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Full text of "Cristóbal Cólon; su vida, sus viajes, sus descubrimientos"






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CRISTÓBAL COLON 

SU VIDA 
SUS VIAJES— SUS DESCUBRIMIENTOS 



r 



EDICIÓN MONUMENTAL 



CRISTÓBAL COLÓN 



SU VIDA 

SUS VIAJES — SUS DESCUBRIMIENTOS 



POR 



D. JOSÉ MARÍA ASENSIO 



ú.u¿ t 



DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS: CORRESPONDIENTE DE LA DE LA HISTORIA 



ESPLENDIDA EDICIÓN 

ILUSTRADA CON MAGNIFICAS OLEOGRAFÍAS , COPIA DE FAMOSOS CUADROS DE ARTISTAS ESPAÑOLES 

TALES COMO 

BALACA, CANO, JO VER, MADRAZO, MUÑOZ DEGRAIN, 
ORTEGO, PUEBLA, ROSALES, SOLER 

ENRIQUECIDA EN" TODAS SUS PÁGINAS CON ORLAS, CABECERAS V VIÑETAS ALEGÓRICAS 

Y ACOMPAÑADA 

DE UNA PRIMOROSA CARTA GEOGRÁFICA 

QUE DETALLA MINUCIOSAMENTE LOS VIAJES Y DESCUBRIMIENTOS LLEVADOS Á CABO 

POR EL GRAN ALMIRANTE 



TOMO I 



BARCELONA 
ESPASA Y COMPAÑÍA, EDITORES 

221, CALLE DE CORTES, 223 



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La propiedad de esta obra, así en lo que se refiere á 
la parte literaria como á la artística, pertenece á los 
Sres. Espasa y Comp.", Editores, quienes se reservan 
todos los derechos. 

Queda hecho el depósito que previene la ley. 




fspasa y Comp' 3 editores. 



AL EXCMO. SR. 



D. ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO 



DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 



Mi querido amigo: 

La dedicatoria de esta obra no significa otra cosa en mí, 
al hacerla, que la admiración á su talento y á su saber pro- 
fundo; y en usted, al admitirla, nueva muestra del buen 
acogimiento que dispensa á toda clase de trabajos literarios. 

Nunca, siendo mía, podría tener mayores méritos; pero 
escrita en las tristes circunstancias que usted conoce, y con 
tiempo relativamente limitado, necesita de toda su indul- 
gencia, para que no se juzgue atrevimiento el darla á luz 
bajo el amparo de su ilustre nombre. 

Recíbala usted, pues, únicamente, como público testimo- 
nio de la buena voluntad y afecto que le profesa su amigo 

Q. b. s. M. 

JOSÉ MARÍA ASENSIO 






p- 



INTRODUCCIÓN 



PARTE PRIMERA 



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Hubo un genio de intuicio'n bastante poderosa para adi- 
vinar el secreto del Occéano, y de heroísmo suficiente para 
arrostrar los peligros; vencer las preocupaciones; triunfar 
de la ignorancia , superar el terror que infunde lo descono- 
cido, y poner en contacto los hombres que vivían á uno y 
otro lado de los mares , produciendo con ello la revolución 
más trascendental que registra la historia de la humanidad, 
á la cual hizo dar un paso de gigante en la senda del 
progreso y de la civilizacio'n. 

El desarrollo de aquel proyecto, y la historia del 
hombre que concibió' tan extraordinario pensamiento y con 
admirable fe lo llevo á término, salvando toda clase de 
obstáculos; venciendo todo género de contrariedades; dando 
sublime ejemplo de perseverancia y de conviccio'n; transfor- 
mando en un día, por el poder de su inteligencia, la faz de 
todas las naciones, es lo que me propongo escribir con 
cuanta claridad sea posible, aprovechando los muchos datos 
que la ciencia pone hoy al alcance de los estudiosos , y los 
documentos que la crítica acepta como indiscutibles. 

Mas no parece que se deba tratar la historia del descu- 
brimiento, sin dar alguna idea, aunque somera, del origen y 



VIII 



CRISTÓBAL COLON 









S 




existencia de aquellos pueblos numerosísimos que por el 
espacio de tantos siglos permanecieron aislados y descono- 
cidos: de aquella gran porcio'n de la humanidad, que por 
oculto designio de la Providencia, y j)or circunstancias 
inconcebibles, vivía ignorada de la otra mitad de sus herma- 
nos. Con ello, dejamos consignado un antecedente necesario, 
que se completará, para aumentar el interés, con el cono- 
cimiento de las muestras de gratitud que las naciones cultas 
han consagrado al revelador de un mundo, elevando á su 
gloria imperecederos monumentos; y con el estudio de las 
principales fuentes históricas, que, con ser muy numerosas, 
ni todas son igualmente puras y dignas de atencio'n, ni 
pueden beberse sus aguas sin el debido análisis. 



La noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo sor- 
prendió á los pueblos de Europa : las brillantes descripciones 
de los países nuevamente hallados circularon inmediatamente, 
deslumhrándolos á todos. Asombrados los sabios, turbados 
los pensadores al comprender el grave trastorno que aquel 
suceso extraordinario causaba en todas las teorías admitidas; 
la amplitud de horizontes que repentinamente se abría á 
todas las ciencias, presentando nuevos aspectos-^ Gestiones 
trascendentales , dedicaron toda la atencio'n al conocimiento 
de aquellos hechos maravillosos que ante su vista pasaban, 
sucediéndose con tal rapidez que apenas era posible seguir* 
su curso, y menos adivinar sus consecuencias. 

En los primeros momentos de asombro, de preocupa- 
ción universal, los hombres más juiciosos cuidaban única- 
mente de ir adquiriendo noticias claras , precisas , verídicas 
y exactas de los sucesos de los conquistadores, y de los 
países que eran teatro de sus increíbles hazañas. 



INTRODUCCIÓN 



IX 



Parecían legendarios los nombres de Cristóbal Colón 
y de Alonso de Ojeda; de Martín Alonso Pinzo'n y de Vicente 
Yáñez, y se presentaban rodeados de maravillosa aureola 
Hernán Cortés y Vasco Núñez de Balboa; Pedro de Alva- 
rado, Francisco Pizarro y Hernando de Magallanes, con 
otros ciento cuyos heroicos hechos y portentosos descubri- 
mientos se narraban casi como fabulosos; así como también 
era necesario relegar á los dominios de las creaciones fantás- 
ticas las grandezas de Motezuma, los tesoros de Atahualpa y 
los prodigios que sus ciudades encerraban. Preciso era, sin 
embargo, dar crédito á lo inverosímil, en vista de la abun- 
dancia de oro nativo, de los extraños productos, de las aves 
hermosísimas y de tantos interesantes objetos como de 
aquellas lejanas tierras comenzaron á venir á España, dando 
muestras de climas raros, y de civilizaciones tan grandiosas 
como desconocidas. 

Ante tamañas novedades crecía el interés y se aumen- 
taba la curiosidad. El mundo antiguo se encontraba frente á 
frente con un mundo nuevo é ignorado hasta entonces; pero 
los acontecimientos eran tan importantes, tan extraordina- 
rios, que apenas si bastaba la atencio'n para abarcarlos, ni la 
memoria para retenerlos. 

Así se explica que para los españoles, para todos los 

europeos, la Historia de las Indias Occidentales empezara con 

el descubrimiento. El deseo de saber las vidas de los 

hombres extraordinarios que lo llevaron á cabo ; el ansia de 

adquirir noticias de los pueblos de tan apartadas regiones, 

de sus habitantes, producciones y riquezas, llenaba por 

completo el pensamiento de las generaciones que asistieron 

al descubrimiento y á la conquista. Nadie se preocupo por 

el momento de investigar el principio y origen de aquellos 

sencillos isleños que, al ser visitados por vez primera por los 

españoles, conservaban tal simplicidad de costumbres; tanto 

candor en su trato, y hasta tal punto desconocían la noción 

del bien y del mal, de lo tuyo y lo mío, que pareció no 

Cristóbal Colón t. i. — n * 






CRISTÓBAL COLON 



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habían perdido el estado de inocencia en que fueron criados 
nuestros primeros padres. Ni se pensó', sino de una manera 
muy secundaria, en averiguar la procedencia .y desarrollo de 
aquellas espléndidas civilizaciones; ni los siglos que contaban 
de existencia los dilatados imperios rendidos por las armas 
de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro; ni las leyes porque 
se regían ; ni la religio'n que profesaban ; ni su constitución 
política; ni su manera de ser en la familia; ni sus costum- 
bres públicas o' privadas; ni, en una palabra, la forma de 
aquella sociedad. 

Menos se pensó' aún en dedicar estudios y vigilias á 
profundas meditaciones antropolo'gicas y etnográficas enca- 
minadas á averiguar con cuál de las razas conocidas tenían 
o podían tener afinidades aquellos seres tan diferentes de 
los del viejo mundo, con quienes empezaban á relacionar- 
se, y cuyo estado primitivo, perfectamente descrito por 
Colón, que fué el primero en tratarlos, y por fray Barto- 
lomé de las Casas, distaba tanto del estado de los pueblos de 
Europa. 

La magnitud de los sucesos absorbía entonces toda la 
atención. No había filósofos, ni investigadores: todos eran 
cronistas que deseaban saber el mayor número posible de 
hechos, de los cuales formaban sumarios, apuntamientos y 
aun relaciones históricas; pero sin cuidarse de otra cosa que 
de narrar los grandes actos de los heroicos españoles, la 
grandeza de los imperios que descubrían al otro lado del 
Océano, y las crueles batallas que reñían para apoderarse de 
sus magníficas y espléndidas ciudades. 

La historia del mundo de Colón daba principio en 
12 de Octubre de 1492. De las épocas precolombianas no 
había entonces para qué ocuparse: y no se crea que seme- 
jante abandono arguya desdén, olvido ni ignorancia. Harto 
tenían en que entender los historiadores averiguando hechos, 
coordinando sucesos, cuando los medios de comunicación 
eran tan difíciles y tan deficientes las relaciones. Se estu- 



INTRODUCCIÓN 



XI 



diaba el presente, y hasta comprenderlo bien, abarcándolo 
en toda su extensio'n . no era posible volver la vista al 
pasado. 

Durante mucho tiempo se redujeron las cro'nicas á 
consignar los descubrimientos y conquistas de los españoles 
en las islas y tierra firme nuevamente conocidas, y á cantar 
la epopeya de los hombres que obraron tales maravillas; y 
so'lo por acaso y como de pasada, se hace en aquellos libros 
alguna ligera mencio'n del origen del pueblo á quien se 
combatía, de sus costumbres por demás extrañas, o' de tal o' 
cual monumento que por su grandiosidad o' rareza llamaba 
la atención y se consideraba digno de consagrar un momento 
á mencionarlo. 

A lo que ma}'or importancia se concedió, generalmente, 
fué á los ritos y ceremonias religiosas; pero aun así, en su 
exposicio'n se incurría en flagrantes errores, hijos de la falta 
de conocimiento de sus teogonias, y con la intencio'n plausi- 
ble de describir sus abominaciones, sacrificios y prácticas 
idolátricas, hacíase resaltar la necesidad de instruir á los 
indios en la religión cristiana, sin reparar en los medios, 
poniendo de relieve los beneficios que de ello resultarían á la 
humanidad. 

Natural era que pasado aquel primer período de desva- 
necimiento, imprimiera la ciencia direccio'n distinta al estu- 
dio de los países nuevamente conquistados: que á la contem- 
placio'n de aquellos bosques seculares, de aquellos ríos 
extraordinarios, en cuya comparacio'n podían tenerse como 
arroyos los más caudalosos de España; de aquella vegetacio'n 
exuberante, riquísima, especial y variada hasta el extremo, 
y que en nada se parecía á la del antiguo mundo, sucediera 
la reflexio'n detenida y se pusieran mientes en analizar las 
producciones de aquella naturaleza verdaderamente esplén- 
dida, y se establecieran relaciones y comparaciones con las 
del viejo continente, de manera que por el conocimiento del 
país, y por la clasificacio'n de su fauna, de su flora y de su 



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XII 



CRISTÓBAL COLON 



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suelo, del cual procedían los preciados metales que, objeto 
de tanta codicia, llegaban á Europa, pudiese concluirse por 
completar poco á poco el conocimiento de aquellas apartadas 
regiones. 

En pos del análisis de la flora y de la fauna de las 
llamadas Indias Occidentales, y por consecuencia lógica del 
estudio de la naturaleza, vino el estudio del hombre, y con 
él cuestiones complejas de índole muy diferente, que en el 
orden social y en el religioso tuvieron gran resonancia, y 
todavía se sostienen con ardor en las obras de muchos 
pensadores. — « ¿ Co'mo se había poblado la América? ¿Fué 
el extravío de algún bajel hebreo, el que, dejándose arrastrar 
de los vientos o' de la corriente de las aguas, arrojó á 
nuestras playas á los descendientes de Noé? ¿Hubo un 
tiempo en que, el ahora llamado estrecho de Behering, fuese 
un istmo que uniendo al Asia con América brindara ese paso 
para la propagacio'n del género humano? ¿Hubo un tiempo 
en que , los Cabos Verde y San Roque se extendiesen 
por el Atlántico, hasta el término de proporcionar rumbo 
fácil del África para América , por medio de algunas 
islas o' siquiera farallones interpuestos entre estos dos conti- 
nentes x ?» 

La historia del hombre que pobló' las islas descubiertas 
por Cristóbal Colon; la sucesión de civilizaciones que 
habían antecedido á la cultura de los grandes imperios de 
Méjico y del Perú; las razas que habían ocupado aquellos 
países en épocas remotas, dejando monumentos de extraño 
carácter y de singular grandeza ; y las noticias de otras razas 
perdidas y que podremos llamar pre-histdricas, inspiraron 
gran interés, no solamente por lo que tenían de antropológi- 
cas, por su curiosidad en la sucesio'n de las emigraciones y 



1 Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1843, por 
Pedro Fermín Ceballos. — Guayaquil. — Imprenta de la Nación, 1886. — Tomo J. 
pág. 70. 



INTRODUCCIÓN 



XIII 



desaparición de ellas, sino también por lo que afectaban á 
las creencias religiosas, cuyas luchas son tan graves é impor- 
tantes en todo tiempo para la humanidad *, 

Desde el momento en que apareció la idea de que los 
monumentos del Yucatán y de Méjico contaban antigüedad 
mucho mayor que la reconocida al mundo por la religio'n 
cristiana ; que la civilizacio'n azteca daba en sus jeroglíficos 
miles de miles de años de existencia á aquellos pueblos; 
desde el punto y hora en que se creyó que la existencia del 
hombre en los países de Occidente podía oponerse como 
argumento á las tradiciones mosaicas, y se envolvió con la 
religio'n el estudio de la antigüedad, tomo grandísima impor- 
tancia toda cuestión que á ellos se refería, y la pasio'n vino 
á mezclarse en el estudio de las antigüedades precolom- 
bianas. 

Kntonces }^a se elevo la historia de las Indias desde el 
árido campo de la cro'nica, á la regio'n de teoría social; desde 
el carácter de narradora de los hechos de los héroes, á 
profundo tratado de discusio'n filoso'fica, y entrándose por 
los dominios de la religio'n, se quiso convertir en arma 
poderosa de destruccio'n , sacando de ella argumentos para 
combatir las doctrinas antiguas más veneradas. 

Con Maquiavelo, Vico y Montesquieu se propendía á 
buscar apoyo en los estudios histo'ricos para toda clase de 
controversias y luchas intelectuales, generalizando sus ense- 
ñanzas y abrazando dentro de ellas todos los elementos de la 
vida social; pero la exageracio'n nloso'fico-racionalista de 
fines del siglo xvm llevo' al extremo aquella tendencia, y la 
historia del Nuevo Mundo fué mirada con especial predilec- 
ción, como ariete poderoso contra las creencias y tradiciones 
cato'licas. Llamando ra^ci nueva á los indígenas, y haciendo 






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1 Llegó á suponerse que el esqueleto encontrado en los terrenos de aluvión 
sobre que está fundada Nueva Orleans contaba más de 50 000 años de anti- 
güedad. 



XIV 



CRISTÓBAL COLON 



resaltar diferencias físicas, que no existen, procuraban 
quebrantar el dogma de la unidad de la especie humana, 
base de la religio'n que proclama la fraternidad universal ; y 
á la antigüedad de la creacio'n, según los libros de Moisés, 
oponían la interpretacio'n de los cuatro soles o' edades de los 
pueblos americanos, dando á nuestro planeta existencia 
mucho más remota que la que el Génesis le atribuye. 

La amplitud que fueron adquiriendo las ciencias expe- 
rimentales, y su rápido adelanto hasta llegar al grado de 
importancia que hoy alcanzan; los progresos de la geología 
en el conocimiento de la formación de las capas terrestres, 
cuyo examen y caracteres ofrecen -tan concluyentes resul- 
tados, y, sobre todo, la evolución filosófica contemporánea, 
que partiendo de la duda de Descartes, ha venido á producir 
las últimas manifestaciones positivistas, deterministas o' neo- 
materialistas, han dado como consecuencia que sometidas á 
nuevo y especial análisis muchas cuestiones de las que divi- 
dían á los pensadores, á la luz de principios universalmente 
reconocidos, y de otros antes ignorados, fueran cediendo las 
exageraciones enciclopédicas, que aun vivían en el enten- 
dimiento de muchos hombres de nuestro siglo, y de la 
discusio'n resultaran con nuevo aspecto aquellas graves cues- 
tiones. 

La narración de Moisés ha adquirido gran fuerza y 
prestigio con los adelantos de la geología; el más incrédulo 
habrá de reconocer con un ilustre sabio, que si el legislador 
del pueblo hebreo no estuvo inspirado por Dios, fué tan 
poderosa su inteligencia, su sabor tan portentoso y profundo, 
que dejo consignadas en sus libros verdades cuya exactitud 
comprueba la ciencia después de cuarenta siglos. 

Otra rama de la ciencia moderna detenida en el curso 
de sus adelantos y estudios antropológicos , por la dificultad 
de encontrar el origen de los primitivos pobladores de 
América, así como de los de Australia y Nueva Zelanda, 
vuelve la vista á los más discutidos predicados de la ciencia 



INTRODUCCIÓN 



XV 



esta investigación. 



La AÜántida existió. Debió' estar situada entre la costa 
occidental de la península Ibérica y lo que llamamos seno o 
golfo mejicano. En la misma fecha, tal vez, se encontraba 
unida la costa del Brasil al continente africano, o' mucho 
más aproximada de lo que lo está actualmente; y esta, 
también por el opuesto lado, formaba un todo con la Austra- 
lia , que á su vez se acercaba á la América por islas inter- 
puestas hacia la península de California. El examen y 



antigua, buscando la explicacio'n natural de la unidad o' y 
diversidad de razas, en los más tenues reflejos del recuerdo 
de las edades prehistóricas que pudieran conservarse entre 
los pueblos que nos antecedieron. Entre esos recuerdos, 
entre esas vislumbres de claridad, ninguna tan notable como 
la de Plato'n. 

La idea de la AÜántida, de que escribió' en sus Diálogos 
nombrados Timeo y Critias, ha venido juzgándose, durante 
muchos siglos, como fantástica creacio'n del poeta, o' como 
sueño del filo'sofo y medio para exponer teorías ; pero el 
adelanto constante de las investigaciones geolo'gicas, poniendo 
de manifiesto, según ya indicamos, las sucesivas transforma- 
ciones que ha sufrido nuestro planeta en el largo período de 
su formacio'n , y dando á conocer muchas verdades de antes 
ignoradas ú oscurecidas, hace que se medite seriamente 
sobre la verdad que pueden encerrar los Diálogos del filo'sofo 
griego, y que nuestros sabios crean en la existencia real y 
positiva de un gran continente que desapareció', pero cu}^os 
restos pueden ser apreciados y comprobados en varias mani- 
festaciones, y daría una solucio'n lo'gica, segura, al problema 
de la poblacio'n de las islas del Occéano y del continente 
occidental y al origen de sus variadas especies. 

La unio'n de los continentes en una época relativamente 
no muy lejana de los tiempos histo'ricos, proporciona expli- 
caciones para muy graves dudas, y de ella se aducen 
pruebas de que no es juicioso prescindir ho}' en el estado de 







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XVI 



CRISTÓBAL COLON 



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análisis comparativo de los terrenos cuaternario y terciario 
de esas regiones; la relacio'n de su fauna y de su flora, 
suministran pruebas para fundar la hipótesis, y aun para 
robustecerla según la opinio'n de doctos naturalistas. 

En época que no es posible señalar con precisio'n, la 
capa terrestre sufrió' grandísimas conmociones: se produjo 
una variacio'n completa en toda la superficie del globo. Los 
movimientos volcánicos levantaron el fondo de los mares, y 
las aguas se precipitaron sobre los puntos más bajos de los 
primitivos continentes. Entonces quedaron aislados muchos 
trozos que no cubrió' el nivel del mar, y surgieron también 
nuevos terrenos volcánicos; quedo' enjuto el mar de Libia, y 
el Mediterráneo, abriéndose paso por entre Calpe y Abila, se 
precipito' en el anchuroso Occéano. 

De este inmenso cataclismo conservaban tal vez memo- 
ria o' recuerdo fidedigno, los sabios y sacerdotes del antiguo 
Egipto, transmitido en símbolos que dejaran los que, salva- 
dos de sus estragos, pudieran consignarlos de una manera 
durable; o' por la tradicio'n oral de los mismos, religiosa- 
mente guardada de generacio'n en generacio'n; y de aquellos 
sacerdotes lo escucho con tanto asombro como increduli- 
dad Solo'n, y lo refirió' al filo'sofo griego que consigno' la 
desaparicio'n de la Atlántida en sus Diálogos citados; pero 
dando razo'n de la procedencia de las tradiciones que 
refería. 

Así explican los modernos filo'sofos el fondo de verdad 
que puedan encontrar en los Diálogos de Plato'n ; y ven en 
ellos el medio de dar solucio'n satisfactoria á los más arduos 
problemas de la poblacio'n americana, que de otro modo 
resultan inexplicables. 

No alcanzan nuestros conocimientos* antropolo'gicos, 
etnográficos ni prehistóricos á entrar con bastantes datos en 
la cuestio'n, hoy muy debatida, de las huellas que haya 
podido dejar en el continente colombiano el hombre negro, 
ni á decidir si una raza etiope fué con efecto la primitiva 



INTRODUCCIÓN 



XVI i 



pobladora de aquellas extensas regiones; ni á negar en 
absoluto que naves fenicias o' cartaginesas arribaran un día 
á las costas del Brasil *. Mayas, otomíes y nahoas han 
dejado muy marcadas las huellas de su paso; etnógrafos 
muy distinguidos afirman que todavía se conservan vestigios 
de esos tres grupos, que pueden distinguirse por las raíces 
monosilábicas de su lenguaje, por el color de su piel y por 
otros muchos signos de habitacio'n y de costumbres en las 
comarcas que cada cual ocupara muchos siglos antes de lo 
que alcanzan memorias histo'ricas; pero todos convienen, con 
mayores o' menores restricciones, en que ninguno de esos 
pueblos, ninguno de aquellos hombres era de los aborígenes, 
sino que todos habían llegado en emigraciones, explicables, 
si se acepta la teoría de la antigua unio'n de los continentes, 
imposibles, si no se acude á ella, ni se admite, á pesar de las 
muchas razones de probabilidad que la justifican. 

En la segunda parte de la tercera sesión del congreso 
de americanistas, reunido en Berlín en los primeros días del 
mes de Octubre del año pasado 1888, el ilustre doctor 
Virchow hizo magistral exposicio'n de sus estudios en el 
examen de los cráneos que en gran número tiene reunidos, 
formando colección importantísima, de individuos pertene- 
cientes á las razas precolombianas de América. En su diser- 
tacio'n se ocupa de la Clasificación antropológica de los pueblos 
salvajes antiguos y modernos de América, y demuestra que hay 
grandes diferencias entre las muchas razas salvajes que 
poblaron aquel extenso continente, bien patentes en la con- 
figuracio'n de sus cráneos; pero sin decidir todavía sobre su 
antigüedad, ni cuáles pudieran ser sus procedencias genea- 
lógicas. Los estudios del doctor Virchow están llamados 
á robustecer las conclusiones en este punto de tanto in- 
terés. 

Los hombres de ciencia aceptan hoy casi en general, 




Véase^en las Aclaraciones y documentos del libro I. (a) 
Cristóbal Colón, t. i. — m* 




XVIII 



CRISTÓBAL COLON 



- 



y*. 



pues son muy señaladas las excepciones, la existencia é 
inmersión de la Atlántida, y encuentran pruebas muy apre- 
ciables, según lo expuesto, en muchos feno'menos que se 
estudian en la inmensa extensio'n del Occéano. Las islas 
Canarias con las de Madera y Porto Santo, y las Azores con 
las Antillas parecen ser restos aislados de ese gran conti- 
nente sumergido; y la prueba adquiere mayor fuerza con el 
estudio de muchas de las producciones de estas, hoy apar- 
tadas tierras, que conservan entre sí cierta igualdad á veces, 
y en otras grandes analogías. 

El mar de sargado, aquella inmensa cantidad de hierbas 
ficoideas que cubre en grandes espacios la superficie de las 
aguas, y que tantos temores produjo en el ánimo de los 
marineros de Colón, indica también, en el concepto de repu- 
tados naturalistas, la inmersión de grandes extensiones de 
tierras llenas de vegetación, cuyas semillas, reproduciéndose 
á aquella profundidad y cayendo constantemente sobre el 
fondo, dan en períodos fijos aquel producto herbáceo tan 
extraordinario. El fondo del mar volcánico, pedregoso, duro 
por naturaleza, es generalmente estéril y no permite que 
arraiguen en su seno las simientes que el aire deposita en la 
superficie y que no bajan á gran profundidad sin haber 
perdido todas sus condiciones reproductivas. El sargado, 
verdadero fucus más o' menos degenerado, según los enten- 
didos naturalistas de que hablamos, se reproduce en las 
mismas tierras vegetales en que vivía al aire libre antes de 
ser planta submarina. 

Hasta esa gran corriente marítima que con tanta fijeza 
y seguridad se marca en el Occéano y se conoce con el 
nombre de Gulf-stream (Corriente del Golfo), parece probar 
la menor profundidad de las aguas en los puntos donde 
se sumergieron tierras, y su mayor volumen donde aquéllas 
no dificultan la corriente, produciendo ese extraordinario 
feno'meno, con tanta precisión estudiado, y de importancia 
tan capital para la navegacio'n trasatlántica. 



INTRODUCCIÓN 



XIX 



«Pero la ciencia, que nunca se detiene en el camino de 
sus investigaciones, como dice un docto escritor mejicano *, 
ha pretendido fijar la época de esa Atlántida. Nuestro sabio 
amigo Mr. Hamy, estudiando la cuestión, sostiene que los 
trabajos más recientes de los paleontologistas y de los geólo- 
gos revelan una Atlántida terciaria. Las conchas terciarias 

• 

de los Estados Unidos... son idénticas á las conchas de las 
capas francesas correspondientes. El examen comparativo 
de los insectos ha probado que gran número de especies 
viven todavía hoy sobre las dos riberas del Atlántico, y 
presentan apenas ligeras variaciones de Inglaterra á Ala- 
bama. Sorprendente es también la analogía de la fauna 
terciaria de ambos continentes, analogía que se extiende 
también á la flora de la misma época. Pero la más notable 
prueba ha sido el estudio de los tres inmensos depo'sitos 
terciarios lacustres de la península ibérica...» 

Antes de alcanzar estos puntos de vista generales, ni de 
llegar á las pruebas de esas conclusiones, falto el historiador 
de datos atendibles, buscaba tan so'lo en lo probable razo- 
nes que expusieran el origen de los pobladores del gran 
continente occidental y de las islas que lo rodean. De la 
religio'n y ritos aztecas dejaron incompletas noticias los 
misioneros Bernardino de Sahagún y fray Toribio de Bena- 
vente, por no citar muchos más; y aunque en alguna parte 
consignaron datos del origen de los mexica, y su pere- 
grinación, como los obtenían de las narraciones de los 
mismos indígenas y los extractaban de jeroglíficos no bien 
interpretados ni entendidos, estaban llenos de errores y de 
símbolos y mitos cuya significacio'n no se comprendía. 
Sobre sus indicaciones , aunque tomándolas á la ligera y de 
una manera harto descuidada, trataron de explicar el cro- 
nista Antonio de Herrera y el P. Torquemada cómo fueron 



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1 D. Alfredo Chavero. — México á través de los siglos, tomo I. Barcelona, 
Espasa y C. a 



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XX 



CRISTÓBAL COLON 






pobladas las Indias; pero su intento no era más que concordar 
la primitiva poblacio'n de aquella parte del mundo con la 
narracio'n bíblica, haciendo ver que en el culto idolátrico 
que allí se encontró establecido, se conservaban recuerdos 
del paraíso 3^ del diluvio, del arca de Noé y de la torre de 
Babel. 

Apoyándose en tradiciones mucho menos atendibles, 3^ 
asentando por base la absoluta falta de noticias de las diez 
tribus cuyo regreso del cautiverio de Salmanasar se ignora, 
pretendieron también los judíos dar por primeros pobladores 
á sus ascendientes, revistiendo la peregrinacio'n de aquéllos 
hasta la Groenlandia y el estrecho de Behering con cuentos 
maravillosos, y buscando analogías que pudieran recordar 
en el lenguaje, en las costumbres, en las ceremonias, algo 
de las costumbres, de las ceremonias y del lenguaje del 
pueblo hebreo *. 

De tales hipo'tesis ninguna satisface á la inteligencia ni 
cuenta con argumentos so'lidos en que fundamentar sus 
conclusiones. La unión de los continentes ofrece explicacio'n 
mucho más cumplida; en admitiéndola, caen por tierra 
graves dificultades y se da satisfactoriamente razo'n de las 
analogías que parecen más extrañas. 

Los descubrimientos geológicos más recientes han ve- 
nido á robustecer la opinión de los que sostienen la gran 
antigüedad del hombre en el continente colombiano ; pero 
al mismo tiempo se va desvaneciendo la idea de que alguna 
de aquellas razas, de cuya existencia se conservan noticias 
ciertas, fuesen auto'ctonas, o' puedan conceptuarse como de 
los aborígenes del suelo. Según Virchow, cu3 r os profundos 
estudios son tan apreciados en el mundo científico, los 
primitivos hombres que poblaron el continente procedían 
del Asia, y llegaron por inmigración en época remotísima, 



¿¿>f 



Esperanza de Israel. — Origen de los americanos , por Menasseh Ben 
Israel. Amsterdam 14 10. — (1650). Madrid. — Junquera, 1881. 



INTRODUCCIÓN 



xxi 



que por la falta absoluta de datos puede llamarse pre- 
histórica l . La huella más antigua del hombre en América 
es, en nuestro sentir, la que ofrecen las construcciones hoy 
denominadas mounds. Los mounds-builders representan una 
época primitiva, cuya fecha no es posible precisar, mas á 
pesar de ser remotísima, no lo es tanto que en ella pueda 
fundarse la exagerada opinio'n de autores que llegan al 
extremo de suponer más antiguo al hombre en América que 
en Asia, ni aventurar que los chinos y los caucasianos y 
tártaros pueden ser descendientes de los primitivos aborí- 
genes de la parte norte del continente colombiano. Por el 
contrario, parece indudable que la raza caucásica debió' 
llegar á éste por emigracio'n al estrecho paso que separa 
ambas en las cercanías del polo, al paso que en la parte 
meridional pudo importarse fácilmente la civilizacio'n egipcia 
y tener trato frecuente con toda el África, bien fuese por 
unio'n completa , bien por comunicacio'n entre grandes islas 
que se encontrasen muy cercanas. En tanto por la Atlántida 
fué posible la llegada al centro de los pelasgos con los cuales 
se encuentra analogía á los apellidados allí mound-builders 
que desaparecieron después empujados por los nahoa y por 
los otomíes; pero cuyas costumbres sencillas y patriarcales 
se conservaron en las islas donde por vez primera sentaron 
el pie los españoles. 

El descubrimiento de Colón estableció' definitivamente 
la relacio'n y comercio entre toda la familia humana; mas el 
estudio no pudo empezar en aquellos momentos en que la 
atencio'n estaba encadenada por la magnitud de los aconte- 
cimientos que tenían lugar al otro lado del Occéano, y el 
interés movía en primer' término á aprovechar las conse- 
cuencias buscando riquezas por las nuevas vías abiertas á la 



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1 Ancient America, in notes on American Archcelogi. — By John B. Bal- 
dwin, A. M.— New- York. — Harper and brothers. — 1872. 

Pre-historic races of the United States of America. — ¥>y J. W. Forster, 
S. C. D— Chicago.— Griggs and C.°— 1873. 



XXII 



CRISTÓBAL COLON 



actividad, impidiendo que se fijara la atención en teorías 
que no eran de resultado inmediato. 



II 



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Cristóbal Colón fué el primer hombre que fran- 
queando el espacio inmenso de los mares , dio' á conocer á la 
asombrada Europa aquellos países misteriosos señalados por 
los profetas, adivinados por los filo'sofos, uniendo para 
siempre con indisolubles vínculos á toda la humanidad. 
Es la mayor figura histo'rica; la personificacio'n del nave- 
gante sabio y valeroso; y crece su renombre y se acrecienta 
su fama, porque en todas sus acciones, en sus escritos y en 
sus palabras se encuentran valor, fe, amor ardiente á la 
ciencia, á la naturaleza y á la humanidad, que nunca enti- 
biaron los infortunios, las ingratitudes ni el abandono. 

Presto' un inmenso servicio ensanchando el campo de 
la actividad humana, dilatando la esfera del comercio y 
haciendo progresar, á la vez que la masa de conocimientos 
útiles, los límites del mundo de la inteligencia. Extendiendo 
de repente tan nuevos horizontes, abrió' suficientes caminos 
á todo linaje de conquistas... La humanidad ha colocado su 
nombre en la más alta columna del templo de la inmor- 
talidad y hace muy cerca de cuatro siglos que las gene- 
raciones le ensalzan, le aplauden y le aman. Mármoles y 
pinturas, poesías y bronces, la ciencia y el arte, parecen 
insuficientes para repetir sus alabanzas... Imposible sería dar 
noticia completa de todos los monumentos que á su gloria 
se consagran; pero tampoco podemos dejar de consignar en 
este lugar alguno de los principales, como muestra de culto 
que la posteridad rinde á su memoria en todos los pueblos y 
en todas las edades, reconociendo cada vez con mayor con- 
viccio'n la trascendental importancia del descubrimiento. 



INTRODUCCIÓN 



XXIII 



No seguiremos, porque sería dificultosa tarea, el orden 
cronológico. Señalaremos sus monumentos según sus condi- 
ciones artísticas lo traigan á la memoria, y á manera de 
álbum en que figuren con variedad las diferentes inspira- 
ciones de los maestros en el arte. 

Genova, la ciudad que vio nacer al inmortal navegante, 
levanto' en el año 1821 un monumento á su nombre muy 
digno de llamar la atención , aunque por estar colocado en el 
salón donde celebra sus sesiones el Consejo de Senadores casi 
no puede decirse que sea un monumento público. Se cons- 
truyo' por acuerdo de ambos consejos de 31 de Julio y 16 de 
Agosto de aquel año, para encerrar el inapreciable co'dice 
original que el mismo Cristóbal Colón había enviado desde 
Sevilla en el año 1502 á su amigo Nicolás Oderigo, conte- 
niendo copias de todos los privilegios, cédulas y cartas de 
los Reyes Cato'licos, que el Almirante conservaba en un 
cofre de hierro custodiado en el monasterio de la Cartuja de 
las Cuevas, con el deseo de que aquel traslado se guardase 
en su patria. 

Perdido el libro durante largo tiempo, y recobrado 
después de muchas vicisitudes, se acordó encerrarlo en el 
monumento de mármol que dibujo el arquitecto Carlos 
Barrabbino, y ejecuto el escultor Peschiera. 

Sobre sencillísimo zócalo, se levanta una robusta co- 
lumna, truncada á conveniente altura para servir de des- 
canso á la urna que guarda el preciado manuscrito, la cual 
es formada por gruesas tablas de mármol , siendo de bronce 
las puertas de la misma. El busto del héroe termina el 
monumento; es de tamaño natural, pero no se tomo de 
ninguno de los retratos hasta entonces conocidos, sino de la 
descripcio'n que del rostro del grande hombre hicieron en 
sus escritos su hijo don Hernando y el P. Las Casas, 
cuidando el artista más que del parecido, de hacer una 
valiente cabeza de correctas líneas y buen efecto. 

En el centro de la columna, rodeada de corona de 



XXIV 



CRISTÓBAL COLON 



follajes, hay una inscripción latina en letras de bronce 
dorado, que consigna la importancia del monumento, en 
estos términos: 

QUiE. HEIC. SUNT. MEMBRANAS 

EPÍSTOLAS. Q. EXPEND1TO. 

HIS. PATRIAM. IPSE. NEMPE. SUAM. 

COLUMBUS. APERIT 

EN. QUID. MIHI. CREDITUM. THESAVRI. SIET. 



DECRET. DECURIONUM. GENUENS. 
M. DCCC. XXI. 



Durante mucho tiempo esta sencilla inscripcio'n fué el 
único recuerdo que al inmortal navegante consagrara su 
patria. Pero movido el espíritu público por las crecientes 
discusiones que sobre esta cualidad se promovían, queriendo 
muchos pueblos de Italia disputarle la gloria de tan ilustre 
hijo, determino' la municipalidad construir en la plaza 
nombrada de Acquaverde, otro monumento de ma}^or 
importancia, como emblema de su derecho, expuesto públi- 
camente á la consideración de todos los pueblos. Por eso se 
eligió' aquella plaza, muy cercana á la estacio'n del camino 
de hierro, lugar de la mayor concurrencia para italianos y 
extranjeros. 

Se compone de un elevado pedestal de hermosísimo 
mármol blanco, sin más adorno que una gran inscripcio'n, 
declarando el objeto del monumento: 

A CHRISTOPHORO COLOMBO 
LA PATRIA 



Sobre el pedestal se levanta un segundo cuerpo, ador- 
nado con cuatro grandes estatuas, representando la Religión, 
la Sabiduría, la Fuerza y la Inteligencia. Ocupan los planos 
otros cuatro relieves, que figuran á Colón ante el consejo de 
Salamanca, el desembarco en el Nuevo Mundo, la entrada 



INTRODUCCIÓN 



xxv 



triunfal en Barcelona y la prisión por Bobadilla. En este 
cuerpo descansa el plinto formando columna rostral para 
base de la estatua, que es bella y airosa. Colón se apoya 
sobre un áncora, emblema á un tiempo de su profesio'n y de 
sus esperanzas, y tiene á sus pies arrodillada una joven india, 
en representacio'n de los países descubiertos por su genio. 




MONUMENTO DE GENOVA 



Mucho menos conocido, aunque tan importante como el 
de Genova por los recuerdos que despierta 3' por el lugar 
en que se ha levantado, es el que se consagro', á corta 
distancia de la ciudad de Salamanca, á perpetuar la memoria 
de las conferencias que allí se celebraron, } r la mansio'n del 
genovés ilustre en aquellos tranquilos campos, bajo el 
amparo del ilustrado obispo don fray Diego Deza, y los 
monjes del convento de San Esteban. 

Cristóbal Colón, t. i. — iv* 



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XXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



Poco más de una legua de aquel célebre emporio de la 
sabiduría, de la Salmantina alma mater, en direccio'n á 
poniente, se conserva todavía la granja llamada de Valcuebo, 
fundacio'n y propiedad de los frailes de la orden de Santo 
Domingo, donde se hospedo' Colón durante los primeros 
meses del año 1487. Viviendo en aquel retiro, lejos del 
bullicio de la ciudad, tan propio para la meditacib'n y el 
estudio, recibía frecuentes visitas de doctísimos profesores 
de la célebre Universidad y de graves religiosos dominicos, 
y es tradicio'n constante que en una altura pro'xima, en el 
sitio que todavía conserva entre las gentes del país el 




GRANJA DE VALCUEBO, CERCA DE SALAMANCA 



nombre de tero de Colón, pasaba el grande hombre largas 
horas entregado al estudio de las Sagradas Escrituras y de 
los Santos Padres, y en conferencias con los sabios que con 
frecuencia iban á visitarle. 

El señor don Mariano de Solís, propietario de la granja 
de Valcuebo en el año 1866, tuvo el feliz pensamiento de 
levantar un monumento sencillo que recordara á las genera- 
ciones episodio de tan capital interés. 

Sobre ancho basamento de orden do'rico, con cuatro 
frentes resaltados, descansa esbelto plinto en proporciones 
convenientes, sirviendo de apoyo á una elegante pirámide 
que termina en un globo terráqueo. Rodea el monumento 
una robusta verja de hierro, sostenida sobre cuatro colum- 



INTRODUCCIÓN 



XXVII 



ñas que forman los ángulos, presentando un conjunto de la 
ma3'or sencillez y severidad, muy propio del lugar en que 
se ha colocado. 

Natural era que el Nuevo Mundo no permaneciera 
indiferente ni fuera descuidado en consagrar recuerdos al 
genio que le puso en comunicación con el antiguo y le abrid 
las puertas para que entrase en el movimiento y concurso de 
toda la humanidad. Muchas ciudades de América ostentan 




MONUMENTO DE VALCUEBO 



monumentos á la gloria de Cristóbal Colón; y en la 
imposibilidad de detallarlos, mencionaremos los que se le- 
vantan en las ciudades de la isla de Cuba; en la Habana 
y en Cárdenas, donde lucen en los sitios más preferentes las 
estatuas del descubridor. En Filadelfia se inauguro' á media- 
dos del año 1875 un precioso monumento de mármol en el 
paseo de Fairmount-Park. Méjico también ha tributado 
este honor al ilustre navegante . y en la plaza de la Reforma 
se levanto' uno de los más bellos que hasta hoy se han 
construido con tal objeto. Mide catorce metros de alto, y 



XXVIII 



CRISTÓBAL COLON 



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consta de un zócalo liso, sobre el que descansa el segundo 
cuerpo, en cuyos planos entrantes se han esculpido, en 
relieve en dos de sus caras, escenas del desembarco de Colón 
en las primeras islas descubiertas, y en las otras dos, el 
nombre del Almirante y una de sus cartas á la Reina Cato'- 




MONUMENTO DE MÉJICO 



lica. Sobre los ángulos salientes de este cuerpo, hay cuatro 
figuras de bronce , de tres metros de altura , que representan 
á fray Juan Pérez y fray Bartolomé de Las Casas, al obispo 
don Diego Deza y fray Bernardo Boil. Entre estas cuatro 
figuras destaca esbelto pedestal , sobre el que luce la estatua 
de Cristóbal Colón desgarrando el velo que ocultaba la 
mitad de nuestro globo. 



INTRODUCCIÓN 



XXIX 



Tiene la estatua tres metros setenta centímetros de alto, 
y fué obra del escultor Mr. Charles Cordier, que la modelo' 
en París. 

Extraño era, en verdad, que en la capital de la monar- 
quía no se encontrase recuerdo alguno del inmortal descu- 
bridor de las Indias Occidentales, y en más de una ocasión 




MONUMENTO DE MADRID 



habían acusado la falta literatos nacionales y extranjeros. 
Al cabo, en el glorioso reinado de don Alfonso XII, de 
que tan gratos, 3^ al propio tiempo tan doloroso recuerdo 
conservará la generacio'n presente, se ha levantado, costeada 
por la nobleza de Castilla, delante de la nueva fábrica de 
Moneda, en la plaza que hoy ya se nombra de Colón, una 
esbeltísima y hermosa columna de honor, de diez y siete 
metros de alto, sobre la cual destaca majestuosamente la 






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XXX 



CRISTÓBAL COLÓN 



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figura del gran Almirante abrazado á la bandera de Es- 
paña. 

Todo el monumento está primorosamente labrado con 
piedra de Fons, á excepción de la estatua que es mármol 
de Carrara; bastando para su mayor alabanza decir que es 
obra de Arturo Ai elida, y que con justicia la aplauden los 
miles de extranjeros ilustres que diariamente visitan la 
capital de España L 

«El señor Mélida, con talento de verdadero artista, ha 
sabido hacer gallardo y original monumento de estilo go'tico 
florido, coronado por la estatua de Cristóbal Colón, una 
de las mejores del escultor Suñol. Representa esta hermosa 
estatua al inmortal navegante con la bandera de Castilla, 
que tiene en la diestra mano, apoyada en la región del globo 
que ha descubierto para los reyes de España, y en actitud 
reposada al par que digna, con la mirada fija en el cielo, da 
gracias al Todopoderoso por haber llevado á feliz término su 
empresa.» 






«Tiene (el monumento) diez y siete metros de altura 
hasta la base de la estatua, la cual, según ya queda indi- 
cado, es de más de tres metros de alto. Adornan los cuatro 
frentes del primer cuerpo de este monumento, en cu3 t os 
ángulos y bajo airosos doseletes hay cuatro heraldos, her- 
mosos altos-relieves, labrados en la piedra misma de Fons. 
El del frente del mediodía es alegórico; representa una 
carabela con un globo, y en vez de inscripción , en él se ha 
puesto el lema de las armas del gran Almirante, que 
recuerda su maravilloso descubrimiento. A Castilla y á León, 
nuevo mundo dio Colón. En el de oriente, la Reina Católica 
ofrece sus joyas al navegante insigne para costear los gastos 






'TzZtofc. 



1 Monumento d Cristóbal Colón, erigido en Madrid por iniciativa de títu- 
los del reino. — Madrid, Fortanet, 1886. 16 páginas en 4. con seis fotografías 
del monumento, estatuas y detalles. 



INTRODUCCIÓN 



XXXI 



de su viaje á desconocidas regiones. En el de occidente ex- 
pone sus pro} T ectos Colón á su constante protector y amigo 
íray Diego Deza. En el del norte, ocupa la parte superior 
la Virgen del Pilar, cuya fiesta se celebra el 12 de Octubre, 
día del feliz descubrimiento de América: debajo se leen los 
nombres de las tres carabelas, Santa María, Niña y Pinta, 
que llevo Colón en su primer viaje, comenzado el viernes 
3 de Agosto de 1492, y en la parte inferior se han puesto, 
por oportuna indicacio'n del arquitecto Mélida, los nombres 
de Martín Alonso Pinzo'n, de Vicente Yáñez Pinzo'n, del 
piloto Juan de la Cosa, y los de otros ochenta y un compa- 
ñeros de Colón en ese viaje, que por dicha se han conser- 
vado. Es esta la vez primera que en un monumento al 
descubridor de América, se honra la memoria de los que le 
acompañaron y asistieron en su arriesgada empresa. En la 
parte baja de este frente hay la siguiente inscripción 
en caracteres góticos: 



REINANDO ALFONSO XII 
SE ERIGIÓ ESTE MONUMENTO 
POR INICIATIVA DE TÍTULOS DEL REINO. » 



La ciudad de los condes, el emporio de la industria 
nacional, que es al mismo tiempo una de las poblaciones 
más cultas de España, nunca ha perdido la memoria de 
haber sido la que presencio' el recibimiento hecho á Colón 
por los Reyes Católicos , fasto glorioso que puede ostentar al 
lado de los mejores timbres de su historia. En Barcelona 
presento' oficialmente el Almirante la relacio'n y las muestras 
de su asombroso descubrimiento : en su recinto corrieron los 
días de su mayor felicidad, siendo objeto déla admiracio'n 
y de los aplausos de todo un pueblo lleno de entusiasmo por 
su genio. 

La capital del antiguo Principado ha querido perpe- 
tuar, pues, por medio de un magnífico monumento, el 









XXXII 



CRISTÓBAL COLON 



recuerdo de semejante hecho y la grandeza del suceso que lo 
motivara, y lo ha llevado á cabo de un modo digno, empla- 
zándolo en uno de los sitios más importantes de la misma, 
es decir, á orillas del mar, cerca del desembarcadero, en el 
punto de interseccio'n del característico cuanto renombrado 
paseo de «la Rambla,» y del que, con el nombre del perso- 
naje á cuya honra se ha erigido, formado de gallardas y 
cimbreantes palmeras, y flanqueado de rientes jardincillos, 
construyóse en el área que ocupaba hace pocos años la 
«Muralla de Mar *.» 

Sobre un basamento circular de un metro de altura, 
interrumpido por cuatro escaleras de seis metros de ampli- 
tud, que dan acceso á la plataforma, levántase majestuoso, 
arrogante, atrevido el grandioso monumento, que, en el 
sentido de su elevación, se compone de tres cuerpos, comple- 
tamente distintos. 

Digamos antes de describirlos, que las escaleras de que 
se ha hecho mérito, se hallan flanqueadas por ocho robustos 
leones, cuatro sentados, de pie los restantes, que al par 
decoran y dan carácter al basamento. De desmedrados y 
poco feroces han sido tachados por algunos , acaso porque no 
están sus melenas erizadas, ni es su actitud amenazadora; 
mas de seguro no se ha tenido en cuenta que destinados por 
el artista que proyecto' el monumento á que sirvieran de 
guardianes del mismo, estuvo por demás acertado el escultor 
que los modelo', comunicándoles la calma que es propia de 
tales fieras , muy distinta del furor que en ellas excitan el 
látigo y las voces del domador. 

El primer cuerpo, que constituye el zo'calo, es una 
circunferencia, cuyo diámetro superior mide diez y siete 
metros. El paramento, que afecta la forma co'nica, se subdi- 



Para la descripción nos valemos de la «Memoria» que con el título de 
Monumento d Cristóbal Colón escribió el autor del proyecto, el arquitecto don 
Cayetano Buhigas y Monrabá, impresa en 1882. 



INTRODUCCIÓN 



XXXIII 




MONUMENTO DE BARCELONA 



Cristóbal Colón, t. i. — \ *. 



XXXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 



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vide en ocho partes, por igual número de escudos de armas, 
surmontados de coronas murales, de los más importantes 
estados españoles, flanqueado por doble número de escudos 
de las provincias de España, dispuestos de modo que semejan 
grandes clavos destinados á romper la continuidad del mol- 
duraje superior. En los espacios d vacíos comprendidos entre 
los mismos, hállanse representados en sendos bajo relieves 
los actos más importantes de la vida de Colón, relacionados 
con el hecho del descubrimiento del Nuevo Mundo, tales 
como: su llegada á Santa María de la Rábida, acompañado 
de su hijo, pidiendo socorro y hospitalidad; — su conferencia 
con fray Juan Pérez, fray Antonio de Marchena y otros 
padres del convento; — su presentacio'n en la corte de los 
reyes don Fernando y doña Isabel, en la ciudad de Co'rdoba; 
— las conferencias del convento de San Esteban de Sala- 
manca; — su entrevista con los Reyes en el real de Santa Fe; 
— el embarque en el puerto de Palos; — el descubrimiento 
del Nuevo Mundo, y — su llegada á Barcelona de regreso de 
su viaje. Son estos bajo relieves notabilísimos por la compo- 
sicio'n y ejecucio'n, y por lo mismo que están al alcance del 
que visita el monumento, que puede examinarlos en sus 
detalles más insignificantes, esmeráronse en la obra los 
escultores que los ejecutaron, haciendo de ellos una de las 
partes más acabadas del mismo. 

El cuerpo segundo, que mide diez metros treinta centí- 
metros de elevación, es un polígono de ocho lados, cuatro 
de los cuales se desarrollan en forma de contrafuertes , que 
al par que de principal apoyo al mismo, sirven de sostén á 
cuatro robustas matronas en las cuales se ven representados 
los antiguos reinos de Ledn, Castilla, Aragón y Cataluña. 
Son dichas esculturas muy dignas de encomio por su carác- 
ter severo y majestuoso, y por la armonía que entre las 
mismas existe, tanto que más bien que hijas de diferentes 
artistas, parecen más bien obra de una sola mano. No 
sucede lo propio con las estatuas o' grupos que , en el prome- 



INTRODUCCIÓN 



XXXV 



dio de los contrafuertes, y adosados á los cuatro lados del 
polígono, — cuya seccio'n, en su conjunto, afecta la forma de 
una cruz, símbolo del cristianismo, fuente de inspiracio'n , y 
principal estímulo del gran descubridor, — tienen por objeto 
expresar el triunfo de la civilizacio'n sobre la barbarie , y el 
apoyo moral y material dispensado por España á Colón. 
Representan dichos grupos al P. Bo}^l dispensando protec- 
ción á un indio que adora la cruz: al capitán Margarit con 
un caudillo salvaje que humilde reconoce su superioridad: á 
Ferrer de Blanes que traza un derrotero sobre la esfera que 
sostiene en sus manos un pajecillo, y á Santangel, tesorero 
del rey Fernando, y uno de los más entusiastas y constantes 
protectores del marino genovés. En la parte superior de los 
contrafuertes, campean sendos grupos constituidos por la 
proa de una carabela entre dos grifos que sostienen el 
escudo de la ciudad de los condes, y son digno remate 
de esta parte del monumento. 

El tercer cuerpo se compone á su vez de tres partes 
distintas: la columna; el remate y la estatua. De orden 
corintio aquélla, álzase sobre robusto y muy bien proporcio- 
nado zócalo, del cual aparecen desprenderse cuatro genios 
elegantemente modelados , que apoyándose en robustos 
hemisferios, pregonan la fama de Colón á los cuatro 
vientos, y le tienden las coronas de la inmortalidad. En el 
tercio inferior del estriado fuste, un emblema, constituido 
por una áncora y unas palmas, vése ceñido por un anillo en 
cuyo escudo se lee Barcelona á Colón , y en su parte supe- 
rior, al arranque del capitel, en un elegante collarín, en 
letras de oro. Gloria á Colón. En el capitel, obra maestra 
xle dibujo y ejecucio'n, que llama justamente la atencio'n por 
su elegancia y lo bien hallado de sus proporciones, se distin- 
guen cuatro genios, que representando á Europa, Asia, 
África y América, unidas entre sí, al par cobijan el nombre 
inmortal del descubridor del Nuevo Continente, y sostienen 
el remate de la obra en cuva cima se ostenta la estatua de 






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XXXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 




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aquel á quien el mundo entero debe eterna gratitud por los 
inmensos beneficios que de su iniciativa reporto' y reportará 
en la sucesio'n de los siglos. 

Constituye el remate una bellísima corona que descansa 
sobre elegante peana, en cuyo plano campea el escudo nobi- 
liario con que los Reyes quisieron galardonar al gran Almi- 
rante, y que formando crestería abraza la esfera represen- 
tativa del mundo, completado, si así cabe decirlo, por el 
descubrimiento, y que sirve de digno pedestal al famoso 
descubridor. 

La estatua de éste, en actitud tranquila, reposada, 
serena, como de quien no se sorprende de que los hechos 
hayan venido á confirmar lo que constituía en su alma un 
convencimiento profundo, le representa en aquel sublime 
momejnto en que señala la tierra prometida á los absortos y 
desconfiados españoles que le acompañaron en aquel su 
portentoso viaje. 

Tal es el magnífico monumento de sesenta metros de 
altura, erigido por la ciudad de Barcelona á la gloria del 
inmortal genovés, á la perfecta realizacio'n del cual han 
contribuido, además del arquitecto que lo proyecto', escul- 
tores catalanes de tanta nombradla como Alentorn, Atché, 
Carbonell, Carcasso', Foxá, Gamot, Llimona, Nobas, Pagés, 
Pastor, Vallmitjana Abarca, y Vilanova; dibujantes como 
José Luis Pellicer, á quien son debidos los detalles del 
monumento, é ingenieros tan entendidos como los que dan 
crédito á los talleres de Construccio'n y fundicio'n de la casa 
Wohlguemuth. 

Designada por S. M. la Reina Regente en nombre de su 
augusto hijo el rey don Alfonso XIII la tarde del día i.° de 
Junio de 1888 para la inaguracio'n de dicho monumento, 
en presencia de la corte de España , y de una muchedumbre 
inmensa, que llenaba por completo todas las calles y espa- 
ciosas avenidas, las azoteas todas desde las cuales se 
distingue tan atrevida, construcción, descorriéronse las 



INTRODUCCIÓN 



XXXVII 



cortinas que ocultaban á las miradas la estatua del Almi- 
rante, y las salvas de artillería del castillo de Montjuich, 
y las de las escuadras nacionales y extranjeras surtas en 
el puerto de Barcelona con motivo de la visita de SS. MM. á 
la Exposicióri Universal realizada en la capital del antiguo 
Principado, saludaron al descubridor del Nuevo Mundo, 
pregonando una vez más la imperecedera é indiscutible 
gloria de Cristóbal Colón. 

No son estos los únicos monumentos que recuerdan á 
las generaciones el genio y la gloria del inmortal genovés, 
según antes hemos dicho, ni una pequeña parte de ellos, 
pero son los principales por su importancia, o por los 
lugares en que están levantados; y si bien dignos todos, y 
alguno magnífico, como el que acabamos de describir, no 
corresponde ninguno á la grandeza , importancia y trascen- 
dencia del hecho que con ellos se pretende perpetuar. Ese 
deber incumbe indudablemente á España, puesta al frente y 
unida á todos los pueblos hispano-americanos , y ninguna 
ocasio'n más propicia para cumplirlo que la pro'xima celebra- 
ción del cuarto centenario del descubrimiento. 

Dos proyectos colosales , de gran significación artística 
y filoso'fica, se han estudiado en poco tiempo rjor ingenios 
españoles; hijos ambos del ardiente entusiasmo que el 
recuerdo de Colón despierta en todas las almas nobles, y de 
la inspiración de un alto sentimiento del arte. 

Grande y propio el primero, fué ideado por el señor 
don José de Manj arres hace ya muchos años: por las visici- 
tudes de la época no pudo llevarse á ejecución, y desgra- 
ciadamente falleció' el autor sin haber logrado otra satisfac- 
cio'n que el aplauso de muchos doctos, tanto artistas como 
literatos y hombres de ciencia, á su feliz pensamiento. 

Deseaba vfanjarrés que su monumento se levantara en 
la barra de Saltes, en la confluencia de los ríos Tinto y 
Odiel , en aquel lugar memorable desde donde partieron las 
pobres carabelas que habían de traer á la asombrada Europa 



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XXXVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



las primeras muestras de la existencia y riquezas de un 
mundo nuevo. 

Allí había de formarse, de so'lidos sillares, un globo 
colosal sobre el cual se destacaría la gran figura de Cristó- 
bal Colón en actitud arrogante señalando con la mano 
hacia el mar en direccio'n á Occidente. La sola enunciacio'n 
del pensamiento revela desde luego al artista de corazo'n, y 
de concepciones originales... Dejemos que él propio nos 
describa su obra; o mejor dicho veamos la descripción y los 
datos preciosos que sobre la misma consigno' su amigo 
don A. Roca, tomando en cuenta las últimas modificaciones 
que hizo en ella el autor x : 

«Según una excelente fotografía del tamaño de placa 
entera, sacada de la estatua en yeso modelada por el señor 
Vallmitjana, bajo la direccio'n del señor Manjarrés, foto- 
grafía que tenemos á la vista, el monumento en proyecto 
que se ha de elevar á Cristóbal Colón, medirá, según la 
última reforma que el inventor ha hecho en su primitivo 
pensamiento, de setenta á ochenta metros de altura. 

»La base la constituye una colosal esfera de piedra 
rodeada de un relieve eri espiral que lleva grabada una 
leyenda que dice Plus ultra. Este relieve sirve de rampa para 
ascender hasta la cabeza de la estatua. 

»La rampa arranca en la parte posterior de la esfera, 
apoyándose en una meseta de quince metros cuadrados, 
la cual está flanqueada por dos ménsulas que sostienen 
grandes leones de bronce. 

«Empotrados en la esfera á una altura conveniente, y 
correspondiendo al centro de la meseta, se leerá en una 
lápida de mármol, en letras de bronce dorado, la siguiente 
inscripción : 



Se insertó en La Publicidad, diario ilustrado, etc.— Barcelona, martes, 
1 6 de Enero de 1883. 



INTRODUCCIÓN 



ESPAÑA 

Á 

CRISTÓBAL COLÓN 

EN EL REINADO DE DOÑA ISABEL II 
l8... 



XXXIX 



«Sobre la esfera se eleva la estatua de bronce del 
inmortal descubridor del Nuevo Mundo. Según la copia 
fotográfica del modelo, Colón apoya el envés de los cuatro 
dedos y la yema del pulgar de la mano izquierda, sobre 
un pedestal también de bronce, y el brazo y mano derecha 
los tiene extendidos. 

»La cabeza de Colón tiene el rostro vuelto hacia la 
tierra; su actitud es digna hasta la majestad; el escultor 
ha sabido expresar en la frente del ilustre geno vés el genio, 
la fe en la idea, la conviccio'n y la constancia para llevar 
á cabo su gigantesca empresa. 

» En la cara anterior del pedestal , sobre el que apoya 
una mano la estatua, se ve el escudó de armas de los Reyes 
Cato'licos ; en la lateral los atributos de estos monarcas y en 
la posterior esta inscripción: 

A CASTILLA Y Á LEÓN 
NUEVO MUNDO DIO COLÓN 

EN EL REINADO DE DOÑA ISABEL I 
12 DE OCTUBRE DE I492 

»Por último, la cabeza de la estatua deberá ser acce- 
sible por medio de la rampa que rodea la esfera desde la 
meseta de los leones hasta la cara posterior del pedestal, y 
desde aquí por medio de una escalera cubierta en el interior 
del citado pedestal y del costado izquierdo de la estatua. 

»E1 autor del proyecto ha sabido conciliar dos extremos 
que en cuestiones de esta naturaleza suelen ser inconcilia- 
bles; es decir, el cumplimiento de un deber impuesto por lo 



XL 



CRISTÓBAL COLÓN 



que exige el enaltecimiento de una gloria nacional, con el 
negocio propiamente dicho. Empero su cálculo y previsión 
han ido más allá; han ido hasta buscar los medios de 
asegurar el éxito del proyecto, escogitando como lugar 
para erigir el monumento un punto de localidad que 
reuniese condiciones todas apetecibles, condiciones que estu- 
viesen en armonía con lo que refiere la historia relativa- 
mente á Cristóbal Colón; con el lucimiento del monu- 
mento ; con la propiedad del lugar que debe ocupar ; con la 
facilidad y relativa economía de su construccio'n , y con la 
seguridad de que el número de viajeros que lo han de visi- 
tar sea tal que asegure el reintegro de las sumas invertidas 
en él, en el tiempo fijado. 

»Este punto es Torre Gorda, en la lengua de tierra que 
une á Cádiz con el continente, en la orilla del mar, en la 
proximidad del estrecho y dentro de ese Occéano que el 
atrevido marino cruzo el primero desde Europa; allí donde 
según la tradición existió un monumento análogo en 
tiempos de la dominación fenicia; allí, en fin, donde pasa 
rozando con el pedestal de la estatua de Colón un camino 
de hierro que nace en Cádiz y dentro de poco irá á terminar 
en San Petersburgo. 

»E1 punto no podía haber sido elegido con más preci- 
sión y habilidad ; la historia , el arte y hasta el negocio pro- 
piamente dicho, así nos lo demuestran. La historia, porque 
las costas de Andalucía reclaman con mayor título que otra 
parte alguna ese monumento: el arte porque no existiendo 
en muchas millas á la redonda cerros ni montañas que 
sirvan de fondo á la estatuadla velen por cualquier punto 
que se la mire, y la empequeñezcan elevándose por encima 
de ella, el monumento se destacará desde tierra sobre el 
mar, y desde el mar sobre la línea de horizonte de la tierra 
en toda su grandiosa é imponente majestad; y por último, 
el negocio, porque hecho un cálculo prudencial del número 
de viajeros que circulan mensualmente por aquella línea de 



INTRODUCCIÓN 



XLI 



ferrocarril, y del que anualmente llegan procedentes de Amé- 
rica y de Europa, o' se embarcan en Cádiz para esos mismos 
puntos, suponiendo que so'lo una mitad del total visite el 
monumento, el producto de los billetes de entrada es más 
que suficiente para reintegrar el número de obligaciones 




PROYECTO DE DON JOSÉ DE MANJARRES 



sorteadas en cada año y para atender á todos los gastos 
naturales que pueden originarse. 

»Una suscripcio'n de un real á veinte por persona, sus- 
cripción abierta doquiera hubiera españoles, y no cerrada 
hasta reunir las cantidades presupuestadas , debía ser la base 
financiera de la ejecución del proyecto; los visitantes debían 
satisfacer cierta cantidad para ir reintegrando á los suscrip- 
tores y para obras de conservación del monumento. El 

Cristóbal Colón, t. i. — vi*. 




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XLII 



CRISTÓBAL COLÓN 






presupuesto lo calculaba el señor Manjarrés en diez y seis 
millones de reales ; en cuatro reales el derecho de entrada al 
interior de la estatua. 

«Cincuenta y cuatro mil metros cúbicos de piedra 
calculaba necesarios para la gran esfera : la estatua de veinte 
metros de altura. 

«Reunió' también numerosos datos sobre estatuas análo- 
gas á la proyectada de Colón ; la Virgen María del Puy en 
Francia ; la Bavaria en Munich ; y la de San Carlos Borro- 
meo en Asona, elevada en 1697: altura, cantidad de metal, 
forma de construcción de las estatuas y escaleras interiores. 

»E1 proyecto Manjarrés es grandioso y sencillo; digno 
del personaje y del objeto : mas su grandiosidad exigía un 
coste, unas sumas excesivas para el escaso entusiasmo y la 
flojedad con que se suelen mirar en España obras de esta 
clase.» 

Casi al mismo tiempo que don José Manjarrés concebía 
su proyecto, meditaba en el suyo otro arquitecto ilustre, 
otro español entusiasta cuyas altas dotes, aunque de muchos 
conocidas, no han sido todavía justamente apreciadas. El 
señor don José Marín Baldo se nos presenta como un cantor 
digno de Cristóbal Colón. Elevando su pensamiento á las 
más levantadas concepciones , guiado por el ideal del arte y 
en alas de la más ardiente inspiración, juzgo «que el poema 
de piedra que en medio de la plaza pública cante en el 
idioma universal de la arquitectura pregonando incesante- 
mente la gloria del célebre marino, no puede prescindir de 
cantar á la vez las glorias de la patria que fué su madre 
adoptiva.» Y tomando como punto de partida esta idea tan 
noble, tan patrio'tica, consagro profundas meditaciones y 
largas vigilias al trabajo de traducir en emblemas arquitec- 
tónicos todo lo que sentía su alma de artista y de español. 

El proyecto fué inmenso, y tan grandioso, que su 
magnitud misma es sin duda alguna la causa de que á pesar 
de su celebridad y de haber sido elogiado y obtenido 



INTRODUCCIÓN 



XLIII 



graneles distinciones en exposiciones de Madrid y Filadelfia 
no se haya puesto en ejecucio'n. 

Bien quisiéramos poder trasladar íntegra la Memoria 
descriptiva de la obra que por encargo del gobierno escribió' 
el señor Marín Baldo, que es tan distinguido autor en letras 
como en artes. Siendo mucha su extensio'n hemos de limi- 
tarnos, bien á nuestro pesar, á extractar lo más importante, 
en cuanto sea bastante á dar idea completa de la magnífica 
composicio'n. 

Entiende con gran juicio el arquitecto, entrándose á la 
vez en los dominios del filosofo y del poeta, «que el pedestal 
de la gloria de un héroe se ha de levantar amontonando su 
gloria misma, y formando con ella el promontorio, la mole 
sobre que asiente su planta el hombre que fué grande. Si 
hay vulgares antecedentes de origen en la vida del hombre 
célebre, no vengan éstos á figurar en el monumento que se 
levante á su memoria. El libro de la historia podrá narrar- 
los, y en él es donde habrán de buscarse. El monumento, 
pues, de que nos ocupamos, según esta doctrina, deberá 
comenzar precisamente por donde Colón empieza á ser 
grande y á echar los fundamentos de su gloria; que lo es 
indudablemente, cuando }^a pasada su juventud, y después 
de muchos años de piloto genovés, en que había vivido sin 
hacerse notar de otro modo que como un hombre aplicado 
y estudioso, concibió el pensamiento de que pudiera existir 
una nueva comarca de la tierra desconocida del mundo viejo, 
y que á ella se habría de llegar cruzando la inmensidad 
tenebrosa del vasto mar Occéano, conservando en la navega- 
ción rumbo constante al Occidente.» 



«Es, pues, necesario buscar una forma arquitectónica 
que traduzca estas ideas, y las represente de modo que, 
conservando su esencia, nos dé la expresión más clara que 
sea posible de semejantes conceptos.» 

Difícil es seguir paso á paso al artista en el trabajo 



XLTV 



CRISTÓBAL COLÓN 



iSS^Si. ... 



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para lograr que en las líneas y en la piedra se traduzca 
efectivamente todo cuanto desea expresar. Consta su pro- 
yecto de un basamento general formado por un cuadrado 
inmenso de cien metros de lado, encerrando un área de diez 
mil metros superficiales, cuyos muros tienen ocho metros 
de altura, adornado con un gran friso y terminado en airosa 
cornisa. Sobre la extensa plataforma se levanta el cuerpo 
primero del monumento, que el autor cree podría denomi- 
narse canto primero del poema que se pretende cantar en el 
idioma del granito, de los mármoles y bronces. Por varias esca- 
linatas, y por una rampa que conduce al cuerpo superior, 
va pasando revista el arquitecto á las diferentes vicisitudes 
de la azarosa existencia de Cristóbal Colón, notando las 
puertas que se le cerraron, los protectores que se le ofrecie- 
ron; todo figurado en símbolos, en emblemas, en represen- 
taciones tan claras, que son ingeniosísima y bella exposicio'n 
de los hechos principales de su vida. 

Por la rampa se alcanza el cuerpo segundo rodeado de 
columnas sabiamente distribuidas y de gran elevacio'n; 
rotonda originalísima , perfectamente estudiada, cuyo inte- 
rior se destina á museo americano, es decir, á contener ejem- 
plares de todas las especies indígenas de los tres reinos de la 
naturaleza que traen su origen del Nuevo Mundo. «Ocho 
grandes armarios repartidos entre los huecos de puertas y 
ventanas se hallan destinados á recibir los ejemplares natu- 
rales y más característicos de todos los productos... Asi- 
mismo pueden contener estos armarios toda especie de uten- 
silios, vasos, manufacturas, ídolos, trajes é instrumentos 
diversos usados por los indígenas antes de serles conocida la 
civilizacio'n que recibieron del Oriente.» 

«Para la colocacio'n de escudos, cascos y armaduras de 
guerra, mazas, flechas, lanzas y demás armas de combate, 
se hallan dispuestas diez y seis columnas exentas dos á cada 
costado de los armarios antedichos.» 

El muro circular exterior de cerramiento del museo se 



XLVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



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eleva hasta la altura de once metros, que con la cornisa y 
molduras entrantes crece hasta los trece metros; y allí 
termina la fábrica de piedra, y empieza la de bronce, digno 
remate del colosal edificio, complemento de la idea que 
forma la apoteosis de Colón. Sobre las obras de sillería se 
eleva una esfera terrestre de bronce dorado de veintido's 
metros de diámetro, en la que se ve grabada la isla de 
Guanahani en la misma posicio'n en que debieron descubrirla 
las naves españolas en la memorable noche del 12 de Octu- 
bre. En lo más alto, perfectamente colocada, y guardando 
el admirable simbolismo á que todo el monumento responde, 
«la estatua de Colón sobre el puente o' castillo de popa de 
un barco monumental, que las ondas del Occéano, represen- 
tadas por ocho náyades ú ondinas , llevan sobre sus hombros 
y sus espaldas hacia el golfo de Méjico. Guirnaldas entrete- 
jidas con algas y plantas submarinas, engalanan este barco 
victorioso que lleva en su proa el escudo de los Reyes Cato'- 
licos, copiado del que existe en San Juan de los Reyes en 
Toledo. Por entre las olas del mar, que se levantan desde la 
superficie del globo terrestre hasta llegar á bañar la quilla 
de la carabela, se ven asomar algunos ánades o' gaviotas, 
que recuerdan aquellas que se vieron la tarde anterior al 
descubrimiento de la isla. En la popa del barco se halla 
escrito su nombre de Santa María, y en derredor del plinto 
o' peana sobre que asienta sus pies la estatua de Colón , hay 
una inscripcio'n que dice «12 de Octubre de 1492,» traduc- 
cio'n al idioma vulgar de la escritura de todo el emblema de 
la apoteosis.» 

«La estatua de Colón se presenta con una planta natu- 
ral y majestuosa, propia de la gravedad del personaje que 
representa, y huyendo de toda postura académica o' exaje- 
rada: tiene puesta la mano derecha sobre la caña del timón, 
que no se conocía por entonces la rueda que hoy la susti- 
tu} T e; y en la otra mano lleva un rollo de papel represen- 
tando sus cartas de marino y su derrotero, arrimadas al 



INTRODUCCIÓN 



XLVII 



pecho en señal de la fe y constancia que tuvo en sus planes 
y proyectos, así como del secreto que guardaba respecto de 
la verdadera marcha de su flota, para sostener el ánimo de 
los que le acompañaban.» 

«La estatua de Cristóbal Colón tiene por sí sola cinco 
metros cincuenta centímetros de altura, pero con el barco y 
el grupo que lo sostiene forman un conjunto de doce metros 
de elevación, que sumados á la que ya tiene la cumbre de la 
esfera, resulta la cabeza de Colón á cincuenta y nueve 
metros sobre la línea de tierra de este pedestal d monu- 
mento . » 

Tal es, ligerísimamente apuntada, la descripcio'n de 
esta obra de arte. No es fácil formarse de ella cabal idea sin 
trasladar por entero lo que escribió' su autor. Las escul- 
turas, medallones, figuras y emblemas son en número muy 
crecido, y todas contribuyen á ir poniendo en claro el 
pensamiento capital que se va desarrollando... 

Hasta las extrañas vicisitudes por que ha pasado este 
grandioso proyecto le prestan mayor interés. Hijo del entu- 
siasmo que en el señor Marín Baldo producía la historia de 
Cristóbal Colón desde el punto en que, niño aún, la leyó 
por vez primera, empezó' á traducirse en líneas desde que 
supo manejar el lápiz; fué su constante compañero en los 
años consagrados al estudio, y no le abandono' en sus viajes. 
El autor mismo refiere con cuánta timidez hizo muestra de 
sus primeros perfiles al célebre Nicolle, cuya escuela fre- 
cuentaba en París ; y la amplitud de miras que se abrió' á su 
imaginacio'n ante los consejos de aquel doctísimo artista, 
que con tanta detencio'n había estudiado todas las manifesta- 
ciones del arte antiguo, señaladamente en Asia y en el 
Egipto. 

Ya en el año 1865, á ruegos y con la recomendacio'n de 
algunos amigos apasionados de su trabajo, salió' de Murcia, 
donde ocupaba el cargo de arquitecto de la provincia, y se 
dirigió' á Madrid para darlo á conocer en esferas de mayor 






^í 



XLVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



importancia. Con ingenua franqueza refiere Marín Baldo la 
favorable acogida que obtuvo del señor don Lorenzo Arra- 
zola y del infante don Sebastián , tan entendido en todo lo 
referente á bellas artes, y su presentación á S. M. la reina 
doña Isabel II; así como el asombro que á todos causaba el 
gasto de cien millones de reales que se presupuestaba como 
necesario para la construcción. 

Sin embargo, en el corazo'n de aquella augusta señora 
encontraban acogida todos los grandes ideales. No era posi- 
ble decidir por entonces la ejecucio'n de tan costoso pro- 
yecto; pero sí lo era procurar que pudiera ser conocido, y 
de su bolsillo particular quiso que se construyera un modelo 
bajo la direccio'n del ilustre arquitecto. Y se construyo' efec- 
tivamente; y el precioso grupo en que termina el monu- 
mento se fundió' en París por la célebre casa Cristophle y 
fué cincelado y concluido por el escultor Caille. «El grupo 
tenía de altura cuarenta centímetros, que era lo que corres- 
pondía en la escala del modelo..., viniendo á costar con todo 
gasto más de seis mil pesetas.» Terminada la obra, fué 
llevada de orden de S. M. á la Exposicio'n de Bellas Artes 
que debía inaugurarse en aquel mismo mes de Octubre 
de 1866 en el palacio de Indo. 

Allí figuro', en efecto, siendo la admiracio'n de cuantos 
artistas tuvieron ocasio'n de examinarlo, y del numeroso 
público; pero la envidia comenzó' su trabajo para rebajar el 
mérito de aquella obra que muy pocos hubieran podido 
imaginar, y muchos no podían comprender. Don José Marín 
Baldo, tímido como todo hombre de verdadero mérito; poco 
avezado á intrigas, creyéndose víctima de cabalas odiosas, 
que tal vez nunca existieron , pero que aun así se presentaban 
á su ardiente fantasía en proporciones aumentadas con los 
efectos de linterna mágica, oficio' al presidente del Jurado ma- 
nifestándole que como su modelo había sido hecho por orden 
de S. M. la Reina, que era su propietaria, no se presentaba 
para optar á premio alguno y por lo tanto no debía ser some- 



INTRODUCCIÓN 



XLIX 



tido á juicio, y dado este paso salió' de Madrid y regreso á 
Murcia sin quererse ocupar de aquel proyecto, que juzgaba 
desgraciado. 

Pero lo que ocurrid después es todavía más extraño. 
Casi no puede creerse, que terminada la Exposicio'n nadie se 
cuidara de aquella obra de arte, á pesar del tarjetdn que 
decía: Pertenece á SS. MM., y que pasado algún tiempo se 
hiciera pedazos y se perdiera entre los restos de cajones, 
jirones de lienzo y otros residuos despreciables, desapare- 
ciendo, sin saberse como, hasta el precioso grupo cincelado, 
que según dijimos había costado en París más de veinti- 
cuatro mil reales. — Yo he visto muchos años después dos de 
las cuatro columnas rostrales que sirvieron de adorno á la 
plataforma del basamento general... están destrozadas en 
parte, mas son bellísimas y tal vez lo único que se salvo 
de aquel acto tan incomprensible como incalificable. Nunca 
el gusano de la envidia ha roído más á su sabor la obra del 
genio. 

Pero los grandes pensamientos no mueren, y si pruebas 
fueran necesarias para demostrar que lo es el de don José 
Marín Baldo, las tendríamos en sus repetidas resurrec- 
ciones. 

Anunciada la Exposición universal de Filadelfia, hubo 
algunos ilustres españoles que recordaron el hermosísimo 
proyecto de monumento á Cristóbal Colón, que habían 
visto diez años hacía en el palacio de Indo, y desearon que 
España lo presentase en América como testimonio de su 
antigua grandeza, para que levantara allí la voz recordando 
á los americanos de do'nde les viene el origen de su civili- 
zación. 

Entonces se llamo' al autor; entonces se investigo' el 
triste fin del antiguo modelo, y se formaron cinco grandes 
planos acompañados de una Memoria costeada por el Minis- 
terio de Fomento, que figuraron dignamente en aquel con- 

Cristóbal Colón, t. i. — vn* 





CRISTÓBAL COLÓN 



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curso famoso de la industria y de las artes en todas las 
naciones. 

Grandes alabanzas obtuvo el proyecto del monumento, 
y mucha gloria recogió' el autor, además de medalla y 
diploma...; pero no paso' de aquí el resultado, y desde el 
año 1876 no parece sino que nadie se ha vuelto á acordar de 
tan magnífico pensamiento. Sin embargo no es así. 

Dentro de cuatro años ha de celebrar la humanidad 
entera, y señaladamente España y las naciones todas de 
América, el cuarto centenario del descubrimiento. Hay 
noble emulacio'n, sublime competencia por hacer en esa 
fecha, sobre todas memorable, una manifestacio'n de entu- 
siasmo y gratitud al genio geno vés digna del siglo xix, y 
que se perpetúe en la memoria de los venideros. El primer 
hombre de Estado de nuestros tiempos, el ilustre pensador, 
el orador parlamentario, gloria de nuestra tribuna á quien 
dedicamos este libro, es al mismo tiempo artista de corazo'n, 
y de sus labios escuchamos las alabanzas del proyecto de 
don José Marín Baldo. Conoce el señor don Antonio Cáno- 
vas del Castillo ese grandioso monumento y no le olvidará 
ciertamente al tratar del famoso centenario. Lo conoce y lo 
admira el general mejicano don Vicente Riva Palacio, minis- 
tro plenipotenciario de los Estados Unidos de Méjico en 
España, y una de las mayores ilustraciones de aquella 
República ; y muy en breve le conocerán todos los represen- 
tantes de las. naciones. hispano-americanas. De los esfuerzos de 
todos no puede menos que brotar una elevadísima concepcio'n, 
un pensamiento noble..., y tal vez ninguno puede superar al 
de llevar á vías de ejecucio'n el proyecto del señor Marín Baldo. 

Pero de la celebracio'n del centenario, como objeto 
preferente de este estudio, hemos de hablar más adelante, 
con la detencio'n que su importancia requiere , y allí tendrán 
oportuno lugar varias consideraciones sobre todos los pro- 
yectos presentados en España y en otros países de Europa y 
de América. ¿*. 



INTRODUCCIÓN 



LI 



Por eso abrigamos la confianza de verlo alzarse en la 
futura Playa de América, en la corte de España, para gloria 
de nuestra patria y justo tributo al gran nombre de Cristó- 
bal Colón. 



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III 



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Si muchos y notables son los monumentos levantados á 
la gloria de Cristóbal Colón, no han sido menos ilustres 
los escritores que se han consagrado á enaltecer y conservar 
su memoria. Los monumentos literarios son tantos y aun 
más que los de piedra, y tal vez están destinados á ser más 
duraderos que los bronces, según la feliz expresión de 
Horacio. Por tal motivo, y porque interesa siempre conocer 
las fuentes histo'ricas y apreciar en su justo valor á los 
historiadores, pues en todo caso es necesario separar el oro 
de la escoria, vamos á consagrar algún estudio á este punto, 
comenzando por los documentos que se conservan en archi- 
vos y colecciones oficiales, estudiando los autores contem- 
poráneos de los sucesos, y descendiendo luego á la apre- 
ciacio'n de los que de ellos se han valido para formar 
narraciones más o menos extensas, más o menos profundas 
y meditadas. 

Escritos de Cristóbal Colón. Y lo primero y más auténtico 
que debe tenerse en consideracio'n son los escritos del Almi- 
rante, y los documentos públicos y privados que con res- 
pecto á sus cargos , honores y hechos notables se guardan en 
los archivos del Estado y en los de la familia. 

Verdaderamente Colón escribía con gran facilidad, y 
son muchos los auto'grafos suyos que se conservan, así como 
muchas de sus obras han llegado á. nosotros en copias de 
innegable valor. Su actividad epistolar quedo' en proverbio, 
como dice Mr. Harrisse, tanto que don Francesillo de Zúñiga 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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decía en una de sus epístolas al marqués de Pescara: 
«A Gutiérrez, vuestro solicitador, ruego á Dios que nunca 
le falte papel, porque escribe más que Tolomeo, y que 
Colón el que hallo las Indias. » 

Además de las cartas á los Reyes y algunas á su hijo 
y á particulares, que todas son de un interés capital, se 
conserva el extracto hecho por fray Bartolomé de Las Casas 
del Diario de Navegación, que poseyó' original, y en el que 
ha conservado la Introducción y muchos párrafos importantes 
al pie de la letra; la relacio'n completa del tercer viaje y las 
instrucciones que dejo' á su hijo don Diego antes de empren- 
derlo, y el notable libro llamado de las Profecías, en que se 
encuentra auto'grafa la carta á los Reyes de que después 
daremos traslado. 

Todos estos escritos de Colón han sido impresos, en 
número de sesenta y cinco, á excepción del Libro de Profecías, 
del que solamente se han publicado extractos por don 
Martín Fernández Navarrete y don Bartolomé José Gallardo. 

Cincuenta años después del fallecimiento del Almirante 
todavía se guardaba con religiosa veneracio'n en la familia, 
un libro que había escrito del descubrimiento, donde se conta- 
ban cosas muy notables é dinas de ser sabidas, y se pidió y 
obtuvo permiso para la impresio'n *. A nuestro entender este 
era aquel libro que Cristóbal Colón deseaba enviar al papa 
Alejandro VI, cuando le decía: «Gozara mi ánima y descan- 
sara si agora en fin pudiera venir á V. Santidad con mi 
escriptura, la qual tengo para ello, que es en la forma de 
los comentarios é uso de César, en que he proseguido desde 
el primero dia fasta agora, que se atravesó á que yo haya 
de hacer en nombre de la Samma. Trinidad viaje nuevo.» 

El precioso manuscrito no llego' á imprimirse, y nunca 
se llorará bastante su pérdida , si es que alguna feliz casua- 
lidad no le hace salir un día de la oscuridad en que desde el 



Véase en los Apéndices d la Introducción (B). 



INTRODUCCIÓN 



Lili 



año 1554 se encuentra envuelto; porque los escritos de 
Colón son la verdadera piedra angular de su importan- 
tísima historia, y nunca puede prescindirse de su contexto, 
ni darle violentas interpretaciones; por más que sea preciso, 
lícito y aun laudable el procurar concordarlos con otros 
datos auténticos y dignos de crédito. Pero cuando entre 
unos y otros existan diferencias tales que no sea posible 
ponerlos de acuerdo, debe el historiador preferir siempre sin 
vacilaciones lo dicho por el Almirante, que es, á no dudar, 
el mejor guía para conocer los hechos de su vida. 

Y no sin causa consignamos esta previa advertencia. 
Bulle actualmente en el terreno de las ciencias una tendencia 
al escepticismo, una especie de desconfiada imparcialidad, 
que mueve á distinguidos autores á dudar de lo que está 
claramente averiguado por el testimonio más fidedigno, 
ocupándose en acumular indicios, sospechas, leves vislum- 
bres para no presentar como pruebas plenas los datos más 
concluy entes. Resultado funesto de tal inconsiderada descon- 
fianza, es que vuelvan á ponerse en discusión hechos por 
demás comprobados, y no pueda asentarse en firme la 
planta sobre ningún punto de la historia. 

Citaremos un solo ejemplo. El más laborioso de los 
modernos colombistas, el señor E. Harrisse, llevado de esa 
tendencia escéptica, asienta terminantemente en su más 
importante obra Cristóbal Colón I , que hay unanimidad en los 
historiadores en decir que fué genovés. Conoce muy bien el 
docto abogado del foro de Nueva York la cláusula de la 
institucio'n del ma3 T orazgo, en que el Almirante dijo que de 
Genova salió y en ella nació; y la otra cláusula del testamento 
de don Fernando Colo'n en que expreso' que era hijo de 
don Cristoval Colon, ginovés, primero Almirante que descubrió 




1 Christophe Colomb , son origine, sa vie, ses voy ages , sa fatnille et ses 
descendants, d , apris des documents inédits tires des archives de Genes , de Savone, 
de Séville, et de Madrid. — Paris, Ernest Leroux, 1884, dos tomos en 4. 



LIV 



CRISTÓBAL COLÓN 



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las Indias, y á pesar de todo, estas designaciones no disipan 
sus dudas. Juzga posible que Colón naciera en alguna de 
las aldeas más pro'ximas á la ciudad, y se fija tal vez en 
Quinto o' en Terrarrubra, porque ese patronímico usaron 
en su juventud los dos hermanos Cristóbal y Bartolomé; 
como si todos los indicios imaginables pudieran destruir la 
fuerza de lo manifestado por aquél en sus documentos. 

Los escritos de Colón son para nosotros objeto de reli- 
giosa veneración, y á ellos acudimos como á las primeras y 
más puras fuentes de la verdad histo'rica para los hechos de 
su vida. 

El Códice Colombo americano. El Archivo de Indias. 
El Archivo de la Casa de Veragua. Poseía Cristóbal Colón 
en traslados auténticos y autorizados debidamente, todos los 
documentos relativos á las gracias, privilegios, donaciones y 
títulos que había obtenido; que, según parece, los iba depo- 
sitando en manos de su constante amigo, fray Gaspar Gorri- 
cio, monje de la Cartuja de Sevilla. Poco tiempo antes de 
emprender su cuarto y último viaje, hizo el Almirante se 
sacase por ante notario y previa licencia de los alcaldes 
de Sevilla, Esteban de la Roca y Cristóbal Ruiz Montero, 
copia legalizada de todos aquellos documentos, y encerrán- 
dolos en una bolsa de cordobán con cerradura de plata, la 
entrego' á su compatriota Micer Francisco Rivarola para que 
la llevase al embajador de la República de Genova en la 
corte de España. Otra copia hecha en los mismos días 
conservo' en su poder el Almirante , y antes de su salida de 
Cádiz la entrego á Francisco Cataneo para que la llevase 
como la anterior al embajador Oderigo, previniendo así 
cualquier contingencia. 

En la familia de éste se conservaron por mucho más de 
un siglo aquellas dos copias, como depo'sito precioso, hasta 
que en el año 1670 fueron dadas á la República por Micer 
Lorenzo Oderigo, descendiente de Nicolás. 



INTRODUCCIÓN 



iv 



No se sabe de qué manera salieron ambos co'dices de los 
archivos de Estado de la Señoría, en los primeros años del 
siglo presente, pero es lo cierto que la copia más completa 
fué comprada por orden _ del rey del Piamonte en el 
año 1816 en la venta de objetos del conde Cambiasso, y 
regalada por aquel monarca al municipio de Genova; y la 
otra copia se encuentra, según noticia de Mr. Harrisse, en 
el archivo del Ministerio de Estado en París. 

El ejemplar que se conserva en Genova fué dado á la 
imprenta en el año 1823, con una hermosa introduccio'n 
escrita por el P. Juan B. Spotorno *., bajo el título de Códice 
diplomático colombo americano. Consta de cuarenta y cuatro 
documentos impresos en español y en italiano y lleva dos 
facsímiles autografiados. 

Este libro es de lo más importante, porque además de 
contener copias autorizadas de los documentos originales, 






1 No se nos alcanza el objeto que se propone el señor Harrisse, al decir 
cada vez que menciona el original de tan precioso códice, que se conserva en la 
casa Ayuntamiento de Genova al lado del violín de Paganini. Parécenos, sin 
embargo, que alguna intención profunda deben tener oculta esas palabras, 
cuando ya en cuatro de sus obras las ha repetido. Véanlas nuestros lectores. 

En el libro titulado Don Femando Colombo, historiador de su padre, que se 
imprimió en Sevilla en el año 1871, decía (pág. 200): «Todavía hoy se le 
manifiesta á los extranjeros (se refiere al Códice Diplomático) en el Ayunta- 
miento, donde está cuidadosamente conservado en compañía del violín de Paga- 
nini. » 

Publicó después la misma obra en París, con notables ampliaciones, en el 
año siguiente de 1872, bajo el título de Femand Colomb, sa vie, ses ceuvres; 
pero no descuidó de poner en nota á la pág. 102, y refiriéndose al mismo 
Códice: « C'est le volume relié en velours violet, qui se trouve encor dans la 
custodia de la municipalité de Genes, cote a cote avec le violón de Paganini.^ 

A la pág. xx de la Introducción al tomo de Additions á la Bibliotheca 
Americana Vetustissima, que se estampó en Leipzig, en el mismo año de 1872, 
escribe : « La carta remitiendo el donativo, y el Libro de traslados de cartas y 
otro de mis privilegios en una barjata de cordovan colorado con su serrada de 
plata, mencionado por el Almirante en su carta de 28 de Diciembre de 1504, 
están ahora guardados (menos la cerradura de plata) en una custodia en la casa 
Ayuntamiento de Genova, aunque con el violín de Paganini. (Together with the 
Paganini's fiddle).» 

Y en su última obra Christophe Colomb, son origine, sa vie, ses voyages, etc , 
publicada en 1884, todavía repite (tomo I, pág. 20) que el precioso manuscrito 
se conserva en Genova en una custodia con el violín de Paganini; por lo cual 
creemos que aún conserva interés la noticia. . - 






LVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



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tiene unida al fin la interesantísima carta que el Almirante 
dirigid al ama del príncipe don Juan, doña Juana de la 
Torre, en el año 1500, al volver á España aherrojado por 
orden del odioso Bobadilla. 

Tesoro inagotable , á pesar de lo mucho que se ha estu- 
diado, es el Archivo de Indias, establecido en la casa Lonja 
de la ciudad de Sevilla. Reuniéronse allí por orden expresa 
del rey don Carlos III todos los documentos relativos al 
descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo. 
El archivo de Simancas entrego' todo lo que de antiguo se 
había ido depositando en aquel gran centro, y de las oficinas 
de los ministerios de Guerra , Marina y Justicia se enviaron 
todos los papeles de las antiguas Audiencias que todavía 
funcionaban en los virreinatos de Méjico y del Perú. Inves- 
tigando sus infinitos documentos formaron sus colecciones 
don Juan B. Muñoz, don Martín Fernández Navarrete, don 
José Vargas Ponce y todavía hace muy poco tiempo, en el 
año 1882-, los legajos enviados por orden del gobierno al 
Congreso de americanistas dieron ocasio'n á un notable 
estudio del capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro, 
llamando la atención de todos los sabios de Europa. 

De ese rico deposito proceden muchos de los documen- 
tos de la familia y descendencia de Cristóbal Colón publi- 
cados por el señor Harrisse en su citado libro, cuyas copias 
le remitimosy y de él continúa saliendo, autorizada en 
debida forma, la Colección de documentos inéditos, que empezó' 
á publicar don Luis Torres de Mendoza, constando ya de 
cuarenta y dos tomos, y aunque no todo lo que en ella se ha 
insertado está escogido con igual tino, el gran número de 
documentos dados á luz, es demostracio'n evidente de lo 
mucho que el Archivo de Indias atesora l . 



1 A la muerte del señor don Luis Torres de Mendoza, la Real Academia 
de la Historia se hizo cargo de proseguir la obra, de la cual ha publicado ya 
cuatro volúmenes, formando una segunda serie. 



INTRODUCCIÓN 



LVIl 



En el archivo de la casa de Veragua, que sucede en 
su apellido y en sus glorias al Almirante, se conservan gran 
parte de los documentos originales que estuvieron en la 
Cartuja de las Cuevas, y cuyas copias envió el mismo 
Colón á Genova; y además otros muchos referentes á la 
familia, todos del mayor interés. Entre muchos se guarda 
allí el extracto del Diario de Navegación que hizo fray 
Bartolomé de Las Casas sobre el original del Almirante; 
cartas originales de éste y gran copia de documentos que 
constituyen aquella dependencia en mina tan inagotable, 
como lo es el Archivo de Indias, aunque en éste abraza 
mucha mayor amplitud por las condiciones de su instituto. 
En la importantísima Colección de los viajes y descubrimientos 
que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo xv 
incluyo' don Martín Fernández Navarrete unos ochenta 
documentos de los existentes en el archivo de la Casa de 
Veragua. 



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Don Hernando Colón. — Entre los historiadores de la 
vida de Cristóbal Colón, que merecen el dictado de cronis- 
tas, figura en primer lugar su hijo natural don Hernando, 
nacido en Co'rdoba el 15 de Agosto del año 1488, y que, 
dando muestras desde sus más tiernos años de un talento 
grave y privilegiado, acompaño á su padre en su cuarto y 
último viaje, desde 1502 á 1504, cuando apenas contaba 
diez y seis años de edad. El libro de don Hernando ha 
tenido siempre grandísima importancia desde su aparicio'n, 
y gozado alto aprecio entre los escritores que se han ocupado 
del descubrimiento de las llamadas Indias Occidentales, 
calificándolo Washington Irving de piedra angular de la 
historia del Nuevo Mundo. Pero desde el año 1871, con 
motivo de la impugnación de que fué objeto, ha sido mayor 
aún su celebridad, ocupándose en su análisis los más doctos 
colombistas de ambos continentes. 

En aquel año recorría las principales ciudades de 

Cristóbal Colón, t. i. — vm* 



LVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



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España, Italia y Francia el abogado de Nueva York 
Mr. Henry Harrisse, conocido ya y estimado en el mundo 
científico por sus obras Notes on Columbus l , y Bibliotheca 
Americana vetustissima 2 . Después de haber visitado los 
principales archivos y bibliotecas de Europa, llego' á Sevilla, 
y estudiando en el archivo de Indias y Biblioteca Colombina 
se decidió' á dar forma y exponer al público un pensamiento 
que, según parece, le había asaltado ya muchas veces, 
consagrando un libro al examen de la autenticidad de la 
obra de don Hernando 3. La incluyo' en su coleccio'n la 
Sociedad de biblio'filos andaluces, y desde aquel momento 
casi no ha pasado año en que no aparezca alguna obra favo- 
reciendo o' impugnando la opinio'n del señor Harrisse. 

A la verdad, las contradicciones que se notan en ciertos 
pasajes del libro de don Hernando Colo'n, algunas afirma- 
ciones que no están bien ajustadas á la verdad histo'rica, y 
ciertos hechos que no es posible admitir como verdaderos 
inducen á pensar mal del libro ; pero teniendo en cuenta que 
no poseemos el original castellano, sino una versio'n hecha 
por Alfonso de Ulloa, en la que es posible, y aun probable, 
que por precipitacio'n , por entender mal algunos conceptos, 
por negligencia y hasta por malicia se deslizaran errores, 
pierden mucho de su fuerza los argumentos que se formulan 
contra su autenticidad. 

Porque sea más o' menos exacta la historia de la adqui- 
sicio'n del manuscrito castellano que se relata en la dedica- 
toria de Ulloa, es lo cierto que aquel original se ha perdido 
y solamente se conserva la traducción italiana. Publico'se 
ésta en Venecia, en casa de A. Sanesse, en 1571, es decir, 
más de treinta años después de la muerte de don Hernando, 



1 New- York, 1866, en folio. 
* New- York, 1866, grand., in 8.°.— Geo P. Philes. 

3 Don Fernando Colón, historiador de su padre; por el autor de la Biblio- 
teca Americana Vetustissima.— Sevilla, Tarascó, 187 1, in 4. 



INTRODUCCIÓN 



LIX 



bajo el título de: Historie del Signor Don Fernando Colombo. 
Nelle quali s' ha particolare é vera relatione della vita é de i fatti 
dcll Ammiraglio D. Christophoro Colombo, suo padre ' . 

Y ciertamente se encuentran en la obra las mejores 
noticias de la vida del gran navegante, que justifican el 
crédito de que ha gozado siempre. En defensa de su texto 
y en demostración de que su autor lo fué en efecto don 
Fernando Colon, salió' inmediatamente Mr. d'Avezac 2 , con 
gran erudicio'n y copia de argumentos; si bien es necesario 
reconocer que su refutación de lo expuesto por Mr. Harrisse 
fué mucho más débil y menos conclu} 7 ente en cuanto á los 
errores que se notaron en la narracio'n de los hechos, que en 
la parte relativa al autor. 

Al año siguiente reprodujo el señor Harrisse su obra en 
París, considerablemente añadida y algo variada en ciertos 
conceptos, bajo el título de Fernand Colomb, sa vie, ses 
cenvres 3 ; dando lugar á nuevos estudios en los que don 
Antonio M. a Fabié, don M. Jiménez Espada y don Cesáreo 
Fernández Duro hicieron demostración más concluiente de 
que el libro que sirvió de original á Ulloa para su traduc- 
cio'n, había sido escrito por don Hernando, porque como tal 
lo cita repetidas veces en su texto castellano, y sin duda ni 
vacilacio'n alguna el P. Las Casas en su Historia de las 
Indias. 

¿Como no ceder ante este decisivo argumento? ¿Co'mo 
era posible seguir sosteniendo con argumentos negativos que 
don Fernando Colo'n no había trazado una reseña de la vida 
y los hechos de su ilustre padre, ante esa positiva afir- 
macio'n? 



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1 Este título puede traducirse : Apuntes del señor don Fernando Colón. En 
los que se contiene particular y verdadera narración de la vida y los hechos del 
Almirante don Cristóbal Colón, su padre. 

* Année veritable de la naisance de Chtistophe Colombo. — París, 1873. — 
Le Livrc de Ferdinand Colomb.— Revue critique, &.— París, E. Martinet, 1873. 

3 París, librairie de Tross, 1872. 






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LX 



CRISTÓBAL COLON 




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Con innegable prolijidad y erudicio'n especial copiosí- 
sima y discreta el señor Pro'spero Peragallo combatió' los 
últimos trabajos de Mr. Henry Harrisse r , y como resultado 
final de tan instructiva polémica podremos dejar establecido 
que la Historia de Cristóbal Colón escrita por su hijo, es uno 
de los monumentos más importantes para escribir la del 
descubrimiento, por más que deba estudiarse con gran 
detencio'n, como lo han hecho los doctos colombistas que se 
han citado y otros muchos, pues por diferentes causas 
fáciles de comprender, hay en aquélla muchos asertos que 
no están debidamente comprobados, y en otros son notorios 
el error y la inexactitud; no sabiendo si tales faltas deben 
ponerse á cargo del primitivo autor o' del traductor de la 
obra. 

Fray Bartolomé de Las Casas, por las especiales 
condiciones en que se encontró' con la familia de Colón, 
por su carácter, y por haber vivido largos años en la isla 
Española, entre muchos de los colonos que acompañaron al 
Almirante en su primer viaje, ha sido siempre objeto de la 



1 Para no multiplicar citas y notas, recopilaremos en ésta lo más impor- 
tante de lo mucho que se ha escrito sobre la autenticidad del libro de don 
Fernando Colón , para guía del curioso que tenga deseo de conocerlo. 

JO authenticité des <s. Historie-» atribuées a Fernand Colomb, par Tauteur de 
la B. A. V.— París, 1873, 8 -°- 

Les Historie, livre apocriphe, par Mr. Henry Harrisse. — París, 1875, 8 °- 

Hautenticitá delle historia di Fernando Colombo , é le critiche del signor 
Enrico Harrisse con ampli frammenti del testo spagnuolo di don Fernando, per 
Prospero Peragallo. — Genova, 1884, in 4. . 

Reconferma delV autenticita delle Historie di Fernando Colombo. — Risposta 
alie osservazioni dell' Vff. Prof. Dott. Pietro Arata, per Prospero Peragallo. — 
Genova, 1885, in f.°. 

Colón y Pinzán, por don Cesáreo Fernández Duro, capitán de navio. — 
Madrid, 1883, in f.° 

Congreso internacional de americanistas. Actas de la cuarta reunión. — 
Madrid, 1883, in f.° 

H origine de Christophe Colomb. — Demonstration critique et documentaire, 
par Sejus. — París, 1885, in 8." 

Origine , patria ¿ gioventú di Cristo/oro Colombo. — Studii critici e docu- 
mentan, per Celsus.— Lisboa, 1886, in 8.° 



INTRODUCCIÓN 



LXI 



mayor veneración para todos los historiadores de Indias. 
Conoció' y trato' al inmortal genovés, al que su padre 
Francisco de Las Casas acompaño en el segundo viaje; fué 
amigo del segundo Almirante don Diego Colo'n y de su 
hermano don Fernando, y poseyó' los documentos y cartas 
originales de todos ellos, y casi seguramente los Apuntes 




FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS 



para la historia de Colón, escritos por su hijo, de que antes 
nos hemos ocupado. 

Con tales elementos y los estímulos de su propia expe- 
riencia emprendió' desde muy joven la grave tarea de 
escribir la historia del descubrimiento. Hasta el año 1557 
no dio término á los tres libros o partes de que hoy se 
compone , aunque el autor tuvo intención de que constara de 
seis; pero para nosotros es cosa fuera de duda, que en años 






LX1I 



CRISTÓBAL COLÓN 





muy juveniles empezó á reunir materiales, quizá por mera 
curiosidad , y no tardo mucho tiempo en dar principio á un 
trabajo más detenido, poniéndolos en orden para formar la 
historia. Poco más de veinte años contaba fray Bartolomé 
en el de 1493, cuando su padre se embarco en Sevilla para 
el Nuevo Mundo ; y á este tiempo retraemos el pensamiento, 
pues él mismo dice: aha muchos años que comencé á escribir 
esta historia, pero por mis grandes peregrinaciones y ocupaciones 
no la he podido acabar *.» Natural era, que sucesos de tanta 
magnitud hiriesen vivamente la ardiente imaginacio'n de 
Las Casas, y encontrándose en aquellos momentos entregado 
á sus estudios, aprovecho' la ocasión de formar su padre 
parte de la expedicio'n, para empezar á buscar datos y ante- 
cedentes del primer viaje, que á no dudar fueron base de 
sus futuros trabajos histo'ricos. 

Muchos documentos aprovecho' el P. Las Casas en su 
obra, que la hacen inapreciable y son fundamento del gran 
crédito de que goza. De los que en ella inserta como proce- 
dentes de Colón y escritos de su mano, gran parte se conser- 
van originales en los archivos de Indias y de Simancas y en 
el de la Casa de Veragua, y de su cotejo resulta la gran 
exactitud, la escrupulosidad con que el obispo copiaba. Pero 
hay otros varios, en número de diez y ocho d veinte, que no 
se conocen más que por el traslado que se hace en la Historia 
de Indias, y ciertamente son uno de sus más recomendables 
merecimientos. Porque para todo lector imparcial el docu- 
mento copiado por Las Casas tiene la misma fuerza que si lo 
conserváramos en copia auténtica, en vista de la fidelidad 
con que hacía sus traslados; que no hay razón para dudar 
de aquellos cuyos originales se han perdido, cuando tanta 
exactitud se encuentra en todos los demás que pueden ser 
cotejados. El Diario de Navegación no lo poseemos original, 
y sin embargo, al extracto que de él hizo Las Casas todos 



1 Historia de las Indias, tomo I, pág. 34. 



INTRODUCCIÓN 



lxiii 



los historiadores le conceden el mayor crédito. A lo consig- 
nado en los documentos que originales poseía, públicos y 
privados, completo con las noticias que curiosamente recogía 
de los testigos presenciales de los hechos mismos cuya narra- 
cio'n iba á ocuparle , formando de su propia experiencia y de 
las impresiones de los principales actores de los sucesos una 
verdadera cro'nica. 

El bachiller Andrés Bernáldez, nació' en la villa de 
Fuentes, de la encomienda mayor de León, por los 
años 1440 á 1450, y según él mismo refiere, desde su 
primera edad se aficiono á escribir sucesos históricos, pues 
su abuelo, notario de aquella villa, al que sin duda debió su 
carrera, tenía la curiosidad de anotar en sus protocolos 
todas las cosas notables que llegaban á su noticia, é hizo 
nacer igual costumbre en el nieto. Dedicado éste á la Iglesia, 
era ya en el año 1488 cura de la villa de los Palacios , según 
constaba de las partidas sacramentales que en el archivo 
parroquial existían, y examino el licenciado Rodrigo Caro, 
desde aquel año al de 1513, y en cuyos márgenes había 
dejado Bernáldez apuntados algunos sucesos de aquellos 
días. En el año 1496 desembarco' Cristóbal Colón en 
Cádiz á 11 de Junio, de vuelta de su segundo viaje, y á su 
paso para Sevilla le hospedo' el cura en su rectoría de los 
Palacios , mereciendo que le dejara confiados algunos de sus 
papeles , de los cuales y de lo que le refirieron los que acom- 
pañaban al Almirante, se valió' para componer los capítulos 
de su Crónica de los Reyes en que refiere el descubrimiento. 

El alto aprecio que merezca su libro en cuanto á esto 
se relaciona, se desprende de sus propias palabras, pues 
habla de la distancia á que en su concepto debían encon- 
trarse los dominios del Gran Kan y que era mucho ma}^or 
de lo que Colón pensaba, y dice: «ansi se lo dije é hice 
entender yo el año de 1496, cuando vino en Castilla la 
primera vez, después de aver ido á descubrir, que fué mi 




LXIV 



CRISTÓBAL COLÓN 



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gñesped é me dejó algunas de sus escripturas, en presencia del 
Sr. D. Joan de Fonseca, de donde yo saqué y cotéjelas con 
otras que escribieron el honrado Señor el Doctor Anca ó Chanca, 
y otros nobles caballeros que con él finieron los viajes ya dichos, 
que escribieron lo que vieron, de donde yo fui informado y 
escribí esto de las Indias por cosa maravillosa y hazañosa...» 

Y más adelante, escribiendo de los indios que trajo 
Colón en aquel su segundo viaje, dice: «Traia al Caonaboa, 
é á un su hermano de fasta treinta y cinco años á quien 
puso por nombre Don Diego, é á un mozuelo sobrino suyo, 
hijo de otro hermano; y murio'se el Caonaboa en la mar o' 
de dolencia o' poco placer. Traia un collar de oro el dicho 
Don Diego, hermano del dicho Caonaboa, que le fazia el 
Almirante poner cuando entraba por las ciudades o' lugares, 
hecho de eslabones de cadena que pesaba seiscientos caste- 
llanos , el cual yo vi y tuve en mis manos, y por giiespedes en 
mi casa al dicho Sor. Obispo é al Almirante, é al dicho Don 
Diego. Trujo entonces el Almirante muchas cosas de allá de 
las del uso de los indios , coronas , carátulas , cintos , collares 
y otras muchas cosas entretejidas de algodón, y en todas 
figurando el diablo en figura de gato, o' de cara de lechuza, 
o de otras peores figuras, dellas entalladas en madera, dellas 
hechas de bulto del mesmo algodón, o' de lo que era la 
alhaja. Trujo unas coronas con unas alas, y en ellas unos 
ojos á los lados de oro, y en especial traia una corona que 
decian que era del cacique Caonaboa, que era muy grande 
y alta, y tenia á los lados estando tocadas unas alas como 
adarga, y unos ojos de oro tamaños como tazas de plata de 
medio marco, cada uno allí asentado como esmaltado, con 
muy sotil y extraña manera y allí el diablo figurado en 
aquella corona ; y créese que así se les aparecia , y que eran 
idolatras y tenian al diablo por señor.» 

Tales descripciones hechas por testigo de vista, contem- 
poráneo de los sucesos que narra, y que cotejo las relaciones 
conocidas, con otras que ciertamente se han perdido, escritas 



INTRODUCCIÓN 



LXV 



por nobles que escribieron lo que vieron, hacen de inapreciable 
valor los capítulos de su historia. Y si á esto se añade que 
posteriormente Bernáldez fué capellán del arzobispo de Sevi- 
lla don Diego Deza, el antiguo y constante favorecedor de 
Cristóbal Colón, se tendrá aproximada idea de la impor- 
tancia de aquel libro. 



Gonzalo Fernández de Oviedo. Antonio de Herrera. 
Don Juan B. Muñoz. — Nacido en Madrid en el mes de 
Agosto del año 1478, entro' Oviedo á formar parte de la 
cámara del príncipe don Juan cuando apenas contaba doce 
años, en el de 1490. En ella conoció' á don Diego Colo'n, 
primogénito de don Cristóbal , que fué nombrado en 8 de 
Mayo de 1492, y con él se encontró' presente á la entrada 
del Almirante en Barcelona. Joven todavía se decidió á 
recoger y apuntar los hechos notables que en la corte 
llamaban la atencio'n, como él mismo lo dice: «por las 
Memorias que yo he copilado desde que en Barcelona, año 
de 1493, vi los primeros indios é á Colon en la Co'rte.» Con 
estas apuntaciones, y con las informaciones de los muchos 
compañeros de Colón á quienes trato' en sus frecuentes 
viajes á las Indias, formo la base de su Historia general que 
empezó' á escribir cuando fué nombrado cronista del Empe- 
rador en 1526. La cualidad que le distingue es su deseo de 
ser imparcial y verídico, para lo cual no olvida decir que 
habla de vistas y no de oídas; y en otros casos atestigua con 
la autoridad de Vicente Yáñez Pinzón y de Diego Méndez, 
con el anciano piloto Hernán Pérez Mateos y con muchos 
caballeros y religiosos que aún vivían en la isla Española. 

Aunque su libro no es rico en documentos, se encuen- 
tran en él, en cuanto á Colón se refiere, muchos detalles 
que no contienen otras crónicas, y lo hacen digno de 

atencio'n. 

Nombrado intendente de las fundiciones de oro del 
Nuevo Mundo, y sucesivamente regidor del Darien, góber- 

Cristóbal Colón, t. i. — ix. 



LXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



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nador de la provincia de Cartagena, y alcalde del fuerte de 
Santo Domingo, habiendo ocho veces pasado el grande Occéano, 
murió' en Valladolid en 1557. 

Aunque á Herrera, como cronista mayor de Indias, 
se le facilitaron todos los documentos que existían en los 
archivos oficiales, su obra, en lo relativo al descubrimiento 




ANTONIO DE HERRERA 



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y á la vida de Cristóbal Colón, es una mera ampliación de 
lo dicho por fray Bartolomé de Las Casas, á quien copia 
con harta frecuencia. En los sucesos posteriores es mucho 
más completa, por los grandes medios de que dispuso para 
narrar la historia de los Virreynatos y Audiencias; pero en 
el primer período apenas si puede encontrarse en sus Déca- 
das algún hecho nuevo ; aunque puede hacérsele un verda- 



INTRODUCCIÓN 



LXVII 



dero cargo por haber dado cabida en ellas al cuento del 
piloto Alonso Sánchez, que murió' en la casa de Colón, 
dejándole noticias, papeles y mapas de tierras que había 
visitado al otro lado de los mares , y que hubieron de ser 
guía y estímulo para sus viajes. No cabe dudar que Herrera 
tomo esta conseja de la cro'nica de Gonzalo Fernández de 
Oviedo, pero olvido ponerle á la conclusión como éste lo 
hizo: «para mí yo lo tengo por falso.» 

Después de estas dos obras oficiales, digámoslo así, no 
volvió á emprenderse, otra hasta que por orden del rey 
Carlos III se comisiono' á don Juan B. Muñoz para que 
escribiera la historia del Nuevo Mundo, franqueándole al 
efecto por real orden de 27 de Marzo de 1781 todos los 
archivos del Estado, oficinas y bibliotecas, así del público 
como de comunidades y particulares. 

Gran coleccio'n de documentos y noticias reunió' Muñoz 
con excelente juicio y sana crítica, en muchos años de conti- 
nuados trabajos, dando á la imprenta, como fruto de sus 
vigilias, el tomo primero de la Historia del Nuevo Mundo. 
Por desgracia le sorprendió' la muerte antes de haber podido 
continuarla, y sin que tampoco pudiera imprimir los docu- 
mentos justificativos que se conservan en la biblioteca de la 
Real Academia de la Historia. El tomo publicado demuestra 
las superiores dotes que adornaban á don Juan B. Muñoz y 
hacen deplorar que no pudiera terminar la comenzada obra. 
Es una narracio'n tan clara como bien estudiada ; tan riguro- 
samente histo'rica que no hay modo de hacerla de un modo 
más sencillo, comprendiéndose desde luego que toda frase 
estampada, todo aserto que en ella se aventura, va fundado 
en el detenido estudio de datos atendibles y tiene su com- 
probación especial. 

El tomo primero comprende el período de descubri- 
mientos, hasta el año 1500, casi al terminar el tercer viaje 
de Colón, en el momento en que Bobadilla iba á desem- 
barcar en la isla Española. 



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m. 



LXVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



Washington Irving. — Juzgamos que la aparición del 
tomo primero de la Historia del Nuevo Mundo, y el falleci- 
miento de su autor antes de poderla continuar, fueron parte 
á que el ilustre escritor anglo-americano *, apasionado del 
asunto, formase el proyecto de trazar el cuadro de la vida y 
viajes de Cristóbal Colón. Fué de gran auxilio para su 




WASHINGTON IRVING 



trabajo la publicación del tomo primero de la colección de 
don Martín Fernández Navarrete. Encontrábase á la sazón 
Washington en París , y su primer intento parece haber sido 
traducir al inglés aquel volumen, con adiciones y aclara- 
ciones que pudieran hacerla más interesante á los lectores. 
Trasladóse al efecto á Madrid, y habiendo estudiado todos 



1 Washington nació en Nueva York el año 1783. 



INTRODUCCIÓN 



LXIX 



los documentos remitidos por Navarrete, juzgo más conve- 
niente hacer una monografía del descubrimiento, con nuevo 
orden y método, que respondiera á las exigencias de la 
época , pues hasta entonces no había una vida completa del 
grande hombre. Todavía, a pesar del medio siglo que ha 
transcurrido, y después de la publicacio'n de tantos docu- 
mentos, conserva el primer lugar la obra de Washington 
Irving , por sus condiciones literarias , y por la severidad de 
narración, la imparcialidad de sus juicios y la elevacio'n de 
miras de sus apreciaciones. 

Se publico en Londres por el editor Murray en 1838 é 
inmediatamente fué traducida á todas las lenguas de 
Europa, recibiendo su autor las mayores alabanzas, sobre 
todo en España, donde se imprimió en cuatro volúmenes 
en octavo iguales á los del original inglés, en una buena 
traducción de don José García de Villalta. 



El conde Roselly de Lorgues. — Aunque en nuestro 
sentir la Historia de Cristóbal Colón, escrita por el noble 
francés, no debe figurar nunca entre las obras genuinamente 
histo'ricas, sino entre las de apacible entretenimiento y amena 
lectura, ha sido tanta la celebridad de que ha querido 
rodeársela; tantas las discusiones que ha promovido en el 
campo de las letras , y de tal calibre las exageraciones á que 
su piadoso cuanto irascible autor se dejo llevar para confun- 
dir á sus impugnadores, que no es posible dejar de hablar 
de ella con algún detenimiento, porque á pesar de su verda- 
dero descrédito, todavía hace muy poco tiempo se sostenían 
algunas cuestiones por el conde promovidas, y quizá se 
encuentre aún, sobre todo entre cierto linaje de pensadores, 
algún iluso que lo alegue como autoridad, cuando en verdad 
ninguna puede ni debe concedérsele. 

No juzgamos que nadie considerará las obras del conde 
como fuentes histo'ricas, y en esté concepto podrá tachár- 
senos por mencionarlas en este lugar; pero juzgándolas aquí 



LXX 



CRISTÓBAL COLÓN 



^ 



con absoluta imparcialidad, aunque tan severamente como 
merecen, rara vez volveremos á ocuparnos de ellas en la 
Historia de Cristóbal Colón, pues para ir deshaciendo uno por 
uno todos los errores en que á sabiendas o' por pasión 
incurre, y restableciendo la verdad en todos los puntos en 
que á ella falta , sería necesario escribir mucho y convertir 
el libro en larga, enojosa y continua polémica, lo cual está 
muy lejos de nuestros propósitos. 

Animado el conde Roselly de Lorgues por la benevo- 
lencia con que el sumo pontífice Pío IX acogiera su primera 
obra, emprendió la difícil tarea de escribir la vida de Colón 
bajo un plan enteramente distinto, y ; con propo'sito muy 
diferente del que hasta entonces había guiado á todos los 
historiadores del grande hombre. Extraviado por el falso 
concepto de que, la obra de escribir su vida, había estado 
confiada siempre á los enemigos de las glorias del catolicismo 
y de que los protestantes habían monopolizado la tarea y 
desfigurado al héroe; creyendo, según decía en su último 
libro, que el genio cuyo nombre es el más familiar en el 
antiguo y en el Nuevo Mundo, es todavía el menos conocido 
en ambos ; y alucinado en seguida por el piadoso intento de 
ser procurador de la canonizacio'n del descubridor, empren- 
dió' el trabajo de presentarle como impecable, contradiciendo 
o' pasando en silencio cuanto á su intencio'n se opusiera. El 
resultado no podía ser satisfactorio. 

¿Co'mo podría demostrar el conde que los protestantes 
monopolizaban la historia de Colón? Citaba, es verdad, las 
obras apreciadísimas de Prescott, de Humboldt y de Wash- 
ington Irving; pero se olvidaba del obispo de Chiapa, el 
humanitario y piadoso fray Bartolomé de Las Casas ; de don 
Hernando Colo'n; de Gonzalo Fernández de Oviedo, y de 
tantos otros cuyas obras han sido las primeras historias del 
Almirante. 

¿Co'mo puede sostenerse que la vida del descubridor de 
las Indias es la más desconocida en Europa y en América, 



INTRODUCCIÓN 



LXXI 



cuando á pesar de la enfática afirmación del conde Roselly 
de Lorgues, de que llevaba por guía el más escrupuloso 
cuidado por descubrir la verdad, y fundaba sus afirmacio- 
nes en documentos indudables, no hay en todo su libro un 
hecho cierto que no esté fundado en lo que dijeron Las 
Casas y Muñoz, y en los documentos coleccionados por don 
Martín Fernández Navarrete? Lo que de este origen se 
separa, lo que no se apoya en esas autoridades, es hijo de la 




•Míe, 



n 



EL CONDE ROSELLY DE LORGUES 



imaginación del conde, producto de su ardiente fantasía: 
pura novela o' falsedad palmaria , que convierten su libro en 
obra de grata lectura, mas sin poder aspirar al título de 
historia , ni enseñar cosa alguna que no se supiera por todos 
en Europa y en América. 

• El intento de que Colón fuera canonizado y recibiera 
un día culto en los altares, no disculpa las voluntarias omi- 
siones, ni los asertos infundados, ni las alteraciones en los 
textos de que hace uso el conde Roselly de Lorgues para 
disimular los actos humanos del gran Almirante. Natural 



LXXII 



CRISTÓBAL COLÓN 






#^ 



v$¿f'££ i. 



era que el romano Pontífice no desdeñara la piadosa inten- 
ción que se descubría en el libro titulado La Cru\ en los dos 
mundos, escrito con entusiasmo religioso, con galano estilo y 
con agradables formas literarias. Animado el conde escribió' 
con iguales dotes la Historia de Cristóbal Colón, dedicándola 
al papa Pío IX, al primer Pontífice que había atravesado el 
Occéano y pisado los países descubiertos por el revelador de 
la integridad del globo, á cuya fe debemos el conocimiento de 
la segunda mitad de la tierra. 

No se dejo deslumbrar S. S. por aquellos alardes de 
religioso celo, en que se designaba á Cristóbal Colón con 
los apelativos de Héroe apostólico, Servidor de Dios. Al acep- 
tar la dedicacio'n de la Historia, tuvo cuidado especial y muy 
de intento, de animar al autor sin aprobar la obra; antes 
por el contrario, diciendo que por las graves y múltiples 
ocupaciones del Pontificado nada había podido leer de ella *, 
Y cuando años más adelante, lanzado ya el conde con toda 
su fuerza en el camino de la beatificacio'n y apoyado por 
algunos arzobispos y obispos quiso tomar la plaza de Postu- 
lador y que se comenzase la causa, el sabio Pontífice se 
limito á decir, comprendiendo todas las dificultades de tan 
grave asunto: — Pueden ustedes intentarlo... Tentare non 
nocet. 

Sin embargo, como del concilio del Vaticano salió' un 
postulatum; como los obispos franceses no dejaron de instar 
en el mismo sentido, y el conde Roselly de Lorgues, apo- 
yado por el de Orleans , movían la prensa para que cada día 
hablase de la misio'n excepcional y apostólica del descu- 
bridor del Nuevo Mundo, la causa de beatificacio'n se 
abrió'... pero el resultado fué como debía esperarse. 



1 Et si ob gravissimas multiplicesque summi Nostri Pontificatus ocupatio- 
nes, quibus continenter distinemur, nihil adhuc de hoc tuo opere degustare 
potuerimus, tamen gratae nobis fuere tuae litterae erga nos pietatis et obsequii 
sensu conscripta: et cum eodem dono conjunctae... Datum Roma? apud Sanctum 
Petrum, die 9 Martii anno 1857. — P. n. anno undécimo. 



INTRODUCCIÓN 



LXXIII 



Las congregaciones encargadas de ella fallaron que no 
podía pasarse adelante : — - « porque ningún hecho extraordi- 
nario ha venido á demostrar de una manera palpable las 
heroicas virtudes cristianas de Cristóbal Colón. Porque, á 
parte de su grande obra, el descubrimiento de América, su 
vida privada y pública da lugar á críticas y juicios nada 
favorables ; porque en las cro'nicas de aquel tiempo nada se 
encuentra á propo'sito que pueda señalarle como digno del 
insigne honor de colocarle en los altares ; y porque la fama 
que ha dejado al morir, no es de aquellas de un cato'lico 
eminente notable, ni jamás se le ha invocado como santo.» 

Otro menos obcecado y terco que el conde hubiera 
cesado completamente en su empeño: él, por el contrario, 
con ardor digno de mejor causa, continuo procurando adhe- 
siones de prelados, y á cada nueva impugnacio'n escribía 
una nueva obra, y acentuaba en mayor escala la violencia 
de su lenguaje y la intemperancia de sus ataques, dirigién- 
dolos por igual á seglares y á eclesiásticos, á hombres de 
ciencia proverbial, á corporaciones académicas y á prelados 
respetables, solamente por el pecado de que no eran de su 
ojñnion. En este sentido fué dando al terreno de la polé- 
mica, Satanás contra Cristóbal Colón: Los dos ataúdes: Cristó- 
bal Colón, servidor de Dios, su apostolado, su santidad, y 
últimamente Historia postuma de Cristóbal Colón, que escritas 
después del fallo de la congregacio'n , tienen más de libelo 
que de disquisicio'n histórica. 

Ante las inexactitudes que comete el conde en esta 
última obra I ; ante sus juicios descabellados; ante la violen- 
cia de sus ataques, no pudo guardar silencio la hidalguía 
castellana, y á la Real Academia de la Historia leyó' el 
capitán de navio don Cesáreo Fernández Duro, un precioso 
trabajo dedicado al examen de aquel libro, que fué publi- 



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1 Histoire posthume de Christophe Colomb, par le comte Roselly de Lor- 
gues. — París, Didier, 1885, in 8.° 



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Cristóbal Colón, t. i. — x *. 



LXX1V 



CRISTÓBAL COLÓN 



cado con aplauso de todos los amantes de la verdad, por 
cuyos fueros volvía el ilustrado escritor, según dice modes- 
tamente al principio de su obra *, aunque ésta tiene mucho 
más alcance, y es merecedora de gran aprecio por otros 
varios conceptos. 

Pero la obra del conde Roselly de Lorgues es de 
aquellas que no necesitan impugnacio'n , porque la llevan en 
sí mismas. El mejor castigo para su autor sería divulgar 
su libro entre toda clase de lectores. Al repasar sus páginas, 
nos vino á la memoria lo que el docto Villemain decía de 
Voltaire en su curso de literatura francesa (Leccio'n XVIII). 

«¿Sus sarcasmos, sus dudas, sus bufonadas, de do'nde 
las saca, señores míos? La mayor parte de las veces de sus 
mismas distracciones, de sus contrasentidos, de su propia 
ignorancia...» 

Y sin acudir á largas demostraciones, causará risa, 
después de indignación, á todo hombre sensato, el ver que 
para el conde, don Fernando V de Arago'n, el Rey Católico, 
el primer político de su tiempo, era el indigno esposo de la 
gran Isabel; era el que preparaba la injusta denominación de 
América, dada ciegamente por Europa al nuevo continente: era 
el más tuno y el más ingrato de los monarcas: había sabido 
escamotear la opinio'n de los pueblos ; zarandear á los diplo- 
máticos; mofarse de los príncipes y de los reyes, y aún 
chasquear hasta cierto punto al Sumo Pontífice... Pero la 
hora de la justicia histórica ha llegado. Al empuñar la 
pluma el señor conde Roselly, subido no sabemos en qué 
Rocinante, cae la máscara de don Fernando V de Aragón, 
al que, por último, llama en cultas frases Altera embustera y 
ladrona (Altesse menteuse et voleuse), píllete reinante (escroc 
regnant), monarca perjuro y sacrilego (monarque par jure et 



1 Colón y la Historia postuma. — Examen de la que escribió el conde 
Roselly de Lorgues, leído ante la Real Academia de la Historia en junta 
extraordinaria celebrada el día 10 de Mayo.— Madrid, Tello, 1885. 



INTRODUCCIÓN 



LXXV 



sacrilége), y sicophanta coronado (sycophante couronné). 
No basta al leer tales conceptos recordar, como lo hace el 
señor Fernández Duro, el célebre apotegma de un compa- 
triota del señor conde... ¡et voila cependant corrí 011 écrit 
l'histoireí — Preciso es decir : 'medrada quedaría la verdad si 
así se escribiera la historia. 

A pasio'n desenfrenada atribuiríamos las palabras del 
conde Roselly de . Lorgues , si él mismo no nos demostrase 
que proceden de ignorancia de nuestra historia. Después de 
llamar en varios capítulos de su obra á uno de nuestros 
nobles don Moscoso, al fiscal, don Contreras, al célebre 
calígrafo don Ramírez de Prado, llega á decir (pág. 173) 
que al comendador Alvar Núñez se le apodaba con el 
nombre poco gracioso de Cabera de vaca, por ignorar la histo- 
ria de las familias y apellidos españoles. Y en los hechos 
comete iguales errores, de los que citaremos un solo ejemplo, 
aunque podrían multiplicarse con gran facilidad. En la pá- 
gina 284 de la Historia postuma, queriendo dar un golpe 
decisivo en el asunto que más le preocupa, el del casamiento 
segundo de Colón, dice enfáticamente, apoyando lo dicho 
por otro autor: «De son cote, notre savant ami l'illustre 
P. Marcellino da Civezza, leur a jeté, en solennel den, ees 
paroles precises: Nons defions le chanoine Sanguinetti et ses 
trois ou quatre adherents, de citer un seul ecrivain (anden) qui 
ait dit que Beatrix Enrique^ ríétait pas la femme legitime de 
Colon.» 

No creemos dudará nadie de que fray Bartolomé de 
Las Casas es autor antiguo y cristiano. Pero ignoraba el 
conde que en su Historia de las Indias (lib. II, cap. XXXVIII), 
había escrito: «Tenía hecho (Cristóbal Colón) su testa- 
mento, en el cual instituyo' por heredero á su hijo don 
Diego, y si no tuviere hijos á don Hernando, su hijo natu- 
ral,)) de donde se deduce lógicamente que Beatriz Enríquez 
no era su legítima mujer. 

Repetimos que la mejor y más severa impugnación de 



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LXXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



la Historia Postuma, está hecha en su texto mismo, en sus 
aberraciones; el castigo más digno para la osadía del autor, 
sería divulgar su libro; multiplicar sus ediciones para que 
fuera conocido de todos, y pudiera apreciarse el modo sin- 
gular con que un escritor, llevado de irreflexivo celo, 
llamándose Postulador de una causa de beatificacio'n , y vol- 
viendo por los fueros de la religio'n católica, carga de 
denuestos á cabildos, obispos y escritores piadosos, buscando 
vicioso origen á las opiniones que sustentan por ser contra- 
rias á las del señor conde. 

Le conduce su ceguedad al extremo de hacerle paladín 
y defensor de las más atroces inmoralidades, buscando 
excusas á los cuatro enlaces de don Luis Colo'n, que profano' 
el sacramento, casándose sucesivamente con cuatro mujeres 
cuando todas vivían, y ni aún se había intentado juicio 
sobre la validez de sus casamientos. Por el delito de bigamia 
fué condenado don Luis á destierro en Oran; y el conde 
Roselly de Lorgues cree que al imponerle tan leve pena, se 
excedieron todos los límites del rigor, porque se trataba de 
un descendiente del Almirante. 

Pero en este punto es de necesidad conocer el modo 
de razonar del religiosísimo autor. 

«El impetuoso y galán almirante don Luis, dice, en lugar 
de dedicarse á la conquista de nuevas tierras , se limitaba á 
la de corazones. Aventurero de amor, se dirigid desde luego 
á la linda criolla María de Orozco, residente en Santo 
Domingo, y contrajo matrimonio con ella, á pesar de la opo- 
sición formal de la Virreyna. De aquí el inmediato rompi- 
miento entre la madre y el hijo. Aquel matrimonio, que no 
tenía la bendicio'n del cielo, no pudo ser feliz por mucho 
tiempo. 

«Cansado de su felicidad, o' quizá lastimado en su 
honor don Luis, antes de los siete años puso los ojos en otra 
parte. Alegando un vicio de forma; sosteniendo la irregula- 
ridad de aquel primer matrimonio, no temió' contraer nuevos 



INTRODUCCIÓN 



LXXVII 



lazos, dando su fe á la orgullosa doña María de Mos- 
quera. 

»¿Qué sucedió' en seguida? ¿De donde provino la desilu- 
sio'n? ¿Como se desvaneció' tan pronto el encanto de aquella 
dominante beldad? Ningún- documento nos lo dice. Solamente 
sabemos que don Luis tuvo escrúpulos, y que éstos crecían 
á medida que menguaba su afecto. Su conciencia no estaba 
tranquila. La validez de su segunda unión le parecía dudosa. 
¿Con cuál de las dos mujeres estaba casado en realidad? 
Sobre el caso fueron consultados graves señores. 

«Mientras duraban las consultas, el equívoco esposo se 
sintió atraído por la noble Ana de Castro, hija de la condesa 
de Lemos. Y como el primer matrimonio no le parecía 
válido, por haberlo contraído sin el consentimiento de su 
madre; como por otra parte el segundo podía conceptuarse 
nulo, según opinio'n del reverendo obispo de Cuenca, el 
intrépido contravente , parapetado con esas dos anulaciones, 
se presenta á su amada, y doña Ana consiente en ser su 
esposa. 

»Es evidente que si no hubieran existido hartos motivos 
para considerar nulos su primero y segundo enlace, el 
voltario Almirante no hubiera podido tratar el tercero con 
una dama de tan noble casa como lo era la de Castro. 
Porque, es cosa digna de notarse, que todas las alianzas 
de don Luis eran de bastante importancia. La caducidad 
o' la invalidacio'n de sus anteriores casamientos, pareció' 
autorizarle al cuarto con doña María Luisa Carvajal, de la 
que tuvo un hijo, Cristo'bal, que pretendió' la sucesio'n del 
mayorazgo después de la muerte de don Diego, último 
vastago masculino de la posteridad de Cristóbal Colón. 
Por muy escandalosa que se juzgue tal situacio'n no puede 
acriminarse á don Luis de engaño, de sorpresa, de igno- 
rancia ú ocultacio'n á los parientes, ni de falta de publi- 
cidad. 

»Lo que hay de cierto, es que la altiva María de 



LXXVIII 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Mosquera, celosa de sus derechos, reivindico decididamente 
la posesio'n exclusiva de don Luis... Su vehemencia, sus 
procedimientos dieron por resultado el arresto de don Luis 
en Valladolid en 1558 y su prisio'n preventiva. El desgra- 
ciado se vio abandonado completamente. La Virreyna, su 
madre, no estaba allí para interceder por él; el Emperador, 
que por haberle visto en la adolescencia, hubiera podido 
apiadarse de aquel embrollo matrimonial, se moría entonces 
en el monasterio de Yuste. Estaba, pues, solo, sin defensa. 
No vieron en él más que á un Colón, y el tribunal fué 
inexorable. 

»E1 4 de Agosto de 1563 se pronuncio' sentencia. Fué 
condenado á diez años de destierro en África, teniendo por 
prisio'n la ciudadela de Oran...» 

Después de esta alegacio'n de hechos por más de un 
concepto notable y digna de estudio, falta conocer el juicio, 
la exposicio'n de atenuaciones que el escritor cato'lico, el 
Postulador de la beatificación, hace para la profanacio'n del 
sacramento tan repetidamente cometida por don Luis. 

«En verdad, las temeridades conyugales de don Luis 
Colo'n merecían una censura oficial, un castigo. Hubiera 
podido prohibírsele la entrada en la corte, confinarlo por cierto 
tiempo á una provincia lejana. Pero á este galán culpable 
debían concedérsele circunstancias atenuantes. Ciertamente 
existían en aquella singular poligamia, hecha paladinamente, 
sin el menor disimulo, con la seguridad y tranquilo paso del 
hombre que camina honradamente por el camino de la 
legalidad. 

» Allí podía suponerse buena fe, y tal vez existía en 
realidad. 

»En efecto, siendo nulo el primer matrimonio, y no 
teniendo valor el segundo, parece que el tercero puede merecer 
alguna indulgencia. Pero ¡ay! don Luis era nieto del bien- 
hechor de España; se llamaba Colón y por esto la justicia debía 
descargar sobre él todos sus rigores ! . . . » 



INTRODUCCIÓN 



LXXIX 



¿No es el mejor castigo para tales conceptos el de hacer 
sean conocidos por el mayor número posible de lectores? 
¿Puede igualar ninguna refutación á la que en sí mismos 
encierran? ¿No se pinta en estos y en otros muchos pasajes 
de su obra el conde Roselly de Lorgues de cuerpo entero y 
de la más acabada manera que pudiera hacerlo el pintor 
más notable? ¿La parcialidad de sus juicios, lo torcido de 
sus intenciones, puede persuadirlo nadie á los lectores de un 
modo tan evidente como lo hace el texto de la historia 
Postuma? 

El propo'sito del rey don Fernando V de oscurecer el 
nombre de Cristóbal Colón, el odio de los tribunales y de 
la corte de España al Almirante y su familia, so'lo existen 
en la obra del conde Roselly de Lorgues; tomaron cuerpo 
en su extraviada fantasía, y con furia de maniático busco' 
argumentos y pruebas para justificarlas , sin reparar en los 
medios, acudiendo á extremos tan censurables como los ya 
asentados, o' cual aquel otro que temerariamente estampa, 
de que el Rey, cuya memoria ilustre quiere manchar, altero 
en la bula de Alejandro VI el nombre del vicario nombrado 
para las tierras nuevamente descubiertas y lo sustituyo' con 
el fray Bernardo Boil. ¡Con cuánta razo'n califica un ilustre 
hijo de la Compañía de Jesús * de obra poético-fantástica la 
del conde Roselly de Lorgues! 



Don Martín Fernández Navarrete. — Su colección de 
documentos. No escapa de la mordacidad, ni de las censu- 
ras del conde, el escritor á quien más debe la historia de 
Cristóbal Colón, y que mayor número de datos ha colec- 
cionado sobre el descubrimiento de las Indias occidentales. 
Don Martín Fernández Navarrete, cuya coleccio'n es la fuente 
histo'rica más copiosa entre cuantas han visto la luz, y que 






1 El P. Ricardo Cappa. — Estudio crítico acerca de la dominación española 
en América.— C. Colón y los españoles, Madrid, Ángel B. Velasco. 1887. 



LXXX 



CRISTÓBAL COLÓN 



un docto escritor asegura «servirá siempre de base á toda 
historia de los descubrimientos marítimos al otro lado del 
Atlántico, no alabándose nunca con exceso el espíritu crítico, 
el juicio, la imparcialidad y el cuidado con que está for- 
mada. » 

«La introduccio'n y las notas, añade el señor Harrisse, 
son dignas del texto, y anuncian á un escritor profunda- 
mente versado en estas materias.» 

Con admirable criterio, y rigorosamente por orden de 
fechas, se encuentran reunidos los documentos referentes á 
los cuatro viajes de Colón, y los decretos y cédulas reales 
relacionados con los mismos ; continuando luego las de otros 
viajes hechos por diferentes navegantes, compañeros de 
Colón y posteriores , con los descubrimientos que los mismos 
hicieron en tierra firme, todo procedente de archivos y 
bibliotecas públicas, copiado con la más escrupulosa exacti- 
tud. Por eso la colección de Fernández Navarrete es de 
absoluta necesidad para conocer y escribir con datos seguros 
la historia del descubrimiento ; tomándola por guía se des- 
vanecen muchos errores, y se reforman infinitos juicios tan 
aventurados como ligeramente admitidos por muchos histo- 
riadores de Indias y bio'grafos del Almirante. 



No son estas todas las fuentes, ni hemos tenido el 
pensamiento de mencionar todos los escritores que se han 
ocupado más o' menos detenidamente en narrar hechos de la 
vida de Cristóbal Colón; so'lo hemos indicado los princi- 
pales, para que puedan juzgar los lectores el aprecio que 
cada uno merece, y la confianza mayor 6 menor con que 
pueden ser consultados. 

Documentos y libros abundan; investigaciones y polé- 
micas eruditas dan cada día nuevos resultados. Puntos que 
aparecían dudosos, cuestiones que eran difíciles, se miran 
hoy á diferente luz, y se juzgan con más claridad en vista 
de aquellos trabajos; al paso que sobre los datos que vienen 



INTRODUCCIÓN 



corriendo como inconcusos se procura abrir de nuevo la 
discusión, no siempre con igual acierto. La labor en la 
actualidad es mayor para escoger con tino en medio de tan 
encontrados pareceres, y de la diversidad de documentos 
que se aducen, siendo necesario medirlos, estudiarlos con 
mesura, quilatarlos con gran escrupulosidad y cautela para 
no caer en errores trascendentales. 



LXXXI 



PARTE SEGUNDA 






EL CUARTO CENTENARIO DEL DESCUBRIMIENTO 



El mundo civilizado tiene fija la vista, hace mucho 
tiempo, en una fecha memorable. En el ya pro'ximo de 1892 
van á cumplirse cuatrocientos años de aquel suceso porten- 
toso llevado á cabo por un puñado de animosos españoles, 
guiados por el genio de Cristóbal Colón. La faz del mundo 
ha cambiado desde entonces; y la nacio'n que acometió' tan 
singular empresa, unida á las que por extraordinarias 
circunstancias deben su existencia á aquel hecho, y á las 
que han gozado tantos beneficios como resultado del mismo, 
ansian solemnizar de una manera grandiosa, inusitada, 
el 3 de Agosto y el 12 de Octubre, en que partieron de las 
costas de España, y arribaron á las desconocidas islas de 
Occidente, las débiles carabelas que llevaban á aquellos 
intrépidos navegantes tan beneméritos de la humanidad. 

Ideas varias, grandes pensamientos se han cruzado ya 
para realizar el nobilísimo intento, que todos acarician, de 
hacer en este centenario una gran manifestacio'n, que al 

Cristóbal Colón, t. i. — xi* 






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LXXXII 



CRISTÓBAL COLON 



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propio tiempo que demuestre en su conjunto la gratitud de 
los pueblos á los descubridores, sea vínculo de unio'n y 
fraternidad entre las naciones de Europa y las repúblicas 
hispano-americanas, y nuevo lazo de amor entre los hombres 
de uno y otro continente. 

Y bien merece, en verdad, esa pro'xima fecha, que 
consagremos á ella nuestros estudios y nuestra actividad. 

Ya la Sociedad Colombina Onuvense, respondiendo 
noblemente á su instituto, dio' los primeros pasos para llamar 
la atencio'n hacia el centenario. Ya en el cuarto congreso de 
americanistas, celebrado en Madrid en 1881, un entusiasta 
colombista despertó' el entusiasmo de los doctos allí reunidos, 
estimulando al gobierno español á tomar la iniciativa: en 
los Estados Unidos se han presentado también varios pro- 
yectos encaminados á aquel propo'sito, y el doctísimo y labo- 
rioso colombista, Mr. Henry Harrisse, ha lanzado igualmente 
á la publicidad su pensamiento para tan simpático objeto. 
Y para hacer algo grande, algo levantado, algo que sea 
digno del intento, y pueda quedar como memoria para 
significar á los venideros cuánta es la veneracio'n que el 
siglo xix consagra al inmortal Cristóbal Colón, debe 
tomarse de todos, y hacer todo lo que sea posible, en el 
terreno monumental y en el de las letras, en festejos y rego- 
cijos populares, en artes y ciencias, en cuanto pueda contri- 
buir á ensalzar su nombre y hacer que esos días memorables 
todos los pueblos lo recuerden, lo alaben y tengan alguna 
noticia de sus altos merecimientos. 



Como primera idea, como un anteproyecto, por decirlo 
así, del plan para la celebracio'n del centenario, trasladare- 
mos las palabras que con aplauso del Congreso de ameri- 



INTRODUCCIÓN 



LXXXIII 



cañistas pronuncio el ilustrado jurisconsulto don Tomás 
Montejo, á quien ya hemos aludido, en el año 1881. 

aQue los Gobiernos de todos los pueblos cultos, decía, 
declaren fiesta universal el 12 de Octubre de 1892, por 
corresponder á su día el cuarto centenario de descubrimiento 
del Nuevo Mundo, y que asistan con representacio'n oficial á 
las grandes fiestas que en Italia, islas de San Salvador, Santo 
Domigo y Cuba, Portugal y España, deberán celebrarse en 
conmemoracio'n de aquel suceso. Que en el mismo día se 
efectúe en Genova, cuna de Cristóbal Colón, la inaugura- 
do' de un monumento con inscripciones alusivas á la gloria, 
al centenario, y la eterna fama del inmortal genovés. Que se 
conmemore el descubrimiento en los actos preliminares de 
compromiso de Colón con los Reyes en Granada y salida 
de las carabelas de la Rábida y de la Gomera, con la pública 
y solemne colocacio'n de lápidas, que indiquen á la posteridad 
los primeros pasos de aquella magnífica empresa. Que en las 
islas de San Salvador, Santo Domingo y Cuba se erijan 
estatuas en celebracio'n del descubrimiento. Que se eleve en 
Lisboa una columna de triunfo en recuerdo de la feliz llegada 
de Colón, en el surgidero de Rastelo. Que se inauguren 
modestos monumentos de igual índole en Palos, Huelva y 
Sevilla. Que se enaltezca en Barcelona la memoria de la 
entrada de Colón en dicha ciudad, con la construccio'n del 
arco de los descubridores, y, si se considera oportuno y 
hacedero, con el desembarco de los restos del mismo Colón, 
que deberán transportarse desde Cuba á España con fúnebre, 
y regia pompa. Y que en Madrid, como capital de la propia 
España y de sus colonias y asiento de la corte, se celebre 
por último, el descubrimiento, construyéndose una suntuosa 
basílica o' catedral bajo la advocacio'n de San Salvador o' San 
Cristóbal, donde vengan á ser depositadas las cenizas del 
célebre Almirante; inaugurándose monumentos de gloria y 
de triunfo á tan insigne hombre y á Isabel la Católica, 
abriéndose un vasto museo de objetos del Nuevo Mundo; 



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LXXXIV 



CRISTÓBAL COLON 



fundándose un piadoso asilo para inutilizados en faenas de 
la mar, y celebrándose durante el primer semestre de 1893 
una exposicio'n universal. Ya que hoy son las exposiciones 
universales los más grandes certámenes que se conocen, 
adonde ciencias, artes é industrias concurren á mostrar sus 
respectivos progresos, parece muy apropiada al objeto del 
centenario la celebracio'n de una de ellas en la capital del 
reino español. Así habrá también ocasio'n de admirar tangi- 
blemente, en no pocas cosas, la influencia ejercida en la 
civilización de los pueblos modernos por el descubrimiento 
del Nuevo Mundo. 

»A estas festividades, que bien pueden tenerse por de 
igual naturaleza y carácter, deben añadirse la de celebracio'n 
en Madrid de congresos científicos, artísticos y literarios de 
todas clases, y entre ellos este de americanistas, que pueden 
acordar desde luego que su décima sesio'n, o' sea la corres- 
pondiente á 1893, se celebre aquí en la época determinada; la 
de celebracio'n también de conferencias públicas sobre asun- 
tos apropiados, y aun sobre otros diversos temas, dadas por 
hombres eminentes de todos los países; la de publicacio'n y 
reparto gratuito o venta á bajo precio de libros y folletos 
alusivos al objeto del centenario, de historias y biografías 
notables, referentes á sucesos y personajes que tengan relacio'n 
con el descubrimiento del Nuevo Mundo; la de reparticio'n 
de premios en solemne y pública sesión por las Academias 
y corporaciones docentes de España, á los autores de los 
mejores trabajos, en los concursos que deben abrir con ante- 
rioridad, sobre los temas que propongan como propios de 
su respectivo instituto, y otras semejantes. 

«Por último, fiestas religiosas, marinas, militares, 
cívicas 6 puramente populares que, ora contribuyan á solem- 
nizar y realzar el centenario, ora den ocasio'n á que se 
manifiesten la expansio'n, alegría, regocijo y entusiasmo de 
que todos los hombres y pueblos deben encontrarse poseídos 
apenas vuelvan los ojos á la historia de lo pasado y refle- 



INTRODUCCIÓN 



LXXXV 



xionen sobre la inmensa trascendencia del grandioso hecho 
realizado en 1492. 

»Si este ideal se realizara; si esta festividad tuviera 
efecto (y conste que confío en que mediante vuestros desin- 
teresados y valiosos esfuerzos , la proteccio'n de los gobiernos 
y autoridades , la propaganda que sin duda alguna hará la 
prensa en general, el patriotismo de los unos, el amor á las 
obras grandes de los otros y el buen deseo de todos, llegará 
á realizarse), no vaciléis en creerlo, además de quedar digna 
y convenientemente celebrada la memoria de Colón, de 
Isabel la Cato'lica y de los demás insignes personajes que 
cooperaron á la sacrosanta empresa de asociar y unir el / 
mundo antiguo con el nuevo, repararía la humanidad una 
de sus mayores injusticias; se daría un gran paso hacia la 
deseada fraternidad universal; la civilizacio'n presente reci- 
biría muchos é importantes beneficios, y cuando con el 
transcurso del tiempo viniera la posteridad á juzgarnos, 
reconocería que los pueblos y generaciones actuales se habían 
hecho acreedores á la mayor consideración, entre otras cosas, 
por haber demostrado su amor á la justicia y su elevación 
de miras recordando y enalteciendo pasadas glorias; que 
quien sabe honrar justamente, revela espíritu noble y culto y 
merece ser honrado. En último extremo, con la celebracio'n 
del centenario histo'rico del descubrimiento del Nuevo Mundo 
vendrían á cumplirse (pues aún no se han cumplido verda- 
deramente) los deseos del mismo descubridor, del inmortal 
Colón, que en su carta de 15 de Febrero de 1493, fechada 
en la carabela, frente á las islas Azores, y dirigida á Luis de 
Santangel, decía: «Así que, pues nuestro Redentor dio' esta 
«victoria á nuestros ilustrísimos Rey é Reina é á sus reinos 
«famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe 
»tomar alegría y hacer grandes fiestas, dar gracias solemnes á 
«la Santa Trinidad, con muchas oraciones solemnes, por el 
«tanto ensalzamiento que habrán ayuntándose tantos pueblos 
»á nuestra santa fé, y después por los bienes temporales; 



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LXXXVI 



CRISTÓBAL COLÓN 



»que non solamente la España mas todos los cristianos 
»ternán aquí refrigerio y ganancia.» 



II 



Naturalmente, y era de esperar, cada uno de los colom- 
bistas, de los hombres de ciencia, de los apasionados por las 
grandes figuras de la humanidad o' de la patria en sus 
respectivos países, han ido presentando sucesivamente nue- 
vas ideas encaminadas á aumentar la solemnidad del cente- 
nario que se aproxima. Y ninguna de ellas puede rechazarse; 
ningún pensamiento de cuantos se emitan debe ser relegado 
al olvido, formando de todos un conjunto armo'nico, para 
que la festividad sea celebrada con el concurso de todos los 
pueblos, y de todas las inteligencias, y el resultado pueda 
ser un homenaje digno de Cristóbal Colón. 

El infatigable colombista Henry Harrisse, en Memoria 
dirigida al ministro de la Gobernacio'n o' del Interior, del 
reino de Italia; propone otros medios de conmemorar el 
gran suceso. «¿Por qué razón, dice, no han de publicar los 
italianos, en Genova o' en Roma, una coleccio'n completa 
de los escritos del grande hombre que han llegado hasta 
nuestros días? Sesenta y cuatro de ellos poseemos, de los 
cuales veinticinco, por lo menos, son autógrafos, casi todos 
han sido publicados y traducidos; pero se necesita revisar 
los textos, enriquecerlos con notas y reunirlos en un volu- 
men especial. No encuentro proposicio'n más digna de 
Cristóbal Colón y de Italia.» 



« Las ciencias históricas tienen exigencias que en nuestro 
tiempo nadie desconoce. Reclaman que se busquen con dili- 
gencia los documentos sepultados en los archivos para que 
cada hecho dudoso o mal interpretado pueda ser esclarecido 



INTRODUCCIÓN 



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y comentado. Por desgracia la iniciativa individual es insu- 
ficiente para vencer los obstáculos que oponen á este género 
de investigaciones ciertas miras estrechas, un patriotismo 
mal entendido, la indiferencia y las preocupaciones. En 
estas materias, si la iniciativa puede proceder de un indi- 
viduo, requiere el apoyo del gobierno, que es el único que 
tiene el derecho de mandar y los medios de hacerse obedecer. 
No se trata de atentar á una propiedad particular cuyo 
carácter y disfrute interesan solamente á su poseedor. Lo 
que la ciencia y el progreso reivindican, son bienes que perte- 
necen á todos, en virtud del deber que la misma conciencia 
nos impone de desarrollar nuestras facultades y nuestros 
conocimientos. 

»Y no es dudoso, que aun allí donde la administracio'n 
no pueda obrar de una manera directa, serán atendidas sus 
indicaciones. Ciertamente se hará así para celebrar el acon- 
tecimiento más grande de la edad moderna, y para trazar 
la vida del hombre que lo ha preparado. Entonces, sobre- 
poniéndose el patriotismo sobre las pasiones mezquinas, 
podemos esperar que los archivos comunales y los particula- 
res se abrirán ante el mandatario encargado por el Estado de 
una misión nacional y legítima. Este es el resultado que 
importa conseguir 



»Mi tarea quedaría seguramente incompleta si no acom- 
pañara con algunas consideraciones prácticas las generali- 
dades que acabo de exponer. 

»La forma en 4. en las dimensiones adoptadas para el 
Códice Diplomático Colombo-americano, publicado por mandato 
de los Decuriones de la ciudad de Genova en 1823, me 
parece la más apropiada. 

»E1 libro no deberá contener figuras, ni retrato de fan- 
tasía: ilustraciones tan costosas como pueriles, porque ni hay 
hoy, ni ha habido nunca imagen auténtica de Cristóbal 
Colón. Podrían acompañarse, sin embargo, las vistas de la 



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LXXXVIII 



CRISTÓBAL COLON 



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puerta de San Andrés y de la casa que lleva el número 37 
de la calle derecha de Ponticello, pero restaurada según las 
reglas técnicas del siglo xv. La una fijaba diariamente las 
miradas de Cristóbal Colón durante su infancia, pues 
vivía á pocos pasos de aquel monumento, y la otra era su 
habitación. En aquella modesta casa fué donde hizo sin 
duda alguna su aprendizaje de tejedor, y donde tal vez vio' 
la luz primera. 

«Los documentos auto'grafos serían publicados en facsí- 
miles. Persuadido estoy de que su excelencia, el duque de 
Veragua, descendiente de Cristóbal Colón, y jefe actual de 
la familia, permitirá sacar fotografías de las viente piezas 
que conserva en su archivo. Lo mismo sucederá probable- 
mente con las que poseen los archivos nacionales de Madrid 
y la Biblioteca Colombina de Sevilla. Ventajosísimo sería 
insertar también como texto esa preciosa serie de documentos 
y anotarlos oportunamente*' \ 

»Cada documento iría precedido de una noticia histo'rica, 
crítica y bibliográfica, seguida de las narraciones contempo- 
ráneas esparcidas en diferentes colecciones, y de las que las 
investigaciones posteriores han hecho conocer ; y para las 
relaciones de los cuatro viajes, de un mapa que describiera 
el terreno recorrido, así como los lugares de desembarco, 
con sus fechas.» 

El pensamiento es felícisimo, apropiado al objeto y 
digno de las mayores alabanzas. Pero ¿por qué razo'n se 
dirige el ofrecimiento al gobierno del reino de Italia? ¿Co'mo 
podría éste llevarlo á la práctica sin grandes dispendios y 
dificultades casi insuperables? Los escritos auto'grafos y los 
documentos importantes de Colón se conservan con muy 
ligeras excepciones en España, en el archivo del señor duque 
de Veragua, en la Biblioteca Colombina, en el Archivo gene- 
ral de Indias, y aquí, donde por derecho deben tener su 
asiento principal las fiestas del centenario, parece lo'gico que 
se haga la publicacio'n de los escritos del Almirante, repro- 



INTRODUCCIÓN 



LXXXIX 



ducidos fielmente de sus originales, y de los documentos que 
pueden aclararlos y completarlos formando su historia. 



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III 



Los pueblos del Nuevo Mundo también se han agitado 
al recuerdo del pro'ximo centenario. Como podía esperarse 
del alto grado de cultura que alcanzan, de sus inmensos 
adelantos en el comercio 3^ en la industria, de su gran 
importancia política, sus pensamientos son levantados, sus 
pro} 7 ectos tienen carácter de universalidad, uniendo en una 
mira lo útil y lo agradable, muy en consonancia con su 
manera de vivir y con las tendencias de su actual evolución. 

Se ha manifestado en las repúblicas hispano-americanas 
con este motivo, mucho entusiasmo hacia el descubridor, 
muchos recuerdos de gratitud hacia la que fué un tiempo 
su metro'poli, aunque al mismo tiempo se han dejado tras- 
lucir ciertas tendencias absorbentes y por demás exclusivistas, 
disculpables en el estado de adelanto en que hoy se encuen- 
tran, y que ciertamente desaparecerán con facilidad para 
entrar de lleno en armonía con todos los pueblos que aspiran 
á tomar parte en la celebracio'n del centenario. 

El acreditado perio'dico Las Novedades, de Nueva York * , 
se expresa en estos términos: 

«Mucho se ha dicho ) T publicado sobre el proyecto de 
«Exposicio'n de las tres Américas » con que se trata de 
conmemorar en Washington el cuarto centenario del descu- 
brimiento. Ya saben nuestros lectores que el asunto fué 
objeto recientemente de un dictamen muy notable por parte 
de la comisio'n de relaciones exteriores; pero hoy que tenemos 



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1 Nueva York. — Oficinas, núm. 23, Liberty Street. — Número 332 corres- 
pondiente al jueves 19 de Julio de 1888. 

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CRISTÓBAL COLON 



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de Washington el texto de este informe, vemos que la comi- 
sio'n aprobó' el proyecto en tesis general, pero sustituyéndolo 
en lo relativo á sus detalles con otro que presenta algunas 
novedades de interés. 

»Se trata de una Exposicio'n permanente de los produc- 
tos de todas los naciones americanas que se inaugurará 
en Washington en 1882, si llega á ser ley este proyecto. 
Autorízase al Presidente para nombrar una junta directiva 
de nueve personas, encargada de formar el plan de Exposi- 
cio'n, incluyendo en este nombramiento otra junta consultiva 
de sesenta y dos miembros; el gobernador de cada Estado y 
territorio nombrará uno de éstos, y otro también el Presidente 
de cada una de las diez y seis repúblicas hispano-americanas. 

»E1 terreno se concederá bajo la direccio'n del Presidente 
en alguno de los que son propiedad del gobierno en la 
ciudad de Washington, y las construcciones comprenderán: 
i.° edificio para la exposicio'n de los productos y artefactos 
de los Estados y territorios de la Unio'n, así como de 
los objetos de interés histo'rico, científico, etc., del país: 
2. edificio para la exposicio'n de todas las repúblicas his- 
pano-americanas, del imperio del Brasil, Canadá y todas 
las posesiones europeas en América; y 3. se elevará una 
estatua colosal al descubridor del Nuevo Mundo, el inmortal 
Colón.» 

Otros proyectos se agitan también en el Nuevo Mundo, 
aunque no tienen, según parece, tan levantado carácter, ni 
son tan generalmente aceptados. Tal acontece al de Mr. An- 
derson, que por su índole debe ser de origen totalmente 
particular y privado. No lo conocemos más que por las 
escasas noticias que ofrece otro artículo del citado perio'dico 
Las Novedades, siendo muy notable la carta del ministro de 
México señor M. Romero que en el mismo se copia. El 
artículo dice así: 



«Para el centenario de 1892. — Hemos dicho que el 



INTRODUCCIÓN 



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texto del dictamen formulado por la comisión de relaciones 
exteriores de la cámara sobre la conmemoracio'n del cente- 
nario de Colón va acompañado de diversos documentos, 
algunos de los cuales dan interesantes detalles, aún no cono- 
cidos del público. 

»Entre esos documentos hay una coleccio'n de cartas 
firmadas por los representantes diplomáticos de casi todas 
las naciones hispano-americanas, ya publicadas muchas de 
ellas, y precedidas como siempre de aquellos panegíricos del 
ministro de Venezuela señor Soteldo, que caía en éxtasis 
ante la grandiosidad y el americanismo del proyecto, y 
hablaba del sistema americano de las naciones de este conti- 
nente como pudiera hacerlo el mismo Blaine. 

»Los demás ministros, á excepcio'n del señor Velasco que 
represento' al Salvador é imito' al señor Soteldo, se limitaron 
en general á contestar atentamente al secretario de la comi- 
sio'n de propaganda Mr. Anderson, que pondrían el asunto 
en conocimiento de sus respectivos gobiernos y así lo hicieron 
en épocas diversas los señores don Casimiro Corral, don 
Vicente G. Quesada, don Domingo Gana, y don Manuel 
Montúfar, ministros de Bolivia, la Argentina, Chile y Guate- 
mala. Del ministro de México, señor Romero, se recordará 
que refresco' la memoria de Mr. Anderson, diciéndole que 
también México tenía proyectada una Exposicio'n en su 
capital para 1892. 

«Entre las más recientes comunicaciones de este año 
vemos las de los representantes del Perú, Colombia, Nica- 
ragua y Costa Rica, señores don F. C. Coronel Zigarra, 
don F. Mutio Duran, don Horacio Guzmán y don Federico 
Volio, y sobre todo una nueva carta del señor ministro de 
México, fechada en Julio último, y que es de verdadero 
interés, por lo que la reproducimos más adelante. 

»E1 señor Romero, según loable costumbre, pone las 
cosas en su verdadero lugar, reivindicando para las naciones 
americanas todas el derecho de celebrar acontecimiento tan f¡ 



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CRISTÓBAL COLÓN 



memorable, y dejando al poder legislativo de cada una de 
ellas el prestar ó no su concurso. También recuerda oportu- 
namente el diplomático mexicano que España ha resuelto 
conmemorar oficialmente el descubrimiento de América. 

«Creemos sinceramente que ya era tiempo de que se 
diera á Mr. Anderson una respuesta catego'rica, explícita, 
que le demuestre hasta qué punto se sabe apreciar el carácter 
totalmente particular y privado, que hasta la fecha tienen 
sus esfuerzos y su sociedad de propaganda. Sería de desear 
que el citado secretario meditase la carta del señor Romero, 
y dejase en paz á los diplomáticos hispano-americanos, cuya 
llegada á Washington ha acechado hasta ahora, para espe- 
tarles, sin excepcio'n, el cúmulo de circulares, informes, 
folletos y dictámenes que á estas horas tiene ya acumulados; 
pedirles su opinión, sabiendo que no pueden darla oficial- 
mente sin consultar á su gobierno, y luego publicar en todo 
el país la respuesta, por fría que sea, como si se tratara 
de un testimonio más á favor del proyecto de Mr. Anderson 
y sus amigos. 

Hé aquí la carta del ministro de México: 



«Legación Mexicana. 

«Washington, Junio 14 de 1888. 

«Señor Alejandro D. Anderson, secretario de la junta 
nacional de promocio'n, etc. — Hotel Willard. 

«Muy señor mío: He recibido la comunicacio'n de usted 
de 9 del corriente, en que me pregunta la opinión del 
gobierno de México respecto de celebrar el cuarto centenario 
del descubrimiento de América por medio de una Exposicio'n 
de las tres Américas, en Washington, el cual está ahora 
pendiente en el Congreso de los Estados Unidos. 

«Tengo la honra de decir á usted en respuesta, que no 
he recibido instrucciones ningunas del gobierno de México 
sobre este asunto, y que por lo tanto, ni conozco ni puedo 
expresar su opinión respecto del mismo. Por algún tiempo 



INTRODUCCIÓN 



XCUI 



se promovió en la ciudad de México la idea de celebrar 
este mismo centenario con una Exposicio'n Universal; pero 
habiéndose adelantado el gobierno español para celebrar 
ese acontecimiento en Madrid, y habiéndose promovido en 
Washington, por la junta de que es usted secretario, la idea 
de la Exposicio'n de las tres Américas, presumo 'que se 
abandonará el proyecto que se tuvo en México. 

«Como sabe usted, hasta ahora el proyecto de Wash- 
ington no pasa de tal, y aunque la junta de que es usted 
secretario está encargada de promover la Exposición, y se 
han presentado en ambas Cámaras del Congreso de los 
Estados Unidos diferentes proyectos respecto de la misma, 
hasta ahora no se ha conseguido ninguna disposicio'n legis- 
lativa que le dé forma. La cuestio'n, por lo mismo, por lo 
que hace á los Estados Unidos, tiene todavía un carácter 
nacional, y bajo este aspecto no corresponde á un gobierno 
extranjero, por amigo que sea de este país, expresar opinio'n 
respecto de ella. 

»Por lo demás, no encuentro inconveniente en decir á 
usted que en mi concepto, el descubrimiento de América, 
que cuenta ya cerca de cuatro siglos, es uno de los aconte- 
cimientos de mayor importancia y trascendencia que han 
tenido lugar en el mundo durante la era cristiana; y los 
esfuerzos de las naciones americanas no pueden dirigirse, 
á mi juicio, á un fin más loable que el de celebrar el cuarto 
centenario de su advenimiento al mundo civilizado; aunque 
la forma y condiciones especiales de esa celebracio'n depen- 
den del poder legislativo de la nación americana que se 
proponga encabezarla y del concurso que quieran prestarle 
las demás naciones hermanas. 

«Soy de usted atentamente su seguro servidor. 

»M. Romero.» 



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Este es hasta ahora el pensamiento que se llama pura- 
mente americano, según han visto nuestros lectores. 



XCIV 



CRISTÓBAL COLON 






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IV 



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La Sociedad Colombina Onubense al ocuparse, casi en 
los momentos de su instalacio'n, de todo cuanto podía contri- 
buir á celebrar anualmente la fecha de la salida de las 
carabelas del puerto de Palos, y á preparar por ese medio la 
mayor gloria de Cristóbal Colón, pensó' también en que 
pudiera solemnizarse con mayores demostraciones el cuarto 
centenario, aunque todavía estaba muy lejano; y para ello, 
á pesar de que entonces no contaba más que con sus propios 
recursos, anuncio' ya el pensamiento de pedir al gobierno 
que estando declarado monumento nacional el monasterio de 
la Rábida, por cuenta del Estado se procediera á su restau- 
racio'n por personas competentes, para que no perdiera su 
carácter, y fuera imperecedero recuerdo del hecho importan- 
tísimo que dentro de sus muros se preparo', y en cuya reali- 
zacio'n tomaron tanta parte los monjes que le habitaban. 

Posteriormente, y perseverando en la misma idea, para 
los certámenes de los años 1886 y 1887, lo mismo que para 
los posteriores, se anuncio como tema el proyecto de fiestas 
para la celebración del cuarto centenario de la salida de Colón 
para el descubrimiento del Nuevo Mundo el día ) de Agosto 
de 1492. Dos Memorias se presentaron á disputar el premio 
en el año 1887; pero el Jurado considero que ninguna de 
ellas llenaba el objeto y no se adjudico el premio. 

Teniendo después en cuenta la comisio'n nombrada por 
el gobierno los trabajos de la Sociedad Colombina, ha parti- 
cipado á ésta que los acepta y patrocina, y que en sub- 
comisio'n que por la ley está autorizada á nombrar, tendrá 
ésta la intervencio'n á que su instituto y sus desvelos la hacen 
acreedora. 

Bástanos por lo tanto con haber indicado su pensa- 



INTRODUCCIÓN 



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miento, que probablemente en su día encontrará cabida en ] 
el programa general de festejos. 



V 



Antes de entrar á exponer algo de lo que en nuestro 
concepto debe hacerse para dar importancia en todos terrenos 
á la celebracio'n del centenario, vamos á anticipar en este 
sitio una noticia curiosa, conocida de muy pocos: vamos á 
exponer un pensamiento de Cristóbal Colón, un deseo, tal 
vez, del inmortal descubridor, que nos dejo' trazada la manera 
de celebrar su triunfo, de hacer la apoteosis de su genio y 
de su empresa. 

Ya en la primera parte de esta Introducción hemos dicho 
en qué forma remitió el Almirante á su patria la copia 
autorizada de todos los documentos en que constaban sus 
títulos y preeminencias, sus dignidades y sus derechos. 
Nicolás Oderigo, á quien confio aquellas copias, no creyó' 
oportuno entregarlas desde luego á las autoridades de la 
Señoría, reteniéndolas en su poder por razones que hoy no 
es posible averiguar, pero que tal vez un feliz hallazgo nos 
ponga de manifiesto inopinadamente; porque es cosa muy 
probable que Oderigo escribiera á Colón el motivo que á 
ello le impulsaba, y que recibiera respuesta del mismo; 
cartas que pueden encontrarse, como lo han sido otras que 
no figuraban entre los documentos remitidos desde Sevilla el 
año 1502, porque son de época posterior, y sin embargo, se 
ven hoy unidas á aquéllos y han sido publicadas en el Códice 
Diplomático Colombo- Americano. 

Pero existe también unido á aquellos documentos un 
precioso dibujo, en el que no se ha fijado la atencio'n con el 
interés que merece, por ser un croquis original de Cristóbal 
Colón, ideado por él para perpetuar su gloria; cosa extra- 



XCVI 



CRISTÓBAL COLON 






ordinaria, monumento de excepcional importancia, de rareza 
suma, que debe ser mirado con pasio'n por los verdaderos 
colombistas. 

Describiendo minuciosamente el Códice el doctísimo 
barnabita Juan B. Spotorno, y después de hablar de la copia 
de la carta del magistrado de San Jorge á Colón, fecha 8 de 
Diciembre de 1502, con que termina, añade: 

« In fine si vede uno schtTgp gettato sopra me^o foglio di 
carta rappresentante una pittura simbólica del Colombo e della 
sua scoperta f . » 

No logro el esbozo o croquis fijar la atencio'n de aquel 
sabio, que tal vez lo paso' sin examen más prolijo, y por eso 
no le dio' entrada en su publicación, que iba limitada á los 
documentos y privilegios. Pero algunos años después el ma- 
rino francés Mr. A. Jal, visitando las antiguas pinturas de 
la ciudad de Genova en busca de datos para enriquecer sus 
estudios de Arqueología naval, encontró' ocasio'n de conocer 
detenidamente el Códice original que se guarda en la sala de 
sesiones del Consejo de Senadores. Lleno de admiracio'n ante 
aquel dibujo, cuya procedencia no fué para él dudosa, tomo' 
desde luego un calco exactísimo, que es el que acompañamos 
para satisfacer la natural curiosidad de nuestros lectores, y 
luego le explico y aumento' con atinadas observaciones, 
poniendo á la debida luz su autenticidad é importancia. 
Sin embargo, su trabajo publicado en La France maritime 2 
tampoco llamo' la atencio'n de las personas entendidas, quizá 
por la escasa circulacio'n de aquella obra ; pero entre nosotros 
la conocía y dio' noticia de ella el erudito escritor y capitán 
de navio don Cesáreo Fernández Duro, que en sus Disquisi- 
ciones náuticas 3, primeramente, y después en el libro titulado 



' Códice Diplomático Colombo- Americano. — Genova, 1823, Introd. 
* La France maritime. — París, Imprimerie de Decourchant, 1838, In fol. 
tome II, pág. 263. — Véase en los Apéndices á la Introducción (c). 

s Disquisiciones náuticas. — Madrid, Rivadeneyra, 1875, tomo I, pág. 119. 



INTRODUCCIÓN 



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CRISTÓBAL COLON 



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Colón y la Historia postuma l recordó el bosquejo de Colón y 
los trabajos de Mr. Jal. 

¿Se quiere saber ahora cuál fué el objeto de Colón al 
trazar ese croquis, y de qué modo lo dejo' significado? ¿Se 
desea comprender la alta importancia que puede tener en la 
celebracio'n del cuarto centenario? Pues oigamos ante todo á 
los dos escritores citados. 

«Lo que el grande hombre quiso consagrar en su esbozo, 
fué su gloria, dice Mr. A. Jal; sin duda un día en que estaba 
satisfecho de sí propio trazo' su triunfo con la misma pluma 
con que al pie de una carta á Oderigo acababa de escribir 
los fastuosos títulos con que Fernando é Isabel le habían 
condecorado ; vanidad harto disculpable en el valeroso 
marino que había dado á España un mundo nuevo: alegría 
bien inocente, que apenas podría ser bastante á compensar 
tantas desdichas sufridas, tantas tristuras, tantas humilla- 
ciones, tantos menosprecios y tantas cabalas injustas! a 

«En medio de la composicio'n está el héroe, dice el 
señor Fernandez Duro, sentado en un carro, cuyas ruedas, 
de paletas, hieren las aguas del mar, pobladas de monstruos 
que representan la envidia y la ignorancia, medio ocultas. Al 
lado de Colón la Providencia; ante el carro, impulsándolo, 
la constancia y la tolerancia ; por detrás lo empuja la religio'n 
cristiana, flotando en el aire la victoria, la esperanza y la 
fama. Colón esperaba que el boceto fuera desarrollado en tabla ó 
muro, por el cuidado de la Señoría, y á prevencio'n escribió' 
de su puño el nombre de cada figura, explicando al margen 
los atributos y la forma y color de los vestidos, sin omitir el 
suyo.» 

Inútil es ponderar el interés de esta obra : después de lo 
dicho nada creemos que podría encarecerlo. De la oportu- 
nidad de su ejecucio'n nos vamos á ocupar en seguida; pero 



1 Colón y la Historia postuma. — Por el capitán de navio Cesáreo Fernán- 
dez Duro. — Madrid, Tello, 1885, pág. 206. 



INTRODUCCIÓN 



XCIX 



antes será tal vez discreto y conveniente aducir alguna 
prueba, para demostrar que el croquis es original de Cristó- 
bal Colón. Desde luego le presta señalada autoridad el 
encontrarlo unido al libro de los privilegios del Almirante, 
copia que reconocidamente y por las cartas que le acompa- 
ñan, es la misma que aquél envió' á Nicolás Oderigo. ¿Por 
qué motivo este diplomático puso aquel croquis en la última 
página del Códice? Este solo hecho parece indicar que ambos 
tenían la misma procedencia. Debió recibirlo el embajador 
posteriormente, quizá con nueva carta de Colón, y fué 
colocado en el lugar que le correspondía. Para mayor con- 
vencimiento la letra de los nombres que designan las 
figuras, como las de las anotaciones marginales, es de puño 
del grande hombre, y en un ángulo está su firma, clara, 
indudable, con todos los signos y caracteres que la hacen 
auténtica '. 

Pero .para hacerla aún más indubitada; para que se 
comprenda que está allí puesta por el autor, uno de los 
poseedores del precioso códice, probablemente el mismo 
Nicolás, o' tal vez Lorenzo Oderigo, — que este particular 
podrán resolverlo los genoveses, haciendo el cotejo con letras 
conocidas de aquellos diplomáticos, — al observar el dibujo, 
y la firma que en su ángulo inferior izquierdo aparece, 
escribió' al lado de ésta: 

«Segno con che Cristofforo Colombo segnaba é sotoscri- 
veva le sue scriUc.» Es decir, que en el momento, tal vez, de 
recibirse aquel croquis en Genova, y para evitar toda duda, 
hubo quien puso al lado de sus signos, que no eran inteligi- 
bles para todos, esta es la firma de Cristóbal Colón. 



1 Véase en los Apéndices d la Introducción (d). 




CRISTÓBAL COLON 



VI 



Nada más lejos de nuestro intento que formular en esta 
Introducción el programa de las fiestas con que ha dé solem- 
nizarse en todo el mundo el cuarto centenario del descubri- 
miento, que vamos viendo ya tan cercano. Corresponde de 
derecho esa gloriosa, aunque ardua tarea, al gobierno de la 
nacio'n española, puesto al frente de todas las demás nacio- 
nes que noblemente ansien contribuir á que revista todo el 
esplendor, la pompa, la grandeza que el suceso reclama. 
Este es el punto único en que nos fijaríamos, y hacia el que 
llamaríamos la atencio'n, si de algo pudieran servir nuestras 
débiles advertencias, para que no se pierda de vista un solo 
instante. Mas ha tomado ya la iniciativa, y solo debemos 
desear que todo se practique con la elevacio'n de miras que 
corresponde á la universalidad que ha de caracterizar el 
proyecto ; aunque del patriotismo é ilustracio'n de los patri- 
cios que forman la junta nombrada por el gobierno español 
en 28 de Febrero de 1888, con el encargo de entender en 
ello, es de esperar tal resultado y tan feliz que supere las 
esperanzas de cuantos se interesan por las verdaderas glorias 
de España. 

Mas á pesar de eso, y con toda la timidez, con toda 
la desconfianza natural de quien solo confía en sus fuerzas, 
aunque estimulados por un sentimiento patrio'tico, vamos á 
exponer ligerísimamente algunas ideas acerca de lo que nos 
parece podría contribuir al mayor lucimiento del acto, á la 
generalizacio'n de las manifestaciones, y á dar al centenario 
un carácter que no se borrase con el transcurso de los años. 

Entendemos que las festividades podrán tener dos dife- 
rentes objetos: Primero, despertar el entusiasmo de la gene- 
racio'n presente, lo mismo en las grandes capitales que en 



INTRODUCCIÓN 



ci 



las pequeñas poblaciones, excogitando medios de que en 
todas partes se renueve la memoria de Colón y del descu- 
brimiento, y la celebren con regocijos populares, fiestas 
religiosas, militares y civiles, en la manera que se acuerde 
y sea posible hacerlo. — Segundo, estimular por los medios 
oficiales que se juzguen más directos la inaguracio'n de 
asilos para marinos inválidos, de los cuales uno podría serlo 
el monasterio de la Rábida; de escuelas para sus hijos y 
de centros de enseñanza para marineros : procurar que en el 
día 3 de Agosto se coloque en la capital la primera piedra 
de algún monumento grandioso que sirva de perpetua 
memoria: circular en millones de impresos y gratuitamente 
una sucinta biografía de Colón, que redactaría la Real 
Academia de la Historia, y algún documento importante, 
alguna carta escrita de su mano que el pueblo tuviera 
empeño en conservar como recuerdo de su genio y de la 
gloria de España; pudiendo remitirse al mismo tiempo á 
todas las capitales, en forma solemne, para que se guardara 
en todas sus bibliotecas, el libro que contuviera todos los 
escritos que se conocen del inmortal descubridor. Esto nos 
ocurre y esto sometemos á la alta consideracio'n de la junta 
encargada de preparar la celebracio'n del centenario. 



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VII 



Pero vamos por partes. Cuatro siglos hace que Cris- 
tóbal Colón remitió' á su patria el dibujo de que nos hemos 
ocupado en uno de los párrafos anteriores. Su deseo fué 
indudablemente que trasladado en tabla o' en lienzo, por 
algún artista capaz de comprenderle, fuera perpetua memo- 
ria de los muchos trabajos que había sufrido, de la grandeza 
del pensamiento que concibió' su mente, y del feliz resultado 
que su empresa consiguiera. No se ha realizado hasta hoy 



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CRISTÓBAL COLON 



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el deseo del inmortal descubridor. ¿Qué momento más 
oportuno, que ocasio'n más propicia que la celebracio'n del 
centenario, para dar vida á la creacio'n picto'rica exponiendo 
á vista de todos el triunfo de Cristóbal Colón? 

¿No aceptarían como buena los individuos de la junta 
la idea de anunciar un concurso entre los artistas de todas 
las naciones de ambos continentes para la ejecucio'n de ese 
hermoso cuadro? Fácil sería, en nuestro entender, hacer 
numerosa reproduccio'n de este mismo dibujo, circularlo por 
todas partes, remitiéndolo á los gobiernos y ofreciendo 
honroso premio á los bocetos que en un plazo determinado 
se presentaran, y la ejecucio'n del cuadro generosamente 
recompensada, con honra y provecho, á aquel pintor cuya 
obra fuese la más digna de interpretar el pensamiento, á 
juicio de un jurado internacional. 

El artista cuyo boceto fuera escogido, podría recibir, á 
más del pago espléndido de su trabajo, condecoraciones y 
títulos de todas las naciones que concurran á la celebracio'n 
del centenario; y éste sería caso nuevo, honrosísimo y sin 
precedente en la historia, que movería á todos los que 
rinden culto á las artes para concurrir á tan honroso 
certamen. ' 

En el cuadro de la apoteosis de Colón tiene cabida el 
retrato- de este genio inmortal sentado en el buque que 
simboliza su carácter y su empresa. Le guía la Providencia; 
le acompañan la Fe y la Esperanza, le inspira la Religio'n; 
canta la Fama su gloria, y el buque o' carro triunfal que le 
conduce á las playas del Nuevo Mundo, arrolla con sus 
ruedas y sepulta entre las aguas á la Ignorancia, á la 
Envidia á todas las pasiones mezquinas que se atravesaron 
en su camino y opusieron dificultades á la realizacio'n de su 
pensamiento, como las han opuesto y las opondrán siempre 
á todo lo que sea grande, levantado y sublime. 

¿No es tan bello asunto capaz de despertar el entu- 
siasmo de todos los que tengan corazo'n de artista? ¿Quién 



INTRODUCCIÓN 



CIII 



habrá que abrigando en su cerebro la llama de la inspira- 
ción no la sienta avivada al interpretar el pensamiento de 
un grande hombre? El genio del pintor será guiado por el 
genio del navegante', que le llevará á feliz puerto y le 
conducirá al templo de la gloria, como condujo las carabelas 
españolas á las desconocidas tierras de Occidente. 

Entre los actos que podremos llamar permanentes y 
duraderos para recordar el centenario, el cuadro del triunfo 
de Colón, ideado por él mismo, sería sin duda uno de los 
más notables; teniendo la ventaja de que, si como es de 
esperar en vista del gran adelanto de las artes .en nuestro 
tiempo, el cuadro fuese una obra notable y digna, fácil cosa 
sería su reproduccio'n para que figurara en todas las capita- 
les que quisieran tener ese recuerdo. La apoteosis del descu- 
bridor estaría consagrada en todos los museos del mundo. 



VIII 



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Ocasio'n sería también el centenario para que reunidas 
las representaciones de los gobiernos de ambos mundos, con 
el concurso de todos se pusiera la primera piedra de un gran 
monumento á Colón, costeado por todos los pueblos civiliza- 
dos. Este sería homenaje digno de nuestro siglo y que en el 
lenguaje más elocuente narraría á las generaciones venideras 
cuánto fué el entusiasmo de la presente, cuánto su reconoci- 
miento y su amor al genio que facilito' por un rasgo de su 
talento la reunio'n de toda la humanidad. Monumento que 
sería testimonio al mismo tiempo de los adelantos artísticos 
del siglo xix y de la grandeza de las naciones que tan colosal 
obra emprendieran, así como son testigos de la importancia 
de las pasadas generaciones las pirámides de Egipto, los 
templos de Uxmal y de Palenque, el del Sol en Helio'polis y 
el Coloseum de Roma. 



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CRISTÓBAL COLON 






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Para conseguir este objeto mucho trabajo encontramos 
ya adelantado. En la primera parte de esta Introducción 
dejamos reseñada la historia y varia suerte del proyecto tra- 
zado por el arquitecto español don José Marín Baldo. ¿Qué 
podríamos decir después de despertar en la memoria de 
todos este recuerdo y de lanzar á la publicidad lo oportuno 
de su ejecucio'n? Conocen muchos en España ese grandioso 
proyecto; lo aplaudieron y lo premiaron codiciándolo los 
americanos en la Exposicio'n de Filadelfia, y hoy mismo 
corren sus alabanzas en boca de todos los amantes de la 
grandeza de nuestra patria, abrigando muchos la esperanza 
de ver levantado el colosal monumento. 

No se nos oculta el grande obstáculo que presentan 
para su construccio'n las crecidas sumas que por necesidad 
habrán de invertirse; cuestio'n difícil pero que hay muchos 
medios para superarla. ¿Habrán de declararse vencidas por 
tan pequeño enemigo las naciones que concurran al cente- 
nario? ¿No bastará el mágico nombre de Colón para unirlas 
á todas por un vínculo de entusiasmo y que á expensas de 
todos los gobiernos veamos levantarse ese recuerdo de su 
gloria? ¿No podría intentarse una suscripcio'n universal? ¿No 
sería más satisfactorio, no tendría más significación el monu- 
mento levantado al genio por los hombres de todos los 
países del mundo conocido? 

Muchas podrán ser las dificultades que se toquen para 
la realizacio'n de este pensamiento; pero ni es este el lugar 
más á proposito para indicarlas, ni somos nosotros los 
llamados á resolverlas. Volvemos la vista llenos de confianza 
á la Junta organizadora, y creemos que á entrar en lo posi- 
ble, habrán de procurar que se realice. 



INTRODUCCIÓN 



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IX 



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Con objeto distinto, como festejos populares, y para 
que los días 3 de Agosto y 12 de Octubre tengan en todas 
partes resonancia y despierten el recuerdo de los grandes 
acontecimientos que en ellos se realizaron, son muchos los 
medios de que pueden valerse los gobiernos, cuya variedad ¡ 
misma y el diferente carácter que pueden revestir son causas 
bastantes para que los dejemos en silencio. 

Ilustres colombistas se han ocupado con insistencia 
en la importancia de esas fiestas ; y la Sociedad Colombina 
Onubense, según ya hemos dicho, ha anunciado en varios 
certámenes su deseo de premiar un buen proyecto para la 
celebracio'n del centenario, respondiendo así á la obligacio'n 
que le impone su título y el lugar en que está establecida. 
Por desgracia, ninguna de las Memorias presentadas ha 
obtenido aquella honrosa distincio'n. 

Pero el arquitecto Marín Baldo, el inspirado autor del 
monumento grandioso de que tantas veces nos hemos ocu- 
pado, es tan distinguido escritor como entusiasta colombista, 
y escribió' una Memoria en la que hace preciosas indicaciones 
que pueden servir de guía entre otras muchas, y pudieran 
aceptarse '. Copiaremos en este lugar algo de sus princi- 
pales párrafos: 

«Existe, dice, un contrato de Colón con los Reyes Ca- 
tólicos en el que se estipularon las condiciones del viaje, 
títulos y honores que se concedían al gran navegante si lle- 
gaba á descubrir las tierras que prometía. Este contrato, 
cuyo original deberá encontrarse en algún archivo público, 
puede ser reproducido exactamente por medio de la foto-lito- 






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Véase íntegra en los Apéndices de la Introducción, (e). 
Cristóbal Colón, t. i — xiv* 



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CRISTÓBAL COLON 



grafía, invención de nuestros años, y hacer una gran tirada 
de ejemplares que se remitirán por el gobierno á todos los 
ayuntamientos de España y á los de fuera que lo pidan y 
quieran conocerlo y guardarlo como documento precioso. 

»A los nueve mil ayuntamientos de España se les orde- 
nará por el Ministerio de la Gobernacio'n dar lectura pública 
y solemne de este documento el día 3 de Agosto de 1992, 
como se hacía con los Bandos Reales para que llegasen á 
conocimiento de todos; y después lo colocarán en un cuadro 
en la sala de sesiones 



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» Todas o' la mayor parte de las capitales de provincia y 
partidos judiciales, dice más adelante el ilustrado arquitecto, 
deberían levantar un monumento público á la memoria del 
cuarto centenario de Colon, siendo fácil y económico llevar 
á cabo este pensamiento en la forma siguiente: 

»E1 gobierno deberá abrir un concurso entre todos los 
arquitectos españoles para presentar proyectos de un monu- 
mento que perpetúe la memoria del cuarto centenario del 
descubrimiento, sujetándose á este programa: 

rt.° El monumento será de hierro fundido y su peso 
no debe exceder de diez toneladas, carga máxima de un 
vagón de ferro-carril 

»2.° Este monumento será coronado por un busto de 
Colón, y tendrá en su decoración las tres' proas de las cara- 
belas que hicieron el viaje primero á las Indias Occidentales, 
así como también las inscripciones y fechas que se dicten por 
la Real Academia de la Historia. 

»3.° Siendo, como deberá serlo, de varias piezas que 
se ajusten á enchufe ó con tornillos, una de éstas tendrá en 
su interior un hueco ó cavidad donde se encierren los perió- 
dicos en que se dé cuenta de las fiestas del cuarto centenario 
en toda España, y algunos otros documentos de la época, 
tales como el acta de los festejos hechos por el pueblo ó ciu- 
dad en que levante cada uno de estos monumentos. 



INTRODUCCIÓN 



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» Como se ve desde luego, un monumento de esta clase 
tiene sus mayores gastos en el proyecto y los modelos para 
la fundicio'n, los cuales se podrían repartir entre todos los 
numerosos ejemplares, y por tanto ser poco el aumento que 
recibieran sobre el precio de cuatrocientas pesetas la tone- 
lada, o' sean pro'ximamente cuatro mil pesetas cada ejemplar. 

«Esta obra, puesta al alcance de los pueblos más 
pobres, pudiera ser ejecutada con mayor lujo en las capita- 
les de provincia, construyendo el basamento general de 
mármol o' de sillería; pero en todas partes la primera piedra 
para los cimientos se pudiera colocar en un día dado, el 3 de 
Agosto, fecha de la partida de Colón del puerto de Palos, y 
hacer la inauguracio'n del monumento el 12 de Octubre del 
mismo año 1892.» 

Xo se detiene el señor don José Marín Baldo, y en alas 
de su entusiasmo por Cristóbal Colón, á cuya apoteosis ha 
consagrado toda su vida de artista, con el deseo de que el 
cuarto centenario sea un verdadero acontecimiento, pasa de 
los festejos y regocijos populares, á las grandes manifesta- 
ciones que pueden hacerse en Madrid, cabera del reino y 
corazón de la patria; en Granada, donde se firmaron las 
capitulaciones entre el descubridor y los Reyes Católicos ; en 
Palos, de donde zarparon las afortunadas carabelas... Si su 
pensamiento fuera aceptado, el cuarto centenario tendría 
gran resonancia en todas partes, y los días 3 de Agosto 
y 12 de Octubre de 1892 serían verdaderamente una fiesta 
de la humanidad, como deseaba en el Congreso de america- 
nistas de Madrid el señor don Tomás Montejo. 



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Como síntesis de todo cuanto hasta ahora se ha indi- 
cado por los apasionados al gran nombre de Cristóbal 



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CRISTÓBAL COLON 




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a Colón, y á la gloria del pueblo que comprendió' su genio 
y le dio' los medios para llevar á cabo su empresa, al par 
que la de las demás naciones que le deben, por decirlo así, 
su existencia, podemos concentrar en pocas palabras el 
pensamiento dominante para la celebracio'n del cuarto cen- 
tenario. 

Divididas en tres o'rdenes o' grupos las fiestas proyec- 
tadas, y encargada de cada uno de ellos una seccio'n de la 
ilustre Junta, se aumentarían y perfeccionarían estos pensa- 
mientos, escuchando las opiniones de personas competentes, 
y aceptando cuanto se estimase que conducía á lograr el 
objeto deseado. 

Vemos, por hoy, que cabrían en el primer grupo, entre 
los que por su índole pueden tener carácter de permanentes, 
o' destinados á perpetuidad, ante todo, la colocacio'n de la 
primera piedra de un monumento colosal y grandioso, que 
se levantaría con la cooperacio'n de todas las naciones his- 
pano-americanas, unidas á la que fué un tiempo su metro- 
poli, que podría ser el proyectado por don José Marín 
Baldo, uniéndose á éste por su origen y significacio'n el con- 
curso que se anunciara para pintar la Apoteosis de Cristóbal 
Colón, según el dibujo trabado por su mano; y la publicacio'n 
de los escritos del Almirante, reproduciéndose fielmente los 
auto'grafos que se conservan, con todos los que puedan 
contribuir á fijar y esclarecer los hechos de su vida y 
viajes, y cualesquiera otros de igual naturaleza é impor- 
tancia. 

En el grupo segundo, participando del carácter de 
permanencia y utilidad del momento, entrarían los planes 
de Exposicio'n universal y Exposicio'n americana, combi- 
nados entre Europa y América : la inauguracio'n en varias 
capitales de asilos para inválidos de la marina, y educacio'n 
de sus huérfanos, cuyos establecimientos llevarían todos el 
nombre de Colón: la ereccio'n de monumentos conmemora- 
tivos en las capitales y en los pueblos, facilitándoles á todos 



INTRODUCCIÓN 



CIX 



la manera de hacerlo en un día y aun en una hora deter- 
minada. 

En el tercero figurarían las funciones religiosas, proce- 
siones cívicas, fiestas civiles y militares, limosnas, repiques, 
músicas y cuanto pudiera contribuir al regocijo y animacio'n 
de todos, para que se aclamase con júbilo el nombre de 
Colón y se recordase la importancia del descubrimiento en 
el día en que ocurrió' tan gran suceso. 

Esto sería lo general. Pero fiestas especialísimas, fun- 
ciones con carácter propio, con objeto particular, no podrán 
dejar de verificarse. Palos y Lisboa, Santo Domingo y la 
Habana, Granada, Barcelona y Sevilla, tienen grandes 
recuerdos en su historia, fastos memorables, efemérides 
gloriosas que habrán de consagrar con alguna demostración 
señalada, con algunos actos que signifiquen por nuevo 
rumbo la grandeza de sus pasadas memorias y de su esplen- 
dor presente. 

Cuáles puedan ser éstos; qué magnitud puedan alcan- 
zar las manifestaciones de entusiasmo de tan cultas ciudades, 
no podemos decirlo, ni aun indicarlo siquiera. 



Tal vez al llegar á este punto, y aun antes de haber 
venido tan lejos, algún lector, recordando el espíritu un 
tanto positivo é interesado y demasiado utilitario de los 
tiempos en que vivimos, juzgue exagerada la grande exten- 
s sio'n que pretendemos tenga la celebracio'n del centenario, y 
aun añada que así se hace imposible su realizacio'n. El 
argumento es grave de verdad, pero en el caso presente 
no tiene exacta aplicacio'n, ni es obstáculo como en otras oca- 
siones. Las ideas que dejamos apuntadas, no son un deseo 
particular nuestro, ni de ningún colombista exigente; son la 
expresio'n de las aspiraciones de muchos pueblos, manifes- 
tadas por sus publicistas, acogidas por varios gobiernos de 
Europa y América, y que van formando una opinio'n gene- 
ral, fuerte y robusta, capaz de vencer por sí sola todas las L 



ex 



CRISTÓBAL COLON 



dificultades para que el cuarto centenario del descubri- 
miento del Nuevo Mundo no sea la fiesta de una nacio'n, 
sino la expresión del júbilo y entusiasmo de todos los 
pueblos civilizados. 



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APÉNDICES 



A LA 



INTRODUCCIÓN 



(a). — Pág. xvii 



ESTUDIOS CIENTÍFICOS 



Vuelve á agitarse entre los americanistas la cuestión muchas veces 
debatida, y otras tantas abandonada, del arribo de naves fenicias á las 
tierras que luego en el siglo XV descubrieron los españoles, y se llamaron 
Indias Occidentales ó Nuevo Mundo. Como complemento de la noticia 
que hemos procurado dar en la parte primera de la Introducción, de 
todas las opiniones referentes á la América precolombiana, por más que 
las correspondientes á los viajes que allá pudieran hacerse, tengan lugar 
señalado en ciertos capítulos de la obra, insertamos en este el trabajo 
que con el título de Estudios científicos publicó no hace mucho el señor 
don Manuel Benítez, pues no hemos podido estudiar los trabajos del 
barón D'Oufroy de Taron y de Mr. Ferraud, que en el mismo se citan. 

ESTUDIOS HISTÓRICOS 

La prensa científica extranjera, especialmente la inglesa y alemana, 
vuelve á ocuparse de nuevo en estos momentos, con interés y con insis- 
tencia, de la prioridad del descubrimiento de la América, con ocasión de 
los documentos encontrados también recientemente por Mr. Ferraud, que 
se remontan á la época de los fenicios, cuyos documentos corroboran 
que este pueblo, tan célebre en la antigüedad, comerciaba con los habi- 
tantes de la América meridional. 

En apoyo de esto, Mr. Romanet de Taillaut, en una de las últimas 
sesiones de la Sociedad Geográfica de París, se adhiere á la opinión del 




CXII 



CRISTÓBAL COLON 



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barón D'Oufroy, y ya que las expediciones de los fenicios á la América 
no se pueden atribuir al conocimiento geográfico que aquéllos tenían de 
esta parte del mundo, recuerda Mr. Romanet la influencia poderosa que 
ejercen en la navegación las corrientes marinas del Atlántico, á las cuales 
hay que atribuir, dice, «las relaciones que sin' duda existieron entre los 
fenicios y los habitantes de la futura América. » 

En prueba de esto cita Mr. Taillaut un hecho curioso. 

En Diciembre de 173 1, una barca, cargada de vino de Canarias, se 
dio á la vela en uno de los puertos de estas islas, con rumbo á Palma de 
Mallorca, mas sorprendida por una tempestad, tuvo que desviarse de su 
ruta , y entrando en la gran corriente del « Gulf-Stream , » atravesó 
el Atlántico con pasmosa rapidez. El asombro de estos marineros, que 
debiendo dirigirse á las Baleares fueron á parar á la isla de la Trinidad, 
impulsados por las corrientes oceánicas, confirma la opinión de D'Oufroy 
de Taron, que tiende á probar por ese medio que la América ha sido 
conocida por otros pueblos antes de la época de Colón. 

Un hecho análogo ocurrió al navegante Arí Marsson, quien nave- 
gando hacia el sur por el año 1682, fué arrastrado por las corrientes del 
Atlántico á la parte de la América llamada de los «hombres blancos,» 
en donde recibió el bautismo, y no habiendo obtenido el permiso para 
regresar á su país, fué luego reconocido por los isleños de Orkney y por 
varios islandeses. 

Por lo demás, si los fenicios tenían conocimiento de la América, 
también lo tuvieron los normandos de las costas septentrionales de este 
país, y sabidas son las expediciones que más tarde nos dieron á conocer 
las regiones tropicales del mismo continente. Más inciertas son las 
huellas que creen algunos haber encontrado de un descubrimiento de la 
América hecho por los islandeses en el año 989; pero lo que constituye 
hoy una verdad histórica indiscutible, es el descubrimiento de la América 
hecho por Leií, en el año 1000, desde la extremidad del norte hasta 
los 41° de latitud septentrionrl, á cuya empresa contribuyeron, aunque 
de una manera casual, los marinos noruegos. 

Ahora bien; los testimonios imparciales y los datos que sobre este 
asunto existen, puestos fuera de duda por la crítica moderna, confirman 
la creencia de los señores D'Oufroy y Romanet; pero como quiera que esto 
mismo sirve de base á ciertos autores contemporáneos, más amantes de 
la novedad que de la verdad científica para menoscabar el mérito que 
corresponde á la gigantesca empresa llevada á cabo por el genio de 
COLÓN, vamos á probar la injusticia con que proceden los que tal creen, 
en perjuicio de uno de los acontecimientos más grandes de los tiempos 
modernos. 

El que la América haya sido conocida por los fenicios y por otros 
pueblos antiguos, no rebaja en lo más mínimo el mérito del descubri- 
miento de Colón. Pitágoras y Aristarco de Samos conocían de los 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXIII 



egipcios el verdadero sistema del mundo, y esto en nada rebajó la gloria 
de Copérnico, al renovar el sisma pitagórico, que supone fijo al sol en 
el centro de nuestro sistema planetario. 

Así, pues, si el primer descubrimiento de la América hecho en los 
tiempos antiguos, no tuvo la influencia duradera que ejerció posterior - 
mente en los progresos de la geografía y del comercio, al ser renovado 
por Colón en el siglo XV, se explica fácilmente por la poca cultura de 
los pueblos que descubrieron primero aquel continente, y por la natura- 
leza de los lugares á que limitaron sus exploraciones. 

Además, COLÓN desconocía por completo el descubrimiento de esas 
regiones de nuestro planeta, designadas posteriormente con el nombre de 
América. Del mismo modo desconocía la «Atlántida» de Platón y la 
descripción de Catay y de Cipango, hecha por Marco Polo, en las cuales 
suponen algunos autores se inspiró Colón para realizar sus futuras 
empresas marítimas. Todo lo que sabía Colón de la antigüedad griega 
y latina, todos los pasajes de Aristóteles, de estrabón y de Séneca 
sobre la proximidad del Asia oriental y de las columnas de Hércules, 
que según refiere su hijo don Fernando, fueron las que sobre todo 
despertaron en su padre el deseo de ir en busca de las Indias, los había 
tomado de los escritos del cardenal Ailly que llevaba consigo en sus 
viajes, dicho por COLÓN mismo en una carta dirigida en 1498 á los 
Reyes Católicos. 

De todos modos, no es imposible que por los años de 1477 á 1492, 
cuando COLÓN persistía en su inquebrantable propósito de buscar el 
Oriente por el Occidente, hubiera visto un manuscrito de Marco Polo; 
mas en este caso, ¿ por qué no menciona el Cipango del viajero italiano 
con preferencia al del papa Pío II, y no que se representa la costa de 
Veragua, como formando parte de la Ciguara del Asia, y expresa su 
grata esperanza de descubrir las maravillas y las riquezas que encierra el 
país de las especias? 

En realidad todo lo más que podría saber COLÓN sobre este punto, 
no sería por cierto de la obra de Marco Polo, desconocida casi en aquella 
época, sino de las noticias curiosas referentes á dicha obra, consignadas 
en la célebre carta del médico y astrónomo florentino Toscanelli, 
en 1474, sobre la posibilidad de llegar al Asia oriental partiendo de 
España, cuyo autor era de mucha autoridad para el gran marino genovés. 

Aunque Colón no hubiera tenido la intención de descubrir una 
nueva parte del mundo, y aunque es cierto que este gran hombre, lo 
mismo que Américo Vespucio, murieron en la creencia de haber tocado 
solamente á una parte del Asia oriental, no por eso deja de ofrecer la 
expedición todos los caracteres de un plan científicamente concebido y 
realizado. 

Es indudable que llevaba á bordo la carta de marear que le había 
enviado en 1474 su amigo Toscanelli, y que medio siglo después de su 



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Cristóbal Colón, t. i.— xv* 



CXIV 



CRISTÓBAL COLON 



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muerte conservaba el célebre Bartolomé de Las Casas. Por la historia 
manucrista de Las Casas se sabe que ésta era la misma que el Almirante 
enseñaba á Martín Alonso Pinzón en 1492, en la cual se hallaban figura- 
das diferentes islas, y que en tanta estima tenía el gran navegante. 

No hay que atribuir, pues, el descubrimiento de la América, ni al 
conocimiento que se supone tenía COLÓN de las expediciones hechas á 
este continente por algunos pueblos antiguos, ni á la lectura de determi- 
nados autores. 

El descubrimiento de la América hecho por Colón no reconoce 
ninguna de esas causas. Este gran acontecimiento no ha sido otra cosa 
que una de las más terminantes manifestaciones del progreso moderno, y 
bajo este punto de vista COLÓN no fué otra cosa que el medio, el instru- 
mento escogido por la Providencia para realizar aquella empresa gran- 
diosa, digna de la época fabulosa de los Argonautas. 

No hay que darle vueltas. Si en los tiempos antiguos el conoci- 
miento de la América no quedó definitivamente establecido, y sí en el 
siglo XV, ha sido porque en esta época el entendimiento humano estaba 
más cultivado y era más apto para los estudios científicos, y sobre todo 
por la tendencia constante que constituye y distingue el carácter propio 
de la época de COLÓN de extender el conocimiento del globo. Con razón 
ha dicho Roberston que era el destino de la humanidad el que antes de 
finalizar el siglo XV fuese conocido el nuevo continente por los europeos. 



(b).— Pág. Lir 
SOBRE UN LTBRO PERDIDO QUE ESCRIBIÓ EL ALMIRANTE 



Por desgracia, el importantísimo libro á que nos referimos en 
el texto, documento inapreciable para conocer los verdaderos detalles 
de la historia del descubrimiento; fué á parar á manos de don Luis 
Colón y Toledo, nieto del descubridor, y tercer Almirante, que entre 
muchos papeles de familia poseyó también el manuscrito de los Apuntes 
de don Fernando Colón. Algo de lo referente á su vida licenciosa 
dejamos referido en la primera parte de la Introducción, págs. LXXVI 
á LXXVIII. Por el delito de poligamia y á instancias de una de sus 
burladas esposas, doña María Mosquera, fué desterrado á Oran, donde 
murió en 9 de Febrero de 1572; pero en uno de sus viajes á Italia 
dejó en poder del patricio de Genova, Baliano de Forrari, el original 
de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo, para que la 
diese á la estampa. Antes de que contra él se comenzase el proceso por 
sus repetidos casamientos, en vida de todas sus mujeres, en el año 1544, 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



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parece que pidió la licencia necesaria para la impresión del libro escrito 
por el Almirante, á que en el texto hacemos referencia. La obra no llegó 
á imprimirse, pero en el Archivo de Indias se conserva original la Real 
orden en que se concedió privilegio á don Luis Colón para que por 
tiempo de diez años pudiera imprimir aquel libro, sin que ninguna otra 
persona de las Indias ni de estos reinos pudiera hacerlo sin su permiso. 
En la cédula se describen algunas condiciones del mismo, que aumentan 
su importancia, y por eso las trasladamos en este lugar: 



& M 



«Por cuanto por parte de vos, don Luis Colon, Almirante de las 
Indias , me ha sido hecha relación que • Don Xpóval Colon , vuestro 
agüelo, el año pasado de quatrocientos y noventa y dos, por mandado 
de los católicos Reyes Don Fernando y Doña Isabel, nuestros rebi 
sagüelos fué á hacer el primero descubrimiento de las Indias, como 
primero inventor y descubridor que fué dellas, y porque quedase memo- 
ria , con curiosidad y no poco trabajo se puso á escribir lo que cada dia le 
subcedia, ansi en la ida como en la venida de la dicha jornada, y como 
escriptura verdadera, y que fué el principio de tan notable subceso, 
como fué el descubrimiento de todas las indias del mar Océano, hizo un 
libro de iodo donde se contaban cosas muy notables é dinas de ser 
sabidas, y porque no se olvidase tan loable principio de tan notable 
subceso como fué el descubrimiento de todas las indias del mar Océano, 
era justo que se imprimiesse para que oviese memoria del dicho libro, y 
me fué suplicado vos diese licencia para ello, proveyendo que, por tiempo 
de diez años otro ninguno no lo pudiese imprimir sino vos, ó quien 
vro. poder oviesse, ó como la vuestra merced fuesse: e yo acatando lo 
suso dicho e á que ha sido visto el dicho libro por algunos de los del 
Consejo de las Indias de S. M. helo habido por bien: por ende por la 
presente doy licencia é facultad á vos, el dicho don Luis Colon, ó á 
quien vro. poder oviere para que por término de los dichos diez años 
primeros siguientes que corran y se cuenten desde el dia de la fecha 
deste mi cédula en adelante, podáis imprimir el dicho libro, ansi en estos 
reinos como en las dichas Indias, islas e tierra firme del mar Océano, y 
todos los volúmenes que asi imprimiéredes, los podáis vender é vendáis 
ansi en estos reinos como en las dichas Indias, con que después de 
impreso antes que se venda se traiga al dicho Consejo para que en él se 
tase el precio a que se ha de vender: y defienda que durante el dicho 
tiempo de los dichos diez años, ninguna ni algunas personas de las 
dichas Indias ni de estos reinos sean osados de imprimir el dicho libro ni 
venderlo en las dichas Indias ni estos reinos ni en ninguna parte dellos, 
si no vos el dicho Almirante don Luis Colon , é las personas que para 
ello el dicho vuestro poder ovieren; so pena que cualquier otra persona 
ó personas que imprimieren ó vendieren el dicho libro, pierdan todo lo 
que ovieren imprimido ó tuviesen en su poder, y demás incurra en pena 




CXVI 



CRISTÓBAL COLON 




I II % * 



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de cincuenta mil maravedís, Ja cual dicha pena sea la mitad para vos el 
dicho Almirante é la otra mitad para la Cámara y fisco de S. M. y mando 
á los del dicho Consejo de las Indias, é á los Visorreyes, presidentes é 
oydores y gobernadores y otros cuales quier justicia dellas, ansi á los que 
agora son como á los que serán de aqui adelante, que guarden y cum- 
plan y hagan guardar y cumplir lo contenido en esta mi cédula y contra 
el tenor y forma della ni de lo en ella contenido, no vayan ni pasen, ni 
consientan ir ni pasar durante el tiempo de los dichos diez años, so pena 
de la nuestra merced é de cincuenta mil maravedís para la nuestra 
Cámara y fisco á cada uno que lo contrario fisiere. Fecha en la villa de 
Valladolid á 9 dias del mes de Marzo de 1554 años. 

»Yo el Príncipe.» 

Refrendada de Samano. — Señalada del Marqués. — Gregorio López. — Sandoval. — 
R iva deneyra . — Bri viesca. 

(Archivo general de Indias). — 1 39, I, 1 1. 



(c). — Pág xcvi 
EL TRIUNFO DE CRISTÓBAL COLÓN, DIBUJADO POR ÉL MISMO 

En los últimos días del mes de Octubre de 1834, me encontraba en 
el Palacio Ducal de Genova, ocupado en dibujar algunos buques y gale- 
ras del siglo xvi, conforme á los cuadros curiosísimos que adornan una 
de las salas de la municipalidad, cuando mi buena suerte me deparó al 
señor Bacigalupo, empleado en la administración decurional de la ciudad. 
Nunca había visto á nadie tomarse interés por aquellas antiguas pinturas 
nacionales, ni sospechaba que pudiera venirse desde Francia para verlas, 
estudiarlas y copiar las extrañas formas de embarcaciones; creo, pues, 
que se impresionó favorablemente al ver la religiosa escrupulosidad de 
mi trabajo de copiante, y hasta me agradecía que no hubiese pasado ante 
aquellos antiguos monumentos del arte naval genovés sin dignarme 
echarles una mirada, como hacen todos los extranjeros. Sea por lo que 
se quiera, aquel amable joven me acogió con mucha cortesía, y cuando 
terminé mis dibujos, me propuso que visitara el salón donde delibera el 
consejo de Senadores. 

La sala no ofrece por sí particularidad alguna ; su decoración senci- 
llísima nada tiene de notable. Una gran mesa cubierta de holgado 
tapete verde; varios sillones, una triple urna para las votaciones, 
un busto del rey bastante mediano, y un pequeño monumento consa- 
grado á Cristóbal Colón componen el mueblaje y adorno de la 
pieza. 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXVII 



Lo principal que el señor Bacigalupo deseaba darme á conocer, era 
la columna y el busto de Cristóbal Colón que sustenta. 

La columna es corta, adornada de follajes y tiene esculpida una 
inscripción latina, escrita con elegancia, que anuncia al lector que en un 
cofre que sirve de base á la imagen de Cristóbal Colón, se guardan 
papeles y cartas importantes para la historia del scopritor de W America. 

La puerta del cofre es de bronce. 

El busto, de mármol, como la columna. 

La efigie del grande hombre tiene más pesadez que fuerza real; los 
rasgos de la fisonomía son gruesos y materiales; y me pareció que 
aquella cabeza, esculpida por el señor Peschiera, no era buena traducción 
de las palabras de Fernando Colón, uno de los hijos del Almirante, que 
sirvieron de guía al trabajo del escultor genovés: 

«Fu uomo di ben formata e piu che mediocre statura; di volto lungo 
e di guancie un poco alte; senza che de dinas se a grasso b macilente; 
aveva il nasso aquilino, e gli occhi bianchi; blanco e acceso di vivo colore. 
Nella sua gioventu ebbe i capelli biondi, benche giunto che fu a trenía 
anni tutti li divenero bianchi.-» — «Fué hombre de estatura bien proporcio- 
nada y algo más que mediana; de rostro largo y pómulos levantados; sin 
pecar de grueso ni de flaco; tenía la nariz aguileña y los ojos claros; 
blanco y con el color encendido. En la juventud tenía el cabello rubio 
aunque al llegar á los treinta años ya los tuvo todos blancos.» 

Me parece que con tales indicaciones completadas con las de 
G. Benzoni «la bocea un poco grande» se podría hacer un retrato con 
mucho carácter, valiente, enérgico, y que tuviera alguno de esos rasgos 
del genio, que el arte sabe inventar cuando tiene que crear una figura 
poética con ausencia del natural. Bajo más de un concepto es digna de 
estimación la obra del señor Peschiera, mas no como retrato ideal de 
Cristóbal Colón. 

El señor Bacigalupo no tenía la llave del cofrecillo; mientras fueron 
á buscarla entré con él en un saloncito donde vi con admiración las más 
hermosas pinturas de Alberto Durero y de Lucas de Holanda que hasta 
entonces había visto. Son ejemplares verdaderamente raros. Por muy 
alejados que hoy estemos del estilo y manera de los primeros maestros 
alemanes, no puede negarse á esos cuadros de que hablo, un increíble 
encanto de sencillez, de gracia y de colorido. 

Venida la llave, pusiéronme en la mano el tesoro encerrado en el 
cofrecillo. Es un volumen cuya descripción bibliográfica pido se me 
permita hacer, porque es único y casi desconocido, á pesar de la exce- 
lente publicación de J. B. Spotorno. El volumen de Spotorno fué repro- 
ducido en corto número de ejemplares, vendidos á veinte francos, por lo 
que sólo se encuentra en manos de un escaso número de aficionados. 
Además el Códice Diplomático no es facsímile de las Cartas, Privilegios, 
Cedidas y otras escrituras de don Cristóbal Colón. El Códice está escrito 






CXVI1I 



CRISTÓBAL COLON 



en español sobre pergamino, y su tamaño es de folio pequeño. La 
cubierta es de cordobán rojo, con dos corchetes de plata en cada lado. 
Está encerrado en un estuche ó saco de piel, que tuvo un tiempo cerra- 
dura de plata, según lo dice una de la cartas autógrafas de Cristóbal 
Colón agregadas al manuscrito. La cerradura ha desaparecido, pero aún 
se ven las huellas que ha dejado en el cuero. 

Al principio del Códice se encuentra una carta original de Felipe II, 
Rey de España, al Dux de Genova Octavio Oderigo, felicitándole por su 
elección. La carta es fecha 6 de Noviembre 1566, firmada Yo el Rey, y 
autorizada G.° Pérez. He sacado calco de estas dos firmas cuyos carac- 
teres son interesantes. 

Después de la carta de Felipe II hay una de pergamino en cuyo 
verso se lee una nota de Lorenzo Oderigo, en la que refiere el donativo 
que este descendiente de Nicolás Oderigo hizo á la República en el 
año 1669 de aquel volumen que contenía las cédulas enviadas por CRIS- 
TÓBAL Colón en 1 502 á su confidente Nicolás. Esta nota sólo contiene 
una parte de la historia del manuscrito ; en otra ocasión referiré la otra 
parte. 

Viene en seguida el frontis en letras negras y rojas, con arabescos á 
la pluma; las letras son de carácter gótico, medianamente hechas, como 
todo el resto del volumen, que no es de los buenos monumentos de la 
bibliografía española del siglo XVI. Detrás de la portada se encuentra 
el sello de Colón, el que usó cuando después del descubrimiento 
obtuvo las dignidades de Almirante, Virrey y Gobernador de las 
Indias. 

La tabla de los documentos contenidos en el Códice, precede inme- 
diatamente á aquellos, que ocupan 42 hojas numeradas en un solo lado. 
Las letras iniciales están adornadas con miniaturas y arabescos. 

A decir verdad, el Códice termina á la vuelta del folio 42 ; pero se 
ha añadido después la bula de Alejandro VI, referente á la línea de 
demarcación, aquella línea tirada en provecho de los Reyes de España 
desde el polo norte al sud para atribuir á S. M. Católica todas las tierras, 
islas, ciudades, etc., descubiertas ó que se descubriesen, hacia la parte de 
Occidente en todo el mar, á distancia de cien leguas del meridiano de las 
islas Azores y de Cabo Verde. Esta bula curiosísima y expedida con 
singulares condiciones, está fechada en 4 de Mayo de 1493. 

Siguen á la bula del Papa algunos otros documentos, y después 
viene un alegato de Cristóbal Colón defendiendo sus derechos funda- 
dos en los privilegios que se le habían concedido; escrito ardiente, noble, 
en el que responde á veces con sutilezas de abogado á las argucias de los 
abogados de la Hacienda. 

Otro escrito hay después de éste, que es un comentario de las capi- 
tulaciones entre el rey Don Fernando y Colón antes de la expedición á 
América. Esta pieza, como la anterior, demuestra que el grande hombre 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxix 



entendía muy bien sus negocios y era, cuando la ocasión lo requería, tan 
hábil razonador como atrevido navegante. 

Una carta de COLÓN al ama del príncipe don Juan, heredero de la 
corona de Aragón, que murió á los diez y nueve años de su edad, en el 
de 1497, se encuentra después. Esta larga epístola da detalles sobre las 
empresas y desgracias de Colón que han permanecido ignoradas para 
los historiadores y biógrafos del Almirante del Occéano. Es el último, es 
decir, el documento número 44 de este manuscrito, cuyas páginas son 
todas del más alto interés. 

Tres cartas autógrafas de CRISTÓBAL COLÓN se han unido al Códice; 
la primera va dirigida al embajador Messer Niccolo Oderigo, escrita 
desde Sevilla, el 21 de Marzo de 1502; la segunda, fecha también de 
Sevilla, pero en 27 de Diciembre de 1504, está dirigida al mismo Ode- 
rigo; las tres se refieren á la remisión que hizo del traslado de sus 
cédulas y provisiones reales á aquel Niccolo, su amigo. La signatura 
jeroglífica adoptada por Colón está puesta al pie de cada una de esas 
piezas, escritas en español. Esa signatura era en esta forma: 

•S- 

S -A- S 

X M I 

Xpo. FERENS. 



Una carta de los señores del oficio de San Jorge; un dibujo en color 
de las armas de COLÓN, y el croquis cuyo calco fidelísimo remito adjunto, 
completan el volumen que el señor Bacigalupo tuvo la bondad de poner 
tan generosamente á mi disposición. 

La carta de gracias á COLON por la remesa hecha al oficio de San 
Jorge de una epístola, es la que patentiza altamente su afecto á la ciudad 
de Genova. Sus términos son extremadamente lisonjeros, conteniendo 
este escrito detalles de costumbres que sería en vano buscar en otra 
parte. 

Las armas de COLÓN están en un escudo dividido en cuatro cuarteles. 
En los superiores hay un castillo negro y un león de plata, emblemas de 
los reinos de Castilla y de León. Debajo tierras, islas y mar en el cuartel 
de la izquierda; en el de la derecha, cinco áncoras negras sobre fondo 
azul representando el Occéano. En la punta del escudo, en la parte 
inferior, se encuentra inscrito un pequeño ecusón, en forma de corazón, 
cuya punta está hacia arriba. Esta punta tiene un triángulo rojo; el fondo 
restante es de sable ó negro, con una franja diagonal de izquierda á 
derecha de color azul. Entre las muchas cosas que ignoro, una de las 
que sé menos es el blasón; por eso no he podido dar para los aficionados 
sino una figura incompleta de las armas de Colón; les ruego que me 
excusen, y espero me perdonarán que no me haya valido de las frases 



■ : 



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CRISTÓBAL COLON 




consagradas, que sin duda son muy enérgicas y muy bellas, pero que 
tienen la desgracia de no ser inteligibles para todo el mundo. 

En cuanto al croquis, nuestros lectores pueden juzgarlo. 

¿Pero puede ser auténtico un dibujo de Cristóbal Colón ? ¿No se 
sabía que el capitán general del mar dibujaba, aún más, que dibujaba 
bastante bien, y que tenía en los dedos eso que los artistas llaman chic? 
;puede concluirse por esto que el croquis de su triunfo no sea de su 




mano. 



No: y véanse, en mi sentir, las pruebas de la autenticidad de este 
maravilloso autógrafo. 

Desde luego, los caracteres escritos trazados en el dibujo al lado de 
las figuras, son evidentemente de COLÓN. 

Después, además de estos caracteres, en un recuadro que no hemos 
podido reproducir porque hubiera sido harto difícil , caro, y demasiada- 
mente dilatada labor, dada la impaciencia que sentíamos por dar á 
conocer al público este tan precioso cuanto ignorado monumento, se 
leen muchas anotaciones, todas de puño de CRISTÓBAL COLÓN. 

En fin, en el ángulo izquierdo está la firma que he reproducido más 
adelante, seguida de una nota que hace constar que con aquellos signos 
daba Colón á todos sus escritos la autenticidad de su nombre. 

Estas pruebas deben ser suficientes; pero todavía puede sacarse 
otra del lugar que el bosquejo ocupa en el libro. 

¿Por qué había de encontrarse allí si fuera de origen dudoso? Proba- 
blemente este dibujo fué remitido á Genova por Cristóbal Colón con 
la esperanza de que su patria lo hiciera trasladar al lienzo, ó pintarlo á 
fresco en alguno de los muros del Palacio Ducal; y tal vez algún día 
M. Lobero, que ha encontrado ya en el archivo del oficio de San Jorge 
la tercera carta autógrafa escrita á Oderigo y unida actualmente al 
Códice, encontrará también la que acompañó á la remisión del croquis. 

¿Cuándo fué hecho este bosquejo? No tiene fecha; pero puede 
creerse que fué en la época en que COLÓN, después de todos sus 
sus trabajos, encontró reposo en Sevilla. 

Lo que el grande hombre quiso consagrar fué su gloria: sin duda 
un día en que estaba satisfecho de sí mismo, trazó su triunfo con la 
misma pluma con que al pie de una carta á Nicolo acababa de escribir 
los fastuosos títulos con que Fernando é Isabel le habían condecorado; 
vanidad harto disculpable en el valeroso marino que había dado á 
España un nuevo mundo; alegría bien inocente que apenas podría ser 
bastante á compensar tantas desdichas sufridas, tantas tristuras, tantas 
humillaciones, tantos menosprecios y tantas cabalas injustas! 

El dibujo de Cristóbal Colón no es grande. Está encerrado en 
un cuadro de diez pulgadas de largo aproximadamente sobre ocho de 
alto. En medio de la composición está el héroe, sentado sobre un carro 
cuyas ruedas de paletas se revuelven en un mar agitado, entre cuyas 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXXI 



aguas se divisan monstruos que representan, sin duda, la Envidia y la 
Ignorancia, que le persiguieron: monstri snperati, como dice la anota- 
ción. Al lado de COLÓN la Providencia: delante del carro, llevándolo 
como pudieran caballos marinos, la Constancia y la Tolerancia: detrás 
del carro, empujándolo, la Religión cristiana: en el aire, encima de Colón, 
la Victoria, la Esperanza y la Fama. 

Así, pues, tenemos ocho figuras colocadas, combinadas, dispuestas 
en el sentido que Colón quiere dar á su pensamiento; y temiendo que 
se dude de sus intenciones, escribe al lado de cada figura su nombre; 
carga las márgenes del cuadro de indicaciones para el pintor, traductor 
futuro de aquel pensamiento, y en un ángulo coloca su firma! 

Tantas precauciones prueban, á mi entender, cuánto estimaba 
COLÓN su idea. No abrigaba duda de que algún día sería encontrado 
aquel croquis, y esperaba que entonces se levantaría el monumento, cuya 
composición daba, si en sus días no lo ejecutaba Genova. 

Al hacer con el mayor cuidado el calco de este dibujo, confieso que 
he concebido esperanzas de que la Francia no vacilaría en dar cumpli- 
miento á la voluntad del ilustre marino. Lo he sacado con el objeto de 
que el triunfo de Colón sirva de ornato á una de las salas de nuestro 
Museo naval; y yo no dudo que el Rey de los franceses, cuando tenga 
conocimiento de esta clásula testamentaria que no se ha cumplido, 
mandará que el Louvre ofrezca el techo de uno de sus salones para 
colocar el cuadro de la gloria del Almirante mayor del mar Occéano. 

Al celo religioso de uno de los grandes pueblos navegantes legó 
COLÓN el cuidado de consagrar por medio de la pintura el recuerdo de 
sus descubrimientos: Genova se ha juzgado á sí misma absteniéndose: 
Genova nada puede pretender ya en el imperio de los mares. La España 
marítima daría compasión á COLÓN: no hay, por tanto, más que Francia, 
Inglaterra ó América que puedan ser ejecutoras de aquel pintoresco 
codicilo. ¿Y por qué América? ¿Por qué Inglaterra con preferencia á 
Francia? Yo lo pido para Francia. 

Veamos las anotaciones explicatorias con que Colón acompaña su 
croquis. Están en italiano, y no en español, no obstante la costumbre 
que había tomado de escribir, casi siempre, en la lengua de su segunda 
patria. 

Desde luego los nombres de los personajes: Colombo, Tolcranza. 
Constanza, Religione , Vittoria, Speranza. Fama. La Fama tiene dos 
trompas; no porque lleve la que Voltaire presta á la Diosa por una 
suposición indigna: las dos trompetas tienen sus banderolas, en una de 
las cuales está escrito Genova, y en la otra Fama Columbi. ¿La palabra 
Genova que allí leemos, no bastaría para decidir la cuestión del lugar del 
nacimiento de CRISTÓBAL, si todavía estuviera en duda? 

Pasemos á las indicaciones y atributos: traduzco fielmente y comen- 
taré lo mejor que pueda. 




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Cristóbal Colón, t. i. — xvi* 



C»l V. Colora, C4bor>ol. Tgv &<kvu.ou <¿t i* KÍcaol , \ <\ ;/y . 



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CRISTÓBAL COLON 



«TOLERANCIA: anciana, cubierta con una gorra; estará en actitud de 
quien lleva sobre los hombros el peso de una gran piedra ú otro seme- 
jante.» — Se ve que la Toleranza, según lo entiende Colón, no es la 
indulgente virtud que recomienda la doctrina cristiana; sino más bien 
algo parecido á fuerza: alusión, á mi enteader, á los trabajos que debió 
soportar (tolerare) para llegar á su noble fin. 

«CONSTANCIA: con una asta en la mano izquierda, y en acción de 
apoyarse en ella; la mano derecha levantada, tocándose la frente con el 
dedo índice, descansará sobre m?a base cuadrada.» — Esta base sobre la 
que Colón coloca la Constancia, es su inquebrantable firmeza en perse- 
guir los planes largo tiempo elaborados en su mente. La lanza en des- 
canso es su constancia en permanecer armado y dispuesto á defender sus 
proyectos, sin cesar combatidos y siempre firmes. 

«Religión cristiana: vestida con túnica de lienzo sobre la cual 
tendrá una gran capa; la cabeza velada; sobre la cabeza el Espíritu Santo 
en figura de paloma; en una mano el cáliz con hostia y un libro; en la 
otra, si se puede hacer, una cruz.» — El artista tendrá que escoger entre 
tantos atributos como Colón señala al personaje. 

«Providencia: dos caras, como Jano, con dos llaves y la mano en 
el timón; á los pies un globo.» — No comprendo las dos llaves á menos 
que no sean las del antiguo y las del Nuevo Mundo. En cuanto á la 
doble faz es una idea análoga á la de los poetas que habían dado cien 
ojos al vigilante Argos; la Providencia mira igualmente adelante y atrás. 
Cristóbal tiene la escota de la vela, ayudando así, con su experiencia y 
su saber, á las miras de la Providencia. 

«Colón: en traje civil, cubierto el cuerpo con una capa; tiene en 
una mano el bastón de Almirante, y en la otra la cuerda de la vela; á 
sus pies un globo donde estará escrito «Indias,» fijos los ojos en la 
dirección que lleva el carro.» — ¿Por qué razón vestido civil? No la adi- 
vino. ¿Será porque el traje civil es más humilde que el vestido guerrero? 
Debe observarse que Colón no ha dicho «vestido á ¡a española;» es 
porque amaba á Genova, y aun estando al servicio de Fernando, no olvi- 
daba que era genovés. Además, el monumento que imaginaba, tanto era 
para su propia gloria como para la de su patria; sobre él estaba escrita la 
palabra Genova encima de esta otra: Colombo. 

«Victoria: joven vestida de blanco con una clámide amarilla; en la 
mano derecha tendrá una corona de laurel, en la izquierda una palma, y 
llevará alas.» 

«La Fama: joven vestida con telas ligeras y diáfanas, tocando una 
ó dos trompetas, y con corona de olivo. Tiene dos alas muy grandes, 
llenas de ojos y de orejas, de bocas y de lenguas.» — Este último detalle 
molestará ciertamente al pintor, pues tiene más de poético que de pinto- 
resco; y en él encontraría yo una prueba más de la autenticidad de este 
autógrafo, si después de haberlo contemplado detenidamente, hubiera 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxni 



podido quedarme alguna duda. Colón debió concebir esta idea dan- 
tesca; el artista, que al crear piensa en el efecto que quiere producir, la 
hubiera rechazado inmediatamente. Vemos á la Fama joven, y joven 
también á la Victoria; la intención me parece oportuna: reciente victoria 
y fama nueva. COLÓN no quería adularse. 

«Esperanza: muy joven, vestida de verde, coronada de flores; 
teniendo el áncora en una mano, y señalando con la otra al silencioso 
Colón.» — Ninguno de estos símbolos es nuevo; pero Cristóbal no 
tenía aquí nada que inventar. Esta figura accesoria está tomada del anti- 
guo formulario alegórico, para que todo el mundo la entendiese, guardán- 
dose él muy bien de mejorarla; no estaba para fijarse en delicadezas de 
conceptistas. 

Antes de concluir con el croquis de Cristóbal COLÓN, justo será 
dar la interpretación de los caracteres misteriosos de que se compone la 
firma del grande hombre. Esta interpretación es ingeniosísima cierta- 
mente, si no ha sido sacada de alguna carta contemporánea escrita por 
un familiar de Coló.v, ó por Colón mismo. La damos, según lo que 
acerca de ella nos comunicó el señor Bacigalupo. Es del señor Antonio 
Lobero, archivero del oficio de San Jorge. 

S. — Suplex. 
S. A. S. — Servus Altisitni Sabvatoris. 
X. M. Y. — Christi, María. Yosepkus. 
Xpo. FERENS.— Christophoro. 

Cristóbal, cambiado en Christofere?is, (llevando la cruz, tropo 
místico difícil de traducir), es una transformación muy propia en el carác- 
ter piadoso del que fué á buscar un mundo y pueblos desconocidos para 
llevarles la ley de Cristo. No sé si el pintor Stradano, del cual he visto 
en la Biblioteca Laurenciana de Llorencia un dibujo que representa á 
Colón sobre su carabela, conocía la firma de Christophoro; pero ha 
colocado al Almirante de pie en el puente, delante del castillo de proa, 
con los ojos levantados hacia el cielo y apoyado en una bandera que 
ostenta el crucifijo, CJiristumferens. 

A. Jal, 

Jefe de la sección histórica de la marina 
France Maritime, tomo Jl, Paris, imprimerie de Decourchant, 1838, i f. u , pág. 263. 



... 



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CXXIV 



CRISTÓBAL COLON 



(d). — Pág xcix 



SOBRE LA LETRA Y FIRMA DE CRISTÓBAL COLÓN 



I 



El conocimiento de los escritos autógrafos de Cristóbal Colón, 
reclama como antecedente, y para evitar equivocaciones, un detenido 
estudio y confrontación de su letra en los diferentes caracteres usados 
por él mismo; trabajo más propio del calígrafo y del arqueólogo que del 
historiador, que reviste suma importancia y que ciertamente hemos de 
ver emprendido muy pronto, pues son muchos los doctos á quienes 
preocupa la cuestión de los autógrafos del Almirante. 

Tanto éste como su hermano Bartolomé eran excelentes dibujantes 
y grandes pendolistas; pero en sus letras hay notorias diferencias, usán- 
dolas ambos de diferentes formas según que escribían de corrido, ó lo 
hacían cuidadosa y esmeradamente, ó bien se detenían á trazar como en 
dibujo letras con carácter muy uniforme á semejanza de impresos. Es 
decir: que para distinguir á conciencia lo que realmente corresponde á 
cada uno de ellos, es necesario conocer, en primer lugar, las varias clases 
de letras que uno y otro solían usar; y formarse después una idea clara, 
buscar una indicación segura que diferencie sus escrituras en toda esa 
diversidad de formas en que las encontramos. Entre las de ambos herma- 
nos existe, á no dudar, evidente analogía, gran semejanza á veces, que 
traspasa los límites de la similitud general observada en las diferentes 
letras de cada época. Es de absoluta necesidad tener un dato fijo para 
distinguir los escritos de CRISTÓBAL y de Bartolomé Colón, para no 
caer en errores. No es fácil cosa el distinguirlos. El mismo fray Barto- 
lomé de las Casas, que conoció y trató á los dos hermanos, y de ambos 
poseía cartas, libros y papeles, se confunde á veces, y nos deja en igual 
confusión cuando de aquellos escritos se ocupa. 

Sin tratar por ahora de aclarar la cuestión, que sería pretensión 
exagerada, citaremos un solo ejemplo. Se ocupa el P. Las Casas de las 
opiniones del cardenal Pedro de Alyaco, diciendo: «y este doctor creo 
cierto que á Ckistoval Colon mas entre los pasados movió á su nego- 
cio; » y en seguida añade: « el libro del cual fué tan familiar á Cristoval 
Colon, que TODO lo tenia por las márgenes DE SU MANO y en latín 
notado y rubricado...» Y aun para aumentar la importancia de la noticia, 
y dar mayor fuerza á sus narraciones, como procedentes de tan autori- 
zado origen, vuelve á insistir en estos términos: «Este libro muy viejo, 
tuve yo muchas veces en mis manos, de donde saqué algunas cosas, 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxv 



escritas en latín por el dicho Almirante don Cristoval Colon, que 
después fué, para averiguar algunos puntos pertenecientes á esta historia 
de que yo antes aun estaba dudoso l .» — El libro de Pedro de Alyaco 
que perteneció al Almirante, desde mucho antes de que lo fuera, se 
encuentra hoy por fortuna en la Biblioteca Colombina (véase su descrip- 
ción en las Aclaraciones, al libro 7, (C) pág. 216 y siguientes), y está lleno 
efectivamente en todas sus márgenes de notas en latín, que con el valioso 
testimonio del P. Las Casas, nadie dudará son de la mano del Almirante; 
y así lo han reconocido Washington Irving, Varnaghen, Harrise y todos 
cuantos han logrado examinarlo. Sin embargo, el mismo Las Casas, 
que asegura que Colón tenía el libro TODO anotado de su mano, mani- 
fiesta luego dudas al hablar de una nota importantísima, y cree pudo 
escribirla Bartolomé Colón, aunque lo hiciera por encargo de su her- 
mano. 

Nosotros damos fe al primer testimonio del P. Las Casas, y al de 
nuestros propios ojos. Muchas, muchísimas veces, hemos examinado 
las infinitas notas que enriquecen las márgenes de los Tratados de 
Alyaco, haciendo de él una verdadera joya que no encuentra semejante, 
y cada vez nos confirmamos más en la creencia de que todas aquellas 
anotaciones son de la mano de Cristóbal Colón. 

Cierto que no todos los caracteres en que están escritas son comple- 
tamente iguales; pero no puede olvidarse al examinarlos que no todos 
fueron, ni pudieron ser trazados en un solo acto ; que no lo fueron sino 
en el transcurso de muchos años, en ocasiones diíerentes, con plumas 
diversas, circunstancias todas que explican las variaciones que entre unas 
y otras notas se advierten, pero que ninguna es esencial, ni acusa distinto 
amanuense. Aun puede conjeturarse con fundamento, la razón de haber 
usado diferente letra, y hasta la ocasión en que fueron escritas algunas de 
aquellas notas. Las observaciones hijas del estudio, las que ocurrían á 
Colón durante las horas que consagraba al detenido examen, á la medi- 
tación del texto, están escritas, por lo general, con pluma finísima, son de 
letra casi microscópica, y algunas van precedidas de una manecilla dibu- 
jada con igual delicadeza para llamar la atención. Las concordancias ó 
referencias á otros libros impresos, ó á las opiniones de otros escritores, 
suelen ir de más ligera escritura, y algunas con pluma gruesa, que á 
primera vista las hace diferenciar; pero después de algún examen no 
queda duda de la identidad. De la letra de las anotaciones de los libros á 
la que usaba en las cartas es mucho mayor la diferencia; y sin embargo, 
se ve sin duda que están escritas de la misma mano. La letra de las 
cartas siempre es algo mayor y mucho más corrida, sin estar tan acabada 
y perfecta. 



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Historia de las Indias, tomo I, cap. Xt, pág. 87 



CXXVI 



CRISTÓBAL COLON 






Escritos indubitados de CRISTÓBAL COLÓN, porque van autorizados 
con su firma, las dos cartas dirigidas á Nicolás Oderigo, que originales se 
conservan en Genova, y cuyos facsímiles se publicaron en el Códice 
Diplomático Colombo- Americano ; las otras dos publicadas en las Cartas 
de Indias que se guardan en el ministerio de Fomento ; la que poseía el 
teniente general marqués de San Román, y hoy pertenece á la Real 
Academia de Historia, y las que existen en el Archivo del señor duque 
de Veragua y dio á la estampa don Martín Fernández Navarrete. En el 
cotejo de estas cartas habrá de notarse mucha mayor diferencia entre la 
letra de unas y otras que la que existe en los diferentes caracteres de las 
Notas del libro de Pedro de Alyaco. 

En la misma Biblioteca Colombina, y habiendo pertenecido también 
á don Fernando, está el original del libro llamado de Las Profecías. 
Formado por Cristóbal COLÓN; que lo envió al P. Gaspar Gorricio, 
monje de la Cartuja de las Cuevas, para que ampliase las citaciones de 
la Sagrada Escritura y de los Santos Padres sobre la recuperación de la 
Santa Casa de Jerusalén, tiene páginas enteras de escritura igual á la de 
las notas del Alyaco y del Eneas Silvio; y como todos convienen en que 
la letra es del Almirante, es nuevo dato para robustecer la convicción de 
que aquéllas lo son igualmente; aunque no es necesario, en nuestro 
sentir, acumular tantas pruebas, cuando es tan claro, tan decisivo, tan 
concluyente el primer testimonio de fray Bartolomé de las Casas. 

Muñoz y Navarrete, don Bartolomé José Gallardo y otros, _á más de 
los colombistas extranjeros antes mencionados, reconocen en el Libro 
de Profecías la escritura del Almirante, con mayores ó menores limi- 
taciones; y mucho ha de pesar su opinión en la de los paleógrafos 
llamados á examinar en términos más precisos este importante extremo, 
que de tal modo ha de influir en todo lo relativo á ciertos hechos de 
la vida de aquel grande hombre. 

Otro escrito indubitado, y por cierto de los más importantes, es la 
copia de la carta latina que Paulo Toscanelli dirigió á Colón, encontrada 
en las hojas blancas con que termina el libro titulado Historia rerum 
ubique gestarum, que escribió el cardenal Eneas Silvio Piccolomini, y se 
imprimió en Venecia en 1477. El ejemplar conservado en la Biblioteca 
Colombina perteneció á Cristóbal Colón, y tiene numerosas é impor- 
tantes anotaciones de su mano; pero lo que ofrece mayor interés es la 
copia que hemos citado y de cuya autenticidad no podría dudarse por 
muchas razones, pero sobre todas porque basta que una ligera compara- 
ción de su escritura con la de las cartas firmadas de que antes se ha hecho 
mención. 

Hoy el examen puede hacerse con mucha mayor comodidad; pueden 
oirse muchas opiniones sin la molestia de que los entendidos se trasladen 
á la Biblioteca Colombina para ver los libros originales. La fotografía 
pone al alcance de todos con pasmosa verdad y exactitud hasta los 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXXVII 



menores detalles, y nosotros nos proponemos contribuir en cuanto esté 
de nuestra parte á propagar el conocimiento de los autógrafos de 
Cristóbal dando el mayor número posible de ellos á los lectores de 
nuestra obra, fielmente reproducidos. 

Tal vez antes de la celebración del centenario se estampe por entero 
el libro de los Tratados del cardenal Alyaco, fotografiado, con todas las 
notas que contiene, y han sido objeto de estas apreciaciones; pues nos 
consta de un modo indudable que en la comisión de la Real Academia 
de la Historia ha encontrado favorable acogida este pensamiento, que 
colmaría los deseos de todos los hombres estudiosos, y entusiasmaría 
á los americanistas. 

Entonces podrán formarse juicios más exactos. A su vista pueden 
los peritos completar nuestras observaciones. En nuestro entender, en la 
escritura propia, genuina de Cristóbal Colón, se distinguen, á lo 
menos, tres caracteres diferentes; el corrido y más usual, en documentos 
escritos de prisa como las cartas cuyos facsímiles se han publicado en las 
de Indias y en Genova; otra mucho más menuda, igual y perfecta, como 
la del libro de Profecías, y la copia latina de la carta de Pablo ToscaneHi, 
con las que guardan analogía la mayor parte de las anotaciones puestas 
en el libro de Alyaco; y la microscópica, fina, hecha con todo esmero, 
que se encuentra en esas mismas notas. Llevando por guía lo más 
indudable, que son los documentos firmados, es como en este punto 
puede obtenerse una convicción profunda y un completo conocimiento de 
la escritura del Almirante, para distinguirla siempre, ora se la encuentre 
trazada con esmero, ora detenidamente dibujada, ora escrita de prisa, 
corrida y mal hecha, aunque conservando siempre sus principales rasgos 
característicos. Pero hemos de repetir, como salvedad necesaria, que 
nuestra opinión en este punto es de poco peso, así como tampoco esti- 
mamos decisivas las de los muy doctos colombistas á quienes hemos 
hecho referencia. Son muchos los documentos, y su examen y compa- 
ración reclama especiales conocimientos, instrucción y pericia, por las 
mismas razones que dejamos expuestas, y en primer lugar por las dife- 
rentes formas de letras que cada uno de los hermanos usaba; que no son 
dos caracteres trazados por diferentes personas los que han de someterse 
al cotejo, sino seis ú ocho de los cuales cada uno escribía con cuatro que 
empleaba según las circunstancias. Cierto que el cotejo pericial nunca 
producirá la evidencia, mas cuando menos será una prueba más directa, 
un dato más serio que las opiniones emitidas por historiadores muy 
célebres, pero nada expertos en paleografía, y que en su entusiasmo por 
Cristóbal .Colón, en su pasión de americanistas, tal vez se dejan 
llevar de un exagerado celo, ó buscan decididamente comprobación á 
ideas ya anteriormente concebidas. 

A todos los documentos que hemos enumerado como auténticos, 
puede agregarse hoy el dibujo del triunfo de COLÓN, hecho por él mismo, 



CXXVI1I 



CRISTÓBAL COLON 



que da motivo á este Apéndice, pues en él se encuentran muchas expli- 
caciones escritas de su mano, que podrán servir también de mayores 
pruebas para justificar su procedencia. 



II 



Entre las circunstancias notables del dibujo de mano de COLÓN, es 
una de las principales la firma encerrada en el recuadro que se encuentra 
en el ángulo inferior izquierdo. 

La firma del Almirante necesita gran estudio, y aun después de 
habérselo consagrado, nadie puede asegurar haberla comprendido. Se 
compone de siete letras, y debajo de ellas el nombre de Cristóbal, 
escrito parte en griego y parte en latín en esta forma: 



•S- 

• S -A- S • 

X M Y 

Xpo. FERENS. 



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El mismo CüLÓN en el testamento é institución de mayorazgo que 
hizo en Sevilla en jueves 22 de Febrero de 1498, dijo: — «Don Diego, mi 
hijo, ó cualquier otro que heredare este Mayorazgo, después de haber 
heredado y entrado en posesión dello, firme de mi firma, la cual agora 
acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana 
encima, y encima della una S y después una Y griega con una S encima 
con sus rayas y vírgulas , como yo agora fago; y se parecerá por mis 
firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por esta parecerá.» 

«Y no escribirá sino El Almirante puesto que otros títulos el rey le 
diese ó ganase: esto se entiende en la firma y no en su ditado, que podrá 
escribir todos sus títulos como le pluguiere; solamente en la firma escri- 
birá El Almirante. » 

Después de leer la explicación nos quedamos tan á oscuras como 
antes. Aclara COLÓN la manera de colocar las letras que componían lo 
que podremos llamar su antefirma, pero en cuanto al significado de ellas 
nos deja en la misma ignorancia. 

Fray Bartolomé de Las Casas, hablando de la sincera piedad del 
Almirante, la comprueba con la costumbre, que invariablemente seguía 
al tomar la pluma para firmar cualquier escrito, de poner antes esta 
especie de jaculatoria: Jesús enm Maria, sit nobis in via. Sin embargo, 
en ninguno de los escritos autógrafos que se conservan, ora cartas oficia- 
les y familiares, ora documentos públicos y relaciones de sus viajes, 
encontramos esas palabras que el obispo de Chiapa, y también don 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxix 



Fernando Colón presentan como costumbre seguida constantemente. 
¿Sería ésta la interpretación cierta de las letras de la antefirma? ¿Las 
entendería Colón como explicativas de aquellas palabras latinas? El 
encontrarlas siempre al pie de todos los escritos suyos, no inclina á creer 
que tal era la intención, y que el P. Las Casas y don Fernando la cono- 
cían y la dieron como cosa corriente, sin preocuparse de asignar á cada 
una su significado. 

Mas como quiera que sin esa clave aparece dudoso que las letras 
puedan ser expresión de aquella frase latina, varios colombistas se han 
ocupado en encontrar el sentido de ellas. Antes de entrar en la exposi- 
ción de sus trabajos, deberemos advertir que el mismo COLÓN daba gran 
importancia á las rayas y vírgulas que con las letras hacía, y esto es 
muy de tener en cuenta, porque no solamente sirve para conocer la 
autenticidad de los documentos, sino también la clase de ellos, pues 
se nota alguna variación intencional según que aquellos son de índole 
privada ó de carácter oficial. La • S - que va sola en lo más alto, está 
colocada entre dos puntos, uno á cada lado, en el centro de la letra, 
como la que dejamos señalada. Con la • S ■ A • S ■ del segundo 
renglón van también cuatro puntos, de tal manera que cada una de las 
letras viene á quedar entre dos de aquéllos. La X M Y que componen 
el tercer renglón, no llevan punto alguno, ni antes ni después, y viene en 
el cuarto el nombre, escrito, como dijimos, en forma greco-latina 
Xpo FERENS. Generalmente antes de la X acostumbraba COLÓN poner 
dos puntos ; en la misma forma en que los usamos hoy como signo 
ortográfico; y cerrándolo todo, después del FERENS, hacia otro punto 
ú otros dos y una raya oblicua, corta, muy recta, trazada de fuera á 
dentro, como esta /. Cuando se trataba de órdenes expedidas en virtud 
de sus cargos, ó de relaciones oficiales, sustituía el Xpo FERENS equi- 
valente á Cristóbal con el título de su dignidad, poniendo El Almi- 
rante, ó bien El Virrey; y así encargó á los sucesores en el mayorazgo 
que lo hicieran siempre, según ya hemos visto. 

Es de notar, por último, en algunos de sus escritos, especialmente 
en aquellos que lo están todos de su puño y letra, que á los dos puntos 
que van antes del ; Xpo FERENS / les precede una pequeña rúbrica que 
es como un sencillo lazo perpendicular y puesto á bastante distancia. 

De todas las cartas y documentos que hemos logrado ver, firmadas 
por CRISTÓBAL Colón, solamente en la dirigida á su hijo don Diego, 
fecha en Sevilla á 25 de Febrero de 1505, que es la última publicada por 
Navarrete, cuyo original se conserva en el archivo del Excelentísimo 
señor duque de Veragua, faltan las letras de la antefirma. 

Explicándolas Mr. Defauconpret y el signor Antonio Lovero, biblio- 
tecario del oficio de San Jorge en Genova, traducen así: 



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Cristóbal Colón, t. i. — xvn* 



cxxx 



CRISTÓBAL COLON 






W* 



• S * — Suplex. 

• S • A • S • — Servus Altisimi Salvatoris. 
X M Y —Christi, María, Yosephus. 

En la Revista del Norte de América, correspondiente al mes de 
Abril del año 1827, se indica, según dice Washington Irving, la sustitu- 
ción de Iesus, en lugar de Yosephus que no parece mal al docto historia- 
dor; aunque, con perdón sea dicho, á nosotros nos parece de todo punto 
inaceptable, pues es repetición enteramente innecesaria y redundante la 
de Iesus, después de haber puesto Xristus y desnaturaliza por completo 
la frase, aun hoy tan común en boca del pueblo «Jesús, María y José.» 
Para nuestro entender, esas letras mayúsculas con sus puntos, si no son 
la jaculatoria Jesús cum Maria sit nobis in via, que el P. Las Casas 
y don Fernando Colón dicen usaba constantemente el Almirante ', no 
tienen más explicación, ni otra inteligencia que la que les dio el padre 
Juan B. Spotorno: 

• S • Sálvame. 
S • A • S 

Christus Maria Yosephus. 
X M Y 

Jesús, María y José. — Salvadme. Así podrían leerse en la manera 
que lo dice Colón en su testamento en 1498, siendo la primera y última 
Jetra de cada nombre, y quedando • S •. que ocupa el lugar más alto para 
significar Salvadme, ó tal vez Salve, y por eso la menciona aquél tan 
sólo sobre la A final de María. 

El insigne cuanto desventurado poeta sevillano Rvo. José Blanco 
(White), en el interesante periódico que comenzó á publicarse en 
Londres, bajo el título de Variedades; ó mensajero de Londres, periódico 
trimestre, 2 , al dar cuenta de la publicación del códice diplomático hecha 
por decreto de los Decuriones de Genova y traducido en Inglaterra se 
manifiesta también conforme con la explicación que de la antefirma de 
Cristóbal Colón hace Juan B. Spotorno. 

«La última palabra de esta cifra, dice, es claro que significa Chris- 
tobal, aunque muestra el poco saber latino de su autor. La X y la p (p) 
son las dos primeras letras con que Christo se escribe en griego. El 



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1 Solamente encontramos esta jaculatoria al principio del Libro de Profecías. 

Londres: lo publica R. Ackermann, 101, Strand, 1824. Impreso por Carlos Wood, 
Poppin's court, Fleet street. 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxxi 



editor genovés explica, á mi parecer, con bastante pobabilidad, lo demás rj| 
de la cifra de esta manera. Según el testimonio de Fernando Colón, su 
padre acostumbraba á probar la pluma escribiendo: Jesús cum María sit 
nobis in via. Cuando fué elevado á la dignidad de Almirante, mudó su 
firma y probablemente la cifra. Pero es de creer, que no obstante, dejase 
en ella alguna invocación devota del mismo género. Su mal latín é igno- 
rancia de ortografía dan mucha probabilidad á la suposición que la S de 
arriba es Sálvete; la X y la S de encima Christus; la M y la A María; y 
la Y y la S Josephus.» 

Según asegura Mr. Henry Harrisse, después se han presentado las 
interpretaciones siguientes ] : 

Salvabo 
Sanctum Sepulchrum 
Xriste María Yesus 
Xriste Ferens 

Servus 
Sum Altissime Salvatoris 
Xriste María Yesus 
Xriste Ferens 



Salva me 
Salvator Adjuvet Succurrat 
Xstus María Yosephus 

Sum 
Sequax Amator Servus 
Xristi María Yosephi 

Sarracenos 
subigat avertat submoveat 
Xstus María Yosephus 

Creemos que basta con repasarlas todas para calificarlas de absolu- 
tamente arbitrarias y destituidas de fundamento. La única que resiste el 
análisis, según ya dejamos dicho, es la de Spotorno. 

Si después de todas estas observaciones hechas por los más perspi- 
caces investigadores, en vista de los escritos indudables del Almirante, 




1 A, Sanguineti. — Delle sigle úsate da C. Colombo nella sua firma, ou Spigolature 
arclisologtche dans le G'wrnale Ligustico, A, X. fascicule V — VI. 




CXXXII 



CRISTÓBAL COLON 






nos fijamos en la firma que ocupa el ángulo inferior izquierdo del dibujo 
que representa su triunfo, no quedará duda alguna de su autenticidad, 
aunque prescindiéramos del carácter de la escritura. Las letras mayúscu- 
las se conforman con sus vírgulas y puntos con las de los escritos más 
legítimos: el nombre :Xpo FERENS. // está con todas las señales; le 
anteceden los dos puntos; termina con otro y con la raya diagonal 
trazada por duplicado; y aun para demostración de que todo el dibujo es 
de su mano, antecede al nombre la rúbrica ó lazo que se ve claramente, 
como en la carta segunda de las dos que publicó el Ministerio de 
Fomento, y en la que poseía el general marqués de San Román y hoy 
estará en la biblioteca de la Real Academia de la Historia, y repro- 
ducimos en este lugar, tomada fotográficamente, cuando adornaba la 
rica biblioteca de nuestro querido amigo. En el dibujo, por encerrarla 
dentro del rectángulo en que está la firma, se hizo muy pequeño aquel 
lazo. 






(e).— Pág. cv 






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PROYECTO DE FIESTAS PARA EL CENTENARIO DE CRISTÓBAL COLÓN 

Y DEL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO 

Por don José Marín Baldo 



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Puesta de moda la celebración de los centenarios de los hombres 
célebres ó de los grandes acontecimientos, Filadelfia en 1876, abre una 
Exposición Universal de productos de las artes y de la industria, para 
conmemorar el año de la independencia de los Estados Unidos; Madrid, 
en i88í, hace las fiestas del segundo Centenario de Calderón de la 
Barca; Alemania después, honra de igual modo la memoria de Lutero, 
y por todas partes los pueblos y las naciones buscan fechas y nombres 
memorables, para presentarlos al mundo con orgullo, celebrando sus 
centenarios. 

Desde há muchos años, hemos pensado siempre que á todas estas 
fiestas pudieran y debieran exceder por su grandeza, las que se hicieran 
en España y en todo el mundo, para cantar las glorias de CRISTÓBAL 
COLÓN y de la famosa empresa realizada por este célebre marino en el 
año 1492, cuyo cuarto centenario preocupa ya la atención del gobierno 
y de algunos representantes diplomáticos en la capital de España. 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxxm 



De muchos es sabido el entusiasmo y devoción que profesamos á 
este grande hombre y á cuanto se relaciona con la historia gloriosa del 
descubrimiento de las Américas, habiendo consagrado tantos años al 
estudio de un monumento arquitectónico que, si no por su mérito artís- 
tico, por su originalidad ó su grandeza, ha llegado á ser bastante conocido 
dentro y fuera de España. Así, pues, no es extraño que en Octubre del 
año pasado la Sociedad Colombina Onubense, á la que me honro en 
pertenecer como socio honorario, me dirigiese el programa de las fiestas 
que habían de celebrarse en aquella fecha, siendo uno de los trabajos 
premiados en sus certámenes, el de una memoria ó proyecto de festejos 
para celebrar el cuarto centenario de COLÓN. 

No acudí en hora oportuna á presentar mi proyecto, aunque lo 
redacté en el mismo día en que recibí la invitación para hacerlo; y no 
lo mandé por el temor de parecer exagerado en mis ideas, como ya se 
me viene calificando por algunos desde años atrás, en vista de las dimen- 
siones extraordinarias que di al monumento arquitectónico que tengo 
proyectado para este grande hombre; y creyendo como creo que no 
puede satisfacerse el programa de estas fiestas, con cuatro carros, un 
castillo de pólvora, colgaduras en los balcones y repique de campanas 
ó salvas de artillería. Después se ha despertado por todas partes, ya en 
la prensa, en las sociedades artísticas y literarias, en los círculos de 
recreo, y por último, en el seno del gobierno, el tratar de este asunto, 
hasta el punto de que en consejo de ministros se haya acordado conceder 
un crédito en los presupuestos de todos los años sucesivos hasta el 
de 1892, para atender á los gastos de las fiestas del cuarto cente- 
nario de Colón ; y según parece se halla nombrada una junta de per- 
sonas notables para atender á lo que reclame esta necesidad reco- 
nocida. 

En vista de todo lo dicho, algunos amigos, conocedores de nuestro 
proyecto, me han aconsejado su publicación, y valga por lo que valga, 
hemos convenido en dar á luz estos apuntes sin tener la pretensión de 
que nuestro programa pueda ser otra cosa que un boceto ligero del 
cuadro que otros más doctos y más autorizados puedan presentar con 
todos sus detalles. 



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Las fiestas del cuarto centenario de COLÓN, deben celebrarse en 
todas las naciones cultas, en todos los pueblos civilizados del uno y del 
otro continente. No será digna de figurar entre las naciones que perte- 
necen al mundo moderno, la que permanezca indiferente á las fiestas del 
cuarto centenario de Colón. 

Pero España no sólo está obligada como las otras naciones á honrar 



CXXXIV 



CRISTÓBAL COLON 



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la memoria del célebre marino que descubrió el Nuevo Mundo, sino que 
también deberá alzarse orgullosa en este día, diciendo á las demás: 
«Ved aquí lo que hicieron los españoles del gran reinado de Isabel y de 
Fernando, para ayudar á COLÓN en su famosa empresa. 

Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y demás naciones de Europa, 
lo mismo que los Estados Unidos y las Repúblicas americanas, pueden 
celebrar estas fiestas sólo en sus capitales de primer orden; pero España 
lo ha de hacer en todos sus pueblos, grandes y pequeños, con más ó 
menos magnificencia según sean los medios y recursos disponibles en 
cada uno. 

Sentado este principio, empecemos por los más pobres y pequeños. 
Por lo que poco ó nada ofrecería de gastos.. 

Existe un contrato de COLÓN con los Reyes Católicos en el que se 
estipularon las condiciones del viaje, títulos y honores que se concedían 
al gran navegante, si llegaba á descubrir las tierras que prometía. Este 
contrato, cuyo original deberá encontrarse en algún archivo, puede ser 
reproducido exactamente por medio de la fototipia, invención de nuestros 
años, y hacer una gran tirada de ejemplares, que se remitirán por 
el gobierno á todos los ayuntamientos de España, y á los de fuera 
que lo pidan y quieran conocerlo y guardarlo como documento pre- 
cioso. 

A los nueve mil ayuntamientos de España , se les ordenará por el 
ministro de la Gobernación, dar lectura pública y solemne de este 
documento el día 4 de Agosto de 1892, como se hacía con los bandos 
reales, para que llegasen á conocimiento de todos; y después, lo colo- 
carán en un cuadro en su sala de sesiones. En todos estos pequeños 
pueblos, el día 12 de Octubre, aniversario del descubrimiento del 
Nuevo Mundo, se harán las fiestas que sus recursos les permitan hacer, 
concediéndose medallas ó diplomas de honor por el gobierno á los que 
más se distingan por su ingenio ó por los mayores gastos ó esplendidez 
de tales fiestas, las cuales, cuando menos, podrán consistir en músicas 
y bailes populares, misa y Te-Deum con asistencia del ayuntamiento, 
colgaduras, repiques de campanas, fuegos artificiales y reparto de 
socorros á pobres, encendiendo por la noche grandes hogueras en los 
puntos más altos de todos los cerros ó cumbres de los montes de su 
partido municipal. 

Las capitales de provincia y otras ciudades importantes, de más 
vecindario que estos pequeños pueblos, pueden ampliar estos festejos 
inaugurando escuelas públicas, obras de utilidad ó de recreo, estableci- 
mientos benéficos ú otros edificios que tengan en construcción , procu- 
rando hacerlo en la fecha del 1 2 de Octubre . 

Pero sin perjuicio de tales obras, todas ó la mayor parte de las 
capitales de provincia y partidos judiciales, deberían levantar un monu- 
mento público á la memoria del cuarto centenario de COLÓN, siendo 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxxv 



fácil y económico llevar á cabo estos pensamientos en la forma si- 
guiente : 

El gobierno debería abrir un concurso entre todos los arquitectos 
españoles , para presentar proyectos de un monumento que perpetúe la 
memoria del cuarto centenario de COLÓN, sujetándose á este pro- 
grama: 

i.° El monumento será de hierro fundido y su peso no debe 
exceder de diez toneladas, carga máxima de un vagón de ferro- 
carril. 

2.° Este monumento será coronado de un busto de COLÓN y 
tendrá en su decoración las tres proas de las carabelas que hicieron 
el viaje primero á las Indias Occidentales, así como también las 
inscripciones y fechas que se dicten por la Academia de la His- 
toria. 

3. Siendo como deberá serlo, de varias piezas que se ajusten á 
enchufe ó con tornillos, una de éstas tendrá en su interior un hueco ó 
cavidad donde se encierren los periódicos en que se dé cuenta de las 
fiestas del cuarto centenario en toda España, y algunos otros documentos 
de la época, tales como el acta de los festejos hechos por el pueblo ó la 
ciudad en que se levante cada uno de estos monumentos. 

Como se ve desde luego, un monumento de esta clase tiene sus 
mayores gastos en el proyecto y los modelos para la fundición, los 
cuales se podrían repartir entre todos los numerosos ejemplares que se 
fundieran, y por tanto ser poco el aumento que recibieran sobre el 
precio de cuatrocientas pesetas la tonelada ó sean próximamente cuatro 
mil pesetas cada ejemplar. 

Esta obra, puesta al alcance de los pueblos más pobres, pudiera 
ser ejecutada con mayor lujo en las capitales de provincia, construyendo 
el basamento general de mármol ó de sillería, pero en todas partes la 
primera piedra para los cimientos se pudiera colocar en un día dado, 
el 3 de Agosto, fecha de la partida de Colón del puerto de Palos, y 
hacer la inauguración del monumento en 12 de Octubre del mismo año 
de 1892. 

Con los numerosos ejemplares de semejante monumento repartidos 
por todos los pueblos de España, se tendría memoria imperecedera de 
las fiestas del cuarto centenario, á la vez que de las fechas memorables 
del 3 de Agosto y 12 de Octubre de 1492. 

El día de la inauguración de esta obra, cada localidad haría las 
fiestas que le pareciesen propias del acto, y el gobierno debería otorgar 
un premio á las capitales que con mayor esplendor hubiesen construido 
su monumento. 

Tenemos ya expuesto el pensamiento de lo que podremos llamar 
festejos de segundo orden ó de menor importancia, y vamos á ocuparnos 
ahora de las grandes fiestas nacionales costeadas por el gobierno. 



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CXXXVI 



CRISTÓBAL COLON 




III 



EN EL PUERTO DE PALOS 



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En este puerto debe construirse un monumento especial á manera 
de un faro, que deberá estar decorado como las columnas rostrales, con 
las tres proas de la Santa María, la Pinta y la Niña, y con un gran bajo 
relieve que represente el cuadro de COLÓN en el momento de salir de 
aquella playa para ir á bordo de la capitana, como Almirante de la flota 
de las tres carabelas, acompañado de los tres hermanos Pinzón y de los 
personajes más importantes que figuran en la historia de este aconteci- 
miento. — En la madrugada del 3 de Agosto de 1 892 , tendrá lugar la 
fiesta de la inauguración de este monumento. Para esta fecha estarán 
anclados en el puerto de Palos tres barcos construidos con arreglo á los 
modelos de aquellas famosas carabelas, bautizados con sus tres nombres 
memorables y abastecidos y tripulados convenientemente para salir á 
navegar con rumbo al Occidente. La dotación de cada carabela será la 
misma que corresponda al rol conocido por documentos históricos, de 
la Santa María, 'la. Pinta y la Niña, arbolando la insignia del Almirante 
la capitana de las tres naos que montará CRISTÓBAL COLÓN. Las otras 
dos serán mandadas por los hermanos Pinzón, pudiendo decirse que 
estas carabelas vienen á ser una reproducción exacta de las que hicieron 
el descubrimiento de las Indias, como si no hubieran dejado de existir 
y nos trasladásemos á la madrugada del 3 de Agosto de 1492, para que 
dichos barcos zarparan en la hora que lo hicieron aquéllos y empren- 
dieran la marcha con el mismo rumbo que marcó el Almirante que los 
mandaba. 

En la playa pueden tener lugar las mismas escenas de despedida de 
los navegantes, presentes el padre Marchena, el médico de Palos, las 
autoridades y todos los personajes históricos que deben asistir á este 
acto, con los marineros y el pueblo entero de Palos, todos vestidos con 
trajes del siglo XV. 

En la hora conveniente, esta flota levaría anclas, tendería sus velas 
y saldría del puerto del mismo modo que en 1492 lo hizo la flota de 
Colón. 

Aquí debemos decir que, para evitar todo peligro en la navegación, 
las tres carabelas irían acompañadas por una fragata de la marina 
española que pudiese prestarles socorro, y algunos vapores remolcadores 
que en caso necesario sirviesen para que la flota llegase sin retardo á las 
playas de América y diese vista á las. costas de la isla de San Salvador 
el 12 de Octubre en la madrugada. 

Además pudieran y debieran estos buques del acompañamiento ir 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXXXVII 



tendiendo un cable submarino, cuya extremidad quedase en el faro de j¡¡ 
que hemos hecho mención, y allá en las costas del otro continente se 
hallaría construido un edificio semejante al del puerto de Palos donde 
estarían montados los aparatos eléctricos necesarios para mandar por el 
cable una chispa que viniese á iluminar el faro dando la señal de lá 
arribada de las carabelas españolas á las playas de América. Esta luz 
también debería encenderse en aquellas costas con el fluido que se 
mandara desde las nuestras. 

Estos dos monumentos ó faros colocados en el punto de partida y 
en el de arribada de las tres carabelas mandadas por CRISTÓBAL Colón, 
serían dos monumentos importantes que determinarían en todo tiempo 
los dos extremos del camino abierto por la quilla de los barcos españoles 
en medio del Océano, para poner en relación dos mundos que no se 
conocían. Hecho tan grande y tan trascendental para los habitantes del 
uno y del otro continente, ¿no merece que se perpetúe en la memoria de 
los tiempos y que lo narre en sus páginas de mármol la lengua universal 
de la arquitectura? 

La grandeza de semejante expedición marítima, el interés que 
necesariamente habría de despertar en todas partes venir á presenciar en 
nuestros días el mismo espectáculo que ofreció al mundo entero el descu- 
brimiento de las Américas, indudablemente atraería gran concurrencia 
de extranjeros á España y muchos barcos de todas las naciones acudirían 
al puerto de Palos para acompañar la flota española en su travesía por el 
Océano y llegar á oir el grito de ¡ tierra ¡ dado por COLÓN al frente de la 
isla de San Salvador, y ver la toma de posesión de aquel territorio en 
nombre de los Reyes Católicos. 

Recibida noticia por el cable en el puerto de Palos, sería transmitida 
por telégrafo á todas partes, y en este momento la España entera 
pudiera repicar las campanas de todos sus campanarios, hacer salvas, 
disparar cohetes, colgar los balcones de todos los edificios y encender 
iluminaciones, etc., etc., etc., y todas las catedrales del mundo católico, 
podrían cantar un Te-Deum en estos momentos. 

Acaso también estas fiestas del puerto de Palos pudieran ir acompa- 
ñadas de otras que celebrase la Sociedad Colombina de Huelva y su 
Diputación Provincial, en el monasterio de la Rábida, donde se reprodu- 
jesen en las fechas convenientes las escenas de la aparición de COLÓN, 
su primera entrevista con el padre fray Juan Pérez y con el médico de 
Palos, todo lo cual sería de grande interés histórico y atraería muchos 
forasteros á visitar aquellos lugares. 






W4 



Cristóbal Colón, t. i. — xvm* 



CXXXVI1I 



CRISTÓBAL COLON 






// 



IV 



FIESTAS EN GRANADA 



Granada, la ciudad morisca de' Granada y el pueblo y la vega de 
Santa Fe en sus inmediaciones, representan lugares memorables en la 
historia de Colón y del descubrimiento del Nuevo Mundo. Todos saben 
que el sitio de Granada por los Reyes Católicos y la conquista de aquella 
famosa capital del reino morisco, influyeron considerablemente en la 
realización de aquella famosa empresa. Es por tanto preciso, que Granada 
ocupe un lugar preferente y distinguido en las fiestas del cuarto cente- 
nario de Cristóbal Colón. 

Allí, en aquella capilla de los Reyes Católicos, donde se hallan 
depositados los restos mortales de Isabel y Fernando con los de sus 
hijos, hay algo que está aclamando siempre la memoria de sus funda- 
dores, á la vez que también recuerda en sus estatuas y bajo relieves la 
rendición de la ciudad en 3 de Enero de 1492. Este hecho decidió 
indudablemente la suerte de CRISTÓBAL COLÓN, y en Santa Fe, en el 
campamento de los Reyes Católicos, se firmó el contrato que hicieron 
los soberanos de España con el célebre marino, para que éste se 
embarcara en el puerto de Palos, mandando la expedición de aquella 
flota memorable. 

Todos estos hechos que constituyen el fundamento, la base principal 
de tan extraordinario acontecimiento, merecen recordarse y reproducirse 
en las fiestas del cuarto centenario que hoy preocupa la atención de todo 
el mundo. 

Debería, pues, montarse el campamento de los Reyes Católicos en 
Santa Fe, con todas sus tiendas y aprestos de guerra necesarios, figu- 
rando en él los personajes históricos de primera importancia, tales como 
el cardenal Giménez de Cisneros , Gonzalo de Córdoba, los Pulgares y 
otros muchos que fuera prolijo enumerar, con sus peones ó mesnadas, 
todos ellos vestidos y armados á la usanza de aquellos tiempos. En la 
fecha y hora correspondientes aparecería en dieho campamento Cristó- 
bal Colón, acompañado de la cabalgata de almogávares que vinieron 
con él desde Alhama por orden de los Reyes Católicos. Llegado al 
campamento, se haría toda la ceremonia de su recepción por las personas 
encargadas de ello hasta presentarse en la tienda de los Reyes, y por 
último vendría el acto de firmar el contrato, que pudiera hacerse desco- 
rriendo las cortinas de la tienda Real y dando pública lectura del mismo 
original guardado en el archivo en que lo esté. 

Estas fiestas de Granada las considero de tanto lucimiento y esplen- 
dor como beneficiosas á tan bella y desgraciada población, que se vería 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



cxxxix 



poblada de extranjeros y nacionales de todas partes durante muchos 
días, puesto que desde el primero en que empezara á montarse el cam- 
pamento hasta el en que tuviese lugar la rendición de Granada y la 
entrega de sus llaves, pasarían algunas semanas, en cuyo período pudie- 
ran tener cabida muchos festejos y recuerdos históricos, tales como 
algunas escaramuzas entre moros y cristianos, la singular y atrevida 
expedición de Isabel la Católica al laurel de la Zubia y otras seme- 
jantes. 

En todo este período de tiempo se verían poblados los hoteles, 
fondas y casas de huéspedes de Granada, ganando en ello mucho el 
comercio y los mercados de la capital. 

Las ciudades de América deben celebrar el cuarto centenario reci- 
biendo la flota del Almirante, y á partir del 12 de Octubre redactarán su 
programa especial de festejos públicos en cada uno de aquellos Estados 
independientes. 



V 



REGRESO DE COLÓN 



La peña de Cintra, en las costas de Portugal, adonde arribó el 
barco que mandaba COLÓN huyendo de la tempestad, deberá levantar en 
su cumbre un monolito colosal en que se perpetúe la memoria de aquel 
acontecimiento y su fecha, del mismo modo que Sevilla, Zaragoza y 
otras ciudades importantes deben también conmemorar las de su paso 
por estas capitales cuando se dirigía á Barcelona para ser recibido por la 
corte, que se hallaba en dicha población. 

Todos estos festejos deben ser objeto de programa especial para 
cada uno de los Ayuntamientos, las Diputacionns provinciales, los Insti- 
tutos y Universidades , con todas las corporaciones científicas, literarias y 
artísticas de cada una de estas capitales; deberán celebrar la fecha 
del 12 de Octubre de 1892 con certámenes públicos, veladas musicales, 
bailes y demás que juzguen conveniente para dar testimonio de su entu- 
siasmo por esta gloria nacional. 

Acaso se ocurra á algunos pensar que, si bien COLÓN en 12 de 
Octubre de 1492 había despejado la incógnita de su viaje y puesto pie 
en la tierra de América , el mundo viejo tardó en tener esta noticia hasta 
que vino él mismo de regreso y la dio á conocer á los que ya le conside- 
raban perdido en medio de los mares, y por tanto que la celebración del 
aniversario del descubrimiento, queriendo seguir el curso de la historia, 
no debería celebrarse hasta llegar á la fecha de su arribo á las costas de 
Portugal ; pero aquí debemos decir que tales escrúpulos de exactitud nos 
parecen una puerilidad, y que el siglo XIX, disponiendo de las corrientes 



CXL 



CRISTÓBAL COLON 






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eléctricas por toda la redondez de la tierra, para hacer correr con la 
velocidad del rayo las noticias de un acontecimiento semejante, debe 
aprovechar estas ventajas de la civilización moderna mandando desde las 
playas de la isla de San Salvador la luz que encienda el faro del puerto 
de Palos, á cuya aparición por todos los hilos de todos los telégrafos de 
Europa debe ir corriendo la nueva de que la flota española ha llegado á 
las playas del Nuevo Mundo, para que se cante un Te Deum en todas las 
catedrales é iglesias principales de la cristiandad en los momentos en que 
la cruz y el evangelio ensanchaban sus dominios y llevaban la civilización 
á regiones ignoradas de los apóstoles de J. C. 



VI 



FIESTAS DE MADRID 



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La capital de España, por ser la cabeza del reino y el corazón de la 
patria donde ha de latir con más fuerza el sentimiento de las glorias 
nacionales, está obligada á tomar la parte principal y mayor en estos 
festejos del cuarto centenario de COLÓN. 

Madrid , que encierra entre sus grandezas la grandeza de la corte y 
del gobierno, de las Academias, Universidad, escuelas especiales, cuerpo 
diplomático y todo lo que es propio de la capital de la monarquía, no 
puede menos de hacer algo grande y algo que sea permanente y per- 
petúe la memoria de estas fiestas. 

Bien está que se celebre una exposición retrospectiva que dé á 
conocer el estado de la civilización de América al tiempo de su descubri- 
miento y que en ella á su vez aparezcan los productos de la civilización 
moderna para que este contraste acredite el progreso, el engrandeci- 
miento y la fortuna que el Nuevo Mundo alcanzó con el conocimiento, el 
trato y los beneficios recibidos del mundo viejo. Esta Exposición que el 
gobierno español tiene acordado llevar á cabo en Madrid, como una de 
las solemnidades principales del centenario de Colón, es, en efecto, una 
buena idea que produciría muy buenos resultados, atrayendo la visita de 
muchos extranjeros y curiosos que vendrán á estudiar en las galerías del 
palacio de la Exposición americana muchas cosas que son desconocidas 
y muchos documentos que están ignorados de la mayoría, en los archivos 
ó en los museos nacionales. 

Pero la Exposición durará sólo algunos meses. Las puertas de su 
palacio se verán cerradas y los objetos reunidos en ella desaparecerán 
para volver á su centro de origen. Sólo quedará de esta Exposición el 
recuerdo y las Memorias que se escriban con los catálogos y dibujos que 
se publiquen, todo lo cual, verdaderamente es digno, importante y merece 
los sacrificios que se hagan para llevar á cabo esta solemnidad. Los 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



CXI.T 



tiempos futuros tendrán noticias de que hubo en Madrid una Exposición 
semejante en el año de 1892. No la verán. No podrán visitarla como 
visitamos hoy los antiguos monumentos, pudiendo decir al visitarlos: 
«Aquí donde yo pongo los pies y las manos, donde clavo la mirada, 
pusieron los suyos en siglos anteriores aquellos que levantaron estas 
piedras. Entre ellas podemos ver y examinar el pensamiento, la idea que 
dominaba entonces al pueblo que elevó tales construcciones, y el aparejo 
de estos muros, la labra de estos sillares, los bajo relives y las estatuas 
que vemos nos dan perfecto conocimiento del estado de su civilización y 
del saber de sus artistas. » No, no quedará nada de esto después de 
cerrada la Exposición, por más que de ella traten los libros y los perió- 
dicos que la narren. 

Por tales razones, que considero dignas de la atención del gobierno 
que pretende dar á este acontecimiento toda la importancia que se 
merece, creo que Madrid deberá levantar en una de sus plazas públicas 
un grandioso monumento, bastante robusto y sólido para que pueda 
desafiar como las pirámides y los templos de Carnak la mano destructora 
de los siglos. Este monumento, en cuya base debe reconocerse la época 
de su construcción, no sólo habrá de perpetuar la memoria del cuarto 
centenario y la gloria de Cristóbal Colón, sí que también deberá 
narrar en el idioma épico de la arquitectura, en la lengua universal del 
arte, la época de la conquista de las Américas, llevada á cabo por 
aquellos héroes españoles, asombro del mundo entero. 

Este monumento, levantado cuatro siglos después de haberse llevado 
á cabo aquella tan famosa empresa, debe decir al mundo entero con 
orgullo legítimo : Ved aquí lo que hicieron los esforzados españoles de los 
tiempos de Isabel y de Fernando el Católico en bien de la humanidad 
entera. En este monumento deben figurar las estatuas de todos los perso- 
najes en la historia del descubrimiento de América, así los que prote- 
gieron á Colón en España con sus influencias y su poder, como los que 
le acompañaron en el viaje primero y los que después fueron héroes 
de la conquista, viniendo todas estas estatuas á ocupar sus pedestales 
respectivos á diferentes alturas y siguiendo un orden cronológico hasta 
llegar á la apoteosis del héroe principal que servirá de coronación en lo 
más alto. 

Debe este monumento contar en su seno un museo americano, en el 
cual se conserven los ejemplares más notables de las especies que eran 
desconocidas en el reino animal y vegetal, de las armas, trajes y utensilios 
que usaban los indígenas, y de todo aquello que sea digno de figurar en 
un museo de esta clase. Las pinturas murales deben ser cuadros histó- 
ricos de los hechos más notables de la conquista, tales como la quema de 
los barcos por Hernán Cortés, el salto de Alvarado, la destrucción de los 
ídolos del templo de México y otros asuntos semejantes. Además, 
debemos decir, que este monumento, por estar dedicado al hombre y á la l 



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CXLII 



CRISTÓBAL COLON 



memoria de tan grande acontecimiento que vino á refluir en bien del 
mundo entero, interesa á todas las naciones de Europa y de la América 
su construcción, y por tanto debería levantarse con los productos de una 
suscripción universal que en mi concepto produciría abundantísimos 
recursos para llevarla á cabo. 

Todos los artistas, pintores, escultores y tallistas tendrían larga 
ocupación de años en estos trabajos, así como también la tendrían 
millares de jornaleros y muchos industriales de todo genero. No hay que 
arredrarse ni que empequeñecer el pensamiento enfrente de la cifra del 
presupuesto por grande que sea. Yo creo que para uña obra de tal natu- 
raleza sobrarían los recursos venidos del uno y del otro continente; y por 
último, lo que no se hiciera en un año se haría en el otro hasta llegar á la 
terminación de las obras. 

Como se ve por todo lo dicho respecto de este monumento extraor- 
dinario, si había de hacerse la fiesta de la colocación de la primera piedra 
el 12 de Octubre de 1892, no hay tiempo que perder en preparar el pro- 
yecto, elegir el sitio de su emplazamiento, empezar la suscripción universal, 
invitar á las naciones extranjeras y preparar el terreno que, en mi con- 
cepto, habría de ser una plaza nueva por no existir en la capital ninguna 
capaz de servir para el caso. 

La gran solemnidad del acto de la colocación de esta primera piedra 
sería indudablemente la mayor de todas las fiestas del cuarto centenario 
de COLÓN, y no sólo asistirían la corte y el gobierno, las corporaciones 
civiles y militares de toda España ó su representación por alguno de sus 
individuos, las universidades, las escuelas, el clero, los embajadores 
extranjeros y todos los que dentro y fuera de España pudiesen repre- 
sentar de algún modo la inteligencia, la autoridad, la fortuna y la nobleza 
del mundo entero que viniese á tributar sus respetos á la memoria del 
hombre más grande que registra la historia de la humanidad. 

En este día, que vendría á ser día memorable, debería tener lugar 
una recepción en palacio, banquetes oficiales, funciones teatrales, veladas 
artísticas y literarias, colgaduras, iluminaciones, revistas de tropas, 
músicas por todas partes, fuegos artificiales, comidas á pobres asilados 
y todo aquello que se acostumbra hacer en las grandes fiestas nacionales, 
para que el 12 de Octubre quedaran terminadas las fiestas del cuarto 
centenario de Colón. 



VII 



Tenemos emitidas nuestras ideas respecto á las fiestas del cuarto 
centenario, que se quieren celebrar con la esplendidez y la grandeza que 
reclama el personaje y los hechos á que se refieren estos festejos públicos, 
y para terminar debemos decir: que nuestro programa no es ni puede 



APÉNDICES A LA INTRODUCCIÓN 



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serlo una obra completa; no es más que un boceto. El cuadro perfecto 
deberá desarrollarse por personas más competentes y más autorizadas que 
el autor de este modesto trabajo, el cual sólo cuenta con su entusiasmo 
por la idea y por el héroe á quien ha consagrado tantos años de su vida 
proyectando un monumento á su memoria, que no por su mérito, pero sí 
acaso por su originalidad y sus grandes dimensiones, ha llegado á ser 
bastante conocido. 

José Marín Baldo. 
Madrid, Marzo 1888. 








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Cristóbal Colón, t. i — i. 



CRISTÓBAL COLÓN 



Por el interés que encierra, y para que sirva de punto 
de partida en la narracio'n del maravilloso descubrimiento de 
las Indias Occidentales por Cristóbal Colón, cuya historia 
nos proponemos escribir, es de verdadera importancia expo- 
ner ante la vista de los lectores, siquiera sea en reducido 
cuadro y narracio'n brevísima, el resumen de aquellos viajes 
de que nos ha dejado memoria cierta la antigüedad, y que 
demuestran el esfuerzo constante del hombre, su audacia, 
sus sacrificios por estudiar y completar el conocimiento del 
planeta en que habita; de los seres diversos, sus hermanos, 
con quienes comparte la morada en él; de las remotas 
comarcas cu3'os secretos y variedades tan poderosamente 
despiertan su curiosidad. 

A esta atencio'n preferente, á ese deseo de saber y 
ampliar la esfera de lo conocido, por medio de la explicacio'n 
de todos los fenómenos que á su vista se ofrecen, y del 
profundo estudio de la naturaleza que le rodea, se ha unido 
siempre en el ser humano, estimulándole para acometer las 
más difíciles empresas, el ansia por mejorar las condiciones 
de su existencia material, por aumentar los medios de 
procurarse la satisfacción de sus necesidades, y por obtener 
mayor suma de goces y de bienestar. De este doble estímulo 
depende la explicacio'n de todos los actos humanos: sobre 
estos dos polos gira, en todas las evoluciones de su actividad, 
el progreso histo'rico. Ciencia y comercio; vida de la inteli- 
gencia y goces del cuerpo ; secretos de la Naturaleza que el 
interés o' la curiosidad mueven á descubrir, á costa de los 
mayores sacrificios, arrostrando peligros, luchando con todo 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



género de obstáculos hasta descubrir la verdad, o' conquistar 
los apetecidos conocimientos. Tal es la historia de la huma- 
nidad. 

Sin entrar en el examen de viajes fabulosos, por más 
que pueda tenerse como cosa cierta que revestidos de la 
fábula, bajo las apariencias y oscuridad del mito, se encuen- 
tran en todos ellos rasgos de sucesos verdaderos, bien puede 
asegurarse, desprendiendo esta reflexio'n de los más antiguos 
datos histo'ricos, que desde las edades más remotas el trán- 
sito de Occidente á Oriente ha sido constante preocupación y 
trabajo de todos los pueblos de Europa. El comercio de 
diamantes, perlas y perfumes; del marfil y de las especias; 
y, más tarde, de la seda y tejidos preciosos, mantuvo 
siempre fija la atención sobre la India, centro productor de 
tan codiciados objetos; zona privilegiada con la cual se ha 
procurado sostener en todo tiempo una comunicacio'n tan 
difícil y peligrosa como lucrativa. 

Ya en el siglo XV antes de la venida de J. C, los 
fenicios, extendiendo su poder marítimo y sus empresas 
comerciales, y con el proposito de establecer colonias con las 
que pudieran mantener constante tráfico, después de haber 
reconocido y costeado la parte occidental de África, bajando 
tal vez hasta la desembocadura del que luego llamaron los 
portugueses Rio d' Ouro, volvieron de nuevo al estrecho de 
Hércules, y dejándolo á un lado, tocaron en las costas de 
Andalucía, subiendo por el Guadalquivir (Tarteso) hasta 
el punto donde poco después fué fundada Sevilla. ¡Coinci- 
dencia al par extraña y notable! Debieron representarse 
entonces en aquellos deliciosos lugares, habitados por gentes 
sencillas que no estaban vestidas, y vivían de la caza y de la 
pesca, escenas muy semejantes á las que luego, pasados 
treinta siglos, en el XV de la Era Cristiana, se vieron en la 
isla de Guanahaní al llegar las carabelas españolas. Lleva- 
ban los moradores de Tiro y de Sido'n insignificantes 
baratijas de escasísimo valor, cuyo uso era completamente 










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CRISTÓBAL COLÓN 




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desconocido por los sencillos aborígenes de las riberas del 
Tarteso, que por trozos de telas, por brillantes pedazos de 
metal, por objetos baladíes, pero de colores deslumbrantes, 
ofrecieron á los fenicios pedazos de oro y plata nativos, que 
casi sin trabajo recogían de los terrenos incultos que ellos 
habitaban. Dice Estrabo'n, que en ninguna parte del mundo 
se había encontrado el oro, la plata y el cobre en tan gran 
cantidad, ni tan excelente como en Andalucía. 

Para formar idea exacta de estos primeros estableci- 
mientos fenicios en España, deben leerse las cartas de Colón 
y las descripciones del P. Las Casas sobre las costumbres de 
los indios; su manera de vivir, y los primeros desembarcos 
en las islas que llamaron Indias Occidentales , pues se 
encuentran sorprendentes analogías L 

Pasado algún tiempo, parece indudable, por más que 
algún historiador no conceda entero crédito al suceso 2 , que 
en el siglo vil (antes de J. C), cuando ya. el Egipto había 
adquirido su mayor preponderancia militar, empezó' bajo 
Psamético, á extender su comercio y multiplicar sus colonias 
por todos los países conocidos. Su hijo y sucesor Ñecos o' 
Nechao, continuando el ejemplo de su padre, emprendió la 
grandiosa obra de poner en comunicacio'n el Nilo con el mar 
Rojo por medio del antiguo canal , cu}^os restos conservan 
aún hoy día su nombre, y cuando, á costa de grandes traba- 
jos y sacrificios 3 5 adelantaba en aquella empresa, concibió' el 
pro} T ecto , no menos atrevido , de la circunnavegacio'n de 
África; pensamiento tan civilizador como el primero, que 
llevo' á ejecucio'n valiéndose de las naves y de los más exper- 



1 Hace poco se anunció que han aparecido algunos trabajos del barón 
d'Oufroi, con documentos de que parece deducirse que los fenicios tuvieron 
comercio con los habitantes de América. No hemos podido examinarlos, pero 
no creemos que los fenicios extendieran su navegación más allá de las costas 
andaluzas. 

Historia de España, por' Carlos Romey; Barcelona. — Bergnes, 1839. — 
Tomo I, cap. II. 

3 Histoire de V Istme de Suez, por Olivier Ritt. — París, Hachette, 1869. — 
Dice el autor que perecieron en los trabajos más de veinte mil hombres. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



tos marineros fenicios. Partieron éstos desde el fondo del 
mar Rojo, costeando toda la parte sud y sudoeste del conti- 
nente africano, para volver á penetrar en el Mediterráneo 
por las columnas de Hércules, buscando la desembocadura 
del Nilo como término de su viaje. 

Tres años, dicen verídicos autores, y el primero de 
ellos Herodoto, conocedor de la ciencia egipcia, que em- 
plearon en aquella penosa y difícil empresa, antes por nadie 
imaginada, lo que nada exagerado parece, si se tiene en 
cuenta la configuracio'n de las naves fenicias, muy apropia- 
das para navegar en la proximidad de las costas, de las que 
no les era posible separarse sin gran riesgo. Pero esta cir- 
cunstancia, que por una parte hacía más dificultoso y largo 
el viaje, resultaba por otra en positivo beneficio para el estu- 
dio de la topografía y conocimiento de todos los accidentes 
naturales de las orillas de aquellos mares desconocidos, y en 
gran auxilio para tomar verdaderas noticias de sus produc- 
tos, su fauna y habitantes. ¡Lástima, en verdad, que de 
tan extraño é importantísimo suceso no se conserve más que 
la memoria! ¡Cuántos datos inapreciables y variados, cuán- 
tas observaciones dignas de atencio'n hubiera encontrado en 
sus relaciones la posteridad! Pero á nuestro proposito, en 
este momento, es muy suficiente el poder consignar, casi con 
absoluta certeza , que setecientos años antes de la Era Cris- 
tiana, las costas de África habían sido }^a objeto de atrevidas 
exploraciones y se había rodeado esta gran parte del mundo, 
pasando el que después, en el siglo XV, recibió' el nombre 
de Cabo de Buena Esperanza, en sentido y rumbo inverso 
al que luego llevaron los portugueses, cuando buscaban 
camino para la India sin tener que cruzar el Egipto y la 
Arabia. 

La ciencia y el comercio tenían siempre la vista fija en 
el Oriente; aquélla por sus secretos, éste por sus codiciados 
productos. Antes de las expediciones de Alejandro el 
Grande, el tráfico se hacía de una manera irregular por 





CRISTÓBAL COLÓN 



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medio de las caravanas, que ora se formaban en Menfis, en 
Bubastis o' en otros grandes centros de Egipto, y bajaban las 
riberas del Golfo Pérsico para recoger los cargamentos que 
aportaban las naves de la isla de Trapobana (Ceilán) y de la 
orilla del Ganges, ora atravesando la Siria y la Mesopotamia, 
por Babilonia y por Sura, penetraban en las comarcas supe- 
riores de la India ! y volvían cargadas con sus producciones, 
por la misma vía terrestre que habían llevado, á buscar los 
mercados de la costa fenicia, en el fondo del Mediterráneo y 
en los puertos del mar Negro, para extenderse desde allí por 
todos los puntos comerciales de Europa. 

Desde la fundacio'n de Alejandría, esta ciudad se consti- 
tuyo' en centro de la contratacio'n de especias, perfumes, 
sedas y telas de Oriente; y creciendo cada día en importan- 
cia por su situacio'n privilegiada, á ella concurrieron con sus 
embarcaciones todos los pueblos de Occidente, á medida que 
en cada uno fué desarrollándose en mayor escala el comercio 
en épocas sucesivas, creciendo al par las expediciones marí- 
timas y las relaciones mercantiles. 

Alejandría se convirtió' en el puerto de depo'sito más 
importante del mundo. Allí vinieron á encontrarse en un 
momento dado las naves venecianas con las francesas y 
españolas, especialmente con las de Cataluña y Valencia, 
movidos todos por el mismo deseo de abastecer los princi- 
pales mercados de Europa de los productos orientales. 

El monopolio que los venecianos y genoveses estableci- 
dos en Alejandría procuraron crear, y aun ejercieron á veces, 
en el comercio de aquella importante ciudad, por los privile- 
gios y bulas obtenidos de los Pontífices para poder contratar 
con los infieles 2 : las exacciones establecidas, de que eran 



1 Historia Universal, por César Cantú. — París, Garnier, 1869. — Tomo I. 
— Aclaraciones al libro I. 

En el reinado de don Pedro III de Aragón obtuvieron los catalanes, á 
instancia de los comerciantes de Barcelona, dispensa pontificia para poder con- 
tratar con los musulmanes en iguales condiciones que desde mucho tiempo 
antes la tenían los venecianos. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



objeto y víctimas los comerciantes que concurrían á aquel 
puerto, y de que siempre procuraron librarse las Seño- 
rías; las rivalidades entre las diversas naciones por la su- 
premacía que algunas llegaron á alcanzar, fueron motivos 
poderosos que impulsaron á los atrevidos navegantes de 
España y de Portugal á procurarse otras vías, por donde 
pudieran obtener mayores ventajas y beneficios más posi- 
tivos, más crecidos y seguros, haciendo el comercio directo 
con el Oriente, sin necesidad de acudir al puerto de Ale- 
jandría. 

Es observacio'n curiosísima de un docto escritor, que en 
tanto que aquel famoso puerto procuraba centralizar el 
comercio de las mercancías de Oriente , allí mismo se propa- 
laba la noticia del invento que había de contribuir á privarle 
de su monopolio, proporcionando á los marinos medios más 
seguros para cruzar los mares y emprender largas navega- 
ciones, orientándose con seguridad lejos de las costas. Los 
catalanes, valencianos y portugueses debieron alcanzar en 
Alejandría algunas nociones sobre el uso de la brújula. 
Porque es indudable, que con mucha anticipacio'n se había 
aprendido en la China por los árabes la existencia de la 
virtud magnética y transmitido, aunque imperfectamente: y 
por eso vemos que, según la juiciosa reflexio'n de César 
Cantú, á Flavio Gioja no se le dio lugar importante entre los 
descubridores é inventores , pues su único mérito consistió 
en ser el primero que introdujo el conocimiento de la brújula 
en Italia, montando la aguja de una nueva manera, que 
después alcanzo' mayor perfección. 

Las expediciones marítimas pudieron hacerse desde 
entonces con más seguridad, a}'udadas también por el astro- 
labio, aplicado á la navegacio'n por Martín de Bohemia, por 
maestre José, judío, y maestre Rodrigo, portugués, médico 
del rey don Juan II, y obtuvieron verdadera preferencia. Al 
descubrimiento de las islas Canarias, que se hizo al finalizar 
el siglo xiv por una compañía de marinos y negociantes de 

Cristóbal Colón, t. i.— 2. 



IO 



CRISTÓBAL COLON 



Sevilla ', y á su población á principios del siglo siguiente 
por Bethencourt, sucedió' poco después el de las Azores, y á 
mediados del mismo el de las de Cabo Verde; todo esto 
combinado con el progreso constante de los intrépidos mari- 

r 

ñeros portugueses por la costa de África, en donde cada vez 
adelantaban más en repetidas exploraciones. 

Porque en Portugal estaba entonces el verdadero centro 
de los descubrimientos. Las exploraciones en la costa occi- 
dental del África habían recibido gran impulso desde que el 
ilustrado príncipe don Enrique, hijo del rey don Juan I, 
después de la conquista de Ceuta, y por las relaciones que 
recogió' entre los moros que exageradamente le pintaban las 
riquezas del país, y la abundancia de oro en las costas de 
Guinea, concibió' el proyecto de enviar expediciones que 
hicieran roconocimientos en ellas. A su regreso á Portugal, 
y para consagrarse por entero á su realizacio'n , el príncipe 
se alejo' de la corte y fijo' su residencia en la quinta de 
Sagres, que se convirtió en un centro de estudios geográficos 
y astrono'micos , como preparación para los grandes proyec- 
tos que don Enrique acariciaba. En Sagres levanto' un 
observatorio astrono'mico , bajo la direccio'n del antiguo 
marino Jaime de Mallorca; y estimulados con su proteccio'n 
los marinos, y por las utilidades que obtenían de aquellas 
expediciones, fueron adelantando paulatinamente en el cono- 
cimiento de la costa africana, hasta llegar á su circunnave- 
gacio'n, sueño dorado del príncipe, pero que no logro' ver 
realizado en su tiempo. 

Cada época tiene su sello particular, su carácter distin- 
tivo, su aspiracio'n; y á los siglos xiv y xv se les llama con 
gran propiedad siglos de descubrimientos. 



1 Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble ciudad de Sevilla, por don 
Diego Ortiz de Zúñiga.— Madrid, Juan García Infanzón, 1677. — Año 1399. 

Historia del reinado de los Reyes Católicos, por William H. Prescott. — 
Madrid, 1845, tomo E. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



] i 



II 



Continuaban en su científica empresa los portugueses, 
porfiando en adelantar audazmente el reconocimiento de la 
costa occidental africana, hasta encontrar el estrecho que, 
según los cálculos más admitidos, debía facilitarles el paso á 
los mares de la India, para establecer el comercio directo 
entre el Oriente y el Occidente, y cada expedicio'n avanzaba 
un paso más y preparaba el camino para otra nueva. Fijas 
estaban las miradas en la resolucio'n de aquel problema: las 
naciones tomaban vivo interés en su progreso: la proteccio'n 
de los reyes alentaba á los exploradores : el pueblo entero 
acudía presuroso á informarse de las noticias y adelantos de 
cada expedicio'n, al saber el regreso de los navegantes. Bien 
puede decirse, sin incurrir en exageracio'n , que la actividad 
de los portugueses se consagraba por entero á las empresas 
marítimas, exploraciones, descubrimientos y colonizacio'n, 
cuando se presento' al rey don Juan II un nuevo proyecto 
más atrevido, más grandioso, de más trascendentales conse- 
cuencias que todos los anteriores; pero por su carácter 
mismo, por su magnitud tocaba al límite de lo extraordi- 
nario, y se hacía incomprensible hasta para los hombres de 
más elevada inteligencia. 

Se trataba de encontrar el Oriente caminando hacia 
Occidente; de buscar los mares de la India navegando en 
direccio'n contraria á la que hasta entonces habían llevado 
los descubrimientos. Es decir, que supuesta la redondez de 
la tierra, ya discutida por Pitágoras, y dando á su circunfe- 
rencia menor extensio'n de la que realmente tiene ', se pen- 



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1 Siguiendo la doctrina de Ptolomeo, cuyo sistema era el más admitido 
por los sabios, suponían la tierra dividida en cien espacios de ciento cincuenta 



12 



CRISTÓBAL COLÓN 



saba romper con todas las teorías admitidas; se quería dejar 
el África á la izquierda, y poner el rumbo hacia inexplo- 
rables mares, hasta entonces tenidos por de imposible nave- 
gacio'n l , arriesgándose en ellos para encontrar el extremo 
de la India 3^ los dominios del Gran Khan, descritos maravi- 
llosamente por Marco Polo. 

El autor de este temerario proyecto era un extranjero, 
un marino italiano, que algunos años antes se había estable- 
cido en Portugal , avecindándose en Lisboa , donde había 
contraído matrimonio. 

Cristóbal Colombo de Terra-rubra, que tal era el 
nombre que usaba entonces aquel extranjero 2 , había nacido 
en la ciudad de Genova en el año 1436. Muchas poblaciones 
de Italia se han disputado la gloria de haber sido cuna de 
tan ilustre hijo; como de Homero las ciudades de la antigua 
Grecia, y de Cervantes las de nuestra España. La humanidad 
se enaltece, se honra ponderando las virtudes, el talento, el 
valor de los genios que sobresalen, y tanto es el mérito que 
representan esos hombres superiores, que basta para celebri- 
dad de todo un pueblo, que alguno de ellos haya visto la luz 
dentro de sus muros. 

Siete poblaciones de Grecia y otras tantas de España 
alegaron razones para ostentar el timbre de haber sido 
madres de Homero y de Cervantes. A Cristóbal Colón, 



millas cada uno; y calculando, por lo conocido, que solamente quedaban veinti- 
séis espacios por conocer, lo graduaban en menos de cuatro mil millas. 

1 Jornández, Episcopus Ravennas. — De Gothorum origine et rebus gestis... 
Lugduni Batavorum, Ex officina Plantiniana, 1597, in 8.° Nemo nautarum 
aussevit illud s ule are , aut in altum navigare. 

Edrisi. — Geographia Nubiensis. 

Su hijo don Fernando dice: « medesimamente io vidi alcune sottoscri- 
tioni deH'Ammiraglio, prima che aquistasse 1' stato, dov'egli si sottoscriveva 
Columbus de Terrarrubra. — Historie del Signor don Femando Colombo, etc. Ve- 
necia, 1 57 1. 

El P. Las Casas en su Historia de las Indias (lib. I, cap. II) consigna 
también que, — «se solía llamar antes que llegase al estado que llegó, Cristóbal 
Colón de Terra-rubia.» 

Igual sobrenombre usaba su hermano Bartolomé, como veremos más ade- 
lante. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



13 



genio también de superior jerarquía, cada uno de los bió- 
grafos le cree nacido en una ciudad o' aldea distinta , según 
sus particulares afecciones, o los datos que le han parecido 
más concluy entes. Unos opinan que vino al mundo en Nervi; 
otros que nació en Savona ; éstos le juzgan natural de 
Piacenza, aquéllos de Cuccaro, en el Monferrato; unos de 
Quinto, otros de Cogoletto l o' de Bugiasco. Paulo Jovio y 
con él Gonzalo Argote de Molina le creen de la aldea de 
Albizola , y hace muy poco tiempo el abate Martín Casanova 
publico' un libro, que obtuvo en el primer momento cierta 
efímera celebridad y causo' algún efecto, en el cual se atreve 
á sostener que Cristóbal Colón era compatriota de Napo- 



1 Como mera curiosidad, insertamos en esta nota algunas breves compo- 
siciones de las que ilustres viajeros han dejado escritas en las paredes de la casa 
que en Cogoletto enseñan como aquella en que nació Colón. Fueron impresas 
en Savona. 



ELOGII DI CRISTOFORO COLOMBO SCOPR1TOR DELL'AMERICA l'aNNO 1492. ESPOSTI 
NELLA CASA DI SUA NASCITA DEL PAESE DI COGOLETTO CONTRADA GIÜGGIOLA 



I 



Con generoso ardir dalf Arca all' onde 
Ubbidienti il vol Colomba prende, 
Corre, s 1 aggira, terre scopre, e fronde 
D' olivo in segno, al gran Noé ne rende. 
L' imita in ció COLOMBO, né s' asconde, 
E da sua Patria il mar soleando fende ; 
Terreno alfin scoprendo diede fondo, 
OfiTerendo all' Ispano un nuovo Mondo. 
Li 2 Dicember 1650. 

Prete Antonio Colombo 



II 



Hospes, siste gradum : Fuit HIC lux prima Columbo 
Orbe Viro majori; Heu! nimis arcta Domus! 

Quí, o Passaggier, nacque Colombo, ahi Tetto ! 
Peí maggior degli Eroi, troppo ristretto ! 



III 



Unus erat Mundus; Dúo sint ait ISTE, fuere. 
Uno era il Mondo; Egli, due disse, e furo. 

1826 






14 



CRISTÓBAL COLÓN 











león I por haber nacido en Calvi, en la isla de Co'rcega l . Es 
seguro que esa publicacio'n no hubiera causado tanto efecto, 
á no haberse dado poco tiempo después un decreto del presi- 
dente de la República francesa, que parecía producto de las 
alegaciones del abate Casanova 2 , permitiendo que por sus- 
cripcio'n nacional se levantara una estatua á Cristóbal 
Colón en la plaza de la ciudad de Calvi. 

No podrán comprender los lectores desapasionados que 
las únicas pruebas presentadas en su libro por el abate Casa- 
nova en apoyo de su pretensión, se reducen á suponer la 
existencia de la partida de bautismo de Colón, donde se 
acreditaba su nacimiento en Co'rcega , en manos de cierto 
M. Giubega, prefecto que fué de la isla, que nunca la 
mostró' á nadie, y cuyo hijo niega la verdad de semejante 
aserto ; y al respetable dato de que en Calvi existe una calle 
que se llama de Cristo'bal Colo'n. Con semejantes probanzas 
parece no debían ni aun promoverse discusiones; y sin 
embargo, con. ellas ha bastado para escribir un libro. 

Por el contrario, del nacimiento de Colón en Genova, 
dan seguridad y testimonio sus propias palabras, consigna- 
das en un documento tan solemne y de tan capital impor- 
tancia, como lo era para toda la familia la institucio'n del 
mayorazgo, hecha en Sevilla el jueves 22 de Febrero de 1498, 



La vérité sur V origine et la patrie de Christophe Colomb, par l'abbé 
Martin Casanova de Pioggiola, Bastia, 1880, in 8.° 

Entre las varias impugnaciones de este extraño libro que tenemos á la vista 
merecen citarse: 

Christophe Colomb et la Corsé, observations sur un recent decret du gouver- 
nement francais, par Henry Harrisse, París, Leroux, 1883. 

V origine de Cristophe Colomb, par Sejus, París, Daupeley, 1885. 

Origine, Patria é gioventú di Cristo/oro Colombo. — Studi critici é docu- 
mentad... Par Celsus.— Lisboa. — Typographia elzeviriana. — 1886. 

* Le Président de la République Francaise, sur la proposition du Ministére 
de Tlntérieur, vue l'ordonnance du 10 de Juillet 1876, decrete: Article r. er Est 
approuvée Térection, par voie de souscription publique, d'une statue de 
Christophe Colomb, sur une place de la ville de Calvi (Corsé). Art. 2. me Le 
Ministre de Tlntérieur est chargé de Texécution du present décret. — Fait á Paris, 
le 6 Aoüt 1882. Signé: J. Grevy. — Par le Président de la République le Minis- 
tre de Tlntérieur, Signé : Rene Goblet. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



15 



ante el escribano público Martín Rodríguez, en virtud de 
licencia Real. En él se expresa el objeto de la fundacio'n, y 
que ha de quedar el mayorazgo, porque sea servicio de Dios 
Todopoderoso, y rai\ y pie de mi linaje, y memoria de los servi- 
cios que á sus Alicias he 'hecho; que siendo yo nacido en 
Genova les vine a servir aquí en Castilla. Y luego en una de 
las cláusulas, dice terminante y explícitamente: ítem: mando 
al dicho don Diego Colón, mi hijo, ó á la persona que heredare 
dicho mayorazgo, que tenga y sostenga siempre, en la ciudad de 
Genova, una persona de nuestro linaje, que tenga allí casa e 
mujer, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente como 
persona tan llegada á nuestro linaje, y pie y rai\ en la dicha 
ciudad, como natural della, porque podrá haber de la dicha 
ciudad ayuda e favor en las cosas del menester suyo, pues que 

DELLA SALÍ Y EN ELLA NACÍ '. 

Don Fernando Colon en su testamento 2 , declara tam- 
bién que su padre era jinovés; y parece imposible que contra 
tan claras afirmaciones se susciten dudas, se formulen argu- 
mentos de probabilidad , y se traigan á confrontacio'n vagas 
conjeturas, que lejos de contribuir á la mayor ilustracio'n, 
producen el efecto contrario. 

Toda discusio'n sobre este punto es ociosa é inútil, 
porque no es posible desmentir la clarísima afirmacio'n que 
hacen Colón 3^ su hijo, y se robustece con otros muchos 
datos importantes 3. 

Mayores dificultades ofrece determinar el año de su 
nacimiento. Entre las diversas opiniones de los historiadores 
que fijan los años 1436, 1446 y 1456, la que cuenta con más 
autoridad y se apoya en mayores datos, dando también 



1 Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos, tomo I. 

i Don Fernando Colón, historiador de su padre. Por el autor de la «Biblio- 
teca americana vetustissima- » Sevilla, Tarascó, 187 1, in 4. , pág. 150, «sepa si 
hay mercaderes jinoveses; y avisándoles diga como es sumista de la librería 
Fernandina, que instruyó don Fernando Colón, hijo de don Xpoval Colón, 
jinovés , primero Almirante que descubrió las Indias..., etc.» 

3 Véanse las Aclaraciones y Documentos al fin de este libro I. (A.) 



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CRISTÓBAL COLON 



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resultados más lógicos en la cronología de los hechos indubi- 
tados de la existencia del inmortal descubridor, es la que 
hemos adoptado, y que no dudamos acabará por ser aceptada 
como indudable. Cristóbal Colón nació' en 1436. 

Además de otros comprobantes de que en su lugar nos 
ocuparemos, y de la confirmacio'n que ha de resultar del 
enlace de todos los sucesos de su vida, tomaremos por base y 
primer argumento á favor déla opinio'n que hemos formado, 
las palabras del cronista Andrés Bernáldez, cura de la Villa 
de los Palacios, y luego capellán del arzobispo de Sevilla 
don Diego Deza, que conoció personalmente á Colón, le 
hospedo' en su casa, cuando desde Cádiz se dirigía á Sevilla, 
al regresar de su segundo viaje en 1496, y tuvo para con- 
sulta muchos de sus papeles, cartas 3^ documentos, pudiendo 
además dar ma}^or exactitud á todas sus noticias comunicán- 
dolas con aquel ilustrado arzobispo, que desde la llegada de 
Colón á España fué su protector, su amigo invariable y de 
la mayor confianza. 

En el capítulo CXXXI de su importantísimo libro 
titulado Historia de los Reyes Católicos, dio' noticia del falleci- 
miento de Colón en estos términos l : «El qual dicho Almi- 
rante Christoval Colon de maravillosa e onrada memoria, 
natural de la provincia de Milán, estando en Valladolid en 
el año 1506, en el mes de \ia3r0, murió' in senectute bona, 
inventor de las Indias de edad de setenta años, poco más o 
menos. — Nuestro Señor lo tenga. Amen. Deo gratias.» 

Esta afirmacio'n se concuerda perfectamente con todos 
los datos que hemos de seguir examinando, emanados de la 
pluma del inmortal navegante. Para admitir otra fecha es 
necesario contradecirlos todos, buscar interpretaciones á las 
claras palabras del Almirante, y aun en muchos casos acu- 
sarle de mentiroso 2 . 



Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, escrita por 
el Bachiller Andrés Bernáldez, Sevilla, Jeofrín, 1870, tomo II, pág. 82. 
4 Véase al fin en las Aclaraciones y Documentos (B). 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



17 



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De antiguo origen, de numerosa ramifícaeio'n, la familia 
de los Colombo se había extendido por el Mediodía de Francia 
y por muchas poblaciones de Italia, donde por las vicisitudes 
del tiempo, trastornos interiores y continuas guerras había 
sufrido desigual fortuna. Se encontraban Colombos en Savona 
y en Cuccaro, en Piacenza, en Milán y en otras muchas 
ciudades y aldeas; y al paso que en unos puntos eran señores 
de jurisdicción, habitaban castillos y ostentaban poder y 
riquezas, en otros se veían confundidos entre el pueblo, ejer- 
citándose en toda clase de oficios y habiendo perdido por 
enlaces plebeyos y el transcurso de largos años, todo 
recuerdo de ascendencia nobiliaria, si es que procedían todos 
del mismo tronco. 

Domenico Colombo, que, sin duda para diferenciarse de 
tantos otros homo'nimos, se había apellidado de Terr a-rubra, 
porque en aquel territorio habría nacido quizá, ó por lo 
menos tenía fincas de su propiedad y allí habito mucho 
tiempo, se traslado' luego á Quinto, y últimamente fijo' su 
residencia en Genova. Era de oficio cardador de lana, según 
consta de documentos recientemente encontrados, y asegura- 
ron Julio Salinerio y el obispo Justiniani; o' tejedor de paños, 
según Antonio Gallo y otros bio'grafos; aunque lo uno no 
contradice á lo otro, y ambos ejercicios pudo abrazar en una 
misma arte, siguiendo las alzas y bajas del estado de su 
fortuna. 

De su matrimonio con Susana Fontanarrosa tuvo cuatro 
hijos y una hija. El mayor de ellos fué Cristóbal que, como 
sus demás hermanos varones, estuvo dedicado en sus prime- 
ros años al oficio de su padre. 

Que muchos de los Colombo de Italia pertenecieran á la 

Cristóbal Colón, t. i. — 3. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



nobleza , es punto que no ofrece duda alguna ; que Domcnico 
Colombo tuviera cercano parentesco con aquella aristocracia 
no parece probable, ni se ha justificado. Imaginaria y 
supuesta es la nobleza de la estirpe del Almirante. No se 
sabe la tuvieran sus abuelos , y aunque la hubieran tenido 
decayeron de ella , según las leyes de la República de 
Genova, al dedicarse á un oficio mecánico. Imaginario es 
también el parentesco que quiso buscársele con dos Almiran- 
tes de Francia ; — « esos Colombo que menciona Sabellico no 
eran genoveses, ni aún siquiera italianos ni se llamaban 
Colombo. Eran gascones, de apellido Casencuve, y conocidos 
por Coulomp; de donde los traductores se complacieron en 
sacar Columbus y Colombo '.* 

De los hermanos de Cristóbal Colón solamente diremos 
en este lugar lo absolutamente necesario y que no tenga 
natural colocacio'n en el desarrollo de esta historia. Del 
mayor, nombrado Juan Peregrino, no se conservan memorias 
que merezcan atencio'n, por lo que se cree murió' sin abando- 
nar el oficio de lanero, aunque consta por documentos nota- 
riales que debió' pasar de veinte años. 

De Bartolomé y Diego Colón, cuya vida estuvo en gran 
manera enlazada con la del Almirante, nos hemos de ocupar 
con repeticio'n en diferentes ocasiones; bastando con dejar 
aquí consignado que Bartolomé, nacido probablemente por 
los años 1440 á 1442, pues al tiempo de su muerte, ocurrida 
en Santo Domingo en 1514, contaba más de setenta años, 
permaneció' casi constantemente en el taller de su padre, 
hasta que muchos años adelante, hacia el de 1470, fué á 
establecerse en Lisboa con su hermano mayor; y Diego, que 
debió' nacer en 1446 2 , vivió' también en Genova hasta que 



1 Christophe Colomb , son origine, sa vie, ses voy ages, etc., par Henry 
Harrisse; Paris, Ernest Leroux, 1884, tomo I, pág. iór. 

* Esta edad se deduciría exactísimamente del contrato de aprendizaje de 
Diego, que encontró J. Salinerio, donde expresó ser mayor de diez y seis años, 
si la fecha del documento es como sospechamos, de 1464. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



19 



ya Cristóbal Colón había regresado de su primer viaje de 
descubrimientos y lo llamo' á España. 

De la hermana única de Colón no se tenía noticia 
alguna; se ignoraba su nombre, sabiéndose tan solo que 
había contraído matrimonio' con Santiago Bavarello, salchi- 
chero o' tocinero, según el P. Spotorno ', y otros autores. 
Pero hace muy poco tiempo, el marqués Marcelo Staglieno 
ha encontrado en los archivos notariales de Genova una 
escritura á la que concurrieron Santiago Bavarello (forma- 
giarins) y su mujer Bianchinetta (Blanca), hija de Dominico 
Colombo (textor pannorum) , en la que aparece que de su 
matrimonio tenían un hijo único, llamado Pantolinus (Panta- 
leo'n). De modo que, según observa el último bio'grafo de 
Cristóbal Colón 2 , la descendencia de éste en Italia no 
deberá buscarse por el apellido Colombo, puesto que allí 
no tuvo sucesio'n ninguno de los varones, sino por Pantaleo'n 
Bavarello, hijo de su hermana Bianchinetta. 

No se han encontrado hasta hoy más datos sobre los 
individuos de la familia que permanecieron en Italia. Ni aun 
del fallecimiento de Domenico Colombo y de su mujer se sabe 
la fecha, deduciéndose tan solo, por razonables conjeturas, 
que murieron cuando ya su hijo mayor estaba viviendo en 
España: la madre después del año 1484; el padre hacia el 
de 1498, si no hay errores en los documentos que á ellos 
parecen hacer referencia y han sido publicados recientemente 
por M. H. Harrisse ; aunque tanto estos , como otros 
muchos, deben leerse con cautela por las razones que el 
mismo crítico expone. 

« Por desgracia , dice en un folleto últimamente publi- 
cado 3 ? y del que nos ocupamos ya en la Introducción, estas 



1 «Ignoto é il nome della sorella maritata coll pizzicagnolo Giacomo 
Bavarello.» 

Códice Diplomático Colombo Americano, Genova, 1823, Introduzione, pág.XI. 

8 Christophe Colomb, son origine, etc., tomo II, pág. 454. 

s Le quatrieme centenaire de la decouverte du Nouveau- Monde. París. — 
Pág. 16. 





20 



CRISTÓBAL COLON 



investigaciones no pueden ser hechas sino por paleo'grafos 
muy hábiles, porque el latín y la escritura del siglo xv son 
casi indescifrables.» Fundados en esta explícita confesio'n del 
mismo que los alega, deben los historiadores estar muy 
prevenidos, y no aceptar sin mucha reserva, sin grandes 
precauciones y la más autorizada comprobacio'n, las noticias 
que se desprenden de esos documentos notariales de tan 
difícil lectura, que con perseverancia digna del mayor elogio 
van desenterrando de los archivos ciertos eruditos y patro- 
cina M. H. Harrisse. 

La prueba de los errores que pueden cometerse, aunque 
no sea por otra causa que por la de ser casi indescifrables los 
documentos, nos la ofrece el mismo colombista americano en 
ese mismo folleto. 

A la página 31, nota que lleva el número 51, dice así: 
— «En 30 de Octubre de 1476 (no'tese la fecha) los herma- 
nos Juan, Mateo y Amigeto, todos tres de Quinto, é hijos 
de Antonio, se obligan á enviar á costa de todos á uno de 
ellos, Juan, á España, ad inveniendwn dominum Christoforum 
del Columbo Armirantum Regis Ispania, dividiendo entre ellos 
lo que el viaje produzca x .» 

Ahora bien, como en el año 1476 ni Colón había 
entrado en España, ni había emprendido su viaje trasatlán- 
tico, ni era Almirante del Rey de España, preciso es suponer 
que el documento es apo'crifo, o que hay un grave error en 
el año, hijo tal vez de que un paleógrafo no muy hábil ha 
entendido mal aquel latín 3^ aquella escritura casi indescifra- 
bles. El documento ciertamente no dice eso. 

Ningún detalle se ha conservado de la infancia de 
Colón, que, según puede suponerse, corrió' ignorada y 



1 «Au 30 Octobre 1476, les fréres Giovanni, Matteo et Amigeto, tous trois 
de Quinto et fils cT Antonio, s'engagent mutuellement a envoyer a frais communs 
l'un d'eux, Giovanni, en Espagne, ad inveniendwn dominum Christoforum de 
Columbo Armirantum Regis Ispanioz , et de partager ce que ce voyage aura 
rapporté.— In Not. G. B. Pilosio.— Staglieno, Giornale Ligurtino, Anno XIV, 
pág. 241. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO PRIMERO 



21 



oscura como lo era su existencia, en el taller de su padre. 
Para su gloria no necesita más que su nombre; bástale su 
genio, sin que puedan añadirle esplendor alguno ni el brillo 
de ilustre cuna, ni las anécdotas apo'crifas con que un entu- 
siasmo mal entendido ha "tratado de adornar sus primeros 
años. Cuanto se ha escrito de su vida en familia, de sus 
inclinaciones de niño, de los caracteres de sus padres, de sus 
primeros estudios cursados en la Universidad de Pavía, no 
descansa ni en un solo dato histórico: nada se encuentra que 
pueda justificarlo, ni en documentos contemporáneos, ni en 
las memorias que de Colón se conservan auténticas, y es 
todo una novela mejor o peor imaginada para llenar ese 
vacío de catorce años. 

Escasa debió ser la educacio'n que recibieron los cuatro 
hijos de Domcnico Colomho y Susana Fontanarrosa; que no 
parece probable el que aquellos humildes artesanos costearan 
estudios literarios ni científicos á sus hijos, cuando de su 
trabajo manual necesitaban para atender á la subsistencia de 
la familia. Puede asegurarse, por tanto, que los primeros 
años de su vida los paso' Cristóbal Colón trabajando en el 
modesto oficio en que su padre se ejercitaba, y sin más 
instruccio'n que la superficial que podía ir adquiriendo en 
las conversaciones con sus amigos. De ellas debió' tomar 
incremento é irse desarrollando poco á poco, su afán, por 
conocer aquellas ciencias que más despertaban su curiosidad 
y agradaban á su entendimiento, de las que no tardaría en 
tomar algunas nociones, con la lectura y estudio de los pocos 
libros á que pudiera consagrar sus ocios, y en los que el 
adelanto podía ser muy notable y superior al trabajo, por 
su natural facilidad para aprender, su feliz memoria, su 
poderosa intuición y su clarísima inteligencia. 

Es observación curiosa la de que, de cuantos escritos 
nos quedan de Colón, que son en gran número, no hay uno 
solo en lengua italiana; viniendo á demostrarse con esto, en 
nuestro entender, cuan superficial hubo de ser su educacio'n 




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22 



CRISTÓBAL COLÓN 





primera, y al mismo tiempo que salió' de su patria cuando 
aún era casi niño. Se familiarizo' con la lengua española, que 
escribía con elegancia, y uso' en cartas y libros; valiéndose 
de la latina , aunque con bastante desaliño é incorreccio'n en 
algunas ocasiones, especialmente en las notas á las obras de 
estudio escritas en aquella lengua. 

Así corrieron tranquilos, sin extraordinarias circuns- 
tancias, los primeros años de aquel niño pensador y aficio- 
nado al trabajo, á quien la Providencia destinaba á repre- 
sentar papel tan brillante en la historia de la humanidad, é 
igual suerte tuvieron sus hermanos, según la más fundada y 
natural conjetura; pero teniendo en cuenta las especiales 
dotes y feliz disposicio'n del primero, se comprende que en 
su mente nacieran muy pronto vivos deseos de adquirir 
alguna instruccio'n , que le abriera nuevos horizontes y le 
proporcionara medios para mejorar su fortuna. 




24 



CRISTÓBAL COLÓN 






Era entonces el puerto de Genova el de mayor impor- 
tancia de Italia, compitiendo con el de Venecia y aun 
superándole en movimiento comercial. En sus galeras se 
embarcaban cada día numerosos jóvenes que con ansia de 
gloria o' de riquezas partían para todos los puntos del 
mundo conocido, bien como marinos, bien como negociantes; 
ora como soldados, ora como artistas. Todos abrigaban las 
mayores ilusiones; todos llevaban lisonjeras esperanzas, y en 
sus animadas conversaciones, como en la alegría de sus 
semblantes, dejaban ver á las claras el entusiasmo y el ardor 
de la juventud en imaginaciones meridionales. 

Cristóbal Colón asistía á aquel extraordinario movi- 
miento; y dada la viveza de su ingenio, la intrepidez de su 
carácter, la elevación de su inteligencia y la actividad de que 
estaba dotado, bien se comprende el vivísimo deseo de saber 
que despertaría en él tal espectáculo. Viendo tomar plaza en 
las galeras á la más arrojada juventud de Italia; escuchando 
las relaciones de los que regresaban de lejanos países , los 
peligros arrostrados, las ganancias obtenidas, las negocia- 
ciones entabladas ; aprendiendo de labios de aquellos audaces 
marinos las diversas costumbres de los pueblos que habían 
visitado, el estímulo de la curiosidad hizo nacer en su mente 
la idea de tomar parte en los viajes de sus compatriotas, 
que muy luego debió' convertirse en deseo vehementísimo, 
haciéndole adoptar la resolucio'n de abandonar su oficio y 
aventurarse en el mar. 

No hacemos esta pintura como mera suposicio'n. La 
deducimos lógicamente de las palabras mismas de Colón 
cuando dijo á los Reyes Cato'lieos : « De muy pequeña edad 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO II 



25 



1 Historie del Signor don Fernando Colombo; nelle quali s'ha particolare é 
vera relazione della vita é de i fatti del'Ammiraglio don Christoforo Colombo, 
suo padre, etc. In Venetia, 1571, Appresso Francesci Sanesse, fol. 9. 

* Biblioteca Colombina, Z, 138, 25. — Libro de Profecías , fol. 4.-- Se 
publicó por Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos, tomo I. Doc. 
no. CXL.; y en el Ensayo de tina Biblioteca española de libros raros y curiosos, 
tomo II, col. 503. — Si es posible, ofreceremos á nuestros lectores este importan- 
tísimo documento fielmente reproducido por la foto-litografía. 

Cristóbal Colón, t. i.- 4. 



entré en la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy. La 
mesma arte inclina a quien la prosigue á desear saber los secretos j¡ 
deste mundo...» Su hijo don Fernando dice que empezó' á 
navegar á los catorce años ■. 

Tomando por punto de partida aquella carta de Cris- 
tóbal Colón, cuyo texto se conserva auto'grafo para que no 
pueda oponérsele duda ni objecio'n de ninguna clase 2 , debe 
conjeturarse que sus primeros viajes se reducirían á breves 
expediciones, y en ellas luego comenzaría á adquirir los 
conocimientos náuticos de que dio' patentes muestras, que 
necesitan largo ejercicio, y que ciertamente no podría obte- 
ner en el taller de su padre. 

Como nada relativo á su infancia, hasta que llego á la 
edad de catorce años, consta de una manera directa, ni aun 
indirecta, no sabemos si al abandonar su oficio y dedicarse 
al mar, lo hizo con el consentimiento y aprobacio'n de sus 
padres, o' si, como tantos otros jo'venes de aquel tiempo, 
enardecido, exaltado por los hechos maravillosos cuya narra- 
cio'n escuchaba en boca de antiguos marinos, huyo' de la casa 
paterna y se alisto' en alguno de los barcos que partían del 
puerto de Genova. Nos inclinamos á lo primero. Creemos 
que Colón emprendió sus viajes con la aprobacio'n de sus 
padres, que conocedores de su aficio'n, apreciando bien su 
carácter y condiciones especiales, tal vez quisieron ponerle 
en camino de conseguir mayores ventajas que las que 
pudiera proporcionarle el oficio de tejedor de paños. Quizá 
soñaron con un porvenir de gloria para su hijo, y tuvieron 
el acierto de dedicarle á lo que su inclinacio'n le llamaba, sin 




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3 



26 



CRISTÓBAL COLON 



privarse por eso del fruto de su trabajo, pues de sus manos 
recibirían el corto sueldo que obtuviera en cada uno de 
aquellos viajes. 

Solamente de esta manera podríamos explicar la exacti- 
tud de varios documentos publicados en la última obra dedi- 
cada á esclarecer la historia del gran marino, que justifican 
la presencia de éste en Genova muchos años después de haber 
abrazado la profesio'n del mar, según sus propias palabras. 

Tampoco existe dato alguno de donde pueda deducirse 
si Cristóbal Colón, al abandonar el oficio de su padre por 
la profesio'n de marino, se dedico al comercio en la marina 
mercante o' tomo' plaza en los buques de guerra de la 
Señoría. Pudo ser muy bien que principiase por lo uno y 
después viniera á parar en lo otro buscando mayores bene- 
ficios; siendo lo cierto, que el primer hecho de su vida de 
mar que consta de una manera indudable, en carta muy 
curiosa que dirigió' á los Reyes Cato'licos desde la isla Espa- 
ñola, fecha en el mes de Enero de 1495, cuyo texto ha 
conservado en su Historia de las Indias, el obispo fray Barto- 
lomé de las Casas l , nos lo presenta mandando una galera, 
y cumpliendo o'rdenes recibidas del rey Renato de Anjou. 

« A mi acaeció que el Rey Reynel, que Dios tiene, me envió 
á Túne\ para prender la galeaza Fernandina; y estando ya 
sobre la isla de San Pedro en Zerdeña, me dijo una saetía que 
estaban con la dicha galera- dos naos y una carraca; por lo que 
se alteró la gente que iba conmigo, y determinaron de no seguir 
en el viaje, salvo de se volver a Marsella por otra nao y mas 
gente. Yo, visto que no podia sin algún arte forjar su voluntad, 
otorgué su demanda, y mudando el cabo de la aguja di la vela 
al tiempo que anochecía, y otro dia al salir el sol estábamos 
dentro del Cabo de Carthagine, teniendo todos ellos por cierto que 
íbamos a Marsella... etc.» 



1 Historia de las Indias, escrita por fray Bartolomé de las Casas, tomo 1, 
cap. III, pág. 48. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



27 



Este hecho no puede dejarse de ningún modo fuera de 
la vida de Cristóbal Colón; primero por lo que significa, y 
además, porque no es posible suponer que el ilustre Almi- 
rante falto á la verdad y refirió noticias de sucesos que no 
habían ocurrido, en carta" dirigida á los soberanos, ni en 
ninguna otra. Admitiéndolo, necesario es reconocer también 
que tuvo lugar entre los años 1459 á 1461, últimos en que 
las galeras de Genova auxiliaron al rey Renato *. Este, en 
la primavera de 1459, animado por las solicitudes y prome- 
sas de la nobleza de Ñapóles, armo una expedicio'n para 
apoderarse de aquel reino; y los genoveses, partidarios del 
duque de Calabria, que los mandaba, se incorporaron á la 
escuadra con diez galeras 3^ tres buques mayores que salieron 
del puerto de Genova el 4 de Octubre de 1459 2 . 

El animoso marino se encontraba entonces en toda la 
fuerza de la juventud, pues contaría apenas veinticuatro 
años, y ya demostró muy á las claras la audacia de que 
estaba dotado su carácter, la rapidez y novedad de sus 
concepciones, la firmeza de su resolución, que señalaban al 
hombre capaz de llevar á cabo trascendentales empresas. 
Pero como ya en el año siguiente los genoveses se apartaron 
del servicio del rey Renato de Anjou, puede suponerse que 
Colón volvió también á su casa con las galeras de Genova 3. 

Desde esta fecha podemos estudiar y figurarnos la vida 
de Colón equiparándola con la de todos los marinos de 
aquella época. Embarcado y dirigiéndose á diferentes puntos, 
cuando por negocios mercantiles o' por empresas marítimas 
encontraba sueldo entre el equipaje de algunas naves; entre- 
gado al estudio, siempre con el mayor afán y perseverancia, 
y aún dedicado alguna vez á su antiguo oficio, cuando al 



1 Sismonde-Sismondi. Histoire des républiques italiennes du moyen age; 
París, Furne, 1840, tomo VI. 

* Histoire de Rene d' 'Anjou, Roi de Naples , Duc de Lorraine et Comte de 
Provence, par Louis Francois de Villeneuve Bargemont; París, Blaise, 1825. 

3 Los restos de Cristóbal Colón, disquisición por el autor de la Biblioteca 
Americana vetustíssima; Sevilla, Alvarez, 1878. 






28 



CRISTÓBAL COLON 



m 



regresar de aquellos viajes traía en su cabeza ideas más 
completas, nuevos, conocimientos de los países que había 
visitado, y mayores deseos de conocer otros más lejanos, 6 
de comprobar por su propia experiencia y observación 
aquellas nociones que le parecían más extrañas, o' aquellos 
puntos que por suscitar dudas entre los experimentados 
marinos eran ocasio'n frecuente de disputas y controversias 
en sus reuniones. 

Todos los historiadores y los bio'grafos de Cristóbal 
Colón convienen en que no puede precisarse cuándo nació 
en su inteligencia el pensamiento de lanzarse á la exploración 
de latitudes desconocidas, ni las causas que determinaron el 
desarrollo de aquella idea. Trasladándonos, en cuanto es 
posible, con la imaginacio'n á esta época de su existencia, 
comprenderemos que, dedicado unas veces al estudio, procu- 
rando conocer todas las teorías, y llevando en otras ocasio- 
nes á la práctica lo que en los libros veía escrito, fué 
adquiriendo gran caudal de ciencia sin darse cuenta de ello; 
y también, sin designio formal, iba naciendo en su ánimo la 
idea de nuevas especulaciones. 

Que no curso' en Universidad alguna, y sus conoci- 
mientos procedían del propio estudio, de su afán por saber, 
parece deducirse claramente de la carta antes citada. Lo 
mismo sucedió á su hermano Bartolomé, que, probablemente 
animado por el ejemplo, le imitó en sus estudios, aprendió 
quizá al mismo tiempo á dibujar y trazar cartas geográficas, 
y aun también le acompañó en alguno de sus viajes. 

De esta manera el hijo del humilde cardador de lana, el 
tejedor de paños, se iba convirtiendo poco á poco en hombre 
de mar; adquiría paulatinamente caudal de ciencia y de 
experiencia, y acumulaba en su memoria hechos extraordi- 
narios, cuya explicación no era clara, sintiendo nacer ideas 
nuevas y grandes en su fantasía, que fueron convirtiéndose 
con el transcurso del tiempo en proyectos grandiosos, de tal 
magnitud, atrevimiento y lucidez que todavía nos asombran. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



29 



II 






Los descubrimientos hechos por mar en el siglo xv no 
pueden apreciarse aisladamente, ni ser estimados como hijos 
de una aficio'n o propensiones casuales de los hombres de 
aquella edad. El desarrollo de todos los grandes períodos 
histo'ricos tiene siempre su raíz en otros períodos anteriores; 
las ideas científicas vertidas en una época no alcanzan en ella 
su desenvolvimiento, ni se ven en sus últimas consecuencias 
sino mucho tiempo más adelante , y las conquistas del 
hombre sobre el mundo material han proporcionado siempre 
medios para nuevos adelantos, eslabonándose con irresistible 
fuerza, y siendo lógicamente las unas indeclinables y forzo- 
sas consecuencias de las otras. El dominio de la inteligencia 
humana sobre la materia es el verdadero progreso; cuando 
el hombre llegue á dominar por completo la naturaleza que 
le rodea y á disponer de sus fuerzas estará muy cerca de la 
perfeccio'n. 

Pero por lo mismo que el camino es lento y el trabajo 
penoso, no debe ni puede abandonarse en el olvido ninguno 
de los adelantos que practicaron generaciones anteriores, ni 
dejar de consultar todo lo que ellas supieron. Relacionando 
las ideas que parecen más aisladas se tiene la explicacio'n de 
muchos fenómenos histo'ricos. 

•Porque no es posible exponer la historia bajo un plan 
filoso'fico, dejando de apreciar y discutir ninguno de los 
sucesos por fabulosos que parezcan, como dice con su admi- 
rable profundidad A. Humboldt, pues sería privarnos de 
antecedentes precisos y necesarios. Los mismos mitos que se 
mezclan con la Historia y con la Geografía no corresponden 
exclusivamente al mundo ideal. Cierto que los símbolos 



30 



CRISTÓBAL COLON 



ocultan en ellos la verdad con un velo á veces muy denso, á 
veces más transparente; pero pudiéndolos descifrar sin error 
se encuentran en ellos las primeras percepciones cosmo- 
gráficas y nociones de sucesos que no son conocidos de otra 
manera. Los .primitivos observadores velaban sus conoci- 
mientos de la Naturaleza en aquellas formas fantásticas. 

El gran pensamiento de Cristóbal Colón no fué casual, 
ni nació' en su mente sin tener precedentes histo'ricos, cien- 
tíficos y aun mitolo'gicos ; y con harta claridad demuestran 
la exactitud de este aserto las infinitas notas de que están 
llenos sus libros de estudio, como ya hemos dicho en otra 
ocasión, y las indicaciones que recogía y guardaba cuida- 
doso, de cualquier dato referente á viajes, tierras, produc- 
ciones y cuanto podía concurrir á dar peso y autoridad á la 
idea que había concebido. 

Estudiando los escritos que de Colón nos han quedado, 
y examinando atentamente la infinita multitud de notas de 
su mano que pueblan las márgenes de los libros de Estrabo'n, 
Marco Polo, Pedro de Aliaco, Eneas Silvio y otros de su uso 
constante, así como las citas de la Sagrada Escritura, de 
Santos Padres y de toda clase de escritores que reunía, si 
bien no puede determinarse con fijeza el momento en que 
comenzó' á acariciar la idea de la navegacio'n hacia Occidente, 
se ve desde luego la tenacidad con que la perseguía, y co'mo 
iba creciendo su confianza á medida que encontraba indica- 
ciones atendibles, y que por la reflexio'n deducía de ellas 
mayores probabilidades y fundamentos. 

Indudablemente su primera idea debió fijarse en la gran 
parte del globo que no era conocida, y donde podrían 
encontrarse algunas islas como las Azores , las de Madera y 
Cabo Verde, que en diferentes épocas y por sucesos más 6 
menos casuales se habían ido descubriendo en medio del 
Océano. El tenaz empeño de los portugueses de buscar el 
comercio con las Indias Orientales por la circunnavegacio'n 
del África, hubo de imprimir nueva direccio'n á sus estudios, 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



31 



en la manera que antes de ahora hemos indicado repetida- 
mente, y partiendo de un error dimanado del sistema de 
Ptolomeo, respecto al volumen del globo, cuya división 
arbitraria é infundada, le daba dimensiones mucho menores 
de las que en realidad tiene, pensó' que el extremo de la 
India se había de encontrar más brevemente navegando en 
la direccio'n contraria. Porque midiendo por aquel sistema, 
entonces por todos admitido, los espacios en que dividían la 
tierra, 3^ calculando los que ocupaban los continentes cono- 
cidos, cuya extensio'n podía obtenerse con alguna mayor 
exactitud, resultaba, en efecto, menor la distancia que reco- 
rrer caminando al Occidente hasta encontrar la extremidad 
del Oriente. 

Pero las dificultades á primera vista eran insuperables; 
la fábula primero , luego la supersticio'n y la ignorancia 
habían acumulado sobre el Océano, nunca de antes nave- 
gado, tales horrores, contrariedades de tan diversa índole y 
naturaleza, que no era posible aventurarse en su explo- 
ra cio'n. 

A no dudar, el carácter especialísimo de aquel siglo, la 
audacia con que se acometían las más difíciles navegaciones, 
la pasio'n reinante por los descubrimientos, influyeron mucho 
en el ánimo de Colón para hacer que no abandonara aquella 
idea, que en un momento de alucinacio'n , o' mejor dicho, de 
lucidez científica, apareció en su mente; y dedico' desde 
entonces todas las fuerzas de su privilegiada inteligencia, su 
trabajo, su incansable actividad al estudio de los varios 
problemas que podían contribuir á desvanecer las antiguas 
fábulas y dar razones de probabilidad en el terreno práctico 
á aquel proyecto tan atrevido, á una teoría tan contraria á 
todos los conocimientos de la ciencia geográfica que pasaban 
como axiomas. 

El momento era oportuno, é influyo' de un modo deci- 
sivo en la realizacio'n del pensamiento. Colón sintetizo' en su 
idea la aspiracio'n de la época. Hay pensamientos que flotan 






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32 



CRISTÓBAL COLON 



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en el aire, dice con gran verdad Alfonso de Lamartine, 
como miasmas intelectuales, y que millares de hombres 
parece que los aspiran al mismo tiempo. Cada vez que la 
Providencia prepara en sus designios el mundo para alguna 
transformacio'n religiosa, moral o' política, se observa gene- 
ralmente el mismo feno'meno ; una aspiracio'n y una tenden- 
cia más o' menos marcada á completar la unidad del globo 
por medio de la conquista, por el lenguaje, por el proseli- 
tismo religioso, por la navegacio'n, por los descubrimientos 
geográficos o' por la multiplica cio'n de relaciones de los 
pueblos entre sí, por la mayor aproximacio'n y contacto de 
los mismos, que por las vías de comunicacio'n , por el comer- 
cio, por sus necesidades propias, se van formando un solo 
pueblo. Esta tendencia á la unidad del globo, en épocas 
determinadas, es uno de los hechos providenciales más visi- 
bles en los resultados de la historia. 

Aspirando aquellos miasmas, viviendo en aquella socie- 
dad que so'lo pensaba con ardor en los descubrimientos, 
Cristóbal Colón perseguía con ardor su ideal, que era 
encarnacio'n del pensamiento de su época; estudiaba con afán, 
y robustecía su conviccio'n con testimonios de toda especie. 
Causa indecible placer el examen de los libros de su uso que 
se conservan, entre muchos que indudablemente alimentaron 
su pasio'n por la ciencia. 

Don Fernando Colon, hijo del Almirante y de doña 
Beatriz Enríquez, doncella noble de Co'rdoba, heredo' de su 
padre el talento profundo, la elevacio'n de miras, el amor á 
la ciencia, que tanto -le distinguieron. Adelantándose á su 
tiempo, comprendió la grandísima importancia que para las 
generaciones futuras había de tener la coleccio'n de todos los 
libros que hacía muy poco tiempo había empezado á multi- 
plicar la imprenta; y á su muerte, ocurrida en 9 de Julio del 
año 1539, lego' á la posteridad una imponderable biblioteca 
compuesta de más de veinte mil títulos, que hoy conserva 
como uno de sus más preciados timbres el Cabildo Catedral 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



33 



de Sevilla *, y se conoce en todo el mundo civilizado con el 
nombre de Biblioteca Colombina. Entre aquellos libros, que 
el hijo ilustre del inmortal descubridor reunió' á costa de 
grandes dispendios, viajes y trabajos, se encuentran varios 
de los que uso' el Almirante, y en sus márgenes son tantas 
las notas, las correcciones, llamadas y anotaciones, que 
bastan por sí solas para demostracio'n del incesante estudio 
á que el hombre de ciencia se consagraba, y destruyen todas 
las consejas inventadas después del descubrimiento, para 
disminuir la gloria de su concepcio'n. 

No es posible, aunque fuera importantísima labor, 
trasladar aquí todas las notas que llaman la atención; pero 
no podemos resistir al deseo de copiar algunas, que bastarán 
para robustecer nuestras afirmaciones. 

En el libro titulado Imago Mundi, que es el primero de 
los tratados del cardenal Alyaco, al folio 12, donde aquél 
expresa que los países de la zona to'rrida son inhabitables, 
anota Colón al margen: 

non est inhabitabilis quia per eam hodie navigatur 
(prope Guiñéame imo est populatis sima et sub 
linea cequinotialis est castrwn minoz S. Regi Portugalioz, 
qucem vidimus. 

Al folio 1 8 , cuyas márgenes tienen nada menos que diez 
notas, hay sobre todas, en la parte superior, y precedida de 
una manecilla para llamar la atención, la siguiente: 

inter montes istos sunt insulce innumerabiles ínter 
quas sunt que plena margaritis et lapidibus preciosis: 



1 La historia de esta célebre biblioteca se hizo en parte en los Apéndices 
al libro titulado Don Fernando Colón, historiador de su padre; (Sevilla, Taras- 
có, 187 1, in 4. ) El catálogo perfectamente formado de los libros que de ella 
quedan, después de mil vicisitudes porque ha pasado, y de las expoliaciones de 
que ha sido objeto por incuria é ignorancia, se ha empezado á publicar en la 
revista titulada Archivo Hispalense: Sevilla, imprenta de El Orden, 1887, 
haciendo un verdadero servicio á las ciencias. Sería curioso é interesante unir 
al Catálogo de lo que existe la noticia de lo que falta, cuyos más importantes 
números en lo referente á libros extranjeros, pueden verse en los curiosos folle- 
tos de M. H. Harrise, Grandeur et decadence de la Colombine. Paris, 1885, y 
Excejpta Colombiniana. — Paris, 1887. 



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Cristóbal Colón, t. i. — 5. 



34 



CRISTÓBAL COLON 



Y más abajo nota: 

trapobana. 

Y en otra añade: 

india multas regiones habet ct spetias aromáticas 
et lapidibus pretiosis ,plur irnos et montes auri 
et ipsa est tertia pars habitabilis. 

En otro de sus libros, el titulado Historia rerum ubique 
gestarum, que escribió' el cardenal Piccolomini al folio 36 v to x 
escribe: 

Multi montes, multi coles in Armenia sunt: 
dictutn est de terminis Armenia de montibus et 
fluminibus nunc de qualitate terrarum. 

No podemos continuar, pues sería necesario, como antes 
decíamos, multiplicar las citas indefinidamente: lo expuesto 
basta para justificar á la vista del más desconfiado, el dete- 
nido y profundo estudio que Colón hacía de los autores, y 
la prolijidad con que procuraba encontrar argumentos que 
pudieran convencer á los incrédulos. 

El pensamiento era enteramente suyo. Nuevo y extraño, 
superior al alcance de los entendimientos vulgares, necesi- 
taba de toda clase de comprobaciones para que pudiera al 
menos ser escuchado sin prevencio'n y á este objeto se diri- 
gían todos sus trabajos. Al profundo estudio de cuanto la 
antigüedad había adelantado en las ciencias, y de todas las 
noticias de los viajes de sus contemporáneos, añadió' la auto- 
ridad de los sagrados libros, de los Santos Padres, de los 
más eminentes expositores, que enardecidos por la fe reli- 
giosa pronosticaban la predicacio'n del Evangelio entre 
pueblos remotos y desconocidos. No tenía límites en su 
estudio; comenzó' en los coros de la Malea de Séneca, y llego' 



1 Aunque este libro no lleva foliación propia, está foliado á mano, y á 
estos números se refiere el texto. La descripción de los libros citados y de los 
demás que anotó Cristóbal Colón, puede verse en las Aclaraciones y documen- 
tos (C) hecha por el docto bibliotecario de la Colombina, el licenciado don 
Simón de la Rosa, con singular esmero. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



35 



hasta la consulta del astrónomo florentino Paulo del Pozzo 
Toscanelli, de que á su tiempo habremos de ocuparnos. 

Con tales datos y no olvidando el movimiento de la 
época , se comprende el génesis de la idea en el privilegiado 
talento de Cristóbal Colón, y el progreso de sus conviccio- 
nes; sin que pueda concederse el menor crédito á las fábulas 
que después de verificado el descubrimiento comenzaron á 
correr entre el vulgo, y aun encontraron acogida en algunos 
historiadores, para disminuir el merecimiento y anublar la 
gloria del descubridor. 

El sentimiento noble de la nacio'n hizo justicia á aquellas 
hablillas en el conocido cuento o' anécdota del huevo de Colón, 
que pinta de una manera tan sencilla como clara el proceder 
de las medianías, y las astucias de la envidia para rebajar el 
mérito de lo que no pueden alcanzar. Colón también les dio' 
la más cumplida respuesta con un so'lo rasgo de su elocuen- 
cia, escribiendo á los Reyes desde la isla Jamaica en 7 de 
Julio de 1503: «siete años estuve en su real corte que á 
cuantos se fabld de esta empresa todos á una dijeron que era 
burla; agora fasta los sastres suplican por descubrir:» frase que 
causo' profunda impresio'n en el ánimo de Voltaire, hacién- 
dole decir l : «Cuando Cristóbal Colón ofrecía dar á cono- 
cer un nuevo hemisferio se le argüía que no era posible su 
existencia; cuando lo hubo descubierto dieron en sostener 
que era conocido desde mucho tiempo antes.» 






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III 



Como el pensamiento dominante en el momento histó- 
rico que determina la aparicio'n de Cristóbal Colón, la idea 



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1 Essai sur les mceurs et Vespiit des nations. 



36 



CRISTÓBAL COLON 



capital á que todos los hombres de aquella época consagra- 
ban sus estudios, su atencio'n, sus vigilias y su actividad en 
diferentes esferas del movimiento científico, era el conoci- 
miento de la parte del globo que aún permanecía ignorada, 
las conversaciones eran reflejo constante de aquella preocu- 
pacio'n social ; y hasta en las reuniones de humildes y toscos 
marineros se daban noticias inverosímiles y fantásticas de 
países maravillosos, que se acogían y repetían como verda- 
des demostradas, y se prestaba atento oído á las narraciones 
más absurdas, si procedían de labios de viejos navegantes 
que hubieran tocado los límites del mundo conocido. No era 
necesario acudir á los libros para oir hablar de la Isla de las 
siete ciudades, con su imaginada historia de los siete obispos 
que las fundaron, hu} r endo de España después de la funesta 
batalla del Guadalete, y en ellas conservaban la religión 
cristiana en toda su pureza. En todas partes se hablaba de 
la novelesca aventura de Ana Dorset y de su amante Robert 
Marchan que fugitivos de Inglaterra fueron arrojados por 
una tempestad á la isla de Madera , y allí perecieron de 
tristeza en 1370, y los más crédulos buscaban todavía el 
sepulcro de los amantes cuando se pobló' la isla. No faltaban 
personas doctas que recordasen el diálogo Tuneo, donde 
Plato'n habla de la gran ^Atíántida, isla situada fuera de las 
columnas de Hércules, que desapareció' en un terrible cata- 
clismo, pero cuya memoria conservaban los sacerdotes egip- 
cios que la transmitieron á Solo'n, el inmortal legislador de 
Atenas, con detalles y particularidades del mayor interés. 

Y entre estas reminiscencias de pasados sucesos y al par 
de otros muchos cuentos de menor fundamento todavía, 
menudeaban los recuerdos de la isla de San Brandan o' San 
Borondo'n *, que muchos aseguraban haber visto, de cuya 
existencia se aducían testimonios de diferentes clases, y para 



1 Véase el libro titulado Grandezas y cosas memorables de España , por el 
maestro Pedro de Medina. — Sevilla, Dominico Robertis, 1549, fol. XLVÍI. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO II 



37 



cuyo descubrimiento se emprendieron muchos viajes; y casi 
no pasaba un año sin que se pidiera protección á los reyes 
de Portugal para conseguirlo. Ilusio'n o'ptica de los habitan- 
tes de las Islas Canarias, tan arraigada en ellos, según su 
historiador Viera y Clavijo ', que no era posible hacerlos 
dudar, á pesar de las inútiles expediciones emprendidas con 
el objeto de reconocerla. 

Hechos aislados, tradiciones sin fundamento serían tal 
vez juzgados semejantes rumores, si su continuacio'n, la 
insistencia con que se repetían durante siglos, y el encontrar 
algunos de ellos consignados en antiguas obras no obligaran 
á mirarlos con algún detenimiento, y á procurar conocer la 
verdad que en su fondo puede encerrarse, acudiendo, en 
cuanto es posible, á investigar su origen. No creemos, 
aunque tampoco puede negarse en absoluto, que los sabios 
del antiguo Egipto tuvieran los conocimientos geológicos ni 
geodésicos necesarios para conocer por experimentos los 
trastornos sufridos por la corteza del globo y por el fondo 
del mar con la precisio'n que hoy los analiza la ciencia; pero 
parece que por tradicio'n , al menos, conservaban la noticia 
de alguno de aquellos inmensos cataclismos, de las tremen- 
das convulsiones que agitaron nuestro planeta; y no les era 
desconocida la remota edad en que el Mediterráneo se uniera 
con el Océano, después de la profunda sacudida que tal 
vez redujo á desierto arenal el que antes era mar de Libia, 
suceso notable y pavoroso que simbolizaron en el mito de las 
columnas de Hércules. 

Productos de aquella transformacio'n , de aquel cambio 
en las direcciones de las aguas, creen con fundamento 
muchos insignes representantes de la ciencia moderna que 
deben considerarse las islas Azores y las de Cabo Verde; y 
que éstas y las Canarias pueden ser restos de un antiguo 




1 Noticias de la historia general de las Islas de Canarias, por don Joseph 
de Viera y Clavijo. — Madrid, Blas Román, 1772-78. 




38 



CRISTÓBAL COLON 



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continente, o de alguna grande isla que desapareciera en 
aquella convulsión y pudo, anteriormente á ella, en la edad 
prehisto'rica , extenderse entre Europa y África '. Quizá 
entonces quedaron más unidas estas islas, que luego en otros 
movimientos volcánicos sufrieron nuevas alteraciones; pero 
lo que no parece dudoso es que del recuerdo, de las memo- 
rias que se conservaron de la catástrofe, pudo tener funda- 
mento la fábula de la Atlántida de Plato'n. 



IV 



No es de creer, ciertamente, que los contemporáneos de 
Cristóbal Colón pensaran siquiera en rebajar el mérito de 
su descubrimiento con el auxilio de semejantes teorías, por 
más que hubiera sesudo autor que expusiera con seguridad 
y confianza que los reyes de España habían poseído en lo 
antiguo las Indias. Recogiendo fabulosos cuentos de las 
generaciones pasadas, que nada tenían de común con los 
proyectos de Colón, y poniéndolos en muy diferente punto 
objetivo del que tuvieron, fué como se intento sostener que 
las tierras occidentales nuevamente halladas habían sido 
conocidas en viajes y exploraciones de anteriores siglos. 

Entonces se limitaban las murmuraciones de la envidia 
á recordar la tradición de aquellas fantásticas islas que los 
habitantes de las más avanzadas en el Océano creían ver á 
cada momento, y que al querer abordarlas desaparecían 
como ilusiones o'pticas que engañaban la vista sin tener nada 
de realidad. 

Pero la crítica que nunca descansa en su incesante 



1 Véase la Memoria Hipothese sur la disparition de V Atlantide , por 
M5 ~"~~-iL~'~'j' ~ ¿J i ^rs. Marcella T. Wil-Kins. — Acias del congreso de americanistas, cuarta reunión, 
' tomo I, pág. 131. 



LIBRO PRIMERO— CAPÍTULO II 



39 



labor, ha ido presentando diferentes datos de expediciones 
emprendidas en los siglos xi al xiv, de los que podía dedu- 
cirse el conocimiento, aunque vago y casual, que algunos 
navegantes tuvieran de alguna parte del país que hoy llama- 
mos América, arrojados á sus playas por vientos impetuosos 
o por la fuerza de las tormentas. Sucesivamente han ido 
apareciendo esas narraciones, y han vivido poco tiempo, 
para ser luego rechazadas, por más que como rasgos de 
erudicio'n se conserve su recuerdo en algunas obras; recono- 
ciendo que, aunque curiosos y dignos de atencio'n bajo 
muchos conceptos, esos viajes no tenían punto alguno de 
contacto ni pudieran servir de precedente al que Colón 
emprendió' en 1492. 

La expedicio'n de los Vivaldi, que á fines del siglo xin 
perecieron en parajes desconocidos, de los cuales no se pudo 
tener noticia; las de los hermanos Nicolás y Antonio Zeno, 
que se suponen emprendidas por los años 1388, y la de Vaz 
de Corte Real en 1464, ni están justificadas de una manera 
que no deje lugar á dudas, ni, según las más atinadas conje- 
turas, tuvieron otro objeto que el viaje á las Indias, con 
todos los inconvenientes que en época tan remota ofrecían 
las navegaciones largas, por la pequenez de los buques y la 
deficiencia de instrumentos náuticos, y de cuyas peripecias 
sacaba exagerados relatos la acalorada fantasía, pintando 
con vivos colores grandes é inverosímiles aventuras. 

Alguna mayor atencio'n podría prestarse á la noticia 
que, como mero dicho, dejo' consignada en su Historia de las 
Indias, Francisco Lo'pez de. Gomara, cuando al tratar de este 
punto dijo de pasada... «también han ido allá hombres de 
Noruega con el piloto Joan Scolvo, é ingleses con Sebastián 
Gaboto l .» Pues aunque al señalarlo en unio'n con el de 
Cabot parecía suponer que hubo de ser con posterioridad al 



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1 Historia general de las Indias. — Parte primera. — De la tierra del 
Labrador. 



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CRISTÓBAL COLON 



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descubrimiento de Colón, una mención que de Scolvus hace 
Cornelio Wytfliet, en libro que no conocemos, pero cita el 
señor Harrise, parece fijar la época del viaje en el año 1476. 

Antes de conocer la cita de Wytfliet, nos explicábamos 
el pasaje de Lo'pez de Gomara como lejana referencia o tradi- 
cio'n de los viajes de los escandinavos ; referencia cuyo origen 
no nos era desconocido, pues en su tiempo no sabemos de 
autor alguno que los escribiera, ni que hubiera examinado 
el célebre códice Flateyense , que contiene las narraciones de 
los viajes de Bjornius (Hergulvi filius), el cual navegando 
desde Noruega á Islandia en el estío del año 985 o' 986 fué 
arrojado á una playa desconocida, que vio' y describió', 
aunque sin desembarcar en ella ; y después el viaje empren- 
dido en el año 1000 por Leivús, hijo de Eric el Rojo, que 
bajando á las tierras vistas por Bjornius, habiendo encon- 
trado hermosos racimos de uvas le dio el nombre de Vinland 
y después de haber invernado en aquellos lugares regreso' 
con toda felicidad á su país, repitiendo sus excursiones en 
años sucesivos. Las narraciones de estos viajes fueron causa 
de que se emprendieran otros, cuyos progresos y peripecias 
también se narran en el co'dice ; suponiéndose por la descrip- 
ción de las costas visitadas que eran las del Labrador. 

Con estos viajes relacionábamos la cita de Gomara, y al 
desconocido piloto Scolvo; pero el co'dice de Flatey no fué 
publicado hasta el año 1837 ', siendo antes del todo desco- 
nocido, lo cual hace imposible nuestra suposicio'n. 

Sea de ello lo que se quiera, la crítica más ilustrada 
reconoce hoy que aquellos viajes, aun en el caso de conce- 
derles entero crédito, en nada pudieron influir en el ánimo 
de Cristóbal Colón ni servirle de fundamento para sus 
cálculos. Cerca de tres siglos habían transcurrido y hasta la 
memoria se había borrado de tales establecimientos, sin que 



1 Antiquitates americana , sive scriptores septentrionales rerum anti-colom- 
bianarum in America. — Edidit Societas Regia antiquariorum septentrionalium. 
— Hafnias. — Typis officinae schultianae, 1837. Un tomo f.° con facsímiles. 



LIBRO PRIMERO —CAPÍTULO II 



41 



la arribada de los noruegos á las pla)'as del Vinland hubiera 
tenido consecuencias, ni fijado relaciones especiales entre 
éstos y los moradores de aquellos países; más aún, ni sospe- 
chaban que aquellas costas fuesen trasatlánticas; pues en 
todo el co'dice Flateyense no se encuentra indicacio'n que lo 
demuestre; y si allí llegaron los noruegos, ciertamente 
juzgaban que sus tierras estaban unidas á las del antiguo 
continente y formaban parte del mundo que ellos conocían. 

Es de notar asimismo, como curiosa observacio'n, que 
en todo el relato de los viajes de Bjorn, de Eric el Rojo y 
de Leivus, no se hace mencio'n directa de que hubieran 
encontrado pobladores en las tierras á que aportaron, ni 
tuvieran trato alguno con indígenas, lo cual nos inclina á 
suponer que no lo tuvieron; pues de lo contrario hubieran 
llamado mucho la atencio'n de los irlandeses por sus colores 
y sus costumbres, y lo hubieran escrito en su relacio'n de 
viaje. 

Y para poner de una vez en su verdadero punto de 
vista estas indicaciones, y poder apreciarlas en su justo 
valor, no podemos olvidar la consideración importantísima 
de que Cristóbal Colón no se inspiro' en hechos anteriores 
para fundar su teoría. El problema era científico, puramente 
especulativo, y los hechos sirvieron luegode comprobantes 
á lo que en hipo'tesis se desprendía de los conceptos de las 
ciencias. Plinio y Pomponio Mela habían asentado como 
probable la existencia de tierras occidentales; Colón vio 
más; adquirió el convencimiento y lo cimento' sobre hechos 
indubitados. En los libros escritos por don Fernando Colo'n 
y por Fray Bartolomé de las Casas se contienen en muchos 
capítulos las razones que movieron al Almirante en la pri- 
mera concepcio'n de su idea, citando luego los hechos que 
apoyaban sus hipo'tesis, y hasta haciendo memoria de los 
viajes de Diego de Teive y de Fernando Olmo, sin darles 
más importancia ni mayor realce del que realmente tuvieron 
en el ánimo del inmortal descubridor. 
Cristóbal Colón, t. i.— 6. 



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42 



CRISTÓBAL COLON 






Posible sería que algún buque extraviado y llevado por 
los huracanes hubiera llegado á las playas de América; pero 
si tal sucedió', puede creerse con entera seguridad que nunca 
regreso' á Europa, ni de ello se tuvo noticia en tiempo de 
Cristóbal Colón; y más aún, que todavía no se ha podido 
comprobar el hecho, á pesar de las porfiadas investigaciones 
y del trabajo constante de los geo'grafos y de los eruditos, 
ni se ha encontrado memoria cierta entre los habitantes del 
Nuevo Mundo, de que allá hubieran aportado viajeros de 
otras tierras, hasta que tuvo lugar el desembarco de Colón 
y de sus españoles, á los que tomaron por esta razo'n los 
sencillos indígenas por hombres bajados del cielo, admirán- 
dose de sus barcos, de sus rostros, de sus armas y de todas 
las prendas de su traje, porque todo les era desconocido. 



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44 



CRISTÓBAL COLON 





La llegada de Cristóbal Colón á Portugal es conse- 
cuencia lógica de su deseo de dedicarse á más útiles expedi- 
ciones. Casi todos los viajes de descubrimiento en el Occéano, 
verificados durante los años que iban corridos del siglo xv, 
habíanse iniciado en las costas lusitanas, y esta circunstancia 
explica la determinacio'n de Colón, ya que en fuerza de 
ella se encontraba en el centro de la actividad marítima, y 
en contacto con los más audaces y constantes descubridores. 

Con bien cortas diferencias, y á pesar de las diversas 
opiniones que sostienen los bio'grafos del Almirante sobre el 
año de su nacimiento, convienen todos en fijar el de su 
llegada á Portugal entre 1470 y 1472. Necesario es descar- 
tar como novelesca la narración que en el libro escrito por 
don Fernando Colo'n se hace de la causa de su arribada, que 
con más detalles inserto' en su Historia el P. Las Casas. 

«Un huomo segnalato del suo nome et famiglia, chiamato 
Colombo il giovane r , * dice don Fernando, y Las Casas 
continúa: «Este Columbo Júnior, teniendo nuevas que 
cuatro galeazas de venecianos eran pasadas á Flandes, 
esperólas á la vuelta entre Lisbona y el Cabo de San Vicente 
para asirse con ellas á las manos; ellos juntados, el Columbo 
Júnior á acometerles y las galeazas defendiéndose y ofen- 
diendo á su ofensor, fué tan terrible la pelea entre ellos, 
asidos unos con otros con sus garfios y cadenas de hierro, 
con fuego y con las otras armas, según la infernal costumbre 
de las guerras navales, que desde la mañana hasta la tarde 
fueron tantos los muertos, quemados y heridos de ambas 

1 Historie, fol. 10. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



45 



partes, que apenas quedaba quien de todos ellos pudiese 
ambas armadas del lugar donde se toparon una legua 
mudar. Acaeció que la nao donde Cristóbal Colón iba, d 
llevaba quizá á cargo, y la galeaza con que estaba aferrada, 
se encendiesen con fuego espantable ambas, sin poderse la 
una de la otra desviar ; los que en ellas quedaban aún vivos 
ningún remedio tuvieron sino arrojarse á la mar; los que 
nadar sabían pudieron vivir sobre el agua algo; los que no, 
escogieron antes padecer la muerte del agua que la del 
fuego, como más aflictiva y menos sufrible para la esperar. 
El Cristóbal Colón era muy gran nadador, y pudo haber 
un remo que á ratos le sostenía mientras descansaba ; y ansí 
anduvo hasta llegar á tierra, que estaría poco más de dos 
leguas de donde habían ido á parar las naos con su ciega 
y desatinada batalla. Desta pelea naválica y del dicho 
Columbo Júnior hace mencio'n el Sabélico en su Coránica, 
8.° libro de la 10. a década, hoja 168 *.* 

Aunque, según ya hemos indicado, Cristóbal Colón 
no era pariente del Archipirata illustris apellidado Columbas 
Júnior, ni aun siquiera su homo'nimo 2 , pues el nombre de 
éste era Guillermo de Caseneuve, como el hecho referido por 
Sabélico es histo'rico, se hace necesario dejar consignada la 
fecha en que ocurrid, pues ella sola es la mejor demostración 
de que no pudo ser consecuencia de aquel combate la llegada 
y establecimiento de Colón en Portugal. 

El encuentro de las galeras venecianas que regresaban 
de Flandes, con las genovesas al mando de Guillermo de 
Caseneuve, apellidado Coulotnp, vicealmirante de Francia, 
ocurrido entre Lisboa y el Cabo de San Vicente, tuvo lugar 



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1 Este relato, que más que de histórico tiene de novelesco, sirvió al cele- 
bérrimo poeta reverendo don Jacinto Verdaguer para la Introducción del ya 
famoso poema La Atlántid a, que escrito originariamente en lengua catalana, 
se halla traducido á la mayor parte de los idiomas literarios de Europa. 

* Histoire généalogique de la Maison Royale de France, Paris, 1733, 
tomo VIL — Les Colombo de France et d'ftalie, par M. H. Harrisse. 



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4 6 



CRISTÓBAL COLON 












el día 21 de Agosto de 1485 *, según consta en las delibe- 
raciones secretas del Senado de Venecia, al cual se dio' 
cuenta de aquel hecho de armas en la sesio'n de 18 de 
Septiembre siguiente: es decir, cuando ya Cristóbal Colón, 
tras de su larga residencia de catorce años en Portugal, y de 
haber hecho sus proposiciones al rey don Juan II, hacía cerca 
de un año había pasado á España á cuya corte llego', después 
de haberse detenido en el Monasterio de la Rábida, el 20 de 
Enero de 1485 2 . 

En nuestro concepto, y continuando el orden de los 
datos histo'ricos que venimos siguiendo, Cristóbal Colón 
debió' llegar á Portugal entre los años de 1470 y 1471; y así 
se comprenderán perfectamente las palabras que consigno en 
su carta al Rey don Fernando, que el obispo de Chiapa vio 
escrita de su mano y copia en su Historia 3, en los términos 
siguientes: «Dios Nro. Señor milagrosamente me envió' acá 
porque yo sirviese á V. A. Dije milagrosamente, porque 
fui á aportar á Portugal adonde el Rey de allí entendía en 
el descubrir más que otro: él le atajo' la vista y oído y todos 
los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo 
que yo dije... etc.» 

No dice Colón que llevara este plazo de pretensiones en 
Portugal, sino que se refiere al tiempo que vivió' en aquel 
reino y que es exactamente el que se indica. Excusado es, 
por tanto, el hacer argumentos basados en los años del 
reinado de don Alfonso V, y en la fecha en que comenzó 
á reinar don Juan II para concordarlos con las expresiones 
de esta carta; pues tal empeño y otros semejantes contri- 
buyen más bien á crear oscuridad y confusio'n donde no las 



Calendar of State Papers in the Archives of Ventee, London, 1864, 
tomo I, pág. 155. 

2 Las Casas. — Historia de las Indias, tomo I, lib. I, cap. XXIX, pá- 
gina 227. 

* Las Casas. —Lib. II, cap. XXXVII, pág. 187.— Navarrete.— Tomo III, 
P á g- 530- — En el capítulo XXVIII del lib. I, había citado Las Casas este 
principio de carta con algunas variantes. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



47 



hay. Cristóbal Colón no presento en forma y de lleno su 
pensamiento sino al último de estos monarcas, pero en 
catorce años de residencia en Portugal, desde 1470 á 1484, 
maduro' su proyecto, lo expuso y no logro' que lo entendieran. 

En este año 1470 o' 1471 llevaba ya Colón veintitrés 
años de mar, según él mismo lo dejo consignado en su 
Diario áe Navegación, diciendo: « Yo he andado 2) años en la 
mar, sin salir della, tiempo que se haya de contar, etc. I .» 
Cuando se estableció' en Portugal llevo por algún tiempo 
una vida más sedentaria, dedicándose á asuntos de familia; 
estudios y cálculos especulativos; correspondencia con sabios 
y adquisicio'n de noticias que pudieran dar probabilidades 
de acierto á los atrevidos problemas cuya realizacio'n se 
proponía, á los planes que en su imaginacio'n habían 
nacido, tomaban cuerpo en su inteligencia y se robustecían 
en la diaria experiencia propia y ajena, que con incesante 
cuidado iba recogiendo. 

Sin novelescos sucesos ni extraordinarias aventuras, y 
so'lo á impulsos de una resolucio'n nacida lo'gicamente de sus 
aficiones y estudios, fijo su residencia Cristóbal Colón en la 
ciudad de Lisboa. Había establecido en ella gran número de 
negociantes genoveses, y por muchos años habían sido almi- 
rantes de Portugal los Pessagno, marinos naturales de Ge- 
nova, que habían llevado á su servicio á muchas gentes de su 
país. Creyó' encontrar allí mayor facilidad para realizar sus 
proyectos y también protección y ayuda en sus compatriotas. 

No podían ser muy abundantes sus recursos, y es pro- 
bable que se procuraba la subsistencia trazando cartas geo- 
gráficas y planos para los navegantes, usando de aquella 
habilidad particular que Dios le había concedido para el 
dibujo 2 , y ocupándose también en algunos asuntos comer- 
ciales, de lo cual quedan bastantes indicios. 



fecías. 



Navarrete, tomo I, pág. 101. 

Carta citada á los Reyes Católicos que se conserva en el Libro de Pro- 



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CRISTÓBAL COLON 



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Sin que con entera exactitud pueda señalarse la fecha, 
parece que muy luego contrajo relaciones amistosas con la 
familia Pelestrello, emparentada con la de Ayres Mogniz, 
amistad que muy pronto se troco' en parentesco, pues por 
los años 1474 o' 1475 se verifico' el matrimonio del futuro 
Almirante con doña Felipa Mogniz Pelestrello. 



II 



Aunque para nosotros es indudable que el matrimonio 
de Cristóbal Colón no se celebro' en la isla de Madera ni 
en la de Puerto Santo, sino en la ciudad de Lisboa, no 
podemos dejar de prestar atencio'n y dar á conocer las opi- 
niones de muy doctos historiadores portugueses, que hoy, 
con nuevos datos, tienen por cierta una larga residencia del 
descubridor en aquellas islas, y afirman que en ellas se 
realizo su matrimonio. 

El primero que indico' esa creencia, aunque de una 
manera muy vaga y sin darla más que como una simple 
noticia en contraposicio'n á otras, fué, según parece, el 
historiador Francisco Lo'pez Gomara, que en la primera 
parte de su Historia general de las Indias, dijo que Colón 
«vino á Portugal por tomar razón de la costa meridional de 
África, y de lo más que portugueses navegaban... Casóse 
en aquel reino, o' como dicen muchos, en la isla de Madera I .» 
Pero como Lo'pez Gomara escribió' mucho tiempo después de 
los sucesos, y no citaba autoridad alguna, su dicho no se 
tomo' en consideracio'n, siguiéndose estimando como verdad 
lo que refiere fray Bartolomé de las Casas de haberse casado 



• Biblioteca de Autores españoles, tomo XXII. — Historiadores primitivos 
de Indias , tomo I, pág. 165. 



LIBRO PRIMERO— CAPÍTULO III 



49 



en Lisboa, que es lo que se desprende también de lo que 
escribe su hijo don Fernando Colo'n. 

Ni Joan Barros, ni García de Resende se ocupan en sus 
historias del casamiento del Almirante; y así continuaba 
hablándose de ello en Portugal con escaso interés, cuando 
en el año 1873 don Alvaro Rodríguez Azevedo, persona 
muy docta, profesor de Oratoria, Poética y Literatura en 
el Liceo nacional del Funchal, y abogado en la isla de 
Madera, dio' á la estampa un antiguo manuscrito del doctor 
Gaspar Fructuoso, autor del siglo xvi, que con el título 
As Saudades da térra, contiene una historia de las islas de 
Puerto Santo y Madera; libro curioso por muchos conceptos, 
en el que se encuentran varias referencias á la permanencia 
de Colón en aquellas islas. Entre ellas son muy dignas de 
notar las siguientes: 

En los Anuales de la isla de Puerto Santo, dice, se halla 
este importante documento: 

«Foé n* esta ilha que residiu por alguns tempos o' 
grande Christováo Colombo, genovéz. Aquí contrahiu matri- 
monio con dona Filippa: filha do mencionado Bartholomeu 
Perestrello, primeiro donatario: é herdando do seu mesmo 
sogro os manuscriptos deste é d' outros navegantes portu- 
guezes, d" elles o' referido Colombo tírou os principios para á 
grande descoberta do novo mondo, com' á qual inmortalisou 
6 seu nome nos fastos da historia moderna.» 

»Porém, parece que Cristovao Colombo tamben habitou 
na cidade do Funchal; porque além do filho assim o' dizer 
na Vida d' elle, é tradicao na mesma cidade que o' antigo 
edificio, aínda existente na rúa do Esmeraldo, é conhecido 
pela denominacao de Granel do poco, fora á casa de Co- 
lombo.)) 

Y más adelante, á la página 660, dice: «Hum homen 
de nacáo italiana, genovéz, chamado Cristovao Colombo, 
natural de Cogoreo, ou de Nervi a Selca de Genova de 
poucas cazas, avisado é pratico na arte da navegacáo, 

Cristóbal Colón, t. i.— 7. 



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CRISTÓBAL COLON 



vindo de sua térra a ilha da Madeira, se casou nella, 
vivendo ali de faser cartas de marear.» 

En esa misma página, hablando de la industria y 
explotación de la caña de azúcar, vuelve á insistir en igual 
propo'sito, y añade: «Além de que, Cristovao Colombo resi- 
diu por annos nesta entao villa do Funchal , ilha da Ma- 
deira, onde casou con Filippa, terceira filha de Bartolomeu 
Per estrello primeiro donatario da ilha de Porto-Sancto.» 

Hemos multiplicado las citas, para que de ellas mismas 
resulte la poca fijeza de los datos de que, para escribir su 
historia, se valía el autor, Fructuoso, y la inseguridad 
de sus noticias ; pues en distintas páginas de su libro 
hace á Cristóbal Colón contraer matrimonio en dos puntos 
diferentes, buscando por único fundamento la tradicio'n no 
sabemos de qué manera transmitida. No hay, ni el autor 
lo cita, un libro, un documento que atestigüe la residencia 
de Colón en Madera ni menos su casamiento. Pero en el 
año 1877 el citado literato portugués, señor Rodríguez 
Azevedo, dio á luz en el Diario de Noticias de la isla de 
Madera ", un notable artículo titulado: Estudo histórico. — 
JÍ casa em que Christovño Colombo habitou na ilha da Madeira, 
donde con nuevos datos describe la casa de la calle Esme- 
raldo, que la tradicio'n señalaba como morada de Colón, 
acompañando fotografías de ella y haciendo notar la fecha 
estampada en el capitel de la columna que sirve de partidor 
de la notabilísima ventana principal del edificio, 3^ que era 
la de 1457, fundando sobre ese dato grandes conjeturas que 
justificaban la tradicio'n. 

Por demás está consignar que el trabajo del docto 
articulista alcanzo' gran crédito en Portugal , y muchos 
historiadores creen bajo su fe, que en aquella antigua casa 



' Números 181, 182 y 183 de 24, 25 y 26 de Mayo. Fué traducido por 
don Ventura Callejón y publicado en el número de la Ilustración Española y 
Americana del 15 de Octubre de 1877. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



51 



nobiliaria adquirió Cristóbal Colón muchas noticias sobre 
la existencia de regiones occidentales, puesto que el mismo 
Gaspar Fructuoso asienta, tomando la conseja de nuestro 
Gonzalo Fernández de Oviedo, que allí fué donde Colón 
hospedo' al piloto andaluz, -portugués o' vizcaíno, que había 
visitado el que después se llamo' el Nuevo Mundo. Pero un 
acontecimiento inesperado ha venido á destruir esas ilu- 
siones. 

Demolida la casa nombrada Granel do poco, el señor 
don Alvaro Rodríguez Azevedo comprobó por sí mismo la 
fecha estampada en el capitel, y no es la de 1457, como 
anteriormente había dicho por informes que creyó fidedig- 
nos, sino 1494; es decir, que la casa fué edificada cuando 
Colón estaba verificando su segundo viaje, y cae por tierra 
el argumento fundamental del Estudo Histórico, como con 
notable lealtad y franqueza lo declara el mismo Azevedo 
en informe escrito al autor del presente libro para su ilus- 
tracio'n 1 . 

El matrimonio del Almirante con doña Felipa Mogniz 
se celebro' en Lisboa. Si aquella señora era hija, como dice 
Gaspar Fructuoso, aunque hay dificultad insuperable en los 
años, de Bartolomé Pelestrello, primer donatario de la isla 
de Puerto Santo, porque su familia residía en la capital 
desde mucho tiempo antes, pues la razón porque la viuda 
consintió' en ceder el mando de la isla á su cuñado Pedro 
Correa en el año 1458, fué porque no le sentaba bien el 
vivir en la isla, y le fatigaba el morar en ella, por lo cual 
debemos creer se estableció' en el continente. 

Si por el contrario, y según nosotros creemos, y se 
comprueba por muchos datos, era de la familia de Mogniz, 
descendiente en línea recta de Gil Ayres Mogniz, también 
debió' verificarse el enlace en Lisboa, pues no hay noticia 
de que su padre, ni nadie de su familia, viviera fuera de 




Véase en las Aclaraciones y documentos de este libro I. (D) 




52 



CRISTÓBAL COLON 



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Portugal; y en el convento de Todos los Santos era comen- 
dadora doña Felipa cuando empezó' sus relaciones con Cris- 
tóbal Colón, que á su iglesia concurría frecuentemente 
para oir misa. 

Ciertamente éste hizo un viaje á Puerto Santo, muy 
poco tiempo después de su casamiento, y probablemente en 
compañía de su esposa; tal vez para hacerse cargo de 
algunos bienes suyos que conservara en su poder su cuñado 
Pedro Correa, y de seguro para conferenciar con éste acerca 
de su proyectado viaje á la India por vía de Occidente; 
conferencias que le fueron muy provechosas, pues Correa, 
que llevaba largos años de residencia en la isla, le pudo 
comunicar varias noticias de las hablillas que corrían en 
boca de los marineros sobre las fantásticas islas, que por 
ilusio'n óptica creían ver en lontananza, y le mostró' algunos 
objetos que las tempestades habían arrojado á aquellas 
playas, y no eran de árboles ni de industria que por allí se 
conociera. 

Que por algún tiempo vivió' en la isla de Puerto Santo, 
donde dejó alguna hacienda y heredades Bartolomé Pelestre- 
11o, lo escribe el P. Las Casas, que quiere recordar haberlo 
oído decir á don Diego Colo'n en el año 1519 en Barcelona, 
y añade: «ansi que fuese á vivir Cristóbal Colón á la dicha 
isla de Puerto Santo, donde enjendro' al dicho su primo- 
génito heredero don Diego, por ventura por sola esta causa 
de querer navegar.» 



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Al llegar á este punto la mayor parte de los bio'grafos 
del Almirante, especialmente el ilustre Washington Irving, 
siguiendo las noticias de su hijo y de los historiadores 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO III 



53 



españoles y portugueses que le conocieron y trataron, hacen 
descripcio'n de sus facciones;. del noble aspecto de su persona, 
y de las relevantes prendas de su carácter, que le hacían al 
par simpático y respetable. 

Fray Bartolomé Las Casas, que le conoció' y trato' 
muchos años , hace así su retrato : « Lo que pertenecía á su 
exterior persona y corporal disposicio'n , fué de alto cuerpo, 
más que mediano ; el rostro luengo y autorizado ; la nariz 
aguileña; los ojos garzos; la color blanca, que tiraba á rojo 
encendido; la barba y cabello, cuando era mozo, rubios, 
puesto que muy presto con los trabajos se le tornaron canos; 
era gracioso y alegre, bien hablado, etc. *.» 

Gonzalo Fernández de Oviedo, que también le conoció' 
desde su llegada á Barcelona, conviniendo en lo esencial con 
Las Casas, dice que era: «de buena estatura é aspecto, mas 
alto que mediano, é de recios miembros; los ojos vivos, é las 
otras partes del cuerpo de buena proporción; el cabello muy 
bermejo, é la cara algo encendida é pecosa 2 .» 

¿Co'mo tuvieron principio sus amores en Lisboa? Oiga- 
mos al hijo mismo del Almirante en una de las páginas de 
sus Apuntes: 

«Era hombre de hermosa presencia, y de porte muy 
honrado; y sucedió' que una dama, llamada doña Felipa 
Mogniz, de noble cuna, pensionista en el Colegio de Todos 
los Santos, donde el Almirante acostumbraba concurrir á 
misa, entablo' con él tanta conversacio'n y amistad, que llego 
á ser su esposa 3.» 

No se nos alcanza la razo'n por qué algunos bio'grafos 



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1 Historia de Indias, lib. I, cap. II, pág. 43. Véase al fin el Apéndice 
sobre los retratos de Cristóbal Colón. 

4 Historia general, tomo I, lib. II, cap. II. 

3 « Era huomo di bella presenza, e che non si partiua dall'honesto: aucum 
che una jentil donna, chiamata donna Filippa Mogniz, di nobil sangue, caua- 
liera nell monastero d'ogni Santi, done l'ammiraglio usava d'andare á messa, 
presse tantas prattica é amicizia con lui, che divenne sua moglie.» — Historie dell 
signor don Fernando Colombo, fol. ix. 



54 



CRISTÓBAL COLON 




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del Almirante relegan esta narración entre las fábulas intro- 
ducidas en los ^Apuntes de don Fernando Colon. En este 
sencillo relato nada hay que pueda aumentar la gloria de 
Cristóbal Colón, ni que se refiera á su nobleza, ni sirva 
para sostener pretensiones de sus sucesores, que podrían 
ser argumentos para fundar la duda. Existen, por el con- 
trario, diferentes indicios y consideraciones que inclinan 
el ánimo á creer que hay en él una verdadera historia. Re- 
cuérdese que desde sus más tiernos años vivieron juntos don 
Diego Colo'n, hijo de doña Felipa Mogniz, y su hermano 
don Fernando, y todo lo que se refiere á la madre de 
aquél pudo recogerlo éste de sus labios; porque no puede 
olvidarse que don Diego vivió' siete ú ocho años con su 
madre en Lisboa, y que todas las noticias y hasta el nom- 
bre de la misma , han llegado á nosotros por conducto de 
don Diego. 

Pensionista en el Colegio o' Convento de Todos los 
Santos doña Felipa, y concurriendo diariamente, o' al menos 
con frecuencia, á su iglesia, Cristóbal Colón, allí nacieron 
por mutua simpatía aquellas relaciones amorosas que muy 
pronto estrecho' el matrimonio. 

Hemos indicado que todas las noticias de la esposa del 
Almirante las debemos á su hijo; y con efecto, en ninguno 
de los documentos que de Colón se conservan, se hacen 
referencias circunstanciadas de su esposa, por más que 
alguna vez consigne haberse separado de su mujer é hijos; y 
solamente en el testamento otorgado por don Diego Colo'n 
en la Cartuja de las Cuevas, en Sevilla, á 16 de Marzo 
de 1509, ante el notario Manuel de Segura *, expresa que es 
hijo de «Don Christóval Colo'n, primero Almirante Mayor 
y Visorey que descubrió' las Indias, y de Doña Philipa 
Mo^wí{, su muger difuntos,» — y en su última disposicio'n 
cerrada, hecha en Santo Domingo ante Fernando Barrio 



1 Navarrete, tomo II, doc. CXXXVII, pág. 255. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



55 



en 8 de Septiembre de 1523 r , después de asentar igual ma- 
nifestación en el principio, dispone en la cláusula segunda 
que se construya capilla donde sea sepultado su cuerpo, y 
que allí se lleve el del Almirante, su padre... «é traer assí 
mesmo allí el cuerpo 'de Doña Felipa Muñiz, su legítima 
muger, mi madre, que está en el Monasterio del Carmen 
de Lisboa, en una capilla que se llama de la Piedad, que 
es del linaje de los Muñi^es.» 

Partiendo de este dato, cierto é incuestionable, y dedi- 
cando al esclarecimiento de este punto un trabajo especial, 
ha puesto en evidencia el docto M. H. Harrisse, que doña 
Felipa, hija de Isabel Mogniz y de Bartolomé Pelestrello 2 ; 6 
en último extremo hija de Vasco d de Diego Mogniz, que 
fueron hermanos de doña Isabel, descendía en línea directa 
de Gil Ayres Mogniz, secretario del Condestable de Portugal 
don Ñuño Alvares Pereira, y fundador de la Capilla de la 
Piedad en el Monasterio del Carmen de Lisboa, que destino' 
para su enterramiento y el de sus descendientes: sin que 
pudiera servir «á outra persoa que nao josse de geracao de Gil 
Ayres Mogni^» según se declaro' en escritura de 23 de 
Diciembre de 1467. 

El hecho de haber sido enterrada en la Capilla de la 
Piedad la doña Felipa, demuestra que tenía derecho á ello 
por pertenecer á la familia del fundador. De esta capilla 
nos ha comunicado el señor Rodríguez Azevedo una curio- 
sísima noticia que tiene aquí su lugar oportuno : 

«A capella da Piedade, em que se diz fóra sepultada 



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1 La presentación del testamento cerrado hecho por don Diego Colón al 
escribano Fernando Barrio y los testigos que firmaron su cubierta, fué el 8 de 
Septiembre de 1523. La presentación de doña María de Toledo, ante el alcalde 
para su apertura, se verificó el día 2 de Mayo de 1526. Creemos que por equi- 
vocación material el señor Harrisse (Christop/te Colomb, tomo II, pág. 482), 
pone Santo Domingo, 2 de Mayo de 1523, barajando ambas fechas. 

* Véase en las Aclaraciones y documentos (E) la completa genealogía de 
la esposa de Colón, hecha expresamente para ilustración de este libro por el 
docto literato portugués señor vizconde de Sánchez Baena. 



56 



CRISTÓBAL COLON 




doña Filippa Moniz Perestrello, mulher de Cristovam Co- 
lombo, nao fazia parte do antigo convento de carmelitas 
de Lisboa, era de edificacao anterior á elle, e fincava situada 
a meia en costa do monte de Carmo, subindo do Valle 
Verde, hoje praca do Roció ou de D. Pedro IV. 

«Ficava próxima, e certo, do referido convento dando 
para elle accesso por uns degrans de cantada; nao era porém 
como erradamente se suppóe, capella interior da egreja do 
Carmo, hoje en ruinas. 

»Sábese que ao tempo da fundacao do convento (1398) 
ja existía á referida capella, sob á invo'cacao de Nossa 
Senhora da Piedade; o que é, porém, sobre modo difficil, 
se nao impossibel, é obtér dados authénticos que attestem 
que nella fósse sepultada a sobredita doña Filippa, e que 
jazesse ainda ao tempo do terremoto de 1755, que nao 
deixou da Capella o' menor vestigio. 

»No testamento de Don Diego Colon confirmaze á 
noticia do enterramento na Capella da Piedade, e ordena-se 
a trasladacao dos restos mortaes d'aquella senhora. 

»¿Verificar-se-hia urna e outra cousa?... Esta é que é a 
dubida.» 

Otras hermanas tuvo doña Felipa. Una llamada Bri- 
gulaga, Briolanja o' Violante, mencionada por el mismo 
clon Diego en su testamento citado de 16 de Marzo de 1509 
en términos explícitos: — «Mando que á mi tía Brigulaga 
Muhi\ sean dados por sus tercios 20,000 maravedís,» que 
en el año 1492 estaba casada con cierto vecino de Palos, 
apellidado Muliar o' Muliarte, con la que dejo' Colón 
á su hijo Diego antes de dirigirse á la corte de España, 
y que fué el motivo de su paso por el Convento de la Rá- 
bida. 

Con esta hermana de su mujer, y con su esposo Miguel 
Muliar o' Muliarte parece mantuvo siempre cordiales rela- 
ciones Cristóbal Colón; pues según documentos conser- 
vados en la coleccio'n de don José Vargas Ponce, citados por 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



57 



el docto don Cesáreo Fernández Duro *, «á suplicacio'n del 
Almirante se envió' al Consejo de la Inquisicio'n cédula 
fechada á 30 de Mayo de 1493, ordenando que los bienes 
muebles y raíces que fueron de Bartolomé de Sevilla, vecino 
de Huelva, se pusieran en secuestración de Miguel Muliarte, 
vecino de la ciudad de Sevilla, y de Violante Muñiz, su 
mujer, para que los tuvieran hasta que la causa fuera termi- 
nada. Por otras cédulas se autorizaba la ida y vuelta á la 
isla Española del mismo Muliarte, concuñado de Colón.» 
De aquí se deduce con toda seguridad la proteccio'n que á la 
citada hermana de doña Felipa continuo' dispensando el 
Almirante; y que después de haber tenido á su lado en 
Huelva al niño don Diego, la doña Violante y su marido 
trasladaron su vecindad á Sevilla, pasando luego éste al 
Nuevo Mundo en compañía de su concuñado. 

De otra hermana de la doña Felipa se encuentra tam- 
bién mencio'n, aunque no tan explícita como de doña 
Violante. Era la esposa de Pedro Correa, el gobernador de 
Porto Santo, al que sin contradiccio'n llaman todos los histo- 
riadores cuñado del Almirante. 

Dejamos consignado antes el año del casamiento de 
Cristóbal Colón, que debió' ser el de 1474, o' lo más tarde 
el de 1475, y el lugar en que se verifico', que fué la ciudad 
de Lisboa; puntos ambos en que convienen nuestros datos y 
estudios con las observaciones del repetido M. Harrisse. 
Pero nos apartamos de su opinio'n en lo que se refiere al 
tiempo que duro' el matrimonio, que fijándose en fútiles 
pretextos y vagas sospechas, opina el autor angloamericano 
que doña Felipa vivía todavía cuando Colón salió de Por- 
tugal, y tenía tres hijos á lo menos; y nosotros creemos, 
apoyados en el testimonio de don Fernando Colo'n y de fray 
Bartolomé de las Casas, que aquella señora había muerto 






Colóny la Historia postuma. — Madrid, Tello, 1885, pág. 216. 
Cristóbal Colón t. i. — 8. 



58 



CRISTÓBAL COLON 



por los años 1482 á 1483 sin dejar más hijo que don Diego. 
No fija la fecha ninguno de ellos, pero el último asegura, sin 
género alguno de vacilacio'n, «que porque convenía estar 
desocupado del cuidado y obligacio'n de la muger, para 
negocio en que Dios le había de ocupar toda la vida, plúgole 
de se la llevar, dejándole un hijo chiquito que había por 
nombre Diego Colo'n, que fué el primero que después en el 
estado de Almirante le sucedió' '.» El cronista Antonio de 
Herrera, dicelo mismo: «hallándose }^a sin muger, que era 
fallecida, determino' de irse á Castilla 2 .» 

Cristóbal Colón quedo viudo antes de salir de Portu- 
gal y sin tener otra sucesio'n que un hijo. La fecha exacta 
del fallecimiento de doña Felipa Mogniz, tal vez pueda 
encontrarse en los antiguos libros del Convento del Carmen, 
en Lisboa, para cuyo objeto se hacen en la actualidad 
activas averiguaciones; aunque el inmenso número de docu- 
mentos que desapareció' á consecuencia del terremoto en el 
año 1755, y la destruccio'n total de aquel convento y de la 
Capilla de la Piedad que le estaba anexa, hacen abrigar 
pocas esperanzas de feliz resultado. 



IV 



Período importantísimo en la vida de Cristóbal Colón, 
y digno, por tanto, del mayor estudio, es el de los años que 
vivió' en Portugal, porque en ellos busco' argumentos cien- 
tíficos que demostrasen la posibilidad de realizar el gran 
pensamiento que le preocupaba: hizo viajes á diferentes 



1 Historia de las Indias, lib. I, cap. XXVIII, pág. 222. 
' Historia general de los hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra 
firme. — Madrid, imprenta Real, 1601; déc. 1.*, cap. VII, pág. 14. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



59 



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puntos del mundo y á los últimos límites de los lugares j§ 
nuevamente descubiertos, en demanda de indicios que com- 
probasen sus cálculos, y procuro' saber la opinión de los 
hombres más reputados y respetables en ciencias y geografía. 

Preciso es eonsiderar que si el pensamiento de navegar 
la parte desconocida de los mares que se extienden entre las 
Indias y la Europa, y conocer en toda su extensio'n la 
redondez de la tierra, había nacido en la alta inteligencia 
de Colón mucho tiempo antes; si lo había meditado cons- 
tantemente; si lo robustecía cada vez más con sus cálculos y 
estudios, en Lisboa adquirió' las mayores proporcióneselo 
convirtió' en proyecto formal, práctico y demostrable y 
adopto' la resolucio'n de llevarlo á término. 

Al morir el príncipe don Enrique, hijo del rey don 
Juan I de Portugal, dejo' encargado se prosiguieran los 
descubrimientos por la costa de África, en cuyo progreso 
tanto había trabajado durante su vida. En todas partes se 
preocupaban los hombres estudiosos de los descubrimientos 
portugueses ; Lisboa era centro de una actividad desconocida 
hasta entonces, y las cuestiones geográficas merecían prefe- 
rente atencio'n , y ocupaban en todas horas y en todos los 
lugares á las personas de negocios, de ciencia, de ilustracio'n 
y actividad. En medio de aquel movimiento Cristóbal 
Colón sentía crecer sus deseos; sus esperanzas se aumen- 
taban , y trabajando con incesante afán , consagraba á los 
estudios de sus planes, todo el tiempo que le dejaba libre la 
necesidad de procurarse la subsistencia de su familia, ya con 
algunos asuntos de comercio, en los que se asociaba con sus 
compatriotas, los capitalistas y negociantes genoveses, ya 
dibujando planos geográficos y cartas de navegar, según 
hemos dicho. 

Desde su establecimiento en la ciudad de Lisboa, había 
dejado Cristóbal Colón la vida activa de marino, á causa 
quizá de sus negocios mercantiles, o tal vez por sus rela- 
ciones amorosas , o' por las dos causas reunidas , consagrán- 



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CRISTÓBAL COLON 









dose al estudio } r á la observacio'n, tan necesarios para 
completar los pensamientos que en su mente acariciaba. La 
primera prueba, y la más concluyente, es su correspon- 
dencia con uno de los más reputados geo'grafos de su tiempo; 
con el físico florentino Paulo Toscanelli, á quien no vacilo' en 
consultar sus planes, exponiéndole con toda claridad las 
dudas que aún abrigaba acerca de la ejecucio'n y de la exac- 
titud de los cálculos que formaban la base del proyecto. 
Colón, valiéndose de la amistad y relaciones de un comer- 
ciante florentino establecido en Lisboa, llamado Lorenzo 
Girardi o' Birardi, según Las Casas, envió' á Toscanelli una 
carta y un pequeño globo, que servía de aclaracio'n á sus 
teorías ', con el deseo de saber la opinio'n que merecía de 
aquel sabio. La respuesta no pudo ser más satisfactoria. 

Después de aplaudir el magnífico y noble pensamiento 
de Colón, le remitió' copia de una carta que con fecha 25 de 
Junio de 1474 había escrito á Fernán Martínez, cano'nigo de 
Lisboa, amigo y familiar del rey don Juan, sobre lo posible 
y fácil que, en su sentir, era encontrar el país de las especias, 
siguiendo el derrotero que Colón indicaba 2 . A la epístola 
acompañaba una carta de Navegación para mayor aclaracio'n 
de sus afirmaciones; y apreciándolas debidamente el ilustre 
marino, estudiando las noticias que contenía, volví á escri- 
bir á Toscanelli recibiendo nueva respuesta, con otro mapa, 



1 Col. mezzo d'un Lorenzo Girardi, florentino, crTera in Lisbona. His- 
toire, cap. VII, fol. 15. 

* En tres versiones distintas se conoce hoy el contenido de esta interesan- 
tísima epístola. En italiano lo publicó Alfonso de Ulloa en el cap. XIII del 
libro Histoire dell signor don Fernando Colombo. El texto español ha sido con- 
servado por el obispo Las Casas en su Historia (tomo I, pág. 92). El texto 
latino, que es el original, escrito de puño y letra del mismo Colón, fué encon- 
trado el año 1860 por el celosísimo é inteligente bibliotecario de la Colombina, 
don José María Fernández de Velasco, en las guardas del libro titulado Historia 
rerum ubique gestarum, de Eneas Silvio Piccolomini (impreso en Venecia por 
Juan de Colonia y su compañero en 1477, folio menor, 105 hojas), que perte- 
neció á Cristóbal Colón y tiene numerosas notas marginales de su mano. En 
las Aclaraciones á este libro I, insertaremos los dos textos castellano y latino de 
esta importante epístola. (F) 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



61 



en que le daba mayores seguridades y le estimulaba á 
emprender el viaje. Gran horizonte se descubrid á la vista 
perspicaz de Cristóbal Colón en esta correspondencia cien- 
tífica; porque Paulo Toscanelli apoyaba sus argumentos en 
la obra de Marco Polo, y describía con vivos colores toma- 
dos de la misma, el gran puerto de Zaiton, y su comercio 
de especias; la provincia de Mango y la fabulosa capital de 
Katay, residencia casi constante del Gran Kan. También 
consignaba el cosmo'grafo de Florencia las medidas de la 
circunferencia del globo, dividida en espacios de ciento 
cincuenta millas, según el sistema de Ptolomeo, que dismi- 
nuyendo las distancias, presentaba mayor facilidad á la 
realizacio'n del atrevido proyecto. 

Animado con la aprobacio'n de Toscanelli, robustecida 
su conviccio'n con el estudio de la obra de Marco Polo, que 
desde entonces fué parte integrante de sus especulaciones,, 
volvió la vista á los extremos del mundo conocido y se 
propuso visitarlos, por tener completa nocio'n de cuanto 
hasta entonces se había navegado, y sacar deducciones para 
demostración de sus teorías. 

Porque estudiando los capítulos en que don Fernando 
Colo'n señala y expone las razones que movieron á su padre 
á intentar el descubrimiento y á llevar á su ánimo la convic- 
cio'n de que en los mares de Occidente había tierras no 
conocidas, y podía llegarse por ellas al extremo de la India, 
o' sea hasta los dominios del Gran Kan ; recapitulando 
cuanto acerca del mismo objeto consigna extensamente el 
obispo Las Casas, reduciéndolo á breve suma, para no 
volver á repetir lo que está ya dicho en todas las biografías 
de Colón, vemos que todos los argumentos pueden redu- 
cirse á tres grupos; razones de ciencia; razones de induccio'n; 
indicios y señales d sean razones de experiencia. En las 
primeras están las autoridades de filósofos , historiadores y 
Santos Padres, comprendiendo á Plinio, Julio Solino, el 
cardenal Pedro Aliaco, San Gregorio, San Anselmo, Alberto 



62 



CRISTÓBAL COLON 



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el Magno y otros muchos, de todos los cuales, en su infa- 
tigable lectura, sacaba Colón cuantas indicaciones encon- 
traba acerca de la parte desconocida del globo. Entre los 
argumentos del segundo grupo acumulaba las noticias de 
fabulosas comarcas, islas maravillosas, y todas las narra- 
ciones que corrían escritas en autores antiguos de celebri- 
dad, como la Atlántida de Platón, o simplemente como 
fantásticas creaciones, entreteniendo la curiosidad del vulgo, 
como las referentes á la isla de San Brandan y la de las 
siete ciudades. En el último, que no era por cierto al que 
consagraba menor atencio'n, iba reuniendo cuantas indicacio- 
nes llegaban á sus oídos y pudieran aumentar las probabili- 
dades de la existencia de tierras desconocidas al Occidente. 
Entre éstas ocupaban lugar preferente las que procedían de 
los habitantes de las islas de Madera, Cabo Verde 6 las 
Azores , por ser lo más occidental del mundo entonces 
conocido, y que debía formar punto de partida en los 
sucesivos descubrimientos. 

Los argumentos de ciencia y de induccio'n se aumen- 
taban cada día con el estudio profundo á que Cristóbal 
Colón se había consagrado y las doctrinas de los sabios geo'- 
grafos, astro'nomos y marinos, cuyas opiniones procuraba 
saber. Para reunir más caudal de indicios y conocer mayor 
número de hechos, se fijaba en los detalles más insignifican- 
tes de los muchos que oía de los mismos que los referían, y 
para aquilatar la certeza de varias noticias que llegaban des- 
figuradas o' dudosas, se decidió' á comprobar por su expe- 
riencia propia aquellas narraciones, visitando los países más 
distantes entre sí, ampliando á la par y de una manera 
segura el círculo de su observación. 

El único tiempo que, al parecer, falto' de Lisboa en 
los cinco primeros años de su residencia en Portugal, fué 
el que invirtió en visitar la isla de Puerto Santo ; viaje que 
probablemente hizo muy poco después de haber contraído 
matrimonio, en compañía de su esposa, según dejamos dicho 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO III 



63 



anteriormente, y que no fué perdido para sus trabajos, 
pues de allí trajo noticia de algunos hechos muy impor- 
tantes, que le comunico' el gobernador de la isla, Pedro 
Correa, y que parece fueron de grande interés en sus 
planes, aunque no tanto" como se ha significado por algunos 
bio'grafos. 








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Cristóbal Colón, t. i.— 9. 



66 



CRISTÓBAL COLON 



Un año, o poco más, después de su casamiento, bendijo 
Dios el matrimonio de Colón, dándole un hijo que recibió' 
'<| en las fuentes bautismales el nombre de Diego, y que 
estaba destinado á sucederle en su cargo, títulos y hono- 
res. Dice Las Casas que le engendro' en Puerto Santo; 
pero no expresa que allí naciera, ni hay dato alguno que 
lo compruebe. En opinio'n de los más concienzudos crí- 
ticos, don Diego vio' la primera luz en Lisboa en el 
año 1476, y esta fecha se justifica por la edad que debía 
tener cuando llego' con su padre al monasterio franciscano 
de Santa María de la Rábida, pues era entonces niño de 
siete á ocho años, y por la que contaba á su fallecimiento 
en la Puebla de Montalván en 23 de Febrero de 1526, 
que según la opinio'n de Washington Irving, era de más 
de cincuenta años. 

Cinco, por lo menos, llevaba de estudios y comproba- 
ciones, de meditacio'n y cálculos Cristóbal Colón, y llegan- 
do á su conocimiento el rumor de muchas noticias que se 
relacionaban con sus hipo'tesis, se decidió' á emprender viajes 
más largos que los que hasta entonces había hecho á Puerto 
Santo y á las Azores. 

No nos atreveremos á asegurar que hubieran llegado á 
Lisboa, y hasta á los oídos de Colón, nuevas de los des- 
cubrimientos que se decían hechos por los escandinavos 
en el siglo xi, los viajes de Torphin y de Eric el Rojo, ni 
la existencia de sus Sagas o' narraciones en el monasterio 
de la isla de Flatey. Es evidente que no tenía ni remota 
idea de esos hechos, y que fueron otros los motivos que le 
impulsaron á dejar por algunos meses su familia y dirigirse 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO IV 



67 



á los mares del Norte , . Ni en la direccio'n, ni en la fecha 
de este viaje, cabe duda alguna, pues las consigna el mismo 
Almirante en un trabajo que poseyó' original su hijo, des- 
tinado á probar que las cinco zonas son habitables. 

«Yo navegué el año cuatrocientos y setenta y siete, en 
el mes de Febrero; ultra Tile isla, cien leguas, cuya parte 
austral dista del equinoccial 73 o y no 63 o , como algunos 
dicen, y no está dentro de la línea que incluye el Occidente, 
como dice Tolomeo, sino mucho más occidental, y á esta 
isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses 
con mercaderías, especialmente los de Bristol, y al tiempo 
que yo á ella fui no estaba congelado el mar, aunque había 
grandísimas mareas, tanto que en algunas partes dos veces 
al día subía 25 brazas y descendía otras tantas en altura.» 

Esta curiosísima noticia demuestra cuan detenidas y 
exactas eran las observaciones que Colón iba haciendo en 
sus viajes. La rectificacio'n de los grados está hecha con la 
mayor escrupulosidad; y la novedad que apunta de no estar 
congelado el mar en aquella latitud en el mes de Febrero, 
se corrobora con un documento otorgado en Islandia en. el 
mes de Marzo de aquel mismo año 1477, en el que se hizo 
notar en el Protocolo, y sin duda para recordar más el año 
en que fué escrito, que en aquella fecha no había nieve 
alguna 2 . 

No sabemos si á este viaje sucedieron otros de menor 
importancia, o' torno' á su familia, estudios y negocios hasta 
que, como terminacio'n á ellos, emprendió' el último, á la 
costa de África, visitando la Guinea hasta el fuerte de San 
Jorge en la Mina, como lo dice en el mismo discurso de las 
cinco zonas en estos términos: 



1 De esta misma opinión es el célebre historiador William Prescott que la 
robustece con sólidas razones en el capítulo XVI de la parte 1* de su Historia 
de los Reyes Católicos. Madrid; Rivadeneyra, 1865. 

8 Este documento fué publicado en el Barkley Ketwck's Icelanders. Lon- 
dres, 1854. 



68 



CRISTÓBAL COLON 



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«Yo estuve en el Castillo de la Mina, del rey de Por- 
tugal, que está debajo de la equinoccial, y ansí soy buen 
testigo que no es inhabitable como dicen.)) 

El fuerte de San Jorge fué mandado reedificar por el 
rey don Juan ', que empezó' á reinar en el mes de Agosto 
de 1481, y por consecuencia el viaje de Colón debió' ser 
muy posterior á esta fecha. 

En el año 1482 tenía ya formado y completo su pro- 
yecto el infatigable genovés. Extendidos sus cálculos, com- 
probados en todo lo que era posible que lo fuesen, por sus 
observaciones y experiencia; estudiados y puestos en su 
debido aprecio los cuentos que figuraban en antiguas histo- 
rias, fué recogiendo cuantos indicios y señales de tierras 
ocultas en lejanos hemisferios daban entonces pábulo á la 
curiosidad de los que se dedicaban á las expediciones 
marítimas. Grandísimo cuidado ponía Cristóbal Colón, 
para no confundir las ilusiones y la ficción con los signos 
que pudieran traer alguna verdad, con lo que fuera cierto 
é hijo de la observacio'n. Los datos justificados quedaban 
relacionados en sus apuntes como pruebas de palpable 
experiencia. 

Entre todas ocuparon lugar preferente las que encon- 
tró en los papeles del padre de su mujer doña Felipa, pues 
allí veía hechos de cuya veracidad no podía dudarse. El 
hijo del colonizador de Puerto Santo había recogido en las 
playas de aquella isla, después de haber corrido muchos 
días gran viento de occidente, un grueso madero labrado 
de una manera particular y extraña, al parecer sin instru- 
mento de hierro; y lo que es más notable todavía, había 
visto cañas más gruesas, que en un canuto de ellas podrían 
caber tres azumbres de agua. Corría el rumor de que en 
las islas Azores, después de fuertes huracanes de poniente 
y noroeste de extraordinaria violencia, habían sido arroja- 



1 Joan Barros: Historia de Asia. — Década I, lib. III, cap. I. 



LIBRO PRIMERO. — CAPITULO IV 



69 



dos por las olas dos cadáveres, cuyos rostros en nada se 
parecían á los de los europeos, y también se habían recogido 
algunas almadías o' canoas que vinieron flotando en las 
aguas. En la isla de las Flores aseguraban haber visto 
muchas veces grandes troncos de pinos traídos, sin duda, de 
países lejanos, pues allí no existían, y mucho menos de tan 
colosales dimensiones. 

Tales hechos y otros muchos de relaciones de marineros, 
cu}^os buques habían desviado de su rumbo las tempestades 
y habían creído descubrir tierras á lo lejos, hacia la parte 
de occidente, recapitula el cronista de Indias, Antonio de 
Herrera, copiándolos casi á la letra de la Historia del Padre 
Las Casas, diciendo que con ellos robustecía Dios las espe- 
ranzas de Colón, para que se moviese á emprender la 
grandiosa obra del descubrimiento. 



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11 



Cuando Cristóbal Colón creyó' que nada podría aña- 
dir, ni en el terreno científico ni en el de la práctica, que 
diera mayores visos de probabilidad á su atrevido proyecto, 
se resolvió' á solicitar el apoyo del rey de Portugal para 
ponerlo en ejecucio'n. No parece probable, dado el carácter 
emprendedor y activo de que los cronistas portugueses 
presentan dotado á don Juan II, y su pasio'n por los descu- 
brimientos, que el ilustre genovés encontrara graves dificul- 
tades para acercarse al monarca; pero la misma magnitud 
de la empresa, su grandeza verdaderamente colosal, y su 
novedad, debieron hacer que el rey se detuviera ante tan 
arriesgados planes; y aunque mirándolos con amor, con la 
codicia de verdadero apasionado de la ciencia, hubo de 
tomarse tiempo para decidir, y aun se propuso escuchar la 



7o 



CRISTÓBAL COLON 



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opinión de doctos geo'grafos y navegantes expertos sobre las 
teorías que le exponía Cristóbal Colón. 

La verdad es que Portugal había invertido durante 
tanto tiempo sus caudales en expediciones marítimas, y había 
logrado, hasta entonces, tan cortas ventajas de su colo- 
nizacio'n, que no puede extrañarse la cautela y precauciones 
con que miraba don Juan II la aparición de nuevos pro- 
yectos. 

Bien claramente se alcanza que no pareció' irealizable, 
ni descabellado, ni quimérico el de Colón al ilustrado 
monarca; y que los razonamientos y demostraciones en que 
se apoyaba hicieron efecto en su ánimo , cuando acordó 
someterlo al examen de personas entendidas, para proceder 
con verdadero conocimiento. Según el obispo Las Casas, el 
cronista Antonio de Herrera, Washington Irving y otros 
historiadores, la junta nombrada por el rey se componía de 
tres individuos: maestre Joseph y maestre Rodrigo, médicos, 
que sabían de astronomía y cosmografía, y el doctor don 
Diego Ortiz Calzadilla, obispo de Ceuta y confesor de don 
Juan. Pero si atendemos á que, según los historiadores 
portugueses, parecen ser dos personas distintas don Diego 
Ortiz Castellano, obispo de Ceuta, y el licenciado Calzadilla, 
obispo de Viseo, tendremos que la junta se componía de 
cuatro individuos, todos merecedores, aunque por diversos 
títulos, de la confianza real. 

Los médicos maestre Rodrigo y maestre Joseph, judío 
este último y encargado de la asistencia de don Juan, eran 
reputados por los más sabios cosmo'grafos del reino, y 
habían facilitado, en unio'n con Martín Behem, la aplicacio'n 
del astrolabio á la navegacio'n. El doctor Calzadilla, español, 
natural de Calzadilla, en el Maestrazgo, era hombre muy 
docto y que á su gran reputacio'n científica había debido 
el obispado de Viseo á pesar de ser castellano ; y don Diego 
Ortiz, el obispo de Ceuta, figuro' mucho en aquella época, y 
el rey acostumbraba á consultarle todos los asuntos por sus 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV 



7i 



muchas letras y conocimientos matemáticos, además de su 
prudencia, piedad y buen juicio. 

No fué bien recibido el proyecto de Colón por tan 
calificados sujetos, y ya fuese por un exceso de amor propio, 
pues los dos obispos habían informado favorablemente, y 
aconsejado la navegacio'n á Oriente por camino contrario al 
que aquél indicaba, 3^a fuera por otras razones, juzgaron que 
era irrealizable, y hasta lo llamaron insensato. 

Parece, sin embargo, que en el ánimo de don Juan II 
habían hecho más impresio'n los argumentos del marino que 
las razones de sus cosmo'grafos ; porque no satisfecho con la 
decisio'n de éstos, convoco' el Consejo Supremo y le sometió' 
el examen de las proposiciones de Cristóbal Colón. Tam- 
poco fué favorable á los proyectos de éste el fallo de la 
nueva consulta, cosa que no debe causar extrañeza, ya que la 
Asamblea, por su constitucio'n especial y por el número de 
vocales que la formaban , reunía menos condiciones que 
aquélla para comprender y apreciar la extensio'n de tan 
grandioso proyecto. A las consideraciones de la primera 
junta hubieron de añadir otras, encaminadas á demostrar lo 
excesivas que eran las exigencias de Colón, pues pedía 
títulos, preeminencias y recompensas que no creían posible 
le fuesen concedidas por la corona, además de costear todos 
los gastos de la expedición. 

Bien pronto hubieron de conocer los cortesanos más 
allegados al rey que á éste no le agradaba la repulsa que 
Colón recibía, ni mucho menos el abandonar definitiva- 
mente aquel proyecto grandioso, que si tenía mucho de 
atrevido y hasta temerario, presentaba gran novedad y 
ofrecía inmensos y ventajosos resultados, caso de ser reali- 
zable. 

El obispo de Ceuta, don Diego Ortiz, entendió' mejor 
que otros la disposicio'n de ánimo de don Juan ; y aunque en 
ambos Consejos había sostenido la opinión de que no era 
posible aceptar las proposiciones de Cristóbal Colón, busco' 



72 



CRISTÓBAL COLON 



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iV*y¡! f£3W; 



medio de lisonjear al rey dándole ocasio'n de no romper 
definitivamente las negociaciones. Le propuso que se entre- 
tuviera con dilaciones y esperanzas al genovés, para que no 
buscara protectores fuera del reino de Portugal, y en tanto 
se realizara alguna exploracio'n que pudiera dar luz sobre el 
acierto de las teorías sostenidas por aquél. 

En mal hora para su fama oyó don Juan el consejo del 
astuto cortesano. Parece que se pidieron á Colón algunos 
detalles más precisos ; que se trazaron subrepticiamente 
cartas náuticas siguiendo sus indicaciones, y con el pretexto 
de enviar recursos de hombres y víveres á las islas de Cabo 
Verde, se hizo al mar una carabela con instrucciones de 
caminar hacia Occidente hasta encontrar las tierras cuya 
existencia se sospechaba. No daríamos crédito á tal hecho, 
ni lo consignaríamos en este lugar, si no lo hubiéramos 
comprobado con el testimonio de historiadores contempo- 
ráneos *, y fortalecido con otros datos, que narran el viaje 
con todos sus pormenores; y porque en él se descubre la 
causa de muchos sucesos posteriores, que indudablemente 
fueron sus consecuencias. 

El conocido y docto literato portugués don Ignacio 
de Vilhena Barbosa, escribe sobre este punto, y con el pro- 
pósito de apartar del monarca la odiosidad del hecho, lo 
siguiente: 

«Dizen algunos biographos extranjeiros, que, en quanto 
as juntas de cosmographos examinavam é discutiam os 
planes de Christovao Colombo, en 1484, entretendo-o com 
vanas esperancas, largava do Tejo una caravella, per orden 
del Rei Don Joao II, com instruccoes secretas para seguir a 
derrota indicada n'aquellas juntas per Colombo, á fin de lhe 
roubar á gloria é o proveito da descoverta, qu' elle intentava 
fazer. E acrescentam, que foi debido as tempestades o' mal 
logro desta empressa.» 



Herrera. Déc. I, cap. VIL — Las Casas. Lib. I, cap. XVIII. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV 



73 



»De balde procurei noticia ou qualque vestijio, que 
possam comprovar 'ou pelo menos fazer suspeitar, da veraci- 
dade de tal assercao. Pprém, admittindo á posibilidade da 
partida da caravela com aquelle intento criminoso, poderá 
julgar-se que fosse empressa d' algum aventureiro sem 
honra, aguilhoado pela cubica. Mais nunca por mandado 
de don Joao II. Quem conhecer bem á fundo o' carácter 
deste soberano, é o modo porque praticou con Cadamosto, é 
outros navegadores célebres, que vieram á o seu reino, nao 
lhe ha de imputar taó vil accaó. O procedimento que elle 
teve no comeco do seu reinado, com os Duques de Braganca 
e de Vizeu, durante a tremenda lucta que se viu obrigado á 
sustentar contra á nobreca, nao authoriza, certamente, 
aquella imputacaó. Alem d' isso, se fora elle o' author de 
semelhante tentativa, teria insistido, com' era proprio do seu 
carácter. Teve para isso muitos annos diante de si, antes 
que Colombo partisse para a viajem da descoverta d' Amé- 
rica . » 

La defensa, aunque débil, está noblemente emprendida, 
está bien hecha ; por más que no pudiendo o' no queriendo 
negar la verdad, se admite, en hipo'tesis, la posibilidad de 
la salida de la carabela, poniéndola á la cuenta de un aven- 
turero sin conciencia. Y aunque desde luego ocurriría pre- 
guntar: — ¿Por do'nde obtuvo ese aventurero la comunicacio'n 
de los proyectos de Colón, y la indicacio'n de la derrota que 
debía seguirse, si no lo dijeron los del Consejo? — todavía 
podemos ir más lejos, porque el vestigio que el docto histo- 
riador echaba de menos, lo encontraremos muy claro en las 
manifestaciones de algunos de los testigos que fueron exami- 
nados en el pleito seguido entre el segundo almirante don 
Diego Colo'n y el fiscal del rey ', ya que declararon haber 
conocido á un marinero nombrado Pero Vázquez de la 




1 Archivo general de Indias. — Patrón. Est. i , caj. i , leg. 4. — Colón y 
pinzón, por don Cesáreo Fernández Duro, págs. 73 y 74. 

Cristóbal Colón t. i. — 10. 




74 



CRISTÓBAL COLON 






Frontera, vque era hombre muy sabio en el arte de la mar, 
é había ido una ve\ a hacer el dicho descubrimiento con un 
infante de Portugal.)) Esto dijeron Alonso Vélez Allid y 
Fernando Valiente, testigos presenciales, añadiendo que el 
Vázquez decía que la causa principal de haberse vuelto fué 
el terror que les infundieron las primeras hierbas del mar de 
sargazo; pues imbuidos los marineros en las falsas ideas, 
que entonces eran generales, creyeron que la embarcacio'n 
encallaría en aquellas verduras, faltando el agua para nave- 
gar, y allí perecerían todos tristemente. 

La carabela salió del Tajo, y llevaba o'rdenes para 
emprender una exploracio'n por camino contrario á las ante- 
riores navegaciones de los portugueses. Hasta puede decirse 
que tuvo señalado, en cuanto era posible, el rumbo, con- 
forme á las manifestaciones más o' menos explícitas que 
hubiera hecho Cristóbal Colón, pues siguiéndolas fueron á 
dar en el mar de sargazo, que se encontraba en aquella 
direccio'n. 

Sucedió' lo que podía esperarse en una empresa que 
bajo tan malos auspicios comenzaba. Los hombres que 
tripularon el buque sabían que se les enviaba á un viaje 
calificado desfavorablemente por los más entendidos cosmo'- 
grafos y tenido por peligrosísimo é irrealizable por toda 
clase de personas, y esto era muy suficiente causa para 
hacerlos recelosos y cortar sus bríos, despertando justificados 
temores. Les faltaba la fe, el entusiasmo de la conviccio'n; 
no abrigaban el deseo de hacer triunfar un ideal; no sentían 
el noble estímulo de los mártires de la ciencia. |Qué dife- 
rencia entre ellos y el inmortal Colón! Este, elevado en sus 
pensamientos, firme en su decisio'n, se disponía á sacrificarse 
por una idea en beneficio de la religio'n y de la humanidad: 
ni le atemorizaban borrascas , ni le imponía lo descono- 
cido; aquéllos, amedrentados al primer contratiempo, vol- 
vieron las proas hacia tierra y tornaron á Lisboa, descora- 
zonados y dando horrorosas proporciones á los peligros 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV 



75 



que habían arrostrado, engolfándose en una extensión de 
mar que no tenía fin y en la que no se descubría tierra 
alguna. 

Parece que, efectivamente, en el viaje de vuelta habían 
corrido una tormenta, encontrándose á distancia de las islas 
de Cabo Verde, que les rompió' el velamen, les obligo' á 
cortar los mástiles y les puso en peligro de perderse , y en 
tal estado volvieron al puerto de Lisboa, donde muy luego 
se hizo pública la noticia del desengaño sufrido, corriendo 
de boca en boca aumentada con graves circunstancias ; tal 
vez añadidas por el miedo, o' quizá puestas de propo'sito para 
disculpar la rápida vuelta. 

Había podido ocultarse á la honradez de Cristóbal 
Colón la noticia de la salida de la carabela, porque su 
buena fe no sospechaba la perfidia en los demás ; pero los 
rumores del regreso de la derrotada expedicio'n llegaron á 
sus oídos, al mismo tiempo que los cargos que á su proyecto 
se hacían, porque con sus ensueños y visiones había expuesto 
la vida de los mejores marineros lusitanos. 

Era el carácter de Colón tan bondadoso y noble como 
resuelto, constante é irascible, y al tener la certeza de que se 
le había querido burlar, decidió romper desde luego toda 
relacio'n con aquella corte que así patrocinaba el engaño. 
Después de meditar con calma y tranquilidad el estado de 
sus asuntos, trato largamente con su hermano Bartolomé, 
único depositario de su confianza, la resolucio'n que con- 
venía tomar en caso tan grave, y en consecuencia decidieron 
que éste fuera á Inglaterra á exponer en aquella corte el 
proyecto y pedir ayuda, y que Cristóbal saliera para 
España con objeto de hacer igual proposicio'n á los Reyes 
Católicos. 

Mucho debieron meditar los dos hermanos antes de 
resolverse á dar este paso ; que no era cosa tan fácil y hace- 
dera el salir ambos de Portugal, después del hecho consu- 
mado por la corte, sin que en ella se comentara de una 



7 6 



CRISTÓBAL COLON 



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manera desfavorable, y aun tratara de impedirse tal resolu- 
ción, que envolvía una abierta censura de aquel acto de 
deslealtad. El rey don Juan no quería renunciar á toda 
esperanza de entenderse con Cristóbal Colón, y ciertamente 
no le hubiera dejado salir con facilidad de su reino ; y como 
el carácter del monarca no era para tranquilizar á nadie 
acerca de sus procedimientos, y desde los principios de su 
reinado se había hecho notar por resoluciones harto vio- 
lentas contra importantes personajes ', se comprende muy 
bien que Bartolomé se embarcara en el puerto de Lisboa con 
rumbo á Inglaterra, y Cristóbal se dirigiera con la mayor 
indiferencia, al parecer, hacia uno de los pueblos más 
cercanos á la línea española, con intento de aprovechar 
una ocasio'n propicia de atravesar la frontera sin que se le 
pusiese impedimento. 

No es probable, ni se le justifica de manera alguna, el 
ofrecimiento que en esta ocasio'n se supone hiciera á la 
República de Genova. Su salida de Portugal fué por tierra 
al comenzar el invierno del año 1484. Iba con cautelosa 
precaucio'n, temiendo ser detenido; contaba con muy escasos 
recursos, y llevaba consigo un niño de siete á ocho años de 
edad, circunstancias todas que alejan la idea de un largo 
viaje, y dan carácter de indudable al aserto del P. Las 
Casas de que desde Portugal se dirigió' al puerto de Palos. 

Su misio'n allí había concluido. El rey don Juan no era 
el llamado por la Providencia divina para coronarse con la 
gloria del descubrimiento, y desde aquel instante los herma- 
nos Bartolomé y Cristóbal Colón ponían sus esperanzas en 
los poderosos monarcas de Inglaterra y de España. 

Portugal continuaría sus exploraciones por la costa 



1 « Ansí que ó pae morreu, don Joan II convocou cortes ( 1482) é mostrou 
quen era... O Duque (el de Braganza) foí degollado publicamente no roció de 
Evora (1483) despois d'un simulacro de proceso... Effectivamente en taes 
causas os procesos saon apenas formulas.» — Historia de Portugal, por J. P. Oli- 
veira Martins. — Lisboa. — Livraria Bertrand, 1882. — Tomo I, págs 194 y 195. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IV 



77 



africana; pero á otra nación reservaba Dios ampliar la esfera 
de los descubrimientos por vía más difícil: dar noticia de un 
nuevo continente; abrir á la navegacio'n y al comercio hori- 
zontes desconocidos, y facilitar, con el conocimiento de todos 
los países habitados, la eivilizacio'n de la humanidad. 

Esa gloria era para Cristóbal Colón, para doña Isa- 
bel I de Castilla y para la nacio'n española. 



¡ÉF 





CAPITULO V 



I. Primeros pasos de Colón en España. El monasterio de la Rábida. 
— II. Favorecedores y adversarios de los proyectos de Cristó- 
bal Colón. — III. Ojeada sobre el estado de España. Doña 
Isabel I y don Fernando V. — IV. Cristóbal Colón en pre- 
sencia de los Reyes Católicos. Examen de su proyecto en Cór- 
doba. 





8o 



CRISTÓBAL COLON 



Temeroso Cristóbal Colón de que el rey don Juan lo 
mandara detener, como sin duda lo hubiera hecho de sospe- 
char los mo'viles de su partida, tomando de la mano á su 
hijo Diego, niño de siete á ocho años de edad, salióse de 
Portugal lo más secretamente que pudo, y caminando á pie, 
como dicho queda anteriormente, penetro' en España, diri- 
giéndose á la villa de Palos o' á la de Moguer, donde habi- 
taba un cuñado suyo, que había por apellido Muliarte, casado 
con una hermana de la difunta doña Felipa Muñiz. 

Sucedía esto al finalizar el año 1484. El invierno 
comenzaba duro, frío y lluvioso: el camino era largo; las 
fuerzas del niño pocas. Acaso en más de una ocasio'n tomo'le 
su padre en brazos para acallarle y disminuirle las molestias 
del viaje, que se hacía de cada vez más penoso por el frío y 
el cansancio, y porque Colón no llevaba la direccio'n muy 
segura, por ser aquella la vez primera que pisaba aquellos 
parajes. Vacilo, pues, temiendo extraviarse; pero saco'le al 
cabo de su perplejidad, volviéndole la confianza al corazón, el 
descubrir, no lejos de su ruta, sobre la colina que á su frente 
se levantaba , y como faro de consuelo señalándole puerto 
seguro, la pequeña torre de un humilde monasterio que le 
ofrecía lugar cierto de descanso por algunas horas. Torció', 
pues, el viajero su camino, y empezó' á subir el montéenlo. 

El terreno es agreste, accidentado y pedregoso, y la 
ascensio'n no tiene nada de agradable: por esta causa, y por 
dar algún reposo á la fatiga del niño, fué á sentarse Cris- 
tóbal Colón en las gradas de una cruz de piedra que á 
corta distancia de la puerta del convento se alzaba, y que 
está de pie todavía, para recordar aquel momento subli- 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



81 



me y conservar la memoria de aquel hecho á través de los 
siglos y de las generaciones. 

Sentóse el niño al lado de su padre, dejo caer su gra- 
ciosa cabeza sobre el muslo de éste, y aprovechando aquellos 
breves momentos de tranquilidad, levanto' los ojos Colón y 
se ocupo' en contemplar el silencioso monasterio, para él 
enteramente desconocido. Era una fábrica de arquitectura 
go'tica, sencilla, pobre, cuya severidad de líneas correspondía 
perfectamente á su destino religioso. A la parte de la 
izquierda corría una tapia baja, y por detrás de ella sobre- 
salían las copas de robustos árboles, entre los que destacaban 
sus tristes y uniformes siluetas algunos enhiestos cipreses, 
cu} 7 a vista dejo' suspenso el ánimo del espectador, que no 
sabía resolver si contemplaba un jardín o' un cementerio, En el 
centro veíase la puerta formada por gruesos baquetones, y á 
la derecha se descubrían las ventanas ojivales del templo, de 
cuyo centro se desprendía una tenue claridad, y el acompa- 
sado rumor de las preces que entonaban á coro los religiosos. 

Tocar los viajeros en la portería, y ser recibidos con 
amor y benevolencia, obra fué de un solo instante. El niño 
tuvo en seguida un buen pedazo de pan tierno que unir á los 
alimentos que su padre le iba dando de la escasa provisio'n 
que en la bolsa llevaba; y mientras Cristóbal Colón miraba 
con ternura á su hijo saciando el hambre y la sed, hubo de 
pasar por el claustro un monje franciscano, joven, de elevada 
estatura, frente desembarazada, ojos vivos y distinguido 
porte, á quien llamo' la atencio'n la figura del forastero. Se 
detuvo á contemplarle de lejos, y encontrando alguna cosa 
extraordinaria en sus modales, prendado de la gracia infan- 
til del niño, y admirándole también, sin duda alguna, 
varios objetos que había sacado aquél del zurro'n, para buscar 
la comida de su hijo, se acerco' á ellos lenta, aunque afectuo- 
samente , y procuro' informarse de las causas que al convento 
les habían conducido, estando aquél fuera de todo camino, y 
sin ser direccio'n para pueblo alguno. 

Cristóbal Colón t. i. — n. 





Ü2 



CRISTÓBAL COLON 



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Era el fraile un buen astrólogo, y se llamaba fray Antonio 
de Marchena. Su conversación con el ilustre genovés fué de 
inmenso interés y de verdadera trascendencia para España y 
para la humanidad entera. 

El monje, sencillo cuanto ilustrado, piadoso y sabio al 
mismo tiempo, informo' al huésped de la historia del con- 
vento franciscano á cuyas puertas le había conducido la 
Providencia por desusados caminos, y del origen de la advo- 
cación de Santa María de la Rábida, con que era conocido: 
escucho' absorto las alusiones que Colón dejo' escapar sobre 
su vida, viajes y proyectos, así como las relativas á los 
graves disgustos que le alejaban de Portugal: admiro al 
visionario, comprendió' su genio, le animo' en el designio de 
presentar á los Reyes Católicos los grandiosos pensamientos 
en que meditaba, y se conformó con su parecer, en la seguridad 
del descubrimiento. Allí se abrieron al marino nuevos y 
desconocidos horizontes, que aumentaban la importancia de 
sus esperadas conquistas. Vio' sometidas al imperio de la 
cruz vastísimas é ignoradas regiones: extendida la religio'n 
por todos los ámbitos del orbe: mejoradas las costumbres: 
rescatados los santos lugares del poder de los infieles... 
La palabra evangélica de fray Antonio de Marchena fortalecía 
y animaba á Cristóbal Colón. El cuadro que represente 
aquella importantísima conferencia; aquel primer paso de 
Colón en España, simbolizará de una manera tan conmove- 
dora como perfecta, la ciencia apoyándose en la fe religiosa. 

Un grave inconveniente se ofrecía para las negocia- 
ciones que el animoso genovés tenía que empezar desde 
luego, lugares que debía recorrer y dificultades que superar 
antes de presentarse á los reyes. El niño Diego, cuya corta 
edad necesitaba amparo, ayuda y proteccio'n, para lo cual 
Colón, viéndose desvalido, solo y en tierra extraña, buscaba 
aquel concuñado suyo avecindado en la villa de Palos, 
que tal vez había de facilitarle también algunos recursos 
para continuar sus viajes y poder vivir en la corte, adonde 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



le llamaba el carácter de sus proyectos. A todo ocurrió' la 
bondad del franciscano. El niño quedo' por entonces en el 
monasterio para concertar luego la manera de que pudiese 
vivir al lado de sus tíos; y el marino, desembarazado de 
aquel obstáculo se puso en camino para Sevilla. 



JLfeJ. 



83 



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II 



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Apurada hubo de ser la situacio'n del genovés insigne al 
encontrarse en la metro'poli de Andalucía. Confiaba, á no 
dudar, en la ayuda de los numerosos compatriotas suyos 
establecidos en ella, como negociantes, como artistas, como 
banqueros, y abrigaba la esperanza de por su mediacio'n 
abrir camino á sus proyectos para que llegaran á ser cono- 
cidos de los Reyes. 

Pero el conseguirlo era entonces bastante difícil, y la 
proteccio'n que buscaba tampoco era natural fuese tan pronta 
como su estado requería; por lo cual se dedico' nuevamente 
el marino á trazar cartas, dibujar planos y vender libros 
impresos, ocupacio'n que era al par honrosa y lucrativa, y 
en la cual, sin duda, le conoció el cura de los Palacios, pues 
escribió' que había sido mercader de libros de estampa en esta 
tierra de Andalucía ■ . 

No fué, sin embargo, muy duradera esta ocupación. 
Por ella se relaciono' bien pronto con personas doctas, entre 
las que no pueden dejar de mencionarse con la mayor 
seguridad, los hermanos Antonio y Alejandro Geraldini, 
que habían sido maestros de los Infantes, y de los cuales el 
menor fué después obispo de Santo Domingo, en la isla 
Española. Sevilla era entonces morada casi constante de los 



aj 



1 Historia de ¡os Reyes Católicos, cap. CXVIII. 



8 4 



CRISTÓBAL COLON 



Reyes Católicos, y es muy probable que aquí se encontraran 
con frecuencia muchos de los personajes más influyentes en 
la corte; de manera que, mediante la proteccio'n de los 
Geraldini, pudo obtener Cristóbal Colón facilidad para 
presentarse á dos poderosos magnates, jefes de las casas más 
ilustres de P^spaña, don Enrique de Guzmán, duque de 
Medina Sidonia, y don Luis de la Cerda, duque de Medi- 
naceli. 

De lo que el primero de ellos hiciera, no se conserva 
^ noticia. Por el resultado puede venirse en conocimiento de 
que no alcanzo' á entender la importancia de los planes del 
navegante, ni le dispenso' favorable acogida; proceder que 
Pedro Barrantes Maldonado, en sus Ilustraciones de la Casa 
de Niebla I , trata de disculpar con el desabrimiento con que 
el duque salió' de Sevilla por mandato de los Reyes Católicos, 
á fin de que terminaran de una vez los bandos que habían 
sostenido el marqués de Cádiz y el duque, turbando la tran- 
quilidad de la provincia y llenando de luto la capital con 
grave desprestigio del poder real, no habitando desde enton- 
ces en Sevilla ninguno de los rivales. Refiere Barrantes que 
Cristóbal Colón hizo su ofrecimiento al rey de Inglaterra, 
((suplicándole que lo enviase á descubrir é no dándole crédito 
desto, se vino á Portugal, é suplico' lo mismo al rey de Por- 
tugal, donde teniendo por vano lo que decía no hicieron caso 
dello. E de allí vínose á Sevilla al duque de Medina don 
Henrique de Guzmán, é contándole el caso, é quan á poca 
costa se podría conquistar aquella ysla tan rica de oro, 
estava determinado de enbiar á su costa una armada á 
descubrirla; pero como salió' de Sevilla desgraciado del Rey 
é de la Reyna, dexd el proposito que tenia de ocuparse en 
empresa yncierta, por lo qual Xpoval Colon se fué á la 
Corte...» Resulta, por tanto, como cierto, aun aceptando lo 



1 Novena parte, cap. III. Memorial histórico español. — Madrid, Imprenta 
Nacional. — 185 — 18— Tomo X, pág. 397. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



85 



que dice el cronista de su casa, que el de Medina Sidonia 
dejo como cosa dudosa el proyecto de Colón. 

Pero el de Medinaceli oyó' con admiracio'n sus expli- 
caciones ; y aunque no podía dar completo crédito á tan 
atrevidos razonamientos, ' ni apreciar en todo su valor tan 
nuevas teorías, le hospedo' decorosa y dignamente en su 
casa; procuro' enterarse cuanto mejor pudo de las proba- 
bilidades del éxito; y cuando, subyugado por la fe y la 
elocuencia de Colón, se decidió' á favorecerlo, comprendió' 
que la empresa era digna de la proteccio'n de los Monar- 
cas, por su magnitud y por los resultados que ofrecía 
en el porvenir, y escribió' á la reina doña Isabel, desde la 
villa de Rota, dándole cuenta de todo con encarecimiento 
y recomendacio'n. Contesto' la Reina al duque agradecién- 
dole su fidelidad, 3^ con encargo de que enviase á la corte al 
extranjero, y este fué el verdadero, el seguro camino que 
puso á Cristóbal Colón en relacio'n directa con la Reina 
Cato'lica, según se desprende de un documento indubitado, 
como que fué dirigido á la misma doña Isabel por el duque, 
por mediacio'n del cardenal don Pedro González de Mendoza, 
en 19 de Marzo de 1493, cuando se supo la vuelta de Colón 
de su primer viaje l . 

En esa carta se fijan varios datos importantes, que 
por estar consignados en ella son irrecusables, y se aclaran 
muchos puntos de los que han dado lugar á mayor con- 
fusio'n, por la inexactitud con que los refieren los historia- 
dores. — «No sé si sabe vuestra Señoría, escribe el Duque, 
como yo tove en mi casa mucho tiempo á Cristóbal Colomo, 
que se venía de Portogal , y se quería ir al Rey de Francia 
para que emprendiese el ir á buscar las Indias con su favor 
y ayuda; é yo lo quisiera probar y enviar desde el Puerto, 
que tenía buen aparejo, con tres o' cuatro carabelas, que no 
me demandaba más; pero como vi que era esta empressa 



Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. XIV. 



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86 



CRISTÓBAL COLON 






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•\v# \^ 



para la Reina nuestra Señora, escrebílo á su Altera desde 
Rota, y respondióme que gelo enviasse ; yo gelo envié entonces, 
y supliqué á su Alteza, pues yo no lo quise tentar y lo 
enderezaba para su servicio, que- me mandase hazer merced y 
parte en ello, y que el cargo y descargo deste negocio fuesse 
en el Puerto. Su Altera lo recibió, y lo dio en cargo á Alonso 
de Quint anilla, el qual me escribió de su parte, que no tenia 
este negocio por muy cierto; pero que si se acetaze, que su 
Alteza me haría merced y haría parte en ello: y después 
de haberle bien examinado, acordó de enviarle á buscar las 
Indias. Puede haber ocho meses que partió', y agora él es 
venido de vuelta á Lisbona, y ha hallado todo lo que bus- 
caba, muy cumplidamente, lo qual luego yo supe, y por 
fazer saber tan buena nueva á su alteza, gelo escribo con 
Xuarez, y le envío á suplicar me haga merced que yo pueda 
enviar cada año allá algunas carabelas mías. Suplico á 
vuestra Señoría me quiera a}^udar en ello, é gelo suplique 
de mi parte, pues á mi cabsa y por yo detenerle en mi casa 
dos años, y haberle enderezado á su servicio, se ha hallado 
tan grande cosa como esta. Y porque de todo informará 
mas largo Xuarez á vuestra Señoría, suplicóle le crea. 
Guarde nuestro Señor vra. Rma. persona como vuestra 
Señoría desea. De la mi villa de Cogolludo á diez y nueve 
de marzo (1493). Las manos de vuestra Señoría besamos. — 
El Duque. » 

El original de esta carta se conserva en el Archivo de 
Simancas, en el Registro perteneciente á documentos del 
reinado de don Fernando y doña Isabel, y sus frases son 
datos preciosos para la historia, poniéndolas en relación y 
comunicándolas con lo que anteriormente queda expuesto. 
De aquí se desprende que la Reina Católica tuvo conoci- 
miento de la presencia de Cristóbal Colón en Sevilla, y 
noticia de sus proyectos antes de que se personase en la 
corte, por el duque de Medinaceli, y que éste lo envió' á 
Co'rdoba, cumpliendo un precepto de su Soberana; así como 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



87 



se confirma la inmediata intervención de Alonso de Quinta- 
nilla, porque según la carta del duque, doña Isabel recibió' 
á Colón y lo dio en cargo al contador, quien desde luego 
cobro' afecto al geno vés y le presto' su apoyo, como más 
adelante hemos de ver. 

No se encuentra en las Memorias antiguas sevillanas, 
ni en los historiadores particulares de la ciudad, ni en 
archivos públicos o' privados, noticia auténtica de esta 
primera residencia de Colón en Sevilla. Por desconocer la 
carta del duque de Medinaceli, o' no hacer la debida apli- 
cacio'n de su contenido, se había entendido mal el viaje del 
mismo á la corte y los pasos que diera desde su partida del 
convento de la Rábida, encontrando confusio'n y vaguedad 
en todo este período. 

Únicamente el cronista don Diego Ortiz de Zúñiga, que 
aunque escribió cerca de dos siglos después, tuvo á la vista 
gran número de antecedentes y documentos, dice: «Estaba 
este insigne varo'n en Castilla y Andalucía, y lo más del 
tiempo en Sevilla desde el año de 1484 x .» 

Con las cartas del duque de Medinaceli, para fray Her- 
nando de Talavera, y para Alonso de Quintanilla, y con las 
recomendaciones que sus paisanos Juan Berardi y los her- 
manos Geraldini le facilitaran, se dirigió' Colón á Co'rdoba, 
donde acababan de llegar los Reyes que habían pasado parte 
del invierno en Alcalá de Henares 2 . Llego, según sus 
propias palabras, el 20 de Enero del año 1486, y como 
puede conjeturarse, sus primeras visitas fueron al confesor 
de la Reina, que desde luego le escucho' con estudiada 
reserva, y pareciéndole dificultoso lo que proponía, fué dila- 
tando por mucho tiempo la audiencia que Colón solicitaba, 



1 Anales eclesiásticos y seculares. — Madrid. Infanzón, 1677; pág. 404. 
Año 1489. 

* Memoria donde los Reyes Don Fernando y Doña Isabel Católicos, que 
santa gloria hayan, estuvieron desde el año 146J. — M. S. de la Biblioteca Colom- 
bina. O. O. 225. — 38. 



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CRISTÓBAL COLON 












hasta que parece que hubo de negar redondamente la exacti- 
tud de sus cálculos y la posibilidad de llevar á feliz término 
sus proyectos. 

Entonces el marino se valió' de las otras recomendaciones 
que de Sevilla llevara; hablo' con Quintanilla, que desempe- 
ñaba el importante cargo de Contador mayor, que desde el 
primer momento miro con verdadera simpatía á Colón, y si 
hemos de creer á un laborioso cronista l , le introdujo en la 
gracia del gran cardenal don Pedro González de Mendoza, 
al cual también agradaron sus razones, y por mediacio'n de 
estos dos personajes se consiguió' la audiencia para que los 
Reyes Cato'licos fuesen informados de los grandes proyectos 
del genovés y descubrimientos que pretendía realizar. 

La atmo'sfera favorable á Cristóbal Colón empezó' en 
el momento de dar sus primeros pasos en España; el primer 
ra}^o de esperanza lucio' para él en el monasterio de la 
Rábida, salió' de los labios de un humilde religioso, y por 
las recomendaciones de fray Antonio de Marchena y del 
duque de Medinaceli, fué escuchada su voz por la magná- 
nima reina doña Isabel. Pero, según observa acertadísima- 
mente un moderno escritor 2 , esta narracio'n tan natural, si 
bien no se presta á dar á la historia de Colón un colorido 
dramático, un interés novelesco, en el estilo de Alfonso de 
Lamartine y del conde Roselly de Lorgues, tiene la gran 
ventaja de presentar la noble figura del descubridor en toda 
su verdad histo'rica, haciendo conocer, y colocando en su 
lugar á los que le fueron contrarios y á los que le auxiliaron 
en sus proyectos para honra y gloria de la nacio'n. 

Porque conocidos los hechos, se notan desde luego las 
dos tendencias que en la corte predominaron, y que además 



1 Crónica del gran cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, 
por el doctor Pedro de Salazar y de Mendoza. — Toledo. Imprenta de doña María 
Ortiz de Saravia, mdcxxv, lib. I, cap. LXII. 

* Colón en España, por Tomás Rodríguez Pinilla. — Madrid, sucesores de 
Rivadeneira, 1884. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO V 



89 



de otras causas, que en seguida analizaremos, fueron motivos 
para las dilaciones que por espacio de siete años (1486-1492) 
sufrieron las instancias de Colón, y de su desigual fortuna. 

Fray Hernando de Talavera, que era hombre piadoso, 
« instruido y docto en las ciencias eclesiásticas , carecía de los 
conocimientos, extraños á la verdad á su profesio'n y carrera, 
que pudieran hacerle comprender la sublime teoría que se le 
recomendaba, y la juzgo' irrealizable x .» Y como era esclavo 
de su deber, y firme en sus convicciones, su opinio'n fué 
siempre de gran peso en los consejos de la Reina, cuya || 
conciencia dirigía. No hubo en él animadversio'n al pro- 
j^ecto, ni mala voluntad hacia el marino; fué que, no alcan- 
zando su ciencia á comprender los cálculos de Colón y 
encontrando en ellos algo que repugnaba á su conciencia, le 
creyó un visionario, y por consiguiente no quiso prestar 
apoyo á sus planes. Por lo mismo que su posicio'n era tan 
alta y respetada, se constitu}^o en centro de los que como él 
opinaban. 

Entre los que favorecían á Cristóbal Colón, y sin 
desconocer lo arriesgado de la empresa, juzgaban que debían 
facilitársele los medios necesarios para intentarla, figuraron 
desde luego, en primer término, en la corte, el contador 
mayor de Castilla y el cardenal don Pedro González de 
Mendoza. Era aquél hombre de la mayor confianza de los 
Reyes por sus relevantes prendas de carácter, y «en este 
caballero hallo' más parte é acogimiento Colón que en 
hombre de toda España 2 ; » el segundo, varo'n dignísimo, de 
gran talento y prudencia, que desde la silla arzobispal de 
Sevilla fué ascendido á la primada de Toledo en 1483, y 
creado cardenal con el título de Santa María in Dominica, 
por el papa Sixto IV, lo fué luego con el de San Jorge, 






1 Historia general de España, por don Modesto Lafuente. Parte 2.*, 
lib. IV, cap. IX. 

2 Gonzalo Fernández de Oviedo. — Historia general. Tomo I, lib. II, capí- 
tolo V. 



Cristóbal Colón, t. i. — 12. 



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CRISTÓBAL COLON 






y finalmente con el de la Santa Cruz de Jerusalén. Enri- 
que IV mando que se le llamase simplemente el Cardenal de 
España L 

A éstos se fueron reuniendo sucesivamente, y desde que 
Colón fué recibido por la Reina y explano su pensamiento, 
muchos personajes importantes, entusiasmados los unos por 
el engrandecimiento que del viaje directo á las Indias podía 
obtener la monarquía , movidos los otros por el interés 
religioso y propagacio'n de la fe entre pueblos ido'latras: 
creyendo éstos que habían de reportar á España grandes 
riquezas los descubrimientos; guiados aquéllos por el interés 
de la novedad y subyugados por la elocuente palabra de 
Colón. Pero las dificultades eran muchas, y en ciertos 
momentos aparecieron insuperables. 



III 



No era, en verdad, la ocasio'n más oportuna para 
brindar á los Reyes Cato'licos con empresas grandes y 
aventuradas, aquella en que puso el pie en España el geno- 
vés inmortal. Después de los laboriosos principios de su 
reinado, habiendo conseguido vencer y llevar á feliz término 
la guerra de Portugal, larga y trabajosamente proseguida; 
después de haber consolidado la paz interior, llevando el 
orden á todas las esferas, reprimiendo el bandolerismo, 
poniendo fin á los bandos de las casas poderosas, que tantas 
turbulencias y trastornos habían producido, teniendo en 
continua alarma á los pueblos más importantes, y mante- 
niendo en constante desorden comarcas enteras, llegando al 



1 Historia de la ciudad de Toledo, sus claros varones y monumentos, por 
don Antonio Martín Gamero. — Toledo, López Fando, 1862. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



9i 



extremo de correr verdaderamente la sangre dentro de las 
ciudades, como sucedió en Sevilla luchando Ponces y Guz- 
manes; los Reyes habían vuelto la vista á las hermosas 
provincias dominadas todavía por los moros, y se habían 
propuesto reducirlas á los menores límites que les fuera 
posible, o' concluir por entero con su dominacio'n,*si á tanto 
les ayudaba Dios y alcanzaban sus fuerzas. 

Los recursos se habían agotado muchas veces, teniendo 
necesidad de acudir, para sostener las obligaciones del 
Estado, y cubrir las atenciones del numeroso ejército que 
tenían en movimiento, á pignorar la plata de las iglesias, 
como se empeñaron también en épocas de mayor apuro las 
alhajas de la corona. 

La guerra contra los moros había empezado bajo felices 
auspicios; pero á la conquista de Alhama, de grande impor- 
tancia y verdadera gloria, había sucedido, como para excitar 
ma}^or celo y poner sobre aviso á los cristianos, la malo- 
grada empresa sobre Loja, cuyo sitio no se pudo continuar, 
y el horroroso desastre de la Ajarquía, donde pereció la flor 
de la nobleza andaluza; triste pagina que no basto' á com- 
pensar ni á borrar de la memoria la rota de Baena y la 
prisio'n de Boabdil. 

Entonces la reina doña Isabel, irritada por la desgracia 
de tantos ilustres caballeros , y enardecida por el entusiasmo 
de la fe religiosa y por la santa indignacio'n del amor 
patrio, hizo á Dios la promesa, y se impuso á sí misma el 
voto de acabar de una vez con el imperio de los musulmanes, 
aun á costa de los mayores sacrificios. Y es necesario for- 
marse idea completa del carácter excepcional de aquella gran 
Reina, en que se fundían por igual la dulzura y la firmeza; 
conocer el entusiasmo que su presencia causaba; la confianza 
y ardimiento que infundía en los corazones, para compren- 
der la importancia de su resolucio'n. Habiendo sido tan 
grande la influencia del carácter y de los sentimientos de 
doña Isabel I en el descubrimiento de las Indias, y en todos 



92 



CRISTÓBAL COLON 



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los sucesos de la vida de Cristóbal Colón , desde que entro 
en el territorio de España hasta su muerte, no parecerá 
ocioso ni excusado que procuremos trazar un perfil completo 
de aquella gran figura histo'rica, una de las más interesantes, 
si no es la mayor de todas, pero ciertamente la más simpá- 
tica, la más pura entre las que ofrece la historia de nuestra 
España. 

Era doña Isabel de estatura poco más que mediana, de 
formas redondas, pero finas y esbeltas; muy blanca y de 
cutis sonrosado; con los ojos grandes, rasgados, de color 
azul y expresio'n muy dulce; la boca pequeña, los cabellos 
abundantes y sedosos de un color castaño claro que se apro- 
ximaba á rubio; y en el conjunto del rostro se advertía 
tanta regularidad, tanta modestia, una gracia tan suave y 
apacible que cautivaba á cuantos la veían. En su palabra se 
unían admirablemente, como en todas sus acciones, la digni- 
dad y la dulzura. 

Bellísimo era el conjunto de su persona; pero las cuali- 
dades morales superaban á las físicas, y eran una luz purí- 
sima que ilustraba todos sus actos y se extendía sobre 
cuanto de ella emanaba. 

Los escritores contemporáneos que pudieron conocerla 
y tratarla, no saben contener su entusiasmo, que era por 
demás justificado. El ingenuo y verídico cronista Bernáldez 
termina su retrato con estas frases: «Fué mujer esforzadí- 
sima, muy poderosa, prudentísima, sabia, honestísima, 
casta, devota, discreta, cristianísima, clara sin engaño, 
muy buena casada, leal y verdadera, y sujeta á su marido, 
muy amiga de los buenos y buenas, ansí religiosos como 
seglares, limosnera, edificadora de templos, monasterios é 
iglesias. Secunda Elisabet continentis, fué muy feroz y enemiga 
de los malos é de las malas mujeres. » 

Tales eran y tan relevantes sus dotes como mujer; sus 
cualidades como Reina no creemos han sido igualadas; 
ningún monarca las ha reunido tan completas ni en grado 



DONA ISABEL LA CATÓLICA 

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LIBRO PRIMERO. — CAPITULO V 



93 



tan heroico. Animada de un elevado sentimiento de justicia, 
amante de la verdad, con entendimiento claro y rectitud 
para resolver, y con inquebrantable firmeza para llevar 
adelante lo que juzgaba bueno, ponía en todos sus actos el 
sello de una piedad sincera, de un amor á su pueblo que 
jamás daba al olvido, y de una grandeza de alma que nunca 
se desmintió' en ninguno de los actos de su vida. Era firme 
en sus propo'sitos, y los llevaba á ejecución con dignidad, 
sin que los obstáculos alterasen la fortaleza de su ánimo. 
Y sobre tantas prendas inapreciables, la bondad y la virtud 
de la Reina , su modestia y afabilidad caían como un manto 
riquísimo, y la hacían querida en la familia, respetada en la 
corte y popular entre todas las clases sociales. 

Conformes con el carácter severo y moderado de la 
Reina estaban las costumbres de la nobleza, señaladamente 
de la que asistía á los soberanos; pareciendo imposible al 
que lee las cro'nicas y memorias del reinado de Enrique IV, 
que en tan breve espacio de tiempo, y sin violencia alguna, 
al parecer, se hubiera verificado cambio tan radical y pro- 
fundo, por la influencia y prestigio de un carácter superior. 

Más reservado y calculador, aunque dotado de gran 
talento, sagacidad y penetracio'n el rey don Fernando, era 
un político de trascendentales miras, frío á veces, á veces 
magnánimo, cuyo carácter no tenía notas salientes ni color 
definido, porque sabía mostrarlo según lo exigían las necesi- 
dades del momento. Sencillo en sus costumbres, piadoso sin 
afectacio'n, despachaba por sí los asuntos más arduos, medi- 
taba las cuestiones más difíciles sin influencias extrañas, y el 
mismo orden que seguían las ideas en su cerebro se refleja- 
ba en todo cuanto disponía para la gobernacio'n del Estado. 

No escribimos el glorioso reinado de estos célebres 
monarcas, ni trazamos más rasgos de sus caracteres que 
aquellos que bastan para esclarecer las relaciones de Cristó- 
bal Colón con la corte de España , antes y después del 
descubrimiento de las Indias Occidentales. Don Fernando 



94 



CRISTÓBAL COLON 



era un político astuto, un hábil diplomático, un talento 
profundo; para ser un gran Rey necesitaban sus decisiones 
de la dulzura, de la templanza que le comunicaba el carácter 
de la Reina, y del feliz consorcio de aquellas voluntades, de 
la unio'n de las eminentes condiciones de ambos, se produjo 
el engrandecimiento de la nacio'n, y el reinado de mayor 
importancia y de carácter más genuino y legítimamente 
español entre todos los que registra nuestra historia. 



IV 



¿Qué pincel ó qué pluma serán capaces de pintar y 
describir aquella escena en que por vez primera se cruzaron 
las miradas del pobre extranjero de la capa raída, y de la 
Reina señalada por Dios para protegerlo? 

¿Qué inspiracio'n será bastante poderosa para expresar 
en aquel momento el arrebato de la elevada inteligencia de 
Colón, comprendida y admirada por el gran corazo'n de 
doña Isabel la Cato'lica? 

No es posible dudar de que en aquella primera audien- 
cia el triunfo fué por completo del genio; la elocuencia de 
Colón obtuvo la victoria, y se captó la simpatía de cuantos 
le escucharon. Los Reyes disponían, sin embargo, de muy 
poco tiempo en aquella sazón; les llamaban preferentes 
atenciones, y así se comprende que para decidir con ma3^or 
conocimiento, con la madurez necesaria en un asunto que 
tanta gravedad ofrecía, tuvieran el pensamiento de que 
personas entendidas 0}^esen con más detencio'n las razones 
del atrevido navegante, las estudiaran y manifestasen el 
concepto que les merecían. 

La Reina había escuchado con alegría el proyecto bri- 
llantemente expuesto por la palabra de Colón; había entre- 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO V 



95 



visto en su entusiasmo un gran porvenir de gloria para la 
religio'n cristiana y para la nación española, y en su deseo de 
tomar á su cargo tan maravillosa empresa, quiso por una 
parte, ver si los argumentos del marino eran mejor aprecia- 
dos por su confesor, en cuya ilustración y rectitud confiaba, 
y ganar, por otra, el tiempo necesario para gozar de más 
tranquilidad después de la campaña que iba á comenzarse. El 
Rey, á su vez, también oyó con gusto y aun con amor aquel 
extraordinario proyecto. Fija siempre en su cabeza la idea de 
engrandecer con actos heroicos su reinado, y de superar en 
cuanto le fuera posible á los demás monarcas, sus vecinos, 
entrevio' en las teorías de Cristóbal Colón algo grande, algo 
trascendental, que podría igualar y aun oscurecer los descu- 
brimientos de que tanto se vanagloriaban los portugueses, y 
entro' también en sus cálculos la intencio'n de dar acogida á 
aquellos planes, y retener á su autor; pero antes de resol- 
verse en negocio que tales dificultades ofrecía, juzgo nece- 
sario obrar con la mayor prudencia, y que personas 
competentes lo examinaran. De esta manera, aunque por 
distintas miras, ocurrió á los monarcas españoles el pensa- 
miento de someter los proyectos de Colón al examen de una 
Junta, y convinieron también en que se formara bajo la 
dirección de Fray Hernando de Talavera. 

Inmediatamente después marcharon los Reyes de Co'r- 
doba con direccio'n al real de Loja, y allí quedo' Colón 
para dar sus noticias á la Junta. 

Sobre la formacio'n de ésta tenemos datos irrecusables 
en el fidedigno testimonio del doctor Rodrigo Maldonado, 
que fué individuo de ella, y lo era también del Consejo de 
los Reyes Católicos. La Junta se compuso, además del 
Prior de Prado y del consejero Maldonado, de otros hom- 
bres sabios , de letrados y de marineros. Colón se esforzó' 
en vano: sus argumentos para demostrar la posibilidad de 
la navegacio'n hacia Occidente, no fueron comprendidos ni 
aceptadas sus conclusiones; aunque puede sospecharse que 






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96 



CRISTÓBAL COLON 



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viéndose de nuevo ante cosmo'grafos , y recordando el 
engaño de que había sido víctima en Portugal por otra 
reunio'n muy parecida, no expusiera sus proyectos con toda 
la claridad necesaria, reservándose alguna cosa esencial 
para precaver nueva perfidia. Platicaron, sin embargo, 
largamente sobre las islas que aquél intentaba descubrir, y 
todos ellos acordaron que era imposible ser verdad lo que 
decía l . 

La declaración del anciano consejero es de un interés 
tan capital, por las circunstancias de la persona, y por ser 
el documento auténtico en que se refieren las más antiguas 
relaciones oficiales de Colón en España, en las que aquél 
intervino, que hemos juzgado de necesidad reproducir ínte- 
gras las respuestas que hacen relacio'n á estos hechos, tomán- 
dolas exactamente de su mismo original 2 : 

«Testigo. — El dicho señor dotor Rodrigo maldonado 
vecino e Regidor déla dicha cibdad de Salamanca del Con- 
sejo déla Reyna nuestra señora, testigo suso dicho jurado 
e preguntado por las preguntas del dicho ynterrogatorio &. 

» i — ala primera pregunta dixo: que conosce al dicho 
señor almirante de vista e conversación demás de veynte 
años a esta parte, e que al fiscal no le conosce e que no es 
pariente de ninguna de las partes ny concurren en el ninguna 
de las calidades generales de la ley, e que venga quien tubiere 
derecho e que este testigo es de hedad demás de ochenta y 
cinco años &:... 

»8 — ala otava pregunta dixo: que lo que desta pregunta 
sabe es que este testigo con el prior de prado, que ala sazón 
hera, que después fue arzobispo de granada e con otros 
sabios e letrados e marineros platycaron con el dicho almi- 
rante sobre su hida alas dichas yslas e que todos ellos 



1 Navarrete. — Colección de viajes, tomo III, pág. 599 de la segunda edi- 
ción. — Rodríguez Pinilla. Colón en España. 

s Archivo general de Indias. — Patronato. Est. I, caj. II, leg. 15. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



97 



concordaron que era ynposyble ser verdad lo quel dicho 
almirante desya: e que contra el parecer de los mas dellos 
porfió el dicho almirante de yr el dicho viaje, e que sus 
Altezas le mandaron librar cierta cantidad de maravedís 
para ello e asentaron ciertas capytulaciones con el en lo qual 
todo supo este testigo como uno délos del consejo de sus 
altezas, e que asy partyo el dicho almirante a descobrir las 
dichas yslas e plugo á nuestro Señor que acertó en lo que 
dezia e que este deponiente tiene por cierto que sy el dicho 
almirante non porfiase de yr el dicho viaje e syno descu- 
briera las dichas yslas que estuvieran fasta oy por hallar e 
descobrir e que lo cree por lo que tiene dicho &. 

»9 — Ala novena pregunta dixo que cree lo que en ellas 
se contiene por las Razones que dicho ha e porque sy el 
dicho almirante no se atreviera a descubrir las dichas yslas 
cree este testigo que otro alguno no se atreviera alas } 7 r a 

descubrir ¿c » 

En vista de conclusio'n tan adversa, debió ser grande 
el desengaño de Colón; pero no dio lugar al abatimiento. 
Recorría las calles de la morisca ciudad entregado á sus 
pensamientos, sin cuidarse gran cosa de los sucesos que á su 
vista pasaban; y absorto en la meditacio'n, fijo en su idea, 
abstraído en cuanto le rodeaba, empezó' á dar lugar á que 
naciera en el vulgo la calificacio'n de loco, con la que muy 
luego le designaron, señalándole por donde quiera con mues- 
tras de curiosidad y compasio'n. 

Su resolucio'n estaba tomada, sin embargo; y en tanto 
que esperaba el regreso de los Reyes, para conocer su res- 
puesta, con vista del dictamen de la Junta, iba aumentando 
el número de las personas importantes de la corte que no se 
dejaban arrastrar por los juicios de aquélla, y se disponían 
á ayudarle en un nuevo esfuerzo para que obtuviera la 
proteccio'n que deseaba. 

«Entregada la ciudad de Loja é su fortaleza al rey don 
Fernando, lunes á veintinueve días del mes de Mayo, y 

Cristóbal Colón, t. i. — 13. 



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CRISTÓBAL COLON 



ganada inmediatamente la villa de llora en ocho de Junio, 
salid la Reina de Córdoba para asistir al Consejo en que 
U había de tratarse lo que se debía hacer en la guarda é pro- 
veimiento de la tierra ganada f .» Conquistada Moclín, y 
rendidas las villas de Montefrío y Colomera, torno á Cór- 
doba la reina doña Isabel; y poco después, dejando bien 
abastecidas aquellas guarniciones , hizo el Rey solemnísima 
entrada, dando públicas gracias á Dios por las victorias 
obtenidas. 

Apenas tuvieron tiempo los Reyes de tomar algún 
descanso de la campaña de primavera, pues todavía les 
ocupaba la gran tala que habían mandado hacer como 
preparativo para la del año siguiente, cuando las repetidas 
cartas del conde de Benavente, anunciándoles la rebelio'n del 
conde de Lemos, les obligaron á dirigirse á Galicia. 

Pero antes de su partida, informados por el Prior del 
Prado de las resoluciones de la Junta, tuvieron que decidir 
sobre lo que Colón pretendía. Y bien se deja comprender 
que el número de apasionados de aquellos proyectos crecía 
en importancia, y que el ánimo de los Reyes estaba favora- 
blemente predispuesto cuando su respuesta al navegante fué 
tan distinta de la que pudiera esperarse. Los individuos 
de la Junta habían hecho poco aprecio del proyecto en gene- 
ral; le habían combatido con razones de ciencia eclesiástica, 
y con argumentos de antiguos sistemas, exagerados por la 
ignorancia; apenas se habían examinado sus fundamentos 
«y ansi fueron de ellos juzgadas sus promesas y ofertas por 
imposibles y vanas , y de toda repulsa dignas, » como dice el 
obispo fray Bartolomé las Casas 2 . 

No fueron esos, sin embargo, los términos en que 
respondieron los Reyes á Colón, á pesar de que el dictamen 



1 Crónica de los señores Jueyes Catóh kos don Fernando y doña Isabel, por 
su cronista Hernando del Pulgar. Parte tercera, caps. LIX y LX. 
4 Historia de las Indias, lib. I, cap. XXIX. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO V 



99 



era unánime en aquellos doctos varones, y tenía toda la 
autoridad que podía prestarle la opinión del confesor de la 
Reina. Hicieron que se manifestaran al marino los graves in- 
convenientes que á su proyecto encontraban personas enten- 
didas, despidiéndole por entonces, aunque no quitándole del m 
todo la esperanza de volver á la materia, cuando más desocu- 
pados Sus Alteras se vieran. 

Quedo' Colón en Co'rdoba perplejo, vacilante y morti- 
ficado con aquella repulsa, lamentando la nueva dilación que 
sufría su proyecto, y los Reyes Católicos salieron camino de 
Ponferrada. 










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102 



CRISTÓBAL COLON 



Probablemente desde el punto mismo de su llegada á 
Co'rdoba, y por las relaciones adquiridas en Sevilla, se hos- 
pedo' Cristóbal Colón en la casa de los Enríquez y Arana, 
familia noble y bien emparentada, pero escasa de bienes de 
fortuna. Prendáronse los Arana del distinguido trato y 
nobles maneras de su huésped; les intereso' su historia; fué 
creciendo la amistad, y á tanto llego' el afecto, que don 
Diego de Arana acompaño' á Colón en su primer viaje con 
el cargo de Alguacil mayor en la nave capitana, y quedo' en 
la isla Española encargado del mando de la fortaleza de 
Navidad, donde pereció' después trágicamente, con todos los 
que allí permanecieron de guarnicio'n. 

Formaba parte de la familia una joven de singulares 
dotes, que á su belleza física unía elevada inteligencia y un 
corazo'n tierno, bondadoso y apasionado. Sus simpatías por 
Colón fueron grandes desde el principio : comprendiendo el 
genio del genovés ilustre, encontró' luego sus proyectos 
muy realizables; le animo' con su entusiasmo y con todo 
el calor que siempre comunica á sus palabras la ardiente 
imaginacio'n de una mujer, y cuando le vio' meditabundo, 
triste, casi descorazonado por el desfavorable juicio que for- 
mara la Junta presidida por el Prior del Prado, y más aún 
por la despedida de los Reyes, ella reanimo' su fe; sostuvo 
sus esperanzas, y las simpatías del primer momento, crecidas 
con el trato íntimo, aumentadas por la compasio'n, se fueron 
convirtiendo en un sentimiento más tierno de que muy luego 
participo' Cristóbal Colón, y que fué desde entonces suave 
consuelo á sus pesares , lenitivo á los desengaños que por 
todas partes le proporcionaba su adversa suerte, y vínculo 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VI 



103 



tan fuerte como dulce que le encadeno' á España, retenién- 
dole en ella á pesar de todas las contrariedades, hasta que la 
Providencia dispuso que comenzaran los días de su gloria y 
se vieran satisfechas sus esperanzas. 

Hay en la existencia de todos esos grandes hombres, que 
vienen al mundo con la misio'n de adelantarse á su siglo y 
de dar un gran impulso á la humanidad en su progreso 
hacia la perfeccio'n, luchando con la ignorancia y las malas 
pasiones, seres dulces y apacibles, que parecen colocados 
por Dios á su lado para ayudarles á sobrellevar los trabajos 
y la ingratitud, consolándoles de las injusticias de los hom- 
bres. Uno de esos seres fué doña Beatriz Enrique^: de ella se 
enamoro' apasionadamente Cristóbal Colón, que en el afecto 
de la noble dama encontraba estímulos para la inteligencia y 
alegría para el alma cuando sus fuerzas se sentían agotadas 
por los golpes de la adversa fortuna. 

Las relaciones amorosas que brotaron al calor de esta 
mutua simpatía, estrechándose fueron y creciendo de un día 
á otro; pero sea que al enlace de los que las alentaban se 
opusieran la noble cuna de doña Beatriz , las escaseces de su 
familia, los obstáculos que á una unio'n inmediata oponían 
los mismos proyectos de Colón, o' todas estas causas juntas, 
es un hecho incontrovertible, entre los más indubitables de la 
vida del Almirante, que sus tratos con la ilustre dama de 
Co'rdoba no se vieron jamás santificados por la bendicio'n de 
la Iglesia; que doña Beatriz Enríquez no fué jamás la esposa 
legítima de Cristóbal Colón. 

Fruto de estos amores nació' en Co'rdoba el 15 de Agosto 
de 1488 don Fernando Colo'n, varo'n de singulares condicio- 
nes, de elevado entendimiento, de juicio recto, y valor se- 
reno, que emulo' muchas de las altas cualidades de su ilustre 
padre. Ninguno de sus contemporáneos dudo' nunca de su 
cualidad de hijo natural del Almirante; pero hace pocos años, 
estimulados algunos espíritus piadosos por la admiracio'n 
que les causaban las eminentes condiciones del descubridor, 



104 



CRISTÓBAL COLON 



y ansiosos de colocarle en el número de los santos á que 
la Iglesia tributa culto en los altares, según dijimos en la 
Introducción, empezaron por querer purificar su historia, 
borrando de ella todos los rastros de humana flaqueza que 
pudieran oscurecer sus virtudes, y se fijaron como una de 
las principales en sus relaciones amorosas, afirmando que 
había contraído matrimonio con doña Beatriz. 



II 



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No entraremos á discutir, ahora, los argumentos en que 
se trato de apoyar ese pretendido casamiento: el rebatir 
tanta suposicio'n gratuita y rectificar tantos errores sería por 
demás enojoso. Como pruebas directas, consignaremos las 
palabras mismas de Cristóbal Colón, en su último testa- 
mento, y los conceptos de los historiadores que le conocieron 
y trataron; porque á su lectura no resisten sofismas, ni cabe 
dudar de la naturaleza de las relaciones que mediaron entre 
el Almirante y aquella señora. 

En la última cláusula de su testamento, otorgado en 
Valladolid á 19 de Mayo de 1506, dejo' consignadas ciertas 
disposiciones, cuya sola lectura lleva al ánimo el conven- 
cimiento. Pero la persuasio'n es mucho mayor, si antes de 
leer esa cláusula final, se repasa el contenido de la ante- 
rior l : 

«Digo á don Diego mi hijo, é mando que tanto que el 
tenga renta del dicho mayorazgo y herencia, que pueda sos- 
tener en una capilla, que se haya de fazer, tres capellanes, 
que digan cada día tres misas, una á honra de la Santa 
Trinidad, é otra á la Concepcio'n de Nuestra Señora, é la 



' Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, dec. núm. CLVIII. 



LIBRO PRIMERO. — CAPITULO VI 



105 



otra por anima de todos los fieles defuntos, é por mi anima 
é de mi padre é madre é mujer.» 

Y en la cláusula siguiente se expresa así: 

«Digo y mando á don Diego mi hijo, o' á quien 
heredare, que pague todas las deudas que dejo aquí en un 
memorial, por la forma que allí se dice, é más las otras que 
justamente parescerá que yo deba. E le mando que haya enco- 
mendada á Beatriz Enrique^, madre de don Fernando, mi hijo, 
que la provea que pueda vivir honestamente, como persona a 
quien soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la 
conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima. La raipn 
dello non es lícito de la escribir aquí.» 

¿Hubiera sido esta la manera de hablar del Almirante 
si se hubiese tratado de su segunda esposa? ¿Hubiera vivido 
doña Beatriz en Co'rdoba sin que nadie hubiese tenido un 
recuerdo para ella, pudiendo ostentar los títulos de Virreina 
de las islas y tierra firme del mar Occéano? Insistir en seme- 
jante cuestión es de todo punto ocioso: ni aún se necesita 
hacer comentario sobre el texto de las dos cláusulas del 
testamento. El silencio de la historia escrita por el hijo 
mismo de doña Beatriz; el olvido en que los Reyes, la 
nobleza y todos los cortesanos del Almirante, en la época 
de su mayor prosperidad, dejaron á aquella señora, son 
pruebas concluyentes de que su posicio'n no la permitía 
ostentar título alguno al lado de Cristóbal Colón, ni pre- 
sentarse con él en la corte. 

Anteriormente á ese documento, en otro que no ha visto 
íntegro todavía la luz pública, o' á lo menos no hemos 
logrado verlo, pero cuya copia se conserva en la coleccio'n 
formada por don José Vargas Ponce (tomo 52) que guarda 
la Real Academia de la Historia en su biblioteca, y es una 
Instrucción que el Almirante dejo' á su hijo don Diego, que 
debía sucederle, antes de emprender el tercer viaje en el 
mes de Mayo de 1498, le decía: — «á Beatriz Enrique^ hayas 
encomendada por amor de mi, atento como teniades á tu 
Cristóbal Colón t. i.— 14 




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CRISTÓBAL COLON 





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madre; haya ella de ti diez mil maravedis cada año, allende 
de los que tiene en las carnicerías de Co'rdoba.» 

Y en efecto, obtenido por Colón el premio de diez mil 
maravedís ofrecido por los Reyes Cato'licos al primero que 
viese la tierra, cuyo privilegio se le otorgo' en Barcelona 
á 23 de Mayo de 1493, pidió' que se le situara en las carni- 
cerías de la ciudad de Co'rdoba ' y lo cedió' para sus gastos 
á doña Beatriz Enríquez. 

Cumpliendo el segundo Almirante don Diego Colo'n 
estos encargos de su padre con cierto descuido y negligencia, 
al parecer, muy propios de su carácter, durante su vida, 
consigno' en su testamento de 8 de Septiembre de 1523, 
hecho en Santo Domingo, la cláusula siguiente 2 : 

«ítem: por cuanto el Almirante mi señor me dejo' enco- 
mendada á Beatriz Enríquez, vecina que fué de... por ciertos 
cargos en que le era, é mando' que se le diesen cada año 
diez mil maravedis, lo cual yo asi he cumplido; é porque creo 
que se le ha faltado de pagar algún año de los que vivió', 
mando... etc.» 

Juzgúese si este era el modo de tratar á la viuda de su 
padre, el primer Almirante, cuando á la mujer del don 
Diego todos le decían la Virreina. 

Después de las palabras de Cristóbal Colón, tan con- 
formes con los hechos de su existencia, examinemos lo que 
dicen los historiadores más dignos de crédito. 

El célebre Gonzalo Fernández de Oviedo, que fué paje 
del príncipe don Juan al mismo tiempo que los dos hijos del 
Almirante, y tenía la misma edad que el mayor de ellos, 
siendo por tanto su testimonio de una autoridad irrecusable 
en este punto, dice así en su Historia 3: «Hizo Colón que los 
Reyes Cato'licos hubiesen por bien que sus hijos, el príncipe 



1 Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, pág. 46. 

2 Harrisse. — Christophe Colomb, París, Leroux, 1884, tomo II, pág. 495. 

3 Historia general de las Indias, lib. III, cap. VI. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO Vi 



107 



don Juan los recibiese por pajes suyos. Los cuales eran don 
Diego Colo'n, hijo legítimo y mayor del Almirante, y otro su 
hijo don Femando Colón, que hoy vive.» 

El cronista de Indias Antonio de Herrera, que por o'rde- 
nes superiores tuvo á su disposición cuantos documentos 
podían ser necesarios para escribir la historia del descubri- 
miento y colonizacio'n , se expresa así, en la Década I, lib. I, 
cap. VII I : 

«Caso' con doña Felipa Muñiz de Pelestrello, i ubo en 
ella á don Diego Colon; i después en doña Beatriz Enriquez, 
natural de Córdoba á don Hernando, caballero de gran 
virtud.» 

Más conciso todavía, pero más explícito por los con- 
ceptos que en sus frases envuelve el docto analista de Sevilla 
escribe en sus Anales 2 : 

«Nació' en Córdoba don Fernando Colon de doncella 
noble, y siendo viudo su padre, el año 1487.» 

El conde Roselly de Lorgues, en su empeño de puri- 
ficar la existencia del Almirante de toda sombra de pecado, 
no tuvo reparo en adulterar algunos de los textos, ni escru- 
pulizo' en pasar por alto algunas palabras de los autores que 
cita; y en una obra escrita expresamente para dejar en su 
punto esta cuestio'n por él promovida , que titulo' Satán 
contra Christophe Colomb, ou la pretendue chute du serviteur de 
Dien, se esforzó en explicar y desentrañar el sentido de los 
conceptos estampados por Oviedo, por Herrera y Ortiz de 
Zúñiga, para hacer ver que decían que don Fernando Colo'n 
era hijo legítimo y de legítimo matrimonio del Almirante y 
de doña Beatriz Enriquez. 

Supuso desde luego el piadoso historiador, y como 



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1 Historia general de los hechos de los castellanos, etc. — Madrid, Juan Fla- 
menco, 1 60 1. 

2 Annales eclesiásticos y seculares de la muy noble ciudad de Sevilla. — Ma- 
drid, García Infanzón, 1677, pág. 496. 



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CRISTÓBAL COLON 



siempre, que había demostrado cumplidamente su tesis, y 
puesto en clara luz el segundo casamiento de Cristóbal 
Colón. Mas no debió' ser tan satisfactorio el resultado, 
cuando al publicar en España la traducción de su obra el 
abogado don José Antonio Dondero, la apoyo', sin duda, por 
instigacio'n del mismo conde, con dos disertaciones tituladas: 
La honestidad de Cristóbal Colón defendida y reivindicada L 

Tanto el conde como el abogado, su coadyuvante, hacen 
extraordinarios esfuerzos por demostrar á los lectores que 
aquellos cronistas, de cuya veracidad no puede dudarse, re- 
conocen la legitimidad de don Fernando Colo'n; y para ello 
se lanzan á interpretaciones tan violentas cuanto que es ne- 
cesario hacerles decir lo contrario de lo que escribieron. 

Sentados quedan ya los textos literales de Gonzalo Fer- 
nández de Oviedo, de Antonio de Herrera y de don Diego 
Ortiz de Zúñiga. Sus conceptos convienen entre sí, apoyán- 
dose mutuamente; y regla es de buena crítica no buscar 
interpretación á aquellos puntos en que convienen los histo- 
riadores y no ofrecen lugar á duda. 

Si uno de esos cronistas hubiera diferido de los otros; 
si hubiera asentado noticias contradictorias, deber es del 
crítico investigar cuál de ellos pudo deducir su opinio'n de 
documentos más respetables; entonces llega el momento de 
concordar, de estudiar argumentos y cotejar las pruebas. 
Pero si Oviedo, usando de gran prudencia, y para no lasti- 
mar con sus palabras á varo'n tan digno de estima como lo 
era don Fernando, se contenta con llamar á don Diego hijo 
legítimo y mayor del Almirante, designando después á aquél 
con las palabras de otro su hijo; si Herrera, usando igual 
mesura, se limita á decir que casó con doña Felipa Muñiz y 
hubo en ella á don Diego, y después en doña Beatriz Enrí- 



Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón... con documentos inéditos 
relativos al segundo matrimonio de Colón con doña Beatriz Enríquez de Córdoba, 
— Barcelona. — mdccclxxviii. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VI 



109 



quez á don Fernando, pasando en silencio circunstancias 
que sabía muy bien ; y el célebre analista de Sevilla añade 
que nació' éste siendo viudo su padre, ¿qué concordancia nece- 
sitan estas afirmaciones? Para todo el que las lea desapasio- 
nadamente su significacio'n es bien clara y no hay necesidad 
de explicaciones. 

Pero nosotros vamos á continuar la demostración en 
terreno en que aquéllos parece no se atrevieron á entrar, á 
pesar de que debían serles conocidas las autoridades que 
vamos á presentar. 

Dice el conde Roselly en su obra titulada: Cristóbal 
Colón y la historia postuma ■ , citando con gran encomio 
ciertas palabras del P. Marcelino Civezza, que no se podrá 
citar ningún autor antiguo que niegue á* don Fernando 
Colo'n la cualidad de hijo legítimo. La contestación es muy 
fácil y concluyente. El ilustre don Nicolás Antonio, cano'- 
nigo de Sevilla y autor de una obra de bibliografía cuyo 
mérito es cada vez más reconocido y alabado por todos los 
hombres de ciencia, concurre á desvanecer aquella afirma- 
ción injustificada, cuando refiriéndose al origen de don Fer- 
nando dice que fué procreado fuera de matrimonio, citra 
conjugium procreatus 2 . Contra esta afirmación se atreve á 
decir el conde, en su obra citada, que don Nicolás Antonio 
era inepto papelista , y el señor Dondero que su testimonio 
es muy posterior á los hechos de que se trata. 

Después de las palabras de tan autorizados y concien- 
zudos historiadores, cierran la cuestio'n, sin que á nuestro 



1 Histoire posihume de Christophe Colomb. — París, librairie academique 
Didier, 1885, pág. 284. 

s Nicolás Antonio. — Bibliotheca Nova, tomo I, pág. 373. «DonFerdi- 
nandus Colon, magni illius Christophori , novi ad occidentem solem orbis ad 
inventorim, filius ex Beatrice Henriquez (quam in codicillo quodam anno MDV. 
Augusti XXV. die Segoviae facto, heredibus exhibendam ut filii matrera Chris- 
tophorus ipse commendat) citra conjugium procreatus, literarum studia cupi- 
dissime amplessus, aenudo se paternae virtutis, quavia potuit, serio constanterque 
ab hinc saeudo Hispali profitebatur.» 



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CRISTÓBAL COLON 



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entender pueda discutirse más sobre ella, las de un escritor 
tan grave que so'lo su nombre basta para darles autoridad. 
A su afirmacio'n no pueden dársele interpretaciones; y de 
ellas se desprende con entera seguridad la recta inteligencia 
que debe darse á los conceptos de Oviedo, de Herrera y de 
Ortiz de Zúñiga, y la verdad con que hablaron tanto éstos 
como don Nicolás Antonio. 

El obispo de Chiapa, fray Bartolomé de Las Casas, el 
amigo de don Diego y de don Fernando Colo'n, y que, según 
ya se ha repetido, poseyó' tantos papeles y documentos inte- 
resantes de la familia , se expresa así ' : 

«Tenía hecho su testamento, en el cual instituyo' por su 
universal heredero á su hijo don Diego, y si no tuviese hijos 
á don Hernando, su hijo natural.)) 

Parécenos que don Nicolás Antonio y el obispo de 
Chiapa son autores dignos. Pero dicho se está que el texto 
del P. Las Casas no aparece en ninguna de las obras del 
conde Roselly de Lorgues, porque en ellas no se trataba de 
buscar la verdad. 

Contra el propo'sito que nos hemos trazado, se han 
acumulado las citas en este lugar, porque el asunto lo 
reclama por su importancia, y para destruir la base en que 
pretendieron fundarse, para alterar la verdad histo'rica, los 
sostenedores del segundo casamiento de Cristóbal Colón. 
Bien á las claras se desprende, de cuanto dejamos expuesto, 
que no fueron los autores protestantes los que quisieron 
rebajar su mérito, designando á don Fernando Colo'n con la 
calificacio'n de hijo natural. Antes de que Irving, Humboldt 
y Prescott hubieran pensado en escribir sus obras sobre el 
descubrimiento, los escritores castellanos contemporáneos de 
los sucesos, y conocedores de las personas que en ellos figu- 
raron, habían consignado en sus libros los datos, documentos 
y noticias que aquéllos después aprovecharon. 



Historia de las Indias, lib. II, cap. XXXVIII. 



112 



CRISTÓBAL COLON 



Mucho había aumentado el número de los favorecedores 
de Cristóbal Colón en la corte, desde el día en que fué 
recibido por los Reyes y expuso ante ellos las razones funda- 
mentales de sus cálculos. Entre los más notables por sus 
cualidades y por la influencia que ejercían en el ánimo de la 
Reina, hay que señalar desde luego á la insigne doña Beatriz 
de Bobadilla, marquesa de Moya, y á su esposo Andrés 
Cabrera, del que se decía, y con algún fundamento, que 
había dado la corona á doña Isabel. 

Pero quien desde el primer momento ofreció' verdadero 
amparo al genovés, socorriéndole con generosidad y alen- 
tando sus esperanzas, fué el docto y respetable fray Diego 
Deza, prior del convento de Dominicos de Salamanca, 
maestro del príncipe don Juan, y uno de los hombres más 
notables entre los muchos que ilustraron aquel reinado, que 
por sus méritos, su ciencia y sus virtudes fué obispo de 
Zamora y de Palencia, ascendiendo después á la Metropo- 
litana de Sevilla, y cuando ocurrió su fallecimiento había 
sido propuesto para la Primada de Toledo, según asegura el 
historiador Gonzalo Fernández de Oviedo. 

No era fray Diego Deza uno de esos sabios de gabinete, 
de corazo'n frío é inteligencia meto'dica, que todo lo miran 
por el prisma de la inmediata utilidad , y hacen depender el 
mérito de los hombres del éxito que logran sus empresas. 
Verdadero apasionado de la ciencia; deseando fomentar y 
proteger todos los adelantos, y comprendiendo la idea de 
progreso en el mismo sentido patrio'tico y moral en que la 
concebía la reina doña Isabel, tomo' verdadero interés en los 
proyectos de Colón; cobro' afecto á su persona, y le ayudo' 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO Vil 



ii3 



de un modo tan eficaz á vencer todas las contrariedades que 
se le opusieron; fué con él tan constante y tan afectuoso, 
que bastarían para inmortalizarle y hacerle digno de la 
gratitud de la historia, si otros muchos títulos no tuviera 
para ello, las frases de reconocimiento que en sus cartas dejo' 
consignadas Cristóbal Colón. 

Siempre, desde que yo vine en Castilla, me ha favorecido y 
deseado mi honra, dice en una de ellas, dirigida á su hijo, y á 
nada puede referirse con más exactitud este recuerdo, que á 
la protección que empezó' á dispensarle Deza desde el mo- 
mento de su presentación en Córdoba. Bien conocía éste la 
importancia que con justicia se había conquistado en la 
corte fray Hernando de Talavera: claramente vio lo mucho 
que perjudicaba á los deseos de Colón el fallo, o' dictamen 
de la Junta que aquél había presidido; pero notando, con 
severa perspicacia, la gran diferencia que mediaba entre lo 
propuesto por aquellos señores y la resolucio'n comunicada 
al genovés de orden de los reyes, y conociendo que el pro- 
yectado descubrimiento placía á los soberanos, los cuales 
dudaban en aceptarlo tanto por las necesidades del momento, 
que eran muy apremiantes, cuanto por las dificultades que 
ofrecía y que fueron reconocidas y exageradas por muchos 
sujetos de gran concepto por su saber y experiencia, tuvo 
la inspiracio'n de oponer razones á razones; al juicio de 
una Asamblea el juicio de otra más autorizada, y robus- 
tecer en cuanto fuera posible la hipo'tesis, las teorías, los 
cálculos de Colón, con la aceptacio'n del cuerpo científico 
más renombrado que entonces había en España, y que 
merecía respeto y admiración á todos los pueblos cultos de 
Europa. 

Fray Diego Deza, catedrático de Teología y prior del 
convento de San Esteban, . que conocía muy bien á los 
hombres eminentes que ocupaban las cátedras de la Univer- 
sidad de Salamanca, decidió' llevar allí á Cristóbal Colón 
para que expusiera su pensamiento, en la seguridad de 

Cristóbal Colón t. i. — 15 






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114 



CRISTÓBAL COLON 





abrirle nuevos y favorables caminos con el dictamen del 
respetable claustro. 

Para comprender bien todo el valor de aquella resolu- 
ción y la trascendencia del paso que se daba , es necesario 
conocer á fondo la importancia de la escuela de Salamanca, 
trasladándonos, en cuanto es posible, al estado de España en 
aquella época. 

(f A fines del siglo xv, dice el señor don Tomás Rodrí- 
guez Pinilla, cuyo estudio en este punto es lo más notable 
que hasta hoy se ha escrito, y al que nada es posible añadir, 
la Universidad de Salamanca irradiaba ya su luz por todo 
el orbe cristiano. Sus teo'logos la habían hecho célebre en 
los concilios de Constanza y Basilea. Sus jurisconsultos 
ilustraban los consejos de la corona, y la representaban 
gallarda y ventajosamente en las cortes extranjeras. Sus 
humanistas encendían antorchas que iluminaban el campo 
de la filología y las fuentes del saber. Sus filo'sofos luchaban 
ya por salir de la amanerada y estéril senda del escolasti- 
cismo. Sus matemáticos abrían las puertas que habían de 
conducir á los dilatados horizontes de la ciencia. Sus músi- 
cos ensanchaban los hasta allí estrechos dominios del arte. 
Sus poetas mejoraban los primeros esbozos de la dramática 
y preludiaban las admirables obras del siglo de oro. Y sus 
médicos mismos convertían el vulgar empirismo en ciencia 
bienhechora de la salud. 

»Si nuestro propo'sito fuera so'lo el de citar hombres 
ilustres... ¡qué pléyade tan luminosa de profesores eminen- 
tes, de escritores distinguidos, de hombres de fama europea 
por su saber, por sus virtudes 3^ gloriosos hechos, podríamos 
ofrecer aquí á nuestros lectores! La historia de las letras 
conservará con perdurable solicitud los nombres de los 
Anaya y Cisneros, de los Deza.y Talavera, de los Victorias 
y Sotos, délos Alfonso de Fonseca y Ramírez de Villaescusa, 
del doctor Benavente y de Pedro Margallo, cultivadores 
incansables de las ciencias sagradas y profanas.)) 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII 



ii5 



«Porque ya entonces de aquel hogar sagrado de las 
ciencias y las artes salían destellos que llevaban el calor vivi- 
ficante de las ideas á lejanas distancias. Las Universidades 
la pedían maestros; los monarcas consejeros, médicos y pre- 
ceptores; y los mismos pontífices romanos la demandaban 
músicos, médicos y sagrados oradores; delectacio'n, informes 
y doctrina. 

«Recuérdese sino, que á Juan de la Encina y al ciego 
Francisco Salinas se los llamo' para ser escuchados en Roma, 
como lo fueron, en otros conceptos, Juan de Aguilera, 
médico famoso, y los consumados teo'logos Diego del Cas- 
tillo, Antonio de Burgos, Cabrera Morales, Juan Maldo- 
nado, Francisco de Toledo y Pedro Chaco'n.» 



c Había en Salamanca no solamente cátedras de Mate- 
máticas, de Física y de Filosofía natural, sino de Astrología; 
y no tan so'lo eran conocidas y comentadas las obras de 
Aristo'teles y de Plinio, de Ptolomeo y de Pomponio Mela, 
de Strabon y de Marco Manilio, mas se conocían y estu- 
diaban las de Alkabisius, de Albunasar y de Alfagrán; las 
de Juan de Monte- Regio (las Ephcmeridcs y el Astrolabius), 
así como la Sphera Miindi de Sacrobosco, cuya obra comen- 
taba y añadía Pedro Ciruelo. Que Abraham Zacuth escribió' 
alií su Almanaque perpetuo y sus Tablas; Aguilera sus Cationes 
Astrolabii universalis; Espinosa su Philosophia naturalis, y 
otros Comentarios á la Esfera de Sacrobosco.» 

«Pues bien, á ese gran liceo, á esa fecunda almáciga de 
hombres de ciencia y de letras, llevaron á Cristóbal Colón 
sus decididos protectores Quintanilla, Santángel, el cardenal 
Mendoza, Cabrero y el reverendo fray Diego Deza. Era éste, 
sin duda alguna, el más fervoroso y francamente declarado 
partidario del genovés y de sus proyectos. De pecho abierto, 
de inteligencia clara y de elevado espíritu el maestro del 




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CRISTÓBAL COLON 



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príncipe, prior de la comunidad de dominicos de Salamanca 
y catedrático de prima de Teología de aquella escuela, no 
podía menos de ejercer en ella una legítima y muy poderosa 
influencia ; y la conocía intus et extra lo bastante , para espe- 
rar confiadamente que en ella hallarían eco las ideas cosmo- 
gráficas y los atrevidos pensamientos de Colón; que allí 
encontraría personas competentes que le entendiesen y apo- 
yasen; que allí le proporcionaría nuevos y fervientes parti- 
darios.» 

Dos dificultades se presentaban. La ausencia de los 
Reyes Cato'licos, y la falta de recursos del navegante. 

Firme en su propo'sito el ilustre dominico, y cada vez 
más convencido de la necesidad de dar aquel paso, cuyo 
resultado veía seguro, conferenciaba repetidas veces con 
Colón, le fortalecía y ponía á su vista la importancia deci- 
siva que para contrarrestar la opinio'n desfavorable que se 
había formado, había de tener la aprobacio'n de los graves 
profesores de Salamanca r . Kra una apelacio'n disimulada, 
sin aparente carácter de oposicio'n, ni de censura, pero que 
había de concluir por neutralizar el efecto que causara el 
dictamen de la Junta presidida por Talavera. Y para faci- 
litar la práctica de aquella noble idea, el generoso prelado 
se hizo cargo de ios gastos de Cristóbal Colón y escribió' 
á su convento de San Esteban para preparar los ánimos 
de sus amigos, y que se dispusiese alojamiento donde 
aquél pudiera permanecer todo el tiempo que fuera nece- 
sario. 

La otra dificultad se encargo' de allanarla la Provi- 
dencia. Los Reyes, calmadas las turbulencias de Galicia, 
decidieron pasar el invierno en Salamanca; y desde el mo- 
mento en que esta noticia se supo en Córdoba, cesaron todas 



1 Espagne, traditions, moeurs et littératurc, par Antoine de Latour. — París, 
Didier, 1869; cap. XI. 



LIBRO PRIMERO. — CAPITULO VII 



117 



las indecisiones, concluyeron las dudas, y Colón se puso en 
camino para Castilla. 

Hospedaron los frailes del convento de San Esteban al 
navegante genovés en una granja llamada de Valcuebo, que 
poseían á corta distancia de la ciudad. Situada en una 
pequeña altura, en sitio ameno y agradable, era por su 
posicio'n aislada y por la belleza de sus alrededores, lugar 
muy apropiado para el estudio y la meditacio'n. Allí concu- 
rrían sucesivamente los más graves religiosos, que acompa- 
ñaban á su huésped por algunos días, y escuchaban sus 
palabras sin prevencio'n alguna , y antes bien con el deseo de 
encontrar la conviccio'n necesaria para aceptar aquellas nove- 
dades que tan profundas revoluciones anunciaban en el 
terreno de la ciencia. A veces iban á Valcuebo con los 
padres dominicos algunos respetables profesores de la célebre 
Universidad; en otras ocasiones dejaba Colón su retiro, y 
en el convento de San Esteban, en la sala que se llama hoy 
de Profanáis, se celebran, según tradicio'n no interrum- 
pida, las reuniones más importantes y numerosas «en que 
no solamente había maestros y catedráticos de teología y 
artes, pero aun en las demás facultades, matemáticas y artes 
liberales. Comenzaron á oirle y á inquirir los grandes fun- 
damentos que tenía, y á pocos días aprobaron su demos- 
tración i .í) 

La celebracio'n de tan repetidas conferencias, ora en el 
convento de San Esteban, con la asistencia de tantos ilustres 
maestros; ora en la retirada quinta de Valcuebo, fué desde 
luego objeto de curiosidad entre los estudiantes, y aun entre 
los profesores que todavía no tenían conocimiento de los 
atrevidos proyectos de Colón; siendo tema obligado de 
todas las disputas entre los hombres de ciencia, y más 
cuando llego' á entenderse que los más sabios y respetables 



1 Varones ilustres del Nuevo Mundo, por don Fernando Pizarro y Ore- 
llana. — Madrid, 1639. 



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doctores encontraban bien fundados los cálculos de aquel 
extranjero, que se proponía ensanchar los límites del mundo 
conocido. 

Ya Cristóbal Colón era señalado por todos con cierta 
curiosidad mezclada de respeto cuando transitaba por las 
calles , d se dirigía en unio'n de algunos religiosos dominicos 
á su retiro del campo : ya se hablaba en todas partes de la 
probabilidad de su gran descubrimiento pasando los últimos 
límites del mar tenebroso, y se ponderaban las inmensas 
riquezas de los reinos del Gran Kan: ya, en fin, aquel pensa- 
miento, cuya magnitud había espantado á los más atrevidos 
navegantes portugueses, y parecido irrealizable y de toda 
repulsa digno á los doctores y marineros reunidos en Co'r- 
doba, comenzaba á ser mirado con benevolencia, y tenía en 
su favor la opinio'n de muchos doctos, y hasta cierta simpa- 
tía en el pueblo, cuando los Reyes, á su regreso de Galicia, 
hicieron su entrada en Salamanca al finalizar el otoño del 
año 1486. 

Allí permanecieron hasta fin de Enero del año siguiente; 
y en todo ese tiempo, aunque el pensamiento de los Sobe- 
ranos estaba fijo en la campaña contra los moros, que 
deseaban empezar en cuanto la estacio'n lo permitiera, no 
cesaron de llegar á sus oídos las noticias de aquellas confe- 
rencias habidas en San Esteban, ni dejaron de conocer la 
atmo'sfera favorable que se había formado en torno del 
marino de Genova. Este fué, sin duda alguna, el trabajo de 
los verdaderos amigos de Colón. Doña Beatriz de Boba- 
dilla, fray Diego Deza, Alonso de Quintanilla y otros, 
hablaban intencionalmente, ante los Reyes, de las opiniones 
formuladas por los más ilustres maestros de la Universidad 
y del Colegio, y es indudable que lograron fijar su atencio'n, 
y disminuir, si no lo borraron del todo, el mal efecto 
causado por la opinión de fray Hernando de Talavera. 

Don Fernando y doña Isabel salieron de Salamanca con 
direccio'n á Co'rdoba el 29 de Enero: Colón permaneció' 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO VII 



119 



todavía algún tiempo entregado á sus estudios y en confe- 
rencias con sus protectores; pero su causa había ganado 
mucho lugar; su persona empezó á gozar mayor considera- 
ción, y aunque á su llegada á Co'rdoba por los primeros días 
del mes de Marzo, todavía los alegres hijos de aquella ciudad 
andaluza le señalaban como loco, el concepto de las personas 
ilustradas y la opinión de la corte habían cambiado por 
completo, y en todas las conversaciones eran discutidos ya 
en tono muy diferente los proyectos que aquél ofrecía á los 
Reyes. 

Partió' don Fernando para el memorable sitio de Má- 
laga, y quedo' en Co'rdoba la Reina, encargada de proveer 
las necesidades de la hueste; pero lejos de olvidar al genovés 
en medio de aquellas graves atenciones, hubieron de repe- 
tirle, por mediacio'n del tesorero Francisco González de 
Sevilla, que cuando las circunstancias lo permitieran se ocu- 
parían detenidamente de su pretensio'n; y como quiera que 
desde entonces podía considerársele como unido al servicio 
de los Reyes , en 5 de Mayo se le mandaron pagar tres mil 
maravedís, siendo muy digna de fijar la atencio'n la circuns- 
tancia de que la cédula fué expedida por Alonso de Quinta- 
nilla, con mandamiento del obispo de Palencia don Diego 
De^ct l , sus dos favorecedores y amigos. En 3 de Julio se le 
libraron otros tres mil maravedís, como ayuda de costa. 

Esta variacio'n en la conducta de la corte, y la conside- 
racio'n que desde entonces mereció' Cristóbal Colón, fué el 
inmediato resultado de las opiniones de los frailes y profe- 
sores de Salamanca, y de la perseverante amistad de fray 
Diego Deza. 



Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. II. 



I20 



CRISTÓBAL COLON 



II 



Por la narración que en la- forma más clara y concisa 
hemos procurado hacer de lo que fué la Junta que examino 
en Co'rdoba los proyectos de Colón bajo la presidencia del 
prior de Prado fray Hernando de Talayera, y la significa- 
cio'n de las conferencias habidas en el convento de San 
Esteban de Salamanca, se descubre perfectamente el dife- 
rente carácter que esas asambleas revistieron. 

Se ha fantaseado tanto acerca de estas juntas, se ha 
escrito con tal falta de datos sobre sus decisiones y los 
argumentos que se opusieron á las teorías de Cristóbal 
Colón, que entre los errores de unos, las imaginaciones de 
otros, los odios de escuelas de estos, y la ciega pasio'n de 
aquellos, se han llegado á confundir los sucesos y á producir 
una oscuridad que no es fácil disipar sino fijando los pocos 
datos indubitados que en los primeros historiadores pueden 
recogerse, y los que se desprenden de las declaraciones de los 
testigos que fueron examinados muchos años después en el 
pleito seguido entre don Diego Colo'n y el fiscal del Rey, de 
los cuales muchos habían conocido al primer Almirante 
desde que llego' á España, y le habían acompañado en sus 
primeros viajes. 

De la Junta de Co'rdoba, convocada con carácter oficial 
de orden de los Reyes, hubo de extenderse dictamen, según 
lo comprueba la declaracio'n del doctor Maldonado, por- 
que SS. AA. deseaban saber la opinio'n de hombres enten- 
didos, sabios y marineros antes de decidirse á tratar con 
Cristóbal Colón, cuyos proyectos parecían exageradamente 
atrevidos, como opuestos á todo lo que la ciencia entonces 
enseñaba. Pero es verdaderamente de extrañar que los más 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII 



121 



distinguidos historiadores , como Humboldt , Navarrete, 
Washington Irving y Prescott llamen Consejo de Salamanca á 
aquella Junta, y la confundan con las conferencias científicas 
que por inspiracio'n é iniciativa de fray Diego Deza se tuvie- 
ron en aquella ciudad muchos meses después, y precisamente 
con el objeto de neutralizar los efectos del desfavorable juicio 
de la Junta de Co'rdoba. En Salamanca no se celebro Consejo, 
ni aquellas reuniones tuvieron carácter oficial, ni más autori- 
dad que la de la ciencia. Sin embargo, la poesía y la pintura 
se han apoderado del Consejo de Salamanca, y presentan ante 
él á Colón como á un estudiante ante sus examinadores. 

No es nuestra únicamente esta opinión. La defienden 
notables escritores cuyos argumentos no tienen réplica á 
nuestro entender. 

«Para proceder rectamente y sin que la preocupación 
ofusque, ni el interés oscurezca un asunto de tanta monta, 
comparemos texto con texto, el de Ulloa con Remesal y la 
narracio'n fernandina con otros documentos originales: de 
este modo los lectores podrán apreciar por sí mismos todo 
el mérito de la flamante elucubracio'n. «El Rey cometió al 
prior del Prado para que confiriese con los más hábiles 
cosmo'grafos.» A esto responde Remesal ': «Desechado 
Colón de algunos reyes como hombre quimerista y de poco 
juicio, para persuadir su intento á los Reyes de Castilla... vino 
á Salamanca á comunicar sus razones con los maestros de as- 
trología y cosmografía, que leían estas facultades en la Uni- 
versidad.» Y añade Pizarro 2 : ((determinó Colón de ir a la 
Universidad de Salamanca como madre de todas las ciencias.» 

Es decir, que según Ulloa, cometió el Rey al prior del 
Prado: según los historiadores salmantinos, fué Colón el que 
vino para persuadir a los Reyes: fué Colón quien determinó ir 
a Salamanca como á madre de todas las ciencias.» Y sigue 



Historia de la provincia de Chiapa, lib. II, cap. VII, núm. 3. 
Varones ilustres del Nuevo Mundo, cap. III. 

Cristóbal Colón, t. i. — 16. 



122 



CRISTÓBAL COLON 



J2» 



el texto de Ulloa: «obedeció el prior del Prado, pero como 
los que había juntado eran ignorantes, no pudieron com- 
prender nada de los discursos del Almirante, que tampoco 
quería explicarse mucho...» A esto responde Pizarro : «de- 
termino de ir á Salamanca como á madre de todas las 
ciencias. Halló grande amparo en el convento de San Esteban, 
en donde florecían en aquella sazo'n todas las buenas letras; 
que no solamente había maestros de teología y artes ; pero 
aun de las demás facultades, matemáticas y artes liberales. 
Comenzaron á oírle y á inquirir los fundamentos que tenía 
y...» añade Remesal: «En el convento se hacían las Juntas 
de los astrólogos y matemáticos: allí proponía Colón sus 
conclusiones, y las defendía.» De suerte que los cosmó- 
grafos de Ulloa eran ignorantes y no comprendieron los 
discursos del Almirante, mientras que en Salamanca hallo' 
grande amparo y comenzaron á oirle é inquirir los funda- 
mentos que tenia. Y sigue Ulloa: «los cosmo'grafos dijeron al 
Rey que el intento de Colón era imposible.» A esto res- 
ponde Remesal: «comenzó' á proponer sus discursos y 
fundamentos, y en so'lo los frailes de San Esteban encontró' 
atención y acogida... y con el favor de los religiosos redujo 
(Colón) á su opinión a los mayores letrados de la escuela.)-) 
Y añade Pizarro: «comenzaron á oirle... y á los pocos días 
aprobaron su demostración.)) 

Ahora bien: ateniéndonos al sentido obvio y natural de 
las palabras, son bien marcadas las diferencias que median 
entre la Junta de cosmo'grafos presidida por el prior del 
Prado y las conferencias de San Esteban. La una es de 
orden de los Reyes, aunque no solemne, ni rodeada de la 
pompa de que la viste la fantasía de los colombianos, pero 
al fin es oficial, como diríamos hoy, puesto que el Rey 
(no'tese bien, no la Reina, á quien todos dan la gloria de 
haber comprendido al genio), puesto que el Rey comete al 
prior del Prado su reunio'n y presidencia. Por el contrario, 
las conferencias de San Esteban, aunque más solemnes é 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VII 



123 



importantes que la Junta de la corte, presidida por el repre- 
sentante del Rey, tienen un carácter privado y espontáneo, 
y no reconocen otra presidencia que la prioridad de los 
dominicos en comprender al marino, y la superioridad y 
ascendiente de Deza para • convencer á los maestros más 
insignes de la escuela. En la primera asiste Colón como un j( 
pretendiente y su empresa se somete á un rigoroso examen, 
antes de adoptada por los Re}-es. En las segundas es el 
mismo Colón el que las provoca, viniendo espontáneamente 
á Salamanca, con el fin de autorizarse con el apoyo y 
parecer de la escuela, que respetan los Reyes y tiene gran 
celebridad en el mundo. En la primera los vocales son tan 
ignorantes en cosmografía, que no comprenden los discursos 
del Almirante. En las segundas los oyentes son maestros 
de matemáticas, de astronomía y cosmografía, que si no 
excedían, estaban al menos á la altura de los conocimientos 
de la época. Pudieron disentir del marino, pero no eran 
incapaces de comprender sus discursos y conclusiones. En 
la primera todos los cosmo'grafos , la Junta en pleno informo' 
al Rey, que el intento de Colón era imposible: en las 
segundas desde luego encontró' ((atención en los dominicos 
que comenzaron á oirle é inquirir sus razones y fundamentos, 
y á pocos días aprobaron su demostracio'n: y después con el 
favor de los dominicos redujo (el Almirante) á su opinio'n á 
los mayores maestros de la escuela.» Más aún; de las pala- 
bras de Remesal: apara persuadir su intento á los Reyes de 
Castilla;» y de las de Pizarro: «determino' de ir,» se infiere 
claramente que Colón vino á Salamanca después, y á conse- 
cuencia de no haber sido comprendido en la Junta cortesana 
y que vino á la madre de todas las ciencias precisamente ((para 
persuadir su intento á los Reyes» que, mal impresionados con 
la resolucio'n de la Junta y de las pláticas habidas en la corte, 
necesitaban nada menos que un informe favorable de la madre 
de todas las ciencias, para desvanecer la impresio'n que reci- 
bieran de la Junta presidida por Talavera. 








124 



CRISTÓBAL COLÓN 



«Por eso Colón, sabiendo que Salamanca gozaba á la 
sazo'n de una fama universal, y en la esperanza de ser enten- 
dido por la madre de todas las ciencias, determinó de ir (por 
indicacio'n de los Reyes acaso, pero sin mandato ni carácter 
alguno oficial), adonde su corazo'n le decía que había de 
encontrar atención y acogida por lo menos, y después de 
asentar y defender sus conclusiones, reducir á su, opinión á 
los mayores maestros de la escuela.» 

Esta es, al menos, la conclusio'n que sin esfuerzo ni 
violencia alguna, se desprende de las palabras citadas '. 

Claramente aparecen aquí deslindadas, en forma' muy 
semejante á la que nosotros dejamos expuesta, aunque 
apoyándose en otros argumentos , la Junta en Córdoba y las 
Conferencias de Salamanca; y es altamente satisfactorio el 
ver adoptadas tales conclusiones por escritores cuya posicio'n 
les ha permitido examinar los documentos en el lugar mismo 
en que ocurrieron los hechos, y cuyo carácter presta respe- 
tabilidad á las opiniones que sustentan. 

«Se equivocaron, sí: se equivocaron lastimosamente, 
dice otro docto escritor á quien se debe mucha luz en todo 
este período 2 , tanto Muñoz como Bossi y lo mismo Nava- 
rrete que Humboldt, que Irving y Prescott, ni más ni menos 
que los Lamartine y los F. Cooper, y lo mismo Roselly que 
du Belloy y así Mr. Latour como E. de Chanel, el duque de 
Rivas tanto como el espiritual Campoamor, novelistas, 
poetas é historio'grafos al dar de barato que (da Universidad 
»de Salamanca declaro' imposible el intento de Colón;» 
que «la docta Junta de Salamanca dio' un dictamen desfa- 
«vorable; que declaro el plan del insigne cosmo'grafo qui- 
»mérico, impracticable y apoyado en muy débiles fundá- 



is 



1 Colón en Salamanca ó el huésped de San Esteban, por el señor don 
Alejandro de la Torre y Vélez, canónigo doctoral de la santa iglesia catedral de 
Salamanca. — Estudio premiado por la «Sociedad Colombina Onuvense» en el 
certamen del año 1885, y publicado en la Memoria correspondiente al mismo 
año. — Huelva, viuda é hijos de Muñoz, 1885. 

8 D. Tomás Rodríguez Pinilla. — Colón en España, pág. 243. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO VII 



125 



wmentos;» se equivocaron lastimosamente, tomando las 
Juntas y pláticas del prior del Prado tenidas en Córdoba á 
principios de 1486, por las famosas Conferencias de Sala- 
manca, que provocadas oficiosamente por los entusiastas pro- 
tectores de Colón, y dirigidas, inspiradas y presididas por 
el R. P. M. fray Diego de Deza, se celebraron durante 
la estancia de los Reyes Cato'licos en aquella ciudad en 1486 
y 1487.» 

En cuanto á los argumentos que se formularan contra 
las teorías expuestas por Cristóbal Colón, aunque supon- 
gamos sean los mismos que en diferentes lugares consigna 
el P. Las Casas, no puede causar extrañeza, ni acusan 
ignorancia, ni mucho menos preocupacio'n , parcialidad, 
intransigencia ni fanatismo por parte de aquel ilustradísimo 
y célebre cuerpo de profesores, ni de los frailes de San 
Esteban; antes por el contrario, todos se mostraron á gran 
altura y dotados de condiciones excepcionales. Eran las 
razones de la ciencia antigua, los axiomas admitidos que 
se oponían á las teorías innovadoras y se presentaban en 
la discusio'n para ser contestados. Esta ha sido siempre la 
suerte de todos los adelantos, y es la historia de todas 
las evoluciones, de todos los descubrimientos. Cuando por 
vez primera se anuncian á la humanidad las grandes ideas 
de progreso y de perfeccionamiento ; cuando se presenta 
alguno de esos hombres extraordinarios que de tiempo en 
tiempo aparece trayendo en su cerebro verdades hasta 
entonces desconocidas, aspirando á romper los antiguos 
moldes del pensamiento, á ensanchar los límites de la 
ciencia, sus ideas son tenidas siempre por sueños irreali- 
zables, por utopias, y los autores escarnecidos las más veces, 
y vilipendiados muchas, sacrificados algunas... 

On les per se cute , on les tue: 
Sauf, apres un long examen, 
A les dresser une statue 
Pour la gloire du genre hutnain. 






126 



CRISTÓBAL COLON 



No llego á tanto extremo la desventura de Cristóbal 
Colón. Sufrieron sus planes largas dilaciones: se le arguyo' 
con la autoridad de San Agustín, y con la de Ptolomeo: 
se le opuso el texto de los Salmos de David, y el de las 
Suasorias de Séneca. «Que Colón conocía más que mediana- 
mente la Escritura y alguno que otro de los Santos Padres, 
sobre todo en aquello que hacía al objeto de su continuo 
ideal, suministran pruebas abundantes todas sus cartas, y 
especialmente el libro de las Profecías. Que en la lectura 
de los filo'sofos griegos y latinos estaba más versado aún, lo 
convence el testimonio irrefragable de los escritos que de él 
se conservan , y por de todo punto llano debemos , me 
parece , tener que la decidida proteccio'n que hallo' en los 
doctores de Salamanca, más que á las teorías de su ingenio 
la debió' á las que sobre el particular expuso de Séneca, 
Aristo'teles y Strabo'n, filo'sofos harto conocidos del claustro 
salmantino *.» Pero sea de esto lo que se quiera de la 
controversia salió' vencedor como pocas veces lo ha logrado 
el genio: la ciencia antigua se presento' subyugada, admitió' 
la innovacio'n, y por resultado de aquella fecha tuvo Colón 
medios para hacer sus viajes y España la gloria del descu- 
brimiento. 



1 Estudios críticos acerca de la dominación española en América. — 
I. Colón y los españoles, por el P. Ricardo Cappa, de la Compañía de Jesús — 
Madrid, Velasco, 1887, pág. 51. 




128 



CRISTÓBAL COLON 





Brillante y de grandes resultados, aunque larga y no 
falta de trabajos y contratiempos fué la campaña del 
año 1487. 

Entrego'se la ciudad de Velez-Málaga al rey don Fer- 
nando, viernes 27 de Abrü, y apenas se tomo' posesio'n de 
la plaza y se consagraron en iglesias las mezquitas, á tres 
días del siguiente mes de Mayo, según Andrés Bernáldez, 
hubo el Rey consejo, 3^ decidió el sitio de Málaga, ciudad la 
más importante que poseían los moros, después de su corte 
de Granada. 

Largo fué el asedio, y alentaba á los defensores la idea 
de que los cristianos habían de levantarle por las grandes 
pérdidas sufridas. Para quitarles esa esperanza que alimenta- 
ban algunos desertores del real, diciéndoles, que la Reina no 
quería que continuara la guerra, escribió' el Rey á su esposa 
doña Isabel viniera á acampar ante los muros de la ciudad, 
que al cabo capitulo' y se rindió' á 18 del mes de Agosto. 

Pudiera creerse que los monarcas habían olvidado las 
proposiciones de Colón, ocupados enteramente en las con- 
quistas del territorio; pero no era así, y aun podría sospe- 
charse que algunos cortesanos se las recordaban; pues 
dilatándose la permanencia de los Reyes en el campamento, 
se entregaron á Colón cuatro mil maravedís de orden de 
SS. AA. y por cédula del obispo, para que pasase al real. 
¡Triste y hermoso espectáculo pudo presenciar allí, viendo 
más de seiscientos cautivos rescatados, flacos y amarillos, 
que salían de las prisiones para restituirse á sus casas ; y á 
los moros que abandonaban sus hogares, buscando en otros 
pueblos albergue para sus familias! 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII 



129 



Las escenas que, a no dudar, presencio Colón á su 
llegada al real sobre Málaga, y en las que tal vez tomo una 
parte activa, están magistralmente descritas por el bachiller 
Andrés Bernáldez : 

«En esto assí concertado, luego el Dordux entrego' al 
Rey las fortalezas , é torres é aljimas , é sobrepuertas de la 
ciudad, dexando á Gibra-alfaro, que lo tenía al Zegrí. E el 
Re} r mando' á pregonar que cualquiera que tomase cosa 
de los moros, o les faciesse desaguisado, muriese por ello; é 
envió' su guión é la cruz de la Cruzada . é el pendón de las 
Hermandades, acompañados de muchos caballeros é muy 
armados, después de haber tomado rehenes del Dordux, á 
tomar las fortalezas de Málaga. E des que vido, empinados 
sobre las mas altas torres su jente señorear las fuerzas de la 
ciudad, dio' muchas gracias al Señor nuestro Dios y agrade- 
cióle mucho la victoria grande que allí le había dado. E la 
Reina é la Infanta, con sus dueñas é damas, é toda la 
campaña Real, hincados de rodillas en tierra, presentaron 
á nuestro Señor é á la Virgen Santa Maria gloriosísima 
muchas oraciones é alabanzas y al Apóstol Santiago. E eso 
mesmo hicieron todos los devotos christianos del real. E los 
Obispos é clerecia que alli se hallaron, cantaron Te Deum 
laudamus é Gloria in exelcis Deo. 

«Fué este dia que la ciudad se entrego sábado 18 dias 
andados del mes de Agosto, año susodicho de nuestro Señor 
Jesuchristo de 1487 años. Habia estado cercada desde siete 
dias andados de Mayo: ansí el Rey la tuvo cercada tres 
meses é once dias, fasta que la entregaron como dicho es. 
E luego el Rey mando' á pregonar por toda la ciudad entre 
los moros, que cada uno con lo suyo estuviesen seguros 
en sus casas; é fizo entre ellos poner muy grandes guardas 
por las calles é puertas, porque ninguno non se fuesse, ni 
ninguno los agraviase, ni los enojase, ni tomase lo que 
tenian. 

»E luego demando' los cautivos christianos que en 

Cristóbal Colón, t. i. — 17. 



130 



CRISTÓBAL COLÓN 



£& 



Málaga estaban , é fizo poner una tienda cerca de la puerta 
de Granada, donde él, é la Reina, é la Infanta, su fija, los 
recibieron; y fueron entre hombres y mujeres los que allí 
los moros les trajeron fasta seiscientas: personas: é á la 
puerta por do salieron estaban muchas personas con cruces é 
pendones del real, é fueron en procesión con ellos fasta 
donde estaban el Rey é la Reina atendiéndolos. E llegando 
donde sus Altezas estaban, todos se humillaban é caian por 
el suelo, é les querian besar los pies, é ellos no lo consen- 
tían, mas dábanles las manos, é quantos los veian daban 
loores á Dios, é lloraban con ellos con alegria: los cuales 
salieron tan flacos é amarillos con la gran hambre, que 
creiari perecer todos, con los hierros é adovones á los pies, é 
los cuellos é barbas muy cumplidos l . E de que besaron los 
pies al Rey é á la Reina, loaron todos á Dios mucho, rogán- 
dole por la vida y acrecentamiento dé sus" Altezas. E luego 
el Rey les mando' dar de comer é de beber, les mando' 
desherrar, é los mandaron vestir é dar limosnas, para des- 
pensa de cada uno donde quisiese ir, y asi fué fecho é cum- 
plido. En estos cautivos habia personas de grandes rescates, 
que estaban rescatados; é habia personas que habia diez, é 
quince é veinte años que estaban cautivos, é otros menos... 



1 ^¿A 



«Los moros de Málaga suplicaron al Rey, luego como 
entregaron las fortalezas, que les mandase dar pan por sus 
dineros, que se morian de hambre; y el Rey les mando dar 
pan é harina de los montones que ellos miraban que estaban 
en el real , que el moro Santo les certificaba que comerian : é 
aqui se cumplieron sus agüeros, en que dijo verdad, que 
comerian de aquella harina, é ansí la comieron, empero 
cautivos.» 



1 De este dramático episodio se inspiró el artista don Eduardo Cano para 
un hermosísimo cuadro que obtuvo primer premio en la Exposición Nacional 
de 1871. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII 



131 



«E alli donde ellos acorralaron los christianos , de la 
gran cabalgada que hizieron de la Ajarquía el año de 1483, 
é donde por costumbre tenían de meter la cabalgada de 
christianos que traian cautivos, para los partir o' vender, 
alli fueron ellos metidos é acorralados en aquel corral, é 
acorralados é contados, é cautivos é vendidos: é alli apar- 
taron los gandules de los naturales, é vendieron; é estuvie- 
ron alli en aquel corral hasta que dieron forma de los llevar 
á Castilla, los cuales trujeron por mar á Castilla en las gale- 
ras é navios de la armada fasta Sevilla, é otros muchos por 
tierra, é repartiéronlos por las ciudades, é villas é lugares *.» 

Con la corte regreso' Cristóbal Colón á Co'rdoba; 
pero la Providencia había dispuesto que sufriera todavía, 
y no encontrara la apetecida tranquilidad para tratar de 
sus proyectos.. Apenas llegados á Co'rdoba, la epidemia que 
empezó' á sentirse en la ciudad hizo que los Reyes marchasen 
á Zaragoza. Tardaron más de un año en volver por Anda- 
lucía, pues en la primavera de 1488 hicieron entrada por 
el reino de Valencia, y se detuvieron en Murcia, reduciendo 
á Vera y otros muchos lugares de moros. 



II 



Partidos de Co'rdoba don Fernando y doña Isabel con 
toda la corte, en la cual iban en diferentes oficios todos 
los mejores amigos de Colón, hubo de comprender que 
por entonces era preciso renunciar á nuevas gestiones y 



1 Historia de los Reyes Católicos, por el bachiller Andrés Bernáldez. — 
Sevilla, Sextrín, 187 1, tomo I, caps. LXXXV y LXXXVII. 



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132 



CRISTÓBAL COLÓN 



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permanecer en inacccion. No es posible saber hoy de una 
manera cierta, aunque se pueda conjeturar, cuál fué el 
motivo que le indujo á escribir al rey de Portugal, 
manifestándole su deseo de pasar á Lisboa. Entre los indi- 
cios que se han podido rastrear como razo'n de aquel viaje, 
ninguno es bastante para que podamos afirmar ni si lo 
emprendió' movido por negocios particulares , o' por el 
intento de ponerse al corriente de los últimos descubri- 
mientos de los portugueses , y hablar detenidamente con los 
navegantes; o' quizá para volver á la gracia del monarca, y 
tenerle propicio en una eventualidad posible, aunque remota. 

Ya dejamos dicha la manera con que Colón salió de 
Portugal en 1484, disgustado por haber conocido el intento 
de robarle sus proyectos, y receloso de que el rey lo detu- 
viera si comprendía su propo'sito de pasar  España á 
ofrecer á sus Monarcas el descubrimiento; por lo que salió' 
ocultamente, lo más que pudo, como dice el P. Las Casas; y 
esto podía ser la causa de su temor al regresar. 

Mas por otra parte se encuentra en su. testamento 
otorgado en Valladolid en 19 de Mayo de 1506, ante el 
escribano Pedro de Hinojedo x , una cláusula, que es la 
última, concebida en estos términos: — «Digo y mando á 
don Diego mi hijo, o' á quien heredare que pague todas Jas 
deudas que dejo aquí en un memorial, por la forma que allí 
dice...» Y á continuacio'n unió' el escribano una memoria 
escrita toda de puño y letra del Almirante, del tenor 
siguiente : — « Relación de ciertas personas á quien yo quiero 
que se dé de mis bienes lo contenido en este memorial, sin 
que se le quite cosa alguna dello. — Hásele de dar en tal forma 
que no sepan quien se las manda dar. 

«Primeramente á los herederos de Gerónimo del Puerto, 
padre de Benito del Puerto, Chanceller en Genova, veinte 
ducados o su valor.» 






Navarrete, tomo II, doc. núm. CLVIIL 



LIBRO PRIMERO— CAPÍTULO VIII 



133 



«A Antonio Baro, mercader ginovés, que solía vivir en 
Lisboa, dos mil é quinientos reales de Portugal, que son 
siete ducados, poco más, á razón de trescientos é setenta y 
cinco reales el ducado.» 

«A un judio que moraba á la puerta de la judería en 
Lisboa, o' á quien mandare un sacerdote, el valor de medio 
marco de plata.» 

«A los herederos de Luis Centurión Escoto, mercader 
ginovés , treinta mil reales de Portugal , de los cuales vale 
un ducado trescientos ochenta y cinco reales, que son setenta 
y cinco ducados poco más o' menos.» 

«A esos mismos herederos y á los herederos de Paulo 
Negro, ginovés, cien ducados o' su valor. Han de ser la 
mitad á los unos herederos y la otra á los otros.» 

«A Baptista Espíndola, o' á sus herederos, si es muerto, 
veinte ducados. Este Baptista Espíndola es yerno del sobre- 
dicho Luis Centurión, era hijo de Micer Nicolao de Socoli 
de Roma, y por señas, él fué estante en Lisboa el año de 
mil quatrocientos ochenta y dos.» 

Esta última indicacio'n parece que designa la época en 
que fueron contraídas aquellas deudas, que por descargo de 
conciencia recuerda y manda pagar Colón en papel todo 
escrito de su mano. Y con efecto, recorriendo las fechas 
posteriores de su existencia, no era fácil, ni se explica que 
contrajera deudas en Lisboa, ni que dejara de satisfacerlas. 
Como en el tiempo que duro' su matrimonio se dedico á 
algunos negocios mercantiles, no es tampoco violento supo- 
ner que de sus resultas quedaran aquéllas, y temiendo el 
deudor que sus acreedores pudieran aprovechar su nueva 
aparicio'n en la corte portuguesa, pidió y obtuvo salvocon- 
ducto; por eso se pondría la cláusula: «é porque, por ventura, 
teerdes algum receo de nossas justicas, por racon d'algumas 
cousas á que sejades obrigado...» que dando por supuesto 
aquel antecedente tiene satisfactoria explicacio'n y fácil inte- 
ligencia. 



134 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Hasta la advertencia de que á los acreedores no se les 
quite cosa, alguna de lo que les manda entregar, y la cautela 
de que no sepan quien les manda entregar aquellas canti- 
dades, parece que confirman la sospecha apuntada, y dan 
alguna luz para comprender el recelo que abrigaba de 
volver á Portugal. No puede darse á este indicio más 
fuerza; pero aunque leve, deja entrever alguna luz en este 
punto oscuro, y que con tanto interés se estudia hoy por los 
colombistas. 

Lo que no puede dudarse es que la iniciativa partió' de 
Cristóbal Colón; que el marino manifestó' al rey don Juan 
su deseo y su propo'sito de pasar desde Sevilla á Lisboa, por 
más que se nos oculte el objeto que en tal viaje se proponía. 

El rey don Juan le contesto' por carta fecha en Avis 
á 20 de Marzo de 1488, que es verdaderamente notable 
é importante en la vida del genovés, por los datos que en 
ella se contienen. 

«A Cristovam Colon, nosso especial amigo, en Sevilha» 
«Cristoval Colon. Nos Don Johan, per graza de Deus, 
Rey de Portugal é dos Algarbes; da aquem é da allem 
mar em África, Senhor de Guinea, vos emviamos muito 
saudar. Fimos a carta que nos escribestes: é a boa vontade é 
afeicaon que por ella mostrades teerdes á nosso servico vos 
agradecemos muito. E quanto á vossa vinda cá, certo, assi 
por lo que apontaes como por outros respeitos para que vossa 
industra é bon engenho Nos será necesario, Nos á desejamos, 
é pracernos á muito de vinsedes , porque . em o' que á vos 
toca se dará tal forma de que vos devaees ser contento. 
E porque por ventura teerdes algum receo de nossas justicas, por 
racon d' algunas covsas a que sejades obrigado, Nos por esta 
nossa carta vos seguramos polla vinda, stada é tornada, que 
non sejades presso, retenudo, acusado, citado nem deman- 
dado por nemhuna causa ora seja civil, ora crime de qual- 
quer cualidade. E por ella mesma mandamos á todas nossas 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO VIII 



135 



justicas que ó cumpran assi. E por tanto vos rogamos é 
encomendamos que vossa viuda seja logo é para isso non 
tenhades pejo algum; é agardecer Nos lo hemos, é teeremos 
muito en servico. Scripta en Avis á 20 de Marzo de 1488. 
— El Rey.» 



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Los conceptos sobre que hemos llamado la atencio'n, 
demuestran la verdadera importancia del documento. Colón 
manifestó' buena voluntad y afecto al rey don Juan , y apuntó 
las razones que justificaban sus deseos de ir allá; y éste, á 
su vez, expresa que la industria y buen ingenio del nave- 
gante le hacían muy agradable la visita, que podría ser 
muy útil por otros conceptos. La frase de que podría tener 
algún temor de las justicias portuguesas, por ra%pn de algu- 
nas cosas á que estáis obligado, parece que viene á robustecer 
la sospecha, que antes indicábamos, de que el recelo con- 
sistía en el resultado de obligaciones particulares contraídas 
y no solventadas. Y por último, el empeño con que el 
monarca encarga al marino, y le ruega y encomienda que su 
ida sea pronto, confirma también la apreciacio'n expuesta 
en su lugar de que el rey don Juan miraba los planes de 
Colón con especial interés, á pesar de los informes desfavo- 
rables de sus cosmo'grafos y obispos, y que su trato con 
aquél había sido en cierto modo más frecuente y cordial de 
lo que pudiera caber en relaciones oficiales entre un monarca 
y un proyectista. 

Cuando llego' á Sevilla esta satisfactoria respuesta no 
era posible que Colón abandonara la ciudad. 

En Octubre del año anterior había recibido del tesorero 
González de Sevilla cuatro mil maravedís, como ayuda de 
costas ; pero los gastos debían haber crecido por el estado en 
que se encontraba doña Beatriz, y agotados los recursos 
esperaba alguna nueva cantidad que le sacara de apuros y le 
permitiera acudir á las atenciones del viaje. Recibió', en 
efecto, por cédula de los Reyes, otros tres mil maravedís 



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en. 16 de Junio; pero ya en aquella fecha nuevos cuidados le 
retenían en Co'rdoba; y habiendo nacido su hijo don Her- 
nando en 15 de Agosto, puede creerse que hasta principios 
.de otoño, en Septiembre u Octubre, no salió' para Lisboa. 

Precioso é interesantísimo recuerdo de su permanencia 
en aquella capital, se conserva escrito de su puño y letra en 
uñó de los libros de su uso que se guardan como verdaderas 
jo3 7 as en la Biblioteca Colombina. Es el tomo que contiene 
los doce tratados del cardenal Pedro de Aliaco, conocidos 
con el nombre de Imago Mundi x ; incunable sin lugar ni 
-año, aunque parece imprésio'n de Venecia hecha por los 
años 1486. En sus márgenes hay numerosísimas anotaciones 
del inmortal navegante, que demuestran lo detenidamente 
que consultaba los autores, la profundidad de su estudio y 
la prolijidad de sus observaciones, siendo indudablemente la 
más curiosa é importante de todas, la que hemos indicado y 
exactísimamente reproducida dice así: 

«Nota quod hoc anuo Domini 88, in mense Decembri 
appulit in Vtixbona bartholomeus didacus Capitanus trium cara- 
bcUarum quem miserat serenissimus Rex Portugalia in Guineam 
ad tentandum terrdm, et renuntiabit ipso serenissimo Regi pronl 
nanigaverat ultra jam navigatum huchas 600, videlicet, 450 ad 
austrum et 250 ad aquilotiem usque unum promontorium per 
ipsum nominatum Cabo de boa esperanza, quem in agisimba asti- 
niamus. Qui quiden in eo loco invenit distare per astrolabium idtra 
lineam aquinoctialem gradus 45 o quem ultimum locum distat ab 
Vlixbona huchas 3100. quod viagium pictavit et scripsit de hucha 
in leucham in una chaña navigationis ut oculi visui ostenderet 
Domino ipso serenísimo Regi, in quibus ómnibus interfui 2 .» 



1 Biblioteca Colombina. — GG. 178-21. — Hoy está separado con otros 
que también pertenecieron á Cristóbal Colón, en una vitrina de ébano y 
cristales, abierto por una de las páginas que contienen las notas más importan- 
tes, para que puedan examinarlo los entendidos. 

s « Algún mal latin parece que hay, é todo ello es malo : pero póngolo á 
¡Hl la letra como lo hallé de la dicha mano escripto.» — Las Casas. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO VIII 



137 



El obispo fray Bartolomé de Las Casas, traduce así 
esta nota: — «Ha de notarse que en el año de 88 regresó 
á Lisboa Bartolomé Díaz, capitán de tres carabelas, á quien 
el Rey de Portugal habia enviado á Guinea á descubrir 
tierras; 3^ trujo relación al mismo Serenísimo Rey de como 
habia navegado 600 leguas más allá de lo navegado antes, á 
saber, 450 al austro y 150 al Norte, hasta un promontorio 
al que puso por nombre Cabo de Buena Esperanza, y 
tomando altura en aquel lugar encontró' por el astrolabio 
que distaba de la equinocial 45 grados, y el Cabo dista de 
Lisboa 3100 leguas; el cual viaje pintó y escribió de legua 
en legua en una carta de navegación, para que por sus ojos 
lo viese el mismo serenísimo Rey. En todo lo que intervine.» 

Fijándose en esta última frase, in quibus ómnibus interfni ', 
y dándola una interpretación imposible y arbitraria, han 
creído algunos que el autor de la Nota había sido compañero 
de viaje de Bartolomé Díaz, y había regresado con él á 
Lisboa en Diciembre de 1488. Y decimos el autor de la nota 
porque también ha habido quiénes han opinado que fué 
escrita por Bartolomé Colón, y no por su hermano, y que 
aquél había estado en el descubrimiento del Cabo de Buena 
Esperanza, contradiciendo todos los datos más seguros é 
indubitados. No comprendemos, en verdad, el error de 
fra} T Bartolomé de Las Casas al confundir la letra de los dos 
hermanos, que debía serle muy conocida. Las notas todas 
puestas en el libro de Pedro Aliaco, que tenemos á la vista, 
son de la mano de Cristóbal Colón, y no ofrecen diferencia 
alguna con la que nos ocupa, aunque ésta, como otras varias, 
parece escrita con pluma más gruesa. En cuanto á que éste 
fuera el que en ella habla, el mismo Las Casas lo sospecha, 
é indica que aunque Bartolomé escribiera la nota, pudo 
hacerlo por encargo de su hermano. Por lo que se refiere á 
la frase final , en todo lo cual intervine, ó á todo lo que estuve 
presente sólo puede hacer relación á la llegada de Díaz al 
-puerto de Lisboa, 3^ entrega del mapa de los países recorri- 

Cristóbal Colón, t. i. — 18. 








138 



CRISTÓBAL COLÓN 



dos al rey don Juan, hechos que ciertamente presencio' 
Cristóbal Colón, como tan reputado marino y muy apre- 
ciado del soberano, según lo demuestra la carta preinserta, 
y esta inteligencia da también á aquella frase el docto autor 
de la Biblioteca americana vetustísima. 

En los primeros meses del año 1489 volvió Colón á 
España. Por aquel mismo tiempo los Reyes Cato'licos baja- 
ron de Valladolid á Jaén para dar nuevamente impulso á la 
guerra; y apenas se fijaron en Co'rdoba, expidieron cédula, 
con fecha 12 de Mayo, refrendada por el secretario Juan de 
Coloma, en la que recomendaban á las villas y lugares por 
donde transitase le aposentasen y diesen buenas posadas en 
que posara él y los suyos sin dineros, que no sean mesones '. 



Navarrete , tomo II , pág. 1 1 , doc. núm. IV. 




140 



CRISTÓBAL COLÓN 



Con razón pudo abrigar esperanzas el genovés ilustre 
de que habiendo vuelto los Reyes á Andalucía después de 
tan dilatada ausencia, se ocuparían con alguna detención de 
sus proposiciones; y si hemos de dar crédito al docto 3^ con- 
cienzudo analista de la ciudad de Sevilla, en ella debía 
hacerse el último examen y el concierto con el navegante, al 
que se mando' dar aposento «con cartas para la ciudad de 
que lo socorriesen y encaminasen, aunque luego no entro' en 
la conferencia por la interposición de la campaña l . » 

Y con efecto, al concluir el mes de Mayo, don Fernando 
asento' el sitio de Baza, que fué muy porfiado, pues la ciudad 
no se entrego hasta principio del mes de Diciembre, dando 
lugar en más de una ocasio'n á que se pidieran refuerzos, y 
aun se pensara en levantar el sitio, como tal vez se hubiera 
hecho sin la varonil entereza de la Reina, que envió á decir 
á su esposo «que ella con el a}^uda de Dios daría orden para 
que fuesen bien proveídos de gentes, é dineros, é provisiones, 
é de todas las otras cosas que fuesen necesarias, fasta que 
aquella cibdad se tomase:» según narra el cronista Hernando 
del Pulgar; y como creciesen las dificultades y se prolongara 
el sitio, se traslado' al campamento en el mes de Noviembre, 
á pesar de las grandes lluvias que habían empezado, 
llevando con su presencia y su energía la maj^or confianza al 
ánimo de los sitiadores 2 . 

Baza se rindió', y con ella se ganaron Guadix, Alme- 



1 Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevi- 
lla, por don Diego Ortiz de Zúñiga. — Madrid, García Infanzón, 1677, pág. 404. 

1 Crónica de los señores Heves Católicos , escrita por su cronista Hernando 
del Pulgar.— Zaragoza, por Miguel Suelues, 1567, in f.°, cap. CX.— CXXIV. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IX 



14T 



ría, Salobreña y otros lugares, y los Reyes fueron á pasar 
el invierno á Sevilla. Pero tampoco hubo momento de calma 
v tranquilidad. 

Solemnísima entrada hizo el rey don Fernando en 
Sevilla en el último día. del mes de Febrero del año 1490. 
El aparato fué grandioso, y para que no fuese ma} T or se 
necesito' orden expresa de los Soberanos, que no querían 
se gastase en pompas, cuando tanto había que expender en 
la guerra. 

Pero conjurándose todo, al parecer, en contra los deseos 
de Cristóbal Colón, y para distraer la atencio'n de la 
corte de otras empresas, á los principios del mes de Marzo 
llegaron á Sevilla el chanciller ma} T or de Portugal y don 
Fernando Silveira en calidad de embajadores, para celebrar 
los desposorios de la princesa Isabel con el príncipe don 
Alfonso, hijo del rey don Juan II de Portugal, cu}^o casa- 
miento estaba ya. concertado. 

Comenzaron los regocijos y fiestas, que fueron concu- 
rridísimos y de gran animación. Celebro'se el desposorio. 
por escriptura é anillos por los embajadores, el domingo de 
Cuasimodo, 18 de Abril, y luego continuaron grandes fun- 
ciones, fiestas y torneos, en los que tomo parte quebrando 
muchas lanzas el mismo rey don Fernando, á presencia de la 
Reina v de las grandes señoras que de muchas ciudades 
habían concurrido, en la tela que se hizo delante de las 
Atarazanas. «¡Quién pudiera contar, dice el cura de los 
Palacios, — que probablemente fué testigo presencial del suce- 
so, — el triunfo, las galas, las fiestas, las músicas de tantas 
maneras, el recibimiento que hicieron á los embajadores de 
Portugal; la regla, el concierto, las galas de las damas, los 
jaeces de riquezas de los grandes, é de los galanes de la 
corte; el concierto de quando salian á ver las fiestas la Reina 
é su hijo el Príncipe, é sus fijas é las damas y señoras que 
las acompañaban; que fué todo cumplido, tan sobrado, con 
tanto concierto que decir más no se puede! Iban de dia á las 






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CRISTÓBAL COLÓN 



justas, y venían de noche con antorchas á los Alcázares; y 
la dama que menos servicio, traia ocho o' nueve antorchas 
ante sí, cabalgando en muy ricas muías todas, é muy 
jaezadas de terciopelos, carmesíes é brocados.» 

Las fiestas de los desposorios se prolongaron hasta muy 
entrado el mes de Mayo; y en todo ese tiempo, durante más 
de catorce meses transcurridos desde la vuelta de la corte á 
Andalucía, no había adelantado un paso para la ejecución 
de su ansiado descubrimiento Cristóbal Colón, y veía á los 
Rjryes atentos á tantos asuntos de índole muy diferente, 
pero que ninguno respondía en grandeza y en resultados al 
colosal pensamiento que acariciaba en su mente. ¡Sin 
embargo, á todos se prestaba atencio'n y su proyecto era 
mirado con indiferencia, aplazándolo siempre para más 
tarde ! 

El estado de su ánimo no era constante, á pesar de 
tantos entorpecimientos; como todo el que pretende, sentía 
reanimarse sus esperanzas á cada momento, y confiaba en el 
porvenir. El número de sus favorecedores en la corte 
aumentaba cada día, no siendo difícil que en un momento 
de calma obtuvieran un triunfo decisivo en el ánimo de la 
Reina. Pero el momento parecía que no llegaba nunca. 

Apenas acabadas las fiestas de los desposorios de la 
Princesa , el rey don Fernando volvió' de nuevo la atencio'n 
á Granada, objeto constante de sus deseos, y desde el mismo 
alcázar de Sevilla envió embajadores intimando la entrega 
de la ciudad. Contestaron los granadinos tan altivamente 
como era de esperar, y vista su negativa dispuso la tala de 
la Vega, convocando á ella á los grandes y prelados de 
Castilla. 

La reina doña Isabel salid de Sevilla y se detuvo en 
Moclin, mientras la hueste cristiana talaba los campos de 
los moros, destruyéndoles mieses, viñas, huertas y habares. 
En el mes de Agosto volvieron á hacer nueva correría, y 
terminada regresaron hacia Sevilla, y al llegar á la villa de 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IX 



143 



Constantina á mediados de Noviembre, despidieron á la 
princesa Isabel que marcho' á Portugal. 

La corte de los Reyes en Sevilla, al comenzar el 
año 1491, no respiraba más que guerra; ni se pensaba en 
otra cosa que en allegar gente, preparar transportes, reunir 
provisiones y trabajar en toda clase de aprestos militares. 



II 



Abatido y desalentado por tantas dilaciones, que lleva- 
ban trazas de interminables, por lo mismo que dependían 
del éxito de la guerra, entonces más recia que nunca y 
cuyo resultado podía retardarse indefinidamente; y con el 
grave disgusto de ver pasados tantos años y su raipn disuelta 
en tan poco conocimiento de lo que ofrecía de facer \, tomo 
una resolucio'n por todo extremo arriesgada y dolorosa, pues 
había de romper la amistad de sus constantes favorecedores, 
y los dulces vínculos que á España le ligaban y cada día 
eran más gratos y necesarios á su corazón. 

Formo' el propo'sito de pasar á Francia, y sin dar 
cuenta á nadie de su intento, salió' de la corte, donde su 
palabra no fué acogida, y se dirigió nuevamente al monas- 
terio de la Rábida. «Residió Colón de aquella primera vez 
en la corte de los Reyes de Castilla, dando estas cuentas, 
haciendo estas informaciones, padeciendo necesidades y no 
menos hartas veces afrentas, más de cinco años sin sacar 
fruto alguno; el cual no pudiendo ya sufrir tan importuna é 
infructuosa dilación, mayormente faltándole ya las cosas 
para su sustentación necesarias, perdida toda esperanza de 




1 Declaración del físico Garci-Hernández. — Navarrete. — Colección de 
viajes , tomo III, pág. 365. 




144 



CRISTÓBAL COLON 



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hallar remedio en Castilla, y con razón, acordó' desamparar 
la cortesana residencia, de donde se partid con -harto descon- 
suelo y tristeza , para la ciudad de Sevilla , con la intención 
que luego se dirá.» 

La que indica el P. Las Casas, ya la hemos dicho; era 
pasar á la Rábida á recoger á su hijo Diego, tal vez para 
llevarlo á Co'rdoba , y dirigirse á Francia á entablar allí su 
pretensio'n, y á Inglaterra á indagar noticias de su hermano 
Bartolomé, de quien no las había tenido después de su salida 
de Portugal. 

Emprendió, pues, el camino desde Sevilla á Huelva con 
la tristeza en el alma. Seis años habían transcurrido desde 
su primera llegada al monasterio franciscano, y después de 
muy varia fortuna, de trabajosas negociaciones y de espe- 
ranzas frustradas, volvía cansado, abatido y lleno de desen- 
gaños , sin haber podido llevar á feliz término su atrevido 
proyecto, á despedirse de aquellos buenos amigos que le 
habían alentado en su difícil empresa. 

Contristo'se el P. Marchena al conocer la justa resolu- 
cio'n del marino, y entero' de todo al venerable padre 
guardián fray Juan Pérez, con quien antes había hablado 
muchas veces, á no dudar, de los grandes pensamientos de 
Colón, durante la permanencia de éste en la corte de los 
Reyes Cato'licos. El persuasivo acento de Marchena, y el 
alto concepto que ya había formado de los planes del geno- 
vés, fueron parte á mover el ánimo del guardián para inte- 
resarse espontánea y activamente en su favor. 

Y era más importante de lo que á primera vista puede 
parecer la influencia de fray Juan Pérez. Además de sus 
notorias virtudes, y de lo simpático de su carácter, y sobre la 
consideracio'n que le proporcionaba su investidura de supe- 
rior del convento, tenía valiosas relaciones en la corte, pues 
había sido contador de rentas de los Reyes en sus juveniles 
años, y luego confesor de doña Isabel, antes de retirarse á 
la Rábida, 3^ de que fuera nombrado para aquel alto puesto 



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LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO IX 



145 



fray Hernando de Talavera l , según declararon Alonso 
Vélez 2 y el físico Garci-Hernández 3. 

Haciendo alguna reflexio'n entre sí el dicho padre 
guardián acerca de las cosas que á Cristóbal Colón y á 
Marchena oía, quísose bien informar de la materia y de las 
razones que ofrecía; y para robustecer su conviccio'n, antes 
de decidirse en paso alguno que pudiera comprometer su 
carácter, hizo llamar á ese médico o físico nombrado Garci- 
Hernández, cuya declaracio'n es tan importante, «porque 
como filo'sofo, de aquellas proposiciones más que él enten- 
día.» Vino luego el físico que alguna cosa sabía, según él 
mismo nos dice, del arte astronómico, hablaron todos tres 
sobre el dicho caso y quedaron persuadidos de la exactitud 
de los cálculos que Colón les expuso; por lo cual el vene- 
rable fray Juan Pérez se decidió á escribir á la Reina, 
rogándole instantísimamente que no abandonase aquel in- 
menso proyecto, cuya realización tenía grandes probabili- 
dades y que Dios le enviaba para engrandecimiento de su 
reino, por mediacio'n del extranjero á quien detenían en la 
Rábida hasta saber la decisión de S. A. 

Fué portador de esta carta al real, que estaba sobre 
Granada, en la nueva ciudad de Santa Fe, un piloto de 
Lepe llamado Sebastián Rodríguez, que obro con tanta 
eficacia en su encargo, y tuvo tan buen recibimiento, que 
á los catorce días regreso' con carta de la Reina para el 
guardián, ordenándole que luego se presentara en la corte, 
dejando á Colón con la esperanza de favorable despacho. 
En vista de la orden, busco' el anciano religioso una muía, 
que hubo de prestarle Juan Rodríguez Cabezudo, y teniendo 
en cuenta que la diligencia es madre de la buena ventura, 



1 Historia de las Indias, tomo I, cap. XXXI, pág. 241. 

2 Colón y Pinzón.  Informe relativo á los pormenores sobre el descubri- 
miento del Nuevo Mundo, por el capitán de navio Cesáreo Fernández Duro, 
pág. 72. 

3 Navarrete. — Colección de viajes , tomo III, pág. 567. 

Cristóbal Colón, t. i. — 19. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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salid secretamente aquella misma noche para Santa Fe, sin 
que le arredraran las dificultades del camino, ni los rigores 
de la estación. 

En el ánimo de la Reina Cato'lica habían hallado favo- 
rable acogida desde el primer momento los proyectos de 
Colón: la voz inspirada del marino; sus palabras elocuentes; 
su entusiasmo y su fe habían encontrado eco desde luego en 
el corazo'n de la Soberana, como antes dijimos, por más que 
detenida unas veces por las opiniones de los que juzgaban 
arriesgada y temeraria la empresa; distraída otras por las 
necesidades del reino, los apuros de la guerra y las graví- 
simas atenciones que á cada paso la rodeaban, hubiera 
dilatado la aceptacio'n, esperando tiempos más tranquilos. 
Las razones del padre fray Juan Pérez acabaron de disipar 
sus temores, fijaron su conviccio'n, y tomo' de una manera 
irrevocable la resolución de favorecer el proyecto. 

Solamente pedía Cristóbal Colón para ir á descubrir 
y hacer verdad su palabra dada, tres embarcaciones. Así lo 
manifestó' el guardián, y concedido esto, brevemente doña 
Isabel le entrego' veinte mil maravedís en florines , para que 
aquél se acomodase de una bestezuela y de lo más necesario 
para presentarse con decencia en la corte y ante la Reina. 
Llevo' el dinero á la Rábida Diego Prieto, que probable- 
mente era uno de los alcaldes mayores de la villa de Palos, 
con cartas para el físico Garci-Hernández dándole cuenta 
del favorable resultado; y para Colón acompañaba otra, 
llamándole con urgencia á* la corte, que á ser cierto su 
contexto, debería estar grabado en caracteres de oro, 
como dice un entusiasta escritor x , porque retrata toda 
la pureza y magnanimidad del alma del ilustre fran- 



Fray Juan Pérez de Marchena. — Recuerdo dedicado al ilustre guardián 
de la Rábida, por don Antonio Machado y Núñez. — Sevilla, Fernández, 1883. 
El texto de tan precioso documento se publicó por vez primera en la Revista 
Franciscana, tomo I, Barcelona, 1879, pero no hemos podido averiguar su 
procedencia. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO IX 



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III 



Parécenos que al llegar á este punto es de necesidad 
detener un momento la narracio'n, para hacer observar la 
manera lógica, natural y sencilla con que se explican los 
pasos del navegante genovés desde su entrada en España, 
sin cambiar en nada el contexto de los documentos que se 
conservan, ni aun las relaciones de los historiadores que 
conocieron á aquél , ni las declaraciones de los testigos que 
intervinieron en los sucesos, tomando por único trabajo el 
de colocarlos en su lugar, dándoles el orden debido y aca- 



ciscano. Los términos en que estaba concebida son los j¡- 
siguientes : 

«Nuestro Señor ha escuchado las súplicas de sus siervos. La 
sabia y virtuosa Isabel, tocada de la gracia del cielo, acogió 
benignamente las palabras de este pobrecillo. Todo ha salido bien; 
lejos de rechazar vuestro proyecto lo ha aceptado desde luego, y 
os llama á la corte para proponer los medios que creáis más á 
propósito para llevar á cabo los designios de la Providencia. Mi 
corazón nada en un mar de consuelo, y mi espíritu salta de gozp 
en el Señor. Partid cuanto antes, que la Reina os aguarda, y yo 
mucho más que ella. Encomendadme á las oraciones de mis 
amados hijos y de vuestro Dieguito. La gracia de Dios sea con 
vos, y Nuestra Señora de la Rábida os acompañe.» 

Dando otra vez entrada en su corazo'n á la esperanza, y 
gozoso por considerar muy pro'xima la realizacio'n del sueño 
de toda su vida, salió' Cristóbal Colón en direccio'n á 
Sevilla y Co'rdoba, donde pensaba vestirse honestamente 
para marchar al real. 



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CRISTÓBAL COLON 



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bando, en cuanto es posible, la confusio'n que por diferentes 
causas se había formado embrollando los acontecimientos. 

Merced á los trabajos de dos historiadores tan eruditos 
como apasionados de Cristóbal Colón, los señores don 
Tomás Rodríguez Pinilla, y Mr. Henry Tlarrisse, se ha 
podido reconstruir la serie probable de los pasos del des- 
cubridor en España, desde su salida de Portugal, con la 
claridad apetecible; por más que todavía por nuestra parte 
hayamos introducido más de una variacio'n esencial en los 
trabajos de aquellos doctos escritores. 

En el otoño del año 1484, Colón abandona á Portugal 
y viene directamente á España. En este punto es claro é 
indudable el testimonio del P. Las Casas, que fija la fecha 
diciendo: «en el monasterio de religiosos de San Francisco, 
que se llama Santa María de la Rábida, dejo' encomendado á 
su hijo chiquito Diego Colon. Partio'se para la corte... 
llegado á 20 de Enero de 1485... etc.» 

Dos años, o poco menos, vivió en Sevilla amparado por 
el duque de Medinaceli, según la carta de éste á la Reina 
Cato'lica. 

Durante el invierno de 1486-1487 siguió' probablemente 
á la corte en Co'rdoba y Salamanca. 

En la primavera del primero de estos años se reunió en 
Co'rdoba la Junta presidida por el prior del Prado, En el 
invierno del siguiente tuvieron, lugar las conferencias de 
Salamanca. 

A 5 de Mayo de 1487 recibió' en Co'rdoba el primer 
socorro de tres mil maravedís que le dieron los Reyes. 
Después recibió' el segundo de otros tres mil en 3 de Julio. 

A fines de Agosto debió' presentarse en el real delante 
de Málaga, pues para ello se le libraron cuatro mil mara- 
vedís. 

Regresa á Co'rdoba, donde sus relaciones con doña 
Beatriz Enríquez le detienen durante la ausencia de los 
Reyes por Aragón y Murcia desde el año 1487 al 1488. 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO IX 



149 



Por razones que no se conocen, Colón solicita de don 
Juan II, al comenzar el año 1488, permiso para ir á Portu- 
gal, que le fué concedido por carta fecha 20 de Marzo. 

El 16 de Junio recibe nueva cantidad por orden de los 
Reyes Católicos. 

Hemos visto que después del alumbramiento de doña 
Beatriz, que tuvo lugar en Co'rdoba el 15 de Agosto 
de 1488, Colón aprovecho la licencia del rey don Juan y 
marcho' á Portugal. 

Al principiar el año siguiente debió' regresar á España, 
pues con fecha 12 de Mayo de 1489, se le llamo' á Co'rdoba, 
y se dio' orden de aposentarle en todas las ciudades donde el 
servicio de SS. AA. exigiera su presencia. 

Los preparativos para el asedio de Baza, y el hambre y 
las inundaciones que desolaron á España desde el otoño del 
año 1489, explican el olvido en que por entonces cayeron los 
proyectos de Colón, que desalentado, parece empezó' á 
pensar en ir á ofrecerse al rey de Francia, o' al menos á la 
tutora de Carlos VIII, Ana de Beaujeau. 

Los grandes preparativos para el sitio de Granada 
absorben de nuevo y por entero la atención de los Monarcas, 
y después de las fiestas del casamiento de la princesa doña 
Isabel, sale el Rey de Sevilla para talar la Vega. 

Colón se decide á ofrecer al rey de Francia el descubri- 
miento, corriendo ya el año 1491 ; vuelve á la Rábida á 
recoger á su hijo Diego para trasladarle á Co'rdoba, y el 
guardián fray Juan Pérez toma entonces interés por él, se 
ocupa de sus planes, se penetra de la altura de ellos, y le 
detiene para escribir á la Reina interesándose en su favor, 
después de haber conferenciado con el físico Garci-Hernán- 
dez. De la Rábida salió' Colón nuevamente para el real de 
Santa Fe, llamado por el guardián, según hemos dicho. 

Tampoco puede ni debe confundirse esta segunda llega- 
da de Colón al convento de la Rábida, con la primera casual 
en el mismo punto de su venida á España, De su separa- 



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CRISTÓBAL COLÓN 




cio'n depende en gran manera la claridad y el debido cono- 
cimiento de este largo período de la vida del Almirante b. 
El obispo Las Casas las distingue perfectamente; trata de 
ambas con exacta divisio'n en los capítulos XXIX y XXXI 
de su Historia de las Indias; y aunque pone las diferentes 
versiones que corrían sobre las causas de la resolución 
tomada por aquél, de buscar apoyo en Francia, no por eso 
deja de significar lo que estimaba verdadero, y así dijo, con 
respecto á este extremo: «Y que saliera descontento, sobre 
el descontento que trujo de la corte Cristóbal Colon, según 
los que dijeron que fué á la villa de Palos con su hijo, ó á 
tomar á su hijo Diego Colon, niño, lo cual yo creo.» Y don 
Diego Ortiz de Zúñiga, en sus Anales de Sevilla, es todavía 
más explícito: «Hasta que } r a desesperado, dice, poco antes 
de ahora, trataba de irse á Francia, á cuyo fin fué al 
monasterio de la Rábida, donde fray Juan Pérez de Mar- 
chena, guardián de la orden de San Francisco, que antes lo 
habla hospedado, y tenia allí hospedado á su hijo don Diego 
Colon, lo detuvo de nuevo, y confiriendo con el doctor Garci- 
Hernandez, médico docto en las matemáticas... se resol- 
vieron á instar de nuevo á los Reyes.» 

Esta versio'n es la más exacta, y da la verdadera crono- 
logía de los sucesos de Colón en España, tal como nosotros 
la hemos presentado, libre de dudas y nebulosidades. 



Véase en las Aclaraciones y do cimientos de este libro I. (Gr) 




152 



CRISTÓBAL COLON 



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Al recuerdo de la primera venida á España de Cristó- 
bal Colón, va unida siempre la memoria de un humilde 
fraile franciscano que comprendió' desde luego la grandeza 
de alma del inmortal genovés, adivino' su genio, entendió' 
sus proyectos, le conforto' y ayudo' primero, le recomendó' 
después, y últimamente le -animo' en sus adversidades, mere- 
ciendo que al cabo de muchos años dijera el marino que á 
dos pobres frailes debían los Reyes Cato'licos el descubri- 
miento de las Indias. 

Pero estas palabras enuncian ya la cuestio'n que nos 
proponemos esclarecer en este lugar; pues Colón recuerda á 
dos favorecedores de la misma clase , frailes y pobres , y los 
cronistas de Indias é historiadores del Almirante solo se 
ocupan de uno á quien hacen guardián del monasterio de la 
Rábida, y nombran fray Juan Pérez de Marchena. 

Los franciscanos que favorecieron á Cristóbal Colón 
fueron dos, fray Antonio de Marchena, joven y entendido 
en ciencias exactas, físicas y astrono'micas , cuanto en aquel 
estado podía serlo, y fray Juan Pérez, anciano respetable y 
guardián del convento, que nada entendía de astronomía, 
habiendo sido en sus principios oficial de hacienda pública. 
Pero se ha causado una gran confusión con estos dos perso- 
najes, y hoy ofrece trabajo el desvanecerla: no pudiendo 
dejar de hacerlo porque su resultado es de importancia para 
la claridad de la historia. 

Ocurre desde el primer momento una observacio'n que 
tiene mucha importancia y es casi decisiva. Los testimonios 
más antiguos, los más autorizados, no incurren en la confu- 
sio'n de nombres; distinguen perfectamente los sujetos, y 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO X 



153 



hablan de ellos con separación, como quien los conocía 
personalmente. 

La mencio'n más antigua de los dos monjes de la 
Rábida se encuentra en un documento judicial contempo- 
ráneo de aquéllos. En el 'pleito seguido entre el segundo 
almirante don Diego Colon y el fiscal del Rey, al cual 
muchas veces hemos de hacer referencia, se presentaron 
unas probanzas hechas por Juan Martín Pinzón, hijo de 
Martín Alonso, en la villa de Palos á i.° de Noviembre del 
año 1532, que han permanecido inéditas hasta que las ha 
publicado el señor don Cesáreo Fernández Duro L En ella, 
entre otros muchos testigos, se presento Alonso Vélez Allid, 
que entonces contaba setenta años, y que por consiguiente 
era de veintido's en el de 1484, cuando la llegada de Colón, 
y se expreso' en estos términos: 

«Vido que el Almirante estuvo .en Palos mucho tiempo 
publicando el descubrimiento de las Indias, é poso' en el 
monasterio de la Rábida, é comunicaba la negociación del 
descubrir con fraile estrólogo que ende estaba en el convento 
por guardián, é ansí mesmo con un fray Juan que habia 
servido siendo mozo á la Reina doña Isabel cato'lica en oficio 
de contadores. » 

Aquí están bien separadas y distintas las dos personas 
del estrólogo y el padre fray Juan; por más que por equivo- 
cacio'n, quizá del copiante, se dio al primero la consideracio'n 
de guardián que pertenecía al segundo. No lo están menos 
en la Historia de las Indias, de fray Bartolomé de Las Casas. 
En el cap. XXXI de la parte primera refiere que habiendo 
decidido Colón pasar á Francia «fué á la villa de Palos con 
su hijo, ó a tomar su hijo Diego Colon, niño, lo cual yo creo. 
Fuese al monasterio de la Rábida..., y salió' un padre que 



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1 Colón y Pinzón. — Informe relativo á los pormenores del descubrimiento 
del Nuevo Mundo, por el capitán de navio Cesáreo Fernández Duro. — Madrid, 
Tello, 1883. 

Cristóbal Colón, t. i. — 20. 



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/j/zfoVí nombre fray Juan Vere\, que debía ser el guardián del 
Monesterio... el cual diz que, o era confesor de la Serenísima 
Reina, o lo habia sido...» 

Luego, al finalizar el cap. XXXII, recuerda Las Casas 
aquellos lugares de las cartas de Colón en que se refiere á la 
a3^uda que le prestara el padre fray Antonio de Marchena, de 
que luego daremos noticia , y dice terminantemente : « tam- 
poco pude saber cuándo, ni en qué, ni co'mo le favoreciese, 
o' qué entrada tuviese con los Reyes el ya dicho padre fray 
Antonio de Marchena.» El testigo de los sucesos, y el histo- 
riador que conoció' á las personas señalan con toda la clari- 
dad apetecible el carácter de los dos franciscanos. 

El primero, tal vez, que dio' causa y origen á la confu- 
sio'n fué el clérigo Francisco Lo'pez de Go'mara, que al 
escribir la Historia de Hernán Cortés, en cuya casa fué cape- 
llán durante muchos años , dedico la primera parte al descu- 
brimiento de las Indias, aunque no alcanzo' aquel tiempo, y 
al ocuparse de lo que trabajo' Cristóbal Colón por ir á las 
Indias, entre noticias ciertas y equivocadas que apadrino' 
con poco discernimiento, dijo... que «se embarco en Lisbona 
y vino á Palos de Moguer, donde hablo' con Martin Alonso 
Pinzón, piloto muy diestro, y que se le ofreció'... y con fray 
Juan Pérez de Marchena, fraile francisco en la Rábida, 
cosmógrafo y humanista, á quien en puridad descubrió' su 
corazón, y el qual fraile lo esforzó' mucho en su demanda y 
empresa...» 

Sin consultar los antecedentes, que para todos eran 
generalmente desconocidos, hizo fortuna el nombre; y con- 
fundidos en una sola personalidad dos sujetos diferentes, el 
joven monje 3^ el respetable anciano, el astrólogo y el guar- 
dián de larga } T honrosa carrera , la reunio'n de los hechos 
practicados por uno y otro ha contribuido á que se presen- 
ten dudas, que desde luego desaparecen al verificar lo que á 
cada cual corresponde en su amistad é interés por el nave- 
gante. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO X 



155 



A fray Juan Pérez no le conoció, no pudo tratarle con 
intimidad Cristóbal Colón hasta su segundo arribo al 
monasterio de la Rábida: con harta claridad lo dice el físico 
Garci-Hernández , y fundados en este dato verdadero, dedu- 
cen varios críticos el equivocado supuesto de que antes no 
había llegado el marino al monasterio, ni pudo dejar allí á 
su niño, encomendado á los cuidados de un piadoso francis- 
cano que debiera entregarlo á sus tíos, vecinos de Palos o' de 
Huelva, y vigilar su educación. 

Lo primero es exacto; pero no lo es lo segundo, pues el 
mismo Colón habla repetidamente de fray Antonio de Mar- 
chara, con quien fueron sus primeras relaciones, sin mezclar 
para nada sus servicios con la ayuda que fray Juan Pére^ le 
prestara, y gestiones que hiciera en su favor; y sin salir de 
documentos oficiales, se puede conocer cumplidamente el 
carácter de la intervención que tuvo cada uno de aquellos 
religiosos. 

«Ya saben Vuestras Altezas, dice Colón en carta 
escrita á los Re} T es desde la isla Española, que anduve siete 
años en su co'rte importunándoles por esto; nunca, en todo 
este tiempo se hallo piloto, ni marinero, ni filo'sofo, ni de 
otra ciencia, que todos no dijesen que mi empresa era falsa; 
que nunca yo hallé ayuda de nadie, salvo de fray Antonio de 
Marchena, después de aquella de Dios eterno...» } r abajo dice 
otra vez: «que no hallo' persona que no lo tuviese á burla, 
salvo aquel padre fray Antonio de Marchena.)) Indudablemente 
aquí se refería el inmortal descubridor á sus primeras 
instancias y viajes, desde que llego' á España, y á las 
puertas del convento franciscano en 1484, exagerando algún 
tanto la incredulidad con que se escuchaban sus razones; 
hasta que cansado, abatido, sin fuerzas para luchar más, 
después de siete años de esperanzas desvanecidas, sin aliento 
para sufrir nuevas dilaciones, resolvió' pasar á Francia, y si 
allí no era brevemente aceptado su proyecto, trasladarse á 
Inglaterra. Natural es, por tanto, que refiriéndose á aquel 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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primer período citara únicamente á fray Antonio de Mar- 
chena, que era su mejor amigo, su modesto protector. La 
intervencio'n de fray Juan Pére^ no había comenzado todavía. 

Relacionado con las manifestaciones de Colón, hay un 
documento oficial, como antes decíamos, en que también se 
menciona señaladamente al P. Marchena. Es la carta que 
con fecha 5 de Septiembre de 1493 dirigieron el Rey y la 
Reina al Almirante de las islas é tierra firme del mar 
Occéano, dándole varias instrucciones, y encargándole lleve 
consigo un buen astrólogo; cuyo original se conserva en el 
archivo del señor duque de Veragua *, donde le dicen: 
«y platicando acá estas cosas, nos parece que seria bien 
llevasedes con vos un buen estrólogo, y nos parecia que seria 
bueno para esto fray Antonio de Marchena, porque es buen 
estro'logo, y siempre nos pareció' que se conformaba con 
vuestro parescer... y una carta vos enviamos nuestra 
para él...» 

Tenemos, pues, señalada por Colón y por los Reyes 
Cato'licos de una manera terminante la persona de fray 
Antonio de Marchena, la ciencia en que sobresalía, y su 
conformidad de siempre con las opiniones de Colón : persona 
tan cierta que los mismos Reyes le escribían directamente. 

La carta, que llego' con la de Colón, estaba concebida 
en estos términos: 

«El Rey é la Reyna. 

«Devoto religioso: porque confiamos de vuestra sciencia 
aprovechará mucho para las cosas que ocurriesen en este 
viaje, donde va don Xpoval Colon, nuestro Almirante 
de las yslas é tierra firme por nuestro mandado descubiertas 
é por descobrir en el mar océano, como se vos dirá é scri- 
virá, querríamos que por servicio de dios é nuestro fuesedes 
con él este viaje para estar allá por algunos dias ; é nos vos 



Navarrete. — Colección de viajes, tomo II, doc. núm. LXXI. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO X 



157 



rogamos 3^ encargamos que vos dispongáis para ello y vais 
con el dho. nuestro Almirante; que demás de servir en ello 
a Dios, nos Recibiremos de vos señalado servicio; y nos 
escrivimos al provincial y al custodio desa provincia, qual 
dellos se fallase ende, que vos den licencia para ello; bien 
creemos que lo faran; y esto poned en obra, en lo qual 
mucho servicio nos fareis. — De Barcelona á v de Setiembre 
de xciii años l . » 

Acompañaban también las cartas de los Reyes para los 
padres Provincial y Custodio, rogándoles y encargándoles 
diesen licencia al P. Marchena para emprender aquel viaje. 
Parécenos, pues, que en este punto no queda duda ni oscu- 
ridad. 

¿Puede conocerse de igual manera la personalidad de 
fray Juan Pérez? ¿Constan sus cargos y condiciones, su 
ciencia 3^ sus actos, y la parte que tomo en la corte en 
favor de las proposiciones de Cristóbal Colón? 

En las probanzas del fiscal del Rey se encuentra la 
declaración de Alonso Vélez Allid, de que ya hemos hecho 
mencio'n, el cual dijo haber visto á Colón que anduvo por 
Palos tratando de sus proyectos de descubrir, y poso' en el 
monasterio de la Rábida donde trataba con un fraile astró- 
logo que entonces estaba en el convento «é ansí mesmo con 
un fray Juan (guardián) que habia servido siendo moip á la 
Reina doña Isabel en oficio de contadores, el que sabida la 
negociación fué al Real de Granada donde estaban los Re3 T es 
Católicos...» 

El físico Garci-Hernández , después de referir la entre- 
vista con el Almirante en los términos que antes extracta- 
mos, añade: «é que de aquí elijieron luego un hombre para 
que llevase una carta á la Reina doña Isabel, que ha3 r a santa 



1 Archivo general de Indias. — Registro de Hernán d 1 Alvarez. — Patro- 
nato. Est. 1, caj. 1, 29. — Documentos inéditos de Indias, tomo XXX, pág. 60. 



158 



CRISTÓBAL COLÓN 




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gloria, del dicho fray Juan Pen\, que era su confesor...» Y ya 
se descubre claramente la diferencia entre los dos frailes, bien 
manifiesta en todas estas expresiones. Mas para que nada 
falte, para que tampoco echemos de menos un exacto 
recuerdo de lo que el mismo Colón refería de estos sucesos 
primeros de sus pretensiones en la corte, su hijo don Fer- 
nando dice: «Fué al convento de la Rábida con intención 
de tomar á su hijo don Diego, y llevarlo á Co'rdoba, prosi- 
guiendo su viaje; pero Dios dispuso que no tuviese efecto, 
inspirando á fray Juan Pere^, guardián del convento, á que 
tomase amistad con el Almirante. . . » 

Bien se comprende en estas palabras que la amistad de 
fray Juan Pére\ fué muy posterior á la primera ida de Colón 
á la Rábida; y para no aglomerar citas y autoridades que 
todas concurren á un mismo fin, y pueden verse en todos los 
biógrafos de Colón, nos limitaremos á recordar otro docu- 
mento auténtico en el cual figura fray Juan Pcre\ con so'lo su 
nombre, sin que se cite á Marchena. 

La real provisio'n para que los vecinos de la villa de 
Palos pusieran á las o'rdenes de Cristóbal Colón las dos 
carabelas armadas á su costa, con que habían sido conde- 
nados á servir por ciertas causas, fué leída y notificada por 
el escribano Francisco Fernández, en los términos siguientes: 

«En miércoles, veynte é tres de Mayo, año del naci- 
miento de nuestro Salvador Jesuchristo de mili é quatrocien- 
tos é noventa é dos años, estando en la Iglesia de sant Jorje 
desta villa de Palos, estando ende presentes fray Juan Pere^ 
é Christoval Colon; é ansí mesmo estando ende presentes 
Alvaro Alonso Cosió é Diego Rodríguez Prieto, alcaldes 
Mayores...» etc. 

No expresan todos los testigos las mismas circunstan- 
cias; mas como quiera que lo que unos manifiestan no 
contradice lo que otros aseguran, y antes bien se completan 
recíprocamente, dando mayor grado de certidumbre á sus 
declaraciones, aprendemos como cosa segura que fray Auto- 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO X 



159 



nió de Marchena conoció á Colón en el punto primero de su 
llegada á España; siempre se conformo con su parecer; pres- 
tándole ayuda cuando no se hallaba piloto, ni marinero, ni 
filo'sofo, ni de otra ciencia que lo creyese, y como buen 
astrólogo le tuvieron en memoria los Reyes , recomendándole 
para que fuera en el segundo viaje. — Fray Juan Per '¿^ fué, 
cuando mo%p, oficial de la casa real en oficio de contador; 
después se retiro' á la vida monástica, y dirigió por algún 
tiempo la conciencia de la reina doña Isabel, y siendo 
guardián del convento de la Rábida, conoció' á Colón 
cuando éste proyectaba pasar á Francia cansado del mal 
éxito de sus pretensiones en Castilla, y Dios dispuso que 
tomase amistad con él, y se decidiera á marchar personal- 
mente á la corte, á pesar de sus muchos años, para intere- 
sarse en que se concediera lo que el navegante pedía. 

Los actos de uno de los religiosos no tienen punto 
alguno de contacto con los del otro. Dos frailes favorecieron 
al genovés cuando todos se burlaban de sus planes, y de 
documentos que no pueden rechazarse, ni aun discutirse, se 
desprende el carácter de cada uno de ellos, y el diferente 
papel que cada cual representara. 

Siendo tan claras las palabras de Cristóbal Colón 
relativas á Marchena, no pudieron pasar inadvertidas á 
entendimiento tan sagaz como el de don Martín Fernández 
Navarrete; pero al señalar á los dos frailes, afirma que aquél 
se refería á fray Diego Deza, y á fray Juan Pére\ de Mar- 
chena *. 

Preciso es conocer las palabras mismas del Almirante, 
y recordar que van estampadas en la Relación del tercer viaje, 
dirigida á los Reyes Católicos, para comprender el grave 
error en que, por obcecacio'n sin duda, incurrió' el docto y 
juicioso Navarrete. — «Aqui mostraron SS. AA. el grande 
corazón que siempre fizieron en toda cosa grande; por que 



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1 Colección de viajes , tomo I, pág. 392 de la 2. a edición. 



1 6o 



CRISTÓBAL COLON 



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todos los que habían entendido en ello y oido esta plática, 
todos á una mano lo tenian á burla , salvo dos frailes que 
siempre fueron constantes.)) — 

Y preguntaremos: ¿Podría Cristóbal Colón llamar 
fraile, con ese término secó, y sin calificacio'n alguna, á 
fray Diego Deza, en el año 1498, ni aun mucho antes? 
Cuando aquél le conoció' en Co'rdoba era ya prior del con- 
vento de San Esteban de Salamanca, y preceptor del hijo de 
los Reyes. Fué luego preconizado obispo de Zamora, y de 
allí trasladado á la silla de Palencia; y en todas las cartas 
que se conservan de Colón, y son muchas, siempre le 
nombra el obispo de Palencia, o el señor obispo. 

Los dos frailes siempre constantes en su amistad fueron, 
á no dudar, fray Juan Pére\ y fray Antonio de Marchena; cada 
cual con diferente carácter y en muy diversa esfera de cono- 
cimientos, de relaciones y de actividad; el uno como astró- 
logo, el otro como confesor de la Reina Católica. 

«Las Casas sabía perfectamente, dice con extremada 
discrecio'n y juicio don Tomás Rodríguez Pinilla, quién era 
fray Juan Pére^; como quiera que dedica casi un capítulo de 
su obra á tratar del suceso de la Rábida, y de su guardián, 
y dice allí co'mo, cuándo y en qué aj^udo' á Colón; nosotros 
hasta nos inclinamos á creer que le conoció personalmente; 
no concurriendo ninguna de estas circunstancias en fray 
Antonio de Marchena. De forma que el historiador sabía lo 
mismo que el físico de Palos Garci-Hernández : que el 
guardián de la Rábida había sido confesor de la Reina; pero 
uno y otro le nombran siempre fray Juan Pcre^, nunca 
Marchena.» 








Cristóbal Colón, t. i. —21. 



1 62 



CRISTÓBAL COLON 



El recibimiento que tuvo Colón en el real de Santa Fe, 
era ya prenda cierta de su favorable despacho. Sus amigos 
y favorecedores habían trabajado por su causa abiertamente: 
la resolución de la Reina de hacer por la corona de Castilla 
los gastos de armamento, prescindiendo de Arago'n, se hizo 
pública muy pronto, y basto' para que se acallaran las 
murmuraciones de los adversarios, se declarasen los indife- 
rentes y se animaran los amigos cuyo número aumentaba 
con el ejemplo, la exhortacio'n é influencia del guardián de 
la Rábida. 

La marquesa de Moya favorecía paladinamente el pro- 
3 T ecto y hablaba de continuo á la Reina de las altas prendas 
que adornaban al marino genovés: Alonso de Quintanilla 
era constante adalid que, saltando por toda clase de respe- 
tos, decía que todo debía posponerse al descubrimiento de 
las Indias, pues todo era pequeño, cualquier empresa insig- 
nificante, ante la grandeza que de aquel éxito resultaría á la 
corona, invocando en su apoyo la respetada autoridad del 
gran cardenal de España: fray Juan Pérez, con su venerable 
presencia, era testigo muy de gran valía, pues á todos 
causaba respeto su carácter, y sabían que sin cuidarse de 
sus muchos años, había emprendido un penoso viaje para 
interponer su valimiento con la Reina, y por donde quiera 
se conocían ya las corrientes favorables al proyecto que 
aquella Señora se había decidido á proteger. 

Parte muy activa tomaron también dos personajes 
aragoneses de reconocida influencia: Gabriel Sánchez, teso- 
rero del rey don Fernando en su corona de Arago'n, que 
en 1492 asistió' como síndico de Zaragoza á la Junta de 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO XI 



163 



hermandad celebrada en Borja, y en 1502 era jurado por la 
capital y concurrió á la jura de la princesa doña Juana; y 
Luis de Santangel, escribano de ración, o sea notario de la 
contaduría de rentas de Aragón ; siendo de notar que á estos 
dos dirigió' Colón las primeras noticias del descubrimiento 
al regresar de su primer viaje. 

La llegada, por tanto, á la nueva poblacio'n de Santa 
Fe, era ya, al parecer, el término de aquella inacabable 
tarea, que con la constancia de la conviccio'n y la fe del 
verdadero creyente había sostenido Colón por espacio de 
siete años en España. Diez y ocho hacía que había consul- 
tado su atrevida teoría con el notable físico Paulo del Pozzo 
Toscanelli. y muchos más que en su mente había nacido 
aquel gran pensamiento : lo estudiaba en toda clase de 
libros, y buscaba su comprobacio'n en repetidos viajes y en 
cuantas noticias había podido adquirir; y después de tantas 
inútiles gestiones ; de tantos años perdidos , se acercaba á la 
realización de su esperanza, tocaba el ideal que había huido 
ante él por dilatado espacio de tiempo. 

El sitio de Granada continuaba con mayor ardor cada 
vez : presentían los sitiados su seguro vencimiento , y lucha- 
ban con el esfuerzo de la desesperacio'n ; redoblaban su vigi- 
lancia y sus precauciones los sitiadores para prevenir una 
sorpresa que pudiera cuando menos dilatar el triunfo apete- 
cido. Esperaban los musulmanes socorros de sus hermanos 
de África, 3 T devoraban con los ojos las señales que pudieran 
anunciarles aquellos refuerzos , que no llegaban : los cristia- 
nos veían engrosar su hueste cada día, y restauraban las 
fuerzas perdidas, con las mesnadas que de distantes provin- 
cias venían á acampar bajo los muros de la ciudad sitiada, 
con prelados, ricos-hombres y caballeros de alta nombradla 
que buscaban su parte de gloria en la empresa. No es posi- 
ble, sin leer en sus originales las cro'nicas de la guerra, 
formar idea exacta del movimiento, la confusio'n, animacio'n 
y trastorno que reinaban en el real de Santa Fe. 



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1 64 



CRISTÓBAL COLÓN 



Desde que Colón hubo llegado, el guardián de la 
Rábida, por una parte, y por otra, cada uno á su ocasio'n, 
sus buenos amigos, no dejaban de instar á la Reina para que 
lo recibiera y se concertaran las bases de tan grandioso 
proyecto. Uno de los más impacientes debió' ser sin duda 
el escribano de racio'n Luis de Santangel ; y mucho debió' de 
instar cuando la Reina le respondió'... «que también se veía 
importunada en la misma conformidad por Alfonso de Quin- 
tanilla, que con ella tenía autoridad; que aceptaba el con- 
sejo, con que se aguardase á que se alentase algo de los 
gastos de la guerra l .» 

Sin embargo, como á Colón se le había llamado bajo la 
fe de que doña Isabel estaba dispuesta á que se procediese 
á formal concierto, y por otra parte el padre fra.j Juan 
Pérez deseaba abandonar el campamento y tornar á su 
monasterio, no se descuido' el negocio, y en los momentos de 
tregua que pudieron aprovecharse, tuvo varias entrevistas 
con la Reina, en las que le confirmo' su resolucio'n, y le 
encargo' presentara con la mayor precisio'n sus peticiones, 
y las recompensas que deseaba obtener de la corona para 
emprender el viaje. 

En verdad las exigencias de Cristóbal Colón eran 
grandes. . No las calificaremos de monstruosas, ni aun 
siquiera de exageradas; pero á no dudar debieron parecer 
muchas en boca de aquel pobre extranjero que durante 
tantos años había acompañado á la corte, viviendo casi en la 
indigencia, con una capa raída y á la sombra protectora de 
algunos nobles que le auxiliaban, más por afecto y amistad, 
y por las condiciones de su carácter, que por ningún otro 
interés. 

Jamás, sin embargo, se puede comprender la elevacio'n 
dé miras, la dignidad y nobleza de sentimientos, la convic- 



» Historia general de los hechos de los castellanos, etc., por Antonio de 
Herrera.— Madrid, Imprenta Real, 1601. Déc. i. a , cap. VIII. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XI 



165 



cidn profunda de Cristóbal Colón, como en el acto de 
exponer á la Reina Cato'lica la remuneracio'n que había de 
otorgársele si cumplía sus ofrecimientos. Allí se dibujaron 
en toda su grandeza las altísimas condiciones de su inteli- 
gencia y la varonil energía de su espíritu superior ; allí apa- 
reció el sabio con la vista fija en el porvenir, olvidándose de 
su oscuridad presente, de sus trabajos y penalidades, 
midiendo con la mirada de águila del genio la inmensa 
magnitud de la empresa que Dios le llamaba á realizar. 
Aquel hombre oscuro todavía, desconocido y menospreciado, 
pactaba con los poderosos monarcas de Castilla, y pedía se 
le concediera estado, la dignidad de Almirante ma} 7 or de la 
mar occéana, Visorrey y Gobernador perpetuo de todas las 
islas y tierra firme que descubriese... acosas que á la 
verdad, dice con encantadora ingenuidad el P. Las Casas, 
entonces se juzgaban por muy grandes y soberanas, como lo 
eran, y hoy por tales se estimarían.)) 

No parecieron, á pesar de todo, excesivas estas preten- 
siones á la magnánima Isabel. Ella creía en el genio de 
Colón; participaba de su fe y de su entusiasmo y esperaba 
en el resultado del descubrimiento la ma} T or gloria de la 
religio'n cristiana y la grandeza de su reinado. 

Escucho á Colón, le recibió con beneA^olencia en repeti- 
das ocasiones, y se mostró propicia á acceder á sus deseos. 
Pero el concederlos era asunto más arduo, y requería la 
intcr vencio'n del Consejo, y estudio muy prolijo y detenido. 

El rey don Fernando, y con él el Prior de Prado y los 
que siempre habían mirado con prevención el proyecto de 
navegacio'n al Occidente, estimaron desmedidas tales preten- 
siones; mas como la Reina había demostrado ya con sus 
palabras y con sus actos que patrocinaba la empresa, se 
limitaron á separarse de todo lo que á ella se refería, tra- 
tando á Colón de orgulloso, altivo } r exagerado en sus 
demandas; pues decían, según asegura don Fernando Colón 
en el cap. XII de su Historia, que no se le podían conceder, 



1 66 



CRISTÓBAL COLÓN 



sí salía con su empresa , porque era darle demasiado ; y caso 
de no tener éxito sería obrar muy de ligero conferirle 
títulos y honores que resultarían imaginarios. 

Satisfecho Colón por la seguridad obtenida de que la 
Reina tomaría á su cargo la empresa, y accediendo á los 
ruegos de sus amigos de que esperase á que con la toma de 
Granada, que se miraba como muy cercana, se pudieran 
hacer los conciertos con mayor tranquilidad, permaneció' en 
el campamento, y tomo parte en los combates que tuvieron 
lugar hasta la rendicio'n de la ciudad, dando muestras del 
valor ínclito que acompañaba su prudencia y altos deseos. 

El día 2 de Enero de 1492 vio' poner las banderas 
reales de Castilla y Arago'n en las torres de la Alham- 
bra, que es la fortaleza de la ciudad, y vio salir al rey 
moro por las puertas y besar las manos de los Reyes y del 
Príncipe; y en aquel mismo mes se reanudaron las negocia- 
ciones. 

Pero no habían perdido tiempo los enemigos de Colóx 
y de su proyecto. En las primeras conferencias manifesta- 
ron al descubridor la necesidad de que modificara sus pre- 
tensiones; pues era mucho lo que pedía, y de tanta estima- 
cio'n que no era posible se desprendiera la corona de títulos 
y prerrogativas de tan grande importancia y á perpetuidad. 

Verdaderamente, si en esta ocasio'n se hubiera tratado 
con amplitud, con buen deseo, de aquellos puntos importan- 
tísimos, muchos disgustos se hubiera evitado el inmortal 
navegante, y no hubiera hecho el fiscal del Rey el papel 
desairado, triste y parcial que ante la historia ofrece en el 
pleito que siguió' con el hijo del Almirante. 

Pero éste, no sabemos si indignado por aquel nuevo 
entorpecimiento, o' llevado del consejo de sus amigos, resis- 
tió' con firmeza todas las tentativas; con gran constancia y 
ánimo generoso persevero' en lo que una vez había pedido, 
por lo cual «vino en total despedimiento, mandando los 
Reyes que le dijesen que se fuese en hora buena.» 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO XI 



167 



No se lo hizo repetir Colón; pues tomando su muía 
salid de Granada en dirección á Córdoba, decidido á presen- 
tarse al rey de Francia. 



II 



Viendo partir al genovés total y completamente despe- 
dido, quedaron sus amigos con tan excesiva pena y tristeza, 
como si vieran claramente que la monarquía española perdía 
su mayor gloria y sus más grandes y preciados timbres; y á 
tanto llego' su ardor, que atropellando por todo, confiando 
en Dios, y seguros de la privanza y estima que la Reina les 
concedía, porque era sabedora de su fidelidad, la marquesa 
de Moya y Luis de Santangel, movidos por igual impulso, 
sin ponerse de acuerdo, se presentaron á doña Isabel para 
hacerle ver lo injusto de aquella repulsa, el desaire hecho á 
Colón y las fatales consecuencias que había de traer aquella 
tan inconsiderada determinación. 

«Doña Beatriz, hallando á la Reina confusa 3^ dudosa 
por las muchas dificultades que se ofrecían para admitirla, 
fué quien más la alentó y persuadid que favoreciese á Cris- 
tóbal Colón, para que debajo de sus auspicios acometiera 
tan memorable y dificultosa empresa K» 

Conmovida la Reina por la franca y leal manifestación 
de su constante amiga; combatida de contrarios afectos al 
ver la tristeza de aquella mujer superior, de ánimo esforzado 
y varonil, luchaba entre los impulsos de su corazón y lo 
que como soberana debía á otras consideraciones de verda- 
dera gravedad, cuando por la urgencia y prisa que el 



1 Pinel y Monroy. — Retrato del bue?i Vasallo, copiado de las vidas y 
hechos de don Andrés de Cabrera, primer marqués de Moya. — Madrid 1677. 



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1 68 



CRISTÓBAL COLÓN 



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asunto demandaba se presento en la estancia Luis de San- 
tangel, con el dolor pintado en su rostro. 

Puso elocuencia en sus frases el deseo ; la angustia 
le dio' audacia , y en palabras inspiradas por el amor 
patrio, rogo' á la Reina que no abandonara una empresa 
tan alta y de la que tanta prosperidad podía venir á sus 
reinos. 

Con fuego y mucha energía expuso su opinio'n, pidiendo 
á S. A. le dispensara su audacia, en gracia de la intencio'n, y 
por la confianza que siempre le había dispensado ; pinto la 
gloria que del descubrimiento habría de seguirse para servi- 
cio de Dios, utilidad de su Iglesia 3^ gran aumento del Estado, 
}- los males y daños que podrían sobrevenir si otro Rey acep- 
taba 3^ salía prospero de lo que aquí se miraba como 
imposible. Mas donde hizo mayor instancia fué en aquel 
punto donde los enemigos de Colón habían logrado fijar 
la atención de los Re3 r es para que le despidieran. «Y de lo 
que algunos alegan, dijo, que no saliendo el negocio como 
deseamos y este Colón profiere, seria quedar vuestras 
Altezas con alguna nota de mal miramiento por haber 
emprendido cosa tan incierta, yo soy de muy contrario 
parecer. Porque por mas cierto tengo que aquesta obra 
añadirá muchos quilates sobre la loa y fama que Vuestras 
Altezas de magnificentísimos y animosos príncipes tienen, 
que procuran saber con gastos suyos las secretas grandezas 
que contiene el mundo dentro de sí; pues no serán los 
primeros Re3 r es que semejantes hazañas acometieron, como 
fué Ptolomeo, Alexandre y otros grandes y poderosos 
Re3 7 es; y dado que del todo lo que pretendian no consi- 
guieron, no por eso falto desa grandeza de ánimo 3^ menos- 
precio de los gastos serles por todo el mundo atribuido. 
Cuando mas, Sra, que todo lo que al presente pide no es 
sino solo un cuento, y que se diga que vuestra Alteza lo 
deja por no dar tan poca cuantía, verdaderamente sonaría 
mu3^ feo, 3^ en ninguna manera conviene que vuestra Alteza 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO XI 



169 



abra la mano de tan grande empresa aunque fuese muy mas 
incierta.» 

Conmovieron á la Reina Católica las apasionadas 
razones de sus fieles servidores, se enardeció su celo, y agra- 
deciéndoles su interés y el parecer que le daban, dijo que 
tenía por bien seguirlo. Y aunque en su extremada pru- 
dencia le parecía que se difiriese un poco más la ejecución, 
porque verdaderamente hasta entonces los gastos habían 
sido muchos, y era conveniente esperar un plazo de rmvyor 
quietud para reponer la hacienda, exaltada por uno de 
aquellos movimientos nobles y elevados de su corazón gene- 
roso, vario' el concepto, y pronuncio aquellas frases que el 
obispo Las Casas transmite textualmente, que deberían 
estar grabadas en bronce, y justifican el alto aprecio en que 
á tan sublime matrona tiene la posteridad: 

Pero si todavía os parece, Sant ángel, dijo la Reina, que ese 
hombre ya no podrá sufrir tanta tardanza, yo temé por bien 
que sobre joyas de mi recamara se busquen prestados los dineros 
que para hacer el armado pide, y vayase luego á entender en 
ello. 

Hinco Santangel las rodillas y beso las manos de la 
Reina por la gran merced que le hacía al aceptar su parecer, 
tomando á su cargo negociacio'n que en concepto de muchos 
era tan dudosa y difícil, después de las contradicciones que 
había sufrido, y le dijo: 

Señora serenísima, no hay necesidad de que para esto se 
empeñen las joyas de vuestra Altera; muy pequeño será el servicio 
que yo haré á vuestra Altera y al Rey mi Señor, prestando el 
cuento de mi casa; sino que vuestra Altera mande enviar por 
Colón, el cual creo es ya partido. 

Este es el episodio de las joyas; uno de los rasgos que 
pintan en toda su elevación el gran carácter de doña 
Isabel I y demuestra la firmeza de sus resoluciones; uno de 
los momentos más conmovedores de todos los que prece- 
dieron al maravilloso descubrimiento de las Indias, y el más 

Cristóbal Colón, t. i. — 22. 






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CRISTÓBAL COLON 



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característico, el que mejor retrata el estado de la corte al 
terminar la guerra de Granada. 

Y sin embargo, la crítica se ha empeñado en negar 
el hecho, y alterándolo algún tanto, se buscan motivos para 
formular argumentos en contra de narracio'n tan sen- 
cilla. 

El autor de la Biblioteca Americana vetustísima - 1 , en 
su empeño de aclarar lo que muchas veces no lo necesita y 
movido por su constante preocupación de encontrar interca- 
laciones y adiciones en el libro de Historia publicado por 
Alfonso de Ulloa, dice que es necesario remontarse hasta aquel 
libro para mostrar el origen de ese cuento. 

Y cuento es, efectivamente, lo que el citado autor 
escribe para después contradecirlo. Oigámosle: «Santangel 
insistía. Vencida por sus instancias la piadosa Reina, tomó 
sus diamantes, sus alhajas, y ofreció' darlas en prenda para 
obtener las cantidades necesarias. Nosotros, sin embargo, no 
vemos que el producto de ese préstamo sirviera para equipar 
las carabelas de la expedicio'n de Colón.» Y á renglo'n 
seguido hace gala de su erudicio'n, exponiendo dudas de 
que en el año 1492 estuviera la Reina Cato'lica en posesión 
de sus joyas, pues las había pignorado muchos años antes 
para los gastos de la guerra contra los moros, y los usureros 
valencianos tomaron una parte de ellas, que quizá todavía 
se conserven custodiadas con gran sigilo en la ciudad del 
Cid, según ha dicho en otras ocasiones, aunque todavía 
no ha podido encontrar comprobantes que justifiquen estos 
extremos. 

Lo único que se apoya en un documento auténtico, 
citado por un docto escritor castellano, es que excediendo 



• Mr. Henry Harrisse. — Don Fernando Colón. — Ensayo crítico. — Sevilla, 
Tarascó, 187 1, pág. 208. — Ferdinand Colomb , sa vie ses ozuvres. — París, Tross, 
1872, pág. 128. — Christophe Colomb, son origine , etc. — París, Leroux, 1884, 
tomo I, pág. 391. 



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LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XI 



171 



los gastos de la guerra al importe de las recaudaciones de 
las rentas, «envió' la Reina sus joyas á las ciudades de 
Valencia y Barcelona en garantía de un empréstito, hacién- 
dolo la primera de 60,000 florines sobre la corona y un 
collar de balajes y perlas, el año 1489 r .» 

Bien se deja comprender que no estaban empeñadas 
todas las alhajas de la corona, sino una pequeñísima parte; 
y no es necesario que naciera de una imaginacio'n italiana 
el cuento de las joyas, como aseguran tan severos críticos. 

El noble rasgo de la Reina Católica, sus palabras 
espontáneas y sencillamente pronunciadas para facilitar la 
realización del viaje, las copia el obispo de Chiapa en térmi- 
nos tales que no es posible dudar de su autenticidad. El 
suceso es verdadero; pero solamente como lo refiere Las 
Casas, y no como quieren adornarlo los críticos. Doña 
Isabel no tomó sus diamantes y sus alhajas dándolas á Santan- 
gel para que las pignorase ; esto hubiera sido ridículo sobre 
imposible. Manifestó su decisio'n de patrocinar la empresa y 
proporcionar cuanto fuere necesario para llevarla á cabo, 
demostrando la firmeza de su resolución, y el deseo que la 
animaba de que no se tropezaran nuevos obstáculos, con el 
ofrecimiento de que sobre sus alhajas se tomara la cantidad 
que Colón había pedido. 

« Yo temé por bien que sobre joyas de mi cámara se busquen 
prestados los dineros...)) Esto dijo la Reina; sin que fuera 
preciso que estuvieran allí, ni las tomara para entregár- 
selas á Santangel á fin de que se hiciera el empréstito. 

Aquel movimiento generoso retrata el instante en que 
se decidid por Castilla, por España, tomar á su cargo el 
proyecto del genovés inmortal; debe recogerlo y repetirlo 
en sus páginas la historia, y así se ha transmitido á las 
generaciones, como escrito y atestiguado por un historiador 



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1 Las joyas de Isabel la Católica, las naves de Cortés y el salto de Alva- 
rado, por don Cesáreo Fernández Duro. — Madrid, 1882, pág. 22. 



172 



CRISTÓBAL COLÓN 




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muy digno de crédito y bien informado, que conoció' y trato' 
á cuantas personas intervinieron en la conferencia , sin nece- 
sidad de que lo fingiera ninguna imaginacio'n italiana. La 
verdad es siempre más conmovedora que toda clase de 
ficciones. 




174 



CRISTÓBAL COLON 





Resuelta de tan fácil manera la de proporcionar fondos 
para el armamento de la expedición, mando inmediatamente 
la Reina que un alguacil de la corte saliera en posta tras de 
Cristóbal Colón, y de su parte le dijese como le mandaba 
tornar, y lo trújese. A dos leguas de la ciudad le alcanzo' el 
mensajero, cerca de la puente que llamaban de Pinos, céle- 
bre por muchos pasos caballerescos y combates habidos en la 
pasada guerra entre moros y cristianos; y aunque causo' 
grandísima sorpresa á Colón aquel repentino cambio, y no 
menor alegría, todavía dudo' unos instantes, no pudiendo 
dar crédito á lo que el alguacil le manifestaba, hasta que, 
recobrado su espíritu, volvió las riendas y se encamino á 
Granada. 

Al llegar á Santa Fe obtuvo Colón inmediatamente 
audiencia de la Reina, dice Washington Irving, y la benigni- 
dad con que fué recibido compenso' todos los desaires pasados. 

Sus verdaderos amigos se ocuparon en allanar todas las 
dificultades, y de acuerdo con el rey don Fernando, se dio' 
orden al secretario Juan de Coloma para que extendiera, con 
la separacio'n conveniente, las peticiones de Colón y las 
presentara en la forma acostumbrada á la aprobacio'n de los 
Reyes. 

La capitulacio'n firmada en Santa Fe á 17 de Abril 
de 1492, copiada por don Martín Fernández Navarrete del 
traslado auténtico que existe en el archivo de la casa de 
Veragua, dice así: 

«Las cosas suplicadas é que Vuestras Altezas dan y 
otorgan á Don Cristoval Colon, en alguna satisfacción de lo 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



175 



que ha de descubrir en las mares Occeanas, y del viaje que 
agora, con el ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en 
servicio de Vuestras Altezas , son las que siguen : 

«Primeramente que Vuestras Altezas, como Señores 
que son de las dichas mares occeanas, fagan desde agora al 
dicho Don Cristoval Colon su Almirante en todas aquellas 
islas y tierras firmes que por su mano o' industria se descu- 
bran o' ganaren en las dichas mares Océanas, para durante 
su vida é, después del muerto, á sus herederos o sucesores 
de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preemi- 
nencias y prerogativas pertenecientes al tal oficio, según 
que Don Alfonso Enriquez, vuestro Almirante mayor de 
Castilla, y los otros predecesores en el dicho oficio lo 
tenian en sus districtos. — Pla^e á sus Alteras. — Juan de 
Coloma. 

«Otrosí, que vuestras Altezas hacen al dicho Don Cris- 
toval Colon su Viso-rey y Gobernador general en las dichas 
islas y tierras firmes, que como dicho es, el descubriere o' 
ganare en las dichas mares, y que para el rejimiento de 
cada una y cualquiera dellas haga elección de tres personas 
para cada oficio, y que vuestras Altezas tomen y escojan 
uno, el que mas fuere en su servicio, y así serán mejor 
regidas las tierras que nuestro Señor le dejare hallar é ganar 
á servicio de vuestras Altezas. — Pla^e á Sus Alteras, — Juan 
de Coloma. 

«ítem, que todas y cualesquiera mercaderías, siquier 
sean perlas preciosas , oro d plata , especería y otras cuales- 
quier cosas y mercaderias de cualquier especie, nombre y 
manera que sean que se compraren, trocaren, fallaren, 
ganaren é hobieren dentro de los límites del dicho Almiran- 
tazgo, que desde agora Vuestras Altezas hacen merced al 
dicho Cristoval, y quieren que ha}^a y lleve para sí la 
décima parte de todo ello, quitadas las costas que se hicieren 
en ello ; por manera que de lo que quedare limpio y libre 
haga y tome la décima parte para si mismo y haga dello su 



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176 



CRISTÓBAL COLÓN 



voluntad, quedando las otras nueve partes para Vuestras 
Altezas. — Pla^e á Sus Alteras. — Juan de Coloma. 

» Otrosí, que si á causa de las mercaderías que él traerá 
de las dichas islas y tierras , que así como dicho es se gana- 
ren y descubrieren, o' de las que en trueque de aquellas se 
tomaren acá de otros mercaderes , naciere pleito alguno en el 
lugar donde el dicho comercio y trato se terna y fará, que 
si por la preeminencia de su oficio de Almirante le pertenece 
cognoscer del tal pleito, plega á Vuestras Altezas que él o' su 
Teniente , y no otro juez conozca del pleito y ansí lo provean 
desde agora. — Plaje á Sus Alteras. — Juan de Coloma. 

»Item, que en todos los navios que se armaren para el 
dicho tracto y negociación cada y cuando y cuantas veces se 
armaren, que pueda el dicho D. Cristoval, si quiere, con- 
tribuir y gastar la octava parte de todo lo que se gastare en 
el armazón, é que también haya é Heve el provecho de la 
ochava parte de lo que resultare de la tal armada. — Pla^e á 
Sus Alteras. — Juan de Coloma. 

»Son otorgados é despachados, con las respuestas de 
Vuestras Altezas en fin de cada un capitulo, en la Villa de 
Santa Fe de la Vega de Granada, á 17 de Abril del año del 
nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1492 años. — 
Yo la Reina. — Por mandato del Rey é de la Reina, Juan de 
Coloma. — Registrada. — Calcena. » 



Muy á contento y satisfaccio'n de todos se terminaron 
estas importantísimas capitulaciones. Era un tratado cuyo 
alcance y extensio'n no era dado medir á ninguno de los que 
en él intervinieron; pero que siendo, como lo era, inseguro 
en sus fundamentos, había de ofrecer para todos resultados 
de gran trascendencia, dando motivo á singulares alegrías y 
á multiplicadas satisfacciones, siquiera llevara también el 
germen y principio de disgustos innumerables. 

La piedad de la reina doña Isabel, su fe religiosa 
encontraban infinito consuelo en la esperanza de ver redu- 



LIBRO PRIMERO.— CAPITULO XII 



177 



ciclos al conocimiento del verdadero Dios, numerosos pueblos 
bárbaros, idolatras y feroces, de cuya existencia no se tenía 
ni aun noticia cierta. El re} r don Fernando daba de nuevo 
entrada en su mente á la idea de oscurecer con un gran 
descubrimiento todos los descubrimientos de la nación por- 
tuguesa, y ganar por medio de un viaje atrevido, y que 
reputaban aquéllos imposible, el monopolio del comercio 
con la India, tra}^endo á España directamente las especias, 
las piedras preciosas , los perfumes , las sederías y todos los 
maravillosos productos de aquellas tierras del Gran Kan, 
cuyas ciudades fantásticas pintaba con tan exageradas tintas 
Marco Polo. Cristóbal Colón veía llegar el día de realizar 
sus deseos: su esperanza convertida en realidad; tocaba el 
fin de sus afanes; iba á disponer de buques que siguieran 
sus o'rdenes, lograba títulos que le harían respetar en todas 
partes, y contaba con la protección de los poderosos monarcas 
de Castilla y Aragón en cuyo nombre emprendía el viaje. 

El gozo de los amigos de Colón no es necesario pin- 
tarlo. Esperaban de su genio un gran suceso; soñaban con la 
grandeza y prosperidad de su patria. ¡Cuan lejanos estaban 
de imaginar siquiera la importancia de aquel viaje que por 
sus esfuerzos se realizaba! 

Establecida la corte en Granada, en aquel fantástico 
palacio y fortaleza que pocos meses antes ocupaban los 
moros, pidió Colón se le diesen los privilegios de las 
gracias que los Reyes le habían acordado en la Capitulación, 
y de los títulos que podría usar cuando hubiese descubierto 
y ganado algunas islas o' tierra firme; y en 30 del mismo 
mes de Abril se le expidieron, «de todo lo cual, dice 
el P. Las Casas, y para que se intitulase y llamase Almi- 
rante, Viso-Rey é Gobernador, se le dio un muy cumplido 
Privilegio Real escrito en pergamino, firmado del Rey é de 
la Reina, con su sello de plomo pendiente de cuerdas de 
seda de colores, con todas la fuerzas é firmezas y favores 
que por aquellos tiempos se usaban.» 

Cristóbal Colón, t. i. — 23. 



1 7 8 



CRISTÓBAL COLÓN 





En el mismo día se le dio también la real provisio'n 
para que los vecinos de la villa de Palos facilitarán á Colón 
las dos carabelas con que habían sido condenados por el 
Consejo á servir doce meses á su costa, por algunas cosas 
fechas é cometidas en deservicio de los Reyes. 

Y con estas y las demás cédulas, provisiones y cartas 
que se creyeron necesarias, se despidió' Colón de SS. AA. y 
de sus amigos y favorecedores, y se puso en camino para 
la villa de Palos, donde había de prepararse la expedi- 



ción. 



II 



El miércoles 23 de Mayo de 1492, en la iglesia de San 
Jorge de la villa de Palos, y por ante Notario, se notifico' á 
los Alcaldes y autoridades la real provisio'n, en que se les 
mandaba entregar al Almirante las dos carabelas con que 
habían sido condenados á servir á su costa por tiempo de 
doce meses. Manifestaron desde luego su acatamiento y 
obediencia á las o'rdenes de los Reyes, porque muy bien 
sabían que de no hacerlo, éstos harían respetar su autoridad, 
como siempre, con el mayor rigor; pero después de aquella 
conformidad legal y pública, digámoslo así, comenzó' la 
resistencia pasiva, las dificultades y entorpecimientos, hasta 
punto tal, que sin la voluntad de Dios y la constancia del 
Almirante se hubiera malogrado la empresa, y no hubiera 
podido armarse la expedicio'n, á pesar de la decidida orden 
de los Soberanos. 

Examino' Cristóbal Colón todas las naves surtas en el 
puerto de Palos , que á la sazo'n parece debían ser nume- 
rosas; mas como quiera que los dueños no se prestaban á 
fletarlas por cantidad alguna, señalo' las que le parecieron 



LIBRO PRIMERO. — CAPÍTULO XII 



179 



más á proposito para aquella navegación, y causo en ellas m* ; 
embargo formal por medio del escribano Alonso Pardo. 

Pero aunque los buques estaban á sus ordenes, no se 
encontró' con gente para tripularlos. Ni halagos, ni ofreci- 
mientos, ni el dinero, ni las amenazas fueron bastantes á 
decidir á los hombres de mar para que se pusieran á las 
o'rdenes de aquel extranjero cuyos planes nadie conocía. 

Preciso es trasladarse con la imaginación á aquella 
época, desprendiéndonos de todo lo que hoy vemos á nuestro 
alrededor, para comprender cuan justificada era la resisten- 
cia. Nadie ignoraba que el destino de los barcos embargados 
era desconocido. Se trataba de emprender un viaje por 
aquel mar tenebroso que nunca habían surcado las naves, y 
á cuyo límite existía un abismo, según la más común creen- 
cia. El intento había sido juzgado imposible por las personas 
más peritas del reino lusitano, y en la corte, misma de 
Co'rdoba cosmógrafos y marineros lo calificaban de absurdo, 
descabellado é impracticable. Corrían estas noticias de boca 
en boca, aumentadas de mil maneras por la imaginacio'n del 
pueblo; eran pábulo constante á la curiosidad los actos de 
resistencia que por todas partes se comentaban con aplauso; 
se repetían los nombres de los marinos que habían desertado 
de las carabelas embargadas, y de los que no admitían los 
ofrecimientos del genovés y rechazaban las grandes sumas 
que se les ofrecían porque se embarcasen; y los temores 
crecían, se exageraban los peligros, se desacreditaba la 
empresa, se hacía burla del extranjero huésped en el con- 
vento de la Rábida, y se iba creando una atmo'sfera de 
miedo y de resistencia al viaje, que á cada momento doblaba 
sus fuerzas y era más difícil de dominar. 

Vista la inutilidad de sus esfuerzos, parece hubo de 
acudir Colón á los Reyes para que arbitrasen medios que 
hicieran desaparecer aquellos obstáculos. Vanamente, dice el 
ilustrado marino Fernández Duro, procuraban los alcaldes 
por su parte, y por la suya el contino de los Reyes Juan de 






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1 8o 



CRISTÓBAL COLON 




Peñalosa, estimular, apremiar y compeler á los pilotos y 
marineros á embarcar en los navios abandonados , desde que 
el embargo se puso. El envío del corregidor especial Juan 
de Cepeda; el apresto de la fortaleza de Palos para hacer uso 
de la artillería y llevar al extremo la imposicio'n; las cartas y 
sobrecartas que prueban el interés y empeño de los Reyes en 
el apresto de la armada l ; ningún otro resultado alcanzaron, 
apelando los mareantes á cualquier recurso, incluso el de 
ausentarse de la localidad, porque no era cosa de ir en busca 
de tierra no oída ni sabida. 

Añade don Martín Fernández Navarrete que si esto 
manifiesta que la repugnancia de los de Palos excito' el 
cuidado y atencio'n de los Reyes, deja conocer también la 
desconfianza que les infundía un aventurero extraño, en 
cuyas manos no querían poner sus vidas y haciendas, como 
lo denotan muchas de las declaraciones de los mismos que 
fueron luego al viaje. 

Los Reyes Católicos tomaron con gran empeño el 
armamento de la expedicio'n, autorizando al Almirante para 
que entre los presos en la cárcel de Palos escogiera los que 
quisieran acompañarle , y mandando suspender las causas que 
se siguieran á los que se embarcasen. Si con estos elemen- 
tos se hubiese formado el equipaje de las carabelas, razo'n 
hubieran tenido los vecinos de Palos en decir, como lo 
expreso el escribano Alonso de Pardo, que tenían á Colón 
por muerto desde el momento en que se embarcase en las 
naos. Pero las pruebas habían de ser de todas clases, y la 
constancia y energía del Almirante debía demostrarse en 
todos los terrenos. Después de haber luchado con las preocu- 
paciones científicas, con las intrigas cortesanas, con la igno- 
rancia y el orgullo; tras de haber sufrido las burlas de los 
que le juzgaban loco y visionario, la indigencia á veces, y á 



1 Navarrete. — Colección de viajes y descubrimientos , tomo III, documen- 
tos núms. VIII y IX.- — Suplemento. 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



181 



veces el desprecio: habiendo manifestado su valor en la 
guerra y su perseverancia opuesta á todo linaje de dila- 
ciones , restábale luchar con los terrores del pueblo , con la 
desconfianza natural que sus proyectos despertaban, y vencer 
la resistencia pasiva, obstinada, tenaz que el miedo de la 
muchedumbre le oponía. 

Las reuniones en los claustros de la Rábida tenían 
constantemente por objeto las dificultades que se tocaban y 
la mejor manera de vencerlas. Fray Juan Pérez, Colón y 
Marchena discurrían largamente, asesorados por el físico 
Garci-Hernández, 3^ por algunos otros intrépidos marinos de 
la villa de Palos, de Moguer o' de Huelva que ya manifes- 
taban deseos de que se realizara la expedición. Pero todos 
aspiraban á que la dotacio'n de las carabelas se compusiera 
de hombres prácticos, de marineros experimentados, cuyo 
valor y dotes fueran alguna garantía en el difícil viaje que 
iban á emprender. Porque á ninguno podía ocultarse, ni 
el mismo Colón trataba de disimularlo, que la navegación 
era arriesgada y podía ofrecer peligros, tanto más graves 
cuanto eran desconocidos , y para afrontarlos y vencerlos se 
necesitaban hombres probados y excepcionales. 

En tan apremiantes circunstancias, haciendo diligencias 
para conseguir una tercera embarcacio'n que hiciera com- 
pañía á las dos embargadas, y fuera en condiciones mari- 
neras superior á aquéllas, hubieron de fijar su atencio'n en la 
carabela nombrada Santa María, 6 Marigalante, cuyo dueño 
era un piloto vizcaíno, joven, con reputacio'n de valiente y 
entendido, que tenía por nombre Juan de la Cosa. Espíritu 
aventurero, con ánimo varonil, esforzado y ansioso de gloria, 
no escucho' mal las proposiciones que se le dirigieron, y aun 
concurrió' alguna vez á la Rábida para tratar del asunto; 
pero vacilaba, ante los temores de la tripulacio'n de su 
buque, cuando á fray Juan Pérez le ocurrió la idea feliz de 
hablar á otros marinos más antiguos y experimentados que 
el piloto de Santoña, cuya aceptacio'n, caso de conseguirla, 



182 



CRISTÓBAL COLÓN 



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había de dar nueva faz al proyectado viaje, por el gran 
concepto que en la villa de Palos disfrutaban. 



III 



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Eran tres hermanos llamados Martín Alonso Pinzo'n, 
Vicente Yáñez y Francisco Martín Pinzo'n , miembros de una 
familia muy considerada en la comarca por su honradez y 
arraigo, y por la intrepidez con que siempre se habían dedi- 
cado á expediciones comerciales con los buques que poseían. 
Al mayor de ellos, á Martín Alonso, que era el principal, el 
más rico y respetado, se dirigió' el venerable guardián, y 
estimulando su ardor patrio y su carácter atrevido, hala- 
gando su codicia por una parte y su deseo de gloria y de 
nobleza por otra, le puso en relacio'n con Cristóbal Colón 
y con el astro'logo P. Marchena, y á pocas conferen- 
cias, apasionado del proyecto, convencido por la elocuencia 
del Almirante y con los ofrecimientos que éste le hizo 
de darle gran participacio'n en los beneficios que en los 
despachos reales se le concedían, se resolvió' á emprender el 
viaje. 

Una vez decidido Martín Alonso, hizo entrar en la 
expedicio'n á sus hermanos, facilito' dinero á Colón para el 
aprovisionamiento de los barcos, pues acopiaba víveres para 
un año, y no bastaba para todo el cuento de maravedís 
anticipado por Santangel, y consagro' su actividad á las 
atenciones que requerían los aprestos del viaje. Por su con- 
sejo se despidieron las carabelas embargadas, sustituyén- 
dolas con ventaja otras dos que eran propiedad de los 
Pinzones, y de algunos compañeros o socios de los mismos, 
y se contrato' definitivamente la otra de Juan de la Cosa, que 
era mucho más co'moda y propia, y cuya gente, animada 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



183 



por su capitán y con el ejemplo de los Pinzones, depuso sus 
temores y se animo' á la empresa. 

Pero todavía fué más eficaz su concurso, y más decisiva 
su influencia en enganchar marineros para la dotación de 
las embarcaciones. Testigos presenciales declararon haberle 
visto andar por las calles de la villa animando á los tímidos, 
decidiendo á los indiferentes, y uniendo al ejemplo la pala- 
bra, decirles á todos: — Amigos, andad acá: idos con nosotros 
esta jornada: que andáis acá misereando; haced esta jomada que 
según fama habernos de fallar las casas con tejas de oro é todos 
verneis ricos é de buena ventura. 

De esta manera se armo' la expedicio'n y se encontraron 
todas las cosas necesarias para el viaje. La Providencia puso 
en el camino de Colón á Martín Alonso, sin cuyo concurso 
no es posible imaginar lo que hubiera sido de la arriesgada 
empresa. El fué el brazo en aquellos momentos; Cristóbal 
Colón era la cabeza. La actividad de Pinzo'n, su pericia, la 
grande influencia que ejercía, el prestigio de su nombre en 
la comarca, fueron gran parte á que desaparecieran todos 
los inconvenientes que rodeaban la realizacio'n del proyecto. 

Y nos complace el creer que en aquellos instantes se 
despertó' el verdadero afecto en los corazones de aquellos 
hombres superiores; la amistad fué sincera, noble, llena de 
gratitud por parte de Colón; leal, decidida, confiada por 
parte de Martín Alonso Pinzo'n. Este ponía á disposicio'n 
del Almirante con noble desinterés, su fortuna, su nombre, 
y hasta su propia vida ; aquél se sentía poseído de profundo 
agradecimiento, y abrigaba la idea de recompensar sus 
sacrificios, dividiendo entre ambos los beneficios que se obtu- 
vieran , y su abnegacio'n haciendo que los Reyes Cato'licos le 
concedieran honores que recordaran tantos servicios. Sin 
contrato expreso, pero por la fuerza de los sucesos, Colón 
quedo' como jefe de la expedicio'n, con título despachado por 
la corona , y llevando su representación : Martín Alonso fué 
su lugarteniente, su auxiliar, el hombre de mayor confianza 



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184 



CRISTÓBAL COLÓN 



y autoridad después de la del Almirante. Éste había conce- 
bido el extraordinario proyecto y había trabajado con fe 
viva y perseverancia sin igual para que los Reyes lo acep- 
taran: aquél había facilitado la ejecución, difícil o' imposible 
sin su concurso, por los medios de que él solamente podía 
disponer. Ambos al lanzarse al mar arriesgaban su presente 
y su porvenir, sus ensueños de gloria y sus esperanzas de 
fortuna. 



IV 



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Natural es creer, dadas las respectivas posiciones de 
Colón y Martín Alonso, que entre ellos se establecieran 
ciertos convenios; que hubiera puntos concretos de estipu- 
lacio'n antes de emprender el viaje. Más aun, es de suponer 
que éstos fueron personalísimos , y que se cumplieron reli- 
giosamente, puesto que durante toda la vida del Almirante, 
desde el año 1492 al de 1506 no hubo cuestio'n alguna, ni 
se sabe de reclamacio'n que contra aquél hicieran los Pin- 
zones, ni como hermanos y partícipes en la expedicio'n 
Vicente Yáñez y Francisco Martín, ni los hijos herederos de 
Martín Alonso Pinzo'n. 

Solamente en el pleito que se empezó' el año 1508, 
cuando ya iban pasados dos años después de la muerte de 
Cristóbal Colón, y su hijo don Diego cansado de reclamar, 
como pretendiente desatendido, que se le pusiera en posesio'n 
de los cargos que, por pacto expreso con la corona, había 
adquirido su padre, porque había cumplido mucho más de 
lo que ofreciera, pidió se le autorizase para litigar contra el 
jefe del Estado, se presento' por el fiscal y por los herederos 
de Pinzo'n, entre otras varias peregrinas excepciones, la de 
que á Martín Alonso pertenecían por mitad, cuando menos, 



LIBRO PRIMERO. — CAPÍTULO XII 



185 



los honores, títulos y hasta las rentas que solicitaba el 
segundo Almirante. 

Llaman ciertamente la atencio'n, por su notoria falsedad 
y por la malicia que llevaban envuelta, muchas de las pre- 
guntas que se hicieron á.los testigos. En vez de seguir el 
recto camino que aconsejaban la justicia 3^ la prudencia, 
diciendo paladinamente los defectos que en buenos prin- 
cipios anulaban, en parte, la capitulacio'n de Santa Fe, por 
haberse contratado sobre cosa incierta, segregando de la 
corona á perpetuidad el Virreinato de países cuya extensio'n 
no era conocida, el gobierno de pueblos más numerosos que 
los de España entera, y el almirantazgo de los mares, vincu- 
lándolo todo en una familia, cuyos descendientes podían 
carecer de las condiciones precisas para tan altas investi- 
duras; en lugar de poner, como primera y principal falta á 
las kyes del reino, la enajenacio'n á perpetuidad de esas 
dignidades, se recurrió' á medios reprobados, á recursos de 
mal género, queriendo negar á Colón su gloria, y al descu- 
brimiento su importancia, poniendo «preguntas harto im- 
pertinentes y fuera de justicia y razón por oscurecer y 
anular la mas egregia obra que hombre jamás en millares de 
años otra, ni tan universal como de sí es manifestísima 
hizo.» según escribe con verdadera indignacio'n fray Barto- 
lomé de las Casas '. 

Pero es lo cierto, que entre aquellas alegaciones estaba 
la de los ofrecimientos hechos por el Almirante á Martín 
Alonso; y como algunos bio'grafos se han ocupado también 
del auxilio que prestaron los Pinzones bajo este aspecto, es 
justo conocer tan diferentes opiniones y formar juicio exacto 
de ellas. 

Con el cuento de maravedís que Cristóbal Colón 
pedía á la Reina, y que se le concedió' con el auxilio del 
contador Luís de Santangel , se comenzaron los aprestos de 



Historia de las Indias, lib. I, cap. XXXIV. 
Cristóbal Colón, t. i. — 24. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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la expedición y se hicieron los primeros gastos; pero muy 
luego se comprendería la insuficiencia de tan corta suma, 
|oJ que no debió' alcanzar á cubrir las primeras atenciones. El 
genovés se había comprometido, además, á contribuir con el 
ochavo, o' sea la octava parte de lo que montasen los gastos 
del viaje; no solamente como exigencia legal cu3 T o recuerdo 
aún hoy se conserva, de que el capitán tenga una parte de 
interés en el barco que manda, para estimular su celo, sino 
también como galardo'n de sus servicios, tomando parte en 
las ganancias que de la expedicio'n resultaran. 

Por una y otra causa debió' encontrarse Colón en la 
necesidad de buscar quien le prestase algunas cantidades; 
pues no podrá suponerse que con sus propios recursos 
pudiera hacer frente á tales desembolsos, el que siete años 
había vivido en Castilla ayudándose con el producto de sus 
trabajos, y seguido con varia fortuna la corte de los Reyes 
Católicos, sostenido por la magnánima amistad de los nobles 
sus amigos, y con las cantidades que repetidamente le con- 
cedieron aquellos, del Tesoro, por ocuparse en cosas de su 
servicio. 

Y debemos considerar de igual manera, las graves 
dificultades con que tropezarían el mismo Colón y los 
padres del monasterio de la Rábida, para encontrar perso- 
nas que quisieran exponer sus capitales en tan arriesgada 
empresa. 

En tales condiciones la idea del préstamo se impone, y 
está además comprobado el hecho por las declaraciones de 
muchos testigos. Haciendo sobre esto algunas indagaciones, 
y fundados en algún indicio que parece encontrarse en las 
mismas, nos inclinamos en otro tiempo á sospechar si la 
familia de doña Beatriz Enríquez , los Arana de Co'rdoba , o' 
por su mediacio'n algunos otros hidalgos de aquella ciudad, 
habrían acudido con sumas bastantes á que Colón pudiera 
terminar los preparativos para el viaje, cubriendo los cre- 
cidos gastos que se ocasionaban, y contribuyendo con lo 



LIBRO PRIMLR.0 —CAPITULO XII 



187 



estipulado para tomar parte en las utilidades. Pero las decla- 
raciones que en las diferentes probanzas del fiscal del rey se 
contienen, parece que desvirtúan esa conjetura, designando 
á Martín Alonso Pinzo'n como la persona que facilito' los 
recursos que faltaban después de gastado el cuento de mara- 
vedís. Lo que no dicen esos testigos son los términos del 
contrato, las condiciones en que el préstamo se hizo; y el 
dilatado silencio de los herederos de aquél hasta el año 1508 
deja conocer, como antes dijimos, que los convenios estable- 
cidos se cumplieron fielmente por Cristóbal Colón. 

«Cosa es verosímil y cercana de la verdad, escribe el 
padre las Casas, que el dicho Martin Alonso, según yo tengo 
entendido, presto solo al Cristóbal Colon el medio cuento, 
6 él y sus hermanos.» Más que por este auxilio, por el prés- 
tamo del medio cuento de maravedís, ofreciera Colón la 
mitad de todo el interés, honra y provecho que pudiera 
obtener del descubrimiento, como expreso únicamente el 
testigo Diego Fernández Colmenero, no se justifica de modo 
alguno, y entre una cosa y otra media gran distancia. Tan 
importantes ofrecimientos no habían de fiarse á la palabra: 
«Cierto, continúa el mismo fray Bartolomé de las Casas, si 
le oviera prometido Cristóbal Colon la mitad de las mer- 
cedes, no era tan simple Martin Alonso, siendo él y sus 
hermanos sabios y estimados por tales, que no ovieranle 
pedido alguna escritura dello, aunque no fuera sino un 
simple cognoscimiento con su firma, o al menos, pusiéranle 
algún pleito sus herederos; y Vicente Yañez, que vivió' 
después muchos años, el cual yo conoscí, oviera alguna 
queja o fama dello; pero nunca ovo dello memoria, ni tal se j 
boqueo', (lo cual yo creo que á mí no se me encubriera, 
como yo sea muy de aquellos tiempos), hasta que el dicho 
pleito se comenzó', que creo fué el año de 1508, venido el 
Rey Católico de Ñapóles.» 

Esta manifestacio'n del autor de la Historia de las Indias, 
es razonable } T justa bajo cualquier aspecto que se la consi- 





i88 



CRISTÓBAL COLÓN 



dere, como fundada en lo que significa la conducta obser- 
vada por Pinzo'n y su familia , y en el exacto conocimiento 
de los hechos y de las personas. 

Estudiado sin pasio'n este punto, teniendo en cuenta 
todos los antecedentes, nace el convencimiento, como dijimos 
al empezar este capítulo, de que si en efecto Martín Alonso, 
á más de entrar en la empresa con sus buques , y de alentar 
á los que habían de tomar parte en ella con su influencia y 
con su ejemplo, hizo el préstamo en metálico á Cristóbal 
Colón, los tratos que entre ambos mediaran fueron cum- 
plidos á su tiempo, sin que hubiera necesidad de recurrir á 
medios violentos, ni, por lo tanto, produjeran diferencias ni 
cuestiones que tuvieran que ventilarse en público. 

Que Colón tuvo necesidad del medio cuento de mara- 
vedís para completar el pago de los gastos "de la expedición, 
y hubo de buscarlos usando de su crédito, es punto que 
parece fuera de duda. ¿Pero no pudieron proporcionárselo 
sus protectores en la corte? ¿No está en lo posible que lo 
adelantaran los monjes de Santa María de la Rábida, o' 
algunas otras personas por su mediacio'n? Lo más verosímil 
es que lo recibiera del mismo Martín Alonso ; pero en cual- 
quiera de los casos , fuera quien fuese el prestamista , Colón 
debió' cumplir religiosamente sus compromisos tanto en lo 
referente á la devolución de la suma , como á la utilidad d 
recompensa que ofreciera. 



V 



Grande fué el movimiento, y mayores aún las conver- 
saciones y comentarios, que en los últimos días del mes de 
Julio se notaban, no solamente en la villa, sino también en 
los pueblos de Huelva, Moguer, Ayamonte y otros cercanos, 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



189 



de donde eran naturales la mayor parte de los marineros 
que formaban la dotacio'n de las tres embarcaciones que se 
preparaban á emprender el viaje por el mar desconocido. 
Desde los más lúgubres y siniestros presagios á las más 
risueñas esperanzas, corría la imaginacio'n exaltada de los 
andaluces todos los tonos , formando cuadros de tan diver- 
sos colores cual era la opinio'n de los que los pintaban, y 
variando á cada momento, pues no era extraño escuchar 
los más encontrados juicios en diversos períodos de uhá 
misma conversación. 

Quien veía sumergidas las frágiles carabelas en un mar 
proceloso, de aguas negras y espesas, y bajo un cielo sin luz, 
cargado de vapores densos que dificultaban la respiracio'n, 
pereciendo todos aquellos animosos marinos ahogados á un 
tiempo por el aire y por el agua. Quien narraba la exis- 
tencia de profundas simas en las que por necesidad queda- 
ría sepultada la expedicio'n; y al paso que unos soñaban 
con monstruos horribles, con tempestades espantosas, con 
climas mortíferos , otros pensaban que podrían llegar las 
naves á los dominios del gran Kan, donde abundaban 
las perlas, el oro servía para hacer murallas y tejar los 
edificios , como les decía Martín Alonso Pinzo'n , los diaman- 
tes se recogían en cantidad fabulosa, y volverían cargadas 
las carabelas, hasta hacerlas zozobrar, de frutos preciosos y 
de riquezas incalculables. 

Y en medio de estas hablillas del pueblo se dirigían 
al embarcadero las recuas cargadas de granos, de bizcocho 
y salazones, y los marineros aprestaban sus ropas, corrían 
de uno á otro lado los chicos y las mujeres cargados de 
mil objetos diferentes, y todo era bulla, movimiento, acti- 
tividad en aquel pueblo de ordinario tan sosegado y tan 
tranquilo. 

Al comenzar el mes de Agosto quedaron prontos los 
barcos y abastecidos de lo necesario para darse á la vela. 

Colón, cuya fe religiosa era tan viva } r ardiente, 



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CRISTÓBAL COLON 



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confeso y comulgo' la víspera de la partida, que estaba 
fijada para la mañana del viernes 3 , y quiso que toda la 
tripulacio'n siguiera su ejemplo. Reunidos con tan buena 
preparacio'n en la iglesia de Palos , dirigió' á todos la palabra 
fray Juan Pérez, exhortándolos á tener confianza en Dios 
y en el Almirante, y dándoles su bendicio'n, pidió' al cielo 
en ferviente súplica prosperidad para los navegantes. Todos 
permanecieron en oracio'n durante largo tiempo 3^ salieron 
del templo para dar el último adio's á sus familias. 

Es coincidencia notable la que acaeció' en estos días; 
pues estando ya. dispuestas las carabelas, y quizá el día 
anterior á su partida, salieron por el río Tinto, conducidos 
en buques del Estado hacia las playas africanas, los judíos 
expulsados del territorio español que moraban en la pro- 
vincia de Huelva. 

Siendo tan escasos los testigos presenciales de aquellos 
interesantes acontecimientos, cuyos testimonios han llegado 
hasta nosotros, estimamos de suma curiosidad la noticia, - 
que consta en una informacio'n conservada en el Archivo 
general de Indias ". Declaro en ella en el año 1552 Juan de 
Arago'n, vecino de Moguer y de edad de más de setenta 
años, que contaba por tanto quince en el de 1492, y expreso', 
que estando en la villa de Moguer al tiempo que se fueron 
los judíos, se fué por grumete en uno de los navios que los 
condujeron, y yendo por la mar, á la salida del río de Saltes, 
vido que el dicho don Cristoval Colon estaba presto con tres 
navios para ir a descubrir las Indias, que entonces nombraban 
Antilla. 

Otras muchas particularidades refiere el grumete Ara- 
go'n, que oportunamente hemos de aprovechar, pues dice 
que una de las tres carabelas era propiedad de Juan Niño y 
de sus parientes , y se decía la Niña; y que al regresar des- 
pués de haber dejado en África á los judíos, cuya triste 



1 Véase en las Aclaraciones y documentos de este libro I. (I) 



LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



19T 



suerte pinta con tan negros colores el cura de los Palacios, 
encontraron en el mar á la carabela de Martín Alonso Pin- 
zo'n, y por él supieron el descubrimiento de las Indias; así 
como que Juan Niño acompaño á Colón en su viaje á Bar- 
celona; circunstancias todas que referiremos en su lugar. 

En la nao Santa María enarbolo' el Almirante el pabe- 
llo'n real de Castilla y Aragón. En ella se embarcaron 
con Cristóbal Colón el alguacil mayor de la armada Diego 
Arana, primo-hermano de doña Beatriz Enríquez, Rodrigo 
Sánchez de Segovia, inspector general d veedor por los 
Reyes, y Rodrigo Escobedo, escribano real. Iba por maestre 
el dueño de la nave Juan de la Cosa, y por piloto Sancho 
Ruiz, llevando también á bordo al físico de Moguer, maese 
Alonso, al cirujano maese Juan y hasta cuarenta marineros 
más. 

La carabela Pinta iba al mando de Martín Alonso 
Pinzo'n, que llevaba á su lado á su hermano Francisco, en 
calidad de maestre, } r al piloto Cristóbal García Xalmiento; 
y en la Santa Clara, llamada la Niña, iba por capitán 
Vicente Yáñez Pinzo'n con los pilotos Pedro Alonso Niño 
y Bartolomé Roldan. 

Es cuestio'n tratada por varios historiadores , y nosotros 
también volveremos sobre ella en lugar oportuno, la de la 
propiedad de los barcos que fueron en esta primera expedi- 
cio'n. Desde luego parece fuera de duda que las primeras 
carabelas, embargadas por orden de los Reyes por el escri- 
bano Alonso Pardo, fueron dejadas en libertad cuando se 
negocio' la participacio'n de los Pinzones. La Santa María 
era, al parecer, de la propiedad de Juan de la Cosa; en la 
Pinta tenían, cuando menos una parte, Go'mez Rasco'n y 
Cristóbal Quintero, que iban embarcados en ella; y en la 
Niña iba la familia de Juan Niño, que probablemente le dio' 
el nombre ; por más que en una y en otra pudieran tener 
parte los hermanos Pinzo'n. 

Difieren los primitivos historiadores al señalar el 





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CRISTÓBAL COLÓN 



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número de hombres que salieron del puerto de Palos en el 
primer viaje de descubrimientos. El P. Las Casas dice 
terminantemente y sin género alguno de duda, que la gente 
que se . allegó y metió' en los buques, con marineros y 
hombres de tierra, porque llevo algunos criados del Rey 
que se aficionaron á ir con él por curiosidad , y otros criados 
y cognoscientes suyos, fueron por todos noventa hombres, mari- 
neros y de allí, de Palos todos los más L 

Este mismo número se fija en el libro de don Hernando 
Colon; pero Gonzalo Fernández de Oviedo los hace subir 
á ciento veinte. Washington Irving, conciliando ambas 
cifras, pone aparte á las personas que ejercían cargos y 
dice: «también iba un médico y un cirujano con varios 
aventureros particulares, algunos criados y noventa mari- 
neros ¿total ciento veinte personas.» 

Sea cualquiera la opinio'n que se adopte no dejará de 
causar admiracio'n que con tan cortos recursos se acometiera 
tan grande empresa. Tres pequeñas embarcaciones y no- 
venta hombres decididos, guiados por el genio, animados 
por la fe, acometían una empresa que de resultar cierta, 
había de ser la más grande de que hay memoria en las 
edades históricas,' }^a que merced á ella debía de comple- 
tarse el conocimiento de nuestro planeta y habían de abrirse 
nuevas vías á la civilizacio'n y al progreso y perfecciona- 
miento del linaje humano. 

Llegado el 3 de Agosto de 1492, día memorable, 
escribe un ilustrado escritor 2 , antes de la salida del sol con 
media hora, se agrupaban en la playa los ribereños de Odiel, 
atentos á la maniobra de los bajeles que zarpaban. Embarco' 
Colón en el batel de la capitana despidiéndole con su bendi- 
cio'n su confesor y amigo fray Juan Pérez; rompiéronse á 
poco los juncos del entenal, y el manso viento de tierra, al 



Historia de Indias, cap. XXXIV al fin. 

Don Cesáreo Fernández Duro.— Disquisiciones náuticas, tomo VI. 



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LIBRO PRIMERO.— CAPÍTULO XII 



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cual ondeaba el estandarte de Castilla, lleno las velas en que 
se había pintado el signo de la redención. Lenta, majestuo- 
samente, cual si el maderamen participara de la impresión 
de los hombres que sostenía la proa al horizonte teñido 
por los arreboles de la aurora, pasaron una tras otra las 
naves. Dejaron correr el llanto las mujeres por agitar en 
la mano los pañuelos; elevaron las gorras los hombres; 
palmotearon los pequeñuelos; y en grito tres veces repetido, 
que confundía el dolor, la incertidumbre, la esperanza, el 
entusiasmo, el orgullo y la fe, madres y esposas, deudos 
y amigos dieron el acostumbrado: ¡buen viaje! 






Cristóbal Colón, t. i. — 25. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



LIBRO PRIMERO 



(A).-Pág. 15. 

LUGAR DEL NACIMIENTO DE COLÓN 
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Además de las pruebas concluyentes consignadas en el texto, para 
alejar todo motivo de duda en punto tan debatido y de tanto interés, 
vamos á indicar algunas otras entre las muchas que existen, así como 
los juicios de dos autores de los más renombrados. 

En la carta del magistrado de San Jorge á Cristóbal Colón , cuyo 
original se encuentra unido al ejemplar del Códice Diplomático existente 
en Genova, empieza aquella autoridad con estas palabras: — Illusti'issime 
vir et clarissime amantissimcque concivis... 

El obispo de Nebbio, Agostino Justiniani, que era natural de 
Genova, en el libro titulado Psalterium Hebreum, Gracum, Ambician et 
Chaldeum , que se imprimió en Genova por Pedro Pablo Parrus, en casa 
de Nicolás Justiniani, en 1506, en el comentario del vers. 4. del 
salm. XIX « Qiá suspiciunt celos enarrant gloriam Dei, et opera manunm 
eins anunciant qui suspiciunt in otra...» inserta una reducida biografía de 
Cristóbal Colón en la que dice que era su compatriota. 

Bartolomé Colón, el hermano del Almirante, en los versos latinos 
que acompañó al Mapamundi presentado á Enrique VII de Inglaterra en 
Febrero del año 1488, dice: — «Jannua cid patria est , nomen cui Bartho- 
lomeus Columbus de Terrarrubra.» 

El bachiller Andrés Bernáldez, que también conoció y trató al Almi- 
rante, da principio al cap. CXVIII de su Historia de los Reyes Católicos, 
que es el primero de los que destina á tratar De cómo fueron descubiertas 
las Indias . con estas palabras : — « ovo un hombre de tierra de Genova, 
mercader de libros de estampa, que trataba en esta tierra de Andalucía, 
que llamaban Christobal Colon.» 

Esto era lo que decían sus contemporáneos; y en vista de los com- 



196 



CRISTÓBAL COLON 



probantes que tuvieron presentes, adoptaron también la misma opinión 
graves historiadores antiguos y modernos, entre ellos el cronista mayor 
de las Indias, Antonio de Herrera, (Madrid, Imprenta Real, 1601, déca- 
da I, cap. VIII), y el Inca Garcilaso de la Vega en sus Comentarios 
Reales (Lisboa, Pedro Crasbeck, 1609, lib. I, cap. III), y que ha soste- 
nido últimamente el docto M. Eugéne Muller, traductor de los Apuntes 
de don Fernando Colón. La vie et les découvertes de Christophe Colomb 
par Femand Colomb son fils. Ouvrage traduit sur les textes primitifs et 
annotée par Eugene Midler, de la Bibliotheque de V Arsenal. (Paris, Imp. de 
Lagny, Dreyfous, éditeur, (sitie anno). — Un tomo en 8.°) 

Y para tener á la vista el gran número de historiadores que han 
consignado la misma opinión, consúltese el último libro publicado por 
el docto y juicioso colombista, Próspero Peragallo, titulado: Cristo/oro 
Colombo é la sua famiglia \ en cuyo capítulo IV se hace erudita mención 
de todos ellos, con las obras en que se encuentran sus afirmaciones, bajo 
el título Patria di C. Colombo é di suo fratello Bartolomeo. Es capítulo 
digno de atención. 



II 



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Haciéndose cargo de esta importante cuestión, y recopilando lo 
principal que sobre ella se había escrito, decía Washington Irving: 

« Mucha controversia ha habido acerca del lugar donde nació Colón. 
La grandeza de su renombre ha inducido á varias ciudades á reclamarlo 
como hijo suyo, y por motivos de laudable orgullo, porque nada refleja 
mayor lustre en una ciudad que haber dado cuna á los hombres distin- 
guidos. La opinión original, y por más tiempo establecida, estaba á 
favor de Genova; pero tan formales pretensiones adelantaron á este 
honor los estados de Plasencia, y en particular del Piamonte, que la 
Academia de ciencias y literatura de Genova nombró en 1 8 1 2 tres de sus 
miembros, los señores Serra, Carrego y Piaggio, comisionados para que 
examinasen aquellos argumentos. 

»Las pretensiones de Plasencia se avanzaron primero en 1662 por 
Pedro María Campi, en la Historia eclesiástica de aquella ciudad, mante- 
niendo que Colón era natural de Pradello, lugar de las cercanías. 
Pareció probable, al investigarlo, que Bertolino Colombo, abuelo del 
Almirante, tuviese alguna propiedad en Pradello, cuya renta había sido 
recibida por Dominico Colombo de Genova, y después de su muerte por 
sus hijos Cristóbal y Bartolomé. Admitiendo la corrección de este 
aserto, no había prueba de que el Almirante, su padre ó abuelo, hubiesen 



1 Lisboa. Typographia Portuense, l< 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



197 



jamás residido en aquel estado. Las mismas circunstancias del caso indi- 
caban, al contrario, que su casa estuviese en Genova. 

»Los derechos del Piamonte se mantenían mejor. Se hizo ver que 
un tal Dominico Colombo era señor del castillo de Cuccaro en Monfe- 
rrato, al tiempo del nacimiento de Cristóbal Colón , que se decía era 
su hijo, y nacido en su castillo. Baltasar Colombo, descendiente de esta 
persona, instituyó una demanda ante el Consejo de las Indias, pidiendo 
la herencia del Almirante cuando se extinguió su línea masculina. El 
Consejo de las Indias decidió contra él, como queda referido; y se probó 
que Dominico Colombo, padre del Almirante, residió en Genova muchos 
años después de la muerte de aquel señor de Cuccaro, que tenía el 
mismo nombre. 

»Los tres comisionados nombrados por la Academia de ciencias y 
literatura de Genova, para examinar estas pretensiones, después de una 
investigación larga y. diligente, dieron un informe circunstancial y volu- 
minoso en favor de Genova. En la Historia de Colón, del señor Bossi, 
puede verse un amplio digesto de su examen, y una hábil disertación 
sobre el asunto, que confirma aquella opinión. Debe añadirse, para corro- 
borarla aún más, que Pedro Mártir y el obispo Las Casas, coetáneos y 
amigos de COLÓN, y Juan de Barros, el historiador portugués, todos 
hacen á COLÓN natural de los territorios genoveses. 

»Otra cuestión, causa de muchas discusiones, se ha agitado entre 
los mismos genoveses, sobre si nació Colón en la ciudad de Genova ó 
en alguna otra parte de su territorio. Tinalé, Oneglia y Savona, ciudades 
de la costa ligurea al occidente ; Boggiasco, Cogoleto y otras ciudades y 
villas le aclaman como suyo. Su familia poseía alguna propiedad en un 
lugar ó aldea entre Quinto y Nervi, que tiene el título de Torre dei 
Colombi '. 

»Bartolomé Colón, hermano del Almirante, se decía de Terra Rubra, 
en una inscripción latina del mapa que presentó á Enrique VII de Ingla- 
terra; y Fernando Colón dice, en su Historia del Almirante , que acos- 
tumbraba á firmar del mismo modo antes de obtener sus dignidades. 

. » Cogoleto se llevó por un tiempo la palma. Algunas de las familias 
reclamaban al descubridor por suyo y conservaban su retrato. Uno, ó 
ambos de los Almirantes llamados Colombo, con quien él navegó, se dice 
haber nacido en el mismo lugar, los cuales confundidos con él dieron 
valor á esta idea 2 . 

» Savona, ciudad de los territorios genoveses, reclama el mismo 
honor, y su demanda no hace mucho que se presentó con grande fuerza. 
El señor Giovanni Battista Belloro, abogado de Savona, la ha defendido 
vehementemente en una ingeniosa disputa, de data de 12 de Mayo 



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Bossi, traduc. francesa: París, 1824, pág. 69. 
Bossi, loe. cit. 



198 



CRISTÓBAL COLON 



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de 1826, en forma de una carta al barón du Zach, editor de un diario 
astronómico y geográfico de mucho mérito ] . 

»E1 señor Belloro sienta como hecho admitido, que Dominico 
Colombo fué por muchos años vecino residente de Savona, en cuyo lugar 
se prueba que un tal Cristóbal Columbus firmó un documento en 1472. 

»Dice que una plaza pública de aquella ciudad tenía el nombre de 
Platea Columbi hacia el fin del siglo XIV ; y que el gobierno ligureo dio 
el nombre de Jurisdizione di Columbi á aquel distrito de la república , en 
la creencia de que el gran navegante era natural de Savona, y de que 
Colón dio el nombre de Savona á una pequeña isla, adyacente á la 
Española, en sus primitivos descubrimientos. 

»Cita á muchos escritores savoneses, principalmente poetas, y á 
varios historiadores y poetas de otros países; y así establece la proposi- 
ción de que Colón estaba considerado como natural de Savona por 
personas de autoridad respetable. 

»Se detiene especialmente en el testimonio del magnífico Francisco 
Spinola, según lo cita el docto prelado Filippo Alberto Pollero, manifes- 
tando que había visto el sepulcro de CRISTÓBAL COLÓN en la catedral de 
Sevilla, y que dice el epitafio expresamente que era natural de Savona: 
Hic jacet CJiristophorus Columbus, savonensis 2 . 

»Las pruebas del señor Belloro manifiestan mucho celo por el honor 
de su ciudad nativa, pero no autentizan el hecho que quiere establecer. 
Demuestra claramente que muchos escritores respetables creían á Colón 
natural de Savona; pero un número infinitamente mayor puede presen- 
tarse, y muchos de ellos contemporáneos del Almirante, algunos sus 
íntimos amigos, otros sus compatriotas, que dicen haber nacido en la 
ciudad de Genova. Entre los escritores savoneses, Giulio Salinerio, que 
investigó este asunto, viene expresamente á la misma conclusión : Genova 
cittá nobilísima, era la patria di Colombo. 

» Parece correcta la opinión del señor Belloro, de que Dominico, el 
padre del Almirante, residió muchos años en Savona. Pero resulta de su 
propia disertación, que el Cristóbal que fué testigo de un testamento 
en 1472, se llamaba él mismo de Genova: ChristopJwrus Columbus, lane- 
rías de Jannua. Hablan de este incidente otros autores, que presumen 
que el dicho Cristóbal fuese el Almirante , cuando fué á visitar á su padre 
en el intervalo de sus primeros viajes. En cuanto la circunstancia tiene 
relación con el principal argumentó, soporta la idea de que fuese natural 
de Genova. 

»E1 epitafio en que el señor Belloro pone su principal confianza, es 
mal argumento. Cristóbal Colón no se enterró en la catedral de Sevi- 



1 Correspondence Astronom. Géograph., du barón du Zach, vol. XIV, cahier 6, 
lettre 29. — 1826. 

2 Filippo Alberto Pollero, Epicherema, osia, breve discorso per difesa di sua persona 
é carattere: Torino, per Giov. Battista Zapatta. mcdxcvi (léase 1694), en 4. , pág. 47. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



199 



lia, ni se le erigió en ella ningún monumento. La tumba á que aludió el 
docto prelado Pollero, puede haber sido la de Fernando Colón, hijo del 
Almirante, que estaba enterrado en la catedral de Sevilla, á la que dejó 
su noble biblioteca. Se erigió en la iglesia un monumento á su memoria. 
La inscripción que cita el señor Belloro puede haber sido equivocada- 
mente escrita de memoria por el magnífico Francisco Spinola, bajo la 
equivocada idea de que había visto el sepulcro del Almirante. Como Fer- 
nando era natural de Córdoba, el término savonensis debió de ser otro 
error de la memoria del magnífico. 

»Esta cuestión se ha examinado también con minuciosidad conside- 
rable, y decidídose en favor de Genova por don Giovanni Battista 
Spotorno, de la Real Universidad de aquella ciudad, en su Memoria 
histórica de Colón. Manifiesta que la familia de Colombi había residido 
mucho tiempo en Genova. Por un extracto sacado de un protocolo 
público, aparece que un tal Giacomo Colombo, cardador de lana, residió 
fuera de la puerta de San Andrés en 1 3 1 1 . También un convenio publi- 
cado por la Academia de Genova, prueba que en 1489 Dominico 
Colombo poseía una casa y tienda, y un jardín con un pozo en la calle 
de la puerta de Sari Andrés, antiguamente extramuros; y se presume 
que esta fuese la misma residencia de Giacomo Colombo. También tenía 
otra casa alquilada á los monjes de San Esteban en la Vía Mulcento, que 
iba desde la calle de San Andrés á la Strada Giulia I. 

»E1 señor Bossi dice, que varios documentos recientemente hallados 
en los archivos de San Esteban, presentan repetidas veces el nombre de 
Dominico Colombo desde 1456 á 1459, y le designan como hijo de 
Giovanni Colombo, marido de Susana Fontanarrosa , y padre de Cristó- 
bal, Bartolomé y Giacomo \ (ó Diego). Añade que los recibos de los 
canónigos muestran que el último pago de alquiler de casa lo hizo Domi- 
nico Colombo en 1489. Infiere que nació el Almirante en una casa perte- 
neciente á los monjes, situada en la vía Mulcento, y que se bautizó en la 
iglesia de San Esteban. Añade, que un antiguo manuscrito, examinado 
por los comisionados de la Academia genovesa, tenía al margen, escrito 
por el notario, que el nombre de Cristóbal estaba en los libros de la 
parroquia , como bautizado que había sido en aquella iglesia 3 . 

» Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, y amigo íntimo de Colón, 
dice que era de Genova 4 . Agostino Giustiniani, contemporáneo de 
COLÓN, afirma lo mismo en su Salterio Poligloto, publicado en Genova 
en 1 5 16. Antonio de Herrera, autor exactísimo, que aunque no contem- 
poráneo, tenía acceso á los mejores documentos, dice decididamente que 
era natural de Genova. 



JLJ 






Spotorno, traduc. ingl., pág. II y 12. 
Bossi, traduc. franc, pág. 76. 
Ibidem, pág. 88. 
Cura de los Palacios, M. S. cap. 118. 



200 



CRISTÓBAL COLÓN 



SM 



»A estos nombres pueden añadirse los de Alejandro Geraldini, 
hermano del Nuncio, instructor de los hijos de Fernando é Isabel, é 
íntimo amigo de Colón l ; Antonio Gallo 2 , Bartolomé Seneraya 3 , y 
Alberto Toglietto 4 , todos contemporáneos del Almirante, y naturales 
de Genova, juntos con un escritor anónimo que publicó una relación de 
los viajes de descubrimientos en Venecia en 1 509. Es inytil decir que los 
historiadores posteriores convienen en lo mismo, pues que deben haber 
derivado sus noticias de alguna de estas autoridades. 

»Se ha tratado la cuestión relativa al lugar del nacimiento de Colón 
tan minuciosamente por haber sido y ser todavía un punto de agitada 
controversia. Puede considerarse, empero, como conclusivamente deci- 
dido por la más alta autoridad, el testimonio de Colón mismo. En un 
testamento ejecutado en 1498, y admitido después en los tribunales 
españoles como argumento en los pleitos de sus descendientes, declara 
dos veces ser natural de Genova: Siendo yo nacido en Genova; cuya 
aserción repite como razón para hacer ciertos encargos á sus herederos, 
manifestando el interés que tomaba por su ciudad nativa. ítem: Mando 
al dicho don Diego mi hijo, ó á la persona que heredare el dicho mayo- 
razgo, que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Genova una persona 
de nuestro linage que tenga allí casa y muger, é le ordene renta con que 
pueda vivir honestamente , como persona tan llegada á nuestro linage, y 
haga pie y raiz en la dicha ciudad como natural della , porque podrá haber 
de la dicha ciudad ayuda é favor en las cosas del menester suyo, pues que 
della salí y en ella nací. 

»En otra parte del testamento se expresa con filial ternura respecto 
á Genova. Mando al dicho don Diego mi hijo, ó á la persona que here- 
dare el dicho mayorazgo, que obre y trabaje siempre por el Jwnor, la 
prosperidad y aumento de la ciudad de Genova, y en defender y aumentar 
la prosperidad y honor de su república, en todas las materias que no sean 
contrarias al servicio de la Iglesia de Dios, ó al estado del rey y reina, 
nuestros soberanos, y sus sucesores. 

»Un informal codicilo ejecutado por Colón en Valladolid en 4 de 
Mayo de 1506, diez y seis días antes de su muerte, fué descubierto hacia 
el año de 1785 en la biblioteca Corsini en Roma. Llámase codicilo 
militar por estar hecho del modo que permite la ley civil á los soldados 
que ejecutan semejantes instrumentos la víspera de la batalla ó en el 
trance de la muerte. Estaba escrito en un breviario que le regaló el papa 
Alejandro VII: Colón dejaba este libro á su amada patria la república 
de Genova. 

» Manda la erección de un hospital en aquella ciudad para los 



Alex. Geraldini, Itin. ad Reg. sub ¿Equinoc. 

Antonio Gallo, Anales de Genova, Muratori, tomo XXIII. 

Seneraya, Muratori, tomo XXIV. 

Toglietto, Elog. Ciar. Ligur. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



20 1 



pobres, con provisión para su sustento, y declara á aquella república su 
sucesora en el Almirantazgo de las Indias, en caso de extinguirse su línea 
masculina. 

»Se ha dudado de la autenticidad de este papel. Han dicho algunos 
críticos que no era de creer apelase COLÓN á un usó que probable- 
mente no conocía. Esta objeción no es convincente. Colón estaba 
acostumbrado á las peculiaridades de una vida militar, y repetidas veces 
escribió cartas en momentos críticos, como precaución contra alguna 
ocurrencia fatal que parecía amenazarlo. El presente codicilo, por la data, 
debió haberlo escrito' algunos días antes de su muerte, quizá en uno de 
aquellos momentos en que imaginaba haber llegado el último día de su 
vida. Esto pudo haber causado la diferencia de la letra, en especia- 
lidad por afectarle á veces tanto la gota de las manos, que no podía 
escribir sino de noche. También se ha hablado mucho de la diferen- 
cia de la firma; pero no parece que usaba la suya con mucha regula- 
ridad; siendo este, por otro lado, punto á que daría particular aten- 
ción cualquier falsificador. Tampoco se ve qué ventaja podría resultar 
á nadie de la falsificación de este documento, ni que tal cosa se haya 
intentado. 

»En 1502, cuando iba COLÓN á emprender su cuarto y último viaje, 
escribió á su amigo el docto Nicolo Oderigo, antes embajador de Genova 
en España , y le mandó copia de todas las gracias y empleos recibidos de 
los soberanos españoles, autenticadas ante los alcaldes de Sevilla. Al 
mismo tiempo escribió al Banco de San Jorge, en Genova, mandando 
que la décima parte de sus rentas se pagasen á aquella ciudad, en dismi- 
nución de los derechos sobre el trigo, vino y otras provisiones. 

»;Por qué sentiría COLÓN tan vivo interés por Genova, si hubiese 
nacido en algún otro de los Estados italianos que le aclaman por hijo? 
Él no debía favor alguno á Genova. Había residido allí un corto tiempo 
de su juventud, y sus proposiciones de descubrimientos, según algunos 
escritores, se habían desoído altivamente por aquella república. Nada 
justifica, pues, tan fuerte interés por Genova, sino el lazo filial que 
añuda el corazón del hombre á su lugar nativo, por más que de él le 
separen el tiempo ó la distancia, por poca protección y amparo que le 
deba. 

» Además, si hubiese nacido Colón en alguna de las ciudades ó 
villas de la costa genovesa que le proclaman hijo, ¿por qué había dejado 
estas mandas á Genova, y no á su ciudad ó villa natural? 

» Dictó evidentemente estos legados un sentimiento mixto de afecto 
y orgullo, que carecería de todo objeto, á no dirigirse á su lugar nativo. 
Estaba entonces elevado sobre pequeñas vanidades en este asunto. Su 
renombre era tan ilustre, que hubiese derramado esplendor en la aldea 
más oscura; y el fuerte amor patrio aquí manifestado, nunca le hubiera 
satisfecho, hasta deslindar al punto preciso, y anidarse en la misma cuna 

Cristóbal Colón, t. i. — 26. 



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202 



CRISTÓBAL COLÓN 



de su infancia. Parecen estas poderosas razones sacadas de los senti- 
mientos naturales para decidir en favor de Genova.» — (Traducción de 
don José García de Villalta.) 



III 



Por su parte el docto Harrisse se expresa en estos términos: 
«Todavía no se ha descubierto documento alguno que fije de una 
manera precisa el lugar dónde nació CRISTÓBAL COLÓN. 



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»Los historiadores están unánimes en llamarle genóvés. Por des- 
gracia esta designación no basta para desvanecer todas las dudas. Los 
habitantes de la provincia de Genova han podido calificarse siempre de 
genoveses sin haber nacido en la misma ciudad así como un toscano, 
ciudadano de la república de Pisa ó de la de Florencia, podía llamarse 
pisano ó florentino sin haber visto el día en el recinto de una ú otra de 
aquellas ciudades. 

»E1 documento más antiguo en que se hace mención del gran nave- 
gante es el testamento de Nicolás Monleone, otorgado en Savona por 
maestre Ludovico Moreno el 20 de Marzo de 1472, en el que figura 
como testigo instrumental y se le califica de lanero de Genova. Ese es 
también el término de que se sirven muchos notarios de Savona para 
designar á su padre que en otro documento, otorgado también allí, dice 
sin embargo ser de Quinto, aunque le conservan la denominación de 
J anua; lanerio l . Esta expresión puede querer decir, por lo tanto, que 
Cristóbal era un tejedor venido de Genova ó que ejercía su oficio en 
aquella ciudad. 

»E1 Dux Fulgosio y el obispo Giustiniani, compatriotas de Colón, 
escriben sencillamente que era de patria genovés. Esa es aproximada- 
mente la misma expresión que emplean los historiadores que le conocie- 
ron personalmente, Andrés Bernáldez, Pedro Mártir de Angleria, Oviedo 
y Las Casas. Le llaman de la provincia de Genova ó aún más breve- 
mente homo ligur. Lorenzo Galíndez de Carvajal es el único que lo cree 
de Savona. 

» Entre las designaciones del siglo XV, que señalan á Genova como 
lugar del nacimiento de Colón, hay una que nos parece susceptible de 
ser interpretada en sentido más preciso. Se la encuentra en los comen- 
tarios de Antonio Gallo 2 redactados hacia 1499. Hablando de Cristó- 
bal y de Bartolomé Colón, el canciller de San Jorge dice que eran: 



* Dominico de Columbu de Quinto y anua: lanerio habitatoñ saone. 

* De navigatione Columbi per inaccessum antea Oceanum Comentariolus , Muratori, 
Rerum italicum Scriptores , tome XXXIII, col. 303. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



203 



natione ligures, ac Genius plebeis orti parcntibus. El analista geno vés 
parece que quiere hacer salir de esta frase un distintivo para señalar la 
ciudad de Genova en particular. Esto también podría deducirse de la 
frase de que se sirve uno de los italianos amigos de Colón, Alejandro 
Geraldini: N alione ítalas, é Gemía Ligurice urbe f.uit. Por tanto estamos 
inclinados á creer que los historiadores, al calificar á Colón de geno- 
vés, señalaban la misma ciudad de Genova. ¿Pero autorizan esta opinión 
los documentos? 

» Hemos citado ya actas notariales que circunscriben el origen de 
la familia, el lugar del nacimiento y la primera residencia de Dominico, 
padre de Cristóbal Colón, al valle de Fontanabuona. 

»Lo que se sabe de la vida de Dominico Colombo, nos lo repre- 
senta, sin embargo, como hombre de iniciativa, activo y deseoso de 
mejorar de posición. Debió experimentar por consiguiente y muy 
pronto el atractivo que ejercen siempre las grandes ciudades sobre los 
artesanos, á quienes no hay razón particular que los ligue á la aldea 
donde nacieron. Pero lo que sería necesario saber es el año en que 
vino á fijarse en el recinto de la ciudad de Genova. Si fué antes del 
año de 1445, su hijo Cristóbal nació allí ciertamente. Por desgracia 
los registros de colonos de la abadía de San Esteban no contienen 
todavía en el número de sus contribuyentes de 1447 $ Dominico, 
aunque ya en aquella fecha estaba casado con una mujer que le había 
llevado en dote cantidad bastante para que pudiera establecerse y 
alquilar por tiempo, como lo hizo algunos años después, en el cuartel 
de los tejedores. Recordemos también que si las actas de maestre 
Antonio Fazio, de 1445 y de 1448, parece que se refieren á Dominico, 
no acusan su presencia en Genova en aquellas fechas sino de una 
manera accidental, y que no le encontramos en clase de vecino de 
aquella ciudad hasta el 26 de Marzo de 145 1, época en la cual habían 
nacido ya ciertamente su hijo Cristóbal y dos de sus hermanos. 

»Si colocamos el domicilio de Dominico Colombo fuera de la 
ciudad antes del año 145 1, igualmente fuera de ella debemos colocar el 
lugar del nacimiento de su hijo mayor. 

»En cuanto á lo que pensaba ó lo que decía el mismo COLÓN, 
importa recordar la declaración inscrita en el acta de institución de 
mayorazgo en la que, con fecha 22 de Febrero de 1498, el gran nave- 
gante manda á su hijo Diego y á sus sucesores que acudan siempre á 
las necesidades de un hombre de su linaje, establecido y casado en la 
ciudad de Genova, teniendo en cuenta dice, que della salí y en ella nací. 

»Pero en la hipótesis de que Colón hubiera nacido en una aldea 
de las cercanías, si consideramos la altivez de su carácter, su intención 
de fundar un vínculo para perpetuar un nombre que ya era glorioso, y 
en fin, las preocupaciones de la época, ¿no nos sentimos inclinados á 
creer que el que ya se había otorgado por propia autoridad escudo de 





204 



CRISTÓBAL COLÓN 



armas, pudiera ceder á la tentación de designar á Genova más bien 
que á aquella aldea, que por otra parte era dependiente de la célebre 
ciudad donde había pasado su juventud y donde todavía habitaba su 
padre? 

«¿Cuál sería aquella aldea? 

» Hemos demostrado que Cristóbal y Bartolomé Colón usaron en 
su juventud el apellido de Terrarrubra, y que ese nombre era el de una 
localidad de la Fontanabuona. Hemos localizado los hechos y los actos 
de su padre y de sus compañeros en aquel valle. En fin, las actas 
levantadas por maestre Antonio Fazio en 1445 y 1448, cotejadas, com- 
paradas y esclarecidas, autorizan la presunción de que Dominico 
Colombo, hijo de Juan, de Quinto, padre incontestable de CRISTÓBAL, 
y Dominico de Terrarrubra, que habitaba también en aquella comu- 
nidad, pueden no haber ?ido más que un solo individuo. 

»Si se admite esta identidad, que aquí no es más que una suposi- 
ción, como Dominico debía aún vivir en Quinto en 1445 y 1448, 
puesto que los documentos no lo fijan en Genova hasta el año de 1 45 1 ; 
como en la primera de estas fechas estaba ya casado, y Cristóbal, su 
hijo mayor, nació hacia 1446, en Quinto es donde el crítico debería 
colocar el de nacimiento de este último. Por otra parte, como CRISTÓ- 
BAL COLÓN llevó en su juventud el nombre de Terrarrubra, nos incli- 
naríamos á creer que su cuna fué aquella aldea, en la que su padre 
pudo haber conservado una casa, aun después de haberse establecido en 
Quinto; así como en 1469 estuvo á la vez domiciliado en Genova y en 
Savona. » 

Comentando estos párrafos de Mr. H. Harrisse el señor Próspero 
Peragallo en su último libro l se extiende en argumentos para poner de 
manifiesto las contradicciones en que incurre el crítico americano. Tras- 
ladaremos únicamente lo principal de su escrito: 

«Hoy, sin embargo, se ha hecho luz sobre este extremo. Cristóbal 
nació en Genova, como lo asegura en la institución del mayorazgo; 
declaración que en vano se ha impugnado como apócrifa. 

» ¡ Es cosa singular ! Aquel mismo escritor, que se envanece con 
orgullo de no guiarse sino por documentos, se encontraba frente á frente 
con un documento en que CRISTÓBAL Colón había indicado con clari- 
dad su patria. Y, por una coincidencia notabilísima, encontraba igual 
indicación hecha simultáneamente por dos escritores que nacieron y 
escribieron en Genova, es decir, Gallo y Seneraya. ¿Podía desearse nada 
mejor y más seguro sobre el tema de la localidad donde nació el Almi- 
rante ? 



Cristo/oro Colombo e la sua famiglia. — Lisboa, 1885. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



205 



»Como base de su denegación alega (Mr. Harrisse) la inexistencia 
de documentos notariales que señalasen la presencia de Dominico 
Colombo en Genova anteriormente al año 145 1 

»Que si Colón formalmente asentó lo contrario, no debe preocupar, 
pues sus palabras no deben ser tomadas literalmente. Y por otra parte, 
— « 1 no nos sentiremos inclinados á creer, que el que ya se había otorga- 
»do por propia autoridad escudo de armas, pudiera ceder á la tentación 
»de designar á Genova, más bien que á una aldea? l » — Ya está despe- 
jada la incógnita. Cristóbal Colón está convicto de embustero.» 

Aquí están recopiladas todas las razones de duda y los argumentos 
en que se apoyan. Pesándolas detenidamente, hemos fijado nuestra 
opinión, que es la consignada en el texto, dando crédito en su sentido 
natural y genuino, sin buscar interpretaciones á las palabras del Almi- 
rante, que no ofrecen género alguno de duda, y están escritas en un 
documento de la mayor solemnidad. 

Cr. Cottn-y, e-Sbq/nol . TV*- <!'. &o^-Ct*/ ch. l*-~RuaA, . N&JsnÁ, Í9fif • 



(B).-Pág. 16 



¿EN QUÉ AÑO NACIÓ CRISTÓBAL COLÓN? 



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Con objeto de aclarar esta cuestión importantísima, publicó el autor 
de la presente obra en el periódico de Madrid titulado La Ilustración 
Católica, (Tipografía Guttemberg, 1882), un trabajo especial que fué 
muy bien acogido por los colombistas y reimpreso con repetición. Con- 
signados quedan en el texto los argumentos capitales que sustentan la 
opinión adoptada; pero siendo de tan gran interés, no parece ocioso la 
reproducción íntegra de aquel trabajo, adicionado y completado con 
muchas noticias que posteriormente se han obtenido ; por más que algu- 
nos datos de los que en él se contienen, puedan haberse encontrado en 
su lugar oportuno en varios capítulos de esta Historia, donde se narran 
por extenso los hechos de la vida del Almirante, que aquí no se hace 
más que citar. 

Por más que pueda causar extrañeza y llamar la atención esta pre- 
gunta, una de las cuestiones que todavía se debaten entre cuantos estu- 
dian la historia de América, y que podemos llamar el primer punto 
oscuro de los muchos que aún quedan en la vida de Cristóbal Colón, 
es la que se refiere al año de su nacimiento. 



Christophe Colomb, tomo I, págs. 221 y 222, que son las que dejamos traducidas 



antes. 



^ 



206 



CRISTÓBAL COLÓN 




La necesidad de fijar la cronología de ciertos actos trascendentales 
de la historia del Almirante, da grandísima importancia á este dato 
primero; y aumenta su gravedad la consideración de que entre las fechas 
señaladas por las opiniones extremas median más de veinte años; distan- 
cia excesiva; espacio harto dilatado para que nadie deje de comprender 
la importancia que en sí lleva la cuestión, sostenida en todos terrenos 
por críticos y sabios eminentes. 

En la presente Aclaración no tratamos de examinar todos los argu- 
mentos aducidos para justificar las distintas opiniones , extractando sola- 
mente lo necesario para que se comprenda el fundamento de la que 
estimamos verdadera y dejamos asentada en el texto. 



El bachiller Andrés Bernáldez, cura de la villa de los Palacios, y 
capellán del arzobispo de Sevilla don Diego Deza, conoció y hospedó á 
COLÓN en su casa, recibiendo del mismo la comunicación de algunos 
de sus papeles, que con otros que le facilitó el doctor Chanca, y las noti- 
cias recogidas de personas que habían hecho el viaje de descubrimiento, 
fueron datos que utilizó para escribir los capítulos de su Historia de los 
Reyes Católicos, que se refieren al maravilloso suceso de las Indias. 

Bernáldez trató á COLÓN en el año 1496. Diez años después, 
cuando supo su fallecimiento, escribió en el cap. CXXXI de su Historia 
estas palabras: 

«El cual dicho Almirante Christóbal Colon, de maravillosa honrada 
memoria, natural de la provincia de Milán, estando en Valladolid el 
año 1505, en el mes de Mayo, murió in senectute dona, inventor de las 
Indias, de edad de setenta años, poco más ó menas. Nuestro Señor lo 
tenga. Amen. Deo gratias.» 

Partiendo de este dato, por tantos conceptos respetable, se deduce 
el nacimiento del ilustre geno vés en 1436, y una rápida excursión sobre 
los principales hechos de su vida demostrará su exactitud ; haciéndonos 
cargo después, aunque ligeramente, de las principales objeciones que 
contra esa fecha oponen los mantenedores de las otras. 

A los catorce años se dedicó CRISTÓBAL COLÓN al ejercicio del 
mar, ó sea, según esta cronología, en el de 1449 á 1450 l . 



1 Historie del signor Don Fernando Colombo; nelle quali s a particolare , e vera relatione 
della vita é dei fatti dell' Ammiraglio D. Cristo/oro Cotombo, suo padre, etc. — In Venetia, 
Apresso F. Sánese, 1571, in 8 o . Al folio 9, dice: *.Et piu oltre dice che cominció á navigar di 
quatorcidi anni, et che sempre seguí il mare. > 

En carta escrita desde Sevilla el año 1501, autógrafa en el libro de Profecías, dice así el 
mismo Colón: «Muy altos reyes: De muy pequeña edad entré la mar navegando y lo he 
continuado hasta hoy...» (Las Casas, Lib. I, cap. III). 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



207 



Desde esta fecha, y por las palabras estampadas por él mismo en 
su Diario de Navegación , sabemos que anduvo veintitrés años en la 
mar sin salir de ella, tiempo que se haya de contar ] ; y contando este 
tiempo hasta que se estableció en Portugal, pues entonces dejó de estar 
en el mar muchos años, tendremos fijada por el mismo Almirante la 
época de su venida al vecino reino en el año 1472, que también se 
concuerda perfectamente con otros datos históricos y biográficos. 

En esos veintitrés años de mar concurrió Cristóbal Colón con 
las galeras de Genova al socorro del rey Renato de Anjou, que deseaba 
recobrar el reino de Ñapóles, entre los años 1459 y 1461. Entonces 
tuvo lugar aquel hecho extraordinario, que él mismo refiere en carta 
cuyo texto nos ha conservado el obispo fray Bartolomé Las Casas 2 , 
y que pensado y ejecutado por un joven de veinticuatro ó veinticinco 
años, demuestra cuánta era la entereza de su corazón y la elevación de 
su inteligencia, anunciando al genio capaz de mayores empresas. 

Este suceso de cuya exactitud no puede dudarse, así como tampoco 
de la fecha en que tuvo lugar 3 , no cabe en la vida de COLÓN si admi- 
tida cualquiera otra de las alteraciones cronológicas que se pretenden, 
le supusiéramos nacido en 1446 ó 1456. 

Dentro de esos veintitrés años de mar, que el mismo Almirante 
designa, hizo las expediciones á Levante y Poniente, y anduvo el camino 
de Septentrión y la Guinea; es decir, que recorrió todas las zonas cono- 
cidas, comprobando por experiencia propia los conocimientos que en 
los libros había adquirido, y corrigiendo con la observación los muchos 
errores en ellos consignados. Así se fué preparando en su altísima 
inteligencia la idea del descubrimiento de las Indias por el camino de 
Occidente. 

Fijada en Portugal su residencia, y hecha más sedentaria su vida 
por algún tiempo, á consecuencia de las relaciones amorosas que con- 
trajo con doña Felipa Moñiz de Perestrello, se dedicó, sin duda alguna, 
á sus estudios predilectos; procuró noticias entre los navegantes que 
llegaban á Lisboa; trazó cartas de marear, y, en una palabra, prosiguió 
en su pensamiento, hasta llegar á proponer la realización al rey don Juan. 



1 Diario de Navegación. — Viernes 21 de Diciembre de 1492. — «Yo he andado veinte 
y tres años en la mar, sin salir della tiempo que se haya de contar, y vi todo el Levante y 
Poniente... etc.» — Navarrete, Colección de viajes y descubrimientos , tomo I, pág. 101. 

* Las Casas. — Historia de las Indias, libro I, cap. III. 

«A mi acaeció, que el Rey Reynel, que Dios tiene, me envió á Túnez para prender 
la galeaza Fernandina , y estando ya sobre la isla de San Pedro, en Cerdeña, me dijo una 
saetía que estaban con la dicha galeaza dos naos y una carraca; por lo cual se alteró la gente 
que iba commigo, y determinaron de no seguir el viaje, salvo de se volver á Marsella por 
otra nao y mas gente. Yo, visto que no podía sin algún arte forzar su voluntad , otorgué su 
demanda, y mudando el cabo de la aguja, di á lávela al tiempo que anochecía, y otro día 
al salir el sol, estábamos dentro del cabo de Carthagine, teniendo todos por cierto que 
íbamos á Marsella; etc.» 

3 Villeneuve Bargemont. — Histoire de Rene d 'Anjou , tomo II. 



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208 



CRISTÓBAL COLÓN 



En el año 1475, según el cálculo más probable, á los treinta y 
nueve de su edad, debió contraer matrimonio; y en el siguiente 
de 1476 nació su hijo don Diego, que según la razonable opinión del 
ilustre Washington Irving, tenía cincuenta años cuando murió en Mon- 
talván el 23 de Febrero de 1526. 

Dejando por algunos meses su hogar, y probablemente con el 
profundo designio de adquirir noticias exactas de sucesos que con 
vaguedad debieron llegar á sus oídos, ó deseoso de comprobar otros 
cálculos, partió en principios del año 1477 y navegó cien leguas más 
allá de Islandia, la Tule ó Tyle de los antiguos *. 

Esta era considerada como el confín , el término de la tierra. Men- 
ciónala Séneca en los conocidos versos de la Medea, diciendo: 

Venient annis 
, sécula seris quibus occeanus 

Vincula rerum laxet et ingens 
Pateat telus, Tiphisqtte novos 
Detegat orbes, nec sil terris 
vltima Tille. 

Tradujo el mismo CRISTÓBAL COLÓN estos versos en la forma 
siguiente: 

Vernan los tardos años del mundo — ciertos tiempos en los quales el mar 

occeano affloxerá los atamientos de las cosas y se abrirá una grand tierra — 

• y un nuevo marinero como aquel que fue guia de Jason, que ovo nombre 

Tiphi — descubrirá nuevo mundo — y entonces no será la isla Tille — la 

postrera de las tierras. 

Don Fernando Colón , en su ejemplar de Séneca, (Philippo Pitido 
Mantuano, 15 10) 2 , admirándose y para que todos recordasen tan gran 
suceso, puso al margen del coro citado: 

hac prophe- 
tia impleta est 
per patrem me 
ttm cristoforum 
Colon almiran 
tem-anno 1492 

Tal vez llevó á Cristóbal Colón hacia los mares septentrionales 
el deseo de ser aquel nuevo Tiphy que descubriera tierras más allá de 
la última Thule 



1 En unas Annotaciones que hizo de como todas las cinco zonas son habitables, pro- 
bándolo por experiencia de sus navegaciones, dice así: «Yo navegué el año de cuatrocientos 
setenta y siete en el mes de Febrero, ultra Tile isla cien leguas... y al tiempo que yo fui á 
ella no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas...» Las Casas, lib. I, 
cap. III. 

2 Este volumen de Séneca se conserva en la Biblioteca Colombina. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



209 



Esto podrá ser una ilusión; pero lo que es cierto, incuestionable, 
es la grandísima importancia que debió tener este viaje en las ideas 
que alimentaba la mente de COLÓN. Al llegar á Islandia, y tratar con 
los marinos que se dedicaban á largos viajes, es muy probable que aun 
en sentido de vagas tradiciones, llegaran á sus oídos descripciones 
maravillosas de las tierras de.Vinland, y de las expediciones de Erik 

el Rojo, y de Thorphin Hasta cabe en lo posible que llevado de su 

curiosidad y de su afición al estudio, se dirigiera á la pequeña isla de 
Flatey, á examinar los importantísimos MSS. en que se contiene 
el relato de aquellos viajes l 

Larga ha sido la digresión, y bien hubiera podido dispensarse 
dejándola para lugar más oportuno. Por su importancia la hemos consig- 
nado, pues el viaje á Islandia, por sus consecuencias, lo juzgamos uno de 
los actos más dignos de estudio en la vida del Almirante. 

De regreso en Portugal, entabló sus negociaciones directamente 
para que el rey don Juan le auxiliara en el viaje de descubrimiento que 
proponía. 

¿ En qué tiempo se dirigió Cristóbal Colón al célebre físico floren- 
tino Paulo Toscanelli, por mediación y amistad de Lorenzo Birardo, para 
consultar su opinión sobre el camino de las Indias? 

No interesa la resolución al punto cuyo esclarecimiento es objeto de 
este artículo; pero atendidas las palabras de la contestación de Toscanel- 
li, parece que debió ser antes de su casamiento, quizá en aquel mismo 
año 1475, y recibida la respuesta emprendió el viaje á Islandia cuando se 
lo permitió el estado de su familia. 

Sufrió en Portugal amargas contrariedades. Vio menospreciado su 
pensamiento; perdió á su mujer; comprendió la traición de que quiso 
hacérsele víctima, y huyendo de otras asechanzas, según parece encon- 
trarse indicado en algunos datos oficiales, se dirigió á un punto cercano 
de la frontera, y en ocasión propicia, tomando á su hijo de la mano, 
entró á pie y sin recursos en España, con el intento de alcanzar la 
protección de los Reyes Católicos 2 . 

;En qué año fué esto? 



1 Este códice fué dado á la estampa en el año 1837, enriquecido con muchas noticias 
interesantes, bajo este título: Antiquitates americana sive scriptores septentrionales rernm 
ante-columbianarum in America. Edidit societas Regia antiquariorum septentrionalíum. — 
Hafnice Typis orncinas schultzianoe , 1837, in folio. 

* Las Casas, cap. XXIX, pág. 224. «Visto se ha en el capítulo precedente como 
Cristóbal Colón tuvo legitima y justa causa y buena razón por las maneras y disimulación 
que con él tuvo.» Pág. 227. «...Salió CRISTÓBAL COLON de Portugal lo más secreto que 
pudo, temiendo que el Rey lo mandara detener; y ninguna duda oviera que lo detuviera... 
Pero más prudente que el Rey al principio lo hizo él al fin; y ansi, tomando á su hijo niño 
Diego Colon, dio consigo en la villa de Palos...» 



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Cristóbal Colón, t. i. — 27. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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Aquí se enlaza naturalmente el dramático suceso de la llegada de 
Cristóbal Colón al monasterio franciscano de Santa María de la 
Rábida, que tan bello argumento ha prestado á pintores, poetas y 
novelistas. 

Y, en verdad, nada más patético. El hombre que acariciaba un 
pensamiento colosal, el ser destinado á causar la revolución más pro- 
funda, más trascendental en la historia de la humanidad, después de la 
redención, rendido de fatiga, necesitado y pobre, pide con lágrimas en 
los ojos pan y agua á unos bondadosos monjes, para remediar la necesi- 
dad de un hermoso niño que llevaba de la mano La imaginación no 

puede aquí superar á la verdad. 

El deseo de fijarlo todo en la cuestión con documentos, el mismo 
afán de profundizar, ha producido el efecto contrario de oscurecer un 
hecho clarísimo y de gran importancia en la vida de COLÓN. 

Cuando después de la muerte del Almirante su hijo don Diego enta- 
bló pleito para que se le cumpliera lo capitulado por los Reyes con su 
padre, el fiscal articuló varios interrogatorios, y contestando á ellos el 
médico Garci-Hernández l , vecino de Huelva, y que concurrió al con- 
vento llamado por fray Juan Pérez para oir las explicaciones de COLÓN, 
expuso que éste venía de arribada de ¿a corte de S. A., á pié, con su fijo 
don Diego, que era niño. 

Apoyados en esta declaración, han confundido los críticos dos cosas 
distintas: la llegada de Colón cuando venía de Portugal, y su. regreso 
de Córdoba, aburrido y desesperanzado, al ver que no encontraba medio 
de que fueran escuchados sus proyectos. El primer hecho tuvo lugar á 
fines del año 1484; el segundo debió de ocurrir en igual época en el 
invierno del año 1490 á 1491. En el primero CRISTÓBAL Colón á pie, 
cansado, caminando con precipitación y receloso de una emboscada, llegó 
en lastimoso estado á la portería del convento, demandando alimento y 
reposo para su hijo; y habiendo encontrado simpatía y afecto entre los 
frailes, especialmente en un joven monje llamado fray Antonio de Mar- 
chetia, trabó amistad con él, le dejó encomendado al niño don Diego, 
entonces de ocho años, y con mayor tranquilidad salió para la corte. 

En 1 49 1 volvió despechado, desatendido, para recoger á su hijo y 
pasar á Francia ó á otras naciones, á ofrecerles lo que la corte de Castilla 
y Aragón desdeñaba. 

Entonces, y quizá por mediación del mismo Marchena , hizo cono- 



Navarrete, Colección de viajes , tomo III. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



211 



cimiento con el guardián fray Juan Pérez, que en sus años juveniles 
había servido á la Reina en calidad de contador. Expuso el genovés su 
pensamiento, asegurando las probabilidades de éxito; en cuya exposi- 
ción le ayudaba con nuevos argumentos su amigo fray Antonio de 
Marchena, que era estrologo. A los monjes sencillos y entusiastas, los 
arrastró la elocuencia de COLÓN, los conmovió su fe, los persuadieron 
sus argumentos. Pero el prudente guardián quiso adquirir mayores cono- 
cimientos, fortalecer su convicción antes de comprometer su nombre en 
nuevas instancias á personas influyentes en la corte, y convocó á algunos 
hombres doctos para que escuchasen los proyectos del navegante. 

El médico Garci-Hernández declaró en el pleito en el año 15 13, 
veintiocho ó treinta años después de los sucesos, cuando debía ser ya 
muy anciano, y los hechos pudieron estar confundidos en su memoria. El 
obispo Las Casas es mucho más metódico y más claro en su narración l . 
Coloca en su debido lugar la primera llegada de CRISTÓBAL Colón á 
España, y su regreso á la Rábida para recoger el niño, fijando con segu- 
ridad en esta segunda vez la conferencia con el físico Garci-Hernández 2 . 

Verdaderamente, el esclarecimiento de estas dudas nos aleja un 
tanto de nuestro intento, por más que sea de sumo interés, y debemos 
volver al propósito. 

Llegó Colón á España en los últimos meses de 1484. Tenía enton- 
ces cuarenta y ocho años. — « Siete años se pasaron en la plática, y nueve 
ejecutando cosas muy señaladas...» 3 

Contaba, pues, cincuenta y seis años aproximadamente cuando se 
embarcó en Palos para su primer viaje. 

En los siete años de su permanencia en España, llevando sus preten- 
siones con desigual fortuna, habitó sucesivamente en varias poblaciones 
importantes, en Sevilla, en Córdoba, en Salamanca y en otros lugares, 

A 15 de Agosto del año 1488 nació en Córdoba, de doncella noble, 
y siendo viudo su padre, su segundo hijo don Fernando 4 . 

En fines de este mismo año pasó á Portugal, habiendo antes impe- 



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1 Historia de las Indias, lib. I, cap. XXIX. 

«Salió Cristóbal Colon de Portugal lo mas pronto que pudo... y ansi tomando á su 
hijo niño Diego Colon, dio consigo en la villa de Palos, donde quizá tenia conocimiento 
con alguno de los marineros de allí, é también por ventura, con algunos religiosos de Sant 
Francisco, del monasterio que se llama Santa María de la Rábida, donde dejó encomendado á 
su hijo chiquito Diego Colon, partióse para la corte... llegado á 20 de Enero de 1485, etc.» 

1 Loe, cit. cap. XXXI, có que despedido del Duque de Medina Sidonia ó del de 
Medinaceli, saliese descontento, sobre el descontento que trujo de la corte Cristóbal 
Colon, según los que dijeron que fué á la villa de Palos con su hijo, ó á tomar á su hijo 
Diego Colon, niño, lo cual yo creo.» 

Véase también Don Diego Ortiz de Zuñiga, Anales de Sevilla , año 1489. 

3 Carta al ama del príncipe Don Juan. — Códice Colombo Americano. Genova, 1823, 
pág. 298. 

* Don Juan de Loaisa. — Introducción al inventario de los libros de la Biblioteca 
Colombina. 




212 



CRISTÓBAL COLÓN 



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trado y obtenido salvoconducto del rey don Juan l ; y allí se encontraba 
cuando en el mes de Diciembre regresó de su viaje al Cabo de Buena 
Esperanza Bartolomé Díaz, según nota escrita de mano del mismo Almi- 
rante en el libro de los tratados del cardenal Pedro Aliaco, conocido con 
el nombre de Imago Mundi 2 . 

De vuelta en España , pocos meses después , acompañó á la corte y 
asistió á la entrega de Granada á los Reyes Católicos; hecho memorable 
que recuerda en la primera página de su Diario de Navegación 3 , y en 
3 de Agosto de 1492 salió para su atrevido viaje. 

El viernes 1 2 de Octubre puso el pie en tierra por él descubierta: 
había dado glorioso término á su empresa, y aquella cuarta parte del 
mundo debió recibir el nombre de Colombia 4 . 

El viernes 15 de Marzo de 1493 desembarcó en Palos, de donde 
había salido siete meses y medio antes. 

Otros viajes hizo al mundo por él descubierto, regresando del último 
en 7 de Noviembre de 1504 5 . Los trabajos padecidos, la edad y las 
enfermedades habían quebrantado aquella robusta naturaleza. Al llegar á 
Sevilla, el cabildo catedral, en vista de su lamentable estado, acordó 
prestarle una litera ó andas de su propiedad 6 . A los sesenta y ocho años 
de edad, esto se comprende muy bien, más aun cuando las penalidades 
de todo género anticipaban la senectud. 

Al año siguiente, por real cédula fecha en la ciudad de Toro, á 23 de 
Febrero de 1505, se concedió á COLÓN licencia para caminar en muía 
ensillada y enfrenada, á pesar de las pragmáticas que lo prohibían, 
teniendo en cuenta su ancianidad y enfermedades 7 . Bien se deja com- 
prender que al mencionar el Rey Católico la ancianidad de COLÓN, y al 
decir Bernáldez que murió in senectute dona, hablaban con propiedad 
porque se referían á un hombre de setenta años, que les era muy cono- 



1 Navarrete. Colección de viajes, tomo II. 

* Biblioteca Colombina. zNota quod hoc auno Domini 88, in mense Decembris, appnlit 
in Ulixbona Bartolomeus Didacus Capitanus tríum carabelarum qtiem misera/ Dominus Rex 
I'oriitgalliiE in Guinea m ad tentamdam terratn... usque tino portu per ipsnm nominatum Cabo 
de Boa Esperanza... quod viajium pictabit et scripsit de leucha in leucha in una charta naviga- 
tionis... in qttibus ómnibus inter/uit.» 

3 Las Casas. Historia de las Indias, cap. XXXV. 

«...después de Vuestras Altezas haber dado fin á la guerra de los moros que reinaban 
en Europa, y haber acabado la guerra en la muy grande ciudad de Granada, á donde este 
presente año á 2 dias del mes de Enero, por fuerza de armas vide poner las banderas reales 
de Vuestras Altezns en las torres de la Alhambra, que es la fortaleza de la dicha ciudad, y 
vide salir al Rey moro á las puertas de la dicha ciudad, y besar las reales manos de 
Vuestras Altezas y del Príncipe mi señor.» 

* El señor don Antonio María Fabié, en su Vida y escritos de Fr. Bartolomé Las 
Casas, sostiene esta misma denominación en elocuentes frases. Pág. 373. 

5 Según el P. Las Casas permaneció en Sevilla hasta el mes de Mayo de 1505. 
Libro II, cap. XXXVII. 

6 Auto capitular. — 26 de Noviembre de 1504.— Véase en Navarrete, tomo II, 
pág. 302. «Las andas en que se trujo el cuerpo del Señor Cardenal Mendoza.» 

7 Navarrete. Colección de viajes y descubrimientos , tomo II, pág 304. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



213 



ciclo. A la edad de cincuenta y cinco ó sesenta años no se le ha llamado 
en España, ni se le llama en parte alguna senectud, ni ancianidad. 

Y tanta es la fuerza de este argumento, tanto obliga la verdad, que 
el docto colombista Mr. Henry Harrisse, para sostener su equivocada 
opinión, al hacerse cargo de esta Real cédula no se atreve á copiar sus 
textuales palabras, limitándose á decir: «Le 23 février 1505, le roi auto- 
risa Colomb a voyager sur une mulé, á cause de ses infirmités; mais 
environ deux mois s'écoulérent avant que sa santé lui permit de 
partir K» Estorbaba, sin duda, al docto crítico la palabra ancianidad y 
la suprimió sin reparo. 

De una y otra cosa gozó por poco tiempo el venerable anciano, que 
dio su alma al Criador en Valladolid, el día 20 de Mayo de 1506, víspera 
de la festividad de la Ascensión. 



III 



Que nació Colón en 1436, aparece razonablemente justificado por 
la rápida excursión de los hechos principales de su vida que acabamos de 
hacer. Apoyados en el testimonio del cura de los Palacios, y en sus 
propios estudios, sostienen la misma fecha y cronología biográfica 
nuestro ilustre Navarrete 2 , el célebre Alejandro Humboldt 3 , Alfonso de 
Lamartine 4 , el doctor Fernando Hcefer 5 , mis Emma Hart (mistress 
Villard) 6 , Washington Irving 1 , César Cantú 8 y otros. 

Osear Peschel 9 , cotejando fechas y haciendo nuevos cálculos, se 
decide por la época más próxima, y fija el nacimiento del descubridor 
en 1456, apoyándose en una fecha evidentemente equivocada, que apa- 
rece en carta que dirigió COLÓN á los Reyes desde la isla de Jamaica, en 
7 de Febrero de 1503. Dice en ella el Almirante: « Yo -vine á servir de 
veintiocho años, y ahora no tengo cabello en mi cabeza que no sea cano, y 
el cuerpo enfermo. » 

Pero, á pesar del notable juicio y erudición del crítico alemán , cual- 
quiera conoce que en esta cronología no es posible dar cabida al hecho 
del apresamiento de la galeaza Fernandina , que el mismo CRISTÓBAL 



1 Christophe Colomb, sa vie, etc., tomo II, pág. 136. 

* Navarrete. Colección de viajes y descubrimientos , tomo I. 

3 Examen crítico. 

4 Cristophe Colomb. 

5 A T ouvelle Biographie genérale. París. Didot, 1855. 
' History of the United States. Filadelfia, 1845. 

7 Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, traducida por don José García 
Villalta. Madrid, 1833. 

8 Historia Universal , traducida por don Nemesio Fernández Cuesta. París. Gar- 
nier, 1869. 

9 Historia de la época de los descubrimientos. Stuttgart, 1858. 



214 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Colón refiere como verificado de orden del rey Renato de Anjou 
en 145c, pues entonces £Ólo hubiera contado aquél tres años de edad, y 
que otros puntos son también de difícil, si no imposible resolución. 
Además, suponiendo el nacimiento de Colón en 1456, hubiera contado 
cincuenta años en el de su fallecimiento: y ni á esa edad se le ha llamado 
nunca en España senectud, como dice Bernáldez , ni ancianidad , según la 
expresión de la cédula Real. 

Este extremo es absolutamente inadmisible. En la copia de la carta 
que sirve de base á tal opinión, hay una errata grave; se puso 28 en vez 
de 48, y así lo sospechó Bossi, y lo han afirmado otros historiadores. 

Los partidarios de los términos medios, en los cuales se cree 
siempre encontrar lo justo, estudian todas las opiniones y juzgan llegar al 
acierto dando por seguro el nacimiento de Colón en el año 1446. 

Entre muchos distinguidos biógrafos, han adoptado este término 
don Juan B. Muñoz ! , Robertson 2 , J. B. Spotorno 3 , Mr. Henry Ha- 
rrisse 4 , y otros; y también le ha prestado el apoyo de su indisputa- 
ble talento y erudición especial M. D'Avezac 5 , pretendiendo decir la 
última palabra en la cuestión. 

Los argumentos capitales de los sostenedores de esta fecha media, 
se refieren á dos puntos principalmente. Primero, á la edad del hermano 
menor don Diego, pues habiendo nacido el Almirante en 1436 y supo- 
niendo que aquél vino al mundo en 1468, es necesario conceder á la 
madre de ambos, Susana Fontanarrosa , una prolongación de facultades, 
que casi no es admisible. Segundo, á la edad del mismo CRISTÓBAL 
Colón en determinada época, porque encuentran extraño que á los 
cincuenta años entrara en relaciones amorosas en Córdoba con doña 
Beatriz Enríquez, madre de su segundo hijo don Fernando, y más aún, 
que contara ya cincuenta y seis años cuando salió del puerto de Palos, 
para llevar á cabo la empresa que debía inmortalizar su nombre. 

En ambos argumentos es más la apariencia que la realidad. Al 
deducir la edad de don Diego Colón del contrato de aprendizaje que 
celebró con Luchino Cadamatori para aprender el arte de tejedor de 
paños 6 y en cuyo documento, que parece se hizo en 1484, juró que era 
mayor de diez y seis años (Insuper dictus Jacobus major annis sexdecim 
jurabit) se incurre, á no dudar, en notable error. 

O no debe ser bien entendida la fecha 1484, y sería 64 lo que 
debiera leerse , ó al poner mayor de diez y seis años se usaba en tales 



1 Historia del Nuevo Mundo. Madrid, 1793, tomo I, tínico publicado. 

* Historia de América. Barcelona, Ohveres, 1839. 

3 Códice Diplomático Colombo Americano. Genova, 1823. 

1 Christophe Colomb, son origine, sa vie, etc. París. Leroux, 1S84. 

5 Année v evitable de la nais sanee de Christophe Colomb. París, 1873. 

Julio Salinerio, Jurisconsulto de Savona. Adnolationes ad Cornelium Tacitum. 
Genova, 1602. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



215 



contratos una fórmula general, conforme con lo dispuesto en las orde- 
nanzas de los tejedores, que no admitían aprendices menores de aquella 
edad; como en nuestros tiempos dicen los notarios en los instrumentos 
públicos mayor de veinticinco años, aunque el testigo tenga treinta ó 
cuarenta, pues lo importante es hacer constar que pasa de la edad 
exigida por la ley. 

La edad de don Diego no puede fijarse por ese solo dato; y como 
hay fundados motivos para creer que á su fallecimiento, ocurrido en 
Sevilla el día 20 de Febrero de 1 5 1 5, contaba más de sesenta años, no 
puede suponerse que naciera después del de 1 450, y desaparece el argu- 
mento que se basa en la gran diferencia de edad entre el Almirante y su 
hermano menor. 

La segunda objeción es mucho más débil, por su vaguedad misma. 
Las quejas del ilustre marino al ver transcurrir los años en pláticas; su 
resolución de abandonar la corte de España y pasar á otras, tenían por 
fundamento el temor de que le faltara tiempo para la ejecución; de que 
se le acabara la vida antes de haber dado fin á su empresa, en el curso 
de un viaje cuya duración y penalidades no era posible prever... Estos 
temores eran muy justificados desde que había llegado al confín de la 
edad viril, desde que había pasado el término medio de la existencia 
humana, desde que tuvo los cincuenta años... Antes no tenían razón 
de ser. 

Mucho podría decirse sobre estos extremos y sobre otros á que 
acuden para robustecer sus cálculos los doctos biógrafos del Almirante, 
que no se conforman con la fecha que para fijar su nacimiento se des- 
prende de las palabras del cura de los Palacios. Es un estudio interesan- 
tísimo en el que por necesidad han de traerse á discusión todos los actos 
de la vida del grande hombre bajo un punto de vista nuevo y determi- 
nado; pero por hoy nuestra intención no ha sido más que la indicada al 
principiar: dejar consignados los fundamentos principales en que descansa 
la opinión que tenemos por verdadera, indicando también las contrarias. 

Como última palabra pronunciada hasta hoy en cuestión tan 
debatida, y aunque sin responder de su exactitud, consignaremos la 
noticia de que el marqués de Staglieno, docto investigador, parece haber 
encontrado en los archivos de la ciudad de Genova nuevos documentos 
que comprueban de una manera indudable el nacimiento del gran marino 
en el año 1 446. Esta noticia, consignada por Mr. Henry Harrisse en su 
libro titulado ChristopJie Colomb et Savone, Verzellino et ses memoires l , 
está, según parece, en cierto documento otorgado ante Nicolo Raggio 
en 30 de Octubre de 1470, y en él comparece Christophorus de Columbo, 
films Domitdci maior annis decem novem. 

Con gran reserva deben acogerse esta clase de descubrimientos, 



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» Genes. — A. Donath, éditeur, 44, via Luccoli, 1887; in 4. , pág. 48. 



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CRISTÓBAL COLÓN 




muy ocasionados á equivocaciones , por las mismas causas y motivos que 
el mismo autor americano ha consignado juiciosamente, y ya expusimos 
en el texto (pág. 19). Además ocurre preguntar con respecto á este 
documento, supuesto que en la obra citada nada se dice: ¿Cuál fué su 
objeto? ¿Quiénes concurrieron á su otorgamiento? ¿Con qué motivos hace 
Colón la advertencia de ser mayor de diez y nueve años? ¿Qué significa, 
ni qué puede importar semejante manifestación en testigo ó en otorgante, 
cuando esa edad no señala ninguno de los períodos legales que pueden 
influir en la validez de la obligación? 

Y todavía podríamos llevar más lejos nuestras dudas. ¿Ese Christo- 
phorus de Columbo, Dominici filius , era el mismo CRISTÓBAL que luego 
fué Almirante del mar Occéano? ¿Pudo estar éste en Savona en Octubre 
de 1470? Porque para decidirnos por la afirmativa, sería necesario hacer 
supuesto de la cuestión y darla por resuelta, cuando nosotros encontra- 
mos cada vez más fundado el aserto del cura de los Palacios de que 
COLÓN contaba setenta años al tiempo de su fallecimiento. 

Este juicio quedaría plenamente confirmado, si fuera cierto, como 
nos aseguraron, que el mismo docto investigador, marqués de Staglieno, 
ha encontrado después nuevos documentos que comprueban, sin género 
ninguno de oscuridad ni confusión, que el inmortal descubridor del Nuevo 
Mundo vio la luz primera en Genova al principiar el año 1435. Pero esta 
noticia nos fué transmitida de un modo inusitado hace ya muchos meses, 
y el haber transcurrido tanto tiempo sin haberse publicado los documen- 
tos, nos hace abrigar duda acerca de su existencia, como la abrigamos 
sobre los anteriores. 



(C).-Pág 34 

SOBRE LOS LIBROS ANOTADOS POR CRISTÓBAL COLÓN, 
QUE SE CONSERVAN EN LA BIBLIOTECA COLOMBINA, EN SEVILLA 

Por el licenciado don Simón de la Rosa. 

ALLIACO sive Alyaco (PETRUS DE). Tractatus de ymagine mundi. — 
Epilogus mappe mundi. — Tractatus de legibus et sectis. — Tractatus 
de correctione kalendarii. — Tractatus de vero ciclo lunari. — Cosmo- 
graphie tractatus dúo. — Vigintiloquium de concordantia astronomice 
veritatis cum theologia. — Tractatus de concordia astronomice veri- 
tatis et narrationis hystorice. — Tractatus elucidarius astronomice 
concordie cum theologia et cum hystorica narratione. — Apolo- 
gética defensio astronomice veritatis. — Alia secunda apologética 
defensio eiusdem.— Tractatus de concordia discordantium astrono- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



217 



morum. — Preter hos autem opuscula quedam auditoris eius magistri 
Joannis Gersonis... Opusculum scilicet astrologie theologisate. — ítem 
contra supersticissam dierum obseruationem. — ítem contra doctri- 
nam medici cuiusdam in monte pessulano sculpentis in nummismate 
figuram leonis. — ítem propositiones septem contra superstitiosos 
dierum obseruatores. 

Es este volumen el mismo á que hace referencia varias veces 
el P. Las Casas en su Historia de las Indias y que tanto consultó y 
estudió, valiéndose de las muchas notas manuscritas puestas en sus már- 
genes, para componer y ordenar varias noticias relativas á la vida del 
Almirante y de su hermano don Bartolomé Colón. También lo citan con 
frecuencia los escritores y biógrafos de don Cristóbal , y sus anotaciones 
manuscritas han dado ocasión á disputas y polémicas sobre quién fuera 
su verdadero autor, y hasta han influido en el ánimo de algún escritor 
extranjero, amigo de novedades y de ligero juicio, para suponer contra 
todos los historiadores, que don Cristóbal COLÓN retornó de España á 
Lisboa por Diciembre de 1488. 

El Excmo. Cabildo eclesiástico, por respeto á este monumento 
bibliográfico histórico de universal celebridad, lo conserva, juntamente 
con otros cuatro volúmenes de no menor interés y valor científicos, ence- 
rrado en elegante urna de cristal, entre el segundo y tercer salón de la 
Biblioteca, para que los aficionados á las glorias y grandezas de Sevilla 
puedan libremente contemplar y admirar joyas de tal valía '. 

Forma un volumen en fol. men. gót. s. 1. n. f. correspondiendo los 
tipos á la oficina de Juan de Westphalia, primer impresor de Lovaina, 
y la edición, que es también la primera, se hizo en los años 1480 ó 1483. 
Consta de 171 hojas 2 en cada página sin foliación y sin reclamos, y con 
sig. a. 2 — kk 9 , que empieza en el folio séptimo. En blanco el frente 
de la 1. a hoja, al reverso, léese una advertencia relativa á las ocho 
figuras, ó sean las esferas celeste y terrestre, que aparecen en las 
siguientes cuatro hojas, una en cada página, iluminadas por cierto las de 
este ejemplar. También la hoja 6. a , blanca en los demás ejemplares, se 
encuentra aquí toda manuscrita, con tablas de los equinoccios y horas de 
la salida y ocaso del sol. En blanco está también el anverso del folio 7. , 
conteniendo el reverso un elogio del autor y enumeración de todos los 
tratados que el volumen comprende. El texto del primer opúsculo Imago 
mundi comienza al folio 8.° y sus cuarenta capítulos ocupan hasta el 




mm? 




1 La urna, juntamente con la mesa en que está colocada, las costeó el Excmo. señor 
don Andrés Parladé y Sánchez de Quirós, conde de Aguiar, que quiso dejar de este modo 
un elocuente testimonio de su veneración á la memoria del inmortal genovés. 

s Por error de imprenta aparece con 1 91 folios en el libro Don Fernando Colón histo- 
riador de su padre , de Mr. Harrisse, pág. 75, nota 107. 




Cristóbal Colón, t. i. — 28. 



218 



CRISTÓBAL COLÓN 



é 



W*L 






principio del folio 40 l en que termina con esta nota: Explicit Ymago 
mundi a dno. Petro de Aylliaco Epo. Cameraccn. de scriptura et ex 
pluribus Actoribus recollecta. Auno dñi. M.CCCC. décimo Angustí, duo- 
décimo 2 . 



s*¿t j & 



1 En los 1 50 primeros ha sido formada á mano la foliación de este volumen , habiendo 
el amanuense hecho caso omiso del fol. 6.", por estar en blanco y resultando por esta causa 
retrasada la cuenta en un número, á partir desde dicha hoja. Ahora que estamos descri- 
biendo el lugar que cada tratado ocupa, haremos abstracción de los números escritos; pero 
al tener que referirnos más adelante á un folio determinado, lo efectuaremos según la nume- 
ración manuscrita, por haber- e atenido á ella cuantos escritores se han ocupado de este 
precioso códice. 

4 Consúltese el libro, poco há publicado, que se intitula Petrus de Alliaco, su 
autor Luis Satembicr, en 8." prolongado, Insu/is ex typis F. Lefort , MDCCCLXXXVI. 

Con severa crítica y en sentido genuinamente católico, al par que haciendo gala de 
correctísimo estilo, el señor Salembier ha formado una completa biografía de Pedro d'Ailly, 
aduciendo varios documentos y datos antes desconocidos, y ha estudiado los graves acon- 
tecimientos que tuvieron lugar en aquella calamitosa época de la historia, que se conoce 
con el nombre de Cisma de Occidente , así como los hechos culminantes ocurridos durante la 
celebración de los Concilios de Pisa y de Constanza, en que tan principal intervención tuvo 
el cardenal francés. 

Tanto el bibliógrafo como el historiador, el filósofo como el teólogo, el cosmógrafo 
como el astrólogo, el místico como el poeta, encontrarán en esta obra un caudal precioso 
de materiales, de noticias y de juicios de alto valor científico. En él no solamente se enu- 
meran, determinándose la fecha de su formación, todas las producciones literarias del sabio 
Cardenal de Cambrai en número de 153, sino que se distinguen las antes dadas á luz de las 
inéditas, las conocidas de las ignoradas hasta la publicación del libro, las ciertamente pro- 
cedentes del autor, de aquellas otras de incierta, dudosa ó supuesta procedencia, indicán- 
dose á la vez las varias ediciones de las impresas, y los ejemplares de las manuscritas, así 
como las Bibliotecas donde se encuentran actualmente. 

Más notable, si cabe, es la segunda parte dedicada á examinar la doctrina de Pedro de 
Alliaco. Aquí es donde el autor ha desplegado todas sus brillantes facultades, para pintarnos 
gráficamente, valiéndose para ello de los textos mismos de las obras del cardenal, cuyo 
examen científico verifica á la vez, no sólo las grandes virtudes que adornaron al prelado 
francés, como acérrimo y celoso propagador de la integridad y reforma de las costumbres, 
como valiente impugnador de las herejías de Juan Huss y Jerónimo de Praga , como con- 
sumado doctor en el desempeño del magisterio, couio elocuente orador y escritor sagrado, 
sino también las enormes defecciones y lamentables extravíos en que incurrió, ya en materia 
filosófica, dejándose llevar de las doctrinas del Nominalismo y de los delirios de Guillermo 
Occam y contradiciendo á San Anselmo, Santo Tomás y San Buenaventura; ya en materia 
teológica, sosteniendo con respecto á la Iglesia, al Sumo Pontífice y al Concilio general las 
perniciosas (hoy heréticas) doctrinas que sirvieron después á Lutero, Melanchton y otros 
heresiarcas para sus propios fines, y que dieron al Cardenal de Alliaco el triste nombre de 
Padre del Galicanismo. 

Al objeto presente es de grandísimo valor científico la parte del libro que se refiere al 
mencionado cardenal en el concepto de cosmógrafo, geógrafo y astrólogo, bajo cuyos puntos 
de vista, sin duda alguna, sobresalió principalmente. Todo cuanto sabía la antigüedad acerca 
de estas materias y todo cuanto había podido descubrir la ciencia hasta aquella época, se 
contiene en sus obras., si bien con algunos errores y omisiones indispensables, de tal modo 
que ellas revelan el estado de la cosmografía, geografía y astrología en la primera mitad 
del siglo XV. Con estas obras á la vista podrá juzgarse mejor de la influencia que pudo 
ejercer su lectura en el ánimo de Cristóbal Colón , para el descubrimiento del Nuevo 
Mundo. 

Ocupándose el señor Salembier del primer tratado de este volumen, dice así: < Imago 
mundi rotunditatem terrse, existentiam Antipodum, possibilitatem transfretandi ab Hispania 
in India, cseteraque ejusmodi asserens, certissime sub oculis Christophori Columbi erat, dum 
iter magnum illud quo mundus veluti duplicatus est meditabatur. Rem evincit ipsum volu- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



219 



Desde el folio 40 hasta el final del 44 ocupa el tratado Epilogas 
mappe mundi, compuesto de 10 capítulos. El tratado de legibus et sectis 
contra supersticiosos Astrónomos , desde el principio del 45 hasta mitad 
de la vuelta del 58, y según la nota final fué terminado por el autor 
el 24 de Diciembre de 14 10. Desde este último folio hasta el 64, parte 
inferior de su anverso, se hallan los seis capítulos de que consta el 
tratado de correctione kalejidarii. A la vuelta del 64 empieza el tratado 
de vero ciclo lunari y termina en el frente del 69, presentando en el 68 
dos círculos iluminados para saber el día en que se debe celebrar la 
Pascua. En el folio 90 concluyen los dos tratados de Cosmographia, 
el i.° compuesto de 22 capítulos y el 2. de 5, estando otra figura 
iluminada en el 85. El titulado Vigintiloquium llega hasta el folio 104; 
el de concordia astronomice veritatis, &., hasta el 122; el elucidarius astro- 
nomice concordie, &. hasta el 144; el Apologética defensio, &., terminado 
por el autor en Colonia el 16 de Septiembre de 1414, hasta el 146 
vuelto; el Secunda apologética defensio, &., concluido el 3 de Octubre 
de I4i4en Colonia, hasta el 149; y el de concordia, &., hasta 
el 158. 

Al reverso del mismo folio comienzan los tratados de Juan Gersón, 
y el primero, ó sea el opusculum astrologie theologisate, se extiende hasta 
el folio 166 vuelto; el contra supcrsticiosam dieruvi observationem, hasta 
el 168 vuelto; el contra doctrinara mcdici cuhisdam, hasta el principio 
del 170, y último, hasta la vuelta del folio final 171. Existen figuras 
iluminadas en las hojas 103, 124 por ambos lados, 136 y 150. 

Respecto á las épocas en que se escribieron todos estos tratados, 
además de las ya indicadas, en 14 10 concluyó Pedro de Alliaco el 
EpilogUS mappe mundi; el de correctione kalendarii en 1 4 1 1 ; el de vero 
ciclo lunari y CosmograpJiie tractatus dito, desde 1398 al 141 1; el Vigin- 
tiloquium, &.. en el año 1414; el de concordia astronomice veritatis et 
uarratiouis hystorice , en 10 de Mayo del mismo año, y en 24 de 
Septiembre, el elucidarius, &.; por último en 5 de Enero de 141 5 el de 
concordia discordantium astronomorum. 



^m¿ 



men in Bibliotheca Columbina Hispalensi asservatum, et notulis ipsa Christophori manu 
descriptis decoratum.> (Cap. III, pág. 176). 

Nació Pedro d'Ailly en Compiégne el año 1350, de padres humildes, y estudió en el 
Colegio de Navarra , en París. En 1380, dos años después de comenzado el Cisma, tomó el 
grado de doctor en la Sorbona, siendo nombrado en seguida canciller de la Universidad, 
confesor y limosnero de Carlos VI. Ocupó las sillas de Puy y de Cambrai, habiendo se- 
guido el bando del antipapa don Pedro de Luna, aunque en el concilio de Pisa negó la 
obediencia á éste, llamado Benedicto XIII, y á Gregorio XII su competidor. Dos años des- 
pués de terminado el Cisma, en 1420, murió Pedro de Ailly en Aviñón. 

Juan Gersón , su discípulo y sucesor en el cargo de canciller, nació en Francia, en el 
pueblo de su mismo apellido, el año de 1363. Por sus virtudes y ciencia mereció los nom- 
bres de docto y piadoso con que le distingue el cardenal Belarmino, habiéndosele conside- 
rado por algunos como autor de la Imitación de Cristo, á causa de esas mismas cualidades. 
Murió en León de Francia, en 1429, en la oscuridad del retiro. 



220 



CRISTÓBAL COLÓN 



2P*^- 



Los opúsculos del canciller Juan Gersón fueron compuestos para el 
Delfín de Francia el año de 141 9. 

Muchas notas manuscritas, según indicamos antes, ilustran los 
márgenes de cada uno de estos libros, las cuales han sido atribuidas al 
Almirante por varios escritores, fundados en estas palabras de Las 
Casas, lib. I, cap. XI: «.Pedro de Alineo, Cardenal... & a ., creo cierto que 
á CRISTÓBAL Colón más entre los pasados' movió á su negocio; el libro 
del cual fué tan familiar á CRISTÓBAL Colón, que todo lo tenía por las 
márgenes de su mano y en latín notado y rubricado, poniendo allí 
muchas cosas que de otros leía y cogía. Este libro muy viejo tuve yo 
muchas veces en mis manos, de donde saqué algunas cosas escritas 
en latín por el dicho Almirante Cristóbal Colón, que después fué para 
averiguar algunos puntos pertenecientes á esta historia, de que yo antes 
aún estaba dudoso. — Ansi que tornando al propósito, visto lo que Aliaco 
decía y las razones y autoridades que trae llegóse muy propincuo 
Cristóbal Colón y cuasi ya del todo á determinarse.» El P. Las 
Casas es testigo muy competente en la materia, porque poseía muchos 
escritos originales del Almirante, según él mismo afirma en la Historia 
de las Indias, y conocía muy bien su escritura y la de su hermano don 
Bartolomé Colón. 

De todas estas notas manuscritas, distínguense unas que son 
llamadas ó repeticiones de las palabras más interesantes del texto, 
según costumbre antigua, y otras que contienen noticias ú observacio- 
nes propias del mismo amanuense, para aclarar, corregir ó modificar la 
doctrina del libro. Entre estas últimas véanse algunas de las más 
importantes, advirtiéndose que están formadas de la misma mano en 
letra redonda muy correcta. 

Folio 12 del Imago mundi. Junto al pasaje de Alliaco, donde se 
dice ser inhabitable la zona tórrida por su excesivo calor, se lee la nota 
siguiente: non est inhabitabilis quia per eam hodie nauigant p. g. (¿portu- 
galiae gentes?) imo est populatissima et sub linea equinoxiali est castruvi 
mine serenissime regis portugalie quem vidimus. Hablase aquí de San 
Jorge de la Mina ó Elmina, factoría y fortaleza construida en 1481 por 
los portugueses, en la costa septentrional del golfo de Guinea, siendo 
de advertir que el anotador emplea el verbo en plural, hemos visto. En 
el ejemplar de la Colombina titulado Historia rerum ubique gestarum 
del P. Pío II, al margen del folio 3. vto., hállase escrita de la misma 
mano esta nota, como puede verse en el lugar correspondiente de este 
catálogo. 

Claramente alude á esta anotación Fr. Bartolomé de las Casas, 
cuando en su citada Historia de las Indias escribe : « En el año, pues, 
de 1 48 1 despachó (el rey de Portugal don Juan II) una buena armada 
para hacer un castillo y fortaleza en el río que llamaban de San Jorge, 
que es la mina del Oro, para comenzar á tomar posesión del señorío de 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



221 



Guinea, por virtud de las donaciones que los Sumos Pontífices á los 
Reyes de Portugal habían hecho... Tornó á enviar otros descubridores 
el año 1484 que descubrieron el reino de Congo y más adelante 
hasta 24 o , desa parte de la línea equinoccial hacia el Sur... etc. En estos 
viajes y descubrimientos, ó en algunos de ellos, se halló el Almirante 
don Cristóbal Colón y su hermano don Bartolomé Colón, según lo 
que yo puedo colegir de cartas y cosas escritas que tengo de sus manos. » 
(Tomo i.°, cap. XXVII, págs. 207 á 210; edición 1. a , publicada por el 
Marqués de la Fuensanta del Valle y don José Sancho Rayón. 
Madrid, 1875). 

Y en otro lugar agrega: «En unas anotaciones que hizo de como 
todas las cinco zonas son habitables, probándolo por experiencia de sus 
navegaciones, dice ansi el Almirante: «Yo estuve en el castillo de la 
»Mina del Rey de Portugal que está debajo de la equinoccial y ansi soy 
»buen testigo que no es inhabitable como dicen.» (Ibid., cap. III, pág. 48). 

Folio 13. Al margen del cap. VIII en el mismo libro Imago mundi, 
ó sea del capítulo titulado de quantitate terre habitabilis , se lee la 
siguiente nota manuscrita: «Nota quod hoc anno de 88. in mense descambri 
apidit in vlixbona bartolomcus didacus capitaneus trium carauelarum 
quem miserat serenissimus rex portugalie in guinea ad tentandum terram 
et renunciauit ipso serenísimo regi prout nauigauerat ultra quan nauiga- 
tam leuch 600. videlicet 430 ad austrum et 130 ad aquilonem vsque uno 
promontorium per ipsum nominatum «cabo de boa espej'anca-» quem in 
agcsinba estimamus quodque in eo loco inuenit se distare per astrolabium 
ultra linea equinociali gradus 43 quem idtimum locum distat ab vlixbona 
leuche Jioo qvem viagium pictauit et scripsit de leucha in leucha in vna 
carta nauigacionis vt occuli visui ostenderet ipso serenissimo regi in qui- 
bus ómnibus interfui.-» 

Hemos preferido transcribir el texto con todas sus incorrecciones, 
descifrando á la vez las abreviaturas , para que sea conocido tal como está 
el original. Ante todo debe tenerse en cuenta que el anotador no habla 
aquí en plural como antes, sino en singular, interfui, intervine, esto es, 
que él fué parte en la empresa del descubrimiento del Cabo l . 

Véase ahora lo que sobre esta nota dice el P. Las Casas: «Yo hallé, 
en un libro viejo de Cristóbal Colón, de las obras de Pedro de Aliaco... 
escritas estas palabras en la margen del tratado de imagine mundi, 
pág. 8.°, de la misma letra y mano de Bartolomé Colón, la cual muy 
bien conocí y agora tengo hartas cartas y letras suyas, tratando de este 
viaje.» (Copia á continuación la misma nota anterior, aunque corrigiendo 
algunas de sus muchas faltas de sintaxis latina, y agrega): «Estas son 




1 Sobre la genuina inteligencia de esa frase, inquibus ómnibus interfui , y la presencia 
de Cristóbal Colón en Lisboa en el mes de Diciembre de 1488, véase lo que dejamos 
dicho en el texto. 



CRISTÓBAL COLÓN 



BBB 



t£ 



V: 



'-.V 




palabras escritas de la mano de Bartolomé Colón, no sé si la escribió de 
sí ó de su letra por su hermano CRISTÓBAL Colón , la letra yo la conozco 
ser de Bartolomé Colón, porque tuve muchas suyas. Algún mal latín 
parece que hay é todo lo es malo, pero póngolo á la letra como lo hallé 
de la dicha mano escrito,» etc. (Aduce aquí el obispo de Chiapa la 
traducción española y continúa): «Parece diferir en el año lo que dice 
Bartolomé Colón y lo que refiere el portugués coronista, porque dice 
Bartolomé Colón que el año de 88 y el coronista el de 87 que llegaron á 
Lisboa : puede ser verdad todo desta manera y es , que algunos comienzan 
á contar el año siguiente desde el día de Navidad, que ansí lo debía de 
contar Bartolomé Colón, y por eso dijo que en Diciembre llegaron á 
Lisboa, año de 88., y otros desde Enero, y ansí aun no siendo salido 
Diciembre, refirió el coronista que el año de 87 llegaron á Lisboa. Esto 
parece ser verdad, porque dice que salieron el año de 86, por fin de 
Agosto, y volvieron el año de 87 por Diciembre, habiendo tardado 
en la jornada ó viaje diez y seis meses, que viene cuenta cabal.» 
(Ibid., cap. XXVII, pág. 213). 

Ocupándose el contexto de la anterior anotación manuscrita en la 
célebre expedición llevada á efecto por los portugueses capitaneados por 
Bartolomé Díaz, que dio por resultado el descubrimiento del Cabo Tor- 
mentoso, llamado después Cabo de Buena Esperanza, y atestiguando el 
confeccionador de la nota haber concurrido también como parte entre los 
descubridores, importaba al historiador de las Indias averiguar si Barto- 
lomé Colón había hablado en nombre propio ó en el de su hermano 
don CRISTÓBAL, porque en este segundo caso era indudable que don 
Cristóbal COLÓN había también asistido al descubrimiento del Cabo de 
Buena Esperanza con Bartolomé Díaz. Por esto el P. Las Casas forma 
deducciones sobre el particular y concluye en definitiva: «de donde 
parece seguirse la necesidad que Cristóbal Colón no se halló en el 
dicho descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza y lo que referí que 
hallé escrito de la mano de Bartolomé Colón en el libro de Pedro de 
Aliaco, lo dijo de sí mismo y no de su hermano Cristóbal Colón, y 
ansí lo creo yo haber acaecido cierto por las razones dichas.» 

No obstante ser tan explícitas las palabras del historiador Las 
Casas, el escritor brasileño Adolfo de Varnhagen, incansable investigador 
de las cosas de América, aseguró que la letra de esta nota era de 
mano del mismo don Cristóbal Colón (Bulletin de Géographie , Enero 
de 1858, tom. XV, pág. 71). Mr. Harrisse aceptó como buena la opinión 
del historiador brasileño, defendiendo no sólo que don Cristóbal Colón 
era conocidamente el autor de la nota, sino además que el mismo Almi- 
rante en persona presenció en Lisboa por Diciembre de 1488 el acto de 
desembarcar Bartolomé Díaz con su gente, de vuelta de la expedición 
al Cabo de Buena Esperanza. Sin embargo, ya Mr. Harrisse no piensa lo 
mismo sobre este punto; últimamente ha declarado que la nota no es 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



223 



letra del Almirante '. También M. D'Avezac estimó como cosa cierta la 
estancia de don Cristóbal Colón en Lisboa en Diciembre de 1488, y 
consideró la nota como autógrafa del mismo, fundándose en la autoridad 
de ambos escritores 2 . Pudo M. D'Avezac no haber tenido presentes los 
escritos de Bartolomé de Las Casas, cuya historia aún no se había dado 
á la imprenta, cuando escribía su libro, y ser esta la causa de pen- 
sar así \ 

En vista de tan encontrados juicios, sin duda alguna preferiríamos 
la opinión de aquellos que han reconocido en la nota la letra del Almi- 
rante; mas la categórica afirmación del P. Las Casas y su grande autori- 



1 Hé aquí las mismas palabras de Mr. llarrisse: «Pero en lo que se equivocan los 
«historiadores es en asegurar que á virtud de las concesiones que le hicieron Fernando é 
» Isabel, rehusó Colón las ofertas del rey de Portugal, y no se movió de España. Véase la 
«prueba de su error...» (aduce y copia en seguida la nota del /mago mundi y agrega): «Luego 
«Colón se encontraba en Lisboa en Diciembre de 1488 y le fué comunicada la carta que 
1 > Bartolomé Díaz traía del Cabo de Buena Esperanza.» 

En el mismo lugar dice después: «... y por otra parte la nota es conocidamente de 
mano de don CRISTÓBAL, como todas las demás anotaciones manuscritas en el Alyaco.» — 
(Harrisse, D. Fernando Colón, Sevilla, 1871, págs. 75 y 76 y nota lio). 

« Mais elle (la nota del Alliaco) est bien de l'Amiral, comme les autres notes qui 
remplissent les marges du volume. » — (Harrisse, Fcmand Colomb , París, 1872, pág. 114). 

Su último parecer lo expone en las siguientes palabras: 

« — L'écriture difiere d'une maniere essentielle de la calligraphie des lettres écrites et 
signées par Christophe Colomb, et que nous possedons. » — (Harrisse, Christophe Colomb, etc., 
París, 1884, vol. 2. , pág. 190). 

A todo lo cual replica un moderno escritor italiano con no poca oportunidad y donaire: 
«Ecco infatti che il sig. Harrisse, dopo di aversi informato testé che di tutte le note 
«marginali apposte nella Imago Mundi «l'écriture différe d'une maniere essentielle de la 
«calligraphie des lettres écntes et signées par Christophe Colomb, et que nous possedons,» 
«viene a confessare indirettamenle che s' era ingannato attribuendo all' ammiraglio la nota 
»in discorso; e che veramente Colombo stava in Ispagna, quando Dias compiva la sua 
»famosa scoporta sulle coste d' África: due errori, uno paleografico, 1' altro storico, ritrattati 
pianin pianino.» — (Origine, patria e gioventh di Cristo/oro Colombo, per Celsus (Próspero 
Peragallo), Lisboa, typographia elzeviriana, 1886, pág. 41). 

2 Année veritable de la nais sanee de Christophe Colomb et revue chronologique des princi- 
pales époques de sa vie, París, 1873, par M. D'Avezac, pág. 57: «II (Christophe Colomb) eút 
la faculté de se rendre a Lisbonne, ou il declare lui-méme, dans une note autographe, avoir 
vu arriver, au mois de decembre , etc. » 

3 No puede decirse lo mismo de Mr. Harrisse. Aunque en el libro D. Fernando Colón, 
historiador de su padre, Sevilla, 1 87 1, repetidas veces ya citado, se queja el autor de no 
habérsele facilitado el manuscrito original de la Historia del P. Las Casas, cuando viajaba 
por España, casualmente se han descubierto la injusticia y falta de fundamento de sus pala- 
bras. Léase la Advertencia preliminar á la Historia de las Indias del mismo historiador, dada 
á luz, según se dijo ya, por primera vez en Madrid en 1875 P or e ^ marqués de la Fuensanta 
del Valle y don José Sancho Rayón, donde se encuentra el párrafo siguiente: «... en la 
»primera parte del MS. original que se custodia en la Biblioteca de la Academia de la 
«Historia, se lee esta nota de su puño (del de Mr. Harrisse), en una de las tres hojas blancas 
»que tiene de guardas: Compulsé par Henry Harrisse le ij (no se entiende el mes; parece 
«decir Aoút) 1869, y no comprendemos como, en la pág. 46 del libro de que venimos 
«ocupándonos (en el D. Fernando Culón) dice, con mucha formalidad al parecer, «que no 
»había podido examinar la Historia general de las Indias y la Apología, escritas por 
»Fr. Bartolomé de las Casas de 1527 á 1559, cuyos MSS. son tan raros como inabordables.» 

Había, pues, compulsado el manuscrito Mr. Harrisse en 1869, es decir, dos años antes de 
afirmar en letras de molde que no había podido examinarlo. 



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224 



CRISTÓBAL COLÓN 



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dad en la materia, como poseedor que era de manuscritos del Almirante 
y su hermano, y conocedor por lo tanto de la letra de ambos , aunque 
nunca sea segura norma en el cotejo de letras la apreciación pericial, 
obligan, sin embargo, á seguir como más probable el juicio del histo- 
riador de las Indias. 

Por otra parte, cuando se examina detenidamente la correcta letra 
redonda empleada en la nota y se compara á la vez con los escritos de 
don Cristóbal Colón, ocúrrense en seguida á la memoria aquellas 
palabras del mismo historiador, hablando del Adelantado don Bartolomé 
Colón: «Era muy buen escribano, dice, mejor que el Almirante, porque 
en mi poder están muchas cosas de las manos de ambos. » 

Y, sin embargo, la prueba no es concluyente. Adviértense con 
frecuencia distintas clases de letras, todas formadas por un solo individuo, 
y que resultan después desemejantes y nada parecidas según el dictamen 
pericial, por las circunstancias de edad en que el pendolista escribía, el 
mayor ó menor esmero requerido por la índole especial del trabajo, ó el 
objeto determinado para que se destina el escrito. El mismo don 
Fernando Colón puede servirnos de ejemplo con su diversa caligrafía. 
Además, el P. Las Casas ha podido padecer algún error en su juicio, 
mucho más cuando en otro lugar nos ha dicho que el Almirante tenía el 
ejemplar de Alliaco, todo por las márgenes de su mano y en latín notado y 
que él mismo sacó de este libro algunas cosas escritas en latín por el 
dicho Almirante don Cristóbal Colón , que después fué pai'a averiguar 
algunos puntos pertenecientes á su historia. 

La casualidad nos ha dado ocasión de agregar algo por nuestra 
cuenta en favor de la afirmación del P. Las Casas. Buscando antecedentes 
en la Biblioteca, llegó á nuestras manos un libro de los de la Colombina, 
y en él descubrimos dos notas ó apuntes de navegación, escritos con 
hermosa letra, y á nuestro juicio por la misma mano que formara la nota 
en cuestión del volumen de Alliaco. 

Es este libro el titulado Lo illustro poeta Cecho dascoli: con 
comento, etc., en 4. , Venecia, por Juan B. Sessa, 1501. 

En la guarda blanca del principio adviértese este apunte manuscrito, 
encabezado con una cruz : Nota qe la tierra q¿ esta de frente de cabo de 
cruz qe esta en. 52. grados vltra eqnociale, esto tomado por el estrelabio, y 
mas qe alos. 12 de abril eran las ?iocJiés. 14. horas. 

En la parte interior del pergamino de la cubierta y casi borradas 
algunas palabras por el transcurso de los siglos, léese todavía lo siguiente, 
escrito de la misma mano : partió la nao Franca hora de. p. a los 21 de 
angosto=pai'tio la solorzana a los. y. de setiembre ■= pardo el comendador 
maior. a los. ij. de setiembre =pai'tio la gotierva el primero de octobre. 

Aquí no cabe ya sospechar que el Almirante haya podido ser el 
autor de la letra. El comendador mayor ó de Lares, don Frey Nicolás de 
Ovando, salió de Santo Domingo embarcado en una flota á las órdenes 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



225 



del joven don Fernando Colón, — -según el capitán Gonzalo Fernández de 
Oviedo, primer historiador de las Indias, en su Historia general y natural 
de las mismas, parte primera, del que copiaron después los demás histo- 
riadores, — en el mes de Septiembre del año 1509; ó como se determina 
de una manera más concreta en la nota anterior, á los. 17. de setiembre: 
y don Cristóbal Colón había muerto tres años antes en Valladolid, ó 
sea en el de 1 506, no habiendo podido, por tanto, ser el autor de estos 
apuntes. 

A pesar de todo, aún no habíamos podido desechar nuestras dudas: 
esto vino á suceder después que, examinada la hoja final del volumen, 
encontramos en ella la siguiente nota, escrita de la mano de don Fernando 
Colón: Este libro era del adelantado my tio. Esta Registrado, 3361 l . 



1 También don Bartolomé Colón, como se ve, fué aficionado á los libros, no sólo á 
los de Cosmografía y Geografía sino á los de Literatura y otras materias. En el libro 
n -° 3774 del Registro titulado Soprascripti et introscripti epistolarum latine et tituli in 
toscano, etc., é impreso per Jacobwn clericum anuo. 1488., dejó escrita don Fernando Colón 
esta nota : diomelas el adelantado my tio en Seuilla año. 150?. 

Son por extremo curiosas las notas puestas por don Fernando en los libros que le 
fueron donados. Hé aquí algunas, nada más, tomadas del Registro: 

Número 3784. Summa geberis de perfectionis inuestigatione... sequitur eiusdem geberis 
Summa magna alchimie... ítem eiusdem liber verborum trium &*... est in quarto de mano. 

Número 3785. Sedacina totius alchimie guillelmi sedacerii carmelite... est in quarto de 
mano: fuít extractus a libris petri aragonum Regis: diomelo con la Summa de geber. don 
xristobal de Soto motor hijo de la condesa de Camina quando yvamos a las yndias año de ijotp. 

En efecto, entre las personas que acompañaron al Almirante don Diego Colón á la 
Española, dice el P. Las Casas, cfuese á vivir á aquella isla un caballero gallego, don 
> Cristóbal de Sotomayor, hijo de la condesa de Camina y hermano del conde de Camina, 
ssecretario que había sido del rey don Felipe... el dicho don Cristóbal vino solo y mondo, 
icomo dicen, con solo sus criados, harto pocos, y no traía de Castilla un cuarto para 
gastar.» Refiere después el mismo historiador que «don Cristóbal de Sotomayor fué asesinado 
con otros cuatro españoles en la isla de San Juan por el Rey Agueíbana, señor mayor de la 
tierra, y por los demás indios que le habían tocado en el repartimiento (Historia de las 
Indias , tomo III, págs. 258 y 283). 

Número 3374. Triumphus Crucis hieronymi Sauonarola de ferrara... Venetiis per 
Lazarum soardum... 1505... diomelo Simón V. de en Seuilla por Nouiembre de fjocj: est in 8." 

Número 3346. Epístola venerabilium Reliquiarum diu occultarum et nuper Repertarum 
in lateranensi ecclesia in sacello quod dicitur sancta sanctorum... est in 8.° fuit mihi missus 
ex urbe a magistro petro salmaticense. 

Numero 2668. Nouus modus corrigendi Kalendarium absque termini paschalis anticipa- 
tione editus per andream de pace Canonicum burgensem... est in 4." y embiomelo maestre 
pedro de Salamanca de Roma. 

Número 2725. Tabla de la diuersidad de los días y horas y partes de hora en las 
cibdades, villas y lugares despaña y otros de europa que les responden por sus paralelos 
compuesta por antonio de nebrija... est in 4." diomela el mismo author en alcalá de henares 
anno. 1 5 1 7. 

Número 421. Confusión de la secta mahometana y del alcoram compuesto por Joannes 
andres clérigo de Xatiua... fue ympreso en Valencia a 25 de agosto de. 15 19. diomela 
en brusselas Domingo despinosa mi cozinero por setiembre de .1320. de fin. 4. (a). 

Número 414S. Muestra de la lengua castellana en el nacimiento de hércules o comedia 

(a) También por una rara coincidencia llamábase Espinosa el cocinero de don 
Cristóbal Colón, único entre todos los españoles residentes en Santo Domingo, que con 
la más infame ingratitud se prestó á poner los grillos al Almirante, cuando el Comendador 
Bovadilla lo envió preso á España en una carabela, juntamente con sus dos hermanos Diego 
y Bartolomé. 

Cristóbal Colón, t. i. — 29. 



226 



CRISTÓBAL COLÓN 






1P§ 







No nos corresponde tocar la cuestión histórica sobre si don Cristó- 
bal Colón hallábase ó no en Lisboa por Diciembre de 1488, ni mucho 
menos averiguar el tiempo de su permanencia en España. Las noticias 
más exactas ó aproximadas á la verdad acerca de este período de la vida 
del Almirante, puede dárnoslas el erudito escritor don Tomás Rodríguez 
Pinilla, que en su obra intitulada Colón en España, (Madrid, 1884), ha 
tratado é investigado ampliamente dicho período con sabia crítica y 
copioso número de datos históricos. 

Para nuestro objeto bastará dejar consignado que el mismo Almi- 
rante, en carta dirigida á los Reyes Católicos, y los primeros historiado- 
res de Indias en el relato de la vida de don Cristóbal , excluyen toda 
idea sobre ese supuesto viaje. En cuanto á los modernos historiadores, la 
unanimidad es completa. Según Muñoz y Navarrete don CRISTÓBAL 
Colón no salió de España para Portugal desde fines de 1484 ó Enero 
de 1485, (fecha en que partió secretamente de aquel reino por la felonía 
de don Juan II y su Consejo, y no por esos otros móviles innobles que 
inventan actualmente sus enemigos), hasta el año de 1492. Así lo refiere 
también Washington Irving y así la más recomendable y mejor escrita 
historia del Almirante, ó sea la del conde Roselly de Lorgues, aunque 
estos dos últimos escritores y alguno otro más antiguo, lo suponen visi- 
tando á Genova y Venecia, antes de presentarse en Córdoba á los Reyes 
Católicos; así el referido escritor Rodríguez Pinilla, y así, finalmente, el 
valiente crítico italiano Próspero Peragallo, en sus tres notables publica- 
ciones, escritas recientemente para impugnar una peculiar opinión de 
Harrisse en materia de bibliografía, y en verdad que la refutación no ha 
podido ser más victoriosa y contundente l . 

La carta que don Juan II envió á Cristóbal Colón en Sevilla, 
fechada en 20 de Marzo de 1488 (Colección de Navarrete, tomo II, pá- 



de amphitrion en español compuesta por fernan perez de oliua... es en 4° y diomela el mesmo 
autor en seuilla a 2j de nouiembre de . 1323. 

Número 1090. Antibarbarorum erasmi Roterodami liber vnus &. a est in 4. Impressum 
basilee mense maiio anno .1520. y diomelo el mismo autor. 

Número 4214. Joannis genesii sepuluede cordubensis de fato et libero arbitrio libri tres 
contra Lutherum... Authoris epístola ad Joannem rufifum cordubensem... Est in 4. Imp. Rome 
anno 1526 mense junio quem librum ipsemet author tradidit mihi Bononie II Januarii 
anni 1330. 

Número 1950. Notariatus ars manuscripta ad vsum leodiensium. partim in sermone 
latino et partim in flamingo... est in 4. dexomelo enrrique quando se fue de mi casa. 

Número 1960. Petri ciruelo hispani pronosticon in hispano sermone pro anno .1524... 
est in 4. Dedit mihi magister Joannes de guadalua a 23 de Julio de .¡323. 

Número 2512. Sebastiani veterani disputatio de eccontricis et de epiciclis quam mihi 
idem Sebastianus dedit 3. die mensis martii anni .1326... est in 4. 

Número 2640. Sermo fratris dyonisii vazquez hispani in die cinerum .. Rome 
anno .1513. 8. martii : fuit mihi datum á salazar. 

Titúlanse dichas obras: L' Autenticita delle Historie di Fernando Colombo e le chritiche 
del signor Enrico Harrisse, Genova, 1884: Riconferma dell" Autenticita, &.* Genova, 1885: 
Origine, patria c gioventu di Cristophoro Colombo, per Celsus, Lisboa, 1886. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



227 



gina 8. a ), nada en concreto revela acerca del supuesto viaje, y cualquiera 
deducción particular sacada de su contexto, nunca podrá alcanzar el 
nombre de hecho cierto y seguro á los ojos de la crítica juiciosa. 

Por otra parte, sábese que, enviado don Bartolomé Colón por su 
hermano don Cristóbal, antes de abandonar éste á Lisboa, para que 
propusiese la empresa del descubrimiento al rey de Inglaterra, cayó aquél 
en poder de unos corsarios, y no vuelve á decirse más de su vida, hasta 
que en el mes de Febrero de 1488 se presenta en Londres y dirige la 
petición al rey don Enrique VIL Pudo, por lo tanto, don Bartolomé 
hallarse en el descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza y desem- 
barcar en Lisboa con los expedicionarios en Diciembre de 1487. 

Mas no vaya á creerse por esto que el volumen de Pedro de Alliaco 
no contiene letra del Almirante. Aun en el caso de pertenecer á don Bar- 
tolomé Colón las notas manuscritas del tratado Imago mundi, ya vere- 
mos en los demás tratados del mismo códice otras notas puestas por la 
mano de don Cristóbal. Así es , que lejos de desmerecer el ejemplar 
por las consideraciones expuestas , resulta doblemente realzado su mérito 
por contener autógrafos de los dos ilustres hermanos. 

Folio 1 5 del « Imago mundi » : nota : quod si taprobana est vt snperius, 
distaret á v° occidente ad zcpheris gradus .§8. quapropter bene dicimus 
qnod inter hisppaniam et indiam est paruum mare. Hácese aquí una 
aclaración al texto de Alliaco, cuando cita en el cap. XI de a7iteclimatibus 
et postclimatibus la autoridad de Plinio acerca de la isla de Taprobana. 
Deduce del texto el anotador que entre España y la India debía mediar 
un mar pequeño, navegable en poco tiempo. En efecto, según Aristóteles 
y otros filósofos antiguos, como Plinio, Séneca, Averroes, etc., desde las 
costas occidentales de España á la India podía navegarse en pocos días; 
cuya creencia influyó en el ánimo de don Cristóbal para su empresa 
del descubrimiento. Acerca de la isla de Taprobana ya veremos más 
abajo otra nota. 

Folio 21 vuelto del «Imago mundi»: nota: quod regniwi Tharsis est 
in fine orientis in fine Katay ad quem in loco dicto ophir mitebant salomón 
et iosaphat clasem et deferebant aurum arge?üum dentes elephantorum, 
quorum naves ex asiotigamber in mari 1-ubro recedebant et in auno cuín 
dimidio nauigabant vsque ophir et in tanto tempore redibant: vide in 
lib.o .j. reguní c.° p in eo in duobus locis: similiter in paralipomenno 
lib.° 2 c.° p. in eo in duobus et nicolaus de lira, super. 3 regum c.° p: et 
in dicto lib.° j, i n fi ne ultitni capituli; et in fine ultimi capituli libri 2, 
c.° 20. paralipomennon. et actor iste petrus de ayliaco in ymagine mundi 
in c.° 5, et in .jp. et translatoi'um ptolomei in alphabeto ubi loquitur de 
tarsis dicens vnus esse in licia de quo fuit S. Paulus reliquum in fine 
orientis et vide in nostris cartis a papiri videlicet in sphera , et nota quod 
de regno tharsis venit rex in ierusalem ad dominum, quodque stetit in 
itinere annum vnum cum diebus tresdecim vt vult. b. ieronimus super 



228 



CRISTÓBAL COLÓN 



matheum loquens de magno itinere quod non potuebant (sic) venire in .13. 
diebns et vide magister cartusensis (sic) ubi loqnitur de magis qui vene- 
ra nt in betíen.=hec omnia habemns de verbo ad vcrbum in carta p apir i. 

Aquí se citan autoridades y textos á que el Almirante aludió 
frecuentemente en las cartas y relaciones de sus viajes á las Indias. Así 
es que en su tercera expedición le oimos referir que « Salomón envió 
desde Hierusalem en fin de Oriente á ver el monte Sopora, en que se 
detuvieron los navios tres años;» y agrega después: «el cual tienen 
vuestras altezas agora en la Isla Española,» etc. 

«De este monte Sopora, dice el P. Las Casas, no he podido hallar 
dónde sea, ni autor cristiano ni gentil que del haga mención...: la Escri- 
tura no dice que las naos de Salomón fuesen al monte Sopora, sino en 
Ophir: este Ophir, según la glosa, era una provincia de las Indias, nom- 
brada de Ophir, uno de los del linaje de Heber, de quien hubo principio 
el linaje de los judíos. Otros dicen que es isla, y Jacobo de Valencia dice 
sobre aquel verso Reges Tarsis et insulce, del salmo LXXI, y afirma 
ser la isla nominatísima y riquísima de la Taprobana, de la cual Ptolo- 
meo, Solino, Pomponio, Plinio y Strabón, maravillas dicen: que sea isla, 
que sea provincia, Salomón enviaba su flota, que cargaba las naos de oro 
y plata, etc., lo que dice la Escritura que iban las naos en Tharsis, 
más debía ser nombre de la región que de la ciudad... Aquella isla de 
Ophir ó monte de Sopora, dice aquí el Almirante ser, aquesta isla Espa- 
ñola que ya tenían Sus Altezas; pero engañóse, como por lo dicho apa- 
rece, aunque tuvo alguna causa de se engañar, etc.» (Historia de las 
Indias, tomo II, cap. CXXVIII) 

Folio 25 del /mago muudi: «África in duplo est quam Europa et 
»quamvis in medio ipsius sit térra arenosa, tamen in aliquibus locis habi- 
»tatur: a parte australi et septentrionali habitant gentes sine numero, nec 
»impedit máximum calorem et sub linea equinoctiali, vbi dies semper 
»sunt horarum .12. habet castrum serenissimus rex portugalie in quo fui 
»et mueni locus temperatus esse.» 

Folio 29 del mismo tratado. Al margen del cap. XLII, que se ocupa 
de la isla de Taprobana, escribe el anotador: «nota quod ptholomeus 
»colocat hanc insulam sub linea equinoctiali et non longe a continente 
» térra ymo próxima quapropter oportet intelligere ex quo loco recederunt 
»naues romanorum.» 

Folio 42. Al margen del capítulo titulado de mensura et quantitate 
maris, en el tratado Epilogus Mappe mundi, se lee: «nota quod sepe 
»navigando ex vlixbona ad austrum in guinea notaui cum diligentia viam 
»vt solent naucleres et malinios (sic) et prora accepi altitudinem solis cum 
»quadrante et alus instrumentis plures vices et inueni concordare cum 
»alfragano videlicet responderé quolibet gradu mil 56 Va quapropter ad 
»hanc mensuram fidem adhibendam esse, igitur posimus dicere quod 
>;circuitus terre sub arcu equinoctiali esse .20400. mil.=similiter quod id 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



229 



»inuenit magister yosephus fixicus et astrologus et alii plures misi solum 
»ad hoc per serenissimum regem portugalie: idque potest videre quisque 
»mentientem (sic) per cartas nauigationum , mensurando de septentrione 
»in austro per occeanum extra omnem terram per lineam rectam quod 
»bene potest incipiendo in anglia vel hibernia per lineam rectam ad 
»austrum vsque in guinea.» 

Refiere en esta nota, quien quiera que sea su autor, haber navegado 
con frecuencia por las costas de Guinea, en donde tuvo ocasión de com- 
probar la certeza del cálculo hecho por Alfragano y sus discípulos, los 
cuales atribuían solamente á cada grado de la esfera cincuenta y seis 
millas y dos tercios, considerando por esto el globo de menores dimen- 
siones que las que realmente tiene. 

Cabalmente este error geográfico, al decir de todos los historiadores 
del Almirante , fué una de las varias causas que le movieron y decidieron 
á llevar á cabo la grande empresa del descubrimiento: pues, según Las 
Casas , « de esta opinión infería Cristóbal Colón que siendo pequeña 
toda la esfera, de fuerza había de ser pequeño aquel espacio de la tercera 
parte que Marino dejaba por ignota, y por tanto sería en menor tiempo 
navegada: de donde ansí mismo infería, que pues aún no era sabido el 
fin oriental de la India, que este tal fin sería el que estaba cerca de nos- 
otros por el Occidente, y que por esta causa se podían llamar Indias las 
tierras que descubriese. » (Hist. de las Ind. tom. i .°) 

Tan creído iba el Almirante que había de encontrar las partes orien- 
tales del Asia, navegando por occidente, que al descubrir la isla Juana 
ó de Cuba , presumió hallarse en la famosa Cypango (Japón), encontrada 
por Marco Polo en sus viajes á la China y demás regiones orientales á 
fines del siglo xni x . 

También escribió el Almirante á los Reyes Católicos diciéndoles que 
« había de trabajar de ir al gran can que pensaba que estaba allí ó á la 
ciudad de Cathaí (China) que es del gran can, que es muy grande, 
según le fué dicho antes que partiese de España » 2 . 

Cítase en esta nota al célebre médico y astrólogo del rey de Portu- 
gal, el judío Josepho, que aplicó el astrolabio á la navegación. 

Folio 60. Al margen del tratado que se titula de correctione Kalen- 
darii, cap. III, de error e ex mutatione equino xiorum et solstitiorum , léese 
lo siguiente : « nota quod ascendendo in Kalendario anno solari minu- 
tis .10. secundis .44. in quolibet anno vt in fine tractati de legibus et 
sectis probatum est et hic confirmatur posimus signare equinoxium ver- 
nale hoc anno .1491. die XI, marcii post meridiem horis .1. minutis .37. 
secundis .27. tertiis .47. accipiendo radicem in anno de 141 1. die. XI. 
marcii ad meridiem complecta et horis .15. minutis. 56. secundis. 7. ter- 



Léase la relación del primer viaje del Almirante, referente al 24 de Octubre de 1492. 
La misma relación, día 30 de Octubre. 



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230 



CRISTÓBAL COLÓN 



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tiis. 47. intrauit sol in primo puncto arietis. — expedit tune prouidere 
ad. B.» 

El autor de la nota, según él mismo declara, verifica estos cálculos 
astronómicos en el año de 1 491 : y si es D. Bartolomé Colón, como se 
cree por el P. Las Casas, hallábase en Londres en aquella fecha, propo- 
niendo al Rey la realización de la empresa ideada por su hermano don 
Cristóbal. 

Folio 10 1 del. Vigintiloquium de concordia astronómicos veritatis. 
Al margen del verbum ip encuéntrase esta nota hecha por mano de don 
CRISTÓBAL COLÓN : « nota quod mihi videtur quod est incertum ascen- 
dens mundi ea de causa quia ómnibus in locis sunt ascendentes inequales 
videlicet si in toletum ora meridiana est ascendens in libra non similis 
erit in alexandria et sic de alus.» 

Las demás notas manuscritas puestas en el margen del mismo folio 
. proceden de distinta mano, ó sea de la que redactó las que hemos pre- 
sentado copiadas anteriormente. Obsérvase por el color claro de la 
tinta que esta nota del Almirante ha debido escribirse en época anterior 
á la en que se hicieron las demás, es decir, que es de las primeras con 
que se ilustraron los márgenes del volumen. 

Con la misma tinta desvirtuada por la antigüedad pueden verse 
formadas otras muchas anotaciones autógrafas del Almirante, en los 
folios 104, 149 vto., 150, 156 vto. y 166 vto. 

No concluiremos sin hacer notar antes á las personas estudiosas el 
singularísimo valor que ofrece para la historia y para el conocimiento 
exacto de los hermanos Colón, este volumen de las obras de Pedro de 
Ailly. Recorriendo las anotaciones manuscritas, fácilmente se descubre 
el abstraído pensamiento del amanuense. Se le ve siempre traspasando 
la esfera de los conocimientos suministrados en el texto, y remontarse á 
otras regiones más altas, allí donde ha vislumbrado el secreto de un 
mundo nuevo, dirigiendo y concentrando todas sus observaciones cons- 
tantemente hasta este mismo término. 

Ambos hermanos se nos presentan iniciados en el secreto y ambos 
estudian y se esfuerzan por romper cuanto antes la oscuridad que lo 
envuelve; pero con una diferencia muy marcable. Bartolomé, el intrépido 
y experimentado navegante, consigna con exquisito cuidado cuantos 
hechos presencia que puedan relacionarse con la futura empresa: Cristó- 
bal, el pensador profundo y sabio cosmógrafo, medita y reflexiona, y el 
fruto de sus estudios lo va escrupulosamente conservando para en su día 
completar el plan acabado de la grande obra. No se contenta con hechos: 
y por esta razón á su ciencia, y más que á su ciencia, á su poderosa fe 
católica, se debió el grandioso descubrimiento del Nuevo Mundo. 

C.—Está registrado. 3122. 

Los otros volúmenes que pertenecieron á Colón y están separados 
con el de Pedro de Alyaco en la urna ó vitrina son los siguientes: 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



231 



1 .° — Profecías que juntó el almirante don Cristóbal Colón 
de la recuperación de la santa ciudad de iiierusalem y del 
descubrimiento de las indias, dirigidas á los reyes católicos. 
Componen un ms. de 30 centímetros de longitud y 22 de ancho con 
70 hojas actualmente, aunque en su principio debió constar de 84. 
Descríbenlo don Juan Bautista. Muñoz , Historia del Nuevo Mundo, don 
Martín Fernández de Navarrete en su Colección de los viajes y descubri- 
mientos, tom. II. pág. 2É0. docum. diplom. CXL, don Bartolomé Ga- 
llardo en el Ensayo de tma Biblioteca española, publicado por los señores 
Zarco del Valle y Sancho Rayón, tom. II, pág. 499, y otros escritores 
por quienes pueden verse copiados los principales documentos. 

Distínguense cuatro clases de letras en el manuscrito. La de los dos 
folios primeros, que se repite en muchos lugares del volumen, notable 
por su forma redonda y clara, de amanuense desconocido, pero diestro 
en la escritura; la del fol. 3. , usada en otros muchos pasajes, bastante 
buena y clara también, aunque de pulso no tan seguro y amaestrado, 
por pertenecer á don Fernando Colón, muy joven aún, en la época á que 
se refiere este libro; y la del folio 4. , ó sea la de la carta del Almirante 
á los reyes doña Isabel y don Fernando, atribuida sin fundamento por 
Gallardo á don Fernando Colón, con cuya letra no guarda ninguna 
semejanza, como se ocurrirá al menos experto que quiera compararlas. 
Aunque las excelentes condiciones caligráficas de esta carta parecen 
superar á las de los escritos indubitados del Almirante; sin embargo, no 
deja de advertirse cierta analogía entre muchas de aquellas letras con las 
mismas empleadas por don CRISTÓBAL en la escritura corrida, por cuya 
causa este documento se ha considerado generalmente, como autógrafo 
del mismo; y el mayor esmero y perfección al redactarlo pudieran expli- 
car esa diferencia que en general se advierte comparándolo con otros 
originales. Tampoco parece fundada la opinión de Gallardo, cuando, 
negada la autenticidad de la carta, las palabras propicio y para debujar 
espera, interlineadas en el documento con distinta letra, las tiene por 
de la misma mano que redactó las observaciones astronómicas del 
fol. 59 vuelto, reconocidas por todos, incluso el mismo Gallardo, como 
autógrafas de don Cristóbal Colón. Cotéjense las letras p, d, b y j, 
de las palabras interlineadas con las mismas letras empleadas en aquellas 
Memorias, y las de éstas con el contexto general de la carta y apare- 
cerá desde luego una evidente desemejanza en el primer caso, y por el 
contrario, no pequeña analogía en el segundo. De lo que resulta que 
la carta es obra autógrafa del Almirante, pero no las palabras interli- 
neadas. 

La última clase de letra es la que se emplea en las observaciones 
del folio 59 vuelto. Del cotejo paleográfico resulta comprobado evidente- 
mente que pertenece á don CRISTÓBAL COLÓN , y así lo han reconocido 
Muñoz, Navarrete, el mismo Gallardo y otros muchos escritores. 



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232 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Poseyó, pues, don Fernando este manuscrito desde su formación, 
como lo indican su misma letra y la circunstancia de llevar la nota final 
reducida solamente á estas palabras: Está Registrado, 2091: porque 
holgaban aquí las indicaciones de precio, que no había mediado, de lugar 
y fecha de adquisición, anotadas en los libros incluidos en el Registro, 
entre los cuales cuéntase este de las Proferías. 

Y es de notar la temprana afición de don Fernando á los libros, que 
se indica ya en este hecho, á los trece años escasos de su edad, y se 
confirma en otros varios por los mismos historiadores. Recuérdese que 
llegado al puerto de Santo Domingo en Julio de 1 509, á la edad de diez 
y ocho años, en la flota de su hermano don Diego el Almirante, en la 
que iban la esposa de éste y Visorcina doña María de Toledo, sus tíos el 
Adelantado don Bartolomé Colón y don Diego Colón, y otros muchos 
caballeros é hijosdalgo, señoras de la nobleza y doncellas casaderas, al 
decir del P. Las Casas, despachó en seguida el Almirante á su hermano 
don Fernando, para que viniese á estudiar á Castilla, porque era inclinado 
á las ciencias y á tener muchos libros, partiendo de aquella isla, con el 
mando de capitán general de las naves, por el mes de Septiembre del 
mismo año 509, y llegando á Castilla bueno al cabo del año. 

Posible es que el P. Las Casas cometiera algún pequeño error en 
la fecha de la llegada, porque don Fernando pasa por Sevilla com- 
prando libros en Noviembre del mismo año 1509, ya de vuelta de su 
expedición á la Isla Española, como lo acreditan las notas puestas de 
su puño y letra al final de los mismos libros, y aun tiene tiempo para 
recorrer á Toledo y Medina del Campo, adquiriendo otras varias obras 
antes de terminar aquel año. 

2. — PlI II PONTIFICIS MAXIMI. HISTORIA RERÜM UBIQUE GESTA- 
RUM, &c. (Primera parte). I v. f. men. de 105 hojas, letra romana. 
« Venetiis per Joliannem de Colonia sociumque eius Johanncm manthe de 
Gherretzem auno millesimo: CCCCLXXVII.» Primera edición muy rara. 
Contiene este ejemplar en sus márgenes varias notas manuscritas, algu- 
nas de ellas análogas, por sus indicaciones, á las del ejemplar Imago 
mnndi de Pedro de Allíaco, y evidentemente trazadas por la misma 
mano que formó aquellas. En las últimas guardas blancas se descubrió 
la copia de la famosa carta latina de Toscanelli al canónigo portugués 
Fernando Martínez, que el autor envió también con un mapa marítimo 
á Cristóbal Colón. Conocidos son los elogios tributados á este 
descubrimiento por M. D'Avezac, Harrisse y otros escritores modernos, 
debido al diligente oficial que fué de esta biblioteca, don José Fernán- 
dez de Velasco, el cual lo puso en conocimiento del mencionado 
Mr. Harrisse cuando visitó la Colombina. No por otra causa pudo éste 
publicar la copia, impresa y fotografiada, en el libro titulado Don Fer- 
nando Colón, historiador de su padre , pág. 70 y siguientes. El hallazgo 
fué de tanta n\ayor importancia, por cuanto se había perdido el texto 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



233 



original latino, y se conocía solamente la versión italiana, trasunto 
incompleto de la epístola, hecho con poca fidelidad. 

Por lo demás, la letra de la copia descubierta en el ejemplar de 
Pío II, aunque otra cosa asegure Mr. Harrisse, no parece ser de don 
Cristóbal; probablemente corresponde á don Bartolomé Colón, her- 
mano del Almirante, con cuyos escritos presenta completa semejanza. 

Débese consignar aquí, respecto á la procedencia de este libro, lo 
mismo que queda ya advertido respecto á la del códice anterior. La 
nota final manuscrita se encuentra reducida á lo siguiente: Está Regis- 
trado , 31 2j; y no existiendo indicaciones de precio, lugar y fecha de 
adquisición, ni en la nota del libro, ni en su correspondiente asiento del 
Registrum, hay razón para deducir que don Fernando Colón lo adquirió 
por los mismos medios que obtuvo el ms. de las Profecías, y, por 
tanto , que también este ejemplar perteneció al Almirante don CRISTÓ- 
BAL Colón. 

3. — Marci pauli de veneciis de consuetudinibus et condi- 
CIONIBUS ORIENTALIUM REGIONUM: traducción del italiano al latín por 
Fray Fra?icisco de Pepuriis de Bononia, primera que se hizo del texto 
original. Es un v. en 4. gót., compuesto de 74 fol. sin numeración y 
s. 1. n. f. (probablemente se imprimió por Gerard de Leen, en Ambéres, 
hacia el año 1485 ). El valor de este ejemplar se halla doblemente real- 
zado por su rareza y por las notas de don Fernando Colón que frecuen- 
temente ilustran el texto. • 

Las relaciones de Marco Polo, según manifiestan los historiadores 
de las cosas de América y los biógrafos del Almirante, ejercieron en el 
ánimo del mismo principalísima influencia para la empresa del descubri- 
miento, hasta el extremo de asegurar Washington Irving, «que Marco 
Polo ilust7'.a tan en alto grado los viajes de Colón, que sin él apenas se- 
rian comprensibles:-» y en otro lugar agrega, «que Colón amaba la obra 
de Marco Polo que tenía manuscrita, y su sueño era encontrar la famosa 
Cipango. » 

La expuesta consideración unida á que el ejemplar no fué adquirido 
á título de compra por su hijo don Fernando, si se atiende á la nota 
final que carece de toda indicación de procedencia, y se reduce á señalar 
el número del Registro en esta forma: Está Registrado , 2J41 ; induce 
á creer que este libro debe ser otro de los que sirvieron para el uso 
particular del Almirante y pasaron después á la pertenencia de su sabio 
hijo don Fernando. 

Otra razón más hay en el presente caso que confirma la validez de 
nuestro juicio. Don Fernando poseyó otro ejemplar del libro de Marco 
Polo, veneciano, que describió así en el n.° 3279 del Registrum: «Libro 
de marco paulo veneciano y de las cosas q e vido en las partes orientales, 
traduzido de latín en Castellano por Rodrigo de Sanctaella... etc., la obra 
se diuide en. 135 capí, epitho. y nume... etc. ítem se sigue otro tratado de 

Cristóbal Colón, t. i. — 30. 



234 



CRISTÓBAL COLÓN 



M 






— mu 



cosmograpJiia de pogio florentino traducido en Castellano por el mismo 
Rodrigo de Sanctaella. etc. es en fo. a. 2. col. ymprimiose en Seuilla por 
Lancalao polono y J acorné Cromberger a. 28 de mayo de 1502 años, costo 
en Calatayud. j¿. mrs. año ijio. » 

Don Bartolomé José Gallardo copió íntegra la descripción de este 
número del Registrum , como se ve en el Ensayo de tina biblioteca espa- 
ñola de los señores Zarco del Valle y Sánchez Rayón. 

Pues bien : no hay razón satisfactoria para explicar la causa por que 
don Fernando indicó la procedencia de esta última edición y su adquisi- 
ción á título de compra, y omitió la misma indicación respecto á la 
incunable, sino diciendo que no obtuvo esta última por compra, sino por 
donativo, y dadas las aficiones del Almirante á la obra de Marco Polo, 
conjeturar que del mismo Almirante debió recibir don Fernando este 
ejemplar. 

4. — El último volumen custodiado en la urna contiene las siguien- 
tes obras: 

Anglerius sive Anglus (Petrus Martyr). De orbe Decades. 
Edición muy rara, en fol. men., 68 hoj. sin numeración, let. redonda, 
Alcalá de Henares, por Arnaldo Guillermo, 15 16. 

Opera. Cegatio babilónica. Occeana decas. Poemata. Edición 
primera, muy rara, en fol. men. gót. de 74 hoj. sin numeración, impresa 
en Sevilla, por Jacobo Cromberger, 151 1. Este ejemplar carecía ya en 
tiempo de don Fernando Colón de la Occeana decas anunciada en el 
título, según se ve en la descripción que se hizo del libro por el mismo 
don Fernando al n.° 2018 del Registro, constando por esto actualmente 
de 48 folios nada más. En cambio, al final de todo el volumen se 
encuentra unida una antigua carta geográfica de la Isla Española, hecha 
á la pluma en pergamino, según se cree, por CRISTÓBAL COLÓN, en la 
cual están dibujadas también las tres célebres carabelas que primeramente 
llegaron al Nuevo Mundo. 

Cuentan, sin embargo, los primeros historiadores de las Indias, que 
en el año de 1 507 el comendador mayor Ovando, nombrado gobernador 
general por el Rey Católico, mandó á un piloto llamado Andrés de 
Morales , « que anduviese todos los rincones de esta isla y pusiese por 
escripto cuantos rios y cuafttas sierras, y cuantos montes , y cuantos valles, 
con la dispusicion de cada uno que en ellos hallase.-» (Las Casas, Historia 
de las Indias, tomo III, cap. 41). 

Don Fernando Colón, en su Registro, hace referencia á la carta 
geográfica unida al libro de Pedro Mártir, que fué impreso cinco años 
después de la muerte del Almirante don CRISTÓBAL. 

Estos libros, ó algunos de ellos, han sido testigos de hechos gran- 
diosos y de acontecimientos notables, transmitidos luego por la historia. 
Fueron inseparables compañeros de don Cristóbal y don Bartolomé en 
sus empresas legendarias, y en la próspera como en la adversa fortuna 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



235 



les sirvieron de fieles consejeros. Así es que cuando el comendador 
Bobadilla cometió la más villana de las acciones, mandando prender con 
grillos la veneranda persona del Almirante y de sus ilustres hermanos 
don Diego y don Bartolomé, y enviándolos en dos carabelas desde Santo 
Domingo á España en Octubre de 1500, apoderóse también de sus 
bienes, «despojándolo de las yeguas y caballos y todo lo que más halló 
con todos los libros y escrituras públicas y secretas que tenía en sus 
arcas, lo que más dolor le dio que todo,» según refieren los historiadores. 
Los- Reyes Católicos mandaron restituir al Almirante y á sus hermanos 
«todo el oro y joyas, y las haciendas de ganados y bastimentos de pan y 
vino, y libros, y los vestidos y atavíos de sus personas que el Comen- 
dador Bobadilla les había tomado.» 



(D).-Pág. 51 



SOBRE LA RESIDENCIA Y CASA DE COLON EN LA ISLA DE MADERA 



O estudo histórico intitulado: — A casa em que habitóte Christovao 
Colombo na ilha de Madeira. — Do qual offereco um dos exemplares 
tirados em separado, foi por mim escripto em exclusivo obsequio ao dis- 
tincto photographo mandeirense, ó señor Joáo Francisco Camacho, como 
ahi digo. Foi publicado, como meu que é, no Diario de Noticias da ilha 
da Madeira, em Maio de 1877. No ño. 180, immediatamente anterior á 
estes, á Redacgao anunciou isso en termos muitos obsequiosos para mim. 

Este mesmo — Estudo histórico, — traduzido para o hespanhol, 
palavra á palavra, excepto nos pontos em que mais ou menos directa- 
mente me referia á min, appareceu, datado de 28 de Junho de 1877, 
isto é, de cerca de un mez despois da publicagao d' elle no Diario 
de noticias da Madeira, appareceu, digo, no número 38 da Ilustración 
Española y Americana de 15 de Octubro de 1878, firmado, sem decla- 
ragao de traduzido, pe lo señor don Ventura de Callejón, entao cónsul 
de Espanha na dicta ilha. 

O señor Callejón, no breve preámbulo á esse meu — Estudo histó- 
rico, — mostráseme agradesido dizendo que eu me prestei á ministrar-lhe 
quantos dados me pediu. Mais isto foi excesso de bondade em su Exe- 
lencia visto que nao fer mais que traduzir ó que eu un mez antes havía 
dado ao publico em um dos mais lidos periódicos madeirenses. Nao me 
foi, pois, possivel acceitar esse agradecimento. Contentava-me com á 
mera declaragao de que ó texto hespanhol era traduegáo do meu — 
Estudo histórico: é contentava-me porque isto bastaría para invalidar urna 
grave injustiga, que eu nao merecí. 



236 



CRISTÓBAL COLÓN 






Mas, aínda assim continuaría, como até agora, mudo á este respeito, 
se nao uvera, como tenho, por solicitagao de un amigo que muito consi- 
dero, que dar informagoes do pouco que sei relativamente á CHRISTOVAO 
Colombo, além do ja impresso. 

Este pouco reduz-se á um punto único é simple. 

No meu aludido — Estudo histórico, — tanto no texto portuguez em 
que o escreví, como no espanhol, á que o señor Callejón o passou 
e deu na Ilustracao, ha urna importante correccao á fazer. 

A era que se le no capitel da columnita central da grande janeua da 
casa que era chamada de COLOMBO, é, nao a de 1457, como por infor- 
magao, alias fidedigna eu escrevi no dicto Estado, mais sim a de 1494, 
como depois de demolida issa janella, par mim mesmo verifiquei, e ainda 
agora se pode confirmar, porque ella existe em poder do Exmo. Par do 
Reino, ó señor doutor Agostino de Ornellas, que era um dos propietarios 
da casa. 

Esta era de 1494, mais accorde que a de 1457 com a architectura da 
referida janella, destrue ó argumento fundamental d' aquelle meu — 
Estudo histórico, — porque poe em evidencia ter essa janella é o edificio 
de que faz parte, sido obra alguns annos posterior a residencia de 
Colombo na ilha de Madeira, cuja primeira viagem de descobrimentos 
foi em 1492. 

Comtudo, a tradigao madeirense nao sossobra com á perda d' esse 
argomento, porque a chamada casa de Colombo comprendía como 
da estampa da frontaria della se reconhece, duas partes; urna de cons- 
trucgao mais antiga, denunciada pelas ojivas, é outra posterior á qual 
a janella pertenescía. E assim, com quanto esta parte mais moderna seja 
incontestavelmente de tempo em que COLOMBO ja se havía retirado da 
ilha da Madeira, incontestavel tambem é que a parte mais antiga condiz 
com a epocha em que ó despois preclaro descobridor ahí esteve; e como 
construcgao menor que ó conjunto das duas partes, combina com 
á modesta condigáo em que elle entáo vivía. 

Alvaro Rodríguez de Azevedo. 



1 4WtM- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



237 



(E).-Pág. 55 

NOTICIA GENEALÓGICA DA FAMILIA PERESTRELLO 

Lisboa, 10 de Julho de 1887. 
Illmo. e Exmo. Sr. D. José María Asensio. 
Respeitavel Collega é Amigo: 
Consultei todas as obras, tanto impressas como manuscriptas , que 
tratam da familia Perestrello; manusiei todos os documentos que, á 
semelhante respeito, encontrei nos Archivos públicos e cartorias particu- 
lares e, exaqui o resultado do que apurei, durante alguns annos de tra- 
balho. 

Don-me por bem compensado, se a benevolencia de V. Esca. accei- 
tar com agrado esta minguada oíiferenda, do seu Collega e Amigo: 

VlSCONDE DE SANCHES DE BAÉNA. 



NOTICIA GENEALÓGICA 

DA 

FAMILIA PERESTRELLO 



ADVERTENCIA 

Os numes ignaes, á margem de cada nome , nos diferentes § § onde 
se achad collocados; indicao o parentesco de irmaos. 

PERESTRELLOS 

A familia Perestrello é oriunda de Placencia (Piacenza), d' onde um 
dos membros d' ella, veio para Portugal no comégo do reinado de don 
J0S0 I. 

O celebre genealogista Pedro Crescente , na sua Corda Nobresa de 
Italia, trata mui particularmente da familia PALESTRELO, que, por inco- 
rreccaó d' este vocabulo, veio a chamarse, entre nos Perestrello. 

As suas armas sao, as que se passaram, em 15 de Maio de 1539, á. 
favor de Ruy Lopes Perestrello, vid. § III, ap. 10, a saber: «Escudo 
partido em pala; na primeira em campo de oiro, un leáo de purpura 
armado de vermetho; na segunda, en campo de prata urna banda azul, 




238 



CRISTÓBAL COLÓN 



50 



carregada de tres estrellas de oiro de oito pontas, entre seis rosas de 
vermelho de tres em tres, em pala. Elmo de prata aberto guarnecido 
de ouro, e por timbre o leáo do escudo com urna estrella, do mesmo 
escudo, na espadua. Pagnífedas metaes e cores do escudo,» etc., etc. 



§1 



iíss 



GABRIELE PALESTRELO, natural da ciudade de Piacenza ou Placencia, 
onde viven, morreu e havía sido casado com Bartoline Biforti, de 
quem teve. 

Philippone Palestrelo, nascido na Italia e da .mesma naturalidade 
de seu pae. 

Nao podemos precisar o anno em que, este Philippone veio 
da sua térra para Portugal, mas conseguimos verificar, que no 
de 1399, ja se achava com residencia na cidade de Porto, o que se 
evidencia de um alvará mandado passar por el rei don Joáo I e 
assignado por Alvaro Gongalves, védor da sua fazenda, pelo qual 
consta que o dito Philippone fóra exonerado de pagar um certo 
tributo, que o mesmo rei havía imposto, para ocorrer as despesas 
navaes com a tomada de Ceuta; por ter provado dever ser exempto 
disso, em razao de ter, pelo seu nascimento, foro de fidalgo. O refe- 
rido documento e mais pegas originaes, que foram apresentadas, 
existiao ainda no comego do seculo XVII, em máo de donna Leonor 
Lobo Perestrello, casada com Diogo de Saldanha. (vid. § VI, n.° 9, 
ap. 13 e 14). 

En o anno de 141 5, já Philippone se achava resedindo em 
Lisboa e casado con una senhora portuguesa chamada donna Catha- 
rina de Mello, dequem teve os filhos seguintes: 
Raphael Perestrello, com quem se continua. 

Donna Branca Dias Perestrello, amante de Arcebispo de Lisboa, 
don Pedro de Noronha, homem assás notavel pela sua riqueza 
e nascimento l ; dequem teve dous filhos e urna filha, sendo 
esta a que nasceu dentro do convento de Coimbra para onde 
donna Branca foi mendada recolher pelo dito Arcebispo, e onde 
morreu pouco tempo depois de ter casado, a filha ali nascida, 
donna Izabel Henriques, com o Márquez de Monte Maior 2 . 



1 Hist. Gen. da Casa Real Port. Tom. I, ap. 2jj¡, etc., etc. Provas á m. ma. Hist. Tom. III, 
ap. ¿8o e 581. 

* Hist. Gen. da C. R. Port. Tom. V, ap. 184.. — Mentarías Hist. e Gen. dos Grandes de 
Port. ap. 84. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



239 



3. Donna Izabel Perestrello Biforte, viveu em companhia de sua irmá 
até que o mencionado Arcebispo, agradando-se d' ella, prefe- 
ría á irmá e teve d' ella um filho, e a final para se desenfadar 
com outras mulheres, mandou-a recolher tambem ao dito Mos- 
teiro de Coimbra. 

Don Pedro de Noronha, porem, nao descurou o futuro de 
seus filhos, porque a todos auxiliou com o seu valimento e 
dinheiro. Um d' elles foi Bispo de Lamego, outro fundoo a casa 
que veiu a ser mais tarde, dos condes dos Arcos, dos condes 
de Villa Verde e marquezes de Angeja, etc , etc. As ninas 
casaram; una, com o 2. conde de Abrantes, outra com o 
marquez de Monte-Maior e a 3. a com don Lope de Albur- 
querque i.° conde de Penamacor, etc., etc. (vid. § VI, n.° 6, 
ap. 12). 

Donna Izabel Perestrello Biforti, vendo-se condenada á 
clausura, abandonada e preferida polo seu amante, o celebre 
don Pedro de Noronha, sahio do Mosteiro para casar, como 
casou, com Ayres Annes de Beja, e de quem foi seu neto Fran- 
cisco Perestrello, que em 1500 por occasion de obter carta de 
Brasao de suas armas provou esta ascendencia, como demons- 
traremos, no § VII, ap. 14, e § X, n.° 5, ap. 18. 

3. Bartholomeu Perestrello, § XI, ap. 20. 

3. Raphael Perestrello, filho primogénito de Philippone Palestrello, 

ap. 1. 

Herdou a casa de seu pae e casou com... de quem teño: 

4. J0Á0 Lopes Perestrello, servio valorosamente na India e no anno 

de 1502, sahio de Lisboa comandando urna das naus da esquadra 
que hia ás ordens de Vasco de Gama. No seu regresso á patria ins- 
tituio no termo de Alemquer, o morgado, chamado Do Hespanhol. 

Casou com donna Filippa Loureiro e teve d' ella os filhos que 
se seguem: 
5. Antonio Perestrello, com quem se continua, 
5. Donna Mecia Lopes Perestrello, § VI, ap. 12. 
5. Donna Leonor Perestrello Biforti, § IV, ap. n. 
5. Bartholomeu Perestrello, § III, ap. 10. 

5. Raphael Perestrello, servio na India e em Malaca foi em um junco 
descobrir a Costa da China prestando assim grandes servigos 
e vindo a Goa, em tempo que o capitáo don Guterres de Mon- 
roy, estava cercado pelo Hydalcaó, fez, com o seu esforso e 
auxilio de Antonio de Saldanha, levantar o cerco e desbaratar 
o Hydalcaó. 

Vindo, despois, ao reino; el rei don Manuel, o reenviou 
por capitáo de urna ñau da frota commandada por Jorge de 
Alburquerque no anno de 15 19. 



240 



CRISTÓBAL COLÓN 









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Nao casou , nem consta tivesse succenao illegitima. 

5. ANTONIO PERESTRELLO. Herdou o morgado Do Hespanhol, insti- 

tuido por seu pae e teve o officio de contador mor do reino, que lhe 
trouce em dote sua mulher. 

Casou com donna Violante Nunes, filha do derem bargador e 
contador mor do reino Manuel Nunes e de sua mulher Guiomar 
Dias. Esta Guiomar Dias, depois de Viuva, instituio urna capella 
na Egreja dos Martyres em Lisboa. 

Teve: 
6. J0S0 Lopes Perestrello, herdeiro do morgado Do Hespanhol e que 

se segué. 

5. Donna Filippa Biforti Perestrello, § VI, n.° 7, de pag. 13. 

6. Bartholomeu Perestrello, § II, ap. 7. 

6. JoÁO Lopes Perestrello, herdeiro do morgado Do Hespanhol. 

Nao casou, mas teve bastardo em Maria Ferreira, o filho seguinte: 

7. Antonio Perestrello, legitimado por el rei don Sebastian. Por 

ser bastardo nao herdou o morgado Do Hespanhol, que passou a 
seu primo, Manuel Perestrello. (vid. § II, p. 7, n.° 7). 

Casou com donna Luiza de Vasconcellos , filha de Paulo Dias 
da Fonceca, commendador de Salvaterra, na ordem de Christo. 

Teve, alem de outros, o filho que se segué: 

8. Sebastiáo Perestrello de Vasconcellos, commendador de San 

Quintino, na ordem de Christo. Casou com sua prima donna Anna 
de Vilhena, filha de Simaó do Carvalho de Amaral, morgado do 
Pinheiro, e de sua mulher donna Francisca de Abreu de Vilhena, 
sendo esta, bisneta de donna Leonor de Perestrello Biporti, como se 
dirá no § IV, ap. 11, n.° 5, e § V, n.° 8, dep. 12. 
Teve: 

9. Antonio Perestrello do Amarale Vasconcellos. Nao casou, 

mas teve bastardo, em Izabel Gomes, filha de Antonio Lourenco e 
de Cecilia Gomes, o filho que se segué: 

10. J0Á0 Perestrello do Amaral, casado com donna Luiza Thereza 

de Sousa, de quem houve: 

11. Donna Theresa Josefa do Amaral Ribeiro e Vasconcellos, 

herdeira da Casa de seu pae e casada com o derembargador André 
de Sousa Pinheiro, filho de Manuel de Sousa Neto e de sua mulher 
donna Francisca Josefa da Cámara, filha bastarda de Antonio Pin- 
heiro da Cámara. 

Teve filha herdeira: 

12. Donna María da Penha Perestrello, muller do derembargador 
Luiz Coelho Ferreira do Valle e Paria, que teve o habito de Christo 
em 1763 e o faro de fidalgo Cavalleiro em 14 de novembro de 1802, 
sendo entaó vereador do Senado da Cámara de Lisboa. 

Teve, alem de outrus, os dous filhos seguintes: 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



241 



13. Joao Perestrello do Amaral Ribeiro de Vasconcellos Fernandes 

e Sousa, com quem se continua. 
13. José Maria Perestrello do Amaral de Vilhena, fidalgo Cavalleiro, 
por alvará de 3 de abril de 1803. 
13. J0A0 Perestrello do Amaral de Vilhena Ribeiro de Vas- 
concellos Fernandes e Sousa, fidalgo da Casa Real por alvará 
de 28 de Janeiro de 1805. 

Casou com donna Anna Joaquina da Costa de Sousa de Ma- 
cedo, 4. a filha dos segundos Viscondes de Mesquitellas. 

Teve: 
Donna María da Penha Perestrello da Costa de Sousa de 
Macedo, que foi, pelo seu casamento, 4. a viscondessa de Balsa- 
máo, como se dirá no § II, ap. 9, n.° 13, onde se continua esta 
familia. 



§" 



6. Bartholomeu Perestrello, (vid. a pag. 240). Foi thezoureiro mor 
do Reino e casou com donna Maria Fernandes de Vasconcellos, 
filha de Joao Fernandes de Vasconcellos. 

Teve : 

7. Manuel Perestrello, com quem se continua: 

7. Bartholomeu Perestrello, que teve 1 24000 reis de tenga por renun- 
cia que sua mae lhe fez, em 23 novembro de 1556, como 
consta da Chancellaría de El Rei don Joáo III no Liv. 33 af. 
46. — Sem geragao conhecida. 

7. Manuel Perestrello, herdou o Morgado Do Hespanhol, no termo 

de Alemquer, que havia sido de seu primo Joao Lopes Perestrello, 
n.° 6, § I, por este morrer sem successáo legitima, (vid. ap. 5, n.° 7), 
foi tambem senhor da Quinta da Ermigeira em Torres Vedras. 

Casou com donna Izabel Paulo da Gama, filha de Gaspar Vi- 
cente da Gama, 

Teve, a seguinte filha, sua herdeira: 

8. Donna María Perestrello, mulher de Miguel Brandáo Pereira, 

que por esta sua mulher, foi senhor do Morgado Do Hespanhol e 
da Quinta da Ermigeira. 
Teve, sua herdeira: 

9. Donna Izabel María Brandáo Perestrello, mulher de Simáo 
Alvo Godinho, de quem teve: 

10. Pantaliáo Alvo Brandáo Perestrello, fidalgo da Casa Real, 
por alvará de 16 de Janeiro de 1704 e herdeiro da Casa de seus 
paes. 

Cristóbal Colón, t. i. — 31. 






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242 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Casou com donna Maria de Azevedo. 
Teve: 
ii. José Alvo Brandáü Godinho Pereira, fidalgo da Casa Real, 
cavalleiro professo na ordem de Christo, tenente coronel de cava- 
llaria, senhor de Coreixas, da Ermigeira, Do Espanhol e mais casa 
de seus paes e avós &, &, &. 

Casou com donna Izabel Francisca de Sousa Cezar e Lencas- 
tro, filha de Francisco Filippe da Silva Alcoforado e de sua mulher 
donna Maria Rosa de Lencastro. 
Teve: 
12. Donna María Rosa Alvo Brandáo Perestrello de Azeve- 
do, herdeira de toda a casa de seus paes, e casada com seu primo 
o 2.° visconde de Balsemao, Luiz Máximo Alfredo Pereira de Sousa 
Coutinho, do qual houve, entre outros, a: 

Luiz José Alexandre Pinto de Sousa Coutinho, 3. visconde de 

Balsemao, o qual casou, mas nao teve successáo. 
Vasco Pinto de Sousa Coutinho, 4. visconde de Balsemao e her- 
deiro das referidos morgados , que pertenciáo a seu irmáo áci- 
ma por este morrer sem filhos. 

Casou com sua parenta, donna Maria da Penha Perestrello 
da Costa Sousa de Macedo, filha de Joao de Perestrello do 
Amaral de Vilhena y Ribeiro de Vasconcellos Fernandes e 
Sousa de quem se trata ap. 6 e 7, n.° 13 e 14 do § i.° 

— Com successáo muito conhecida até os nossos dias. 



13 



13 



§ in 

5. Bartholomeu PERESTRELLO, ap. 4. Servio na India, com seu irmao, 
Raphael Perestrello (vid. n.° 5, ap. 4) e foi Feitor e Provedor da 
Fazenda Real em Malaca, sendo Capitáo mor Jorge de Albuquerque. 

Nao casou, mas teve bastardo em Maria Roiz, o filho seguinte. 

6. Ruy Lopes Perestrello. 

Prova se a sua existencia e a da sua ascendencia, pela carta, 
que obteve de Brazao de suas armas, em 15 de maio de 1539 1 . 

Casou com donna Mecia Alvez Moniz e teve d' ella: 
7. Pedro Moniz Perestrello, que no anno de 1 560, foi servir na India. 

Sem mais noticia. 
7. Antonio Perestrello, que, como seu irmao, foi servir na India no 

anno de 1562. Sem mais noticia. 



1 Chancellaría de El Rei D. Joao III, Liv. 27 af. 63. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



243 



7- 

7- 

7- 



§IV 



Donna Leonor Perestrello Biforti, ap. 4, n.° 5. 

Casou com Gil Vicente da Maya, fallecido en 16 de Janeiro 
de 1 541, como consta de sua sepultura na Egreja dos frades Capu- 
chas da Camota, &. 

Teve: 
. Joáo Pereira Perestrello, com quem se segué. 
Donna Cecilia Perestrello, § V, ap. 1 1 . 
Donna Francisca Perestrello, mulher de Pedro de Mesquita. 
Com geragáo. 
Joáo Pkreira Perestrello, casou com donna Izabel Tavares, 
filha de Sueiro Annes Moniz e teve: 
Esteváo Soares Perestrello, casou e teve descendencia. 
Donna Anna Perestrello Tavares, mulher de don Francisco de 

Castro, filho de don Jorge de Castro. Teve geragáo. 
Donna Catharina da Silveira Perestrello, 1 . a mulher de seu primo, 
Gil Vicente Perestrello de Maya, § V, a p. 12, n.° 7. 



§v 

6. Donna Cecilia Perestrello, (vid. § IV, n.° 6, ap. 11). Casou 
com Alem Pegado da Silva, natural de Elvas, de quem teve: 

7. Gil Vicente Perestrello da Maya, que se segué. 

7. Raphael Perestrello da Silva, que foi servir na India em 1570 e 

nao ha d' elle mais noticia. 

7. Gil Vicente Perestrello da Maya, casou duas vezes, a primeira 
com sua prima donna Catharina da Silveira Perestrello, ap. II, n.° 7, 
§ IV, a segunda com donna Joanna de Vilhena, viuva de Antonio 
Gonz. a de Gusmáo e filha de don Fernando de Menezes. 

Teve: 
i.° matrimonio, 8. Joáo Pereira Perestrello, que foi servir na India e lá 
morreu solteiro. 

8. Donna Cecilia, freirá no convento de Almoster. 

2.° matrimonio, 8. Donna Francisca de Abreu de Vilhena, mulher de 
Simáo de Carvalho do Amaral, com a descendencia que ficou 
descripta ap. 5, n.° 8 do § I. 





244 



CRISTÓBAL COLÓN 



§VI 



X^ 



Él 



Donna Mecía Lopes Perestrello, (vid. § I, n.° 5, ap. 4). 

Casou com Alfíonso Leitáo, cidadao honrado de Lisboa, e teve: 
6. Donna Leonor Perestrello ', mulher de seu primo don Garcia de 
Albuquerque, filho do i.° conde de Penamacor, ap. — 3. Com 
descendencia mui conhecida. 

6. Donna Catharina Perestrello, com quem se continua. 

Donna Catharina Perestrello, foi mulher do Dr. Luiz Teixeira 
Lobo, dezembargador do Pago e mestre de gramática de El Rei 
D. Joao III. 
Teve: 

7. Joao Teixeira Lobo, que se segué. 

7. Raphael Lobo Teixeira, casado duas vezes, a primeira com donna 
Leonor da Silva e a segunda com sua prima donna Filippa 
Biforti Perestrello, filha de Antonio Perestrello, ap. 4, n. os 5 
e 6 do § I. 

Destes 2 matrimonios houve succegao. 
JoÁO Teixeira Lobo, Anadel mor das Besteiras. 

Casou com donna Brites Botelho filha de Pedro Botelho, juiz da 
Alfandega de Lisboa e de sua mulher donna Izabel Eannes de Buarcos. 

Teve filha única: 
Dona Guiomar Lobo Perestrello, mulher de Manuel de Mes- 
quita, capitao de urna galé, na 1. a vez que El Rei don Sebastiao 
passou a África. 
Teve: 
9. Manuel de Mesquita Perestrello 2 . Acompanhou seu pae á África 
é la ficou por mandado do dito rei, a reconhecer a costa afri- 
cana, desde o cabo de Boa Esperanga até ao cabo das Corren- 
tes, e deixou um roteiro estimado pela claresa e exacgáo, muito 
superior ao que era de esperar do seu tempo. 
9. Donna Leonor Lobo Perestrello; é esta a pessoa de quem'já ñas 
occupamos no comego d' este trabalho, ap. 2, como tendo sido 
o único membro d' esta familia, que soube guardar o docu- 
mento de que se faz mengao na referida pag. 

Casou com Diogo de Saldanha, que servio em Tangere e 
foi commendador de Villa de Rei , na ordem de Christo. 
Com succegáo muito conhecida, &. 



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1 Teve, por carta de El Rei D. Joao III de 19 de margo de 1523, duas mil coroas para 
o seu casamento. 

* Falla d' este Perestrello o P. c Prospero Peragallo, no seu livro, últimamente publi- 
cado, sob o titulo Cristoforo Colombo in Portogallo. Com respeito á familia Perestrello sao 
mui deficientes as noticias que nos da. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



245 



§ VII 



3. Donna Izabel Perestrello Biforti, ap. 2 e 3 do § i.°, n.° 3. 
Abandonou o Mosteiro de Coimbra, onde tinha sido enclausurada 
pelo Arcebispo de Lisbon, seu amante, e casou com Ayres Annes 
de Beja, natural de Coimbra, de quem teve: 

4. Joáo de Beja Perestrello. 

Casou com donna Maria Correa, filha de Payo Correa. 
Teve: 

5. Joao de Beja Perestrello, que se segué. 

5. Francisco Perestrello, § X, ap. 18. 

5. Diogo de Beja Perestrello, casou em Monte-mór o Velho, com 
donna Margarida Jurarte e teve muita descendencia. 

5. Antonio de Beja Perestrello, cavalleiro e commendador da orden 
de Malta. Sem geragáo. 

5. Donna Maria de Beja Perestrello, mulher de Pedro da Costa, 
morgado de Gafanháo, de quem nasceu. Pedro da Costa Peres- 
trello, coevo de Luiz de Camoes, e capitao de urna ñau na 
batalha do Lepanto. Este Pedro da Costa Perestrello tinha 
composto um poema, em oitavas rimadas, intitulado Descobri- 
mento de dom Vasco da Gavia, em seis cantos, mas depois de 
ler os Lusiadas renunciou á publicagáo do seu poema \. 

5. Donna Izabel Perestrello, § IX, ap. 18. 

5. Joáo de Beja Perestrello, herdou a casa de seu pae e depois de 

viuvo foi clérigo e arcediago da Sé de Coimbra. 

Casou com donna Francisca de Barros, de quem houve: 

6. Francisco Perestrello, com quem se continua. 

6. Damiao de Beja Perestrello, § VIII, pag. 246, n.° 6. 
6. Joao de Beja Perestrello, com muita succegao. 

6. Francisco Perestrello, foi cavalleiro da ordem da Christo e teve 
o officio de contador da cidade de Coimbra e adoagao de urna ses- 
maria, na Roupa, termo de Coimbra, tudo por cartas mandadas 
passar por el rei don Joao 3. em Almeirim e Santarem a 21 de 
fevereiro e 10 de abril de 1528, como consta da sua Chancellaría. 

Casou com donna Guiomar Brandao, filha de Ruy Brandáo e 
de donna Maria Pinto; de quem 
Teve : 
Esteváo Perestrello, com muita descendencia. 



7- 
7- 



Antonio Perestrello, que foi padre e conego de Evora e fundou 
um morgado que deixou a donna Izabel Perestrello, sua irmao 




Vid, Cardeal Saraiva (Obras completas do), Lisboa 1876, vol. 6, p. 92. 




246 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Kafiai^ ito 



e a seu sobrino Frei Sipriano, religioso da ordem de santo 

Agustinho. D' este frade escreveu, a sua vida e virtudes, Frei 

Duarte Pacheco, religioso da mesma ordem. 
Donna Maria Perestrello, freirá em Coimbra. 
Donna Izabel Perestrello, herdeiro do morgao ácima e mulher de 

Simao Rangel de Castello Branco, com copiosa geragáo. 



6. 



7- 



10. 



11. 



§ VIII 

DamiáO de Beja Perestrello, foi padre e succedeu a seu pae, 
n.° 5, ap. 15, no cargo e dignidade de Arcediago da Sé de Coimbra. 

Teve bastardos, os filhos seguntes: 
Antonio Perestrello, com quem se continua. 
Joáo de Beja Perestrello, natural de Coimbra e casado com donna 

Maria Mendanha, de quem teve succegáo. 
Francisco Perestrello Correa, natural de Coimbra e casado com 

donna Maria de Aguiar. Com muita succegáo. 
Antonio Perestrello, natural de Coimbra. 

Casou com donna Mecia Pessoa, natural de Lisboa e filha de 
Luiz Felgueira, natural de Vianna e dezembargador das aggravas, 
na Relagáo de Lisboa. 

Teve: 
Esteváo Perestrello, que se segué. 
José Perestrello. Com geragáo. 
E.STEVÁO PERESTRELLO, natural da cidade de Coimbra, alcaide mor 
de Braganga e Familiar do Santo Officio por despacho dos Inquisi- 
dores de Lisboa, de 13 de julho de 1635, como consta das deligen- 
cias a que se procederam e existem no Real Archivo da Torre do 
Tombo em a deligencia n.° 1, do Mago n.° 8 

Casou com donna Joanna de Meirelles, natural de Villa-Vigosa 
e filha de Francisco Ferreira, escriváo do Almoxarifado em Villa- 
Vigosa, e de sua mulher donna Maria Meirelles, natural de Villa- 
Vigosa e filha de Thomé González. 

Teve: 
Ignacio Perestrello Pessoa, juiz dos orphaos em Braganga. 

Casou com donna Maria Matheiro, filha de Antonio Matheiro 
da Cunha, natural de Braganga. 

Teve, filha única. 
Donna Francisca de Moraes Perestrello, mulher de Gon- 
galo Marinho Pereira, de quem, teve: 
Ignacio Perestrello Marinho Pereira, casou com sua prima, 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



247 



donna Leonor de Sousa Lobato, filha de Francisco de Sousa 
Lobato e de sua mulher donna Izabel Sousa de Abreu. 

Te ve: 
12. Francisco Manuel Perestrello de Sousa Lobato. 

Com geragáo muito copiosa. 



§IX 

Donna Izabel Perestrello, ap. 15, n.° 5 do § VII. 

Casou com Diogo Roiz Dantas, natural de Coimbra. 
Teve: 

. Esteváo Perestrello Dantas, que foi capitáo de Laranja na India e 
d' ello faz memoria Joáo de Barros, na decada 7. a , cap. 6, e na 
decada 8. a quando trata da vida do vice rei don Luiz de 
Athaide. Livr. 2, cap. 34, &. Tambem el rei don Joáo III lhe 
concedeu carta de Brasáo de suas armas em 5 de Janeiro 
de 1 540, como consta da Chancellaría de mismo rei. Livr. I, 
fl. 25. 

Casou 2 vezes e teve copiosa successáo. 

. Frei Antonio de Beja, capucho, &. 



5- 



§x 

Francisco Perestrello, ap. 14, n.° 5, do § VIL Foi cavalleiro da 
orden de Christo, commendador de Loja e de Alverca, na mesma 
ordem e alcaide mor da Villa de Avoo. 

El rei don Manoel lhe concedeu carta de Brazáo de suas armas, 
em 6 de fevereiro do anno de 1 500. Por este documento ■ prova-se 
mais urna vez a origem e descendencia d' esta familia, como nos a 
temos descripto. 

O mencionado documento diz o seguinte: «Francisco Peres- 
trello, cavalleiro da ordem da Christo, alcaide mor da Villa de Avoo, 
neto de Izabel Perestrello, bisneto de Micer Filippe Perestrello 2 , 
que foi o chefe d' esta geragáo, &., &., &.» 

Casou em Coimbra com donna Violante Arraes de Mendonga, 
filha de Diogo Arraes de Mendonga. 

Teve: 









1 Este documento acha-se registado no liv. XI, af. 13 v, da Chancellaría de don Joao III. 
* Vid. Philippone Palestrelo, ap. 1. 



248 



CRISTÓBAL COLÓN 



6. Donna Maria Perestrello, mulher de Diogo Botelho, com geragao. 
6. Donna Violante Perestrello Arraes , mulher de Francisco de Pina. 

Com geragao. 
6. Donna Luiza Perestrello, mulher de Gabriel de Almeida, de quem 

teve Francisco de Almeida de Vasconcellos , que no tempo dos 

Filippes, foi secretario do Conselho de Portugal, em Castella. 

Com geragao. 



§XI 



*7. 



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3. Bartholomeu Perestrello, ap. 3, do § i.° Yrmao mais mogo 
de Raphael , donna Branca e donna Izabel e todos filhos de Philip- 
pone Perestrello e de sua mulher donna Catharina de Mello, como 
ficou descripto ap. 1, 2. e 3, do § i.° 

Bartholomeu Perestrello contava poucos annos, quando, por 
influencia e a pedido de suas irmas, entrou para o servigo de mogo 
da cámara do infante don Joao, e mais tarde para o do infante don 
Henrique, irmáo d' aquelle. Nao tomou parte, com Joao Gongalves 
Zarco e Tristáo Vaz, no descobrimento da Ilha do Porto Santo, 
embora escriptores mal orientados, o tenháo asseverado. 

Causa dó á irreflexáo com que, entre nos, se escreve historia!!! 

Quando em 141 8, Zarco e Tristáo Vaz descobriram os Agores, 
Bartholomeu nao passava de um, mui tenro, adolescente. Para o 
comprovar bastará a circumstancia que evidenciamos ap. 23 de ter 
sido elle casado, em segundas nupcias, com a bisneta do segundo 
d* aquelles navegadores, (vid. Quadro Genealógico á p. 249 refe- 
rida). 

Teve sim, por carta datada do i.° de novembro de 1446, 
a doagaó da Capitanía de Porto Santo, simples e únicamente por 
influencia do amigo l de suas irmas, que era um verdadeiro poten- 
tado n' aquelle tempo. 

Tambem Jacome de Bruges, teve a doagáo da Ilha Terceira 
em 1450 e Ioz de Utra, igual mercé, em 1509 da Ilha do Fayal; 
sem concorrer em nen hum d' elles a qualidade de serem descubri- 
dores. 

Bartholomeu Perestrello, casou duas vezes, a primeira com 
donna Brites Furtado de Mendonga, prima de donna Anna de Men- 
donga em quem el rei don Joao II teve o infante don Jorge, 
i.° duque de Aveiro, e a segunda com donna Izabel Moniz, filha 



O Arcebispo de Lisboa, don Pedro de Noronha. Morreu em 12 de agosto de 1452. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



249 



de Vasco Martins Moniz e de sua 3. a mulher donna Joanna Teixeira, 

neta de Tristao Vaz, companheiro de Zarco na descoberta das 

Agores. (vid. Quadro Genealógico). 
Teve: 

Do i.° matrimonio. 4. Donna Catharina Furtado de Mendonga 

mulher de Mem Roiz de Vasconcellos com 
prouida geragáo. 
» » » 4. Donna Izeu Perestrello, mulher de Pedro 

Correa da Cunha. Com geragáo. 

Do 2. matrimonio. 4. Bartholomeu Perestrello, herdeiro da capi- 
tanía de seu pae. Com geragáo. 
» » » 4. Donna Filippa Moniz de Mello ] , casou 

com Christováo Colombo 2 , de quem só o 
ilustre e ilustrado escriptor don José María 
Asensio, pode continuar esta memoria que 
lhe é ofíerecida, pelo auctor VlSCONDE DE 
Sanches de Baéna. 



EIS O 



QUADRO GENEALÓGICO 



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DE QUE SE FAZ MEN^AO AP. 248 



D. a Joanna Teixeira. 



D. a Izabel Muniz\ 
2. a mulherde Bar- 
tholomeu Peres- 
trello, núm." 3,j 
ap. 20, do § XI. 



/ Tristao Vaz, companheiro 
i Langarote Teixeira. < de Zarco. 
] ' D. a Branca Teixeira. 



(D.-Bea.„ 2 deGoe,¡J D »^; te R s X 



Vasco Martins Moniz 



Goes. 



TT . ,, í Vasco Martins Moniz. 

Henrique Moniz. , 1)n .. n 

* ( D. Beatriz Pereira. 

2. a MULLER 

Í„ . T , -. I Goncalo Nunes Barreto, 

D. Ignez de Mene- \ . , ., , , ^ 
b Alcaide mor de taro. 

' D. a Ignez Pereira. 



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1 Usou do apellido de Mello com respeito a sua avoa paterna donna Catharina de 
Mello, assim como por sua bisavoa continuaram a usar, do de Biforti, &., &., &. 

* Nao nos parece ocioso enumerar os nomes de varios patricios de Christováo 
Colombo e seus contemporáneos que vieram estabelecer-se ñas Ilhas dos Agores e de quem 
ainda hoje existe muita descendencia. Évem a ser: Antonio e Leandro Spinola, Joao Anto- 
nio Cezar, Joao Uzadamari, Kisio Cataneo, Lucas Salvago, Urbano Lomellini e ainda outros 
dos appellidos, Doria, Grimaldi, Adorno, &., &., &. 

Aproveitamos o ensejo, para refutar um erro do P. Padre Prospero Peragallo, sobre ter 
elle confundido o appellido Perestrello com o de Ballestre, a que chama Ballestro. Ballestre 
é appellido de una familia hespanhola, que existia inuito antes, na Hespanha, que fosse des- 
coberto os Agores. 

(Vid. Nobiliario de D. Francisco Piferrer, tom. i." e 2. , ap. 94 e 29). 

Cristóbal Colón, t. i. — 32. 



250 



CRISTÓBAL COLÓN 



(F). — Pág. 6o 



CARTAS DE PAULO TOSCANELLI Á CRISTÓBAL COLÓN 



I 



ÉÜ 



Copia misa Christofaro Colonbo per paulum fisicum cum una carta 
nauigationis. 

Ferdinando martini canónico ulixiponis paulus phisicus salutem. de 
tua valetudine de gratia et familiaritate cum rege vestro, generosissimo 
et magnificentissimo principe iocundum mihi fuit intelligere. cum tecum 
allias locutus sum de breuiori via ad loca aromatum per maritimam naui- 
gationem quam sit ea quam facitis per guineam , querit nunc Serenissimus 
rex a me quandam declarationem ymo potius ad oculum ostensionem ut 
etiam mediocriter doti illam viam caperent et intelligerent. Ego autem 
quamvis cognoscam posse hoc ostendi per formam spericam ut est mun- 
dus, tamen determinaui, pro faciliori intelligentia ac etiam pro faciliori 
opera, ostendere, viam illam per quam carte nauigationis fiunt illud 
declarare. Mito ergo sue maiestati cartam manibus meis factam in qua 
designantur litora vestra et insule in quibus incipiatis iter faceré versus 
occasum semper ét loca ad que debeatis peruenire et quantum a polo vel 
a linea equinotiali debeatis declinare et per quantum spacium siue per 
quot miliaria debeatis peruenire ad loca fertillisima omnium aromatum et 
gemarum, et non miremini si voco occidentales partes vbi sunt aromata 
cum communiter dicantur orientales, quia nauigantibus ad occidentem 
semper ille partes inueniuntur per subterráneas nauigationes. Si enim per 
torram et per superiora itinera, ad orientam semper reperirentur linee 
ergo recte in longitudine carte sígnate ostendunt distantiam ab orientem 
versus occidens, que autem transuerse sunt, ostendunt spacia á meridie 
versus septentrionem. notavi autem in carta diuersa loca ad que perue- 
nire potestis pro maiore noticia nauigantium , siue ventis ve casu aliquo 
alibi quam existimarent venirent; partin autem ut ostendant incolis ipsos 
habere noticiam aliquam patrie illius, quod debebit esse iocundum satis, 
non considant autem insulis nisi mercatores aserit. ibi enim tanta copia 
nauigantium est cum mercimoniis vt in toto reliqua orbe non sint sicuti 
in uno porto nobilísimo vocato zaiton. aserum enim centum naves piperis 
magne in eo portus singulis annis deferri , sine aliis nauibus portantibus 
allia aromata. patria illa est populatisima ditisima multitudine prouincia- 
rum et regnorum et ciuitatum sine numero, sub uno principe qui dicitur 
magnus kan quod nomen significat in latinum rex regum, cuius sedes et 
residencia est vt plurimum in prouincia Katay. antiqui sui desiderabant 
consorcium christianorum iam sunt. 200. anni, miscerunt ad papam et 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



251 



postulabant plurimus dotos in fide vt illuminarentur; sed qui missi sunt, 
impediti in itinere redierunt. etiam tempore Eugenii venit vnus ad euge- 
nium qui de benevolentia magna erga christianos afirmabat, et ego secum 
longo sermone locutus sun de multis, de magnitudine fluuium in latitu- 
dine et longitudine mirabili et de multitudine ciuitatum in ripis fluuium, 
et in uno flumine. 200. circa ciüitatis sint constitue, et pontes marmorei 
magne latitudinis et longitudinis vndique colopnis ornati. hec patria digna 
est vt per latinus queratur, non solum quia lucra ingencia ex ea capi 
posunt auri argenti gemarunt omnis generis et aromatum que nunquam 
ad nos deferuntur, verum propter doctos viros philosofos et astrólogos 
peritos et quibus ingeniis et artibus ita potens et magnifica prouincia 
gubernentur ac etiam bella conducant, hec pro aliquantula satisfactione 
ad sua peticionem , quantum breuitas temporis dedit et occupaciones mee 
concepscerunt, paratus in futurum regie maiestati quantum volet latius 
satisfacere. data Florencia 24 iunii 1474, || 

A ciuitate vlixiponis per occidentem in directo sunt. 26. spacia in 
carta signata quorum quod libet habet miliaria. 250. vsque ad nobilisim- 
[am], et maximam ciuitatem quinsay. circuit enim centum miliaria et 
habet pontes decem et nomen eius sonat (cita del cielo) ciuitas celi et 
multa miranda de ea narrantur, de multitudine artificium et de reditibus. 
hoc spacium est fere tercia pars totius spere, que ciuitas est in prouincia 
mangi, siue vicina prouincie katay in qua residencia terre regia est. Sed 
ab ínsula antilia vobis nota ad insulam nobilisimam cippangu sunt decem 
spacia. est enim illa ínsula fértilísima aur[o] margaritis et gemmis, et auro 
solido cooperiunt tenpla et domos regias, ita que per ygnota itinera non 
magna maris spacia transeundum. multa fortasse essent a peritus decla- 
randa, sed diligens considerator per hec poterit | ex se ipso reliqua pros- 
picere. vale dilectisime. 



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II 



Texto castellano de la carta anterior tal como la inserta el Padre Las Casas 
en su Historia de Indias. Libro I, cap. XII, pág. 92. 

Ofrecemos los dos principales textos de esta interesante epístola , por 
la rareza y novedad del latino, y con el objeto de que puedan los curiosos 
cotejar con facilidad las variantes que en ellos se obsei-van. 

A Cristóbal Columbo, Paulo, físico, salud: Yo veo el magnífico y 
grande tu deseo para haber de pasar adonde nace la especería, y por 
respuesta de tu carta te invio el traslado de otra carta que há días yo es- 
cribí á un amigo y familiar del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las 
guerras de Castilla, á respuesta de otra que por comisión de S. A. me 
escribió sobre el dicho caso, y te invio otra tal carta de marear, como es 
la que yo le invié, por la cual serás satisfecho de tus demandas; cuyo 



252 



CRISTÓBAL COLÓN 



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treslado es el que sigue. Mucho placer hobe de saber la privanza y fami- 
liaridad que tienes con vuestro generosísimo y magnificentísimo Rey, y 
bien que otras muchas veces tenga dicho el muy breve camino que hay 
de aquí á las Indias, adonde nace la especiería, por el camino de la mar 
más corto que aquel que vosotros hacéis para Guinea, dícesme que quiere 
agora S. A. de mi alguna declaración y á ojo demonstración, porque se 
entienda y se pueda tomar el dicho camino ; y aunque conozco de mi que 
se lo puedo monstrar en forma de esfera como está el mundo, determiné 
por más fácil obra y mayor inteligencia monstrar el dicho camino por una 
carta semejante á aquellas que se hacen para navegar y ansí la invio 
á S. M. hecha y debujada de mi mano; en la cual está pintado todo el 
fin del Poniente, tomando desde Irlanda al Austro hasta el fin de Gui- 
nea, con todas las islas que en este camino son, en frente de las cuales 
derecho por Poniente está pintado el comienzo de las Indias con las islas 
y los lugares adonde podéis desviar para la línea equinoccial, y por 
cuanto espacio, es á saber, en cuantas leguas podéis llegar á aquellos 
lugares fértilísimos y de toda manera de especiería y de joyas y piedras 
preciosas; y no tengáis á maravilla si yo llamo Poniente adonde nace la 
especiería, porque en común se dice que nace en Levante, mas quien 
navegare al Poniente' siempre hallará las dichas partidas en Poniente, é 
quien fuere por tierra en Levante siempre hallará las mismas partidas en. 
Levante. Las rayas derechas que están en luengo en la dicha carta 
amuestran la distancia que es de Poniente á Levante; las otras que son 
de través amuestran la distancia que es de Septentrión en Austro. Tam- 
bién yo pinté en la dicha carta muchos lugares en las partes de India, 
adonde se podría ir aconteciendo algún caso de tormenta ó de vientos 
contrarios ó cualquier otro caso que no se esperase acaecer, y también 
porque se sepa bien de todas aquellas partidas, de que debéis holgar 
mucho. Y sabed que en todas aquellas islas no viven ni tractan sino 
mercaderes, avisándoos que allí hay tan gran cantidad de naos, mari- 
neros, mercaderes con mercaderías, como en todo lo otro del mundo, y 
en especial en un puerto nobilísimo llamado Zaiton, do cargan y descar- 
gan cada año ioo naos grandes de pimienta, allende las otras muchas 
naos que cargan las otras especierías. Esta patria es populatísima, y en 
ella hay muchas provincias y muchos reinos y ciudades sin cuento debajo 
del señorío de un príncipe que se llama Gran Kan, el cual nombre quiere 
decir en nuestro romance, Rey de los Reyes, el asiento del cual es lo más 
del tiempo en la provincia de Catayo. Sus antecesores desearon mucho 
de haber plática é conversación con cristianos, y habrá doscientos años 
que enviaron al Sancto Padre para que enviase muchos sabios é doctores 
que les enseñasen nuestra fe, mas aquellos que él invió, por impedimento, 
se volvieron del camino; y también al Papa Eugenio vino un embajador 
que le contaba la grande amistad que ellos tienen con los cristianos, é yo 
hablé mucho con él, é de muchas cosas é de las grandezas de los edificios 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



253 



reales, y de la grandeza de los ríos en ancho y en largo, cosa mara- 
villosa, é de la muchedumbre de las ciudades que son allá á la orilla 
dellos, é como solamente en un río son doscientas ciudades, y hay 
puentes de piedra mármol muy anchas y muy largas adornadas de muchas 
columnas de piedra mármol. Esta patria es digna cuanto nunca se haya 
hallado, é no solamente se puede haber en ella grandísimas ganancias é 
muchas cosas, más aun se puede haber oro é plata é piedras preciosas, é 
de todas maneras de especiería, en gran suma, de la cual nunca se trae á 
estas nuestras partes; y es verdad que hombres sabios y doctos, filósofos 
y astrólogos, y otros grandes sabios, en todas artes de grande ingenio, 
gobiernan la magnífica provincia é ordenan las batallas. Y de la ciudad 
de Lisboa, en derecho por el Poniente, son en la dicha carta 26 espacios, 
y en cada uno de ellos hay 250 millas hasta la nobilísima y gran ciudad 
de Quisay, la cual tiene al cerco iod millas que son 25 leguas, en la cual 
son 10 puentes de piedra mármol. El nombre de la cual ciudad, en 
nuestro romance, quiere decir ciudad del cielo; de la cual se cuentan 
cosas maravillosas de la grandeza de los artificios y de las rentas (este 
espacio es cuasi la tercera parte de la esfera), la cual ciudad es en la pro- 
vincia de Mango, vecina de la ciudad del Catayo, en la cual está lo más 
del tiempo el Rey, é de la isla de Antil, la que vosotros llamáis de Siete 
Ciudades, de la cual tenemos noticia. Hasta la nobilísima isla de Cipango 
hay 10 espacios que son 2,500 millas, es á saber, 225 leguas, la cual isla 
es fértilísima de oro y de perlas y piedras preciosas. Sabed que de oro 
puro cobijan los templos y las casas reales; así que por no ser conocido 
el camino están todas estas cosas encubiertas, y á ella se puede ir muy 
seguramente. Muchas otras cosas se podrían decir, más como os tenga ya 
dicho por palabra y sois de buena consideración, sé que no vos queda 
por entender, y por tanto no me alargo más, y esto sea por satisfacción 
de tus demandas cuanto la brevedad del tiempo y mis ocupaciones 
me han dado lugar; y ansi quedo muy presto á satisfacer y servir 
á S. A. cuanto mandare muy largamente. Fecha en la ciudad de Floren- 
cia á 25 de Junio de 1474 años.» 



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III 



SEGUNDA CARTA DE TOSCANELLI A COLON 



Las Casas; Historia de las Indias , libro I, cap. XII, pág. 95 



« A Cristoval Colombo, Paulo, físico, salud. Yo rescibi tus cartas 
con las cosas que me enviaste y con ellas rescibi gran merced. Yo veo el 
tu deseo magnífico y grande á navegar en las partes de Levante por las 
de Poniente , como por la carta que yo te envió se amuestra , la cual se 
amostrará mejor en forma de esfera redonda; pláceme mucho sea bien 



254 



CRISTÓBAL COLÓN 



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entendida; y que es el dicho viaje no solamente posible, mas que es 
verdadero y cierto é de honra y ganancia inestimable, é de grandísima 
fama entre todos los cristianos. Mas vos no lo podréis bien conoscer 
perfectamente, salvo con la experiencia ó con la plática, como yo la he 
tenido copiosísima, é buena é verdadera información de hombres magní- 
ficos é de grande saber que son venidos de las dichas partidas aquí en 
Corte de Roma, y de otros mercaderes que han tractado mucho tiempo 
en aquellas partes, hombres de mucha autoridad. Así que cuando se 
hará el dicho viaje será á reinos poderosos, é ciudades é provincias nobi- 
lísimas, riquísimas de todas maneras de cosas en grande abundancia y á 
nosotros mucho necesarias, ansí como de todas maneras de especería en 
gran suma, y de joyas en grandísima abundancia. 

» También se irá á los dichos Reyes y príncipes que están muy ga- 
nosos, más que nos, de haber tracto é lengua con cristianos destas 
nuestras partes, porque grande parte dellos son cristianos y también 
por haber lengua y tracto con los hombres sabios y de ingenio de acá, 
ansí en la religión como en todas las otras ciencias, por la gran fama de 
los imperios y rejimientos que han destas nuestras partes, por las cuales 
cosas todas, y otras muchas que se podrían decir, no me maravillo que 
tu que eres de grande corazón , y toda la nación de portugueses que han 
sido siempre hombres generosos en todas grandes empresas, te veas con 
el corazón encendido y gran deseo de poner en obra el dicho viaje.» 



G-).— Pág. 150. 



DECLARACIÓN DEL MÉDICO GARCI-HERNÁNDEZ 

« ... Sabe que el dicho Almirante don CRISTOVAL Colon, viniendo 
á la arribada con su fijo don Diego, que es ahora Almirante (1515), á 
pie, se vino á Rábida, que es monasterio de frailes en esta villa, el cual 
demandó á la portería que le diesen para aquel niñico, que era niño, pan 
y agua que bebiese; y que estando allí ende este testigo un fraile que se 
llamaba Fr. Juan Pérez , que es ya difunto, quiso hablar con el dicho don 
CRISTOVAL COLON, é viéndolo disposición de otra tierra é reino ajeno 
en su lengua, le preguntó que quién era, é de dónde venía; é que el 
CRISTOVAL COLON le dijo que él venía de la corte de S. A., é le quiso 
dar parte de su embajada, á que fué á la Corte, é como venía; é que 
dijo el dicho Cristoval Colon al dicho Fr. Juan Pérez, como había 
puesto en pláctica á descubrir ante S. A. é que se obligaba á dar la 
tierra firme, queriéndole ayudar S. A. con navios, é las cosas pertene- 
cientes para el dicho viaje, é que conviniesen; é que muchos de los caba- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



255 



lleros é otras personas que allí se fallaron al dicho razonamiento, le 
volaron su palabra, é que no fué acogida, más que antes facían burla de 
su razón, diciendo que tantos tiempos acá se habían probado é puesto 
navios en la buscar, é que todo era un poco de aire, é que no había 
razón dello; que el dicho CRISTO VAL Colon viendo su razón ser disuelta 
en tan poco conocimiento de lo que prometía facer é de cumplir, él se 
vino de la corte , é se iba derecho desta villa á la villa de Huelva para 
fallar é verse con un su cuñado, casado con hermana de su mujer, é que 
á la sazón estaba, é que había nombre Muliar; é que viendo dicho fraile 
su razón envió á llamar á este testigo, con el cual tenía mucha conver- 
sación de amor, é porque alguna cosa sabía del arte astronómica, para 
que hablase con el dicho CRISTO VAL COLON, é diese razón sobre este 
caso del descubrimiento; é que este dicho testigo vino luego é fablaron 
todos tres sobre el caso, é que de aquí elijieron luego un hombre para 
que llevase una carta á la Reina doña Isabel (q. h. s. h.) del dicho fray 
Juan Pérez que ei'a su confesor, el cual portador de la dicha carta, etc.» 

Este documento es importantísimo y acerca de él hay que hacer 
observaciones del mayor interés. 

1 . a Que aunque sea declaración dada en un pleito donde la parcia- 
lidad por los Pinzones es evidente, ninguna se echa de ver en ella, lo 
cual reviste á esta declaración del sello indeleble de la verdad. La cir- 
cunstancia única que parece humillante para Colón es la de presentarle 
como pobre; ¿pero era esto de extrañar en un fugitivo? ¿se podía ignorar 
en 1 5 1 5 , lo que consta más adelante , de los números 5 , 13 y 16? 

2. a Que á nuestro juicio, esta declaración del médico es compleja; 
es decir, que siendo una, comprende dos tiempos distintos: uno, cuando 
Colón llegó á la Rábida por primera vez saliendo de Portugal; otro, 
cuando abandonó en Santa Fe la corte de los reyes. Dos expresiones del 
médico me parece lo indican con bastante probabilidad. Oigamos al de- 
ponente : « se vino á Rábida , que es monasterio de frailes en esta villa , el 
cual demandó á la portería que le diesen para aquel niñico, que era niño, 
pan y agua que bebiese; y que estando allí ende este testigo;» el médico 
se da por testigo de vista en el convento cuando llegó Colón á él con el 
niñico, pues el allí no hace sentido con lo que sigue, sino refiriéndolo al 
convento. ¿Pero de dónde venía COLÓN? Creemos que de la corte de S. A. 
el rey de Portugal; y lo creemos así, porque á Portugal más que á 
España deben referirse las expresiones que siguen: como le volaron su 
palabra (alusión quizás á Calzadilla); e que no fué acogida (lo que no 
podía decir con verdad de España desde 1486, después de las juntas de 
Salamanca); diciendo que tantos tiempos se habían probado é puesto 
yiavios en la buscar, lo cual más atañía á Portugal que á España. 

Nótese ahora el contraste que el médico Garci-Hernández hace en la 
segunda visita de Colón á la Rábida, que la juzgamos cuando en 1491 
dejó la corte y se dirigió á Huelva para pedir recursos á Muliarte con el 



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256 



CRISTÓBAL COLÓN 






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objeto de ausentarse de España. Llega Colón al convento, y ya no está 
en él Garci-Hérnández , sino lo envía á llamar fray Juan Pérez... y este 
dicho testigo vino hiego; circunstancias impertinentes en la declaración la 
llamada y la venida si estaba en el convento, como tiene que resultar 
haciendo indivisible la declaración de Garci-Hernández. De esta declara- 
ción se puede colegir que Colón estuvo en dos ocasiones en la Rábida, 
como lo dice su hijo don Fernando. 

3. a Si don Diego Colón nació el j6 ó el 78 (Oviedo dice que era 
de su edad, y él nació el 78) el calificativo de niñico más le cuadraba á 
los ocho ó diez años (1484) que á los trece ó quince (1491). 

He analizado el documento y me remito de nuevo á la nota que 
puse en el texto al empezar esta materia. Pero he procurado concordar 
con un testimonio de tanto peso, en esta parte, como es el de don 
Fernando Colón, que dice claramente que su hermano don Diego 
se quedó en la Rábida cuando su padre entró en España desde 
Portugal. 

(Colón y los españoles, por el P. Ricardo Cappa, de la Compañía de Jesús. — Madrid, 
Velasco, 1887, pág. 8. Notas y apéndices). 



(H). — Pág. 162 
ALONSO DE QUINTANILLA 

Es tan importante el papel que desempeñó el contador mayor de 
Castilla en todo el negocio del descubrimiento de las Indias; fué tanto lo 
que se interesó en favor de CRISTÓBAL COLÓN, y lo que su opinión 
influyó para decidir á la reina doña Isabel á que aceptara sus proposi- 
ciones, que todos nuestros historiadores se acuerdan en atribuirle gran 
parte de gloria, impulsados además por la simpatía que despierta su 
constante amistad, y la protección que dispensó al genovés ilustre. 

En tal concepto, damos cabida en este lugar á los apuntamientos 
biográficos que don Carlos González de Posadas incluyó en las Memorias 
históricas del Principado de Asturias, (Tarragona, 1794); pues aunque 
encierran alguna ligera inexactitud, dan completa idea del personaje, 
y son muy poco conocidos por haberse hecho bastante rara aquella 
obra. 

« Nació en Paderne y casa de su apellido, media legua de Oviedo, 
hijo de Luis Álvarez de Quirós y de su mujer Urraca, (Orosa dice Car- 
vallo, y mejor Trelles OrosiaJ Álvarez de Quintanilla, señores de la 
dicha casa y de la de Boves, en cuya Iglesia están los sepulcros é insig- 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



257 



nias de sus pasados. Casó con doña Aldara de Ludeña l , señora 
asturiana, hija de Luis Fernández de Grado y Sancha Fernández de 
Ludeña. Sirvió á don Enrique IV y después á los reyes católicos don 
Fernando y doña Isabel, subiendo por diferentes y honrados puestos al 
de contador mayor de toda la real hacienda, que equivalía á lo que hoy 
tesorero general, según unos, p ó secretario del despacho universal de 
hacienda , según otros ; y aun por eso el Padre Miniana le llama en buen 
latín (Erario regio Prafectus 2 , y Robertson en su Historia de América, 
Secretario del despacho universal de Hacienda 3 , si se ha traducido bien 
el francés donde dice Controleur des finances, que esto significa en 
Francia (á no haberse perdido el oficio, ó mudado el nombre de un año 
á esta parte) 4 . — Los sabios y cristianos reyes, hicieron de Quintanilla la 
mayor confianza, valiéndose de su económica y recta administración, 
como de su consejo y de su valor para las más de las grandes empresas 
políticas y militares con que elevaron esta monarquía á la altura de 
gloria y esplendor que nunca había tenido. Con el hábito de Santiago, 
rentas y lustrosos enlaces de su familia remuneraron sus servicios, pero 
más que todo con la satisfacción que de él tuvieron ; pues nada grande se 
hizo entonces que él no promoviese, no persuadiese ó no aconsejase. 
Esto, y los buenos efectos que produjo, obligó á Antonio de Lebrixa á 
celebrarle tanto, que llegó á admirarse de que tuviese un tal hijo la 
patria obscura de Asturias; en lo que más parece que quiso imitar á los 
judíos cuando se admiraban de que fuese Nazareno el que obraba tantas 
maravillas, que no mostrarse instruido en la historia de España, pues en 
la primera dinastía de los trece reyes de Asturias, y después hasta 
su siglo, y aun durante su vida, y en la misma crónica que escribía (tra- 
ducía de Hernando del Pulgar donde no hay lo que él añade) hallaría 
muchos asturianos como Quintanilla capaces de esclarecer aquella imagi- 
nada obscuridad. A mi intento, Alonso contribuyó á la institución del 
Tribunal de la Inquisición de Castilla en Ávila. Tordesillas, por su forta- 
leza y dificultad en aquellos tiempos, dio mucho que hacer á los reyes 
católicos, y el alcayde de Castro Ñuño había reunido con su tiranía 
ó valor unas prendas que le hacían amable á los suyos y temible á los 
reyes; pero ya fuese la política y maña, ya la valentía del corazón 
de Quintanilla, lo cierto es que por su industria la ciudad se puso á 
discreción de sus amos el año 1472. En ella entró Alonso el primero con 



1 Trelles la llama Ana , y á la madre de esta Aldara , señora de la casa de Ludeña , é 
hija de Melén Pérez de Valdés, señor de Salas. 

* Tomo III, lib. XXIV, cap. XI. Hist. Hispan. 

3 Libro II, año 1491. 

4 Don Luís de Salazar y Castro en sus Advertencias á la Historia , contra don José 
Pellicer, ensalza tanto la dignidad de contador mayor en los tiempos antiguos, que no me 
atreveré á asegurar que Quintanilla haya tenido un empleo anexo de ordinario á la grandeza. 
Me basta que haya sido uno de los ministros de la contaduría mayor de cuentas, por lo cual 
todos se llamarían contadores mayores, y en esta acepción hablaré también de otros asturianos, 

Cristóbal Colón, t. i. — 33. 



258 



CRISTÓBAL COLÓN 



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el Infante y duque de Alba, y quedó desde entonces hasta ahora á volun- 
tad de los reyes. 

Es muy verosímil que á él se debe la rendición del puente de 
Zamora, por las pláticas con Francisco de Valdés en 1475. Abrasada 
España en bandos , sin suficiente tropa reglada dentro de ella , no basta- 
ban los ministros de justicia á contener los robos, violencias y muertes, 
hirviendo los caminos en facinerosos: se tomaban medidas y discurrían 
medios para atajar tan grandes males. Alonso de Quintanilla en las 
cortes de Madrigal, año de 1476, propuso el instituto de la Santa Her- 
mandad; primus omnium quasi signum aliqaod ad bene de republica 
sperandum sustulit , como escribe Lebrixa, y agradando á los reyes, 
prelados, grandes y procuradores de reinos, mereció todo aplauso, y 
ofertas de protección; pero habiendo señalado otro día el lugar de 
Donnas ] se pasó también aquí el tiempo, como suele, en altercaciones, 
sin convenir en el proyecto. Cuando vio á estos vocales tan mal dis- 
puestos, sin embargo de que no lo esperaba y por eso no iba prevenido, 
peroró por espacio de media hora con tal energía y vehemencia que 
al concluir pidieron todos á una voz que se estableciesen leyes y estatutos 
para la Hermandad. Vierte la oración Lebrixa de su original ó de la 
crónica de Pulgar, y la vuelve al castellano el Padre Carvallo 2 , traducida 
de Lebrija, como él dice. 

Aquel sabio andaluz, que trató á Quintanilla, afirma que era tan 
elocuente, tan discreto, tan agudo en proponer, y tan poderoso y eficaz 
en persuadir cualquier cosa, que él solo bastaba á convencer á los gran- 
des, á los pueblos y á los reinos para que ayudasen voluntariamente con 
nuevos repartimientos y contribuciones 3 , empresa que los mismos reyes 
no consiguieron siempre á gusto de los vasallos y piedra de toque del 
gobierno. La Santa Hermandad tuvo el buen suceso que había prometido 
su autor, y duró muy respetable y gloriosa hasta fin del siglo XVI, siendo 
su último alcalde general propietario Diego Flores Valdés. Esta noticia 
es del Padre Carvallo 4 y por lo que toca á la posesión de tal empleo, he 
visto una patente de letra del mismo Flores en que entre otros títulos se 
pone el de Provincial de la Santa Hermandad de León. Tal vez este 
oficio fué el de Quintanilla, cuando se dice que tuvo uno de los primeros 
cargos de la confraternidad 5 . 

Aunque estas cosas y otras fueran bastantes á distinguir á Alonso 



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' La villa de Dueñas, dice Pulgar. (Crónica de los Reyes Católicos). 
4 Antigüedades de la Iglesia de Oviedo. 

3 Decades rerum gesíaium a Ferdinando et Elisabet. — Decad. I, lib. VI, cap. I y 
siguientes. 

4 Antigüedades de la Iglesia de Oviedo. 

5 Hernando del Pulgar, dice, cap. VI. — Otrosí: para entender en todas cosas, y para 
dar orden en poner tesoreros y recaudadores , y pagar y repartir el dinero á quién y cómo se 
debía dar, porque era cosa de gran confianza, el rey y la reina dieron cargo á aquel caba- 
llero Alfonso de Quintanilla. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



259 



de Quintanilla por un hombre memorable de un tiempo en que contaba 
tantos y tales la nación española, todavía hay otra por donde es más 
célebre y digno de eterna memoria Esta es el haber sido el mayor 
instrumento para el descubrimiento de Indias. 

En efecto, él fué la primera y mayor causa para que que los Reyes 
surtiesen á Cristóbal Colón en sus dos primeros viajes á América. El 
cosmógrafo había sido despreciado por su proyecto en Portugal, Ingla- 
terra, Francia, Genova, y en España de los duques de Medinaceli, 
Medina Sidonia y juntas de matemáticos de Salamanca, de don Fernando 
de Talavera, y otros, hasta que acudiendo á Quintanilla, halló en el 
grande entendimiento de este hombre singular todo el crédito que mere- 
cía y necesitaba. Un autor muy digno de la historia del Nuevo Mundo 
(aunque deteniéndose como debía en esta época), pasa rápidamente por 
el nombre de Quintanilla como por un compañero ó auxiliar de otros 
mayores fautores de Colón; y porque la proposición que llevo anotada 
no parece producida más del amor de la patria que de la verdad , á vista 
de la autoridad del escritor moderno, referiré aquí las de los antiguos. 

Gonzalo Fernández de Oviedo ] : «En aquel tiempo (dice) andaba 
Colón en la corte, llegábase á casa de Alonso de Quintanilla, contador 
mayor de rentas de los Reyes Católicos, el cual era noble varón, y 
deseoso del acrecentamiento y servicio de sus Reyes y mandábale dar de 
comer y lo necesario por una compasibilidad de su pobreza; y en este 
caballero halló más parte y acogimiento Colón que en hombre de toda 
España. » 

Francisco López de Gomara, referido por el Inca Garcilasso 2 : 
«Habló Colón con los que decían privar y valer con los Reyes en los 
negocios; mas como era extranjero y andaba pobremente vestido, y sin 
otro mayor crédito que el de un fraile menor, ni le creían ni aun escucha- 
ban, de lo cual sentía él gran tormento en la imaginación. Solamente 
Alonso de Quintanilla, contador mayor, le daba de comer de su des- 
pensa, y le oía de buena gana las cosas que prometía de tierras nunca 
vistas... por medio, pues, de Alonso de Quintanilla tuvo Colón entrada 
con el cardenal don Pedro de Mendoza... que tenía grandísima autoridad 
con el Rey y la Reina... el cual lo llevó delante dellos.» 

Garibay Zamalloa 3 : «Tampoco hallando en la corte de Castilla el 
acogimiento que deseaba (Colón) por andar los Reyes muy ocupados... 
y no dar crédito á las palabras de CRISTÓBAL... Si Alonso de Quintanilla 
no le hubiera acogido en su posada y ayudádole á la costa se viera en 
desesperación. Dios, que no permitía que tanto servicio suyo se ocultara 
más, ordenó que por medio de Alonso de Quintanilla, alcanzando cabida 



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1 Historia de Indias, Parte I, lib. II, cap. IV, al fin. 

* Comentarios Reales.— Parte II, lib. I, cap. V. 

* Compendio de Historia de España, tomo II , lib. XVIII , cap. XXX. 



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26o 



CRISTÓBAL COLON 



con el cardenal de España... comenzaron á oir y escucharle los Reyes y 
dar alguna esperanza, que acabada la guerra se daría orden en su 
demanda. » 

Dice después que en los seis años siguientes no se ha verificado, y 
esto era en 1486. Herrera l : «En Córdoba comenzó (Colón) á tratar 
su negocio, y en quien halló más acogimiento fué en Alonso de Quinta- 
nilla, contador mayor de Castilla, hombre prudente, que tenía gusto en 
cosas grandes, y por parecerle persona de estimación le daba de comer, 
porque de otra manera no se pudiera entretener tanto tiempo en tan 
larga demanda. » Cinco años , decía más adelante , que anduvo Colón en 
la corte sin fruto, y es lo mismo que refirió Garibay. 

En otra parte 2 , después de asentar que á instancia de Quintanilla 
el cardenal de Mendoza había oído á Colón , prosigue Herrera : « La 
Reina, porque se veía importunar en la misma conformidad á Alonso de 
Quintanilla, que con ella tenía autoridad, les agradeció el consejo... 
Quintanilla y Santangel le besaron las manos porque por consejo suyo 
hubiese determinado de hacer lo que por el de tantos había rehusado. » 

Fray Pedro Simón 3 dice lo mismo, y Gil González Davila 4 . 

El P. Luís Alfonso de Carvallo 5 : «Al consejo y gran juicio de 
Alonso de Quintanilla se debió... el descubrimiento de las Indias... alcanzó 
con el Rey le diese la armada, gente y aparejo que era menester para 
este descubrimiento...» y cita á Marineo Sículo. 

El canónigo don Pedro Salazar de Mendoza, discreto historiador de 
la vida del gran cardenal de España, por más que intenta atribuir esta 
gloria á su pariente y fundador de su colegio 6 , no puede desentenderse 
de lo que cabe á Quintanilla, porque después de decir cómo se vio 
COLÓN desahuciado de remedios por todas partes, escribe que «acordó 
meterse por la puerta de Alonso de. Quintanilla... el cual agradándose 
mucho de la pretensión le introdujo en el cardenal...» y concluye: «Se 
debe al cardenal este descubrimiento de las Indias Occidentales , y buena 
parte á Alonso de Quintanilla. » 

Por eso dijo con justicia y verdad el señor conde de Campomanes " 1 : 
«Si Alonso de Quintanilla hubiera despreciado á COLÓN no se hubieran 
acaso descubierto las Indias.» Y en otra parte dice 8 : «Al tiempo que 
los Reyes Católicos, impulsados del celoso Alonso de Quintanilla, se 
animaron al descubrimiento de las Indias, y costearon la empresa de 
Cristóbal Colón...» 



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Décad. de Indias. — Déc. I, lib. I, cap. VIL 

Cap. III. 

Conquista de tierra firme , noticia I, cap. XIV, n.° 2. 

Teatro eclesiástico de Oviedo, folio 441 (mihi) y en otros lugares que cita Trelles. 

Historia del Principado de Asturias , pág. 3, lib. XLVIII, párr. IX, pág. 448. 

Cap. LXII, fol. 215. 

Industria popular, pág. 45. 

Educación popular, pág. 429. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



261 



Finalmente el célebre historiador de América Robertson l , hablando 
de Colón , dice : « Los principales protectores suyos eran Alonso de 
Quintanilla y Luís Santangel. Su celo en favorecer esta empresa merece 
que sus nombres tengan un lugar distinguido en la Historia. Estos 
hicieron conocer á COLÓN entre las personas más poderosas que se inte- 
resaron vivamente en su favor...» Y más adelante refiere como estos dos, 
año de 1492, persuadieron á la Reina doña Isabel la verdad y la impor- 
tancia del proyecto de COLÓN, y cómo se determinó la Reina en aquel 
momento. 

Con su hija doña Isabel de Quintanilla casó Rodrigo de Coalla, con- 
tador de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V, el primero que 
de los Coalla se sabe nominadamente que vivió en Madrid. También 
parece que tuvo un hijo del mismo nombre, pues para distinguirse le 
llamaban Alonso de Quintanilla el viejo, hablando del que se trata. De él 
provino la ilustre familia que duró mucho tiempo en Medina del Campo, 
donde tuvieron muchos honores y fundaron obras pías y capellanías. 
Otro hijo fué don Lope, de quien trataré, y doña Beatriz, que casó con 
don Juan de Bracamonte, después conde de Peñaranda. 

Alonso y su mujer doña Aldara reedificaron la iglesia de Santa 
Clara de Oviedo, ampliando la antigua (de que se conserva solamente la 
portada que es del siglo XIII conocidamente) parte del convento y la 
muralla en la cerca de la huerta ó clausura, en la cual á trechos están las 
armas de Quintanilla y las de Ladeña, con letras que las nombran, y el 
año de 1468 en que se pusieron. En la capilla mayor labraron sepulcros 
para sí y sus padres, donde supongo que están enterrados, pues fundaron 
y dotaron un aniversario en la misma iglesia, que es de los más graves y 
solemnes que puede haber, porque va allí el Cabildo con música y en 
procesión desde la iglesia mayor, de que dice Carvallo que se hace así 
por haberle dotado suficientemente, y porque su fundador ha sido una de 
las personas de más importancia que los Reyes Católicos han tenido en 
su servicio. Pero se engaña en citar el catálogo de varones ilustres de la 
Orden de Santiago, de Diego de la Mota, para elogio de Quintanilla, pues 
ni está su nombre en tal catálogo 2 . Alonso y su mujer fundaron vínculo 
en 1490, que heredan los condes de Quintanilla. Hacen mención de 
Alonso de Quintanilla, además de los citados, Illescas en el libro VI de 
la Historia pontifical; Morales en la de Córdoba, tomo II, libro 9. ; el 
Catálogo real de España 3 ; los cronistas franciscanos que hablan del con- 
vento de Santa Clara de Oviedo; Baena, Hijos de Madrid, tratando 
de Rodrigo de Coalla; Pellicer le llama del Consejo de los Reyes Católi- 



1 Historia de América , libro II, año 149 1 -1492. 

* Antigüedades de la Iglesia de Oviedo. Parte II, f." 137. 

3 Fol. 124. 



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CRISTÓBAL COLÓN 




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eos l ; Portilla en la Historia de Alcalá 2 ; tesorero mayor del Rey, per- 
sona prudente y de valor, y Tirso de Aviles 3 y Trelles asegura 4 mal 
informado, que consta del epitafio de Santa Clara que está allí enterrado, 
pues allí no hay más epitafios que los siguientes. —Al lado de h Epístola: 

AQUÍ YACEN SEPULTADOS LOS SEÑORES LUÍS FERNÁNDEZ DE GRADOS Y SANCHA 

FERNÁNDEZ DE LODEÑA, PADRE Y MADRE DE LA SEÑORA DOÑA ALDARA DE LODEA, 

MUJER DEL ILUSTRE SEÑOR ALONSO DE QUINTANILLA. 

Al lado del Evangelio : 

AQUÍ YACEN SEPULTADOS LOS SEÑORES LUÍS ALVAREZ DE PADERNÍ, 

Y URRACA ALVAREZ, PADRE Y MADRE DEL ILUSTRE SEÑOR 

ALFONSO DE QUINTANILLA 

DEL CONSEJO DE ESTADO DE LOS SEÑORES REYES CATÓLICOS 

DON ALONSO Y DON FERNANDO Y DOÑA ISABEL 

DOTADO AÑO DE I468. 

RENOVÓSE AÑO DE 1750. 

Son de los ilustres señores Condes de Quintanilla. 
De los cuales sí que constan los padres y suegros de Quintanilla, 
más bien que en los autores que no los vieron. 



(I).-Pág. 190 



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Son escasísimas las noticias contemporáneas de todos los aconteci- 
mientos que antecedieron á la salida de CRISTÓBAL Colón para su 
primer viaje de descubrimiento; y más aún las de testigos presenciales de 
los mismos: por esa razón estimamos de capital importancia el docu- 
mento que á continuación se copia, y cuyas más importantes frases deja- 
mos ya escritas en el texto. 

Ha sido encontrado recientemente por nuestro buen amigo y com- 
pañero, el docto y conocido anticuario doctor don Fernando Belmonte, 
oficial del Archivo de Indias, entre los papeles de aquella importantísima 
dependencia, y aunque se propone hacer un estudio detenido de toda la 
información , que esperamos poder insertar entre los Apéndices, porque se 
completará con algunos otros datos refererentes al primer viaje, aprove- 



1 Memorial por el conde de Miranda, f.° 112. 

* Parte 22, f.° 9. 

3 Armas y blasones de casas de Asturias. 

'* Tomo III, f." 120. 



ACLARACIONES Y DOCUMENTOS 



263 



chamos la ocasión de ofrecer en este lugar la parte que mayor novedad 
encierra y que nos ha facilitado galantemente, acompañándola de la carta 
con que la ha remitido, que pone de manifiesto la ilustración del señor 
Belmonte, añadiendo nuevo interés al documento copiado. 

«Sr. D. José M. a Asensio. 

»Mi querido amigo: Con mucho gusto remito á usted la copia de la 
declaración del grumete de Moguer, Juan de Aragón, Va sin comentarios 
ni explicaciones, porque no tengo espacio para añadírselos, pero andan- 
do el tiempo he de hacer un breve estudio sobre este y otros datos iné- 
ditos que he hallado del primer viaje de COLÓN. 

»Es curiosa la noticia de la salida de los judíos por el río Tinto 
hacia las costas de África el día antes de hacerse á la vela los descubri- 
dores del Nuevo Mundo. ¡Singular coincidencia! 

»Para mí tiene duplicada importancia, por ser un episodio histórico 
de la provincia de Huelva, á la que dedico mi atención; de ella eran 
seguramente esos hebreos expulsos y no conozco autor ni documento 
que la mencione. 

»Nada hay que dudar de este testimonio, aun cuando sea singular y 
único, por la condición de la persona, por el modo de referir el hecho, 
como incidental , y por convenir perfectamente con lo que sabemos de la 
expulsión en el resto de España. 

»Respecto de Colón es sólo curioso lo que afirma; pero lo de los 
Niños es más interesante si se añade á otras noticias que he recogido. 

» Usted puede amoldarlo á las conveniencias de su libro y aliñarlo 
con su sabrosa erudición y buen decir; por mi parte sólo encuentro inme- 
recidas las galantes frases con que usted designa á su afectísimo. 

»F. Belmonte. 

»io Mayo, 1889.» 

Información hecha en la villa de Moguer, viernes 29 de Enero de 1552, 
ante el Mag?úfico Señor Pedro de Santiago de /fugarle, corregidor y Jus- 
ticia mayor, y el escribano Juan Hernández Pardo, á instancia de Fran- 
cisco Vanegas en nombre y con podtr de Alonso Vane gas presbítero, vecino 
de Sevilla en San Llórente. 



El interrogatorio de 9 preguntas dice en la 4. a — Si saben que Juan 
Niño abuelo del Venegas fué con don CRISTÓBAL COLÓN en el descubri- 
miento de las Indias, en el primero descubrimiento que se hizo por man- 
dado de los Reyes Católicos, y Juan Niño llevó una nao suya llamada La 
Niña, y fueron con él hermanos y parientes suyos. 

El testigo Juan de Aragón, vecino de Moguer, de edad de 70 años 
poco más ó menos, la contestó en estos términos: 

«Dijo que lo que de esta pregunta sabe, es que podrá haber tiempo 



264 



CRISTÓBAL COLÓN 









de cincuenta é cinco años , antes más que menos , que estando este testigo 
en la dicha villa de Moguer, que fué al tiempo que de esta tierra se 
fueron los judíos, este testigo se fué por grumete en un navio, yendo por 
la mar á la salida del río de Saltes, vido que el dicho don Cristóbal de 
Colón estaba presto con tres navios para ir á descubrir las Indias, que 
entonces nombraban Antilla, y de estos tres navios era una caravela del 
dicho Juan Niño que se decía la Niña, en la cual iba el dicho Juan Niño 
é sus hermanos y parientes; y esto sería por el mes de Agosto ó Setiem- 
bre; y después volviendo este testigo del viaje, después de haber dexado 
los judíos en las partes de allende, en otro año, viniendo por la mar, 
encontraron con un navio de un Martín Alonso Pinzón, el cual le dixo á 
este testigo y á los demás, que el dicho don CRISTÓBAL COLÓN y Juan 
Niño y sus hermanos y parientes, habían descubierto Indias y habían 
desembarcado en Lisbona é iban á Barcelona, el dicho Juan Niño con el 
dicho don Cristóbal Colón, y allí supieron muy cierto como las Indias 
se habían comenzado á descubrir por los sobredichos, y en la nao que 
este testigo fué, trajeron al dicho Juan Niño á Moguer.» (Patronato i. 2. 6 / S6 
de el Archivo de Indias). 



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Cristóbal Colón, t. i. — 34 



268 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Con fuerte virazón, favorable para el viaje, salieron al 
mar las carabelas, y anduvieron aquel día y los dos siguien- 
tes con buena marcha en direccio'n al sudoeste. Iba delante 
la Pinta, como más velera, siguiéndole á corta distancia la 
capitana Santa María, y yendo siempre detrás la Niña, por 
las malas condiciones de su aparejo de vela latina. Dirigía 
el Almirante su rumbo á las islas Canarias, con intento de 
salir de allí con direccio'n fija á Poniente, en demanda del 
extremo de la India, o de algunas islas que de él estuvieran 
poco alejadas ; que en este error de cálculo estaban basadas 
sus teorías, y en su equivocación le había confirmado la 
carta marítima de Toscanelli, que llevaba por guía, y según 
opinio'n de un crítico, debió' ser causa de más errores que 
aciertos, aunque la había reformado con los datos que 
juzgaba exactos, y se proponía ir dibujando otra nueva y 
mu}? completa, con los puntos que por sí mismo observara 
en el viaje, como efectivamente lo hizo. 

Tres días llevaban de pro'spera navegacio'n, cuando 
inopinadamente, y sin causa alguna que justificase la avería, 
se desencajo' el timo'n de la Pinta, quedando el buque sin 
poder gobernar. Mucho lo sintió' el Almirante, pues no le 
era posible socorrer ni ayudar á la carabela sin exponer 
la suya á peligro de un rudo choque, porque estaba la mar 
mu}^ picada; pero él mismo dice que alguna pena perdía 
porque iba allí Martín Alonso Pinzo'n, en cuyo esfuerzo y 
buen ingenio confiaba que buscaría medio de proveer á la 
reparacio'n, como en efecto lo hizo. 

Pero al siguiente día, 7 de Agosto, volvió' á saltar el 
timo'n recompuesto, y aunque lo armaron como mejor pudie- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO PRIMERO 



269 



ron, sujetándolo con cuerdas, se pusieron en direccio'n á la 
isla de Lanzarote, que es la primera y más cercana de las 
Canarias. 

Sospechábase á bordo, que la inmotivada avería no 
había sido casual, sino. j industria de ciertos marineros, 
nombrados Go'mez Rascón y Cristóbal Quintero, que parece 
tenían una parte de propiedad en el buque, y se habían 
embarcado de mala voluntad , por lo que antes de la partida 
dice el mismo Colón que los había hallado en ciertos reveses y 
grisquetas. Por esto, y porque la carabela hacía bastante 
agua, y }^a el timo'n no llevaba la debida solidez y fuerza, 
pensó en cambiarla por otra en aquellas islas, si para ello se 
ofrecía comodidad. 

El jueves 9 llegaron á la costa de la Gran Canaria, y 
allí quedo' Martín Alonso Pinzo'n con la Pinta, porque no 
podía más navegar; el Almirante siguió' á tomar la Gomera, 
pero no pudo hacerlo hasta el domingo, y provisto de lo 
necesario, torno' á la Canaria, y con gran cuidado, trabajo y 
diligencia suya y de Martín Alonso, adobaron muy bien 
la Pinta, calafateando y reformando cuanto fué posible su 
casco, para lo cual hubo necesidad de ponerla á monte; la 
proveyeron de un fuerte timo'n, dejándola en las mejores 
condiciones de resistencia para el viaje; y cambiado el vela- 
men de la Niña, para que pudiera caminar como las otras, 
salieron nuevamente para la Gomera con objeto de aprovi- 
sionar los buques de cuanto necesitaban. 

Cerca de un mes tardaron en hacerse al mar para su 
verdadero destino. Hasta el día 6 de Septiembre no pudieron 
darse á la vela, por las dificultades que ofreció', en primer 
término, la obra de reparación de la Pinta, y después el 
aprovisionamiento de leña, legumbres, carnes, pescado, 
a & ua - Y objetos para rescatar, que así se llamaba entonces á 
cambiar con los indígenas de las costas desconocidas. 

Dice aquí Cristóbal Colón, que en aquellos días que 
anduvieron de una en otra isla, buscando lo que necesitaban. 



270 



CRISTÓBAL COLÓN 





una noche que pasaban cerca de Tenerife, salió tanto fuego 
del pico de la sierra, que es una de las más altas que se 
saben en el mundo, que fué cosa de gran maravilla. No 
parece, sin embargo, que los marineros gozaron mucho con 
el espléndido feno'meno que les ofrecía la Naturaleza. Fuese 
ignorancia verdadera, o' deseo de manifestar descontento 
para volverse á España, hubieron de murmurar que era un 
mal agüero la erupcio'n, y advertencia del cielo para que 
abandonaran su temeraria empresa ; pero Colón y los Pinzo- 
nes les recordaron la existencia de otras montañas que á 
veces arrojan también humo y llamas, y se acallaron los 
descontentos. 

Por un buque que venía de la isla de Hierro, supo el 
Almirante que andaban por allí tres carabelas del rey de 
Portugal; y sospechando de sus intenciones, que quisieran 
interrumpir el viaje, por envidia que tuvieran por haberse 
ido á Castilla á ofrecer su descubrimiento, aparejo' en 
seguida y puso la proa al Occidente, comenzando su viaje 
por el mar desconocido, despidiéndose del mundo antiguo, y 
poniendo su fortuna en manos de Dios. 

Tres días reino' absoluta calma; pero después de ano- 
checido el sábado arrecio' el viento nordeste, y aunque la 
mar era de proa y estorbaba el camino de las naves, acor- 
tando el andar, adelantaron lo bastante para que nadie 
osara seguir sus huellas, ni pudieran sospechar su derrotero. 

Desde la salida de la barra de Saltes había empezado el 
Almirante su Diario de navegación: In nomine Domini Nostri 
Jesu Christi; poniéndole una introduccio'n que algún histo- 
riador ha tachado de pedantesca, aunque encierra datos 
curiosos, que la hacen verdaderamente interesante r . Pero 
en el día 9 de Septiembre (domingo), habiendo andado por 
el día diez y nueve leguas y treinta durante la noche, pensó' 
prudentemente que siendo el viaje demasiado largo, decaería 



1 Véase en las Aclaraciones y documentos ( A ). 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO PRIMERO 



27 [ 



el ánimo de las tripulaciones y tendrían zozobras y angustias 
si se consideraban á muy grande distancia de las costas de 
España, y acordó' hacer dos cuentas de las leguas que 
andaba cada noche y cada día, que los marineros llaman 
singladuras, una de lo cierto, que según su buen juicio, en 
la verdad tasaba, y ésta era secreta, so'lo para sí, y la otra 
era pública, para mostrar á la gente y conferirla con los 
pilotos de todos tres navios, en la cual ponía siempre ocho o 
diez leguas menos de lo que entendía que andaba. 

En completa tranquilidad el mar, con viento apacible y 
un ambiente tan dulce, tan templado que era placer grande 
el gozar de las mañanas, y no faltaba sino oir el canto de los 
ruiseñores, continuaron las carabelas su camino con la 
mayor prosperidad en los diez días que corrieron hasta 
el 19 de Septiembre. En la travesía por aquellas aguas 
nunca surcadas, iban recogiendo observaciones de los meno- 
res accidentes, siendo el único que puso en cuidado á los 
pilotos y prácticos en la navegación, el notar que al comienzo 
de la noche, las agujas noruesteaban , y á la mañana todavía 
noruesteaban un tanto. Primera vez que fué consignada la 
variación de la aguja magnética, que hasta entonces nadie 
había notado ; y Colón fué también el primero en explicar 
el feno'meno de una manera tan ingeniosa, que aunque no la 
fundamento' en principio alguno científico, se aproximo' 
mucho á la verdad. Calmo' los temores de sus pilotos expo- 
niéndoles que la aguja no cambiaba ni hacía movimiento, 
que lo que parecía hacerlo era la estrella polar, á causa de 
la configuracio'n de nuestro planeta, y por eso aparentaba 
desviacio'n que en realidad no era cierta, porque siempre se 
dirigía á un punto fijo é invisible. 

Entretenían sus ocios los marineros mirando el paso de 
algunas aves que cada día solían verse, y que muchos 
juzgaban ser de las llamadas rabo de junco l . y alcatraces, 



El phceton athereus, de Linneo. 



272 



CRISTÓBAL COLON 



que no se alejan mucho de la tierra, pues van siempre á 
dormir á ella. Comenzaron también á notar mucha hierba, 
y alguna tan verde que parecía desprendida de peñas hacía 
poco tiempo; y cuando esto notaron, quizá no anduvieron 
muy errados en sus conjeturas, pues según el camino reco- 
rrido, debían estar las carabelas en la proximidad de las 
grandes rompientes que las modernas cartas señalan. 

El día i 7 de Septiembre vieron muchas toninas , y los 
de la Niña mataron una. 

Llevaba Colón, entre los muchos apuntamientos y 
observaciones que había recogido de autores antiguos, con 
la escrupulosidad que acreditan las notas puestas de su 
mano en los libros que estudiaba, una cita de Aristo'teles 
refiriendo el encuentro de vastos campos de hierba en medio 
del Occéano, entre los cuales nadaban pacíficamente muchos 
atunes. Referíase dicha cita á unos barcos que salieron de 
Cádiz, y antes de penetrar en el Mediterráneo, fueron llevados 
por los vientos hacia la parte occidental de África, de la que se 
apartaron mucho; y Colón juzgo que aquellas embarcaciones 
habían llegado hasta el sitio en que él entonces se encontraba. 

Descubrieron y confrontaron sus puntos los pilotos de 
las tres embarcaciones; el de la Niña juzgaba que se encon- 
traban de las Canarias á cuatrocientas cuarenta leguas; 
veinte menos contaba el piloto de la Pinta; y el de la capi- 
tana, donde iba el Almirante, y de acuerdo con éste, creía 
que no llevaban andadas más de cuatrocientas, siendo esto 
lo más aproximado á la verdad. Estaban á 19 de Septiem- 
bre, contaban catorce días de marcha, y aunque no debieran 
sumarse los primeros por la calma que los retuvo en la 
proximidad de las Canarias, distribuyendo entre todos por 
igual el camino recorrido, no obstante que Colón en su 
Diario lo anotaba por días y noches, salen á veintiocho leguas 
o' sean ciento doce millas, que era poco más de la mitad del 
común andar de una carabela, según la creencia del bachiller 
Andrés Bernáldez. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO PRIMERO 



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ii 



Ciertamente es difícil cosa formarse idea exacta de la 
cabida, fuerza, aparejo y velocidad de las tres naos con que 
se llevo á cabo la mayor empresa marítima que registra la 
historia. El doctísimo escritor de las Disquisiciones náuticas, 
honra de nuestra marina, y á cuya autoridad acudimos en 
demanda de los conocimientos especiales y técnicos de que 
carecemos , en su artículo titulado Carabelas y Carabelones ! , 
aunque fundado y concluyente en muchos puntos, nos deja 
en otros algunas dudas, que con natural temor vamos á 
exponer. 

Indudable parece que la carabela, como tipo de nave 
sujeto á gálibus ó formas determinadas por una fo'rmula 
permanente, y con arboladura y aparejo uniforme, no ha 
existido jamás. Con ese nombre se designaban todas las 
embarcaciones de carga y muy ligeras , como asienta nuestra 
Real Academia en su Diccionario de autoridades ; pero por la 
misma razo'n es necesario fijar en cuanto sea posible las con- 
diciones de las carabelas que llevo Cristóbal Colón. 

En lo relativo á su forma no parece que puede existir 
duda: «las naos tenian una obra muerta alterosa en cada 
extremo de popa y proa del buque, y se llamaban castillos.» 

Mr. Jal, en su excelente libro titulado Archéologie navale 
(París, 1840), describe la carabela de Colón como un barco 
pequeño de unas ochenta toneladas , de popa cuadrada , con 
castillo elevado sobre ella y en la proa otro menor, con arbo- 
ladura de bauprés y cuatro mástiles, el de proa con una vela 



1 Disquisiciones náuticas, por el capitán de navio Cesáreo Fernández 
Duro, tomo I. — Disquisición tercera. 

Cristóbal Colón, t. i. — 35. 









74 



CRISTÓBAL COLÓN 






redonda y otra de gavia, y los otros con velas latinas de 
diferentes tamaños. 

En opinio'n del señor Fernández Duro, la Santa María 
debía tener de ciento veinte á ciento treinta toneladas de 
capacidad; y por más que nosotros respetemos las razones 
científicas en que se apoya, hemos de notar que para soste- 
nerla dice que llevaba de setenta á noventa hombres de equipaje 
con víveres y aguada, para una larga navegación sin que los 
bastimentos escaseasen; pero en esto hay una notable exagera- 
cio'n, pues el equipaje de los tres buques constaba en total 
de noventa hombres L y por lo tanto la capitana no podría 
llevar más de cuarenta de ellos, quedando veinticinco para 
cada una de las otras carabelas. Cierto que la nao de Juan 
de la Cosa, que montaba el Almirante, era la de mayor 
porte; mas con todo no creemos fuera mayor de ochenta 
toneladas. Armáronse en Palos tres naos que aquél califica 
en su Diario de muy aptas para la navegacio'n que empren- 
día; pero tan difícil viaje como aquél fué el que acometieron 
los hermanos Nodal, y las carabelas que bajo su dirección se 
construyeron en Lisboa, eran de ochenta toneladas. 

Como última deduccio'n de sus eruditos trabajos, cree 
el autor de las Disquisiciones que «las carabelas de Colón 
eran mayores de lo que vulgarmente se cree; de marcha 
rápida, de construcción so'lida, con dos castillos alterosos á 
popa y proa, tres palos verticales y bauprés; aparejo 
redondo en el mayor y trinquete y mesana latina.» 

Ya hemos indicado que no tenemos datos para estimar 
de gran capacidad las naos que llevo' Colón en su primer 
viaje; antes por el contrario, hay alguno irrecusable que nos 
inclinaría á creerlas muy pequeñas, aunque buscadas con 
preferencia á otras por su mayor solidez. Pedro Mártir de 
Angleria, que conoció' al Almirante antes del viaje y presen- 
cio' su entrada triunfal en Barcelona, testigo de vista de 



Véase en las Aclaraciones y Documentos. (B) 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO PRIMERO 



275 



cuanto refiere, en su obra titulada De Orbe novo Décades 
ocio I , asegura que una sola de las carabelas tenía puente, 
siendo las otras dos menores, descubiertas, lo que bien clara- 
mente demuestra ser de muy corta cabida. Sunt tria nauigia; 
dice en el Libro I, Década 1. a ; unum onerarium caueatum, alia 
dúo leída une caueis, quct ab Hispanis car av ele uocantur; cuya 
traduccio'n literal es: Son tres navios: uno de carga, cubierto; 
otros dos ligeros, sin cubiertas; que se llaman carabelas por los 
españoles. 

El uno era buque de carga, onerarium; los otros dos 
ligeros, leuia; llevaban entre todos noventa hombres de 
tripulacio'n , y algunos más con cargos civiles; con provisio'n 
de víveres para todos; pero dadas las condiciones de sus 
arboladuras y aparejos, tan exactamente apreciadas por el 
insigne marino, su andar debía ser muy considerable, y bien 
lo muestra el camino señalado en el Diario, que según diji- 
mos daba veintiocho leguas por día, hasta el 17 de Septiem- 
bre. El cura de los Palacios, por informes de gente enten- 
dida, creía que andaban mucho más. 

«Los marineros tienen, dice, que el común navegar de 
una carabela en un dia son doscientas millas de cuatro en 
legua , que son en un dia natural cincuenta leguas , en un 
dia grande setenta é dos leguas; destas le acaecieron al Almi- 
rante } T á su gente en este viaje hartas jornadas.» 

En cuanto á la forma exterior de los tres barcos que 
fueron al descubrimiento, podemos ofrecerla auténtica, y 
como verdadera curiosidad á nuestros lectores. Se encuen- 
tran dibujados, por mano del mismo Cristóbal Colón, en 
opinio'n de personas muy competentes, en un precioso mapa 
de la isla Española, que está unido al ejemplar de la edicio'n 



1 Compluti. — Apud Michaelem de Eguia, anno 1530, in f.° 

Anteriores á esta edición conocemos la impresa en Sevilla, por Jacobo 

Cromberger en 15 11, que sólo contiene la primera Década, de la que hay 

ejemplar en la Biblioteca colombina, descrito en la Aclaración (B) del libro I, y 

la de Alcalá que estampó Arnaldo Guillen en 15 16, que contiene tres Décadas. 







276 



CRISTÓBAL COLON 



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de la primera Década de Pedro Mártir de Angleria, conser- 
vado en la Colombina entre los libros que pertenecieron á 
don Fernando Colo'n. 

El mapa, dibujado á la pluma, sobre una hoja de 
vitela, presenta la antigua divisio'n de la isla, y señala el 
emplazamiento de las fortalezas y pueblos que se fueron 
formando por los españoles, y en dos puntos diferentes se 
encuentran las carabelas, trazadas con la seguridad que 
puede observarse en el perfecto facsímil que de ellas ofrece- 
mos. A su vista se comprende la exactitud de la breve 
descripcio'n hecha por Pedro Mártir de Angleria, y se 
aumenta la admiracio'n hacia los hombres que las tripulaban. 





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278 



CRISTÓBAL COLÓN 



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Con un tiempo tan apacible como el del mes de Abril 
en Andalucía, navegaban las carabelas con direccio'n fija al 
Oeste, comenzando á excitar ya algunos temores en la gente 
más movediza y descontenta, la aparicio'n de mucha hierba, 
que iba aumentando en cantidad, hasta perderse de vista 
grandes planicies cubiertas; y como en ella se notasen varia- 
ciones que indicaban ser una fresca y otra más seca y 
atrasada, hubieron de comenzar las conferencias, las habli- 
llas y murmuraciones, temiendo que, haciéndose cada vez 
más densa aquella capa de duras fibras, había de impedir 
la marcha de los buques imposibilitando sus movimientos, 3^ 
dejándolos sin esperanzas de volver las proas hacia su 
querida España. Efecto natural es de los ánimos apocados 
el cambiar con facilidad el rumbo de sus impresiones. 
Aquella misma hierba que en su primera aparicio'n fué para 
todos signo favorable, de cuya presencia deducían la proxi- 
midad de la deseada tierra, comenzó' á trocarse en causa de 
recelos; hizo crecer la imaginacio'n el soñado peligro, y bien 
pronto fué mirada como verdadera calamidad, que amena- 
zaba la existencia de los tripulantes é impediría la marcha 
de la expedicio'n. 

Contribuía también para aumentar las inquietudes del 
equipaje la constancia y regularidad de los vientos, que 
viniendo siempre del mismo cuadrante, llegaron á hacerles 
temer que nunca cesarían y los habían de impulsar fatal- 
mente hasta los extremos de la mar tenebrosa, pavoroso 
fantasma que nunca desaparecía de las exaltadas imagina- 
ciones de los marineros. Iban creciendo las murmuraciones; 
y eran } 7 a tan generales los temores, que el mismo Almi- 



LIBRO SEGUNDO. — CAPÍTULO II 



2/9 



rante, cuya prudencia era tanta como su valor, y que guarda 
silencio sobre muchas pequeñas contrariedades, vio' con 
alegría que el 21 de Septiembre se les volvió el viento, 
soplando del Oeste, y haciendo acortar la marcha, y lo 
consigno' en su Diario, escribiendo con su ingenuidad acos- 
tumbrada: «mucho me fué necesario este viento contrario, 
porque mi gente andaban muy estimulados, que pensaban 
que no ventaban estos mares vientos para volver á España.» 

Mientras duro el viento contrario desapareció la hierba 
y con esto se reanimaron los espíritus, y cobraron bríos 
para continuar, aunque luego volvieron á encontrarla más 
espesa. 

Con muy ligeros intervalos tenían la mar llana como el 
río de Sevilla, y esto permitía á las carabelas aproximarse 
tanto que Cristóbal Colón conferenciaba de borda á borda, 
con Martín Alonso y con Vicente Yáñez, y aun se arrojaban 
por medio de cuerdas algunos objetos de un buque á otro. 

Al ponerse el sol del día 25 fué el primer alegro'n de 
tierra. Subió Martín Alonso al castillo de popa de su nave 
y grito' al Almirante pidiéndole las albricias, porque decía 
que veía tierra; y díjolo con tanta seguridad, que Colón y 
su gente entonaron' á grandes voces el Gloria in excelsis Deo, 
y lo mismo hicieron todos en las otras carabelas. Subieron 
los marineros á los topes y mástiles, y todos aseguraron ser 
tierra; pero haciendo rumbo sobre ella se desvaneció la 
ilusio'n á la mañana, porque eran nubes densas las que 
habían producido el engaño. 

En todos los días restantes del mes de Septiembre se 
repitieron las señales de proximidad de tierra, que entre- 
tenían algún tanto el ánimo de los tímidos, para que no 
aumentasen el número de los desconfiados y murmuradores. 
Veíanse con frecuencia algunas aves de las que acostumbran 
dormir en tierra, y nunca se apartan de las costas más 
de 20 o' 25 leguas. La temperatura era tan agradable, y 
estaba el mar tan sosegado que los marineros se arrojaban 





28o 



CRISTÓBAL COLÓN 



al agua para bañarse, y pudieron pescar algunos dorados. 
El paso de pajaritos pequeños, to'rtolas y pardales, hacía 
crecer las esperanzas: aunque el Almirante juzgaba podrían 
venir de algunas islas que dejasen al lado, no quiso torcer su 
camino para ellas, sino que siguió' con su rumbo fijo siempre al 
Oeste con el propo'sito de buscar la parte oriental de la India. 

El día i.° de Octubre apareció' el cielo cubierto de 
nubes, creció la fuerza del viento, y grandes aguaceros 
refrescaron la atmo'sfera. Se encontraban á más de sete- 
cientas leguas del meridiano de la isla de Hierro según el 
co'mputo reservado del Almirante, aunque para la gente no 
habían andado más de quinientas ochenta. Las señales de 
tierra entretenían y animaban á veces á los marineros, pero 
al desvanecerse las ilusiones volvía la postracio'n, y el des- 
contento crecía, fijándose todas las miradas con mezcla de 
temor y de curiosidad en las grandes masas de hierba, que 
algunos días eran muy espesas, y sobre las que en más de 
una ocasio'n vieron flotar cangrejos que lograron coger desde 
los barcos. 

Explican los naturalistas la gran cantidad de hierba que 
se acumula en lo que los marineros denominan mar de 
sargado, por la existencia de numerosos fuccus ó plantas 
submarinas que crecen en el fondo, y llegadas á época de 
madurez, son arrancadas por el movimiento de las aguas y 
se estancan en la superficie. Pero la geología, más descon- 
tentadiza, más analizadora, no se satisface con la explicacio'n 
del feno'meno, sino que quiere investigar sus causas. ¿Cuál 
es la razo'n, se pregunta, de que esas enormes masas no se 
encuentren sino en parajes determinados , ni cubran más que 
una gran superficie en lugar circunscrito del mismo Occéano? 
¿De do'nde han llegado al fondo de los mares, entre el confín 
de Europa y el seno mejicano, las semillas del fuccus, en 
proporcio'n tan crecida, que cubran por entero la superficie 
de aquéllos, y se reproduzcan durante siglos en tales condi- 
ciones que asustan á los primeros que las observaron? 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO II 



281 



Y como quiera que la formacio'n del globo, lo mismo 
en la narraeio'n de los libros sagrados, que según el resul- 
tado de los experimentos científicos, se ha verificado entre 
grandes convulsiones é inmensos trastornos, acusa para la 
ciencia ese mar de sargazo, la prueba de haber existido en 
tales latitudes grandes islas, cuya extensio'n no puede calcu- 
larse, y que sumergidas en la época de alguno de esos cata- 
clismos, llevo' su exuberante flora al fondo de las aguas, 
de donde arrojan todavía los producctos de su vegetación 
submarina. En esa convulsio'n volcánica quedaron separados 
los continentes que primero estuvieron unidos, como expre- 
samos en la Introducción; surgieron continentes en lugares 
que antes estaban bañados por las aguas, y quedaron enjutos 
antiguos lechos del mar, como se juzga aconteció' en el 
Sahara, dando también seguras señales del movimiento 
operado en la corteza del globo, ese grandísimo número de 
islas diseminadas en el Océano, y que permiten abrigar la 
presuncio'n de que un tiempo estuvieron reunidas. 

No pensaban en tales feno'menos prehistóricos los auda- 
ces marineros españoles que surcaron por vez primera el 
Occéano entre las Canarias y las Antillas; pero á la ardiente 
fantasía de Cristóbal Colón no dejarían de traer memoria 
aquellas hierbas que se presentaban á su vista, del suceso de 
la AÜántida referido por Platón, y que le habría ocupado 
muchas horas en sus meditaciones. 

Después del primer grito de tierra que el 25 de Sep- 
tiembre había dado Martín Alonso Pinzo'n, no dejaban los 
marineros de repetirlo á las primeras señales que en el 
horizonte engañaban sus ojos guiados por la codicia del 
premio que los Reyes habían acordado al primero que la 
descubriese. Enardecidos por el deseo, todos creían descu- 
brirla; pero tales engaños é ilusiones, si en el primer 
momento consolaban, producían luego mayor decaimiento 
en el ánimo de las tripulaciones. 

Previniendo este mal. dispuso el Almirante que nadie 

Cristóbal Colón, t. i.— 36. 




282 



CRISTÓBAL COLON 



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fuera osado á dar señal de tierra hasta tener la seguridad de 
haberla, so pena de perder la recompensa ofrecida. No fué, 
sin embargo, parte la prohibicio'n para que la Niña, que iba 
delante en aquella ocasión, dejase de izar bandera en el tope 
más alto, y disparase una lombarda, al salir el sol el día 
7 de Octubre, tanta fué la seguridad que abrigaron de 
que tenían tierra á la vista. Navegaron sobre ella, como 
siempre; pero á la tarde habían adquirido todos el con- 
vencimiento de que se había tenido nueva y engañosa 
ilusión. 

Eran tantas, á pesar de todo, y de tal manera dignas 
de atencio'n las señales de proximidad de tierra, por los 
muchos pajarillos que en bandadas se observaban á lo lejos, 
y por algunos trozos de madera recogidos, que el Almirante 
comunico' la orden á los comandantes de las otras carabelas 
para que al salir y al ponerse el sol se reunieran con él lo 
más posible; porque en esas horas es más segura la observa- 
cio'n y se descubre mayor horizonte, y deseaba conferir con 
todos los capitanes y pilotos los indicios que cada uno 
creyera descubrir. 



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II 






Murmuraciones, contradicciones y desdenes, dice el 
cronista Antonio de Herrera, tuvo que sufrir Cristóbal 
Colón en su viaje; y no parece que hay motivo para 
extrañarse de ello, ni para culpar á aquellos intrépidos 
marineros, que habían emprendido la más atrevida de las 
navegaciones, y se veían á muchos centenares de leguas de 
su patria impulsados por vientos casi constantes sobre unas 
aguas nunca surcadas por buque alguno, y á cuyo extremo 
las imaginaciones y la ignorancia habían acumulado hasta 



LIBRO SEGUNDO.- CAPITULO II 



283 



entonces todos los horrores, todas las fábulas y todos los 
peligros posibles. 

Si aquel puñado de españoles, curtidos en la vida y en 
las aventuras del mar y avezados á arrostrar á cada paso el 
furor de las tempestades-, no hubieran abrigado ciega con- 
fianza en el valor de sus jefes y en la pericia de sus guías, 
de seguro no hubieran expuesto sus existencias haciéndose 
dignos con ello de admiracio'n y alabanza. 

Murmuraciones y quejas hubo; mas ¿llegaron á tradu- 
cirse en amenazas contra Cristóbal Colón? Los que á sus 
ordenes caminaban, ¿llegaron á pronunciarse en abierta 
rebelio'n contra su jefe, comprometiendo así el éxito de la 
empresa? 

Dejamos notado que el Almirante, ya en 22 de Sep- 
tiembre, se congratulaba de que hubiesen venido vientos 
contrarios, porque calmaron la ansiedad de sus hombres que 
andaban muy estimulados; y el siguiente día quejándose de la 
mar muy llana, consigna que murmuraba la gente, diciendo: 
que pues que por allí no había mar grande, nunca ventaría 
para volver á España. Y aunque luego en muchos días no 
vuelve á hacer referencia á tales cosas, bien se deja com- 
prender que continuarían, unas veces con mayor fuerza, 
otras menos pronunciadas. Pero el viaje proseguía; la 
distancia recorrida era cada día mayor, las señales de tierra 
salían fallidas y las esperanzas disminuían, por lo que el 
descontento había de aumentar necesariamente, tomando 
grandes proporciones, aunque de ello no encontremos indi- 
cacio'n precisa en el Diario. 

Ya en el día 10 de Octubre, cuando habían pasado otros 
veinte días después de aquellas primeras murmuraciones 
que consigno' el Almirante, dice éste con expresiva frase: 
Aquí la gente ya no lo podía sujrir: quejábase del largo viaje; 
pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo dándoles buena 
esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía, que por 
demás era quejarse, pues él había venido a las Indias, y que asi 



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284 



CRISTÓBAL COLÓN 



lo había de proseguir hasta hallarlas con el ayuda de Nuestro 
Señor. Naturalmente, en el largo intermedio de esos veinte 
días corridos desde la primera manifestacio'n de disgusto de 
los marineros, hasta la última tan acentuada que ya no lo 
podían sufrir, muchas debieron ser las veces que Colón 
tendría que animar con su palabra, calmar con sus razones, 
y vencer con su autoridad las contradicciones de su gente. 
Es la vida de á bordo mono'tona de suyo, cansada casi 
siempre, cuando horizontes variados o' novedades de alguna 
importancia no vienen á interrumpir la uniformidad del 
servicio ; y si esto sucede en cualquier viaje ordinario de 
cierta duracio'n, bien podremos figurarnos lo que ocurriría 
diariamente á bordo de aquellas tres carabelas, pequeños 
átomos lanzados en la inmensidad del Occéano en busca 
de regiones cu} 7 a existencia no era conocida con segu- 
ridad. 

Donde se reunían dos marineros se cambiaban impre- 
siones sobre la temeridad del viaje: si se aumentaba el 
número, cada uno apuntaba la causa de sus temores y de sus 
recelos , y ciertamente en más de una ocasión sorprendería 
Colón á sus marineros, en animados corrillos, murmurando 
á su sabor del extranjero que los llevaba á tan peligrosa 
aventura por ganar fama y honores; de los Pinzones que le 
seguían por codicia; de los oficiales del Rey que no manda- 
ban volver; de los pilotos y de cuantos tenían algún cargo 
superior. 

Su presencia imponía siempre respeto, y el prestigio de 
su saber no dejaba que la gente se le opusiera de un modo 
abierto y claro; pero tampoco es de dudar, conociendo el 
carácter de los hijos de Andalucía, y lo que son los que se 
dedican al mar, que en ocasiones, bajo el pretexto de con- 
sultarle, d al verse sorprendidos en sus murmuraciones, le 
expusieran con mayor d menor claridad su deseo de vol- 
verse á España. 

En ese día, 10 de Octubre, las quejas fueron muy 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO II 



285 



pronunciadas ; las palabras debieron ir algo más allá de lo 
conveniente, y dieron lugar á un interesantísimo episodio, 
referido por testigo presencial , que sirve de explicacio'n á lo 
que escribió' el Almirante en su Diario, y es característico y 
significativo de lo que acontecía en el viaje y de la vida 
interior que se hizo en las carabelas. 

Tranquilamente se deslizaban éstas por unas aguas tan 
mansas como las del río Guadalquivir : una brisa constante 
y de fuerza inflaba las lonas y hacía marchar con la mayor 
rapidez á las ligeras embarcaciones diez o doce millas por 
hora. Sentado Cristóbal Colón en lo más alto del castillo 
de popa de la Santa María, miraba con ojos ansiosos al occi- 
dente, deseoso de arrancarle su secreto, y absorto en sus 
meditaciones y cálculos no pudo reparar en cierto número 
de marineros que, después de haber tenido animada conver- 
sación en el extremo opuesto del buque, y de haber tomado, 
al parecer, una conclusión desesperada , habían ido á buscar 
á otros, los habían empujado hacia el castillo de popa, y 
poco á poco se habían formado en semicírculo á espaldas del 
Almirante, mirando como él hacia el mar, pero con inten- 
ción muy diferente. 

Cuando volvió' Colón la cabeza y se vio' acompañado 
de tanta gente, pues estaban allí casi todos los del equipaje, 
expreso' su rostro la admiracio'n, mezclada con el enojo, y en 
los tostados semblantes de aquellos valientes se pinto la 
confusio'n. Bajaron todos la vista ante la serena mirada del 
Almirante, y guardaron silencio, hasta que éste, poniéndose 
de pie, se dirigió' al que más audaz parecía preguntándole 
cuál era la causa que allí les había llevado. 

Rojo de vergüenza, respondió' con timidez el marinero, 
que á sus compañeros les parecía bastante lo que llevaban 
andado en demanda de la India; que se encontraban ya á 
ochocientas leguas de las costas de España (eran mil próxi- 
mamente) y no salía cierta ninguna de las señales de tierra, 
por lo que juzgaban que ésta no existía, que iban engañados 



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286 



CRISTÓBAL COLON 



y pedían se volvieran las proas hacia España *. Severo 
estuvo Colón en su respuesta, y aunque sin culparlos, mani- 
festóles con acritud la inconveniencia de su conducta , y lo 
mal recibidos que serían en su patria, cuando se supiera 
que, sin causa alguna, habían abandonado la empresa con- 
fiada por los Reyes á su valor; les exhorto' á perseverar 
dando crédito á sus palabras, como en otras ocasiones lo 
habían hecho, y les expuso las probabilidades que se 
reunían para persuadirse de que la anhelada tierra no estaba 
lejos... Mas como el razonamiento del primer marinero se 
unieran las voces de otros muchos que deseaban volver á 
España, y los murmullos interrumpían la palabra del Almi- 
rante, éste, para no dar ocasión al desacato, y evitar todo 
motivo de descontento, alzo' la voz, y, con mayor imperio 
que antes, les dijo, que en asunto de tanta gravedad, era 
bien conocer lo que opinarían Martín Alonso Pinzo'n y su 
hermano, y que de ninguna manera tomaría resolucio'n sin 
consultarlos. Pareció' bien á los hombres lo que decía el 
Almirante, y bajando del castillo, hicieron señales á la Pinta 
y á la Niña de que barloventeasen sobre la capitana. 

Reunidas al alcance de la voz las tres carabelas, dijo 
Martín Alonso Pinzo'n: — «Señor, ¿qué manda vuesa Señoría? 
Y respondióle Colón, aparentando conceder lo que sus 
marineros deseaban, para ganar mejor sus voluntades: 
— a Martín Alonso, esta gente que va en este navio, van murmu- 
rando y tienen gana de volverse, y a mí me parece lo mismo, 
pues que habernos andado tanto tiempo y no hallamos tierra.» 
Comprendió' muy bien Martín Alonso lo que las palabras 
del Almirante significaban, y el estado de los ánimos á 
bordo de la Santa María, quizá porque también en su barco 



«Pues como la gente vido tanto andar y que las señales de los pajaritos 
y muchas aves salían vanas todas..., tornaron todos á reiterar sus importunas y 
desconfiadas querellas, y á insistir en sus temerarias peticiones, clamando á la 
vergonzosa tornada ; despidiéndose de todo punto del placer y regocijo que en 
espacio de no treinta horas Dios le tenía aparejado.» — Las Casas. Historia de 
las Indias, lib. I, cap. XXXIX. 



LIBRO SEGUNDO— CAPITULO II 



287 



había síntomas de descontento; y atropellando por todo, 
contesto' con la mayor energía: « — Señor, ahorque vuesa 
merced media docena de ellos, ó échelos a la mar, y ú no se 
atreve, yo y mis hermanos barloaremos sobre ellos y lo haremos: 
que armada que salió con mandado de tan altos Príncipes, no ha 
volver atrás sin buenas nuevas. » 

Altamente complacido el Almirante con la atrevida 
resolucio'n del capitán de Palos, y notando el efecto que 
habían causado en su gente aquellas severas palabras, volvió' 
á tomar su carácter de defensor y jefe prudente, y dijo: 
« — Martín Alonso, con estos hidalgos hayámonos bien y ande- 
mos otros días, é si en estos no halláremos tierra, daremos otra 
orden en lo que debemos hacer. » 

Obro'se entonces en los ánimos la reaccio'n natural, 
miraron al cumplimiento del deber, y al gritar Colón y 
Pinzo'n, como señal para separarse: ¡Adelante! ¡Adelante! no 
falto' uno solo de los noventa hombres que tripulaban las 
carabelas que no gritase de corazo'n: ¡Adelante! 








Cristóbal Colón, t. i. — 37 



290 



CRISTÓBAL COLON 



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Tal vez habrá causado extrañeza á nuestros lectores, que 
tomando minuciosamente todas las palabras del Diario de 
navegación, que atestiguan la inquietud y el descontento 
de los marineros que tripulaban la Santa María, no hayamos 
puesto en esta historia las conjuraciones que, al decir de 
algunos escritores, se fraguaron contra la vida del Almi- 
rante, tratando de arrojarlo al mar y volverse á España, ni 
la rebelio'n amenazadora en que se alzaron todos los hombres 
de á bordo, y que no pudo dominar Cristóbal Colón, vién- 
dose forzado á transigir, concertando que si en el término 
preciso de tres días no descubrían tierra, volverían las proas 
y regresarían por donde habían venido. Hemos tenido en 
cuenta, para proceder de esta suerte, que nada de esto se 
encuentra en la Historia escrita por don Fernando Colo'n, 
ni en el libro de fray Bartolomé de Las Casas; que no lo 
consigna Colón en su Diario, ni en las cartas que escribió' 
después con la relacio'n del descubrimiento, y que, por tanto, 
deben juzgarse tales episodios puramente novelescos, y esas 
situaciones dramáticas, mera invencio'n, hija de la fantasía 
de historiadores más modernos. 

Hasta qué punto llegaron las quejas, las murmura- 
ciones, el descontento y las exigencias de los tripulantes de 
la Santa María, lo hemos fijado por lo que escribid Colón y 
por las manifestaciones de los testigos que intervinieron en 
los sucesos, o' los escucharon de boca de otros presenciales. 
El aspecto que presentaran los equipajes de las otras dos 
carabelas no podemos referirlo, porque en ningún documento 
se consigno' memoria. Si hubo disgusto; si los marineros 
llegaron á manifestar sus temores á los capitanes, debió' ser 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



291 



en otros términos que los expresados respecto de lo ocurrido 
en la Santa María. El prestigio de que gozaban Martín 
Alonso y su hermano Vicente Yáñez; su reconocida pericia, 
y el ser la mayor parte de los marineros sus deudos y 
amigos, los colocaba en situacio'n muy favorable. Además, 
los hermanos Pinzo'n iban muy animados y llenos de lison- 
jeras esperanzas, porque sintiéndose capaces de altos hechos, 
pensaban obtener gloria, fama y riquezas en la empresa; y 
la confianza que se pintaba en sus semblantes infundía 
tranquilidad á sus compañeros. 

Siguiendo paso á paso las impresiones que escribía 
Colón en su Diario, y teniendo en cuenta los antecedentes 
de aquella expedicio'n tan trabajosamente preparada, y las 
excepcionales condiciones del peligroso viaje, fácil es hacerse 
cargo de la disposicio'n de los ánimos á bordo de las cara- 
belas, y de las fases que fué presentando la desconfianza á 
medida que era mayor la distancia recorrida; desconfianza 
que no revestía ciertamente los mismos caracteres en los tres 
buques que cruzaban el Occéano, ni daba lugar á iguales 
manifestaciones en todos los individuos que componían la 
dotacio'n de cada uno de ellos. Ya hemos visto de una 
manera tan clara como indudable, por la declaracio'n del 
anciano piloto Hernán Pérez Mateos, cuál era el modo de 
pensar de los jefes. Separando juiciosamente lo que en las 
probanzas del pleito puede haber de parcialidad, tanto en 
las declaraciones de los testigos presentados por Pinzón y 
por el fiscal del Rey, como de los que se examinaron á ins- 
tancias de don Diego Colo'n, se adquiere la conviccio'n 
profunda de que ninguno de los capitanes, más todavía, ni 
los maestros, ni los pilotos, ni tal vez ninguno de los que á 
bordo llevaban cargos más o menos importantes, pensaron 
en volver á España sin haber dado el término posible al 
propo'sito que les guiaba. 

El deseo de volver al país natal, el ansia de poner de 
nuevo las proas hacia España, fué, casi desde el principio 






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292 



CRISTÓBAL COLON 




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del viaje, la aspiración de la marinería; de la gente allega- 
diza, igualmente ignorante que intrépida, en cuya imagina- 
ción se agrandaban los peligros , porque caminaban á lo 
desconocido, y tomaban cuerpo, se alimentaban y crecían los 
más absurdos temores. Basta conocer á los hombres del 
pueblo andaluz para formarse idea exacta de sus impresiones 
en tan largo viaje. La multitud se dejaba arrastrar, como 
siempre, de encontradas emociones: á cada señal, más o' 
menos cierta, de la proximidad de tierra, se entregaba á arre- 
batos de inmoderada alegría, é inconsideradas eran también 
las muestras de su descontento cuando se desvanecían aqué- 
llas; que tal es, y ha sido siempre la condicio'n humana, y 
más entre hombres indoctos, que, no habituados á reflexio- 
nar y examinar juiciosamente las situaciones, se dejan llevar 
por la impresio'n del momento, y toman por norma de 
conducta las alucinaciones de la fantasía acalorada. 

Aquellos marineros eran valientes, expertos y audaces, 
en los mares de Europa desafiaban las fuerzas de la natu- 
raleza, y disputaban á las tempestades la salvacio'n de sus 
buques, o' á los corsarios la salvacio'n de sus riquezas, siendo 
igualmente temerarios contra el mar y contra los hombres. 
Pero al verse caminar sin término hacia lo desconocido, 
vacilaban y temían. Sin embargo, como discretísimamente 
observa el señor Fernández Duro, su temor no se dejaba 
conocer más que en la manifestacio'n del deseo de regresar á 
España; manifestacio'n que, indudablemente, en algunas 
ocasiones debió' hacerse de una manera más pronunciada y 
atrevida que en otras, pero que siempre era disculpable. 

Para colmarlos de alabanzas bastará recordar que nave- 
garon más de mil leguas, y por espacio de dos meses, en un 
mar desconocido y nunca surcado por otras naves, á cuyo 
límite la fábula y la preocupacio'n habían ido acumulando 
durante siglos los mayores horrores, las tradiciones más 
pavorosas, los peligros más extraordinarios y las más absur- 
das consejas, que eran aceptadas como moneda corriente, y 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO III 



293 



corrían como verdades en las conversaciones del pueblo. 
¿Era extraño, ni aun, si se quiere, censurable, el deseo que 
se despertó' en los corazones , de volver á ver las playas de 
la patria después de tan incierta navegacio'n? 

No hablaban los marineros y grumetes más que de las 
personas ausentes, de los objetos de su cariño, padres, hijos, 
hermanos, esposas y prometidas; recordaban las funciones 
del pueblo donde nacieron, la festividad del santo patrono, 
la velada o' verbena donde en alegres corrillos se bailaba al 
son de los cantos populares y de la animada guitarra ; soña- 
ban con la elevada torre de la iglesia de su aldea, cuyas 
campanas volteaban en unión con otros revoltosos cámara- 
das, y mezclándose á tan sencillas memorias el natural 
temor de no volver á gozar aquellos placeres, bullía en todos 
igualmente la aspiración al regreso. 

La expresio'n de este deseo es lo único que hay verda- 
deramente indudable. Se hizo á Cristóbal Colón de varias 
maneras; alguna, tal vez, irrespetuosa y hasta podríamos 
conceder que subversiva y tumultuaria, pero siempre los 
amotinados se sometieron fácilmente, siempre escucharon las 
razones del que los guiaba y continuaron prestando obedien- 
cia á sus jefes. 

Tal vez al referir Colón á su regreso las peripecias del 
viaje de ida, pinto con viveza de expresio'n aquellas demos- 
traciones de la marinería, no con ánimo de acriminar el 
acto, sino para poner á vista de todos las muchas contra- 
riedades que se le habían ofrecido, los trabajos pasados, y 
algunos oyentes hubieron de exagerarlos dándoles mayores 
proporciones al hacer la referencia. Así se comprende que 
Pedro Mártir de Angleria, que conoció' á Cristóbal Colón 
y pudo escuchar de sus labios algunas noticias, recogiendo 
otras de testigos presenciales, diga 1 : «que los marineros 
comenzaron primeramente á murmurar en secreto y luego 



1 Petrus Martirys ab Angleria. — De novo orbe, etc. Década I, lib. I. 



294 



CRISTÓBAL COLON 






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consultaban deshacerse de su jefe y aun arrojarlo al mar.» 
Pero nótese que esto no pasaba , ni paso de hablillas 
entre los marineros, sin que exprese el historiador que 
fueran más que conferencias secretas en los corrillos y pala- 
brería de la gente. Y sin embargo, de esas sencillas frases 
de Pedro Mártir ha salido todo el dramático episodio de la 
conjuracio'n de los marineros, de sus amenazas á Colón, del 
grave peligro en que se vio' de ser arrojado al agua, y hasta 
de la transacción que tuvo que pactar con la chusma amoti- 
nada, prometiéndola que si en los tres días siguientes no 
descubrían la deseada tierra, volverían las proas hacia 
España. 

La mayor respuesta á todos esos hechos imaginados por 
ciertos biógrafos, con objeto de poetizar al héroe, engrande- 
cerlo y hacer más interesante el viaje, aumentando sus peri- 
pecias, está en la lectura del Diario de navegación. Allí 
vemos consignados los sucesos día por día y nada se encuen- 
tra que justifique las emociones, el sobresalto, el disgusto de 
una sublevación á bordo. No se escribe con la tranquilidad 
que revelan aquellas páginas cuando se ve comprometido el 
éxito de una gran empresa. 

Era imposible, verdaderamente, aquella conjura de los 
marineros, y más imposible todavía su manifestacio'n. No 
participaban todos los tripulantes de las carabelas de los mis- 
mos temores, d á lo menos no alcanzaban á todos en igual 
grado. En los principales jefes la confianza fué constante, 
como lo era el deseo de tocar el apetecido resultado. Los 
oficiales, los empleados, cuantos por sus cargos tuvieron 
conocimiento detallado de los antecedentes, aunque mirasen 
con disgusto la inmensa distancia que los separaba del 
punto de partida, confiaban ya en la ciencia de Colón, ya 
en la pericia de los Pinzones, y aunque abrigasen temores 
y zozobras los ocultaban, cual corresponde á personas bien 
nacidas , á hombres que se avergüenzan de dar señales de 
debilidad; y solamente en la marinería, entre los hombres 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO III 



295 



del pueblo se exageraban los peligros, crecían las vacilacio- 
nes y se manifestaba el terror en ocasiones señaladas. 

Pero hay todavía otra prueba que podríamos llamar 
concluyente. Dejamos recogidas anteriormente todas las 
frases que en su Diario de navegación estampo el Almirante 
indicando el temor de sus marineros, sin que siquiera 
aparezca, ni por asomos, la sombra de una sublevacio'n, de 
una falta grave de respeto á la autoridad que representaba, 
ni menos una amenaza á su existencia; y aunque algunos 
pudieran ver en este proceder de Colón un plan de no 
hacer manifiestos ciertos desacatos á su persona, d bien una 
muestra de su prudencia, y otros calificar este silencio de 
prueba negativa, insistiendo en dar crédito á la supuesta 
insurrección, y prestándola exageradas proporciones y colo- 
res sombríos, hijos solamente de la fantasía de sus autores ', 
vamos á terminar este punto con las palabras mismas del 
inmortal navegante, que disiparán toda duda en el ánimo 
de los lectores, confirmando cuantas apreciaciones hemos 
hecho. 

Al regresar de su descubrimiento, cuando el éxito había 
justificado sus previsiones y respondido á sus cálculos; 
cuando volvía á España con noticias de tal naturaleza que 



1 En el núm. 316 de La Ilustración Artística, de Barcelona, describiendo la 
estatua que ahora corona el hermoso monumento levantado en aquella capital, 
se decía: — « Abierto concurso para la estatua de Colón, ganólo en buena lid 
nuestro compatriota Atché... El descubridor del Nuevo Mundo está representado 
en el momento supremo de su vida, cuando después de la noche terrible, conde- 
nado á muerte por sus desconfiados compañeros, la aparición del continente ame- 
ricano hace caer á la ignorancia bajo los pies de la ciencia/ — j TIERRA 1 — 
exclamó Colón en aquel instante histórico que importaba una revolución en el 
mundo científico y mercantil; y debió exclamarlo, aun más que con la alegría 
del que salva su existencia, con el orgullo del que ve cumplida una profecía. El 
artista, por lo tanto, ha encontrado lo que pudiéramos llamar momento histórico 
del héroe.» 

La estatua, en efecto, es hermosa y de gran expresión. — Lo que ignoramos 
es cuál será la que el articulista califica de noche terrible; no tenemos noticia de 
haber sido Colón condenado d muerte, ni fué el continente americano el que apa- 
reció á la vista de los españoles al amanecer el 12 de Octubre de 1492. |Pero 
todavía se escribe así la historial 






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2Q6 



CRISTÓBAL COLÓN 




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nadie podía desconocer su importancia, violentas y continuas 
tempestades le pusieron en peligro de naufragar, perdién- 
dose con ello el fruto de tantos trabajos y penalidades. 
En semejante situación, llego' á vacilar en su constancia 
el Almirante; pero alentado por la fe, el jueves 14 de 
Febrero, escribid en su Diario estas notables palabras ' : 
— «Confortábale, por otra parte, las mercedes que Dios 
le habia hecho en dalle tanta victoria, descubriendo lo que 
descubierto habia, y complídole Dios todos sus deseos, 
habiendo pasado en Castilla en sus despachos muchas adver- 
sidades y contrariedades. Y que como antes oviese puesto y 
enderezado todo su negocio á Dios, y le habia oido y dado 
todo lo que le habia pedido, debia creer que le daria cum- 
plimiento á lo comenzado y le llevada en salvamento. 
Mayormente que pues le habia librado á la ida, cuando tenia 
mayor razón de temer, de los trabajos que con los marineros 
y gente que llevaba, los cuales todos á una voz estaban 
determinados de se volver y alearse contra él haciendo protes- 
taciones, y el eterno Dios le dio' esfuerzo y valor contra 
todos... etc.» 

Aquí ya no es que se pasa en silencio el suceso, sino 
que lo recuerda muy de propo'sito Colón, comparándolo 
con el peligro que en aquel momento corría. Los marineros 
dice, estaban determinados de se volver, pero no lo pusieron 
por obra. Determinados estuvieron también de alearse contra 
él (el Almirante) ¿pero en qué manera? ¿fué con amenazas, 
con gritos, en abierta sedicio'n? nada menos que eso; haciendo 
protestaciones; y aun así no dice que se hiciera, sino que 
estaban determinados en hacerlo. 

Murmuraciones, contradicciones, dice el cronista Anto- 
nio de Herrera, que sufrió' Colón en su primer viaje; la 
gente quería alzarse contra él haciendo protestaciones, escribe 
éste. El descontento del equipaje no paso', según lo que 



1 Navarrete. — Colección de viajes, tomo I. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



297 



racionalmente se infiere de tales palabras, de los términos 
que intentamos reflejar al final del capítulo anterior, dando 
por resultado la consulta con los otros capitanes que refirió 
el piloto Hernán Pérez Mateos, y que dio por resultado la 
unánime decisio'n de seguir adelante, coronada pocos días 
después con la alegría del descubrimiento. 

Tal fué la disposicio'n de todos los ánimos en aquel 
extraordinario viaje. No necesita más que sus propias con- 
diciones para despertar curiosidad y causar asombro ; que 
aquí no pueden los hechos figurados por la imaginacio'n, 
añadir interés á los que la realidad ofrece. 



II 



Con muy pro'spero viento continuaron su camino las 
carabelas después de aquel importantísimo convenio de los 
jefes para acallar el clamor de sus tripulaciones. Más de 
setenta leguas anduvieron entre aquel memorable día 10 y 
la mañana del siguiente; pero eran tantas, tan claras y tan 
repetidas las señales de tierra, que en todos los buques se 
iban recogiendo y anotando, que á nadie ocurrid ya volver 
á la actitud pasada, ni quejarse de la velocidad con que se 
alejaban cada vez más de las costas de Europa, adelantando 
grandes espacios en aquellas latitudes desconocidas. 

Vieron los marineros de la Niña, entre otros muchos 
indicios de la proximidad de tierra, muchas hierbas de agua 
dulce, y una rama de espino con su fruto rojo, que no 
podía haber sido cortada mucho tiempo antes: los de la 
Pinta tomaron uña caña larga, y un madero redondo traba- 
jado por la mano del hombre y con bastante ingenio; y á 
bordo de la Santa María cogieron un junco verde, y vieron 
pescados de los que hacen siempre morada entre las rocas, 

Cristóbal Colón, t. i. — 38. 




293 



CRISTÓBAL COLON 



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Hubo mayor movimiento en el mar, más que en todo el 
viaje habían tenido, y vieron pardelas que cruzaron sobre 
los barcos con vuelo muy bajo ; y con estas señales respi- 
raron y y alegráronse todos, según la propia expresión del 
Almirante. 

Con la evidencia de que la tierra no estaba lejos, 
rezaron todos la Salve fervorosamente al declinar el sol el 
jueves 11, y viéndolos en tan buena disposicio'n de ánimo 
el Almirante les dirigió' algunas palabras de exhortacio'n, 
para que dieran gracias al Señor que los había conducido 
hasta allí sanos y salvos con esperanza de grandes aprove- 
chamientos; y haciéndoles detenida reseña de todos los 
indicios que en aquel día habían observado, y de las 
muestras que se habían recogido, les recomendó la más 
exquisita vigilancia, recordándoles el ofrecimiento de diez 
mil maravedís de juro, hecho por los Reyes Católicos, al que 
primero viera la deseada tierra, á lo cual dijo, para terminar: 
— Yo añado un jubo'n de terciopelo de seda como premio. 

Con todas las prevenciones posibles caminaron después 
de anochecido, y andarían á razo'n de doce millas por hora, 
con la direccio'n fija de Oeste. 

Todos velaban á bordo en aquella noche tan memo- 
rable. No era posible dormir cuando se esperaba un aconte- 
cimiento de extraño carácter; cuando después de setenta 
días de navegacio'n incierta, de temores, zozobras, angus- 
tias, dudas y esperanzas se llegaba tal vez al apetecido 
descubrimiento... Si estas señales convincentes, si los nuevos 
y repetidos indicios salían también fallidos, ¿qué partido les 
quedaba? ¿qué esperanzas podrían abrigar?... Nadie pudo 
conciliar el sueño. Los que no hablaban, meditaban recos- 
tados en sus lechos, o apoyados sobre la obra muerta, 
interrogando con ávidos ojos la oscura inmensidad del mar 
cuyos misterios ansiaban penetrar. Era el momento supremo 
de espectativa, entre la realizacio'n de un acontecimiento 
grandioso 6 un tremendo desengaño... 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



299 



Velaba también, y vigilaba más conmovido que todos, 
Cristóbal Colón, sentado en lo más alto del castillo de 
popa de su carabela. ¿Quién es capaz de penetrar los pensa- 
mientos que en tan supremo instante agitaban la mente de 
aquel hombre superior?- ¿Co'mo comprender las angustias 
de su espíritu agitado entre el temor y la esperanza? La fe 
y la ciencia le alentaban: creía en la verdad de sus cálculos 
y confiaba en Dios, cuyo conocimiento deseaba llevar á 
desconocidas regiones... pero la duda asaltaba acaso su inte- 
ligencia y mortificaba su espíritu. De repente se levanto' 
como movido por un tortísimo resorte; convulso, anhelante: 
fijaba tenazmente la vista en un punto luminoso que á 
estribor llamaba su atencio'n. Era una claridad rojiza, móvil, 
vacilante, como de tea llevada por alguno que caminase 
rápidamente. No queriendo el marino dar crédito á sus 
ojos, los cerro', pasando sobre ellos su mano calenturienta... 
Cuando de nuevo los abrió', volvió' á encontrar la misma luz, 
y levantando entonces su corazo'n á Dios con infinita ternura, 
quiso robustecer su conviccio'n antes de entregarse de lleno á 
la alegría. Llamo' con presteza á los oficiales que más cerca 
estaban, y acudiendo el primero Pero Gutiérrez, repostero 
de estrados del Rey, le dijo que mirase aquello que parecía 
lumbre, y con efecto la vio repetidas veces. Llego luego 
Rodrigo Sánchez de Segovia, que llevaba el cargo de veedor 
general de la armada, el cual ya no pudo verla; pero 
después se vio' otras veces más, aunque tan lejana, que era 
como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba. 

Esto sucedió' á las diez de la noche del día 11 de 
Octubre. Desde aquel momento fué indescriptible la ansie- 
dad que reinaba á bordo de la Santa María. Seguían nave- 
gando á razo'n de tres leguas por hora, y cada uno ambicio- 
naba para sí el lauro de ser el primero que diera la voz de 
¡tierra! cuando á las dos horas después de media noche, se 
escucho' aquel grito mágico, saliendo de la carabela Pinta, 
que iba algo adelantada de las otras dos, porque era más 



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CRISTÓBAL COLON 



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velera. Dióle el marinero Rodrigo Sánchez de Triana, que 
la vislumbro' como á dos leguas de distancia, y á seguida 
se disparo' una lombarda para avisar á los otros barcos 
según se había convenido. 

Amaináronse todas las velas: se pusieron los buques al 
pairo, o' á la corda, como entonces se decía, y en tal situa- 
cio'n, temporizando para no perder ni ganar terreno, espe- 
raron la venida de la aurora. 

Siglos parecían los instantes. La tierra se dibujaba 
claramente á la vista de las tripulaciones... pero quedaban 
muchas dudas por disipar. Aquellas horas fueron de incer- 
tidumbre y curiosidad, de temor y de esperanza. ¿Qué era 
lo que les esperaba después de tan largo viaje y de tantos 
trabajos sufridos? ¿Se encontraban frente á aquellas mágicas 
ciudades que describían los viajeros y contaban las leyendas, 
donde el oro abundaba; donde los palacios eran de cristal y 
de jaspes hermosos; donde brindaba la naturaleza con todos 
sus dones, y la civilizacio'n oriental con todos sus deleites y 
comodidades, o' iban á descubrir algunas rocas inaccesibles é 
inhospitalarias; algunos terrenos desiertos en que no fuera 
posible habitar, ni aun tener medios de reconocerlos? 
¿Encontrarían hombres feroces, de espantables figuras y 
belicosas costumbres; intratables; atrevidos y con armas que 
les impidieran el desembarcar, y aun pusieran en peligro la 
libertad y la vida de los españoles? El problema estaba 
resuelto en parte; pero quedaba mucho por despejar, y 
el temor era natural, cuando tan pro'ximo se veía el desen- 
lace, que podía proporcionar la mayor alegría o' el más 
amargo desengaño. 

Todos meditaban, acariciando pensamientos más o' 
menos tristes, aunque siempre aventurados; y todas las 
miradas se dirigían al punto donde una masa informe les 
denunciaba la existencia de la codiciada tierra. La oscuridad 
era completa; nada podían descubrir que aclarase sus 
dudas, y tanto pilotos como marineros, capitanes y maes- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



301 



tres, cuantos á bordo se encontraban, volvían los ojos al 
Oriente, ansiando y temiendo que se disipara la oscuridad 
con la aparicio'n en el horizonte del nuevo día. 



III 



Nunca su luz ha podido ser más deseada. Rayo' al 
cabo, y descubrid á los admiradores é intrépidos navegantes 
el espectáculo de una naturaleza nueva, tan espléndida, tan 
rica, lozana y variada, tan diferente de todo lo que cono- 
cían, que permanecieron por mucho tiempo todos absortos en 
su contemplacio'n, mientras las carabelas adelantaban pausa- 
damente acortando la distancia que las separaba de la playa. 

Tenían al frente una hermosísima isla como de quince 
leguas de longitud, al parecer; llana, sin montes de ninguna 
clase, con una vegetacio'n exuberante, muy nutrida, y 
árboles de apacible vista, cuyas hojas grandísimas, agitadas 
por suave brisa, dejaban ver extraños frutos que nunca 
habían conocido los europeos. Era, dice el P. Bartolomé de 
Las Casas, como una huerta llena de arboleda verde y 
fresquísima. 

Llamábanla sus moradores Guanahani; Colón, saludán- 
dola en nombre de la religio'n cristiana, y consagrando á 
ésta su primer recuerdo, la nombro' San Salvador, nombre 
que ha conservado á pesar de los siglos transcurridos, y por 
el que hoy todavía es conocida, para que el viajero pueda 
recordar el punto en que por vez primera planto' el estan- 
darte de la cruz el Almirante de los Reyes Cato'licos. 

Muy diversas han sido las opiniones de los sabios y de 
los marinos al fijar la posicio'n de la isla Guanahani l . 



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Véase las Aclaraciones y documentos (C). 



302 



CRISTÓBAL COLON 






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Seguimos la del ilustre Washington Irving, apoyada por 
A. Humboldt, porque se conforma mejor que otra alguna 
con los datos precisos consignados en el Diario de Navega- 
ción, y con la descripcio'n que de la isla hace fray Bartolomé 
de Las Casas; y porque con ella se explican también natu- 
ralmente y con la mayor claridad los hechos ocurridos en 
los días anteriores al descubrimiento, y los que después se 
siguieron. 

Nuestro sabio don Martín Fernández Navarrete, cuya 
opinio'n es siempre digna de tanto respeto, juzgo' que el 
primer punto descubierto por Colón fué la isla que hoy 
se nombra del Gran Turco, en el grupo de las del mismo 
nombre; mas para hacerlo tuvo que torcer el rumbo de la 
expedicio'n casi al Sur, cuando tantas veces repite aquél, 
que caminaba fijo al Oeste, y si en alguna ocasio'n vario' un 
cuarto al Sudoeste, guiado por las aves que venían á las 
carabelas, o' por otras señales de tierra, desvanecida la pro- 
babilidad, volvía constantemente á su primera direccio'n. 

Es también de notar, que la isla del Gran Turco apenas 
tiene dos leguas de extensio'n y es un banco de rocas en el 
que no se encuentra vegetacio'n alguna, ni árboles Agriados 
como los que tanto llamaron la atención de los españoles en 
la alborada del 12 de Octubre. Pero para nuestro juicio 
la razo'n más poderosa es, que siguiendo las carabelas su 
rumbo á Occidente, con ligerísimas desviaciones, hasta tocar 
en la isla de San Salvador, habían dejado por la banda 
izquierda, o de estribor, las pequeñas islas denominadas 
Turcas, los caicos, muchos cayos de arena, y las islas de 
Mariguana, Samaná y otras, de las cuales podían salir, y 
en efecto salieron, los pajarillos de corto vuelo que tanto 
llamaron la atencio'n de los navegantes; las hierbas y los 
peces que en diferentes horas observaron; y en la noche 
del 1 1 de Octubre debieron pasar á corta distancia de la isla 
de Watling, donde se agitaba la antorcha que vio' el Almi- 
rante á las diez de la noche, pues siguiendo su marcha, 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



303 



descubrieron cuatro horas más tarde, á las dos de la misma, 
la isla de Guanahaní. 

Ninguna de estas circunstancias concurren en el grupo 
de las islas Turcas: antes de ellas no hay punto de tierra 
pro'xima que pueda descubrirse y donde pudiera hacerse la 
lumbre que vislumbro Colón; y pues á éste se le adjudico 
el premio de los diez mil maravedís, por la seguridad que 
resulto' de la informacio'n de que había visto luz en tierra, 
es indudable que el primer desembarco se hizo en la misma 
isla que hoy lleva el nombre de San Salvador, siendo el 
camino recorrido desde las diez de la noche á las dos de la 
madrugada, el que separa justamente esta isla de la de 
Watling, donde pudo verse aquélla. 

Esta es, en nuestro entender, la explicacio'n más segura, 
la que satisface y se combina mejor con todos los datos, 
como vamos á ver en seguida, la que puede tenerse como 
verdadera. 

Mr. H. Harrise, que en este punto ha hecho especial 
trabajo, forma su juicio exponiendo «que para resolver este 
problema hay tres fuentes principales de estudio, que son - 

» i.° La descripcio'n hecha por Cristóbal Colón. 

»2.° Los mapas antiguos. 

»3.° Las descripciones más aproximadas por su fecha 
á la narracio'n del Almirante l . » 

«Colón, en su relacio'n oficial, se limita á decir que 
treinta y tres días después de su salida de las Canarias, 
jallo muy muchas islas pobladas con gente sin número. A la 
primera que yo fallé, añade, puse nombre sant salvador á 
conmemoración de su alta majestad, el cual marauillosamente en 
todo esto a andado; los indios la llaman guanahaní. — El Diario 
de navegación es más explícito. Debemos notar, que aunque 
este precioso documento no ha llegado hasta nosotros más 
que compendiado por Las Casas, la descripcio'n de la 



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Christophe Colomb, tomo I, pág. 443. 



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primera isla descubierta por Colón está entre comillas, 
y precedida de la advertencia : £5/0 que se sigue son palabras 
formales del Almirante en su libro de su primera navegación 
y descubrimiento de estas Indias ', y que se encuentra en un 
Diario donde éste declara su proposito «de escribir muy 
puntualmente de día en día todo lo que hiciese y viese. » 
Debe por tanto presumirse que aquellos detalles se fijaron 
en el escrito cuando los recuerdos de Colon estaban todavía 
muy recientes. » 

Esto mismo hemos juzgado, y las palabras de Cristóbal 
Colón nos han servido de guía para fundar nuestra opinio'n; 
pues, como en seguida veremos, la descripcio'n solo puede 
convenir á la isla que hoy continúa llamándose San Sal- 
vador, o' isla del Gato (Cat island), y de ninguna manera á 
las otras que diversos autores han indicado, como ya lo 
aseguro' Washington Irving. 

Llevando siempre por norma las palabras del Almi- 
rante, hemos adquirido una conviccio'n; hemos llegado á 
unas conclusiones seguras. El señor Harrise no ha podido 
obtener igual resultado, y sus estudios revisten siempre el 
mismo carácter de inseguridad. La perpetua duda le con- 
duce fatalmente á una vacilacio'n constante. Después de 
haber establecido como base que el extracto o compendio 
del Diario, hecho por el P. Las Casas, es digno de entero 
crédito, y que la parte que se refiere á la descripcio'n de la 
isla donde se efectuó' el primer desembarco, está copiada entre 
comillas, y con la advertencia de que son las palabras mismas 
del Almirante, dice en el mismo capítulo 2 que ya hemos 
citado: «Sea que el Almirante, poseído de una conmocio'n 
muy natural, haya confundido en una sola circunstancia 
muchos hechos aproximados; sea que Las Casas haya abre- 



1 Diario. — Viernes, 12 de Octubre. — Navarrete, tomo I, pág. 173 de la 
segunda edición. 

2 Christophe Colomb, tomo I. — Premier atterrage, pág. 451. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO III 



305 



viado la descripción original, como ¡o ha hecho con oíros 
pasajes del Diario de navegación, la explicación nos ha pare- 
cido siempre incompleta y contradictoria.» 

Por semejante camino nunca se llega á términos 
ciertos. 

Pero continuemos el razonamiento del docto crítico: 

«En esta descripcio'n la crítica recoge las siguientes 
particularidades: 

»i. a La isla primera que Colón descubrió' y donde 
desembarco' : « Está Lesteoueste con Ja isla del Hierro en Cana- 
arias, so nna linea '.» 

»2. a Esta isla es bien grande, y muy llana, y de árboles 
muy verdes y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande 
sin ninguna montaña. 

»3. a Estaba muy poblada: — vinieron muchos y muchas 
mujeres. 

»_j.. <l Está toda rodeada de un gran cinturdn de rocas: 
— Una grande restinja de piedras que cerca toda aquella isla 
alrededor. 

»5. a En medio 2 hay una hondonada y puerto bas- 
tante capaz para contener todas las naves de la cristiandad, 
y su entrada es muy estrecha: — Entre medias queda hondo y 
puerto para quantas naos hay en toda la cristiandad, y la 
entrada dello muy angosta. 

» Ahora bien, interpreta Mr. Harrise, no hay una 
siquiera de las Lucayas que corresponda á esta descripcio'n, 
y pueden oponerse á las dificultades de interpretacio'n que 
presenta, las razones siguientes: 

»¿Eran muy numerosos los habitantes de la isla? Como 
los indígenas no conocían la piedra ni los metales, y fueron 
conducidos muy luego para ir á trabajar en las minas, ¿se 



' Esta cita y las que siguen están tomadas de Navarrete, tomo I, pági- 
nas 174-179. 

' Las palabras: La otra parte del Leste , que preceden ala descripción, 
parece significan que la ensenada estaba al lado occidental de la isla. 

Cristóbal Colón, t. i. — 39. 









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CRISTÓBAL COLON 



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explica que no encontremos hoy huellas de su existencia, ni 
haya indicios de que en otro tiempo fueran numerosos? 

»¿Ilabía muchos árboles 3^ algunos tan corpulentos que 
los indígenas construían de un solo tronco canoas capaces de 
contener hasta ochenta personas? Notorio es que donde 
dominan los europeos, los árboles tardan poco en desapa- 
recer; se comprende, por tanto, que esas islas no presenten 
ahora ningún rastro de haber tenido bosques.» 

«¿Poseía la isla muchas aguas y una vegetacio'n exu- 
berante? La gran corta de árboles, bajo un sol ardiente, 
ha podido causar la sequía de los manantiales, y la gran 
laguna, si por la palabra gran laguna debe entenderse un 
verdadero lago y no un simple charco. Es, pues, natural 
que los habitantes no encuentren ya agua dulce, sino 
abriendo pozos, y que la vegetacio'n sea pobre, pero fron- 
dosa.» 

«En cuanto al cinturo'n de rocas y á aquel vasto 
puerto, no es posible explicar por qué no existen ahora. 
El archipiélago de las Bahamas, en cuanto alcanzan memo- 
rias, no ha sido trastornado por grandes cataclismos, como 
últimamente lo fueron las islas de la Sonda. La accio'n del 
Gulf Stream no es tampoco de índole tal que transforme en 
el espacio de cuatro siglos los canales y la configuracio'n 
de un archipiélago tan considerable. «En fin, estas islas 
son de una formacio'n granítica o' madrepórica, poco sujeta 
al trabajo de desgaste que se observa en las rocas cretáceas o' 
calcáreas. ¿Qué se ha hecho, pues, aquella isla que se 
encontraba situada en la misma latitud que la de Hierro, 
es decir, entre 70 o 50' 3^ 27 o 39'? A esta altura no existe más 
que la llanura del mar, o la extremidad apenas visible de 
un banco de arena. ¿Do'nde se encuentran aquel cinturo'n 
de elevadas rocas y aquel puerto maravilloso, capaz de con- 
tener todos los bajeles que poseían las naciones de Europa 
en el siglo xv? Preciso es haber visto las ensenadas actuales 
de las Lucayas para hacerse cargo de su escaso parecido con 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



307 



esta descripción, que más bien recuerda la gran rada de 
Xipe, donde Colón no arribo' sino mucho más tarde.» 

«La descripcio'n hecha por Colón, en los términos que 
ha llegado hasta nosotros, ofrece, pues, poca utilidad para 
esta investigación.» 

Y nosotros preguntamos á nuestra vez al crítico anglo- 
americano: Y si no llevamos por guía las palabras de 
Colón, ¿quién va á servirnos para descubrir los lugares que 
él visito' primero? ¿Si desconfiamos de lo que él nos dice, 
porque poseído de natural emoción pudo confundirse, en quién 
vamos á confiar? Apoyado en esas mismas indicaciones que 
dejamos enumeradas, Washington Irving, asesorándose con 
la opinio'n de un oficial de marina de gran inteligencia y 
práctica, y después el célebre A. Humboldt, creyeron que la 
isla á que Colón arribo' en la alborada del 12 de Octubre, 
y á la que puso por nombre San Salvador, es la misma que 
hoy lo conserva, y á la que los ingleses denominan Cat-island 
o' isla del Gato, que aunque no se encuentra exactamente en 
la latitud indicada por el Almirante, difiere muy poco de 
ella: tiene hoy, como entonces, abundantes aguas y rica 
vegetacio'n, y á la vuelta, hacia la parte de Occidente, en el 
recodo que forma la costa, y Colón indico' con la frase 
clarísima de que estaba de la otra parte del Leste, que era la 
opuesta á la que primero descubrió', hace extensísimo abrigo 
para los buques y está rodeada de grandes piedras. 

Siguiendo, por último, el orden que el señor Harrisse 
establece para sus estudios, y buscando las opiniones de los 
autores más aproximados por sus fechas á la narracio'n del 
Almirante, haremos notar que fray Bartolomé de Las Casas, 
que tantas veces visito' las islas nuevamente descubiertas, no 
encontró' falsas las señales que consigno' Colón sobre el 
punto de su primer desembareo, siendo esto buena prueba 
de que la descripcio'n que aquél hizo, es la única que puede 
ser atendida con utilidad en esta investigacio'n. 



308 



CRISTÓBAL COLON 





IV 



Aumento la alegría de los españoles el ver que á la 
playa acudía gran muchedumbre de gente, que anunciaba 
considerable poblacio'n; y creció' el asombro cuando, lle- 
gando más cerca, pudieron ver que todos aquellos isleños, 
que levantaban los brazos y hacían demostraciones de la 
mayor admiracio'n, estaban completamente desnudos. 

Próximos á la playa los tres barcos, y según lo que se 
había prevenido, botaron los esquifes al mar á un mismo 
tiempo, y salió' el Almirante el primero, armado de todas 
armas, con un manto de escarlata sobre los hombros y en la 
mano la bandera real, acompañándole los oficiales de la casa 
real con cargo, y cuanta gente pudo caber en la barca, 
todos con sus armas y con el mejor aderezo posible en sus 
personas. En los otros dos botes le siguieron Martín Alonso 
Pinzo'n y Vicente Yáñez, con los estandartes de la cruz 
verde y las cifras de los soberanos, llevando también á 
bordo todos los hombres que pudieron, y quedando un corto 
número en la custodia de las carabelas. El mar estaba 
tranquilo, el aire suavísimo, la playa ofrecía el aspecto más 
encantador, y las barcas se aproximaban pausadamente 
impelidas por los remos, sin que nadie en ellas profiriese 
una exclamacio'n, ni dejase escapar una palabra, con las 
miradas fijas en la tierra, y como poseídos de la solemnidad 
y grandeza del acto que iban á ejecutar. 

Mucho más asombrados los isleños, fueron retroce- 
diendo á medida que los botes se acercaban, y se refugiaron 
entre la espesura de los árboles, para observar desde allí las 
acciones de aquellos seres que juzgaban llovidos del cielo. 

Salto' en tierra el Almirante, se adelanto' algunos pasos 




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LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



309 



en la playa seguido de los hermanos Pinzo'n con sus bande- 
ras y rodeado de todos los pilotos y tripulantes, hincaron en 
tierra las rodillas, y en altas voces, con acentos del corazo'n, 
turbados en muchos por las lágrimas, dieron gracias á Dios, 
que después de tantos trabajos, fatigas, penas y temores, 
así recompensaba sus afanes. Por aquellos rostros curtidos 
por el aire del mar corrían lágrimas de ternura: recitaban 
unos las oraciones de su infancia; besaban otros la tierra con 
devotísima actitud: golpeábanse muchos el pecho, y todos 
levantaban los ojos al cielo reconociendo su protección. 

A esta escena indescriptible y conmovedora siguió' otra 
que no fué menos interesante. Al levantarse Cristóbal 
Colón, clavo en tierra el pendo'n real de Castilla y llamo' á 
los capitanes y al escribano Rodrigo de Escobedo para que 
diese fe y testimonio de que tomaba posesio'n de aquella 
isla, á la que puso, según dijimos, el nombre de San Salva- 
dor, por los Reyes de España, al tiempo que algunos mari- 
neros se adelantaron tímidamente, y con muestras del 
mayor respeto tomaron las manos del Almirante y las 
cubrieron de besos y de lágrimas, sin que la emocio'n les 
permitiera pronunciar una sola palabra. El ejemplo fué 
contagioso. Todos los que habían concurrido al acto se acer- 
caron á Colón ansiosos de besar sus manos; se postraron 
ante él, abrazaron sus rodillas, y á pesar de la resistencia 
que oponía se humillaban á sus pies. Después de dar 
gracias al Todopoderoso, dispensador de todo bien, besaban 
arrepentidos la mano que á tanta gloria les había enca- 
minado. 

Contemplaba el cuadro innumerable número de isleños, 
que miraban ato'nitos aquella escena sin comprenderla. 
«¿Quién podrá expresar y encarecer, dice fray Bartolomé de 
Las Casas, el regocijo que todos tuvieron y jubilación, 
llenos de incomparable gozo é inestimable alegria entre la 
confusión de que se veian cercados por no le haber creido, 
antes resistido é injuriado al constante y paciente Colon? 





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CRISTÓBAL COLON 



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/quién significará la reverencia que le hadan? ¿el perdón 
que con lágrimas le pedian? ¿las ofertas que de servirle 
toda su vida le hacian? y finalmente, ¿las caricias, honores 
y gracias que le daban, obediencia y subjecion que le 
prometían? Cuasi salian de sí por contentarle, aplacarle y 
regocijarle; el cual con lágrimas los abrazaba, los perdo- 
naba, los provocaba todos á que todo lo refiriesen á 
Dios.» 

En tanto que el escribano se ocupaba en extender las 
diligencias oficiales de aquel acto, que debían firmar las 
personas caracterizadas que lo presenciaban, los indios, que 
así empezaron á llamarles los españoles, se fueron acercando 
cada vez más al grupo, confiados en que no veían señal 
alguna de hostilidad, ni se les causaba daño. Con la 
sencillez de niños, con el candor y audacia de la inocencia 
se llegaban á los hombres de armas y pasaban las manos 
por el brillante acero, que les causaba la mayor admiracio'n. 
Miraban con ojos espantados las banderas verdes, el manto 
rojo del Almirante y todos los paños de colores que llevaban 
los marineros; «íbanse á los hombres barbados y llegaban 
con las manos á las barbas, maravillándose dellas, porque 
ellos ninguna tienen; especulando muy atentamente por las 
manos y las caras su blancura.» 

Colón escribe que los habitantes de la isla eran «muy 
bien hechos, de muy fermosos y lucidos cuerpos y muy 
buenas caras: los cabellos gruesos y cuasi como sedas de 
cola de caballos, é cortos; los cabellos traen por encima 
de las cejas, salvo unos pocos detras que traen largos, 
que jamas cortan: dellos se pintan de prieto; y ellos son 
déla color délos canarios, ni negros ni blancos; y dellos 
se pintan de colorado, y dellos de lo que fallan, y dellos 
se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, y dellos solo 
los ojos, y dellos solo el nariz.» 

Mucho se maravillaban los indios de ver á los cris- 
tianos, su color, trajes y armas; pero no menos se mará- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO 111 



3ii 



villaban éstos, viendo tanta sencillez y confianza de parte 
de aquella gente, que por su desnudez, su mansedumbre, 
y simplicidad parecía no haberse perdido o' haberse resti- 
tuido al estado de la inocencia, en que un poquito de tiempo, 
que se dice no haber pasado de seis horas, vivió nuestro padre 
Adán, como dice ingenuamente el P. Las Casas. 

Terminadas las primeras ceremonias de la toma de 
posesio'n de la isla, prestaron todos obediencia á Colón 
como Almirante y Virrey nombrada por los Reyes; comen- 
zaron los Pinzones á darle la obediencia, y siguieron Diego 
de Arana, Rodrigo Sánchez, Pero Gutie'rrez y cuantos 
habían salido á tierra. Debe notarse la importacia de 
este acto oficial, porque en las Capitulaciones de Santa Fe 
se habían concedido á Colon los títulos de Almirante y 
Viso-rey: pero fueron puramente nominales, por cuanto lo 
había de ser en todas aquellas islas y tierra firme que por su 
mano ó industria se descubrieren ó ganaren en las dichas mares 
O CC ¿anas; es decir, que si hubiere regresado á España sin 
haber logrado descubrir tierra alguna, no hubiera podido 
ostentar derecho a aquellas dignidades. 

El descubrimiento aseguraba y completaba lo capitu- 
lado con los Reyes: desde aquel punto comenzaba el ejercicio 
de sus cargos y el goce de sus preeminencias: había terri- 
torios que colonizar y gobernar, y al poner el pie sobre 
ellos, daba principio la jurisdicio'n del Almirante. 

Por estas razones, al llegar á tal punto, el P. Las Casas 
empieza el capítulo de su historia con estas significativas 
palabras : 

«De aquí adelante será razón de hablar de Cristóbal 
Colon de otra manera que hasta aquí, añidiendo á su 
nombre el antenombre honorífico, y á su dignísima persona 
la prerogativa y dignidad ilustre, que los Reyes tan digna- 
mente le concedieron de Almirante, pues con tan justo 
título y con tantos sudores, peligros y trabajos, pretéritos 
y presentes, y los que le quedaban por padecer, lo había 



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CRISTÓBAL COLON 






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ganado, cumpliendo con los Reyes mucho más, sin compa- 
racio'n, de lo que les habia prometido.» 



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Desde los primeros momentos del desembarco enten- 
dieron los marineros cuánta era la curiosidad de los 
inocentes indios, y lo que llamaban su atencio'n los objetos 
más insignificantes que se les mostraban. El mismo Almi- 
rante, por atraerlos, les ofreció' algunos bonetes colorados, 
cuentecillas de vidrio, cascabeles y otras chucherías de poco 
valor que recibieron con ruidosas manifestaciones de alegría, 
quedando por extremo agradecidos; y para demostrar el 
aprecio que de tales regalos hacían, corrieron á sus cabanas, 
trayendo grandes ovillos de algodón hilado, papagayos y 
algunas frutas, con que empezaron los trueques y cambios, 
que entonces llamaban rescates los navegantes de todos los 
países. 

Creyendo á los españoles, según después se supo, 
enviados del cielo, estimaban cualquier objeto que se les 
daba como preciada reliquia. A más de deleitarse con su 
vista, se engalanaban poniéndose al cuello las sartas de 
cuentas de vidrio; reían y saltaban viéndose unos á otros 
con los bonetes encarnados, 6 con las cintas de colores que 
habían cambiado ; pero lo que más novedad les propor- 
cionaba, lo que mayor contento producía en ellos, eran 
los cascabeles, cuyo ligero sonido les causaba verdadera 
locura. 

Cuando los españoles volvieron á la playa para tomar 
los botes y recogerse á las carabelas, se arrojaron los 
isleños al agua, y los siguieron á nado, para continuar 
haciendo cambios, y gozar de la vista de aquellos seres, 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



313 



para ellos tan extraordinarios, y que con tanta admiración 
contemplaban. 

Estas primeras relaciones entre descubridores é indí- 
genas tienen un carácter tan particular, un color tan nuevo, 
que es necesario, para poder apreciarlas debidamente, leerlas 
referidas por testigo presencial : por persona que á lo menos 
lo escuchara de quien tomo' parte en ellas. La relacio'n del 
Almirante, conservada íntegra por fray Bartolomé de Las 
Casas, es interesantísima; y no siendo posible trasladarla 
por su mucha extensio'n, la extractaremos, conservando los 
principales conceptos en la forma misma que los escribiera 
Colón. 

A la mañana del siguiente día, sábado 13, apenas 
amaneció', acudieron á la playa muchos indios, saludando 
con sus expresivos gestos á los españoles, y acercándose 
muchos á las naves en canoas ó almadías que eran hechas 
« del pie de un árbol, como un barco luengo y todo de un 
pedazo, y labrado muy á maravilla según la tierra, y 
grandes que en algunas venian 40 6 45 hombres, y otras 
mas pequeñas, fasta haber dellas en que venian un solo 
hombre. Remaban con una pala como de fornero, y andan 
á maravilla; y si se les trastorna luego se echan todos á 
nadar y la enderezan y vacian con calabazas que traen 
ellos. 

»Traian ovillos de algodo'n filadlo, y papagayos y azaya- 
gas (son unas varas sin fierro, y algunas dellas tienen al 
cabo un diente de pece y otras de otras cosas), y otras 
cosillas que sería tedio de escribir , y todo daban por 
cualquier cosa que se les diese. Y yo estaba atento y traba- 
jaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traian 
un pedazuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz, y 
por señas pude entender que yendo al Sur o' volviendo la 
isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenia grandes 
vasos dello, y tenia muy mucho... 

»Esta isla es bien grande y muy llana, y de árboles 

Cristóbal Colón, t. i. — 40. 



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CRISTÓBAL COLON 



muy verdes, y muchas aguas, y una laguna en medio muy 
grande, sin ninguna montaña , y toda ella verde que es 
placer de mirarla; y esta gente farto mansa y por la gana 
de haber de nuestras cosas, y temiendo que no se les ha de 
dar sin que den algo, y no lo tienen, toman lo que pueden 
y se echan luego á nadar; mas todo lo que tienen lo dan por 
cualquier cosa que les den; que fasta los pedazos de las 
escudillas y de las tazas de vidrio rotas rescataban, que 
fasta vi dar diez y seis ovillos de algodón por tres ceutis de 
Portugal (ceuti ó cepti, pequeñísima moneda de cobre de 
Ceuta), que es una blanca de Castilla, y en ellos habria mas 
de una arroba de algodón filado.» 

Todo el día permanecieron los indígenas á bordo de las 
carabelas, cambiando, recibiendo regalos y gustando los 
manjares de los españoles con la mayor alegría y cordiali- 
dad. Iban á tierra para ocultar en sus chozas los pedazos de 
vidrio, cintas y baratijas que podían recoger, y tornaban 
con algunas frutas del país, á la vez que con nuevas pelotas 
grandísimas de algodón, para seguir cambiando por cuentas 
y cascabeles. 

Al llegar la noche todos se fueron á tierra con sus 
almadías. 

Quiso aprovechar la alborada del siguiente día el 
Almirante para reconocer la isla, y haciendo echar al agua 
el bote de su carabela y las barcas de las otras, tripuladas 
convenientemente, empezó' á costearla por el noroeste hasta 
que pasada una grande restinga de piedras que cerca toda 
aquella parte de la isla, descubrió' un gran puerto capaz de 
cuantas naos hay en toda la cristiandad, y la entrada muy 
angosta, sin que la mar se mueva allí más que dentro de un 
pozo. 

Vio' dos o' tres poblaciones, y la gente de ellas corrían 
á la playa llamándolos con grandes muestras de regocijo. 
«Al acercarse, dice el Almirante, los unos nos traian agua, 
los otros otras cosas de comer ; otros, cuando veian que yo 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO III 



315 



no curaba de ir en tierra, se echaban á la mar nadando y 
venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos 
venidos del cielo, y vino uno viejo en el batel dentro, y 
jotros á grandes voces llamaban á todos hombres y mujeres: 
— Venid a ver los hombres que vinieron del cielo: traedles de 
comer y de beber. — Vinieron muchos y muchas mujeres, cada 
uno con algo, dando gracias á Dios, echándose al suelo y 
levantaban las manos al cielo, y después á voces nos llama- 
ban que fuésemos á tierra.» 

Así paso el Almirante los tres días primeros del descu- 
brimiento en la Isla de San Salvador, tratando con los 
naturales, reconociendo las costas, y tomando noticias de 
otras tierras que pudieran visitar y de los productos que las 
mismas ofrecían. Difícil era el adquirir datos precisos, 
porque la lengua que hablaban los isleños era completa- 
mente desconocida, y sus gestos y acciones eran tan varios 
que unas veces se tomaban en un sentido, otras en otro, 
siendo en todos los casos deficientes é incompletas todas las 
nociones que de países, nombres y poblacio'n podían obtener 
de aquellos sencillos moradores. 

Fija siempre en su imaginacio'n la idea de haber llegado 
al extremo del Asia, creía que aquellas islas debían distar 
muy poco del continente de la India. A esta indagación 
dirigía Colón todos sus conatos, y era el objeto principal de 
las preguntas que hacía y de la interpretacio'n que daba á 
las ininteligibles y casi siempre ambiguas respuestas que por 
señas y gestos recibía. «Vide tantas islas, dice, que yo no 
sabia determinarme á cual iria primero, y aquellos hombres 
que yo tenia tomados me decian por señas que eran tantas y 
tantas que no habia número, y anombraron por su nombre 
mas de ciento.» 




318 



CRISTÓBAL COLON 



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Por las informaciones de los naturales de Guanahaní, 
que le señalaban multitud de islas no lejanas, y le daban 
nombres de más de ciento de ellas, y por lo que desde las 
costas se divisaba, estuvo muy dudoso el Almirante en la 
eleccio'n del rumbo por donde había de continuar su descu- 
brimiento. Tomando á bordo alguno de aquellos isleños, de 
los que más se complacían en el trato de los españoles, y 
mayor facilidad y viveza manifestaban para comprender las 
señas, responder á ellas y aprender las palabras que los 
marineros les hacían repetir, con objeto de que sirvieran 
para entenderse más pronto con los indígenas de otras islas, 
dio' á la vela en la tarde del día 14, mirando á la más 
grande de todas las que á la vista tenía, que parecía distar 
cinco leguas de la de San Salvador, aunque luego vio' que 
distaba siete. 

Surgió' en ella el lunes 15, pues no quiso llegarse de 
noche á una playa desconocida, y sin saber si la costa era 
limpia de bajos, por lo cual uso' de prudencia. La isla era 
muy semejante á la que dejaban; llana y con hermosa vege- 
tación, y sus moradores tenían la misma sencillez, inocencia y 
condicio'n apacible, por lo que Colón no juzgo' conveniente 
detenerse en ella; y practicando un ligero reconocimiento de 
la costa, y después de otra breve excursio'n por el interior, 
en señal de posesio'n por los Reyes de España, hechos 
algunos rescates de algodo'n, y dejando á los isleños cuentas 
de vidrio, cintas y cascabeles, se volvió' á las carabelas. 

Puso por nombre á esta segunda isla Santa María de la 
Concepción, que también ha conservado hasta nuestros 
tiempos. 



LTBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



319 



Mas el deseo del Almirante y de cuantos le acompa- 
ñaban era llegar al punto donde se produjera el oro, cu}^as 
muestras veían en los sencillos adornos pendientes de las 
orejas y de la nariz de los indios, que llamaban la atencio'n 
y despertaban la codicia. Las dos islas visitadas eran, al 
parecer, muy pobres; el único producto apreciable parecía 
ser el algodo'n, salvo los pendientes de oro, cuya procedencia 
no se podía averiguar. A las interrogaciones del Almirante, 
respondían los isleños por señas que parecían indicar que en 
otros parajes, no muy lejanos, usaban sus moradores adornos 
y brazaletes de aquel metal; pero el deseo podía engañar; 
á veces se entendía que á alguna distancia estaba otra isla 
donde aquel oro se recogía. En las preguntas y respuestas 
había gran confusio'n, y las interpretaciones fueron causa 
de varios errores, según lo manifiesta Colón en su Diario; 
porque ciertamente era difícil establecer la relacio'n entre 
unos y otros, y más todavía al llegar á perfecta inteligencia, 
hasta tanto que al lenguaje de accio'n, al gesto y á la panto- 
mima pudieran irse agregando algunos conceptos recogidos 
de los nombres de objetos de uso común, que aunque torpe- 
mente se iban comunicando entre sí, y aprendiendo á signi- 
ficarlos, á la vista del objeto mismo. 

A esta dificultad se agregaba otra que no era menos 
importante. Los indios que llevaba el Almirante comenzaban 
á disgustarse del viaje, como llegaron á comprender que 
los españoles deseaban oro, les indicaban con mucha segu- 
ridad un punto donde podrían encontrarlo, y después 
señalaban otro, produciendo siempre confusio'n. Pero el 
Almirante desconfiaba de sus noticias, porque creía que 
no tenían más objeto al comunicarlas, que agradar á los 
descubridores para que los dejaran volverse á San Salvador. 
No encontrando nada notable en la Concepción, se dirigió' á 
otra isla mucho mayor, que se descubría al occidente, á 
distancia como de nueve leguas. 

En ese primer crucero, á pesar de su brevedad, ya 




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CRISTÓBAL COLON 





empezaron las evasiones. A la segunda noche uno de los 
indios hu}^o' á nado, y otro se apodero' de una almadía y 
pj| escapo' en ella con tal rapidez, que no pudieron darle alcance 
las barcas, aunque llevaron muchos y buenos remeros. Pero 
esta pérdida no trajo consecuencia alguna desagradable, 
como era de temer; porque al poco rato se presento confia- 
damente ante los buques un pobre indígena, solo en su 
almadía, ofreciendo por señas á los marineros grandes bolas 
de algodón y pidiendo, también por gestos, cascabeles y 
cintillas. Arrojáronse algunos hombres al agua para hacerlo 
subir á bordo, á lo que no parecía dispuesto; pero entonces 
Colón, aprovechando tan feliz encuentro, y dando muestras 
de su elevado talento, de su previsio'n, acaricio' al indio, 
le agasajo' con miel y bizcocho, y regalándole un bonetillo 
rojo, y una sarta de cuentas de vidrio, lo despidió' sin haber 
consentido que nadie le tomara el algodo'n que liberalmente 
ofrecía con las mayores instancias. 

El resultado de esta accio'n humanitaria no se hizo 
esperar. A las pocas horas iban saliendo de los bosques 
y acercándose á la playa muchos indígenas , hombres y 
mujeres , que levantaban los brazos y los ojos al cielo, 
demostrando admiracio'n y llamaban á los españoles ofre- 
ciéndoles mucho algodo'n, plumas de vivos colores, papa- 
gayos domesticados y otros productos naturales de la isla. 
Algunos venían en sus canoas y rodeaban las carabelas 
presentando sencillamente sus dones: el Almirante hizo que 
se les obsequiase, sin tomarles cosa alguna, y bajando á 
los botes, se dirigió' á tierra y tomo' posesio'n de la isla, 
dándole el nombre de Femandina, por memoria del Rey. 
Es la conocida con el nombre de Exuma, según todas las 
probabilidades. 

Esta isla parecía un tanto más adelantada que las de 
San Salvador y Concepción. Las chozas eran mayores, muy 
limpias y bien dispuestas, buscando para formarlas el apoyo 
y la sombra de los árboles más corpulentos. Eran de forma 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



321 



circular y las techumbres cónicas de hojas de plátanos y de 
otros árboles, entrelazadas con palma y atadas sólidamente 
en su vértice. En ellas vieron los españoles el uso á que 
principalmente destinaban el algodón los indios, pues encon- 
traron en las chozas suspendidas por los extremos á los 
muros, anchas y fuertes redes tejidas donde aquéllos repo- 
saban. Los indígenas llamaban á esos lechos colgantes 
hamacas, y todavía se usan mucho en el país, y. las han 
adoptado los marinos de todas las naciones, conservándoles 
su nombre primitivo. 

Rescataron con los naturales, tratándolos siempre con 
la mayor dulzura, según lo mandaba el Almirante; y refres- 
cada la provisio'n de agua en aquellos manantiales tan 
limpios, tan puros, dieron á la vela el 19 de Octubre en 
demanda de otra isla de mayor extensio'n, que los indios 
nombraban Saomelo, y donde parecía que podría encontrarse 
oro, según las explicaciones que se atribuían á los signos de 
estos isleños. 

Juzgaba Colón que en la Fernandina había de encontrar 
alguna mina, y determino' rodearla, como lo hizo en los 
dos días que allí se detuvo , enviando por una parte á 
Martín Alonso Pinzo'n con la Pinta, y por otra á Vicente 
Yáñez con la Niña , y él tomo' también otro rumbo ; y 
aunque no encontraron oro, los indios que llevaba, y otro 
de quién tomo' señas, le indicaban que á la parte sur estaba 
la isla que le producía, y lo mismo dijeron á Martín Alonso. 
La Fernandina es grandísima, muy larga y llana y fértilísima, 
dice Colón ; bestias en tierra no vieron ninguna , salvo 
papagayos y lagartos; pero observaron árboles desconocidos 
que era la cosa más hermosa de ver que se haya visto, con tanta 
verdura y lozanía como el mes de Mayo en Sevilla, y tan 
diferentes de los nuestros como el día de la noche. 

Reanimadas las esperanzas de encontrar mayores rique- 
zas, hicieron rumbo á Saometo, imaginando siempre el Almi- 
rante que se encontraba muy cerca de la extremidad 

Cristóbal Colón, t. i. — 41. 



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CRISTÓBAL COLON 



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oriental del Asia y que las islas cuya posesión iba tomando, 
formaban parte del gran archipiélago señalado por Marco 
Polo, en el que figuraba en primer lugar la famosa isla 
Cipango, á cuyo descubrimiento dirigía todos sus pensa- 
mientos, y las preguntas que repetidamente hacía á los 
indígenas. Esta preocupacio'n de Cristóbal Colón fué causa 
de muchos errores en su trato con los indios. La similitud 
de algunas sílabas era bastante para recordarle las pobla- 
ciones y los países señalados por el viajero veneciano, y en 
lugar de seguir una investigacio'n meto'dica, que por el orden 
debido hubiera podido conducir á un resultado cierto, se 
lanzaba en pos de analogías de las que al cabo nada podía 
resultar sino desengaños y equivocaciones. Muchas veces 
repitieron los isleños de Fcrnandina las palabras Bohio, Cuba, 
Babeque, acompañadas de gestos y demostraciones que indi- 
caban grandes territorios, mucha gente, comarcas ricas o' 
algo semejante, que los descubridores no podían apreciar 
con exactitud. 

La supuesta Babeque entretuvo mucho tiempo las ima- 
ginaciones, porque todos traducían la gesticulacio'n de los 
indios de la misma manera, creyendo que se referían á una 
isla situada al Occidente, donde podría encontrarse oro en 
abundancia. Muchas veces se navego' para descubrirla; pero 
después de haber puesto el pie en la isla de Cuba, y luego en 
la Española, no volvió á pensarse más en aquella Babeque, 
con cuyo nombre tal vez designaban los indios otra cosa 
muy diferente de lo que entendían los españoles. 

La isla nombrada Saometo, que hoy por su configura- 
ción denominan Larga los marinos , fué consagrada por 
Colón al recuerdo de la Reina Católica, poniéndole por 
nombre Isabela. Surgió en ella el viernes 19 de Octubre, 
ocho días después de su desembarco primero en Guanahaní o 
San Salvador, en un cabo redondo al que hizo llamar Cabo 
fermoso. «Esta costa toda, escribe el Almirante, y la parte 
de la isla que yo vi, es toda cuasi playa, y la isla la mas 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



323 



fermosa cosa que yo vi; que si las otras son muy hermosas, 
esta es mas; es de muchos árboles y muy verdes, y muy 
grandes; y esta tierra es mas alta que las otras islas falladas, 
y en ella algún altillo, no que se le pueda llamar montaña, 
mas cosa que afermosea lo otro y parece de muchas aguas 
allá al medio de la isla'... Y llegando yo aquí á este cabo, 
vino el olor tan bueno y suave de flores o' árboles de la 
tierra que era la cosa mas dulce del mundo.» 

«Yo no curo de ver tanto por menudo, dice más ade- 
lante, porque no lo podia facer en cincuenta años, é porque 
quiero ver y descobrir lo mas que yo pudiere, para volver á 
vuestras Altezas, á Nuestro Señor placiendo, en Abril. 
Verdad es que fallando donde haya oro d especería en canti- 
dad, me deterné fasta que yo haya dello cuanto pudiere, y 
por esto no fago sino andar, para ver de topar en ello.» 

Continuo' en los siguientes días, reconociendo la isla, 
de cuya fertilidad, belleza y dulzura no se cansa de escribir. 
Costeo' unas extensas lagunas rodeadas de maravillosos árbo- 
les, entre los cuales reconoció' el lináloe, determinando se 
llevasen diez quintales de su madera á las naves, porque 
estimo que valía mucho. 

Andando en el cerco de una de aquellas lagunas 
contemplando la verdura de los árboles, la multitud de 
pajaritos de vivísimos colores que con su cantar le embele- 
saban, y las manadas de papagayos que oscurecían el sol: 
«vide, escribe, una sierpe la cual matamos, y traigo el 
cuero á vuestras Altezas ; ella como nos vido se echo' en la 
laguna, y nos la seguimos dentro, porque no era muy fonda, 
fasta que con lanzas la matamos; es de siete palmos en largo; 
creo que destas semejantes hay aquí en esta laguna muchas.» 
Como los isleños habían huido al notar la llegada de 
los españoles, mando' Colón que no tocasen nada de lo que 
en sus chozas habían abandonado, ni la valía de un alfiler; 
y con esto se fueron tomando confianza y trajeron algodón y 
azagayas para hacer rescates. Algunos llevaban pedazos 



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de oro colgando de la nariz; el cual de buena gana daban 
por un cascabel o una cuentecilla de vidrio ; pero era tan 
poco, que no era nada. Tomaron provisio'n de agua en una 
de aquellas lagunas, y en ella «Martin Alonso Pinzón, 
capitán de la Pinta, mato' otra sierpe tal como la otra de 
ayer, de siete palmos, y fice tomar aquí del lináloe cuanto 
se fallo,» dice el Almirante. 

Las sierpes que tanto habían llamado la atencio'n, eran 
iguanas; tímidos é inofensivos reptiles, que á pesar de su 
aspecto formidable y verdaderamente horroroso, y de perte- 
necer á la familia de los saurios, no hacen mal á nadie, y es 
«tan escelente cosa de comer, según todos los españoles 
dicen, y tan estimada mayormente toda la cola que es muy 
blanca , cuando está desollada , que la tienen por mas 
preciosa que pechuga de gallina, ni otro manjar alguno; de 
los indios no hay dudar que la estiman sobre todos los 
manjares. «Con todas sus bondades, añade candorosamente 
fray Bartolomé de Las Casas, aunque soy de los más viejos 
destas tierras, y en los tiempos pasados me vi con otros en 
grandes necesidades de hambre, pero nunca jamás pudieron 
conmigo para que la gustase.» 

Detenido el Almirante en Isabela por la falta de 
vientos, seguía procurando cuantas noticias le era posible 
adquirir de los países que le rodeaban, y determino salir 
desde luego en dirección á la isla de gran extensión que 
llamaban Cuba los indios, y en la cual, por las señas que 
recogía, creía encontrar la famosa Cipango, objeto constante 
de sus ilusiones. Desde Cipango á los dominios del Gran 
Kan, el camino era seguro, y siempre guiados por el mismo 
error, esperaban, tanto Colón como Martín Alonso, dar 
término á su viaje extraordinario, poniendo en manos del 
gran soberano de los confines del Asia las cartas de los 
Reyes Cato'licos. Todas estas noticias mal comprendidas, 
sufrían mucha mayor equivocacio'n por el estudio continuo 
del mapa remitido á Colón por Toscanelli, que fijaba con 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



325 



seguridad los términos del Asia á una distancia menor de la 
que ya habían recorrido desde España; y era la razo'n más 
poderosa para que los descubridores se creyeran muy próxi- 
mos á la siempre codiciada Cipango. 

A pesar de las lluvias casi continuas que habían 
comenzado, levo anclas, y aunque en dos días hicieron las 
naves muy poco camino, por la gran cerrazo'n que había 
y falta de viento, descubrieron á cosa de las tres de la tarde 
del jueves 25, varias islas, que por el poco fondo denomino' 
el Almirante Arenas, y ahora se llaman Macaras, donde se 
detuvo hasta el sábado, que dio á la vela antes de salir el 
sol, 3^ antes de la noche vio' la costa de Cuba, pero no quiso 
llegarse á tierra, y estuvieron al pairo hasta el nuevo día en 
que pudieron reconocer el mejor sitio de desembarco. 

A juzgar por las señas de los indios, la isla de Cuba era 
de gran extensio'n, muy fértil, abundante en oro y visitada 
por grandes bajeles que en ocasiones la devastaban. En esto 
había sin duda muchos errores de inteligencia; pero en el 
momento de amanecer el domingo 28 de Octubre, todo 
pareció' muy cierto á los ato'nitos españoles, pues tenían ante 
sus ojos una verdadera maravilla, un país delicioso, vién- 
dose frente al lugar en que estaban las carabelas un río de 
anchurosa embocadura, muy hondo y limpio, rodeado 
de árboles frondosísimos y graciosos, muy diferentes de 
todos los de Europa, cubiertos á la vez de flores y de frutos. 
Tenía dos montañas á su entrada, hermosas y altas, que 
comparo' Colón con las de la peña de los enamorados, que 
está cerca de Granada; y una de ellas tenía encima otro 
montecillo que de lejos semejaba una graciosa mezquita. 
Los marineros se creyeron llegados á la regio'n donde estuvo 
el paraíso terrenal ; y con tan plácidas ideas entraron por el 
río las carabelas cosa de un tiro de lombarda, y asegurán- 
dolas sobre las anclas, saltaron todos en tierra con la mayor 
alegría. 

«Las iluminadas alturas de las montañas, y los con- 




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tornos de los collados que se dibujaban en la bruma diáfana 
de los primeros rayos del sol, recordaron al Almirante por 
su carácter especial los montes de Sicilia. Aromas delicadas 
y penetrantes anunciaban la gran riqueza de los bosques; 
el sello de aquella fecundidad tranquila que distingue á 
este suelo privilegiado, le llenaba de admiracio'n. A me- 
dida que avanzaba y podía descubrir mejor, distinguía una 
vegetación poderosa hasta entonces desconocida. No era 
aquella verdura espesa y embrollada, ni aquellas plantas 
acuosas y bosques un tanto húmedos de las Lucayas ; aquí 
la diversidad de las especies, los contrastes más pintorescos, 
y la ingeniosa combinacio'n de las agrupaciones sobrepuja- 
ban á cuanto puede hacer el hombre. » 

«A las márgenes del río, los cocoteros, los enormes 
cactus, la multitud de palmeras de formas diferentes y 
variadas, la pita carata, los heléchos crecidos, la oxalia 
de hojas amarillas, gigantes acederas elevando á muchos 
metros sus rojizos follajes, el laurel silvestre, el algodonero, 
las acacias... y en las alturas vecinas, cañas enormes, gua- 
yabas, granados silvestres, las ramas horizontales del cedro 
de Indias formando contraste con las rectas columnas de las 
palmeras... gran diversidad de plantas aromáticas embalsa- 
mando el ambiente. Atrevidos bejucos se entretejían lanzán- 
dose desde el seco tronco á un oloroso arbusto ; los tallos 
nudosos del dolice y la bignonia con sus campanillas, trepa- 
ban y se mezclaban con las hojas de seculares árboles... 
Más lejos se distinguían otras formas, otros productos, otras 
maravillas que la distancia no permitía apreciar bien. » 

De esta manera describe estrictamente la llegada un 
historiador poeta. 

Tomada posesio'n solemnemente de la isla, el Almirante 
le puso por nombre Juana, en memoria del príncipe don 
Juan, heredero de las coronas de Castilla y Arago'n. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



327 



II 



La arribada de las carabelas á la isla fué por la costa 
oriental, dividiéndose la opinio'n de los marinos al desig- 
nar el primer punto de su desembarco; pues juzgan unos, 
y es lo más conforme con la descripción que hace el Almi- 
rante en su Diario, que llego' al punto llamado Nuevitas del 
Príncipe, y otros sostienen que aporto' á la bahía de Ñipe. 

Los primeros indígenas que presenciaron la llegada de 
las naves huyeron á ocultarse en los bosques cercanos, 
abandonando sus habitaciones. Eran éstas muy semejantes á 
las de las otras islas que habían visitado, pero encontraron 
en ellas redes de palma, harpones fabricados de hueso y 
otros útiles de pesca. Prohibió' Colón que se tomara nin- 
guno de aquellos objetos, pues ya conocía por experiencia 
los favorables resultados que se lograban tratando con afabi- 
lidad á los naturales; y reuniendo de nuevo cuanta gente 
pudo en los botes, entro' por el río adelante para formar 
idea más completa de la naturaleza de aquel país y de la 
calidad de sus productos. El río se dilataba por entre 
árboles frondosos de grandes hojas, que crecían en las 
orillas, cruzándose á veces sus copas en vistosa bo'veda que 
impedía la entrada de los rayos del sol. Pero aunque era 
grandísimo su número y se extendían en bosque muy 
cerrado por todo lo que alcanzaba la vista, no se descubrie- 
ron animales de ningún género, salvo las aves de vistoso 
plumaje que saltaban de unos árboles á otros, y se perdían 
en la espesura al sonar el rumor de los remos en el agua y 
la algazara de los marineros, cuyas voces interrumpían por 
vez primera el silencio de aquellas selvas vírgenes. 

Mucho prometían las noticias transmitidas por los 



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CRISTÓBAL COLON 



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isleños de Guanahani y de Saometo acerca de la fertilidad, 
hermosura y riqueza de la isla de Ctt¿a, pero su vista supero 
á todas las esperanzas. Colón creía firmísimamente haber 
encontrado la Cipango de Marco Polo y de Toscanelli: tenía 
la seguridad, para su entender, de que los árboles eran de 
las especias más codiciadas, y que llevando oro los arroyos, 
había de encontrar minas en el interior, en las montañas 
donde aquéllos tomaban su nacimiento; y empezando á 
costear al Noroeste, habiendo pasado el cabo que llamo' 
de Jas Palmas, por ser muchas las que allí crecían, tuvo 
noticia por los indios que iban en la carabela de Martín 
Alonso Pinzo'n, de que caminando con prospero viento, á los 
cuatro días podrían llegar á otro gran río que los conduciría 
á Cubanacan, país donde estaban las minas de oro. 

Inútiles fueron cuantas diligencias intentaron para 
encontrar la desembocadura de aquel río. El viento fuerte y 
contrario hacía muy difícil doblar los cabos, las carabelas 
no estaban ya en estado de resistir el empuje de las olas, 
que rompían con gran violencia en aquellos parajes, por lo 
cual determino' volver á guarecerse en un río bastante 
caudaloso, que días antes había visitado poniéndole el 
nombre de río de Mares. Pero firme siempre en su primer 
pensamiento, recibió con júbilo la nueva, que Pinzo'n le 
comunico', de la existencia de oro en Cubanacan; y juzgando 
ambos que se trataba de una gran ciudad llamada Cuba, 
donde moraba el Kan, determino', ya que no era posible 
buscar sus dominios por la costa, enviarle algunos emisarios 
para que le dieran cuenta de su llegada y trajeran á los 
buques circunstanciadas y ciertas noticias de aquél que 
creían poderoso monarca. Mientras tanto se calafatearían y 
repararían las carabelas para que pudieran continnar su 
dilatada navegacio'n. 

Fueron elegidos para la dificultosa é importante expedi- 
cio'n tierra adentro, Luis de Torres, judío converso, que 
sabía diferentes lenguas, y entre ellas el hebreo y el árabe, 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



29 



v Rodrigo de Jerez, hombre esforzado, natural de Aya- 
monte, á los que acompañaron dos indios, el uno de la 
misma isla, y el otro de los que tomaron en San Salvador, 
llevando, además de sus armas y provisiones para seis días, 
muchas sartas de cuentas de colores, cascabeles, bonetes y 
sonajas de hoja para captarse las voluntades de los naturales 
que á su paso encontraran. 

Mientras los expedicionarios se internaban en aquel 
país desconocido, se pusieron á monte las naves, y se fueron 
carenando una después de otra, para que siempre hubiera 
dos en disposicio'n de salir al mar, en la previsio'n de 
cualquier ataque por parte de los indios ; aunque todos 
se presentaban tan inocentes y sencillos como los de las otras 
islas, y ayudaban con la mejor voluntad á dejar las carabe- 
las en seco y á todas las operaciones de los españoles. 

De la riqueza del país y de la variedad y mérito de sus 
productos cada día se obtenían nuevas muestras y noticias, 
que á veces exageraba el buen deseo, y muchas confundía la 
la mala inteligencia é interpretacio'n forzada que se daba por 
los marineros á las indicaciones de los isleños. Por el 
examen de muchas conchas recogidas en la playa, deducía 
Colón la seguridad de que allí podían encontrarse perlas ; el 
contramaestre de la Niña pidió' albricias, porque en las made- 
ras que cortabas para hacer fuego y carenar las naves, había 
distinguido un olor muy agradable y había hallado la 
almáciga; y era tal el número de árboles que producían 
aquella preciosa resina, que solamente se destilaba entonces 
en la isla de Chío, que calculo' el Almirante que recogida en 
su tiempo podrían fácilmente tomarse mil quintales en cada 
año. Martín Alonso Pinzo'n trajo un manojo de cañas de 
canela que había tomado á uno de los indios que rescataban 
con sus marineros ; y éstos aseguraban haber visto los 
árboles que la producen, aunque luego se conoció que no lo 
eran. Abundaba el algodo'n, las frutas del país, y otras 
algo parecidas á las batatas y á las judías, aunque de mucho 

Cristóbal Colón, t. i. — 42. 



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CRISTÓBAL COLON 



mayor tamaño y de diferente sabor que las de España; y 
cada día recogían nuevos datos que le anunciaban la exis- 
tencia de otras islas más ricas y pobladas que la de Cuba, 
pero cuya extensio'n y condiciones se conocían siempre con 
vaguedad por no entender la lengua de los indígenas. 

«Yo no sé la lengua, decía el mismo Cristóbal Colón 
á los Reyes, y las gentes destas tierras no me entienden, ni 
yo, ni otro que yo tenga á ellos; y estos indios que yo 
traigo, muchas veces les entiendo una cosa por otra al con- 
trario.» De aquí dimanaron muchas equivocaciones. Supo- 
niendo que Bohio era nombre de un gran territorio, fijaban 
siempre la atencio'n en todo lo que á esa palabra se refería, 
con el deseo de encontrar países más adelantados en cultura, 
perdiendo el tiempo lastimosamente, pues Bohio significaba, 
según el P. Las Casas, las chozas en que moraban, y el 
creer que fuera isla fué por entenderse mal los intérpretes. 
Lo mismo aconteció' con la imaginaria Babeque; para buscarla 
salieron las carabelas en varias ocasiones, cambiaron en 
otras el rumbo y nunca llegaron al fin apetecido; y era que 
el deseo les llevaba siempre á acomodar los gestos y las pala- 
bras de los indios á sus anteriores ideas, y á explicar falsa- 
mente lo que en realidad no entendían. 

Al indicar los indígenas que había una hermosa isla 
que nombraban Haití, y también Quisqueya, el Almirante 
convertía este nombre en Quinsay, pensando que los indios 
lo alteraban o' pronunciaban mal ; y se creía siempre muy 
cerca de los reinos del Gran Kan , insistiendo en aquella 
idea, en mal hora aprendida, que tal vez le impidió' tocar 
en este primer viaje al continente en las costas de la Florida, 
y le hacía ver la isla de Cipango en cada una de las que iba 
conociendo. 

En estos descubrimientos, en la recomposicio'n de los 
buques, y en salir en los botes á cazar las preciosas aves que 
poblaban aquellas florestas, pasaron los días hasta la vuelta 
de los exploradores. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO IV 



33i 



Regresaron éstos en la noche del lunes 5 de Noviembre, 
y aunque se habían internado más de doce leguas, no traían, 
en verdad, las satisfactorias noticias que se esperaban. En 
el camino habían encontrado muchos indios, que se dirigían, 
al parecer, á labrar campos o' recoger frutos; pero todos 
iban desnudos, revelando la misma inocencia y pobreza que 
los de las costas. Llegaron, por fin, á una especie de pobla- 
cio'n de cincuenta casas, en las cuales vivían familias nume- 
rosas, hasta subir entre todos á un total de mil habitantes. 
Fueron recibidos los dos españoles con franca y cariñosa hos- 
pitalidad, y muy agasajados á la usanza del país, acudiendo 
en tropel á verlos y besarles las manos, tocándoles las ropas 
con señales de curiosidad y asombro; los condujeron á la 
casa mayor de todas, llevándolos del brazo los más ancianos, 
y en dos grupos, primero los hombres, y después las muje- 
res se sentaron en el suelo para contemplarlos á su sabor. 

No encontrando los españoles ninguna cosa nueva, y no 
pudiendo internarse más, resolvieron volverse para dar 
cuenta al Almirante del poco resultado de su expedicio'n. 
Informados los indígenas del buen trato que recibían los que 
se acercaban á los extranjeros, que les parecían dioses, y 
viendo las cuentas de vidrio, sonajas, cintas y cascabeles 
con que los obsequiaron, querían bajar todos á la orilla del 
mar para ver los barcos que habían conducido á aquellos 
seres tan benéficos y extraordinarios. Más de quinientos 
indios mostraron deseos de acompañar en su regreso á 
Torres y á Jerez; pero solamente fueron con ellos un indio 
principal con su hijo, y otro hombre como criado. 

Cuando llegaron al río donde estaban las carabelas, su 
admiracio'n se troco' en supersticioso temor, y el miedo se 
apodero' de ellos. El Almirante los recibió' con el mayor 
agrado, les hizo varios obsequios, y quiso retenerlos á su 
lado, para traerlos á España á la presencia de los Reyes; 
mas no fué posible inspirarles confianza, ni Colón quiso 
hacerles violencia; y antes de llegar la noche volvieron á 



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CRISTÓBAL COLON 



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llevarlos á tierra en el bote y regresaron á su pueblo ofre- 
ciendo que al amanecer tornarían; pero no volvieron, en lo 
que obraron como discretos, en el franco sentir del P. Las 
Casas. 

En tanto que Cristóbal Colón y los suyos se afanaban 
por tener noticias de los criaderos de oro, y buscaban los 
árboles que producen las especies, los dos viajeros Rodrigo 
de Jerez y Luís de Torres habían hecho un descubrimiento 
al que entonces no dieron importancia alguna, y que, sin 
embargo, estaba llamado á crear una nueva industria, 
producir grandes riquezas, y ofrecer tan pingües ganancias, 
que su comercio había de ser general en el mundo, y figurar 
entre las mejores rentas del Estado la contribucio'n que sobre 
el mismo se impusiera. Era imposible adivinar estos resul- 
tados á vista de lo muy insignificante del producto. 

En su expedicio'n tierra adentro, habían encontrado 
aquellos dos atrevidos españoles, según ya dijimos, muchos 
indios que se dirigían á sus campos, o' volvían de ellos 
cargados de frutos, «siempre los hombres, escribe fray 
Bartolomé de Las Casas, con un tizo'n en las manos, y 
ciertas hierbas para tomar sus sahumerios, que son unas 
hierbas secas, metidas en una cierta hoja seca también, á 
manera de mosquete hecho de papel, de los que hacen los 
muchachos la Pascua del Espíritu Santo ; y encendido por la 
una parte del, por la otra chupan o' sorben o' reciben con el 
resuello para adentro aquel humo, con el cual se adormecen 
las carnes, y cuasi emborracha, y así, diz que no sienten el 
cansancio. Estos mosquetes, o' como los llamáremos, llaman 
ellos tabacos. » 

Añaden algunos, que caminando los exploradores por 
cañadas y vegas cubiertas de hojas secas de mucho tiempo, 
de color casi negro, de aquellas mismas que retorcían y 
quemaban los indígenas, las trituraban con los pies, y resul- 
taba un olor fuerte y nada grato, que los hacía estornudar 
con harta frecuencia mientras percibían el polvo de aquéllas. 



LIBRO SEGUNDO.-CAPÍTULO IV 



333 



Así explican que se descubrieron á un mismo tiempo 
las dos aplicaciones que desde luego se dieron al tabaco: la 
primera aparece indudablemente justificada por el Diario de 
navegación del Almirante; la segunda no la hemos visto 
consignada sino en narraciones de viajes muy posteriores. 

Pero el uso de esa planta aromática y fuerte se extendió' 
tanto y en tan corto tiempo, que ya el P. Las Casas decía 
con su natural ingenuidad, muy pocos años después: «Espa- 
ñoles cognoscí yo en esta isla Española, que los acostum- 
braron á tomar (los tabacos), que siendo reprehendidos por 
ello, diciéndoles que aquello era vicio, respondian que no 
era en su mano dejarlos de tomar: no se que sabor ó provecho 
hallaban en ellos. » 




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CRISTÓBAL COLON 



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Una semana después (12 de Noviembre) concluyo la 
carena y compostura de las carabelas, y estuvieron las tres 
á flote y dispuestas á darse á la mar en buenas condiciones. 
Levo anclas el Almirante inmediatamente, y navego en 
direccio'n del Este, tratando de arribar á aquella isla de 
Bdbeque, de la que á su entender le hablaban los indios 
ponderando la abundancia de oro que en ella había, y de la 
que, según sus conjeturas, debían distar tres jornadas. 

Partió del puerto y río de Mares, notando con verda- 
dero gozo que todas aquellas costas estaban muy pobladas; 
porque esperaba encontrar la capital o' poblacio'n importante 
donde residiera el rey. 

Ocho leguas adelante descubrió nuevo río, y andadas 
cuatro más vio la embocadura de otro muy caudaloso y 
mayor que todos los demás que había visto , al que puso por 
nombre Rio del Sol; pero no quiso detenerse en ninguno de 
ellos, y continuo' la navegacio'n en demanda de la deseada 
isla de Babeque. 

Escaseaba el viento y cuando comenzó' á arreciar se 
torno' contrario, por lo cual tuvo que cambiar el rumbo, 
encontrándose en medio de un archipiélago enteramente 
nuevo. Maravillo'se en gran manera de ver tantas islas y 
tan altas, y certifica á los Reyes que las montañas que desde 
dos días había visto por estas costas, y las de estas islas, son 
tales, que le parece que no las hay más altas en el mundo, 
ni tan hermosas y claras, sin niebla ni nieve, y al pie de 
ellas grandísimo fondo. No era posible contarlas á la simple 
vista. Eran grandes, accidentadas y pobladas de enormes 
árboles que les daban sombra. La pureza de la atmo'sfera, la 



LTBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



337 



magnificencia del mar , aumentada por aquellas masas de 
piedra que parecían salir de entre las olas, y el brillo 
deslumbrador del sol sobre las aguas y los árboles, exal- 
taban la imaginación del Almirante. «Púsoles nombre la 
mar de Nuestra Señora, y al puerto que está cerca de la 
boca de la entrada de' las dichas islas puso Puerto del 
Príncipe.» 

Anduvo por todas las más de aquellas preciosas islas 
en las barcas de las carabelas, y escribe de ellas maravillas; 
y teniendo por costumbre dejar siempre puesta una cruz en 
todas las islas y tierras donde entraba, le ocurrió' que, yendo 
en su bote á desembarcar en uno de aquellos puertos, vid 
dos maderos muy grandes, el uno más largo que el otro, 
puestos en forma de cruz, y di\ que un carpintero no los 
pudiera poner más proporcionados, por lo que dio' gracias á 
Nuestro Señor, y mando' que en la misma forma en que los 
había encontrado se clavaran y aseguraran; y el domingo 
siguiente, 18 de Noviembre, salió' otra vez en las barcas con 
mucha gente de los navios, y fué á poner la gran cruz á la 
boca de entrada de dicho Puerto del Príncipe, en un lugar 
vistoso y descubierto de árboles, para que desde lejos pudie- 
ran descubrirla. «Ella era, dice Colón, muy alta y de muy 
hermosa vista.» 

Al mismo tiempo continuaba examinando los productos 
de aquellos países. Hizo que los marineros recogieran gran 
número de conchas, para cerciorarse de la existencia de las 
perlas; y recorría los árboles estudiando y anotando los 
caracteres principales de sus troncos, hojas y frutos, deplo- 
rando en muchas ocasiones no tener conocimientos bastantes 
de botánica para apreciar su mérito. «Aves, vido muchas, 
y olor vehemente de almizcle , y creyó que lo debía de haber 
allí. » 

Trabajosamente continuaban las tres carabelas su 
rumbo, contrariado por los vientos que apenas las permitían 
adelantar, y muchas veces las corrientes las hacían retro- 

Cristóbal Colón, t. i. — 43. 



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ceder, siendo infructuosos todos los esfuerzos para llegar á 
Babeque. 

Antes de salir del río de Mares, mando' detener Colón 
cinco indios mancebos que fueron en una almadía á su 
carabela, con el intento de traerlos á España; y después 
envió á los marineros á una casa que se divisaba á la ribera 
de Poniente del río, y le llevaron siete caberas de mujeres, 
entre chicas y grandes y tres niños. «Esto hice, añade textual- 
mente en su Diario, porque mejor se comportan los hombres 
en España habiendo mujeres de su tierra, que sin ellas; 
porque }^a otras muchas veces acaeció' traer los hombres de 
Guinea para que difundiesen la lengua en Portugal, y 
después que volvían y pensaban de se aprovechar dellos 
en su tierra, por la buena compañía que les habían echo y 
dádivas que les habían dado, en llegando en tierra jamas 
parecían. Otros no lo hacían así. Así que teniendo sus 
mujeres, tenían gana de negociar lo que se les encargase; y 
también estas mujeres mucho enseñaran á los nuestros su 
lengua, la cual es toda una en todas estas tierras de Indias, 
y todos se entienden y todos las andan con sus almadías; lo 
que no han en Guinea, adonde es mil maneras de lenguas 
que la una no entiende la otra. Esta noche vino en una 
almadía el marido de una destas mujeres, y padre de tres 
hijos, un macho y dos fembras, y dijo que yo les dejase 
venir con ellos, y á mi me aplogo' mucho y quedan agora 
todos consolados con él, que deben todos ser parientes, y él 
es ya hombre de cuarenta y cinco años.» 

Sin embargo, como á pesar de haberse todos consolado, 
al parecer, iban contra su voluntad, y comprendían muy 
bien que los conducirían muy lejos de sus hogares; á pesar 
del buen trato que se les daba á bordo de la carabela Niña, 
donde mando' el Almirante que fueran, se huyeron los dos de 
mayor edad, en la noche del 17 de Noviembre, y ganaron á 
nado la orilla refugiándose en la espesura del bosque. 

Este fué grande abuso é inconsideracio'n de parte del 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



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Almirante, que dejo sentado funestísimo precedente, con 
accio'n tan sencilla, al parecer, y que tuvo fatales consecuen- 
cias. Desconocida una vez la independencia de los indígenas, 
privándoles de su libertad, sin causa, razón, ni derecho, 
nacieron de este paso primero las vejaciones, luego las 
llamadas encomiendas, las crueldades, exacciones, y aquella 
diferencia, en mal hora establecida, entre los naturales del 
país y los que por arribar á él con mayores fuerzas se esti- 
maban señores. 

«¡Gentil excusa ha dado el Almirante, dice airado fray 
Bartolomé de Las Casas, para colocar o' justificar obra tan 
nefaria!... Cierto inconsideradamente se ovo aquí el Almi- 
rante, aunque en otras cosas era prudente. Muchos son 
prudentes, y fueron en el mundo en lo que toca á las cosas 
humanas y temporales; pero faltan muchas veces y en 
muchos actos, cuanto á la rectitud de la razonable y cris- 
tiana prudencia. Por sí sola esta injusticia, y no razonable, 
antes muy culpable obra, sin que ninguna otra el Almirante 
hiciera, podia bien cognoscer ser merecedor ante Dios de las 
tribulaciones y angustias en que después toda su vida pade- 
ció', y que muchas más le diera; porque muy diferentes son 
los juicios de los hombres y la estimación y tasacio'n que 
hacemos de los grados y quilates de los pecados, al que 
juzga y tasa Dios que lo lleva y determina por muy del- 
gado. » 

El 19 se dio otra vez á la vela, saliendo al mar en 
direccio'n Noreste de Puerto Príncipe, y navego dos días con 
mucho trabajo por la variedad de los vientos, adelantando 
muy poca cosa, hasta que creciendo la fuerza del viento 
contrario en la noche del miércoles 21, determino el Almi- 
rante volverse á Cuba, y puso las señales convenidas para 
que las otras dos carabelas le siguiesen, como acontecía de 
ordinario. Obedeció' desde luego la Niña cambiando de 
rumbo, y dirigiéndose viento en popa por el mismo que 
llevaba la capitana; pero al poco tiempo noto Colón que la 



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CRISTÓBAL COLON 



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Pinta continuaba adelantando en su primitiva direccio'n sin 
hacer caso de las señales que se le hacían. Repitieron éstas, 
aunque también sin resultado; y creyendo el Almirante que 
Martín Alonso Pinzo'n no las hubiera visto á tiempo, como 
ya cerraba la noche, hizo poner faroles en los mástiles, y 
recogió velas para disminuir la marcha hasta que se hubie- 
ran reunido los tres buques. Pero vino la mañana y la Pinta 
se había perdido de vista, en un mar desconocido l . 

Esta separacio'n de Martín Alonso causo' gran disgusto 
al Almirante, por lo que en sí misma significaba, y por las 
consecuencias que podía tener para los resultados de la 
expedicio'n. No podía calcularse cuál era el pensamiento de 
Pinzo'n al desertar de la bandera, desoyendo las o'rdenes 
del jefe nombrado por los Reyes, pero desde luego su con- 
ducta respondía á las muestras continuas de descontento 
que entre los marineros de Palos se habían venido notando 
hacía mucho tiempo. Desde que los españoles pusieron el 
pie en la primera isla ; desde que el descubrimiento fué una 
verdad, comprendieron todos la gran resonancia que el 
suceso había de tener en Europa y la gloria de que se cubría 
Cristóbal Colón. Entonces peso', sin duda, á Martín Alonso 
Pinzo'n de haber aceptado un papel secundario en la expedi- 
cio'n, que le obligaba á sufrir las molestias del viaje, á 



1 No alcanzamos la razón que haya podido inclinar al señor don Cesáreo 
Fernández Duro á creer que la deserción de la Pinta ocurrió el 21 de Octubre 
(Colón y Pinzón, pág. 309), cuando dice: «El P. las Casas pone, por error, 
la separación un raes después; el 2 1 de Noviembre...» 

Consultado el Diario de navegación, se convence la exactitud con que 
asentaba los hechos el P. las Ca^as, y es muy de extrañar la distracción, que no 
puede ser otra cosa, del docto Fernández Duro. El 21 y 22 de Octubre estaban 
las carabelas en Saometo, ó la Isabela, y en el último de esos días mató Pinzón 
una iguana en las lagunas de la isla. 

Presente estaba Martín Alonso en el primer costeo de Cuba; en el día 4 de 
Noviembre, después de volver el Almirante de cazar aves, expresa que, vino d él 
Martín Alonso con dos pedazos de canela; en el siguiente día 5 consigna que, 
« en amaneciendo mandó poner la nao á monte, y los otros navios, pero no todos 
juntos, sino que quedasen siempre dos en el lugar donde estaban por la seguri- 
dad, » y por último el miércoles 2 1 de Noviembre asienta con toda claridad que 
« este día se apartó Martín Alonso Pinzón con la carabela Pinta, sin obediencia 
y voluntad del Almirante. » 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



34i 



compartir los peligros, y le privaba de la fama que caía de 
lleno sobre el nombre de aquel extranjero, que pobre, sin 
recursos, había llegado un día á las puertas de su casa. 
Pinzo'n contribuía al buen resultado de la empresa con sus 
buques, con sus intereses y con su persona: había puesto su 
inteligencia y sus recursos al servicio de la idea, y por el 
prestigio de su nombre, por el ejemplo que les diera, se 
habían embarcado en las carabelas los mejores marinos de 
Palos, de Moguer y de Huelva. En el peligro todos eran 
iguales; todos habían sufrido las mismas penalidades, los 
mismos trabajos; pero al llegar la hora de las recompensas, 
la diferencia había de ser muy grande y el nombre de Colón 
oscurecía á todos. 

Estas o' parecidas ideas revolvía en su mente Martín 
Alonso Pinzo'n desde el momento en que en la isla de Gua- 
nahaní reconocieron todos á Colón por Almirante, Visorrey 
y Gobernador de las islas y tierra firme del mar Occéano. 
El descontento que le agitaba se conocía en su semblante, 
y se reflejaba en todas sus acciones. Hubo de fijarse en su 
mente un ambicioso pensamiento, y quiso tener su parte 
en la gloria, en la celebridad y en la fama. 

Comprendía muy bien que para que en España se con- 
cediera desde luego al descubrimiento toda la importancia 
que verdaderamente tenía, era de necesidad ofrecer pruebas, 
presentar datos que todos pudieran apreciar, principalmente 
el oro, cuanto oro pudiera adquirirse para deslumhrar desde 
el primer momento á los monarcas y estimular los aplausos 
del pueblo. Y como los resultados obtenidos hasta entonces 
eran casi nulos ; como el oro recogido era insignificante, 
Pinzón dio oidos á las noticias de grandes riquezas que le 
comunicaron los indios que llevaban á bordo , y aprovecho' 
la primera ocasio'n para separarse, é intentar por sí solo 
algún descubrimiento que pudiera colmar sus deseos y satis- 
facer su ambición. 

No podían ocultarse al Almirante los pensamientos del 






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CRISTÓBAL COLON 



capitán de la Pinta. Leía su discurso en sus ojos, y lo veía 
en sus acciones, que más de una vez hubieron de ser bas- 
tante bruscas é inconvenientes : por eso al consignar en el 
Diario que Martín Alonso se había separado sin obediencia 
y voluntad suya , añade : « otras muchas me tiene hecho y 
dicho. » Pero no era posible que en el momento mismo de la 
desercio'n se adivinara el camino que pensaba tomar la cara- 
bela, ni el intento de su capitán. 

Cruzo' por la mente de Colón la idea de que Pinzo'n 
quisiera volver desde aquel punto á España á llevar la 
noticia del descubrimiento ; presentar á los Reyes los indios 
y las aves que llevaba á bordo, y usurparle la gloria que á 
tanta costa haba conseguido. Pero aunque esto no sucediera, 
aunque la Pinta no se hubiera separado por otra causa que 
sustraerse el mando del extranjero y caminar lentamente 
bajo las o'rdenes del intrépido marino de Palos, la situacio'n 
era muy grave para al Almirante, y tuvo necesidad de todo 
su talento y de toda su discrecio'n para dominarla. 

Desde luego, quedaban muy reducidos los medios de 
que Cristóbal Colón podía disponer , y se hacía más 
dificultosa la continuacio'n de las operaciones para lo suce- 
sivo, en la previsio'n de accidentes que no tardaron en 
sobrevenir. 

Juzgamos que la pérdida de la Santa María, ocurrida 
un mes después, fué debida en gran parte á la falta de 
Martín Alonso , pues de haber estado reunidas las tres 
embarcaciones, ciertamente el Almirante hubiera empren- 
dido otro rumbo; el costeo se hubiera hecho en condiciones 
harto difíciles, por los recursos con que se contaba; y aún 
si, extremando las deducciones y subiendo de una en otra, 
dejáramos correr la imaginación, tal vez hasta podríamos 
considerar que otra hubiera sido la importancia, el carácter 
y la suerte del primer establecimiento de los españoles en el 
Nuevo Mundo. 

La deserción de la Pinta fué un hecho gravísimo y de 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



343 



gran trascendencia. Privaba á la expedición de uno de sus 
mejores barcos; de la tercera parte de sus hombres, y de un 
capitán de gran experiencia y valor, con el que siempre 
había contado el Almirante en los lances más difíciles, y 
cuya influencia era indudable en el ánimo de los marineros, 
casi todos amigos y parientes su}'os. Mientras más altas se 
juzguen las cualidades de Martín Alonso, y nosotros se las 
reconocemos muy superiores, mayor podemos considerar 
el vacío que dejaba con su ausencia, y más desastrosas las 
consecuencias de su inconsiderada conducta. La situación 
del Almirante quedo' muy comprometida desde que la Pinta 
se aparto' para no obedecer sus o'rdenes; y de aquel paso 
resultaron dificultades, pérdidas y desdichas que hoy, á tan 
larga distancia, no es posible apreciar con exactitud. 

Doloroso es para nosotros no encontrar razones que 
disculpen á Martín Alonso Pinzo'n, d á lo menos atenúen 
su responsabilidad en aquel acto de indisciplina ; haciendo 
la misma apreciacio'n desfavorable para aquel grande hombre 
don Juan Bautista Muñoz, Washington Irving y los más 
juiciosos historiadores. Únicamente nuestro docto amigo, 
el señor don Cesáreo Fernández Duro, llevado del entusiasmo 
que le producen las altas dotes de aquel intrépito marino, 
y haciendo gala de un exagerado amor á la imparcialidad, 
intenta alguna disculpa, alguna atenuacio'n, pero de tal 
naturaleza, tan infundada de suyo, que nada puede concluir 
al noble fin que se propone. ¡Cuan otra hubiera sido la de- 
fensa si en su claro talento hubiera encontrado razones en 
qué apoyarla! 

Dejemos á un lado la erro'nea versio'n de Gonzalo 
Fernández de Oviedo, cuyo recuerdo no sabemos á qué 
conduce en esta ocasión, de que entre el Almirante y Martín 
Alonso hubo seria disputa, porque éste no creía conveniente 
la edificacio'n de la fortaleza de Navidad, y se oponía á que 
allí quedasen los cuarenta españoles, hasta que viendo la 
resolucio'n del Almirante y habiéndose excedido las palabras 



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temió le mandase prender, y «con temor que] ovo desta 
sospecha se salió á la mar con su carabela Pinta, é fuese al 
Puerto de Gracia veinte leguas de oriente apartado l .» 

Nada hay en esta versión que no esté completamente 
equivocado. La deserción de la Pinta se efectuó en el mo- 
mento que venimos historiando, á 21 de Noviembre de 1492, 
y la construccio'n del fuerte de Navidad no se termino' hasta 
Enero del año siguiente, saliendo de allí el Almirante el 
viernes 4, y por lo tanto cuando no podía tener conocimiento 
Pinzo'n de aquel proyecto, que no nació' en la mente de 
Colón hasta después del naufragio de la nao Santa María 
ocurrido el 25 de Diciembre. 

Pero analicemos la exculpacio'n. «Dije haber contra- 
diccio'n, escribe el señor Fernández Duro 2 , en las asevera- 
ciones de don Fernando, por cuanto de sus propias palabras, 
como de las del P. Las Casas, se deduce que navegando de 
noche, y estando á barlovento la Pinta, como más velera, 
cambio' el Almirante de parecer y vario' de rumbo, arribando 
sobre la isla de Cuba. El fué por consiguiente causa de la 
separacio'n, no ignorando que lo más probable fuera que 
Pinzo'n no viese, como no vio, señales de luz que no espe- 
raba, y que siempre son inciertas en el mar. La Pinta 
continuo' navegando en la direccio'n que llevaba la armada 
durante el día, direccio'n convenida y ordenada previamente; 
no hay, por lo tanto, motivo ni razo'n para culpar en juicio 
al capitán, y mucho menos para penetrar sus intenciones 
con la ofensiva y pueril suposicio'n de que un indio, cuya 
lengua no entendía más que el Almirante, le prometiera 
llevarle á un sitio donde abundaba el oro, y de que la codicia 
y la soberbia tenían resuelta en su ánimo la separacio'n.» 

No queremos interrumpir con comentarios la alegacio'n 
de descargos, tanto menos, cuanto muy raro será el lector 



Historia general de las Indias, tomo I, pág. 26. 
Colón y Pinzón, pág. 311 — 151. 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



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que tenga necesidad de que se llame su atención sobre la | 
capciosa forma en que está hecha. Prosigamos: — «Mírese 
como se quiera ésta, no tuviera el juez más severo otro 
cargo que formular contra Pinzo'n que el de no haber hecho 
más activas diligencias para incorporarse á su jefe desde el 
momento en que advirtió el alejamiento, o' sea desde la 
amanecida del 22 de Octubre (léase de Noviembre para 
deshacer el error }?a notado) y acaso las hizo, porque en 
realidad el Almirante sabía el rumbo que la Pinta había 
llevado, pero ignoraba Pinzo'n el que tomo' la Santa María, 
y solo casual y rarísimamente cabía encontrarla. Viento en 
popa, navegando hacia el Oeste vino el 6 de Enero á encon- 
trar la otra carabela; Pinzo'n disculpo entonces la ausencia 
dando sus rabones: ¿por qué las admitió' Colón so'lo aparente- 
mente, y en el recogimiento de la cámara, abiertas las hojas 
del Diario, vacio' su pensamiento agravando las primeras 
acusaciones con las de mentiroso, soberbio, defraudador y 
mal hablado? ¿Por qué dejo' traslucir que el temor del 
ascendiente y popularidad que gozaba Pinzo'n le contenían? 
Las declaraciones del pleito lo indican.» 

«A pesar de la erro'nea proposicio'n del Fiscal, ninguna 
insinúa que la separacio'n de la carabela Pinta fuera inten- 
cionada: Arias Pérez dijo que se verifico de noche, por causa 
del temporal, conviniendo otros testigos en que dio' por 
resultado que Martín Alonso descubriera la isla de Haití 
o la Española antes que el Almirante. » 

Breves reflexiones bastan para destruir este razona- 
miento especioso, cuya debilidad resalta á la simple lectura. 
Reconociendo que el 6 de Enero, al encontrarse las carabelas, 
Pií.^ón disculpó Ja ausencia, se comienza por convenir en que 
lo necesitaba ; en que de su parte había de verse culpabi- 
lidad. Colón las escucho' como capitán prudente, pesando 
con extremada discreción las circunstancias y evitando todo 
motivo de rencilla, toda causa de disgusto que pudiera 
resultar en perjuicio de la empresa con tanta felicidad 

Cristóbal Colón, t. i.— 44. 






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CRISTÓBAL COLON 



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llevada á cabo. ¿Eran aquellos momentos propios para for- 
mular cargos, para pensar en castigos? Se emprendía el 
viaje de regreso, y lo necesario, lo urgente, era traer á 
España la noticia de los países que se habían descubierto, 
guardando en el fondo del corazón todo género de resenti- 
mientos , y procurando con el disimulo la concordia de las 
tripulaciones. 

¿Y qué frases estampo' el Almirante en su Diario que 
no correspondieran á su conducta noble y previsora? Cuando 
en 21 de Noviembre vid alejarse la carabela Pinta, consigno' 
que lo hizo sin obediencia y voluntad del Almirante, por cudi- 
cia... sin cansa del mal tiempo sino porque quiso, añadiendo 
únicamente, según ya dijimos, una frase como desahogo de 
anteriores sufrimientos ; otras muchas me tiene hecho y dicho. 
Por más que la meditamos no encontramos en ella rastro 
de odio o' de mala voluntad. 

Cuando amaneció', y vio' que la carabela de Pinzo'n se 
había perdido totalmente de vista, estampo' el hecho sin 
comentarios: — «Anduvo el Almirante toda la noche la 
vuelta de tierra, y hi%p tomar algunas de las velas y tener 
farol toda la noche, porque le pareció que venia hacia él, y 
la noche hizo muy clara, y el ventecillo era bueno para 
venir si quisiera. » 

Esta sencillez de Cristóbal Colón demuestra bien á las 
claras el estado de su ánimo. Después, el domingo 6 de 
Enero, cuando «vino Martin Alonso Pinzón á la carabela 
Niña, donde iba el Almirante, para se excusar diciendo que 
se habia perdido del contra su voluntad» no pudo Colón 
poner en olvido las circunstancias que acompañaron á la 
desercio'n, pero disimulo' con exquisita prudencia para no 
impedir el viaje, aunque no pudo menos de escribir que 
eran falsas todas las razones «y que con mucha cudicia y 
soberbia se habia apartado aquella noche que se aparto' del.» 
Y en el martes 8 volvió' á repetir la causa de su disimulo , 
«el Martin Alonso lo dejo', dice, desde 21 de Noviembre 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



347 



hasta 6 de Enero, sin causa ni razón, sino por su desobedien- 
cia ; todo lo cual el Almirante había sufrido y callado por 
dar buen fin á su viaje.» 

Prescinde de estas palabras del Almirante el señor don 
Cesáreo Fernández Duro, y funda su opinio'n de que puede 
ser imputable á aquél la separacio'n de la Pinta en ciertas 
frases de las declaraciones de algún testigo de la informa- 
cio'n. No formaron la misma los célebres historiadores que 
arriba citamos. ((Pinzo'n dio' crédito, dice Washington 
Irving, á los extravagantes informes de un indio que iba á 
bordo de su carabela, y le ofrecía guiarlo á una isla o regio'n 
de grandes riquezas. Su avaricia se despertó repentina- 
mente: siendo su barco el más velero, podía virar con facili- 
dad á barlovento, adonde no podrían seguirle los otros. 
Podía él mismo ser, por lo tanto, el primero que descu- 
briera aquella dorada Babeque, enriqueciéndose con sus 
primicias. » 

Casi en iguales términos resume su opinión don Juan 
Bautista Muñoz, en esta forma: ((estimulado de su altivez, 
confiado en su pericia náutica y en el buen andar de su 
carabela, guio' adelante con intencio'n de hacer por sí este 
rico descubrimiento.» Fué voluntaria la falta, aunque 
cueste trabajo el confesarlo: fué una verdadera desercio'n, y 
sus consecuencias extraordinariamente sensibles y muy 
desastrosas. El cronista Antonio de Herrera, que tan cer- 
cano estuvo á los sucesos, dice que Pinzo'n «se apartó del 
Almirante sin fuerza de tiempo, ni otra lejítima causa; y por ser 
su navio muy velero se fué adelantando hasta que llegada la 
noche totalmente desaparecía J » 

Mucho nos hemos detenido en la apreciación de este 
suceso y de las causas que lo produjeron; pero es que tuvo 
tal importancia, causo' tal variacio'n en todos los actos poste- 
riores de la expedicio'n, que no solo nos ha parecido de 



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Década I, lib. I, cap. XV. 



348 



CRISTÓBAL COLON 



necesidad fijarlo en la manera más clara, sino también dar 
á conocer las opiniones de los historiadores más renom- 
brados, tratándose de un español tan ilustre como Martín 
Alonso Pinzo'n, cuyos actos tienen siempre gran interés en la 
historia del descubrimiento. 

No encontrando legítima excusa su proceder, hemos 
querido consignar los textos, para que en vista de ellos se 
confirme el mayor o' menor alcance de su responsabilidad. 

De cualquier modo, la separacio'n de Martín Alonso fué 
un acontecimiento desgraciado, y que debió causar profunda 
pena en el ánimo de Cristóbal Colón. Perdía por el 
momento uno de sus más poderosos auxiliares: el hombre 
cuya experiencia y prestigio había sostenido tantas veces 
el valor de los marineros: quedaba más reducido el número 
de embarcaciones, y como el mal ejemplo podía tener imita- 
dores, era fácil que se viera comprometido el éxito de la 
expedicio'n. 

Y contrista, en verdad, el ánimo, conocer de qué 
manera la envidia tiene cabida en los hombres de más rele- 
vantes cualidades; como infiltra en el corazo'n su veneno, 
haciendo enmudecer la voz de la conciencia y torciendo las 
mejores intenciones. Nadie puede negar las altas dotes que 
adornaban á Martín Alonso Pinzo'n : se hace simpático por 
su valor y por su desprendimiento: le recomiendan sus 
servicios; su varonil entereza; su desprecio á los peligros; 
se le estima, con justicia, merecedor de alta honra, y de 
compartir con Cristóbal Colón, y casi al igual con él las 
recompensas del descubrimiento, quedando siempre para el 
Almirante la altísima gloria de haber concebido tan sublime 
idea... y causa profundo pesar que caiga sobre varón tan 
digno de alabanza hasta entonces, la fea mancha de la 
ingratitud, de la envidia, que nunca debió' tener cabida en 
su alma. 

Devoro' el Almirante su disgusto dando á su rostro una 
apariencia de tranquilidad que no tenía en el fondo de su 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



349 



pensamiento, y, al amanecer el día 22, se encamino nueva- 
mente á las costas de Cuba para adelantar el reconocimiento, 
esperando cesaran los vientos contrarios. 

Felizmente la Niña, aunque bajo el mando de Vicente 
Yáñez Pinzo'n, siguió' lealmente á la obediencia del Almi- 
rante, y entre los tripulantes de la Santa María no hubo 
síntoma alguno de descontento, y por el contrario, la mayor 
parte de aquellos bravos marinos censuraron con dureza el 
acto de Martín Alonso. Con esta tranquilidad continuaron 
las dos naves el costeo, descubriendo cabos cubiertos de 
maravillosa vegetacio'n, y ríos cuyas riberas despertaban 
tanto su entusiasmo y exaltaban su imaginación hasta el 
punto de decir, para que no se creyeran exageradas sus 
descripciones, que desearía vieran por sus ojos las mara- 
villas de aquel país los hombres más prudentes y de crédito 
para que no lo juzgaran encarecimiento. , — 

Después de haber doblado el Cabo de Moa y admirado 
sus altas sierras, entro' en el puerto de Baracoa, que deno- 
mino' Puerto Santo, que por su magnificencia y la claridad 
de sus aguas, por la amenidad de sus orillas y la hermosura 
de las aves que en ellas se parecían, juzgo sobrepujada á 
todos los del mundo conocido; y avínole bien al encontrarse 
en tan abrigado y seguro refugio, pues en aquellos días se 
cerro el cielo, la lluvia cayo á torrentes, y desencadenados 
los vientos hubieran puesto en peligro las frágiles carabelas 
si se hubiesen encontrado en otros lugares de la costa más 
combatidos por los temporales. 

En aquellos días de forzada inacción formo' el designio 
de abandonar toda otra exploracio'n y dirigirse á una gran 
isla llamada Bohio, por los indios, cuyas montañas había 
podido descubrir á lo lejos en alguno de sus anteriores 
viajes en demanda de la supuesta Babeqne. Indicaban los 
indios aquella isla como muy extensa, poblada y abundante 
en oro; pero trataban de disuadir al Almirante de que se 
dirigiera á ella porque sus habitantes eran muchos y fero- 



35o 



CRISTÓBAL COLON 





ees: siendo peligroso aproximarse á sus costas y más aún 
tratar de hacer un desembarco en ellas. Poseídos de grandí- 
simo terror, aseguraban los indios de Cuba y de San Salvador 
al Almirante que los indígenas de Bohio tenían caras de 
perro, y un ojo solo en la frente, y que, provistos de armas, 
iban á las otras islas para matar á los hombres y comerlos. 

Creía el Almirante que mentían, o' á lo menos que el 
miedo les hacía exagerar el peligro; y juzgaba que aquellos 
hombres armados que llevaban cautivos debían ser soldados 
del Gran Kan, cuyos dominios debían estar muy cercanos. 
En tal creencia, por tanto, y después de haber reconocido 
muchas leguas de la costa, abandono' la isla de Cuba 6 Juana 
como él la nombraba, que hasta entonces tenía por tierra firme 
por su grandeva, porque bien habría andado en un paraje ciento 
veinte leguas, y con viento muy favorable que llenaba todas 
sus velas, y el mar llano y tranquilo, llego al cerrar la noche 
el miércoles 5 de Diciembre á la vista de un puerto que le 
pareció tan capaz como el de Cádiz, y porque ya era oscure- 
cido mando las barcas para que lo sondeasen y se estuvo á 
la capa hasta el alborear del nuevo día. 



II 



Al amanecer el día 6 de Diciembre se encontró' el Almi- 
rante como á cuatro leguas del puerto, y seguro ya de que 
no había peligro alguno, se dirigió' á su entrada, poniéndole 
por nombre Puerto María, dejando á estribor un hermoso 
cabo formado de varios altos promontorios muy agudos, al 
que llamo' por su forma Cabo de la Estrella. Hoy son deno- 
minados puerto y cabo de San Nicolás. 

A la mañana siguiente dio' á la vela para reconocer la 
costa por la direccio'n Nordeste, llegando á otro puerto 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



35i 



bastante capaz, que llamo de la Concepción, en el que tuvo 
forzosamente que detenerse algunos días por las continuas 
lluvias, y la fuerza del viento que amenazaba pro'xima 
tempestad. Lanzaron los marineros las redes al agua y 
ejercitaron los anzuelos y arpones para recoger peces 
grandes y pequeños, que eran abundantísimos, hasta el 
punto de saltar muchos vivos dentro de los botes; recorrie- 
ron otros las pla} 7 as más cercanas, sin poder entrar en trato 
con los indígenas, que huían á su presencia y se internaban 
en los bosques; vieron árboles pequeños, carrascas, madro- 
ños, arrayán y otras hierbas como las de Castilla, y como 
entre los frutos que alcanzaron de los árboles, los peces de 
que llenaron sus redes, y la hermosa temperatura que disfru- 
taban, encontraron mucho parecido con todo lo de España. 
y el paisaje accidentado que á trechos se descubría les recor- 
daba también el de las provincias andaluzas, el Almirante 
puso por nombre isla Española, á aquella cuya denominacio'n 
primera en boca de los naturales de Guanahaní fué la de 
Bohío y luego sus moradores llamaban Haiti, que parece 
significaba en su lengua tierra montañosa, y también Ouis- 
queya, 6 sea isla grande. Hoy se llama Santo Domingo. 

Envió' el Almirante seis hombres escogidos á que explo- 
rasen la isla tierra adentro, procurando noticias exactas del 
país y ganarse la confianza de los indígenas. Pero volvieron 
sin haber encontrado más que algunas cabanas abandonadas 
muy semejantes en su construccio'n á las de la isla de Cuba. 
Otro día, 12 de Diciembre, tres marineros se metieron por 
el monte, y oyeron gran tropel de indios, todos desnudos 
como los de las otras islas, que no quisieron acudir, aunque 
los llamaron con demostraciones amistosas; corrieron tras 
ellos y solamente pudieron alcanzar á una mujer de buena 
presencia, que llevaba pendiente de la nariz una laminilla 
de oro, y la trajeron al Almirante sin molestarla ni hacerla 
mal alguno, para que perdiera el miedo. Ilízola vestir y le 
dio cuentas de vidrio y cascabeles y sortijas de latón, de 






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CRISTÓBAL COLON 



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que fué tan contenia, que los marineros que la conducían 
á tierra en la barca, dijeron que ya no quería salir de la 
carabela, sino quedarse con las otras mujeres indianas que 
habían tomado en el puerto de Mares de la isla Juana. 

No ¡"pudieron los marineros que llevaron á tierra á la 
hermosa india trabar relacio'n con los isleños por haberles 
sorprendido la noche ; pero á la mañana siguiente los pri- 
meros que saltaron en tierra encontraron una gran pobla- 
cio'n cuyos habitantes, perdido el miedo, se llegaron á los 
españoles ofreciéndoles cada uno lo que tenía , y recibiendo 
en cambio, como de costumbre, las baratijas que tanto les 
agradaban, y conservaban con religiosa veneracio'n, apelli- 
dándoles turey, que para ellos significaba cosa divina o 
venida de los cielos. 

En tanto que los indios de aquel pueblo se entretenían 
en sus rescates o' cambios con los españoles, apareció' por 
medio del bosque una muchedumbre que venía de otra 
poblacio'n no lejana, trayendo en hombros y como en triunfo 
á la india que el día anterior había estado en las naves, con 
los mismos adornos que el Almirante le regalo'. Los indios 
se entregaron entonces, y por la relacio'n de sus vecinos, á 
la mayor alegría; dieron gracias de mil maneras por los 
favores dispensados, y ofrecieron á los marineros cuanto 
tenían, acompañándoles en su vuelta á las naves con 
muestras de disgusto por verlos separarse de ellos. 

Visito' el Almirante en los siguientes días la isla 
llamada de la Tortuga, teniendo que volver al puerto de 
Concepción por impedirle los vientos contrarios la derrota 
que deseaba seguir, y á su segunda llegada á aquella isla 
(15 de Diciembre) vio' un valle, que otra cosa más hermosa 
no había visto, por medio del cual valle corría un río cauda- 
loso. «Puso por nombre al valle, Valle del Paraíso, y al rio 
Guadalquivir, porque diz que así viene tan grande como 
Guadalquivir por Co'rdoba, y á las veras o' riberas de la 
playa del de piedras muy hermosas, y todo muy andable. » 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



353 



A la siguiente noche, para aprovechar un ligero viente- 
cilio de tierra, dio' á la vela para salir del canal que forma 
la Tortuga con la isla Española, y yendo de bolina, con mar 
muy gruesa y viento duro, hallo' una canoa con un indio 
solo que desafiaba el ímpetu de las olas, de que se mara- 
villo' el Almirante, pues no parecía posible se tuviera sobre 
el agua. Recogió' en su carabela al indio y la canoa, y lo 
llevo' hasta muy cerca de tierra, despidiéndolo con muchos 
dones de los que tanto estimaban. El indio gano la playa 
con su canoa, y tales noticias debió' dar del Almirante y de 
sus gentes, que á muy poco tiempo había en la misma 
innumerable multitud de indios que hacían grandes demos- 
traciones, mientras las naves daban fondo á la mayor proxi- 
midad posible de la tierra. Nombro' Colón á aquel fondea- 
dero Puerto de la Pa\. 

Comenzaron en seguida los rescates, con gran contento 
de los españoles, porque muchos de aquellos isleños llevaban 
granos de oro finísimo en las orejas y en la nariz, y lo 
daban de bonísima gana por cualquier objeto de vidrio. 
El Almirante noto' desde luego que estos isleños eran más 
blancos y de mejores formas que los de las otras islas, y de 
más hermosos semblantes, particularmente dos mujeres 
mozas que había visto que podrían pasar por españolas. Le 
parecieron también de mejor ingenio y agudeza, pues alguno 
hubo que teniendo una laminita de oro del tamaño de la 
mano, la dividió' en pequeños trozos para obtener por ella 
varios rescates, y de condicio'n tan pacífica que decía á los 
Reyes: « Son la mejor gente del mundo y mas mansa; y sobre 
todo que tengo mucha esperanza en nuestro Sor. que vuestras 
Alteras los harán todos cristianos, y serán suyos todos, que por 
suyos los tengo.» 

Colón hizo que se regalasen algunos cascabeles y sona- 
jas de lato'n á cuantos venían á las carabelas, ora á nado, 
ora en sus canoas; y comprendió' que entre los concurrentes 
á la playa debía encontrarse algún personaje principal, o' el 

Cristóbal Colón t. i.— 45 



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CRISTÓBAL COLON 



rey de la comarca, según las señales de acatamiento que 
todos le hacían. Envidie un presente por mano del alguacil 
mayor Diego de Arana, que recibió' con grande mesura y 
demostrando mucho aprecio. Era mozo de buen aspecto; de 
edad como de hasta veintiún años; hablaba muy pocas 
palabras, y tenía á su lado un ayo viejo y varios consejeros 
con los que consultaba sus respuestas. Uno de los isleños 
intérpretes le hablo', explicándole la venida de los españoles, 
que bajaron del cielo para buscar oro, y repartían preciosos 
dones á cuantos se le acercaban, como ya lo habían visto. 

aEste Rey y todos los otros andaban desnudos como 
sus madres los parieron, y así las mujeres, dice el mismo 
Almirante, sin algún empacho, y son los mas hermosos 
hombres y mujeres que hasta allí avimos hallado; harto 
blancos, que si anduviesen vestidos y se guardasen del sol 
y del aire serian cuasi tan blancos como en España. » 

Indico el joven rey el camino por donde podría encon- 
trarse el oro, y se creyó que decía estaba á dos jornadas de 
aquellos lugares en direccio'n al centro de la isla, hacia los 
montes; y con la mejor voluntad puso á disposicio'n del 
Almirante cuanto quisiera de su tierra. 

Por la tarde visito' el rey con los suyos la capitana, y 
el Almirante hizo que le sirvieran de comer de las cosas de 
Castilla; él las gustaba con mayor gravedad y circunspec- 
cio'n de lo que pudiera esperarse, tomaba un bocado de cada 
cosa y lo daba todo al a} 7 o y á los demás que le acompa- 
ñaban. 

Por las señas que el re}^ daba, y por las noticias que 
transmitían los isleños intérpretes, parecía que en la Tortuga 
había más abundancia de oro que en la Española, y mucho 
más en Babeque, que se decía estar á cuatro jornadas de 
distancia. Pero después de tantos intentos para buscarla, no 
se vuelve }^a á hablar de ella en el Diario de Colón ; tal vez 
porque llego á comprender que lo que habían entendido isla 
no era el nombre de un territorio de importancia, sino una 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



355 



palabra mal entendida que tenía significación diferente. 
El P. Las Casas indica la sospecha de que si la supuesta 
Babeque sería Jamaica. 

Detenido entre la bahía de los Mosquitos y el puerto de 
la Pa^, por causa de los vientos contrarios, en los días 15 
á 19 de Diciembre, recibió' el Almirante la visita de otros 
muchos indios, por ser muy poblada aquella costa. En la 
mañana del martes 18, los hombres que había enviado á 
tierra, para procurar que se recogiese mayor cantidad de 
oro, le anunciaron que un poderoso caudillo o rey de una 
gran población, llamado por los indios Cacique, había salido 
de su casa, que distaba más de cinco leguas al interior, y se 
dirigía con más de doscientos indios para visitar las carabelas. 

Era día de gala, como festividad de la Santísima 
Virgen en su advocación de Santa María de la O, y estaban 
los buques adornados con banderas, haciendo salvas con las 
lombardas, que llenaban de asombro á los isleños. 

Estando el Almirante en su comida delante del castillo 
de popa, llego' el cacique á la nao con toda su gente. Hizo 
señas con la mano que todos los suyos quedasen fuera sobre 
cubierta, y él se adelanto á la mesa, acompañado solamente 
por dos ancianos, que debían ser personajes de respeto, y se 
sentó' al lado del Almirante, guardando mucha compostura 
y seriedad. Gusto' de los manjares y vinos que le ofrecieron 
con sobriedad, y los dio' á probar á los de la comitiva. 
Después de comido ofreció'' el cacique á Colón algunos 
presentes, que consistían en una especie de cinturo'n y 
varios pedazos de oro; y luego visito' la carabela, mos- 
trando su admiracio'n ante los variados objetos que se le 
presentaban. En la cámara del Almirante, pareció' agradarle 
mucho una colcha o' arambel que cubría la cama, y Colón 
se lo dio, con unas cuentas muy buenas de ámbar que 
llevaba al cuello, y unos zapatos de color rojo, y una alma- 
traja o' redoma de agua de azahar, de que quedo tan con- 
tento que fué maravilla. 



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CRISTÓBAL COLON 



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Salid de la carabela con la misma solemnidad con que 
había venido, disparando las lombardas, y llevándole las 
barcas hasta la orilla. Puesto en tierra, subió en sus andas y 
se fué con todo el acompañamiento: á su hijo le llevaban 
detrás en los hombros de un indio; y todas las cosas que el 
Almirante le había dado las llevaban varios hombres delante 
del cacique muy cuidadosamente, según manifestaron los 
marineros. 

Dio'se nuevamente á la vela el Almirante, y el día 19 
descubrió' una muy alta montaña que entra en la mar, á que 
dio nombre de Cabo de Caribata, y hoy se llama de Gaurico, 
y al siguiente entro en la bahía de Acul, á la que denomino' 
de Santo lomas, por haber entrado en ella en sus vísperas. 
Vio' unas tierras muy labradas, y mando' salir dos hombres 
fuera de las barcas, que fuesen á un alto para que viesen si 
había población, porque desde la mar no se veía ninguna. 
Volvieron con la nueva de haber visto un pueblo muy 
grande algo desviado de aquel punto, por lo que el Almi- 
rante mando' se aproximasen las barcas á tierra en aquella 
dirección, y apenas las hubieron visto, acudió' tanta multitud 
de indios a que cubrian la tierra dando mil gracias, así 
hombres como mujeres y niños; los unos corrian de acá y 
los otros de allá á nos traer pan que hacen de niames á que 
ellos llaman ajes, que es muy blanco y bueno, y nos traian 
agua en calabazas y en cántaros de barro de la hechura de 
los de Castilla, y nos traian cuanto en el mundo tenian. » 

Todos traían algo que dar, frutas, peces, algodo'n, 
papagayos, y después de ofrecerlos con gran desprendi- 
miento, rogaban por señas á los marineros que fueran á 
la poblacio'n para darles otras cosas. Bajaron, en efecto, 
algunos que fueron objeto de verdadera adoración, pues los 
tenían por bajados del cielo, como los naturales de las otras 
islas, y volvieron á los bajeles acompañados de muchísima 
gente, y habiendo recogido varios pedazos de oro. Los 
isleños ofrecieron graciosamente todo el que tenían, y á 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO V 



357 



las preguntas de los españoles, contestaron que lo recogían 
en las montañas de Cibao, en otra parte de la misma isla 
cuyas cimas se divisaban muy á lo lejos. 

Interpreto Colón el nombre de Cibao como corrupción 
del de Cipango; y altamente satisfecho por ver robustecidos 
sus cálculos y mu}^ cercanos los ricos países de que hablaba 
Marco Polo, esperaba vientos favorables para dirigir su 
rumbo hacia aquellos parajes en que tanto deseaba poner 
el pie. 

Ocupado en los rescates, mientras aquel momento 
llegaba, vio' venir por la costa una gran canoa, capaz de 
más de cuarenta hombres, que sin ceremonia alguna se llego 
á las carabelas, subiendo á la Santa María todos los que 
la tripulaban. Eran enviados de un señor de aquella tierra, 
cacique poderoso, que tenía un lugar cerca de allí, y con un 
principal criado suyo mandaba algunos regalos al Almi- 
rante, y le rogaba llegase con los navios hasta su tierra y 
le daría cuanto tuviese. Presento', entre otras cosas, un 
cinto de notable labor, y en lugar de escarcela traía pen- 
diente una carátula que tenía á las orejas, la lengua y nariz 
hechas de buenas láminas de oro. Cerciorado de la riqueza 
del país por las muestras que veía, y de que se aproximaba 
al territorio llamado Cibao yendo en aquella direccio'n, y era 
fácil recoger gran cantidad de oro, ofreció' pasar á la pobla- 
ción donde el cacique residía ; pero siendo absoluta la falta 
de viento, tuvo que dilatar la partida, y en aquellos días 
envió á varios de sus marineros al Puerto del Gaurico para 
que reconocieran las poblaciones de la costa. Los recibieron 
con verdadera alegría en todas ellas, y sus moradores 
corrían á las orillas para ver á los extranjeros, diciendo 
el Almirante que cree vinieron en canoas más de mil per- 
sonas, y otras quinientas á nado por no tener embarcacio'n ; 
trayendo todas algo en las manos, y antes que llega- 
sen con medio tiro de ballesta, se levantaban de pie en 
sus canoas y ofrecían todo lo que llevaban, que era 








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CRISTÓBAL COLON 






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como siempre, algodo'n, frutas, aves y algunos pedazos 
de oro. 

Habiéndose movido algún tafato el viento, levo anclas el 
lunes 24 de Diciembre en direccio'n al Este, costeando desde 
el Guarico hasta llegar á la residencia de aquel cacique, que 
de tan buena voluntad les abría sus puertas. Navegando con 
poco viento, escribía Cristóbal Colón sus últimos detalles 
sobre lo descubierto, para que los reyes pudieran conocer 
debidamente las medidas que era necesario tomar. 

«Crean vuestras Altezas, decia, que en el mundo todo 
no puede haber mejor gente ni más mansa: deben tomar 
vuestras Altezas mucha alegria, porque luego los harán 
cristianos, y los habrán enseñado en buenas costumbres de 
sus reinos; que más mejor gente ni tierra puede ser, y la 
gente y la tierra en tanta cantidad que yo no sé ya como lo 
escribo; porque yo he hablado en superlativo grado de la 
gente y la tierra de la isla Juana, á que ellos llaman Cuba, 
mas hay tanta diferencia dellos y della á esta en todo , como 
del dia á la noche; ni creo que otro ninguno que esto oviere 
visto, oviere hecho ni dijese menos de lo que yo tengo dicho; 
y digo que en verdad que es maravilla las cosas de acá y los 
pueblos grandes de esta isla Española, que así la llamé, y 
ellos la llaman Bohio, y todos de muy singularísimo tracto 
amoroso y habla dulce, no como los otros que parece cuando 
hablan que amenazan, y de buena estatura hombres y 
mujeres, y no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos 
de negro, y otros de otro color, y los más de colorado. 
He sabido que lo hacen por el sol que no les haga tanto 
mal; y las casas y lugares tan hermosos; y el jefe con 
señorio en todos como Juez o' Señor dellos, y todos le 
obedecen que es maravilla ; y todos estos señores son de 
pocas palabras y muy lindas costumbres, y su mando es 
lo más con hacer señas con la mano , y luego es entendido 
que es maravilla.» 

Llevaba el Almirante dos días con sus noches sin haber 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO V 



359 



dormido ni tenido momento de reposo, por lo que estando el 
mar tranquilo, el viento muy corto, y el rumbo muy cono- 
cido, pues los marineros habían recorrido en los días ante- 
riores muchas leguas por aquella costa en las barcas, y 
estaban seguros de bancos ni de peñas, se retiro á dormir en 
su camarote siendo cerca de la media noche del 24 de 
Diciembre. Había dado orden muy terminante Colón de 
que no se dejara el timo'n en manos de los grumetes; pero el 
marino de cuarto, viendo en calma completa el mar y el 
viento, pensó' descansar también algún rato, y confio la caña 
á un muchacho, entregándose todos al sueño, bien distantes 
de esperar la desgracia que por tal descuido había de sobre- 
venir. El impulso de la corriente llevo' las carabelas tan 
mansamente hacia unos bancos de arena, que el muchacho 
no sintió' cosa alguna hasta que choco' la quilla encallando 
en el fondo, se rompió el gobernalle y el ruido del agua 
le aviso' del peligro. Dio' voces pidiendo socorro, y á las 
primeras estaba ya el Almirante sobre cubierta , tan presto 
que nadie había sentido todavía que estaban encallados. 

Subió' también de los primeros el intrépido maestre 
de la nao, el piloto Juan de la Cosa, y á él y á otros les dijo 
el Almirante que largasen el batel por la popa y tomasen un 
ancla y la echaran á distancia, para poder halar con fuerza y 
sacar la carabela de la arena y del comprometido trance en 
que se encontraba. 

Y ocurrid entonces una cosa inexplicable, que sola- 
mente puede atribuirse á que en aquellos momentos de 
confusio'n, turbados todos, y muchos quizá no bien des- 
piertos, entendieron mal las o'rdenes y ejecutaron lo que les 
pareció' más natural, sin darse cuenta, tal vez, de lo que 
debía hacerse. Fué un instante de desconcierto, un desorden 
hijo de muchas circunstancias, y aquellos intrépidos mari- 
nos que tantas veces habían desafiado los mayores peligros, 
cre} T eron que estaba la salvación de la nao Capitana en que 
la Nina acudiera prontamente en su auxilio. Olvidaron 



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CRISTÓBAL COLON 





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aferrar el ancla que le había mandado echar el Almirante, 
y corrieron atropelladamente, forzando los remos, para 
llevar la noticia del desastre á la carabela que se encontraba 
á barlovento á media legua. 

El Almirante creyó' que huían; y como la resaca com- 
batía el buque y la mar lo tomaba de través, haciéndolo 
volcar, mando' cortar los palos, y alijar todo lo que fué 
posible por ver si podían tenerlo á flote, lo que no se consi- 
guió'. Llego la barca de la Niña con bastantes hombres , 
y también volvieron los que allá habían ido, pero nada 
adelantaron porque el casco se había abierto ya por dife- 
rentes partes. 

La gente toda se recogió' en la carabela, abandonando 
la nao encallada, y en tal situación esperaron la llegada del 
nuevo día. 




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Cristóbal Colón, t. i. — 46. 



362 



CRISTÓBAL COLÓN 



Cuando amaneció, envió' el Almirante el batel á tierra 
con Diego de Arana, alguacil mayor, y Pedro Gutiérrez, 
repostero de la casa real, para hacer saber al rey que lo 
había invitado á pasar á su pueblo, distante como legua y 
media del sitio del naufragio, que por llegar á verle había 
perdido uno de sus barcos en aquel banco de arena. 

Inmediatamente empezó' á sacarse á tierra en las barcas 
todo lo que había en la nao, cuya operación se hizo en muy 
breve espacio con la ayuda de innumerables indios y muchas 
canoas mu}^ grandes, que envió' aquel rey con la mejor 
voluntad, y haciendo que manifestasen al Almirante la 
mucha pena que le causaba aquel contratiempo, y que no 
recibiese disgusto por ello, que él le daría cuanto tuviese. 
Descargada la nave, se reunieron todos los objetos en dos 
casas que al efecto ofrecieron los indios , y se pusieron en 
derredor hombres armados que vigilasen día y noche para 
su seguridad. Lo hicieron con talfidelidad, que no falto un 
clavo, ni una cuerda, ni cosa alguna de cuantas se sacaron 
de la Santa María. 

Triste fué para Cristóbal Colón el día de Pascua de 
Navidad. Estuvo abatido y angustiado, considerando las 
nuevas dificultades y peligros á que se veía expuesta la 
expedicio'n, reducida á una sola carabela y por acaso la más 
endeble de las que salieron del puerto de Palos; y cuan fácil 
era que por un nuevo accidente quedara sepultado en el 
olvido su' feliz descubrimiento. Estas reflexiones, y otras no 
menos dolorosas sobre el triste fin que tal vez esperaba á 
sus animosos marineros tuvieron en gran perturbacio'n su 
ánimo; aunque muy luego se presentaron motivos de con- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO VI 



363 



suelo, y pensó en que Dios le había enviado aquella desven- 
tura para que de ella sacase saludable enseñanza y mayor 
provecho la expedicio'n. 

El cacique Guacanagarí, que así se llamaba el soberano 
de uno de los mayores territorios de aquella isla, vino con 
muy lucido acompañamiento en la madrugada del día 26 á 
visitar al Almirante, 3^ paso' á bordo de la carabela Niña 
donde aquél se encontraba, diciéndole con lágrimas en los 
ojos que no tuviera pena alguna, que él ciaría cuanto tenía 
para reparar la pérdida sufrida, y casas para vivir en tierra 
cuantas necesitasen. Viendo el deseo que mostraban los 
españoles por recoger los pedazos de oro que los indios 
llevaban, manifestó' que allí cerca lo había en gran abun- 
dancia, y conociendo que esta noticia había regocijado 
mucho al Almirante, quiso darle mayor consuelo ofrecién- 
dole que le enviaría á buscar cuanto oro quisiera. 

«Nunca, en ninguno de los países civilizados, escribe 
Washington Irving, se practico' la hospitalidad con mayor 
demostracio'n de afecto, que lo hizo aquel indio ignorante y 
selvático. Mando depositar todos los efectos que se desem- 
barcaron junto á su habitacio'n, y puso gente con armas 
que los guardase, durante toda la noche, hasta preparar 
sitio donde almacenarlos; no porque se descubriera entre 
ellos, ni en todo el pueblo, la más pequeña sospecha de que 
quisieran aprovecharse de aquella confusio'n y apropiarse los 
efectos de los extranjeros. Aunque miraban aquellos objetos 
que les parecían inestimables tesoros, diseminados por la 
playa y puestos á su alcance, no hubo ni un solo hurto, 
ni al transportar los efectos que tanto les agradaban, se 
quedaron con lo más insignificante. Al contrario, en sus 
semblantes se veía pintada la mayor simpatía, y en sus 
acciones el mayor afecto; y al observar su disgusto parecía 
que eran ellos las víctimas de tal desgracia.» 

El carácter noble, franco y compasivo de Guacanagarí, 
su juventud y su hermosura corporal, cautivaron desde 



3^4 



CRISTÓBAL COLÓN 






luego el afecto de Colón y de iodos los españoles, que 
empezaron á mirarlo como á un verdadero amigo, reci- 
biendo de él y de los suyos muchos regalos y beneficios. 
Comió' el cacique á bordo con el Almirante, y luego salieron 
los dos á tierra con gran número de gente de las carabelas. 
Todos rivalizaban en desinterés 3^ en demostrar amor á los 
marineros: «son gentes de amor y sin codicia, escribe el 
mismo Colón, y convenibles para toda cosa; que certifico á 
vuestras Altezas que en todo el mundo creo no hay mejor 
gente ni mejor tierra: ellos aman á sus pro'jimos como á 
sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo, 
y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hom- 
bres v mujeres, como sus madres los parieron. Mas crean 
vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas 
y el Rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan 
continente que es placer de verlo todo; y la memoria que 
tienen; y todo quieren ver y preguntan qué es y para qué.» 

Muchas veces repite lo mismo, o' con muy ligeras varia- 
ciones el Almirante, desde el punto en que desembarco' en la 
isla de San Salvador, y pudo empezar á conocer las costum- 
bres de aquellos isleños. Sus observaciones son casi idénticas 
en diferentes lugares , y es porque le sorprendía la sencillez 
y candor de aquellos hombres, su falta de codicia y su amor 
al pro'jimo, tanto como las galas de la naturaleza virgen que 
á sus ojos se presentaba, á cuyas aves, árboles y riquísimas 
plantas añadía mayores encantos el entusiasmo de su ima- 
ginacio'n. Por eso sus primeros pasos en el Nuevo Mundo, 
sus impresiones consignadas en el Diario de navegación, son 
siempre repeticio'n de una misma idea, variaciones sobre 
iguales temas; admiracio'n de la naturaleza y de la bondad 
de los indios, y accio'n de gracias á Dios que por su mano 
facilitaba el conocimiento de tantas maravillas, y la conver- 
sio'n de tantos pueblos á la verdadera fe. 

Sería cosa de ver á Guacanagarí en aquel paseo con 
el Almirante y los marineros, vestido ya medio á la usanza 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



365 



de los europeos con las prendas que éste le había regalado. 
Llevaba blanca camisa, calzones de marinero y un bonetillo 
rojo en la cabeza, con la mayor compostura y dignidad, 
pero por lo que hizo mayor fiesta fué por unos guantes que 
el Almirante le dio', porque al parecer tenía gran cuidado 
de sus manos. Cuando acababa de comer, le traían unos 
grandes manojos de hierbas olorosas con las que se restre- 
gaba hasta dejarlas limpias y perfumadas; y habiéndole 
ofrecido agua para ese objeto, fué tanto lo que le agrado 
lavarse, que algunos días adelante, luchando con su deseo, 
se atrevió á mandar pedir una palangana y un jarro, que el 
Almirante le envió con gran satisfaccio'n. 

Hicieron muestra los soldados de sus armas, que pro- 
dujeron el mismo efecto que habían causado á todos los 
otros naturales de las diferentes islas visitadas. Se admi- 
raban del brillo de los morriones, pasaban las manos por los 
petos y espaldares, y jugaban como niños bulliciosos con las 
espadas, cuyo uso desconocían y cuyos reflejos al sol les 
encantaban. Pero cuando el Almirante mando disparar los 
arcabuces á algunos marineros, todos los isleños se arro- 
jaron al suelo poseídos de terror, creyendo que los hombres 
del cielo, como llamaban á los españoles, disponían del rayo 
y del trueno. Dispararon también una lombarda, y el 
asombro creció' de punto., tapándose los oídos con las 
manos... El cacique, procurando no perder su aplomo y 
dignidad ante aquellas maravillas, fué, sin embargo, de los 
que más se admiraron, rogando encarecidamente á Cristó- 
bal Colón emplease su poder en destruir á unos terribles 
enemigos que habitaban en otras islas no muy lejanas, y 
que, armados de mazas y de arcos, invadían aquélla para 
cautivar á los mancebos y á las mujeres. Llamábanles 
Caniba, y, según pudo entenderse, daban el nombre de Car ib 
á la principal de las islas habitadas por aquellos feroces 
indios. 

Contestóle el Almirante que así lo haría, y esta pro- 





3 66 



CRISTÓBAL COLÓN 



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mesa aumento el cariño del afectuoso Guacanagarí hacia sus 
huéspedes. 

Incitados por lo apacible del clima y por la fertilidad 
del suelo; animados con la amabilidad de los isleños; y 
movidos tal vez por la codicia de reunir el mucho oro que 
de todos lados les anunciaban , muchos hombres de la tripu- 
lación se ofrecieron y aun rogaron al Almirante los dejase 
allí como primeros pobladores cuando dispusiera su regreso 
á España. Agrado'le mucho la idea, porque comprendió' que 
la fundacio'n de una colonia daría importancia al descubri- 
miento ante los ojos de la corte, y facilitaría el conocimiento 
del país, para explotar sus productos, cuando allí volviera 
con auxiliares más poderosos que los que entonces podía 
emplear. 

Dispuso, pues, con la actividad natural de su carácter, 
la construccio'n de una fortaleza en forma de torre, toda de 
madera, con un gran foso o' cava para su defensa, situán- 
dola en una pequeña eminencia rodeada casi completamente 
por las aguas y que dominaba á un tiempo la bahía y la 
playa. 

Comiendo el cacique y un hermano suyo, mozo de muy 
buen aspecto, con el Almirante, el jueves 27 de Diciembre, le 
rogaron que no se ausentara de la isla, pues habían enviado 
á buscar mucho oro para hacerle un gran presente antes de 
que marchara; y como el Almirante le manifestó' su propo'- 
sito de dejar allí un buen número de sus españoles hasta su 
vuelta, se alegro' mucho Guacanagarí, y ordeno' que los 
indios ayudasen á la construccio'n de la fortaleza. 

Dio'se principio á los trabajos, ocupándose algunos 
marineros y mucho número de indígenas en abrir ancho 
foso, que había de rodear todo el recinto por los lados en 
que no estaba defendido por las rocas. Al extremo se alzaba 
un montecillo bastante elevado, y en la cima, que tenía en lo 
más alto una planicie natural, se clavaron gruesos troncos 
de árboles, que se entrelazaron con palmas á la usanza del 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



367 



país, haciendo cimiento para la torre fuerte que se había 
proyectado. En la parte baja otras empalizadas formaron 
diferentes habitaciones para los hombres que allí debían 
quedarse, procurando darles toda la comodidad que era 
posible, atendidos los pocos medios de que se disponía. Las 
tablas de la carabela Saina María fueron aprovechadas en su 
mayor parte para cerrar la torre, y las más endebles para 
las viviendas; los clavos escaseaban, usando, en su lugar, 
cuerdas tejidas de hojas de palmera, que se hacían de gran 
resistencia; y todos trabajaban con ardor, comprendiendo 
muy bien cuánto podía importar la obra en que se ocu- 
paban. 

De lo que más se cuido' Colón fué de formar dentro 
de la fortaleza un lugar á propo'sito para conservar los 
víveres, y otro, aún más reservado, para guardar la pól- 
vora que pudo dejarles, y era uno de los principales, o' el 
mayor de todos los medios con que podían contar en un 
caso de apuro para hacerse temer aquel puñado de hombres. 
Cuido' también de que dentro del espacio que comprendía la 
fortaleza, se abriese un pozo que les asegurase el agua 
potable en el caso de un ataque por parte de los naturales. 
A todo se extendió' su previsio'n dentro de los pocos recursos 
con que contaba, midiendo con prudencia todas las probabi- 
lidades para que los que debían formar la guarnicio'n de 
aquel pequeño fuerte pudieran sostenerse el tiempo que el 
Almirante calculaba que podría tardar en volver á traer á 
la isla mayor número de hombres y cuanto fuera necesario 
para aumentar la colonizacio'n, creando establecimientos de 
mayor importancia para beneficiar las minas del oro que con 
tanto afán buscaba. 

Estando en esto vinieron á decir á Colón que se habían 
tenido nuevas de que estaba la carabela Pinta en un cabo al 
Este de la isla, cuya noticia confirmo' tres días después un 
indio que decía haberla visto; pero aunque el cacique, 
porque amaba mucho al Almirante, envió' una canoa con 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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varios indios y españoles en la direccio'n que indicaban, 
volvieron después de haber andado muchas leguas , sin tener 
por entonces noticia alguna de Martín Alonso Pinzón. 

Con todas estas cosas favorables, y con los muchos 
trozos y plastones de oro que á cada momento rescataban los 
marineros, se templaban las angustias que al Almirante 
causo' el naufragio de la Santa María, llegando á creer que 
la pérdida de la carabela había sido providencial , para que 
en aquel sitio se fijara el primer establecimiento de los espa- 
ñoles en el Nuevo Mundo. 

«Y á esto, dice, vinieron tantas cosas á la mano que 
verdaderamente no fué aquel desastre, salvo gran ventura... 
Porque es cierto que si yo no encallara, que yo fuera de 
largo sin surgir en este lugar, porque él está metido acá 
dentro en una grande bahía, y en ella dos o tres restingas 
de boyas. Ni este viaje dejara aquí gente, ni aunque yo 
quisiera dejarla no les pudiera dar tan buen aviamento, ni 
tantos pertrechos, ni tantos mantenimientos ni aderezo para 
la fortaleza. Y bien es verdad que mucha gente desta que 
va aquí me habian rogado y hecho rogar que les quisiese 
dar licencia para quedarse. Agora tengo ordenado de hacer 
una torre y fortaleza, todo muy bien, y una grande cava, 
no porque crea que haya esto menester por esta gente, 
porque tengo por dicho que con esta gente que yo traigo 
sojuzgarla toda esta isla, la cual creo que es mayor que 
Portugal, y mas gente al doble: mas son desnudos y sin 
armas y muy cobardes fuera de remedio. Mas es razón que 
se haga esta torre y se esté como se ha de estar, estando tan 
lejos de vuestras Altezas; y porque conozcan el ingenio de 
las gentes de vuestras Altezas, y lo que pueden hacer, 
porque con amor y temor le obedezcan; y así teman tablas 
para hacer toda la fortaleza dellas, y mantenimiento de pan 
y vino para mas de un año, y simientes para sembrar, y la 
barca de la nao, y un calafate, y un carpintero, y un lom- 
bardero, y un tonelero, y muchos entre ellos, hombres que 



LIBRO SEGUNDO.— CAPITULO VI 



369 



desean mucho, por servicio de vuestras Altezas y me hacer 
placer, de saber de la mina adonde se coje el oro. Así que 
todo es venido á mucho pelo para que se faga este 
comienzo.» 

Las demostraciones de amor de Guacanagarí al Almi- 
rante y de los isleños a los españoles todos, eran mayores 
cada día. El domingo 30 de Diciembre, teniendo ya casi 
concluida la obra de la fortaleza, y trabajando en llevar allá 
las provisiones y colocarlas convenientemente en la cava, 
con ayuda de los haitianos, le presento el cacique otros 
cinco jefes que todos traían á manera de corona grandes 
trozos de oro en la cabeza. Después de comer se quito 
Guacanagarí la corona y se la puso al Almirante, y éste se 
quito' del pescuezo una gruesa sarta de cuentas de colores 
y se lo puso á él, dándole unos borceguíes de color, que le 
hizo calzar, y un capuz rojo; y por último le coloco en el 
dedo un gran anillo de plata, de que le había visto muy 
codicioso. Otros dos de los caciques le regalaron grandes 
plastas de oro, á que Colón correspondió' con varios aga- 
sajos; siendo de advertir, que las plastas de oro que llevaban 
no eran fundidas, porque, según informa el P. Las Casas, 
los indios de la isla no tenían industria de fundir, sino los 
granos o' piezas que en los ríos hallaban, majábanlos entre 
dos piedras, y así los ensanchaban. 

Aprovisionada la carabela de agua y leña para el viaje 
de regreso á España, y recogidas las cantidades bastantes de 
los productos más extraños, envió' el Almirante una barca 
á la isla Amiga, que distaba seis leguas, para que trajese 
ruibarbo, porque Vicente Yáñez aseguraba haberlo visto en 
abundancia. Trajeron, en efecto, una gran sera de aquella 
raíz, y no más porque no llevaron azada para cavar la 
tierra. 

Designo' treinta y nueve hombres que habían de quedar 
en la fortaleza, con sus capitanes, 3^ se dispuso á volver á 
España con la mayor presteza para dar noticia á los Reyes 

Cristóbal Colón, t. h — 47. 



37° 



CRISTÓBAL COLÓN 




de aquel descubrimiento que ya parecía tan grande, y para 
cuya prosecución necesitaba mayores recursos, pues había 
quedado reducido á la carabela Niña, cuya solidez no era 
bastante á resistir mucho tiempo, y pondría en peligro á sus 
tripulantes. 

Y aunque en el número de españoles que allí permane- 
cieron, hay algunas diferencias que resultan de documentos 
dignos del mayor crédito, nosotros fijamos aquéllos, porque 
así lo dice el mismo Almirante en su Diario, y lo repite fray 
Bartolomé de Las Casas. Ateniéndonos exactamente á las 
frases que estampa Cristóbal Colón, fueron cuarenta y dos 
españoles los que formaron la guarnicio'n del fuerte de 
Navidad; y este es el número que juzgamos cierto. — «Dejé 
en aquella isla Española (dice en el miércoles 3 de Enero), 
que los indios diz que llamaban Bohio, treinta y nueve 
hombres con la fortaleza... é sobre aquellos por sus tenientes 
á Diego de Arana... y á Pedro Gutiérrez... y á Rodrigo de 
Escobedo,» cuyos individuos parece deben sumarse sobre los 
treinta y nueve. Lo mismo puede entenderse el texto 
del P . Las Casas , cuando dice en su Historia de Indias ' : — 
« abrazo' el Almirante al Rey y algunos señores ; abracó á los 
que dejaba por sus tenientes; abracó á todos los treinta y nueve 
hombres...)-) 

Poderosas razones movieron el ánimo de Cristóbal 
Colón para decidirle á construir la fortaleza y dejar aquel 
puñado de españoles tan lejos de la madre patria. Oyo'las, á 
no dudar, de sus mismos labios fray Bartolomé de Las Casas, 
que las reduce á breves términos. La primera y principal, 
dice, por ver la fertilidad y frescura y amenidad de la 
tierra, y la riqueza de ella, en haber hallado muestra tan 
grande y tan rica de haber en ella mucha cantidad de oro, 
y por consiguiente, poder con tanta ventaja y prosperidad 
hacer grandes poblaciones de españoles y cristianos. La 



• Parte primera, cap. XLIV, pág. 419. 



LIBRO SEGUNDO. CAPÍTULO VI 



371 



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segunda, porque en tanto que él iba y tornaba de Castilla 
ellos supiesen la lengua, y hubiesen preguntado, inquirido 
y sabido los secretos de la tierra, los señores y reyes de ella 
y las minas de oro y otros metales; si en ella había otras 
riquezas más de las que él había visto, y lo que él mucho 
estimaba también y creía haberlo, que es especería. La 
tercera, por dejar en alguna manera prenda, porque los que 
oyesen en Castilla que habían quedado ciertos cristianos de 
su voluntad en esta isla no temiesen la luenga distancia, ni 
los trabajos y peligros de la mar; aunque esto no era mucho 
necesario, según observa el P, Las Casas, porque con decir que 
había oro y tanto oro, aun al cabo del mundo no temieran los de 
España irlo á buscar. La cuarta, porque como se le había 
perdido la nao, no pudieran tornar todos en la carabela sin 
gran dificultad. La quinta, por la voluntad que todos mos- 
traban de quererse quedar y los ruegos que sobre ello al 
Almirante hacían, diciendo que se querían allí los primeros 
avecindar. 

Favoreció' y animo' mucho su determinacio'n ver la 
bondad, humildad, mansedumbre y simplicidad de todas 
aquellas gentes, y sobre todo la gran caridad, humanidad y 
virtud del rey Guacanagarí, y el tan señalado acogimiento, 
que no pudo ser en el mundo en casa de padre } T madre 
más, como les haba hasta entonces hecho, y el amor que les 
mostraba, y lo que cada hora se les ofrecía hacer más. 

En breves días estuvo concluida, aprovisionada y 
armada la fortaleza. Los haitianos fueron auxiliares pode- 
rosos de los españoles: todos los restos de la carabela se 
aprovecharon en la construccio'n , y en aquellas pla} T as, 
convertidas repentinamente en taller de carpinteros, de 
herreros 3^ de albañiles, se levanto como por encanto la 
primera fábrica y establecimiento de los europeos en las 
islas del mar Occéano. 

El Almirante le puso por nombre Villa de la Navidad, 
en memoria de que en aquella solemne fiesta había naufra- 



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372 



CRISTÓBAL COLÓN 



gado allí y tomado tierra en aquel punto; y al puerto le 
llamo' también de Navidad, con el que todavía se conoce. 



II 






Resuelta la partida para España, salto' en tierra el 
Almirante, el miércoles día 2 de Enero de 1493, para despe- 
dirse del cacique y dejar establecido el orden en el servicio 
de la fortaleza. Después de haber comido juntos y con otros 
de los principales de la isla, Colón dijo á Guacanagarí que 
dejaba allí aquellos cristianos para que esperasen su regreso 
de España con nuevos refuerzos, y, al propio tiempo, para 
que le acompañasen y sirviesen, defendiendo su territorio de 
las invasiones de los caribes, que tanto temían; y que espe- 
raba que recibirían de él toda clase de auxilios y cuanto les 
fuera de necesidad según las circunstancias. 

El generoso cacique manifestó' gran tristeza por la 
partida, y vehementes deseos de que muy pronto estuviera 
de regreso, ofreciéndole mucha amistad para los que se 
quedaban, en especial para Diego de Arana, alguacil mayor, 
á quien dejaba como jefe de 'la colonia , 3^ de Pero Gutiérrez 
y Rodrigo de Escobedo, oficiales de la casa real, que queda- 
ban como tenientes, á todos los que recomendó' muy espe- 
cialmente. 

Cambiados varios regalos de despedida por los caciques 
y el Almirante, entre ellos buenas pepitas de oro, se dirigió' 
éste á la fortaleza. Reunió' á los cuarenta hombres escogidos 
que allí habían de quedar como primeros pobladores espe- 
rando su regreso; y en conversacio'n íntima y familiar, con 
el tono más afectuoso, tratando de que sus palabras queda- 
sen muy grabadas en los corazones de aquel puñado de 
valientes, los exhorto' á que diesen gracias á Dios, como 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



373 



verdaderos cristianos, por los grandes beneficios que les 
había dispensado, y que obrasen de manera que mereciesen 
otros mayores; que mantuvieran la unio'n y armonía nece- 
saria para la seguridad de todos en tierra extraña, y la 
obediencia á los jefes, representantes de la autoridad. Les 
aconsejo' continuasen el" mejor trato con los naturales, sin 
causarles ofensa ni molestia alguna, ni tampoco á sus muje- 
res; y que conservaran la amistad del cacique Guacanagarí, 
que tanto cariño demostraba á los españoles; y les enco- 
mendó que rescatasen todo el oro que pudieran, y sin 
separarse unos de otros procurasen ir tomando conocimiento 
de la isla; y con lágrimas en los ojos, les ofreció' no tener 
punto de reposo hasta volver á verles, tra} 7 éndoles de los 
Re} T es las recompensas y mercedes á que por sus servicios se 
habían hecho acreedores. 

Dejo' entre ellos un cirujano llamado maestre Juan, 
para curarles las llagas y otras necesidades á que su arte se 
extendiese. Dejo' asimismo un carpintero de ribera, que es 
de los que saben hacer naos, y un calafate; un tonelero, 
un artillero o' lombardero bueno que sabía hacer en aquel 
oficio buenos ingenios. También les quedo' un sastre; y 
todos eran además hombres de mar, salvo el escribano 
y alguacil que allí quedaron para llevar cuenta de gastos y 
rescates para la formalidad de cuentas en la participacio'n de 
la corona l . 

La despedida fué solemne. A pesar de que se había 
procurado atender á todas las necesidades, precaver contin- 
gencias y alejar peligros, y no obstante que los que allí 
permanecían lo habían solicitado de su libre voluntad, 
vagos presentimientos de tristeza, que no era posible desva- 
necer, daban al acto un tinte melanco'lico. La barca se alejo' 
pausadamente de la orilla, 3^ divididos por el mar aquellos 




1 Véase la nota de todos los que allí quedaron en las Aclaraciones y 
documentos (3D). 




374 



CRISTÓBAL COLÓN 



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pocos españoles, llegaron los unos á la embarcacio'n que 
debía volverlos á la patria, y entraron los otros en la forta- 
leza de Navidad. 

No pudo, sin embargo, darse á la vela la Niña á la 
madrugada siguiente porque estuvo la mar muy alterada ; y 
por esperar á los indios que venían en la carabela desde las 
otras islas, y se quedaron en tierra aquella noche. Eran por 
todos diez o' doce, aunque fray Bartolomé de Las Casas, que 
los vio en Sevilla, no puede precisar el número, porque no 
se paro' á contarlos; y reunidos ya todos á bordo, el viernes 
4 de Enero levaron anclas y navegaron al Este, para tomar 
el camino hacia España, después de haber visto lo más 
posible de las costas. 

Navego' el Almirante en direccio'n á un monte muy alto 
de la forma de una elegante tienda de campaña, que se 
adelanta dentro del agua, quedando unido á la isla por una 
estrecha lengua de tierra. Púsole por nombre Montc-cristi; 
y continuando su derrotero, el domingo 6, á cosa del medio 
día, un marinero de guardia en el mástil donde debía estar 
la gavia, de que carecía la carabela, dio' voces anunciando 
que veía venir la Pinta, con viento en popa, hacia el lugar 
en que se encontraban. Llego' en efecto; y como no era 
posible fondear en aquel paraje, volvio'se el Almirante á 
Monte-cristi , desandando diez leguas, y seguido por Martín 
Alonso Pinzo'n. 

En el momento de aferrar las anclas, paso' éste á bordo 
de la Niña para conferenciar con el Almirante y explicar las 
causas de su separacio'n. Procuro' disculparla con la fuerza 
del viento, que le obligo, mal su grado, á seguir la vía 
de Levante, que llevaban las tres embarcaciones la tarde 
del 21 de Noviembre. Descubrió' en aquel rumbo varias 
islas, que debieron ser las denominadas Cay eos, y tal vez la 
Ynagua y algunas otras, y desde ellas había llegado á la 
Española hacía cosa de tres semanas, es decir, á mediados 
del mes de Diciembre, descubriendo un gran río en donde 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



375 



contrato mucho con los indígenas; deteniéndose allí por el 
buen rescate de oro y para procurar noticias de los otros 
buques. 

Bien comprendía Cristóbal Colón que las excusas 
eran muy débiles y amañadas ; mas no quiso que por sus 
resentimientos personales contra Martín Alonso Pinzo'n, que 
eran muchos y graves, se malograse la gloriosa empresa 
que con tanta felicidad había comenzado, por lo que uso' de 
disimulo para no dar lugar á las malas obras de Satanás, que 
deseaba impedir aquel viaje como hasta entonces había hecho. 
Escucho', pues, con mesura y gravedad las explicaciones, las 
admitió' como prudente, y participando al capitán de la 
Pinta su resolucio'n de volver á España, le despidió para que 
se aprovisionase de leña y agua para el viaje. 

Tres días permanecieron en la bahía de Montc-cristi, 
detenidos por la fuerza de los vientos huracanados que 
soplaban de Sudeste, y los aprovecho el Almirante para 
desaguar un tanto la carabela Niña, taparle algunas vías de 
agua, poniendo ciertas fuerzas y puntales para aumentar la 
resistencia, y calafatear cuanto más se pudo, que bien lo 
había menester. En ellos tomo también noticias por los ma- 
rineros de la Pinta del camino que ésta había hecho, 3^ se con- 
venció cada vez más de que solamente por codicia, con algún 
impulso de soberbia, se había movido Martín Alonso. Creían 
éste y sus hermanos que todo era ya suyo, «no mirando la 
honra que el Almirante les habia hecho y dado, y no habian 
obedecido ni obedecian sus mandamientos, antes hacian y 
decian muchas cosas no debidas contra él; y el Martin 
Alonso lo dejo desde el 21 de Noviembre hasta el ó de 
Enero, sin causa ni razón, sino por su desobediencia; todo 
lo cual el Almirante habia sufrido y callado por dar buen 
fin á su viaje; así por salir de tan mala compañía, con los 
cuales, dice, que cumplia disimular, aunque gente deman- 
dada, y aunque diz que tenia consigo muchos hombres de 
bien, pero no era tiempo de entender en castigo.» 








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376 



CRISTÓBAL COLÓN 






Supo el Almirante que Pinzón había tratado de ocultar 
su detencio'n en las costas de la isla Española, procurando 
que los marineros se concertaran en decir que so'lo habían 
estado allí seis días antes de reunirse con él, cuando real- 
mente estuvieron diez y seis en el río, y cinco o' seis más por 
las costas; que había rescatado bastante cantidad de oro, 
de la cual daba la mitad á su gente guardando la otra 
mitad, y que á aquel río, donde había dado fondo, le había 
puesto por nombre rio de Martin Alonso, descubriendo bien á 
las claras su propo'sito de usurpar la gloria de Colón como 
descubridor. 

Penosa impresio'n causa en el ánimo el considerar que 
varo'n de tan relevantes prendas como Martín Alonso Pinzo'n 
se rindiese alguna vez al imperio de mezquinas pasiones. Un 
solo momento en que se dejo' arrastrar por la codicia, un 
rasgo de vanidad o' de soberbia, la seduccio'n del amor 
propio bastaron para oscurecer sus eminentes cualidades, y 
causar la desgracia de sus postreros días. La conciencia 
noble del marino se sublevaba contra el arrebato de sus 
pasiones. Estas mancharon la historia de su vida, y el 
remordimiento acibaro' sus últimos instantes. Bien pronto 
haremos el juicio de su carácter. 

Dieron nuevamente á la vela los dos buques el miér- 
coles 9 de Enero, y al siguiente día, á puesta del sol, llega- 
ron á aquel río que Martín Alonso había bautizado con su 
nombre, y al que el Almirante puso el de rio de Gracia. Per- 
didos ambos nombres se le llama hoy Chulona chico. Siguie- 
ron su rumbo por el monte y puerto de Plata, y doblando 
el hermoso cabo á que llamo' del Enamorado, llego' al de 
Samaná, y el sábado 13 anclo' en la extensa bahía del mismo 
nombre, á la que puso después el de Golfo de las flechas, por 
el suceso que en seguida narraremos. 

Había decidido Cristóbal Colón detenerse allí, no 
encontrando puerto de mejor abrigo, aporque queria ver en 
qué paraba la conjunción de la Luna con el Sol, que espe- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



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raba á 17 de este mes, y la oposición della con Júpiter y 
conjunción de Mercurio y el Sol, en opo'sito con Júpiter, 
que es causa de grandes vientos.» Envió la barca á tierra y 
se presento á los españoles un grupo de indígenas muy 
diferentes en sus rostros y ademanes de todos los que hasta 
entonces habían visto, y 'que, aunque en actitud pacífica, 
estaban armados con arcos y flechas, llevando también 
algunos en la mano pesados troncos de madera en forma 
de mazas o' clavas. Rescataron dos arcos y muchas flechas, 
y rogaron por medio de los intérpretes á uno de ellos fuese 
á hablar con el Almirante á la carabela. No se lograron 
nuevas de interés de las que comunico el indio, o' al menos 
no se comprendieron, pues se hablaban dos o tres lenguas 
en el territorio de la Española, según el P. Las Casas, y se 
le despidió después de haberle dado algún bizcocho, con 
unas cuentas de vidrio y pedazos de paño verde y colorado 
para que los mostrase á los demás isleños. 

Al llegar nuevamente á tierra la barca, salieron de 
entre los árboles más de cincuenta indios desnudos y con los 
cabellos largos, recogidos detrás con penachos de plumas 
de papagayos y de otras aves, llevando cada uno su arco y 
flechas. Vendieron dos arcos, flechas y otras armas; pero 
como los marineros les pedían más, se negaron á ello y se 
dispusieron á acometerlos, con intención, al parecer, de 
hacerlos prisioneros y atarlos con unas fuertes cuerdas de 
hojas de palma que traían. No esperaron los españoles 
el ataque, aunque solo eran siete y los iudios más de 
cincuenta, antes bien, se formaron en ala, y desnudando 
las espadas, que siempre llevaban por orden expresa del 
Almirante, dieron sobre los indios, y á uno dieron un 
puntazo en el pecho, y á otro una gran cuchillada en las 
nalgas, lo cual basto' para ponerlos en huida, arrojando 
las flechas y los arcos. 

Esta fué la vez primera que pelearon los indígenas con 
los descubridores, y la primera sangre de indios que derra- 

Cristóbal, Colón, t. i. — 48. 



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373 



CRISTÓBAL COLÓN 






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marón los españoles. Entre disgustado y placentero recibió' 
Colón la noticia de aquel encuentro; pero á la mañana 
siguiente se pobló la playa de innumerable multitud de 
isleños, hombres y mujeres, y habiendo ido allá en las 
barcas bastantes marineros armados, por lo que pudiera 
suceder, se vinieron á ellos con tanta seguridad y confianza 
como si no hubiera pasado nada. El cacique le envió' un 
tahalí de pedacillos de hueso y piedras en señal de paz, y 
luego fué á visitar al Almirante, y le aseguro' que no lejos 
de aquel lugar había grandes minas de oro; y así era la 
verdad, pues, según el P. Las Casas, las famosas de Cibcio 
distaban menos de cuatro leguas; y que también había 
mucho en las islas de Carib y de Matinino; y le ofreció' 
enviarle una carátula de oro. y su corona, como lo hizo á la 
mañana siguiente. 

Rescataron mucho algodo'n, y pan de cazabe, frutas, 
pescado y ajes, cuanto necesitaban para la provisio'n de las 
carabelas; y entre los que acudieron, fueron cuatro indios 
jo'venes, que daban tan buena razo'n de todo, y explicaban 
con tanta claridad la posicio'n de las diferentes islas que 
estaban hacia el Oriente o' Este, en el mismo camino que el 
Almirante había de llevar, que determino' llevarlos consigo 
á Castilla, en unio'n con los otros que de otras islas había 
tomado. 

Tuvo noticias ciertas de otras islas, entre ellas de una 
muy rica que los naturales decían Boriquen, que después, en 
otro viaje, descubrió' y llamo' San Juan, á veinticinco o' 
treinta leguas de la Española; y de otra situada detrás de la 
isla Juana 6 Cuba, de la parte del Sur, que llamaban 
Yamaye (La Jamaica), donde se cogía el oro en grandes 
pedazos. 

Mas como quiera que ya los barcos no estaban en 
estado de resistir mucho tiempo sin grandes reformas y 
composturas, y la gente comenzaba á entristecerse al notar 
que con aquellos informes se pensaba en otros reconoci- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VI 



379 



mientos, desviándose del camino derecho, decidid el Almi- 
rante abandonar todo nuevo descubrimiento, y puso la proa 
al Oriente, con rumbo fijo á las costas de España. 

(íDijéronle los indios que por aquella via hallaria la isla 
de Matutino, que diz que era poblada de mujeres sin 
hombres, lo cual el Almirante mucho quisiera por llevar 
á los Reyes cinco o' seis dellas; pero dudaba que los indios 
supiesen bien la derrota, y él no se podia detener por el 
peligro del agua que cogian las carabelas; mas diz que era 
cierto que las habia, y que cierto tiempo del año venian los 
hombres á ellas de la dicha isla de Carib, que diz que estaba 
della 10 o' 12 leguas, y si parian niño enviábanlo á la isla 
de los hombres, y si niña dejábanla consigo.» 

«Esto nunca después se averiguo', dice fray Bartolomé 
de Las Casas, conviene á saber, que hoviese mujeres solas 
en alguna tierra destas Indias, y por eso pienso que el 
Almirante no los entendia o' ellos referian fábulas.» 







382 



CRISTÓBAL COLÓN 









Dirigid el rumbo derechamente á Castilla; y el viaje 
comenzó feliz, adelantando rápidamente las naves á impul- 
sos de vientos constantes, por medio de unas aguas muy 
tranquilas. El viernes 18 y el sábado vieron el mar 
cuajado de atunes, en tanta abundancia, que pensó' el 
Almirante que de allí habían de ir á las almadrabas del 
Duque en Conil y Cádiz. Muchas veces perdía camino 
por esperar á la Pinta, «que andaba mal de la bolina, 
porque se ayudaba mal de la mesana, por el mástil no ser 
bueno, y dice, que si el capitán della, que es Martin Alonso 
Pinzón, tuviera tanto cuidado de proveerse de un buen 
mástil en las Indias, donde tantos y tales habia, como fué 
codicioso de se apartar del, pensando de enchir el navio 
de oro, él lo pusiera bueno.» 

Algunas veces que había calma y la mar estaba llana 
y sosegada, saltaban al agua los indios y nadaban alrededor 
de las carabelas, holgándose mucho en aquel ejercicio. 
Volvieron á entrar en el mar de sargado, y hallaron á veces 
tanta hierba y tan espesa, que si no la hubieran visto antes, 
ciertamente les hubiera infundido temor, creyéndolas bajos 
o' islas anegadas; mas ya tenían conocida la zona en que se 
desarrollaba, y continuaron su viaje sin cuidarse de ella. 
En los últimos días de Enero se iba notando la escasez de los 
víveres, por haberse agotado algunos artículos y haber 
quedado otros muy reducidos, siendo lo principal de la 
alimentacio'n á bordo, pan, vino y ajes de los que última- 
mente habían hecho buena provisio'n en la Española ; así que 
causo' grande alegría en la tripulacio'n la pesca de una 
tonina y de un tiburo'n grandísimo, porque, además de 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO VII 



383 



proporcionar ocupacio'n á muchos marineros el destrozo y 
preparación de aquellos peces para conservarlos, aseguraban 
un alimento fresco y agradable para variar las comidas. 

Sin accidente que fuera digno de notarse, y bajo la 
impresión de vientos favorables . continuo' la navegación por 
muchos días , aunque en algunos el mar estuvo muy levan- 
tado, y se nublo' el cielo ligeramente. En este período de 
tranquilidad estimamos que debió' consagrar muchas horas 
el Almirante á coordinar la relacio'n que había de presentar 
á los Reyes Cato'licos de los sucesos de su viaje y noticias de 
los descubrimientos hechos, y á escribir las cartas en que se 
proponía dar iguales nuevas, aunque más sucintamente, á 
sus mejores amigos y más decididos protectores. La misma 
extensio'n de los documentos que han llegado hasta nosotros, 
y hasta las fechas que señalan á su conclusio'n, demuestran 
que no pudo Colón escribirlos después que comenzaron las 
tempestades que tantas veces le pusieron en peligro de per- 
derse, y no cesaron hasta que desembarco' en Portugal. 

Esto ha de aparecer indudable para cuantos lean dete- 
nidamente los documentos primitivos. La epístola de 
Cristóbal Colón á Gabriel Sánchez, dándole cuenta del 
descubrimiento, lleva fecha 15 de Febrero en el texto de 
Simancas, publicado por Navarrete «, 18 de Febrero, en la 
carabela, sobre la isla de Santa María, en el texto de Varna- 
ghen (Genaro H. de Volafau); y bien se deja comprender 
que el Almirante debió' de ocupar muchos días en preparar 
y extender esas cartas de tanto interés, que por su carácter 
especial, como por las circunstancias que contienen, y aun 
por las personas á quienes iban dirigidas, necesitaban prepa- 
ración y alguna tranquilidad de espíritu. 

Allí, en el sosiego de su cámara, teniendo á la vista el 
Diario de navegación, que con tanto cuidado había escrito, y 
acudiendo á los recuerdos , iba trazando en diferentes formas 



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Colección de viajes, tomo I, pág. 314, 2. a edición. 



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CRISTÓBAL COLÓN 



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la narración de aquellos grandes acontecimientos, cuando 
el 12 de Febrero comenzó' á arreciar el viento, el cielo se 
cubrió' de negras nubes, se embraveció' el mar y empezó una 
deshecha tormenta, que si la carabela no fuera muy buena, 
y se hubiera reforzado y calafateado tan cuidadosamente 
antes de la salida hubieran temido todos perderse. Acudió 
al peligro el Almirante, y procuro con gran pericia prepa- 
rarse á resistir la tempestad, que, según las señales, debía 
ser muy grande. 

Dos días pasaron todos firmes en sus puestos sin aban- 
donar los cables, tomando las velas, asegurando siempre el 
timón y atentos á los menores accidentes; pero el jueves 
14 de Febrero, al cerrar la noche, creció' el viento con 
irresistible ímpetu, las olas eran espantables, contrarias 
unas á otras, y cruzando por encima de las carabelas, 
amenazaban sumergirlas á cada paso. Los relámpagos se 
sucedían sin interrupcio'n, turbando la vista y aumentando 
el horror al iluminar con sus reflejos la inmensidad de las 
oscuras aguas y del cielo más oscuro todavía, y el continuo 
retumbar del trueno, unido al silbar del huracán y el bramar 
imponente de las olas , completaba aquella escena de desola- 
cio'n. En medio de tan deshecha borrasca, la Niña, luchando 
á palo seco, crujía bajo la presio'n del oleaje como si amena- 
zara dividirse, rodeada de montañas de agua, tan pronto se 
veía arrastrada al abismo, como levantada á increíble altura, 
salvándola de zozobrar su misma ligereza, y una corta vela 
que la pericia de Colón había hecho dejar desplegada á 
proa, para que aprovechando la fuerza del viento la ayudase 
á romper las embravecidas aguas. Menos fuerte la Pinta, no 
pudo luchar con la tempestad, y tuvo que dar la popa al 
viento y seguir la direccio'n de la borrasca. El Almirante la 
juzgo perdida. Puso un farol en el mástil, y la Pinta respon- 
dió' muchas veces hasta que se perdió' de vista. 

El peligro era también inminente para la Niña. No 
creyó' posible salvarla Colón; y así después de haber levan- 



LIBRO SEGUNDO.— CAPÍTULO Vil 



385 



tado su alma á Dios, rogándole fervorosamente que no le 
dejara perecer, y se perdieran en el olvido los frutos de 
tantos afanes , malográndose la obra que con fe tan ardiente 
y cristianos propósitos había emprendido, y en la que iba 
envuelta la salvación de innumerables criaturas, pensó' en 
que todos implorasen su* auxilio y demandasen gracia con 
piadosas promesas, según religiosa costumbre de los mari- 
nos. Conmovedoras son las frases con que Cristóbal Colón 
escribe en el Diario, las angustias de aquellos supremos ins- 
tantes , que con su estilo simple y humilde dan testimonio de su 
bondad. Lejos de todo humano socorro, con el temor de la 
muerte ante los ojos, se descubren en toda su grandeza 
la elevación de alma, la ternura de sentimientos, la fe 
inquebrantable y el valor heroico de .aquel hombre 
superior. 

Viéndose en tan gran peligro, ofrecieron todos echar á 
la suerte tres romeros. Había de ir el uno á Nuestra Señora 
de Guadalupe, llevando un cirio de cera de cinco libras; 
otro había de llegar en peregrinación á Santa María de 
Loreto. que está en la Marca de Ancona; y el tercero velaría 
toda una noche en la iglesia de Santa Clara, de Moguer. 
haciendo decir una misa por la mañana. 

Se mandaron contar tantos garbanzos cuantas personas 
se encontraban á bordo, señalando uno de ellos con una 
cruz, y se metieron en un bonete, bien revueltos. Metió' la mano 
el primero el Almirante y saco el garbanzo de la cruz. 
Echóse otra vez la suerte, y cayo' el ir á Loreto á un mari- 
nero del Puerto de Santa María, que se llamaba Pedro de 
Villa ; y el Almirante le prometió de le dar dinero para las costas 
del camino. Se repitió el sorteo por tercera vez, y cayo' 
también la suerte al mismo Almirante. 

Después de esto, como el peligro continuaba cada vez 
más amenazador, fatigándolos el miedo y la angustia, Colón 
y toda la gente hicieron voto, de que si Dios les permitía 
llegar á tierra, en la primera que tocasen, irían todos en 

Cristóbal Colón, t. i. — 49. 



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386 



CRISTÓBAL COLÓN 



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camisa procesionalmente á orar* en una iglesia que fuera 
de la advocación de la Santísima Virgen María. 

Aumentaba la crítica situacio'n de la Niña el encon- 
trarse sin el lastre suficiente, pues se había descuidado el 
hacerlo á la salida de la bahía de Samaría por aprovechar el 
viento favorable, después de algunos días de calma; y ade- 
más, en el mes transcurrido se habían gastado muchas de 
las provisiones y casi todo el vino y agua. Acudió' el Almi- 
rante al remedio, mandando llenar de agua del mar todas 
las pipas y cascos vacíos, con lo que mejoro mucho, por 
más que la operación era penosa en medio de aquella 
horrible tormenta; pero se hizo con tanta precaución, apro- 
vechando los momentos más favorables, que no se perdió un 
solo hombre en tan azarosa navegacio'n. 

Perdida toda esperanza, cada uno de los marineros hizo 
su voto especial, además de los generales ya ofrecidos. La 
angustia de Colón era mayor que la de todos; veía nau- 
fragar con aquella frágil embarcacio'n las esperanzas de toda 
su vida; malogrados sus estudios, sus trabajos y sus afanes; 
perdidos aquellos intrépidos compañeros que con tanta abne- 
gacio'n le habían secundado, y sumidas en la pobreza y en la 
orfandad innumerables familias; y uniendo á las de los 
demás sus propias desdichas, «también le daban gran pena 
dos hijos que tenía en Co'rdoba al estudio, que los dejaba 
huérfanos de padre y madre en tierra extraña, y los Reyes 
no sabían los servicios que les había hecho en aquel viaje.» 

Algunas variantes muy dignas de atencio'n se encuen- 
tran entre el texto del Diario