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DEL PLATA AL NIÁGARA 



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IMPRENTA, DE PABLO E. CONI É HIJOS, PERÚ, 68o 



PAUL GROUSSAC 



DEL 



PLATA AL NIÁGARA 



J'élais la; íelle chose m'advint. 
(La Fot^taiük.) 



BUENOS AIRES 

ADMINISTRACIÓN DE LA BIBLIOTECA 

79, PERÚ, 79 
1897 



Ci 






C6 Lxit/azo díelleai^fii^ 



¡Oo óiendo eótaA^ nota^í:^ j>e^áonaLeA^ 
el meditado eóttidw que^ cotzeópondetía^ á 
uno encango oficial ^ ai uno homenajea digno 
del alto magióUado c¡ue^ tanto conttibuijó a 
que^ yo íaAo eócúbieóe^ — no laAo dedico 
ai que^ e^ao entonceAo ^teóidente^ de^ íao> 
QJoepúoíicao y eAo óiempte^ unao fuetzao 
nacional y unao ylotiojo de^ óu j)attia t 
óinOf eno j^tueba de^ afecto y agradecimiento ,. 
aijueg moAo indulgentes des mi eófuetzo^ 
al fiel amigo des loo Juventud y des loo 
m^adutex, 

\ ^. g. 



iVi'?33656 



G) 



PREFACIO 



Algunas de estas páginas han visto la luz en La Nación 
de Buenos Aires, otras en La Biblioteca; el resto es inédito. 
Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han 
sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante 
el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exte- 
rior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresio- 
nes ajenas, sino de las mías. 

Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos 
jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos ; pues es- 
tá demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de 
las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio, 
tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inha- 
bilitándole para volver á leerse impreso en mucho tiempo. 
No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil 
que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda 
que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto. 



▼ni DEL PLATA AL NIÁGARA 

De desear sería que el escritor observase el precepto de Ho- 
racio, estacionando su obra recién nacida hasta que, olvida- 
do délos ((trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con rela- 
tiva imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy 
bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una 
vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva 
á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran 
avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si 
el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la 
corriente que pasa... ¿ Para qué, para quién ? 

A no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la 
de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de 
estas protestas contra el invencible olvido. Debemur morti. 
Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo 
no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario 
del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil 
volúmenes ; y apenas si se utiliza una décima parte de esos 
ingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia 
alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles, 
de frivola curiosidad ó manía erudita, fiíera de las nocivas, 
que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones suge- 
ridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata 
uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten. 

Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de 
que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es ante 



PREFACIO 



todo un cementerio : contiene mil autores muertos por uno 
vivo — que pronto morirá. El monumento enorme de la cien- 
cia se viene edificando sobre un tremedal : no sólo en razón 
de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada 
nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El 
aspecto de la ciencia cambia cada quince años ; antes de con- 
cluida, cualquiera publicación extensa tiene ya partes cadu- 
cas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad 
de ayer por la cuasiverdad de hoy — que durará hasta ma- 
ñana. Cada generación surgen te tiene por inmediato deber 
enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente ; con una 
parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reem- 
plaza á la decrépita. Cada « clase » recién llegada rehace por 
su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una 
tela de Penélope : todo es sustentable porque todo es incierto. 
Quien pretende vincular un hecho actual á su única causa 
lejana se parece al estadístico que, en un campo de batalla, 
probara á descubrir por inducción bajo qué bala enemiga ha- 
bía caído cada soldado. El hombre se agita y el destino le lleva, 
deduciendo las consecuencias infinitas de sus actos : el más 
ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor nunca 
sospechará. — En una noche de tormenta, á orillas del mar, 
una pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remen- 
dar sus andrajos : es un faro de salvación para la nave per- 
dida que corría á estrellarse en la costa... 



X DEL PLATA AL NIÁGARA 

Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; 
la obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su 
esencia la originalidad. ¿ Será verdad que los millares de 
volúmenes que obstruyen nuestros estantes representan otros 
tantos conceptos y expresiones individuales de lo bello? Es 
otra ilusión: el tesoro estético, como todos los tesoros, se 
ha obtenido con la acumulación de cinco ó seis materias 
«preciosas », más ó menos varias en la forma, pero de subs- 
tancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya 
una nueva ó renovada aleación de las materias conocidas : ¡es 
un hombre de genio ! La muchedumbre imitadora marca el 
paso y despacha su etapa en pos dei conductor. A éste hay 
que admirarle « en bloque » . La montaña es de oro nativo : 
no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante 
que no sea de inspiración divina ¡ como los versículos de la 
Biblia ! 

Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría 
á mucho menos el quilate de la admiración, á no intervenir 
la sugestión omnipotente. Algunos autores « clásicos » se im- 
ponen á nuestra infancia inconsciente : tal es la base de nues- 
tra devoción y de su prestigio. El día próximo en que la de- 
mocracia utilitaria borre también este culto de su programa, 
Homero y Virgilio no saldrán más del Gólterdammerung, 
en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaga. Su- 
perstición aparte, de las obras antiguas no sentimos de veras 



PREFACIO xt 

sino los breves fragmentos que, á fuer de eternamente huma- 
nos, nos parecen modernos y en correspondencia con las 
obras nacionales contemporáneas. Espontáneamente, nadie 
vuelve á absorber por entero un poema que pase de cien pági- 
nas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una vez 
en la Iliada y \a Divina Commedia, como en San Pedro de Ro- 
ma, para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antolo- 
gía á guisa de relaciones brillantes con ese high Ufe artístico. 
Quien sea sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará 
que le bastan pocas obras selectas para el consumo poético, 
y agregará que las prefiere recientes y escritas en su lengua. 
— Ello, como se ve, tendería á reducir, aun más que para la 
ciencia, el elenco de la biblioteca literaria indispensable. 
Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre cambiantes 
riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan el 
planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando 
en su corriente múltiples vestigios de las regiones comarca- 
nas : pero sus ondas todas cumplen la misma misión fecunda, 
y una sola es el agua que todos los pueblos vienen á beber. 

Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el 
preámbulo de «un libro más », cuya necesidad, sin duda al- 
guna, no se dejaba sentir en este ni el otro continente. La in- 
consecuencia es flagrante, y no pretendo justificarla. No he 
tenido, para incurrir en ella, una sola de las razones que otros 
suelen invocar: obligación profesional, ambiciones de agio- 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



ria», esperanza de lucro ó estímulo de amor propio — ni si- 
quiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del mu- 
chacho que (( remonta » una cometa. . . Un impulso, con todo, 
ha debido de moverme á recoger estas páginas ; pero temo que 
sea otra ilusión. He esperado que esta obra sería útil en su 
fondo y en su forma, en sus tendencias honradas y sus anhelos 
artísticos, no sólo para la tierra á que estoy adherido por todas 
mis raíces adventicias — las únicas vivas ya — y cuyo mayor 
bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien entendido ; 
sino también para esas otras comarcas americanas, que se han 
sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán 
que la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno 
pago de la hospitalidad. 

Respecto de estas últimas no necesito formular declaracio- 
nes ni protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se 
embarque un escritor para lejanas tierras, con el propósito de 
observarlas de reojo y pintarlas de través, que me siento coar- 
tado para discutirla. Temo incurirr en ese terrible ridículo, 
que, en mi país, hiere más hondamente que las injurias y de- 
nuestos... No debe, en efecto, ignorar el benévolo lector que, 
por algunas de las páginas que está llamado á juzgar, he sido 
seriamente deteriorado, en efigie — y con cierta inelegancia. 
Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores 
se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será 
mi única venganza. 



PREFACIO 



En este rápido bosquejo del continente americano, se 
echará de menos al país mismo de donde arranca el viajero : 
falta aquí la República Argentina, como falta en un cuadro el 
punto de vista. No se puede estar á un tiempo en la sala y en 
el escenario. A este país, y sólo á él converge la perspectiva : 
mis observaciones más exteriores tomarían otro giro si las re- 
dactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el 
Apéndice. — Del panorama que se desarrollaba ante mi vista 
asombrada ó entristecida ; de las faltas y extravíos hispano- 
americanos ; del estéril desgobierno ó del funesto despotismo; 
del ejemplo yankee, tan lleno de enseñanza en su enérgico 
desarrollo material, como en el exceso utilitario y egoísta que 
fatalmente paralizará su crecimiento : del estudio de los grupos 
sociales como del espectáculo de la naturaleza, he procurado 
extraer un estímulo ó una advertencia para la política, la ^edu- 
cación, el arte, — las realidades y los ideales argentinos. Y he 
deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz. 

Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase 
respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en 
uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso 
algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un 
fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser conden- 
sación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar 
un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía 
y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vaga- 



xiY DEL PLATA AL NIÁGARA 

hunda, en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del 
orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y 
mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradiccio- 
nes aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan 
el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas pre- 
concehidas, he dejado que este lihro se depositara en mí, 
página por página, á merced de mis impresiones sucesivas. 
No he intervenido conscientemente en el experimento, para 
desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó 
partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra pro- 
yectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y defi- 
ciencias, este es un libro de buena fe. 

Uno de los vicios fundamentales de la educación pública 
consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las in- 
teligencias ; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas, 
no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Gomo dice 
Mefistófeles, (( se comprime el espíritu en botas españolas», 
imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y 
de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edi- 
ficando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de nai- 
pes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El crite- 
rio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por 
ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de 
contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una 
transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exacta- 



PREFACIO XT 

mente como las líneas de las altas cumbres y del divortium 
aquarum de las cordilleras fronterizas : todo el mundo las 
menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinar- 
las en la práctica, porque en su forma geométrica no existen 
— son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde 
el principio : debería ser el gran principio, para que la 
educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta 
que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese 
pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéc- 
tica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez 
la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la 
ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite 
en teoría sino el criterio absoluto : y por eso la teoría resulta 
falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la 
atmósfera misma en que u nos movemos y somos » . Tan de 
antiguo avasalla nuestra mente ese concepto de dogma, que 
hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocu- 
pación : dogma no significa más que opinión ó parecer. 

Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una 
evolución social, ó simplemente de exponer la sensación pro- 
ducida por la naturaleza ó la obra de arte ¿ con qué se for- 
ma la opinión sincera y personal.^ Con la reacción, eviden- 
temente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia 
individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación ten- 
ga por efecto y defecto atenuar la originalidad . Llevo ante las 



xTi DEL PLATA AL NIÁGARA 

cosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos 
propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de 
mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión, 
si es espontánea y valedera. — Debe afirmarse que cualquiera 
opinión se falsea más y más al paso que se generaliza. — 
Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos 
repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. El consensus 
omnium es la contraseña de nuestra domesticidad mental. No 
hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de 
un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgariza- 
ción creciente que se difunde por el periódico. 

Ha dicho Amiel : un paisaje es un estado de alma. La fór- 
mula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, 
Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho 
más amplia y comprensiva : ars, sive additus rebus homo. El 
arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas pá- 
ginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza 
y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al obser- 
vador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cual- 
quier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro 
muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una 
combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda, 
cuando de impresiones de viaje se trata, lo que ante todo 
resulta parecido, es el retrato del viajero. 



PREFACIO XTH 

Espero, con todo, que en estos ensayos algo más impor- 
tante se dejará traslucir : y es una tentativa literaria plau- 
sible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista 
é imperfección de su instrumento. — Es muy sabido que el 
autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya. 
Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura 
atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical, 
base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español, 
no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más... 

Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible acep- 
tar el castellano como un instrumento adecuado al arte con- 
temporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices, 
mejor dicho, de nuances — pues es muy natural que no 
tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce, 
estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolu- 
ción presente tiende al fino anáfisis, á la sutileza, al cro- 
matismo, como que obedece ala ley de disociación progresiva. 
En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es 
probable que en el siglo xx — las disonancias wagnerianas 
lo hacen prever — no bastarán los intervalos y acordes usua- 
les como medio de expresión armónica. Lo propio, natu- 
ralmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el es- 
tado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es 
el último paso de una evolución incesante que, sólo en este 
siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ocho 



XTin DEL PLATA AL NIÁGARA. 

estadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite 
este trabajo de transformación : se rige siempre é invariable- 
mente por sus clásicos. Ahora bien : todo producto orgánico 
que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre la 
riqueza presente de un instrumento secular, aplicando un 
concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo, 
desconocen los términos de la cuestión. 

No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la natu- 
raleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar 
embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni, 
al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un 
solo paisajista... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que 
sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución 
social, el instrumento de expresión y exacta medida de la 
civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha 
sido la primera lengua del mundo cuando la civilización es- 
pañola ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la 
lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte 
medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga 
gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una 
ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. 
La civilización española contemporánea no es aislable de las 
infiltraciones exteriores : vive de reflejos, así en la idea como 
en la realización ; y es singular ilogismo, en quien tan dócil- 
mente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan viva 



PREFACIO 



á las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede 
que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo. 

Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo enca- 
minado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobria 
y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto 
y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal 
empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas, — acaso á las 
de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su 
letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga 
cosmopolita, fuera necesario poseer por igual, — además del 
talento robusto unido almas delicado sentimiento del arte, — 
el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó 
nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad^ 
casi un círculo vicioso. — Con todo, la tentativa no habrá sido 
estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sus- 
tituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación... 

Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que 
la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya 
que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de 
un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que 
falta iniciar, para que la mejora importe una transformación. 
La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir 
por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservan- 
do la discusión frivola y bizantina de los diseños perfectos. Y 
es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta per- 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



secución de los programas ideales — sin duda, automóviles ! 
— cuando en realidad lo único importante es inocular á la ju- 
ventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obs- 
tinado y sincero ¡ aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del 
guaraní ! En el viaje de aplicación de los guardias marinas, 
es casi indiferente el itinerario : lo esencial es aprender á na- 
vegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la 
ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás 
vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la 
palanca ¿ dónde encontrar por ahora el punto de apoyo ? 

Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias ge- 
neracione^han pasado por mis manos, más ó menos directa- 
mente, y conozco su fondo generoso y su inteligencia vivaz. 
Presencio anualmente la cosecha intelectual, y sobre darme 
H cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla no se renovará ; para 
muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará único y de- 
finitivo : después del cultivo superficial, volverá la maleza á 
invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. 
Ni arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el 
ejemplo moralizador y severo. Nadie trabaja con perseveran- 
cia y energía, nadie soporta el peso de la meditación solitaria 
durante semanas y meses, nadie se arranca de las entrañas la 
concepción original largo tiempo incubada... ¿Hasta cuándo 
seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la la- 
bor europea ? Cortar de un sablazo heroico ese cordón umbilical 



PREFACIO 



de la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien 
tenía altivez y valor : ^ cuándo lucirá el día de la emancipación 
moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas defi- 
nitivas de Maipo y Junín ? 

No parece que sospechásemos el abismo que, en la proce- 
losa derrota de la humanidad, media entre remolcadores y 
remolcados, entre pueblos productores y pueblos consumido- 
res de civilización. No ser más que civilizado, es un estado pa- 
sivo y precario que debe ser transitorio : lo único que vale é 
importa, es vivir, en parte al menos, de la propia substancia 
é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso 
que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los 
territorios de colonización y adaptación europea, que se tor- 
nan mercados útiles ó débouchés de la productora exuberante. 
Son países civilizados — por ella — que fácilmente llegan á 
poseer, en cambio de su suelo virgen, todos los instrumentos 
de la civilización, desde el buque de acero hasta el libro de 
luz, en un todo iguales á los de allá : la única diferencia, más 
profunda aún para el libro que para el buque, está en que los 
civilizados compran lo que los civilizadores elaboran... 

Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo 
inerte ó violento de muchas nacionalidades hispano-america- 
nas está condenado á vegetar indefinidamente en ese estado 
subalterno. Acaso las regiones tropicales no sean por ahora 
asimilables, y sí únicamente explotables para la civilización 



XXII DEL PLATA AL NIÁGARA 

europea ; puede que constituyan depósitos en reserva para el 
período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus extremos, 
reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo 
caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que esca- 
pan á la ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de 
independencia y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que 
llenar una misión y cumplir un deber. Áéste que, pormomen- 
tos, me trae el recuerdo de ese león del Paraíso Perdido , que 
entre todas las esbozadas creaciones del sexto día, brega por 
desligarse del limo nativo y sacudir al aire libre la roja mele- 
na : á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo mío, 
ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que bal- 
buceo lo que quizá no quiera entender... 

Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solici- 
tud paterna. Paréceme, con todo, que la presente estaba adhe- 
rida cual ninguna á mis fibras secretas. Si la suerte le 
fuese adversa, figuróme que sentiría algo semejante á una he- 
rida personal. Y esto, no únicamente porque estoy siempre 
presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de apuntes 
ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en 
las soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me sepa- 
ro de él sin alguna melancolía ; y, por momentos, creo que si 
fuera tiempo aún no le lanzaría al escenario público, prefi- 
riendo para él la existencia interna del espíritu, parecida 
á la de ese limbo sin sonido ni luz, donde, según la Fe cató- 



PREFACIO xxin 

lica, vagan eternamente las almas infantiles que se apagaron 
antes de recibir el bautismo. 

Pero es tarde ya : Liber, ¿bis in urbem !... \ Que cumpla su 
destino y le sea clemente el aura popular ! Si es actitud de 
simple justicia no hacer expiar al párvulo inocente los pecados 
del padre, acaso, el formular públicamente ese voto sea el 
mayor acto de humildad. . . 



J" 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



CHILE 



LA ESTRUCTURA NACIONAL 



Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertien- 
tes argentina y chilena, manan los dos arroyos que, al engro- 
sar en breve su caudal propio con diez corrientes adventicias, 
dilatarán en la hoya respectiva su faja sinuosa hasta venir á 
ser los ríos de Mendoza y Aconcagua, 

¡ Aquí el rendez-vous de las prosopopeyas y frases hechas ! 
Retórica obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abru- 
mado por la trasnochada á muía ; harto de valles y quebradas 
uniformemente pintorescos, con la misma « sierpe de plata» 
que se retuerce entre peñascos, reverberando al sol sus móvi- 
les escamas. Horas hace que no se alzan los ojos hacia las are- 
niscas y conglomerados de la serranía ; nos han fatigado hasta 
las visiones fantásticas que el crepúsculo y la distancia evo- 



3 DEL PLATA AL NIÁGARA 

can : ruinas de castillos y catedrales disformes cuyos sillares 
colosales fueran los estratos ondulantes, remedando las estrías 
verticales déla roca ya góticas columnatas sin bóveda visible, 
ya juegos monstpuosos de órganos para el Juicio final — con las 
nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente 
lívido... No importa: es asunto entendido que, al pisar la 
cumbre, Perrichón ha estallado en gritos sublimes : a ¡ Dios ! 
¡Providencia! ¡Inmensidad! ¡Eternidad! ¡Oh!!.. » Todo lo 
cual será redactado, tres días después, en un confortable hotel 
de Valparaíso, y bien empenachado de signos admirativos 1 

La cordillera es imponente y bella ; pero la cumbre no es 
más que su peldaño final, el menos interesante de todos ; se 
la salva sin verla, embotados los sentidos por lo prolongado 
de la misma sensación. Por lo demás, así en lo físico como en 
lo moral, el último paso no conmueve ni sorprende : ha sido 
previsto, anunciado, descontado. Guando la fortuna, el amor, 
la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasia- 
do tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos 
deja tristes. Las emociones preliminares han agotado de an- 
temano la del triunfo ; la fruta madura tiene resabio de ce- 
niza, y el destino nos brinda la copa llena cuando ya no te- 
nemos sed. — En sí mismo, el paisaje carece de variedad y 
hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del Ber- 
mejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó 
portillos, dos depresiones entre alturas mayores: es medio- 
cre el horizonte contemplado. El cerro próximo, descarnado 
y sombrío, corta duramente el azul metálico del cielo ; en los 
repliegues de la roca, algunas chapas de nieve hacen cente- 
llear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica ; asoma la 
arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es 
la « corona inmaculada » de la poesía de bufete. Intermina- 



CHILE 



blemente, á lo largo de la senda estrecha, desgarrando la del- 
gada epidermis caliza, las vértebras de la cordillera se suceden 
en rosario de peñones ; y se roza con el estribo la cornisa su- 
blime que, desde el valle, admirábamos ayer. — Ni un asomo 
de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga de insecto entre 
las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo, como un lus- 
troso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente coagu- 
lado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil 
por la distancia, sin una arruga, sin un rumor ; en el aire rare- 
facto, un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la 
impresión de abandono, de soledad, de inhospitalidad. El 
hombre no se siente aquí pequeño, como suele decirse : tiene 
la vaga conciencia de ser un punto extraño, un detalle cho- 
cante en un medio hostil. Es este un paisaje lunar, reino in- 
violado del silencio y déla muerte, en cuya atmósfera esteri- 
lizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el más 
efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje, 
el horror sublime de una noche de invierno en estas soledades, 
cuando la tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja 
al precipicio los aludes erráticos : pero tales cataclismos no se 
perpetran para ojos humanos, así como las erupciones volcá- 
nicas de nuestro helado satélite... Ahora, la tibia caricia del 
sol amigo, la solidez del piso que retumba bajo el casco del 
la muía, el silbido del arriero indiferente, al desvanecer toda 
inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar monotonía. Du- 
rante la breve travesía de la planicie divisoria, la sensación 
dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta 
del Juncal. Gomo el Augusto de Gorneille, se experimenta 
la nostalgia de la llanura : 

Et monté sur le faite, on aspire á descendre.. . 



i DEL PLATA. AL NIÁGARA 

Entre tanto, con mi hábito de la observación interna, me 
doy cuenta de que el desarrollo del paisaje, además de su re- 
producción pintoresca en la imaginación, ha movido la 
reflexión que creía adormecida : descubro que he pensado, 
además de soñar. Lentamente, en el espíritu casi pasivo, se 
está elaborando un concepto general, una como transposición 
abstracta del panorama material, provocada inconscientemen- 
te por las semejanzas y contrastes de la doble vertiente andi- 
na, trepada y descendida desde Mendoza. Poco ó nada ha 
cambiado en la decoración natural, en el aspecto de los sitios. 
Los accidentes de la montaña permanecen casi idénticos á los 
de la hoya argentina. La implacable serenidad del cielo bí- 
blico se aviene siempre con la severidad adusta de las que- 
bradas grises é impone el mismo sentimiento de postración. 
Me ocurre que las separaciones políticas han de ser más 
sutiles que las de la naturaleza... Pero, muy luego, percibo 
netamente cierto cambio inicial : se nota lo escarpado de la 
pendiente chilena por la aspereza mayor de la bajada y los 
saltos bruscos del arroyo Juncal, primer tributario del Acon- 
cagua. La misma falda, en el descenso, exhibe una primera 
pruebadel enorme desnivel: hacia la derecha, en la intersección 
de las pendientes del Portillo, una vasta laguna, llena hasta 
rebosar en su pila ovalada, despliega deliciosamente bajo el 
cielo azul el virgen cristal de sus ondas glaucas, que sólo ba- 
ñan el ala de las aves de paso. ¡ Encantadora sorpresa ! Es la 
primera « sonrisa húmeda » de esa Iliada de piedra y el anun- 
cio próximo de otra Cibeles enternecida. A poco, en los de- 
clives del Juncal, la enjuta vegetación asoma como un vello 
ligero en las paredes lisas de la roca ; las verbenas y llaretas 
tapizan ya las depresiones del terreno, y las calandrinas alzan 
sus flores de púrpura por sobre la masa herbácea de las 



CHILE 5 

cañadas. Después de los arbustos de matorral, arrayanes y 
espinos, primeros triunfadores de la aridez ambiente, crecen 
laboriosamente las hayas y acacias en las riberas más cle- 
mentes ; los cactos erizados, los cirios rígidos yerguen en las 
pendientes más ásperas sus candelabros verticales. Pero, en el 
Salto del Soldado, las parásitas y enredaderas se enlazan ahora 
en los troncos de las encinas y nogales ; el río ha ensanchado 
más y más su cuenca ya irrigable ; las acequias orillan ale- 
gremente el rudo sendero pedregoso. Entonces, bruscamente, 
una erupción de frondosidades invade el paisaje : sauces, ol- 
mos, castaños, todo el reino cultivado ha tomado posesión del 
suelo humedecido ; los altos cortinajes de las alamedas limi- 
tan los alfalfares y viñedos ; las casas de campo y blancas 
alquerías emergen de los trigales y praderas : y Santa Rosa de 
los Andes, dormida en su marco de festones vegetales, anun- 
cia la entrada en el espléndido valle de Aconcagua, gloriosa 
diadema de la patria chilena, populoso y fecundo como un 
pedazo de Francia, y donde todos los plantíos de la zona tem- 
plada prosperan magníficamente. En un trayecto de pocas 
leguas, la flora ha recorrido la escala que en la opuesta ver- 
tiente requiere varios días para trasponerse, desde los pobres 
sembrados de Uspallata hasta los opulentos dominios de Santa 
Fe y Buenos Aires. Algunas horas más y se entra en Val- 
paraíso : en menos de un día se ha cruzado á todo Chile, de la 
cordillera hasta el mar. 

Desde el primer día, en efecto, hiere la vista esa diferencia 
fundamental entre las dos regiones : dos epítetos que parecen 
triviales, y son profundamente significativos, vagan constante- 
te en los labios, al recorrer la accidentada falda chilena y la 
vasta llanura argentina : todo lo que pertenece á la primera 
trae adherido el calificativo de circunscrito , con todas las ideas 



6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

conexas de altura, rigidez, densidad ; del propio modo que 
evoca la segunda todas las derivaciones de lo ¿limitado: ampli- 
tud, espacio, desarrollo sin fin. Y lo característico de esas 
voces que creíamos provisionales, es que presisten después del 
examen detenido y del doble estudio histórico y sociológico, 
cual si entrañaran una definición completa en su imperiosa 
brevedad. Veremos cómo, sin deliberación ni prejuicio, todas 
las conclusiones materiales y morales respecto de Chile tienen 
por rasgo definitivo la condensación, del propio modo que las 
que á la Argentina se refieran evocan la noción opuesta de 
expansión. 

En pocas leguas, antes de la confluencia del Putaendo, la 
adjunción del Juncal, del río Blanco y del Colorado han 
constituido al caudaloso Aconcagua, que riega copiosamente 
sus fértiles vertientes y, por cien canales abiertos que lo de- 
jan casi exhausto, lleva la abundancia y la vida á las valiosas 
haciendas de Santa Rosa y San Felipe, rodea luego á Quillo- 
ta, cada vez más lento y como deseoso de prolongar su obra 
fecunda, antes de cruzarla sierra de la costa y perderse en el 
mar. Como un pequeño Nilo, en su breve curso de i5o kiló- 
metros ha derramado la prosperidad en toda la zona atravesada ; 
aunque más y más detenida su velocidad inicial de torrente 
andino, tanto ha rectificado su curso que, salvo el sinuoso 
recodo de Quillota, el río casi sigue el camino más corto de 
su hoya ; en un solo día ha concluido su misión benéfica desde 
la cordillera hasta el Océano. Compréndese que en esta faja 
estrecha y volcada hacia el Pacífico no haya espacio para los 
desiertos inmensos de la sabana argentina ; y la comparación 
de esta corriente, tan bien empleada, con su antagónica de la 
vertiente opuesta se impone irresistiblemente. ¡ Qué diferencia 
entre el laborioso Aconcagua y el río de Mendoza que abando- 



CHILE 7 

namos ayer ! Apenas bañada la mínima parte de la provincia 
natal, muy lejos aún del mar buscado, muy antes de cruzar 
la pampa sedienta, desfallece nuestra corriente ((criolla» y 
se arrastra perezosa hasta perderse en una laguna cenagosa é 
inerte... 

Poco apoco, alrededor de este núcleo material, vienen á en- 
volverse mil datos y nociones fragmentarias, desprendidas de 
la sociología de ambos países : jirones de historia, geogra- 
fía, estadística, política, que se enlazan en torno de la percep- 
ción presente como las lianas en un tronco secular. Al pronto, 
parece que la evolución general de los dos pueblos rivales pu- 
diera simbolizarse con la carrera de los ríos divergentes que, 
naciendo en el mismo macizo y descendiendo casi por el mis- 
mo paralelo, desempeñan, en su curso tan breve, misión tan 
diferente y alcanzan tan diverso destino. — Frente á la evolu- 
ción histórica del pueblo chileno, tan precisa y práctica en su 
marcha ascendente, se recuerda cuan dolorosa y contradicto- 
ria fuera la revolución argentina, siempre fluctuando éntrelos 
conflictos renacientes de la barbarie primitiva y la importada 
civilización, y remedando, con sus rápidos adelantos y sus 
bruscos retrocesos, los cataclismos elementales de un mundo en 
formación. Se admira involuntariamente el trazado tan neto y 
lógico de la primera, que forma cabal contraste con el tanteo 
penoso de la segunda; y, desde luego, se entra á desconfiar de 
que la exageración territorial, las realizaciones democráticas 
y liberales, el mismo incremento material sólo debido á 
la avenida europea, sean factores absolutos de grandeza na- 
cional. 

Pero, la duda no se prolonga. Con sumar mentalmente á 
Santiago con Valparaíso y compararlas á lasóla Buenos Aires, 
renace la convicción de que ésta representa un esfuerzo ci- 



8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

vilizador que supera al de las otras agrupaciones urbanas de la 
Améiica latina. Todos los extravíos pasados y presentes, lejos 
de aminorar este resultado, acentúan su importancia : si á 
esto se ha llegado luchando contraía corriente ^ qué no hubiera 
sido ayudándose con ella ? Un lapso de medio siglo no es más 
que un día en la vida de los pueblos ; y también es probable 
que se cumpla en sociología la ley biológica que proporciona 
el tiempo y los trabajos de la gestación á la longevidad é im- 
portancia del organismo engendrado. Volviendo entonces 
al punto departida, se descubre que el inmenso desierto ar- 
gentino es la condición necesaria de esos colosos fluviales del 
Paraná y del Uruguay, depósitos de las grandes vertientes 
continentales, en cuyo seno se absorberían los Aconcaguas y 
Biobios sin alterar su nivel (i). Por fin, sin dejar de aplaudir 
el espíritu de orden y economía que tan admirable partido ha 
sacado de un arroyo mediocre, se piensa que la misma co- 
rriente mendocina que vimos perderse en una travesía, embebe 
el subsuelo pampeano y contribuye á formar ese mar dulce 
que surgirá más tarde bajóla sonda del agricultor, continuando 
en otra forma y á la distancia su obra interrumpida de fertili- 
zación... 

Además de este concepto fortuito, el viajero penetra en 
Chile con un conjunto de nociones más ó menos exactas, 
desprendidas de sus lecturas é informaciones anteriores. Al 
pronto, todo ello se aglomera para constituir un juicio apriori, 
provisional y fluctúan te en los detalles. Esta hipótesis debe 

(i) Buckle (Civilization in England, II), emite esta reflexión extraordinaria : 
« All the great rivers in the New World are on the eastern coast, none of them on 
the weslern. The causes of this remarkable fact are unknown ! » Para este atrevido 
investigador de las causas y efectos, no es suficiente explicación el examen de 
las hoyas respectivas. 



CHILE 9 

quedar flexible y rectificable ; sin adelantar conclusión defini- 
tiva, sirve sobre todo para concretarlas primeras impresiones 
confusas en torno de su núcleo consistente, del propio modo 
que un tronco de árbol en un delta favorece y activa el sedi- 
mento aluvial. 

Puede escribirse de un país extranjero después de residir en 
él varios años, viviendo mezclado é interesado el escritor en la 
evolución colectiva, estudiando sus accidentes externos é inter- 
nos, respirando largamente la atmósfera nacional hasta conocer 
al pueblo y su territorio en su historia, en sus órganos vitales 
y sus manifestaciones significativas. Parece que este método 
fuera el único practicable y legítimo ; lo es, en todo caso, para 
escribir un libro de conjunto y dejar un documento duradero, 
si no definitivo. El método del viajero es casi fatalmente in- 
completo y superficial. Puede, sin embargo, no carecer de uti- 
lidad, y hasta suele contener un elemento precioso, casi siem- 
pre debilitado por la estancia prolongada : el choque vivo y 
directo del contraste. Esta impresión instantánea y sincera, 
en que se procede por comparación explícita ó sobrentendi- 
da, logra adquirir un valor inapreciable, si es analizada inme- 
diata y escrupulosamente por un espíritu reflexivo. La sen- 
sación diferencial es la más espontánea y segura de todas; 
todas las otras sensaciones pueden ser ilusorias, pero la que 
comprueba una diferencia contiene siempre un fondo de ver- 
dad. No son, pues, necesariamente frivolas y despreciables las 
observaciones del transeúnte, siempre que se formulen con 
buena fe, apoyadas en algún conocimiento anterior del país 
recorrido y referidas á un término de comparación que no sea 
ni muy análogo ni harto distante. — No necesito decir que, en 
este rápido bosquejo de Chile, la base de referencia no ha de 
ser mi país natal, sino la República Argentina : tengo para ello 



lo DEL PLA-TA AL NIÁGARA 

todas las razones de utilidad práctica y de conveniencia espe- 
culativa. Sobre un breve resumen de datos y rasgos significa- 
tivos, procuraré asentar un juicio hipotético, una conclusión 
provisional, que someteré luego á la contraprueba de mis ob- 
servaciones personales. Aunque fugaces y fragmentarias, éstas 
serán relativamente probantes si concuerdan con la teoría. No 
creo que exista otro método para que la impresión casi repen- 
tina del viajero que no es un simple descriptor alcance alguna 
eficacia documentaria. ¡ Ojalá el que aquí habla no carezca en 
absoluto de perspicacia, como no le faltan la conciencia y la 
sinceridad, para que la observación directa y material sea una 
buena piedra de toque de las inducciones sacadas de la geo- 
grafía y la historia ! 

Entre los factores sociológicos, son primordiales los perma- 
nentes ó lentamente modificables: así el suelo y la raza. Son 
componentes del primero, además de la extensión y naturaleza 
del territorio, su configuración general y situación geográfica, 
que rigen su clima y producciones. Ahora bien, entre todos 
estos elementos, sólo uno es comuna ambos países limítrofes; 
pero es tal su importancia, que basta por sí solo para señalar una 
línea indeleble de separación entre éstos y los restantes del 
continente austral. En el grupo de las repúblicas latino-ame- 
ricanas, Chile y la Argentina son las únicas comarcas de vasta 
extensión cuyo clima y latitud correspondan á los de la región 
central europea. 

Esta zona favorecida es la que parece, en la actualidad, ple- 
namente adecuada á la civilización que llamaré « secundaria » . 
México y el Perú, por ejemplo, han debido ser, por sus condi- 
ciones naturales, los asientos de la civihzación primaria en 
América, lo propio que el Egipto y la India en el viejo mundo. 



CHILE II 

— No es imposible, por otra parte, que en un porvenir lejano 
se establezca sobre las ruinas de la actual otra civilización 
(( terciaria » , más independiente del calor solar y del medio 
ambiente, y cuyos límites se extiendan hacia las regiones gla- 
ciales del norte y del sud. Pero, en el período presente y el 
futuro divisable, es evidente que los órganos complejos de 
nuestra civilización, fundada en la división del trabajo y las 
concurrencias nacionales, no se desarrollan y funcionan plena- 
mente sino allí donde el clima intermedio y tonificante torna 
productiva la labor material y estimula el ejercicio del pensa- 
miento. Con la identidad originaria de la raza europea, —muy 
modificada ya, — la analogía geográfica es, pues, el primer 
elemento común á la Argentina y Chile. Casi todos los otros 
son diversos, si no antagónicos; y ello ha bastado para crear, 
en tres ó cuatro generaciones, dos variedades sociológicas 
americanas profundamente distintas. Empero, y desde luego, 
no parece dudoso que en el continente sudamericano la hege- 
monía deba pertenecer á los dos pueblos favorecidos. 

Para una población sensiblemente igual, que hoy mismo 
no alcanza á tres millones de nativos, la superficie de Chile 
(deduciendo las recientes anexiones) es la sexta parte de la 
República Argentina. Ahora bien, en el sentido americano, lo 
que significa la expresión organizarse nacionalmente, es, ocu- 
par realmente el suelo bajo el triple aspecto demográfico, po- 
lítico y económico : abreviando las distancias despobladas y 
reduciendo los desiertos baldíos, multiplicando, por fin, las 
agrupaciones urbanas, ganglios sociológicos depositarios de 
la riqueza y transmisores de la civilización. La empresa acome- 
tida por uno y otro pueblo, durante el medio siglo de su 
evolución decisiva (1825-1875), ha sido, pues, tan desigual 
como la de dos propietarios que, con recursos presentes casi 



la DEL PLATA AL NIÁGARA 

iguales, resolviesen amueblar y sostener sus casas respectivas, 
teniendo la una seis veces más capacidad y departamentos 
que la otra. 

Así, desde el principio de la Independencia, el formidable 
problema de la organización nacional se ha planteado de 
una manera incomparablemente más accesible y resoluble 
para Chile que para la Argentina. En tanto que su me- 
dianía territorial (sin vedarle, como al Uruguay, las gran- 
des ambiciones patrióticas) facilitaba una relativa condensa- 
ción demográfica en los valles productores, su enorme aleja- 
miento de Europa disminuía singularmente sus aptitudes 
como país de colonización. A trueque de esta causa de lentitud 
en el desenvolvimiento económico podía alcanzar un grado ma- 
yor de homogeneidad y cohesión en su estructura social. El 
principio y el fin de cualquier estudio comparativo entre am- 
bos países está resumido en esa última frase; todo lo que 
precede y seguirá no es sino su comentario. 

Al hablar de la raza chilena, no debe confundirse la clase 
dirigente con la masa popular : si aquella capa superior es 
análoga por su origen á la correspondiente en las otras repú- 
blicas hispano-americanas, no así la muchedumbre suburbana 
y rural. Al paso que la infiltración europea — fuera de la es- 
pañola primitiva — era muy escasa en el grupo superior chi- 
leno, es bien evidente que en la masa popular su mezcla infi- 
nitesimal no merece tenerse en cuenta. El dato demográfico 
que debe dominar constantemente todo paralelo entre estos 
pueblos limítrofes, es el siguiente : según el último censo 
de 1 885, Chile contaba entonces, en todo su territorio, 
26.241 europeos; ahora bien, en el solo quindenio de 1871- 
1886 se han establecido en la Repúbhca Argentina 65o. 000 
extranjeros ! Epilogad y reducid cuanto queráis : el rasgo di- 



CHILE i3 

ferencial queda indeleble, y es tan significativo que, lo repito, 
debe anteponerse á cualquiera otra consideración sociológica. 
Durante el solo año de i884, por ejemplo, la Argentina se 
anexaba por la pacífica inmigración un número de agricul- 
tores europeos mayor que el de los peruanos y bolivianos 
amarrados á Chile por los resultados de la guerra. Admitiendo 
que ambos grupos anexos se hayan reproducido en proporción 
igual : ved ahí, por una parte, un contingente de chileno-pe- 
ruanos, y por otra, un grupo igual de argentino-europeos, 
agregados al núcleo nacional respectivo : la consecuencia no 
ha de ser idéntica. 

Es así como las leyes naturales de territorio y situación 
han creado las variedades sociológicas que con el tiempo, fac- 
tor omnipotente, tendrán que acentuarse más y más. Mientras 
que la Argentina podía esperar los resultados de su evolución 
social por la mezcla é infiltración europeas, en Chile la necesi- 
dad desarrollaba en el propio seno, y casi con los solos elementos 
nativos, lasaptitudes industriales^ las virtualidades materiales 
é intelectuales, que forman la compleja estructura indispen- 
sable para la vida de un moderno organismo político. Siendo 
Chile una faja « de gran longura » y mediocre extensión entre 
la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que procurar laboriosa- 
mente su desarrollo, ocupando la costa, surcando el océano 
civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros ocultos, 
apropiando, por último, la zona intermedia y los valles cen- 
trales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el 
Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y, 
á las veces, preparado para las conquistas litorales ; al hacerle 
minero, la cordillera, que protegía su espalda é invadía su 
territorio escaso, le impuso también la obligación, como le en- 
señó los medios, de cultivar intensamente el suelo ingrato, 



1 4 DEL PLATA AL JilÁGARA 

abriendo sendas y canales, cortando, cavando, nivelando, lu- 
chando victoriosamente con la estéril arena y la roca enemiga. 
El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole de an- 
tiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril ; 
y este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en 
verdad predestinado á realizar en América el tipo nacional de 
Robinson. Agricultor, marino, industrial : sin influencias ex- 
ternas ni mezclas exóticas, ascendió rápidamente á una situa- 
ción sociológica superior á la de otros pueblo más ricos, casi 
exclusivamente pastores ó expendedores de productos pre- 
ciosos. 

Al propio tiempo que las leyes permanentes de la raza y del 
medio delineaban los rasgos fundamentales de la fisonomía 
chilena, la ausencia de la gran inmigraciói^. europea, innova- 
dora y perturbadora de la tradición, permitió conservar casi 
intacto el edificio colonial, sin más que cambiar la inscrip- 
ción de su portada. La revolución chilena quedó exterior en 
sus causas y sus efectos : un ejército argentino cortó definiti- 
vamente el cordón umbilical que ataba la colonia á su metró- 
poli ; y esta rápida operación, lejos de arrasar con lo existente 
lo mantuvo en pie, reduciendo el cambio de estado á un acto 
de emancipación y á la toma de posesión del país por los nati- 
vos. El dictador O'Higgins casi pudiera creer que recibía y 
administraba la herencia política de su ilustre padre, el fun- 
dador de Santa Rosa y Vallenar. Todo concurría, pues, á per- 
petuar la dualidad originaria del pueblo chileno : una clase 
dirigente en la punta de la pirámide, una masa anónima y su- 
misa abajo, con una faja de separación casi insalvable : así, en 
el cerro de Aconcagua, la zona amorfa de arenisca impide 
que se confunda el conglomerado de la base con las estrías del 
vértice. De suerte que, después de un breve extravío demo- 



CHILE i5 

Ciático y un experimento único de federalismo que produjeron 
la anarquía y bastaron á demostrar su falta de adecuación, 
elaboróse una constitución resueltamente centralista, — tan 
poco democrática, que las dos fracciones del grupo dirigente 
se han sucedido en el poder sin alterar la forma constitutiva ; 
tan poco republicana en el fondo, que las facultades del presi- 
dente, unidas á la reelección indefinida — antes de la reforma 
de 1871 — y ásu irresponsabilidad inmediata, eran más im- 
portantes y absorbentes que las de un monarca constitucional. 

Conviene insistir en este consorcio armónico de la raza y 
la estructura originaria con las circunstancias y las institu- 
ciones políticas, en esta feliz apropiación del pueblo chileno 
al medio ambiente, porque ello da la clave de esa evolución 
ulterior, que, con la colonia más lejana y pobre del dominio 
español, ha hecho al pueblo más civilizado y fuerte del Pa- 
cífico : á la nación que en cincuenta años de labor incesante y 
administración honrada, tenía ya alcanzada la legítima hege- 
monía moral en esta vertiente de los Andes, mucho antes que 
la conquista militar le agregara su sanción brutal. Votada sin 
grandes disidencias, después del sangriento conflicto que die- 
ra el triunfo al partido conservador, la constitución unitaria 
del año 33 ha quedado subsistente en sus grandes lineamientos, 
precisamente porque no era más que la consagración legal del 
orden político históricamente establecido. La accesión al poder 
del partido liberal no ha sido la señal de destrucción de la cons- 
titución conservadora: han bastado algunas reformas parciales 
y paulatinas para completar su adaptación. En lugar de las 
veinte constituciones de papel que, en el pueblo vecino, se 
volaban arrebatadas porcada tormenta anárquica, se ha podido 
aquí, una vez por todas, esculpir en el granito la carta funda- 



i6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

mental ; porque ésta no era una concepción artificial y postiza, 
una ley teórica encargada de modelar las costumbres de todo 
un pueblo, sino la reglamentación de los hábitos y tendencias 
seculares. Es posible que el molde ideado ó copiado por los le- 
gisladores argentinos fuera superior al chileno ; pero éste fué 
hecho por medida y, sin esfuerzo ni sufrimiento, han podido 
vaciarse en él las generaciones sucesivas. — Una población cen- 
tralizada y relativamente compacta; un grupo superior apoyado 
en el clero católico, muestra y modelo de las jerarquías, y 
apoyando á la vez sus pretensiones tradicionales ; un gobierno 
elegido periódicamente en la sola clase privilegiada, rica y no- 
ble, que llevaba al poder sus tradiciones domésticas de hon- 
radez administrativa, y que no podía buscar en el mando la 
fortuna ó la satisfacción vanidosa que poseía desde la cuna ; 
la existencia originaria de dos partidos antagónicos, pero ex- 
traídos de la misma clase superior y cuya rivalidad abierta era 
menos un peligro que una garantía ; abajo, la muchedumbre 
innominada, vinculada al terruño, ala mina, al taller, sin más 
sentimiento común con la aristocracia que el mismo patrio- 
tismo exaltado é intransigente, tan pujante en el patricio que 
sacrifica fortuna y vida por la grandeza nacional, como en el 
t'oto humilde que vierte su sangre por una tierra que nunca le 
perteneció, y pelea por instinto de raza como sus antepasados 
del Arauco : tales son las grandes estratificaciones de la masa 
chilena, que la organización política y la historia han contri- 
buido á solidificar. 

No hay aquí espacio ilimitado, ni horizonte misterioso y 
tentador; nada, por tanto, que se parezca á la libre y feliz va- 
gancia del gaucho argentino en sus desiertos pampeanos ó en 
sus montes «arribeños)) . Cada hombre del pueblo nace obrero, 
inquilino, peón, roto del campo ó del suburbio; todos tienen 



CHILE ,7 



patrón, son moléculas de un fragmento compacto, pertenecen 
á una gens urbana ó territorial. Para mantener incólume 
contra la infiltración externa tan anticuado edificio, no basta- 
ban los tradicionales hábitos de sumisión, fomentados por las 
supersticiones y la ignorancia popular, hasta hoy tolerada 
fuera de las ciudades : era necesario que todas las influencias 
ambientes y todos los resortes internos conspirasen al mismo 
fin. Por el lado extranjero: la distancia de Europa, la pronta 
ocupación del suelo, la escasez de buenas tierras disponibles y 
el desarrollo industrial criollo, mantenían desviada hacia el 
Plata la gran corriente inmigratoria é impedían la formación 
de una numerosa clase media; por el lado popular: la raza 
enérgica, el clima tonificante, la labor penosa de la montaña 
y del mar habían forjado una masa proletaria sufrida y ruda, 
capaz de disputar el suelo al inmigrante agricultor ó sostener 
contra el obrero europeo la lucha por la vida, — instrumento 
excelente en la guerra como en la paz, siempre que su arrojo 
brutal encontrara el saqueo como premio y corolario de la vic- 
toria, y se le permitiera devastar las comarcas opulentas que 
sus dueños enervados ó disolutos no sabrían defender. Por el 
lado dirigente, por fin : junto al lujo, á las pretensiones nobilia- 
rias, á las distinciones de clase, á los mayorazgos y las vincu- 
laciones, á las preocupaciones de raza y religión, á todas las 
vanidadesprestigiosas que van desapareciendo , — han subsis- 
tido las verdaderas condiciones y salvaguardias de las aristo- 
cracias : el voto restricto; la ilustración y la autoridad moral; 
los grandes fundos productivos ; la concentración del grupo 
gobernante en una capital mediterránea, lejos del contacto eu- 
ropeo y comercial ; la ausencia casi completa de clase media, 
por exclusión, no como en otra parte, por confusión y mezcla 
de los rasgos sociales. Tal es la fuerte organización histórica 



i8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

que ha hecho al Chile actual, ó más exactamente al anterior á 
las últimas guerras : es decir, al primer pueblo de Sud- América, 
si se tuviera sólo en cuenta el desarrollo normal y la estruc- 
tura coherente de la nacionalidad. 

Advertid que este pueblo ha llegado al período adulto antes 
que todos sus vecinos, bastándose á sí propio casi completa- 
mente en su territorio, primitivamente el más pobre del do- 
minio español. Ha creado con su propia substancia ó la rápida 
é inteligente iniciación, su administración moralmente ejem- 
plar, su ejército y su marina^ cuyas campañas han despertado 
la atención del mundo; sus industrias mineras y agrícolas, 
durante un medio siglo de orden interno que le ha conquis- 
tado en los mercados europeos, antes que la gloria militar, 
esa gloria económica que se llama el crédito. Además, halle- 
vado á las especulaciones más altas y desinteresadas que cons - 
tituyen propiamente la civililización, sus cualidades nativas de 
conciencia juiciosa y paciente laboriosidad. Sin duda, hanle fal- 
tado, no sólo el genio, la llama sagrada, la originalidad sobe- 
rana, — como á los otros pueblos americanos, — sino la gracia 
elegante y el mismo gusto artístico : el numen de Bello, des- 
colorido y frío como el agua, ha presidido á sus inspiraciones. 
Pero en las ciencias aplicadas, en la historia y en el derecho 
ha seguido con paso mesurado y seguro las huellas de los 
maestros. Su propia escuela de pintura y escultura revela cua- 
lidades y aptitudes de disciplina poco comunes en América. 
Sus Facultades profesionales é Institutos superiores ó secun- 
darios parecen igualmente dignos de aprecio por su adminis- 
tración y sus estudios. En suma, este país posee en pleno de- 
sarrollo todos los órganos necesarios al funcionamiento social: 
los que han quedado embrionarios ó faltan por completo no 
son indispensables. No está demostrado que una nación, aun 



CHILE 19 

en América, tenga que ser una democracia ateniense, ni 
siquiera una república ; y si Chile hubiera de continuar siendo 
una aristocracia utilitaria más ó menos abierta, convendría 
estudiarlo imparcialmente desde ese punto de vista, sin tener 
desde luego por inferioridad lo que sólo revela al pronto una 
diversidad. 

Las líneas generales y las deducciones abstractas no pueden 
forzosamente representar más que el esqueleto de un organis- 
mo tan vasto y complejo como lo es una sociedad; no dan 
cabida á los accidentes que alteran más ó menos profunda- 
mente el trazado teórico de la historia. En anatomía y fisio- 
logía, por ejemplo, se dibuja el esquema rectilíneo de un 
órgano ó aparato para explicar con eficacia mayor sus formas 
ó funciones ; la a fisiognomonía » caracteriza el juego de los 
músculos expresivos de las emociones con rasgos precisos y 
rígidos, bosquejando una cara humana con cuatro ó cinco rec- 
tas esenciales : claro está que con ello no se pretende repre- 
sentar la imagen exacta y compleja de una fisonomía ó de un 
órgano, los cuales jamás contienen el elemento rectilíneo. Lo 
propio ocurre en estos ensayos de síntesis sociales : se acen- 
túa un rasgo característico y se omiten los accesorios, en gra- 
cia de la sencillez y brevedad, pero sin pretender á la semejanza 
completa. Además, en estos bosquejos provisorios, es fuerza 
fijar é inmovilizar un estado general correspondiente á un pe- 
ríodo preciso y significativo, descuidando las lentas deforma- 
ciones que son obra incesante del tiempo y constituyen la 
evolución de un grupo nacional. 

Por distante y aislado que estuviera, Chile no vivía solo en 
el continente : de ahí ciertas influencias y modificaciones que 
nacían de las infiltraciones vecinales, cuando no de las guerras 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



de invasión ó conquista. Á pesar ó en razón misma de su con- 
centración mediterránea en lo político y social, no podía 
dejar de fomentar el movimiento comercial europeo que le 
traía los elementos vitales de que carecía, en cambio de las 
materias primeras, cuya explotación y exportación eran su 
fuente de recursos : de ahí el desarrollo material de Valparaí- 
so y demás ciudades litorales, cuyo contacto y corriente exó- 
tica introducían en la masa colonial un fermento transforma- 
dor. Entre Santiago y Valparaíso la diferencia de naturaleza 
era tan profunda, que debía mantener vivo por mucho tiem- 
po el antagonismo. Irresistiblemente, la « democratización » 
había de penetrar por la vía marítima ; y la comunicación con 
el extranjero ó la incorporación del forastero al grupo nativo 
tenía que crear la clase intermedia, contigua al pueblo por su 
origen humilde, mezclada á la aristocracia nativa por su 
fortuna. Activarían este movimiento a igualitario » la difu- 
sión inevitable de la educación, las propagandas del libro y de 
la prensa, los compromisos y promiscuidades imprescindibles 
de las contiendas electorales. — Por otra parte, las conse- 
cuencias sociales de las dos últimas guerras, exterior y civil, 
serán probablemente mucho más considerables que las polí- 
ticas . Podría desde luego demostrarse que la primera ha traído 
á la segunda; y que la militarización, unida á la brusca in- 
flación de las rentas fiscales por ]a anexión del territorio sa- 
litrero, ha generalizado el espíritu de ambición y aventura, 
junto al gusto del agio y de las satisfacciones materiales en 
una proporción antes desconocida. Sin aceptar las exagera- 
ciones é injusticias partidarias, creo que la administración 
Balmaceda señala un acceso de megalomanía nacional, fo- 
mentada por el gobierno, pero cuyos estragos morales sobre- 
vivirán al desgraciado dictador. ¡ De esa convulsión terrible no 



CHILE 21 

es sólo el papel de banco el que sale quebrantado ! Tal vez la 
misma conquista peruana contenga el desquite futuro de los 
vencidos, y, guardadas las proporciones, pueda aplicarse en 
cierto modo al vencedor el verso terrible de Juvenal : 

Luxaria incubuit, victumque ulciscitur . . . 

Todo ello, y mucho más, habría de considerarse en una 
síntesis de la sociología chilena, para redondear los ángulos 
agudos de una apreciación tan somera como la que vengo en- 
sayando. Sin embargo, todas las variaciones adventicias no al- 
canzan á destruir los caracteres fundamentales y específicos. 
Si los elementos arriba indicados son realmente característi- 
cos, tienen que ser duraderos, aunque no absolutamente fijos ; 
y á despecho de todas las modificaciones subsiguientes, Chile 
debe aparecer en conjunto al observador imparcial, tal cual he 
podido inducirlo por su historia evolutiva que nuevamente re- 
sumo. Políticamente : un pueblo centralizado, con un poder 
ejecutivo predominante, una clase dirigente emanada de la 
aristocracia de raza y fortuna territorial. Socialmente: un pue- 
blo amigo del orden y sometido á la autoridad legal, con fuerte 
estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un pa- 
triotismo exagerado, casi español ; práctico por el espíritu y la 
conducta ; probo y severo en su administración ; con horizon- 
tes intelectuales proporcionados á los materiales ; concienzudo, 
laborioso, perseverante ; económico, primero por necesidad y 
luego por hábito. En suma, una nación más intrínsecamente 
completa que sus hermanas del continente, — es decir, que ya 
ha pasado para ella el período de mayor crecimiento ; — pre- 
destinada por su organización y fibra viril á ser vencedora de 
su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano 
era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era 



3 a DEL PLATA AL NIÁGARA 

la presa. Un pueblo de tanta sensatez nativa, sin embargo, 
que contempla él mismo y confiesa ya la influencia perniciosa 
de la conquista, y que, prudente en los límites del honor na- 
cional, parece sincera y verdaderamente curado de nuevas ve- 
leidades invasoras. 

En sus grandes líneas fisonómicas, tal había visto al pue- 
blo chileno antes de rozarme con él. Si, lo repito, mis in- 
ducciones son exactas, han de concordar con mis actuales 
observaciones. Bien sé que no he podido verlo todo ni estu- 
diar nada bien ; por más que en un país centralizado el estudio 
de la capital sea de importancia incomparable, comprendo que 
éste no basta, aunque le agregue rápidas correrías en los de- 
partamentos vecinos y algunas visitas á Valparaíso y demás 
pueblos litorales del tránsito. Con todo, los sondajes espar- 
cidos en una vasta extensión del país y multiplicados en su 
centro pueden suministrar una base no despreciable para el 
estudio. No pueden tacharse de erróneas las conclusiones por 
el mero hecho de no corresponder sino á una proporción muy 
reducida de experimentos parciales respecto de la totalidad. 
Si hay mil bolillas de diversos colores mezcladas en una urna, 
y, extrayéndolas al azar, se obtiene una serie de diez bolillas 
iguales, puédese afirmar matemáticamente, sin más averigua- 
ción, que las de dicho color constituyen la inmensa mayoría. 

En las páginas siguientes presentaré al lector algunos resul- 
tados de mi extracción. 



II 



CHILE 



EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES i 

Gomo un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía le- 
vanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenética- 
mente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descom- 
puesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo 
mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente 
la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los san- 
tiaguinos ; todas las descripciones del país celebran la oc- 
tava maravilla ; no hay compendio escolar que omita su men- 
ción ; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna 
de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que 
allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno ; 
pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres 
semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio 
de zarzuela española, una terraza en belvedere, un restaurant 
francés servido á la chilena i todos los atractivos ! Por fin, 
después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al 
despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones 



a4 DEL PLATA AL NIÁGARA 

fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. 
No hay observatorio más sugestivo : los accidentes del paisaje 
cobrarán ahora su real significado, como que serán efectiva- 
mente otros tantos signos materiales de ideas allí anidadas, 
síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeúnte, 
como el toque de llamada de las sensaciones dispersas. 

Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. 
Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento ar- 
quitectónico un improvisador incoercible ; lo importante es que 
tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, 
hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio 
y ser declarado enemigo público, u De Santiago al cielo, y 
desde allí, etc. »: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y ve- 
remos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseve- 
rancia y energía impulsiva ; pero la elegancia no es una vir- 
tud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus 
palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas ar- 
tísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias pa- 
recidas á las que se ostentan en su querido peñasco. 

Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su 
vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación 
postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con al- 
menas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, pre- 
cipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras 
en las barandillas : un hacinamiento pretencioso al par 
que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, 
cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegeta- 
ción. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los 
pimientos vulgares ; por sobre los ingratos eucalyptus se eri- 
zan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias ». A guisa 
de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cada 



CHILE 25 

paso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las 
columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y 
(( monos » de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca 
no sé qué recuerdos de vendedor de tutilimundi, cuyo am- 
bulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero ro- 
mántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pe- 
queño, disparatado, mezquino, como un banquete de bur- 
gueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa 
por la ventana. A medida que se va subiendo, los contrastes 
grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El ca- 
ñón (( de las doce », ó del merodiano, como dice mi cochero, 
queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me 
pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre in- 
válido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pa- 
riente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco 
severa de las glorietas. Complemento patético : el zócalo de 
la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado... por otro pa- 
riente ¡naturalmente ! ^ Quién duda que para ser buena, como 
dice el refrán, ha de ser la. . . cuña del mismo palo ? Por fin, el 
creador en persona no podía faltará esta cita de familia : como 
para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores 
no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar 
en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente 
hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre 
fondín. — Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza 
se contempla todo el valle de Santiago. 

(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No 
hago por ahora comparaciones : declaro simplemente que, al 
lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen aus- 
teras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bo- 
naerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de los 



36 DEL PLATA AL NIÁGARA 

chilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, 
como tal, el verdadero u rasgo prominente» que el poeta ar- 
gentino Domínguez debería mencionar, entre el «sol ardiente» 
— i tan característico del Brasil ! — y el imponente ombú de 
nuestra a pampa grandiosa » ! Sospecho que algunos lectores 
argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, 
carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber 
que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como 
las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo 
elogios, y topo cuando formulo críticas : y éstos siquiera serán 
ingenuos. ¿ Cómo no escribir de vez en cuando cum grano salís, 
si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe 
cien heridas por día antes de devolver una por mes ?) 

Magníficamente, en su doble circo de serranías, el depar- 
tamento de Santiago se despliega á mis pies : en proyección 
casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea 
perspectiva que huye gradualmente, reducida y esftimada, 
hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No 
me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral, 
después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los 
edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de 
ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca con- 
templarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa, — excepción 
tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados 
han sido de una serenidad ideal, — después de seis meses de 
sequía que han tejido sóbrelas cosas su telaraña gris y tendido en 
el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma 
tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios 
follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los 
frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas 
cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera, 



CHILE 37 

en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes 
de luz : llena todo el naciente con su rugosa escarpa piza- 
rreña, estriada de aristas y quebradas. Gomo una corona de 
plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso 
aguirnalda la cumbre nevada : y en esa zona intermedia entre 
el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado, 
ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa 
andina, arrancado al pasar... 

El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un ve- 
tusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas suce- 
sivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas 
alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del 
zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen 
amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan 
de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo 
entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitacio- 
nes apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño 
de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como 
un pastor de pie dominando los vellones grises, un campana- 
rio de iglesia se yergue en el ^espacio. Ninguna originalidad, 
ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las 
iglesias, y su vista lejana me trac reminiscencias de su inte- 
rior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa 
aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres 
italianas de Santo Domingo son tan destituidas de carácter 
como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó 
cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro 
Blanco, la Recoleta Dominica evoca sus suntuosidades adve- 
nedizas : innumerables columnas y revestimientos de mármol 
blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y can- 
delabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en to- 



a8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

das las costuras, de una «banalidad)) insuperable... Por lo de- 
más, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque 
especial de Chile, ni de América ; reina en el mundo entero y 
hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las igle- 
sias nuevas no son sino postizos de cal y canto — cuando no 
de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es 
una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar. 
Nace viejo y prolonga su existencia ficticia ; se asemeja a una 
coraza de gliptodon : está intacta la envoltura, pero no es más 
una piedra lo que fué un organismo vivo. 

Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento ur- 
bano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el 
aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio 
los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta 
altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras 
que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la 
vasta respiración del monstruo industrial. — Pasa al pie del 
cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bor- 
dada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapo- 
cho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho 
más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Men- 
doza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres 
hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el 
barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su 
margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expó- 
sitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una 
visita dolorosa... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre 
hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus 
veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cua- 
tro puntos negros que se arrastran en cada cuadra. — Pero la 
vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirable 



GHILS ao 



horizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achata- 
miento. Comoinmensasolas del diluvio súbitamente petrifica- 
das ala voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, domi- 
nadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por 
sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los 
cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes 
sierras extremas parecen observar eternamente el valle de 
Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo 
crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la 
montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se 
abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como 
fuerte destacado que custodia la entrada... 

Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de 
adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se re- 
cuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas 
europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Pe- 
ñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado 
de tristeza. ¡ Oh ! ¡ estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas 
son la gran amargura de los viajes ! ¡ Algunos amigos viejos 
han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado 
manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial, 
las mesas de famiha con su tibia atmósfera reconfortante ! 
i Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por 
sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se 
quisiera acariciar ! . . . 

El crepúsculo ha sido breve ; no hace una hora que el sol 
ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se pro- 
yecta duramente sobre el cielo opalino ; se ha hundido en ese 
Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. 
Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades 
enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza. 



3o DEL PLATA AL rflÁGARA 

Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pá- 
lida ¡ y quedo mirando la luna ! Sin cuidarme de estar ó no 
ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un 
tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá 
por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro 
que, al fin, creo que el « sereno » me ha nublado la vista.. . 
i Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías ?... 

Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es 
particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es, 
en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las 
exageraciones del patriotismo de campanario ; no reparemos 
en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la 
evidente supremacía de su nación sobre todas las hispano- 
americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la ((mag- 
nificencia de sus edificios particulares y públicos » . Es la ver- 
dad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, 
una capital de provincia comparable con las dos principales 
ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago 
de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La 
capital, especialmente, posee algunos edificios bastante nota- 
bles. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos para- 
lelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería; 
pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la 
Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas, 
harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No 
dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples apli- 
caciones, científicas, artísticas — y culinarias; — la Alameda 
soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y ci- 
viles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato, 
el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían á 



CHILE 



las de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes, 
es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin 
monumentos ¿ cómo queréis que reservemos nuestra admira- 
ción para edificios como la Moneda, la Universidad, los ban- 
cos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y pri- 
siones, las iglesias y cuarteles — seguramente no superiores 
en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes 
y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por 
su lujo de construcción y amueblado ¡ que las disfruten sus 
dueños y las admiren los snobs ! Mientras existan los originales 
europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó 
menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones 
coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su 
antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más honda- 
mente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos 
palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales, 
como diría Moliere, abundan los « solecismos » de gusto y 
adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra 
parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido 
durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones ame- 
ricanas son principalmente interesantes por sus sitios natu- 
rales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más 
ó menos adventicias ; y secundariamente por aquellas realiza- 
ciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución 
política y estructura social. A este respecto, la visita de algu- 
nas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significa- 
tiva que la de las « casas romanas » y « alhambras » de la ca- 
•pital. 

En las puras democracias, es casi inevitable que la forma- 
ción ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmente 



DEL PLATA AL NL\GARA 



sobre la rural. Durante mucho tiempo , puede, sin inconve- 
niente y aun con provecho general, suceder lo contrario en 
las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argen- 
tina se encuentran respectivamente en la misma situación que 
Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años 
hace que un gran (( estanciero » ó agricultor no pasa sino por 
excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige 
la explotación un mayordomo ; los empleados y peones casi 
no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital — ó 
en Europa — el producto de la hacienda. No siendo dicha 
propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte, 
hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos 
Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales 
y apenas confortables. Aquilas condiciones son muy diversas. 
La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias, 
al par que la mediocre extensión de los fundos permite mul- 
tiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y 
regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa — viñas, 
cereales, forrajes, etc. — su explotación es obra complicada 
y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inme- 
diata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la 
base y justificación de la estructura social, una morada estable 
así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas 
rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas, 
verdaderas residencias « dominicales » , habitadas gran parte 
del año por el propietario y su familia, que casi siempre han 
viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo 
á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la 
minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo 
de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y sin- 
gularmente en las (( tierras calientes » . Lo que me parece pro- 



CHILE 40 

píamente chileno, es la sana y amplia existencia del gentleman 
farmer americano, en su fundo de viñedos y alfalfares surca- 
dos de acequias, con sus bodegas provistas de todos los apa- 
ratos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando 
con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros 
y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas 
de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y fí- 
sicos. 

Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su es- 
tructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros 
rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación públi- 
ca, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta 
y religión son visibles á la distancia ; otros son más íntimos 
y requieren observación directa : así, los gustos, las tenden- 
cias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del 
individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de 
determinar porque son los más importantes. Es facilísimo 
comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido 
aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de in- 
formación é influencia. El número de periódicos para todo el 
país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria 
total no excede por mucho la de un gran órgano platense. 
Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y can- 
didamente; la misma noticia gira durante una semana, inde- 
finidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la 
clase dirigente, que es un grupo, y la masa popularque no sabe 
leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media. 

c Queréis ver confirmada esta última aserción, y compro- 
bar la convergencia de ambos rasgos sociológicos . o Observad 
el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que 
no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes. 



34 DEL PLATA AL NIÁGARA 

En tanto que las cifras relativas á la educación superior y se- 
cundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la 
Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan 
un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas, 
resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad 
de las nuestras ; pero si se consideran otros factores concu- 
rrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería 
la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia edu- 
cativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación ca- 
tegórica : pero si es posible extender á la totalidad los rasgos 
de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase 
de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de 
los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento, 
creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas 
en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media 
y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá ; la común 
y normal decididamente inferior. Repito que estas aprecia- 
ciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas 
de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias. 
Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á man- 
tenerme en la vaguedad ; no me resuelvo á precisar qué leccio- 
nes he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y 
no pudiendo torcerle verdad, prefiero omitirla. — La exacta 
justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas indivi- 
dualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión. 
^ Cómo sacar á la luz pública y en son de crítica á un modesto 
empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser 
irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo ? 

Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciarla 
eficacia de la educación secundaria y superior de una nación ; 
es el método evangélico : a por sus frutos los conoceréis » . Fue- 



CHILE 35 

ra de las aptitudes personales, cuya selección se hace sin in- 
tervención extraña, hay un promedio de ilustración general, 
que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la 
cátedra, en el parlamento, — y que puede tenerse por el pro- 
ducto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía, 
lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la 
conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, apli- 
cación en el vario ejercicio del pensamiento : pero este pen- 
samiento en sí mismo carece de tendencia propia, de origina- 
lidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica : no tiene esponta- 
neidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea 
es lo que se llama talento. — Pero un pueblo puede cumplir su 
evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin 
que abunden en sus generaciones los hombres de talento ori- 
ginal ; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados 
Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia cien- 
tífica no constituyen más que una asimilación ; pero esta at- 
mósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para 
los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior 
que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la 
inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está 
preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no 
ha surgido. 

¡ Dualidad extraña y al parecer contradictoria ! Ese pueblo 
de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo 
para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más 
sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á 
esta misma América sus iniciaciones diversas — á semejanza 
de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por ci- 
vilización : ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi, 
Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de la 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



emigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Co- 
piapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera 
imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha 
sucedido : los sabios que desaparecen dejan un semillero de 
excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales 
ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han 
practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices 
son chilenos — pero debidos á un ingeniero francés ó un boti- 
cario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra 
con el Perú es en parte debido á la oportuna captura del 
Huáscar en Punta Angamos ; ahora bien, un chileno me afir- 
ma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso 
un extranjero que descubrió este huevo de Colón : limpiar 
los fondos del Blanco y del Cochrane, en pocos días y sin di- 
que de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad. — No 
son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan ja- 
más á dominar su materia con despreocupación y desdén de 
las fórmulas doctrinales. Magister dixit : tal es el principio y el 
fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional 
de la cuestión económica, es un « entrevero » de citas escolares: 
atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda 
fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio 
de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción, 
— lo mismo que entre nosotros, — á la baja de sus produc- 
tos mineros, al desarrollo de la importación improductiva. 
Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la 
{( balanza del comercio » ó, despistados por el equilibrio apa- 
rente de su debe y haber, obtenido merced á la enorme parti- 
da délos salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es fic- 
ticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto 
de Chile, la situación económica no hubiera variado en abso- 



CHILE 37 

luto si, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo 
dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal délas 
salitreras. Fuera de ]a cuestión muy secundaria de los brazos 
chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exporta- 
ción anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 4o millo- 
nes de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la 
actual, sin que la condición económica del país se modificara 
sensiblemente : no es producción nacional. En consecuencia, 
¡ se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el 
Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación 
de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de 
los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más 
de lo que envían á la Europa tutelar ! 

Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas se- 
gundas y cobijar las opiniones propias bajóla garantía de una 
autoridad, se hace perceptible en todas las direcciones del pen- 
samiento chileno. No siendo caso de una crítica personal, creo 
que puedo, sin faltar á las reglas de conveniencia que me he 
impuesto, aludir á una conferencia á que he asistido en la Es- 
cuela de medicina. Se trataba de una lección inaugural, ante 
alumnos ya casi médicos ; la competencia profesional del ca- 
tedrático no es para mí dudosa — agregaré que, lejos de ser un 
práctico estrecho, es un espíritu abierto alas múltiples mani- 
festaciones del arte y la literatura ; él mismo me había invita- 
do á su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previa- 
mente, antes de explorarlo en sus detalles, era esa región per- 
turbante y crepuscular de las neurosis, á cuyo estudio ningún 
pensador moderno puede quedar extraño. . . Esperé una expo- 
sición filosófica de la materia mas obscura y temerosa de la 
ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía tan vaci- 
lantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los resul- 



38 DEL PLATA AL NIÁGARA 

tados terapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las 
mismas entidades mórbidas acometidas. 

Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una 
clasificación, el profesor entró en materia con la descripción 
déla ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes pre- 
cursores ; hizo entrará un enfermo, pidióle que contara su his- 
torieta, comprobó en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, 
reflejo de la rodilla; después de una alusión al « pansifilismo» 
de Fournier, prescribió el tratamiento correcto, como si fuera 
infalible — y cuando pensé que iba á comenzar, había ya termi- 
nado. Era la conferencia de apertura. Ni una mención de las 
grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio psico- 
lógico y social de los accidentes ó degeneraciones del meca- 
nismo nervioso ; ni una vacilación respecto de la certidumbre 
de la etiología y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la 
duda, que es el initium sapientiae y la estampilla del verdadero 
espíritu científico. Para esos jóvenes estudiantes, se presenta 
el mar tenebroso de la medicina bajo el aspecto de un cami- 
no de hierro cuyos viajeros conocen de antemano el itinerario, 
desde el punto de partida hasta el término, con exacta indica- 
ción de las estaciones intermedias y su minuciosa filiación. 
— ¡ Oh ! sabia desconfianza y prudente escepticismo de 
Claudio Bernard ! Ignorahimus fecundo de Dubois-Rey- 
mond ! 

Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que conci- 
bieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran re- 
fuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una u Es- 
cuela normal» de bellas artes : trajeron pintores europeos, — 
entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de 
David, algo así como un Bello de la pintura convencional, — 
enviaron á Europa escuadras de artistas bisónos... Nosotros 



CHILE 39 

siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pen- 
sionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan, 
se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían du- 
rante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados 
de lienzo ; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bode- 
gón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje 
hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la 
sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una 
generosidad afli gente sus colecciones nacionales de reflejos 
y copias de todas las escuelas conocidas — excepto de la escuela 
chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto 
á conducta y aprovechamiento ; aprenden su lección con toda 
conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan 
con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas : pero 
quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y, 
lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz. 
Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Gaupolicanes, 
batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que me- 
recería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón. 
Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente pa- 
triotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente 
en casa ; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del 
porvenir. 

En arquitectura, ut supra. En música, no creo quc sus am- 
biciones pasen déla Marma para la generalidad, y deRigoletto 
para los iniciados. He asistido, por ejemplo, aun atentado pú- 
blico contra la Misa de Verdi, que borra todas mis impresio- 
nes musicales de Bolivia y Tucumán : el público aplaudía 
frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la 
protesta indignada de la prensa : todos los diarios pedían la 
reincidencia y maltrataban al público por no haber acudido 



4o DEL PLATA AL NIÁGARA 

enmasa á esta a interpretación nacional)). — En literatura, 
por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la 
lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición ; 
se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades 
bizantinas déla hteratura preceptiva, — y ello da por resultado 
un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello y re- 
mata en los sonetos de Guillermo Matta ! 

Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó ten- 
dencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos 
jamás emancipados, que su evolución militar : con ser el pue- 
blo más instintivamente guerrero de América, de amor pro- 
pio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre, 
acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas 
por extranjeros. — Anteponiendo el orgullo patrio á la vani- 
dad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y 
soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe 
alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan 
el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la tác- 
tica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les ense- 
ñara pintura y Gourcelle-Seneuil, economía política. Podría 
multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y 
compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á 
la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicio- 
so de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista, 
perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la 
voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto ex- 
quisito y gracia seductora, — casi tan tímido en la iniciativa 
cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma : una 
figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes 
intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran im- 
periosamente nuestra atención, en razón directa, precisa- 



CHILE 4i 

mente, de su diferencia radical con los rasgos más caracterís- 
ticos y propios de la fisonomía argentina. 

Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su 
poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico 
es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maes- 
tra para el pueblo como para el individuo. A sus difíciles 
condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden, 
parquedad y economía, que se han traducido con igual fideli- 
dad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la es- 
tructura orgánica de la colectividad — y, desde luego, en su 
administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han sa- 
queado desapiadada y odiosamente á los peruanos : pero sin 
que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una 
transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exa- 
gerada y frenética pasión, esabreve tentativa de gobierno per- 
sonal que ellos llaman la « dictadura o , pero no se ha oído una 
acusación de peculado contra el dictador ni sus « cómplices » , 
mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la 
misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente 
un organismo sano — sin elaborar principios tóxicos los apara- 
tos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes 
internos los centros directores — aqui, la dictadura, la revolu- 
ción, la restauración constitucional, se han sucedido sin que 
enlo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administra- 
tivo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su ac- 
cesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversacio- 
nes de sus antecesores ú opositores, porque está admitido 
y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse. 
Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan ele- 
mental como el aseo físico en persona decente. Este rasgo 



ia DEL PLATA AL NIÁGARA 

heredado de la colonia y transmitido á las generaciones como 
un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Eu- 
ropa y apenas merecería mención : en América debe conside- 
rarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera 
razón de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en 
el Pacífico. 

Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración : 
esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. 
Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial 
para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administra- 
tivo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni 
falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de 
las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia, 
todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su 
existencia semi secular, demuestran á las claras la realidad á 
par que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora 
bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la 
severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa hon- 
radez, así en el mandatario principal como en el subalterno. 
Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este 
elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por 
secundario en fisiología el estudio de la célula — unidad pri- 
mordial de los tejidos y aparatos del organismo. 

En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, 
el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilan- 
cia de la opinión, la consideración adherida al empleo público 
que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han 
sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el má- 
ximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum 
de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las fun- 
ciones más importantes del Estado son gratuitas, honoríficas, 



CHILE 43 

en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de 
las retribuidas establecen tanta desproporción entre la impor- 
tancia del cargo y su compensación material, que debe nece- 
sariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y resta- 
blecido de algún modo el equilibrio. Este algo intangible es 
la consideración pública ; — ¡ ay de los países donde ese humo 
de puro incienso no flota eternamente en el espacio ! — y vuel- 
ve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre 
(( el honor, principio de las aristocracias » . Desgraciadamente, 
no puede recordarse sin una sonrisa la proposición comple- 
mentaria acerca del régimen democrático, que descansa « en 
la virtud » ! 

El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chi- 
leno sería fecundo en enseñanza ; lo he practicado teniendo en 
cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la 
organización general — y, desde luego, el hecho del régimen 
federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos 
provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea 
posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comen- 
tarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á al- 
guno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en 
pública evidencia las diversidades de carácter y organización, 
que se revelan claramente por la desproporción general de los 
sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de 
decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia. 
El departamento que, por muchas razones, llama especial- 
mente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo 
que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mi- 
tad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no 
considerando sino los totales, las proporciones están guarda- 
das — 7 millones para Chile y 1 3 para la Argentina ; — pero 



U DEL PLATA AL NIÁGARA 

cuando se analiza la composición de las planas mayores se 
llega á la estupefacción : aquí 12 generales por 4 2 allá; 18 co- 
roneles en lugar de 12 4; 4o tenientes coroneles chilenos por 
190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se 
establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos? 
Con la dotación del soldado, con su racionamiento severa- 
mente justificado, con su sueldo de 3o pesos mensuales, casi 
triple del sueldo del argentino. 

Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante 
entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes 
visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados 
fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré 
de unir mi testimonio al de los que se han producido por am- 
bos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. 
Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor 
para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me 
han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo 
peligro de guerra ha desaparecido — puesto que es harto evi- 
dente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pen- 
samiento de agresión. La grandeza de la República Argentina 
no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias 
ajenas : nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un 
fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán 
el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Men- 
doza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación es- 
téril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de 
índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegu- 
rada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, 
tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿ Completaré mi 
pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un 
deber : lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz. 



CHILE 45 

es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad. 

Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de 
las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á 
pesar de las faltas, de las deficiencias, délas llagas visibles de 
nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la 
corta ó ala larga, no podía su resultado ser dudoso. El o boa 
constrictor » que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener 
su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego 
su cola aprehensora : tiempo ha que los dardos caudales perte- 
necen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino 
era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ^ cuánto más 
lo sería su digestión ? — Los embarazos financieros y las 
inquietudes de la situación política justifican plenamente la 
actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor infor- 
mado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades pa- 
trióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apa- 
riencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, 
en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente 
pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro impru- 
dente... En suma, todo ha concluido bien : all's well that 
ends well. 

Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha reves- 
tido esavieja a túnica de Neso », empapada en sangre pon- 
zoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus fu- 
nesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iqui- 
que son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen 
de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y 
corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente 
en los presupuestos, los premios ofrecidos al condottierismo 
electoral, la empleomanía, el militarismo que, no encon- 
trando presa por fuera, la busca por dentro y se torna ele- 



46 DEL PLATA AL NIÁGARA 

mentó agitador. Coincidiendo con la baja de su producción 
industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las 
arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía 
cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido 
vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, 
y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles 
del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que 
los países nuevos sufran una vez en su vida esta viruela epi- 
démica y febril: la anarquía social, ^ quién sabe si no ha sido 
mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y 
pronto restablecimiento ? ¿ Quién sabe si el estado presente 
del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera 
para la República Argentina la larga prueba sangrienta que 
enluta su historia y que ya no puede volver? (i) 



(i) Véase en el Apéndice una carta en francés, escrita después de estas páginas 
(abril de 1898), y que completa las impresiones del autor en Chile. 



III 



DE VALPARAÍSO A LIMA 



LA SERENA . CALDERA . ANTOFAGAST A . IQUIQUE 

A bordo del Laja. 

Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente 
por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy 
impregnado aún de vida argentina y casera ; sobre todo, con 
el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la se- 
paración... Al pronto, Valparaíso me pareció bastante medio- 
cre de extensión y neutro de carácter. A pesar del clima deli- 
cioso en este mes (abril) y del relativo coAi/br¿ de la vida física, 
el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, 
la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior y 
ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme 
injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenía en 
él tan mal <( acondicionado » , en la brusca soledad del extra- 
ñamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me espe- 
raban algunos amigos de juventud... 



48 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Vuelvo hoy al « puerto » para tomar el vapor de Lima. No 
me encuentro tan aislado como en los primeros días. Gracias 
á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla 
de la Cordillera — ¡ todo de paz y fraternidad ! — me han sali- 
do al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo 
que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas 
de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto 
que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordia- 
les ó simplemente corteses, que constituyen la conquista me- 
nos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la 
moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello 
para mirar de cerca lo que antes entrevi. 

Mi primera impresión general se modifica muy poco. El 
verdadero Chile está en Santiago^ no en Valparaíso. — Con 
sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles 
y docks de vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias 
de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por 
callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos ; su pobla- 
ción cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imita- 
ción, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el 
erigido á la « Marina Nacional » es interesante, si bien de 
efecto algo teatral), — Valparaíso es el puerto de comercio en 
si, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los 
menos vastos y pintorescos : el Rosario ó el Callao, Bahía y 
sus ascensores — menos el espléndido aderezo tropical, — una 
Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á 
la mitad... Pues, á pesar de las diferencias íntimas y el con- 
traste de las latitudes, todos los puertos marítimos se parecen 
insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consi- 
gue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, 
y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos 



DE VALPARAÍSO Á LIMA ^g 

y aduanas, de los malecones ó wharfs, refleja la agitada mo- 
notonía del Océano. 

Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros 
(Vicuña Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó 
castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Ata- 
cama no sería descontentadizo en materia de paisaje. La boca 
del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá ; 
el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle 
la ilusión de un u valle del paraíso ». Con todo, fué mucho 
bautizar ! El « paraíso » de Chile está en otra parte : en el ri- 
co valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras 
florestas de Coacepción y Arauco. 

En lo tocante á Valparaíso, hoy mismo, después de transcu- 
rridos tres siglos de apropiación humana,— desde los altos ba- 
rrancos que dominan la bahía hasta la playa de Viña del Mar 
y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera 
la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vege- 
tación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco 
mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga 
en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus 
casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, re- 
vuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería de 
Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la 
cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque 
que leva anclas y vira lentamente, desfdan á flor de agúalas 
fortificaciones que defienden la entrada ; luego el arrabal del 
Barón, al norte, con su caserío pintorescamente escalonado 
en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la 
Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahía; la ciudad se 
enciende poco á poco ; las últimas chalanas vacías se escurren 
hacia la tierra ; pasamos delante de un buque de guerra chi- 



5o DEL PLATA AL NIÁGARA 

leño, cuya banda nos despide con el God savethe Queen... 
Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes. 

No es este Laja el mejor steamer de la Compañía sudame- 
ricana, pero es estable y bien distribuido ; todo el personal, 
del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable 
como el mismo mar Pacífico. Cierto manque de tenue, y aun 
de real confortable, me parece ampliamente compensado por 
esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones per- 
sonales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesa- 
do, de la existencia « criolla» — contra la cual se murmura 
sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más 
tarde, en Londres ó París. Todo se arregla: tal es la divisa 
hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, 
sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angu- 
losos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra 
cuyos artículos nos golpeamos á cada instante, cual contra el 
techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á trueque 
de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por 
las cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo 
que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones 
nacionales... 

Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera con- 
dición es estar solo en el camarote ; la segunda, no estarlo 
en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo « solo », bien com- 
prendéis que os remedio peor que el mal, esa larga mesa del 
comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrán- 
dose demasiado tarde con vis-á-vís grotescos ó antipáticos, 
con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada día 
su historia con tal de averiguar la vuestra. — Yo tenía anun- 
cio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infa- 



DE VALPARAÍSO Á LLMA 



tigable y geólogo sin par entre Gatamarca y Gopiapó, - rhom- 
me de la montagne ! — muy capaz, por otra parte, de inte- 
rrumpir un análisis al soplete para escuchar un lied de Schu- 
mann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor 
inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo co- 
mo en un pozo de mina : enganchado á sus informes y corres- 
pondencias desde el alba, manipulando libros y planos, des- 
pachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables 
comités, congresos y sindicatos de que forma parte ; pues en- 
tra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan 
en el Pacífico,-- sobre todo en las que se liquidan con estam- 
pillas y telegramas. — Compañero precioso bajo cualquier 
aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir 
un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al día siguiente. 

Ha tenido buena mano : el recién venido, que completa 
nuestrsi petite table reservada, es aún más interesante que el 
cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espíritu fino 
y modales correctos, que no me atrae perdidamente el pri- 
mer día, pero que gana con el trato : love me litlle, love me 
long. — Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar 
material, es decirla independencia: habita parte del año en 
Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su 
casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien 
instalado, recibiendo á literatos y artistas, — íntimo amigo 
de Sarasate, — saboreando la existencia en su otoño, cuando 
exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacífica 
y buena. 

Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con 
frecuencia, después de una fuerte educación universitaria 
ha hbrado la batalla de la vida material, ganándola en quince 
ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un me- 



53 DEL PLATA AL NIÁGARA 

dio : los ha plantado allí, tan pronto como pudiera. Es un sabio; 
y el gusto de las cosas del espíritu le ha preservado en parte 
del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de muchas 
cosas, como bien pensáis, — entre otras, de la intransigencia 
patriótica que perturba la digestión, — pero no de la ciencia, 
del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, 
los dos muelles de la moderna filosofía ; ama nuestros libros, 
nuestros salones, nuestro teatro : ni fariseo ni filisteo, aspira 
con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama 
París. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee 
á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos del 
Fausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito 
Intermezzo : 

Mir traumte wieder der alte Traum... 

Pero, lo que siente profundamente, como todos sus com- 
patriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La co- 
noce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y 
Grieg ; se expresa sin necia preocupación acerca de los ma- 
tices de la interpretación contemporánea, desde nuestra 
orquesta del Conservatorio — perfecta por la maestría y 
la habilidad técnica — hasta la ejecución de Bayreuth, incom- 
parable por el fervor religioso y lo concienzudo de la ini- 
ciación... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el 
vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que 
enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar 
al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, 
tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de 
bananas y canastos de aguacates. — Me ofrezco el placer 
de observar á mi germano que, al principio tan frió y reser- 
vado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora, 



DE VALPARAÍSO A LIMA 53 



de cada instante. Por varios días, ha estado indeciso y, como 
decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y 
precaución. Ala altura de Moliendo, está completo el des- 
hielo; en Lima, donde tendremos que separarnos, — pues 
él sigue camino para Nueva- York y Europa, en tanto que 
me detengo en el Perú, — me exige la promesa de volvernos 
á ver en París ó Berlín : y todo ello muy seriamente, con 
una insistencia, un cálculo meticuloso délas direcciones y épo- 
cas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta 
amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar. — Y 
forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías 
tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo 
como amorces sin empleo : esas tentativas de mutuo ingerto, 
de espíritu á espíritu, cuyo destino se acaba allí, sin que 
sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y pros- 
perado... Disimule el lector la complacencia con que he 
referido mi única conquista en el Pacífico. 



Dolce Jar niente ! 

Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá, 
es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el 
aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del 
largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occi- 
dental : todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que 
ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, 
en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave 
está distribuida casi como un barco de río, con la fila de 
camarotes sobrecubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros 



54 DEL PLA.TA AL NIÁGARA 

duermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un 
golpe de mar : los mismos camareros sacan los colchones de 
las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, 
cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el 
(( camino de Santiago » , óyese el flic-flac de las sábanas 
bajo la brisa deliciosa. — Los pasadizos, hacia popa, están 
obstruidos por los vendedores de frutas y legumbres, que 
exponen su mercancía en escaparate, como en el mercado, 
sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en 
cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, 
pinas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega 
por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado 
en todos los puertos de la costa : las ovejas tiradas en montón, 
hechas ya fardos de lana; las muías chucaras que cocean 
hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan 
izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos... 
Uno de los tráficos importantes de la línea es este abaste- 
cimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que 
no crece una mata de pasto, — donde sólo puede vivir el 
hombre empujado por la sacra fames : allí está, miserable y 
grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la mon- 
taña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer 
el nitrato que, en otro parte, engordará Jos surcos extenuados 
y hará brotar las mieses opulentas, gracias á este mismo 
polvo blanquecino cuya presencia es aquí un indicio de in- 
curable esterilidad ! 

Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste 
del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, 
es el inmenso mar, el vacío infinito del Gran Océano que desa- 
rrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por 
su misma amplitud, mucho más alia de esa línea esfumada 



DE VALPARAÍSO A. LIMA 55 

donde el sol rojo se hunde cada tarde : hasta la Polinesia, 
las islas de coral vagamente presentidas ; más lejos aún, á 
través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado 
Oriente. Por la derecha : la tierra próxima que no se pierde 
de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca 
que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los 
Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, 
siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eter- 
namente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del 
acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego, — 
el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las 
glad waters de By ron, las olas ociosas y festivas que, sin 
tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, 
desgarrando en los dientes del escollo su collarín de espuma. 
Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: 
hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los 
enormes navios que deben soportar. Casi inspiran lástima; 
y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, 
las ((cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles 
han bautizado con tanta gracia risueña. . . 

...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las 
visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os 
envuelven en las largas horas de mecedora monotonía que 
á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volvería á las sensa- 
ciones primitivas, á las ilusiones ingenuas de los marinos 
griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban des- 
lizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en 
la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en 
pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia 
blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, 
la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecí- 



56 DEL PLATA AL NIÁGARA 

miento, abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacío 
de una fantasía apenas esbozada, que flota abandonada y 
pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el 
mismo sueño. — Así deben sentirse vegetar los árboles 
tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda 
pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, 
de las raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su 
sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante 
que siglos de floración perenne no pueden agotar. . . 

Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, de- 
volviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomien- 
da n°^ 66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando 
sobres delante déla sopa servida, á mi infatigable compañero 
chileno, el corresponsal automático que me recuerda al perso- 
naje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las 
cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de 
releer á Schopenhauer : me habla del Nirvana budhista, que 
es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la con- 
secución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana : yo soy quien 
lo disfruta — mientras no me perturba la campana fatal... 

Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es 
cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos 
esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables 
sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, acep- 
tando las peores coartadas : es fuerza, al fin, como el Tircis de 
Racan, penser áfaire sa retraite. Las primeras noches tenía- 
mos momentos exquisitos : una señora norte-americana, des- 
pués de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se 
sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabap- 
tistas, algunas sonatas clásicas ; se producía un amplio y sa- 
ludable vacío á nuestro derredor, la gente huía á toda prisa : 



DE VALPARAÍSO A LIMA 5; 

era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robus- 
to mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y 
muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto — pre- 
maturamente — talento musical. La pareja se apodera del 
piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los 
ascendientes; y es un degranamiento delirante de habaneras, 
polkas y a perlas de salón » contemporáneas de la conquista ! 
La dulce criatura toca según el precepto evangélico : ignoran- 
do su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña 
contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abue- 
la, con una energía muy superior á su edad. Se estremece el 
piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece 
tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa 
donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplau- 
sos frenéticos. 

Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á 
medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que 
una caja de violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan 
el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pul- 
sación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche 
y el vacío ; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear 
del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo . 
Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades 
bulliciosas — más lejos aún del rincón familiar. La larga pro- 
cesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce . 
Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de 
la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, 
siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cual- 
quier hora cual invisible cilicio, se borran álos pocos segun- 
dos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeún- 
tes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á rena- 



58 DEL PLATA AL NIÁGARA 

cer con estúpida insistencia y nos persiguen con un encarni- 
zamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que 
se adhieren al corazón por cada fibra : se recuerda una infle- 
xión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, 
un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy 
nos da gana de llorar... Y luego, otros resurgimientos invo- 
luntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la su- 
gestión del medio idéntico : la evocación de otros viajes por el 
mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando érase joven 
y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la es- 
peranza y el pleno orgullo déla vida... En el silencio de un 
solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma 
como el agua de una esponja embebida ; y ese perpetuo cho- 
rrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuel- 
ta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no 
ser. 

Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que 
cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca 
inmovilidad ; abierto el tragaluz, un puerto aparece : casas 
escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora, que 
trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello 
sucede aquí todos los días ; y en un primer viaje, cuando no 
se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las 
mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la tra- 
vesía, produce agradables paréntesis en la navegación. Se 
pisa tierra con júbilo ; se muda de régimen ; se observa una 
nueva faceta de la pobre humanidad ; se toman croquis y 
apuntes instantáneos. Hé aquí algunos. 



DE VALPARAÍSO Á UMA 59 



Coquimbo. — La Serena. 



En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un 
ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera 
de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de 
pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, 
latas de alerce: tomismo podrían ser de tela ó papel, pues 
entramos en la zona pétrea — que se prolonga más allá de Li- 
ma — donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el nor- 
te, La Serena, capital de la provincia, sedepliega en abanico 
sobre una meseta que domina la bahía, dentro de un marco 
de verdura : es una verdadera ciudad, al lado del pequeño 
puerto de aspecto mezquino. 

Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más se- 
guro que el de Valparaiso, — batido, en invierno, por los 
vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren tam- 
bién por otras razones menos meteorológicas : no ofrece tantos 
peligros como el gran puerto chileno para las « andanadas » de 
las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apa- 
cible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que 
de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación, 
Warspite y Melpomene, arrojan la imprevista nota guerrera 
de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se refle- 
jan duramente en el agua inmóvil. 

Ala distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se 
desprendieran de los mismos nidos de la aldea marítima, ad- 
herida á la árida roca — igualmente obligadas, aves y gentes, 
á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los po- 



6o DEL PLATA AL NIÁGARA 

bres seres humanos que, sin duda, han naufragado aUí, man- 
teniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y maris- 
cos ; y por poco nuestra ignorancia esperaría que acudie- 
ran ala playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales 
ala nave que les volverá á su patria... Desembarcamos, y 
tropezamos donde quiera con docks y almacenes, escritorios 
y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, 
de señoras con gorras floreadas , de soldados ingleses con la 
estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coro- 
nilla — á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes. 
— Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las boca- 
calles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares 
délas tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos 
el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesan- 
te, cuenta á mi compañero chileno — quien, por supuesto, 
tiene parte en el negocio ¡ por correspondencia ! — las peripe- 
cias de no sé qué tramway eléctrico ya concedido. . . Así visto 
de cerca, encuentro que está bastante « en el tren » el nido de 
gaviotas ! . . . 

Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, 
va perdiendo su aspecto marítimo. En los repliegues ensan- 
chados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas 
cañadas ; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus 
orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen 
en las praderas húmedas ; casitas de campo y alquerías con 
labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse 
bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito. Uno 
que otro arroyo sinuoso corta la vía... Casi creería cruzar la 
provincia de Córdoba, hacia Quilino... cuando después de 
una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, 
como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en su 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 6i 

centro : es nuestro Laja imponente, la cárcel flotante que, 
dentro de dos horas, nos volverá á encerrar. 

Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, 
y que no parece en vía de rejuvenecer : muchos edificios 
desmoronados y en ruinas ; en otros se han calafateado con 
tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, 
la hallamos medio vacía, y la habitación resulta muy ancha 
para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, 
tiendas sin clientes, aceras sin transeúntes. Una bonita plaza 
bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral — 
pues es cabeza de obispado — está sólidamente construida en 
sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí 
sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos 
conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. 
En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, 
asentado en el mismo entablamento, un complicado campa- 
nillo cubierto con el casco -tiara de Juan de Ley den. 

Se nos pasea por las desahogadas calles ; algunos naturales 
abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrería insó- 
lita de nuestro anciano vehículo. — En una esquina, salien- 
do de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace re- 
cordar que á la poesía le basta un poco de espacio y de sol, 
un rayo de belleza y juventud, caído en cualquier rincón de 
la tierra, para despuntar y florecer : una de ellas, pálida y 
grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más ne- 
gros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como 
unaPreciosilla extraviada entre cíngaros. . .Y nunca sabrá, nun- 
ca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, 
anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de 
de agua en un fragmento de cuarzo hialino. 

Un conocido de mi geólogo — tiene en todas partes, hasta 



63 DEL PLATA AL NIÁGARA 

en la China-town de San Francisco ! — se empeña en llevar- 
nos al club : el café, la posada, la confitería — sobre todo el 
mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está si- 
guiendo una (( guerra» lánguida — faute de combattants . Se 
nos recibe con tacos abiertos; en el acto, una vuelta de ver- 
mut internacional ! Me presentan á algunos notables ; el re- 
dactor de la Reforma : un camarada jaranero y palmeador, 
de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su 
hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una má- 
quina de guerra formidable que los « intrusos » de la Moneda 
miran con inquietud y temblor ; un viejo (( capitalista » : usu- 
rero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta 
años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sa- 
blazo de Damocles ; otro « literato »: una fuina rubia, amable 
en demasía, que escribe « también » y me trata como cofrade. 
J'en passe... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de 
enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido 
fiel á su antiguo senador que la enriqueció : es la razón de 
casi todas las convicciones políticas y el secreto de todas 
las popularidades, — doutdes. — Pero declina el día ; por 
más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascina- 
dor : el cocktail del estribo ¡y con brindis esta vez ! Mi compa- 
ñero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán — ¡ esas 
tres Marías! — cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡ Yiva Chi- 
le ! ETc! !... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Es- 
peraba un serenata que ha faltado : sin embargo era éste el 
caso — y el lugar. 



DE VALPARAÍSO A LIMA 



Caldera. 

Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírcu- 
lo, con la población en el fondo, formando anfiteatro ; algunas 
casas de dos pisos, — recuerdos de pasado esplendor; la adua- 
na, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Gopiapó 
y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de ba- 
ño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de deca- 
dencia y abandono. — En el momento de bajar á tierra, un 
muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo 
y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, 
á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, 
me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presen- 
cia. 

Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra 
una punta de verga que sale del mar, precisamente en la que- 
rencia de las sardinas : pertenece al Blanco Encalada, echado 
á pique por la torpedera Ljaic/z, durante la campaña revolucio- 
naria. — Recuerdo que en Europa, en dicha época, se preten- 
dió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de 
los torpedos. . . Por este ejemplo, — y otros análogos ó peores, 
— lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina 
de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de 
aristocracia moral : una institución cuyas altas responsabili- 
dades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición 
de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situa- 
ción del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, 
es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no es materia di- 



64 DEL PLATA AL NIÁGARA 

visible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna 
vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo to- 
do, so pena de caer cien grados bajo cero. (jQué significaría 
una marina deparada, cuyos galoneados jefes no supieran re- 
sistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el 
enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave ? 
¿ Qué oficial sería aquel que, en el supremo instante del peli- 
gro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de 
la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase 
la tripulación en su épave desahuciada? Sin duda, la alternati- 
va es tremenda ; pero eso mismo es el principio y el fin de la 
noble carrera. El navio de guerra es un claustro heroico : no 
entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís 
con la vocación sublime ; pero, mientras estéis allí, deposita- 
rio de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cual- 
quier resabio de egoísmo puede arrastraros al deshonor. 

Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las ver- 
siones varias que he recogido en Caldera y otras partes, pare- 
ce resultar que la oficialidad del Blanco estaba en tierra esa no- 
che, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos 
de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omiti- 
das las precauciones más elementales ; la Lynch pudo acer- 
carse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el pri- 
mer torpedo lanzado : era demasiado tarde; con el sexto, que 
dio en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento 
ochenta muertos, fuera déla pérdida del acorazado que, en- 
tonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien 
emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los 
congresistas... Pero no tomemos microscopio para mirar la 
paja en el ojo ajeno. 

El bote llega sobre el Blanco á pique. La admirable trans- 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 65 

parencia del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles 
del coloso volcado en el flanco : el casco de acero, las baterías 
y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azu- 
lado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por 
incrustaciones de mariscos : toda una población submarina 
hormiguea allí, alimentándose todavía con vestigios humanos 
que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los 
camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen 
en torno del anzuelo : véselas, como por el cristal de un 
aqiiariiim, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de 
días y semanas a entibie su ardor » . El pescador levanta su 
caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el 
pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno 
para que escoja, diciendo en tono insinuante : « EHja usted 
las más aceitosas » . ¡ Aceitosas ! . . . Procuro reaccionar en 
obsequio del positivismo : repetirme que, según las doctrinas 
más flamantes, tal es el circahis de la vida universal, en que 
se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, dia- 
riamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones... Me 
hallaréis melindroso y repulgado : pues bien, decididamente, 
á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas 
(( aceitosas » de esta nueva Bahía de los Difuntos. 

La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como 
fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca 
valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó — ese efímero 
Potosí de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios 
y no se escapa el humo de las altas chimeneas ; si esta línea 
férrea que serpea en la montaña — y fué la primera de la Amé- 
rica del Sud — no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, 
es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo 
atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña Cali- 

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66 DEL PLATA AL NIÁGARA 



fornia de la plata, afluyeron emigrantes y aventureros ; la aldea 
capital recibió un empuje decrecimiento increíble; poblóse 
este desierto, donde al principio el agua era más escasa que 
el precioso metal. Aquí se recogieron, en pocos años, las 
grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acu- 
dieron de las provincias andinas, Gatamarca, Tucumán, Sal- 
ta, y, tras ellos, el grupo délos proscritos de Rosas. ^ — Un an- 
tiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que 
con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiar- 
mente del abogado Rodríguez, de Alberdi, del doctor Teje- 
dor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de 
materias — además del francés ! También conoció mi hués- 
ped á Sarmiento, fantástico mayordomo de lamina Colora- 
da, de donde tuvo que salir por « incapacidad»; todo marcha- 
ba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incu- 
baba al Facundo, y que el futuro grande hombre soñaba con 
Buenos Aires ó Argirópolis! 

Debería escribir algún poeta — como lo hiciera Bret 
Harte para su California — la historia psicológica y real, mez- 
cla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de 
estos modernísimos Argonautas. . . Estimulo á mi huésped, y 
veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de 
derroteros perdidos. La historia de JuanGodoy, el descubri- 
dor de Chañarcillo, — cuya estatua se alza en Copiapó, — es 
un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y 
pintoresca del inolvidable Alí-Babá : nada le falta, ni la ca- 
verna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora 
— ni los (( cuarenta ladrones » . 

La tradición es ingeniosa é interesante : os la referiré me- 
nudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en 
los Folk-lores las leyendas de la selva y del mar : las de las 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 67 

minas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Al- 
gunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos 
incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de 
las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Ale- 
mania ó Escandinavia : se los encuentra en la Cordillera, más 
reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha in- 
gerido en el mito. Así, después de los monstruos fabulosos, 
comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los te- 
soros ocultos, aparece aquí la india centenaria, la bruja que 
todo el mundo ha conocido : Flora Normilla, la madre de 
Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secre- 
to bajo una fórmula enigmática, reservando su descubri- 
miento para algún Edipode corazón valiente y espíritu sutil. 
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumera- 
bles los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, seme- 
jantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen 
firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder 
su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las 
capillas y escribanías, dan al fin con el buscado derrotero, 
transmitido bajo juramento por un moribundo : invierten en- 
tonces sus últimas pesetas en expediciones y cáteos, en procura 
del íamoso Reventón del Zoj^ro, fácil de reconocer por una 
serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las ro- 
cas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni 
acaso lo viera jamás. . . Después de todo, esa poesía inculta é 
inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacía como 
una cavatina : sea cual fuere su sueño en la tierra ¡ dichosos 
los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad! 



% 



68 DEL PLATA AL NIÁGARA 



Antofagasta . 

Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bas- 
tante, salvo que aquí la bahía está completamente abierta, el 
mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y 
pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta 
es un producto minero, y muy reciente : fué el descubrimiento 
de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la 
población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por 
los valles de Salta, los gruesos dieces de plata que rodaban 
por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy 
pronto; muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La 
marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha po- 
blación. Con todo, Antofagasta rio ha sufrido la suerte de 
Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca — otro Cara- 
coles — y á Oruro, en Bolivia. 

También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es 
en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un 
solo producto exportable con un abominable desierto : Iquique 
es Nitrópolis. — Aunque la actividad es aquí notablemente 
menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénti- 
cos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso 
la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, ba- 
jando de la montaña, y descargan la materia bruta, el caliche 
rojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesi- 
vamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto 
pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas ; este líquido 
decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los de- 
fecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar. 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 69 

Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilo- 
nes, como de draga ; luego se expone al sol en estrechas regue- 
ras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante 
se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Esta- 
dos Unidos ; es lo que comemos, transformado en trigo y le- 
gumbres. 

Hoy es domingo y, además, marca este día un aniversario 
memorable en los fastos locales ¡ la fiesta de los bomberos ! 
La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de 
la provincia — hombre de mundo, inteligente y cordial — 
de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. To- 
das las compañías de bomberos están sobre las armas ; hay 
cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de 
estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos 
disfrazados de yankees, italianos de hersaglieri, ingleses de 
horse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas 
de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusias- 
ta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso : 
estos eslavones forman aquí un grupo compacto y obstruyen, 
con su inevitable vich, las muestras de la ciudad. Han pedido 
y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austríaco por su 
vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgu- 
Uosa satisfacción, la desphegan al viento, blanca y triangular, 
cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las 
bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á 
vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos 
deja helar en la sombra, todos los notables — de que formo 
parte — rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del 
palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los 
bomberos. 

Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente 



70 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Jas mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, 
tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus 
bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regi- 
miento de Madrucio (i). — Hasta estos últimos años, Anto- 
fagasta, como el resto del litoral, no disponía sino del agua 
destilada : naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos 
á la (( porción congrua » . La institución languidecía, ponién- 
dose sombría la vida. Pero tanto se forcejeó que se dio con el 
agua. Una compañía ha captado un arroyo en la montaña y 
lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañería. ¡Qué 
entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del 
primer siniestro que se hacía esperar! Y cuando estalló por 
fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, 
cuánta bomba en batería, cuánta agua! Que d'eau!. . . — Lo 
mismo sucede en Santiago y en Valparaíso ; pululan las com- 
pañías de bomberos voluntarios : es una vocación irresistible. 
Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin 
hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante 
los he visto en función, allá, donde regularmente se produ- 
cía un incendio por noche — á veces dos ! 

¡Al fin, solos ! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y 
su banda oficial ; el capitán del puerto — un teniente de navio, 
instruido y amable — desabrocha espada y charreteras, y co- 
rremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Inten- 
dente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revo- 
lución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, los collas 
que, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas 
ante el primer palmito blanco que les sale al paso, — en cual- 
quier (( venta » que, semejantes á Don Quijote, a imaginan ser 

(i) V. Hugo, La Légende des siécles. 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 71 

castillo )) . Hacia el champagne, también el capitán acaba de 
desabrocharse y me desliza sub rosa confidencias estupendas 
sobre el reverso de la campaña congresista. 

Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del 
Resguardo nos avisa que el comisario del Laja reclama la 
salida. — « ¡Cómo, su despacho! que espere el bote : sal- 
dréis con el señor, cuando concluya. .. » Pasa otra hora; al 
fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la 
capitanía, con una mar alborotada - así es casi siempre en 
los puertos del Pacífico — que no mueve al vapor en su 
fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el 
atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calave- 
rada bombo-gubernativa. 

Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta 
Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. Á derecha 
é izquierda pelícanos enormes, con su ancho pico de teja 
y su (( coto repugnante», como diría Musset, puntean el mar 
con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las 
olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto 
que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda 
las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el Huáscar, des- 
pués de muerto el almirante Grau — ¡ doble desastre igual- 
mente irreparable para el Perú. 

En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así 
como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno 
y otro — aparte los quilates personales de que no soy juez 
— consiste en que Prat fué ante lodo un ejemplo, un 
símbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva : la 
mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino 
peruano fué grande por su vida, como el chileno por su 
muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muche- 



73 DEL PLATA AL NIÁGARA 

dumbres ! Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio — contra 
todas las versiones enemigas — debe ensalzarse como un 
rasgo de heroísmo igual al del caballero d'Assas, no tuvo 
más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, 
aparece más grande que su émulo quien, durante meses, 
bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat es 
simbólico, y como tal quedará en la imaginación popular, 
mucho después que el combate de Iquique y toda la cam- 
paña estén casi olvidados. 

Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es 
menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del 
Pacífico, no existe más camino que el océano : quien es dueño 
del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué 
la base y condición de la guerra ; no pudiendo ser la terres- 
tre masque su consecuencia y conclusión. He ahí por qué el 
concurso de Bolivia — aunque fuera efectivo — tenía que 
ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una 
guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían 
del todo distintas. — Á pesar de su ejército inferior y de la 
pérdida reciente del Independencia en Punta Gruesa, mien- 
tras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus 
convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, 
pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el 
densenlace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El 
ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desem- 
barco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sor- 
presa ni que se cortaran sus comunicaciones, — Todas las pu- 
blicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrías 
de ese pequeño Huáscar, que vino á ser un enemigo temible, 
debido á su agilidad y ala audaz pericia de su comandante. 
Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados Cochrane 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 73 

y Blanco, se defendió desesperadamente. Derribado y 
muerto Grau en su torre demando, por un obús del Cochrane, 
tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y 
cayeron á su vez. El Huáscar fué tomado en el momento de 
irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos... Guando se 
vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado 
de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que 
al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de 
uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy. 



Iquique. 

Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en te- 
rritorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo 
hereditario — Erbfeind — podrían engañarse de buena fe. 
Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre 
dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda 
asentarse la errante fantasía. Todo llega á cansar, hasta el 
mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa 
nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente 
de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de 
sol. — A la distancia, se manifiesta ya la importancia in- 
dustrial de Iquique : los muelles cubiertos de vagones pe- 
netran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos 
buques están cargando, — entre ellos el magnífico velero de 
cinco palos La France, uno de los mayores del mundo, 
especialmente construido y dispuesto para el transporte del 
salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la 
línea férrea : los trenes se suceden con breve intervalo, 



74 DEL PLATA AL NIÁGARA 

todos cargados de caliche : contamos hasta seis que bajan 
juntos, uno tras otro. Las ahas chimeneas de los ingenios 
derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que 
dan la ilusión de nubes lluviosas. 

Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasa- 
jeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble 
relato histórico que tuvo en esta bahía su trágico escenario. 
En el punto mismo donde nuestro Laja ha fondeado, es 
donde la corbeta Esmeralda fue echada á pique por el Huás- 
car: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de 
Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al 
sud, en Punta Gruesa, la cañonera Covadonga, acosada por 
la Independencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se 
perdió. Por fin, es muy sabido que Iquiquefué el punto de 
reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del go- 
bierno congresista que venció al presidente Balmaceda... 
Toda esta costa del Pacífico está sembrada de recuerdos 
guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, 
compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico. — En 
general, la inferioridad de los paisajes americanos, compa- 
rados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas 
huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado 
nuestra imaginación. Aquí la historia es de ayer, pero tan 
patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza. 

La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de in- 
fantil en su alegre decoración : parece una soñada ciudad 
japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se 
vendrían al suelo si les arrimara el hombro a mi hermano 
Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con veranda y 
peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un 
doble techo abierto para pasar la siesta^, al resguardo del 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 75 

implacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. 
La playa está cubierta de garitas : tan seco es el aire y tan 
tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año 
entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de 
una población minera en su apogeo : las calles enarenadas 
revelan cuidado y limpieza exóticos ; los almacenes y tiendas, 
llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores : 
chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, 
señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la 
vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes 
lujosos. El salitre da para todo — hasta para los frecuentes 
incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de 
estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena 
de las calles, mezclada de salitre, se ha incendiado alguna 
vez ! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el 
diez por ciento. 

La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus 
calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y 
mejores que en Santiago — lo que, á la verdad, no es mucho 
decir. Se respira un ambiente de bienestar : la anchura de la 
vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil — en 
desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco 
de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de 
Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un 
tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: 
servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos 
legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. 
La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en 
el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y 
libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el con- 
sejero y arbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escrito 



76 DEL PLATA AL NIÁGARA 

folletos técnicos y una excelente Geografía de Tarapacd; 
pero se interesa en otras cosas que la (( salitrería » : por 
ejemplo, en las urdimbres políticas de Piérola, para quien 
me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que 
llevo desde Buenos Aires para C áceres. 

El centenar de fábricas en actividad — pertenecientes casi 
todas á compañías inglesas — han exportado el año pasado 
cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elabo- 
rados : podrían producir el doble sin temer que, antes de un 
siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual 
del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la 
{( inflación » , ha combatido la formación de compañías nue- 
vas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exporta- 
ción, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos vein- 
te millones de pesos : es lo más limpio de la renta chilena ; y 
se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del go- 
bierno, en plena guerra, fuese a organizar provisionalmente » 
el territorio que spontesua no evacuará jamás. 

Tarapacá es el reino mineral : la única planta que allí exis- 
te es fósil : el tamarugo, que da su nombre á la pampa sali- 
trera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde 
que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol 
prospera en la arena hostil que absorbe el líquido — como por 
una criba — sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, 
donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro 
de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de 
ensueño en que nos transporta el poeta de las Flores del mal, 
— llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras 
preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iqui- 
que, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á be- 
ber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeo 



DE VALPARAÍSO Á LIMA 77 

ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, den- 
tro de un metro cúbico de tierra vegetal importada ! Esos ru- 
dos trabajadores, americanos y europeos, después de sus 
faenas en lamina y el escritorio, ejecutan el invariable progra- 
ma de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en 
tranvía, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó 
gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en 
un asilo... 

Continúa la navegación ; los puertos y escalas se suceden, 
pero el interés decae : se parecen demasiado unos á otros. 
Después de Iquique, he aquí á Pisagua : una muralla de con- 
glomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la 
estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderías ; un bo- 
rracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos 
tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: 
es de una audacia inaudita — un irreflexivo heroísmo de 
araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra 
existe, es así como se debe hacer. Son esosgolpes de loca in- 
trepidez los que desconcertaron á los aliados — sobre todo á 
los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un anti- 
guo oficial — chileno por cierto — me cuenta que algunos 
pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se da- 
ban vuelta para gritar á los rotos feroces : No sea usted grose- 
ro !... El dicho cdLTÍcaitu.Ta[ es el residuo y la cruel moraleja 
de la campaña. 

Arica viene en seguida ; pero llegamos al anochecer para 
alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gra- 
cias al gobernador melómano que había pedido por telégrafo 
que nos preparasen caballos para trepar al Morro. — Como un 
soldado que custodia una zagala : encima de la ciudadita de 



78 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Ópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, du- 
ramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las 
habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de 
verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-flo- 
rida, ese espacioso chalet que resulta ser la aduana, ¡ aquel 
oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de 
hojas verdes que no son de zinc ! Todo ello se exhibe muy pega- 
dizo y flamante, — y vienen á la memoria los terremotos, las 
espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones 
y les impiden envejecer. — Luego, un islote fortificado vuelve á 
traer la nota trágica ; los ojos se clavan en ese Morro fúne- 
bre donde, esta vez, la defensa fue tan encarnizada como el 
ataque ; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después 
de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el 
coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó 
heridos — incluso el comandante Sáenz Peña que se gran- 
jeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor. 

Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso in- 
terés : la costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas 
canoas chatas, en que los indígenas traen frutas á vender. 
Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal 
cual se encuentra en laspintadas figuras de otros siglos... Des- 
pués de lio y Moliendo, — donde embarcamos á una pari- 
siense de Puno y un marsellés de La Paz, — Pisco despliega 
su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, 
se entreven los valles umbríos, plantados de cañaverales y vi- 
ñedos — los que producen el aguardiente famoso en todo el 
litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de 
ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, 
como en los tiempos de la conquista ; y con los mismos mo- 
dales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los es- 



DE VALPARAÍSO A UMA 



79 



pañoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, te- 
jas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito — casi de 
balde. ¿ Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está 
muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que 
desarrolle la producción ? 

La navegación se torna ya cruelmente monótona ; se vuel- 
ve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha : tres 
gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan 
los pelícanos y cuervos marinos, como para demostrar el ori- 
gen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi 
agotado y substituido. La vida de á bordo gravita pesadamente 
sobre las frágiles relaciones de ayer ; ya nadie se busca, ó 
muy poco : basta con encontrarse regularmente en la mesa y 
sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado 
con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente. 

Gomo en el primer día, vuelvo á buscar la soledad disolven- 
te y triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un 
drama indio — Qakuntalá — que me persigue, « vuela hacia 
atrás, como el pendón del soldado que camina contra el vien- 
to )) . Dos días, un día aún. . . Divisamos, por fin, al través de 
la niebla matinal, pintorescas aldeas encaramadas en la costa : 
Chorrillos, Miraflores, nombres antes risueños, hoy fúnebres; 
algunos fuertes se alzan en torno de una ancha bahía de agua 
lechosa ; luego torres, campanarios, edificios apiñados : una 
gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles, en una 
dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ ya era tiempo ! 
Al saltar en tierra, caigo en los brazos de García Mérou, y, 
unos minutos después, volamos hacia Lima. 



IV 



LIMA 



Messine est uneville étrangeetsurannée... 

. . .Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desampa- 
rados, viene zumbando en mi oído este verso de Banville 
(á quien por cierto no cultivo mucho), cuyos apareados ad- 
jetivos descoloridos y musicales, con no tener nada en sí de 
raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz combinación no sé 
qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y colores, de 
arquitecturas arabescas y soñadas — como ciertas páginas 
vagas de Quincey. Etrange et surannée... Por algo será — 
por algo que no comprendo — que esa reminiscencia me 
persigue por todas las aceras de esta u Ciudad de los Reyes » ; 
y daría cincuenta de mis frases menos deformes por haber 
sido el soldador original de esos dos epítetos. Se dice que 
tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuitos ; pero 
acontece en esta lotería lo contrario que en la otra ; á saber, 
que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los 
números premiados. Étrange... pero, basta ya, que veo 
asomar á un personaje de Moliere. 

Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á su 



LIMA 



entrada. Después del triste Callao, las ocho millas del tra- 
yecto hasta la «desamparada» estación carecen de interés 
pintoresco. La inevitable niebla matutina funde los cultivos y 
las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan por momentos 
los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan la 
ciudad : pero ¡ hemos visto ya tantas montañas ! El primer 
encuentro del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho 
pedregoso, es un desencanto : trae el recuerdo del Mapocho, 
del Manzanares, de todos esos álveos famosos que parecen 
haber gastado sus ondas en alimentar su nombradía. Completa 
la semejanza un hermoso puente « romano » , como el de Toledo 
y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido conser- 
var... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate 
y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero. . . Positivamente 
el vestíbulo de Lima está destituido de prestigio. Es algo así 
como la entrada á una casa solariega por la caballeriza y la 
cocina. Después de apearse en el mejor hotel, — que mere- 
cería ocupar un puesto distinguido entre las ventas manchegas 
del Puerto Lapice, — el forastero echa á correr por estas 
plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre colonial y mo- 
risca trae un primer encanto ; cuyos nombres anticuados : 
Inquisición, Espaderos, Virreina, Judíos... despiden desde 
luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á 
sahumerio á la vez (( perricholesco » y monacal. 

Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las 
que condensan los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, 
esos montones de piedras y ladrillos se impregnan de huma- 
nidad, hasta el grado de ser casi personas : y lo son para mí, 
simbólica á par que sociológicamente. París, en verdad, es 
un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un marino; Ge- 
nova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto la 



82 DEL PLATA AL NIÁGARA 

importancia positiva del íntimo carácter : Genova, por ejem- 
plo, tiene menos comercio que París. — Lima es la ciudad- 
mujer. (Oh ! por favor : reprimid esa sonrisa intempestiva !) 
— Es una mujer, en su porte exterior, en sus primores y 
achaques arquitectónicos, en su índole toda política y social, 
en su alma, por fin, ó sea en su historia entera, femenina y 
felina, infantil y cruel. Gomo tal hay que verla, para juzgarla 
con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores vis- 
tosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y 
la preocupación permanente de agradar y seducir : todo lo 
que nos parece ridículo y displicente en el hombre, se torna 
atrayente en una dama de alcurnia que ha nacido rica y vivido 
ajena á los problemas de la existencia material. Disculpad su 
vanidad pasada, su ligereza, sus imprudencias ¡es una mujer! 
Otras ciudades son fuertes, heroicas, grandes por el pensa- 
miento ó la acción : Lima ha sido encantadora ; era su función 
y su excelencia — hasta el rayo terrible que la fulminó. 
Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levan- 
tar el velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él 
envuelve á una herida : hablemos de la pobre viuda que fué 
reina, con reverencia, con ternura, con piedad... 

Todo aquí revela á la ciudad noble : fenómeno extraordinario 
y casi único en América. Mucho más aún que la rica y popu- 
losa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es 
bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia. 
La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deforma- 
do más que embellecido. Así en lo material como en lo político, 
se ha mostrado inhábil y torpe para ese « progreso » tangible 
que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente. 
Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad con 



LIMA 83 

la Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de 
su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barrien- 
do desdeñosamente todo vestigio colonial : Lima ha vivido y 
permanecido como el injerto más floreciente del tronco indíge- 
na . La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahual- 
pa tiene el significado y la belleza de un símbolo : como el 
conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la 
legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora 
nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso 
de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema 
futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal des- 
pierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más 
ó menos Gapac. . . A semejanza de su gloriosa metrópoli, había 
de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su 
transformación; y como ella también, eternamente fluctuante 
entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos 
nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás 
por la pendiente sembrada de precipicios. 

Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos 
brotan exteriormente en la forma y disposición de los edifi- 
cios privados y públicos ; del propio modo que la naturaleza 
salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible 
eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cris- 
talización de sus costumbres ; y así la arquitectura viene á ser 
el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que cons- 
tituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional. 
Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile, 
resistió cuanto pudo la intrupión del espíritu moderno, bas- 
tarían á demostrarlo — sin acudir á los datos confirmativos 
de cien documentos escritos — el desarrollo precario ó nulo 
de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el es- 



# 



84 DEL PLATA AL NIÁGARA 



fuerzo administrativo ó el mero prurito de imitación. Y no 
me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del 
interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno 
(( indigenado », sino únicamente á la capital que puede, 
además, considerarse como una gran población litoral. 

Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, 
guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del pro- 
greso moderno : los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus 
(( compañías » tenían que acudir, numerosos y voraces como 
los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferro- 
carriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sin- 
dicatos mineros, fabriles, agrícolas ; de ahí también, los em- 
préstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy 
costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la his- 
tórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han 
quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo 
colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado 
primitivo por falta de compostura ; la higiene urbana queda 
como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes ; 
el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jar- 
dines de la (( Exposición » , donde ha de encontrar á cuatro 
forasteros. La imponente Penitenciaría, construida por un 
paisano de Meiggs — naturalmente — sobre el modelo de la 
de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos pre- 
sidios. Hay un admirable monumento al « Dos de Mayo», 
cuyo grupo inferior — creo que de Carrier-Belleuse — es 
probablemente la obra escultórica más bella de la América 
española : lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo 
ve... 

Es porque todo ello, lo repito — y multiplicaríanselos ejem- 
plos indefinidamente — representa un conjunto de elementos 



LIMA 85 

adventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprove- 
cha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas impor- 
taciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra 
de Mercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería 
una disonancia chillona, si sus inevitables a Villes de París» 
no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen 
tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que que- 
remos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, con- 
ventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus 
rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías ; 
la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus 
grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famé- 
licos y covachuelistas del virreinato ; la de la Plaza de Toros y 
la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles 
sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del 
(( Paseo de Aguas )) y de la Perricholi, cuyos descendientes 
vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su 
gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, 
de las (( tradiciones )) que no sean gacetillas, de la poesía que 
no haya sido diluida en verso asonantado ni en novela por 
entregas. 

Todo la evoca ante la imaginación, todo k vuelve presente 
y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios 
en otra parte más prosaicos, los que pudiéramos llamar « vul- 
gares por destino » — como se dice de ciertos inmuebles por 
ficción legal, — se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó 
iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la 
casa' de Pizarro : allí fiíé asesinado el rudo y atroz conquista- 
dor, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su 
propia sangre en el pavimento; — y salieron los asesinos de 
esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones y 



W' 



DEL PLA.TA AL NÍÁGA.RA 



Botoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro uni- 
versitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban 
anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando 
€n el pico, en vez de gajo verdeciente, Lina astilla de enjuta es- 
colástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición, 
€s la propia sala de consultas del Santo Oficio, <jue funcionó 
€n Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un 
recuerdo aterrador : el magnífico artesonado de nogal, mara- 
villosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucur- 
sal indiana más meritoria. Otra página sombría— moderna, 
esta vez — en el mismo vestíbulo : el ex-presidente Pardo — el 
hombre superior de su generación — entonces presidente del Se- 
nado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas; 
■de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda : cayó 
mortalmente herido, en una losa del patio que se señala 
siempre... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como 
las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con 
sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro 
más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello, 
enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como 
por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa, 
con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales, 
ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro 
artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular 
de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de 
íilto relieve esculpida en cada respaldo monumental. 

Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello 
interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la orna- 
mentada basílica : en una cripta de piedra, debajo del altar ma- 
yor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momi- 
ficado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompió 



LLMA. 87 

la clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo : de- 
seáis, queréis estar seguros de su autenticidad — á pesar de 
no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de 
Ateneo — y, por un momento, la imaginación reviste de car- 
ne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil 
del conquistador. ¡ Qué sueño espléndido, rutilante de oro y 
sangre, fué su destino ! Pero ^ quién sabe si lo sintió y midió 
como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la rea- 
lidad? — Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de 
esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después 
de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de 
batallas que de suplicios ; — y el poeta historiador que él 
no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la 
púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo 
ó la del triunfador. . . 

Aunque nuestra moderna (( economía política » nos permi- 
tiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de 
artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás 
rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos 
testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es 
necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que 
es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en 
todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en 
perseguir un intangible ideal... 

¡ La devoción^ la codicia, el amor! Ha subsistido durante 
dos siglos y más. á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la 
madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la ori- 
ginaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia. 
Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción 
allegadiza, un injerto exuberante que abría sus ñores bajo un 



88 DEL PLATX AL NIÁGARA 

cielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del 
mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la con- 
quista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó 
ala hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del 
patriotismo vivaz, que completa y exphca á la España caballe- 
resca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué 
Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad 
morisca, á pesar délas conversiones y los destierros. Y en sus 
feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma An- 
dalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas, 
palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la 
plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes 
la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas 
de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía 
austríaca. Fué aqueHo la fiesta secular del virreinato — con 
breves intermedios de sublevación indígena que completaban 
la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de sier- 
vos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de es- 
pesa capa del humano mantillo que era necesario para que 
la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumhrar y flore- 
cer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del 
oro, más fastuosa quelaotra: una veta nueva pagaba la flamante 
ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas, 
en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían ele- 
mentos heterogéneos : al modo que la ambición de los prime- 
ros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más 
tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aris- 
tocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de mar- 
queses... 

Todo ello ala distancia, iluminado por la leyenda y la fan- 
tasía, forma un conjunto deslumbrador : tan fascinante y se- 



LIMA 



ductivo que al artista enamorado de lo bello casi le falta valor 
para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se 
encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real pa- 
ra la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después 
de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas 
mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados 
como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vaga- 
mente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa 
de Chinchón — la de la cascarilla — en sus largos vestidos de 
terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquina re- 
camada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de 
Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus 
dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó 
cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fue- 
ra también un harén, — se busca en el poyo de piedra del es- 
pacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su 
Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en 
los antiguos barrios silenciosos « de la gente » , todo conspira 
á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas ba- 
jas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se esca- 
pa un cuchicheo femenino ; una forma esbelta, rebozada en la 
manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto 
sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el 
rápido espejeo de una mirada juvenil : basta para que la apa- 
rición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa 
alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y 
más discreto aún de una iglesia . . . Pero ^ qué mucho ? si en cual- 
quier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidi- 
ficar vuestra ilusión. — Pasaba cierta noche con un amigo li- 
meño por el Estanque de Aguis que el virrey Amathizo cons- 
truir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramis 



90 DEL PLATA AL NIÁGARA 

debajo de sus ventanas ; mi compañero me enseñaba la casa 
misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un 
verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña 
figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido 
vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho 
mejor que el esfumino de los a tradicionalistas » de oficio. 
Déla esquina misma una sombra se destacó, y mi cicerone, 
tocándome el codo murmuró : « Es Amat, el bisnieto de la 
Perrichola... » 

i Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida 
y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de 
esclavos traían á sus pies las riquezas al parecer inagotables 
de sus montañas. Pasaban los años ; se desmoronaban los 
vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar 
el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su 
corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba 
y renacía ; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar 
por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su 
hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al 
rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado 
que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas 
las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún; 
los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiá- 
ticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros, 
cuarterones y « sacalaguas » de todo matiz. Y, después de reir 
y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas, — en una 
hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio : 
era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, 
como ella decía con desprecio, (( de ese antiguo presidio del 
sur )) — ¡ era el chileno que buscaba una presa ! Y Lima en- 
tonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeada 



LIMA. 91 



de su imbele servidumbre ; y como en los días antiguos de 
Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al 
conquistador. 



II 



En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, 
casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la 
derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han 
reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han po- 
dido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia 
es una amputación ; pero las naciones se asemejan á esos 
organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen 
ala larga su miembro perdido. Guando un pueblo languidece 
para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba 
de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo 
haber mostrado anteriormente las causas generales de la 
decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha 
descubierto el mal latente y precipitado su crisis — pero no 
lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha produ- 
cido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía aca- 
rrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras 
que esta revelación implacable del mal contribuyese á des- 
pertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin 
cobrarle simpatía; y por eso me atrevo amostrarle alas claras 
el desarrollo creciente de su decadencia. 

Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto, 
perceptible, patente, — temo que irremediable. No arranca la 
gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y 
Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menos 



ga DEL PLATA AL IsIÁGARA 

que aniquilados — ni siquiera del erario indigente, de las in- 
dustrias paralizadas y de las fortunas particulares desvaneci- 
das ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los ac- 
cidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen 
en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una 
nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es 
el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encon- 
trar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora 
y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasti- 
cidad y el vigor de la juventud ? 

Los síntomas superficiales son meras indicaciones concu- 
rrentes para guiar al observador ; todos ellos conducen y 
convergen á esta pregunta capital : ^ por qué ? Después de 
doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre 
la misma : la guerra chilena. Oh ! sin duda, la invasión ha 
revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algu- 
nos casos rayó en ridicula, con ser tan rencorosa y mezquina. 
Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo : el término de la 
campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después 
del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuido ha quedado 
más rico, acaso más poblado que Chile después de sus pro- 
A^echosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persis- 
tente de una nación entera, en sus manifestaciones más 
palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del tes- 
tigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo 
peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena 
como la causa de la ruina general. 

El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la 
estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de 
plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda 
ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Las 



LIMA 93 

principales casas importadoras se sostienen escasamente ; en 
cambio prosperan los « empeños » , y es el primero de todos 
una ((joyería » dirigida por un judío alemán, gran comprador 
de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las 
liquidaciones caseras, día á día, son incesantes : por todas 
partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, 
vestidos. Para una capital de 1 3o. 000 habitantes, hay dos ó 
tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. 
El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística 
reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos 
por todas las oficinas de Lima — incluyendo la de Palacio — 
es de 81 63, que ha producido poco más de 5ooo soles. No 
hay teatros. He ido á la Plaza de Toros — inmensa, pintoresca, 
con sus capeadores criollos á caballo : — habría mil personas 
en los (( tendidos » más baratos, entrando en cuenta un bata- 
llón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de 
la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de (( cesan- 
tes )) , vulgo ociosos, como en la Puerta del Sol — pero sudando 
la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, som- 
breros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles. 
De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de mú- 
sica, juntas ó alternando : la (( sociedad » no concurre, y el 
bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gra- 
dería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (^ Cómo 
no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan in- 
noblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jar- 
dines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo esplén- 
dido pero desierto. Allí he admirado huacos de trabajo finí- 
simo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiría ó 
etrusca ; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que 
conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina. 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



(El cuadro famoso de los Funerales de Atahualpa carece de 
vida en su conjunto : la actitud teatral y congelada de los per- 
sonajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de ter- 
cer acto después del /íz/íí infalible ; los detalles son excelentes 
como carácter y dibujo ; Pizarro algo convencional, pero el 
Inca es admirable de verdad ; algunos monjes asumen una 
realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los 
parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están 
abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, in- 
cluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica 
catedral está cerrada : el techo se viene abajo y faltan los 
fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; 
las familias no salen sino á misa ; los hombres hacen visitas 
los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo ex- 
cepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una 
impertinencia : las señoras elegantes tendrían que arreglarse 
á escape, encender las lámparas : un zafarrancho general. Al- 
gunos amueblados son lujosos, todavía ; pero las casas más 
ricas permanecen cerradas ; las gentes de fortuna están via- 
jando por Europa ó los Estados Unidos : en el grupo patricio 
hay un furor enfermizo de expatriación. 

¿ De qué proviene esta decadencia general ? De la guerra, 
se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente 
al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban, 
lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana 
para el fisco nacional : es decir, los medios de fomentar la 
corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos 
salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las 
minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos 
agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la 
dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero se 



LIMA 95 

confundiese con la administración, no siendo rico sino por 
la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla ? 

La importación total durante el año de 1891 ha sido de i5 
millones de soles, y la exportación de 12 millones : la dife- 
rencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. 
El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de 
soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las 
escasas fuerzas del país : supera la mitad de la exportación 
nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de 
empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han 
enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los 
mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos 
de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres 
cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la 
suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que 
entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Gáceres 
que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles 
y las minas del Cerro de Pasco. Este canditato es impopular 
en Lima y tiene en contra suya al Congreso ; pero será elegido 
porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elec- 
ciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida 
política : nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é 
inerte de las grandes postraciones. 

Si después de daros cuenta de lo que es la actividad 
externa y social, queréis penetrar en la intelectual os en- 
contráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está 
desarmada, más que por la mordaza administrativa, por 
su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos dia- 
rios que no carecen de cultura y buena intención : lo que se 
busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento con- 
vencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Por 



96 DEL PLATA AL NIÁGARA 

lo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tie- 
ne descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos 
y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del 
padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de (( satíricos », 
cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuar- 
teta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el 
retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los ac- 
tos privados, á la mujer, á la famiha del que se ataca hoy — 
y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. 
En todas partes los versos pululan, de toda laya y comple- 
xión. Hombres más que maduros, que han aspirado á esta- 
distas, consumen los seis días de la semana en este oficio de 
remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la 
evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplo- 
máticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades 
del Plata, dejando un reguero de ridículo. 

El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de 
extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedi- 
cular. Ahora bien, como remedio álos males presentes y á las 
catástrofes futuras; como Sarsum corda generoso y va- 
ronil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las 
conciencias, los «pensadores » no preconizan el trabajo mate- 
rial, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la cien- 
cia y la filosofía modernas ; sino la redondilla y la décima, 
en español castizo. — Cuéntase que los bizantinos seguían 
discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos ba- 
tían sus murallas ; pero no dice la historia que continuarán 
su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición... En 
Lima se siente ahora como una recrudescencia de la pala- 
brería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Aca- 
demia de la lengua » , sucursal de la que elabora en Madrid 



LIMA 



97 



tan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada, 
para dar al fin con la originalidad y la vida, estos « excelentísi- 
mos )) se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cucli- 
llas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su di- 
ploma de la academia matriz ¡ se calientan al reflejo de una 
luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El 
mismo gobierno — el ministro del ramo es académico — que 
no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas 
históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, du- 
rante el concilio de la « Lengua » , á su correspondiente y dis- 
tinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangi- 
bles; el representante los comunica alborozado : «Después de 
una descomunal batalla acerca del adjetivo de inca, quedaron 
fuera de combate, incásico, incano é inqueño, declarándose por 
quienes lo saben bien, que incaico es el derivado legítimo de 
los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir 
la Mascaipacha y empuñar el Tupaccurí gramatical. ¡ Victoria 
completa! » — Pobres victorias peruanas! Entretanto, la en- 
señanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retro- 
ceden á un estado rudimentario y verdaderamente incaico... 

Todos esos rasgos son exteriores y parciales : podría en 
cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos 
y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi 
sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la 
degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y prós- 
pero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el 
elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para de- 
bilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada supe- 
rioridad de la mujer sobre su compañero social : manifes- 
tación que parece también un signo de atavismo regresivo 

7 



gS DEL PLATA AL NIÁGARA 

propio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como 
materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dig- 
nos de estudio, distan mucho de ser igualmente atray entes. 

Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla 
indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del con- 
tacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no ad- 
mite comparación con el de otras regiones invadidas. La colo- 
nia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la 
de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un 
peligro nacional. La China town es el Ghetto de estos modernos 
judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto 
tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en Cali- 
fornia se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejem- 
plo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre 
(( celestes » y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, 
aislados y rencorosos. — En el Perú, los he visto risue- 
ños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En 
las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden 
casi con los « cholos » de cualquier matiz, hasta que logran 
desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensi- 
blemente, van invadiendo como una lepra los departamen- 
tos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia 
á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres 
indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza, — la 
inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y 
látigo, — se hacen kiu ó renegados, sin tornarse abominables 
para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola, 
se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva 
variedad de peruanos que me han parecido — ¡cosa terrible! — 
más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. 
Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos 



LIMA 



— y SUS mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta, 
me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza, 
y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emi- 
gración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente 
americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de 
más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda 
y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser 
fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las 
anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. 
Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría 
su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento 
chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo pro- 
greso, el opio difundido en el organismo nacional. — Y ante 
todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absoluta- 
mente ¡ la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial ! 

He visitado dos veces el barrio chino de Lima ; y acaso, 
después de conocer su colonia de San Francisco con sus tea- 
tros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco. 
Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan 
un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han 
desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin 
ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas, — ágiles é 
infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar. 

Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, 
manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como 
quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas 
en azafrán, comidas conocidas — cordero, pollo, arroz — que 
me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas. 
Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus 
mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos por- 
cinos de (( hombre que ríe o y sus dedillos flacos y exangües de 



lOO DEL PLATA AL NIÁGARA 

monos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo 
no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia 
eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de 
sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en ana- 
queles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la gar- 
ganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de 
la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidi- 
gitadores naipes grasicntos y dóminos enormes, apuntando con 
puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sas- 
tres, costureros y planchadores de ropa, — rincones más inmun- 
dos aún. Las cocinas apestan ; las tostaduras de maní levan- 
tan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño 
común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo 
que los demás : me figuro esos cuerpos obesos y pelados de ba- 
tracios chapoteando en el agua turbia. . . Y en los pasadizos res- 
balosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hor- 
migueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente 
olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucara- 
chas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope. . . 
Por fin, hay los dormitorios de opio — y esto es lúgubre. Sobre 
catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una 
tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros 
que encierran una fórmula propiciatoria — de dos en dos, en 
una promiscuidad que hace más repelente sus formas herma- 
froditas : están fumando sus largas pipas de madera encima de 
la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella 
rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la em- 
briaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El 
que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el 
tubo recto y activa la combustión de la resina negra ; el humo 
acre se escapa en espiral blanquecina ; otro, ya vencido á me- 



LIMA 



dias, despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados, 
una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilan- 
te ; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la 
faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, le- 
vantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece 
una agonía. Un silencio de sepulcro : — y contemplo horrori- 
zado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma 
agobiada bajo un terror desconocido — con el estremecimienta 
de la duda y del misterio. ^ Quién sabe si no hay cierta gran- 
deza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melan- 
cólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del ani- 
quilamiento ? (j Qué largo sufrimiento de la raza envejecida ha- 
brá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria 
é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la 
existencia el tétrico deseo del no ser ? — Acaso, por sobre las 
repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, 
no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextin- 
guible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran 
desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad 
Media : Beati mortai quia quiescunt !. . . 

Gomo carácter peculiar del grupo social peruano, he men- 
cionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad 
innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario 
del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos 
los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas 
del trópico ; el brillo diamantino de sus ojos negros ; la fres- 
cura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas, 
criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al 
aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En 
su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo del 



loa DEL PLATA AL NIÁGARA 

adivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y 
ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de 
pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, 
con un roce y vago aleteo de aparición... No se ha celebrado 
bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez 
de su dicción cantante, su perpetua adivinación de lo que no 
pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de 
<( preciosas )> nunca ridiculas. Basta una sola de estas hechi- 
ceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un 
ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefie- 
ren así : devuelven el chiste, el epigrama, con una presteza y 
una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante 
de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae 
en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una 
propiedad pasmosas ; se deslizan por entre las asperezas de la 
(( analogía », como la bolilla de marfil entre las púas de un 
billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin 
rigidez ni esftierzo alguno. Son las hadas de la gramática. 
Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos 
un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios : 

Ah ! pour Vamour da grec souffrez quon vous embrasse ! . . . 

Positivamente, son instruidas, letradas — y me ha pare- 
cido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita 
de tinta. Han nacido epistolarias ; y en esas cartitas satinadas 
que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no 
sospecharíais que se agita el equilibrio sud-americano, como 
paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la 
vuelta del traje imperio. . . ¡Os digo que son únicas ! Y, con todo 
eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luc- 



LIMA io3 

tuosos debía hacerse y no se hizo ; soberbiamente vengativas 
por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la 
ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres 
vencidos de ayer : lo confiesan y reconocen con una ingenuidad 
que reemplaza todas las demostraciones... 

Y después de pasar quince días al lado de estos seres ex- 
quisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no 
haber encontrado el talismán que volviera á este país la pros- 
peridad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuer- 
zo viril — sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas 
inseparable de la suprema distinción. 

Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la 
mirada hacia la costa peruana — algo que ya no encontraré 
sin duda en el largo viaje de destierro y soledad : la casa ami- 
ga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para 
mí la dulzura de un hogar ; la cordialidad sincera de una me- 
sa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un 
espíritu de mi familia ; la imanación refrescante del talento 
juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco — los 
brazos abiertos de García Mérou. 



DE LIMA Á COLÓN 



GUAYAQUIL. PANAMÁ 



Después de una quincena de gratísima estancia , — velada 
acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso for- 
mular, — tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y 
hechicera, que desprende el encanto melancólico de la gran- 
deza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza 
para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento, 
la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas ami- 
gas : lo que en estrategia se llama « la pérdida del contacto ». 
j Oh! ¡qué duraba de ser esa larga abstinencia de charla fami- 
liar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! 
Nunca más cierto que en la peregrinación el Vae solí ! de la 
Biblia : ¡ Ay del solo ! que cuando cayere, no tendrá quien le 
levante... 

Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al 
estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires : no sólo 
encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propaga- 
ción de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba per- 



DE LIMA Á COLÓN io5 

sonalmente la irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo 
está roto. ^ Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde 
la Argentina parece mucho más desconocida y distante que 
en París ó Londres ? Tengo de ello una percepción inmediata, 
desde que piso la cubierta del vapor Imperial que me lleva á 
Panamá. Once more upon the water s ! Pero esta vez, Ghilde 
Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado, 
aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cauti- 
verio, menos aún por la falta de trato anterior que por la au- 
sencia de posible afinidad futura. 

Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso 
que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento 
cae en mi alma como un gran silencio repentino ; y en un 
ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres 
car ti tas de « recomendación » para Guayaquil y demás tierras 
calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinie- 
blas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo 
hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa 
vasta térra incógnita, donde me tornaré al pronto tartamudo 
y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he 
comenzado á ennegrecer. 

i Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso ! ^ Será 
posible que exista un ser inteligente y delicado que, con toda 
buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso en- 
hebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de 
imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confiden- 
cias ? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de 
artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pra- 
dera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en 
una caja de cartón... Otra ha de ser la razón de los « apuntes 
de viaje » . Creo hallarla en el fondo de perversidad humana 



io6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

que descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, 
más generalmente, en la inobservancia del deber... 

Ejemplo al caso ; este deplorable oficio de a corresponsal » 
y futuro autor de (( impresiones » , que tan de ligero me he 
impuesto, no tiene sino una faz agradable : el no cumplirlo. 
Entonces se Aoielve encantador. El más insípido vagar cobra 
sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que 
su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo , y le veréis 
volar á la corvée ! ^ Quién osaría comparar las delicias de una 
(( rabona » á la tibia satisfacción de un asueto legítimo ? He 
descubierto, pues, este remedio — que me permito recomen- 
daros — contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje : 
el tener siempre por delante un programa de trabajo que no 
se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, 
ó en ]a sola ociosidad, el tiempo que se debiera « consagrar» 
á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo : « ¡Otra 
que te raspé ! » Este condimento del pecado es lo que llaman 
los moralistas el « remordimiento » . Reflexionad : en la vida 
no hay más cosas buenas que las prohibidas, — las contra- 
rias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la 
salud. La obligación — la misma palabra lo dice — es todo lo 
que liga al hombre, coartando su independencia y soberbia 
altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filis- 
teos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran 
los más fuertes y no nos impusieran su ley. 

Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no 
sería inatacable, considerada « bajo el prisma » de la peda- 
gogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Gomo el Maítre Jacques 
de Moliere, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré 
mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del 
educador, de a uno de nuestros más autorizados educacio- 



DE LIMA Á COLÓN 107 

nistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más res- 
pecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos 
acerca de su terapéutica. Andamos á tientas : obscuré cer- 
nimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos 
del catecismo y los sermones carecen de eficacia ; y que la 
real educación del ser joven no modifica perceptiblemente 
el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la 
acción prolongada del medio, el choque diario de la expe- 
riencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las 
ideas útiles y crea los poderosos hábitos... Pero, queden 
para mañana los negocios serios ! . . . 



Guayaquil. 

Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en 
su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y 
ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio 
estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encan- 
tadora, con su isla y aldea de Puna, abigarrada de blanco 
y rojo, que se destaca netamente del verde intenso. — La 
primavera, la aurora, la infancia : todo ello se muestra he- 
chicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia 
se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se 
espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol 
abrasador. 

Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lenta- 
mente ; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas 
huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje 
de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, 
lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desen- 



io8 DEL PL.\TA AL NIÁGARA 

rollando hasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno 
de las cabanas brotadas entre los acuáticos paletuvios, 
algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca 
pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol na- 
ciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hun- 
den en el légamo sus zancos rígidos ; loros y cotorras sal- 
pican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean 
en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces ad- 
venticias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, 
remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar 
los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que 
hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy 
lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa 
de los niños bajados del tren medio dormidos : las tempo- 
radas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bos- 
ques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez 
de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, 
traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada 
existencia independiente la fuerza y la salud. . . 

La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve 
aurora ecuatorial ; pero, al punto de emerger el disco del 
sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje 
bruscamente iluminado ; parece que el lejano Ghimborazo 
estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco 
se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis 
resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve 
espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al 
mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal 
al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto 
fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la 
margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyo 



DE LIMA Á COLÓN log 

espejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de 
madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, 
las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de 
los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la 
sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, 
se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas 
cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña 
Venecia tropical — sin historia ni monumentos. 

Bajamos á tierra al medio día, — « en esta tierra, diría 
Tennyson, en que es siempre mediodía » (i); — recorro el 
malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de 
Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada 
con un mostrador ; un mocito con cara de terciana me vende 
una estampilla, y se retira tras de una mampara donde 
adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no 
está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una 
voz de la trastienda : « ¡ Ahí tiene el tarro de goma ! » . Efecti- 
vamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con 
un pincel descomunal, (j En qué estaba pensando ? Procuro 
realizarla operación, — sin éxito, problablemente, pues del 
centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo 
he de escribir, la de Guayaquil^ con tarro y todo, será la 
única que no llegue á su destino. ^ Será cierto que el servicio 
de correos es correlativo del estado de civilización ? 

Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones 
son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pin- 
turas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de 
los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y calles 

(i) In the afternoon they carne unto a land, 

In which it seemed always afternoon. 

(Tennyson, The Lotos-Eaters) . 



"O DEL PLATA AL NIÁGARA 

adyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los pues- 
tos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías 
criollas, las pirámides de pinas y bananas, las cocinas al 
aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en 
los largueros : todo eso y lo demás, ya muy visto y cono- 
cido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos 
los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida 
aparente en las habitaciones de los pisos altos ; ventanas y 
balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados. 

Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven 
las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guaya- 
quil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecua- 
toriano : el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de 
la calle del Comercio : está vacío. Me enseñan « curiosi- 
dades )) : esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, ador- 
nos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que 
remedan el arte quiteño — indios mascando el chonta-ruru, 
etc., — y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura 
italiana; y luego : pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, 
sombreros de jipijapa, — todo el desembalaje cursi para 
turistas en demanda de color local... 

Me meto en un tramw^ay vacío, tirado por dos muías 
éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de 
su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran 
ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquie- 
tante, que exúbera y chorrea savia nutricia. En la bóveda 
rebajada del ciclo gris, la espesa colgadura de nubes se 
desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando 
parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero ro- 
mano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y 
fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre los 



DE LIMA Á COLÓN m 

charcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya hú- 
meda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito 
y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el 
sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin 
un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en 
el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas 
plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos 
de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, 
sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca sus- 
pensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de 
bronce. « Si va á pasar... ¡Quién se toma el trabajo !.. . » 
i Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente obser- 
vada en Sud-América ! 

Volvemos á los barrios centrales ; me bajo del tranvía para 
andar más á prisa. Visito la catedral de « estilo » jesuítico- 
español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre 
un interior suntuosamente lúgubre ; el colegio monumental y 
despoblado ; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. 
En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Ro- 
cafuerte — por Aimé Millet ? — parece montar la guardia de- 
lante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres 
de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de 
su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, 
tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso 
tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su man- 
tilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupe- 
facto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con 
todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en 
esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta 
legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules 
de una wih, con la carnación divinamente transparente de la 



113 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Santa Catalina del Gorreggio. ¡ Extraño misterio, que en to- 
dos los pasajeros del Imperial producirá el mismo asombro ! 
pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su 
marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria exte- 
nuado por este clima fatal ! Ella evoca el recuerdo de esas es- 
pléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica flores- 
cencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con 
su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la 
volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos 
Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando 
su belleza inalterable y fría como una gema, — á manera de 
esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distan- 
cia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición. 

Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enor- 
mes como de muestra comercial, el nombre de un diario gua- 
yaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su 
director. Falta una hora para levar anclas : aprovechémosla, 
puesto que viajo para instruirme. 

En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clá- 
sica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de tra- 
pero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses 
y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los 
indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador 
— ó poco menos, — el periodista me considera afiliado á su 
liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena 
corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campa- 
nario y las batallas liliputienses del papel — misterios todos 
que conozco al igual que los combates de los trogloditas. 
Felizmente, mi amigo flamante — « ¡ Cuente usted con un 
amigo ! )) — es otro pequeño Cotopaxi oratorio : escucho el 
desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día — 



DE LIMA Á COLÓN n3 

idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. 
El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas dis- 
frazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. 
Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civili- 
zado : aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está 
en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, 
destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos, — 
probablemente en nombre de Alfaro ó de Yeintemilla, de 
quien creo que es pariente mi emancipador. — Poniéndonos 
en lo peor, la ventana sirve también para decampar. . . Por lo 
demás — seamos justos — el tiranuelo actual, hombre de le- 
tras, no gasta medios violentos ; deja á los periodistas libres, 
en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos : se contenta 
con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con 
sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno 
de su mesa. De acuerdo con el obispado — ¡ foco del obscuran- 
tismo ! — el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los 
ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Co- 
mo el «avaro Aqueron te», el buzón nodevuelve su presa. (¿Allí 
quedaría mi carta de marras ?) — Pero todo está á punto de con- 
cluir, de reformarse : la próxima constitución — anexa á todo 
vuelco gubernativo — será perfecta y definitiva. Etc., etc.. 
En tanto que el tórrido tribuno — sin duda, sincero — ases- 
ta en el vacío su « ecuatorial » , miro la susodicha estatua por 
la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente medi- 
tativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de 
sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, 
y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto 
celebrado liberalismo (i). 

(i) MuRiLLo, Historia del Ecuador, 1890. 



Ii4 DEL PLATA AL NIÁGARA 

¡ Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrien- 
tas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones « sor- 
presivos )) y dentelladas famélicas, con el acompañamiento 
repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después 
que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura ! 
Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamen- 
te cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, 
saqueos y orgías de verdad : las peripecias del Príncipe de 
Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Gas- 
truccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino 
por mestizos lúbricos y ebrios , y al compás de la bámbula . . . Más 
sencillamente : imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de 
una década, prolongada por más de medio siglo — todavía 
dura — y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de 
vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constitu- 
ciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á 
la libertad (i) ! — Cada capítulo de esa historia repite el 
anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada 
por lo grotesco del estilo. — Los anales del Ecuador ostentan 
la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siem- 
pre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implaca- 
ble en la tierra ; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa 
para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y 
atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace ex- 
cepción en más de sesenta años : la de García Moreno, cuya 
mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué 
bárbaramente sacrificado^ no por su despotismo y más ó me- 



(i) « Las revoluciones son el bautismo con que los pueblos se regeneran !... » 
(Veintemllla) . Con axiomas de esta fuerza y novedad , la mitad del pueblo ecua- 
toriano ultraja, saquea, degüella y destierra á la otra mitad desde la convo- 
cación del « Congreso Admirable » hasta nuestros días. 



DE LIMA Á COLÓN ii5 

nos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria 
que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransi- 
gente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violen- 
cias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para 
domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave na- 
cional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar 
de ser juguete délas olas embravecidas, como antes y después 
de la famosa Constitución de 1869... 

Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido 
mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la esta- 
tua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues 
por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. 
En un resuello de mi a amigo » , murmuro distraídamente, 
designando al presidente de bronce : 

— García Moreno ^ era de Guayaquil ? 

El periodista liberal me mira estupefacto : leo la indigna- 
ción y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyun- 
tura para esquivarme, después de las u cortesías de estilo » , 
como dicen los repórters criollos : a ¡ Cuente V. con un 
amigo ! )). 

Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado 
el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del 
Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á 
los yacarés políticos... En puridad, nada tengo que repro- 
charme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2'' de 
latitud), habíamos fletado — seis ingleses y yo — un vaporcito 
armado en guerra para remontar el Guayas bástala región de 
los saurios. Todo estaba pronto : provisiones, armas, — una 
colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el 
reino de los caimanes, — hasta un aparato fotográfico, adper- 
petuam rei memoriam.. . El tiempo de entrar en mi camarote 



ii6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían mar- 
chado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezue- 
la. — Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de 
provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al Imperial, 
trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aven- 
tura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, mer- 
ced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á 
bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al 
pronto, arremangándose con convicción, seguido por el co- 
mandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, 
friegas abrazo partido... ¡nada! El enfermo, tendido en un 
banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. 
Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando: agua 
sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en 
escudilla sobre el pecho desnudo del paciente. . . ¡ Doble rugido 
del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro 
en el estómago ! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravillo- 
so, y quedará, sin duda, como la curación más notable que 
haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. 
Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo : si se 
atreviere á nosotros el vómito negro ¡ dará con la horma de su 
ojota ! 

Panamá. 

La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto : parece 
una reducción de la de Río de Janeiro ; sólo que aquí conviene 
llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña nece- 
sita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria 
magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie — y no es 
mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote. 



DE LIMA Á COLÓN 117 

— Con lentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de 
Jos bancos de coral, el asteamer» da sus últimas vueltas de héli- 
ce para fondear á pocos cables déla isla Tobago. 

A nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamen- 
co surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los 
escollos. El viejo Panamá, — sombrío y erizado de rocas 
abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de 
Morgan y Pointis, — y la ciudad nueva, un poco al oeste, pin- 
toresca y alegre cual estampa iluminada, seyerguen contiguos 
bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me en- 
seña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado es- 
tilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje ; la 
ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la coli- 
na de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie 
de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, como 
chalets de recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol 
naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, 
arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por 
doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la 
vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la 
menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de 
campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de 
magnoHas... Y bajamos á tierra con esta impresión de ale- 
gría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece 
arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto 
franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastorna- 
do por la inquisición aduanera. Estoy apunto de encontrar 
que Panamá, ciudad y clima, es adorable : un verdadero « pa- 
raíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, 
Zavala : todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el ist- 
mo á vuelo de buitre. . . 



ii8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Por SU aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las 
antiguas poblaciones peruanas ; pero, sobre el antiguo fondo 
colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos in- 
fluencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó 
yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en 
las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las ace- 
ras de las calles centrales, la bonita plaza déla Catedral - don- 
de hacen buena vecindad el Gr and Hotel, la Agencia del canal, 
el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado pú- 
blico y hasta los uniformes modernos de la policía : todos los 
adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó me- 
nos directos de la opulenta Compañía. La era délas obras del 
canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, 
por rechazo, de todas las otras. — El cochero negro que me 
hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un inge- 
niero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volve- 
rán á seguir. Le afirmo que sí ¡ palabra de ingeniero ! 

Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando 
desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balco- 
nes de bastidores, bástalas espesuras umbrías de la colina que 
desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, 
algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que 
caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. A derecha 
é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susu- 
rrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver 
hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos ; y en sus 
contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares : la vida 
abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, 
muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal, 
— fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! 
Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que se 



DE LIMA. Á COLÓN iig 

rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería in- 
justo achacarles mayor recargo en las estadísticas. 

Todos los enterrados no han guardado el incógnito ; — des- 
de luego, los (( celestes » . Acaso este cementerio chino, tan ca- 
racterístico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los 
ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más in- 
tensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia 
encogida y achaparrada de la chuchería chinesca : los túmulos 
uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas ver- 
ticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, 
enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece 
un coleóptero aplastado. 

Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, 
lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan 
esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡ Y cuántas hay 
de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas pie- 
dras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van 
acolados al mismo apellido, como que encubren una sola fa- 
milia! Diríase el campo mortuorio de una población entera. 
Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que nin- 
gún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humil- 
des de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un 
inmenso lamento sólo para mi alma perceptible, — sunt lacry- 
mae rerum, — acusando el rigor del destino y el crimen de los 
hombres. — Bien seque no eran ciudadanos ejemplares, mu- 
chos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero 
con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva 
que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al 
atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á 
la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me 
ocurre — y tengo datos para ello — que todas las víctimas no 



lao DEL PLATA AL NIÁGARA 

fueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más 
de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la hon- 
rada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No 
son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duer- 
men aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de 
limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. 
¡ Y entre tanto — ¡ oh miseria é insensatez ! — al rededor del 
vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la 
costosa Folie Dingler y á cien metros del río Grande donde 
podían derramarse, — los inmundos pantanos exhalando el 
miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía 
allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje, 
un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cer- 
cenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres !... 
«Y en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe 
el paraíso terrenal! » ¿Quién habla así? ; Un Bonaparte (i), 
pues ! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventu- 
reros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de co- 
rrida la lengua de Voltaire. 

j Pobres aldeanos franceses ! 

He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, 
recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de 
Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del 
canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta 
Ebbé, — fuera de la parte análoga en la vertiente del 
Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha im- 
presionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran 
esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alar- 
gaba á nuestra vista, recto y profundo . Quería figurarme 

(x) LuciEN B. Wyse, Le Canal de Panamá. 



DE LIMA Á COLÓN lai 

que se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupción, 
después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Cu- 
lebra, embozado el Ghagres brutal. Forjábame por instantes 
la ilusión de la empresa concluida, después de tanto dinero 
derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al 
patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y glo- 
riosa aclamación... 

Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro 
ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente 
cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlán- 
tica, y tendréis concluida una tercera parte del trayecto en lon- 
gitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas; 
pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar, 
apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático 
queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en 
trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me 
acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté per- 
dida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos 
plazos en Bogotá, creo que con una enésima comisión de 
dos millones. La compañía futura tiene dos años para 
constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza 
hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El 
inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta 
utilizable la dificultad del río Ghagres. El 6/e/* superior se 
alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el 
valle central. No se trataría ya más que de unos 5oo millones 
de francos. Etc., etc. 

No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me 
limito á desconfiar de las demostraciones « matemáticas » 
que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las 
que se presentaban antes, como el fruto de veinte años de 



laa DEL PLATA AL NIÁGARA 

estudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se en- 
contrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés 
autorizara la formación de una nueva compañía, que no 
podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El 
proyecto se estrella contra un doble non possumus financiero 
y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un 
concurso de circunstancias que ya no existen, — sin olvidar 
á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incal- 
culable, hasta en Washington y Nueva York, — los Estados 
Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían 
enérgicamente. El reciente pegamiento — ó pagamiento — 
de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee. 
Se ha logrado merced al convencimiento general de que 
carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á 
todos aprovechaban : para el representante de la compañía, 
era un éxito personal ; para los agentes colombianos, dos 
millones de francos al contado no son fruslería ; por fin los 
Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la 
sucesión abierta. 

Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrum- 
pidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías 
ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal 
interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en 
Panamá. La influencia de la enorme república es invencible 
en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la 
simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las 
regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá 
á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras ma- 
duras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascina- 
ción del pueblo constrictor : la era de anarquía, que infalible- 
mente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por la 



DE LIMA Á COLÓN ia3 

pendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos 
nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde 
nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la 
prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los 
judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado 
en el famoso Hotel Central, cuyo hall vio á Lesseps presidir 
banquetes tropicales en mangas de camisa ; del bar al oficio, 
todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés. . . ¡ni de español ! 
Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas : 
todo está redactado en inglés... Á propósito de judíos, recojo 
de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. 
Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal ; como el obispo 
no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín 
israelita (¡ muy caro, para hacer obra pía !) : de suerte 
que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fa- 
chada florece, ad majorem Dei gloriam, esta muestra banca - 
ria impregnada de modernismo : Isaac aihd Co — ¡en grandes 
mayúsculas de oro ! 

¡Oh! sí, decididamente, lacreo sepultada para siempre 
la empresa francesa del Panamá ! Es la impresión que del con- 
junto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el 
canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El 
material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las 
gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas obHcuas : 
todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación 
melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los ani- 
males desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven 
allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados 
exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un 
caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocico 



124 DEL PLATA AL NIÁGARA 

disforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el 
vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón. 

En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta 
para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida 
como debiera, — como la habría dirigido, sin duda alguna, 
en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria ver- 
dadera, ese noble y honrado Michel Ghevalier, cuya Memo- 
ria pro fótica es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. 
Todo el edificio del Panamá se ha construido en desplome, 
hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps — una 
leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios, 
politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias 
en los propios boniments que habían pagado ; los profesionales 
estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un 
capital inagotable, concluían con un informe favorable ; los 
sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían 
la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de 
que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta... 

Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, 
además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan 
poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que 
ha ignorado — por confesión propia — el nombre y la obra 
de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878, 
sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á 
nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡ Tres 
semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los son- 
dajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de 
arte inauditas, insensatas, — ; como ese proyectado túnel 
de 43 metros de luz ! — Entretanto el teniente Wyse nego- 
ciaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto. 
Después de demostrar en un primer libro, perversamente 



DE LIMA Á COLÓN 1,5 

escrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único 
aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una 
exigencia colombiana, — cuando consta que la modificación 
que persiguió entonces é hizo anular se refería á un canal 
de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha 
existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en 
estudios geológicos y topográficos minuciosos : la Compañía 
del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vaga- 
mente aproximativos, como que la hnea dista mucho de 
costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no 
ha tenido más elementos de examen y discusión. 

Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; 
y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy 
mismo, y para un transeúnte como yo, la sensación de des- 
orden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno 
de Wyse comprar el Panamá Railroad á razón de 800.000 
francos por milla : y todo rodó por esa pendiente a unifor- 
memente acelerada )>, como se dice en mecánica, Aprhs 
nom le délngel— Para cebarse en paz, los gordos daban parte 
á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés : 
se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo 
colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sóbrela 
« estatua » que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un 
padre de la patria; ello es apenas suficiente : para ese grupo 
dirigente y digiriente ha sido, no un padre, .j sino una nodriza ! 

He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de 
Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, 
para evitar á la familia del director la humillación del cami- 
no común de la Boca, que pasa á cincuenta metros... Lo 
fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución 
sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todo 



ia6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

ello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros — 
por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones. 

Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino 
en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápi- 
do croquis de un contratista francés, socio de Lesseps ju/i/or, 
el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero, 
disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los 
pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin 
un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor 
por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuvie- 
ra la mano ligera, — ó pesada, — un buen día acogotó á un 
pobre culi chino. Su situación se tornó desagradable, no tanto 
por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muer- 
to, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir 
al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su 
interesante. pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas de 
honne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Ca- 
llao : él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde suce- 
dió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz 
ascendió muy pronto ; pasó del simple merodeo y la coima ga- 
ritera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la pos- 
tre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió 
á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su 
travesura militar ; pero entonces ni los presidios ni las com- 
pañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forban- 
tes del Panamá... 

El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido 
otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco 
y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina 
Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y 
flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello es 



DE LIMA Á COLÓiV 127 

realmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los po- 
bres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo 
recorren los parques y jardines (( principescos » algunas do- 
cenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y 
que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también 
abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un 
cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas 
y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cui- 
dado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban fran- 
cés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos 
esplendores desiertos : aquellas maravillas del arte y de la na- 
turaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias 
sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles... 

¡ Ah ! no escasea el material de construcción ni la maquina- 
ria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana 
de Panamá á Colón — ni tampoco las poblaciones enteras 
de villas, barracas, casillas y chalets vacíos ! Debo decir que 
los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y 
en orden perfecto — esperando á las visitas. Pero los otros — 
los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones 
— tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas, 
enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los 
huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á 
medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya 
roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que 
remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores, 
mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno, 
junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarti- 
culan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. El krach de 
allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el sdl- 



ia8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

vese quien pueda! de la obra humana, la reconquista del de- 
sierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de des- 
agravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, 
niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase 
por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios 
buscadores de caucho y los negros tagueros se albergaban 
en los chalets traídos para ingenieros y contratistas... Nos 
pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desen- 
terrar con sus arados las armas y despojos de las edades 
heroicas ¡ con qué extrañas reliquias tropezarán los campe- 
sinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha 
conseguido destruir hasta entonces su último vestigio ! 

Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entris- 
tece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco 
que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Bra- 
sil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora 
del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de ár- 
boles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier, 
en las faldas de los cerros, en las riberas del Ghagres y sus 
arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momen- 
tos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales 
de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que 
despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En 
el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal 
revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fan- 
tásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germi- 
nada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡ tan impo- 
sible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero 
del suelo tropical ! Los cedros y caobas gigantescos, los precio- 
sos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco en 



DE LIMA Á COLÓN lag 

ánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sánda- 
los amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos 
enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos 
los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslum- 
brantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles 
y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, esti- 
ran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente es- 
tancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan 
sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos 
alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígi- 
dos abanicos ; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde 
encaje de los heléchos arborescentes ; — y, por todas partes, 
aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, in- 
sectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en 
los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa 
y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices 
se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre 
otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata 
del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por 
el aire. . . ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de 
su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por 
los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derra- 
mada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo 
joven : cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbor- 
daba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando 
organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en 
las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven 
en nuestros desmedrados arbustos de hoy ; cuando reptiles 
monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera 
densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente el 
vuelo del ave futura. . . 



i3o DEL PLATA AL NIÁGARA 

En la estación de Emperador, invade el único salón del tren 
una caravana de negras, vistosas y chillonas como una ban- 
dada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo 
muecas á través de los cristales. — El negro ríe siempre, con 
un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra 
de betún, sus ojos de marfil viejo y sujeta simiesca se ríen 
provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua 
tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, par- 
ticipa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es me- 
nester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, inso- 
lente i ciudadano ! complicando su husmo natural con repug- 
nante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le 
cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y 
jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva 
el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é 
invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen 
original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resis- 
tente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes. 
— Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocre Únele 
Tom's Cahin hay mucha majadería. La pretendida sed de 
emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La 
paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es 
defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas, 
se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lus- 
trando libremente, en todas las ciudades déla Unión, las bo- 
tas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el 
hombre de color untado de civilización adquiere un alma 
de mulato. C'est tout diré ! 

Criada con soltuia y lejos de las ciudades, la negrita joven 
es graciosa. Delante de mí, — no demasiado cerca, — hay algu- 
nas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría un 



DE LIMA Á COLÓN i3i 

bonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un cande- 
labro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el ves- 
tido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de 
los brazos y de la garganta ; en la cabeza crespa lleva un 
madras amarillo enroscado en turbante, con enormes zarci- 
llos dorados en las orejas ; y bajo este arreo estrepitoso revuel- 
ve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbra- 
dora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una 
nuez de coco. La « sapita », diría Voltaire, ha dado instinti- 
vamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer 
bella á su crapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un ha- 
llazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería 
criolla y montaraz : evoca escenas de Pablo y Virginia. . . 

¡ Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los 
bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas ! 
Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes ; canas- 
tillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas, ^wa^a^ 
— que semejan algarrobas enormes — chirimoyas, ananás, 
— y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos 
verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con 
tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía — 
aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por 
otra parte, casi de balde : todo ello superabunda en las cerca- 
nías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los raci- 
mos de bananas se pudren en las ramas, intactos. 

Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pin- 
toresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestra- 
mente vulgar. ¡ Hago moción para que se le inflija ó se le de- 
vuelva para siempre su nombre yankee deAspinwall! — Bajo 
un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que 
no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortante 



i3a DEL PLATA. AL NIÁGARA 

frescura á las tres de la mañana, compone casi toda la pobla- 
ción un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con 
algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de 
broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente 
han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos. 
La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, de- 
pósitos, almacenes, bars. No se encuentra una sola mujer en 
los portales — salvo negras : ninguna apariencia de famiUa, 
de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á 
orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los 
Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas pal- 
meras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales. 

Gorro á la agencia inglesa — todo aquí es inglés ó yankee — 
y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se 
anunciaba en Panamá : es un cargo-boat, sin pasajeros, sin 
sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante 
se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y 
me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario : 
tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de 
puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso... Acaba 
por confesarme que, á último momento, al alba, embarca- 
remos un centenar de negros jamaiqueños — de grado ó por 
fuerza — que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. 
¡ He dado con un buque negrero ! — No importa : á pesar del 
aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del 
furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de 
los ojos furibundos del steward que arroja mi equipaje en el 
camarote que antes ocupaba, — me embarco en el Engineer, 
de Liverpool, que leva anclas dos horas después. — porque, 
desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos 
por Méjico y California. 



VI 



DE COLÓN Á VERAGRUZ 



BELIZE. PROGRESO. MERIDA DE YUCATÁN 

El vapor Engineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje 
para Veracruz, es como dije un viejo cargo-hoat de excelen- 
tes condiciones marineras, con un itinerario seductor : tocará 
en Guatemala, Honduras, Yucatán... Lleva bastante carga y, 
accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción : á 
saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Ba- 
randa) y, porfin^ este pobre blanco vergonzante quesera el 
historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á 
bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataúd, sin sába- 
nas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de ma- 
ñana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de 
quince días de travesía entre Golón y Veracruz, el hielo para 
la bebida ha parecido superfino. En cambio : tocino, carne sa- 
lada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al em- 
barco de mis compañeros de viaje : un hormiguero de jamai- 



1 34 DEL PLATA AL NIÁGARA 

queños lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la 
baqueta del « cómitre », y se apilan en el entrepuente. Nos 
ponemos en marcha a las ocho de la mañana, bajo un sol de 
plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me 
dirijo al comedor : un sudadero estrecho, con atmósfera y luz 
de sótano. 

La mesa está obstruida por enormes fuentes llenas de cosas 
formidables ; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, 
el primer oficial; con el dedo, el steward me enseña mi sitio, 
enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas 
uñas ostentan la insignia profesional : gentes y guisos tienen 
caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripi- 
lante : A slice ofbacon, sir ? j Tocino ! . . . ¡yo que no sorpor- 
taba lo gordo de una chuleta ! El primer oficial pertenece al 
género a chusco » : me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, 
junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonríen, 
] hasta el negrero ! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, 
venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para 
Veracruz... 

¡ Bah ! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es 
una escuela de filosofía. — En la vida las cosas nunca son tan 
buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La 
existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la 
desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que 
tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, 
(( la carga se compone en el camino » . — Después de desembar- 
car, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. 
Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Meji- 
cano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, 
y que, con tocino y todo, he digerido como un ñandú. Á los 
tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa en 



DE COLÓN Á VERAGRUZ ' i35 

el cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me 
interesaba por el derrotero y las maniobras ; chapurraba un 
inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despe- 
cho del reglamento (i); y los oficiales no distaban mucho de 
tratarme como á igual i es decir como á inglés ! La única nota 
sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, ane- 
gada en una tinaja de té. . . 

El mismo negrero no resultó tan negro ; además de contar- 
me su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un 
ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un 
naipe : y allí era el comernos las piezas como « porotos » , so- 
bre un canto de cajón dispuesto en la toldilla. 

Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran mag- 
níficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán, — 
mi enemigo del primer día, — después de hundirse el sol de 
púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el len- 
to balance, evocador de recuerdos lejanos ; vivía de mi pro- 
pia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la me- 
ditación. — De vez en cuando, la soledad es bu^a; es algo 
así como un retiro espiritual consagrado al examen de con- 
ciencia : un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó 
sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. A poco 
andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinen- 
cia del mundo : celia continuata dulcescit, que dice la Imita- 
ción. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas 
iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa, 
— AlFs welll — tranquilas, uniformes, sin más accidentes que 
los de mi sueño interior : á semejanza de esas olas silenciosas 
que corrían alo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam- 

(i) Es prohibido dirigir la palabra al timonel. 



i36 DEL PLATA AL NIÁGARA 

bien por el fleco de espuma fosforescente que es otra fugi- 
tiva ilusión... 

Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatema- 
la ni Livingston, donde descargamos nuestro « palo de ébano » 
— y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, 
émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de 
Liverpool : después de hacerlos trabajar duramente en el via- 
je, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque 
se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades 
perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente verti- 
das en la sombra ¡ cómo quisiera yo creer que son recogidas 
por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente 
hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo ven- 
gador ! — Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero 
con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, 
su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que 
reconocer que poseía un tablero más « endiantrado » , como 
dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ; que el 
Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía ! Al cabo 
perdió sin chistar las dos últimas partidas : rasgo elevado que 
me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, 
se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á con- 
tenerle... 



Belize. 



Á vuelta de otras gentilezas mías, Gané me dijo un día que, 
á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. 
(Picante coincidencia : precisamente era á propósito de la 
América Central.) Confieso que respecto al Honduras, britá- 
nico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido ese 



DE COLÓN Á VERACRUZ 187 

derecho en toda su plenitud. El mismo nombre de « Belize» 
se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Moliere: 

Nous l'avons cette nuit, Bélise, échappé belle... 

En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar 
esta laguna de mi educación. Ahora seque Belize, ilustre capi- 
tal del British Honduras, está situada en la embocadura del 
Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de 
hierro incandescente ; tampoco ignoro que su nombre es la 
corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés ; podría 
deciros que, en su población de seis mil almas, las negras 
superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros 
del Engineer : tengo datos acerca de su temperatura tórrida 
porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimen- 
tado ; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en 
él. Pero convendrá el mismo señor Gané en que este método 
de aprender geografía es un tanto oneroso. . . 

Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gual- 
drapea á ratos contra su palo de bambú ; en este ambiente de 
fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de 
lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, 
baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas 
en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso 
y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, co- 
mo el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indíge- 
na que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y 
me conduce á su hotel ; una casilla de madera en forma de 
jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y 
ventanas de celosías : todo ello abierto al sol, al aire, á las nu- 
bes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas. 



i38 DEL PLATA AL ríIÁGARA 

Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, esto- 
fado, patatas hervidas y bananas fritas ; todo lo encuentro deli- 
cioso porque hay hielo. ¡ Oh ! la casa está bien provista ! Hasta 
consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próxi- 
mo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por 
complacerme : \ llega á proponerme una partida de carambo- 
las para esperarla bajada del sol ! 

Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad. 
La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la po- 
blación, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la 
Gourt House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el 
cuartel militar, los hospitales y los asilos : todo ello conforta- 
ble, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con 
frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barra- 
cas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la 
ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campe- 
che, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales, 
hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á 
esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tie- 
rra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarena- 
das, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre 
musgo. A uno y otro lado de las avenidas las villas de 
los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus am- 
plias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas 
de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosqui- 
teros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes 
cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador : el home 
británico, tranquilo y confortable, bien acolchado de como- 
didad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspe- 
des de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los 
inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielo 



DE COLÓN Á VERACRUZ 189 

pálido ; las palmeras reales dominan los techados con sus alas 
cruzadas como aspas de molino ; los bananeros encorvan sus 
enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente 
tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á 
mangles purpurinos. En una veranda, sobre el balcón don- 
de se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega 
con un mono suelto. 

En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas 
de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los ne- 
gros pululan : jamaiqueños robustos, trabajadores, militares 
y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capi- 
llo del soldado ó el casco de corcho del políceman. Los vuelvo 
á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde, 
antes del baño, juegan frenéticamente al cricket. A las cuatro 
de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas, 
y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la 
playa. — Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario 
juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del 
latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamai- 
queños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superio- 
res á nuestros a compatriotas» de la Martinica y Guadalupe. 

Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva, 
por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de 
Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponen- 
te, religioso : tan absoluto, que un imperceptible rumor en la 
zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín 
azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca 
de una cabana una negrita está pescando en una acequia : al 
verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito: Jish! 
en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta 
de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta co- 



j4o del plata al NIÁGARA 

mo una cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas ; la 
luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que, 
bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia 
orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo 
salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías, 
llenas de calma y encantamiento ; pero mi cochero da señales 
visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay 
que volver á la población, — donde no tengo nada que hacer, 
nadie á quien ver, fuera del alemán « carambolero » . 

Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso 
de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy ámi cuarto, 
enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apun- 
tes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas 
nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos 
de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con 
una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y S8i\ir:fiant tene- 
brse ! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente 
del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gó- 
tica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: es Saint- 
Mary's Parish, de la comunión episcopal. Está iluminada 
y la campana llama al oficio. ¡Toma ! he aquí un programa; 
precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni 
sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos 
ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función epis- 
copal me será abonada en cuenta. Voy á la church. 

Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no 
alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el esce- 
nario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco, 
salvo la bóveda de caoba ; en el extremo opuesto á la entrada 
una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sen- 



DE COLÓN Á VERACRÜZ ,4, 

cilio, dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha, 
un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso 
gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal, 
abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del 
templo está ocupado por filas de bancos con asientos nume- 
rados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el 
fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa 
de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos, 
los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, natu- 
ralmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y 
trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se 
acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada 
por una puerta lateral : un sacerdote inglés, joven y robusto, 
con estola y sobrepelliz — de aspecto casi católico; — y luego, 
otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa 
y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la 
jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos 
ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses ; por fin, 
dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una 
joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes 
negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano. 
He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue 
dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no 
distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del 
sombrero Gainsborough. Y gusto de figurármela muy bella, 
muy extraña á este medio vulgar ; rechazo el pensamiento de 
que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos 
anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas 
sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora. 
¡ Oh ! que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y 
seco de una mujer de pastor ! 



i4a DEL PLATA AL NIÁGARA 

Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia : 
el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante 
eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cán- 
ticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta 
la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un in- 
cienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del 
órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas 
y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro, 
condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbu- 
cea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él exis- 
tiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de 
Promisión : 

A land of sacred liberty 
And endless rest... 

El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en 
la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pro- 
nuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte ((decente» 
del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las 
repeticiones y las anticuadas formas oratorias del pulpito, re- 
vela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador 
del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el 
mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar des- 
pués de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el pro- 
greso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera 
esos progresos modernos : los ferrocarriles, el telégrafo, la 
navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atri- 
butos de un presidente ideal de compañía limitedqiLe tuviera en 
el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la 
magna obra britana; en cada frase, las voces energy, struggle, 
victory, civilization, retumban como los ¡quién vive! de un 



DE COLÓN Á VERACRUZ i43 

nocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo con- 
tinente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgulloso civis 
sum r o maniis estaXldi soberbiamente, y, acaso mejor que bajo 
las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la gran- 
deza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la só- 
lida organización del hogar, — más compacto cuanto más 
aislado, — y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano 
inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre 
patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el can- 
tón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol! 
Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á 
compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdi- 
damente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de 
báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio 
cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines 
y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el hus- 
mo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo in- 
dicador del órgano, un último canto se levanta, de una am- 
plitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la 
influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en 
mi cuaderno y me traen reminiscencias de la Oración por todos 
de Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de 
angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náu- 
frago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos 
de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmós- 
fera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y 
me anega el alma una tristeza de agonía. — ¡ Tan breve es la 
vida, tan frágil, tan precaria ! ¿Cómo se puede acortarla aún 
con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de 
felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con 
la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha? Solo, 



i44 DEL PLATA AL MÁGARA 

solo, solo en el vasto mar. . . ¿ por qué con tanta porfía vuelve á 
mímente este monótono sollozo del viejo marinero inglés? (i) 
¿Qué ser amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y 
me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer 
adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reírme 
y á ser feliz !... 

El canto continúa, salmódico y adormecedor ; parece que 
ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una 
vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sa- 
crificados están de pie, como si arrojasen por una hora el 
fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su inge- 
nua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración. 
Pero ^ quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe ? — Y 
con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas 
nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal. 
La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta, 
más que una negación de la belleza suprema, es su eterna 
afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efí- 
meros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá? 
Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sen- 
tido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y 
del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra cien- 
cia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y 
arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é inno- 
minada ¡ sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la 
llamara Dios ! Y aunque fuera estéril la plegaria como sú- 
plica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como 
comunión espiritual y llamado « telepático » á las almas que 

(i) Goleridge, The Ancient mariner : 

Alone, alone, all, all alone, 
Alone on awide u'ide sea!... 



DE COLÓN Á VERACRUZ láS 

con nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que 
nuestros sentidos pueden salvar. — Prestaban nuestros padres 
al mundo visible una figura elíptica: ^ quién sabe si no fué su 
ilusión un símbolo sublime, y sien la tierra, para los seres 
distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada 
que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de 
tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vi- 
brante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo ? 

Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos des- 
heredados que, sin embargo, tienen algo que dar ; escucho y 
tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comenta- 
rio interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas 
de humana ternura y santa sencillez : 

Remember all who love thee 
And who are loved hy thee \ 
Pray, too,for those who hate thee, 
V^ // any such there be. . . 

« Recuerda á los que te aman y son amados por tí. . . » ¡Ay! 
^cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el cora- 
zón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremeci- 
miento como una copa llena ? — « Ora por los que te odian, 
si los hay... » ¡ Oh! no, eso me sería imposible, aunque su- 
piese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se 
oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es 
más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recor- 
darles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia 
y la confesión más dolo rosa de la impotencia? El que sabe 
hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe 
odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que 
casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos come- 



'xf' 



i46 DEL PLATA AL NIÁGARA 

ter : los que nos aman siempre son los que de veras hemos 
hecho sufrir... 

Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apa- 
garse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súpli- 
ca, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno 
pecador : 

Then,for thyself in meekness, 
A blessing humbly claim... 

Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendi- 
ción que nunca merecemos, porque en la conciencia más 
honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien . El 
demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y 
rige sus actos con tiránica ley : pidamos la generosidad, la 
indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y 
de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad, 
raíz y flor de toda filosofía. Oh! hombre, criatura de un día, 
¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus 
hijos son dádivas gratuitas de la naturaleza : Ecce hxr editas 
Domini! Antes de la tarea concluida has recibido el galardón : 
da las gracias por todo ello á la Bondad eterna ; levanta en el 
silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te 
toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío : si ha 
sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya 
encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha enno- 
blecido tu pensamiento ; tu oblación ingenua, derramada co- 
mo una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una pie- 
dra de altar : has orado en tu corazón purificado ¡ y allí dentro 
está tu Dios ! 



DE COLÓN Á VERACRUZ 147 



Progreso. — Mórida de Yucatán. 



Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el pró- 
ximo puerto de Progreso, en el Yucatán : dos hondurenas, 
madre éhija, un yucateco, física y moralmente redondo como 
una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano ameri- 
cano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como 
una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años, 
desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las 
dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de in- 
glés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento 
lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto 
de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y 
recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enterneci- 
da. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre 
todo jugador al monte « de mucha suerte » . Toda esa gente 
me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad. 
Los cuatro han traído apetito de náufragos ; absorben el co- 
mistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipa- 
je de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga 
verde ; y de noche, en latoldilla, tenemos una pequeña sesión 
musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógra- 
fo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones 
inglesas — sin que falte el inevitable Home, sweet home I — que 
la madre acompaña á la sordina. Pero ¡ hemos despertado al 
gato que dormía ! Al rumor de la música, el dentista ha aban- 
donado una partida de poker con el contador, para exhibirse 
como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo 
adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de Santa 



i48 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Ana ; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan 
extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz ca- 
bruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias 
y eavatinas de Don Pasquale, del Elisire d'amore, de la Son- 
ndmhala. Estoy aterrorizado : no son más que las nueve y está 
en capilla el Barbero, de Rossini. Pero, después del Ecco r¿- 
dente, ya no resisto más. Agrandes males grandes remedios : 
le corto el resuello en el umbral de Una vocepocofa, para de- 
cirle resueltamente: «Vea usted, doctor, si ha de seguir cantan - 
do, más bien sáqueme una muela ! » Aunque se lo digo en tono 
de chanza, me he hecho de un enemigo más ; y el dentista me- 
lómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo 
puerto deMérida del Yucatán. 

Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la ca- 
sualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia ; 
no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento 
norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro 
millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de 
vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo 
caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce, 
hora en que « infaliblemente )) se zarpará... Vacilo un mo- 
mento ; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y 
tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida, — una 
ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de « comodida- 
des», — que resuelvo la expedición : en suma, no son sino 
unas treinta millas de ferrocarril. . . 

El viaje de desembarco es un poco más largo que el de 
Belize : son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á bue- 
na hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera in- 
soportablemente ; procuro una ilusión de sombra bajo el ala 
de la vela latina : sub umbra alarum protege me. Dejo colgar 



DE COLÓN A VERACRUZ lig 

mi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza; 
pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de 
tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estre- 
cho está obstruido por los fardos de henequén; y en todas las 
calles de la dispersa población, circulan las vagonetas decau- 
ville, transportando el valioso textil. Es una « pita», pero de 
calidad superior ala nuestra y aun á la de Filipinas, debido 
á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo. — 
Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico: 
en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de 
aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación : ahora se 
exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro. 
(í Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán 
algún día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de 
amarga memoria? 

Tomo el tren de Mérida — ¡ nombre encantador que evoca 
por consonancia versos bucólicos de Garcilaso ! — y durante 
dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de 
henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los 
rieles estrechos costean los cercados de piedra; una muía arras- 
tra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada 
más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espino- 
sa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de 
pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes 
chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol . 
Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua, 
otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el cal- 
zón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico 
de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los 
siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechon- 
chas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tul teca, llevan 



1 5o DEL PLATA AL NIÁGARA 

sobre el huípil escotado y sin mangas el corto fustán con fran- 
ja de colores, informe remedo de la romana clámide ; re- 
tuercen el grueso pelo lacio en dos enormes « porongos » la- 
terales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo 
que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello 
es horrible ; y si, como dicen algunos, era de esta raza y es- 
tampa la famosa Marina de Hernán Cortés, en verdad os de- 
claro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan 
una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y 
sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y 
abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces 
parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto 
de ferocidad. Según el Arte del idioma maya, que he adquiri- 
do á peso de henequén: a amar » se dice Ocobxhal; la a queri- 
da )) , responde á este suave llamado : Ixkakatnatzucil — tam- 
bién i así será ella ! — y esa a Marina » de Cortés á quien antes 
aludí, se apellidaba correctamente Malintzin. 

Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato, 
y vade química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los 
árboles escasos y desmedrados : todo desaparece bajo una capa 
de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios. 
Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia 
transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza. 
Todo está blanco, inexorablemente blanco ; las desiertas calles 
se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de es- 
cribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, poruña huel- 
ga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de 
latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y 
conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las 
canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, vien- 



DE COLÓN Á VERAGRUZ x3i 

do que no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome 
su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa 
mandar de palabra al conductor : hay que tocarle el hombro 
con el bastón encada esquina; palo en el hombro derecho, y 
tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como efi- 
caz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propon- 
dría, como (( amante del progreso » , prolongar las riendas del 
jaco por entre las orejas del cochero. — En los intervalos de 
esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y mo- 
nótona. Edificios públicos, iglesias, íondas, colegios: todo es 
de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del recien- 
te chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las ca- 
prichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus 
puertas y ventanas ; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas 
ó desteñidas por el polvo ambiente ; me miran pasar con aire 
soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta. — El 
recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico 
que confirma una de las leyes transformistas : la adaptación de 
un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y espor- 
tilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda. 
No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecu- 
ra, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en 
su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su 
yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga 
una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de car- 
tuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos. 
Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y 
después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á 
maravilla. Allí trabo relación con un « hortera » catalán que 
me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con 
todos los encantos de la civilización : rifas, caballos de palo, 



i52 DEL PIATA AL NIÁGARA 

Órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no 
carece de amenidad : observo los perfiles, procurando encon- 
trar el rasgo diferencial que separa á « mestizos » y yucatecos 
puros — pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde 
cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño : 
ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir. 
Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los 
«fustanes»; y el acento español délos mestizos, con sutxin 
txin de grillo próximo á cantar, me produce el efecto del 
maya más castizo. 

La posada en que he parado, por recomendación de mi 
compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche 
es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba 
descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han ven- 
cido ; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que 
nunca entusiasta de su Mérida (( para él dulce y sabrosa » , 
necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel. 
Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas — 
¿por qué será que la toilette matinal incita á la chacota? 
— diciéndole con gravedad : « Sabe usted cómo llamamos 
los sabios á este mosquito? » — « No, señor ». — « ¡Es el 
mosquito de cascabel!» — Confiesa que no lo sabía, y recoge 
el dato científico para su hija, que tiene escuela. 

Después de una hora de espera en la estación, nos anun- 
cian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarri- 
lado en la mitad del camino. El administrador me colma de 
datos y atenciones ; pero cuando le hablo de despachar inme- 
diatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estu- 
pefacción : « j Ah ! no, señor ; hasta mañana no se podrá. » 
Pero, i hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga ! . . . 
Hablo de tren expreso, de coche, de caballo : todo es imposi- 



DE COLÓN Á VERAGRUZ i53 

ble. Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor 
en marcha para Veracruz ; mi equipaje tirado en el resguar- 
do, abierto, saqueado ; y yo, esperando una semana en esta 
dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en 
el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante... Dirijo 
una rápida mirada á mi acompañante ; pero tiempo há que 
le medí : como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca 
de poca grana » . ¡ Siquiera fuera yo jugador de monte, y de 
«mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en 
el bolsillo, i Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar 
sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida! . . . 

Me dirijo al telégrafo, un tanto mohíno y cabizbajo. No 
había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene 
prodigando los consuelos platónicos : ^ qué importa una sema- 
na? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le inte- 
rrumpo, exasperado : «¡ Pero no tengo plata, ni ropa, ni na- 
da, todo ha quedado á bordo !» A los tres minutos, mi buen 
compadre descubre que está muy apurado : le han brotado de 
golpe «un porción de quehaceres urgentes » que le obligan á 
dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de 
risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe tam- 
bién. «¡ Vengan esos cinco yucatecos!», — y nos separamos 
éntrelos arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar, 
ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela. 

i Incauto merideño ! hubiera salvado la honra y atrapado 
otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agen- 
cia de Progreso me contesta que, por la marejada, el En- 
gineer no concluirá su descarga hasta la tarde. ¡ Respiro ! Y 
me encamino solo á la « Lonja » hospitalaria. 

Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á 
cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad ? 



1 54 DEL PLATA AL NIÁGARA 

No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las 
calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin pie- 
dad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que 
tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he 
visto en Sud-América, me apeo en las sórbetenos, en una 
«Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de 
(( siesta )) como de Mérida. . . ¡ llego hasta comprar una Historia 
y geografía del Yucatán : me siento capaz de todos los exce- 
sos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por 
mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos 
embutidos en la pared, paralas hamacas. Vuelvo á caer fatal- 
mente á mi (( Lonja o de partida. Allí encuentro á un estu- 
diante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la 
mano izquierda y una copa de a cognac » en la derecha. El 
libro es la Química de Pelouze y Frémy. Gomo el colegio no 
tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis 
en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal 
docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de 
admiración al saber que cada catedrático percibe 200 pesos ! 
Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo : son 200 pesos 
anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes ! 
j Y faltan brazos para enfardar henequén ! 

En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con 
su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de to- 
nadas mayas, y de vestigios de Mérida ! En el tumulto de la 
tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redo- 
bles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me 
hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡ Ahora no se 
dirá que descuido la geografía ! La aprendo con frenesí ; el 
Yucatán es mi cabeza de turco : conozco sus bellezas natura- 
les de Ghacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmar 



DE COLÓN Á VERACRUZ i55 

que las « hazañas espartanas» (página 6o) délos hijos de Ti- 
ximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos 
secretos... 

Continúala lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de 
noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso 
viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro. 
La agencia ha despachado ya su último bote con la correspon- 
dencia ; el Engineer tiene izado su gallardete de leva. Por otra 
parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal, i Que- 
darme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los 
medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de 
Uxmal ! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á 
un botero que me exprime á su gusto ; pero fleto el bote y, por 
sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente, 
llego á nuestra cascara de nuez. El patrón se sienta á la caña, 
el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover. 
Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy 
sentado al viento, en el canto de la borda y, en son de 
broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. (( ^ Quién 
sabe? )) contéstame mal humorado; y luego para infun- 
dirme valor me cuenta que una vez fué á bordo con 
peor tiempo ! El muchacho va á alzar la vela y me grita : 
agárrese, señor ! Siento un formidable flicflac de la lona 
en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el 
bote á la banda ; embarcamos un paquete de mar que me baña 
de la cabeza á los pies, y comenzamos á correr con una velo- 
cidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran peda- 
zo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la 
borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudan- 
do la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde 
quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta más 



i56 DEL PLATA AL NIÁGARA 

y más, rozando el agua como golondrina de tormenta y em- 
barcando á cada segundo. Poruña rajadura de la lona, al- 
canzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar 
á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que 
pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á me- 
dida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, aho- 
ra, salpica en el bote ; y á ratos una ola mayor rompe en 
la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo cru- 
gido : doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude has- 
ta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación 
de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volan- 
do, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un 
poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán. 
¿ Cuánto hará que desaferramos ? ^ diez minutos, dos horas?. . . 
De repente, la voz tranquila del patrón : Échale un cabo ! Me 
sacudo y asomo la cabeza : el Engineer surge á diez brazas, 
negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando 
la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascen- 
sión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme. 
La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba 
ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando 
voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No 
me gústala maniobra y la yerro dos veces en lá obscuridad. 
El capitán grita : Allow him to come up alone! (Dejadle subir 
sólo !) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento 
para engraparme en la cadena, alone! Llego ala cubierta con 
trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del ca- 
pitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me 
lleva á comer : A slice ofbacon, sir ? — y de puro asustado 
trago el tocino sin mascar. . . 



VII 



DE VERAGRUZ Á MÉJICO 

Después de otros dos largos días de mar, — desde Progreso 
y Mérida, — cuando el capitán del Engineer me enseña en 
la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris 
perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo 
de la gran meseta de Anáhuac, enástame algún trabajo recor- 
dar que vuelvo á tocar en Méjico. ¡ Son tan poco mejicanos 
esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de de- 
jar ! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer 
crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la 
dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el 
paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal : 
quedará suelto, á manera de un pabellón aislado — de arqui- 
tectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á 
quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay. 
Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comu- 
nicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacio- 
nalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En socio- 
logía, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del 
calórico. 



i58 DEL PLATA AL NIÁGARA 

Los griegos confundían istmo y estrecho bajo una sola de- 
signación . No tenían el concepto vasto de la nacionalidad : un 
archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad 
la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por 
senos y promontorios, sus golfos obstruidos de sirtes é islas 
múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos 
locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico 
y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la 
intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino se- 
paradas por el mar : Océano dissocíabüi, decía Horacio. El 
canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas, 
— -acaso dependientes de la física, — '■ para que Irlanda quedase 
infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á des- 
pecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde 
plenamente al estremecimiento nacional italiano : permanece 
siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de conti- 
nuidad. Así entre nosotros : con hallarse á diez horas de Buenos 
Aires, Montevideo es otro mundo, el extranjero, á pesar del 
antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políti- 
cos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado 
un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de 
Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo 
que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos, 
es el suelo resistente : el vertebrado esqueleto terrestre que 
guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada 
progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana 
puebla un desieí-to ó terraplena un hueco de la civilización. 

Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, pro- 
bablemente tolteca, ni por la lengua local — maya — ni por 
la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado, 
nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitaria 



DE VERACRUZ Á MÉJICO iSg 

del gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer 
rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cui- 
da de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legal- 
mente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡ lo que es 
sin duda edad provecta en estas Américas centrales ! (i) Has- 
ta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto 
para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción 
de los organismos inferiores, la república se escindió en dos, 
sin dolor : el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en 
la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovan- 
do á toda prisa su correspondiente constitución a campe- 
chana )) . . . ¡ Dios mío ! qué interesante y ameno sería todo ello, 
visto de cerca y estudiado con amor ! En Mérida, con estos 
ojos que la muerte cerrará, he recorrido — ¡ oh ! j rápidamente ! 
— una Historia política del Yucatán, en dieciseis volúmenes 
compactos y todavía inconclusa, faltando lo mejor ! Pero 
(j dónde está elMeilhac iniciado y erudito, el Grosclaude con- 
vencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia 
de estas democracias hispano-calientes ? 

En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era 
pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han 
cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable 
para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos 
años ; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido 
por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado 
principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero 
tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos 
no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maro- 



(i) Una duda cruel : durante sus entremeses de autonomía ¿pertenece Yuca- 
tán al centro, ó al norte de América ? 



i6o DEL PLATA AL NIÁGARA 

mas de Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita 
yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo : 
á ser así, no hay peligro inminente ¡ siempre que nuestro 
Santiago no entre en la lid ! 

La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asis- 
tir impasible á este empelechamiento de « Cendrillón » . Al 
momento ha decretado derechos enormes con/rala exportación 
del henequén : es su manera de alentar la industria nacional. 
Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido 
que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres. 
Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el 
yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud 
de hacerla descansar... Aztecas, toltecas, yucatecas : bien sos- 
pecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de que- 
dar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del 
consonante. Pero deben creerme bajo palabra : un abismo 
separa á unos y otros, — un abismo que he cruzado en dos 
días de navegación. 

Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desem- 
barcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor 
Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano. 

Veracruz. 

Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz 
lleva á Colón una ventaja enorme : la de ser, en lugar del prin- 
cipio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo 
demás, tan repelente y siniestro como aquél, — con la decre- 
pitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción 
mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pan- 
tanoso y la incuria malsana . 



DE VERAGRUZ A MÉJICO x6i 

Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía, 
la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote 
madrepórico. Los españoles la declararon « intomable » : sin 
duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada 
por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual, 
y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría 
dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud, 
es la isla de Sacrificios: el « Jardín de aclimatación )) de la in- 
tervención francesa que pobló su cementerio más copiosa- 
mente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca. 
La (( Villa rica de la Veracruz » alarga en la playa arenosa y 
palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer 
aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor. 
— En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciu- 
dad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Val- 
paraíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comer- 
cial, á pesar del clima insalubre : me encuentro con cinco ó 
seis buques fondeados (i), delante de una población húmeda y 
casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un 
tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo : es este y 
por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce mi- 
llones de habitantes. La marina de guerra está representada 
aquí por dos avisos de modelo anticuado. Independencia y 
Libertad (¡naturalmente !), que se herrumbran en el fondeade- 
ro, con su cañón cito á popa, arremangando la nariz. Su 
aspecto de incuria hace sonreír á nuestros oficiales ingleses. 
Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada, 
tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cu- 



(i) Movimiento anual ; 189 vapores, 62 barcos de vela, formando un total de 
270.000 toneladas. 



i63 DEL PLATA AL NIÁGARA 



bierta del Independencia, juegan á empujones. Esta pequeña 
escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo. . . 

Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á 
nuestro Engineer. No soy rencoroso : prodigo los enérgicos 
apretones de mano á mis carceleros (A slice ofhacon, sir ?), 
y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi bo- 
tero — un gran diablo negro de piel flácida y como acardeni- 
llada — si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz ? 
«Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho : sólo hay 
vómito negro ! . . . » Gomo se ve, la cosa varía de especie y 
quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño mue- 
lle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha bara- 
únda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con 
más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje ala 
estación, esta tarde ¡ requisito indispensable para poder tomar 
mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al 
corriente, se expresa con admirable corrección, acaso supe- 
rior á la de los sacalaguas limeños ! Ante este cicerone con 
aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y en- 
vainar mis veni y c/i^ argentinos. Guando el purismo desapa- 
rezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de 
un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico. 

En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un 
grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado, 
redacta su correspondencia : mi baqueano me informa en voz 
baja que ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcio- 
nario y preside personalmente á la apertura de los baúles. Es 
severo, meticuloso, inquisidor ; sus manos gordas atropellan 
mis ropas y papeles : un instante, se ha complicado la situa- 
ción, á causa de una botella de pisco. . . Gon gran trabajo apla- 
co á mi galoneado cerbero ; al cabo me deja libre de poner mis 



DE VERACRUZ Á MÉJICO j«3 

cosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido 
esta mañana, lloverá esta tarde : en la atmósfera gris y mal 
enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se 
asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia el Hotel Uni- 
versal, detrás de mi carriola : queda á dos pasos, según me 
afirma mi guía ; por otra parte, no se divisa un carruaje en 
todo el malecón. 

El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado 
que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con 
aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el mias- 
ma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de 
algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin en- 
contrarla, su pasada energía : ha descendido á la miseria fisio- 
lógica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél 
contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en 
seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más 
vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza 
indispensable para la reacción . . . Durante la intervención 
francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera : 
hubo de apelarse álos africanos y criollos de la Martinica. 

El aspecto de la ciudad es miserable y decadente : ningún 
carácter apropio» — sobre todo en el sentido francés déla 
expresión ; — evoca la parte más vulgar de otras conocidas 
poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de 
Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al 
llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y en- 
losada, pregunto por el a centro » de Veracruz, el barrio ele- 
gante y concurrido : estoy en él ¡ es esto ! — Las eternas casas 
con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías, 
pero sin la nota pintoresca del Pacífico : se sospecha que no 
hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto el 



iH DEL PLA.TA. AL NIÁGARA. 

enrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las 
calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y 
hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes, 
en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las 
inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los 
techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres 
negros, de zopilotes enormes bajan a la calle para llenar su 
oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes, 
sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmun- 
dos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del 
balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus ma- 
nos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradi- 
ción colonial que delegaba en esos buitres « carroñeros » la 
limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena 
de multa. Los zopilotes representan una corporación, una 
institución municipal. ¡ Y pululan ! pareciéndome su inmundo 
desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil 
veces peor que la inerte suciedad. Uudi fadeur nauseosa de 
hospital y cementerio se desprende de los edificios : un vaho 
de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las 
casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las 
ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde 
quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia ; me repugna la 
fragancia de las flores en la Alameda, y ansio aspirar una acre 
fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada... 

Vago por los empedrados; visito, por descargo de concien- 
cia, la (( Gasa municipal », algunas iglesias, y bástala estación 
del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ ay ! doce horas para el tren 
libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta 
de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con 
otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar del Teatro crítico. 



DE VERACRUZ Á MÉJICO i65 

roído de moho— ¡nunca tendrá más que el estilo del autor ! — 
y caigo en el conocido artículo de Los españoles americanos, 
donde se explica que en ellos « amanezca más temprano el 
discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la ju- 
ventud )) . ¡ Excelente Padre Feijóo ! . . . 

Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada : (( San 
Francisco !» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la 
calle, — movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente 
de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la 
memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo 
desvanecido, de «lo que pudo ser)), como murmura con 
tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti : 

Contémplame : mi nombre es Pudo-ser; 
También me llamo ATunca, Adiós, Es-tarde! (i) 

Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco ori- 
ginal como su nombre. Es la sempiterna arquitectura re- 
cargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas 
en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando 
el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su 
torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado 
terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de 
doncella, ((tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de 
veinte años y ofrecidos como ex-voto de penitencia ó gratitud. 

El hotel está regido por españoles, pero servido por crio- 
llos : naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que li- 
brar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casi 



(i) Dante-Gabriel Rossetti, The House of Ufe, xcvn : 

Look in my face ; my ñame is Might-have-been ; 
/ am also called No-more, Too-late, Farewell ! 



i66 DEL PLATA AL NIÁGARA 

limpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acu- 
de en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Ve- 
racruz — lo mismo que en Burgos ó Toledo — nunca he podido 
resistir á la ingenua filosofía española : á la patrona maciza y 
jovial que se para delante de mí, puesta enjarras, y, sin inmu- 
tarse por mis protestas y « franchuterías » , raja mi indignación 
con esta ú otra salida : / Pero, hijo de mi alma, vamos d ver !... 
Quedo aturdido y acabo por reir. — Gomo en el patio, pues es 
preciso comer, á pesar de los zopilotes : un negro enjambre de 
moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme ; no hay 
ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la 
guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo 
el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que 
esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo 
algunos bocados, sin mirarlos demasiado. 

La fonda — the leading hotel, dice mi guía yankee — da so- 
bre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente 
de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rec- 
tangular está enlosado de mármol : es el lujo y el orgullo de la 
población, el a Santa Lucía» de Veracruz. Los « veracrucifi- 
cados )), hombres y mujeres, habituados al cascote de su em~ 
pedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar 
en esas losas : es una moda elegante caminar ahí encima arras- 
trando los pies, como quien patina; — y desde mi cuarto abierto, 
después de media noche, seguiré oyendo la enervante resba- 
lada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman 
en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en 
cabildo : su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas. 
Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente 
en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de 
tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza natu- 



DE VERACRUZ A MÉJICO 167 

ral se presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡ De las flo- 
res abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de 
fiebre y el miasma mortal ! Las aves, que en otras partes son la 
nota alegre y juvenil de. la naturaleza, — algo así como la obra 
inútil y encantadora del séptimo día, — no están aquí represen- 
tadas sino por sus especies innobles ó displicentes : mirlos y 
urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes 
repugnantes : los croque-morts de la ornitología ! 

Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado 
en un banco, — tan enervado por la volátil cencerrada, que veo 
llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada 
de cobre, cubierta de galones y entorchados... Por supuesto 
que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolera- 
ble. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como 
el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metó- 
dico ; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para 
un programa de /)a/oma5 y zapateados, están en situación. 
El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en es- 
ta latitud : temía « selecciones » italianas ó (( perlas de salón » . 

El « Todo-Veracruz » ha invadido la Alameda, á remolque 
de los trombones ; se desarrolla lentamente en torno de los na- 
ranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los folla- 
jes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el 
ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capito- 
so de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparra- 
dos ; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algu- 
nos, el patinar en ]a losa puede ser el esquema elegante de un 
vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son 
menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas, 
merced á la ausencia de imitación « parisiense » ; algunas, 
bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrecha 



i68 DEL PLATA AL NIÁGARA 

donde cae una trenza maciza ; un encanto mórbido se despren- 
de de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convale- 
ciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para 
la noche un poco de vida facticia yfalote alegría. 

Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante 
una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó 
esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo : 
con razón la guía señala esta función al aire libre, éntrelos 
characteristics de Veracruz ! ( i ) Pero lo que arrebata al pú- 
blico, es la Marina sentimental y cursi que la concurrencia 
entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéuti- 
co en una boca de mujer : / Qué jarabe ! — Son sinceros ; ex- 
perimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de ro- 
manza la misma sensación estética que otros ante el allegretto 
de la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque pro- 
cedente de causas tan diversas ^ quién decidirá en cuál hay 
mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la 
abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el 
tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan y al- 
godonan las quejas desgarradoras de un pistón frenético : En 
las alas del deseo — mi ilusión la ve flotar!.. . Me duermo á me- 
dias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción; 
y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa 
Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno 
de sus esmaltes inalterables : 

Nodier raconte qu'en Espagne 
Trois officiers, cherchant un soir 
Une venta dans la campagne.. . 



(i) There is music, usually in the evenings, on the main plaza. 



DE VERACRUZ A MÉJICO i6g 



' El Anáhuac. 

Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio 
mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por to- 
mar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar 
contra el madrugón : sin duda otros poseen una « virtud dor- 
mitiva )) que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos 
partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores 
de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de 
infectos pantanos, donde algunos jacales techados de pálmame 
traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos des- 
pués de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa 
y patética memoria (i). El tren de la Compañía mejicana es 
bastante confortable, con su lujoso Pullman americano, — 
sólo que no hay nada para comer ni beber : almorzaremos en 
Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente 
construida, y el camino hace olvidar todas las abstinencias : 
I es propiamente una maravilla ! 

La subida comienza á partir de Soledad ; el ambiente se 
aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza 
tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belle- 
za. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del 
Atoyac, vamos trepando por éntrela roca viva, con no sé qué 



(i) El í° de mayo de 1 863, una compañíadel regimiento extranjero (62 hom- 
bres) se defendió en esta hacienda un día entero contra 2000 mejicanos. Que- 
daron tres hombres ilesos que al fin « capitularon con los honores de la guerra», 
y recibieron la cruz de la Legión de honor. Durante la ocupación, cada vez que 
pasaba allí un destacamento francés, los tambores tocaban marcha, los soldados 
presentábanlas armas y los oficiales saludaban con la espada. Hay un monumen- 
to costeado por el gobierno mejicano. 



170 DEL PLATA AL NIÁGARA 

prisa por escapar de los lazos de esas a tierras calientes » , cuyo 
abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la 
zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omni- 
potente, á esta altura de i5oo pies; los cañaverales y cafetales 
extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y 
laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los 
altos heléchos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las 
vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guaya- 
cos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tuliperos. 
Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despe- 
dida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas 
próximas. 

Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, enseguida, un puente 
metálico de 33o pies corta la pintoresca cascada de Atoyac. 
Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro 
por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre 
paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón 
d elante de tanto prodigio realizado, — sobretodo al recordar 
que esta parte de la línea ha sido construida en medio de las re- 
vueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera 
del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie 
para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entu- 
siasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable 
y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de 
radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la 
muralla de granito y el abismo i se tiene gana de aplaudir ! 

Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante pa- 
norama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva, 
luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el 
recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de re- 
lieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se pre- 



DE VERACRUZ Á MÉJICO 171 

senta sucesivamente como montaña, meseta y valle profundo. 
Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se 
sube de iBoopies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Conti- 
núa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de he- 
chizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac 
sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de 
ciento veinte metros de radio y tres por ciento de gradó, á 
una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de 
Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la 
entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre, 
se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su mar- 
co de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan 
ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está em- 
peñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena 
y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer. . . En 
la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas 
que saben á tunas demasiado fragantes... No; basta decidida- 
mente : creo que por algún tiempo no me harán falta. . . 

Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre 
de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias 
y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas, 
albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca 
llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria. 
¡ Qué desayuno ! Se come más y más, se compra todavía, se 
hace provisión de flores y frutas ; las banquetas del pullman 
se convierten en puestos de mercado... Ahora, en la subida 
que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Al- 
pes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos 
macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los 
declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantes- 
co ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres. 



17» DEL PLATA AL NIÁGARA 

¡ Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas trave- 
sías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador ! 
¡ Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno recon- 
fortante de esta naturaleza septentrional ! ¡ Es ésta la verdade- 
ra madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura, 
— y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traicio- 
nes, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad! 

Por todas partes : campos cultivados, aldeas de techos ro- 
jos en torno de los pintados campanarios ; vacas y ovejas 
manchan alegremente las pendientes ; los potros galopan en 
las praderas, la crin al viento : y ante esa fiesta de la tierra 
fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada, 
un Salve magna parens vaga en mis labios, que se dirige á 
otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es 
un mero accidente, — las que reservan á la Europa del siglo 
veinte sus campos de producción inagotable. 

Prosigue la ascensión ; franqueamos por instantes claros 
arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á 
pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en 
sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío ; andamos 
por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus em- 
pobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún : lucha y se 
transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se 
engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torren- 
tes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo. 
El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría 
nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomo- 
tora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzga- 
da naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y preci- 
picios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez 
del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel da 



DE VERACRUZ Á MÉJICO 173 

breve tregua ala vista fatigada ; pero, al pronto, una vaga vis- 
lumbre de tronera flota como un nimbo sóbrela máquina, crece 
rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el 
día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su 
hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la fal- 
da, unindiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus 
ojos tranquilos. Con todo, losgrandes árboles se espacian más y 
más ; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la ve- 
cindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente 
de vida vegetal esté agotada ; cuando en Boca del Monte, cer- 
ca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coniferas 
colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota 
triunfal, á manera de un morituri de gladiadores que osten- 
tan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucum- 
bir. Son las sorpresas déla sierra tropical. 

En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya alti- 
planicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desengan- 
chan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso 
que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va 
desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es 
aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de se- 
guridad, — pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no 
existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz ! 

Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado 
horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de se- 
rranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre 
se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos 
parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren si- 
gue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás, 
cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa 
llanura está muy poblada ; á derecha é izquierda de la vía los 



174 DEL PLATA AL NIÁGARA 

caseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la fal- 
da ; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos : 
centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus 
construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas 
de miradores, cuyo aspecto participa del bordj argelino y del 
castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas, 
prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive, 
verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra 
frontera de Santa Fe... Pero, ante todo, esta es la región del 
maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque 
alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plan- 
tadas al tresbolillo. — No hablemos ligeramente de esta bebida 
nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cer- 
veza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para 
los antiguos árlanos. Desde el distrito de Apam, el Munich indí- 
gena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales. 
Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la ve- 
nerada imagen de Guadalupe, con sagra esta borrachera patrió- 
tica : desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus 
azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del 
néctar divino : aquello se intitula La invención del Pulque, 
como si dijéramos la « Invención de la Santa Cruz » ; — y no 
es para mí flaca satisfacción el que mi gasto concuerde con el 
de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura 
es tan sabrosa como la bebida — y recíprocamente. 

La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico. 
Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Aná- 
huac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima 
acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que 
ver entre la tierra obscura y el cielo gris ; nada que leer, fue- 



DE VERACRUZ Á MÉJICO 175 

ra de un papelucho de Veracruz que me sé de memoria des- 
de el editorial hasta los avisos del montepío... Dirijo la pa- 
labra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano 
tartamudo, sordo á medias y « liberal )) á enteras, que me to- 
ma por español y se deja caer á brazo partido sobre los fran- 
ceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por mo- 
mentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo cami- 
no real que ahora costeamos, donde un azteca de traje anteco- 
lonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre 
infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el 
cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla. — El 
rechazo fué muy real ; en cuanto á la fuga, es tan cierta que, 
después de descansar dos días en los Alamos, casi bajo el 
fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los ven- 
cedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á 
punto de recomenzar el ataque. Pero ¡ tiene razón el inválido, 
lo mismo que los otros : 5ooo franceses llevando el asalto 
á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los 
12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados 
tras de sus murallas : era partida igual y debíamos vencer ! Y 
es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después, 
batía aplate couture al victorioso Zaragoza, cerca de Aculcin- 
go, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros; 
y también que más tarde, Bazaine, — de quien todo puede de- 
cirse, menos que no era valiente hasta la locura — con dos 
regimientos y su 3" de zuavos que nunca le abandonaba, puso 
el ejército de Gomonfort en plena derrota, en San Lorenzo, 
cerca de la misma Puebla. . . 

Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún, 
me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el 
ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo ; el tren se ha 



176 DEL PLA.TA AL NIÁGARA 

llenado de mejicanos. Muchos jóvenes « decentes » visten el 
traje nacional : la corta chaqueta de torero que deja ver el ca- 
ñón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón 
con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero có- 
nico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de « cha- 
rros » , al modo que los porteños cuando volvían de la estancia 
con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente, 
me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto, 
me desagradan tanto esos falsos « piratas de la sabana » , de 
aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan 
dócilmente á su don Porfirio ? 

El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón; 
me envuelvo en el zarape que he comprado á un buhonero y, 
desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del ca- 
mino, rumiando esa lúgubre historia, esa « gran idea del 
reinado » que me hostiga sin cesar. ¡ Han debido nuestros po- 
bres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en 
su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre ! — Y sin que 
jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimien- 
to patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido : 

Petit pioupioa, 

Soldat d'un sou, 

Quas-tu rapporté da Mexique?... 

\ Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambi- 
gua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á 
no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia fu- 
nesta á desconfiar de sus jefes, — todo lo que, más tarde, 
contribuirá á preparar el irreparable desastre! — El ejército asis- 
tía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares : 
á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos y 



DE VERACRüZ Á MÉJICO 177 

agentes franceses; á esas organizaciones de « contraguerri- 
llas )) que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma 
de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales 
de los Daño, Bazaine, Saligny ; á esa lucha de intrigas entre 
sus generales y los Almonte y Labastida — clericales de salón 
y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como 
entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el 
camino fatal de Querétaro. 

¡ Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un 
accesorio en los furgones del ejército extranjero ! Hoy nos pa- 
rece imposible que semejante empresa haya germinado en 
cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación 
de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que 
hombres como Michel Ghevalier — una inteligencia y una 
probidad — que conocían á fondo Méjico y los Estados Uni- 
dos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición. — He 
leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de 
Claudio Jannet (i) en que se emite este pensamiento pro- 
fundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón HI 
releva le troné d'Iturbide sar la tete de Maximilien. ¡ Un tro- 
no sobre la cabeza ! Debía de ser muy incómodo, por mo- 
mentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso, 
que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano ! 
Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter, 
era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, des- 
de Jemmapes hasta Sadow^a, han dejado en la historia un re- 
guero de derrotas. 

Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malo- 
gró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ella 



( I ) Reme des Deux-Mondes, marzo de 



178 DEL PLATA AL NIÁGARA 

menos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y 
despreciativo que fuera un castigo y una lección : un ancho 
escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del in- 
dio que se vengaba como verdugo después de no pelear como 
soldado : la palabra suprema y vengadora que acrecentara 
nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad... 

De repente, el nombre de O tumba que suena en la noche 
barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras 
imágenes más altas y lejanas. ¡ Hernán Cortés ! No era la vo- 
luntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cer- 
ca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de 
conquistador había también sufrido la víspera su hora de fla- 
queza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de la 
Noche triste, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Po- 
potla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo 
después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinie- 
blas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á tra- 
vés del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga, 
hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y deses- 
perada intrepidez, repuso su fortuna. — Y es un privilegio 
fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bár- 
bara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche, 
durante el calderón de tres minutos de la locomotora... 

A las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente, 
llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á 
Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy 
tiritando y casi rendido ; temo que el zarape de Puebla haya 
llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de 
mí con esta advertencia siniestra : / Cuidado con el tifas de 
Méjico ! — (I Cómo, todavía ? 



VIII 



MÉJICO 



No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traí- 
do de nrú cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis, 
complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan 
desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fe- 
nómeno de todo punto análogo al conocido soroche de la Puna 
boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir 
á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar. 
Méjico se halla á 2800 metros; con todo, me ha parecido que 
el apunamiento no guarda proporción con la altitud absoluta : 
es posible que, fuera de mi factor personal, como recién lle- 
gado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos, — 
acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre 
una de las poblaciones más malsanas del mundo. 

Antes de transcurrida la semana , todo había vuelto á su 
quicio ; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia, 
no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo ante- 
rior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el 
mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido. 
Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido en 



i8o DEL PLATA AL NIÁGARA 

la esfera de atracción délos Estados Unidos : malísima con- 
dición para ser un buen observador. Positivamente, después 
de algunos días de reclusión en el Hotel Iturbide, fueron mis 
relevailles dirigirme á una agencia y tomar pasaje para San 
Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cier- 
to esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con 
mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una se- 
mana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz. 

Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya 
podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación ; nada 
extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indi- 
gente y menos indulgente que otros — y acaso sea lo segun- 
do consecuencia de lo primero. 

Sabe el paciente lector que la « albañilería » no es mi fuer- 
te, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera ori- 
ginales, no pudiendo tomarse entonces como signo caracte- 
rístico y revelación de un « estado de alma » social. La natu- 
raleza y los hombres son mi curiosidad ; sobre todo el hom- 
bre. La evolución colectiva, que construye la historia, me 
parece menos interesante aún que la individual, que repre- 
senta wia contribución á la eterna filosofía : aquélla teje los 
acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones ; ésta 
es la verdadera célula del organismo social, el elemento acti- 
vo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los 
principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambi- 
ción literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su 
forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología 
comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo ? 

En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciu- 
dad hispano-americana, no inferior á su fama secular ; si 
bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é in- 



MÉJICO 181 

tacto de la sociología colonial, como Lima la encantadora y 
única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sen- 
timiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto impor- 
tado. En Méjico, entre los ribetes yankees de la vida calle- 
jera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos mo- 
numentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el 
historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades 
aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido 
por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana. 
El (( progreso » material ha dado buena cuenta de las ruinas 
cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas ((anti- 
guallas» que no representan sino los pergaminos de cal y can- 
to de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedig- 
nos de su historia. No sería imposible que, á son de no sé 
qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera 
al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en 
cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que 
la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo 
sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predece- 
sores, para que cada generación humana no deje más rastros 
en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democra- 
cia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante de 
self-made men, la contemplaremos luego en su forma aguda, 
en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que re- 
meda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una re- 
gresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático : 
la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica. 

Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los. 
pueblos americanos : fuera de algunos fetiches patrióticos, 
vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan ma- 
yormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta á 



i8a DEL PLATA AL NIÁGARA 

dar cuenta de la indiferencia popular : son estas, nacionalida- 
des de transporte y aluvión. — Nosotros, nobles ó plebeyos, 
tenemos mil años de radicación ala gleba nacional. Mi nom- 
bre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos, 
aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pe- 
learon con los albigenses, arrancaron su provincia de las 
garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, llo- 
raron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la 
(( Buena Doncella » , lucharon desde Bouvines hasta Water- 
loo por la integridad del suelo sagrado : figurantes anónimos, 
pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya 
de diez siglos, — Gesta Dei per Francos. Grano á grano, sus 
cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para 
formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria 
en que he brotado. . . Por el lado paterno, mis vastagos vienen 
á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su 
país ; pero no pueden ser argentinos como soy francés : con la 
plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con 
todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cere- 
bral, — con toda el alma y el corazón de veinte generaciones 
encadenadas. 

El patriotismo, pues, de las naciones nuevas, — por sin- 
cero y ardiente que lo veamos y palpemos, — tiene que ser 
nuevo también, limitado á la capa más reciente de su histo- 
ria. Ello, por supuesto, es provisional : este terreno de aluvión 
reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede 
cambiarse la ley natural : la juventud mira hacia el porvenir, 
como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte, 
es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto 
que la República Argentina, lo propio que los Estados Uni- 
dos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes ante- 



MÉJICO i83 

colombianos y aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico 
les incumbían otros deberes históricos que, por muchas 
causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que 
si algo podemos estudiar délas antigüedades peruanas, aztecas 
y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la 
ciencia europeas. 

¡ Oh ! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al 
pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monu- 
mento á Guatimozín — á quien llaman Guauhtemoc, para 
condimentar su sabor local ; — pero ello no responde sino á 
preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es 
azteca como el de Rosas fuera a americano » y criollo. Levanta 
un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu cle- 
rical y afrancesado : el grupo conservador cuyas miserables 
intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que 
tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el ins- 
tinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores 
de estirpe más ó menos indígena : no se remonta mucho más 
allá. La estatua de Guatimozín adorna el « Paseo de la Re- 
forma )), y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el 
recinto de nuestro parlamento. 

Como muestra y ejemplo de arquitectura a nacional », se 
ha levantado en el parque de la Alameda, — después de 
pintorrear odiosamente sus bancos de piedra — un pabellón 
de estilo. . . ¡ morisco ! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de 
recuerdos históricos y legendarios ; tiemblan en vuestros la- 
bios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas azte- 
cas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las trage- 
dias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía : y 
no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas 
piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias seculares 



i84 DEL PLATA AL NIÁGARA 

que veníais á buscar. Etiam periere ruinx. Las enredaderas 
poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la 
imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto 
en que prenderse, — á no ser que se adhieran al u Árbol de 
la noche triste » que se os enseña en Popotla (tramway sub- 
urbano !), el cual reviste tanta autenticidad como un buen 
retrato de Colón. 

Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una 
de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pu- 
diera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones 
ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales 
magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería 
aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas 
escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar. 
Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica 
Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por 
entre las mezquitas turcas : el raudal de su propia poesía, de- 
rramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el de- 
sierto á la antigua Sión « resplandeciente de claridades » , y 
con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y 
brotó flores como la vara del profeta. — Los nombres solos, 
según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento : 
nomina, numina. El « Palacio Nacional », que llena todo el 
este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata 
reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes 
y sin carácter original ; pero se llama la « Casa de Cortés » , 
ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las rui- 
nas de la morada de Moctezuma : y con vago respeto pene- 
tráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, in- 
menso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de 
proceres y cuadros patrióticos, — entre los cuales no mere- 



MÉJICO 



cen mención artística sino el Hidalgo de Ramírez y el Arista 
de Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec, 
residencia veraniega del presidente; con el arzobispado dona- 
do por Garlos V á los prelados de Méjico « para siempre ja- 
más »; con la Gasa de moneda, la Biblioteca, las iglesias ; con 
las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron con- 
ventos y los colegios que fuero beateríos : no queréis recordar 
de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el si- 
tio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla 
la evocación. 

Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más suge- 
ridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen mila- 
grosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido 
desvirtuado por la « reforma » liberal, y he asistido á una 
innumerable romería traída en trenes expresos desde los con- 
fines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un 
nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores ala con- 
quista, como que se relacionan con la fundación del imperio 
que Gortés aniquiló, Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oes- 
te del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas 
ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminan- 
te. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas 
homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas, 
remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á 
ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana. 
Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con 
electricidad, los nombres de los barrios y las calles han con- 
servado su imanación primitiva y su mágica virtud de 
sugestión. Por sobre la vulgar reahdad presente, la intangi- 
ble tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles 
y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica y 



i86 DEL PLATA AL J^LVGARA 

los ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos 
de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenci- 
blemente aquel «salto » famoso de la calzada, que mi querido 
Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y has- 
ta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico 
que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á bus- 
carle, atraído por una lógica superior á los razonamientos do- 
cumentados. Gomo dicela doctrina hegeliana, « todo lo que 
debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe hu- 
mano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta 
haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, san- 
grar la fibra íntima : es necesario que haya llorado du- 
rante esa noche inolvidable de desastre y horror. 

A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer 
puesto entre todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que 
el mismo Perú, condensa á su alrededor las glorias y miserias 
de la secular tragedia. La vasta empresa hispano-americana 
es un prodigio de energía y audacia, una orgía de fanatismo 
implacable y de codicia brutal. Para templar esa fibra de ace- 
ro de los conquistadores, fueron sin duda necesarios los siete 
siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud 
belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que 
crear. Pero no eran suficientes. Para que el pueblo castellano 
saliese triunfante de la formidable aventura americana, era 
menester que, durante la guerra secular y plasmadora de la 
Reconquista, cada español católico que nacía soldado nutriera 
de la infancia á la vejez y transmitiera á sus hijos durante va- 
rias generaciones, no sólo el odio inexpiable del invasor sino 
el desprecio feroz y verdaderamente semítico por la sangre del 
idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de la 



MÉJICO 187 

tierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y reli- 
gión : por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte 
sombrío del profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su 
postrer atalaya granadina la execrada media luna, ese pueblo 
creado y educado para gladiador, desdeñoso del trabajo pa- 
cífico y de la ciencia civilizadora, permaneció en armas y de 
pie, pidiendo otras conquistas, quoerens quem devoret como 
el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña coinciden- 
cia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en la 
propia carne y substancia activase el principio del suicidio : 
Colón surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimien- 
to de América vino á distraer á España de una vuelta ofensiva 
é inmediata contra el Islam, en África y el Oriente. Fatal- 
mente, se aplicaron á la nueva conquista las prácticas atroces 
de las guerras sectarias. Por encontrarse en el fantástico cami- 
no de (( Gipango » , los indios americanos eran reos de un de- 
lito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como 
tales: saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sa- 
buesos en sus montes natales, vendidos como esclavos en el 
mercado de Sevilla — civilizados ! 

Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter 
español. Toda la Edad Media ha sido feroz; homo homini lu- 
pus. Pero, después de la fatalidad étnica que injertó en su se- 
mitismo originario el del largo contacto arábigo, España su- 
frió la fatalidad histórica de ser protagonista del drama euro- 
peo en su acto menos humano y civilizador : la propaganda á 
sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la Reforma 
señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica pro- 
funda y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la 
decadencia material y moral de su implacable enemigo. 

En lo que atañe al exterminio americano, hay que adver- 



i88 DEL PLATA AL HIAGARA 



tir también, en descargo de los conquistadores, que entonces, 
mucho más que después, el soldado vivía del botín y del sa- 
queo. Siendo, además, la Reconquista una guerra civil, — y 
más que civil, como diría el español Lucano, — se hizo muy 
visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la des- 
trucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca 
estuvo más pobre España que después de rendir á Boabdil. 
De ahí la necesidad, la urgencia del derivativo indiano. Antes 
de ser una mina, la América fué un exu torio. Durante un 
siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se escurrieron á Indias 
bandas famélicas de diente largo y conciencia á la vez estre- 
cha y holgada: aventureros valientes y fanáticos — sin camisa 
tal vez, mas nunca sin escapulario — y, en suma, tan incapa- 
ces de un rasgo de clemencia como de un acto de cobardía. 
Para estos muslimes bautizados, cual para los otros, la pala- 
bra /)iWaí/ no tenía más significado que el de devoción. 

Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza huma- 
na. Parece que en el arte también fuera exigible la presencia 
de ambos elementos sexuales : el concurso de la gracia y de la 
fuerza, de la emoción con la voluntad, del filete sensitivo con 
el motor. Uno sólo aparece en la ruda cruzada americana. 
Con razón la voz disciplina es tan monástica cuanto militar : 
un campamento es un convento abierto. Para la creación ar- 
tística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la fraile- 
ría. Habrá fragmentos, hallazgos, páginas — gritos líricos co- 
mo en los salmos hebraicos : no hay poema de claustro ni de 
cuartel. 

El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del 
oro y de la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y 
resplandeciente, el mismo episodio soberbio de Hernán Cor- 
tés, el más garboso de los caudillos españoles, arranca del 



MÉJICO 189 

elemento azteca su interés primordial: Moctezuma, Guati- 
mozín, y esa sumisa y sacrificada Marina son el grupo patético. 
Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la atrocidad com- 
pacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la trai- 
ción y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimi- 
dos, á la fuga tenebrosa délos opresores por la calzada de Mé- 
jico, á las angustias de la « Noche Triste ». ¡Al fin tienen su 
hora de venganza y desquite, siquiera sea incompleta y fugaz ! 
Y tan imperioso es en el corazón humano el sentimiento de 
la justicia inmanente, que el horror de la tragedia ennoblece 
aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á ser soldados, no 
ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que vi- 
sitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un 
puñado de españoles intrusos contra una muchedumbre para- 
petada y dueña del suelo, innumerable, inacabable: sorpren- 
didos en las tinieblas, pelean en retirada, rendidos de ham- 
bre y fatiga, con sus heridas recientes « de refresco » á las de 
ayer ; derrochando sin esperanza de gloria personal su mons- 
truoso heroísmo ; multiplicando, á dos mil leguas del aplauso 
y de la fama, susfabulosas proezas sin testigos ¡ tan ignoradas 
como relámpagos en el mar ! . . . Aquí es donde hay que oir la 
voz de trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias 
hazañas (i). Después de transcurridos cuarenta años, el vete- 
rano, sacudido por el estremecimiento de los altos recuerdos, 
interrumpe bruscamente sus cuentos de comadre : se despier- 
ta y endereza, arrojando de un puntapié sus andaderas de 

(1) Bernal Díaz, Conquista de Nueva España, GXXXIII : «¡Oh! qué cosa era 
de ver esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos pie con pie, y con 
qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar, etc. ! » Toda la página es de 
un brío y frenesí incomparables. No se encuentra allí la famosa expresión de Noche 
Triste; paréceme que Gomara fué quien la empleó por vez primera, ó al menos 
la puso en circulación, pero sin destacar el epíteto: «en esa triste noche».. . 



igo DEL PLATA AL NIÁGARA 

cronista aprendiz ; y entonces, sin buscarlo ni sospecharlo, de- 
jando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á 
los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la 
suprema belleza del movimiento y colorido, suelta á borboto- 
nes sus relinchos de guerra, manoseando lo sublime con la in- 
consciencia de un niño y el rudo desenfado de un viejo cam- 
peador ! . . . 

Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicio- 
nales se abren paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía 
Apia, gloriosa y fúnebre, de la historia legendaria. Y ello 
consuela un poco de las actualidades monumentales, del 
gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la plaza 
de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por 
esos portales sus ridículos trajes de « charros », de los letreros 
en inglés, de los restaurants á la francesa con su nomencla- 
tura azteca : de todo lo artificial, intruso y postizo que ha 
quitado á la Méjico moderna su antiguo carácter histórico 
sin reemplazarlo con otro nuevo. 

La catedral es imponente y bella, á despecho de sus in- 
coherencias de estilo y del mezquino jardín que afea y em- 
pequeñece su atrio. De proporciones mucho mayores que 
la de Lima, con un lujo inaudito en su adorno interior, re- 
viste un aspecto de indiscutible y grandiosa nobleza. La mano 
soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus órdenes 
arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres 
casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y 
moriscos de la fábrica ; del propio modo que las estatuas 
colosales de los Patriarcas, que se yerguen en el basamento 
de las cúpulas, parecen tender la mano  las Virtudes teo- 
logales de los campanarios. Por todas partes las armas de 



MÉJICO 19 1 

la República, esculpidas en la piedra venerable, lanzan el 
chillido advenedizo de la « Reforma liberal»: sólo falta el me- 
dallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz. 

El gran interés del « Museo Nacional » consiste natural- 
mente en sus antigüedades aztecas ; pero no satisface plena- 
mente la espectativa. Se le esperaba más rico y completo. 
Sus reliquias más famosas, la Piedra del sol, el Indio triste, 
los ídolos y las serpientes místicas producen un efecto que 
llamaré trunco y fragmentario : no se ve desfilar la historia 
eslabonada y sucesiva de esa interesante civilización, y creo 
que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor. La Escue- 
la de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á 
la reacción progresista de Garlos III, cuyo reinado fué una 
tentativa fugaz de renacimiento intelectual contra las verda- 
deras corrientes nacionales y bajo la presión directa del 
filosofismo francés. Aquello era todo artificial y de reflejo, 
así la pintura neorafaelesca de Mengs como el teatro pseudo- 
volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas salas y galerías — 
especialmente las dos primeras — contienen cuadros intere- 
santes de la escuela hispano-mejicana del siglo xvii: Herrera, 
López, el indio Cabrera ; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la 
Sumaya, tiene un curioso San Sebastián en la catedral) : eran 
ramas desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que 
estaban entonces henchidos de savia artística. La tercera 
galería se compone de cuadros (( atribuidos » á Rubén s, Mu- 
rillo, Velázquez, Van Dick, etc. — En general, delante de 
una colección americana de grandes maestros antiguos con 
firma a auténtica » , debéis conservar preciosamente vuestra 
duda. Pero si los cuadros son « atribuidos », cualquiera duda 
sería ofensiva y casi criminal : creed á piejuntillas en su legíti- 
ma procedencia de alguna trastienda judía de Venecia ó París. 



iga DEL PLATA AL NLÍGARA 

En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece gene- 
ralmente á esa secta enfática y chillona, tan difundida en la 
América española, que confunde la declamación con la elo- 
cuencia, y la crudeza del colorido con el vigor. También 
tienen éstos Escuela nacional de pintura, lo mismo que aqué- 
llos, y no pretenderé disuadirlos : son realmente u escuelas » 
primarias de un arte que parece oficio, — eternos aprendizajes 
de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la inspi- 
ración original ni á la plena maestría. 

He hecho dos visitas ala Biblioteca nacional. Ocupa el macizo 
y vasto convento de San Agustín ; la fachada es de aspecto im • 
ponente con sus columnas y bajos relieves ; un jardín conduce 
al vestíbulo pavimentado de mármol, por entre los bustos de 
las glorias mejicanas. La inmensa sala de lectura es la anti- 
gua nave mayor ; los depósitos llenan las capillas laterales : 
y todas esas grandiosidades están mal adaptadas, incómodas, 
antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado á 
su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio 
enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil 
cúbrelas mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina 
el coro una descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada, 
para demostrar que el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier 
otra cosa es inmortal ! Y esa cosa está vagamente simbolizada 
por una serie de gigantescos yesos que representan — ressem- 
hlance garande — á Valmiki, Confucio, Isaías, Aristófanes, 
Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en su calidad 
de « personificaciones de la sabiduría » . (í Habéis notado que 
esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que 
sean, salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio 
representando á la filosofía antigua y Orígenes á la cristia- 
na! I Aristófanes, símbolo del teatro griego, como Alarcón 



MÉJICO 193 

de la literatura española, en sustitución de Cervantes ó Cal- 
derón ! Bien sé que el culto y elegante «jorobado » era meji- 
cano ; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo. ¡Y el 
enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en 
ninguna ciencia, sustituido á Galileo, Newton ó Lavoisier, — 
inmensas personificaciones del genio inventivo — tan sólo 
porque ha escrito su famoso Ensayo sobre la Nueva España, 
que no soportaría hoy un prolijo examen crítico ! — ¡Así están 
ellos, Gonfucio, Valmiki y compañía, con sus yesos dudosos 
como camisas de quince días, cubiertos de telarañas, ense- 
ñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego 
agustino, envueltos en sus ropas polvorientas que imploran 
en vano el golpe de plumero ó la mano de jabón que les re- 
husan los ordenanzas, tratándoles como á sí propios ! — Al 
sustituto del director, ausente hasta mañana, le insinúo la 
alta conveniencia de modificar su galería de celebridades. Me 
mira algo escandahzado ; pero le sosiego, explicándole todo 
mi pensamiento : no se trataría de desalojar á los venerables 
monigotes, sino de bautizarles con otros nombres, a Así, por 
ejemplo, Valmiki haría un Aristóteles muy aceptable, el 
finado Alarcón nada perdería con llamarse Cervantes, que era 
algo cargado de hombros, etc. » Creo que no le he conven- 
cido. 

Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios : es el 
fondo de teología, derecho antiguo é historia colonial que 
sirve de base á todas las bibliotecas hispano-americanas, pero 
mucho mayor que el nuestro. Un oficial me habla de 120.000 
volúmenes, otro de 260.000. Los datos no concuerdan ri- 
gurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cú- 
bica de material impreso que pocos leen. Como instrumento 
de trabajo, fuera de la estrecha erudición colonial, como 

i3 



194 DEL PLATA AL NIÁGARA 

colección científica y literaria en las tres grandes lenguas 
activas del moderno laboratorio europeo, la monumental 
biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto 
é incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edifica- 
ción, me he supuesto buscando datos relativos á mi estudio 
sobre el Problema del genio : faltan las obras maestras ori- 
ginales. En Buenos Aires, no he podido concluir mi libro 
tal cual lo concibo ; no podría empezarlo en Méjico. Por 
otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo del 
medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis 
grandes librerías de Buenos Aires representan un movi- 
miento de ideas y de iniciación europeas que, como impor- 
tancia y calidad, no admite comparación con las de Santia- 
go, Lima ó Méjico. Para limitarme á un ejemplo corriente : 
la casa de Bouret no ha recibido jamás — su jefe me lo afirma 
y su aspecto me lo confirma — una colección completa de la 
Bibliothhque scientifique internationale, que allá se ha vendido 
por docenas. 

Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que 
ello es indicio de una desemejanza de situación que algo 
tiene de radical y absoluto. Todos los hispano-ameri canos 
escuchan el mismo concierto de la civilización europea, de- 
seosos de ajustar su marcha al soberano canon rítmico. La 
única diferencia está en que los menos lo oyen adentro, y los 
más desde afuera, como ((mosqueteros» de la fiesta. Los 
que han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro 
su asiento, no deben malbaratar su privilegio precioso : 
si observan y estudian, en lugar de dormirse ó murmurar, 
están en aptitud de pasar algún día de espectadores á acto- 
res y tomar parte en la ejecución. — Ahora bien, protestar 
contra esa evidencia, — y sobre todo, protestar con injurias 



MÉJICO 



.95 



que por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas, — 
alzar el chivateo araucano contra los juicios tranquilos de 
un observador únicamente preocupado de la verdad, para 
quien, por precepto de lengua y educación la exactitud es la 
condición misma de la justicia — justíce, justesse — y que 
no hizo el sacrificio de abandonar por un año su hogar, sino 
con el fin de instruirse y extraer para todos algún provecho 
de sus comparaciones: — todo eso, hay que decirlo alguna 
vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de 
horizonte, carencia de amphtud intelectual. Respingar bajo 
la crítica, después de haber pregonado el elogio, igualmente 
sincero, no importa sino traer argumentos á la tesis contraria, 
y demostrar — lo que el observador no pretendiera — que el 
mediocrismo es endémico y constitucional. ¡ Valiente modo de 
componer el retrato, el hacer muecas al objetivo fotográfico! 

Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien 
envío mi tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me con- 
testa el portero con solemnidad. Adivináis que se trata de 
la Academia de la lengua, correspondiente de la de Madrid, 
y sentís, como yo, cierta timidez respetuosa. Después de una 
hora, se levanta la sesión, y la Academia desfila gravemente 
por la nave mayor. Contra todo precedente biológico, este cuer- 
po consta de tres miembros : tres faciunt capítalum. Por sus 
actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta 
de la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién 
sabe si de esta «ida » no violenta las puertas del diccionario 
la voz «presupuestar», recientemente repelida contra todo 
el empuje tradicionalista de Ricardo Palma ? En los labios 
del primer hcenciado « académico » he creído divisar una son- 
risa de triunfo gramatical. Esperemos. . . ¡ Esperemos ! 



196 DEL PLATA AL NLVGARA 

El director de la Biblioteca nacional es un conocido li- 
terato é historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin 
calor. Editor infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de 
una voluminosa colección de Poetisas mejicanas, para la 
Exposición de Chicago. Con mi incurable prurito de since- 
ridad, dejo escapar esta impertinencia : «Y todo eso (í no le pa- 
rece á V. muy vacío ?. . » ¡ Vacío ! El editor me mira con extra- 
ñeza. Tengo que confesar mi ignorancia : fuera de la céle- 
bre carmelita del siglo xvii, no conozco de las poetisas me- 
jicanas más que los fragmentos de las antologías. Creo de 
oídas en el genio de doña Isabel Prieto de Landázuri, 
de la bella señora Pérez de García Torres y sus dignas com- 
pañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana 
Inés de la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente ; 
pero han sido tantas las « décimas musas )) , antes y des- 
pués de la lesbiana Safo, que tal vez me pierda en la 
cuenta. , . Musas aparte, la conversación instructiva y prudente 
del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre 
las cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta 
noche, en la travesía de Méjico al Paso del Norte. Pero 
es increíble la poca cantidad de ideas comunes que pueden 
tener dos hombres «ilustrados», como se dice, que ha- 
blan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma 
profesión. Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensa- 
ción de la enorme distancia que nos separa de este país. 
Nos ignoramos mutuamente, cual si viviéramos en planetas 
distintos. Fuera del círculo de algunos estudiosos, las figuras 
de Sarmiento y Alberdi son absolutamente desconocidas ; una 
revista local citaba ayer los versos más trillados de Andra- 
de, haciendo gala de erudición ¡ como si fueran de Valmiki ! 
Abren ojos más grandes que los portales de la calle Tlapa- 



MÉJICO 197 

leros, cuando les digo que hay trescientos mil extranjeros en 
Buenos Aires, en tanto que ellos, después de tres siglos de 
afluencia colonial, no alcanzan á tener más de cuatro ó 
cinco mil, en su mayor parte españoles. 

En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia, 
la influencia argentina, si bien naturalmente decreciente, 
nunca deja de percibirse por el transeúnte. En Guayaquil y has- 
ta en Panamá, he tenido el placer de recibir visitas á título de 
viajero « argentino » . Llega hasta allí la irradiación de la le- 
jana Buenos Aires, envuelta en no sé qué aureola fascina- 
dora de riqueza y moderna elegancia que nuestra crisis de 
crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no penetra 
nada nuestro : térra incógnita. Este pueblo vive orientado 
hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único 
argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso gene- 
ral de la Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano 
mejicano. Urge, pues, nombrar aun «residente» argentino, 
para muestra y specimen — lo propio que en Liberia ó la 
China. ¡Oh! i qué de intereses comunes y asuntos impor- 
tantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro 
país! 

No existe orgánicamente el grupo hispano-americano ; lo 
que así se ha llamado, no era sino la vinculación política de las 
colonias ala metrópoH. Rotas las cadenas que se juntaban en 
la Casa de contratación, todo punto de contacto en el centro 
histórico común desapareció provisionalmente, hasta que los 
mutuos esfuerzos de la Independencia y las relaciones solida- 
rias de la {( Vida nueva » crearan los únicos que estén destina- 
dos á subsistir. 

Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una Amé- 
rica del Norte y una América del Sud, acollaradas más que 



1 98 DEL PLATA AL NIÁGARA 

unidas por la frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá 
será cortado infalible y próximamente ; y ello tendrá como pri- 
mer efecto, aun antes que el ensanche del intercambio univer- 
sal, la aproximación, á par que la contracción en estructura 
más compacta, de los pueblos meridionales. Gomo el congreso 
de Panamá, convocado en una línea divisoria que parecía una 
ironía natural, el Pan- Americano tenía que ser ima quimera, 
— y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Guando la 
línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpa- 
rá su autonomía. Ambos tienen su poloy su destino, acaso 
tan opuestos, como la Osa menor y la Gruzdel sud. Entonces 
las naciones australes, como naves hermanas de la misma flo- 
ta, bogarán en conserva sobre las olas tranquilas de su doble 
océano, guiadas — no hay que dudarlo — por la iniciadora y 
propagandista de la emancipación : la que también ahora las 
precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana, 
y enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándo- 
se hacia el Este, iniciador de la ciencia y de la luz. . . 

i Nave del porvenir ! ¡Gara nave argentina, que llevarás en 
tu cubierta algunos seres de mi nombre, algunas gotas de mi 
sangre francesa : Dios te conduzca y te mantenga orientada 
hacia esa patria mía de la belleza risueña, de la nobleza gene- 
rosa y fina, de la ciencia unida al arte como el fruto á la flor! 
Poco importaría que no te corrigieras de tu ligereza, de tu 
imprudencia, de tu prodigalidad, que son también defectos 
nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusias- 
mo artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe 
que flote eternamente sobre las aguas como la brújula primi- 
tiva, de nada te valdrían tus cargamentos de riquezas, que 
vendrían á ser acaso una presa ó una tentación. Llámese mora- 
lidad, ciencia, patriotismo ó religión : edifícate un altar ideal. 



MÉJICO 199 

vive y muere abrazada á él como los primeros cristianos á la 
cruz, i Sé un alma ! — Y todo lo demás te será dado por añadi- 
dura ; y la historia sancionará esa hegemonía sudamericana 
que la próvida naturaleza te ha deparado, — ¡oh, nación 
argentina, nave del porvenir ! 



IX 



DEMOCRACIAS AMERICANAS 



Bello será el porvenir, pero el presente es triste. —En el 
tren que sale de Méjico alas ocho de la noche, sin un alma co- 
nocida en este salón-dormitorio que me lleva hacia el norte, 
sóbrame tiempo para soñar y meditar como la liebre de La 
Fontaine en su albergue. Hasta las inmediaciones de Silao, 
nada podré ver del trecho recorrido ; atravesaré sin conocer- 
los los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para dis- 
traerme, tengo una « Guía », regalo de la obsequiosa adminis- 
tración, confeccionada toda entera por un conocido literato 
con frases del siguiente jaez : (( Leamos en este libro ayudados 
por la claridad de la lámparas del Pullman ; y si al concluir 
sentimos que nos llama á su regazo esa invisible pero dulce 
amiga que solícita nos invita diariamente, sin cansarse nunca, 
á reposar de las fatigas del día, al pasar su aterciopelada mano 
por nuestros párpados... etc.» La frase se desenreda durante 
quince renglones, interminable y repugnante, como un pelo 
de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. A ese 
necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de 
(( habla castiza » donde todos saben escribir y nadie sabe pen- 



DEMOCRACIAS AMERICANAS aoi 

sar ¡ prefiero una página de nuestros A mor^^ de Giacumina, 
donde siquiera no está aderezada la cruda estupidez ! Prefiero, 
sobre todo, reflexionar en lo que he podido observar ó acaso 
traslucir, en mi breve tránsito por el único país hispano-ame- 
ricano que haya disfrutado^ durante estos últimos quince años, 
los beneficios de la paz. He conversado con algunos hombres, 
leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y 
populares, recorrido algunas estadísticas : en suma, poseo 
muy pocos elementos para una inducción exacta. Pero la 
impresión general no engaña : la paz que reina en Méjico es la 
de los sepulcros. 

¡ Oh ! ¡ el espectáculo político de esa América española, que 
acabo de atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es som- 
brío y desalentador ! Por todas partes : el desgobierno, la es- 
téril ó sangrienta agitación, la desenfrenada anarquía con re- 
mitencias de despotismo, la parodia del «sufragio popular », 
la mentira de las frases sonoras y huecas como campanas, los 
(( sagrados derechos o de las mayorías compuestas de rebaños 
humanos que visten poncho ó zarape y tienen una tinaja de 
chicha ó pulque por urna electoral, — el eterno sarcasmo y 
el escamoteo de la efímera Constitución. Donde quiera, por 
sobre el hacinamiento de los oprimidos : el grupo odioso 
de los opresores, los lobos pastores de las ovejas, el lúgubre 
desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los Guzmán 
Blanco. López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos, 
que no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas, 
— el amplio desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas 
ó un Francia. . . ¡ Y las guerras civiles de venganzas y saqueos 
como entreactos alas rudas y crueles tiranías ! Y las dictaduras 
centrales, complicadas y completadas con las mil opresiones y 
extorsiones lugareñas : desde el prefecto que denuncia te- 



303 DEL PLATA AL NIÁGARA 

rrenos «baldíos)) desterrando á sus dueños, ó el gobernador que 
baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que a plagia» 
una vaca y el curaca que violenta una mujer. Y, por fin, sobre 
todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá 
rasgado por el puñal délas represalias, que no significa sino un 
cambio de mandón ... No parece sino que en este continente , col- 
mado por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asis- 
tiera hace medio siglo á la siniestra bancarrota de la democracia 
y á las saturnales de la libertad. El Brasil y Chile que, por cau- 
sas análogas en el fondo aunque diversas en la apariencia, se 
habían sustraído al contagio anárquico, han entrado á su tur- 
no en la ronda infernal. ¡Ay de las naciones, como dice 
crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una vez con 
el vino de la ira y de la fornicación ! . . . 

Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia 
proclamara, ese derrumbamiento general de los edificios re- 
publicanos que, á imitación ciega ó prematura de los Estados 
Unidos, se han levantado en el continente incurablemente es- 
pañol, se ha podido con razón aparente desesperar de la de- 
mocracia moderna y blasfemar de la santa libertad. Yo mis- 
mo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa 
manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de tur- 
bulencias y revueltas, he deseado muchas veces para los paí- 
ses que amo el advenimiento de un dictador inteligente, cu- 
ya férrea mano impusiera el orden y el progreso, al igual 
que otros fomentan el retroceso y la barbarie. He repetido con 
Renán que el ideal de los gobiernos sería el de un « déspota 
bueno y liberal » . — ¡No hay despotismo bueno; y el adjetivo 
(( liberal » lanza alaridos al verse apareado á semejante sustan- 
tivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la 
lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la re- 



DEMOCRACIA.S AMERICANAS 2o3 

pública mejicana, retiro humildemente mis votos sacrilegos, 
los abjuro como una blasfemia y un ultraje á la humana dig- 
nidad. No; á pesar de todos los excesos, la libertad es el bien 
supremo. El vino puro y generoso no es responsable del al- 
coholismo y la intoxicación. ¡ Desechemos los sofismas, por 
querida que sea la boca que los vertió ; cerremos por esta vez 
nuestros oídos á la voz de la Sirena : desconozcamos esa filo- 
sofía de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin 
entrañas del profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole 
enemiga — como en ese versículo final del Saper flamina Ba- 
bylonis, que manda estrellar contra las piedras las cabezas de 
los niños inocentes, y es la mancha indeleble, la abominación 
inexpiable que no lavaran en treinta siglos todas las aguas 
del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas estériles, 
maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto ; pero sin ol- 
vidar jamás que, para los pueblos como para los individuos, 
el único mal intolerable es la esclavitud. 

Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de 
negocios, que consideran estos países, no como naciones, sino 
como meras comarcas explotables, están á sus anchas y en 
buen sitio para celebrar el orden restaurado por Porfirio Díaz. 
La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto mismo es compara- 
ble. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra (ver- 
tida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el minis- 
tro Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las vícti- 
mas. En la República Argentina, palpitante bajo la bota de 
Rosas, los de adentro podían escuchar la voz alentadora de 
los proscriptos, que venía desde Montevideo y Chile : nunca 
cesó de importunar al déspota ese rumor de trueno lejano, 
cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires le 
mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su gua- 



ao4 DEL PLATA AL NIÁGARA 

rida de Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de 
Gasandra cautiva, la nación jadeante « cubría su freno con 
espuma sangrienta... » En el Méjico enfrenado por este héroe 
de guerras civiles, no se escucha una voz disonante en el 
parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni siquiera del 
extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste y 
desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á 
su modo una protesta, se alza, desde la capital hasta los con- 
fines del país, un concierto de rendición y alabanza: el him- 
no de los antiguos aztecas ante el trono de Moctezuma. Mé- 
jico entero es una inmensa encomienda ; y parece que el pue- 
blo emasculado hubiera perdido hasta el deseo, hasta el re- 
cuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la sal- 
vaje de la {( mazorca » y del puñal, cuyas heridas francas 
se restañan en pocas horas ; sino la del opio y del veneno 
lento, que acorcha las fibras del corazón, esteriliza la mente y 
corrompe el alma misma de todo un pueblo. — Por cierto 
que no me refiero aquí á los sentimientos individuales, sino á 
esa alma colectiva y externa de una nación, que no es de 
ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Por- 
firio Díaz ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga 
satisfacción de su propio envilecimiento. 

Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto 
oficial, para darse cuenta de la perversión general de las ideas, 
de la decadencia moral á que un régimen de compresión pro- 
longada y una atmósfera de campana pneumática conducen 
fatalmente á una nación altiva. No hay plaza ni esquina, no hay 
trastienda ni pulquería, donde no se ostente el retrato de ese 
soldadote buen mozo, ya vestido de uniforme cuajado de 
pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués bonachón 
que maneja sin inquietud una pingüe hacienda. 



DEMOCRACIAS AMERICANAS ao5 

Por Otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo dis- 
plicente y antipático del presidente Díaz no es su tipo per- 
sonal ni su conducta privada, sino su insidiosa dictadura ; 
ni tampoco compararía su actitud administrativa con la de 
su predecesor inmediato que muere encausado por malversa- 
ción. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza 
que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo. 
— Y acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y 
risas del fondo de la ergástula. — ¡Los textos escolares ensalzan 
la gloria del dictador ! En un libro oficial de historia contem- 
poránea, se súfrela náusea de asistir á la apoteosis del presi- 
dente vitalicio en la forma idiota y soez de un paralelo entre 
Juárez, Porfirio Díaz y... Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es 
casi el Calvario por segunda vez ! ... El himno de alabanza es tan 
repugnante cuanto universal. Díaz es igualmente grande por 
haber derrocado, en nombre de los « principios », al presi- 
dente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por haber luego 
asegurado, con la complicidad de su Rump-Parliament, su 
propia reelección indefinida. En la baja compilación que 
vuelvo á mencionar para estigma de sus fautores, la ignomi- 
nia popular está celebrada y fomentada en los términos si- 
guientes : (la derrota del presidente Lerdo) « dio por resultado, 
como fácilmente se comprende, que desapareciesen por encan- 
to los numerosos partidarios que tenía Lerdo, y que surgiesen, 
como evocados por conjuro eficaz, improvisados partidarios 
de Porfirio Díaz. . . » Es la prostitución de la plebe consagra- 
da por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta 
ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha des- 
aparecido en el país helado por el terror; y los poetas de librea 
cantaban ayer, en plena Biblioteca nacional, en versos feliz- 
mente detestables, la benignidad de la dictadura. Acaba de 



ao6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

morir el expresidente González, gobernador perpetuo de Gua- 
najuato, de todo punto inferior á Díaz, pero que representaba 
un núcleo posible de oposición, un similia similihas agorable 
si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, natural- 
mente, eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López. 
¿ De qué compadre a respondón » podrá surgir ahora la velei- 
dad de un nuevo « plan )) , como aquí llaman cómicamente á 
los alzamientos ? Los gobernadores de Estados son coman- 
dantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños 
sin prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mesti- 
zos ó indígenas puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique 
de Tlaxcala. Porfirio Díaz conserva en la capital la fuerza mi- 
litar; el armamento está almacenado en su propio palacio. Los 
congresales son funcionarios del Ejecutivo, nombrados á indi- 
cación del dictador, como todos los otros empleados. La discu- 
sión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de Ca- 
lígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de 
una orden del amo, los legisladores contestarían probable- 
mente, como los consejeros del famoso déspota oriental: « Ig- 
noramos si hay una ley que permita este atropello, pero cono- 
cemos otra que autoriza al monarca para hacer cuanto sea de 
su real voluntad. » Por decreto especial, les ha devuelto las co- 
rridas de toros. Panem et circenses, los toros y el pulque: la 
fórmula es correcta ; tiene la sanción de la historia y completa 
la asimilación. 

No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia 
americana contemporánea. De la desgracia extraña podemos 
sacar alguna enseñanza, y experimentar en cabeza ajena á 
qué miseria moral podrían conducirnos nuestras eternas di- 
sensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo que importan 
para el pueblo argentino los honrados propósitos y el sano 



DEMOCRACIAS AMERICANAS 307 

patriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é 
ilimitado de este bien supremo ¡la libertad ! 

Para legitimarse, la dictadura invoca el eterno salas populi, 
el comprobante de la prosperidad material que, según los tu- 
riferarios, se debería á su presencia. Es el argumento de todos 
los despotismos, el mismo que sirvió cuarenta años há para 
justificar en Francia el golpe de Estado y el Imperio. Lo he 
aprendido en la escuela junto con mis primeras letras. Aquí 
no tiene siquiera la apariencia de la verdad. El poco acentuado 
desarrollo de Méjico, en los últimos años, es apenas el creci- 
miento natural de un organismo joven, bajo la acción estimu- 
lante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vaci- 
lan en apuntar, entre los « grandes progresos realizados 
durante el primer período de Porfirio Díaz )) , datos análogos 
álos siguientes, que copio textualmente : « El total de escue- 
las primarias existentes en Méjico en 187 5 era de 8io3, y de 
35o. 000 el número de alumnos asistentes... En i884, las 
escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción 442. 000 
alumnos ». El aumento délas escuelas, el único imputable á 
la acción gubernativa, no alcanza á 6 "/o; el de los alumnos ins- 
critos es de 20 °/o, y corresponde poco más ó menos al acre- 
centamiento decenal de la población (i). 

Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dic- 
tadura tendrían explicación análoga. En la cifra del comer- 
cio anual, que alcanza á i5o millones de pesos, ocupan el pri- 



(i) Al imprimir estos apuntes, cuatro años después, encuentro confirmadas 
mis impresiones y conclusiones por la marcha retrógrada de la educación en los 
años posteriores. Los documentos oficiales más recientes arrojan estas cifras tris- 
temente significativas : en 1890, para una población empadronada de 11 millo- 
nes de habitantes, hay 56o. 000 alumnos; en 1894, para 11.682.934 habi- 
tantes 543.977 alumnos ¡en cuatro años de u progreso » la proporción ha bajado 
de 5,1 por ciento á 4,7 ! 



ao8 DEL PLATA AL NLÍGARA 

mer rango, en los artículos de exportación, los metales precio- 
sos explotados por compañías inglesas y yankees, y el henequén 
que el Yucatán despacha á Nueva York ^ qué tiene ello que 
ver con el gobierno de Porfirio Díaz ? Sería tan lógico abonarle 
en cuenta ese desarrollo comercial, como responsabilizarle por 
la baja reciente del henequén ó la diminución en 3 9 7o del 
valor de la plata, que era la principal exportación del país, y 
cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran antes 
de la dictadura. — Instintivamente habréis comparado como yo 
esos guarismos totales á los correspondientes entre nosotros. 
Si prolongara el paralelo sería todavía más instructivo. Aun 
teniendo en cuenta el valor bastante superior de la moneda, 
esos guarismos son inferiores á los nuestros. Méjico consti- 
tuye uno de los territorios más ricos del mundo, y su pobla- 
ción alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora bien, entre 
esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este 
dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia, 
de la dictadura, del estado general del país ~ y hasta de esa 
singular ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque pro- 
ducen y gastan proporcionalmente menos que la mayoría de 
los pueblos americanos. — No me cansaré de insistir en la 
importancia de este doble dato demográfico correlativo en las 
regiones hispano-americanas : las cifras absolutas del elemento 
europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del resto. 
La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por 
una parte ; la ausencia de grupo indígena compacto : he ahí 
la doble condición del progreso americano. La raza inferior 
autóctona es un obstáculo tanto más poderoso, cuanto más 
numerosa y relativamente « civilizada » haya sido al tiempo 
de la conquista y durante la era colonial. « No se pone vino 
nuevo en odres viejos ». La palabra de Cristo significaba que 



DEMOCRACIAS AMERICANAS aog 

los judíos estaban más distantes del cristianismo que los gen- 
tiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta exac- 
titud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados 
de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, va- 
garan más de « cuarenta años » en el desierto bárbaro antes 
de divisar la plena civilización. Las únicas naciones que no 
han pactado con el indígena, que lo han barrido al desierto 
donde se extingue lentamente, son las extremas del continente. 
Con instrumentos y resultados todavía muy desiguales, han 
asumido ó asumirán la hegemonía — repitamos lo que es 
bueno repetir — de su respectivo grupo continental, reali- 
zando á despecho del anticuado criollismo lugareño el tras- 
plante de la civilización europea en América. 

Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi « alcoba » , 
miro pasar, desde la camilla del Pullman, el grato y reposado 
paisaje mejicano. La campaña está densamente poblada ; por 
todas partes los dorados trigales cubren el suelo, prolongando 
los setos de sus límites hasta el esfumado horizonte, y la ru- 
bia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso y 
rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45 ; es 
el « plan » americano que se inicia., El almuerzo, de cinco ó seis 
platos regados con té, al levantarse ; la comida, muy parecida, 
á la una ; por fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No 
se consigue nada en los intervalos : el viajero no come cuando 
tiene apetito ; debe tener apetito cuando es hora de comer. 
Hasta para el estómago es el viaje una provechosa disciplina : 
el déspota de la vida regalada pronto se vuelve un esclavo 
obediente y elástico ; y nunca me he sentido más sano que 
bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el 
humor anda al compás del estómago ; fuera de algunas rachas 

i4 



a 10 DEL PLATA AL NIÁGARA 

inevitables de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi ale- 
gre. Mens sana in cor por e sano. La sola satisfacción de ver, 
estudiar, comprender aspectos nuevos del universo, llena to- 
das las horas de cada día. He escrito en mi cartera, leo y 
practico con la posible exactitud esta máxima profundamente 
filosófica : «Es inútil irritarse contra las cosas... » Ahora 
bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos, los 
waiters negros ó yankees, — y agregad una docena de etc. , — 
son «cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis mo- 
dificar en lo más mínimo. Una vez clavada esta idea racional 
en el cerebro, todo marcha á maravilla. Estoy seguro — y satis- 
fecho — de haber dejado en todas partes una impresión de bo- 
nachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada, cada « hote- 
lero )) ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros este 
certificado de buena conducta y exactísima filiación : « viajero 
español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador». 

De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos, 
hay dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La 
cinta es un poco larga, sobre todo mientras se cruza los de- 
siertos y médanos de Zacatecas y Durango. Tengo la impre- 
sión de la travesía entre el Recreo y Frías ; pero falta la 
charla délas estaciones, y el conductor que solía allá dar la 
orden de marcha con esta fórmula desprovista de severidad : 
« Cuando guste, don Pablo. . . » 

El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco 
de sus montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el 
tren atraviesa la región de los minerales famosos ; los ramales 
se destacan para Sierra Mojada, donde cinco ó seis grandes 
compañías explotan la plata. 

Los ingenios de Santa EulaHa se yerguen en la áspera se- 
rranía, acribillada de negras bocas de minas; y entre el velo 



DEMOCRACIAS AMERICANAS an 

azul del crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua 
se proyectan en la falda, dominando la torre cuadrada de la 
Moneda, que fué cárcel del patriota Hidalgo. Á la mañana 
siguiente se llega á Ciudad Juárez, última población meji- 
cana, separada de Paso del Norte por el río Grande : cambio 
de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita merced á 
las agencias. 

Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río, 
presentan inmediatamente la exacta medida del contraste 
sociológico entre los dos países : á pesar de su antigüe- 
dad, la población mejicana, soñolienta y estacionaria, ha 
quedado como un arrabal de la americana nacida ayer. Cru- 
zamos el río Grande ; llegamos ala estación del Paso, donde 
estaremos dos horas, esperando el tren de la Southern Paci- 
fic, para los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmen- 
so mail-coach tirado por cuatro magníficos tordillos perchero- 
nes : calles con alamedas, cottages flamantes con techo de 
listones, residencias de ladrillo rojo con la gradería central y 
suparche de césped; una gran charch gótica que aplasta la ve- 
cina iglesia católica ; biiggies manejados por muchachas ru- 
bias; anuncios, carteles ciclópeos. En el Hotel Pierson, donde 
almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de 
bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á ma- 
no limpia, con un diario por delante. Miro por la ventana ; 
la casa de enfrente tiene una escalera recta con un anuncio 
patético por través de cada grada. Primer escalón : Have yoa 
afamily? — segundo: God hless yoar family ! etc., etc., 
hasta el piso superior. ^ Quién hisopea así á mi familia lejana 
con tan sentida bendición ? Es una compañía de seguros. No 
hay duda posible ¡ estoy en los dominios del tio Sam ! 



DEL PLATA AL NIÁGARA 



En el umbral yankee 

Experimento una sensación extraña, del todo nueva para 
mí; es sin duda sincera y espontánea, puesto que la encuentro 
apuntada en mi cartera, en el momento mismo de haberse 
producido. Más exactamente : percibo una sensación funda- 
mental á la cual se juntan dos ó tres secundarias ; del propio 
modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis el 
séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vi- 
bran en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secun- 
darias — para despacharlas de una vez — son meramente per- 
sonales ; el cambio brusco de la lengua y de los hábitos cen- 
tuplica al pronto la distancia: para mí, entre El Paso y Ciu- 
dad Juárez, no media la estrechez del río fronterizo, sino la 
inmensidad moral de un océano. Durante meses, como una 
astilla flotante sóbrelas olas, paréceme que voy á ser traque- 
teado por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias. 
Tendré que amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosa- 
mente un texto casi del todo desconocido; balbucear con es- 
fuerzo permanente una lengua que no es la nativa, ni la que 
me he asimilado sin trabajo durante la fácil y elástica juven- 
tud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la tensión fati- 
gosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua, prose- 
guida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención, 
no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión, 
á cada palabra, á cada giro extraño, para comprender y ha- 
cerme entender. Me incorporo á una columna en marcha, 
lanzada á galope tendido por la llanura inmensa ¡ y monto 
un caballo maneado ! . . . 



DEMOCRACIAS AMERICANAS si3 

Y como en el acorde armónico, — ¡ oh ! en modo menor, 
no hay que dudarlo, — otras previsiones debilitantes y depre- 
sivas se suceden en mi imaginación. Ese mundo donde pe- 
netro, no es solamente extraño y nuevo : lo presiento hostil, 
antipático á mis gustos incurables de desterrado artista soña- 
dor, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte años 
de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo 
desorientado en el París cosmopolita y frivolo de la « ribera 
derecha », de los bulevares y del Fígaro ¿qué vengo á ver en 
este reino del industrialismo, déla fuerza brutal, de la vulgar 
democracia y de la fealdad ? El sordo acorde de las notas de- 
presivas continúa así, durante algunos minutos ; me siento 
desalentado, abrumado, « muy chiquito », y me arrincono 
en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la 
banqueta y desaparecer como en su concha el caracol... 

Pero la reacción se produce muy pronto : la nota funda- 
mental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente 
todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se dejaoir. — El mundo 
actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares, 
una de sus « épocas » históricas. Magnus sxclorum nascitur 
ordo. Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales, 
desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree pro- 
ducir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta 
negar el proceso inminente para que se difiera por una 
hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna 
ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo : du- 
rante la centuria de sudolorosa gestación, ha vagado por la 
tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar 
del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la 
Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota y 
tradicional... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado 1 



3i4 DEL PLATA AL NIÁGARA 

El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble 
Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos. 
Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra : 
una constelación reciente fulgura en el firmamento ; y he 
aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo 
predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagra- 
ción. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario, 
ni profiramos la blasfemia farisaica, diciendo del recién veni- 
do : (( ¿ No es ese el hijo del carpintero ? » Pues, en verdad os 
digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro 
de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la 
joven América inaugura la novísima etapa de la errante y 
siempre ascendente humanidad. 

Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso compren- 
derla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuan- 
do ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la 
decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa 
autonomía. ¿ Y renunciaría á este beneficio inapreciable, 
malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre 
mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y ne- 
gativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y 
pertenezco á una raza más fina y artística ? No, seguramen- 
te : tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no 
será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas, 
la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Goethe, un 
alma nueva á mi alma latina ; y, además de la lengua que 
es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo 
que surge, cual otra Délos flotante, á la superficie de la civi- 
lización. 

Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades; 
pero más con el objeto de observarlas como síntomas exter- 



DEMOCRACIAS AMERICANAS ai5 

nos, que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez 
veces, de su agrupación material. — El libro de James Bryce, 
admirable análisis del organismo político, quedará probable- 
mente definitivo para veinte ó treinta años : aunque se tuviera 
para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo. 
Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura polí- 
tica y del enorme laboratorio material délos Estados Unidos, 
es el principio director, el primum movens, la célula vivifi- 
cante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra 
breve, el alma yankee (i). Iré á todas partes, viviré con ellos 
en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas, 
en los templos, en los talleres ; me sentaré á su lado en el 
hogar, — y aquí es, sin duda, donde más aprenderé ; — ha- 
blaré con los hombres, las mujeres y los niños : me haré uno 
de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeti- 
ciones ó contradicciones ; todo lo recordaré y expresaré inge- 
nuamente : el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo 
grotesco y lo magnífico ; y después, tal vez me sea dado po- 
seer la energía y la amplitud intelectual bastantes para en- 
sayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma 
dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica 
y agita la mole colosal. 

i Oh ! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre 
todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con 
mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no 
se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contacto 

(i) Sabe todo el mundo que este adjetivo, además de ser un apodo familiar, 
no tiene ya exactitud local; pero, al adoptarlo en Sud-América hemos ensancha- 
do su significación. Lo usaré, pues, como abreviación cómoda, aplicándolo indi- 
ferentemente á los Estados deleste y del oeste, é incurriendo á sabiendas en el 
traspié de cierto presidente sud-americano que encabezaba así su discurso de 
recepción de un ministro : « Venís como representante del gran pueblo yankee. . .» 



ai6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

diario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero de- 
jaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momen- 
tos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta 
creo posible que esas pinturas ab ir ato resulten menos flojas y 
desteñidas que otras mías, a El arte, decía Delacroix, es la 
exageración. » Entonces, el rayo visual llegará al objeto — 
ó vice- versa, si preferís — pasando por el lente de la pasión ; 
nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con ex- 
cesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obs- 
tante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se pro- 
ducirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El 
corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora 
bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo ; 
Garlyle ha dicho esa palabra profunda (i). Con el querer 
agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo 
malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de so- 
lemne y casi divino. Gomo lo dice el título mismo de una 
obra monumental, que seguirá estudiándose después que to- 
das las de Spencer hayan sido substituidas : el mundo no es 
únicamente una « representación » , es también una « volun - 
tad )). Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pa- 
sado á manos del pueblo de los Estados Unidos... 

Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al 
pisar los umbrales del tío Sam. 



(i) On héroes: To know a thing, what we can cali knowing, a man must first ¡ove 
ihe thing, sympathize with it. 



CALIFORNIA 



Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico 
y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despe- 
cho del /)ií¿f atronador alzado por los diarios y guías, de los 
ferrocarriles de explotación y las agencias territoriales ídem, 
que de consuno multiplican los gigantescos reclamos, este 
pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni 
habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El 
«lanzamiento» ó 6oomm^ del extremo sudoeste se presenta 
tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y 
sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas 
«esperanzas » para el lejano porvenir. Ni la conquista yan- 
kee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado 
modificar el aspecto del invencible desierto que, para el via- 
jero, se presenta siempre como una mera prolongación de 
los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora. 

Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado 
la grita que levantó el partido nacional contra los « afrance- 
sados )) de Maximiliano, al solo anuncio déla cesión de Sonora, 
consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, el 



3i8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

regalo era mediocre. A trueque de la posesión inútil y precaria 
de una estación naval en el callejón sin salida del golfo cali- 
forniano, Francia hubiese adquirido, además de algunas 
minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de 
explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que 
exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han 
aplacado á nuestro respecto ; después de treinta años transcu- 
rridos, suelen hablar aún con amargura de la « avidez fran- 
cesa )). En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal in- 
vasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en 
poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza 
ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de 
Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del 
Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con 
saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta 
doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar a por persuasión » . 
Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del pode- 
roso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de 
Bretaña — ó de Polonia — y no esperan sino la ocasión de 
otro congreso pan- (y circenses) americano, para expresar su 
cumplida aquiescencia. ^ Quién dijo que á la cazada liebre 
poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el caza- 
dor ? ¡ Error profundo ! Los mexicanos quieren la salsa yan- 
kee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien, 
sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos, 
serán servidos á su paladar... 

Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el 
sudoeste, y del Arizona (Árida zona ¡admirable bautismo !) 
que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos 
desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos 
brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cual 



CALIFORNIA aig 

haces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la hu- 
medad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo 
de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan 
una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Ga- 
tamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso 
durante leguas y leguas : ningún vestigio de vida animal ó 
vegetal que no sea aquella maleza descolorida — ni una man- 
cha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías 
de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina 
reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totora - 
lejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende 
y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un 
insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz 
sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo me- 
tálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propicia- 
toria que bien pudiera ser la oración ad petendam plaviam . \ Oh 
sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca 
que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gér- 
menes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la 
memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de 
Asís al agua próvida, fecunda y casta... ¡ Qué bien se con- 
cibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los 
arroyos cristalinos ! ¡ Cómo se comprende que las tribus nó- 
mades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bien- 
hechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego, 
el principio de la vida universal ! 

Varias compañías americanas han acometido la empresa 
de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútil- 
mente esta región. La solución teórica del problema es tan 
sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie 
dudoso que á la larga el Arizona « pagaría » , como aquí se 



aao DEL PLATA AL NIÁGARA 

dice; pero ¿cuándo? That is the questíon. En estos países 
nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los 
grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de 
los resultados á plazos largos. No hay que contar con el 
apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía. 
¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje 
con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración 
no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le 
costó su reelección : ya no se trata de discurrir el mejor em- 
pleo de los superávit ni de conjurar el peligro de la obstruc- 
ción metálica. — Por otra parte, estos lejanos territorios, 
que no han sido aún incorporados á la Unión federal, repre- 
sentan casi el extranjero... Ahora bien, es un error pensar 
que los yankees tengan grandes capitales disponibles para 
empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrum- 
pido, después de languidecer dos años á la espera de los 
medios que no han llegado ; ninguna línea férrea valiosa de 
Méjico se encuentra en manos americanas ; y en cuanto á sus 
obras importantes en el Perú, sabido es que se han prose- 
guido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir, 
con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital 
expansivo — como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr 
ingenuamente las peores aventuras ! . . . 

De trecho en trecho, una minúscula estación en este de- 
sierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancó- 
lico. ¿Quiénes el náufrago de la vida ó el incurable forjador 
de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del 
Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas, 
para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada 
soledad ? — Y con todo, tal es la savia exuberante del orga- 
nismo americano, que desde su centro irradia al punto más 



CALIFORNIA. aai 

extremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo ca- 
vado por la Compañía del Southern Pacific Railroad : en 
torno de la casilla de « pintado pino», juguete nuevo que no 
ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen al- 
gunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capu- 
chinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas 
de abeto ; pavos y gallinas pecorean acá y allá ; una cabra 
retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de 
billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina, 
se entreven muebles de /)i7c/i jome, esteras, un rocking-chair, 
diarios y magazines sobre una mesa : todo ello arreglado, 
sacudido, deslumbrante de orden y aseo — ¡ la virtud na- 
cional ! — pronto para recibir á cualquier hora las visitas 
que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco de- 
lantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones, 
levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el 
maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas 
y exclamaciones. Es su única échappée diaria sobre el mundo 
exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga 
brutalmente la charla amistosa : «Vamos... ¡ hasta la vista! 
Good hye, Mrs. Paine ! » El tren se escurre, y hasta ma- 
ñana quedará cerrado el paréntesis. Estos han traído la boca- 
nada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de 
San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse 
vivir. 

Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve 
á ser presa del desierto incomensurable. Pero la compañera 
fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que 
las enredaderas y el césped sus cercanías. Gomo un faro en 
el mar, estrella la obscuridad la lámpara del home humilde, 
donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silen- 



aaa DEL PLATA AL NIÁGARA 

cío ritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los ni- 
ños dormidos. — Más allá de Bowie, en el desierto siem- 
pre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y 
encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestro car : 
se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blan- 
cos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de du- 
razno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque 
proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de 
la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de 
la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me 
alejo con el pesar de no abrazarlas. . . 

Se tiene ahí. no hay que dudarlo, una manifestación, elo- 
cuente en su pequenez, de esa energía sajona que el yankee 
puro ha heredado y conservado sin degeneración . Allí aparece 
desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el 
mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más leja- 
nos y desafiando todos los climas : es la raza colonizadora por 
excelencia, porque adondequiera transporta consigo el don 
precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y 
sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cor- 
dial inagotable de una religión que no vive del culto externo 
sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civi- 
lización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza 
como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que 
luego encontraré — y que eran ayer lo que esto es hoy. 
Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta 
dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de 
nuestras provincias argentinas ; recuerdo cinco ó seis entre 
Quilino y Frías, todas parecidas entre sí : en que el empleado, 
joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su 
leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ó 



CALIFORNIA aaS 

tres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde 
dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una pa- 
rranda con chinas abrutadas. . . No es por arriba sino por abajo 
que los pueblos se clasifican mejor : no por el estrecho vértice 
de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes, 
salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular 
que soporta el edificio entero. 

Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entre- 
vistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo 
medio social son tan afligen tes como su paisaje. Nuestro 
Pullman-car está obstruido con maletas y equipajes de formas 
tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus due- 
ños : dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y 
demás gentecita rural de Tejas ; visten arreos pintorescos 
y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Uni- 
dos — digamos los collas de la frontera jujeña, para hacer- 
nos entender — pero unos rústicos que no sospecharan el 
encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus 
botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en 
todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mas- 
can ; los que han dejado el chewing nacional apestan el fu- 
madero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada 
rato para absorber grandes vasos de agua helada. No en- 
tiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con los waiters 
negros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa 
á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del Engineer. 
— Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más 
allá. El hombre del pueblo — sobre todo el odioso negro que 
se aprende á detestar en razón directa de su insolencia — no 
quiere entender, salvo en caso de propina, más que su slang 
gangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ó 



334 DEL PLATA AL NIÁGARA 

fórmulas locales : imaginaos á nuestros cocheros parisienses 
ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros 
en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto 
al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me 
temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los 
negros ni á los hoys de las aceras. 

Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo 
que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme 
á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe 
debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un 
departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama 
otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos 
vascos españoles ; el común aprieto nos ha aproximado ins- 
tintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad 
sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y nava- 
rras : Gayarre, Aramburu, — sobre todo los famosos pelotaris 
que han valido más que cien agencias de emigración en 
esas provincias : el Manco, Elicegui, el Chiquito, y ese terrible 
Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala. 

Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar 
su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de nego- 
cio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran 
vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su 
vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los 
Pirineos. 

Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en 
las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para 
todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada, 
y su brincadora agilidad de gamuza pirenaica. Han logrado 
lo que buscaban — tener dinero — porque han sabido no 
querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el camino 



CALIFORNIA aa5 

recto. — En tanto que otros soñadores vienen á América tras 
del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, na- 
turalmente, antes de alcanzar su ilusión : los que han 
nacido para emigrar — los vascos, en primera fila — prospe- 
ran casi siempre en la emigración. ¡ Bah ! la vida no merece 
tantos desvelos ! Todo acaba en lo mismo ; concluida la 
jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y 
malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos 
en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el 
poder, — y lo que llamamos arte, que no es sino una conven- 
ción; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso 
adelante en un callejón sin salida. Omnia vanitas. Empren- 
demos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte. 
¿ Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde 
el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado, 
bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa, 
con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en 
el mesón ; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, sabo- 
reando la excursión como un paseo, gozando con los acci- 
dentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar 
con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?... 
Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los 
cuarenta años ; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é 
ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí 
una segunda patria, — lo compruebo al oirle hablar de Buenos 
Aires y Montevideo como de un emporio vascongado, — 
llevando consigo y conservando siempre su frescura simpá- 
tica y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es 
un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble, 
tranquilo como un buey de labor, bueno « como un pedazo 
de pan » según el dicho campesino ; y así como el clima de 

i5 



aa6 DEL PLATA AL NIÁGARA 

las Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alte- 
rado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna 
le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida, 
él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de 
la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual 
de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor 
conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se des- 
lizan sin sentir. . . 

Su compañero, don Esteban, es menos atrayente : averiado, 
temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contra- 
decir con la mano mientras el asma le sacude, ha barni- 
zado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia ce- 
rril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda 
sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don 
Pedro á fuerza de cansarle ; también le da cierto prestigio 
actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace 
treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que, 
por otra parte, pronuncia como una « vasca » española. No 
sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual auto- 
ridad ; y ¡ abusa de su derecho ! — Después de toser, es su 
principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo. 
Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha 
en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo 
le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en el smoking - 
room, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos 
¡ recuerdo personal del propio fabricante ! Pero don Esteban 
se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos 
traspiés, que nadie recordaba : « Tenía Yd. razón : el que ase- 
sinaron en el teatro no fué Grant, sino el a general » Lincoln» . 
Y en el acto vuelve á entrar en liza : « ¡ Qué hombre, ese 
Hernán Cortés ! Guando pienso que fué por aquí á fundar á 



CALIFORNIA 



337 



San Francisco ! » — Entonces, sobre todo, es cuando tengo 
ganas de mandarle á Bilbao ! — Por lo demás, es buen 
hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me cos- 
tará mucho soportarle hasta San Francisco, — fundado por 
Cortés, — donde nos separaremos con grandes apretones. 
Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día 
tuve el candor de rectificar sus sandeces : era la guerra 
declarada. — Cualquiera discusión es inútil, pero la que 
aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel. 
¿A qué emprender gratuitamente la educación de aquel 
transeúnte que no sacará de ello provecho alguno y al 
contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado 
una vez — hace una docena de años — porque en una mesa 
redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había 
hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo : 
era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡ Cuánto más satisfe- 
cho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear, 
hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés 
corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y 
especialmente de Tucumán ¡ que apenas conozco ! Era el más 
fantástico de sus honiments profesionales : no he protestado, 
me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la 
bola — ni siquiera Tucumán. 

El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso 
que nos aproximamos al extremo oeste ; ya verdean algunos 
matorrales v parches de hierba en las depresiones del suelo ; 
de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores ; una 
vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente 
la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la 
frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra 
delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos 



aa8 DEL PLATA AL NIÁGARA 

ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una 
mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la 
Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un 
almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura 
— todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos 
indios apaches — ¿he last of the Mohicans ! — arrollados en 
un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios ca- 
yendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos, 
seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un le- 
ñador en un tronco de hickory, vienen á vender arcos y flechas 
que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada 
mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada 
con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina 
de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus 
ojuelos de lagartija — y, como la mañana, también aquí con- 
serva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é in- 
consciencia, — ¡ estoy por encontrar casi bonitos esos ma- 
moncitos apaches ! 

Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiar- 
nos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil de- 
senredar lo que quiere decir el venerable anciano con su re- 
chinamiento agudo y como resinoso. Guando don Esteban 
arroja un grito — seguido al punto de un violento ataque de 
tos i en la carraspera del crincrín ha reconocido el canto de 
las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el cápela gorria 
lo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de an- 
tiguo escalpador... ¿ Por medio de qué avalar misterioso, de 
qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento 
de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza califor- 
niano ? Tal es el a secreto de la sabana » que nuestro compa- 
ñero procura vanamente arrancar al curtido minstrel, quien. 



CALIFORNIA aag 

completamente embrutecido, sordo además como una colec- 
ción de tapias arizonas, contesta invariablemente : yes, sir, 
á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las 
monedas de diez cents, sin detener su arco las coge con sus 
labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Es- 
teban protesta con solemnidad — / Dehryan bisaya ! — que el 
viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto 
vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica 
el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don 
Garlos; por fin, desaliando el asma que le acecha, se resuelve 
á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de 
cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el com- 
pás, se pone á cantar: 

Don Carlos gureá, 
Don Carlos maiteá! 
Ay, ay, ay, mutilac, 
Capelac gorriac!... 

Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese im- 
provisado dúo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto 
cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida to- 
dos los sufragios : viajeros yankees y mejicanos, waiters y 
guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecu- 
tantes igualmente poseídos de su papel, — y hasta me parece 
que los indios presentes tuviesen ganas de sonreír por vez pri- 
mera de su vida. 

Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha, 
desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida 
esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado 
en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sa- 
chém por el gran Manitú : « / No era este don Carlos, sino et 



a3o DEL PLATA AL NIÁGARA 

abuelo ! » Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso 
de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del 
cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y 
viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de 
circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y 
me quejaba ¡ingrato! de que fuese tedioso el camarada 
aquél ! 

La pingüe y fértil California del sud comienza á des- 
arrollarse blandamente entre dos hileras de colinas ; corremos 
á lo largo de un vasto cañón, teniendo á San Bernardino Range 
á la derecha y á San Jacinto á la izquierda, con la cornisa inter- 
mitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda 
verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros 
ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de 
viñas, praderas y follajes. Los cottages rojos y blancos, las 
villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques 
y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de 
riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintores- 
ca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bí- 
blico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas 
del viejo mundo que se juntan aquí : las de la cuna europea, 
militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados 
los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el 
pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomen- 
surable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un 
vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas. 
Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el te- 
rritorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el ob- 
servador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia 
que protesta en nombre de la justicia absoluta y del ((impera- 
tivo categórico » , para reconocer que la virtud del esfuerzo 



CALIFORNIA a3i 

laborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en 
cierto modo la conquista violenta. — Y es fuerza repetirse, 
para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta 
risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa 
comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples as- 
pectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en 
otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda, 
cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion 
ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las mara- 
villas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales, 
de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para 
diez siglos el propio desarrollo de un continente indepen- 
diente y completo. 

Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi 
augusta de una entrada en el vasto Ganaán de la nueva pro- 
mesa. — El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea 
habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una 
escuela de virtud» (i). Ahora comprendo lo que ha signifi- 
cado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé 
qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho ; una salve 
íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis 
labios, derramándose como una bendición sobre este recupe- 
rado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia 
caricia déla mañana estival. Desnuda de historia, sin el pres- 
tigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibe- 
les occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de 
su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano: 
por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia 
y venturosa plenitud. 

(i) Taine, Histoire de la littératare anglaise, II, vi. 



33a DEL PLATA AL NIÁGARA 

Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas 
clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente. 
Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos, 
lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos 
y embarcaderos, j aspean de islotes rojos y blancos el archi- 
piélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea, 
ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á 
partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apar- 
taderos de la línea — y es tal el hacinamiento, que por la vista 
sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ci- 
ruelas y melones — hasta de esas deliciosas naranjitas sin se- 
milla (seedless) que aquí se apellidan Washington Navel, aun- 
que la variedad haya sido importada de Bahía (i). 

En Golton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer 
y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan 
las dos grandes líneas del Southern Pacific y del California 
S. Railroad. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso 
valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia 
el litoral de winter resorts y sitios balnearios, y cuya cabeza 
de distrito se divisa á tres millas por el norte ; produce algu- 
nos de los mejores y más famosos vinos de California; de 
aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas 
que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Uni- 
dos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus 
altas chimeneas empenachadas : la sola Colton Company em- 
plea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4ooo 



(i) Sabido esque este procedimiento anexionista es aquí de regla general. Ya 
se trate de un manjar ó de una comedia, todo lo que penetra en los Estados es 
de buena presa : ingenua y seriamente se declaran herederos naturales del 
mundo entero. ¡Hasta la Marseillaise y el Godsavethe queen, disfrazados con pa- 
labras yankees, forman parte de sus National war songsl 



CALIFORNIA a33 

cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naran- 
jos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de 
la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena 
tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo, 
ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del 
pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes, 
las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico 
suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde 
llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas 
después : Ontario con su colosal avenida de palmeras y na- 
ranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel 
y sus limoneros ; Santa Anita sembrada de ranchos, donde 
una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000 
acres de viñedos — poco más ó menos la superficie total de 
caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá, 
en medio de los sonoros nombres mejicanos — de tal suerte 
estropeados que los desconocerían sus propios padres, — la 
fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este an- 
tiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos 
mitológicos : Arcadia, Hesperia, Pomona, etc. ; y no resulta 
la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos 
¡ tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el am- 
biente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor! 



Los Ángeles. 

Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en 
Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del inde- 
leble origen criollo y del invencible encanto español. Esta 
impresión inequívoca — que sentiré en el mismo San Fran- 



a34 DEL PLATA AL NIÁGARA 

cisco — no está sugerida solamente por los nombres de algu- 
nos sitios y familias. A cada instante se descubren en los arra- 
bales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales 
y hasta sociales de la antigua población : por ejemplo, en 
el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo, 
criollos mejicanos los que están engullendo tamales, ó zanga- 
rreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias 
Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan 
cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta 
anual de la « tribu » Delvalle es una solemnidad famosa en 
toda la California ; aquí los « notables » de ayer figuran 
todavía entre los prominent de hoy... 

Pero no son masque vestigios. La antigua misión de la 
(( Reina de los Angeles » , que el comandante Frémont tomó 
sin combate en 1847, no ^^^ ^^^^ ^^^^ pobre aldea de dos mil 
indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuida- 
ban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arro- 
yos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 ha- 
bitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso 
data de los últimos años : en 1880, no había triplicado aún 
la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción. 
No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas 
del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos 
edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos 
los órganos materiales y morales que constituyen, ne varie- 
tur, el progreso entendido á la yankee. — Ya encontramos 
en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus 
pintorescas residencias y chalets de hay window y gradería 
exterior; los enormes huildings de ocho á quince pisos con 
fachada de columbario ; los bancos pseudogriegos y templos 
neogóticos, — toda la fabricación al por mayor de la « arquite- 



CALIFORNIA a35 



chería» americana. Desde la California hasta el Massachu- 
sets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza 
decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis 
reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura 
material, desde el Ma^o«/c Temple hasta el hotel mammo//i con 
sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la 
vida urbana, los mismos accidentes del grupo social : escuelas, 
teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco 
cents, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica re- 
corta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad 
yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento 
diferencial que el costo y el tamaño — es decir la cantidad. 
Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un 
pedazo de Filadelfia, Gincinnati una mitad de Chicago. Hay 
más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la 
reciente Sión de los mormones : por tanto, mayor número 
de manzanas edificadas, — pero, mutatis mutandis, las cons- 
trucciones públicas y privadas son tan parecidas en una y 
otra, por dentro y por fuera, como el New York Herald al Chi~ 
cago Herald, como el policeman de capote gris y casco de 
punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al poli- 
ceman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción 
urbana está vaciada en un solo molde : fuera de los sitios na- 
turales, los Estados Unidos son un monstruoso cliché. De ahí 
el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y 
uniforme para el turista superficial, que vaga de calle en calle 
y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En 
Europa, las cosas son más interesantes que los hombres; 
acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho, 
en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo, 
en proporción de su enorme magnitud — como ha sucedido 



336 DEL PLATA AL NIÁGARA 

en el mundo orgánico; — la obra provisional es inferior al 
obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en 
cuanto sea indicio documentarlo y síntoma del espíritu que la 
realiza — y por esto, precisamente, la mayor parte de las 
Impresiones de tanto commis voyageiir de la literatura se 
extasían con exceso ante los colosales montones de hierro 
y ladrillo : celebran el volumen prodigioso del banco de co- 
ral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo le- 
vanta sin tregua en el seno del mar. — Procuraré emplear 
otro procedimiento ; y, desde luego, pienso que me fastidiaré 
muy poco en esta pretendida patria del fastidio. 

En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva des- 
pide una como alegría infantil. Yago por las anchas aveni- 
das que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos 
rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar 
mi atención : mujeres en bicicleta ó conduciendo buggies, 
pregoneros y sandwichmen exhibiendo reclamos, procesiones 
cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y 
fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo — y donde quiera 
el roce brutal de la muchedumbre qpe nos codea, maltrata y 
lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paqui- 
dermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, apoco 
andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la com- 
placencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado, 
un transeúnte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras 
preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas 
las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por 
dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios 
centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á 
pocas millas. Las aceras rebosan de transeúntes, hombres y 
mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquina 



CAUFORNIA 337 

de North Main y Arcadia street, miro pasar en una cencerrada 
carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía 
del Ejército de Salvación, guiada por una tía colorado ta, y 
seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un 
viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica... 

Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren 
para San Francisco. En Spring street, delante de un Concert 
Hall, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisie- 
ron acompañarme al Jardín Zoológico — una maravilla de 
plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el 
restauran! Nadaud y corría el albur de un champagne cali- 
forniano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban 
se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le reco- 
mendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado 
al fin con un dining-room dependiente de una sociedad de 
templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro 
á guisa de valdepeñas ; quédale el consuelo de afirmarme que 
(( lo sabía », como el Pontsablé de Madame Favart. — Aquí 
nos alcanza de nuevo el destacamento del Salvation Army, 
siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la 
pequeña representación bajo la luz eléctrica del Hall pecami- 
noso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por 
las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie 
con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca ; 
por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con 
acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una 
(( Miss Helyett)), llena de costurones escrofulosos, un número 
de su periódico : un bodrio de declamaciones añejas mezcla- 
das con reclamos infantiles, en prosa y verso, — el Apocalip- 
sis de Bertoldo. | Se cree soñar recordando que el conocido 
sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escu- 



238 DEL PLATA AL NIÁGARA 

diJla, se llena con los cuartos del grueso público, y que esas 
comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el 
mundo sus farándulas bufas, con un presupuesto de cinco 6 
seis millones de doUars ! — Don Esteban, que no pierde la 
ocasión de instruirme, me desliza al oído : / Son espiritistas f 
Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma 
el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad 
que posee la doble vista, pues sin duda ve bailar al son de la 
guitarra todas las mesas redondas del vecino Hall... 

El paisaje del día siguiente, sin carecer de a belleza econó- 
mica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. El 
cañón se ensancha ahora en una vasta llanura que ondula 
hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y los 
ranchos de ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En 
cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con 
canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campes- 
tre y anuncian la aproximación de la Qiieen City del Pacífico. 
A la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las ca- 
ñadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado 
raya de negro el claro horizonte : de repente, á una milla del 
tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminable- 
mente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, mon- 
tones de casillas y cobertizos que no representan aún sino 
una « nebulosa )) del futuro arrabal. Un enorme ferry-boat 
toma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles, 
de carros enganchados, de rotisseriesy saloons, de mesas y ban- 
cos donde se apila el cargamento humano que no queda en los 
coches. Después de veinte minutos de travesía y viento he- 
lado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se 
suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la in- 
fernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineados 



CALIFORNIA aSg 

contra la pared, aullan infatigablenaente los nombres de sus 
hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente de Express 
nos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje; 
pronunciamos : Palace Hotel, y asunto concluido. Nos diri- 
giremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer 
descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros 
cuartos. 

Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han 
resuelto con superioridad práctica este problema: tener los 
mejores hoteles y trenes del mundo — the hest in the world — 
y sobre todo, suprimir el enojo de los impedimenta, esas ba- 
tallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en 
otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero. 



San Francisco. 

De mis quince días de estancia en San Francisco — la 
verdad ante todo, aunque sea vergonzosa, — la gran impresión 
que queda dominante y persistente es la del bienestar físico. 
Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos 
Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso, 
de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de 
Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Vera- 
cruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio con- 
fortable y el lujo flamante del Palace Hotel, con su desplie- 
gue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices 
claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua 
á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa 
central : Clean hands andpure heart .'Y todo ello, en el ambiente 
tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en esteprinci- 



34o DEL PLATA AL NIÁGARA 

pió del verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado 
humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de 
independencia y libre aventura, tan oxigenada como la físi- 
ca... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la 
naturaleza, ni la historia, ni la poesía : pero en este Frisco 
bullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á la gue- 
nille burguesa — al casco material ¡ qué bien necesitaba de 
este calafateo y carenaje ! 

¡ La juventud ! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí 
parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los 
actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida 
población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en espe- 
ranzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado 
y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello, 
en vez de la pesadez maciza y del boasting grosero de Chicago, 
no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador con- 
fiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado 
llamándose placer. No necesito reseñar esa historia fantástica 
del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo 
comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya 
en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poé- 
tico colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas bata- 
llas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á 
sus grupos violentos de argonautas californianos ; además, 
cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de 
la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez 
años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco 
partes del mundo : europeos, asiáticos, polinesios, americanos 
delsud, squatters é indios de las praderas, todos los desespera- 
dos de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea 
tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo, 



CALIFORNIA. a4i 

como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva 
que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opu- 
lenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la 
comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La 
California actual es el triunfo de la civilización americana y la 
prueba más acabada de su incomparable potencia plástica. 
El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimi- 
larse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos 
vecinos de Market street recuerdan aún, y convertirlo en el 
San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magni- 
ficencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y cole- 
gios — de moralidad igual, si no superior, ala de las ciudades 
del Este, fundadas por puritanos y cuákeros — merécela admi- 
ración y el respeto del mundo. 

Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras 
capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é 
invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su es- 
pecial origen y pintoresca situación : algo de exotismo orien- 
tal recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón 
que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios 
mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro {Golden Gafé) 
a China Basin, los blocks regulares, parcial ó completa- 
mente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como 
en Valparaíso ; los tranvías suben y bajan las mismas pen- 
dientes antes surcadas por las arrias de muías con sus 
cargas de provisiones ó mineral ; el hooming convulsivo ha 
logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías 
de Golden Gate Park y el Hipódromo, pero los « huecos » 
agrestes abundan, obstruidos de viejos ranchos mejicanos, 
y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólico 
to let que llama en vano al transeúnte. Más que Chicago, 

i6 



a4a DEL PLATA AL NIÁGARA 

Kansas City y otras « ciudades hongos )> (mushroom cides) del 
Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento 
que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen 
el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora 
mismo se inicia el krach de la plata, cuyas consecuencias 
generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse 
ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclis- 
mos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo an- 
tagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferen- 
cia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó 
industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar re- 
medio en la colonización agrícola y el incremento del inter- 
cambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico 
monetario de estos días pasados (junio de 1898) parece ha- 
berse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad 
del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor 
dicho, la conversión y los pagos en oro ; pero las fábricas y 
haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algu- 
nas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á 
restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta 
prueba la Cahfornia robusta y juvenil. 

En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que 
revele el malestar interno. Este magnífico Palace Hotel, 
que cubre una media manzana — en el propio lugar donde, 
hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela 
con el revólver al cinto venían á comer su bacon and beans , 
— tiene ocupados sus centenares de cuartos ; y sus rápidos 
ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de hués- 
pedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran 
ceremonia para la comida : los hombres de frac, las señoras 
rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison. 



CALIFORNIA 343 



A la tarde, en el espléndido Golden Gate Park hormiguean 
los carruajes y caballos de raza ; la elegante concurrencia 
se derrama en las avenidas ; señoras y niños forman vasto 
círculo á una excelente banda de música que, en este mo- 
mento, ejecuta una selección de Mignon ; casi todas las jó- 
venes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el 
rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla : el cuadro en- 
cantador es digno del admirable marco de flores y verdura, 
en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar 
al clon de la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas 
acompañan á media voz, en francés cahforniano, la plañidera 
romanza : 

Conné-tiou la pays. . .? 

Y este desafinado murmullo, cuyo crescendo se acentúa 
con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de 
Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora 
de comer), que levanto la sesiona toda prisa, en el momento 
de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por 
el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson : C'est 
la que je voudrais vi-i-vre !.. 

Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que 
caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los deta- 
lles exteriores de la vida colectiva ~ desde la fantasía de su 
edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de 
sus bibliotecas é institutos (i) — pero prorrumpe, puede de- 
cirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de 
grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo los 

(i) El excelente periódico semanal The Argonaut tiene un sello de humour 
elegante casi único en los Estados Unidos, á igual distancia del formal 
bostoniano y del snobismo neoyorkino. 



smo 



a44 DEL PLATA AL NIÁGARA 

focos eléctricos, al rumor délas músicas de los teatros y con- 
ciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los es- 
caparates^ ostentando todos, bajo la diversidad de las condi- 
ciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del 
traje y el programa de fiesta. — La misma colonia china, que 
he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza 
numérica y su riqueza. A fuer de primeros ocupantes, los 
(( celestes », que pasan de veinte mil, han quedado instalados 
en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos 
Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tie- 
nen templos, restaurants, teatros propios, y se les ve ostentar 
por estas avenidas, con importancia canonical y empaque 
manda rinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda 
azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros 
lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad 
desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de 
Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y 
que se creen superiores á los que les dominan con su ruda 
energía. 

Esa impresión de la primera hora se confirma para mí du- 
rante la excursión que hago una noche á la China town, 
acompañado de un cónsul extranjero y un detective, cuya 
presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la 
celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras de 
Market Street — el Broadway de San Francisco — y brusca- 
mente, á la altura de Union Scjuare, donde se incorpora el 
agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos 
en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en 
desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubier- 
tos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso : Tin 
Yak, pya celestial, Wa Yun, fuente de flores, etc., etc. 



CALIFORNIA a45 



Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre 
almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres 
de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos 
escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alter- 
nan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel» 
cbucherías de marfil y tabletas de chewing-gum ; entrevemos 
en algunas tabernas grupos de mago tos descoloridos, senta- 
dos á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo 
arroz con sus palillos como de crochet, jugando á una suerte 
de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de 
sordomudos : todo ello tan repelente y sórdido como lo visto 
en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á 
evocar aquellas escenas ya lejanas. . . En estas tinieblas blanque- 
cinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas, 
bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan 
como alas de murciélagos ; y vuelve á mi memoria la vagancia 
nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de 
los Milagros, en Nuestra Señora de París. . . 

De repente, un deslumbramiento : estamos en un verdadera 
palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de 
esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados 
tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en 
que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas 
de nieve volando entre guirnaldas de crisantemos de oro. En 
la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena 
de comensales sentados en sillones de ébano ; acaban de comer 
en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre 
la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles 
como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran 
restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes 
y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abier- 



a 46 DEL PLATA AL NIÁGARA 

tas se divisan anchas escaleras labradas y otras salas pareci- 
das á esta... 

Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino 
templo de Clay Street — análogo al de Lima, con los mismos 
ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista, 
á la vez pueril y senil — y nos dirigimos al teatro donde da 
representaciones extraordinarias un célebre comediante de 
Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se 
compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los 
corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos 
y palcos para la celeste high-life; hay una como cazuela con 
aposentos para mujeres ; y de todos los puntos de la repleta sala 
se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones com- 
plejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender 
también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde, 
merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores, 
delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene 
telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con 
-el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una 
monótona melopeya. Hemos entrado in medias res — detalle 
insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches 
y durará aún una semana — yasistoá una, para mí, pantomima, 
mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de 
la acción la eterna historia de la muchacha novia de un ve- 
jancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto 
de púas y escamas que un dragón mitológico — el Barbero 
de Sevilla. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos, 
chillidos — y, naturalmente, comprendo menos cuanto más 
intenso es el diálogo. El ((Goquelin» en representación — 
-cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna — 
hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompaña- 



CALIFORNIA aij 

miento de violines, gongos, flautas y tamboriles... ¡ y nada 
en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zam- 
bra sabática que se arma entre esos hijos de Han ! Los dúos de 
Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante 
á cuanto se pueda recordar ó imaginar : al lado de ello parece- 
rían suspiros de arpas cólicas los apasionados coloquios y 
combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de 
una calderería en plena actividad. Después de unos veinte mi- 
nutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar 
para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los basti- 
dores, vemos á a Goquelin » acostado en un catre de tabla, 
inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la 
vista fija en el techo — pensando tal vez en la casa de bambú, 
á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su 
querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los 
bárbaros occidentales... 

Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no 
piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al 
parque de Golden Gate y al barrio chino : he visto la ciudad y 
sus alrededores — sin omitir la excursión á San José y al Lick 
Observatory con su famoso telescopio (the largest in the 
world); he recorrido concienzudamente las universidades, bi- 
bliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales del 
Monde oh Fon s'ennuie ; he examinado con la debida proli- 
jidad el enorme é inacabado City Hall, menos notable por su 
arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos 
que han presidido á su edificación poco edificante... De todo 
eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á 
medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya des- 
crito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas 
notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar proven- 



a48 DEL PLATA AL NIÁGARA 

drá de mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo 
de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno, 
sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comercian- 
tes, fuera déla muchedumbre en los conciertos y teatros : no he 
pasado en San Francisco de la envoltura superficial — y todo 
ello es de muy pobre psicología. . . 

Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados 
Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la 
tentación de verlo todo en pocos meses. El turismo es el ene- 
migo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco 
grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos 
Estados y sus capitales : todos los demás se funden en uno de 
los tipos genéricos. En este momento, sobretodo, de la evo- 
lución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar pa- 
ciente y filosóficamente, es Chicago — no tanto por la Expo- 
sición en sí misma, cuanto por las razones que han influido 
para que el magno problema déla World' s Fair se resolviese 
ensu favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es 
en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen 
del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste ; ya 
no atraviesa New^ York, ni Filadelfia — mucho menos la 
docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo 
de la rueda» (the Huh) — sino la ciudad de los ferrocarriles 
y la carne — la ruda y potente capital de Pullman y Armour. 



XI 



SALT LAKE CITY 



EL TRAYECTO. EL UTAH. LOS MORMONES 

Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia 
de 870 millas, que los trenes del Southern Pacific deben reco- 
rrer teóricamente en 87 horas; resultan casi siempre 4o, 
salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un 
buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y 
precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos, — 
al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante, 
y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje ; cultivo 
á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros 
del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy 
(( esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro li- 
berto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de 
la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de 
Secesión. La república de Liberia — significando la devolu- 
ción de estos africanos á su África, — era un pensamiento 
genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los alyncha- 
mientos » con que se procura convencerlos son argumentos 
de poca eficacia. 



25o DEL PLATA AL NIÁGARA 

La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacra- 
mento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa 
como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna 
de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la esta- 
ción canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente 
en la obscuridad. 

Llevamos tren « vestibulado » , con pasadizos adheridos 
y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr 
sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant, 
cuartos de toilette, agua helada á discreción, mesas movibles 
delante de cada asiento, para comer, leer, jugar : se vive co- 
mo á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cada 
smoking room es, por supuesto, el charladero central de su 
departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo 
nativo : aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención 
lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada 
día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos 
de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la 
indiscreción : estamos en el país del anuncio y de la interview. 
En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de 
meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferro- 
carril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tro- 
pieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospe- 
choso para el viajero de «primera », quien, al tomar su bo- 
leto, ha revestido su « impermeable» de reserva glacial. ¡Cui- 
dado con los contactos peligrosos ! — Aquí la igualdad cir- 
cula tan libremente en el salón como en la calle ; es la at- 
mósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materiali- 
zan el sentimiento reinante, con la ausencia de « clases » en 
los pasajes. El Pullman-car no es sino una condición de los 
viajes largos, y el tren vestibuled es un síntoma exterior de 



SALT LAKE CITY a5i 

la igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel 
de su vecino ; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar 
conversación ; el fondo y la forma de las ideas son comunes, 
en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que 
entre New- York y Boston ha de reinar un tono algo menos 
campechano . 

No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva euro- 
pea, ni todo bueno en la « francachela o americana. Cuando, por 
ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle 
en nuestro lavabo y concluye su horripilante toilette á nuestra 
vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de 
tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me conven- 
cerán : para tolerarlo sobra cuando menos un sentido — si no 
es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar. 
Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente, 
el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un mi- 
llonario, superintendente de las dos grandes compañías mi- 
neras del Utah, y chiquear infatigable. Sin abandonar su ci- 
garro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises 
y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opues- 
to, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascan- 
do, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy 
cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro ; está 
evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las 
nuestras ; y me convenzo de que la semejanza es la base más 
sólida de la igualdad. 

Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan com- 
pensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda, 
mortificante el espectáculo de un « gentleman » tachonado de 
joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices 
antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni dar 



aSa DEL PLATA AL NIÁGARA 

lecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención impar- 
cial — y, si es posible, con indulgencia — la probable evolución 
social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para 
dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan 
losyankees que el mundo entero se sonará como ellos ; yo, 
menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á 
sonarse : pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú 
otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En es- 
te dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora 
y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de 
Hamlet: ser ó no ser plebeyos, — tal es la cuestión. Entretan- 
to, me divierte esta prueba avant la lettreáe la humanidad fu- 
tura ; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees in- 
genuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sor- 
prendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses ma- 
teriales — divisándolos siempre desde su punto de vista local ó 
personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables 
para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin 
divisarla doble perspectiva de las causas ó consecuencias leja- 
nas. Padecen — ó gozan — de miopía intelectual: encuentro 
en mi diario repetida hasta el fin esta impresión del primer 
día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la vi- 
sión del miope es incomparable. Ignoran la ironía ; — axioma 
que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los 
paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen 
unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para 
ellos más serias : las cosechas, la fluctuación de los precios del 
ganado y los cereales, el « booming » paralizado de San Fran- 
cisco ; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por 
la derogación déla ley Sherman ; el minero, naturalmente, por 
su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre en 



SALT LAKE CITY a53 

cada Estado — remedio equivalente á combatir el dolor de una 
muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero 
es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un 
panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear. 
Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó 
deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual dis- 
tancia, también, de una idea general, de una vista «nacional)) 
respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su dis- 
trito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la 
(( cámara )). «¿Tienen también ustedes minas at home ?» Pro- 
curo, en mi media lengua, expresar mi opinión ((platónica»; 
rae rebaten con animación , sin aspereza; cada argumento em- 
pieza con un Me parece (Ithink...), que hace oficio de coji- 
nete ; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de 
forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciu- 
dadanía. Sus preguntas acerca de la República Argentina y 
Chile harían sonreir á un parisiense ! Me ofrecen su casa y sus 
servicios con evidente sinceridad ; y acepto la invitación de 
visitar las minas de Park City, en el Utah. (( Le acompaño á 
usted !)) exclama el coronel, Y como lo dijo, lo ha hecho. Es- 
ta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el 
viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la 
apostrofe dantesca : 

Or se tu quel Virgilio e qaellafonte 
Che spande di parlar si largo Jiume !... 

Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía : bue- 
na hora para dormir ! Encuentro el salón transformado en 
dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos 
tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondula 



a54 DEL PLATA AL NIÁGARA 

como un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del 
telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi 
vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se 
calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de 
carambola. A poco oigo el esfuerzo de la ascensión : ¡ upa ! mi 
vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una ma- 
no blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par 
de zapatitos mordoré. ¡ Hum ! tiene pie chico mi vecino ! Y 
siento alguna aprensión por mi déshahillé al aire libre. En 
fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mu- 
jer del bastidor medianero: 

— Sir, (T podría usted decirme á qué hora pasamos por Vir- 
ginia City ? 

^-No losé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á 
averiguarlo... 

En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate 
de poker con un médico alemán, establecido en el Kansas ha- 
ce cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan jun- 
tos á mi pregunta : a á las seis » , dice el coronel ; « á las 
ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á 
mi cortina parlante : 

— Señorita ! 

— Señor?... 

— El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho. . . 

Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso su- 
perior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el 
diálogo : 

— Y usted, sir, ^ qué dice ? 

— Yo creo que los dos tienen razón. . . 

Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormito- 
rio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, el 



SALT LAKE CITY a55 

desnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama 
vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza, 
como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente : 
todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y 
hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡ Uf ! ya es- 
toy. Por una hendidura veo los zapa ti tos mordoré, erguidos 
en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis 
gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga 
odisea desde Buenos Aires... Me estorban esos zapatos nue- 
vos ; y no es porque sean muy grandes, al contrario ; pero me 
incomodan, positivamente... 

Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos 
hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni 
lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición 
de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas 
blancas, limpias como espejos, alegres como un Christmas ; 
disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados 
Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos ; 
las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provi- 
siones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje, 
oirías cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de 
pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es uelo- 
cucionista » y me hace repetir un cuento de Poe con una se- 
riedad pedagógica. En un descanso le pregunto : « Pero, (¡qué 
interés tenían y des. por saber el horario de Virginia City, 
que queda á cuarenta millas de la línea ?)) — Me contesta muy 
gravemente : « Era para Margaret, que lleva un diario del 
viaje )) . 

A medida que nos aproximamos al Utah, la campiña revis- 
te un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre 
verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderas 



a56 DEL PLATA AL ÍJIÁGARA 

esmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sem- 
brados ; de trecho en trecho, casitas campestres y conforta- 
bles chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia 
y el bienestar. Cerca de un cottage, semi-oculto como un nido 
en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito 
de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa: 
al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le car- 
ga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo 
agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡ Oh! sanidad déla 
vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo 
recién desmontado : robusta fatiga del cuerpo, paz serena del 
alma, reposo ! — Guando recordamos á los Estados Unidos, 
es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero 
de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las 
fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un 
pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de 
San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y des- 
cripciones de turistas que no han pasado de las capitales del 
Este. El aspecto general del pueblo — en la parte que hasta 
hoy conozco — es más bien indolente y flemático. Por otra 
parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas 
ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto recep- 
táculo de la vida nacional. 

Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda 
por ser la última noche, se arma en el fumadero un formida- 
ble poker. El coronel pretende iniciarme ; pero confundo spa- 
des y clubs, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las 
maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen 
tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nos- 
otros ; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad. 
Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidad 



SALT LAKE CITY aSy 

y despreocupación como en una cuadra de cuartel ; y los fa- 
mosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente 
con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro. — Para 
completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, en- 
tre muchas otras cosas, alas señoras que dejan el brazo de su 
acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en 
pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risue- 
ñas... 



Salt Lake City. 

A las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para 
Salt Lake City ; estamos en el vaJle central del Utah, en el 
país délos mormones. Mis lecturas son fragmentarias y an- 
tiguas ; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una 
blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana — sin per- 
juicio de la poligamia ; con grandes casas desnudas yun vasto 
silencio alrededor de un templo blanqueado á cal ; un rumor 
de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas 
y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar ; en 
suma, — ostento sin pudor mi ignorancia, — algo así como un 
inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y 
poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multi- 
tud de (( fariseas» huesudas, enemigas déla gracia y la sonri- 
sa, — menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que 
sus maridos á prorrata. . . Tal me aparecía á la distancíala aglo- 
meración mormona. 

El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden has- 
ta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el 
rincón más nuevo del Nuevo Mundo : la naturaleza ostenta 

17 



a58 DEL PIATA AL NIÁGARA 

frescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, som- 
breado de álamos, acaricia con blandos ((meandros » las fér- 
tiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura 
ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un 
gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pin- 
gües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodea- 
dos de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus 
marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja 
blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el 
claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en 
un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación. 
La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas ; 
los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos 
los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la 
fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la 
comarca no han sido rebuscados : completan la evocación ; así 
nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea, 
en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada 
de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en 
nimbo ideal de oro y de luz. Oh ! sin duda: es espurio el ori- 
gen de esta secta mormónica ; sus contornos materiales cons- 
tituyen una grosera parodia de la evangélica predicación ; pe- 
ro, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la 
doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos 
de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas 
exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha 
derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del 
Utah ; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un 
espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del 
símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías, 
« la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio ». 



SALT LAKE CITY 25^ 

La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa. 
Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos sober- 
bios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos {maple- 
trees) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos 
de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta 
mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de 
irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del 
Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y 
mineros pasa de 280.000. El barrio central parece un frag- 
mento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Tem- 
ple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de 
una capital americana : bancos, fábricas, tiendas y almacenes 
monumentales ; los edificios públicos, de ladrillo y granito, 
reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago.' 
Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las 
iglesias de todos los cultos imaginables : episcopal, presbite- 
riano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del 
magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte 
fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de 
salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad 
desde cualquier punto que se la mire : todos los guías os dirán 
que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa 
de diez millones de dollars. . . Todo ello es más fácil de indicar 
que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su 
masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas: 
vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz 
de columnitas ni una entrada central : es un baturrillo de pi- 
lares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del 
Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctri- 
cas, c/oc/ie/o/i5 chinescos, piletas y accesorios del más refina- 
do yankismo,— todo ello coronado por la estatua colosal del 



36o DEL PLATA AL NIÁGARA 

ángel Moroni — hijo legítimo de Mormón — que toca sin tre- 
gua á 2 22 pies del suelo la larga trompeta recta de Aída. Ocu- 
pan otro costado de Temple square el insignificante Assem- 
hly Hall y el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda 
elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como 
un lomo de ballena colosal... 

Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y 
barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgen- 
tes y refocilados de puertas adentro ? No ha de ser difícil en- 
contrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan 
más de la mitad de la población, si bien los gentiles, a por 
mangas ó por faldas », — probablemente por mangas, — aca- 
ban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño 
y el almuerzo en el hotel Knutsford — ¡plan americano ! — to- 
mo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga espe- 
ranza de tropezar con alguna ceremonia mormónica. 

El clima es realmente primaveral ; apenas si se siente el ca- 
lor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo 
cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los 
trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se desli- 
zan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su 
sonido cromático, como el del viento por una rendija. A una 
y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se su- 
ceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores; 
se entreven interiores risueños y cuidados como homes ingle- 
ses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mu- 
jeres vestidas de blanco leen xxnmagazine, cerca de los niños 
que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su 
(( rocking-chair )) , y enseñando á los transeúntes las suelas de 
sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el 
gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una rá- 



SALT LAKE CITY 361 

faga de acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud. 
Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero : 
To THE RACES ; y ahora seque la secta mormona me arrastra. . . 
i á las carreras ! Encuentro que esta primera excursión carece 
de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipó- 
dromo. 

Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concu- 
rrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante 
que en San Francisco. Éntrelos hombres dominan los trabaja- 
dores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres tam- 
bién parecen en su mayor parte aldeanas ; mal pergeñadas, 
pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y 
dientes deslumbradores; algunas a morochas » , de aspecto 
criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El 
circo es una pradera, junto á una laguna azul ; y se tiene por 
delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, domi- 
nada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se des- 
taca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho inte- 
rés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las 
peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos 
centavos ano sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar 
un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha 
perdido. Al fin lamormonita embolsa misa chirolas», y con 
la conciencia limpia vuelvo á la ciudad. 

En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran 
Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año. 
Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son 
un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable, 
gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del 
tren : una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me 
encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake ; los 



a6a DEL PLATA AL NIÁGARA 

hombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no 
llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables ; casi 
todas, robustas y esbeltas ; con una belleza de cabello y frescu- 
ra de tez incomparable ; pero su talle de durmiente trae re- 
cuerdos desolados de pampa sin ombú ; muchas jóvenes llevan 
gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desemba- 
razo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan 
sino á parecer muchachos flacos. 

Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren 
penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Gar- 
field Beach. Tiene realmente el aspecto de un u Mar Muerto » , 
con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emer- 
gen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que 
el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma 
blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso 
líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrede- 
dor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mu- 
jeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones. 
Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos, 
pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar 
sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he ba- 
ñado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el 
experimento ; pero comprendo que causaré un gran pesar al 
coronel si no me zabullo: cedo, pues, ásus instancias, como 
el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso : 
el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle. — 
Se dice que la proporción de sal en disolución es de 1 5 por 
ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en 
<ellagoAsfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta 
ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín 
cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañis- 



SALT LAKE CITY a63 

tas jóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos 
manos sus largas trenzas rubias ; y sus carnes rosadas evocan 
reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices 
nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas ((crustá- 
ceas» , transformara en accesorios de su culto (( semi mundano » 
— en cahinet particulier . 

En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan 
las mesas sin mantel ; pero casi todas han traído su lunch en 
canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostra- 
dor monumental. En el piso superior, una orquesta despabila 
el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista ; 
el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las pare- 
des, en el piso deskating, en los bancos del circuito. Las pa- 
rejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin dete- 
nerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es 
un sport de reacción después de la ducha. Oh ! todo ello sano 
é higiénico, sin asomo del (( vuelo lascivo » que inquietaba á 
Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la 
de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las 
puntas de su admirable cabello. 

Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla 
el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadra- 
das, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente 
en su marco de mont