.
INTRODUCCIÓN
ESPAÑA
Á
CRISTÓBAL COLÓN
EN EL REINADO DE DOÑA ISABEL II
l8...
XXXIX
«Sobre la esfera se eleva la estatua de bronce del
inmortal descubridor del Nuevo Mundo. Según la copia
fotográfica del modelo, Colón apoya el envés de los cuatro
dedos y la yema del pulgar de la mano izquierda, sobre
un pedestal también de bronce, y el brazo y mano derecha
los tiene extendidos.
»La cabeza de Colón tiene el rostro vuelto hacia la
tierra; su actitud es digna hasta la majestad; el escultor
ha sabido expresar en la frente del ilustre geno vés el genio,
la fe en la idea, la conviccio'n y la constancia para llevar
á cabo su gigantesca empresa.
» En la cara anterior del pedestal , sobre el que apoya
una mano la estatua, se ve el escudó de armas de los Reyes
Cato'licos ; en la lateral los atributos de estos monarcas y en
la posterior esta inscripción:
A CASTILLA Y Á LEÓN
NUEVO MUNDO DIO COLÓN
EN EL REINADO DE DOÑA ISABEL I
12 DE OCTUBRE DE I492
»Por último, la cabeza de la estatua deberá ser acce-
sible por medio de la rampa que rodea la esfera desde la
meseta de los leones hasta la cara posterior del pedestal, y
desde aquí por medio de una escalera cubierta en el interior
del citado pedestal y del costado izquierdo de la estatua.
»E1 autor del proyecto ha sabido conciliar dos extremos
que en cuestiones de esta naturaleza suelen ser inconcilia-
bles; es decir, el cumplimiento de un deber impuesto por lo
XL
CRISTÓBAL COLÓN
que exige el enaltecimiento de una gloria nacional, con el
negocio propiamente dicho. Empero su cálculo y previsión
han ido más allá; han ido hasta buscar los medios de
asegurar el éxito del proyecto, escogitando como lugar
para erigir el monumento un punto de localidad que
reuniese condiciones todas apetecibles, condiciones que estu-
viesen en armonía con lo que refiere la historia relativa-
mente á Cristóbal Colón; con el lucimiento del monu-
mento ; con la propiedad del lugar que debe ocupar ; con la
facilidad y relativa economía de su construccio'n , y con la
seguridad de que el número de viajeros que lo han de visi-
tar sea tal que asegure el reintegro de las sumas invertidas
en él, en el tiempo fijado.
»Este punto es Torre Gorda, en la lengua de tierra que
une á Cádiz con el continente, en la orilla del mar, en la
proximidad del estrecho y dentro de ese Occéano que el
atrevido marino cruzo el primero desde Europa; allí donde
según la tradición existió un monumento análogo en
tiempos de la dominación fenicia; allí, en fin, donde pasa
rozando con el pedestal de la estatua de Colón un camino
de hierro que nace en Cádiz y dentro de poco irá á terminar
en San Petersburgo.
»E1 punto no podía haber sido elegido con más preci-
sión y habilidad ; la historia , el arte y hasta el negocio pro-
piamente dicho, así nos lo demuestran. La historia, porque
las costas de Andalucía reclaman con mayor título que otra
parte alguna ese monumento: el arte porque no existiendo
en muchas millas á la redonda cerros ni montañas que
sirvan de fondo á la estatuadla velen por cualquier punto
que se la mire, y la empequeñezcan elevándose por encima
de ella, el monumento se destacará desde tierra sobre el
mar, y desde el mar sobre la línea de horizonte de la tierra
en toda su grandiosa é imponente majestad; y por último,
el negocio, porque hecho un cálculo prudencial del número
de viajeros que circulan mensualmente por aquella línea de
INTRODUCCIÓN
XLI
ferrocarril, y del que anualmente llegan procedentes de Amé-
rica y de Europa, o' se embarcan en Cádiz para esos mismos
puntos, suponiendo que so'lo una mitad del total visite el
monumento, el producto de los billetes de entrada es más
que suficiente para reintegrar el número de obligaciones
PROYECTO DE DON JOSÉ DE MANJARRES
sorteadas en cada año y para atender á todos los gastos
naturales que pueden originarse.
»Una suscripcio'n de un real á veinte por persona, sus-
cripción abierta doquiera hubiera españoles, y no cerrada
hasta reunir las cantidades presupuestadas , debía ser la base
financiera de la ejecución del proyecto; los visitantes debían
satisfacer cierta cantidad para ir reintegrando á los suscrip-
tores y para obras de conservación del monumento. El
Cristóbal Colón, t. i. — vi*.
r !¿ñft*£&x:—
7&£
XLII
CRISTÓBAL COLÓN
presupuesto lo calculaba el señor Manjarrés en diez y seis
millones de reales ; en cuatro reales el derecho de entrada al
interior de la estatua.
«Cincuenta y cuatro mil metros cúbicos de piedra
calculaba necesarios para la gran esfera : la estatua de veinte
metros de altura.
«Reunió' también numerosos datos sobre estatuas análo-
gas á la proyectada de Colón ; la Virgen María del Puy en
Francia ; la Bavaria en Munich ; y la de San Carlos Borro-
meo en Asona, elevada en 1697: altura, cantidad de metal,
forma de construcción de las estatuas y escaleras interiores.
»E1 proyecto Manjarrés es grandioso y sencillo; digno
del personaje y del objeto : mas su grandiosidad exigía un
coste, unas sumas excesivas para el escaso entusiasmo y la
flojedad con que se suelen mirar en España obras de esta
clase.»
Casi al mismo tiempo que don José Manjarrés concebía
su proyecto, meditaba en el suyo otro arquitecto ilustre,
otro español entusiasta cuyas altas dotes, aunque de muchos
conocidas, no han sido todavía justamente apreciadas. El
señor don José Marín Baldo se nos presenta como un cantor
digno de Cristóbal Colón. Elevando su pensamiento á las
más levantadas concepciones , guiado por el ideal del arte y
en alas de la más ardiente inspiración, juzgo «que el poema
de piedra que en medio de la plaza pública cante en el
idioma universal de la arquitectura pregonando incesante-
mente la gloria del célebre marino, no puede prescindir de
cantar á la vez las glorias de la patria que fué su madre
adoptiva.» Y tomando como punto de partida esta idea tan
noble, tan patrio'tica, consagro profundas meditaciones y
largas vigilias al trabajo de traducir en emblemas arquitec-
tónicos todo lo que sentía su alma de artista y de español.
El proyecto fué inmenso, y tan grandioso, que su
magnitud misma es sin duda alguna la causa de que á pesar
de su celebridad y de haber sido elogiado y obtenido
INTRODUCCIÓN
XLIII
graneles distinciones en exposiciones de Madrid y Filadelfia
no se haya puesto en ejecucio'n.
Bien quisiéramos poder trasladar íntegra la Memoria
descriptiva de la obra que por encargo del gobierno escribió'
el señor Marín Baldo, que es tan distinguido autor en letras
como en artes. Siendo mucha su extensio'n hemos de limi-
tarnos, bien á nuestro pesar, á extractar lo más importante,
en cuanto sea bastante á dar idea completa de la magnífica
composicio'n.
Entiende con gran juicio el arquitecto, entrándose á la
vez en los dominios del filosofo y del poeta, «que el pedestal
de la gloria de un héroe se ha de levantar amontonando su
gloria misma, y formando con ella el promontorio, la mole
sobre que asiente su planta el hombre que fué grande. Si
hay vulgares antecedentes de origen en la vida del hombre
célebre, no vengan éstos á figurar en el monumento que se
levante á su memoria. El libro de la historia podrá narrar-
los, y en él es donde habrán de buscarse. El monumento,
pues, de que nos ocupamos, según esta doctrina, deberá
comenzar precisamente por donde Colón empieza á ser
grande y á echar los fundamentos de su gloria; que lo es
indudablemente, cuando }^a pasada su juventud, y después
de muchos años de piloto genovés, en que había vivido sin
hacerse notar de otro modo que como un hombre aplicado
y estudioso, concibió el pensamiento de que pudiera existir
una nueva comarca de la tierra desconocida del mundo viejo,
y que á ella se habría de llegar cruzando la inmensidad
tenebrosa del vasto mar Occéano, conservando en la navega-
ción rumbo constante al Occidente.»
«Es, pues, necesario buscar una forma arquitectónica
que traduzca estas ideas, y las represente de modo que,
conservando su esencia, nos dé la expresión más clara que
sea posible de semejantes conceptos.»
Difícil es seguir paso á paso al artista en el trabajo
XLTV
CRISTÓBAL COLÓN
iSS^Si. ...
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■ ! 3f 1
para lograr que en las líneas y en la piedra se traduzca
efectivamente todo cuanto desea expresar. Consta su pro-
yecto de un basamento general formado por un cuadrado
inmenso de cien metros de lado, encerrando un área de diez
mil metros superficiales, cuyos muros tienen ocho metros
de altura, adornado con un gran friso y terminado en airosa
cornisa. Sobre la extensa plataforma se levanta el cuerpo
primero del monumento, que el autor cree podría denomi-
narse canto primero del poema que se pretende cantar en el
idioma del granito, de los mármoles y bronces. Por varias esca-
linatas, y por una rampa que conduce al cuerpo superior,
va pasando revista el arquitecto á las diferentes vicisitudes
de la azarosa existencia de Cristóbal Colón, notando las
puertas que se le cerraron, los protectores que se le ofrecie-
ron; todo figurado en símbolos, en emblemas, en represen-
taciones tan claras, que son ingeniosísima y bella exposicio'n
de los hechos principales de su vida.
Por la rampa se alcanza el cuerpo segundo rodeado de
columnas sabiamente distribuidas y de gran elevacio'n;
rotonda originalísima , perfectamente estudiada, cuyo inte-
rior se destina á museo americano, es decir, á contener ejem-
plares de todas las especies indígenas de los tres reinos de la
naturaleza que traen su origen del Nuevo Mundo. «Ocho
grandes armarios repartidos entre los huecos de puertas y
ventanas se hallan destinados á recibir los ejemplares natu-
rales y más característicos de todos los productos... Asi-
mismo pueden contener estos armarios toda especie de uten-
silios, vasos, manufacturas, ídolos, trajes é instrumentos
diversos usados por los indígenas antes de serles conocida la
civilizacio'n que recibieron del Oriente.»
«Para la colocacio'n de escudos, cascos y armaduras de
guerra, mazas, flechas, lanzas y demás armas de combate,
se hallan dispuestas diez y seis columnas exentas dos á cada
costado de los armarios antedichos.»
El muro circular exterior de cerramiento del museo se
XLVI
CRISTÓBAL COLÓN
u
( u
eleva hasta la altura de once metros, que con la cornisa y
molduras entrantes crece hasta los trece metros; y allí
termina la fábrica de piedra, y empieza la de bronce, digno
remate del colosal edificio, complemento de la idea que
forma la apoteosis de Colón. Sobre las obras de sillería se
eleva una esfera terrestre de bronce dorado de veintido's
metros de diámetro, en la que se ve grabada la isla de
Guanahani en la misma posicio'n en que debieron descubrirla
las naves españolas en la memorable noche del 12 de Octu-
bre. En lo más alto, perfectamente colocada, y guardando
el admirable simbolismo á que todo el monumento responde,
«la estatua de Colón sobre el puente o' castillo de popa de
un barco monumental, que las ondas del Occéano, represen-
tadas por ocho náyades ú ondinas , llevan sobre sus hombros
y sus espaldas hacia el golfo de Méjico. Guirnaldas entrete-
jidas con algas y plantas submarinas, engalanan este barco
victorioso que lleva en su proa el escudo de los Reyes Cato'-
licos, copiado del que existe en San Juan de los Reyes en
Toledo. Por entre las olas del mar, que se levantan desde la
superficie del globo terrestre hasta llegar á bañar la quilla
de la carabela, se ven asomar algunos ánades o' gaviotas,
que recuerdan aquellas que se vieron la tarde anterior al
descubrimiento de la isla. En la popa del barco se halla
escrito su nombre de Santa María, y en derredor del plinto
o' peana sobre que asienta sus pies la estatua de Colón , hay
una inscripcio'n que dice «12 de Octubre de 1492,» traduc-
cio'n al idioma vulgar de la escritura de todo el emblema de
la apoteosis.»
«La estatua de Colón se presenta con una planta natu-
ral y majestuosa, propia de la gravedad del personaje que
representa, y huyendo de toda postura académica o' exaje-
rada: tiene puesta la mano derecha sobre la caña del timón,
que no se conocía por entonces la rueda que hoy la susti-
tu} T e; y en la otra mano lleva un rollo de papel represen-
tando sus cartas de marino y su derrotero, arrimadas al
INTRODUCCIÓN
XLVII
pecho en señal de la fe y constancia que tuvo en sus planes
y proyectos, así como del secreto que guardaba respecto de
la verdadera marcha de su flota, para sostener el ánimo de
los que le acompañaban.»
«La estatua de Cristóbal Colón tiene por sí sola cinco
metros cincuenta centímetros de altura, pero con el barco y
el grupo que lo sostiene forman un conjunto de doce metros
de elevación, que sumados á la que ya tiene la cumbre de la
esfera, resulta la cabeza de Colón á cincuenta y nueve
metros sobre la línea de tierra de este pedestal d monu-
mento . »
Tal es, ligerísimamente apuntada, la descripcio'n de
esta obra de arte. No es fácil formarse de ella cabal idea sin
trasladar por entero lo que escribió' su autor. Las escul-
turas, medallones, figuras y emblemas son en número muy
crecido, y todas contribuyen á ir poniendo en claro el
pensamiento capital que se va desarrollando...
Hasta las extrañas vicisitudes por que ha pasado este
grandioso proyecto le prestan mayor interés. Hijo del entu-
siasmo que en el señor Marín Baldo producía la historia de
Cristóbal Colón desde el punto en que, niño aún, la leyó
por vez primera, empezó' á traducirse en líneas desde que
supo manejar el lápiz; fué su constante compañero en los
años consagrados al estudio, y no le abandono' en sus viajes.
El autor mismo refiere con cuánta timidez hizo muestra de
sus primeros perfiles al célebre Nicolle, cuya escuela fre-
cuentaba en París ; y la amplitud de miras que se abrió' á su
imaginacio'n ante los consejos de aquel doctísimo artista,
que con tanta detencio'n había estudiado todas las manifesta-
ciones del arte antiguo, señaladamente en Asia y en el
Egipto.
Ya en el año 1865, á ruegos y con la recomendacio'n de
algunos amigos apasionados de su trabajo, salió' de Murcia,
donde ocupaba el cargo de arquitecto de la provincia, y se
dirigió' á Madrid para darlo á conocer en esferas de mayor
^í
XLVIII
CRISTÓBAL COLÓN
importancia. Con ingenua franqueza refiere Marín Baldo la
favorable acogida que obtuvo del señor don Lorenzo Arra-
zola y del infante don Sebastián , tan entendido en todo lo
referente á bellas artes, y su presentación á S. M. la reina
doña Isabel II; así como el asombro que á todos causaba el
gasto de cien millones de reales que se presupuestaba como
necesario para la construcción.
Sin embargo, en el corazo'n de aquella augusta señora
encontraban acogida todos los grandes ideales. No era posi-
ble decidir por entonces la ejecucio'n de tan costoso pro-
yecto; pero sí lo era procurar que pudiera ser conocido, y
de su bolsillo particular quiso que se construyera un modelo
bajo la direccio'n del ilustre arquitecto. Y se construyo' efec-
tivamente; y el precioso grupo en que termina el monu-
mento se fundió' en París por la célebre casa Cristophle y
fué cincelado y concluido por el escultor Caille. «El grupo
tenía de altura cuarenta centímetros, que era lo que corres-
pondía en la escala del modelo..., viniendo á costar con todo
gasto más de seis mil pesetas.» Terminada la obra, fué
llevada de orden de S. M. á la Exposicio'n de Bellas Artes
que debía inaugurarse en aquel mismo mes de Octubre
de 1866 en el palacio de Indo.
Allí figuro', en efecto, siendo la admiracio'n de cuantos
artistas tuvieron ocasio'n de examinarlo, y del numeroso
público; pero la envidia comenzó' su trabajo para rebajar el
mérito de aquella obra que muy pocos hubieran podido
imaginar, y muchos no podían comprender. Don José Marín
Baldo, tímido como todo hombre de verdadero mérito; poco
avezado á intrigas, creyéndose víctima de cabalas odiosas,
que tal vez nunca existieron , pero que aun así se presentaban
á su ardiente fantasía en proporciones aumentadas con los
efectos de linterna mágica, oficio' al presidente del Jurado ma-
nifestándole que como su modelo había sido hecho por orden
de S. M. la Reina, que era su propietaria, no se presentaba
para optar á premio alguno y por lo tanto no debía ser some-
INTRODUCCIÓN
XLIX
tido á juicio, y dado este paso salió' de Madrid y regreso á
Murcia sin quererse ocupar de aquel proyecto, que juzgaba
desgraciado.
Pero lo que ocurrid después es todavía más extraño.
Casi no puede creerse, que terminada la Exposicio'n nadie se
cuidara de aquella obra de arte, á pesar del tarjetdn que
decía: Pertenece á SS. MM., y que pasado algún tiempo se
hiciera pedazos y se perdiera entre los restos de cajones,
jirones de lienzo y otros residuos despreciables, desapare-
ciendo, sin saberse como, hasta el precioso grupo cincelado,
que según dijimos había costado en París más de veinti-
cuatro mil reales. — Yo he visto muchos años después dos de
las cuatro columnas rostrales que sirvieron de adorno á la
plataforma del basamento general... están destrozadas en
parte, mas son bellísimas y tal vez lo único que se salvo
de aquel acto tan incomprensible como incalificable. Nunca
el gusano de la envidia ha roído más á su sabor la obra del
genio.
Pero los grandes pensamientos no mueren, y si pruebas
fueran necesarias para demostrar que lo es el de don José
Marín Baldo, las tendríamos en sus repetidas resurrec-
ciones.
Anunciada la Exposición universal de Filadelfia, hubo
algunos ilustres españoles que recordaron el hermosísimo
proyecto de monumento á Cristóbal Colón, que habían
visto diez años hacía en el palacio de Indo, y desearon que
España lo presentase en América como testimonio de su
antigua grandeza, para que levantara allí la voz recordando
á los americanos de do'nde les viene el origen de su civili-
zación.
Entonces se llamo' al autor; entonces se investigo' el
triste fin del antiguo modelo, y se formaron cinco grandes
planos acompañados de una Memoria costeada por el Minis-
terio de Fomento, que figuraron dignamente en aquel con-
Cristóbal Colón, t. i. — vn*
CRISTÓBAL COLÓN
7/7^S
m
curso famoso de la industria y de las artes en todas las
naciones.
Grandes alabanzas obtuvo el proyecto del monumento,
y mucha gloria recogió' el autor, además de medalla y
diploma...; pero no paso' de aquí el resultado, y desde el
año 1876 no parece sino que nadie se ha vuelto á acordar de
tan magnífico pensamiento. Sin embargo no es así.
Dentro de cuatro años ha de celebrar la humanidad
entera, y señaladamente España y las naciones todas de
América, el cuarto centenario del descubrimiento. Hay
noble emulacio'n, sublime competencia por hacer en esa
fecha, sobre todas memorable, una manifestacio'n de entu-
siasmo y gratitud al genio geno vés digna del siglo xix, y
que se perpetúe en la memoria de los venideros. El primer
hombre de Estado de nuestros tiempos, el ilustre pensador,
el orador parlamentario, gloria de nuestra tribuna á quien
dedicamos este libro, es al mismo tiempo artista de corazo'n,
y de sus labios escuchamos las alabanzas del proyecto de
don José Marín Baldo. Conoce el señor don Antonio Cáno-
vas del Castillo ese grandioso monumento y no le olvidará
ciertamente al tratar del famoso centenario. Lo conoce y lo
admira el general mejicano don Vicente Riva Palacio, minis-
tro plenipotenciario de los Estados Unidos de Méjico en
España, y una de las mayores ilustraciones de aquella
República ; y muy en breve le conocerán todos los represen-
tantes de las. naciones. hispano-americanas. De los esfuerzos de
todos no puede menos que brotar una elevadísima concepcio'n,
un pensamiento noble..., y tal vez ninguno puede superar al
de llevar á vías de ejecucio'n el proyecto del señor Marín Baldo.
Pero de la celebracio'n del centenario, como objeto
preferente de este estudio, hemos de hablar más adelante,
con la detencio'n que su importancia requiere , y allí tendrán
oportuno lugar varias consideraciones sobre todos los pro-
yectos presentados en España y en otros países de Europa y
de América. ¿*.
INTRODUCCIÓN
LI
Por eso abrigamos la confianza de verlo alzarse en la
futura Playa de América, en la corte de España, para gloria
de nuestra patria y justo tributo al gran nombre de Cristó-
bal Colón.
W
v&
III
*&*!&-
W¡
Si muchos y notables son los monumentos levantados á
la gloria de Cristóbal Colón, no han sido menos ilustres
los escritores que se han consagrado á enaltecer y conservar
su memoria. Los monumentos literarios son tantos y aun
más que los de piedra, y tal vez están destinados á ser más
duraderos que los bronces, según la feliz expresión de
Horacio. Por tal motivo, y porque interesa siempre conocer
las fuentes histo'ricas y apreciar en su justo valor á los
historiadores, pues en todo caso es necesario separar el oro
de la escoria, vamos á consagrar algún estudio á este punto,
comenzando por los documentos que se conservan en archi-
vos y colecciones oficiales, estudiando los autores contem-
poráneos de los sucesos, y descendiendo luego á la apre-
ciacio'n de los que de ellos se han valido para formar
narraciones más o menos extensas, más o menos profundas
y meditadas.
Escritos de Cristóbal Colón. Y lo primero y más auténtico
que debe tenerse en consideracio'n son los escritos del Almi-
rante, y los documentos públicos y privados que con res-
pecto á sus cargos , honores y hechos notables se guardan en
los archivos del Estado y en los de la familia.
Verdaderamente Colón escribía con gran facilidad, y
son muchos los auto'grafos suyos que se conservan, así como
muchas de sus obras han llegado á. nosotros en copias de
innegable valor. Su actividad epistolar quedo' en proverbio,
como dice Mr. Harrisse, tanto que don Francesillo de Zúñiga
y.
L1I
CRISTÓBAL COLÓN
¿t
m&
>
decía en una de sus epístolas al marqués de Pescara:
«A Gutiérrez, vuestro solicitador, ruego á Dios que nunca
le falte papel, porque escribe más que Tolomeo, y que
Colón el que hallo las Indias. »
Además de las cartas á los Reyes y algunas á su hijo
y á particulares, que todas son de un interés capital, se
conserva el extracto hecho por fray Bartolomé de Las Casas
del Diario de Navegación, que poseyó' original, y en el que
ha conservado la Introducción y muchos párrafos importantes
al pie de la letra; la relacio'n completa del tercer viaje y las
instrucciones que dejo' á su hijo don Diego antes de empren-
derlo, y el notable libro llamado de las Profecías, en que se
encuentra auto'grafa la carta á los Reyes de que después
daremos traslado.
Todos estos escritos de Colón han sido impresos, en
número de sesenta y cinco, á excepción del Libro de Profecías,
del que solamente se han publicado extractos por don
Martín Fernández Navarrete y don Bartolomé José Gallardo.
Cincuenta años después del fallecimiento del Almirante
todavía se guardaba con religiosa veneracio'n en la familia,
un libro que había escrito del descubrimiento, donde se conta-
ban cosas muy notables é dinas de ser sabidas, y se pidió y
obtuvo permiso para la impresio'n *. A nuestro entender este
era aquel libro que Cristóbal Colón deseaba enviar al papa
Alejandro VI, cuando le decía: «Gozara mi ánima y descan-
sara si agora en fin pudiera venir á V. Santidad con mi
escriptura, la qual tengo para ello, que es en la forma de
los comentarios é uso de César, en que he proseguido desde
el primero dia fasta agora, que se atravesó á que yo haya
de hacer en nombre de la Samma. Trinidad viaje nuevo.»
El precioso manuscrito no llego' á imprimirse, y nunca
se llorará bastante su pérdida , si es que alguna feliz casua-
lidad no le hace salir un día de la oscuridad en que desde el
Véase en los Apéndices d la Introducción (B).
INTRODUCCIÓN
Lili
año 1554 se encuentra envuelto; porque los escritos de
Colón son la verdadera piedra angular de su importan-
tísima historia, y nunca puede prescindirse de su contexto,
ni darle violentas interpretaciones; por más que sea preciso,
lícito y aun laudable el procurar concordarlos con otros
datos auténticos y dignos de crédito. Pero cuando entre
unos y otros existan diferencias tales que no sea posible
ponerlos de acuerdo, debe el historiador preferir siempre sin
vacilaciones lo dicho por el Almirante, que es, á no dudar,
el mejor guía para conocer los hechos de su vida.
Y no sin causa consignamos esta previa advertencia.
Bulle actualmente en el terreno de las ciencias una tendencia
al escepticismo, una especie de desconfiada imparcialidad,
que mueve á distinguidos autores á dudar de lo que está
claramente averiguado por el testimonio más fidedigno,
ocupándose en acumular indicios, sospechas, leves vislum-
bres para no presentar como pruebas plenas los datos más
concluy entes. Resultado funesto de tal inconsiderada descon-
fianza, es que vuelvan á ponerse en discusión hechos por
demás comprobados, y no pueda asentarse en firme la
planta sobre ningún punto de la historia.
Citaremos un solo ejemplo. El más laborioso de los
modernos colombistas, el señor E. Harrisse, llevado de esa
tendencia escéptica, asienta terminantemente en su más
importante obra Cristóbal Colón I , que hay unanimidad en los
historiadores en decir que fué genovés. Conoce muy bien el
docto abogado del foro de Nueva York la cláusula de la
institucio'n del ma3 T orazgo, en que el Almirante dijo que de
Genova salió y en ella nació; y la otra cláusula del testamento
de don Fernando Colo'n en que expreso' que era hijo de
don Cristoval Colon, ginovés, primero Almirante que descubrió
1 Christophe Colomb , son origine, sa vie, ses voy ages , sa fatnille et ses
descendants, d , apris des documents inédits tires des archives de Genes , de Savone,
de Séville, et de Madrid. — Paris, Ernest Leroux, 1884, dos tomos en 4.
LIV
CRISTÓBAL COLÓN
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las Indias, y á pesar de todo, estas designaciones no disipan
sus dudas. Juzga posible que Colón naciera en alguna de
las aldeas más pro'ximas á la ciudad, y se fija tal vez en
Quinto o' en Terrarrubra, porque ese patronímico usaron
en su juventud los dos hermanos Cristóbal y Bartolomé;
como si todos los indicios imaginables pudieran destruir la
fuerza de lo manifestado por aquél en sus documentos.
Los escritos de Colón son para nosotros objeto de reli-
giosa veneración, y á ellos acudimos como á las primeras y
más puras fuentes de la verdad histo'rica para los hechos de
su vida.
El Códice Colombo americano. El Archivo de Indias.
El Archivo de la Casa de Veragua. Poseía Cristóbal Colón
en traslados auténticos y autorizados debidamente, todos los
documentos relativos á las gracias, privilegios, donaciones y
títulos que había obtenido; que, según parece, los iba depo-
sitando en manos de su constante amigo, fray Gaspar Gorri-
cio, monje de la Cartuja de Sevilla. Poco tiempo antes de
emprender su cuarto y último viaje, hizo el Almirante se
sacase por ante notario y previa licencia de los alcaldes
de Sevilla, Esteban de la Roca y Cristóbal Ruiz Montero,
copia legalizada de todos aquellos documentos, y encerrán-
dolos en una bolsa de cordobán con cerradura de plata, la
entrego' á su compatriota Micer Francisco Rivarola para que
la llevase al embajador de la República de Genova en la
corte de España. Otra copia hecha en los mismos días
conservo' en su poder el Almirante , y antes de su salida de
Cádiz la entrego á Francisco Cataneo para que la llevase
como la anterior al embajador Oderigo, previniendo así
cualquier contingencia.
En la familia de éste se conservaron por mucho más de
un siglo aquellas dos copias, como depo'sito precioso, hasta
que en el año 1670 fueron dadas á la República por Micer
Lorenzo Oderigo, descendiente de Nicolás.
INTRODUCCIÓN
iv
No se sabe de qué manera salieron ambos co'dices de los
archivos de Estado de la Señoría, en los primeros años del
siglo presente, pero es lo cierto que la copia más completa
fué comprada por orden _ del rey del Piamonte en el
año 1816 en la venta de objetos del conde Cambiasso, y
regalada por aquel monarca al municipio de Genova; y la
otra copia se encuentra, según noticia de Mr. Harrisse, en
el archivo del Ministerio de Estado en París.
El ejemplar que se conserva en Genova fué dado á la
imprenta en el año 1823, con una hermosa introduccio'n
escrita por el P. Juan B. Spotorno *., bajo el título de Códice
diplomático colombo americano. Consta de cuarenta y cuatro
documentos impresos en español y en italiano y lleva dos
facsímiles autografiados.
Este libro es de lo más importante, porque además de
contener copias autorizadas de los documentos originales,
1 No se nos alcanza el objeto que se propone el señor Harrisse, al decir
cada vez que menciona el original de tan precioso códice, que se conserva en la
casa Ayuntamiento de Genova al lado del violín de Paganini. Parécenos, sin
embargo, que alguna intención profunda deben tener oculta esas palabras,
cuando ya en cuatro de sus obras las ha repetido. Véanlas nuestros lectores.
En el libro titulado Don Femando Colombo, historiador de su padre, que se
imprimió en Sevilla en el año 1871, decía (pág. 200): «Todavía hoy se le
manifiesta á los extranjeros (se refiere al Códice Diplomático) en el Ayunta-
miento, donde está cuidadosamente conservado en compañía del violín de Paga-
nini. »
Publicó después la misma obra en París, con notables ampliaciones, en el
año siguiente de 1872, bajo el título de Femand Colomb, sa vie, ses ceuvres;
pero no descuidó de poner en nota á la pág. 102, y refiriéndose al mismo
Códice: « C'est le volume relié en velours violet, qui se trouve encor dans la
custodia de la municipalité de Genes, cote a cote avec le violón de Paganini.^
A la pág. xx de la Introducción al tomo de Additions á la Bibliotheca
Americana Vetustissima, que se estampó en Leipzig, en el mismo año de 1872,
escribe : « La carta remitiendo el donativo, y el Libro de traslados de cartas y
otro de mis privilegios en una barjata de cordovan colorado con su serrada de
plata, mencionado por el Almirante en su carta de 28 de Diciembre de 1504,
están ahora guardados (menos la cerradura de plata) en una custodia en la casa
Ayuntamiento de Genova, aunque con el violín de Paganini. (Together with the
Paganini's fiddle).»
Y en su última obra Christophe Colomb, son origine, sa vie, ses voyages, etc ,
publicada en 1884, todavía repite (tomo I, pág. 20) que el precioso manuscrito
se conserva en Genova en una custodia con el violín de Paganini; por lo cual
creemos que aún conserva interés la noticia. . -
LVI
CRISTÓBAL COLÓN
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tiene unida al fin la interesantísima carta que el Almirante
dirigid al ama del príncipe don Juan, doña Juana de la
Torre, en el año 1500, al volver á España aherrojado por
orden del odioso Bobadilla.
Tesoro inagotable , á pesar de lo mucho que se ha estu-
diado, es el Archivo de Indias, establecido en la casa Lonja
de la ciudad de Sevilla. Reuniéronse allí por orden expresa
del rey don Carlos III todos los documentos relativos al
descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo.
El archivo de Simancas entrego' todo lo que de antiguo se
había ido depositando en aquel gran centro, y de las oficinas
de los ministerios de Guerra , Marina y Justicia se enviaron
todos los papeles de las antiguas Audiencias que todavía
funcionaban en los virreinatos de Méjico y del Perú. Inves-
tigando sus infinitos documentos formaron sus colecciones
don Juan B. Muñoz, don Martín Fernández Navarrete, don
José Vargas Ponce y todavía hace muy poco tiempo, en el
año 1882-, los legajos enviados por orden del gobierno al
Congreso de americanistas dieron ocasio'n á un notable
estudio del capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro,
llamando la atención de todos los sabios de Europa.
De ese rico deposito proceden muchos de los documen-
tos de la familia y descendencia de Cristóbal Colón publi-
cados por el señor Harrisse en su citado libro, cuyas copias
le remitimosy y de él continúa saliendo, autorizada en
debida forma, la Colección de documentos inéditos, que empezó'
á publicar don Luis Torres de Mendoza, constando ya de
cuarenta y dos tomos, y aunque no todo lo que en ella se ha
insertado está escogido con igual tino, el gran número de
documentos dados á luz, es demostracio'n evidente de lo
mucho que el Archivo de Indias atesora l .
1 A la muerte del señor don Luis Torres de Mendoza, la Real Academia
de la Historia se hizo cargo de proseguir la obra, de la cual ha publicado ya
cuatro volúmenes, formando una segunda serie.
INTRODUCCIÓN
LVIl
En el archivo de la casa de Veragua, que sucede en
su apellido y en sus glorias al Almirante, se conservan gran
parte de los documentos originales que estuvieron en la
Cartuja de las Cuevas, y cuyas copias envió el mismo
Colón á Genova; y además otros muchos referentes á la
familia, todos del mayor interés. Entre muchos se guarda
allí el extracto del Diario de Navegación que hizo fray
Bartolomé de Las Casas sobre el original del Almirante;
cartas originales de éste y gran copia de documentos que
constituyen aquella dependencia en mina tan inagotable,
como lo es el Archivo de Indias, aunque en éste abraza
mucha mayor amplitud por las condiciones de su instituto.
En la importantísima Colección de los viajes y descubrimientos
que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo xv
incluyo' don Martín Fernández Navarrete unos ochenta
documentos de los existentes en el archivo de la Casa de
Veragua.
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» ' / ? r .
1 -«"«LA-
Don Hernando Colón. — Entre los historiadores de la
vida de Cristóbal Colón, que merecen el dictado de cronis-
tas, figura en primer lugar su hijo natural don Hernando,
nacido en Co'rdoba el 15 de Agosto del año 1488, y que,
dando muestras desde sus más tiernos años de un talento
grave y privilegiado, acompaño á su padre en su cuarto y
último viaje, desde 1502 á 1504, cuando apenas contaba
diez y seis años de edad. El libro de don Hernando ha
tenido siempre grandísima importancia desde su aparicio'n,
y gozado alto aprecio entre los escritores que se han ocupado
del descubrimiento de las llamadas Indias Occidentales,
calificándolo Washington Irving de piedra angular de la
historia del Nuevo Mundo. Pero desde el año 1871, con
motivo de la impugnación de que fué objeto, ha sido mayor
aún su celebridad, ocupándose en su análisis los más doctos
colombistas de ambos continentes.
En aquel año recorría las principales ciudades de
Cristóbal Colón, t. i. — vm*
LVIII
CRISTÓBAL COLÓN
#
UA
'.,Cy^
Wm,
España, Italia y Francia el abogado de Nueva York
Mr. Henry Harrisse, conocido ya y estimado en el mundo
científico por sus obras Notes on Columbus l , y Bibliotheca
Americana vetustissima 2 . Después de haber visitado los
principales archivos y bibliotecas de Europa, llego' á Sevilla,
y estudiando en el archivo de Indias y Biblioteca Colombina
se decidió' á dar forma y exponer al público un pensamiento
que, según parece, le había asaltado ya muchas veces,
consagrando un libro al examen de la autenticidad de la
obra de don Hernando 3. La incluyo' en su coleccio'n la
Sociedad de biblio'filos andaluces, y desde aquel momento
casi no ha pasado año en que no aparezca alguna obra favo-
reciendo o' impugnando la opinio'n del señor Harrisse.
A la verdad, las contradicciones que se notan en ciertos
pasajes del libro de don Hernando Colo'n, algunas afirma-
ciones que no están bien ajustadas á la verdad histo'rica, y
ciertos hechos que no es posible admitir como verdaderos
inducen á pensar mal del libro ; pero teniendo en cuenta que
no poseemos el original castellano, sino una versio'n hecha
por Alfonso de Ulloa, en la que es posible, y aun probable,
que por precipitacio'n , por entender mal algunos conceptos,
por negligencia y hasta por malicia se deslizaran errores,
pierden mucho de su fuerza los argumentos que se formulan
contra su autenticidad.
Porque sea más o' menos exacta la historia de la adqui-
sicio'n del manuscrito castellano que se relata en la dedica-
toria de Ulloa, es lo cierto que aquel original se ha perdido
y solamente se conserva la traducción italiana. Publico'se
ésta en Venecia, en casa de A. Sanesse, en 1571, es decir,
más de treinta años después de la muerte de don Hernando,
1 New- York, 1866, en folio.
* New- York, 1866, grand., in 8.°.— Geo P. Philes.
3 Don Fernando Colón, historiador de su padre; por el autor de la Biblio-
teca Americana Vetustissima.— Sevilla, Tarascó, 187 1, in 4.
INTRODUCCIÓN
LIX
bajo el título de: Historie del Signor Don Fernando Colombo.
Nelle quali s' ha particolare é vera relatione della vita é de i fatti
dcll Ammiraglio D. Christophoro Colombo, suo padre ' .
Y ciertamente se encuentran en la obra las mejores
noticias de la vida del gran navegante, que justifican el
crédito de que ha gozado siempre. En defensa de su texto
y en demostración de que su autor lo fué en efecto don
Fernando Colon, salió' inmediatamente Mr. d'Avezac 2 , con
gran erudicio'n y copia de argumentos; si bien es necesario
reconocer que su refutación de lo expuesto por Mr. Harrisse
fué mucho más débil y menos conclu} 7 ente en cuanto á los
errores que se notaron en la narracio'n de los hechos, que en
la parte relativa al autor.
Al año siguiente reprodujo el señor Harrisse su obra en
París, considerablemente añadida y algo variada en ciertos
conceptos, bajo el título de Fernand Colomb, sa vie, ses
cenvres 3 ; dando lugar á nuevos estudios en los que don
Antonio M. a Fabié, don M. Jiménez Espada y don Cesáreo
Fernández Duro hicieron demostración más concluiente de
que el libro que sirvió de original á Ulloa para su traduc-
cio'n, había sido escrito por don Hernando, porque como tal
lo cita repetidas veces en su texto castellano, y sin duda ni
vacilacio'n alguna el P. Las Casas en su Historia de las
Indias.
¿Como no ceder ante este decisivo argumento? ¿Co'mo
era posible seguir sosteniendo con argumentos negativos que
don Fernando Colo'n no había trazado una reseña de la vida
y los hechos de su ilustre padre, ante esa positiva afir-
macio'n?
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'1^
|%k '
1 Este título puede traducirse : Apuntes del señor don Fernando Colón. En
los que se contiene particular y verdadera narración de la vida y los hechos del
Almirante don Cristóbal Colón, su padre.
* Année veritable de la naisance de Chtistophe Colombo. — París, 1873. —
Le Livrc de Ferdinand Colomb.— Revue critique, &.— París, E. Martinet, 1873.
3 París, librairie de Tross, 1872.
■>♦**
LX
CRISTÓBAL COLON
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Con innegable prolijidad y erudicio'n especial copiosí-
sima y discreta el señor Pro'spero Peragallo combatió' los
últimos trabajos de Mr. Henry Harrisse r , y como resultado
final de tan instructiva polémica podremos dejar establecido
que la Historia de Cristóbal Colón escrita por su hijo, es uno
de los monumentos más importantes para escribir la del
descubrimiento, por más que deba estudiarse con gran
detencio'n, como lo han hecho los doctos colombistas que se
han citado y otros muchos, pues por diferentes causas
fáciles de comprender, hay en aquélla muchos asertos que
no están debidamente comprobados, y en otros son notorios
el error y la inexactitud; no sabiendo si tales faltas deben
ponerse á cargo del primitivo autor o' del traductor de la
obra.
Fray Bartolomé de Las Casas, por las especiales
condiciones en que se encontró' con la familia de Colón,
por su carácter, y por haber vivido largos años en la isla
Española, entre muchos de los colonos que acompañaron al
Almirante en su primer viaje, ha sido siempre objeto de la
1 Para no multiplicar citas y notas, recopilaremos en ésta lo más impor-
tante de lo mucho que se ha escrito sobre la autenticidad del libro de don
Fernando Colón , para guía del curioso que tenga deseo de conocerlo.
JO authenticité des <s. Historie-» atribuées a Fernand Colomb, par Tauteur de
la B. A. V.— París, 1873, 8 -°-
Les Historie, livre apocriphe, par Mr. Henry Harrisse. — París, 1875, 8 °-
Hautenticitá delle historia di Fernando Colombo , é le critiche del signor
Enrico Harrisse con ampli frammenti del testo spagnuolo di don Fernando, per
Prospero Peragallo. — Genova, 1884, in 4. .
Reconferma delV autenticita delle Historie di Fernando Colombo. — Risposta
alie osservazioni dell' Vff. Prof. Dott. Pietro Arata, per Prospero Peragallo. —
Genova, 1885, in f.°.
Colón y Pinzán, por don Cesáreo Fernández Duro, capitán de navio. —
Madrid, 1883, in f.°
Congreso internacional de americanistas. Actas de la cuarta reunión. —
Madrid, 1883, in f.°
H origine de Christophe Colomb. — Demonstration critique et documentaire,
par Sejus. — París, 1885, in 8."
Origine , patria ¿ gioventú di Cristo/oro Colombo. — Studii critici e docu-
mentan, per Celsus.— Lisboa, 1886, in 8.°
INTRODUCCIÓN
LXI
mayor veneración para todos los historiadores de Indias.
Conoció' y trato' al inmortal genovés, al que su padre
Francisco de Las Casas acompaño en el segundo viaje; fué
amigo del segundo Almirante don Diego Colo'n y de su
hermano don Fernando, y poseyó' los documentos y cartas
originales de todos ellos, y casi seguramente los Apuntes
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
para la historia de Colón, escritos por su hijo, de que antes
nos hemos ocupado.
Con tales elementos y los estímulos de su propia expe-
riencia emprendió' desde muy joven la grave tarea de
escribir la historia del descubrimiento. Hasta el año 1557
no dio término á los tres libros o partes de que hoy se
compone , aunque el autor tuvo intención de que constara de
seis; pero para nosotros es cosa fuera de duda, que en años
LX1I
CRISTÓBAL COLÓN
muy juveniles empezó á reunir materiales, quizá por mera
curiosidad , y no tardo mucho tiempo en dar principio á un
trabajo más detenido, poniéndolos en orden para formar la
historia. Poco más de veinte años contaba fray Bartolomé
en el de 1493, cuando su padre se embarco en Sevilla para
el Nuevo Mundo ; y á este tiempo retraemos el pensamiento,
pues él mismo dice: aha muchos años que comencé á escribir
esta historia, pero por mis grandes peregrinaciones y ocupaciones
no la he podido acabar *.» Natural era, que sucesos de tanta
magnitud hiriesen vivamente la ardiente imaginacio'n de
Las Casas, y encontrándose en aquellos momentos entregado
á sus estudios, aprovecho' la ocasión de formar su padre
parte de la expedicio'n, para empezar á buscar datos y ante-
cedentes del primer viaje, que á no dudar fueron base de
sus futuros trabajos histo'ricos.
Muchos documentos aprovecho' el P. Las Casas en su
obra, que la hacen inapreciable y son fundamento del gran
crédito de que goza. De los que en ella inserta como proce-
dentes de Colón y escritos de su mano, gran parte se conser-
van originales en los archivos de Indias y de Simancas y en
el de la Casa de Veragua, y de su cotejo resulta la gran
exactitud, la escrupulosidad con que el obispo copiaba. Pero
hay otros varios, en número de diez y ocho d veinte, que no
se conocen más que por el traslado que se hace en la Historia
de Indias, y ciertamente son uno de sus más recomendables
merecimientos. Porque para todo lector imparcial el docu-
mento copiado por Las Casas tiene la misma fuerza que si lo
conserváramos en copia auténtica, en vista de la fidelidad
con que hacía sus traslados; que no hay razón para dudar
de aquellos cuyos originales se han perdido, cuando tanta
exactitud se encuentra en todos los demás que pueden ser
cotejados. El Diario de Navegación no lo poseemos original,
y sin embargo, al extracto que de él hizo Las Casas todos
1 Historia de las Indias, tomo I, pág. 34.
INTRODUCCIÓN
lxiii
los historiadores le conceden el mayor crédito. A lo consig-
nado en los documentos que originales poseía, públicos y
privados, completo con las noticias que curiosamente recogía
de los testigos presenciales de los hechos mismos cuya narra-
cio'n iba á ocuparle , formando de su propia experiencia y de
las impresiones de los principales actores de los sucesos una
verdadera cro'nica.
El bachiller Andrés Bernáldez, nació' en la villa de
Fuentes, de la encomienda mayor de León, por los
años 1440 á 1450, y según él mismo refiere, desde su
primera edad se aficiono á escribir sucesos históricos, pues
su abuelo, notario de aquella villa, al que sin duda debió su
carrera, tenía la curiosidad de anotar en sus protocolos
todas las cosas notables que llegaban á su noticia, é hizo
nacer igual costumbre en el nieto. Dedicado éste á la Iglesia,
era ya en el año 1488 cura de la villa de los Palacios , según
constaba de las partidas sacramentales que en el archivo
parroquial existían, y examino el licenciado Rodrigo Caro,
desde aquel año al de 1513, y en cuyos márgenes había
dejado Bernáldez apuntados algunos sucesos de aquellos
días. En el año 1496 desembarco' Cristóbal Colón en
Cádiz á 11 de Junio, de vuelta de su segundo viaje, y á su
paso para Sevilla le hospedo' el cura en su rectoría de los
Palacios , mereciendo que le dejara confiados algunos de sus
papeles , de los cuales y de lo que le refirieron los que acom-
pañaban al Almirante, se valió' para componer los capítulos
de su Crónica de los Reyes en que refiere el descubrimiento.
El alto aprecio que merezca su libro en cuanto á esto
se relaciona, se desprende de sus propias palabras, pues
habla de la distancia á que en su concepto debían encon-
trarse los dominios del Gran Kan y que era mucho ma}^or
de lo que Colón pensaba, y dice: «ansi se lo dije é hice
entender yo el año de 1496, cuando vino en Castilla la
primera vez, después de aver ido á descubrir, que fué mi
LXIV
CRISTÓBAL COLÓN
r^\
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XrX
¿V.
gñesped é me dejó algunas de sus escripturas, en presencia del
Sr. D. Joan de Fonseca, de donde yo saqué y cotéjelas con
otras que escribieron el honrado Señor el Doctor Anca ó Chanca,
y otros nobles caballeros que con él finieron los viajes ya dichos,
que escribieron lo que vieron, de donde yo fui informado y
escribí esto de las Indias por cosa maravillosa y hazañosa...»
Y más adelante, escribiendo de los indios que trajo
Colón en aquel su segundo viaje, dice: «Traia al Caonaboa,
é á un su hermano de fasta treinta y cinco años á quien
puso por nombre Don Diego, é á un mozuelo sobrino suyo,
hijo de otro hermano; y murio'se el Caonaboa en la mar o'
de dolencia o' poco placer. Traia un collar de oro el dicho
Don Diego, hermano del dicho Caonaboa, que le fazia el
Almirante poner cuando entraba por las ciudades o' lugares,
hecho de eslabones de cadena que pesaba seiscientos caste-
llanos , el cual yo vi y tuve en mis manos, y por giiespedes en
mi casa al dicho Sor. Obispo é al Almirante, é al dicho Don
Diego. Trujo entonces el Almirante muchas cosas de allá de
las del uso de los indios , coronas , carátulas , cintos , collares
y otras muchas cosas entretejidas de algodón, y en todas
figurando el diablo en figura de gato, o' de cara de lechuza,
o de otras peores figuras, dellas entalladas en madera, dellas
hechas de bulto del mesmo algodón, o' de lo que era la
alhaja. Trujo unas coronas con unas alas, y en ellas unos
ojos á los lados de oro, y en especial traia una corona que
decian que era del cacique Caonaboa, que era muy grande
y alta, y tenia á los lados estando tocadas unas alas como
adarga, y unos ojos de oro tamaños como tazas de plata de
medio marco, cada uno allí asentado como esmaltado, con
muy sotil y extraña manera y allí el diablo figurado en
aquella corona ; y créese que así se les aparecia , y que eran
idolatras y tenian al diablo por señor.»
Tales descripciones hechas por testigo de vista, contem-
poráneo de los sucesos que narra, y que cotejo las relaciones
conocidas, con otras que ciertamente se han perdido, escritas
INTRODUCCIÓN
LXV
por nobles que escribieron lo que vieron, hacen de inapreciable
valor los capítulos de su historia. Y si á esto se añade que
posteriormente Bernáldez fué capellán del arzobispo de Sevi-
lla don Diego Deza, el antiguo y constante favorecedor de
Cristóbal Colón, se tendrá aproximada idea de la impor-
tancia de aquel libro.
Gonzalo Fernández de Oviedo. Antonio de Herrera.
Don Juan B. Muñoz. — Nacido en Madrid en el mes de
Agosto del año 1478, entro' Oviedo á formar parte de la
cámara del príncipe don Juan cuando apenas contaba doce
años, en el de 1490. En ella conoció' á don Diego Colo'n,
primogénito de don Cristóbal , que fué nombrado en 8 de
Mayo de 1492, y con él se encontró' presente á la entrada
del Almirante en Barcelona. Joven todavía se decidió á
recoger y apuntar los hechos notables que en la corte
llamaban la atencio'n, como él mismo lo dice: «por las
Memorias que yo he copilado desde que en Barcelona, año
de 1493, vi los primeros indios é á Colon en la Co'rte.» Con
estas apuntaciones, y con las informaciones de los muchos
compañeros de Colón á quienes trato' en sus frecuentes
viajes á las Indias, formo la base de su Historia general que
empezó' á escribir cuando fué nombrado cronista del Empe-
rador en 1526. La cualidad que le distingue es su deseo de
ser imparcial y verídico, para lo cual no olvida decir que
habla de vistas y no de oídas; y en otros casos atestigua con
la autoridad de Vicente Yáñez Pinzón y de Diego Méndez,
con el anciano piloto Hernán Pérez Mateos y con muchos
caballeros y religiosos que aún vivían en la isla Española.
Aunque su libro no es rico en documentos, se encuen-
tran en él, en cuanto á Colón se refiere, muchos detalles
que no contienen otras crónicas, y lo hacen digno de
atencio'n.
Nombrado intendente de las fundiciones de oro del
Nuevo Mundo, y sucesivamente regidor del Darien, góber-
Cristóbal Colón, t. i. — ix.
LXVI
CRISTÓBAL COLÓN
M
nador de la provincia de Cartagena, y alcalde del fuerte de
Santo Domingo, habiendo ocho veces pasado el grande Occéano,
murió' en Valladolid en 1557.
Aunque á Herrera, como cronista mayor de Indias,
se le facilitaron todos los documentos que existían en los
archivos oficiales, su obra, en lo relativo al descubrimiento
ANTONIO DE HERRERA
mm
y á la vida de Cristóbal Colón, es una mera ampliación de
lo dicho por fray Bartolomé de Las Casas, á quien copia
con harta frecuencia. En los sucesos posteriores es mucho
más completa, por los grandes medios de que dispuso para
narrar la historia de los Virreynatos y Audiencias; pero en
el primer período apenas si puede encontrarse en sus Déca-
das algún hecho nuevo ; aunque puede hacérsele un verda-
INTRODUCCIÓN
LXVII
dero cargo por haber dado cabida en ellas al cuento del
piloto Alonso Sánchez, que murió' en la casa de Colón,
dejándole noticias, papeles y mapas de tierras que había
visitado al otro lado de los mares , y que hubieron de ser
guía y estímulo para sus viajes. No cabe dudar que Herrera
tomo esta conseja de la cro'nica de Gonzalo Fernández de
Oviedo, pero olvido ponerle á la conclusión como éste lo
hizo: «para mí yo lo tengo por falso.»
Después de estas dos obras oficiales, digámoslo así, no
volvió á emprenderse, otra hasta que por orden del rey
Carlos III se comisiono' á don Juan B. Muñoz para que
escribiera la historia del Nuevo Mundo, franqueándole al
efecto por real orden de 27 de Marzo de 1781 todos los
archivos del Estado, oficinas y bibliotecas, así del público
como de comunidades y particulares.
Gran coleccio'n de documentos y noticias reunió' Muñoz
con excelente juicio y sana crítica, en muchos años de conti-
nuados trabajos, dando á la imprenta, como fruto de sus
vigilias, el tomo primero de la Historia del Nuevo Mundo.
Por desgracia le sorprendió' la muerte antes de haber podido
continuarla, y sin que tampoco pudiera imprimir los docu-
mentos justificativos que se conservan en la biblioteca de la
Real Academia de la Historia. El tomo publicado demuestra
las superiores dotes que adornaban á don Juan B. Muñoz y
hacen deplorar que no pudiera terminar la comenzada obra.
Es una narracio'n tan clara como bien estudiada ; tan riguro-
samente histo'rica que no hay modo de hacerla de un modo
más sencillo, comprendiéndose desde luego que toda frase
estampada, todo aserto que en ella se aventura, va fundado
en el detenido estudio de datos atendibles y tiene su com-
probación especial.
El tomo primero comprende el período de descubri-
mientos, hasta el año 1500, casi al terminar el tercer viaje
de Colón, en el momento en que Bobadilla iba á desem-
barcar en la isla Española.
£¿K
m.
LXVIII
CRISTÓBAL COLÓN
Washington Irving. — Juzgamos que la aparición del
tomo primero de la Historia del Nuevo Mundo, y el falleci-
miento de su autor antes de poderla continuar, fueron parte
á que el ilustre escritor anglo-americano *, apasionado del
asunto, formase el proyecto de trazar el cuadro de la vida y
viajes de Cristóbal Colón. Fué de gran auxilio para su
WASHINGTON IRVING
trabajo la publicación del tomo primero de la colección de
don Martín Fernández Navarrete. Encontrábase á la sazón
Washington en París , y su primer intento parece haber sido
traducir al inglés aquel volumen, con adiciones y aclara-
ciones que pudieran hacerla más interesante á los lectores.
Trasladóse al efecto á Madrid, y habiendo estudiado todos
1 Washington nació en Nueva York el año 1783.
INTRODUCCIÓN
LXIX
los documentos remitidos por Navarrete, juzgo más conve-
niente hacer una monografía del descubrimiento, con nuevo
orden y método, que respondiera á las exigencias de la
época , pues hasta entonces no había una vida completa del
grande hombre. Todavía, a pesar del medio siglo que ha
transcurrido, y después de la publicacio'n de tantos docu-
mentos, conserva el primer lugar la obra de Washington
Irving , por sus condiciones literarias , y por la severidad de
narración, la imparcialidad de sus juicios y la elevacio'n de
miras de sus apreciaciones.
Se publico en Londres por el editor Murray en 1838 é
inmediatamente fué traducida á todas las lenguas de
Europa, recibiendo su autor las mayores alabanzas, sobre
todo en España, donde se imprimió en cuatro volúmenes
en octavo iguales á los del original inglés, en una buena
traducción de don José García de Villalta.
El conde Roselly de Lorgues. — Aunque en nuestro
sentir la Historia de Cristóbal Colón, escrita por el noble
francés, no debe figurar nunca entre las obras genuinamente
histo'ricas, sino entre las de apacible entretenimiento y amena
lectura, ha sido tanta la celebridad de que ha querido
rodeársela; tantas las discusiones que ha promovido en el
campo de las letras , y de tal calibre las exageraciones á que
su piadoso cuanto irascible autor se dejo llevar para confun-
dir á sus impugnadores, que no es posible dejar de hablar
de ella con algún detenimiento, porque á pesar de su verda-
dero descrédito, todavía hace muy poco tiempo se sostenían
algunas cuestiones por el conde promovidas, y quizá se
encuentre aún, sobre todo entre cierto linaje de pensadores,
algún iluso que lo alegue como autoridad, cuando en verdad
ninguna puede ni debe concedérsele.
No juzgamos que nadie considerará las obras del conde
como fuentes histo'ricas, y en esté concepto podrá tachár-
senos por mencionarlas en este lugar; pero juzgándolas aquí
LXX
CRISTÓBAL COLÓN
^
con absoluta imparcialidad, aunque tan severamente como
merecen, rara vez volveremos á ocuparnos de ellas en la
Historia de Cristóbal Colón, pues para ir deshaciendo uno por
uno todos los errores en que á sabiendas o' por pasión
incurre, y restableciendo la verdad en todos los puntos en
que á ella falta , sería necesario escribir mucho y convertir
el libro en larga, enojosa y continua polémica, lo cual está
muy lejos de nuestros propósitos.
Animado el conde Roselly de Lorgues por la benevo-
lencia con que el sumo pontífice Pío IX acogiera su primera
obra, emprendió la difícil tarea de escribir la vida de Colón
bajo un plan enteramente distinto, y ; con propo'sito muy
diferente del que hasta entonces había guiado á todos los
historiadores del grande hombre. Extraviado por el falso
concepto de que, la obra de escribir su vida, había estado
confiada siempre á los enemigos de las glorias del catolicismo
y de que los protestantes habían monopolizado la tarea y
desfigurado al héroe; creyendo, según decía en su último
libro, que el genio cuyo nombre es el más familiar en el
antiguo y en el Nuevo Mundo, es todavía el menos conocido
en ambos ; y alucinado en seguida por el piadoso intento de
ser procurador de la canonizacio'n del descubridor, empren-
dió' el trabajo de presentarle como impecable, contradiciendo
o' pasando en silencio cuanto á su intencio'n se opusiera. El
resultado no podía ser satisfactorio.
¿Co'mo podría demostrar el conde que los protestantes
monopolizaban la historia de Colón? Citaba, es verdad, las
obras apreciadísimas de Prescott, de Humboldt y de Wash-
ington Irving; pero se olvidaba del obispo de Chiapa, el
humanitario y piadoso fray Bartolomé de Las Casas ; de don
Hernando Colo'n; de Gonzalo Fernández de Oviedo, y de
tantos otros cuyas obras han sido las primeras historias del
Almirante.
¿Co'mo puede sostenerse que la vida del descubridor de
las Indias es la más desconocida en Europa y en América,
INTRODUCCIÓN
LXXI
cuando á pesar de la enfática afirmación del conde Roselly
de Lorgues, de que llevaba por guía el más escrupuloso
cuidado por descubrir la verdad, y fundaba sus afirmacio-
nes en documentos indudables, no hay en todo su libro un
hecho cierto que no esté fundado en lo que dijeron Las
Casas y Muñoz, y en los documentos coleccionados por don
Martín Fernández Navarrete? Lo que de este origen se
separa, lo que no se apoya en esas autoridades, es hijo de la
•Míe,
n
EL CONDE ROSELLY DE LORGUES
imaginación del conde, producto de su ardiente fantasía:
pura novela o' falsedad palmaria , que convierten su libro en
obra de grata lectura, mas sin poder aspirar al título de
historia , ni enseñar cosa alguna que no se supiera por todos
en Europa y en América.
• El intento de que Colón fuera canonizado y recibiera
un día culto en los altares, no disculpa las voluntarias omi-
siones, ni los asertos infundados, ni las alteraciones en los
textos de que hace uso el conde Roselly de Lorgues para
disimular los actos humanos del gran Almirante. Natural
LXXII
CRISTÓBAL COLÓN
#^
v$¿f'££ i.
era que el romano Pontífice no desdeñara la piadosa inten-
ción que se descubría en el libro titulado La Cru\ en los dos
mundos, escrito con entusiasmo religioso, con galano estilo y
con agradables formas literarias. Animado el conde escribió'
con iguales dotes la Historia de Cristóbal Colón, dedicándola
al papa Pío IX, al primer Pontífice que había atravesado el
Occéano y pisado los países descubiertos por el revelador de
la integridad del globo, á cuya fe debemos el conocimiento de
la segunda mitad de la tierra.
No se dejo deslumbrar S. S. por aquellos alardes de
religioso celo, en que se designaba á Cristóbal Colón con
los apelativos de Héroe apostólico, Servidor de Dios. Al acep-
tar la dedicacio'n de la Historia, tuvo cuidado especial y muy
de intento, de animar al autor sin aprobar la obra; antes
por el contrario, diciendo que por las graves y múltiples
ocupaciones del Pontificado nada había podido leer de ella *,
Y cuando años más adelante, lanzado ya el conde con toda
su fuerza en el camino de la beatificacio'n y apoyado por
algunos arzobispos y obispos quiso tomar la plaza de Postu-
lador y que se comenzase la causa, el sabio Pontífice se
limito á decir, comprendiendo todas las dificultades de tan
grave asunto: — Pueden ustedes intentarlo... Tentare non
nocet.
Sin embargo, como del concilio del Vaticano salió' un
postulatum; como los obispos franceses no dejaron de instar
en el mismo sentido, y el conde Roselly de Lorgues, apo-
yado por el de Orleans , movían la prensa para que cada día
hablase de la misio'n excepcional y apostólica del descu-
bridor del Nuevo Mundo, la causa de beatificacio'n se
abrió'... pero el resultado fué como debía esperarse.
1 Et si ob gravissimas multiplicesque summi Nostri Pontificatus ocupatio-
nes, quibus continenter distinemur, nihil adhuc de hoc tuo opere degustare
potuerimus, tamen gratae nobis fuere tuae litterae erga nos pietatis et obsequii
sensu conscripta: et cum eodem dono conjunctae... Datum Roma? apud Sanctum
Petrum, die 9 Martii anno 1857. — P. n. anno undécimo.
INTRODUCCIÓN
LXXIII
Las congregaciones encargadas de ella fallaron que no
podía pasarse adelante : — - « porque ningún hecho extraordi-
nario ha venido á demostrar de una manera palpable las
heroicas virtudes cristianas de Cristóbal Colón. Porque, á
parte de su grande obra, el descubrimiento de América, su
vida privada y pública da lugar á críticas y juicios nada
favorables ; porque en las cro'nicas de aquel tiempo nada se
encuentra á propo'sito que pueda señalarle como digno del
insigne honor de colocarle en los altares ; y porque la fama
que ha dejado al morir, no es de aquellas de un cato'lico
eminente notable, ni jamás se le ha invocado como santo.»
Otro menos obcecado y terco que el conde hubiera
cesado completamente en su empeño: él, por el contrario,
con ardor digno de mejor causa, continuo procurando adhe-
siones de prelados, y á cada nueva impugnacio'n escribía
una nueva obra, y acentuaba en mayor escala la violencia
de su lenguaje y la intemperancia de sus ataques, dirigién-
dolos por igual á seglares y á eclesiásticos, á hombres de
ciencia proverbial, á corporaciones académicas y á prelados
respetables, solamente por el pecado de que no eran de su
ojñnion. En este sentido fué dando al terreno de la polé-
mica, Satanás contra Cristóbal Colón: Los dos ataúdes: Cristó-
bal Colón, servidor de Dios, su apostolado, su santidad, y
últimamente Historia postuma de Cristóbal Colón, que escritas
después del fallo de la congregacio'n , tienen más de libelo
que de disquisicio'n histórica.
Ante las inexactitudes que comete el conde en esta
última obra I ; ante sus juicios descabellados; ante la violen-
cia de sus ataques, no pudo guardar silencio la hidalguía
castellana, y á la Real Academia de la Historia leyó' el
capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro, un precioso
trabajo dedicado al examen de aquel libro, que fué publi-
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1 1^\. .
1 Histoire posthume de Christophe Colomb, par le comte Roselly de Lor-
gues. — París, Didier, 1885, in 8.°
SI
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Cristóbal Colón, t. i. — x *.
LXX1V
CRISTÓBAL COLÓN
cado con aplauso de todos los amantes de la verdad, por
cuyos fueros volvía el ilustrado escritor, según dice modes-
tamente al principio de su obra *, aunque ésta tiene mucho
más alcance, y es merecedora de gran aprecio por otros
varios conceptos.
Pero la obra del conde Roselly de Lorgues es de
aquellas que no necesitan impugnacio'n , porque la llevan en
sí mismas. El mejor castigo para su autor sería divulgar
su libro entre toda clase de lectores. Al repasar sus páginas,
nos vino á la memoria lo que el docto Villemain decía de
Voltaire en su curso de literatura francesa (Leccio'n XVIII).
«¿Sus sarcasmos, sus dudas, sus bufonadas, de do'nde
las saca, señores míos? La mayor parte de las veces de sus
mismas distracciones, de sus contrasentidos, de su propia
ignorancia...»
Y sin acudir á largas demostraciones, causará risa,
después de indignación, á todo hombre sensato, el ver que
para el conde, don Fernando V de Arago'n, el Rey Católico,
el primer político de su tiempo, era el indigno esposo de la
gran Isabel; era el que preparaba la injusta denominación de
América, dada ciegamente por Europa al nuevo continente: era
el más tuno y el más ingrato de los monarcas: había sabido
escamotear la opinio'n de los pueblos ; zarandear á los diplo-
máticos; mofarse de los príncipes y de los reyes, y aún
chasquear hasta cierto punto al Sumo Pontífice... Pero la
hora de la justicia histórica ha llegado. Al empuñar la
pluma el señor conde Roselly, subido no sabemos en qué
Rocinante, cae la máscara de don Fernando V de Aragón,
al que, por último, llama en cultas frases Altera embustera y
ladrona (Altesse menteuse et voleuse), píllete reinante (escroc
regnant), monarca perjuro y sacrilego (monarque par jure et
1 Colón y la Historia postuma. — Examen de la que escribió el conde
Roselly de Lorgues, leído ante la Real Academia de la Historia en junta
extraordinaria celebrada el día 10 de Mayo.— Madrid, Tello, 1885.
INTRODUCCIÓN
LXXV
sacrilége), y sicophanta coronado (sycophante couronné).
No basta al leer tales conceptos recordar, como lo hace el
señor Fernández Duro, el célebre apotegma de un compa-
triota del señor conde... ¡et voila cependant corrí 011 écrit
l'histoireí — Preciso es decir : 'medrada quedaría la verdad si
así se escribiera la historia.
A pasio'n desenfrenada atribuiríamos las palabras del
conde Roselly de . Lorgues , si él mismo no nos demostrase
que proceden de ignorancia de nuestra historia. Después de
llamar en varios capítulos de su obra á uno de nuestros
nobles don Moscoso, al fiscal, don Contreras, al célebre
calígrafo don Ramírez de Prado, llega á decir (pág. 173)
que al comendador Alvar Núñez se le apodaba con el
nombre poco gracioso de Cabera de vaca, por ignorar la histo-
ria de las familias y apellidos españoles. Y en los hechos
comete iguales errores, de los que citaremos un solo ejemplo,
aunque podrían multiplicarse con gran facilidad. En la pá-
gina 284 de la Historia postuma, queriendo dar un golpe
decisivo en el asunto que más le preocupa, el del casamiento
segundo de Colón, dice enfáticamente, apoyando lo dicho
por otro autor: «De son cote, notre savant ami l'illustre
P. Marcellino da Civezza, leur a jeté, en solennel den, ees
paroles precises: Nons defions le chanoine Sanguinetti et ses
trois ou quatre adherents, de citer un seul ecrivain (anden) qui
ait dit que Beatrix Enrique^ ríétait pas la femme legitime de
Colon.»
No creemos dudará nadie de que fray Bartolomé de
Las Casas es autor antiguo y cristiano. Pero ignoraba el
conde que en su Historia de las Indias (lib. II, cap. XXXVIII),
había escrito: «Tenía hecho (Cristóbal Colón) su testa-
mento, en el cual instituyo' por heredero á su hijo don
Diego, y si no tuviere hijos á don Hernando, su hijo natu-
ral,)) de donde se deduce lógicamente que Beatriz Enríquez
no era su legítima mujer.
Repetimos que la mejor y más severa impugnación de
m
¿3 !
*^<H»i-
l/Á
LXXVI
CRISTÓBAL COLÓN
la Historia Postuma, está hecha en su texto mismo, en sus
aberraciones; el castigo más digno para la osadía del autor,
sería divulgar su libro; multiplicar sus ediciones para que
fuera conocido de todos, y pudiera apreciarse el modo sin-
gular con que un escritor, llevado de irreflexivo celo,
llamándose Postulador de una causa de beatificacio'n , y vol-
viendo por los fueros de la religio'n católica, carga de
denuestos á cabildos, obispos y escritores piadosos, buscando
vicioso origen á las opiniones que sustentan por ser contra-
rias á las del señor conde.
Le conduce su ceguedad al extremo de hacerle paladín
y defensor de las más atroces inmoralidades, buscando
excusas á los cuatro enlaces de don Luis Colo'n, que profano'
el sacramento, casándose sucesivamente con cuatro mujeres
cuando todas vivían, y ni aún se había intentado juicio
sobre la validez de sus casamientos. Por el delito de bigamia
fué condenado don Luis á destierro en Oran; y el conde
Roselly de Lorgues cree que al imponerle tan leve pena, se
excedieron todos los límites del rigor, porque se trataba de
un descendiente del Almirante.
Pero en este punto es de necesidad conocer el modo
de razonar del religiosísimo autor.
«El impetuoso y galán almirante don Luis, dice, en lugar
de dedicarse á la conquista de nuevas tierras , se limitaba á
la de corazones. Aventurero de amor, se dirigid desde luego
á la linda criolla María de Orozco, residente en Santo
Domingo, y contrajo matrimonio con ella, á pesar de la opo-
sición formal de la Virreyna. De aquí el inmediato rompi-
miento entre la madre y el hijo. Aquel matrimonio, que no
tenía la bendicio'n del cielo, no pudo ser feliz por mucho
tiempo.
«Cansado de su felicidad, o' quizá lastimado en su
honor don Luis, antes de los siete años puso los ojos en otra
parte. Alegando un vicio de forma; sosteniendo la irregula-
ridad de aquel primer matrimonio, no temió' contraer nuevos
INTRODUCCIÓN
LXXVII
lazos, dando su fe á la orgullosa doña María de Mos-
quera.
»¿Qué sucedió' en seguida? ¿De donde provino la desilu-
sio'n? ¿Como se desvaneció' tan pronto el encanto de aquella
dominante beldad? Ningún- documento nos lo dice. Solamente
sabemos que don Luis tuvo escrúpulos, y que éstos crecían
á medida que menguaba su afecto. Su conciencia no estaba
tranquila. La validez de su segunda unión le parecía dudosa.
¿Con cuál de las dos mujeres estaba casado en realidad?
Sobre el caso fueron consultados graves señores.
«Mientras duraban las consultas, el equívoco esposo se
sintió atraído por la noble Ana de Castro, hija de la condesa
de Lemos. Y como el primer matrimonio no le parecía
válido, por haberlo contraído sin el consentimiento de su
madre; como por otra parte el segundo podía conceptuarse
nulo, según opinio'n del reverendo obispo de Cuenca, el
intrépido contravente , parapetado con esas dos anulaciones,
se presenta á su amada, y doña Ana consiente en ser su
esposa.
»Es evidente que si no hubieran existido hartos motivos
para considerar nulos su primero y segundo enlace, el
voltario Almirante no hubiera podido tratar el tercero con
una dama de tan noble casa como lo era la de Castro.
Porque, es cosa digna de notarse, que todas las alianzas
de don Luis eran de bastante importancia. La caducidad
o' la invalidacio'n de sus anteriores casamientos, pareció'
autorizarle al cuarto con doña María Luisa Carvajal, de la
que tuvo un hijo, Cristo'bal, que pretendió' la sucesio'n del
mayorazgo después de la muerte de don Diego, último
vastago masculino de la posteridad de Cristóbal Colón.
Por muy escandalosa que se juzgue tal situacio'n no puede
acriminarse á don Luis de engaño, de sorpresa, de igno-
rancia ú ocultacio'n á los parientes, ni de falta de publi-
cidad.
»Lo que hay de cierto, es que la altiva María de
LXXVIII
CRISTÓBAL COLÓN
JilkJ
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*•'"•'
Mosquera, celosa de sus derechos, reivindico decididamente
la posesio'n exclusiva de don Luis... Su vehemencia, sus
procedimientos dieron por resultado el arresto de don Luis
en Valladolid en 1558 y su prisio'n preventiva. El desgra-
ciado se vio abandonado completamente. La Virreyna, su
madre, no estaba allí para interceder por él; el Emperador,
que por haberle visto en la adolescencia, hubiera podido
apiadarse de aquel embrollo matrimonial, se moría entonces
en el monasterio de Yuste. Estaba, pues, solo, sin defensa.
No vieron en él más que á un Colón, y el tribunal fué
inexorable.
»E1 4 de Agosto de 1563 se pronuncio' sentencia. Fué
condenado á diez años de destierro en África, teniendo por
prisio'n la ciudadela de Oran...»
Después de esta alegacio'n de hechos por más de un
concepto notable y digna de estudio, falta conocer el juicio,
la exposicio'n de atenuaciones que el escritor cato'lico, el
Postulador de la beatificación, hace para la profanacio'n del
sacramento tan repetidamente cometida por don Luis.
«En verdad, las temeridades conyugales de don Luis
Colo'n merecían una censura oficial, un castigo. Hubiera
podido prohibírsele la entrada en la corte, confinarlo por cierto
tiempo á una provincia lejana. Pero á este galán culpable
debían concedérsele circunstancias atenuantes. Ciertamente
existían en aquella singular poligamia, hecha paladinamente,
sin el menor disimulo, con la seguridad y tranquilo paso del
hombre que camina honradamente por el camino de la
legalidad.
» Allí podía suponerse buena fe, y tal vez existía en
realidad.
»En efecto, siendo nulo el primer matrimonio, y no
teniendo valor el segundo, parece que el tercero puede merecer
alguna indulgencia. Pero ¡ay! don Luis era nieto del bien-
hechor de España; se llamaba Colón y por esto la justicia debía
descargar sobre él todos sus rigores ! . . . »
INTRODUCCIÓN
LXXIX
¿No es el mejor castigo para tales conceptos el de hacer
sean conocidos por el mayor número posible de lectores?
¿Puede igualar ninguna refutación á la que en sí mismos
encierran? ¿No se pinta en estos y en otros muchos pasajes
de su obra el conde Roselly de Lorgues de cuerpo entero y
de la más acabada manera que pudiera hacerlo el pintor
más notable? ¿La parcialidad de sus juicios, lo torcido de
sus intenciones, puede persuadirlo nadie á los lectores de un
modo tan evidente como lo hace el texto de la historia
Postuma?
El propo'sito del rey don Fernando V de oscurecer el
nombre de Cristóbal Colón, el odio de los tribunales y de
la corte de España al Almirante y su familia, so'lo existen
en la obra del conde Roselly de Lorgues; tomaron cuerpo
en su extraviada fantasía, y con furia de maniático busco'
argumentos y pruebas para justificarlas , sin reparar en los
medios, acudiendo á extremos tan censurables como los ya
asentados, o' cual aquel otro que temerariamente estampa,
de que el Rey, cuya memoria ilustre quiere manchar, altero
en la bula de Alejandro VI el nombre del vicario nombrado
para las tierras nuevamente descubiertas y lo sustituyo' con
el fray Bernardo Boil. ¡Con cuánta razo'n califica un ilustre
hijo de la Compañía de Jesús * de obra poético-fantástica la
del conde Roselly de Lorgues!
Don Martín Fernández Navarrete. — Su colección de
documentos. No escapa de la mordacidad, ni de las censu-
ras del conde, el escritor á quien más debe la historia de
Cristóbal Colón, y que mayor número de datos ha colec-
cionado sobre el descubrimiento de las Indias occidentales.
Don Martín Fernández Navarrete, cuya coleccio'n es la fuente
histo'rica más copiosa entre cuantas han visto la luz, y que
1 El P. Ricardo Cappa. — Estudio crítico acerca de la dominación española
en América.— C. Colón y los españoles, Madrid, Ángel B. Velasco. 1887.
LXXX
CRISTÓBAL COLÓN
un docto escritor asegura «servirá siempre de base á toda
historia de los descubrimientos marítimos al otro lado del
Atlántico, no alabándose nunca con exceso el espíritu crítico,
el juicio, la imparcialidad y el cuidado con que está for-
mada. »
«La introduccio'n y las notas, añade el señor Harrisse,
son dignas del texto, y anuncian á un escritor profunda-
mente versado en estas materias.»
Con admirable criterio, y rigorosamente por orden de
fechas, se encuentran reunidos los documentos referentes á
los cuatro viajes de Colón, y los decretos y cédulas reales
relacionados con los mismos ; continuando luego las de otros
viajes hechos por diferentes navegantes, compañeros de
Colón y posteriores , con los descubrimientos que los mismos
hicieron en tierra firme, todo procedente de archivos y
bibliotecas públicas, copiado con la más escrupulosa exacti-
tud. Por eso la colección de Fernández Navarrete es de
absoluta necesidad para conocer y escribir con datos seguros
la historia del descubrimiento ; tomándola por guía se des-
vanecen muchos errores, y se reforman infinitos juicios tan
aventurados como ligeramente admitidos por muchos histo-
riadores de Indias y bio'grafos del Almirante.
No son estas todas las fuentes, ni hemos tenido el
pensamiento de mencionar todos los escritores que se han
ocupado más o' menos detenidamente en narrar hechos de la
vida de Cristóbal Colón; so'lo hemos indicado los princi-
pales, para que puedan juzgar los lectores el aprecio que
cada uno merece, y la confianza mayor 6 menor con que
pueden ser consultados.
Documentos y libros abundan; investigaciones y polé-
micas eruditas dan cada día nuevos resultados. Puntos que
aparecían dudosos, cuestiones que eran difíciles, se miran
hoy á diferente luz, y se juzgan con más claridad en vista
de aquellos trabajos; al paso que sobre los datos que vienen
INTRODUCCIÓN
corriendo como inconcusos se procura abrir de nuevo la
discusión, no siempre con igual acierto. La labor en la
actualidad es mayor para escoger con tino en medio de tan
encontrados pareceres, y de la diversidad de documentos
que se aducen, siendo necesario medirlos, estudiarlos con
mesura, quilatarlos con gran escrupulosidad y cautela para
no caer en errores trascendentales.
LXXXI
PARTE SEGUNDA
EL CUARTO CENTENARIO DEL DESCUBRIMIENTO
El mundo civilizado tiene fija la vista, hace mucho
tiempo, en una fecha memorable. En el ya pro'ximo de 1892
van á cumplirse cuatrocientos años de aquel suceso porten-
toso llevado á cabo por un puñado de animosos españoles,
guiados por el genio de Cristóbal Colón. La faz del mundo
ha cambiado desde entonces; y la nacio'n que acometió' tan
singular empresa, unida á las que por extraordinarias
circunstancias deben su existencia á aquel hecho, y á las
que han gozado tantos beneficios como resultado del mismo,
ansian solemnizar de una manera grandiosa, inusitada,
el 3 de Agosto y el 12 de Octubre, en que partieron de las
costas de España, y arribaron á las desconocidas islas de
Occidente, las débiles carabelas que llevaban á aquellos
intrépidos navegantes tan beneméritos de la humanidad.
Ideas varias, grandes pensamientos se han cruzado ya
para realizar el nobilísimo intento, que todos acarician, de
hacer en este centenario una gran manifestacio'n, que al
Cristóbal Colón, t. i. — xi*
• <&% r 5 *
LXXXII
CRISTÓBAL COLON
->-
v&.
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propio tiempo que demuestre en su conjunto la gratitud de
los pueblos á los descubridores, sea vínculo de unio'n y
fraternidad entre las naciones de Europa y las repúblicas
hispano-americanas, y nuevo lazo de amor entre los hombres
de uno y otro continente.
Y bien merece, en verdad, esa pro'xima fecha, que
consagremos á ella nuestros estudios y nuestra actividad.
Ya la Sociedad Colombina Onuvense, respondiendo
noblemente á su instituto, dio' los primeros pasos para llamar
la atencio'n hacia el centenario. Ya en el cuarto congreso de
americanistas, celebrado en Madrid en 1881, un entusiasta
colombista despertó' el entusiasmo de los doctos allí reunidos,
estimulando al gobierno español á tomar la iniciativa: en
los Estados Unidos se han presentado también varios pro-
yectos encaminados á aquel propo'sito, y el doctísimo y labo-
rioso colombista, Mr. Henry Harrisse, ha lanzado igualmente
á la publicidad su pensamiento para tan simpático objeto.
Y para hacer algo grande, algo levantado, algo que sea
digno del intento, y pueda quedar como memoria para
significar á los venideros cuánta es la veneracio'n que el
siglo xix consagra al inmortal Cristóbal Colón, debe
tomarse de todos, y hacer todo lo que sea posible, en el
terreno monumental y en el de las letras, en festejos y rego-
cijos populares, en artes y ciencias, en cuanto pueda contri-
buir á ensalzar su nombre y hacer que esos días memorables
todos los pueblos lo recuerden, lo alaben y tengan alguna
noticia de sus altos merecimientos.
Como primera idea, como un anteproyecto, por decirlo
así, del plan para la celebracio'n del centenario, trasladare-
mos las palabras que con aplauso del Congreso de ameri-
INTRODUCCIÓN
LXXXIII
cañistas pronuncio el ilustrado jurisconsulto don Tomás
Montejo, á quien ya hemos aludido, en el año 1881.
aQue los Gobiernos de todos los pueblos cultos, decía,
declaren fiesta universal el 12 de Octubre de 1892, por
corresponder á su día el cuarto centenario de descubrimiento
del Nuevo Mundo, y que asistan con representacio'n oficial á
las grandes fiestas que en Italia, islas de San Salvador, Santo
Domigo y Cuba, Portugal y España, deberán celebrarse en
conmemoracio'n de aquel suceso. Que en el mismo día se
efectúe en Genova, cuna de Cristóbal Colón, la inaugura-
do' de un monumento con inscripciones alusivas á la gloria,
al centenario, y la eterna fama del inmortal genovés. Que se
conmemore el descubrimiento en los actos preliminares de
compromiso de Colón con los Reyes en Granada y salida
de las carabelas de la Rábida y de la Gomera, con la pública
y solemne colocacio'n de lápidas, que indiquen á la posteridad
los primeros pasos de aquella magnífica empresa. Que en las
islas de San Salvador, Santo Domingo y Cuba se erijan
estatuas en celebracio'n del descubrimiento. Que se eleve en
Lisboa una columna de triunfo en recuerdo de la feliz llegada
de Colón, en el surgidero de Rastelo. Que se inauguren
modestos monumentos de igual índole en Palos, Huelva y
Sevilla. Que se enaltezca en Barcelona la memoria de la
entrada de Colón en dicha ciudad, con la construccio'n del
arco de los descubridores, y, si se considera oportuno y
hacedero, con el desembarco de los restos del mismo Colón,
que deberán transportarse desde Cuba á España con fúnebre,
y regia pompa. Y que en Madrid, como capital de la propia
España y de sus colonias y asiento de la corte, se celebre
por último, el descubrimiento, construyéndose una suntuosa
basílica o' catedral bajo la advocacio'n de San Salvador o' San
Cristóbal, donde vengan á ser depositadas las cenizas del
célebre Almirante; inaugurándose monumentos de gloria y
de triunfo á tan insigne hombre y á Isabel la Católica,
abriéndose un vasto museo de objetos del Nuevo Mundo;
m
mK
LXXXIV
CRISTÓBAL COLON
fundándose un piadoso asilo para inutilizados en faenas de
la mar, y celebrándose durante el primer semestre de 1893
una exposicio'n universal. Ya que hoy son las exposiciones
universales los más grandes certámenes que se conocen,
adonde ciencias, artes é industrias concurren á mostrar sus
respectivos progresos, parece muy apropiada al objeto del
centenario la celebracio'n de una de ellas en la capital del
reino español. Así habrá también ocasio'n de admirar tangi-
blemente, en no pocas cosas, la influencia ejercida en la
civilización de los pueblos modernos por el descubrimiento
del Nuevo Mundo.
»A estas festividades, que bien pueden tenerse por de
igual naturaleza y carácter, deben añadirse la de celebracio'n
en Madrid de congresos científicos, artísticos y literarios de
todas clases, y entre ellos este de americanistas, que pueden
acordar desde luego que su décima sesio'n, o' sea la corres-
pondiente á 1893, se celebre aquí en la época determinada; la
de celebracio'n también de conferencias públicas sobre asun-
tos apropiados, y aun sobre otros diversos temas, dadas por
hombres eminentes de todos los países; la de publicacio'n y
reparto gratuito o venta á bajo precio de libros y folletos
alusivos al objeto del centenario, de historias y biografías
notables, referentes á sucesos y personajes que tengan relacio'n
con el descubrimiento del Nuevo Mundo; la de reparticio'n
de premios en solemne y pública sesión por las Academias
y corporaciones docentes de España, á los autores de los
mejores trabajos, en los concursos que deben abrir con ante-
rioridad, sobre los temas que propongan como propios de
su respectivo instituto, y otras semejantes.
«Por último, fiestas religiosas, marinas, militares,
cívicas 6 puramente populares que, ora contribuyan á solem-
nizar y realzar el centenario, ora den ocasio'n á que se
manifiesten la expansio'n, alegría, regocijo y entusiasmo de
que todos los hombres y pueblos deben encontrarse poseídos
apenas vuelvan los ojos á la historia de lo pasado y refle-
INTRODUCCIÓN
LXXXV
xionen sobre la inmensa trascendencia del grandioso hecho
realizado en 1492.
»Si este ideal se realizara; si esta festividad tuviera
efecto (y conste que confío en que mediante vuestros desin-
teresados y valiosos esfuerzos , la proteccio'n de los gobiernos
y autoridades , la propaganda que sin duda alguna hará la
prensa en general, el patriotismo de los unos, el amor á las
obras grandes de los otros y el buen deseo de todos, llegará
á realizarse), no vaciléis en creerlo, además de quedar digna
y convenientemente celebrada la memoria de Colón, de
Isabel la Cato'lica y de los demás insignes personajes que
cooperaron á la sacrosanta empresa de asociar y unir el /
mundo antiguo con el nuevo, repararía la humanidad una
de sus mayores injusticias; se daría un gran paso hacia la
deseada fraternidad universal; la civilizacio'n presente reci-
biría muchos é importantes beneficios, y cuando con el
transcurso del tiempo viniera la posteridad á juzgarnos,
reconocería que los pueblos y generaciones actuales se habían
hecho acreedores á la mayor consideración, entre otras cosas,
por haber demostrado su amor á la justicia y su elevación
de miras recordando y enalteciendo pasadas glorias; que
quien sabe honrar justamente, revela espíritu noble y culto y
merece ser honrado. En último extremo, con la celebracio'n
del centenario histo'rico del descubrimiento del Nuevo Mundo
vendrían á cumplirse (pues aún no se han cumplido verda-
deramente) los deseos del mismo descubridor, del inmortal
Colón, que en su carta de 15 de Febrero de 1493, fechada
en la carabela, frente á las islas Azores, y dirigida á Luis de
Santangel, decía: «Así que, pues nuestro Redentor dio' esta
«victoria á nuestros ilustrísimos Rey é Reina é á sus reinos
«famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe
»tomar alegría y hacer grandes fiestas, dar gracias solemnes á
«la Santa Trinidad, con muchas oraciones solemnes, por el
«tanto ensalzamiento que habrán ayuntándose tantos pueblos
»á nuestra santa fé, y después por los bienes temporales;
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LXXXVI
CRISTÓBAL COLÓN
»que non solamente la España mas todos los cristianos
»ternán aquí refrigerio y ganancia.»
II
Naturalmente, y era de esperar, cada uno de los colom-
bistas, de los hombres de ciencia, de los apasionados por las
grandes figuras de la humanidad o' de la patria en sus
respectivos países, han ido presentando sucesivamente nue-
vas ideas encaminadas á aumentar la solemnidad del cente-
nario que se aproxima. Y ninguna de ellas puede rechazarse;
ningún pensamiento de cuantos se emitan debe ser relegado
al olvido, formando de todos un conjunto armo'nico, para
que la festividad sea celebrada con el concurso de todos los
pueblos, y de todas las inteligencias, y el resultado pueda
ser un homenaje digno de Cristóbal Colón.
El infatigable colombista Henry Harrisse, en Memoria
dirigida al ministro de la Gobernacio'n o' del Interior, del
reino de Italia; propone otros medios de conmemorar el
gran suceso. «¿Por qué razón, dice, no han de publicar los
italianos, en Genova o' en Roma, una coleccio'n completa
de los escritos del grande hombre que han llegado hasta
nuestros días? Sesenta y cuatro de ellos poseemos, de los
cuales veinticinco, por lo menos, son autógrafos, casi todos
han sido publicados y traducidos; pero se necesita revisar
los textos, enriquecerlos con notas y reunirlos en un volu-
men especial. No encuentro proposicio'n más digna de
Cristóbal Colón y de Italia.»
« Las ciencias históricas tienen exigencias que en nuestro
tiempo nadie desconoce. Reclaman que se busquen con dili-
gencia los documentos sepultados en los archivos para que
cada hecho dudoso o mal interpretado pueda ser esclarecido
INTRODUCCIÓN
lxxxvh
y comentado. Por desgracia la iniciativa individual es insu-
ficiente para vencer los obstáculos que oponen á este género
de investigaciones ciertas miras estrechas, un patriotismo
mal entendido, la indiferencia y las preocupaciones. En
estas materias, si la iniciativa puede proceder de un indi-
viduo, requiere el apoyo del gobierno, que es el único que
tiene el derecho de mandar y los medios de hacerse obedecer.
No se trata de atentar á una propiedad particular cuyo
carácter y disfrute interesan solamente á su poseedor. Lo
que la ciencia y el progreso reivindican, son bienes que perte-
necen á todos, en virtud del deber que la misma conciencia
nos impone de desarrollar nuestras facultades y nuestros
conocimientos.
»Y no es dudoso, que aun allí donde la administracio'n
no pueda obrar de una manera directa, serán atendidas sus
indicaciones. Ciertamente se hará así para celebrar el acon-
tecimiento más grande de la edad moderna, y para trazar
la vida del hombre que lo ha preparado. Entonces, sobre-
poniéndose el patriotismo sobre las pasiones mezquinas,
podemos esperar que los archivos comunales y los particula-
res se abrirán ante el mandatario encargado por el Estado de
una misión nacional y legítima. Este es el resultado que
importa conseguir
»Mi tarea quedaría seguramente incompleta si no acom-
pañara con algunas consideraciones prácticas las generali-
dades que acabo de exponer.
»La forma en 4. en las dimensiones adoptadas para el
Códice Diplomático Colombo-americano, publicado por mandato
de los Decuriones de la ciudad de Genova en 1823, me
parece la más apropiada.
»E1 libro no deberá contener figuras, ni retrato de fan-
tasía: ilustraciones tan costosas como pueriles, porque ni hay
hoy, ni ha habido nunca imagen auténtica de Cristóbal
Colón. Podrían acompañarse, sin embargo, las vistas de la
m
m&
LXXXVIII
CRISTÓBAL COLON
. .1 tinnrammniiiiiiiiuiiuiiiiiiuiiffllll
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puerta de San Andrés y de la casa que lleva el número 37
de la calle derecha de Ponticello, pero restaurada según las
reglas técnicas del siglo xv. La una fijaba diariamente las
miradas de Cristóbal Colón durante su infancia, pues
vivía á pocos pasos de aquel monumento, y la otra era su
habitación. En aquella modesta casa fué donde hizo sin
duda alguna su aprendizaje de tejedor, y donde tal vez vio'
la luz primera.
«Los documentos auto'grafos serían publicados en facsí-
miles. Persuadido estoy de que su excelencia, el duque de
Veragua, descendiente de Cristóbal Colón, y jefe actual de
la familia, permitirá sacar fotografías de las viente piezas
que conserva en su archivo. Lo mismo sucederá probable-
mente con las que poseen los archivos nacionales de Madrid
y la Biblioteca Colombina de Sevilla. Ventajosísimo sería
insertar también como texto esa preciosa serie de documentos
y anotarlos oportunamente*' \
»Cada documento iría precedido de una noticia histo'rica,
crítica y bibliográfica, seguida de las narraciones contempo-
ráneas esparcidas en diferentes colecciones, y de las que las
investigaciones posteriores han hecho conocer ; y para las
relaciones de los cuatro viajes, de un mapa que describiera
el terreno recorrido, así como los lugares de desembarco,
con sus fechas.»
El pensamiento es felícisimo, apropiado al objeto y
digno de las mayores alabanzas. Pero ¿por qué razo'n se
dirige el ofrecimiento al gobierno del reino de Italia? ¿Co'mo
podría éste llevarlo á la práctica sin grandes dispendios y
dificultades casi insuperables? Los escritos auto'grafos y los
documentos importantes de Colón se conservan con muy
ligeras excepciones en España, en el archivo del señor duque
de Veragua, en la Biblioteca Colombina, en el Archivo gene-
ral de Indias, y aquí, donde por derecho deben tener su
asiento principal las fiestas del centenario, parece lo'gico que
se haga la publicacio'n de los escritos del Almirante, repro-
INTRODUCCIÓN
LXXXIX
ducidos fielmente de sus originales, y de los documentos que
pueden aclararlos y completarlos formando su historia.
OQ 1-M ;
iT'MTfc-
III
Los pueblos del Nuevo Mundo también se han agitado
al recuerdo del pro'ximo centenario. Como podía esperarse
del alto grado de cultura que alcanzan, de sus inmensos
adelantos en el comercio 3^ en la industria, de su gran
importancia política, sus pensamientos son levantados, sus
pro} 7 ectos tienen carácter de universalidad, uniendo en una
mira lo útil y lo agradable, muy en consonancia con su
manera de vivir y con las tendencias de su actual evolución.
Se ha manifestado en las repúblicas hispano-americanas
con este motivo, mucho entusiasmo hacia el descubridor,
muchos recuerdos de gratitud hacia la que fué un tiempo
su metro'poli, aunque al mismo tiempo se han dejado tras-
lucir ciertas tendencias absorbentes y por demás exclusivistas,
disculpables en el estado de adelanto en que hoy se encuen-
tran, y que ciertamente desaparecerán con facilidad para
entrar de lleno en armonía con todos los pueblos que aspiran
á tomar parte en la celebracio'n del centenario.
El acreditado perio'dico Las Novedades, de Nueva York * ,
se expresa en estos términos:
«Mucho se ha dicho ) T publicado sobre el proyecto de
«Exposicio'n de las tres Américas » con que se trata de
conmemorar en Washington el cuarto centenario del descu-
brimiento. Ya saben nuestros lectores que el asunto fué
objeto recientemente de un dictamen muy notable por parte
de la comisio'n de relaciones exteriores; pero hoy que tenemos
m
1 Nueva York. — Oficinas, núm. 23, Liberty Street. — Número 332 corres-
pondiente al jueves 19 de Julio de 1888.
Cristóbal Colón, t. i. — xn*
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CRISTÓBAL COLON
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de Washington el texto de este informe, vemos que la comi-
sio'n aprobó' el proyecto en tesis general, pero sustituyéndolo
en lo relativo á sus detalles con otro que presenta algunas
novedades de interés.
»Se trata de una Exposicio'n permanente de los produc-
tos de todas los naciones americanas que se inaugurará
en Washington en 1882, si llega á ser ley este proyecto.
Autorízase al Presidente para nombrar una junta directiva
de nueve personas, encargada de formar el plan de Exposi-
cio'n, incluyendo en este nombramiento otra junta consultiva
de sesenta y dos miembros; el gobernador de cada Estado y
territorio nombrará uno de éstos, y otro también el Presidente
de cada una de las diez y seis repúblicas hispano-americanas.
»E1 terreno se concederá bajo la direccio'n del Presidente
en alguno de los que son propiedad del gobierno en la
ciudad de Washington, y las construcciones comprenderán:
i.° edificio para la exposicio'n de los productos y artefactos
de los Estados y territorios de la Unio'n, así como de
los objetos de interés histo'rico, científico, etc., del país:
2. edificio para la exposicio'n de todas las repúblicas his-
pano-americanas, del imperio del Brasil, Canadá y todas
las posesiones europeas en América; y 3. se elevará una
estatua colosal al descubridor del Nuevo Mundo, el inmortal
Colón.»
Otros proyectos se agitan también en el Nuevo Mundo,
aunque no tienen, según parece, tan levantado carácter, ni
son tan generalmente aceptados. Tal acontece al de Mr. An-
derson, que por su índole debe ser de origen totalmente
particular y privado. No lo conocemos más que por las
escasas noticias que ofrece otro artículo del citado perio'dico
Las Novedades, siendo muy notable la carta del ministro de
México señor M. Romero que en el mismo se copia. El
artículo dice así:
«Para el centenario de 1892. — Hemos dicho que el
INTRODUCCIÓN
xa
texto del dictamen formulado por la comisión de relaciones
exteriores de la cámara sobre la conmemoracio'n del cente-
nario de Colón va acompañado de diversos documentos,
algunos de los cuales dan interesantes detalles, aún no cono-
cidos del público.
»Entre esos documentos hay una coleccio'n de cartas
firmadas por los representantes diplomáticos de casi todas
las naciones hispano-americanas, ya publicadas muchas de
ellas, y precedidas como siempre de aquellos panegíricos del
ministro de Venezuela señor Soteldo, que caía en éxtasis
ante la grandiosidad y el americanismo del proyecto, y
hablaba del sistema americano de las naciones de este conti-
nente como pudiera hacerlo el mismo Blaine.
»Los demás ministros, á excepcio'n del señor Velasco que
represento' al Salvador é imito' al señor Soteldo, se limitaron
en general á contestar atentamente al secretario de la comi-
sio'n de propaganda Mr. Anderson, que pondrían el asunto
en conocimiento de sus respectivos gobiernos y así lo hicieron
en épocas diversas los señores don Casimiro Corral, don
Vicente G. Quesada, don Domingo Gana, y don Manuel
Montúfar, ministros de Bolivia, la Argentina, Chile y Guate-
mala. Del ministro de México, señor Romero, se recordará
que refresco' la memoria de Mr. Anderson, diciéndole que
también México tenía proyectada una Exposicio'n en su
capital para 1892.
«Entre las más recientes comunicaciones de este año
vemos las de los representantes del Perú, Colombia, Nica-
ragua y Costa Rica, señores don F. C. Coronel Zigarra,
don F. Mutio Duran, don Horacio Guzmán y don Federico
Volio, y sobre todo una nueva carta del señor ministro de
México, fechada en Julio último, y que es de verdadero
interés, por lo que la reproducimos más adelante.
»E1 señor Romero, según loable costumbre, pone las
cosas en su verdadero lugar, reivindicando para las naciones
americanas todas el derecho de celebrar acontecimiento tan f¡
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XC1I
CRISTÓBAL COLÓN
memorable, y dejando al poder legislativo de cada una de
ellas el prestar ó no su concurso. También recuerda oportu-
namente el diplomático mexicano que España ha resuelto
conmemorar oficialmente el descubrimiento de América.
«Creemos sinceramente que ya era tiempo de que se
diera á Mr. Anderson una respuesta catego'rica, explícita,
que le demuestre hasta qué punto se sabe apreciar el carácter
totalmente particular y privado, que hasta la fecha tienen
sus esfuerzos y su sociedad de propaganda. Sería de desear
que el citado secretario meditase la carta del señor Romero,
y dejase en paz á los diplomáticos hispano-americanos, cuya
llegada á Washington ha acechado hasta ahora, para espe-
tarles, sin excepcio'n, el cúmulo de circulares, informes,
folletos y dictámenes que á estas horas tiene ya acumulados;
pedirles su opinión, sabiendo que no pueden darla oficial-
mente sin consultar á su gobierno, y luego publicar en todo
el país la respuesta, por fría que sea, como si se tratara
de un testimonio más á favor del proyecto de Mr. Anderson
y sus amigos.
Hé aquí la carta del ministro de México:
«Legación Mexicana.
«Washington, Junio 14 de 1888.
«Señor Alejandro D. Anderson, secretario de la junta
nacional de promocio'n, etc. — Hotel Willard.
«Muy señor mío: He recibido la comunicacio'n de usted
de 9 del corriente, en que me pregunta la opinión del
gobierno de México respecto de celebrar el cuarto centenario
del descubrimiento de América por medio de una Exposicio'n
de las tres Américas, en Washington, el cual está ahora
pendiente en el Congreso de los Estados Unidos.
«Tengo la honra de decir á usted en respuesta, que no
he recibido instrucciones ningunas del gobierno de México
sobre este asunto, y que por lo tanto, ni conozco ni puedo
expresar su opinión respecto del mismo. Por algún tiempo
INTRODUCCIÓN
XCUI
se promovió en la ciudad de México la idea de celebrar
este mismo centenario con una Exposicio'n Universal; pero
habiéndose adelantado el gobierno español para celebrar
ese acontecimiento en Madrid, y habiéndose promovido en
Washington, por la junta de que es usted secretario, la idea
de la Exposicio'n de las tres Américas, presumo 'que se
abandonará el proyecto que se tuvo en México.
«Como sabe usted, hasta ahora el proyecto de Wash-
ington no pasa de tal, y aunque la junta de que es usted
secretario está encargada de promover la Exposición, y se
han presentado en ambas Cámaras del Congreso de los
Estados Unidos diferentes proyectos respecto de la misma,
hasta ahora no se ha conseguido ninguna disposicio'n legis-
lativa que le dé forma. La cuestio'n, por lo mismo, por lo
que hace á los Estados Unidos, tiene todavía un carácter
nacional, y bajo este aspecto no corresponde á un gobierno
extranjero, por amigo que sea de este país, expresar opinio'n
respecto de ella.
»Por lo demás, no encuentro inconveniente en decir á
usted que en mi concepto, el descubrimiento de América,
que cuenta ya cerca de cuatro siglos, es uno de los aconte-
cimientos de mayor importancia y trascendencia que han
tenido lugar en el mundo durante la era cristiana; y los
esfuerzos de las naciones americanas no pueden dirigirse,
á mi juicio, á un fin más loable que el de celebrar el cuarto
centenario de su advenimiento al mundo civilizado; aunque
la forma y condiciones especiales de esa celebracio'n depen-
den del poder legislativo de la nación americana que se
proponga encabezarla y del concurso que quieran prestarle
las demás naciones hermanas.
«Soy de usted atentamente su seguro servidor.
»M. Romero.»
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Este es hasta ahora el pensamiento que se llama pura-
mente americano, según han visto nuestros lectores.
XCIV
CRISTÓBAL COLON
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IV
m
La Sociedad Colombina Onubense al ocuparse, casi en
los momentos de su instalacio'n, de todo cuanto podía contri-
buir á celebrar anualmente la fecha de la salida de las
carabelas del puerto de Palos, y á preparar por ese medio la
mayor gloria de Cristóbal Colón, pensó' también en que
pudiera solemnizarse con mayores demostraciones el cuarto
centenario, aunque todavía estaba muy lejano; y para ello,
á pesar de que entonces no contaba más que con sus propios
recursos, anuncio' ya el pensamiento de pedir al gobierno
que estando declarado monumento nacional el monasterio de
la Rábida, por cuenta del Estado se procediera á su restau-
racio'n por personas competentes, para que no perdiera su
carácter, y fuera imperecedero recuerdo del hecho importan-
tísimo que dentro de sus muros se preparo', y en cuya reali-
zacio'n tomaron tanta parte los monjes que le habitaban.
Posteriormente, y perseverando en la misma idea, para
los certámenes de los años 1886 y 1887, lo mismo que para
los posteriores, se anuncio como tema el proyecto de fiestas
para la celebración del cuarto centenario de la salida de Colón
para el descubrimiento del Nuevo Mundo el día ) de Agosto
de 1492. Dos Memorias se presentaron á disputar el premio
en el año 1887; pero el Jurado considero que ninguna de
ellas llenaba el objeto y no se adjudico el premio.
Teniendo después en cuenta la comisio'n nombrada por
el gobierno los trabajos de la Sociedad Colombina, ha parti-
cipado á ésta que los acepta y patrocina, y que en sub-
comisio'n que por la ley está autorizada á nombrar, tendrá
ésta la intervencio'n á que su instituto y sus desvelos la hacen
acreedora.
Bástanos por lo tanto con haber indicado su pensa-
INTRODUCCIÓN
xcv
miento, que probablemente en su día encontrará cabida en ]
el programa general de festejos.
V
Antes de entrar á exponer algo de lo que en nuestro
concepto debe hacerse para dar importancia en todos terrenos
á la celebracio'n del centenario, vamos á anticipar en este
sitio una noticia curiosa, conocida de muy pocos: vamos á
exponer un pensamiento de Cristóbal Colón, un deseo, tal
vez, del inmortal descubridor, que nos dejo' trazada la manera
de celebrar su triunfo, de hacer la apoteosis de su genio y
de su empresa.
Ya en la primera parte de esta Introducción hemos dicho
en qué forma remitió el Almirante á su patria la copia
autorizada de todos los documentos en que constaban sus
títulos y preeminencias, sus dignidades y sus derechos.
Nicolás Oderigo, á quien confio aquellas copias, no creyó'
oportuno entregarlas desde luego á las autoridades de la
Señoría, reteniéndolas en su poder por razones que hoy no
es posible averiguar, pero que tal vez un feliz hallazgo nos
ponga de manifiesto inopinadamente; porque es cosa muy
probable que Oderigo escribiera á Colón el motivo que á
ello le impulsaba, y que recibiera respuesta del mismo;
cartas que pueden encontrarse, como lo han sido otras que
no figuraban entre los documentos remitidos desde Sevilla el
año 1502, porque son de época posterior, y sin embargo, se
ven hoy unidas á aquéllos y han sido publicadas en el Códice
Diplomático Colombo- Americano.
Pero existe también unido á aquellos documentos un
precioso dibujo, en el que no se ha fijado la atencio'n con el
interés que merece, por ser un croquis original de Cristóbal
Colón, ideado por él para perpetuar su gloria; cosa extra-
XCVI
CRISTÓBAL COLON
ordinaria, monumento de excepcional importancia, de rareza
suma, que debe ser mirado con pasio'n por los verdaderos
colombistas.
Describiendo minuciosamente el Códice el doctísimo
barnabita Juan B. Spotorno, y después de hablar de la copia
de la carta del magistrado de San Jorge á Colón, fecha 8 de
Diciembre de 1502, con que termina, añade:
« In fine si vede uno schtTgp gettato sopra me^o foglio di
carta rappresentante una pittura simbólica del Colombo e della
sua scoperta f . »
No logro el esbozo o croquis fijar la atencio'n de aquel
sabio, que tal vez lo paso' sin examen más prolijo, y por eso
no le dio' entrada en su publicación, que iba limitada á los
documentos y privilegios. Pero algunos años después el ma-
rino francés Mr. A. Jal, visitando las antiguas pinturas de
la ciudad de Genova en busca de datos para enriquecer sus
estudios de Arqueología naval, encontró' ocasio'n de conocer
detenidamente el Códice original que se guarda en la sala de
sesiones del Consejo de Senadores. Lleno de admiracio'n ante
aquel dibujo, cuya procedencia no fué para él dudosa, tomo'
desde luego un calco exactísimo, que es el que acompañamos
para satisfacer la natural curiosidad de nuestros lectores, y
luego le explico y aumento' con atinadas observaciones,
poniendo á la debida luz su autenticidad é importancia.
Sin embargo, su trabajo publicado en La France maritime 2
tampoco llamo' la atencio'n de las personas entendidas, quizá
por la escasa circulacio'n de aquella obra ; pero entre nosotros
la conocía y dio' noticia de ella el erudito escritor y capitán
de navio don Cesáreo Fernández Duro, que en sus Disquisi-
ciones náuticas 3, primeramente, y después en el libro titulado
' Códice Diplomático Colombo- Americano. — Genova, 1823, Introd.
* La France maritime. — París, Imprimerie de Decourchant, 1838, In fol.
tome II, pág. 263. — Véase en los Apéndices á la Introducción (c).
s Disquisiciones náuticas. — Madrid, Rivadeneyra, 1875, tomo I, pág. 119.
INTRODUCCIÓN
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Cristóbal Colón, t. i. — xui*
XCVI1I
CRISTÓBAL COLON
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Colón y la Historia postuma l recordó el bosquejo de Colón y
los trabajos de Mr. Jal.
¿Se quiere saber ahora cuál fué el objeto de Colón al
trazar ese croquis, y de qué modo lo dejo' significado? ¿Se
desea comprender la alta importancia que puede tener en la
celebracio'n del cuarto centenario? Pues oigamos ante todo á
los dos escritores citados.
«Lo que el grande hombre quiso consagrar en su esbozo,
fué su gloria, dice Mr. A. Jal; sin duda un día en que estaba
satisfecho de sí propio trazo' su triunfo con la misma pluma
con que al pie de una carta á Oderigo acababa de escribir
los fastuosos títulos con que Fernando é Isabel le habían
condecorado ; vanidad harto disculpable en el valeroso
marino que había dado á España un mundo nuevo: alegría
bien inocente, que apenas podría ser bastante á compensar
tantas desdichas sufridas, tantas tristuras, tantas humilla-
ciones, tantos menosprecios y tantas cabalas injustas! a
«En medio de la composicio'n está el héroe, dice el
señor Fernandez Duro, sentado en un carro, cuyas ruedas,
de paletas, hieren las aguas del mar, pobladas de monstruos
que representan la envidia y la ignorancia, medio ocultas. Al
lado de Colón la Providencia; ante el carro, impulsándolo,
la constancia y la tolerancia ; por detrás lo empuja la religio'n
cristiana, flotando en el aire la victoria, la esperanza y la
fama. Colón esperaba que el boceto fuera desarrollado en tabla ó
muro, por el cuidado de la Señoría, y á prevencio'n escribió'
de su puño el nombre de cada figura, explicando al margen
los atributos y la forma y color de los vestidos, sin omitir el
suyo.»
Inútil es ponderar el interés de esta obra : después de lo
dicho nada creemos que podría encarecerlo. De la oportu-
nidad de su ejecucio'n nos vamos á ocupar en seguida; pero
1 Colón y la Historia postuma. — Por el capitán de navio Cesáreo Fernán-
dez Duro. — Madrid, Tello, 1885, pág. 206.
INTRODUCCIÓN
XCIX
antes será tal vez discreto y conveniente aducir alguna
prueba, para demostrar que el croquis es original de Cristó-
bal Colón. Desde luego le presta señalada autoridad el
encontrarlo unido al libro de los privilegios del Almirante,
copia que reconocidamente y por las cartas que le acompa-
ñan, es la misma que aquél envió' á Nicolás Oderigo. ¿Por
qué motivo este diplomático puso aquel croquis en la última
página del Códice? Este solo hecho parece indicar que ambos
tenían la misma procedencia. Debió recibirlo el embajador
posteriormente, quizá con nueva carta de Colón, y fué
colocado en el lugar que le correspondía. Para mayor con-
vencimiento la letra de los nombres que designan las
figuras, como las de las anotaciones marginales, es de puño
del grande hombre, y en un ángulo está su firma, clara,
indudable, con todos los signos y caracteres que la hacen
auténtica '.
Pero .para hacerla aún más indubitada; para que se
comprenda que está allí puesta por el autor, uno de los
poseedores del precioso códice, probablemente el mismo
Nicolás, o' tal vez Lorenzo Oderigo, — que este particular
podrán resolverlo los genoveses, haciendo el cotejo con letras
conocidas de aquellos diplomáticos, — al observar el dibujo,
y la firma que en su ángulo inferior izquierdo aparece,
escribió' al lado de ésta:
«Segno con che Cristofforo Colombo segnaba é sotoscri-
veva le sue scriUc.» Es decir, que en el momento, tal vez, de
recibirse aquel croquis en Genova, y para evitar toda duda,
hubo quien puso al lado de sus signos, que no eran inteligi-
bles para todos, esta es la firma de Cristóbal Colón.
1 Véase en los Apéndices d la Introducción (d).
CRISTÓBAL COLON
VI
Nada más lejos de nuestro intento que formular en esta
Introducción el programa de las fiestas con que ha dé solem-
nizarse en todo el mundo el cuarto centenario del descubri-
miento, que vamos viendo ya tan cercano. Corresponde de
derecho esa gloriosa, aunque ardua tarea, al gobierno de la
nacio'n española, puesto al frente de todas las demás nacio-
nes que noblemente ansien contribuir á que revista todo el
esplendor, la pompa, la grandeza que el suceso reclama.
Este es el punto único en que nos fijaríamos, y hacia el que
llamaríamos la atencio'n, si de algo pudieran servir nuestras
débiles advertencias, para que no se pierda de vista un solo
instante. Mas ha tomado ya la iniciativa, y solo debemos
desear que todo se practique con la elevacio'n de miras que
corresponde á la universalidad que ha de caracterizar el
proyecto ; aunque del patriotismo é ilustracio'n de los patri-
cios que forman la junta nombrada por el gobierno español
en 28 de Febrero de 1888, con el encargo de entender en
ello, es de esperar tal resultado y tan feliz que supere las
esperanzas de cuantos se interesan por las verdaderas glorias
de España.
Mas á pesar de eso, y con toda la timidez, con toda
la desconfianza natural de quien solo confía en sus fuerzas,
aunque estimulados por un sentimiento patrio'tico, vamos á
exponer ligerísimamente algunas ideas acerca de lo que nos
parece podría contribuir al mayor lucimiento del acto, á la
generalizacio'n de las manifestaciones, y á dar al centenario
un carácter que no se borrase con el transcurso de los años.
Entendemos que las festividades podrán tener dos dife-
rentes objetos: Primero, despertar el entusiasmo de la gene-
racio'n presente, lo mismo en las grandes capitales que en
INTRODUCCIÓN
ci
las pequeñas poblaciones, excogitando medios de que en
todas partes se renueve la memoria de Colón y del descu-
brimiento, y la celebren con regocijos populares, fiestas
religiosas, militares y civiles, en la manera que se acuerde
y sea posible hacerlo. — Segundo, estimular por los medios
oficiales que se juzguen más directos la inaguracio'n de
asilos para marinos inválidos, de los cuales uno podría serlo
el monasterio de la Rábida; de escuelas para sus hijos y
de centros de enseñanza para marineros : procurar que en el
día 3 de Agosto se coloque en la capital la primera piedra
de algún monumento grandioso que sirva de perpetua
memoria: circular en millones de impresos y gratuitamente
una sucinta biografía de Colón, que redactaría la Real
Academia de la Historia, y algún documento importante,
alguna carta escrita de su mano que el pueblo tuviera
empeño en conservar como recuerdo de su genio y de la
gloria de España; pudiendo remitirse al mismo tiempo á
todas las capitales, en forma solemne, para que se guardara
en todas sus bibliotecas, el libro que contuviera todos los
escritos que se conocen del inmortal descubridor. Esto nos
ocurre y esto sometemos á la alta consideracio'n de la junta
encargada de preparar la celebracio'n del centenario.
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VII
Pero vamos por partes. Cuatro siglos hace que Cris-
tóbal Colón remitió' á su patria el dibujo de que nos hemos
ocupado en uno de los párrafos anteriores. Su deseo fué
indudablemente que trasladado en tabla o' en lienzo, por
algún artista capaz de comprenderle, fuera perpetua memo-
ria de los muchos trabajos que había sufrido, de la grandeza
del pensamiento que concibió' su mente, y del feliz resultado
que su empresa consiguiera. No se ha realizado hasta hoy
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CRISTÓBAL COLON
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el deseo del inmortal descubridor. ¿Qué momento más
oportuno, que ocasio'n más propicia que la celebracio'n del
centenario, para dar vida á la creacio'n picto'rica exponiendo
á vista de todos el triunfo de Cristóbal Colón?
¿No aceptarían como buena los individuos de la junta
la idea de anunciar un concurso entre los artistas de todas
las naciones de ambos continentes para la ejecucio'n de ese
hermoso cuadro? Fácil sería, en nuestro entender, hacer
numerosa reproduccio'n de este mismo dibujo, circularlo por
todas partes, remitiéndolo á los gobiernos y ofreciendo
honroso premio á los bocetos que en un plazo determinado
se presentaran, y la ejecucio'n del cuadro generosamente
recompensada, con honra y provecho, á aquel pintor cuya
obra fuese la más digna de interpretar el pensamiento, á
juicio de un jurado internacional.
El artista cuyo boceto fuera escogido, podría recibir, á
más del pago espléndido de su trabajo, condecoraciones y
títulos de todas las naciones que concurran á la celebracio'n
del centenario; y éste sería caso nuevo, honrosísimo y sin
precedente en la historia, que movería á todos los que
rinden culto á las artes para concurrir á tan honroso
certamen. '
En el cuadro de la apoteosis de Colón tiene cabida el
retrato- de este genio inmortal sentado en el buque que
simboliza su carácter y su empresa. Le guía la Providencia;
le acompañan la Fe y la Esperanza, le inspira la Religio'n;
canta la Fama su gloria, y el buque o' carro triunfal que le
conduce á las playas del Nuevo Mundo, arrolla con sus
ruedas y sepulta entre las aguas á la Ignorancia, á la
Envidia á todas las pasiones mezquinas que se atravesaron
en su camino y opusieron dificultades á la realizacio'n de su
pensamiento, como las han opuesto y las opondrán siempre
á todo lo que sea grande, levantado y sublime.
¿No es tan bello asunto capaz de despertar el entu-
siasmo de todos los que tengan corazo'n de artista? ¿Quién
INTRODUCCIÓN
CIII
habrá que abrigando en su cerebro la llama de la inspira-
ción no la sienta avivada al interpretar el pensamiento de
un grande hombre? El genio del pintor será guiado por el
genio del navegante', que le llevará á feliz puerto y le
conducirá al templo de la gloria, como condujo las carabelas
españolas á las desconocidas tierras de Occidente.
Entre los actos que podremos llamar permanentes y
duraderos para recordar el centenario, el cuadro del triunfo
de Colón, ideado por él mismo, sería sin duda uno de los
más notables; teniendo la ventaja de que, si como es de
esperar en vista del gran adelanto de las artes .en nuestro
tiempo, el cuadro fuese una obra notable y digna, fácil cosa
sería su reproduccio'n para que figurara en todas las capita-
les que quisieran tener ese recuerdo. La apoteosis del descu-
bridor estaría consagrada en todos los museos del mundo.
VIII
!^i
Ocasio'n sería también el centenario para que reunidas
las representaciones de los gobiernos de ambos mundos, con
el concurso de todos se pusiera la primera piedra de un gran
monumento á Colón, costeado por todos los pueblos civiliza-
dos. Este sería homenaje digno de nuestro siglo y que en el
lenguaje más elocuente narraría á las generaciones venideras
cuánto fué el entusiasmo de la presente, cuánto su reconoci-
miento y su amor al genio que facilito' por un rasgo de su
talento la reunio'n de toda la humanidad. Monumento que
sería testimonio al mismo tiempo de los adelantos artísticos
del siglo xix y de la grandeza de las naciones que tan colosal
obra emprendieran, así como son testigos de la importancia
de las pasadas generaciones las pirámides de Egipto, los
templos de Uxmal y de Palenque, el del Sol en Helio'polis y
el Coloseum de Roma.
CIV
CRISTÓBAL COLON
y a
v á
E
Para conseguir este objeto mucho trabajo encontramos
ya adelantado. En la primera parte de esta Introducción
dejamos reseñada la historia y varia suerte del proyecto tra-
zado por el arquitecto español don José Marín Baldo. ¿Qué
podríamos decir después de despertar en la memoria de
todos este recuerdo y de lanzar á la publicidad lo oportuno
de su ejecucio'n? Conocen muchos en España ese grandioso
proyecto; lo aplaudieron y lo premiaron codiciándolo los
americanos en la Exposicio'n de Filadelfia, y hoy mismo
corren sus alabanzas en boca de todos los amantes de la
grandeza de nuestra patria, abrigando muchos la esperanza
de ver levantado el colosal monumento.
No se nos oculta el grande obstáculo que presentan
para su construccio'n las crecidas sumas que por necesidad
habrán de invertirse; cuestio'n difícil pero que hay muchos
medios para superarla. ¿Habrán de declararse vencidas por
tan pequeño enemigo las naciones que concurran al cente-
nario? ¿No bastará el mágico nombre de Colón para unirlas
á todas por un vínculo de entusiasmo y que á expensas de
todos los gobiernos veamos levantarse ese recuerdo de su
gloria? ¿No podría intentarse una suscripcio'n universal? ¿No
sería más satisfactorio, no tendría más significación el monu-
mento levantado al genio por los hombres de todos los
países del mundo conocido?
Muchas podrán ser las dificultades que se toquen para
la realizacio'n de este pensamiento; pero ni es este el lugar
más á proposito para indicarlas, ni somos nosotros los
llamados á resolverlas. Volvemos la vista llenos de confianza
á la Junta organizadora, y creemos que á entrar en lo posi-
ble, habrán de procurar que se realice.
INTRODUCCIÓN
cv
IX
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Con objeto distinto, como festejos populares, y para
que los días 3 de Agosto y 12 de Octubre tengan en todas
partes resonancia y despierten el recuerdo de los grandes
acontecimientos que en ellos se realizaron, son muchos los
medios de que pueden valerse los gobiernos, cuya variedad ¡
misma y el diferente carácter que pueden revestir son causas
bastantes para que los dejemos en silencio.
Ilustres colombistas se han ocupado con insistencia
en la importancia de esas fiestas ; y la Sociedad Colombina
Onubense, según ya hemos dicho, ha anunciado en varios
certámenes su deseo de premiar un buen proyecto para la
celebracio'n del centenario, respondiendo así á la obligacio'n
que le impone su título y el lugar en que está establecida.
Por desgracia, ninguna de las Memorias presentadas ha
obtenido aquella honrosa distincio'n.
Pero el arquitecto Marín Baldo, el inspirado autor del
monumento grandioso de que tantas veces nos hemos ocu-
pado, es tan distinguido escritor como entusiasta colombista,
y escribió' una Memoria en la que hace preciosas indicaciones
que pueden servir de guía entre otras muchas, y pudieran
aceptarse '. Copiaremos en este lugar algo de sus princi-
pales párrafos:
«Existe, dice, un contrato de Colón con los Reyes Ca-
tólicos en el que se estipularon las condiciones del viaje,
títulos y honores que se concedían al gran navegante si lle-
gaba á descubrir las tierras que prometía. Este contrato,
cuyo original deberá encontrarse en algún archivo público,
puede ser reproducido exactamente por medio de la foto-lito-
I ;
HMI
Véase íntegra en los Apéndices de la Introducción, (e).
Cristóbal Colón, t. i — xiv*
cvi
CRISTÓBAL COLON
grafía, invención de nuestros años, y hacer una gran tirada
de ejemplares que se remitirán por el gobierno á todos los
ayuntamientos de España y á los de fuera que lo pidan y
quieran conocerlo y guardarlo como documento precioso.
»A los nueve mil ayuntamientos de España se les orde-
nará por el Ministerio de la Gobernacio'n dar lectura pública
y solemne de este documento el día 3 de Agosto de 1992,
como se hacía con los Bandos Reales para que llegasen á
conocimiento de todos; y después lo colocarán en un cuadro
en la sala de sesiones
X-&MI
"4 1 *.
» Todas o' la mayor parte de las capitales de provincia y
partidos judiciales, dice más adelante el ilustrado arquitecto,
deberían levantar un monumento público á la memoria del
cuarto centenario de Colon, siendo fácil y económico llevar
á cabo este pensamiento en la forma siguiente:
»E1 gobierno deberá abrir un concurso entre todos los
arquitectos españoles para presentar proyectos de un monu-
mento que perpetúe la memoria del cuarto centenario del
descubrimiento, sujetándose á este programa:
rt.° El monumento será de hierro fundido y su peso
no debe exceder de diez toneladas, carga máxima de un
vagón de ferro-carril
»2.° Este monumento será coronado por un busto de
Colón, y tendrá en su decoración las tres' proas de las cara-
belas que hicieron el viaje primero á las Indias Occidentales,
así como también las inscripciones y fechas que se dicten por
la Real Academia de la Historia.
»3.° Siendo, como deberá serlo, de varias piezas que
se ajusten á enchufe ó con tornillos, una de éstas tendrá en
su interior un hueco ó cavidad donde se encierren los perió-
dicos en que se dé cuenta de las fiestas del cuarto centenario
en toda España, y algunos otros documentos de la época,
tales como el acta de los festejos hechos por el pueblo ó ciu-
dad en que levante cada uno de estos monumentos.
INTRODUCCIÓN
cvn
» Como se ve desde luego, un monumento de esta clase
tiene sus mayores gastos en el proyecto y los modelos para
la fundicio'n, los cuales se podrían repartir entre todos los
numerosos ejemplares, y por tanto ser poco el aumento que
recibieran sobre el precio de cuatrocientas pesetas la tone-
lada, o' sean pro'ximamente cuatro mil pesetas cada ejemplar.
«Esta obra, puesta al alcance de los pueblos más
pobres, pudiera ser ejecutada con mayor lujo en las capita-
les de provincia, construyendo el basamento general de
mármol o' de sillería; pero en todas partes la primera piedra
para los cimientos se pudiera colocar en un día dado, el 3 de
Agosto, fecha de la partida de Colón del puerto de Palos, y
hacer la inauguracio'n del monumento el 12 de Octubre del
mismo año 1892.»
Xo se detiene el señor don José Marín Baldo, y en alas
de su entusiasmo por Cristóbal Colón, á cuya apoteosis ha
consagrado toda su vida de artista, con el deseo de que el
cuarto centenario sea un verdadero acontecimiento, pasa de
los festejos y regocijos populares, á las grandes manifesta-
ciones que pueden hacerse en Madrid, cabera del reino y
corazón de la patria; en Granada, donde se firmaron las
capitulaciones entre el descubridor y los Reyes Católicos ; en
Palos, de donde zarparon las afortunadas carabelas... Si su
pensamiento fuera aceptado, el cuarto centenario tendría
gran resonancia en todas partes, y los días 3 de Agosto
y 12 de Octubre de 1892 serían verdaderamente una fiesta
de la humanidad, como deseaba en el Congreso de america-
nistas de Madrid el señor don Tomás Montejo.
X
Como síntesis de todo cuanto hasta ahora se ha indi-
cado por los apasionados al gran nombre de Cristóbal
■H
■
i
CVIII
CRISTÓBAL COLON
l't,""
a Colón, y á la gloria del pueblo que comprendió' su genio
y le dio' los medios para llevar á cabo su empresa, al par
que la de las demás naciones que le deben, por decirlo así,
su existencia, podemos concentrar en pocas palabras el
pensamiento dominante para la celebracio'n del cuarto cen-
tenario.
Divididas en tres o'rdenes o' grupos las fiestas proyec-
tadas, y encargada de cada uno de ellos una seccio'n de la
ilustre Junta, se aumentarían y perfeccionarían estos pensa-
mientos, escuchando las opiniones de personas competentes,
y aceptando cuanto se estimase que conducía á lograr el
objeto deseado.
Vemos, por hoy, que cabrían en el primer grupo, entre
los que por su índole pueden tener carácter de permanentes,
o' destinados á perpetuidad, ante todo, la colocacio'n de la
primera piedra de un monumento colosal y grandioso, que
se levantaría con la cooperacio'n de todas las naciones his-
pano-americanas, unidas á la que fué un tiempo su metro-
poli, que podría ser el proyectado por don José Marín
Baldo, uniéndose á éste por su origen y significacio'n el con-
curso que se anunciara para pintar la Apoteosis de Cristóbal
Colón, según el dibujo trabado por su mano; y la publicacio'n
de los escritos del Almirante, reproduciéndose fielmente los
auto'grafos que se conservan, con todos los que puedan
contribuir á fijar y esclarecer los hechos de su vida y
viajes, y cualesquiera otros de igual naturaleza é impor-
tancia.
En el grupo segundo, participando del carácter de
permanencia y utilidad del momento, entrarían los planes
de Exposicio'n universal y Exposicio'n americana, combi-
nados entre Europa y América : la inauguracio'n en varias
capitales de asilos para inválidos de la marina, y educacio'n
de sus huérfanos, cuyos establecimientos llevarían todos el
nombre de Colón: la ereccio'n de monumentos conmemora-
tivos en las capitales y en los pueblos, facilitándoles á todos
INTRODUCCIÓN
CIX
la manera de hacerlo en un día y aun en una hora deter-
minada.
En el tercero figurarían las funciones religiosas, proce-
siones cívicas, fiestas civiles y militares, limosnas, repiques,
músicas y cuanto pudiera contribuir al regocijo y animacio'n
de todos, para que se aclamase con júbilo el nombre de
Colón y se recordase la importancia del descubrimiento en
el día en que ocurrió' tan gran suceso.
Esto sería lo general. Pero fiestas especialísimas, fun-
ciones con carácter propio, con objeto particular, no podrán
dejar de verificarse. Palos y Lisboa, Santo Domingo y la
Habana, Granada, Barcelona y Sevilla, tienen grandes
recuerdos en su historia, fastos memorables, efemérides
gloriosas que habrán de consagrar con alguna demostración
señalada, con algunos actos que signifiquen por nuevo
rumbo la grandeza de sus pasadas memorias y de su esplen-
dor presente.
Cuáles puedan ser éstos; qué magnitud puedan alcan-
zar las manifestaciones de entusiasmo de tan cultas ciudades,
no podemos decirlo, ni aun indicarlo siquiera.
Tal vez al llegar á este punto, y aun antes de haber
venido tan lejos, algún lector, recordando el espíritu un
tanto positivo é interesado y demasiado utilitario de los
tiempos en que vivimos, juzgue exagerada la grande exten-
s sio'n que pretendemos tenga la celebracio'n del centenario, y
aun añada que así se hace imposible su realizacio'n. El
argumento es grave de verdad, pero en el caso presente
no tiene exacta aplicacio'n, ni es obstáculo como en otras oca-
siones. Las ideas que dejamos apuntadas, no son un deseo
particular nuestro, ni de ningún colombista exigente; son la
expresio'n de las aspiraciones de muchos pueblos, manifes-
tadas por sus publicistas, acogidas por varios gobiernos de
Europa y América, y que van formando una opinio'n gene-
ral, fuerte y robusta, capaz de vencer por sí sola todas las L
ex
CRISTÓBAL COLON
dificultades para que el cuarto centenario del descubri-
miento del Nuevo Mundo no sea la fiesta de una nacio'n,
sino la expresión del júbilo y entusiasmo de todos los
pueblos civilizados.
1
~-'v
APÉNDICES
A LA
INTRODUCCIÓN
(a). — Pág. xvii
ESTUDIOS CIENTÍFICOS
Vuelve á agitarse entre los americanistas la cuestión muchas veces
debatida, y otras tantas abandonada, del arribo de naves fenicias á las
tierras que luego en el siglo XV descubrieron los españoles, y se llamaron
Indias Occidentales ó Nuevo Mundo. Como complemento de la noticia
que hemos procurado dar en la parte primera de la Introducción, de
todas las opiniones referentes á la América precolombiana, por más que
las correspondientes á los viajes que allá pudieran hacerse, tengan lugar
señalado en ciertos capítulos de la obra, insertamos en este el trabajo
que con el título de Estudios científicos publicó no hace mucho el señor
don Manuel Benítez, pues no hemos podido estudiar los trabajos del
barón D'Oufroy de Taron y de Mr. Ferraud, que en el mismo se citan.
ESTUDIOS HISTÓRICOS
La prensa científica extranjera, especialmente la inglesa y alemana,
vuelve á ocuparse de nuevo en estos momentos, con interés y con insis-
tencia, de la prioridad del descubrimiento de la América, con ocasión de
los documentos encontrados también recientemente por Mr. Ferraud, que
se remontan á la época de los fenicios, cuyos documentos corroboran
que este pueblo, tan célebre en la antigüedad, comerciaba con los habi-
tantes de la América meridional.
En apoyo de esto, Mr. Romanet de Taillaut, en una de las últimas
sesiones de la Sociedad Geográfica de París, se adhiere á la opinión del
CXII
CRISTÓBAL COLON
fc!
barón D'Oufroy, y ya que las expediciones de los fenicios á la América
no se pueden atribuir al conocimiento geográfico que aquéllos tenían de
esta parte del mundo, recuerda Mr. Romanet la influencia poderosa que
ejercen en la navegación las corrientes marinas del Atlántico, á las cuales
hay que atribuir, dice, «las relaciones que sin' duda existieron entre los
fenicios y los habitantes de la futura América. »
En prueba de esto cita Mr. Taillaut un hecho curioso.
En Diciembre de 173 1, una barca, cargada de vino de Canarias, se
dio á la vela en uno de los puertos de estas islas, con rumbo á Palma de
Mallorca, mas sorprendida por una tempestad, tuvo que desviarse de su
ruta , y entrando en la gran corriente del « Gulf-Stream , » atravesó
el Atlántico con pasmosa rapidez. El asombro de estos marineros, que
debiendo dirigirse á las Baleares fueron á parar á la isla de la Trinidad,
impulsados por las corrientes oceánicas, confirma la opinión de D'Oufroy
de Taron, que tiende á probar por ese medio que la América ha sido
conocida por otros pueblos antes de la época de Colón.
Un hecho análogo ocurrió al navegante Arí Marsson, quien nave-
gando hacia el sur por el año 1682, fué arrastrado por las corrientes del
Atlántico á la parte de la América llamada de los «hombres blancos,»
en donde recibió el bautismo, y no habiendo obtenido el permiso para
regresar á su país, fué luego reconocido por los isleños de Orkney y por
varios islandeses.
Por lo demás, si los fenicios tenían conocimiento de la América,
también lo tuvieron los normandos de las costas septentrionales de este
país, y sabidas son las expediciones que más tarde nos dieron á conocer
las regiones tropicales del mismo continente. Más inciertas son las
huellas que creen algunos haber encontrado de un descubrimiento de la
América hecho por los islandeses en el año 989; pero lo que constituye
hoy una verdad histórica indiscutible, es el descubrimiento de la América
hecho por Leií, en el año 1000, desde la extremidad del norte hasta
los 41° de latitud septentrionrl, á cuya empresa contribuyeron, aunque
de una manera casual, los marinos noruegos.
Ahora bien; los testimonios imparciales y los datos que sobre este
asunto existen, puestos fuera de duda por la crítica moderna, confirman
la creencia de los señores D'Oufroy y Romanet; pero como quiera que esto
mismo sirve de base á ciertos autores contemporáneos, más amantes de
la novedad que de la verdad científica para menoscabar el mérito que
corresponde á la gigantesca empresa llevada á cabo por el genio de
COLÓN, vamos á probar la injusticia con que proceden los que tal creen,
en perjuicio de uno de los acontecimientos más grandes de los tiempos
modernos.
El que la América haya sido conocida por los fenicios y por otros
pueblos antiguos, no rebaja en lo más mínimo el mérito del descubri-
miento de Colón. Pitágoras y Aristarco de Samos conocían de los
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
CXIII
egipcios el verdadero sistema del mundo, y esto en nada rebajó la gloria
de Copérnico, al renovar el sisma pitagórico, que supone fijo al sol en
el centro de nuestro sistema planetario.
Así, pues, si el primer descubrimiento de la América hecho en los
tiempos antiguos, no tuvo la influencia duradera que ejerció posterior -
mente en los progresos de la geografía y del comercio, al ser renovado
por Colón en el siglo XV, se explica fácilmente por la poca cultura de
los pueblos que descubrieron primero aquel continente, y por la natura-
leza de los lugares á que limitaron sus exploraciones.
Además, COLÓN desconocía por completo el descubrimiento de esas
regiones de nuestro planeta, designadas posteriormente con el nombre de
América. Del mismo modo desconocía la «Atlántida» de Platón y la
descripción de Catay y de Cipango, hecha por Marco Polo, en las cuales
suponen algunos autores se inspiró Colón para realizar sus futuras
empresas marítimas. Todo lo que sabía Colón de la antigüedad griega
y latina, todos los pasajes de Aristóteles, de estrabón y de Séneca
sobre la proximidad del Asia oriental y de las columnas de Hércules,
que según refiere su hijo don Fernando, fueron las que sobre todo
despertaron en su padre el deseo de ir en busca de las Indias, los había
tomado de los escritos del cardenal Ailly que llevaba consigo en sus
viajes, dicho por COLÓN mismo en una carta dirigida en 1498 á los
Reyes Católicos.
De todos modos, no es imposible que por los años de 1477 á 1492,
cuando COLÓN persistía en su inquebrantable propósito de buscar el
Oriente por el Occidente, hubiera visto un manuscrito de Marco Polo;
mas en este caso, ¿ por qué no menciona el Cipango del viajero italiano
con preferencia al del papa Pío II, y no que se representa la costa de
Veragua, como formando parte de la Ciguara del Asia, y expresa su
grata esperanza de descubrir las maravillas y las riquezas que encierra el
país de las especias?
En realidad todo lo más que podría saber COLÓN sobre este punto,
no sería por cierto de la obra de Marco Polo, desconocida casi en aquella
época, sino de las noticias curiosas referentes á dicha obra, consignadas
en la célebre carta del médico y astrónomo florentino Toscanelli,
en 1474, sobre la posibilidad de llegar al Asia oriental partiendo de
España, cuyo autor era de mucha autoridad para el gran marino genovés.
Aunque Colón no hubiera tenido la intención de descubrir una
nueva parte del mundo, y aunque es cierto que este gran hombre, lo
mismo que Américo Vespucio, murieron en la creencia de haber tocado
solamente á una parte del Asia oriental, no por eso deja de ofrecer la
expedición todos los caracteres de un plan científicamente concebido y
realizado.
Es indudable que llevaba á bordo la carta de marear que le había
enviado en 1474 su amigo Toscanelli, y que medio siglo después de su
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Cristóbal Colón, t. i.— xv*
CXIV
CRISTÓBAL COLON
1M
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muerte conservaba el célebre Bartolomé de Las Casas. Por la historia
manucrista de Las Casas se sabe que ésta era la misma que el Almirante
enseñaba á Martín Alonso Pinzón en 1492, en la cual se hallaban figura-
das diferentes islas, y que en tanta estima tenía el gran navegante.
No hay que atribuir, pues, el descubrimiento de la América, ni al
conocimiento que se supone tenía COLÓN de las expediciones hechas á
este continente por algunos pueblos antiguos, ni á la lectura de determi-
nados autores.
El descubrimiento de la América hecho por Colón no reconoce
ninguna de esas causas. Este gran acontecimiento no ha sido otra cosa
que una de las más terminantes manifestaciones del progreso moderno, y
bajo este punto de vista COLÓN no fué otra cosa que el medio, el instru-
mento escogido por la Providencia para realizar aquella empresa gran-
diosa, digna de la época fabulosa de los Argonautas.
No hay que darle vueltas. Si en los tiempos antiguos el conoci-
miento de la América no quedó definitivamente establecido, y sí en el
siglo XV, ha sido porque en esta época el entendimiento humano estaba
más cultivado y era más apto para los estudios científicos, y sobre todo
por la tendencia constante que constituye y distingue el carácter propio
de la época de COLÓN de extender el conocimiento del globo. Con razón
ha dicho Roberston que era el destino de la humanidad el que antes de
finalizar el siglo XV fuese conocido el nuevo continente por los europeos.
(b).— Pág. Lir
SOBRE UN LTBRO PERDIDO QUE ESCRIBIÓ EL ALMIRANTE
Por desgracia, el importantísimo libro á que nos referimos en
el texto, documento inapreciable para conocer los verdaderos detalles
de la historia del descubrimiento; fué á parar á manos de don Luis
Colón y Toledo, nieto del descubridor, y tercer Almirante, que entre
muchos papeles de familia poseyó también el manuscrito de los Apuntes
de don Fernando Colón. Algo de lo referente á su vida licenciosa
dejamos referido en la primera parte de la Introducción, págs. LXXVI
á LXXVIII. Por el delito de poligamia y á instancias de una de sus
burladas esposas, doña María Mosquera, fué desterrado á Oran, donde
murió en 9 de Febrero de 1572; pero en uno de sus viajes á Italia
dejó en poder del patricio de Genova, Baliano de Forrari, el original
de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo, para que la
diese á la estampa. Antes de que contra él se comenzase el proceso por
sus repetidos casamientos, en vida de todas sus mujeres, en el año 1544,
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxv
parece que pidió la licencia necesaria para la impresión del libro escrito
por el Almirante, á que en el texto hacemos referencia. La obra no llegó
á imprimirse, pero en el Archivo de Indias se conserva original la Real
orden en que se concedió privilegio á don Luis Colón para que por
tiempo de diez años pudiera imprimir aquel libro, sin que ninguna otra
persona de las Indias ni de estos reinos pudiera hacerlo sin su permiso.
En la cédula se describen algunas condiciones del mismo, que aumentan
su importancia, y por eso las trasladamos en este lugar:
& M
«Por cuanto por parte de vos, don Luis Colon, Almirante de las
Indias , me ha sido hecha relación que • Don Xpóval Colon , vuestro
agüelo, el año pasado de quatrocientos y noventa y dos, por mandado
de los católicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel, nuestros rebi
sagüelos fué á hacer el primero descubrimiento de las Indias, como
primero inventor y descubridor que fué dellas, y porque quedase memo-
ria , con curiosidad y no poco trabajo se puso á escribir lo que cada dia le
subcedia, ansi en la ida como en la venida de la dicha jornada, y como
escriptura verdadera, y que fué el principio de tan notable subceso,
como fué el descubrimiento de todas las indias del mar Océano, hizo un
libro de iodo donde se contaban cosas muy notables é dinas de ser
sabidas, y porque no se olvidase tan loable principio de tan notable
subceso como fué el descubrimiento de todas las indias del mar Océano,
era justo que se imprimiesse para que oviese memoria del dicho libro, y
me fué suplicado vos diese licencia para ello, proveyendo que, por tiempo
de diez años otro ninguno no lo pudiese imprimir sino vos, ó quien
vro. poder oviesse, ó como la vuestra merced fuesse: e yo acatando lo
suso dicho e á que ha sido visto el dicho libro por algunos de los del
Consejo de las Indias de S. M. helo habido por bien: por ende por la
presente doy licencia é facultad á vos, el dicho don Luis Colon, ó á
quien vro. poder oviere para que por término de los dichos diez años
primeros siguientes que corran y se cuenten desde el dia de la fecha
deste mi cédula en adelante, podáis imprimir el dicho libro, ansi en estos
reinos como en las dichas Indias, islas e tierra firme del mar Océano, y
todos los volúmenes que asi imprimiéredes, los podáis vender é vendáis
ansi en estos reinos como en las dichas Indias, con que después de
impreso antes que se venda se traiga al dicho Consejo para que en él se
tase el precio a que se ha de vender: y defienda que durante el dicho
tiempo de los dichos diez años, ninguna ni algunas personas de las
dichas Indias ni de estos reinos sean osados de imprimir el dicho libro ni
venderlo en las dichas Indias ni estos reinos ni en ninguna parte dellos,
si no vos el dicho Almirante don Luis Colon , é las personas que para
ello el dicho vuestro poder ovieren; so pena que cualquier otra persona
ó personas que imprimieren ó vendieren el dicho libro, pierdan todo lo
que ovieren imprimido ó tuviesen en su poder, y demás incurra en pena
CXVI
CRISTÓBAL COLON
I II % *
^"WW^y
de cincuenta mil maravedís, Ja cual dicha pena sea la mitad para vos el
dicho Almirante é la otra mitad para la Cámara y fisco de S. M. y mando
á los del dicho Consejo de las Indias, é á los Visorreyes, presidentes é
oydores y gobernadores y otros cuales quier justicia dellas, ansi á los que
agora son como á los que serán de aqui adelante, que guarden y cum-
plan y hagan guardar y cumplir lo contenido en esta mi cédula y contra
el tenor y forma della ni de lo en ella contenido, no vayan ni pasen, ni
consientan ir ni pasar durante el tiempo de los dichos diez años, so pena
de la nuestra merced é de cincuenta mil maravedís para la nuestra
Cámara y fisco á cada uno que lo contrario fisiere. Fecha en la villa de
Valladolid á 9 dias del mes de Marzo de 1554 años.
»Yo el Príncipe.»
Refrendada de Samano. — Señalada del Marqués. — Gregorio López. — Sandoval. —
R iva deneyra . — Bri viesca.
(Archivo general de Indias). — 1 39, I, 1 1.
(c). — Pág xcvi
EL TRIUNFO DE CRISTÓBAL COLÓN, DIBUJADO POR ÉL MISMO
En los últimos días del mes de Octubre de 1834, me encontraba en
el Palacio Ducal de Genova, ocupado en dibujar algunos buques y gale-
ras del siglo xvi, conforme á los cuadros curiosísimos que adornan una
de las salas de la municipalidad, cuando mi buena suerte me deparó al
señor Bacigalupo, empleado en la administración decurional de la ciudad.
Nunca había visto á nadie tomarse interés por aquellas antiguas pinturas
nacionales, ni sospechaba que pudiera venirse desde Francia para verlas,
estudiarlas y copiar las extrañas formas de embarcaciones; creo, pues,
que se impresionó favorablemente al ver la religiosa escrupulosidad de
mi trabajo de copiante, y hasta me agradecía que no hubiese pasado ante
aquellos antiguos monumentos del arte naval genovés sin dignarme
echarles una mirada, como hacen todos los extranjeros. Sea por lo que
se quiera, aquel amable joven me acogió con mucha cortesía, y cuando
terminé mis dibujos, me propuso que visitara el salón donde delibera el
consejo de Senadores.
La sala no ofrece por sí particularidad alguna ; su decoración senci-
llísima nada tiene de notable. Una gran mesa cubierta de holgado
tapete verde; varios sillones, una triple urna para las votaciones,
un busto del rey bastante mediano, y un pequeño monumento consa-
grado á Cristóbal Colón componen el mueblaje y adorno de la
pieza.
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
CXVII
Lo principal que el señor Bacigalupo deseaba darme á conocer, era
la columna y el busto de Cristóbal Colón que sustenta.
La columna es corta, adornada de follajes y tiene esculpida una
inscripción latina, escrita con elegancia, que anuncia al lector que en un
cofre que sirve de base á la imagen de Cristóbal Colón, se guardan
papeles y cartas importantes para la historia del scopritor de W America.
La puerta del cofre es de bronce.
El busto, de mármol, como la columna.
La efigie del grande hombre tiene más pesadez que fuerza real; los
rasgos de la fisonomía son gruesos y materiales; y me pareció que
aquella cabeza, esculpida por el señor Peschiera, no era buena traducción
de las palabras de Fernando Colón, uno de los hijos del Almirante, que
sirvieron de guía al trabajo del escultor genovés:
«Fu uomo di ben formata e piu che mediocre statura; di volto lungo
e di guancie un poco alte; senza che de dinas se a grasso b macilente;
aveva il nasso aquilino, e gli occhi bianchi; blanco e acceso di vivo colore.
Nella sua gioventu ebbe i capelli biondi, benche giunto che fu a trenía
anni tutti li divenero bianchi.-» — «Fué hombre de estatura bien proporcio-
nada y algo más que mediana; de rostro largo y pómulos levantados; sin
pecar de grueso ni de flaco; tenía la nariz aguileña y los ojos claros;
blanco y con el color encendido. En la juventud tenía el cabello rubio
aunque al llegar á los treinta años ya los tuvo todos blancos.»
Me parece que con tales indicaciones completadas con las de
G. Benzoni «la bocea un poco grande» se podría hacer un retrato con
mucho carácter, valiente, enérgico, y que tuviera alguno de esos rasgos
del genio, que el arte sabe inventar cuando tiene que crear una figura
poética con ausencia del natural. Bajo más de un concepto es digna de
estimación la obra del señor Peschiera, mas no como retrato ideal de
Cristóbal Colón.
El señor Bacigalupo no tenía la llave del cofrecillo; mientras fueron
á buscarla entré con él en un saloncito donde vi con admiración las más
hermosas pinturas de Alberto Durero y de Lucas de Holanda que hasta
entonces había visto. Son ejemplares verdaderamente raros. Por muy
alejados que hoy estemos del estilo y manera de los primeros maestros
alemanes, no puede negarse á esos cuadros de que hablo, un increíble
encanto de sencillez, de gracia y de colorido.
Venida la llave, pusiéronme en la mano el tesoro encerrado en el
cofrecillo. Es un volumen cuya descripción bibliográfica pido se me
permita hacer, porque es único y casi desconocido, á pesar de la exce-
lente publicación de J. B. Spotorno. El volumen de Spotorno fué repro-
ducido en corto número de ejemplares, vendidos á veinte francos, por lo
que sólo se encuentra en manos de un escaso número de aficionados.
Además el Códice Diplomático no es facsímile de las Cartas, Privilegios,
Cedidas y otras escrituras de don Cristóbal Colón. El Códice está escrito
CXVI1I
CRISTÓBAL COLON
en español sobre pergamino, y su tamaño es de folio pequeño. La
cubierta es de cordobán rojo, con dos corchetes de plata en cada lado.
Está encerrado en un estuche ó saco de piel, que tuvo un tiempo cerra-
dura de plata, según lo dice una de la cartas autógrafas de Cristóbal
Colón agregadas al manuscrito. La cerradura ha desaparecido, pero aún
se ven las huellas que ha dejado en el cuero.
Al principio del Códice se encuentra una carta original de Felipe II,
Rey de España, al Dux de Genova Octavio Oderigo, felicitándole por su
elección. La carta es fecha 6 de Noviembre 1566, firmada Yo el Rey, y
autorizada G.° Pérez. He sacado calco de estas dos firmas cuyos carac-
teres son interesantes.
Después de la carta de Felipe II hay una de pergamino en cuyo
verso se lee una nota de Lorenzo Oderigo, en la que refiere el donativo
que este descendiente de Nicolás Oderigo hizo á la República en el
año 1669 de aquel volumen que contenía las cédulas enviadas por CRIS-
TÓBAL Colón en 1 502 á su confidente Nicolás. Esta nota sólo contiene
una parte de la historia del manuscrito ; en otra ocasión referiré la otra
parte.
Viene en seguida el frontis en letras negras y rojas, con arabescos á
la pluma; las letras son de carácter gótico, medianamente hechas, como
todo el resto del volumen, que no es de los buenos monumentos de la
bibliografía española del siglo XVI. Detrás de la portada se encuentra
el sello de Colón, el que usó cuando después del descubrimiento
obtuvo las dignidades de Almirante, Virrey y Gobernador de las
Indias.
La tabla de los documentos contenidos en el Códice, precede inme-
diatamente á aquellos, que ocupan 42 hojas numeradas en un solo lado.
Las letras iniciales están adornadas con miniaturas y arabescos.
A decir verdad, el Códice termina á la vuelta del folio 42 ; pero se
ha añadido después la bula de Alejandro VI, referente á la línea de
demarcación, aquella línea tirada en provecho de los Reyes de España
desde el polo norte al sud para atribuir á S. M. Católica todas las tierras,
islas, ciudades, etc., descubiertas ó que se descubriesen, hacia la parte de
Occidente en todo el mar, á distancia de cien leguas del meridiano de las
islas Azores y de Cabo Verde. Esta bula curiosísima y expedida con
singulares condiciones, está fechada en 4 de Mayo de 1493.
Siguen á la bula del Papa algunos otros documentos, y después
viene un alegato de Cristóbal Colón defendiendo sus derechos funda-
dos en los privilegios que se le habían concedido; escrito ardiente, noble,
en el que responde á veces con sutilezas de abogado á las argucias de los
abogados de la Hacienda.
Otro escrito hay después de éste, que es un comentario de las capi-
tulaciones entre el rey Don Fernando y Colón antes de la expedición á
América. Esta pieza, como la anterior, demuestra que el grande hombre
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxix
entendía muy bien sus negocios y era, cuando la ocasión lo requería, tan
hábil razonador como atrevido navegante.
Una carta de COLÓN al ama del príncipe don Juan, heredero de la
corona de Aragón, que murió á los diez y nueve años de su edad, en el
de 1497, se encuentra después. Esta larga epístola da detalles sobre las
empresas y desgracias de Colón que han permanecido ignoradas para
los historiadores y biógrafos del Almirante del Occéano. Es el último, es
decir, el documento número 44 de este manuscrito, cuyas páginas son
todas del más alto interés.
Tres cartas autógrafas de CRISTÓBAL COLÓN se han unido al Códice;
la primera va dirigida al embajador Messer Niccolo Oderigo, escrita
desde Sevilla, el 21 de Marzo de 1502; la segunda, fecha también de
Sevilla, pero en 27 de Diciembre de 1504, está dirigida al mismo Ode-
rigo; las tres se refieren á la remisión que hizo del traslado de sus
cédulas y provisiones reales á aquel Niccolo, su amigo. La signatura
jeroglífica adoptada por Colón está puesta al pie de cada una de esas
piezas, escritas en español. Esa signatura era en esta forma:
•S-
S -A- S
X M I
Xpo. FERENS.
Una carta de los señores del oficio de San Jorge; un dibujo en color
de las armas de COLÓN, y el croquis cuyo calco fidelísimo remito adjunto,
completan el volumen que el señor Bacigalupo tuvo la bondad de poner
tan generosamente á mi disposición.
La carta de gracias á COLON por la remesa hecha al oficio de San
Jorge de una epístola, es la que patentiza altamente su afecto á la ciudad
de Genova. Sus términos son extremadamente lisonjeros, conteniendo
este escrito detalles de costumbres que sería en vano buscar en otra
parte.
Las armas de COLÓN están en un escudo dividido en cuatro cuarteles.
En los superiores hay un castillo negro y un león de plata, emblemas de
los reinos de Castilla y de León. Debajo tierras, islas y mar en el cuartel
de la izquierda; en el de la derecha, cinco áncoras negras sobre fondo
azul representando el Occéano. En la punta del escudo, en la parte
inferior, se encuentra inscrito un pequeño ecusón, en forma de corazón,
cuya punta está hacia arriba. Esta punta tiene un triángulo rojo; el fondo
restante es de sable ó negro, con una franja diagonal de izquierda á
derecha de color azul. Entre las muchas cosas que ignoro, una de las
que sé menos es el blasón; por eso no he podido dar para los aficionados
sino una figura incompleta de las armas de Colón; les ruego que me
excusen, y espero me perdonarán que no me haya valido de las frases
■ :
wm
cxx
CRISTÓBAL COLON
consagradas, que sin duda son muy enérgicas y muy bellas, pero que
tienen la desgracia de no ser inteligibles para todo el mundo.
En cuanto al croquis, nuestros lectores pueden juzgarlo.
¿Pero puede ser auténtico un dibujo de Cristóbal Colón ? ¿No se
sabía que el capitán general del mar dibujaba, aún más, que dibujaba
bastante bien, y que tenía en los dedos eso que los artistas llaman chic?
;puede concluirse por esto que el croquis de su triunfo no sea de su
mano.
No: y véanse, en mi sentir, las pruebas de la autenticidad de este
maravilloso autógrafo.
Desde luego, los caracteres escritos trazados en el dibujo al lado de
las figuras, son evidentemente de COLÓN.
Después, además de estos caracteres, en un recuadro que no hemos
podido reproducir porque hubiera sido harto difícil , caro, y demasiada-
mente dilatada labor, dada la impaciencia que sentíamos por dar á
conocer al público este tan precioso cuanto ignorado monumento, se
leen muchas anotaciones, todas de puño de CRISTÓBAL COLÓN.
En fin, en el ángulo izquierdo está la firma que he reproducido más
adelante, seguida de una nota que hace constar que con aquellos signos
daba Colón á todos sus escritos la autenticidad de su nombre.
Estas pruebas deben ser suficientes; pero todavía puede sacarse
otra del lugar que el bosquejo ocupa en el libro.
¿Por qué había de encontrarse allí si fuera de origen dudoso? Proba-
blemente este dibujo fué remitido á Genova por Cristóbal Colón con
la esperanza de que su patria lo hiciera trasladar al lienzo, ó pintarlo á
fresco en alguno de los muros del Palacio Ducal; y tal vez algún día
M. Lobero, que ha encontrado ya en el archivo del oficio de San Jorge
la tercera carta autógrafa escrita á Oderigo y unida actualmente al
Códice, encontrará también la que acompañó á la remisión del croquis.
¿Cuándo fué hecho este bosquejo? No tiene fecha; pero puede
creerse que fué en la época en que COLÓN, después de todos sus
sus trabajos, encontró reposo en Sevilla.
Lo que el grande hombre quiso consagrar fué su gloria: sin duda
un día en que estaba satisfecho de sí mismo, trazó su triunfo con la
misma pluma con que al pie de una carta á Nicolo acababa de escribir
los fastuosos títulos con que Fernando é Isabel le habían condecorado;
vanidad harto disculpable en el valeroso marino que había dado á
España un nuevo mundo; alegría bien inocente que apenas podría ser
bastante á compensar tantas desdichas sufridas, tantas tristuras, tantas
humillaciones, tantos menosprecios y tantas cabalas injustas!
El dibujo de Cristóbal Colón no es grande. Está encerrado en
un cuadro de diez pulgadas de largo aproximadamente sobre ocho de
alto. En medio de la composición está el héroe, sentado sobre un carro
cuyas ruedas de paletas se revuelven en un mar agitado, entre cuyas
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
CXXI
aguas se divisan monstruos que representan, sin duda, la Envidia y la
Ignorancia, que le persiguieron: monstri snperati, como dice la anota-
ción. Al lado de COLÓN la Providencia: delante del carro, llevándolo
como pudieran caballos marinos, la Constancia y la Tolerancia: detrás
del carro, empujándolo, la Religión cristiana: en el aire, encima de Colón,
la Victoria, la Esperanza y la Fama.
Así, pues, tenemos ocho figuras colocadas, combinadas, dispuestas
en el sentido que Colón quiere dar á su pensamiento; y temiendo que
se dude de sus intenciones, escribe al lado de cada figura su nombre;
carga las márgenes del cuadro de indicaciones para el pintor, traductor
futuro de aquel pensamiento, y en un ángulo coloca su firma!
Tantas precauciones prueban, á mi entender, cuánto estimaba
COLÓN su idea. No abrigaba duda de que algún día sería encontrado
aquel croquis, y esperaba que entonces se levantaría el monumento, cuya
composición daba, si en sus días no lo ejecutaba Genova.
Al hacer con el mayor cuidado el calco de este dibujo, confieso que
he concebido esperanzas de que la Francia no vacilaría en dar cumpli-
miento á la voluntad del ilustre marino. Lo he sacado con el objeto de
que el triunfo de Colón sirva de ornato á una de las salas de nuestro
Museo naval; y yo no dudo que el Rey de los franceses, cuando tenga
conocimiento de esta clásula testamentaria que no se ha cumplido,
mandará que el Louvre ofrezca el techo de uno de sus salones para
colocar el cuadro de la gloria del Almirante mayor del mar Occéano.
Al celo religioso de uno de los grandes pueblos navegantes legó
COLÓN el cuidado de consagrar por medio de la pintura el recuerdo de
sus descubrimientos: Genova se ha juzgado á sí misma absteniéndose:
Genova nada puede pretender ya en el imperio de los mares. La España
marítima daría compasión á COLÓN: no hay, por tanto, más que Francia,
Inglaterra ó América que puedan ser ejecutoras de aquel pintoresco
codicilo. ¿Y por qué América? ¿Por qué Inglaterra con preferencia á
Francia? Yo lo pido para Francia.
Veamos las anotaciones explicatorias con que Colón acompaña su
croquis. Están en italiano, y no en español, no obstante la costumbre
que había tomado de escribir, casi siempre, en la lengua de su segunda
patria.
Desde luego los nombres de los personajes: Colombo, Tolcranza.
Constanza, Religione , Vittoria, Speranza. Fama. La Fama tiene dos
trompas; no porque lleve la que Voltaire presta á la Diosa por una
suposición indigna: las dos trompetas tienen sus banderolas, en una de
las cuales está escrito Genova, y en la otra Fama Columbi. ¿La palabra
Genova que allí leemos, no bastaría para decidir la cuestión del lugar del
nacimiento de CRISTÓBAL, si todavía estuviera en duda?
Pasemos á las indicaciones y atributos: traduzco fielmente y comen-
taré lo mejor que pueda.
sfV
Cristóbal Colón, t. i. — xvi*
C»l V. Colora, C4bor>ol. Tgv &<kvu.ou <¿t i* KÍcaol , \ <\ ;/y .
Cxxll
CRISTÓBAL COLON
«TOLERANCIA: anciana, cubierta con una gorra; estará en actitud de
quien lleva sobre los hombros el peso de una gran piedra ú otro seme-
jante.» — Se ve que la Toleranza, según lo entiende Colón, no es la
indulgente virtud que recomienda la doctrina cristiana; sino más bien
algo parecido á fuerza: alusión, á mi enteader, á los trabajos que debió
soportar (tolerare) para llegar á su noble fin.
«CONSTANCIA: con una asta en la mano izquierda, y en acción de
apoyarse en ella; la mano derecha levantada, tocándose la frente con el
dedo índice, descansará sobre m?a base cuadrada.» — Esta base sobre la
que Colón coloca la Constancia, es su inquebrantable firmeza en perse-
guir los planes largo tiempo elaborados en su mente. La lanza en des-
canso es su constancia en permanecer armado y dispuesto á defender sus
proyectos, sin cesar combatidos y siempre firmes.
«Religión cristiana: vestida con túnica de lienzo sobre la cual
tendrá una gran capa; la cabeza velada; sobre la cabeza el Espíritu Santo
en figura de paloma; en una mano el cáliz con hostia y un libro; en la
otra, si se puede hacer, una cruz.» — El artista tendrá que escoger entre
tantos atributos como Colón señala al personaje.
«Providencia: dos caras, como Jano, con dos llaves y la mano en
el timón; á los pies un globo.» — No comprendo las dos llaves á menos
que no sean las del antiguo y las del Nuevo Mundo. En cuanto á la
doble faz es una idea análoga á la de los poetas que habían dado cien
ojos al vigilante Argos; la Providencia mira igualmente adelante y atrás.
Cristóbal tiene la escota de la vela, ayudando así, con su experiencia y
su saber, á las miras de la Providencia.
«Colón: en traje civil, cubierto el cuerpo con una capa; tiene en
una mano el bastón de Almirante, y en la otra la cuerda de la vela; á
sus pies un globo donde estará escrito «Indias,» fijos los ojos en la
dirección que lleva el carro.» — ¿Por qué razón vestido civil? No la adi-
vino. ¿Será porque el traje civil es más humilde que el vestido guerrero?
Debe observarse que Colón no ha dicho «vestido á ¡a española;» es
porque amaba á Genova, y aun estando al servicio de Fernando, no olvi-
daba que era genovés. Además, el monumento que imaginaba, tanto era
para su propia gloria como para la de su patria; sobre él estaba escrita la
palabra Genova encima de esta otra: Colombo.
«Victoria: joven vestida de blanco con una clámide amarilla; en la
mano derecha tendrá una corona de laurel, en la izquierda una palma, y
llevará alas.»
«La Fama: joven vestida con telas ligeras y diáfanas, tocando una
ó dos trompetas, y con corona de olivo. Tiene dos alas muy grandes,
llenas de ojos y de orejas, de bocas y de lenguas.» — Este último detalle
molestará ciertamente al pintor, pues tiene más de poético que de pinto-
resco; y en él encontraría yo una prueba más de la autenticidad de este
autógrafo, si después de haberlo contemplado detenidamente, hubiera
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxni
podido quedarme alguna duda. Colón debió concebir esta idea dan-
tesca; el artista, que al crear piensa en el efecto que quiere producir, la
hubiera rechazado inmediatamente. Vemos á la Fama joven, y joven
también á la Victoria; la intención me parece oportuna: reciente victoria
y fama nueva. COLÓN no quería adularse.
«Esperanza: muy joven, vestida de verde, coronada de flores;
teniendo el áncora en una mano, y señalando con la otra al silencioso
Colón.» — Ninguno de estos símbolos es nuevo; pero Cristóbal no
tenía aquí nada que inventar. Esta figura accesoria está tomada del anti-
guo formulario alegórico, para que todo el mundo la entendiese, guardán-
dose él muy bien de mejorarla; no estaba para fijarse en delicadezas de
conceptistas.
Antes de concluir con el croquis de Cristóbal COLÓN, justo será
dar la interpretación de los caracteres misteriosos de que se compone la
firma del grande hombre. Esta interpretación es ingeniosísima cierta-
mente, si no ha sido sacada de alguna carta contemporánea escrita por
un familiar de Coló.v, ó por Colón mismo. La damos, según lo que
acerca de ella nos comunicó el señor Bacigalupo. Es del señor Antonio
Lobero, archivero del oficio de San Jorge.
S. — Suplex.
S. A. S. — Servus Altisitni Sabvatoris.
X. M. Y. — Christi, María. Yosepkus.
Xpo. FERENS.— Christophoro.
Cristóbal, cambiado en Christofere?is, (llevando la cruz, tropo
místico difícil de traducir), es una transformación muy propia en el carác-
ter piadoso del que fué á buscar un mundo y pueblos desconocidos para
llevarles la ley de Cristo. No sé si el pintor Stradano, del cual he visto
en la Biblioteca Laurenciana de Llorencia un dibujo que representa á
Colón sobre su carabela, conocía la firma de Christophoro; pero ha
colocado al Almirante de pie en el puente, delante del castillo de proa,
con los ojos levantados hacia el cielo y apoyado en una bandera que
ostenta el crucifijo, CJiristumferens.
A. Jal,
Jefe de la sección histórica de la marina
France Maritime, tomo Jl, Paris, imprimerie de Decourchant, 1838, i f. u , pág. 263.
...
; #: ^ j ... i :
CXXIV
CRISTÓBAL COLON
(d). — Pág xcix
SOBRE LA LETRA Y FIRMA DE CRISTÓBAL COLÓN
I
El conocimiento de los escritos autógrafos de Cristóbal Colón,
reclama como antecedente, y para evitar equivocaciones, un detenido
estudio y confrontación de su letra en los diferentes caracteres usados
por él mismo; trabajo más propio del calígrafo y del arqueólogo que del
historiador, que reviste suma importancia y que ciertamente hemos de
ver emprendido muy pronto, pues son muchos los doctos á quienes
preocupa la cuestión de los autógrafos del Almirante.
Tanto éste como su hermano Bartolomé eran excelentes dibujantes
y grandes pendolistas; pero en sus letras hay notorias diferencias, usán-
dolas ambos de diferentes formas según que escribían de corrido, ó lo
hacían cuidadosa y esmeradamente, ó bien se detenían á trazar como en
dibujo letras con carácter muy uniforme á semejanza de impresos. Es
decir: que para distinguir á conciencia lo que realmente corresponde á
cada uno de ellos, es necesario conocer, en primer lugar, las varias clases
de letras que uno y otro solían usar; y formarse después una idea clara,
buscar una indicación segura que diferencie sus escrituras en toda esa
diversidad de formas en que las encontramos. Entre las de ambos herma-
nos existe, á no dudar, evidente analogía, gran semejanza á veces, que
traspasa los límites de la similitud general observada en las diferentes
letras de cada época. Es de absoluta necesidad tener un dato fijo para
distinguir los escritos de CRISTÓBAL y de Bartolomé Colón, para no
caer en errores. No es fácil cosa el distinguirlos. El mismo fray Barto-
lomé de las Casas, que conoció y trató á los dos hermanos, y de ambos
poseía cartas, libros y papeles, se confunde á veces, y nos deja en igual
confusión cuando de aquellos escritos se ocupa.
Sin tratar por ahora de aclarar la cuestión, que sería pretensión
exagerada, citaremos un solo ejemplo. Se ocupa el P. Las Casas de las
opiniones del cardenal Pedro de Alyaco, diciendo: «y este doctor creo
cierto que á Ckistoval Colon mas entre los pasados movió á su nego-
cio; » y en seguida añade: « el libro del cual fué tan familiar á Cristoval
Colon, que TODO lo tenia por las márgenes DE SU MANO y en latín
notado y rubricado...» Y aun para aumentar la importancia de la noticia,
y dar mayor fuerza á sus narraciones, como procedentes de tan autori-
zado origen, vuelve á insistir en estos términos: «Este libro muy viejo,
tuve yo muchas veces en mis manos, de donde saqué algunas cosas,
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxv
escritas en latín por el dicho Almirante don Cristoval Colon, que
después fué, para averiguar algunos puntos pertenecientes á esta historia
de que yo antes aun estaba dudoso l .» — El libro de Pedro de Alyaco
que perteneció al Almirante, desde mucho antes de que lo fuera, se
encuentra hoy por fortuna en la Biblioteca Colombina (véase su descrip-
ción en las Aclaraciones, al libro 7, (C) pág. 216 y siguientes), y está lleno
efectivamente en todas sus márgenes de notas en latín, que con el valioso
testimonio del P. Las Casas, nadie dudará son de la mano del Almirante;
y así lo han reconocido Washington Irving, Varnaghen, Harrise y todos
cuantos han logrado examinarlo. Sin embargo, el mismo Las Casas,
que asegura que Colón tenía el libro TODO anotado de su mano, mani-
fiesta luego dudas al hablar de una nota importantísima, y cree pudo
escribirla Bartolomé Colón, aunque lo hiciera por encargo de su her-
mano.
Nosotros damos fe al primer testimonio del P. Las Casas, y al de
nuestros propios ojos. Muchas, muchísimas veces, hemos examinado
las infinitas notas que enriquecen las márgenes de los Tratados de
Alyaco, haciendo de él una verdadera joya que no encuentra semejante,
y cada vez nos confirmamos más en la creencia de que todas aquellas
anotaciones son de la mano de Cristóbal Colón.
Cierto que no todos los caracteres en que están escritas son comple-
tamente iguales; pero no puede olvidarse al examinarlos que no todos
fueron, ni pudieron ser trazados en un solo acto ; que no lo fueron sino
en el transcurso de muchos años, en ocasiones diíerentes, con plumas
diversas, circunstancias todas que explican las variaciones que entre unas
y otras notas se advierten, pero que ninguna es esencial, ni acusa distinto
amanuense. Aun puede conjeturarse con fundamento, la razón de haber
usado diferente letra, y hasta la ocasión en que fueron escritas algunas de
aquellas notas. Las observaciones hijas del estudio, las que ocurrían á
Colón durante las horas que consagraba al detenido examen, á la medi-
tación del texto, están escritas, por lo general, con pluma finísima, son de
letra casi microscópica, y algunas van precedidas de una manecilla dibu-
jada con igual delicadeza para llamar la atención. Las concordancias ó
referencias á otros libros impresos, ó á las opiniones de otros escritores,
suelen ir de más ligera escritura, y algunas con pluma gruesa, que á
primera vista las hace diferenciar; pero después de algún examen no
queda duda de la identidad. De la letra de las anotaciones de los libros á
la que usaba en las cartas es mucho mayor la diferencia; y sin embargo,
se ve sin duda que están escritas de la misma mano. La letra de las
cartas siempre es algo mayor y mucho más corrida, sin estar tan acabada
y perfecta.
mjj
m
IA
i;
Historia de las Indias, tomo I, cap. Xt, pág. 87
CXXVI
CRISTÓBAL COLON
Escritos indubitados de CRISTÓBAL COLÓN, porque van autorizados
con su firma, las dos cartas dirigidas á Nicolás Oderigo, que originales se
conservan en Genova, y cuyos facsímiles se publicaron en el Códice
Diplomático Colombo- Americano ; las otras dos publicadas en las Cartas
de Indias que se guardan en el ministerio de Fomento ; la que poseía el
teniente general marqués de San Román, y hoy pertenece á la Real
Academia de Historia, y las que existen en el Archivo del señor duque
de Veragua y dio á la estampa don Martín Fernández Navarrete. En el
cotejo de estas cartas habrá de notarse mucha mayor diferencia entre la
letra de unas y otras que la que existe en los diferentes caracteres de las
Notas del libro de Pedro de Alyaco.
En la misma Biblioteca Colombina, y habiendo pertenecido también
á don Fernando, está el original del libro llamado de Las Profecías.
Formado por Cristóbal COLÓN; que lo envió al P. Gaspar Gorricio,
monje de la Cartuja de las Cuevas, para que ampliase las citaciones de
la Sagrada Escritura y de los Santos Padres sobre la recuperación de la
Santa Casa de Jerusalén, tiene páginas enteras de escritura igual á la de
las notas del Alyaco y del Eneas Silvio; y como todos convienen en que
la letra es del Almirante, es nuevo dato para robustecer la convicción de
que aquéllas lo son igualmente; aunque no es necesario, en nuestro
sentir, acumular tantas pruebas, cuando es tan claro, tan decisivo, tan
concluyente el primer testimonio de fray Bartolomé de las Casas.
Muñoz y Navarrete, don Bartolomé José Gallardo y otros, _á más de
los colombistas extranjeros antes mencionados, reconocen en el Libro
de Profecías la escritura del Almirante, con mayores ó menores limi-
taciones; y mucho ha de pesar su opinión en la de los paleógrafos
llamados á examinar en términos más precisos este importante extremo,
que de tal modo ha de influir en todo lo relativo á ciertos hechos de
la vida de aquel grande hombre.
Otro escrito indubitado, y por cierto de los más importantes, es la
copia de la carta latina que Paulo Toscanelli dirigió á Colón, encontrada
en las hojas blancas con que termina el libro titulado Historia rerum
ubique gestarum, que escribió el cardenal Eneas Silvio Piccolomini, y se
imprimió en Venecia en 1477. El ejemplar conservado en la Biblioteca
Colombina perteneció á Cristóbal Colón, y tiene numerosas é impor-
tantes anotaciones de su mano; pero lo que ofrece mayor interés es la
copia que hemos citado y de cuya autenticidad no podría dudarse por
muchas razones, pero sobre todas porque basta que una ligera compara-
ción de su escritura con la de las cartas firmadas de que antes se ha hecho
mención.
Hoy el examen puede hacerse con mucha mayor comodidad; pueden
oirse muchas opiniones sin la molestia de que los entendidos se trasladen
á la Biblioteca Colombina para ver los libros originales. La fotografía
pone al alcance de todos con pasmosa verdad y exactitud hasta los
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
CXXVII
menores detalles, y nosotros nos proponemos contribuir en cuanto esté
de nuestra parte á propagar el conocimiento de los autógrafos de
Cristóbal dando el mayor número posible de ellos á los lectores de
nuestra obra, fielmente reproducidos.
Tal vez antes de la celebración del centenario se estampe por entero
el libro de los Tratados del cardenal Alyaco, fotografiado, con todas las
notas que contiene, y han sido objeto de estas apreciaciones; pues nos
consta de un modo indudable que en la comisión de la Real Academia
de la Historia ha encontrado favorable acogida este pensamiento, que
colmaría los deseos de todos los hombres estudiosos, y entusiasmaría
á los americanistas.
Entonces podrán formarse juicios más exactos. A su vista pueden
los peritos completar nuestras observaciones. En nuestro entender, en la
escritura propia, genuina de Cristóbal Colón, se distinguen, á lo
menos, tres caracteres diferentes; el corrido y más usual, en documentos
escritos de prisa como las cartas cuyos facsímiles se han publicado en las
de Indias y en Genova; otra mucho más menuda, igual y perfecta, como
la del libro de Profecías, y la copia latina de la carta de Pablo ToscaneHi,
con las que guardan analogía la mayor parte de las anotaciones puestas
en el libro de Alyaco; y la microscópica, fina, hecha con todo esmero,
que se encuentra en esas mismas notas. Llevando por guía lo más
indudable, que son los documentos firmados, es como en este punto
puede obtenerse una convicción profunda y un completo conocimiento de
la escritura del Almirante, para distinguirla siempre, ora se la encuentre
trazada con esmero, ora detenidamente dibujada, ora escrita de prisa,
corrida y mal hecha, aunque conservando siempre sus principales rasgos
característicos. Pero hemos de repetir, como salvedad necesaria, que
nuestra opinión en este punto es de poco peso, así como tampoco esti-
mamos decisivas las de los muy doctos colombistas á quienes hemos
hecho referencia. Son muchos los documentos, y su examen y compa-
ración reclama especiales conocimientos, instrucción y pericia, por las
mismas razones que dejamos expuestas, y en primer lugar por las dife-
rentes formas de letras que cada uno de los hermanos usaba; que no son
dos caracteres trazados por diferentes personas los que han de someterse
al cotejo, sino seis ú ocho de los cuales cada uno escribía con cuatro que
empleaba según las circunstancias. Cierto que el cotejo pericial nunca
producirá la evidencia, mas cuando menos será una prueba más directa,
un dato más serio que las opiniones emitidas por historiadores muy
célebres, pero nada expertos en paleografía, y que en su entusiasmo por
Cristóbal .Colón, en su pasión de americanistas, tal vez se dejan
llevar de un exagerado celo, ó buscan decididamente comprobación á
ideas ya anteriormente concebidas.
A todos los documentos que hemos enumerado como auténticos,
puede agregarse hoy el dibujo del triunfo de COLÓN, hecho por él mismo,
CXXVI1I
CRISTÓBAL COLON
que da motivo á este Apéndice, pues en él se encuentran muchas expli-
caciones escritas de su mano, que podrán servir también de mayores
pruebas para justificar su procedencia.
II
Entre las circunstancias notables del dibujo de mano de COLÓN, es
una de las principales la firma encerrada en el recuadro que se encuentra
en el ángulo inferior izquierdo.
La firma del Almirante necesita gran estudio, y aun después de
habérselo consagrado, nadie puede asegurar haberla comprendido. Se
compone de siete letras, y debajo de ellas el nombre de Cristóbal,
escrito parte en griego y parte en latín en esta forma:
•S-
• S -A- S •
X M Y
Xpo. FERENS.
\
El mismo CüLÓN en el testamento é institución de mayorazgo que
hizo en Sevilla en jueves 22 de Febrero de 1498, dijo: — «Don Diego, mi
hijo, ó cualquier otro que heredare este Mayorazgo, después de haber
heredado y entrado en posesión dello, firme de mi firma, la cual agora
acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana
encima, y encima della una S y después una Y griega con una S encima
con sus rayas y vírgulas , como yo agora fago; y se parecerá por mis
firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por esta parecerá.»
«Y no escribirá sino El Almirante puesto que otros títulos el rey le
diese ó ganase: esto se entiende en la firma y no en su ditado, que podrá
escribir todos sus títulos como le pluguiere; solamente en la firma escri-
birá El Almirante. »
Después de leer la explicación nos quedamos tan á oscuras como
antes. Aclara COLÓN la manera de colocar las letras que componían lo
que podremos llamar su antefirma, pero en cuanto al significado de ellas
nos deja en la misma ignorancia.
Fray Bartolomé de Las Casas, hablando de la sincera piedad del
Almirante, la comprueba con la costumbre, que invariablemente seguía
al tomar la pluma para firmar cualquier escrito, de poner antes esta
especie de jaculatoria: Jesús enm Maria, sit nobis in via. Sin embargo,
en ninguno de los escritos autógrafos que se conservan, ora cartas oficia-
les y familiares, ora documentos públicos y relaciones de sus viajes,
encontramos esas palabras que el obispo de Chiapa, y también don
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxix
Fernando Colón presentan como costumbre seguida constantemente.
¿Sería ésta la interpretación cierta de las letras de la antefirma? ¿Las
entendería Colón como explicativas de aquellas palabras latinas? El
encontrarlas siempre al pie de todos los escritos suyos, no inclina á creer
que tal era la intención, y que el P. Las Casas y don Fernando la cono-
cían y la dieron como cosa corriente, sin preocuparse de asignar á cada
una su significado.
Mas como quiera que sin esa clave aparece dudoso que las letras
puedan ser expresión de aquella frase latina, varios colombistas se han
ocupado en encontrar el sentido de ellas. Antes de entrar en la exposi-
ción de sus trabajos, deberemos advertir que el mismo COLÓN daba gran
importancia á las rayas y vírgulas que con las letras hacía, y esto es
muy de tener en cuenta, porque no solamente sirve para conocer la
autenticidad de los documentos, sino también la clase de ellos, pues
se nota alguna variación intencional según que aquellos son de índole
privada ó de carácter oficial. La • S - que va sola en lo más alto, está
colocada entre dos puntos, uno á cada lado, en el centro de la letra,
como la que dejamos señalada. Con la • S ■ A • S ■ del segundo
renglón van también cuatro puntos, de tal manera que cada una de las
letras viene á quedar entre dos de aquéllos. La X M Y que componen
el tercer renglón, no llevan punto alguno, ni antes ni después, y viene en
el cuarto el nombre, escrito, como dijimos, en forma greco-latina
Xpo FERENS. Generalmente antes de la X acostumbraba COLÓN poner
dos puntos ; en la misma forma en que los usamos hoy como signo
ortográfico; y cerrándolo todo, después del FERENS, hacia otro punto
ú otros dos y una raya oblicua, corta, muy recta, trazada de fuera á
dentro, como esta /. Cuando se trataba de órdenes expedidas en virtud
de sus cargos, ó de relaciones oficiales, sustituía el Xpo FERENS equi-
valente á Cristóbal con el título de su dignidad, poniendo El Almi-
rante, ó bien El Virrey; y así encargó á los sucesores en el mayorazgo
que lo hicieran siempre, según ya hemos visto.
Es de notar, por último, en algunos de sus escritos, especialmente
en aquellos que lo están todos de su puño y letra, que á los dos puntos
que van antes del ; Xpo FERENS / les precede una pequeña rúbrica que
es como un sencillo lazo perpendicular y puesto á bastante distancia.
De todas las cartas y documentos que hemos logrado ver, firmadas
por CRISTÓBAL Colón, solamente en la dirigida á su hijo don Diego,
fecha en Sevilla á 25 de Febrero de 1505, que es la última publicada por
Navarrete, cuyo original se conserva en el archivo del Excelentísimo
señor duque de Veragua, faltan las letras de la antefirma.
Explicándolas Mr. Defauconpret y el signor Antonio Lovero, biblio-
tecario del oficio de San Jorge en Genova, traducen así:
k.C^
Cristóbal Colón, t. i. — xvn*
cxxx
CRISTÓBAL COLON
W*
• S * — Suplex.
• S • A • S • — Servus Altisimi Salvatoris.
X M Y —Christi, María, Yosephus.
En la Revista del Norte de América, correspondiente al mes de
Abril del año 1827, se indica, según dice Washington Irving, la sustitu-
ción de Iesus, en lugar de Yosephus que no parece mal al docto historia-
dor; aunque, con perdón sea dicho, á nosotros nos parece de todo punto
inaceptable, pues es repetición enteramente innecesaria y redundante la
de Iesus, después de haber puesto Xristus y desnaturaliza por completo
la frase, aun hoy tan común en boca del pueblo «Jesús, María y José.»
Para nuestro entender, esas letras mayúsculas con sus puntos, si no son
la jaculatoria Jesús cum Maria sit nobis in via, que el P. Las Casas
y don Fernando Colón dicen usaba constantemente el Almirante ', no
tienen más explicación, ni otra inteligencia que la que les dio el padre
Juan B. Spotorno:
• S • Sálvame.
S • A • S
Christus Maria Yosephus.
X M Y
Jesús, María y José. — Salvadme. Así podrían leerse en la manera
que lo dice Colón en su testamento en 1498, siendo la primera y última
Jetra de cada nombre, y quedando • S •. que ocupa el lugar más alto para
significar Salvadme, ó tal vez Salve, y por eso la menciona aquél tan
sólo sobre la A final de María.
El insigne cuanto desventurado poeta sevillano Rvo. José Blanco
(White), en el interesante periódico que comenzó á publicarse en
Londres, bajo el título de Variedades; ó mensajero de Londres, periódico
trimestre, 2 , al dar cuenta de la publicación del códice diplomático hecha
por decreto de los Decuriones de Genova y traducido en Inglaterra se
manifiesta también conforme con la explicación que de la antefirma de
Cristóbal Colón hace Juan B. Spotorno.
«La última palabra de esta cifra, dice, es claro que significa Chris-
tobal, aunque muestra el poco saber latino de su autor. La X y la p (p)
son las dos primeras letras con que Christo se escribe en griego. El
nj^
1 Solamente encontramos esta jaculatoria al principio del Libro de Profecías.
Londres: lo publica R. Ackermann, 101, Strand, 1824. Impreso por Carlos Wood,
Poppin's court, Fleet street.
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxxi
editor genovés explica, á mi parecer, con bastante pobabilidad, lo demás rj|
de la cifra de esta manera. Según el testimonio de Fernando Colón, su
padre acostumbraba á probar la pluma escribiendo: Jesús cum María sit
nobis in via. Cuando fué elevado á la dignidad de Almirante, mudó su
firma y probablemente la cifra. Pero es de creer, que no obstante, dejase
en ella alguna invocación devota del mismo género. Su mal latín é igno-
rancia de ortografía dan mucha probabilidad á la suposición que la S de
arriba es Sálvete; la X y la S de encima Christus; la M y la A María; y
la Y y la S Josephus.»
Según asegura Mr. Henry Harrisse, después se han presentado las
interpretaciones siguientes ] :
Salvabo
Sanctum Sepulchrum
Xriste María Yesus
Xriste Ferens
Servus
Sum Altissime Salvatoris
Xriste María Yesus
Xriste Ferens
Salva me
Salvator Adjuvet Succurrat
Xstus María Yosephus
Sum
Sequax Amator Servus
Xristi María Yosephi
Sarracenos
subigat avertat submoveat
Xstus María Yosephus
Creemos que basta con repasarlas todas para calificarlas de absolu-
tamente arbitrarias y destituidas de fundamento. La única que resiste el
análisis, según ya dejamos dicho, es la de Spotorno.
Si después de todas estas observaciones hechas por los más perspi-
caces investigadores, en vista de los escritos indudables del Almirante,
1 A, Sanguineti. — Delle sigle úsate da C. Colombo nella sua firma, ou Spigolature
arclisologtche dans le G'wrnale Ligustico, A, X. fascicule V — VI.
CXXXII
CRISTÓBAL COLON
nos fijamos en la firma que ocupa el ángulo inferior izquierdo del dibujo
que representa su triunfo, no quedará duda alguna de su autenticidad,
aunque prescindiéramos del carácter de la escritura. Las letras mayúscu-
las se conforman con sus vírgulas y puntos con las de los escritos más
legítimos: el nombre :Xpo FERENS. // está con todas las señales; le
anteceden los dos puntos; termina con otro y con la raya diagonal
trazada por duplicado; y aun para demostración de que todo el dibujo es
de su mano, antecede al nombre la rúbrica ó lazo que se ve claramente,
como en la carta segunda de las dos que publicó el Ministerio de
Fomento, y en la que poseía el general marqués de San Román y hoy
estará en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, y repro-
ducimos en este lugar, tomada fotográficamente, cuando adornaba la
rica biblioteca de nuestro querido amigo. En el dibujo, por encerrarla
dentro del rectángulo en que está la firma, se hizo muy pequeño aquel
lazo.
(e).— Pág. cv
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PROYECTO DE FIESTAS PARA EL CENTENARIO DE CRISTÓBAL COLÓN
Y DEL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO
Por don José Marín Baldo
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Puesta de moda la celebración de los centenarios de los hombres
célebres ó de los grandes acontecimientos, Filadelfia en 1876, abre una
Exposición Universal de productos de las artes y de la industria, para
conmemorar el año de la independencia de los Estados Unidos; Madrid,
en i88í, hace las fiestas del segundo Centenario de Calderón de la
Barca; Alemania después, honra de igual modo la memoria de Lutero,
y por todas partes los pueblos y las naciones buscan fechas y nombres
memorables, para presentarlos al mundo con orgullo, celebrando sus
centenarios.
Desde há muchos años, hemos pensado siempre que á todas estas
fiestas pudieran y debieran exceder por su grandeza, las que se hicieran
en España y en todo el mundo, para cantar las glorias de CRISTÓBAL
COLÓN y de la famosa empresa realizada por este célebre marino en el
año 1492, cuyo cuarto centenario preocupa ya la atención del gobierno
y de algunos representantes diplomáticos en la capital de España.
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxxm
De muchos es sabido el entusiasmo y devoción que profesamos á
este grande hombre y á cuanto se relaciona con la historia gloriosa del
descubrimiento de las Américas, habiendo consagrado tantos años al
estudio de un monumento arquitectónico que, si no por su mérito artís-
tico, por su originalidad ó su grandeza, ha llegado á ser bastante conocido
dentro y fuera de España. Así, pues, no es extraño que en Octubre del
año pasado la Sociedad Colombina Onubense, á la que me honro en
pertenecer como socio honorario, me dirigiese el programa de las fiestas
que habían de celebrarse en aquella fecha, siendo uno de los trabajos
premiados en sus certámenes, el de una memoria ó proyecto de festejos
para celebrar el cuarto centenario de COLÓN.
No acudí en hora oportuna á presentar mi proyecto, aunque lo
redacté en el mismo día en que recibí la invitación para hacerlo; y no
lo mandé por el temor de parecer exagerado en mis ideas, como ya se
me viene calificando por algunos desde años atrás, en vista de las dimen-
siones extraordinarias que di al monumento arquitectónico que tengo
proyectado para este grande hombre; y creyendo como creo que no
puede satisfacerse el programa de estas fiestas, con cuatro carros, un
castillo de pólvora, colgaduras en los balcones y repique de campanas
ó salvas de artillería. Después se ha despertado por todas partes, ya en
la prensa, en las sociedades artísticas y literarias, en los círculos de
recreo, y por último, en el seno del gobierno, el tratar de este asunto,
hasta el punto de que en consejo de ministros se haya acordado conceder
un crédito en los presupuestos de todos los años sucesivos hasta el
de 1892, para atender á los gastos de las fiestas del cuarto cente-
nario de Colón ; y según parece se halla nombrada una junta de per-
sonas notables para atender á lo que reclame esta necesidad reco-
nocida.
En vista de todo lo dicho, algunos amigos, conocedores de nuestro
proyecto, me han aconsejado su publicación, y valga por lo que valga,
hemos convenido en dar á luz estos apuntes sin tener la pretensión de
que nuestro programa pueda ser otra cosa que un boceto ligero del
cuadro que otros más doctos y más autorizados puedan presentar con
todos sus detalles.
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Las fiestas del cuarto centenario de COLÓN, deben celebrarse en
todas las naciones cultas, en todos los pueblos civilizados del uno y del
otro continente. No será digna de figurar entre las naciones que perte-
necen al mundo moderno, la que permanezca indiferente á las fiestas del
cuarto centenario de Colón.
Pero España no sólo está obligada como las otras naciones á honrar
CXXXIV
CRISTÓBAL COLON
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la memoria del célebre marino que descubrió el Nuevo Mundo, sino que
también deberá alzarse orgullosa en este día, diciendo á las demás:
«Ved aquí lo que hicieron los españoles del gran reinado de Isabel y de
Fernando, para ayudar á COLÓN en su famosa empresa.
Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y demás naciones de Europa,
lo mismo que los Estados Unidos y las Repúblicas americanas, pueden
celebrar estas fiestas sólo en sus capitales de primer orden; pero España
lo ha de hacer en todos sus pueblos, grandes y pequeños, con más ó
menos magnificencia según sean los medios y recursos disponibles en
cada uno.
Sentado este principio, empecemos por los más pobres y pequeños.
Por lo que poco ó nada ofrecería de gastos..
Existe un contrato de COLÓN con los Reyes Católicos en el que se
estipularon las condiciones del viaje, títulos y honores que se concedían
al gran navegante, si llegaba á descubrir las tierras que prometía. Este
contrato, cuyo original deberá encontrarse en algún archivo, puede ser
reproducido exactamente por medio de la fototipia, invención de nuestros
años, y hacer una gran tirada de ejemplares, que se remitirán por
el gobierno á todos los ayuntamientos de España, y á los de fuera
que lo pidan y quieran conocerlo y guardarlo como documento pre-
cioso.
A los nueve mil ayuntamientos de España , se les ordenará por el
ministro de la Gobernación, dar lectura pública y solemne de este
documento el día 4 de Agosto de 1892, como se hacía con los bandos
reales, para que llegasen á conocimiento de todos; y después, lo colo-
carán en un cuadro en su sala de sesiones. En todos estos pequeños
pueblos, el día 12 de Octubre, aniversario del descubrimiento del
Nuevo Mundo, se harán las fiestas que sus recursos les permitan hacer,
concediéndose medallas ó diplomas de honor por el gobierno á los que
más se distingan por su ingenio ó por los mayores gastos ó esplendidez
de tales fiestas, las cuales, cuando menos, podrán consistir en músicas
y bailes populares, misa y Te-Deum con asistencia del ayuntamiento,
colgaduras, repiques de campanas, fuegos artificiales y reparto de
socorros á pobres, encendiendo por la noche grandes hogueras en los
puntos más altos de todos los cerros ó cumbres de los montes de su
partido municipal.
Las capitales de provincia y otras ciudades importantes, de más
vecindario que estos pequeños pueblos, pueden ampliar estos festejos
inaugurando escuelas públicas, obras de utilidad ó de recreo, estableci-
mientos benéficos ú otros edificios que tengan en construcción , procu-
rando hacerlo en la fecha del 1 2 de Octubre .
Pero sin perjuicio de tales obras, todas ó la mayor parte de las
capitales de provincia y partidos judiciales, deberían levantar un monu-
mento público á la memoria del cuarto centenario de COLÓN, siendo
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxxv
fácil y económico llevar á cabo estos pensamientos en la forma si-
guiente :
El gobierno debería abrir un concurso entre todos los arquitectos
españoles , para presentar proyectos de un monumento que perpetúe la
memoria del cuarto centenario de COLÓN, sujetándose á este pro-
grama:
i.° El monumento será de hierro fundido y su peso no debe
exceder de diez toneladas, carga máxima de un vagón de ferro-
carril.
2.° Este monumento será coronado de un busto de COLÓN y
tendrá en su decoración las tres proas de las carabelas que hicieron
el viaje primero á las Indias Occidentales, así como también las
inscripciones y fechas que se dicten por la Academia de la His-
toria.
3. Siendo como deberá serlo, de varias piezas que se ajusten á
enchufe ó con tornillos, una de éstas tendrá en su interior un hueco ó
cavidad donde se encierren los periódicos en que se dé cuenta de las
fiestas del cuarto centenario en toda España, y algunos otros documentos
de la época, tales como el acta de los festejos hechos por el pueblo ó la
ciudad en que se levante cada uno de estos monumentos.
Como se ve desde luego, un monumento de esta clase tiene sus
mayores gastos en el proyecto y los modelos para la fundición, los
cuales se podrían repartir entre todos los numerosos ejemplares que se
fundieran, y por tanto ser poco el aumento que recibieran sobre el
precio de cuatrocientas pesetas la tonelada ó sean próximamente cuatro
mil pesetas cada ejemplar.
Esta obra, puesta al alcance de los pueblos más pobres, pudiera
ser ejecutada con mayor lujo en las capitales de provincia, construyendo
el basamento general de mármol ó de sillería, pero en todas partes la
primera piedra para los cimientos se pudiera colocar en un día dado,
el 3 de Agosto, fecha de la partida de Colón del puerto de Palos, y
hacer la inauguración del monumento en 12 de Octubre del mismo año
de 1892.
Con los numerosos ejemplares de semejante monumento repartidos
por todos los pueblos de España, se tendría memoria imperecedera de
las fiestas del cuarto centenario, á la vez que de las fechas memorables
del 3 de Agosto y 12 de Octubre de 1492.
El día de la inauguración de esta obra, cada localidad haría las
fiestas que le pareciesen propias del acto, y el gobierno debería otorgar
un premio á las capitales que con mayor esplendor hubiesen construido
su monumento.
Tenemos ya expuesto el pensamiento de lo que podremos llamar
festejos de segundo orden ó de menor importancia, y vamos á ocuparnos
ahora de las grandes fiestas nacionales costeadas por el gobierno.
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I , i aHilíMdiir'»
CXXXVI
CRISTÓBAL COLON
III
EN EL PUERTO DE PALOS
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En este puerto debe construirse un monumento especial á manera
de un faro, que deberá estar decorado como las columnas rostrales, con
las tres proas de la Santa María, la Pinta y la Niña, y con un gran bajo
relieve que represente el cuadro de COLÓN en el momento de salir de
aquella playa para ir á bordo de la capitana, como Almirante de la flota
de las tres carabelas, acompañado de los tres hermanos Pinzón y de los
personajes más importantes que figuran en la historia de este aconteci-
miento. — En la madrugada del 3 de Agosto de 1 892 , tendrá lugar la
fiesta de la inauguración de este monumento. Para esta fecha estarán
anclados en el puerto de Palos tres barcos construidos con arreglo á los
modelos de aquellas famosas carabelas, bautizados con sus tres nombres
memorables y abastecidos y tripulados convenientemente para salir á
navegar con rumbo al Occidente. La dotación de cada carabela será la
misma que corresponda al rol conocido por documentos históricos, de
la Santa María, 'la. Pinta y la Niña, arbolando la insignia del Almirante
la capitana de las tres naos que montará CRISTÓBAL COLÓN. Las otras
dos serán mandadas por los hermanos Pinzón, pudiendo decirse que
estas carabelas vienen á ser una reproducción exacta de las que hicieron
el descubrimiento de las Indias, como si no hubieran dejado de existir
y nos trasladásemos á la madrugada del 3 de Agosto de 1492, para que
dichos barcos zarparan en la hora que lo hicieron aquéllos y empren-
dieran la marcha con el mismo rumbo que marcó el Almirante que los
mandaba.
En la playa pueden tener lugar las mismas escenas de despedida de
los navegantes, presentes el padre Marchena, el médico de Palos, las
autoridades y todos los personajes históricos que deben asistir á este
acto, con los marineros y el pueblo entero de Palos, todos vestidos con
trajes del siglo XV.
En la hora conveniente, esta flota levaría anclas, tendería sus velas
y saldría del puerto del mismo modo que en 1492 lo hizo la flota de
Colón.
Aquí debemos decir que, para evitar todo peligro en la navegación,
las tres carabelas irían acompañadas por una fragata de la marina
española que pudiese prestarles socorro, y algunos vapores remolcadores
que en caso necesario sirviesen para que la flota llegase sin retardo á las
playas de América y diese vista á las. costas de la isla de San Salvador
el 12 de Octubre en la madrugada.
Además pudieran y debieran estos buques del acompañamiento ir
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
CXXXVII
tendiendo un cable submarino, cuya extremidad quedase en el faro de j¡¡
que hemos hecho mención, y allá en las costas del otro continente se
hallaría construido un edificio semejante al del puerto de Palos donde
estarían montados los aparatos eléctricos necesarios para mandar por el
cable una chispa que viniese á iluminar el faro dando la señal de lá
arribada de las carabelas españolas á las playas de América. Esta luz
también debería encenderse en aquellas costas con el fluido que se
mandara desde las nuestras.
Estos dos monumentos ó faros colocados en el punto de partida y
en el de arribada de las tres carabelas mandadas por CRISTÓBAL Colón,
serían dos monumentos importantes que determinarían en todo tiempo
los dos extremos del camino abierto por la quilla de los barcos españoles
en medio del Océano, para poner en relación dos mundos que no se
conocían. Hecho tan grande y tan trascendental para los habitantes del
uno y del otro continente, ¿no merece que se perpetúe en la memoria de
los tiempos y que lo narre en sus páginas de mármol la lengua universal
de la arquitectura?
La grandeza de semejante expedición marítima, el interés que
necesariamente habría de despertar en todas partes venir á presenciar en
nuestros días el mismo espectáculo que ofreció al mundo entero el descu-
brimiento de las Américas, indudablemente atraería gran concurrencia
de extranjeros á España y muchos barcos de todas las naciones acudirían
al puerto de Palos para acompañar la flota española en su travesía por el
Océano y llegar á oir el grito de ¡ tierra ¡ dado por COLÓN al frente de la
isla de San Salvador, y ver la toma de posesión de aquel territorio en
nombre de los Reyes Católicos.
Recibida noticia por el cable en el puerto de Palos, sería transmitida
por telégrafo á todas partes, y en este momento la España entera
pudiera repicar las campanas de todos sus campanarios, hacer salvas,
disparar cohetes, colgar los balcones de todos los edificios y encender
iluminaciones, etc., etc., etc., y todas las catedrales del mundo católico,
podrían cantar un Te-Deum en estos momentos.
Acaso también estas fiestas del puerto de Palos pudieran ir acompa-
ñadas de otras que celebrase la Sociedad Colombina de Huelva y su
Diputación Provincial, en el monasterio de la Rábida, donde se reprodu-
jesen en las fechas convenientes las escenas de la aparición de COLÓN,
su primera entrevista con el padre fray Juan Pérez y con el médico de
Palos, todo lo cual sería de grande interés histórico y atraería muchos
forasteros á visitar aquellos lugares.
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Cristóbal Colón, t. i. — xvm*
CXXXVI1I
CRISTÓBAL COLON
//
IV
FIESTAS EN GRANADA
Granada, la ciudad morisca de' Granada y el pueblo y la vega de
Santa Fe en sus inmediaciones, representan lugares memorables en la
historia de Colón y del descubrimiento del Nuevo Mundo. Todos saben
que el sitio de Granada por los Reyes Católicos y la conquista de aquella
famosa capital del reino morisco, influyeron considerablemente en la
realización de aquella famosa empresa. Es por tanto preciso, que Granada
ocupe un lugar preferente y distinguido en las fiestas del cuarto cente-
nario de Cristóbal Colón.
Allí, en aquella capilla de los Reyes Católicos, donde se hallan
depositados los restos mortales de Isabel y Fernando con los de sus
hijos, hay algo que está aclamando siempre la memoria de sus funda-
dores, á la vez que también recuerda en sus estatuas y bajo relieves la
rendición de la ciudad en 3 de Enero de 1492. Este hecho decidió
indudablemente la suerte de CRISTÓBAL COLÓN, y en Santa Fe, en el
campamento de los Reyes Católicos, se firmó el contrato que hicieron
los soberanos de España con el célebre marino, para que éste se
embarcara en el puerto de Palos, mandando la expedición de aquella
flota memorable.
Todos estos hechos que constituyen el fundamento, la base principal
de tan extraordinario acontecimiento, merecen recordarse y reproducirse
en las fiestas del cuarto centenario que hoy preocupa la atención de todo
el mundo.
Debería, pues, montarse el campamento de los Reyes Católicos en
Santa Fe, con todas sus tiendas y aprestos de guerra necesarios, figu-
rando en él los personajes históricos de primera importancia, tales como
el cardenal Giménez de Cisneros , Gonzalo de Córdoba, los Pulgares y
otros muchos que fuera prolijo enumerar, con sus peones ó mesnadas,
todos ellos vestidos y armados á la usanza de aquellos tiempos. En la
fecha y hora correspondientes aparecería en dieho campamento Cristó-
bal Colón, acompañado de la cabalgata de almogávares que vinieron
con él desde Alhama por orden de los Reyes Católicos. Llegado al
campamento, se haría toda la ceremonia de su recepción por las personas
encargadas de ello hasta presentarse en la tienda de los Reyes, y por
último vendría el acto de firmar el contrato, que pudiera hacerse desco-
rriendo las cortinas de la tienda Real y dando pública lectura del mismo
original guardado en el archivo en que lo esté.
Estas fiestas de Granada las considero de tanto lucimiento y esplen-
dor como beneficiosas á tan bella y desgraciada población, que se vería
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
cxxxix
poblada de extranjeros y nacionales de todas partes durante muchos
días, puesto que desde el primero en que empezara á montarse el cam-
pamento hasta el en que tuviese lugar la rendición de Granada y la
entrega de sus llaves, pasarían algunas semanas, en cuyo período pudie-
ran tener cabida muchos festejos y recuerdos históricos, tales como
algunas escaramuzas entre moros y cristianos, la singular y atrevida
expedición de Isabel la Católica al laurel de la Zubia y otras seme-
jantes.
En todo este período de tiempo se verían poblados los hoteles,
fondas y casas de huéspedes de Granada, ganando en ello mucho el
comercio y los mercados de la capital.
Las ciudades de América deben celebrar el cuarto centenario reci-
biendo la flota del Almirante, y á partir del 12 de Octubre redactarán su
programa especial de festejos públicos en cada uno de aquellos Estados
independientes.
V
REGRESO DE COLÓN
La peña de Cintra, en las costas de Portugal, adonde arribó el
barco que mandaba COLÓN huyendo de la tempestad, deberá levantar en
su cumbre un monolito colosal en que se perpetúe la memoria de aquel
acontecimiento y su fecha, del mismo modo que Sevilla, Zaragoza y
otras ciudades importantes deben también conmemorar las de su paso
por estas capitales cuando se dirigía á Barcelona para ser recibido por la
corte, que se hallaba en dicha población.
Todos estos festejos deben ser objeto de programa especial para
cada uno de los Ayuntamientos, las Diputacionns provinciales, los Insti-
tutos y Universidades , con todas las corporaciones científicas, literarias y
artísticas de cada una de estas capitales; deberán celebrar la fecha
del 12 de Octubre de 1892 con certámenes públicos, veladas musicales,
bailes y demás que juzguen conveniente para dar testimonio de su entu-
siasmo por esta gloria nacional.
Acaso se ocurra á algunos pensar que, si bien COLÓN en 12 de
Octubre de 1492 había despejado la incógnita de su viaje y puesto pie
en la tierra de América , el mundo viejo tardó en tener esta noticia hasta
que vino él mismo de regreso y la dio á conocer á los que ya le conside-
raban perdido en medio de los mares, y por tanto que la celebración del
aniversario del descubrimiento, queriendo seguir el curso de la historia,
no debería celebrarse hasta llegar á la fecha de su arribo á las costas de
Portugal ; pero aquí debemos decir que tales escrúpulos de exactitud nos
parecen una puerilidad, y que el siglo XIX, disponiendo de las corrientes
CXL
CRISTÓBAL COLON
-"1 ;
eléctricas por toda la redondez de la tierra, para hacer correr con la
velocidad del rayo las noticias de un acontecimiento semejante, debe
aprovechar estas ventajas de la civilización moderna mandando desde las
playas de la isla de San Salvador la luz que encienda el faro del puerto
de Palos, á cuya aparición por todos los hilos de todos los telégrafos de
Europa debe ir corriendo la nueva de que la flota española ha llegado á
las playas del Nuevo Mundo, para que se cante un Te Deum en todas las
catedrales é iglesias principales de la cristiandad en los momentos en que
la cruz y el evangelio ensanchaban sus dominios y llevaban la civilización
á regiones ignoradas de los apóstoles de J. C.
VI
FIESTAS DE MADRID
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La capital de España, por ser la cabeza del reino y el corazón de la
patria donde ha de latir con más fuerza el sentimiento de las glorias
nacionales, está obligada á tomar la parte principal y mayor en estos
festejos del cuarto centenario de COLÓN.
Madrid , que encierra entre sus grandezas la grandeza de la corte y
del gobierno, de las Academias, Universidad, escuelas especiales, cuerpo
diplomático y todo lo que es propio de la capital de la monarquía, no
puede menos de hacer algo grande y algo que sea permanente y per-
petúe la memoria de estas fiestas.
Bien está que se celebre una exposición retrospectiva que dé á
conocer el estado de la civilización de América al tiempo de su descubri-
miento y que en ella á su vez aparezcan los productos de la civilización
moderna para que este contraste acredite el progreso, el engrandeci-
miento y la fortuna que el Nuevo Mundo alcanzó con el conocimiento, el
trato y los beneficios recibidos del mundo viejo. Esta Exposición que el
gobierno español tiene acordado llevar á cabo en Madrid, como una de
las solemnidades principales del centenario de Colón, es, en efecto, una
buena idea que produciría muy buenos resultados, atrayendo la visita de
muchos extranjeros y curiosos que vendrán á estudiar en las galerías del
palacio de la Exposición americana muchas cosas que son desconocidas
y muchos documentos que están ignorados de la mayoría, en los archivos
ó en los museos nacionales.
Pero la Exposición durará sólo algunos meses. Las puertas de su
palacio se verán cerradas y los objetos reunidos en ella desaparecerán
para volver á su centro de origen. Sólo quedará de esta Exposición el
recuerdo y las Memorias que se escriban con los catálogos y dibujos que
se publiquen, todo lo cual, verdaderamente es digno, importante y merece
los sacrificios que se hagan para llevar á cabo esta solemnidad. Los
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
CXI.T
tiempos futuros tendrán noticias de que hubo en Madrid una Exposición
semejante en el año de 1892. No la verán. No podrán visitarla como
visitamos hoy los antiguos monumentos, pudiendo decir al visitarlos:
«Aquí donde yo pongo los pies y las manos, donde clavo la mirada,
pusieron los suyos en siglos anteriores aquellos que levantaron estas
piedras. Entre ellas podemos ver y examinar el pensamiento, la idea que
dominaba entonces al pueblo que elevó tales construcciones, y el aparejo
de estos muros, la labra de estos sillares, los bajo relives y las estatuas
que vemos nos dan perfecto conocimiento del estado de su civilización y
del saber de sus artistas. » No, no quedará nada de esto después de
cerrada la Exposición, por más que de ella traten los libros y los perió-
dicos que la narren.
Por tales razones, que considero dignas de la atención del gobierno
que pretende dar á este acontecimiento toda la importancia que se
merece, creo que Madrid deberá levantar en una de sus plazas públicas
un grandioso monumento, bastante robusto y sólido para que pueda
desafiar como las pirámides y los templos de Carnak la mano destructora
de los siglos. Este monumento, en cuya base debe reconocerse la época
de su construcción, no sólo habrá de perpetuar la memoria del cuarto
centenario y la gloria de Cristóbal Colón, sí que también deberá
narrar en el idioma épico de la arquitectura, en la lengua universal del
arte, la época de la conquista de las Américas, llevada á cabo por
aquellos héroes españoles, asombro del mundo entero.
Este monumento, levantado cuatro siglos después de haberse llevado
á cabo aquella tan famosa empresa, debe decir al mundo entero con
orgullo legítimo : Ved aquí lo que hicieron los esforzados españoles de los
tiempos de Isabel y de Fernando el Católico en bien de la humanidad
entera. En este monumento deben figurar las estatuas de todos los perso-
najes en la historia del descubrimiento de América, así los que prote-
gieron á Colón en España con sus influencias y su poder, como los que
le acompañaron en el viaje primero y los que después fueron héroes
de la conquista, viniendo todas estas estatuas á ocupar sus pedestales
respectivos á diferentes alturas y siguiendo un orden cronológico hasta
llegar á la apoteosis del héroe principal que servirá de coronación en lo
más alto.
Debe este monumento contar en su seno un museo americano, en el
cual se conserven los ejemplares más notables de las especies que eran
desconocidas en el reino animal y vegetal, de las armas, trajes y utensilios
que usaban los indígenas, y de todo aquello que sea digno de figurar en
un museo de esta clase. Las pinturas murales deben ser cuadros histó-
ricos de los hechos más notables de la conquista, tales como la quema de
los barcos por Hernán Cortés, el salto de Alvarado, la destrucción de los
ídolos del templo de México y otros asuntos semejantes. Además,
debemos decir, que este monumento, por estar dedicado al hombre y á la l
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&
CXLII
CRISTÓBAL COLON
memoria de tan grande acontecimiento que vino á refluir en bien del
mundo entero, interesa á todas las naciones de Europa y de la América
su construcción, y por tanto debería levantarse con los productos de una
suscripción universal que en mi concepto produciría abundantísimos
recursos para llevarla á cabo.
Todos los artistas, pintores, escultores y tallistas tendrían larga
ocupación de años en estos trabajos, así como también la tendrían
millares de jornaleros y muchos industriales de todo genero. No hay que
arredrarse ni que empequeñecer el pensamiento enfrente de la cifra del
presupuesto por grande que sea. Yo creo que para uña obra de tal natu-
raleza sobrarían los recursos venidos del uno y del otro continente; y por
último, lo que no se hiciera en un año se haría en el otro hasta llegar á la
terminación de las obras.
Como se ve por todo lo dicho respecto de este monumento extraor-
dinario, si había de hacerse la fiesta de la colocación de la primera piedra
el 12 de Octubre de 1892, no hay tiempo que perder en preparar el pro-
yecto, elegir el sitio de su emplazamiento, empezar la suscripción universal,
invitar á las naciones extranjeras y preparar el terreno que, en mi con-
cepto, habría de ser una plaza nueva por no existir en la capital ninguna
capaz de servir para el caso.
La gran solemnidad del acto de la colocación de esta primera piedra
sería indudablemente la mayor de todas las fiestas del cuarto centenario
de COLÓN, y no sólo asistirían la corte y el gobierno, las corporaciones
civiles y militares de toda España ó su representación por alguno de sus
individuos, las universidades, las escuelas, el clero, los embajadores
extranjeros y todos los que dentro y fuera de España pudiesen repre-
sentar de algún modo la inteligencia, la autoridad, la fortuna y la nobleza
del mundo entero que viniese á tributar sus respetos á la memoria del
hombre más grande que registra la historia de la humanidad.
En este día, que vendría á ser día memorable, debería tener lugar
una recepción en palacio, banquetes oficiales, funciones teatrales, veladas
artísticas y literarias, colgaduras, iluminaciones, revistas de tropas,
músicas por todas partes, fuegos artificiales, comidas á pobres asilados
y todo aquello que se acostumbra hacer en las grandes fiestas nacionales,
para que el 12 de Octubre quedaran terminadas las fiestas del cuarto
centenario de Colón.
VII
Tenemos emitidas nuestras ideas respecto á las fiestas del cuarto
centenario, que se quieren celebrar con la esplendidez y la grandeza que
reclama el personaje y los hechos á que se refieren estos festejos públicos,
y para terminar debemos decir: que nuestro programa no es ni puede
APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN
ex luí
serlo una obra completa; no es más que un boceto. El cuadro perfecto
deberá desarrollarse por personas más competentes y más autorizadas que
el autor de este modesto trabajo, el cual sólo cuenta con su entusiasmo
por la idea y por el héroe á quien ha consagrado tantos años de su vida
proyectando un monumento á su memoria, que no por su mérito, pero sí
acaso por su originalidad y sus grandes dimensiones, ha llegado á ser
bastante conocido.
José Marín Baldo.
Madrid, Marzo 1888.
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Cristóbal Colón, t. i — i.
CRISTÓBAL COLÓN
Por el interés que encierra, y para que sirva de punto
de partida en la narracio'n del maravilloso descubrimiento de
las Indias Occidentales por Cristóbal Colón, cuya historia
nos proponemos escribir, es de verdadera importancia expo-
ner ante la vista de los lectores, siquiera sea en reducido
cuadro y narracio'n brevísima, el resumen de aquellos viajes
de que nos ha dejado memoria cierta la antigüedad, y que
demuestran el esfuerzo constante del hombre, su audacia,
sus sacrificios por estudiar y completar el conocimiento del
planeta en que habita; de los seres diversos, sus hermanos,
con quienes comparte la morada en él; de las remotas
comarcas cu3'os secretos y variedades tan poderosamente
despiertan su curiosidad.
A esta atencio'n preferente, á ese deseo de saber y
ampliar la esfera de lo conocido, por medio de la explicacio'n
de todos los fenómenos que á su vista se ofrecen, y del
profundo estudio de la naturaleza que le rodea, se ha unido
siempre en el ser humano, estimulándole para acometer las
más difíciles empresas, el ansia por mejorar las condiciones
de su existencia material, por aumentar los medios de
procurarse la satisfacción de sus necesidades, y por obtener
mayor suma de goces y de bienestar. De este doble estímulo
depende la explicacio'n de todos los actos humanos: sobre
estos dos polos gira, en todas las evoluciones de su actividad,
el progreso histo'rico. Ciencia y comercio; vida de la inteli-
gencia y goces del cuerpo ; secretos de la Naturaleza que el
interés o' la curiosidad mueven á descubrir, á costa de los
mayores sacrificios, arrostrando peligros, luchando con todo
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
género de obstáculos hasta descubrir la verdad, o' conquistar
los apetecidos conocimientos. Tal es la historia de la huma-
nidad.
Sin entrar en el examen de viajes fabulosos, por más
que pueda tenerse como cosa cierta que revestidos de la
fábula, bajo las apariencias y oscuridad del mito, se encuen-
tran en todos ellos rasgos de sucesos verdaderos, bien puede
asegurarse, desprendiendo esta reflexio'n de los más antiguos
datos histo'ricos, que desde las edades más remotas el trán-
sito de Occidente á Oriente ha sido constante preocupación y
trabajo de todos los pueblos de Europa. El comercio de
diamantes, perlas y perfumes; del marfil y de las especias;
y, más tarde, de la seda y tejidos preciosos, mantuvo
siempre fija la atención sobre la India, centro productor de
tan codiciados objetos; zona privilegiada con la cual se ha
procurado sostener en todo tiempo una comunicacio'n tan
difícil y peligrosa como lucrativa.
Ya en el siglo XV antes de la venida de J. C, los
fenicios, extendiendo su poder marítimo y sus empresas
comerciales, y con el proposito de establecer colonias con las
que pudieran mantener constante tráfico, después de haber
reconocido y costeado la parte occidental de África, bajando
tal vez hasta la desembocadura del que luego llamaron los
portugueses Rio d' Ouro, volvieron de nuevo al estrecho de
Hércules, y dejándolo á un lado, tocaron en las costas de
Andalucía, subiendo por el Guadalquivir (Tarteso) hasta
el punto donde poco después fué fundada Sevilla. ¡Coinci-
dencia al par extraña y notable! Debieron representarse
entonces en aquellos deliciosos lugares, habitados por gentes
sencillas que no estaban vestidas, y vivían de la caza y de la
pesca, escenas muy semejantes á las que luego, pasados
treinta siglos, en el XV de la Era Cristiana, se vieron en la
isla de Guanahaní al llegar las carabelas españolas. Lleva-
ban los moradores de Tiro y de Sido'n insignificantes
baratijas de escasísimo valor, cuyo uso era completamente
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CRISTÓBAL COLÓN
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desconocido por los sencillos aborígenes de las riberas del
Tarteso, que por trozos de telas, por brillantes pedazos de
metal, por objetos baladíes, pero de colores deslumbrantes,
ofrecieron á los fenicios pedazos de oro y plata nativos, que
casi sin trabajo recogían de los terrenos incultos que ellos
habitaban. Dice Estrabo'n, que en ninguna parte del mundo
se había encontrado el oro, la plata y el cobre en tan gran
cantidad, ni tan excelente como en Andalucía.
Para formar idea exacta de estos primeros estableci-
mientos fenicios en España, deben leerse las cartas de Colón
y las descripciones del P. Las Casas sobre las costumbres de
los indios; su manera de vivir, y los primeros desembarcos
en las islas que llamaron Indias Occidentales , pues se
encuentran sorprendentes analogías L
Pasado algún tiempo, parece indudable, por más que
algún historiador no conceda entero crédito al suceso 2 , que
en el siglo vil (antes de J. C), cuando ya. el Egipto había
adquirido su mayor preponderancia militar, empezó' bajo
Psamético, á extender su comercio y multiplicar sus colonias
por todos los países conocidos. Su hijo y sucesor Ñecos o'
Nechao, continuando el ejemplo de su padre, emprendió la
grandiosa obra de poner en comunicacio'n el Nilo con el mar
Rojo por medio del antiguo canal , cu}^os restos conservan
aún hoy día su nombre, y cuando, á costa de grandes traba-
jos y sacrificios 3 5 adelantaba en aquella empresa, concibió' el
pro} T ecto , no menos atrevido , de la circunnavegacio'n de
África; pensamiento tan civilizador como el primero, que
llevo' á ejecucio'n valiéndose de las naves y de los más exper-
1 Hace poco se anunció que han aparecido algunos trabajos del barón
d'Oufroi, con documentos de que parece deducirse que los fenicios tuvieron
comercio con los habitantes de América. No hemos podido examinarlos, pero
no creemos que los fenicios extendieran su navegación más allá de las costas
andaluzas.
Historia de España, por' Carlos Romey; Barcelona. — Bergnes, 1839. —
Tomo I, cap. II.
3 Histoire de V Istme de Suez, por Olivier Ritt. — París, Hachette, 1869. —
Dice el autor que perecieron en los trabajos más de veinte mil hombres.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
tos marineros fenicios. Partieron éstos desde el fondo del
mar Rojo, costeando toda la parte sud y sudoeste del conti-
nente africano, para volver á penetrar en el Mediterráneo
por las columnas de Hércules, buscando la desembocadura
del Nilo como término de su viaje.
Tres años, dicen verídicos autores, y el primero de
ellos Herodoto, conocedor de la ciencia egipcia, que em-
plearon en aquella penosa y difícil empresa, antes por nadie
imaginada, lo que nada exagerado parece, si se tiene en
cuenta la configuracio'n de las naves fenicias, muy apropia-
das para navegar en la proximidad de las costas, de las que
no les era posible separarse sin gran riesgo. Pero esta cir-
cunstancia, que por una parte hacía más dificultoso y largo
el viaje, resultaba por otra en positivo beneficio para el estu-
dio de la topografía y conocimiento de todos los accidentes
naturales de las orillas de aquellos mares desconocidos, y en
gran auxilio para tomar verdaderas noticias de sus produc-
tos, su fauna y habitantes. ¡Lástima, en verdad, que de
tan extraño é importantísimo suceso no se conserve más que
la memoria! ¡Cuántos datos inapreciables y variados, cuán-
tas observaciones dignas de atencio'n hubiera encontrado en
sus relaciones la posteridad! Pero á nuestro proposito, en
este momento, es muy suficiente el poder consignar, casi con
absoluta certeza , que setecientos años antes de la Era Cris-
tiana, las costas de África habían sido }^a objeto de atrevidas
exploraciones y se había rodeado esta gran parte del mundo,
pasando el que después, en el siglo XV, recibió' el nombre
de Cabo de Buena Esperanza, en sentido y rumbo inverso
al que luego llevaron los portugueses, cuando buscaban
camino para la India sin tener que cruzar el Egipto y la
Arabia.
La ciencia y el comercio tenían siempre la vista fija en
el Oriente; aquélla por sus secretos, éste por sus codiciados
productos. Antes de las expediciones de Alejandro el
Grande, el tráfico se hacía de una manera irregular por
CRISTÓBAL COLÓN
Bítesteu •
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medio de las caravanas, que ora se formaban en Menfis, en
Bubastis o' en otros grandes centros de Egipto, y bajaban las
riberas del Golfo Pérsico para recoger los cargamentos que
aportaban las naves de la isla de Trapobana (Ceilán) y de la
orilla del Ganges, ora atravesando la Siria y la Mesopotamia,
por Babilonia y por Sura, penetraban en las comarcas supe-
riores de la India ! y volvían cargadas con sus producciones,
por la misma vía terrestre que habían llevado, á buscar los
mercados de la costa fenicia, en el fondo del Mediterráneo y
en los puertos del mar Negro, para extenderse desde allí por
todos los puntos comerciales de Europa.
Desde la fundacio'n de Alejandría, esta ciudad se consti-
tuyo' en centro de la contratacio'n de especias, perfumes,
sedas y telas de Oriente; y creciendo cada día en importan-
cia por su situacio'n privilegiada, á ella concurrieron con sus
embarcaciones todos los pueblos de Occidente, á medida que
en cada uno fué desarrollándose en mayor escala el comercio
en épocas sucesivas, creciendo al par las expediciones marí-
timas y las relaciones mercantiles.
Alejandría se convirtió' en el puerto de depo'sito más
importante del mundo. Allí vinieron á encontrarse en un
momento dado las naves venecianas con las francesas y
españolas, especialmente con las de Cataluña y Valencia,
movidos todos por el mismo deseo de abastecer los princi-
pales mercados de Europa de los productos orientales.
El monopolio que los venecianos y genoveses estableci-
dos en Alejandría procuraron crear, y aun ejercieron á veces,
en el comercio de aquella importante ciudad, por los privile-
gios y bulas obtenidos de los Pontífices para poder contratar
con los infieles 2 : las exacciones establecidas, de que eran
1 Historia Universal, por César Cantú. — París, Garnier, 1869. — Tomo I.
— Aclaraciones al libro I.
En el reinado de don Pedro III de Aragón obtuvieron los catalanes, á
instancia de los comerciantes de Barcelona, dispensa pontificia para poder con-
tratar con los musulmanes en iguales condiciones que desde mucho tiempo
antes la tenían los venecianos.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
objeto y víctimas los comerciantes que concurrían á aquel
puerto, y de que siempre procuraron librarse las Seño-
rías; las rivalidades entre las diversas naciones por la su-
premacía que algunas llegaron á alcanzar, fueron motivos
poderosos que impulsaron á los atrevidos navegantes de
España y de Portugal á procurarse otras vías, por donde
pudieran obtener mayores ventajas y beneficios más posi-
tivos, más crecidos y seguros, haciendo el comercio directo
con el Oriente, sin necesidad de acudir al puerto de Ale-
jandría.
Es observacio'n curiosísima de un docto escritor, que en
tanto que aquel famoso puerto procuraba centralizar el
comercio de las mercancías de Oriente , allí mismo se propa-
laba la noticia del invento que había de contribuir á privarle
de su monopolio, proporcionando á los marinos medios más
seguros para cruzar los mares y emprender largas navega-
ciones, orientándose con seguridad lejos de las costas. Los
catalanes, valencianos y portugueses debieron alcanzar en
Alejandría algunas nociones sobre el uso de la brújula.
Porque es indudable, que con mucha anticipacio'n se había
aprendido en la China por los árabes la existencia de la
virtud magnética y transmitido, aunque imperfectamente: y
por eso vemos que, según la juiciosa reflexio'n de César
Cantú, á Flavio Gioja no se le dio lugar importante entre los
descubridores é inventores , pues su único mérito consistió
en ser el primero que introdujo el conocimiento de la brújula
en Italia, montando la aguja de una nueva manera, que
después alcanzo' mayor perfección.
Las expediciones marítimas pudieron hacerse desde
entonces con más seguridad, a}'udadas también por el astro-
labio, aplicado á la navegacio'n por Martín de Bohemia, por
maestre José, judío, y maestre Rodrigo, portugués, médico
del rey don Juan II, y obtuvieron verdadera preferencia. Al
descubrimiento de las islas Canarias, que se hizo al finalizar
el siglo xiv por una compañía de marinos y negociantes de
Cristóbal Colón, t. i.— 2.
IO
CRISTÓBAL COLON
Sevilla ', y á su población á principios del siglo siguiente
por Bethencourt, sucedió' poco después el de las Azores, y á
mediados del mismo el de las de Cabo Verde; todo esto
combinado con el progreso constante de los intrépidos mari-
r
ñeros portugueses por la costa de África, en donde cada vez
adelantaban más en repetidas exploraciones.
Porque en Portugal estaba entonces el verdadero centro
de los descubrimientos. Las exploraciones en la costa occi-
dental del África habían recibido gran impulso desde que el
ilustrado príncipe don Enrique, hijo del rey don Juan I,
después de la conquista de Ceuta, y por las relaciones que
recogió' entre los moros que exageradamente le pintaban las
riquezas del país, y la abundancia de oro en las costas de
Guinea, concibió' el proyecto de enviar expediciones que
hicieran roconocimientos en ellas. A su regreso á Portugal,
y para consagrarse por entero á su realizacio'n , el príncipe
se alejo' de la corte y fijo' su residencia en la quinta de
Sagres, que se convirtió en un centro de estudios geográficos
y astrono'micos , como preparación para los grandes proyec-
tos que don Enrique acariciaba. En Sagres levanto' un
observatorio astrono'mico , bajo la direccio'n del antiguo
marino Jaime de Mallorca; y estimulados con su proteccio'n
los marinos, y por las utilidades que obtenían de aquellas
expediciones, fueron adelantando paulatinamente en el cono-
cimiento de la costa africana, hasta llegar á su circunnave-
gacio'n, sueño dorado del príncipe, pero que no logro' ver
realizado en su tiempo.
Cada época tiene su sello particular, su carácter distin-
tivo, su aspiracio'n; y á los siglos xiv y xv se les llama con
gran propiedad siglos de descubrimientos.
1 Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble ciudad de Sevilla, por don
Diego Ortiz de Zúñiga.— Madrid, Juan García Infanzón, 1677. — Año 1399.
Historia del reinado de los Reyes Católicos, por William H. Prescott. —
Madrid, 1845, tomo E.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
] i
II
Continuaban en su científica empresa los portugueses,
porfiando en adelantar audazmente el reconocimiento de la
costa occidental africana, hasta encontrar el estrecho que,
según los cálculos más admitidos, debía facilitarles el paso á
los mares de la India, para establecer el comercio directo
entre el Oriente y el Occidente, y cada expedicio'n avanzaba
un paso más y preparaba el camino para otra nueva. Fijas
estaban las miradas en la resolucio'n de aquel problema: las
naciones tomaban vivo interés en su progreso: la proteccio'n
de los reyes alentaba á los exploradores : el pueblo entero
acudía presuroso á informarse de las noticias y adelantos de
cada expedicio'n, al saber el regreso de los navegantes. Bien
puede decirse, sin incurrir en exageracio'n , que la actividad
de los portugueses se consagraba por entero á las empresas
marítimas, exploraciones, descubrimientos y colonizacio'n,
cuando se presento' al rey don Juan II un nuevo proyecto
más atrevido, más grandioso, de más trascendentales conse-
cuencias que todos los anteriores; pero por su carácter
mismo, por su magnitud tocaba al límite de lo extraordi-
nario, y se hacía incomprensible hasta para los hombres de
más elevada inteligencia.
Se trataba de encontrar el Oriente caminando hacia
Occidente; de buscar los mares de la India navegando en
direccio'n contraria á la que hasta entonces habían llevado
los descubrimientos. Es decir, que supuesta la redondez de
la tierra, ya discutida por Pitágoras, y dando á su circunfe-
rencia menor extensio'n de la que realmente tiene ', se pen-
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1 Siguiendo la doctrina de Ptolomeo, cuyo sistema era el más admitido
por los sabios, suponían la tierra dividida en cien espacios de ciento cincuenta
12
CRISTÓBAL COLÓN
saba romper con todas las teorías admitidas; se quería dejar
el África á la izquierda, y poner el rumbo hacia inexplo-
rables mares, hasta entonces tenidos por de imposible nave-
gacio'n l , arriesgándose en ellos para encontrar el extremo
de la India 3^ los dominios del Gran Khan, descritos maravi-
llosamente por Marco Polo.
El autor de este temerario proyecto era un extranjero,
un marino italiano, que algunos años antes se había estable-
cido en Portugal , avecindándose en Lisboa , donde había
contraído matrimonio.
Cristóbal Colombo de Terra-rubra, que tal era el
nombre que usaba entonces aquel extranjero 2 , había nacido
en la ciudad de Genova en el año 1436. Muchas poblaciones
de Italia se han disputado la gloria de haber sido cuna de
tan ilustre hijo; como de Homero las ciudades de la antigua
Grecia, y de Cervantes las de nuestra España. La humanidad
se enaltece, se honra ponderando las virtudes, el talento, el
valor de los genios que sobresalen, y tanto es el mérito que
representan esos hombres superiores, que basta para celebri-
dad de todo un pueblo, que alguno de ellos haya visto la luz
dentro de sus muros.
Siete poblaciones de Grecia y otras tantas de España
alegaron razones para ostentar el timbre de haber sido
madres de Homero y de Cervantes. A Cristóbal Colón,
millas cada uno; y calculando, por lo conocido, que solamente quedaban veinti-
séis espacios por conocer, lo graduaban en menos de cuatro mil millas.
1 Jornández, Episcopus Ravennas. — De Gothorum origine et rebus gestis...
Lugduni Batavorum, Ex officina Plantiniana, 1597, in 8.° Nemo nautarum
aussevit illud s ule are , aut in altum navigare.
Edrisi. — Geographia Nubiensis.
Su hijo don Fernando dice: « medesimamente io vidi alcune sottoscri-
tioni deH'Ammiraglio, prima che aquistasse 1' stato, dov'egli si sottoscriveva
Columbus de Terrarrubra. — Historie del Signor don Femando Colombo, etc. Ve-
necia, 1 57 1.
El P. Las Casas en su Historia de las Indias (lib. I, cap. II) consigna
también que, — «se solía llamar antes que llegase al estado que llegó, Cristóbal
Colón de Terra-rubia.»
Igual sobrenombre usaba su hermano Bartolomé, como veremos más ade-
lante.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
13
genio también de superior jerarquía, cada uno de los bió-
grafos le cree nacido en una ciudad o' aldea distinta , según
sus particulares afecciones, o los datos que le han parecido
más concluy entes. Unos opinan que vino al mundo en Nervi;
otros que nació en Savona ; éstos le juzgan natural de
Piacenza, aquéllos de Cuccaro, en el Monferrato; unos de
Quinto, otros de Cogoletto l o' de Bugiasco. Paulo Jovio y
con él Gonzalo Argote de Molina le creen de la aldea de
Albizola , y hace muy poco tiempo el abate Martín Casanova
publico' un libro, que obtuvo en el primer momento cierta
efímera celebridad y causo' algún efecto, en el cual se atreve
á sostener que Cristóbal Colón era compatriota de Napo-
1 Como mera curiosidad, insertamos en esta nota algunas breves compo-
siciones de las que ilustres viajeros han dejado escritas en las paredes de la casa
que en Cogoletto enseñan como aquella en que nació Colón. Fueron impresas
en Savona.
ELOGII DI CRISTOFORO COLOMBO SCOPR1TOR DELL'AMERICA l'aNNO 1492. ESPOSTI
NELLA CASA DI SUA NASCITA DEL PAESE DI COGOLETTO CONTRADA GIÜGGIOLA
I
Con generoso ardir dalf Arca all' onde
Ubbidienti il vol Colomba prende,
Corre, s 1 aggira, terre scopre, e fronde
D' olivo in segno, al gran Noé ne rende.
L' imita in ció COLOMBO, né s' asconde,
E da sua Patria il mar soleando fende ;
Terreno alfin scoprendo diede fondo,
OfiTerendo all' Ispano un nuovo Mondo.
Li 2 Dicember 1650.
Prete Antonio Colombo
II
Hospes, siste gradum : Fuit HIC lux prima Columbo
Orbe Viro majori; Heu! nimis arcta Domus!
Quí, o Passaggier, nacque Colombo, ahi Tetto !
Peí maggior degli Eroi, troppo ristretto !
III
Unus erat Mundus; Dúo sint ait ISTE, fuere.
Uno era il Mondo; Egli, due disse, e furo.
1826
14
CRISTÓBAL COLÓN
león I por haber nacido en Calvi, en la isla de Co'rcega l . Es
seguro que esa publicacio'n no hubiera causado tanto efecto,
á no haberse dado poco tiempo después un decreto del presi-
dente de la República francesa, que parecía producto de las
alegaciones del abate Casanova 2 , permitiendo que por sus-
cripcio'n nacional se levantara una estatua á Cristóbal
Colón en la plaza de la ciudad de Calvi.
No podrán comprender los lectores desapasionados que
las únicas pruebas presentadas en su libro por el abate Casa-
nova en apoyo de su pretensión, se reducen á suponer la
existencia de la partida de bautismo de Colón, donde se
acreditaba su nacimiento en Co'rcega , en manos de cierto
M. Giubega, prefecto que fué de la isla, que nunca la
mostró' á nadie, y cuyo hijo niega la verdad de semejante
aserto ; y al respetable dato de que en Calvi existe una calle
que se llama de Cristo'bal Colo'n. Con semejantes probanzas
parece no debían ni aun promoverse discusiones; y sin
embargo, con. ellas ha bastado para escribir un libro.
Por el contrario, del nacimiento de Colón en Genova,
dan seguridad y testimonio sus propias palabras, consigna-
das en un documento tan solemne y de tan capital impor-
tancia, como lo era para toda la familia la institucio'n del
mayorazgo, hecha en Sevilla el jueves 22 de Febrero de 1498,
La vérité sur V origine et la patrie de Christophe Colomb, par l'abbé
Martin Casanova de Pioggiola, Bastia, 1880, in 8.°
Entre las varias impugnaciones de este extraño libro que tenemos á la vista
merecen citarse:
Christophe Colomb et la Corsé, observations sur un recent decret du gouver-
nement francais, par Henry Harrisse, París, Leroux, 1883.
V origine de Cristophe Colomb, par Sejus, París, Daupeley, 1885.
Origine, Patria é gioventú di Cristo/oro Colombo. — Studi critici é docu-
mentad... Par Celsus.— Lisboa. — Typographia elzeviriana. — 1886.
* Le Président de la République Francaise, sur la proposition du Ministére
de Tlntérieur, vue l'ordonnance du 10 de Juillet 1876, decrete: Article r. er Est
approuvée Térection, par voie de souscription publique, d'une statue de
Christophe Colomb, sur une place de la ville de Calvi (Corsé). Art. 2. me Le
Ministre de Tlntérieur est chargé de Texécution du present décret. — Fait á Paris,
le 6 Aoüt 1882. Signé: J. Grevy. — Par le Président de la République le Minis-
tre de Tlntérieur, Signé : Rene Goblet.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
15
ante el escribano público Martín Rodríguez, en virtud de
licencia Real. En él se expresa el objeto de la fundacio'n, y
que ha de quedar el mayorazgo, porque sea servicio de Dios
Todopoderoso, y rai\ y pie de mi linaje, y memoria de los servi-
cios que á sus Alicias he 'hecho; que siendo yo nacido en
Genova les vine a servir aquí en Castilla. Y luego en una de
las cláusulas, dice terminante y explícitamente: ítem: mando
al dicho don Diego Colón, mi hijo, ó á la persona que heredare
dicho mayorazgo, que tenga y sostenga siempre, en la ciudad de
Genova, una persona de nuestro linaje, que tenga allí casa e
mujer, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente como
persona tan llegada á nuestro linaje, y pie y rai\ en la dicha
ciudad, como natural della, porque podrá haber de la dicha
ciudad ayuda e favor en las cosas del menester suyo, pues que
DELLA SALÍ Y EN ELLA NACÍ '.
Don Fernando Colon en su testamento 2 , declara tam-
bién que su padre era jinovés; y parece imposible que contra
tan claras afirmaciones se susciten dudas, se formulen argu-
mentos de probabilidad , y se traigan á confrontacio'n vagas
conjeturas, que lejos de contribuir á la mayor ilustracio'n,
producen el efecto contrario.
Toda discusio'n sobre este punto es ociosa é inútil,
porque no es posible desmentir la clarísima afirmacio'n que
hacen Colón 3^ su hijo, y se robustece con otros muchos
datos importantes 3.
Mayores dificultades ofrece determinar el año de su
nacimiento. Entre las diversas opiniones de los historiadores
que fijan los años 1436, 1446 y 1456, la que cuenta con más
autoridad y se apoya en mayores datos, dando también
1 Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos, tomo I.
i Don Fernando Colón, historiador de su padre. Por el autor de la «Biblio-
teca americana vetustissima- » Sevilla, Tarascó, 187 1, in 4. , pág. 150, «sepa si
hay mercaderes jinoveses; y avisándoles diga como es sumista de la librería
Fernandina, que instruyó don Fernando Colón, hijo de don Xpoval Colón,
jinovés , primero Almirante que descubrió las Indias..., etc.»
3 Véanse las Aclaraciones y Documentos al fin de este libro I. (A.)
\6
CRISTÓBAL COLON
¡_5p¿c*
resultados más lógicos en la cronología de los hechos indubi-
tados de la existencia del inmortal descubridor, es la que
hemos adoptado, y que no dudamos acabará por ser aceptada
como indudable. Cristóbal Colón nació' en 1436.
Además de otros comprobantes de que en su lugar nos
ocuparemos, y de la confirmacio'n que ha de resultar del
enlace de todos los sucesos de su vida, tomaremos por base y
primer argumento á favor déla opinio'n que hemos formado,
las palabras del cronista Andrés Bernáldez, cura de la Villa
de los Palacios, y luego capellán del arzobispo de Sevilla
don Diego Deza, que conoció personalmente á Colón, le
hospedo' en su casa, cuando desde Cádiz se dirigía á Sevilla,
al regresar de su segundo viaje en 1496, y tuvo para con-
sulta muchos de sus papeles, cartas 3^ documentos, pudiendo
además dar ma}^or exactitud á todas sus noticias comunicán-
dolas con aquel ilustrado arzobispo, que desde la llegada de
Colón á España fué su protector, su amigo invariable y de
la mayor confianza.
En el capítulo CXXXI de su importantísimo libro
titulado Historia de los Reyes Católicos, dio' noticia del falleci-
miento de Colón en estos términos l : «El qual dicho Almi-
rante Christoval Colon de maravillosa e onrada memoria,
natural de la provincia de Milán, estando en Valladolid en
el año 1506, en el mes de \ia3r0, murió' in senectute bona,
inventor de las Indias de edad de setenta años, poco más o
menos. — Nuestro Señor lo tenga. Amen. Deo gratias.»
Esta afirmacio'n se concuerda perfectamente con todos
los datos que hemos de seguir examinando, emanados de la
pluma del inmortal navegante. Para admitir otra fecha es
necesario contradecirlos todos, buscar interpretaciones á las
claras palabras del Almirante, y aun en muchos casos acu-
sarle de mentiroso 2 .
Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, escrita por
el Bachiller Andrés Bernáldez, Sevilla, Jeofrín, 1870, tomo II, pág. 82.
4 Véase al fin en las Aclaraciones y Documentos (B).
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
17
1Ü ^m
ni
De antiguo origen, de numerosa ramifícaeio'n, la familia
de los Colombo se había extendido por el Mediodía de Francia
y por muchas poblaciones de Italia, donde por las vicisitudes
del tiempo, trastornos interiores y continuas guerras había
sufrido desigual fortuna. Se encontraban Colombos en Savona
y en Cuccaro, en Piacenza, en Milán y en otras muchas
ciudades y aldeas; y al paso que en unos puntos eran señores
de jurisdicción, habitaban castillos y ostentaban poder y
riquezas, en otros se veían confundidos entre el pueblo, ejer-
citándose en toda clase de oficios y habiendo perdido por
enlaces plebeyos y el transcurso de largos años, todo
recuerdo de ascendencia nobiliaria, si es que procedían todos
del mismo tronco.
Domenico Colombo, que, sin duda para diferenciarse de
tantos otros homo'nimos, se había apellidado de Terr a-rubra,
porque en aquel territorio habría nacido quizá, ó por lo
menos tenía fincas de su propiedad y allí habito mucho
tiempo, se traslado' luego á Quinto, y últimamente fijo' su
residencia en Genova. Era de oficio cardador de lana, según
consta de documentos recientemente encontrados, y asegura-
ron Julio Salinerio y el obispo Justiniani; o' tejedor de paños,
según Antonio Gallo y otros bio'grafos; aunque lo uno no
contradice á lo otro, y ambos ejercicios pudo abrazar en una
misma arte, siguiendo las alzas y bajas del estado de su
fortuna.
De su matrimonio con Susana Fontanarrosa tuvo cuatro
hijos y una hija. El mayor de ellos fué Cristóbal que, como
sus demás hermanos varones, estuvo dedicado en sus prime-
ros años al oficio de su padre.
Que muchos de los Colombo de Italia pertenecieran á la
Cristóbal Colón, t. i. — 3.
3H
V/P^r-T®
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tedies.
i8
CRISTÓBAL COLÓN
nobleza , es punto que no ofrece duda alguna ; que Domcnico
Colombo tuviera cercano parentesco con aquella aristocracia
no parece probable, ni se ha justificado. Imaginaria y
supuesta es la nobleza de la estirpe del Almirante. No se
sabe la tuvieran sus abuelos , y aunque la hubieran tenido
decayeron de ella , según las leyes de la República de
Genova, al dedicarse á un oficio mecánico. Imaginario es
también el parentesco que quiso buscársele con dos Almiran-
tes de Francia ; — « esos Colombo que menciona Sabellico no
eran genoveses, ni aún siquiera italianos ni se llamaban
Colombo. Eran gascones, de apellido Casencuve, y conocidos
por Coulomp; de donde los traductores se complacieron en
sacar Columbus y Colombo '.*
De los hermanos de Cristóbal Colón solamente diremos
en este lugar lo absolutamente necesario y que no tenga
natural colocacio'n en el desarrollo de esta historia. Del
mayor, nombrado Juan Peregrino, no se conservan memorias
que merezcan atencio'n, por lo que se cree murió' sin abando-
nar el oficio de lanero, aunque consta por documentos nota-
riales que debió' pasar de veinte años.
De Bartolomé y Diego Colón, cuya vida estuvo en gran
manera enlazada con la del Almirante, nos hemos de ocupar
con repeticio'n en diferentes ocasiones; bastando con dejar
aquí consignado que Bartolomé, nacido probablemente por
los años 1440 á 1442, pues al tiempo de su muerte, ocurrida
en Santo Domingo en 1514, contaba más de setenta años,
permaneció' casi constantemente en el taller de su padre,
hasta que muchos años adelante, hacia el de 1470, fué á
establecerse en Lisboa con su hermano mayor; y Diego, que
debió' nacer en 1446 2 , vivió' también en Genova hasta que
1 Christophe Colomb , son origine, sa vie, ses voy ages, etc., par Henry
Harrisse; Paris, Ernest Leroux, 1884, tomo I, pág. iór.
* Esta edad se deduciría exactísimamente del contrato de aprendizaje de
Diego, que encontró J. Salinerio, donde expresó ser mayor de diez y seis años,
si la fecha del documento es como sospechamos, de 1464.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
19
ya Cristóbal Colón había regresado de su primer viaje de
descubrimientos y lo llamo' á España.
De la hermana única de Colón no se tenía noticia
alguna; se ignoraba su nombre, sabiéndose tan solo que
había contraído matrimonio' con Santiago Bavarello, salchi-
chero o' tocinero, según el P. Spotorno ', y otros autores.
Pero hace muy poco tiempo, el marqués Marcelo Staglieno
ha encontrado en los archivos notariales de Genova una
escritura á la que concurrieron Santiago Bavarello (forma-
giarins) y su mujer Bianchinetta (Blanca), hija de Dominico
Colombo (textor pannorum) , en la que aparece que de su
matrimonio tenían un hijo único, llamado Pantolinus (Panta-
leo'n). De modo que, según observa el último bio'grafo de
Cristóbal Colón 2 , la descendencia de éste en Italia no
deberá buscarse por el apellido Colombo, puesto que allí
no tuvo sucesio'n ninguno de los varones, sino por Pantaleo'n
Bavarello, hijo de su hermana Bianchinetta.
No se han encontrado hasta hoy más datos sobre los
individuos de la familia que permanecieron en Italia. Ni aun
del fallecimiento de Domenico Colombo y de su mujer se sabe
la fecha, deduciéndose tan solo, por razonables conjeturas,
que murieron cuando ya su hijo mayor estaba viviendo en
España: la madre después del año 1484; el padre hacia el
de 1498, si no hay errores en los documentos que á ellos
parecen hacer referencia y han sido publicados recientemente
por M. H. Harrisse ; aunque tanto estos , como otros
muchos, deben leerse con cautela por las razones que el
mismo crítico expone.
« Por desgracia , dice en un folleto últimamente publi-
cado 3 ? y del que nos ocupamos ya en la Introducción, estas
1 «Ignoto é il nome della sorella maritata coll pizzicagnolo Giacomo
Bavarello.»
Códice Diplomático Colombo Americano, Genova, 1823, Introduzione, pág.XI.
8 Christophe Colomb, son origine, etc., tomo II, pág. 454.
s Le quatrieme centenaire de la decouverte du Nouveau- Monde. París. —
Pág. 16.
20
CRISTÓBAL COLON
investigaciones no pueden ser hechas sino por paleo'grafos
muy hábiles, porque el latín y la escritura del siglo xv son
casi indescifrables.» Fundados en esta explícita confesio'n del
mismo que los alega, deben los historiadores estar muy
prevenidos, y no aceptar sin mucha reserva, sin grandes
precauciones y la más autorizada comprobacio'n, las noticias
que se desprenden de esos documentos notariales de tan
difícil lectura, que con perseverancia digna del mayor elogio
van desenterrando de los archivos ciertos eruditos y patro-
cina M. H. Harrisse.
La prueba de los errores que pueden cometerse, aunque
no sea por otra causa que por la de ser casi indescifrables los
documentos, nos la ofrece el mismo colombista americano en
ese mismo folleto.
A la página 31, nota que lleva el número 51, dice así:
— «En 30 de Octubre de 1476 (no'tese la fecha) los herma-
nos Juan, Mateo y Amigeto, todos tres de Quinto, é hijos
de Antonio, se obligan á enviar á costa de todos á uno de
ellos, Juan, á España, ad inveniendwn dominum Christoforum
del Columbo Armirantum Regis Ispania, dividiendo entre ellos
lo que el viaje produzca x .»
Ahora bien, como en el año 1476 ni Colón había
entrado en España, ni había emprendido su viaje trasatlán-
tico, ni era Almirante del Rey de España, preciso es suponer
que el documento es apo'crifo, o que hay un grave error en
el año, hijo tal vez de que un paleógrafo no muy hábil ha
entendido mal aquel latín 3^ aquella escritura casi indescifra-
bles. El documento ciertamente no dice eso.
Ningún detalle se ha conservado de la infancia de
Colón, que, según puede suponerse, corrió' ignorada y
1 «Au 30 Octobre 1476, les fréres Giovanni, Matteo et Amigeto, tous trois
de Quinto et fils cT Antonio, s'engagent mutuellement a envoyer a frais communs
l'un d'eux, Giovanni, en Espagne, ad inveniendwn dominum Christoforum de
Columbo Armirantum Regis Ispanioz , et de partager ce que ce voyage aura
rapporté.— In Not. G. B. Pilosio.— Staglieno, Giornale Ligurtino, Anno XIV,
pág. 241.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO
21
oscura como lo era su existencia, en el taller de su padre.
Para su gloria no necesita más que su nombre; bástale su
genio, sin que puedan añadirle esplendor alguno ni el brillo
de ilustre cuna, ni las anécdotas apo'crifas con que un entu-
siasmo mal entendido ha "tratado de adornar sus primeros
años. Cuanto se ha escrito de su vida en familia, de sus
inclinaciones de niño, de los caracteres de sus padres, de sus
primeros estudios cursados en la Universidad de Pavía, no
descansa ni en un solo dato histórico: nada se encuentra que
pueda justificarlo, ni en documentos contemporáneos, ni en
las memorias que de Colón se conservan auténticas, y es
todo una novela mejor o peor imaginada para llenar ese
vacío de catorce años.
Escasa debió ser la educacio'n que recibieron los cuatro
hijos de Domcnico Colomho y Susana Fontanarrosa; que no
parece probable el que aquellos humildes artesanos costearan
estudios literarios ni científicos á sus hijos, cuando de su
trabajo manual necesitaban para atender á la subsistencia de
la familia. Puede asegurarse, por tanto, que los primeros
años de su vida los paso' Cristóbal Colón trabajando en el
modesto oficio en que su padre se ejercitaba, y sin más
instruccio'n que la superficial que podía ir adquiriendo en
las conversaciones con sus amigos. De ellas debió' tomar
incremento é irse desarrollando poco á poco, su afán, por
conocer aquellas ciencias que más despertaban su curiosidad
y agradaban á su entendimiento, de las que no tardaría en
tomar algunas nociones, con la lectura y estudio de los pocos
libros á que pudiera consagrar sus ocios, y en los que el
adelanto podía ser muy notable y superior al trabajo, por
su natural facilidad para aprender, su feliz memoria, su
poderosa intuición y su clarísima inteligencia.
Es observación curiosa la de que, de cuantos escritos
nos quedan de Colón, que son en gran número, no hay uno
solo en lengua italiana; viniendo á demostrarse con esto, en
nuestro entender, cuan superficial hubo de ser su educacio'n
f.r
22
CRISTÓBAL COLÓN
primera, y al mismo tiempo que salió' de su patria cuando
aún era casi niño. Se familiarizo' con la lengua española, que
escribía con elegancia, y uso' en cartas y libros; valiéndose
de la latina , aunque con bastante desaliño é incorreccio'n en
algunas ocasiones, especialmente en las notas á las obras de
estudio escritas en aquella lengua.
Así corrieron tranquilos, sin extraordinarias circuns-
tancias, los primeros años de aquel niño pensador y aficio-
nado al trabajo, á quien la Providencia destinaba á repre-
sentar papel tan brillante en la historia de la humanidad, é
igual suerte tuvieron sus hermanos, según la más fundada y
natural conjetura; pero teniendo en cuenta las especiales
dotes y feliz disposicio'n del primero, se comprende que en
su mente nacieran muy pronto vivos deseos de adquirir
alguna instruccio'n , que le abriera nuevos horizontes y le
proporcionara medios para mejorar su fortuna.
24
CRISTÓBAL COLÓN
Era entonces el puerto de Genova el de mayor impor-
tancia de Italia, compitiendo con el de Venecia y aun
superándole en movimiento comercial. En sus galeras se
embarcaban cada día numerosos jóvenes que con ansia de
gloria o' de riquezas partían para todos los puntos del
mundo conocido, bien como marinos, bien como negociantes;
ora como soldados, ora como artistas. Todos abrigaban las
mayores ilusiones; todos llevaban lisonjeras esperanzas, y en
sus animadas conversaciones, como en la alegría de sus
semblantes, dejaban ver á las claras el entusiasmo y el ardor
de la juventud en imaginaciones meridionales.
Cristóbal Colón asistía á aquel extraordinario movi-
miento; y dada la viveza de su ingenio, la intrepidez de su
carácter, la elevación de su inteligencia y la actividad de que
estaba dotado, bien se comprende el vivísimo deseo de saber
que despertaría en él tal espectáculo. Viendo tomar plaza en
las galeras á la más arrojada juventud de Italia; escuchando
las relaciones de los que regresaban de lejanos países , los
peligros arrostrados, las ganancias obtenidas, las negocia-
ciones entabladas ; aprendiendo de labios de aquellos audaces
marinos las diversas costumbres de los pueblos que habían
visitado, el estímulo de la curiosidad hizo nacer en su mente
la idea de tomar parte en los viajes de sus compatriotas,
que muy luego debió' convertirse en deseo vehementísimo,
haciéndole adoptar la resolucio'n de abandonar su oficio y
aventurarse en el mar.
No hacemos esta pintura como mera suposicio'n. La
deducimos lógicamente de las palabras mismas de Colón
cuando dijo á los Reyes Cato'lieos : « De muy pequeña edad
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO II
25
1 Historie del Signor don Fernando Colombo; nelle quali s'ha particolare é
vera relazione della vita é de i fatti del'Ammiraglio don Christoforo Colombo,
suo padre, etc. In Venetia, 1571, Appresso Francesci Sanesse, fol. 9.
* Biblioteca Colombina, Z, 138, 25. — Libro de Profecías , fol. 4.-- Se
publicó por Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos, tomo I. Doc.
no. CXL.; y en el Ensayo de tina Biblioteca española de libros raros y curiosos,
tomo II, col. 503. — Si es posible, ofreceremos á nuestros lectores este importan-
tísimo documento fielmente reproducido por la foto-litografía.
Cristóbal Colón, t. i.- 4.
entré en la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy. La
mesma arte inclina a quien la prosigue á desear saber los secretos j¡
deste mundo...» Su hijo don Fernando dice que empezó' á
navegar á los catorce años ■.
Tomando por punto de partida aquella carta de Cris-
tóbal Colón, cuyo texto se conserva auto'grafo para que no
pueda oponérsele duda ni objecio'n de ninguna clase 2 , debe
conjeturarse que sus primeros viajes se reducirían á breves
expediciones, y en ellas luego comenzaría á adquirir los
conocimientos náuticos de que dio' patentes muestras, que
necesitan largo ejercicio, y que ciertamente no podría obte-
ner en el taller de su padre.
Como nada relativo á su infancia, hasta que llego á la
edad de catorce años, consta de una manera directa, ni aun
indirecta, no sabemos si al abandonar su oficio y dedicarse
al mar, lo hizo con el consentimiento y aprobacio'n de sus
padres, o' si, como tantos otros jo'venes de aquel tiempo,
enardecido, exaltado por los hechos maravillosos cuya narra-
cio'n escuchaba en boca de antiguos marinos, huyo' de la casa
paterna y se alisto' en alguno de los barcos que partían del
puerto de Genova. Nos inclinamos á lo primero. Creemos
que Colón emprendió sus viajes con la aprobacio'n de sus
padres, que conocedores de su aficio'n, apreciando bien su
carácter y condiciones especiales, tal vez quisieron ponerle
en camino de conseguir mayores ventajas que las que
pudiera proporcionarle el oficio de tejedor de paños. Quizá
soñaron con un porvenir de gloria para su hijo, y tuvieron
el acierto de dedicarle á lo que su inclinacio'n le llamaba, sin
#*i
3
26
CRISTÓBAL COLON
privarse por eso del fruto de su trabajo, pues de sus manos
recibirían el corto sueldo que obtuviera en cada uno de
aquellos viajes.
Solamente de esta manera podríamos explicar la exacti-
tud de varios documentos publicados en la última obra dedi-
cada á esclarecer la historia del gran marino, que justifican
la presencia de éste en Genova muchos años después de haber
abrazado la profesio'n del mar, según sus propias palabras.
Tampoco existe dato alguno de donde pueda deducirse
si Cristóbal Colón, al abandonar el oficio de su padre por
la profesio'n de marino, se dedico al comercio en la marina
mercante o' tomo' plaza en los buques de guerra de la
Señoría. Pudo ser muy bien que principiase por lo uno y
después viniera á parar en lo otro buscando mayores bene-
ficios; siendo lo cierto, que el primer hecho de su vida de
mar que consta de una manera indudable, en carta muy
curiosa que dirigió' á los Reyes Cato'licos desde la isla Espa-
ñola, fecha en el mes de Enero de 1495, cuyo texto ha
conservado en su Historia de las Indias, el obispo fray Barto-
lomé de las Casas l , nos lo presenta mandando una galera,
y cumpliendo o'rdenes recibidas del rey Renato de Anjou.
« A mi acaeció que el Rey Reynel, que Dios tiene, me envió
á Túne\ para prender la galeaza Fernandina; y estando ya
sobre la isla de San Pedro en Zerdeña, me dijo una saetía que
estaban con la dicha galera- dos naos y una carraca; por lo que
se alteró la gente que iba conmigo, y determinaron de no seguir
en el viaje, salvo de se volver a Marsella por otra nao y mas
gente. Yo, visto que no podia sin algún arte forjar su voluntad,
otorgué su demanda, y mudando el cabo de la aguja di la vela
al tiempo que anochecía, y otro dia al salir el sol estábamos
dentro del Cabo de Carthagine, teniendo todos ellos por cierto que
íbamos a Marsella... etc.»
1 Historia de las Indias, escrita por fray Bartolomé de las Casas, tomo 1,
cap. III, pág. 48.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II
27
Este hecho no puede dejarse de ningún modo fuera de
la vida de Cristóbal Colón; primero por lo que significa, y
además, porque no es posible suponer que el ilustre Almi-
rante falto á la verdad y refirió noticias de sucesos que no
habían ocurrido, en carta" dirigida á los soberanos, ni en
ninguna otra. Admitiéndolo, necesario es reconocer también
que tuvo lugar entre los años 1459 á 1461, últimos en que
las galeras de Genova auxiliaron al rey Renato *. Este, en
la primavera de 1459, animado por las solicitudes y prome-
sas de la nobleza de Ñapóles, armo una expedicio'n para
apoderarse de aquel reino; y los genoveses, partidarios del
duque de Calabria, que los mandaba, se incorporaron á la
escuadra con diez galeras 3^ tres buques mayores que salieron
del puerto de Genova el 4 de Octubre de 1459 2 .
El animoso marino se encontraba entonces en toda la
fuerza de la juventud, pues contaría apenas veinticuatro
años, y ya demostró muy á las claras la audacia de que
estaba dotado su carácter, la rapidez y novedad de sus
concepciones, la firmeza de su resolución, que señalaban al
hombre capaz de llevar á cabo trascendentales empresas.
Pero como ya en el año siguiente los genoveses se apartaron
del servicio del rey Renato de Anjou, puede suponerse que
Colón volvió también á su casa con las galeras de Genova 3.
Desde esta fecha podemos estudiar y figurarnos la vida
de Colón equiparándola con la de todos los marinos de
aquella época. Embarcado y dirigiéndose á diferentes puntos,
cuando por negocios mercantiles o' por empresas marítimas
encontraba sueldo entre el equipaje de algunas naves; entre-
gado al estudio, siempre con el mayor afán y perseverancia,
y aún dedicado alguna vez á su antiguo oficio, cuando al
1 Sismonde-Sismondi. Histoire des républiques italiennes du moyen age;
París, Furne, 1840, tomo VI.
* Histoire de Rene d' 'Anjou, Roi de Naples , Duc de Lorraine et Comte de
Provence, par Louis Francois de Villeneuve Bargemont; París, Blaise, 1825.
3 Los restos de Cristóbal Colón, disquisición por el autor de la Biblioteca
Americana vetustíssima; Sevilla, Alvarez, 1878.
28
CRISTÓBAL COLON
m
regresar de aquellos viajes traía en su cabeza ideas más
completas, nuevos, conocimientos de los países que había
visitado, y mayores deseos de conocer otros más lejanos, 6
de comprobar por su propia experiencia y observación
aquellas nociones que le parecían más extrañas, o' aquellos
puntos que por suscitar dudas entre los experimentados
marinos eran ocasio'n frecuente de disputas y controversias
en sus reuniones.
Todos los historiadores y los bio'grafos de Cristóbal
Colón convienen en que no puede precisarse cuándo nació
en su inteligencia el pensamiento de lanzarse á la exploración
de latitudes desconocidas, ni las causas que determinaron el
desarrollo de aquella idea. Trasladándonos, en cuanto es
posible, con la imaginacio'n á esta época de su existencia,
comprenderemos que, dedicado unas veces al estudio, procu-
rando conocer todas las teorías, y llevando en otras ocasio-
nes á la práctica lo que en los libros veía escrito, fué
adquiriendo gran caudal de ciencia sin darse cuenta de ello;
y también, sin designio formal, iba naciendo en su ánimo la
idea de nuevas especulaciones.
Que no curso' en Universidad alguna, y sus conoci-
mientos procedían del propio estudio, de su afán por saber,
parece deducirse claramente de la carta antes citada. Lo
mismo sucedió á su hermano Bartolomé, que, probablemente
animado por el ejemplo, le imitó en sus estudios, aprendió
quizá al mismo tiempo á dibujar y trazar cartas geográficas,
y aun también le acompañó en alguno de sus viajes.
De esta manera el hijo del humilde cardador de lana, el
tejedor de paños, se iba convirtiendo poco á poco en hombre
de mar; adquiría paulatinamente caudal de ciencia y de
experiencia, y acumulaba en su memoria hechos extraordi-
narios, cuya explicación no era clara, sintiendo nacer ideas
nuevas y grandes en su fantasía, que fueron convirtiéndose
con el transcurso del tiempo en proyectos grandiosos, de tal
magnitud, atrevimiento y lucidez que todavía nos asombran.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II
29
II
Los descubrimientos hechos por mar en el siglo xv no
pueden apreciarse aisladamente, ni ser estimados como hijos
de una aficio'n o propensiones casuales de los hombres de
aquella edad. El desarrollo de todos los grandes períodos
histo'ricos tiene siempre su raíz en otros períodos anteriores;
las ideas científicas vertidas en una época no alcanzan en ella
su desenvolvimiento, ni se ven en sus últimas consecuencias
sino mucho tiempo más adelante , y las conquistas del
hombre sobre el mundo material han proporcionado siempre
medios para nuevos adelantos, eslabonándose con irresistible
fuerza, y siendo lógicamente las unas indeclinables y forzo-
sas consecuencias de las otras. El dominio de la inteligencia
humana sobre la materia es el verdadero progreso; cuando
el hombre llegue á dominar por completo la naturaleza que
le rodea y á disponer de sus fuerzas estará muy cerca de la
perfeccio'n.
Pero por lo mismo que el camino es lento y el trabajo
penoso, no debe ni puede abandonarse en el olvido ninguno
de los adelantos que practicaron generaciones anteriores, ni
dejar de consultar todo lo que ellas supieron. Relacionando
las ideas que parecen más aisladas se tiene la explicacio'n de
muchos fenómenos histo'ricos.
•Porque no es posible exponer la historia bajo un plan
filoso'fico, dejando de apreciar y discutir ninguno de los
sucesos por fabulosos que parezcan, como dice con su admi-
rable profundidad A. Humboldt, pues sería privarnos de
antecedentes precisos y necesarios. Los mismos mitos que se
mezclan con la Historia y con la Geografía no corresponden
exclusivamente al mundo ideal. Cierto que los símbolos
30
CRISTÓBAL COLON
ocultan en ellos la verdad con un velo á veces muy denso, á
veces más transparente; pero pudiéndolos descifrar sin error
se encuentran en ellos las primeras percepciones cosmo-
gráficas y nociones de sucesos que no son conocidos de otra
manera. Los .primitivos observadores velaban sus conoci-
mientos de la Naturaleza en aquellas formas fantásticas.
El gran pensamiento de Cristóbal Colón no fué casual,
ni nació' en su mente sin tener precedentes histo'ricos, cien-
tíficos y aun mitolo'gicos ; y con harta claridad demuestran
la exactitud de este aserto las infinitas notas de que están
llenos sus libros de estudio, como ya hemos dicho en otra
ocasión, y las indicaciones que recogía y guardaba cuida-
doso, de cualquier dato referente á viajes, tierras, produc-
ciones y cuanto podía concurrir á dar peso y autoridad á la
idea que había concebido.
Estudiando los escritos que de Colón nos han quedado,
y examinando atentamente la infinita multitud de notas de
su mano que pueblan las márgenes de los libros de Estrabo'n,
Marco Polo, Pedro de Aliaco, Eneas Silvio y otros de su uso
constante, así como las citas de la Sagrada Escritura, de
Santos Padres y de toda clase de escritores que reunía, si
bien no puede determinarse con fijeza el momento en que
comenzó' á acariciar la idea de la navegacio'n hacia Occidente,
se ve desde luego la tenacidad con que la perseguía, y co'mo
iba creciendo su confianza á medida que encontraba indica-
ciones atendibles, y que por la reflexio'n deducía de ellas
mayores probabilidades y fundamentos.
Indudablemente su primera idea debió fijarse en la gran
parte del globo que no era conocida, y donde podrían
encontrarse algunas islas como las Azores , las de Madera y
Cabo Verde, que en diferentes épocas y por sucesos más 6
menos casuales se habían ido descubriendo en medio del
Océano. El tenaz empeño de los portugueses de buscar el
comercio con las Indias Orientales por la circunnavegacio'n
del África, hubo de imprimir nueva direccio'n á sus estudios,
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II
31
en la manera que antes de ahora hemos indicado repetida-
mente, y partiendo de un error dimanado del sistema de
Ptolomeo, respecto al volumen del globo, cuya división
arbitraria é infundada, le daba dimensiones mucho menores
de las que en realidad tiene, pensó' que el extremo de la
India se había de encontrar más brevemente navegando en
la direccio'n contraria. Porque midiendo por aquel sistema,
entonces por todos admitido, los espacios en que dividían la
tierra, 3^ calculando los que ocupaban los continentes cono-
cidos, cuya extensio'n podía obtenerse con alguna mayor
exactitud, resultaba, en efecto, menor la distancia que reco-
rrer caminando al Occidente hasta encontrar la extremidad
del Oriente.
Pero las dificultades á primera vista eran insuperables;
la fábula primero , luego la supersticio'n y la ignorancia
habían acumulado sobre el Océano, nunca de antes nave-
gado, tales horrores, contrariedades de tan diversa índole y
naturaleza, que no era posible aventurarse en su explo-
ra cio'n.
A no dudar, el carácter especialísimo de aquel siglo, la
audacia con que se acometían las más difíciles navegaciones,
la pasio'n reinante por los descubrimientos, influyeron mucho
en el ánimo de Colón para hacer que no abandonara aquella
idea, que en un momento de alucinacio'n , o' mejor dicho, de
lucidez científica, apareció en su mente; y dedico' desde
entonces todas las fuerzas de su privilegiada inteligencia, su
trabajo, su incansable actividad al estudio de los varios
problemas que podían contribuir á desvanecer las antiguas
fábulas y dar razones de probabilidad en el terreno práctico
á aquel proyecto tan atrevido, á una teoría tan contraria á
todos los conocimientos de la ciencia geográfica que pasaban
como axiomas.
El momento era oportuno, é influyo' de un modo deci-
sivo en la realizacio'n del pensamiento. Colón sintetizo' en su
idea la aspiracio'n de la época. Hay pensamientos que flotan
S£
32
CRISTÓBAL COLON
sA 1
en el aire, dice con gran verdad Alfonso de Lamartine,
como miasmas intelectuales, y que millares de hombres
parece que los aspiran al mismo tiempo. Cada vez que la
Providencia prepara en sus designios el mundo para alguna
transformacio'n religiosa, moral o' política, se observa gene-
ralmente el mismo feno'meno ; una aspiracio'n y una tenden-
cia más o' menos marcada á completar la unidad del globo
por medio de la conquista, por el lenguaje, por el proseli-
tismo religioso, por la navegacio'n, por los descubrimientos
geográficos o' por la multiplica cio'n de relaciones de los
pueblos entre sí, por la mayor aproximacio'n y contacto de
los mismos, que por las vías de comunicacio'n , por el comer-
cio, por sus necesidades propias, se van formando un solo
pueblo. Esta tendencia á la unidad del globo, en épocas
determinadas, es uno de los hechos providenciales más visi-
bles en los resultados de la historia.
Aspirando aquellos miasmas, viviendo en aquella socie-
dad que so'lo pensaba con ardor en los descubrimientos,
Cristóbal Colón perseguía con ardor su ideal, que era
encarnacio'n del pensamiento de su época; estudiaba con afán,
y robustecía su conviccio'n con testimonios de toda especie.
Causa indecible placer el examen de los libros de su uso que
se conservan, entre muchos que indudablemente alimentaron
su pasio'n por la ciencia.
Don Fernando Colon, hijo del Almirante y de doña
Beatriz Enríquez, doncella noble de Co'rdoba, heredo' de su
padre el talento profundo, la elevacio'n de miras, el amor á
la ciencia, que tanto -le distinguieron. Adelantándose á su
tiempo, comprendió la grandísima importancia que para las
generaciones futuras había de tener la coleccio'n de todos los
libros que hacía muy poco tiempo había empezado á multi-
plicar la imprenta; y á su muerte, ocurrida en 9 de Julio del
año 1539, lego' á la posteridad una imponderable biblioteca
compuesta de más de veinte mil títulos, que hoy conserva
como uno de sus más preciados timbres el Cabildo Catedral
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II
33
de Sevilla *, y se conoce en todo el mundo civilizado con el
nombre de Biblioteca Colombina. Entre aquellos libros, que
el hijo ilustre del inmortal descubridor reunió' á costa de
grandes dispendios, viajes y trabajos, se encuentran varios
de los que uso' el Almirante, y en sus márgenes son tantas
las notas, las correcciones, llamadas y anotaciones, que
bastan por sí solas para demostracio'n del incesante estudio
á que el hombre de ciencia se consagraba, y destruyen todas
las consejas inventadas después del descubrimiento, para
disminuir la gloria de su concepcio'n.
No es posible, aunque fuera importantísima labor,
trasladar aquí todas las notas que llaman la atención; pero
no podemos resistir al deseo de copiar algunas, que bastarán
para robustecer nuestras afirmaciones.
En el libro titulado Imago Mundi, que es el primero de
los tratados del cardenal Alyaco, al folio 12, donde aquél
expresa que los países de la zona to'rrida son inhabitables,
anota Colón al margen:
non est inhabitabilis quia per eam hodie navigatur
(prope Guiñéame imo est populatis sima et sub
linea cequinotialis est castrwn minoz S. Regi Portugalioz,
qucem vidimus.
Al folio 1 8 , cuyas márgenes tienen nada menos que diez
notas, hay sobre todas, en la parte superior, y precedida de
una manecilla para llamar la atención, la siguiente:
inter montes istos sunt insulce innumerabiles ínter
quas sunt que plena margaritis et lapidibus preciosis:
1 La historia de esta célebre biblioteca se hizo en parte en los Apéndices
al libro titulado Don Fernando Colón, historiador de su padre; (Sevilla, Taras-
có, 187 1, in 4. ) El catálogo perfectamente formado de los libros que de ella
quedan, después de mil vicisitudes porque ha pasado, y de las expoliaciones de
que ha sido objeto por incuria é ignorancia, se ha empezado á publicar en la
revista titulada Archivo Hispalense: Sevilla, imprenta de El Orden, 1887,
haciendo un verdadero servicio á las ciencias. Sería curioso é interesante unir
al Catálogo de lo que existe la noticia de lo que falta, cuyos más importantes
números en lo referente á libros extranjeros, pueden verse en los curiosos folle-
tos de M. H. Harrise, Grandeur et decadence de la Colombine. Paris, 1885, y
Excejpta Colombiniana. — Paris, 1887.
¿K^
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Cristóbal Colón, t. i. — 5.
34
CRISTÓBAL COLON
Y más abajo nota:
trapobana.
Y en otra añade:
india multas regiones habet ct spetias aromáticas
et lapidibus pretiosis ,plur irnos et montes auri
et ipsa est tertia pars habitabilis.
En otro de sus libros, el titulado Historia rerum ubique
gestarum, que escribió' el cardenal Piccolomini al folio 36 v to x
escribe:
Multi montes, multi coles in Armenia sunt:
dictutn est de terminis Armenia de montibus et
fluminibus nunc de qualitate terrarum.
No podemos continuar, pues sería necesario, como antes
decíamos, multiplicar las citas indefinidamente: lo expuesto
basta para justificar á la vista del más desconfiado, el dete-
nido y profundo estudio que Colón hacía de los autores, y
la prolijidad con que procuraba encontrar argumentos que
pudieran convencer á los incrédulos.
El pensamiento era enteramente suyo. Nuevo y extraño,
superior al alcance de los entendimientos vulgares, necesi-
taba de toda clase de comprobaciones para que pudiera al
menos ser escuchado sin prevencio'n y á este objeto se diri-
gían todos sus trabajos. Al profundo estudio de cuanto la
antigüedad había adelantado en las ciencias, y de todas las
noticias de los viajes de sus contemporáneos, añadió' la auto-
ridad de los sagrados libros, de los Santos Padres, de los
más eminentes expositores, que enardecidos por la fe reli-
giosa pronosticaban la predicacio'n del Evangelio entre
pueblos remotos y desconocidos. No tenía límites en su
estudio; comenzó' en los coros de la Malea de Séneca, y llego'
1 Aunque este libro no lleva foliación propia, está foliado á mano, y á
estos números se refiere el texto. La descripción de los libros citados y de los
demás que anotó Cristóbal Colón, puede verse en las Aclaraciones y documen-
tos (C) hecha por el docto bibliotecario de la Colombina, el licenciado don
Simón de la Rosa, con singular esmero.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II
35
hasta la consulta del astrónomo florentino Paulo del Pozzo
Toscanelli, de que á su tiempo habremos de ocuparnos.
Con tales datos y no olvidando el movimiento de la
época , se comprende el génesis de la idea en el privilegiado
talento de Cristóbal Colón, y el progreso de sus conviccio-
nes; sin que pueda concederse el menor crédito á las fábulas
que después de verificado el descubrimiento comenzaron á
correr entre el vulgo, y aun encontraron acogida en algunos
historiadores, para disminuir el merecimiento y anublar la
gloria del descubridor.
El sentimiento noble de la nacio'n hizo justicia á aquellas
hablillas en el conocido cuento o' anécdota del huevo de Colón,
que pinta de una manera tan sencilla como clara el proceder
de las medianías, y las astucias de la envidia para rebajar el
mérito de lo que no pueden alcanzar. Colón también les dio'
la más cumplida respuesta con un so'lo rasgo de su elocuen-
cia, escribiendo á los Reyes desde la isla Jamaica en 7 de
Julio de 1503: «siete años estuve en su real corte que á
cuantos se fabld de esta empresa todos á una dijeron que era
burla; agora fasta los sastres suplican por descubrir:» frase que
causo' profunda impresio'n en el ánimo de Voltaire, hacién-
dole decir l : «Cuando Cristóbal Colón ofrecía dar á cono-
cer un nuevo hemisferio se le argüía que no era posible su
existencia; cuando lo hubo descubierto dieron en sostener
que era conocido desde mucho tiempo antes.»
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;3r
wm
■
III
Como el pensamiento dominante en el momento histó-
rico que determina la aparicio'n de Cristóbal Colón, la idea
:¿v.
1 Essai sur les mceurs et Vespiit des nations.
36
CRISTÓBAL COLON
capital á que todos los hombres de aquella época consagra-
ban sus estudios, su atencio'n, sus vigilias y su actividad en
diferentes esferas del movimiento científico, era el conoci-
miento de la parte del globo que aún permanecía ignorada,
las conversaciones eran reflejo constante de aquella preocu-
pacio'n social ; y hasta en las reuniones de humildes y toscos
marineros se daban noticias inverosímiles y fantásticas de
países maravillosos, que se acogían y repetían como verda-
des demostradas, y se prestaba atento oído á las narraciones
más absurdas, si procedían de labios de viejos navegantes
que hubieran tocado los límites del mundo conocido. No era
necesario acudir á los libros para oir hablar de la Isla de las
siete ciudades, con su imaginada historia de los siete obispos
que las fundaron, hu} r endo de España después de la funesta
batalla del Guadalete, y en ellas conservaban la religión
cristiana en toda su pureza. En todas partes se hablaba de
la novelesca aventura de Ana Dorset y de su amante Robert
Marchan que fugitivos de Inglaterra fueron arrojados por
una tempestad á la isla de Madera , y allí perecieron de
tristeza en 1370, y los más crédulos buscaban todavía el
sepulcro de los amantes cuando se pobló' la isla. No faltaban
personas doctas que recordasen el diálogo Tuneo, donde
Plato'n habla de la gran ^Atíántida, isla situada fuera de las
columnas de Hércules, que desapareció' en un terrible cata-
clismo, pero cuya memoria conservaban los sacerdotes egip-
cios que la transmitieron á Solo'n, el inmortal legislador de
Atenas, con detalles y particularidades del mayor interés.
Y entre estas reminiscencias de pasados sucesos y al par
de otros muchos cuentos de menor fundamento todavía,
menudeaban los recuerdos de la isla de San Brandan o' San
Borondo'n *, que muchos aseguraban haber visto, de cuya
existencia se aducían testimonios de diferentes clases, y para
1 Véase el libro titulado Grandezas y cosas memorables de España , por el
maestro Pedro de Medina. — Sevilla, Dominico Robertis, 1549, fol. XLVÍI.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II
37
cuyo descubrimiento se emprendieron muchos viajes; y casi
no pasaba un año sin que se pidiera protección á los reyes
de Portugal para conseguirlo. Ilusio'n o'ptica de los habitan-
tes de las Islas Canarias, tan arraigada en ellos, según su
historiador Viera y Clavijo ', que no era posible hacerlos
dudar, á pesar de las inútiles expediciones emprendidas con
el objeto de reconocerla.
Hechos aislados, tradiciones sin fundamento serían tal
vez juzgados semejantes rumores, si su continuacio'n, la
insistencia con que se repetían durante siglos, y el encontrar
algunos de ellos consignados en antiguas obras no obligaran
á mirarlos con algún detenimiento, y á procurar conocer la
verdad que en su fondo puede encerrarse, acudiendo, en
cuanto es posible, á investigar su origen. No creemos,
aunque tampoco puede negarse en absoluto, que los sabios
del antiguo Egipto tuvieran los conocimientos geológicos ni
geodésicos necesarios para conocer por experimentos los
trastornos sufridos por la corteza del globo y por el fondo
del mar con la precisio'n que hoy los analiza la ciencia; pero
parece que por tradicio'n , al menos, conservaban la noticia
de alguno de aquellos inmensos cataclismos, de las tremen-
das convulsiones que agitaron nuestro planeta; y no les era
desconocida la remota edad en que el Mediterráneo se uniera
con el Océano, después de la profunda sacudida que tal
vez redujo á desierto arenal el que antes era mar de Libia,
suceso notable y pavoroso que simbolizaron en el mito de las
columnas de Hércules.
Productos de aquella transformacio'n , de aquel cambio
en las direcciones de las aguas, creen con fundamento
muchos insignes representantes de la ciencia moderna que
deben considerarse las islas Azores y las de Cabo Verde; y
que éstas y las Canarias pueden ser restos de un antiguo
1 Noticias de la historia general de las Islas de Canarias, por don Joseph
de Viera y Clavijo. — Madrid, Blas Román, 1772-78.
38
CRISTÓBAL COLON
mm
continente, o de alguna grande isla que desapareciera en
aquella convulsión y pudo, anteriormente á ella, en la edad
prehisto'rica , extenderse entre Europa y África '. Quizá
entonces quedaron más unidas estas islas, que luego en otros
movimientos volcánicos sufrieron nuevas alteraciones; pero
lo que no parece dudoso es que del recuerdo, de las memo-
rias que se conservaron de la catástrofe, pudo tener funda-
mento la fábula de la Atlántida de Plato'n.
IV
No es de creer, ciertamente, que los contemporáneos de
Cristóbal Colón pensaran siquiera en rebajar el mérito de
su descubrimiento con el auxilio de semejantes teorías, por
más que hubiera sesudo autor que expusiera con seguridad
y confianza que los reyes de España habían poseído en lo
antiguo las Indias. Recogiendo fabulosos cuentos de las
generaciones pasadas, que nada tenían de común con los
proyectos de Colón, y poniéndolos en muy diferente punto
objetivo del que tuvieron, fué como se intento sostener que
las tierras occidentales nuevamente halladas habían sido
conocidas en viajes y exploraciones de anteriores siglos.
Entonces se limitaban las murmuraciones de la envidia
á recordar la tradición de aquellas fantásticas islas que los
habitantes de las más avanzadas en el Océano creían ver á
cada momento, y que al querer abordarlas desaparecían
como ilusiones o'pticas que engañaban la vista sin tener nada
de realidad.
Pero la crítica que nunca descansa en su incesante
1 Véase la Memoria Hipothese sur la disparition de V Atlantide , por
M5 ~"~~-iL~'~'j' ~ ¿J i ^rs. Marcella T. Wil-Kins. — Acias del congreso de americanistas, cuarta reunión,
' tomo I, pág. 131.
LIBRO PRIMERO— CAPÍTULO II
39
labor, ha ido presentando diferentes datos de expediciones
emprendidas en los siglos xi al xiv, de los que podía dedu-
cirse el conocimiento, aunque vago y casual, que algunos
navegantes tuvieran de alguna parte del país que hoy llama-
mos América, arrojados á sus playas por vientos impetuosos
o por la fuerza de las tormentas. Sucesivamente han ido
apareciendo esas narraciones, y han vivido poco tiempo,
para ser luego rechazadas, por más que como rasgos de
erudicio'n se conserve su recuerdo en algunas obras; recono-
ciendo que, aunque curiosos y dignos de atencio'n bajo
muchos conceptos, esos viajes no tenían punto alguno de
contacto ni pudieran servir de precedente al que Colón
emprendió' en 1492.
La expedicio'n de los Vivaldi, que á fines del siglo xin
perecieron en parajes desconocidos, de los cuales no se pudo
tener noticia; las de los hermanos Nicolás y Antonio Zeno,
que se suponen emprendidas por los años 1388, y la de Vaz
de Corte Real en 1464, ni están justificadas de una manera
que no deje lugar á dudas, ni, según las más atinadas conje-
turas, tuvieron otro objeto que el viaje á las Indias, con
todos los inconvenientes que en época tan remota ofrecían
las navegaciones largas, por la pequenez de los buques y la
deficiencia de instrumentos náuticos, y de cuyas peripecias
sacaba exagerados relatos la acalorada fantasía, pintando
con vivos colores grandes é inverosímiles aventuras.
Alguna mayor atencio'n podría prestarse á la noticia
que, como mero dicho, dejo' consignada en su Historia de las
Indias, Francisco Lo'pez de. Gomara, cuando al tratar de este
punto dijo de pasada... «también han ido allá hombres de
Noruega con el piloto Joan Scolvo, é ingleses con Sebastián
Gaboto l .» Pues aunque al señalarlo en unio'n con el de
Cabot parecía suponer que hubo de ser con posterioridad al
mi-
Rtt
1 Historia general de las Indias. — Parte primera. — De la tierra del
Labrador.
eiL^G&ztyX^
40
CRISTÓBAL COLON
^C
i%
descubrimiento de Colón, una mención que de Scolvus hace
Cornelio Wytfliet, en libro que no conocemos, pero cita el
señor Harrise, parece fijar la época del viaje en el año 1476.
Antes de conocer la cita de Wytfliet, nos explicábamos
el pasaje de Lo'pez de Gomara como lejana referencia o tradi-
cio'n de los viajes de los escandinavos ; referencia cuyo origen
no nos era desconocido, pues en su tiempo no sabemos de
autor alguno que los escribiera, ni que hubiera examinado
el célebre códice Flateyense , que contiene las narraciones de
los viajes de Bjornius (Hergulvi filius), el cual navegando
desde Noruega á Islandia en el estío del año 985 o' 986 fué
arrojado á una playa desconocida, que vio' y describió',
aunque sin desembarcar en ella ; y después el viaje empren-
dido en el año 1000 por Leivús, hijo de Eric el Rojo, que
bajando á las tierras vistas por Bjornius, habiendo encon-
trado hermosos racimos de uvas le dio el nombre de Vinland
y después de haber invernado en aquellos lugares regreso'
con toda felicidad á su país, repitiendo sus excursiones en
años sucesivos. Las narraciones de estos viajes fueron causa
de que se emprendieran otros, cuyos progresos y peripecias
también se narran en el co'dice ; suponiéndose por la descrip-
ción de las costas visitadas que eran las del Labrador.
Con estos viajes relacionábamos la cita de Gomara, y al
desconocido piloto Scolvo; pero el co'dice de Flatey no fué
publicado hasta el año 1837 ', siendo antes del todo desco-
nocido, lo cual hace imposible nuestra suposicio'n.
Sea de ello lo que se quiera, la crítica más ilustrada
reconoce hoy que aquellos viajes, aun en el caso de conce-
derles entero crédito, en nada pudieron influir en el ánimo
de Cristóbal Colón ni servirle de fundamento para sus
cálculos. Cerca de tres siglos habían transcurrido y hasta la
memoria se había borrado de tales establecimientos, sin que
1 Antiquitates americana , sive scriptores septentrionales rerum anti-colom-
bianarum in America. — Edidit Societas Regia antiquariorum septentrionalium.
— Hafnias. — Typis officinae schultianae, 1837. Un tomo f.° con facsímiles.
LIBRO PRIMERO —CAPÍTULO II
41
la arribada de los noruegos á las pla)'as del Vinland hubiera
tenido consecuencias, ni fijado relaciones especiales entre
éstos y los moradores de aquellos países; más aún, ni sospe-
chaban que aquellas costas fuesen trasatlánticas; pues en
todo el co'dice Flateyense no se encuentra indicacio'n que lo
demuestre; y si allí llegaron los noruegos, ciertamente
juzgaban que sus tierras estaban unidas á las del antiguo
continente y formaban parte del mundo que ellos conocían.
Es de notar asimismo, como curiosa observacio'n, que
en todo el relato de los viajes de Bjorn, de Eric el Rojo y
de Leivus, no se hace mencio'n directa de que hubieran
encontrado pobladores en las tierras á que aportaron, ni
tuvieran trato alguno con indígenas, lo cual nos inclina á
suponer que no lo tuvieron; pues de lo contrario hubieran
llamado mucho la atencio'n de los irlandeses por sus colores
y sus costumbres, y lo hubieran escrito en su relacio'n de
viaje.
Y para poner de una vez en su verdadero punto de
vista estas indicaciones, y poder apreciarlas en su justo
valor, no podemos olvidar la consideración importantísima
de que Cristóbal Colón no se inspiro' en hechos anteriores
para fundar su teoría. El problema era científico, puramente
especulativo, y los hechos sirvieron luegode comprobantes
á lo que en hipo'tesis se desprendía de los conceptos de las
ciencias. Plinio y Pomponio Mela habían asentado como
probable la existencia de tierras occidentales; Colón vio
más; adquirió el convencimiento y lo cimento' sobre hechos
indubitados. En los libros escritos por don Fernando Colo'n
y por Fray Bartolomé de las Casas se contienen en muchos
capítulos las razones que movieron al Almirante en la pri-
mera concepcio'n de su idea, citando luego los hechos que
apoyaban sus hipo'tesis, y hasta haciendo memoria de los
viajes de Diego de Teive y de Fernando Olmo, sin darles
más importancia ni mayor realce del que realmente tuvieron
en el ánimo del inmortal descubridor.
Cristóbal Colón, t. i.— 6.
rA
55
-¿22-
42
CRISTÓBAL COLON
Posible sería que algún buque extraviado y llevado por
los huracanes hubiera llegado á las playas de América; pero
si tal sucedió', puede creerse con entera seguridad que nunca
regreso' á Europa, ni de ello se tuvo noticia en tiempo de
Cristóbal Colón; y más aún, que todavía no se ha podido
comprobar el hecho, á pesar de las porfiadas investigaciones
y del trabajo constante de los geo'grafos y de los eruditos,
ni se ha encontrado memoria cierta entre los habitantes del
Nuevo Mundo, de que allá hubieran aportado viajeros de
otras tierras, hasta que tuvo lugar el desembarco de Colón
y de sus españoles, á los que tomaron por esta razo'n los
sencillos indígenas por hombres bajados del cielo, admirán-
dose de sus barcos, de sus rostros, de sus armas y de todas
las prendas de su traje, porque todo les era desconocido.
'''■'■' 'rii!
44
CRISTÓBAL COLON
La llegada de Cristóbal Colón á Portugal es conse-
cuencia lógica de su deseo de dedicarse á más útiles expedi-
ciones. Casi todos los viajes de descubrimiento en el Occéano,
verificados durante los años que iban corridos del siglo xv,
habíanse iniciado en las costas lusitanas, y esta circunstancia
explica la determinacio'n de Colón, ya que en fuerza de
ella se encontraba en el centro de la actividad marítima, y
en contacto con los más audaces y constantes descubridores.
Con bien cortas diferencias, y á pesar de las diversas
opiniones que sostienen los bio'grafos del Almirante sobre el
año de su nacimiento, convienen todos en fijar el de su
llegada á Portugal entre 1470 y 1472. Necesario es descar-
tar como novelesca la narración que en el libro escrito por
don Fernando Colo'n se hace de la causa de su arribada, que
con más detalles inserto' en su Historia el P. Las Casas.
«Un huomo segnalato del suo nome et famiglia, chiamato
Colombo il giovane r , * dice don Fernando, y Las Casas
continúa: «Este Columbo Júnior, teniendo nuevas que
cuatro galeazas de venecianos eran pasadas á Flandes,
esperólas á la vuelta entre Lisbona y el Cabo de San Vicente
para asirse con ellas á las manos; ellos juntados, el Columbo
Júnior á acometerles y las galeazas defendiéndose y ofen-
diendo á su ofensor, fué tan terrible la pelea entre ellos,
asidos unos con otros con sus garfios y cadenas de hierro,
con fuego y con las otras armas, según la infernal costumbre
de las guerras navales, que desde la mañana hasta la tarde
fueron tantos los muertos, quemados y heridos de ambas
1 Historie, fol. 10.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
45
partes, que apenas quedaba quien de todos ellos pudiese
ambas armadas del lugar donde se toparon una legua
mudar. Acaeció que la nao donde Cristóbal Colón iba, d
llevaba quizá á cargo, y la galeaza con que estaba aferrada,
se encendiesen con fuego espantable ambas, sin poderse la
una de la otra desviar ; los que en ellas quedaban aún vivos
ningún remedio tuvieron sino arrojarse á la mar; los que
nadar sabían pudieron vivir sobre el agua algo; los que no,
escogieron antes padecer la muerte del agua que la del
fuego, como más aflictiva y menos sufrible para la esperar.
El Cristóbal Colón era muy gran nadador, y pudo haber
un remo que á ratos le sostenía mientras descansaba ; y ansí
anduvo hasta llegar á tierra, que estaría poco más de dos
leguas de donde habían ido á parar las naos con su ciega
y desatinada batalla. Desta pelea naválica y del dicho
Columbo Júnior hace mencio'n el Sabélico en su Coránica,
8.° libro de la 10. a década, hoja 168 *.*
Aunque, según ya hemos indicado, Cristóbal Colón
no era pariente del Archipirata illustris apellidado Columbas
Júnior, ni aun siquiera su homo'nimo 2 , pues el nombre de
éste era Guillermo de Caseneuve, como el hecho referido por
Sabélico es histo'rico, se hace necesario dejar consignada la
fecha en que ocurrid, pues ella sola es la mejor demostración
de que no pudo ser consecuencia de aquel combate la llegada
y establecimiento de Colón en Portugal.
El encuentro de las galeras venecianas que regresaban
de Flandes, con las genovesas al mando de Guillermo de
Caseneuve, apellidado Coulotnp, vicealmirante de Francia,
ocurrido entre Lisboa y el Cabo de San Vicente, tuvo lugar
m
1 Este relato, que más que de histórico tiene de novelesco, sirvió al cele-
bérrimo poeta reverendo don Jacinto Verdaguer para la Introducción del ya
famoso poema La Atlántid a, que escrito originariamente en lengua catalana,
se halla traducido á la mayor parte de los idiomas literarios de Europa.
* Histoire généalogique de la Maison Royale de France, Paris, 1733,
tomo VIL — Les Colombo de France et d'ftalie, par M. H. Harrisse.
N&- S
4 6
CRISTÓBAL COLON
el día 21 de Agosto de 1485 *, según consta en las delibe-
raciones secretas del Senado de Venecia, al cual se dio'
cuenta de aquel hecho de armas en la sesio'n de 18 de
Septiembre siguiente: es decir, cuando ya Cristóbal Colón,
tras de su larga residencia de catorce años en Portugal, y de
haber hecho sus proposiciones al rey don Juan II, hacía cerca
de un año había pasado á España á cuya corte llego', después
de haberse detenido en el Monasterio de la Rábida, el 20 de
Enero de 1485 2 .
En nuestro concepto, y continuando el orden de los
datos histo'ricos que venimos siguiendo, Cristóbal Colón
debió' llegar á Portugal entre los años de 1470 y 1471; y así
se comprenderán perfectamente las palabras que consigno en
su carta al Rey don Fernando, que el obispo de Chiapa vio
escrita de su mano y copia en su Historia 3, en los términos
siguientes: «Dios Nro. Señor milagrosamente me envió' acá
porque yo sirviese á V. A. Dije milagrosamente, porque
fui á aportar á Portugal adonde el Rey de allí entendía en
el descubrir más que otro: él le atajo' la vista y oído y todos
los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo
que yo dije... etc.»
No dice Colón que llevara este plazo de pretensiones en
Portugal, sino que se refiere al tiempo que vivió' en aquel
reino y que es exactamente el que se indica. Excusado es,
por tanto, el hacer argumentos basados en los años del
reinado de don Alfonso V, y en la fecha en que comenzó
á reinar don Juan II para concordarlos con las expresiones
de esta carta; pues tal empeño y otros semejantes contri-
buyen más bien á crear oscuridad y confusio'n donde no las
Calendar of State Papers in the Archives of Ventee, London, 1864,
tomo I, pág. 155.
2 Las Casas. — Historia de las Indias, tomo I, lib. I, cap. XXIX, pá-
gina 227.
* Las Casas. —Lib. II, cap. XXXVII, pág. 187.— Navarrete.— Tomo III,
P á g- 530- — En el capítulo XXVIII del lib. I, había citado Las Casas este
principio de carta con algunas variantes.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
47
hay. Cristóbal Colón no presento en forma y de lleno su
pensamiento sino al último de estos monarcas, pero en
catorce años de residencia en Portugal, desde 1470 á 1484,
maduro' su proyecto, lo expuso y no logro' que lo entendieran.
En este año 1470 o' 1471 llevaba ya Colón veintitrés
años de mar, según él mismo lo dejo consignado en su
Diario áe Navegación, diciendo: « Yo he andado 2) años en la
mar, sin salir della, tiempo que se haya de contar, etc. I .»
Cuando se estableció' en Portugal llevo por algún tiempo
una vida más sedentaria, dedicándose á asuntos de familia;
estudios y cálculos especulativos; correspondencia con sabios
y adquisicio'n de noticias que pudieran dar probabilidades
de acierto á los atrevidos problemas cuya realizacio'n se
proponía, á los planes que en su imaginacio'n habían
nacido, tomaban cuerpo en su inteligencia y se robustecían
en la diaria experiencia propia y ajena, que con incesante
cuidado iba recogiendo.
Sin novelescos sucesos ni extraordinarias aventuras, y
so'lo á impulsos de una resolucio'n nacida lo'gicamente de sus
aficiones y estudios, fijo su residencia Cristóbal Colón en la
ciudad de Lisboa. Había establecido en ella gran número de
negociantes genoveses, y por muchos años habían sido almi-
rantes de Portugal los Pessagno, marinos naturales de Ge-
nova, que habían llevado á su servicio á muchas gentes de su
país. Creyó' encontrar allí mayor facilidad para realizar sus
proyectos y también protección y ayuda en sus compatriotas.
No podían ser muy abundantes sus recursos, y es pro-
bable que se procuraba la subsistencia trazando cartas geo-
gráficas y planos para los navegantes, usando de aquella
habilidad particular que Dios le había concedido para el
dibujo 2 , y ocupándose también en algunos asuntos comer-
ciales, de lo cual quedan bastantes indicios.
fecías.
Navarrete, tomo I, pág. 101.
Carta citada á los Reyes Católicos que se conserva en el Libro de Pro-
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48
CRISTÓBAL COLON
ÜH
Sin que con entera exactitud pueda señalarse la fecha,
parece que muy luego contrajo relaciones amistosas con la
familia Pelestrello, emparentada con la de Ayres Mogniz,
amistad que muy pronto se troco' en parentesco, pues por
los años 1474 o' 1475 se verifico' el matrimonio del futuro
Almirante con doña Felipa Mogniz Pelestrello.
II
Aunque para nosotros es indudable que el matrimonio
de Cristóbal Colón no se celebro' en la isla de Madera ni
en la de Puerto Santo, sino en la ciudad de Lisboa, no
podemos dejar de prestar atencio'n y dar á conocer las opi-
niones de muy doctos historiadores portugueses, que hoy,
con nuevos datos, tienen por cierta una larga residencia del
descubridor en aquellas islas, y afirman que en ellas se
realizo su matrimonio.
El primero que indico' esa creencia, aunque de una
manera muy vaga y sin darla más que como una simple
noticia en contraposicio'n á otras, fué, según parece, el
historiador Francisco Lo'pez Gomara, que en la primera
parte de su Historia general de las Indias, dijo que Colón
«vino á Portugal por tomar razón de la costa meridional de
África, y de lo más que portugueses navegaban... Casóse
en aquel reino, o' como dicen muchos, en la isla de Madera I .»
Pero como Lo'pez Gomara escribió' mucho tiempo después de
los sucesos, y no citaba autoridad alguna, su dicho no se
tomo' en consideracio'n, siguiéndose estimando como verdad
lo que refiere fray Bartolomé de las Casas de haberse casado
• Biblioteca de Autores españoles, tomo XXII. — Historiadores primitivos
de Indias , tomo I, pág. 165.
LIBRO PRIMERO— CAPÍTULO III
49
en Lisboa, que es lo que se desprende también de lo que
escribe su hijo don Fernando Colo'n.
Ni Joan Barros, ni García de Resende se ocupan en sus
historias del casamiento del Almirante; y así continuaba
hablándose de ello en Portugal con escaso interés, cuando
en el año 1873 don Alvaro Rodríguez Azevedo, persona
muy docta, profesor de Oratoria, Poética y Literatura en
el Liceo nacional del Funchal, y abogado en la isla de
Madera, dio' á la estampa un antiguo manuscrito del doctor
Gaspar Fructuoso, autor del siglo xvi, que con el título
As Saudades da térra, contiene una historia de las islas de
Puerto Santo y Madera; libro curioso por muchos conceptos,
en el que se encuentran varias referencias á la permanencia
de Colón en aquellas islas. Entre ellas son muy dignas de
notar las siguientes:
En los Anuales de la isla de Puerto Santo, dice, se halla
este importante documento:
«Foé n* esta ilha que residiu por alguns tempos o'
grande Christováo Colombo, genovéz. Aquí contrahiu matri-
monio con dona Filippa: filha do mencionado Bartholomeu
Perestrello, primeiro donatario: é herdando do seu mesmo
sogro os manuscriptos deste é d' outros navegantes portu-
guezes, d" elles o' referido Colombo tírou os principios para á
grande descoberta do novo mondo, com' á qual inmortalisou
6 seu nome nos fastos da historia moderna.»
»Porém, parece que Cristovao Colombo tamben habitou
na cidade do Funchal; porque além do filho assim o' dizer
na Vida d' elle, é tradicao na mesma cidade que o' antigo
edificio, aínda existente na rúa do Esmeraldo, é conhecido
pela denominacao de Granel do poco, fora á casa de Co-
lombo.))
Y más adelante, á la página 660, dice: «Hum homen
de nacáo italiana, genovéz, chamado Cristovao Colombo,
natural de Cogoreo, ou de Nervi a Selca de Genova de
poucas cazas, avisado é pratico na arte da navegacáo,
Cristóbal Colón, t. i.— 7.
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5o
CRISTÓBAL COLON
vindo de sua térra a ilha da Madeira, se casou nella,
vivendo ali de faser cartas de marear.»
En esa misma página, hablando de la industria y
explotación de la caña de azúcar, vuelve á insistir en igual
propo'sito, y añade: «Além de que, Cristovao Colombo resi-
diu por annos nesta entao villa do Funchal , ilha da Ma-
deira, onde casou con Filippa, terceira filha de Bartolomeu
Per estrello primeiro donatario da ilha de Porto-Sancto.»
Hemos multiplicado las citas, para que de ellas mismas
resulte la poca fijeza de los datos de que, para escribir su
historia, se valía el autor, Fructuoso, y la inseguridad
de sus noticias ; pues en distintas páginas de su libro
hace á Cristóbal Colón contraer matrimonio en dos puntos
diferentes, buscando por único fundamento la tradicio'n no
sabemos de qué manera transmitida. No hay, ni el autor
lo cita, un libro, un documento que atestigüe la residencia
de Colón en Madera ni menos su casamiento. Pero en el
año 1877 el citado literato portugués, señor Rodríguez
Azevedo, dio á luz en el Diario de Noticias de la isla de
Madera ", un notable artículo titulado: Estudo histórico. —
JÍ casa em que Christovño Colombo habitou na ilha da Madeira,
donde con nuevos datos describe la casa de la calle Esme-
raldo, que la tradicio'n señalaba como morada de Colón,
acompañando fotografías de ella y haciendo notar la fecha
estampada en el capitel de la columna que sirve de partidor
de la notabilísima ventana principal del edificio, 3^ que era
la de 1457, fundando sobre ese dato grandes conjeturas que
justificaban la tradicio'n.
Por demás está consignar que el trabajo del docto
articulista alcanzo' gran crédito en Portugal , y muchos
historiadores creen bajo su fe, que en aquella antigua casa
' Números 181, 182 y 183 de 24, 25 y 26 de Mayo. Fué traducido por
don Ventura Callejón y publicado en el número de la Ilustración Española y
Americana del 15 de Octubre de 1877.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
51
nobiliaria adquirió Cristóbal Colón muchas noticias sobre
la existencia de regiones occidentales, puesto que el mismo
Gaspar Fructuoso asienta, tomando la conseja de nuestro
Gonzalo Fernández de Oviedo, que allí fué donde Colón
hospedo' al piloto andaluz, -portugués o' vizcaíno, que había
visitado el que después se llamo' el Nuevo Mundo. Pero un
acontecimiento inesperado ha venido á destruir esas ilu-
siones.
Demolida la casa nombrada Granel do poco, el señor
don Alvaro Rodríguez Azevedo comprobó por sí mismo la
fecha estampada en el capitel, y no es la de 1457, como
anteriormente había dicho por informes que creyó fidedig-
nos, sino 1494; es decir, que la casa fué edificada cuando
Colón estaba verificando su segundo viaje, y cae por tierra
el argumento fundamental del Estudo Histórico, como con
notable lealtad y franqueza lo declara el mismo Azevedo
en informe escrito al autor del presente libro para su ilus-
tracio'n 1 .
El matrimonio del Almirante con doña Felipa Mogniz
se celebro' en Lisboa. Si aquella señora era hija, como dice
Gaspar Fructuoso, aunque hay dificultad insuperable en los
años, de Bartolomé Pelestrello, primer donatario de la isla
de Puerto Santo, porque su familia residía en la capital
desde mucho tiempo antes, pues la razón porque la viuda
consintió' en ceder el mando de la isla á su cuñado Pedro
Correa en el año 1458, fué porque no le sentaba bien el
vivir en la isla, y le fatigaba el morar en ella, por lo cual
debemos creer se estableció' en el continente.
Si por el contrario, y según nosotros creemos, y se
comprueba por muchos datos, era de la familia de Mogniz,
descendiente en línea recta de Gil Ayres Mogniz, también
debió' verificarse el enlace en Lisboa, pues no hay noticia
de que su padre, ni nadie de su familia, viviera fuera de
Véase en las Aclaraciones y documentos de este libro I. (D)
52
CRISTÓBAL COLON
unimnniuuuininnnn
iT'u ita ¿i tan uto p fiuj
"EL
t^s
Portugal; y en el convento de Todos los Santos era comen-
dadora doña Felipa cuando empezó' sus relaciones con Cris-
tóbal Colón, que á su iglesia concurría frecuentemente
para oir misa.
Ciertamente éste hizo un viaje á Puerto Santo, muy
poco tiempo después de su casamiento, y probablemente en
compañía de su esposa; tal vez para hacerse cargo de
algunos bienes suyos que conservara en su poder su cuñado
Pedro Correa, y de seguro para conferenciar con éste acerca
de su proyectado viaje á la India por vía de Occidente;
conferencias que le fueron muy provechosas, pues Correa,
que llevaba largos años de residencia en la isla, le pudo
comunicar varias noticias de las hablillas que corrían en
boca de los marineros sobre las fantásticas islas, que por
ilusio'n óptica creían ver en lontananza, y le mostró' algunos
objetos que las tempestades habían arrojado á aquellas
playas, y no eran de árboles ni de industria que por allí se
conociera.
Que por algún tiempo vivió' en la isla de Puerto Santo,
donde dejó alguna hacienda y heredades Bartolomé Pelestre-
11o, lo escribe el P. Las Casas, que quiere recordar haberlo
oído decir á don Diego Colo'n en el año 1519 en Barcelona,
y añade: «ansi que fuese á vivir Cristóbal Colón á la dicha
isla de Puerto Santo, donde enjendro' al dicho su primo-
génito heredero don Diego, por ventura por sola esta causa
de querer navegar.»
;&» ''^wiM
ni
Al llegar á este punto la mayor parte de los bio'grafos
del Almirante, especialmente el ilustre Washington Irving,
siguiendo las noticias de su hijo y de los historiadores
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO III
53
españoles y portugueses que le conocieron y trataron, hacen
descripcio'n de sus facciones;. del noble aspecto de su persona,
y de las relevantes prendas de su carácter, que le hacían al
par simpático y respetable.
Fray Bartolomé Las Casas, que le conoció' y trato'
muchos años , hace así su retrato : « Lo que pertenecía á su
exterior persona y corporal disposicio'n , fué de alto cuerpo,
más que mediano ; el rostro luengo y autorizado ; la nariz
aguileña; los ojos garzos; la color blanca, que tiraba á rojo
encendido; la barba y cabello, cuando era mozo, rubios,
puesto que muy presto con los trabajos se le tornaron canos;
era gracioso y alegre, bien hablado, etc. *.»
Gonzalo Fernández de Oviedo, que también le conoció'
desde su llegada á Barcelona, conviniendo en lo esencial con
Las Casas, dice que era: «de buena estatura é aspecto, mas
alto que mediano, é de recios miembros; los ojos vivos, é las
otras partes del cuerpo de buena proporción; el cabello muy
bermejo, é la cara algo encendida é pecosa 2 .»
¿Co'mo tuvieron principio sus amores en Lisboa? Oiga-
mos al hijo mismo del Almirante en una de las páginas de
sus Apuntes:
«Era hombre de hermosa presencia, y de porte muy
honrado; y sucedió' que una dama, llamada doña Felipa
Mogniz, de noble cuna, pensionista en el Colegio de Todos
los Santos, donde el Almirante acostumbraba concurrir á
misa, entablo' con él tanta conversacio'n y amistad, que llego
á ser su esposa 3.»
No se nos alcanza la razo'n por qué algunos bio'grafos
■'•KM
1 Historia de Indias, lib. I, cap. II, pág. 43. Véase al fin el Apéndice
sobre los retratos de Cristóbal Colón.
4 Historia general, tomo I, lib. II, cap. II.
3 « Era huomo di bella presenza, e che non si partiua dall'honesto: aucum
che una jentil donna, chiamata donna Filippa Mogniz, di nobil sangue, caua-
liera nell monastero d'ogni Santi, done l'ammiraglio usava d'andare á messa,
presse tantas prattica é amicizia con lui, che divenne sua moglie.» — Historie dell
signor don Fernando Colombo, fol. ix.
54
CRISTÓBAL COLON
» ■ I P ■
del Almirante relegan esta narración entre las fábulas intro-
ducidas en los ^Apuntes de don Fernando Colon. En este
sencillo relato nada hay que pueda aumentar la gloria de
Cristóbal Colón, ni que se refiera á su nobleza, ni sirva
para sostener pretensiones de sus sucesores, que podrían
ser argumentos para fundar la duda. Existen, por el con-
trario, diferentes indicios y consideraciones que inclinan
el ánimo á creer que hay en él una verdadera historia. Re-
cuérdese que desde sus más tiernos años vivieron juntos don
Diego Colo'n, hijo de doña Felipa Mogniz, y su hermano
don Fernando, y todo lo que se refiere á la madre de
aquél pudo recogerlo éste de sus labios; porque no puede
olvidarse que don Diego vivió' siete ú ocho años con su
madre en Lisboa, y que todas las noticias y hasta el nom-
bre de la misma , han llegado á nosotros por conducto de
don Diego.
Pensionista en el Colegio o' Convento de Todos los
Santos doña Felipa, y concurriendo diariamente, o' al menos
con frecuencia, á su iglesia, Cristóbal Colón, allí nacieron
por mutua simpatía aquellas relaciones amorosas que muy
pronto estrecho' el matrimonio.
Hemos indicado que todas las noticias de la esposa del
Almirante las debemos á su hijo; y con efecto, en ninguno
de los documentos que de Colón se conservan, se hacen
referencias circunstanciadas de su esposa, por más que
alguna vez consigne haberse separado de su mujer é hijos; y
solamente en el testamento otorgado por don Diego Colo'n
en la Cartuja de las Cuevas, en Sevilla, á 16 de Marzo
de 1509, ante el notario Manuel de Segura *, expresa que es
hijo de «Don Christóval Colo'n, primero Almirante Mayor
y Visorey que descubrió' las Indias, y de Doña Philipa
Mo^wí{, su muger difuntos,» — y en su última disposicio'n
cerrada, hecha en Santo Domingo ante Fernando Barrio
1 Navarrete, tomo II, doc. CXXXVII, pág. 255.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
55
en 8 de Septiembre de 1523 r , después de asentar igual ma-
nifestación en el principio, dispone en la cláusula segunda
que se construya capilla donde sea sepultado su cuerpo, y
que allí se lleve el del Almirante, su padre... «é traer assí
mesmo allí el cuerpo 'de Doña Felipa Muñiz, su legítima
muger, mi madre, que está en el Monasterio del Carmen
de Lisboa, en una capilla que se llama de la Piedad, que
es del linaje de los Muñi^es.»
Partiendo de este dato, cierto é incuestionable, y dedi-
cando al esclarecimiento de este punto un trabajo especial,
ha puesto en evidencia el docto M. H. Harrisse, que doña
Felipa, hija de Isabel Mogniz y de Bartolomé Pelestrello 2 ; 6
en último extremo hija de Vasco d de Diego Mogniz, que
fueron hermanos de doña Isabel, descendía en línea directa
de Gil Ayres Mogniz, secretario del Condestable de Portugal
don Ñuño Alvares Pereira, y fundador de la Capilla de la
Piedad en el Monasterio del Carmen de Lisboa, que destino'
para su enterramiento y el de sus descendientes: sin que
pudiera servir «á outra persoa que nao josse de geracao de Gil
Ayres Mogni^» según se declaro' en escritura de 23 de
Diciembre de 1467.
El hecho de haber sido enterrada en la Capilla de la
Piedad la doña Felipa, demuestra que tenía derecho á ello
por pertenecer á la familia del fundador. De esta capilla
nos ha comunicado el señor Rodríguez Azevedo una curio-
sísima noticia que tiene aquí su lugar oportuno :
«A capella da Piedade, em que se diz fóra sepultada
*r
m
1 La presentación del testamento cerrado hecho por don Diego Colón al
escribano Fernando Barrio y los testigos que firmaron su cubierta, fué el 8 de
Septiembre de 1523. La presentación de doña María de Toledo, ante el alcalde
para su apertura, se verificó el día 2 de Mayo de 1526. Creemos que por equi-
vocación material el señor Harrisse (Christop/te Colomb, tomo II, pág. 482),
pone Santo Domingo, 2 de Mayo de 1523, barajando ambas fechas.
* Véase en las Aclaraciones y documentos (E) la completa genealogía de
la esposa de Colón, hecha expresamente para ilustración de este libro por el
docto literato portugués señor vizconde de Sánchez Baena.
56
CRISTÓBAL COLON
doña Filippa Moniz Perestrello, mulher de Cristovam Co-
lombo, nao fazia parte do antigo convento de carmelitas
de Lisboa, era de edificacao anterior á elle, e fincava situada
a meia en costa do monte de Carmo, subindo do Valle
Verde, hoje praca do Roció ou de D. Pedro IV.
«Ficava próxima, e certo, do referido convento dando
para elle accesso por uns degrans de cantada; nao era porém
como erradamente se suppóe, capella interior da egreja do
Carmo, hoje en ruinas.
»Sábese que ao tempo da fundacao do convento (1398)
ja existía á referida capella, sob á invo'cacao de Nossa
Senhora da Piedade; o que é, porém, sobre modo difficil,
se nao impossibel, é obtér dados authénticos que attestem
que nella fósse sepultada a sobredita doña Filippa, e que
jazesse ainda ao tempo do terremoto de 1755, que nao
deixou da Capella o' menor vestigio.
»No testamento de Don Diego Colon confirmaze á
noticia do enterramento na Capella da Piedade, e ordena-se
a trasladacao dos restos mortaes d'aquella senhora.
»¿Verificar-se-hia urna e outra cousa?... Esta é que é a
dubida.»
Otras hermanas tuvo doña Felipa. Una llamada Bri-
gulaga, Briolanja o' Violante, mencionada por el mismo
clon Diego en su testamento citado de 16 de Marzo de 1509
en términos explícitos: — «Mando que á mi tía Brigulaga
Muhi\ sean dados por sus tercios 20,000 maravedís,» que
en el año 1492 estaba casada con cierto vecino de Palos,
apellidado Muliar o' Muliarte, con la que dejo' Colón
á su hijo Diego antes de dirigirse á la corte de España,
y que fué el motivo de su paso por el Convento de la Rá-
bida.
Con esta hermana de su mujer, y con su esposo Miguel
Muliar o' Muliarte parece mantuvo siempre cordiales rela-
ciones Cristóbal Colón; pues según documentos conser-
vados en la coleccio'n de don José Vargas Ponce, citados por
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
57
el docto don Cesáreo Fernández Duro *, «á suplicacio'n del
Almirante se envió' al Consejo de la Inquisicio'n cédula
fechada á 30 de Mayo de 1493, ordenando que los bienes
muebles y raíces que fueron de Bartolomé de Sevilla, vecino
de Huelva, se pusieran en secuestración de Miguel Muliarte,
vecino de la ciudad de Sevilla, y de Violante Muñiz, su
mujer, para que los tuvieran hasta que la causa fuera termi-
nada. Por otras cédulas se autorizaba la ida y vuelta á la
isla Española del mismo Muliarte, concuñado de Colón.»
De aquí se deduce con toda seguridad la proteccio'n que á la
citada hermana de doña Felipa continuo' dispensando el
Almirante; y que después de haber tenido á su lado en
Huelva al niño don Diego, la doña Violante y su marido
trasladaron su vecindad á Sevilla, pasando luego éste al
Nuevo Mundo en compañía de su concuñado.
De otra hermana de la doña Felipa se encuentra tam-
bién mencio'n, aunque no tan explícita como de doña
Violante. Era la esposa de Pedro Correa, el gobernador de
Porto Santo, al que sin contradiccio'n llaman todos los histo-
riadores cuñado del Almirante.
Dejamos consignado antes el año del casamiento de
Cristóbal Colón, que debió' ser el de 1474, o' lo más tarde
el de 1475, y el lugar en que se verifico', que fué la ciudad
de Lisboa; puntos ambos en que convienen nuestros datos y
estudios con las observaciones del repetido M. Harrisse.
Pero nos apartamos de su opinio'n en lo que se refiere al
tiempo que duro' el matrimonio, que fijándose en fútiles
pretextos y vagas sospechas, opina el autor angloamericano
que doña Felipa vivía todavía cuando Colón salió de Por-
tugal, y tenía tres hijos á lo menos; y nosotros creemos,
apoyados en el testimonio de don Fernando Colo'n y de fray
Bartolomé de las Casas, que aquella señora había muerto
Colóny la Historia postuma. — Madrid, Tello, 1885, pág. 216.
Cristóbal Colón t. i. — 8.
58
CRISTÓBAL COLON
por los años 1482 á 1483 sin dejar más hijo que don Diego.
No fija la fecha ninguno de ellos, pero el último asegura, sin
género alguno de vacilacio'n, «que porque convenía estar
desocupado del cuidado y obligacio'n de la muger, para
negocio en que Dios le había de ocupar toda la vida, plúgole
de se la llevar, dejándole un hijo chiquito que había por
nombre Diego Colo'n, que fué el primero que después en el
estado de Almirante le sucedió' '.» El cronista Antonio de
Herrera, dicelo mismo: «hallándose }^a sin muger, que era
fallecida, determino' de irse á Castilla 2 .»
Cristóbal Colón quedo viudo antes de salir de Portu-
gal y sin tener otra sucesio'n que un hijo. La fecha exacta
del fallecimiento de doña Felipa Mogniz, tal vez pueda
encontrarse en los antiguos libros del Convento del Carmen,
en Lisboa, para cuyo objeto se hacen en la actualidad
activas averiguaciones; aunque el inmenso número de docu-
mentos que desapareció' á consecuencia del terremoto en el
año 1755, y la destruccio'n total de aquel convento y de la
Capilla de la Piedad que le estaba anexa, hacen abrigar
pocas esperanzas de feliz resultado.
IV
Período importantísimo en la vida de Cristóbal Colón,
y digno, por tanto, del mayor estudio, es el de los años que
vivió' en Portugal, porque en ellos busco' argumentos cien-
tíficos que demostrasen la posibilidad de realizar el gran
pensamiento que le preocupaba: hizo viajes á diferentes
1 Historia de las Indias, lib. I, cap. XXVIII, pág. 222.
' Historia general de los hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra
firme. — Madrid, imprenta Real, 1601; déc. 1.*, cap. VII, pág. 14.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
59
m
puntos del mundo y á los últimos límites de los lugares j§
nuevamente descubiertos, en demanda de indicios que com-
probasen sus cálculos, y procuro' saber la opinión de los
hombres más reputados y respetables en ciencias y geografía.
Preciso es eonsiderar que si el pensamiento de navegar
la parte desconocida de los mares que se extienden entre las
Indias y la Europa, y conocer en toda su extensio'n la
redondez de la tierra, había nacido en la alta inteligencia
de Colón mucho tiempo antes; si lo había meditado cons-
tantemente; si lo robustecía cada vez más con sus cálculos y
estudios, en Lisboa adquirió' las mayores proporcióneselo
convirtió' en proyecto formal, práctico y demostrable y
adopto' la resolucio'n de llevarlo á término.
Al morir el príncipe don Enrique, hijo del rey don
Juan I de Portugal, dejo' encargado se prosiguieran los
descubrimientos por la costa de África, en cuyo progreso
tanto había trabajado durante su vida. En todas partes se
preocupaban los hombres estudiosos de los descubrimientos
portugueses ; Lisboa era centro de una actividad desconocida
hasta entonces, y las cuestiones geográficas merecían prefe-
rente atencio'n , y ocupaban en todas horas y en todos los
lugares á las personas de negocios, de ciencia, de ilustracio'n
y actividad. En medio de aquel movimiento Cristóbal
Colón sentía crecer sus deseos; sus esperanzas se aumen-
taban , y trabajando con incesante afán , consagraba á los
estudios de sus planes, todo el tiempo que le dejaba libre la
necesidad de procurarse la subsistencia de su familia, ya con
algunos asuntos de comercio, en los que se asociaba con sus
compatriotas, los capitalistas y negociantes genoveses, ya
dibujando planos geográficos y cartas de navegar, según
hemos dicho.
Desde su establecimiento en la ciudad de Lisboa, había
dejado Cristóbal Colón la vida activa de marino, á causa
quizá de sus negocios mercantiles, o tal vez por sus rela-
ciones amorosas , o' por las dos causas reunidas , consagrán-
rill/ír
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6o
CRISTÓBAL COLON
dose al estudio } r á la observacio'n, tan necesarios para
completar los pensamientos que en su mente acariciaba. La
primera prueba, y la más concluyente, es su correspon-
dencia con uno de los más reputados geo'grafos de su tiempo;
con el físico florentino Paulo Toscanelli, á quien no vacilo' en
consultar sus planes, exponiéndole con toda claridad las
dudas que aún abrigaba acerca de la ejecucio'n y de la exac-
titud de los cálculos que formaban la base del proyecto.
Colón, valiéndose de la amistad y relaciones de un comer-
ciante florentino establecido en Lisboa, llamado Lorenzo
Girardi o' Birardi, según Las Casas, envió' á Toscanelli una
carta y un pequeño globo, que servía de aclaracio'n á sus
teorías ', con el deseo de saber la opinio'n que merecía de
aquel sabio. La respuesta no pudo ser más satisfactoria.
Después de aplaudir el magnífico y noble pensamiento
de Colón, le remitió' copia de una carta que con fecha 25 de
Junio de 1474 había escrito á Fernán Martínez, cano'nigo de
Lisboa, amigo y familiar del rey don Juan, sobre lo posible
y fácil que, en su sentir, era encontrar el país de las especias,
siguiendo el derrotero que Colón indicaba 2 . A la epístola
acompañaba una carta de Navegación para mayor aclaracio'n
de sus afirmaciones; y apreciándolas debidamente el ilustre
marino, estudiando las noticias que contenía, volví á escri-
bir á Toscanelli recibiendo nueva respuesta, con otro mapa,
1 Col. mezzo d'un Lorenzo Girardi, florentino, crTera in Lisbona. His-
toire, cap. VII, fol. 15.
* En tres versiones distintas se conoce hoy el contenido de esta interesan-
tísima epístola. En italiano lo publicó Alfonso de Ulloa en el cap. XIII del
libro Histoire dell signor don Fernando Colombo. El texto español ha sido con-
servado por el obispo Las Casas en su Historia (tomo I, pág. 92). El texto
latino, que es el original, escrito de puño y letra del mismo Colón, fué encon-
trado el año 1860 por el celosísimo é inteligente bibliotecario de la Colombina,
don José María Fernández de Velasco, en las guardas del libro titulado Historia
rerum ubique gestarum, de Eneas Silvio Piccolomini (impreso en Venecia por
Juan de Colonia y su compañero en 1477, folio menor, 105 hojas), que perte-
neció á Cristóbal Colón y tiene numerosas notas marginales de su mano. En
las Aclaraciones á este libro I, insertaremos los dos textos castellano y latino de
esta importante epístola. (F)
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
61
en que le daba mayores seguridades y le estimulaba á
emprender el viaje. Gran horizonte se descubrid á la vista
perspicaz de Cristóbal Colón en esta correspondencia cien-
tífica; porque Paulo Toscanelli apoyaba sus argumentos en
la obra de Marco Polo, y describía con vivos colores toma-
dos de la misma, el gran puerto de Zaiton, y su comercio
de especias; la provincia de Mango y la fabulosa capital de
Katay, residencia casi constante del Gran Kan. También
consignaba el cosmo'grafo de Florencia las medidas de la
circunferencia del globo, dividida en espacios de ciento
cincuenta millas, según el sistema de Ptolomeo, que dismi-
nuyendo las distancias, presentaba mayor facilidad á la
realizacio'n del atrevido proyecto.
Animado con la aprobacio'n de Toscanelli, robustecida
su conviccio'n con el estudio de la obra de Marco Polo, que
desde entonces fué parte integrante de sus especulaciones,,
volvió la vista á los extremos del mundo conocido y se
propuso visitarlos, por tener completa nocio'n de cuanto
hasta entonces se había navegado, y sacar deducciones para
demostración de sus teorías.
Porque estudiando los capítulos en que don Fernando
Colo'n señala y expone las razones que movieron á su padre
á intentar el descubrimiento y á llevar á su ánimo la convic-
cio'n de que en los mares de Occidente había tierras no
conocidas, y podía llegarse por ellas al extremo de la India,
o' sea hasta los dominios del Gran Kan ; recapitulando
cuanto acerca del mismo objeto consigna extensamente el
obispo Las Casas, reduciéndolo á breve suma, para no
volver á repetir lo que está ya dicho en todas las biografías
de Colón, vemos que todos los argumentos pueden redu-
cirse á tres grupos; razones de ciencia; razones de induccio'n;
indicios y señales d sean razones de experiencia. En las
primeras están las autoridades de filósofos , historiadores y
Santos Padres, comprendiendo á Plinio, Julio Solino, el
cardenal Pedro Aliaco, San Gregorio, San Anselmo, Alberto
62
CRISTÓBAL COLON
¡i 3
el Magno y otros muchos, de todos los cuales, en su infa-
tigable lectura, sacaba Colón cuantas indicaciones encon-
traba acerca de la parte desconocida del globo. Entre los
argumentos del segundo grupo acumulaba las noticias de
fabulosas comarcas, islas maravillosas, y todas las narra-
ciones que corrían escritas en autores antiguos de celebri-
dad, como la Atlántida de Platón, o simplemente como
fantásticas creaciones, entreteniendo la curiosidad del vulgo,
como las referentes á la isla de San Brandan y la de las
siete ciudades. En el último, que no era por cierto al que
consagraba menor atencio'n, iba reuniendo cuantas indicacio-
nes llegaban á sus oídos y pudieran aumentar las probabili-
dades de la existencia de tierras desconocidas al Occidente.
Entre éstas ocupaban lugar preferente las que procedían de
los habitantes de las islas de Madera, Cabo Verde 6 las
Azores , por ser lo más occidental del mundo entonces
conocido, y que debía formar punto de partida en los
sucesivos descubrimientos.
Los argumentos de ciencia y de induccio'n se aumen-
taban cada día con el estudio profundo á que Cristóbal
Colón se había consagrado y las doctrinas de los sabios geo'-
grafos, astro'nomos y marinos, cuyas opiniones procuraba
saber. Para reunir más caudal de indicios y conocer mayor
número de hechos, se fijaba en los detalles más insignifican-
tes de los muchos que oía de los mismos que los referían, y
para aquilatar la certeza de varias noticias que llegaban des-
figuradas o' dudosas, se decidió' á comprobar por su expe-
riencia propia aquellas narraciones, visitando los países más
distantes entre sí, ampliando á la par y de una manera
segura el círculo de su observación.
El único tiempo que, al parecer, falto' de Lisboa en
los cinco primeros años de su residencia en Portugal, fué
el que invirtió en visitar la isla de Puerto Santo ; viaje que
probablemente hizo muy poco después de haber contraído
matrimonio, en compañía de su esposa, según dejamos dicho
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III
63
anteriormente, y que no fué perdido para sus trabajos,
pues de allí trajo noticia de algunos hechos muy impor-
tantes, que le comunico' el gobernador de la isla, Pedro
Correa, y que parece fueron de grande interés en sus
planes, aunque no tanto" como se ha significado por algunos
bio'grafos.
~T~~m i ' .N„,r~~ „„.*„ • , ; , ,. „ .,. — ; , J i„„r, ¡ j-y-Z n i , ' , i mr. \ . ""■ ' . . ' '■ 1 »« ~ '¡i» tf « B =~
Cristóbal Colón, t. i.— 9.
66
CRISTÓBAL COLON
Un año, o poco más, después de su casamiento, bendijo
Dios el matrimonio de Colón, dándole un hijo que recibió'
'<| en las fuentes bautismales el nombre de Diego, y que
estaba destinado á sucederle en su cargo, títulos y hono-
res. Dice Las Casas que le engendro' en Puerto Santo;
pero no expresa que allí naciera, ni hay dato alguno que
lo compruebe. En opinio'n de los más concienzudos crí-
ticos, don Diego vio' la primera luz en Lisboa en el
año 1476, y esta fecha se justifica por la edad que debía
tener cuando llego' con su padre al monasterio franciscano
de Santa María de la Rábida, pues era entonces niño de
siete á ocho años, y por la que contaba á su fallecimiento
en la Puebla de Montalván en 23 de Febrero de 1526,
que según la opinio'n de Washington Irving, era de más
de cincuenta años.
Cinco, por lo menos, llevaba de estudios y comproba-
ciones, de meditacio'n y cálculos Cristóbal Colón, y llegan-
do á su conocimiento el rumor de muchas noticias que se
relacionaban con sus hipo'tesis, se decidió' á emprender viajes
más largos que los que hasta entonces había hecho á Puerto
Santo y á las Azores.
No nos atreveremos á asegurar que hubieran llegado á
Lisboa, y hasta á los oídos de Colón, nuevas de los des-
cubrimientos que se decían hechos por los escandinavos
en el siglo xi, los viajes de Torphin y de Eric el Rojo, ni
la existencia de sus Sagas o' narraciones en el monasterio
de la isla de Flatey. Es evidente que no tenía ni remota
idea de esos hechos, y que fueron otros los motivos que le
impulsaron á dejar por algunos meses su familia y dirigirse
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO IV
67
á los mares del Norte , . Ni en la direccio'n, ni en la fecha
de este viaje, cabe duda alguna, pues las consigna el mismo
Almirante en un trabajo que poseyó' original su hijo, des-
tinado á probar que las cinco zonas son habitables.
«Yo navegué el año cuatrocientos y setenta y siete, en
el mes de Febrero; ultra Tile isla, cien leguas, cuya parte
austral dista del equinoccial 73 o y no 63 o , como algunos
dicen, y no está dentro de la línea que incluye el Occidente,
como dice Tolomeo, sino mucho más occidental, y á esta
isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses
con mercaderías, especialmente los de Bristol, y al tiempo
que yo á ella fui no estaba congelado el mar, aunque había
grandísimas mareas, tanto que en algunas partes dos veces
al día subía 25 brazas y descendía otras tantas en altura.»
Esta curiosísima noticia demuestra cuan detenidas y
exactas eran las observaciones que Colón iba haciendo en
sus viajes. La rectificacio'n de los grados está hecha con la
mayor escrupulosidad; y la novedad que apunta de no estar
congelado el mar en aquella latitud en el mes de Febrero,
se corrobora con un documento otorgado en Islandia en. el
mes de Marzo de aquel mismo año 1477, en el que se hizo
notar en el Protocolo, y sin duda para recordar más el año
en que fué escrito, que en aquella fecha no había nieve
alguna 2 .
No sabemos si á este viaje sucedieron otros de menor
importancia, o' torno' á su familia, estudios y negocios hasta
que, como terminacio'n á ellos, emprendió' el último, á la
costa de África, visitando la Guinea hasta el fuerte de San
Jorge en la Mina, como lo dice en el mismo discurso de las
cinco zonas en estos términos:
1 De esta misma opinión es el célebre historiador William Prescott que la
robustece con sólidas razones en el capítulo XVI de la parte 1* de su Historia
de los Reyes Católicos. Madrid; Rivadeneyra, 1865.
8 Este documento fué publicado en el Barkley Ketwck's Icelanders. Lon-
dres, 1854.
68
CRISTÓBAL COLON
- C- "
úá
-,- : 3l
«Yo estuve en el Castillo de la Mina, del rey de Por-
tugal, que está debajo de la equinoccial, y ansí soy buen
testigo que no es inhabitable como dicen.))
El fuerte de San Jorge fué mandado reedificar por el
rey don Juan ', que empezó' á reinar en el mes de Agosto
de 1481, y por consecuencia el viaje de Colón debió' ser
muy posterior á esta fecha.
En el año 1482 tenía ya formado y completo su pro-
yecto el infatigable genovés. Extendidos sus cálculos, com-
probados en todo lo que era posible que lo fuesen, por sus
observaciones y experiencia; estudiados y puestos en su
debido aprecio los cuentos que figuraban en antiguas histo-
rias, fué recogiendo cuantos indicios y señales de tierras
ocultas en lejanos hemisferios daban entonces pábulo á la
curiosidad de los que se dedicaban á las expediciones
marítimas. Grandísimo cuidado ponía Cristóbal Colón,
para no confundir las ilusiones y la ficción con los signos
que pudieran traer alguna verdad, con lo que fuera cierto
é hijo de la observacio'n. Los datos justificados quedaban
relacionados en sus apuntes como pruebas de palpable
experiencia.
Entre todas ocuparon lugar preferente las que encon-
tró en los papeles del padre de su mujer doña Felipa, pues
allí veía hechos de cuya veracidad no podía dudarse. El
hijo del colonizador de Puerto Santo había recogido en las
playas de aquella isla, después de haber corrido muchos
días gran viento de occidente, un grueso madero labrado
de una manera particular y extraña, al parecer sin instru-
mento de hierro; y lo que es más notable todavía, había
visto cañas más gruesas, que en un canuto de ellas podrían
caber tres azumbres de agua. Corría el rumor de que en
las islas Azores, después de fuertes huracanes de poniente
y noroeste de extraordinaria violencia, habían sido arroja-
1 Joan Barros: Historia de Asia. — Década I, lib. III, cap. I.
LIBRO PRIMERO. — CAPITULO IV
69
dos por las olas dos cadáveres, cuyos rostros en nada se
parecían á los de los europeos, y también se habían recogido
algunas almadías o' canoas que vinieron flotando en las
aguas. En la isla de las Flores aseguraban haber visto
muchas veces grandes troncos de pinos traídos, sin duda, de
países lejanos, pues allí no existían, y mucho menos de tan
colosales dimensiones.
Tales hechos y otros muchos de relaciones de marineros,
cu}^os buques habían desviado de su rumbo las tempestades
y habían creído descubrir tierras á lo lejos, hacia la parte
de occidente, recapitula el cronista de Indias, Antonio de
Herrera, copiándolos casi á la letra de la Historia del Padre
Las Casas, diciendo que con ellos robustecía Dios las espe-
ranzas de Colón, para que se moviese á emprender la
grandiosa obra del descubrimiento.
W
m
w^
11
Cuando Cristóbal Colón creyó' que nada podría aña-
dir, ni en el terreno científico ni en el de la práctica, que
diera mayores visos de probabilidad á su atrevido proyecto,
se resolvió' á solicitar el apoyo del rey de Portugal para
ponerlo en ejecucio'n. No parece probable, dado el carácter
emprendedor y activo de que los cronistas portugueses
presentan dotado á don Juan II, y su pasio'n por los descu-
brimientos, que el ilustre genovés encontrara graves dificul-
tades para acercarse al monarca; pero la misma magnitud
de la empresa, su grandeza verdaderamente colosal, y su
novedad, debieron hacer que el rey se detuviera ante tan
arriesgados planes; y aunque mirándolos con amor, con la
codicia de verdadero apasionado de la ciencia, hubo de
tomarse tiempo para decidir, y aun se propuso escuchar la
7o
CRISTÓBAL COLON
QgtegH
opinión de doctos geo'grafos y navegantes expertos sobre las
teorías que le exponía Cristóbal Colón.
La verdad es que Portugal había invertido durante
tanto tiempo sus caudales en expediciones marítimas, y había
logrado, hasta entonces, tan cortas ventajas de su colo-
nizacio'n, que no puede extrañarse la cautela y precauciones
con que miraba don Juan II la aparición de nuevos pro-
yectos.
Bien claramente se alcanza que no pareció' irealizable,
ni descabellado, ni quimérico el de Colón al ilustrado
monarca; y que los razonamientos y demostraciones en que
se apoyaba hicieron efecto en su ánimo , cuando acordó
someterlo al examen de personas entendidas, para proceder
con verdadero conocimiento. Según el obispo Las Casas, el
cronista Antonio de Herrera, Washington Irving y otros
historiadores, la junta nombrada por el rey se componía de
tres individuos: maestre Joseph y maestre Rodrigo, médicos,
que sabían de astronomía y cosmografía, y el doctor don
Diego Ortiz Calzadilla, obispo de Ceuta y confesor de don
Juan. Pero si atendemos á que, según los historiadores
portugueses, parecen ser dos personas distintas don Diego
Ortiz Castellano, obispo de Ceuta, y el licenciado Calzadilla,
obispo de Viseo, tendremos que la junta se componía de
cuatro individuos, todos merecedores, aunque por diversos
títulos, de la confianza real.
Los médicos maestre Rodrigo y maestre Joseph, judío
este último y encargado de la asistencia de don Juan, eran
reputados por los más sabios cosmo'grafos del reino, y
habían facilitado, en unio'n con Martín Behem, la aplicacio'n
del astrolabio á la navegacio'n. El doctor Calzadilla, español,
natural de Calzadilla, en el Maestrazgo, era hombre muy
docto y que á su gran reputacio'n científica había debido
el obispado de Viseo á pesar de ser castellano ; y don Diego
Ortiz, el obispo de Ceuta, figuro' mucho en aquella época, y
el rey acostumbraba á consultarle todos los asuntos por sus
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV
7i
muchas letras y conocimientos matemáticos, además de su
prudencia, piedad y buen juicio.
No fué bien recibido el proyecto de Colón por tan
calificados sujetos, y ya fuese por un exceso de amor propio,
pues los dos obispos habían informado favorablemente, y
aconsejado la navegacio'n á Oriente por camino contrario al
que aquél indicaba, 3^a fuera por otras razones, juzgaron que
era irrealizable, y hasta lo llamaron insensato.
Parece, sin embargo, que en el ánimo de don Juan II
habían hecho más impresio'n los argumentos del marino que
las razones de sus cosmo'grafos ; porque no satisfecho con la
decisio'n de éstos, convoco' el Consejo Supremo y le sometió'
el examen de las proposiciones de Cristóbal Colón. Tam-
poco fué favorable á los proyectos de éste el fallo de la
nueva consulta, cosa que no debe causar extrañeza, ya que la
Asamblea, por su constitucio'n especial y por el número de
vocales que la formaban , reunía menos condiciones que
aquélla para comprender y apreciar la extensio'n de tan
grandioso proyecto. A las consideraciones de la primera
junta hubieron de añadir otras, encaminadas á demostrar lo
excesivas que eran las exigencias de Colón, pues pedía
títulos, preeminencias y recompensas que no creían posible
le fuesen concedidas por la corona, además de costear todos
los gastos de la expedición.
Bien pronto hubieron de conocer los cortesanos más
allegados al rey que á éste no le agradaba la repulsa que
Colón recibía, ni mucho menos el abandonar definitiva-
mente aquel proyecto grandioso, que si tenía mucho de
atrevido y hasta temerario, presentaba gran novedad y
ofrecía inmensos y ventajosos resultados, caso de ser reali-
zable.
El obispo de Ceuta, don Diego Ortiz, entendió' mejor
que otros la disposicio'n de ánimo de don Juan ; y aunque en
ambos Consejos había sostenido la opinión de que no era
posible aceptar las proposiciones de Cristóbal Colón, busco'
72
CRISTÓBAL COLON
lili ■
^<rf"MJ!%
iV*y¡! f£3W;
medio de lisonjear al rey dándole ocasio'n de no romper
definitivamente las negociaciones. Le propuso que se entre-
tuviera con dilaciones y esperanzas al genovés, para que no
buscara protectores fuera del reino de Portugal, y en tanto
se realizara alguna exploracio'n que pudiera dar luz sobre el
acierto de las teorías sostenidas por aquél.
En mal hora para su fama oyó don Juan el consejo del
astuto cortesano. Parece que se pidieron á Colón algunos
detalles más precisos ; que se trazaron subrepticiamente
cartas náuticas siguiendo sus indicaciones, y con el pretexto
de enviar recursos de hombres y víveres á las islas de Cabo
Verde, se hizo al mar una carabela con instrucciones de
caminar hacia Occidente hasta encontrar las tierras cuya
existencia se sospechaba. No daríamos crédito á tal hecho,
ni lo consignaríamos en este lugar, si no lo hubiéramos
comprobado con el testimonio de historiadores contempo-
ráneos *, y fortalecido con otros datos, que narran el viaje
con todos sus pormenores; y porque en él se descubre la
causa de muchos sucesos posteriores, que indudablemente
fueron sus consecuencias.
El conocido y docto literato portugués don Ignacio
de Vilhena Barbosa, escribe sobre este punto, y con el pro-
pósito de apartar del monarca la odiosidad del hecho, lo
siguiente:
«Dizen algunos biographos extranjeiros, que, en quanto
as juntas de cosmographos examinavam é discutiam os
planes de Christovao Colombo, en 1484, entretendo-o com
vanas esperancas, largava do Tejo una caravella, per orden
del Rei Don Joao II, com instruccoes secretas para seguir a
derrota indicada n'aquellas juntas per Colombo, á fin de lhe
roubar á gloria é o proveito da descoverta, qu' elle intentava
fazer. E acrescentam, que foi debido as tempestades o' mal
logro desta empressa.»
Herrera. Déc. I, cap. VIL — Las Casas. Lib. I, cap. XVIII.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV
73
»De balde procurei noticia ou qualque vestijio, que
possam comprovar 'ou pelo menos fazer suspeitar, da veraci-
dade de tal assercao. Pprém, admittindo á posibilidade da
partida da caravela com aquelle intento criminoso, poderá
julgar-se que fosse empressa d' algum aventureiro sem
honra, aguilhoado pela cubica. Mais nunca por mandado
de don Joao II. Quem conhecer bem á fundo o' carácter
deste soberano, é o modo porque praticou con Cadamosto, é
outros navegadores célebres, que vieram á o seu reino, nao
lhe ha de imputar taó vil accaó. O procedimento que elle
teve no comeco do seu reinado, com os Duques de Braganca
e de Vizeu, durante a tremenda lucta que se viu obrigado á
sustentar contra á nobreca, nao authoriza, certamente,
aquella imputacaó. Alem d' isso, se fora elle o' author de
semelhante tentativa, teria insistido, com' era proprio do seu
carácter. Teve para isso muitos annos diante de si, antes
que Colombo partisse para a viajem da descoverta d' Amé-
rica . »
La defensa, aunque débil, está noblemente emprendida,
está bien hecha ; por más que no pudiendo o' no queriendo
negar la verdad, se admite, en hipo'tesis, la posibilidad de
la salida de la carabela, poniéndola á la cuenta de un aven-
turero sin conciencia. Y aunque desde luego ocurriría pre-
guntar: — ¿Por do'nde obtuvo ese aventurero la comunicacio'n
de los proyectos de Colón, y la indicacio'n de la derrota que
debía seguirse, si no lo dijeron los del Consejo? — todavía
podemos ir más lejos, porque el vestigio que el docto histo-
riador echaba de menos, lo encontraremos muy claro en las
manifestaciones de algunos de los testigos que fueron exami-
nados en el pleito seguido entre el segundo almirante don
Diego Colo'n y el fiscal del rey ', ya que declararon haber
conocido á un marinero nombrado Pero Vázquez de la
1 Archivo general de Indias. — Patrón. Est. i , caj. i , leg. 4. — Colón y
pinzón, por don Cesáreo Fernández Duro, págs. 73 y 74.
Cristóbal Colón t. i. — 10.
74
CRISTÓBAL COLON
Frontera, vque era hombre muy sabio en el arte de la mar,
é había ido una ve\ a hacer el dicho descubrimiento con un
infante de Portugal.)) Esto dijeron Alonso Vélez Allid y
Fernando Valiente, testigos presenciales, añadiendo que el
Vázquez decía que la causa principal de haberse vuelto fué
el terror que les infundieron las primeras hierbas del mar de
sargazo; pues imbuidos los marineros en las falsas ideas,
que entonces eran generales, creyeron que la embarcacio'n
encallaría en aquellas verduras, faltando el agua para nave-
gar, y allí perecerían todos tristemente.
La carabela salió del Tajo, y llevaba o'rdenes para
emprender una exploracio'n por camino contrario á las ante-
riores navegaciones de los portugueses. Hasta puede decirse
que tuvo señalado, en cuanto era posible, el rumbo, con-
forme á las manifestaciones más o' menos explícitas que
hubiera hecho Cristóbal Colón, pues siguiéndolas fueron á
dar en el mar de sargazo, que se encontraba en aquella
direccio'n.
Sucedió' lo que podía esperarse en una empresa que
bajo tan malos auspicios comenzaba. Los hombres que
tripularon el buque sabían que se les enviaba á un viaje
calificado desfavorablemente por los más entendidos cosmo'-
grafos y tenido por peligrosísimo é irrealizable por toda
clase de personas, y esto era muy suficiente causa para
hacerlos recelosos y cortar sus bríos, despertando justificados
temores. Les faltaba la fe, el entusiasmo de la conviccio'n;
no abrigaban el deseo de hacer triunfar un ideal; no sentían
el noble estímulo de los mártires de la ciencia. |Qué dife-
rencia entre ellos y el inmortal Colón! Este, elevado en sus
pensamientos, firme en su decisio'n, se disponía á sacrificarse
por una idea en beneficio de la religio'n y de la humanidad:
ni le atemorizaban borrascas , ni le imponía lo descono-
cido; aquéllos, amedrentados al primer contratiempo, vol-
vieron las proas hacia tierra y tornaron á Lisboa, descora-
zonados y dando horrorosas proporciones á los peligros
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV
75
que habían arrostrado, engolfándose en una extensión de
mar que no tenía fin y en la que no se descubría tierra
alguna.
Parece que, efectivamente, en el viaje de vuelta habían
corrido una tormenta, encontrándose á distancia de las islas
de Cabo Verde, que les rompió' el velamen, les obligo' á
cortar los mástiles y les puso en peligro de perderse , y en
tal estado volvieron al puerto de Lisboa, donde muy luego
se hizo pública la noticia del desengaño sufrido, corriendo
de boca en boca aumentada con graves circunstancias ; tal
vez añadidas por el miedo, o' quizá puestas de propo'sito para
disculpar la rápida vuelta.
Había podido ocultarse á la honradez de Cristóbal
Colón la noticia de la salida de la carabela, porque su
buena fe no sospechaba la perfidia en los demás ; pero los
rumores del regreso de la derrotada expedicio'n llegaron á
sus oídos, al mismo tiempo que los cargos que á su proyecto
se hacían, porque con sus ensueños y visiones había expuesto
la vida de los mejores marineros lusitanos.
Era el carácter de Colón tan bondadoso y noble como
resuelto, constante é irascible, y al tener la certeza de que se
le había querido burlar, decidió romper desde luego toda
relacio'n con aquella corte que así patrocinaba el engaño.
Después de meditar con calma y tranquilidad el estado de
sus asuntos, trato largamente con su hermano Bartolomé,
único depositario de su confianza, la resolucio'n que con-
venía tomar en caso tan grave, y en consecuencia decidieron
que éste fuera á Inglaterra á exponer en aquella corte el
proyecto y pedir ayuda, y que Cristóbal saliera para
España con objeto de hacer igual proposicio'n á los Reyes
Católicos.
Mucho debieron meditar los dos hermanos antes de
resolverse á dar este paso ; que no era cosa tan fácil y hace-
dera el salir ambos de Portugal, después del hecho consu-
mado por la corte, sin que en ella se comentara de una
7 6
CRISTÓBAL COLON
m
D--;-
''OzÚ
manera desfavorable, y aun tratara de impedirse tal resolu-
ción, que envolvía una abierta censura de aquel acto de
deslealtad. El rey don Juan no quería renunciar á toda
esperanza de entenderse con Cristóbal Colón, y ciertamente
no le hubiera dejado salir con facilidad de su reino ; y como
el carácter del monarca no era para tranquilizar á nadie
acerca de sus procedimientos, y desde los principios de su
reinado se había hecho notar por resoluciones harto vio-
lentas contra importantes personajes ', se comprende muy
bien que Bartolomé se embarcara en el puerto de Lisboa con
rumbo á Inglaterra, y Cristóbal se dirigiera con la mayor
indiferencia, al parecer, hacia uno de los pueblos más
cercanos á la línea española, con intento de aprovechar
una ocasio'n propicia de atravesar la frontera sin que se le
pusiese impedimento.
No es probable, ni se le justifica de manera alguna, el
ofrecimiento que en esta ocasio'n se supone hiciera á la
República de Genova. Su salida de Portugal fué por tierra
al comenzar el invierno del año 1484. Iba con cautelosa
precaucio'n, temiendo ser detenido; contaba con muy escasos
recursos, y llevaba consigo un niño de siete á ocho años de
edad, circunstancias todas que alejan la idea de un largo
viaje, y dan carácter de indudable al aserto del P. Las
Casas de que desde Portugal se dirigió' al puerto de Palos.
Su misio'n allí había concluido. El rey don Juan no era
el llamado por la Providencia divina para coronarse con la
gloria del descubrimiento, y desde aquel instante los herma-
nos Bartolomé y Cristóbal Colón ponían sus esperanzas en
los poderosos monarcas de Inglaterra y de España.
Portugal continuaría sus exploraciones por la costa
1 « Ansí que ó pae morreu, don Joan II convocou cortes ( 1482) é mostrou
quen era... O Duque (el de Braganza) foí degollado publicamente no roció de
Evora (1483) despois d'un simulacro de proceso... Effectivamente en taes
causas os procesos saon apenas formulas.» — Historia de Portugal, por J. P. Oli-
veira Martins. — Lisboa. — Livraria Bertrand, 1882. — Tomo I, págs 194 y 195.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV
77
africana; pero á otra nación reservaba Dios ampliar la esfera
de los descubrimientos por vía más difícil: dar noticia de un
nuevo continente; abrir á la navegacio'n y al comercio hori-
zontes desconocidos, y facilitar, con el conocimiento de todos
los países habitados, la eivilizacio'n de la humanidad.
Esa gloria era para Cristóbal Colón, para doña Isa-
bel I de Castilla y para la nacio'n española.
¡ÉF
CAPITULO V
I. Primeros pasos de Colón en España. El monasterio de la Rábida.
— II. Favorecedores y adversarios de los proyectos de Cristó-
bal Colón. — III. Ojeada sobre el estado de España. Doña
Isabel I y don Fernando V. — IV. Cristóbal Colón en pre-
sencia de los Reyes Católicos. Examen de su proyecto en Cór-
doba.
8o
CRISTÓBAL COLON
Temeroso Cristóbal Colón de que el rey don Juan lo
mandara detener, como sin duda lo hubiera hecho de sospe-
char los mo'viles de su partida, tomando de la mano á su
hijo Diego, niño de siete á ocho años de edad, salióse de
Portugal lo más secretamente que pudo, y caminando á pie,
como dicho queda anteriormente, penetro' en España, diri-
giéndose á la villa de Palos o' á la de Moguer, donde habi-
taba un cuñado suyo, que había por apellido Muliarte, casado
con una hermana de la difunta doña Felipa Muñiz.
Sucedía esto al finalizar el año 1484. El invierno
comenzaba duro, frío y lluvioso: el camino era largo; las
fuerzas del niño pocas. Acaso en más de una ocasio'n tomo'le
su padre en brazos para acallarle y disminuirle las molestias
del viaje, que se hacía de cada vez más penoso por el frío y
el cansancio, y porque Colón no llevaba la direccio'n muy
segura, por ser aquella la vez primera que pisaba aquellos
parajes. Vacilo, pues, temiendo extraviarse; pero saco'le al
cabo de su perplejidad, volviéndole la confianza al corazón, el
descubrir, no lejos de su ruta, sobre la colina que á su frente
se levantaba , y como faro de consuelo señalándole puerto
seguro, la pequeña torre de un humilde monasterio que le
ofrecía lugar cierto de descanso por algunas horas. Torció',
pues, el viajero su camino, y empezó' á subir el montéenlo.
El terreno es agreste, accidentado y pedregoso, y la
ascensio'n no tiene nada de agradable: por esta causa, y por
dar algún reposo á la fatiga del niño, fué á sentarse Cris-
tóbal Colón en las gradas de una cruz de piedra que á
corta distancia de la puerta del convento se alzaba, y que
está de pie todavía, para recordar aquel momento subli-
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
81
me y conservar la memoria de aquel hecho á través de los
siglos y de las generaciones.
Sentóse el niño al lado de su padre, dejo caer su gra-
ciosa cabeza sobre el muslo de éste, y aprovechando aquellos
breves momentos de tranquilidad, levanto' los ojos Colón y
se ocupo' en contemplar el silencioso monasterio, para él
enteramente desconocido. Era una fábrica de arquitectura
go'tica, sencilla, pobre, cuya severidad de líneas correspondía
perfectamente á su destino religioso. A la parte de la
izquierda corría una tapia baja, y por detrás de ella sobre-
salían las copas de robustos árboles, entre los que destacaban
sus tristes y uniformes siluetas algunos enhiestos cipreses,
cu} 7 a vista dejo' suspenso el ánimo del espectador, que no
sabía resolver si contemplaba un jardín o' un cementerio, En el
centro veíase la puerta formada por gruesos baquetones, y á
la derecha se descubrían las ventanas ojivales del templo, de
cuyo centro se desprendía una tenue claridad, y el acompa-
sado rumor de las preces que entonaban á coro los religiosos.
Tocar los viajeros en la portería, y ser recibidos con
amor y benevolencia, obra fué de un solo instante. El niño
tuvo en seguida un buen pedazo de pan tierno que unir á los
alimentos que su padre le iba dando de la escasa provisio'n
que en la bolsa llevaba; y mientras Cristóbal Colón miraba
con ternura á su hijo saciando el hambre y la sed, hubo de
pasar por el claustro un monje franciscano, joven, de elevada
estatura, frente desembarazada, ojos vivos y distinguido
porte, á quien llamo' la atencio'n la figura del forastero. Se
detuvo á contemplarle de lejos, y encontrando alguna cosa
extraordinaria en sus modales, prendado de la gracia infan-
til del niño, y admirándole también, sin duda alguna,
varios objetos que había sacado aquél del zurro'n, para buscar
la comida de su hijo, se acerco' á ellos lenta, aunque afectuo-
samente , y procuro' informarse de las causas que al convento
les habían conducido, estando aquél fuera de todo camino, y
sin ser direccio'n para pueblo alguno.
Cristóbal Colón t. i. — n.
Ü2
CRISTÓBAL COLON
K^
Era el fraile un buen astrólogo, y se llamaba fray Antonio
de Marchena. Su conversación con el ilustre genovés fué de
inmenso interés y de verdadera trascendencia para España y
para la humanidad entera.
El monje, sencillo cuanto ilustrado, piadoso y sabio al
mismo tiempo, informo' al huésped de la historia del con-
vento franciscano á cuyas puertas le había conducido la
Providencia por desusados caminos, y del origen de la advo-
cación de Santa María de la Rábida, con que era conocido:
escucho' absorto las alusiones que Colón dejo' escapar sobre
su vida, viajes y proyectos, así como las relativas á los
graves disgustos que le alejaban de Portugal: admiro al
visionario, comprendió' su genio, le animo' en el designio de
presentar á los Reyes Católicos los grandiosos pensamientos
en que meditaba, y se conformó con su parecer, en la seguridad
del descubrimiento. Allí se abrieron al marino nuevos y
desconocidos horizontes, que aumentaban la importancia de
sus esperadas conquistas. Vio' sometidas al imperio de la
cruz vastísimas é ignoradas regiones: extendida la religio'n
por todos los ámbitos del orbe: mejoradas las costumbres:
rescatados los santos lugares del poder de los infieles...
La palabra evangélica de fray Antonio de Marchena fortalecía
y animaba á Cristóbal Colón. El cuadro que represente
aquella importantísima conferencia; aquel primer paso de
Colón en España, simbolizará de una manera tan conmove-
dora como perfecta, la ciencia apoyándose en la fe religiosa.
Un grave inconveniente se ofrecía para las negocia-
ciones que el animoso genovés tenía que empezar desde
luego, lugares que debía recorrer y dificultades que superar
antes de presentarse á los reyes. El niño Diego, cuya corta
edad necesitaba amparo, ayuda y proteccio'n, para lo cual
Colón, viéndose desvalido, solo y en tierra extraña, buscaba
aquel concuñado suyo avecindado en la villa de Palos,
que tal vez había de facilitarle también algunos recursos
para continuar sus viajes y poder vivir en la corte, adonde
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
le llamaba el carácter de sus proyectos. A todo ocurrió' la
bondad del franciscano. El niño quedo' por entonces en el
monasterio para concertar luego la manera de que pudiese
vivir al lado de sus tíos; y el marino, desembarazado de
aquel obstáculo se puso en camino para Sevilla.
JLfeJ.
83
&M
II
Itrfcfo
Apurada hubo de ser la situacio'n del genovés insigne al
encontrarse en la metro'poli de Andalucía. Confiaba, á no
dudar, en la ayuda de los numerosos compatriotas suyos
establecidos en ella, como negociantes, como artistas, como
banqueros, y abrigaba la esperanza de por su mediacio'n
abrir camino á sus proyectos para que llegaran á ser cono-
cidos de los Reyes.
Pero el conseguirlo era entonces bastante difícil, y la
proteccio'n que buscaba tampoco era natural fuese tan pronta
como su estado requería; por lo cual se dedico' nuevamente
el marino á trazar cartas, dibujar planos y vender libros
impresos, ocupacio'n que era al par honrosa y lucrativa, y
en la cual, sin duda, le conoció el cura de los Palacios, pues
escribió' que había sido mercader de libros de estampa en esta
tierra de Andalucía ■ .
No fué, sin embargo, muy duradera esta ocupación.
Por ella se relaciono' bien pronto con personas doctas, entre
las que no pueden dejar de mencionarse con la mayor
seguridad, los hermanos Antonio y Alejandro Geraldini,
que habían sido maestros de los Infantes, y de los cuales el
menor fué después obispo de Santo Domingo, en la isla
Española. Sevilla era entonces morada casi constante de los
aj
1 Historia de ¡os Reyes Católicos, cap. CXVIII.
8 4
CRISTÓBAL COLON
Reyes Católicos, y es muy probable que aquí se encontraran
con frecuencia muchos de los personajes más influyentes en
la corte; de manera que, mediante la proteccio'n de los
Geraldini, pudo obtener Cristóbal Colón facilidad para
presentarse á dos poderosos magnates, jefes de las casas más
ilustres de P^spaña, don Enrique de Guzmán, duque de
Medina Sidonia, y don Luis de la Cerda, duque de Medi-
naceli.
De lo que el primero de ellos hiciera, no se conserva
^ noticia. Por el resultado puede venirse en conocimiento de
que no alcanzo' á entender la importancia de los planes del
navegante, ni le dispenso' favorable acogida; proceder que
Pedro Barrantes Maldonado, en sus Ilustraciones de la Casa
de Niebla I , trata de disculpar con el desabrimiento con que
el duque salió' de Sevilla por mandato de los Reyes Católicos,
á fin de que terminaran de una vez los bandos que habían
sostenido el marqués de Cádiz y el duque, turbando la tran-
quilidad de la provincia y llenando de luto la capital con
grave desprestigio del poder real, no habitando desde enton-
ces en Sevilla ninguno de los rivales. Refiere Barrantes que
Cristóbal Colón hizo su ofrecimiento al rey de Inglaterra,
((suplicándole que lo enviase á descubrir é no dándole crédito
desto, se vino á Portugal, é suplico' lo mismo al rey de Por-
tugal, donde teniendo por vano lo que decía no hicieron caso
dello. E de allí vínose á Sevilla al duque de Medina don
Henrique de Guzmán, é contándole el caso, é quan á poca
costa se podría conquistar aquella ysla tan rica de oro,
estava determinado de enbiar á su costa una armada á
descubrirla; pero como salió' de Sevilla desgraciado del Rey
é de la Reyna, dexd el proposito que tenia de ocuparse en
empresa yncierta, por lo qual Xpoval Colon se fué á la
Corte...» Resulta, por tanto, como cierto, aun aceptando lo
1 Novena parte, cap. III. Memorial histórico español. — Madrid, Imprenta
Nacional. — 185 — 18— Tomo X, pág. 397.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
85
que dice el cronista de su casa, que el de Medina Sidonia
dejo como cosa dudosa el proyecto de Colón.
Pero el de Medinaceli oyó' con admiracio'n sus expli-
caciones ; y aunque no podía dar completo crédito á tan
atrevidos razonamientos, ' ni apreciar en todo su valor tan
nuevas teorías, le hospedo' decorosa y dignamente en su
casa; procuro' enterarse cuanto mejor pudo de las proba-
bilidades del éxito; y cuando, subyugado por la fe y la
elocuencia de Colón, se decidió' á favorecerlo, comprendió'
que la empresa era digna de la proteccio'n de los Monar-
cas, por su magnitud y por los resultados que ofrecía
en el porvenir, y escribió' á la reina doña Isabel, desde la
villa de Rota, dándole cuenta de todo con encarecimiento
y recomendacio'n. Contesto' la Reina al duque agradecién-
dole su fidelidad, 3^ con encargo de que enviase á la corte al
extranjero, y este fué el verdadero, el seguro camino que
puso á Cristóbal Colón en relacio'n directa con la Reina
Cato'lica, según se desprende de un documento indubitado,
como que fué dirigido á la misma doña Isabel por el duque,
por mediacio'n del cardenal don Pedro González de Mendoza,
en 19 de Marzo de 1493, cuando se supo la vuelta de Colón
de su primer viaje l .
En esa carta se fijan varios datos importantes, que
por estar consignados en ella son irrecusables, y se aclaran
muchos puntos de los que han dado lugar á mayor con-
fusio'n, por la inexactitud con que los refieren los historia-
dores. — «No sé si sabe vuestra Señoría, escribe el Duque,
como yo tove en mi casa mucho tiempo á Cristóbal Colomo,
que se venía de Portogal , y se quería ir al Rey de Francia
para que emprendiese el ir á buscar las Indias con su favor
y ayuda; é yo lo quisiera probar y enviar desde el Puerto,
que tenía buen aparejo, con tres o' cuatro carabelas, que no
me demandaba más; pero como vi que era esta empressa
Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. XIV.
e3fc¿o^^cv^5r^
86
CRISTÓBAL COLON
•':
•\v# \^
para la Reina nuestra Señora, escrebílo á su Altera desde
Rota, y respondióme que gelo enviasse ; yo gelo envié entonces,
y supliqué á su Alteza, pues yo no lo quise tentar y lo
enderezaba para su servicio, que- me mandase hazer merced y
parte en ello, y que el cargo y descargo deste negocio fuesse
en el Puerto. Su Altera lo recibió, y lo dio en cargo á Alonso
de Quint anilla, el qual me escribió de su parte, que no tenia
este negocio por muy cierto; pero que si se acetaze, que su
Alteza me haría merced y haría parte en ello: y después
de haberle bien examinado, acordó de enviarle á buscar las
Indias. Puede haber ocho meses que partió', y agora él es
venido de vuelta á Lisbona, y ha hallado todo lo que bus-
caba, muy cumplidamente, lo qual luego yo supe, y por
fazer saber tan buena nueva á su alteza, gelo escribo con
Xuarez, y le envío á suplicar me haga merced que yo pueda
enviar cada año allá algunas carabelas mías. Suplico á
vuestra Señoría me quiera a}^udar en ello, é gelo suplique
de mi parte, pues á mi cabsa y por yo detenerle en mi casa
dos años, y haberle enderezado á su servicio, se ha hallado
tan grande cosa como esta. Y porque de todo informará
mas largo Xuarez á vuestra Señoría, suplicóle le crea.
Guarde nuestro Señor vra. Rma. persona como vuestra
Señoría desea. De la mi villa de Cogolludo á diez y nueve
de marzo (1493). Las manos de vuestra Señoría besamos. —
El Duque. »
El original de esta carta se conserva en el Archivo de
Simancas, en el Registro perteneciente á documentos del
reinado de don Fernando y doña Isabel, y sus frases son
datos preciosos para la historia, poniéndolas en relación y
comunicándolas con lo que anteriormente queda expuesto.
De aquí se desprende que la Reina Católica tuvo conoci-
miento de la presencia de Cristóbal Colón en Sevilla, y
noticia de sus proyectos antes de que se personase en la
corte, por el duque de Medinaceli, y que éste lo envió' á
Co'rdoba, cumpliendo un precepto de su Soberana; así como
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
87
se confirma la inmediata intervención de Alonso de Quinta-
nilla, porque según la carta del duque, doña Isabel recibió'
á Colón y lo dio en cargo al contador, quien desde luego
cobro' afecto al geno vés y le presto' su apoyo, como más
adelante hemos de ver.
No se encuentra en las Memorias antiguas sevillanas,
ni en los historiadores particulares de la ciudad, ni en
archivos públicos o' privados, noticia auténtica de esta
primera residencia de Colón en Sevilla. Por desconocer la
carta del duque de Medinaceli, o' no hacer la debida apli-
cacio'n de su contenido, se había entendido mal el viaje del
mismo á la corte y los pasos que diera desde su partida del
convento de la Rábida, encontrando confusio'n y vaguedad
en todo este período.
Únicamente el cronista don Diego Ortiz de Zúñiga, que
aunque escribió cerca de dos siglos después, tuvo á la vista
gran número de antecedentes y documentos, dice: «Estaba
este insigne varo'n en Castilla y Andalucía, y lo más del
tiempo en Sevilla desde el año de 1484 x .»
Con las cartas del duque de Medinaceli, para fray Her-
nando de Talavera, y para Alonso de Quintanilla, y con las
recomendaciones que sus paisanos Juan Berardi y los her-
manos Geraldini le facilitaran, se dirigió' Colón á Co'rdoba,
donde acababan de llegar los Reyes que habían pasado parte
del invierno en Alcalá de Henares 2 . Llego, según sus
propias palabras, el 20 de Enero del año 1486, y como
puede conjeturarse, sus primeras visitas fueron al confesor
de la Reina, que desde luego le escucho' con estudiada
reserva, y pareciéndole dificultoso lo que proponía, fué dila-
tando por mucho tiempo la audiencia que Colón solicitaba,
1 Anales eclesiásticos y seculares. — Madrid. Infanzón, 1677; pág. 404.
Año 1489.
* Memoria donde los Reyes Don Fernando y Doña Isabel Católicos, que
santa gloria hayan, estuvieron desde el año 146J. — M. S. de la Biblioteca Colom-
bina. O. O. 225. — 38.
$&&¡^s%s&
m
CRISTÓBAL COLON
hasta que parece que hubo de negar redondamente la exacti-
tud de sus cálculos y la posibilidad de llevar á feliz término
sus proyectos.
Entonces el marino se valió' de las otras recomendaciones
que de Sevilla llevara; hablo' con Quintanilla, que desempe-
ñaba el importante cargo de Contador mayor, que desde el
primer momento miro con verdadera simpatía á Colón, y si
hemos de creer á un laborioso cronista l , le introdujo en la
gracia del gran cardenal don Pedro González de Mendoza,
al cual también agradaron sus razones, y por mediacio'n de
estos dos personajes se consiguió' la audiencia para que los
Reyes Cato'licos fuesen informados de los grandes proyectos
del genovés y descubrimientos que pretendía realizar.
La atmo'sfera favorable á Cristóbal Colón empezó' en
el momento de dar sus primeros pasos en España; el primer
ra}^o de esperanza lucio' para él en el monasterio de la
Rábida, salió' de los labios de un humilde religioso, y por
las recomendaciones de fray Antonio de Marchena y del
duque de Medinaceli, fué escuchada su voz por la magná-
nima reina doña Isabel. Pero, según observa acertadísima-
mente un moderno escritor 2 , esta narracio'n tan natural, si
bien no se presta á dar á la historia de Colón un colorido
dramático, un interés novelesco, en el estilo de Alfonso de
Lamartine y del conde Roselly de Lorgues, tiene la gran
ventaja de presentar la noble figura del descubridor en toda
su verdad histo'rica, haciendo conocer, y colocando en su
lugar á los que le fueron contrarios y á los que le auxiliaron
en sus proyectos para honra y gloria de la nacio'n.
Porque conocidos los hechos, se notan desde luego las
dos tendencias que en la corte predominaron, y que además
1 Crónica del gran cardenal de España, don Pedro González de Mendoza,
por el doctor Pedro de Salazar y de Mendoza. — Toledo. Imprenta de doña María
Ortiz de Saravia, mdcxxv, lib. I, cap. LXII.
* Colón en España, por Tomás Rodríguez Pinilla. — Madrid, sucesores de
Rivadeneira, 1884.
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO V
89
de otras causas, que en seguida analizaremos, fueron motivos
para las dilaciones que por espacio de siete años (1486-1492)
sufrieron las instancias de Colón, y de su desigual fortuna.
Fray Hernando de Talavera, que era hombre piadoso,
« instruido y docto en las ciencias eclesiásticas , carecía de los
conocimientos, extraños á la verdad á su profesio'n y carrera,
que pudieran hacerle comprender la sublime teoría que se le
recomendaba, y la juzgo' irrealizable x .» Y como era esclavo
de su deber, y firme en sus convicciones, su opinio'n fué
siempre de gran peso en los consejos de la Reina, cuya ||
conciencia dirigía. No hubo en él animadversio'n al pro-
j^ecto, ni mala voluntad hacia el marino; fué que, no alcan-
zando su ciencia á comprender los cálculos de Colón y
encontrando en ellos algo que repugnaba á su conciencia, le
creyó un visionario, y por consiguiente no quiso prestar
apoyo á sus planes. Por lo mismo que su posicio'n era tan
alta y respetada, se constitu}^o en centro de los que como él
opinaban.
Entre los que favorecían á Cristóbal Colón, y sin
desconocer lo arriesgado de la empresa, juzgaban que debían
facilitársele los medios necesarios para intentarla, figuraron
desde luego, en primer término, en la corte, el contador
mayor de Castilla y el cardenal don Pedro González de
Mendoza. Era aquél hombre de la mayor confianza de los
Reyes por sus relevantes prendas de carácter, y «en este
caballero hallo' más parte é acogimiento Colón que en
hombre de toda España 2 ; » el segundo, varo'n dignísimo, de
gran talento y prudencia, que desde la silla arzobispal de
Sevilla fué ascendido á la primada de Toledo en 1483, y
creado cardenal con el título de Santa María in Dominica,
por el papa Sixto IV, lo fué luego con el de San Jorge,
1 Historia general de España, por don Modesto Lafuente. Parte 2.*,
lib. IV, cap. IX.
2 Gonzalo Fernández de Oviedo. — Historia general. Tomo I, lib. II, capí-
tolo V.
Cristóbal Colón, t. i. — 12.
QO
CRISTÓBAL COLON
y finalmente con el de la Santa Cruz de Jerusalén. Enri-
que IV mando que se le llamase simplemente el Cardenal de
España L
A éstos se fueron reuniendo sucesivamente, y desde que
Colón fué recibido por la Reina y explano su pensamiento,
muchos personajes importantes, entusiasmados los unos por
el engrandecimiento que del viaje directo á las Indias podía
obtener la monarquía , movidos los otros por el interés
religioso y propagacio'n de la fe entre pueblos ido'latras:
creyendo éstos que habían de reportar á España grandes
riquezas los descubrimientos; guiados aquéllos por el interés
de la novedad y subyugados por la elocuente palabra de
Colón. Pero las dificultades eran muchas, y en ciertos
momentos aparecieron insuperables.
III
No era, en verdad, la ocasio'n más oportuna para
brindar á los Reyes Cato'licos con empresas grandes y
aventuradas, aquella en que puso el pie en España el geno-
vés inmortal. Después de los laboriosos principios de su
reinado, habiendo conseguido vencer y llevar á feliz término
la guerra de Portugal, larga y trabajosamente proseguida;
después de haber consolidado la paz interior, llevando el
orden á todas las esferas, reprimiendo el bandolerismo,
poniendo fin á los bandos de las casas poderosas, que tantas
turbulencias y trastornos habían producido, teniendo en
continua alarma á los pueblos más importantes, y mante-
niendo en constante desorden comarcas enteras, llegando al
1 Historia de la ciudad de Toledo, sus claros varones y monumentos, por
don Antonio Martín Gamero. — Toledo, López Fando, 1862.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
9i
extremo de correr verdaderamente la sangre dentro de las
ciudades, como sucedió en Sevilla luchando Ponces y Guz-
manes; los Reyes habían vuelto la vista á las hermosas
provincias dominadas todavía por los moros, y se habían
propuesto reducirlas á los menores límites que les fuera
posible, o' concluir por entero con su dominacio'n,*si á tanto
les ayudaba Dios y alcanzaban sus fuerzas.
Los recursos se habían agotado muchas veces, teniendo
necesidad de acudir, para sostener las obligaciones del
Estado, y cubrir las atenciones del numeroso ejército que
tenían en movimiento, á pignorar la plata de las iglesias,
como se empeñaron también en épocas de mayor apuro las
alhajas de la corona.
La guerra contra los moros había empezado bajo felices
auspicios; pero á la conquista de Alhama, de grande impor-
tancia y verdadera gloria, había sucedido, como para excitar
ma}^or celo y poner sobre aviso á los cristianos, la malo-
grada empresa sobre Loja, cuyo sitio no se pudo continuar,
y el horroroso desastre de la Ajarquía, donde pereció la flor
de la nobleza andaluza; triste pagina que no basto' á com-
pensar ni á borrar de la memoria la rota de Baena y la
prisio'n de Boabdil.
Entonces la reina doña Isabel, irritada por la desgracia
de tantos ilustres caballeros , y enardecida por el entusiasmo
de la fe religiosa y por la santa indignacio'n del amor
patrio, hizo á Dios la promesa, y se impuso á sí misma el
voto de acabar de una vez con el imperio de los musulmanes,
aun á costa de los mayores sacrificios. Y es necesario for-
marse idea completa del carácter excepcional de aquella gran
Reina, en que se fundían por igual la dulzura y la firmeza;
conocer el entusiasmo que su presencia causaba; la confianza
y ardimiento que infundía en los corazones, para compren-
der la importancia de su resolucio'n. Habiendo sido tan
grande la influencia del carácter y de los sentimientos de
doña Isabel I en el descubrimiento de las Indias, y en todos
92
CRISTÓBAL COLON
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los sucesos de la vida de Cristóbal Colón , desde que entro
en el territorio de España hasta su muerte, no parecerá
ocioso ni excusado que procuremos trazar un perfil completo
de aquella gran figura histo'rica, una de las más interesantes,
si no es la mayor de todas, pero ciertamente la más simpá-
tica, la más pura entre las que ofrece la historia de nuestra
España.
Era doña Isabel de estatura poco más que mediana, de
formas redondas, pero finas y esbeltas; muy blanca y de
cutis sonrosado; con los ojos grandes, rasgados, de color
azul y expresio'n muy dulce; la boca pequeña, los cabellos
abundantes y sedosos de un color castaño claro que se apro-
ximaba á rubio; y en el conjunto del rostro se advertía
tanta regularidad, tanta modestia, una gracia tan suave y
apacible que cautivaba á cuantos la veían. En su palabra se
unían admirablemente, como en todas sus acciones, la digni-
dad y la dulzura.
Bellísimo era el conjunto de su persona; pero las cuali-
dades morales superaban á las físicas, y eran una luz purí-
sima que ilustraba todos sus actos y se extendía sobre
cuanto de ella emanaba.
Los escritores contemporáneos que pudieron conocerla
y tratarla, no saben contener su entusiasmo, que era por
demás justificado. El ingenuo y verídico cronista Bernáldez
termina su retrato con estas frases: «Fué mujer esforzadí-
sima, muy poderosa, prudentísima, sabia, honestísima,
casta, devota, discreta, cristianísima, clara sin engaño,
muy buena casada, leal y verdadera, y sujeta á su marido,
muy amiga de los buenos y buenas, ansí religiosos como
seglares, limosnera, edificadora de templos, monasterios é
iglesias. Secunda Elisabet continentis, fué muy feroz y enemiga
de los malos é de las malas mujeres. »
Tales eran y tan relevantes sus dotes como mujer; sus
cualidades como Reina no creemos han sido igualadas;
ningún monarca las ha reunido tan completas ni en grado
DONA ISABEL LA CATÓLICA
CUADRO DE FEDERICO MADRAZO
com,
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tanta
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onjunto
uali-
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non;
LIBRO PRIMERO. — CAPITULO V
93
tan heroico. Animada de un elevado sentimiento de justicia,
amante de la verdad, con entendimiento claro y rectitud
para resolver, y con inquebrantable firmeza para llevar
adelante lo que juzgaba bueno, ponía en todos sus actos el
sello de una piedad sincera, de un amor á su pueblo que
jamás daba al olvido, y de una grandeza de alma que nunca
se desmintió' en ninguno de los actos de su vida. Era firme
en sus propo'sitos, y los llevaba á ejecución con dignidad,
sin que los obstáculos alterasen la fortaleza de su ánimo.
Y sobre tantas prendas inapreciables, la bondad y la virtud
de la Reina , su modestia y afabilidad caían como un manto
riquísimo, y la hacían querida en la familia, respetada en la
corte y popular entre todas las clases sociales.
Conformes con el carácter severo y moderado de la
Reina estaban las costumbres de la nobleza, señaladamente
de la que asistía á los soberanos; pareciendo imposible al
que lee las cro'nicas y memorias del reinado de Enrique IV,
que en tan breve espacio de tiempo, y sin violencia alguna,
al parecer, se hubiera verificado cambio tan radical y pro-
fundo, por la influencia y prestigio de un carácter superior.
Más reservado y calculador, aunque dotado de gran
talento, sagacidad y penetracio'n el rey don Fernando, era
un político de trascendentales miras, frío á veces, á veces
magnánimo, cuyo carácter no tenía notas salientes ni color
definido, porque sabía mostrarlo según lo exigían las necesi-
dades del momento. Sencillo en sus costumbres, piadoso sin
afectacio'n, despachaba por sí los asuntos más arduos, medi-
taba las cuestiones más difíciles sin influencias extrañas, y el
mismo orden que seguían las ideas en su cerebro se refleja-
ba en todo cuanto disponía para la gobernacio'n del Estado.
No escribimos el glorioso reinado de estos célebres
monarcas, ni trazamos más rasgos de sus caracteres que
aquellos que bastan para esclarecer las relaciones de Cristó-
bal Colón con la corte de España , antes y después del
descubrimiento de las Indias Occidentales. Don Fernando
94
CRISTÓBAL COLON
era un político astuto, un hábil diplomático, un talento
profundo; para ser un gran Rey necesitaban sus decisiones
de la dulzura, de la templanza que le comunicaba el carácter
de la Reina, y del feliz consorcio de aquellas voluntades, de
la unio'n de las eminentes condiciones de ambos, se produjo
el engrandecimiento de la nacio'n, y el reinado de mayor
importancia y de carácter más genuino y legítimamente
español entre todos los que registra nuestra historia.
IV
¿Qué pincel ó qué pluma serán capaces de pintar y
describir aquella escena en que por vez primera se cruzaron
las miradas del pobre extranjero de la capa raída, y de la
Reina señalada por Dios para protegerlo?
¿Qué inspiracio'n será bastante poderosa para expresar
en aquel momento el arrebato de la elevada inteligencia de
Colón, comprendida y admirada por el gran corazo'n de
doña Isabel la Cato'lica?
No es posible dudar de que en aquella primera audien-
cia el triunfo fué por completo del genio; la elocuencia de
Colón obtuvo la victoria, y se captó la simpatía de cuantos
le escucharon. Los Reyes disponían, sin embargo, de muy
poco tiempo en aquella sazón; les llamaban preferentes
atenciones, y así se comprende que para decidir con ma3^or
conocimiento, con la madurez necesaria en un asunto que
tanta gravedad ofrecía, tuvieran el pensamiento de que
personas entendidas 0}^esen con más detencio'n las razones
del atrevido navegante, las estudiaran y manifestasen el
concepto que les merecían.
La Reina había escuchado con alegría el proyecto bri-
llantemente expuesto por la palabra de Colón; había entre-
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO V
95
visto en su entusiasmo un gran porvenir de gloria para la
religio'n cristiana y para la nación española, y en su deseo de
tomar á su cargo tan maravillosa empresa, quiso por una
parte, ver si los argumentos del marino eran mejor aprecia-
dos por su confesor, en cuya ilustración y rectitud confiaba,
y ganar, por otra, el tiempo necesario para gozar de más
tranquilidad después de la campaña que iba á comenzarse. El
Rey, á su vez, también oyó con gusto y aun con amor aquel
extraordinario proyecto. Fija siempre en su cabeza la idea de
engrandecer con actos heroicos su reinado, y de superar en
cuanto le fuera posible á los demás monarcas, sus vecinos,
entrevio' en las teorías de Cristóbal Colón algo grande, algo
trascendental, que podría igualar y aun oscurecer los descu-
brimientos de que tanto se vanagloriaban los portugueses, y
entro' también en sus cálculos la intencio'n de dar acogida á
aquellos planes, y retener á su autor; pero antes de resol-
verse en negocio que tales dificultades ofrecía, juzgo nece-
sario obrar con la mayor prudencia, y que personas
competentes lo examinaran. De esta manera, aunque por
distintas miras, ocurrió á los monarcas españoles el pensa-
miento de someter los proyectos de Colón al examen de una
Junta, y convinieron también en que se formara bajo la
dirección de Fray Hernando de Talavera.
Inmediatamente después marcharon los Reyes de Co'r-
doba con direccio'n al real de Loja, y allí quedo' Colón
para dar sus noticias á la Junta.
Sobre la formacio'n de ésta tenemos datos irrecusables
en el fidedigno testimonio del doctor Rodrigo Maldonado,
que fué individuo de ella, y lo era también del Consejo de
los Reyes Católicos. La Junta se compuso, además del
Prior de Prado y del consejero Maldonado, de otros hom-
bres sabios , de letrados y de marineros. Colón se esforzó'
en vano: sus argumentos para demostrar la posibilidad de
la navegacio'n hacia Occidente, no fueron comprendidos ni
aceptadas sus conclusiones; aunque puede sospecharse que
U* gE^jggggj
96
CRISTÓBAL COLON
^S^ 5 ?
viéndose de nuevo ante cosmo'grafos , y recordando el
engaño de que había sido víctima en Portugal por otra
reunio'n muy parecida, no expusiera sus proyectos con toda
la claridad necesaria, reservándose alguna cosa esencial
para precaver nueva perfidia. Platicaron, sin embargo,
largamente sobre las islas que aquél intentaba descubrir, y
todos ellos acordaron que era imposible ser verdad lo que
decía l .
La declaración del anciano consejero es de un interés
tan capital, por las circunstancias de la persona, y por ser
el documento auténtico en que se refieren las más antiguas
relaciones oficiales de Colón en España, en las que aquél
intervino, que hemos juzgado de necesidad reproducir ínte-
gras las respuestas que hacen relacio'n á estos hechos, tomán-
dolas exactamente de su mismo original 2 :
«Testigo. — El dicho señor dotor Rodrigo maldonado
vecino e Regidor déla dicha cibdad de Salamanca del Con-
sejo déla Reyna nuestra señora, testigo suso dicho jurado
e preguntado por las preguntas del dicho ynterrogatorio &.
» i — ala primera pregunta dixo: que conosce al dicho
señor almirante de vista e conversación demás de veynte
años a esta parte, e que al fiscal no le conosce e que no es
pariente de ninguna de las partes ny concurren en el ninguna
de las calidades generales de la ley, e que venga quien tubiere
derecho e que este testigo es de hedad demás de ochenta y
cinco años &:...
»8 — ala otava pregunta dixo: que lo que desta pregunta
sabe es que este testigo con el prior de prado, que ala sazón
hera, que después fue arzobispo de granada e con otros
sabios e letrados e marineros platycaron con el dicho almi-
rante sobre su hida alas dichas yslas e que todos ellos
1 Navarrete. — Colección de viajes, tomo III, pág. 599 de la segunda edi-
ción. — Rodríguez Pinilla. Colón en España.
s Archivo general de Indias. — Patronato. Est. I, caj. II, leg. 15.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
97
concordaron que era ynposyble ser verdad lo quel dicho
almirante desya: e que contra el parecer de los mas dellos
porfió el dicho almirante de yr el dicho viaje, e que sus
Altezas le mandaron librar cierta cantidad de maravedís
para ello e asentaron ciertas capytulaciones con el en lo qual
todo supo este testigo como uno délos del consejo de sus
altezas, e que asy partyo el dicho almirante a descobrir las
dichas yslas e plugo á nuestro Señor que acertó en lo que
dezia e que este deponiente tiene por cierto que sy el dicho
almirante non porfiase de yr el dicho viaje e syno descu-
briera las dichas yslas que estuvieran fasta oy por hallar e
descobrir e que lo cree por lo que tiene dicho &.
»9 — Ala novena pregunta dixo que cree lo que en ellas
se contiene por las Razones que dicho ha e porque sy el
dicho almirante no se atreviera a descubrir las dichas yslas
cree este testigo que otro alguno no se atreviera alas } 7 r a
descubrir ¿c »
En vista de conclusio'n tan adversa, debió ser grande
el desengaño de Colón; pero no dio lugar al abatimiento.
Recorría las calles de la morisca ciudad entregado á sus
pensamientos, sin cuidarse gran cosa de los sucesos que á su
vista pasaban; y absorto en la meditacio'n, fijo en su idea,
abstraído en cuanto le rodeaba, empezó' á dar lugar á que
naciera en el vulgo la calificacio'n de loco, con la que muy
luego le designaron, señalándole por donde quiera con mues-
tras de curiosidad y compasio'n.
Su resolucio'n estaba tomada, sin embargo; y en tanto
que esperaba el regreso de los Reyes, para conocer su res-
puesta, con vista del dictamen de la Junta, iba aumentando
el número de las personas importantes de la corte que no se
dejaban arrastrar por los juicios de aquélla, y se disponían
á ayudarle en un nuevo esfuerzo para que obtuviera la
proteccio'n que deseaba.
«Entregada la ciudad de Loja é su fortaleza al rey don
Fernando, lunes á veintinueve días del mes de Mayo, y
Cristóbal Colón, t. i. — 13.
AJ
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w
«fe
T'i
9 8
CRISTÓBAL COLON
ganada inmediatamente la villa de llora en ocho de Junio,
salid la Reina de Córdoba para asistir al Consejo en que
U había de tratarse lo que se debía hacer en la guarda é pro-
veimiento de la tierra ganada f .» Conquistada Moclín, y
rendidas las villas de Montefrío y Colomera, torno á Cór-
doba la reina doña Isabel; y poco después, dejando bien
abastecidas aquellas guarniciones , hizo el Rey solemnísima
entrada, dando públicas gracias á Dios por las victorias
obtenidas.
Apenas tuvieron tiempo los Reyes de tomar algún
descanso de la campaña de primavera, pues todavía les
ocupaba la gran tala que habían mandado hacer como
preparativo para la del año siguiente, cuando las repetidas
cartas del conde de Benavente, anunciándoles la rebelio'n del
conde de Lemos, les obligaron á dirigirse á Galicia.
Pero antes de su partida, informados por el Prior del
Prado de las resoluciones de la Junta, tuvieron que decidir
sobre lo que Colón pretendía. Y bien se deja comprender
que el número de apasionados de aquellos proyectos crecía
en importancia, y que el ánimo de los Reyes estaba favora-
blemente predispuesto cuando su respuesta al navegante fué
tan distinta de la que pudiera esperarse. Los individuos
de la Junta habían hecho poco aprecio del proyecto en gene-
ral; le habían combatido con razones de ciencia eclesiástica,
y con argumentos de antiguos sistemas, exagerados por la
ignorancia; apenas se habían examinado sus fundamentos
«y ansi fueron de ellos juzgadas sus promesas y ofertas por
imposibles y vanas , y de toda repulsa dignas, » como dice el
obispo fray Bartolomé las Casas 2 .
No fueron esos, sin embargo, los términos en que
respondieron los Reyes á Colón, á pesar de que el dictamen
1 Crónica de los señores Jueyes Catóh kos don Fernando y doña Isabel, por
su cronista Hernando del Pulgar. Parte tercera, caps. LIX y LX.
4 Historia de las Indias, lib. I, cap. XXIX.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V
99
era unánime en aquellos doctos varones, y tenía toda la
autoridad que podía prestarle la opinión del confesor de la
Reina. Hicieron que se manifestaran al marino los graves in-
convenientes que á su proyecto encontraban personas enten-
didas, despidiéndole por entonces, aunque no quitándole del m
todo la esperanza de volver á la materia, cuando más desocu-
pados Sus Alteras se vieran.
Quedo' Colón en Co'rdoba perplejo, vacilante y morti-
ficado con aquella repulsa, lamentando la nueva dilación que
sufría su proyecto, y los Reyes Católicos salieron camino de
Ponferrada.
^,~
102
CRISTÓBAL COLON
Probablemente desde el punto mismo de su llegada á
Co'rdoba, y por las relaciones adquiridas en Sevilla, se hos-
pedo' Cristóbal Colón en la casa de los Enríquez y Arana,
familia noble y bien emparentada, pero escasa de bienes de
fortuna. Prendáronse los Arana del distinguido trato y
nobles maneras de su huésped; les intereso' su historia; fué
creciendo la amistad, y á tanto llego' el afecto, que don
Diego de Arana acompaño' á Colón en su primer viaje con
el cargo de Alguacil mayor en la nave capitana, y quedo' en
la isla Española encargado del mando de la fortaleza de
Navidad, donde pereció' después trágicamente, con todos los
que allí permanecieron de guarnicio'n.
Formaba parte de la familia una joven de singulares
dotes, que á su belleza física unía elevada inteligencia y un
corazo'n tierno, bondadoso y apasionado. Sus simpatías por
Colón fueron grandes desde el principio : comprendiendo el
genio del genovés ilustre, encontró' luego sus proyectos
muy realizables; le animo' con su entusiasmo y con todo
el calor que siempre comunica á sus palabras la ardiente
imaginacio'n de una mujer, y cuando le vio' meditabundo,
triste, casi descorazonado por el desfavorable juicio que for-
mara la Junta presidida por el Prior del Prado, y más aún
por la despedida de los Reyes, ella reanimo' su fe; sostuvo
sus esperanzas, y las simpatías del primer momento, crecidas
con el trato íntimo, aumentadas por la compasio'n, se fueron
convirtiendo en un sentimiento más tierno de que muy luego
participo' Cristóbal Colón, y que fué desde entonces suave
consuelo á sus pesares , lenitivo á los desengaños que por
todas partes le proporcionaba su adversa suerte, y vínculo
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VI
103
tan fuerte como dulce que le encadeno' á España, retenién-
dole en ella á pesar de todas las contrariedades, hasta que la
Providencia dispuso que comenzaran los días de su gloria y
se vieran satisfechas sus esperanzas.
Hay en la existencia de todos esos grandes hombres, que
vienen al mundo con la misio'n de adelantarse á su siglo y
de dar un gran impulso á la humanidad en su progreso
hacia la perfeccio'n, luchando con la ignorancia y las malas
pasiones, seres dulces y apacibles, que parecen colocados
por Dios á su lado para ayudarles á sobrellevar los trabajos
y la ingratitud, consolándoles de las injusticias de los hom-
bres. Uno de esos seres fué doña Beatriz Enrique^: de ella se
enamoro' apasionadamente Cristóbal Colón, que en el afecto
de la noble dama encontraba estímulos para la inteligencia y
alegría para el alma cuando sus fuerzas se sentían agotadas
por los golpes de la adversa fortuna.
Las relaciones amorosas que brotaron al calor de esta
mutua simpatía, estrechándose fueron y creciendo de un día
á otro; pero sea que al enlace de los que las alentaban se
opusieran la noble cuna de doña Beatriz , las escaseces de su
familia, los obstáculos que á una unio'n inmediata oponían
los mismos proyectos de Colón, o' todas estas causas juntas,
es un hecho incontrovertible, entre los más indubitables de la
vida del Almirante, que sus tratos con la ilustre dama de
Co'rdoba no se vieron jamás santificados por la bendicio'n de
la Iglesia; que doña Beatriz Enríquez no fué jamás la esposa
legítima de Cristóbal Colón.
Fruto de estos amores nació' en Co'rdoba el 15 de Agosto
de 1488 don Fernando Colo'n, varo'n de singulares condicio-
nes, de elevado entendimiento, de juicio recto, y valor se-
reno, que emulo' muchas de las altas cualidades de su ilustre
padre. Ninguno de sus contemporáneos dudo' nunca de su
cualidad de hijo natural del Almirante; pero hace pocos años,
estimulados algunos espíritus piadosos por la admiracio'n
que les causaban las eminentes condiciones del descubridor,
104
CRISTÓBAL COLON
y ansiosos de colocarle en el número de los santos á que
la Iglesia tributa culto en los altares, según dijimos en la
Introducción, empezaron por querer purificar su historia,
borrando de ella todos los rastros de humana flaqueza que
pudieran oscurecer sus virtudes, y se fijaron como una de
las principales en sus relaciones amorosas, afirmando que
había contraído matrimonio con doña Beatriz.
II
^*tg^¿¿¿É
No entraremos á discutir, ahora, los argumentos en que
se trato de apoyar ese pretendido casamiento: el rebatir
tanta suposicio'n gratuita y rectificar tantos errores sería por
demás enojoso. Como pruebas directas, consignaremos las
palabras mismas de Cristóbal Colón, en su último testa-
mento, y los conceptos de los historiadores que le conocieron
y trataron; porque á su lectura no resisten sofismas, ni cabe
dudar de la naturaleza de las relaciones que mediaron entre
el Almirante y aquella señora.
En la última cláusula de su testamento, otorgado en
Valladolid á 19 de Mayo de 1506, dejo' consignadas ciertas
disposiciones, cuya sola lectura lleva al ánimo el conven-
cimiento. Pero la persuasio'n es mucho mayor, si antes de
leer esa cláusula final, se repasa el contenido de la ante-
rior l :
«Digo á don Diego mi hijo, é mando que tanto que el
tenga renta del dicho mayorazgo y herencia, que pueda sos-
tener en una capilla, que se haya de fazer, tres capellanes,
que digan cada día tres misas, una á honra de la Santa
Trinidad, é otra á la Concepcio'n de Nuestra Señora, é la
' Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, dec. núm. CLVIII.
LIBRO PRIMERO. — CAPITULO VI
105
otra por anima de todos los fieles defuntos, é por mi anima
é de mi padre é madre é mujer.»
Y en la cláusula siguiente se expresa así:
«Digo y mando á don Diego mi hijo, o' á quien
heredare, que pague todas las deudas que dejo aquí en un
memorial, por la forma que allí se dice, é más las otras que
justamente parescerá que yo deba. E le mando que haya enco-
mendada á Beatriz Enrique^, madre de don Fernando, mi hijo,
que la provea que pueda vivir honestamente, como persona a
quien soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la
conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima. La raipn
dello non es lícito de la escribir aquí.»
¿Hubiera sido esta la manera de hablar del Almirante
si se hubiese tratado de su segunda esposa? ¿Hubiera vivido
doña Beatriz en Co'rdoba sin que nadie hubiese tenido un
recuerdo para ella, pudiendo ostentar los títulos de Virreina
de las islas y tierra firme del mar Occéano? Insistir en seme-
jante cuestión es de todo punto ocioso: ni aún se necesita
hacer comentario sobre el texto de las dos cláusulas del
testamento. El silencio de la historia escrita por el hijo
mismo de doña Beatriz; el olvido en que los Reyes, la
nobleza y todos los cortesanos del Almirante, en la época
de su mayor prosperidad, dejaron á aquella señora, son
pruebas concluyentes de que su posicio'n no la permitía
ostentar título alguno al lado de Cristóbal Colón, ni pre-
sentarse con él en la corte.
Anteriormente á ese documento, en otro que no ha visto
íntegro todavía la luz pública, o' á lo menos no hemos
logrado verlo, pero cuya copia se conserva en la coleccio'n
formada por don José Vargas Ponce (tomo 52) que guarda
la Real Academia de la Historia en su biblioteca, y es una
Instrucción que el Almirante dejo' á su hijo don Diego, que
debía sucederle, antes de emprender el tercer viaje en el
mes de Mayo de 1498, le decía: — «á Beatriz Enrique^ hayas
encomendada por amor de mi, atento como teniades á tu
Cristóbal Colón t. i.— 14
m
f£V
io6
CRISTÓBAL COLON
f§^B|i|r
~
madre; haya ella de ti diez mil maravedis cada año, allende
de los que tiene en las carnicerías de Co'rdoba.»
Y en efecto, obtenido por Colón el premio de diez mil
maravedís ofrecido por los Reyes Cato'licos al primero que
viese la tierra, cuyo privilegio se le otorgo' en Barcelona
á 23 de Mayo de 1493, pidió' que se le situara en las carni-
cerías de la ciudad de Co'rdoba ' y lo cedió' para sus gastos
á doña Beatriz Enríquez.
Cumpliendo el segundo Almirante don Diego Colo'n
estos encargos de su padre con cierto descuido y negligencia,
al parecer, muy propios de su carácter, durante su vida,
consigno' en su testamento de 8 de Septiembre de 1523,
hecho en Santo Domingo, la cláusula siguiente 2 :
«ítem: por cuanto el Almirante mi señor me dejo' enco-
mendada á Beatriz Enríquez, vecina que fué de... por ciertos
cargos en que le era, é mando' que se le diesen cada año
diez mil maravedis, lo cual yo asi he cumplido; é porque creo
que se le ha faltado de pagar algún año de los que vivió',
mando... etc.»
Juzgúese si este era el modo de tratar á la viuda de su
padre, el primer Almirante, cuando á la mujer del don
Diego todos le decían la Virreina.
Después de las palabras de Cristóbal Colón, tan con-
formes con los hechos de su existencia, examinemos lo que
dicen los historiadores más dignos de crédito.
El célebre Gonzalo Fernández de Oviedo, que fué paje
del príncipe don Juan al mismo tiempo que los dos hijos del
Almirante, y tenía la misma edad que el mayor de ellos,
siendo por tanto su testimonio de una autoridad irrecusable
en este punto, dice así en su Historia 3: «Hizo Colón que los
Reyes Cato'licos hubiesen por bien que sus hijos, el príncipe
1 Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, pág. 46.
2 Harrisse. — Christophe Colomb, París, Leroux, 1884, tomo II, pág. 495.
3 Historia general de las Indias, lib. III, cap. VI.
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO Vi
107
don Juan los recibiese por pajes suyos. Los cuales eran don
Diego Colo'n, hijo legítimo y mayor del Almirante, y otro su
hijo don Femando Colón, que hoy vive.»
El cronista de Indias Antonio de Herrera, que por o'rde-
nes superiores tuvo á su disposición cuantos documentos
podían ser necesarios para escribir la historia del descubri-
miento y colonizacio'n , se expresa así, en la Década I, lib. I,
cap. VII I :
«Caso' con doña Felipa Muñiz de Pelestrello, i ubo en
ella á don Diego Colon; i después en doña Beatriz Enriquez,
natural de Córdoba á don Hernando, caballero de gran
virtud.»
Más conciso todavía, pero más explícito por los con-
ceptos que en sus frases envuelve el docto analista de Sevilla
escribe en sus Anales 2 :
«Nació' en Córdoba don Fernando Colon de doncella
noble, y siendo viudo su padre, el año 1487.»
El conde Roselly de Lorgues, en su empeño de puri-
ficar la existencia del Almirante de toda sombra de pecado,
no tuvo reparo en adulterar algunos de los textos, ni escru-
pulizo' en pasar por alto algunas palabras de los autores que
cita; y en una obra escrita expresamente para dejar en su
punto esta cuestio'n por él promovida , que titulo' Satán
contra Christophe Colomb, ou la pretendue chute du serviteur de
Dien, se esforzó en explicar y desentrañar el sentido de los
conceptos estampados por Oviedo, por Herrera y Ortiz de
Zúñiga, para hacer ver que decían que don Fernando Colo'n
era hijo legítimo y de legítimo matrimonio del Almirante y
de doña Beatriz Enriquez.
Supuso desde luego el piadoso historiador, y como
tSSJTCCSÉ?
'rJ
>
1 Historia general de los hechos de los castellanos, etc. — Madrid, Juan Fla-
menco, 1 60 1.
2 Annales eclesiásticos y seculares de la muy noble ciudad de Sevilla. — Ma-
drid, García Infanzón, 1677, pág. 496.
ioS
CRISTÓBAL COLON
siempre, que había demostrado cumplidamente su tesis, y
puesto en clara luz el segundo casamiento de Cristóbal
Colón. Mas no debió' ser tan satisfactorio el resultado,
cuando al publicar en España la traducción de su obra el
abogado don José Antonio Dondero, la apoyo', sin duda, por
instigacio'n del mismo conde, con dos disertaciones tituladas:
La honestidad de Cristóbal Colón defendida y reivindicada L
Tanto el conde como el abogado, su coadyuvante, hacen
extraordinarios esfuerzos por demostrar á los lectores que
aquellos cronistas, de cuya veracidad no puede dudarse, re-
conocen la legitimidad de don Fernando Colo'n; y para ello
se lanzan á interpretaciones tan violentas cuanto que es ne-
cesario hacerles decir lo contrario de lo que escribieron.
Sentados quedan ya los textos literales de Gonzalo Fer-
nández de Oviedo, de Antonio de Herrera y de don Diego
Ortiz de Zúñiga. Sus conceptos convienen entre sí, apoyán-
dose mutuamente; y regla es de buena crítica no buscar
interpretación á aquellos puntos en que convienen los histo-
riadores y no ofrecen lugar á duda.
Si uno de esos cronistas hubiera diferido de los otros;
si hubiera asentado noticias contradictorias, deber es del
crítico investigar cuál de ellos pudo deducir su opinio'n de
documentos más respetables; entonces llega el momento de
concordar, de estudiar argumentos y cotejar las pruebas.
Pero si Oviedo, usando de gran prudencia, y para no lasti-
mar con sus palabras á varo'n tan digno de estima como lo
era don Fernando, se contenta con llamar á don Diego hijo
legítimo y mayor del Almirante, designando después á aquél
con las palabras de otro su hijo; si Herrera, usando igual
mesura, se limita á decir que casó con doña Felipa Muñiz y
hubo en ella á don Diego, y después en doña Beatriz Enrí-
Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón... con documentos inéditos
relativos al segundo matrimonio de Colón con doña Beatriz Enríquez de Córdoba,
— Barcelona. — mdccclxxviii.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VI
109
quez á don Fernando, pasando en silencio circunstancias
que sabía muy bien ; y el célebre analista de Sevilla añade
que nació' éste siendo viudo su padre, ¿qué concordancia nece-
sitan estas afirmaciones? Para todo el que las lea desapasio-
nadamente su significacio'n es bien clara y no hay necesidad
de explicaciones.
Pero nosotros vamos á continuar la demostración en
terreno en que aquéllos parece no se atrevieron á entrar, á
pesar de que debían serles conocidas las autoridades que
vamos á presentar.
Dice el conde Roselly en su obra titulada: Cristóbal
Colón y la historia postuma ■ , citando con gran encomio
ciertas palabras del P. Marcelino Civezza, que no se podrá
citar ningún autor antiguo que niegue á* don Fernando
Colo'n la cualidad de hijo legítimo. La contestación es muy
fácil y concluyente. El ilustre don Nicolás Antonio, cano'-
nigo de Sevilla y autor de una obra de bibliografía cuyo
mérito es cada vez más reconocido y alabado por todos los
hombres de ciencia, concurre á desvanecer aquella afirma-
ción injustificada, cuando refiriéndose al origen de don Fer-
nando dice que fué procreado fuera de matrimonio, citra
conjugium procreatus 2 . Contra esta afirmación se atreve á
decir el conde, en su obra citada, que don Nicolás Antonio
era inepto papelista , y el señor Dondero que su testimonio
es muy posterior á los hechos de que se trata.
Después de las palabras de tan autorizados y concien-
zudos historiadores, cierran la cuestio'n, sin que á nuestro
1 Histoire posihume de Christophe Colomb. — París, librairie academique
Didier, 1885, pág. 284.
s Nicolás Antonio. — Bibliotheca Nova, tomo I, pág. 373. «DonFerdi-
nandus Colon, magni illius Christophori , novi ad occidentem solem orbis ad
inventorim, filius ex Beatrice Henriquez (quam in codicillo quodam anno MDV.
Augusti XXV. die Segoviae facto, heredibus exhibendam ut filii matrera Chris-
tophorus ipse commendat) citra conjugium procreatus, literarum studia cupi-
dissime amplessus, aenudo se paternae virtutis, quavia potuit, serio constanterque
ab hinc saeudo Hispali profitebatur.»
no
CRISTÓBAL COLON
H
m¿
entender pueda discutirse más sobre ella, las de un escritor
tan grave que so'lo su nombre basta para darles autoridad.
A su afirmacio'n no pueden dársele interpretaciones; y de
ellas se desprende con entera seguridad la recta inteligencia
que debe darse á los conceptos de Oviedo, de Herrera y de
Ortiz de Zúñiga, y la verdad con que hablaron tanto éstos
como don Nicolás Antonio.
El obispo de Chiapa, fray Bartolomé de Las Casas, el
amigo de don Diego y de don Fernando Colo'n, y que, según
ya se ha repetido, poseyó' tantos papeles y documentos inte-
resantes de la familia , se expresa así ' :
«Tenía hecho su testamento, en el cual instituyo' por su
universal heredero á su hijo don Diego, y si no tuviese hijos
á don Hernando, su hijo natural.))
Parécenos que don Nicolás Antonio y el obispo de
Chiapa son autores dignos. Pero dicho se está que el texto
del P. Las Casas no aparece en ninguna de las obras del
conde Roselly de Lorgues, porque en ellas no se trataba de
buscar la verdad.
Contra el propo'sito que nos hemos trazado, se han
acumulado las citas en este lugar, porque el asunto lo
reclama por su importancia, y para destruir la base en que
pretendieron fundarse, para alterar la verdad histo'rica, los
sostenedores del segundo casamiento de Cristóbal Colón.
Bien á las claras se desprende, de cuanto dejamos expuesto,
que no fueron los autores protestantes los que quisieron
rebajar su mérito, designando á don Fernando Colo'n con la
calificacio'n de hijo natural. Antes de que Irving, Humboldt
y Prescott hubieran pensado en escribir sus obras sobre el
descubrimiento, los escritores castellanos contemporáneos de
los sucesos, y conocedores de las personas que en ellos figu-
raron, habían consignado en sus libros los datos, documentos
y noticias que aquéllos después aprovecharon.
Historia de las Indias, lib. II, cap. XXXVIII.
112
CRISTÓBAL COLON
Mucho había aumentado el número de los favorecedores
de Cristóbal Colón en la corte, desde el día en que fué
recibido por los Reyes y expuso ante ellos las razones funda-
mentales de sus cálculos. Entre los más notables por sus
cualidades y por la influencia que ejercían en el ánimo de la
Reina, hay que señalar desde luego á la insigne doña Beatriz
de Bobadilla, marquesa de Moya, y á su esposo Andrés
Cabrera, del que se decía, y con algún fundamento, que
había dado la corona á doña Isabel.
Pero quien desde el primer momento ofreció' verdadero
amparo al genovés, socorriéndole con generosidad y alen-
tando sus esperanzas, fué el docto y respetable fray Diego
Deza, prior del convento de Dominicos de Salamanca,
maestro del príncipe don Juan, y uno de los hombres más
notables entre los muchos que ilustraron aquel reinado, que
por sus méritos, su ciencia y sus virtudes fué obispo de
Zamora y de Palencia, ascendiendo después á la Metropo-
litana de Sevilla, y cuando ocurrió su fallecimiento había
sido propuesto para la Primada de Toledo, según asegura el
historiador Gonzalo Fernández de Oviedo.
No era fray Diego Deza uno de esos sabios de gabinete,
de corazo'n frío é inteligencia meto'dica, que todo lo miran
por el prisma de la inmediata utilidad , y hacen depender el
mérito de los hombres del éxito que logran sus empresas.
Verdadero apasionado de la ciencia; deseando fomentar y
proteger todos los adelantos, y comprendiendo la idea de
progreso en el mismo sentido patrio'tico y moral en que la
concebía la reina doña Isabel, tomo' verdadero interés en los
proyectos de Colón; cobro' afecto á su persona, y le ayudo'
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO Vil
ii3
de un modo tan eficaz á vencer todas las contrariedades que
se le opusieron; fué con él tan constante y tan afectuoso,
que bastarían para inmortalizarle y hacerle digno de la
gratitud de la historia, si otros muchos títulos no tuviera
para ello, las frases de reconocimiento que en sus cartas dejo'
consignadas Cristóbal Colón.
Siempre, desde que yo vine en Castilla, me ha favorecido y
deseado mi honra, dice en una de ellas, dirigida á su hijo, y á
nada puede referirse con más exactitud este recuerdo, que á
la protección que empezó' á dispensarle Deza desde el mo-
mento de su presentación en Córdoba. Bien conocía éste la
importancia que con justicia se había conquistado en la
corte fray Hernando de Talavera: claramente vio lo mucho
que perjudicaba á los deseos de Colón el fallo, o' dictamen
de la Junta que aquél había presidido; pero notando, con
severa perspicacia, la gran diferencia que mediaba entre lo
propuesto por aquellos señores y la resolucio'n comunicada
al genovés de orden de los reyes, y conociendo que el pro-
yectado descubrimiento placía á los soberanos, los cuales
dudaban en aceptarlo tanto por las necesidades del momento,
que eran muy apremiantes, cuanto por las dificultades que
ofrecía y que fueron reconocidas y exageradas por muchos
sujetos de gran concepto por su saber y experiencia, tuvo
la inspiracio'n de oponer razones á razones; al juicio de
una Asamblea el juicio de otra más autorizada, y robus-
tecer en cuanto fuera posible la hipo'tesis, las teorías, los
cálculos de Colón, con la aceptacio'n del cuerpo científico
más renombrado que entonces había en España, y que
merecía respeto y admiración á todos los pueblos cultos de
Europa.
Fray Diego Deza, catedrático de Teología y prior del
convento de San Esteban, . que conocía muy bien á los
hombres eminentes que ocupaban las cátedras de la Univer-
sidad de Salamanca, decidió' llevar allí á Cristóbal Colón
para que expusiera su pensamiento, en la seguridad de
Cristóbal Colón t. i. — 15
C'r y \
114
CRISTÓBAL COLON
abrirle nuevos y favorables caminos con el dictamen del
respetable claustro.
Para comprender bien todo el valor de aquella resolu-
ción y la trascendencia del paso que se daba , es necesario
conocer á fondo la importancia de la escuela de Salamanca,
trasladándonos, en cuanto es posible, al estado de España en
aquella época.
(f A fines del siglo xv, dice el señor don Tomás Rodrí-
guez Pinilla, cuyo estudio en este punto es lo más notable
que hasta hoy se ha escrito, y al que nada es posible añadir,
la Universidad de Salamanca irradiaba ya su luz por todo
el orbe cristiano. Sus teo'logos la habían hecho célebre en
los concilios de Constanza y Basilea. Sus jurisconsultos
ilustraban los consejos de la corona, y la representaban
gallarda y ventajosamente en las cortes extranjeras. Sus
humanistas encendían antorchas que iluminaban el campo
de la filología y las fuentes del saber. Sus filo'sofos luchaban
ya por salir de la amanerada y estéril senda del escolasti-
cismo. Sus matemáticos abrían las puertas que habían de
conducir á los dilatados horizontes de la ciencia. Sus músi-
cos ensanchaban los hasta allí estrechos dominios del arte.
Sus poetas mejoraban los primeros esbozos de la dramática
y preludiaban las admirables obras del siglo de oro. Y sus
médicos mismos convertían el vulgar empirismo en ciencia
bienhechora de la salud.
»Si nuestro propo'sito fuera so'lo el de citar hombres
ilustres... ¡qué pléyade tan luminosa de profesores eminen-
tes, de escritores distinguidos, de hombres de fama europea
por su saber, por sus virtudes 3^ gloriosos hechos, podríamos
ofrecer aquí á nuestros lectores! La historia de las letras
conservará con perdurable solicitud los nombres de los
Anaya y Cisneros, de los Deza.y Talavera, de los Victorias
y Sotos, délos Alfonso de Fonseca y Ramírez de Villaescusa,
del doctor Benavente y de Pedro Margallo, cultivadores
incansables de las ciencias sagradas y profanas.))
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII
ii5
«Porque ya entonces de aquel hogar sagrado de las
ciencias y las artes salían destellos que llevaban el calor vivi-
ficante de las ideas á lejanas distancias. Las Universidades
la pedían maestros; los monarcas consejeros, médicos y pre-
ceptores; y los mismos pontífices romanos la demandaban
músicos, médicos y sagrados oradores; delectacio'n, informes
y doctrina.
«Recuérdese sino, que á Juan de la Encina y al ciego
Francisco Salinas se los llamo' para ser escuchados en Roma,
como lo fueron, en otros conceptos, Juan de Aguilera,
médico famoso, y los consumados teo'logos Diego del Cas-
tillo, Antonio de Burgos, Cabrera Morales, Juan Maldo-
nado, Francisco de Toledo y Pedro Chaco'n.»
c Había en Salamanca no solamente cátedras de Mate-
máticas, de Física y de Filosofía natural, sino de Astrología;
y no tan so'lo eran conocidas y comentadas las obras de
Aristo'teles y de Plinio, de Ptolomeo y de Pomponio Mela,
de Strabon y de Marco Manilio, mas se conocían y estu-
diaban las de Alkabisius, de Albunasar y de Alfagrán; las
de Juan de Monte- Regio (las Ephcmeridcs y el Astrolabius),
así como la Sphera Miindi de Sacrobosco, cuya obra comen-
taba y añadía Pedro Ciruelo. Que Abraham Zacuth escribió'
alií su Almanaque perpetuo y sus Tablas; Aguilera sus Cationes
Astrolabii universalis; Espinosa su Philosophia naturalis, y
otros Comentarios á la Esfera de Sacrobosco.»
«Pues bien, á ese gran liceo, á esa fecunda almáciga de
hombres de ciencia y de letras, llevaron á Cristóbal Colón
sus decididos protectores Quintanilla, Santángel, el cardenal
Mendoza, Cabrero y el reverendo fray Diego Deza. Era éste,
sin duda alguna, el más fervoroso y francamente declarado
partidario del genovés y de sus proyectos. De pecho abierto,
de inteligencia clara y de elevado espíritu el maestro del
ÍSl^]
n6
CRISTÓBAL COLON
:
*m¡
príncipe, prior de la comunidad de dominicos de Salamanca
y catedrático de prima de Teología de aquella escuela, no
podía menos de ejercer en ella una legítima y muy poderosa
influencia ; y la conocía intus et extra lo bastante , para espe-
rar confiadamente que en ella hallarían eco las ideas cosmo-
gráficas y los atrevidos pensamientos de Colón; que allí
encontraría personas competentes que le entendiesen y apo-
yasen; que allí le proporcionaría nuevos y fervientes parti-
darios.»
Dos dificultades se presentaban. La ausencia de los
Reyes Cato'licos, y la falta de recursos del navegante.
Firme en su propo'sito el ilustre dominico, y cada vez
más convencido de la necesidad de dar aquel paso, cuyo
resultado veía seguro, conferenciaba repetidas veces con
Colón, le fortalecía y ponía á su vista la importancia deci-
siva que para contrarrestar la opinio'n desfavorable que se
había formado, había de tener la aprobacio'n de los graves
profesores de Salamanca r . Kra una apelacio'n disimulada,
sin aparente carácter de oposicio'n, ni de censura, pero que
había de concluir por neutralizar el efecto que causara el
dictamen de la Junta presidida por Talavera. Y para faci-
litar la práctica de aquella noble idea, el generoso prelado
se hizo cargo de ios gastos de Cristóbal Colón y escribió'
á su convento de San Esteban para preparar los ánimos
de sus amigos, y que se dispusiese alojamiento donde
aquél pudiera permanecer todo el tiempo que fuera nece-
sario.
La otra dificultad se encargo' de allanarla la Provi-
dencia. Los Reyes, calmadas las turbulencias de Galicia,
decidieron pasar el invierno en Salamanca; y desde el mo-
mento en que esta noticia se supo en Córdoba, cesaron todas
1 Espagne, traditions, moeurs et littératurc, par Antoine de Latour. — París,
Didier, 1869; cap. XI.
LIBRO PRIMERO. — CAPITULO VII
117
las indecisiones, concluyeron las dudas, y Colón se puso en
camino para Castilla.
Hospedaron los frailes del convento de San Esteban al
navegante genovés en una granja llamada de Valcuebo, que
poseían á corta distancia de la ciudad. Situada en una
pequeña altura, en sitio ameno y agradable, era por su
posicio'n aislada y por la belleza de sus alrededores, lugar
muy apropiado para el estudio y la meditacio'n. Allí concu-
rrían sucesivamente los más graves religiosos, que acompa-
ñaban á su huésped por algunos días, y escuchaban sus
palabras sin prevencio'n alguna , y antes bien con el deseo de
encontrar la conviccio'n necesaria para aceptar aquellas nove-
dades que tan profundas revoluciones anunciaban en el
terreno de la ciencia. A veces iban á Valcuebo con los
padres dominicos algunos respetables profesores de la célebre
Universidad; en otras ocasiones dejaba Colón su retiro, y
en el convento de San Esteban, en la sala que se llama hoy
de Profanáis, se celebran, según tradicio'n no interrum-
pida, las reuniones más importantes y numerosas «en que
no solamente había maestros y catedráticos de teología y
artes, pero aun en las demás facultades, matemáticas y artes
liberales. Comenzaron á oirle y á inquirir los grandes fun-
damentos que tenía, y á pocos días aprobaron su demos-
tración i .í)
La celebracio'n de tan repetidas conferencias, ora en el
convento de San Esteban, con la asistencia de tantos ilustres
maestros; ora en la retirada quinta de Valcuebo, fué desde
luego objeto de curiosidad entre los estudiantes, y aun entre
los profesores que todavía no tenían conocimiento de los
atrevidos proyectos de Colón; siendo tema obligado de
todas las disputas entre los hombres de ciencia, y más
cuando llego' á entenderse que los más sabios y respetables
1 Varones ilustres del Nuevo Mundo, por don Fernando Pizarro y Ore-
llana. — Madrid, 1639.
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doctores encontraban bien fundados los cálculos de aquel
extranjero, que se proponía ensanchar los límites del mundo
conocido.
Ya Cristóbal Colón era señalado por todos con cierta
curiosidad mezclada de respeto cuando transitaba por las
calles , d se dirigía en unio'n de algunos religiosos dominicos
á su retiro del campo : ya se hablaba en todas partes de la
probabilidad de su gran descubrimiento pasando los últimos
límites del mar tenebroso, y se ponderaban las inmensas
riquezas de los reinos del Gran Kan: ya, en fin, aquel pensa-
miento, cuya magnitud había espantado á los más atrevidos
navegantes portugueses, y parecido irrealizable y de toda
repulsa digno á los doctores y marineros reunidos en Co'r-
doba, comenzaba á ser mirado con benevolencia, y tenía en
su favor la opinio'n de muchos doctos, y hasta cierta simpa-
tía en el pueblo, cuando los Reyes, á su regreso de Galicia,
hicieron su entrada en Salamanca al finalizar el otoño del
año 1486.
Allí permanecieron hasta fin de Enero del año siguiente;
y en todo ese tiempo, aunque el pensamiento de los Sobe-
ranos estaba fijo en la campaña contra los moros, que
deseaban empezar en cuanto la estacio'n lo permitiera, no
cesaron de llegar á sus oídos las noticias de aquellas confe-
rencias habidas en San Esteban, ni dejaron de conocer la
atmo'sfera favorable que se había formado en torno del
marino de Genova. Este fué, sin duda alguna, el trabajo de
los verdaderos amigos de Colón. Doña Beatriz de Boba-
dilla, fray Diego Deza, Alonso de Quintanilla y otros,
hablaban intencionalmente, ante los Reyes, de las opiniones
formuladas por los más ilustres maestros de la Universidad
y del Colegio, y es indudable que lograron fijar su atencio'n,
y disminuir, si no lo borraron del todo, el mal efecto
causado por la opinión de fray Hernando de Talavera.
Don Fernando y doña Isabel salieron de Salamanca con
direccio'n á Co'rdoba el 29 de Enero: Colón permaneció'
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO VII
119
todavía algún tiempo entregado á sus estudios y en confe-
rencias con sus protectores; pero su causa había ganado
mucho lugar; su persona empezó á gozar mayor considera-
ción, y aunque á su llegada á Co'rdoba por los primeros días
del mes de Marzo, todavía los alegres hijos de aquella ciudad
andaluza le señalaban como loco, el concepto de las personas
ilustradas y la opinión de la corte habían cambiado por
completo, y en todas las conversaciones eran discutidos ya
en tono muy diferente los proyectos que aquél ofrecía á los
Reyes.
Partió' don Fernando para el memorable sitio de Má-
laga, y quedo' en Co'rdoba la Reina, encargada de proveer
las necesidades de la hueste; pero lejos de olvidar al genovés
en medio de aquellas graves atenciones, hubieron de repe-
tirle, por mediacio'n del tesorero Francisco González de
Sevilla, que cuando las circunstancias lo permitieran se ocu-
parían detenidamente de su pretensio'n; y como quiera que
desde entonces podía considerársele como unido al servicio
de los Reyes , en 5 de Mayo se le mandaron pagar tres mil
maravedís, siendo muy digna de fijar la atencio'n la circuns-
tancia de que la cédula fué expedida por Alonso de Quinta-
nilla, con mandamiento del obispo de Palencia don Diego
De^ct l , sus dos favorecedores y amigos. En 3 de Julio se le
libraron otros tres mil maravedís, como ayuda de costa.
Esta variacio'n en la conducta de la corte, y la conside-
racio'n que desde entonces mereció' Cristóbal Colón, fué el
inmediato resultado de las opiniones de los frailes y profe-
sores de Salamanca, y de la perseverante amistad de fray
Diego Deza.
Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. II.
I20
CRISTÓBAL COLON
II
Por la narración que en la- forma más clara y concisa
hemos procurado hacer de lo que fué la Junta que examino
en Co'rdoba los proyectos de Colón bajo la presidencia del
prior de Prado fray Hernando de Talayera, y la significa-
cio'n de las conferencias habidas en el convento de San
Esteban de Salamanca, se descubre perfectamente el dife-
rente carácter que esas asambleas revistieron.
Se ha fantaseado tanto acerca de estas juntas, se ha
escrito con tal falta de datos sobre sus decisiones y los
argumentos que se opusieron á las teorías de Cristóbal
Colón, que entre los errores de unos, las imaginaciones de
otros, los odios de escuelas de estos, y la ciega pasio'n de
aquellos, se han llegado á confundir los sucesos y á producir
una oscuridad que no es fácil disipar sino fijando los pocos
datos indubitados que en los primeros historiadores pueden
recogerse, y los que se desprenden de las declaraciones de los
testigos que fueron examinados muchos años después en el
pleito seguido entre don Diego Colo'n y el fiscal del Rey, de
los cuales muchos habían conocido al primer Almirante
desde que llego' á España, y le habían acompañado en sus
primeros viajes.
De la Junta de Co'rdoba, convocada con carácter oficial
de orden de los Reyes, hubo de extenderse dictamen, según
lo comprueba la declaracio'n del doctor Maldonado, por-
que SS. AA. deseaban saber la opinio'n de hombres enten-
didos, sabios y marineros antes de decidirse á tratar con
Cristóbal Colón, cuyos proyectos parecían exageradamente
atrevidos, como opuestos á todo lo que la ciencia entonces
enseñaba. Pero es verdaderamente de extrañar que los más
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII
121
distinguidos historiadores , como Humboldt , Navarrete,
Washington Irving y Prescott llamen Consejo de Salamanca á
aquella Junta, y la confundan con las conferencias científicas
que por inspiracio'n é iniciativa de fray Diego Deza se tuvie-
ron en aquella ciudad muchos meses después, y precisamente
con el objeto de neutralizar los efectos del desfavorable juicio
de la Junta de Co'rdoba. En Salamanca no se celebro Consejo,
ni aquellas reuniones tuvieron carácter oficial, ni más autori-
dad que la de la ciencia. Sin embargo, la poesía y la pintura
se han apoderado del Consejo de Salamanca, y presentan ante
él á Colón como á un estudiante ante sus examinadores.
No es nuestra únicamente esta opinión. La defienden
notables escritores cuyos argumentos no tienen réplica á
nuestro entender.
«Para proceder rectamente y sin que la preocupación
ofusque, ni el interés oscurezca un asunto de tanta monta,
comparemos texto con texto, el de Ulloa con Remesal y la
narracio'n fernandina con otros documentos originales: de
este modo los lectores podrán apreciar por sí mismos todo
el mérito de la flamante elucubracio'n. «El Rey cometió al
prior del Prado para que confiriese con los más hábiles
cosmo'grafos.» A esto responde Remesal ': «Desechado
Colón de algunos reyes como hombre quimerista y de poco
juicio, para persuadir su intento á los Reyes de Castilla... vino
á Salamanca á comunicar sus razones con los maestros de as-
trología y cosmografía, que leían estas facultades en la Uni-
versidad.» Y añade Pizarro 2 : ((determinó Colón de ir a la
Universidad de Salamanca como madre de todas las ciencias.»
Es decir, que según Ulloa, cometió el Rey al prior del
Prado: según los historiadores salmantinos, fué Colón el que
vino para persuadir a los Reyes: fué Colón quien determinó ir
a Salamanca como á madre de todas las ciencias.» Y sigue
Historia de la provincia de Chiapa, lib. II, cap. VII, núm. 3.
Varones ilustres del Nuevo Mundo, cap. III.
Cristóbal Colón, t. i. — 16.
122
CRISTÓBAL COLON
J2»
el texto de Ulloa: «obedeció el prior del Prado, pero como
los que había juntado eran ignorantes, no pudieron com-
prender nada de los discursos del Almirante, que tampoco
quería explicarse mucho...» A esto responde Pizarro : «de-
termino de ir á Salamanca como á madre de todas las
ciencias. Halló grande amparo en el convento de San Esteban,
en donde florecían en aquella sazo'n todas las buenas letras;
que no solamente había maestros de teología y artes ; pero
aun de las demás facultades, matemáticas y artes liberales.
Comenzaron á oírle y á inquirir los fundamentos que tenía
y...» añade Remesal: «En el convento se hacían las Juntas
de los astrólogos y matemáticos: allí proponía Colón sus
conclusiones, y las defendía.» De suerte que los cosmó-
grafos de Ulloa eran ignorantes y no comprendieron los
discursos del Almirante, mientras que en Salamanca hallo'
grande amparo y comenzaron á oirle é inquirir los funda-
mentos que tenia. Y sigue Ulloa: «los cosmo'grafos dijeron al
Rey que el intento de Colón era imposible.» A esto res-
ponde Remesal: «comenzó' á proponer sus discursos y
fundamentos, y en so'lo los frailes de San Esteban encontró'
atención y acogida... y con el favor de los religiosos redujo
(Colón) á su opinión a los mayores letrados de la escuela.)-)
Y añade Pizarro: «comenzaron á oirle... y á los pocos días
aprobaron su demostración.))
Ahora bien: ateniéndonos al sentido obvio y natural de
las palabras, son bien marcadas las diferencias que median
entre la Junta de cosmo'grafos presidida por el prior del
Prado y las conferencias de San Esteban. La una es de
orden de los Reyes, aunque no solemne, ni rodeada de la
pompa de que la viste la fantasía de los colombianos, pero
al fin es oficial, como diríamos hoy, puesto que el Rey
(no'tese bien, no la Reina, á quien todos dan la gloria de
haber comprendido al genio), puesto que el Rey comete al
prior del Prado su reunio'n y presidencia. Por el contrario,
las conferencias de San Esteban, aunque más solemnes é
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII
123
importantes que la Junta de la corte, presidida por el repre-
sentante del Rey, tienen un carácter privado y espontáneo,
y no reconocen otra presidencia que la prioridad de los
dominicos en comprender al marino, y la superioridad y
ascendiente de Deza para • convencer á los maestros más
insignes de la escuela. En la primera asiste Colón como un j(
pretendiente y su empresa se somete á un rigoroso examen,
antes de adoptada por los Re}-es. En las segundas es el
mismo Colón el que las provoca, viniendo espontáneamente
á Salamanca, con el fin de autorizarse con el apoyo y
parecer de la escuela, que respetan los Reyes y tiene gran
celebridad en el mundo. En la primera los vocales son tan
ignorantes en cosmografía, que no comprenden los discursos
del Almirante. En las segundas los oyentes son maestros
de matemáticas, de astronomía y cosmografía, que si no
excedían, estaban al menos á la altura de los conocimientos
de la época. Pudieron disentir del marino, pero no eran
incapaces de comprender sus discursos y conclusiones. En
la primera todos los cosmo'grafos , la Junta en pleno informo'
al Rey, que el intento de Colón era imposible: en las
segundas desde luego encontró' ((atención en los dominicos
que comenzaron á oirle é inquirir sus razones y fundamentos,
y á pocos días aprobaron su demostracio'n: y después con el
favor de los dominicos redujo (el Almirante) á su opinio'n á
los mayores maestros de la escuela.» Más aún; de las pala-
bras de Remesal: apara persuadir su intento á los Reyes de
Castilla;» y de las de Pizarro: «determino' de ir,» se infiere
claramente que Colón vino á Salamanca después, y á conse-
cuencia de no haber sido comprendido en la Junta cortesana
y que vino á la madre de todas las ciencias precisamente ((para
persuadir su intento á los Reyes» que, mal impresionados con
la resolucio'n de la Junta y de las pláticas habidas en la corte,
necesitaban nada menos que un informe favorable de la madre
de todas las ciencias, para desvanecer la impresio'n que reci-
bieran de la Junta presidida por Talavera.
124
CRISTÓBAL COLÓN
«Por eso Colón, sabiendo que Salamanca gozaba á la
sazo'n de una fama universal, y en la esperanza de ser enten-
dido por la madre de todas las ciencias, determinó de ir (por
indicacio'n de los Reyes acaso, pero sin mandato ni carácter
alguno oficial), adonde su corazo'n le decía que había de
encontrar atención y acogida por lo menos, y después de
asentar y defender sus conclusiones, reducir á su, opinión á
los mayores maestros de la escuela.»
Esta es, al menos, la conclusio'n que sin esfuerzo ni
violencia alguna, se desprende de las palabras citadas '.
Claramente aparecen aquí deslindadas, en forma' muy
semejante á la que nosotros dejamos expuesta, aunque
apoyándose en otros argumentos , la Junta en Córdoba y las
Conferencias de Salamanca; y es altamente satisfactorio el
ver adoptadas tales conclusiones por escritores cuya posicio'n
les ha permitido examinar los documentos en el lugar mismo
en que ocurrieron los hechos, y cuyo carácter presta respe-
tabilidad á las opiniones que sustentan.
«Se equivocaron, sí: se equivocaron lastimosamente,
dice otro docto escritor á quien se debe mucha luz en todo
este período 2 , tanto Muñoz como Bossi y lo mismo Nava-
rrete que Humboldt, que Irving y Prescott, ni más ni menos
que los Lamartine y los F. Cooper, y lo mismo Roselly que
du Belloy y así Mr. Latour como E. de Chanel, el duque de
Rivas tanto como el espiritual Campoamor, novelistas,
poetas é historio'grafos al dar de barato que (da Universidad
»de Salamanca declaro' imposible el intento de Colón;»
que «la docta Junta de Salamanca dio' un dictamen desfa-
«vorable; que declaro el plan del insigne cosmo'grafo qui-
»mérico, impracticable y apoyado en muy débiles fundá-
is
1 Colón en Salamanca ó el huésped de San Esteban, por el señor don
Alejandro de la Torre y Vélez, canónigo doctoral de la santa iglesia catedral de
Salamanca. — Estudio premiado por la «Sociedad Colombina Onuvense» en el
certamen del año 1885, y publicado en la Memoria correspondiente al mismo
año. — Huelva, viuda é hijos de Muñoz, 1885.
8 D. Tomás Rodríguez Pinilla. — Colón en España, pág. 243.
LIBRO PRIMERO.— CAPITULO VII
125
wmentos;» se equivocaron lastimosamente, tomando las
Juntas y pláticas del prior del Prado tenidas en Córdoba á
principios de 1486, por las famosas Conferencias de Sala-
manca, que provocadas oficiosamente por los entusiastas pro-
tectores de Colón, y dirigidas, inspiradas y presididas por
el R. P. M. fray Diego de Deza, se celebraron durante
la estancia de los Reyes Cato'licos en aquella ciudad en 1486
y 1487.»
En cuanto á los argumentos que se formularan contra
las teorías expuestas por Cristóbal Colón, aunque supon-
gamos sean los mismos que en diferentes lugares consigna
el P. Las Casas, no puede causar extrañeza, ni acusan
ignorancia, ni mucho menos preocupacio'n , parcialidad,
intransigencia ni fanatismo por parte de aquel ilustradísimo
y célebre cuerpo de profesores, ni de los frailes de San
Esteban; antes por el contrario, todos se mostraron á gran
altura y dotados de condiciones excepcionales. Eran las
razones de la ciencia antigua, los axiomas admitidos que
se oponían á las teorías innovadoras y se presentaban en
la discusio'n para ser contestados. Esta ha sido siempre la
suerte de todos los adelantos, y es la historia de todas
las evoluciones, de todos los descubrimientos. Cuando por
vez primera se anuncian á la humanidad las grandes ideas
de progreso y de perfeccionamiento ; cuando se presenta
alguno de esos hombres extraordinarios que de tiempo en
tiempo aparece trayendo en su cerebro verdades hasta
entonces desconocidas, aspirando á romper los antiguos
moldes del pensamiento, á ensanchar los límites de la
ciencia, sus ideas son tenidas siempre por sueños irreali-
zables, por utopias, y los autores escarnecidos las más veces,
y vilipendiados muchas, sacrificados algunas...
On les per se cute , on les tue:
Sauf, apres un long examen,
A les dresser une statue
Pour la gloire du genre hutnain.
126
CRISTÓBAL COLON
No llego á tanto extremo la desventura de Cristóbal
Colón. Sufrieron sus planes largas dilaciones: se le arguyo'
con la autoridad de San Agustín, y con la de Ptolomeo:
se le opuso el texto de los Salmos de David, y el de las
Suasorias de Séneca. «Que Colón conocía más que mediana-
mente la Escritura y alguno que otro de los Santos Padres,
sobre todo en aquello que hacía al objeto de su continuo
ideal, suministran pruebas abundantes todas sus cartas, y
especialmente el libro de las Profecías. Que en la lectura
de los filo'sofos griegos y latinos estaba más versado aún, lo
convence el testimonio irrefragable de los escritos que de él
se conservan , y por de todo punto llano debemos , me
parece , tener que la decidida proteccio'n que hallo' en los
doctores de Salamanca, más que á las teorías de su ingenio
la debió' á las que sobre el particular expuso de Séneca,
Aristo'teles y Strabo'n, filo'sofos harto conocidos del claustro
salmantino *.» Pero sea de esto lo que se quiera de la
controversia salió' vencedor como pocas veces lo ha logrado
el genio: la ciencia antigua se presento' subyugada, admitió'
la innovacio'n, y por resultado de aquella fecha tuvo Colón
medios para hacer sus viajes y España la gloria del descu-
brimiento.
1 Estudios críticos acerca de la dominación española en América. —
I. Colón y los españoles, por el P. Ricardo Cappa, de la Compañía de Jesús —
Madrid, Velasco, 1887, pág. 51.
128
CRISTÓBAL COLON
Brillante y de grandes resultados, aunque larga y no
falta de trabajos y contratiempos fué la campaña del
año 1487.
Entrego'se la ciudad de Velez-Málaga al rey don Fer-
nando, viernes 27 de Abrü, y apenas se tomo' posesio'n de
la plaza y se consagraron en iglesias las mezquitas, á tres
días del siguiente mes de Mayo, según Andrés Bernáldez,
hubo el Rey consejo, 3^ decidió el sitio de Málaga, ciudad la
más importante que poseían los moros, después de su corte
de Granada.
Largo fué el asedio, y alentaba á los defensores la idea
de que los cristianos habían de levantarle por las grandes
pérdidas sufridas. Para quitarles esa esperanza que alimenta-
ban algunos desertores del real, diciéndoles, que la Reina no
quería que continuara la guerra, escribió' el Rey á su esposa
doña Isabel viniera á acampar ante los muros de la ciudad,
que al cabo capitulo' y se rindió' á 18 del mes de Agosto.
Pudiera creerse que los monarcas habían olvidado las
proposiciones de Colón, ocupados enteramente en las con-
quistas del territorio; pero no era así, y aun podría sospe-
charse que algunos cortesanos se las recordaban; pues
dilatándose la permanencia de los Reyes en el campamento,
se entregaron á Colón cuatro mil maravedís de orden de
SS. AA. y por cédula del obispo, para que pasase al real.
¡Triste y hermoso espectáculo pudo presenciar allí, viendo
más de seiscientos cautivos rescatados, flacos y amarillos,
que salían de las prisiones para restituirse á sus casas ; y á
los moros que abandonaban sus hogares, buscando en otros
pueblos albergue para sus familias!
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII
129
Las escenas que, a no dudar, presencio Colón á su
llegada al real sobre Málaga, y en las que tal vez tomo una
parte activa, están magistralmente descritas por el bachiller
Andrés Bernáldez :
«En esto assí concertado, luego el Dordux entrego' al
Rey las fortalezas , é torres é aljimas , é sobrepuertas de la
ciudad, dexando á Gibra-alfaro, que lo tenía al Zegrí. E el
Re} r mando' á pregonar que cualquiera que tomase cosa
de los moros, o les faciesse desaguisado, muriese por ello; é
envió' su guión é la cruz de la Cruzada . é el pendón de las
Hermandades, acompañados de muchos caballeros é muy
armados, después de haber tomado rehenes del Dordux, á
tomar las fortalezas de Málaga. E des que vido, empinados
sobre las mas altas torres su jente señorear las fuerzas de la
ciudad, dio' muchas gracias al Señor nuestro Dios y agrade-
cióle mucho la victoria grande que allí le había dado. E la
Reina é la Infanta, con sus dueñas é damas, é toda la
campaña Real, hincados de rodillas en tierra, presentaron
á nuestro Señor é á la Virgen Santa Maria gloriosísima
muchas oraciones é alabanzas y al Apóstol Santiago. E eso
mesmo hicieron todos los devotos christianos del real. E los
Obispos é clerecia que alli se hallaron, cantaron Te Deum
laudamus é Gloria in exelcis Deo.
«Fué este dia que la ciudad se entrego sábado 18 dias
andados del mes de Agosto, año susodicho de nuestro Señor
Jesuchristo de 1487 años. Habia estado cercada desde siete
dias andados de Mayo: ansí el Rey la tuvo cercada tres
meses é once dias, fasta que la entregaron como dicho es.
E luego el Rey mando' á pregonar por toda la ciudad entre
los moros, que cada uno con lo suyo estuviesen seguros
en sus casas; é fizo entre ellos poner muy grandes guardas
por las calles é puertas, porque ninguno non se fuesse, ni
ninguno los agraviase, ni los enojase, ni tomase lo que
tenian.
»E luego demando' los cautivos christianos que en
Cristóbal Colón, t. i. — 17.
130
CRISTÓBAL COLÓN
£&
Málaga estaban , é fizo poner una tienda cerca de la puerta
de Granada, donde él, é la Reina, é la Infanta, su fija, los
recibieron; y fueron entre hombres y mujeres los que allí
los moros les trajeron fasta seiscientas: personas: é á la
puerta por do salieron estaban muchas personas con cruces é
pendones del real, é fueron en procesión con ellos fasta
donde estaban el Rey é la Reina atendiéndolos. E llegando
donde sus Altezas estaban, todos se humillaban é caian por
el suelo, é les querian besar los pies, é ellos no lo consen-
tían, mas dábanles las manos, é quantos los veian daban
loores á Dios, é lloraban con ellos con alegria: los cuales
salieron tan flacos é amarillos con la gran hambre, que
creiari perecer todos, con los hierros é adovones á los pies, é
los cuellos é barbas muy cumplidos l . E de que besaron los
pies al Rey é á la Reina, loaron todos á Dios mucho, rogán-
dole por la vida y acrecentamiento dé sus" Altezas. E luego
el Rey les mando' dar de comer é de beber, les mando'
desherrar, é los mandaron vestir é dar limosnas, para des-
pensa de cada uno donde quisiese ir, y asi fué fecho é cum-
plido. En estos cautivos habia personas de grandes rescates,
que estaban rescatados; é habia personas que habia diez, é
quince é veinte años que estaban cautivos, é otros menos...
1 ^¿A
«Los moros de Málaga suplicaron al Rey, luego como
entregaron las fortalezas, que les mandase dar pan por sus
dineros, que se morian de hambre; y el Rey les mando dar
pan é harina de los montones que ellos miraban que estaban
en el real , que el moro Santo les certificaba que comerian : é
aqui se cumplieron sus agüeros, en que dijo verdad, que
comerian de aquella harina, é ansí la comieron, empero
cautivos.»
1 De este dramático episodio se inspiró el artista don Eduardo Cano para
un hermosísimo cuadro que obtuvo primer premio en la Exposición Nacional
de 1871.
LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII
131
«E alli donde ellos acorralaron los christianos , de la
gran cabalgada que hizieron de la Ajarquía el año de 1483,
é donde por costumbre tenían de meter la cabalgada de
christianos que traian cautivos, para los partir o' vender,
alli fueron ellos metidos é acorralados en aquel corral, é
acorralados é contados, é cautivos é vendidos: é alli apar-
taron los gandules de los naturales, é vendieron; é estuvie-
ron alli en aquel corral hasta que dieron forma de los llevar
á Castilla, los cuales trujeron por mar á Castilla en las gale-
ras é navios de la armada fasta Sevilla, é otros muchos por
tierra, é repartiéronlos por las ciudades, é villas é lugares *.»
Con la corte regreso' Cristóbal Colón á Co'rdoba;
pero la Providencia había dispuesto que sufriera todavía,
y no encontrara la apetecida tranquilidad para tratar de
sus proyectos.. Apenas llegados á Co'rdoba, la epidemia que
empezó' á sentirse en la ciudad hizo que los Reyes marchasen
á Zaragoza. Tardaron más de un año en volver por Anda-
lucía, pues en la primavera de 1488 hicieron entrada por
el reino de Valencia, y se detuvieron en Murcia, reduciendo
á Vera y otros muchos lugares de moros.
II
Partidos de Co'rdoba don Fernando y doña Isabel con
toda la corte, en la cual iban en diferentes oficios todos
los mejores amigos de Colón, hubo de comprender que
por entonces era preciso renunciar á nuevas gestiones y
1 Historia de los Reyes Católicos, por el bachiller Andrés Bernáldez. —
Sevilla, Sextrín, 187 1, tomo I, caps. LXXXV y LXXXVII.
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132
CRISTÓBAL COLÓN
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permanecer en inacccion. No es posible saber hoy de una
manera cierta, aunque se pueda conjeturar, cuál fué el
motivo que le indujo á escribir al rey de Portugal,
manifestándole su deseo de pasar á Lisboa. Entre los indi-
cios que se han podido rastrear como razo'n de aquel viaje,
ninguno es bastante para que podamos afirmar ni si lo
emprendió' movido por negocios particulares , o' por el
intento de ponerse al corriente de los últimos descubri-
mientos de los portugueses , y hablar detenidamente con los
navegantes; o' quizá para volver á la gracia del monarca, y
tenerle propicio en una eventualidad posible, aunque remota.
Ya dejamos dicha la manera con que Colón salió de
Portugal en 1484, disgustado por haber conocido el intento
de robarle sus proyectos, y receloso de que el rey lo detu-
viera si comprendía su propo'sito de pasar á España á
ofrecer á sus Monarcas el descubrimiento; por lo que salió'
ocultamente, lo más que pudo, como dice el P. Las Casas; y
esto podía ser la causa de su temor al regresar.
Mas por otra parte se encuentra en su. testamento
otorgado en Valladolid en 19 de Mayo de 1506, ante el
escribano Pedro de Hinojedo x , una cláusula, que es la
última, concebida en estos términos: — «Digo y mando á
don Diego mi hijo, o' á quien heredare que pague todas Jas
deudas que dejo aquí en un memorial, por la forma que allí
dice...» Y á continuacio'n unió' el escribano una memoria
escrita toda de puño y letra del Almirante, del tenor
siguiente : — « Relación de ciertas personas á quien yo quiero
que se dé de mis bienes lo contenido en este memorial, sin
que se le quite cosa alguna dello. — Hásele de dar en tal forma
que no sepan quien se las manda dar.
«Primeramente á los herederos de Gerónimo del Puerto,
padre de Benito del Puerto, Chanceller en Genova, veinte
ducados o su valor.»
Navarrete, tomo II, doc. núm. CLVIIL
LIBRO PRIMERO— CAPÍTULO VIII
133
«A Antonio Baro, mercader ginovés, que solía vivir en
Lisboa, dos mil é quinientos reales de Portugal, que son
siete ducados, poco más, á razón de trescientos é setenta y
cinco reales el ducado.»
«A un judio que moraba á la puerta de la judería en
Lisboa, o' á quien mandare un sacerdote, el valor de medio
marco de plata.»
«A los herederos de Luis Centurión Escoto, mercader
ginovés , treinta mil reales de Portugal , de los cuales vale
un ducado tre