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t 



^^ 



CUENTOS COSTEÑOS 

POR 

CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 



CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 



Cuentos Costeños 



PROLOGO 

DE 

K JOSÉ LérEZ-PORTILLO Y ROJAS» 

C. déla Academia Mexicana de la Lengua. 



ILUSTRACIONES DE PEDRO DE ROJAS 






¡0| UN4P^SO 

5 -la - * -• 






BARCELONA 

CASA EDITORIAL SOPEÑA 

CALLE DE VALENCIA, 275 Y 277 
1905 



196908 



B8 PBOPIEDU) DEL AUTOR 



•:•--.-•* ' 






•• ••'-., 









Imp. y estereotipia de la casa editorial Sopeña.— BABCELONA 



índice 



Pá gs. 

Prólogo 7 

L— El coloquio 21 

II. — Soledad .39 

m. — A remo y sin sueldo 43 

lY. -La cabra tira al monte 52 

V.— Ab Intestato 63 

VI.— Dorotea 68 

VIL— La herencia 89 

Vin. — Trapos y muñecas 9 i 

IX.— ¡Padrino! 104 

X. — La heredad 109 

XI. -Abigeo 130 

XII. — Por una copa 156 

XIII.— Las Trece Monedas 166 

XIV. — La Juanita . 177 



PROLOGO 



Cierto que la Academia Española no acepta 
todavte ía palabía costumbrista en sii último 
léxico; pero también lo es que eL vocablo está 
en el aire, anda en todas las bocas y se impo- 
ne de un modo irresistible. Si a^í no fuera, 
¿qué nombre daríamos al escritor ó al pintor 
que se consagran á la observación de las cos- 
tuinbres de e3ta ó aquella localidad, las estu- 
dian y penetran, y dan de ellas en cuadros in- 
comparables, copias hermosas y llenas de colo- 
rido? No habría más remedio, para salvar el obs- 
táculo, que apelar á alguna circuníocucióji, y 
llamarles escritores ó pintores de costumbres^ lo 
que seria largo, pobre y fastidioso. 

Por fortuna, las lenguas no son duras é in-r 
flexibles concreciones, incapaces de aunlento 
ó disminución, sino organismos vivientes, dis- 
puestos á aceptar los cambios y transforma- 



8 PRÓLOGO 

ciones qne se desprenden como consecuencia 
ineludible del andar de los tiempos. Los pu- 
ristas que no admiten sino las palabras que el 
diccionario connota, son los peores enemigos 
de la evolución y del progreso lingüísticos, 
con que pretenden, aunque disfrazándolo con 
humildes ceremonias y golpes de incensario, 
ligat el verbo humano con apretadas vendas y 
encerrarle ernin espacio reducido para conver- 
tirle en pétrea y miserable momia. Desgracia- 
mente esta tendencia paralizante no es acha- 
que único de nuestros escritores, sino de todos 
los que aquende ó allende del Atlántico, se 
precian de hablar y escribir bien el castella- 
no. Hablar ahora como Cervantes, hé aquí el 
sueño de oro de no pocos escritores; sueño 
monstruoso y retrógrado, pues las lenguas tie- 
nen también su dinamismo, y á cada época de 
la vida humana, corresponden, y es lógiqo que 
correspondan, giros y palabras de una índole 
particular, reflejo de la historia. 

No se entienda por eso, que el que esto es- 
cribe sea partidario de la anarquía ling^iística 
ni del menosprecio á nuestras gloriosas tradi- 



PRÓLOGO 1) 

ciones idiomáticas, pues sabe y confiesa que el 
lenguaje de hoy se basa, en el de ayer, y que, 
cualesquiera qué sean las novedades que trai- 
ga consigo el progreso, siempre será la vieja 
masa de giros y vocablos, la que forme la esen-- 
cia y la índole de las lehgnas. De allí la con- 
veniencia de un constajite comercio con los 
clásicos para conservar el genio de aquéllas y 
no permitir se deforme su íntima estructura. 
Por lo demás, ácí como el que hablase hoy día 
como don Quijote, nos parecería tan demente 
como él, de la misma manera, quien escriba 
ahora como se escribía cuando lá bíitalla de 
Lepan to, debe parecemos digno de un mani- 
comio. 

- Las lenguas son fuerzas criadoras, cómo lo 
es todo organismo destinado á vivir, y dentro 
de ellas, cada uno de nosotros, todos nosotros, 
somos operarios que trabajan en su perenne 
evolución. 



* * 



Pero ¿á qué vi^ne toda esta palabrería? Sólo 
á justificar el nombre de costumbrista que me 
permito dar á mi ilustre amigo don Cayetano 



10 I^ÓLOGO 

Rodrígaez Beltrán, honra y gloria de la poética' 
ciudad de Tlacotalpan. 

Rodríguez Beltrán posee,en efecto^ como po-j 
eos en los países de habla hispana, y como con« 
tados en México, la fuerza de atención, el ojo 
penetrante y el criterio exquisito que se nece^ 
sitan para ver, estimar y comprender á la per- 
fección lo que son los tipos caracteristicos, los 
usos peculiares y la índole distintiva de una 
región; y nadie como él ha sabido apoderarle 
del signo capital y del rasgo procer que parti-» 
cularizan y señalan á estos ó aquellos climas, 
clases ó individuos. Echase de ver que el au- 
tor de este hermoso libro, fué dotado por la 
naturaleza con la afinación necesaria de per** 
cepción y de sentidos, para penetrar el signi- 
ficado de las cosas y recibir su impresión hon-* 
da y neta, sin que sus líneas máximas ó deta- 
lles caracteristicos, se pierdan ó debiliten al 
correr el camino que media entre el.objet(i®x** 
terior y la representaeión subjetiva. 

Así se echa de ver al contemplar los cuadros 
de factura enérgica y de refinado acabamiento; 
en que traza y describe todo lo que ve y le 



PRÓLOGO 11 

circunda, llevando al espíritu del lector la im- 
presión de la viviente realidad. Quien lee sus 
descripciones, experimenta la sensación de si- 
tios conocidos, grupos ó individuos observa- 
dos y tiempos vividos; como si hubiese hecho 
un largo viaje donde hubiesen tomado cuerj)o 
tangible aquellos panoramas, lugares y perso- 
nas. 

Todavía más. Quien hubiese viajado por las 
regiones que Rodríguez Beltrán describe, tal 
vez no hubiese hallado en ellas el colorido ni 
la animación que ostenta bajo su pluma, por- 
que no á todos les es dado poseer el golpe de 
vista seguro ni la imaginación opulenta del es- 
critor tlacotalpense, ni arrojar sobre las reali- 
dades circundantes, el velo de esplendor y de 
poesía que sabe él extender sobre las cosas y 
objetos que retrata. 

Florece el escritor en una región esencial- 
mente hermosa, á la orilla de un mágico río, 
que ha sido numen y encanto de poetas de al- 
tísimos vuelos. Allí cantó la inolvidable y ma- 
lograda Josefa Murillo sus amores y ensueños 
con estro delicioso: allí ha cantado Ignacio M. 



12 PRÓLOGO 

Luchichí nobles y elevados asuntos con viril 
inspiración, que ha arrancado aplausos á la 
multitud. Y dicen los que conocen el Papaloá- 
pan, que los rios del Edén no hubieran podido 
aventajarle ni en caudal, ni en limpidez, ni en 
música, ni en risueñas y románticas orillas; y 
así debe ser, cuando los himnos que brotan al 
arrullo de sus ondas, son tan dulces y acorda- 
dos. * , / 

El siguiente pasaje de Rodríguez Beltrán, 
perteneciente al primer cuento de esta hermo- 
sa colección, no va en zaga al más inspirado 
de los cantos de los vates tlacotalpenses: 

«Lentamente la niebla empezó á disiparse: 
pálidos reflejos y tímidos colores ascendían del 
caserío húmedo y del césped irisado: las som- 
bras humosas que borraban obstinadamente el 
paisaje, iban con fuerza esfumándose arroja- 
das por las claridades tardías. — De trecho en 
trecho desgajábase la neblina; la luz, á tiempos 
tenue y radiosa á ratos, incendiaba los árboles 
y coloreaba las ribems descubriendo un dila- 
tado monte ceñido de un cielo azul y sereno. 
No sería posible exj)resai: el color del agua 



PRÓLOGO 13 

en esa hora: salían del río vahos misteriosos y 
descubríase él agua en parte turbia, después 
azulosa, y ya que el sol- había dispersado la 
neblina, tersa y tranquila, como claro azófar 
^n que se espejeaba el risueño paisaje costa- 
nero, mientras en el puntiagudo campanario, 
calentado por los tempranos reflejos y som- 
breado j)or las altas casuarinas, se desperaza- 
ban las campanas, y quedas* primero, avivadas 
en seguida, se resolvían alegres, vocingleras y 
tenaces, en repiques que llamaban á misa.» 

El cuadro no hubiera podido ser más her- 
moso, aun cuando, para mayor lucimiento, hu- 
biesen entrado en la composición el prestigio 
del ritmo y la música del consonante. 






- El genio observador de Rodríguez le lleva 
á ser esencialmente descriptivo: sabe pintar 
como pocos; es un artista de pincel mágico 
para eso de trazar panoramas ó esbozar perso* 
najes. Su obra es una constante y enérgica 
descripción. No se pica dé inventor de dramas 
ni de tejedor de intrincados argumentos; sus 



I969iik 



14 PRÓLOGO 

asuntos son claros, breves y sencillos. Lejos de 
querer impresionar por el desarrollo de la ac- 
ción, empéñase en producir efecto (y con bri- 
llante éxito en verdad) sólo por la exactitud 
del dibujo y por el tono caliente del colorido. 
Cierto estoy de que los anhelos de tan docto 
escritor tienden fundamentalmente á arrancar 
á sus lectores exclamaciones espontáneas de 
este linaje: «¡Así es!> «jMe parece estarlo 
viendo!» Mas tengo para mí que, si Rodríguez 
quisiese escribir verdaderas novelas, j)roduci- 
ríalas de muy subidos quilates, pues tiene 
fantasía de sobra para inventar asuntos de 
vivo interés y para desarrollarlos con admira- 
ble maestría y lengua gentil y emocionante. 
Díganlo sino sus cuentos «Abigeo» y «Por una 
copa» que, aunque meramente fotográficos de 
los tipos del ladrón del ganado y del degene- 
rado ebrio, producen una impresión hondísima 
en el ánimo del lector. La descripción de los 
tres tíos en el «Abigeo», es de mano maestra: 
«El tío Groyo enteco de carnes, quemado del 
rostro, de cabeza chica, como para bien conte- 
ner un muy flaco entendimiento y una menos 



PRÓLOGO 15 

feliz memoria; pelo blanqueado por los años; 
patiabierto de piernas y patojo de andadura... 
Tío Chepe ofrece cómico contraste con el viejo 
Goyo; si aquél es canijo, éste es obeso; si aquél 
peludo de cabeza y flaco de entendimiento, 
éste es recalvastro y de agudo ingenio; no hay 
razón para llamarle chaparro... desmesurada- 
mente tiene desarrollado el abdomen, con una 
j)aiiza tal, que la banda ceñida con fuerza no 
es bastante á, reducir su exagerada prolonga- 
ción... Cuanto tío Gonifacio — como de buena 
manera le llamaban — es tostado, y de tan alto 
tueste, quQ tira á negl'o; sus ojos son profun- 
dos dentro ^e unas muy hundidas cuencas; 
esquiva y traicionera la mirada; taimado en el 
decir y pastoso en la i3harla; delgado y derecho 
como un pino y alto y recto como un roble, 
no obstante BUS sesenta años...» 

Seria preciso trasladar aquí todo el cuento 
para dar á conocer las bellezas de su estruc- 
tura y los primores de su limpia dicción. 

Reina en la colección un aire tal de andalu- 
cismo, que á las veces se le figura al lector 
estárselas . habiendo con el libro de algún flo- 



16 



PROLOGO 



rido autor del Mediodía de España: y á no ser 
por este ó aquel vocablo propio de la tierra, 
ingerido en la narración, nadie creería que 
Rodríguez Beltrán fuese mexicano (1). Esto 
proviene, sin duda, por una parte, del hecho 
histórico de haber sido poblada la región del 
Oolfo casi exclusivamente por andaluces, y 
además, de la mucha y bien aprovechada lec- 
tura del autor, quien, á juzgar por su estilo, 
debe saber los clásicos al dedillo. Y lo que da 
un sabor más pronunciado de españolismo á 
los cuadros que el autor fielmente dibuja, es 
que personajes, costumbres, toda la vida, en 
fin, que en ellos se mueve, son netamente ibe- 
ros, como si aquellos lugares y aquella región 
no fuesen más que un rincón distante y extra- 
viado de nuesti'a antigua metrópoli. 

Hay, además, otra circunstancia que hace 



(1) Nació en Telacotálpan en 1866, de padres del mis- 
mo origen. Í3erce el magisterio y la teneduría de libros 
en aquella ciudad, y se formó en los planteles locales de 
enseñanza. Aunque podría brillar en México mismo, no 
quiere salir de su pueblo, porque dice, sin duda, como 
Plutarco: «Soy de un lugar pequeño que no quiero aban- 
donar, por temor de que se haga más pequeño». 



mmm 



B^«MI^^^*4V^*«I^^V* 



PRÓLOGO 17 

simpática esta colección, y es el amor que su 
autor muestra y revela á su terruño, cosa no 
acostumbrada en nuestro país entre poetas y 
novelistas, generalmente inclinados á lo fan- 
taseado y exótico. Rodríguez Beltrán describe 
con amore los tipos de su región, complacién- 
dose en presentarlos á nuestros ojos para que 
los gustemos, aplaudamos y amemos. El libro 
entero, de j)asta á pasta, parece, en efecto, de- 
cirnos: «A ustedes que no tienen la fortuna de 
conocer estos panoramas pintorescos, estas 
costumbres originales y estos tipos prestigio- 
sos, van destinados estos cuadros, para hacer- 
les participes de mi entusiasmo y de mi admi- 
ración». Y, en efecto, después de leer los 
«Cuentos Costeños» siéntese viva simpíiüa ha- 
cia los tipos y cosas que en ellos figuran, y 
ardiente deseo de conocer algún día de visUj 
los escenarios encantadores que la pluma del 
autor ha sabido exhibir tan gallardamente. 
Esto no quita, con todo, que Rodríguez Bel- 
trán se manifieste descontento do su produc- 
ción, aunque en ello no hace más que revelar 

COINTOS.— 2 



^¡■■Il^ 



18 PRÓLOGO 

aquel grado de modestia, que es indicio de 
mérito verdadero. 

He aquí lo que á este propósito me dice en 
carta reciente: «Mis «Cuentos» son en su ma- 
yor parte desmañados, se resienten del medio 
en que vegeto y del trabajo en que vivo; no son 
puramente costeños; es decir, que no todos 
tratan de asuntos costeños; pero el hecho de 
haber sido escritos por un costeño, bien puede 
ser motivo para darles ese titulo á falta de 
otro más apropiado. «Dorotea», entre ellos, 
será el más genuinamente costeño; pues en él 
retrato á la mujer j)obre de este pueblo, de 
mi querido terruño, tosca é ignorante, pero de 
sentimientos delicados y altezade alma, tanto 
más de admirar, cuanto que carece de educa- 
ción; si admitimos que los sentimientos y las 
sensaciones se modifican con los medios edu- 
cativos empleados para desarrollarlos...» 

Y, en efecto, «Dorotea» es un cuento deli- 
cioso, cuya protagonista, mujer fea y vulgar, 
pero de corazón de oro, recoge á una hiiértana 
á quien no socorren personajes ricos, la cría y 
educa esmeradamente á costa de grandes pri* 



PRÓLOGO 19 

vaciones y logra, al fin, verla casada y dichosa, 
antes de entregar el alma al Criador. Como se 
ve, la trama es sumamente sencilla; pero se 
muestra tan esmaltada con finuras de ejecu- 
ción y realzada á tal punto con la pintura de 
nobles y delicados sentimientos, que es una 
pura filigrana del principio al fin, y una espe- 
cie de bálsamo para el corazón que desfallece 
de tristeza y desaliento en medio de las mise- 
rias de la vida. ¡Dichosa tierra aquella donde 
hay una naturaleza tan hermosa y unos cora- 
zones tan buenos! 



* 
* * 



El autor de los «Cuentos Costeños» es un 
pensador en todos conceptos y un hombre de 
alta cultura intelectual, como lo ha demostrado 
en numerosos y aj)laudidos escritos; y muy 
especialmente en un librillo de pequeña forma 
y bastante pobre edición, que anda por ahí 
disputado de mano en mano, con el titulo mo- 
destísimo de «Atrevimientos literarios». Cri- 
tica, historia, filosofía, alteza de ideas, profun- 
didad de miras y una muy cuidada prepara- 



20 PRÓLOGO 

ción científica y literaria, lucen y resplandecen 
en osa serie de breves ensayos, para honra y 
prez de su autor. 

Lo castizo de su lenguaje, lo vario y rico de 
su vocabulario, y las notables y meritorias 
cualidades que he numerado, hacen de Rodrí- 
guez Beltrán una personalidad bien definida 
en nuestro actual mundo literario, pese á lo 
lejano del lugar dónde florece y al pequeño 
escenario donde vive. 

Siempre fué Veracruz fecundo semillero de 
inteligencias preclaras y de glorias artísticas 
para México; pero hoy por hoy, es más que 
eso todavía, porque elevándose por ese camino 
(en compañía de Yucatán) más arriba que los 
otros Estados de la República, háse erigido en 
Sinaí de la inspiración nacional, constantemen- 
te encendido por los explendores del numen. 

José López-Portillo y Rojas 

México, julio 14 de rJ05. 



• • . 



• « 



1 • 



• ■• • • • 



• • . • . 

* • * • ••* 



I 



El coloquio. 

Estábamos en Octubre. 

Ya los vendábales, más frescos que recios, 
habían suavizado la antes cálida temperatura, 
oreando las calles y secando las charcas; ya 
había pasado el cordonazo de San Francisco, 
sin dejar rastro de estrago ni recuerdo de tor- 
menta; las mañanas comenzaban á sentirse 
frías, y los nublados y neblinas á ser pertinaces 
como avanzados pregoneros de los fuertes 
aquilones. 

La señora encargada anualmente de El Co- 
loquio, se preocupaba también con la fatigosa 
rebusca de personajes para la representación 
por Navidad; contaba con San José y con Juse- 
pe, que era buen contar: dos mozalbetes de 
aficiones teatrales muy bien medradas; pero 
faltaba para complemento una docena de acto- 
res entre zagales, santos, Herodes y centu- 
riones. 

Y la cosa no era para estarse quieto esperan- 
do á que se ofrecieran tan indispensables perso- 
najes, sino que precisaba ir á la casa de cada 
quisque, conquistar al papá, si la solicitada era 



22 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 



r'f 



doncella, ó á la m,am?i; ái nU=)zo-; lecurrirála 
súplica y al rue¿?o para allanar dificultades; 
todo hecho -con tíAtrte'féi, dlfho con- febfe: y: ex- 
presado co'uijí^'étiésxaíiilia y '/dé tandípiámatica 
suerte, que los padres quedaran convencidos 
de las envidiables disposiciones de los futuros 
actores, cuando ya la señora se había dado á 
pertinentes murmuraciones por el penoso tra- 
bajo de conseguir la venia de padres contuma- 
ces y de cómicos imberbes. 

Mas no dolían fatigas ni importaban 'resque- 
mores una vez que sólo se carecía de la Virgen, 
que ésta, por ser de papel principal en la come- 
dia, se encontraría precisamente por eso. 

Hallóla, por fin, la heroica conquistadora, en 
una doncella cabal, de catorce abriles por cum- 
plir, pero muy en sazón por aquellos ojos ne- 
gros con reflejos tentadores que amortiguaban 
largas pestañas-, por aquellas afiladas líneas 
del rostro, alegrado con unos labios frescos, 
ondulantes, de boca casta y discreta, á la que 
hacía traición un hoyuelo bien puesto en mitad 
de la barba; por aquel seno de prematuras cur- 
vas que se esforzaban en contener las estreche- 
ces de la camisa, velada por las dobladas pun- 
tas del pañuelo. 

Los preparativos prosperaban notablemente; 
todos sabían sus papeles de corrida y aún po- 
nían algo de su cosecha para realzar y más mo- 
ver las decaídas escenas; pero quedaba un difí- 
cil asunto: el de los trajes. 



EL COLOQUIO 23 

La buena señora, que se hacía lenguas con 
alabar la humildad evangélica de San José y la 
Virgen, engrandecer la gallardía y donaire de 
Rebeca y el tino y gracejo de Jusepe, corregía 
bien pronto estos muy legítimos arranques, al 
pararse á considerar la tarea de vestir con tra- 
jes adecuados á una veintena de cómicos, que 
tan presto eran dóciles y decidores, como lue- 
go suspicaces y zahareños. 

El toque estaba en recurrir al cuarto donde 
se guardaban, de años atrás, embelecos, peri- 
follos, pelitriques, cintajos, angaripolas, amén 
de trapos, vestimentas y trofeos; guardarrope- 
ríade teatro olvidada allí por temporada; pero 
de la cual habíanse de surtir desde la Virgen 
María hata Herodes Ascalonita. 

Y la señora, muy de mañana, abrió el cuarto 
con gran chirrío de la puerta tan largo tiempo 
cerrada: entró la luz, rienté y juguetona, sal- 
tando en cambiantes y matices de los áureos 
galones de empolvadas libreas á las argentinas 
lentejuelas de mantos y paramentos; besó con 
sus fulgencias los cascos abollados y las lanzas 
despuntadas; y en torrentes rútilos fué á mi- 
rarse en la luna de un espejo que por ahí esta- 
ba, el cual espejo, al recibirla, destelló por los 
rincones del aposento una claridad tranquila y 
sostenida. 

Necesitábase revolver y escudriñar en aquel 
montón de trajes incompletos y de armas si- 
muladas; completar las vestimentas y seriar 



24 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

los vestuarios cii or.Jeii de indumentarias; para 
ios santos sobraban túnicas y velos por abun- 
damiento de trapos; para los pastores y zaga- 
la, no faltarían gregüescos, chaquetas, polai- 
nas, zapatillas, faldellín, coselete y zagalejo; en 
cuanto á Ilerodes, que andaba en lenguas, que- 
ría aíiuellas trusas rojas con cuchilladas ama- 
rillas que asomaban por debajo de un yelmo 
deteriorado; y cuenta que las trusas sirvieron 
en apurada ocasión, y á maravilla, para el En- 
rique VIII de Ana Bolena... Conque de rey á 
rey, ¡qué diablosi 

De este conjunto multicoloro, el sesudo meo- 
llo de la señora sacaría partido y telas para la 
discreción de las tijeras y la habilidad de la 
puntada, que las mujeres poniendo la aguja en 
costuras hacen lo mismo el regio traje de un 
monarca que el denigrante sayo de un ajusti- 
ciado. 

La cerrada puerta, que caía á la calle, estaba 
asediada de muchachos que husmeaban por el 
ojo de la cerradura; y fué para los tales cosa de 
fiesta cuando vieron abierto el postigo de la 
ventana contigua á la puerta; porque se arra- 
cimaron en los barrotes, y á cabezadas y ma- 
notones ganaron los mayores el para ellos cie- 
lo abierto, dejando á los pequeños en espera de 
ocasión y turno para encaramarse á regalar 
las ávidas miradas con los prodigios íjue había 
dentro. 



LL COLOQUIO 25 

;Y losojazos que abría aciuclla cliusma de 
rapaces ante el anuncio de cada porleiiloi 

Aquí libreas completas recamadas de galo- 
nes y entorchados: allí jubones, ropillas, casa- 
cas y chaquetas; allá dalmáticas con armif\o, 
zagalejos chillones y faldas desteñidas; acullá 
traje ala antigua española, en cuyas prendas 



Aquí libreus completuB... 

se erguía negro sombrero con altanera pluma 
de luengas y airosas barbas; y en todas partes, 
ya hacinados, ya dispersos, una variedad de 
coloridas telas y de brillantes galones y lente- 
juelas. 

Pero lo que más despertaba la curiosidad y 
provocaba la envidia de los rapaces, era aquel 
casco— verdadero casco do Belisario,— todo él 



26 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

de hoja de lata, con la visera rota y el casquete 
abollado que, grave y ufano, como pendiente 
de un trofeo, estaba colgado de un clavo. 

¡Cómo perdían la escuela por esos días los 
granujas callejeros! 



II 



Era la mañana nublada y fría en aquella vís- 
pera de Pascua. 

Las luces del amanecer ocultábanse veladas 
por los cendales vaporosos de las nieblas, que 
en grises sudarios amortajaban el sol y entris- 
tecían el día: la tierra estaba sin matices v el 
cielo sin nubes ni colores; el río se adivinaba 
correr sordamente rebujado bajo el manto es- 
peso de la bruma; los aleros del caserío gotea- 
ban y el césped, que alfombra las calles, blan- 
queaba por el rocío; entre las nebulosidades 
que limitaban el horizonte hasta ponerlo al al- 
cance de las manos, venía ronco y desapacible 
el silbido lejano del caracol llamando s\ pasaje- 
ro desde la opuesta orilla. 

Lentamente la niebla empezó á disiparse; pá- 
lidos reflejos y tímidos colores ascendían del 
caserío húmedo y del césped irisado; las som- 
bras humosas que borraban obstinadamente el 
paisaje, iban con fuerza esfumándose arrojadas 
por las claridades tardías. 

De trecho en trecho desgajábase la neblina; 
la luz, á tiempos tenue y radiosa á ratos, incen- 



EL COLOQUIO 27 

diaba los árboles y coloreaba las riberas des- 
cubriendo un dilatado monte ceñido de un cielo 
azul y sereno. 
No seria posible expresar el color de! agua 
1 hora: subían del río vahos misleriosos 




ag'uJo campanario 



y descubríase el agua en parte turbia, después 
azulosa y, ya que el sol había dispersado la ne- 
blina, transparente, tersa y tranquila, como 
claro azófar en que se espejeaba el risucflo pai- 
saje costanero, mientras en ei puntiagudo cam- 
panario, calentado por los tempranos reflejos y 
sombreado por las altas casuarinas, se despe- 



28 CAYETANO KOI>R*(iniZ HELTNAN 

rezaban las campanas, y quedas pnniero. avi- 
vadas en seguida, se resolvían alegres, vocin- 
gleras y tenaces en repiques que llamaban ó 
misa... 

No es punto este para contar con prolijos de- 
talles las escenas de «El Coloquio»— ilíbreme 
Dios!— pero es parte bastante á volver el pen- 
samiento á sen liados lugares, el recuerdo de 
Navidad. 
Así vemos á María, arrodillada, unidas las 
in actitud beatifica y 
los ojos, de mirar 
), hacia arriba, como 
i esperara la revela- 
ina; con el manto ca- 
: hasta los pies en 
losos pliegues para 
realzar la natural 
dulzura del porte 
humildey honesto, 
Y Rebeca, la be- 
lla zagala, ni sedi- 
' ga: zalamera y ga- 
llarda, de muy 
buena estatura y 
de mejores carnes; 
de cabellera negra 
con los reflejos azu- 
lados del acero al 
Y IteUeca la bella zagala... temple, f]UO 60 dOS 



EL COLOQUIO 

trenzas, macizas y gruesis, le ixijalja iȒji 
pLilda hasta besar con las puntas ensorti 
orilla de la falda; los ojos tan negros como el . 
cabello y las cejas, no son grandes, pero muy 
acertadamente puestos, tanto que alegraban 
todo el conjunto del rostro que, en riéndose, á la 
par se reían ellos, cual expresión de júbilo que 
le salía antes á los ojos que á la boca; de voz 
tan dulce y bien timbrada que no lo podía ser 
más. Vestía zagalejo de lustrosa tela, coselete 
de terciopelo negro, almilla blanca que dejaba 
descubiertos los lor- 
neadosbrazos,delan- > 
tal rojo con adornos 
amarillos y, para co- 
ronamiento de su es- 
tiella figura, llevaba 
un sombrerillo de pa- 
ja, alón y copudo, 
con largas cintas pen- 
dientes hacia atrás 
que se echaban á vo- 
lar gallardeándose 
con giros vistosos de 
av ecil laseampest res. 
Jusepe, garrido mo- 
zo que hacía cum- 
plida pareja con Re- 
beca, tenía boca sa- 
lerosa que sacaba ri- 

SadeláilimO mí-Saba- Jusepe, garrUu muzo 



30 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

tido; por traje le pusieron chamarreta en vez 
de zamarra, holgados gregüescos con pemiles 
hasta las rodillas, medias rosadas, alpargatas 
y, á la cabeza, un muy pequeño sombrero, sin 
contar con la zambomba que á cada paso re- 
zongaba sin motivo. 

Y comenzaban á echar por esas bocas sus 
papeles: 

Jusepe. —Este camino es mejor 

que el que va por el barbecho. 

Rebeca.— ¡Qué le jace, si é má largo 
que una soga! ¡Descansemu 
porque ejtoy de tal aquel 
que no tengo ya en mi cuerpo 
erüeso que me sepa bien! 

Rebeca, que patojeaba á causa déla jornada, 
se sentó al raso juntamente con Jusepe, y des- 
de aquí siguió el diálogo sabroso, intencionado 
é intenso, con gran contentamiento del publico 
que le placían y solazaban las crudezas y re- 
moques de Jusepe y el gracejo y desenfado de 
Rebeca. 

No era para Jusepe malograda la ocasión que 
en ello se le ofrecía de hacer reir hasta las ro- 
pas á los espectadores, y bien que las aprove- 
chaba, recogiendo en pago buena cosecha de 
aplausos. 

Eran de verse los visajes y de oírse la parle- 
ría que soltaba al descalabazarse con el miste- 
rio de la mudez de su amo, el viejo Zacarías; y 
el empeño que ponía en ponderarle las largue- 



EL COLOQUIO 31 

zas porque no lo tenía á raya en eso de su nun- 
ca curada glotonería; y con un terno aquí y un 
despotricar allá, cómo encajó la nueva de la 
preñez de la ama que, con ser vieja papanduja, 
estaba en víspera de alumbramiento. Y luego 
la incredulidad de Rebeca, por punto muy de 
dudarse, y tan puesta en razón por su natural 
rustiqueza; y la hazañería y el festojo con que 



matizaba los'palabras para acabar por creer el 
dicho indiscreto de Jusepe. 

Estallan en esta charla, cuando suenan de 
pronto pastoriles instrumentos. 

Rebeca, que se quejaba de tenor los pies des- 
hechos, las coyunturas rotas y dolorida la ca- 
beza, se levantó desalada con el triscar de ca- 



--— ■ » '■-' 



32 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

bra inquieta; siguióla Jusepe; aprestó la zagala 
con viveza las castañetas, el pastor no se en- 
tusiasmó menos y, al roncar de la zambomba 
y al repique de Rebeca, bailaron regocijados y 
cantaron de contento. 

* 

Viene Herodes arrastrando largo manto que 
cubre toda la escena; descubiertas hasta el mus- 
lo las piernas, quizá para hacer visible lo pati- 
zambo de ellas; lleva la corona ladeada, el ju- 
bón acuchillado, el cinto ceñido y colgada la 
espada; se pasea con más insolencia que majes- 
tad por el proscenio; ardiendo en ira escucha 
al ministro (según rezan los papeles; pero cen- 
turión, ó casi, por el descabalado traje) que leía 
el edicto del Imperio. 

Acabada la lectura, estiró Herodes las cejas, 
y se rehizo presto, como esperando que le con- 
vencieran razones y le inclinaran ruegos, para 
decir al cabo unos malos versos. 

Y terminó yéndose por la escena que retem- 
blaba bajo el peso de su soberbia herodiana. 

Sucede á este paso la salida de Jusepe y de 
Rebeca. 

En Jusepe estaba de ver y de lastimar la 
queja por el cambio de amo: ya no habría to- 
rreznos que devorar, ni ovejas que desollar; 
al hartazgo, abstinencia, y á la abstinencia, 
pena. 

Y entre otras lamentaciones contó, aumen- 



EL COLOQUIO 33 

tando este pasaje y cercenando aquel lance, el 
desaguisado que le ocurrió cuando fué á Belém, 
caballero en tardo borrico con más mataduras 
que cuartago viejo; y entre sustos y aventu- 
ras, que Sancho no las hubo mejor— si no se 
trae á la cuenta la del famoso manteamiento- 
padeció nuestro Jusepe tal numero de desdi- 
chas y tan graves desazones con el pregón del 
censo, por trastocar el mandato, que se dio por 
sentenciado á la pena de degüello. Y no valían 
los consuelos y consejos de Rebeca para conte- 
ner las lamentaciones de Jusepe, porque erre 
que erre se daba por degollado; y se le metió 
tan hondo en el caletre esta idea, que juraba y 
volvía á jurar que al rebaño no se iba y en la 
montaña quedaba para resguardo del pregón 
que con voces y trompetas anunciaba tamaño 
degoUamiento. 

Para Rebeca era burla y engañifa la alharaca 
del pregón, ó pretexto de Jusepe para quedarse 
zangandungo en largo tiempo. 

Andando en estas y otras tales, asomaron 
por la vereda dos 'bultos, que en vién lolos Ju- 
sepe puso pies en polvorosa seguido de la Re- 
beca. 



* 



A la quietud de la escena en que sale San Jo- 
sé con larga túnica, manto corto, bordón refor- 
zado, duras sandalias y enorme calabaza, que 
lo hacían pei-egrino aunque no hubiese cami- 

CÜ*l«TO^. — 3 



34 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

nado dos palmos, retornó á presentarse Jusepe 
aconipañ ulo de su hermana Rebeca (pues á la 
postre resultaron hermanos de leche) y como 
Rebeca siempre fué archivo de los secretos de 
Jusepe, cuéntale las historias que el rabadán 
les narraba á la lumbre del brasero en las no- 
ches de tormenta, y de manera tan embrollada 
y en punto tal de gracejo, que el público fes- 
tejó por muy grande cosa las historias de Ju- 
sepe, 

Lomas interesante del relato vino á interrum- 
pirlo un centurión de visera resplandeciente y 
amenazante espada, que fingía con bravura 
grotesca degollar al cuitado de Jusepe-, huye 
Rebeca de arma tan percuciente, y el zagal, ad- 
vertido del peligro, se turba al extremo de ser 
estorbo la lengua para hallar palabra de espan- 
to y grito de queja, como si carne y hueso se 
convirtieran en piedra. 

El postizo centurión— pues no era otro que 
Isacío, rabadán de la majada, con un semblan- 
te muy de matasiete, exclamó: 

c(Dime, cobarde, villano...» 

Y en razón del vituperio y por fuerza de la 
espada soltó el pecho á gimotear Jusepe; tem- 
blequeando de las piernas y con peligro de los 
gregüescos que se le venían á las corvas, se pu- 
so de tal suerte á implorar, que daba lástima 
oirle aunque fuera de mentira el quebranto del 
degüello. 

Y tras el fraude del soldado y la oferta de 



EL COLOQUIO 35 

Jusepe de volverse á su rebaño, salió el pastor 
masque á escape á mudarse de grcgücscos. . . 



Isaac con la barba á pelluzgones, Jiisepe he- 
cho un ovillo y Jacob metido en la manta, for- 
inan rueda sentados á la falda de una loma. 
Hablaba Jacob de un vinillo que se sentía en la 



Isaac con lu barba Á peltuzg-ones... 

boca y de unos ricos buñuelos para que el har- 
tón de Jusepe se comiera las manos al pensar 
en ellos. 

En esta charla Jusepe echó un repertorio de 
chistes y de agudezas, si buenos para reírlos 
las mozas, no menores para gruñirlos las vie- 
jas; mas dejando consideraciones aparte, vol- _ 
vamos al corrillo de pastores: 

Ec abren las allbi;as. si no repletas no c.\- 



36 CAYETANO RODRfüUEZ 

liaustas; el pan sale para las migas y el morte- 
ro para hacerlas; luego la bota— henchida has- 
ta el pezcuezo y alzada como pirámide— pasa 
de mano en mano, después de haber pasado de 
gaznate en gaznate; y como aquella hartura no 
fué de pan y leciie, por remate se calentaron 
las cabezas y las lenguas se pusieron estropa- 



inlr de aultes ubujü 

josas; agotados de razones enmudecieron, para 
refugiarse en las profundidades del sueílo. 

Mas Jusepe — ;siempre el ladino de Jusepe;— 
que se quedó en vela por recuerdo del degüe- 
llo, entre dispierto y encandilado, ve venir de 
nubes abajo un ángel, que ya en tierra anun- 
ció álos pastores la nueva del nacimiento de 
Cristo en la humildad de un pesebre. 

Se levantan todos despavoridos; suenan las 



EL COLOQUIO 37 

músicas; las luces clarean la obscuridad de la 
noche; y pastores y zagalas, y mozos y raba- 
danes, al son de las cornamusas y al estruendo 
de las gaitas van camino de Belem, tras las hue- 
llas luminosas del alado paraninfo... 






De afuera entra el repique canoro y solemne; 
vagan por las bóvedas del teatro, en ecos alen- 
tadores, las broncíneas campanadas, acallando 
la recitación de los representantes y amenguan- 
do la armonía de los cantos; sale el auditorio á 
borbollones, con los rostros placientes de caii- 
dorosa alegría y las bocas de á palmo festejan- 
do con largas carcajadas las crudezas de Juse- 
pe y el donaire de Rebeca sin importarles los 
cómicos un ardite, los dejan diciendo el final de 
sus papeles á las sucias bambalinas, para salir- 
se todos á la misa del gallo, de la cual han ya 
sonado dos Hámadas. 

Por sobre de la muchedumbre que invade la 
iglesia fulguran las ceras y brillan los nimbos 
y las aureolas de los santos que, en sus horna- 
cinas, están prendidos de flores y olorosos do 
incienso; el órgano gime sus notas religiosas y 
graves, gorgoritean los pitos de agua; los pan- 
deros, al golpear de los parches, resuenan la 
ristra de cascabeles v el sochantre entona el 
«Gloria in excelsis Deo.» 

De entre los patios parpadean los farolitos 



38 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

de colores; las calles se pueblaa de parrande- 
ros^ y allá, á lo lejos, por cima del murmullo 
de la iglesia y del vocerío de la cristiandad en 
vela, los gallos tempraneros quiquiriquían, y 
se escucha el contrapunto del arpa y el villaur 
cico llano y templado: 

«¡Ábranse esas puertas, 
rómpanse esos quicios, 
que á la media noche 
ha nacido Cristo!» 



II 



Soledad... 

cí... ven pronto. 

)>Es una niña; tiene tus ojos y tu boca. Si vie- 
ras cómo sonríe. iNo tardes, ven! 

))Esta la dirijo al primer puerto en que toque 
tu barco. 

)V.Adiós!... voy á arrullar á nuestra hijita y á 
verme en sus ojos..- no, en tus ojos, porque 
son iguales á los tuyos, negros y grandes... 

))Tu esposa 

Carmen.» 

Así decía el final de la carta que acababa de 
recoger el capitán del barco ccCarmen» en el 
correo, donde estaba inscripta con el número 
2,347 en la lista de «rezagos». 

¡Era padre! Hacía ocho meses que andaba 
mar afuera; el viaje se presentaba productivo 
sin ser la ganancia fabulosa. 

iQué regocijo volver al hogari 

Una niñi, bella y rubia, encontraré en la cu- 
na; se parecerá á su madre; pero Carmen, por 



40 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

una fantasmagoría del carino que me Uene.croe 
ver en sus ojos mis ojos y en su boca mi bo- 
ca... iSoii tan buenas las mujeres cuando quie- 
ren do verasl 

Y el soliloquio siguió por ahí con todo el tra- 
sunto de una novela. 



n todo el traBuiiio 

El valieiitu marino hubiera querido que el 
barco tornara en hélice sus pesadas velas, ó 
llevar, como Ulises, los vientos favorables den- 
tro de pellejos para disponer ¡1 discreción de 
ellos... pero aun así el buque retardaría su sa- 
lida, porque era necesario tomar carga para 
completar el íletamento en el puerto inmedia- 
to. Cuoslióa de veinte días. 



SOlÉDAt»... 41 

Acabado de tomar el oCarmen» la carga, se 
hizo á la vela en día despejado y fresco, con la 
mar tranquila, cual si fuera balsa de aceite, y 
viento favorable; con ocho días de igual tiem- 
po, tomaba la barra y llegaría el buque en un 
santiamén al puerto de su destino. 

En el viaje la mente del capitán no estaba 
ocupada más que por el pensamiento de su 
hija; la retrataré tan luego llegue— fantaseaba 
—así la tendré siempre en mi camarote en las 
largas y continuas ausencias que me imponen 
los viajes; después me ocuparé en otros cuida- 
dos para con mi primogénita... 

Llegó al término de su viaje: al distinguir so- 
bre el horizonte diáfano la punta aguzada de la 
cúspide del campanario y el penacho airoso de 
las gallardas palmas iqué alegría tan intensa 
conmovió su alma! iSu hijita estaría en la cuna, 
dormida quizá, con la boca sonriente y la ma- 
dre embelesada velándola el sueño! 

Atracó el barco al muelle; entregó el capitán 
los documentos aduanales al celador marítimo, 
y violento, con una curiosidad inusitada, y 
una vehemencia extrema, llegó á la calle en la 
cual habitaba; le dio un vuelco el corazón: las 
puertas de la casa se veían cerradas y las per- 
sianas de las ventanas corridas; todo triste y si- 
lencioso. Aunque no había avisado su pronto 
arribo, su ilusión paternal esperaba encontra- 
á su esposa en el corredor con su hijita en bra- 
zos itienen tan sutiles presentimientos los cor 



42 



CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRSN 



razones enamorados! pero srtlo el silencio y la 
tristeza respondían á su anhelo. 

Estaba en el quicio; dio quedo con el alda- 
bón; á los pocos instantes de espera escuchó 
crujir de faldas, en seguida el chirriar del pica- 
porte; abrióse la puerta... ¡Enrique!... ;Car- 
meni.., y cayeron ambos esposos en un fuerte 
abrazo entristecido 
por muchas lágri- 
mas... despulís, hu- 
raños.mudos, enro- 
jecidos los ojos por 
el llanto, inustioslos 
semblantes por el 
duelo, lomados de 
las manos para sos- 
tenerse en la dos- 
gracia, entraron oii 
ia alcoba: allí esta- 
ba la cuna vacía, 
las ropas blancas 
semejando moiUóii 
de plumas del ave- 
cilla que murió en el 
nido por la garra 

sangrienta de alevosa carnicera; ¡ni una queja, 
ni un reproche: un torrente de lágrimas, la mi- 
rada suplicante interrogando al cielo, y allá, 
bajo la sombra trémula de los ci preses, una ca- 
jita blanca tragada por el hondo y hambriento 
surco de los obscuros senos de la muertei 



III 



A remo y sin sueldo. 

Alberto nació pobre por herencia como otros 
son ricos por lo mismo, pero tenía una cuali- 
dad que bien se compadecía con su pobreza: 
era muy trabajor, con toda la sufrida abnega- 
ción de los mártires. 

Alberto se hizo maestro de escuela, que e(iui- 
valía en aquel pueblo á meterse brujo. 

Vivía en un cuchitril, del edificio del misnio 
plantel; comía en una fonda, y por propia ma- 
no se remendaba los pantalones y le ponía los 
botones á la camisa. 

Gastaba en lo más preciso, sin que se supon- 
ga que andaba mal trajeado hasta parecer 
mendigo. 

Pasaron años y Alberto seguía en la escuela 
de cípane lucrtodo», para ganarse el mezquino 
pero suficiente sueldo que alcanzaba á no de- 
jarlo morir de hambre en su humilde condi- 
ción de soltero económico y morigerado, sea 
dicho en alabanza del maestro. 

De pronto la vecindad, que siempre andaba 
á la husma, notó un cambio repentino en las 
hurañas costumbres y en el antes invariable 



44 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

traje del maestro: el sombrero de fieltro que 
usaba hacía cinco años fué substituido por uno 
flamante; el pantalón raído, por otro de corte 
elegante; cuello inglés lustroso en la camisa y 
corbata luciente y vistosa por sobre la abri- 
llantada pechera; los zapatos de suela clavetea- 
da, y entre ambos con tres remiendos para ha- 
cerlos más duraderos, por otros acharolados y 
con un viso y un rechino muy de señor. De re- 
traído que era volvióse sociable: concurría al 
café á jugar carambolas; á la botica á echar su 
párrafo con el corrillo; al zócalo á dar vueltas 
al son de la música de las retretas; al pórtico 
de la iglesia á tiempo de la salida de misa; al 
casino los domingos á entablar un partido de 
paco, y al teatro, cuando había función de afi- 
cionados, ó cuando trabajaba alguna compañía 
lírico-dramática, aunque de la legua. 

¿Quién había influido de manera tal en el áni- 
mo de Alberto hasta el extremo de transfor- 
marlo por completo? 

¿Le tocaría el premio mayor de la Lotería 
Nacional? 

¿Heredaría de algún tío y por «ende» rico? 

Ni la lotería ni ningún tío habían hecho el 
milagro. 

No tenía el curioso sino ver hacia la ventana 
de la casa de enfrente de la escuela donde Al- 
berto vivía para encontrar el hada que, por 
arte de taumaturgo, cambio tan brusco había 
opera 1(^. 



A V.KÍ10 Y SIN SL'ELlíO 45 

Morena: ojazos negros, profundos, circuidos 
de largas pestaílas y adornados por unas cejas 
crespas, abundantes; nariz un tanto remanga- 
da, ni chata ni larga; boca mediana, más grande 
que chica, con labios híimedos. carnosos, rojoS; 
grueso el inferior y ondulante y fino e! supe-. 
rior; barba perfecta, si es perfecta la barba se- 
miredonda; este i-ostro corónalo por caljcilos 



Morena: ojazos uegros, profuudí 



46 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

negros, sedosos y espesos; en cuanto al cuerpo, 
no tendríais más que recordar ía esbeltez de la 
c<yagua)) y el junco cimbreño de orillas del río. 
Así era de guapa la novia del «escuelero», como 
mordaz y solapadamente le llamaban las veci- 
nas envidiosas y las solteronas en estado penoso 
de celibato. , 

Algunas visitas en presencia de los padres de 
la futura; regalos y serenata la víspera del santo 
de Matilde (que así se llamaba la doncella) su- 
mas y restas; lecciones á domicilio; operaciones 
de contabilidad en libros de mercachifles; artí- 
culos para el periódico de la localidad; trabajos 
y economías vinieron á determinar el casa- 
miento de Alberto con Matilde. 

* 

.V. ^. 

Entre dos vacaciones se casó Alberto. 

En la primera amuebló c<el nido»— como le 
decía el poeta del periódico en el cual escribía 
—con modestia, pero con ese reflejo de la lim- 
pieza que es tan grata á la vista; en la segunda 
se corrieron las amonestaciones y las publica- 
tas y el maestro se casó al término de ellas. 

Su idilio estaba hecho carne, hecho realidad, 
hecho caricia... Matilde era suya, no dejaría de 
ser su compañera sumisa y amorosa. 

¿Qué le importaba la lucha larga y sostenida, 
si ala vuelta del rudo batallar encontraría el 
premio á su victoria con un beso, con un ha- 
lago casto y perfumado?... 



A REMO Y SIN SUELDO 47 

Las necesidades apremiaban: un hijo vendría 
4 colmar la dicha de aquel hogar pobre y ven- 
turoso. 

—Ya sabes, si es niña se llamará como tú, 
Matilde... 

— iNo, hijito, que lleve el nombre de tu santa 
madre! 

iQué buena eres, qué nobleí 

Y un beso prolongado sellaba las proposicio- 
nes. 

Alberto no se daba tregua: de la escuela á los 
tenduchos á asentar las operaciones del día y á 
despachar la correspondencia; de allí á almor- 
zar en un vuelo; en seguida, á la Redacción á 
corregir las pruebas; acabada la labor, otra vez 
á la escuela; en la tarde, la propia y fatigosa ta- 
rea hasta la noche. 

Nació el primogénito: una niña rolliza y chi- 
llona como un cachorro. 

¡Qué júbilo en la casa! Alberto estaba loco de 
puro contento. ¡Trabajaré más pero soy padre: ^^ 

—exclamaba en sus soliloquios de alegría. Y se 
encontraba con fuerzas nuevas para pegarse al 
remo. Pediría trabajo al Notario y escribiría de 
noche en las horas que le dejaran libres las 
otras ocupaciones. 

Entre mimos y cuidados creció la niña blanca 
como un vellón y rubia como una espiga. 

Alberto trabajaba á todas horas; lo mismo de 
día que de noclie. Hacía copias al Notario, ar- 
tículos para el periódico; con tenderos y comer- 



48 CAYETANO KODRÍGL'LZ BELTIiÁN 

ciaiites siempre tenia trabajos extraordinarios, 
tales como formación de inventarios, balances 
de fin de año, ocursos, etc., etc. Casi no le que- 
daba tiempíj para dedicarle una hora do diaria 
í» su esposa y otra de caricias á su pequeñita, 
la cual estaba próxima á ecliar los dientes: el 
trabajo, el traljajo aniquilaba con sus recios 
s de acero la existencia de Alberto. 



Y del tanto trabajar y del mucho pasar las 
noches en vela, vino la enfermedad A postrar 
en el lecho al luchador de todos ios días. 

Tirado en la cama, sin un amigo, sin un con- 
suelo, con ia pequeñita enferma y la costilla en 
cinta, pasaba las horas largas y tediosas del que 
sufre abandonado. 

Los pocos ahorros para el futuro parto se los 
tragó la enfermedad, esa carcoma que tantos 
estragos hace en la hacienda del pobre. 

Y como una desgracia nunca viene sola, su- 
cedió que teniendo Alberto un mes de estar en 
cama, recibió una comunicación del Alcalde, 
en la cual se le decía, por estilo oficinesco, que, 
ó concurría á ias clases, ó se declararía vacante 
el empleo... 

¡Cuánta filantropía: 

<-. — 1 — — ,)Qg desfallecidas por la reciente 

1 papel y lo arrojó con asco. 

n sus añjs de servicioi lAsi su la- 

sidua!... 



A REMO Y SIN SUELDO 49 

¡Qué se perjudicaría la instrucción!... iCuál si 
no supiera él cómo andaba la enseñanzai 

Se encerró en un mutismo tenaz; y allá en las 
visiones de su imaginación debilitada veía pa- 
sar sus días de lucha perenne; su llegada al ho- 
gar después de un trabajo continuo de doce ho- 
ras; sin hartarse de cstricias con su hijita, sino 
ir á la chitacallando hasta el lecho para no dis- 
pertarla, verla dormida con la boquita entrea- 
bierta y sonriente, las manecitas apretadas co- 
mo si ocultaran algo; besucarla quedo y mie- 
doso, y andar otra vez á chitos á la salida para 
no interrumpir sueño tan reposado; y de se- 
guida idarle cima al trabajo de la noche hasta 
que se extinguiera la vela de espermai... 

¡Infamesi— pensaba—yo que no he tenido ni 
domingos, ni días de asueto, ni huelgas, ni har- 
tazgos, ni holgorios, anhelaba un día entero 
para mi familia, para mi hijita, para tenerla en- 
tre mis brazos y verle hacer sus gracias; echár- 
mela á la espalda y pasearla al galope por la 
casa, como si fuera Cabalgando de veras; be- 
sarla á mi antojo, debajo de la barba, en el co- 
gote, para hacerle cosquillas; ponerla á horca- 
jadas sobre mis muslos y cantarle, mientras 
imito el trote de la cabalgadura: 

«Corre, borriquito, 
vamos á Belén, 
¿ ver á la Virgen 
y al niño también» 

CUESTOS .^4 



50 CAYKTANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Y... iiiadai... lel trabajo, el deber, prohibién- 
dome estos castos y dulces goces de la paterni- 
dadl 

Alberto fué dadu de alia por el médico; está 
convaleciente de la fiebre y cesante déla ayu- 



eutoncea el padre se ta monta en las rodillas... 

daiitía de la escuela; tiene deudas; pero vive 
contento en su hogar con su hijita; la adormece, 
la mima, le habla; y cuando la pequeOuela le 
dice: pá... él se enloquece, la besa, la estruja 
con sus vehementes caricias; y la niña, al sen- 
tir debajo de la barbilla, ó en la nuca las püas 
del bigote del buen papá, ríe y ríe de modo 



A REMO Y SIN SUELDO 51 

loco, mostrando las encías hinchadas y rojas, 
donde se adivinan los dientes prontos á salir 
fuera; entonces el padre se la monta en las ro- 
dillas, entre prolongados besos, canturiándole 
á cada movimiento de las piernas: 

«Arpe, boppiquito, 
vamos á Belén, 
á ver á la Virgen 
y al niño también!...» 

¡Y una lágrima brota délos ojos del maestro, 
en tanto la pequeña ríe argentinamente sobre 
las dóciles rodillas que le sirven de cabalgadura i 



IV 



La cabra tira al monte. 

Y despertó de aquel sueño poblado de visio- 
nes púdicas é ¡nocentes, sueño en el cual pare 
cían huir, en contorsiones lúbricas, el placer 
desenfrenado y la orgía bestial... 

Era muy de día. 

Por la puerta de la alcoba, discretamente en- 
tornada, penetraba riente y tibio un rayo de 
sol, y en los visillos de la ventana la luz se en- 
cendía en un rojo crepuscular. 

La alcoba era pequeña y limpia; verdadero 
cuarto de soltero, donde la limpieza no luce 
por falta de simetría en la colocación de los 
muebles: aquí una silla con libros y periódicos; 
allá botellas de cerveza descorchadas; cerca 
del lecho, ropas arrojadas por la alfombra y en 
la percha un saco parecía ahorcarse de un cla- 
vo; encima del aguamanil, un espejo pequeño; 
arriba del buró un marco conteniendo una es- 
tampa religiosa; sobre una mesa redonda tazas 
con sobras de chocolate y migajas de pan, res- 
to de improvisado desayuno, según se echaba 
de ver por el reverbero ahumado y por los pa- 



LA CABRA TIRA AL MONTE 53 

lillos de fósforos que sobrenadaban en el aguar- 
diente del trasto que asomaba por la boca abier- 
ta del utensilio. 

Ella, con las señales de la trasnochada en la 
contraída frente y por las sombras violáceas 
que hacían más lánguidos los ojos negros y 
profundos; la cabellera en desorden; el afeite 
del rostro desteñido, dejando rayas blancas en 
la comisura de los labios y en el pelo de las ce- 
jas; se incorpora, un tanto rebujada en las sá- 
banas, mira en derredor, bosteza, levanta, res- 
tira y contrae los brazos para desperezarse. 

—¿Cómo vine aquí?— se pregunta. 

Y el pensamiento, en aquella soledad mati- 
nal, entra en un proceso de investigación: Ape- 
nas lo recuerda después de un esfuerzo mental: 
fué la noche de orgía: hubo baile y cena; des- 
pués de las libaciones cada pareja dejó su asien- 
to, y ella cayó como un fardo sobre el hombro 
de su acompañante. No recordaba más. 

Allí quedaron los pétalos de las rosas disper- 
sos en el mantel manchado de vino, ó pisadas 
brutalmente debajo de la mesa; las bujías pali- 
deciendo por el rayo auroral que teñía el hori- 
zonte extendido lujosamente ante la ventana 
abierta... 

Estaba ahora en cama limpia y sencilla, sin 
perfumes asfixiantes ni lazos llamativos; el to- 
cador hacía falta en la alcoba con su amplia 
luna de Venecia y sus botes de aguas aromá- 
ticas y pomadas olorosas. 



54 CAYKTVNO KOllRIGUliZ BELTRAN 

Poco á poeo fué dejando ei lecho; tomó la li- 
gera bata del respaldo de una silla; calzóse los 
chapina de raso brillante y chillón; con una 
habilidad mujeril recogióse las crenchas po- 
niéndolas en rodete sobre la coronilla y se fué 
perezosamente al pequeña espejo: estaba pálida 
y ojerosa; sus ojos parecían más negros porque 
aquel su brillo de 
saetas punzadoras 
había disminuido 
por excesos de la 
noche en vela. 

Con lentitud abrió- 
se la puerta entor- 
nada y pareció en 
ella un mozo alto y 
fornido, de risueño 
semblante y de edad 
hasta de veinticinco 
años. 

y se fué perezosa mente al es- — íQue tal de Sue- 
pejtt- ñoi iHas dormido 

bient 

—iSi!— contestó con un rubor que mal se 
compaginaba con la condición de la prostituta. 

—Dala fonda traerán el almuerzo; son las 
once déla mañana... Aquí hay agua limpia... 
(y echó en la palangana agua) aquí está el ja- 
l>ón... y aquí la toalla... 

La mucliaclia obedeció como una chiquilla; 
tomó el jabón, estregóse el ajado rostro y en 



LA CABRA TIRA AL MONTE 55 

seguida se propinó largos y ruidosos lavatorios. 

Repetidos golpes se sucedieron en la puerta 
que el joven había cerrado. 

Un sirviente traía el almuerzo. Extendió si- 
lenciosamente el mantel como fámulo acostum- 
brado á tales discreteos; puso cubiertos y panes 
que sacó de un canasto, juntamente con las 
servilletas y una botella lacrada; colocó los pla- 
tillos aún humeantes, invitando con un ade- 
mán, que quería hacer ceremonioso, á sentarse 
á la joven pareja. 

La mujer todavía estaba ante el espejo aci- 
calándose algunos mechones rebeldes que le 
caían sobre la frente; acabó de tarea tan de su 
costumbre y vino á sentarse cerca de su ami- 
go con mal encubiertos dengues, mirlándose de 
gesto. 

El almuerzo fué silencioso, quizás por la pre- 
sencia del criado; se comió poco y no se bebió 
menos. 

Una vez retirado el sirviente comenzaron las 
confidencias. 

—iCómo te llamas? 

—Mi nombre de pila es Luisa; pero en la casa 
me pusieron Consuelo. 

—¿Y cómo fuiste á parar allí? 

—Mi historia es corta y triste. (Tales mujeres 
siempre traen novelas largas á los labios, apren- 
didas en ratos de ocio y contadas á porfía con 
la melosa y discreta parla de una Margarita 
desdeñada.) 



5G CAYETANO RORKIGUEZ BELTrAN 

— iCuenta, cuenta, que tengo curiosidad de 
saberlai (Con esta insinuación el nuevo amigo 
de Consuelo se puso de codos en la mesa dis- 
puesto á esperar hasta el fin de la historia la- 
crimosa.) 

— iMi padre era un borracho: iDios lo liaj'a 
perdonado! Todos los días le daba una paliza á 



—¡Cómo te llamaB? 

mi pobre madre. ¡Escándalos, rifias, golpes, 
blasfemias fueron para ella ibendita de Diosi el 
pan de cada díai Yo era muy niña y no podía 
más que gritar; después no gritaba porque mi 
padre me lo impedía con furia salvaje... Con 
tales tratamientos mi madre se volvió ásperay 
cruel de apacible y buena que era... Nunca ha- 
bía pan ni lumbre; mi madre trabajaba hasta 
la madrugada, unas veces cosiendo y otras ha- 



LA CABRA TIRA AL MONTE 57 

ciendo tamales y empanadas para venderlas yo 
misma muy temprano en la plaza del merca- 
do... pero fueron inútiles esos recursos: mi pa- 
dre cuando venía de la calle pedía dinero, y... 
ime duele recordarloi golpeaba como un loco á 
mi madre hasta que le sacaba el dinero... (Aquí 
hubo una pausa y Luisa se llevó el pañuelo á 
los ojos.) 

— iSigue, siguei— repuso el mozo. 

—Yo crecí en aquel infierno donde nunca me 
alegró una caricia, donde siempre tenía mi cas- 
tigo por la única falta de haber nacido... Mi pa- 
dre todos los días quería dinero para írselo á 
emborrachar con los amigos... Mi madre agotó 
sus fuerzas trabajando mucho y enfermó de 
tan malos tratamientos... No había para médi- 
co ni medicinas... pedí, mendigué... en vaho... 
Yo misma hacía papelitos en demanda de prés- 
tamos apremiantes; á todos los parientes y co- 
nocidos de mi rnadre hacía esas peticiones; al 
principio me socorrieron; pero como mi padre 
era un holgazán y un borracho, acabaron por 
no darme nada... Mi madre se moría... Loca, 
desatinada, corrí á la tienda de la esquina á pe- 
dir una limosna á su dueño, que era pedirle á 
las piedras... El viejo, usurero y astuto, tras de 
ruegos y promesas, me dio lo suficiente para 
enterrar á mi madre... pero sobre mi frente 
antes pura no podía la moribunda darme un 
beso de bendición... lEl viejo miserable sellaba 
mi futura orfandad con la marca infamante 



58 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

de mi deshonra á cambio de unas sucias mo- 
nedas! 

Luisa calló obstinadamente; tal parecía que 
por su memoria, traída á aquella brusca confe- 
sión, los días negros de su pobreza y las luchas 
tenaces de su alma pasaban. 

—¿Y nada más?— preguntó el amante de una 
noche de orgía. 

— iCómo lloré la muerte dé mi madre y la 
pérdida de mi honrai —repuso Luisa saliendo 
de su mutismo.— Después rodé, rodé, tuve bo- 
fetones por caricias, verdugos por amantes y 
cautiverios y desvelos por vida... ¿Mi padre?... 
¿Quién sabe?... Quizás en la cárcel; tal vez en el 
cementerio. 



El joven quedó pensativo, casi sombrío; de 
allí á poco exclamó: 

—¿Quieres vivir conmigo?— y dulcificó esta 
solicitud, con un abrazo y un beso, que puso 
radiante y hermosa á Luisa, á manera de una 
de esas flores que faltas de luz se marchitan en 
la sombra y de pronto sienten sobre sí la ar- 
diente caricia de un sol de primavera.— Aquí 
no tendrás lujos ni riquezas; soy huérfano co- 
mo tú; me faltan también cariños en el mun- 
do: mi prometida me engañó cuando creía ha- 
cerla mi esposa... ahora ninguna me acepta; 
las pobres, porque dicen que puedo seducirlas; 
las ricas, porque suponen que busco su dinero. 



LA CABKA TIRA AL MONTE 59 

El trabajoy el nombre de mi madre son loses 
timulos que me sostienen en la lucha. Mira, 
aquella imagen, es un recuerdo de mi madre, 
es mi ünica reliquia, es todo lo que tengo de sa- 
grado en mis creencias... Kn cuanto lo demás, 
sé trabajar, soy robusto y estoy saludable, el 



y dalcifieó esta aolidtud con un abrozo y un beaa . 

porvenir puede ser mío... iQuieres vivir con- 
migof 

-iSíl 

y desde aquel día, Consuelo, la de la historia 
pecaminosa, dejó la bata amplia y diáfana por 
la enagua de cambray y el pañuelo de seda; el 
peinado alto de estilo griego por las modestas 
trenzas; la media calada de colores provocati- 
vos por la media blanca y honesta; el choclo ó 



0) CAYETANO RODRÍGUEZ BKLTRÁn 

chapin ostensible de raso por el serio zapato de 
cuero inglés. 

Vivían más como hermanos que como aman- 
tes, por aquella armonía continua, por aquella 
apacibilidad de caracteres tan buscada en la 
vida marital, 

Luisa disponía los 
quehaceres domés- 
ticos y aun perso- 
nalmente los ejecu- 
ta ba con la solaayu- 
da de una criada; 
salía poco por re- 
huir un encuentro 
con sus antiguas 
compai'ieras de 
prostitución; á ve- 
ces se atrevía de no- 
che á pasear por ca- 
lles solitarias y le- 
janas del brazo do 

«II nniantP Y deede aquel día Consuelo, 

SUanianie. ¡^j^ ,^ hiatoria peoami- 

Por sobre de la oosa, dejó la bata- 
estampa— recuerdo 

de la madre del mancebo,— puso el mismo hijo 
el retrato de la meretriz, no por un sacrilegio, 
sino por una exigencia de mujer caprichosa y 
vana. 

El rostro antes ajado de la que fué Consuelo, 
tenía los tintes de la juventud, tal vez porque 
había arrojado la máscara que llevó en la vida 



LA CABRA TIRA AL MONTE 61 

mundanal; no sabemos si para ocultar un re- 
mordimiento ó para seducir á los hombres. 

En aquel cuarto de soltero, cambiado por la 
coquetería cortesana y por la laboriosidad fe- 
menina, en alcoba vistosa y perfumada, pare- 
cía que se albergaba la felicidad, adormecida 
por el amor y amparada por el trabajo. 

Fué un sábado. 

Luisa pretextando salir á compra urgente, á 
eso de las dos de la tarde, se vistió como para 
ir á la fotografía; su marcha precipitada cree- 
ríase una fuga. 

Dieron las ocho de la noche y Luisa no vol- 
vía; el amante mozo comenzó por alarmarse 
con tp.maüa ausencia; concluida la tarea de su 
comercio, tomó la calle para respirar en aire 
pleno, porque dentro de aquellas paredes, en 
las cuales creyó tener cautiva la felicidad como 
la esperanza en el fondo de la caja de Pandora, 
se asfixiaba. 

Anduvo calles sin rumbo fijo á modo incons- 
ciente de sonámbulo; eran las dos de la madru- 
gada cuando se retiraba, desvelado y mohino 
hacia su cuartito, antes tan lleno de ilusiones; á 
distancia percibió el chacharear de voces feme- 
ninas, y á medida que se acercaba al lugar de 
donde salía el guirigay iba oyendo distintamen- 
te el canturrear aguardentoso de libertinos y 
rameras. 

Entre aquella parranda de mujerzuelas co- 
noció la voz timbrada de Luisa, de la infeliz 



62 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

que recogió del lupanar por uno de esos arran- 
ques generosos tan propios de la juventud. 

Se ocultó á espiar al grupo escandaloso. 

Ya de cerca, á la luz del macilento farol, vio 
á Luisa borracha, con la caricia obscena en los 
labios pecadores y la impudencia desenfrenada 
en las ropas descompuestas. 

No supo qué hacer, si arrojarse sobre ella y 
golpearla como á una perra callejera, ó volver- 
se sin ser visto, para esconder su dolor y su 
vergüenza. 

Estaba de vuelta en su cuartito; encendió con 
lentitudla vela; se desnudó pausadamente, y 
antes de meterse en la cama, cual si recordara 
la plegaria de nhlo, se acercó al marco, tras 
cuyo retrato estaba la imagen religiosa que le 
dejara su madre: arrancó de un tirón la foto- 
grafía y la hizo mil pedazos; volvióse á la cama, 
apagó la luz, maldijo de aquel afecto que le se- 
dujo, prometió domeñar su añoranza con vo- 
luntad de acero, y dijo, rebujándose en las sá- 
banas: 

— iCochina!...para quedarse dormido. 



Ab Intestato. 

iSe muereí 

iQué venga el médicoi ly el curai 

¡Llame usted á los vecinos! 

iPronto, pronto, que se nos queda en las ma- 
nosi 

Así gritaba la criada única de doña Reme- 
dios, vieja octogenaria y rica, que hacía treinta 
años que se estaba muriendo entre pócimas, 
ayudas, rezos y médico. 

Llegaron los vecinos, ocurrió el médico y 
después el cura, y la casa convirtióse en una 
babilonia, 

Quien proponía un baño de asiento^ quien 
una lavativa, otra— vieja dada á brujerías— au- 
torizaba á la criada que le pusiera debajo de la 
axila un sapo muerto. iQuite usted de aquí— 
reprendióla el médico— lo que necesita es repo- 
so y no brujerías! 

Y el médico tenía razón: en aquella casa se 
oía un ruido de diez mil de á caballo; una pe- 
día agua hirviendo; otra aguardiente alcanfo- 
rado; la de más allá linaza para una cataplas- 



ma; y la criada preparaba un sinapismo de mos- 
taza, mientras, en medio, arrodilladas, había 
dos docenas de viejas que aturdían con el gori- 
gorl de la oración de difuntos ante el chisporro- 
teo de una vela que alumbraba á una vetusta 
estampa. 

La señora doíla Remedios volvió del parasis- 
mo; abrió los ojos y tornó ácerrarlosal ver tan- 
ta gente que invadía su alcoba. 

El cura hizo un ademán y despidió á toda 
aquella turba oficiosa; el médieo pulsó á la en- 
ferma, extendió un recipe y dijo á la criada: 
una cucharada cada hora hasta que se termine 
la medicina; en caso de otro desmayo me lla- 
man; y despidióse de aquellas personas. 



1 ademán y despidió & toda aquella turba 



AB INTESTATO 65 

Dcña Remedios, hecha un esqueleto torrado 
de pellejos lacios, estaba entre sábanas, sacan- 
do la cabeza de lecíiuza, mal coronada por 
unos mechones amarillentos; toda ella era un 
emplasto, y no sé cómo abría de componérse- 
las el médico para aplicar una medicina de uso 
externo. 

Lo que padecía la señora doña Remedios eran 
los achaques de la vejez, que quería combatir 
á fuerza de drogas y de dinero, siendo que el 
dinero no da la juventud, sino que suele qui- 
tarla cuando cae en manos pródigas. 

Doña Remedios había despachado al otro 
mundo á más de un marido— y cuenta que fue- 
ron tres— que habían caído en el garlito; es de- 
cir, que, mozos y con prendas personales, cre- 
yeron quedarse viudos antes de tres meses, y 
les salió la nuez vana; pues murieron á poco de 
contraer nupcias, dos de congestión cerebral— 
no sé si por abuso de la buena mesa— y el últi- 
mo de lo propio, porque llegó á ponérsele el 
cuello corto como de buey. 

Malas lenguas— abundan cien por noventa y 
nueve buenas— decían que doña Remedios ma- 
taba á sus maridos con las drogas de su reple- 
to botiquín; pero no había tales encantamien- 
tos, sino que la vieja era dura de pelar. 

La criada sólo quedó de la familia de la seño- 
ra valetudinaria; pues doña Remedios no hubo 
prole, y no era para tenerla; puesto que no se 

CUBaTOB.— 5 



66 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

había casado ni en primeras ni en últimas bo- 
das con ningún Zacarías. Tenemos, pues, que 
Is, enferma per sécula consideraba como de su 
familia á la criada, y la criada ¡oh avariciai se 
tenía formada su novela para después que la 
vieja muriera. Seré la única y legítima herede- 
ra—pensaba— supuesto que la difunta— cuando 
realmente lo fuera— no tendrá sucesión. 

Y el deseo inmoderado de heredar la traía 
siempre en desasosiego. 

Y á cada ataque de la señora una esperanza 
fallida; porque doña Remedios no se moria ni 
con cien años encima. 

Cuántas veces la criada, á la hora de las ca- 
rreras en busca del médico y del cura manifes- 
tando sobresalto y pena, echaba una mirada 
de soslayo á la cama para ver si doña Reme- 
dios agonizaba; y otras, cuando el gorigori de 
las viejas rezadoras, suspendía el rezo comen- 
zado para pensar ioh sacrilegioien la muerte de 
la vieja. 

En cambio la vieja acartonada no veía en las 
crecientes solicitudes de la criada más que mi- 
ras mercenarias y mezquinas: Todo lo hace por 
mi dinero; si no tuviera ni una peseta, me de- 
jaría morir aquí como un perro; es una hipó- 
crita, una malvada. iPero qué buen chasco se 
va á llevan ¡No le voy á dejar ni un real, todo 
se lo dejaré, cuando esto vaya de veras, á la 
Vi)*gen de Candelaria! 

Y en uno de esos parasismos, que la vieja 



AB INTESTATO 67 

creía que no iba de verdad, cerró el pico sin lia- 
cer testamento. 

La criada se dio á todos los demonios; gritó, 
lloró, pero en vano, porque no heredó más que 
las drogas de la señora que no cabrían en la 
rebotica de «La Tlacotalpcfíao. No obstanfe os- 



lo, un leguleyo metió pleito al ab intestato, co- 
brando honorarios para la criada por asisten- 
cia en la enfermedad de doña Remedios y no 
consiguió la fámula si no perder sus pocas eco- 
nomías; pues el firtíiíflcftero cargó con el santo 
y la limosna, dejando á la criada sin un centa- 
vo en el bolsillo... 



VI 



Dorotea. 

Nació pobre y quedó huérfana cuando no su- 
po darse cuenta de su desgracia; creció entre 
las hurañías de unos parientes lejanos, y se sal- 
vó de las asechanzas del mundo por la fealdad 
con que la naturaleza la dotó desde los prime- 
ros días de una triste y desvalida infancia. 

Sola á la muerte de aquellos parientes, que 
fueron sus verdugos en vez de sus protectores, 
se refugió en el trabajo. 

Para ella el duro trabajar no era la sentencia 
del Eterno en los primeros días de fa Creación, 
sino una mera condición del estado de la mujer 
pobre y honrada. 

Era Dorotea— pues el nombre de pila pareció 
acordarse con lo desmedrado de la humani- 
dad de la huérfana—alta de cuerpo y amoja- 
mada de carnes; el pelo corto y escaso; depri- 
mida la frente, en que las cejas ralas ponían 
cerco íi las órbitas hundidas, escondite de unos 
ojos negros, húmedos de mucho llorar y sin 
reflejos del mucho velar; los pómulos salientes 
hacían más achatada la nariz de lo que en justi- 



cia era-, la boca grande, con gruesos labií« que 
al reír, en vez de mostrar alegría on el rostro, 
lo descomponían con una mueca horrible; los 
brazos muy escu- 
rridos, como cani- 
llas; seco el pecho; 
las manos con nu- 
dillos como avella- 
nas, y enormes y 
juanetudos los pies. 
En el habla tenia 
entonaciones dulces 
cuando reía ó reza- 
ba, y ásperas y en- 
ronquecidas cuan- 
do se enfadaba -que 
para bien de Doro- 
tea sucedía pocas 
veces;— andaba fla- 
ca de iifemoria y 
pul)re de entendi- 
miento; de escribir 
nosabiani hacer un 
palote, y de leer j 
apenas deletreaba 
tal cual nombre con 

una canturía de echarse á rcir; de oraciones 
estalla de antaño repleta su cabeza, y en dando 
el toíiue vespertino, érala primera que mascu- 
llaba: oEl ángel del Señor anunció á María...» y 



70 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

de hilo entonaba la del Ángelus sin equivocarse 
ni una coma. 

Con la aurora se levantaba, y el ruido mo- 
nótono y acompasado del metate de Dorotea, 
despute del canto del gallo, era el primero que 
se oía de mañana en el vecindario. 

Los lunes á remojar la ropa sucia que de fue- 
ra lavaba; el martes, le daba un ojo de agua; y 
mientras el sol secaba el tendedero, ella se ocu- 
paba en moler chocolate que de tiendas y casas 
le encargaban; otras veces, en iguales acasio- 
nes, hacía dulces para la venta callejera, ó ta- 
males, que de todo ello siempre tenía seguros 
y abundantes compradores, porque unosy otros 
los aderezaba de chuparse los dedos; de tarde 
en tarde mataba este ó aquel cochino que com- 
praba lechón, á fuerza de escaseces, y aprove- 
chaba verraco tras larga y sufrida cebadura; y 
con la matanza del cerdo, la ganancia venía 
segura y bien medrada, aparte de que sobraba 
manteca para el gasto, y chicharrones y longa- 
niza para regalarse algunos días, y, con el re- 
galo y la holgura, olvidar las comidas ordina- 
rias de sopa y olla por cotidiano alimento. 

De costuras andaba mal, y mucho que lo llo- 
raba Dorotea, porque no fué por falta de dili- 
gencia de ella» sino por sobra de avaricia de sus 
parientes, que la traían de puerta en puerta 
con obstinadas rifas, ó con voceadas ventas de 
bocadillos y alfajores para aumento de la po- 
bre hacienda y lucro de los follones tíos. 



!S, cuando llegó á mujer, la quitaron 
de andar callejeando, no por el riesgo de liber- 
tinos y comadres, 
sino por hacerla su- 
dar el quilo, pegán- 
dola con crueldad 
de cadena perpetua 
á la batea; lavaba y 
lavaba todos los 
días, y para la cos- 
tura no hubo ni un 
momento ni ningún 
cuidado; sólo los do- 
mingos, y en unas 
que otras noches, la 
obligaban á zurcir 
y remendar los mi- 
serables trapos de 
sus tios; pero ni 
aprendió á sacar hi- 
los ni sui>o de reji- 
llas, y cuantoal bor- 
dado, era cosa de 
hadas para las ma- 
que la traían de puerta en 'collna-iti v rp- 
puerta con Obstinadas rifaB... "^^ Cauosas y re 
gordidas por la íve- 
cuencia con que estaban en el agua al lavar en 
la batea. 

En medio de estas pobrezas y de este traba- 
jar con ahinco y sin pena, tenia los domingos 
sus ralos de placer, de recocijo, de asueto, ó 



» _ » 



7'2 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

como quiera llamárseles, que de cualquier ma- 
nera nombrados eran buenos para Dorotea; su 
primer gusto era ir de madrugada á misa; de 
vuelta echaba el maíz al cerdo— si tenía algu- 
no á la engorda,— y á las gallinas, que nunca 
le faltaban; acabada de cumplir esta obra de mi. 
sericordia, tan infringida en su persona, bebía 
el parco dasayuno, y en seguida se regodeaba 
con regar unos cuantos rosales que crecían y 
floreaban con gala y exuberancia en un rincón 
del patio; las flores las tenía como un regalo 
para la vista, quitada en esos momentos de co- 
sas vulgares, y para el olfato, que necesitaba 
delicia para esparcimiento de un espíritu can- 
doroso y bueno como el de Dorotea. 

Murieron uno tras otro los parientes de la 
pobre lavandera; no sin pena los enterró cris- 
tianamente, y con sus ahorros pagó el costo de 
las humildes exequias de su tía y de su tío, que 
' Dios dispuso se fueran casi juntos al otro mun- 
do, para beneficio de la maltratada huérfana, 
víctima de la. holganza y superchería de geptes 
que, á título de parentelas, lucran y expeculan 
con la miseria. 

Al correr del tiempo, este afanar y nunca 
medrar de vida en que se consumía la existen- 
cia de Dorotea, vino á aumentarlo un suceso 
desgraciado. 

Acababa de morir en el barrio una señora de 
larga data postrada con incurable y tenaz do- 
lencia, de esas para las cuales no encontrando 



DOROTEA' 73 

los médicos panaceas, recetan pa iativos hasta 
el último trance; así, pues, vino la muerte por 
remate para aquella señora, no menos sentida 
con estar de cierto esperada: y la desgracia no 
estaba, á pesar de serla, en la muerte de la en- 
ferma, sino en que una niña quedaba huérfana, 
sin. nadie en el mundo, sola y pequeña para des- 
pertar en los humanos pechos la clemencia y 
el consuelo. 

Después de rezado el último rosario, se pre- 
guntaban las vecinas qué harían por aquella 
huérfana; y con excusas unas y con pretextos 
las más, todas evadían el compromiso de reco- 
ger y amparar á la pequenuela, que sollozaba 
y lloraba sin saber por qué. 

Los ricos y acomodados del vecindario cerra- 
ron su corazón con la doble llave del egoísmo 
y la avaricia. 

Uno de ellos decía de sobremesa: «Yo trairía 
aquí á la huérfana, porque al fin y al cabo, no *' 
sería un sacrificio para mi bolsillo; pero luego 
las responsabilidades cuando sea mujer, los 
noviazgos y...» 

Otro, caritativo y benefactor— honorabilidad 
que había conquistado con poner siempre su 
nombre, el primero, en la lista de cualquier do- 
nativo y en dar de limosna un centavo á cada 
pobre de la balumba que se viene obstinada- 
mente á las puertas todos los sábados,— rehu- 
saba hacer la verdadera caridad de llevar á su 
ladoá la tierna huérfana. 



t t 



74 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

Sucedió que entre consejos de familia y con- 
ciliábulos de egoístas se pasaron los días, y 
nadie volvió á nombrar á la pequeña ni á pre- 
ocuparse de su suerte. 

Dorotea noignoraba lo que pasaba en la veciur 
dad; había concurrido á dos rosarios en noches 
en que sus ocupaciones no fueron urgentes: en- 
tre los corrillos que se formaban después del 
rezo de difuntos, había oído hablar de la orfan- 
dad y del abandono en que la jnadre muerta 
dejaba á la infeliz criatura, pero supuso con su 
natural bondad, que no faltaría gente acomo- 
dada del barrio que amparara en su casa á la 
huérfana, y no sospechó, ni por un momento, 
del duro trance en que la pobre niña se vería. 

Mas un domingo, de boca de doña Petra- 
vieja que todo lo indagaba para comentarlo 
con labia, aumentarlo con maña.y censurarlo 
con dureza,— supo que ni el acaudalado don . 
Liborio, ni el comerciante don Timoteo, con to- 
da su riqueza el uno, y con toda la aureola de 
filántropo el otro, recogieron á la huerfanita. 

Al oir el chisme de la señora P.Qtra, se le pu- 
so á Dorotea el habla ronca y la mirada hosca; 
apretó amenazantes los puños, y dijo tan gran- 
des y crudos denuestos, y tales y muy en- 
cendidos improperios en contra del taimado 
don Liborio y del no menos hipócrita de don 
Timoteo, que no hay suerte de palabras con 
que estamparlos aquí para mengua y castigo 
de egoístas y mojigatos. 



Volvió Dorotea á su casa en uii soplo eoii 
aquello que habia escuchado de la boca siem- 
pre abierta para palotear, de la atisbadora dofla 
Petra, haciéndole fuego en la cabeza y saliéit- 
dole en las protestas con una vehemencia poco 
aeostumlirada por la sufrida lavandera. 



Al oír el chisme de la seíiora Petra se le puso ft Dorotea... 

Pasó el sofoco y de mala gana desq:ranó las 
mazorcas y de igual modo arrojó los granos ó. 
las gallinas que esperaban ansiosas el alimento 
por haberse pasado la hora en que las tales co- 
mían el bocado de las mañanicas; el café lo be- 
bió de un sorbo sin tomarle gusto, más bien 



76 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

como pócima amarga que como dulce desayu- 
no; y para colmo de desaciertos olvidó el rosal, 
que rojo y calentado por los rayos de un sol de 
Agosto, trascendía su fragancia por todo el pa- 
tio y abatía el oloroso vaho de la olla que hu- 
meaba en la vecina casa. 

Fué aquel domingo para Dorotea de tristezas 
y quebrantos, trasiego de pensamientos fuga- 
ces y de resoluciones firmes y bien meditadas. 

En la noche, terminado el rezo de antes de 
recogerse, se metió en la cama; y revolviéndo- 
se aquí y aquietándose allá, acabó por rezar á 
ratos y hablar á solas, tan luego palabras ais- 
ladas, cual en una pesadilla, como coherentes y 
discursivas; de pronto, de igual suerte que con 
un salto por sobre palabras incompletas y dis- 
cursos reflexivos, llegó á esta afirmación: 

—Sí, pá mí y pá la probecita naá noj faltará. 

Y esta inquebrantable resolución, producto 
del batallar rudo de un escaso entendimiento, 
puso término al soliloquio para al punto que- 
darse muy sosegadamente dormida. 

iQué contenta amaneció Dorotea aquella ma- 
ñana! 

Con ese su cantar, monótono y destemplado, 
hizo correr á las gallinas á tiempo que venían 
hambrientas á la puerta del corral á saciarse 
con el grano matutino; pero repuestas de la 
sorpresa, volvieron con más gana á picotear y 



DOROTEA 77 

entresacar de los yerbazales la apetitosa pitan- 
za tan de largo deseada. 

Anduvo pronta y alegre en sus quehaceres; 
iba de un lugar á otro con paso ligero y me- 
neador, que no se acomodaba con su habitual 
recato; del rosal cortó una flor y se la puso en 
la trenza; de allí á poco, advertida de coquete- 
ría tan lejos de su costumbre y de sus años, se 
avergonzó hasta el blanco de los ojos, quitó la 
flor de su cabeza, fuese á la alcoba, y reverente 
la colocó en el jaspeado marco de cedro que 
contenía su santo «Niño de Atocha», pendiente 
de uno de los pilares de la cama. 

La niña recogida por Dorotea aún dormía 
acurrucada en una esquina de la cama; ya es- 
taba dispuesto el desayuno para la nena, como 
dio en llamarla para nombrarla con cariño. 

Y dispertó la niña, y se alegró Dorotea, y la 
miró con ojos como que nunca han visto cosa 
que de su gusto sea; y entre beso y beso, y tras 
sorbo y sorbo, reía locamente la rapaza, y 
aquella alegría fresca era para el sentir de la 
siempre infortunada Dorotea una dicha inefa- 
ble; sus ojos, antes sin brillo, fulguraban con las 
luces que les prestaba el contento; á su boca, 
resuelta á reir con regocijo, que no empañaba 
el recuerdo de ninguna pena, le faltó la sempi- 
terna mueca de antaño: era que el amor, arrai- 
gado en aquel pecho sano, pero no salido fuera 
por ausencia de persona en quien ponerlo, se 
desbordaba impetuoso, brusco, palabrero, en 



78 CAYEIANO KODKÍGL'üZ BEI.TRÁN 

el primer despci'tar, rienlc y festejado de la 
nena. 

Para Dorotea fué una bendición la compañía 
de la nena; por su parte la pequeña era de tan 
buen natural, que hacía cuanto deseaba Doro- 
lea y aprendía con precoz inteligencia cuanto 
le enseñaban, aficionándose cada ala de la bue- 
na mujer, á quien reputaba como á su única y 
querida madre. 

Desde el feliz día en que Dorotea realizó el 
caritativo propósito de quedarse con la nena, 
se levantaba más de mañana; despachaba los 
quehaceres en un santiamén para dedicarle el 
mayor tiempo posible al único tesoro que tenía 
en este mundo: la rapaceja. 

Entró la huérfana en los siete años, y llevóla 
Doroleaá la escuela, matriculándola con el nom- 
bre de María, como si quisiera darle un nom- 
bre bello en contraposición del suyo tan feo. 

Y de regreso de dejar á su hija adoptiva en 
la escuela, decía; «ya que yo no aprendí náa, 
que lo aproveche mi nena.o 



Fué una delicia cuando la pequeña trajo de 
la amiga unas mangas rejiliadas. Pá tí, mami. 
ío— decía radiante la inocente niña.— En pago 
trotea la besaba, la estrujaba con 
lOntaraces y sus miraos repetidos. 
de un cerdo dio cinco botijas de 
¡ó una ganancia de treinta pesos; 



DOROTEA 79 

Dorotea no cabía en sí de gozo; metió los dine- 
ros en una alcancía, y allí los dejó bien acom- 
pañados de otros que había de fechas atrás 
guardados con el pensamiento de ser para re- 
galo y holgura de su nena. 

A mediados de Marzo cumplió María once 
años, tan cabales y bien llevados que daba gus- 
to verla: tenía el pelo ensortijado de la nuca 
para abajo, de color castaño con reflejos dora- 
dos en las puntas de las abundantes crenchas; 
ojos negros y grandes, nariz aquilina, boca pe- 
queña, barbilla picaresca; rollizos los brazos 
con unos hoyuelos al doblarse en el lugar de 
los codos: chicas y regordetas las manos y los 
pies pequeños y combados del empeine; voz ar- 
moniosa, y en ella tal parlería que dejaba bo- 
quiabierta á Dorotea, que se veía como en un 
radiante espejo al contemplar la belleza cando- 
rosa de María. 
. Con Mayo, vino el deseo de la nena de ir á 
ofrecer flores á la Virgen; y como cualquier 
antojo de María era una orden para Dorotea, 
sin que por ello se crea que la niña pedía más 
de lo justo, de seguida sacó dinero de la ya re- 
pleta alcancía y se fué en derechura para la 
tienda á comprar el velo, la corona, tela fina 
para el vestido y medias y zapatos blancos pa- 
ra emperifollar á la mimada chicuela. 

Todas las tardes, después de reconocer la 
ropa del tendedero de la calle, hacía un ramo 
del rosal con sus toscas pero afanosas manos 



80 CAYÜTANO RODKÍGL'EZ BELTrAn 

la bonaza de Dorotea, para que las llevara á 
ufrecer ante el altar de la Virgen la guapísima 
Maiia. 

Pero cuando celió la casa por la ventana fué 
el día de la primera comunión de la nena: dis- 
puso en medio de la sala una gran mesa, ador- 
nada con albo mantel y abrillantados jarrones 
con olorosas y coloridas flores traídas de ios 
patios vecinos, que la puso en términos de pa 
recer mesa de gau- 
deamús. convidó á 
las condisci pulas de 
María, y para obse- 
(juiai'las con largue- 
za— pues á la pobre 
lavandera no le do- 
lian prendascuando 
de festejar A su hija 
se trataba— compró 
una molienda de 
chocolate con mu- 
cha almendra y no 
pixía canela, la mo- 
lió ella misma bien 
pasadita para que 
quedara que ni de 
bodas en aquel ho- 
nesto y alegre fes- 
tejo. 

Alcanzaba María 



DOROTEA 81 

estaba en verdad bellísima; con esa belleza es- 
table de la adolescencia, igual ala de la flor que 
de botón se abre galano y fresco en rica y co- 
diciada rosa; contrastando fuertemente esta be- 
lleza tan cantada de María con la fealdad cre- 
ciente de la querendona Dorotea. 

Bordaba la huérfana primorosamente ; y 
siempre tenía encargos y pedidos: ya este pa- 
ñuelo con un «Recuerdo» circundado de flori- 
da guirnalda; ya tal blus de un camisón para 
las elegantes donas de una prometida; ya una 
camisita para la canastilla del próximo fruto 
de bendición de. una pareja recién casada; y to- 
das estas costuras salían blancas, brillantes y 
artísticas de las manos limpias y hábiles de la 
maravillosa bordadora. 

Dorotea se había salido con su deseo: «mi rie- 
na no tocará el peano como muchas pelantrí- 
nas, ni andará de arrumacoj, ni náa-, pero de 
juro que cose como jooca y borda como ningu- 
na crijtiana.yy Y así era la verdad; los borda- 
dos de María llamaban la atención, no sólo por 
la habilidad y sutileza de la puntada, sino por 
el tino y discreción para aplicar los dibujos y el 
gusto para escoger los adornos. 

Estaba acostumbrada Dorotea á escuchar el 
canto de María todas las mañanas, mientras la 
bella huérfana se peinaba y arreglaba los úti- 
les para el bordado; y aconteció en una de ellas 
que la muchacha no cantó ni antes ni después 

CUBHTOS.— 6 



82 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

de terminado su humilde tocado; aquí de las 
cavilaciones y de las conjeturas de Dorotea. 
¿Qué será! ¿Estará enferma? 

Y se llegó á ella muy entrada en alarma, di- 
ciéndole: 

—¿Tienes algo, nenat 

•— iNadal Me duele un poquito la cabeza... 
— Pué de juro que hoy no hay bordao. i A la 
cama! 
—¿Pero si no es nada, mamitai 

Y Dorotea se empeñaba en acostar á la nena 
y arroparla luego. 

Al día siguiente igual mudez. 

María no cantaba con aquella su voz armo- 
niosa, que sonaba en los oídos de la vieja Do- 
rotea con el más melifluo tono de pájaro cano- 
ro; acostumbraba á escucharlo con arrobo en 
las mañanas como el de avecilla tempranera 
que, lejos de hierros cautivos, suelta jorgeo 
tras gorjeo, sin darse cuenta de la atención que 
despierta y de las tristezas y quejumbres que 
mitiga con su dulce y argentino canto... 

Volvióse Dorotea á María para inquirir el 
motivo del silencio. 

Entonces no fué la cabeza lo que le dolía á la 
nena, sino las muelas. 

Dorotea, aunque no muy perspicaz, torció el 
gesto, y pensó al instante: «aquí hay gato en- 
cerrado.» 

Desde ese instante se volvió recelosa, tacitur- 
na y husmeadora, no sin alcanzar á poco tiem- 



DOROTEA 83 

po el motivo de la desazón y melancolía de su 
hija adoptiva. Primero notó que María le eclia- 
ba llave á su almohadilla, precaución poco ó 
nada tenida por ella; después, que á cada paso 
estaba en el corredor de la calle sin haber cosa 
de llamar la atención entre los vecinos; y, por 
último, que se engalanaba más que de costum- 
bre, poniendo en su adorno menor sencillez y 
muy inmoderado afán de parecer vistosa. 

La cosa estaba adivinada sin ser una sibila: 
María andaba metida en tapujos de enamora- 
miento. 

Primeramente Dorotea sintió celos y llamó 
ingrata á María con dolor y sin vituperio; arran- 
que muy en razón si se viene á la cuenta de 
que Dorotea nunca amó, ni supo jamás de no- 
viazgos y amoríos, y de que tenía puesto todo 
su cariño para el prójimo en la huérfana, á 
condición de ver su puro y sencillo amor co- 
rrespondido, sin admitir parte para otro que no 
fuera ella; modo rústico, pero ingenuo de que- 
rer de ciertas gentes de traza y caletre como 
Dorotea. 

Con todo aquel celo salvaje de la lavandera, 
acabó por proteger los amores y conformarse 
con la parte que le correspondía de los afectos 
tiernos de su nena^ después de destarado el 
amor, casto y juvenil, para el novio idolatrado. 

Para evitar hablillas, muy de mañana salió 
Dorotea con rumbo á la casa del novio de Ma- 
ría» 



84 CAVüTANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Estaba en ella el yalán ocupado en sus lalio- 
res comerciales; en breve y seria conferencia 
explicó el por qué de su visita tan temprano: 

Ella sabía los amores de María; para el bien 
del honor de su hija, no quería ventanees ni 
telégrafos; si él amaba con honrados fines á su 
rapaza, á despachar pronto, que los pobres no 



Estaba en ella el g-alán oeiijiado en sus labores... 

necesitan mucho para casarse; con seis meses 
de frecuente trato dentro de las paredes de su 
casa, serian suficientes para que los dos se co- 
nocieran y convinieran; además, María era un 
ángel, con que... 

Y el mozo ofreció obsequiar los deseos do Do- 
rotea y empeñó su palabra de caballero, 

Dorotea, aunque torpe, no quedaba muy sa-í 



85 

Usfcclia de las palabras del prometido de María, 
por esa prevención, muy de la gente ignorante, 
(lue es resguardo de su rustiqueza. Descon fiaba 
de la palabra del novio de su hija, tanto niiis 
cuanto que María era bella, huérfana y honra- 
da, y el pretendiente, si no rico, en vísperas de 
serlo. 

Pero salió bien librada de aquel trance— so- 
jíún decía— gracias á lo milagroso de su santo 
«Niño de Atocha», á quien rezaba noche y día 
con reiteradas deprecaciones para que !e col- 
mara sus deseos-, y bien que oyó el clemente 
santo.los ruegos de la pedigüeña lavandera; 
pues el señor cura leería la primera amonesta- 
ción en la misa cantada del próximo domingo 
con que comenzaría el mes de octutjre. 

La huérfana no se daba punto de reposo con 
la aguja alistando las donas, que todas eran un 
dechado de habili- 
dad y buen gusto, 
sobre ser escogidas 
y ricas; el novio, 
por su lado, arre- 
glaba la casa con 
modestia,' como se 
lo pedía su prome- 
tida. 

Se casaron en la 
madrugada, sin rui- 
do ni ostentación; 



RODRÍGUEZ BELTRÁN 

bodas ni convidados, por io cual no faltaron 
las habladurías de las célibes jamonas y de los 
desocupados callejeros; pefo en nada empana- 
ban osas quisquillas la dicha realizada por los 
desposados. 

Dorotea lloraba, no sabemos^ de felicidad ó 
por sentimiento; y de lodo corazón daba gra- 
cias á su santo «Ni- 
ño de Atocha» por 
haberla dejado con 
vida hasta ver lle- 
var al aliar á su 
raimada nc'ía. 

Corrió el tiempo 
con la ligereza que 
acostumbra des- 

puésdel casamiento 
de María; Dorotea 
está tan anciana co- 
mo enferma; no 
mueve pie ni mano; 
Ü'oi'Z'!""""- '"^ ""' y <i«de su Mague. 
donde pasa todo el 
día, endulza sus achaques y dolencias con 
ver jugar á dos rubios niños que llenan la casa 
con sus carreras y la atruenan con sus gritos.- 
son ios hijos de María que haman abuelita con 
carino y garrulería infantil & la hoy quieta Do- 
rotea. 
Para los buenos y felices esposos es Dorotea 



DOROTEA 87 

una santa metida en un fanal, y tiene todas las 
comodidades que apetece una vejez enferma y 
fatigosa; y del cariño de cónyuges roban un 
poco para la Iraena viejecita, que siempre que- 
da, aun contando con la mayor parte cercena- 
nada á los hijos. 



Murió Dorotea al peso de los años; la lloró 



se dUtJng^ue una siempre por el uotable adorno... 

María y su esposo con bien sentida pena. Y 
allá, donde los justos moran eternamente, es- 
tará salisrecha de haber cump'.ido su deber en 
este otro mundo de miserias, mientras la dicha 
sonríe y acrecienta en el hogar que ella formó 
aquí abajo con una bondad y una ternura 
ejemplares. 



88 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 



* 



En el agreste cementerio, sobre el montón de 
cruces negras que extienden sus brazos en dis- 
tintas direcciones , se distingue una siempre 
por el notable adorno que ofrece de frescas y 
olorosas coronas-, y año con año, al caer de la 
tarde, se ve á su pie joven pareja, triste y en- 
lutada, en tanto á corta distancia cuatro niños 
corren tras las mariposas con parlotear ruido- 
so que resuena vibrante en las fúnebres ta- 
pias... 

Allí reposa Dorotea. ' 



VII 



La herencia. 

La familia había disfrutado de todas las co- 
modidades que brinda la opulencia; buena y 
abundante comida de gentleman; rica y lujosa 
casa con chucherías traídas de París de Fran- 
cia; caudal saneado y robusto á pasto de inte- 
reses; los hijos educados en el extranjero, con 
excentricidades de sajones en las adaptadas 
costumbres y sangre costeña en las venas. 

Murió el padre, fuerza motriz de aquella me- 
cánica del trabajo que producía un creciente 
movimiento de prosperidad; la máquina dejó 
de funcionar á alta presión; falta de engrane y 
de fuerza directriz, fué debilitándose hasta que- 
dar paralizado el émbolo. 

Después las piezas atrofiáronse por inercia en 
la función, desaparecieron poco á poco, y que- 
dó la pobreza, de la pobreza vino la miseria y 
de la miseria la indigencia. 

Los miembros de la familia murieron unos 
en seguida de otros, y sólo una rama sobrevi- 
vió, escueta y débil por el azote tenaz de la des- 
gracia» 



90 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Días sil) pan y noches sin sueño hubieron de 
minar la mísera existencia de aquellos seres 
que pasaban el más cruel de los calvarios: el 
viacrucis de la miseria cuando antes habían 
traspasado el pórtico del Capitolio. 

La indigencia— esa hambrienta que nunca se 
sacia,— tragóse todo, desde el mueble de lujo 
hasta los retratos de familia, para reducirlo á 
metálico, y el metálico pasarlo por el tamiz de 
la economía y convertirlo en sustento coti- 
diano. 

La pobreza, que encierra en reclusión forzo- 
sa á quienes la padecen, tenía solos y abando- 
nados á todo socorro y beneficencia á aquellos 
desheredados. 

Lágrimas abundantes que obscurecían los 
días del esplendoroso sol; insomnios que po- 
blaban las noches de pavorosas visiones, don- 
de la muerte, descarnada y fría, levantaba rí- 
gido su índice como una esperanza, donde la 
vigilia consumía las carnes y secaba el cerebro; 
noches interminables, en las cuales se buscaba 
el sueño— que siempre huía,— como un con- 
suelo; y luego todo un cortejo fúnebre de espe- 
ranzas fallidas, de locuras risibles de hipocon- 
dríaco, que sonaban el cascabel de la alegría 
cuando los pensamientos bailaban su aque- 
larre, danza macabra en las fugitivas lucideces 
de un cerebro enfermo. 

La situación iba transformándose en terri- 
ble: el suicidio, como una amenaza constante, 



LA HERENCIA 91 

suspendía sobre aquellas Cabezas, prosternadas 
por la miseria, su anatema de sangre, y mada! 
el miedo á la muerte sostenía la lucha eterna 
en que el gladiador sucumbe en el quicio de 
una tahona. 

iQué hacer? 

El problema estuvo resuelto: el padre, que 
guardaba como una reliquia el medallón que 
le dejara la buena madre al morir, sacó del 
fondo del baúl (ultima opulencia del equipaje 
de un rey José) la prenda venerada; desmontó 
los brillantes y ios vendió al platero; primero 
vendió diez, después, según apremiaban las 
necesidades, hasta el último; sólo quedaba ya 
el cerco de oro antes ricamente engastado; la 
reliquia no tenía de riqueza más que el metal 
del marco, y de culto de reverencia el retrato 
de la madre. 

Un proceso vino á llenar de más hondas ca- 
vilaciones las horas de la existencia de aquel 
desgraciado padre de familia. 

¿Vendería el oro y guardaría el retrato sobre 
el pecho, despojado así de todo objeto de lucro 
por parte de los hombres? 

¿Sería una profanación? 

Y el hambre, con sus cuencas hondas y ful- 
gurantes, sus labios contraídos, sus quijadas 
convulsas y sus manos crispadas pasó una 
sombra famélica por las noches insomnes de 
aquel padre desesperado. 

¡Veré al tendero de enfrente'.— pensó el padre 



92 CAYETANO BODKÍGUEZ BELTRÁN 

de aquella familia indigente, con la firmeza do 
una resolución iiTevocable. 

Llegó al tendajüii; sin rebuscamientos ni pin- 
turas— porque el hambre no sabe de retóricas 
—dijo á lo que iba. 

Ki tendero sacó una balanza para pesar los 
adarmes de oro. é intentó extraer del marco 
el retrato querido para sustraer Ja tara. 

—iNoi— exclamó el cuitado en un arranque 
sublime.— Sino lo vendocomo el lujo que fué de 
mi opulencia; ese no es oro que pesa quilates; 
no es moneda que liencley; es sangre de mi 
sangre, es recuerdo de mi madre dado al bor- 
de de !a tumba; representa la fortaleza para mi 



El t«Qdero eacó una balanza para pesar les adarmes d 



LA HERENCIA 93 

ánimo en momentos vacilantes de debilidad 
mundana; es lo único que me queda de un pa- 
sado que fué opulento y que se ha hecho odio- 
so... iNo!... Representa una historia, la página 
blanca de mi vida... Dadme para el sustento 
de hoy, que yo os devolveré mañana el valor 
de sus quilates... lUn día más! ..ique nuestro li- 
tigio se gane y el recuerdo vuelva íntegro á 
mis manos sin profanación, puro, inmaculadoi 

— iDoy dos pesosi... lYo no entiendo de esos 
lloriqueosi 

Y el judío tiró sobre la madera recia del mu- 
griento mostrador dos pesos fuertes, nuevos, 
relumbrantes, de sonido tentador, despertando 
[ la codicia que dormía dentro del alma del nece- 

sitado, narcotrzada por el dulce beleño del 
amor filial, mientras la muerte levantaba, por 
cima del fondo negro de la desgracia de aquel 
hombre, su índice rígido y seco como una es- 
peranza. 






VIII 



Trapos y muffecas. 

No tenía de su niñez más que un vago re- 
cuerdo, obscurecido por la austeridad de anti- 
guas costumbres que hicieron silenciosa y tris- 
te la siempre alegre vida de la infancia. 

Quizás por ello los tempranos años no deja- 
ron un rastro luminoso en la penunbra de una 
imaginación quieta y callada como las aguas 
sin corriente ni murmullos; acaso, en lejanías 
que suelen borrarse, fulgurarían crepúsculos 
de días soleados, sonarían risas infantiles que 
pasan; gemirían lloros que se interrumpen pa- 
ra sentir, en la hoy ajada mejilla, la caricia 
amorosa de una madre. 

Tal vez sufrió amarga y honda decepción 
allá en las florideces de la juventud, cuando el 
amor endulza la existencia y mata los pesares, 
cuando la esperanza vuelve los días venturo- 
sos y las noches insomnes... ¿Quién sabe?... 

El amor se agostaría en su dolorido corazón 
para trocarse en páramo, donde quedaría una 
piedad para las flaquezas humanas y un con- 
suelo para los viejos pesares. 



TRAPOS Y MUÑECAS 95 

Su vida tranquila pasaba sin interrupciones 
ni brusquedades en un aislamiento voluntario; 
para ella eran iguales las estaciones: ni la ale- 
graban las galanuras de la primavera ni la en- 
tristecían los días nublados del invierno; vivía 
en una quietud automática; alejada de diver- 
siones y paseos mundanos, para meterse en 
quehaceres y obligaciones domésticas, sólo con- 
curría á la iglesia en los domingos y fiestas de 
guardar. 

Era aquella una vida de santa en medio de 
costumbres sencillas y seculares; el rezo corto 
y frecuente; y en el pensamiento, una ardiente 
y ahincada reverencia para las cosas divinas, 
sin visos de hazañerías y repulgos de santurro- 
na, sino muy adentro sentida y muy quieta- 
mente manifestada. 

No había en ese olvido del mundo, en esa re- 
clusión habitual un egoísmo huraño, ó un pe- 
caminoso disimulo, que para haberlos, bien 
pronto el trato áspero, el mal contentadizo ca- 
rácter echarían por boca y ademanes lo que el 
pecho ocultara por hipocresía y dolo. 

Y la buena y religiosa señora no estaba sola 
en aquel su rezar ferviente; traía la imaginación 
ocupada con un infinito anhelo de amor mater- 
nal y hubo noche que viera en sueños un niño 
Dios, sonrosado y blanco, tendiéndole los bra- 
zos con solicitud filial y amorosa; y por este 
sueño y aquel deseo, contemplaba en los niños 
que pasaban locuaces para la escuela, seres 



OT) CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

• 

venturosos y bendecidos que huían de sus ter- 
nezas por una desventura de su destino; y erw 
la ií^^lesia, por las tardes del floreciente Mayo, 
en cada niña vestida de blanco y puesta de hi- 
nojos para ofrecerle flores á la virgen, seres ce- 
lestiales, ángeles sin alas que, como visiones 
seráficas, desfilaban por su mente, en tanto te- 
nía los ojos en el suelo y en sus labios murmu- 
jeaba la salve. 

Su soledad, su retiro, bien se avenían con 
este carino mental para los niños; gozaba con 
el recuerdo de mimos y halagos infantiles, y 
muchas veces se condenaba esta complacencia 
atribuyéndole pecado, no porque lo fuera, sino 
porque venía, en ocasiones, á interrumpir el 
pensamiento, todo puesto en el rezo cotidiano. 

No podía en sus imaginaciones atinar con el 
modo mañero y la ocasión oportuna de atraer- 
se á los niños para tenerlos cerca, no como un 
juguete, sino como una veneración; recordaba 
las dulces palabras de Jesús: «niños, venid á 
mí», y las glorificaba, y de este gensar no pa* 
saj^a su deseo. 

Otra vez, tras largo discurrir sin cuento y 
pensar sin acierto, ocurriósele meterse maestra 
de escuela, abrir una «amiga» para los niños 
del barrio; ella les enseñaría el abecé, la nume- 
ración y el catecismo y algunas oraciones, que 
para tales enseñanzas no se necesitaban de mu- 
chos saberes, pero el reparo de cobrar el apren- 
dizaje á padres pobres y el escrúpulo de ser el 



TRAPOS Y MUÑECAS 97 

blanco de las habladurías de las vecinas, la 
(:pntuvo dentro de los límites de la prudencia 
y del silencio, abandonando el proyecto, tantas 
veces pensado y tantas otras desecliado, para 
poner á la rebusca de recurso más expedito á 
su imaginación, tenazmente interesada en el 
negocio. 

Y con estas y con otras sucedió que un día 
encontró lo que por tan largo tiempo y de tan 
solícita manera buscaba, en un montón de tra- 
pos, cintas, retazos y encajes, que en un canas- 
to estaban guardados. 

Comenzó á revolver en ellos. 

El rojo se prodigaba desde el bermellón ple- 
beyo hasta el púrpura imperial, pasando por 
todas las tonalidades del granate, del escarlata 
y del encarnado, que humillaban con su color 
visible é intenso, al amarillo desteñido, al rosa 
tímido, al celeste pálido y al verde agreste, por 
más que éstos se ufanaban en parecer altivos 
con los reflejos que les prestaban los rayos so- 
lares, disparados de las vidrieras de alta venta- 
na; los cascabeles y abalorios que allí también 
estaban, resultaban más humildes y deslucidos 
que los mismos trapos y cintajos, por pedir 
afeite y gala á brillos falsos y á postizos alqui- 
lados, de que no usaban ni necesitaban— sea di- 
cho para ponderar su modestia— los retazos mo- 
rados, turquíes y anaranjados que, en varia- 
bles y alternativos matices, por la confusión y 

COIHTOS.— 7 



98 CAYüTANO RODRÍüfEZ BELTRÁN 

revoltijo que teiiian, se descoloraban, sin alcan- 
zar el bhllo del rojo cardenalicio y del púrpura 
cesiireo... 
¡Qué presteza para preimrar la labor! 
Entre dos credos percibió agujas, hilo y alfi- 
leres; aquí el algodón, allá el lienzo blanco, más 
ocrea la soda negra... ly á comenzar la obrai 

No necesitó de modelo; su mismo deseo la 
orientaba en la tarea: con cuatro puntadas hizo 
un bolsón amanera 
de casquete, con 
hueco sobrancero 
en lapai'tesuperior; 
enseguida lo relle- 
nó de algodón, re- 
forzándolo con la 
punta de las tijeras; 
estaba listo el prin- 
cipio; en aquellafor- 
„ . . , ,,.. ma ovoide, monda 

Entre nes credis percibiu aga- ,, , , 

ji.B, hiioy i.ifiíertí... y rellena, la seda 

negra y el acierto 
en la puntada liarían el prodigio. 

Fué cubriendo la parte posterior del postizo 
con un rodete á guisa de solideo; después, con 
mucha maña, puso en lugar determinado por 
lo agudo de su inventiva dos arcos hechos á 
fuerza de puntadas menudas con seda negra; 
estaban indicadas las cejas; á continuación re- 
pulgó desde la parte media de! entrecejo para 
abajo, con lo que malamc^c hizo una muy 



TRAPOS Y MUÑECAS 99 

achatada nariz, que de perfil quería remedar la 
línea recta del clásico corte griego; por bajo de 
esta configuración del apéndice nasal, con hilo 
rojo marcó la boca, sin ondulación ni pliegues, 
casi derecha, como esas bocas que el hombre 
primitivo imprimió en sus ídolos de piedra; fal- 
taban los ojos, la expresión de la vida en las sin- 
gularidades de aquel rostro imperfecto; no re- 
sultó cosa de mucho trabajo darle vista al en- 
gendro de muñeca: con dos abultados pun- 
tos negros, en espacio razonable entre lo que 
hacía de caballete de la nariz^, tuvo, aquella que 
ya era cabeza, ojos tan :dormidos y oblicuos, 
que envidia fueran de la mismísima empera- 
triz de la China. 

Acabados estos preliminares en menos tiem- 
po que el empleado- para contarlo, se sucedió 
el adorno de la cabeza: la raya, con una sobre 
costura blanca en medio del solideo que figura- 
ba el cabello; sobre él una cinta roja con alzado 
moño por remate; á ambos lados y en lugar en 
que, de tenerlas, llevaría las orejas, unos aba- 
lorios que brillaban con el más riente lucimien- 
to que jamás ostentaron mujeriles perenden- 
gues; en la parte sobrante, que para la inven- 
tora se antojaba el cuello y el tórax, añadió dos 
rollos largos y no poco gruesos, con los cuales 
dotó de brazos al mal conformado tronco; ocu- 
póse por término de su faena en vestir á la mu- 
ñeca: de pedazo ^ tela' celeste con encaje á la 
orilla hizo un pañuelo para cubrir el busto de 



100 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

la figura, quedando los brazos desnudos con 
las manos que parecían muñones por falta de 
dedos; á la puesta del genial pañuelo costeño, 
vino la enagua de tres interpuestos olanes, 
abombados y fruncidos con muy meditado ali- 
1^10, y, para concluir el traje, un adornado de- 
lantal negro, que le caía hasta la orla de la 
ahuecada enagua, y que por detrás llevaba lar- 
ga y ancha cinta con vanidoso lazo de plegados 
frunces. 

Y hecha la primera muñeca, se sucedieron 
las demás, dando de manos todas las cosas pa- 
ra pensar sólo en ellas; y no se desvelaba si no 
en acrecentar la tarea y buscarle cumplido re- 
galo y grande beneficio, cansándose y fatigán- 
dose así. para que huelguen y se regocijen los 
menores con el contentamiento de una muñe- 
ca que vende barata la buena señora, no por 
quitarle mérito y menoscabar la categoría de 
sus ¡nocentes artificios, sino para que mejore y 
suba de punto la afición de las rapazas para 
aquellas muñecas de trapo; esto lo practicaba 
de puro corazón, buena voluntad y fe verda- 
dera, y quedaba capaz para seguir ejerciendo 
la caridad en tiempo y forma que determinarán 
las circunstancias; porque no había cosa en que 
más se echara de ver el acomodo y habilidad 
de sus manos, que en la hechura de tales en- 
gendros, ya pequeñas y acicaladas, ya gran- 
des y esbeltas, de muy señoril porte y aristo- 
crático aliño, que hacían pensar en un país lili- 



TRAPOS y MUÑECAS 101 

putiense de mujeres casquivanas y coquetas, 
que todas ellas eran antojo y pesadilla, fiesta y 
regalo de las niñas, que en parvadas unas ve- 
ces, «por turno otras», iban á comprarlas. 

Eran aquellas muñecas, pobres y mal trajea- 
das—cuando lo estaban, que bien que solían es- 
tarlo—al igual de las niñas que las buscaban: 
formas endebles y prosaicas de un mundo de 
privaciones y de tristezas, que llevaban alegría 
al ocio corto y al asueto escaso; figuras que se 
desteñían á la luz del sol y que se desfiguraban 
á poco que el ajetreo de muchachas saltarinas y 
parloteras las llevaban de aquí para allá en un 
chacharear constante y en un arrullar temoso 
y débil. 

Venían á ser juguetes que se esconden y 
avergüenzan en presencia de esas hermosas 
muñecas de peluca blonda y sedosa, ojos mo- 
vibles de cristal, boca sonriente, entre cuyos 
labios blanquea esmaltada dentadura; de bra- 
zos desnudos y rollizos, de pies calzados con 
zapatillas de quitar y poner; con articulaciones 
en todos los miembros; de párpados que se cie- 
rran dulcemente al mecerlas en el regazo, y 
con automático decir ima— mái... ipa— pá!... al 
apretarles el epigastrio; pero estos portentos 
son muy frágiles y están expuestos á muchos 
peligros y quebrantos, como todas las huma- 
nas hermosuras femeninas; al menor descuido 
quedan sin ojos; con inesperado golpe pierden 
un brazo; la polilla y los ratones, como finos 



102 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

roedores, dan buena cuenta de la poblada y se- 
dosa cabellera; y con el mucho chillar ima— 
má!... y el tanto decir ¡pa—pá!... dejan de ha- 
blar por el estómago cómo los ventrílocuos pa- 
ra quedarse en mudez perpetua; mientras las 
muñecas de trapo mondo y lirondo no corren 
tantos riesgos ni en tales peligros caen; pues en 
vez de estar sujetas á lamentables percances, 
viven sanas é inmunes y acaban por morir de 
puro viejas para ser sepultadas en un rincón; 
al revés de las carigordas y mofletudas muñe- 
cas de porcelana, no sufren dislocaciones ni llo- 
ran quebraduras de cabeza; se están sin enfer- 
meras y duermen en cualquiera parte; y por 
más que llevan la cara tiznada de igual suerte 
que sus dueñas, no importa, que con estar 
quietas en sus casas nadie moteja la falta de 
aseo y la carencia de higiene; en cambio, las 
aristocráticas, al primer tropiezo que llevan se 
entran en cuidado y se ocultan en la enferme- 
ría y no asoman las narices ni por un cristo de 
oro... 

Así pensaba la caritativa y laboriosa señora, 
dando cima á la última muñeca que acabalaba 
una docena— la tar^a del día— para ponerla 
pendiente de una cuerda juntamente con la 
multicolora ristra que le servían de compañe- 
ras. 

Y por modo tan habilidoso estaba cumplido 
el vehemente deseo maternal; pues por la ma- 
no de aquella religiosa señora salían de trapos 



TRAPOS Y MUÑECAS lí)3 

y embelecos, cual reflejo de su ahinco, en bur- 
das pero originales figuras, los productos desu 
industria casera. 
En esa multitud silenciosa de muñecas, con 



petrificados rostros por la dureza de laslíncis, 
y con indiferente serenidad de mirar por los 
ojos sin cristales, se eterniza una sola expre- 
sión inalterable: la infinita quietud de una alma 
pura que ama á los niños sin olvidarse de ven- 
decir á Diosi 






*^A 



IX 



¡Padrino! 

—Quiero que osté sea el padrino de mi pe- 
lón. 

—¡Pero si me tienen por hereje! 

~iNo importal \Unque ywera judío, lo quiero 
de compádrel 

— iPero si tengo muy mala manoi Mire osté: 
he bautizado á diez y he confirmado á otros 
tantos, y tal parece que con mi padrinazgo les 
di el pasaporte para la eternidad: todos murie- 
ron. 

—Ansina y toóy osté será el padrino. 

—Bueno. Lo confirmaremos esta tarde; yo 
iré por él... nene á las cuatro en punto; ladón- 
de se hospeda? 

—En cá mi compadre Lucio, el que cristianó 
al pelón, ¿sabe? El vive aquí, calle derecha, á 
la güelta de aquella casa de pilares redondos.. • 

-^Sí; estoy enterado. 

—Ahora, dígame, icómo se llama la madre 
de la criatura? 

— iPd quéí 

—Pues, hombre, para sacar la boleta. 



IPADRINO! 105 

— iPmj hay que pagar contrebucióm 

— No, compadre, digo futurocompadre; es la 
boleta para llevar á confirmar al niño y... 

— Puej diré á osté... á la mama la llaman se- 
ñá. Nica... 

—No, no es eso; deseo conocer su nombre de 
pila y su apellido... 

— íAhl... su nombre ej el de Nicasia y el ape- 
tatioosss... Parada. 

— íY el niñoi 

— Cabalmente como yo: Pascasio Gorrita. 

—Muy bien... Conqueá las cuatro. 



o jo: Pascasio Gorrita!... 



106 CAYETANO rodríguez BELTRÁN 

Y quieras que no quieras, apechugué con ías 
consecuencias del padrinazgo. 

* * 

A las cuatro en punto me presenté en la casa 
de Pascasio, vela en mano y papeleta en el bol- 
sillo. 

El hijo de mi futuro compadre estaba vestido 
de camisa y calzones; pero aun le faltaban los 
zapatos, los cuales parecían rebeldes para de- 
jarse poner en los regordidos pies del candida- 
to á ahijado; después de sudar la gota gorda el 
afanoso papá, consiguió aprisionar los pies den- 
tro de los zapatos; paróse el muchacho, de pa- 
tizambo que era volvióse también paticojo; 
pues cojeaba lastimosamente por lo estrecho 
del calzado. 

Sobre la enorme cabeza del rapaz, recién pe- 
lada á rape, colocó el compadre un sombrero 
que, por haber sido medido y comprado antes 
de que el barbero despojara al pequeñuelo de 
una probable, luenga y enmarañada cabellera 
resultó holgadísimo para la ya monda cabeza, 
calándosele por ello hasta las cejas y muy por 
cima del caballete de las moquientas narices; 
así, hecho un espantajo, me lo llevé casi á ras- 
tras al pórtico de la parroquia, frente á la cual 
se arremolinaba la gente, mientras adentro 
hormigueaba, estrujándose y ensordeciéndose 
con una vocería formidable de chicos moles- 
tos; conseguí entrar; ¡valiente triunfo! abrién- 



^f^mm-^^^^^^^^^^i^^fmmm^m 



IPADRINO! 107 

dome paso con los codos; el ahijado, que traía 
el pulgar metido en la boca desde que salimos 
de sü casa, dejó de chupárselo para comenzar 
á verrequear tanto por el suplicio de los zapa- 
tos cuanto por los pisotones que en los pies ado- 
loridos recibía; esperé mi turno heroicamente, 
teniendo en una naano la vela— del grueso de 
mi meñique,— la cual se derretía paulatinamen- 
te por el calor reinante en aquella atmósfera de 
fuego, y pendiente de la otra al nene, que llora- 
ba sin interrupción y con rabieta; aquello era 
un montón de seres moviéndose en un _volte- 
jear calidoscópico; niños de distintas edades, 
que lanzaban gritos en un diapasón ensordece- 
dor, desde el que mamabaádos carrillos hasta el 
que andaba por sus propios pies, un acinamien- 
to de cabezas, por sobre las cuales apenas ex- 
hibía sus puntas la alba mitra del obispo, que . 
á diestra y siniestra echaba cachetinas á los que 
eran llevados á recibir el segundo sacramento. 

Pasó el acto. 

Ibaá salirme, porque mi flamante ahijado se 
hizo un ovillo entre mis brazos á consecuencia 
de los zapatos, cuando un señor entrado en 
años, entre regañón y consejero, me dijo: 

—Falta la bendición; toavia no se ha acabao 
la ceremonia. 

Hube de esperarme; al cabo Su Ilustrísima 
subió las gradas del prebisterio: entonces vi en 
toda su figura la alta y apuntada toca; los fa- 
miliares en número de tres se la quitaron al se- 



108 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

ñor obispo; después se puso de rodillas; en el 
fondo brillaban las luces palidecidas de cuatro 
enhiestas velas de cei'a colocadas en el ara; pú- 
sose en pie el oficiante, abrió un libro, dijo al- 
gunos latines que no oímos— ni era posible oir 
en aquella confusión de lloros y murmullos, — 
extendió los brazos y, tensos los dedos índice y 
cordial, bendijo á la apiñada muchedumbre, 
salieron todos por las puertas lateral y del fren- 
te; cargando en brazos al ahijado — enronquecido 
de tanto lloriqueo,— gané una de las puertas y 
desde aquel instante me constituí en padrino 
del niño Pascasio, que en poniéndolo en la ca- 
lle dejó de estar lacrimoso para sonreír idiota- 
mente y decirme, no sin mirarme con ojos de 
codicia: 
— La mano,píídi/ío... 

Saqué de mi nunca abundante bolsillo una 
peseta reluciente, la 
di al rapaz, y el pa- 
dre de la criatura 
vino hacia raí y me 
expresó jubilosa- 
mente su agradeci- 
miento de esta suer- 
te: 

— Graciaj, compa- 
dre. :No\e dije kosté 
que sería padrino 
La mano, padino... unqoe Juera Judíoi 



X 



La heredad. 

Quedaban en cruel y peligroso desamparo 
Luisa y Teresa. 

En su derredor hallaban el consuelo de las 
palabras, pero les faltaba el apoyo en la des- 
gracia. 

Muerto el padre, no quedaba en el mundo 
para ellas ningún deudo cercano; y sólo un tío 
en lejanas tierras venía á ser, en medio de tan 
honda tribulación, una esperanza. 

Tal recuerdo fué para las desamparadas her- 
manas la idea salvadora, que fulguraba sus 
claridades en la noche de un infortunio obscu- 
ro é impenetrable. 

Recogidas dentro de las paredes de un hogar 
modesto, no las desvelaban más cuidados que 
las siembras del patio y el gato regalón, que di- 
vertía los pocos aunque holgados ocios de las 
dos huérfanas. 

Pretendiente declarado ni novio manifiesto, 
nunca lo hubieron, no obstante que Luisa y 
Teresa eran guapas muchachas, sin que por 
serlo se crea que parecían Venus de Milo y 



IJO CAYETANO rodríguez BELTRÁN 

otras lindezas, muy de uso pai-a pqnderar las 
bellas prendas lísicas de una heroína de nove- 
la; sin embai-fío,;i falla de las líneas clásicas del 
perfil y de las osten- 
sibles ondulaciones 
en las formas del 
cuerpo, tenían ojos 
grandes y negros, 
y en el mirar tal 
melancolía y en- 
canto, que con ser 
mirados por ellos se 
olvidaban, las irre- 
gularidades , de las 
otras partes del ros- 
tro. Luisa era más 
tímida que Teresa, 
con esa timidez hu- 
raña que se oculta 
y huye del munda- 
nal ruido; rezadora 
á veces, meditaba 
siempre; creía que 
llevaba dentro del 
almaunanhelo.una 
esperanza, ideales 
quizás de los diecio- 
cho años. 
Teresa, por el contrario, rezaba lo necesario, 
lo que ha de rezar una doncella cristiana y re- 
catada; cantaba uno que otro día con voz me- 



a iuSb tímida que Te- 



111 

lodiosa y bien timbrada; llevaba por costum- 
bre flores en la cabeza, que el patio ofrecía ga- 
lano; tocaba la guitarra con gran repique de 
registros y con abundancia de abemolados to- 
nos, y era el asuritoordinarío de sus canciones 
lio liviano ni libre, sino muy honesto y bien 
llevado, y en ppniendo nutrido pespunteo en la 



guitarra y canto dulce en la biwa, la casa hu- 
milde y sosegada se alegraba toda olla: salía 
Luisa de sus habituales meditaciones; se despe- 
rezaba el gato, que solía dormir en la mañana 
suefio suelto, tumbado sobre un butaque, y el 
contento rompía en el aire y se mezclaba con 
el de los vecinos, que también canturreaijan á 



1 



112 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

solas para acompañar con la [suavidad de sus 
cantos las durezas de sus domésticas faenas. 

Con estas canciones y tonadas de Teresa, y 
con aquellas místicas meditaciones y rezos fre- 
cuentes de su hermana, las vecinas, por tener 
á la mano cosa de qué murmurar, llamaban á 
Luisa beata y á Teresa coqueta. Hablillas de la 
vecindad que en nada amenguaban el limpio 
decoro y la guardada hon estidad de Luisa y de 
Teresa, 

A la muerte del padre, Teresa dejó de cantar 
á la guitarra y de adornar con flores sus cabe- 
llos, y Luisa aumentó su rezo poniendo más 
lastimosa melancolía en su afligido pecho. 

Sólo el recuerdo del tío ausente mitigaba, en 
parte, la pena de que se dolían en aquel de- 
samparo con que las había herido el destino. 

Teresa insinuó la idea del viaje. 

Allí estaban en el escritorio del papá las car- 
tas del tío, lacónicas, disparatadas y de fechas 
muy distantes unas de otras; pero en aquel la- 
conismo había pureza, y en aquellos dispara- 
tes, sinceridad; rústicas maneras de expresión, 
pero efusivas manifestaciones de cariño, sin las 
galas que usa la cortesanía con las melosas fra- 
ses que endulzan el concepto; además, el buen 
tío por Navidad enviaba una gran lata con toci- 
nos y enbutidos en manteca, regalo que nunca 
faltó en muchas navidados; y ese regalo cons- 
tante, y aquel decir franco y cordial de las la- 
cónicas cartas, fueron suficiente incentivo para 



LA HEREDAD 113 

que supusiera Teresa que el tío,á más de bona- 
.chón, no dejaría de ser rico; pensamiento de 
mujer que por una palabra de cariño olvida las 
privaciones y las durezas de una existencia mi- 
serable. 

Y se obstinaba en ello con pensamiento muy 
circunstanciado; su imaginación en este deli- 
quio era un loco é incesante devaneo; tenía pa- 
ra aquellas cosas lejanas más caso que en lo 
que sí merecían; recordábalas excesivamente, 
las buscaba, las deseaba y las provocaba con 
mucha fortaleza de ánimo y gran frenesí de 
afecto, para desentrañarlas luego, hacerlas di- 
minutas, pulverizarlas y dejarlas ir de la ima- 
ginación como cosas que se lleva el viento; á 
poca tregua, seguía con estos desvarios, re- 
construía otra vez las doradas perspectivas, 
iluminaba las brumosas lejanías; se hinchaba 
c©n los bienes que soñaba, los creía verdade- 
ros, los hacía durables y aspiraba á poseerlos 
con desmedida avaricia y no bien disimulado 
^elo; para ella, ya no habría necesidad, sino 
abundancia; ya no trabajo, sino descanso; ya 
no temores, si no confianza; ya no esperanzas, 
sino realidades. 

Luisa, por su lado, si no pensaba como su 
hermana, tampoco lo decía, y a las insanas 
imaginaciones de Teresa contestaba con un sí 
displicente y rotundo. 

Estaba decidida la marcha. 

OUBHTOS.— 8 



114 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Para efectuarla, vino la subasta, la venta de 
muebles y el atareo en costuras y quehaceres. 

Con los productos de la venia y de las costu- 
ras, alcanzaron á tener la suma indispensable 
para el soñado y discutido viaje. 



Era don Vicente Yáfiez un hombre pasado de 
los cincuenta, con insufrible gota en los cansa- 
dos pies y asma rebelde en el débil pecho; en 
sus mocedades sirvió en 
las filas carlistas y se q 
do intransigente en po! 
ca y fanático en religi 
tenia el carácter hu- ^ 
rano, escolimoso "^ 
por los sufrimien- ^ 
tOo de sus incura- 
bles enfermedades; 
metido en una bu- 
taca ocupaba el dia, 

bien leyendo el üni- EralD. Vicente YáDei un hom- 
co periódico que lie- **" "'"""*'' "" >"' «»"«"«'>»•- 
gaba hasta aquel escondido rincón— cuando el 
viejo Tomás llevaba la correspondencia al pue- 
blucho, jinete en mansa muta— ó bien arras- 
trando la miserable persona, apoyado en grueso 
lranco,poriacasagrande y solitaria, en la cual 
los ratones habían sentado sus reales y las ara- 
ñas tenían tendidas sus redes. 

La voz humana se escuchaba entre aquellas 



LA HEREDAD 115 

vetustas paredes solamente cuando una vieja 
y rezongona criada servía la comida al amo, ó 
cuando el cartero Tomás traía el periódico y ra- 
ra vez alguna carta. 

Con la criada hablaba poco el tío Vicente; lo 
muy preciso por ser la criada el mayor verdu- 
go de aquel infeliz valetudinario; sucia, churri- 
llera, murmuradora y taimada, la consideraba 
el viejo como á su tercera enfermedad; más to- 
davía, era la peste, la epidemia que se propaga 
donde no hay higiene, ni consejo de salubri- 
dad, ni cordón sanitario. 

Para contener las habladurías de la criada, 
esgrimía el enfermo los denuestos más iracun- 
dos y el gesto no menos avinagrado; pero la 
sufría como á un mal irremediable, porque só- 
lo aquella vieja se avenía á vivir en el caserón 
obscuro y solitario, y á ganar diez pesetas al 
año con promesas—que para honor de don Vi- 
cente diremos que siempre cumplía— de una 
saya de lana y unos zuecos por ano nuevo. 

Con el cartero Tomás variaba el modo y el 
habla de don Vicente; porque en el cartero en- 
contraba siempre conversación ver bosay abun- 
dante y frescas y detalladas noticias de veinte 
leguas á la redonda; y aun contaba algo— para 
bien contar— de la Corte misma, con estar tan 
lejos de aquel escondido villorrio. 

—Si yo fuera rico, Tomás— decía el viejo, ale- 
grando los ojos y dulcificando el semblante- 
dejaba este maldito postr amiento y á esa con- 



116 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

denada vieja, gruñona y montaraz, irediezi pe- 
ro soy pobre, estoy enfermo, sin médico, sin 
medicinas, siu balneario... ;rediezi Aquí la en- 
fermedad como una carcoma irá acabando con 
este tronco aííejo, sin sostén y sin retoños, solo, 
abandonado,. , irediezi en medio de esta tierra 
seca en que se entecan unas cuantas vides que 
heredé de mis mayores... 

—Paciencia, maese, y fe, mucha fe, en nues- 
tra seflora de Zaragoza — contestaba con un 
marcado acento aragonés el bueno de Tomás 
para esperanzar al escéplico y quejumbroso en- 
fermo. 

Estas confidencias y otras pláticas parecían 
vigorizar un tanto a! escuchimizado de don Vi- 
cente. 

La criada andaba por la huerta recogiendo 
esta legumbre ó aquella fruta, que en gracia del 
fértil terreno daban unas hortalizas anémicas 
y unos árboles desmedrados, cuando escuchó 
la voz áspera y tosegosa del viejo que gritaba: 

—¡Brígida!... iBrigida!... irediez! jqué, no tie- 
nes oídos) 

. — iQué quedrá el viejoí— repuso la criada, y 
salió disparada con toda la ligereza de que eran 
capaces sus pies tardos y pesados por los des- 
""""'"■>''"' "uecos. 

ra, todose conjura... irediez! len 

10, mi querido hermano, el que es- 
rica, irecuerdasí... 



LA HEREDAD ll7 

La vieja sólo movió la cabeza afirmativa 
mente. 

—¡Mi hermano ha muertoi... lY quedan solas 
missobrinasi... 

La criada, para ahorrar palabras y simula- 
cros de llanto, se encogió de hombros. 

—¿Eres sorda, vieja despiadada? 

—¡Pero, mi amo, si yo no conocí á ese her- 
mano! 

—Tú ¡rediezi no eres cristiana, raposa, bruja 
mal nacida... 

Y la criada salió, maldiciendo entre dientes 
del viejo y déla noticia. 



* 
* * 



iQué alegría para Teresa cuando las huérfa- 
nas supieron en la venta que á dos leguas bien 
andadas en una mala tartana, arrastrada por 
un flaco rocín, llegarían al pueblo en que su 
tío habitaba! 

Teresa, por la viveza de su imaginación, nun- 
ca puesta en reposo, se formaba mil proyectos 
ácual más extravagantes, y rumiaba en secre- 
to las románticas peripecias de una novelesca 
aventura. 

—El tío será rico— pensaba— Grandes viñedos 
en una colmada extensión anudarán sus tron- 
cos, ensortijarán sus sarmientos, esparcirán sus 
pámpanos y dorarán sus apretados racimos á 
los rayos del sol de septiembre; el ganado por- 
cino en espaciosas y cerradas zahúrdas estará 



I 






118 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

cebándose para la matanza por San Silvestre; 
las vacas, de ubres repletas, esperarán la orde- 
ña de la tarde para completo de nuestra me- 
rienda y abasto del vecindario; al crepúsculo 
vespertino, se escuchará el campanear del cen- 
cerro que guía al rebaño á la majada; las ove- 
jas de rico vellón se esquilarán á fines de ma- 
yo, siendo fiesta y algazara para ganaderos y 
pastores el ejercicio del esquileo; después, la la- 
na se llevará al mercado y las ovejas, mondas 
y sin trampantojos, mostrarán en. toda su des- 
nudez los huesos salientes, las mataduras y las 
máculas de diverso género, quedándose en el 
rebaño las flacuchas y yéndose para el matade- 
ro las de carne dura y suculenta; el vino de 
las cubas será supremo y abundante, y la miel 
de los panales rubia y delicada; el agua de la 
fuente, clara y fresca, la tendremos á la mano; 
en el estío los mozos de labranza, al volver de 
las parvas y las eras, nervudos los brazos, re- 
lumbrantes las hoces, los ojos enrojecidos y el 
canto en la boca, se sentarán en la cocina á es- 
perar la copiosa cena, contándonos la dureza 
de la faena y el numero de vueltas que dieron 
sobre la parva abrasadora, mientras la mies, 
tostada y roja, se revuelve y lánzanse al aire 
los montones de dorados granos que coronan 
cabezas de rostros que sudan y jadean... 

Así pensando é hilvanando novelas acababa 
por llegar á lo espacioso de la casa solariega y 
al grande rendimiento de la heredad de su tío. 



LA HEREDAD 119 

y estas riquezas que no le cabían en la cabe- 
za, le impidieron ver .á lo lejos una loma calva 
y caliza, ^J pie de Iq. cual, para guarecerse de 
los recios vientos y de los fuertes temporales, 
se levantaban los muros de una casa de apla- 
nado techo y de ruinosas paredes, con cerra- 
das puertas y ventanas de ruginoso herraje y 
de vidrios deslucidos. 

Luisa no se las proponía galanas como Tere- 
sa; triste y fatigada por los continuos tumbos 
de la tartana, llevaba los ojos cerrados y reza- 
ba, rezaba fervorosamente, cual si presintiera 
alguna desgracia; tenía vehementes deseos de 
gritar, de llorar, de pedir socorro, tal como si 
corriera algún riesgo; se contuvo, empero, 
achacando á las fatigas del molesto viaje aquel 
estado inquieto de su ánimo. 

Restalló por última vez el látigo del agreste 
conductor, sonaron bruscamente los cascabe- 
les de las colleras y petrales al pararse el sudo- 
roso rocín á la única puerta de las tapias que 
cercaban la extensión del patio. 

A Teresa, salida de sus alucinaciones, le dio 
un vuelco el corazón destruyéndosele interior- 
mente lo que con largo y meditado pensamien- 
to se había forjado en su acalorada fantasía; 
entonces lloró su desvarío, suspiró por su en- 
tonces lejano terruño; condenó,su mal consejo, 
y prometió de allí en adelante poner freno y 
quitar acicate á su briosa y no contenida ima- 
ginación. 



120 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Luisa seguía rezando con los ojos cerrados. 

Nadie salió á recibirlas. 

Adentro se oía el ihumi... ;humi... de la tos 
pertinaz del asmático viejo, y de allí á un buen 
rato sonaron los pesados zuecos de la vieja 
criada, que acudía al inesperado ruido de los 
cascabeles y al ladrar de un mastín, hecho un 
esqueleto vivo, que abría .una boca mayor que 
las tres juntas del infernal cancerbero. 

Bajó Teresa primero; siguióla Luisa con la 
vista baja y el pecho oprimido; el cochero tiró 
del pescante dos bultos no muy voluminosos, 
y ambas hermanas, tristes y silenciosas, se fue- 
ron tras de la vieja que acallaba los suspiros de 



y, Biguiúla Luisa, con la TÍsta bajn...j 



LA HEREDAD 121 

las huérfanas con el ruido tenaz de los repique- 
teadores zuecos. 

Después de instalarse en una de las muchas 
piezas que constituían el caserón, dieron un 
gran rodeo por largos y obscuros corredores 
para llegar á presencia del tío tan buscado. 

Don Vicente dormía; de su pecho salían 
acompasados ronquidos á los que hacían dúo 
esos silbidos peculiares que exhalan los asmá- 
ticos; dolorosa fué la impresión que recibieron 
ambas sobrinas al hallarse con aquel podrigo- 
rio de hombre. 

La vieja iba á hablar con su voz gangosa y 
chillona; pero Teresa le impuso silencio con el 
índice sobre los labios. 

Dejaron al enfermo en reposo y se fueron las 
tres mujeres para las habitaciones interiores. 

Teresa tomó la escoba y barrió los suelos. 

Luisa, también diligente, fué á la cocina se- 
guida de la vieja que, como una sombra, la 
traía atrás por donde quiera que iba; mandó á 
la criada á la huerta por legumbres. 

Las arañas huyeron despavoridas de sus re- 
des al golpe afanoso de la escoba, puesta á le- 
vantar polvo por puertas, ventanas y rinco- 
nes. 

En el brasero alzaba la lumbre su llama tre- 
pidante hirviendo el puchero, para á poco tras- 
cender por toda la casa con olor sabroso y per- 
sistente, que acusaba lo bien aderezado del po- 
taje. 



122 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

Teresa, después de largo y minucioso barri- 
do, ordenó los muebles, y en un vaso antiguo, 
que estaba en una mesa en medio de la sala de 
recibo, colocó unas flores de almendro, mezcla- 
das con otras de naranjo; limpió la luna de un 
alto espejo empañado y como triste por la au- 
sencia de rostro querido que en él se viera-, y 
por primera vez, desde la muerte de su padre 
tuvo la huérfana la coquetería, atraída por las 
luces del espejo, de prenderse el cabello con 
unas flores tomadas del vaso adornado por sus 
hábiles manos, y de mirarse con detenido exa- 
men el palmito fresco y sonrosado por las bri- 
sas matinales, qne á aquel rincón venían de la 
escarpada sierra que se sucedía en una cadena 
azulosa de ondulantes montañas. 

Hasta la vieja criada, perezosa y gruñona, 
alcanzó la actividad y zalamería de Teresa; 
pues andaba menos, remisa en sus ocupaciones, 
no sonaba tan ruidosamente los zuecos; y ponía 
placiente su rugoso rostro con una melosa son- 
risa. 

En el largo comedor, ya aseado y bien dis- 
puesto, gracias á la esperteza de la escoba y á 
la diligencia déla huérfana, se hicieron los pre- 
parativos para la comida; sobre la mesa blan- 
quísimo mantel; salieron á relucir los guarda- 
dos cubiertos de plata y la delicada vajilla, por 
largo tiempo guardados tan vistosos utensilios 
en el fondo de abandonados anaqueles.; el pan, 
dorado y apetitoso, al lado de cada cubierto; 



LA HEREDAD 123 

las servilletas, amarillentas y tiesas, en muy 
complicados dobleces se abrían, ya como coro- 
las de fanlásticas flores, ya como varillas de 
marfileños abanicos, en la boca de las diáfanas 
copas; en el centro una jarra de cristal brillaba 



con el color del rubí hasta el cuello por el rojo 
vino que en el panzudo vientre contenía. 

El viejo se despereza en momentos que entra 
la criada. 

— [Ya vienes, rediez, con tus muecas y tri-- 
quiñuelas!... iHumi... iHumi... Bruja gruñona, 
iy no me traes el zancocho de todos los diasi— 
gritó el enfermo desaforadamente. 



124 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrIn 

— :La comida está en la mesai 

— (Tratas de poner aprueba mi paciencia!... 

—No, tío— dijo con su más dulce voz la dis- 
creta Luisa,— apóyese usted en mi brazo y va- 
mos al comedor. 

Y así como lo oyó y vio, el viejo se quedó 
alelado, restregóse los no tan despiertos ojos, 
pues creía aquella insólita visita una pesadilla 
de su modorra; pero la excelente muchacha, 
levantándole con sumo cuidado de la butaca, 
puso el duro bordón al alcance de la temblona 
mano y se lo llevó paso á paso hasta el co- 
medor. 

—¿Qué pasa aquí? iRediezi— exclamó el viejo 
para expresar su sorpresa. 

—Nada, señor don Vicente, que las sobrinas 
de usted, las hijas de vuestro hermano muerto 
en Méjico, están aquí para curar y cuidar á 
usted, que bien que lo necesita. 

— iSí, SÍ! Recuerdo que en mi última carta las 
llamaba; pero... 

—Nada de peros... lá la mesa!— replicó Tere- 
sa con su habitual buen humor. 

El grupo que formaban resultaba dramático 
en extremo: el viejo, en medio, abrazado de 
Luisa y de Teresa, parecía uno de esos robles 
seculares abatidos por los furiosos huracanes y 
circundado á la sazón de brotes frescos y de 
flores nuevas por los tiernos halagos de la pri- 
mavera... 

Ya en la mesa, el sitio de honor para don Vi- 



LA HEREDAD 125 

cente; y á su derecha Luisa, y del otro lado Te- 
resa; la criada, con una alegría de reflejo, 
como si el juvenil conlenlo de las muchachas 
se retratara en la luna rota de un espejo, ser- 
via atinada la mesa; el enfermo comió con ape- 
tito y bebió con sed, los mejores bocados le eran 
servidos por sus sobrinas; ésta le partía el pari, 
aquélla le escanciaba 
el vino. 

—Mire, tío, esta pa- 
pa está blanda y po- 
rosa; el tocino está bien 
frito y dorada la tor- 
tilla de huevos.. . 

—Otro sorbito de vi- 
no... lasíl...— afirmaba 
Luisa. 

— lAhora de esle 
alón... un pedacitoi— ei grupo que formaban re- 
suplicaba Teresa. tremo * dramático en en ei- 

Y mimándole como 
á un niño y regalándole como á un convale- 
ciente, terminó la comida. 

De sobremesa se suscitaron las confidencias. 

Teresa se haría ama de llaves y Luisa se en- 
tendería con el delicado cargo de la cocina; la 
vieja serviría para ayudar en los demás queha- 
ceres domésticos. En un momenlo la parlan- 
china de Teresa arregló la casa y preparó lo 
relativo á la labranza y al aumento de la ha- 
cienda. 



126 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

La tierra, empobrecida por falta de cultivo, 
se tornaría en fértil; contrataría labriegos para 
las hazas y pastores para el rebaño, después se 
preocuparía con la engorda del ganado porci- 
no; á las dos vacas flacas y al toro hosco se les 
daría buen pasto; la economía y el buen mane- 
jo de los gastos harían lo restante. Y con la plá- 
tica de tales proyectos llegó la noche, menos 
molesta y triste para don Vicente con la com- 
pañía de las incomparables sobrinas. 

El valetudinario durmió de un tirón aquella 
noche, y en sueños se acusaba de haber sido 
egoísta y avariento, de haber recibido con mal- 
vada alegría la noticia de la muerte de su her- 
mano por creerlo rico y lograr heredarlo. 

A su vez, Teresa, se reprochaba las locuras 
de su fantasía, el inmoderado deseo de haber 
hallado la heredad beneficiada y al tío rico; 
pero se creía perdonada de su pecado con. pen- 
sar en el proyecto de hacer . prosperar la ha- 
cienda y producir la tierra para medro de su 
tío. 

Era el amanecer deslumbrante y canoro de 
un día del mes de Julio. 

En la noche habían caído torrenciales agua- 
ceros; la tierra estaba húmeda y blanda, y los 
árboles lozanos y brillantes de verdura; el sol, 
tibio y reluciente, doraba la nieve de las mon- 
tañas, rielaba en las aguas murmurantes de la 



LA HEREDAD 127 

vecina fuente, se quebraba en temblones visos 
en los charcos de las tierras bajas y poblaba de 
matizados colores y de perfumes embriagantes 
el campo reverdecido y cultivado; las vacas 
encontraban buen pasto y mugían de conten- 
tas, no sabemos si porque el toro les rebrama- 
ba desde lejos, ó porque estaban satisfechas; la 
vieja, soñolienta pero no gruñona, salía con 
paso menos tardo á hacer la compra al merca- 
do; la luz solar, en disparados flechazos, entra- 
ba resplandeciente por los vidrios limpios de 
las ventanas, y fulgía y besaba la blanca por- 
celana de platos y tazas, puestas en hileras en 
los anaqueles, y el bruñido cobre de cacerolas 
y sartenes de la batería de cocina, que deslum- 
hraba de limpieza; Teresa andaba en ella con 
ruidoso atrajeo y cantaba en queda voz las 
canciones que allá en el terruño se aconpañaba 
con la guitarra en dulce y bien meditado con- 
cierto de voces y rasgueos; Luisa ya tenía reza- 
das las oraciones matinales y andaba en cuida- 
do con los tiestos donde brotaban unas semi- 
llas y espigaban otras plantas, que en el pleni- 
lunio trasplantaría en la abonada tierra de los 
arriates; de estas flores daría algunas para el 
adorno de su hermana, y las otras las pondría 
al santo de su devoción que en las paredes de 
la alcoba estaba. 

* * 

Y sosegadamente, patriarcalmente, se suce- 
dieron de igual placidez los días en aquel apar- 



128 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÍN 

lado rincón, convertidoen Edén por las hacen- 
dosas y boiiilísimas muchachas; prosperaba la 
hacienda, medraban los árboles frutales, se ce- 
.baban los cerdos y paríanlas vacas; lasvülasse 
cubrían de vastagos prometedores de abundan- 
tes vides, y hasta el viejo Tomás venía todos 



y andaba en cuidado can los tiestos donde brotaban unas 



los domingos á charlar con las huérfanas, las 
cuales se mostraban cariñosas con el carteroy 
le regalaban con frutas y confituras, finezas á 
que él correspondía con su parla substanciosa, 
con sus cuentos divertidos y con sus chistes 
agudos. 



LA HEREDAD 129 

Quedó la heredad saneada y próspera; y por 
Noclie-Bueua, todos los años, en recuerdo del 
obsequio del tío Vicente, envían las sobrinas al 
terruño, para las vecinas del barrio en que vi- 
vieron, una lata grande con tocino y chorizos 
en manteca, acondicionados por sus propias 
manos-, con todo esto, los chismes de la vecin- 
dad, al extrañar la prolongada ausencia de las 
dos hermanas, dicen que á Teresa la raptó 
un militar y que Luisa se metió monja... 

¡Flaquezas de la humana arcilla! 



CÜUNTOS.— 9 



Abigeo. 

La tarde de aquel s:\bado fué último dia de 
rodeo; por esta circunstancia estaban solos en 
la tienda de la cosa 
grande, tío Goyo. 
tío Chepey tío Go- 
nifacio, tres tíos de 
muy recomenda- 
bles prendas y de 
historia larga y nu- 
trida, muy contada 
desde el mayoral 
abajo. 

Es tío Goyo ente- 
co de carnes, que- 
mado del rostro, de 
cabeza chica, como 
para bien contener 
un muy flaco en- 
tendimiento y una 
menos feliz memo- 
ria; pelo blanquea- 
do por los años; pa- 
tlablerlo de piernas ^ „^ g„^ ,„„„ j, „.„.^ 

y patojo de andadU- quemado de rostro... 



ABIGEO 131 

ra; las manos largas y velludas, lanto, que has- 
ta en los nudillos se le ven los pelos; frente tan 
estrecha, que si no fuera por la escasez del ca- 
bello no quedaría nada de ella; ojos vivaces, á 
los cuales no opaca su brillo las cejas felpudas 
que en cerdas rebeldes se le vienen sobre tos 
párpados papujados y flojos; mirada franca sin 
asomo de recelo; lleva la cara rigurosamente 
afeitada; los labios son delgados y la boca dura 
y no hundida, porque apesar de sus ochenta 
años tiene tío Goyo agudos los caninos y fuer- 
tes los molares; el ademán es vehemente y el 
gesto expresivo; ha dejado el lazo y la silla: el 
cori'er presto y el lazar acertado, el rodeo y el 
coleadero ruidosos; pero en sus manc« huesu- 
das quedan callosidades y quemaduras por e' 
uso de la reata y la diversión del coleadero; su 
habla es larga y su 
decir festivo; entre 
palabra y palabra 
echa un temo como 
para querer afir - 
marla; es parco en 
razones y abundan- 
te en chascarrillos. 
Tío Chepe ofrece 
cómico contraste 
con el viejo Goyo: 
si aquel es canijo, 
este es obeso, si 
aquel peludo de ca- 



132 CAYETAMO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

beza y ñaco de entendimiento, este es recal- 
vastro y de agudo ingenio; no hay razón 
para llamarle chaparro, antes bien parece 
alto comparado con el pequeño y endeble 
cuerpo del tio Goyo; desmesuradamente tie- 
ne desarrollado el abdomen, con panza tal, 
que la banda, ceñida con fuerza de faja, no 
es bastante á reducir la exagerada prolongación 
de la barriga; para resguardar la calva del re- 
lente, lleva grj,nde pañuelo en el fondo del hol- 
gado sombrero, pañuelo que en las mañanas 
arrolla ii la caijeza á modo de birreta; el rostro 
es redondo y carnoso, de la barbilla le cuelgan 
hasta tres papadas, que si fueran rojas se las 
tomaría por las caránculas de un muy cebado 
pavo; los ojos son pequeños y ladinos, la mi- 
rada aviesa; lenguaraz en el habla y callado en 
el consejo; va afeitado como un canónigo; la 
camisa le queda estrecha por abundancia de 
carnes; patizambo á fuerza de ser buen ginete; 
decidor á gala de antiguo vaquero y versifica- 
dor y oportuno como pocos; y en eso de dicha- 
rachos nadie le lleva la delantera, porque tiene 
gracejo y tino para mejorar y trastocar y subir 
de punto la cosa más baladí por el sazón refi- 
nado do su verbosidad sin cuento. 
Cuanto tío Gonifacio,— como de buena ma- 
ostado, y de tan alto 
sus ojos son profundos 
ididas cuencas, esquiva 
taimado en el decir y 



asigeO 133 

pastoso en la diaria; delgado y derecho como 
UH pino y alto y recio como un roble, no obs- 
tante sus sesenta aílos; su rostro es afeitado y 
sin carries; tiene 
menos cuidado por 
la barba y crece ella 
rala, apuntándole 
los salteados y ca- 
noses pelos ya en 
las concavidades de 
abajo de los pómu- 
los, ya en la parte 
superior de la boca, 
ya en el remate del 
puntiagudo y cada- 
vérico rostro; sin 
preguntarle por su 
hacienda se echa de 
ver luego su pobre- 
za, no tanto por lo 
desaliñado del traje, 
sino por lo deslus- 

CuantotioGonifacio-fforaode t-^OSO y SUCÍO del", 
buena manera le tlamaban— mal CCSida vaina de 
ea tostado y,. . , , , 

un mas viejo ma- 
chete, de cacha descabalada, que por tan largas 
y obstinadas afiladuras va para rabón, con me- 
noscabo de la calidad de su dueño y con burla 
y donaire de tío Goyo y tío Chepe, que llevan 
el machete filoso y cabal, y la vaina nueva y 
lustrosa; es tío Gonifacio callado y taciturno; 



134 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

oye más que liabla, y para todo da muestras 
de asentimiento con una invariable inclinación 
de cabeza, 

—Eche la otra— dijo tío Chepe al mancebo, 
que no tenía mucho que atrajearse por la falta 
de marchantes. 

—-Ya sabes: dulce con juerte, 

—Un poco picaito—QigrGgó tío Goyo. 

El viejo Goni fació no habló palabra, y como 
era su costumbre, únicamente movió la cabeza. 

Bebieron el aguardiente de un largo y sabo- 
reado trago. 

—Ese si Jiié caUonúo, y devera, deveríta que 
le amargan lo buche, sí, señor, 

—¡Qué va, señó Chepe, qué va! Esa son papa, 
purita papa. Sepa osté que yo he mí rao en lo 
mucho que llevo de vida, y con estos que se han 
de comer lo gusano^ cáa cosa que... 

—Osté jabrá miráo la siete cabrilla y el lucero 
del alba, pero... 

—Pero, ¿qué?— preguntó algo amostazado tío 
Chepe. 

— Pero créame osté que ese sí devera, deveríta 
que era relambío... 

— Hum... ¡humi... ihum...! 

—AJigürese que tal cual véj jueron los falde- 
tuos'^ov e\.., 

—¿Y qué? 

—Que se le juyó de la palma de la mano... é 
pájaro de coenta..,j pá echarle á una por é 
lienzo unque no haya mprínguita de estrella... 






íMJ^^^ > - 



ABIGEO 135 

—Escupa, escupa osté que ya me jiede á zo- 
pilote... Pilé cate osté, tío Goyo, que había una 
eterna escuraría; una noche muy prieta... á lo 
faldetúos no se le veía ni la mano... sí, señor; 
loj indino iban con la rienda tendías y con paso 
asentáo que no Jacta volar una mojca; quLetoj, 
muy quietoj... y eXregalbioáe mi ahijáo.,, por- 
que era mi a/i¿y do... ly á mancha honrsLl,,, oj- 
iaba con su ñola, allá mii largo... tendió en la 
hamaca, toca que toca la jarana, y canta que 
csxiia. como precisaámente en un guapamgo... 
tan quítáo de ^óo... que tenía la bestia apersogáa 
en un amate de la cerca... cuando redepente,.. 
ly mire que y^é avisáao!.,. le dice klamojer: 
¿nó a/ alvertioi.., ai vienen eso..,sinüergüenzo... 
y diciendo y... ¡zás! se planta de un salto en e 
patio... le hizo jorqueia al manco y salló j oyendo 
por la otra puerta y... lá viaje!... y lo que creian 
tener entre poco al pájaro cantando en la mano 
se lej despejcó el asunto! 

—De juro que los faldeiúos se darían á toitos 
los demoños,,, 

—Y le preguntaron á la ñola con muncha la- 
bia por el ahijáo.,, y la ñola, que no se mama 
el dedo, lej dijo mú quitáa de la pena: laquí no 
az ningún crijtiano ni naidén\... 

— lA qué güeno etuvo eso!... 

—De juro darán con el ahijáo de tío Chepe 
por los ñopos... ijái... ¡já!... 

—íY onde juét.,. 



136 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

—\Pué atinelei... Los faldetúos ajilaron por 
ai y too quedó en calma... 

-^iPero no paró en eso el sainetei 

— iCómo, tío Chepet 

— iSí, señor, créame osté que nó! 

— iPué qui hubo? 

—Que en su Jutda á manco en pelo... pué no 
tuvo tiempo jod náa.,, se topó con un blanco 
mü arriscáOy le pidió la lumbre, se la dio el 
blanco; má depué aloirtió mi ahijáo que lleva- 
ba el otro una bucara de cinco ocasione, y co- 
mo mi ahijáo es ladino, prencipió á poner por 
la nube al caballo del blanco y á ponderarle 
muncko la pistola, y el otro que era fantansio- 
so, se dejó querer, la sacó del carcajo y se la 
mostró; el otro se la pidió con mw/zc/^a labia... 
iporque de vera de verita que é mú labioso mi 
ahijáo\... y aquí el taimáo del blanco se la dio. 

— iQué buto el jombreí 

—Y... ipum!... se la pone é boca de jarro so- 
bre el pecho, y lo manda apearse del manco... 
jsXmenutose echó á tierra, mi- a/i¿y do le hizo 
jorqueta al animal de un solo brinco, le quitó á 
la jila el sombrero galoneáo^ la chaqueta y los 
pantalones y mú arriscáo tomó... tran, tran, 
tran, rumbo y... ¡qué le echen lo faldetúos un- ^ 

que lo vean repechar una loma... 

— lEsó estuvo güenoi... lA ver, tu, echa otra 
de dulce con juerteu^, 

—\kxñ\picaito\.,. 



ABIGEO 137 



* 



Los abigeos tenían en constante alarma á los 
ganaderos por el peligro en que diariamente 
estaban sus caballerías de ser despellejadas ó 
arrebatadas en el monte menos pensado. 

Las hazañas y aventuras contadas entre los 
tres viejos por el parlachín del tío Chepe, com- 
paradas con los robos hechos en los- potreros y 
los despellejamientos efectuados dentro de las 
matas^ resultaban de poca monta y cosa de jue- 
go de muchachos. 

El abigeo es producto de aquella libertad 
campestre, por la cual el amo se aviene á las 
artimañas y engañiflas de los mayorales para 
darse por bien servido. 

El valor, temerario y no palabrero, es el nor- 
te de los abigeos; roban con arrojo y se baten 
sin miedo; del valor viven y por el robo pros- 
peran; y son los amoríos, de una rusticidad sal- 
vaje, el complemento de esa su vida errante, 
alegrada de galanteos, inquietada por zozobras 
y dolida por quebrantos; dándose con todo ello 
trazas de aventureros y visos caballerescos, co- 
sas tan del gusto de las mujeres, por cuyas sim- 
patías se va el pudor tras ellos, para pechugar 
peligros, donde otras hallarían seguridad y no 
dejarían desacato y mancha para su nombre y 
persona. 

En el machete está toda la defensa de estos 
tales, sin menoscabo de la pistola que manejan 



138 caveTaxo rodríguez bkltrán 

con acertada y mortírera puntería; el cabalio 
es para ellos recurso en la fuga y salvación en 
la defeosa; con el afilado machete lo mismo 
cercenan cabezas humanas que desmochan ár- 
boles para abrirse vereda; y el caballo, en las 
treguas y descansos, viene á ser lujo y aliflo de 
afortunado galán que bestia ágil y ligera que 
acerca distancia, salva valladares y burla 
vigilancia. 



ABIGEO 139 

Mujeriegos, tahúres y fandangueros, son 
prontos al chiste y sueltos para el jaleo; des- 
corteses á veces, siempre halagüeños, son tan 
pródigos y ostentosos, que donde quiera que 
van con ellos va el dinero que derrochan, acude 
el galanteo que seduce y pelea el valor que se 
defiende. 

Conocen los vericuetos, salidas, veredas y es- 
condrijos del terreno que pisan y todos sus al- 
rededores con más industria que los rifleros, sus 
asiduos perseguidores; para su certero lazo no 
hay res que se escape, y con noche obscura 
atinan al echar la reata para aprisionar el tes- 
tuz de la vaca que en seguida tiene compañera 
para formar la codiciada mancuerna, que antes 
que cante el gallo ponen fuera del lugar del ro- 
bo con tanta maña como diligencia. 

Constituyen una banda de foragidos que no 
se percatan de vivir en poblado, donde tienen su 
rancho y su mujer, frecuentan el trato de los 
mayorales, y aun los hacen sus compadres por 
el sacramento del bautismo, y no por compa- 
dríos de camaradas (sea aclarado para lustre 
de algunos mayorales), juegan aveces alas 
cartas con los rifleros, los tratan de mira, y 
echan un trago con el codo suelto. 

Para artimañas y enredos, para fullerías y 
trastrueques, las de estos ladrones de ganados, 
que echan rayaá las triquiñuelas y tiquismi- 
quis, á los intríngulis y artificios da los gitanos 
que cambian el color del pelaje de un rucio en 



140 CAYETANO RODRIGUEN BELTrAn 

retinto, ó á los de los chalanes, que venden lige- 
ro y andador, gracias al azogue que le aplican 

á las orejas, á un garañón, viejo de captura y 
tardo de paso. 

Y para no hacer letanía de todas estas argu- 
cias, en seguida van unas cuantas de ellas, que 
darán ejemplo y serán cifra de las.que en el 
tintero dejo: 

Cuando no hay couiprador del robo á sabien- 
das, no se preocupa el abigeo, y en público, y 
á ojos vistas, vende el despojo, sin temor de ser 
descubierto; pues bien sabe trasmarcar, adul- 
terar el fierro (que en su jerga se llama ven- 
tear), y falsificar un papel de venta, tan limpio 
y acondicionado, que el propio ministro con- 
servador, ó subregidor, ó teniente de justicia, ó 
lo que sea, creería suyo el Visto Bueno y la fir- 
ma que lo acredita de auténtico, sin que para 
tales escamoteos hayan menester buenos ins- 
trumentos, que el ingenio con que lo ejecutan, 
es sobrada justificación para darles carta de 
ciudadanía en un arte que ni Monipodio, Rinco- 
nete y Cortadillo, con toda la cofradía, son ca- 
paces de inventarlo más presto, más seguro ni- 
más productivo que éste de que me voy ha- 
ciendo lenguas, no para encomiarlo, ¡líbreme 
Diosi sino para vituperarlo, y del cual maldicen 
los hacendados, escandalizándose los ganade- 
ros, impaciéntanse los gobernantes y medran 
los mercachifles, porque de todo hay en este 



ABIGEO 141 

asunto, por forma y término que sería largo é 
impertinente enumerar aquí. 

La trasmarca es grano de anís para tales he- 
churas; con cortar parte de las orejas en figura 
y punto nuevo, se cambia por completo la se- 
ñal de la res con que se marcó en el hato. Para 
adulterar el fierro primitivo, es cosa más dila- 
tada; pintan en un papella forma de la marca 
que quieren contrahacer (que para prosperi- 
dad de este arte de birlibirloque suelen ser po- 
cos dibujos y arabescos los de tales herradu- 
ra&),^la reproducen en barro, que endurecen al 
fuego, y después con mucha traza la calientan 
hasta el rojo caliente y la estampan con acierto 
en la espaldilla del animal escogido para ven- 
tear; ésta es nueva industria en tales latroci- 
cinios; pues antes los chalanes cuatreros saca- 
ban la plantilla del fierro en una lámina de me- 
tal, la fijaban con cera por sus extremos en el 
anca de la res, con mucho cuidado rellenaban 
el recorte de la figura con pólvora humedecida 
y se le daba fuego; con este modo pirotécnico 
quedaba el animal robado con flamante fierro 
y de tan distinta forma, que no la conocería ni 
el dueflo que la perdió. Para las falsificaciones 
de papeles de venta, es otro el modo y diferen- 
te la manera de la suplantación: no se necesita 
ni de mucha diligencia ni de estudiado y recón- 
dito recurso para hacerla, que hay gente en el 
campo, que sin saber leer ni escribir, hacen en 
corcho un sello, de muy fina factura y de acer- 



142 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

tada semejanza, tanto, que pueden competir 
con los de los fabricantes de selíadares de go- 
ma, que andan por ahí con anuncios, mues- 
tras y otros embelecos para sacarlos adelante 
en la venta y asegurarles medro en la propa- 
ganda. 

El riflero es el enemigo jurado del abigeo; y 
necesita el riflero de penetrante observación, 
de aguda perspicacia y endemoniada astucia 
para sorprender al abigeo en el momento del 
despojo; porque el abigeo, picotero y suspicaz, 
tiene mucha letra, y en asunto de leyes parece 
que las trae escritas, con el conocimiento de 
un Licurgo, en las puntas de las uñas, por 
aquella su manera de declararse inocente y 
exigir testigos y otras argucias curiales muy 
en regla para engatusar á los jueces legos y 
probar las coartadas. 

El riflero, por su parte, no le va en zaga al 
abigeo en eso de ladino y taimado, y se está 
quedo en la hacienda, lugar en que acuartela, 
bien charlando en corrillo con los mayorales y 
mozos, bien tallando y apuntando moza ó vieja 
á la puerta, bien echando sus tragos de dulce 
con juerte en compañía de ñor Nicasio ó señó 
Macario, cuando no un «picaíto» con tío Goyo; 
bien enamorando á las muchachas en el gua- 
pamgo de los sábados; pero sucede á veces que 
el jefe tiene aviso por algün espía de que en tal 
mata acamparon unos abigeos; entonces los ri- 
fleros dejan todos los holgorios y pasatiempos 



^MÉ 



ABIGEO ' 143 

para ponerse en movimiento; aprestan su equi- 
po, requieren el rifle, ensillan los caballos, se 
ciñen la pesada canana bien provista de cai'tu- 
chos sobre la holgada blusa de bretaña, que les 



cae en largas faldas cerca de las corvas para 
levantarse por delante en fuerle y voluminoso 
nudo; cuelgan la sonante espada del cinto, se 
tercian la bolsa de combate y quedan apareja- 
dos para montar una vez que el jeTe lo ordene. 
Esperan el anochecer para la partida, y con 



144 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

la luz de las primeras estrellas toman camino 
en seguimiento del que los capitanea. 

Caminan y caminan, silenciosas las bocas y 
asentados los pasos, atraviesan la llanura ver- 
de que parece ilimitada; se oye á lo lejos el au- 
llido de los coyotes que atacan al ganado; las 
salvajes dentelladas de los jabalíes que viven de 
la rapiña en despoblado; después se pierden es- 
tas voces y se callan estos ruidos, para sólo es- 
cucharse el chirrío estridente del incesante gri- 
llo y uno que otro mugido de vaca que deflen • 
de á su cría del ataque encarnizado de coyote 
hambriento y hartero... 

De pronto el jefe manda echar pié á tierra; 
entre las verdes fosforescencias de las luciérna- 
gas brilla una llama enrojecida; los rifleros, 
acostumbrados á estas maniobras, no necesi- 
tan de voces de mando, sino que, en silencio, 
ejecutan lo que quizás en otras ocasiones fué 
ordenado de viva é imperativa voz; y lo pri- 
mero que hacen es apersogar los caballos de 
las ramas de una mata; dos se quedan, aperci- 
bida el arma, guardando las caballerías, los 
restantes meten el dedo gordo de la mano en 
la anilleta del sable para llevarlo suspendido y 
evitar que suene al dar contra las corvas á 
cada paso; el rifle lo arman para hacer fuego 
en caso necesario, y se van sigilosamente hasta 
donde brilla la luz. 

A medida que se acercan, se deja oir el la- 
drido tenaz de los perros que anuncian la pro- 



ABIGEO 145 

ximidad del caserío; después llega, clara y me- 
losa, una voz potente y varonil que canta: 

c<Si te opuíera» pesar 
)>mi amor en una balanza, 
»te habías de ilusionar, 
)>que ningún peso alcanza 
»á «poeerlo» emparejar 
«en fe, cdealtá» y «ejperanza». 

Y voces mezcladas de tonos femeninos y 
atronadores acentos masculinos, contestan en 
alharaquiento coro, acompañado del retintín 
del requinto y del punteo de la guitarra: 

»en fe, «lealtá» y «ejperanza» 
»á «poeerlo» emparejar,....» 

—iFandangol— exclaman á una los rifleros. 

—¡Ai debe ejtar eseí— contesta el jefe como 
para animar á los otros á seguir la marcha. 

Ya inmediatos al lugar de la fiesta, los de la 
jornada hacen alto y se ocultan debajo de la 
extensa ramazón de una copuda ceiba. 

Al cabo de largo tiempo de estar en acecho, 
exclama el jefe con voz queda pero iracunda: 

— iLo que *i por orcta se nos despejeó el 
asuntoi 

Y vuelven todos á deshacer el camino an- 
dado. 

Van callados, hoscos, de igual talante que 
cazador que retorna á su casa falto de presa y 

CüBHTOS.— 10 



146 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

sobrado de quebranto, pero sin dejar las pre- 
cauciones de antes. 

A poco andar, interrumpe el silencio de la 
noche un agudo silbido; todos, como por en- 
salmo, se detienen y agazapan entre las matas, 
y por más que escudriñan en la reinante obs- 
curidad del campo, no distinguen ningún indi- 
cio de persona; uno de los rifleros, que con em- 
peño amusgaba los ojos para ver mejor en las 
tinieblas, pega el oído al suelo y percibe el re- 
tumbo sordo del trote de un caballo que se 
acerca. . • 

— - iQuietosi... ipronto estará á nuestro al- 
cancei... 

Se oía muy cercano el galopar; ya estaba el 
ginete casi encima de los rifleros... 

—llAltoooóil— gritaron con voz formidable, á 
la que sucedió el sonido metálico de los gati- 
llos de las armas preparadas para hacer fuego. 

El que parecía fugitivo, montado en pelo de 
un brioso alazán, pronto se vio rodeado de seis 
bocas de fuego que le apuntaban rígidamente 
al pecho. 

— iDése preso ó hacemos fuegoi— gritó el cabo 
de los rurales. 

El ginete tiró con fuerza de la reata con que 
traía embozalado el alazán para detenerlo en 
su ímpetu de lanzarse á la carrera; se desmon- 
tó luego; tendió la reata del bruto al que tenía 
más ceí'ca y se puso entre filas. 

—iCodéenloi— ordenó el jefe. 



ABIGEO 147 

Cortaron los rifleros un buen pedazo de la 
reata que sujetaba al caballo, y con esta cuerda 
amarraron codo con codo los brazos del preso; 
colocáronlo en el centro, se echaron adelante 
dos rifleros, otros dos á los lados y los dos úl- 
timos atrás, y así iba el desfile seguido por el 
jefe, que llevaba á la cola el alazán. 

No era mala tanta prevención para conducir 
al preso; pues otra vez, y en noche igual por 
obscura, un avisado abigeo, no fué muy ceñido 
de codos y llevaba la cuerda demasiado suelta, 
y como el cabo de donde lo sujetaban era muy 
largo, se adelantó á sus guardianes, ya que ha- 
bía pedido con mucho desplante la lumbre á 
uno de los conductores que fumaba, para en- 
cender la tagarnina, que no se quitan estos ga- 
ñanes de la boca, puesta á echar humo como 
chimeneas; y por sus grandes troncos obligaba 
á los conductores á retardarse en el paso y á 
hacer frecuentes paradas; en estos andares lle- 
garon á unas matas, se tropezó uno de los ri- 
fleros en un hoyanco, cayó en tierra, se junta- 
ron todos los de la partida, y cuando volvieron 
á tomar la interrumpida marcha, el abigeo ha- 
bía desaparecido de entre las manos de aque- 
llos celosos guardianes; aquí del jurar y mal- 
decir de la burla, y echar pestes y reniegos y 
porvidas, y andar á saltos y brincos, y lanzar 
gritos y soplar silbidos para quedarse á la pos- 
tre con un palmo de narices 

iQué pasó, pues? 



148 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

Que el abigeo se dio tal maña con la lumbre 
del puro, que la aprovechó para quedarse sin 
cuerda y tener industria y esperar caso para 
poner muy lindamente los pies en polvorosa... 

De este lance, que fué contado por todos los 
alrededores donde sucedió, proviene el que 
los guardianes de la seguridad pública en aque- 
llos contornos sean más cautos para conducir 
codeados. 

En el escampado que dejaban unos corpu- 
lentos cedros talados el día anterior, se detuvo 
la escolta con el preso. 

—¿De quién es esealazánt 

—Me topé con él allá abajo, y como traí es- 
tampáo él j ¿erro de mi compá Gualupe lo truje. . . 

— lEse caballo es robdoi 

—Por Dcó y María Santísima que nó! 

— iPréparate que te vamos á quitar la ga- 
Uinai 

— iNól ¡Si el caballo es de mi compá Gualupe; 
se lo juro á osté por tottos los san tosí 

Y el infeliz sentenciado á muerte se retorcía 
de dolor y lloraba de desesperación; le besaba 
los pies al inflexible jefe; aclamaba, gritaba é 
imploraba á todos los santos del almanaque; 
desgañítabase en vano; y ronco y transido po- 
nía tregua á su llanto hondo y amargo para 
orar atropelladamente... 

¡Preparen, apunten, fuegoi 

Acallaron todos los ruidos nocturnos al es- 
tampido de una descarga cerrada. 



ABIGEO 149 

El abigeo cayó de bruces, lanzó lastimosos 
quejidos y murió en seguida. 

A ver muchachos, levanten al defunto y pón- 
ganlo atraoesáo en el manco... 

Silenciosamente acataron el mandato los ri- 
fleros, sirviéndose para atar el cadáver á la ca- 
balgadura del mismo pedazo de reata que se 
usó para sujetar por los codos al prisionero. 

El jefe con su vozarrón ordenó: 

Echen á sxidB.r pá alante al caballo, lo segui- 
remos á corta distancia. 

Se fueron ladeando las matas hasta llegar al 
lugar donde dejaron apostados con las caballe- 
rías á los otros compañeros. 

Al reunirse no demostraron sorpresa con ver 
la fúnebre carga del alazán, sólo dijeron á gui- 
sa de réquiem: «i Ya cayó el pájaro!» y se cerra- 
ron de pico mientras desapersogaban las bes- 
tias; pero ya que eran ginetes en sus flacuchos 
jamelgos, tomaron rumbo ala hacienda, quien 
cantando coplas de nocharniego, quien silban- 
do una danza de las muchas que se tocan en los 
bailes de «San Nicolás», quien contando chas- 
carrillos con donaire para sacar risa en carca- 
jadas estúpidas, á tiempo que el muerto iba re- 
botando sobre los recios lomos del brioso ala- 
zán, y en cada trote el difunto parecía exhalar 
lastimeros quejidos, que no eran escuchados 
por el largo y nutrido charlar de los ginetes... 



150 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 



* 
* * 



La noche llegaba con lentitud, como si el sol 
espléndido que había alumbrado la rica vege- 
tación del campo renaciente se doliera de aban- 
donar el fresco y apacible paisaje; á poco de 
obscurecer, densos nubarrones ocultaron las 
estrellas que rutilantes tachonaban el firma- 
mento; comenzó á soplar viento del terral; des- 
pués cayeron gruesos goterones; fulguró el re- 
lí'impago en el horizonte gris iluminando la di- 
latada extensión del llano, y á lo lejos, cual gru- 
ñido de jauría famélica, retumbó ronco y tre- 
pidante el trueno; los árboles se quejaban al 
ser movidas sus recias ramazones; oíase el 
caer de la lluvia, amortiguado por lo polvoro- 
so del suelos en seguida deshízose en aguacero 
torrencial, diluviano, golpeando con metálicos 
sonidos las hojas tostadas de las ramas y ha- 
ciendo exhalar á la tierra, antes seca y caldea- 
da, un vaho, fresco y agradable que se entraba 
por el olfato y ensanchaba y vigorizaba los pul- 
mones; los relámpagos se sucedían uno tras 
otro casi sin intervalo; el trueno, formidable y 
fragoroso ya, estallaba en el espacio los insec- 
tos y alimañas del bosque callaban ante el rui- 
do imponente de la tormenta; allá, á distancia, 
á la luz blanquecina de los relámpagos incesan- 
tes, se veía un ginete que llevaba tardo y difi- 
cultoso el paso, cual si su cuerpo no pudiera 
resistir el peso refrescante del nutrido agua- 
cero... 



ABIGEO 151 

Escampó. Cesó el viento y aclaróse el cielo. 

Bajo las copas entretejidas de las matas se 
hacía más intensa la sombra y más misterioso 
el silencio. 

Los pardos nubarrones fueron barridos por 
las últimas rachas que hacían sacudir los ár- 
boles de las gotas de agua que escurrían por 
sus hojas; de vez en cuando un claro dejaba 
ver las estrellas, y por remate plateó la luna 
su disco en la altura y fué luego á reflejar sus 
fulgencias en la superficie cristalina de los agua- 
zales que, aquí y allá, espejeaban el hilillo tré- 
mulo de los luceros. 

El ginete chapoteaba con su cabalgadura en 
las inevitables hondonadas, y la ponía á pie en- 
juto cerca del sombrajo de las matas que cu- 
bren de vegetación la extensa y reverdeciente 
llanura. 

De pronto, la caballería del nocturno ginete 
se detuvo con las orejas enhiestas y anheloso 
el resuello; lanzó un relincho, resopló fuerte, 
escarceó un tanto, alzó las patas delanteras, 
comenzó á gallardearse, á encabritarse, asal- 
tar, sin obediencia á la rienda ni respeto al gi- 
nete: por entre las ramas de un añoso roble se 
dibujaba, blanca, indecisa, una forma que osci- 
laba con el balanceo fatídico de un ahorcado; 
oyóse un quejido que partía de muy hondo; el 
ginete sintió frío hasta la médula, rayó el caba- 
llo con un desesperado tirón de riendas, picó 
fieramente la espuela, volvió grupas al lugar 



152 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

de la fúnebre visión y corrió sin aliento á lo lar- 
go de la vereda, soltó las riendas, y el caballo, 
sin freno ni gobierno, volaba desaforadamente 
desandando el camino, sin que á los ojos atóni- 
tos de su carga dejara de balancearse el cuer-- 
po y en sus oídos de zumbar la quejumbre del 
colgadodel robledal... 



Acababa el día alumbrado como por una ho- 
guera que ardiese con lumbres de intenso fuego 
y tiñera el horizonte con una faja sanguinolen- 



De pronto la caballería del Qocturno jinete... 



ABIGEO . 153 

ta que doraba los árboles de un chispeo ince- 
sante y maravilloso; los mayorales regresaban 
al caserío, y, en lontananza, se oía el quejum- 
broso y dilatado ¡jeei!,., jjeeí!,,. alternando 
con el ¡toóm!:,. ¡toómf.,, de los que llamaban ei 
ganado y de los que los conducían á los corra- 
les, para verse al cabo las evoluciones de los 
vaqueros cubriendo la llanura con los airosos 
caracoleos de sus caballos y la densa polvareda 
de las precipitadas carreras. 

Tío Goyo, tío Chepe y tío Gonifacio, sentados 
en sendos taburetes de rígido respaldo y bajo 
el techo de largo galerón, comentaban la muerte 
del abigeo y echaban, con su habitual crudeza, 
pestes contra el jefe, porque el muchacho del 
alazán nunca fué ladrón, por el contrario, era 
honrado á carta cabal, y bien que lo justificó el 
«compá Gualupe» al declarar que á él pertene- 
cía el caballo que los rifleros tuvieron por ro- 
bado; el jefe, por su parte, se lavó las manos 
como Pilatos y dijo, á modo de excusa, que 
siempre en este mundo pagan justos por peca- 
dores. 

— ¿Ya c(osté)> sabe, tío Chepe? 

— iEl qué? 

—Que el «demoño» del jefe va á colgar el mo- 
runo y á soltar el cuaco al potrero! 

— iCómoi 

— No se ojabla» de otra cosa en la hacienda... 

— 4Y por qué é eso? 

—Pué no se sabe; pero dicen por ai que den- 



154 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

de que jué noche pasaás al monte y lo cogió la 
trubunaá anda como múo, no «jabla» palabra y 
se ha cíejtao encerráo» sin asomar las «narlce 
pá náai» 

—cíEjtaráembrujáo;» porque pala «trubunáa» 
con haber «rezáo» la «maniflcaejtaba» salvo de 
cualquiera desgracia... 

—Quién quita que «ansina» sea. 

—Pué yo mancho que me alegro; ¡te juro que 
no güelve á matar á naiden naá má porque sil 



* 



En la hacienda y sus alrededores no había 
dos personas juntas que no trataran, por cen- 
tésima vez, del baleado y de su inocencia, mal- 
diciendo de los rifleros y acordándose más de 
la cuenta, y olvidando el respeto debido, de las 
respectivas madres de ellos. 

Y una vieja que dio friegas al jefe de los ri- 
fleros al llegar á la posada dando diente con 
diente, contó que después que el rural fué sor- 
prendido por la turbonada, se le apareció un 
fantasma colgado de un roble, lanzando tal 
quejido que se espantó el caballo y echó á co- 
rrer seguido de la sombra, que no era otro sino 
el muchacho que días pasados había fusilado... 

Y prosperó el cuento del aparecido en corri- 
llos de mozos y en fandangos de sábados; y no 
volvióse á saber del riflero, protagonista de 



ABIGEO 155 

esta verídica historia; y se puso una cruz en el 
lugar del sucedido; y tío Goyo, tío Chepe y tío 
Gonifacio no pasan por allí ni aun rezando los 
tres á coro la mardjlca; y hasta la fecha se re- 
cuerda el susto del riflero, la inocencia del fu- 
silado y el fantasma del robledal... 



XII 



Por una copa. 

De esto hace mucho tiempo: un día, muy de 
mañana, pasaba por la cárcel pública cuando 
oí una voz aguardentosa que desde la reja me 
llamaba con insistencia. 

No hice caso y proseguí mi camino. 

Volví á oirme llamar con más obstinado em- 
peño. 

Regresé á la reja, y allí me encontré con una 
miseria de hombre cubierto de harapos. 

—¿No me conoces?... 

Mi rostro hade haber expresado grande sor- 
presa, porque mi interlocutor, repuso: 

—¿Te causa extrañeza?... Dame un cigarro y 
hablaremos... iGracias!... 

¿Te acuerdas de Anacleto Ruizf... 

— ¿Ruiz?... lAnacleto?... (y acudieron á mi me- 
moria un montón de nombres). 

—La verdad, no recuerdo— repuse después 
de largo pensar. 

— iSerá que en la desgracia no se conocen á 
los antiguos camaradasi . . . 

Hice intenciones de irme. 




POR UNA COPA IB7 

— iNo, espera!— me dijo suplicante.— En la 
desgracia consuela hablar de lo pasador Yo soy, 
aquí donde me ves tan miserable, el hijo del 
Licenciado Ruiz, aquel Magistrado á quien fui- 
mos á ver juntos al Hotel de San Carlos en Mé- 
xico. 

— iAh, si, tú eres Ruiz; por mejor decir, fuiste 
Ruiz, pasante de derechol 

Y en esta mi exclamación había asombro y 
lástima; porque aquel hombre en nada se pa- 
recía al Ruiz de mis mocedades, al estudiante 
alegre y elegante, pulcro en el vestir y discreto 
en el habla; al hijo del Magistrado... iqué había 
de parecersel... Llevaba el cabello largo y des- 
greñado; la barba descuidada é hirsuta y las 
ropas (si puede así llamársele á una camisa 
mugrienta y á un pantalón raído) sucias de 
pringue y de lodo género de inmundicias, im- 
posible de contarlas sin provocar asco. 

— Debo causarte repugnancia en el estado que 
me bailas; culpa es del sino y no mia. 

— iPero no te recibiste? 

— Si lo del examen fué una engañifa para no 
desconsolar á mi padre; no podía presentarme 
á examen poi-que había destripado dos años. 

— íY qué te ha sucedido para encontr 
tan miserable estadot 

—Tantas y tan grandes desgracias qi 
muy largo contarlas; mas seré breve. 

Recordarás que vivía con bastante 1 
en mi cuarto de estudiante; que allí nos 



r f 



158 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

mos una veintena de compañeros alegres, fis- 
gones, mordaces y bullangueros, no para es- 
tudiar, sino para comentar el suceso del día, 
hacer visajes á la vecina, dar chascos á la por- 
tera, y á la hora de hacer la mañana, irnos á la 
cantina de enfrente; allí bebíamos una docena 
de copas, que pagaba el que tenía dinero, ó que 
yo quedaba á deber si ninguno lo traía; á mí 
se me hacía burla porque tomaba «pajarete», y 
hasta se me tildaba de afeminado por no resis- 
tir mi gaznate el resquemo infernal del ron ó 
del coñac... ¿Te acuerdas de Galón?... ¡Adiós, 
aquel estudiante de nariz colorada como rá- 
bano que le llamaban Galón para significar con 
el apodo que trincaba coñac con la misma sed 
que un elefante bebe barriles de agua!... Pues 
ese me decía siempre: iVamos con la damita 
que se regala con jerez sin pastelillosi... iPara 
beber generoso que se haga cura ó se meta ra- 
pavelas!... ¡Aquí se bebe fuerte y largo, so tem- 
perante!... 

Y del jerez pasé al vermouth, y del vermouth 
al coñac, y del coñac al ron para alcanzar la 
gracia y compañía del borracho de Galón, y 
caer, cada quien por su lado, en el último esca- 
lón donde se queda uno andrajo!... Al día si- 
guiente de haber hecho por vez primera conti- 
nuadas libaciones de coñac con Galón, me des- 
perté enfermo; la cabeza parecía que me la ate- 
nazaban; los oídos me zumbaban; la lengua la 
tenía pegada al paladar; la boca seca y los la- 



POR UNA COPA 159 

bios desollados; sentía una sed horrible; tem- 
blor nervioso en las manos; flojedad en las 
piernas; hice á levantarme de la cama y mi ca- 
beza era de plomo y mi cuerpo todo de piedra; 
levánteme al fin, y á los primeros pasos que di 
por el cuarto, me vinieron náuseas; tomé agua 
como aquel que necesitara de una manguera 
para apagar el fuego que le arde en el estómago; 
á poco rato volvieron las náuseas más frecuen- 
tes y enseguida los vómitos en chorros que 
inundaban mi habitación... ¡qué horrible mal- 
estai'!... ¡Creía morirmei 

—Eso no es nada— me decía Galón en son de 
burla— estás en los comienzos de la curda; 
échate un trago de lo fuerte y verás como sa- 
nas; y me alargó una botella de mezcal; bebí 
dos buches grandes; la reacción fué completa: 
sentí calor en las extremidades y bienestar en 
el estómago; ía circulación aceleróse tal cual si 
hubiese bebido un cordial después de largo des- 
mayo: en la jerga de Galón eso se llamaba cu- 
rársela. 

Conociendo la cura, no me preocupaba con 
la enfermedad... y cada cura era otra borra- 
chera... Acabé por ser un alcohólico sin reme- 
dio... 

Por una copa empeñé los textos de Derecho 
Civil, Canónigo y Romano; perdí todos mis 
Derechos, y con ellos todos mis libros... me 
quedé sin ropa... los recibos de mis mesadas 
los negocié... ¡valiente negocio:... con vampiros 



160 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

usureros... por mitad de su valor, es decir, por 
un rebajo de cincuenta por ciento... Pero bien 
pronto castigué la avaricia de esos judíos: en 
un mes hice dos recibos de la misma fecha y 
los desconté á distintos agiotistas que ya me 
habían chupado en otras ocasiones muchos di- 
neros... se descubrió el fraude y fui á la cárcel; 
sin embargo, el juez, que también conocía de 
agio, me condonó la pena en vista de tantos 
cincuentas por cientos que me habían cobrado 
todos aquellos caribes de, logreros. . . 

Aquí el preso hizo pausa, me pidió otro ci- 
garro, lo encendió luego, le dio unas fumadas, 
y prosiguió de esta manera: 

Fui rodando de cantina en cantina hasta lle- 
gar á la pulqueria: Recuerdo que una vez me 
vi en el espejo de c<El Triunfo de Venus» y me 
encontré desconocido: el pelo melenudo y ás- 
pero; los ojos inyectados; la barba en breñales 
y canosa... i tenía veintiséis añosi... al cuello, 
como un dogal, una corbata desteñida y sucia 
hecha un lazo descuidado... lyo que fui modelo 
de elegancia!... traía los pies desnudos dentro 
de unos zapatones rotos de ambas puntas, por 
las cuales asomaban los dedos de los pies hin- 
chados... llevábala levita con mil remiendos 
y los pantalones tan zurcidos por rodilleras y 
posaderas que no se sabía si el trabajo de la 
aguja era la trama del paño... Una sonrisa fe- 
roz, diabólica, contrajo mis labios secos... yo 



'"if ,>!- jj 



POR UNA COPA 161 

miSTiio con cruel ironía... me burlaba de mi fl- 
exura ridicula y miserable: 
. Ese día belaí más que de ordinario; fui á la 
Comisaria por la quincuagésima vez, y dp allí 
á la cárcel por ebrio reincidente... y... 



Recuerdo que una vez me tI en el espejo... 

. —¡Cuánta degradación; — exclamé como ha- 
blando conmigo mismo. 

— iAy, amigo mió, la parte intima de mi vi- 
da es la más desastrosa!... 
- Mi padre, que abandonó antes que yo destri- 
para icuánto lo lamenté y lloro ahora! la Mp- 

CDHOTOr.— 11 



162 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

gistralura y la política para dedicarse al fo- 
mento de sus negocios, murió de pena y de 
vergüenza cuando supo mi lamentable esta- 
do.... La novia que dejé en mi pueblo, con pro- 
mesa de casamiento para cuando alcanzara el 
título de abogado, acabó tísica de sufrimiento; 
y una desgraciada que seduje en la capital, 
quedó enferma y próxima á morir en un hos- 
pital... 

Estuvo un momento en silencio, como si in- 
tentara de acordar su pensamiento, para ter- 
minar de este modo su ya larga y para mí in- 
teresante historia, i Pobre Julia!... Habíamos he- 
cho de un tugurio un edén; ella .se levantaba 
temprano para ir á la fábrica; yo iba á traerla 
á la hora de salida; con el producto de su tra- 
bajo y mis buscas de leguleyo, teníamos lum- 
bre, pan y lecho... Dejé de empinar el codo y 
creí regenerarme; en tendajones de barrio ha- 
cía de evangelista, y en los juzgados menores 
defendía de oficio; poco á poco aquella vida 
tranquila y monótona me iba fastidiando; sen- 
tía interiormente cierto cansancio; el tugurio, 
nido antes de nuestros amores, se me antojaba 
un calabozo; los solicitantes de cartas y recur- 
sos en los tendajones, unos necios; los jueces 
unos legos y estúpidos... Volví á mis antiguas 
correrías sin necesitar de Galón, á quien no 
volví á ver en mucho tiempo... Dejé de ir á es- 
perar á Julia á la salida de la fábrica; me em- 
!)orraché, haciendo zig-zag y rezongando mal- 



POR UNA COPA 163 

díciones me fui á mi cuchitril... Julia me incre- 
pó por mi proceder; me puse furioso; la llamé 
hija de tal; replicóme, y le di tan fuerte bofetón 
que la puse á echar sangre por boca y narices; 
los dias siguientes fueron lo mismo: borrache- 
ras, golpes, gritos, escándalos, intervención del 
juez de barrio, comparecencias ante la autori- 
dad, amonestaciones, arrestos, desahucios, y 
todo este cortejo de autos, diligencias y trámi- 
tes que traen los disgustos domésticos, donde 
el alcohol hace del hombre un tirano y de la 
mujer una bestia... Y al cabo sucedió lo de 
siempre: daba de palos á aquella infeliz porque 
no llevaba todo su jornal para gastármelo en 
copas ó en pulque en el «Triunfo de Venus», 
mi madriguera favorita... Julia se cansó de 
mis malos tratamientos... se largó de mi lado... 
y yo me eché á la calle como perro hambriento 
en busca de hueso que roer, husmeando de 
tendajo en tendajo por ver si daba con Galón, 
embriagándome con una pandilla de ebrios 
consetudinarios... Di con Galón, y no lo hu- 
biera conocido sino me hubiese dicho con fisga: 
«iHola^ rapaz! ¿ya olvidaste el Pajaretefy) 

Por Galón supe que Julia estaba en el hospi- 
tal... tuve el noble deseo de ir á verla... pero 
Galón, el sediento Galón, me arrastró al tenda- 
jo inmediato y alli bebimos copas en pago de 
las ocurrencias y chascarrillos del abotagado 
de Galón... para después caernos en la calle y 
quedar á disposlcibii de la policía... Fui contra- 



164 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

tado para peón en las vegas de Valle Nacio- 
nal... lAy amigo míoi allí purgué todos mis 
más crudos pecados con el látigo del capataz... 
Me huí del valle, dispuesto á morir en el cami- 
no antes que cumplir la contrata; vine aquí... 
y hoy me encuentro preso por la borrachera 
de anoche... ¿Me das otro cigarritot... 

No pude oir más; me despedí de prisa, y el 
alcohólico enjaulado reía estúpidamente tras 
de la reja, mientras yo iba gesticulando y mur- 
murando á trueque de que me tuvieran por 
loco. 

Por una copa que ofrece la amistad, con el 
brillo de la copa de Gamínedes, llegamos hasta 
el denigrante término del ébrio; el tósigo infer- 
nal quema nuestras entrañas y mata nuestro 
cerebro; acabamos por ser lepra de la sociedad 
en que vivimos; vergüenza de las familias; 
azote fiero del hogar; cifra constante en los re- 
gistros de cárceles, y un padrón de ignominia 
que lleva fatídica herencia layí sobre la frente 
inmaculada de los hijos... ¡Maldito vicio engen- 
dro de Satanás!... iCuánto degrada y embrute- 
ce!.. . iQué de errores y crímenes comete!... 

* ... 

Pasados no pocos dias desde la larga confi- 
dencia del amigo de Galón, el alcaide llamaba á 
Ruiz á la hora de revista de la mañana; pero 
Ruiz no se levantaba de la tarima en que dor- 
mía... ¡Arriba, borrachón!...iQué, no oyes?... Y 



POK L'NA COPA 165 

que si quieres, á Uuiz nadie podía despertarlo; 
ni !a vara cayendo sobre las escuálidas carnes 
era suficiente para sacar de su sueñoá tal mar- 
■ mofa... Dos presos hicieron gana de levantar 
. en peso al que parecía un fardo... y lo sintie- 
ron frío y rígido: lEstaba muerloi 

;Y aquel miserable despojo fué metido en el 
tosco ataúd que la caridad publica ofrece para 
cumplir con una de las obras de misericordia; 
y el sepulturero, con su habitual indiferencia. 
arrojó á la fosa común al que pudo lejos del 
vicio haber conquistado un mausoleo; 



XIII 

Las Trece Monedas. 

El cura del terruño era en aquella hoy leja- 
na época un buen pastor de almas, sin esa aus- 
teridad huraña que hace seca y monótona á la 
virtud; que infunde más miedo que respeto y 
que retiene y esconde el pecado en la concien- 
cia 

Su apacibilidad de carácter; su dulzura de ex- 
presión y su fineza de maneras hicieron bien 
pronto que los feligreses hallaran en él un ami- 
go en el consejo, un compañero en la desgra- 
cia y un clemente en la absolución. 

El buen cura no hacía política de sacristía, 
ni convocaba feligreses, ni fomentaba cofra- 
dias; á todo hijo de vecino le dispensaba el sa- 
ludo afable y la sonrisa franca; y veía en cada 
prójimo un hermano á quien socorrer por dis- 
posición altísima de un grande y bienaventu- 
rado Dios, que escucha á sus criaturas en la 
oración y las ampara en las atribulaciones. 

Estricto en los deberes que le imponía su sa- 
grado magisterio, cumplía con el dogma, ob- 
servaba la liturgia y practicaba el ritual. 



LAS TRECE MONEDAS 16? 



En las fiestas religiosas siempre desplegó 
magnificencia y esplendor nunca sucedidos; 
eran de verse, para admirarlos, los altares de 
Jueves santo y de Corpus, en que la mano ti;i- 
bil y la disposición acertada del sacristin, aten- 
to á las indicaciones del cura, hacía del altar 
mayor una gradería inmensa, toda ella bri- 
llante de lama de piala; ostentosa de guirnalda 
de flores y alumbrada por esbeltas velas de ce- 
ra que sustentaban macizos y cincelados can- 
deleros de bruñida plata; y en el remate, cerca 
de la bóveda del ábside, el rico y esplendoroso 
trono de rosetones rebujados, capiteles yes- 
trías diminutas en acendrado metal blanco, 
donde la custodia de óureos y aspados rayos, 
circundada de pedrería centellanlc, rutilaba 
con brillos y chispeos que las luces de lacera le 
daban; y abajo, en las gradas del presbiterio, 
la mullida y tefiida alfombra cubriendo el mar- 
móreo pavimento, y por cada extremo los ci- 
riales, tersos como espejos, y del lado del Evan- 
gelio la cruz parroquial alta y erguida, y del 
lugar de la Epístola, los tres estirados sitiales 
de precioso cedro con cojines purpúreos do fi- 
no terciopelo; y las macetas enfiladas con las 
fragantes y matizadas llores que trascendían su 
perfume persistente entre ondas bia 
de aromático incienso; y por cada e; 
altar un bello y rubicundo ángel con 
cas y sedosas, resplandeciente diadei 
tud beatífica, servían de seráficos g 



108 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTKÁN 

cii aquel santuario regio de pedrería, abundan- 
le de luces, galano de ñores y saturado de in- 
cienso... 

Y no era sólo el lujo desplegado en el altar 
mayor y en los nichos y en hornacianas de la 
¡Iglesia, lo que admiraban los ojos de los fieles, 
levantando en sus espíritus dormidos la sensa- 
ción, siempre sentida pero jamás explicada, de 
un hondo y rebosante sentimiento estético, que 
con el misterio llegaba á lo infinito para acre- 
centar la piedad y aumentar la devoción, tam- 
bién las palabras del orador en la cátedra sa- 
grada caían profélicas y evocadoras en las con- 
ciencias de los devotos pecadores que se obsti- 
naban en la culpa y hacían votos en el tribunal 
a penitencia; porque el cura del lugar, sin 
¡ntación de saber ni alarde de elocuencia, 
movía con patéticas frases los sencillos co- 
inés de aquellos sus humildes oyentes. 
Ds sermones del señor cura dejaban impre- 
les fuertes y duraderas, no por rebusca- 
ntos de retóricas y exhibición de escarceos 
•arios, que por ello hubiera caído en el de- 

de la mayor parte de los predicadores 
busban muchas figuras de efecto y em- 

m una superabundancia de oropeles para 
íiarse del asunto principal, con cuyoem- 

1 se fastidia la tercera parte del auditorio, 
ipre compuesto de un conjunto diverso de 
tes que se ocupan de distintas profesiones y 
liferentes oficios. No; el experto orador ata- 



LAS TRECE MONEDAS 169 

cabalas pasiones comunes ú lo Jos los ¡mína- 
nos, ápesar de los disímbolos objetos sobre que 
caen; sin rodeos y ambages, se iba derecho al 
mal, como para atacarlo de frente y extirparlo 
de raíz; ésta pudiera llamarse la táctica de los 
sermones del señor cura; cuanto al estilo, aun- 
que noble y digno do la majestad del pulpito, 
era sencillo y claro y muy al alcance del pue- 
blo. 

Así no había afectíieión ni pedantería en sus 
sermones; huía de todo aquello que fuera me- 
ro brillo artiflcial, ampulosa metáfora conti- 
nuada y deslumbrantes retóricas, que lodo 
ello sólo divierte el ánimo, enciende la fantasía 
y distrae la devoción para desviar el conoci- 
miento de las verdades que anuncia el predi- 
cador. 

El vecindario aun recuerda entusiasmado y 
reverente aquel último sermón de viernes san- 
to, en el cual lo puro y digno de las imágenes, 
lo bello de los giros, lo patético de la situación 
y lo oportuno del raciocinio, arrancó no bien 
Contenidas lágrimas y trajo al espíritu de los 
oyentes conmiseración para el crucificado co- 
mo hombre y alabanza para el hombre adora- 
do como Dios. 

El cura, fuera de sus habí tuali 
dicaba los ratos perdidos á la lee 
y sustanciosos libros; no le rep 
netamente literario, y entre la le 
pis y el cotidiano repaso del bre 



170 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

p:ira tregua del entendimiento cualquier otro 
libro profano, pero jugoso y de doctrina. Solía 
dejar los libros de pasatiempo por el ajedrez y 
el tresillo; para el uno contaba con la destreza 
del barbero y para el otro con la pericia del bo- 
ticario. 

Jugaba con el barbero los miércoles y sába- 
dos, días en que, salvo tal cual molestoso y se- 
veramente cuidado catarro, venía el rapista á 
rasurarlo; entonces, mientras el barbero apres- 
taba los utensilios, remojaba al cura la barba 
y asentaba la navaja, exponía cada quisque la 
nueva jugada traída en estudio de días atrás, y 
no faltaban los planes seguros y acertados con 
que ambos contrincantes suponían ganar en 
pocos lances el juego; acabada la tarea del bar- 
bero seguía el entretenimiento de los jugado- 
res; en cómodas poltronas se sentaban frente 
por frente ante el tablero; apostaban las bico- 
loras piezas en sus correspondientes casillas y 
daba la salida el cura con espera del barbero; á 
veces solo se oía el asentado toque de las piezas 
sobre el tablero, por estar la imaginación ocu- 
pada con las combinaciones del ajedrez sin de- 
jar lugar á la boca para hablar palabra, y otras 
la jugada estaba tan empeñada con el movi- 
miento de un caballo, que pasaba largo y si- 
lencioso rato para que el jugador corriera la 
tal pieza al espacio conveniente para evitar una 
tomada; así, entre humeantes cigarrillos y no 
frecuente pero sabrosa charla, se sucedían un 



LAS treCe monedas 171 

par de horas, al término de las cuales levanta- 
ba el campo el cura, traía de un anaquel la co- 
diciada botella de acreditado Jerez de la Fron- 
tera, con cuyo vinillo, sabrosa y escurridizo, 
convidaba siempre al barbero fuera vencedor 
ó vencido; después de escanciado el jerez, pala- 
deaban juntos la copita, y cada quién se volvía 
á sus labores. 

El boticario venía una que otra noche; cuan- 
do venía, se sentaban en extendida mesa alum- 
brada por una lámpara con pantalla verde; an- 
tes del juego acostumbraban saborear en sen- 
dos pocilios floreados el espumante chocolate 
costeño, nada espeso y muy acondicionado con 
leche pura y bien bullido por el hervor de la 
lumbre y mejor balido por las manos de afano- 



» _ _ _ r 



172 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

sa cocinera; gustaban la bebida frailuna con 
doradas solétalas de tía Vito, que eran una de- 
licia para aquellos paladares esquilimosos y un 
tanto glotones. 

Acabada refacción tan rica, extendían el 
montón de acanaladas cartas por el continuo 
uso á que estaban destinadas; comenzaba la 
jugada de tresillo salpicada de chistes per parte 
del boticario y de reprimendas por la del cura; 
entre juego y juego, acá y allá, altercaban por 
quítame allá esas pajas; y habia vez que se en- 
trincaran en acaloradas discusiones teológicas 
y metafísicas, en las cuales siempre el boticario 
negaba con un esceptisismo atroz y el cura 
afirmaba con una fe evangélica; pero aun con- 
tando con la incredulidad obstinada y nunca 
convencida y con las negaciones de libre pen- 
sador declarado del boticario, jamás llegaron á 
desavenirse y todas las noches de tresillo se se- 
paraban amigos. 

Enfermó el cura; y fué tan aguda y violenta 
la dolencia, que en un santiamén entregó el al- 
ma al Creador. 

El terruño todo sintió la muerte del buen pas- 
tor: lo mismo el rústico que sólo viene al pue- 
blo los domingos por oir misa, que el boticario 
y el médico, que nunca concurrían á la iglesia. 

El cura no dejó más bienes de fortuna que en 
un viejo arcón los ornamentos y unos doscien- 
tos trece pesos, cantidad que encargó al barbe- 
ro repartiera entre los pobres; entonces se su- 



LAS TRECE MONEDAS 173 

po, para más admirar la virtud del sacerdote» 
que la poca hacienda que había adquirido por 
producto de su curato, la había distribuido en 
vida, y por partes parciales, á los pobres ver- 
gonzantes del terruño. 

El barbero, más supersticioso que fanático, 
no sabía cómo componérselas con aquella can- 
tidad cuyas cifras acababan en 13, el número 
fatídico por excelencia; habría sin duda que 
cumplir la úllima voluntad del santo varón que 
así se lo encomendara; pero tocar los 13 pesos 
munca! Desvirtuaría la caridad del reparto de 
los doscientos, los maleficiaría, y en vez de re- 
mediar la pobreza de los necesitados, les lleva- 
ría un mal agüero, les sobrevendrían males 
sin cuento y desgracias sin remedio... 

En sus escrúpulos consultó un libro de ma- 
gia prieta, llevado de manos del sacristán, que 
no por andar con agua bendita pudo desligar 
el maleficio; pasó noches en vela el medroso 
barbero con gran susto de su mujer; rezaba 
noche con noche diez avemarias y otros tantos 
padrenuestros para que Dios, con su sabiduría 
eterna, le iluminara el corto entendimiento y le 
inspirará la manera.. fácil, expedita y pronta de 
sustraer los 13 pesos sin menoscabar el legado 
•ni comprometer su conciencia. 

Y después de mil resoluciones no practicadas 
y de igual número de arrepentimientos, acabó 
por tener, en una de tantas noches de vela, 
horrible y tenaz pesadilla, en la cual vio al 



174 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

cura, puestos los ornamentos, atravesar por 
entre el gentío que invadía la iglesia, subir al 
pulpito, y decir con voz cavernosa que se me- 
tía muy dentro: 

c(Y para los avaros que atesoran, para los 
usureros que expeculan y para los codiciosos 
que retienen el dinero ajeno» no habrá compa- 
sión ni clemencia: constantemente el sonido 
metálico de las monedas ensordecerán sus oí- 
dos, cerrados de antes á toda imploración; sus 
manos eternamente contarán los dineros y el 
hambre y la Sed mortificarán sus cuerpos y 
enflaquecerán sus carnes, porque no tendrán 
sino tiempo para contar y desear y codiciar y 
acaudalar...» 

Acabando de decir esto el predicador, el bar- 
bero miró al rostro del cura, y la cabeza del 
sacerdote estaba monda de cabellos, y en las 
cuencas del rostro no brillaban los ojos, y en la 
boca, sin labios, los dientes parecían reir si- 
niestramente, en cuanto las manos descarna- 
das se apoyaban con violencia sobre el baran- 
dal del pulpito, produciendo los artejos con la 
violencia del ademán un castañatear ruidoso 
de huesos que se rompen... 

Dispertó el barbero lanzando un grito de pa- 
vor, y fuese luego al lugar en que tenía deposita- 
dos los 213 pesos; tomó los 13 pesos, los envolvió 
en un papel , y escribió algunas palabras»sobre el 
doblez del envoltorio, con letra tan endemo- 
niada, que sólo traduciría el boticario, no por 



LAS TRECE MONEDAS 175 

polígrafo, sino porque mucho se parecía á la 

caligrafía que usaba el farmacéutico en aquello 
de lo nutrido de garrapatos y palotes. 






Pasaron anos, y, con el trascurso de ellos, 
pocos fueron los que quedaron en el terruño 
para acordarse del buen cura, protagonista de 
esta verídica historia; murió también el barbe- 
ro, llevando la delantera para la eternidad al 
boticario; después de los responsos y del en- 
tierro vino el sacristán, ya viejo como un Mata- 
sulén, y dijo á la viuda muy compungido y con 
acongojado acento: aSeñá Tecla, busque osté 
en el bául del maistro que oí le deja un dinero». 
La mujer, entre codiciosa y afligida, revolvió 
los trapos del difunto barbero, y á poco de 
afanoso el que creía grandioso tesoro, halló un 
envoltorio con peso que parecía de dinero, iba 
á abrirlo, cuando notó la escritura del barbero 
que leía de corrida, la cual decía con letras gor- 
das y despatarradas: «Esto es pa misas por mi 
alma. I un pesopa el sacristán.» 

El barbero, antes de morir, resolvió el pro- 
blema. 

Con doce pesos para sufragios sacaría su al- 
ma del purgatorio, donde se estacionaría por 
haberse quedado sin cumplir, en parte, lo dis- 
puesto poi' el cura, á causa de su mala adver- 



176 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

sión para el número trece; con la dádiva de un 
peso, el sacristán destruiría la cifra fatal; así el 
alma del cura pediría á Dios el rescate de la del 
barbero, puesta en el purgatorio, y el sacristán 
por el duro no olvidaría al rapista. 
¡Todo por lo ominoso de las trece monedas! 



XIV 

La Juanita. 



Era el 27 de enero de 1873. 

«La Juanita» se aparejaba para hacerse á la 
vela aquella mañana hacia Tlacotalpan, con es- 
cala en Alvarado, y sólo esperaba tener á su 
bordo el último pasajero para levar ancla y to- 
mar rumbo. 

Aún no amanecía: tenue%eblina, como velo 
diáfano, opacaba las luces del heroico puerto y 
hacía confusos los contornos firmes del caserío 
y las líneas severas de las altas torres; los ojos 
ciclópeos de los faros «San Francisco» y «San 
Juan de Ulüa» lanzaban sus irradiaciones de 
luz blanca, abrillantando la neblina el uno, y 
haciendo más visibles las efervescencias del 
mar, el otro; parecían en la obscuridad de la 
noche dos titanes que encadenados equidistan- 
tes esquivaban el verse; pues tan luego el de 
«San Francisco» abría intensamente su disco 
luminoso en dirección del de «Ulúa», cuando 
éste dirigía su ojo airado sobre «Sacrificios», 
marcando un ángulo de luz en cabrilleos tré- 
mulos por las aguas movibles y negras. 



178 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Eli los muelles todo dormía cual arrullado 
por el mugiente sonar del agua que golpeaba, 
en rítmicos vaivenes, la hosca y porosa piedra 
del mueWeJlscal, que, tenebroso ycuadrangu- 
lar, dilataba su vetusta mole fuera de la playa 
circuida de espesas y obstinadas murallas. 

Ni el cliirrío de los pernos, ni el rodar de las 
carpctillas, ni el vocerío de los boteros, ni el 



Cuando este dirigía su ojo airado... 

rechino de las poleas, nada ni nadie interrum- 
pía el silencio de la noche ni la soledad del mue- 
lle, cuyas luces de un rojo opaco parpadeaban 
en los duros postes de las grúas, siniestras 
horcas que en aquella obscuridad extendían 
sus rígidos y afrentosos brazos. 

Poco á poco comenzaron á entrar por las dos 
puertas férreas del muelle, tomadas de orín 
por las salobres brisas del mar, los pasajeros 
que llevaría «La Juanita»; unos embozados 



LA JUANITA 179 

para abrigarse del relente; otros con puros en- 
cendidos que estrellaban de ardentías la ne- 
grura ambiente; con pasos tardíos los más, y 
con carraspera expectorante no pocos; los gua- 
dañeros, encorvados bajo el peso de los equi- 
pajes, llegaban presurosos y deponían su carga 
al pie de los escalones de piedra que en ambos 
flancos del muelle se suceden. 

Grupo numeroso rodeaba á un pasajero que 
despedían con los cariñosos saludos de i Adiós, 
mi General!... ¡Buen viaje, General!... En tanto 
los botes fueron echados al mar; armáronse 
los remos en sus estrovos, empuñóse la caña 
del timón y los pasajeros, con salto temeroso y 
mano temblona, particularmente las mujeres, 
pasaban de las escaleras á la borda de las pe- 
queñas embarcaciones de transporte. 

Se escucha el golpe acompasado de los remos 
á boga larga, y botando el timón á estribor so- 
bre el agua que aun adormitada refunfuñaba; 
distintamente suenan seis campanadas en el 
reloj de Palacio; en seguida el faro de «San 
Francisco» cerró su ojo luminoso y se entregó 
al descanso con pereza muy propia de un tras- 
nochador, y el de cdJlúa», por no ser menos, 
entró en reposo también. 

Una faja blanquecina y brillante iluminó el 
horizonte por el oriente; el mar á trechos se 
argentaba; las múltiples lucecitas, que antes 
cabeceaban en los mástiles de las embarcacio- 
nes que pueblan la bahía, extinguieron sus 



180 CAYETANO K0DKÍGU£Z BELTRÁN 

claridades cual tímidas luciérnagas al primer 
rayo poderoso del sol naciente; después, un in- 
menso incendio de reflejos sonrosados aclara- 
ban y tcñian el cielo que hundía, con la majes- 
tuosidad de un manto flotante, su azul cobalto 
en las aguas añiladas del Golfo. 

En la cruz de señales de «El Caballero Alto» 
se izó un gallerdetón colorado y debajo de él 
una esfera negra, signos anunciadores de que 
había «vapor á la vista». 

El agua de la bahía, que al amanecer estaba 
azulosa, se fué descolorando hasta tomar tonos 
glaucos con las luces matinales; el sol doraba y 
quemaba todo cuanto tocaba con sus destellos; 
reflejándose en el color variado y lustroso de 
los botes, que como cachorros se pegaban á la 
borda de las grandes embarcaciones, se que- 
braba en cambiantes movibles, en viscos inten- 
sos y en ondulantes culebreos que hacian mil 
combinados espejismos, ya alargándose undo- 
sos y saltantes, ya sumerguiéndose parpadeaii- 
tes y fugaces, ya corriendo en el vaivén de la 
onda para apagarse al romperse en espumas 
el impulso de las aguas; las descomunales bo- 
yas, tiznadas de óxido, inamovibles, levanta- 
ban sus argollas resistentes, de las cuales pen- 
dían tirantes y gruesos cables que aseguran 
las naves en el fondeadero; las pesadas lanchas 
de conducii' carga, con sus mástiles rectos, lar- 
gadas las velas y tendidas las escotas, se balan- 
cean gravemente; los vaporcitos remolcadores, 



LA JUANITA 181 

encienden sus máquinas, y por sus ennegreci- 
das chimeneas lanzan humo, cuando blanco, 
cuando negro, cuando cenizo, cuando terroso, 
cuando sepia; ora en espirales, ora en borbo- 
tones, ora en hilillos hasta perderse ligeramente 
en el firmamento; por el oriente se dilata in- 
conmensurable línea áurea, sonrosada en sus 
bordes, con interposiciones de fajas blancas; 
cabrillea á ratos para esfumarse luego; y por 
el Noroeste, un cielo azul á retazos, brumoso 
por el Norte, refleja tonos escarlatas y violados, 
donde las velas alzadas de las barcas pescado- 
ras se suceden cual bandada de gaviotas que 
emprenden el ignoto vuelo. 

Al frente Veracruz se levanta con el colorido 
de una ciudad morisca, dibujando el rectángu- 
lo uniforme de su caserío sobre el cual las to- 
rres empinan sus altiveces de minarete, y los 
miradores deforma cúbica, á modo de mayús- 
culos dados, se asientan en el plano recto de 
las azoteas; las viejas iglesias arquean sus dom- 
bos á distancia unas de otras; allá la cúpula do 
la «Pastora»; después la torre del faro c<San 
Francisco» se ensefioj'ea, con porte gentil, del 
horizonte; en seguida la media naranja de la 
Parroquia brilla y deslumhra: creeríase de pla- 
ta maciza la tersa superficie de sus bruñidos 
azulejos heridos por los rayos solares; del aus- 
tero «San Agustín» no queda más que la re- 
choncha cúpula, la cual, coronada por el cupu- 
lino, recuerda la grave cabeza con cerquillo de 



182 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

fraile descalzo; y atrás, poniendo cerco al cariz 
de las fachadas y á la altanería de las torres, el 
ocre tirando á rubio de los médanos ciñe con 
sus ondulaciones suaves la extensión ilumina- 
da y alegre de la ciudad tres veces heroica, que 
muestra honrosas cicatrices en sus muros y 
tiene por guardianes junto al mar, el baluarte 
«Santiago):) por un extremo y el de la «Concep- 
ción):) por el otro, cual viejos veteranos que en 
la boca callada de sus cañones conservan la 
historia de sus patrióticas hazañas... 

Estaban ya á bordo toios los pasajeros del 
pailebot «La Juanita», al mando de Pancho Ve- 
ra, y tripulada por seis marineros, un contra- 
maestre y un grumete. 

Pancho Vera es bajo de cuerpo, lleno de car- 
nes, mozallón vigoroso y no desgarbado; pelo 
bermejo de una cabezota que no sofoca el sol 
ni la tormenta abate; caraza roja, ojos grandes, 
deslumhrados; la pupila de color azul claro es- 
trellada de gris; la boca grande pero de finos 
labios apretados; dentadura fuerte y completa, 
que lo mismo sirve para deshacer la vuelta de 
una escota ó el duro nudo de una ballestrinque, 
como para llevar la afilada faca cuando en al- 
gún percance tiene que habérselas en contien- 
da abierta con los tiburones; sobre el labio su- 
perior y en la mandíbula inferior se le ven ve- 
laduras azuladas que indican la recia barba 
pronta á crecer, pero contenida feracidad tan 
montuna por el uso de la navaja que se ejercí- 



LA, JUANITA. 183 

ta coiitinuameníe en la rasura; sus manazas 
son carnosas, velludas, fuertes como aspas de 
hélice y dadivosas como de padre mercedario; 
el pecho avante— coraza para las olas y «escu- 
do impenetrable al miedo— sirve de pantalla á 
un corazón generoso hasta la prodigalidad y 
sensible hasta las lágrimas. 



184 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

Los otros marineros son hombres, valientes, 
arrojados y temerarios (según las circunstan- 
cias) que obedecen á pie juntillas las órdenes 
del patrón y aman el barco como á un pedazo 
de arteria arrancado á las entrañas de su te- 
rruño. 

Son fuertes» musculosos, con barbas nazare- 
nas y ojos moriscos, bocas gárrulas y blasfe- 
madoras, que acompañan sus duros trabajos 
de imprecaciones horribles, de palabras sucias, 
destempladas y obcenas, tan brutales que no 
hay oídos castos ni pechos piadosos que pue- 
dan resistirlas. 

Entre ellos son de notarse: «Calzón aguáo», 
así llamado porque lleva de diario pantalones 
muy anchos de mahón azul ó lonetilla, los cua- 
les se hinchan como mangueras en subiendo el 
tal por los flechastes á los masteleros á ejecu- 
tar alguna maniobra con viento fresco. c<Tío 
Tonina», alto, delgado pero atlético; rasurado 
del bigote, de sota barba negra y un tanto cres- 
pa que, á manera de barbiquejo, le sirve de 
marco á la angulosa quijada para darle aspecto 
de lobo marino. «ElJuile», chaparro, cuadrado 
de estructura; diríase una masa de carne he- 
cha en forma de cubo; todo es cuadrado en él, 
desde el rostro, siempre barbihecho, hasta los 
pies descomunales y recios como pisones. c<El 
Cangrejo», rojo con la rubicundez de crustá- 
ceo acabado de salir del agua hirviente; sus 
manos atenazan con la fiereza de antenas, los 



La jL'ANlTA iSS 

dedos de sus pies son garfios, y para subirá, 
los obenques lo hace con la agilidad de una ar- 
dilla, no obstante su corpulencia, suspendién- 
dose con las manotas y sosteniéndose con los 



Tío Tonina, alto, delgado pero atlálico... 

pies por el dedo gordo y su compañero ú ia ma- 
nera tenaz de un cuadrumano. 

El cocinero es churillcro por costumbre y 
cantador á ratos; le atufa cualquier quisquilla, 



186 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

y todos lo miran de reojo; pero le toleran y mi- 
man po»" aquello de que es quien condimenta y 
reparte el rauclio ú. bordo. 
Los otros son tipos netamente alvaradeños; 



El Juile, chaparra, cuadrAdo de «alructura... 

•OS marinos y pescadores arrojados; con 
is de zamarro, abundante vello erizado 
do el cuerpo, color quemado por el mar, 
certera y manos diligentes; con el panta- 



LA JUANITA 187 

lón más abajo de la cintura, obligado á soste- 
nerse por el rigor de la especie de cíngulo que 
usan, y que muchas veces no aprovecha; pues 
se bajan de cintura y se van de costado por el 
peso de la faca enfundada que al cinto llevan 
del lado de la cadera. 

— lEjtamos listoi— gritó el patrón. 

— iSí, de toíto! 

— iPuej arriba ese botei 

Y en un periquete el pequeño esquife estuvo 
sobre cubierta. 

Los pasajeros fueron acomodados, y, de tal 
suerte, que no interrumpieran las maniobras 
de los marineros. 

Estaban abordo hasta sesenta pasajeros en- 
tre hombres, mujeres y niños, y con ellos el 
general Porfirio Díaz que venia á Tlacotalpan. 

Se volvió á oir el vozarrón del capitán dando 
órdenes al contramaestre: 

— iNuestro amo— así nombra la tripulación 
al contramaestre— aliste para la salida! 

Y el contramaestre ordena á su vez: 
iVamos, Chano, quita con el muchacho las 

capas á las velasi 

El cocinero con el grumete, no sin rezongar 
el primero, comienzan á desnudar las velas de 
sus abrigos de lona embreada. 

I Vamos, muchachos, á levan 

Cuatro marineros corren al molinete de proa; 
toma cada quien un espeque, lo engranan en 
la escopleadura del aparejo, echan el cuerpo 



188 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

hacia adelante, empujan con fuerza y ¡aaaó!... 
iaaaói... ¡aaaó!... laaaói... 

El molinete giraba á cada impulso y la cade- 
na gruñía con gran estruendo... 

¡Vamos, muchachos, que ya está cerca el 
grillete -gritaba el nuestro amo para alentar 
la faena. 

¡Vamos, muchachos, que se pasa el terrali — 
repetía el contramaestre para acelerar la ma- 
niobra. 

¡Aaaó!... ¡aaaó!... ¡aaaói... ¡aaaói... 

Y seguía el gruñido de la cadena, y la queja 
del molinete, y el estribillo de los tripulantes, 
en tanto ((nuestro amo» en el castillo de proa 
observaba la operación y á cada paso veía la 
cadena, hasta que se fué á la banda de estribor, 
y mirando al fondo, dijo: 

¡Bueno, ya estamos á pique! 

El ancla se encuentra en el fondo perpendi- 
cularmen te al escobén. 

Dos marineros dejaron el molinete y echa- 
ron manos á las brioles y amuras del trhi- 
quete. 

¡Iza trinquete! 

Paulatinamente se va desplegando la vela 
hasta que queda tirante, entonces se escucha 
otra vez la voz de mando: 

¡Relinga bocal... ¡Relinga ese picol 

El trinquete esta listo. 

Se sigue la mayor. Izada la mayor, vuelve el 
contramaestre á gritar: 



LA JUANITA 189 

1 Arriba la escandalosa! 

iRás!... ¡rási irási Yaque corona el mastelero: 

lAmurar esa escandalosa! 

—¡Cangrejo, iza ei foquei 

— iJuile, arriba ese fofoquei 

Los amantillos, escotas, vientos, drizas y 
brioles que se restiran; los garruchos que gi- 
men; los bertellos que golpean; los cabuleros 
que rechinan; las velas que flamean; los mari- 
neros que imprecan; voces, ruidos y carreras 
forman un estruendo y gritería tal que no es 
bastante el bramido del mar á ensordecerlos. 

Todas las velas están izadas. El grave foque, 
el ágil fofoque, el oportuno trinquete, la majes- 
tuosa mayor y la previsora escandalosa dan al 
aire sus lonas tensas y blancas en espera de 
viento que las infle para arrancar la embarca- 
ción de su fondeadero y hacerla tomar rumbo. 

La tripulación retorna su pericia á la proa; se 
pegan otra vez al molinete, tiran con fuerza, y 
el ancla, que como enorme crustáceo vino 
arando con su uña fenomenal el inexplorado y 
temible fondo del mar^ se desprende al cabo, y 
sube hasta que su arganeo toca el escobén, el 
cepo golpea la banda y la cruz queda colgada 
balanceándose en el vacío; entonces grita nues- 
tro amo al capitán que está con la caña del ti- 
món empuñada: 

iVamos, levado! 

El capitán dá la caña hacia babor para sacar 
el barco por estribor. 



190 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

c<La Juanita» gira y no cae; las velas se sos- 
tienen lacias y quedas. 

El patrón aulla con voz.de trueno: 

— ¡Cangrejo.acuartela foque sobre babón 

—¡Acuartelen trinquete sobre babor». 

— ¡iQué acuartelen trinquete sobre babón ! 

—I Vamos, muchachos, acuartelen esta ma- 
yor por estribor, que hay que pescar el poco 
viento! 

El barco cayó y se deslizó suavemente im- 
pulsado por un viento muy débil del Noroeste. 

La mar estaba como un plato. 

«La Juanita» á las bordadas salió despaciosa- 
mente del puerto, cual si le doliera con los pa- 
sajeros dejar atrás el espléndido paisaje de la 
bahía, iluminada por toda la intensidad de un 
sol hermoso y desceñido de nubes obscuras 
que empañaran sus tibios y dorados reflejos. 

No obstante, la marcha despaciosa de «La 
Juanita», el pasaje no desesperaba de hacer un 
viaje redondo y seguro; confiaba en la expe- 
riencia de Pancho Vera, habituado á las sor- 
presas y perfidias del mar, y en la fama de ve- 
lero que tenía el barco, el cual era de sólida 
construcción, amarrado con clavazón de co- 
bre, de 75 toneladas de porte, con 11 pies de ca- 
lado, y navegaba con cuatro cuartas sobre el 
viento; tales y tan buenas condiciones, unidas 
al surtido y fuerte velamen y á la fina y ga- 
llarda arboladura, lo declaraban rápido y audaz. 

«La Juanita» tomó el derrotero denominado 



LA JUANITA 191 

«camino de tierra», pasando entre «Sacrificios» 
y «Los Hornos» y siguiendo el litoral del «abra 
de Medellín» ó «Boca del Rio» 

A distancia se veía «Sacrificios» coronada de 
espumas; más cerca «Anegada de Afuera»; esta 
isla pequeña es triste con tristeza que duele, 
desierta, tendida á lo largo del mar semeja el 
lomo de un cetáceo á flote, de dorso brillante y 
acerado, inofensivo, dormido con sueño que 
mecen las ondas prendidas con velos de inma- 
culada espuma, y circundada de islotes hoscos, 
puntiagudos, que levantan sus zarpas como 
guadañas de muerte, y cantan en sus playas 
SDlitarias la canción de las olas que se quejan 
con la angustiosa dolencia de náufragos que 
sucumben... 

A lo lejos un trasatlántico surcaba las aguas 
de mil tonos teñidas, lanzando penachos de 
humo, que la falta de viento deshecho permitía 
ascender á gran altura, para borronear con su 
tizne la limpidez del horizonte y quedar des- 
pués esparcido en el aire á igual de vellones ne- 
gros de insólita borregada que una mano invi- 
sible apacentara en la azulosa inmensidad del 
cielo. 

Era cosa de las once de la mañana. 

Los pasajeros, en grupos diseminados por la 
cubierta, alegres contaban tal cual peripecia 
ocurrida al navegar en barcos de vela; el gene- 
ral Díaz venía rodeado del mayor número de 
pasajeros, y entre charla y charla, bien del 



192 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAn 

r.imbo de proa, bien del de popa, brotaba un 
iViva Porfirio Díazi sonoro, espontáneo y entu- 
siasta. El cocinero ya tenía la sartén á la lum- 
bre; chirriaba la manteca, y de una marmita, 
puesta ú, borbotear, trascendía un tufillo agra- 
dable que se entraba ligero por el olfato para 
incitar el apetito á más de urt estómago en ayu- 
nas por la hora lan de madrugada del embar- 
que; el cocinero, entre tajada y tajada, que con 
mucha parsimonia iba sacando de una robusta 
cebolla, cantaba desacordadamente: 

iAy, morena, morena, morenai 
lAy, morena de mi corazón: 
Y daesla cantinela no pasaba su contento. 
De vez en cuando se oía; 
;Orza! 
¡LiStOl 

;Caza escotal 

De pronto, una ráfaga intempestiva hace sa- 
cudir fliriosamente los rizos en la superficie ti- 
rante de las velas; después flamean; en tanto 
pasan, llevados por otra ráfaga, filamentos 
como telas de araña que flotaban á lo largo en 
la atmósfera; á estos indicios sucedió el de una 
leblina por el lado del Norte; el mar se 
scuro y el viento cambia al Oeste. 
'te tenemos!— anuncia un pasajero, 
■leí— contesta la tripulación. 
3l canturrear del cocinero que se las 
a galanas con el condumio que estaba 
idO; callaron los pasajeros sus cuentos 



LA JUANITA 193 

y anécdotas; la marinería iba de proa á popa 
preparando cabos, aferrando lonas y desalo- 
jando la cubierta para poder ejecutar libre- 
mente las maniobras que se sucederían. Súbi- 
tamente flamearon las velas; la botavara giró 
con fuerza sobre babor; el mando de bajar á la 
cámara fué terminante; sólo quedaron en cu- 
bierta algunos pasajeros, que no impedirían las 
faenas marítimas. Se cerró la cámara; se cu- 
brieron las escotillas y los portalones. 

Sopló el viento fresco; zumbaba el velamen; 
crujían los mástiles; lasólas, desencadenándose 
cada vez con más fuerza, batían la banda de 
babor, de popa á proa, salpicando de espuma 
la cubierta é inclinando el barco de estribor con 
peligro de tomar agua. 

El mar se puso negro como pizarra; nublóse 
el sol; por el firmamento corrían en legiones 
endemoniados nubarrones pardos, cenizos; no 
se veía la costa y se adivinaban los bajos y 
arrecifes por las montañas de espumas que her- 
vían iracundas en sus riscos y pedruscos. 

El viento seguía fresco; pero aún no se de- 
claraba la torment.i. 

II 

iVamos á largar esa escandalosa! 

El tío Tonina, con una velocidad que no dis- 
minuía la fuerza del viento, subió por el oben- 
que del palo mayor hasta el mastelero. 

¡Ejtamos listo! 

CükHTOS.— 13 



194 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

Nuestro amo manda: 

liza y caza iscotaf 

Guarnida la escandalosa, ordena: 

iCarga y aferra escandalosal 

oLa Juanita» siguió navegando con todas sus 
velas menos la escandalosa, y puso proa hacia 
oAntOn Lizardo» en busca de abrigo contra el 
Norte, que con furia creciente se venía encima; 
eran de verse su ligereza y gallardía para evi- 



tar los escolios y arrecifes que erizan, circun- 
dan é impiden el paso para entrar á «Antón 
Lizardo»; tomó por el «abra de Medellíno, y 
obediente y dócil al timón y fiel y presurosa 
por las velas, esquivó, con bordadas prodigio- 
sas y tumbándose y ladeándose frecuente- 
mente, «Blanquilla», «Chopas», «Cabezo» y 
«Rizo», y en saliendo de ellas arreció furioso el 



LA JUANITA 195 

Norte; el contramaestre mandó tomar dos fa- 
jas de rizos á la mayor y otras tantas al trin- 
quete; de allí á poco como aumentara el viento, 
se oyó formidable la voz de Pancho Vera: 

1 1 Arría y aferra fofoqueii 

Y con el foque desplegado, y casi á palo seco, 
entró c(La Juanita» triunfante á ponerse entre 
«Antón Lizardo» y «Salmedina». 

El barco quedó al pairo. 

llFondoü 

En todas estas maniobras el capitán no qui- 
taba ojo de las velas ni mano del timón, y los 
tripulantes estaban en el rancho de proa; cuan- 
to á los pasajeros quedados sobre cubierta iban 
pálidos y temerosos, unos agarrados fuerte- 
mente á los obenques y otros de los cabos pen- 
dientes de las jarcias. El General Diaz inmuta- 
ble, junto al palo trinquete, contemplaba las 
maniobras, estimulaba á los marineros con vo- 
ces de aliento y daba al viento su cabeza des- 
cubierta porque una racha le había arrebatado 
el sombrero... 

«La Juanita» cabeceaba de babor á estribor 
muy lindamente; los pasajeros, en su mayor 
parte, estaban con las ansias del mareo. 

Nadie piensa en tomar alimento. 

La noche cierra y se iza en proa el farolillo 
de esfera. 

Se durmió mal aquella noche; si dormir es 
estar tumbado sobre duras tablas dando vuel- 
tas y más vueltas; se improvisaron camas las 



196 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTrAn 

brazolas de las escotillas, las tablas de los por- 
talones, las planchas de descargar; y eran ca- 
marotes los caramancheles, los pañoles y los 
sollados; la cámara, pequeña y sucia, se des- 
tinó para las mujeres y los niños; al General 
Diaz le ofreció su camarote Pancho Vera, y el 
General lo rehusó diciendo que se lo cedía á al- 
guna de las señoras que venían á bordo y no 
tenían cama. 

Al otro día el viento del norte no cesaba, y 
hasta el barco, un tanto en sosiego, llegaba el 
i'etumbo desesperante del mar que con su fu- 
ria amenazó de naufragio á «La Juanita». 

Evitado el peligro renació la calma y la ale- 
gría, y vino la confianza al espíritu atribulado 
de las mujeres, que todo se les iba en rezar, en 
hacer votos y en ofrecer promesas á sus santos 
favoritos y milagrosos. 

El cocinero ya andaba desde muy temprano 
haciendo lumbre en el apagado fogón, levan- 
tando cacharros y cazos que los tumbos del 
barco habían arrojado de sus habituales luga- 
res; expurgaba el arroz y remojaba los frijoles, 
y entre ajetreo y diligencia metía una miaja de 
canturía destemplada y sosa, pero muy de su 
gana para acompañarse en las faenas culina- 
rias; Cangrejo, tío Tonina y el Juile, sentados 
cerca del botalón de proa, conversaban anima- 
damente, mientras Calzón agudo lah pícaroi 
jugaba á la baraja con un pasajero y lo desplu- 
maba despiadadamente, y el contramaestre. 



LA JUANITA 197 

muy campante, daba frecuentes chupetones á 
una caneca de ginebra. 

El apetito fué apreciando en los pasajeros; 
quien sacaba de honda y bien surtida canasta 
la galUna frita y el pan dorado, puestos á la sa- 
lida por manos previsoras; quien ofrecía al co- 
rrillo, extendido sobre cubierta haciéndole rue- 
da á copioso almuerzo, un vaso de vino clare- 
te escanciado de llena botella recién descorcha- 
da; del sollado salían las galletas duras, que 
remojadas en café con leche sabían á mazapán 
y se saboreaban con delicia de gollería apetito- 
sa; por la piquera de las cuarterolas pintadas 
de lustroso verde icómo se extraía el agua fres- 
ca y codiciada! 

El primero y segundo día fué de gaudeamus. 
Unas bodas de Camacho el rico á bordo de «La 
Juanita.» 

No se pensaba en el mañana; con el presente 
bastaba; y así con este pensar sucedió que las 
vituallas, ó provisiones de boca, ó como quie- 
ran llamarlas, fueron amenguando. 

Comenzó el cocinero por decir con gravedad 
de canónigo: 

«Se acabó el arró y queda una pringuita de 
mantecaí» 

iNo importa— dijo un glotón — comeremos 
fríjole carrero\—BSÍ le nombran á la comida 
que se guisa con agua por falta de manteca. 

Acabados los víveres de á bordo se recurrió 
á los encargos, que jamás faltan en estos viajes; 



1ÍI8 CAYETASO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

se cntn!i ;'i s-ico un tenate con {guachinango fri- 
to; despu¿s vinieron unas latasde pastas ingle- 
sas; y asi se fué dando buena cuenta de todo lo 
rjuc era comestible y que llegaiia ú las narices 
de los golosos, porque se salvaban de la comi- 
lona algunos alimentos, gracias al egoisnio de 
contados pasajeros que ios ocultaban para re- 
galarse con cllosá solas cuando en la noche to- 
dos durmieran. Al cabo hubo de comerse ga- 
lletadel soldado remojada en agua.,, salada. 

:No hay vivercsi Este grito dado por el gru- 
mete desconcertó á mucJios pop la cerrazón 
([ue había del rumbo de la barra. 

Y para hacer niús sensibles los horrores del 
hambre en perspectiva, un hombrote, grueso 
y colorado, hahlaiíaá cada trique de unos cho- 
rizos de Extremadura y de un jamón de Wes- 
faiia que tenía en su despensa de Tlacotal pan, y 
asi provocaba el hambre del pasaje, condena- 
do á abstinencia completa sin esperanza de al- 
(íiiozar indulgencia plenaria. 

ambre, fatídica y atormentadora, se 
i de todos aquellos estómagos, con 
iraz á causa de los vomitivos que ino- 
nte suministró el mareo á muchos de 
cho Vera, ante situación tan crítica, 
lasaje de este modo: 
no traía á bordo víveres má que piv 
■salta que dende ayer ojiamos enga- 
hambre con galleta y agua... Horila 
tua ni pá un buche y de galleta... ni 



La juanítA i9Ó 

una pá romperse las muelas... Conque no que- 
da má remedio que hacerno á la mar pá pasar 
¡abarra... en los bajos hay mucha reventa- 
zón... y quien sabe si la barra esté cruzada... 
si todos me lo permiten, yo me atrevo con mi 
gente entrar al canal..* pero cLa Juanita» trae 
una pila de' pasaje... vienen mujeres y ni- 
ños y... 

¡¡Vamos á la barran— gritaron todos. 

¿Usted que opina General? 

—Aquí no soy General; soy pasajero como 
todos ustedes, y opino que debemos hacerle 
frente al peligroi 

¡¡Qué viva el General Diazii 

¡¡Vivan ¡¡Vivan 

Y por la puerta y lumbreras de la cámara 
salió también un viva atiplado lanzado por las 
mujeres que adentro venían. 

Como en toda deliberación aquilas mujeres 
no tuvieron ni voz ni voto. 

¡i A la barra, muchachos!!— grita Pancho Vera 
arremangándose las mangas de la camisa para 
preparar la salida. 

¡Despejen la cubiertai 

¡¡Todos al castiUo de proan 

¡¡Tú, Cangrejo, y el Juile, al molinete, va- 
mosn 

I¡A levar muchachos!! 

¡Aaaó!... ¡aaaó!... ¡aaaó!... ¡aaaó!... 

¡iViva el General Diazli 

¡Aaaó!... ¡aaaó!... ¡aaaó!... ¡aaaó!... 



203 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

III 

üToila la gente al castillo de proaii 

¡¡Listo el timonelí! 

Las señoras fueron mandadas á iDajar á la 
cámara, y como vieran la mar embravecida, 
las olas furiosas y la marinería atareada, al 
sepultarse entre las frágiles tablas de la cá- 
mara, comenzaron á reconocer más el peligro 
y á llorar mucho el riesgo, no obstante que nu- 
meroso grupo de pasajeros pasaron también á 
la cámara, mientras otros se metieron en los 
pañoles del entrepuente. 

Pocos quedaron sobre cubierta, y los que allí 
quedaron no dejaron cabo de que no se ataran, 
bien á los obenques, bien á los escobenes, bien 
á los mástiles, ó donde pudieron. El General 
Díaz se ciñó un calabrote á la cintura y con él 
se aseguró al palo trinquete. 

¡Quién viera sin dolerse á esta inconstante y 
débil nave, á merced de las olas con las peripe- 
cias del trabajoso y difícil camino no usado, 
batida y amenazada á cada paso, no tanto por 
la furia del viento y la perfidia de las ondas, ni 
de caer en Isis obscuridades de la noche, cuanto 
de engañarse de rumbo y dar en un bajo, más 
fiero que la aspereza del mar, que antes inten- 
tara hacer presa en su sentenciado y miserable 
leñoi 

Sin embargo, barloventeaba bien con el trin- 
quete y con las otras velas tomadas de sus ri- 
zos para largarlas en caso oportuno; se acer- 
caba á la barra; dejaba burlada la asechanza de 
los bajos y entraba en mayor peligro, como si 
su sino en esta ocasión, nunca olvidada, fuera 
evitar lances para encontrar otros de más alto 
y jamás sospechado percance. 

Abajo, en la cámara, todo era confusión y 



LA JUANITA 201 

espanto: los niños lloriqueaban y pedían pan; 
las niadres gemían, rezaban y apretaban con- 
tra sus pechos con ademán de defensa á sus hi- 
jos, cual si los resguardaran del peligro incons- 
ciente pero seguro; el calor era sofocante y la 
obscuridad pavorosa; apenas una lamparilla 
ahumada y oscilante, derramaba mortecinos 
reflejos sobre aquel conjunto hacinado de seres 
humanos encorralados ipesa el decirloi como 
fieras en la pequeña, sucia y miserable cámara, 
cuyos camarotes eran nichos de muei'te y sus 
endebles y crugientes mamparos tablas de 
presagioso ataúdi Un muchacho hasta de ca- 
torce años aullaba como lobezno enjaulado por- 
que no le dejaban salir fuera; las mujeres reza- 
ban tan fervorosamente y con acento tan lasti- 
mero, que era muy para ablandar la dureza y 
obstinación de las olas y endurecer las frágiles 
tablas del combatido barco; los hombres busca- 
ban el rezo en las brumas del recuerdo, tanto 
más apetecido y anhelado, cuanto más escon- 
dido y guardado, y callaban empujados de 
aquí para allá patullando y esparrancándose. 
Por las lumbreras, que empañadas con las sal- 
picaduras del mar parecían ojos de escafandro, 
13enetraba tan luego una claridad tenue, como 
después la negrura del abismo sumergía en un 
caos desolado á los pasajeros: era que el barco 
subía presto sobre la inflexión invertible de la 
ola inmensa y aligera, para descender en se- 
guida envuelta en sábanas que á la vista es- 
pantada de los viajeros parecían mortajas de 
cercana y terrible muerte... 

De pronto viene una ráfaga de viento y un 
golpe tímido de mar... «La Juanita» toca fon- 
do... Crujen sus costillas del modo lastimero 
que una ballena herida por certero arponazo; 
luden las tablas, restallan las maderas, bailan 



I 



202 CAYETANO RODRÍgüE^ BELTrAn 

los niíistiles en sus fogonaduras; el barco pare- 
ce descuadernarse. Aquí del terror, de la an- 
gustia, déla desolación; aquí el llorar la infeliz 
jornada, el maldecir de la suerte; el dolor de 
haber dejado seguridad tan cercana por peligro 
tan cierto. En la cámara eran de oir y de lasti- 
mar las locas y desenfrenadas lamentaciones de 
las mujeres, que arrodilladas en el plan de la 
cámara, daban cabezadas á cada tumbo del 
barco contra los bordes de los insuficientes é 
incómodos camarotes, sin soltar de los labios 
(luerellantes la plegaria al punto acabada para 
comenzarse de nuevo... cíGlorifica mi alma al 
Seílor»... «Desposeyó á los poderosos y elevó á 
los humildes»... Y seguía el rezo, y se ofrecían 
promesas, y se invocaban intercesiones, y se 
esperaban milagros; salía por una lumbrera 
mal cubierta un chorro de plegarias, una leta- 
nía de rezos que pasaban trémulos y suplican- 
tes entre las blasfemias desencadenadas, azuza- 
das por las indomables fierezas del mar, espu- 
majeraban en la boca de los marineros que 
temían que el timón quedase en seco y la nave 
zozobrase allí mismo donde se esperaba evitar 
el naufragio. Allá en popa, Pancho Vera, ama- 
rrado por dos cables á los pescantes que en la 
trasera traía el barco, para que alguna oleada 
no le volase, estaba inmutable, casi fiero; torvo 
de la mirada y rugiente del habla; aferradas 
las manos en la caña del timón, duro, ingober- 
nable, esperando otro golpe de mar que arran* 
cara el buque y lo arrojara fuera del lecho en 
que se asentaba con riesgo de levantar quilla al 
aire y volcarse con el pasaje y toda la tripula- 
ción... Pero otro hombre, frente por frente de 
Pancho Vera, permanecía también impasible, 
sereno, recibiendo sobre su cuerpo los mareta- 
zos que de banda barrían la cubierta y se lie- 



_*^ 2. 



LA JUANITA ^03 

vaban cuanto encontraban á su paso, como si 
fueran plumas; está callado y parece sombrío; 
ni impreca ni aclama; con los ojos fijos en el ti- 
monel, y las alas de las ventanas de la nariz 
fuertemente hinchadas, absorbe las ráfagas 
frescas y salinas que azotan su rostro: aquel 
hombre es el general Díaz. Aquí no es el olor 
de la pólyora el que enardece su ánimo; es el 
acre soplo del mar furibundo que intenta poner 
á prueba su entereza nunca vencida; no son 
las columnas de humo de la reñida batalla las 
que le envuelven, son las espumas inmacula- 
das, hirvientes, que en sus ímpetus de soberbia 
arroja el mar sobre cubierta envolviéndola con 
un sudario... 

Del primer golpe de mar al segundo no hu- 
bo el espacio de un minuto (que de ser más 
largo, no hubiera quedado alma viviente para 
contarlo), y por el segundo salió c<La Juanita» 
con la rapidez de un disparo dando bandazos y 
guiñadas. 

En la puerta de la cámara se suceden repeti- 
dos golpes; dos marineros acuden á ella atados 
desús cabos; corren la tabla que sirve de puer- 
ta sobre las ranuras por las cuales se ajusta, y 
aparece el muchacho hasta de catorce años con 
el pelo rizado, la mirada iracunda y las manos 
crispadas; quiere salir fuera; uno de los mari- 
neros le da un fuerte puñetazo en la cabeza á 
tiempo que otro golpe de mar bandea de estri* 
bor y penetra, amenazante y copioso, por la 
abertura; cae la tabla corriéndose sobre las ra^ 
nuras, el muchacho es arrojado de escalerilla 
abajo por la violencia del golpe; el agua empa- 
pa la ropa de los pasajeros encerrados en la cá- 
mara; se apaga la lamparilla que oscilaba si- 
niestramente alumbrando el cuadro pavoroso; 
se oyen lamentos y quejas, esperándose de un 



204 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRÁN 

momento á otro el último soplo de la vida en- 
tre las cuatro tablas viejas de la tapiada cá- 
mara... 

¡Esa palanca!— grita Pancho Vera. 

íAl sondeo, Cangrejoi 

Cangrejo, con el cabo que pendía de su cin- 
tura, calado hasta los huesos, se amarró á la 
burda del palo trinquete y tiró el primer son- 
deo. 

¡Doj braza largai... ¡Fondo duro!... 

La tripulación repetía con desordenada gri- 
tería: 

iDoj braza larga! ¡Fondo duro! 

Silencio, que no se oiga más que la voz del 
que sondea, y que un solo marinero la corra 
al capitán— gritó con gravedad el general Diaz. 

El del sondeo tiró el segundo palancazo: 

¡La misma aguai ¡Doj braza larga! ¡Fondo 
duro! 

Corrida la voz, el capitán Pancho Vera siguió 
dirigiendo el barco con el timón. 

Al tercer sondeo gritó Cangrejo: ¡¡No hay 
fondo!! 

Y fué tal su regocijo de verse lil3re ya de pe- 
ligro que agregó para manifestar sú alegría: 
¡Tuvo mi amo barco y mi mujer mando! 

¿Qué dice?— preguntó el General Diaz, 

¡Que estamos fuera de peligro! 

c(La Juanita» estaba en aguas del Papaloapan; 
había dejado los bandazos repetidos y las gui- 
ñadas continuadas; se gallardeaba con todas 
las velas al viento; los marineros andaban ha- 
ciendo equilibrios sobre las bandas; el cocinero 
salió de un pañol de proa y cantaba de con ten- 
tó su «Morena, morena, morena...» 

¡A empavesar el barcoi— propuso Cangrejo. 

Si no hay banderas,— repuso tío Tonina. 

—Parece que no le sale el miedo de la ropa y 



LA JUANITA 205 

el mareo del cuerpo— añadió Calzón aguáo; 
metiéndose en la conversación— ¿Y nuestras 
chamarras mojáasf ¿No le parece bien á tío To- 
nina que tomen un cacho de viento en los 
obenques? Así diciendo el marinero tomó cuan- 
tas blusas hubo á mano; unas azules con re- 
miendes blancos, cuales rojas, otras celestes 
por la frecuencia con que fueron lavadas, y en 
los obenques se tendieron, y en el palo trinque- 
te se puso, donde faltaba el mastelero, una va- 
ra con la bandera de matrícula, y por la driza 
del mayor se izó una bandereta deslucida y 
vieja, con más de un agujero y con hilachas co- 
mo fleco, pero muy majestuosamente flamean- 
do con ondulaciones coquetas de que no se cu- 
raban las blusas puestas á tomar viento como 
mangueras y á pavonearse como trofeos; y 
para que la alegría fuera completa, salieron las 
mujeres de la cámara; se esparcieron los pasa- 
jeros por cubierta, lejos de cabos cautivos y de 
temores de muerte; y los vivas al General Diaz 
y los gritos de contento de la marinería au- 
mentaban el regocijo y alegraban el arribo se- 
guido de un ejercito de toninas, que en gracio- 
sas zambullidas, en acrobáticos desfiles, seguían 
el barco y agitaban las aguas tranquilas del 
rio... 

IV 

c<Es una barbaridad meter el barco con re- 
ventazón en los bajos, la barra casi cruzada y 
el viento fresco.» Así decían los vecinos de Al va- 
rado al ver aparejarse c(La Juanita» con rumbo 
á la boca de la barra, que como dragón infer- 
nal vomitaba espumarajos tan temibles como 
llamas. Y al verla cabecear locamente, unos 
dirigiéronse á los médanos, otros á la torre de 
la iglesia y algunos echaron sus botes al agua 
emproándolos al lugar del peligro. 



206 CAYETANO RODRÍGUEZ BELTRAN 

Las campanas tocaban rogaciones; las muje- 
res con sus hijos en brazos lloraban la ausen- 
cia de sus maridos; y la alegría que antes inva- 
día los pechos y preparaba festejos para cele- 
brar el arribo del General Diaz, se tornaba en 
clamoreo desesperante^ en grito de dolor y en 
alarido de muerte. 

A lo lejos el espumear de las olas que se 
abrían como abismos sepultando el casco mi- 
serable del barco en surcos de exterminio, pa- 
ra después itraidorasi hacer renacer la espe- 
ranza al levantar el frágil madero sobre el re- 
belde oleaje. 

Acá, en tierra, el gentío inmenso, poblando 
el médano, arracimándose en las arboladuras 
de los buques, asomándose por la torre de la 
iglesia, cuyas campanas, lentas y tristes, toca- 
ban á muerto. .• 

V 

-— lYa saben, muchachos, en saltando á tierra 
tóos, que no falte má que el que se quede de 
guardia, vamos derechitoá darle gracia á nues- 
tra Virgen del Rosario! 

— iDe jurol 

Y nosotras también— dijeron á un tiempo las 
mujeres— y recogeremos de todo el pasaje una 
limosna para llevarla á la virgen. 

iSíi isíi— gritó todo el pasaje. 

Las campanas que antes tocaban á rogacio- 
nes eran echadas á vuelo; sonaba la música 
las notas marciales de un paso-doble; estalla- 
ban los cohetes; retumbaba un cañón minús- 
culo en la playa, y los vivas atronaban salu- 
dando al General Diaz. 

Por la plancha saltaron los pasajeros; prime- 
ro don Porfirio, con buen acompañamiento; sa- 
ludando á diestra y siniestra al pueblo que lo 
festejaba; después las mujeres, con los cabe- 



S LA JUANITA 207 



;lasí 



> íW-' 



líos en desorden, el color pálido y las ropas mo. 
jadas, y por último, la marinería. El desfile, 
que pasaba por la valla que formó el inmenso 
pai^iv gentío, se dividió en dos grupos: uno que con- 
rnatr ¿uciría al General Diaz al alojamiento que de 
*^^ . antemano le tenían preparado, y el otro, enca- 
bezado por las mujeres, fué rumbo á la iglesia. 
Cubiertas las cabezas penetraron al templo y 
'<^^'] llegaron á ponerse de hinojos ante la Virgen del 
íiii'^ ;■; Rosario, que parecía sonreirles apaciblem.ente; 
la ^^ los marineros— aquellos marineros de blasfe- 
e^i' mar iracundo y de jurar sin acatamiento— á 
, cabeza descubierta, humedecida por el agua 
# ■ de la tormenta, rezaban quedo; y de dentro, 
adüní. muy dentro, donde se guarda la oración apren- 
eé^\ dida de niño en el regazo de la madre, salió co- 
íoiá' jYiQ raudal prístino, fresco, inmaculado, de 
tiempo atrás oculto, rompiendo el valladar ru- 
1 do, la pleglaria dulce, candorosa, murmujean- 
(jeri-'l te, que ablandaba igual á la cera pechos duros, 
je ¿' roqueños, que no se rinden á las tormentas ni 
i]0 ; á las borrascas se abaten . . . 

' Mientras los rezos salían humildes y reve- 
. rentes de labios femeninos, las campanas repi- 
q\^- caban desatinadas, los cohetes estallaban si- 
0i', multáneos, la música repercutía sonante, y, 
sobre todo este murmullo vocinglero y estfi- 
duloso, llegaba de afuera, lento y entusiasta, 
(.¡o- rebotando en los ya sombrosos muros de la 
jicü iglesia,el grito formidable del pueblo que repe- 
lla- tía ¡Viva Porfirio Diazi ¡Con cuyo saludo vitó- 
os- reaban al viajero salvado de las ondas y al Ge- 
ni- neral, futuro pacificador de nuestra República! 



¡o 
e- 



FIN 



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