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DEL PLATA AL NIÁGARA
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IMPRENTA, DE PABLO E. CONI É HIJOS, PERÚ, 68o
PAUL GROUSSAC
DEL
PLATA AL NIÁGARA
J'élais la; íelle chose m'advint.
(La Fot^taiük.)
BUENOS AIRES
ADMINISTRACIÓN DE LA BIBLIOTECA
79, PERÚ, 79
1897
Ci
C6 Lxit/azo díelleai^fii^
¡Oo óiendo eótaA^ nota^í:^ j>e^áonaLeA^
el meditado eóttidw que^ cotzeópondetía^ á
uno encango oficial ^ ai uno homenajea digno
del alto magióUado c¡ue^ tanto conttibuijó a
que^ yo íaAo eócúbieóe^ — no laAo dedico
ai que^ e^ao entonceAo ^teóidente^ de^ íao>
QJoepúoíicao y eAo óiempte^ unao fuetzao
nacional y unao ylotiojo de^ óu j)attia t
óinOf eno j^tueba de^ afecto y agradecimiento ,.
aijueg moAo indulgentes des mi eófuetzo^
al fiel amigo des loo Juventud y des loo
m^adutex,
\ ^. g.
iVi'?33656
G)
PREFACIO
Algunas de estas páginas han visto la luz en La Nación
de Buenos Aires, otras en La Biblioteca; el resto es inédito.
Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han
sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante
el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exte-
rior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresio-
nes ajenas, sino de las mías.
Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos
jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos ; pues es-
tá demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de
las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio,
tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inha-
bilitándole para volver á leerse impreso en mucho tiempo.
No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil
que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda
que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto.
▼ni DEL PLATA AL NIÁGARA
De desear sería que el escritor observase el precepto de Ho-
racio, estacionando su obra recién nacida hasta que, olvida-
do délos ((trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con rela-
tiva imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy
bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una
vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva
á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran
avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si
el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la
corriente que pasa... ¿ Para qué, para quién ?
A no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la
de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de
estas protestas contra el invencible olvido. Debemur morti.
Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo
no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario
del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil
volúmenes ; y apenas si se utiliza una décima parte de esos
ingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia
alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles,
de frivola curiosidad ó manía erudita, fiíera de las nocivas,
que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones suge-
ridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata
uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten.
Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de
que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es ante
PREFACIO
todo un cementerio : contiene mil autores muertos por uno
vivo — que pronto morirá. El monumento enorme de la cien-
cia se viene edificando sobre un tremedal : no sólo en razón
de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada
nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El
aspecto de la ciencia cambia cada quince años ; antes de con-
cluida, cualquiera publicación extensa tiene ya partes cadu-
cas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad
de ayer por la cuasiverdad de hoy — que durará hasta ma-
ñana. Cada generación surgen te tiene por inmediato deber
enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente ; con una
parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reem-
plaza á la decrépita. Cada « clase » recién llegada rehace por
su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una
tela de Penélope : todo es sustentable porque todo es incierto.
Quien pretende vincular un hecho actual á su única causa
lejana se parece al estadístico que, en un campo de batalla,
probara á descubrir por inducción bajo qué bala enemiga ha-
bía caído cada soldado. El hombre se agita y el destino le lleva,
deduciendo las consecuencias infinitas de sus actos : el más
ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor nunca
sospechará. — En una noche de tormenta, á orillas del mar,
una pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remen-
dar sus andrajos : es un faro de salvación para la nave per-
dida que corría á estrellarse en la costa...
X DEL PLATA AL NIÁGARA
Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada;
la obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su
esencia la originalidad. ¿ Será verdad que los millares de
volúmenes que obstruyen nuestros estantes representan otros
tantos conceptos y expresiones individuales de lo bello? Es
otra ilusión: el tesoro estético, como todos los tesoros, se
ha obtenido con la acumulación de cinco ó seis materias
«preciosas », más ó menos varias en la forma, pero de subs-
tancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya
una nueva ó renovada aleación de las materias conocidas : ¡es
un hombre de genio ! La muchedumbre imitadora marca el
paso y despacha su etapa en pos dei conductor. A éste hay
que admirarle « en bloque » . La montaña es de oro nativo :
no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante
que no sea de inspiración divina ¡ como los versículos de la
Biblia !
Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría
á mucho menos el quilate de la admiración, á no intervenir
la sugestión omnipotente. Algunos autores « clásicos » se im-
ponen á nuestra infancia inconsciente : tal es la base de nues-
tra devoción y de su prestigio. El día próximo en que la de-
mocracia utilitaria borre también este culto de su programa,
Homero y Virgilio no saldrán más del Gólterdammerung,
en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaga. Su-
perstición aparte, de las obras antiguas no sentimos de veras
PREFACIO xt
sino los breves fragmentos que, á fuer de eternamente huma-
nos, nos parecen modernos y en correspondencia con las
obras nacionales contemporáneas. Espontáneamente, nadie
vuelve á absorber por entero un poema que pase de cien pági-
nas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una vez
en la Iliada y \a Divina Commedia, como en San Pedro de Ro-
ma, para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antolo-
gía á guisa de relaciones brillantes con ese high Ufe artístico.
Quien sea sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará
que le bastan pocas obras selectas para el consumo poético,
y agregará que las prefiere recientes y escritas en su lengua.
— Ello, como se ve, tendería á reducir, aun más que para la
ciencia, el elenco de la biblioteca literaria indispensable.
Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre cambiantes
riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan el
planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando
en su corriente múltiples vestigios de las regiones comarca-
nas : pero sus ondas todas cumplen la misma misión fecunda,
y una sola es el agua que todos los pueblos vienen á beber.
Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el
preámbulo de «un libro más », cuya necesidad, sin duda al-
guna, no se dejaba sentir en este ni el otro continente. La in-
consecuencia es flagrante, y no pretendo justificarla. No he
tenido, para incurrir en ella, una sola de las razones que otros
suelen invocar: obligación profesional, ambiciones de agio-
DEL PLATA AL NIÁGARA
ria», esperanza de lucro ó estímulo de amor propio — ni si-
quiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del mu-
chacho que (( remonta » una cometa. . . Un impulso, con todo,
ha debido de moverme á recoger estas páginas ; pero temo que
sea otra ilusión. He esperado que esta obra sería útil en su
fondo y en su forma, en sus tendencias honradas y sus anhelos
artísticos, no sólo para la tierra á que estoy adherido por todas
mis raíces adventicias — las únicas vivas ya — y cuyo mayor
bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien entendido ;
sino también para esas otras comarcas americanas, que se han
sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán
que la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno
pago de la hospitalidad.
Respecto de estas últimas no necesito formular declaracio-
nes ni protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se
embarque un escritor para lejanas tierras, con el propósito de
observarlas de reojo y pintarlas de través, que me siento coar-
tado para discutirla. Temo incurirr en ese terrible ridículo,
que, en mi país, hiere más hondamente que las injurias y de-
nuestos... No debe, en efecto, ignorar el benévolo lector que,
por algunas de las páginas que está llamado á juzgar, he sido
seriamente deteriorado, en efigie — y con cierta inelegancia.
Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores
se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será
mi única venganza.
PREFACIO
En este rápido bosquejo del continente americano, se
echará de menos al país mismo de donde arranca el viajero :
falta aquí la República Argentina, como falta en un cuadro el
punto de vista. No se puede estar á un tiempo en la sala y en
el escenario. A este país, y sólo á él converge la perspectiva :
mis observaciones más exteriores tomarían otro giro si las re-
dactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el
Apéndice. — Del panorama que se desarrollaba ante mi vista
asombrada ó entristecida ; de las faltas y extravíos hispano-
americanos ; del estéril desgobierno ó del funesto despotismo;
del ejemplo yankee, tan lleno de enseñanza en su enérgico
desarrollo material, como en el exceso utilitario y egoísta que
fatalmente paralizará su crecimiento : del estudio de los grupos
sociales como del espectáculo de la naturaleza, he procurado
extraer un estímulo ó una advertencia para la política, la ^edu-
cación, el arte, — las realidades y los ideales argentinos. Y he
deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.
Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase
respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en
uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso
algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un
fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser conden-
sación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar
un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía
y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vaga-
xiY DEL PLATA AL NIÁGARA
hunda, en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del
orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y
mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradiccio-
nes aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan
el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas pre-
concehidas, he dejado que este lihro se depositara en mí,
página por página, á merced de mis impresiones sucesivas.
No he intervenido conscientemente en el experimento, para
desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó
partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra pro-
yectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y defi-
ciencias, este es un libro de buena fe.
Uno de los vicios fundamentales de la educación pública
consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las in-
teligencias ; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas,
no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Gomo dice
Mefistófeles, (( se comprime el espíritu en botas españolas»,
imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y
de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edi-
ficando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de nai-
pes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El crite-
rio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por
ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de
contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una
transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exacta-
PREFACIO XT
mente como las líneas de las altas cumbres y del divortium
aquarum de las cordilleras fronterizas : todo el mundo las
menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinar-
las en la práctica, porque en su forma geométrica no existen
— son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde
el principio : debería ser el gran principio, para que la
educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta
que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese
pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéc-
tica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez
la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la
ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite
en teoría sino el criterio absoluto : y por eso la teoría resulta
falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la
atmósfera misma en que u nos movemos y somos » . Tan de
antiguo avasalla nuestra mente ese concepto de dogma, que
hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocu-
pación : dogma no significa más que opinión ó parecer.
Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una
evolución social, ó simplemente de exponer la sensación pro-
ducida por la naturaleza ó la obra de arte ¿ con qué se for-
ma la opinión sincera y personal.^ Con la reacción, eviden-
temente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia
individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación ten-
ga por efecto y defecto atenuar la originalidad . Llevo ante las
xTi DEL PLATA AL NIÁGARA
cosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos
propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de
mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión,
si es espontánea y valedera. — Debe afirmarse que cualquiera
opinión se falsea más y más al paso que se generaliza. —
Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos
repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. El consensus
omnium es la contraseña de nuestra domesticidad mental. No
hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de
un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgariza-
ción creciente que se difunde por el periódico.
Ha dicho Amiel : un paisaje es un estado de alma. La fór-
mula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot,
Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho
más amplia y comprensiva : ars, sive additus rebus homo. El
arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas pá-
ginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza
y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al obser-
vador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cual-
quier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro
muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una
combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda,
cuando de impresiones de viaje se trata, lo que ante todo
resulta parecido, es el retrato del viajero.
PREFACIO XTH
Espero, con todo, que en estos ensayos algo más impor-
tante se dejará traslucir : y es una tentativa literaria plau-
sible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista
é imperfección de su instrumento. — Es muy sabido que el
autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya.
Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura
atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical,
base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español,
no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más...
Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible acep-
tar el castellano como un instrumento adecuado al arte con-
temporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices,
mejor dicho, de nuances — pues es muy natural que no
tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce,
estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolu-
ción presente tiende al fino anáfisis, á la sutileza, al cro-
matismo, como que obedece ala ley de disociación progresiva.
En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es
probable que en el siglo xx — las disonancias wagnerianas
lo hacen prever — no bastarán los intervalos y acordes usua-
les como medio de expresión armónica. Lo propio, natu-
ralmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el es-
tado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es
el último paso de una evolución incesante que, sólo en este
siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ocho
XTin DEL PLATA AL NIÁGARA.
estadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite
este trabajo de transformación : se rige siempre é invariable-
mente por sus clásicos. Ahora bien : todo producto orgánico
que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre la
riqueza presente de un instrumento secular, aplicando un
concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo,
desconocen los términos de la cuestión.
No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la natu-
raleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar
embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni,
al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un
solo paisajista... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que
sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución
social, el instrumento de expresión y exacta medida de la
civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha
sido la primera lengua del mundo cuando la civilización es-
pañola ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la
lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte
medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga
gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una
ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente.
La civilización española contemporánea no es aislable de las
infiltraciones exteriores : vive de reflejos, así en la idea como
en la realización ; y es singular ilogismo, en quien tan dócil-
mente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan viva
PREFACIO
á las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede
que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo.
Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo enca-
minado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobria
y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto
y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal
empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas, — acaso á las
de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su
letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga
cosmopolita, fuera necesario poseer por igual, — además del
talento robusto unido almas delicado sentimiento del arte, —
el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó
nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad^
casi un círculo vicioso. — Con todo, la tentativa no habrá sido
estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sus-
tituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación...
Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que
la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya
que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de
un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que
falta iniciar, para que la mejora importe una transformación.
La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir
por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservan-
do la discusión frivola y bizantina de los diseños perfectos. Y
es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta per-
DEL PLATA AL NIÁGARA
secución de los programas ideales — sin duda, automóviles !
— cuando en realidad lo único importante es inocular á la ju-
ventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obs-
tinado y sincero ¡ aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del
guaraní ! En el viaje de aplicación de los guardias marinas,
es casi indiferente el itinerario : lo esencial es aprender á na-
vegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la
ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás
vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la
palanca ¿ dónde encontrar por ahora el punto de apoyo ?
Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias ge-
neracione^han pasado por mis manos, más ó menos directa-
mente, y conozco su fondo generoso y su inteligencia vivaz.
Presencio anualmente la cosecha intelectual, y sobre darme
H cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla no se renovará ; para
muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará único y de-
finitivo : después del cultivo superficial, volverá la maleza á
invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables.
Ni arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el
ejemplo moralizador y severo. Nadie trabaja con perseveran-
cia y energía, nadie soporta el peso de la meditación solitaria
durante semanas y meses, nadie se arranca de las entrañas la
concepción original largo tiempo incubada... ¿Hasta cuándo
seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la la-
bor europea ? Cortar de un sablazo heroico ese cordón umbilical
PREFACIO
de la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien
tenía altivez y valor : ^ cuándo lucirá el día de la emancipación
moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas defi-
nitivas de Maipo y Junín ?
No parece que sospechásemos el abismo que, en la proce-
losa derrota de la humanidad, media entre remolcadores y
remolcados, entre pueblos productores y pueblos consumido-
res de civilización. No ser más que civilizado, es un estado pa-
sivo y precario que debe ser transitorio : lo único que vale é
importa, es vivir, en parte al menos, de la propia substancia
é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso
que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los
territorios de colonización y adaptación europea, que se tor-
nan mercados útiles ó débouchés de la productora exuberante.
Son países civilizados — por ella — que fácilmente llegan á
poseer, en cambio de su suelo virgen, todos los instrumentos
de la civilización, desde el buque de acero hasta el libro de
luz, en un todo iguales á los de allá : la única diferencia, más
profunda aún para el libro que para el buque, está en que los
civilizados compran lo que los civilizadores elaboran...
Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo
inerte ó violento de muchas nacionalidades hispano-america-
nas está condenado á vegetar indefinidamente en ese estado
subalterno. Acaso las regiones tropicales no sean por ahora
asimilables, y sí únicamente explotables para la civilización
XXII DEL PLATA AL NIÁGARA
europea ; puede que constituyan depósitos en reserva para el
período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus extremos,
reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo
caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que esca-
pan á la ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de
independencia y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que
llenar una misión y cumplir un deber. Áéste que, pormomen-
tos, me trae el recuerdo de ese león del Paraíso Perdido , que
entre todas las esbozadas creaciones del sexto día, brega por
desligarse del limo nativo y sacudir al aire libre la roja mele-
na : á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo mío,
ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que bal-
buceo lo que quizá no quiera entender...
Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solici-
tud paterna. Paréceme, con todo, que la presente estaba adhe-
rida cual ninguna á mis fibras secretas. Si la suerte le
fuese adversa, figuróme que sentiría algo semejante á una he-
rida personal. Y esto, no únicamente porque estoy siempre
presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de apuntes
ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en
las soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me sepa-
ro de él sin alguna melancolía ; y, por momentos, creo que si
fuera tiempo aún no le lanzaría al escenario público, prefi-
riendo para él la existencia interna del espíritu, parecida
á la de ese limbo sin sonido ni luz, donde, según la Fe cató-
PREFACIO xxin
lica, vagan eternamente las almas infantiles que se apagaron
antes de recibir el bautismo.
Pero es tarde ya : Liber, ¿bis in urbem !... \ Que cumpla su
destino y le sea clemente el aura popular ! Si es actitud de
simple justicia no hacer expiar al párvulo inocente los pecados
del padre, acaso, el formular públicamente ese voto sea el
mayor acto de humildad. . .
J"
DEL PLATA AL NIÁGARA
CHILE
LA ESTRUCTURA NACIONAL
Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertien-
tes argentina y chilena, manan los dos arroyos que, al engro-
sar en breve su caudal propio con diez corrientes adventicias,
dilatarán en la hoya respectiva su faja sinuosa hasta venir á
ser los ríos de Mendoza y Aconcagua,
¡ Aquí el rendez-vous de las prosopopeyas y frases hechas !
Retórica obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abru-
mado por la trasnochada á muía ; harto de valles y quebradas
uniformemente pintorescos, con la misma « sierpe de plata»
que se retuerce entre peñascos, reverberando al sol sus móvi-
les escamas. Horas hace que no se alzan los ojos hacia las are-
niscas y conglomerados de la serranía ; nos han fatigado hasta
las visiones fantásticas que el crepúsculo y la distancia evo-
3 DEL PLATA AL NIÁGARA
can : ruinas de castillos y catedrales disformes cuyos sillares
colosales fueran los estratos ondulantes, remedando las estrías
verticales déla roca ya góticas columnatas sin bóveda visible,
ya juegos monstpuosos de órganos para el Juicio final — con las
nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente
lívido... No importa: es asunto entendido que, al pisar la
cumbre, Perrichón ha estallado en gritos sublimes : a ¡ Dios !
¡Providencia! ¡Inmensidad! ¡Eternidad! ¡Oh!!.. » Todo lo
cual será redactado, tres días después, en un confortable hotel
de Valparaíso, y bien empenachado de signos admirativos 1
La cordillera es imponente y bella ; pero la cumbre no es
más que su peldaño final, el menos interesante de todos ; se
la salva sin verla, embotados los sentidos por lo prolongado
de la misma sensación. Por lo demás, así en lo físico como en
lo moral, el último paso no conmueve ni sorprende : ha sido
previsto, anunciado, descontado. Guando la fortuna, el amor,
la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasia-
do tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos
deja tristes. Las emociones preliminares han agotado de an-
temano la del triunfo ; la fruta madura tiene resabio de ce-
niza, y el destino nos brinda la copa llena cuando ya no te-
nemos sed. — En sí mismo, el paisaje carece de variedad y
hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del Ber-
mejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó
portillos, dos depresiones entre alturas mayores: es medio-
cre el horizonte contemplado. El cerro próximo, descarnado
y sombrío, corta duramente el azul metálico del cielo ; en los
repliegues de la roca, algunas chapas de nieve hacen cente-
llear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica ; asoma la
arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es
la « corona inmaculada » de la poesía de bufete. Intermina-
CHILE
blemente, á lo largo de la senda estrecha, desgarrando la del-
gada epidermis caliza, las vértebras de la cordillera se suceden
en rosario de peñones ; y se roza con el estribo la cornisa su-
blime que, desde el valle, admirábamos ayer. — Ni un asomo
de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga de insecto entre
las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo, como un lus-
troso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente coagu-
lado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil
por la distancia, sin una arruga, sin un rumor ; en el aire rare-
facto, un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la
impresión de abandono, de soledad, de inhospitalidad. El
hombre no se siente aquí pequeño, como suele decirse : tiene
la vaga conciencia de ser un punto extraño, un detalle cho-
cante en un medio hostil. Es este un paisaje lunar, reino in-
violado del silencio y déla muerte, en cuya atmósfera esteri-
lizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el más
efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje,
el horror sublime de una noche de invierno en estas soledades,
cuando la tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja
al precipicio los aludes erráticos : pero tales cataclismos no se
perpetran para ojos humanos, así como las erupciones volcá-
nicas de nuestro helado satélite... Ahora, la tibia caricia del
sol amigo, la solidez del piso que retumba bajo el casco del
la muía, el silbido del arriero indiferente, al desvanecer toda
inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar monotonía. Du-
rante la breve travesía de la planicie divisoria, la sensación
dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta
del Juncal. Gomo el Augusto de Gorneille, se experimenta
la nostalgia de la llanura :
Et monté sur le faite, on aspire á descendre.. .
i DEL PLATA. AL NIÁGARA
Entre tanto, con mi hábito de la observación interna, me
doy cuenta de que el desarrollo del paisaje, además de su re-
producción pintoresca en la imaginación, ha movido la
reflexión que creía adormecida : descubro que he pensado,
además de soñar. Lentamente, en el espíritu casi pasivo, se
está elaborando un concepto general, una como transposición
abstracta del panorama material, provocada inconscientemen-
te por las semejanzas y contrastes de la doble vertiente andi-
na, trepada y descendida desde Mendoza. Poco ó nada ha
cambiado en la decoración natural, en el aspecto de los sitios.
Los accidentes de la montaña permanecen casi idénticos á los
de la hoya argentina. La implacable serenidad del cielo bí-
blico se aviene siempre con la severidad adusta de las que-
bradas grises é impone el mismo sentimiento de postración.
Me ocurre que las separaciones políticas han de ser más
sutiles que las de la naturaleza... Pero, muy luego, percibo
netamente cierto cambio inicial : se nota lo escarpado de la
pendiente chilena por la aspereza mayor de la bajada y los
saltos bruscos del arroyo Juncal, primer tributario del Acon-
cagua. La misma falda, en el descenso, exhibe una primera
pruebadel enorme desnivel: hacia la derecha, en la intersección
de las pendientes del Portillo, una vasta laguna, llena hasta
rebosar en su pila ovalada, despliega deliciosamente bajo el
cielo azul el virgen cristal de sus ondas glaucas, que sólo ba-
ñan el ala de las aves de paso. ¡ Encantadora sorpresa ! Es la
primera « sonrisa húmeda » de esa Iliada de piedra y el anun-
cio próximo de otra Cibeles enternecida. A poco, en los de-
clives del Juncal, la enjuta vegetación asoma como un vello
ligero en las paredes lisas de la roca ; las verbenas y llaretas
tapizan ya las depresiones del terreno, y las calandrinas alzan
sus flores de púrpura por sobre la masa herbácea de las
CHILE 5
cañadas. Después de los arbustos de matorral, arrayanes y
espinos, primeros triunfadores de la aridez ambiente, crecen
laboriosamente las hayas y acacias en las riberas más cle-
mentes ; los cactos erizados, los cirios rígidos yerguen en las
pendientes más ásperas sus candelabros verticales. Pero, en el
Salto del Soldado, las parásitas y enredaderas se enlazan ahora
en los troncos de las encinas y nogales ; el río ha ensanchado
más y más su cuenca ya irrigable ; las acequias orillan ale-
gremente el rudo sendero pedregoso. Entonces, bruscamente,
una erupción de frondosidades invade el paisaje : sauces, ol-
mos, castaños, todo el reino cultivado ha tomado posesión del
suelo humedecido ; los altos cortinajes de las alamedas limi-
tan los alfalfares y viñedos ; las casas de campo y blancas
alquerías emergen de los trigales y praderas : y Santa Rosa de
los Andes, dormida en su marco de festones vegetales, anun-
cia la entrada en el espléndido valle de Aconcagua, gloriosa
diadema de la patria chilena, populoso y fecundo como un
pedazo de Francia, y donde todos los plantíos de la zona tem-
plada prosperan magníficamente. En un trayecto de pocas
leguas, la flora ha recorrido la escala que en la opuesta ver-
tiente requiere varios días para trasponerse, desde los pobres
sembrados de Uspallata hasta los opulentos dominios de Santa
Fe y Buenos Aires. Algunas horas más y se entra en Val-
paraíso : en menos de un día se ha cruzado á todo Chile, de la
cordillera hasta el mar.
Desde el primer día, en efecto, hiere la vista esa diferencia
fundamental entre las dos regiones : dos epítetos que parecen
triviales, y son profundamente significativos, vagan constante-
te en los labios, al recorrer la accidentada falda chilena y la
vasta llanura argentina : todo lo que pertenece á la primera
trae adherido el calificativo de circunscrito , con todas las ideas
6 DEL PLATA AL NIÁGARA
conexas de altura, rigidez, densidad ; del propio modo que
evoca la segunda todas las derivaciones de lo ¿limitado: ampli-
tud, espacio, desarrollo sin fin. Y lo característico de esas
voces que creíamos provisionales, es que presisten después del
examen detenido y del doble estudio histórico y sociológico,
cual si entrañaran una definición completa en su imperiosa
brevedad. Veremos cómo, sin deliberación ni prejuicio, todas
las conclusiones materiales y morales respecto de Chile tienen
por rasgo definitivo la condensación, del propio modo que las
que á la Argentina se refieran evocan la noción opuesta de
expansión.
En pocas leguas, antes de la confluencia del Putaendo, la
adjunción del Juncal, del río Blanco y del Colorado han
constituido al caudaloso Aconcagua, que riega copiosamente
sus fértiles vertientes y, por cien canales abiertos que lo de-
jan casi exhausto, lleva la abundancia y la vida á las valiosas
haciendas de Santa Rosa y San Felipe, rodea luego á Quillo-
ta, cada vez más lento y como deseoso de prolongar su obra
fecunda, antes de cruzarla sierra de la costa y perderse en el
mar. Como un pequeño Nilo, en su breve curso de i5o kiló-
metros ha derramado la prosperidad en toda la zona atravesada ;
aunque más y más detenida su velocidad inicial de torrente
andino, tanto ha rectificado su curso que, salvo el sinuoso
recodo de Quillota, el río casi sigue el camino más corto de
su hoya ; en un solo día ha concluido su misión benéfica desde
la cordillera hasta el Océano. Compréndese que en esta faja
estrecha y volcada hacia el Pacífico no haya espacio para los
desiertos inmensos de la sabana argentina ; y la comparación
de esta corriente, tan bien empleada, con su antagónica de la
vertiente opuesta se impone irresistiblemente. ¡ Qué diferencia
entre el laborioso Aconcagua y el río de Mendoza que abando-
CHILE 7
namos ayer ! Apenas bañada la mínima parte de la provincia
natal, muy lejos aún del mar buscado, muy antes de cruzar
la pampa sedienta, desfallece nuestra corriente ((criolla» y
se arrastra perezosa hasta perderse en una laguna cenagosa é
inerte...
Poco apoco, alrededor de este núcleo material, vienen á en-
volverse mil datos y nociones fragmentarias, desprendidas de
la sociología de ambos países : jirones de historia, geogra-
fía, estadística, política, que se enlazan en torno de la percep-
ción presente como las lianas en un tronco secular. Al pronto,
parece que la evolución general de los dos pueblos rivales pu-
diera simbolizarse con la carrera de los ríos divergentes que,
naciendo en el mismo macizo y descendiendo casi por el mis-
mo paralelo, desempeñan, en su curso tan breve, misión tan
diferente y alcanzan tan diverso destino. — Frente á la evolu-
ción histórica del pueblo chileno, tan precisa y práctica en su
marcha ascendente, se recuerda cuan dolorosa y contradicto-
ria fuera la revolución argentina, siempre fluctuando éntrelos
conflictos renacientes de la barbarie primitiva y la importada
civilización, y remedando, con sus rápidos adelantos y sus
bruscos retrocesos, los cataclismos elementales de un mundo en
formación. Se admira involuntariamente el trazado tan neto y
lógico de la primera, que forma cabal contraste con el tanteo
penoso de la segunda; y, desde luego, se entra á desconfiar de
que la exageración territorial, las realizaciones democráticas
y liberales, el mismo incremento material sólo debido á
la avenida europea, sean factores absolutos de grandeza na-
cional.
Pero, la duda no se prolonga. Con sumar mentalmente á
Santiago con Valparaíso y compararlas á lasóla Buenos Aires,
renace la convicción de que ésta representa un esfuerzo ci-
8 DEL PLATA AL NIÁGARA
vilizador que supera al de las otras agrupaciones urbanas de la
Améiica latina. Todos los extravíos pasados y presentes, lejos
de aminorar este resultado, acentúan su importancia : si á
esto se ha llegado luchando contraía corriente ^ qué no hubiera
sido ayudándose con ella ? Un lapso de medio siglo no es más
que un día en la vida de los pueblos ; y también es probable
que se cumpla en sociología la ley biológica que proporciona
el tiempo y los trabajos de la gestación á la longevidad é im-
portancia del organismo engendrado. Volviendo entonces
al punto departida, se descubre que el inmenso desierto ar-
gentino es la condición necesaria de esos colosos fluviales del
Paraná y del Uruguay, depósitos de las grandes vertientes
continentales, en cuyo seno se absorberían los Aconcaguas y
Biobios sin alterar su nivel (i). Por fin, sin dejar de aplaudir
el espíritu de orden y economía que tan admirable partido ha
sacado de un arroyo mediocre, se piensa que la misma co-
rriente mendocina que vimos perderse en una travesía, embebe
el subsuelo pampeano y contribuye á formar ese mar dulce
que surgirá más tarde bajóla sonda del agricultor, continuando
en otra forma y á la distancia su obra interrumpida de fertili-
zación...
Además de este concepto fortuito, el viajero penetra en
Chile con un conjunto de nociones más ó menos exactas,
desprendidas de sus lecturas é informaciones anteriores. Al
pronto, todo ello se aglomera para constituir un juicio apriori,
provisional y fluctúan te en los detalles. Esta hipótesis debe
(i) Buckle (Civilization in England, II), emite esta reflexión extraordinaria :
« All the great rivers in the New World are on the eastern coast, none of them on
the weslern. The causes of this remarkable fact are unknown ! » Para este atrevido
investigador de las causas y efectos, no es suficiente explicación el examen de
las hoyas respectivas.
CHILE 9
quedar flexible y rectificable ; sin adelantar conclusión defini-
tiva, sirve sobre todo para concretarlas primeras impresiones
confusas en torno de su núcleo consistente, del propio modo
que un tronco de árbol en un delta favorece y activa el sedi-
mento aluvial.
Puede escribirse de un país extranjero después de residir en
él varios años, viviendo mezclado é interesado el escritor en la
evolución colectiva, estudiando sus accidentes externos é inter-
nos, respirando largamente la atmósfera nacional hasta conocer
al pueblo y su territorio en su historia, en sus órganos vitales
y sus manifestaciones significativas. Parece que este método
fuera el único practicable y legítimo ; lo es, en todo caso, para
escribir un libro de conjunto y dejar un documento duradero,
si no definitivo. El método del viajero es casi fatalmente in-
completo y superficial. Puede, sin embargo, no carecer de uti-
lidad, y hasta suele contener un elemento precioso, casi siem-
pre debilitado por la estancia prolongada : el choque vivo y
directo del contraste. Esta impresión instantánea y sincera,
en que se procede por comparación explícita ó sobrentendi-
da, logra adquirir un valor inapreciable, si es analizada inme-
diata y escrupulosamente por un espíritu reflexivo. La sen-
sación diferencial es la más espontánea y segura de todas;
todas las otras sensaciones pueden ser ilusorias, pero la que
comprueba una diferencia contiene siempre un fondo de ver-
dad. No son, pues, necesariamente frivolas y despreciables las
observaciones del transeúnte, siempre que se formulen con
buena fe, apoyadas en algún conocimiento anterior del país
recorrido y referidas á un término de comparación que no sea
ni muy análogo ni harto distante. — No necesito decir que, en
este rápido bosquejo de Chile, la base de referencia no ha de
ser mi país natal, sino la República Argentina : tengo para ello
lo DEL PLA-TA AL NIÁGARA
todas las razones de utilidad práctica y de conveniencia espe-
culativa. Sobre un breve resumen de datos y rasgos significa-
tivos, procuraré asentar un juicio hipotético, una conclusión
provisional, que someteré luego á la contraprueba de mis ob-
servaciones personales. Aunque fugaces y fragmentarias, éstas
serán relativamente probantes si concuerdan con la teoría. No
creo que exista otro método para que la impresión casi repen-
tina del viajero que no es un simple descriptor alcance alguna
eficacia documentaria. ¡ Ojalá el que aquí habla no carezca en
absoluto de perspicacia, como no le faltan la conciencia y la
sinceridad, para que la observación directa y material sea una
buena piedra de toque de las inducciones sacadas de la geo-
grafía y la historia !
Entre los factores sociológicos, son primordiales los perma-
nentes ó lentamente modificables: así el suelo y la raza. Son
componentes del primero, además de la extensión y naturaleza
del territorio, su configuración general y situación geográfica,
que rigen su clima y producciones. Ahora bien, entre todos
estos elementos, sólo uno es comuna ambos países limítrofes;
pero es tal su importancia, que basta por sí solo para señalar una
línea indeleble de separación entre éstos y los restantes del
continente austral. En el grupo de las repúblicas latino-ame-
ricanas, Chile y la Argentina son las únicas comarcas de vasta
extensión cuyo clima y latitud correspondan á los de la región
central europea.
Esta zona favorecida es la que parece, en la actualidad, ple-
namente adecuada á la civilización que llamaré « secundaria » .
México y el Perú, por ejemplo, han debido ser, por sus condi-
ciones naturales, los asientos de la civihzación primaria en
América, lo propio que el Egipto y la India en el viejo mundo.
CHILE II
— No es imposible, por otra parte, que en un porvenir lejano
se establezca sobre las ruinas de la actual otra civilización
(( terciaria » , más independiente del calor solar y del medio
ambiente, y cuyos límites se extiendan hacia las regiones gla-
ciales del norte y del sud. Pero, en el período presente y el
futuro divisable, es evidente que los órganos complejos de
nuestra civilización, fundada en la división del trabajo y las
concurrencias nacionales, no se desarrollan y funcionan plena-
mente sino allí donde el clima intermedio y tonificante torna
productiva la labor material y estimula el ejercicio del pensa-
miento. Con la identidad originaria de la raza europea, —muy
modificada ya, — la analogía geográfica es, pues, el primer
elemento común á la Argentina y Chile. Casi todos los otros
son diversos, si no antagónicos; y ello ha bastado para crear,
en tres ó cuatro generaciones, dos variedades sociológicas
americanas profundamente distintas. Empero, y desde luego,
no parece dudoso que en el continente sudamericano la hege-
monía deba pertenecer á los dos pueblos favorecidos.
Para una población sensiblemente igual, que hoy mismo
no alcanza á tres millones de nativos, la superficie de Chile
(deduciendo las recientes anexiones) es la sexta parte de la
República Argentina. Ahora bien, en el sentido americano, lo
que significa la expresión organizarse nacionalmente, es, ocu-
par realmente el suelo bajo el triple aspecto demográfico, po-
lítico y económico : abreviando las distancias despobladas y
reduciendo los desiertos baldíos, multiplicando, por fin, las
agrupaciones urbanas, ganglios sociológicos depositarios de
la riqueza y transmisores de la civilización. La empresa acome-
tida por uno y otro pueblo, durante el medio siglo de su
evolución decisiva (1825-1875), ha sido, pues, tan desigual
como la de dos propietarios que, con recursos presentes casi
la DEL PLATA AL NIÁGARA
iguales, resolviesen amueblar y sostener sus casas respectivas,
teniendo la una seis veces más capacidad y departamentos
que la otra.
Así, desde el principio de la Independencia, el formidable
problema de la organización nacional se ha planteado de
una manera incomparablemente más accesible y resoluble
para Chile que para la Argentina. En tanto que su me-
dianía territorial (sin vedarle, como al Uruguay, las gran-
des ambiciones patrióticas) facilitaba una relativa condensa-
ción demográfica en los valles productores, su enorme aleja-
miento de Europa disminuía singularmente sus aptitudes
como país de colonización. A trueque de esta causa de lentitud
en el desenvolvimiento económico podía alcanzar un grado ma-
yor de homogeneidad y cohesión en su estructura social. El
principio y el fin de cualquier estudio comparativo entre am-
bos países está resumido en esa última frase; todo lo que
precede y seguirá no es sino su comentario.
Al hablar de la raza chilena, no debe confundirse la clase
dirigente con la masa popular : si aquella capa superior es
análoga por su origen á la correspondiente en las otras repú-
blicas hispano-americanas, no así la muchedumbre suburbana
y rural. Al paso que la infiltración europea — fuera de la es-
pañola primitiva — era muy escasa en el grupo superior chi-
leno, es bien evidente que en la masa popular su mezcla infi-
nitesimal no merece tenerse en cuenta. El dato demográfico
que debe dominar constantemente todo paralelo entre estos
pueblos limítrofes, es el siguiente : según el último censo
de 1 885, Chile contaba entonces, en todo su territorio,
26.241 europeos; ahora bien, en el solo quindenio de 1871-
1886 se han establecido en la Repúbhca Argentina 65o. 000
extranjeros ! Epilogad y reducid cuanto queráis : el rasgo di-
CHILE i3
ferencial queda indeleble, y es tan significativo que, lo repito,
debe anteponerse á cualquiera otra consideración sociológica.
Durante el solo año de i884, por ejemplo, la Argentina se
anexaba por la pacífica inmigración un número de agricul-
tores europeos mayor que el de los peruanos y bolivianos
amarrados á Chile por los resultados de la guerra. Admitiendo
que ambos grupos anexos se hayan reproducido en proporción
igual : ved ahí, por una parte, un contingente de chileno-pe-
ruanos, y por otra, un grupo igual de argentino-europeos,
agregados al núcleo nacional respectivo : la consecuencia no
ha de ser idéntica.
Es así como las leyes naturales de territorio y situación
han creado las variedades sociológicas que con el tiempo, fac-
tor omnipotente, tendrán que acentuarse más y más. Mientras
que la Argentina podía esperar los resultados de su evolución
social por la mezcla é infiltración europeas, en Chile la necesi-
dad desarrollaba en el propio seno, y casi con los solos elementos
nativos, lasaptitudes industriales^ las virtualidades materiales
é intelectuales, que forman la compleja estructura indispen-
sable para la vida de un moderno organismo político. Siendo
Chile una faja « de gran longura » y mediocre extensión entre
la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que procurar laboriosa-
mente su desarrollo, ocupando la costa, surcando el océano
civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros ocultos,
apropiando, por último, la zona intermedia y los valles cen-
trales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el
Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y,
á las veces, preparado para las conquistas litorales ; al hacerle
minero, la cordillera, que protegía su espalda é invadía su
territorio escaso, le impuso también la obligación, como le en-
señó los medios, de cultivar intensamente el suelo ingrato,
1 4 DEL PLATA AL JilÁGARA
abriendo sendas y canales, cortando, cavando, nivelando, lu-
chando victoriosamente con la estéril arena y la roca enemiga.
El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole de an-
tiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril ;
y este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en
verdad predestinado á realizar en América el tipo nacional de
Robinson. Agricultor, marino, industrial : sin influencias ex-
ternas ni mezclas exóticas, ascendió rápidamente á una situa-
ción sociológica superior á la de otros pueblo más ricos, casi
exclusivamente pastores ó expendedores de productos pre-
ciosos.
Al propio tiempo que las leyes permanentes de la raza y del
medio delineaban los rasgos fundamentales de la fisonomía
chilena, la ausencia de la gran inmigraciói^. europea, innova-
dora y perturbadora de la tradición, permitió conservar casi
intacto el edificio colonial, sin más que cambiar la inscrip-
ción de su portada. La revolución chilena quedó exterior en
sus causas y sus efectos : un ejército argentino cortó definiti-
vamente el cordón umbilical que ataba la colonia á su metró-
poli ; y esta rápida operación, lejos de arrasar con lo existente
lo mantuvo en pie, reduciendo el cambio de estado á un acto
de emancipación y á la toma de posesión del país por los nati-
vos. El dictador O'Higgins casi pudiera creer que recibía y
administraba la herencia política de su ilustre padre, el fun-
dador de Santa Rosa y Vallenar. Todo concurría, pues, á per-
petuar la dualidad originaria del pueblo chileno : una clase
dirigente en la punta de la pirámide, una masa anónima y su-
misa abajo, con una faja de separación casi insalvable : así, en
el cerro de Aconcagua, la zona amorfa de arenisca impide
que se confunda el conglomerado de la base con las estrías del
vértice. De suerte que, después de un breve extravío demo-
CHILE i5
Ciático y un experimento único de federalismo que produjeron
la anarquía y bastaron á demostrar su falta de adecuación,
elaboróse una constitución resueltamente centralista, — tan
poco democrática, que las dos fracciones del grupo dirigente
se han sucedido en el poder sin alterar la forma constitutiva ;
tan poco republicana en el fondo, que las facultades del presi-
dente, unidas á la reelección indefinida — antes de la reforma
de 1871 — y ásu irresponsabilidad inmediata, eran más im-
portantes y absorbentes que las de un monarca constitucional.
Conviene insistir en este consorcio armónico de la raza y
la estructura originaria con las circunstancias y las institu-
ciones políticas, en esta feliz apropiación del pueblo chileno
al medio ambiente, porque ello da la clave de esa evolución
ulterior, que, con la colonia más lejana y pobre del dominio
español, ha hecho al pueblo más civilizado y fuerte del Pa-
cífico : á la nación que en cincuenta años de labor incesante y
administración honrada, tenía ya alcanzada la legítima hege-
monía moral en esta vertiente de los Andes, mucho antes que
la conquista militar le agregara su sanción brutal. Votada sin
grandes disidencias, después del sangriento conflicto que die-
ra el triunfo al partido conservador, la constitución unitaria
del año 33 ha quedado subsistente en sus grandes lineamientos,
precisamente porque no era más que la consagración legal del
orden político históricamente establecido. La accesión al poder
del partido liberal no ha sido la señal de destrucción de la cons-
titución conservadora: han bastado algunas reformas parciales
y paulatinas para completar su adaptación. En lugar de las
veinte constituciones de papel que, en el pueblo vecino, se
volaban arrebatadas porcada tormenta anárquica, se ha podido
aquí, una vez por todas, esculpir en el granito la carta funda-
i6 DEL PLATA AL NIÁGARA
mental ; porque ésta no era una concepción artificial y postiza,
una ley teórica encargada de modelar las costumbres de todo
un pueblo, sino la reglamentación de los hábitos y tendencias
seculares. Es posible que el molde ideado ó copiado por los le-
gisladores argentinos fuera superior al chileno ; pero éste fué
hecho por medida y, sin esfuerzo ni sufrimiento, han podido
vaciarse en él las generaciones sucesivas. — Una población cen-
tralizada y relativamente compacta; un grupo superior apoyado
en el clero católico, muestra y modelo de las jerarquías, y
apoyando á la vez sus pretensiones tradicionales ; un gobierno
elegido periódicamente en la sola clase privilegiada, rica y no-
ble, que llevaba al poder sus tradiciones domésticas de hon-
radez administrativa, y que no podía buscar en el mando la
fortuna ó la satisfacción vanidosa que poseía desde la cuna ;
la existencia originaria de dos partidos antagónicos, pero ex-
traídos de la misma clase superior y cuya rivalidad abierta era
menos un peligro que una garantía ; abajo, la muchedumbre
innominada, vinculada al terruño, ala mina, al taller, sin más
sentimiento común con la aristocracia que el mismo patrio-
tismo exaltado é intransigente, tan pujante en el patricio que
sacrifica fortuna y vida por la grandeza nacional, como en el
t'oto humilde que vierte su sangre por una tierra que nunca le
perteneció, y pelea por instinto de raza como sus antepasados
del Arauco : tales son las grandes estratificaciones de la masa
chilena, que la organización política y la historia han contri-
buido á solidificar.
No hay aquí espacio ilimitado, ni horizonte misterioso y
tentador; nada, por tanto, que se parezca á la libre y feliz va-
gancia del gaucho argentino en sus desiertos pampeanos ó en
sus montes «arribeños)) . Cada hombre del pueblo nace obrero,
inquilino, peón, roto del campo ó del suburbio; todos tienen
CHILE ,7
patrón, son moléculas de un fragmento compacto, pertenecen
á una gens urbana ó territorial. Para mantener incólume
contra la infiltración externa tan anticuado edificio, no basta-
ban los tradicionales hábitos de sumisión, fomentados por las
supersticiones y la ignorancia popular, hasta hoy tolerada
fuera de las ciudades : era necesario que todas las influencias
ambientes y todos los resortes internos conspirasen al mismo
fin. Por el lado extranjero: la distancia de Europa, la pronta
ocupación del suelo, la escasez de buenas tierras disponibles y
el desarrollo industrial criollo, mantenían desviada hacia el
Plata la gran corriente inmigratoria é impedían la formación
de una numerosa clase media; por el lado popular: la raza
enérgica, el clima tonificante, la labor penosa de la montaña
y del mar habían forjado una masa proletaria sufrida y ruda,
capaz de disputar el suelo al inmigrante agricultor ó sostener
contra el obrero europeo la lucha por la vida, — instrumento
excelente en la guerra como en la paz, siempre que su arrojo
brutal encontrara el saqueo como premio y corolario de la vic-
toria, y se le permitiera devastar las comarcas opulentas que
sus dueños enervados ó disolutos no sabrían defender. Por el
lado dirigente, por fin : junto al lujo, á las pretensiones nobilia-
rias, á las distinciones de clase, á los mayorazgos y las vincu-
laciones, á las preocupaciones de raza y religión, á todas las
vanidadesprestigiosas que van desapareciendo , — han subsis-
tido las verdaderas condiciones y salvaguardias de las aristo-
cracias : el voto restricto; la ilustración y la autoridad moral;
los grandes fundos productivos ; la concentración del grupo
gobernante en una capital mediterránea, lejos del contacto eu-
ropeo y comercial ; la ausencia casi completa de clase media,
por exclusión, no como en otra parte, por confusión y mezcla
de los rasgos sociales. Tal es la fuerte organización histórica
i8 DEL PLATA AL NIÁGARA
que ha hecho al Chile actual, ó más exactamente al anterior á
las últimas guerras : es decir, al primer pueblo de Sud- América,
si se tuviera sólo en cuenta el desarrollo normal y la estruc-
tura coherente de la nacionalidad.
Advertid que este pueblo ha llegado al período adulto antes
que todos sus vecinos, bastándose á sí propio casi completa-
mente en su territorio, primitivamente el más pobre del do-
minio español. Ha creado con su propia substancia ó la rápida
é inteligente iniciación, su administración moralmente ejem-
plar, su ejército y su marina^ cuyas campañas han despertado
la atención del mundo; sus industrias mineras y agrícolas,
durante un medio siglo de orden interno que le ha conquis-
tado en los mercados europeos, antes que la gloria militar,
esa gloria económica que se llama el crédito. Además, halle-
vado á las especulaciones más altas y desinteresadas que cons -
tituyen propiamente la civililización, sus cualidades nativas de
conciencia juiciosa y paciente laboriosidad. Sin duda, hanle fal-
tado, no sólo el genio, la llama sagrada, la originalidad sobe-
rana, — como á los otros pueblos americanos, — sino la gracia
elegante y el mismo gusto artístico : el numen de Bello, des-
colorido y frío como el agua, ha presidido á sus inspiraciones.
Pero en las ciencias aplicadas, en la historia y en el derecho
ha seguido con paso mesurado y seguro las huellas de los
maestros. Su propia escuela de pintura y escultura revela cua-
lidades y aptitudes de disciplina poco comunes en América.
Sus Facultades profesionales é Institutos superiores ó secun-
darios parecen igualmente dignos de aprecio por su adminis-
tración y sus estudios. En suma, este país posee en pleno de-
sarrollo todos los órganos necesarios al funcionamiento social:
los que han quedado embrionarios ó faltan por completo no
son indispensables. No está demostrado que una nación, aun
CHILE 19
en América, tenga que ser una democracia ateniense, ni
siquiera una república ; y si Chile hubiera de continuar siendo
una aristocracia utilitaria más ó menos abierta, convendría
estudiarlo imparcialmente desde ese punto de vista, sin tener
desde luego por inferioridad lo que sólo revela al pronto una
diversidad.
Las líneas generales y las deducciones abstractas no pueden
forzosamente representar más que el esqueleto de un organis-
mo tan vasto y complejo como lo es una sociedad; no dan
cabida á los accidentes que alteran más ó menos profunda-
mente el trazado teórico de la historia. En anatomía y fisio-
logía, por ejemplo, se dibuja el esquema rectilíneo de un
órgano ó aparato para explicar con eficacia mayor sus formas
ó funciones ; la a fisiognomonía » caracteriza el juego de los
músculos expresivos de las emociones con rasgos precisos y
rígidos, bosquejando una cara humana con cuatro ó cinco rec-
tas esenciales : claro está que con ello no se pretende repre-
sentar la imagen exacta y compleja de una fisonomía ó de un
órgano, los cuales jamás contienen el elemento rectilíneo. Lo
propio ocurre en estos ensayos de síntesis sociales : se acen-
túa un rasgo característico y se omiten los accesorios, en gra-
cia de la sencillez y brevedad, pero sin pretender á la semejanza
completa. Además, en estos bosquejos provisorios, es fuerza
fijar é inmovilizar un estado general correspondiente á un pe-
ríodo preciso y significativo, descuidando las lentas deforma-
ciones que son obra incesante del tiempo y constituyen la
evolución de un grupo nacional.
Por distante y aislado que estuviera, Chile no vivía solo en
el continente : de ahí ciertas influencias y modificaciones que
nacían de las infiltraciones vecinales, cuando no de las guerras
DEL PLATA AL NIÁGARA
de invasión ó conquista. Á pesar ó en razón misma de su con-
centración mediterránea en lo político y social, no podía
dejar de fomentar el movimiento comercial europeo que le
traía los elementos vitales de que carecía, en cambio de las
materias primeras, cuya explotación y exportación eran su
fuente de recursos : de ahí el desarrollo material de Valparaí-
so y demás ciudades litorales, cuyo contacto y corriente exó-
tica introducían en la masa colonial un fermento transforma-
dor. Entre Santiago y Valparaíso la diferencia de naturaleza
era tan profunda, que debía mantener vivo por mucho tiem-
po el antagonismo. Irresistiblemente, la « democratización »
había de penetrar por la vía marítima ; y la comunicación con
el extranjero ó la incorporación del forastero al grupo nativo
tenía que crear la clase intermedia, contigua al pueblo por su
origen humilde, mezclada á la aristocracia nativa por su
fortuna. Activarían este movimiento a igualitario » la difu-
sión inevitable de la educación, las propagandas del libro y de
la prensa, los compromisos y promiscuidades imprescindibles
de las contiendas electorales. — Por otra parte, las conse-
cuencias sociales de las dos últimas guerras, exterior y civil,
serán probablemente mucho más considerables que las polí-
ticas . Podría desde luego demostrarse que la primera ha traído
á la segunda; y que la militarización, unida á la brusca in-
flación de las rentas fiscales por ]a anexión del territorio sa-
litrero, ha generalizado el espíritu de ambición y aventura,
junto al gusto del agio y de las satisfacciones materiales en
una proporción antes desconocida. Sin aceptar las exagera-
ciones é injusticias partidarias, creo que la administración
Balmaceda señala un acceso de megalomanía nacional, fo-
mentada por el gobierno, pero cuyos estragos morales sobre-
vivirán al desgraciado dictador. ¡ De esa convulsión terrible no
CHILE 21
es sólo el papel de banco el que sale quebrantado ! Tal vez la
misma conquista peruana contenga el desquite futuro de los
vencidos, y, guardadas las proporciones, pueda aplicarse en
cierto modo al vencedor el verso terrible de Juvenal :
Luxaria incubuit, victumque ulciscitur . . .
Todo ello, y mucho más, habría de considerarse en una
síntesis de la sociología chilena, para redondear los ángulos
agudos de una apreciación tan somera como la que vengo en-
sayando. Sin embargo, todas las variaciones adventicias no al-
canzan á destruir los caracteres fundamentales y específicos.
Si los elementos arriba indicados son realmente característi-
cos, tienen que ser duraderos, aunque no absolutamente fijos ;
y á despecho de todas las modificaciones subsiguientes, Chile
debe aparecer en conjunto al observador imparcial, tal cual he
podido inducirlo por su historia evolutiva que nuevamente re-
sumo. Políticamente : un pueblo centralizado, con un poder
ejecutivo predominante, una clase dirigente emanada de la
aristocracia de raza y fortuna territorial. Socialmente: un pue-
blo amigo del orden y sometido á la autoridad legal, con fuerte
estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un pa-
triotismo exagerado, casi español ; práctico por el espíritu y la
conducta ; probo y severo en su administración ; con horizon-
tes intelectuales proporcionados á los materiales ; concienzudo,
laborioso, perseverante ; económico, primero por necesidad y
luego por hábito. En suma, una nación más intrínsecamente
completa que sus hermanas del continente, — es decir, que ya
ha pasado para ella el período de mayor crecimiento ; — pre-
destinada por su organización y fibra viril á ser vencedora de
su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano
era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era
3 a DEL PLATA AL NIÁGARA
la presa. Un pueblo de tanta sensatez nativa, sin embargo,
que contempla él mismo y confiesa ya la influencia perniciosa
de la conquista, y que, prudente en los límites del honor na-
cional, parece sincera y verdaderamente curado de nuevas ve-
leidades invasoras.
En sus grandes líneas fisonómicas, tal había visto al pue-
blo chileno antes de rozarme con él. Si, lo repito, mis in-
ducciones son exactas, han de concordar con mis actuales
observaciones. Bien sé que no he podido verlo todo ni estu-
diar nada bien ; por más que en un país centralizado el estudio
de la capital sea de importancia incomparable, comprendo que
éste no basta, aunque le agregue rápidas correrías en los de-
partamentos vecinos y algunas visitas á Valparaíso y demás
pueblos litorales del tránsito. Con todo, los sondajes espar-
cidos en una vasta extensión del país y multiplicados en su
centro pueden suministrar una base no despreciable para el
estudio. No pueden tacharse de erróneas las conclusiones por
el mero hecho de no corresponder sino á una proporción muy
reducida de experimentos parciales respecto de la totalidad.
Si hay mil bolillas de diversos colores mezcladas en una urna,
y, extrayéndolas al azar, se obtiene una serie de diez bolillas
iguales, puédese afirmar matemáticamente, sin más averigua-
ción, que las de dicho color constituyen la inmensa mayoría.
En las páginas siguientes presentaré al lector algunos resul-
tados de mi extracción.
II
CHILE
EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES i
Gomo un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía le-
vanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenética-
mente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descom-
puesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo
mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente
la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los san-
tiaguinos ; todas las descripciones del país celebran la oc-
tava maravilla ; no hay compendio escolar que omita su men-
ción ; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna
de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que
allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno ;
pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres
semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio
de zarzuela española, una terraza en belvedere, un restaurant
francés servido á la chilena i todos los atractivos ! Por fin,
después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al
despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones
a4 DEL PLATA AL NIÁGARA
fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen.
No hay observatorio más sugestivo : los accidentes del paisaje
cobrarán ahora su real significado, como que serán efectiva-
mente otros tantos signos materiales de ideas allí anidadas,
síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeúnte,
como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.
Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento.
Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento ar-
quitectónico un improvisador incoercible ; lo importante es que
tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional,
hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio
y ser declarado enemigo público, u De Santiago al cielo, y
desde allí, etc. »: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y ve-
remos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseve-
rancia y energía impulsiva ; pero la elegancia no es una vir-
tud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus
palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas ar-
tísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias pa-
recidas á las que se ostentan en su querido peñasco.
Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su
vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación
postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con al-
menas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, pre-
cipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras
en las barandillas : un hacinamiento pretencioso al par
que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad,
cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegeta-
ción. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los
pimientos vulgares ; por sobre los ingratos eucalyptus se eri-
zan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias ». A guisa
de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cada
CHILE 25
paso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las
columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y
(( monos » de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca
no sé qué recuerdos de vendedor de tutilimundi, cuyo am-
bulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero ro-
mántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pe-
queño, disparatado, mezquino, como un banquete de bur-
gueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa
por la ventana. A medida que se va subiendo, los contrastes
grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El ca-
ñón (( de las doce », ó del merodiano, como dice mi cochero,
queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me
pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre in-
válido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pa-
riente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco
severa de las glorietas. Complemento patético : el zócalo de
la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado... por otro pa-
riente ¡naturalmente ! ^ Quién duda que para ser buena, como
dice el refrán, ha de ser la. . . cuña del mismo palo ? Por fin, el
creador en persona no podía faltará esta cita de familia : como
para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores
no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar
en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente
hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre
fondín. — Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza
se contempla todo el valle de Santiago.
(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No
hago por ahora comparaciones : declaro simplemente que, al
lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen aus-
teras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bo-
naerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de los
36 DEL PLATA AL NIÁGARA
chilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y,
como tal, el verdadero u rasgo prominente» que el poeta ar-
gentino Domínguez debería mencionar, entre el «sol ardiente»
— i tan característico del Brasil ! — y el imponente ombú de
nuestra a pampa grandiosa » ! Sospecho que algunos lectores
argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez,
carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber
que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como
las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo
elogios, y topo cuando formulo críticas : y éstos siquiera serán
ingenuos. ¿ Cómo no escribir de vez en cuando cum grano salís,
si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe
cien heridas por día antes de devolver una por mes ?)
Magníficamente, en su doble circo de serranías, el depar-
tamento de Santiago se despliega á mis pies : en proyección
casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea
perspectiva que huye gradualmente, reducida y esftimada,
hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No
me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral,
después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los
edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de
ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca con-
templarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa, — excepción
tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados
han sido de una serenidad ideal, — después de seis meses de
sequía que han tejido sóbrelas cosas su telaraña gris y tendido en
el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma
tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios
follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los
frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas
cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera,
CHILE 37
en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes
de luz : llena todo el naciente con su rugosa escarpa piza-
rreña, estriada de aristas y quebradas. Gomo una corona de
plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso
aguirnalda la cumbre nevada : y en esa zona intermedia entre
el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado,
ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa
andina, arrancado al pasar...
El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un ve-
tusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas suce-
sivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas
alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del
zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen
amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan
de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo
entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitacio-
nes apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño
de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como
un pastor de pie dominando los vellones grises, un campana-
rio de iglesia se yergue en el ^espacio. Ninguna originalidad,
ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las
iglesias, y su vista lejana me trac reminiscencias de su inte-
rior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa
aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres
italianas de Santo Domingo son tan destituidas de carácter
como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó
cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro
Blanco, la Recoleta Dominica evoca sus suntuosidades adve-
nedizas : innumerables columnas y revestimientos de mármol
blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y can-
delabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en to-
a8 DEL PLATA AL NIÁGARA
das las costuras, de una «banalidad)) insuperable... Por lo de-
más, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque
especial de Chile, ni de América ; reina en el mundo entero y
hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las igle-
sias nuevas no son sino postizos de cal y canto — cuando no
de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es
una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar.
Nace viejo y prolonga su existencia ficticia ; se asemeja a una
coraza de gliptodon : está intacta la envoltura, pero no es más
una piedra lo que fué un organismo vivo.
Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento ur-
bano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el
aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio
los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta
altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras
que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la
vasta respiración del monstruo industrial. — Pasa al pie del
cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bor-
dada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapo-
cho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho
más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Men-
doza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres
hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el
barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su
margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expó-
sitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una
visita dolorosa... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre
hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus
veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cua-
tro puntos negros que se arrastran en cada cuadra. — Pero la
vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirable
GHILS ao
horizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achata-
miento. Comoinmensasolas del diluvio súbitamente petrifica-
das ala voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, domi-
nadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por
sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los
cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes
sierras extremas parecen observar eternamente el valle de
Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo
crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la
montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se
abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como
fuerte destacado que custodia la entrada...
Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de
adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se re-
cuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas
europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Pe-
ñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado
de tristeza. ¡ Oh ! ¡ estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas
son la gran amargura de los viajes ! ¡ Algunos amigos viejos
han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado
manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial,
las mesas de famiha con su tibia atmósfera reconfortante !
i Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por
sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se
quisiera acariciar ! . . .
El crepúsculo ha sido breve ; no hace una hora que el sol
ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se pro-
yecta duramente sobre el cielo opalino ; se ha hundido en ese
Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones.
Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades
enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza.
3o DEL PLATA AL rflÁGARA
Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pá-
lida ¡ y quedo mirando la luna ! Sin cuidarme de estar ó no
ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un
tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá
por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro
que, al fin, creo que el « sereno » me ha nublado la vista.. .
i Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías ?...
Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es
particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es,
en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las
exageraciones del patriotismo de campanario ; no reparemos
en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la
evidente supremacía de su nación sobre todas las hispano-
americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la ((mag-
nificencia de sus edificios particulares y públicos » . Es la ver-
dad que la República Argentina no posee, sin disputa posible,
una capital de provincia comparable con las dos principales
ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago
de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La
capital, especialmente, posee algunos edificios bastante nota-
bles. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos para-
lelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería;
pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la
Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas,
harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No
dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples apli-
caciones, científicas, artísticas — y culinarias; — la Alameda
soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y ci-
viles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato,
el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían á
CHILE
las de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes,
es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin
monumentos ¿ cómo queréis que reservemos nuestra admira-
ción para edificios como la Moneda, la Universidad, los ban-
cos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y pri-
siones, las iglesias y cuarteles — seguramente no superiores
en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes
y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por
su lujo de construcción y amueblado ¡ que las disfruten sus
dueños y las admiren los snobs ! Mientras existan los originales
europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó
menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones
coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su
antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más honda-
mente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos
palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales,
como diría Moliere, abundan los « solecismos » de gusto y
adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra
parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido
durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones ame-
ricanas son principalmente interesantes por sus sitios natu-
rales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más
ó menos adventicias ; y secundariamente por aquellas realiza-
ciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución
política y estructura social. A este respecto, la visita de algu-
nas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significa-
tiva que la de las « casas romanas » y « alhambras » de la ca-
•pital.
En las puras democracias, es casi inevitable que la forma-
ción ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmente
DEL PLATA AL NL\GARA
sobre la rural. Durante mucho tiempo , puede, sin inconve-
niente y aun con provecho general, suceder lo contrario en
las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argen-
tina se encuentran respectivamente en la misma situación que
Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años
hace que un gran (( estanciero » ó agricultor no pasa sino por
excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige
la explotación un mayordomo ; los empleados y peones casi
no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital — ó
en Europa — el producto de la hacienda. No siendo dicha
propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte,
hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos
Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales
y apenas confortables. Aquilas condiciones son muy diversas.
La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias,
al par que la mediocre extensión de los fundos permite mul-
tiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y
regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa — viñas,
cereales, forrajes, etc. — su explotación es obra complicada
y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inme-
diata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la
base y justificación de la estructura social, una morada estable
así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas
rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas,
verdaderas residencias « dominicales » , habitadas gran parte
del año por el propietario y su familia, que casi siempre han
viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo
á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la
minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo
de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y sin-
gularmente en las (( tierras calientes » . Lo que me parece pro-
CHILE 40
píamente chileno, es la sana y amplia existencia del gentleman
farmer americano, en su fundo de viñedos y alfalfares surca-
dos de acequias, con sus bodegas provistas de todos los apa-
ratos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando
con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros
y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas
de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y fí-
sicos.
Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su es-
tructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros
rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación públi-
ca, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta
y religión son visibles á la distancia ; otros son más íntimos
y requieren observación directa : así, los gustos, las tenden-
cias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del
individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de
determinar porque son los más importantes. Es facilísimo
comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido
aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de in-
formación é influencia. El número de periódicos para todo el
país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria
total no excede por mucho la de un gran órgano platense.
Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y can-
didamente; la misma noticia gira durante una semana, inde-
finidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la
clase dirigente, que es un grupo, y la masa popularque no sabe
leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media.
c Queréis ver confirmada esta última aserción, y compro-
bar la convergencia de ambos rasgos sociológicos . o Observad
el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que
no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes.
34 DEL PLATA AL NIÁGARA
En tanto que las cifras relativas á la educación superior y se-
cundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la
Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan
un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas,
resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad
de las nuestras ; pero si se consideran otros factores concu-
rrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería
la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia edu-
cativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación ca-
tegórica : pero si es posible extender á la totalidad los rasgos
de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase
de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de
los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento,
creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas
en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media
y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá ; la común
y normal decididamente inferior. Repito que estas aprecia-
ciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas
de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias.
Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á man-
tenerme en la vaguedad ; no me resuelvo á precisar qué leccio-
nes he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y
no pudiendo torcerle verdad, prefiero omitirla. — La exacta
justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas indivi-
dualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión.
^ Cómo sacar á la luz pública y en son de crítica á un modesto
empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser
irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo ?
Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciarla
eficacia de la educación secundaria y superior de una nación ;
es el método evangélico : a por sus frutos los conoceréis » . Fue-
CHILE 35
ra de las aptitudes personales, cuya selección se hace sin in-
tervención extraña, hay un promedio de ilustración general,
que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la
cátedra, en el parlamento, — y que puede tenerse por el pro-
ducto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía,
lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la
conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, apli-
cación en el vario ejercicio del pensamiento : pero este pen-
samiento en sí mismo carece de tendencia propia, de origina-
lidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica : no tiene esponta-
neidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea
es lo que se llama talento. — Pero un pueblo puede cumplir su
evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin
que abunden en sus generaciones los hombres de talento ori-
ginal ; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados
Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia cien-
tífica no constituyen más que una asimilación ; pero esta at-
mósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para
los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior
que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la
inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está
preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no
ha surgido.
¡ Dualidad extraña y al parecer contradictoria ! Ese pueblo
de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo
para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más
sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á
esta misma América sus iniciaciones diversas — á semejanza
de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por ci-
vilización : ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi,
Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de la
DEL PLATA AL NIÁGARA
emigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Co-
piapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera
imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha
sucedido : los sabios que desaparecen dejan un semillero de
excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales
ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han
practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices
son chilenos — pero debidos á un ingeniero francés ó un boti-
cario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra
con el Perú es en parte debido á la oportuna captura del
Huáscar en Punta Angamos ; ahora bien, un chileno me afir-
ma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso
un extranjero que descubrió este huevo de Colón : limpiar
los fondos del Blanco y del Cochrane, en pocos días y sin di-
que de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad. — No
son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan ja-
más á dominar su materia con despreocupación y desdén de
las fórmulas doctrinales. Magister dixit : tal es el principio y el
fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional
de la cuestión económica, es un « entrevero » de citas escolares:
atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda
fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio
de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción,
— lo mismo que entre nosotros, — á la baja de sus produc-
tos mineros, al desarrollo de la importación improductiva.
Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la
{( balanza del comercio » ó, despistados por el equilibrio apa-
rente de su debe y haber, obtenido merced á la enorme parti-
da délos salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es fic-
ticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto
de Chile, la situación económica no hubiera variado en abso-
CHILE 37
luto si, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo
dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal délas
salitreras. Fuera de ]a cuestión muy secundaria de los brazos
chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exporta-
ción anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 4o millo-
nes de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la
actual, sin que la condición económica del país se modificara
sensiblemente : no es producción nacional. En consecuencia,
¡ se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el
Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación
de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de
los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más
de lo que envían á la Europa tutelar !
Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas se-
gundas y cobijar las opiniones propias bajóla garantía de una
autoridad, se hace perceptible en todas las direcciones del pen-
samiento chileno. No siendo caso de una crítica personal, creo
que puedo, sin faltar á las reglas de conveniencia que me he
impuesto, aludir á una conferencia á que he asistido en la Es-
cuela de medicina. Se trataba de una lección inaugural, ante
alumnos ya casi médicos ; la competencia profesional del ca-
tedrático no es para mí dudosa — agregaré que, lejos de ser un
práctico estrecho, es un espíritu abierto alas múltiples mani-
festaciones del arte y la literatura ; él mismo me había invita-
do á su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previa-
mente, antes de explorarlo en sus detalles, era esa región per-
turbante y crepuscular de las neurosis, á cuyo estudio ningún
pensador moderno puede quedar extraño. . . Esperé una expo-
sición filosófica de la materia mas obscura y temerosa de la
ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía tan vaci-
lantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los resul-
38 DEL PLATA AL NIÁGARA
tados terapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las
mismas entidades mórbidas acometidas.
Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una
clasificación, el profesor entró en materia con la descripción
déla ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes pre-
cursores ; hizo entrará un enfermo, pidióle que contara su his-
torieta, comprobó en él los síntomas clásicos, marcha, pupila,
reflejo de la rodilla; después de una alusión al « pansifilismo»
de Fournier, prescribió el tratamiento correcto, como si fuera
infalible — y cuando pensé que iba á comenzar, había ya termi-
nado. Era la conferencia de apertura. Ni una mención de las
grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio psico-
lógico y social de los accidentes ó degeneraciones del meca-
nismo nervioso ; ni una vacilación respecto de la certidumbre
de la etiología y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la
duda, que es el initium sapientiae y la estampilla del verdadero
espíritu científico. Para esos jóvenes estudiantes, se presenta
el mar tenebroso de la medicina bajo el aspecto de un cami-
no de hierro cuyos viajeros conocen de antemano el itinerario,
desde el punto de partida hasta el término, con exacta indica-
ción de las estaciones intermedias y su minuciosa filiación.
— ¡ Oh ! sabia desconfianza y prudente escepticismo de
Claudio Bernard ! Ignorahimus fecundo de Dubois-Rey-
mond !
Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que conci-
bieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran re-
fuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una u Es-
cuela normal» de bellas artes : trajeron pintores europeos, —
entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de
David, algo así como un Bello de la pintura convencional, —
enviaron á Europa escuadras de artistas bisónos... Nosotros
CHILE 39
siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pen-
sionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan,
se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían du-
rante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados
de lienzo ; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bode-
gón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje
hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la
sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una
generosidad afli gente sus colecciones nacionales de reflejos
y copias de todas las escuelas conocidas — excepto de la escuela
chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto
á conducta y aprovechamiento ; aprenden su lección con toda
conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan
con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas : pero
quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y,
lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz.
Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Gaupolicanes,
batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que me-
recería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón.
Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente pa-
triotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente
en casa ; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del
porvenir.
En arquitectura, ut supra. En música, no creo quc sus am-
biciones pasen déla Marma para la generalidad, y deRigoletto
para los iniciados. He asistido, por ejemplo, aun atentado pú-
blico contra la Misa de Verdi, que borra todas mis impresio-
nes musicales de Bolivia y Tucumán : el público aplaudía
frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la
protesta indignada de la prensa : todos los diarios pedían la
reincidencia y maltrataban al público por no haber acudido
4o DEL PLATA AL NIÁGARA
enmasa á esta a interpretación nacional)). — En literatura,
por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la
lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición ;
se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades
bizantinas déla hteratura preceptiva, — y ello da por resultado
un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello y re-
mata en los sonetos de Guillermo Matta !
Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó ten-
dencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos
jamás emancipados, que su evolución militar : con ser el pue-
blo más instintivamente guerrero de América, de amor pro-
pio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre,
acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas
por extranjeros. — Anteponiendo el orgullo patrio á la vani-
dad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y
soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe
alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan
el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la tác-
tica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les ense-
ñara pintura y Gourcelle-Seneuil, economía política. Podría
multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y
compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á
la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicio-
so de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista,
perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la
voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto ex-
quisito y gracia seductora, — casi tan tímido en la iniciativa
cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma : una
figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes
intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran im-
periosamente nuestra atención, en razón directa, precisa-
CHILE 4i
mente, de su diferencia radical con los rasgos más caracterís-
ticos y propios de la fisonomía argentina.
Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su
poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico
es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maes-
tra para el pueblo como para el individuo. A sus difíciles
condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden,
parquedad y economía, que se han traducido con igual fideli-
dad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la es-
tructura orgánica de la colectividad — y, desde luego, en su
administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han sa-
queado desapiadada y odiosamente á los peruanos : pero sin
que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una
transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exa-
gerada y frenética pasión, esabreve tentativa de gobierno per-
sonal que ellos llaman la « dictadura o , pero no se ha oído una
acusación de peculado contra el dictador ni sus « cómplices » ,
mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la
misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente
un organismo sano — sin elaborar principios tóxicos los apara-
tos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes
internos los centros directores — aqui, la dictadura, la revolu-
ción, la restauración constitucional, se han sucedido sin que
enlo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administra-
tivo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su ac-
cesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversacio-
nes de sus antecesores ú opositores, porque está admitido
y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse.
Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan ele-
mental como el aseo físico en persona decente. Este rasgo
ia DEL PLATA AL NIÁGARA
heredado de la colonia y transmitido á las generaciones como
un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Eu-
ropa y apenas merecería mención : en América debe conside-
rarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera
razón de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en
el Pacífico.
Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración :
esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia.
Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial
para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administra-
tivo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni
falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de
las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia,
todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su
existencia semi secular, demuestran á las claras la realidad á
par que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora
bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la
severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa hon-
radez, así en el mandatario principal como en el subalterno.
Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este
elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por
secundario en fisiología el estudio de la célula — unidad pri-
mordial de los tejidos y aparatos del organismo.
En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente,
el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilan-
cia de la opinión, la consideración adherida al empleo público
que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han
sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el má-
ximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum
de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las fun-
ciones más importantes del Estado son gratuitas, honoríficas,
CHILE 43
en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de
las retribuidas establecen tanta desproporción entre la impor-
tancia del cargo y su compensación material, que debe nece-
sariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y resta-
blecido de algún modo el equilibrio. Este algo intangible es
la consideración pública ; — ¡ ay de los países donde ese humo
de puro incienso no flota eternamente en el espacio ! — y vuel-
ve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre
(( el honor, principio de las aristocracias » . Desgraciadamente,
no puede recordarse sin una sonrisa la proposición comple-
mentaria acerca del régimen democrático, que descansa « en
la virtud » !
El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chi-
leno sería fecundo en enseñanza ; lo he practicado teniendo en
cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la
organización general — y, desde luego, el hecho del régimen
federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos
provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea
posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comen-
tarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á al-
guno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en
pública evidencia las diversidades de carácter y organización,
que se revelan claramente por la desproporción general de los
sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de
decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia.
El departamento que, por muchas razones, llama especial-
mente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo
que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mi-
tad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no
considerando sino los totales, las proporciones están guarda-
das — 7 millones para Chile y 1 3 para la Argentina ; — pero
U DEL PLATA AL NIÁGARA
cuando se analiza la composición de las planas mayores se
llega á la estupefacción : aquí 12 generales por 4 2 allá; 18 co-
roneles en lugar de 12 4; 4o tenientes coroneles chilenos por
190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se
establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos?
Con la dotación del soldado, con su racionamiento severa-
mente justificado, con su sueldo de 3o pesos mensuales, casi
triple del sueldo del argentino.
Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante
entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes
visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados
fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré
de unir mi testimonio al de los que se han producido por am-
bos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz.
Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor
para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me
han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo
peligro de guerra ha desaparecido — puesto que es harto evi-
dente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pen-
samiento de agresión. La grandeza de la República Argentina
no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias
ajenas : nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un
fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán
el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Men-
doza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación es-
téril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de
índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegu-
rada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido,
tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿ Completaré mi
pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un
deber : lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz.
CHILE 45
es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.
Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de
las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á
pesar de las faltas, de las deficiencias, délas llagas visibles de
nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la
corta ó ala larga, no podía su resultado ser dudoso. El o boa
constrictor » que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener
su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego
su cola aprehensora : tiempo ha que los dardos caudales perte-
necen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino
era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ^ cuánto más
lo sería su digestión ? — Los embarazos financieros y las
inquietudes de la situación política justifican plenamente la
actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor infor-
mado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades pa-
trióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apa-
riencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria,
en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente
pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro impru-
dente... En suma, todo ha concluido bien : all's well that
ends well.
Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha reves-
tido esavieja a túnica de Neso », empapada en sangre pon-
zoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus fu-
nesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iqui-
que son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen
de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y
corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente
en los presupuestos, los premios ofrecidos al condottierismo
electoral, la empleomanía, el militarismo que, no encon-
trando presa por fuera, la busca por dentro y se torna ele-
46 DEL PLATA AL NIÁGARA
mentó agitador. Coincidiendo con la baja de su producción
industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las
arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía
cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido
vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa,
y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles
del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que
los países nuevos sufran una vez en su vida esta viruela epi-
démica y febril: la anarquía social, ^ quién sabe si no ha sido
mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y
pronto restablecimiento ? ¿ Quién sabe si el estado presente
del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera
para la República Argentina la larga prueba sangrienta que
enluta su historia y que ya no puede volver? (i)
(i) Véase en el Apéndice una carta en francés, escrita después de estas páginas
(abril de 1898), y que completa las impresiones del autor en Chile.
III
DE VALPARAÍSO A LIMA
LA SERENA . CALDERA . ANTOFAGAST A . IQUIQUE
A bordo del Laja.
Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente
por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy
impregnado aún de vida argentina y casera ; sobre todo, con
el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la se-
paración... Al pronto, Valparaíso me pareció bastante medio-
cre de extensión y neutro de carácter. A pesar del clima deli-
cioso en este mes (abril) y del relativo coAi/br¿ de la vida física,
el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud,
la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior y
ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme
injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenía en
él tan mal <( acondicionado » , en la brusca soledad del extra-
ñamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me espe-
raban algunos amigos de juventud...
48 DEL PLATA AL NIÁGARA
Vuelvo hoy al « puerto » para tomar el vapor de Lima. No
me encuentro tan aislado como en los primeros días. Gracias
á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla
de la Cordillera — ¡ todo de paz y fraternidad ! — me han sali-
do al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo
que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas
de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto
que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordia-
les ó simplemente corteses, que constituyen la conquista me-
nos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la
moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello
para mirar de cerca lo que antes entrevi.
Mi primera impresión general se modifica muy poco. El
verdadero Chile está en Santiago^ no en Valparaíso. — Con
sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles
y docks de vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias
de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por
callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos ; su pobla-
ción cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imita-
ción, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el
erigido á la « Marina Nacional » es interesante, si bien de
efecto algo teatral), — Valparaíso es el puerto de comercio en
si, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los
menos vastos y pintorescos : el Rosario ó el Callao, Bahía y
sus ascensores — menos el espléndido aderezo tropical, — una
Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á
la mitad... Pues, á pesar de las diferencias íntimas y el con-
traste de las latitudes, todos los puertos marítimos se parecen
insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consi-
gue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales,
y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos
DE VALPARAÍSO Á LIMA ^g
y aduanas, de los malecones ó wharfs, refleja la agitada mo-
notonía del Océano.
Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros
(Vicuña Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó
castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Ata-
cama no sería descontentadizo en materia de paisaje. La boca
del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá ;
el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle
la ilusión de un u valle del paraíso ». Con todo, fué mucho
bautizar ! El « paraíso » de Chile está en otra parte : en el ri-
co valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras
florestas de Coacepción y Arauco.
En lo tocante á Valparaíso, hoy mismo, después de transcu-
rridos tres siglos de apropiación humana,— desde los altos ba-
rrancos que dominan la bahía hasta la playa de Viña del Mar
y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera
la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vege-
tación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco
mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga
en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus
casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, re-
vuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería de
Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la
cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque
que leva anclas y vira lentamente, desfdan á flor de agúalas
fortificaciones que defienden la entrada ; luego el arrabal del
Barón, al norte, con su caserío pintorescamente escalonado
en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la
Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahía; la ciudad se
enciende poco á poco ; las últimas chalanas vacías se escurren
hacia la tierra ; pasamos delante de un buque de guerra chi-
5o DEL PLATA AL NIÁGARA
leño, cuya banda nos despide con el God savethe Queen...
Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes.
No es este Laja el mejor steamer de la Compañía sudame-
ricana, pero es estable y bien distribuido ; todo el personal,
del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable
como el mismo mar Pacífico. Cierto manque de tenue, y aun
de real confortable, me parece ampliamente compensado por
esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones per-
sonales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesa-
do, de la existencia « criolla» — contra la cual se murmura
sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más
tarde, en Londres ó París. Todo se arregla: tal es la divisa
hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje,
sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angu-
losos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra
cuyos artículos nos golpeamos á cada instante, cual contra el
techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á trueque
de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por
las cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo
que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones
nacionales...
Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera con-
dición es estar solo en el camarote ; la segunda, no estarlo
en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo « solo », bien com-
prendéis que os remedio peor que el mal, esa larga mesa del
comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrán-
dose demasiado tarde con vis-á-vís grotescos ó antipáticos,
con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada día
su historia con tal de averiguar la vuestra. — Yo tenía anun-
cio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infa-
DE VALPARAÍSO Á LLMA
tigable y geólogo sin par entre Gatamarca y Gopiapó, - rhom-
me de la montagne ! — muy capaz, por otra parte, de inte-
rrumpir un análisis al soplete para escuchar un lied de Schu-
mann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor
inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo co-
mo en un pozo de mina : enganchado á sus informes y corres-
pondencias desde el alba, manipulando libros y planos, des-
pachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables
comités, congresos y sindicatos de que forma parte ; pues en-
tra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan
en el Pacífico,-- sobre todo en las que se liquidan con estam-
pillas y telegramas. — Compañero precioso bajo cualquier
aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir
un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al día siguiente.
Ha tenido buena mano : el recién venido, que completa
nuestrsi petite table reservada, es aún más interesante que el
cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espíritu fino
y modales correctos, que no me atrae perdidamente el pri-
mer día, pero que gana con el trato : love me litlle, love me
long. — Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar
material, es decirla independencia: habita parte del año en
Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su
casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien
instalado, recibiendo á literatos y artistas, — íntimo amigo
de Sarasate, — saboreando la existencia en su otoño, cuando
exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacífica
y buena.
Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con
frecuencia, después de una fuerte educación universitaria
ha hbrado la batalla de la vida material, ganándola en quince
ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un me-
53 DEL PLATA AL NIÁGARA
dio : los ha plantado allí, tan pronto como pudiera. Es un sabio;
y el gusto de las cosas del espíritu le ha preservado en parte
del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de muchas
cosas, como bien pensáis, — entre otras, de la intransigencia
patriótica que perturba la digestión, — pero no de la ciencia,
del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer,
los dos muelles de la moderna filosofía ; ama nuestros libros,
nuestros salones, nuestro teatro : ni fariseo ni filisteo, aspira
con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama
París. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee
á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos del
Fausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito
Intermezzo :
Mir traumte wieder der alte Traum...
Pero, lo que siente profundamente, como todos sus com-
patriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La co-
noce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y
Grieg ; se expresa sin necia preocupación acerca de los ma-
tices de la interpretación contemporánea, desde nuestra
orquesta del Conservatorio — perfecta por la maestría y
la habilidad técnica — hasta la ejecución de Bayreuth, incom-
parable por el fervor religioso y lo concienzudo de la ini-
ciación... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el
vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que
enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar
al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer,
tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de
bananas y canastos de aguacates. — Me ofrezco el placer
de observar á mi germano que, al principio tan frió y reser-
vado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora,
DE VALPARAÍSO A LIMA 53
de cada instante. Por varios días, ha estado indeciso y, como
decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y
precaución. Ala altura de Moliendo, está completo el des-
hielo; en Lima, donde tendremos que separarnos, — pues
él sigue camino para Nueva- York y Europa, en tanto que
me detengo en el Perú, — me exige la promesa de volvernos
á ver en París ó Berlín : y todo ello muy seriamente, con
una insistencia, un cálculo meticuloso délas direcciones y épo-
cas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta
amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar. — Y
forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías
tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo
como amorces sin empleo : esas tentativas de mutuo ingerto,
de espíritu á espíritu, cuyo destino se acaba allí, sin que
sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y pros-
perado... Disimule el lector la complacencia con que he
referido mi única conquista en el Pacífico.
Dolce Jar niente !
Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá,
es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el
aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del
largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occi-
dental : todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que
ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que,
en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave
está distribuida casi como un barco de río, con la fila de
camarotes sobrecubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros
54 DEL PLA.TA AL NIÁGARA
duermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un
golpe de mar : los mismos camareros sacan los colchones de
las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche,
cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el
(( camino de Santiago » , óyese el flic-flac de las sábanas
bajo la brisa deliciosa. — Los pasadizos, hacia popa, están
obstruidos por los vendedores de frutas y legumbres, que
exponen su mercancía en escaparate, como en el mercado,
sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en
cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas,
pinas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega
por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado
en todos los puertos de la costa : las ovejas tiradas en montón,
hechas ya fardos de lana; las muías chucaras que cocean
hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan
izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos...
Uno de los tráficos importantes de la línea es este abaste-
cimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que
no crece una mata de pasto, — donde sólo puede vivir el
hombre empujado por la sacra fames : allí está, miserable y
grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la mon-
taña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer
el nitrato que, en otro parte, engordará Jos surcos extenuados
y hará brotar las mieses opulentas, gracias á este mismo
polvo blanquecino cuya presencia es aquí un indicio de in-
curable esterilidad !
Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste
del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor,
es el inmenso mar, el vacío infinito del Gran Océano que desa-
rrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por
su misma amplitud, mucho más alia de esa línea esfumada
DE VALPARAÍSO A. LIMA 55
donde el sol rojo se hunde cada tarde : hasta la Polinesia,
las islas de coral vagamente presentidas ; más lejos aún, á
través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado
Oriente. Por la derecha : la tierra próxima que no se pierde
de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca
que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los
Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta,
siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eter-
namente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del
acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego, —
el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las
glad waters de By ron, las olas ociosas y festivas que, sin
tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras,
desgarrando en los dientes del escollo su collarín de espuma.
Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»:
hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los
enormes navios que deben soportar. Casi inspiran lástima;
y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa,
las ((cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles
han bautizado con tanta gracia risueña. . .
...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las
visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os
envuelven en las largas horas de mecedora monotonía que
á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volvería á las sensa-
ciones primitivas, á las ilusiones ingenuas de los marinos
griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban des-
lizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en
la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en
pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia
blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice,
la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecí-
56 DEL PLATA AL NIÁGARA
miento, abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacío
de una fantasía apenas esbozada, que flota abandonada y
pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el
mismo sueño. — Así deben sentirse vegetar los árboles
tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda
pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente,
de las raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su
sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante
que siglos de floración perenne no pueden agotar. . .
Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, de-
volviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomien-
da n°^ 66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando
sobres delante déla sopa servida, á mi infatigable compañero
chileno, el corresponsal automático que me recuerda al perso-
naje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las
cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de
releer á Schopenhauer : me habla del Nirvana budhista, que
es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la con-
secución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana : yo soy quien
lo disfruta — mientras no me perturba la campana fatal...
Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es
cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos
esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables
sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, acep-
tando las peores coartadas : es fuerza, al fin, como el Tircis de
Racan, penser áfaire sa retraite. Las primeras noches tenía-
mos momentos exquisitos : una señora norte-americana, des-
pués de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se
sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabap-
tistas, algunas sonatas clásicas ; se producía un amplio y sa-
ludable vacío á nuestro derredor, la gente huía á toda prisa :
DE VALPARAÍSO A LIMA 5;
era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robus-
to mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y
muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto — pre-
maturamente — talento musical. La pareja se apodera del
piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los
ascendientes; y es un degranamiento delirante de habaneras,
polkas y a perlas de salón » contemporáneas de la conquista !
La dulce criatura toca según el precepto evangélico : ignoran-
do su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña
contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abue-
la, con una energía muy superior á su edad. Se estremece el
piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece
tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa
donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplau-
sos frenéticos.
Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á
medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que
una caja de violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan
el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pul-
sación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche
y el vacío ; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear
del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo .
Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades
bulliciosas — más lejos aún del rincón familiar. La larga pro-
cesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce .
Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de
la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar,
siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cual-
quier hora cual invisible cilicio, se borran álos pocos segun-
dos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeún-
tes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á rena-
58 DEL PLATA AL NIÁGARA
cer con estúpida insistencia y nos persiguen con un encarni-
zamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que
se adhieren al corazón por cada fibra : se recuerda una infle-
xión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven,
un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy
nos da gana de llorar... Y luego, otros resurgimientos invo-
luntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la su-
gestión del medio idéntico : la evocación de otros viajes por el
mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando érase joven
y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la es-
peranza y el pleno orgullo déla vida... En el silencio de un
solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma
como el agua de una esponja embebida ; y ese perpetuo cho-
rrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuel-
ta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no
ser.
Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que
cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca
inmovilidad ; abierto el tragaluz, un puerto aparece : casas
escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora, que
trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello
sucede aquí todos los días ; y en un primer viaje, cuando no
se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las
mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la tra-
vesía, produce agradables paréntesis en la navegación. Se
pisa tierra con júbilo ; se muda de régimen ; se observa una
nueva faceta de la pobre humanidad ; se toman croquis y
apuntes instantáneos. Hé aquí algunos.
DE VALPARAÍSO Á UMA 59
Coquimbo. — La Serena.
En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un
ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera
de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de
pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros,
latas de alerce: tomismo podrían ser de tela ó papel, pues
entramos en la zona pétrea — que se prolonga más allá de Li-
ma — donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el nor-
te, La Serena, capital de la provincia, sedepliega en abanico
sobre una meseta que domina la bahía, dentro de un marco
de verdura : es una verdadera ciudad, al lado del pequeño
puerto de aspecto mezquino.
Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más se-
guro que el de Valparaiso, — batido, en invierno, por los
vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren tam-
bién por otras razones menos meteorológicas : no ofrece tantos
peligros como el gran puerto chileno para las « andanadas » de
las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apa-
cible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que
de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación,
Warspite y Melpomene, arrojan la imprevista nota guerrera
de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se refle-
jan duramente en el agua inmóvil.
Ala distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se
desprendieran de los mismos nidos de la aldea marítima, ad-
herida á la árida roca — igualmente obligadas, aves y gentes,
á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los po-
6o DEL PLATA AL NIÁGARA
bres seres humanos que, sin duda, han naufragado aUí, man-
teniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y maris-
cos ; y por poco nuestra ignorancia esperaría que acudie-
ran ala playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales
ala nave que les volverá á su patria... Desembarcamos, y
tropezamos donde quiera con docks y almacenes, escritorios
y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros,
de señoras con gorras floreadas , de soldados ingleses con la
estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coro-
nilla — á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.
— Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las boca-
calles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares
délas tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos
el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesan-
te, cuenta á mi compañero chileno — quien, por supuesto,
tiene parte en el negocio ¡ por correspondencia ! — las peripe-
cias de no sé qué tramway eléctrico ya concedido. . . Así visto
de cerca, encuentro que está bastante « en el tren » el nido de
gaviotas ! . . .
Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco,
va perdiendo su aspecto marítimo. En los repliegues ensan-
chados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas
cañadas ; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus
orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen
en las praderas húmedas ; casitas de campo y alquerías con
labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse
bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito. Uno
que otro arroyo sinuoso corta la vía... Casi creería cruzar la
provincia de Córdoba, hacia Quilino... cuando después de
una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece,
como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en su
DE VALPARAÍSO Á LIMA 6i
centro : es nuestro Laja imponente, la cárcel flotante que,
dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.
Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia,
y que no parece en vía de rejuvenecer : muchos edificios
desmoronados y en ruinas ; en otros se han calafateado con
tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo,
la hallamos medio vacía, y la habitación resulta muy ancha
para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos,
tiendas sin clientes, aceras sin transeúntes. Una bonita plaza
bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral —
pues es cabeza de obispado — está sólidamente construida en
sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí
sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos
conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación.
En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue,
asentado en el mismo entablamento, un complicado campa-
nillo cubierto con el casco -tiara de Juan de Ley den.
Se nos pasea por las desahogadas calles ; algunos naturales
abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrería insó-
lita de nuestro anciano vehículo. — En una esquina, salien-
do de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace re-
cordar que á la poesía le basta un poco de espacio y de sol,
un rayo de belleza y juventud, caído en cualquier rincón de
la tierra, para despuntar y florecer : una de ellas, pálida y
grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más ne-
gros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como
unaPreciosilla extraviada entre cíngaros. . .Y nunca sabrá, nun-
ca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso,
anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de
de agua en un fragmento de cuarzo hialino.
Un conocido de mi geólogo — tiene en todas partes, hasta
63 DEL PLATA AL NIÁGARA
en la China-town de San Francisco ! — se empeña en llevar-
nos al club : el café, la posada, la confitería — sobre todo el
mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está si-
guiendo una (( guerra» lánguida — faute de combattants . Se
nos recibe con tacos abiertos; en el acto, una vuelta de ver-
mut internacional ! Me presentan á algunos notables ; el re-
dactor de la Reforma : un camarada jaranero y palmeador,
de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su
hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una má-
quina de guerra formidable que los « intrusos » de la Moneda
miran con inquietud y temblor ; un viejo (( capitalista » : usu-
rero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta
años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sa-
blazo de Damocles ; otro « literato »: una fuina rubia, amable
en demasía, que escribe « también » y me trata como cofrade.
J'en passe... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de
enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido
fiel á su antiguo senador que la enriqueció : es la razón de
casi todas las convicciones políticas y el secreto de todas
las popularidades, — doutdes. — Pero declina el día ; por
más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascina-
dor : el cocktail del estribo ¡y con brindis esta vez ! Mi compa-
ñero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán — ¡ esas
tres Marías! — cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡ Yiva Chi-
le ! ETc! !... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Es-
peraba un serenata que ha faltado : sin embargo era éste el
caso — y el lugar.
DE VALPARAÍSO A LIMA
Caldera.
Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírcu-
lo, con la población en el fondo, formando anfiteatro ; algunas
casas de dos pisos, — recuerdos de pasado esplendor; la adua-
na, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Gopiapó
y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de ba-
ño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de deca-
dencia y abandono. — En el momento de bajar á tierra, un
muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo
y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña,
á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él,
me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presen-
cia.
Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra
una punta de verga que sale del mar, precisamente en la que-
rencia de las sardinas : pertenece al Blanco Encalada, echado
á pique por la torpedera Ljaic/z, durante la campaña revolucio-
naria. — Recuerdo que en Europa, en dicha época, se preten-
dió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de
los torpedos. . . Por este ejemplo, — y otros análogos ó peores,
— lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina
de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de
aristocracia moral : una institución cuyas altas responsabili-
dades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición
de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situa-
ción del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra,
es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no es materia di-
64 DEL PLATA AL NIÁGARA
visible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna
vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo to-
do, so pena de caer cien grados bajo cero. (jQué significaría
una marina deparada, cuyos galoneados jefes no supieran re-
sistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el
enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave ?
¿ Qué oficial sería aquel que, en el supremo instante del peli-
gro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de
la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase
la tripulación en su épave desahuciada? Sin duda, la alternati-
va es tremenda ; pero eso mismo es el principio y el fin de la
noble carrera. El navio de guerra es un claustro heroico : no
entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís
con la vocación sublime ; pero, mientras estéis allí, deposita-
rio de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cual-
quier resabio de egoísmo puede arrastraros al deshonor.
Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las ver-
siones varias que he recogido en Caldera y otras partes, pare-
ce resultar que la oficialidad del Blanco estaba en tierra esa no-
che, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos
de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omiti-
das las precauciones más elementales ; la Lynch pudo acer-
carse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el pri-
mer torpedo lanzado : era demasiado tarde; con el sexto, que
dio en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento
ochenta muertos, fuera déla pérdida del acorazado que, en-
tonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien
emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los
congresistas... Pero no tomemos microscopio para mirar la
paja en el ojo ajeno.
El bote llega sobre el Blanco á pique. La admirable trans-
DE VALPARAÍSO Á LIMA 65
parencia del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles
del coloso volcado en el flanco : el casco de acero, las baterías
y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azu-
lado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por
incrustaciones de mariscos : toda una población submarina
hormiguea allí, alimentándose todavía con vestigios humanos
que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los
camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen
en torno del anzuelo : véselas, como por el cristal de un
aqiiariiim, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de
días y semanas a entibie su ardor » . El pescador levanta su
caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el
pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno
para que escoja, diciendo en tono insinuante : « EHja usted
las más aceitosas » . ¡ Aceitosas ! . . . Procuro reaccionar en
obsequio del positivismo : repetirme que, según las doctrinas
más flamantes, tal es el circahis de la vida universal, en que
se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, dia-
riamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones... Me
hallaréis melindroso y repulgado : pues bien, decididamente,
á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas
(( aceitosas » de esta nueva Bahía de los Difuntos.
La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como
fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca
valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó — ese efímero
Potosí de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios
y no se escapa el humo de las altas chimeneas ; si esta línea
férrea que serpea en la montaña — y fué la primera de la Amé-
rica del Sud — no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo,
es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo
atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña Cali-
5
66 DEL PLATA AL NIÁGARA
fornia de la plata, afluyeron emigrantes y aventureros ; la aldea
capital recibió un empuje decrecimiento increíble; poblóse
este desierto, donde al principio el agua era más escasa que
el precioso metal. Aquí se recogieron, en pocos años, las
grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acu-
dieron de las provincias andinas, Gatamarca, Tucumán, Sal-
ta, y, tras ellos, el grupo délos proscritos de Rosas. ^ — Un an-
tiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que
con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiar-
mente del abogado Rodríguez, de Alberdi, del doctor Teje-
dor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de
materias — además del francés ! También conoció mi hués-
ped á Sarmiento, fantástico mayordomo de lamina Colora-
da, de donde tuvo que salir por « incapacidad»; todo marcha-
ba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incu-
baba al Facundo, y que el futuro grande hombre soñaba con
Buenos Aires ó Argirópolis!
Debería escribir algún poeta — como lo hiciera Bret
Harte para su California — la historia psicológica y real, mez-
cla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de
estos modernísimos Argonautas. . . Estimulo á mi huésped, y
veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de
derroteros perdidos. La historia de JuanGodoy, el descubri-
dor de Chañarcillo, — cuya estatua se alza en Copiapó, — es
un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y
pintoresca del inolvidable Alí-Babá : nada le falta, ni la ca-
verna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora
— ni los (( cuarenta ladrones » .
La tradición es ingeniosa é interesante : os la referiré me-
nudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en
los Folk-lores las leyendas de la selva y del mar : las de las
DE VALPARAÍSO Á LIMA 67
minas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Al-
gunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos
incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de
las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Ale-
mania ó Escandinavia : se los encuentra en la Cordillera, más
reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha in-
gerido en el mito. Así, después de los monstruos fabulosos,
comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los te-
soros ocultos, aparece aquí la india centenaria, la bruja que
todo el mundo ha conocido : Flora Normilla, la madre de
Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secre-
to bajo una fórmula enigmática, reservando su descubri-
miento para algún Edipode corazón valiente y espíritu sutil.
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumera-
bles los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, seme-
jantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen
firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder
su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las
capillas y escribanías, dan al fin con el buscado derrotero,
transmitido bajo juramento por un moribundo : invierten en-
tonces sus últimas pesetas en expediciones y cáteos, en procura
del íamoso Reventón del Zoj^ro, fácil de reconocer por una
serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las ro-
cas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni
acaso lo viera jamás. . . Después de todo, esa poesía inculta é
inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacía como
una cavatina : sea cual fuere su sueño en la tierra ¡ dichosos
los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!
%
68 DEL PLATA AL NIÁGARA
Antofagasta .
Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bas-
tante, salvo que aquí la bahía está completamente abierta, el
mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y
pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta
es un producto minero, y muy reciente : fué el descubrimiento
de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la
población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por
los valles de Salta, los gruesos dieces de plata que rodaban
por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy
pronto; muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La
marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha po-
blación. Con todo, Antofagasta rio ha sufrido la suerte de
Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca — otro Cara-
coles — y á Oruro, en Bolivia.
También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es
en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un
solo producto exportable con un abominable desierto : Iquique
es Nitrópolis. — Aunque la actividad es aquí notablemente
menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénti-
cos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso
la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, ba-
jando de la montaña, y descargan la materia bruta, el caliche
rojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesi-
vamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto
pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas ; este líquido
decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los de-
fecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.
DE VALPARAÍSO Á LIMA 69
Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilo-
nes, como de draga ; luego se expone al sol en estrechas regue-
ras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante
se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Esta-
dos Unidos ; es lo que comemos, transformado en trigo y le-
gumbres.
Hoy es domingo y, además, marca este día un aniversario
memorable en los fastos locales ¡ la fiesta de los bomberos !
La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de
la provincia — hombre de mundo, inteligente y cordial —
de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. To-
das las compañías de bomberos están sobre las armas ; hay
cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de
estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos
disfrazados de yankees, italianos de hersaglieri, ingleses de
horse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas
de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusias-
ta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso :
estos eslavones forman aquí un grupo compacto y obstruyen,
con su inevitable vich, las muestras de la ciudad. Han pedido
y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austríaco por su
vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgu-
Uosa satisfacción, la desphegan al viento, blanca y triangular,
cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las
bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á
vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos
deja helar en la sombra, todos los notables — de que formo
parte — rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del
palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los
bomberos.
Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente
70 DEL PLATA AL NIÁGARA
Jas mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades,
tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus
bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regi-
miento de Madrucio (i). — Hasta estos últimos años, Anto-
fagasta, como el resto del litoral, no disponía sino del agua
destilada : naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos
á la (( porción congrua » . La institución languidecía, ponién-
dose sombría la vida. Pero tanto se forcejeó que se dio con el
agua. Una compañía ha captado un arroyo en la montaña y
lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañería. ¡Qué
entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del
primer siniestro que se hacía esperar! Y cuando estalló por
fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento,
cuánta bomba en batería, cuánta agua! Que d'eau!. . . — Lo
mismo sucede en Santiago y en Valparaíso ; pululan las com-
pañías de bomberos voluntarios : es una vocación irresistible.
Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin
hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante
los he visto en función, allá, donde regularmente se produ-
cía un incendio por noche — á veces dos !
¡Al fin, solos ! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y
su banda oficial ; el capitán del puerto — un teniente de navio,
instruido y amable — desabrocha espada y charreteras, y co-
rremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Inten-
dente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revo-
lución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, los collas
que, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas
ante el primer palmito blanco que les sale al paso, — en cual-
quier (( venta » que, semejantes á Don Quijote, a imaginan ser
(i) V. Hugo, La Légende des siécles.
DE VALPARAÍSO Á LIMA 71
castillo )) . Hacia el champagne, también el capitán acaba de
desabrocharse y me desliza sub rosa confidencias estupendas
sobre el reverso de la campaña congresista.
Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del
Resguardo nos avisa que el comisario del Laja reclama la
salida. — « ¡Cómo, su despacho! que espere el bote : sal-
dréis con el señor, cuando concluya. .. » Pasa otra hora; al
fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la
capitanía, con una mar alborotada - así es casi siempre en
los puertos del Pacífico — que no mueve al vapor en su
fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el
atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calave-
rada bombo-gubernativa.
Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta
Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. Á derecha
é izquierda pelícanos enormes, con su ancho pico de teja
y su (( coto repugnante», como diría Musset, puntean el mar
con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las
olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto
que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda
las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el Huáscar, des-
pués de muerto el almirante Grau — ¡ doble desastre igual-
mente irreparable para el Perú.
En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así
como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno
y otro — aparte los quilates personales de que no soy juez
— consiste en que Prat fué ante lodo un ejemplo, un
símbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva : la
mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino
peruano fué grande por su vida, como el chileno por su
muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muche-
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dumbres ! Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio — contra
todas las versiones enemigas — debe ensalzarse como un
rasgo de heroísmo igual al del caballero d'Assas, no tuvo
más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo,
aparece más grande que su émulo quien, durante meses,
bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat es
simbólico, y como tal quedará en la imaginación popular,
mucho después que el combate de Iquique y toda la cam-
paña estén casi olvidados.
Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es
menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del
Pacífico, no existe más camino que el océano : quien es dueño
del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué
la base y condición de la guerra ; no pudiendo ser la terres-
tre masque su consecuencia y conclusión. He ahí por qué el
concurso de Bolivia — aunque fuera efectivo — tenía que
ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una
guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían
del todo distintas. — Á pesar de su ejército inferior y de la
pérdida reciente del Independencia en Punta Gruesa, mien-
tras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus
convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos,
pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el
densenlace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El
ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desem-
barco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sor-
presa ni que se cortaran sus comunicaciones, — Todas las pu-
blicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrías
de ese pequeño Huáscar, que vino á ser un enemigo temible,
debido á su agilidad y ala audaz pericia de su comandante.
Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados Cochrane
DE VALPARAÍSO Á LIMA 73
y Blanco, se defendió desesperadamente. Derribado y
muerto Grau en su torre demando, por un obús del Cochrane,
tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y
cayeron á su vez. El Huáscar fué tomado en el momento de
irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos... Guando se
vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado
de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que
al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de
uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.
Iquique.
Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en te-
rritorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo
hereditario — Erbfeind — podrían engañarse de buena fe.
Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre
dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda
asentarse la errante fantasía. Todo llega á cansar, hasta el
mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa
nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente
de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de
sol. — A la distancia, se manifiesta ya la importancia in-
dustrial de Iquique : los muelles cubiertos de vagones pe-
netran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos
buques están cargando, — entre ellos el magnífico velero de
cinco palos La France, uno de los mayores del mundo,
especialmente construido y dispuesto para el transporte del
salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la
línea férrea : los trenes se suceden con breve intervalo,
74 DEL PLATA AL NIÁGARA
todos cargados de caliche : contamos hasta seis que bajan
juntos, uno tras otro. Las ahas chimeneas de los ingenios
derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que
dan la ilusión de nubes lluviosas.
Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasa-
jeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble
relato histórico que tuvo en esta bahía su trágico escenario.
En el punto mismo donde nuestro Laja ha fondeado, es
donde la corbeta Esmeralda fue echada á pique por el Huás-
car: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de
Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al
sud, en Punta Gruesa, la cañonera Covadonga, acosada por
la Independencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se
perdió. Por fin, es muy sabido que Iquiquefué el punto de
reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del go-
bierno congresista que venció al presidente Balmaceda...
Toda esta costa del Pacífico está sembrada de recuerdos
guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas,
compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico. — En
general, la inferioridad de los paisajes americanos, compa-
rados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas
huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado
nuestra imaginación. Aquí la historia es de ayer, pero tan
patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.
La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de in-
fantil en su alegre decoración : parece una soñada ciudad
japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se
vendrían al suelo si les arrimara el hombro a mi hermano
Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con veranda y
peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un
doble techo abierto para pasar la siesta^, al resguardo del
DE VALPARAÍSO Á LIMA 75
implacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia.
La playa está cubierta de garitas : tan seco es el aire y tan
tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año
entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de
una población minera en su apogeo : las calles enarenadas
revelan cuidado y limpieza exóticos ; los almacenes y tiendas,
llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores :
chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos,
señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la
vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes
lujosos. El salitre da para todo — hasta para los frecuentes
incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de
estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena
de las calles, mezclada de salitre, se ha incendiado alguna
vez ! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el
diez por ciento.
La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus
calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y
mejores que en Santiago — lo que, á la verdad, no es mucho
decir. Se respira un ambiente de bienestar : la anchura de la
vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil — en
desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco
de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de
Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un
tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo:
servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos
legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado.
La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en
el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y
libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el con-
sejero y arbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escrito
76 DEL PLATA AL NIÁGARA
folletos técnicos y una excelente Geografía de Tarapacd;
pero se interesa en otras cosas que la (( salitrería » : por
ejemplo, en las urdimbres políticas de Piérola, para quien
me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que
llevo desde Buenos Aires para C áceres.
El centenar de fábricas en actividad — pertenecientes casi
todas á compañías inglesas — han exportado el año pasado
cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elabo-
rados : podrían producir el doble sin temer que, antes de un
siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual
del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la
{( inflación » , ha combatido la formación de compañías nue-
vas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exporta-
ción, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos vein-
te millones de pesos : es lo más limpio de la renta chilena ; y
se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del go-
bierno, en plena guerra, fuese a organizar provisionalmente »
el territorio que spontesua no evacuará jamás.
Tarapacá es el reino mineral : la única planta que allí exis-
te es fósil : el tamarugo, que da su nombre á la pampa sali-
trera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde
que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol
prospera en la arena hostil que absorbe el líquido — como por
una criba — sin humedecerse. Fuera de la plaza principal,
donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro
de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de
ensueño en que nos transporta el poeta de las Flores del mal,
— llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras
preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iqui-
que, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á be-
ber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeo
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ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, den-
tro de un metro cúbico de tierra vegetal importada ! Esos ru-
dos trabajadores, americanos y europeos, después de sus
faenas en lamina y el escritorio, ejecutan el invariable progra-
ma de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en
tranvía, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó
gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en
un asilo...
Continúa la navegación ; los puertos y escalas se suceden,
pero el interés decae : se parecen demasiado unos á otros.
Después de Iquique, he aquí á Pisagua : una muralla de con-
glomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la
estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderías ; un bo-
rracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos
tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas:
es de una audacia inaudita — un irreflexivo heroísmo de
araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra
existe, es así como se debe hacer. Son esosgolpes de loca in-
trepidez los que desconcertaron á los aliados — sobre todo á
los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un anti-
guo oficial — chileno por cierto — me cuenta que algunos
pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se da-
ban vuelta para gritar á los rotos feroces : No sea usted grose-
ro !... El dicho cdLTÍcaitu.Ta[ es el residuo y la cruel moraleja
de la campaña.
Arica viene en seguida ; pero llegamos al anochecer para
alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gra-
cias al gobernador melómano que había pedido por telégrafo
que nos preparasen caballos para trepar al Morro. — Como un
soldado que custodia una zagala : encima de la ciudadita de
78 DEL PLATA AL NIÁGARA
Ópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, du-
ramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las
habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de
verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-flo-
rida, ese espacioso chalet que resulta ser la aduana, ¡ aquel
oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de
hojas verdes que no son de zinc ! Todo ello se exhibe muy pega-
dizo y flamante, — y vienen á la memoria los terremotos, las
espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones
y les impiden envejecer. — Luego, un islote fortificado vuelve á
traer la nota trágica ; los ojos se clavan en ese Morro fúne-
bre donde, esta vez, la defensa fue tan encarnizada como el
ataque ; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después
de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el
coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó
heridos — incluso el comandante Sáenz Peña que se gran-
jeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.
Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso in-
terés : la costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas
canoas chatas, en que los indígenas traen frutas á vender.
Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal
cual se encuentra en laspintadas figuras de otros siglos... Des-
pués de lio y Moliendo, — donde embarcamos á una pari-
siense de Puno y un marsellés de La Paz, — Pisco despliega
su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas,
se entreven los valles umbríos, plantados de cañaverales y vi-
ñedos — los que producen el aguardiente famoso en todo el
litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de
ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas,
como en los tiempos de la conquista ; y con los mismos mo-
dales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los es-
DE VALPARAÍSO A UMA
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pañoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, te-
jas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito — casi de
balde. ¿ Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está
muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que
desarrolle la producción ?
La navegación se torna ya cruelmente monótona ; se vuel-
ve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha : tres
gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan
los pelícanos y cuervos marinos, como para demostrar el ori-
gen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi
agotado y substituido. La vida de á bordo gravita pesadamente
sobre las frágiles relaciones de ayer ; ya nadie se busca, ó
muy poco : basta con encontrarse regularmente en la mesa y
sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado
con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.
Gomo en el primer día, vuelvo á buscar la soledad disolven-
te y triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un
drama indio — Qakuntalá — que me persigue, « vuela hacia
atrás, como el pendón del soldado que camina contra el vien-
to )) . Dos días, un día aún. . . Divisamos, por fin, al través de
la niebla matinal, pintorescas aldeas encaramadas en la costa :
Chorrillos, Miraflores, nombres antes risueños, hoy fúnebres;
algunos fuertes se alzan en torno de una ancha bahía de agua
lechosa ; luego torres, campanarios, edificios apiñados : una
gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles, en una
dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ ya era tiempo !
Al saltar en tierra, caigo en los brazos de García Mérou, y,
unos minutos después, volamos hacia Lima.
IV
LIMA
Messine est uneville étrangeetsurannée...
. . .Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desampa-
rados, viene zumbando en mi oído este verso de Banville
(á quien por cierto no cultivo mucho), cuyos apareados ad-
jetivos descoloridos y musicales, con no tener nada en sí de
raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz combinación no sé
qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y colores, de
arquitecturas arabescas y soñadas — como ciertas páginas
vagas de Quincey. Etrange et surannée... Por algo será —
por algo que no comprendo — que esa reminiscencia me
persigue por todas las aceras de esta u Ciudad de los Reyes » ;
y daría cincuenta de mis frases menos deformes por haber
sido el soldador original de esos dos epítetos. Se dice que
tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuitos ; pero
acontece en esta lotería lo contrario que en la otra ; á saber,
que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los
números premiados. Étrange... pero, basta ya, que veo
asomar á un personaje de Moliere.
Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á su
LIMA
entrada. Después del triste Callao, las ocho millas del tra-
yecto hasta la «desamparada» estación carecen de interés
pintoresco. La inevitable niebla matutina funde los cultivos y
las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan por momentos
los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan la
ciudad : pero ¡ hemos visto ya tantas montañas ! El primer
encuentro del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho
pedregoso, es un desencanto : trae el recuerdo del Mapocho,
del Manzanares, de todos esos álveos famosos que parecen
haber gastado sus ondas en alimentar su nombradía. Completa
la semejanza un hermoso puente « romano » , como el de Toledo
y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido conser-
var... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate
y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero. . . Positivamente
el vestíbulo de Lima está destituido de prestigio. Es algo así
como la entrada á una casa solariega por la caballeriza y la
cocina. Después de apearse en el mejor hotel, — que mere-
cería ocupar un puesto distinguido entre las ventas manchegas
del Puerto Lapice, — el forastero echa á correr por estas
plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre colonial y mo-
risca trae un primer encanto ; cuyos nombres anticuados :
Inquisición, Espaderos, Virreina, Judíos... despiden desde
luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á
sahumerio á la vez (( perricholesco » y monacal.
Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las
que condensan los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces,
esos montones de piedras y ladrillos se impregnan de huma-
nidad, hasta el grado de ser casi personas : y lo son para mí,
simbólica á par que sociológicamente. París, en verdad, es
un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un marino; Ge-
nova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto la
82 DEL PLATA AL NIÁGARA
importancia positiva del íntimo carácter : Genova, por ejem-
plo, tiene menos comercio que París. — Lima es la ciudad-
mujer. (Oh ! por favor : reprimid esa sonrisa intempestiva !)
— Es una mujer, en su porte exterior, en sus primores y
achaques arquitectónicos, en su índole toda política y social,
en su alma, por fin, ó sea en su historia entera, femenina y
felina, infantil y cruel. Gomo tal hay que verla, para juzgarla
con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores vis-
tosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y
la preocupación permanente de agradar y seducir : todo lo
que nos parece ridículo y displicente en el hombre, se torna
atrayente en una dama de alcurnia que ha nacido rica y vivido
ajena á los problemas de la existencia material. Disculpad su
vanidad pasada, su ligereza, sus imprudencias ¡es una mujer!
Otras ciudades son fuertes, heroicas, grandes por el pensa-
miento ó la acción : Lima ha sido encantadora ; era su función
y su excelencia — hasta el rayo terrible que la fulminó.
Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levan-
tar el velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él
envuelve á una herida : hablemos de la pobre viuda que fué
reina, con reverencia, con ternura, con piedad...
Todo aquí revela á la ciudad noble : fenómeno extraordinario
y casi único en América. Mucho más aún que la rica y popu-
losa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es
bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia.
La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deforma-
do más que embellecido. Así en lo material como en lo político,
se ha mostrado inhábil y torpe para ese « progreso » tangible
que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente.
Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad con
LIMA 83
la Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de
su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barrien-
do desdeñosamente todo vestigio colonial : Lima ha vivido y
permanecido como el injerto más floreciente del tronco indíge-
na . La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahual-
pa tiene el significado y la belleza de un símbolo : como el
conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la
legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora
nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso
de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema
futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal des-
pierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más
ó menos Gapac. . . A semejanza de su gloriosa metrópoli, había
de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su
transformación; y como ella también, eternamente fluctuante
entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos
nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás
por la pendiente sembrada de precipicios.
Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos
brotan exteriormente en la forma y disposición de los edifi-
cios privados y públicos ; del propio modo que la naturaleza
salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible
eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cris-
talización de sus costumbres ; y así la arquitectura viene á ser
el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que cons-
tituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional.
Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile,
resistió cuanto pudo la intrupión del espíritu moderno, bas-
tarían á demostrarlo — sin acudir á los datos confirmativos
de cien documentos escritos — el desarrollo precario ó nulo
de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el es-
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fuerzo administrativo ó el mero prurito de imitación. Y no
me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del
interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno
(( indigenado », sino únicamente á la capital que puede,
además, considerarse como una gran población litoral.
Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata,
guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del pro-
greso moderno : los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus
(( compañías » tenían que acudir, numerosos y voraces como
los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferro-
carriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sin-
dicatos mineros, fabriles, agrícolas ; de ahí también, los em-
préstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy
costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la his-
tórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han
quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo
colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado
primitivo por falta de compostura ; la higiene urbana queda
como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes ;
el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jar-
dines de la (( Exposición » , donde ha de encontrar á cuatro
forasteros. La imponente Penitenciaría, construida por un
paisano de Meiggs — naturalmente — sobre el modelo de la
de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos pre-
sidios. Hay un admirable monumento al « Dos de Mayo»,
cuyo grupo inferior — creo que de Carrier-Belleuse — es
probablemente la obra escultórica más bella de la América
española : lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo
ve...
Es porque todo ello, lo repito — y multiplicaríanselos ejem-
plos indefinidamente — representa un conjunto de elementos
LIMA 85
adventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprove-
cha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas impor-
taciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra
de Mercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería
una disonancia chillona, si sus inevitables a Villes de París»
no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen
tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que que-
remos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, con-
ventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus
rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías ;
la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus
grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famé-
licos y covachuelistas del virreinato ; la de la Plaza de Toros y
la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles
sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del
(( Paseo de Aguas )) y de la Perricholi, cuyos descendientes
vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su
gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda,
de las (( tradiciones )) que no sean gacetillas, de la poesía que
no haya sido diluida en verso asonantado ni en novela por
entregas.
Todo la evoca ante la imaginación, todo k vuelve presente
y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios
en otra parte más prosaicos, los que pudiéramos llamar « vul-
gares por destino » — como se dice de ciertos inmuebles por
ficción legal, — se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó
iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la
casa' de Pizarro : allí fiíé asesinado el rudo y atroz conquista-
dor, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su
propia sangre en el pavimento; — y salieron los asesinos de
esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones y
W'
DEL PLA.TA AL NÍÁGA.RA
Botoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro uni-
versitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban
anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando
€n el pico, en vez de gajo verdeciente, Lina astilla de enjuta es-
colástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición,
€s la propia sala de consultas del Santo Oficio, <jue funcionó
€n Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un
recuerdo aterrador : el magnífico artesonado de nogal, mara-
villosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucur-
sal indiana más meritoria. Otra página sombría— moderna,
esta vez — en el mismo vestíbulo : el ex-presidente Pardo — el
hombre superior de su generación — entonces presidente del Se-
nado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas;
■de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda : cayó
mortalmente herido, en una losa del patio que se señala
siempre... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como
las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con
sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro
más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello,
enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como
por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa,
con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales,
ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro
artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular
de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de
íilto relieve esculpida en cada respaldo monumental.
Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello
interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la orna-
mentada basílica : en una cripta de piedra, debajo del altar ma-
yor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momi-
ficado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompió
LLMA. 87
la clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo : de-
seáis, queréis estar seguros de su autenticidad — á pesar de
no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de
Ateneo — y, por un momento, la imaginación reviste de car-
ne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil
del conquistador. ¡ Qué sueño espléndido, rutilante de oro y
sangre, fué su destino ! Pero ^ quién sabe si lo sintió y midió
como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la rea-
lidad? — Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de
esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después
de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de
batallas que de suplicios ; — y el poeta historiador que él
no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la
púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo
ó la del triunfador. . .
Aunque nuestra moderna (( economía política » nos permi-
tiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de
artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás
rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos
testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es
necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que
es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en
todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en
perseguir un intangible ideal...
¡ La devoción^ la codicia, el amor! Ha subsistido durante
dos siglos y más. á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la
madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la ori-
ginaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia.
Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción
allegadiza, un injerto exuberante que abría sus ñores bajo un
88 DEL PLATX AL NIÁGARA
cielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del
mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la con-
quista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó
ala hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del
patriotismo vivaz, que completa y exphca á la España caballe-
resca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué
Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad
morisca, á pesar délas conversiones y los destierros. Y en sus
feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma An-
dalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas,
palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la
plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes
la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas
de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía
austríaca. Fué aqueHo la fiesta secular del virreinato — con
breves intermedios de sublevación indígena que completaban
la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de sier-
vos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de es-
pesa capa del humano mantillo que era necesario para que
la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumhrar y flore-
cer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del
oro, más fastuosa quelaotra: una veta nueva pagaba la flamante
ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas,
en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían ele-
mentos heterogéneos : al modo que la ambición de los prime-
ros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más
tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aris-
tocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de mar-
queses...
Todo ello ala distancia, iluminado por la leyenda y la fan-
tasía, forma un conjunto deslumbrador : tan fascinante y se-
LIMA
ductivo que al artista enamorado de lo bello casi le falta valor
para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se
encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real pa-
ra la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después
de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas
mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados
como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vaga-
mente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa
de Chinchón — la de la cascarilla — en sus largos vestidos de
terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquina re-
camada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de
Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus
dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó
cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fue-
ra también un harén, — se busca en el poyo de piedra del es-
pacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su
Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en
los antiguos barrios silenciosos « de la gente » , todo conspira
á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas ba-
jas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se esca-
pa un cuchicheo femenino ; una forma esbelta, rebozada en la
manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto
sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el
rápido espejeo de una mirada juvenil : basta para que la apa-
rición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa
alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y
más discreto aún de una iglesia . . . Pero ^ qué mucho ? si en cual-
quier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidi-
ficar vuestra ilusión. — Pasaba cierta noche con un amigo li-
meño por el Estanque de Aguis que el virrey Amathizo cons-
truir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramis
90 DEL PLATA AL NIÁGARA
debajo de sus ventanas ; mi compañero me enseñaba la casa
misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un
verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña
figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido
vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho
mejor que el esfumino de los a tradicionalistas » de oficio.
Déla esquina misma una sombra se destacó, y mi cicerone,
tocándome el codo murmuró : « Es Amat, el bisnieto de la
Perrichola... »
i Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida
y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de
esclavos traían á sus pies las riquezas al parecer inagotables
de sus montañas. Pasaban los años ; se desmoronaban los
vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar
el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su
corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba
y renacía ; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar
por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su
hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al
rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado
que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas
las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún;
los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiá-
ticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros,
cuarterones y « sacalaguas » de todo matiz. Y, después de reir
y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas, — en una
hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio :
era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado,
como ella decía con desprecio, (( de ese antiguo presidio del
sur )) — ¡ era el chileno que buscaba una presa ! Y Lima en-
tonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeada
LIMA. 91
de su imbele servidumbre ; y como en los días antiguos de
Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al
conquistador.
II
En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia,
casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la
derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han
reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han po-
dido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia
es una amputación ; pero las naciones se asemejan á esos
organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen
ala larga su miembro perdido. Guando un pueblo languidece
para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba
de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo
haber mostrado anteriormente las causas generales de la
decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha
descubierto el mal latente y precipitado su crisis — pero no
lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha produ-
cido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía aca-
rrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras
que esta revelación implacable del mal contribuyese á des-
pertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin
cobrarle simpatía; y por eso me atrevo amostrarle alas claras
el desarrollo creciente de su decadencia.
Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto,
perceptible, patente, — temo que irremediable. No arranca la
gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y
Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menos
ga DEL PLATA AL IsIÁGARA
que aniquilados — ni siquiera del erario indigente, de las in-
dustrias paralizadas y de las fortunas particulares desvaneci-
das ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los ac-
cidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen
en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una
nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es
el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encon-
trar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora
y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasti-
cidad y el vigor de la juventud ?
Los síntomas superficiales son meras indicaciones concu-
rrentes para guiar al observador ; todos ellos conducen y
convergen á esta pregunta capital : ^ por qué ? Después de
doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre
la misma : la guerra chilena. Oh ! sin duda, la invasión ha
revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algu-
nos casos rayó en ridicula, con ser tan rencorosa y mezquina.
Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo : el término de la
campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después
del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuido ha quedado
más rico, acaso más poblado que Chile después de sus pro-
A^echosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persis-
tente de una nación entera, en sus manifestaciones más
palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del tes-
tigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo
peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena
como la causa de la ruina general.
El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la
estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de
plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda
ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Las
LIMA 93
principales casas importadoras se sostienen escasamente ; en
cambio prosperan los « empeños » , y es el primero de todos
una ((joyería » dirigida por un judío alemán, gran comprador
de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las
liquidaciones caseras, día á día, son incesantes : por todas
partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos,
vestidos. Para una capital de 1 3o. 000 habitantes, hay dos ó
tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla.
El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística
reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos
por todas las oficinas de Lima — incluyendo la de Palacio —
es de 81 63, que ha producido poco más de 5ooo soles. No
hay teatros. He ido á la Plaza de Toros — inmensa, pintoresca,
con sus capeadores criollos á caballo : — habría mil personas
en los (( tendidos » más baratos, entrando en cuenta un bata-
llón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de
la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de (( cesan-
tes )) , vulgo ociosos, como en la Puerta del Sol — pero sudando
la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, som-
breros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles.
De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de mú-
sica, juntas ó alternando : la (( sociedad » no concurre, y el
bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gra-
dería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (^ Cómo
no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan in-
noblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jar-
dines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo esplén-
dido pero desierto. Allí he admirado huacos de trabajo finí-
simo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiría ó
etrusca ; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que
conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina.
DEL PLATA AL NIÁGARA
(El cuadro famoso de los Funerales de Atahualpa carece de
vida en su conjunto : la actitud teatral y congelada de los per-
sonajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de ter-
cer acto después del /íz/íí infalible ; los detalles son excelentes
como carácter y dibujo ; Pizarro algo convencional, pero el
Inca es admirable de verdad ; algunos monjes asumen una
realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los
parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están
abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, in-
cluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica
catedral está cerrada : el techo se viene abajo y faltan los
fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula;
las familias no salen sino á misa ; los hombres hacen visitas
los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo ex-
cepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una
impertinencia : las señoras elegantes tendrían que arreglarse
á escape, encender las lámparas : un zafarrancho general. Al-
gunos amueblados son lujosos, todavía ; pero las casas más
ricas permanecen cerradas ; las gentes de fortuna están via-
jando por Europa ó los Estados Unidos : en el grupo patricio
hay un furor enfermizo de expatriación.
¿ De qué proviene esta decadencia general ? De la guerra,
se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente
al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban,
lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana
para el fisco nacional : es decir, los medios de fomentar la
corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos
salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las
minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos
agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la
dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero se
LIMA 95
confundiese con la administración, no siendo rico sino por
la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla ?
La importación total durante el año de 1891 ha sido de i5
millones de soles, y la exportación de 12 millones : la dife-
rencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias.
El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de
soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las
escasas fuerzas del país : supera la mitad de la exportación
nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de
empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han
enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los
mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos
de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres
cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la
suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que
entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Gáceres
que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles
y las minas del Cerro de Pasco. Este canditato es impopular
en Lima y tiene en contra suya al Congreso ; pero será elegido
porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elec-
ciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida
política : nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é
inerte de las grandes postraciones.
Si después de daros cuenta de lo que es la actividad
externa y social, queréis penetrar en la intelectual os en-
contráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está
desarmada, más que por la mordaza administrativa, por
su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos dia-
rios que no carecen de cultura y buena intención : lo que se
busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento con-
vencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Por
96 DEL PLATA AL NIÁGARA
lo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tie-
ne descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos
y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del
padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de (( satíricos »,
cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuar-
teta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el
retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los ac-
tos privados, á la mujer, á la famiha del que se ataca hoy —
y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana.
En todas partes los versos pululan, de toda laya y comple-
xión. Hombres más que maduros, que han aspirado á esta-
distas, consumen los seis días de la semana en este oficio de
remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la
evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplo-
máticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades
del Plata, dejando un reguero de ridículo.
El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de
extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedi-
cular. Ahora bien, como remedio álos males presentes y á las
catástrofes futuras; como Sarsum corda generoso y va-
ronil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las
conciencias, los «pensadores » no preconizan el trabajo mate-
rial, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la cien-
cia y la filosofía modernas ; sino la redondilla y la décima,
en español castizo. — Cuéntase que los bizantinos seguían
discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos ba-
tían sus murallas ; pero no dice la historia que continuarán
su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición... En
Lima se siente ahora como una recrudescencia de la pala-
brería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Aca-
demia de la lengua » , sucursal de la que elabora en Madrid
LIMA
97
tan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada,
para dar al fin con la originalidad y la vida, estos « excelentísi-
mos )) se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cucli-
llas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su di-
ploma de la academia matriz ¡ se calientan al reflejo de una
luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El
mismo gobierno — el ministro del ramo es académico — que
no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas
históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, du-
rante el concilio de la « Lengua » , á su correspondiente y dis-
tinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangi-
bles; el representante los comunica alborozado : «Después de
una descomunal batalla acerca del adjetivo de inca, quedaron
fuera de combate, incásico, incano é inqueño, declarándose por
quienes lo saben bien, que incaico es el derivado legítimo de
los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir
la Mascaipacha y empuñar el Tupaccurí gramatical. ¡ Victoria
completa! » — Pobres victorias peruanas! Entretanto, la en-
señanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retro-
ceden á un estado rudimentario y verdaderamente incaico...
Todos esos rasgos son exteriores y parciales : podría en
cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos
y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi
sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la
degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y prós-
pero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el
elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para de-
bilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada supe-
rioridad de la mujer sobre su compañero social : manifes-
tación que parece también un signo de atavismo regresivo
7
gS DEL PLATA AL NIÁGARA
propio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como
materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dig-
nos de estudio, distan mucho de ser igualmente atray entes.
Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla
indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del con-
tacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no ad-
mite comparación con el de otras regiones invadidas. La colo-
nia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la
de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un
peligro nacional. La China town es el Ghetto de estos modernos
judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto
tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en Cali-
fornia se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejem-
plo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre
(( celestes » y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias,
aislados y rencorosos. — En el Perú, los he visto risue-
ños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En
las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden
casi con los « cholos » de cualquier matiz, hasta que logran
desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensi-
blemente, van invadiendo como una lepra los departamen-
tos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia
á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres
indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza, — la
inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y
látigo, — se hacen kiu ó renegados, sin tornarse abominables
para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola,
se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva
variedad de peruanos que me han parecido — ¡cosa terrible! —
más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición.
Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos
LIMA
— y SUS mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta,
me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza,
y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emi-
gración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente
americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de
más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda
y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser
fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las
anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel.
Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría
su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento
chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo pro-
greso, el opio difundido en el organismo nacional. — Y ante
todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absoluta-
mente ¡ la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial !
He visitado dos veces el barrio chino de Lima ; y acaso,
después de conocer su colonia de San Francisco con sus tea-
tros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco.
Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan
un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han
desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin
ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas, — ágiles é
infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.
Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos,
manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como
quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas
en azafrán, comidas conocidas — cordero, pollo, arroz — que
me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas.
Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus
mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos por-
cinos de (( hombre que ríe o y sus dedillos flacos y exangües de
lOO DEL PLATA AL NIÁGARA
monos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo
no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia
eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de
sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en ana-
queles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la gar-
ganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de
la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidi-
gitadores naipes grasicntos y dóminos enormes, apuntando con
puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sas-
tres, costureros y planchadores de ropa, — rincones más inmun-
dos aún. Las cocinas apestan ; las tostaduras de maní levan-
tan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño
común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo
que los demás : me figuro esos cuerpos obesos y pelados de ba-
tracios chapoteando en el agua turbia. . . Y en los pasadizos res-
balosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hor-
migueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente
olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucara-
chas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope. . .
Por fin, hay los dormitorios de opio — y esto es lúgubre. Sobre
catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una
tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros
que encierran una fórmula propiciatoria — de dos en dos, en
una promiscuidad que hace más repelente sus formas herma-
froditas : están fumando sus largas pipas de madera encima de
la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella
rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la em-
briaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El
que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el
tubo recto y activa la combustión de la resina negra ; el humo
acre se escapa en espiral blanquecina ; otro, ya vencido á me-
LIMA
dias, despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados,
una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilan-
te ; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la
faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, le-
vantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece
una agonía. Un silencio de sepulcro : — y contemplo horrori-
zado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma
agobiada bajo un terror desconocido — con el estremecimienta
de la duda y del misterio. ^ Quién sabe si no hay cierta gran-
deza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melan-
cólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del ani-
quilamiento ? (j Qué largo sufrimiento de la raza envejecida ha-
brá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria
é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la
existencia el tétrico deseo del no ser ? — Acaso, por sobre las
repugnancias de la forma y las sordideces del medio material,
no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextin-
guible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran
desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad
Media : Beati mortai quia quiescunt !. . .
Gomo carácter peculiar del grupo social peruano, he men-
cionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad
innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario
del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos
los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas
del trópico ; el brillo diamantino de sus ojos negros ; la fres-
cura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas,
criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al
aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En
su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo del
loa DEL PLATA AL NIÁGARA
adivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y
ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de
pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada,
con un roce y vago aleteo de aparición... No se ha celebrado
bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez
de su dicción cantante, su perpetua adivinación de lo que no
pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de
<( preciosas )> nunca ridiculas. Basta una sola de estas hechi-
ceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un
ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefie-
ren así : devuelven el chiste, el epigrama, con una presteza y
una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante
de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae
en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una
propiedad pasmosas ; se deslizan por entre las asperezas de la
(( analogía », como la bolilla de marfil entre las púas de un
billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin
rigidez ni esftierzo alguno. Son las hadas de la gramática.
Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos
un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios :
Ah ! pour Vamour da grec souffrez quon vous embrasse ! . . .
Positivamente, son instruidas, letradas — y me ha pare-
cido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita
de tinta. Han nacido epistolarias ; y en esas cartitas satinadas
que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no
sospecharíais que se agita el equilibrio sud-americano, como
paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la
vuelta del traje imperio. . . ¡Os digo que son únicas ! Y, con todo
eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luc-
LIMA io3
tuosos debía hacerse y no se hizo ; soberbiamente vengativas
por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la
ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres
vencidos de ayer : lo confiesan y reconocen con una ingenuidad
que reemplaza todas las demostraciones...
Y después de pasar quince días al lado de estos seres ex-
quisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no
haber encontrado el talismán que volviera á este país la pros-
peridad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuer-
zo viril — sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas
inseparable de la suprema distinción.
Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la
mirada hacia la costa peruana — algo que ya no encontraré
sin duda en el largo viaje de destierro y soledad : la casa ami-
ga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para
mí la dulzura de un hogar ; la cordialidad sincera de una me-
sa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un
espíritu de mi familia ; la imanación refrescante del talento
juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco — los
brazos abiertos de García Mérou.
DE LIMA Á COLÓN
GUAYAQUIL. PANAMÁ
Después de una quincena de gratísima estancia , — velada
acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso for-
mular, — tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y
hechicera, que desprende el encanto melancólico de la gran-
deza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza
para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento,
la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas ami-
gas : lo que en estrategia se llama « la pérdida del contacto ».
j Oh! ¡qué duraba de ser esa larga abstinencia de charla fami-
liar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo!
Nunca más cierto que en la peregrinación el Vae solí ! de la
Biblia : ¡ Ay del solo ! que cuando cayere, no tendrá quien le
levante...
Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al
estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires : no sólo
encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propaga-
ción de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba per-
DE LIMA Á COLÓN io5
sonalmente la irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo
está roto. ^ Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde
la Argentina parece mucho más desconocida y distante que
en París ó Londres ? Tengo de ello una percepción inmediata,
desde que piso la cubierta del vapor Imperial que me lleva á
Panamá. Once more upon the water s ! Pero esta vez, Ghilde
Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado,
aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cauti-
verio, menos aún por la falta de trato anterior que por la au-
sencia de posible afinidad futura.
Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso
que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento
cae en mi alma como un gran silencio repentino ; y en un
ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres
car ti tas de « recomendación » para Guayaquil y demás tierras
calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinie-
blas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo
hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa
vasta térra incógnita, donde me tornaré al pronto tartamudo
y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he
comenzado á ennegrecer.
i Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso ! ^ Será
posible que exista un ser inteligente y delicado que, con toda
buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso en-
hebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de
imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confiden-
cias ? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de
artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pra-
dera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en
una caja de cartón... Otra ha de ser la razón de los « apuntes
de viaje » . Creo hallarla en el fondo de perversidad humana
io6 DEL PLATA AL NIÁGARA
que descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó,
más generalmente, en la inobservancia del deber...
Ejemplo al caso ; este deplorable oficio de a corresponsal »
y futuro autor de (( impresiones » , que tan de ligero me he
impuesto, no tiene sino una faz agradable : el no cumplirlo.
Entonces se Aoielve encantador. El más insípido vagar cobra
sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que
su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo , y le veréis
volar á la corvée ! ^ Quién osaría comparar las delicias de una
(( rabona » á la tibia satisfacción de un asueto legítimo ? He
descubierto, pues, este remedio — que me permito recomen-
daros — contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje :
el tener siempre por delante un programa de trabajo que no
se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida,
ó en ]a sola ociosidad, el tiempo que se debiera « consagrar»
á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo : « ¡Otra
que te raspé ! » Este condimento del pecado es lo que llaman
los moralistas el « remordimiento » . Reflexionad : en la vida
no hay más cosas buenas que las prohibidas, — las contra-
rias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la
salud. La obligación — la misma palabra lo dice — es todo lo
que liga al hombre, coartando su independencia y soberbia
altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filis-
teos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran
los más fuertes y no nos impusieran su ley.
Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no
sería inatacable, considerada « bajo el prisma » de la peda-
gogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Gomo el Maítre Jacques
de Moliere, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré
mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del
educador, de a uno de nuestros más autorizados educacio-
DE LIMA Á COLÓN 107
nistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más res-
pecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos
acerca de su terapéutica. Andamos á tientas : obscuré cer-
nimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos
del catecismo y los sermones carecen de eficacia ; y que la
real educación del ser joven no modifica perceptiblemente
el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la
acción prolongada del medio, el choque diario de la expe-
riencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las
ideas útiles y crea los poderosos hábitos... Pero, queden
para mañana los negocios serios ! . . .
Guayaquil.
Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en
su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y
ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio
estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encan-
tadora, con su isla y aldea de Puna, abigarrada de blanco
y rojo, que se destaca netamente del verde intenso. — La
primavera, la aurora, la infancia : todo ello se muestra he-
chicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia
se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se
espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol
abrasador.
Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lenta-
mente ; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas
huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje
de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos,
lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desen-
io8 DEL PL.\TA AL NIÁGARA
rollando hasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno
de las cabanas brotadas entre los acuáticos paletuvios,
algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca
pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol na-
ciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hun-
den en el légamo sus zancos rígidos ; loros y cotorras sal-
pican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean
en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces ad-
venticias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil,
remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar
los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que
hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy
lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa
de los niños bajados del tren medio dormidos : las tempo-
radas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bos-
ques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez
de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura,
traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada
existencia independiente la fuerza y la salud. . .
La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve
aurora ecuatorial ; pero, al punto de emerger el disco del
sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje
bruscamente iluminado ; parece que el lejano Ghimborazo
estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco
se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis
resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve
espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al
mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal
al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto
fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la
margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyo
DE LIMA Á COLÓN log
espejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de
madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse,
las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de
los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la
sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome,
se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas
cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña
Venecia tropical — sin historia ni monumentos.
Bajamos á tierra al medio día, — « en esta tierra, diría
Tennyson, en que es siempre mediodía » (i); — recorro el
malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de
Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada
con un mostrador ; un mocito con cara de terciana me vende
una estampilla, y se retira tras de una mampara donde
adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no
está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una
voz de la trastienda : « ¡ Ahí tiene el tarro de goma ! » . Efecti-
vamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con
un pincel descomunal, (j En qué estaba pensando ? Procuro
realizarla operación, — sin éxito, problablemente, pues del
centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo
he de escribir, la de Guayaquil^ con tarro y todo, será la
única que no llegue á su destino. ^ Será cierto que el servicio
de correos es correlativo del estado de civilización ?
Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones
son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pin-
turas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de
los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y calles
(i) In the afternoon they carne unto a land,
In which it seemed always afternoon.
(Tennyson, The Lotos-Eaters) .
"O DEL PLATA AL NIÁGARA
adyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los pues-
tos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías
criollas, las pirámides de pinas y bananas, las cocinas al
aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en
los largueros : todo eso y lo demás, ya muy visto y cono-
cido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos
los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida
aparente en las habitaciones de los pisos altos ; ventanas y
balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.
Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven
las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guaya-
quil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecua-
toriano : el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de
la calle del Comercio : está vacío. Me enseñan « curiosi-
dades )) : esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, ador-
nos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que
remedan el arte quiteño — indios mascando el chonta-ruru,
etc., — y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura
italiana; y luego : pieles de fieras, cocodrilos embalsamados,
sombreros de jipijapa, — todo el desembalaje cursi para
turistas en demanda de color local...
Me meto en un tramw^ay vacío, tirado por dos muías
éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de
su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran
ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquie-
tante, que exúbera y chorrea savia nutricia. En la bóveda
rebajada del ciclo gris, la espesa colgadura de nubes se
desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando
parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero ro-
mano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y
fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre los
DE LIMA Á COLÓN m
charcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya hú-
meda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito
y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el
sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin
un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en
el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas
plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos
de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos,
sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca sus-
pensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de
bronce. « Si va á pasar... ¡Quién se toma el trabajo !.. . »
i Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente obser-
vada en Sud-América !
Volvemos á los barrios centrales ; me bajo del tranvía para
andar más á prisa. Visito la catedral de « estilo » jesuítico-
español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre
un interior suntuosamente lúgubre ; el colegio monumental y
despoblado ; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera.
En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Ro-
cafuerte — por Aimé Millet ? — parece montar la guardia de-
lante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres
de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de
su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular,
tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso
tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su man-
tilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupe-
facto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con
todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en
esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta
legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules
de una wih, con la carnación divinamente transparente de la
113 DEL PLATA AL NIÁGARA
Santa Catalina del Gorreggio. ¡ Extraño misterio, que en to-
dos los pasajeros del Imperial producirá el mismo asombro !
pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su
marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria exte-
nuado por este clima fatal ! Ella evoca el recuerdo de esas es-
pléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica flores-
cencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con
su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la
volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos
Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando
su belleza inalterable y fría como una gema, — á manera de
esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distan-
cia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.
Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enor-
mes como de muestra comercial, el nombre de un diario gua-
yaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su
director. Falta una hora para levar anclas : aprovechémosla,
puesto que viajo para instruirme.
En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clá-
sica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de tra-
pero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses
y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los
indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador
— ó poco menos, — el periodista me considera afiliado á su
liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena
corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campa-
nario y las batallas liliputienses del papel — misterios todos
que conozco al igual que los combates de los trogloditas.
Felizmente, mi amigo flamante — « ¡ Cuente usted con un
amigo ! )) — es otro pequeño Cotopaxi oratorio : escucho el
desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día —
DE LIMA Á COLÓN n3
idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer.
El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas dis-
frazada, y el clericalismo más subido impera en la capital.
Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civili-
zado : aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está
en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante,
destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos, —
probablemente en nombre de Alfaro ó de Yeintemilla, de
quien creo que es pariente mi emancipador. — Poniéndonos
en lo peor, la ventana sirve también para decampar. . . Por lo
demás — seamos justos — el tiranuelo actual, hombre de le-
tras, no gasta medios violentos ; deja á los periodistas libres,
en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos : se contenta
con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con
sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno
de su mesa. De acuerdo con el obispado — ¡ foco del obscuran-
tismo ! — el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los
ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Co-
mo el «avaro Aqueron te», el buzón nodevuelve su presa. (¿Allí
quedaría mi carta de marras ?) — Pero todo está á punto de con-
cluir, de reformarse : la próxima constitución — anexa á todo
vuelco gubernativo — será perfecta y definitiva. Etc., etc..
En tanto que el tórrido tribuno — sin duda, sincero — ases-
ta en el vacío su « ecuatorial » , miro la susodicha estatua por
la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente medi-
tativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de
sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo,
y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto
celebrado liberalismo (i).
(i) MuRiLLo, Historia del Ecuador, 1890.
Ii4 DEL PLATA AL NIÁGARA
¡ Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrien-
tas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones « sor-
presivos )) y dentelladas famélicas, con el acompañamiento
repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después
que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura !
Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamen-
te cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos,
saqueos y orgías de verdad : las peripecias del Príncipe de
Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Gas-
truccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino
por mestizos lúbricos y ebrios , y al compás de la bámbula . . . Más
sencillamente : imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de
una década, prolongada por más de medio siglo — todavía
dura — y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de
vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constitu-
ciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á
la libertad (i) ! — Cada capítulo de esa historia repite el
anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada
por lo grotesco del estilo. — Los anales del Ecuador ostentan
la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siem-
pre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implaca-
ble en la tierra ; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa
para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y
atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace ex-
cepción en más de sesenta años : la de García Moreno, cuya
mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué
bárbaramente sacrificado^ no por su despotismo y más ó me-
(i) « Las revoluciones son el bautismo con que los pueblos se regeneran !... »
(Veintemllla) . Con axiomas de esta fuerza y novedad , la mitad del pueblo ecua-
toriano ultraja, saquea, degüella y destierra á la otra mitad desde la convo-
cación del « Congreso Admirable » hasta nuestros días.
DE LIMA Á COLÓN ii5
nos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria
que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransi-
gente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violen-
cias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para
domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave na-
cional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar
de ser juguete délas olas embravecidas, como antes y después
de la famosa Constitución de 1869...
Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido
mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la esta-
tua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues
por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie.
En un resuello de mi a amigo » , murmuro distraídamente,
designando al presidente de bronce :
— García Moreno ^ era de Guayaquil ?
El periodista liberal me mira estupefacto : leo la indigna-
ción y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyun-
tura para esquivarme, después de las u cortesías de estilo » ,
como dicen los repórters criollos : a ¡ Cuente V. con un
amigo ! )).
Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado
el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del
Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á
los yacarés políticos... En puridad, nada tengo que repro-
charme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2'' de
latitud), habíamos fletado — seis ingleses y yo — un vaporcito
armado en guerra para remontar el Guayas bástala región de
los saurios. Todo estaba pronto : provisiones, armas, — una
colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el
reino de los caimanes, — hasta un aparato fotográfico, adper-
petuam rei memoriam.. . El tiempo de entrar en mi camarote
ii6 DEL PLATA AL NIÁGARA
para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían mar-
chado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezue-
la. — Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de
provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al Imperial,
trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aven-
tura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, mer-
ced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á
bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al
pronto, arremangándose con convicción, seguido por el co-
mandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas,
friegas abrazo partido... ¡nada! El enfermo, tendido en un
banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer.
Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando: agua
sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en
escudilla sobre el pecho desnudo del paciente. . . ¡ Doble rugido
del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro
en el estómago ! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravillo-
so, y quedará, sin duda, como la curación más notable que
haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos.
Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo : si se
atreviere á nosotros el vómito negro ¡ dará con la horma de su
ojota !
Panamá.
La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto : parece
una reducción de la de Río de Janeiro ; sólo que aquí conviene
llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña nece-
sita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria
magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie — y no es
mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.
DE LIMA Á COLÓN 117
— Con lentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de
Jos bancos de coral, el asteamer» da sus últimas vueltas de héli-
ce para fondear á pocos cables déla isla Tobago.
A nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamen-
co surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los
escollos. El viejo Panamá, — sombrío y erizado de rocas
abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de
Morgan y Pointis, — y la ciudad nueva, un poco al oeste, pin-
toresca y alegre cual estampa iluminada, seyerguen contiguos
bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me en-
seña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado es-
tilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje ; la
ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la coli-
na de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie
de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, como
chalets de recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol
naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes,
arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por
doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la
vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la
menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de
campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de
magnoHas... Y bajamos á tierra con esta impresión de ale-
gría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece
arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto
franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastorna-
do por la inquisición aduanera. Estoy apunto de encontrar
que Panamá, ciudad y clima, es adorable : un verdadero « pa-
raíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps,
Zavala : todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el ist-
mo á vuelo de buitre. . .
ii8 DEL PLATA AL NIÁGARA
Por SU aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las
antiguas poblaciones peruanas ; pero, sobre el antiguo fondo
colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos in-
fluencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó
yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en
las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las ace-
ras de las calles centrales, la bonita plaza déla Catedral - don-
de hacen buena vecindad el Gr and Hotel, la Agencia del canal,
el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado pú-
blico y hasta los uniformes modernos de la policía : todos los
adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó me-
nos directos de la opulenta Compañía. La era délas obras del
canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y,
por rechazo, de todas las otras. — El cochero negro que me
hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un inge-
niero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volve-
rán á seguir. Le afirmo que sí ¡ palabra de ingeniero !
Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando
desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balco-
nes de bastidores, bástalas espesuras umbrías de la colina que
desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá,
algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que
caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. A derecha
é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susu-
rrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver
hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos ; y en sus
contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares : la vida
abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos,
muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,
— fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares!
Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que se
DE LIMA. Á COLÓN iig
rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería in-
justo achacarles mayor recargo en las estadísticas.
Todos los enterrados no han guardado el incógnito ; — des-
de luego, los (( celestes » . Acaso este cementerio chino, tan ca-
racterístico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los
ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más in-
tensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia
encogida y achaparrada de la chuchería chinesca : los túmulos
uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas ver-
ticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz,
enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece
un coleóptero aplastado.
Visito después el cementerio francés, en muy buen estado,
lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan
esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡ Y cuántas hay
de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas pie-
dras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van
acolados al mismo apellido, como que encubren una sola fa-
milia! Diríase el campo mortuorio de una población entera.
Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que nin-
gún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humil-
des de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un
inmenso lamento sólo para mi alma perceptible, — sunt lacry-
mae rerum, — acusando el rigor del destino y el crimen de los
hombres. — Bien seque no eran ciudadanos ejemplares, mu-
chos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero
con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva
que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al
atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á
la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me
ocurre — y tengo datos para ello — que todas las víctimas no
lao DEL PLATA AL NIÁGARA
fueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más
de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la hon-
rada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No
son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duer-
men aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de
limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió.
¡ Y entre tanto — ¡ oh miseria é insensatez ! — al rededor del
vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la
costosa Folie Dingler y á cien metros del río Grande donde
podían derramarse, — los inmundos pantanos exhalando el
miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía
allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje,
un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cer-
cenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres !...
«Y en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe
el paraíso terrenal! » ¿Quién habla así? ; Un Bonaparte (i),
pues ! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventu-
reros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de co-
rrida la lengua de Voltaire.
j Pobres aldeanos franceses !
He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo,
recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de
Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del
canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta
Ebbé, — fuera de la parte análoga en la vertiente del
Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha im-
presionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran
esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alar-
gaba á nuestra vista, recto y profundo . Quería figurarme
(x) LuciEN B. Wyse, Le Canal de Panamá.
DE LIMA Á COLÓN lai
que se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupción,
después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Cu-
lebra, embozado el Ghagres brutal. Forjábame por instantes
la ilusión de la empresa concluida, después de tanto dinero
derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al
patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y glo-
riosa aclamación...
Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro
ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente
cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlán-
tica, y tendréis concluida una tercera parte del trayecto en lon-
gitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas;
pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar,
apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático
queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en
trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me
acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté per-
dida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos
plazos en Bogotá, creo que con una enésima comisión de
dos millones. La compañía futura tiene dos años para
constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza
hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El
inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta
utilizable la dificultad del río Ghagres. El 6/e/* superior se
alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el
valle central. No se trataría ya más que de unos 5oo millones
de francos. Etc., etc.
No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me
limito á desconfiar de las demostraciones « matemáticas »
que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las
que se presentaban antes, como el fruto de veinte años de
laa DEL PLATA AL NIÁGARA
estudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se en-
contrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés
autorizara la formación de una nueva compañía, que no
podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El
proyecto se estrella contra un doble non possumus financiero
y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un
concurso de circunstancias que ya no existen, — sin olvidar
á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incal-
culable, hasta en Washington y Nueva York, — los Estados
Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían
enérgicamente. El reciente pegamiento — ó pagamiento —
de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee.
Se ha logrado merced al convencimiento general de que
carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á
todos aprovechaban : para el representante de la compañía,
era un éxito personal ; para los agentes colombianos, dos
millones de francos al contado no son fruslería ; por fin los
Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la
sucesión abierta.
Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrum-
pidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías
ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal
interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en
Panamá. La influencia de la enorme república es invencible
en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la
simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las
regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá
á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras ma-
duras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascina-
ción del pueblo constrictor : la era de anarquía, que infalible-
mente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por la
DE LIMA Á COLÓN ia3
pendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos
nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde
nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la
prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los
judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado
en el famoso Hotel Central, cuyo hall vio á Lesseps presidir
banquetes tropicales en mangas de camisa ; del bar al oficio,
todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés. . . ¡ni de español !
Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas :
todo está redactado en inglés... Á propósito de judíos, recojo
de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano.
Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal ; como el obispo
no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín
israelita (¡ muy caro, para hacer obra pía !) : de suerte
que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fa-
chada florece, ad majorem Dei gloriam, esta muestra banca -
ria impregnada de modernismo : Isaac aihd Co — ¡en grandes
mayúsculas de oro !
¡Oh! sí, decididamente, lacreo sepultada para siempre
la empresa francesa del Panamá ! Es la impresión que del con-
junto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el
canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El
material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las
gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas obHcuas :
todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación
melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los ani-
males desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven
allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados
exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un
caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocico
124 DEL PLATA AL NIÁGARA
disforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el
vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.
En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta
para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida
como debiera, — como la habría dirigido, sin duda alguna,
en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria ver-
dadera, ese noble y honrado Michel Ghevalier, cuya Memo-
ria pro fótica es, aún hoy, digna de ser leída y meditada.
Todo el edificio del Panamá se ha construido en desplome,
hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps — una
leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios,
politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias
en los propios boniments que habían pagado ; los profesionales
estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un
capital inagotable, concluían con un informe favorable ; los
sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían
la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de
que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta...
Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio,
además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan
poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que
ha ignorado — por confesión propia — el nombre y la obra
de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878,
sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á
nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡ Tres
semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los son-
dajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de
arte inauditas, insensatas, — ; como ese proyectado túnel
de 43 metros de luz ! — Entretanto el teniente Wyse nego-
ciaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto.
Después de demostrar en un primer libro, perversamente
DE LIMA Á COLÓN 1,5
escrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único
aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una
exigencia colombiana, — cuando consta que la modificación
que persiguió entonces é hizo anular se refería á un canal
de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha
existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en
estudios geológicos y topográficos minuciosos : la Compañía
del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vaga-
mente aproximativos, como que la hnea dista mucho de
costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no
ha tenido más elementos de examen y discusión.
Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva;
y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy
mismo, y para un transeúnte como yo, la sensación de des-
orden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno
de Wyse comprar el Panamá Railroad á razón de 800.000
francos por milla : y todo rodó por esa pendiente a unifor-
memente acelerada )>, como se dice en mecánica, Aprhs
nom le délngel— Para cebarse en paz, los gordos daban parte
á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés :
se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo
colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sóbrela
« estatua » que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un
padre de la patria; ello es apenas suficiente : para ese grupo
dirigente y digiriente ha sido, no un padre, .j sino una nodriza !
He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de
Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña,
para evitar á la familia del director la humillación del cami-
no común de la Boca, que pasa á cincuenta metros... Lo
fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución
sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todo
ia6 DEL PLATA AL NIÁGARA
ello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros —
por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.
Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino
en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápi-
do croquis de un contratista francés, socio de Lesseps ju/i/or,
el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero,
disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los
pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin
un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor
por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuvie-
ra la mano ligera, — ó pesada, — un buen día acogotó á un
pobre culi chino. Su situación se tornó desagradable, no tanto
por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muer-
to, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir
al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su
interesante. pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas de
honne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Ca-
llao : él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde suce-
dió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz
ascendió muy pronto ; pasó del simple merodeo y la coima ga-
ritera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la pos-
tre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió
á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su
travesura militar ; pero entonces ni los presidios ni las com-
pañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forban-
tes del Panamá...
El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido
otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco
y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina
Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y
flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello es
DE LIMA Á COLÓiV 127
realmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los po-
bres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo
recorren los parques y jardines (( principescos » algunas do-
cenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y
que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también
abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un
cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas
y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cui-
dado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban fran-
cés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos
esplendores desiertos : aquellas maravillas del arte y de la na-
turaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias
sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles...
¡ Ah ! no escasea el material de construcción ni la maquina-
ria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana
de Panamá á Colón — ni tampoco las poblaciones enteras
de villas, barracas, casillas y chalets vacíos ! Debo decir que
los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y
en orden perfecto — esperando á las visitas. Pero los otros —
los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones
— tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas,
enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los
huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á
medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya
roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que
remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores,
mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno,
junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarti-
culan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. El krach de
allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el sdl-
ia8 DEL PLATA AL NIÁGARA
vese quien pueda! de la obra humana, la reconquista del de-
sierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de des-
agravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas,
niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase
por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios
buscadores de caucho y los negros tagueros se albergaban
en los chalets traídos para ingenieros y contratistas... Nos
pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desen-
terrar con sus arados las armas y despojos de las edades
heroicas ¡ con qué extrañas reliquias tropezarán los campe-
sinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha
conseguido destruir hasta entonces su último vestigio !
Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entris-
tece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco
que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Bra-
sil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora
del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de ár-
boles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier,
en las faldas de los cerros, en las riberas del Ghagres y sus
arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momen-
tos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales
de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que
despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En
el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal
revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fan-
tásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germi-
nada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡ tan impo-
sible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero
del suelo tropical ! Los cedros y caobas gigantescos, los precio-
sos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco en
DE LIMA Á COLÓN lag
ánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sánda-
los amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos
enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos
los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslum-
brantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles
y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, esti-
ran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente es-
tancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan
sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos
alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígi-
dos abanicos ; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde
encaje de los heléchos arborescentes ; — y, por todas partes,
aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, in-
sectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en
los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa
y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices
se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre
otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata
del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por
el aire. . . ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de
su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por
los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derra-
mada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo
joven : cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbor-
daba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando
organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en
las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven
en nuestros desmedrados arbustos de hoy ; cuando reptiles
monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera
densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente el
vuelo del ave futura. . .
i3o DEL PLATA AL NIÁGARA
En la estación de Emperador, invade el único salón del tren
una caravana de negras, vistosas y chillonas como una ban-
dada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo
muecas á través de los cristales. — El negro ríe siempre, con
un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra
de betún, sus ojos de marfil viejo y sujeta simiesca se ríen
provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua
tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, par-
ticipa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es me-
nester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, inso-
lente i ciudadano ! complicando su husmo natural con repug-
nante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le
cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y
jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva
el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é
invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen
original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resis-
tente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes.
— Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocre Únele
Tom's Cahin hay mucha majadería. La pretendida sed de
emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La
paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es
defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas,
se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lus-
trando libremente, en todas las ciudades déla Unión, las bo-
tas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el
hombre de color untado de civilización adquiere un alma
de mulato. C'est tout diré !
Criada con soltuia y lejos de las ciudades, la negrita joven
es graciosa. Delante de mí, — no demasiado cerca, — hay algu-
nas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría un
DE LIMA Á COLÓN i3i
bonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un cande-
labro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el ves-
tido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de
los brazos y de la garganta ; en la cabeza crespa lleva un
madras amarillo enroscado en turbante, con enormes zarci-
llos dorados en las orejas ; y bajo este arreo estrepitoso revuel-
ve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbra-
dora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una
nuez de coco. La « sapita », diría Voltaire, ha dado instinti-
vamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer
bella á su crapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un ha-
llazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería
criolla y montaraz : evoca escenas de Pablo y Virginia. . .
¡ Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los
bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas !
Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes ; canas-
tillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas, ^wa^a^
— que semejan algarrobas enormes — chirimoyas, ananás,
— y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos
verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con
tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía —
aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por
otra parte, casi de balde : todo ello superabunda en las cerca-
nías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los raci-
mos de bananas se pudren en las ramas, intactos.
Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pin-
toresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestra-
mente vulgar. ¡ Hago moción para que se le inflija ó se le de-
vuelva para siempre su nombre yankee deAspinwall! — Bajo
un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que
no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortante
i3a DEL PLATA. AL NIÁGARA
frescura á las tres de la mañana, compone casi toda la pobla-
ción un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con
algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de
broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente
han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos.
La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, de-
pósitos, almacenes, bars. No se encuentra una sola mujer en
los portales — salvo negras : ninguna apariencia de famiUa,
de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á
orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los
Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas pal-
meras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales.
Gorro á la agencia inglesa — todo aquí es inglés ó yankee —
y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se
anunciaba en Panamá : es un cargo-boat, sin pasajeros, sin
sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante
se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y
me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario :
tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de
puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso... Acaba
por confesarme que, á último momento, al alba, embarca-
remos un centenar de negros jamaiqueños — de grado ó por
fuerza — que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios.
¡ He dado con un buque negrero ! — No importa : á pesar del
aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del
furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de
los ojos furibundos del steward que arroja mi equipaje en el
camarote que antes ocupaba, — me embarco en el Engineer,
de Liverpool, que leva anclas dos horas después. — porque,
desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos
por Méjico y California.
VI
DE COLÓN Á VERAGRUZ
BELIZE. PROGRESO. MERIDA DE YUCATÁN
El vapor Engineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje
para Veracruz, es como dije un viejo cargo-hoat de excelen-
tes condiciones marineras, con un itinerario seductor : tocará
en Guatemala, Honduras, Yucatán... Lleva bastante carga y,
accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción : á
saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Ba-
randa) y, porfin^ este pobre blanco vergonzante quesera el
historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á
bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataúd, sin sába-
nas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de ma-
ñana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de
quince días de travesía entre Golón y Veracruz, el hielo para
la bebida ha parecido superfino. En cambio : tocino, carne sa-
lada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al em-
barco de mis compañeros de viaje : un hormiguero de jamai-
1 34 DEL PLATA AL NIÁGARA
queños lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la
baqueta del « cómitre », y se apilan en el entrepuente. Nos
ponemos en marcha a las ocho de la mañana, bajo un sol de
plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me
dirijo al comedor : un sudadero estrecho, con atmósfera y luz
de sótano.
La mesa está obstruida por enormes fuentes llenas de cosas
formidables ; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra,
el primer oficial; con el dedo, el steward me enseña mi sitio,
enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas
uñas ostentan la insignia profesional : gentes y guisos tienen
caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripi-
lante : A slice ofbacon, sir ? j Tocino ! . . . ¡yo que no sorpor-
taba lo gordo de una chuleta ! El primer oficial pertenece al
género a chusco » : me dirige dos ó tres frases de tanteo, y,
junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonríen,
] hasta el negrero ! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann,
venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para
Veracruz...
¡ Bah ! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es
una escuela de filosofía. — En la vida las cosas nunca son tan
buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La
existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la
desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que
tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros,
(( la carga se compone en el camino » . — Después de desembar-
car, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero.
Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Meji-
cano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad,
y que, con tocino y todo, he digerido como un ñandú. Á los
tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa en
DE COLÓN Á VERAGRUZ ' i35
el cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me
interesaba por el derrotero y las maniobras ; chapurraba un
inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despe-
cho del reglamento (i); y los oficiales no distaban mucho de
tratarme como á igual i es decir como á inglés ! La única nota
sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, ane-
gada en una tinaja de té. . .
El mismo negrero no resultó tan negro ; además de contar-
me su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un
ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un
naipe : y allí era el comernos las piezas como « porotos » , so-
bre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.
Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran mag-
níficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán, —
mi enemigo del primer día, — después de hundirse el sol de
púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el len-
to balance, evocador de recuerdos lejanos ; vivía de mi pro-
pia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la me-
ditación. — De vez en cuando, la soledad es bu^a; es algo
así como un retiro espiritual consagrado al examen de con-
ciencia : un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó
sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. A poco
andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinen-
cia del mundo : celia continuata dulcescit, que dice la Imita-
ción. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas
iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,
— AlFs welll — tranquilas, uniformes, sin más accidentes que
los de mi sueño interior : á semejanza de esas olas silenciosas
que corrían alo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam-
(i) Es prohibido dirigir la palabra al timonel.
i36 DEL PLATA AL NIÁGARA
bien por el fleco de espuma fosforescente que es otra fugi-
tiva ilusión...
Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatema-
la ni Livingston, donde descargamos nuestro « palo de ébano »
— y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses,
émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de
Liverpool : después de hacerlos trabajar duramente en el via-
je, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque
se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades
perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente verti-
das en la sombra ¡ cómo quisiera yo creer que son recogidas
por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente
hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo ven-
gador ! — Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero
con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis,
su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que
reconocer que poseía un tablero más « endiantrado » , como
dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ; que el
Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía ! Al cabo
perdió sin chistar las dos últimas partidas : rasgo elevado que
me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin,
se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á con-
tenerle...
Belize.
Á vuelta de otras gentilezas mías, Gané me dijo un día que,
á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía.
(Picante coincidencia : precisamente era á propósito de la
América Central.) Confieso que respecto al Honduras, britá-
nico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido ese
DE COLÓN Á VERACRUZ 187
derecho en toda su plenitud. El mismo nombre de « Belize»
se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Moliere:
Nous l'avons cette nuit, Bélise, échappé belle...
En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar
esta laguna de mi educación. Ahora seque Belize, ilustre capi-
tal del British Honduras, está situada en la embocadura del
Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de
hierro incandescente ; tampoco ignoro que su nombre es la
corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés ; podría
deciros que, en su población de seis mil almas, las negras
superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros
del Engineer : tengo datos acerca de su temperatura tórrida
porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimen-
tado ; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en
él. Pero convendrá el mismo señor Gané en que este método
de aprender geografía es un tanto oneroso. . .
Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gual-
drapea á ratos contra su palo de bambú ; en este ambiente de
fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de
lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas,
baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas
en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso
y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, co-
mo el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indíge-
na que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y
me conduce á su hotel ; una casilla de madera en forma de
jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y
ventanas de celosías : todo ello abierto al sol, al aire, á las nu-
bes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.
i38 DEL PLATA AL ríIÁGARA
Me pongo á comer en el mismo plato, pescado frío, esto-
fado, patatas hervidas y bananas fritas ; todo lo encuentro deli-
cioso porque hay hielo. ¡ Oh ! la casa está bien provista ! Hasta
consigo una botella de cerveza, traída del almacén más próxi-
mo. Es el mejor hotel de Belize, y su dueño se desvive por
complacerme : \ llega á proponerme una partida de carambo-
las para esperarla bajada del sol !
Á la tarde tomo un carricoche y me largo por la ciudad.
La posesión inglesa se revela en todos los detalles de la po-
blación, desde el aspecto reglamentario de las oficinas en la
Gourt House y la amplia residencia del Gobernador, hasta el
cuartel militar, los hospitales y los asilos : todo ello conforta-
ble, macizo, reglamentado. En contorno del puerto, con
frente al mar, las casas de comercio, los depósitos y barra-
cas se levantan entre arboledas. En el río que atraviesa la
ciudad se apiñan los barcos cargados de caoba y campe-
che, ó los que van á cambiar por estas esencias forestales,
hasta la frontera del oeste, sus mercancías europeas. Á
esta hora crepuscular una vasta serenidad envuelve la tie-
rra. Cruzo lentamente por las calles espaciosas, enarena-
das, en que el carruaje se desliza sin ruido como sobre
musgo. A uno y otro lado de las avenidas las villas de
los residentes ingleses, rodeadas de jardines, alzan sus am-
plias galerías circulares con las verdes celosías festoneadas
de enredaderas. Se entrevén al pasar hamacas y mosqui-
teros, muebles de color claro sobre las esteras, los grandes
cortinajes contra el sol ardiente y deslumbrador : el home
británico, tranquilo y confortable, bien acolchado de como-
didad material y de egoísmo. Entre las flores, en los céspe-
des de terciopelo, los niños juegan y rien. Por todas partes, los
inmensos cocoteros rayan con sus abanicos obscuros el cielo
DE COLÓN Á VERACRUZ 189
pálido ; las palmeras reales dominan los techados con sus alas
cruzadas como aspas de molino ; los bananeros encorvan sus
enormes plumas verdes; los cachús de follaje deliciosamente
tierno columpian á la brisa sus frutas redondas, semejantes á
mangles purpurinos. En una veranda, sobre el balcón don-
de se retuercen las orquídeas caprichosas, una joven juega
con un mono suelto.
En las veredas, en los umbrales, alrededor de las casillas
de tablas invadidas por la vegetación y la humedad, los ne-
gros pululan : jamaiqueños robustos, trabajadores, militares
y marinos que afectan ya la tiesura inglesa bajo el rojo capi-
llo del soldado ó el casco de corcho del políceman. Los vuelvo
á encontrar á orillas del mar, en una larga faja verde donde,
antes del baño, juegan frenéticamente al cricket. A las cuatro
de la tarde todas las casas de comercio cierran sus puertas,
y los empleados, blancos, negros, mulatos, se arrojan á la
playa. — Si á la aptitud colonizadora y al prestigio autoritario
juntase el pueblo inglés el sentimiento generoso y humano del
latino, acaso lograría hacer hombres con estos negros jamai-
queños, quienes, por otra parte, son en todo sentido superio-
res á nuestros a compatriotas» de la Martinica y Guadalupe.
Salimos de la población y atravesamos una verdadera selva,
por un camino umbrío y musgoso que me trae recuerdos de
Fontainebleau. El silencio crepuscular es completo, imponen-
te, religioso : tan absoluto, que un imperceptible rumor en la
zanja vecina atrae mi atención, y diviso un enorme langostín
azulado que arrastra en los juncos sus patas de lisiado. Cerca
de una cabana una negrita está pescando en una acequia : al
verme, arranca bruscamente su anzuelo con un grito: Jish!
en una carcajada que dibuja una faja de marfil en su jeta
de caoba. Me río del gracioso ademán, y queda contenta co-
j4o del plata al NIÁGARA
mo una cómica aplaudida. Asoman las primeras estrellas ; la
luna nueva dibuja hacia el oeste su fino creciente de oro que,
bajo el vago globo ceniciento, remeda una pestaña rubia
orlando un cerrado párpado. En toda la noche quisiera yo
salir de estos senderos sinuosos, de estas bóvedas sombrías,
llenas de calma y encantamiento ; pero mi cochero da señales
visibles de inquietud por el extraño viajero que lleva, y hay
que volver á la población, — donde no tengo nada que hacer,
nadie á quien ver, fuera del alemán « carambolero » .
Son las ocho de la noche; no me queda siquiera el recurso
de comer, habiendo almorzado á las cuatro. Voy ámi cuarto,
enciendo una lámpara de petróleo y empiezo á tomar apun-
tes en mi cartera; pero, á los cinco minutos, las mariposas
nocturnas acuden á la luz, lloviendo en mi cabeza como copos
de nieve, y el zumbido de los mosquitos me amenaza ya con
una noche toledana. Hay que cerrarlo todo y S8i\ir:fiant tene-
brse ! Me siento en el mirador que domina la calle. Enfrente
del hotel, en un marco de altísimas palmeras, una iglesia gó-
tica yergue su masa aguda; me la han nombrado ya: es Saint-
Mary's Parish, de la comunión episcopal. Está iluminada
y la campana llama al oficio. ¡Toma ! he aquí un programa;
precisamente hace ya algún tiempo que no he oído vísperas ni
sermón. Creo que en estas alturas no debo reparar en pelillos
ortodoxos, y, aunque católico, espero que esta función epis-
copal me será abonada en cuenta. Voy á la church.
Una larga nave obscura que las lamparas de petróleo no
alumbran distintamente sino hacia el fondo, como en el esce-
nario de Bayreuth; el interior está desnudo, pintado de blanco,
salvo la bóveda de caoba ; en el extremo opuesto á la entrada
una reja de madera, ahora abierta, deja ver un altar muy sen-
DE COLÓN Á VERACRÜZ ,4,
cilio, dominado por un alto crucifijo de ébano. Á la derecha,
un reloj de pared señala, además de la hora, la nota del falso
gusto nacional y burgués. Á la izquierda, un órgano de pedal,
abierto, con la lección del día en el atril. Todo el resto del
templo está ocupado por filas de bancos con asientos nume-
rados, dejando en medio una calle estrecha. Me siento en el
fondo, bajo una lámpara, y me pongo á leer la hoja impresa
de los cánticos. Lentamente, en largos rosarios silenciosos,
los fieles se deslizan y ocupan los asientos. Abundan, natu-
ralmente, las negras grotescas, con sombreros de flores y
trajes de carnaval. Aquí y allí, algunos negros cansados se
acomodan para descabezar un sueño. El clero hace su entrada
por una puerta lateral : un sacerdote inglés, joven y robusto,
con estola y sobrepelliz — de aspecto casi católico; — y luego,
otros clérigos subalternos, diáconos mulatos de mala estampa
y solapada catadura. Juntas con éstos, sin duda para marcar la
jerarquía social, entran también algunas damas blancas, dos
ó tres niñas, mujeres é hijas de residentes ingleses ; por fin,
dejando una estela luminosa en la obscura muchedumbre, una
joven alta y elegante, de vestido blanco, sombrero y guantes
negros, se dirige hacia el altar y se sienta delante del órgano.
He admirado por detrás su silueta airosa; y ahora sigue
dándome la espalda, pronta para preludiar. De su cuerpo no
distingo más que la nuca blanca y los rizos dorados debajo del
sombrero Gainsborough. Y gusto de figurármela muy bella,
muy extraña á este medio vulgar ; rechazo el pensamiento de
que pueda pertenecer á ese pertiguero, gangueador de responsos
anglicanos. Así, á la distancia, posando sus manos blancas
sobre el teclado de marfil, basta para la ilusión de una hora.
¡ Oh ! que no se vuelva, que no me enseñe el perfil ingrato y
seco de una mujer de pastor !
i4a DEL PLATA AL NIÁGARA
Con una breve entrada del órgano principia la ceremonia :
el instrumento me parece bueno y, por supuesto, la ejecutante
eximia. Á poco, las frases amplias y solemnes de los cán-
ticos ingleses, que podrían ser de Haendel, desenvuelven hasta
la bóveda sus lentas ondulaciones, cual espirales de un in-
cienso místico. Las negras no chillan ni desafinan; en pos del
órgano sonoro arrastran su murmullo vergonzante, tímidas
y humildes hasta en la oración. Y el pobre rebaño obscuro,
condenado á la servidumbre después de la esclavitud, balbu-
cea esos cantos de esperanza y libertad, como si para él exis-
tiese en parte alguna, antigua ó nueva, la engañosa tierra de
Promisión :
A land of sacred liberty
And endless rest...
El ministro se adelanta, robusto y corpulento; recuesta en
la reja su espalda y, con voz fuerte y acento convencido, pro-
nuncia su sermón, evidentemente dedicado á la parte ((decente»
del auditorio. Lo que logro entender de paso, por entre las
repeticiones y las anticuadas formas oratorias del pulpito, re-
vela siempre al insular emprendedor, al colono conquistador
del mundo. Su Providencia, seguramente inglesa, maneja el
mundo como una inmensa factoría. Lejos de descansar des-
pués de la labor de los seis días, ella es quien fomenta el pro-
greso humano con su eterna actividad. Y el orador enumera
esos progresos modernos : los ferrocarriles, el telégrafo, la
navegación, etc. Describe á su Dios omnipotente, con los atri-
butos de un presidente ideal de compañía limitedqiLe tuviera en
el cielo su asiento social. La voz se hincha para celebrar la
magna obra britana; en cada frase, las voces energy, struggle,
victory, civilization, retumban como los ¡quién vive! de un
DE COLÓN Á VERACRUZ i43
nocturno campamento. En este perdido rincón del nuevo con-
tinente, ante este auditorio de aldea colonial, el orgulloso civis
sum r o maniis estaXldi soberbiamente, y, acaso mejor que bajo
las bóvedas de Westminster, proclama el secreto de la gran-
deza nacional, debida toda á la energía del individuo, á la só-
lida organización del hogar, — más compacto cuanto más
aislado, — y, sobre todo, á la fe inquebrantable del ciudadano
inglés en la solidaridad eficaz, en la omnipresencia de esa madre
patria, cuya égida gloriosa, en cualquiera latitud, en el can-
tón más ignoto del mundo, le cobija y alumbra como el sol!
Los negros se han dormido al runrún oratorio, y menean á
compás sus motas de astracán. Sus compañeras agitan perdi-
damente las pantallas de palma. Por las abiertas ventanas de
báscula entran mariposas nocturnas, ráfagas de aire tibio
cargadas con vagas armonías lejanas, fragancias de jazmines
y rosas que luchan con el petróleo de las lámparas y el hus-
mo indefinible de la concurrencia. Después del retornelo in-
dicador del órgano, un último canto se levanta, de una am-
plitud imponente, de una dulzura infinita. Acaso bajo la
influencia de la hora, de mi situación, de los versos que leo en
mi cuaderno y me traen reminiscencias de la Oración por todos
de Víctor Hugo, me invade un sentimiento extraño, mezcla de
angustia y lasitud. Me siento solo, abandonado como un náu-
frago en las soledades de la noche y del mar, lejos, muy lejos
de todo lo que amo y me pertenece. Paréceme que una atmós-
fera disolvente y mórbida hubiera ablandado mi fibra viril, y
me anega el alma una tristeza de agonía. — ¡ Tan breve es la
vida, tan frágil, tan precaria ! ¿Cómo se puede acortarla aún
con la ausencia, aventurar en un viaje incierto la ración de
felicidad íntima que el avaro destino nos depara, y tentar con
la voluntaria separación á la desgracia que nos acecha? Solo,
i44 DEL PLATA AL MÁGARA
solo, solo en el vasto mar. . . ¿ por qué con tanta porfía vuelve á
mímente este monótono sollozo del viejo marinero inglés? (i)
¿Qué ser amado está muriendo lejos de mí á estas horas, y
me manda en algún magnético efluvio del alma su postrer
adiós? ¡Oh! nunca, nunca más, sin duda, volveré á reírme
y á ser feliz !...
El canto continúa, salmódico y adormecedor ; parece que
ahora despidiera una como virtud confortante. Paseo una
vaga mirada por la asistencia; todos esos seres humildes y sa-
crificados están de pie, como si arrojasen por una hora el
fardo de su hombro magullado. Si ello fuera cierto, su inge-
nua creencia sería legítima, y dejaría de ser vana la oración.
Pero ^ quién volverá el alma pródiga al hogar de la fe ? — Y
con todo, las sectas groseras y estrechas, las huecas fórmulas
nada prueban en contra de la religión absoluta é inmortal.
La impotencia eterna del artista para realizar la obra perfecta,
más que una negación de la belleza suprema, es su eterna
afirmación. ¿Qué saben nuestras miopías, y los tanteos efí-
meros que llamamos leyes naturales, de lo que pasa más allá?
Si en algún planeta de nuestro sistema existen seres sin el sen-
tido de la vista, han de negar la existencia de las estrellas y
del cosmos inaccesible, con la misma lógica que nuestra cien-
cia positiva y fragmentaria niega la categoría del ideal y
arranca al inconsciente universo su conciencia ignota é inno-
minada ¡ sólo porque nuestra ignorancia le diera nombre y la
llamara Dios ! Y aunque fuera estéril la plegaria como sú-
plica candorosa á lo desconocido, sería acaso fecunda como
comunión espiritual y llamado « telepático » á las almas que
(i) Goleridge, The Ancient mariner :
Alone, alone, all, all alone,
Alone on awide u'ide sea!...
DE COLÓN Á VERACRUZ láS
con nuestra alma palpitan, allá lejos, fuera del límite que
nuestros sentidos pueden salvar. — Prestaban nuestros padres
al mundo visible una figura elíptica: ^ quién sabe si no fué su
ilusión un símbolo sublime, y sien la tierra, para los seres
distanciados, la transmisión más eficaz no es la palabra alada
que parte del foco íntimo, vuela hacia arriba y, después de
tocar cualquier punto de la bóveda ideal, desciende más vi-
brante y tiende al otro foco conjugado su infalible vuelo ?
Presto atención, ahora, al canto de aquellos anónimos des-
heredados que, sin embargo, tienen algo que dar ; escucho y
tal vez murmuro con ellos, acompañándolas con un comenta-
rio interior, las palabras rimadas sin arte, pero impregnadas
de humana ternura y santa sencillez :
Remember all who love thee
And who are loved hy thee \
Pray, too,for those who hate thee,
V^ // any such there be. . .
« Recuerda á los que te aman y son amados por tí. . . » ¡Ay!
^cómo no recordarlos, ahora más que nunca, cuando el cora-
zón henchido de ellos se desborda y gotea al menor estremeci-
miento como una copa llena ? — « Ora por los que te odian,
si los hay... » ¡ Oh! no, eso me sería imposible, aunque su-
piese orar. En el acto de pedir por nuestros enemigos, se
oculta el sentimiento más refinado del orgullo cristiano. Es
más humano el desprecio, el olvido. ¿Para qué recor-
darles que el odio es casi siempre el disfraz de la envidia
y la confesión más dolo rosa de la impotencia? El que sabe
hacerse justicia olvida la ofensa junto con el castigo, y no sabe
odiar. Además, es una condición muy triste de la vida el que
casi nunca tengamos enemigos por el mal que pudimos come-
'xf'
i46 DEL PLATA AL NIÁGARA
ter : los que nos aman siempre son los que de veras hemos
hecho sufrir...
Y termina la trémula plegaria, bajando el tono, hasta apa-
garse en un murmullo casi inarticulado de vergonzante súpli-
ca, cual si no se atreviera á pedir para sí propio el indigno
pecador :
Then,for thyself in meekness,
A blessing humbly claim...
Sí, muy humildemente, pidamos para nosotros la bendi-
ción que nunca merecemos, porque en la conciencia más
honrada la suma del mal es siempre mayor que la del bien . El
demonio del egoísmo y del orgullo habita nuestras almas y
rige sus actos con tiránica ley : pidamos la generosidad, la
indulgencia, una comprensión cada día más lata del mundo y
de la vida que nos conducirá á la pacificación, á la serenidad,
raíz y flor de toda filosofía. Oh! hombre, criatura de un día,
¿qué tienes que no hayas recibido? Tu madre, tu mujer, tus
hijos son dádivas gratuitas de la naturaleza : Ecce hxr editas
Domini! Antes de la tarea concluida has recibido el galardón :
da las gracias por todo ello á la Bondad eterna ; levanta en el
silencio tu plegaria efusiva, sea cual fuere el templo en que te
toque orar. No temas que tu súplica se pierda en el vacío : si ha
sido sincera, te digo en verdad que sin traspasar tus labios ya
encontró su ignoto destino. La meditación solitaria ha enno-
blecido tu pensamiento ; tu oblación ingenua, derramada co-
mo una abundancia, ha dejado tu alma limpia como una pie-
dra de altar : has orado en tu corazón purificado ¡ y allí dentro
está tu Dios !
DE COLÓN Á VERACRUZ 147
Progreso. — Mórida de Yucatán.
Hemos embarcado en Belize á cuatro pasajeros para el pró-
ximo puerto de Progreso, en el Yucatán : dos hondurenas,
madre éhija, un yucateco, física y moralmente redondo como
una O, y, por fin, un viejo dentista inglés, ciudadano ameri-
cano y residente jamaiqueño, acorchado y arrugado como
una pasa, el cual recorre la América Central hace treinta años,
desquijarando á sus semejantes de cualquier pelo y matiz. Las
dos señoras mestizas hablan una jerga singular, mezcla de in-
glés, español y maya, con una vocecita delgada y un acento
lleno de equis que asemeja su habla estridente á un canto
de cigarra. Habitan una aldea del interior, Orangewalk, y
recuerdan de su pequeña patria con una ingenuidad enterneci-
da. El yucateco es mulero, mayordomo de hacienda y sobre
todo jugador al monte « de mucha suerte » . Toda esa gente
me cuenta sus vidas y milagros con sorprendente naturalidad.
Los cuatro han traído apetito de náufragos ; absorben el co-
mistrajo de á bordo con una voracidad insaciable. El equipa-
je de la muchacha consta de una guitarra envuelta en sarga
verde ; y de noche, en latoldilla, tenemos una pequeña sesión
musical. Canta sin mucho desafinar, con su voz de fonógra-
fo que parece llegar de la bodega, tonadas criollas y canciones
inglesas — sin que falte el inevitable Home, sweet home I — que
la madre acompaña á la sordina. Pero ¡ hemos despertado al
gato que dormía ! Al rumor de la música, el dentista ha aban-
donado una partida de poker con el contador, para exhibirse
como cantante de ópera. Su repertorio data de medio siglo: lo
adquirió en Méjico, durante la primera presidencia de Santa
i48 DEL PLATA AL NIÁGARA
Ana ; pero la cruel naturaleza le ha dotado de una memoria tan
extraordinaria como su facultad para desafinar. Con voz ca-
bruna y acento indescriptible bala infatigablemente las arias
y eavatinas de Don Pasquale, del Elisire d'amore, de la Son-
ndmhala. Estoy aterrorizado : no son más que las nueve y está
en capilla el Barbero, de Rossini. Pero, después del Ecco r¿-
dente, ya no resisto más. Agrandes males grandes remedios :
le corto el resuello en el umbral de Una vocepocofa, para de-
cirle resueltamente: «Vea usted, doctor, si ha de seguir cantan -
do, más bien sáqueme una muela ! » Aunque se lo digo en tono
de chanza, me he hecho de un enemigo más ; y el dentista me-
lómano no me dirigirá la palabra hasta Progreso, el próximo
puerto deMérida del Yucatán.
Es Progreso un punto cualquiera de la costa, donde la ca-
sualidad ha fijado el embarcadero comercial de la provincia ;
no tiene fondo ni abrigo alguno contra las rachas del viento
norte, que suelen ser terribles. Tenemos que anclar á cuatro
millas, y no hay otro medio de comunicación que los botes de
vela. El capitán me aconseja que no baje á tierra; en todo
caso, habré de estar á bordo al día siguiente antes de las doce,
hora en que « infaliblemente )) se zarpará... Vacilo un mo-
mento ; pero estoy tan cansado ya por mi régimen celular, y
tanto me pondera el yucateco las bellezas de Mérida, — una
ciudad de cuarenta mil almas, llena de lujo y de « comodida-
des», — que resuelvo la expedición : en suma, no son sino
unas treinta millas de ferrocarril. . .
El viaje de desembarco es un poco más largo que el de
Belize : son las once y llegaremos á las tres de la tarde, á bue-
na hora para el tren. Bajo el sol vertical, el mar reverbera in-
soportablemente ; procuro una ilusión de sombra bajo el ala
de la vela latina : sub umbra alarum protege me. Dejo colgar
DE COLÓN A VERACRUZ lig
mi mano en el agua y de vez en cuando me refresco la cabeza;
pero el patrón me la hace retirar vivamente con historias de
tiburones. Al fin tocamos la playa arenosa; un muelle estre-
cho está obstruido por los fardos de henequén; y en todas las
calles de la dispersa población, circulan las vagonetas decau-
ville, transportando el valioso textil. Es una « pita», pero de
calidad superior ala nuestra y aun á la de Filipinas, debido
á la sequedad del clima y la incomparable aridez del suelo. —
Años atrás, era el Yucatán el Estado más pobre de Méjico:
en sus rocas calcáreas sólo alcanzaba á vivir este agave de
aspecto ceñudo y hostil, emblema de la desolación : ahora se
exporta anualmente por valor de diez millones de pesos oro.
(í Quién sabe si las pencas de nuestro pobre Santiago no serán
algún día plantas de bendición, más que esa caña dulce, de
amarga memoria?
Tomo el tren de Mérida — ¡ nombre encantador que evoca
por consonancia versos bucólicos de Garcilaso ! — y durante
dos horas cruzamos por una Arabia pétrea donde las hileras de
henequén erizan sus puñales verduscos. Por todas partes, los
rieles estrechos costean los cercados de piedra; una muía arras-
tra el diminuto tren de carga hasta la próxima estación. Nada
más tétrico que el aspecto de la árida comarca, con su espino-
sa vegetación sin un asomo de humedad, sus habitaciones de
pedriza blanca cubiertas de paja entretejida, sus habitantes
chamuscados y curtidos como iguanas por la fiebre y el sol .
Los indios pululan en las estaciones, unos en busca de agua,
otros vendiendo tunas y pantallas. Los hombres visten el cal-
zón blanco y la camisa corta, con el ancho sombrero cónico
de enorme cordón plateado que se ha perpetuado desde los
siglos de Palenque y Uxmal. Las mujeres macizas y rechon-
chas, con la tez de ladrillo y la aguileña nariz tul teca, llevan
1 5o DEL PLATA AL NIÁGARA
sobre el huípil escotado y sin mangas el corto fustán con fran-
ja de colores, informe remedo de la romana clámide ; re-
tuercen el grueso pelo lacio en dos enormes « porongos » la-
terales que el viento mueve como boyas, al propio tiempo
que pega la camisa flotante sobre su hidrópica desnudez. Ello
es horrible ; y si, como dicen algunos, era de esta raza y es-
tampa la famosa Marina de Hernán Cortés, en verdad os de-
claro que el «conquistador» no ha robado su gloria. Hablan
una lengua gutural, azotada de consonantes desgarradoras y
sibilantes, que recuerda un paseo por sus montes de pencas y
abrojos, y en cuya áspera contextura los nombres más dulces
parecen estridentes chasquidos de platillos y cobran un aspecto
de ferocidad. Según el Arte del idioma maya, que he adquiri-
do á peso de henequén: a amar » se dice Ocobxhal; la a queri-
da )) , responde á este suave llamado : Ixkakatnatzucil — tam-
bién i así será ella ! — y esa a Marina » de Cortés á quien antes
aludí, se apellidaba correctamente Malintzin.
Mérida es la ciudad del calcio, como Iquique la del nitrato,
y vade química. El suelo, las calles, las casas, las gentes, los
árboles escasos y desmedrados : todo desaparece bajo una capa
de cal. Si las mujeres usan albayalde, no tienen perdón de Dios.
Me toca recibir un aguacero al poco rato de llegar, y la lluvia
transforma los caminos cóncavos en charcos de leche caliza.
Todo está blanco, inexorablemente blanco ; las desiertas calles
se alargan como zanjas de yesera; y tomo una reunión de es-
cribanos y alguaciles, bajo los arcos del cabildo, poruña huel-
ga de molineros. Recorro la ciudad en una calesa forrada de
latón, que me trae encontrados recuerdos de cajón fúnebre y
conserva alimenticia. El cochero que me arrastra por las
canteras parece impacientarse con mis indicaciones y, vien-
DE COLÓN Á VERAGRUZ x3i
do que no llevo bastón, me alcanza una caña, explicándome
su empleo tradicional. Es una incorrección y casi una ofensa
mandar de palabra al conductor : hay que tocarle el hombro
con el bastón encada esquina; palo en el hombro derecho, y
tuerce á la derecha, etc. El método es tan sencillo como efi-
caz. Sin embargo, si llegara á ser concejal de Mérida, propon-
dría, como (( amante del progreso » , prolongar las riendas del
jaco por entre las orejas del cochero. — En los intervalos de
esta paliza reglamentaria, observo la población ingrata y mo-
nótona. Edificios públicos, iglesias, íondas, colegios: todo es
de una vulgaridad blanquecina y terrosa. Al fresco del recien-
te chaparrón, algunos naturales sacan las cabezas por las ca-
prichosas claraboyas recortadas en forma de trébol en sus
puertas y ventanas ; las mujeres parecen mestizas feas, rojizas
ó desteñidas por el polvo ambiente ; me miran pasar con aire
soñoliento, restregando sus ojos hinchados por la siesta. — El
recuerdo más curioso de mi excursión es un dato antropológico
que confirma una de las leyes transformistas : la adaptación de
un órgano á su nueva función. Aquí los aguadores y espor-
tilleros llevan la carga en la frente, en lugar de la espalda.
No teniendo que emplearla en pensar, lo que sería una sinecu-
ra, la cabeza ha vuelto á ser para ellos una vértebra, como en
su origen anatómico. Traen en el cráneo, como el buey su
yugo, una gruesa cincha de cuero de cuyo extremo cuelga
una tinaja de barro que les golpea las caderas, á modo de car-
tuchera monumental. Ello es muy ingenioso, para yucatecos.
Se come bastante bien en una «Lonja» casi lujosa; y
después de tanto régimen sajón, la cocina española me sabe á
maravilla. Allí trabo relación con un « hortera » catalán que
me lleva á Itzimná, una aldea de paseo y romería, dotada con
todos los encantos de la civilización : rifas, caballos de palo,
i52 DEL PIATA AL NIÁGARA
Órganos de manubrio, etc. La vuelta en el tranvía repleto no
carece de amenidad : observo los perfiles, procurando encon-
trar el rasgo diferencial que separa á « mestizos » y yucatecos
puros — pues mi amigo de á bordo se ofendía esta tarde
cuando yo llamaba «indios» á los primeros. Vano empeño :
ni por el tipo y la lengua, ni por el traje los puedo distinguir.
Los vestidos blancos europeos tienen el mismo corte que los
«fustanes»; y el acento español délos mestizos, con sutxin
txin de grillo próximo á cantar, me produce el efecto del
maya más castizo.
La posada en que he parado, por recomendación de mi
compañero de viaje, es una abominable barraca, y la noche
es cruel en mi hamaca de tortura, librando hasta el alba
descomunal batalla con los mosquitos. Al fin me han ven-
cido ; y cuando entra á las ocho mi yucateco, más que
nunca entusiasta de su Mérida (( para él dulce y sabrosa » ,
necesito verdadera magnanimidad para ponerme á su nivel.
Con todo, no resisto á enseñarle mis manos entumecidas —
¿por qué será que la toilette matinal incita á la chacota?
— diciéndole con gravedad : « Sabe usted cómo llamamos
los sabios á este mosquito? » — « No, señor ». — « ¡Es el
mosquito de cascabel!» — Confiesa que no lo sabía, y recoge
el dato científico para su hija, que tiene escuela.
Después de una hora de espera en la estación, nos anun-
cian que el tren no saldrá porque el de Progreso ha descarri-
lado en la mitad del camino. El administrador me colma de
datos y atenciones ; pero cuando le hablo de despachar inme-
diatamente un tren de socorro y trasbordo, me mira con estu-
pefacción : « j Ah ! no, señor ; hasta mañana no se podrá. »
Pero, i hay un tren á las cuatro, por otra línea, más larga ! . . .
Hablo de tren expreso, de coche, de caballo : todo es imposi-
DE COLÓN Á VERAGRUZ i53
ble. Y veo, en un segundo de sombría perspectiva, el vapor
en marcha para Veracruz ; mi equipaje tirado en el resguar-
do, abierto, saqueado ; y yo, esperando una semana en esta
dichosa Mérida al vapor de Cuba, con dos ó tres libras en
el bolsillo por todo capital, cual otro Judío errante... Dirijo
una rápida mirada á mi acompañante ; pero tiempo há que
le medí : como decimos allá, por el Salado, ha de ser «penca
de poca grana » . ¡ Siquiera fuera yo jugador de monte, y de
«mucha suerte» como él! Maquinalmente, palpo mi reloj en
el bolsillo, i Pobre viejo compañero mío, si habrá de rematar
sus correrías en uno de los numerosos empeños de Mérida! . . .
Me dirijo al telégrafo, un tanto mohíno y cabizbajo. No
había calado mal á mi compañero. Por el camino me viene
prodigando los consuelos platónicos : ^ qué importa una sema-
na? tendré tiempo de conocer la ciudad, etc., etc. Le inte-
rrumpo, exasperado : «¡ Pero no tengo plata, ni ropa, ni na-
da, todo ha quedado á bordo !» A los tres minutos, mi buen
compadre descubre que está muy apurado : le han brotado de
golpe «un porción de quehaceres urgentes » que le obligan á
dejarme. Sin saber cómo me entra súbitamente un acceso de
risa tan incoercible y comunicativa, que él mismo se ríe tam-
bién. «¡ Vengan esos cinco yucatecos!», — y nos separamos
éntrelos arpegios de carcajadas que nunca se podrá explicar,
ni con el auxilio de su hija, la maestra de escuela.
i Incauto merideño ! hubiera salvado la honra y atrapado
otro buen almuerzo con esperar cinco minutos más. La agen-
cia de Progreso me contesta que, por la marejada, el En-
gineer no concluirá su descarga hasta la tarde. ¡ Respiro ! Y
me encamino solo á la « Lonja » hospitalaria.
Pero ¿cómo matar este terrible día, bajo un sol que á
cada instante raja las pesadas nubes preñadas de tempestad ?
1 54 DEL PLATA AL NIÁGARA
No es posible almorzar durante cinco horas. Y vago por las
calles achicharradas, en mi calesa de latón, zurrando sin pie-
dad á mi cochero. Visito la Catedral, Santo Domingo, que
tiene pinturas sorprendentes, aun después de todo lo que he
visto en Sud-América, me apeo en las sórbetenos, en una
«Librería meridiana» cuyo nombre así puede derivar de
(( siesta )) como de Mérida. . . ¡ llego hasta comprar una Historia
y geografía del Yucatán : me siento capaz de todos los exce-
sos. Me meto por una escuela cuyo salón de estudio tiene por
mobiliario un pizarrón, una tinaja y dos docenas de ganchos
embutidos en la pared, paralas hamacas. Vuelvo á caer fatal-
mente á mi (( Lonja o de partida. Allí encuentro á un estu-
diante de quinto año, mestizo mofletudo, con un libro en la
mano izquierda y una copa de a cognac » en la derecha. El
libro es la Química de Pelouze y Frémy. Gomo el colegio no
tiene laboratorio, parece que el alumno practica sus análisis
en el mostrador. Recojo algunos datos respecto del personal
docente, el plan de estudios, los sueldos. Doy un grito de
admiración al saber que cada catedrático percibe 200 pesos !
Pero tengo luego que envainar mi entusiasmo : son 200 pesos
anuales, por diez meses de lecciones diarias ¡20 $ al mes !
j Y faltan brazos para enfardar henequén !
En la estación, encuentro á mi cantorcita del vapor con
su inseparable guitarra. Pero ¡basta ya de guitarras, y de to-
nadas mayas, y de vestigios de Mérida ! En el tumulto de la
tormenta que se ha desplomado y del granizo que bate redo-
bles en los techos de zinc, me arrincono en el vagón y me
hundo en la lectura de mi tratadito de marras. ¡ Ahora no se
dirá que descuido la geografía ! La aprendo con frenesí ; el
Yucatán es mi cabeza de turco : conozco sus bellezas natura-
les de Ghacsinkin á Maxcamú; hasta me atrevo á afirmar
DE COLÓN Á VERACRUZ i55
que las « hazañas espartanas» (página 6o) délos hijos de Ti-
ximin y aun de Toxkokob ya no tienen para mí muchos
secretos...
Continúala lluvia, el tren se arrastra jadeante y, á boca de
noche, hago en Progreso mi entrada poco triunfal. El furioso
viento norte levanta la arena húmeda que me azota el rostro.
La agencia ha despachado ya su último bote con la correspon-
dencia ; el Engineer tiene izado su gallardete de leva. Por otra
parte, me aconsejan no embarcarme con este temporal, i Que-
darme una semana en el Yucatán, sin tener siquiera los
medios de organizar una excursión á las admirable ruinas de
Uxmal ! Prefiero arriesgar el bulto. Encuentro en el muelle á
un botero que me exprime á su gusto ; pero fleto el bote y, por
sobre las embarcaciones amarradas que bailan alegremente,
llego á nuestra cascara de nuez. El patrón se sienta á la caña,
el muchacho empuña una gafa y nos empezamos á mover.
Hay marejada, pero la cosa no me parece tan fiera. Estoy
sentado al viento, en el canto de la borda y, en son de
broma, pregunto al patrón si será caso de volcar. (( ^ Quién
sabe? )) contéstame mal humorado; y luego para infun-
dirme valor me cuenta que una vez fué á bordo con
peor tiempo ! El muchacho va á alzar la vela y me grita :
agárrese, señor ! Siento un formidable flicflac de la lona
en su amura vibrante, una brusca sacudida que tumba el
bote á la banda ; embarcamos un paquete de mar que me baña
de la cabeza á los pies, y comenzamos á correr con una velo-
cidad vertiginosa. El muchacho me amarra en un gran peda-
zo de lona, como un salchichón; y así, estribado contra la
borda, la espalda á la ola, pudiendo apenas respirar y sudan-
do la gota gorda bajo mi capucho, me dejo llevar á donde
quiera Dios. Bajo el viento de través, el bote se recuesta más
i56 DEL PLATA AL NIÁGARA
y más, rozando el agua como golondrina de tormenta y em-
barcando á cada segundo. Poruña rajadura de la lona, al-
canzo á ver con un ojo una punta de remo que espero agarrar
á tiempo, y un listón de mar obscuro, orlado de blanco, que
pasa con frenética rapidez. Siento que el viento arrecia á me-
dida que entramos en el golfo desamparado; cada racha, aho-
ra, salpica en el bote ; y á ratos una ola mayor rompe en
la borda con un rumor profundo, al que sigue un sordo cru-
gido : doblo el espinazo bajo el derrumbe que me sacude has-
ta hacerme perder pie. Reina un breve silencio con sensación
de parada brusca. Pero la barquilla se recobra y sigue volan-
do, ladeada como ave herida. Confieso que me aburro un
poco debajo de mi envoltura que apesta á pescado y alquitrán.
¿ Cuánto hará que desaferramos ? ^ diez minutos, dos horas?. . .
De repente, la voz tranquila del patrón : Échale un cabo ! Me
sacudo y asomo la cabeza : el Engineer surge á diez brazas,
negruzco, enorme, en las tinieblas lívidas. Ya están bajando
la escalera; el capitán se asoma á la borda para espiar la ascen-
sión; dos marineros quedan en el descanso para arponearme.
La atracada está algo enojosa; el bote baila sin tregua arriba
ó abajo del primer escalón, rebota contra la cadena y, cuando
voy á asirme de una mano tendida, ya está á tres metros. No
me gústala maniobra y la yerro dos veces en lá obscuridad.
El capitán grita : Allow him to come up alone! (Dejadle subir
sólo !) Prefiero eso; me dejan libre y escojo el buen momento
para engraparme en la cadena, alone! Llego ala cubierta con
trazas de perro mojado, aguardando un fuerte jabón del ca-
pitán, por la demora. Me muele la mano de un apretón y me
lleva á comer : A slice ofbacon, sir ? — y de puro asustado
trago el tocino sin mascar. . .
VII
DE VERAGRUZ Á MÉJICO
Después de otros dos largos días de mar, — desde Progreso
y Mérida, — cuando el capitán del Engineer me enseña en
la punta de su anteojo, un poco al sud de la proa, el festón gris
perla que remata en el nevado pico de Orizaba y es el estribo
de la gran meseta de Anáhuac, enástame algún trabajo recor-
dar que vuelvo á tocar en Méjico. ¡ Son tan poco mejicanos
esos bravos yucatecos que (sin desgarramiento) acabo de de-
jar ! En hora prevista y acaso próxima, junto con el primer
crugido del bastidor constitucional que disimula apenas la
dictadura de Porfirio Díaz, bastarále al Yucatán condenar el
paso estrecho que por Tabasco le sujeta á la fábrica federal :
quedará suelto, á manera de un pabellón aislado — de arqui-
tectura un tanto original. Más que á Méjico, es á Guatemala á
quien se adhiere fuertemente, como el Río Grande al Uruguay.
Entre Mérida y Veracruz no hay por ahora más vía de comu-
nicación que la marítima. Ahora bien, como vínculo de nacio-
nalidad tal conexión es en extremo laxa y deficiente. En socio-
logía, lo mismo que en física, el agua es mala conductora del
calórico.
i58 DEL PLATA AL NIÁGARA
Los griegos confundían istmo y estrecho bajo una sola de-
signación . No tenían el concepto vasto de la nacionalidad : un
archipiélago no forma una patria. No llegó nunca á la unidad
la misma Grecia continental, con sus costas acuchilladas por
senos y promontorios, sus golfos obstruidos de sirtes é islas
múltiples, centinelas avanzados de las rivalidades y dialectos
locales. El líquido elemento, tan complaciente para el tráfico
y las colonizaciones, conserva las distancias y se opone á la
intimidad política. Las provincias no están reunidas, sino se-
paradas por el mar : Océano dissocíabüi, decía Horacio. El
canal de San Jorge ha influido más que otras causas históricas,
— -acaso dependientes de la física, — '■ para que Irlanda quedase
infinitamente menos inglesa que la asimilada Escocia. Á des-
pecho de la proximidad y las tradiciones, la Sicilia no responde
plenamente al estremecimiento nacional italiano : permanece
siciliana, y el estrecho de Mesina es una solución de conti-
nuidad. Así entre nosotros : con hallarse á diez horas de Buenos
Aires, Montevideo es otro mundo, el extranjero, á pesar del
antiguo y siempre activo intercambio de los destierros políti-
cos. Si en las horas de fiebre aventurera, hubiésemos echado
un ferrocarril sobre Abra Pampa y la Quiaca, el sud de
Bolivia sería hoy más argentino que la Banda Oriental. Lo
que articula, en efecto, y emparienta á los grupos humanos,
es el suelo resistente : el vertebrado esqueleto terrestre que
guarda como una adquisición definitiva el rastro de cada
progreso realizado, y donde cada nueva etapa de la caravana
puebla un desieí-to ó terraplena un hueco de la civilización.
Por otra parte, el Yucatán no es mejicano, ni por la raza, pro-
bablemente tolteca, ni por la lengua local — maya — ni por
la historia antecolombiana ó moderna. Siempre conquistado,
nunca asimilado, se ha valido de cualquiera tentativa unitaria
DE VERACRUZ Á MÉJICO iSg
del gobierno central para cortar la amarra federativa y hacer
rumbo aparte. Á ratos, suele salir al mundo que poco se cui-
da de ello, una república de Yucatán, cuya existencia legal-
mente comprobada duró una vez hasta ocho años ¡ lo que es
sin duda edad provecta en estas Américas centrales ! (i) Has-
ta sucedióle al dicho y dichoso país considerarse muy vasto
para una sola nación. Según la conocida ley de reproducción
de los organismos inferiores, la república se escindió en dos,
sin dolor : el Estado independiente de Campeche, tan ilustre en
la tintorería, se puso también á intentar su ensayo leal, aovan-
do á toda prisa su correspondiente constitución a campe-
chana )) . . . ¡ Dios mío ! qué interesante y ameno sería todo ello,
visto de cerca y estudiado con amor ! En Mérida, con estos
ojos que la muerte cerrará, he recorrido — ¡ oh ! j rápidamente !
— una Historia política del Yucatán, en dieciseis volúmenes
compactos y todavía inconclusa, faltando lo mejor ! Pero
(j dónde está elMeilhac iniciado y erudito, el Grosclaude con-
vencido y formal, digno de cantar épicamente la Gatomaquia
de estas democracias hispano-calientes ?
En los tiempos de sus caravanas libertinas, la región era
pobre y rendía poco jugo en el trapiche federal. Las cosas han
cambiado merced al henequén, cuya fibra es incomparable
para la cordelería. Su exportación se ha decuplicado en pocos
años ; en el próximo pasado, los Estados Unidos han absorbido
por diez millones de dollars del textil yucateco, destinado
principalmente al engavillado del trigo en el Far-West. Pero
tal éxito ha despertado la infalible competencia. Mis amigos
no dudan del triunfo y miran con desdén las jarcias y maro-
(i) Una duda cruel : durante sus entremeses de autonomía ¿pertenece Yuca-
tán al centro, ó al norte de América ?
i6o DEL PLATA AL NIÁGARA
mas de Bahamas ó Filipinas. Parece, en efecto, que la pita
yucateca deriva su excelencia de la misma aridez del suelo :
á ser así, no hay peligro inminente ¡ siempre que nuestro
Santiago no entre en la lid !
La administración paternal de Porfirio Díaz no podía asis-
tir impasible á este empelechamiento de « Cendrillón » . Al
momento ha decretado derechos enormes con/rala exportación
del henequén : es su manera de alentar la industria nacional.
Después de sendas protestas los contribuyentes han tenido
que ceder y pagar, según costumbre de los pueblos libres.
Pero, si la población yucateca estaba ya cansada con el
yugo azteca, no parece que el nuevo impuesto tenga la virtud
de hacerla descansar... Aztecas, toltecas, yucatecas : bien sos-
pecho que para mis lectores toda esta micrografía ha de que-
dar algo confusa, fundiéndose los matices en la riqueza del
consonante. Pero deben creerme bajo palabra : un abismo
separa á unos y otros, — un abismo que he cruzado en dos
días de navegación.
Con este preámbulo sólo quise explicar por qué, al desem-
barcar en Veracruz, parecíame que, como mi predecesor
Hernán Cortés, pisaba por vez primera el suelo mejicano.
Veracruz.
Para ser justo, habré de decir, desde luego, que Veracruz
lleva á Colón una ventaja enorme : la de ser, en lugar del prin-
cipio, el término definitivo de mi accidentada travesía; por lo
demás, tan repelente y siniestro como aquél, — con la decre-
pitud por añadidura, y algo que revela no sé qué convicción
mayor, qué arraigamiento más incurable en el abandono pan-
tanoso y la incuria malsana .
DE VERAGRUZ A MÉJICO x6i
Al paso que vamos entrando en la rada abierta y casi vacía,
la famosa fortaleza de San Juan de Ulúa emerge de su islote
madrepórico. Los españoles la declararon « intomable » : sin
duda habrán mudado de parecer desde que ha sido tomada
por todo el mundo. Da lástima su estado de deterioro actual,
y nos preguntamos qué fragmento sólido de esa ruina podría
dar pretexto á otro bombardeo. Una tierra baja, hacia el sud,
es la isla de Sacrificios: el « Jardín de aclimatación )) de la in-
tervención francesa que pobló su cementerio más copiosa-
mente que todos los sacrificios humanos de la barbarie azteca.
La (( Villa rica de la Veracruz » alarga en la playa arenosa y
palustre sus casas de azotea y desteñidas cúpulas. El primer
aspecto es mezquino y desmedrado, pero el segundo es peor.
— En mi desdén francés de la geografía, me imaginaba á la ciu-
dad histórica con su puerto de fama secular, como á otro Val-
paraíso, ó, por lo menos, un Callao en plena actividad comer-
cial, á pesar del clima insalubre : me encuentro con cinco ó
seis buques fondeados (i), delante de una población húmeda y
casi silenciosa. Las estadísticas más veracruzanas declaran un
tráfico anual que es la sexta parte del de Montevideo : es este y
por mucho el primer puerto de Méjico, que cuenta doce mi-
llones de habitantes. La marina de guerra está representada
aquí por dos avisos de modelo anticuado. Independencia y
Libertad (¡naturalmente !), que se herrumbran en el fondeade-
ro, con su cañón cito á popa, arremangando la nariz. Su
aspecto de incuria hace sonreír á nuestros oficiales ingleses.
Á pesar de la corneta que prodiga sus toques de llamada,
tres ó cuatro desbragados marineros se persiguen en la cu-
(i) Movimiento anual ; 189 vapores, 62 barcos de vela, formando un total de
270.000 toneladas.
i63 DEL PLATA AL NIÁGARA
bierta del Independencia, juegan á empujones. Esta pequeña
escena abre perspectivas sobre la disciplina de á bordo. . .
Después de las visitas reglamentarias, dos botes atracan á
nuestro Engineer. No soy rencoroso : prodigo los enérgicos
apretones de mano á mis carceleros (A slice ofhacon, sir ?),
y me largo con mi petate. En el trayecto, pregunto á mi bo-
tero — un gran diablo negro de piel flácida y como acardeni-
llada — si la fiebre amarilla sigue prosperando en Veracruz ?
«Ah! no, señor, respóndeme consolante y satisfecho : sólo hay
vómito negro ! . . . » Gomo se ve, la cosa varía de especie y
quedo muy tranquilizado. Desembarco en un pequeño mue-
lle, entre una docena de negros ó mestizos, sin mucha bara-
únda. Mi botero es también esportillero, carrero, etc., con
más oficios que faenas; se ofrece para llevar mi equipaje ala
estación, esta tarde ¡ requisito indispensable para poder tomar
mañana el tren de Méjico! Mi carrero-piloto, al ponerme al
corriente, se expresa con admirable corrección, acaso supe-
rior á la de los sacalaguas limeños ! Ante este cicerone con
aptitudes de Cicerón, tengo que velar sobre mi estilo y en-
vainar mis veni y c/i^ argentinos. Guando el purismo desapa-
rezca de Salamanca, volveremos á encontrarlo en el morro de
un negro, bajo un portal de Lima ó Méjico.
En el resguardo, tengo que esperar el beneplácito de un
grueso personaje que, en su uniforme descolorido y pasado,
redacta su correspondencia : mi baqueano me informa en voz
baja que ese es el gran jefe! Al fin, se levanta el alto funcio-
nario y preside personalmente á la apertura de los baúles. Es
severo, meticuloso, inquisidor ; sus manos gordas atropellan
mis ropas y papeles : un instante, se ha complicado la situa-
ción, á causa de una botella de pisco. . . Gon gran trabajo apla-
co á mi galoneado cerbero ; al cabo me deja libre de poner mis
DE VERACRUZ Á MÉJICO j«3
cosas en orden, en la calle cenagosa y sin aceras. Ha llovido
esta mañana, lloverá esta tarde : en la atmósfera gris y mal
enjugada, vagan siempre algunas gotas disponibles que se
asientan acá y allá. Me pongo en marcha hacia el Hotel Uni-
versal, detrás de mi carriola : queda á dos pasos, según me
afirma mi guía ; por otra parte, no se divisa un carruaje en
todo el malecón.
El aire acuoso y el cielo bajo forman un ambiente pesado
que, desde luego, fatiga el pecho y relaja los tejidos. Con
aprensión invencible, se cree, se siente que se respira el mias-
ma y la anemia. Compréndese demasiado cómo, después de
algunas semanas, el debilitado forastero ha de buscar, sin en-
contrarla, su pasada energía : ha descendido á la miseria fisio-
lógica del indígena, sin adquirir la relativa inmunidad de aquél
contra las endemias mortales. El enfermo ha de perder pie en
seguida, y el empobrecido organismo buscaría aquí, más
vanamente que en Panamá ó Guayaquil, la reserva de fuerza
indispensable para la reacción . . . Durante la intervención
francesa, las guarniciones de Veracruz se fundían como cera :
hubo de apelarse álos africanos y criollos de la Martinica.
El aspecto de la ciudad es miserable y decadente : ningún
carácter apropio» — sobre todo en el sentido francés déla
expresión ; — evoca la parte más vulgar de otras conocidas
poblaciones hispano-americanas, algo así como el arrabal de
Malambo en Lima, ó el de Ultra-Mapocho, en Santiago. Al
llegar al hotel, situado en una pequeña plaza sombreada y en-
losada, pregunto por el a centro » de Veracruz, el barrio ele-
gante y concurrido : estoy en él ¡ es esto ! — Las eternas casas
con saliente balcón de madera y ventanas de obscuras celosías,
pero sin la nota pintoresca del Pacífico : se sospecha que no
hay nada detrás que merezca ser visto, y que está puesto el
iH DEL PLA.TA. AL NIÁGARA.
enrejado á guisa de tupido velo sobre una cara fea. Las
calles en declive tienen su arroyo central lleno de cieno y
hierba. Las lepras de humedad se pegan en las paredes,
en los balcones, hasta en el papel de las habitaciones. Las
inmundicias llenan las calles y, por todas partes, de los
techos, de las cornisas, de los umbrales, nubes de buitres
negros, de zopilotes enormes bajan a la calle para llenar su
oficio estercorario. Véselos abatirse, gordos como rufianes,
sobre los montones de basura, hundir en los detritos sus inmun-
dos cuellos pelados, para asentarse luego en la barandilla del
balcón donde, un minuto después, una mujer posará sus ma-
nos pálidas. Háse conservado religiosamente la innoble tradi-
ción colonial que delegaba en esos buitres « carroñeros » la
limpieza urbana: un reglamento los manda respetar, bajo pena
de multa. Los zopilotes representan una corporación, una
institución municipal. ¡ Y pululan ! pareciéndome su inmundo
desparramamiento, su infección visible y semoviente, mil
veces peor que la inerte suciedad. Uudi fadeur nauseosa de
hospital y cementerio se desprende de los edificios : un vaho
de sutil podredumbre que llena las calles, se insinúa en las
casas, se infiltra en los cuartos, penetra horriblemente las
ropas y hasta las sábanas. Lo arrastro conmigo por donde
quiera, á pesar de toda mi agua de Colonia ; me repugna la
fragancia de las flores en la Alameda, y ansio aspirar una acre
fumigación desinfectante, un ambiente de agua fenicada...
Vago por los empedrados; visito, por descargo de concien-
cia, la (( Gasa municipal », algunas iglesias, y bástala estación
del Ferrocarril Mejicano. Faltan ¡ ay ! doce horas para el tren
libertador. Un chaparrón me arroja á una librería, compuesta
de unas docenas de textos escolares y novelas españolas con
otras tantas pizarras. Descubro un ejemplar del Teatro crítico.
DE VERACRUZ Á MÉJICO i65
roído de moho— ¡nunca tendrá más que el estilo del autor ! —
y caigo en el conocido artículo de Los españoles americanos,
donde se explica que en ellos « amanezca más temprano el
discurso, por la mayor aplicación y continuada tarea de la ju-
ventud )) . ¡ Excelente Padre Feijóo ! . . .
Enfrente de la tienda se alza una iglesia restaurada : (( San
Francisco !» me dice el baratillero con satisfacción. Y cruzo la
calle, — movido acaso por la vaga reminiscencia inconsciente
de otro San Francisco que, ahora, comienza á irisarse en la
memoria con el resplandor imaginativo de lo pasado, de lo
desvanecido, de «lo que pudo ser)), como murmura con
tristeza inefable el simbólico é inquieto Rossetti :
Contémplame : mi nombre es Pudo-ser;
También me llamo ATunca, Adiós, Es-tarde! (i)
Desvarío aparte, compruebo que la iglesia es tan poco ori-
ginal como su nombre. Es la sempiterna arquitectura re-
cargada y pintorreada del frailismo colonial, con sus capillas
en escaparate, sus altares relucientes de oropel. Dominando
el retablo, un gran Cristo sanguinolento comba en la cruz su
torso magro, púdicamente envuelto en un calzón de bordado
terciopelo, y lleva, en contorno de su rostro de yeso, bucles de
doncella, ((tirabuzones» de verdad, cortados en una frente de
veinte años y ofrecidos como ex-voto de penitencia ó gratitud.
El hotel está regido por españoles, pero servido por crio-
llos : naturalmente, rezuma incuria y desaseo. Tengo que li-
brar batallas para conseguir una silla entera, una toalla casi
(i) Dante-Gabriel Rossetti, The House of Ufe, xcvn :
Look in my face ; my ñame is Might-have-been ;
/ am also called No-more, Too-late, Farewell !
i66 DEL PLATA AL NIÁGARA
limpia, una almohada al parecer intacta. Pero la mesonera acu-
de en auxilio de su mozo y me desarma en un pestañeo. En Ve-
racruz — lo mismo que en Burgos ó Toledo — nunca he podido
resistir á la ingenua filosofía española : á la patrona maciza y
jovial que se para delante de mí, puesta enjarras, y, sin inmu-
tarse por mis protestas y « franchuterías » , raja mi indignación
con esta ú otra salida : / Pero, hijo de mi alma, vamos d ver !...
Quedo aturdido y acabo por reir. — Gomo en el patio, pues es
preciso comer, á pesar de los zopilotes : un negro enjambre de
moscas acribilla la mesa y me espera de pie firme ; no hay
ademán ni arbitrio que las espante, y caen en el sitio, como la
guardia de Waterloo. Tomo el partido de sepultar mi pan bajo
el mantel, mi vaso bajo un plato y así, con ayuda del mozo que
esgrime una pantalla sin comprender tanto remilgo, pruebo
algunos bocados, sin mirarlos demasiado.
La fonda — the leading hotel, dice mi guía yankee — da so-
bre la Plaza mayor, que es también el paseo público, enfrente
de la catedral. Rebosa de follajes y flores, y su contorno rec-
tangular está enlosado de mármol : es el lujo y el orgullo de la
población, el a Santa Lucía» de Veracruz. Los « veracrucifi-
cados )), hombres y mujeres, habituados al cascote de su em~
pedrado, no pueden agotar la sensación deliciosa de resbalar
en esas losas : es una moda elegante caminar ahí encima arras-
trando los pies, como quien patina; — y desde mi cuarto abierto,
después de media noche, seguiré oyendo la enervante resba-
lada. Á la tarde, los buitres aportan en bandadas y se forman
en filas sobre la cúpula y los campanarios, como canónigos en
cabildo : su espesa franja negra cubre balaustres y cornisas.
Otras aves obscuras silban, pían, graznan insoportablemente
en los follajes; no se percibe una nota dulce, un arrullo de
tórtola. No parece sino que en Veracruz cualquier belleza natu-
DE VERACRUZ A MÉJICO 167
ral se presentase desviada, degenerada, pervertida. ¡ De las flo-
res abiertas, de las verdes espesuras se escapan los efluvios de
fiebre y el miasma mortal ! Las aves, que en otras partes son la
nota alegre y juvenil de. la naturaleza, — algo así como la obra
inútil y encantadora del séptimo día, — no están aquí represen-
tadas sino por sus especies innobles ó displicentes : mirlos y
urracas, que parodian el canto del ramaje, cuervos y zopilotes
repugnantes : los croque-morts de la ornitología !
Después de dos ó tres vueltas en la plazuela, quedo varado
en un banco, — tan enervado por la volátil cencerrada, que veo
llegar sin un estremecimiento la banda municipal, blindada
de cobre, cubierta de galones y entorchados... Por supuesto
que, para hacer juego con los demás, debería de ser intolera-
ble. De ningún modo: su desafinar no es intermitente, como
el de otras bandas pretenciosas, sino homogéneo y diré metó-
dico ; los ritmos se alargan con languideces criollas que, para
un programa de /)a/oma5 y zapateados, están en situación.
El mismo repertorio es una muestra de gusto relativo, en es-
ta latitud : temía « selecciones » italianas ó (( perlas de salón » .
El « Todo-Veracruz » ha invadido la Alameda, á remolque
de los trombones ; se desarrolla lentamente en torno de los na-
ranjos y magnolias, bajo la cruda luz que enternece los folla-
jes. Damas y caballeros visten telas claras, llevan flores en el
ojal, en el seno, en el cabello; se respira un ambiente capito-
so de jazmines. Muchos jóvenes parecen raquíticos, achaparra-
dos ; al verlos arrastrar la pierna me ocurre que, para algu-
nos, el patinar en ]a losa puede ser el esquema elegante de un
vago reumatismo ó de la ataxia próxima. Las muchachas son
menudas y frágiles, no feas en general ni mal emperejiladas,
merced á la ausencia de imitación « parisiense » ; algunas,
bonitas, á despecho de su busto liso y su espalda estrecha
i68 DEL PLATA AL NIÁGARA
donde cae una trenza maciza ; un encanto mórbido se despren-
de de su pintada palidez. No pocas, sin duda, están convale-
ciendo y, después de la desmayada siesta, han recobrado para
la noche un poco de vida facticia yfalote alegría.
Todo este pequeño mundo enfermizo ríe y juega durante
una hora en los perfumes y la música. Los grupos tararean ó
esbozan la habanera ejecutada, desbordantes de entusiasmo :
con razón la guía señala esta función al aire libre, éntrelos
characteristics de Veracruz ! ( i ) Pero lo que arrebata al pú-
blico, es la Marina sentimental y cursi que la concurrencia
entona á media voz. Oigo este grito irresistible y farmacéuti-
co en una boca de mujer : / Qué jarabe ! — Son sinceros ; ex-
perimentan ante ese ideal para horteras y esa tristeza de ro-
manza la misma sensación estética que otros ante el allegretto
de la séptima Sinfonía. Siendo el efecto idéntico, aunque pro-
cedente de causas tan diversas ^ quién decidirá en cuál hay
mayor dosis de convención?... Y, desde mi alcoba, por la
abierta ventana donde la velada luna llena me rememora el
tragaluz del camarote, sigo las voces jóvenes que suavizan y al-
godonan las quejas desgarradoras de un pistón frenético : En
las alas del deseo — mi ilusión la ve flotar!.. . Me duermo á me-
dias en mi catre de lona, al compás de la mecedora canción;
y, no sé cómo, atraviesa mi sueño el afeitado espectro de esa
Inés de las Sierras, evocada y fijada por Teófilo Gautier en uno
de sus esmaltes inalterables :
Nodier raconte qu'en Espagne
Trois officiers, cherchant un soir
Une venta dans la campagne.. .
(i) There is music, usually in the evenings, on the main plaza.
DE VERACRUZ A MÉJICO i6g
' El Anáhuac.
Después de una noche pasada en claro, bajo el ilusorio
mosquitero, estoy en pie al rayar el alba, impaciente por to-
mar el tren de Méjico. En la sala de espera oigo protestar
contra el madrugón : sin duda otros poseen una « virtud dor-
mitiva )) que triunfa del calor y de lo demás. Por mí, habríamos
partido tres horas antes, perdiendo la vista de los alrededores
de Veracruz, con sus médanos y chaparrales salpicados de
infectos pantanos, donde algunos jacales techados de pálmame
traen recuerdos del Norte argentino. Bastaba abrir los ojos des-
pués de Soledad, para saludar de paso el Camarón de gloriosa
y patética memoria (i). El tren de la Compañía mejicana es
bastante confortable, con su lujoso Pullman americano, —
sólo que no hay nada para comer ni beber : almorzaremos en
Esperanza, al filo de mediodía. La vía está admirablemente
construida, y el camino hace olvidar todas las abstinencias :
I es propiamente una maravilla !
La subida comienza á partir de Soledad ; el ambiente se
aligera, y, en el júbilo universal de la mañana, la naturaleza
tórrida oculta su aspecto hostil para ostentar tan sólo su belle-
za. Cruzamos algunos puentes sobre arroyos tributarios del
Atoyac, vamos trepando por éntrela roca viva, con no sé qué
(i) El í° de mayo de 1 863, una compañíadel regimiento extranjero (62 hom-
bres) se defendió en esta hacienda un día entero contra 2000 mejicanos. Que-
daron tres hombres ilesos que al fin « capitularon con los honores de la guerra»,
y recibieron la cruz de la Legión de honor. Durante la ocupación, cada vez que
pasaba allí un destacamento francés, los tambores tocaban marcha, los soldados
presentábanlas armas y los oficiales saludaban con la espada. Hay un monumen-
to costeado por el gobierno mejicano.
170 DEL PLATA AL NIÁGARA
prisa por escapar de los lazos de esas a tierras calientes » , cuyo
abrazo es funesto como el amor de Circe. La vegetación de la
zona ardiente revienta aún en las quebradas, intacta y omni-
potente, á esta altura de i5oo pies; los cañaverales y cafetales
extienden sus cuadrículas de verde más tierno en los valles y
laderas. Alternan con los plátanos y las palmas comunes, los
altos heléchos y los izotes de latas rígidas; todavía estallan las
vistosas orquídeas junto á los follajes obscuros de los guaya-
cos y caobas, mezcladas á las flores rojas de los tuliperos.
Pero esta naturaleza excesiva parece ablandarse para la despe-
dida, y purifica su caricia malsana la brisa de las montañas
próximas.
Enfilamos el túnel de Chiquihuite y, enseguida, un puente
metálico de 33o pies corta la pintoresca cascada de Atoyac.
Aquí es donde principia la ascensión, sobre rampas de cuatro
por ciento, subiendo curvas que parecen insensatas, por entre
paisajes espléndidos. Un orgullo humano me hincha el corazón
d elante de tanto prodigio realizado, — sobretodo al recordar
que esta parte de la línea ha sido construida en medio de las re-
vueltas, hace más de treinta años. En la delantera y trasera
del tren, acaban de uncir dos poderosas locomotoras Fairlie
para trepar la terrible escalera de Orizaba y Maltrata. Entu-
siasma verlas acometer la ruda tarea con su jadeo formidable
y rítmico, arrebatando por arcos declivios de cien metros de
radio, el tren articulado que retuerce sus vértebras entre la
muralla de granito y el abismo i se tiene gana de aplaudir !
Subimos y giramos sin tregua alrededor del cambiante pa-
norama. Primero se contempla el paisaje en alta perspectiva,
luego se lo corta á nivel, para volverlo á ver todavía, desde el
recodo superior, proyectado horizontalmente á modo de re-
lieve topográfico. Durante media hora el mismo sitio se pre-
DE VERACRUZ Á MÉJICO 171
senta sucesivamente como montaña, meseta y valle profundo.
Desde Atoyac hasta Córdoba, en veinte millas de trayecto, se
sube de iBoopies á 2800 sobre el nivel de Veracruz. Conti-
núa la subida de la rampa abrupta por entre ese paisaje de he-
chizamiento. Cruzamos la honda y ancha torrentera de Metlac
sobre un puente de acero que forma un cuarto de círculo de
ciento veinte metros de radio y tres por ciento de gradó, á
una altura de 92 pies sobre la sima. El valle encantador de
Orizaba, al pie de su pico nevado y resplandeciente, señala la
entrada en las tierras templadas. La ciudad, blanca y alegre,
se divisa bajo su velo matinal de jironada bruma, en su mar-
co de espesa verdura, donde los robles y nogales se mezclan
ya con los últimos esplendores del trópico. La lucha está em-
peñada entre ambas naturalezas; pero es la nuestra, la buena
y sana vegetación alpestre, la que está pronta á vencer. . . En
la estación, me ofrecen mangles, pomarosas, granadinas
que saben á tunas demasiado fragantes... No; basta decidida-
mente : creo que por algún tiempo no me harán falta. . .
Seguimos la marcha, y á poco, en Maltrata, un enjambre
de indiecitas frescas nos invaden con ramilletes de gardenias
y violetas, nos cargan de canastillas llenas de peras, cerezas,
albaricoques y fresas perfumadas. Me arrojo encima, la boca
llena de agua, cual delante de un envío delicioso de la patria.
¡ Qué desayuno ! Se come más y más, se compra todavía, se
hace provisión de flores y frutas ; las banquetas del pullman
se convierten en puestos de mercado... Ahora, en la subida
que continúa, la montaña ostenta la riqueza agreste de los Al-
pes y los Pirineos; erguidas encinas de calado follaje, olmos
macizos, esbeltos alisos, abetos obscuros, desplomados en los
declives y, más arriba aún, la pirámide aguda de un gigantes-
co ciprés. El aire fresco nos trae efluvios resinosos y salubres.
17» DEL PLATA AL NIÁGARA
¡ Cuál se dilatan mis pulmones europeos, lejos de esas trave-
sías debilitantes, de esas emanaciones perversas del ecuador !
¡ Cómo se aspira la salud, el gozo de vivir, en el seno recon-
fortante de esta naturaleza septentrional ! ¡ Es ésta la verdade-
ra madre de la humanidad civilizada, la nodriza robusta y dura,
— y no esa querida criolla, con sus caricias llenas de traicio-
nes, sus siestas lánguidas y enervantes, ladronas de virilidad!
Por todas partes : campos cultivados, aldeas de techos ro-
jos en torno de los pintados campanarios ; vacas y ovejas
manchan alegremente las pendientes ; los potros galopan en
las praderas, la crin al viento : y ante esa fiesta de la tierra
fecunda, esa plácida y eterna geórgica de la zona templada,
un Salve magna parens vaga en mis labios, que se dirige á
otras comarcas americanas, donde semejante espectáculo no es
un mero accidente, — las que reservan á la Europa del siglo
veinte sus campos de producción inagotable.
Prosigue la ascensión ; franqueamos por instantes claros
arroyuelos que trazuman de las paredes de granito, cortadas á
pico y ya jaspeadas de musgo, con ramilletes verdes y azules en
sus grietas húmedas. Ahora empieza á sentirse frío ; andamos
por la nubes; la roca viva desgarra á trechos el humus em-
pobrecido. Pero la vida vegetal no desfallece aún : lucha y se
transforma antes de sucumbir. Los pinos y hayas tenaces se
engrapan en la piedra, se retuercen sobre los helados torren-
tes, como para resistir al llamamiento vertiginoso del abismo.
El espectáculo reviste una grandeza indecible que aplastaría
nuestra infimidad, si no se mirara siempre la valiente locomo-
tora casi humana que sigue trepando, dominando la sojuzga-
da naturaleza, en su desdén soberbio de las quebradas y preci-
picios que atraviesa sobre un alambre. Se siente la embriaguez
del libre espacio y de la altura, hasta que el próximo túnel da
DE VERACRUZ Á MÉJICO 173
breve tregua ala vista fatigada ; pero, al pronto, una vaga vis-
lumbre de tronera flota como un nimbo sóbrela máquina, crece
rápidamente, ahuyentando las tinieblas cual humareda, y el
día claro resplandece de nuevo sobre un leñador que hunde su
hacha en un tronco, un hato de cabras desgranado en la fal-
da, unindiecito que arrea su burro y nos mira pasar con sus
ojos tranquilos. Con todo, losgrandes árboles se espacian más y
más ; la hierba rasa y los arbustos mezquinos anuncian la ve-
cindad de los nevados y volcanes. Ya parece que toda fuente
de vida vegetal esté agotada ; cuando en Boca del Monte, cer-
ca de la cumbre, á 8000 pies, un último bosquete de coniferas
colosales surge á orillas de la vía, arrojando una suprema nota
triunfal, á manera de un morituri de gladiadores que osten-
tan sus orgullosos músculos en el instante mismo de sucum-
bir. Son las sorpresas déla sierra tropical.
En Esperanza, estamos al borde del Anáhuac, cuya alti-
planicie se prolonga hasta Méjico. Los maquinistas desengan-
chan las locomotoras Fairlie, y, durante el almuerzo, pienso
que en seis horas hemos recorrido la escala vegetal que va
desde la zona tórrida hasta las cumbres alpinas. También es
aquí donde los trenes que se cruzan canjean su escolta de se-
guridad, — pues es cosa muy sabida que el bandolerismo no
existe en Méjico desde el advenimiento de Porfirio Díaz !
Surcamos ahora la alta meseta de Anáhuac con su limitado
horizonte que, hasta Méjico, forma un circo moviente de se-
rranías. Alrededor del alto Popocatepelt, cuya nevada cumbre
se esfuma en las nubes, los cerros menores apiñan sus grupos
parduscos, como un rebaño en torno de su pastor. El tren si-
gue rodando hacia la montaña cercana sin alcanzarla jamás,
cual si transportara consigo la oblonga meseta. La extensa
llanura está muy poblada ; á derecha é izquierda de la vía los
174 DEL PLATA AL NIÁGARA
caseríos se suceden hasta las primeras ondulaciones de la fal-
da ; los campanarios rompen la monotonía de los cultivos :
centeno, maíz, cebada, legumbres. Algunas haciendas alzan sus
construcciones macizas, de gruesas murallas grises coronadas
de miradores, cuyo aspecto participa del bordj argelino y del
castillo feudal. Los indios hormiguean en otras labranzas,
prontas para la próxima siembra. Á trechos, parches de aive,
verdes juncales en las cañadas que traen mi recuerdo á nuestra
frontera de Santa Fe... Pero, ante todo, esta es la región del
maguey: durante leguas y leguas, el agave productor del pulque
alarga interminablemente sus hileras de dardos agudos, plan-
tadas al tresbolillo. — No hablemos ligeramente de esta bebida
nacional, tan necesaria para el pueblo mejicano como la cer-
veza para el germano, y tan simbólica como fuera el soma para
los antiguos árlanos. Desde el distrito de Apam, el Munich indí-
gena, se lo despacha diariamente á Méjico en trenes especiales.
Un imponente cuadro de Obregón, más reproducido que la ve-
nerada imagen de Guadalupe, con sagra esta borrachera patrió-
tica : desde su trono imperial de alta gradería, el Gambrinus
azteca, profusamente emplumado, apura la primera copa del
néctar divino : aquello se intitula La invención del Pulque,
como si dijéramos la « Invención de la Santa Cruz » ; — y no
es para mí flaca satisfacción el que mi gasto concuerde con el
de un pueblo entero, al declarar sin ambajes que la pintura
es tan sabrosa como la bebida — y recíprocamente.
La lluvia ha comenzado en Esperanza y seguirá hasta Méjico.
Naturalmente, me libro del polvo, que es el flajelo del Aná-
huac; pero el frío se acentúa, tanto más cuanto que desde Lima
acostumbraba dejar el sobretodo en el bagaje. No hay nada que
ver entre la tierra obscura y el cielo gris ; nada que leer, fue-
DE VERACRUZ Á MÉJICO 175
ra de un papelucho de Veracruz que me sé de memoria des-
de el editorial hasta los avisos del montepío... Dirijo la pa-
labra á mi vecino más apetitoso: resulta ser un viejo mejicano
tartamudo, sordo á medias y « liberal )) á enteras, que me to-
ma por español y se deja caer á brazo partido sobre los fran-
ceses de la intervención. Me divierte infinitamente, y, por mo-
mentos, me temo que lo sospeche. Me enseña el antiguo cami-
no real que ahora costeamos, donde un azteca de traje anteco-
lonial camina descalzo tras de su asno, y, con sonrisa entre
infernal é idiota, me explica cómo pasó por aquí de fuga el
cuerpo de Lorencez, después de su derrota ante Puebla. — El
rechazo fué muy real ; en cuanto á la fuga, es tan cierta que,
después de descansar dos días en los Alamos, casi bajo el
fuego del fuerte Guadalupe, esperando vanamente á los ven-
cedores que no intentaron salir, el general Lorencez estuvo á
punto de recomenzar el ataque. Pero ¡ tiene razón el inválido,
lo mismo que los otros : 5ooo franceses llevando el asalto
á una ciudad fortificada de 75.000 almas, defendida por los
12.000 hombres de Zaragoza, bien artillados y parapetados
tras de sus murallas : era partida igual y debíamos vencer ! Y
es por eso que el comandante Lefebvre, algunos días después,
batía aplate couture al victorioso Zaragoza, cerca de Aculcin-
go, con el regimiento 99 de línea, haciéndole mil prisioneros;
y también que más tarde, Bazaine, — de quien todo puede de-
cirse, menos que no era valiente hasta la locura — con dos
regimientos y su 3" de zuavos que nunca le abandonaba, puso
el ejército de Gomonfort en plena derrota, en San Lorenzo,
cerca de la misma Puebla. . .
Esos tristes recuerdos de historia, y otros más trágicos aún,
me persiguen hasta la estación de Apizaco, donde arranca el
ramal para Puebla. La lluvia sigue cayendo ; el tren se ha
176 DEL PLA.TA AL NIÁGARA
llenado de mejicanos. Muchos jóvenes « decentes » visten el
traje nacional : la corta chaqueta de torero que deja ver el ca-
ñón del revólver, largo como un trabuco; el ajustado calzón
con su hilera de botones metálicos y el enorme sombrero có-
nico con su grueso cordón plateado. Se disfrazan de « cha-
rros » , al modo que los porteños cuando volvían de la estancia
con el poncho y la bota, hace medio siglo. Instintivamente,
me siento ante un anacronismo. ¿Será por ello que, al punto,
me desagradan tanto esos falsos « piratas de la sabana » , de
aspecto melodramático y aire de fachenda, que soportan tan
dócilmente á su don Porfirio ?
El cielo bajo y anegado produce ya el crepúsculo en el vagón;
me envuelvo en el zarape que he comprado á un buhonero y,
desde mi rincón, miro melancólicamente las charcas del ca-
mino, rumiando esa lúgubre historia, esa « gran idea del
reinado » que me hostiga sin cesar. ¡ Han debido nuestros po-
bres soldaditos recibirlos más de una vez en su espalda y en
su rancho, estos aguaceros que traen la fiebre ! — Y sin que
jamás un reflejo de gloria legítima, una llama de sentimien-
to patriótico recalentase el vientre vacío y el cuerpo aterido :
Petit pioupioa,
Soldat d'un sou,
Quas-tu rapporté da Mexique?...
\ Qué cosa podía traer el soldado, de esta aventura ambi-
gua, tan obscura en su origen como en su real propósito, á
no ser el hábito del merodeo y del desorden, la tendencia fu-
nesta á desconfiar de sus jefes, — todo lo que, más tarde,
contribuirá á preparar el irreparable desastre! — El ejército asis-
tía á las desavenencias de las autoridades civiles y militares :
á las competencias codiciosas entre refugiados mejicanos y
DE VERACRüZ Á MÉJICO 177
agentes franceses; á esas organizaciones de « contraguerri-
llas )) que recogían bajo la bandera de la Francia la espuma
de la filibustería internacional; á esas cacerías matrimoniales
de los Daño, Bazaine, Saligny ; á esa lucha de intrigas entre
sus generales y los Almonte y Labastida — clericales de salón
y oficiales de antesala, dispuestos á vender á sus aliados como
entregaran á su país, y que empujaban á Maximiliano por el
camino fatal de Querétaro.
¡ Pobre diablo de emperador en comisión, traído como un
accesorio en los furgones del ejército extranjero ! Hoy nos pa-
rece imposible que semejante empresa haya germinado en
cerebros y corazones sanos, y todo se achaca á la alucinación
de Napoleón ó á la corrupción de Morny, olvidándose que
hombres como Michel Ghevalier — una inteligencia y una
probidad — que conocían á fondo Méjico y los Estados Uni-
dos, apoyaron con vehemencia la funesta expedición. — He
leído, en no sé qué casino ó club del Pacífico, un artículo de
Claudio Jannet (i) en que se emite este pensamiento pro-
fundo bajo una forma un tanto romántica: Napoleón HI
releva le troné d'Iturbide sar la tete de Maximilien. ¡ Un tro-
no sobre la cabeza ! Debía de ser muy incómodo, por mo-
mentos, y bastaría á justificar su voluntaria abdicación. ¡Y eso,
que no era sumamente fuerte, esa cabeza de Maximiliano !
Bueno, generoso, iluso, sin mucha inteligencia ni carácter,
era de esa semilla de archiduques y generales áulicos que, des-
de Jemmapes hasta Sadow^a, han dejado en la historia un re-
guero de derrotas.
Su muerte fué digna de una Habsburgo. Con todo malo-
gró su salida, como su entrada. Quisiéramos encontrar en ella
( I ) Reme des Deux-Mondes, marzo de
178 DEL PLATA AL NIÁGARA
menos resignación cristiana, no sé qué resumen altanero y
despreciativo que fuera un castigo y una lección : un ancho
escupido al rostro del traidor, un latigazo en plena faz del in-
dio que se vengaba como verdugo después de no pelear como
soldado : la palabra suprema y vengadora que acrecentara
nuestro aprecio sin atenuar nuestra piedad...
De repente, el nombre de O tumba que suena en la noche
barre todos estos recuerdos contemporáneos, evocando otras
imágenes más altas y lejanas. ¡ Hernán Cortés ! No era la vo-
luntad ni la energía lo que faltaba al que se batió aquí, ha cer-
ca de cuatro siglos! Con todo, su alma heroica y ruda de
conquistador había también sufrido la víspera su hora de fla-
queza humana. Cuéntase que lloró durante la agonía de la
Noche triste, bajo el ciprés que la tradición enseña aún en Po-
potla, por estas cercanías. Era fuerza partir, abandonarlo todo
después de tenerlo todo conquistado, escaparse en las tinie-
blas á raíz del inmenso desastre, abriéndose la retirada á tra-
vés del país sublevado. Entonces el jabalí detuvo la fuga,
hizo frente á la jauría furiosa y, á fuerza de audacia y deses-
perada intrepidez, repuso su fortuna. — Y es un privilegio
fugaz del forastero, esta evocación de una lejana epopeya bár-
bara, por la sola virtud de un nombre lanzado en la noche,
durante el calderón de tres minutos de la locomotora...
A las ocho, en la noche cerrada y bajo la lluvia persistente,
llegamos á la estación central de Buena Vista. No reprocho á
Méjico el carecer de encanto en tales circunstancias. Estoy
tiritando y casi rendido ; temo que el zarape de Puebla haya
llegado algo tarde. Mi vecino, el liberal galófobo, se despide de
mí con esta advertencia siniestra : / Cuidado con el tifas de
Méjico ! — (I Cómo, todavía ?
VIII
MÉJICO
No he trabado relación con el tifus de Méjico, pero sí traí-
do de nrú cruzada por la meseta de Anahuac una bronquitis,
complicada luego con la ordinaria fatiga pulmonar que tan
desagradablemente sorprende aquí á los forasteros. Es un fe-
nómeno de todo punto análogo al conocido soroche de la Puna
boliviana, como que es debido á una causa idéntica, es decir
á la rarefacción del aire por la altura sobre el nivel del mar.
Méjico se halla á 2800 metros; con todo, me ha parecido que
el apunamiento no guarda proporción con la altitud absoluta :
es posible que, fuera de mi factor personal, como recién lle-
gado de los mares ecuatoriales, obren otros endémicos, —
acaso los mismos que hacen de esta antigua capital lacustre
una de las poblaciones más malsanas del mundo.
Antes de transcurrida la semana , todo había vuelto á su
quicio ; pero, no pudiendo ser mucho más larga mi estancia,
no he tenido tiempo para recobrar todo mi entusiasmo ante-
rior de viajero enamorado de historia y leyenda. Creo que el
mayor filósofo guarda rencor á los lugares donde ha sufrido.
Por otra parte, desde el primer momento, me he sentido en
i8o DEL PLATA AL NIÁGARA
la esfera de atracción délos Estados Unidos : malísima con-
dición para ser un buen observador. Positivamente, después
de algunos días de reclusión en el Hotel Iturbide, fueron mis
relevailles dirigirme á una agencia y tomar pasaje para San
Francisco. Pude reaccionar; pero confieso que necesité cier-
to esfuerzo y no poco valor moral para reconciliarme con
mi deber y, al solo fin de no ignorarlo todo, dedicar una se-
mana de estudio á la capital de Hernán Cortés y Porfirio Díaz.
Á la verdad, no es mucho ni muy profundo lo que haya
podido estudiar en tan breve y mal comenzada estación ; nada
extraño será, pues, que este capítulo salga á la vez más indi-
gente y menos indulgente que otros — y acaso sea lo segun-
do consecuencia de lo primero.
Sabe el paciente lector que la « albañilería » no es mi fuer-
te, mucho menos si los edificios no son bellos ni siquiera ori-
ginales, no pudiendo tomarse entonces como signo caracte-
rístico y revelación de un « estado de alma » social. La natu-
raleza y los hombres son mi curiosidad ; sobre todo el hom-
bre. La evolución colectiva, que construye la historia, me
parece menos interesante aún que la individual, que repre-
senta wia contribución á la eterna filosofía : aquélla teje los
acontecimientos, fabrica las modas y las instituciones ; ésta
es la verdadera célula del organismo social, el elemento acti-
vo y plástico que se modifica lentamente, incorporándose los
principios ambientes y hereditarios. Por eso, si tuviera ambi-
ción literaria, aspiraría á que mi relación de viaje, bajo su
forma suelta y dispersa, contuviese un ensayo de psicología
comparada. Pero ¿quién sabe lo que será, si llega á ser algo ?
En su conjunto material, Méjico es una grande y noble ciu-
dad hispano-americana, no inferior á su fama secular ; si
bien dista mucho de ofrecer un spécimen casi perfecto é in-
MÉJICO 181
tacto de la sociología colonial, como Lima la encantadora y
única. En la misma metrópoli peruana habían herido mi sen-
timiento histórico no pocas intrusiones del mal gusto impor-
tado. En Méjico, entre los ribetes yankees de la vida calle-
jera y las demoliciones ó restauraciones de los antiguos mo-
numentos, puede decirse que queda muy poco de lo que el
historiador ó el arqueólogo viene á buscar. Las antigüedades
aztecas, que sobrevivieron á la conquista, han desaparecido
por efecto del tiempo y también de la indiferencia comarcana.
El (( progreso » material ha dado buena cuenta de las ruinas
cuya belleza no puede el vulgo apreciar, de todas esas ((anti-
guallas» que no representan sino los pergaminos de cal y can-
to de los pueblos, fuera de ser los documentos más fidedig-
nos de su historia. No sería imposible que, á son de no sé
qué liberalismo de logia y trastienda que aquí reina, se diera
al suelo con la magnífica catedral ó se la convirtiera, si no en
cuartel, en escuela de artes y oficios. Me temo á veces que
la modernísima democracia consista en levantar cada pueblo
sus moradas á la moda del día, arrasando las de sus predece-
sores, para que cada generación humana no deje más rastros
en la tierra que los del ganado trashumante. Esa democra-
cia niveladora, amante de tablas rasas y gran fabricante de
self-made men, la contemplaremos luego en su forma aguda,
en esa ocupación anhelante y febril del Extremo Oeste que re-
meda, en medio de todas sus innovaciones prácticas, una re-
gresión moral á los éxodos antiguos, al nomadismo asiático :
la tienda del pastor alumbrada con luz eléctrica.
Esta tibieza del sentimiento histórico es general entre los.
pueblos americanos : fuera de algunos fetiches patrióticos,
vinculados á su gloriosa independencia, no se preocupan ma-
yormente de sus orígenes seculares. Una sola causa basta á
i8a DEL PLATA AL NIÁGARA
dar cuenta de la indiferencia popular : son estas, nacionalida-
des de transporte y aluvión. — Nosotros, nobles ó plebeyos,
tenemos mil años de radicación ala gleba nacional. Mi nom-
bre me dice que soy un galo antiguo. Siento que mis abuelos,
aunque sólo fuesen vasallos de leva y humildes pecheros, pe-
learon con los albigenses, arrancaron su provincia de las
garras inglesas en las milicias comunales de la Guyena, llo-
raron de alegría y dolor por las hazañas y la muerte de la
(( Buena Doncella » , lucharon desde Bouvines hasta Water-
loo por la integridad del suelo sagrado : figurantes anónimos,
pero testigos y actores, acaso, de esa incomparable epopeya
de diez siglos, — Gesta Dei per Francos. Grano á grano, sus
cenizas obscuras cayeron y se juntaron en el mismo lugar para
formar ese terruño venerable, ese pedazo de patria milenaria
en que he brotado. . . Por el lado paterno, mis vastagos vienen
á ser injertos americanos. Serán, lo espero, buenos hijos de su
país ; pero no pueden ser argentinos como soy francés : con la
plena adaptación hereditaria de los gustos y aptitudes, con
todas las células sensitivas y pensantes de la dualidad cere-
bral, — con toda el alma y el corazón de veinte generaciones
encadenadas.
El patriotismo, pues, de las naciones nuevas, — por sin-
cero y ardiente que lo veamos y palpemos, — tiene que ser
nuevo también, limitado á la capa más reciente de su histo-
ria. Ello, por supuesto, es provisional : este terreno de aluvión
reciente será diluviano algún día. Pero, al presente, no puede
cambiarse la ley natural : la juventud mira hacia el porvenir,
como nosotros hacia el pasado. La tendencia, por otra parte,
es tanto más irresistible y explicable entre nosotros, cuanto
que la República Argentina, lo propio que los Estados Uni-
dos, poco ó nada tenía que conservar de sus orígenes ante-
MÉJICO i83
colombianos y aun coloniales primitivos. Al Perú y á Méjico
les incumbían otros deberes históricos que, por muchas
causas conocidas, han dejado de cumplirse. Sabido es que
si algo podemos estudiar délas antigüedades peruanas, aztecas
y particularmente yucatecas, ello es debido á la labor y á la
ciencia europeas.
¡ Oh ! bien sé que en esta populosa Méjico se os enseñará al
pronto el moderno y complicado, aunque no vulgar, monu-
mento á Guatimozín — á quien llaman Guauhtemoc, para
condimentar su sabor local ; — pero ello no responde sino á
preocupaciones políticas. El gobierno de Porfirio Díaz es
azteca como el de Rosas fuera a americano » y criollo. Levanta
un emblema de guerra partidista contra el añejo espíritu cle-
rical y afrancesado : el grupo conservador cuyas miserables
intrigas urdieron en París y Miramar la triste aventura que
tuvo en Querétaro su trágico desenlace. En realidad, el ins-
tinto nacional se encarna en Juárez y sus secuaces ó sucesores
de estirpe más ó menos indígena : no se remonta mucho más
allá. La estatua de Guatimozín adorna el « Paseo de la Re-
forma )), y cuadra allí como un busto de Tupac-Amarú en el
recinto de nuestro parlamento.
Como muestra y ejemplo de arquitectura a nacional », se
ha levantado en el parque de la Alameda, — después de
pintorrear odiosamente sus bancos de piedra — un pabellón
de estilo. . . ¡ morisco ! Llegáis á Méjico con la cabeza llena de
recuerdos históricos y legendarios ; tiemblan en vuestros la-
bios jirones de crónicas; las imágenes de los monarcas azte-
cas, las heroicas aventuras de los conquistadores, las trage-
dias y comedias del virreinato asedian vuestra fantasía : y
no encontráis, de los primeros sobre todo, fuera de algunas
piezas del museo, ni los vestigios de las reliquias seculares
i84 DEL PLATA AL NIÁGARA
que veníais á buscar. Etiam periere ruinx. Las enredaderas
poéticas que el peregrino trajera, cual hebras ideales de la
imaginación, procuran vanamente un tronco vivo ó muerto
en que prenderse, — á no ser que se adhieran al u Árbol de
la noche triste » que se os enseña en Popotla (tramway sub-
urbano !), el cual reviste tanta autenticidad como un buen
retrato de Colón.
Pues bien, la ironía está demás. Aunque no fuera Méjico una
de las comarcas más ricas y pintorescas del mundo, y no pu-
diera ostentar su capital, á mas de sus modernas construcciones
ó adaptaciones, á la verdad poco interesantes, aquellas reales
magnificencias de la Catedral y de la Plaza Mayor, merecería
aún la peregrinación sólo por haber sido el teatro de tantas
escenas memorables, que los nombres locales bastan á evocar.
Hablando con sinceridad, no quedaba mucho más de la bíblica
Jerusalén que Chateaubriand y Lamartine vieron surgir por
entre las mezquitas turcas : el raudal de su propia poesía, de-
rramado en las arenas evangélicas, pudo resucitar en el de-
sierto á la antigua Sión « resplandeciente de claridades » , y
con el rocío de la fe su bordón de peregrino reverdeció y
brotó flores como la vara del profeta. — Los nombres solos,
según decían los latinos, tienen virtud de encantamiento :
nomina, numina. El « Palacio Nacional », que llena todo el
este de la Plaza Mayor, no es más que una vulgar y chata
reconstrucción del siglo xviii con adiciones más recientes
y sin carácter original ; pero se llama la « Casa de Cortés » ,
ocupa el solar que el brioso caudillo se adjudicó sobre las rui-
nas de la morada de Moctezuma : y con vago respeto pene-
tráis en su patio espacioso, en su Salón de embajadores, in-
menso é imponente con sus paredes cubiertas de retratos de
proceres y cuadros patrióticos, — entre los cuales no mere-
MÉJICO
cen mención artística sino el Hidalgo de Ramírez y el Arista
de Pingret. Acontece lo propio con el bosque de Chapultepec,
residencia veraniega del presidente; con el arzobispado dona-
do por Garlos V á los prelados de Méjico « para siempre ja-
más »; con la Gasa de moneda, la Biblioteca, las iglesias ; con
las calzadas y acueductos, con los hospitales que fueron con-
ventos y los colegios que fuero beateríos : no queréis recordar
de demoliciones y reparaciones advenedizas, bastándoos el si-
tio ó el nombre deliciosamente anticuado para que se cumpla
la evocación.
Las excursiones á las cercanías de la ciudad son más suge-
ridoras aún. El santuario de Guadalupe, con su virgen mila-
grosa que sucede á la diosa Tonantzín de los aztecas, no ha sido
desvirtuado por la « reforma » liberal, y he asistido á una
innumerable romería traída en trenes expresos desde los con-
fines del país. La pequeña población de Atzcapolzalco es un
nido de leyendas y crónicas mejicanas anteriores ala con-
quista, como que se relacionan con la fundación del imperio
que Gortés aniquiló, Los cinco cipreses ó ahuehuetes, al oes-
te del monasterio, daban sombra al manantial desde cuyas
ondas cristalinas la seductora Malinche fascinaba al caminan-
te. Y este mito azteca iguala en fluida belleza al de las sirenas
homéricas ó el del hada Loreley de las consejas rhenanas,
remedándolos tan fielmente en sus detalles, que estos vienen á
ser un argumento más en favor de la tesis ariano-americana.
Por donde quiera, en plena capital moderna alumbrada con
electricidad, los nombres de los barrios y las calles han con-
servado su imanación primitiva y su mágica virtud de
sugestión. Por sobre la vulgar reahdad presente, la intangi-
ble tradición levanta su aéreo castillo, contra cuyos flexibles
y ondulantes arabescos las líneas rígidas de nuestra crítica y
i86 DEL PLATA AL J^LVGARA
los ángulos de nuestra prosa no prevalecerán. A dos pasos
de la Alameda, el puente de Alvarado me recuerda invenci-
blemente aquel «salto » famoso de la calzada, que mi querido
Bernal Díaz deniega con tan cómico encarnizamiento. Y has-
ta ese ciprés de la Noche Triste de que se burlaba el crítico
que llevo conmigo, he aquí ahora que el poeta vuelve á bus-
carle, atraído por una lógica superior á los razonamientos do-
cumentados. Gomo dicela doctrina hegeliana, « todo lo que
debe ser ha sido»; y para que Hernán Cortés sea un héroe hu-
mano, al par que un tipo simbólico completo, hacíale falta
haber sentido alguna vez, debajo de su atroz heroísmo, san-
grar la fibra íntima : es necesario que haya llorado du-
rante esa noche inolvidable de desastre y horror.
A este respecto, la conquista de Méjico recupera el primer
puesto entre todas las del Nuevo Mundo y, mucho mejor que
el mismo Perú, condensa á su alrededor las glorias y miserias
de la secular tragedia. La vasta empresa hispano-americana
es un prodigio de energía y audacia, una orgía de fanatismo
implacable y de codicia brutal. Para templar esa fibra de ace-
ro de los conquistadores, fueron sin duda necesarios los siete
siglos de la cruzada morisca, con la incomparable aptitud
belicosa que tales instintos heredados y hábitos tenían que
crear. Pero no eran suficientes. Para que el pueblo castellano
saliese triunfante de la formidable aventura americana, era
menester que, durante la guerra secular y plasmadora de la
Reconquista, cada español católico que nacía soldado nutriera
de la infancia á la vejez y transmitiera á sus hijos durante va-
rias generaciones, no sólo el odio inexpiable del invasor sino
el desprecio feroz y verdaderamente semítico por la sangre del
idólatra y del hereje. En el fondo, la sagrada contienda de la
MÉJICO 187
tierra recobrada entrañaba un conflicto mortal de raza y reli-
gión : por eso suele ostentar el romancero patriótico el tinte
sombrío del profetismo hebreo. Pero, apenas arrancada de su
postrer atalaya granadina la execrada media luna, ese pueblo
creado y educado para gladiador, desdeñoso del trabajo pa-
cífico y de la ciencia civilizadora, permaneció en armas y de
pie, pidiendo otras conquistas, quoerens quem devoret como
el león de la Escritura. Felizmente, y por extraña coinciden-
cia, las halló al punto, antes que la Inquisición aplicada en la
propia carne y substancia activase el principio del suicidio :
Colón surgió á raíz del cerco de Granada. El descubrimien-
to de América vino á distraer á España de una vuelta ofensiva
é inmediata contra el Islam, en África y el Oriente. Fatal-
mente, se aplicaron á la nueva conquista las prácticas atroces
de las guerras sectarias. Por encontrarse en el fantástico cami-
no de (( Gipango » , los indios americanos eran reos de un de-
lito parecido al de los moros y judíos. Fueron tratados como
tales: saqueados, ahorcados, quemados, perseguidos con sa-
buesos en sus montes natales, vendidos como esclavos en el
mercado de Sevilla — civilizados !
Aquellos horrores no son imputables tan sólo al carácter
español. Toda la Edad Media ha sido feroz; homo homini lu-
pus. Pero, después de la fatalidad étnica que injertó en su se-
mitismo originario el del largo contacto arábigo, España su-
frió la fatalidad histórica de ser protagonista del drama euro-
peo en su acto menos humano y civilizador : la propaganda á
sangre y fuego del catolicismo. Y si es cierto que la Reforma
señala una era nueva del pensamiento, es de una lógica pro-
funda y terrible el que la victoria de aquélla haya marcado la
decadencia material y moral de su implacable enemigo.
En lo que atañe al exterminio americano, hay que adver-
i88 DEL PLATA AL HIAGARA
tir también, en descargo de los conquistadores, que entonces,
mucho más que después, el soldado vivía del botín y del sa-
queo. Siendo, además, la Reconquista una guerra civil, — y
más que civil, como diría el español Lucano, — se hizo muy
visible, al día siguiente de la victoria definitiva, que la des-
trucción del vencido acarreaba la ruina del vencedor. Nunca
estuvo más pobre España que después de rendir á Boabdil.
De ahí la necesidad, la urgencia del derivativo indiano. Antes
de ser una mina, la América fué un exu torio. Durante un
siglo y más, de Cádiz y Sevilla, se escurrieron á Indias
bandas famélicas de diente largo y conciencia á la vez estre-
cha y holgada: aventureros valientes y fanáticos — sin camisa
tal vez, mas nunca sin escapulario — y, en suma, tan incapa-
ces de un rasgo de clemencia como de un acto de cobardía.
Para estos muslimes bautizados, cual para los otros, la pala-
bra /)iWaí/ no tenía más significado que el de devoción.
Por eso la epopeya conquistadora carece de belleza huma-
na. Parece que en el arte también fuera exigible la presencia
de ambos elementos sexuales : el concurso de la gracia y de la
fuerza, de la emoción con la voluntad, del filete sensitivo con
el motor. Uno sólo aparece en la ruda cruzada americana.
Con razón la voz disciplina es tan monástica cuanto militar :
un campamento es un convento abierto. Para la creación ar-
tística, la soldadesca tiene la misma esterilidad que la fraile-
ría. Habrá fragmentos, hallazgos, páginas — gritos líricos co-
mo en los salmos hebraicos : no hay poema de claustro ni de
cuartel.
El vasto cuadro de la conquista ostenta la monotonía del
oro y de la sangre. Aun en este Méjico, entonces opulento y
resplandeciente, el mismo episodio soberbio de Hernán Cor-
tés, el más garboso de los caudillos españoles, arranca del
MÉJICO 189
elemento azteca su interés primordial: Moctezuma, Guati-
mozín, y esa sumisa y sacrificada Marina son el grupo patético.
Para que un rayo de poesía bárbara ilumine la atrocidad com-
pacta y arroje siquiera un reflejo de incendio sobre la trai-
ción y el exterminio, falta llegar al alzamiento de los oprimi-
dos, á la fuga tenebrosa délos opresores por la calzada de Mé-
jico, á las angustias de la « Noche Triste ». ¡Al fin tienen su
hora de venganza y desquite, siquiera sea incompleta y fugaz !
Y tan imperioso es en el corazón humano el sentimiento de
la justicia inmanente, que el horror de la tragedia ennoblece
aquí á los mismos conquistadores. Vuelven á ser soldados, no
ya verdugos, soldados épicos en esta misma Otumba que vi-
sitaba ayer, como sus padres en el Salado y Las Navas. Un
puñado de españoles intrusos contra una muchedumbre para-
petada y dueña del suelo, innumerable, inacabable: sorpren-
didos en las tinieblas, pelean en retirada, rendidos de ham-
bre y fatiga, con sus heridas recientes « de refresco » á las de
ayer ; derrochando sin esperanza de gloria personal su mons-
truoso heroísmo ; multiplicando, á dos mil leguas del aplauso
y de la fama, susfabulosas proezas sin testigos ¡ tan ignoradas
como relámpagos en el mar ! . . . Aquí es donde hay que oir la
voz de trueno de Bernal Díaz, relator ingenuo de las propias
hazañas (i). Después de transcurridos cuarenta años, el vete-
rano, sacudido por el estremecimiento de los altos recuerdos,
interrumpe bruscamente sus cuentos de comadre : se despier-
ta y endereza, arrojando de un puntapié sus andaderas de
(1) Bernal Díaz, Conquista de Nueva España, GXXXIII : «¡Oh! qué cosa era
de ver esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos pie con pie, y con
qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar, etc. ! » Toda la página es de
un brío y frenesí incomparables. No se encuentra allí la famosa expresión de Noche
Triste; paréceme que Gomara fué quien la empleó por vez primera, ó al menos
la puso en circulación, pero sin destacar el epíteto: «en esa triste noche».. .
igo DEL PLATA AL NIÁGARA
cronista aprendiz ; y entonces, sin buscarlo ni sospecharlo, de-
jando muy atrás á Gomara y Oviedo que hablan de oídas, á
los cantores de gesta que no leerá jamás, llega de golpe á la
suprema belleza del movimiento y colorido, suelta á borboto-
nes sus relinchos de guerra, manoseando lo sublime con la in-
consciencia de un niño y el rudo desenfado de un viejo cam-
peador ! . . .
Es así como, á despecho de todo, los recuerdos tradicio-
nales se abren paso y vuelven hacia mí por esa larga Vía
Apia, gloriosa y fúnebre, de la historia legendaria. Y ello
consuela un poco de las actualidades monumentales, del
gran Teatro Nacional, de la Aduana, del circo en la plaza
de Santo Domingo, de los hijos de familia que pasean por
esos portales sus ridículos trajes de « charros », de los letreros
en inglés, de los restaurants á la francesa con su nomencla-
tura azteca : de todo lo artificial, intruso y postizo que ha
quitado á la Méjico moderna su antiguo carácter histórico
sin reemplazarlo con otro nuevo.
La catedral es imponente y bella, á despecho de sus in-
coherencias de estilo y del mezquino jardín que afea y em-
pequeñece su atrio. De proporciones mucho mayores que
la de Lima, con un lujo inaudito en su adorno interior, re-
viste un aspecto de indiscutible y grandiosa nobleza. La mano
soberana del tiempo ha pacificado las batallas de sus órdenes
arquitectónicos: el dórico y el jónico de sus naves y torres
casi han llegado á armonizar con los detalles españoles y
moriscos de la fábrica ; del propio modo que las estatuas
colosales de los Patriarcas, que se yerguen en el basamento
de las cúpulas, parecen tender la mano las Virtudes teo-
logales de los campanarios. Por todas partes las armas de
MÉJICO 19 1
la República, esculpidas en la piedra venerable, lanzan el
chillido advenedizo de la « Reforma liberal»: sólo falta el me-
dallón del ubicuo presidente Porfirio Díaz.
El gran interés del « Museo Nacional » consiste natural-
mente en sus antigüedades aztecas ; pero no satisface plena-
mente la espectativa. Se le esperaba más rico y completo.
Sus reliquias más famosas, la Piedra del sol, el Indio triste,
los ídolos y las serpientes místicas producen un efecto que
llamaré trunco y fragmentario : no se ve desfilar la historia
eslabonada y sucesiva de esa interesante civilización, y creo
que en París ó Berlín se la podría estudiar mejor. La Escue-
la de Bellas Artes es una de las tantas creaciones debidas á
la reacción progresista de Garlos III, cuyo reinado fué una
tentativa fugaz de renacimiento intelectual contra las verda-
deras corrientes nacionales y bajo la presión directa del
filosofismo francés. Aquello era todo artificial y de reflejo,
así la pintura neorafaelesca de Mengs como el teatro pseudo-
volteriano de Huerta ó Cienfuegos. Algunas salas y galerías —
especialmente las dos primeras — contienen cuadros intere-
santes de la escuela hispano-mejicana del siglo xvii: Herrera,
López, el indio Cabrera ; Echave (cuya mujer ó lo que fuera, la
Sumaya, tiene un curioso San Sebastián en la catedral) : eran
ramas desprendidas de los troncos sevillano y madrileño que
estaban entonces henchidos de savia artística. La tercera
galería se compone de cuadros (( atribuidos » á Rubén s, Mu-
rillo, Velázquez, Van Dick, etc. — En general, delante de
una colección americana de grandes maestros antiguos con
firma a auténtica » , debéis conservar preciosamente vuestra
duda. Pero si los cuadros son « atribuidos », cualquiera duda
sería ofensiva y casi criminal : creed á piejuntillas en su legíti-
ma procedencia de alguna trastienda judía de Venecia ó París.
iga DEL PLATA AL NLÍGARA
En cuanto á la moderna pintura mejicana, pertenece gene-
ralmente á esa secta enfática y chillona, tan difundida en la
América española, que confunde la declamación con la elo-
cuencia, y la crudeza del colorido con el vigor. También
tienen éstos Escuela nacional de pintura, lo mismo que aqué-
llos, y no pretenderé disuadirlos : son realmente u escuelas »
primarias de un arte que parece oficio, — eternos aprendizajes
de discípulos aplicados que no han llegado jamás á la inspi-
ración original ni á la plena maestría.
He hecho dos visitas ala Biblioteca nacional. Ocupa el macizo
y vasto convento de San Agustín ; la fachada es de aspecto im •
ponente con sus columnas y bajos relieves ; un jardín conduce
al vestíbulo pavimentado de mármol, por entre los bustos de
las glorias mejicanas. La inmensa sala de lectura es la anti-
gua nave mayor ; los depósitos llenan las capillas laterales :
y todas esas grandiosidades están mal adaptadas, incómodas,
antihigiénicas, como que el sitio de prestado no es adecuado á
su fin. Aunque cuento hasta treinta lectores, todo ese espacio
enorme parece vacío, inhabitado, sepulcral; un polvo sutil
cúbrelas mesas, los estantes, los libros y los lectores. Domina
el coro una descomunal estatua del Tiempo con su hoz afilada,
para demostrar que el saber, ó el arte, ó la ciencia, ó cualquier
otra cosa es inmortal ! Y esa cosa está vagamente simbolizada
por una serie de gigantescos yesos que representan — ressem-
hlance garande — á Valmiki, Confucio, Isaías, Aristófanes,
Orígenes, Alarcón, Humboldt y otros ilustres, en su calidad
de « personificaciones de la sabiduría » . (í Habéis notado que
esas listas de representantes de la humanidad, por cortas que
sean, salen siempre largas ante el buen sentido? ¡Confucio
representando á la filosofía antigua y Orígenes á la cristia-
na! I Aristófanes, símbolo del teatro griego, como Alarcón
MÉJICO 193
de la literatura española, en sustitución de Cervantes ó Cal-
derón ! Bien sé que el culto y elegante «jorobado » era meji-
cano ; pero entonces tenía su puesto en el vestíbulo. ¡Y el
enciclopédico Humboldt, que no ha dejado huella original en
ninguna ciencia, sustituido á Galileo, Newton ó Lavoisier, —
inmensas personificaciones del genio inventivo — tan sólo
porque ha escrito su famoso Ensayo sobre la Nueva España,
que no soportaría hoy un prolijo examen crítico ! — ¡Así están
ellos, Gonfucio, Valmiki y compañía, con sus yesos dudosos
como camisas de quince días, cubiertos de telarañas, ense-
ñando sus lamentables anatomías modeladas por algún lego
agustino, envueltos en sus ropas polvorientas que imploran
en vano el golpe de plumero ó la mano de jabón que les re-
husan los ordenanzas, tratándoles como á sí propios ! — Al
sustituto del director, ausente hasta mañana, le insinúo la
alta conveniencia de modificar su galería de celebridades. Me
mira algo escandahzado ; pero le sosiego, explicándole todo
mi pensamiento : no se trataría de desalojar á los venerables
monigotes, sino de bautizarles con otros nombres, a Así, por
ejemplo, Valmiki haría un Aristóteles muy aceptable, el
finado Alarcón nada perdería con llamarse Cervantes, que era
algo cargado de hombros, etc. » Creo que no le he conven-
cido.
Recorro los estantes y los catálogos fragmentarios : es el
fondo de teología, derecho antiguo é historia colonial que
sirve de base á todas las bibliotecas hispano-americanas, pero
mucho mayor que el nuestro. Un oficial me habla de 120.000
volúmenes, otro de 260.000. Los datos no concuerdan ri-
gurosamente; pero no dudo que sea enorme la masa cú-
bica de material impreso que pocos leen. Como instrumento
de trabajo, fuera de la estrecha erudición colonial, como
i3
194 DEL PLATA AL NIÁGARA
colección científica y literaria en las tres grandes lenguas
activas del moderno laboratorio europeo, la monumental
biblioteca mejicana debe de ser inferior á nuestro modesto
é incipiente plantel de Buenos Aires. Para mi propia edifica-
ción, me he supuesto buscando datos relativos á mi estudio
sobre el Problema del genio : faltan las obras maestras ori-
ginales. En Buenos Aires, no he podido concluir mi libro
tal cual lo concibo ; no podría empezarlo en Méjico. Por
otra parte, las librerías comerciales son un buen espejo del
medio intelectual. Con todas sus deficiencias, las cinco ó seis
grandes librerías de Buenos Aires representan un movi-
miento de ideas y de iniciación europeas que, como impor-
tancia y calidad, no admite comparación con las de Santia-
go, Lima ó Méjico. Para limitarme á un ejemplo corriente :
la casa de Bouret no ha recibido jamás — su jefe me lo afirma
y su aspecto me lo confirma — una colección completa de la
Bibliothhque scientifique internationale, que allá se ha vendido
por docenas.
Sin ánimo de humillar ni desalentar á nadie, creo que
ello es indicio de una desemejanza de situación que algo
tiene de radical y absoluto. Todos los hispano-ameri canos
escuchan el mismo concierto de la civilización europea, de-
seosos de ajustar su marcha al soberano canon rítmico. La
única diferencia está en que los menos lo oyen adentro, y los
más desde afuera, como ((mosqueteros» de la fiesta. Los
que han logrado penetrar en el recinto, pagando muy caro
su asiento, no deben malbaratar su privilegio precioso :
si observan y estudian, en lugar de dormirse ó murmurar,
están en aptitud de pasar algún día de espectadores á acto-
res y tomar parte en la ejecución. — Ahora bien, protestar
contra esa evidencia, — y sobre todo, protestar con injurias
MÉJICO
.95
que por lo distantes y clamorosas se vuelven anónimas, —
alzar el chivateo araucano contra los juicios tranquilos de
un observador únicamente preocupado de la verdad, para
quien, por precepto de lengua y educación la exactitud es la
condición misma de la justicia — justíce, justesse — y que
no hizo el sacrificio de abandonar por un año su hogar, sino
con el fin de instruirse y extraer para todos algún provecho
de sus comparaciones: — todo eso, hay que decirlo alguna
vez, no significa más que mezquindad de vistas, estrechez de
horizonte, carencia de amphtud intelectual. Respingar bajo
la crítica, después de haber pregonado el elogio, igualmente
sincero, no importa sino traer argumentos á la tesis contraria,
y demostrar — lo que el observador no pretendiera — que el
mediocrismo es endémico y constitucional. ¡ Valiente modo de
componer el retrato, el hacer muecas al objetivo fotográfico!
Al día siguiente, pregunto por el señor Director, á quien
envío mi tarjeta. «Está presidiendo la Academia», me con-
testa el portero con solemnidad. Adivináis que se trata de
la Academia de la lengua, correspondiente de la de Madrid,
y sentís, como yo, cierta timidez respetuosa. Después de una
hora, se levanta la sesión, y la Academia desfila gravemente
por la nave mayor. Contra todo precedente biológico, este cuer-
po consta de tres miembros : tres faciunt capítalum. Por sus
actitudes agobiadas y sus frentes pensativas, me doy cuenta
de la importante y ruda labor. ¡Labor fecunda! ¿Quién
sabe si de esta «ida » no violenta las puertas del diccionario
la voz «presupuestar», recientemente repelida contra todo
el empuje tradicionalista de Ricardo Palma ? En los labios
del primer hcenciado « académico » he creído divisar una son-
risa de triunfo gramatical. Esperemos. . . ¡ Esperemos !
196 DEL PLATA AL NLVGARA
El director de la Biblioteca nacional es un conocido li-
terato é historiador mejicano. Me recibe con cortesía, sin
calor. Editor infatigable, está corrigiendo ahora las pruebas de
una voluminosa colección de Poetisas mejicanas, para la
Exposición de Chicago. Con mi incurable prurito de since-
ridad, dejo escapar esta impertinencia : «Y todo eso (í no le pa-
rece á V. muy vacío ?. . » ¡ Vacío ! El editor me mira con extra-
ñeza. Tengo que confesar mi ignorancia : fuera de la céle-
bre carmelita del siglo xvii, no conozco de las poetisas me-
jicanas más que los fragmentos de las antologías. Creo de
oídas en el genio de doña Isabel Prieto de Landázuri,
de la bella señora Pérez de García Torres y sus dignas com-
pañeras. En cuanto á la «décima musa», sor Juana
Inés de la Cruz, algo de ella se me alcanza seguramente ;
pero han sido tantas las « décimas musas )) , antes y des-
pués de la lesbiana Safo, que tal vez me pierda en la
cuenta. , . Musas aparte, la conversación instructiva y prudente
del señor bibliotecario me abre algunas perspectivas sobre
las cosas de Méjico. Rumiaré todo eso y lo demás esta
noche, en la travesía de Méjico al Paso del Norte. Pero
es increíble la poca cantidad de ideas comunes que pueden
tener dos hombres «ilustrados», como se dice, que ha-
blan la misma lengua y ejercen exteriormente la misma
profesión. Por centésima vez, en Méjico, experimento la sensa-
ción de la enorme distancia que nos separa de este país.
Nos ignoramos mutuamente, cual si viviéramos en planetas
distintos. Fuera del círculo de algunos estudiosos, las figuras
de Sarmiento y Alberdi son absolutamente desconocidas ; una
revista local citaba ayer los versos más trillados de Andra-
de, haciendo gala de erudición ¡ como si fueran de Valmiki !
Abren ojos más grandes que los portales de la calle Tlapa-
MÉJICO 197
leros, cuando les digo que hay trescientos mil extranjeros en
Buenos Aires, en tanto que ellos, después de tres siglos de
afluencia colonial, no alcanzan á tener más de cuatro ó
cinco mil, en su mayor parte españoles.
En toda la costa del Pacífico, desde Chile hasta Colombia,
la influencia argentina, si bien naturalmente decreciente,
nunca deja de percibirse por el transeúnte. En Guayaquil y has-
ta en Panamá, he tenido el placer de recibir visitas á título de
viajero « argentino » . Llega hasta allí la irradiación de la le-
jana Buenos Aires, envuelta en no sé qué aureola fascina-
dora de riqueza y moderna elegancia que nuestra crisis de
crecimiento no ha logrado empañar. En Méjico no penetra
nada nuestro : térra incógnita. Este pueblo vive orientado
hacia el norte, que le conquista sordamente. Creo que el único
argentino aquí establecido sea el amable y cariñoso gene-
ral de la Barra, hermano de los de allá. Pero es ciudadano
mejicano. Urge, pues, nombrar aun «residente» argentino,
para muestra y specimen — lo propio que en Liberia ó la
China. ¡Oh! i qué de intereses comunes y asuntos impor-
tantes tendrían que ventilar las legaciones de uno y otro
país!
No existe orgánicamente el grupo hispano-americano ; lo
que así se ha llamado, no era sino la vinculación política de las
colonias ala metrópoH. Rotas las cadenas que se juntaban en
la Casa de contratación, todo punto de contacto en el centro
histórico común desapareció provisionalmente, hasta que los
mutuos esfuerzos de la Independencia y las relaciones solida-
rias de la {( Vida nueva » crearan los únicos que estén destina-
dos á subsistir.
Lo que existe gráfica y casi diría étnicamente, es una Amé-
rica del Norte y una América del Sud, acollaradas más que
1 98 DEL PLATA AL NIÁGARA
unidas por la frágil coyunda del Darien. El istmo de Panamá
será cortado infalible y próximamente ; y ello tendrá como pri-
mer efecto, aun antes que el ensanche del intercambio univer-
sal, la aproximación, á par que la contracción en estructura
más compacta, de los pueblos meridionales. Gomo el congreso
de Panamá, convocado en una línea divisoria que parecía una
ironía natural, el Pan- Americano tenía que ser ima quimera,
— y ello ha sido dicho en palabras que quedarán. Guando la
línea de división sea un brazo de mar, cada continente palpa-
rá su autonomía. Ambos tienen su poloy su destino, acaso
tan opuestos, como la Osa menor y la Gruzdel sud. Entonces
las naciones australes, como naves hermanas de la misma flo-
ta, bogarán en conserva sobre las olas tranquilas de su doble
océano, guiadas — no hay que dudarlo — por la iniciadora y
propagandista de la emancipación : la que también ahora las
precede en el crucero del progreso, á guisa de nave capitana,
y enseña en el mapa su aguda proa patagónica enderezándo-
se hacia el Este, iniciador de la ciencia y de la luz. . .
i Nave del porvenir ! ¡Gara nave argentina, que llevarás en
tu cubierta algunos seres de mi nombre, algunas gotas de mi
sangre francesa : Dios te conduzca y te mantenga orientada
hacia esa patria mía de la belleza risueña, de la nobleza gene-
rosa y fina, de la ciencia unida al arte como el fruto á la flor!
Poco importaría que no te corrigieras de tu ligereza, de tu
imprudencia, de tu prodigalidad, que son también defectos
nuestros, si supieras envolverlas en una virtud, un entusias-
mo artístico, un culto intelectual. Sin un símbolo y una fe
que flote eternamente sobre las aguas como la brújula primi-
tiva, de nada te valdrían tus cargamentos de riquezas, que
vendrían á ser acaso una presa ó una tentación. Llámese mora-
lidad, ciencia, patriotismo ó religión : edifícate un altar ideal.
MÉJICO 199
vive y muere abrazada á él como los primeros cristianos á la
cruz, i Sé un alma ! — Y todo lo demás te será dado por añadi-
dura ; y la historia sancionará esa hegemonía sudamericana
que la próvida naturaleza te ha deparado, — ¡oh, nación
argentina, nave del porvenir !
IX
DEMOCRACIAS AMERICANAS
Bello será el porvenir, pero el presente es triste. —En el
tren que sale de Méjico alas ocho de la noche, sin un alma co-
nocida en este salón-dormitorio que me lleva hacia el norte,
sóbrame tiempo para soñar y meditar como la liebre de La
Fontaine en su albergue. Hasta las inmediaciones de Silao,
nada podré ver del trecho recorrido ; atravesaré sin conocer-
los los Estados de Hidalgo y el trágico Querétaro. Para dis-
traerme, tengo una « Guía », regalo de la obsequiosa adminis-
tración, confeccionada toda entera por un conocido literato
con frases del siguiente jaez : (( Leamos en este libro ayudados
por la claridad de la lámparas del Pullman ; y si al concluir
sentimos que nos llama á su regazo esa invisible pero dulce
amiga que solícita nos invita diariamente, sin cansarse nunca,
á reposar de las fatigas del día, al pasar su aterciopelada mano
por nuestros párpados... etc.» La frase se desenreda durante
quince renglones, interminable y repugnante, como un pelo
de india azteca que se extrae de un jarro de pulque. A ese
necio parloteo de eunucos bizantinos se llega en los países de
(( habla castiza » donde todos saben escribir y nadie sabe pen-
DEMOCRACIAS AMERICANAS aoi
sar ¡ prefiero una página de nuestros A mor^^ de Giacumina,
donde siquiera no está aderezada la cruda estupidez ! Prefiero,
sobre todo, reflexionar en lo que he podido observar ó acaso
traslucir, en mi breve tránsito por el único país hispano-ame-
ricano que haya disfrutado^ durante estos últimos quince años,
los beneficios de la paz. He conversado con algunos hombres,
leído algunos diarios, apuntado algunos rasgos sociales y
populares, recorrido algunas estadísticas : en suma, poseo
muy pocos elementos para una inducción exacta. Pero la
impresión general no engaña : la paz que reina en Méjico es la
de los sepulcros.
¡ Oh ! ¡ el espectáculo político de esa América española, que
acabo de atravesar y ya conozco casi en su conjunto, es som-
brío y desalentador ! Por todas partes : el desgobierno, la es-
téril ó sangrienta agitación, la desenfrenada anarquía con re-
mitencias de despotismo, la parodia del «sufragio popular »,
la mentira de las frases sonoras y huecas como campanas, los
(( sagrados derechos o de las mayorías compuestas de rebaños
humanos que visten poncho ó zarape y tienen una tinaja de
chicha ó pulque por urna electoral, — el eterno sarcasmo y
el escamoteo de la efímera Constitución. Donde quiera, por
sobre el hacinamiento de los oprimidos : el grupo odioso
de los opresores, los lobos pastores de las ovejas, el lúgubre
desfile de los gobernantes de sangre y rapiña, los Guzmán
Blanco. López, Veintemilla, Santos, Melgarejo y sus émulos,
que no tienen siquiera la estatura de los verdaderos déspotas,
— el amplio desdén de la ratería fiscal que mostrara un Rosas
ó un Francia. . . ¡ Y las guerras civiles de venganzas y saqueos
como entreactos alas rudas y crueles tiranías ! Y las dictaduras
centrales, complicadas y completadas con las mil opresiones y
extorsiones lugareñas : desde el prefecto que denuncia te-
303 DEL PLATA AL NIÁGARA
rrenos «baldíos)) desterrando á sus dueños, ó el gobernador que
baraja bancos y empréstitos, hasta el cacique que a plagia»
una vaca y el curaca que violenta una mujer. Y, por fin, sobre
todo ello, el espeso y negro velo de la impunidad, acá y allá
rasgado por el puñal délas represalias, que no significa sino un
cambio de mandón ... No parece sino que en este continente , col-
mado por la naturaleza y malogrado por los hombres, se asis-
tiera hace medio siglo á la siniestra bancarrota de la democracia
y á las saturnales de la libertad. El Brasil y Chile que, por cau-
sas análogas en el fondo aunque diversas en la apariencia, se
habían sustraído al contagio anárquico, han entrado á su tur-
no en la ronda infernal. ¡Ay de las naciones, como dice
crudamente el Apocalipsis, que se embriagaron una vez con
el vino de la ira y de la fornicación ! . . .
Ante esa degeneración de la sagrada doctrina que Francia
proclamara, ese derrumbamiento general de los edificios re-
publicanos que, á imitación ciega ó prematura de los Estados
Unidos, se han levantado en el continente incurablemente es-
pañol, se ha podido con razón aparente desesperar de la de-
mocracia moderna y blasfemar de la santa libertad. Yo mis-
mo lo he pensado y lo he escrito. Con tal de escapar á esa
manía agitante del desorden, á ese crónico histerismo de tur-
bulencias y revueltas, he deseado muchas veces para los paí-
ses que amo el advenimiento de un dictador inteligente, cu-
ya férrea mano impusiera el orden y el progreso, al igual
que otros fomentan el retroceso y la barbarie. He repetido con
Renán que el ideal de los gobiernos sería el de un « déspota
bueno y liberal » . — ¡No hay despotismo bueno; y el adjetivo
(( liberal » lanza alaridos al verse apareado á semejante sustan-
tivo! Después de respirar durante algunos días, y sólo por la
lumbrera exterior, la atmósfera de cárcel y cuartel de la re-
DEMOCRACIA.S AMERICANAS 2o3
pública mejicana, retiro humildemente mis votos sacrilegos,
los abjuro como una blasfemia y un ultraje á la humana dig-
nidad. No; á pesar de todos los excesos, la libertad es el bien
supremo. El vino puro y generoso no es responsable del al-
coholismo y la intoxicación. ¡ Desechemos los sofismas, por
querida que sea la boca que los vertió ; cerremos por esta vez
nuestros oídos á la voz de la Sirena : desconozcamos esa filo-
sofía de la historia aprendida en la escuela sanguinaria y sin
entrañas del profetismo hebreo, que ordenaba sacrificar la prole
enemiga — como en ese versículo final del Saper flamina Ba-
bylonis, que manda estrellar contra las piedras las cabezas de
los niños inocentes, y es la mancha indeleble, la abominación
inexpiable que no lavaran en treinta siglos todas las aguas
del Jordán! Reprobemos el desorden y las revueltas estériles,
maldigamos de la anarquía con la voz y el gesto ; pero sin ol-
vidar jamás que, para los pueblos como para los individuos,
el único mal intolerable es la esclavitud.
Todos los de fuera, tenedores de bonos y manipuladores de
negocios, que consideran estos países, no como naciones, sino
como meras comarcas explotables, están á sus anchas y en
buen sitio para celebrar el orden restaurado por Porfirio Díaz.
La paz reina en Varsovia. Pero, ni esto mismo es compara-
ble. En Varsovia, para recordar esa deplorable palabra (ver-
tida en la tribuna francesa, si mal no recuerdo, por el minis-
tro Sebastiani), se oían las protestas y los gritos de las vícti-
mas. En la República Argentina, palpitante bajo la bota de
Rosas, los de adentro podían escuchar la voz alentadora de
los proscriptos, que venía desde Montevideo y Chile : nunca
cesó de importunar al déspota ese rumor de trueno lejano,
cargado de amenazas y maldiciones; la misma Buenos Aires le
mantenía en perpetua alarma, hasta acorralarle en su gua-
ao4 DEL PLATA AL NIÁGARA
rida de Palermo, y, como dice magníficamente Esquilo, de
Gasandra cautiva, la nación jadeante « cubría su freno con
espuma sangrienta... » En el Méjico enfrenado por este héroe
de guerras civiles, no se escucha una voz disonante en el
parlamento, en la prensa, en un corrillo: ni siquiera del
extranjero llega un grito de indignación. Mucho más triste y
desconsolador que el mismo silencio sepulcral, que fuera á
su modo una protesta, se alza, desde la capital hasta los con-
fines del país, un concierto de rendición y alabanza: el him-
no de los antiguos aztecas ante el trono de Moctezuma. Mé-
jico entero es una inmensa encomienda ; y parece que el pue-
blo emasculado hubiera perdido hasta el deseo, hasta el re-
cuerdo de su virilidad. La tiranía más funesta no es la sal-
vaje de la {( mazorca » y del puñal, cuyas heridas francas
se restañan en pocas horas ; sino la del opio y del veneno
lento, que acorcha las fibras del corazón, esteriliza la mente y
corrompe el alma misma de todo un pueblo. — Por cierto
que no me refiero aquí á los sentimientos individuales, sino á
esa alma colectiva y externa de una nación, que no es de
ningún modo la suma de sus unidades. Es ésta la que Por-
firio Díaz ha logrado envilecer, hasta conseguir que extraiga
satisfacción de su propio envilecimiento.
Basta recorrer un diario, abrir un libro, asistir á un acto
oficial, para darse cuenta de la perversión general de las ideas,
de la decadencia moral á que un régimen de compresión pro-
longada y una atmósfera de campana pneumática conducen
fatalmente á una nación altiva. No hay plaza ni esquina, no hay
trastienda ni pulquería, donde no se ostente el retrato de ese
soldadote buen mozo, ya vestido de uniforme cuajado de
pasamanería, ya con traje y aspecto de rico burgués bonachón
que maneja sin inquietud una pingüe hacienda.
DEMOCRACIAS AMERICANAS ao5
Por Otra parte, no me cuesta agregar que, para mí, lo dis-
plicente y antipático del presidente Díaz no es su tipo per-
sonal ni su conducta privada, sino su insidiosa dictadura ;
ni tampoco compararía su actitud administrativa con la de
su predecesor inmediato que muere encausado por malversa-
ción. La corrección doméstica pesa muy poco en la balanza
que ostenta la opresión de un pueblo entero en su otro platillo.
— Y acaso no sea el síntoma más terrible oir levantarse cantos y
risas del fondo de la ergástula. — ¡Los textos escolares ensalzan
la gloria del dictador ! En un libro oficial de historia contem-
poránea, se súfrela náusea de asistir á la apoteosis del presi-
dente vitalicio en la forma idiota y soez de un paralelo entre
Juárez, Porfirio Díaz y... Jesucristo, puesto entre ambos. ¡Es
casi el Calvario por segunda vez ! ... El himno de alabanza es tan
repugnante cuanto universal. Díaz es igualmente grande por
haber derrocado, en nombre de los « principios », al presi-
dente Lerdo, que aspiraba á la reelección, y por haber luego
asegurado, con la complicidad de su Rump-Parliament, su
propia reelección indefinida. En la baja compilación que
vuelvo á mencionar para estigma de sus fautores, la ignomi-
nia popular está celebrada y fomentada en los términos si-
guientes : (la derrota del presidente Lerdo) « dio por resultado,
como fácilmente se comprende, que desapareciesen por encan-
to los numerosos partidarios que tenía Lerdo, y que surgiesen,
como evocados por conjuro eficaz, improvisados partidarios
de Porfirio Díaz. . . » Es la prostitución de la plebe consagra-
da por la prostitución de la prensa. Después de la sangrienta
ejecución de Veracruz, toda tentativa de sublevación ha des-
aparecido en el país helado por el terror; y los poetas de librea
cantaban ayer, en plena Biblioteca nacional, en versos feliz-
mente detestables, la benignidad de la dictadura. Acaba de
ao6 DEL PLATA AL NIÁGARA
morir el expresidente González, gobernador perpetuo de Gua-
najuato, de todo punto inferior á Díaz, pero que representaba
un núcleo posible de oposición, un similia similihas agorable
si bien de muy dudosa eficacia. Ambos generales, natural-
mente, eran compadres, como Rosas, Quiroga y los López.
¿ De qué compadre a respondón » podrá surgir ahora la velei-
dad de un nuevo « plan )) , como aquí llaman cómicamente á
los alzamientos ? Los gobernadores de Estados son coman-
dantes de campaña, criaturas del amo, caudillos lugareños
sin prestigio ni ambición nacional, en su mayor parte mesti-
zos ó indígenas puros, como ese coronel Cahuantzi, cacique
de Tlaxcala. Porfirio Díaz conserva en la capital la fuerza mi-
litar; el armamento está almacenado en su propio palacio. Los
congresales son funcionarios del Ejecutivo, nombrados á indi-
cación del dictador, como todos los otros empleados. La discu-
sión de las leyes tiene tanto alcance como en el senado de Ca-
lígula. Ante una duda posible sobre la constitucionalidad de
una orden del amo, los legisladores contestarían probable-
mente, como los consejeros del famoso déspota oriental: « Ig-
noramos si hay una ley que permita este atropello, pero cono-
cemos otra que autoriza al monarca para hacer cuanto sea de
su real voluntad. » Por decreto especial, les ha devuelto las co-
rridas de toros. Panem et circenses, los toros y el pulque: la
fórmula es correcta ; tiene la sanción de la historia y completa
la asimilación.
No es bueno que lo ignoremos todo acerca de la historia
americana contemporánea. De la desgracia extraña podemos
sacar alguna enseñanza, y experimentar en cabeza ajena á
qué miseria moral podrían conducirnos nuestras eternas di-
sensiones, nuestro ciego desconocimiento de lo que importan
para el pueblo argentino los honrados propósitos y el sano
DEMOCRACIAS AMERICANAS 307
patriotismo en el gobierno, y, sobre todo, el goce tranquilo é
ilimitado de este bien supremo ¡la libertad !
Para legitimarse, la dictadura invoca el eterno salas populi,
el comprobante de la prosperidad material que, según los tu-
riferarios, se debería á su presencia. Es el argumento de todos
los despotismos, el mismo que sirvió cuarenta años há para
justificar en Francia el golpe de Estado y el Imperio. Lo he
aprendido en la escuela junto con mis primeras letras. Aquí
no tiene siquiera la apariencia de la verdad. El poco acentuado
desarrollo de Méjico, en los últimos años, es apenas el creci-
miento natural de un organismo joven, bajo la acción estimu-
lante del mundo exterior. Los panegiristas miopes no vaci-
lan en apuntar, entre los « grandes progresos realizados
durante el primer período de Porfirio Díaz )) , datos análogos
álos siguientes, que copio textualmente : « El total de escue-
las primarias existentes en Méjico en 187 5 era de 8io3, y de
35o. 000 el número de alumnos asistentes... En i884, las
escuelas habían subido á 8586 y reciben instrucción 442. 000
alumnos ». El aumento délas escuelas, el único imputable á
la acción gubernativa, no alcanza á 6 "/o; el de los alumnos ins-
critos es de 20 °/o, y corresponde poco más ó menos al acre-
centamiento decenal de la población (i).
Así analizados, los otros progresos que se atribuyen á la dic-
tadura tendrían explicación análoga. En la cifra del comer-
cio anual, que alcanza á i5o millones de pesos, ocupan el pri-
(i) Al imprimir estos apuntes, cuatro años después, encuentro confirmadas
mis impresiones y conclusiones por la marcha retrógrada de la educación en los
años posteriores. Los documentos oficiales más recientes arrojan estas cifras tris-
temente significativas : en 1890, para una población empadronada de 11 millo-
nes de habitantes, hay 56o. 000 alumnos; en 1894, para 11.682.934 habi-
tantes 543.977 alumnos ¡en cuatro años de u progreso » la proporción ha bajado
de 5,1 por ciento á 4,7 !
ao8 DEL PLATA AL NLÍGARA
mer rango, en los artículos de exportación, los metales precio-
sos explotados por compañías inglesas y yankees, y el henequén
que el Yucatán despacha á Nueva York ^ qué tiene ello que
ver con el gobierno de Porfirio Díaz ? Sería tan lógico abonarle
en cuenta ese desarrollo comercial, como responsabilizarle por
la baja reciente del henequén ó la diminución en 3 9 7o del
valor de la plata, que era la principal exportación del país, y
cuya baja reducirá las cifras comerciales á lo que fueran antes
de la dictadura. — Instintivamente habréis comparado como yo
esos guarismos totales á los correspondientes entre nosotros.
Si prolongara el paralelo sería todavía más instructivo. Aun
teniendo en cuenta el valor bastante superior de la moneda,
esos guarismos son inferiores á los nuestros. Méjico consti-
tuye uno de los territorios más ricos del mundo, y su pobla-
ción alcanza á unos 11.600.000 habitantes. Ahora bien, entre
esa masa hay 11.000.000 de indios puros ó mestizos. Este
dato demográfico basta por sí solo á dar razón de la historia,
de la dictadura, del estado general del país ~ y hasta de esa
singular ilusión óptica, que les hace creerse ricos porque pro-
ducen y gastan proporcionalmente menos que la mayoría de
los pueblos americanos. — No me cansaré de insistir en la
importancia de este doble dato demográfico correlativo en las
regiones hispano-americanas : las cifras absolutas del elemento
europeo y del elemento indígena. Ello da la clave del resto.
La latitud y, como consecuencia, la afluencia europea, por
una parte ; la ausencia de grupo indígena compacto : he ahí
la doble condición del progreso americano. La raza inferior
autóctona es un obstáculo tanto más poderoso, cuanto más
numerosa y relativamente « civilizada » haya sido al tiempo
de la conquista y durante la era colonial. « No se pone vino
nuevo en odres viejos ». La palabra de Cristo significaba que
DEMOCRACIAS AMERICANAS aog
los judíos estaban más distantes del cristianismo que los gen-
tiles; y puede repetirse, con idéntico alcance y absoluta exac-
titud, para demostrar que los pueblos americanos, embarazados
de fuertes poblaciones aborígenes y productos mestizos, va-
garan más de « cuarenta años » en el desierto bárbaro antes
de divisar la plena civilización. Las únicas naciones que no
han pactado con el indígena, que lo han barrido al desierto
donde se extingue lentamente, son las extremas del continente.
Con instrumentos y resultados todavía muy desiguales, han
asumido ó asumirán la hegemonía — repitamos lo que es
bueno repetir — de su respectivo grupo continental, reali-
zando á despecho del anticuado criollismo lugareño el tras-
plante de la civilización europea en América.
Á las seis de la mañana, alzada la cortina de mi « alcoba » ,
miro pasar, desde la camilla del Pullman, el grato y reposado
paisaje mejicano. La campaña está densamente poblada ; por
todas partes los dorados trigales cubren el suelo, prolongando
los setos de sus límites hasta el esfumado horizonte, y la ru-
bia llanura de Guanajuato se extiende como un inmenso y
rayado zarape en el telar. Se almuerza en Silao, á las 7.45 ; es
el « plan » americano que se inicia., El almuerzo, de cinco ó seis
platos regados con té, al levantarse ; la comida, muy parecida,
á la una ; por fin la cena, más y más idéntica, á las seis. No
se consigue nada en los intervalos : el viajero no come cuando
tiene apetito ; debe tener apetito cuando es hora de comer.
Hasta para el estómago es el viaje una provechosa disciplina :
el déspota de la vida regalada pronto se vuelve un esclavo
obediente y elástico ; y nunca me he sentido más sano que
bajo este régimen pasivo y reglamentario. Naturalmente, el
humor anda al compás del estómago ; fuera de algunas rachas
i4
a 10 DEL PLATA AL NIÁGARA
inevitables de melancolía, estoy dispuesto, sufrido, casi ale-
gre. Mens sana in cor por e sano. La sola satisfacción de ver,
estudiar, comprender aspectos nuevos del universo, llena to-
das las horas de cada día. He escrito en mi cartera, leo y
practico con la posible exactitud esta máxima profundamente
filosófica : «Es inútil irritarse contra las cosas... » Ahora
bien, los reglamentos, los empleados, los guardafrenos, los
waiters negros ó yankees, — y agregad una docena de etc. , —
son «cosas» que con vuestro enojo pasajero no lograréis mo-
dificar en lo más mínimo. Una vez clavada esta idea racional
en el cerebro, todo marcha á maravilla. Estoy seguro — y satis-
fecho — de haber dejado en todas partes una impresión de bo-
nachonería; afirmo que, junto á mi cuenta saldada, cada « hote-
lero )) ha debido de escribir irresistiblemente en sus libros este
certificado de buena conducta y exactísima filiación : « viajero
español; buen apetito; tranquilo, paciente, conversador».
De Méjico al Paso del Norte, frontera de los Estados Unidos,
hay dos mil kilómetros que se recorren en sesenta horas. La
cinta es un poco larga, sobre todo mientras se cruza los de-
siertos y médanos de Zacatecas y Durango. Tengo la impre-
sión de la travesía entre el Recreo y Frías ; pero falta la
charla délas estaciones, y el conductor que solía allá dar la
orden de marcha con esta fórmula desprovista de severidad :
« Cuando guste, don Pablo. . . »
El trecho de Chihuahua rescata su aridez con lo pintoresco
de sus montañas mineras. Por sobre puentes y viaductos, el
tren atraviesa la región de los minerales famosos ; los ramales
se destacan para Sierra Mojada, donde cinco ó seis grandes
compañías explotan la plata.
Los ingenios de Santa EulaHa se yerguen en la áspera se-
rranía, acribillada de negras bocas de minas; y entre el velo
DEMOCRACIAS AMERICANAS an
azul del crepúsculo, los blancos campanarios de Chihuahua
se proyectan en la falda, dominando la torre cuadrada de la
Moneda, que fué cárcel del patriota Hidalgo. Á la mañana
siguiente se llega á Ciudad Juárez, última población meji-
cana, separada de Paso del Norte por el río Grande : cambio
de tren, visitas aduaneras, etc. Pero todo se facilita merced á
las agencias.
Ciudad Juárez y El Paso, que se miran por sobre el río,
presentan inmediatamente la exacta medida del contraste
sociológico entre los dos países : á pesar de su antigüe-
dad, la población mejicana, soñolienta y estacionaria, ha
quedado como un arrabal de la americana nacida ayer. Cru-
zamos el río Grande ; llegamos ala estación del Paso, donde
estaremos dos horas, esperando el tren de la Southern Paci-
fic, para los Ángeles y San Francisco. Me meto en un inmen-
so mail-coach tirado por cuatro magníficos tordillos perchero-
nes : calles con alamedas, cottages flamantes con techo de
listones, residencias de ladrillo rojo con la gradería central y
suparche de césped; una gran charch gótica que aplasta la ve-
cina iglesia católica ; biiggies manejados por muchachas ru-
bias; anuncios, carteles ciclópeos. En el Hotel Pierson, donde
almuerzo, encuentro en la mesa cinco ó seis señoras solas, de
bata blanca, bebiendo agua helada y comiendo choclos á ma-
no limpia, con un diario por delante. Miro por la ventana ;
la casa de enfrente tiene una escalera recta con un anuncio
patético por través de cada grada. Primer escalón : Have yoa
afamily? — segundo: God hless yoar family ! etc., etc.,
hasta el piso superior. ^ Quién hisopea así á mi familia lejana
con tan sentida bendición ? Es una compañía de seguros. No
hay duda posible ¡ estoy en los dominios del tio Sam !
DEL PLATA AL NIÁGARA
En el umbral yankee
Experimento una sensación extraña, del todo nueva para
mí; es sin duda sincera y espontánea, puesto que la encuentro
apuntada en mi cartera, en el momento mismo de haberse
producido. Más exactamente : percibo una sensación funda-
mental á la cual se juntan dos ó tres secundarias ; del propio
modo que, con tocar una sola tecla del piano, despertáis el
séquito de la tercia, de la dominante y de la octava, que vi-
bran en acorde perfecto con la tónica. Las sensaciones secun-
darias — para despacharlas de una vez — son meramente per-
sonales ; el cambio brusco de la lengua y de los hábitos cen-
tuplica al pronto la distancia: para mí, entre El Paso y Ciu-
dad Juárez, no media la estrechez del río fronterizo, sino la
inmensidad moral de un océano. Durante meses, como una
astilla flotante sóbrelas olas, paréceme que voy á ser traque-
teado por fuerzas contrarias y muy superiores á las propias.
Tendré que amoldarme á una vida nueva; deletrear laboriosa-
mente un texto casi del todo desconocido; balbucear con es-
fuerzo permanente una lengua que no es la nativa, ni la que
me he asimilado sin trabajo durante la fácil y elástica juven-
tud. Desde luego percibo el desgaste cerebral, la tensión fati-
gosa del rudo aprendizaje, la tarea extenuante, continua, prose-
guida de la mañana á la noche de cada día, de prestar atención,
no sólo á las cosas é ideas imprevistas, sino á cada expresión,
á cada palabra, á cada giro extraño, para comprender y ha-
cerme entender. Me incorporo á una columna en marcha,
lanzada á galope tendido por la llanura inmensa ¡ y monto
un caballo maneado ! . . .
DEMOCRACIAS AMERICANAS si3
Y como en el acorde armónico, — ¡ oh ! en modo menor,
no hay que dudarlo, — otras previsiones debilitantes y depre-
sivas se suceden en mi imaginación. Ese mundo donde pe-
netro, no es solamente extraño y nuevo : lo presiento hostil,
antipático á mis gustos incurables de desterrado artista soña-
dor, á mis tendencias exasperadas y aguzadas por veinte años
de juicios absolutos y de soledad intelectual. Yo, que me hallo
desorientado en el París cosmopolita y frivolo de la « ribera
derecha », de los bulevares y del Fígaro ¿qué vengo á ver en
este reino del industrialismo, déla fuerza brutal, de la vulgar
democracia y de la fealdad ? El sordo acorde de las notas de-
presivas continúa así, durante algunos minutos ; me siento
desalentado, abrumado, « muy chiquito », y me arrincono
en el ángulo del vagón, no pudiendo meterme debajo de la
banqueta y desaparecer como en su concha el caracol...
Pero la reacción se produce muy pronto : la nota funda-
mental se levanta vigorosa y plena, acallando desdeñosamente
todas las otras, y, á poco, tan sólo ella se dejaoir. — El mundo
actual está cumpliendo una de sus evoluciones seculares,
una de sus « épocas » históricas. Magnus sxclorum nascitur
ordo. Fuera pueril, á pretexto de preferencias personales,
desconocer lo evidente, y, á semejanza del niño que cree pro-
ducir la obscuridad cerrando los ojos, pensar que basta
negar el proceso inminente para que se difiera por una
hora su ineluctable advenimiento. La humanidad moderna
ha sido nuevamente fecundada á fines del pasado siglo : du-
rante la centuria de sudolorosa gestación, ha vagado por la
tierra, en cinta del porvenir, incierta de la hora y del lugar
del alumbramiento, vacilando entre la Francia luminosa, la
Germania profunda, la misteriosa Eslavia, el Asia remota y
tradicional... No lo dudéis ¡es aquí donde ha procreado 1
3i4 DEL PLATA AL NIÁGARA
El advenedizo caserío de Belén ha sido preferido á la noble
Jerusalén del templo histórico y de los esplendores antiguos.
Signos inequívocos así lo manifiestan en el cielo y la tierra :
una constelación reciente fulgura en el firmamento ; y he
aquí á los reyes del Oriente que depositan ahora en el establo
predestinado, el oro, el incienso y la mirra de la consagra-
ción. No reparemos tampoco nosotros en el pesebre originario,
ni profiramos la blasfemia farisaica, diciendo del recién veni-
do : (( ¿ No es ese el hijo del carpintero ? » Pues, en verdad os
digo que los tiempos están cumplidos: se ha abierto el Libro
de los siete sellos, y, de pie en el umbral del siglo veinte, la
joven América inaugura la novísima etapa de la errante y
siempre ascendente humanidad.
Ahora bien, me toca en suerte estudiarla y acaso compren-
derla en la hora eficaz de la vida, en la plena madurez, cuan-
do ya disipadas las fumosas pasiones juveniles y antes de la
decadencia física y mental, goza el espíritu de su completa
autonomía. ¿ Y renunciaría á este beneficio inapreciable,
malbarataría esta ocasión única de ensanchar para siempre
mi horizonte intelectual, tomaría una actitud rebelde y ne-
gativa, porque este mundo nuevo es diferente del viejo, y
pertenezco á una raza más fina y artística ? No, seguramen-
te : tal no ha sido mi propósito y, Dios mediante, tal no
será mi tentativa. Esa lengua nueva que balbuceo apenas,
la aprenderé, la sabré, agregando, como dice Goethe, un
alma nueva á mi alma latina ; y, además de la lengua que
es el instrumento preciso, estudiaré el múltiple organismo
que surge, cual otra Délos flotante, á la superficie de la civi-
lización.
Recorreré, después de tantos otros, regiones y ciudades;
pero más con el objeto de observarlas como síntomas exter-
DEMOCRACIAS AMERICANAS ai5
nos, que con el fin de presentar un cuadro, ya hecho diez
veces, de su agrupación material. — El libro de James Bryce,
admirable análisis del organismo político, quedará probable-
mente definitivo para veinte ó treinta años : aunque se tuviera
para ello fuerzas y tiempo suficientes, sería vano rehacerlo.
Lo que no se ha despejado hasta ahora de la estructura polí-
tica y del enorme laboratorio material délos Estados Unidos,
es el principio director, el primum movens, la célula vivifi-
cante de la masa entera y, para decirlo todo en una palabra
breve, el alma yankee (i). Iré á todas partes, viviré con ellos
en los congresos, en los teatros, en las calles, en las escuelas,
en los templos, en los talleres ; me sentaré á su lado en el
hogar, — y aquí es, sin duda, donde más aprenderé ; — ha-
blaré con los hombres, las mujeres y los niños : me haré uno
de ellos. Todo lo anotaré y compararé, sin reparar en repeti-
ciones ó contradicciones ; todo lo recordaré y expresaré inge-
nuamente : el bien y el mal, lo grandioso y lo miserable, lo
grotesco y lo magnífico ; y después, tal vez me sea dado po-
seer la energía y la amplitud intelectual bastantes para en-
sayar, en veinte páginas substanciales, la síntesis de esa alma
dispersa y colectiva que, según la expresión clásica, vivifica
y agita la mole colosal.
i Oh ! bien sé de antemano que no podré prescindir, sobre
todo en estas páginas volantes, de escribir alguna vez con
mis nervios exasperados. No hay envoltura filosófica que no
se raje por partes en ciertos momentos, bajo el rudo contacto
(i) Sabe todo el mundo que este adjetivo, además de ser un apodo familiar,
no tiene ya exactitud local; pero, al adoptarlo en Sud-América hemos ensancha-
do su significación. Lo usaré, pues, como abreviación cómoda, aplicándolo indi-
ferentemente á los Estados deleste y del oeste, é incurriendo á sabiendas en el
traspié de cierto presidente sud-americano que encabezaba así su discurso de
recepción de un ministro : « Venís como representante del gran pueblo yankee. . .»
ai6 DEL PLATA AL NIÁGARA
diario de hábitos y gustos contrarios á los propios. Quiero de-
jaros de antemano prevenidos. Pero, en esos mismos momen-
tos nefastos, creo que no incurriré en error positivo; hasta
creo posible que esas pinturas ab ir ato resulten menos flojas y
desteñidas que otras mías, a El arte, decía Delacroix, es la
exageración. » Entonces, el rayo visual llegará al objeto —
ó vice- versa, si preferís — pasando por el lente de la pasión ;
nada será falsificado ni omitido; pero sí todo presentado con ex-
cesivo relieve, y generalizado lo circunscrito. Preveo, no obs-
tante, que esos momentos serán raros. Y asimismo, se pro-
ducirán en un medio moral de sincera y real simpatía. El
corazón me dice que voy á querer á esos cíclopes. Ahora
bien, la simpatía es condición necesaria para conocer á fondo ;
Garlyle ha dicho esa palabra profunda (i). Con el querer
agregado á la mente, acaso no resulten mis estudios del todo
malogrados é ineficaces. Toda grandeza despide algo de so-
lemne y casi divino. Gomo lo dice el título mismo de una
obra monumental, que seguirá estudiándose después que to-
das las de Spencer hayan sido substituidas : el mundo no es
únicamente una « representación » , es también una « volun -
tad )). Este cetro de la voluntad es el que, según creo, ha pa-
sado á manos del pueblo de los Estados Unidos...
Tal es el candoroso examen de conciencia que hago, al
pisar los umbrales del tío Sam.
(i) On héroes: To know a thing, what we can cali knowing, a man must first ¡ove
ihe thing, sympathize with it.
CALIFORNIA
Por cierto que la entrada en los Estados Unidos, por Méjico
y el Paso del Norte, carece de atractivo pintoresco. Á despe-
cho del /)ií¿f atronador alzado por los diarios y guías, de los
ferrocarriles de explotación y las agencias territoriales ídem,
que de consuno multiplican los gigantescos reclamos, este
pobre territorio fronterizo casi no encuentra comprador ni
habitante. Dista mucho de pagar lo que ha costado. El
«lanzamiento» ó 6oomm^ del extremo sudoeste se presenta
tan laborioso como el casamiento de una muchacha fea y
sin dote, por más que, según sus tutores, ofrezca miríficas
«esperanzas » para el lejano porvenir. Ni la conquista yan-
kee ni los subsiguientes tratados de anexión han logrado
modificar el aspecto del invencible desierto que, para el via-
jero, se presenta siempre como una mera prolongación de
los estados mejicanos de Chihuahua y Sonora.
Los que algo retienen de historia moderna, no han olvidado
la grita que levantó el partido nacional contra los « afrance-
sados )) de Maximiliano, al solo anuncio déla cesión de Sonora,
consentida ú ofrecida al gobierno francés. En el fondo, el
3i8 DEL PLATA AL NIÁGARA
regalo era mediocre. A trueque de la posesión inútil y precaria
de una estación naval en el callejón sin salida del golfo cali-
forniano, Francia hubiese adquirido, además de algunas
minas riquísimas que nunca han cubierto los gastos de
explotación, la más floreciente comarca de bandolerismo que
exista en el mundo. Los historiadores indígenas no se han
aplacado á nuestro respecto ; después de treinta años transcu-
rridos, suelen hablar aún con amargura de la « avidez fran-
cesa )). En cambio, no guardan mal recuerdo de la brutal in-
vasión que en pocos años puso la mitad de su territorio en
poder de los Estados Unidos, haciéndoles ceder por la fuerza
ó de mal grado (tratado de Guadalupe Hidalgo), además de
Tejas, los territorios de Nuevo Méjico y Utah, las vertientes del
Colorado y la opulenta California. Sin duda se consuelan con
saber que todo ello es una aplicación correcta de la sacrosanta
doctrina de Monroe, y así se dejan mutilar a por persuasión » .
Hoy más que nunca se enorgullecen con la amistad del pode-
roso tío Sam: proclámanse sobrinos suyos, á la moda de
Bretaña — ó de Polonia — y no esperan sino la ocasión de
otro congreso pan- (y circenses) americano, para expresar su
cumplida aquiescencia. ^ Quién dijo que á la cazada liebre
poco le importa saber á qué salsa habrá de aderezarla el caza-
dor ? ¡ Error profundo ! Los mexicanos quieren la salsa yan-
kee, sazonada con gruesa pimienta humorística; pues bien,
sin ser profeta, puedo asegurarles que, día más día menos,
serán servidos á su paladar...
Del Nuevo Méjico, que la línea férrea descantea por el
sudoeste, y del Arizona (Árida zona ¡admirable bautismo !)
que cruza en su mayor anchura, no divisamos sino vastos
desiertos de arena, cubiertos de cactus enanos y espinosos
brezos que se retuercen en el suelo, acorchados por el sol, cual
CALIFORNIA aig
haces de sarmientos en el fuego. Faltando en absoluto la hu-
medad, cualquiera hoja de arbusto aborta en espina; y echo
de menos los montes de algarrobos y caldenes que arrojan
una sonrisa triste en nuestras más tétricas travesías de Ga-
tamarca ó San Luis. Ni una habitación, ni un árbol frondoso
durante leguas y leguas : ningún vestigio de vida animal ó
vegetal que no sea aquella maleza descolorida — ni una man-
cha verde en que pueda la vista descansar. En las cercanías
de Dragoon Summit, el tren costea una interminable salina
reverberante, comparada con la cual la nuestra de Totora -
lejos parecería un oasis. El implacable sol de junio enciende
y hace vibrar la napa cristalina de ese Mar Muerto, con un
insoportable y ardiente espejeo de hoguera, sin un matiz
sombreado en la tierra ni un celaje de nube en el cielo me-
tálico. Siento que vaga en mis labios una fórmula propicia-
toria que bien pudiera ser la oración ad petendam plaviam . \ Oh
sí! fuera una bendición, una hora de lluvia copiosa y fresca
que haría brotar mágicamente la savia invisible de los gér-
menes por doquiera esparcidos y desecados. Me vuelve á la
memoria el himno encantador é infantil de San Francisco de
Asís al agua próvida, fecunda y casta... ¡ Qué bien se con-
cibe en esta travesía el viejo culto ariano por las fuentes y los
arroyos cristalinos ! ¡ Cómo se comprende que las tribus nó-
mades del mundo antiguo hayan divinizado el agua bien-
hechora, por ser el alma de la tierra y, con el aire y el fuego,
el principio de la vida universal !
Varias compañías americanas han acometido la empresa
de canalizar ampliamente el río Grande, que cruza inútil-
mente esta región. La solución teórica del problema es tan
sencilla como costosa su práctica realización. No es para nadie
dudoso que á la larga el Arizona « pagaría » , como aquí se
aao DEL PLATA AL NIÁGARA
dice; pero ¿cuándo? That is the questíon. En estos países
nuevos y febriles, hombres y cosas viven de prisa, y los
grandes capitales no suelen arriesgarse y correr el albur de
los resultados á plazos largos. No hay que contar con el
apoyo del tesoro federal, en forma de subvención ó garantía.
¡Pasaron los bellos días de la plétora monetaria! El mensaje
con que Cleveland ha inaugurado su segunda administración
no se parece en absoluto al que clausuró la primera y le
costó su reelección : ya no se trata de discurrir el mejor em-
pleo de los superávit ni de conjurar el peligro de la obstruc-
ción metálica. — Por otra parte, estos lejanos territorios,
que no han sido aún incorporados á la Unión federal, repre-
sentan casi el extranjero... Ahora bien, es un error pensar
que los yankees tengan grandes capitales disponibles para
empresas exteriores. El canal de Nicaragua está interrum-
pido, después de languidecer dos años á la espera de los
medios que no han llegado ; ninguna línea férrea valiosa de
Méjico se encuentra en manos americanas ; y en cuanto á sus
obras importantes en el Perú, sabido es que se han prose-
guido merced á concesiones ó garantías fiscales, es decir,
con dinero peruano. Son los ingleses los que tienen el capital
expansivo — como los franceses el ahorro crédulo ¡para correr
ingenuamente las peores aventuras ! . . .
De trecho en trecho, una minúscula estación en este de-
sierto inhabitado sirve de pretexto á un alto breve y melancó-
lico. ¿Quiénes el náufrago de la vida ó el incurable forjador
de quimeras que ha podido dejar á su espalda las praderas del
Oeste, casi vírgenes aún, repletas de recursos y esperanzas,
para aceptar este destierro de jefe de estación en la desconsolada
soledad ? — Y con todo, tal es la savia exuberante del orga-
nismo americano, que desde su centro irradia al punto más
CALIFORNIA. aai
extremo algo de su virtud civilizadora. Merced al pozo ca-
vado por la Compañía del Southern Pacific Railroad : en
torno de la casilla de « pintado pino», juguete nuevo que no
ha de salpicar nunca una mancha de barro, se yerguen al-
gunos arbustos en una huerta de un cuarto de acre; las capu-
chinas y arvejas odoríferas se enredan en los postes y verjas
de abeto ; pavos y gallinas pecorean acá y allá ; una cabra
retoza en un cercado verde, poco más ancho que un paño de
billar. Por la ventana abierta, con sus cortinas de muselina,
se entreven muebles de /)i7c/i jome, esteras, un rocking-chair,
diarios y magazines sobre una mesa : todo ello arreglado,
sacudido, deslumbrante de orden y aseo — ¡ la virtud na-
cional ! — pronto para recibir á cualquier hora las visitas
que no vendrán jamás. La joven dueña de casa, de blanco de-
lantal, sube al andén y recibe su canasto de provisiones,
levanta con largas tenazas su trozo de hielo, hilvana con el
maquinista ó el guardatren un diálogo puntuado con risas
y exclamaciones. Es su única échappée diaria sobre el mundo
exterior. Pero suena una campanada, un silbido agudo rasga
brutalmente la charla amistosa : «Vamos... ¡ hasta la vista!
Good hye, Mrs. Paine ! » El tren se escurre, y hasta ma-
ñana quedará cerrado el paréntesis. Estos han traído la boca-
nada de viento de Nueva Orléans, otros traerán luego la de
San Francisco, y ello bastará para no abandonarse y sentirse
vivir.
Con el gran silencio de la tarde que cae, la estación vuelve
á ser presa del desierto incomensurable. Pero la compañera
fiel, enérgica y dulce, alegra la casita, del propio modo que
las enredaderas y el césped sus cercanías. Gomo un faro en
el mar, estrella la obscuridad la lámpara del home humilde,
donde el padre lee los diarios y la madre la Biblia, en el silen-
aaa DEL PLATA AL NIÁGARA
cío ritmado por el tic-tac del reloj y la respiración de los ni-
ños dormidos. — Más allá de Bowie, en el desierto siem-
pre, dos rosadas niñitas, vestidas del mismo percal rayado y
encaramadas en una potranca flaca, se acercan á nuestro car :
se rien sin descanso ni timidez, mostrando sus dientes blan-
cos en sus graciosos palmitos tostados y pecosos de du-
razno pintón. Acaso, dentro de cinco ó seis años, les toque
proseguir en Denver ó San Francisco la gran aventura de
la vida, y no les habrá perjudicado este rudo aprendizaje de
la primera edad. Les alcanzo naranjas por la ventana y me
alejo con el pesar de no abrazarlas. . .
Se tiene ahí. no hay que dudarlo, una manifestación, elo-
cuente en su pequenez, de esa energía sajona que el yankee
puro ha heredado y conservado sin degeneración . Allí aparece
desnuda la raíz del árbol poderoso que ha esparcido por el
mundo su fecunda simiente, fertilizando los yermos más leja-
nos y desafiando todos los climas : es la raza colonizadora por
excelencia, porque adondequiera transporta consigo el don
precioso de bastarse á sí misma, gracias á la virtud alegre y
sana de la familia, á la ayuda fortalecedora del hogar y al cor-
dial inagotable de una religión que no vive del culto externo
sino del sentimiento individual. Este primer esbozo de civi-
lización esporádica en el desierto contiene tanta enseñanza
como el espectáculo de las ciudades populosas y nuevas que
luego encontraré — y que eran ayer lo que esto es hoy.
Comparo en mi imaginación lo que asoma apenas de esta
dispersa apropiación social, con las estaciones análogas de
nuestras provincias argentinas ; recuerdo cinco ó seis entre
Quilino y Frías, todas parecidas entre sí : en que el empleado,
joven ó viejo, casi siempre soltero, exhibe al paso del tren su
leonera en desorden, amueblada con una montura, dos ó
CALIFORNIA aaS
tres botellas, un catre que sirve de percha y de baúl, y donde
dormirá la siesta abrumadora entre una jugarreta y una pa-
rranda con chinas abrutadas. . . No es por arriba sino por abajo
que los pueblos se clasifican mejor : no por el estrecho vértice
de la pirámide, muy semejante de aspecto en todas partes,
salvo la diferencia de altura, sino por la ancha base popular
que soporta el edificio entero.
Aparte esas rápidas perspectivas, adivinadas más que entre-
vistas, confieso que mis primeros experimentos del nuevo
medio social son tan afligen tes como su paisaje. Nuestro
Pullman-car está obstruido con maletas y equipajes de formas
tan extraordinarias como las heteróclitas figuras de sus due-
ños : dominan los rostros glabros y enjutos de los colonos y
demás gentecita rural de Tejas ; visten arreos pintorescos
y representan á los auverneses ó saboyanos de los Estados Uni-
dos — digamos los collas de la frontera jujeña, para hacer-
nos entender — pero unos rústicos que no sospecharan el
encogimiento. Se despatarran en los asientos, con sus
botas en el respaldo, al nivel de sus narices, escupen en
todas partes, por el colmillo, á causa del chicote que mas-
can ; los que han dejado el chewing nacional apestan el fu-
madero con sus cigarros de Virginia, levantándose á cada
rato para absorber grandes vasos de agua helada. No en-
tiendo palabra de lo que conversan entre sí ó con los waiters
negros, á quienes tratan familiarmente, y lo propio les pasa
á ellos cuando intento chapurrar mi escocés del Engineer.
— Esto, por otra parte, me acompañará hasta Chicago ó más
allá. El hombre del pueblo — sobre todo el odioso negro que
se aprende á detestar en razón directa de su insolencia — no
quiere entender, salvo en caso de propina, más que su slang
gangueado con el acento del terruño y cortado por elipsis ó
334 DEL PLATA AL NIÁGARA
fórmulas locales : imaginaos á nuestros cocheros parisienses
ó á nuestros aldeanos de provincia, dirigiéndose á nosotros
en su argot callejero ó rural. Me acostumbraré bastante pronto
al inglés culto pronunciado correctamente, pero mucho me
temo que abandone los Estados Unidos sin comprender á los
negros ni á los hoys de las aceras.
Después de mi primer ensayo en el coche de fumar, tengo
que batir en retirada, algo corrido y mohino. Al recogerme
á mi asiento, tropiezo con una cara de pascua que se sonríe
debajo de una boina azul, y me invita en español á ganar un
departamento reservado, desde cuya ventanilla me llama
otra boina azul, blandiendo una botella de Jerez. Son dos
vascos españoles ; el común aprieto nos ha aproximado ins-
tintivamente, y, á los pocos instantes, se sella la intimidad
sobre recuerdos familiares de las glorias vizcaínas y nava-
rras : Gayarre, Aramburu, — sobre todo los famosos pelotaris
que han valido más que cien agencias de emigración en
esas provincias : el Manco, Elicegui, el Chiquito, y ese terrible
Portal, fuerte como un turco y sutil como su pala.
Mis nuevos amigos abandonan á Cuba, después de labrar
su fortuna en veinte años, pero conservan sus casas de nego-
cio y sus haciendas en la Habana y Matanzas. Dan una gran
vuelta de recreo, tomándose vacaciones por primera vez en su
vida, antes de volver al nido natal, colgado en un declive de los
Pirineos.
Salieron de él casi niños, sin una peseta ni oficio alguno en
las manos, como los que vienen al Plata, pero buenos para
todo, con su salud robusta, su flexibilidad laboriosa y honrada,
y su brincadora agilidad de gamuza pirenaica. Han logrado
lo que buscaban — tener dinero — porque han sabido no
querer sino una cosa y perseguirla sin tregua por el camino
CALIFORNIA aa5
recto. — En tanto que otros soñadores vienen á América tras
del ave azul que vuela de rama en rama, y envejecen, na-
turalmente, antes de alcanzar su ilusión : los que han
nacido para emigrar — los vascos, en primera fila — prospe-
ran casi siempre en la emigración. ¡ Bah ! la vida no merece
tantos desvelos ! Todo acaba en lo mismo ; concluida la
jornada, nos despedimos con la misma voltereta: buenos y
malos, necios y sabios, pobres y ricos, nos disolvemos todos
en el mismo olvido. El oro es tan vano como la gloria y el
poder, — y lo que llamamos arte, que no es sino una conven-
ción; y lo que llamamos ciencia, que no es más que un paso
adelante en un callejón sin salida. Omnia vanitas. Empren-
demos todos el mismo corto viaje de condenados á muerte.
¿ Quién decidirá si es más sabio ceñirse los lomos desde
el amanecer para ponerse en marcha por el camino trillado,
bajo el sol y la lluvia, sin una hora de tregua en la etapa,
con el único fin de encontrar á la tarde comida y albergue en
el mesón ; ó si tanto vale extraviarse en los senderos, sabo-
reando la excursión como un paseo, gozando con los acci-
dentes del camino y de las perspectivas, á trueque de cenar
con las zarzamoras del cercado y dormir en campo raso?...
Don Pedro, el menor de mis dos compañeros, raya en los
cuarenta años ; es un admirable ejemplar de esa raza fuerte é
ingenua que se ha esparcido en el Plata, hasta formarse aquí
una segunda patria, — lo compruebo al oirle hablar de Buenos
Aires y Montevideo como de un emporio vascongado, —
llevando consigo y conservando siempre su frescura simpá-
tica y robusta, como un reflejo del paisaje montañés. Éste es
un coloso con sonrisa de niño, hermoso como un roble,
tranquilo como un buey de labor, bueno « como un pedazo
de pan » según el dicho campesino ; y así como el clima de
i5
aa6 DEL PLATA AL NIÁGARA
las Antillas no ha mellado su complexión de atleta ni alte-
rado su tez florida, tampoco el roce del mundo y la fortuna
le han hecho soltar su boina azul. Nos queremos en seguida,
él tan sencillo y yo tan complejo, sin duda en virtud de
la ley de los contrastes, y gracias á mi precaución habitual
de llevar siempre la charla al terreno que mi interlocutor
conoce mejor que yo. Me habla de Cuba, y las horas se des-
lizan sin sentir. . .
Su compañero, don Esteban, es menos atrayente : averiado,
temoso, porfiado y disputador, hasta el punto de contra-
decir con la mano mientras el asma le sacude, ha barni-
zado con pretensión burguesa su primitiva ignorancia ce-
rril, y la exhibe al primero que llega, á guisa de albarda
sobre su lomo de borriquillo. Domina al bonazo de don
Pedro á fuerza de cansarle ; también le da cierto prestigio
actual el haber pasado algunos meses en Nueva York hace
treinta años, y chapurrar cuatro palabras de inglés que,
por otra parte, pronuncia como una « vasca » española. No
sabiendo nada de nada, puede hablar de todo con igual auto-
ridad ; y ¡ abusa de su derecho ! — Después de toser, es su
principal ocupación contradecir á troche y moche, al tanteo.
Nos fastidia, nos carga hasta el exceso, y él mismo lo sospecha
en sus momentos lúcidos. Bajo el pretexto de que el humo
le incomoda, don Pedro y yo nos instalamos en el smoking -
room, y nos despachamos docenas de exquisitos habanos
¡ recuerdo personal del propio fabricante ! Pero don Esteban
se aparece y comienza por rectificar uno de sus últimos
traspiés, que nadie recordaba : « Tenía Yd. razón : el que ase-
sinaron en el teatro no fué Grant, sino el a general » Lincoln» .
Y en el acto vuelve á entrar en liza : « ¡ Qué hombre, ese
Hernán Cortés ! Guando pienso que fué por aquí á fundar á
CALIFORNIA
337
San Francisco ! » — Entonces, sobre todo, es cuando tengo
ganas de mandarle á Bilbao ! — Por lo demás, es buen
hombre en el fondo este pobre don Esteban, y no me cos-
tará mucho soportarle hasta San Francisco, — fundado por
Cortés, — donde nos separaremos con grandes apretones.
Sólo necesito dejarle desbarrar á su gusto. El primer día
tuve el candor de rectificar sus sandeces : era la guerra
declarada. — Cualquiera discusión es inútil, pero la que
aceptamos con un necio nos rebaja de golpe á su nivel.
¿A qué emprender gratuitamente la educación de aquel
transeúnte que no sacará de ello provecho alguno y al
contrario nos guardará rencor? Recuerdo haber estallado
una vez — hace una docena de años — porque en una mesa
redonda de Lisboa, un médico brasileño sostenía que había
hecho en ferrocarril el trayecto del Rosario á Montevideo :
era joven entonces y me faltaba filosofía. ¡ Cuánto más satisfe-
cho me siento por haber escuchado en Colón, sin pestañear,
hace algunas semanas, las variaciones delirantes de un francés
corredor de avisos, respecto de la República Argentina, y
especialmente de Tucumán ¡ que apenas conozco ! Era el más
fantástico de sus honiments profesionales : no he protestado,
me ha encontrado amable y nadie ha perdido nada con la
bola — ni siquiera Tucumán.
El inmenso desierto monótono se arruga y matiza al paso
que nos aproximamos al extremo oeste ; ya verdean algunos
matorrales v parches de hierba en las depresiones del suelo ;
de trecho en trecho se alzan algunas chozas de pastores ; una
vaca rojiza, un hato de esbeltas cabras salpican alegremente
la tierra gris. Llegamos á Yuma, estación importante en la
frontera del Arizona y California. El río Colorado arrastra
delante de nosotros sus ondas amarillentas, entre los altos
aa8 DEL PLATA AL NIÁGARA
ribazos bordados de vegetación. El fresco encantador de una
mañana de primavera se junta á las primeras sonrisas de la
Arabia feliz. En la cantina regamos con té y leche un
almuerzo compuesto de rosbif, patatas hervidas y confitura
— todo servido á un tiempo en el mismo plato. Los últimos
indios apaches — ¿he last of the Mohicans ! — arrollados en
un zarape multicolor, con sus gruesos mechones lacios ca-
yendo como correas sobre sus enormes rostros angulosos,
seriotes, todos nariz y mandíbulas, cual esculpidos por un le-
ñador en un tronco de hickory, vienen á vender arcos y flechas
que no han servido nunca y parecen salir de un bazar. Cada
mujer trae cargada en la espalda á su progenie, arrollada
con bandeletas en un cuévano angosto que semeja una vaina
de momia. Las criaturas hacen blanquear allí dentro sus
ojuelos de lagartija — y, como la mañana, también aquí con-
serva la infancia algo de su gentil frescura de inocencia é in-
consciencia, — ¡ estoy por encontrar casi bonitos esos ma-
moncitos apaches !
Pero ha llegado un viejo violinista yuma para obsequiar-
nos con una serenata arizoniana. Al principio, no es fácil de-
senredar lo que quiere decir el venerable anciano con su re-
chinamiento agudo y como resinoso. Guando don Esteban
arroja un grito — seguido al punto de un violento ataque de
tos i en la carraspera del crincrín ha reconocido el canto de
las Provincias! Sí, no hay duda posible: es el cápela gorria
lo que el piel-roja desuella con una impasibilidad de an-
tiguo escalpador... ¿ Por medio de qué avalar misterioso, de
qué extraña ironía del color local, ha venido ese llamamiento
de las bandas carlistas á transformarse en aire de danza califor-
niano ? Tal es el a secreto de la sabana » que nuestro compa-
ñero procura vanamente arrancar al curtido minstrel, quien.
CALIFORNIA aag
completamente embrutecido, sordo además como una colec-
ción de tapias arizonas, contesta invariablemente : yes, sir,
á cualquier pregunta, y para no romper el hechizo de las
monedas de diez cents, sin detener su arco las coge con sus
labios entreabiertos cual hendedura de alcancía. Pero don Es-
teban protesta con solemnidad — / Dehryan bisaya ! — que el
viejo ha de saber el castellano, puesto que toca un canto
vascongado; le asedia á preguntas estrambóticas, le explica
el gran levantamiento de boinas del año 33 por el primer don
Garlos; por fin, desaliando el asma que le acecha, se resuelve
á enganchar su voz de herrumbrada cerradura al zumbido de
cigarra de la prima y, batiendo palmas para marcar el com-
pás, se pone á cantar:
Don Carlos gureá,
Don Carlos maiteá!
Ay, ay, ay, mutilac,
Capelac gorriac!...
Y aquella escena inverosímil que nadie inventaría, ese im-
provisado dúo de un guipuzcoano y un apache, es de un efecto
cómico amplio y humano que ha conquistado en seguida to-
dos los sufragios : viajeros yankees y mejicanos, waiters y
guardatrenes, forman rueda entusiasta en torno de los ejecu-
tantes igualmente poseídos de su papel, — y hasta me parece
que los indios presentes tuviesen ganas de sonreír por vez pri-
mera de su vida.
Pero cuando, dada la señal, el tren se pone en marcha,
desde la ventana don Esteban arroja con la peseta de despedida
esta suprema explicación á su acompañante, que ha quedado
en el andén, reflexionando en la ganga enviada al último sa-
chém por el gran Manitú : « / No era este don Carlos, sino et
a3o DEL PLATA AL NIÁGARA
abuelo ! » Y ya se revuelve en su asiento, presa de un acceso
de tos incoercible. Yo también me revuelvo en el sofá del
cuarto de fumar, en tanto que el excelente don Pedro va y
viene entre uno y otro, atendiendo á su amigo con cara de
circunstancias y volviendo hacia mí para reirse á gusto. ¡Y
me quejaba ¡ingrato! de que fuese tedioso el camarada
aquél !
La pingüe y fértil California del sud comienza á des-
arrollarse blandamente entre dos hileras de colinas ; corremos
á lo largo de un vasto cañón, teniendo á San Bernardino Range
á la derecha y á San Jacinto á la izquierda, con la cornisa inter-
mitente de la lejana sierra Rocallosa ó Nevada entre la falda
verde y el cielo azul. Las olas de oro de los trigales maduros
ondulan suavemente hasta el pie de los collados, tapizados de
viñas, praderas y follajes. Los cottages rojos y blancos, las
villas y quintas lujosas se levantan sobre un mar de parques
y verjeles. El paisaje todo ha revestido un gran aspecto de
riqueza y abundancia, sin perder nada de su belleza pintores-
ca. Me aparece como una inmensa mesa puesta, el valle bí-
blico de la Multiplicación, eternamente abierto á las caravanas
del viejo mundo que se juntan aquí : las de la cuna europea,
militantes y civilizadoras que ya tienen poblados y plasmados
los Estados del este; las del Asia antigua, derramadas por el
pululante Oriente, y que llegan de isla en isla por el incomen-
surable mar Pacífico, á manera del caminante que cruza un
vado á flor de agua asentando el pie en las rocas sucesivas.
Al contemplar lo que este pueblo ha sabido hacer con el te-
rritorio desnudo que los mejicanos le entregaron, está el ob-
servador á punto de imponer silencio á la voz de la conciencia
que protesta en nombre de la justicia absoluta y del ((impera-
tivo categórico » , para reconocer que la virtud del esfuerzo
CALIFORNIA a3i
laborioso y la magnitud del resultado práctico legitiman en
cierto modo la conquista violenta. — Y es fuerza repetirse,
para formar un juicio cabal de la riqueza americana, que esta
risueña California no es sino una faja estrecha de la inmensa
comarca bañada por dos océanos que, bajo los múltiples as-
pectos de una producción intensa, pero casi tan copiosa en
otras partes, se despliega, más ancha que la Europa toda,
cuatro veces mayor que la Argentina, desde el Dominion
ártico hasta las Antillas tropicales, al través de todas las mara-
villas físicas, de todas las variedades vegetales y minerales,
de todos los recursos agrícolas y fabriles que aseguran para
diez siglos el propio desarrollo de un continente indepen-
diente y completo.
Se tiene aquí por vez primera la sensación grandiosa y casi
augusta de una entrada en el vasto Ganaán de la nueva pro-
mesa. — El más vigoroso espíritu de la Francia contemporánea
habla en cierto lugar de los paisajes de Milton, que son «una
escuela de virtud» (i). Ahora comprendo lo que ha signifi-
cado. Ante esta radiante sonrisa de la tierra americana, no sé
qué júbilo generoso é impersonal me dilata el pecho ; una salve
íntima, una efusión enternecida y cordial se remonta á mis
labios, derramándose como una bendición sobre este recupe-
rado paraíso, que parece estremecerse de gozo bajo la tibia
caricia déla mañana estival. Desnuda de historia, sin el pres-
tigio de los recuerdos seculares y las leyendas, llega esta Cibe-
les occidental á la soberana belleza por el solo atractivo de
su seno fecundo, donde quiera impregnado de sudor humano:
por el único encanto omnipotente de su juvenil exuberancia
y venturosa plenitud.
(i) Taine, Histoire de la littératare anglaise, II, vi.
33a DEL PLATA AL NIÁGARA
Ahora, á uno y otro lado de la vía, las plantaciones de todas
clases, los cultivos y verjeles se suceden interminablemente.
Las residencias campestres, los ingenios variados, molinos,
lagares, destilerías, fábricas de frutas conservadas, depósitos
y embarcaderos, j aspean de islotes rojos y blancos el archi-
piélago de verdura. Cada estación es una ciudad ó una aldea,
ganglio comercial de donde irradian ramales y tranvías. Á
partir de Redlands, los vagones de fruta obstruyen los apar-
taderos de la línea — y es tal el hacinamiento, que por la vista
sola nos sentimos saciados de duraznos y albaricoques, de ci-
ruelas y melones — hasta de esas deliciosas naranjitas sin se-
milla (seedless) que aquí se apellidan Washington Navel, aun-
que la variedad haya sido importada de Bahía (i).
En Golton, risueña villa de tres mil almas, que nació ayer
y ha crecido más rápidamente que sus naranjales, se juntan
las dos grandes líneas del Southern Pacific y del California
S. Railroad. Nos hallamos casi en el centro del maravilloso
valle de San Bernardino, oasis en otro oasis, cubierto hacia
el litoral de winter resorts y sitios balnearios, y cuya cabeza
de distrito se divisa á tres millas por el norte ; produce algu-
nos de los mejores y más famosos vinos de California; de
aquí parten durante el verano los trenes especiales de frutas
que se distribuyen en todos los mercados de los Estados Uni-
dos. Las fábricas de conservas yerguen por todos lados sus
altas chimeneas empenachadas : la sola Colton Company em-
plea quinientos obreros de taller y despacha diariamente 4ooo
(i) Sabido esque este procedimiento anexionista es aquí de regla general. Ya
se trate de un manjar ó de una comedia, todo lo que penetra en los Estados es
de buena presa : ingenua y seriamente se declaran herederos naturales del
mundo entero. ¡Hasta la Marseillaise y el Godsavethe queen, disfrazados con pa-
labras yankees, forman parte de sus National war songsl
CALIFORNIA a33
cajas soldadas. Por cima de la falda y sus bosques de naran-
jos, algunos picos nevados añaden la grandeza á la gracia de
la decoración, trayéndome el recuerdo de la Yerba Buena
tucumana; mientras que un poco más lejos, en Cucamongo,
ya célebre por sus viñedos, veo surgir como un trasunto del
pintoresco valle de Santiago de Chile. Y así, por todas partes,
las poblaciones agrícolas amojonan de milla en milla el rico
suelo de esta Arcadia industrial, hasta Los Ángeles, donde
llegamos esta tarde para volver á marchar cuatro ó cinco horas
después : Ontario con su colosal avenida de palmeras y na-
ranjos que se prolonga hasta el pie de la sierra; San Gabriel
y sus limoneros ; Santa Anita sembrada de ranchos, donde
una sola hacienda (la de Baldwin) tiene plantados 60.000
acres de viñedos — poco más ó menos la superficie total de
caña dulce ó viñas (1892) de toda la Argentina. Aquí y allá,
en medio de los sonoros nombres mejicanos — de tal suerte
estropeados que los desconocerían sus propios padres, — la
fantasía cursi de los recién llegados ha emperifollado este an-
tiguo territorio de pueblos indios y tolderías con apelativos
mitológicos : Arcadia, Hesperia, Pomona, etc. ; y no resulta
la mezcolanza barroca en demasía, en esta hora al menos
¡ tan real es la gracia bucólica del paisaje, tan diáfano el am-
biente impregnado de vegetal fragancia y eliseano frescor!
Los Ángeles.
Á pesar de ser ya toda una ciudad yankee, encuentro en
Los Ángeles ciertos vestigios aún muy perceptibles del inde-
leble origen criollo y del invencible encanto español. Esta
impresión inequívoca — que sentiré en el mismo San Fran-
a34 DEL PLATA AL NIÁGARA
cisco — no está sugerida solamente por los nombres de algu-
nos sitios y familias. A cada instante se descubren en los arra-
bales, cruzados por el tramway eléctrico, reliquias materiales
y hasta sociales de la antigua población : por ejemplo, en
el umbral de estas casuchas de adobe, son, á no dudarlo,
criollos mejicanos los que están engullendo tamales, ó zanga-
rreando la guitarra durante la siesta. Han quedado familias
Delvalle, Coronel, Pacheco, Sepúlveda, que desempeñan
cargos concejiles y poseen aún inmensas haciendas. La fiesta
anual de la « tribu » Delvalle es una solemnidad famosa en
toda la California ; aquí los « notables » de ayer figuran
todavía entre los prominent de hoy...
Pero no son masque vestigios. La antigua misión de la
(( Reina de los Angeles » , que el comandante Frémont tomó
sin combate en 1847, no ^^^ ^^^^ ^^^^ pobre aldea de dos mil
indios y mestizos, tan atrasados ó indolentes que no se cuida-
ban de explotar los conocidos placeres auríferos de sus arro-
yos. Los Ángeles es ya una hermosa ciudad de 60.000 ha-
bitantes, extranjeros en su mayoría, cuyo vuelo prodigioso
data de los últimos años : en 1880, no había triplicado aún
la cifra primitiva de sus pobladores; y lo demás en proporción.
No pasando de esa fecha los más importantes centros agrícolas
del condado, son naturalmente más nuevos aún los valiosos
edificios públicos y privados de la flamante ciudad, y todos
los órganos materiales y morales que constituyen, ne varie-
tur, el progreso entendido á la yankee. — Ya encontramos
en Los Ángeles las gratas alamedas sombreadas, con sus
pintorescas residencias y chalets de hay window y gradería
exterior; los enormes huildings de ocho á quince pisos con
fachada de columbario ; los bancos pseudogriegos y templos
neogóticos, — toda la fabricación al por mayor de la « arquite-
CALIFORNIA a35
chería» americana. Desde la California hasta el Massachu-
sets, sin otros matices que un exceso de pesadez ó riqueza
decorativa en los emporios más advenedizos, encontraréis
reproducidos, en cada población, no sólo la misma estructura
material, desde el Ma^o«/c Temple hasta el hotel mammo//i con
sus bars y ascensores, sino los mismos órganos previstos de la
vida urbana, los mismos accidentes del grupo social : escuelas,
teatros, vagones, tramways con su invariable tarifa de cinco
cents, avenidas de enlosadas aceras donde la luz eléctrica re-
corta duramente las siluetas, etc., etc. Es siempre la ciudad
yankee, indefinidamente reproducida, y sin más elemento
diferencial que el costo y el tamaño — es decir la cantidad.
Los Ángeles es un fragmento de San Francisco, Denver un
pedazo de Filadelfia, Gincinnati una mitad de Chicago. Hay
más habitantes en la antigua capital de los puritanos que en la
reciente Sión de los mormones : por tanto, mayor número
de manzanas edificadas, — pero, mutatis mutandis, las cons-
trucciones públicas y privadas son tan parecidas en una y
otra, por dentro y por fuera, como el New York Herald al Chi~
cago Herald, como el policeman de capote gris y casco de
punta, plantado en una esquina de Boston, es idéntico al poli-
ceman de guardia en una esquina de Pittsburg. La concreción
urbana está vaciada en un solo molde : fuera de los sitios na-
turales, los Estados Unidos son un monstruoso cliché. De ahí
el tedio profundo que se desprende de su masa gigantesca y
uniforme para el turista superficial, que vaga de calle en calle
y de hotel en hotel sin nada sospechar del alma americana. En
Europa, las cosas son más interesantes que los hombres;
acaece lo contrario en este mundo en formación, mejor dicho,
en fabricación. Aquí el producto humano es tosco y primitivo,
en proporción de su enorme magnitud — como ha sucedido
336 DEL PLATA AL NIÁGARA
en el mundo orgánico; — la obra provisional es inferior al
obrero, no pudiendo aquélla interesar al filósofo sino en
cuanto sea indicio documentarlo y síntoma del espíritu que la
realiza — y por esto, precisamente, la mayor parte de las
Impresiones de tanto commis voyageiir de la literatura se
extasían con exceso ante los colosales montones de hierro
y ladrillo : celebran el volumen prodigioso del banco de co-
ral, haciendo caso omiso de la madrépora viva que lo le-
vanta sin tregua en el seno del mar. — Procuraré emplear
otro procedimiento ; y, desde luego, pienso que me fastidiaré
muy poco en esta pretendida patria del fastidio.
En esta magnífica tarde de junio, la ciudad nueva des-
pide una como alegría infantil. Yago por las anchas aveni-
das que lucen su follaje primaveral, y apunto de paso algunos
rasgos de la vida callejera que muy pronto dejarán de llamar
mi atención : mujeres en bicicleta ó conduciendo buggies,
pregoneros y sandwichmen exhibiendo reclamos, procesiones
cívicas y profesionales, carteles con anuncios gigantescos y
fórmulas exuberantes de ingenuo cinismo — y donde quiera
el roce brutal de la muchedumbre qpe nos codea, maltrata y
lleva por delante con la inconsciencia de un rebaño de paqui-
dermos, pero que no nos da tiempo para irritarnos, pues, apoco
andar, nos sentimos desarmados y casi enternecidos por la com-
placencia inagotable y cordial con que un afanoso empleado,
un transeúnte de prisa, un rudo trabajador satisface nuestras
preguntas de forasteros. Desde el anochecer quedan cerradas
las tiendas y demás casas de comercio, pero, alumbradas por
dentro, lucen sus escaparates y prestan animación á los barrios
centrales. La brisa fresca me recuerda que está el mar á
pocas millas. Las aceras rebosan de transeúntes, hombres y
mujeres con traza de artesanos domingueros. En la esquina
CAUFORNIA 337
de North Main y Arcadia street, miro pasar en una cencerrada
carnavalesca de voces, guitarras y panderetas, una compañía
del Ejército de Salvación, guiada por una tía colorado ta, y
seguida, á guisa de apéndice convencido y convertido, por un
viejo borracho que dibuja eses en la estela evangélica...
Empieza á hacérseme largo el tiempo hasta la salida del tren
para San Francisco. En Spring street, delante de un Concert
Hall, vuelvo á encontrar á mis vascos infieles, que no quisie-
ron acompañarme al Jardín Zoológico — una maravilla de
plantas y flores raras. Mientras yo comía pasablemente en el
restauran! Nadaud y corría el albur de un champagne cali-
forniano que sabe á falsificado chablis, el camarada Esteban
se obstinaba en descubrir una fonda vascuence que le reco-
mendaron en Méjico. Gracias á su inglés pintoresco ha dado
al fin con un dining-room dependiente de una sociedad de
templanza, donde le han servido rosbif regado con té claro
á guisa de valdepeñas ; quédale el consuelo de afirmarme que
(( lo sabía », como el Pontsablé de Madame Favart. — Aquí
nos alcanza de nuevo el destacamento del Salvation Army,
siempre seguido de su beodo inextirpable. Asistimos á la
pequeña representación bajo la luz eléctrica del Hall pecami-
noso. La «capitana» fulmina su proclama, interrumpida por
las chuscadas del auditorio; sin inmutarse, ella misma se rie
con los fisgones ó vuelve las tornas á la rechifla truhanesca ;
por fin, viéndose desbordada, entona su cántico gangoso con
acompañamiento de silbidos y tamboriles. He comprado á una
(( Miss Helyett)), llena de costurones escrofulosos, un número
de su periódico : un bodrio de declamaciones añejas mezcla-
das con reclamos infantiles, en prosa y verso, — el Apocalip-
sis de Bertoldo. | Se cree soñar recordando que el conocido
sombrero de paja con cintas moradas, tendido como una escu-
238 DEL PLATA AL NIÁGARA
diJla, se llena con los cuartos del grueso público, y que esas
comparsas de parásitos cuentan, para desenvolver por el
mundo sus farándulas bufas, con un presupuesto de cinco 6
seis millones de doUars ! — Don Esteban, que no pierde la
ocasión de instruirme, me desliza al oído : / Son espiritistas f
Seguramente el neófito aquel del bamboleo enérgico confirma
el juicio de mi compañero, y puede jurar con toda sinceridad
que posee la doble vista, pues sin duda ve bailar al son de la
guitarra todas las mesas redondas del vecino Hall...
El paisaje del día siguiente, sin carecer de a belleza econó-
mica», es mucho menos decorativo que el de la víspera. El
cañón se ensancha ahora en una vasta llanura que ondula
hasta la Sierra Nevada. Los grandes cultivos de cereales y los
ranchos de ganado han sucedido á los viñedos y verjeles. En
cada estación tomamos viajeros de facha rica, familias con
canastos de frutas y flores que vuelven de un paseo campes-
tre y anuncian la aproximación de la Qiieen City del Pacífico.
A la tarde, empiezan á espejear algunos charcos en las ca-
ñadas; luego, hacia el noroeste, uno que otro mástil afilado
raya de negro el claro horizonte : de repente, á una milla del
tren, aparece un jirón de la bahía. En seguida, interminable-
mente, desfilan terrenos baldíos, inmensos depósitos, mon-
tones de casillas y cobertizos que no representan aún sino
una « nebulosa )) del futuro arrabal. Un enorme ferry-boat
toma el tren entero en su monstruosa espalda cubierta de rieles,
de carros enganchados, de rotisseriesy saloons, de mesas y ban-
cos donde se apila el cargamento humano que no queda en los
coches. Después de veinte minutos de travesía y viento he-
lado, á pesar de la estación, la ancha proa del bote colosal se
suelda á la ribera, y bajo una bóveda sombría se cae en la in-
fernal batahola de los reclutadores de viajeros que, alineados
CALIFORNIA aSg
contra la pared, aullan infatigablenaente los nombres de sus
hoteles. Estamos en San Francisco. Un agente de Express
nos da su tarjeta en cambio de nuestro boleto de equipaje;
pronunciamos : Palace Hotel, y asunto concluido. Nos diri-
giremos al hotel sin otra preocupación y, después de comer
descansadamente, encontraremos el equipaje en nuestros
cuartos.
Los yankees, cuya existencia es un perpetuo viajar, han
resuelto con superioridad práctica este problema: tener los
mejores hoteles y trenes del mundo — the hest in the world —
y sobre todo, suprimir el enojo de los impedimenta, esas ba-
tallas con los odiosos parásitos de los embarcaderos, que son en
otras partes la real fatiga del viaje y el suplicio del viajero.
San Francisco.
De mis quince días de estancia en San Francisco — la
verdad ante todo, aunque sea vergonzosa, — la gran impresión
que queda dominante y persistente es la del bienestar físico.
Después de tanto choque ó rozamiento sufrido desde Buenos
Aires, después de tanto camarote estrecho con catre dudoso,
de tanta fonda y albergue mortificante, desde la nevera de
Las Cuevas hasta los sudaderos malsanos de Colón y Vera-
cruz, confieso ingenuamente que he saboreado el amplio con-
fortable y el lujo flamante del Palace Hotel, con su desplie-
gue de aseo deslumbrador, sus muebles y telas de matices
claros, sus camas inmensas y elásticas, el aire, la luz, el agua
á profusión con pirámides de toallas frescas y su santa divisa
central : Clean hands andpure heart .'Y todo ello, en el ambiente
tónico y salado del mar, cuya brisa fresquísima en esteprinci-
34o DEL PLATA AL NIÁGARA
pió del verano llama de nuevo el apetito robusto y el olvidado
humor de la retozona juventud, en esta atmósfera moral de
independencia y libre aventura, tan oxigenada como la físi-
ca... Bien saben mis pacientes lectores que no desdeño la
naturaleza, ni la historia, ni la poesía : pero en este Frisco
bullicioso me he dedicado ante todo á la prosa vil, á la gue-
nille burguesa — al casco material ¡ qué bien necesitaba de
este calafateo y carenaje !
¡ La juventud ! Tal es la palabra sonora y mágica que aquí
parece resonar en todos los ecos y desprenderse de todos los
actos colectivos, de todas las actitudes y empresas de la atrevida
población: la juventud arrojada y azarosa, rebosante en espe-
ranzas é ilusiones, con el orgullo insolente de su breve pasado
y la fe imprudente en su ilimitado porvenir; y junto á ello,
en vez de la pesadez maciza y del boasting grosero de Chicago,
no sé qué gracia nativa y dichosa alacridad de jugador con-
fiado en la suerte, y cuya fortuna vertiginosa ha comenzado
llamándose placer. No necesito reseñar esa historia fantástica
del oro, que deja atrás todos los cuentos orientales y cuyo
comienzo, apenas viejo de medio siglo, parece perderse ya
en las brumas legendarias. Bret Harte, con real á par que poé-
tico colorido, ha pintado el cuadro fascinador de esas bata-
llas de la audacia y la codicia, prestando vida insuperable á
sus grupos violentos de argonautas californianos ; además,
cien relatos locales conservan la memoria circunstanciada de
la rutilante aventura que arrojó á esta playa, durante diez
años, toda la población desarraigada y flotante de las cinco
partes del mundo : europeos, asiáticos, polinesios, americanos
delsud, squatters é indios de las praderas, todos los desespera-
dos de la vida, todas las caravanas de Babel. Pero, acaso no sea
tan asombroso el espectáculo de ese sórdido delirio colectivo,
CALIFORNIA. a4i
como el de la inmediata organización rudimentaria y progresiva
que le sucedió, hasta constituirse en veinte años la capital opu-
lenta y el emporio comercial del Pacífico, en el centro de la
comarca agrícola más floreciente de los Estados Unidos. La
California actual es el triunfo de la civilización americana y la
prueba más acabada de su incomparable potencia plástica.
El organismo social que ha podido en tan breve lapso asimi-
larse el salvaje campamento de Yerba Buena, que muchos
vecinos de Market street recuerdan aún, y convertirlo en el
San Francisco de hoy, no sólo deslumbrante de lujo y magni-
ficencia, sino civilizado, tranquilo, lleno de bibliotecas y cole-
gios — de moralidad igual, si no superior, ala de las ciudades
del Este, fundadas por puritanos y cuákeros — merécela admi-
ración y el respeto del mundo.
Con presentar San Francisco el aspecto general de las otras
capitales yankees y poseer todos sus órganos conocidos é
invariables, conserva, sin embargo, el sello visible de su es-
pecial origen y pintoresca situación : algo de exotismo orien-
tal recuerda al viajero que se halla aquí más cerca del Japón
que de Europa, á la vez que subsisten en las gentes y sitios
mil vestigios coloniales. De la Puerta de Oro {Golden Gafé)
a China Basin, los blocks regulares, parcial ó completa-
mente edificados, ondulan sobre las primitivas colinas como
en Valparaíso ; los tranvías suben y bajan las mismas pen-
dientes antes surcadas por las arrias de muías con sus
cargas de provisiones ó mineral ; el hooming convulsivo ha
logrado crear barrios enteros en las accidentadas cercanías
de Golden Gate Park y el Hipódromo, pero los « huecos »
agrestes abundan, obstruidos de viejos ranchos mejicanos,
y muchísimas residencias vacías enseñan el melancólico
to let que llama en vano al transeúnte. Más que Chicago,
i6
a4a DEL PLATA AL NIÁGARA
Kansas City y otras « ciudades hongos )> (mushroom cides) del
Oeste, ha conocido San Francisco las crisis de crecimiento
que, paralizando momentáneamente el organismo, reducen
el gasto de fuerzas hasta restablecer el equilibrio. Ahora
mismo se inicia el krach de la plata, cuyas consecuencias
generales son difíciles de prever; con todo, puede anunciarse
ya que aquí la situación se desenvolverá sin grandes cataclis-
mos, en razón de las corrientes diversas y en cierto modo an-
tagónicas que la California ha dado á su actividad, á diferen-
cia de otros Estados casi tributarios de un solo producto ó
industria. La plétora del metal blanco podrá encontrar re-
medio en la colonización agrícola y el incremento del inter-
cambio asiático, ya tan considerable. En todo caso, el pánico
monetario de estos días pasados (junio de 1898) parece ha-
berse calmado sin repercutir profundamente en la vitalidad
del Estado. Se ha estrechado el crédito bancario, mejor
dicho, la conversión y los pagos en oro ; pero las fábricas y
haciendas siguen en plena actividad, con excepción de algu-
nas minas hacia el Nevada y el Colorado que empiezan á
restringir sus laboreos. Como otras veces, resistirá esta
prueba la Cahfornia robusta y juvenil.
En todo caso, nada se nota aún en la vida exterior que
revele el malestar interno. Este magnífico Palace Hotel,
que cubre una media manzana — en el propio lugar donde,
hace cuarenta años, mineros de botas y camisa de franela
con el revólver al cinto venían á comer su bacon and beans ,
— tiene ocupados sus centenares de cuartos ; y sus rápidos
ascensores suben y bajan desde el amanecer, llenos de hués-
pedes un tanto abigarrados durante el día, pero de gran
ceremonia para la comida : los hombres de frac, las señoras
rivalizando de rayos y centellas con las lámparas Edison.
CALIFORNIA 343
A la tarde, en el espléndido Golden Gate Park hormiguean
los carruajes y caballos de raza ; la elegante concurrencia
se derrama en las avenidas ; señoras y niños forman vasto
círculo á una excelente banda de música que, en este mo-
mento, ejecuta una selección de Mignon ; casi todas las jó-
venes son esbeltas y airosas, muchas bonitas, alternando el
rubio tipo sajón con la ardiente palidez criolla : el cuadro en-
cantador es digno del admirable marco de flores y verdura,
en el apacible día primaveral. Desgraciadamente, al llegar
al clon de la partitura, algunas de mis encantadoras vecinas
acompañan á media voz, en francés cahforniano, la plañidera
romanza :
Conné-tiou la pays. . .?
Y este desafinado murmullo, cuyo crescendo se acentúa
con la impunidad, me trae recuerdos tan punzantes de
Veracruz (coincidiendo además, para ser franco, con la hora
de comer), que levanto la sesiona toda prisa, en el momento
de estallar el grito delirante del cornetín casi dominado ya por
el coro de las paisanas y rivales de Sybil Sanderson : C'est
la que je voudrais vi-i-vre !..
Esa mezcla de franca alegría y pintoresco exotismo, que
caracteriza á San Francisco, se manifiesta en todos los deta-
lles exteriores de la vida colectiva ~ desde la fantasía de su
edificación, hasta la desenvoltura de su prensa y la índole de
sus bibliotecas é institutos (i) — pero prorrumpe, puede de-
cirse, de noche en las bulliciosas aceras comerciales, llenas de
grupos cosmopolitas y estrepitosos que se codean bajo los
(i) El excelente periódico semanal The Argonaut tiene un sello de humour
elegante casi único en los Estados Unidos, á igual distancia del formal
bostoniano y del snobismo neoyorkino.
smo
a44 DEL PLATA AL NIÁGARA
focos eléctricos, al rumor délas músicas de los teatros y con-
ciertos, en el perfume de las flores y el centelleo de los es-
caparates^ ostentando todos, bajo la diversidad de las condi-
ciones y procedencias, cierta unidad exterior en el lujo del
traje y el programa de fiesta. — La misma colonia china, que
he visto en Lima humilde y cariñosa, no oculta aquí su fuerza
numérica y su riqueza. A fuer de primeros ocupantes, los
(( celestes », que pasan de veinte mil, han quedado instalados
en el centro activo de la ciudad (como si dijéramos, en Buenos
Aires, las diez ó doce manzanas en torno del café de París); tie-
nen templos, restaurants, teatros propios, y se les ve ostentar
por estas avenidas, con importancia canonical y empaque
manda rinesco, sus solideos eclesiásticos y sus roquetes de seda
azul, batidos por la larga trenza lacia. Debajo de sus rostros
lampiños y su obesidad hermafrodita, descubro la hostilidad
desdeñosa de la mirada, el odio encubierto de una raza de
Shylocks, refractarios á la civilización en que prosperan, y
que se creen superiores á los que les dominan con su ruda
energía.
Esa impresión de la primera hora se confirma para mí du-
rante la excursión que hago una noche á la China town,
acompañado de un cónsul extranjero y un detective, cuya
presencia parece indispensable para recorrer sin peligro la
celeste leprería. Hemos venido por las iluminadas aceras de
Market Street — el Broadway de San Francisco — y brusca-
mente, á la altura de Union Scjuare, donde se incorpora el
agente de seguridad, doblamos á la izquierda y penetramos
en un callejón obscuro y medieval, con sendas casuchas en
desplome, de cuyos dinteles cuelgan faroles de papel cubier-
tos de jeroglíficos que nuestro cicerone traduce al paso : Tin
Yak, pya celestial, Wa Yun, fuente de flores, etc., etc.
CALIFORNIA a45
Subimos, bajamos, torcemos á uno y otro lado, por entre
almacenes, tiendas, joyerías, boticas, lavanderías, talleres
de todo género, puestos de comestibles y drogas, en cuyos
escaparates, mal alumbrados por lámparas de aceite, alter-
nan sandías y caña dulce, abanicos y pastillas de opio ó betel»
cbucherías de marfil y tabletas de chewing-gum ; entrevemos
en algunas tabernas grupos de mago tos descoloridos, senta-
dos á la turca, fumando en pipas de tubo recto, comiendo
arroz con sus palillos como de crochet, jugando á una suerte
de morra, pero sin mezclar un grito á sus ágiles ademanes de
sordomudos : todo ello tan repelente y sórdido como lo visto
en Lima, con su mismo vaho nauseabundo que bastaría á
evocar aquellas escenas ya lejanas. . . En estas tinieblas blanque-
cinas, surgen en torno nuestro, de las cuevas inmediatas,
bultos informes y callados cuyas túnicas flotantes nos rozan
como alas de murciélagos ; y vuelve á mi memoria la vagancia
nocturna del poeta Gringoire por el laberinto de la Corte de
los Milagros, en Nuestra Señora de París. . .
De repente, un deslumbramiento : estamos en un verdadera
palacio oriental, resplandeciente de luces multicolores, de
esculturas y calados figurando adornos vegetales, de pintados
tableros y canceles de laca con incrustaciones de nácar, en
que se entrelazan ramas de durazno en flor, esbeltas cigüeñas
de nieve volando entre guirnaldas de crisantemos de oro. En
la vasta sala donde estamos, no han quedado sino una docena
de comensales sentados en sillones de ébano ; acaban de comer
en silencio, servidos por muchachos que van y vienen entre
la mesa y los aparadores cargados de fina porcelana, ágiles
como clowns, con sus babuchas de triple suela. Es el gran
restaurant chino, adonde sólo concurren los ricos traficantes
y agentes comerciales de la colonia, y por las puertas abier-
a 46 DEL PLATA AL NIÁGARA
tas se divisan anchas escaleras labradas y otras salas pareci-
das á esta...
Urgidos por la hora, no hacemos sino atravesar el vecino
templo de Clay Street — análogo al de Lima, con los mismos
ídolos, adornos y chucherías culinarias de un culto realista,
á la vez pueril y senil — y nos dirigimos al teatro donde da
representaciones extraordinarias un célebre comediante de
Pekín. La sala, bastante obscura y de mediana extensión, se
compone de un patio para la mosquetería, á usanza de los
corrales españoles del gran siglo, rodeado de filas de bancos
y palcos para la celeste high-life; hay una como cazuela con
aposentos para mujeres ; y de todos los puntos de la repleta sala
se escapan nubes de humo mezcladas con emanaciones com-
plejas de tabaco, almizcle y benjuí que nos obligan á encender
también nuestros cigarros, en el mismo proscenio donde,
merced al prestigio consular, nos sentamos entre los actores,
delante de la orquesta que ocupa el fondo. La escena no tiene
telón de boca; los actores, vestidos de trajes suntuosos y con
-el rostro grotescamente pintado, declaman con voz aguda una
monótona melopeya. Hemos entrado in medias res — detalle
insignificante, pues la pieza ha comenzado hace tres noches
y durará aún una semana — yasistoá una, para mí, pantomima,
mezclada de bailes y cabriolas, en que parece ser el nudo de
la acción la eterna historia de la muchacha novia de un ve-
jancón y cortejada por un oficial ó príncipe, más cubierto
de púas y escamas que un dragón mitológico — el Barbero
de Sevilla. Entradas, salidas, sollozos, manotones, rugidos,
chillidos — y, naturalmente, comprendo menos cuanto más
intenso es el diálogo. El ((Goquelin» en representación —
-cuya jira, me dice nuestro guía, representa una fortuna —
hace de Almaviva, y canta casi todo su papel con acompaña-
CALIFORNIA aij
miento de violines, gongos, flautas y tamboriles... ¡ y nada
en el occidente puede dar una idea aproximativa de la zam-
bra sabática que se arma entre esos hijos de Han ! Los dúos de
Almaviva y Rosina, sobre todo, exceden en fantasía delirante
á cuanto se pueda recordar ó imaginar : al lado de ello parece-
rían suspiros de arpas cólicas los apasionados coloquios y
combatidos amores de veinte gatos reunidos en el tejado de
una calderería en plena actividad. Después de unos veinte mi-
nutos de pesadilla, me levanto para salir cuanto antes y salvar
para siempre la muralla de esa China. Al atravesar los basti-
dores, vemos á a Goquelin » acostado en un catre de tabla,
inmóvil, impasible bajo nuestras miradas curiosas, con la
vista fija en el techo — pensando tal vez en la casa de bambú,
á orillas del río Pé-Kiang, donde podrá fumar tranquilo su
querido opio, gracias á esta fructuosa excursión al país de los
bárbaros occidentales...
Y si aquí detengo estos apuntes sobre San Francisco, no
piensen mis lectores que mis visitas se hayan limitado al
parque de Golden Gate y al barrio chino : he visto la ciudad y
sus alrededores — sin omitir la excursión á San José y al Lick
Observatory con su famoso telescopio (the largest in the
world); he recorrido concienzudamente las universidades, bi-
bliotecas, escuelas, mercados, bancos y demás sucursales del
Monde oh Fon s'ennuie ; he examinado con la debida proli-
jidad el enorme é inacabado City Hall, menos notable por su
arquitectura achaparrada que por los manejos administrativos
que han presidido á su edificación poco edificante... De todo
eso y lo demás pensaba dar informe circunstanciado, pero á
medio borrajear he descubierto que todo ello ha sido ya des-
crito y corre impreso. Me he convencido de que, en estas
notas de viaje, la única novedad á que pueda aspirar proven-
a48 DEL PLATA AL NIÁGARA
drá de mi reacción personal en frente de las cosas y sobre todo
de las gentes. Ahora bien, un poco desorientado por el estreno,
sólo he visto de corrida á algunos funcionarios ó comercian-
tes, fuera déla muchedumbre en los conciertos y teatros : no he
pasado en San Francisco de la envoltura superficial — y todo
ello es de muy pobre psicología. . .
Por otra parte, voy comprendiendo que, en los Estados
Unidos, para ver lo mejor posible es necesario no ceder á la
tentación de verlo todo en pocos meses. El turismo es el ene-
migo de la observación. Este inmenso país tiene cuatro ó cinco
grandes aspectos característicos, condensados en otros tantos
Estados y sus capitales : todos los demás se funden en uno de
los tipos genéricos. En este momento, sobretodo, de la evo-
lución sociológica, el grupo urbano que se debe estudiar pa-
ciente y filosóficamente, es Chicago — no tanto por la Expo-
sición en sí misma, cuanto por las razones que han influido
para que el magno problema déla World' s Fair se resolviese
ensu favor, contra todas las pretensiones rivales. Chicago es
en la hora presente el resumen material y el exacto espécimen
del mundo americano. El eje se ha corrido hacia el oeste ; ya
no atraviesa New^ York, ni Filadelfia — mucho menos la
docta Boston, que antes se apellidaba precisamente el «cubo
de la rueda» (the Huh) — sino la ciudad de los ferrocarriles
y la carne — la ruda y potente capital de Pullman y Armour.
XI
SALT LAKE CITY
EL TRAYECTO. EL UTAH. LOS MORMONES
Media entre San Francisco y el Lago Salado una distancia
de 870 millas, que los trenes del Southern Pacific deben reco-
rrer teóricamente en 87 horas; resultan casi siempre 4o,
salvo error ó colisión. Es lo que en la tierra llamamos un
buen paso de carreta. No exageremos, pues, la velocidad y
precisión del servicio ferrocarrilero en los Estados Unidos, —
al menos en el oeste. Por lo demás, el trayecto es interesante,
y no deploro su relativa lentitud. Admiro el paisaje ; cultivo
á mis compañeros de viaje, y procuro soportar á los negros
del servicio, no ocupándolos para maldita la escoba. No soy
(( esclavista», pero no puedo dejar de repetir que el negro li-
berto y ciudadano es la mancha (negra, naturalmente) de
la victoria republicana y el rescate oneroso de la guerra de
Secesión. La república de Liberia — significando la devolu-
ción de estos africanos á su África, — era un pensamiento
genial. Pero no quieren volver á su tierra; y los alyncha-
mientos » con que se procura convencerlos son argumentos
de poca eficacia.
25o DEL PLATA AL NIÁGARA
La faja californiana que alcanzo á divisar, hasta Sacra-
mento, donde cierra la noche, es casi tan rica y populosa
como la zona del sud. Cortamos la Sierra Nevada, bien digna
de su nombre, pues á pesar de la mediana altura y de la esta-
ción canicular, sus escarchadas laderas blanquean vagamente
en la obscuridad.
Llevamos tren « vestibulado » , con pasadizos adheridos
y cerrados por vidrieras; un niño de tres años puede correr
sin peligro de uno á otro extremo. Dormitorios, restaurant,
cuartos de toilette, agua helada á discreción, mesas movibles
delante de cada asiento, para comer, leer, jugar : se vive co-
mo á bordo, y los pasajeros poco bajan en las paradas. Cada
smoking room es, por supuesto, el charladero central de su
departamento. Sin fastidio ni timidez, me incorporo al grupo
nativo : aprendo, observo, juzgo sin entusiasmo ni prevención
lo que desfila ante mis ojos durante todas las horas de cada
día. Ello, por otra parte, es más laborioso que difícil. Lejos
de sustraerse al examen, el mundo yankee se brinda á la
indiscreción : estamos en el país del anuncio y de la interview.
En Europa, fuera de la exuberante España, la empresa de
meterse con todos en las breves horas de un viaje por ferro-
carril, sobre exigir muchos sacrificios de amor propio, tro-
pieza con serios inconvenientes. Todo conversador es sospe-
choso para el viajero de «primera », quien, al tomar su bo-
leto, ha revestido su « impermeable» de reserva glacial. ¡Cui-
dado con los contactos peligrosos ! — Aquí la igualdad cir-
cula tan libremente en el salón como en la calle ; es la at-
mósfera ambiente. Los ferrocarriles, desde luego, materiali-
zan el sentimiento reinante, con la ausencia de « clases » en
los pasajes. El Pullman-car no es sino una condición de los
viajes largos, y el tren vestibuled es un síntoma exterior de
SALT LAKE CITY a5i
la igualdad social. Cada cual se coloca moralmente á nivel
de su vecino ; sabe que puede dirigirle preguntas y entablar
conversación ; el fondo y la forma de las ideas son comunes,
en todos los sentidos de la palabra. Con todo, sospecho que
entre New- York y Boston ha de reinar un tono algo menos
campechano .
No por eso pretendo que sea todo malo en la reserva euro-
pea, ni todo bueno en la « francachela o americana. Cuando, por
ejemplo, el sirviente negro bebe en nuestros vasos, se zabulle
en nuestro lavabo y concluye su horripilante toilette á nuestra
vista y paciencia, siento en mi epidermis el roce brutal de
tanta democracia. Todas las frases y proclamas no me conven-
cerán : para tolerarlo sobra cuando menos un sentido — si no
es la vista, es el olfato. Pero la explicación no se hace esperar.
Al lado mío, en el fumadero, se sienta el coronel L.; enfrente,
el señor W., senador de California; por fin, Mr. Ch., un mi-
llonario, superintendente de las dos grandes compañías mi-
neras del Utah, y chiquear infatigable. Sin abandonar su ci-
garro, el coronel se saca los botines, estira sus medias grises
y alarga delicadamente sus extremidades en el asiento opues-
to, entre el millonario y el senador, quienes siguen mascan-
do, fumando y conversando con serenidad. Ahora me doy
cuenta de su indiferencia ante las maniobras del negro ; está
evidente que sus membranas sensitivas son diferentes de las
nuestras ; y me convenzo de que la semejanza es la base más
sólida de la igualdad.
Estos pequeños y afligentes rasgos externos se hallan com-
pensados por el fondo realmente sano y cordial. Es, sin duda,
mortificante el espectáculo de un « gentleman » tachonado de
joyas, que masca tabaco sin descanso ó se suena las narices
antes de sacar su pañuelo. Pero no he venido á tomar ni dar
aSa DEL PLATA AL NIÁGARA
lecciones de urbanidad, sino á estudiar con atención impar-
cial — y, si es posible, con indulgencia — la probable evolución
social del siglo veinte en su mismo punto de arranque. Para
dicha época, si me es lícito volver á la imagen nasal, piensan
losyankees que el mundo entero se sonará como ellos ; yo,
menos pesimista, creo que los yankees habrán aprendido á
sonarse : pero estamos de acuerdo en esperar que, en una ú
otra forma, la armonía universal se habrá restablecido. En es-
te dintel del siglo, la lucha entre la democracia vulgarizadora
y la verdadera civilización se resolverá por la alternativa de
Hamlet: ser ó no ser plebeyos, — tal es la cuestión. Entretan-
to, me divierte esta prueba avant la lettreáe la humanidad fu-
tura ; encuentro curiosos y hasta simpáticos estos yankees in-
genuos y desabrochados. Discurren con desembarazo y sor-
prendente facilidad sobre cualquier tópico de sus intereses ma-
teriales — divisándolos siempre desde su punto de vista local ó
personal. Revelan una perspicacia y agudeza incomparables
para la solución inmediata de los problemas prácticos, sin
divisarla doble perspectiva de las causas ó consecuencias leja-
nas. Padecen — ó gozan — de miopía intelectual: encuentro
en mi diario repetida hasta el fin esta impresión del primer
día. Ahora bien, para los objetos pequeños y cercanos, la vi-
sión del miope es incomparable. Ignoran la ironía ; — axioma
que parece una perogrullada, pues equivale á afirmar que los
paquidermos no sienten cosquillas. Por lo tanto, se contradicen
unos á otros sin enojo; discuten seriamente las cosas para
ellos más serias : las cosechas, la fluctuación de los precios del
ganado y los cereales, el « booming » paralizado de San Fran-
cisco ; sobre todo la cuestión de la plata. El senador está por
la derogación déla ley Sherman ; el minero, naturalmente, por
su mantenimiento ó su reemplazo por la acuñación libre en
SALT LAKE CITY a53
cada Estado — remedio equivalente á combatir el dolor de una
muela careada con inyecciones diarias de morfina. El primero
es demócrata, el segundo republicano; éste emprende un
panegírico de Harrison, que el otro escucha sin pestañear.
Ambos están á cien leguas de una nota personal agresiva ó
deprimente para la opinión y el partido adversos: á igual dis-
tancia, también, de una idea general, de una vista «nacional))
respecto del asunto. Cada cual es exclusivamente de su dis-
trito, de su parroquia, de su profesión. Me incorporan á la
(( cámara )). «¿Tienen también ustedes minas at home ?» Pro-
curo, en mi media lengua, expresar mi opinión ((platónica»;
rae rebaten con animación , sin aspereza; cada argumento em-
pieza con un Me parece (Ithink...), que hace oficio de coji-
nete ; sobre todo, jamás una alusión á mi incompetencia de
forastero; el interés por sus cosas domésticas confiere la ciu-
dadanía. Sus preguntas acerca de la República Argentina y
Chile harían sonreir á un parisiense ! Me ofrecen su casa y sus
servicios con evidente sinceridad ; y acepto la invitación de
visitar las minas de Park City, en el Utah. (( Le acompaño á
usted !)) exclama el coronel, Y como lo dijo, lo ha hecho. Es-
ta reliquia de la guerra de Secesión ha sido mi Virgilio en el
viaje mineral. Y bien merecería su inagotable facundia la
apostrofe dantesca :
Or se tu quel Virgilio e qaellafonte
Che spande di parlar si largo Jiume !...
Son las diez de la noche y reina un fresco de serranía : bue-
na hora para dormir ! Encuentro el salón transformado en
dormitorio, con un estrecho pasadizo obscuro entre los dos
tabiques del cortinaje. La cortina fronteriza de la mía ondula
a54 DEL PLATA AL NIÁGARA
como un mar de teatro, y percibo crujidos de vestidos tras del
telón. He pasado la noche en el fumadero y no conozco á mi
vecino. Me siento en el borde de mi catre, esperando que se
calme la oleada para emprender mi maniobra sin peligro de
carambola. A poco oigo el esfuerzo de la ascensión : ¡ upa ! mi
vecino ha trepado y se estira horizontalmente. Veo una ma-
no blanca que desliza en el suelo, por bajo de la cortina, un par
de zapatitos mordoré. ¡ Hum ! tiene pie chico mi vecino ! Y
siento alguna aprensión por mi déshahillé al aire libre. En
fin, voy á comenzar la operación, cuando sale una voz de mu-
jer del bastidor medianero:
— Sir, (T podría usted decirme á qué hora pasamos por Vir-
ginia City ?
^-No losé, señorita (seguramente es soltera); pero voy á
averiguarlo...
En el cuarto de fumar, el coronel está librando un combate
de poker con un médico alemán, establecido en el Kansas ha-
ce cuarenta años y más yankee que el tio Sam. Contestan jun-
tos á mi pregunta : a á las seis » , dice el coronel ; « á las
ocho», responde el enterrador, y siguen barajando. Vuelvo á
mi cortina parlante :
— Señorita !
— Señor?...
— El coronel dice que á las seis y el doctor á las ocho. . .
Oigo una risa ahogada encima de mi cabeza, en el piso su-
perior, y otra voz, hermana de la primera, interviene en el
diálogo :
— Y usted, sir, ^ qué dice ?
— Yo creo que los dos tienen razón. . .
Una ráfaga de carcajadas, y luego un silencio de dormito-
rio monacal. Pero ahora, con mis escrúpulos europeos, el
SALT LAKE CITY a55
desnudarme será tarea de alto acrobatismo. Me meto en cama
vestido, y en ese cajón de cómoda me desprendo pieza á pieza,
como don Quijote, con retorceduras de hombre-serpiente :
todo un ejercicio de desarticulación que me da calambres y
hace sonar mis conyunturas como castañuelas. ¡ Uf ! ya es-
toy. Por una hendidura veo los zapa ti tos mordoré, erguidos
en su tacón agudo, como mirando con impertinencia mis
gruesos botines de viaje, que revelan el cansancio de su larga
odisea desde Buenos Aires... Me estorban esos zapatos nue-
vos ; y no es porque sean muy grandes, al contrario ; pero me
incomodan, positivamente...
Al día siguiente descubro que las voces pertenecen á dos
hermanas de Salem, maestras de escuela, jóvenes, rubias, ni
lindas ni feas, y que van solas desde el Oregón á la exposición
de Chicago, para volver por el Canadá. Pobres como ratitas
blancas, limpias como espejos, alegres como un Christmas ;
disfrutan su mes de vacaciones, cruzando por estos Estados
Unidos como por el jardín de su colegio. Ya somos amigos ;
las llevo á almorzar al restaurant, pues he tanteado las provi-
siones de su canasto; y así paso el día entre mirar el paisaje,
oirías cantar romanzas sentimentales y tomar lecciones de
pronunciación inglesa con mi vecina Miss Grace, que es uelo-
cucionista » y me hace repetir un cuento de Poe con una se-
riedad pedagógica. En un descanso le pregunto : « Pero, (¡qué
interés tenían y des. por saber el horario de Virginia City,
que queda á cuarenta millas de la línea ?)) — Me contesta muy
gravemente : « Era para Margaret, que lleva un diario del
viaje )) .
A medida que nos aproximamos al Utah, la campiña revis-
te un encanto indecible; se cruzan arroyos que serpean entre
verdes collados cubiertos de álamos y encinas. Las praderas
a56 DEL PLATA AL ÍJIÁGARA
esmaltadas de flores, como en Francia, alternan con los sem-
brados ; de trecho en trecho, casitas campestres y conforta-
bles chalets. La buena tierra materna derrama la abundancia
y el bienestar. Cerca de un cottage, semi-oculto como un nido
en el follaje, un joven robusto y esbelto persigue á un niñito
de siete años que huye como conejo por el campo de alfalfa:
al fin le alcanza y, riéndose de su desesperado pataleo, le car-
ga en el hombro y vuelve á la casa con él. El lento crepúsculo
agrega su dulzura á ese cuadro apacible. ¡ Oh! sanidad déla
vida libre, á la sombra tranquila del hogar, cerca del suelo
recién desmontado : robusta fatiga del cuerpo, paz serena del
alma, reposo ! — Guando recordamos á los Estados Unidos,
es para evocar la idea de un inmenso taller, un hormiguero
de población jadeante y febril, que se agita en las minas, en las
fundiciones, en las veredas de Chicago ó de Nueva York; un
pueblo de frenéticos perpetuamente sacudidos por el baile de
San Vito de la especulación. Son pinturas de novela y des-
cripciones de turistas que no han pasado de las capitales del
Este. El aspecto general del pueblo — en la parte que hasta
hoy conozco — es más bien indolente y flemático. Por otra
parte, los cuatro quintos de la población viven en pequeñas
ciudades, aldeas y alquerías que constituyen el vasto recep-
táculo de la vida nacional.
Llegaremos mañana temprano al Lago Salado, y, sin duda
por ser la última noche, se arma en el fumadero un formida-
ble poker. El coronel pretende iniciarme ; pero confundo spa-
des y clubs, y soy una causa de perturbación desastrosa. Las
maestritas, de camisola blanca, antes de acostarse, hacen
tranquilamente sus arreglos en el tocador, delante de nos-
otros ; se despeinan, se lavan, etc., con la mayor naturalidad.
Lo que es esta noche, me meto en cama con tanta comodidad
SALT LAKE CITY aSy
y despreocupación como en una cuadra de cuartel ; y los fa-
mosos zapatitos mordoré parecen conversar amistosamente
con mis lanchas amarillas, como en partida á cuatro. — Para
completar mi educación yankee, me falta ver en Chicago, en-
tre muchas otras cosas, alas señoras que dejan el brazo de su
acompañante por cinco minutos, ó se levantan de la mesa, en
pleno restaurant, para volver en seguida tan frescas y risue-
ñas...
Salt Lake City.
A las 8 de la mañana enfilamos en Ogden el ramal para
Salt Lake City ; estamos en el vaJle central del Utah, en el
país délos mormones. Mis lecturas son fragmentarias y an-
tiguas ; lo que me figuro respecto del Lago Salado es una
blanca ciudad austera y fría, vagamente puritana — sin per-
juicio de la poligamia ; con grandes casas desnudas yun vasto
silencio alrededor de un templo blanqueado á cal ; un rumor
de oraciones gangueadas al compás de las máquinas agrícolas
y fabriles, que alzan también su plegaria al dios dollar ; en
suma, — ostento sin pudor mi ignorancia, — algo así como un
inmenso falansterio rural, ribeteado de responsos bíblicos y
poblado de enormes fariseos seriotes y barbudos, entre multi-
tud de (( fariseas» huesudas, enemigas déla gracia y la sonri-
sa, — menos barbudas quizá, pero no menos displicentes que
sus maridos á prorrata. . . Tal me aparecía á la distancíala aglo-
meración mormona.
El valle de la nueva Sión es un encanto. Desde Ogden has-
ta Salt Lake se experimenta la sensación de penetrar en el
rincón más nuevo del Nuevo Mundo : la naturaleza ostenta
17
a58 DEL PIATA AL NIÁGARA
frescura flamante y casi diría infantil. El río sinuoso, som-
breado de álamos, acaricia con blandos ((meandros » las fér-
tiles riberas. La mañana es de una belleza, de una frescura
ideal. Flotan aún jirones de bruma, tenues cendales de un
gris azulado, que se descorren lentamente, enseñando las pin-
gües praderas llenas de ganado, las granjas y cortijos rodea-
dos de cultivos, los cottages y chalets confortables en sus
marcos de arboledas, y, por fin, hacia el oeste, la franja
blanca de la sierra Wasatch que festonea deliciosamente el
claro cielo. Al pronto, hacia el este, aparece el Gran Lago, en
un horizonte incomparable, aunque desnudo de vegetación.
La sola luz resplandeciente, que baña las colinas onduladas ;
los islotes del lago y su líquida napa adormecida, con todos
los matices tiernamente azules de la turquesa, bastan para la
fiesta de la vista maravillada. Los nombres evangélicos de la
comarca no han sido rebuscados : completan la evocación ; así
nos figuramos los nítidos horizontes y los lagos de Galilea,
en cuyas plácidas orillas vagara la divina figura, aureolada
de cabellos rubios que nuestra adoración ha convertido en
nimbo ideal de oro y de luz. Oh ! sin duda: es espurio el ori-
gen de esta secta mormónica ; sus contornos materiales cons-
tituyen una grosera parodia de la evangélica predicación ; pe-
ro, si olvidamos por un momento el repugnante aspecto de la
doctrina y las necias prácticas del culto, no podemos menos
de encontrar el eterno diamante de la fe debajo de las toscas
exterioridades del fetiche. Es el sentimiento religioso, el que ha
derramado la fertilidad y la abundancia en el árido valle del
Utah ; el hálito de la fe ha transformado en veinte años un
espantoso yermo en región de delicias, y por la energía del
símbolo en que se materializara, según las palabras de Isaías,
« la soledad se ha alegrado y ha florecido como el lirio ».
SALT LAKE CITY 25^
La entrada en Salt Lake City es otra agradable sorpresa.
Las calles son anchas avenidas sombreadas por álamos sober-
bios, acacias de follaje primaveral, arces frondosos {maple-
trees) que derraman sus blancos ramilletes en los rectángulos
de césped húmedo que orlan las aceras. La ciudad no cuenta
mucho más de cincuenta mil habitantes, pero es el centro de
irradiación y convergencia de todo el valle copioso y rico, del
Utah entero, cuya población de agricultores, industriales y
mineros pasa de 280.000. El barrio central parece un frag-
mento de San Francisco; sus grandes arterias de Main y Tem-
ple Streets ostentan las altas y espaciosas construcciones de
una capital americana : bancos, fábricas, tiendas y almacenes
monumentales ; los edificios públicos, de ladrillo y granito,
reemplazarían con ventaja á muchos análogos de Chicago.'
Los teatros y café-conciertos alternan con los colegios y las
iglesias de todos los cultos imaginables : episcopal, presbite-
riano, unitario, católico, israelita, etc., etc. En la acera del
magnífico hotel Knutsford, una capilla metodista comparte
fraternalmente el terreno con el Meeting Hall del ejército de
salvación. Pero el gran templo mormón domina la ciudad
desde cualquier punto que se la mire : todos los guías os dirán
que su construcción duró cuarenta años y que su costo pasa
de diez millones de dollars. . . Todo ello es más fácil de indicar
que el estilo arquitectónico á que pertenece: desde lejos su
masa granítica general y sus torres agudas parecen góticas:
vista de cerca la fábrica, no encontráis una sola ojiva, un haz
de columnitas ni una entrada central : es un baturrillo de pi-
lares y torrecillas rectilíneas, de arcos romanos y linternas del
Renacimiento, con adornos modernísimos, lámparas eléctri-
cas, c/oc/ie/o/i5 chinescos, piletas y accesorios del más refina-
do yankismo,— todo ello coronado por la estatua colosal del
36o DEL PLATA AL NIÁGARA
ángel Moroni — hijo legítimo de Mormón — que toca sin tre-
gua á 2 22 pies del suelo la larga trompeta recta de Aída. Ocu-
pan otro costado de Temple square el insignificante Assem-
hly Hall y el enorme Tabernáculo, cuya negruzca bóveda
elíptica se hincha á la distancia sobre el mar de follajes como
un lomo de ballena colosal...
Bien, pero ¿dónde están aquellos mormones ceñudos y
barbudos, tanto más austeros por fuera cuanto más indulgen-
tes y refocilados de puertas adentro ? No ha de ser difícil en-
contrarlos, puesto que, según las estadísticas, representan
más de la mitad de la población, si bien los gentiles, a por
mangas ó por faldas », — probablemente por mangas, — aca-
ban de ganarles las elecciones municipales. Después del baño
y el almuerzo en el hotel Knutsford — ¡plan americano ! — to-
mo el primer tramway eléctrico que pasa, tras la vaga espe-
ranza de tropezar con alguna ceremonia mormónica.
El clima es realmente primaveral ; apenas si se siente el ca-
lor cuando se camina al sol ó, de noche, el fresco húmedo
cuando no se camina. Por entre las magníficas alamedas, los
trenes de cuatro ó cinco coches, repletos de pasajeros, se desli-
zan suavemente, guiados por el hilo central que prolonga su
sonido cromático, como el del viento por una rendija. A una
y otra parte del camino, las estereotipadas residencias se su-
ceden, confortables, lujosas, rodeadas de céspedes y flores;
se entreven interiores risueños y cuidados como homes ingle-
ses; en las galerías entapizadas de enredaderas, algunas mu-
jeres vestidas de blanco leen xxnmagazine, cerca de los niños
que juegan ó de los hombres que fuman, de espaldas en su
(( rocking-chair )) , y enseñando á los transeúntes las suelas de
sus zapatos alineadas en la barandilla. Por momentos, en el
gran silencio de las paradas, un piano invisible envía una rá-
SALT LAKE CITY 361
faga de acordes. Se respira un ambiente de sanidad y quietud.
Todos los trenes que vuelven vacíos llevan el mismo letrero :
To THE RACES ; y ahora seque la secta mormona me arrastra. . .
i á las carreras ! Encuentro que esta primera excursión carece
de color local, pero acepto el programa y llegamos al hipó-
dromo.
Me trepo á la tribuna cuajada de espectadores. La concu-
rrencia está muy mezclada y, naturalmente, es menos elegante
que en San Francisco. Éntrelos hombres dominan los trabaja-
dores y campesinos, como que es domingo. Las mujeres tam-
bién parecen en su mayor parte aldeanas ; mal pergeñadas,
pero estrepitosas; casi todas rubias, frescas, con ojos grises y
dientes deslumbradores; algunas a morochas » , de aspecto
criollo, derrame probable de California ó Nuevo Méjico. El
circo es una pradera, junto á una laguna azul ; y se tiene por
delante la coqueta ciudad, con más árboles que casas, domi-
nada por la falda suave de la sierra Wasatch, donde se des-
taca el fuerte Douglas. Son carreras de trote sin mucho inte-
rés. Presto mi programa á una muchacha que apunta las
peripecias con su lápiz. Apuesto contra ella unos cuantos
centavos ano sé qué casaca; gano, y tengo que pronunciar
un alegato para demostrarle que iba á otra casaca, que ha
perdido. Al fin lamormonita embolsa misa chirolas», y con
la conciencia limpia vuelvo á la ciudad.
En el hotel me espera el coronel L., para llevarme al Gran
Lago Salado, donde la población se baña casi todo el año.
Esas veinte millas de ferrocarril, hasta la playa Garfield, son
un paseo por entre arenales y salinas, pero no desagradable,
gracias á la pureza del aire y á la disposición inteligente del
tren : una serie de coches abiertos, alegres y cómodos. Me
encuentro ahora entre la verdadera sociedad de Salt Lake ; los
a6a DEL PLATA AL NIÁGARA
hombres, casi correctos; las señoras parecerían europeas si no
llevaran tantos brillantes. Algunas son muy agradables ; casi
todas, robustas y esbeltas ; con una belleza de cabello y frescu-
ra de tez incomparable ; pero su talle de durmiente trae re-
cuerdos desolados de pampa sin ombú ; muchas jóvenes llevan
gorros, chalecos y corbatas de hombre, afectan el desemba-
razo masculino, y, faltas de verdadera gracia, no alcanzan
sino á parecer muchachos flacos.
Por un largo terraplén y un alto muelle de madera, el tren
penetra en el Lago Salado hasta el pabellón de baños de Gar-
field Beach. Tiene realmente el aspecto de un u Mar Muerto » ,
con sus orillas cristalizadas y los islotes prismáticos que emer-
gen de sus ondas pesadas y plomizas, tan saturadas de sal, que
el menor choque, la arruga de la brisa, las cubre de espuma
blanca. Los botes excursionistas cortan penosamente el denso
líquido que parece estañar sus relumbrantes carenas. Alrede-
dor del vasto pabellón, los bañistas pululan, hombres y mu-
jeres, con la mitad del cuerpo fuera del agua, como tritones.
Se concibe que, con un poco de ejercicio, algunos de ellos,
pródigamente dotados por la naturaleza, podrían caminar
sobre el agua, renovando el milagro de Genesaret. Me he ba-
ñado esta mañana y no siento el menor deseo de realizar el
experimento ; pero comprendo que causaré un gran pesar al
coronel si no me zabullo: cedo, pues, ásus instancias, como
el guillotinado por persuasión. El efecto es realmente curioso :
el cuerpo flota como corcho, y no es posible sumergirle. —
Se dice que la proporción de sal en disolución es de 1 5 por
ciento, cinco veces más que en el océano y casi tanto como en
<ellagoAsfaltites. Ningún pez soporta esta saturación; hasta
ahora no se ha pescado más bicho viviente que un langostín
cuya carne parece llenar la boca de salmuera. Algunas bañis-
SALT LAKE CITY a63
tas jóvenes, en el umbral de los camarotes, retuercen á dos
manos sus largas trenzas rubias ; y sus carnes rosadas evocan
reminiscencias, á la vez mitológicas y culinarias, de infelices
nereidas á quienes Venus, irritada por sus formas ((crustá-
ceas» , transformara en accesorios de su culto (( semi mundano »
— en cahinet particulier .
En el inmenso restaurant del Pabellón, las familias ocupan
las mesas sin mantel ; pero casi todas han traído su lunch en
canastos, y los mozos vagan de huelga alrededor del mostra-
dor monumental. En el piso superior, una orquesta despabila
el salón de fiestas, vasto y desnudo como un templo metodista ;
el pino lustroso y flamante relumbra en el techo, en las pare-
des, en el piso deskating, en los bancos del circuito. Las pa-
rejas se entregan ingenuamente al vals de tres pasos, sin dete-
nerse un instante durante veinte minutos, como que el baile es
un sport de reacción después de la ducha. Oh ! todo ello sano
é higiénico, sin asomo del (( vuelo lascivo » que inquietaba á
Hugo, y las muchachas sin travesura no gastan otra sal que la
de los cristales microscópicos que refrigeran castamente las
puntas de su admirable cabello.
Desde la terraza superior, todavía inacabada, se contempla
el lago entero, cuya tersa superficie de dos mil millas cuadra-
das, salpicada de isletas rocallosas, se desenvuelve netamente
en su marco de mont